Publicado en
julio 11, 2010
NOTA
En 1966 se publicó mi novela Viaje alucinante. En realidad era una novelización de una película que había sido escrita por otros. Yo me ceñí al argumento existente todo lo que pude, excepto para cambiar varias de las más intolerables inconsistencias científicas.
Nunca me sentí totalmente satisfecho de la novela, aunque lo hice muy bien y todavía está en circulación tanto en ediciones de trade como de bolsillo; se debe, sencillamente, a que nunca la consideré por completo mía.
Cuando llegó la oportunidad de escribir otra novela sobre el mismo tema, una nave miniaturizada y su tripulación en el interior de un ser humano viviente, acepté sólo a condi-ción de escribirla enteramente a mi manera.
He aquí, pues, Viaje alucinante II. Destino: cerebro. Puede que también hagan de ella una película, pero si es así, esta novela no le deberá nada. Para bien o para mal, esta novela es mía.
Dedicado a Dick Malina y
Scott Meredith que lo han hecho
posible.
I. LE NECESITAMOS
Aquel a quien se necesita debe
aprender a soportar los halagos.
DEZHNEV, padre
–Perdóneme. ¿Habla usted ruso? –preguntó junto a su oído una voz baja, decididamente contralto.
Albert Jonas Morrison se envaró en su asiento. La habitación estaba medio a oscuras y la pantalla de la computadora situada en la plataforma desplegaba sus gráficos con una insistencia de la que no se había percatado.
Debía de haberse quedado más que medio dormido. Estaba seguro de que, cuando se sentó, había un hombre a su derecha. ¿En qué momento se había transformado en mujer? ¿O se había levantado y fue remplazado?
Morrison se aclaró la garganta y preguntó:
–¿Me decía algo, señora?
No podía distinguirla con claridad en aquella penumbra y los destellos de la pantalla de la computadora más bien oscurecían que revelaban. Le pareció ver un cabello oscuro, lacio, pegado al cráneo, cubriendo las orejas..., sin artificios.
–Le he preguntado si habla ruso –dijo.
–Sí, lo hablo. ¿Por qué quiere saberlo?
–Porque todo resultaría más fácil. Mi inglés a veces me traiciona. ¿Es usted el doctor Morrison? ¿A. J. Morrison? No estoy muy segura en esta oscuridad. Perdóneme si he cometido un error.
–Soy A. J. Morrison. ¿La conozco?
–No, pero yo sí le conozco a usted. –Alargó la mano y le rozó la manga de la chaqueta–. Le necesito desesperadamente. ¿Está escuchando la conferencia? No lo parecía.
Naturalmente, ambos hablaban en voz baja.
Morrison miró involuntariamente a su alrededor. Había poca gente y nadie se sentaba cerca de ellos. Su murmullo subió de tono.
–¿Y si no escucho, qué? –Sentía curiosidad..., aunque sólo por aburrimiento. La conferencia le había hecho dormirse.
–¿Quiere venirse conmigo, ahora? –le preguntó–. Soy Natalya Boranova.
–¿Irme con usted a dónde, señora Boranova?
–A la cafetería..., para que podamos hablar. Es terriblemente importante.
Así fue como empezó. No tenía la menor importancia, decidió Morrison más tarde, que se encontrara en aquel lugar, que hubiera estado medio dormido, que se hubiera sentido lo bastante intrigado, suficientemente halagado para irse voluntariamente con una mujer que dijo necesitarle.
Después de todo, lo habría encontrado dondequiera que estuviese, se le habría echado encima y obligado a escucharla. En circunstancias distintas pudo no haber sido tan fácil, pero todo habría ocurrido como ocurrió. Estaba seguro.
No hubiese habido escape posible.
La miraba ahora con luz normal y era menos joven de lo que había creído. ¿Treinta y seis? ¿Cuarenta quizá?
Cabello oscuro. Sin canas. Rasgos pronunciados. Cejas pobladas. Mandíbulas fuertes. Nariz agradable. Cuerpo robusto, pero no grueso. Casi tan alta como él, incluso calzando zapatos sin tacón. En conjunto, una mujer atractiva sin ser bella. El tipo de mujer, decidió, al que uno podía acostumbrarse.
Suspiró porque estaba frente al espejo y se veía reflejado allí.
Cabello descolorido, escaso. Ojos azules, deslavados. Rostro delgado, cuerpo delgado, nervudo. Nariz aguileña, sonrisa agradable. Deseó que fuera una sonrisa agradable. Pero no, no era un rostro al que uno quisiera acostumbrarse. Brenda se había desacostumbrado del todo en poco más de diez años, y su cuarenta cumpleaños sería cinco años después del día en que se divorció oficial y definitivamente.
La camarera trajo el café. Habían estado sentados, sin hablar, pero estudiándose. Al fin, Morrison creyó que tenía que decir algo.
–¿No quiere vodka? –preguntó en un intento de frivolidad. Ella le sonrió y al hacerlo le pareció mucho más rusa–. ¿Ni «Coca-Cola»?
–Si se trata de una costumbre americana, la «Coca-Cola» por lo menos es más barata.
–Y con razón. –Morrison se echó a reír. Luego le preguntó–: ¿Es usted igualmente rápida en ruso?
–Veamos si lo soy. Hablemos en ruso.
–Pareceremos una pareja de espías.
La última frase de ella había sido en ruso y también lo había sido la respuesta de Morrison. El cambio de idioma no tenía importancia para él. Podía hablarlo y comprenderlo tan fácilmente como el inglés. Y así tenía que ser. Si un americano deseaba ser un científico y estar al corriente de lo que se publicaba, tenía que poder manejar el ruso tanto como un científico ruso tenía que poder manejar el inglés.
Por ejemplo, esa mujer, Natalya Boranova, pese a su declaración de que le fallaba el inglés, lo hablaba con fluidez y apenas un leve acento, observó Morrison.
–¿Por qué íbamos a parecer una pareja de espías? –le preguntó–. En la Unión Soviética hay cientos de miles de americanos hablando inglés, y cientos de miles de ciudadanos sovié-ticos hablando ruso en Estados Unidos. Ya no estamos en los viejos malos tiempos.
–Es verdad. Hablaba en broma. Pero en ese caso, ¿por qué quiere que hablemos en ruso?
–Porque ésta es su tierra y esto le da una ventaja psicológica, ¿no cree, doctor Morrison? Si hablamos en mi lengua, equilibrará algo la balanza.
–Como quiera –aceptó Morrison sorbiendo su café.
–Dígame, doctor Morrison, ¿me conoce?
–No. Jamás la había visto antes de ahora.
–¿Y mi nombre, Natalya Boranova? ¿Ha oído hablar de mí?
–Perdóneme. Si perteneciera a mi campo, hubiera oído hablar de usted. Como no es así, deduzco que no pertenece a mi campo... ¿Debería conocerla?
–Podía haber ayudado, pero dejémoslo. No obstante, yo sí le conozco. En realidad sé mucho acerca de usted. Cuándo y dónde nació. Sus estudios. El hecho de que está divorciado y de que tiene dos hijas que viven con su ex mujer. Conozco su situación universitaria y la investigación a la que se dedica.
Morrison se encogió de hombros:
–Nada de lo que ha dicho es difícil de encontrar en nuestra sociedad gobernada por computadoras. ¿Debería sentirme halagado o fastidiado?
–¿Por qué una u otra cosa?
–Depende de si me dice que soy famoso en la Unión Soviética, lo cual sería halagador, o de que he sido el blanco de una investigación, lo que me fastidiaría.
–No tengo intención de ser otra cosa que sincera con usted. Le he investigado..., por razones que son importantísimas para mí.
–¿Qué razones? –preguntó Morrison con frialdad.
–Para empezar, usted es neurólogo.
Morrison había terminado su café y, distraído, pidió otro. La taza de Boranova estaba por la mitad pero, aparentemente, había perdido todo interés en ella.
–Hay otros neurólogos –objetó Morrison.
–Ninguno como usted.
–Está claramente tratando de halagarme. Puede ser solamente porque, después de todo, no sabe nada de mí. No lo crucial.
–¿Que no ha tenido éxito? ¿Que sus métodos de análisis de las ondas cerebrales no son generalmente aceptados en el campo?
–Pero si sabe eso, ¿por qué anda tras de mi?
–Porque hay un neurólogo en nuestro país que conoce su trabajo y piensa que es brillante. En cierto modo ha saltado usted a lo desconocido, dice, y puede estar equivocado, pero si lo está..., lo está brillantemente.
–¿Brillantemente equivocado? ¿Qué hay de diferente en lo equivocado?
–Según su punto de vista, es imposible estar brillantemente equivocado sin estarlo del todo. Incluso si en algunos puntos se equivoca, mucho de lo que sostiene resultará ser provecho-so..., y puede estar absolutamente en lo cierto.
–¿Y cuál es el nombre del ejemplar que tiene esta opinión de mí? Lo mencionaré favorablemente en mi próximo artículo.
–Se trata de Pyotr Leonobich Shapirov. ¿Lo conoce?
Morrison se recostó en su silla. No esperaba esto.
–¿Conocerlo? Lo conocí. Yo le llamaba Pete Shapiro. Nuestra gente de aquí, de los Estados Unidos, piensa que está tan loco como yo. Si resulta que me respalda, es un clavo más en mi ataúd... Óigame, diga a Pete que aprecio su fe en mí, pero que si realmente quiere ayudarme, no diga a nadie que está de mi parte.
Boranova le miró disgustada.
–Es usted un hombre poco serio. ¿Es que todo es broma para usted?
–No, sólo yo. Yo soy la broma. Tengo algo realmente grande y no puedo convencer a nadie de ello. Excepto a Pete, como acabo de enterarme, y él no cuenta. Ni siquiera consigo que publiquen mis artículos hoy en día.
–Entonces, venga a la Unión Soviética. Podemos utilizarle a usted..., y a sus ideas.
–No, no. No pienso emigrar.
–¿Quién ha hablado de emigrar? Si desea seguir siendo americano, siga siéndolo. Pero en el pasado visitó usted la Unión Soviética y puede repetir la visita y quedarse algo de tiempo. Luego, regrese a su propio país.
–¿Por qué?
–Tiene ideas locas, y nosotros tenemos ideas locas. Quizá las suyas puedan ayudar a las nuestras.
–¿Qué ideas locas? Me refiero a las suyas. Yo conozco las mías.
–Es algo que no voy a discutir hasta que sepa si, a lo mejor, está dispuesto a ayudarnos.
Morrison, todavía recostado en su silla, percibía vagamente el murmullo que lo rodeaba, de gente bebiendo, comiendo, charlando..., la mayor parte procedente de la conferencia, creía. Miró fijamente a esa intensa mujer rusa que admitía tener ideas locas y se preguntó qué tipo de... Se quedó rígido de pronto y exclamó:
–¡Boranova! Sí que he oído hablar de usted. Por supuesto. Pete Shapiro la mencionó. Usted es...
En su excitación se puso a hablar en inglés, pero la mano de ella le sujetó la suya clavándole las uñas. La sacudió y ella retiró la mano, diciendo:
–Lo siento, no quería hacerle daño.
Morrison se contempló las marcas, una de las cuales era casi una herida, y en voz baja y en ruso dijo: –Usted es la miniaturizadora.
Boranova se lo quedó mirando sin inmutarse:
–Quizás un paseo y un banco junto al río. El tiempo es maravilloso.
Morrison se sujetó la mano ligeramente lastimada con la otra. Hubo algunos, creía, que habían mirado en su dirección cuando gritó en inglés, pero ahora ninguno parecía interesarse por ellos. Sacudió la cabeza:
–Me parece que no. Debería asistir a la conferencia.
Boranova sonrió como si él hubiera confirmado que el tiempo era maravilloso, y le dijo:
–Creo que no. Me parece que encontrará el banco junto al río mucho más interesante.
Por un momento Morrison casi pensó que la sonrisa de ella pretendía ser seductora. No estaría dando a entender... Abandonó la idea casi antes de planteársela seriamente. Este tipo de cosas eran anticuadas incluso en holovisión: «Bella Espía Rusa se sirve de Cuerpo Sinuoso para Deslumbrar Americano Ingenuo»
Para empezar no era bella y su cuerpo no era sinuoso. Ni parecía que pudiera pensar nada de aquello, y él, al fin y al cabo, no era tan ingenuo..., ni siquiera le interesaba.
Pero se encontró acompañándola a través del campus, en dirección al río.
Caminaban despacio, como vagando, y ella le hablaba alegremente de su marido Nikolai y de su hijo Aleksandr, que iba al colegio y que por una extraña razón estaba interesado en Biología, aun cuando su madre era termodinamicista. Y lo peor, Aleksandr era un espantoso jugador de ajedrez, para gran decepción de su padre, pero parecía prometer en violín.
Morrison ni la escuchaba. Estaba ocupado, en cambio, en tratar de recordar lo que había oído sobre el interés de los soviéticos por la miniaturización y la posible conexión que podía haber entre ésta y su propio trabajo. Ella señaló un banco:
–Éste parece razonablemente limpio.
Se sentaron. Morrison miraba por encima del río, con ojos que realmente no parecían absorberlos, la hilera de coches alineados a un lado de la carretera, el suyo, y la hilera paralela del otro lado de la carretera..., mientras que un montón de esquifes, parecidos a ciempiés, abarrotaban el río.
Permaneció en silencio y Boranova, mirándole preocupada dijo finalmente:
–¿No lo encuentra interesante?
–¿Encontrar interesante qué cosa?
–Mi sugerencia de que venga a la Unión Soviética.
–¡No! –contestó secamente.
–Pero, ¿por qué no? Dado que sus colegas americanos no aceptan sus ideas y dado que se siente deprimido por ello y está buscando una salida al callejón donde se encuentra, ¿por qué no venir con nosotros?
–Por sus investigaciones sobre mi vida estoy seguro de que sabe que mis ideas no son aceptadas, pero, ¿cómo puede saber lo deprimido que estoy por ello?
–Cualquier hombre se sentiría deprimido. Y uno tiene solamente que hablar con usted para darse cuenta.
–¿Acepta usted mis ideas?
–¿Yo? Yo no pertenezco a su campo. No sé nada, o muy poco, sobre el sistema nervioso.
–Supongo que simplemente acepta la opinión que Shapirov tiene de mis ideas.
–Sí. E incluso si no fuera así..., los problemas desesperados requieren remedios desesperados. ¿Qué mal hay, entonces, si probamos sus ideas como remedio? Ciertamente, no estaremos peor que ahora.
–Ya tienen mis ideas. Han sido publicadas.
Se le quedó mirando fijamente:
–No sé por qué no creo que todas sus ideas hayan sido publicadas. Por eso le necesitamos a usted.
Morrison rió sin humor:
–¿En qué puedo ayudarles en relación con la miniaturización? Sé menos de miniaturización que usted de cerebros. Infinitamente menos.
–¿Conoce algo sobre miniaturización?
–Sólo dos cosas. Que se sabe que los soviéticos la están investigando..., y que es imposible.
Boranova contempló el río, pensativa.
–¿Imposible? –repitió–. ¿Y si le dijera que lo hemos logrado?
–La creería más si me dijese que los osos polares vuelan.
–¿Por qué iba a mentirle?
–Señalo el hecho. Los motivos no me conciernen.
–¿Por qué está tan seguro de que la miniaturización es imposible?
–Si reduce un hombre al tamaño de una mosca, toda la masa del hombre estaría apiñada en el volumen de una mosca.
Terminaría con una densidad de algo así como... –se detuvo a pensar– ciento cincuenta mil veces la del platino.
–¿Pero y si la masa se redujera en proporción?
–Entonces terminaría con un átomo en el hombre miniaturizado por cada tres millones del original. El hombre miniaturizado tendría no solamente el tamaño de una mosca sino también el poder cerebral de una mosca.
–¿Y si también los átomos se reducen?
–Si me está hablando de átomos miniaturizados, entonces, la constante de Planck, que es una cantidad absolutamente fundamental en nuestro Universo, lo prohíbe. Los átomos miniaturizados serían demasiado pequeños para encajar en la granulación del Universo.
–¿Y si le dijera que la constante de Planck también fue reducida, de modo que un hombre miniaturizado encajara en un campo en el que la granulación del Universo era increíblemente más fina de lo que es en condiciones normales?
–Entonces no la creería.
–¿Sin examinar el caso? ¿Se negaría a creerlo como resultado de sus convicciones preconcebidas, lo mismo que sus colegas se niegan a creerle a usted?
–No es lo mismo –masculló al fin.
–¿Que no es lo mismo? –Volvióse a mirar el río, pensativa–. ¿En qué no es lo mismo?
–Mis colegas creen que estoy equivocado. Mis ideas, en su opinión, no son teóricamente imposibles..., sólo equivocadas.
–¿Mientras que la miniaturización es imposible?
–Sí.
–Entonces venga y vea. Si resulta que la miniaturización es imposible, como usted dice, habrá tenido por lo menos un mes en la Unión Soviética como invitado del Gobierno soviético. Todos sus gastos serán pagados. Si existe una amiga que quiera llevar consigo, llévela también. O un amigo.
Morrison sacudió la cabeza.
–No, gracias. Prefiero no ir. Incluso si la miniaturización fuera posible, no pertenece a mi campo. Ni me serviría de ayuda, ni me interesaría.
–¿Cómo puede saberlo? ¿Y si la miniaturización le daba la oportunidad de estudiar Neurología como no la ha estudiado antes de ahora..., como nadie la ha estudiado jamás? ¿Y que, si al hacerlo, pudiera usted ayudarnos? Esto sería lo que nosotros arriesgaríamos.
–¿Cómo puede usted ofrecerme un nuevo medio de estudiar Neurología?
–Pero, doctor Morrison, creí que era de esto de lo que estábamos hablando. No puede realmente probar sus teorías porque no puede estudiar las células nerviosas con suficiente detalle, sin dañarlas. Pero, ¿y si le presentáramos una neurona tan grande como el Kremlin para usted solo..., o mayor aún..., para estudiarla molécula a molécula?
–¿Quiere decir que puede invertir la miniaturización y conseguir una neurona tan grande como desee?
–No, todavía no podemos hacerlo, pero podemos hacerle a usted tan pequeño como queramos y al final viene a ser lo mismo, ¿no cree?
Morrison se levantó y la miró.
–No –murmuró–. ¿Está usted loca? ¿Cree que estoy loco? ¡Adiós! ¡Adiós!
Dio media vuelta y se alejó rápidamente.
–Doctor Morrison. ¡Escúcheme! –le gritó.
Pero él hizo un gran gesto de rechazo con el brazo derecho y echó a correr a través del camino, esquivando los coches con dificultades.
Por fin llegó al hotel, jadeando, casi bailando de impaciencia mientras esperaba el ascensor. «¡Loca! –pensó–. Quería miniaturizarle a él, intentar esa imposibilidad con ¡él...! O, peor, intentar la posibilidad con él, lo que sería infinitamente peor»
Morrison temblaba aún cuando llegó ante la puerta de su habitación del hotel, sujetando con fuerza el rectángulo de plástico de la llave, respirando con fuerza y preguntándose si ella conocería el número de su habitación. Lo podía descubrir, claro, si era lo suficientemente decidida. Miró de punta a punta el comedor, medio temeroso de verla llegar corriendo hacia él, con el rostro descompuesto, el cabello al aire y las manos ex-tendidas.
Sacudió la cabeza. ¡Qué locura! ¿Qué podía hacerle? No podía llevárselo en brazos. No podía obligarlo a hacer algo que no quisiera hacer. ¿Qué terror infantil se había apoderado de él?
Morrison respiró profundamente e introdujo la llave en la cerradura. Percibió el pequeño clic de la llave al encajar, luego la retiró y se abrió la puerta.
El hombre sentado en el sillón de mimbre junto a la ventana le sonrió diciendo:
–Pase.
Morrison lo miró estupefacto, luego volvió la cabeza para ver el número de habitación.
–No, no. Ésta es su habitación, sí. Entre ya y cierre la puerta.
Morrison obedeció la orden contemplando al hombre con silencioso asombro.
Era un hombre de aspecto suficientemente rollizo aunque no del todo gordo, que llenaba el sillón de brazo a brazo. Llevaba una americana de algodón y debajo una camisa blanca, tan blanca que casi brillaba. No podía decirse que fuera calvo, pero iba camino de serlo y lo que quedaba de su cabello castaño era un puro rizo. No llevaba gafas pero sus ojos eran pequeños y con aspecto de ser miopes, lo que podía inducir a error..., o quizá significaba que usaba lentillas. Le dijo:
–Ha vuelto corriendo, ¿verdad? Le he estado observando –señaló la ventana– sentado en el banco, luego poniéndose de pie y volviendo al hotel como escapando de algo. Tenía la esperanza de que subiría a su habitación. No quería estar todo el día sentado aquí, esperándole.
–¿Estaba aquí para vigilarme desde la ventana?
–No, no, en absoluto. Ha sido accidental. Sólo que le he visto salir con la señora, hacia el banco. Conveniente, pero no previsto. De todos modos, está bien. Si no le hubiera visto desde la ventana, tenía a otros vigilándole.
Para entonces, Morrison ya había recobrado el aliento y su mente se había tranquilizado cuando hizo la pregunta que hubiera debido ser lo primero en la conversación:
–¿Y usted quién es?
En respuesta, el hombre sacó una carterita del bolsillo y la abrió. Explicó:
–Firma, holograma, huella dactilar, huella vocal.
Morrison miró del holograma al rostro sonriente. El holograma también sonreía. Dijo:
–Está bien. Usted es de Seguridad. Pero así y todo no tiene derecho a invadir mi alojamiento privado. No me escondo. Podía usted haberme avisado desde el vestíbulo, o llamado a mi puerta.
–Estrictamente hablando, tiene razón, por supuesto. Pero pensé que era mejor encontrarme con usted lo más discretamente posible. Además, presumo de antiguo conocido.
–¿Antiguo conocido?
–Hace dos años. ¿No lo recuerda? Una conferencia internacional en Miami. Presentaba usted un trabajo y lo pasó mal...
–Recuerdo la ocasión. Recuerdo el escrito. Es a usted a quien no recuerdo.
–No es sorprendente. Quizá. Nos vimos después. Le hice algunas preguntas y además tomamos unas copas juntos.
–No considero esto como vieja amistad... ¿Francis Ródano?
–Sí, éste es mi nombre. Incluso lo ha pronunciado correctamente. El acento en la segunda sílaba. A abierta. Memoria subconsciente, claro.
–No, no lo recuerdo. El nombre estaba en su identificación... Preferiría que se fuera.
–Quisiera hablarle desde mi condición oficial.
–Por lo visto todo el mundo quiere hablar conmigo. ¿De qué?
–De su trabajo.
–¿Es usted neurólogo?
–Sabe de sobra que no lo soy. Me licencié en lenguas eslavas. Estudié Económicas.
–Entonces ¿de qué podemos hablar? Conozco bien el ruso, pero usted debe ser mejor. Y no sé nada de economía.
–Podemos hablar de su trabajo. Como hicimos hace dos años... Mire, ¿por qué no se sienta? Es su habitación y no voy a entretenerle mucho. Si quiere el sillón donde estoy sentado, estaré encantado de devolvérselo.
Morrison se sentó en la cama.
–Terminemos de una vez. ¿Qué quiere saber de mi trabajo?
–Lo mismo que quería hacer hace dos años. ¿Existe algo, en opinión de usted, una estructura específica en el cerebro que sea especialmente responsable del pensamiento creativo?
–No es del todo una estructura. No es algo que pueda separarse según el criterio ordinario. Es una red neurótica. Sí, creo que hay algo así. Es obvio. El problema es que nadie más lo cree porque no pueden localizarla y no hay evidencia de ella.
–¿La ha localizado usted?
–No. Razono como consecuencia de los resultados obtenidos de mis análisis de las ondas cerebrales, pero parece que no los convenzo. Mis análisis no son..., ortodoxos. –Y añadió amargado–: En este campo, la ortodoxia no les ha llevado a ninguna parte, pero no me dejan ser heterodoxo.
–Me han dicho que utiliza técnicas matemáticas en sus análisis encefalográficos que no solamente son heterodoxos, sino claramente equivocados. Ser heterodoxo es una cosa; estar equivocado es otra.
–La única razón de que digan que estoy equivocado es que no puedo demostrar que estoy en lo cierto. La única razón por la que no puedo demostrar que estoy en lo cierto es que no puedo estudiar una neurona cerebral aislada, con suficiente detalle.
–¿Ha probado de estudiarlas? Si trabaja con un cerebro humano vivo, ¿no se expone usted a graves procesos legales, o a un juicio criminal?
–Naturalmente. No estoy loco. He trabajado con animales. Tengo que hacerlo así.
–Hace dos años me dijo todo esto. Deduzco, pues, que en el tiempo transcurrido no ha hecho ningún descubrimiento sorprendente.
–Ninguno. Pero sigo igualmente convencido de que tengo razón.
–El que esté usted convencido no tiene importancia si no puede convencer a nadie más. Pero ahora debo hacerle otra pregunta... ¿Ha conseguido usted algo, en los dos últimos años, que haya logrado convencer a los soviéticos?
–¿Los soviéticos?
–Sí. ¿Por qué esta actitud de sorpresa, doctor Morrison? ¿No ha pasado usted una o dos horas conversando con la doctora Boranova? ¿No es a ella a quien ha abandonado usted a toda prisa?
–¿La doctora Boranova? –Morrison, confuso, no pudo pensar en nada mejor que repetir como un loro.
El rostro de Ródano no perdió nada de su amabilidad.
–Exactamente. La conocemos muy bien. No la perdemos de vista siempre que está en los Estados Unidos.
–Habla usted como en los viejos tiempos –masculló Morrison.
–En absoluto. –Y Ródano se encogió de hombros–. Ahora no hay peligro de guerra nuclear. Somos correctos unos con otros, la Unión Soviética y nosotros. Cooperamos en el espacio. Tenemos una cooperativa minera estacionada en la luna y libertad de entrada en las colonias espaciales de cada uno. Eso es «los buenos nuevos tiempos» Pero, doctor, algunas cosas no cambian del todo. No perdemos de vista a nuestros correctos compañeros, los soviéticos, para tener la seguridad de que siguen siendo virtuosos. ¿Por qué no íbamos a hacerlo? Tampoco ellos nos pierden de vista.
–Al parecer, tampoco me pierden de vista a mí –contestó Morrison.
–Pero estaba usted con la doctora Boranova. No podíamos dejar de verle.
–Puedo asegurarle que no volverá a ocurrir. No tengo intención de encontrarme de nuevo cerca de ella si puedo evitarlo. Es una loca.
–¿Literalmente?
–Le doy mi palabra... Mire, en lo que a mí se refiere, nada de lo que ella y yo hablamos, es secreto. Me creo en libertad de repetir lo que me dijo. Está metida en un proyecto de miniaturización.
–Hemos oído hablar de ello. Tienen una ciudad especial, en los Urales, dedicada a experimentos de miniaturización.
–¿Sabe usted si han logrado algo?
–Nos lo preguntamos.
–Ha tratado de convencerme de que sí, de que han conseguido llegar a producir verdadera miniaturización.
Ródano no dijo nada.
Morrison, que había esperado un instante para dejarle comentar, añadió:
–Pero eso es imposible, se lo digo yo. Científicamente imposible. Debe darse cuenta o, como su campo de especialidad es el de las lenguas eslavas, y economía, acepte mi palabra.
–No tengo por qué hacerlo, amigo mío. Hay muchos otros que dicen que es imposible, no obstante, seguimos preguntándonoslo. Los soviéticos son libres de jugar con la miniaturiza-ción, si así lo desean, pero lo que nosotros no queremos es que la consigan. A menos que nosotros también la consigamos. Después de todo, ignoramos a qué uso podrían dedicarla.
–¡A ninguno! ¡A ninguno! –exclamó Morrison enfurecido–. Es inútil preocuparse por ello. Si nuestro Gobierno no quiere realmente que la Unión Soviética adelante excesivamente en tecnología, debería animar esta locura de la miniaturización. Dejen que los soviéticos se gasten el dinero con ella. Dinero, tiempo y materiales, y que concentren cada átomo de su pericia científica en ello. Todo será un desperdicio.
–No obstante –insistió Ródano–, no creo que la doctora Boranova sea una loca o una imbécil, como tampoco creo que lo sea usted... ¿Sabe en lo que pensaba mientras los contemplaba enfrascados en su conversación en el banco del parque? Me dio la sensación de que ella necesitaba su ayuda. Quizá pensaba que con sus teorías sobre Neurología podría ayudar a impulsar la miniaturización soviética. Las peculiares teorías de ambos podrían sumarse y producir algo que no tenga nada de peculiar. Bueno, así lo pienso.
Morrison apretó los labios.
–Ya le he dicho que no tengo secretos que guardar, así que le digo que tiene razón. Como usted dice, quiere que vaya a la Unión Soviética y la ayude en su proyecto de miniaturización. No voy a preguntarle cómo se ha enterado usted, pero no creo que lo haya adivinado al azar y no intente persuadirme de que es así.
Ródano se limitó a sonreír y Morrison prosiguió:
–En todo caso, le dije que no. Me negué, absolutamente. Me levanté y me fui, al instante..., y de prisa. Me vio hacerlo. Es la pura verdad. Habría informado de ello si hubiera dispuesto de un margen de tiempo para hacerlo. Y, como ve, se lo digo a usted ahora. Tampoco hay ninguna razón para que no me crea porque, dadas las circunstancias, no iba a tomar parte en un proyecto que es absolutamente insensato. Incluso si quisiera trabajar en contra de mi país, y éste no es el caso, soy lo suficientemente científico para meterme en algo tan locamente descabellado como trabajar en un proyecto sin futuro. Lo mismo podría estar trabajando en una máquina de movimiento perpetuo, o en la antigravedad, o en los viajes más veloces que la luz o en... –Estaba sudando copiosamente.
Ródano lo interrumpió con voz suave:
–Por favor, doctor Morrison, nadie pone en duda su lealtad. Por lo menos, yo no. No estoy aquí porque me perturbe el que haya sostenido una discusión con la mujer rusa. Estoy aquí porque teníamos motivos para creer que se acercaría a usted y temimos que le hiciera caso.
–¿Cómo?
–Compréndame, ahora, doctor Morrison. Por favor, compréndame. Desearíamos sugerirle, en realidad lo deseamos mucho, que se fuera usted a la Unión Soviética con la doctora Boranova.
Morrison se quedó mirando a Ródano, pálido, con el labio ligeramente tembloroso. Se apartó el pelo con la mano derecha y preguntó:
–¿Por qué quiere usted que me vaya a la Unión Soviética?
–Yo, personalmente, no. Lo quiere el Gobierno de los Estados Unidos.
–¿Por qué?
–La razón es obvia. Si la Unión Soviética está dedicada a los experimentos de miniaturización, nos gustaría saber de ello tanto como fuera posible.
–Tiene a Madame Boranova. Debe saber mucho sobre ello. Cójanla y sáquenselo.
–Sé que habla en broma –suspiró Ródano y prosiguió–: Hoy día no se puede hacer semejante cosa. Lo sabe de sobra. La Unión Soviética respondería al instante de la forma más desagradable y la opinión mundial se pondría de su parte. Así que no perdamos más tiempo con semejantes bromas.
–De acuerdo. Coincido con usted que no se puede hacer nada tan salvaje. Supongo que disponemos de agentes intentando descubrir los detalles.
–Ésa es la palabra justa, doctor, intentando. Tenemos nuestros agentes en la Unión Soviética, por no hablar de un equipo de espionaje sofisticado, tanto en tierra como en el espacio, lo mismo que ellos tienen sus agentes aquí. Pero si ellos y nosotros somos buenísimos rebuscando sin ruido, también somos muy buenos guardando secretos. Quizá la Unión Soviética sea mejor que nosotros. Incluso no estando en lo que usted llama los «viejos malos tiempos», la Unión Soviética no es aún una sociedad abierta, como la entendemos nosotros, y han tenido más de un siglo de práctica en esconder las cosas.
–Entonces, ¿qué es lo que esperan ustedes de mí?
–Usted es diferente. El agente habitual es enviado a la Unión Soviética, o a alguna región en donde la Unión Soviética opera, bajo una cobertura que podría ser penetrada. Él, o ella, debe introducirse en un lugar donde no es realmente bien recibido y conseguir recoger información que es secreta. Esto no es fácil. Él, o ella, no suele tener éxito y él, o ella, suele ser descubierto, lo que siempre es desagradable para todos. Pero, en su caso, le reclaman; se comportan como si le necesitaran. Le situarán en el propio corazón de sus instalaciones secretas. ¡Qué oportunidad la suya!
–Pero sólo me han pedido que fuera en estas dos últimas horas. ¿Cómo sabe usted tanto acerca de esto?
–Hace ya cierto tiempo que se interesan por usted. Una de las razones por la que me decidí a hablarle dos años atrás, es porque ya entonces parecían interesarse por usted, y nos pre-guntábamos por que sería. Así que para cuando se han decidido a actuar, ya estábamos preparados.
Los dedos de Morrison tamborilearon en el brazo del sillón, haciendo un ruidito rítmico.
–Pongamos esto en claro –observó–. Tengo que aceptar ir a la Unión Soviética con Natalya Boranova, supuestamente a la región donde figura que trabajan en miniaturización. Tengo que pretender ayudarles...
–No necesita pretender nada –interrumpió Ródano–. Ayúdelos, si puede hacerlo, especialmente si con ello llega a conocer mejor el proyecto.
–Está bien, los ayudo. ¡Y después les entrego a ustedes la información que tenga cuando regrese!
–Exactamente.
–¿Y qué si no hay tal información? ¿Si todo el montaje no es más que una gigantesca baladronada o si se están engañando a sí mismos? ¿Y qué, si están siguiendo una especie de Lisenko hacia un agujero vacío?
–Pues cuéntenoslo. Nos encantaría saberlo..., siempre que sea cuestión de saber, no de imaginar. Después de todo, estamos prácticamente seguros de que los soviéticos tienen la impresión de que nosotros estamos progresando en la antigravedad. Puede que sí o puede que no. No están seguros y no vamos a dejar que lo descubran. Puesto que no pedimos a ningún científico soviético que venga a ayudarnos, no les facilitamos la entrada. Por cierto, se dice que los chinos están trabajando en el viaje más veloz que la luz. Curiosamente, ha mencionado usted ambas cosas como teóricamente imposibles. Sin embargo, no he oído hablar de nadie que trabajara en el movimiento perpetuo.
–Éstos son juegos a los que se dedican las naciones –dijo Morrison–. ¿Por qué no hay cooperación en ambas cosas? Parecemos estar de nuevo en los viejos malos tiempos.
–No del todo. Pero estando en los nuevos buenos tiempos no quiere decir que estemos en la gloria. Siguen existiendo restos de sospecha y hay todavía deseos de dar un gran paso hacia delante antes de que alguien más lo haga. Puede que sea una buena cosa. Si nos vemos empujados por motivos egoístas de engrandecimiento, siempre y cuando esto no nos conduzca a la guerra, podríamos progresar rápidamente. Dejar de intentar robarle un adelanto a los vecinos y amigos, puede reducirnos a la indolencia y la decadencia.
–Así que, si voy y estoy eventualmente en situación de asegurarle, con toda autoridad, que los soviéticos perforan en vacío o que en realidad están haciendo progresos en tal o cuál cosa, entonces estaré no sólo ayudando a los Estados Unidos sino a todo el mundo a seguir siendo vigorosos y progresistas..., incluyendo a la Unión Soviética.
Ródano movió la cabeza afirmativamente.
–Es un buen punto de vista.
–Tengo que reconocerles mérito –prosiguió–. Como artistas son ustedes muy inteligentes. No obstante, yo no pico. Favorezco la cooperación entre naciones y no pienso jugar a esos peligrosos juegos del siglo XX, en nuestro racional XXI. Dije a la doctora Boranova que no iba a ir y ahora le digo a usted que no voy a ir.
–¿Se da cuenta de que es su Gobierno el que se lo pide?
–Lo que yo sé es que usted me lo pide y yo se lo niego a usted. Pero si casualmente representara usted el punto de vista del Gobierno, entonces estoy igualmente dispuesto a decir que no al Gobierno.
Y Morrison siguió allí sentado, sofocando, con la barbilla levantada. Su corazón latía rápidamente y se sentía heroico. «Nada me hará cambiar de opinión –pensaba–. ¿Qué pueden hacerme? ¿Meterme en la cárcel? ¿Para qué? Tienen que poder acusarme de algo»
Esperó a que el otro se enfureciera. Que le amenazara.
Ródano se limitó a contemplarle con expresión de tranquilo desconcierto. Por fin preguntó:
–¿Por qué se niega, doctor Morrison? ¿Es que no tiene sentimientos patrióticos?
–Patriotismo, sí. Locura, no.
–¿Por qué locura?
–¿Sabe lo que se proponen hacer conmigo?
–Dígamelo.
–Se proponen miniaturizarme y meterme en un cuerpo humano para investigar el estado neurofísico de una célula cerebral, desde dentro.
–¿Y por qué querrían hacer eso?
–Según ellos para ayudarme en mi investigación, que también les ayudará a ellos. Pero le aseguro que no pienso someterme a tal experimento.
Ródano se rascó su escaso pelo, lo desbarató, pero rápidamente lo alisó de nuevo como si se sintiera ansioso por no enseñar demasiada calva rosada.
–No creo que esto deba preocuparle. Me dice que la miniaturización es lisa y llanamente imposible..., en cuyo caso no podrán miniaturizarle pese a sus intenciones y deseos.
–Realizarán algún experimento conmigo. Dicen que ya tienen la miniaturización, lo que significa que o son unos embusteros o están locos y, en cualquier caso, no estoy dispuesto a que jueguen conmigo..., ni para satisfacerlos a ellos, o a usted, o a todo el Gobierno americano.
–No están locos –afirmó Ródano–, y sea cual fuere su intención, saben perfectamente que les consideramos responsables del bienestar de un ciudadano americano invitado por ellos a su país.
–¡Gracias! ¡Gracias! ¿Y cómo les haría responsables? ¿Les enviaría una nota de protesta? ¿Retendría a uno de sus ciudadanos en represalia? Además, ¡ni que me fueran a ejecutar públicamente en la Plaza Roja! ¿Y qué si deciden que no me quieren devolver por si hablo de su trabajo de miniaturización? Sacarán lo que quieran de mí, sea lo que sea, y decidirán que el Gobierno americano no tiene por qué beneficiarse de cualquier conocimiento que yo haya adquirido de ellos. Así que arreglarán un pequeño accidente. ¡Lo sentimos! ¡Lo sentimos! Y ellos naturalmente, pagarán una indemnización a mi desconsolada familia y devolverán un ataúd envuelto en la bandera nacional. No, gracias. Yo no sirvo para misiones suicidas.
–Está dramatizando. Será un invitado. Les ayudará si puede y no necesita mostrarse ostentoso en cuanto a aprender cosas. No le pedimos que sea un espía; le agradeceremos cualquier cosa que pueda usted averiguar, más o menos inevitablemente. Lo que es más, tendremos gente por allá que tratará de no perderle de vista. Estamos dispuestos a que regrese usted sano y salvo...
–Si pueden –interrumpió Morrison.
–Si podemos –asintió Ródano–. No podemos prometerle milagros. ¿Nos creería si lo hiciéramos?
–Hagan lo que quieran, no es un trabajo para mí. Yo no soy tan valiente. No me propongo transformarme en un peón de una loca partida de ajedrez, con mi vida muy probablemente en juego, sólo porque usted, o el Gobierno, me lo piden.
–Se asusta innecesariamente.
–Nada de eso. El miedo representa su propio papel. Le mantiene a uno cauteloso y vivo. Hay un truco para mantenerse en vida cuando se es alguien como yo, se llama cobardía. Puede no ser admirable ser cobarde si alguien posee los músculos y la mentalidad de un toro, pero no es ningún crimen serlo para un débil como yo. Tampoco soy tan cobarde que se me pueda obligar a aceptar un papel de suicida simplemente porque temo revelar mi debilidad. Lo confieso alegremente. No soy lo bastante valiente para el papel. Ahora, márchese por favor.
Ródano suspiró, medio sonrió, medio se encogió de hombros y se puso de pie, despacio.
–Hemos terminado, pues. No podemos obligarlo a servir a su patria si no desea hacerlo.
Se dirigió hacia la puerta, arrastrando un poco los pies y entonces con la mano casi en el pomo, se volvió y dijo:
–De todos modos, me ha trastornado algo. Me temo que estaba equivocado y odio estar equivocado.
–¿Equivocado? ¿Qué ha hecho usted? ¿Apostar cinco pavos a que me encantaría dar la vida por mi país?
–No. Creí que le encantaría tener la oportunidad de avanzar en su carrera. Después de todo, y tal como están las cosas, no va a llegar a ninguna parte. Nadie escucha sus ideas; sus ar-tículos ya no se publican. Su nombramiento en la Universidad, no es fácil que lo renueven. ¿Cargos? Olvídelos. ¿Becas del Gobierno? Jamás. No después de haber rechazado nuestra petición. Después de este año, no tendrá ni renta, ni destino. Y pese a todo, no quiere ir a la Unión Soviética, como creí que haría, a fin de salvar su carrera. Sin todo esto, ¿qué va a hacer?
–Es mi problema.
–No. Nuestro problema. El nombre del juego en este precioso nuevo mundo nuestro es avance tecnológico: el prestigio, la influencia, las posibilidades de hacer lo que otros países no pueden. El juego se libra entre dos importantes contendientes y sus aliados respectivos; nosotros y ellos, los Estados Unidos y la Unión Soviética. A pesar de toda nuestra circunspecta amistad, seguimos compitiendo. Los participantes en el juego son científicos e ingenieros y cualquier participante descontento puede ser utilizado por el lado contrario. Usted es un jugador descontento, doctor Morrison. ¿Comprende lo que le estoy di-ciendo?
–Lo que comprendo es que está a punto de resultar ofensivo.
–Tenemos su declaración de que la doctora Boranova le ha invitado a visitar la Unión Soviética. ¿No es verdad? ¿No le habrá invitado a vivir en la Unión Soviética y a trabajar para ellos a cambio de apoyar sus ideas?
–Yo tenía razón. Me está ofendiendo.
–Mi trabajo lo requiere..., si es preciso. Y si, después de todo yo tuviera razón y se aferrara a la oportunidad de mejorar su carrera. Sólo que ésta es la forma en que quiere hacerlo..., quedarse aquí y aceptar dinero soviético, y su respaldo, a cambio de darles cuanta información pueda.
–Se equivoca. Ni tiene pruebas que lo sugieran, ni puede probarlo.
–Pero puedo sospecharlo, y otros también. A partir de ahora procuraremos tenerlo bajo vigilancia constante. No podrá dedicarse a la Ciencia. Su vida profesional habrá acabado..., del todo. Y puede evitarlo, solamente con hacer lo que le pedimos y marchar a la Unión Soviética.
Morrison apretó los labios y dijo con voz ronca:
–Me está amenazando en un burdo intento de chantajearme y no pienso capitular. Correré el riesgo. Mis teorías sobre el centro cerebral del pensamiento son correctas y algún día se-rán reconocidas..., pese a lo que usted y otros hagan.
–No puede vivir de «algún día»
–Pues moriré. Puede que tenga cobardía física, pero no moral. Adiós.
Ródano, con una última mirada medio compasiva, se fue. Y Morrison, estremecido por un espasmo de pánico y desesperanza, sintió que se le escapaba su espíritu de lucha, dejando sólo desesperación tras de sí.
II. RAPTADO
Si pedir cortésmente es inútil, tómalo.
DEZHNEV, padre
«Pues moriré», pensó Morrison.
Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta con llave después de que saliera Ródano. Se dejó caer en el sillón, sumido en sus pensamientos, con expresión ausente. El sol de la tarde en su camino al ocaso entraba por su ventana y no se molestó en oprimir el botón que opacaría los cristales. Sencillamente lo dejó entrar. La verdad era que encontraba una vaga fascinación hipnótica viendo bailar las motas de polvo.
Había huido asustado de la mujer rusa, pero había plantado cara al agente americano, haciéndole frente con el coraje de..., de la desesperación.
Y lo que ahora sentía era eso, desesperación, y nada de valor. Después de todo, lo que había dicho Ródano era verdad. Su nombramiento no sería renovado para el año próximo y ninguno de los contactos intentados había dado resultado. Era un veneno para la oficina académica y carecía del tipo de experiencia (o más importante, de los contactos) que podía proporcionarle un empleo en el sector privado, incluso si la discreta y silenciosa oposición de un Gobierno ofendido no se tenía en cuenta.
¿Qué haría? ¿Irse al Canadá?
Allí estaba Janvier en la «McGill University» En cierta ocasión había expresado interés por las ideas de Morrison. ¡En una ocasión! Morrison no había tanteado a Janvier porque no había contado con abandonar el país. Ahora sus planes ya no importaban. Tendría que irse.
También estaba Latinoamérica, donde una docena de Universidades podrían admitir a uno del Norte que hablaba español y portugués..., por lo menos un poco. El español de Morrison era malo. Su portugués inexistente.
¿Qué podía perder? No había lazos familiares. Incluso sus hijas estaban distantes, desvanecidas, como viejas fotografías. No tenía prácticamente amigos, o por lo menos ninguno que hubiera sobrevivido a los desastres de sus investigaciones.
Estaba su programa, claro, especialmente redactado por él. Había nacido, al principio, para una pequeña industria según sus especificaciones. Desde entonces lo había ido modificando, incesantemente, por cuenta propia. Tal vez debiera patentarlo, excepto que nadie más que él lo llegaría a utilizar. Lo llevaría consigo, dondequiera que fuese. Ahora mismo lo llevaba en el bolsillo interior izquierdo de su americana, abultando como una cartera de gran tamaño.
Morrison podía oír su propia áspera respiración y se dio cuenta de que estaba escapando del tiovivo sin sentido de sus pensamientos, durmiéndose en ellos. «¿Cómo podía interesar a otros –pensó con amargura–, si incluso se aburría a sí mismo?»
Notó que el sol ya no daba en su ventana y que el atardecer invadía su habitación. Tanto mejor.
Percibió un zumbido. Era el teléfono interior, pero no se movió. Morrison dejó que sus ojos siguieran cerrados. Probablemente se trataba de ese hombre, Ródano, llamando para un último intento. Que siguiera llamando.
El sueño le venció y la cabeza de Morrison cayó hacia un lado, en una posición tan incómoda que el sueño no duró mucho.
Tardó unos quince minutos en sentirse completamente despierto. El cielo seguía siendo azul, pero la penumbra de su habitación había aumentado y pensó, sintiéndose culpable, que había perdido todas las comunicaciones de aquella tarde. Y de pronto pensó con rebeldía: «¡Bien! ¿Y por qué iba a querer oírles?»
La rebeldía fue en aumento. ¿Qué estaba haciendo en aquella Convención? En tres días no había oído ni una sola lectura que le interesara, ni había conocido a nadie que pudiera echar una mano a su carrera medio hundida. ¿Qué haría en los tres días restantes excepto tratar de evitar a las dos personas que había encontrado y que de ningún modo quería volver a encontrar..., Boranova y Ródano?
Sintió hambre. No había casi almorzado y se acercaba la hora de la cena. El problema era que no se sentía de humor para comer solo en el elegante restaurante del hotel y menos aún para pagar sus inflados precios. La idea de esperar en fila para conseguir un taburete en la cafetería, era todavía menos tentadora.
Esto lo decidió todo. Estaba harto. Lo mejor sería pagar la cuenta y caminar hasta la estación de ferrocarril. (El trayecto no era largo y el aire fresco de la noche tal vez le ayudaría a despejar las brumas de su mente.) Tardaría no menos de cinco minutos en hacer la maleta; estaría en camino en diez.
Emprendió la tarea con gesto torvo. Por lo menos ahorraría la mitad de la factura del hotel y se alejaría de un lugar que, estaba seguro de ello, si se quedaba no le proporcionaría más que disgustos.
Tenía toda la razón, por supuesto, pero ninguna campanilla sonó en su mente para informarle de que ya se había quedado demasiado tiempo.
Después de pasar rápidamente por la recepción, abajo, Morrison cruzó las enormes puertas de cristal del hotel, encantado de ser libre, pero aún incómodo. Había observado cuidadosamente el vestíbulo para estar seguro de que ni Boranova ni Ródano rondaban por ahí, y ahora recorrió con la mirada la hilera de taxis y los grupos de gente que entraba y salía del hotel.
Todo bien..., parecía.
Todo bien, excepto por un Gobierno enfadado, ningún logro, y problemas interminables en el futuro. La «McGill University» parecía por momentos más y más atractiva..., si conseguía entrar.
Salió a la acera, calle abajo, hacia la estación que estaba demasiado lejos para poder verla. Calculó que llegaría a casa pasada la media noche y no tendría oportunidad de dormir en el tren. Llevaba un librito de crucigramas que lo mantendría ocupado..., si la luz era buena. O...
Morrison se volvió al oír su nombre. Lo hizo maquinalmente aunque en las condiciones en que se encontraba, hubiera debido seguir adelante. No había nadie con quien quisiera hablar.
–¡Al! ¡Al Morrison! ¡Válgame Dios! –La voz era estridente y Morrison no la reconoció.
Ni reconoció el rostro. Era redondo, de mediana edad, rasurado y adornado con gafas de montura de acero. La persona a quien pertenecía el rostro, iba bien vestida.
Morrison sintió al momento la habitual angustia de tratar de recordar a una persona que se acordaba de uno perfectamente y que se comportaba como si fueran buenos amigos. Abrió la boca en el esfuerzo por buscar en el archivo de su mente.
El otro aparentaba darse cuenta del apuro de Morrison, pero pareció no importarle. Le dijo:
–Veo que no se acuerda de mí. No hay motivo para ello. Soy Charlie Norbert. Nos conocimos en una conferencia del «Gordon Research».., oh, hace años. Estaba usted interrogando a uno de los oradores acerca de la función del cerebro y lo hizo muy bien. Muy incisivo. Así que no es extraño que le recuerde, ¿comprende?
–Ah, sí –murmuró Morrison tratando de recordar cuándo había asistido por última vez a una conferencia del «Gordon Research» ¿Haría unos siete años, no?–. Muy amable por su parte.
–Hablamos mucho sobre ello aquella noche, doctor Morrison. Lo recuerdo porque me impresionó usted. Pero, no es raro que no se acuerde de mí. Nada en mí que cause impresión. Sabe, encontré su nombre en la lista de asistentes. Su segundo apellido. Jonas, me lo hizo recordar. Quise hablarle. Llamé a su habitación hará una media hora, pero no me contestó nadie.
Norbert pareció darse cuenta de la maleta de Morrison, por primera vez, y compungido preguntó:
–¿Es que se marcha?
–La verdad es que voy a coger el tren. Lo siento.
–Por favor, concédame unos minutos más. He estado leyendo sobre sus ideas.
Morrison dio unos pasos atrás. Incluso el hecho de expresar interés por sus ideas, no era bastante en aquellos instantes. Además la loción para después de afeitar del otro era muy fuerte e invadía su espacio personal, lo mismo que el hombre. Nada de lo que el otro le decía despertaba ningún recuerdo. Morrison acabó por decirle:
–Lo siento, pero si ha estado leyendo sobre mis ideas, será probablemente el único. Deseo que no le importe, pero...
–Pero sí me importa. –Norbert estaba serio–. Me sorprende que en su campo no se le aprecie como es debido.
–También me sorprendía a mí hace tiempo, señor Norbert.
–Llámeme Charlie. Hace años nos llamábamos por el nombre... No debe tener que pasar sin el debido aprecio, ¿sabe?
–No hay obligación de hacerlo. Soy como soy y nada más... –Morrison se volvió como para alejarse.
–Espere, Al. ¿Y si le dijera que puedo conseguirle un nuevo empleo con gente que aprecia su modo de pensar?
–Le diría que está usted soñando. –Morrison se detuvo.
–No sueño. Al, escúcheme. Oh, cómo me alegra haber tropezado con usted. Quiero presentarle a alguien. Verá, lanzamos una nueva compañía, «Genetic Mentalics» Hay mucho dinero detrás de nosotros y grandes planes. La idea es mejorar la mente humana mediante la ingeniería genética. Cada año vamos mejorando las computadoras, así que, ¿por qué no mejorar nuestra propia computadora? –Se golpeó la frente–. ¿Dónde estará? Lo dejé en el coche cuando lo vi salir del hotel. ¿Sabe?, no ha cambiado gran cosa desde que lo vi por última vez.
A Morrison aquello lo dejó indiferente, pero preguntó:
–¿Y esta nueva compañía me quiere a mí?
–Claro que lo quieren. Queremos modificar la mente, hacerla más inteligente, más creativa. Pero, ¿qué es lo que debemos modificar para conseguirlo? Usted nos lo dirá.
–Me temo que no he llegado tan lejos.
–No esperamos respuestas inmediatas. Simplemente queremos que trabaje para conseguirlo... Óigame, sea cual fuere su sueldo ahora, lo duplicaremos. Díganos lo que le dan ahora y nos tomaremos la pequeña molestia de multiplicarlo por dos. ¿Le parece justo? Y será usted su propio jefe.
Morrison frunció el ceño.
–Ésta es la primera vez que me tropiezo con Santa Claus vestido de paisano. Afeitado, además. ¿Dónde está el engaño?
–Ningún engaño... Pero, ¿dónde estará...? Ah, ha cambiado el coche de sitio para evitar el tráfico... Mire, es mi jefe, Craig Levinson. No le hacemos ningún favor, Al. Nos lo hace usted a nosotros. Venga conmigo.
Morrison dudó, aunque sólo momentáneamente. Siempre está oscuro antes de que amanezca. Cuando uno está abajo, no hay más dirección que hacia arriba. El rayo cae sólo alguna vez... De pronto estaba lleno de viejos refranes.
Se dejó llevar por el otro, vacilando apenas. Norbert agitó la mano y gritó:
–¡Le he encontrado! Éste es el hombre de quien le hablé. Al Morrison. Es el que necesitamos.
Un rostro grave, de mediana edad, le miró desde detrás del volante de un coche último modelo, cuyo color era indefinible en la oscuridad. El rostro le sonrió, los dientes brillaron, y la voz que le correspondía, exclamó:
–¡Estupendo!
El portaequipajes se abrió al acercarse y Charlie Norbert cogió la maleta de Morrison.
–Déjeme aligerarlo. –La echó al maletero y cerró de golpe.
–Espere –dijo Morrison, sorprendido.
–No se preocupe, Al. Si pierde este tren, hay otros. Si lo prefiere alquilaremos una limusina para llevarle a casa..., eventualmente. Entre.
–¿En el coche?
–Claro. –La puerta trasera se abrió, como invitándole.
–¿Hacia dónde vamos a ir?
–Oiga –dijo Norbert bajando la voz una octava y dulcificándola–. No perdamos más tiempo. Entre.
Morrison sintió algo duro contra su costado y se retorció a fin de poder ver de qué se trataba. Sintió que aquello, fuera lo que fuese, le empujaba. La voz de Norbert era ahora un murmullo:
–Tranquilo ya, Al. No armemos un alboroto.
Morrison entró en el coche y de pronto sintió mucho miedo. Sabía que en la mano de Norbert había una pistola.
Morrison se deslizó hasta la mitad del asiento trasero, preguntándose si podría alcanzar la otra puerta y volver a salir. Incluso si Norbert estaba armado, ¿se decidiría a utilizar el arma en el aparcamiento de un hotel, con cientos de personas a menos de treinta metros? Después de todo, incluso si el arma llevaba silenciador, su súbito colapso llamaría la atención.
Pero la posibilidad se desvaneció rápidamente cuando un tercer hombre entró por la otra puerta, un hombre grueso que gruñó al inclinarse para entrar y que miró a Morrison, si no con malevolencia, con una expresión que ciertamente carecía de toda traza de amistad.
Morrison se encontró comprimido entre dos hombres e incapaz de cualquier movimiento. El coche arrancó suavemente y adquirió velocidad al llegar a la autopista.
Morrison preguntó con voz entrecortada:
–¿Qué es todo esto? ¿A dónde estamos yendo? ¿Qué se proponen hacer?
La voz de Norbert, devuelta a su tono normal, y sin su afabilidad sintética, sonó siniestra:
–No tiene que preocuparse, doctor Morrison. No tenemos intención de lastimarle. Sólo lo queremos con nosotros.
–Estaba con ustedes allá. –Intentó señalar el «allá», pero el hombre que tenía a la derecha se inclinó sobre él y no pudo sacar la mano para señalar.
–Lo que queremos es tenerlo con nosotros..., en otra parte.
Morrison trató de mostrarse amenazador:
–Oigan, me están secuestrando. Y esto es una falta grave.
–No, doctor Morrison, no lo llame secuestro. Llamémoslo un acto amistoso pero algo forzado.
–Lo llame como lo llame, es ilegal. ¿O son ustedes de la Policía? Si es así, identifíquense, díganme lo que he hecho y de qué se trata.
–No lo acusamos de nada. Ya se lo he dicho. Sólo lo queremos con nosotros. Le aconsejo que no se agite, doctor, y conserve la calma. Será mejor para usted.
–No puedo conservar la calma si no sé de qué se trata.
–Haga un esfuerzo –aconsejó Norbert secamente.
A Morrison no se le ocurrió nada más que decir que pudiera ayudarle de alguna forma y, sin llegar a calmarse, guardó silencio.
Ya habían aparecido las estrellas. La noche era tan clara como lo había sido el día. El automóvil sorteó el tráfico consistente en millares de coches, cada uno de los cuales llevaba a alguien al volante yendo tranquilamente a sus ocupaciones cotidianas sin la menor sospecha de que en un coche cercano se estaba cometiendo un crimen.
El corazón de Morrison seguía desbocado y le temblaban los labios. No podía evitar sentirse nervioso. Le habían dicho que no iban a lastimarle, pero ¿cómo podía confiar en ellos? Hasta aquel momento todo lo que el hombre que estaba a su izquierda le dijo, había sido una mentira.
Intentó calmarse, pero ¿a qué órgano de su cuerpo debía dirigirse a fin de lograr la calma? Cerró los ojos y se obligó a respirar profunda y lentamente..., y a pensar de un modo racional. Era un científico. Tenía que pensar racionalmente.
Debían ser los colegas de Ródano. Le llevaban a Jefatura donde aumentaría la presión para obligarle a aceptar la misión. Pero no lo conseguirían, no podían. Era un americano y esto significaba que debía tratársele de acuerdo con ciertas reglas establecidas, ciertos procedimientos legales y ciertas formas de acción habituales. No podía ocurrir nada arbitrario, nada improvisado.
Volvió a respirar profundamente. Debía limitarse a seguir diciendo no. No podrían hacer nada.
Notó un bandazo y abrió los ojos.
El coche había salido de la carretera y se metía por un camino de tierra. Maquinalmente, preguntó:
–¿A dónde vamos?
No obtuvo respuesta.
El automóvil fue dando bandazos por un trecho considerable y a continuación se metió en un campo, oscuro y siniestro. A la luz de los faros del coche, Morrison distinguió un helicóptero, sus rotores girando lentamente y el motor ronroneando apenas.
Era uno del nuevo tipo, con sus ondas sonoras suprimidas, su superficie capaz de absorber, más que de reflectar, las ondas del radar. Su nombre popular era «silencóptero»
A Morrison se le cayó el alma a los pies. Si utilizaban un silencóptero, que era sumamente caro y muy raro, es que le estaban tratando como a una presa poco corriente. Estaba siendo tratado como un pez gordo.
«Pero yo no soy un pez gordo», pensó desesperado.
El automóvil se detuvo y los faros se apagaron. Todavía se oía el leve ronroneo y había unas luces violetas, apenas visibles, marcando el punto en que esperaba el silencóptero.
El gordo que estaba a la derecha de Morrison abrió la portezuela y con otro gruñido se esforzó por salir del coche. Su manaza alcanzó a Morrison. Éste trató de retroceder, insistiendo:
–¿A dónde me llevan?
El gordo lo agarró por el brazo.
–Salga. Cállese ya.
Morrison se sintió medio levantado, medio sacado del coche. Su hombro le dolía como era de esperar, teniendo en cuenta que casi se lo habían dislocado.
Pero se olvidó del dolor. Era la primera vez que oía hablar al gordo. Las palabras eran en inglés, pero el acento era positivamente ruso.
Morrison sintió frío. Los que se habían apoderado de él no eran americanos.
Morrison había entrado en el silencópetero..., aunque esto no era una descripción precisa de lo que había ocurrido. Entrar implica una acción voluntaria y él había sido decididamente empujado dentro del vehículo.
Se había abierto paso en la oscuridad y sentado entre los mismos dos hombres que en el coche. Era como si nada hubiera cambiado aunque el zumbido de los rotores era claramente más hipnótico de lo que había sido el del motor del automóvil.
Después de una hora, o quizá menos, salieron de la oscuridad del aire y bajaron hacia la oscuridad del océano. Morrison decía el océano porque podía olerlo y se daba cuenta de los jirones de niebla en el aire, y hasta podía distinguir, muy vagamente, la oscura masa de un barco. Oscuridad sobre oscuridad.
¿Cómo podía el silencóptero llegar hasta el océano y descubrir un barco? (El barco adecuado, estaba seguro.) Incluso en su medio estupor angustiado, la mente de Morrison no podía evitar pensar en soluciones. Indudablemente, el piloto del silencóptero había seguido una onda seudoaccidental, bien protegida. Esta radio onda parecía accidental pero, dada su clave, podía localizarse e identificarse su procedencia. Debidamente hecho, la seudoaccidentalidad no podía ser penetrada ni siquiera por una computadora avanzada.
El barco no era más que un lugar de parada temporal. Se le permitió utilizar el baño, tuvo tiempo para una comida apresurada consistente en pan y una misma falta de ceremonia que había empezado a aceptar como algo inevitable, en un avión más bien pequeño. Era para diez pasajeros (contó maquinalmente) pero excepto por los dos pilotos y, ubicados detrás, los dos hombres que se habían sentado a ambos lados de él en el coche y en el silencóptero, estaba solo en el avión.
Morrison miró hacia atrás a sus guardianes, a los que acababa de descubrir en la escasa luz que llenaba el interior del aparato. Había espacio suficiente, así que no tenían por qué apretujarlo. Ni necesitaban hacerlo por miedo a que huyera. Aquí sólo podía saltar a la cubierta del barco. Y una vez el avión despegara, sólo podía saltar al aire, con nada por debajo de él más que agua y profundidad desconocida.
Medio adormecido se preguntó por qué no despegaban y entonces se abrió la puerta para admitir a otro pasajero. Pese a la penumbra la reconoció al instante.
Solamente doce horas antes la había visto por primera vez, pero, ¿cómo podía él haber avanzado desde aquel primer momento de su encuentro, al presente, en sólo doce horas?
Boranova se sentó a su lado y le dijo a media voz:
–Lo siento, doctor Morrison –le habló en ruso.
Y, como si aquello fuera la señal, aumentó el ruido de los motores y se sintió apretado contra su asiento al despegar casi verticalmente.
Morrison contempló a Natalya Boranova, tratando de poner en orden sus pensamientos. Sintió el vago deseo de decirle algo de modo suave, imperturbable, pero no hubo oportunidad.
Su voz estaba enronquecida e incluso después de aclararse la garganta, lo único que pudo decir fue:
–He sido secuestrado.
–No pude evitarlo, doctor Morrison. Lo lamento. Sinceramente, tengo un deber que cumplir. Comprenda. Tenía que llevármelo por persuasión, si podía. De lo contrario... –Y dejó la frase sin terminar.
–Pero no puede actuar así. No estamos en el siglo xx. –Se atragantó en su esfuerzo por apagar su indignación a fin de poder hablar con sensatez–. No soy un prisionero. No soy un desamparado. Se me echará de menos. La Inteligencia americana sabe perfectamente que estuvimos hablando y saben también que usted quería que me fuera a la Unión Soviética. Sabrán que he sido secuestrado, puede que ya lo sepan, y su Gobierno se verá metido en un incidente internacional que no le interesa.
–Nada de eso –respondió Boranova en tono sincero, mirándolo a los ojos–. Nada de eso. Por supuesto que su gente sabe lo que ha ocurrido, pero no han objetado nada. Doctor Morrison, las operaciones de la Inteligencia de la Unión Soviética se distinguen tanto por su avanzada tecnología como por más de un siglo de estudio de la psicología americana. No dudo de que su servicio de Inteligencia está igualmente avanzado. Es esta igualdad de pericia, que comparten otras muchas unidades geográficas del planeta, la que ayuda a mantener la cooperación. Cada uno de nosotros está firmemente convencido de que nadie está más avanzado en su camino.
–No sé a lo que se refiere –murmuró Morrison. El planeta iba penetrando la noche hacia el amanecer del Este.
–Lo que interesa más ahora a la Inteligencia americana es nuestro intento de miniaturización.
–¡Intento! –exclamó Morrison en tono sarcástico y divertido.
–Intento con éxito. Los americanos no saben nada del éxito No saben si el proyecto de miniaturización no es sino una máscara tras la que se esconde algo totalmente distinto. Saben que estamos haciendo algo. Estoy segura de que poseen un mapa detallado del área donde la Unión Soviética lleva a cabo sus experimentos..., cada edificio, cada convoy de camiones. Indudablemente, tienen agentes que hacen cuanto pueden para penetrar el proyecto.
«Naturalmente, hacemos cuanto podemos, para evitarlo. No nos indignamos. Sabemos mucho acerca de los experimentos americanos sobre antigravedad y sería ingenuo adoptar la actitud de que nosotros buscamos y ellos no, de que podemos lograr nuestros éxitos, pero que los americanos no deben hacerlo.
Morrison se frotó los ojos. La voz tranquila, apagada, de Boranova le hacía darse cuenta de que había pasado su hora habitual de acostarse y de que tenía sueño. Dijo:
–¿Qué tiene que ver todo esto con el hecho de que mi país se sentirá amargamente agraviado por mi secuestro?
–Óigame, doctor Morrison. Compréndame. ¿Por qué iban a sentirlo? Le necesitamos, pero ellos no pueden saber por qué. No tienen motivos para suponer que haya algo valioso en sus ideas neuróticas. Deben pensar que estamos siguiendo una pista falsa y que no sacaremos nada de usted. No tienen la menor objeción en meter a un americano en el proyecto de miniaturización. ¿No cree que razonan de este modo, doctor Morrison?
–No sé cómo pueden razonar –respondió cautelosamente Morrison–. Es algo que no me interesa.
–Pero estuvo usted con un tal Francis Ródano cuando me abandonó tan súbitamente. Ya ve, incluso sabemos esto. ¿Le importaría decirme que no le sugirió que jugara con nosotros y fuera a la Unión Soviética a fin de encontrar cuanto pudiera?
–¿Quiere decir, que quiere que haga de espía?
–¿Y no es así? ¿No se lo sugirió?
De nuevo Morrison ignoró la pregunta. Sólo dijo:
–Y como usted está convencida de que voy a jugar al espía, me mandará ejecutar antes de que pueda hacer lo que usted quiere que haga. ¿No es eso lo que les ocurre a los espías?
–Ha visto usted demasiadas películas antiguas, doctor Morrison. En primer lugar, trataremos de que no descubra nada importante, absolutamente nada. En segundo lugar, los espías son una mercancía demasiado valiosa para destruirla. Son útiles como unidades negociables con cualquier agente nuestro que pueda estar en manos americanas..., o en manos extranjeras en general. Creo que los Estados Unidos adoptan la misma actitud.
–Pues, para empezar, señora, yo no soy un espía. Ni voy a serlo. No sé nada sobre operaciones de la Inteligencia americana. Y tampoco voy a hacer nada por usted.
–No estoy segura respecto de eso, doctor Morrison. Creo que va a decidir trabajar con nosotros.
–¿Qué se propone? ¿Matarme de hambre hasta que acepte? ¿Azotarme? ¿Encerrarme solo, incomunicado? ¿Mandarme a un campo de trabajo?
Boranova frunció el ceño y movió lentamente la cabeza en lo que parecía un auténtico sobresalto.
–Realmente, doctor, ¿qué es todo esto que sugiere? ¿Hemos vuelto acaso a los días en que se proclamaba a gritos que éramos el imperio del mal e inventaban historias de horror sobre nosotros? No digo que no pudiéramos sentir la tentación de emplear la dureza si sigue negándose con intransigencia. La necesidad nos empuja a veces, sabe... Pero estoy convencida de que no tendremos que recurrir a ello.
–¿Por qué está convencida?
–Porque es un científico. Porque es un hombre valiente.
–¿Yo valiente? Señora, señora, ¿qué sabe usted de mí?
–Que tiene un punto de vista peculiar. Que lo ha mantenido durante todo este tiempo. Que ha visto hundirse su carrera. Que no ha convencido a nadie. Y que, pese a todo, sigue firme en su idea y no cede en lo que cree que es cierto. ¿No es ésta la forma de obrar de un valiente?
–Sí. Sí. Es un tipo de valentía –asintió Morrison–. Pero en la historia de la Ciencia hay millares de locos que se aferran a su idea durante toda la vida, en contra de la lógica, de la evidencia, en contra de su propio interés. A lo mejor soy uno más.
–En cuyo caso, podría estar equivocado. Pero seguiría siendo valiente. ¿Cree usted que el valor es enteramente una cuestión de atrevimiento físico?
–Sé que no lo es. Hay varios tipos de valentía y quizás –añadió con amargura– cada uno de estos tipos es una señal de locura o, en todo caso, de insensatez.
–¿No me dirá usted que se considera un cobarde?
–¿Por qué no? En cierto modo presumo diciendo que soy sensato.
–¿Pero loco en su testarudez sobre su visión de la Neurología?
–No me sorprendería.
–Sin embargo, estoy segura de que cree que sus ideas son correctas.
–Ciertamente, doctora Boranova. Esto formaría parte de mi locura, ¿no le parece?
–No es usted serio –contestó Boranova moviendo la cabeza–. Ya se lo dije en otra ocasión. Mi compatriota Shapirov cree que tiene usted razón o, si no la tiene, que es usted un genio.
–Lo más parecido. Esto también forma parte de su locura.
–Las opiniones de Shapirov son muy especiales.
–Para usted. Mire, señora, estoy muy cansado. Estoy tan mareado que no sé lo que digo. No estoy seguro de que todo esto sea real. Ojalá no lo fuera. Déjeme solo. Déjeme descansar un poco.
Boranova suspiró y sus ojos reflejaron cierta preocupación.
–Sí, por supuesto, pobre amigo mío. No queremos hacerle ningún daño. Por favor, créalo.
Morrison dejó caer su cabeza sobre el pecho. Sus ojos se cerraron. Sintió vagamente que lo empujaban suavemente hacia un lado y colocaban un almohadón bajo su cabeza.
Y el tiempo transcurrió. Un tiempo libre de sueños.
Cuando abrió los ojos estaba aún en el avión. No había luces, pero no le cabía duda de que seguía en el avión. Inquirió:
–¿Doctora Boranova?
–Sí, doctor Morrison –respondió al instante.
–¿No nos persigue nadie?
–Nadie. Hay varios de nuestros aparatos que vuelan por si hubiera interferencias, pero no han tenido que actuar. Vamos, amigo, lo necesitamos y su Gobierno quiere que esté con no-sotros.
–¿Sigue insistiendo en que ya tienen la miniaturización? ¿Que no es una locura? ¿Que no es un engaño?
–Usted mismo lo verá. Y verá lo maravilloso que es, así que querrá participar en ello.
–¿Y qué van a hacer con ella –preguntó Morrison, pensativo–, suponiendo que no se trate de una broma pesada y complicada? ¿Se proponen utilizarla como arma? ¿Transportar todo un ejército en un avión como éste? ¿Infiltrar cada país con huestes invisibles? ¿Ese tipo de cosas?
–¡Qué odioso! –Se aclaró la garganta como si estuviera tentada a escupir de asco–. ¿No tenemos, acaso, suficiente tierra? ¿Suficiente gente? ¿No tenemos, acaso, una gran parte del espacio? Y, ¿no hay cosas más importantes que hacer con la miniaturización? ¿Puede ser usted tan retorcido y obcecado que no vea lo que significará como herramienta de investigación? Imagine que va a hacer posible el estudio de los sistemas de vida; el estudio de la química de los cristales; y de los sistemas sólidos; la construcción de computadoras ultraminiaturizadas y todo tipo de aparatos. Piense en lo que podríamos aprender de la física si pudiéramos alterar las constantes de Planck a nuestro gusto. ¿Qué no aprenderíamos de la cosmología?
Morrison se agitó para incorporarse. Todavía estaba medio dormido, pero por las ventanas del avión veía un amanecer incipiente y, difícilmente, a la doctora Boranova.
Preguntó:
–¿Para eso la quieren? ¿Para nobles logros científicos?
–¿Qué haría su Gobierno, si dispusiera de ella? ¿Conseguir una súbita superioridad militar y restablecer los viejos malos tiempos?
–No, por supuesto que no.
–Entonces, ¿solamente ustedes son nobles y nosotros inmensamente malvados? ¿Lo cree sinceramente así? Puede ocurrir, claro, que si la miniaturización fuera suficientemente lograda, la Unión Soviética pudiera ir a la cabeza en el desarrollo de una sociedad espacial. Piense en el transporte de material miniaturizado de un mundo a otro; en enviar un millón de colonizadores en una nave espacial que sólo podría trasladar de dos a tres seres humanos de tamaño normal. El espacio adquirirá un tinte soviético, un color soviético, no porque los soviéticos dominen y sean los amos, sino porque la idea soviética habría ganado en la lucha de ideas. ¿Y qué hay de malo en ello?
–Entonces tenga la seguridad de que no la ayudaré –declaró Morrison sacudiendo la cabeza–. ¿Qué esperaba que hiciera? No quiero imponer la idea soviética en el Universo. Prefiero el pensamiento y la tradición de América.
–Lo cree así y no lo censuro. Pero lo convenceremos. Ya verá.
–No lo conseguirá.
–Mi querido amigo, Albert, si puedo llamarle así. He dicho que seremos admirados por nuestro progreso. ¿Se cree usted inmune? Pero, dejemos tales discusiones para otro momento.
Señaló la ventanilla del avión y el mar grisáceo, que se extendía debajo y que empezaba a ser visible.
–Nos encontramos sobre el Mediterráneo –explicó–, y de pronto pasaremos sobre el mar Negro y después cruzaremos el Volga en dirección a Malenkigrad... Pequeña ciudad, en su idioma, ¿eh...?, y el sol habrá salido cuando aterricemos. Resultará simbólico. Un nuevo día. Una luz nueva. Vaticino que se sentirá ansioso por ayudarnos a establecer este nuevo día y no me sorprendería que jamás deseara abandonar la Unión Soviética.
–¿Sin obligarme a quedarme?
–Le enviaremos a casa, por avión, libremente, si así lo desea..., una vez nos haya ayudado.
–No pienso hacerlo.
–Lo hará.
–Y solicito ahora que se me devuelva. –Ahora, no cuenta –objetó alegremente Boranova. Y volaron en silencio los últimos cientos de kilómetros, hacia Malenkigrad.
III. MALENKIGRAD
Un peón es la pieza mas importante
del tablero de ajedrez... para un peón.
DEZHNEV, padre
Francis Ródano se encontraba en su despacho a la mañana siguiente, temprano; era lunes y empezaba la semana. El hecho de haber trabajado en domingo era de lo más corriente y no le sorprendía. Que hubiera dormido de tirón toda la noche, sí le sorprendía.
Cuando llegó, media hora antes del comienzo oficial del día, Jonathan Winthrop ya estaba allí. Esto tampoco sorprendió a Ródano.
Winthrop entró en el despacho de Ródano dos minutos después de que éste hubiera llegado. Se apoyó contra la pared y se cogió los codos con las palmas de sus grandes manos. Su pierna izquierda se cruzó sobre la derecha de modo que la punta del zapato izquierdo se clavó en la alfombra.
–Parece agotado, Frank –dijo frunciendo las cejas sobre sus ojos oscuros.
Ródano dirigió la vista a la mata de pelo gris, que privaba al otro de toda aspiración a una apariencia esplendorosa, diciéndole:
–Me siento agotado, pero confiaba en que no se notaría.
Ródano sabía que había cumplido los rituales de la mañana a conciencia y cuidadosamente y de haberse vestido con considerable discreción.
–Pues se nota. Su cara es el espejo del alma. ¡Vaya papel de agente en acción!
–No todos estamos hechos para la acción –protestó Ródano.
–Lo sé. Ni todos para el trabajo de oficina. –Winthrop se frotó su bulbosa nariz como si pretendiera devolverla a un tamaño normal–. Sé que le preocupa su científico, ¿cómo se llama?
–Se llama Albert Jonás Morrison –contestó Ródano afligido. El Departamento pretendía no conocer el nombre de Morrison, como si todo el mundo tratara de dar a entender que aquél era su proyecto.
–Bien. No me importa que mencione su nombre. Intuyo que está preocupado por él.
–Sí. Estoy preocupado por él junto con un montón de otras cosas... Ojalá pudiera verlo todo con mayor claridad.
–¡Y quién no! –Winthrop se sentó–. Mire, es inútil que se preocupe. Ha llevado el caso desde el principio y se lo he dejado porque es usted una buena persona. Estoy completa-mente seguro de que ha hecho cuanto ha podido para que saliera bien, porque si hay algo positivo en usted es que conoce a los ruskies.
–No los llame así. Ha vivido usted demasiadas películas del siglo xx. No todos son rusos, como no todos nosotros somos anglosajones. Son soviéticos. Si quiere comprometerlos, trate de comprender cómo piensan de sí mismos.
–Claro. Lo que usted diga. ¿Ha podido descubrir qué es tan importante en su científico?
–Hasta ahora, nada. Nadie le toma en serio a excepción de los soviéticos.
–¿Cree que ellos saben algo que nosotros ignoramos?
–Creo que varias cosas. Pero no tengo la menor idea de lo que ven en Morrison. Tampoco son los soviéticos. Se trata de un científico soviético. Un físico teórico llamado Shapirov. Es posible que sea el tipo que descubrió la miniaturización..., si realmente se ha encontrado el método. Es errático, y por decirlo amablemente, un excéntrico. Los soviéticos están admirados de él y él de Morrison; aunque tal vez sea otro ejemplo de su excentricidad. Luego, el interés por Morrison ha pasado, recientemente, de la curiosidad a la desesperación.
–¿Sí? ¿Y cómo lo sabe usted, Frank?
–En parte, por contactos en la Unión Soviética.
–¿Ashby?
–En parte.
–Buen agente.
–Pero lleva allí demasiado tiempo. Necesita ser remplazado.
–No lo sé. No retiremos un ganador.
–En todo caso –prosiguió Ródano, que no quería discutir ese punto– ha habido una súbita multiplicación del interés por Morrison, al que vengo observando desde hace dos años.
–Supongo que el tal Shapirov tuvo una nueva gran idea sobre Morrison y convenció a los rusk..., a los soviéticos, de que era necesario.
–Tal vez, pero lo curioso es que Shapirov parece haber desaparecido, recientemente, del mapa.
–¿Caído en desgracia?
–No lo parece.
–Pero podría ser, Frank. Si ha estado dando a los soviéticos un montón de basura sobre miniaturización y se han dado cuenta, no me gustaría encontrarme en su piel. Éstos pueden ser los nuevos buenos días, pero los soviéticos jamás aprendieron a tener sentido del humor sobre ser o parecer tontos.
–Podría ser que estuviera bajo tierra porque el proyecto de miniaturización está a punto. Y esto explicaría también la súbita desesperación por Morrison.
–¿Qué sabe él de miniaturización?
–Oh, está seguro de que es imposible.
–No tiene sentido, ¿verdad?
Ródano confesó, despacio:
–Por eso dejamos que se lo llevaran. Queda siempre la esperanza de que sacuda las piezas y las ordene de forma distinta y que comience a tener algún sentido.
–Ya debería haber llegado. –Winthrop miró el reloj–. ¡Malenkigrad! ¡Qué nombre! No se sabe que anoche hubiera habido ningún accidente de aviación en ninguna parte del mundo, así que me figuro que ya habrá llegado.
–Sí..., y precisamente la persona que no debíamos enviar, excepto que, claro, es la que los soviéticos querían.
–¿Por qué no es la persona indicada? ¿Acaso su ideología es dudosa?
–Dudo de que tenga ideología. Es un cero absoluto. Durante toda la noche he estado pensando en que es un error. Le falta empuje y no es muy listo, excepto en un sentido académico. No creo que sea capaz de pensar de pie..., si tuviera que hacerlo.
No va a ser lo bastante listo para descubrir algo. Sospecho que estará sumido en el pánico del principio al fin, y llevo horas pensando que no volveremos a verle. Lo encarcelarán o lo matarán, y yo he sido el que le ha enviado allá.
–Esto no es más que melancolía nocturna, Frank. Por tonto que sea podrá decirnos si ha contemplado una demostración de miniaturización, por ejemplo, o qué le hicieron a él. No tiene que ser un observador astuto. Solamente necesita decirnos lo que ocurrió y nosotros nos dedicaremos a pensar.
–Pero, Jon, tal vez no volvamos a verlo.
Winthrop apoyó la mano en el hombro de Ródano.
–No empiece a imaginar desastres. Procuraré que Ashby esté al tanto. Si se puede hacer algo, se hará. Estoy seguro de que los ru..., los soviéticos tendrán un buen momento y le dejarán marcharse si hacemos la suficiente presión cuando llegue el momento. No se ponga mal, pensando en ello. Es una jugada de un juego muy complejo y si no sale bien, pues no sale bien. Hay otras mil jugadas en el tablero.
Morrison se sentía raro. Había dormido casi todo el lunes, con la esperanza de desprenderse de lo peor del viaje en avión. Había comido y agradecido lo que le trajeron al anochecer, y había agradecido mucho más la ducha que se había dado. Se le entregaron ropas limpias que no le sentaban ni bien ni mal..., pero ¿qué importancia tenía? Y había pasado la noche del lunes durmiendo y leyendo, alternativamente. Y meditando.
Cuanto más lo pensaba más convencido estaba de que Natalya Boranova tenía el convencimiento de que estaba allí sólo porque los Estados Unidos querían que estuviera. Ródano había insistido para que fuese, lo había amenazado vagamente con más problemas en su carrera (¿y qué más problemas podía tener?) si no iba. ¿Por qué, pues, iban a protestar por su rapto? ¿Podrían objetar por principio, o pensar que podía sentarse un peligroso e indeseable precedente?; pero por lo visto, su propia impaciencia por hacerlo marchar, prevalecía sobre lo demás.
Entonces, ¿para qué reclamar que lo llevaran al Consulado americano más cercano, o amenazarlos con absurdas represalias americanas?
En realidad, dado que la acción había sido ejecutada con la complicidad de los americanos (seguro que había sido así) era imposible que los Estados Unidos actuaran abiertamente en su favor o expresaran indignación. Surgiría inevitablemente la cuestión de cómo los soviéticos habían podido hacerlo desaparecer. La respuesta sería: estupidez americana o complicidad americana. Y era de suponer que los Estados Unidos no querían que el mundo llegara a una u otra conclusión.
Por supuesto, ya comprendía por qué se había hecho. Era tal como Ródano le había explicado. El Gobierno americano quería información y él estaba en situación ideal para proporcionársela.
¿Ideal? ¿Cómo? Los soviéticos no serían lo bastante idiotas para dejarlo conseguir información que no quisieran que consiguiera y, si creían que la información que había logrado obtener (o no pudiera evitar obtener) era excesiva, no serían tan tontos como para dejarlo irse.
Cuanto más lo pensaba, más sentía que jamás volvería a ver los Estados Unidos, ni vivo ni muerto, y que la comunidad científica americana haría una encogida de hombros colectiva y lo considerarían una pérdida inevitable. Nada se habría ganado, evidentemente, pero tampoco se habría perdido mucho.
Morrison recapacitó:
Albert Jonás Morrison, doctor, profesor ayudante de Neurología, creador de una teoría del pensamiento que seguía sin ser aceptada y casi ignorada; marido fracasado, padre fracasado, científico fracasado y ahora peón fracasado. No se habría perdido gran cosa.
En lo más hondo de la noche, en una habitación de hotel, en una ciudad que ni siquiera sabía dónde estaba; en una nación que por más de un siglo había sido tenida por el enemigo natural de la suya, por más espíritu de colaboración, suspicaz y reacio, que asomara en las últimas décadas, Morrison se encontró llorando de autocompasión y de puro desamparo infantil ante una sensación de completa humillación al imaginar que nadie pensaría que fuera digno luchar por él o de malgastar siquiera, un vago remordimiento.
No obstante, y ahí asomó una pequeña chispa de orgullo, los soviéticos lo necesitaban. Habían llegado a considerables molestias para apoderarse de él. Cuando falló la persuasión, no habían vacilado en emplear la fuerza. No podían tener la seguridad de que los Estados Unidos volverían solícitamente la cabeza hacia otro lado. Se habían arriesgado a un incidente internacional, por pequeño que fuese, para llevárselo.
Y se tomaban todo tipo de molestias para mantenerlo a salvo ahora que lo tenían. Estaba solo, pero se fijó en que las ventanas tenían rejas. La puerta no estaba cerrada con llave pero, cuando un momento antes, la había abierto, dos hombres armados y uniformados lo miraron desde donde estaban, apoyados en la pared opuesta y le preguntaron si necesitaba algo. No le gustaba sentirse encarcelado, pero era en cierto modo una medida de su valía..., por lo menos ahí.
¿Cuánto iba a durar esto? Aunque creyeran que su teoría del pensamiento era correcta, el propio Morrison tenía que confesarse que toda la evidencia recogida era circunstancial y terriblemente indirecta, y que nadie había podido confirmar sus descubrimientos más útiles. ¿Qué ocurriría si los soviéticos tampoco podían confirmarlos, o estudiándolo con más detenimiento, lo encontraran todo excesivamente vago, vaporoso, demasiado etéreo para aceptarlo como bueno?
Boranova le había dicho que Shapirov tenía en gran estima sus sugerencias, pero Shapirov era un loco notorio que cambiaba diariamente de opinión.
Y si Shapirov se encogía de hombros y se desinteresaba, ¿qué harían los soviéticos? Si su trofeo americano no les servía para nada lo devolverían despectivamente a Estados Unidos (una humillación más) o disimularían su locura al apoderarse de él, encarcelándolo indefinidamente..., o algo peor.
En realidad, había sido un funcionario soviético, alguna persona específica quien había decidido raptarlo arriesgándose a un incidente, y si todo se venía abajo, ¿qué haría ese funcionario para salvar su propia cabeza a expensas, indudablemente, de la de Morrison?
A primeras horas de la mañana del martes, cuando Morrison llevaba ya un día completo en la Unión Soviética, había llegado a convencerse de que cada paso hacia el futuro, cada camino alternativo que pudiera seguir, terminaría en desastre para él. Contempló el nacimiento del día, pero su espíritu siguió sumido en la más oscura noche.
Hubo una brusca llamada a la puerta, a eso de las ocho. La entreabrió y el soldado, del otro lado, empujó un poco, como para indicar que era él quien la controlaba.
El soldado dijo, en voz más alta de lo preciso:
–La señora Boranova llegará dentro de media hora para llevarle a desayunar. Esté preparado.
Mientras se vestía apresuradamente y utilizaba una maquinilla de afeitar eléctrica, algo anticuada desde el punto de vista americano, se preguntó por qué diablos se había sorprendido al oír al soldado hablar de la señora Boranova. El arcaico «camarada» había dejado de usarse.
Se sintió estúpido e irritado también, porque ¿de qué le servía asombrarse por tonterías ante la inmensa desolación en que se encontraba? Excepto que, claro, esto era lo que solía hacer la gente.
Boranova llegó con diez minutos de retraso. Llamó a la puerta con más suavidad que el soldado y lo primero que dijo al entrar, fue:
–¿Cómo se encuentra, doctor Morrison?
–Me encuentro secuestrado –respondió envarado.
–Aparte de esto. ¿Ha dormido lo suficiente?
–Puede que sí. No lo sé. Francamente, señora, no estoy de humor para decidirlo. ¿Qué quiere de mí?
–De momento nada, excepto llevarle a desayunar. Y, por favor, doctor Morrison, piense que estoy tan coaccionada como lo está usted. Le aseguro que en este momento preferiría estar con mi pequeño Aleksandr. En estos últimos meses lo he tenido algo abandonado y a Nikolai no le gusta mi ausencia tampoco. Pero cuando se casó conmigo sabía que yo tenía una carrera, como no he dejado de repetirle.
–En lo que a mí se refiere, está libre de devolverme a mi país y pasar toda su vida con Aleksandr y Nikolai.
–Ah, ¡ojalá pudiera ser así...! Pero no puede ser. Así que venga, vamos a desayunar. Podríamos hacerlo aquí, pero se sentiría encarcelado. Vamos al comedor y se sentirá mejor.
–¿Usted cree? Esos dos soldados que estaban ahí fuera nos seguirán, ¿verdad?
–Es el reglamento, doctor Morrison. Ésta es una zona de alta seguridad. Deben vigilarlo hasta que alguien responsable se convenza de que ya es seguro dejar de hacerlo..., y sería difícil convencerlo de ello. Su tarea consiste en no dejar convencerse.
–Ya –rezongó Morrison, metiéndose en la chaqueta que le habían dado y que le resultaba algo ajustada bajo las axilas.
–Sin embargo, no se meterán con nosotros.
–Pero, si de pronto echo a correr o si me muevo en dirección no autorizada, supongo que tirarán a matar.
–No, sería fatal para ellos. Es usted muy valioso vivo, pero no muerto. Lo perseguirían y, eventualmente, se apoderarían de usted. Pero, bueno, tengo la seguridad de que lo comprende y de que no va a intentar nada inútilmente fastidioso.
Morrison frunció el ceño, sin hacer el menor esfuerzo por disimular su indignación:
–¿Y cuándo voy a recuperar mi equipaje, mi propia ropa?
–A su tiempo. Lo primero ahora es comer.
El comedor, al que llegaron después de un ascensor y una larga caminata por un corredor desierto, no era muy grande. Contenía una docena de mesas, para seis comensales cada una, y no estaba lleno.
Boranova y Morrison estaban solos en su mesa y nadie se ofreció a acompañarlos. Los dos soldados se sentaron en una mesa junto a la puerta y, aunque ambos comieron como para dos, estaban frente a Morrison y jamás apartaron los ojos de él por más de un segundo o dos.
No había menú. Les trajeron simplemente la comida y Morrison encontró que no había nada que objetar a la cantidad. Había huevos duros, patatas cocidas, sopa de col y caviar, junto con grandes rebanadas de pan moreno. No les sirvieron raciones individuales, sino que la comida se dejó en el centro de la mesa para que cada uno pudiera servirse.
«Quizá –pensó Morrison– traen comida para alimentar a seis personas y como somos los únicos en la mesa, deberíamos consumir un tercio» Pasado un momento tuvo que admitir que con el estómago lleno se tranquilizaba. Dijo:
–Señora Boranova...
–¿Por qué no me llama Natalya, doctor Morrison? Aquí somos muy llanos y vamos a ser colegas quizá por mucho tiempo. Los repetidos «señora» me producen dolor de cabeza. Mis amigos incluso me llaman Natasha. Podría hacerlo también.
Sonrió, pero Morrison se sintió obcecadamente en contra de la cordialidad. Insistió:
–Señora, cuando me sienta amistoso, actuaré amistosamente, pero como víctima, cuya presencia aquí es involuntaria, prefiero cierta formalidad.
Boranova suspiró. Dio un buen mordisco al pan y masticó pensativa. Por fin, tragando, dijo:
–Bien, como usted quiera, pero por favor, evíteme los «señora» Llámeme por mi título profesional..., y no me refiero al «académico» Demasiadas sílabas..., pero lo he inte-rrumpido.
–Doctora Boranova –empezó Morrison más secamente que antes–. No me ha dicho aún lo que quiere de mí. Mencionó la miniaturización, pero usted sabe, y yo sé, que es imposible. Creo que la mencionó sólo para despistarme..., a mí y a cualquiera que estuviera escuchando. Dejémoslo, pues. Seguro que aquí ya no tenemos por qué jugar a nada. Dígame de verdad por qué estoy aquí. Después de todo, tendrá que hacerlo eventualmente, puesto que confía en que puedo serle útil, y no podré serlo si ignoro por completo qué es lo que desea.
Boranova sacudió la cabeza:
–Es usted un hombre difícil de convencer, doctor Morrison. Le he dicho la verdad desde el primer momento. El proyecto lo es de miniaturización.
–No puedo creerlo.
–¿Por qué está usted, entonces, en la ciudad de Malenkigrad?
–¿Pequeña ciudad? ¿Pequeña villa? ¿Pequeño burgo? –dijo Morrison, disfrutando al oír su propia voz recitando en inglés–. ¿Será porque se trata de una ciudad pequeña?
–Como periódicamente he tenido ocasión de repetirle, doctor Morrison, no es usted un hombre serio. No obstante, no tardará en dejar de dudar. Hay ciertas personas que debería conocer. En realidad, una de ellas debería estar aquí ahora. –Miró a su alrededor con cierto disgusto–. ¿Dónde estará?
–Observo que nadie se acerca a nosotros. De vez en cuando la gente de las otras mesas me mira, pero desvían la mirada cuando nuestros ojos se encuentran.
–Han sido advertidos –comentó Boranova distraídamente–. No vamos a malgastar su tiempo con despropósitos y todos los que están aquí son, en relación con usted, un despro-pósito. Pero algunos no. Pero, ¿dónde estará? –Se levantó–. Le ruego que me excuse, doctor Morrison, pero debo encontrarlo. No tardaré.
–¿Es seguro dejarme? –rezongó Morrison en tono sarcástico.
–Los soldados se quedarán, doctor Morrison. Por favor, no les dé motivos para reaccionar. El intelecto no es su fuerte y están entrenados para obedecer órdenes sin la penosa necesidad de pensar, así que podrían fácilmente lastimarlo.
–No se preocupe. Tendré cuidado.
Lo dejó, saliendo apresuradamente después de cambiar unas palabras con los soldados, al pasar.
Morrison la miró, luego echó una mirada aburrida al comedor. Al no encontrar nada interesante, bajó los ojos sobre sus manos cruzadas sobre la mesa y contempló las porciones de comida que quedaban sin consumir, delante de él.
–¿Ha terminado, camarada?
Morrison levantó los ojos. Había decidido que «camarada» era un arcaísmo, ¿verdad?
Una mujer, de pie, lo contemplaba, con un puño cerrado, apoyado en la cadera indolentemente. Era una mujer razonablemente regordeta, con uniforme blanco, ligeramente manchado. Su cabello era rojizo, lo mismo que sus cejas, despectivamente arqueadas.
–¿Quién es usted? –preguntó Morrison hoscamente.
–¿Mi nombre? Valeri Paleron. ¿Mi función? Una sirvienta muy trabajadora, pero ciudadana soviética y miembro del partido. Le he servido la comida, ¿no se fijó en mí? ¿Estoy por debajo de su interés, quizá?
Morrison se aclaró la garganta.
–Lo siento, señorita. Tengo otras cosas en qué pensar... Pero es mejor que no se lleve la comida. Se supone que alguien más va a venir, o eso creo.
–¡Ah! ¿Y la zarina? También volverá, supongo.
–¿La zarina?
–¿No creerá que todavía tenemos Zarinas en la Unión Soviética? Vuelva a pensar, camarada. Esta Boranova, nieta de aldeanos, de una larga fila de aldeanos, se considera toda una dama, seguro... –Hizo un ruido con los labios que olía a desprecio y un poco a arenque.
–No la conozco bien.
–Usted es americano, ¿verdad?
–¿Por qué lo dice? –preguntó vivamente Morrison.
–Por el modo de hablar ruso. Con su acento, ¿qué podía usted ser? ¿El hijo del zar Nicolás, el Tirano?
–¿Qué hay de malo en mi forma de hablar ruso?
–Choca. Es como si lo hubiese aprendido en la escuela. Se conoce a un americano a un kilómetro de distancia cuando dice: «Un vaso de vodka, por favor» No es tan malo como un inglés, por supuesto. A él se lo descubre a dos kilómetros de distancia.
–Está bien, pues, soy americano.
–¿Y volverá a casa algún día?
–Así lo espero.
La sirvienta asintió, con calma, sacó un trapo y secó la mesa, pensativa.
–Me gustaría visitar los Estados Unidos algún día.
–¿Y por qué no?
–Necesito un pasaporte.
–Evidentemente.
–¿Y cómo va a conseguirlo una simple y leal sirvienta?
–Me figuro que solicitándolo.
–¿Solicitarlo? Si me acerco a un funcionario y le digo: «Yo, Valeri Paleron, deseo visitar los Estados Unidos», me dirá: «¿Por qué!»
–¿Y por qué quiere ir?
–Para ver el país. La gente. La riqueza. Siento curiosidad por saber cómo viven... Pero esto no sería suficiente razón.
–Diga algo más –sugirió Morrison–. Diga que quiere escribir un libro sobre los Estados Unidos como lección para la juventud soviética.
–Sabe cuántos libros...
Se quedó rígida y empezó a limpiar la mesa por segunda vez, absorta de pronto en su trabajo.
Morrison levantó la vista. Boranova estaba allí, enfadada, con una expresión de dureza en los ojos. Emitió un monosílabo tajante que Morrison no comprendió pero que hubiera jurado que se trataba de un epíteto, poco cortés, además.
La sirvienta enrojeció. Boranova hizo un gesto con la mano y la mujer dio la vuelta y se alejó.
Morrison se fijó en que había un hombre detrás de Boranova. Bajo, de cuello fuerte, ojos entrecerrados, grandes orejas y un cuerpo musculoso, de anchas espaldas. Su cabello era ne-gro, más largo de lo que solía llevarse en Rusia y despeinado como si se lo mesara continuamente.
Boranova no se lo presentó sino que le preguntó:
–¿Le estaba hablando esa mujer?
–Sí.
–¿Reconoció que era usted americano?
–Dijo que era obvio, dado mi acento.
–¿Y le dijo que quiere visitar los Estados Unidos?
–Lo hizo.
–¿Y qué le contestó usted? ¿Se ofreció a ayudarla para que fuera?
–Le aconsejé que solicitara un pasaporte, si deseaba ir.
–¿Nada más?
–Nada más.
Boranova comentó, disgustada:
–No le haga el menor caso. Es una mujer ignorante, inculta. Permítame que le presente a mi amigo Arkady Vissarionovich Dezhnev. El doctor Albert Jonás Morrison, Arkady.
Dezhnev consiguió una torpe inclinación y dijo:
–He oído hablar de usted, doctor Morrison. El académico Shapirov lo ha mencionado con frecuencia.
Morrison murmuró fríamente:
–Me siento halagado... Pero, dígame, doctora Boranova, si esta sirvienta la irrita tanto, debería ser fácil hacerla trasladar o remplazar.
–En realidad no, camarada americano –contestó Dezhnev con una risotada–, como supongo que lo habrá llamado.
–Bueno, no.
–Entonces lo hubiera hecho tarde o temprano, de no haberla interrumpido nosotros. Sospecho que esa mujer puede ser una agente y que nos vigila de cerca.
–Pero, ¿por qué...?
–Porque en un trabajo como el nuestro, no se puede confiar del todo en nadie. Cuando ustedes, los americanos, están dedicados a un nuevo experimento científico, ¿no los tienen bajo severa vigilancia?
–No lo sé –contestó secamente Morrison–. Nunca he estado metido en ese tipo de experimentos por los que se haya interesado mi Gobierno... Pero lo que le iba a preguntar es, ¿por qué obra así esta mujer, si se trata de un agente de Información?
–Posiblemente, es agente provocadora. Decir cosas increíbles y ver cómo puede sonsacárselas a otros.
–Bueno, es su problema, no es el mío.
–Como bien dice –prosiguió Dezhnev y volviéndose a Boranova, dijo–: Natasha, ¿ya se lo ha dicho?
–Por favor, Arkady...
–Venga, Natasha. Como mi padre solía decir: «Si vas a arrancar un diente, haces mal en arrancárselo despacio» Digámoselo.
–Le he dicho que estamos involucrados en la miniaturización.
–¿Eso es todo? –insistió Dezhnev. Se sentó, acercó su silla a la de Morrison y se inclinó sobre él. Morrison, que vio su espacio invadido, retrocedió maquinalmente. Pero Dezhnev se le acercó más y le dijo–: Camarada americano, mi amiga Natasha es una romántica y está convencida de que querrá usted ayudarnos por amor a la Ciencia. Tiene la impresión de que podemos persuadirlo de que haga alegremente lo que hay que hacer. Está equivocada. No se dejará persuadir más de lo que lo hizo para que viniera voluntariamente.
–Arkady, está siendo de lo más grosero –saltó Boranova.
–No, Natasha. Estoy siendo sincero, que a veces viene a ser lo mismo. Doctor Morrison..., o Albert, para evitar formalismos que odio. –Se estremeció dramáticamente–. Como no lo van a persuadir y como no disponemos de tiempo, hará lo que queremos a la fuerza, del mismo modo que cuando lo trajimos aquí.
–Arkady, me prometió que no... –interrumpió Boranova.
–No me importa. He pensado mucho desde que se lo prometí y he decidido que el americano debe saber lo que le espera. Será mucho más fácil para nosotros..., y más fácil para él también.
Morrison miró de uno a otra y se le agarrotó la garganta tanto que le costaba respirar. Fuera lo que fuese lo que hubieran planeado para él, comprendió que no tendría ninguna elección.
Morrison siguió en silencio mientras Dezhnev, indiferente, se dedicaba a engullir su desayuno con fruición.
El comedor se había ido vaciando y la sirvienta, Valeri Paleron, iba retirando los restos y pasando el trapo a sillas y mesas.
Dezhnev interceptó su mirada, la llamó y le indicó que debía vaciar su mesa.
–¿De modo que no tengo elección? –declaró Morrison–. ¿En relación a qué?
–¡Ya! ¿Es que Natasha tampoco se lo ha dicho? –tronó Dezhnev.
–Me dijo en varias ocasiones que iba a verme metido en problemas de miniaturización. Pero yo sé, y usted también sabe, que no hay más de miniaturización que el de tratar de transformar una imposibilidad en hecho..., y yo no puedo ayudarlos en esto. Lo que quiero saber es qué quieren realmente que yo haga.
Dezhnev pareció divertido, y quiso saber:
–¿Por qué cree que la miniaturización es imposible?
–Porque lo es.
–¿Y si le digo que ya la tenemos?
–¡Entonces les diré que me lo demuestren!
Dezhnev se volvió a Boranova, que respiró profundamente, y asintió con un movimiento de cabeza. Luego se puso de pie diciendo:
–Venga. Lo llevaremos a la Gruta.
Morrison se mordió los labios, inquieto. Las pequeñas frustraciones se le hacían inmensas.
–No conozco la palabra rusa que ha utilizado.
–Disponemos de un laboratorio subterráneo –explicó Boranova–. Lo llamamos «la Gruta» Es una de nuestras palabras poéticas, no utilizada en conversaciones corrientes. Es la sede de nuestro proyecto de miniaturización.
Afuera los esperaba un pequeño jet de aire. Morrison parpadeó adaptando sus ojos a la luz. Miró el jet con curiosidad. Carecía de la decoración de los modelos americanos y parecía algo así como un trineo con pequeños asientos y un motor complejo, adelante. Sería absolutamente inútil con frío o lluvia y se preguntó si aquella gente tendría un modelo cerrado para casos de mal tiempo. Quizás éste era sólo para el verano.
Dezhnev se ubicó en los controles y Boranova indicó a Morrison el asiento detrás de Dezhnev, sentándose ella a su derecha. Se volvió a los guardias y les dijo:
–Vuelvan al hotel y espérennos allí. A partir de ahora toda la responsabilidad es nuestra. –Y les entregó un papel impreso en el que había estampado su firma, la fecha y, después de consultar su reloj de pulsera, la hora.
Cuando llegaron a Malenkigrad Morrison descubrió que, en efecto, era una ciudad pequeña, tanto de hecho como de nombre. Había hileras de casas, todas ellas de dos pisos, mortalmente iguales entre sí. La ciudad se había edificado claramente en beneficio de los que trabajaban en el proyecto, fuera cual fuese lo que ocultaban bajo el cuento de la miniaturización, y lo habían construido sin indebido derroche. Cada casa tenía su propia huerta y las calles, aunque pavimentadas, tenían aspecto de inacabadas.
El pequeño aparato, avanzando sobre los chorros de aire que presionaban el suelo, levantaba nubes de polvo que quedaban en su mayor parte tras ellos al avanzar sin tropiezos. Morrison pudo ver que incomodaba a los peatones que circulaban ya que todos se apartaban al acercárseles. Morrison comprendió de lleno su incomodidad cuando se cruzaron con otro jet que avanzaba en dirección contraria y los inundó de polvo.
Boranova pareció divertida. Tosió y explicó:
–No se preocupe. Pronto nos aspirarán.
–¿Que nos aspirarán? –preguntó Morrison, tosiendo también.
–Sí, no tanto por nosotros, porque podemos vivir con un poco de polvo, pero la Gruta debe estar razonablemente libre de él.
–Y mis pulmones también. ¿No sería mejor que estos jets fueran carrozados?
–Nos prometen envíos de modelos más perfeccionados y tal vez lleguen algún día. Entretanto, ésta es una ciudad nueva y edificada en la estepa donde el clima es árido. Tiene sus ventajas..., y sus desventajas. Los colonos cultivan verduras, como ha podido ver, y tienen algunos animales también, pero la agricultura a gran escala debe esperar a que la comunidad sea mayor y disponga de un sistema de irrigación. De momento, no importa. Lo que sí nos importa es la miniaturización.
Morrison sacudió la cabeza y comentó:
–Habla con tanta frecuencia de la miniaturización y con tanta seriedad, que casi podría engañarme para que la creyera.
–Créalo. Presenciará la demostración que ha arreglado Dezhnev.
Desde su sitio en los controles, Dezhnev añadió:
–Y me costó hacerlo. Tuve que volver a hablar con el Comité Central de Coordinación..., así les caiga el poco pelo que les queda. Como solía decir mi padre: «Se inventaron los monos porque hacían falta políticos» ¿Cómo es posible estar sentados a dos mil kilómetros de distancia y tomar decisiones...?
El jet siguió deslizándose suavemente hasta llegar el brusco final de la ciudad y al macizo rocoso y achatado que de pronto surgió ante ellos.
–La Gruta –anunció Boranova– está dentro de este macizo. Tenemos todo el espacio que necesitamos, nos libra de las variaciones atmosféricas y es impenetrable a la vigilancia aérea, incluso a los satélites espías.
–Los satélites son ilegales –declaró Morrison indignado.
–Simplemente es ilegal llamarlos satélites espías –tronó Dezhnev.
El jet se inclinó al girar y luego aterrizó a la sombra de una hendidura en la cara del macizo.
–Fuera todo el mundo –ordenó Dezhnev.
Dio unos pasos hacia delante seguido de los otros dos, y se abrió una puerta lateral. Morrison no vio cómo había ocurrido.
No parecía una puerta sino parte integral de la pared rocosa. Se abrió igual que la caverna de los cuarenta ladrones cuando se decían las palabras «Ábrete, Sésamo»
Dezhnev se hizo a un lado e indicó a Boranova y a Morrison que entraran. Morrison pasó de la luz radiante de la mañana a una estancia casi en penumbra a la que sus ojos tardaron medio minuto en adaptarse. No era una cueva de ladrones sino una estructura cuidadosamente elaborada.
A Morrison le pareció como si hubiera pasado de la Tierra a la Luna. Jamás había estado en la Luna, por supuesto, pero estaba familiarizado, como virtualmente todo el mundo, con las instalaciones lunares subterráneas. Esto tenía precisamente ese aire de otro mundo excepto en que la gravedad era la de la Tierra normal.
IV. LA GRUTA
Lo pequeño puede ser hermoso:
un águila puede a veces estar hambrienta,
un canario jamás.
DEZHNEV, padre
En un lavabo grande y bien iluminado, Boranova y Dezhnev empezaron a despojarse de sus prendas exteriores. Morrison, alarmado ante la perspectiva, titubeó. Boranova le dirigió una sonrisa:
–Puede conservar su ropa interior, doctor Morrison. Quítese todo lo demás, excepto los zapatos, y métalo todo en esta cesta. Supongo que no lleva nada en los bolsillos. Ponga sus zapatos al pie de la cesta. Para cuando salgamos todo estará perfectamente limpio y listo para el uso.
Morrison hizo lo que se le indicó, tratando de no fijarse en que Boranova tenía un cuerpo opulento, de lo que parecía no estar totalmente enterada. «Asombroso –se dijo–, lo que la ropa puede encubrir cuando no está diseñada para poner en evidencia. »
Comenzaron a lavarse con abundante aplicación de jabón. Caras, orejas y brazos hasta el codo. Luego se cepillaron rabiosamente el cabello. Otra vez Morrison pareció dudar y Boranova, leyendo su pensamiento, explicó:
–Los cepillos se limpian después de cada utilización, doctor Morrison. No sé lo que habrá leído sobre nosotros, pero algunos comprendemos bien lo que es la higiene.
–¿Todo esto para entrar en la Gruta? –preguntó Morrison–. ¿Y hacen lo mismo todas las veces?
–Cada vez. Por eso nadie entra sólo un momento. Incluso estando ya dentro, hay abluciones frecuentes. Puede que le desagrade el próximo paso, doctor Morrison. Cierre los ojos, respire profundamente, procure contener el aliento, si puede. Sólo durará un minuto.
Morrison siguió las órdenes y se encontró fuertemente sacudido por un aire giratorio. Se tambaleó violentamente y tropezó con uno de los cestos. Se agarró con fuerza. Pero, tan inesperadamente como comenzó, cesó.
Abrió los ojos. Dezhnev y Boranova tenían los pelos de punta. Tanteó el suyo y supo que debía tener el mismo aspecto. Alargó la mano en busca del cepillo.
–Déjelo –aconsejó Boranova–. Todavía queda más por pasar.
–Pero, ¿por qué tanta cosa? –Morrison descubrió que tenía que aclararse la garganta un par de veces antes de poder hablar.
–Mencioné que nos aspirarían el polvo, pero ésta es sólo la primera fase del proceso limpiador. Por esta puerta, por favor. –Y se la mantuvo abierta.
Morrison salió a un corredor angosto pero bien iluminado; las paredes resplandecían fotoluminiscentemente. Alzó las cejas y dijo:
–Muy bonito.
–Sirve para ahorrar energía –aclaró Dezhnev–, y esto es muy importante. ¿O se refiere al avance técnico? Los americanos parecen llegar a la Unión Soviética esperando que todo sean lámparas de petróleo. –Se rió entre dientes y añadió–: Confieso que no los hemos alcanzado en ciertos aspectos. Nuestros burdeles son muy primitivos, comparados con los suyos.
–Me devuelve el golpe, sin haber sido antes golpeado –observó Morrison–. Esto indica una conciencia poco limpia. Si estaba ansioso por demostrarme una tecnología avanzada, podría indicarle que sería muy fácil pavimentar la avenida que va de Malenkigrad a la Gruta y servirse de jets cerrados. No necesitaríamos todo esto.
El rostro de Dezhnev se ensombreció, pero Boranova cortó al instante:
–El doctor Morrison tiene toda la razón. No me gusta su idea de que es imposible ser sincero sin ser grosero. Si no puede ser a la vez sincero y cortés, mantenga la boca cerrada.
Dezhnev esbozó una sonrisa compungida:
–¿Qué es lo que he dicho? Por supuesto que el doctor americano tiene razón, pero ¿qué podemos hacer cuando las decisiones las toman un grupo de imbéciles en Moscú, que ahorran algunos céntimos sin pensar en las consecuencias? Como decía mi anciano padre: «El problema con la economía es que puede resultar muy cara»
–Es la pura verdad –asintió Boranova–. Podríamos ahorrar mucho dinero, doctor Morrison, gastándolo en mejores carreteras y mejores jets, pero no es siempre fácil persuadir a los que sujetan los cordones de la bolsa. Seguro que tienen el mismo problema en América.
Sin dejar de hablar indicó a Morrison que la siguiera a un cuartito. Al cerrarse la puerta tras ellos, Dezhnev alargó un brazalete a Morrison.
–Permítame que se lo sujete a la muñeca izquierda. Cuando nos vea levantar los brazos, levante también los suyos.
Morrison notó que su peso disminuía momentáneamente al descender el suelo del cuarto.
–Un ascensor –observó.
–Suposición acertada –rezongó Dezhnev. Luego se cubrió la boca con la mano y añadió–: Pero, no debo ser grosero.
Se detuvieron sin la menor sacudida y se abrió la puerta del ascensor.
–¡Identificación! –oyeron una voz autoritaria.
Dezhnev y Boranova levantaron las manos. Morrison hizo lo mismo. Bajo la luz violeta que de pronto inundó el ascensor, los tres brazaletes mostraron un dibujo brillante que, según Morrison notó, no eran del todo iguales.
Les hicieron pasar a otro corredor y a una habitación que era a la vez caliente y húmeda.
–Necesitamos una última limpieza, doctor Morrison –le dijo Boranova–. Estamos acostumbrados a ello y desnudarse es una rutina para nosotros. Es más fácil, y ahorra tiempo, hacerlo en grupo.
Dezhnev se quitó la ropa interior y se acercó a una parte de la pared donde brillaba un pomo rojo, colocando su pulgar derecho inmediatamente por encima. Se descorrió un pequeño panel en la pared y dejó al descubierto unas ropas blancas colgadas a un lado. Dejó su ropa interior en el fondo.
Parecía totalmente impertérrito por estar desnudo. Su pecho y hombros estaban cubiertos de vello oscuro y se veía una vieja cicatriz en la nalga derecha. Morrison se preguntó distraído de dónde o de qué procedía.
Boranova hizo lo mismo que Dezhnev, diciendo:
–Búsquese una luz, doctor Morrison. La huella de su pulgar abrirá el panel, y cuando vuelva a tocarla, se cerrará. A partir de ahora sólo su huella podrá abrirlo, así que por favor recuerde el número de su taquilla y no tendrá que apretar todas las luces hasta encontrar la suya.
Morrison hizo lo que se le indicaba. Boranova añadió:
–Si necesita ir al baño antes, puede entrar allá.
–Estoy bien.
A continuación, la habitación se llenó de una bruma húmeda hecha de pequeñas gotitas de agua.
–Cierre los ojos –le advirtió Boranova. Fue innecesario que se lo dijera. El escozor que le produjo el agua se los hizo cerrar al instante.
En el agua había jabón, o por lo menos algo que escocía, sabía amargo e irritaba su nariz.
–Levante los brazos –le gritó Dezhnev–. No necesita girar. Le llega por todas partes.
Morrison alzó los brazos. Sabía que venía en todas direcciones, del suelo también, como notó por la presión vagamente desagradable en su escroto.
–¿Cuánto durará esto? –jadeó.
–Demasiado –murmuró Dezhnev–. Pero es necesario.
Morrison empezó a contar. Al llegar a 58 le pareció que cesaba el amargor en sus labios. Entreabrió los ojos. Sí, los otros dos seguían allí. Continuó contando y cuando llegó a 126, el agua paró y un aire caliente, seco e incómodo, lo envolvió.
Cuando eso paró también, jadeaba y se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento.
–¿Y para qué ha sido todo esto? –exclamó incómodo ante la visión de los pechos grandes y firmes de Boranova y el poco consuelo del pecho velludo de Dezhnev.
–Ya estamos secos –anunció Boranova–. Vistámonos.
Morrison estaba impaciente por hacerlo, pero casi al momento lo decepcionó la naturaleza de las ropas blancas de la taquilla. Consistían en un blusón y pantalones de algodón, estos últimos sujetos por una cinta. También había un gorro para cubrir el cabello y unas sandalias ligeras. Aunque el algodón era opaco, le pareció a Morrison que poco o nada quedaba para la imaginación.
–¿Es esto lo único que vamos a llevar?
–Sí –contestó Boranova–. Trabajamos en un ambiente limpio y tranquilo. A temperatura regular y con ropas desechables no podemos esperar mucho en cuanto a moda o calidad. En realidad, exceptuando una repugnancia comprensible, podríamos fácilmente trabajar desnudos. Pero basta..., vamos.
Y ahora, al fin, entraban en lo que Morrison reconoció como el cuerpo principal de la Gruta. Se extendía ante él, entre, y más allá, de unas columnas adornadas en exceso, hasta una distancia que no podía calcular.
No reconocía nada del equipo. ¿Cómo iba a hacerlo? Era un completo teórico, y cuando trabajaba en su propia especialidad se servía de aparatos computadorizados que él mismo había diseñado y modificado. Por un segundo sintió una punzada de nostalgia por su laboratorio de la Universidad, por sus libros, por el olor de las jaulas de animales, incluso por la estúpida testarudez de sus colegas.
En la Gruta se veía gente por todas partes. Había docenas cerca y otros más lejos y la impresión era la de un hormiguero humano repleto de maquinaria, de humanidad, de determinación.
Nadie se fijaba ni en los recién llegados, ni en sí mismos. Realizaban su trabajo en silencio, con los pasos apagados por sus sandalias.
Otra vez Boranova pareció leer en el pensamiento de Morrison y cuando habló lo hizo en voz baja:
–Aquí cada uno va a lo suyo. Ninguno de nosotros sabe más de lo que le conviene saber a él o a ella. Nada significativo debe filtrarse.
–Pero tendrán que comunicarse.
–Cuando deban hacerlo, lo harán, pero lo mínimo. Reduce el placer de la camaradería, pero es necesario.
–Este tipo de compartimentalización retrasa el progreso –observó Morrison.
–Es el precio que pagamos por la seguridad, así que si nadie le habla, no es una cuestión personal. No deberán tener ninguna cosa que decirle.
–Sentirán curiosidad por un desconocido.
–Ya me he ocupado de que sepan que es un especialista de fuera. Es lo único que necesitan saber.
–¿Cómo pueden esperar que un americano sea un especialista de fuera?
–Porque ignoran que sea usted americano.
–Mi acento me delatará al instante, como lo hizo con la camarera.
–Pero es que usted no hablará con nadie, excepto con aquellos a los que le presentaré.
–Como quiera –aceptó Morrison indiferente.
Seguía mirando a su alrededor. Puesto que estaba allí, mejor averiguar lo que pudiera, aunque pareciese trivial. Cuando regresara a los Estados Unidos, seguro que le preguntarían por cada detalle que hubiera observado, así que sería mejor que pudiera contarles algo. Dijo a Boranova, al oído:
–Todo esto debe ser sumamente caro. ¿Qué fracción del presupuesto se aplica aquí?
–Es caro –asintió Boranova, sin añadir más–, y el Gobierno se esfuerza por limitar el gasto.
Dezhnev declaró con acritud:
–Esta mañana he tenido que trabajar una hora para persuadirlos de que autorizaran un pequeño experimento adicional en beneficio de usted..., así enfermarán de cólera en el Comité.
–Arkady, si estos comentarios supuestamente humorísticos llegan a oídos del Comité, lo pasará mal.
–No tengo miedo a esos cerdos, Natasha.
–Yo sí. ¿Qué pasará con el presupuesto del año que viene si los enfurece?
Morrison, impaciente pero hablando aún en voz más baja, insistió:
–Lo que a mí me preocupa no es ni el Comité, ni el presupuesto, sino la simple cuestión de qué estoy haciendo aquí.
–Está aquí para presenciar una miniaturización y para que le expliquemos por qué necesitamos su ayuda. ¿Le satisface esto, camarada ame..., camarada Especialista Exterior?
Morrison los siguió hasta algo que parecía un vagoncito de tren antiguo, sobre unos delgados raíles. Boranova colocó su pulgar sobre una superficie lisa y una puerta se abrió suavemente y sin ruido:
–Entre, por favor, doctor Morrison.
Morrison se detuvo.
–¿A dónde vamos?
–A la cámara de miniaturización, por supuesto.
–¿En tren? ¿Es muy grande este lugar?
–Mucho, pero no tanto. Es una cuestión de seguridad. Sólo ciertas personas pueden utilizar este aparato y solamente valiéndose de él pueden penetrar en el corazón de la Gruta.
–¿Tan desconfiada es su gente?
–Vivimos en un mundo complejo, doctor Morrison. Nuestra gente es digna de confianza, pero no queremos someter a gran número de ellos a tentaciones que no tienen por qué sufrir. Y si alguno de nosotros convence a alguien de que vaya a otra parte, como lo persuadimos a usted, es más seguro si sus conocimientos son limitados, ¿comprende? Por favor, suba.
Morrison entró en el compacto vehículo con cierta dificultad. Dezhnev lo imitó con similares molestias, diciendo:
–Éste es otro ejemplo del ahorro insensato. ¿Por qué tan pequeño? Porque los burócratas gastan miles de millones de rublos en un proyecto y se sienten virtuosos si ahorran unos cientos en cosas que ellos consideran superfluas a costa de amargar la vida a los trabajadores.
Boranova se acomodó en el asiento delantero. Morrison no pudo ver cómo manipulaba los controles, o si había algún control que manipular. Tal vez lo manejaba una computadora. El vehículo comenzó de pronto a moverse y Morrison percibió un ligero tirón hacia atrás.
Había una ventanilla a cada lado, pero no de cristal transparente. Morrison pudo ver una pequeña sección de la caverna de una forma borrosa, como mal enfocada. Aparentemente, las ventanas no estaban concebidas para la visión, sino simplemente utilizadas para reducir la impresión de claustrofobia que les provocaba la estrechez inaceptable del vehículo.
A Morrison le pareció que las pocas personas que pudo entrever no prestaban la menor atención al convoy. «Aquí –pensó– todo el mundo está bien entrado» Demostrar cualquier interés por algo en lo que no se estaba directamente interesado debía parecer una muestra de descortesía..., o algo peor. Le pareció también que se iban acercando al muro de la caverna, y con otra sacudida, disminuyó la velocidad. Una sección del muro quedó atrás y el vehículo, con otra sacudida más, aceleró y traspasó la abertura.
Todo quedó instantáneamente a oscuras y la pobre luz del techo no hizo más que transformar la noche en penumbra.
Se encontraban en un estrecho túnel en el que el vehículo encajaba con poco margen sobrante excepto por el lado izquierdo, donde Morrison, mirando más allá de Dezhnev, creyó ver otro par de raíles. Debía de haber por lo menos otro coche igual, y espacio para cruzarse en el túnel si ambos funcionaban al mismo tiempo.
El túnel estaba tan poco iluminado como el vagón, y no era recto. O había sido excavado en la colina de forma que se siguieran las líneas de menor resistencia a fin de ahorrar dinero o, deliberadamente, trazado con curvas con el propósito atávico y vago de hacer que las cosas fueran más seguras cuanto más complicadas se hiciesen. La oscuridad dentro y fuera del vagón podía servir al mismo propósito.
–¿Cuánto tiempo nos llevará...? –empezó Morrison. Y Dezhnev le miró (pese a la penumbra) con expresión impenetrable.
–Veo que no sabe cómo dirigirse a mí. No tengo título académico, así que, ¿por qué no me llama Arkady? Todo el mundo lo hace, ¿y por qué no usted? Mi padre decía siempre: «Lo que cuenta es la persona, no el nombre»
Morrison asintió.
–Muy bien. ¿Cuánto tardaremos, Arkady?
–Poco, Albert –respondió Dezhnev alegremente, y Morrison, que había sido empujado a la informalidad de servirse del nombre propio, no pudo objetar nada a la reciprocidad.
Se sorprendió un poco al descubrir que no deseaba contradecirlo. Dezhnev, aun incluyendo los aforismos de su padre, parecía no ser complicado y, pese a las circunstancias, Morrison agradeció la oportunidad de dejar la lucha perpetua a la que Boranova parecía someterlo.
El vehículo no parecía moverse a una velocidad superior a la de un paseo tranquilo, pero cada vez que tomaban una curva daban un bandazo. Aparentemente, las mezquinas economías incluían las curvas sin peralte.
Entonces, y sin previo aviso, la luz inundó el coche cuando éste se detuvo en seco.
Morrison parpadeó al salir. La estancia donde se encontraban ahora no era tan grande como la que habían dejado atrás y, virtualmente, no había nada en ella. Sólo los raíles, debajo del vagón, trazaban un amplio arco para volver a la sección del muro por la que habían entrado. Pudo ver otro vagoncito desapareciendo por su abertura y cerrarse tras él. El vehículo en el que habían llegado recorrió despacio el arco y paró junto al muro.
Morrison miró a su alrededor. Había muchas puertas y el techo era relativamente bajo. Sin tener una clara evidencia del hecho, sintió que se hallaba sobre un tablero tridimensional, con numerosos cuartitos a distintos niveles.
Boranova lo esperaba, pareciendo observar su curiosidad con un algo de desaprobación.
–¿Está preparado, doctor Morrison?
–No, doctora Boranova. Como ignoro a dónde voy y lo que estoy haciendo, no estoy preparado. No obstante, si me indica el camino, la seguiré.
–Con esto me basta. Por aquí, entonces. Hay alguien más a quien debe conocer.
Cruzaron por una de las puertas y pasaron a otra habitación pequeña. Estaba bien iluminado y con las paredes recubiertas de gruesos cables.
En la habitación había una joven que apartando algo que, por su aspecto, parecía ser una especie de informe técnico, levantó la cabeza cuando entraron. Era muy bonita y su aspecto pálido y vulnerable. Su cabello pajizo era corto pero con una ondulación que parecía quitar severidad al corte. El escaso uniforme de algodón que llevaba, y que Morrison ya sabía era general en la Gruta, demostraba que, aunque esbelta, era atractiva y bien formada, aunque sin la opulencia de Boranova. Su rostro estaba marcado o tal vez favorecido (según los gustos) por un pequeño lunar bajo la comisura izquierda. Tenía pómulos salientes, las manos delgadas y graciosas y no tenía expresión de sonreír con frecuencia.
Pero Morrison sí sonrió. Por primera vez desde su secuestro le parecía encontrar un lado más claro de la lúgubre situación en que se había visto involuntariamente involucrado.
–Buenos días –la saludó–. Es un placer conocerla.
Trató de dar a su ruso un tono educado y suprimir lo que aquella sirvienta había fácilmente detectado como «acento americano» La joven no le contestó directamente, pero, volviéndose a Boranova, dijo con voz ligeramente ronca:
–¿Es éste el americano?
–Sí. Es el doctor Albert Jonás Morrison, profesor de Neurología.
–Profesor adjunto –corrigió Morrison, tímidamente.
Boranova ignoró la corrección.
–Y ésta, doctor Morrison, es la doctora Sofía Kaliinin, que es nuestra especialista en electromagnetismo.
–No parece lo bastante vieja –observó galantemente Morrison.
A la joven no pareció hacerle gracia. Respondió:
–Quizá parezco más joven de lo que soy. Tengo treinta y un años.
Morrison pareció avergonzado y Boranova intervino al instante:
–Venga, estamos listos para empezar. Por favor, compruebe los circuitos y póngalo todo en marcha. Rápido.
Kaliinin salió apresuradamente. Dezhnev la siguió con la mirada, sonriendo.
–Me alegro de que no parezcan gustarle los americanos. Descarta con ello un potencial de cien millones de competidores, por lo menos. Ahora bien, si tampoco le gustaran los rusos, llegaría a la conclusión de que soy tan carelo-finlandés como ella.
–¿Usted carelo-finlandés? –exclamó Boranova con forzada sonrisa–. ¿Quién iba a creerle, loco?
–Ella lo creería..., si estuviera con en el debido estado de ánimo.
–Sería un estado de ánimo imposible. –Boranova se volvió a Morrison–. Por favor, no tome el comportamiento de Sofía como algo personal, doctor Morrison. Muchos de nuestros ciudadanos pasan por una fase ultrapatriótica y sienten que lo más soviético es odiar a los americanos. Pero es más una actitud que realidad. Estoy segura de que, cuando empecemos a trabajar juntos como equipo, Sofía bajará sus defensas.
–Lo entiendo perfectamente. Ocurre algo similar en mi país. En realidad, en este momento, no me gustan los soviéticos..., y pienso que es comprensible. Pero –y sonrió– podría fácilmente hacer una excepción con la doctora Kaliinin.
Boranova movió la cabeza.
–Americanos como usted, o rusos como Arkady, hay una forma de pensar masculina que trasciende los límites nacionales y las diferencias culturales.
Morrison no se inmutó.
–No quiere esto decir que vaya a trabajar con ella..., o con cualquier otro. Estoy harto de repetírselo, doctora Boranova, no acepto la miniaturización y no puedo, ni quiero, ayudarlos de ningún modo.
Dezhnev se echó a reír.
–Sabe, uno casi podría creer a Albert. Habla tan en serio.
–Fíjese, doctor Morrison –advirtió Boranova–. Ésta es Katinka.
Tocó una jaula que Morrison, sobresaltado, veía ahora por primera vez. La doctora Kaliinin había absorbido tanto su atención hasta entonces que, incluso después de haber salido, continuaba con la vista indolentemente puesta en la puerta por la que se fue, en espera de que reapareciera.
Se fijo en la jaula de tela metálica Aparentemente, Katinka era un conejo blanco de tamaño normal y aspecto plácido, que iba masticando sus hierbas con la arrebatada concentración de su especie.
Morrison percibía el ruido que hacía y el olor que despedía, que antes debió haber notado y que, inconscientemente, había ignorado.
–Sí, ya lo veo. Es un conejo –dijo.
–No es solamente un conejo. Es la criatura más excepcional. Es única. Ha hecho historia hasta un punto mucho más alto que el catálogo de guerra y desastre al que generalmente llaman Historia. Si excluimos las criaturas puramente accidentales, como gusanos, piojos y parásitos submicroscópicos, Katinka es el primer ser viviente que ha sido miniaturizado. En efecto, lo ha sido en tres distintas ocasiones, y lo hubiera sido docenas de veces si hubiésemos podido permitírnoslo. Ha contribuido enormemente a nuestro conocimiento de la miniaturización de formas de vida y, como puede apreciar, sus experiencias no la han afectado adversamente.
–No pretendo mostrarme insultante –comentó Morrison–, pero su declaración de que el conejo ha sido miniaturizado por tres veces, no es ninguna prueba de que haya ocurrido realmente. No pretendo proyectar dudas sobre su integridad, pero, en un caso como éste, creo que comprenderá que nada, excepto ser testigo del hecho, es lo bastante convincente.
–Naturalmente. Y por esta razón es por lo que, y con un gasto enorme, Katinka será ahora miniaturizada por cuarta vez.
Sofía Kaliinin se volvió rápidamente hacia Morrison y le espetó:
–¿Lleva usted reloj, o algo metálico?
–No llevo nada mío encima, doctora Kaliinin. Nada excepto las ropas puestas, cuyo único bolsillo está vacío. Incluso este brazalete de identificación que me han colocado, parece ser de plástico.
–Es simplemente que hay un fuerte campo electromagnético y el metal crearía interferencias.
–¿Algún efecto fisiológico? –preguntó Morrison.
–Ninguno. Por lo menos hasta ahora no se ha detectado ninguno.
Morrison, que estaba esperando a que abandonaran su simulacro de miniaturización y, preguntándose cuánto tiempo mantendrían el fraude (iba mostrándose cada vez más crítico sobre aquella cuestión) dijo con un atisbo de malicia:
–¿El exceso de exposición no puede conducir a defectos de nacimiento en el caso de estar embarazada, doctora Kaliinin?
Kaliinin se ruborizó.
–Tengo una niña. Es perfectamente normal.
–¿Estuvo expuesta durante el embarazo?
–Una vez.
–¿Ha terminado con el interrogatorio, doctor Morrison? –interrumpió Boranova–. ¿Podemos empezar?
–¿Sigue sosteniendo que miniaturizará al conejo?
–Naturalmente.
–Entonces, adelante. Soy todo ojos.
(«Pero qué imbéciles –pensó sarcástico–. No tardarían en decirle que algo funcionaba mal, ¿pero qué harían después? ¿Qué era todo aquello?»)
–Para empezar, doctor Morrison, ¿le importaría levantar la jaula?
Morrison no hizo el menor gesto. Miró de uno a uno a los tres soviéticos, incierto y suspicaz.
–Adelante, Albert –lo animó Dezhnev–. No le hará ningún daño. Ni siquiera se manchará las manos. Después de todo, las manos están hechas para mancharlas trabajando.
Morrison colocó las manos a ambos lados de la jaula y la levantó. Pesaba unos diez kilos, supuso. Refunfuñó y quiso saber:
–¿Puedo dejarla ahora?
–Naturalmente –dijo Boranova.
–Pero con cuidado –advirtió Kaliinin–. No asuste a Kalinka.
Morrison la posó cuidadosamente. El conejo, que momentáneamente había dejado de comer cuando levantaron su jaula, olfateó con curiosidad el aire y volvió plácidamente a su lento masticar.
Boranova hizo un movimiento afirmativo y Sofía pasó a un lado de la habitación donde un tablero de controles estaba casi escondido por los cables. Miró hacia la jaula por encima del hombro, como apreciando su posición, después fue a moverla algo. Regresó al panel y tocó un interruptor.
Se oyó un zumbido y la jaula empezó a centellear y relucir como si algo, enteramente invisible, se hubiera interpuesto entre ella y ellos. El resplandor se extendió por debajo de la jaula, separándola del piso de piedra de la mesa, donde había estado descansando. Boranova explicó:
–La jaula está ahora encerrada en el campo de miniaturización. Sólo los objetos que hay dentro del campo serán miniaturizados.
Morrison miraba fijamente y un gusano de incertidumbre empezó a agitarse en su interior. ¿Iban a intentar un inteligente truco de ilusionismo y hacerle pensar que había presenciado la miniaturización?
–¿Y cómo han producido precisamente este llamado campo de miniaturización? –preguntó.
–Esto –terció Boranova– no vamos a decírselo. Creo que sabe lo que es información secreta. Adelante, Sofía.
El zumbido aumentó de tono y en cierto modo se intensificó. A Morrison le resultó desagradable, pero los otros parecían soportarlo imperturbablemente. Al mirarlos había apartado la vista de la jaula. Ahora al volver a observarla, le pareció que había disminuido de tamaño.
Frunció el ceño e inclinó la cabeza para alinear el costado de la jaula con la línea vertical de un cable en la pared opuesta. Mantuvo la cabeza inmóvil, pero el costado de la jaula se apartó del punto de referencia. No cabía duda, la jaula era claramente más pequeña. Parpadeó frustrado. Boranova sonrió apenas.
–Se está encogiendo de verdad, doctor Morrison. Seguro que sus ojos se lo dicen.
El zumbido continuó, el encogimiento también. La jaula tenía ahora la mitad de su tamaño original.
Morrison aún dijo con obvia incredulidad:
–Existe algo llamado ilusión óptica.
Boranova ordenó:
–Sofía, detenga el proceso un instante.
El zumbido disminuyó hasta cesar y el brillo del campo de miniaturización se fue apagando hasta acabar también. La jaula estaba encima de la mesa como antes, pero en una versión considerablemente más pequeña de lo que había sido. Dentro estaba el conejo aún..., un conejo más pequeño, pero proporcionado en todo como había sido el original, masticando hojas más pequeñas, con unos trozos de zanahoria, más pequeños, esparcidos por el piso de la jaula. Boranova preguntó:
–¿Cree sinceramente que esto es una ilusión óptica?
Morrison guardó silencio y Dezhnev le increpó:
–Vamos, Albert, acepte lo que ven sus ojos. Este experimento ha consumido muchísima energía y si sigue sin convencerse, nuestros inteligentes administradores se enfadarán con nosotros por malgastar el dinero. ¿Qué nos dice?
Y Morrison, sacudiendo la cabeza en involuntaria confusión, murmuró:
–No sé qué decir.
–¿Le importaría volver a levantar la jaula, doctor Morrison? –rogó Boranova.
Morrison volvió a dudar y Boranova a explicar:
–El campo de miniaturización no la ha dejado radiactiva, ni nada parecido. El contacto de su mano no miniaturizada no la afectará, ni el estado de miniaturización lo afectará a usted. ¿Lo ve? –Y posó su mano, plana, suavemente, sobre la jaula.
La duda de Morrison cedió. Colocó cautelosamente una mano a cada lado de la jaula y la alzó. Lanzó una exclamación de sorpresa, porque todo ello no pesaría más de un kilo. La jaula tembló en sus manos y el conejo miniaturizado, presa del pánico, alarmado, se refugió de un salto en una esquina.
Morrison posó la jaula y, por lo que pudo apreciar, la dejó en su posición original, pero Kaliinin se acercó e hizo un pequeño ajuste.
–¿Qué piensa ahora, doctor Morrison? –preguntó Boranova.
–Pesa muchísimo menos. ¿Hay alguna forma de hacer el cambiazo?
–¿El cambiazo? ¿Quiere decir remplazar el objeto grande por uno más pequeño mientras usted vigilaba? El más pequeño es exactamente igual que el mayor excepto en el tamaño. ¡Por favor, doctor Morrison!
Morrison carraspeó y no insistió. Aquello no era plausible, ni siquiera para él.
–Observe, doctor Morrison –insistió Boranova–, que no sólo ha disminuido su tamaño sino también proporcionalmente su masa. Los propios átomos y moléculas de que están compuestos la jaula y su contenido, han disminuido en tamaño y en masa. Fundamentalmente, ha decrecido la constante de Planck, así que nada, dentro, ha sufrido un cambio relativo a sus partes propias. El mismo conejo, su comida y todo lo de la jaula, parece perfectamente normal. El mundo exterior ha aumentado de tamaño en relación al conejo, pero naturalmente él no se percata de ello.
–No obstante, el campo de miniaturización ha desaparecido. ¿Por qué la jaula y su contenido no vuelven a su tamaño ordinario?
–Por dos razones, doctor Morrison. En primer lugar el estado miniaturizado es metastable. Éste es uno de los grandes y fundamentales descubrimientos que hacen posible la miniaturización. En cualquier punto detenemos el proceso, y para mantenerlo así se necesita muy poca energía. Y en segundo lugar, el campo de miniaturización no se ha ido del todo. Está meramente minimizado y atraído hacia dentro de forma que mantiene la atmósfera del interior de la jaula y evita que se disipe hacia fuera y que las moléculas normales de afuera se pasen dentro. También deja que las paredes de la jaula puedan ser to-cadas por manos no miniaturizadas... Pero no hemos terminado, doctor Morrison. ¿Continuamos?
Morrison, turbado e incapaz de negar la experiencia directa, se preguntó por un instante si habría sido drogado hasta provocarle un estado de supersugestionabilidad que le haría experimentar cualquier cosa que le aseguraran que estaba experimentando. Medio atragantado, logró decir:
–Me están contando demasiado.
–Sí, pero sólo superficialmente. Si repite todo esto en América probablemente no le creerán y nada de lo que diga tendrá el menor parecido con la realidad de la técnica de la miniaturización.
Boranova alzó la mano y Kaliinin bajó la palanca de nuevo.
Volvió el zumbido y la jaula comenzó a encogerse otra vez. Ahora parecía ir más de prisa y Boranova, como si leyera en la mente de Morrison, explicó:
–Cuanto más encoja, menos masa habrá que retirar, y más rápidamente disminuirá el tamaño.
Morrison, casi en estado de shock, miraba fijamente una jaula que sólo medía un centímetro de lado y que seguía encogiéndose.
Pero Boranova volvió a levantar la mano y otra vez el zumbido cesó.
–Tenga cuidado ahora, doctor Morrison, porque solamente pesa unos centenares de miligramos y para cualquiera de nuestro tamaño, es extremadamente frágil. Tome. Pruebe.
Le pasó una lupa enorme. Morrison, en silencio, la cogió y la mantuvo sobre la diminuta jaula. Podía no haber conseguido descubrir lo que era el objeto que se movía dentro si se hubiera encontrado con ella sin previo aviso, pero su mente no habría aceptado un conejo tan increíblemente pequeño.
Lo había visto encogerse, y, no obstante, lo miraba ahora con una mezcla de confusión y fascinación. Volvió a mirar a Boranova y preguntó:
–¿Ha ocurrido realmente?
–¿Todavía sospecha que se trata de una ilusión óptica, o hipnotismo, o..., qué sé yo?
–¿Drogas?
–Si se tratara de drogas, doctor Morrison, sería un descubrimiento mucho más importante que la miniaturización. Mire a su alrededor, ¿no le parece todo normal? Sería una droga fue-ra de lo corriente la que alterara el sentido de percepción de un solo objeto en una gran habitación en la que nada más hubiera cambiado. Venga, doctor, lo que ha presenciado es real.
–Hágalo crecer –pidió Morrison jadeante.
Dezhnev se echó a reír pero se contuvo inmediatamente.
–Si me río, el aire desplazará a Katinka, y tanto Natasha como Sofía me machacarán con todo lo que hay aquí dentro. Si quiere que aumente, tendrá que esperar.
Boranova lo confirmó.
–Dezhnev tiene razón. Verá, doctor Morrison, ha sido usted testigo de una demostración científica, no de magia. Si fuera magia, chasquearía los dedos y el conejo volvería a ser normal en una jaula normal..., y entonces sabría que ha estado sometido a una ilusión óptica. Sin embargo, hace falta considerable energía para rebajar la constante de Planck hasta una diminuta fracción de su valor normal, incluso tratándose de un volumen relativamente pequeño del Universo, y es por lo que la miniaturización es una técnica tan cara. Para volver a aumentar la constante de Planck debemos servirnos de una producción de energía igual a la que se ha consumido originalmente, porque la ley de la conservación de la energía se mantiene, incluso, durante el proceso de miniaturización. No podemos desminiaturizar a mayor velocidad de la que gastamos el calor producido, así es que lleva mucho tiempo conseguirlo. Más que el necesario para miniaturizar.
Morrison guardó silencio durante un tiempo. Encontraba la explicación relativa a la conservación de la energía más convincente que la propia demostración. Los charlatanes no hubieran sido tan meticulosos en obedecer las leyes de la física. Dijo:
–En mi opinión, su proceso de miniaturización no creo que sea un invento práctico. Como mucho serviría solamente como una herramienta para ampliar y desarrollar la teoría del quantum.
–Incluso esto sería suficiente –observó Boranova–, pero no juzgue una técnica por su fase inicial. Tenemos la esperanza de aprender cómo superar estos enormes cambios de energía, cómo encontrar métodos de miniaturización y de desminiaturización que resulten más eficientes. ¿Acaso debe tener que pasar todo el cambio de energía de los campos electromagnéticos a la miniaturización y de ahí al calor de la desminiaturización? ¿No podría la desminiaturización quedar en cierto modo obligada a desprender energía como, de nuevo, los campos electromagnéticos? Quizá resultaría más fácil de manejar.
–¿Han revocado la segunda ley de la termodinámica? –preguntó Morrison exageradamente cortés.
–En absoluto. No pretendemos una imposible conversión al cien por cien. Si podemos convertir un setenta y cinco por ciento de la energía de la desminiaturización en un campo electromagnético, o solamente un veinticinco por ciento, sería un gran adelanto sobre la situación actual. No obstante, cabe la esperanza de lograr una técnica mucho más sutil y bastante más eficaz, y ahí es donde entra usted.
Morrison abrió los ojos.
–¿Yo? Yo no sé nada de esto. ¿Por qué elegirme a mí para salvarlos? Un niño pequeño les habría servido de igual modo.
–En absoluto. Sabemos lo que está haciendo. Vamos, doctor Morrison, usted y yo pasaremos a mi despacho mientras Sofía y Arkady empiezan el aburrido proceso de recuperar a Katinka. Allí le mostraré que sus conocimientos son suficientes para ayudarnos a que la miniaturización sea eficaz y por consiguiente una aventura comercialmente práctica. En realidad, verá claramente que usted es la única persona que puede ayudarnos.
V. COMA
La vida es agradable. La muerte
tranquila. Lo molesto es la transición.
DEZHNEV, padre
–Esto –anunció Natalya Boranova– es mi propio sector de la Gruta.
Se sentó en un sillón algo destartalado que (Morrison imaginó) debía encontrar perfectamente cómodo, habiendo conseguido amoldarlo a su cuerpo a lo largo de los años.
Él se sentó en otro, más pequeño y más austero, con un asiento cubierto de raso pero que era menos confortable de lo que parecía. Miró a su alrededor con una aguda sensación de nostalgia. De algún modo le recordaba su propio despacho. Había la instalación de la computadora y una gran pantalla (la de Boranova era más rebuscada que la suya, el estilo soviético tendía a la ornamentación y Morrison sintió una curiosidad momentánea por aquello, aunque la apartó por considerarla trivial).
También veía la misma tendencia al desorden en los montones de copias, el mismo olor que despedían, el mismo libro anticuado entre las cassettes. Morrison se esforzó por leer el título de uno de ellos, pero estaba demasiado lejos y demasiado gastado para conseguirlo (los libros siempre tenían un aspecto anticuado aunque fueran nuevos). Tuvo la impresión de que era una gramática inglesa, lo que no le habría sorprendido. Él tenía también varios clásicos rusos en su laboratorio para refrescar ocasionalmente el idioma.
–Estamos solos –comentó Boranova–. Ni nos oirá nadie, ni nos molestarán. Más tarde pediremos que nos traigan el almuerzo aquí.
Boranova aceptó el comentario por lo que valía.
–En absoluto. Y ahora, doctor Morrison, no he podido evitar fijarme en que Arkady lo llama por su nombre. Él es, hasta cierto punto, un individuo inculto y dado a presumir. ¿Puedo volver a pedirle que, pese a las condiciones en que ha sido traído aquí, seamos tolerantes e informales en nuestro trato?
Morrison lo meditó:
–Bien, llámeme Albert. Pero será simplemente por conveniencia y no como signo de amistad. No es fácil que me olvide de mi secuestro.
Boranova se aclaró la garganta.
–Intenté persuadirle para que viniera por su propia voluntad. Si la necesidad no hubiera sido tan acuciante, no habríamos llegado tan lejos.
–Si se siente turbada por lo que ha hecho, devuélvame a los Estados Unidos. Hágalo y me esforzaré por olvidar este episodio y no me quejaré a mi Gobierno.
Boranova sacudió lentamente la cabeza.
–Sabe que no puedo hacerlo. La necesidad sigue vigente. Dentro de poco, verá por qué se lo digo. Pero, entretanto, Albert, hablemos, sin necedad, como parte de una familia de la Ciencia universal, que está por encima de las cuestiones de nacionalidad y demás distinciones artificiales entre seres humanos. Supongo que ahora ya ha aceptado la realidad de la miniaturización.
–Tengo que aceptarla –asintió Morrison a disgusto.
–¿Y comprende nuestro problema?
–Sí. Es excesivamente caro en energía.
–Imagine, sin embargo, que bajáramos drásticamente el costo de la energía. Imagine que pudiéramos llevar a cabo la miniaturización enchufando simplemente un cable y sin consumir más energía que la que consumiría una tostadora.
–Naturalmente. Pero por lo visto no puede hacerse. O, en todo caso, ustedes no pueden hacerlo. ¿Por qué, entonces, tanto secreto? ¿Por qué no publicar lo que llevan hecho y agradecer las contribuciones del resto de la familia científica? El secreto parece indicar que la Unión Soviética está planeando utilizar la miniaturización como arma, de un tipo u otro, lo bastante poderosa para hacer que su país crea posible romper los acuerdos actuales y mutuos que han conducido a la paz y a la cooperación de todo el mundo en las dos últimas generaciones.
–No es así. La Unión Soviética no trata de establecer una hegemonía mundial.
–Espero que no. Pero, si la Unión Soviética busca mantener el secreto, es comprensible que otras unidades de la alianza global empiecen a preguntarse si no estará buscando conquistar.
–Los Estados Unidos tienen sus secretos, ¿no es verdad?
–Lo ignoro. No soy un confidente del Gobierno americano. Si tiene secretos, y me figuro que los tendrá, tampoco lo apruebo. Pero dígame, ¿por qué hay necesidad de tener secretos? ¿Qué importa que ustedes desarrollen la miniaturización, o nosotros, o ambos en combinación..., o los africanos, si le parece? Nosotros, los americanos, inventamos el aeroplano y el teléfono, pero ustedes tienen ambas cosas. Nosotros fuimos los primeros en llegar a la Luna, pero ustedes disfrutan a pleno uso de las colonias lunares. Ustedes, por su parte, fueron los primeros en solucionar el problema de la fusión energética y los primeros en montar una estación de energía solar en el espacio, y nosotros nos beneficiamos de ambas cosas.
–Todo lo que dice es verdad. Sin embargo, desde hace más de un siglo, el mundo ha dado por sentado que la tecnología americana es superior a la tecnología soviética. Esto nos produce una irritación constante, y si, en algo tan básico y totalmente revolucionario como es la miniaturización, quedara claramente establecido que la Unión Soviética iba a la cabeza, sería sumamente gratificante para nosotros.
–¿Y la familia científica global, a la que alude? ¿Es usted miembro de ella o solamente una científica soviética?
–Soy ambas cosas –respondió Boranova con un deje de irritación–. Si la decisión fuese mía, quizá proclamaría nuestro descubrimiento al mundo. No obstante, la decisión no es mía. Es cosa de mi Gobierno y le debo lealtad. Tampoco ustedes, los americanos, nos lo ponen fácil. Sus constantes y estentóreas insinuaciones de superioridad americana, nos fuerzan a una actitud defensiva.
–Pero, ¿no herirá el orgullo soviético, en cuanto a sus logros, tener que contar con un americano como yo para ayudarlos?
–Pues sí, agria un poco la leche, pero por lo menos proporcionará a los americanos una participación en el éxito, que le reconoceremos, Albert. Quedará usted como un verdadero patriota americano y mejorará su reputación. Si nos ayuda.
–¿Un soborno? –sonrió amargamente Morrison.
–Si es así como lo interpreta –dijo Boranova encogiéndose de hombros– no puedo impedírselo. Pero hablemos amistosamente y veamos qué sacamos de ello.
–En este caso, empiece por darme cierta información. Ahora que me veo obligado a creer en la miniaturización, y que ésta es posible, ¿puede hablarme de la física básica? Siento cu-riosidad.
–Ya debería comprenderlo, Albert. Sería peligroso para usted saber demasiado. ¿Cómo podríamos entonces dejarle regresar a su país...? Además, aunque puedo operar el sistema de miniaturización, ni siquiera yo conozco lo fundamental. Si fuera así, nuestro Gobierno no podría arriesgarse a dejarme visitar los Estados Unidos.
–¿Quiere decir que podríamos secuestrarla como hicieron ustedes conmigo? ¿Cree que los Estados Unidos raptan a la gente?
–Estoy absolutamente segura de que sí, si la necesidad lo hiciera necesario.
–¿Y quiénes son los que conocen lo fundamental de la miniaturización?
–Eso es también algo que, en términos generales, es mejor que usted ignore. No obstante, puedo levantar algo la cortina. Pyotr Shapirov es uno de ellos.
–¡Pete el Loco! –exclamó Morrison sonriendo–. No me sorprende.
–No debe sorprenderlo. Estoy segura de que su «loco» es una de sus bromas, pero fue él quien encontró primero la racional básica tras la miniaturización. Claro que –añadió pensativa– tal vez hiciera falta cierta dosis de locura..., o por lo menos, cierta idiosincrasia de pensamiento. También es Shapirov el que sugirió primero un método para conseguir la miniaturización con un gasto mínimo de energía.
–¿Cómo? ¿Convirtiendo la desminiaturización en un campo electromagnético?
Boranova hizo una mueca.
–Me limitaba a darle un ejemplo. El método de Shapirov es bastante más sutil.
–¿Puede explicarse?
–Sólo por encima. Shapirov señala que los dos grandes aspectos de la teoría unificada del Universo, el aspecto quantum y la relatividad, dependen, ambos, de una constante que esta-blece un límite. La teoría del quantum es la constante de Planck, que es muy pequeña, pero no cero. En relatividad, es la velocidad de la luz, que es muy grande pero no infinita La constante de Planck establece un límite bajo a la cantidad de transferencia de energía, y la velocidad de la luz establece un límite superior a la velocidad de transmisión de información. Shapirov sostiene, además, que ambas están relacionadas. En otras palabras, si la constante de Planck disminuye, la velocidad de la luz aumentaría. Si la constante de Planck se redujera a cero, la velocidad de la luz sería entonces infinita.
–En cuyo caso –interrumpió Morrison– el Universo sería newtoniano en sus propiedades.
Boranova asintió:
–Sí. Según Shapirov, la razón del enorme consumo de energía en la miniaturización, es que los dos límites no se acoplan, que la constante de Planck disminuye sin que la velocidad de la luz aumente. Si los dos se acoplaran, entonces la energía pasaría desde el límite-de-velocidad-de-la-luz al límite de la constante de Planck durante la miniaturización y, en dirección contraria, durante la desminiaturización, de modo que la velocidad de la luz aumentaría al avanzar la miniaturización y descendería en la desminiaturización. La actividad sería de casi un cien por cien. Entonces se necesitaría muy poca energía para miniaturizar y la reexpansión tendría lugar muy de prisa.
–¿Sabe Shapirov cómo poder llevar a cabo la miniaturización y la desminiaturización con los dos límites acoplados?
–Dijo que sí.
–¿Dijo? ¿En tiempo pasado? ¿Significa esto que ha cambiado de opinión?
–No exactamente.
–Entonces, ¿qué ha hecho?
Boranova titubeó, pero casi suplicante dijo:
–Albert, no vaya demasiado aprisa. Quiero que reflexione. Sabe que la miniaturización funciona. Sabe que es posible, aunque no práctica. Sabe que sería un gran bien para la Humanidad y le he asegurado que no la queremos para usos bélicos o destructivos. Una vez que sepamos que nuestra precedencia nacional es reconocida, y lo queremos por razones psicológicas, como le he dicho francamente, estoy segura de que compartiremos la miniaturización con todas las divisiones del Globo.
–¿De veras, Natalya? ¿Confiarían, usted y su nación, en los Estados Unidos si la situación fuese a la inversa?
–¡Confiar! –suspiró profundamente Boranova–. No se da naturalmente en nadie. La debilidad de la Humanidad consiste en que pensamos constantemente lo peor de los demás. No obstante, la confianza debe empezar por alguna parte o el frágil acuerdo de cooperación del que hemos disfrutado durante tanto tiempo se hará añicos y volveremos al siglo xx con todos sus horrores. Dado que los Estados Unidos están tan convencidos de que son la nación más fuerte y más avanzada, ¿no debería ser ella la primera en arriesgarse a confiar?
–No puedo responder a eso –exclamó Morrison abriendo los brazos–. Soy un simple ciudadano y no represento a mi nación.
–Como simple ciudadano puede ayudarnos, sabiendo que no está haciendo daño a su país.
–No puedo saber tal cosa. Sólo tengo su palabra y tampoco creo que represente usted a su país, como yo al mío. Pero esto es irrelevante, Natalya. Incluso si quisiera hacerlo, ¿cómo diablos puedo ayudarlos a que la miniaturización resulte práctica, si no sé nada sobre este tema?
–Tenga paciencia. Dentro de poco almorzaremos. Dezhnev y Kaliinin habrán terminado la desminiaturización de Katinka y se reunirán con nosotros, junto con otro que debe conocer. Luego, después del almuerzo, lo llevaré a ver a Shapirov.
–No termino de creerlo, Natalya. Me ha dicho hace un momento que sería peligroso para mí conocer a alguien que supiera bien lo de la miniaturización. Podría aprender demasiado y esto crearía problemas para mi regreso a los Estados Unidos. ¿Por qué, entonces, debo arriesgarme a ver a Shapirov?
–Shapirov es una excepción –confesó Boranova con tristeza–. Le prometo que lo comprenderá cuando le vea, y también comprenderá por qué debemos contar con usted.
–Eso –dijo Morrison con la misma convicción con que antes había proclamado la imposibilidad de la miniaturización– no lo comprenderé jamás.
El almuerzo se sirvió en una habitación bien iluminada, porque tanto el techo como unas franjas regulares en la pared eran electroluminiscentes. Boranova se lo hizo notar con orgullo y Morrison se abstuvo de hacer comparaciones odiosas con los Estados Unidos, donde la electroluminiscencia estaba generalizada.
Ni tampoco expresó lo que le divertía que, pese a la electroluminiscencia, pendiera una araña pequeña, pero adornadísima, del techo. Sus bombillas no contribuían en nada a la iluminación, pero era indudable que hacía la estancia menos antiséptica.
Como Boranova había anunciado se unió a ellos una quinta persona, que fue presentada a Morrison como Yuri Konev.
–Un neurólogo como usted, Albert –dijo Boranova.
Konev, moreno y guapo y de unos treinta y pico de años, tenía un aire de jovencito torpe. Le estrechó la mano con cauta curiosidad, diciéndole:
–Estoy encantado de conocerlo –en un inglés discreto, pero con marcado acento americano.
–Me figuro que habrá vivido en Estados Unidos –observó Morrison también en inglés.
–Pasé dos años trabajando como graduado en la Universidad de Harvard, lo que me proporcionó una espléndida oportunidad de practicar el idioma.
–Sin embargo –intervino Boranova en ruso–, el doctor Morrison habla muy bien nuestra lengua, Yuri, y debemos darle oportunidad de practicarla aquí, en nuestra tierra.
–Por supuesto –asintió Yuri en ruso.
Morrison se había olvidado, o casi, de que se encontraba bajo tierra. En la estancia no había ventanas, pero incluso esto era corriente en grandes edificios comerciales de la superficie.
La comida no era extraordinaria. Arkady Dezhnev comió en silencio, concentrado en lo que hacía y Sofía Kaliinin parecía abstraída. Miraba de cuando en cuando a Morrison, pero ignoraba a Konev por completo. Boranova los observaba a todos, pero apenas hablaba. Parecía satisfecha de dejar la escena a Konev. Éste observó:
–Doctor Morrison, debo decirle que he seguido su trabajo con suma atención.
Morrison, que había estado tomando la sopa de col con fruición, levantó la vista sonriendo. Ésta era la primera referencia a su trabajo, más que al trabajo de todos, desde que había llegado a la Unión Soviética.
–Gracias por su interés, pero Natalya y Arkady me llaman Albert y me cuesta contestar a diferentes nombres. Llamémonos todos por el nombre de pila durante el poco tiempo que me queda, antes de que me devuelvan a mi propia tierra.
–Ayúdenos –insistió Boranova en voz baja–, y será un tiempo realmente corto.
–Sin condiciones –respondió Morrison en el mismo tono–. Deseo volver.
Konev alzó la voz, como si tratara de encauzar la conversación por el camino que había elegido.
–Pero debo confesar, Albert, que no he podido constatar sus observaciones.
Morrison apretó los labios:
–He oído la misma queja en boca de neurólogos de los Estados Unidos.
–¿Y por qué puede ser? El académico Shapirov está intrigadísimo por sus teorías y asegura que son, probablemente, correctas, por lo menos en parte.
–Ah, pero Shapirov no es neurólogo, ¿verdad?
–No, no lo es, pero tiene una extraordinaria percepción de lo que es o no correcto. Nunca le he oído decir: «Me parece que esto debe ser correcto», cuando habla de cualquier cosa que no lo es, por lo menos en parte. Dice que uno está probablemente en camino de establecer una interesante estación de relé.
–¿Estación de relé? No sé qué querrá decir con esto.
–Eso dijo una vez estando yo presente. Sería una idea particular suya, sin duda. –Dirigió una mirada penetrante a Morrison como esperando que él pudiera explicarle el comentario.
Morrison sencillamente se encogió de hombros y comentó:
–Lo que he hecho es establecer un nuevo tipo de análisis de las ondas cefálicas originadas en el cerebro, y estrechar la investigación en busca de una red específica en el interior del cerebro dedicada al pensamiento creativo.
–Entonces puede que sea usted superoptimista, Albert. No creo que esa red de la que habla exista realmente.
–Mis resultados lo indican claramente.
–En perros y en monos. No es seguro hasta dónde podemos extrapolar tal información en relación con la estructura más compleja del cerebro humano.
–Confieso que no he trabajado, anatómicamente, con el cerebro humano. Sin embargo, he analizado minuciosamente las ondas cerebrales y los resultados obtenidos son, por lo menos, coincidentes con mi hipótesis de estructura creativa.
–Esto es lo que no he podido constatar y lo que los investigadores americanos no habrán podido constatar tampoco.
–El adecuado análisis de la onda cerebral es, y digo en la mejor apreciación, algo monumentalmente difícil a nivel quinquenario. Y nadie más ha dedicado al problema tantos años como yo.
–No posee el adecuado equipo computadorizado. Ha trazado su propio programa con el único fin de analizar las ondas cerebrales, ¿no es verdad?
–En efecto.
–¿Y lo ha expuesto por escrito?
–Naturalmente. Si hubiera obtenido resultados con un programa no descrito, no valdrían nada. ¿Quién podría confirmar mis resultados, si se carecía de un programa equivalente en la computadora?
–Sí, el año pasado, en Bruselas, en la Conferencia Internacional de Neurofísica, oí que modifica usted continuamente su programa y se queja de que la falta de confirmación procede del uso de insuficiente programación compleja incapaz del análisis Fournier, para establecer el debido grado de sensibilidad.
–No, Yuri, esto es falso. Enteramente falso. De vez en cuando he modificado mi programa, pero he descrito cuidadosamente cada modificación en Computer Technology. He tratado de publicar los datos en el American Journal of Neurophysics, pero en los últimos años no han aceptado mis artículos. Si otros limitan sus lecturas al AJN y no se mantienen al día consultando las publicaciones relevantes de otros países, no es culpa mía.
–Y, no obstante... –Yuri hizo una pausa. Frunció el ceño y pareció dudar–. No sé si debería decirle esto porque puede ser algo que nos antagonice.
–Adelante, en los últimos años he aprendido a aceptar todo tipo de comentarios, hostiles, sarcásticos y, lo que es peor, compasivos. Y estoy endurecido... Por cierto, este pollo «Kiev» está muy bueno.
–Es comida para invitados –murmuró Kaliinin casi entre dientes–. Demasiado mantequilla es mala para la silueta.
–Bah –comentó Dezhnev con fuerza–. ¡Malo para la silueta! Ésta es una observación americana que en ruso no tiene sentido. Mi padre decía siempre: «El cuerpo sabe lo que necesita. Por eso algunas cosas saben tan bien»
Kaliinin cerró los ojos, claramente disgustada, y comentó:
–Una receta suicida.
Morrison observó que Konev no miró ni una sola vez a la joven durante este intercambio de palabras. Ni una sola vez.
–¿Qué me estaba diciendo, Yuri? Algo que pudiera hacerme enfadar, ¿no es eso?
–Bueno, sí –respondió Konev–. Albert, ¿es cierto o no que pasó su programa a un colega y que éste, sirviéndose de su computadora, ni así pudo comprobar sus resultados?
–En efecto –contestó Morrison–. Por lo menos mi colega, un hombre muy competente, dijo no haber podido verificarlos.
–¿Sospecha que mentía?
–Realmente, no. Es sólo que las observaciones son tan delicadas que el hecho de intentarlas con la seguridad de fracasar, lleva, en mi opinión, al fracaso.
–¿No podríamos considerarlo a la inversa, Albert, y decir que su seguridad de éxito lo lleva a imaginar el éxito?
–Posiblemente –aceptó Morrison–. Se me ha dicho lo mismo varias veces en el pasado. Pero no lo creo.
–Un rumor más –insistió Yuri–. Y siento repetirlo, pero me parece muy importante. ¿Es verdad que en sus análisis de las ondas cerebrales ha declarado que, a veces, ha podido cap-tar pensamientos?
Morrison sacudió vigorosamente la cabeza.
–Jamás he publicado tal cosa. Una o dos veces comenté a un colega que al concentrarme en el análisis de la onda cerebral, tuve la sensación de que mi mente era invadida por ciertos pensamientos. No puedo asegurar si los pensamientos eran enteramente míos o si mis propias ondas cerebrales respondían a las del sujeto.
–¿Puede concebirse tal resonancia?
–Me figuro que sí. Las ondas cerebrales producen pequeños, y fluctuantes, campos electromagnéticos.
–Ah, será eso, supongo, lo que hizo que el académico Shiparov hablara de la estación de relé. Las ondas cerebrales producen siempre fluctuantes campos electromagnéticos..., con o sin análisis. No hay resonancia, si esto es de lo que se trata, respecto a los pensamientos de alguien en su presencia, por más intensamente que esté pensando. La resonancia ocurre solamente cuando está enfrascado en el estudio de las ondas cerebrales con su computadora programada. Ésta, presumiblemente, actúa como estación de relé, modificando o intensificando las ondas cerebrales del sujeto y proyectándolas hacia la mente de usted.
–No tengo pruebas de ello, excepto por ocasionales y fugaces impresiones. Y esto no basta.
–Tal vez sí. El cerebro humano es infinitamente más complejo que cualquier otra pieza de materia que conozcamos.
–¿Qué me dice de los delfines? –preguntó Dezhnev con la boca llena.
–Es un punto de vista muy explotado –objetó Konev al instante–. Son inteligentes, pero sus cerebros están únicamente dedicados a las minucias como el radar, para permitirles la capacidad suficiente de generar pensamientos abstractos a escala humana.
–Nunca he estudiado a los delfines –dijo Morrison, indiferente.
–Olvídese de los delfines –exclamó Konev impaciente–. concéntrese solamente en el hecho de que su computadora, debidamente programada, puede actuar de estación de relé, trasladando pensamientos de la mente del sujeto que está estudiando, a la suya. Si es así, Albert, le necesitamos a usted y a nadie más de este mundo.
Pero Morrison, ceñudo, apartó la silla de la mesa y protestó:
–Incluso en el caso de que pueda captar pensamientos mediante computadora, algo que jamás he dicho que hiciera y por lo tanto niego, ¿qué puede tener esto que ver con la miniaturización?
Boranova se puso de pie y miró el reloj.
–Ya es hora –dijo–. Vamos a ver a Shapirov. Ahora.
–Lo que él diga me resultará indiferente –declaró Morrison.
–Descubrirá –expuso Boranova con un deje acerado en la voz– que él no le dirá nada, pero que será, de todos modos, absolutamente convincente.
21
Morrison se había aguantado el mal genio hasta aquel momento. Los soviéticos, al fin y al cabo, lo trataban como un invitado y si pudiera olvidar el pequeño detalle de haber sido traído a la fuerza, tenía poco de que quejarse.
Pero, ¿qué se proponía? Boranova se los había ido presentando uno por uno; primero Dezhnev, después Kaliinin, luego Konev, por razones aún impenetrables para él. Una y otra vez, Boranova había señalado su utilidad sin llegar a decirle en qué consistía. Ahora Konev hacía lo mismo y se mostraba igualmente misterioso.
Y ahora se iban a ver a Shapirov. Obviamente, éste iba a ser una especie de clímax. Desde que por primera vez Boranova lo mencionó un par de días atrás, en la Convención, Shapirov había parecido cubrir todo aquello como una espesa niebla. Era él quien había descubierto el proceso miniaturizador. Él quien parecía haber detectado una conexión entre la constante de Planck y la velocidad de la luz, el que parecía valorar las teorías neurofísicas de Morrison y él quien hizo la observación sobre la computadora como estación de relé, lo que había provocado en Konev la convicción de que Morrison, y solamente Morrison, podía ayudarlos.
Ahora, sólo le quedaba a Morrison resistirse a las amenazas o argumentos que Shapirov presentara. Si Morrison insistía en que no les ayudaría, ¿qué harían cuando todas las amenazas y argumentos fracasaran?
¿Amenazarlo descaradamente con emplear la fuerza..., o torturarlo?
¿Lavarle el cerebro?
Morrison se acobardó. No se atrevía a plantear su negativa sobre la base de no querer. Tendría que persuadirlos de que no podía. Indudablemente, sería la única postura razonable. ¿Qué podía la Neurología, y además parte de un trabajo neurofísico no aceptado, tener que ver con la miniaturización?
Pero, ¿cómo no lo veían también ellos? ¿Por qué actuaban todos como si fuera concebible que una persona como él, que nunca había pensado en la miniaturización hasta cosa de cua-renta y ocho horas antes, pudiera hacer algo por ellos, los únicos expertos en aquel campo, que no pudiesen hacer por sí mismos?
Fue un trayecto bastante largo. Morrison, sumido en sus incómodos pensamientos, no se dio cuenta de que eran menos, los que lo acompañaban, de lo que había pensado. De pronto, preguntó a Boranova:
–¿Dónde están los otros?
–Tenían trabajo que hacer. No siempre hacemos lo que debemos, ¿sabe?
Morrison sacudió la cabeza. No eran muy comunicativos. Ninguno de ellos parecía regalar información. Siempre con la boca cerrada. Una antigua costumbre soviética, quizás..., o algo que forma parte de su trabajo en un proyecto secreto o en el que incluso los científicos no se atrevían a traspasar los estrechos límites de su ocupación inmediata.
¿Por qué se acercaban a él como si fuese un americano de fábula? Nada de lo que había hecho podía darles esta impresión. La verdad es que él era un humilde-especialista, que no sabía virtualmente nada fuera de la Neurología. «Éste era el peor mal de la ciencia moderna», pensó.
Habían entrado en otro ascensor, casi sin que se hubiera percatado de ello, y se encontraban ahora en otro nivel. Miró a su alrededor y reconoció ciertas características que parecen trascender las diferencias nacionales.
–¿Estamos en una sección médica? –preguntó.
–Es un hospital. La Gruta es un complejo científico autosuficiente.
–¿Y por qué estamos aquí? Es que... –Calló de pronto, horrorizado ante lo que estaba pensando. ¿Iban acaso a drogarle, o, por otros medios médicos, volverlo más dócil?
Boranova, que había seguido andando, se detuvo. Miró hacia atrás, y volviendo junto a él, preguntó agresiva:
–Y ahora, ¿de qué tiene miedo?
Morrison se avergonzó. ¿Tan transparente era la expresión de su rostro?
–Nada me da miedo –masculló–. Es que estoy harto de caminar sin rumbo fijo.
–¿Qué le hace pensar eso? Le dije que íbamos a ver a Pyotr Shapirov. Ahora nos dirigimos a su encuentro. Venga, sólo quedan unos pasos.
Doblaron una esquina y Boranova le mandó acercarse a una ventana.
Se colocó a su lado y observó. La ventana daba a una habitación repleta de gente. Había cuatro camas, pero sólo una estaba ocupada y rodeada por una serie de instrumentos que desconocía. Tubos y botellas, extendiéndose hacia la cama. Morrison contó a unas doce personas que podían ser médicos, enfermeras o técnicos médicos. Boranova dijo:
–Aquí tiene al académico Shapirov.
–¿Cuál de ellos? –Los ojos de Morrison iban de una a otra de las figuras y ninguna le parecía de aspecto similar al del científico que una vez había conocido.
–El de la cama.
–¿El de la cama? ¡Está enfermo entonces!
–Está más que enfermo. Está en coma. Lleva en coma más de un mes y tenemos la terrible sospecha de que su estado es irreversible.
–¡Cuánto lo siento! Supongo que es a raíz de ello que se refirió a él en pasado a la hora del almuerzo.
–Sí. El Shapirov que conocemos está ya en pasado, a menos que...
–¿A menos que se recupere? Pero acaba de decirme que su estado es irreversible.
–En efecto. Pero su cerebro no ha muerto. Está dañado, o de lo contrario no estaría en coma. Pero no está muerto, y Konev, que ha seguido de cerca su trabajo, piensa que parte de su red de pensamientos sigue todavía intacta.
–Empiezo a comprender. ¿Por qué no me lo explicaron desde un principio? Si deseaban consultarme y lo hubieran expuesto así, hubiera estado dispuesto a venir voluntariamente. No obstante, y si por el contrario estudiara su función cerebral y les dijera: «Yuri Konev tiene razón», ¿de qué les hubiese servido?
–De nada. Aún no lo ha entendido y no puedo explicárselo exactamente hasta que no comprenda el problema ¿Se da cuenta de lo que está enterrado ahí, en la parte viviente del cerebro de Shapirov?
–Supongo que sus pensamientos.
–Específicamente, sus pensamientos acerca de la interconexión entre la constante de Planck y la velocidad de la luz. Sus pensamientos sobre un método para hacer rápidamente la miniaturización y la desminiaturización, con menos energía, y más practicidad. Con estos pensamientos daríamos a la Humanidad una técnica que revolucionaría la Ciencia, la tecnología y la sociedad misma, más que nada, desde la invención del transistor. Quizá más que nada desde el descubrimiento del fuego. ¿Quién sabe?
–¿No estará usted dramatizando en exceso?
–No, Albert. ¿No piensa en que si la miniaturización puede acoplarse a una vasta aceleración de la velocidad de la luz, una nave espacial, suficientemente miniaturizada puede enviarse a cualquier parte del Universo a muchas veces la velocidad conocida de la luz? No necesitaremos viajar a más velocidad que la luz. La luz viajará lo bastante de prisa para nosotros. Y tampoco necesitaremos antigravedad, porque la nave miniaturizada tiene una masa cercana al cero.
–No puedo creer nada de esto.
–Tampoco podía creer en la miniaturización.
–No quiero decir que no crea en los resultados de la miniaturización. Quiero decir que no puedo creer que la solución al problema esté permanentemente encerrada en el cerebro de un hombre. Eventualmente, otros lo pensarán. Si no ahora, el próximo año, o la próxima década.
–Es fácil esperar cuando no se está metido en ello, Albert. El caso es que no vamos a tener ni próxima década, ni siquiera próximo año. Toda esta Gruta que ve a su alrededor ha costado a la Unión Soviética casi como una guerra. Cada vez que miniaturizamos algo, aunque sólo sea Katinka, consumimos la energía necesaria para abastecer una ciudad grande durante todo un día. Los dirigentes de nuestro Gobierno ya empiezan a pedir explicaciones sobre este gasto y los científicos, muchos de ellos, que no comprenden la importancia de la miniaturización o que son simplemente egoístas, protestan porque toda la ciencia soviética está en la miseria a costa de la Gruta. Si no aportamos pronto algo que ahorre energía, un ahorro importante, claro está, se cerrará todo esto.
–Sin embargo, Natalya, si publica lo que ya se sabe acerca de la miniaturización y lo pone a disposición de la Asociación Global para el Progreso de la Ciencia, innumerables científicos prestarán sus mentes, las dedicarán a ello y, rápidamente, alguien encontrará el medio de acoplar la constante de Planck y la velocidad de la luz.
–Sí –dijo Boranova– y quizás el científico que lo consiga, que obtenga la clave de la miniaturización con poca energía, sea un americano o un francés o un nigeriano o un uruguayo. Pero quien lo tiene ahora es un soviético y no queremos perder tal mérito.
–Se olvida de la camaradería global de la Ciencia. No la haga pedazos.
–¿Hablaría de ese modo si fuera un americano el que estuviera al borde del descubrimiento y le rogaran que hiciera usted algo que, posiblemente, hiciera recaer todo el mérito en uno de nosotros? ¿Recuerda la historia de la reacción americana cuando la Unión Soviética fue la primera en poner en órbita un satélite artificial?
–Seguro que hemos cambiado desde entonces.
–Sí, hemos avanzado un kilómetro, pero no diez kilómetros. El mundo no es aún del todo global en su forma de pensar. Perdura considerablemente el orgullo nacional.
–Tanto peor para el mundo. Sin embargo, si no somos globales y si el orgullo nacional es algo que se nos supone retener, entonces yo debería conservar el mío. Como americano, ¿por qué iba a preocuparme porque un científico soviético fuera a perder el mérito de su descubrimiento?
–Le pido solamente que comprenda la importancia que esto tiene para nosotros. Le pido que se ponga en nuestro lugar por un instante y vea si puede comprender nuestra desesperación por hacer lo imposible para descubrir lo que Shapirov sabe.
–Está bien, Natalya. Comprendo. No lo apruebo, pero lo comprendo. Ahora bien, por favor escuche con atención, ahora que lo comprendo, ¿qué es lo que quiere de mí?
–Lo queremos a usted –explicó Boranova iluminada– para que nos ayude a encontrar cuáles son los pensamientos de Shapirov, es decir, los que todavía viven y existen en él.
–¿Pero cómo? No hay nada en mis teorías que lo hagan posible. Incluso dando por cierto que las redes de pensamiento existan, y que las ondas cerebrales puedan ser minuciosamente analizadas, concediéndole incluso que yo, a veces, accidentalmente, capto una imagen mental, posiblemente imaginaria, posiblemente producida por mí, no por ello existe un medio por el que las ondas cerebrales puedan ser estudiadas hasta el extremo de interpretarlas como verdaderos pensamientos.
–¿Ni siquiera si pudiera analizar, en detalle, las ondas cerebrales en una sola célula nerviosa que fuese parte de una red de pensamiento?
–No podría manejar una única célula nerviosa como no fuera con el necesario detalle.
–Se olvida de algo. Puede ser usted miniaturizado y situarse en el interior de una sola célula nerviosa.
Morrison se quedó mirándola horrorizado. En su primer encuentro había mencionado algo parecido, pero lo había ignorado como una tontería, horripilante, pero tontería al fin y al cabo, ya que la miniaturización, estaba seguro, era imposible. Pero resulta que la miniaturización no era imposible, y ahora el horror era claro y paralizante.
Morrison, ni entonces, ni mucho tiempo después, recordó con claridad lo sucedido a continuación. No era que todo se hubiese vuelto negro, sino que todo se había borrado.
El recuerdo más nítido que tenía era el de estar echado en una otomana, en un pequeño despacho. Boranova se encontraba a su lado, mirándolo, y los otros tres, Dezhnev, Kaliinin y Konev, detrás de ella. A esos tres los veía con mayor dificultad.
Se debatió para incorporarse, pero Konev se le acercó y le puso la mano en el hombro, diciéndole:
–Por favor, Albert. Descanse un poco más. Recupere sus fuerzas.
Morrison, confuso, miró de uno a otro. Algo lo había descompuesto, pero no recordaba con claridad qué había sido.
–¿Qué ha ocurrido? ¿Cómo..., cómo he llegado hasta aquí? –Volvió a mirar a su alrededor. No, allí no había estado antes. Había estado mirando por la ventana a un hombre tendido en una cama de hospital. Desconcertado preguntó:
–¿He perdido el sentido?
–No del todo –respondió Boranova–, pero durante cierto tiempo ha estado raro. Parecía como si hubiera sufrido un shock.
Ahora recordaba. Intentó nuevamente incorporarse, esta vez con más fuerza. Apartó de un golpe la mano de Konev que trataba de retenerlo. Al fin se sentó, con las manos apoyadas en los bordes de la otomana.
–Ahora recuerdo. Quería miniaturizarme. ¿Qué me sucedió cuando me dijo usted eso?
–Sencillamente se tambaleó y se desplomó. Lo hice tender sobre una litera y lo trajimos hasta aquí. A nadie le pareció que necesitara medicación, sino la oportunidad de descansar y recobrarse.
–¿Nada de medicación? –Morrison se miró los brazos, como si contara con encontrar marcas de pinchazos a través de la manga de su blusa de algodón.
–No, se lo aseguro.
–¿Y no dije nada antes de desplomarme?
–Ni una palabra.
–Pues deje que le conteste ahora. No me va a miniaturizar. ¿Está claro?
–Está claro que así lo dice.
Dezhnev se sentó en la otomana, al lado de Morrison. Llevaba una botella llena en una mano y un vaso vacío en la otra.
–Necesita esto –le dijo, y llenó medio vaso.
–¿Qué es? –preguntó Morrison levantando el brazo para apartarlo.
–Vodka. No es medicinal, pero entona.
–No bebo.
–Siempre hay una ocasión para todo, mi querido Albert. Ésta es la ocasión de un poco de vodka tonificante, incluso para los que no beben.
–No bebo porque esté en contra. No puedo beber. No tengo resistencia para el alcohol, nada más. Si tan sólo tomara dos sorbos de esto, estaría borracho a los cinco minutos. Completamente borracho.
Dezhnev alzó las cejas.
–No me diga. ¿Y qué otro propósito hay en la bebida? Venga, si tiene la suerte de alcanzar su meta en pocos sorbos, dé las gracias por ello a quien sea. Una pequeña cantidad le hará entrar en calor, estimulará su circulación periférica, le aclarará las ideas y concentrará sus pensamientos. Incluso le dará valor.
La voz de Kaliinin sonó como un murmullo, aunque distintamente audible:
–No espere milagros de un poco de alcohol.
Morrison volvió vivamente la cabeza y se quedó mirándola. No le pareció tan bonita como la primera vez que la vio. Tenía una expresión dura e implacable.
–Nunca me he considerado un hombre valiente. Nunca me he presentado como alguien que pudiera ayudarlos. Desde el principio he mantenido que no podía hacer nada por ustedes. El hecho de que esté aquí es el resultado de la coacción, como todos saben. ¿Qué les debo? ¿Qué debo a ninguno de ustedes?
–Albert, está temblando –observó Boranova–. Tome un sorbo de vodka. Un sorbo no le emborrachará y no lo obligaremos a beber más.
Casi como si quisiera demostrar su valor en algo insignificante, Morrison, después de titubear tomó el vaso de manos de Dezhnev y tragó, decidido, un sorbo. Sintió que le ardía la garganta, pero se le pasó. El gusto era más dulce que otra cosa. Tomó otro sorbo, esta vez mayor y devolvió el vaso. Dezhnev lo dejó, con la botella, sobre una mesita junto a la otomana. Morrison trató de hablar, pero tosió en cambio. Esperó, se aclaró la garganta y dijo con voz entrecortada:
–En realidad, no es tan malo. Si no le importa, Arkady...
Dezhnev iba a coger el vaso, pero Boranova se interpuso:
–No. Ya basta, Albert. –Su gesto autoritario detuvo a Dezhnez–. No lo queremos borracho. Sólo un poco más animado para que nos escuche.
Morrison se sentía embargado por el calor, como le ocurría siempre en las pocas ocasiones en que, entre amigos, había tomado un jerez o (una vez) un dry martini. Decidió que podía habérselas con cualquier situación que se produjera.
–Está bien –decidió–, hablen.
Y apretó los labios en una línea firme e inflexible.
–No digo, Albert, que nos deba usted nada y siento que todo ello le haya causado tal impacto. Sabemos que no es usted un imprudente hombre de acción y tratamos de hacérselo saber lo más suavemente posible. Yo había esperado, es cierto, que viera usted mismo lo que era esencial, sin necesidad de explicaciones.
–Pues estaba equivocada. En ningún momento imaginé semejante locura.
–Pero se da cuenta de nuestra necesidad, ¿no es cierto?
–Veo su necesidad. Pero no la veo como mía.
–Podría sentir que lo debe a la causa global de la Ciencia.
–La ciencia global es una abstracción que admiro, pero no es probable que vaya a sacrificar mi cuerpo altamente concreto, por una abstracción que no parece existir. Todo el objeto de su necesidad es que lo que está en juego es la ciencia soviética, no la ciencia global.
–Entonces, piense en la ciencia americana –insistió Boranova–. Si nos ayuda, esto será una parte eterna de la victoria. Será una victoria conjunta, soviético-americana.
–¿Y publicarán mi participación? ¿O se anunciará como puramente soviética?
–Le doy mi palabra –prometió Boranova.
–Terrible –observó Kaliinin–. Juzga a nuestro Gobierno por el suyo.
–Espere, Natalya –rogó Konev–. Déjeme hablar con nuestro amigo americano, de hombre a hombre. –Se sentó junto a Morrison y prosiguió–: Albert, apelo a su interés por el trabajo. Hasta ahora ha conseguido poco en cuanto a resultados. No ha convencido a nadie de su tierra y no es fácil que lo consiga si lo dejan que trabaje sin más ayuda que lo que tiene. Le ofrecemos algo mejor, una herramienta de trabajo con la que no hubiera podido soñar hacer tres días. Piense que nunca más volverá a disponer de ella si ahora la rechaza. Albert, tiene la oportunidad de pasar de especulaciones románticas a evidencia convincente. Haga esto para nosotros y de golpe se verá transformado en el neurólogo más famoso del mundo.
–¿Me piden que arriesgue mi vida en una técnica no probada aún?
–No es algo sin precedentes. A lo largo de la Historia los científicos han arriesgado sus vidas para continuar con sus investigaciones. Han subido en globos y han bajado al fondo del mar en esferas de blindaje primitivo para tomar sus medidas y anotar sus observaciones. Los químicos se han arriesgado con venenos y explosivos. Los biólogos con microbios de todo tipo. Los médicos se han inyectado con sueros experimentales, y los físicos intentando establecer una reacción nuclear autosuficiente, sabiendo que la explosión resultante podría destruirlos a ellos o, posiblemente, a todo el planeta.
–Está tejiendo sueños –murmuró Morrison–. No dejarían que jamás se supiera que un americano había tomado parte. No cuando confiesan su desesperación ante la posibilidad de que la ciencia soviética perdiera el reconocimiento de su mérito.
–Seamos sinceros el uno con el otro, Albert. No podríamos ocultar su participación en esto aunque quisiéramos. El Gobierno americano sabe que lo hemos traído aquí. Nosotros sabemos que lo saben. No hicieron nada por detenernos porque querían que viniera aquí. Bien, sabrán, o por lo menos sospecharán, por qué lo queríamos aquí y lo que hizo por nosotros, una vez anunciemos nuestro éxito. Y se preocuparán de que la ciencia americana, representada por usted, reciba un reconocimiento total.
Morrison permaneció un momento silencioso, con la cabeza gacha. Tenía las mejillas enrojecidas, quizá como resultado del vodka que había bebido. Sin levantar la vista, sabía que cuatro pares de ojos estaban fijos en él y sospechó que cuatro alientos estaban contenidos. Levantó la cabeza y dijo:
–Déjenme que les haga una pregunta. ¿Cómo entró Shapirov en coma?
Hubo un silencio y tres pares de ojos miraron a Natalya Boranova. Morrison, al percatarse, también se la quedó mirando.
–Bien..., espero.
–Albert, voy a decirle la verdad aunque con ella pueda destruir mi propósito. Si intentamos mentirle, tendrá razón en no creer nada de lo que le digamos. Si ve que somos sinceros, podrá creernos en un futuro. Albert, el académico Shapirov está en coma porque fue miniaturizado, como confiamos en que usted lo sea. Hubo un pequeño accidente durante la desminiaturización que destruyó parte de su cerebro, al parecer, per-manentemente. Esto puede ocurrir, y no se lo ocultamos. Ahora, acepte que somos absolutamente sinceros y diga que va a ayudarnos.
VI. DECISIÓN
Siempre estamos seguros de que
la decisión que acabamos de tomar,
es la mala
DEZHNEV, padre
Ahora, al fin, Morrison se puso de pie, sintiéndose algo inseguro..., tal vez por el vodka, por la tensión general de aquel día, o por la última revelación; ni lo sabía, ni le importaba. Golpeó un poco el suelo con los pies, como si quisiera afianzarlos. Después, deliberadamente, anduvo hasta el extremo de la estancia y volvió. Se enfrentó con Boranova y le dijo con dureza:
–Puede miniaturizar un conejo, y parece que no le ocurre nada. ¿Se le ocurrió pensar que el cerebro humano es la materia más compleja que conocemos y que, por más que cualquier otra cosa sobreviva, el cerebro humano puede dañarse?
–Lo hice, pero todas nuestras investigaciones nos han demostrado que la miniaturización no afecta en lo más mínimo las interrelaciones dentro del objeto miniaturizado. En teoría, incluso el cerebro humano no debería ser afectado por la miniaturización.
–¡En teoría! –exclamó Morrison despectivo–. ¿Cómo es posible que, basándose solamente en la teoría, experimentaran con Shapirov, cuyo cerebro parecen valorar en tan alto grado? Y habiendo fracasado con él, con una gran pérdida de su parte, ¿cómo puede ser tan loca que se proponga experimentar conmigo para recuperarse de la otra pérdida? También fracasará conmigo, y no puedo aceptarlo.
–No diga más tonterías –saltó Dezhnev–. No estamos locos. Nada de lo hecho lo ha sido con ligereza. La culpa fue de Shapirov.
–Lo fue en cierto modo –explicó Boranova–. Shapirov es un excéntrico. Pete el Loco, creo que lo llaman en inglés y no andan tan equivocados. Estaba empeñado en experimentar la miniaturización. Estaba envejeciendo, nos dijo, y quería, como Moisés, alcanzar la Tierra Prometida sin entrar en ella.
–Se le pudo haber prohibido hacerlo.
–¿Quién, yo? ¿Yo prohibir algo a Shapirov? Supongo que no hablará en serio.
–Usted, no. El Gobierno, sí. Si el proceso de miniaturización es tan valioso para la Unión Soviética...
–Shapirov amenazó con abandonar el proyecto si no hacía lo que quería, y eso no podía arriesgarse. Ni tampoco es nuestro Gobierno tan autoritario como lo fue en otros tiempos con sus presiones sobre científicos creadores de problemas. Ahora debe tener más en cuenta la opinión mundial, lo mismo que su Gobierno..., no sé si para bien o para mal. En todo caso, Shapirov fue eventualmente miniaturizado.
–Completamente loco –masculló Morrison.
–No –dijo Boranova– porque no se hizo nada sin tomar precauciones. Pese al hecho de que cada ejercicio de miniaturización es costoso, y hace que el Comité de Coordinación Central, se estremezca, insistimos en hacerlo con sumo cuidado. Por dos veces miniaturizamos chimpancés y dos veces los trajimos de vuelta sin detectar ningún cambio en ellos, ya fuera por los estudios minuciosos sobre su comportamiento o por una imagen de resonancia magnética de su cerebro.
–Un chimpancé no es un ser humano –observó Morrison.
–Es algo que sabemos bien. Por lo tanto, miniaturizamos a un ser humano a continuación –prosiguió Boranova gravemente–. Un voluntario. Yuri Konev, para ser precisa.
–Tenía que ser yo –prosiguió Konev–. Era yo el que intuía con más fuerza que el cerebro humano no quedaría afectado. Soy el neurólogo del proyecto y fui yo quien hizo los cálculos necesarios. No podía pedir a otro ser humano que arriesgara su cordura ante mis cálculos y mi certeza. La vida es una cosa..., todos la perdemos tarde o temprano. La cordura es otra cosa distinta.
–Muy valiente –murmuró Kaliinin mirándose la punta de los dedos–. La hazaña de un verdadero héroe soviético. –Y le tembló el labio como esbozando un mohín despectivo.
Mirando fijamente a Morrison, Konev explicó:
–Soy un ciudadano soviético leal, pero no lo hice por motivos nacionalistas. En este caso serían del todo irrelevantes. Fue por decencia y por ética científica. Confiaba en mi análisis, ¿qué valor tendría mi confianza si no me arriesgaba a comprobarla? También hay algo más. Cuando se escriba la historia de la miniaturización, se me mencionará como el primer ser humano que se sometió al proceso. Esto eclipsará la hazaña de un tataratío, general, que luchó contra los nazis en la Gran Guerra Patriótica. Y me encantaría, no por vanagloria sino por creer que la conquista de la paz debe considerarse siempre superior a las victorias de la guerra.
–Bien –cortó Boranova–. Dejando a un lado los ideales y pasando a los hechos, Yuri fue miniaturizado por dos veces. Primero le redujimos a la mitad de su tamaño y se le restableció en perfecto estado. Luego se le miniaturizó al tamaño de un ratón y también volvió en perfecto estado.
–¿Y, entonces, Shapirov? –preguntó Morrison.
–Sí, entonces lo fue Shapirov. No era fácil de controlar. Vociferó y discutió porque quería ser el primero en ser miniaturizado. Después del primer ensayo con Konev, nos costó muchísimo hacerle esperar una segunda prueba. Pasada ésta, ya no lo pudimos controlar. No sólo nos vimos obligados a miniaturizarlo, sino que juró abandonar el proyecto y el país mismo y comenzar todo de nuevo en otro lugar si no lo miniaturizábamos más que a Konev. No teníamos elección. Si Pete el Loco, como le llama, estaba lo bastante loco para emigrar, sería ir mucho más allá de lo que el Gobierno estaba dispuesto a admitir, incluso en estos tiempos. Tampoco queríamos verlo en la cárcel, así que lo miniaturizamos al tamaño de una célula.
–Y eso sobrepasó los límites de seguridad, ¿no?
–No. Tenemos motivos para pensar que se encontraba en perfecto estado, incluso tan miniaturizado. Lo estábamos devolviendo a su estado normal y en un momento dado hubo un percance, la desminiaturización tuvo lugar demasiado de prisa y la temperatura del cuerpo de Shapirov se elevó ligeramente. Tuvo el mismo efecto que una fiebre alta, no lo bastante para matarlo, pero lo suficiente para dañarle permanentemente el cerebro. Po-dríamos haberlo recuperado de tratarlo inmediatamente, pero había que completar la desminiaturización y eso llevaba tiempo. Fue una catástrofe abrumadora y lo único que nos cabe esperar es la oportunidad de salvar lo que necesitamos de lo que queda de su cerebro.
–Puede ocurrir otro percance, como usted lo llama, si se me miniaturizara. ¿No es verdad?
–Sí. Así es. No lo niego. En la larga historia de la Ciencia ha habido fracasos y desgracias. Seguro que no necesitará que le recuerde que ha habido muertes de cosmonautas, en el espacio, tanto por parte de los soviéticos como de los americanos. Eso no impidió nuestras actuales colonias en la Luna, y en el propio espacio, un nuevo hogar para la Humanidad.
–Puede que sea así, pero todos los adelantos que se hicieron en el espacio, lo fueron por voluntarios. Nadie fue lanzado al espacio contra su voluntad. Y yo no soy un voluntario.
–No tiene por qué estar tan asustado –observó Boranova–. Hemos hecho lo imposible para que sea seguro, pero, además no va a ir solo. Konev y Shapirov fueron solos y tan desprovistos como el conejo, porque ellos, lo mismo que el conejo, se encontraban en un campo de miniaturización rodeado de aire. Usted por el contrario, irá en una nave, una especie de submarino modificado. También ha sido miniaturizado y desminiaturizado sin daños. Resulta algo menos caro realizar el proyecto con un objeto inanimado porque puede aguantar más fácilmente un aumento de temperatura. En verdad, este aumento sirve para probar la resistencia y estabilidad de sus componentes.
–No voy a ir, Natalya, ni solo, ni acompañado del Ejército Rojo.
Boranova ignoró el comentario.
–Con usted dentro de la nave, habrá cuatro más. Yo, Sofía, Yuri y Arkady. Por eso se los he presentado. Estamos todos asociados en el mayor de los viajes de exploración. No cruzaremos océanos ni penetraremos el vacío del espacio. Entraremos, por el contrario, en un océano microscópico y penetraremos en el cerebro humano. ¿Puede ser usted un científico, un neurólogo, y resistirse a ello?
–Sí. Puedo resistirme. Y fácilmente. No iré.
–Tenemos sus notas, su programa –le advirtió Boranova–. Lo lleva siempre encima y cuando lo trajimos aquí lo llevaba también. Llevaremos una computadora a bordo, una que sea el modelo exacto de la que utiliza en su laboratorio. Será un viaje corto. Seremos todos miniaturizados, arriesgándonos junto con usted. Se llevará sus notas y registrará las sensaciones que reciba y después nos desminiaturizarán y habrá terminado su papel. Diga que se unirá a nosotros, diga que lo hará.
Y Morrison, con los puños apretados, repitió, obcecado:
–No me uniré a ustedes. No lo haré. –Lo siento, Albert, pero es la respuesta equivocada. No la aceptamos.
Morrison volvió a notar que se le desbocaba el corazón. Si esto iba a ser una pura batalla de voluntades, no estaba seguro de resistirse a esa mujer que, pese a su aparente dulzura, parecía hecha de una aleación de acero. Además, detrás de ella estaba todo el aparato de la Unión Soviética, y él estaba solo. Objetó desesperadamente:
–Saben de sobra que todo esto es una noción romántica trucada. ¿Cómo pueden saber que hay alguna conexión entre la constante de Planck y la velocidad de la luz? Lo único que tienen es la declaración de Shapirov. ¿Me equivoco? ¿Les dio él algún detalle? ¿Pruebas? ¿Explicaciones? ¿Análisis matemáticos? Sólo fue una declaración, una suposición imaginativa, ¿verdad?
Morrison intentaba mostrarse confiado. Después de todo, si Shapirov les hubiera dado algo tangible, ¿no estarían ahora tratando desesperadamente el truco de rebuscar en su cerebro algo de utilidad? Contuvo el aliento, esperando la respuesta.
Boranova miró a Konev y luego, a regañadientes, dijo:
–Seguiremos con nuestra política de decir la pura verdad. No tenemos más que comentarios hechos por Shapirov, como ha supuesto. Disfrutaba guardándose las cosas para soltárnoslas de improviso, por decirlo así. En este aspecto era de lo más infantil. Quizás éste fuera un aspecto de su excentricidad, o de su genio, o de ambas cosas.
–Pero, ¿cómo puede decir, en estas circunstancias, que tal especulación sin pruebas pueda tener alguna validez?
–Cuando el académico Shapirov decía: «Creo que será así y así», así era como resultaba.
–¡Vamos! ¿Siempre?
–Casi siempre.
–Casi siempre. Esta vez pudo haberse equivocado.
–Lo acepto. Así pudo ser.
–O si tenía alguna noción que pudiera resultarnos útil, podría estar localizada en la parte del cerebro que ha sido dañada.
–Es concebible.
–O, si la noción es útil y se encuentra en la parte intacta del cerebro, yo podría no ser capaz de interpretar debidamente las ondas cerebrales.
–También podría ser.
–En resumen, las sugerencias de Shapirov podrían estar equivocadas o incluso si no lo estuvieran, podrían estar fuera de nuestro alcance, o también podría no saber yo interpretar-las. Considerándolo bien, ¿qué posibilidades de éxito hay? ¿Y no se da cuenta de que pondremos nuestras vidas en peligro por algo que seguramente no podremos conseguir?
–Considerando el asunto objetivamente –dijo Boranova– parece que las posibilidades son escasas. No obstante, si no arriesgamos nuestras vidas la posibilidad de conseguir algo es cero. Cero absoluto. Si arriesgamos nuestras vidas, las probabilidades de éxito son pocas, de acuerdo, pero no son cero. En tales circunstancias, debemos correr el riesgo, aun cuando lo mejor que podemos decir de nuestras probabilidades de éxito es que no son cero.
–Para mí –declaró Morrison– el riesgo es demasiado grande y las probabilidades de éxito demasiado escasas.
Boranova apoyó la mano en el hombro de Morrison, diciendo:
–Seguro que ésta es su decisión final.
–Seguro que sí.
–Piense. Piense en lo valioso que será para la Unión Soviética. Piense en los beneficios para su propio país, que resultarán de su participación reconocida en lo que precisamente necesita la ciencia global, su propia fama y reputación. Todo esto a favor de que lo haga. En contra están sus miedos personales. Son comprensibles, pero todo lo que desea uno alcanzar en la vida requiere el dominio del miedo.
–Pensar en ello no me hará cambiar de opinión.
–En todo caso, piénselo hasta mañana por la mañana. Son quince horas y es todo lo que podemos concederle. Al fin y al cabo, equilibrar miedos y esperanzas puede mantenerlo a uno irresoluto durante toda la vida y no disponemos de toda una vida. El pobre Shapirov podría seguir en coma diez años más, pero ignoramos cuánto tiempo lo que queda de su cerebro retendrá sus ideas y no nos atrevemos a esperar mucho tiempo más.
–Ni puedo, ni quiero, preocuparme por sus problemas.
Boranova parecía no oír ninguna de sus negativas, de sus protestas. En su tono de voz, invariablemente dulce, le aseguró:
–A partir de ahora, no volveremos a intentar persuadirlo. Puede cenar tranquilo. Puede contemplar nuestros programas de holovisión si así lo desea, ver libros, pensar, dormir. Arkady le acompañará al hotel; si le quedan más preguntas por hacer no tiene más que preguntárselas a él.
Morrison asintió con la cabeza.
–Y recuerde, Albert, mañana por la mañana debe darnos a conocer su decisión.
–Lo haré ahora mismo. No cambiaré.
–No, la decisión debe ser que nos ayudará y se unirá a nosotros. Procure llegar a esta decisión, porque debe venir, y resultará más fácil para todos si lo hace alegre y voluntariamente.
La cena resultó tranquila y pensativa para Morrison y no muy pesada..., porque se encontró con que apenas tenía hambre. En cambio, a Dezhnev no parecía afectarle su desgana. Comió vorazmente y habló sin parar, contándole lo que parecía ser una larga lista de historias divertidas, en todas las que su padre parecía tener el papel principal. Parecía claramente encantado de experimentarlas con un oyente nuevo.
Morrison sonrió levemente al oír una o dos de ellas, pero más porque notaba que la voz del otro variaba al decir ciertas palabras, que por sentir el menor interés en ellas.
Valeri Paleron, la camarera que les había servido el desayuno, seguía allí para la cena. Una jornada muy larga, pero, o bien ésta se reflejaba en su sueldo o lo exigían sus obligaciones extracurriculares. En cualquiera de los casos, miraba airadamente a Dezhnev cada vez que se acercaba a la mesa, tal vez, pensó Morrison, porque le disgustaban sus historias, que tendían a ser poco respetuosas con el régimen soviético.
Tampoco Morrison disfrutaba con sus propios pensamientos. Ahora que empezaba a considerar la remota posibilidad de alejarse de la Gruta, de Malenkigrad, de la Unión Soviética, empezaba a experimentar una perversa decepción por lo que podía perderse. Se encontró soñando despierto con el asunto de la miniaturización, en que con ello podría demostrar el valor de sus teorías, triunfar sobre los pobres imbéciles que le habían rechazado sin más.
Reconoció el hecho de que, entre todos los argumentos esgrimidos por Boranova, sólo lo había impresionado el personal. Cualquier alusión al mayor bien de la Ciencia, o de la Humanidad, o de su nación o ésta, era sólo retórica. Su propio lugar en la Ciencia era algo más. Y eso era lo que se revolvía dentro de él.
Cuando la camarada pasó junto a la mesa, se decidió a decirle:
–¿Cuánto tiempo más debe quedarse aquí, camarera?
Lo miró sin el menor afecto:
–Hasta que ustedes dos, grandes duques, se decidan a largarse.
–No hay prisa –contemporizó Dezhnev, apurando su copa. Su voz empezaba a ser pastosa y su rostro a congestionarse.
–Me gusta tanto la camarada camarera que me quedaría aquí tanto tiempo como dura el curso del Volga, para poder contemplarla.
–Siempre y cuando no tenga que contemplarlo yo –masculló Paleron.
Morrison llenó la copa de Dezhnev y preguntó:
–¿Qué opina de la señora Boranova?
Dezhnev puso ojos de lechuza para contemplar su copa, pero no hizo el gesto de levantarla. Con un esfuerzo por hablar con gravedad, respondió:
–No es una científica de primera clase, me han dicho, pero sí una excelente administradora. Es aguda, rápida en sus decisiones, y absolutamente incorr...corruptible. Una pesada, digo yo. Si un administrador es incorr..., demasiado honrado, hace la vida imposible de mil pequeñas maneras. Es una incondicional, también, de Shapirov y lo considera incorr..., no, incompren..., no, incontrovertible. Eso es.
Morrison no estaba seguro del valor de la palabra rusa.
–¿Quiere decir que cree que siempre tiene razón?
–Exactamente. Si él dice que sabe cómo hacer más barata la miniaturización, está segura de que puede hacerlo. Yuri Konev también está seguro. Es otro de los adoradores. Pero es Bora..., Boranova quien lo mandará a usted al cerebro de Shapirov. De un modo u otro, pero lo mandará. Tiene sus métodos. En cuanto a Yuri, ese jovenzuelo, es el verdadero científico del grupo. Muy brillante. –Dezhnev movió la cabeza y sorbió su copa recién llenada.
–Me interesa Yuri Konev –observó Morrison, siguiendo con la mirada el trayecto de la copa–, y también la joven Sofía Kaliinin.
Dezhnev, con una mirada cargada de intención, dijo:
–Una buena pieza. –Pero moviendo la cabeza apesadumbrado, añadió–: Pero no tiene sentido del humor.
–Está casada, ¿no?
Dezhnev sacudió más violentamente la cabeza de lo que parecía preciso.
–No.
–Dijo que tenía un niño.
–Sí, una niña, pero la firma en el libro-registro de matrimonios no es lo que deja a una embarazada. Es el juego en la cama. Casada o no.
–¿Acaso el puritano Gobierno soviético no lo aprueba?
–No, pero creo que jamás se le pidió la aprobación. –Y se echó a reír–. Además, como científica de Malenkigrad tiene dis... dispensa especial. El Gobierno mira hacia otro lado.
–Pero, me llama la atención que Sofía esté tan interesada por Yuri Konev.
–Conque también se ha dado cuenta, ¿eh? No hace falta ser muy listo. Está tan interesada que ha dejado bien claro que su hija es el resultado de la colaboración de Yuri en los juegos que mencioné.
–¿Sí?
–Pero él lo niega. Y con todas sus fuerzas. Creo que es bastante irónico que él se vea obligado a trabajar con ella. No se puede excluir del proyecto ni a uno ni a otro, y lo que puede hacer es tan sólo pretender que ella no existe.
–Observé que él nunca la mira, pero debieron ser buenos amigos en tiempos.
–Muy amigos..., si la creemos a ella. Si ocurrió así, fueron muy discretos. Pero, ¿qué importa ahora? Ella no lo necesita para mantener a la niña. Su sueldo es grande y en el centro-parvulario se ocupan de la niña con cariño mientras la madre trabaja. Para ella es sólo una cuestión de emoción.
–Me pregunto por qué se habrán separado.
–Quién sabe. Los amantes se toman muy en serio sus disputas. Yo mismo he evitado enamorarme..., por lo menos poéticamente. Si me gusta una chica, juego con ella. Si me canso, la dejo. He tenido la suerte de que las mujeres que he conocido son tan prag...pragmáticas..., ¿no le parece una palabra estupenda...?, como yo, y no causan problemas. Como solía decir mi padre: «Una mujer que no molesta, no tiene defectos» A veces, se lo digo sinceramente, ellas se cansan de mí antes que yo de ellas. Bien, ¿y qué? Una chica que se cansa de mí, no me sirve, y al fin y al cabo, hay otras.
–Supongo que Yuri debe ser así, ¿no cree?
Dezhnev había vuelto a vaciar su copa pero alargó la mano cuando Morrison inició el gesto de llenársela.
–¡Basta! ¡Basta!
–Nunca basta –dijo tranquilamente Morrison–. Me estaba hablando de Yuri.
–¿Y qué puedo decirle? Yuri no es un hombre que revolotee de mujer en mujer, pero he oído decir... –Miró con ojos nublados a Morrison–. Ya sabe lo que uno oye decir..., uno cuenta a otro, que se lo dice a otro, y ¿quién puede saber si lo que sale de la chimenea es lo mismo que metieron por ella? Pero he oído que cuando Yuri se educó, occidentalmente, en los Estados Unidos, conoció a una americana. La Belle Americaine entró, y la pequeña Sofía soviética, salió. A lo mejor ocurrió así. Quizá regresó cambiado, y quizás aún soñaba en su amor perdido al otro lado del mar.
–¿Y por eso Sofía está tan en contra de los americanos?
Dezhnev contempló el vaso de vodka y sorbió un poquito.
–A nuestra Sofía nunca le han gustado los americanos. Y no debe sorprendernos. –Se inclinó hacia Morrison, su aliento estaba cargado de comida y alcohol–. Los americanos son gente que no se hace querer..., si me permite decírselo sin que se ofenda.
–No me ofendo –le aseguró Morrison, mientras contemplaba cómo la cabeza de Dezhnev se iba inclinando hasta descansar, al fin, sobre su brazo derecho. Su respiración se hizo fuerte como un ronquido.
Morrison lo contempló por espacio de unos minutos; luego levantó la mano y llamó a la camarera, la cual se le acercó al instante, cimbreando las caderas. Contempló al inconsciente Dezhnev con verdadero asco y preguntó:
–¿Qué, quiere que traiga unas pinzas grandes y las utilice para llevar a nuestro príncipe de aquí a la cama?
–Aún no, Miss Paleron. Como ya sabe, soy americano.
–Como todo el mundo sabe. No tiene más que decir tres palabras y todas las mesas y las sillas de este comedor, se miran y dicen: un americano.
A Morrison le disgustó. Siempre se había sentido muy orgulloso de la pureza de su ruso y ésta era la segunda vez que la mujer se burlaba de él.
–No obstante –dijo–, me han traído aquí a la fuerza, contra mi voluntad. Creo, además, que se hizo sin el conocimiento del Gobierno soviético, que no lo hubiera aprobado y lo hubiese evitado de haberlo sabido. La gente de aquí, la doctora Boranova a quien usted llamó la Zarina, ha obrado por su cuenta. Habría que informar de ello al Gobierno para que actúe rápidamente y me devuelva a los Estados Unidos, evitando así un incidente internacional que nadie desea. ¿No está de acuerdo?
La camarera apoyó los puños en las caderas y respondió:
–¿Y qué puede importar a nadie de aquí o de los Estados Unidos que yo esté o no de acuerdo? ¿Acaso soy un diplomático? ¿O soy la reencarnación del zar Pedro el Gran Bebedor!
–Usted puede hacer –insistió Morrison, repentinamente dubitativo– que el Gobierno se entere. En seguida.
–¿Qué es lo que usted cree, americano? ¿Que sólo tengo que contárselo a mi amante, que está en el Presidium, y todo se arreglará para usted? ¿Qué tengo yo que ver con el Gobierno? Y lo que es más, y se lo digo en serio, camarada extranjero, no quiero que vuelva a hablarme así, nunca más. Muchos ciudadanos, buenos y leales ciudadanos, se han visto comprometidos sin esperanza por extranjeros habladores. Por supuesto, informaré de ello en seguida a la camarada Boranova y ella se preocupará de que no vuelva usted a insultarme así.
Dio media vuelta, furiosa y Morrison se la quedó mirando consternado. Y entonces se llevó el gran sobresalto al oír la voz de Dezhnev que le decía:
–Albert, Albert, ¿está satisfecho, hijo mío?
Dezhnev había levantado la cabeza de su brazo y aunque sus ojos estaban algo inyectados en sangre, su voz había perdido toda pastosidad.
–Me pregunté por qué tenía tal empeño en ir llenando mi copa, así que hablé algo y me dejé caer dormido. Ha sido todo muy interesante.
–¿No está borracho? –exclamó Morrison contemplándolo estupefacto.
–A veces he estado más sobrio, pero ni estuve ni estoy privado de conocimiento. Ustedes, los no bebedores, tienen una idea exagerada de la velocidad con que un perfecto ciudadano soviético pierde el sentido por la bebida..., lo que demuestra lo peligroso que es no ser bebedor.
Morrison se encontraba aún en un estado de total incredulidad ante el fracaso con la camarera que se negaba a colaborar.
–Pero usted me dijo que era una agente de Inteligencia.
–¿Se lo dije? –Dezhnev se encogió de hombros–. Creo que le dije que sospechaba que pudiera serlo, pero las sospechas son a veces erróneas. Además, me conoce mejor que usted, mi pequeño Albert, probablemente sabía que yo no estaba borracho. Le apuesto diez rublos contra un kopek que sabía que yo estaba escuchando con los dos oídos. ¿Qué quería que le dijera ella, dadas las circunstancias?
–En todo caso –dijo Morrison envalentonándose– se habrá enterado de lo que he dicho y pese a todo informará a su Gobierno del estado de cosas. Su Gobierno, para evitar un incidente internacional, ordenará que se me ponga en libertad, probablemente pidiéndome excusas, y ustedes tendrán mucho que explicar. Mejor será que me deje libre y me devuelva a los Estados Unidos por su cuenta.
Dezhnev se echó a reír.
–Pierde usted el tiempo, mi listo intrigantón. Tiene una noción excesivamente romántica de nuestro Gobierno. Es concebible que estén dispuestos a dejarlo ir algún día, descontando el posible malestar, pero no antes de haberlo miniaturizado y...
–No creo que nadie con autoridad sepa que me secuestraron. Cuando lo sepan, no creo que lo aprueben.
–Tal vez no lo saben y rechinarán los dientes cuando se enteren..., pero ¿qué pueden hacer? El Gobierno ha invertido demasiado dinero en el proyecto para dejarlo que se vaya antes de que haya tenido su oportunidad de demostrar lo práctico que puede ser, a fin de que rinda con creces todo lo invertido en él..., y más. ¿Qué? ¿Le parece lógico?
–No, porque no voy a ayudarlos. –El corazón le dio un vuelco otra vez–. No dejaré que me miniaturicen.
–Esto es asunto de Natasha. Estará furiosa con usted, ¿sabe? Y no tendrá piedad. ¿Se da cuenta de que usted ha intentado desconsideradamente, que todos los del proyecto cayeran en desgracia, que a alguno de nosotros lo apartaran..., o algo peor? Y esto, después de haberlo tratado con toda consideración y amabilidad.
–Me secuestraron.
–Incluso eso se hizo con toda consideración y amabilidad. ¿Le hicieron algún daño? ¿Le maltrataron? En cambio usted ha tratado de hacernos daño. Natasha se lo hará pagar.
–¿Cómo? ¿Por la fuerza? ¿Torturándome? ¿Drogándome?
Dezhnev elevó los ojos al techo:
–Qué poco conoce a nuestra Natasha. No hace ninguna de estas cosas. Yo lo haría, pero ella no. Es tan tierna como usted, mi malvado Albert..., pero a su modo. Sin embargo, lo forzará a unirse a nosotros.
–¿Sí? ¿Cómo?
–No lo sé. Nunca he llegado a saber cómo lo hace. Pero lo consigue. Ya lo verá. –Su sonrisa se hizo algo semejante a la de un lobo. Y cuando Morrison la vio, llegó finalmente a la conclusión de que no tenía escapatoria.
A la mañana siguiente Morrison y Dezhnev regresaron a la Gruta. Entraron en un gran despacho sin ventanas que Morrison no había visto nunca. Era obvio que no se trataba del de Boranova y era muy imponente, como lo es todo lo ostentoso y grande.
Boranova estaba sentada detrás de un gran escritorio y detrás de ella, en la pared, estaba el retrato del Presidente soviético, con expresión grave. En una esquina, a su izquierda, había una acuarela y a su derecha una vitrina para microfilmes. Sobre la mesa, un pequeño procesador de palabras. Eso era todo. Por lo demás, la habitación estaba vacía.
Dezhnev anunció:
–Como ve, se lo he traído. Este maligno individuo trató de servirse de la encantadora Paleron para lograr huir intrigando con el Gobierno a espaldas nuestras.
–Ya he recibido el informe –dijo Boranova, tranquila–. Por favor salga, Arkady. Deseo estar a solas con el profesor Albert Morrison.
–¿Es de fiar, Natasha?
–Creo que sí. Albert no es, en mi opinión, un hombre violento. ¿Estoy a salvo con usted, Albert?
Morrison habló virtualmente por primera vez en el día.
–Dejémonos de juegos, Natalya. ¿Qué es lo que quiere?
Boranova hizo un gesto perentorio con la mano y Dezhnev salió. Cuando la puerta se cerró tras él, preguntó:
–¿Por qué ha hecho esto? ¿Por qué ha tratado de intrigar con alguien que, usted creía, una agente que nos observaba? ¿Tan mal lo hemos tratado?
–Sí –respondió furioso–, lo han hecho. ¿Por qué no cabe en la cabeza de ninguno de ustedes que raptarme para traerme a la Unión Soviética no es precisamente algo que yo pueda apreciar? ¿Por qué esperan gratitud de mi parte? ¿Por qué no me rompieron la cabeza durante el secuestro? Probablemente lo hubieran hecho..., si mi cabeza, entera, no fuera valiosa para ustedes.
–Si su cabeza, sin romper, no hubiera sido valiosa para nosotros, lo habríamos dejado en paz. Lo sabe, y sabe la necesidad que nos empujó a hacerlo. Se lo hemos explicado detalladamente. Si solamente hubiera tratado de huir, lo comprendería, pero su método para llevar a cabo la huida podría haber destruido nuestro proyecto y quizá también a nosotros..., de haberlo conseguido. Confiaba en que nuestro Gobierno desaprobaría nuestras acciones y se mostraría abrumado. De ser así, ¿qué cree que nos hubiese ocurrido a nosotros?
Morrison apretó los labios y pareció turbado.
–No se me ocurrió otra forma de escapar. Habla de necesidades acuciantes. También las tenía yo.
–Albert, hemos intentado por todas las formas razonables de persuadirlo de que nos ayudara. No hemos utilizado la fuerza, ni amenazas de fuerza, ni molestias de ningún tipo desde que llegó aquí. ¿Es o no verdad?
–Supongo que sí.
–¿Lo supone? Es verdad. Pero todo ha fracasado. Pienso que sigue negándose a ayudarnos.
–Me sigo negando y seguiré negándome.
–Entonces, y contra mi voluntad, me veo obligado a dar el paso siguiente.
Un algo de miedo se agitó dentro de Morrison y el corazón le dio un vuelco, pero trató desesperadamente de parecer retador:
–¿Y de qué se trata?
–Quiere irse a casa, regresar a los Estados Unidos. Muy bien, si nuestra persuasión falla, regresará.
–¿Habla en serio?
–¿Le sorprende?
–Sí, me sorprende, pero lo acepto. Le tomo la palabra. ¿Cuándo me marcho?
–Tan pronto nos pongamos de acuerdo sobre la historia que vamos a contar.
–¿Dónde está el problema? Diga la verdad.
–Resultaría un poco difícil, Albert. Pondría en entredicho a mi Gobierno, que tendría que negar haber autorizado mi acción, y yo me vería metida en un gran lío. No creo que fuera razonable, por su parte, esperar a que yo hiciera tal cosa.
–¿Qué diría en cambio?
–Que vino por decisión propia, a fin de ayudarnos en nuestro proyecto.
Morrison sacudió con vehemencia la cabeza.
–Para mí resultaría tan difícil de admitir, como lo sería el secuestro para usted. Puede que éstos sean los buenos nuevos tiempos, pero las viejas costumbres tardan en morir y al públi-co americano le resultaría más que sospechoso el que un científico americano fuera voluntariamente a la Unión Soviética para ayudarlos en sus cosas. Las viejas competencias persisten y tengo que pensar en todo momento en mi reputación.
–Sí, por supuesto, existe esta dificultad –admitió Boranova–, pero desde mi punto de vista preferiría que fuera usted el que tuviera dificultades, no yo.
–Pero yo no lo permitiré. ¿Supone que voy a dudar en decir la verdad con todo detalle?
–Pero, Albert –objetó Boranova–, ¿supone que alguien va a creerle?
–Naturalmente. El Gobierno americano sabe que usted me pidió que viniera a la Unión Soviética y que me negué. Para llegar aquí tuve que ser secuestrado.
–Me temo que su Gobierno americano no querrá admitirlo, Albert. ¿Les convendría decir que los agentes soviéticos habían sacado a un americano de su confortable habitación del hotel y se lo habían llevado por tierra, mar y aire sin que las fuerzas de la ley se dieran cuenta? Considerando la alta y moderna tecnología americana de la que sus compatriotas están tan orgullosos, sería confesar o bien incompetencia o una pequeña traición interior por parte de su Inteligencia. Creo que su Gobierno preferiría que todo el mundo creyera que vino voluntariamente a la Unión Soviética, además, recuerde que ellos querían que viniese aquí voluntariamente, ¿no es verdad?
Morrison no pronunció palabra.
–Evidentemente –prosiguió Boranova–. Querían que averiguara cuanto le fuera posible sobre la miniaturización. Va a tener que decirles que se negó a ser miniaturizado. De lo único que podrá hablarles es que era un pasatiempo por nuestra parte. Pensarán que lo engañamos cuidadosamente, y que les ha fallado de mala manera. No se sentirán obligados a ayudarlo.
Morrison le dio vueltas a la idea y por fin dijo:
–¿Se propone realmente dejarme en situación de que se me considere un espía y un traidor a mi país? ¿Es eso lo que se propone hacer?
–Eso, no, Albert. Diremos toda la verdad que podamos. En realidad nos gustaría protegerlo, aunque no ha mostrado deseos de protegernos. Explicaríamos que nuestro gran científico, Pyotr Shapirov, está en coma, que había hablado elogiosamente de sus teorías neurofísicas poco antes de que le sobreviniera la tragedia. Por consiguiente le visitamos y le rogamos que utilizara sus teorías y experiencia para ver si podía recuperarlo del estado de coma. No puede objetar nada a esto. Aparecería ante el mundo como un gran filántropo. Su Gobierno apoyaría esta versión. Lo protegería, desde luego, contra cualquier opinión embarazosa..., y a nuestro Gobierno, también. Y todo es casi verdad.
–Y de la miniaturización, ¿qué?
–Ahí es donde debemos evitar la verdad. No podemos mencionarla.
–Pero, ¿qué me impediría hacerlo?
–El hecho de que nadie le creería. ¿Aceptaba usted la miniaturización antes de verla con sus propios ojos? Tampoco su Gobierno querría propagar la idea de que la Unión Soviética ha conseguido la miniaturización. No querrían asustar al público americano hasta tener la certeza de que la Unión Soviética la tenía y, lo que es mejor, que los americanos también la tenían... Pero ya ve, Albert. Lo enviaremos a casa con una historia inocua que no menciona la miniaturización, y que no daña ni a su país ni al mío y lo pone a salvo de toda sospecha de ser un traidor. ¿Está satisfecho?
Morrison miró indeciso a Boranova y se mesó el cabello hasta que se lo dejó liso.
–Pero, ¿por qué les dirá que me devuelve? También habrá que explicarlo. No puede decir que Shapirov se recuperó con mi ayuda, a menos que se recupere de verdad y pueda demostrarlo. Ni que murió antes de que pudiera llegar hasta él a menos que muera pronto, sino tendrá que explicar por qué sigue en coma o por qué, quizás, ha vuelto a la vida. No puede ocultar la situación eternamente.
–Éste es un problema que nos preocupa, Albert, y su Inteligencia se ha dado cuenta. Al fin y al cabo, lo devolvemos pocos días después de su llegada, ¿y por qué? La única razón lógica es, me temo, que hemos descubierto que es usted un charlatán. Lo trajimos con muchas esperanzas por nuestro querido Shapirov, pero en un abrir y cerrar de ojos resultó que sus ideas eran tonterías incoherentes y, muy decepcionados, lo devolvimos. Esto no le hará ningún daño, Albert. Ser un charlatán no es lo mismo que ser un espía.
–No se haga la inocente, Natalya. No puede hacerme esto.
La ira lo había puesto lívido.
–Pero, tiene sentido, ¿no cree? Sus propios colegas no le toman en serio. Se ríen de sus teorías. Coincidirían con nosotros en que sus sugerencias neurológicas son pura incoherencia. Estaríamos un poco avergonzados por haberlo tomado en serio, pero fue realmente Shapirov el que le tenía en tanta estima. Claro que él, sin que nosotros nos diéramos cuenta, estaba al borde del ataque y de su total derrumbe mental; no debemos censurarlo por su loca admiración hacia usted.
–¡Pero no pueden presentarme como un payaso! –A Morrison le temblaban los labios–. No puede arruinar así mi reputación.
–¿De qué reputación me habla, Albert? Su esposa lo ha abandonado y cierta gente piensa que fue porque al basar su carrera en sus locas ideas, no lo pudo soportar más. Hemos oído decir que no le van a renovar el nombramiento, y que no ha conseguido encontrar otro puesto. Está acabado como científico y en todo caso nuestra historia no haría sino confirmar lo que ya se conoce. Tal vez encuentre otro modo de ganarse la vida..., fuera de la Ciencia. Probablemente, habría tenido que hacerlo, aunque nosotros no lo hubiéramos buscado. Es la única consolación.
–Pero está mintiendo. Sabe que miente, Natalya. ¿Desconoce la ética? ¿Puede un científico respetable hacerle esto a un honorable colega?
–Ayer no se inmutó con mis abstracciones, Albert, y hoy yo me siento, en consecuencia, totalmente ajena a ellas.
–Algún día los científicos descubrirán que yo tenía razón. ¿Qué cara pondrá usted entonces?
–Para entonces estaremos todos muertos, además, ya sabe que no es así como funcionan las cosas. Franz Antón Mesmer, aunque descubrió el hipnotismo, se le tuvo por un embaucador y un charlatán. Cuando James Braid redescubrió el hipnotismo, se llevó todo el mérito y Mesmer siguió siendo considerado un charlatán. Además, ¿mentimos realmente al tratarle a usted de charlatán?
–¡Claro que sí!
–A ver, razonemos. ¿Por qué se niega a aventurarse en un experimento de miniaturización que puede permitirle dejar sus teorías establecidas y que probablemente aumentará su co-nocimiento del cerebro por órdenes completos de magnitud? Esta negativa sólo puede originarse en su propio conocimiento de que sus teorías son falsas, y que es usted un loco o un embaucador, o ambas cosas, y que no quiere que se confirme sin la menor duda, como ocurriría si se sometiera a la miniaturización.
–No es verdad.
–¿Espera que creamos que no se deja miniaturizar simplemente porque tiene miedo? ¿Que rechaza la oportunidad de conocimientos, gloria, fama, victoria, de venganza después de tantos años de desprecio..., todo porque está asustado? Vamos, no podemos pensar tan mal de usted, Albert. Tiene más sentido creer que es usted un embaucador; y no dudaremos en proclamarlo así.
–En mi país no creerán en el libelo soviético contra un científico americano.
–Oh, Albert, pues claro que lo creerán. Cuando lo devolvamos, con nuestra explicación, aparecerá todo en los periódicos americanos. En todos ellos. Son los más emprendedores del mundo y los más libres, como les encanta decir, significando con ello que hacen su propia ley. Se enorgullecen de ello y nunca se cansan de compararse con nuestra Prensa más tranquila. Ésta va a ser para ellos una historia preciosa: «Charlatán americano engaña a estúpidos soviéticos» Ya puedo ver los titulares. La verdad, Albert, puede ganar mucho dinero en su circuito americano de conferencias. Por ejemplo: «Cómo embauqué a los soviéticos» Entonces les contará todas las ridiculeces que nos quiso hacer creer antes de que lo desenmascaráramos y sus oyentes se desternillarán de risa hasta ponerse histéricos.
–Natalya, ¿por qué me hace esto? –dijo con apenas un hilo de voz.
–¿Yo? Yo no hago nada. Usted lo hace. Quiere ir a casa y como hemos fracasado en hacerle aceptar la miniaturización, no nos queda otra elección. De todos modos, una vez aceptemos mandarlo a su país, lo demás lógicamente debe seguir, paso a paso.
–Pero en este caso, no puedo volver. No puedo tener mi vida destrozada más allá de toda posibilidad de arreglo.
–¿Y a quién le importa, Albert? ¿A su mujer, separada? ¿A sus hijas que ya no lo conocen y que además pueden incluso cambiarse el apellido? ¿Su Universidad, que lo despide? ¿Sus colegas, que se ríen de usted? ¿Su Gobierno, que lo ha abandonado? No sufra. A nadie le importará. De momento una risotada por todo el país. Luego lo olvidarán para siempre. Morirá sin que eventualmente ponga una nota necrológica; excepto en aquellos periódicos que no pongan objeción al mal gusto de desenterrar una vieja noticia cómica para sacar unas carcajadas más, que lo acompañen a la tumba.
Morrison sacudió la cabeza con desesperación.
–No puedo volver.
–Debe hacerlo. A menos que esté dispuesto a ayudarnos; y como no es así, no puede quedarse.
–Pero no puedo volver en estas condiciones.
–¿Cuál es la alternativa?
Morrison miró fijamente a la mujer que lo observaba tan preocupada. Musitó:
–Acepto la alternativa.
Boranova lo contempló largo rato:
–No quisiera equivocarme, Albert. Diga claramente lo que acepta.
–Está claro. O consiento ser miniaturizado o consiento ser destruido. ¿No es eso?
–Es un modo muy duro de decirlo, prefiero planteárselo así: o acepta ayudarnos, a mediodía, o se encontrará en un avión camino de los Estados Unidos, a las 2 p.m. ¿Qué me dice? Ahora son las 11 a.m. Le queda una hora para decidirse.
–¿Qué importa? En una hora no va a cambiar nada. Seré miniaturizado.
–Seremos miniaturizados. No estará solo. –Boranova alargó la mano y oprimió un botón sobre la mesa.
Dezhnev entró:
–Bien, Albert. Tiene usted un aspecto tan triste, tan ajado, que sospecho que ha decidido ayudarnos.
–Es innecesario hacer comentarios sarcásticos –intervino Boranova–. Albert nos ayudará y estaremos agradecidos por su ayuda. Su decisión ha sido voluntaria.
–Claro que sí –rezongó Dezhnev–. Cómo se lo ha arrancado esta vez, Natasha, no sabría decirlo, pero sabía que lo conseguiría... Y debo felicitarlo, Albert. Le ha llevado bastante, más aún de lo que suponía.
Morrison los miraba sin ver. Sentía como si se hubiera tragado un témpano completo..., uno que no se fundía sino que reducía la temperatura de su abdomen a bajo cero.
En todo caso, estaba temblando.
VII. NAVE
Ningún viaje es peligroso para el
que dice adiós desde la playa.
DEZHNEV, padre
Morrison se sintió como entumecido durante todo el almuerzo pero, curiosamente, la presión había desaparecido. No había voces decididas presionándolo, ni intensidad en explicaciones y persuasión; ni sonrisas intencionadas, ni cabezas juntas.
Naturalmente quedaba bien claro, dicho de forma fría y precisa, que ya no abandonaría la Gruta hasta que hubiera terminado del todo, y que de la Gruta, naturalmente, no había escapatoria.
Y de tanto en tanto, una idea giraba en su mente.
¡Había realmente aceptado ser miniaturizado!
Lo condujeron a una habitación para él solo, donde podía ver libros-filmes mediante un visor sólo para él..., incluso libros-filmes en inglés, si deseaba sentirse como en su casa durante las próximas horas. Así que se quedó allí sentado con un libro-filme, que iba pasando por el visor frente a sus ojos y que, en cierto modo, no afectaba para nada su mente.
¡Había aceptado ser miniaturizado!
Le habían dicho que podía hacer lo que quisiera hasta que alguien fuera a buscarlo. Podía hacer lo que quisiera, claro, siempre que no fuera irse. Había guardias por todas partes.
La sensación de terror había disminuido mucho. Para esto servía el estar yerto y también, naturalmente, cuanto más repite uno una frase mentalmente, más sentido pierde. Había aceptado ser miniaturizado. Cuanto más resonaba en su mente, como el tañido de una campana, una y otra vez, más iba perdiéndose el terror... Y en su lugar quedaba una sensación de vacío.
Remotamente se dio cuenta de que la puerta de su habitación se había abierto. Alguien, se dijo distraído, lo había venido a buscar. Se quitó el visor, alzó la mirada con languidez y por un instante sintió un chispazo de interés.
Era Sofía Kaliinin, que le pareció hermosa pese a que sus sentidos parecían entumecidos. Le dijo en inglés:
–Una buena tarde para usted, caballero.
Se estremeció. Prefería oír ruso antes que aquel inglés totalmente distorsionado. En ruso rogó:
–Por favor, Sofía, hable en su idioma.
Su ruso podía ser tan angustioso para ella, como su inglés para él, pero no le importaba. Estaba allí porque ellos lo habían querido y si sus tropiezos les molestaban, también lo habían querido ellos.
Sofía se encogió levemente de hombros y dijo en ruso:
–Con mucho gusto..., si es lo que prefiere.
Luego se le quedó mirando un buen rato, pensativa. Sus miradas se cruzaron, sin tiranteces. Le tenía bastante sin cuidado lo que hacía y mirarla no era distinto, para él, que mirar algo que pudo haber sido..., o mirar a nada que hubiera sido. La momentánea impresión de belleza que había irrumpido con su llegada, se había esfumado.
–He sabido que finalmente ha aceptado acompañarnos en nuestra aventura –le dijo por fin.
–En efecto.
–Bien por usted. Le estamos todos muy agradecidos. Con toda sinceridad no pensé que lo hiciera, dado que es americano. Le pido perdón.
Morrison observó con un lejano deje de pena y enfado:
–La decisión de ayudarlos no ha sido voluntaria. Fui persuadido..., por una experta.
–¿Por Natalya Boranova?
Morrison asintió.
–Es muy buena persuadiendo. Poco amable, en general, pero muy buena. También yo necesité persuasión.
–¿Por qué usted? –preguntó Morrison.
–Tenía otras razones..., que para mí eran importantes.
–¿De verdad? ¿Y cuáles eran?
–No creo que tenga importancia para usted.
Hubo una pausa breve pero incómoda.
–Venga, la tarea que se me ha asignado es mostrarle la nave.
–¿La nave? ¿Cuánto tiempo llevan preparando esto? ¿Han tenido el suficiente para construir una nave?
–¿Para el propósito científico de estudiar el cerebro de Shapirov desde dentro? Claro que no. Estaba prevista para otras cosas más simples, pero es lo único que tenemos que pueda servirnos... Venga, Albert, Natalya cree que es prudente que se acostumbre, que la vea, la toque. Es posible que la vulgaridad de la tecnología lo reconcilie con la tarea.
Morrison retrocedió.
–¿Por qué debo ver la nave ahora? ¿No me pueden dejar tiempo para irme acostumbrando a todo lo referente a mi miniaturización?
–Es una tontería, Albert. Si dispusiera de más tiempo para quedarse sentado en su habitación dándole vueltas a la idea, tendría más tiempo para alimentar su..., su incertidumbre. Además, tenemos poco tiempo. ¿Cuánto supone que podemos dejar a Shapirov deteriorándose, con sus ideas disminuyendo a cada momento? La nave zarpa mañana por la mañana.
–Mañana por la mañana –repitió Morrison con la boca seca. Tontamente miró el reloj.
–Nos quedan pocas horas. Lo tendremos al corriente del horario para que no tenga que consultar su reloj. Mañana por la mañana la nave se adentrará en un cuerpo humano. Y usted estará a bordo.
De pronto, sin advertencia previa, le dio una fuerte palmada en la mejilla. Diciendo:
–Sus ojos empezaban a ponerse en blanco, ¿se proponía desmayarse?
Morrison se frotó la mejilla, que le ardía.
–No me proponía nada –musitó–, pero me hubiera desmayado sin proponérmelo. ¿No tiene una forma menos dura de advertir?
–¿Le he cogido realmente por sorpresa, cuando sabe de sobra que ha aceptado la miniaturización y que es evidente que no disponemos de tiempo?
Con un gesto perentorio, ordenó:
–Ahora, vamonos.
Y Morrison, sin dejar de frotarse la mejilla y rebosando rabia y humillación, la siguió.
28
Había vuelto al área de miniaturización. Había gente ocupada, enfrascada en lo suyo y sin preocuparse de los demás. Kaliinin cruzó por entre todos ellos, erguida, por el porte aristocrático que surge automáticamente cuando todos obedecen y se someten.
Morrison (con la mano apoyada ligeramente en la mejilla que sentía inflamada y que no deseaba exhibir) se dio cuenta de que ella era una de las principales lumbreras, y todos los que se cruzaban con ella o estaban cerca suyo, inclinaban la cabeza y retrocedían algo, como para asegurarse de que no le interceptaban el paso. Nadie pareció fijarse en Morrison.
Adelante. Adelante. Una habitación tras otra, y en todas partes la sensación de energía contenida, mantenida a raya.
Kaliinin también debió notarlo por más familiarizada que estuviera, porque dijo a Morrison en voz baja:
–Hay una estación de energía solar en el espacio, y la mayor parte de su producción está reservada para Malenkigrad.
De pronto se encontraron allí, antes de que Morrison tuviera oportunidad de comprender lo que estaba viendo. No era una estancia muy grande y el objeto que contenía no era de un volumen excesivo. En realidad, la primera impresión de Morrison era de que veía un objeto de artesanía.
Tenía unas líneas estilizadas. No era mucho mayor que un coche, ciertamente más corto que una gran limusina, aunque más alto. Y era transparente.
Maquinalmente, Morrison alargó la mano para tocarlo.
No era frío al tacto. Era liso y casi húmedo; pero cuando retiró la mano, sus dedos estaban perfectamente secos. Volvió a probarlo y al rozar la superficie con la punta de los dedos, le pareció que se pegaban un poco. Tampoco dejaron marca. Llevado por un impulso soltó el aliento, vio la sombra de humedad condensada sobre el material transparente, pero desapareció al instante.
–Es de material plástico –explicó Kaliinin–, pero desconozco su composición. Si lo supiera a lo mejor pertenecería a Información Secreta, pero sea lo que fuese, es más resistente que el acero..., más duro y más resistente al choque..., kilo por kilo.
–Pero por peso, quizás –observó Morrison cuya curiosidad científica ahogaba de momento su inquietud–, pero tal espesor en material plástico no puede ser tan fuerte como el mismo espesor en acero. No podría ser tan fuerte, volumen por volumen.
–Sí, pero a donde vamos –expuso Kaliinin–. No habrá presión diferencial dentro y fuera de la nave; no habrá meteoritos ni siquiera polvo cósmico de los que debamos protegernos. No habrá nada a nuestro alrededor sino blanda estructura celular. Este plástico será suficiente protección y es, además, ligero. Quizás entre los dos podríamos levantarlo si nos lo propusiéramos. Eso es lo importante. Como puede comprender, debemos ahorrar en masa. Cada kilo de más, consume considerable energía electromagnética en la miniaturización y desprende considerable calor al desminiaturizar.
–¿Admitirá suficiente tripulación? –preguntó Morrison mirando al interior.
–Sí. Es compacto, pero admite seis y seremos solamente cinco. Además contiene una cantidad sorprendente de instrumentos inusitados. Aunque no tantos como desearíamos. Los planos originales... Pero, ¿qué vamos a hacer? Estamos sometidos a continuas presiones para economizar, incluso algunas injustificadas, ¡en este mundo injusto!
Morrison comentó con un dejo de fuerte inquietud:
–¿Cuánta presión para cuánta economía? ¿Funciona todo?
–Le aseguro que sí. –Y al decirlo se le iluminó el rostro. Ahora que la habitual melancolía lo había abandonado (temporalmente, supuso Morrison), Kaliinin era indudablemente guapa.
–Todo ha sido comprobado exhaustivamente, tanto solo como en grupo. El riesgo cero es imposible de conseguir, pero aquí el riesgo es lo más cerca a cero. Y todo, virtualmente, sin metal. Entre los microchips, fibras ópticas y ensamblajes «Manuilsky», tenemos cuanto queremos con un peso inferior a cinco kilos en total. Por eso es por lo que la nave puede ser tan pequeña. Después de todo, los viajes al microcosmos no se supone que duren más de unas horas, así que no necesitamos nada para dormir, ni para ciclos, ni comida complicada, ni reservas de aire; nada más que arreglos simples para funciones excretorias y demás.
–¿Quién estará en los controles?
–Arkady.
–¿Arkady Dezhnev?
–Parece sorprendido.
–No sé por qué me sorprende. Supongo que es competente.
–Mucho. Está en diseño de ingeniería y es un genio. No hay que tener en cuenta sus cosas... No, hay que fiarse de él por sus cosas. ¿Cree que cualquiera de nosotros podría soportar su extraño humor y afectación si no se tratara de un genio? Ha diseñado esta nave, cada parte de ella, y todo su equipo. Ha inventado una docena de medios para disminuir la masa y distribuirlo todo perfectamente. No tienen nada como esto en los Estados Unidos.
–No tengo forma de saber si los Estados Unidos tienen o no tienen aparatos no usuales.
–Estoy segura de que no. Dezhnev es una persona fuera de lo corriente, por más que se presente siempre como un patán. Es descendiente de Semyon Ivanov Dezhnev. Supongo que habrá oído hablar de él.
Morrison sacudió la cabeza.
–¿De veras? –la voz de Kaliinin se hizo puro hielo–. No es otro que el famoso explorador que, en tiempos de Pedro el Grande, recorrió Siberia hasta el último centímetro y dijo que había un brazo de mar que la separaba de América del Norte, varias décadas antes de que Vitus Bering, un danés al servicio de Rusia, descubriera el estrecho de Bering... ¡No conoce a Dezhnev! Típicamente americano. Si no lo hace un occidental, no se enteran.
–No vea insultos en todas partes, Sofía. No he estudiado las exploraciones. Hay muchos exploradores americanos que yo no conozco..., ni usted tampoco. –Agitó el dedo en su dirección, recordando su bofetón y frotándose la mejilla una vez más–. A eso me refiero. Descubre cosas para alimentar su odio..., cosas intrascendentes de las que debería avergonzarse.
–Semyon Dezhnev fue un gran explorador..., y no era intrascendente.
–Estoy dispuesto a aceptarlo. Me alegro de haberme enterado y me maravilla su gesta. Pero el que yo no haya oído hablar de él no es motivo de rivalidad americana-soviética. ¡Avergüéncese!
Kaliinin bajó la mirada, pero al momento la alzó hasta su mejilla («¿habría dejado una marca?», se preguntó Morrison), diciéndole:
–Siento haberle pegado, Albert. No tenía que haberle dado tan fuerte, pero no quería que se desmayara. En aquel momento me sentí incapaz de habérmelas con un americano inconsciente. Me dejé llevar por un arrebato desconsiderado.
–Comprendo que su intención era buena, pero también hubiera preferido que no me diera tan fuerte. En todo caso aceptaré sus excusas.
–Entonces pasemos a la nave.
Morrison consiguió esbozar una sonrisa. De todos modos se sentía mejor estando con Kaliinin que con Dezhnev o Konev..., o incluso con Boranova. Una mujer bonita, muy joven aún, aparta, de algún modo, la mente de un hombre de sus problemas mejor de lo que lo harían otras muchas cosas. Se decidió a preguntarle:
–¿No teme que intente sabotearla?
Después de una pausa Kaliinin le aseguró:
–A decir verdad, no. Sospecho que siente suficiente respeto por un medio de exploración científica como para evitar dañarla de algún modo. Además, y se lo digo muy en serio, Albert, las leyes antisabotaje son sumamente severas en la Unión Soviética y el menor error al tocar cualquier cosa de la nave hace que se dispare una alarma que traería a los guardias en cuestión de segundos. Tenemos leyes estrictas contra guardias que den palizas a los saboteadores, pero a veces su indignación es tanta que tienden a olvidarlas. Por favor, no se le ocurra nunca tocar cualquier cosa.
Mientras hablaba apoyó la mano en el casco y presumiblemente cerró un contacto, aunque Morrison no vio cómo lo hacía. Una puerta, un rectángulo algo curvado en el borde, se abrió. (El propio borde de la puerta parecía ser doble. ¿Actuaría también como esclusa de aire?)
La abertura era reducida. Kaliinin, al entrar la primera, tuvo que agacharse. Tendió la mano a Morrison, advirtiendo:
–Cuidado, Albert.
Morrison no sólo se agachó, sino que entró de lado. Una vez dentro de la nave se encontró con que no podía incorporarse del todo. Al golpearse la cabeza contra el techo, miró hacia arriba, sorprendido. Kaliinin observó:
–La mayor parte del tiempo haremos nuestro trabajo sentados, así que no se preocupe por el techo.
–A los que sienten claustrofobia no les gustaría eso.
–¿Es usted claustrofóbico?
–No.
Kaliinin asintió, aliviada.
–Bueno. Tenemos que ahorrar espacio, ¿sabe? ¿Qué puedo explicarle?
Morrison miró a su alrededor. Había seis asientos, distribuidos en parejas. Se sentó en el más cercano a la puerta y dijo:
–Tampoco son precisamente holgados.
–No –aceptó Kaliinin–. Los pesos pesados no podrían acomodarse.
–Es obvio que la nave se construyó mucho antes de que Shapirov entrara en coma.
–Naturalmente. Estábamos preparando disponer de personal miniaturizado que invadiera el tejido vivo, desde hacía tiempo. Iba a ser necesario si queríamos hacer importantes y auténticos descubrimientos biológicos. Naturalmente, contábamos trabajar con animales, primero, y estudiar su sistema circulatorio con todo detalle. Para ese proyecto se construyó la nave. Nadie podía haber imaginado jamás que cuando llegara el momento de realizar el primer microviaje, el sujeto no solamente sería un ser humano, sino el propio Shapirov.
Morrison seguía estudiando el interior de la nave. Parecía desnuda. Los detalles eran sorprendentemente difíciles de descubrir, en el estado de transparencia-sobre-transparencia y miniaturización delos componentes anticuados, ordinarios pero microscópicos. Observó:
–En la nave seremos cinco: usted y yo, Boranova, Konev y Dezhnev.
–En efecto.
–¿Y qué va a hacer cada uno de nosotros?
–Arkady llevará el control de la nave. Por lo visto es el que sabe. La nave es hija de sus manos y de su mente. Se sentará en la primera butaca a la izquierda. A su derecha estará el otro varón, que tiene un mapa completo del sistema neurocirculatorio del cerebro de Shapirov. Él será el piloto. Yo me sentaré detrás de Arkady y controlaré el sistema electromagnético de la superficie de la nave.
–¿Un sistema electromagnético? ¿Para qué?
–Mi querido Albert, usted reconoce los objetos por la reflexión de la luz, un perro los reconoce por el olor que emiten, una molécula reconoce los objetos por el sistema electromagnético de superficie. Si vamos a circular como un objeto miniaturizado entre moléculas, debemos tener el tipo apropiado a fin de ser tratados como amigos más que como enemigos.
–Esto suena complicado.
–Lo es..., pero resulta ser el estudio a que he dedicado mi vida. Natalya se sentará detrás de mí. Será la jefa de la expedición. Tomará las decisiones.
–¿Qué clase de decisiones?
–Todas las que sean necesarias. Es obvio que no pueden decirse de antemano. En cuanto usted, se sentará a mi derecha.
Morrison se levantó y logró cambiar de postura a lo largo del estrecho pasillo entre la puerta y los asientos, pasó atrás. Había estado sentado en el lugar de Konev y ahora se encontraba en el que sería el suyo. Sentía que el corazón le latía alocado al imaginarse en el mismo asiento al día siguiente, con el proceso de miniaturización en marcha. Con voz apagada murmuró:
–Entonces, hay solamente un hombre, Yuri Konev, que ha sido miniaturizado y desminiaturizado sin sufrir daños durante el proceso.
–Sí.
–¿Y no mencionó incomodidad, mareos, ni trastornos mentales durante el proceso?
–No se mencionó nada de eso.
–¿No sería que es un estoico? ¿No pensaría, acaso, que al quejarse se pondría por debajo de su dignidad de héroe soviético de la Ciencia?
–No diga tonterías. No somos héroes científicos soviéticos, y el que usted acaba de nombrar, menos que nadie. Somos seres humanos, y además científicos, y si sintiéramos alguna perturbación, nos veríamos obligados a describirla detalladamente, dado que modificando el proceso podríamos eliminar la incomodidad y hacer más fáciles las miniaturizaciones futuras. Ocultar parte de la verdad no sería científico, ni ético, sino peligroso. ¿No lo comprende..., puesto que usted mismo es un científico?
–Pero puede haber diferencias individuales. Yuri Konev sobrevivió intacto. Pyotr Shapirov no lo consiguió..., del todo.
–No tuvo nada que ver con las diferencias individuales –dijo Kaliinin impaciente.
–No lo sabemos bien, ¿no es eso?
–Juzgue por usted mismo, Albert. ¿Piensa que llevaríamos la nave a una miniaturización sin una última prueba, con o sin seres humanos en su interior? Esta nave fue miniaturizada, vacía, en el transcurso de la noche pasada..., no hasta grandes extremos, pero lo suficiente para saber que todo está bien.
Al instante, Morrison se debatió por levantarse de su asiento.
–En tal caso, si no le importa, Sofía, quiero salir antes de que lo prueben con seres humanos a bordo.
–Lo siento, Albert, es demasiado tarde.
–¿Qué?
–Mire hacia fuera de la nave, a la habitación. Desde que entramos no ha mirado hacia fuera ni una sola vez, lo que en mi opinión estuvo muy bien. Pero hágalo ahora. Venga. Las paredes son transparentes y el proceso ha terminado ya. Por favor, ¡mire!
Morrison, asombrado, lo hizo así y poco a poco se le fueron doblando las rodillas hasta quedar nuevamente sentado. Preguntó pensando lo tonto que debía parecer:
–¿Es que las paredes de la nave tienen un efecto de aumento?
–No, claro que no. Todo lo que está fuera, es como siempre. La nave y yo..., y usted hemos sido miniaturizados hasta, aproximadamente, la mitad de nuestro tamaño.
Morrison sintió que se mareaba y rápidamente inclinó la cabeza entre las rodillas y respiró honda y pausadamente. Cuando volvió a alzar la cabeza, vio que Kaliinin lo contemplaba pensativa. Estaba de pie en el pasillo, ligeramente apoyada en el brazo de un asiento para evitar que su cabeza topara con el techo.
–Esta vez podía desmayarse, no me habría molestado. Ahora nos están desminiaturizando y esto lleva mucho más tiempo que la miniaturización, que no ha tardado más de tres o cuatro minutos. Demoraremos una hora o más, así que dispondrá de tiempo para recuperarse.
–No ha sido decente hacer esto sin decírmelo, Sofía.
–Al contrario. Ha sido un acto de bondad. ¿Habría entrado tan tranquilamente a la nave de haber sospechado que iban a miniaturizarnos? ¿Habría inspeccionado tan fríamente la nave de haberlo sabido? Y si hubiera anticipado la miniaturización, ¿no habría presentado y desarrollado síntomas psicogénicos de todo tipo?
Morrison no abrió la boca.
–¿Sintió algo? ¿Se dio incluso cuenta de que estaba siendo miniaturizado?
Morrison sacudió la cabeza:
–No.
Y de pronto, llevado de cierta vergüenza, añadió:
–Usted, lo mismo que yo, ¿no había sido anteriormente miniaturizada?
–No. Hasta hoy, Konev y Shapirov han sido los únicos seres sometidos a miniaturización.
–¿Y no sintió la menor aprensión?
–No lo diría así. Estaba inquieta. Sabemos por nuestras experiencias en viajes espaciales que, como dijo usted antes, hay diferencias individuales en la reacción ante entornos insólitos. Algunos astronautas sufren ataques de náusea bajo gravedad cero, por ejemplo, y otros no. No tenía la seguridad de cómo reaccionaría usted ¿Sintió náuseas?
–No sentí nada hasta que supe que habíamos sido miniaturizados, pero supongo que sentirse raro no cuenta. ¿Quién lo planeó?
–Natalya.
–Por supuesto. Debí suponerlo.
–Había razones. Pensó que no podía dejar que se derrumbara una vez iniciado el viaje. No estábamos preparados para luchar contra su histeria cuando empezara la miniaturización.
–Supongo que merezco esta falta de confianza. –Apartó, avergonzado, la mirada de los ojos de Kaliinin–. Y me imagino que la designó a usted para que viniera conmigo con el propósito deliberado de que distrajera mi atención mientras todo eso iba ocurriendo.
–No, fue idea mía. Quería ser ella la que viniera con usted, pero de esa manera pensé que no tardaría en sospechar una trampa.
–Mientras que con usted, estaría tranquilo.
–Por lo menos, como se dice, estaría distraído. Soy lo bastante joven aún para distraer a los hombres. –Y con cierta amargura, añadió–: A la mayoría.
Morrison levantó la cabeza y entrecerró los ojos.
–Me ha dicho que podía sospechar una trampa.
–Quise decir con Natalya.
–¿Por qué no con usted? Lo único que veo ahora es que el exterior parece haber aumentado. ¿Cómo puedo tener la seguridad de que no es una ilusión óptica, algo preparado para hacerme pensar que he sido miniaturizado y que no ocurre nada..., sólo para que mañana entre tranquilamente en la nave?
–No sea ridículo, Albert. Pensemos en una cosa: usted y yo hemos perdido la mitad de nuestra dimensión lineal en todas direcciones. La fuerza de nuestros músculos varía a la inversa de las cuadrículas. Ahora están a la mitad de la mitad o el cuarto de la cuadrícula y por lo tanto, la fuerza que tendrían normalmente. ¿Ve lo que quiero decir? ¿Lo comprende?
–Sí, por supuesto –contestó Morrison, molesto–, es elemental.
–Pero nuestros cuerpos son en conjunto la mitad de altos, la mitad de anchos y la mitad de gruesos; de forma que el volumen total, así como la masa y el peso, es la mitad de la mitad de la mitad o un octavo de lo que era originalmente... Es decir, si estamos miniaturizados.
–Sí, es la ley de la cuadratura del cubo. Se ha comprendido desde los tiempos de Galileo.
–Lo sé, pero usted no ha pensado en ello. Si yo ahora intentara levantarlo, levantaría un octavo de su peso normal y lo haría con mis músculos a un cuarto de su fuerza normal. Mis músculos comparados con su peso serían el doble de fuertes de lo que serían si no estuviéramos miniaturizados.
Y así diciendo, Kaliinin colocó sus manos debajo de los brazos de él y, con un pequeño gruñido lo levantó de su asiento.
Lo mantuvo así levantado, jadeando un poco, y después lo bajó.
–No es fácil –dijo, algo cansada–, pero podía hacerlo. Y como se estará diciendo: «Ah, sí, ésta es Sofía, probablemente una forzuda soviética», hágalo usted conmigo.
Morrison se levantó y fue al pasillo. Dio un paso adelante, se volvió y quedó frente a ella. La ligera inclinación, forzada por causa del techo bajo, le obligaba a una postura incómoda. Por un momento vaciló. Pero Kaliinin lo animó:
–Venga, cójame por debajo de los brazos. Uso desodorante. Y no se preocupe por si acaso me toca el pecho. Lo han tocado antes de esto. Vamos..., soy más ligera que usted y usted es más fuerte que yo. Puesto que he podido levantarlo, no debería costarle hacerlo conmigo.
Ni le costó. No podía alzarla con toda su fuerza debido a su incómoda y ligera inclinación, pero maquinalmente empleó la fuerza que, a través de años de experiencia, juzgó apropiada para un objeto del tamaño de ella. No obstante, flotó hacia arriba como si no pesara nada. Pese al hecho de que estaba algo preparado para aquella posibilidad, por poco la deja caer.
–¿Qué, sigue pensando que es una ilusión? ¿O que estamos miniaturizados?
–Estamos miniaturizados –confesó Morrison–. ¿Pero cómo lo ha hecho? En ningún momento la he visto hacer algo que pareciera como si manejara los controles de la miniaturización.
–No he hecho nada. Lo han hecho desde fuera. La nave está equipada con dispositivos de miniaturización, pero no me hubiera atrevido a utilizarlos. Esto es parte del trabajo de Natalya.
–Y ahora la desminiaturización está también controlada desde fuera, ¿no es así?
–Así es.
–Y si la desminiaturización se descontrola algo, nuestros cerebros quedarán dañados como el de Shapirov..., o peor.
–No es probable –contestó Kaliinin estirando las piernas hacia el pasillo–, y no sirve de nada pensarlo. ¿Por qué no se relaja y cierra los ojos?
–Pero la lesión es posible –insistió Morrison.
–Por supuesto que es posible. Casi todo es posible. Un meteorito de tres metros de anchura puede chocar dentro de dos minutos contra nosotros, penetrar la corteza de la montaña sobre nuestras cabezas, irrumpir en esta habitación y destruir la nave y a nosotros y quizás el proyecto entero en unos segundos ardientes..., pero no es probable.
Morrison apoyó la cabeza sobre sus brazos y se preguntó si, en el caso de que la nave empezara a calentarse, sentiría el calor antes de que las proteínas de su cerebro se desnaturalizaran.
Había transcurrido más de media hora cuando Morrison tuvo el convencimiento de que los objetos que podía ver fuera de la nave se estaban empequeñeciendo y volvían perceptiblemente a su tamaño normal.
–Estoy pensando en una parodia –observó.
–¿Qué ha dicho? –dijo Kaliinin bostezando. Era obvio que había seguido su propio consejo sobre la conveniencia de relajarse.
–Los objetos fuera de la nave parecieron crecer cuando nosotros disminuíamos. ¿No debería la longitud de onda de la luz exterior crecer también, tener mayor longitud, al encoger nosotros? ¿No deberíamos ver todo lo exterior volverse rojizo, ya que no puede haber suficientes ultravioleta para expandirse y remplazar las ondas más cortas de luz visible?
–Si en efecto pudiera ver las ondas de luz que hay fuera, es así como las vería. Pero no las ve. Ve las ondas de luz después de que han entrado en la nave y chocado contra su retina. Y a medida que penetran en la nave, sufren la influencia del campo de miniaturización y automáticamente encogen en longitud, así que dentro de la nave se perciben las longitudes de onda igual que se las percibiría fuera de ella.
–Si encogen en longitud de onda, deben ganar en energía.
–Sí, si la constante de Planck fuera del mismo tipo dentro del campo de miniaturización que fuera de él. Pero la constante de Planck disminuye dentro del campo de miniaturización..., ésta es la esencia de la miniaturización. Las longitudes de onda, al encogerse, mantienen su relación con la encogida constante de Planck y no ganan energía. Un caso análogo es el de los átomos. También se encogen y no obstante, las interrelaciones entre átomos y entre partículas subatómicas que los forman, siguen siendo las mismas en relación a nosotros dentro de la nave, como lo serían del mismo modo dentro de ella.
–Pero la gravedad cambia. Aquí es más débil.
–La fuerte interacción y la electrodébil interacción se encuentran, ambas, bajo la teoría cuántica. Dependen de la constante de Planck.
–¿Y en cuanto a gravitación? –Kaliinin se encogió de hombros–. Pese a dos siglos de esfuerzos, la gravitación no ha sido nunca cuantificada. Francamente, creo que el cambio gravitativo con la miniaturización es suficiente prueba de que la gravitación no puede ser cuantificada, que es fundamentalmente no cuántica, en su naturaleza.
–No puedo creerlo –exclamó Morrison–. Dos signos de fracasos sólo pueden significar que no hemos logrado profundizar lo bastante en el problema. La teoría del supercordón casi nos dio por fin nuestro campo unificado. –Le aliviaba discutir el asunto. Seguro que no podría hacerlo si su cerebro se calentaba lo más mínimo.
–Casi no cuenta –objetó Kaliinin–. Pero Shapirov estaba de acuerdo con usted, creo. Su opinión era que, una vez sujetáramos la constante de Planck a la velocidad de la luz, no sólo conseguiríamos el efecto práctico de miniaturizar y desminiaturizar de un modo esencialmente libre de energía, sino que lograríamos el efecto teórico de poder descubrir la conexión entre la teoría cuántica y la relatividad y finalmente una perfecta teoría de campo unificado. Y probablemente, una más sencilla de lo que hubiéramos podido imaginar, como diría él.
–Quizá –dijo Morrison. No conocía lo bastante para seguir comentando.
–Shapirov diría –prosiguió Kaliinin, entusiasmándose– que en la ultraminiaturización, el efecto gravitacional sería lo bastante cercano a cero para que se le ignorara del todo y que la velocidad de la luz sería tan grande que podría considerársela infinita. Con la masa virtualmente a cero, la inercia sería virtualmente cero y cualquier objeto, como esta nave por ejemplo, podría acelerarse con un consumo de energía prácticamente inexistente a cualquier velocidad. Tendríamos, dicho de otro modo, un viaje sin gravitación y más veloz que la luz. Según Shapirov, el empuje químico nos daba el Sistema Solar, el empuje iónico nos daría las estrellas más cercanas, pero la miniaturización relativista nos llevaría, de un salto a todo el Universo.
–Es una visión preciosa –exclamó Morrison arrobado.
–Entonces ya sabe lo que estamos buscando, ahora, ¿verdad?
Morrison asintió:
–Todo esto..., si podemos leer la mente de Shapirov, Y si realmente tiene algo en ella y si no estaba, simplemente, soñando.
–¿No cree que esta oportunidad merece el riesgo?
–Estoy a punto de creer que sí. Es usted terriblemente convincente –murmuró Morrison–. ¿Por qué no pudo Natalya emplear este tipo de argumentos en vez de los que utilizó?
–Natalya es... Natalya. Es una persona sumamente práctica, no una soñadora. Consigue que las cosas se hagan.
Morrison estudió a Kaliinin, sentada ahora a su izquierda. Miraba fijamente hacia delante con una expresión abstraída que daba a su perfil la apariencia de una soñadora poco práctica..., aunque, quizá, no una que, como Shapirov, soñara con conquistar el Universo. Con ella se trataba de algo más cercano, quizá.
–Su tristeza no es cosa mía, Sofía, como ya me ha dicho..., pero me han contado lo de Yuri.
Sus ojos lanzaron destellos:
–¡Arkady! Tuvo que ser él. Es un..., un... –Sacudió la cabeza–. Con todos sus conocimientos y todo su genio sigue siendo un patán. Siempre que pienso en él lo veo como un siervo barbudo con una botella de vodka.
–Creo que, a su modo, está preocupado por usted, aunque no sepa expresarlo poéticamente. Todo el mundo debe estar preocupado.
Kaliinin miró furiosa a Morrison, como conteniendo las palabras. Pero él insistió afectuosamente, diciéndole:
–¿Por qué no me lo cuenta? Creo que le ayudaría y yo soy una elección lógica, dado que no pertenezco al grupo. Le aseguro que se puede confiar en mí.
Kaliinin volvió a mirarlo pero esta vez con cierto agradecimiento.
–¡Yuri! –Escupió el nombre–. Todo el mundo puede estar preocupado, menos Yuri. No tiene sentimientos.
–Pero en algún momento debió estar enamorado de usted.
–¿Lo estuvo? No lo creo. Tiene una... –Levantó la vista y abrió las manos, que le temblaban, como si estuviera buscando una palabra y no se resignara a emplear otro término inferior–. Visión.
–No siempre somos dueños de nuestras emociones y afectos, Sofía. Si ha encontrado otra mujer y sueña con ella...
–No hay otra mujer –interrumpió Kaliinin–. ¡Ninguna! Utiliza la idea como excusa para ocultarse tras ella. Me amaba, si no del todo, vagamente. Yo le convenía, me tenía a mano, porque yo le satisfacía una cierta necesidad física y, como yo también estaba involucrada en el proyecto, no necesitaba perder tiempo buscándome. Mientras tenía el proyecto firmemente sujeto, no le importaba tenerme, tranquilamente y sin llamar la atención, a ratos perdidos.
–El trabajo de un hombre...
–No necesita ocupar todo su tiempo. Ya le he dicho que tiene una visión. Se propone ser el nuevo Newton, el nuevo Einstein. Quiere hacer que los descubrimientos sean tan fundamentales, tan grandes, que no quedará nada para el futuro. Tomará las especulaciones de Shapirov y las transformará en Ciencia firme. ¡Yuri Konev se transformará en el todo de la ley natural, y los demás no serán sino puro comentario!
–¿Y no puede considerarse esto como una ambición admirable?
–No, cuando le hace sacrificarlo todo y a todos, cuando le hace renegar de su propia hija. ¿Yo? ¿Qué importo yo? Se me puede dejar de lado, negar. Soy una adulta. Puedo cuidar de mí. Pero, ¿y mi hija? ¿Puede negársele un padre a una criatura? ¿Negarla? ¿Rechazarla? Lo distraería de su trabajo, le exigiría atención, consumiría unos breves instantes aquí y allá..., así que insiste en que no es el padre.
–Un análisis genético.
–No. ¿Iba yo a arrastrarlo ante un tribunal y forzar una decisión legal? Piense en lo que su negativa implica. La criatura no ha sido concebida espontáneamente. Alguien debe ser el padre. Da a entender..., no, lo declara, que soy promiscua. No ha dudado en decir, como opinión propia, que yo no conozco al padre de mi hija puesto que me debato entre numerosas posibilidades. ¿Debo esforzarme para hacer que un hombre tan ruin como él, sea legalmente probado como el padre y se excuse por lo que ha hecho..., y yo pueda concederle, de vez en cuando, echar una mirada a la criatura?
–Sin embargo, tengo la impresión de que todavía lo ama.
–Sí es así, es mi maldición. Pero no afectará a mi hija.
–¿Es por ella por lo que ha tenido que ser persuadida para someterse a la miniaturización?
–¿Y trabajar con él? Sí, ésta es la razón. Pero me dijeron que no se me puede remplazar, que lo que podamos hacer por la Ciencia está por encima y más allá de cualquier sentimiento personal que se pueda concebir..., rabia, odio. Además...
–¿Además?
–Además, si abandonara el proyecto, perdería mi rango de científico soviético. Perdería muchos privilegios y emolumentos, que no me importan, pero que también los perdería mi hija..., y esto me importa mucho
–¿Hubo que persuadir a Yuri también para que trabajara con usted?
–¿Él? Claro que no. El proyecto es lo único que conoce y ve. No me mira. No me ve. Y si muere en el transcurso de este intento... –Le tendió la mano, suplicante–. Por favor, comprenda que ni por un momento crea que esto vaya a ocurrir. Es sólo una actitud estúpidamente romántica el que yo me torture por amor al dolor, creo yo. Si él muriera ni siquiera se daría cuenta de que yo moriría con él.
–No hable así –dijo, estremecido–. ¿Y qué le ocurriría a su hija en tal caso? ¿Se lo ha dicho Natalya?
–No tuvo que hacerlo. Lo sé sin que me lo diga. A mi hija la educaría el Estado, como hija de una mártir de la ciencia soviética. Tal vez estaría mejor. –Sofía calló un instante y miró a su alrededor–. Allá, fuera, todo empieza a parecer normal. No tardaremos en salir de la nave.
Morrison se encogió de hombros.
–Tendrá que pasar gran parte del resto del día sometido a exámenes médicos y psicológicos, Albert. Y yo también. Será muy pesado, pero hay que hacerlo. ¿Cómo se encuentra?
–Me sentiría mejor –dijo Morrison en un arrebato de sinceridad– si no me hubiera hablado de morir... ¡Oiga! Mañana, cuando hagamos el viaje al interior del cuerpo de Shapirov, ¿hasta dónde seremos miniaturizados?
–Esto será decisión de Natalya. Como mínimo a dimensión celular, por supuesto. Quizás a dimensiones moleculares.
–¿Se ha hecho alguna vez?
–No, que yo sepa.
–¿Conejos? ¿Objetos inanimados?
Kaliinin volvió a sacudir la cabeza y repitió:
–No, que yo sepa.
–Entonces, ¿cómo sabe alguien si la miniaturización a tal extremo es posible, o, si lo es, si alguno de nosotros puede sobrevivir?
–La teoría dice que lo es y que podemos. Hasta ahora, cada experimento ha encajado con la teoría.
–Sí, pero hay límites. No sería mejor si la ultraminiaturización se probara en una simple barra de plástico, luego en un conejo, luego en...
–Naturalmente, pero persuadir al Comité Central de Coordinación de que autorice tal gasto de energía sería una tarea enorme y los experimentos habría que repartirlos en meses y años. ¡No disponemos de tiempo! Debemos entrar en Shapirov inmediatamente.
–Pero vamos a hacer algo sin precedentes, cruzar por una región no puesta a prueba, con sólo los «quizá» de la teoría para...
–Exactamente, exactamente. Venga, se ha encendido la luz y debemos salir y reunimos con los médicos que están esperando.
Pero para Morrison la euforia marginal de una desminiaturización lograda, iba esfumándose. Lo que hoy había experimentado no era de ningún modo indicativo de aquello con lo que se enfrentaría al día siguiente.
El terror volvía a apoderarse de él.
VIII. PRELIMINARES
La mayor dificultad surge al
principio. Se llama «prepararse»
DEZHNEV, padre
A última hora de aquella tarde, después de un largo y tedioso examen médico, se reunió para cenar con los cuatro investigadores soviéticos. «La Ultima Cena», pensó Morrison sombrío. Una vez sentado estalló:
–Nadie me ha dicho el resultado de mis exámenes –se volvió a Kaliinin–. ¿También la han examinado, Sofía?
–En efecto, Albert.
–¿Le comunicaron el resultado?
–Me temo que no. Como no los pagamos nosotros me supongo que no creen que nos deban algo.
–No importa –terció Dezhnev, jovial–. Mi anciano padre solía decir: «Las malas noticias tienen alas de águila; las buenas, patas de perezoso» Si no han dicho nada es que no tenían nada malo que informar.
–Incluso las malas noticias –dijo Boranova– hubieran llegado a mí y solamente a mí. Yo soy la que debe decidir quién va a acompañarnos.
–¿Qué le dijeron de mí? –preguntó Morrison.
–Que no tiene nada importante. Así que vendrá con nosotros y dentro de doce horas empezará la aventura.
–¿Tengo algo, entonces, que no sea importante, Natalya?
–Nada digno de mención, excepto que manifiesta, según el doctor, un «típico mal carácter americano»
–¡Ah! –exclamó Morrison–. Una de nuestras libertades americanas es la de poder ser malhumorado cuando los médicos hacen gala de una típica falta de consideración soviética hacia sus pacientes.
No obstante, su aprensión por su estado mental se disipó, y al hacerlo, la inevitable aprensión sobre su próxima miniaturización creció repentinamente.
Se sumió en el silencio, comiendo despacio y sin demasiado apetito.
Yuri Konev fue el primero en levantarse de la mesa. Permaneció un momento de pie, ligeramente inclinado sobre la mesa, con una leve expresión ceñuda en su rostro intenso y juvenil. Dijo:
–Natalya. Debo llevarme a Albert a mi despacho. Es preciso que discutamos la tarea de mañana y nos preparemos para ella.
–Tenga en cuenta, por favor, que todos debemos dormir mucho esta noche. No quiero que se le olvide el paso del tiempo. ¿Quiere que Arkady los acompañe?
–No lo necesito –protestó Konev, altanero.
–No obstante –insistió Boranova– habrá dos guardias a la puerta de su despacho y los llamará en caso de necesitarlos.
Konev la miró con impaciencia, diciendo:
–Estoy seguro de que no voy a necesitarlos, Natalya. Venga conmigo, Albert.
Morrison, que los había estado observando con ojos semicerrados, se levantó y preguntó:
–¿Va a ser un viaje largo? Estoy harto de hacer de lanzadera de una punta a otra de la Gruta.
Morrison sabía que estaba siendo impertinente, pero Konev no parecía molestarse, aunque le contestó con la misma impertinencia:
–Creo que un profesor debería estar acostumbrado a ir de un punto a otro del campus universitario.
Morrison siguió a Konev y juntos emprendieron la marcha por el corredor, en silencio. Morrison observó que en un momento dado dos guardias se les unían; oyó otros pasos al mismo ritmo que los suyos. Miró hacia atrás, pero Konev, no. Morrison, impaciente, quiso saber:
–¿Tardaremos mucho, Yuri?
–Es una pregunta estúpida, Albert. No tengo la menor intención de caminar más allá de nuestro destino. Cuando lleguemos, habremos llegado. Si todavía andamos es porque aún no hemos llegado.
–Pienso que con tanto paseo, podrían disponer de carritos como los del golf o algo parecido, para los recorridos.
–Cualquier cosa para que se le atrofien los músculos, ¿no es así, Albert? Venga, no es tan viejo que no pueda andar, ni tan joven que haya que llevarlo en brazos.
Morrison pensó: «Si yo fuera aquella pobre mujer echaría cohetes para celebrar su negativa de paternidad» Por fin llegaron al despacho de Konev, o por lo menos esto supuso Morrison cuando oyó a Konev gritar: «Abre», y la puerta se deslizó sin ruido en respuesta a su impresión vocal. Konev entró primero.
–¿Y si alguien imita su voz? –preguntó Morrison curioso–. No tiene un tipo de voz especial, sabe.
–También capta mi cara. No respondería separadamente a una u otra.
–¿Y si está resfriado?
–Una vez que lo estuve, no pude entrar en mi despacho por tres días y finalmente tuve que mandar abrir la puerta mecánicamente. Si se me estropeara la cara por accidente o cualquier motivo, también tendría problemas. Pero, claro, éste es el precio de la seguridad.
–¿Pero la gente de aquí es tan inquisitiva como para invadir su despacho privado?
–La gente es gente y no es prudente tentar a nadie, incluso a los mejores. Aquí guardo cosas únicas para mí y que pueden verse solamente cuando yo lo permito. Esto, por ejemplo. –Y su mano fina, cuidada y manicurada («habrá cosas que deje de lado –observó Morrison–, pero no el cuidado de su persona») se apoyó en un libro extraordinariamente grande y grueso que, a su vez, descansaba en un soporte claramente diseñado para él.
–¿Qué es? –preguntó Morrison.
–Esto –explicó Konev– es el académico Shapirov..., o por lo menos su esencia. –Abrió el libro y volvió unas páginas. Una tras otra, o quizá todas ellas, estaban llenas de símbolos ordenados al estilo de diagramas. Konev prosiguió–: Lo tengo en microfilme, claro, pero hay cierta conveniencia de tenerlo impreso... –Tocó las páginas casi amorosamente.
–Sigo sin comprender –insistió Morrison.
–Ésta es la estructura básica del cerebro de Shapirov, trasladada a un simbolismo inventado por mí. Introducido en la computadora adecuada, puede reconstruir un mapa tridimensional del cerebro en sus más ínfimos detalles y proyectarlo en la pantalla.
–Sorprendente, si lo dice en serio.
–Lo digo en serio. He pasado toda mi carrera dedicado a esta tarea: traducir la estructura cerebral a símbolos y los símbolos a estructura cerebral. He inventado y avanzado en esta ciencia de cerebrografía.
–Y ha utilizado a Shapirov como sujeto.
–Por una increíble buena suerte, pude hacerlo. O quizá no fue buena suerte sino puramente inevitable. Todos tenemos nuestras pequeñas vanidades y a Shapirov le pareció que su cerebro merecía ser conservado detalladamente. Una vez empezado el trabajo en ese campo bajo su dirección, porque teníamos la impresión de que algún día querríamos explorar, por lo menos, el cerebro animal, insistió en que el suyo se analizara cerebrográficamente.
Repentinamente exaltado, Morrison preguntó:
–¿Puede obtener sus teorías merced a la estructura grabada de su cerebro?
–Claro que no. Estos símbolos son la grabación de un scanning cerebral que se llevó a cabo hace tres años. Eso fue antes de que desarrollara sus ideas recientes y, en todo caso, lo que he registrado aquí es sólo, desgraciadamente, la estructura física y no los pensamientos. De todos modos, el cerebrógrafo nos resultará de gran valor en el viaje de mañana.
–Debería ser así..., aunque nunca oí hablar de semejante cosa.
–No me sorprende. He publicado artículos sobre ello, pero solamente en la propia Gruta..., y dichas publicaciones son altamente secretas. Nadie fuera de la Gruta, ni siquiera en la Unión Soviética, las conoce.
–Ésta es una mala política. Algún otro puede alcanzarlo en sus investigaciones y tendrá prioridad.
Konev sacudió la cabeza.
–Al primer indicio de que se hacen avances significativos en esta dirección en alguna otra parte, publicaré lo bastante de mis primeros trabajos para establecer la prioridad. Tengo cerebrógrafos de sesos caninos que, por ejemplo, puedo publicar. Pero dejemos esto. La cuestión es que tenemos un mapa del cerebro de Shapirov, lo que es una suerte increíble. Se hizo sin saber que algún día podríamos necesitarlo para guiarnos a través de su jungla cerebral.
Konev se volvió a una computadora y con gran agilidad de muñecas, insertó cinco grandes discos.
–Cada uno de éstos –explicó– puede contener toda la información existente en la Biblioteca Central de Moscú, holgadamente. Todos están dedicados al cerebro de Shapirov.
–¿Está tratando de decirme –exclamó Morrison indignado– que pudo transferir toda esa información, todo el cerebro de Shapirov, a ese libro que tiene aquí?
–No del todo –respondió Konev echando una mirada al libro–. Comparado con el total codificado, el libro es un pequeño folleto. No obstante contiene el esqueleto básico, por decirlo así, de la estructura neurónica de Shapirov y he podido utilizarlo como guía para dirigir un programa de computadora que lo trazó con mayor detalle. Fueron necesarios varios meses de la mejor y más avanzada computadora que tenemos, para llevar a cabo el trabajo... Así y todo, Albert, solamente hemos alcanzado el nivel celular. Si fuéramos a trazar el mapa del cerebro hasta el nivel molecular e intentáramos registrar todas las permutas y combinaciones, todos los pensamientos concebibles que pudieran surgir de un determinado cerebro humano como el de Shapirov; toda la auténtica creatividad y potencial..., supongo que necesitaríamos una computadora del tamaño del Universo. Lo que tengo, sin embargo, será suficiente para nuestra tarea.
–¿Puede mostrarme cómo funciona, Yuri? –suplicó, deslumbrado.
Konev miró la computadora, que estaba funcionando, como podía deducirse por el suave zumbido del mecanismo de refrigeración, y a continuación pulsó las teclas necesarias. En la pantalla apareció una vista lateral de un cerebro humano.
–Esto puede verse desde cualquier sección –explicó Konev. Pulsó un botón y el cerebro empezó a separarse como si lo cortaran a rebanadas en un microvolumen ultrafino, a millares de rebanadas por segundo–. A esta velocidad –añadió– necesitaría una hora y quince minutos para completar la tarea, pero puedo parar en cualquier momento determinado. También podría hacer los cortes más gruesos o uno de un espesor calculado para presentar al instante cualquier sección cuadriculada.–Mientras hablaba iba demostrando–. O podría orientarlo en otra dirección o hacer que girara sobre un eje. O puedo aumentarlo cuanto quiera a nivel celular, o despacio o, como ve, rápidamente.
Al decirlo, la materia cerebral se extendió en todas direcciones desde un punto central, a tal velocidad que Morrison se vio obligado a parpadear y apartar la vista.
–Éste es, ahora, el nivel celular –siguió explicando Konev–. Estos objetos menudos son neuronas individuales y si extendiera más la imagen, vería axones y dendritas. Si se desea, podríamos seguir un solo axón a través de la célula hasta una dendrita, cruzando la sinapsis, hacia otra neurona y así sucesivamente; viajar por computadora, tridimensionalmente, a través del cerebro. Tampoco lo de las tres dimensiones es una forma de hablar. La computadora está adecuada para imágenes holográficas y puede presentarnos, literalmente, un aspecto tridimensional.
–Entonces, ¿para qué necesita la miniaturización? ¿Por qué necesita mandar naves al cerebro?
Konev se permitió una fugaz expresión despectiva:
–Preguntarme esto es una idiotez, Albert, y supongo que solamente la inspira el miedo a la miniaturización. Está buscando una excusa para evitarla. Lo que está viendo aquí, en la pantalla, es un mapa tridimensional del cerebro, pero solamente tridimensional. Lo ha captado en lo que es, esencialmente: un instante en el tiempo. En efecto, vemos materia inalterable..., materia muerta. Lo que queremos poder detectar es la actividad viviente de las neuronas, la actividad cambiante del tiempo. Queremos una vista cuatridimensional del potencial eléctrico que sube y baja, las microcorrientes que viajan junto con las células y las fibras celulares, y queremos interpretarlas como pensamientos. Ésa es su tarea, Albert. Arkady Dezhnev llevará la nave por rutas que yo he elegido y usted nos dará los pensa-mientos.
–¿Sobre qué base ha elegido las rutas?
–Sobre sus propios trabajos, Albert. He elegido las regiones que usted había decidido que representaban la red neurónica para el pensamiento creativo y, utilizando el libro, con su representación codificada del cerebro de Shapirov como guía inicial, he calculado los centros donde podían encontrarse caminos más o menos directos a diferentes partes de la red. Después los localicé con mayor exactitud en la computadora y es a uno, o más, de dichos centros adonde penetraremos mañana.
–Me temo que no puedo garantizarle que podamos determinar auténticos pensamientos –objetó Morrison, meneando la cabeza–, incluso si encontramos centros en los que tiene lugar el pensamiento. Es como si pudiéramos llegar a un lugar donde oímos voces, pero si no conocemos la lengua que hablan seguimos ignorando lo que están diciendo.
–No lo podemos saber de antemano. El variable potencial eléctrico de la mente de Shapirov debe parecerse al nuestro y podemos simplemente darnos cuenta de sus pensamientos sin saber cómo lo sabemos. En todo caso no podremos afirmarlo a menos que entremos y lo intentemos.
–En este caso, prepárese para una posible decepción.
–Jamás –exclamó Konev, gravemente–. Me propongo ser la persona a la que el cerebro humano revele por fin sus secretos. Yo resolveré por completo el definitivo misterio fisiológico de la Humanidad, quizá del Universo, si somos en realidad los elementos pensantes más avanzados que existen en cualquier lugar. De modo que usted y yo trabajaremos juntos mañana. Quiero que se sienta dispuesto a ello para ayudarme como guía estudiando cuidadosamente las ondas cerebrales que vayamos encontrando. Quiero que interprete los pensamientos de Shapirov y, particularmente, sus pensamientos sobre la combinación de la teoría cuántica y la relatividad, de forma que viajes como el nuestro de mañana, pasen a ser rutina y podamos empezar el estudio del cerebro con toda dedicación.
Se calló y se quedó mirando fijamente a Morrison, luego preguntó:
–¿Y bien?
–¿Y bien, qué?
–¿Nada de eso lo impresiona?
–Claro que me impresiona, pero..., tengo una pregunta. Cuando vi miniaturizar al conejo, noté un quejido pronunciado durante el proceso..., y un ruido sordo cuando fue desminiaturizado. No noté nada parecido cuando fui sometido a ello o me hubiera dado cuenta de lo que ocurría.
Konev levantó un dedo.
–Ah, el ruido es aparente cuando uno se encuentra en el espacio real, pero no cuando está en un espacio miniaturizado. Yo fui el primero que lo observé cuando me miniaturizaron, e informé de ello. Todavía no sabemos por qué el campo de miniaturización parece detener las ondas sonoras, cuando no hace lo mismo con la luz. Esperamos aprender nuevos aspectos del proceso a medida que sigamos avanzando.
–Siempre que no descubramos aspectos fatales –masculló Morrison–. ¿No tiene miedo a nada, Yuri?
–Tengo miedo a no poder completar mi trabajo. Esto sería cierto si muriera mañana o si me negara a sufrir la mimaturización. Que me lo impida la muerte, es solo una pequeña posibilidad, pero si me niego a ser miniaturizado, será algo más que eso. Por eso prefiero arriesgarme a lo primero que elegir el otro camino.
–¿No le preocupa que Sofía sea miniaturizada junto con usted?
–¿Cómo?
–Si no recuerda su nombre, puedo ayudarlo recordándole que se llama también Kaliinin.
–Forma parte del grupo y estará en la nave. Sí.
–¿Y no le importa?
–¿Por qué iba a importarme?
–Después de todo, ella se siente traicionada por usted.
Konev hizo un gesto de rabia y su rostro enrojeció.
–¿Ha ido tan lejos en su locura que ha llegado a confiar sus incoherencias a un extranjero? Si no fuera necesaria en este proyecto...
–Lo siento. A mí no me ha parecido incoherente.
Morrison no tenía idea de por qué insistía. Quizá se sentía disminuido al temer un trabajo que el otro esperaba tan ardientemente y por tanto deseaba rebajarle a su vez.
–¿Nunca fue su... amigo?
–¿Amigo? –El rostro de Konev reflejó su desprecio–. ¿Qué es la amistad? Cuando me uní al proyecto, me la encontré en él; había llegado unos meses antes. Trabajamos juntos, éramos nuevos e inexpertos. Claro que hubo lo que podríamos llamar una amistad, una necesidad física de intimidad. ¿Y qué? Éramos jóvenes y poco seguros de nosotros. Fue una fase pasajera.
–Pero que dejó algo. Una criatura.
–Eso no lo hice yo. –Y su boca se cerró con un ruido seco.
–Ella dice...
–No me cabe duda de que querría cargarme con la responsabilidad, pero no le valdrá de nada.
–¿Ha pensado en el análisis genético?
–¡No! La criatura está bien atendida, supongo, e incluso si el análisis genético pareciera indicar que yo soy el padre, rechazaría todos los esfuerzos para ligarme emocionalmente a la criatura. ¿Qué ganaría entonces la mujer?
–Es usted muy despiadado.
–¿Despiadado yo? ¿Qué se imagina que hice, corromper a una joven virgen e inocente? Ella tomó en todo la iniciativa. En la triste historia que supongo le contó, ¿se le ocurrió mencionar que había estado embarazada antes, que había tenido un aborto unos años antes de conocernos? No sé quién fue el padre entonces, ni quién lo es ahora. Puede que tampoco lo sepa ella..., en ambas ocasiones.
–Es usted duro con ella.
–No lo soy. Es dura consigo misma. Yo tengo una amante. Tengo un amor. Es este proyecto. Es el cerebro humano en abstracto, su estudio, su análisis y todo lo que surja de ello. La mujer fue, en el mejor de los casos, una distracción..., en el peor, una destrucción. Esta pequeña charla que tenemos, que yo no pedí, y a la que lo empujó ella sin duda...
–No lo hizo –interrumpió Morrison.
–No siempre se da uno cuenta de que lo empujan. Esta discusión puede causarme una noche sin sueño y hacerme menos perceptivo mañana, cuando voy a necesitar toda mi agudeza. ¿Fue ésa su intención?
–No, por supuesto que no –murmuró Morrison.
–Entonces debe ser la de ella. No tiene idea de cuántos medios ha empleado para crear interferencias y con cuánta frecuencia lo ha conseguido. No la miro, no le hablo, pero no puede dejarme en paz. Sus agravios imaginarios parecen tan recientes en su mente como cuando la dejé. Sí, me molesta que esté en esta nave conmigo y así se lo he dicho a Boranova, pero ésta asegura que ambos somos necesarios. ¿Está satisfecho?
–Perdóneme. No pretendía turbarlo tanto.
–¿Pues, qué pretendía? ¿Sostener simplemente una conversación tranquila? «Oiga, ¿que me dice de todas esas traiciones y jugadas sucias en que se ha metido?» ¿Sólo una charla tranquila?
Morrison guardó silencio, inclinando ligeramente la cabeza ante la rabia del otro. Tres de los cinco a bordo, él y los dos ex amantes, estarían abrumados por una sensación de intolerables agravios. Se preguntó si, hábilmente interrogado, Dezhnev y Boranova, se sentirían igualmente descompuestos.
Konev dijo de pronto, secamente:
–Es mejor que se marche. Lo traje aquí para quitarle el miedo al proyecto proporcionándole una llamada de entusiasmo. Es obvio que he fracasado. Está más interesado por las habladurías mal intencionadas. Váyase, los guardias de la puerta lo acom-pañarán a su alojamiento. Necesitará dormir.
Morrison suspiró. ¿Dormir?
Sin embargo, en esta su tercera noche en la Unión Soviética, Morrison durmió.
Dezhnev había estado esperándolo fuera de la habitación de Konev con los guardias. Su cara estaba iluminada por una sonrisa y sus grandes orejas casi bailaban de alegría. Después de la intensidad de la personalidad de Konev, Morrison agradeció la charla de Dezhnev sobre todo tipo de temas, excepto la miniaturización de la mañana.
Dezhnev le pasó una bebida, diciéndole:
–No es vodka, no es alcohol. Es leche aromatizada y con un poco de azúcar. La robé de las dependencias donde la emplean, creo, para los animales. Todos esos funcionarios creen que el hombre se remplaza más fácilmente que los animales. Es la maldición de la superpoblación. Como solía decir mi padre: «Para conseguir un ser humano, basta un instante de placer; para conseguir un caballo hace falta dinero» Pero, beba. Le asentará el estómago, se lo aseguro.
La bebida estaba en un bote que Morrison abrió. Dezhnev le tendió una taza. Sabía bastante bien. Dio las gracias a Dezhnev casi alegremente.
Cuando llegaron a la habitación de Morrison, Dezhnev le dijo:
–Lo importante para usted es dormir. Dormir bien. Déjeme que le enseñe dónde está todo.
Mientras lo hacía, su aspecto era el de una clueca grande y algo desaliñada. Con un cordial:
–Buenas noches. Duerma mucho. –Dezhnev abandonó el dormitorio.
Y Morrison durmió. Casi tan pronto como se hubo colocado en su posición favorita..., boca abajo, pierna izquierda doblada, rodilla saliente, empezó a notar sueño. Naturalmente, había dormido muy poco las dos noches pasadas, pero de pronto adivinó que debía haber un ligero sedante en la taza donde le habían servido la bebida. Después se le ocurrió pensar que Konev debería haber tomado también un sedante. Luego..., nada.
Cuando despertó, ni siquiera podía recordar haber soñado.
Ni tampoco despertó espontáneamente. Dezhnev lo estaba sacudiendo. Estaba tan eufórico como la noche anterior, tan despierto e incluso tan acicalado como podía esperarse de aquel montón de heno animado. Le iba diciendo:
–Despierte, camarada americano, ya es la hora. Debe afeitarse y lavarse. Encontrará toallas limpias, peines, desodorantes, toallitas de papel y jabón en el cuarto de baño. Lo sé porque yo mismo lo he traído. También hay una maquinilla eléctrica, nueva. Y además, nueva ropa de algodón para que se vista, con un refuerzo en la bragueta, para que no se sienta tan desnudo. Estas ropas existen pero uno debe reclamarlas a puñetazos. Malditos burócratas.
Y alzó el puño mientras hacía una mueca feroz.
Morrison se desperezó y se sentó en la cama. Tardó un momento en situarse y soportar el shock de descubrir que era jueves por la mañana y que la miniaturización lo esperaba.
Una media hora más tarde, cuando Morrison salió del cuarto de baño, satisfactoriamente bañado, rasurado, peinado; desodorizado y dispuesto para su uniforme de dos piezas de algodón y sus zapatillas, Dezhnev preguntó:
–¿Evacuación satisfactoria, muchacho? ¿Nada de estreñimiento?
–Todo satisfactorio –respondió Morrison.
–¡Bien! No lo pregunto por curiosidad malsana, naturalmente. El excremento no me fascina. Es sólo que la nave no está idealmente preparada para eso. Mejor que vayamos todos vacíos. Como yo no confiaba en la Naturaleza, anoche me tomé un laxante.
–¿Cuánto tiempo estaremos miniaturizados?
–No creo que mucho. Una hora si tenemos suerte, tal vez doce si no la tenemos.
–Pero, mire –observó Morrison–. Puedo confiar en el buen comportamiento del colon, pero no puedo pasar doce horas sin orinar.
–¿Y quién puede? –respondió Dezhnev jovialmente–. Cada asiento de la nave está equipado para la eventualidad. Hay un hueco, una tapadera movible. Un retrete incorporado, por decirlo de algún modo. Yo mismo lo diseñé. Pero cuesta, y, si es usted sensible, resulta embarazoso. De todos modos, algún día, cuando la miniaturización libre de energía sea un hecho, podremos construir trasatlánticos para miniaturizar y vivir en ellos como los antiguos zares.
–Esperemos que la expedición no se alargue innecesariamente.
Le pareció raro, por un momento, que su aprensión pasara del miedo a la muerte o a la incapacidad mental, a los detalles de cómo manipular la tapadera del retrete y cómo utilizarlo tan discretamente como fuera posible... Se le ocurrió también que seguramente existieron infinidad de groserías e indelicadezas involucradas en las grandes exploraciones del pasado; cosas que habían ocurrido sin que se las detallara y por tanto que no habían sido mencionadas.
Ya llevaba su ropa de algodón y se estaba calzando las zapatillas cuando Dezhnev, vestido en una versión algo más grande, de lo mismo (y también con refuerzo en la bragueta) le dijo:
–Vamos a desayunar ahora. Nos darán buena comida, altas calorías y escaso volumen. No habrá alimentos a bordo de la nave. Habrá, naturalmente, agua, zumos de fruta, pero no auténticas bebidas de ningún tipo. La dulce Natasha puso una cara terrible cuando le sugerí que podríamos necesitar unas gotas de vodka de vez en cuando. Oí una sarta de innecesarios comentarios sobre borrachos y bebedores. Albert, Albert, cómo se me ataca..., injustamente, además.
El desayuno era, en efecto, copioso, pero no exactamente para hartar. Había gelatina y natillas, gruesas rebanadas de pan blanco con mantequilla y mermelada, zumos de frutas y gran variedad de píldoras para tomarse.
La conversación en la mesa era moderadamente animada y, en su mayor parte, versaba acerca del torneo local de ajedrez. No se mencionó ni la nave, ni la miniaturización. ¿Traería mala suerte hablar del proyecto?
Morrison no opuso objeción alguna a la dirección de los comentarios. Incluso contó algo de sus propias aventuras como jugador de ajedrez y su notoria falta de renombre.
Y entonces, demasiado pronto, se levantaron de la mesa y llegó la hora...
Fueron hacia la nave.
Caminaron en fila india, dejando un espacio entre cada uno de ellos. Dezhnev iba primero, después Kaliinin, seguida de Boranova, luego Morrison y por fin Konev.
Casi al instante Morrison comprendió la razón. Estaban siendo visualizados y se les individualizaba. A lo largo del corredor había hombres y mujeres, empleados del proyecto seguramente, contemplándolos ávidamente. Ellos por lo menos, debían saber lo que estaba ocurriendo, incluso si el resto de la Unión Soviética (sin hablar del resto de mundo) lo ignoraba.
Dezhnev, en cabeza, saludaba a derecha e izquierda, más al estilo de un monarca bondadoso y popular, y la muchedumbre respondía adecuadamente, agitando manos y llamándolo por su nombre.
Cada nombre se gritaba varias veces, porque obviamente cada miembro de la tripulación era conocido por todos. Las dos mujeres se mostraban discretas en sus saludos y Konev (como pudo ver Morrison al mirar hacia atrás) iba caminando, como casi era de esperar, mirando fijamente ante sí, sin responder a nada ni a nadie.
Y entonces, Morrison se asombró cuando oyó claramente el grito en inglés:
–¡Hurra al americano!
Miró en dirección del grito y maquinalmente saludó y entonces, automáticamente, se oyó un griterío fuerte y entusiasta; las palabras sonaron claramente hasta que el ¡Hurra americano! ahogó todo lo demás.
Morrison se sintió incapaz de mantener su anterior aspecto de aburrimiento. Jamás había sido objeto del clamor popular, lo aceptó inmediatamente, sin turbación, y agitó las manos sonriendo como loco. Interceptó la expresión gravemente divertida de Boranova y vio a Dezhnev señalándolo con el dedo en un gesto ostentoso de éste-es-el-americano, sin dejar por ello que nada lo perturbara.
Al dejar atrás la hilera de observadores, pasaron a la gran estancia donde Shapirov descansaba arropado en su coma mental. La nave estaba allí. Morrison miró asombrado a su alrededor y exclamó:
–¡Hay un equipo de televisión!
Kaliinin estaba ahora a su lado («qué bellos eran sus senos», pensó Morrison. Estaban velados pero no ocultos por el algodón y comprendía ahora por qué Konev había hablado de «distracción») y respondió:
–Oh, sí, estaremos en televisión. Cada experimento significativo es cuidadosamente grabado y hay reporteros en cada ocasión para poder describirlo. Incluso había una cámara presente, ayer, cuando usted y yo fuimos miniaturizados, pero la mantuvimos oculta ya que usted ignoraba que se nos sometería al proceso.
–Pero si éste es un proyecto secreto...
–No siempre será secreto. Algún día, cuando alcancemos el éxito completo, los detalles de nuestros avances se revelarán a nuestra gente y al mundo; incluso antes, si alguna otra nación pareciera avanzar por su lado en la misma dirección.
Morrison sacudió la cabeza:
–No es bueno estar tan preocupados por esta prioridad. El progreso sería más rápido si se añadiera, al empeño, recursos y cerebros nuevos.
–¿Estaría usted dispuesto a ceder la prioridad en su propio campo de investigación? –preguntó Kaliinin.
Morrison no contestó. El comentario era obvio. Kaliinin, dándose cuenta, añadió con un movimiento de cabeza:
–Me lo figuraba. Es muy fácil ser generoso con el dinero de los demás.
Boranova, entretanto, hablaba con alguien que, Morrison supuso, sería un reportero y que la escuchaba atentamente. Morrison se encontró escuchando también atentamente. Boranova estaba diciendo:
–Éste es el científico americano: Albert Jonás Morrison, profesor de Neurología, que es también la especialidad del académico Konev. Está aquí para servir no sólo como observador americano sino como su ayudante.
–¿Y serán cinco dentro de la nave?
–Sí. Y nunca volverá a repetirse tal importante grupo de cinco..., ni importante acontecimiento..., por más millones de años que perdure la miniaturización. El académico Konev es el primer ser humano sometido a miniaturización. La doctora Sofía Kaliinin es la primera mujer y el profesor Albert Morrison es el primer americano, en ser miniaturizados. Kaliinin y Morrison representan la primera miniaturización múltiple y fueron los primeros en ser miniaturizados con la nave. En cuanto al viaje de hoy, representa la primera miniaturización de cinco seres humanos a la vez y será la primera ocasión en que una nave, con su tripulación, será introducida en un ser humano vivo. El ser humano en el que se nos introducirá es, naturalmente, el académico Pyotr Shapirov, que fue el segundo ser humano miniaturizado y el primer accidentado en el proceso.
Dezhnev, que apareció de pronto junto a Morrison, murmuró con voz enronquecida al oído:
–Ahí tiene, Albert. Es ya, desde ahora, una nota indeleble en la Historia. Hasta hoy pudo imaginarse fracasado, pero no es así. Nadie puede robarle el hecho de ser el primer americano jamás miniaturizado. Incluso si sus compatriotas descubren el proceso de la miniaturización y miniaturizan un americano, ese americano jamás será otra cosa que el segundo.
Morrison no había pensado en aquello. Saboreaba su reciente y eterna estadística personal (si los soviéticos daban a conocer, algún día, la declaración de Natalya sin correcciones ni cambios) y le parecía delicioso. Pero no estaba del todo satisfecho.
–No es por esto por lo que quiero que se me recuerde.
–Haga un buen trabajo en este viaje que vamos a emprender y acabará siendo conocido por mucho más –observó Dezhnev–. Además, como mi anciano padre solía decir: «Es bueno estar en la cabecera de la mesa, incluso si solamente otro se sienta con usted y no hay sino un bol de sopa de col que compartir»
Dezhnev se alejó y Kaliinin volvió al lado de Morrison. Tiró de su manga diciendo:
–Albert.
–¿Sí, Sofía?
–Estuvo con él después de la cena, ¿no es cierto?
–Me enseñó un mapa del cerebro de Shapirov. ¡Maravilloso!
–¿Dijo usted algo de mí?
Morrison titubeó.
–¿Por qué iba a hacerlo?
–Porque es un hombre curioso, que trata de olvidar sus demonios particulares. Le preguntaría.
Morrison acusó el retrato que le hacía de él. Respondió:
–Se defendió.
–¿Cómo?
–Mencionó un embarazo anterior..., y..., un aborto. Es algo que no podría creer de usted, Sofía, a menos que me lo confirme.
Los ojos de Kaliinin se llenaron de lágrimas.
–¿Le..., le describió las circunstancias?
–No, Sofía. Ni le pregunté.
–Pudo habérselo dicho. Me violaron cuando tenía diecisiete años. Las consecuencias fueron indeseables y mis padres tomaron medidas legales.
–Lo comprendo. Quizá Yuri prefiere no creerlo así.
–Puede preferir pensar que yo me lo busqué, pero está todo registrado y el violador está todavía en la cárcel. La ley soviética es muy dura con este tipo de delitos, pero solamente si la situación puede probarse absolutamente. Reconozco el hecho de que ciertas mujeres pueden acusar falsamente a los hombres de violación, pero éste no fue el caso y Yuri lo sabe. Qué cobardía la suya contando el hecho, pero no el atenuante.
–Sin embargo –prosiguió Morrison–, ahora no es el momento de preocuparse por eso, aunque comprendo lo mucho que debe afectarla. Tenemos un trabajo complicado que hacer dentro de la nave y necesitaremos toda nuestra concentración y habilidad. Pero, puedo asegurarle que estoy de su parte y no de la de él.
–Le doy las gracias por su bondad y simpatía, pero no sufra por mí. Haré bien mi trabajo.
Boranova los llamó en aquel momento:
–Ahora vamos a entrar en la nave por el orden que les iré llamando: Dezhnev..., Konev..., Kaliinin..., Morrison... y yo.
Boranova se colocó detrás de él y murmuró:
–¿Cómo se encuentra, Albert?
–Terrible. ¿Esperaba otra respuesta?
–No. Pero, sin embargo, espero que haga su trabajo como si no se sintiera como un piojoso. ¿Lo comprende?
–Lo intentaré –dijo Morrison con los labios secos y, siguiendo a Kaliinin, entró por segunda vez en la nave.
Uno a uno, tuvieron que encajarse en sus asientos tal como Kaliinin había explicado el día anterior. Dezhnev estaba delante, a la izquierda, en los controles. Konev, a su derecha; Kaliinin en medio a la izquierda; Morrison en medio a la derecha y Boranova, detrás a la izquierda.
Morrison parpadeó y se sonó con una toallita que encontró en uno de sus bolsillos. ¿Y si necesitaba más toallitas que las que se le habían asignado? («Qué tontería, preocuparse por eso, pero era una preocupación menos intranquilizadora que otras») Sentía la frente húmeda. ¿Era debido acaso a la contigüidad? ¿Acaso cinco personas respirando, en un espacio tan compacto provocarían un aumento de humedad al máximo? ¿O habría su-ficiente ventilación?
Se acordó, de pronto, de los primeros astronautas de un siglo atrás..., todavía más comprimidos, más indefensos..., pero en dirección a un espacio algo más conocido y comprendido, no al interior de un microcosmos que era absolutamente virgen.
No obstante, al sentarse, Morrison sintió que su terror se atenuaba. Después de todo, él ya había estado en la nave. Incluso había sido miniaturizado y desminiaturizado y no le había ocurrido nada. Ni dolía.
Miró a su alrededor para ver cómo lo tomaban los demás. Kaliinin, a su lado, parecía fríamente indiferente. Una belleza glacial. Podía haber sido impresionante que no mostrara miedo, ni ansiedad, pero (como habían dicho de él) estaba sentada allí luchando con sus demonios particulares.
Dezhnev miró hacia atrás, tratando quizá de sopesar las reacciones, de la misma manera que Morrison, aunque posiblemente por otras razones. Morrison intentaba reforzar el poco de valor que le quedaba tomándolo prestado del de los demás, mientras que Dezhnev (pensaba Morrison) estaba sopesando las reacciones a fin de medir el posible éxito de la misión.
Konev miraba directamente hacia delante y Morrison sólo podía verle el cuello. Boranova se estaba sentando y arreglando la tenue vestimenta de algodón que llevaba.
–Amigos. Compañeros de viaje –les dijo Dezhnev–. Antes de que podamos irnos, debemos inspeccionar, cada uno, nuestro equipo. Una vez en marcha, informarme que algo no funciona no me parecerá una broma divertida. Como mi padre solía decir: «El trapecista prudente no inspecciona sus uñas en mitad del salto» Mi trabajo será asegurarme de que los controles de la nave estén en orden, como estoy seguro de que lo están, puesto que yo mismo los he diseñado y supervisado su construcción.
»En cuanto a ti, Yuri, amigo, tu cerebro-como-se-llame, o tu mapa del cerebro, como cualquier persona sensata diría, ha sido transferido punto por punto a la memoria de la computadora que tienes delante. Por favor, asegúrate de que sabes cómo manejar la placa y luego mira si el mapa del cerebro funciona en todos sus aspectos.
«Sofía, palomita mía. No sé exactamente lo que va a hacer, excepto fabricar electricidad, por lo tanto asegúrese de que lo hace en el estilo que considere más idóneo. Natalya. –Alzó ligeramente la voz–. ¿Está usted bien ahí detrás?
–Estoy perfectamente bien. Por favor, preocúpese por Albert. Es él quien más necesita su ayuda.
–Por eso lo he dejado para el final y dedicarle toda mi atención. Albert, ¿sabe cómo se opera el panel que tiene delante?
–En absoluto –saltó Morrison–. ¿Cómo iba a saberlo?
–Se enterará en dos segundos. Este botón es para abrir y éste para cerrar. Albert, ¡abra...! Bien, como ve se desliza silenciosamente. Ahora, ¡cierre! Perfecto. Ahora ya sabe. ¿Ha visto lo que hay dentro del hueco?
–Una computadora –contestó Morrison.
–Perfecto, pero hágame el favor de comprobar si esta computadora es equivalente a la suya. Su programa está a un lado del hueco. Por favor, compruébelo; vea si encaja en la computadora y asegúrese de que funciona como debe hacerlo. ¡Por favor! Si tiene la menor duda, si sospecha algo, si tiene la más mínima intuición de que la computadora no funciona, nos retrasaremos hasta que esté arreglado a su entera satisfacción.
–Por favor, Arkady, no dramatice. No hay tiempo –advirtió Boranova.
Dezhnev ignoró la interrupción.
–Pero si me dice que algo está mal sin estarlo, mi buen Albert, Yuri lo descubrirá y le aseguro que ni él, ni yo, ni nadie estará contento. Si se le ocurre que inventando un fallo puede retrasar el viaje, o incluso cancelarlo, olvídese de ello al instante.
Morrison notó que se ruborizaba y deseó que se interpretara como resultado de una justa indignación por la idea de que podía hacer trampa de este modo y no como culpabilidad por una estratagema descubierta.
En aquel momento, mientras revisaba su computadora, pensó de nuevo en los planteos y replanteos que había hecho de su programa. De vez en cuando, sus repasos más recientes le habían traído..., sensaciones. No era algo que pudiera identificar, pero le parecía como si sus propios centros de pensamientos estuvieran siendo directamente estimulados por las ondas cerebrales que estaban analizando. No habían informado de ello, pero lo había mencionado alguna vez y había corrido la voz. Shapirov había bautizado su programa «estación de relé» precisamente por eso..., si había que creer a Yuri. Pero, ¿cómo podía ahora comprobar si eso funcionaba, cuando cuanto mucho había experimentado esa sensación sólo en contadas ocasiones?
O podía tratarse simplemente de la voluntad-de-creer, la misma que había hecho que Percival Lowell viera canales en Marte.
Descubrió que no se le había ocurrido tratar de sabotear el viaje diciendo que su programa no funcionaba. Pero, ¿y si se había estropeado en el trayecto? ¿Cómo podría persuadirlos de que había realmente algo que no funcionaba, y que no se trataba de simulaciones?
Pero todo funcionaba magníficamente, por lo menos por lo que podía decir, sin estar realmente en contacto con el cráneo en el que existía un cerebro activo. Viendo trabajar las manos de Morrison, dijo Dezhnev:
–Hemos puesto baterías nuevas. Baterías americanas.
–Todo marcha perfectamente –anunció Morrison–, por lo que veo.
–Bien..., ¿está cada uno satisfecho con su equipo? Entonces alcen sus lindos traseros del asiento y comprueben las tapaderas deslizantes. ¿Funcionan? Créanme, serán muy desgraciados si no es así.
Morrison observó cómo Kaliinin abría y cerraba el panel (recubierto de una fina capa de tapicería) sobre el que se sentaba. El suyo se deslizaba igualmente cuando la imitó.
–Aceptará detritus sólidos, moderadamente, si es necesario, pero esperemos que no tendremos ocasión de comprobarlo. En el caso de que ocurra lo peor, hay un pequeño rollo de papel debajo del borde de su asiento, donde lo alcanzarán fácilmente. Al miniaturizarnos, todo pierde masa, así que las excreciones flotarían. No obstante, habrá una corriente de aire, hacia abajo, para impedirlo. No dejen que la corriente los sobresalte. A un lado y por debajo de sus asientos hay un litro de agua en un pequeño frigorífico. Es sólo para beber. Si se ensucian, o sudan o huelen, métanse en la cabeza que deben seguir así. Nadie se lavará hasta que volvamos. Ni comeremos. Si perdemos unos cuantos gramos, tanto mejor.
–Si usted perdiera siete kilos, Arkady, mucho mejor aún –interrumpió Boranova–. Y consumiríamos menos energía en la miniaturización.
–Lo he pensado algunas veces, Natasha. Ahora voy a probar los controles de la nave y si todo responde como es debido, y estoy seguro de que así será, estaremos dispuestos a empezar.
Siguió lo que Morrison sintió como una espera tensa. Excepto por un suave silbido entre dientes por parte de Dezhnev, inclinado sobre sus controles, el silencio era absoluto.
Luego se incorporó, se secó la frente con la manga y anunció:
–Todo en orden. Camaradas señoras, camarada caballero y camarada americano, el viaje fantástico con que nos enfrentamos, va a empezar. –Fijó un audífono en el oído izquierdo, levantó un pequeño micrófono a la altura de su boca y dijo–: Todo funciona en el interior. ¿Funciona todo ahí afuera...? Está bien pues, deséennos buena suerte, camaradas todos.
No parecía que ocurriera nada y Morrison echó una mirada fugaz a Kaliinin. Seguía inmóvil, pero pareció notar que la cabeza de Morrison se volvía hacia ella, porque musitó:
–Sí, estamos miniaturizándonos.
La sangre se agolpó en los oídos de Morrison. Ésta era la primera vez que se miniaturizaba conscientemente.
IX. ARTERIA
Si la corriente te arrastra a donde
quieres ir, no protestes.
DEZHNEV, padre.
Los ojos de Morrison permanecieron, la mayor parte del tiempo clavados en la pantalla de su ordenador... el único objeto material del pasado.
¿Del pasado? Hacía menos de cien horas se encontraba medio adormilado durante una aburrida comunicación en el último día de la conferencia, preguntándose si había algún medio para salvar su puesto en la Universidad. Y ahora, cien años subjetivos habían transcurrido en aquellas cien horas objetivas, y ya no veía claramente la Universidad, ni la vida de triste frustración que había llevado allá los últimos tiempos.
Hubiera dado mucho por romper el aburrido ciclo de lucha inútil, un centenar de horas atrás. Daría mucho más, muchísimo más para volver a él ahora, para despertar y encontrarse con que las últimas cien horas (o años) jamás habían tenido lugar.
Miró a través de la pared transparente de la nave, junto a su codo derecho, con los ojos entrecerrados como si realmente no quisiera ver nada. Es que no quería. No quería ver nada que fuera mayor de lo normal. Se interpondría en su loca esperanza de que el proceso de miniaturización había fracasado o de que todo, de algún modo, había sido una ilusión.
Pero a su vista apareció un hombre... alto, de más de dos metros de altura. Pero, claro, a lo mejor era su altura normal.
Aparecieron otros. No podía ser que todos fueran tan altos.
Se encogió en su asiento y no volvió a mirar. Era suficiente. Sabía que el proceso de miniaturización seguía su inexorable camino.
El silencio dentro de la nave era opresivo, insoportable. Morrison sintió que tenía que oír una voz, aunque sólo fuera la suya.
Kaliinin, a su izquierda, era con la única con quien podía hablar más fácilmente y tal vez fuera la mejor entre una selección difícil. Como Morrison no deseaba la jocosidad trivial de Dezhnev o la concentración abusiva de Boranova, ni la negra intensidad de Konev, se volvió a la desolación glacial de Kaliinin. Preguntó:
–¿Cómo entraremos en el cuerpo de Shapirov, Sofía?
Llevó un momento, al parecer, el que Kaliinin lo oyera. Cuando ocurrió, sus labios se movieron y dijo en un murmullo:
–Inyección.
Después, con un esfuerzo supremo, debió decidir que debía mostrarse amistosa, así que se volvió hacia él y explicó:
–Cuando seamos lo suficientemente pequeños, nos meterán en una aguja hipodérmica y nos inyectarán en la arteria carótida del académico Shapirov.
–Nos sacudirán como dados –se quejó Morrison, aterrado.
–En absoluto. Será complicado, pero los problemas se han estudiado a fondo.
–¿Cómo lo sabe? Esto no se ha hecho nunca hasta ahora. Nunca en una nave. Nunca en una aguja hipodérmica. Nunca en un cuerpo humano.
–Cierto, pero problemas como éste, mucho más sencillos, claro, se han ido planteando durante mucho tiempo y hemos celebrado seminarios sobre esta misión, en los últimos días. ¿No creerá que el anuncio de Arkady antes de que empezara la miniaturización, lo del papel higiénico y demás, fuera nuevo para nosotros, verdad? Todo lo hemos oído antes, una y muchas veces. Se ha hecho para usted, realmente, ya que no ha asistido a los seminarios y en beneficio del propio Arkady también, puesto que adora su momento de gloria.
–Dígame, pues, ¿qué ocurrirá?
–Se lo iré explicando a medida que vaya transcurriendo. De momento no haremos nada hasta que lleguemos al tamaño de un centímetro. Tardaremos otros veinte minutos, pero ya no todo será tan lento. Cuanto más pequeños seamos, más de prisa podremos miniaturizarnos proporcionalmente... ¿ha sentido algo raro?
Morrison hizo un repaso mental del rápido latir de su corazón y del jadeo de sus pulmones y confesó:
–Nada... –pero comprendiendo que era una observación indebidamente optimista, añadió–: Por lo menos hasta ahora.
–Pues, muy bien –y Kaliinin cerró los ojos para indicar que estaba cansada de hablar.
Morrison pensó que no era mala idea y también cerró los suyos. A lo mejor se quedó dormido o pasó simplemente por un estado protector de semiinconsciencia, lejos de la realidad, porque cuando una ligera sacudida le despejó, tuvo la impresión de que el tiempo no había transcurrido.
Abrió del todo los ojos y se encontró a un centímetro o así de su asiento. Experimentaba la extraña sensación de flotar con cada soplo de aire.
Boranova se había acercado a su asiento por detrás y apoyó las manos sobre sus hombros. Lo empujó hacia abajo y advirtió:
–Albert, abróchese el cinturón. Sofía, enséñele cómo debe hacerlo. Lo siento, Albert, debimos haber repasado todo esto, todo, antes de empezar, pero disponíamos de poco tiempo y ya estaba usted demasiado nervioso. No quisimos reducirle a una total postración inundándolo de informes.
Con gran sorpresa por su parte, Morrison no se sentía postrado. Había encontrado divertido estar sentado en el aire.
Kaliinin oprimió un botón en el borde del asiento, entre las rodillas y el cinturón que rodeaba su cintura salió disparado. Cuando Morrison cerró los ojos no la había visto, estaba seguro, y ahora tampoco estaba allí porque había desaparecido, con un chasquido, en una ranura a la izquierda del asiento. Se volvió a Morrison y le dijo:
–Esto, a su izquierda, es el eyector de su cinturón.
Morrison no pudo evitar darse cuenta de que ahora, sin cinturón, estaba ligeramente separada de su asiento cuando se volvió hacia él.
Pulsó el eyector, un círculo algo más oscuro sobre un fondo claro, y una trenza flexible, de plástico, salió disparada con un ligero silbido, se enroscó en su cintura y hundió su triple punta al otro lado de su asiento. Se sintió sujeto, con elasticidad, por aquella especie de trenza.
–Si desea soltarse, el botón está aquí, entre sus rodillas.
Kaliinin se inclinó sobre él para indicarle el lugar y Morrison encontró deliciosa la presión del cuerpo de ella contra el suyo.
Ella pareció no darse cuenta y una vez completada su tarea, volvió a su asiento y se sujetó de nuevo.
Morrison miró vivamente a su alrededor, estirándose hacia arriba y hacia delante todo lo que le permitía el cinturón, y se fijó, con dificultad, en Konev, por encima de su hombro. Los cinco estaban con los cinturones abrochados. Comentó:
–Nos hemos miniaturizado hasta el extremo de pesar muy poco, ¿verdad?
–Ahora, solamente pesa unos veinticinco miligramos –explicó Boranova–, así que puede considerarse como carente de peso. Además, la nave está siendo levantada.
Morrison miró acusadoramente a Kaliinin y ésta se encogió de hombros, diciéndole:
–Le dije que le iría contando las cosas a medida que fueran ocurriendo, pero me pareció que dormía y creí más prudente dejarlo en paz. La sacudida de la abrazadera lo ha despertado y sacado de su asiento.
–¿La abrazadera? –miró a un lado. Había notado una sombra a ambos lados, pero se figuró que las paredes eran opacas y había desechado la impresión. De pronto recordó que eran transparentes y comprendió que la luz estaba bloqueada a uno y otro lado. Kaliinin movió afirmativamente la cabeza.
–Una abrazadera nos sujeta y nos ayuda a mantenernos firmes de forma que no nos sintamos sacudidos innecesariamente. Parece enorme, pero es muy pequeña y acolchada. Y nos mantiene firmes una corriente de aire que nos aspira hacia arriba contra la lanza de una manguera. Entre ésta y las abrazaderas, estamos sujetos por tres lados.
Morrison volvió a mirar. Los objetos del exterior de la nave podían haber sido visibles a través del sector de pared que no estaba bloqueada por la abrazadera o por la cabeza de la manguera, pero no lo eran. Morrison percibía cambios de luz y sombras y comprendió que lo que estaba fuera era demasiado grande para que sus diminutos ojos pudieran captarlo. Si los fotones que se acercaban a la nave no quedaban miniaturizados al entrar en el cuerpo, actuando como si fueran ondas largas de radio, él no vería nada.
Sintió otra sacudida en la nave cuando retiraron las abrazaderas, aunque no vio cómo lo hacían. Hacía un momento estaban allí y de pronto ya no estaban. El movimiento, a su escala, era demasiado rápido para verlo.
Volvió a sentir que se levantaba aunque sujeto por el cinturón que le retenía y lo interpretó como si la nave descendiera. A esto siguió una sensación de estar flotando.
Dezhnev indicó una oscura línea horizontal que subía y bajaba despacio contra el casco de la nave y dijo satisfecho:
–Es la superficie del agua. Pensé que el movimiento sería peor. Por lo visto hay ingenieros en este lugar que son casi tan buenos como yo.
–La verdad, es que la ingeniería tiene poco que ver con ello –explicó Boranova–. Nos sostenemos por la tensión superficial. Esto solamente durará mientras estemos en la superficie de un fluido. No nos afectará una vez entremos en el cuerpo de Shapirov.
–Pero este efecto de oleaje, Natasha, este movimiento arriba y abajo, ¿nos afecta en algo?
Boranova estudió sus instrumentos y, en particular, una pequeña pantalla en la que la línea horizontal parecía no moverse del centro. Morrison, retorciéndose y estirándose hasta que le dolió la espalda, podía verla apenas.
–Está tan firme como su mano, Arkady, cuando está sobrio –comentó Boranova.
–¿No mejor que eso? –exclamó Dezhnev con una risotada.
Parece aliviado, se dijo Morrison inquieto, y pensó en qué podía afectarle el está a Dezhnev.
–¿Y ahora qué pasa? –preguntó Morrison.
Konev habló por primera vez, por lo que el americano recordaba, desde que empezó la miniaturización.
–¿Es que hay que explicárselo todo?
–Sí –respondió Morrison con ardor–. A ustedes se lo han explicado todo. ¿Por qué no iba a explicárseme a mí también?
Boranova intervino, tranquila:
–Lo que dice Albert es perfectamente aceptable, Yuri. Por favor, domine su mal humor y sea razonable. Necesitará su ayuda dentro de poco y confío en que él no sea tan descortés como para mandarlo al diablo.
Los hombros de Konev se estremecieron, pero no contestó nada. Boranova, tranquila, aclaró:
–Acaban de poner la aguja. Ahora deberemos esperar un poco.
El interior de la nave, que estaba muy oscuro, se llenó de pronto de una luz blanquecina, más suave y más sedante que antes y Boranova prosiguió:
–De ahora en adelante no recibiremos más luz del exterior hasta que termine el viaje. Deberemos confiar sólo en nuestra propia iluminación, Albert.
Morrison, desconcertado, miró a su alrededor en busca de la procedencia de la luz. Parecía salir de las propias paredes transparentes. Kaliinin, interpretando su mirada, le dijo:
–Electroluminiscencia.
–Pero, ¿de dónde sale la energía?
–Disponemos de tres motores de microfusión –lo miró con orgullo–. De un tipo que es el mejor del mundo. Del mundo –repitió.
Morrison lo dejó pasar. Tuvo la tentación de hablar de los motores americanos de microfusión de las últimas naves espaciales, pero ¿de qué serviría? Algún día el mundo se liberaría de sus fervores nacionalistas, pero ese día aún no había llegado. No obstante, en tanto esos fervores no se expresaran en forma de violencia o de amenaza de violencia, el caso era tolerable.
Dezhnev, arrellanado en su asiento, con las manos cruzadas tras la nuca y hablando, aparentemente, a la pared suavemente iluminada que tenía delante, dijo:
–Algún día lo que vamos a hacer es ampliar una jeringa hipodérmica, colocarla alrededor de un barco de tamaño natural y miniaturizar el conjunto. Entonces no tendremos que soportar estas maniobras a pequeña escala.
–¿Así que también se puede hacer lo contrario? –preguntó Morrison–. ¿Cómo se llama? ¿Maximización? ¿Gigantización?
–No lo llamamos nada –interrumpió Konev– porque no puede hacerse.
–Pero tal vez algún día.
–No –insistió Konev–. Nunca. Es físicamente imposible. Hace falta mucha energía para miniaturizar, pero se necesitaría una cantidad infinita para maximizar.
–¿Incluso si lo conectaran a la relatividad?
–Incluso así.
–Ahí va eso en cuanto a su imposibilidad física –terció Dezhnev–. ¡Pero ya verá algún día!
Konev volvió a sumirse en su indignado silencio.
–¿A qué esperamos ahora? –preguntó Morrison.
–A la preparación de última hora de Shapirov –respondió Boranova–, luego llegar a la entrada de la aguja y su inyección en la carótida.
Mientras hablaba, la nave sufrió una sacudida hacía delante.
–¿Ya? –preguntó Morrison.
–Todavía no. Están simplemente eliminando las burbujas de aire. No sufra, Albert, ya lo sabremos.
–¿Cómo?
–Pues, porque nos lo dirán. Arkady está en contacto con ellos.
No es difícil. Los fotones de las radioondas se miniaturizan al cruzar el límite de allí a aquí y se desminiaturizan al cruzar en sentido inverso. Se consume poca energía en ello, menos incluso que en el caso de la luz.
–Ya es hora de acercarnos a la base de la aguja –advirtió Dezhnev.
–Adelante, pues –asintió Boranova–. Merece la pena probar la fuerza motriz bajo miniaturización.
Empezó a oírse un rumor que alcanzó cierto punto y terminó en un zumbido apagado. Morrison torció cuanto pudo la cabeza para mirar hacia atrás, todo lo que dio de sí su cinturón.
El agua burbujeaba detrás de ellos como si giraran unas ruedas. En ausencia de cualquier punto de referencia exterior era imposible juzgar a qué velocidad se movían, pero a Morrison le pareció que avanzaban despacio.
–¿Avanzamos mucho? –preguntó.
–No, pero no es necesario. Es inútil malgastar energía tratando de ir más de prisa –comentó Boranova–. Después de todo, tropezamos con moléculas de tamaño normal, lo que significa alta viscosidad según nuestra escala.
–Pero con motores de microfusión...
–Tenemos más necesidad de energía para otras cosas que para la propulsión.
–Sólo me estaba preguntando cuánto tardaremos en llegar a los puntos clave del cerebro.
–Créame, yo también me lo pregunto, pero la corriente arterial nos llevará lo más cerca posible.
Dezhnev exclamó de pronto:
–¡Ya estamos! ¿Lo ven?
Delante de ellos, a la luz del faro delantero de la nave, se podía ver un círculo. Morrison no tuvo dificultad en identificarlo como la base de la aguja.
Al otro lado de esta aguja se encontrarían con el torrente sanguíneo de Pyotr Shapirov y estarían realmente dentro de un cuerpo humano.
–Somos demasiado grandes para entrar en la aguja, Natalya –observó Morrison.
Al pensarlo, sentía una extraña mezcla de emociones. Sobre todo, la esperanza de que quizá todo el experimento había fallado. Eran lo más pequeños que podían ser, pero no lo bastante. Tendrían que desminiaturizarse y todo habría terminado.
Por debajo de aquel pensamiento, cuidadosamente oculto, sentía una pequeña decepción. Habiendo llegado hasta tan lejos, ¿no sería preferible entrar en el cuerpo y estudiar el inte-rior de una célula nerviosa? En general, no siendo alguien que desafiara el peligro, ni un escalador de alturas, Morrison se hubiera apartado horrorizado ante la idea –y sí, se había apartado horrorizado– pero una vez miniaturizado, una vez llegado a este punto, habiendo sobrevivido hasta ahora al terror, ¿era acaso posible que quisiera seguir adelante?
Pero, por encima de estos impulsos contradictorios apareció un cierto realismo. Seguro que esa gente no era tan idiota como para servirse de una nave que no pudiera ser reducida al tamaño necesario para pasar por la aguja por la que se suponía que debía hacerlo. Ninguna estupidez concebible, en gente tan inteligente, podía llegar a eso. Y Boranova como si se hiciera eco de aquel pensamiento dijo, casi con indiferencia:
–Ahora somos demasiado grandes, pero no vamos a seguir siéndolo. Éste es mi trabajo aquí.
–¿El suyo? –dijo Morrison perplejo.
–Naturalmente. Hemos sido reducidos a este punto por nuestro dispositivo central de miniaturización. Ahora los ajustes más delicados, los haré yo.
Kaliinin murmuró:
–Ésta es una de las funciones para la que debemos ahorrar nuestros motores de microfusión todo lo que sea posible.
Morrison miró de una a otra.
–¿Tenemos suficiente energía a bordo para miniaturizarnos aún más? Yo tenía la impresión de que se necesitaba una enorme cantidad de energía para...
–Albert, si la gravitación fuera cuantificada, se precisaría una enorme cantidad de energía para reducir una masa a la mitad, sin tener en cuenta el valor original de dicha masa. Para reducir la masa de un ratón a la mitad se precisaría la misma energía que para reducir a la mitad la masa de un elefante... Pero, la interacción gravitacional no está cuantificada y, por lo tanto, tampoco lo está la pérdida de masa. Esto significa que la energía precisa para pérdida de masa disminuye con la pérdida... no enteramente en proporción, pero hasta cierto punto. Tenemos tan poca masa, ahora, que precisaremos menos energía para miniaturizarnos más.
–Pero –objetó Morrison– como nunca han miniaturizado nada tan grande como esta nave a través de varios órdenes de magnitud, dependen de la extrapolación de datos obtenidos para conseguir un diferente tipo de tamaño.
(No están hablando con un niño, pensó indignado. Soy su igual.)
–Sí –respondió Boranova–. Estamos corriendo el riesgo de que la extrapolación se mantenga, y que algo nuevo e inesperado nos sorprenda. De todos modos, vivimos en un universo que nos presenta incertidumbres de vez en cuando. Y esto no puede evitarse.
–Pero, si algo sale mal, nos enfrentaremos con la muerte.
–¿Acaso lo ignoraba? ¿Ha sentido inquietud acerca de este viaje fantástico simplemente por el placer de sentirse inquieto? Pero no estamos solos en esto. Si las cosas van mal y la reserva de energía de la miniaturización es liberada, no solamente nos destruirá a nosotros, sino que puede dañar la Gruta hasta cierto extremo. Estoy segura de que muchas personas no miniaturizadas, ahí fuera, contienen el aliento pensando si él o ella sobrevivirán a una explosión. Verá usted, Albert, incluso los que no se someten al peligro de la miniaturización, no están del todo a salvo.
Dezhnev se volvió con una amplia sonrisa. Morrison se fijó en que una de sus muelas superiores estaba enfundada y no hacía juego con el color amarillento de su dentadura.
–Concéntrese en la idea, amigo –le dijo– de que si algo va mal no se enterará jamás. Mi padre solía decir: «Como todos debemos morir, qué otra cosa mejor podemos desear que una muerte rápida y repentina»
–Julio César dijo lo mismo –observó Morrison.
–Sí, pero ni siquiera tendremos tiempo para decir: «¿Tú también, Bruto?»
–No habrá ninguna muerte –cortó Konev– y es estúpido hablar de ello. Las ecuaciones son correctas.
–Oh –murmuró Dezhnev–. En tiempos de superstición, la gente confiaba en la protección de Dios. Gracias a las ecuaciones, ahora confiamos en las Ecuaciones.
–No tiene gracia –saltó Konev.
–No pretendía ser gracioso, Yuri. Natasha, afuera ya están dispuestos para que sigamos adelante.
–En este caso, es innecesario seguir especulando. Ahí vamos.
Morrison se agarró con fuerza al asiento, preparándose, pero no sintió que ocurriera nada. No obstante, adelante, el círculo que había observado creció y se hizo más y más borroso a medida que iba retrocediendo hasta que ya no se podía distinguir.
–¿Nos movemos? –preguntó maquinalmente. Era el tipo de pregunta que no podía evitar hacer, aun cuando la respuesta era obvia.
–Sí –contestó Kaliinin– y no gastamos energía al hacerlo. No luchamos contra las moléculas del agua. La corriente nos arrastra dentro de la aguja a medida que el cilindro va presionando despacio.
Morrison empezó a contar mentalmente. Le mantenía la mente ocupada con más eficacia que lo que el estudio del minutero de su reloj lo hubiera hecho. Cuando llegó a cien, preguntó:
–¿Cuánto tardaremos?
–¿Cuánto tardaremos en qué? –preguntó Kaliinin.
–¿Cuándo llegaremos al torrente sanguíneo?
–Dentro de unos minutos –contestó Dezhnev–. Van muy despacio, para evitar en lo posible cualquier tipo de microturbulencia. Como dijo mi padre una vez: «Es más lento, pero más seguro, bajar despacio la pendiente que saltar por encima del precipicio»
–¿Estamos todavía miniaturizándonos? –gruñó Morrison.
Desde detrás de él, Boranova le respondió:
–No. Hemos llegado al tamaño celular y para nuestras necesidades actuales, es suficiente.
Morrison se asombró al notar que estaba temblando. Después de todo, era tanto lo que estaba ocurriendo, y existían tantas nuevas cosas en qué pensar, que le había faltado espacio para seguir aterrorizado. No estaba aterrorizado, por la menos no al máximo. No obstante, por alguna razón, seguía temblando.
Trató de obligarse a relajarse. Intentó abandonarse, pero esto requería una mayor fuerza de voluntad. Necesitaba un tirón gravitacional y no lo había. Cerró los ojos y se obligó a respirar pausadamente. Incluso trató de tararear entre dientes la coral de la Novena Sinfonía de Beethoven. Finalmente, se vio forzado a comentarlo, confesando:
–Lo siento. Pero estoy temblando.
–¡Aja! Me estaba preguntando quién sería el primero en mencionarlo –comentó Dezhnev.
–No es usted, Albert –aclaró Boranova–. Todos temblamos más o menos. Es la nave.
Morrison volvió a sentir pavor:
–¿Algo no funciona?
–No. Es cuestión de tamaño. Es lo suficientemente pequeña como para notar el efecto del movimiento browniano. ¿Ya sabe lo que es, verdad?
Era una pregunta puramente retórica. Boranova debía saber que cualquier estudiante de Física de enseñanza media, conocería lo que era el movimiento browniano, dejando aparte a Morrison; pero éste se encontró explicándoselo mentalmente, no en palabras, sino en un destello conceptual.
Cada objeto suspendido en un líquido está sometido por todos lados al bombardeo de los átomos o moléculas del líquido. Estas partículas golpean al azar y por lo tanto irregularmente, pero la irregularidad es tan pequeña comparada al total que es inadvertida y sin efectos mensurables. No obstante, a medida que un objeto disminuye de tamaño, la irregularidad se hace mayor entre el número más y más pequeño de partículas que chocan con el objeto en un momento dado. La nave era lo bastante pequeña ahora para responder al ligero exceso de colisiones..., primero en una dirección, luego en otra..., al azar. En consecuencia se agitaba ligeramente, con un temblor fortuito.
–Sí, debería haberlo pensado –reconoció Morrison–. Empeorará si nos volvemos más pequeños.
–En realidad, no –lo tranquilizó Boranova–. Habrá otros efectos que lo contrarrestarán.
–No conozco ninguno –objetó Morrison ceñudo.
–Sin embargo, habrá tales efectos.
–Déjeselo a las Ecuaciones –murmuro Dezhnev en tono forzadamente piadoso–. Las Ecuaciones están al tanto.
–Creo que esto podría marearnos.
–En efecto, podría –siguió explicando Boranova– pero para ello hay un tratamiento químico. Nos hemos medicado con lo mismo que le dan a los cosmonautas contra el mareo espacial.
–A mí no –protestó Morrison indignado–. No solamente no se me ha medicado, sino que tampoco se me ha advertido.
–Le dijimos lo menos posible para evitarle la incomodidad y riesgos, en beneficio de su tranquilidad, Albert. En cuanto a la medicación, se la tomó con su desayuno... ¿Cómo se encuentra?
Morrison, que había empezado a sentirse un poco raro con toda esa conversación sobre el mareo, decidió que se encontraba muy bien. Sorpréndete, se dijo, la tiranía que la mente ejerce sobre el cuerpo. A media voz, respondió:
–Tolerablemente bien.
–Perfecto, porque ya estamos en el torrente sanguíneo del académico Shapirov.
Morrison miró a través de la pared transparente de la nave. ¿Sangre?
Su primer impulso fue esperar algo rojo. ¿Y qué más?
Siguió mirando, entrecerrando ligeramente los ojos, pero no podía ver nada incluso con la brillante de la luz de la nave. Podía encontrarse en un bote de remos, deslizándose sobre la tranquila superficie de un estanque, en una noche nublada y oscura.
De repente los pensamientos de Morrison cambiaron de rumbo. En sentido absoluto, la luz dentro de la nave tenía longitudes de onda de rayos gamma..., y además muy potentes. No obstante, las longitudes de onda que eran el resultado de la miniaturización de la luz visible, ordinaria, y de las igualmente miniaturizadas retinas y lóbulos ópticos de las personas en el interior de la nave, seguían siendo aún rayos de luz y seguían teniendo las propiedades de los rayos de luz.
Afuera, algo más allá del casco de la nave, donde terminaba el campo de miniaturización, los fotones miniaturizados aumentaban a ordinarios fotones de ondas de luz y aquellos que rebotaban en la nave volvían a miniaturizarse al cruzar los límites del campo. Los demás podían acostumbrarse a esta situación llena de paradojas, pero para él, el intento de captar el efecto de una burbuja miniaturizada dentro de un mar de normalidad, le producía vértigo. ¿Acaso el límite que separaba lo miniaturizado de lo normal, era visible? ¿Había discontinuidad en alguna parte?
Siguiendo el hilo de su pensamiento murmuró a Kaliinin, inclinada sobre sus instrumentos:
–Sofía, cuando nuestra luz abandona el campo de miniaturización y aumenta, debe desprender energía, y cuando ésta rebota en la nave debe absorber energía a fin de ser miniaturizada, y la energía debe salir de nosotros. ¿Estoy en lo cierto?
–Absolutamente, Albert –Kaliinin, ni siquiera levantó la vista–. Nuestro uso de la luz produce una pequeña pero continua pérdida de energía, pero nuestros motores pueden compensarla. No es una pérdida significativa.
–¿Y estamos realmente en el torrente sanguíneo?
–Ya lo creo que estamos. Natalya amortiguará la luz interior dentro de un momento y entonces podrá ver el exterior con más claridad.
Como si aquello fuera una señal, Boranova anunció:
–¡Bien! Ahora podemos relajarnos un momento –y las luces perdieron intensidad.
Al instante, los objetos fuera de la nave se hicieron vagamente visibles. Todavía no podía distinguirlos claramente, pero estaban metidos en algo heterogéneo, algo donde había objetos flotantes, como debería ser la verdadera sangre.
Morrison se movió inquieto, retenido por su cinturón de seguridad, dijo:
–Pero si estamos en la corriente sanguínea, que está a una temperatura de treinta y siete grados Celsius, nosotros...
–Nuestra temperatura está condicionada. Estaremos perfectamente –le tranquilizó Kaliinin–. Realmente, Albert, todo eso ha sido bien calculado.
–Puede que lo hayan calculado bien –protestó Morrison algo ofendido–, pero a mí no se me han comunicado dichos pensamientos, ¿no es verdad? ¿Cómo puede condicionarse la temperatura si no disponen de un tanque frío?
–No hay ninguno aquí, pero existe el espacio exterior, ¿no cree? Los motores de microfusión producen una fina lluvia de partículas subatómicas que, bajo condiciones de miniaturización, tienen una masa casi de cero. Por consiguiente viajan, virtualmente, a la velocidad de la luz penetrando en la materia tan fácilmente como hacen los neutrinos y llevándose energía. En menos de un segundo, se encuentran en el espacio exterior, de forma que el efecto es la transferencia del calor del interior de la nave al espacio exterior y así nos mantenemos frescos. ¿Se da cuenta?
–Ya –masculló Morrison. Era ingenioso..., pero quizá solamente obvio, después de todo, para quienes estaban acostumbrados a pensar en términos de miniaturización. También se fijó en que los controles de la nave, bajo las manos de Dezhnev, eran luminosos, como lo eran los instrumentos delante de Kaliinin. Se debatió para levantarse de su asiento y consiguió ver una esquina de la pantalla de la computadora de Konev. Contenía lo que le pareció un mapa del sistema circulatorio del cuello. Por un momento, antes de que su cuerpo dejara de luchar contra los tirones del cinturón y volviera a dejarse caer en su asiento distinguió una pequeña mancha roja en la pantalla que, dedujo, sería un dispositivo para marcar la posición de la nave en el interior izquierdo de la arteria carótida.
Jadeaba un poco como resultado del esfuerzo y tuvo que esperar un instante hasta recuperar el control de su aliento. El hueco en el que descansaba su propia computadora estaba iluminado y apartó aquella escasa luz de su rostro, levantando la mano izquierda. Entonces, miró fuera.
Lejos pudo ver algo que parecía una pared, una especie de barrera. Retrocedía, se acercaba, volvía a retroceder una y otra vez, rítmicamente. Por un impulso maquinal miró su reloj unos segundos. Sí, era, claramente, la pulsación de la pared arterial. En voz baja dijo a Kaliinin:
–Es obvio que el paso del tiempo no se ve afectado por la miniaturización. Por lo menos el latido del corazón es exactamente lo que debe ser, aunque lo mire con ojos miniaturizados y lo compruebe con un reloj también miniaturizado.
Quien le contestó fue Konev.
–El tiempo, aparentemente, no está cuantificado, o por lo menos no lo afecta el campo de miniaturización, lo que viene a ser lo mismo. Es conveniente. Si tuviéramos que tener en cuenta el paso del tiempo, las cosas se harían intolerablemente complicadas.
Morrison asintió en silencio y dirigió sus pensamientos en otras direcciones. Si estaban dentro de una arteria, y la nave era llevada hacia delante sólo por la corriente, el movimiento de avance debería hacerse a sacudidas, una sacudida por cada contracción del lejano corazón (del muy lejano corazón..., a escala de su tamaño actual). Y si era así, debería sentir esas sacudidas del movimiento.
Cerró lo ojos y trató de mantenerse lo más quieto posible, de no moverse, excepto por el temblor del movimiento browniano..., que al fin y al cabo, no podía controlar de ningún modo.
Ah, ya lo notaba. Una ligera pero clara sacudida hacia atrás al empezar la contracción, y un ligero empujón hacia delante, al terminar.
Pero, ¿por qué no era más enérgico el latido? ¿Por qué no se notaba sacudido de atrás hacia delante, de forma brutal?
Después recordó la masa que ya no poseía. Como el resto de su masa, su inercia era igualmente diminuta. La viscosidad del fluido normal de la corriente sanguínea ejercía el efecto de un acolchado, al extremo de que las sacudidas casi se fundían en el movimiento browniano. Y casi imperceptiblemente, Morrison, se fue relajando. Sintió que sus nudos interiores se aflojaban un poco. El entorno miniaturizado era inesperadamente benigno.
Volvió a mirar a través del casco transparente de la nave, fijando la vista en el espacio que los separaba de la pared arterial. Podía ver burbujas, vagamente perfiladas. No, no eran burbujas, sino cosas sustanciales..., muchas de ellas. Algunas giraban despacio y su forma aparente cambiaba al hacerlo, así que ya no eran esferas. Ahora veía que eran discos.
Comprendió de pronto la verdad y sintió vergüenza. ¿Por qué era tan lento en identificarlas, puesto que sabía que se encontraba en una corriente sanguínea? Pero también conocía la respuesta. No podía concebir que se encontrara en una corriente sanguínea; era demasiado sencillo suponer que se hallaba en un submarino avanzando por un océano. Naturalmente, esperaría ver las imágenes familiares de un océano y se sentiría totalmente perplejo al ver cualquier cosa que no encajara con tal suposición.
Vería los glóbulos rojos de la sangre, los eritrocitos, y no los reconocería.
Claro que no eran rojos, sino algo amarillentos. Cada uno absorbía alguna luz de onda corta para producir ese color. Pero, reuniéndolos en cantidad, millones y billones de ellos, absorberían suficiente luz como para parecer rojos..., en todo caso, en la sangre arterial, y ahora estaban en la arteria. Una vez las células retiraran el oxígeno transportado por los glóbulos rojos, los glóbulos individuales parecerían azulados, y en conjunto, azul morados.
Se fijó interesado en los eritrocitos y ahora vio claramente que había sabido reconocerlos por lo que eran.
Eran discos bicóncavos, con los centros hundidos por ambos lados. Para Morrison eran enormes, considerando que, en condiciones normales, eran microscópicos; tal vez siete y medio micrómetros de diámetro y algo más de dos micrómetros de espesor. Aquí, ahora, eran objetos hinchados del tamaño de su mano.
Había muchos de ellos a la vista y tenían tendencia a apiñarse en ruedas. Pero no eran estáticos. Algunos glóbulos se desprendían de esas ruedas y otros se colgaban de ellas y había siempre glóbulos solitarios a la vista. Los que eran visibles tendían a mantenerse visibles; no se movían en relación con la nave.
–Deduzco –observó Morrison– que flotamos simplemente con la corriente.
–En efecto –confirmó Kaliinin–, se ahorra energía.
Pero tampoco los glóbulos rojos eran enteramente estacionarios en relación a la nave. Morrison se fijó en uno que flotaba lentamente hacia ésta, llevado quizá por un poco de microturbulencia o por una sacudida del movimiento browniano. El glóbulo se aplastó ligera y momentáneamente contra el plástico de la nave y después rebotó.
Morrison se volvió a Kaliinin.
–¿Ha visto eso, Sofía?
–¿El glóbulo rojo que chocó con nosotros? Sí.
–¿Por qué no se miniaturizó? Seguro que entró en el campo.
–No del todo, Albert. Rebotó del campo que se extiende a una pequeña distancia más allá de un objeto miniaturizado, como es nuestra nave, en todas direcciones. Existe un cierto rechazo entre la materia normal y la materia miniaturizada, y cuanto mayor la miniaturización, más fuerte es el rechazo. Ésta es la razón por la que los objetos diminutos, como átomos o partículas subatómicas miniaturizados, atraviesan la materia sin que haya interacción. Es también lo que mantiene metastable el estado miniaturizado.
–¿Qué quiere decir?
–Cualquier objeto miniaturizado está siempre rodeado de materia normal excepto si está en el espacio profundo. Si nada sirviera para mantener la materia normal fuera del campo, esta materia se miniaturizaría eternamente y, en el proceso, absorbería energía del objeto miniaturizado. La pérdida sería significativa y el objeto miniaturizado se desminiaturizaría rápidamente. De hecho, sería imposible inducir a la miniaturización en primer lugar, puesto que la energía concentrada en el objeto miniaturizado se escaparía al instante. Lo que entonces estaríamos tratando de hacer, en efecto, sería miniaturizar todo el Universo... Naturalmente, dado nuestro tamaño, el rechazo no es extremadamente fuerte. Si un glóbulo rojo chocara con suficiente fuerza, la superficie tocada sufriría cierta miniaturización.
Morrison volvió a contemplar nuevamente el espectáculo y casi al momento algo que obviamente era un glóbulo rojo hecho jirones, apareció a la vista.
–¡Oh! –exclamó Morrison–; ¿es esto un ejemplo de que se acercó a nosotros con demasiado ímpetu?
Kaliinin se inclinó hacia Morrison para ver mejor lo que éste le señalaba. Sacudió la cabeza:
–No lo creo, Albert. Los glóbulos rojos tienen una vida limitada, de unos ciento veinte días. Los pobrecillos se desgastan y se acaban. En el volumen de sangre que podemos ver, varias docenas se desharían cada minuto, de modo que la vista de un glóbulo rojo hecho trizas, dañado, sería una visión corriente... Y es una buena cosa, también, porque significa que si empleáramos nuestra fuerza y nos precipitáramos por la corriente sanguínea, destrozando unos cuantos glóbulos rojos, o incluso algunos millones, no haríamos ningún daño a Shapirov. No podríamos destruir glóbulos rojos a una velocidad parecida siquiera a un agotamiento natural.
–¿Y qué hay de las plaquetas?
–¿Por qué lo pregunta?
–Porque lo que estoy viendo ahí debe ser una plaqueta. Tiene forma de lenteja y su tamaño es la mitad del de los glóbulos rojos.
Hubo una pausa, luego Kaliinin asintió:
–Ah, sí, ya la veo. Es una plaqueta. Debería haber una de ellas por cada veinte glóbulos rojos.
Más o menos así, pensó Morrison. Si se encontrara en un tiovivo intentando agarrar argollas al pasar, y cada glóbulo rojo fuera una argolla de hierro, la plaqueta ocasional representaría la tan deseada anilla de cobre. Entonces dijo:
–Lo que pienso, Sofía, es que las plaquetas son más frágiles que los glóbulos rojos y cuando se rompen comienza el proceso de coagulación. Si destrozamos unas cuantas se empezará a formar un coágulo en la arteria. Entonces Shapirov tendrá otro ataque y morirá con toda seguridad.
Boranova que había estado escuchando la conversación entre Morrison y Kaliinin, intervino, en aquel punto, diciendo:
–En primer lugar las plaquetas no son tan frágiles como eso. Pueden chocar con nosotros, ligeramente, y rebotar sin el menor daño. El peligro de otro ataque está en la pared arterial. Las plaquetas se mueven mucho más de prisa en relación con la cara interna de la arteria carótida, que en relación con nosotros. Y la cara interna de la arteria puede estar cubierta de colesterol y placas lípidas de todo tipo. Esa superficie es por la tanto más rugosa e irregular que la lisa superficie plástica del casco de nuestra nave. Es en la pared arterial donde pueden formarse los coágulos..., no aquí. Incluso eso no conlleva un peligro enorme. Una sola plaqueta..., o unos centenares de ellas, pueden romperse y no bastar para iniciar el proceso de coagulación de manera que no cese. Deben dañarse enormes cantidades de pla-quetas para dispararlo.
Morrison contemplaba una plaqueta que, de vez en cuando, desaparecía detrás de numerosos glóbulos rojos. Quería ver si entraría en contacto con la nave y, si lo hacía, qué le ocurriría. No obstante, la plaqueta no se prestó al juego, sino que permaneció a distancia.
Entonces pensó que la plaqueta parecía ser tan grande como su mano. ¿Cómo podía ser esto si su diámetro era la mitad del de los glóbulos rojos y los glóbulos rojos eran del tamaño de su mano? Sus ojos buscaron un glóbulo y, en efecto, le pareció mayor que su mano.
Preocupado, comentó:
–Los objetos ahí fuera parecen agrandarse.
–Es que estamos aún miniaturizándonos –le gritó Konev, aparentemente molesto por la incapacidad de Morrison de sacar sus propias conclusiones de un hecho observado. Pero Boranova explicó:
–Tiene razón, Albert. La coronaria se está estrechando a medida que avanzamos y necesitamos adaptarnos a ella.
–No querrá quedarse clavado en el tubo por su extrema gordura –intervino Dezhnev genial. Y como si de pronto se le ocurriera algo más, añadió–: Sabe, Natasha, nunca en mi vida había estado tan flaco.
Boranova, impertérrita, respondió:
–Sigue siendo tan gordo como siempre, Arkady, en la escala de la constante de Planck.
Morrison no estaba de humor para frivolidades, así que insistió:
–¿Pero hasta dónde vamos a miniaturizarnos, Natalya?
–Al tamaño molecular, Albert.
Y toda la aprensión de Morrison surgió de nuevo.
Morrison se sintió como un imbécil ante su fracaso de no darse cuenta al momento de que aún se estaban miniaturizando, y a la vez amargamente resentido contra Konev por poner en evidencia que reconocía su imbecilidad. El problema era que los demás habían estado viviendo y pensando en la miniaturización desde hacía años y él mismo, un recién llegado al tema, estaba aún tratando de metérselo en su recalcitrante cerebro. ¿Es que no podían comprender sus dificultades?
Estudió los glóbulos rojos malhumorado. Eran claramente mayores. Su anchura era mayor que la de su pecho y sus límites se volvían menos agudos. Sus superficies vibraban como si fueran bolas de tela llenas de jarabe.
En voz baja, preguntó a Kaliinin:
–¿Tamaño molecular?
Kaliinin lo miró, luego se volvió, pero contestó:
–Sí.
–No sé por qué me preocupa esto, considerando el pequeño tamaño al que ya nos hemos miniaturizado, pero hay algo terrorífico en eso de alcanzar el tamaño de una molécula. ¿Qué tamaño supone que puede tener una molécula?
Kaliinin se encogió de hombros.
–No lo sé. Es cosa de Natalya. Quizás el de una molécula viral.
–Pero esto no se ha intentado nunca, ¿verdad?
–Estamos haciendo el trazado de un territorio desconocido.
Morrison guardó silencio y al fin preguntó con inquietud.
–¿No tiene miedo?
Lo miró furiosa, pero siguió habiéndole en voz baja:
–Claro que tengo miedo. ¿Qué se ha creído que soy? Es insensato no sentir miedo cuando existe un motivo racional para ello. Tuve miedo cuando fui violada. Tuve miedo cuando estuve embarazada y abandonada. He pasado la mitad de mi vida asustada. Todo el mundo es igual. Por eso hay personas que beben tanto, porque creen así borrar el miedo que los embarga... –sus palabras eran sibilantes, hablaba entre dientes–. ¿Quiere acaso que lo compadezca porque está asustado?
–No –respondió, sobresaltado.
–No hay nada raro en sentir miedo, siempre y cuando no deje que se vea..., siempre y cuando no se abandone y deje de hacer cosas a causa del miedo; que fracase por ello..., –se interrumpió y murmuró, amargada, una confesión–. En tiempos me puse histérica –su mirada rozó a Konev, cuya espalda aparecía tiesa, rígida, inmóvil–. Pero, ahora, estoy dispuesta a cumplir con mi trabajo aunque esté medio muerta de miedo. Nadie deducirá de mis actos que estoy asustada. Y sería mejor que también fuera su caso, señor americano.
Morrison tragó saliva y murmuró:
–Sí, claro. –Pero sonaba poco convincente, incluso para él.
Sus ojos miraron hacia atrás, luego hacia delante. Era del todo inútil hablar en un sitio tan pequeño. No había murmullo tan bajo que no fuera oído.
Boranova, detrás de Kaliinin, estaba enfrascada en su miniaturización, pero había una leve sonrisa en su rostro. ¿De aprobación? ¿De desprecio? Morrison no supo adivinarlo.
En cuanto a Dezhnev, volvió la cabeza y gritó:
–Natasha, continúa estrechándose. ¿No debería apresurar la miniaturización?
–Haré lo necesario, Arkady.
Los ojos de Dezhnev y de Morrison se cruzaron y el primero le hizo un guiño y sonrió:
–No crea a la pequeña Sofía –simuló hablar en un murmullo–. No tiene miedo. Nunca. Pero no quiere que usted se sienta solo con su inquietud. Nuestra Sofía tiene un corazón muy tierno, tan tierno como su...
–Cállese, Arkady –interrumpió Sofía–. Seguro que su padre debió decirle que no es prudente golpear la vieja tetera que tiene por cabeza con la cuchara oxidada que es su lengua.
–Ah –gimió Dezhnev poniendo los ojos en blanco–, ha sido dura. Lo que realmente dijo mi padre fue que no hay cuchillo tan afilado como la lengua de una mujer... Pero, Albert, en serio, llegar a tamaño molecular no es nada. Espere a que hayamos aprendido a vincular la relatividad a la teoría del quantum y entonces, con un chorrito de energía, nos reduciremos a tamaño subatómico. Entonces, verá.
–¿Qué es lo que veré?
–Pues vería aceleración instantánea. Saldríamos simplemente disparados... –apartó las manos de los controles, momentáneamente, a fin de hacer un gesto cortante acompañado por un silbido penetrante.
–Arkady, las manos en los controles –señaló Boranova calmadamente.
–Naturalmente, mi querida Natasha. Un momento de excusable dramatismo, sin más... –Y volviéndose a Morrison continuó–: Instantáneamente iríamos a la velocidad de la luz, mucho más de prisa que a la velocidad de la luz, dadas las condiciones. En diez minutos habríamos cruzado la galaxia, en tres horas estaríamos en Andrómeda, en dos años en el quásar más cercano. Y si no le parece suficientemente rápido, podemos hacernos aún más pequeños. Tenemos el viaje a mayor velocidad que la luz, tenemos la antigravedad, lo tenemos todo. La Unión Soviética abrirá el camino hacia todo.
–¿Y cómo guiará el vuelo, Arkady?
–¿Qué?
–¿Que cómo lo guiaría? –preguntó Morrison muy serio–. Tan pronto como la nave alcance la falta de tamaño y masa, saldrá, en efecto, disparada a cientos de años luz por segundo. Esto significa que si hubiera trillones de naves, saldrían disparadas en todas direcciones con simetría esférica..., lo mismo que la luz del sol. Pero, como sólo habría una nave, se lanzaría adelante en una dirección determinada, pero totalmente imprevista.
–Éste es un problema para los teóricos inteligentes..., como Yuri.
Konev no había demostrado el menor interés por la conversación hasta aquel punto, pero ahora dio un fuerte respingo.
–No estoy seguro de que sea prudente desarrollar el viaje y asumir la dirección sin cuidado. ¿No diría su padre: «Un hombre prudente no empieza su casa por el tejado»? –observó Morrison.
–Tal vez, pero lo que sí dijo una vez fue: «Si encuentras una llave de oro, pero no la cerradura, no la tires. El oro también bastará»
Boranova se movió en su asiento detrás del de Morrison y dijo:
–Basta ya de dimes y diretes, amigos... ¿Dónde estamos, Yuri? ¿Progresamos?
–Yo diría que sí, pero me gustaría que el americano apoyara mi juicio, o lo corrigiera.
–¿Cómo puedo hacerlo? –saltó Morrison–. Estoy amarrado.
–Pues, suéltese. Caso de que flote algo, no lo hará muy lejos.
Por un momento, Morrison se enredó en su cinturón porque había olvidado la situación del contacto apropiado. La mano de Kaliinin se movió rápidamente y lo liberó.
–Gracias, Sofía.
–Ya irá aprendiendo –contestó con indiferencia.
–Álcese de modo que pueda ver por encima de mi hombro –ordenó Konev.
Morrison así lo hizo e inevitablemente tropezó con demasiada fuerza contra el respaldo del asiento delantero. Como resultado de su insignificante inercia, ascendió con fuerza y se golpeó la cabeza contra el techo de la nave. De haber ocurrido lo mismo en condiciones no miniaturizadas, habría sentido algún dolor al golpearse, pero la misma falta de masa y la inercia que lo había mandado hacia arriba lo había rebotado hacia abajo sin la menor sensación de dolor y, virtualmente, sin la menor presión. Le fue tan fácil detenerse, como lo fue dispararse, Konev chasqueó la lengua:
–Cuidado –advirtió–. Levante la mano hacia arriba, de perfil, gírela despacio, y después empújela hacia abajo plana, despacio. ¿Lo entiende?
–Lo entiendo.
Obedeció la sugerencia de Konev y se alzó despacio. Se agarró al hombro de éste y se detuvo.
–Ahora mire aquí, al cerebrógrafo –indicó Konev–. ¿Ve dónde estamos en este momento?
Morrison se vio mirando una red de enorme complejidad, con un claro efecto tridimensional. Consistía en arroyos sinuosos ramificándose hacia fuera de forma que parecían representar un árbol de ramaje sumamente intrincado. En una de las ramas mayores había una pequeña mancha roja que se movía despacio y progresivamente.
–¿Puede ampliármelo para que pueda situar esta sección? –rogó Morrison.
Konev, con otro chasquido de la lengua, como significando impaciencia, amplió la vista:
–¿Le sirve así?
–Sí, estamos al borde del cerebro –reconocía los pliegues y fisuras individuales–. ¿Hasta dónde se propone llegar?
La imagen aumentó ligeramente. Konev explicó:
–Torceremos aquí para salir y pasar al interior de la capa neurónica. Me gustaría dirigirme por esta ruta al interior de la materia gris –mencionó las áreas en ruso, rápidamente, y Morrison se esforzó por traducirlas mentalmente al inglés–; esta área de aquí es, si he leído bien sus escritos, un nódulo crucial de la red neurónica.
–No hay dos cerebros exactamente iguales –objetó Morrison–. No puedo señalar nada con certeza, tanto más si el cerebro en cuestión es uno que nunca haya estudiado. No obs-tante, yo diría que el área hacia donde nos dirigimos parece llena de posibilidades.
–Bien, hasta ahora. Y si llegamos a mi destino, ¿podrá usted decirme con mayor precisión si estamos en un cruce de caminos, dónde se encuentran varias ramas de la red o, si no, en qué dirección y a qué distancia podría estar este cruce?
–Puedo intentarlo –respondió Morrison cautamente–; pero, por favor, recuerde que no he garantizado nada sobre mi habilidad en este aspecto. No le he hecho ninguna promesa. No me he ofrecido voluntariamente para...
–Lo sabemos, Albert –interrumpió Boranova–. Solamente le pedimos que haga lo que pueda.
–En cualquier caso –dijo Konev– es ahí a donde vamos como primera aproximación y no tardaremos en llegar, aunque la corriente es más lenta. Después de todo, nuestro tamaño es casi el de un capilar. Vuelva a sujetarse, Albert. Le avisaré si le necesito.
Morrison consiguió manejar el cinturón sin ayuda, demostrándose que incluso los pequeños triunfos pueden ser agradables.
Casi de tamaño capilar, se dijo, y miró a través de las paredes de la nave.
La pared del vaso estaba todavía a buena distancia, pero había cambiado de aspecto. Anteriormente las paredes, con su firme pulsación, parecían bastante lisas. Ahora, sin embargo, Morrison no notaba pulsaciones y las paredes empezaban a parecer embaldosadas. Las baldosas, descubrió Morrison, consistían en las células que formaban una especie de revestimiento.
En realidad no conseguía una visión clara de las baldosas porque se lo impedían los glóbulos rojos. Ahora los veía como baldosas blandas del tamaño de la nave. Ocasionalmente, una de ellas flotaba a lo largo de la nave, muy cerca, y era empujada elásticamente hacia dentro, al punto de contacto, pero sin sufrir daño visible.
Una vez dejaron atrás un pequeño jirón. Quizás el contacto había sido un poco fuerte y una línea de moléculas miniaturizadas se había formado contra la nave, supuso Morrison. El jirón se desprendió rápidamente y se disolvió en el fluido circundante.
Las plaquetas ya eran otro cantar, ya que por su propia naturaleza eran mucho más frágiles que los glóbulos rojos.
Una tropezó de pleno con el casco de la nave. O quizá la había detenido una colisión con un glóbulo rojo y la nave la había alcanzado. La proa de la nave penetró profundamente y la piel de la plaqueta reventó. Su contenido se derramó poco a poco, mezclándose con el plasma y luego formando dos o tres largas tiras que se enredaron una con o otra. Durante un tiempo se adhirieron al casco de la nave que las arrastró.
Morrison esperó a ver formarse un coágulo. Nada de eso sucedió.
Pasados unos minutos, vio, por delante de ellos, una niebla lechosa que parecía llenar el vaso sanguíneo de lado a lado, pulsando y ondulando. Dentro de la niebla había gránulos oscuros que se movían incesantemente. A Morrison le pareció un monstruo maligno y no pudo evitar lanzar un grito de terror.
X. CAPILAR
Si quieres saber si el agua está
hirviendo, no lo pruebes con la mano.
DEZHNEV, padre
Dezhnev volvió la cabeza sobresaltado y dijo:
–Es una célula blanca, Albert, un leucocito. Nada de que preocuparse.
Morrison tragó saliva y se sintió francamente molesto:
–Ya sé que es un glóbulo blanco, sólo que me pilló desprevenido. Es mayor de lo que esperaba.
–No es nada. En realidad, un trozo de pastel, y no mayor de lo que debiera ser. Es que nosotros somos más pequeños. E incluso, si fuera mayor que Moscú, ¿qué? Está flotando en la corriente, igual que nosotros.
–A decir verdad –explicó Kaliinin con dulzura– ni siquiera sabe que estamos aquí. Quiero decir que no somos nada especial. Piensa que somos un glóbulo rojo.
Konev, dirigiéndose aparentemente al aire, dijo como abstraído.
–Los leucocitos no piensan.
Una expresión resentida cruzó por el rostro de Kaliinin, se ruborizó, pero la voz siguió inalterable:
–En realidad, Albert, lo decía en sentido figurado. Lo que quiero decir es que el comportamiento del leucocito hacia nosotros es el mismo que tendría ante un glóbulo rojo.
Morrison echó otra mirada hacia el gran glóbulo blanco que flotaba delante de ellos y decidió que, peligroso o no, encontraba su aspecto desagradable. Miró apreciativo al contraste que hacía el bello rostro de pómulos salientes, y se preguntó por qué nunca se había hecho quitar la pequeña peca bajo la comisura izquierda de su labio. Luego se dijo que, a lo mejor, añadía cierto picante a un rostro que de otro modo podía considerarse de-masiado bonito para tener, además, carácter.
Aquel momento de especulación trivial borraba la inquietud que la aparición del leucocito había introducido y Morrison volvió, mentalmente, a la explicación de Kaliinin.
–¿Acaso actúa como si fuéramos un glóbulo rojo porque somos del mismo tamaño?
–Puede que esto ayude también, pero no es la verdadera razón. Usted juzga que un glóbulo rojo es un glóbulo rojo porque lo ve. El leucocito juzga que el glóbulo rojo lo es porque percibe el tipo característico del diseño electromagnético de su superficie. Los leucocitos están, por así decirlo, entrenados, digamos adaptados, a ignorarlos.
–Pero esta nave no tiene la cobertura electromagnética de un glóbulo rojo. Adivino que ya se ha ocupado de ello.
Kaliinin sonrió satisfecha.
–Sí, lo he hecho. Es mi especialidad.
–Eso mismo, Albert –dijo Dezhnev–. Nuestra pequeña Sofía tiene en su cabeza, y por completo –y tocó con el dedo su sien izquierda– el tipo electromagnético exacto de cada célula, glóbulo, bacteria, virus; de cada molécula de proteína, cada...
–No del todo –le interrumpió Kaliinin–, pero las que se me han olvidado me las puede proporcionar mi computadora. Y yo tengo aquí un dispositivo que puede servirse de la energía de los motores de microfusión para colocar cargas eléctricas positivas y negativas en la nave, del tipo que elija. La nave lleva la carga de un glóbulo rojo, es decir lo mejor que he podido duplicarlo, y es lo suficientemente parecido para que la célula blanca reaccione, o mejor dicho no reaccione, como debe ser.
–¿Y cuándo lo hizo, Sofía? –preguntó Morrison interesado.
–Cuando fuimos reducidos al tamaño que nos haría objeto potencial de interés para un leucocito o para el sistema de inmunidad en general. No deseamos tampoco que los anticuerpos nos caigan encima.
A Morrison se le ocurrió una idea:
–Puesto que estamos hablando de reducción de tamaño, ¿por qué no ha empeorado el movimiento browniano? Es de suponer que cuanto más pequeños, más estropeados.
Boranova intervino desde detrás:
–Así sería si fuéramos objetos no miniaturizados, de este tamaño. Puesto que estamos miniaturizados, hay razones teóricas para evitar que el movimiento browniano se vuelva muy acusado. No hay de qué preocuparse.
Morrison reflexionó y al fin se encogió de hombros. No iban a decirle nada que pensaran que le iba a llevar al conocimiento del proceso de la miniaturización, ¿y qué importaba? El movimiento browniano no era peor. En realidad se había vuelto menos molesto (¿o es que se iba acostumbrando a él?) y no tenía nada que objetar. Como dijo Boranova, no había de qué preocuparse.
Volvió a dirigir su atención a Kaliinin y le preguntó:
–¿Desde cuándo trabaja en este campo, Sofía?
–Desde que me gradué. Incluso antes de que Shapirov cayera en coma, todos sabíamos que llegaría el momento en que sería necesario un viaje por la corriente sanguínea. Desde hace mucho tiempo hemos estado planeando algo parecido y sabíamos que mi especialidad sería necesaria.
–Pudieron haber planeado una nave automática, sin tripulación.
–Quizás algún día –respondió Boranova– lo haremos, pero aún no. No podemos, de momento, hacer que el automatismo sea equivalente a la versatilidad e ingenio del cerebro humano.
–Es cierto –confirmó Kaliinin–. Un dispositivo automático que trazara diseños electromagnéticos nos situaría en el tipo de glóbulo rojo como el medio para recorrer el camino de menor resistencia, y no haría mucho más. Después de todo sería un gasto inútil, y quizás un ejercicio poco práctico, intentar meter en un autómata la capacidad de poder cambiar diseños adecuadamente en respuesta a todo tipo de condiciones improbables. Pero estando yo presente, soy capaz de hacerlo casi todo. Puedo cambiar el diseño frente a una emergencia imprevista, probar el valor de algo no imaginado anteriormente, o sencillamente satisfacer un capricho. Por ejemplo, podría cambiar la cobertura de la nave por la de una bacteria E. coli y el leucocito atacaría al instante.
–No me cabe la menor duda, pero por favor no lo haga.
–No tema. No lo haré.
Pero en aquel instante la voz de Boranova sonó de pronto presa de una excitación inusitada:
–Por el contrario, Sofía, ¡hágalo!
–Pero Natalya...
–Lo digo en serio, Sofía. Hágalo. No hemos puesto a prueba nuestros aparatos en condiciones reales, ya lo sabe. Probémoslo.
–Es una pérdida de tiempo, Natalya –protestó Konev–. Vayamos primero a donde debemos ir.
–No nos servirá de nada llegar allí si no podemos entrar en una célula. Ahora tenemos a mano una inmediata oportunidad para ver si Sofía puede controlar el comportamiento de una célula –insistió Boranova.
–De acuerdo –aceptó Dezhnev excitado–. Hasta ahora ha sido un viaje sin emociones.
–Yo diría que esto es lo mejor que cabe esperar –dijo Morrison.
Pero Dezhnev alzó una mano en señal de objeción:
–Mi anciano padre solía decir: «Desear paz y tranquilidad por encima de todo, es esperar la muerte»
–Adelante, Sofía –ordenó Boranova–. Estamos perdiendo el tiempo.
Kaliinin vaciló una fracción de segundo, el tiempo necesario quizá para recordar que Boranova era la capitana de la nave. Su mano se movió sobre los controles de su dispositivo y las imágenes sobre la pantalla de televisión cambiaron marcadamente. (Y Morrison admiró, aunque con cierta aprensión, la velocidad a que lo había hecho.) Levantó los ojos hacia el leucocito que tenía delante y por un momento no notó cambio alguno. Y de repente pareció como si un paroxismo de temblores acometiera al monstruo y Dezhnev murmuró:
–Ah, ha descubierto la presencia de su presa.
En el extremo frontal del leucocito, su sustancia pareció hincharse hacia delante y alrededor de ellos formando un círculo irregular. Al mismo tiempo, la sustancia de su centro se retrajo como si la chuparan. Morrison creyó ver las mandíbulas del monstruo preparándose para el banquete. Konev, murmuró:
–Funciona, Natalya. Esa criatura que tenemos delante se prepara para envolvernos y engullirnos.
–En efecto –confirmó Boranova–. Está bien, Sofía. Devuélvanos al estado de glóbulo rojo.
Otra vez los dedos de Kaliinin volaron y la configuración de la pantalla restableció (o casi, por lo que Morrison podía recordar) lo que habían sido antes. Pero esta vez, la célula blanca permaneció inalterable. Su borde exterior rebasaba la nave, que se dirigía ahora a la profunda concavidad central.
Morrison estaba anodadado. Toda la nave envuelta en algo que parecía precisamente niebla, una niebla rugosa, granulada, dentro de la que un objeto multilobular, algo más denso que el resto, se retorcía a su alrededor. Morrison comprendió que aquello debía ser el núcleo del leucocito. Konev saltó furioso:
–Por lo visto, una vez el leucocito se prepara para engullir, lo demás es automático y nada lo detiene. ¿Y ahora qué, Natalya?
–Debo confesar que no lo esperaba. La culpa es mía –murmuró Boranova.
–¿Y qué importa? –dijo Dezhnev ceñudo–. ¿Qué puede hacernos esta pasta? No puede aplastarnos. No es una boa constrictor.
–Puede intentar digerirnos –comentó Konev–. Nos encontramos ahora en una vacuola de comida y las enzimas digestivas nos están rodeando para echarse hacia nosotros.
–Déjelas que lo hagan –protestó Dezhnev–. Les deseo que gocen del intento. La pared de la nave no es digerible para los componentes del leucocito. Dentro de poco, nos devolverá como residuo indigesto.
–¿Y cómo lo sabrá? –preguntó Kaliinin.
–¿Cómo sabrá, qué? –saltó Dezhnev.
–¿Cómo sabrá que somos un residuo indigerible? Lo hemos forzado a la actividad por nuestro cambio de tipo de carga bacteriológica.
–Que acaba de retirar...
–Sí, pero como alguien comentó, la célula blanca una vez estimulada tiene que seguir, por lo visto, su ciclo de actividad. No es un aparato pensante; es enteramente automático –Ka-liinin tenía ahora una expresión sombría, mirando a los demás–. Tengo la impresión de que la célula blanca seguirá tratando de digerirnos hasta que se le envíe el estímulo apro-piado que invertirá su mecanismo de engullido y le permitirá expulsarnos.
–Pero ahora volvemos a tener la carga del tipo de un glóbulo rojo. ¿No cree que esto estimularía la expulsión? No come células rojas –razonó Boranova.
–Creo que es demasiado tarde para ello –respondió Kaliinin un poco indecisa, como si el hecho de enfrentarse a Boranova la pusiera nerviosa–. El diseño del glóbulo rojo lo mantiene a salvo, pero una vez engullido, por un sistema u otro, su carga sola no parece suficiente para provocar la expulsión. Después de todo, aquí estamos, y no somos expelidos.
Sus ojos, cinco pares de ojos en realidad, miraban inquietos la pared de la nave. Estaban atrapados por la célula nebulosa.
–Pienso –prosiguió Kaliinin– que hay un tipo de carga para la clase de residuo indigesto dejado por la bacteria, que la célula blanca está en condiciones de engullir, y que solamente con esta carga podemos provocar la expulsión.
–En este caso –dijo Dezhnev– dele la carga que desea, Sofía, paloma mía.
–Lo haría encantada si supiera cuál es. Puedo ir probando al azar. El número de posibles tipos de cargas es astronómico.
–La verdad –intervino Konev–, ¿podemos acaso estar seguros de que el leucocito expulsa algo? Quizás el residuo no digerible pasa a formar parte de su sustancia granulosa y permanece dentro hasta que su bilis lo desmantela y descarga.
Boranova cortó tajante (quizás abrumada por el convencimiento de que la situación actual había sido provocada por ella, pensó Morrison).
–No nos sirve de nada seguir elucubrando. ¿Alguien tiene una sugerencia constructiva que ofrecer?
–Puedo poner en marcha los motores de microfusión y abrirnos paso fuera de la célula –ofreció Dezhnev.
–No –dijo secamente Boranova–. ¿Sabe en qué dirección vamos en este momento? En el interior de esta concavidad de comida puede que estemos girando lentamente dentro de la vacuola en sí, o la propia vacuola puede estar flotando a través de la materia de la célula. Si chocamos en nuestro intento por liberarnos, puede lastimarse la pared del vaso sanguíneo y el propio cerebro.
Konev arguyó:
–En cuanto a eso, los leucocitos pueden escurrirse fuera de un capilar, abriéndose paso entre las células que forman su pared. Puesto que el camino que hemos tomado nos ha hecho entrar en una rama de una arteriola que se ha ido estrechando hasta tener un tamaño capilar, no podemos siquiera estar seguros de que estamos aún en la corriente sanguínea.
–Sí podemos –interrumpió Morrison inesperadamente–. El leucocito puede hacerse muy pequeño, pero no puede hacernos pequeños a nosotros. Si se debate para salir del vaso, estrujándose, tendría que dejarnos atrás lo que sería magnífico; pero no lo ha hecho.
–¡Por supuesto! –saltó Dezhnev–. Debí de haberlo pensado antes. Natasha, aumente nuestro tamaño y rompamos la célula blanca. Provoquémosle una indigestión como no ha tenido nunca.
Boranova se opuso de nuevo.
–¿Y romper también el vaso sanguíneo? El vaso es relativamente pequeño ahora, no mucho mayor que el leucocito.
–Si Arkady quisiera ponerse en contacto con la Gruta –sugirió Kaliinin– puede que a alguien se le ocurra algo.
Hubo un largo silencio y después Boranova dijo con voz medio ahogada:
–Aún no. Hemos hecho una tontería; bueno, la he hecho yo, y saben tan bien como yo que sería mejor para todos que no solicitemos ayuda.
–Pero no podemos esperar eternamente –protestó Konev inquieto–. El hecho es que yo no sé dónde nos encontramos ahora. No puedo fiarme del leucocito flotando en la corriente sanguínea, ni siquiera manteniendo una velocidad determinada. Una vez perdidos, puede transcurrir un tiempo considerable hasta que nos localicemos y para hacerlo puede que también necesitemos ayuda de la Gruta. En cuyo caso, ¿cómo explicar que nos hemos perdido?
–¿Y qué hay del acondicionador de aire? –preguntó Morrison.
–¿Qué quiere decir, Albert? –dijo al fin Boranova, después de una pausa.
–Enviamos partículas subatómicas fuera de la nave y al espacio interplanetario. Salen cargadas de calor de la nave, se me dijo, así que nos mantenemos frescos incluso teniendo en cuenta el calor penetrante del cuerpo en el que nos encontramos. Este frescor debe ser algo que la célula no está en condiciones de tolerar. Si ponemos en marcha el aire acondicionado y nos volvemos más fríos puede llegar el momento en que el leucocito se encuentre tan incómodo que nos expulse.
Boranova reflexionó y terminó diciendo:
–Creo... posiblemente... puede que funcione.
–No siga pensando –cortó Dezhnev–; acabo de poner el aire acondicionado al máximo. Veamos si ocurre algo antes de que nos quedemos congelados.
Morrison vigilaba la niebla exterior. Notaba que estaba tan tenso como los demás. No le angustiaba la decisión infortunada... un experimento desgraciado. Ni se mordía las uñas pensando en el destino de Shapirov, pero...
Profundizando en sus propias emociones, pensó que habiendo llegado tan lejos, habiendo sido miniaturizado y encontrándose en una menuda arteriola cerebral, sentía la necesidad acuciante de comprobar sus teorías. ¿Había llegado hasta tan lejos para dar la vuelta y pasar el resto de su vida alzando un pulgar y un índice casi unidos preguntándose en lo más profundo de su mente: me ha fallado por tan poco?
Muy bien, pues. Había pasado de la desesperación de no querer agregarse al proyecto a una definida repugnancia a abandonarlo. La voz de Dezhnev interrumpió sus pensamientos:
–No creo que a este animalito le guste lo que está ocurriendo.
Morrison experimentaba un frío glacial y se estremeció al comprender que el ligero uniforme de algodón que llevaba era una defensa inadecuada contra esta súbita invasión de invierno.
Y quizá la célula blanca «pensó» lo mismo, porque la niebla se aclaró y apareció un desgarrón en ella. Luego, casi al momento, los alrededores aparecían despejados y el leucocito era una bola de niebla a su espalda, alejándose o tal vez arrastrándose como una amiba, de una experiencia desagradable.
Y Boranova (aparentemente estupefacta) declaró: –Vaya, se ha ido.
Dezhnev agitó ambas manos en el aire:
–Un brindis... si tuviéramos un traguito de vodka... por nuestro héroe americano. Fue una excelente sugerencia.
Kaliinin asintió mirando sonriente a Morrison:
–Fue una gran idea.
–Tan buena, como mala la mía –dijo Boranova–; pero por lo menos sabemos, Sofía, que su técnica es capaz de hacer lo que sea... siempre y cuando sepamos lo bastante. En cuanto a usted, Arkady, le ruego que rebaje la intensidad del aire acondicionado antes de que todos pillemos una pulmonía. Como puede ver, Albert, hicimos bien trayéndolo con nosotros.
–Puede ser –comentó Konev secamente–; pero, entretanto, creo que el leucocito nos llevó de excursión. No estamos donde estábamos y no sé, exactamente, dónde estamos.
Boranova apretó los labios y preguntó con cierta dificultad: –¿Cómo puede ser que no sepa dónde estamos? Hace sólo unos minutos estábamos en el interior del leucocito. No puede habernos arrastrado hasta el hígado, ¿no cree? Konev parecía igualmente preocupado:
–No, no estamos en el hígado, Madame –insistió pesadamente en esta palabra, dándole la pronunciación francesa–. Pero sospecho que el leucocito, arrastrándonos consigo, se ha metido en una rama capilar, de modo que ahora estamos fuera de la corriente principal de la arteriola, no del todo capilar que habíamos estado siguiendo cuidadosamente.
–¿En qué capilar se ha metido? –preguntó Boranova.
–Eso es lo que no sé. Hay una docena de capilares donde pudo haberse metido y no sé cuál ha sido.
–Es que su marcador rojo... –empezó Morrison.
–Mi marcador rojo –cortó al instante, Konev– funciona por punto de estima. Si yo sé donde estamos y la velocidad a la que avanzamos, se moverá con nosotros, girando cuando le diga que lo haga.
–¿Quiere decir –exclamó Morrison incrédulo– que solamente marca su posición siempre que usted conozca dicha posición... y nada más?
–No es un marcador mágico –respondió Konev fríamente–. Sirve para marcar nuestra posición y recordarla para no perdernos en la compleja confusión tridimensional de la corriente sanguínea y de las redes neurónicas; pero tenemos que guiarlo. En este momento, no está lo bastante perfeccionado para guiarse solo. En un caso de emergencia, se nos puede localizar desde fuera, pero resulta un proceso muy largo.
Parecía llegado el momento de que alguien hiciera la clásica pregunta tonta, y este alguien resultó ser Dezhnev:
–¿Y por qué se metería el leucocito en un capilar?
Konev enrojeció. Hablando tan de prisa que Morrison pudo apenas entenderlo, masculló:
–¿Y cómo iba a saberlo yo? ¿Acaso estoy enterado de la línea de pensamiento de una célula blanca?
–Basta ya –cortó Morrison–. No estamos aquí para pelearnos. –Se fijó en la mirada que le dirigió Boranova y quiso interpretarla como una demostración de gratitud–. A decir verdad –prosiguió–, la solución es simple. Estamos en un capilar. Bien. La corriente en los capilares es muy lenta, así que ¿cuál es la dificultad de servirnos de los dichosos motores de microfusión? Si los pone marcha atrás, saldremos de popa del capilar y eventualmente, y un eventualmente no muy lejano, estaremos de vuelta en el cruce de donde partimos y de nuevo en la arteriola. Entonces seguiremos adelante hasta que lleguemos al recodo debido y de allí al capilar adecuado. Habremos perdido muy poco tiempo y gastado muy poca energía.
La exposición de Morrison fue acogida con miradas graves.
Incluso Konev, que solía hablar, cuando lo hacía, adelantando la cara, se volvió ahora con una mirada rabiosa concentrada en Morrison. Éste, inquieto, preguntó:
–¿Por qué me miran todos así? Es un procedimiento perfectamente normal. Si hubieran estado conduciendo un coche y entraran accidentalmente en un callejón estrecho descubriendo que se habían equivocado, ¿no harían marcha atrás?
Boranova sacudió la cabeza:
–Lo siento, Albert. No tenemos marcha atrás.
–¿Cómo? –exclamó Morrison mirándola.
–No tenemos marcha atrás. Sólo podemos ir hacia delante. Nada más.
–¿Cómo es posible que no haya marcha atrás? ¿Y no hay nada...?
–Nada.
Morrison miró hacia las otras cuatro caras y estalló:
–¡Vaya maldita, estúpida, incompetente situación! Sólo en la Uni... –Se contuvo.
–Termine lo que empezó. Iba a decir que sólo en la Unión Soviética podía permitirse que surgiera tal situación –terminó Boranova.
Morrison tragó saliva y dijo a regañadientes:
–Sí, eso es lo que iba a decir. Puede ser una acusación malhumorada, pero estoy furioso... y lo que he dicho puede que sea cierto.
–¿Y usted cree que nosotros no estamos furiosos, Albert? –preguntó Boranova mirándolo de frente–. ¿Sabe cuánto tiempo hemos estado trabajando en una nave como ésta? ¡Años! ¡Muchísimos años! Desde que la miniaturización empezó a parecer una posibilidad práctica, hemos estado pensando entrar en un torrente sanguíneo, algún día, y explicar el funcionamiento de un cuerpo de mamífero, ya que no de un cuerpo humano, desde dentro. Pero cuanto más planeábamos, cuanto más nos proponíamos, más caro resultaba el proyecto, y más obcecados se mostraban los presupuestarios de Moscú. No puedo censurarlos; tenían que equilibrar los gastos de este proyecto con los de otras áreas menos problemáticas que la miniaturización. Así que, como resultado, la nave se fue haciendo cada vez más simple de concepto; primero recortamos eso, después aquello, luego algo más. ¿Se acuerda de cuando ustedes los americanos construyeron sus primeras lanzaderas? ¿Qué habían planeado y qué consiguieron?
»En todo caso, terminamos en una embarcación sin energía, sólo utilizable para observación. Pensábamos entrar en la corriente sanguínea y dejar que ésta nos llevara donde quisiera. Cuando reuniéramos toda la información que pudiéramos conseguir, nos desminiaturizaríamos despacio. Esto mataría al animal que habríamos estado estudiando... Solamente se trataría de un animal, claro, pero aun así algunos de nosotros sentíamos compasión. Esto era para lo único que servía la nave planeada. Para nada más. No teníamos la menor idea de que nos enfrentaríamos, de pronto, a una situación en la que estaba involucrado un cuerpo humano y en la que tendríamos que llegar a un punto específico del cerebro y finalmente salir sin matar el cuerpo. Teníamos que hacerlo... y lo único de que disponíamos era esta nave, que no estaba de ningún modo preparada para el trabajo.
La ira y el desprecio en el rostro de Morrison se transformó en un gesto de preocupación.
–¿Y qué hicieron?
–Trabajamos lo más de prisa que pudimos. Perfeccionamos los motores de microfusión y alguna cosa más, con el temor de que Shapirov muriera en cualquier momento e igualmente temerosos, o mucho más, de que nuestra precipitación pudiera llevarnos a cometer algún error fatal. Bueno, no creo que hayamos cometido errores fatales, pero los motores de microfusión que conseguimos sólo tenían que servir para acelerar en caso absolutamente necesario. En un principio estaban destinados a iluminar; acondicionar el aire y otros usos que requerían poca energía. Naturalmente, nos faltó el tiempo necesario para completar el trabajo, así que... nada de marcha atrás.
–¿Y nadie les sugirió que podía ser necesario hacer marcha atrás?
–Eso significaba más dinero y no podíamos conseguirlo. Despues de todo, teníamos que competir con el espacio, que era el que rendía, con la necesidad realista de la agricultura; comercio; industria; control del crimen y medio centenar de departamentos del Gobierno; todos ellos agarrados al monedero nacional. Como comprenderá nunca tuvimos bastante.
Dezhnev suspiró diciendo:
–Y aquí estamos. Como mi buen padre solía decir: «Sólo los bobos van a que les echen las cartas. ¿Quien sino tendría tanta prisa por enterarse de las malas noticias?»
–Su padre no me dice nada que ya no sepa, Arkady, por lo menos con esta frase... Me asusta preguntar. ¿Podemos sencillamente darle la vuelta a la nave? –preguntó Morrison.
–¡Cuánta razón tiene de sentir miedo! –observó Dezhnev–. En primer lugar, el capilar es demasiado estrecho. La nave no tiene espacio para girar.
Morrison sacudió, impaciente, la cabeza:
–No hay que hacerlo con el tamaño actual de la nave. Encójanla un poco más. Miniaturícenla. De todos modos habrá que miniaturizarnos antes de que entremos en una célula. Háganlo ahora y den la vuelta.
Dezhnev volvió a decir:
–Y en segundo lugar, tampoco podemos dar la vuelta. Sólo tenemos una marcha para ir hacia delante. Nada más.
–Increíble –murmuró Morrison para sí. Luego, en voz alta–: ¿Cómo pudieron consentir en iniciar este proyecto con una nave totalmente inadecuada?
–No teníamos elección–intervino Konev–y no contábamos con dedicarnos a jugar con leucocitos.
Boranova, con rostro inexpresivo y con voz sin matices, dijo:
–Si el proceso fracasa, asumiré toda la responsabilidad.
Kaliinin levantó la cabeza y observó:
–Natalya, el hecho de asumir la responsabilidad no nos ayudará. Ahora mismo, no podemos elegir. Tenemos que seguir adelante. Sigamos pues, miniaturicémonos si es necesario y localicemos la célula apropiada para entrar en ella.
–¿Cualquier célula? –estalló Konev con ira contenida sin dirigirse a nadie en particular–. ¿Cualquier célula? ¿Y de qué nos serviría?
–Vayamos donde vayamos podemos encontrar algo útil, Natalya –insistió Kaliinin.
Al observar que Konev no respondía, Boranova preguntó:
–¿Hay algo que objetar a eso, Yuri?
–¿Objetar? Pues claro que hay que objetar. –No se volvió pero su espalda parecía erizada de furia–. Tenemos diez mil millones de neuronas en el cerebro y alguien sugiere que vayamos de paseo entre ellas, a ciegas, y elijamos una al azar. Sería más fácil conducir por los caminos de tierra en un automóvil y elegir al azar un ser humano que anduviera por ahí con la esperanza de que fuera un pariente perdido. Mucho más fácil. El número de seres humanos de la Tierra es algo más que la mitad de las neuronas del cerebro.
–Es una analogía falsa –protestó Kaliinin, volviendo cuidadosamente su rostro hacia Boranova–. No estamos metidos en una búsqueda a ciegas. Vamos en busca de los pensamientos de Pyotr Shapirov. Una vez los detectemos, sólo precisamos movernos en la dirección en la que dichos pensamientos se refuerzan.
–Si pueden –objetó Morrison–. Si su única marcha adelante les lleva casualmente en la dirección en que los pensamientos se debilitan, ¿qué van a hacer?
–Exactamente –asintió Konev–. Yo había trazado un camino que nos hubiera conducido directamente a un importante cruce en la determinada red neurónica que se relaciona con el pensamiento abstracto, según las investigaciones de Albert. La corriente sanguínea nos hubiera conducido hasta allá y cualquier dirección tortuosa que tomara, la nave la habría seguido. Y ahora... –Levantó ambos brazos y los agitó al Universo insensible.
–Sin embargo –murmuró Boranova– no veo más elección que la que Sofía sugiere. Si falla, buscaremos la forma de salir del cuerpo y lo intentaremos de nuevo, quizás, algún otro día.
–Espere, Natalya –suplicó Morrison–. Puede que haya otra forma de remediar la situación. ¿Cabe la posibilidad de que uno de nosotros salga de la nave y entre en la corriente sanguínea?
Morrison no contaba con una respuesta afirmativa. La nave, que poco antes le había parecido un maravilloso ejemplo de alta tecnología, se había reducido en su imaginación a un casco desnudo de que no podía esperarse nada.
Desde un punto de vista práctico, le parecía mejor hacer lo que Kaliinin sugería..., probar con cualquier célula cerebral que consiguieran alcanzar. Pero si fracasaban, significaba salir del cuerpo e intentarlo otro día, como Boranova acababa de decir; y Morrison no se sentía físicamente capaz de revivir lo pasado. Intentaría cualquier cosa por loca que fuera, para evitarlo.
–¿Es posible salir de esta nave, Natalya? –volvió a preguntar al ver que ella lo miraba aturdida (los demás eran menos expresivos)–. Oiga, ¿no lo comprende? Suponga que desea recoger muestras, ¿tiene un salabardo, un achicador, una red? ¿O puede alguien salir y bucear con botellas?
Boranova pareció al fin superar la sorpresa que le produjo la pregunta. Sus gruesas cejas se alzaron en un gesto de asombro.
–Pues, sí. Hay un equipo de buceo; para reconocimiento, dicen los planos. Debería estar debajo de los asientos traseros. Aquí debajo. –Se desabrochó el cinturón y flotó al instante, ligeramente; después consiguió ponerse horizontal, con su traje de algodón hinchado como un globo.
–Aquí está, Albert –dijo–. Presumo que ha sido revisado... quiero decir, mirado detenidamente. No debería haber escapes o fallos obvios. Lo que no sé es cómo se han hecho las pruebas.
–¿Cómo iban a hacerlas? Deduzco que ésta es la primera vez que esta nave, o lo que sea, ha navegado por la corriente sanguínea.
–Me imagino que lo habrán probado en agua caliente con la debida viscosidad. Me censuro por no haberlo revisado personalmente, pero claro, nadie pensó que alguien, en algún momento, abandonara la nave. Incluso se me había olvidado que el traje existiese.
–¿Sabe, por lo menos, si lleva reserva de aire?
–Claro que sí –contestó Boranova con cierta aspereza–. Y tiene incluso un suministro de energía que le permite disponer de luz propia. No debe considerarnos unos completos incompetentes, Albert. Aunque... –añadió alzando los hombros deprimida– supongo que nosotros, o por lo menos yo, hemos dado motivos para pensar así.
–¿Tiene aletas el equipo?
–Sí, en los pies y las manos. Está preparado para maniobrar en el fluido.
–En este caso –comentó Morrison– puede que tengamos una salida.
–¿En qué está pensando, Albert? –preguntó Kaliinin.
–Suponga que nos miniaturizamos un poco más de modo que la nave pueda girar fácilmente sin rozar las paredes capilares. Alguien se viste el traje, sale de la nave..., suponiendo que disponen de una compuerta de algún tipo..., y empujándose gracias a las aletas, gira la nave. Una vez hecho, la persona vuelve a bordo, dejando la proa vuelta en la dirección correcta. Se pone el motor en marcha y desandamos lo recorrido, yendo en contra de la débil corriente capilar para llegar a la arteriola y así, otra vez, al camino original.
Boranova observó, pensativa:
–Es un remedio desesperado, pero nuestra situación también lo es. ¿Ha hecho alguna vez submarinismo, Albert?
–Un poco. Por eso se me ocurrió.
–Y ninguno de nosotros lo ha hecho... y por ello no se nos ocurrió. En este caso, Albert, suéltese y deje que le pongamos el traje.
–¿A mí? –estalló Morrison.
–Naturalmente. Ha sido idea suya y es el único que tiene experiencia.
–Pero no en una corriente sanguínea.
–Nadie tiene experiencia en una corriente sanguínea, pero el resto de nosotros ni siquiera la tiene en el agua.
–No –protestó Morrison enfurecido–. Todo esto es cosa suya... de los cuatro. Yo he pensado cómo sacarlos de la célula blanca y acabo de pensar en el modo de sacarlos de un callejón sin salida. Ésta ha sido mi contribución. Pónganla ustedes en práctica. Uno de ustedes.
–Albert –insistió Boranova–. Todos estamos en esto. Aquí dentro no somos ni soviéticos ni americanos, sino seres humanos tratando de sobrevivir y realizar una gran tarea. Lo que se haga depende de quién pueda hacerlo mejor, y nada más.
Las miradas de Morrison y Kaliinin se cruzaron. Ella le sonreía ligeramente y él pudo leer admiración en aquella sonrisa.
Bruñendo entre dientes ante la locura de dejarse influir de una forma tan infantil por su sed de admiración, Morrison supo que aceptaría realizar aquella locura que él mismo había sugerido.
Boranova sacó el traje. Al igual que la nave, era transparente y excepto en la parte de la cabeza, estaba arrugado y aplastado. A Morrison le dio la impresión de una caricatura humana, en tamaño natural, dibujada por un niño. Alargó la mano para tocarlo y preguntó:
–¿De qué está hecho? ¿De tejido plástico?
–No, Albert –le contestó Boranova–. Es muy delgado pero resistente; y es tremendamente fuerte e inerte. Ninguna sustancia extraña se pegará y debería ser perfectamente impermeable.
–¿Debería? –repitió Morrison sarcásticamente.
Dezhnev interrumpió:
–Es impermeable. Me parece recordar que se probó hace poco tiempo.
–Le parece recordar...
–Me censuro por no haberlo hecho personalmente al revisar la nave, pero también a mí se me olvidó su existencia. No fue por...
–Estoy seguro de que su padre le habrá dicho alguna vez que censurarse es una penitencia de pacotilla por la incompetencia, Arkady.
–No soy un incompetente, Albert –protestó Dezhnev dolido.
Boranova tuvo que intervenir:
–Nos pelearemos cuando todo esto haya terminado, Albert, no hay motivo de preocupación. Incluso si hubiera un escape microscópico, las moléculas de agua contenidas en el plasma exterior son mucho mayores, comparativamente, que lo que serían en circunstancias normales. Un poro en un traje normal podría dejar entrar moléculas de agua normales, pero este mismo poro en un traje miniaturizado no dejaría que entraran estas moléculas que ahora, en comparación, son gigantescas.
–Eso por lo menos tiene sentido –asintió Morrison, intentando tranquilizarse.
–Naturalmente. Podemos acoplar un cilindro de oxígeno aquí mismo –explicó Boranova– de tamaño pequeño, porque no va a estar fuera mucho tiempo; aquí un bote de absorción de dióxido de carbono y una pila para la luz. Como ve irá bien equipado.
–De todos modos –sugirió Konev volviéndose para mirar a Morrison con indiferencia– será mejor que lo haga lo más rápidamente posible. Ahí fuera hace mucho calor, treinta y siete grados Celsius, y no creo que el traje lleve mecanismo de refrigeración.
–¿No tiene refrigeración? –y Morrison miró inquisitivo a Boranova.
–No es fácil refrigerar un objeto en un medio isotérmico. El cuerpo entero, que para nosotros es grande como una montaña, está a una temperatura constante de treinta y siete grados. La propia nave puede refrigerarse mediante los motores de microfusión. No podemos construir un dispositivo equivalente en el traje pero, como le he estado diciendo, no va a estar fuera mucho tiempo. De todos modos, sería preferible que se quitara la ropa que lleva ahora, Albert.
–No es grueso –remoloneó Morrison–; sólo una fina capa de algodón.
–Si transpirara con él puesto estaría envuelto en ropa mojada cuando regrese a la nave. Y no tenemos ropa de repuesto que ofrecerle.
–Bueno, ya que insiste –acabó diciendo Morrison. Se quitó las sandalias y luego trató de quitarse el traje de una pieza, pero le resultó algo sorprendentemente difícil dado su falta de peso. Boranova al darse cuenta, ordenó:
–Por favor, Arkady, ayude a Albert a ponerse el traje.
Dezhnev se acercó con dificultad por encima del respaldo de su asiento hasta donde Morrison estaba flotando en una postura difícil, contra el casco de la nave. Dezhnev ayudó a Morrison a meterse en las perneras del traje una tras otra; aunque los dos trabajando a la par resultaban tan torpes como Morrison estando solo. (Todo en nosotros, pensó el americano, está preparado para funcionar en presencia de la gravedad.) Dezhnev no dejó de hablar mientras se debatían:
–El material de este traje es precisamente el mismo que el de la nave. Absolutamente secreto, por supuesto, pero por lo que he oído, tienen un material parecido en los Estados Unidos... también secreto, naturalmente.
Hizo una pausa después del comentario vagamente inquisitivo.
–No sabría decirle –murmuró Morrison. Su pierna desnuda se esforzaba por entrar en su envoltura de fino plástico; no se le pegaba a la piel sino que resbalaba suavemente, aunque le proporcionaba la sensación de que por la parte exterior estaba frío y húmedo, pero en realidad no era así. Nunca se había encontrado con una superficie parecida a la de aquel traje y no sabía cómo interpretar la sensación.
–Cuando se cierre por los bordes se convertirá en una sola pieza de material –explicó Dezhnev.
–¿Y cómo se vuelve a abrir?
–La electroestática puede ser neutralizada una vez haya vuelto a la nave. Por el momento, gran parte del exterior tiene una suave carga negativa, equilibrada por una positiva en el interior. Cualquier porción del traje se pegará a cualquier área de carga positiva en la superficie de la nave, pero no con tanta fuerza que no pueda despegarse.
–¿Y qué hay de la popa de la nave donde están los motores? –quiso saber Morrison.
–No debe preocuparse por ellos. Funcionan con un mínimo de energía para nuestra refrigeración y luz y cualquier partícula que escape de ellos le atravesará sin que se entere usted. Los cilindros de oxígeno y la absorción de desechos funcionan automáticamente. No producirá burbujas. Puede respirar normalmente.
–Uno debe agradecer algunas de estas bendiciones tecnológicas.
–Es bien sabido que los trajes espaciales soviéticos –explicó Dezhnev sombrío– son los mejores del mundo. Luego vienen los japoneses.
–Pero éste no es un traje espacial.
–Está copiado de uno de ellos –terció Dezhnev iniciando el gesto de ponerle el casco.
–Espere –dijo Morrison–. ¿Y la radio?
–¿Y para qué necesita una radio?
–Para comunicarme.
–Podrá vernos, y podremos verlo. Todo es transparente. Puede hacernos una señal.
–En otras palabras, no hay radio... –Morrison respiró profundamente.
–Lo siento, Albert –se excusó Boranova–; se trata de un traje muy simple para tareas sencillas.
–De todas formas, si se hace una cosa, merece la pena hacerla bien.
–No para los burócratas –dijo Dezhnev–. Para ellos, si se hace una cosa merece la pena hacerla barata.
Había cierta ventaja en la irritación y el fastidio, pensó Morrison; servía para quitar el miedo. Preguntó:
–¿Cómo se proponen sacarme de la nave?
–En este punto donde se encuentra, el casco es doble –explicó Dezhnev.
Morrison se volvió de prisa y, naturalmente, se encontró flotando. Por lo visto le costaba recordar que carecía esencialmente de peso. Dezhnev lo ayudó a controlar su cuerpo pero a costa del suyo. (Debemos parecer un par de payasos, pensó Morrison. Por fin se encontró mirando hacia la parte indicada del casco. Ahora que su atención se fijaba, le pareció algo menos transparente que las demás secciones, pero también podía ser fruto de su imaginación. Dezhnev le insistió:
–Estése quieto, Albert. Mi padre solía decir: «Solamente cuando un niño ha aprendido a estarse quieto, puede considerárselo una criatura sensata»
–Su padre no tenía en cuenta las condiciones de gravedad cero.
–La compuerta de aire –siguió diciéndole Dezhnev ignorando su comentario– está modelada de acuerdo con el tipo que tenemos en nuestros cierres de superficie lunar. La capa interior de la compuerta se echará hacia atrás, después lo envolverá, y quedará cerrada. La mayor parte del aire entre las dos capas será extraído; no podemos permitirnos malgastar aire, y esto sin duda le producirá una extraña sensación. Luego la capa exterior retrocederá, abriéndose, y se encontrará afuera. ¡Muy sencillo! Ahora, deje que le sujete el casco.
–¡Espere! ¿Y cómo vuelvo?
–Del mismo modo, pero al revés.
Morrison se veía ahora acorralado y una sensación clara de claustrofobia ayudaba a intranquilizarlo, a medida que una helada sensación de miedo le anulaba la salvadora sensación de rabia.
Dezhnev lo iba empujando hacia el casco y Konev, después de haber conseguido volverse en su asiento, lo ayudaba. Las dos mujeres permanecían tranquilas en sus asientos observando atentamente.
Morrison no pensó ni por un instante que contemplaran su cuerpo; ojalá fuera así. Eso hubiera sido relativamente benigno. Estaba absolutamente seguro de que observaban para ver si funcionaría la compuerta; si funcionaría su traje; si él mismo duraría vivo más de unos minutos, una vez afuera de la nave.
Quería gritar, y acabar con todo, pero el impulso de hacerlo quedó solamente en eso.
Sintió un movimiento resbaladizo detrás de él y en seguida una lámina transparente lo envolvió. Era como el cinturón de seguridad del asiento cerrándose alrededor de su cintura y pecho; pero aquí, la lámina lo envolvió por completo de la cabeza a los pies, de un lado al otro.
Se le adhirió con más fuerza al hacerse vacío. El material de su traje pareció tensarse hacia fuera cuando el aire en su interior empujaba contra el creciente vacío exterior. Y, entonces, la lámina exterior del casco se retiró y sintió un pequeño empujón que lo mandó dando tumbos hacia fuera dentro del plasma sanguíneo del interior del capilar.
Estaba fuera de la nave y estaba solo.
XI. DESTINO
Ir hacia allá debe ser muy divertido...
pero sólo si se acaba llegando.
DEZHNEV, padre
Inmediatamente, Morrison sintió el calor envolvente y creyó ahogarse. Konev le había advertido, la temperatura sería de treinta y siete grados Celsius. Era el mismo calor de un ardiente día de verano y no había escapatoria. Ni sombra; ni brisa.
Miró en derredor para situarse. Era obvio que Boranova había miniaturizado más la nave mientras él intentaba torpemente meterse en el traje. La pared embaldosada del capilar estaba más alejada. Sólo podía ver un poco de ella, porque entre él y la pared había como una enorme nube. Un glóbulo rojo, naturalmente. Luego una plaqueta se deslizó entre el glóbulo y la pared, pero muy despacio.
Todos ellos, glóbulo rojo, plaqueta, él, y la nave, se movían llevados por la lenta corriente del interior del capilar, a juzgar por el desplazamiento reptante de las baldosas de la pared.
Morrison se asombró de lo poco que notaba el movimiento browniano. Había, en efecto, la sensación de movimiento y otros objetos visibles parecían temblar. Incluso las marcas dejadas por las baldosas de las paredes capilares parecían también desplazarse, pero de un modo peculiar. No obstante, no disponía de tiempo para analizar a fondo. Tenía que hacer lo que había salido a hacer, y regresar al interior de la nave.
Estaba a un metro o así de distancia. (¿Un metro? Puramente subjetivo. ¿Cuántos micrómetros, cuántas millonésimas de metro lo separaban de la nave, según una medida real? No se entretuvo intentando encontrar la respuesta a la pregunta.) Movió las aletas para volver junto a la nave. El plasma era claramente más viscoso que el agua de mar..., desagradablemente más.
El calor persistía, por supuesto. No cesaría mientras el cuerpo en que se encontraba siguiera con vida. A Morrison empezó a sudarle la frente. Vamos, tenía que poner manos a la obra.
Su mano se tendió hacia donde había dejado la nave, pero no tocó nada. Era como si hiciera presión en un blando almohadón de aire, aunque sus ojos le decían que no había nada entre aquella porción de nave y su mano enfundada; como mucho, una película de fluido. Un instante de reflexión y vio lo que ocurría. La parte exterior de su traje llevaba una carga eléctrica negativa. Y lo mismo la parte del casco que estaba tocando. Lo repelía.
Pero había más secciones de casco. Morrison dejó que sus manos se deslizaran hasta que se dio cuenta de que tocaba el plástico. Pero con ello no bastaba, porque sus manos se movían a lo largo del área como si fuera una superficie infinitamente resbaladiza.
Y entonces, casi con un chasquido, su mano izquierda se heló. Había pasado por una región de carga positiva y allí quedó. Trató de desprenderse, primero con una suave sacudida hacia atrás, después frenéticamente. Pero era como si estuviera atornillado. Tanteó con la mano derecha, hacia delante, si conseguía sujetarla, tal vez pudiera liberar, de un tirón, su mano izquierda. Clic. Sujeto ahora por la derecha, tiró de la izquierda. Nada. Se apretó contra el casco, como crucificado en él.
Enormes gotas de sudor brotaron de su frente y se reunieron bajo sus brazos. Gritó inútilmente, retorciendo las piernas en un paroxismo de esfuerzo.
Lo estaban mirando. ¿Pero cómo podía hacerles señas con sus manos atrapadas? El glóbulo rojo que había sido su compañero desde que emergió, se le acercó y lo empujó contra el casco. Pero su pecho no se adhirió. Afortunadamente, no se apoyaba en una región de carga positiva.
Kaliinin miró hacia él. Movía los labios, pero no sabía leer lo que le decían... por lo menos en ruso. Hizo algo con la computadora y su brazo izquierdo se liberó. Presumiblemente, había disminuido la intensidad de la carga.
Movió la cabeza en un gesto que confiaba en que sería interpretado co21mo de agradecimiento. Ahora solamente sería necesario avanzar, de carga positiva en carga positiva, hasta llegar a la popa de la nave.
Empezó a moverse y se sintió más o menos sujeto, pero no tanto esta vez por la dura fuerza de la interacción electromagnética, sino por la presión blanda, acolchada, del glóbulo rojo.
–¡Apártate! –gritó Morrison; pero el glóbulo rojo no entendía de gritos. Su papel era puramente pasivo.
Morrison lo empujó con las manos y utilizó también las aletas de los pies para hacer más fuerza. La superficie fina y elástica de la célula roja cedió, se hundió; pero resistió con más fuerza si cabe, hasta que finalmente Morrison se encontró empujando inútilmente y, sintiéndose cansado, se apoyó en la nave.
Hizo una pausa para recobrar el aliento. Le resultó difícil, dado el calor y lo empapado en sudor que estaba. Se preguntó si quedaría fuera de combate primero por la deshidratación o por la fiebre que contraería si no podía desprenderse del calor producido por su propio cuerpo... y mucho más debido al esfuerzo que estaba haciendo por librarse del glóbulo rojo.
Volvió a levantar el brazo y lo bajó de modo que la aleta quedara de perfil. Cortó la película del glóbulo, reventándolo como un balón. La tensión superficial de la película hizo que el corte se ensanchara más y más. Desprendió una sustancia, una delgada nube de gránulos; y el lóbulo rojo empezó a encogerse.
A Morrison le hizo el mismo efecto que si hubiera dado muerte a una criatura viva, inofensiva, y experimentó una sensación de culpabilidad. Recapacitó decidiendo que había billones de ellos en el sistema circulatorio y que un glóbulo rojo sólo tenía ciento veinte días de actividad.
Ahora podría ir hacia la popa.
Nada de niebla empañaba la parte interior de su traje. ¿Por qué iba a suceder? La superficie estaba tan caliente como él y nada se pegaría al plástico. Lo que hubiera debido ser niebla se recogía en pequeños charcos de sudor en una y otra esquina del traje, rodando al moverse él.
Por fin estaba otra vez en la popa, donde se rompía la línea esbelta de la nave porque los chorros de cada uno de los motores de microfusión interrumpían su estilizada silueta. Aquí se encontraba tan lejos del centro de gravedad de la nave como era posible. (Con suerte, los otros cuatro se habrían situado tan cerca como pudieran de la proa. Deseó haber pensado en dejar esto bien en claro antes de meterse en el traje.) Lo que tenía que hacer era encontrar áreas de carga positiva que retuvieran sus manos y entonces... ¡empujar fuerte!
Se sentía algo mareado. ¿Sería físico? ¿Psicológico? En cualquier caso, el efecto era el mismo.
Volvió a respirar profundamente y tuvo que parpadear porque el sudor le caía en los ojos (no podía secárselo y de nuevo sintió un espasmo de ira contra los imbéciles que habían diseñado un traje microscópicamente mejor a no llevar ninguno).
Pudo sujetarse a la nave y movió los pies. ¿Serviría para algo? La masa que trataba de girar era solamente de unos microgramos en cantidad, ¿pero de qué disponía él...? ¿De qué? ¿Microergios? Sabía que la ley del cuadrado al cubo le proporcionaba una tremenda ventaja, ¿pero cuánta energía podía poner en su propulsión?
Y la nave se movió. Podía decirlo por el movimiento de las losetas de la pared del capilar. Ahora ya tocaba con los pies esa pared, así que la nave debía encontrarse atravesada. La había girado noventa grados.
Cuando sus pies pudieron apoyarse en la pared del capilar, empujó con imprudente y salvaje fuerza. Si llegaba a abrir un boquete en la pared, los resultados podían ser incalculablemente malos, pero sabía que le quedaba poco tiempo, siquiera para seguir pensando. Afortunadamente sus pies rebotaron como si hubieran posado sobre una esponja de goma y la nave giró más de prisa.
De pronto, se quedó clavada.
Levantó la vista desesperado, esforzándose, queriendo ver. (Había perdido casi la capacidad de respirar en aquel horrendo calor húmedo del interior del traje.) Era otro glóbulo rojo. Seguro que se trataba de un glóbulo rojo. Había tanta abundancia de ellos en los capilares como... como coches en una abarrotada calle de la ciudad.
Esta vez no esperó. La aleta de su brazo derecho cayó instantáneamente haciendo un gran corte, y esta vez no perdió ni un microsegundo de lástima por el asesinato de un objeto inocente. Sus piernas volvieron a golpear y la nave se movió.
Esperó a que se colocara en la misma posición que antes. ¿Y si hubiera equivocado la dirección en su loco ataque al glóbulo rojo y estaba empujando la nave sencillamente en la dirección opuesta? Se sentía más allá de toda preocupación.
La nave estaba ahora paralela al largo eje del capilar. Jadeando, intentó estudiar las losas. Si se movían hacia delante en dirección a la proa de la nave, entonces la nave volvía a moverse en la dirección de la corriente y tenía adelante el cruce de la arteriola.
Decidió que así era. No, le tenía sin cuidado. ¿Bien? ¿Mal? Él tenía que volver como fuera a la nave.
No estaba dispuesto a vender su vida por el éxito.
¿Dónde? ¿Dónde?
Sus manos se deslizaban sobre las paredes de la nave. Pegándose aquí. Pegándose allá.
Vagamente vio figuras borrosas del otro lado de los costados. Llamándolo. Trató de obedecer sus gestos.
Se desvanecieron.
¿Arriba? ¿Señalaban hacia arriba? ¿Cómo podía encaramarse? No le quedaban fuerzas.
Su último pensamiento realmente cuerdo, por un instante, fue que no necesitaba fuerzas. Arriba significaba casi lo mismo que abajo para un cuerpo sin peso, sin masa.
Se agitó hacia arriba, olvidando por qué lo hacía, y una bruma negra lo envolvió.
Lo primero que Morrison sintió fue frío.
Una oleada de frío. Luego un contacto frío también.
Después, luz.
Estaba mirando un rostro. Durante un intervalo, no captó del todo que se trataba de un rostro. Al principio fue sólo una imagen de luz y sombra. Después un rostro... A continuación, el rostro de Sofía Kaliinin.
–¿Me reconoce? –le preguntó con dulzura.
Despacio, con dificultad, Morrison movió afirmativamente la cabeza.
–Diga mi nombre.
–Sofía –gruñó.
–¿Y a su izquierda?
Volvió los ojos, enfocando con dificultad. Girando la cabeza dijo:
–Natalya.
–¿Cómo se siente?
–Dolor de cabeza –su voz le sonaba lejana y apagada.
–Pasará.
Morrison cerró los ojos y se abandonó a la paz de la no-lucha.
No hacer nada. Era el colmo de lo bueno. No sentir nada. Pero sintió frío en la ingle y volvió a abrir los ojos. Descubrió que le habían quitado el traje y que estaba desnudo. Notó brazos que le sujetaban hacia abajo y oyó una voz que le decía:
–Tranquilo. No podemos darle una ducha. No hay agua suficiente. Pero podemos utilizar una toalla mojada. Necesita que se le refresque... y se le limpie.
–... vergonzoso –consiguió luchar con las sílabas.
–Bobadas. Ahora lo secaremos. Un poco de desodorante. Y otra vez a su traje de algodón.
Morrison trató de relajarse. Fue sólo cuando sintió el algodón sobre su piel cuando se decidió a hablar:
–¿Le di bien la vuelta?
–Sí –afirmó Kaliinin moviendo vigorosamente la cabeza– y luchó como un salvaje contra dos glóbulos rojos. Estuvo heroico.
–Ayúdeme a levantarme –dijo con voz ronca. Empujó con los codos contra su asiento y, naturalmente, subió disparado. Lo bajaron.
–Lo había olvidado –murmuró–. Bueno, sujétenme. Déjenme sentado y que me vaya recobrando. –Se debatió contra una sensación de mareo y al fin dijo:
–Este traje de plástico no vale nada. Un traje para ser utilizado en la corriente sanguínea de un animal de sangre caliente debe estar refrigerado.
–Lo sabemos –dijo Dezhnev desde su asiento frente a los controles–. El próximo lo estará.
–¡El próximo! –repitió Morrison amargado.
–Por lo menos –prosiguió Dezhnev– hizo lo que era necesario y el traje lo hizo posible.
–¡A qué precio! –masculló Morrison que se puso a hablar en inglés quizá para expresar mejor sus sentimientos.
–Lo he entendido todo –saltó Konev–. He vivido en Estados Unidos, ¿sabe? Si le hace sentirse mejor, le enseñaré cómo decir cada una de esas palabras en ruso.
–Gracias, pero tienen mejor sabor en inglés. –Se pasó la lengua por los labios resecos, una lengua también seca y dijo–: Un poco de agua me sabría aún mejor. Tengo sed.
–Naturalmente –asintió Kaliinin y le acercó una botella a los labios–. Sorba despacio. No cae, al no tener casi masa... Despacio, despacio. No vaya a atragantarse ahora.
Morrison apartó la cabeza de la botella:
–¿Tenemos suficiente agua?
–Debe reponer la que perdió. Tenemos suficiente.
Morrison tragó un poco más. Después suspiró:
–Está mucho mejor. Se me ocurrió algo cuando estaba en el capilar. Fue un destello. No estaba lo suficientemente cuerdo para comprender mi propio pensamiento –inclinó la cabeza y se cubrió los ojos con las manos–. Pero no estoy aún suficientemente cuerdo para recordarlo. Déjenme que piense.
En la nave se guardó silencio. Al rato, Morrison, con un suspiro y aclarándose con fuerza la garganta, confesó:
–Sí, ya me acuerdo.
Boranova suspiró también.
–Bien, por lo menos ha recobrado la memoria.
–Claro que sí –saltó petulante–. ¿Qué se habían creído?
–Que una pérdida de memoria podía ser un primer indicio de daño cerebral –explicó Konev.
Morrison cerró la boca con tal fuerza que sus dientes chocaron. Luego, sintiendo frío en la boca del estómago, preguntó:
–¿Es eso lo que pensaron?
–Era una posibilidad. Como en el caso de Shapirov.
–Ya no importa –sugirió Kaliinin–. No ha ocurrido. ¿Cuál fue su pensamiento, Albert? ¿Lo recuerda aún, no? –Era en parte observación, en parte pregunta esperanzada.
–Sí, me acuerdo. Vamos corriente arriba, ahora, ¿verdad? Por decirlo de algún modo...
–Sí –contestó Dezhnev–. Sirviéndome de los motores, gastando energía.
–Cuando lleguemos a la arteriola, seguirá aún corriente arriba y no podrá girar. Volveremos por el camino que llegamos. Habrá que dar vuelta a la nave desde el exterior. Pero no puedo ser yo. ¿Lo comprenden? ¡No puedo ser yo!
Kaliinin le pasó el brazo por los hombros, tranquilizándolo:
–¡Shh! Está bien. No, no será usted.
–No será nadie, Albert, amigo mío –anunció alegremente Dezhnev–. Mire hacia delante. Estamos llegando a la arteriola.
Morrison miró y sintió una punzada de dolor. Debió de hacer una mueca porque Kaliinin apoyó una mano fresca en su frente y preguntó:
–¿Cómo está su dolor de cabeza?
–Mejorando –respondió Morrison y apartó la mano impaciente. Miraba ante sí y le tranquilizó descubrir que su visión parecía normal. El túnel cilíndrico que se abría delante de ellos parecía ensancharse y más allá de un labio elíptico podía ver una pared distante en la que las baldosas eran menos pronunciadas. Comentó:
–El capilar sale de la arteriola como la rama de un árbol, en ángulo oblicuo. Penetraremos en esa abertura que tenemos delante y estaremos a tres cuartos del camino, corriente arri-ba... y una vez que topemos con la pared del fondo, nos separaremos y seguiremos la corriente.
Dezhnev soltó una risita:
–Mi anciano padre solía decir: «Media imaginación es peor que ninguna» Fíjese, Albert, pequeño. Verá, esperaré hasta que estemos casi en la abertura y reduciré la marcha para entrar muy despacio en la corriente. Ahora nuestra nave asoma el hocico fuera del capilar... un poco más... un poco más... y ahora la corriente principal de la sangre de la arteriola nos alcanza y nos empuja contra el saliente y nos da la vuelta... y yo aprieto un poco más... y viramos un poco más... y entonces salgo del todo, y he aquí que he dado la vuelta, voy nuevamente corriente abajo y apago los motores. –Sonrió orgulloso–. ¿Qué, no estuvo bien?
–Muy bien –confirmó Boranova–, pero imposible sin lo que Albert acaba de hacer.
–Cierto. Le concedo todo el mérito... y la orden de Lenin... si la acepta.
Morrison sintió un alivio infinito. No tendría que volver a salir.
–Gracias, Arkady –le dijo, y con cierta timidez añadió–: Sabe, Sofía, todavía tengo sed.
Al instante, ella le tendió la botella, pero Morrison vaciló.
–¿Está segura de que no bebo más de lo que me corresponde?
–Claro que sí, Albert, pero más de lo que le corresponde es lo que le corresponde. Vamos, el agua es fácil de reciclar. Además disponemos de una provisión suplementaria. No encajó usted bien en la esclusa de aire. Le quedó un codo fuera y tuvimos que romper la capa interior y meterlo... lo que significaba que entraría algo de plasma. Poco, gracias a su viscosidad. Ha sido miniaturizado, por supuesto, y lo estamos reciclando.
–Una vez miniaturizado no puede ser mucho más que una gota.
–Y eso es lo que es –aclaró Kaliinin, sonriendo– pero incluso una gota es una provisión extra y puesto que usted la trajo, merece disponer de ella. La lógica es la lógica.
Morrison se echó a reír y bebió el agua extra, golosamente, exprimiendo el contenedor de plástico flexible estilo astronauta. Empezaba a sentirse prácticamente normal. Más que eso. Sentía una especie de satisfacción de ensueño, algo que nace de sentirse liberado de lo intolerable.
Trató de concentrarse, de adquirir cierto sentido de realidad. Estaba aún en la nave. Tenía todavía el tamaño de una bacteria, más o menos. Se encontraba aún en la corriente sanguínea de un hombre en estado de coma. Su posibilidad de vivir otras pocas horas, era aún problemática. Pero, aun diciéndose todo esto no podía, sin embargo, desprenderse de la sensación de que la mera ausencia de calor intolerable, de estar con los demás, la mera existencia de los cuidados de una mujer era en sí como un poco de cielo. Les dijo:
–Doy las gracias no solamente a Arkady sino a todos ustedes por arrastrarme adentro y cuidarme.
–No se preocupe –interrumpió Konev, con indiferencia–. Le necesitamos a usted y a su programa de computadora. Si le hubiéramos dejado fuera, el proyecto habría sido un fracaso, incluso habiendo encontrado la célula apropiada.
–Puede que sea así, Yuri –exclamó Boranova indignada– pero cuando encontramos a Albert, no pensé en nada de eso sino en salvar su vida. No puedo creer que incluso usted sea tan despiadado que no sintiera ansiedad por un ser humano que estaba arriesgando su vida para ayudarnos, excepto porque lo necesitábamos.
–Es obvio –observó Konev– que la pura razón no es deseada.
La pura razón era lo que Morrison quería. Desde que se mencionó el daño cerebral, se había estado estudiando, pensando, tratando de llegar a conclusiones.
–Arkady –dijo de pronto– cuando los motores de microfusión funcionan están convirtiendo hidrógeno miniaturizado en helio miniaturizado y algo de este helio escapa junto con el vapor de agua miniaturizado u otras materias destinadas a producir impulso.
–Sí –respondió Arkady, cansado–. Y si es así, ¿qué pasa?
–Y las partículas miniaturizadas, átomos y demás, escapan simplemente a través de Shapirov y a través de la Gruta y a través de Tierra y terminan en el espacio, tal como me dijo.
–Bien, ¿y qué pasa?
–¿Seguro que no permanecen miniaturizadas? ¿No estaremos iniciando un proceso en el que el Universo se irá gradualmente llenando de partículas miniaturizadas a medida que la Humanidad se sirva de la miniaturización, cada vez más?
–Y si así fuera, ¿qué daño harían? Toda la actividad humana durante millones de años no pudo añadir una cantidad significativa de partículas miniaturizadas al Universo. Pero no es así. La miniaturización es una condición metastable, lo cual significa que existe siempre la posibilidad de que una partícula miniaturizada salte, espontáneamente, a la verdadera estabilidad, es decir al estado desminiaturizado.
Por el rabillo del ojo, Morrison vio que Boranova levantaba una mano en señal de aviso, pero Dezhnev, una vez lanzado el chorro oral, era difícil de detener.
–Naturalmente –prosiguió impertérrito– no se puede prevenir cuándo una determinada partícula miniaturizada cambiará de golpe; pero apuesto a que todas, o casi todas, estarán más allá de la Luna cuando ocurra. En cuanto a las pocas, siempre hay unas pocas, que dejan la miniaturización casi inmediatamente, el cuerpo de Shapirov puede absorberlas.
Sólo entonces pareció darse cuenta de los gestos de Boranova, que se habían hecho perentorios, así que dijo:
–Pero lo estoy aburriendo. Como mi anciano padre dijo en su lecho de muerte: «Mis proverbios pueden haberte aburrido, pero ahora puedes esperar dejar de oírlos, por lo que me llorarás menos y, por lo tanto, sufrirás menos» Al viejo le habría sorprendido, y quizá decepcionado, saber cuánto lo lloraron sus hijos, incluso..., pero creo que no voy a arriesgarlo con mis compañeros de nave...
–Exactamente –cortó Konev–; así que basta, por favor, especialmente ahora que nos estamos acercando al capilar donde deberíamos entrar. Albert, inclínese y estudie el cerebrógrafo, ¿de acuerdo?
Kaliinin simulando dirigirse a Boranova observó:
–Albert no está en condiciones de luchar con un cerebrógrafo.
–Deje que lo intente –ofreció Morrison forcejeando con su cinturón de seguridad.
–No –ordenó Boranova–. Yuri puede responsabilizarse sólo de esta decisión.
–Entonces, así lo haré –contestó Konev malhumorado–. Arkady, ¿puede acercarme a la pared de su derecha y enfilar la corriente que se mete en el capilar?
–He estado haciendo carreras con glóbulos rojos –anunció Arkady– y he descubierto uno que se mueve hacia la pared de la derecha–. Nos impulsará, o la pequeña corriente que le empuja nos empujará también a nosotros... Ah, ¿lo ve?, está ocurriendo, como ocurrió en otras ocasiones en que tuvimos que desviarnos. Todas las veces logré servirme correctamente de la corriente natural.
Una amplísima sonrisa iluminó su rostro feliz a la vez que decía:
–Aplaudan todos. Digan «¡Bien por Arkady!»
Morrison repitió amablemente:
–¡Bien por Arkady! –y la nave entró en el capilar.
Morrison se había reanimado lo bastante como para sentirse harto de hacerse el inválido. Afuera del casco transparente de la nave, la pared del capilar parecía fuertemente embaldosada y muy cerca por ambos lados. Se parecía mucho al otro capilar, aquel en el que había dado la vuelta a la nave.
–Quiero ver el cerebrógrafo –dijo de pronto.
Se desabrochó el cinturón, el primer movimiento realmente decisivo desde que regresó a la nave, y al hacerlo miró con rebeldía a la turbada Kaliinin.
Se impulsó suavemente hacia arriba hasta flotar, sujetándose en posición para mirar por encima del hombro de Konev tras repetidas correcciones, primero hacia arriba; luego hacia abajo.
–¿Cómo sabe que estamos en la correcta, Yuri?
Konev levantó la vista y dijo:
–Contando y adivinando. Vea. Si reducimos la escala del cerebrógrafo, ésta es la arteriola que hemos recorrido al salir de la carótida. Tomamos este ramal y este otro, y ahora es ya cuestión de contar los capilares que se ramifican hacia la derecha.
«Tuvimos el tropiezo con el leucocito aquí, y durante el tiempo que la célula nos tuvo a su merced, este capilar era el único donde razonablemente podíamos entrar. Una vez dada la vuelta y de regreso a la arteriola recorrimos su estrecha estructura y ésta coincidía con lo que reflejaba el cerebrógrafo. El trazado de puntos de ramificación también coincide, casi exactamente, con la figura descrita por el cerebrógrafo; solamente esto ya me asegura que seguíamos el buen camino. Ahora hemos entrado en este capilar.
La mano izquierda de Morrison resbaló sobre el tejido suave del respaldo del asiento de Konev y su intento de afianzarse lo hizo quedar retorcido en una cómica postura apoyado solamente en los dedos abiertos de su mano derecha. Luchó por enderezarse y pensó, rabioso, que otra de las mejoras que debían introducirse en posteriores versiones, sería agarraderos en los asientos y en otras zonas estratégicas. Jadeante, preguntó:
–¿Y a dónde nos llevará este capilar?
–Directamente a uno de los centros donde usted supone puede encontrarse el cruce de caminos del proceso del pensamiento abstracto. Volvamos a reducir la escala del cerebrógrafo. Aquí mismo.
Morrison asintió.
–Por favor, tenga en cuenta que sólo indirectamente los he localizado en seres humanos, juzgando por lo descubierto en cerebros animales. No obstante, si estoy en lo cierto, esto debería ser el nódulo sképtico superior externo.
–Según usted, debería haber ocho nódulos de este tipo, cuatro a cada lado. Éste, sin embargo, es el mayor y más intrincado del lado izquierdo y por consiguiente es el que más probabilidades ofrece de revelarnos los datos que necesitamos. ¿Estoy en lo cierto? –preguntó Konev.
–Creo que sí –respondió cautamente Morrison– pero recuerde que mis razonamientos no han sido aceptados por la comunidad científica.
–¿Acaso empieza usted a dudar también, Albert?
–La cautela es una actitud razonablemente científica, Yuri. Mi concepto del nódulo sképtico tiene sentido común a la luz de mis observaciones, pero nunca he podido probarlo directamente, nada más. Y no deseo que más tarde se diga que le he engañado.
Dezhnev dijo zumbonamente:
–¡nódulo sképtico! No es de extrañar que sus compatriotas se muestren escépticos respecto al concepto, Albert. Mi padre solía decir: «La gente está siempre dispuesta a reírse de uno. No haga muecas a fin de animarla a ello» ¿Por qué no lo llamó «nódulo del pensamiento» en simple idioma ruso? Hubiera sonado mucho mejor.
–O «nódulo del pensamiento» en simple inglés –corrigió Morrison, paciente–. Pero la ciencia es internacional y uno se sirve del griego y del latín siempre que sea posible. La palabra griega para pensamiento es skeptis. Nos ha dado sképtico, escéptico, tanto en inglés como en ruso para reflejar una actitud habitual de duda. Esto es así porque el propio acto de dudar implica pensamiento. Seguro que todos saben que la forma más eficaz de aceptar dogmas inanes, impuestos sobre nosotros por la ortodoxia social, es evitar pensar.
Siguió un silencio incómodo después de estas palabras, hasta que Morrison (que había dejado de hablar un instante, por pura malicia..., se lo merecían) añadió:
–Como saben todos los seres humanos de todas las naciones.
La atmósfera se aclaró perceptiblemente y al instante se oyó decir a Dezhnev:
–En tal caso, veremos lo escépticos que debemos ser sobre el nódulo sképtico, cuando lleguemos a él.
–Confío –observó Konev con un gesto agrio– en que no pensará que esto es algo para tomar a broma, payaso. Ese nódulo está donde confiamos detectar los pensamientos de Pyotr Shapirov. Sin ello, la aventura no habrá servido para nada.
–A cada uno lo suyo. Yo les llevaré hasta allí gracias a mi experto manejo de la nave. Una vez llegados, conseguirán los pensamientos... Albert los conseguirá. Y si son tan buenos con los pensamientos como lo soy yo con la nave, no tendrán nada de que lamentarse. Mi padre solía decir...
–Su padre está bien donde está –interrumpió Konev–. No vuelva a sacarlo a relucir.
–Yuri –cortó Boranova, severamente– ésta ha sido una observación intolerablemente grosera. Debe excusarse.
–No importa –dijo Dezhnev–. Mi padre solía decir: «El momento de ofenderse es cuando un hombre, una vez tranquilizado, repite un insulto que ha proferido en su ira» No estoy seguro de poder seguir siempre su consejo, pero en honor a mi padre, olvidaré por esta vez el estúpido comentario de Yuri.
Y se inclinó, sombrío, sobre sus controles.
Morrison había prestado solamente medio oído al altercado (posiblemente Konev había sido agresivo porque se encontraba bajo una tremenda tensión) por lo que su mente volvió a algo que le había impresionado: la charla descuidada de Dezhnev y la mano alzada de Boranova para advertirle. Volvió a su asiento, sujetándose para conseguir cierta estabilidad y giró la cabeza hacia Boranova.
–¡Natalya! Una pregunta...
–¿Sí, Albert?
–Esas partículas miniaturizadas, sueltas en el Universo normal, no miniaturizado...
–Diga, Albert.
–Eventualmente, se desminiaturizan.
Boranova titubeó.
–Sí, lo hacen, como le dijo Arkady.
–¿Cuándo?
–No se puede predecir. Lo mismo que la descomposición radiactiva de un solo átomo.
–¿Cómo lo sabe?
–Porque es así.
–Quiero decir, ¿qué experimentos se han realizado? Jamás se ha miniaturizado nada al punto en que estamos ahora miniaturizados, así que no puede saber con seguridad lo que ocurre con esas partículas miniaturizadas por observación directa.
–Hemos observado acontecimientos en las miniaturizaciones que hemos realizado y podemos, de este modo, determinar lo que parecen ser las leyes del comportamiento de objetos miniaturizados. Extrapolamos...
–Las extrapolaciones no siempre son de fiar cuando salen bien fuera del reino del estudio directo.
–Concedido.
–Usted ha comparado la desminiaturización espontánea a la descomposición radiactiva. ¿Hay acaso un promedio de vida en la desminiaturización? Incluso si no puede decir cuándo una determinada partícula miniaturizada va a desminiaturizarse, ¿puede decirme cuándo lo harán la mitad de esa determinada cantidad de ellas?
–Tenemos cifras de promedios de duración y pensamos que son expresiones cinéticas de primer orden, como lo son los promedios de vida radiactivos.
–¿Puede generalizar de un tipo de partícula a otro? –preguntó Morrison.
Boranova frunció los labios y pareció sumirse en sus pensamientos, luego dijo:
–Al parecer, el promedio de duración de un objeto miniaturizado varía inversamente a la intensidad de miniaturización y también con la masa normal del objeto.
–¿De modo que a medida que vamos miniaturizándonos más y más, cuanto más pequeños seamos, menos tiempo permaneceremos miniaturizados?
–En efecto –respondió Boranova.
Morrison la miró gravemente.
–Admiro su integridad, Natalya. No desea contarme cosas. No ofrece información voluntariamente. Sin embargo, no acepta desinformarme.
–Soy un ser humano y digo mentiras en ocasiones necesarias o por defecto de mis emociones o personalidad. Pero también soy científica y no quiero distorsionar un hecho científico por nada que no sean razones de máxima obligatoriedad.
–Entonces, resumamos. Incluso esta nave, aunque tiene mucha más masa que un núcleo de helio, tiene un promedio de vida.
–Pero muy largo –advirtió Boranova inmediatamente.
–Pero el hecho de que estemos tan intensamente miniaturizados ha recortado ese promedio de vida tan largo.
–Y aún sigue siendo larga.
–¿Y qué hay de los componentes individuales de la nave? ¿Las moléculas de agua que bebemos, las moléculas de aire que respiramos, los átomos individuales que forman nuestros cuerpos? Podrían tener..., deben tener..., una muy...
–¡No! –exclamó Boranova con fuerza, pareciendo encontrar alivio en el hecho de poder negar algo–. El campo de miniaturización se cruza cuando trata con partículas suficientemente unidas, o que están quietas, o casi quietas, en relación de unas con otras. Un cuerpo extendido, como es la nave con todo lo que contiene, es tratado como una partícula sola pero muy grande y tiene un promedio de vida de desminiaturización proporcional a su imagen. Ahí, la miniaturización difiere de la radiactividad.
–Bien –rezongó Morrison–, pero cuando yo me encontraba fuera de la nave y sin contacto con ella, ¿podía ser que fuera entonces una partícula separada con una masa más pequeña que la de la nave y su contenido, y que tuviera un promedio de vida de miniaturización más pequeño que la que tenemos ahora?
–No estoy segura de que la distancia entre usted y la nave fuera lo suficientemente grande como para hacer de usted un cuerpo separado. Posiblemente así fue en el tiempo en que no estuvimos en contacto.
–Entonces, yo tenía un promedio de vida más corto..., mucho más corto.
–Posiblemente..., pero estuvo usted fuera de contacto sólo unos minutos.
–Realmente, no podemos hablar del promedio de vida de un solo objeto.
–Sí, porque esos promedios son estadísticos. Para cualquier partícula, la desminiaturización puede llegar, espontáneamente, en cualquier momento, incluso después de muy poco tiempo, aun cuando el promedio de vida de un gran número de partículas similares fuera muy larga. Pero que la desminiaturización espontánea venga después de poco tiempo cuando el promedio de vida estadístico es muy largo, es extremadamente improbable.
–Pero no imposible, ¿verdad?
–No –confesó Boranova–. No es imposible.
–Así que podemos desminiaturizarnos, súbitamente, en cinco minutos, o incluso en un minuto, o incluso en mi próximo aliento.
–En teoría.
–¿Lo sabían todos? –Sus ojos recorrieron la nave–. Por supuesto que todos lo sabían. ¿Por qué no se me dijo?
Boranova explicó:
–Somos voluntarios, Albert. Trabajamos para la ciencia y para nuestra nación. Conocemos todos los peligros y los aceptamos. Usted ha sido incluido a la fuerza y no tiene la motivación que nos mueve. Parecía posible que si conocía todos los peligros, se negara a entrar voluntariamente en la nave pese a cualquier persuasión; metido en la nave a la fuerza, nos resultaría absolutamente inútil por causa del...
–Por causa del pánico, iba a decir. Tengo derecho a sentir pánico. Hay razón para temer.
Kaliinin lo interrumpió, con voz algo estridente:
–Ya va siendo hora de dejar de insistir en el miedo de Albert, Natalya. Fue él quien salió de la nave con un traje inadecuado. Fue él quien giró la nave arriesgando su vida, ¿dónde estaba entonces su miedo? Si lo sentía, se lo tragó y no permitió que le impidiera hacer lo que había que hacer.
–No obstante –cortó Dezhnev– era usted la que no dudaba en decir, antes, que todos los americanos eran cobardes.
–Entonces estaba equivocada. Hablaba injustamente y pido perdón a Albert.
Fue en este punto en que Morrison captó la expresión de Konev.
El hombre estaba retorcido en su asiento y lo miraba furioso. Morrison no alardeaba de ser un maestro en la lectura de expresiones faciales, pero esta vez comprendió con una mirada lo que atormentaba a Konev. Estaba celoso..., furiosa e impresionantemente celoso.
La nave continuó su lento avance por el capilar, en dirección al destino que había marcado Konev: el nódulo sképtico. Ya no dependía de la corriente, que era en verdad muy lenta. Los motores funcionaban, como adivinaba Morrison, de dos maneras diferentes. Primero, hacían que la nave se moviera firme y activamente, más que deslizarse pasivamente, y servían para amortiguar el efecto, ahora sorprendentemente pequeño, del movimiento browniano. Segundo, la nave alcanzaba los glóbulos rojos, uno tras otro.
En la mayoría de los casos los empujaba a un lado y los glóbulos rodaban hacia atrás, entre la nave y la pared. En ocasiones, un glóbulo rojo se interponía en el mismo centro y entonces era empujado hacia delante, por un tiempo, hasta que reventaba. Los restos quedaban atrás, dejando intacto el casco de la nave. Con, por lo menos, cinco millones de glóbulos en cada milímetro cúbico de sangre, no importaba la cantidad que fueran des-truidos y Morrison había aprendido a no sufrir por la carnicería.
Pensaba deliberadamente en las células rojas, más que en la posibilidad de una desminiaturización espontánea. Sabía que no existía la posibilidad de estallar en el futuro inmediato e incluso, si así ocurriera, significaría simplemente un apagón. La muerte por fritura del cerebro ocurriría con tanta rapidez que sería inconcebible que la sintieran.
Poco antes, cuando casi se cocina en el propio torrente sanguíneo, todo había ocurrido muy lentamente. Se había sentido morir. Después de aquello, la muerte instantánea no era terrorífica.
De todos modos, prefería pensar en otras cosas.
¡Aquella mirada de Konev! ¿Qué bullía en su interior y lo desgarraba? Había abandonado a Sofía con la máxima crueldad, ¿pensaba realmente que la niña no era suya? La gente no necesita motivos para llegar a una conclusión emocional, y la sospecha de estar equivocado no le hacía sino aferrarse defensivamente, implacable, a su conclusión. Patológico. Piensen en Leontes, de los Cuentos de Invierno; Shakespeare siempre entendió bien esas cosas. Konev la apartaría y la odiaría por el daño que él le hacía a ella. La empujaría en brazos de otro hombre y la aborrecería por haberlo permitido..., y además, sentiría celos.
¿Y ella? ¿Se daba cuenta de sus celos y jugaba con ellos? ¿Se volvería deliberadamente hacia Morrison, un americano, para hacer trizas a Konev? Lavando tiernamente al americano con la toalla húmeda. Defendiéndolo a cada momento. Con Konev, por supuesto, testigo de todo.
Morrison apretó los labios. No le gustaba ser pelota de tenis, lanzada de uno a otro con la intención de producir el máximo dolor.
No era asunto suyo, después de todo, y no debía tomar partido por nadie. ¿Pero cómo podría mantenerse neutral? Sofía Kaliinin era una mujer atractiva que reaccionaba con dolor silencioso. Yuri Konev, era un bestia ceñudo que reaccionaba con odio hirviente y concentrado. No podía evitar que le gustara Sofía; ni que le disgustara Yuri.
Entonces descubrió a Boranova mirándolo gravemente y se preguntó si estaría interpretando mal su silencio y reflexión.
¿Sentía ella que podía estar pensando en la posibilidad de morir a causa de la miniaturización mientras él, valientemente, se esforzaba por no pensar en ello?
De pronto, Boranova le dijo:
–Albert, ninguno de nosotros es un temerario. Yo tengo un marido. Tengo un hijo. Quiero volver viva junto a ellos y me propongo devolverlos vivos a todos ustedes. Quiero que lo comprenda.
–Estoy seguro de que sus intenciones son buenas, pero ¿qué puede usted hacer contra una posibilidad de desminiaturización que es espontánea, imprevisible, imparable?
–Espontánea e imprevisible, sí, de acuerdo, ¿pero quién habló de imparable?
–¿Puede detenerla entonces?
–Puedo intentarlo. Cada uno, aquí, tiene su trabajo. Arkady maneja la nave. Sofía le da su trazado eléctrico. Usted va a estudiar las ondas cerebrales. En cuanto a mí, estoy sentada ahí y tomo las decisiones... Mi mayor decisión, hasta ahora, fue un error, lo confieso..., y vigilo el chorro de calor.
–¿El chorro de calor?
–Sí. Antes de que tenga lugar la desminiaturización, hay una pequeña devolución de calor, característica en su tipo. Es esta emisión de calor lo que es desestabilizante, lo que inclina la delicada balanza. Después de un breve retraso da comienzo el proceso de desminiaturización. Cuando esto ocurra, si soy lo bastante rápida, puedo intensificar el campo de miniaturización de tal forma que reabsorba el exceso de calor y restablezca la metastabilidad.
Morrison murmuró dubitativo:
–¿Y se ha hecho esto alguna vez...? ¿Se ha hecho realmente en condiciones de campo de miniaturización...? ¿O es pura teoría?
–Se ha hecho..., con menor intensidad de miniaturización, por supuesto. No obstante, estoy preparada para esto y mis reflejos se han agudizado. Espero que no me coja desprevenida.
–¿Fue la desminiaturización espontánea lo que dejó a Shapirov en estado de coma, Natalya?
Ella titubeó.
–Realmente, no sabemos si fue un desgraciado encuentro con las leyes de la Naturaleza o un error humano..., o ambas cosas. Puede haber sido una vacilación, ligeramente mayor que lo normal, del punto metastable del equilibrio, y nada más que eso.
No es algo que pueda analizar detalladamente con usted, porque no tiene los conocimientos básicos necesarios de la física y la matemática de la miniaturización, ni se me permitiría que le proporcionara estos conocimientos.
–Lo comprendo. Material clasificado. –En efecto.
–Natasha –interrumpió Dezhnev–, acabamos de llegar al nódulo sképtico..., o así lo asegura Yuri.
–Entonces, deténgase –ordenó Boranova.
Poder detenerse fue cuestión de un buen rato.
Morrison notó, con cierta sorpresa, que Dezhnev no parecía impresionado en absoluto. Comprobaba sus instrumentos pero no hacía el menor esfuerzo por controlar el movimiento de la nave.
Era Kaliinin la que ahora estaba profundamente involucrada. Morrison miró a su izquierda, estudiándola, mientras se inclinaba sobre su dispositivo, con el cabello cayéndole hacia delante, pero no demasiado como para entorpecerle la visión, con los ojos fijos, y sus dedos finos acariciando las teclas de su computadora. Los gráficos que aparecían en la pantalla no tenían el menor sentido para Morrison, naturalmente.
–Arkady –pidió–, adelántese un poco.
La débil corriente de los capilares apenas movía la nave. Dezhnev proporcionó un pequeño suministro de energía. (Morrison sintió que su cuerpo sin masa caía ligeramente hacia atrás, puesto que no había la suficiente inercia para darle una verdadera sacudida.) Los glóbulos rojos más cercanos, entre la nave y la pared del capilar, quedaron atrás.
–Pare, pare –dijo Kaliinin–. Ya basta.
–No puedo parar –respondió Dezhnev–. Sólo puedo apagar los motores y es lo que he hecho.
–Ya está bien. Ya lo tengo, ahora. –Y añadió como inevitable comentario salvador–: Me parece... Sí, lo tengo.
Morrison fue inclinado hacia delante, ligeramente. Entonces se fijó en los glóbulos rojos cercanos, junto con alguna plaqueta deslizándose junto a ellos y adelantándolos perezosamente.
Además, notó un cese total del movimiento browniano, ese leve temblor al que se había acostumbrado de tal forma que podía ignorarlo..., hasta que cesó. Ahora su ausencia era notable y producía la misma sensación, en Morrison, que le hubiera producido el cese súbito de un zumbido, bajo y continuado. Se movió inquieto. Era como si se le parara el corazón, aunque intelectualmente sabía que no era así. Preguntó:
–¿Qué ha ocurrido con el movimiento browniano, Sofía?
–Estamos sujetos a la pared del capilar, Albert.
Morrison asintió. Si la nave formaba una sola pieza con la pared capilar, por decirlo de algún modo, el bombardeo de moléculas de agua que producía el movimiento browniano perdería su efecto. La fuerza de sus impactos se centraría en mover una sección entera de la pared relativamente inerte, en lugar de golpear una pequeña nave del tamaño de una plaqueta. Naturalmente, el temblor cesaría.
–¿Cómo ha conseguido sujetar la nave, Sofía? –preguntó.
–La fuerza eléctrica habitual. La pared capilar es de carácter en parte proteínico, en parte fosfolipídico. Hay, aquí y allá, grupos cargados positiva y negativamente. Yo he tenido que detectar un tipo lo suficientemente compacto, y producir, a continuación, un tipo complementario para la nave: negativo donde la pared es positiva y viceversa. Lo malo es que la nave se mueve con la corriente, de modo que tengo que detectarlo con cierta anticipación y producir el tipo complementario antes de rebasarla. He perdido tres oportunidades y después he caído en una zona donde no había ningún tipo apropiado, así que he tenido que pedir a Arkady que nos hiciera avanzar un poco, hasta una zona mejor... Pero lo he conseguido.
–Si la nave dispusiera de marcha atrás –preguntó Morrison– no habría habido ningún problema, ¿verdad?
–En efecto –respondió Kaliinin– y la próxima nave la tendrá. Pero por ahora, no tenemos más que lo que tenemos.
–Eso mismo –afirmó Dezhnev–. Como mi padre solía decir: «Muramos de hambre hoy pensando en el banquete de mañana»
–Por el contrario –continuó Kaliinin–, si dispusiéramos de un motor que pudiera hacer todo lo que quisiéramos tal vez sentiríamos el fuerte impulso de abusar de él, y esto podría no ser bueno para el pobre Shapirov. Y, además, muy caro. Dada la situación, utilizamos un campo eléctrico que ahorra más energía que un motor y el precio es solamente algo más de trabajo para mí... ¿Y qué?
Morrison tuvo la impresión de que no hablaba precisamente para él. Le preguntó:
–¿Está siempre tan filosófica?
Por un momento, sus ojos se abrieron y las ventanillas de su nariz se dilataron; pero sólo fue un instante. Se relajó y contestó sonriendo:
–No. ¿Cómo podría? Pero lo intento.
Boranova interrumpió con cierta impaciencia:
–Basta de charla, Sofía. Arkady, es obvio que está en contacto con la Gruta. ¿A qué se debe este retraso?
Arkady alzó una manaza, se giró a medias en su asiento y dijo:
–Paciencia, mi capitán. Quieren que nos quedemos exactamente donde estamos por dos razones. Primera, les estoy enviando una onda trazadora en tres direcciones. Están localizando cada una de ellas y utilizándolas para localizarnos a nosotros a fin de ver si nuestra situación concuerda con la que Yuri asegura, por deducción.
–¿Y cuánto tardarán?
–¿Quién sabe? En todo caso, unos minutos. Pero es que mis ondas no son muy intensas y la localización debe ser precisa, así que estarán repitiendo las medidas varias veces para calcular posibles márgenes de error. Después de todo, deben ser correctos, porque como mi padre solía decir: «Casi bien, no es mejor que mal»
–Sí, sí, Arkady, pero todo depende de la naturaleza del problema. ¿Cuál es la segunda razón por la que esperamos?
–Están haciendo un reconocimiento a Pyotr Shapirov. Su corazón latía con cierta irregularidad.
Konev levantó la mirada con la boca algo entreabierta; sus delgadas mejillas, bajo los pómulos salientes, parecían demacradas.
–¡Qué! –exclamó–. ¿Dicen que es por algo que estamos haciendo?
–No, y no te pongas trágico. No dicen nada de eso. ¿Qué podríamos hacerle a Shapirov que fuera de alguna importancia? Somos simplemente un glóbulo rojo entre los glóbulos rojos de su corriente sanguínea. Uno entre billones.
–Bien, ¿qué ocurre entonces?
–Y yo qué sé –respondió Dezhnev claramente irritado–. ¿Acaso me lo cuentan? Yo sólo hago funcionar la nave y no piensen en mí excepto como en un par de manos sobre los controles.
Kaliinin murmuró entristecida:
–En todo caso, el académico Shapirov se aferra débilmente a la vida. Es sorprendente que haya podido permanecer estable durante tanto tiempo.
–Tiene razón, Sofía –asintió Boranova.
–Pero debe seguir así –exclamó Konev–. No puede abandonar ahora. Ahora no. Todavía no hemos podido tomar nuestras medidas.
–Podremos tomarlas –lo tranquilizó Boranova–. Un latido irregular no es el fin del mundo, ni siquiera para un hombre en estado de coma.
Konev golpeó el brazo de su asiento con el puño cerrado:
–No quiero perder ni un momento... Albert, empecemos.
Morrison, sobresaltado, preguntó:
–¿Y qué podemos hacer aquí, en la corriente sanguínea?
–Un efecto neural puede ser percibido inmediatamente fuera de la célula nerviosa.
–De ningún modo. ¿Por qué las neuronas iban a tener axones y dendritas para canalizar el impulso si éste iba a extenderse y debilitarse en el espacio exterior? Las locomotoras se mueven sobre raíles, los mensajes telefónicos sobre cables, los impulsos neurales...
–No me lo discuta, Albert. No aceptemos el fracaso mediante cierto proceso de razonamiento. Probemos el caso. Vea si puede detectar ondas cerebrales y analizarlas del modo apropiado.
–Lo intentaré, pero no me dé órdenes en ese tono amenazador.
–Lo siento –dijo, aunque no parecía que lo sintiera–. Quiero ver lo que hace. –Soltó su cinturón, se volvió en el asiento, se agarró con fuerza y dijo entre dientes–: La próxima vez debemos tener más espacio.
–Claro, un transatlántico –masculló Dezhnev– para la próxima vez.
–Lo que debemos hacer primeramente –observó Morrison– es descubrir si podemos detectar algo. Lo malo es que estamos rodeados de campos electromagnéticos. Los músculos están llenos de ellos y cada molécula, o casi, es el punto de origen de...
–Demos todo esto por sabido –cortó Konev.
–Estoy solamente ocupando el tiempo mientras tomo las medidas necesarias con mi máquina. El campo neutral es característico de diversas maneras, y ajustando la computadora para que elimine campos que no tengan dichas características, dejo solamente lo que las neuronas producen. Eliminamos todos los microcampos y desviamos los campos de los músculos de este modo..
–¿De qué modo? –quiso saber Konev.
–Lo describo en mis papeles.
–Pero, es que no he visto lo que ha hecho.
Sin decir palabra, Morrison repitió la maniobra, despacio.
–¡Oh!
–Y a partir de ahora ya deberíamos empezar a detectar las ondas neurales, si hay alguna que detectar..., y no la hay Konev apretó los puños.
–¿Está seguro?
–La pantalla muestra una línea horizontal. Nada más.
–Pero vibra.
–Son ruidos. Posiblemente del propio campo eléctrico de la nave, que es complejo y no del todo parecido a los campos naturales del cuerpo. Nunca había tenido que ajustar una computadora para que me eliminara un campo artificial.
–Bueno, pues tendremos que seguir adelante... Arkady, dígales que no podemos esperar más.
–No puedo hacerlo, Yuri, a menos que Natasha me lo mande. Es el capitán. ¿O se te ha olvidado?
–Gracias, Arkady –dijo fríamente Boranova–. A usted, por lo menos, no. Perdonaremos a Konev su lapsus y lo achacaremos a un exceso de celo en su trabajo... Mis órdenes son no movernos hasta que la Gruta nos lo diga. Si esta misión fracasa porque algo va mal en Shapirov, no debemos dar oportunidad a nadie de decir que fue porque nosotros no acatamos las órdenes.
–¿Y si ocurre algún desastre porque acatamos las órdenes? También puede ocurrir, ¿no cree? –La voz de Konev se alzó histérica.
–Entonces la culpa será de los que dieron esas órdenes.
–No encuentro ninguna satisfacción en achacar la culpa a mí o a alguien más. Es el resultado lo que cuenta.
–De acuerdo –dijo Boranova–, si tratáramos con una delicada teoría. Pero si espera poder continuar trabajando en este proyecto más allá de una posible catástrofe, se percatará de que el modo de determinar culpabilidades es sumamente importante.
–Está bien –replicó Konev medio tartamudeando en su exaltación–. Insista para que nos dejen movernos tan pronto como sea posible y entonces nosotros...
–¿Sí?
–Nos meteremos en la célula. Debemos hacerlo.
XII. INTERCELULAR
En la vida, al contrario que en el
ajedrez, el juego continúa después del
jaque mate.
DEZHNEV, padre
Un pesado silencio se abatió sobre los cinco navegantes. El de Konev era el menos tranquilo. Se estremecía de inquietud y sus manos no dejaban de moverse.
Morrison sintió por él una vaga simpatía. Haber llegado a destino; haber hecho exactamente lo planeado, a través de infinitas dificultades; imaginarse el éxito al alcance de la mano, y tener que temer que todo eso pueda escaparse de nuestras manos tendidas incluso ahora...
Conocía la sensación. Quizá no tan hiriente como antaño, ahora que ya estaba abatido por la frustración, pero recordó las primeras veces... Experimentos que habían despertado esperanza, pero que nunca llegaron a cristalizar. Colegas que asentían sonriendo, pero que nunca estuvieron convencidos. Se inclinó hacia delante y le dijo:
–Óigame, Yuri, vigile los glóbulos rojos. Se nos están acercando uno tras otro, incesantemente... y esto significa que el corazón late aún y que lo hace con cierta normalidad. Mientras los glóbulos rojos sigan firmemente hacia delante, estamos a salvo.
–También hay que tener en cuenta la temperatura de la sangre –observó Dezhnev–. La tengo en el monitor en todo momento y en el caso que Shapirov se fuera, empezaría a descender lenta pero decididamente. En este momento, la temperatura está en el límite superior de lo normal.
Konev gruñó como si despreciara el consuelo y lo apartara de sí, pero Morrison tuvo la impresión de que estaba mucho más tranquilo después de aquello.
Morrison se recostó en su asiento y cerró los ojos. Se preguntó si sentía hambre, y decidió que no. También si no experimentaba una clara sensación de molestia en la vejiga. No era así, pero no sintió alivio. Uno podía siempre retrasar la comida por un tiempo considerable, pero la necesidad de orinar no permitía la misma flexibilidad de elección. De pronto tuvo la impresión de que Kaliinin le estaba hablando y que él no le estaba prestando atención.
–Perdóneme. ¿Qué me decía? –preguntó volviéndose hacia ella.
Kaliinin pareció sorprendida, y contestó a media voz:
–Soy yo la que debe pedirle perdón. Interrumpí sus pensamientos.
–Merecían ser interrumpidos, Sofía. Lamento haber estado distraído.
–Si es así, le pregunté de qué manera hace sus análisis de las ondas cerebrales. Quiero decir, ¿qué es lo que usted hace que no se parece a lo que hacen los demás? ¿Por qué fue necesario que nosotros...? –calló, claramente indecisa sobre cómo continuar.
Morrison terminó su frase sin la menor dificultad.
–¿Por qué fue necesario que se me arrancara a la fuerza de mi país?
–¿Se ha enfadado conmigo?
–No. Me figuro que no aconsejó llevar a cabo tal hazaña.
–Por supuesto que no. Ni lo sabía. En realidad es por lo que le hago la pregunta. No sé nada sobre su campo de trabajo excepto que trata sobre la existencia de ondas electroneurales y que la electroencefalografía se ha vuelto una ciencia complicada y de suma importancia.
–Entonces, si me pregunta qué hay de especial en mis propias opiniones, me temo que no podré decírselo.
–¿Es secreto, entonces? Me lo figuraba.
–No, no es secreto –le respondió ceñudo–. En la ciencia no hay secretos, o no debería haberlos. Lo que sí hay son luchas por la prioridad, de forma que los científicos son cautelosos, a veces, con lo que dicen. En ocasiones también yo me culpo de ello. En este caso, no puedo, literalmente, decírselo, porque usted carece de la base para comprender.
Kaliinin reflexionó, con los labios apretados, como intentando ayudar al pensamiento. Le rogó:
–¿No podría explicármelo un poco?
–Puedo intentarlo, si está dispuesta a oír afirmaciones simples. Me costaría describirle la totalidad de la teoría. Lo que llamamos ondas cerebrales son un conglomerado de todo tipo de actividades neurónicas, percepciones sensoriales de varios tipos, estímulos de diversas glándulas y músculos; mecanismos de excitación, coordinaciones y demás. Perdidas entre todo esto están esas ondas que o bien controlan, o bien son resultantes del pensamiento constructivo y creativo. Aislar dichas ondas sképticas, como las llamo yo, de todo lo demás, es un enorme problema. El cuerpo lo hace sin dificultad, pero nosotros pobres científicos, en general quedamos perplejos.
–No tengo la menor dificultad en comprenderle –sonrió Kaliinin aparentemente encantada.
(Que bonita es, pensó Morrison, cuando se desprende de su expresión melancólica.)
–Todavía no he llegado a lo complicado.
–Por favor, siga.
–Hará unos veinte años, se demostró que existía un elemento fortuito en las ondas que nadie jamás había captado; los instrumentos utilizados hasta entonces no recogían lo que ahora llamamos «el destello» Es una oscilación muy rápida de intensidad y amplitud irregulares. Pero esto, compréndalo, no es un descubrimiento mío.
Kaliinin volvió a sonreír.
–Me imagino que hace veinte años, era demasiado joven para haber hecho el descubrimiento.
–Entonces era estudiante de bachillerato, descubriendo solamente que las muchachas no eran del todo inabordables, que no es poco importante como descubrimiento. Creo que cada persona debería volver a redescubrirlo de vez en cuando...; pero bueno dejemos eso.
«Gran número de personas especulaban con que el destello podía representar el proceso del pensamiento en la mente, pero nadie consiguió aislarlo como era debido. Aparecía y desaparecía; a veces se detectaba, otras no. La impresión general era que no era natural, que había que trabajar con instrumentos que eran demasiado delicados para lo que pretendían medir, de forma que lo que uno descubría, esencialmente, era ruido.
«Pero yo no pensaba así. Con paciencia y tiempo desarrollé un programa de computadora que me posibilitaba aislar el destello y demostrar que siempre estuvo presente en el cerebro humano. Por ello se me reconoció cierto mérito, aunque muy poca gente pudo reproducir mi trabajo. Utilicé animales en los experimentos que eran demasiado peligrosos para realizarlos con seres humanos y con dichos resultados logré activar aún más mi programa de análisis. Pero cuanto más penetrante era mi análisis y más significativos me parecían los resultados, menos podían reproducirlos los demás y más insistían en que mis experimentos con animales me habían inducido a error.
»Pero incluso aislando el destello, estaba lejos de poder demostrar que éste era la representación del pensamiento abstracto. He amplificado, modificando mi programa una y más veces y me he convencido de que estoy estudiando el pensamiento, las propias ondas sképticas. Sin embargo, nadie puede reproducir los puntos cruciales de mi trabajo. En diversas ocasiones, he permitido que alguien utilizara mi programa y mi computadora, los que estoy utilizando ahora, y han fracasado invariablemente.
Kaliinin escuchaba atentamente. Preguntó:
–¿Puede imaginar la razón de que nadie haya podido hacerlo?
–La explicación más fácil sería que hay algo raro en mí, que soy un chiflado... por no decir un loco. Creo que algunos de mis colegas sospechan que ésta es la respuesta.
–Y usted, ¿cree que está loco?
–No, no lo creo, Sofía, pero a veces me inquieta. Verá, después de aislar las ondas sképticas y amplificarlas, es concebible que el propio cerebro humano pueda transformarse en un instrumento receptor. Las ondas pueden transferir los pensamientos del ser que se está estudiando, directamente a uno. El cerebro sería un receptor extraordinariamente delicado, pero también sería extraordinariamente singular. Si mejorara mi programa a fin de captar mejor los pensamientos, significaría que lo habría hecho en beneficio de mi propio cerebro. Otros cerebros podrían no ser afectados y, en realidad, podrían ser menos afectados cuanto más los ajustara al mío. Es como una pintura. Cuanto más consigo que el cuadro se parezca a mí, menos se parece a nadie más. Cuanto más puedo hacer que mi programa produzca resultados autoconsistentes, menos pueden conseguirlo los demás.
–¿Y ha captado realmente el pensamiento?
–No estoy seguro. A veces me ha parecido que sí, pero otras no estoy del todo seguro de que no sea sólo mi imaginación. Ciertamente nadie más, con mi programa o con otro, ha captado nada. Yo me he servido del destello para descubrir los nódulos sképticos en los cerebros de los chimpancés, y de ellos he deducido lo que podrían ser en los cerebros humanos, pero tampoco se me ha aceptado esto. Se considera como un exceso de entusias-mo en un científico pagado de su propia e improbable teoría. Incluso utilizando sondas a los nódulos sképticos, en animales, por supuesto, no puedo estar seguro.
–Con animales sería difícil. ¿Ha publicado esas... sensaciones suyas?
–No me he atrevido –confesó Morrison, meneando la cabeza–. Nadie aceptaría tales descubrimientos subjetivos. Lo he mencionado de pasada a ciertas personas, imbécil de mí, y corrió la noticia y no sirvió más que para convencer a mis colegas de que soy, digamos, un chiflado. Fue sólo el domingo pasado cuando Natalya me dijo que Shapirov me tomaba en serio, pero también él está considerado, por lo menos en mi país, como un chiflado.
–Pues desde luego sería magnífico pensar que no lo era.
De pronto, Konev, desde delante de Morrison y sin volverse, dijo:
–Fueron sus sensaciones del pensamiento lo que impresionó a Shapirov. ¡Lo sé! Lo discutió conmigo. Dijo, en diferentes ocasiones, que su programa era una estación de relé y que a él le gustaría probarlo. Si estuviera usted dentro de una neurona clave del nódulo sképtico, las cosas serían diferentes. Captaría, sin equivocarse, los pensamientos. Shapirov lo creía así y yo también. Él creía posible que hubiera captado los pensamientos sin lugar a dudas, pero que no estaba dispuesto a dejar que el mundo lo supiera. ¿Es cierto eso?
Qué pesados estaban con lo del secreto, todos ellos, pensó Morrison. Al instante captó la mirada de Kaliinin. Tenía la boca entreabierta, las cejas unidas, y un dedo cerca de sus labios. Era como si quisiera pedirle que se callara con angustiada intensidad, sin atreverse a decirlo abiertamente.
Le distrajo la voz de Dezhnev, fuerte y jovial:
–Basta de charla, niños. La Gruta nos ha localizado y nos encontramos, con gran asombro por su parte, exactamente donde les dijimos que estábamos.
Konev alzó ambas manos y su voz sonó casi como la de un chiquillo:
–Exactamente donde yo dije que estábamos.
–Compartamos la responsabilidad –comentó Dezhnev–. Donde dijimos que estábamos.
–No –cortó Boranova–, ordené a Konev que tomara la decisión bajo su responsabilidad. El mérito es, por consiguiente, suyo.
Pero ni con esto se ablandó Konev, sino que insistió:
–No habría reclamado tan rápidamente compartir la responsabilidad, Arkady Vissarionovich –utilizó el patronímico en el estilo ya pasado de moda en la Unión Soviética, como para poner en evidencia el hecho de que Dezhnev era hijo de aldeanos, entre los cuales dicho estilo seguía estando de moda–, si hubiera quedado demostrado que estábamos en otro capilar.
La sonrisa de Dezhnev se hizo incómoda y sus dientes superiores, ligeramente amarillentos, mordieron el labio inferior. Boranova intervino con su autoritaria voz de contralto, abortando así cualquier protesta de Dezhnev:
–¿Y qué se sabe de Shapirov?
–Eso ha pasado ya. Con una inyección de no sé qué regularizaron sus latidos.
–Bien, pues, ¿estamos listos para marchar? –preguntó Konev.
–Sí –respondió Boranova.
–En tal caso..., salgamos de la corriente sanguínea, por fin.
Boranova y Kaliinin estaban inclinadas sobre sus instrumentos. Morrison las estuvo observando un momento, pero claro, no sabía nada de lo que estaban haciendo. Se volvió a Dehznev, sentado en posición relajada (al contrario que Konev cuyo cuerpo estaba tenso, casi trenzado de músculos).
–¿Qué vamos a hacer, Arkady? No podemos salir reventando el vaso sanguíneo para entrar en el cerebro –comentó Morrison.
–Podremos hacerlo, una vez seamos lo bastante diminutos. Volvemos a miniaturizarnos. Mire a su alrededor.
Sobresaltado, Morrison, miró. Se dio cuenta de que cada vez que el mundo exterior parecía estabilizarse, él lo daba por supuesto y ya no le prestaba atención.
La corriente había aumentado en velocidad. O, mejor dicho, la nave se había vuelto a reducir y los objetos que se movían junto a ellos tardaban menos en pasar, de modo que la mente, empeñada en considerar el tamaño de la nave inalterado, interpretaba lo que veía como una corriente más rápida.
Un glóbulo rojo pasó de largo, moviéndose como lo había hecho (o pareciendo hacerlo) en la arteria carótida, pero pese a su velocidad, flotó un buen rato, como si fuera una ballena adelantando una barquita. Se había vuelto borroso, ahora era casi transparente y con los bordes vibrando a causa del movimiento browniamo. Tenía una coloración grisácea que la hacía parecer una nube de tormenta extendiéndose en el cielo. Para entonces había perdido la mayor parte de su oxígeno, naturalmente, porque lo había entregado a las ávidas células cerebrales que, sin movimiento o visibles señales de vida, consumían un cuarto de todo el oxígeno llevado por la sangre a los diversos órganos del cuerpo. Y pese a ello, el cerebro parecía estar simplemente sentado allí; percepciones, reacciones y pensamiento, todo ello coordinado con una complejidad que ninguna computadora podía acercarse ni astronómicamente a duplicar..., que jamás duplicaría..., a ningún precio.
Para compensar la expansión de los glóbulos rojos, las plaquetas y los relativamente escasos leucocitos que se habían transformado ahora en monstruos, demasiado grandes para ser captados, el plasma sanguíneo se estaba volviendo menos diáfanamente líquido.
Había empezado a volverse granulado y los gránulos aumentaban lentamente a medida que pasaban a su lado cada vez con mayor velocidad. Morrison sabía que estaba viendo moléculas de proteína; pasado un instante, le pareció que a través de sus giros y flexiones podía distinguir los arreglos helicoidales de sus átomos de un modo impreciso. Algunas tenían un bosque en miniatura de moléculas lípidas envolviéndolas parcialmente.
También empezaba a darse cuenta de un movimiento, no el temblor del movimiento browniano, sino un cabecear que se volvía cada vez más pronunciado.
Volvió la cabeza para mirar, del otro lado, la pared capilar a la que estaban sujetos.
Las baldosas habían desaparecido..., o por lo menos una baldosa (o una célula como debería llamarla ahora) había crecido de tal forma que era la única que podía verse. Sobresaliendo por detrás se veía el bulto del núcleo de la célula, grande y grueso, creciendo cada vez más.
La nave dio un bandazo cuando parte de la misma se separó de la pared y volvió a cabecear cuando volvió a unirse.
–¿Qué está ocurriendo? –preguntó Morrison mirando a Kaliinin que sacudió la cabeza impaciente. Estaba totalmente absorta en su trabajo. Dezhnev trató de explicar:
–Sofía está tratando de neutralizar la carga eléctrica de la nave, aquí y allá para que se suelte antes de que la tensión dañe la pared. Y tiene que buscar nuevas áreas de sujeción para no separarse del todo de la pared. No es fácil, tener que miniaturizarse y al mismo tiempo mantenernos sujetos a la pared.
Morrison, alarmado, preguntó:
–¿Hasta qué punto vamos a miniaturizarnos?
Sus palabras quedaron cubiertas por la orden estridente de Kaliinin.
–Arkady, adelante. ¡Cuidado! ¡Despacio! Imprima sólo un poco de presión a la nave.
–Bien, Sofía..., pero dígame sólo cuándo tengo que detenerme.
Y dirigiéndose a Morrison, añadió:
–Mi padre solía decir: «Entre no mucho y demasiado hay sólo el espesor de un cabello»
–Más, más –ordenó Kaliinin–. Bien. Ahora lo intentaremos.
La nave pareció sujetarse y tensarse y de pronto saltó hacia delante y Morrison fue suavemente proyectado hacia atrás en su asiento.
–Bien. Ahora un poco menos.
Llegaron al final de la célula. Más allá de ésta había otra. Células delgadas encajadas una en otra hasta formar un pequeño tubo; mientras la nave y sus cinco tripulantes se sujetaban a la superficie interior por diminutas atracciones de cargas eléctricas.
El espacio entre células parecía de soga, con cables tendidos desde dentro de una célula, a la otra. No estaban todos intactos y había muñones visibles como si fueran restos de un bosque talado. A Morrison le pareció que había huecos, estrechos, en ese bosque pero no podía percibirlo claramente desde el ángulo en que lo miraba. Volvió a preguntar:
–¿Hasta dónde nos miniaturizaremos, Arkady?
–Eventualmente, hasta el tamaño de una pequeña molécula orgánica.
–¿Cuáles van a ser las probabilidades de desminiaturización en este tamaño?
–Apreciables –respondió Dezhnev–. Mucho mayores que cuando teníamos el tamaño de un glóbulo rojo, o incluso de una plaqueta.
–Pero no para preocuparse aún. Se lo aseguro –dijo Boranova.
–Exactamente –confirmó Dezhnev y levantó a medias la mano con los dedos cruzados, para que Morrison pudiera verlos, pero no Boranova desde su asiento trasero. Ese gesto americano se había vuelto universal y Morrison, al verlo, sintió que un frío lo invadía. Dezhnev tenía la vista fija delante, pero debió presentir la mueca de Morrison por su apagado gruñido. Dijo:
–No se preocupe, joven Albert. Lo prudente, siempre, es tener una sola preocupación a la vez, y ahora debemos preocuparnos por escurrirnos fuera del vaso sanguíneo... Sofía, ¡mi amor!
–¿Sí, Arkady?
–Debilite el campo de la popa de la nave y cuando le avise busque otro por delante.
–Así lo haré, Arkady. ¿No dijo su padre una vez: «Es inútil tratar de enseñar a robar a un ladrón»?
–Sí, lo hizo. Robe, pues, pequeña ladrona. Robe.
Morrison se preguntó si Dezhnev y Kaliinin estaban bromeando deliberadamente ante la posibilidad de una muerte instantánea, para animarle, o trataban de demostrar desprecio por su cobardía. Prefirió suponer lo primero. Cuando una acción puede igualmente interpretarse como amistosa u hostil, uno debe elegir siempre la amistosa. Quizás el padre de Dezhnev hubiera estado de acuerdo. Con solo aquella idea ya se sintió animado.
La popa de la nave parecía estar despegada y permanecer a varios centímetros (¿o serían picómetros la medida real?) de la pared del capilar. Morrison la estudió atentamente y pudo ver las apretadas hileras de moléculas lípidas y de proteínas que formaban aquella pared. Pensó: «¿Cómo podemos ignorar todo esto? Aquí está la oportunidad de estudiar los tejidos con mayor precisión de lo que el mejor microscopio electrónico es capaz de hacerlo..., y estudiarlos en vivo; ver no sólo su situación, sino su movimiento y cambio vivientes.
«Hemos recorrido la corriente sanguínea y nos hemos encajado entre las paredes de un capilar sin fijarnos en nada en sentido realmente científico. Sólo navegamos, sin mayor interés que el que sentiríamos en el Metro, lanzados a través de un túnel subterráneo... Solamente para estudiar oscilaciones que podría producir el pensamiento..., o tal vez no»
La nave avanzaba pulgada a pulgada (una palabra antigua pensó de pronto Morrison, anterior al sistema métrico) como si fuera tanteando el camino. Quizás era precisamente lo que hacía entre los motores de Dezhnev y los campos eléctricos fluctuantes de Kaliinin.
–Nos acercamos al cruce, pequeña Sofía –dijo Dezhnev con voz curiosamente tensa–. Asegúrese de que su punto delantero es firme, mientras yo trato de avanzar un metro o así.
–Sospecho, a juzgar por lo que veo y el comportamiento eléctrico, que tenemos un grupo de argininas en dirección al cruce. Eso representa una fuerte región de carga positiva, pero puedo manejarla como si fuera crema de leche.
–Déjese de excesos de confianza, Sofía –advirtió Boranova–. Manténgase alerta. Si falla y la nave se desprende, habrá mucho que hacer.
–De acuerdo, Natalya, pero con todo respeto, la advertencia no es necesaria.
Dezhnev acudió en su ayuda:
–Sofía, haga exactamente lo que le diga. Mantenga la proa de la nave sujeta a la pared, pero con fuerza. Suelte todo lo demás.
–Hecho –respondió Sofía con voz sofocada.
Morrison se encontró conteniendo el aliento. La popa de la nave se había separado de la pared, pero por delante seguía sujeta. La corriente zarandeó la nave y la colocó en ángulo recto con la corriente, mientras que la pared capilar donde la nave seguía sujeta se hinchaba como un grano, hacia fuera.
–¡Cuidado! –advirtió Morrison de pronto–. Vamos a arrancar una sección de pared.
–¡A callar todos! –tronó Dezhnev. Después, en un tono de voz normal–. Sofía, voy a aumentar la potencia de los motores. Póngase en posición de suprimir la atracción restante. La nave debe quedarse enteramente neutral..., pero no hasta que se lo diga.
Sofía dirigió una mirada a Boranova que dijo con su calma habitual:
–Haga exactamente lo que él le diga, Sofía. En esto la palabra de Arkady es la que manda.
Morrison imaginó que sentía la nave tirando hacia delante. La sección de pared capilar a la que estaba sujeta, estaba cada vez más tirante. Sofía dijo con insistencia:
–Arkady, o se partirá el campo o se romperá la pared.
–Un momento más, querida mía, un poquito más... ¡Ahora!
La pared se soltó hacia atrás y la nave se proyectó hacia delante con un gran salto que sacudió a Morrison. El extremo delantero de la nave se hundió en la materia que había entre las dos células de la pared capilar.
Por primera vez, Morrison se dio cuenta del esfuerzo de los motores de microfusión. Había como un latido apagado a medida que la nave se abría paso a través de la junta, con lo que parecía una creciente dificultad. No se veía nada por delante. El grosor de la pared capilar, por fina que fuera en términos normales, era mucho mayor que la longitud de la nave.
La nave estaba totalmente inmersa en aquella materia y Dezhnev, con la frente cubierta de sudor, volvió la cabeza para hablar con Boranova.
–Estamos gastando energía más de prisa de lo que deberíamos.
–Entonces, detenga la nave y reflexionemos.
–Si lo hago hay una posibilidad de que la elasticidad de esta materia nos proyecte fuera otra vez a la corriente sanguínea.
–Entonces aminore la marcha. Busque un nivel que baste para mantenernos en el sitio.
El latido cesó. Dezhnev observó:
–La materia está ejerciendo una presión considerable sobre la nave.
–¿Lo bastante para aplastarnos, Arkady?
–Por el momento no. ¿Pero quién puede predecir el futuro si la presión continúa?
–Esto es ridículo –exclamó Morrison–. ¿No ha dicho alguien que teníamos el tamaño de una pequeña molécula orgánica?
–Nuestro tamaño es el de una molécula de glucosa –dijo Boranova– que está compuesta, en total, de veinticuatro átomos.
–Gracias, pero sé perfectamente cuántos átomos tiene una molécula de glucosa. Da la casualidad de que las pequeñas moléculas atraviesan las paredes capilares por difusión. ¡Difusión! ¿Es así cómo trabaja el cuerpo, por qué la difusión no nos hace pasar a través?
–La difusión –explicó Boranova– es una proposición estadística. Hay veinticinco mil millones de moléculas de glucosa en la corriente sanguínea en cualquier momento dado. Se mueven al azar y algunas consiguen chocar en tal lugar y de tal forma que pueden atravesar una junta, o meterse en la membrana de una célula de la pared capilar, luego dentro de la célula, y por fin salen del otro lado. Un muy pequeño porcentaje lo consigue en un segundo dado, pero es lo bastante para asegurar el debido funcionamiento del tejido. No obstante, por casualidad, una determinada molécula de glucosa puede permanecer en la corriente por espacio de un mes sin lograrlo. ¿Podemos esperar todo un mes la ocasión de que haga su trabajo?
–Este argumento no vale, Natalya –arguyó Morrison impaciente–. ¿Por qué no hacemos deliberadamente lo que una verdadera molécula de glucosa haría por casualidad? Especial-mente ahora que nos encontramos a mitad de camino. ¿Por qué nos hemos quedado pegados en esta posición?
–Estoy de acuerdo con Albert –anunció Konev–. La difusión no es una filtración pasiva. Hay una especie de interacción entre el objeto que se filtra y la barrera a través de la sangre cerebral.
–Ya estamos en la barrera –anunció Dezhnev–. Usted es el especialista en cerebros, ¿puede echar un vistazo alrededor y decirnos cómo funciona esta difusión?
–No, no puedo. Pero la glucosa es una molécula que cruza fácilmente la barrera sanguínea del cerebro. Así debe ser porque es el único combustible que le proporciona energía. El pro-blema está en que si bien la nave es tan pequeña como una molécula de glucosa, no es una molécula de glucosa.
–¿Se propone algo, Yuri, o es sólo una lección? –preguntó Boranova.
–Me propongo algo. Hemos quitado las cargas a la nave a fin de meternos entre las moléculas, ¿por qué dejarla descargada ahora? ¿No se le puede dar la carga tipo de una molécula de glucosa? Si se puede, será una molécula de glucosa en cuanto al cuerpo de Shapirov se refiere. Sugiero que ordene que se haga, Natalya.
Kaliinin no esperó la orden:
–Ya está hecho, Natalya.
(Morrison se fijó en que ambos se dirigían siempre a Boranova. Cada uno seguía manteniendo la ficción de la inexistencia del otro.)
–Y la presión disminuye al momento –dijo Dezhnev–. Reconoce a una amiga, así que se inclina cortésmente y nos deja pasar. La madre de mi padre, que Dios me conserve su memoria, hubiera dicho que era «magia negra» y se hubiese escondido debajo de la cama.
–Arkady –ordenó Boranova–, aumente la potencia de los motores y atraviese antes de que la junta descubra que debajo del patrón glucosa, hay algo que no es glucosa.
–De acuerdo, Natalya.
–Apúntese el tanto, Yuri. Su sugerencia era acertada. Recapacitando veo que yo también hubiera debido darme cuenta; pero el caso es que no lo pensé.
Konev refunfuñó, como si encontrara que el halago era algo que no sabía cómo manejar.
–No es nada. Dado que el cerebro vive de glucosa, pasemos al tamaño de la glucosa. Eventualmente hubiéramos debido adoptar un aspecto de glucosa y tan pronto como hizo usted la pregunta de cómo no nos difundíamos cuando debiéramos haberlo hecho, comprendí que ya necesitábamos dicho aspecto.
–Miembros de la expedición –anunció Dezhnev–, hemos atravesado la junta, estamos fuera de la corriente sanguínea. Estamos en el cerebro.
En el cerebro, se dijo Morrison, pero no en una célula cerebral. Hasta el momento solamente habían pasado del espacio intercelular, entre las células de la pared capilar, a los espacios intercelulares del cerebro, donde existían las estructuras de soporte que mantenían la forma y las interrelaciones de las células nerviosas, o neuronas. Si los retiraban, las células se aplastarían en masas amorfas, unidas por la gravedad e incapaces de mantener ninguna función sensible.
Era una jungla formada por gruesos sarmientos de colágeno (esto era la proteína animal conjuntiva casi universal, que realizaba la función de la celulosa en las plantas, aquí menos inferior, puesto que se trataba de proteína y no de hidrato de carbono, pero con mayor flexibilidad). A través del ojo de la ultraminiaturización estos filamentos de colágeno, totalmente invisibles sin un microscopio electrónico, parecían troncos de árbol, inclinados a uno y otro lado, en un mundo en el que la gravedad tenía poca importancia.
Había otros filamentos más y más finos. Morrison sabía que algunos de ellos podían ser elastina y que el propio colágeno podía presentarse en variedades sutilmente diferentes. De poder verlo en conjunto, desde un punto de vista menos miniaturizado, habría podido detectar orden y estructuras. Pero en este nivel, resultaba caótico. Uno no podía siquiera ver a distancia en ninguna dirección; las fibras superfluas bloqueaban la visibilidad.
Morrison notó que la nave se movía mucho más despacio. Los otros cuatro miraban asombrados a su alrededor. O bien no esperaban esto (tampoco lo esperaba Morrison, porque había estado demasiado interesado en las propiedades eléctricas del cerebro para preocuparse de su microanatomía) o, si lo esperaban, no habían sido capaces de imaginárselo.
–¿Cómo esperan encontrar el camino hacia una neurona? ¿Lo sabe alguien? –preguntó Morrison.
Dezhnev fue el primero en contestar:
–Esta nave sólo puede avanzar de frente, así que lo haremos hasta encontrar una célula.
–¿Cómo podemos ir directamente de frente a través de esta jungla? Si no podemos dirigir la nave, ¿cómo podremos sortear los obstáculos?
Dezhnev se frotó la barbilla, pensativo:
–Ya que no podemos rodearlos, empujaremos. La nave rebasará uno de estos objetos y habrá más fricción del lado que entre en contacto que del otro, así torcerá el camino, como un cometa rodeando el sol –sonrió–. Los cosmonautas lo hacen así cuando se sirven de la gravedad para pasar rozando un satélite o un planeta. Haremos lo mismo para sortear estas cosas.
–Estas cosas, son fibras de colágeno –anunció Konev sombrío.
–Y algunas de ellas son muy gruesas –observó Morrison–. No siempre podrá sortearlas. Irá de cabeza contra ellas y allí se quedará si solamente puede ir hacia delante, ¿qué hará entonces? Esta nave fue solamente diseñada para la corriente sanguínea. Fuera de ella estamos perdidos al no tener nada que nos arrastre.
Boranova intervino:
–Arkady, dispone de tres motores de microfusión; y los reactores, lo sé, están dispuestos al fondo en los ápices de un triángulo equilátero. ¿Puede disparar uno solo de ellos?
–No. Un solo contacto controla a los tres.
–Sí, Arkady, así es como funcionan ahora. Pero ha diseñado usted la nave y conoce los detalles de sus controles. ¿Hay algo que pueda hacer para dispararlos por separado?
Dezhnev respiró hondamente.
–Todo el mundo me ha repetido hasta la saciedad que debía recortar gastos, que debía salvar el presupuesto, que no debía hacer nada que irritara a los burócratas.
–Aparte de todo esto, Arkady, ¿hay algo que pueda usted hacer?
–Déjeme pensar. Significa trabajar en los cables. Significa encontrar algo que sirva de interruptores, y cable adicional, y quién sabe si funcionará o cuánto durará su funcionamiento si lo hace, y si no acabaremos peor de lo que estamos..., pero, sé lo que quiere decir. Si solamente pongo en marcha uno de los motores, será un impulso desequilibrado.
–Pero podrá gobernarlo, según el que ponga en funcionamiento.
–Lo intentaré, Natalya.
–¿Por qué no pensó en esto cuando estábamos en el capilar equivocado? Hubiera podido evitarme la pequeña molestia de estar a punto de morir haciendo girar la nave a mano.
–Si no hubiera sugerido, tan de prisa, que movería la nave a mano, a lo mejor se nos habría ocurrido..., aunque no hubiera sido una buena idea –concluyó Dezhnev.
–Y ¿por qué no?
–Estábamos en la corriente sanguínea. La nave está cuidadosamente diseñada para aprovecharse de ella y su superficie pensada para evitar turbulencias, lo que hace más difícil aún girarla para sacarla de la corriente. Hubiéramos tardado más que haciéndolo a mano..., y gastado mucha más energía. Hay que recordar también la estrechez del capilar. Aquí, ahora, no hay corriente y por haber sido tan miniaturizados disponemos de más espacio.
–Basta –ordenó Boranova–. Póngase a trabajar, Arkady.
Dezhnev obedeció. Se puso a revolver en una caja de herramientas, retirando una chapa de metal y estudiando al detalle los controles que había ahí dentro, y manteniendo durante todo el tiempo una especie de murmullo incoherente. Konev, con las manos cruzadas en la nuca, dijo sin volverse:
–Albert, háblenos de esas sensaciones que capta.
–¿Sensaciones?
–Nos estaba hablando de ellas justo antes de que la Gruta nos anunciara que nos había localizado en el capilar correcto. Me refiero a las sensaciones que experimentó cuando trataba de analizar las ondas del pensamiento.
–Ah... –musitó Morrison, mirando a Kaliinin.
Ésta movió apenas la cabeza. Muy disimuladamente apoyó un dedo en los labios.
–No tengo nada que decir. Tuve sensaciones vagas que no pude describir objetivamente. Pudo haber sido mi imaginación. Aquellos a quienes intenté explicárselo lo creyeron así.
–¿Y nunca publicó nada acerca de ello?
–Nunca. Me limité a mencionarlo de pasada en alguna convención y fue fatal. Si Shapirov y usted se enteraron fue solamente de oídas. De haberlo publicado, pudo haber resultado lo más parecido a un suicidio científico, que era lo último que deseaba.
–Mala suerte.
Morrison observó a Kaliinin de soslayo. Casi imperceptiblemente hizo un movimiento afirmativo, pero sin hablar... Era obvio que no podía decir nada sin que toda la nave se enterara.
Miró a su alrededor. Dezhnev estaba enfrascado en su trabajo hablando para sí. Konev miraba hacia delante, sumido en quién sabe qué tortuosos pensamientos. Boranova, detrás de Kaliinin, estudiaba la pantalla de su computadora cuidadosamente, y tomaba notas. Morrison no trató de leerlas..., sabía leer en inglés, del revés, pero no había llegado a tal facilidad con el ruso.
Solamente Kaliinin, a su izquierda, lo miraba.
Morrison apretó los labios y colocó su computadora en procesado de palabras. No tenía alfabeto cirílico, pero marcó las palabras rusas en fonética latina, ¿QUÉ OCURRE?
Ella titubeó tal vez por su falta de práctica en escritura latina. Luego sus dedos corrieron y en su pantalla, en cirílico, leyó: NO CONFÍE EN Él. NO DIGA NADA. Y se borró en seguida.
Morrison escribió:
–¿POR QUÉ?
–NO MALO, PERO PRIORIDAD, MÉRITO, HARÁ CUALQUIER COSA..., CUALQUIER COSA..., CUALQUIER COSA.
Las palabras desaparecieron y se quedó mirando fijamente hacia delante. Morrison la estudió, pensativo, ¿se trataba solamente de la venganza de una mujer traicionada?
En cualquier caso no importaba, porque no tenía la intención de hablar de nada que no hubiera dicho ya, o por escrito o de palabra. Él tampoco era malo, pero cuando la prioridad y el mérito entraban en juego, podía no hacer cualquier cosa..., cualquier cosa..., cualquier cosa..., pero haría bastante.
Por el momento, no había nada que hacer. O, quizás una cosa, que no tenía nada que ver con todo ello, pero que empezaba, solamente empezaba, a ocupar su mente excluyendo todo lo demás. Se volvió a Boranova, que seguía contemplando su instrumento mientras tamborileaba ligeramente sobre el brazo de su asiento, en pensativa concentración.
–¿Natalya?
–Sí, Albert –dijo sin levantar la vista.
–Lamento tener que introducir una nota de feo realismo pero... –bajó cuanto pudo la voz– estoy pensando en orinar.
Lo miró, le temblaron las comisuras de los labios, evitando sonreír. Pero no bajó la voz.
–¿Por qué pensarlo, Albert? Hágalo.
Morrison se sintió como un chiquillo levantando la mano para pedir permiso para salir de la habitación. No era razonable, lo sabía.
–No me gusta ser el primero.
Boranova arrugó la frente, casi como si fuera la maestra del caso.
–Eso es una tontería y, de todos modos, no es el primero. Yo ya me he ocupado de tal necesidad. –Y encogiéndose ligeramente de hombros añadió–: La tensión tiende a aumentar la necesidad, lo he experimentado varias veces.
También Morrison lo había experimentado. Musitó:
–Para usted no hay problema. Está sola en el asiento de atrás. –Y señaló hacia Kaliinin.
–¿Y? –Boranova sacudió la cabeza–. Seguro que no querrá que le improvise una cortina. Me cubriré los ojos con la mano. (Kaliinin los miró sorprendida.) Estoy segura de que lo ignorará por decencia y por el presentimiento de que, a no tardar, deseará que usted haga otro tanto.
Morrison estaba profundamente avergonzado porque ahora Kaliinin lo miraba, claramente comprensiva.
–Vamos, Albert –le dijo–, lo he tenido completamente desnudo en mi regazo. ¿A qué viene ahora esa modestia?
Morrison sonrió y esbozó un gesto de agradecimiento.
Intentó recordar cómo manejar la tapadera de su asiento, pero cuando lo recordó, encontró que se abría por deslizamiento haciendo un pequeño pero clarísimo «clic» (¡Irritantes sovié-ticos! Siempre retrasados en pequeñeces. Podrían haberlo diseñado para que se abriera silenciosamente.
También consiguió soltar la costura electrostática de su bragueta y al instante le preocupó la idea de si conseguiría cerrarla después.
Tan pronto abrió la tapadera del recipiente, sintió la corriente de aire desagradablemente fría sobre su piel. Suspiró sumamente aliviado cuando terminó. Después, consiguió volver a cerrar la bragueta y se quedó quieto, jadeando. Se dio cuenta de que habla estado conteniendo el aliento.
–Tome –dijo bruscamente Boranova.
Miró asombrado, por un momento, lo que le tendía. Reconoció que era una toallita dentro de un sobre. Rasgó el envoltorio y encontró que estaba húmeda y perfumada, y se limpió las manos en ella. (Era obvio que los soviéticos estaban aprendiendo pequeñas elegancias..., o decadencias, según ganara la batalla interior un remilgado o un impaciente.)
Y entonces se oyó la voz fuerte, algo gutural, de Dezhnev que resonó en el oído de Morrison después de tanto cuchicheo.
–Ya está.
–¿Qué es lo que está? –preguntó irritado asumiendo, maquinalmente, que se refería a sus funciones corporales.
–La puesta en marcha individual de los motores –respondió Dezhnev señalando con ambas manos en dirección a los controles–. Puedo poner en marcha uno, o dos, o los tres, si así lo deseo. Absolutamente seguro..., creo.
–¿En qué quedamos, Arkady? –saltó Boranova–. ¿Está completamente seguro o es cuestión de opinión?
–Ambas cosas. Es mi opinión que estoy completamente seguro. El problema es que mi opinión no siempre es acertada. Mi padre solía decir...
–Pienso que deberíamos probarlo –interrumpió Konev a fin de eliminar al padre de Dezhnev, quizá consciente de que lo hacía.
–Naturalmente –asintió Dezhnev–, no hace falta decirlo, pero como solía decir mi padre. –Y levantó la voz como decidido a que no le interrumpieran–: «Lo seguro sobre algo que no hace falta decir es que alguien va a decirlo» Y mejor que sepan...
Calló voluntariamente y Boranova insistió:
–¿Qué es lo que debemos saber?
–Varias cosas, Natasha. En primer lugar, gastaremos mucha energía para navegar. He hecho lo mejor que he podido, pero esta nave no está diseñada para esto. Después..., bueno, no podemos comunicarnos con la Gruta, ahora.
–¿Qué no podemos comunicarnos? –exclamó Kaliinin, casi chillando de sorpresa o indignación.
La voz de Boranova indicaba que estaba claramente indignada:
–¿Qué quiere decir eso de que no podemos comunicarnos?
–Venga, Natasha. No puedo aislar los motores sin cables, ¿no cree? El mejor ingeniero del mundo no puede hacer cables de la nada y no puedo fabricar chips de silicio de la nada tampoco. Había que desmontar algo y lo único que podía desmontar, sin inutilizar la nave, era el sistema de comunicaciones. Se lo comuniqué a la Gruta y oí gritos y lamentos, pero ¿cómo iban a impedírmelo? Así que ahora podemos navegar, creo..., y no podemos comunicarnos, lo sé.
Reinó el silencio, mientras la nave se ponía en marcha. Lo que los rodeaba era totalmente distinto ahora. En la corriente sanguínea había una barahúnda de objetos..., algunos arrastrándose por delante de la nave, otros siguiéndole lentamente, dependiendo de torbellinos y de aerodinamismo, suponía Morrison. Había una sensación de movimiento, aunque sólo fuera por lo que veían en las paredes..., placas de grasa en las arterias, baldosas en los capilares, que iban quedándose atrás.
Aquí, en el espacio intercelular, en cambio, había éxtasis. Ningún movimiento. Ninguna sensación de vida. La maraña de fibras de colágeno, parecía un bosque primitivo, hecho solamente de troncos, sin hojas, sin color; sin sonido, sin movimiento.
Una vez la nave avanzó a través del viscoso fluido intercelular todo empezó a moverse hacia atrás. La nave se deslizó a través de un nudo de fibras en forma de cuña y, al traspasarlas, Morrison tuvo la clara impresión de que había una espiral floja subiendo por cada fibra de colágeno, mucho más notoria en las fibras delgadas.
Delante de ellos vieron otra fibra aún más gruesa, un rey en la jungla de colágeno.
–Tendrá que virar, Arkady –dijo Konev–. Ahora es el momento de probarlo.
–Está bien, pero tendré que inclinarme. Todavía no tengo dominados los controles. Hay un límite a la improvisación. –Se inclinó hacia delante, rebuscando a la altura de sus pantorrillas–. No me entusiasma la idea de tener que hacer esto constantemente. Es duro para un hombre de porte majestuoso.
–Querrá decir un hombre gordo –corrigió Konev malhumorado–. Se ha vuelto fofo, Arkady. Tendría que adelgazar.
Dezhnev se irguió:
–Está bien. Pararé ahora mismo, me iré a casa y empezaré a perder peso... ¿Crees que es el momento, Yuri, de sermonearme?
–Tampoco es el momento de que se ponga tonto, Arkady –dijo Boranova–. ¡Adelante!
Dezhnev se agachó, conteniendo un gruñido. Poco a poco la nave giró hacia la derecha en un arco suave. Juzgando literalmente por las apariencias, la gruesa fibra de colágeno se movió hacia la izquierda al acercársele..., como hizo todo lo demás.
–Chocara –advirtió Konev–. Gire mas.
–No puedo girar más –protestó Dezhnev–. Cada motor no da más de sí, y no puedo modificarlo.
–Bien, pues chocaremos –aceptó Konev con cierta ansiedad.
–Entonces choquemos –exclamó Boranova enfadada–. Yuri, deje de sentir pánico por tonterías. La nave es de plástico resistente, esa fibra es indudablemente elástica.
Mientras hablaba, la proa de la nave empezó a pasar junto a la fibra con el espacio justo. Observando desde babor, era obvio que la parte ancha del casco la tocaría. Así ocurrió cuando la fibra estaba a la altura del asiento de Kaliinin. No se notó el ruido, sólo un chasquido apagado. La fibra no sólo era elástica, como Boranova había supuesto, de modo que se comprimía bajo la fuerza de la colisión, sino que rebotó, empujando la nave a cierta distancia..., afortunadamente el pegajoso fluido intercelular sirvió como un acolchado reductor de fricción.
La nave continuó moviéndose y viró a la izquierda en dirección a la fibra.
–Apagué el motor tan pronto como vi que íbamos a establecer contacto. Este giro a la izquierda que iniciamos ahora, es un giro de fricción.
–Sí –dijo Konev–, pero, ¿y si quisiera girar en la otra dirección?
–Entonces habría utilizado el motor o, mucho antes, durante nuestro avance, habría hecho un giro para rozar la fibra de la derecha. La fibra nos hubiera dirigido en esa dirección. Lo más importante, en cualquier caso, es utilizar los motores lo menos posible y las fibras todo lo que se pueda. En primer lugar, no queremos consumir nuestro suministro de energía, demasiado de prisa. En segundo lugar, el rápido gasto de energía aumenta las probabilidades de desminiaturización espontánea.
–¿Qué? –exclamó Morrison, vuelto hacia Boranova–. ¿Es verdad?
–No es un efecto importante, pero sí es verdad. Las probabilidades aumentan algo. Yo diría que la conservación es la más importante de las dos razones para ahorrar energía.
Pero Morrison no podía contener su ira:
–¿No comprenden lo ridícula..., no, criminal..., que es esta situación? Estamos en una nave que sencillamente no está a la altura de la tarea y todo lo que hacemos no es sino empeorar la situación.
–Albert, por favor, sabe que no tenemos elección.
–Además –añadió Dezhnev sonriendo–, si logramos hacer el trabajo a pesar de esta nave inadecuada, piense en lo importante que vamos a ser. Seremos héroes. Héroes auténticos. Seguro que nos darán la Orden de Lenin..., a cada uno de nosotros.
Será una conclusión perfecta. Y si fracasamos, es alentador pensar que podremos justificarlo como fallo de la nave.
–Sí. Héroes soviéticos, ganemos o perdamos, todos ustedes. ¿Y yo qué voy a ser?
–Recuerde, Albert, que si tenemos éxito no vamos a dejarlo de lado. La Orden de Lenin ha sido concedida a extranjeros en diversas ocasiones, incluyendo a varios americanos. Incluso si por alguna razón declinara el honor, el éxito de sus teorías quedará perfectamente establecido y a lo mejor puede recibir el premio Nobel antes que ninguno de nosotros.
–No hagamos las cuentas de la lechera –dijo Morrison–. Retrasaré la redacción de mi discurso de agradecimiento por el Nobel, de momento. Gracias.
–La verdad –observó Kaliinin–, me pregunto si estamos en situación de llegar a una neurona.
–¿Y por qué no? –preguntó Dezhnev–. Podemos movernos, navegar, y además ya estamos fuera de la corriente y dentro del cerebro. Ahí fuera hay una neurona; muchas de ellas; miles de millones de ellas.
–¿Pero dónde? Yo no veo sino fibra de colágeno.
–¿Cuánto fluido intercelular cree que hay? –volvió a preguntar Dezhnev.
–Si nuestro tamaño fuera normal, un espesor microscópico. Sin embargo, tenemos el tamaño de una molécula de glucosa y, en relación a nosotros, puede haber un kilómetro de distancia o más hasta la próxima neurona.
–Entonces –propuso Dezhnev–, la nave avanzará un kilómetro. Es posible que tardemos un poco, pero puede hacerse.
–Sí, si nos moviéramos en línea recta, pero nos encontramos en medio de una densa jungla. Tenemos que rodear y girar alrededor de ésta y aquella fibra y, al final, podemos viajar du-rante cincuenta kilómetros, según nuestra medida, y terminar encontrándonos en el punto de partida. Navegaremos a tientas a través de esta especie de laberinto, y no encontraremos una neurona como no sea por puro accidente.
–Yuri tiene un mapa –dijo Dezhnev algo confundido–. El cerebro..., yo qué sé, de Yuri.
Konev movió negativamente la cabeza.
–Mi cerebrógrafo me muestra la red circulatoria del cerebro y la distribución de las células, pero no puedo ampliarlo hasta el punto de que me indique nuestra posición en el fluido intercelular, en medio de dos células. No conocemos este detalle preciso y no podemos salimos del cerebrógrafo como tampoco podemos meternos en él.
Morrison miró a través de la pared de la nave. Las fibras de colágeno se extendían por todos lados; cruzándose y encerrándoles. No podían mirar a lo lejos en ninguna dirección y en ninguna dirección se veía otra cosa que fibra sobre fibra.
¡Ninguna célula nerviosa! ¡Ninguna neurona!
XIII. CÉLULA
La pared que dice: «Bienvenido
forastero» jamás ha sido construida.
DEZHNEV, padre
La nariz de Boranova se dilató ligeramente y sus negras cejas se juntaron, pero su voz siguió inmutable:
–Arkady, viajaremos hacia delante en una línea tan recta como sea posible. Gire mínimamente y, si puede, hágalo a derecha e izquierda, alternativamente. Y, puesto que nos encontramos en una situación tridimensional, arriba y abajo también, alternativamente.
–Resultará confuso, Natasha –protestó Dezhnev.
–Claro que será confuso, pero quizá no llegue a serlo del todo. Tal vez, no podamos viajar rectos como una regla, pero puede que tampoco lo hagamos en círculos, espirales, hélices, o con todo a la vez. Y tarde o temprano deberíamos llegar a una célula.
–Quizá si desminiaturizáramos la nave un poquito más... – sugirió Dezhnev.
–No.
–Espere, Natasha. Piénselo. Si lo hacemos, habrá menos trecho que recorrer. Seremos mayores, el espacio entre vaso y neurona disminuirá... –hizo gestos elocuentes con sus manos–. ¿Lo comprende?
–Lo comprendo, pero cuanto mayores seamos, Arkady, más nos costará pasar entre las fibras. Las neuronas del cerebro están bien protegidas. El cerebro es el único órgano completamente encerrado en hueso y las propias neuronas, que son de lo más irregulares en el cuerpo, están perfectamente envueltas en materia intercelular. Véalo usted mismo. Solamente si nuestro tamaño es el de una molécula de glucosa podremos abrirnos camino a través y alrededor del colágeno sin causar, quizás, un daño drástico al cerebro.
En este punto, Konev hizo el gesto no habitual en él de volverse en su asiento. Mirando hacia arriba mientras giraba a la izquierda, de modo que sus ojos pasaron por encima de Kaliinin antes de encontrarse con los de Boranova, afirmó:
–No creo que tengamos que viajar completamente a ciegas..., completamente al azar.
–¿Cómo entonces, Yuri? –preguntó Boranova.
–Las neuronas se manifiestan. Cada una de ellas tiene impulsos nerviosos que las recorren periódicamente y a intervalos cortos. Eso puede detectarse.
–Pero las neuronas están aisladas –advirtió Morrison.
–Los axones lo están, no los cuerpos celulares.
–Pero es en los axones donde el impulso nervioso es más fuerte.
–No, es en la sinapsis donde el impulso nervioso es más fuerte y tampoco están aisladas. Las sinapsis deberían estar centelleando todo el tiempo y debería, por tanto, ser posible detectarlas.
–En el capilar no pudimos –objetó Morrison.
–Estuvimos todo el tiempo del lado equivocado de la pared Oiga, Albert, ¿por qué discute el asunto? Le ruego que trate de detectar ondas cerebrales. Ésta es la razón por la que está aquí, ¿verdad?
–Fui raptado –saltó Morrison violentamente–. Por eso es por lo que estoy aquí.
Boranova se inclinó:
–Albert, sea cual fuere la razón, está aquí y la sugerencia de Yuri es razonable. Y usted, Yuri, ¿debe mostrarse siempre tan pendenciero?
Morrison se encontró estremecido de rabia y por un momento no supo por qué. La sugerencia de Konev era, en efecto, razonable. Luego se le ocurrió que se le estaba pidiendo que pusiera sus teorías a prueba en condiciones que no le permitían ninguna escapatoria. Estaba en el propio borde de una célula cerebral ampliada, respecto a él, hasta proporciones montañosas. Lo que le pedirían a continuación era que hiciera sus pruebas dentro, realmente dentro, de dicha célula.
Y si lo hacía y fracasaba, ¿en qué argumento, en qué excusa, podría ocultarse del hecho de que su trabajo estaba equivocado, y que siempre había sido así?
Por supuesto que estaba furioso al verse acorralado por las circunstancias, pero no especialmente enfadado con Konev.
Se daba cuenta de que Boranova esperaba que él dijese algo y veía a Konev manteniendo su mirada incandescente. Entonces dijo:
–Si detecto señales, las detectaré por todas partes. Exceptuando el capilar que acabamos de abandonar, estamos rodeados por incontable cantidad de neuronas.
–Pero unas están más cerca que otras –objetó Konev– y una o dos serían las más próximas. ¿No podría detectar la dirección de donde las señales vinieran más fuertes? Podríamos guiarnos por esa señal.
–Mi receptor no está equipado para determinar señales direccionales.
–¡Ah! Entonces también los americanos utilizan aparatos que están ideados para propósitos específicos y no para necesidades de emergencia. No son solamente los ignorantes soviéticos los que...
–¡Yuri! –advirtió severamente Boranova.
–Supongo que va a decirme otra vez que soy un pendenciero... En tal caso, Natalya, dígale que empiece a pensar en un medio de inventar algo que le indique la dirección de donde proceden las señales más fuertes.
–Por favor, Albert, inténtelo. Si no lo consigue tendremos que ir a tientas a través de esta jungla de colágeno y confiar en encontrar algo antes de que sea tarde.
–Mientras hablamos vamos adelantando a tientas –interrumpió Dezhnev casi jovial–. Sigo sin ver nada.
Morrison, aún enfadado, activó su computadora y la puso en la modalidad de recepción de onda cerebral. La pantalla se activó, pero no fue más que ruido..., aunque dicho ruido era más insistente de lo que había sido en el capilar.
Hasta ahora, había utilizado siempre guías que involucraban microsituaciones en el interior de un nervio. ¿Dónde iba a meter las guías ahora? No tenía ningún nervio donde dirigirlas..., o mejor dicho, estaba ya dentro del cerebro, lo que hacía que la situación fuera anómala. Quizá, si dejara las guías (tan rígidas como pudiera) alzarse en el aire como un par de antenas, podrían hacer el trabajo. En su tamaño actual, el alcance sería diminuto y apenas servirían, pero...
Desplegó una y otra vez las guías que se alzaron rígidas y largas, muy parecidas a las antenas de los insectos de las que habían sacado su nombre. Después enfocó y agudizó la atención lo mejor que pudo y los puntitos de la pantalla se transformaron de pronto en ondas profundas y estrechas..., pero sólo por un instante.
Involuntariamente, lanzó un grito.
–¿Qué ha ocurrido? –preguntó Boranova sobresaltada.
–He recibido algo. Sólo un destello..., pero ya se ha ido.
–Inténtelo otra vez.
–¡Óiganme todos! Quiero silencio. Trabajar en esto es difícil y lo hago mejor cuando puedo concentrarme por completo. ¿Comprendido? Ni ruido, ni nada.
–¿Qué fue lo que recibió? –preguntó Konev en voz baja.
–¿Qué?
–Como un destello. Recibió algo como un destello. ¿Podemos saber lo que era?
–No. No sé lo que recibí. Quiero escuchar de nuevo –miró hacia atrás a su izquierda–. Natalya, no estoy en situación de dar órdenes, pero usted sí. No quiero que me moleste nadie, especialmente Yuri.
–Nos callaremos todos. Adelante, Albert... Yuri, ni una palabra.
Morrison miró de pronto a su izquierda porque había notado una leve presión en la mano. Kaliinin lo miraba fijamente y había una sonrisa en su rostro. Movió exageradamente los la-bios y él consiguió entender, en ruso: «No le haga caso. ¡Demuéstrele! ¡Demuéstrele!»
Le brillaban los ojos y Morrison no pudo evitar sonreírle afectuosamente. Podía motivarla enteramente un deseo de venganza contra el hombre que la había abandonado, pero agradeció la mirada llena de fe y seguridad presente en sus ojos.
(¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que una mujer lo había contemplado con orgullo y confianza en su habilidad? ¿Cuántos años habían transcurrido desde que Brenda había perdido ambos sentimientos?)
Un espasmo de autocompasión lo sacudió y tuvo que esperar un momento. Bien. Vuelta a la máquina. Trató de aislarse del mundo, de aislarse de su condición; de pensar solamente en su computadora, sólo en las pequeñas fluctuaciones del campo electromagnético producido por el intercambio de iones de sodio y potasio a través de la membrana neurónica.
Un destello volvió a aparecer en la pantalla, se fijó y acabó transformándose en un trazado de picos y valles. Con sumo cuidado, rozando apenas las teclas, Morrison lanzó una directriz de expansión. Los picos y los valles se expandieron y los bordes se salieron de la pantalla. En el único pico y valle que quedaron se notó un pequeño y borroso movimiento.
Está registrando las ondas, pensó temeroso de decírselo, temeroso, incluso, de pensarlo con excesiva intensidad. El más leve efecto físico o mental podría bastar para borrarlo todo.
La pequeña agitación (las ondas sképticas, como él las llamaba) se desenfocó; volvió, pero nunca con claridad.
A Morrison no le sorprendió. Podía estar detectando los campos de un número de células que no acababan de duplicarse del todo. También había que contar con el efecto aislante de la pared plástica de la nave. También existía el movimiento browniano. Incluso podía haber una carga de grupos de átomos interponiéndose fuera del campo de miniaturización.
Lo asombroso era que hubiera conseguido alguna onda.
Lentamente estableció contacto manual con las antenas..., deslizó los dedos arriba y abajo; primero una mano, después la otra; luego ambas al unísono; por fin ambas en direcciones opuestas. Después giró suavemente las antenas, aquí y allá. Había ondas sképticas borrosas y cortantes pero no sabía qué hacer exactamente para que se intensificaran.
Y, en un momento dado, las pequeñas ondas aparecieron con toda claridad. Primero en una dirección, luego en la otra. Aunque borrosas al principio, en una dirección determinada fueron claras. Trató de contener el temblor de sus manos.
–Arkady –musitó.
–Sí, mi querido mago americano.
–Tuerza a la izquierda y un poco hacia arriba. No quiero hablar demasiado.
–Tendrá que rodear las fibras.
–Hágalo despacio. Si lo hace demasiado de prisa perderé el enfoque.
Morrison tuvo que esforzarse para que sus ojos no se fueran hacia Kaliinin. Una sola mirada a su rostro o un inevitable pensamiento sobre su belleza, le distraerían lo bastante para borrar la pantalla. Incluso la idea de distraerse lo perturbaba al extremo de hacer vacilar la onda del pensamiento.
Dezhnev iba girando la nave en un arco suave que era lo único que podía conseguir de sus motores modificados. Morrison, igualmente despacio, iba moviendo las antenas en la misma dirección. De tanto en tanto murmuraba una breve indicación: «Arriba y a la derecha» «Abajo» «Un poco a la izquierda» Al fin jadeó: «Adelante, recto»
Tenía que ser más fácil, pensó, a medida que se acercaran, pero no podía relajarse hasta que avistaran una neurona. Y a través de aquella oscura maraña de colágeno no era fácil que ocurriera hasta que la tuvieran casi encima.
Concentrarse en un solo objeto era tan agotador como contraer un músculo y mantenerlo contraído. Tenía que introducir rápidamente un poco de variación. Tenía que pensar en algo más, pero en algo neutral, algo que por un momento relajara su mente. Así que pensó en su familia deshecha, porque había pensado tanto en ella que la imagen se había debilitado y perdido todo su efecto. Era como una fotografía que se iba torciendo y volviendo gris y de la que podía salirse rápidamente para volver a la contemplación de las ondas sképticas.
Entonces, sin previo aviso e intensamente, otro pensamiento invadió su mente. Era una imagen mental, vivísima, de Sofía Kaliinin más joven, más bonita y más feliz de lo que le había parecido en el poco tiempo que la conocía. Y con esta imagen llegó un amasijo de amor, frustración y celos, que lo dejó sin fuerzas.
No se había dado cuenta, conscientemente, de estos sentimientos, pero ¿quién puede saber qué sentimientos y emociones inconscientes pueden esconderse en las células cerebrales? ¿Kaliinin? ¿Eso era lo que sentía por ella? ¿En tan poco tiempo? ¿O era la tensión anormal de este fantástico viaje al cerebro, lo que había provocado reacciones fantásticas?
Fue solamente entonces cuando se fijó en que la pantalla se había borrado del todo. Iba a gritar a Dezhnev que detuviera los motores mientras se concentraba y trataba de capturar de nuevo las ondas, cuando la voz de aquél resonó:
–Ahí la tiene, Albert. Nos ha guiado hasta la célula como un perro de caza. ¡Enhorabuena!
–También –añadió Boranova– enhorabuena a Yuri por haber tenido la idea de persuadir a Albert de que hiciera el esfuerzo.
El rostro ensombrecido de Konev se iluminó y Dezhnev dijo:
–Bien, pero ahora, ¿cómo nos metemos dentro?
Morrison se fijó interesado en lo que tenía delante. Era una inmensa pared crestada extendiéndose arriba y abajo, a derecha y a izquierda, hasta tan lejos como la escasa luz de la nave permitía ver. Las crestas a su vez se partían y formaban cúpulas de modo que, fijándose más, la pared parecía un enorme tablero de ajedrez, con cada cuadro protuberante y saliente. Había extensiones irregulares surgiendo por entre las protuberancias, como una ramificación de cuerdas gruesas y cortas que daban a la pared el aspecto de estar hecha jirones.
Morrison, con cierto esfuerzo, y recordando su miniaturización, comprendió que los bultos salientes eran extremos de moléculas (de fosfolípidos, supuso) que formaban la membrana de la célula. También se dio cuenta con cierta consternación de lo que significa para la nave ser del tamaño de una molécula de glucosa. La célula era una cosa enorme; comparada con la medida de la nave, debería tener una anchura de varios kilómetros.
Konev también había estado fijándose en la membrana de la célula pero emergió de su pensativa contemplación mucho antes que Morrison.
–No estoy seguro –anunció Konev– de que esto sea una célula cerebral o, por lo menos, una neurona.
–¿Qué otra cosa puede ser? –preguntó Dezhnev–. Estamos en el cerebro y esto es una célula.
Konev no trató visiblemente de esforzarse por disimular el asco reflejado en su expresión, al decir:
–Hay más de un tipo de células cerebrales. La neurona es la más importante, es el agente principal de la mente. En el cerebro humano hay diez mil millones de ellas. Hay también como diez veces más de células de diversos tipos, cuyas funciones son subsidiarias y de sostén. Son considerablemente más pequeñas que las neuronas. Basándonos en las probabilidades, apuesto diez contra uno que ésta es una glía. Las ondas del pensamiento están en las neuronas.
–No podemos guiarnos sólo por probabilidades, Yuri. ¿Puede decirme de un modo definitivo si se trata de una glía o de una neurona sin tener en cuenta las estadísticas?
–Con sólo mirarla, no. Por el tamaño, lo único que veo es una pequeña sección de la membrana de una célula, y en este caso una célula es parecida a otra. Tendremos que hacernos mayores y conseguir una visión panorámica. Presumo que ya podemos aumentar de tamaño ahora, Natalya. Después de todo ya hemos atravesado lo que usted llama «la jungla de colágeno»
–Podríamos desminiaturizarnos, si fuera necesario, pero hacerlo es más tedioso y arriesgado que disminuirlo. Un aumento significa generar calor y debe hacerse muy despacio. ¿Hay alguna alternativa?
–Podemos volver a probar el instrumento de Albert –contestó Konev con aspereza–. Albert, ¿puede decirnos si las ondas sképticas que es capaz de detectar vienen directamente de delante o de una dirección ligeramente diferente?
Morrison vaciló. Antes de que su pantalla se pusiera borrosa, justo antes de haber visto la célula, había tenido la visión de Kaliinin y no quería que se repitiera. Era demasiado emba-razoso, turbador. Seguro que si su mente ocultaba y suprimía emociones, era porque estaban mejor así. Titubeó antes de decir:
–No estoy seguro...
–Pruébelo –ordenó Konev, y los cuatro soviéticos miraron ahora ansiosamente a Morrison.
Con un gesto interior de desaliento, Morrison puso su computadora en acción:
–Capto las ondas, Yuri, pero no con tanta fuerza como cuando veníamos hacia aquí.
–¿Son más fuertes en otra dirección?
–Ligeramente, desde algo más arriba; pero vuelvo a advertirle que la habilidad direccional de mi máquina es muy primitiva.
–Sí, como esta nave de la que tanto se queja... He aquí lo que yo creo que ha debido ocurrir, Natalya. Mientras veníamos, pudimos detectar una neurona, directamente por encima de una glía que estaba delante. Cuando Albert vio la glía, naturalmente se dirigió hacia ella; su masa ocultaba ahora la neurona, y por ello, captábamos las ondas de forma más débil.
–En tal caso –decidió Boranova– debemos ir por encima de la glía hacia la neurona.
–Y en tal caso –insistió Konev– repito que debemos desminiaturizarnos. En nuestro tamaño actual de glucosa, la distancia que debemos cubrir al pasar por encima de la glía podría muy bien ser de cien a ciento cincuenta kilómetros. Si aumentamos diez veces de longitud, digamos a un tamaño de la masa de una pequeña molécula de proteína, reduciríamos la aparente distancia a sólo diez o quince kilómetros.
Kaliinin dijo con voz abstraída como si lo que tuviera que decir no tuviera la menor relación con lo que acababa de decirse:
–Para meternos en la neurona, Natalya, debemos tener el tamaño actual.
Pasado un momento, como desligándose de la posibilidad de tener que contestar directamente a la observación, Konev concedió:
–Naturalmente. Una vez lleguemos a la neurona, reajustaremos nuestro tamaño a lo que parezca más adecuado.
Boranova suspiró y pareció sumirse en sus pensamientos. Pero Konev insistió con desacostumbrada afabilidad:
–Natalya, eventualmente tendremos que cambiar de tamaño. No podemos conservar eternamente el de la glucosa.
–No me gusta desminiaturizar con más frecuencia de lo que debo –protestó Boranova.
–En este caso es preciso, Natalya. No podemos pasarnos horas navegando a lo largo de una membrana de célula. Y desminiaturizarnos diez veces en este punto significaría un gasto muy bajo de energía.
–¿Acaso el iniciar un proceso de desminiaturización puede provocar una continuación descontrolada y explosiva? –preguntó Morrison.
–Su intuición funciona perfectamente, Albert –respondió Boranova–. Sin conocer nada de la teoría de la miniaturización consigue captar el problema. Una vez comenzada, es preferible y más seguro permitir que la desminiaturización continúe. Detenerla, implica cierto riesgo.
–Tanto como mantener el tamaño de glucosa durante más horas que las necesarias –dijo Konev.
–Es verdad –asintió Boranova.
–¿Quieren que lo pongamos a votación y tomemos una decisión democrática? –sugirió Dezhnev.
Al oírlo, Boranova alzó la cabeza y sus ojos oscuros parecieron lanzar destellos. Apretó las mandíbulas y aclaró:
–No, Arkady. Tomar esta decisión es responsabilidad mía, y aumentaré el tamaño de la nave. –Luego, abandonando su aire majestuoso, añadió–: Por supuesto, pueden desearme suerte.
–¿Y por qué no? Será lo mismo que deseárnosla a todos –concluyó Dezhnev.
Boranova se inclinó sobre sus controles y Morrison pronto se cansó de observarla. En realidad no podía ver lo que estaba naciendo y tampoco lo entendería si lo viera; y también estaba el hecho de que le dolía el cuello por el esfuerzo de mantenerlo dado vuelta. Miró hacia delante y se encontró con Konev que le contemplaba por encima del hombro.
–Acerca de la detección sképtica... –empezó Konev.
–¿Qué hay sobre la detección sképtica?
–Cuando veníamos por este camino a través de la jungla de colágeno...
–Bien, sí, ¿y qué?
–¿Consiguió alguna... imagen?
Morrison recordó la desgarradora visión de Sofía Kaliinin. Pero ahora no había nada parecido en su mente. Incluso el recordar cómo había ocurrido, no provocaba en él ninguna reacción. Tuviera lo que tuviese en la mente, parecía como si lo hubiera alcanzado bajo la intensa estimulación de ondas sképticas concentradas; y, fuera como fuese, no pensaba describírselo a Konev..., ni a nadie más. Contemporizó:
–¿Por qué iba a percibir imágenes?
–Porque le ocurrió una vez cuando estaba analizando ondas sképticas con la intensidad del tamaño normal.
–Está asumiendo que el análisis durante la miniaturización produciría mayor intensidad o poseería una fuerza mayor de producción de imagen.
–La suposición es razonable. Pero ¿la percibió o no? La cuestión no tiene nada que ver con las teorías. Le estoy preguntando sobre observación. ¿Consiguió alguna imagen?
Morrison suspiró para sí y contestó:
–No.
Konev continuó observándolo (cosa que provocó en Morrison cierta inquietud y algo más que un poco de ira). Al fin le musitó:
–Yo sí.
–¿De verdad? –y abrió los ojos sinceramente sorprendido. Luego, más cauto, preguntó–: ¿Y qué percibió?
–Poca cosa, pero supuse que usted lo había captado con más claridad. En aquel momento estaba usted manipulando su detector y está probablemente más adaptado a su cerebro que el mío.
–¿Pero, qué fue lo que captó? ¿Puede describirlo?
–Una especie de titilación que entraba y salía de la consciencia. Me pareció ver tres figuras humanas, una mayor que la otras.
–¿Y qué dedujo de ello?
–Bueno, Shapirov tenía una hija a la que adoraba y ella tiene a su vez dos pequeños a los que también adoraba. Me imagino que en su coma puede haber estado pensando en ellos, o recordándolos, o tener la impresión de que los estaba viendo. ¿Quién sabe lo que ocurre estando en coma?
–¿Conoce a su hija y a los nietos? ¿Los reconoció?
–Los estuve viendo como si dijéramos a través de un vidrio transparente, a media luz. Lo único que logré captar fueron las tres figuras –pareció decepcionado–. Esperaba que usted lo hubiera visto con mayor claridad.
Morrison, esforzándose por pensar, tuvo que admitir:
–Ni vi, ni percibí nada parecido.
–Claro, las cosas deberían ser más acusadas una vez estemos dentro de la neurona. En todo caso lo que debemos percibir no son imágenes. Se trata de oír palabras.
–Nunca he oído palabras –declaró Morrison moviendo la cabeza.
–Claro que no, puesto que trabajaba con animales y ellos no utilizan palabras.
–Cierto. De todos modos una vez conseguí hacer unas pruebas con un ser humano, aunque nunca informé de ello. Ni percibí palabras, ni tampoco imágenes.
Konev se encogió de hombros.
–¿Sabe?, dadas las circunstancias –prosiguió Morrison– parecería natural que la mente de Shapirov estuviera llena de su familia.., si aceptamos su interpretación de lo que creyó per-cibir. ¿Cuál sería la probabilidad de que estuviera pensando en alguna extensión esotérica de las matemáticas de miniaturización?
–Era un físico. Incluso su familia venía en segundo lugar. Si podemos percibir palabras en esas ondas sképticas, serán palabras relacionadas con la física.
–¿Lo cree así?
–Positivamente.
Ambos callaron y por unos minutos no hubo el menor ruido en la nave. De pronto, Boranova dijo:
–He desminiaturizado la nave al tamaño de proteína y he detenido el proceso.
Transcurrieron unos instantes. Y Dezhnev con la garganta agarrotada, logró decir:
–¿Está todo bien, Natasha?
–El mero hecho de que pueda hacerme esta pregunta, Arkady, es una respuesta positiva. La desminiaturización ha sido detenida sin incidentes.
Les sonrió, pero se notaba un rastro brillante, de sudor, en el nacimiento del cabello.
La superficie de la célula glial se extendía aún más allá de donde llegaba la luz de la nave; pero había cambiado de aspecto. Las cúpulas y salientes se habían transformado en un tejido fino. Las cuerdas tendidas entre las cúpulas se habían vuelto filamentos casi imposibles de descubrir al avanzar la nave rápidamente en la superficie.
La atención de Morrison estaba dedicada, sobre todo, a su computadora mientras vigilaba que las ondas sképticas no disminuyeran de intensidad. Periódicamente, sin embargo, no podía evitar desviar la mirada y contemplar el panorama exterior.
Ocasionalmente, surgía de la superficie de la célula el típico proceso dendrítico de una célula nerviosa..., incluso una que fuera simplemente una glía subsidiaria. Estaban ramificadas y subramificadas como un árbol en invierno, surgiendo de la membrana de la célula.
Incluso con el tamaño nuevo y mayor de la nave, las dendritas eran grandes cuando emergían de la célula. Eran como troncos de árbol que, no obstante, se estrechaban rápidamente y se volvían flexibles. Al carecer de la rigidez de las fibras de cartílago, se balanceaban en la marea provocada por el avance de la nave a través del fluido extracelular. Se balanceaban, en efecto, al acercarse la nave y Dezhnev casi no tenía que hacer nada para esquivarlas. Se doblaban a un lado y la nave pasaba, segura, entre ellas.
Las fibras de colágeno eran más escasas en el entorno inmediato de la célula y, gracias al mayor tamaño de la nave, resultaban más delgadas y más frágiles. En una ocasión, Dezhnev, o no vio lo que apareció directamente delante de la nave, o no le importó lo que era. La nave pasó rozando de un modo que la trajo frente al asiento de Morrison, éste se encogió al ocurrir la colisión, pero la nave no sufrió daños. Fue la fibra de colágeno la que se dobló, se partió y quedó colgando. La cabeza de Morrison se volvió y sus ojos siguieron la fibra rota durante el segundo que permaneció a la vista antes de alejarse flotando.
Boranova debió haberla visto también y se fijó en la reacción de Morrison, porque le dijo:
–No hay motivo de preocupación. Hay billones de estas fibras repartidas por todo el cerebro, así que una más o menos carece de importancia. Además, se curan..., incluso en un cerebro tan dañado como el de Shapirov.
–Sí, lo supongo, pero no puedo evitar pensar que estamos destrozando, sin ningún derecho, un mecanismo infinitamente delicado no previsto para ser invadido tecnológicamente.
–Aprecio sus sentimientos –dijo Boranova–, pero casi nada en el mundo parece haber sido creado por procesos geológicos y biológicos sin alguna aparente previsión de interferencia, humana. La Humanidad hace mucho daño a la Tierra y a la vida, a veces a sabiendas... Casualmente, tengo sed, ¿y usted?
–Desde luego –contestó Morrison.
–Encontrará una taza en el pequeño hueco debajo del brazo derecho de su asiento. Pásemela.
Distribuyó agua a los cinco, diciendo tranquilamente:
–No tenemos escasez de agua, de modo que si quieren repetir, díganlo.
Dezhnev miró su taza con cierto asco. Sin dejar los controles la olió y dijo:
–Mi padre solía decir: «No hay mejor bebida que el agua pura, siempre y cuando uno se dé cuenta de que el agente purificador es el alcohol»
–Claro, Arkady –le respondió Boranova–. Estoy completamente segura de que su padre purificaba su agua con frecuencia; pero aquí, en la nave, usted con sus manos en los controles, beberá el agua sin purificar.
–Todos tenemos que sufrir privaciones de vez en cuando. –Y se bebió el agua haciendo una mueca.
Podía ser el efecto del agua lo que obligó a Kaliinin a buscar algo entre las piernas. Morrison tardó un instante en darse cuenta de que le había llegado el turno de orinar, así que volvió la cabeza hacia la ventana y esperó a ver si otra fibra de colágeno se deslizaría por el costado. Boranova les dijo:
–Estrictamente hablando, supongo que es hora de almorzar. Podríamos obviarlo, pero...
–¿Pero qué? –preguntó Dezhnev–. ¿Un buen plato de humeante borscht con crema agria?
–Lo que he entrado de contrabando, en contra del reglamento, es algo de chocolate..., muchas calorías, nada de fibras.
Kaliinin, que había tirado su pequeña toallita de papel húmeda y perfumada, agitaba las manos para que se le secaran. Comentó.
–Nos estropeará los dientes.
–No inmediatamente y puede enjuagarse la boca con un poco de agua para eliminar los residuos de azúcar. ¿Quién quiere un poco?
Se alzaron cuatro manos y Kaliinin no fue la última. A Morrison le encantó. Le gustaba mucho el chocolate y lo fue chupando para que le durara más. El sabor le recordó dolorosamente su infancia, en los alrededores de Muncie.
El chocolate se había terminado cuando Konev dijo a Morrison en voz baja:
–¿Ha sentido algo mientras rozábamos la célula glial?
–No –respondió Morrison diciendo la verdad–. ¿Y usted?
–Me lo pareció. Las palabras «prados verdes» cruzaron mi mente.
Morrison no pudo evitar decir «Hunun» y pareció perderse en sus pensamientos.
–¿Qué? –insistió Konev.
–Las palabras cruzan la mente todo el tiempo. Se oye algo, de refilón por decirlo así, y más tarde penetra en su consciencia; o una corriente de pensamientos conscientes invaden la mente y sobresale una frase; o puede experimentar una alucinación auditiva de un tipo u otro.
–Cruzó mi mente mientras estaba contemplando su computadora y concentrándome.
–Querría percibir algo, supongo, y en respuesta algo apareció rápidamente por su mente. El mismo efecto ocurre en los sueños.
–No. Esto era real.
–¿Cómo puede asegurarlo, Yuri...? Yo no percibí tal cosa. ¿Supone que alguien más pudo hacerlo?
–No podrían. Nadie más estaba concentrado en su computadora. Quizá nadie más en la nave tiene un cerebro suficientemente parecido al de usted para sentir en su longitud de onda, por así decirlo.
–Pura conjetura. Además, ¿qué significa la frase?
–¿Prados verdes? Shapirov tenía una casa en el campo. Podría recordar los prados verdes.
–Podría haber proporcionado la imagen y usted proporcionaría las palabras.
Konev arrugó la frente, guardó silencio y luego, claramente hostil, dijo:
–¿Por qué se opone de tal modo a la posibilidad de captar un mensaje?
Morrison decidió mostrarse igualmente hostil.
–Porque me han crucificado por informar acerca de estas percepciones. He sido ridiculizado durante largo tiempo y me he vuelto cauto. Una imagen de una mujer y dos niños, no nos dice nada. Ni una frase como «prados verdes» Si informa de ello, ¿cómo puede aislarlo de una imagen o frase autogeneradas? Óigame, Yuri, una sugerencia para ser útil debe estar vaga e indirectamente ligada con la relación entre el quantum y la relatividad. Eso podemos anunciarlo. Cualquier cosa inferior a eso no provocará la credibilidad. Solamente logrará perjudicarnos. Hablo por experiencia.
–Y si usted logra oír algo vital, algo que se relacione con nuestro proyecto, ¿se lo callará quizás?
–¿Por qué iba a hacerlo? Si percibo algo, en física, relacionado con la miniaturización, carecería de la base para comprenderlo y si me lo callara no me serviría de nada. Si compartimos un resultado útil, esta computadora sigue siendo mi máquina y está activada por mis teorías. Yo soy el que tendrá mayor participación en el mérito. Pero no me lo guardaré para mí solo, Yuri. Tanto mi propio interés como mi honor de científico me impedirían hacerlo... ¿Y usted, qué?
–Naturalmente, compartiré cuanto perciba, acabo de hacerlo ahora.
–No me refiero a «prados verdes» Esto es una tontería. Suponga que percibe algo muy significativo y yo no. ¿No se le ocurriría pensar que su conocimiento sería un secreto de Estado, como es la miniaturización? ¿Me confiaría entonces su conocimiento y se arriesgaría a la indignación del Comité Central de Coordinación?
Habían estado hablando en voz baja, con las cabezas juntas, pero el oído de Boranova captó la palabra clave:
–¿Política, caballeros? –preguntó glacial.
–Estamos discutiendo los posibles usos de la máquina de Albert, Natalya. Si me entero de algo importante sobre las ondas sképticas de Shapirov y Albert no, piensa que voy a guardármelo sin comunicárselo, alegando que es un secreto de Estado.
–Y tal vez lo sea –dijo Boranova.
–Necesitamos la cooperación de Albert –arguyó Konev–. Son su computadora y su programa, y estoy seguro de que sabe manejarlos más que eficientemente. Si no está completamente seguro de nuestra sinceridad y buena voluntad, puede arreglárselas para que no percibamos nada. Estoy dispuesto a compartir con él todo lo que yo sienta y él hará lo mismo.
–Puede no gustar al Comité, como el propio Albert ha indicado.
–Voy a demostrarte cuánto te quiero, Yuri –rezongó Dezhnev–. No te denunciaré.
–Natalya, estoy de acuerdo en que debemos ser sinceros con Albert –intervino Kaliinin– ya que exigimos que él lo sea con nosotros. Utilizando su propio instrumento con el que ya tiene experiencia, es más que probable que encuentre algo útil antes que nosotros. Una política de quid pro quo puede sernos más ventajosa a nosotros que a él. ¿No es verdad, Albert?
Morrison asintió.
–Precisamente lo estaba pensando y lo hubiera mencionado si tuviera la impresión de que iban a decirme que ser sinceros conmigo iba en contra de la política gubernamental.
–Bueno, aguardemos los acontecimientos –aconsejó Boranova.
Y la tensión cedió.
Morrison continuó sumido en sus pensamientos, contemplando abstraído su computadora. Y de pronto anunció Dezhnev:
–Tenemos otra célula delante..., a uno o dos kilómetros. Parece como si fuera mayor que la que hemos dejado atrás. ¿Es una neurona, Yuri?
Konev, que parecía ensimismado en sus problemas, despertó de pronto:
–Albert, ¿qué dice su máquina? ¿Es una neurona?
Morrison ocupado con su ordenador, contestó:
–Debe serlo. Nunca hasta ahora he visto las ondas sképticas tan acusadas.
–¡Estupendo! –exclamó Dezhnev–. ¿Y ahora qué?
Kaliinin miró pensativa la superficie de la célula que tenía delante y comentó:
–Natalya, tendremos que miniaturizarnos otra vez al tamaño de la glucosa. Arkady, sitúenos entre las dentritas de modo que podamos llegar a la superficie del cuerpo de la célula.
Morrison también observaba la superficie. Las dentritas eran mucho más complicadas que las glías. La más cercana estaba ramificada y vuelta a ramificar hasta parecer una fronda vellosa que se perdía más allá del alcance de la luz de la nave. Otras, más alejadas, se veían más borrosas y más pequeñas.
Morrison sospechó que la vellosidad era en parte debida al movimiento browniano. Pero seguro que esto no iba a continuar así. Probablemente cada extremo de las ramificaciones, cada ramilla, se encontraba con otra parecida o alguna neurona vecina con la que formar aquel nexo íntimo llamado sinapsis. El movimiento de la ramilla no sería suficiente para romper el contacto, o el cerebro no podría llevar a cabo su trabajo.
Dezhnev hizo que la nave se aproximara a la superficie del cuerpo de la célula, deslizándose despacio más allá de la dendrita más cercana (estaba aprendiendo a manejar perfectamente el desequilibrio de los motores individuales, pensó Morrison) y, al hacerlo, éste creyó observar que la superficie de la neurona cambiaba de carácter.
Evidentemente, no podía ser de otro modo, puesto que la nave estaba miniaturizándose nuevamente. Los salientes de la superficie se hacían más prominentes y volvían a dividirla en cúpulas. Entre las cúpulas fosfolipídicas, los filamentos se volvían cuerdas. «Receptores», se dijo Morrison. Cada uno de ellos estaba diseñado para enlazarse a una determinada molécula que sería útil a la neurona y, ciertamente, la glucosa sería la más útil de todas.
El cambio descendente fue considerablemente más rápido que el ascendente. Absorber energía era sencillo, mientras que la energía desprendida de la desminiaturización resultaba peligrosa. Morrison lo comprendía ya perfectamente.
Kaliinin, preocupada comentó:
–Ignoro cuáles receptores son para la glucosa, pero la mayoría de ellos deben serlo. Pase rozándolos, despacio, Arkady..., muy despacio. Si quedamos enganchados no quiero que nos arranquemos..., ni que los arranquemos a ellos.
–Ningún problema, pequeña Sofía. Si apago los motores, la nave se detiene al instante. No puede abrirse paso fácilmente por entre los átomos gigantes que nos rodean. Son demasiado viscosos. Así que le daré un toquecito de energía, lo bastante para empujarnos pasadas las moléculas de agua y cruzaremos de puntillas por entre los receptores.
–«A través de los tulipanes» –murmuró Morrison, mirando a Konev.
–¿Qué? –preguntó Konev malhumorado y perplejo a la vez.
–Es una frase que cruzó por mi cabeza. Hay una viaje canción titulada «Pasa de puntillas por entre los tulipanes, conmigo» En inglés las palabras...
–¿Qué tonterías está diciendo? –exclamó Konev.
–Estoy tratando de hacerle notar que siempre que alguien me dice «de puntillas», automáticamente surge en mi mente la frase «a través de los tulipanes» Si estoy concentrado en mi computadora cuando alguien dice «puntillas» seguiré oyendo la frase en mi mente y esto no significará que la capte en las ondas sképticas de la computadora. ¿Entiende lo que quiero decir?
–Habla por hablar –refunfuñó Konev–. Déjeme en paz.
Pero, según Morrison, parecía impresionado. Había captado la intención.
Ahora se hallaban moviéndose paralelamente a la superficie de la neurona. Los receptores se balanceaban dulcemente y Morrison se dio cuenta de que no podía distinguir los que estaban vacíos de los que se habían adherido a alguna de las moléculas que se movían, lo mismo que ellos, en el fluido extracelular.
Trató de concentrarse en aquellas moléculas. En el fluido se notaba cierto brillo que podía haber sido la luz del faro de la nave reflejada por las moléculas, pero ninguna se veía bien. Incluso la superficie de la membrana de la célula no se veía realmente clara si se la miraba directamente. Era más la impresión surrealista de una superficie, que una auténtica superficie..., se reflejaban muy pocos fotones y muy pocos de ellos llegaban a alcanzarlos en su pequeña escala.
No obstante, por el brillo podía descubrir una especie de contextura arenosa en el fluido por el que navegaban (posiblemente moléculas de agua) y entre ellas, de vez en cuando, algo con forma de gusano..., retorciéndose, girando; cerrándose y volviendo a abrirse. El vecindario inmediato de la nave estaba, naturalmente, dentro del campo de miniaturización, así que los átomos y moléculas del mundo de tamaño normal, se encogían constantemente al entrar en él, y se agrandaban al salir. El número de átomos que lo hacían debía ser enorme pero el cambio de energía resultante, incluso aumentando el número, era lo bastante bajo, de forma que no afectaba perceptiblemente a la nave; o provocaba desminiaturización es-pontánea, o causaba algún perjuicio... Por el momento, parecía no causar daños.
Morrison se esforzó por no pensar en ello.
–No pienso poner en duda su habilidad, Sofía, pero le ruego que compruebe y que se asegure de que la nave tiene el patrón eléctrico de la glucosa –le advirtió Boranova.
–Le aseguro que lo tiene.
Y como para confirmar que en efecto así era, la nave pareció hacer medio giro en el fluido, a juzgar por el cambio de vista que se les aparecía a través de las paredes.
En condiciones normales, semejante movimiento habría proyectado a cada pasajero contra la pared de la nave o contra el brazo del asiento. No obstante, masa e inercia estaban virtualmente a cero y sólo se notaba un ligero balanceo, apenas perceptible comparándolo al que asociaban con el movimiento browniano.
–Hemos quedado adheridos a un rector de glucosa –dijo Kaliinin.
–Bien. He apagado el motor –anunció Dezhnev–. ¿Y ahora qué hacemos?
–Nada –respondió Kaliinin–. Dejemos que la célula haga su trabajo y esperemos.
El receptor no llegó a establecer contacto con la nave. Fue una suerte, porque de haberse acercado más habría caído en el campo de miniaturización y su punta se habría doblado. En tal caso, solamente había habido un encuentro de campos eléctricos: negativo a positivo, y positivo a negativo. Las atracciones no eran del todo atracciones iónicas sino unas inferiores que se asemejaban a conexiones de hidrógeno. Eran suficientes para retener, pero lo bastante débiles para permitir a la nave desprenderse más o menos, como si estuviera conectada al receptor por bandas de caucho más que por garfios.
El receptor se extendía a todo lo largo de la nave y era de contorno irregular, como si abrazara una serie de bultos a lo largo del casco de plástico. Éste era liso y sin irregularidades a la vista, pero Morrison estaba convencido de que había un campo eléctrico que abultaba precisamente en el lugar donde los grupos hidróxilos estarían en la estructura glucopiranosa, adoptando, los bultos, las formas que tendrían en la molécula natural.
Morrison volvió a mirar. El receptor impedía virtualmente la visión del lado de donde estaban sujetos. Si miraba más allá del receptor podía, no obstante, ver una extensión de superficie de la neurona, al parecer interminable, ya que se perdía mucho más allá del alcance de la luz de la nave.
La superficie neurónica parecía palpitar ligeramente y pudo observar más detalles. Entre las cúpulas regulares de las moléculas fosfolipidicas alineadas, descubría, ocasionalmente, una masa irregular, que supuso sería una molécula de proteína que atravesaba la espesa membrana de la célula. Era a esas moléculas a donde se adherían los receptores, lo que no sorprendió a Morrison. Sabía que los receptores eran péptidos..., cadenas de aminoácidos. Eran parte del filamento central de la proteína, proyectados hacia delante, cada diferente receptor compuesto de diferentes aminoácidos en un orden especifico y así dispuestos a fin de poseer un tipo de campo eléctrico a juego, es decir, opuesto en atracción y en forma física y, con la molécula a la que estaba destinado a adherirse.
Entonces, mientras miraba, le pareció que los receptores se movían hacia el Podía verlos ahora en gran numero y podía ver también que ese número aumentaba. Los receptores y las moléculas de proteína a las que se adherían, parecían nadar a través de las moléculas fosfolipídicas (con una película de moléculas de colesterol por debajo, Morrison lo sabía) que se abrían delante y se cerraban detrás.
–Está ocurriendo algo –advirtió Morrison al notar el propio movimiento de la nave a través del pequeño tirón de inercia que quedaba en su insignificante masa.
–La superficie nos está rodeando –dijo Konev.
Dezhnev asintió:
–Parece como si estuviera haciendo esto –levantó su manaza callosa y la cerró.
–Exactamente. Nos invaginará, formará un recipiente más y más hondo, estrechando el cuello y al fin cerrándolo, y estaremos dentro de la célula –explicó plácidamente Konev.
Morrison también se mostraba tranquilo. Querían estar dentro de la célula y éste era el medio de conseguirlo.
Los receptores acercándose, y junto a cada uno de ellos alguna molécula, alguna verdadera molécula, y entre ellas la falsa molécula que era la nave. La superficie de la célula, lo mismo que la mano de Dezhnev, se cerró del todo sobre ellos y los tragó.
–¿Y ahora, qué? –preguntó Dezhnev.
–Nos encontramos en una vesícula dentro de la célula –aclaró Kaliinin–. Se volverá más y más ácida y entonces el receptor se desprenderá de nosotros. Éste y los demás receptores volverán a la membrana de la célula.
–¿Y nosotros? –insistió Dezhnev.
–Dado que por nuestro campo eléctrico se nos reconoce como una molécula de glucosa –explicó Kaliinin– la célula tratará de metabolizarnos, partirnos en pequeños fragmentos y extraer energía de nosotros.
Mientras hablaba, el receptor péptido se apartó, desenroscándose.
–¿Les parece buena idea que nos metabolice? –pregunto Dezhnev.
–No lo hará –respondió Morrison–. Nos adheriremos a la molécula de enzima apropiada, que descubrirá que nuestra reacción no es la prevista. No nos uniremos a un grupo de fosfatos, así que se encontrará desamparada y probablemente nos soltará. En realidad no somos una molécula de glucosa.
–Pero si la molécula nos libera, ¿no vendrá otra molécula del mismo tipo tratando de adherirse repitiendo la operación..., y así sucesivamente?
–Ya que lo menciona –observó Morrison frotándose la barbilla y observando distraído cómo le había crecido la barba desde el afeitado de la mañana– podría ser que las primeras moléculas no nos soltaran, supongo, si no hacemos lo que esperan.
–Vaya situación –protestó Dezhnev indignado y adoptando su dialecto local, como parecía hacer cada vez que se excitaba, que Morrison encontraba siempre difícil de seguir–. Lo mejor que podemos esperar es que una molécula de enzima o nos retenga para siempre en su seno o nos conserve para siempre como en una carrera de relevos, al ir pasando de enzima en enzima indefinidamente... Mi padre solía decir: «Ser salvado por un oso de las hambrientas mandíbulas de un lobo, no es gran motivo de gratitud»
–Por favor, observe que ninguna molécula de enzima se nos ha adherido –les hizo notar Kaliinin.
–¿Y eso por qué? –preguntó Morrison que, en efecto, lo había observado.
–Debido a un ligero cambio del tipo de carga eléctrica. Tuvimos que imitar a una molécula de glucosa para meternos en la célula, pero una vez dentro de ella no tenemos por qué seguir haciéndolo. La verdad es que debemos imitar algo más.
–¿Cualquier molécula que imitemos estará sujeta al cambio metabólico, Sofía? –lo preguntaba Boranova, inclinada hacia delante.
–En verdad no, Natalya –contestó Kaliinin–. La glucosa..., o cualquier otro azúcar simple del cuerpo, pertenece a cierta configuración molecular así que lo llamamos glucosa-D. Yo he, sencillamente, alterado el parecido de su doble. Nos hemos transformado en glucosa-L y ahora no hay enzima que nos toque; ni ninguno de nosotros, ahora, meterá el pie en el zapato equivocado... Ahora podemos movernos libremente.
La vesícula que se había formado al introducirse en el interior celular, se había roto, y Morrison abandonó por imposible cualquier tentativa de seguir el hilo de lo que estaba ocurriendo. Los fragmentos que tenía alrededor estaban envueltos por moléculas de enzima mucho mayores, que parecían abrazarlos y luego los soltaban. Presumiblemente, cualquier víctima de un abrazo enzimático era liberada para ser de nuevo abrazada por otra enzima.
Todo parecía ocurrir al mismo tiempo y esto era solamente, lo sabía muy bien Morrison, la parte anaeróbica del proceso (en el que no se utilizaba oxígeno molecular). Acabaría rompiendo la molécula de glucosa, con sus seis átomos de carbono, en dos fragmentos de tres partes de carbono cada uno.
De este modo se produciría algo de energía, y los fragmentos serían desviados al mitocondrio para que se completara el proceso con el uso de oxígeno; un proceso en el que la molécula universal de transferencia de energía, la adenosina trifosfato (o ATP) sería revestida a fin de iniciar el proceso y, al final, sería reproducida en cantidad sustancialmente mayor que el revestimiento.
Morrison sintió el impulso de abandonarlo todo y de buscar un camino dentro del mitocondrio, la pequeña fábrica de energía de la célula. Después de todo, los detalles del proceso del mitocondrio no se han descubierto aún..., pero se apartó casi furioso de la idea. Las ondas sképticas tenían prioridad. Se lo dijo a gritos como obligándose a forzar el reconocimiento de las prioridades a un cerebro curioso que amenazaba con disipar sus intereses. Por lo visto Konev había pensado lo mismo, porque dijo:
–Por fin estamos dentro de la neurona, Albert. No actuemos como turistas. ¿Qué tal están ahora las ondas sképticas?
XIV. AXÓN
Aquellos que suelen decir «Un penique
por tus pensamientos» son generalmente
demasiado generosos.
DEZHNEV, padre
Morrison se erizó ante la orden de Konev (porque eso había sido).
Indicó su resentimiento negándose a responder durante un tiempo. Siguió mirando el interior de la neurona y no pudo distinguir nada que reconociera. Veía fibras, placas retorcidas, bultos de tamaño incierto y forma poco clara. Y lo que es más, tenía la fuerte impresión de que había una presencia esqueletal en la célula que retenía objetos mayores (las organelas) en su sitio; pero notaba que la nave pasaba de largo demasiado aprisa, como si navegara torrente abajo. La sensación de movimiento era más fuerte aquí que en la corriente sanguínea, porque aunque había pequeños objetos, o restos de ellos, que se movían a su lado, había también grandes objetos que aparentemente permanecían en su sitio y a los que adelantaban rápidamente. Al fin, Morrison se decidió a decir:
–Oiga, Yuri, nos movemos demasiado de prisa y es probable que el movimiento distorsione gravemente las ondas sképticas.
Konev rugió:
–¿Está usted loco? No nos movemos en absoluto de prisa. Nos dejamos solamente llevar por la corriente intercelular que sirve para asegurar que las pequeñas moléculas estén todas al alcance de la estructura de la célula. El movimiento es muy lento a escala normal; solamente parece rápido por nuestro tamaño miniaturizado. ¿Tendré acaso que enseñarle fisiología celular?
Morrison se mordió los labios. Claro. Había olvidado de nuevo cómo la miniaturización distorsionaba su percepción. Y otra vez Konev tenía toda la razón.
–De todas formas, sería mejor –dijo esforzándose por recuperar su dignidad– que volviéramos al tamaño glucosa-D y permitiéramos que una enzima nos cogiera. El tamaño combinado reduciría nuestra velocidad y sería más fácil captar las ondas.
–No tenemos por qué aminorar la marcha. El impulso nervioso viaja a un mínimo de dos metros por segundo a velocidad real, y en la velocidad aparente, dado nuestro tamaño, lo hace a setenta veces la verdadera velocidad de la luz. Comparado con ello, nuestra velocidad, por enorme que parezca, es insignificante. Incluso si nos moviéramos a la aparente velocidad de un cohete, para el impulso nervioso estamos virtualmente inmóviles.
Morrison alzó el brazo indicando que se rendía, pero estaba furioso con Konev. Existía lo de estar demasiado en lo cierto. Miró de soslayo a Kaliinin, con la incómoda sensación de que ella mostraría su desprecio. Sus miradas se cruzaron pero sin rastro de burla. Sus hombros, por el contrario, se alzaron ligeramente como diciendo (o así quiso imaginarlo Morrison): «¿Qué se puede esperar de un salvaje?»
Boranova (Morrison miró por encima del hombro) parecía ajena a la cuestión. Estaba ocupada con su instrumento y Morrison se preguntó en qué estaría enfrascada, considerando que los motores estaban apagados y la nave se dejaba simplemente llevar por la corriente.
En cuanto a Dezhnev, sin sus motores, era el único miembro de la tripulación que, en verdad, no tenía nada que hacer en aquel momento (excepto no perder de vista el material que tenía delante por si acaso se presentaba alguna emergencia insólita). Dijo:
–Vamos, Albert, estudie las ondas sképticas y denos alguna respuesta. así podremos irnos de aquí. Es de lo más excitante encontrarse en el interior de una célula, para aquellos que les guste, pero yo ya he tenido suficiente. Mi padre solía decir: «Lo más excitante de cualquier viaje es el regreso a casa»
–¡Arkady! –llamó Boranova.
–Sí, Natasha.
–Guarde alguna palabra para mañana. –Y Morrison vio una leve sonrisa en sus labios.
–Por supuesto, Natasha. Sospecho algo de sarcasmo, pero haré lo que me dice. –Y aunque cerró la boca de golpe con un exagerado golpe de sus dientes, empezó a tararear una melodía en voz baja.
Morrison estaba algo asombrado; llevaban menos de cinco horas en la nave..., pero parecían cinco días, o quizá cinco años. Sin embargo, al contrario de Arkady, y pese a su interior sentimiento de terror, no estaba dispuesto a abandonar el cuerpo de Shapirov. Experimentaba un fuerte impulso de explorar la célula, y sus pensamientos descansaban en la posibilidad de hacerlo.
Kaliinin debía estar pensando más o menos lo mismo porque expresó, en tono introspectivo:
–Qué vergüenza ser las primeras personas dentro de la más compleja de todas las células vivientes y no hacer nada para investigarla como es debido.
–Esto es exactamente lo que... –empezó Morrison, luego lo pensó mejor y se calló.
Konev agitó el brazo como si apartara miríadas de insectos:
–No lo entiendo. Estamos en la célula y hemos venido aquí para un trabajo específico. Albert, concéntrese en las ondas sképticas.
–Lo estoy haciendo –contestó jadeante–. En realidad ya lo he hecho. ¡Mire!
Konev volvió la cabeza, después se soltó el cinturón, para poder observar mejor por encima del asiento. Contempló la pequeña pantalla de Morrison y dijo:
–Las ondas parecen más acusadas.
–Son más intensas y muestran oscilaciones más precisas que las que he visto hasta ahora. Pensándolo bien, me pregunto qué grado de precisión pueden alcanzar. Antes o después, una oscilación, si es suficientemente fina, representará el bamboleo de un solo electrón..., y entonces, tendremos que tomar en consideración el principio de incertidumbre.
–Se olvida. Hemos sido miniaturizados y la constante de Planck es de nueve órdenes en magnitud, menor para nosotros que si estuvieran en condiciones estándar.
–Es usted el que olvida –protestó Morrison, deseoso de cazar al otro en un tropiezo– que las ondas se reducen en la misma medida antes de llegar a nosotros. Esas ondas están exactamente donde deberían estar dado el principio de incertidumbre..., en efecto.
Konev titubeó un instante:
–No importa. Ahora estamos mirando y viendo algo, y no hay incertidumbre perceptible, no hay nada borroso. ¿Qué significa?
–Apoya mi teoría –contestó Morrison–. Esto es exactamente lo que debería ver dentro de una célula si mi interpretación de la actividad de las ondas sképticas es correcta...
–No es esto lo que quiero decir. Empezamos asumiendo que su teoría era correcta. Ahora ya no lo asumimos, es un hecho demostrado, y lo felicito. Pero, ¿qué significa? ¿Qué demuestran que esté pensando Shapirov?
Morrison movió la cabeza.
–No tengo datos, nada de datos, sobre la correlación entre esas ondas y pensamientos específicos. Llevaría años abarcar tal correlación si pudiera hacerse.
–Pero quizá las ondas sképticas, cuando son tan claras y tan intensas, producen un efecto inductor en su cerebro. ¿Capta alguna de sus famosas imágenes?
Morrison reflexionó un instante, luego movió la cabeza:
–¡Ninguna!
De atrás le llegó una voz serena:
–Yo capto algo, Albert.
–¿Usted, Natalya? –exclamó volviéndose.
–Sí, es extraño..., pero así es.
–¿Qué capta, Natalya? –preguntó Konev.
Boranova vaciló, concentrándose, luego dijo:
–Curiosidad. Bien, no es exactamente una imagen de algo. Sólo una impresión. Siento curiosidad.
–Es posible –dijo Morrison–. No es preciso una impresión externa para producir tal sensación, dadas las circunstancias.
–No, no. Sé perfectamente cómo son mis pensamientos y sensaciones. Ésta es una imposición exterior.
–¿La percibe en este momento? –preguntó Morrison.
–Sí. Va y viene un poco, pero la siento ahora mismo.
–Muy bien. ¿Y ahora?
Boranova pareció sorprendida:
–Se ha parado de repente... ¿Acaso desconectó su máquina?
–La apagué. Ahora dígame cuándo experimenta la impresión y cuándo no.
Se volvió a mirar a Kaliinin, dispuesto a advertirle que no dijera o hiciera nada que indicara cuándo encendía o apagaba la computadora; la encontró sumida en la contemplación de la célula, obviamente maravillada de poder admirar el interior de una neurona. Se preguntó si, en aquel momento, oía o le importaba lo que estaba sucediendo.
Se volvió y dijo:
–Natalya, cierre los ojos y concéntrese. Sólo diga «dentro» cuando capte la sensación, y «fuera», cuando no.
Durante unos minutos aceptó su sugerencia. Morrison dijo a. Konev:
–¿Hace ruido la computadora cuando la enciendo o la apago? ¿Puede ver o sentir algo?
–No noto nada –respondió Konev.
–Entonces no hay error. Experimenta la sensación solamente cuando la computadora funciona.
Dezhnev, que al contrario que Kaliinin, lo había seguido todo, preguntó entrecerrando los ojos:
–Pero, ¿por qué? Las ondas cerebrales están presentes, tanto si su máquina las detecta como si no... Debería tener esta sensación de curiosidad todo el tiempo.
–No, no –dijo Morrison–. Mi dispositivo filtra, o aparta, todos los componentes, excepto las ondas sképticas. Sin mi computadora, capta una masa confusa de sensaciones, reacciones, correlaciones y una miscelánea de todo tipo. Con la computadora, sólo capta ondas sképtica; lo que sirve para demostrar mejor la utilidad de mi teoría.
–Yo no capto nada –confesó Dezhnev, ceñudo–. ¿No destruye eso su teoría?
Morrison se encogió de hombros:
–Los cerebros son mecanismos complicados. Natalya lo capta. Usted no. Y yo tampoco. Puede que los componentes de esta determinada onda sképtica encaje con algo en el cerebro de Natalya, y no en los nuestros. No voy a poder explicarlo todo a la vez... ¿Recibe algo, Konev?
–No –contestó tan disgustado como lo había estado Dezhnev–. No obstante, obtuve alguna impresión cuando aún estábamos fuera de la neurona.
Morrison se limitó a mover la cabeza y callar.
–¿No puede captar nada más que una vaga sensación de curiosidad, Natalya? –saltó Konev.
–No, Yuri, no puedo. No en este momento. Pero recuerde a Pyotr Shapirov, sentía curiosidad por todo.
–Lo recuerdo, pero no nos sirve de nada. Albert, ¿en qué dirección nos movemos?
–Río abajo. Es la única dirección en que podemos movernos.
–No, no. –Y, furioso, exclamó–: ¿Es una broma? ¿Está haciéndose el gracioso?
–En absoluto –respondió Morrison–. Me preguntó en que dirección íbamos. ¿Qué otra cosa podía haberle contestado? Está claro que aquí la brújula no nos serviría de nada.
–Tiene razón. Lo siento. La corriente va por aquí. Del otro lado de la célula va en sentido contrario. Es una circulación. Pero el impulso nervioso va sólo en una dirección, desde las dendritas al axón. ¿Estamos del lado de la célula que nos lleva en la misma dirección que el impulso nervioso, o en la dirección contraria?
–¿Importa eso? –preguntó Morrison.
–Creo que sí. ¿Puede su dispositivo decirnos en qué dirección se mueve el impulso?
–Sí. Debería aparecer un ligero desplazamiento en la formación de las ondas, según tropiecen con el dispositivo de frente o por detrás.
–¿Y?
–Y nos movemos en la dirección del impulso.
–¡Magnífico! ¡Qué suerte! Entonces nos dirigimos hacia el axón.
–Así parece.
–¿Y si nos dirigimos hacia el axón? –preguntó Boranova.
–¡Piense, Natalya! –insistió Konev–. Las ondas sképticas viajan sobre la superficie de la célula. La célula, aquí, es ancha y relativamente grande. Las ondas sképticas se extienden sobre una enorme superficie y su intensidad queda debilitada. Al acercarse al axón, la célula se estrecha. El propio axón es largo, es como un tubo muy largo comparado con la célula..., y muy estrecho. Las ondas deben concentrarse enormemente al correr a lo largo del tubo y también deben hacerse más intensas. Y lo que es más, el axón está aislado por una gruesa envoltura de mielina, para que la onda de energía no se pierda en el exterior, sino que quede fuertemente retenido en el interior del axón.
–Entonces, ¿cree que recibiremos con más efectividad dentro del axón?
–Sí, mucho más. Si ahora podemos detectar curiosidad, debería aumentar considerablemente en el axón. A lo mejor podría detectar cuál es la curiosidad que siente Shapirov.
–También podría resultar totalmente carente de importancia –intervino Morrison, pensativo–. ¿Y si siente curiosidad por estar tendido allí sin poder moverse?
–No –interrumpió bruscamente Konev–, esto no le interesaría. Yo conocía bien a Shapirov. Usted no.
–Puede estar en lo cierto.
–Todo su tiempo estaba consumido por el proceso de miniaturización. Y creo que sus sueños también. Y hacia el fin, en las últimas semanas antes de..., antes de que ocurriera el accidente, trabajaba, pensaba, soñaba con la conexión entre quantum y relatividad, pensando en cómo hacer la miniaturización y la desminiaturización estables y libres de energía.
–Seguro que si ése era el caso –observó Morrison– debió haber mencionado algo sobre detalles de sus pensamientos.
–No, en cierto modo era como un niño. Sabíamos en lo que estaba pensando, pero no si hacía progresos en aquella dirección o en otra. Lo que deseaba hacer era presentárnoslo acabado, completo... ¿Recuerda Natalya, cómo le gustaba hacerlo? También lo hizo con la propia miniaturización. Cuando finalmente escribió su trabajo..., era un libro joven...
–¿Dónde se publicó? –preguntó Morrison con aparente indiferencia.
–Sabe de sobra que no se publicó –se burló Konev–. Tuvo una circulación limitada para aquellos que tenían que saber. Pero no está en ninguna parte donde usted tenga jamás la posibilidad de verlo.
–Yuri, no sea innecesariamente insultante. Albert es un compañero de tripulación y un invitado. No debe ser tratado como un espía –lo reconvino Boranova.
–Si usted lo dice, Natalya... Sin embargo, si Shapirov siente curiosidad, si su curiosidad es tan intensa que Natalya capta su mensaje, sólo puede ser respecto de la conexión quantum-relatividad. Si conseguimos averiguar algunos detalles, de cualquier tipo que sea, tendremos un punto de partida para poder continuar.
–¿Y cree que encontraremos dichos detalles en el axón?
–Sí, estoy seguro. –Y Konev apretó los puños como si se dispusiera a sujetar los hechos con todas sus fuerzas.
Morrison apartó la mirada.
Él no estaba seguro.
Cada vez más empezaba a parecerle como si las cosas se movieran en otra dirección y que era preferible que...
Trató de disimular, pero estaba tan excitado como Konev.
Delante de ellos aparecían objetos vagos, se apartaban a un lado, a derecha o izquierda, y quedaban atrás. ¿Ribosomas? ¿Corpúsculos de Golgi? ¿Fibrillas de un tipo u otro? Morrison no sabía decirlo. Desde su tamaño de pequeña molécula, nada, ni el más claro, más habitual objeto intracelular, parecía familiar, y menos aún reconocible.
Corrían a través de un extraño país de imprecisiones, y Morrison se sentía incapaz, por más que lo intentara, de situar aquel entorno como el que conocía por micrografía electrónica.
Se preguntó si en alguna parte, más allá de donde la luz del faro de la nave llegaba, estaría el infinito volumen del núcleo de la célula. ¡Pensar que estaban a una distancia submicroscópica del mismo y no podían verlo!
Se concentró en su entorno inmediato. De nuevo, le parecía que debería poder descubrir las moléculas de agua que formaban el noventa y ocho por ciento de todas las moléculas de la célula; que el inmenso porcentaje era la consecuencia directa del hecho de que se trataba de las moléculas más pequeñas que allí había.
No podía estar seguro. Por más que forzara la vista, lo que veía era sólo un débil brillo..., quizás un fotón, rebotando de una molécula, cuyo destello era captado por su ojo. Como mucho, vería solamente uno o dos, procedentes de cualquier molécula de agua.
De pronto notó que la cabeza de Kaliinin se inclinaba hacia él. Su cabello le acarició el rostro y aspiró, como en alguna otra ocasión anterior, el fresco perfume de su champú.
–Es terrible, Albert –le dijo.
Le olía terriblemente el aliento y Morrison se echó hacia atrás sin proponérselo. Ella se dio cuenta, porque levantó rápidamente la mano y se cubrió la boca, murmurando:
–Lo siento.
Morrison movió la cabeza ligeramente y confesó:
–Mi propio aliento no es ningún ramo de rosas..., la tensión..., poco que comer. Quizás un sorbo de agua nos vendría bien, Natalya.
Un sorbo de agua disparó a todo el mundo, naturalmente, en una reacción en cadena. Kaliinin tenía una pastilla blanca entre los dedos y ofreció:
–¿Una gota de licor de menta?
Morrison tendió la mano, sonriente.
–¿Está autorizado?
Los ojos de Kaliinin parpadearon en dirección a Boranova y se encogió de hombros en un gesto de qué importa. Después de pasar la pastilla a Morrison, Sofía se metió una en la boca.
Repitió:
–Es terrible, Albert.
–¿Qué cosa, Sofía?
–¿Cómo podemos pasar por esta célula y no estudiarla en detalle?
–Tenemos una misión específica.
–Sí, pero nadie, en muchos años quizá, volverá a entrar en una célula cerebral. Puede que nunca. Cuando en el futuro alguien lea que esta nave y esta tripulación, se limitaron a cruzar de prisa sin mirar ni a derecha ni a izquierda, pensarán en lo bárbaros que debíamos ser.
Hablaban casi en un murmullo, con las cabezas inclinadas, muy juntas, y Morrison se encontró encantado. ¿Se había endurecido tanto como para que la amenaza de la situación, el continuo bordear el abismo de la desminiaturización espontánea; la posibilidad de una muerte repentina, en cualquier momento..., le hubieran hecho olvidar el gozo del hecho trivial de que sus labios estuvieran tan cerca del bello rostro de una mujer?
¿Por qué luchar contra ello? ¡Que su proximidad lo anestesiara a fin de que pudiera olvidar por un instante!
Recordó la nítida imagen, que tan fugazmente había vislumbrado poco antes, de una muchacha hermosa, sonriente, feliz.
No había sabido reconocer como suyo aquel pensamiento, por haber aparecido tan inesperadamente de la nada.
Y no se repitió, ni siquiera ahora, pero lo recordaba claramente y el recuerdo le envolvía el corazón con una sensación cálida.
Sintió el impulso momentáneo de besarla, sólo un beso suave en la mejilla..., pero desistió. Si decidía molestarse, se sentiría como un increíble imbécil.
Pero le dijo con dulzura:
–La gente del futuro sabrá que teníamos una misión. Lo comprenderán.
–Quién sabe –murmuró Sofía, luego calló y dirigió una mirada casi de pánico a Konev, que seguía sentado como siempre, rígido e indiferente a cualquier palabra o movimiento por parte de Kaliinin.
Ésta volvió a su computadora, pulsó el procesador de palabras y tecleó rápidamente en ruso:
YURI ES UN FANÁTICO QUE SACRIFICA TODO A SU MANÍA. NO HAY POSIBILIDAD DE LEER PENSAMIENTOS, PERO PERSUADES A TODO EL MUNDO.
Lo borró y tecleó de nuevo: SOMOS SUS VÍCTIMAS, y volvió a borrar al instante.
«Por "somos", hay que leer "yo"», pensó Morrison entristecido. Miró indeciso su propia máquina. Le pareció que las ondas del pensamiento que había encontrado débiles, se estaban intensificando. Miró hacia fuera como si pudiera adivinar lo cerca que se encontraban ahora del axón, pero, naturalmente, no había forma de averiguarlo.
Eliminó la radiación, pulsó el procesador de palabras y escribió en ruso con alfabeto latino: ÉL TAMBIÉN ES SU PROPIA VICTIMA.
Y Kaliinin respondió con rabia: NO. NO CREO QUE UNO MISMO SEA SU PROPIA VICTIMA.
Morrison pensó dolorido en su ex esposa, sus dos hijas, su incapacidad por presentar sus teorías de modo persuasivo, y escribió:
CREO QUE CADA UNO DE NOSOTROS ES MÁS VÍCTIMA DE NOSOTROS MISMOS QUE DE NADIE MÁS, y volvió inmediatamente a la recepción de ondas de pensamiento.
Inhaló profundamente. Las ondas de su pantalla habían aumentado de intensidad pese a que el dispositivo estaba aún en bajo volumen.
Morrison abrió la boca para comentarlo, pero Dezhnev lo hizo innecesario, al decir:
–Yuri, la membrana de la célula está curvándose hacia dentro y nosotros estamos haciendo lo mismo.
«Esto podría explicarlo», pensó Morrison. La célula se estrechaba al acercarse al axón y las ondas sképticas se estaban concentrando enormemente. Su dispositivo, al haber futrado todo lo demás radiaba la función de las ondas sképticas por todo el interior de la nave. ¿Y con qué resultado?
–Veremos lo que pasa ahora. Albert, mantenga la máquina trabajando a máxima intensidad –añadió Konev.
–Confío en que ocurra lo que ocurra, nos dé la respuesta que esperamos, o por lo menos un principio de respuesta. Me he cansado de esperar –dijo Boranova.
–No puedo censurarla. Como mi padre solía decir: «Cuanto más se tarda en llegar a un punto, más embotado resulta ser »
A Morrison le pareció que cada sinuosidad del cuerpo rígido de Konev rezumaba excitación y triunfo expectante..., pero Morrison no participaba de esa expectación.
Morrison miraba fijamente hacia fuera. Ahora se encontraban metidos del todo en el axón y arrastrados a lo largo por la corriente del fluido interior de la célula.
En el mundo real, el axón era una fibra delgadísima, pero en el mundo miniaturizado de la nave parecía tener la anchura equivalente a unos cien kilómetros. En cuanto a su longitud, era mucho, mucho más largo que la propia célula. Ir de un extremo al otro del axón podía equivaler a un viaje de la Tierra a la Luna, y regreso, un par de docenas de veces. Por otra parte, su aparente velocidad, a escala de la miniaturización, tenía que parecerles una fracción respetable de la velocidad de la luz.
Sin embargo, no había indicación de aquella velocidad increíblemente rápida. La nave se movía con la corriente y había muchísima menos abundancia de macromoléculas u organelas en el axón, de lo que había habido en el cuerpo de la célula. Si había fibras estructurales soportando la corriente y manteniéndose inmóviles respecto de la membrana de la célula, la corriente pasaba junto a ellas tan rápidamente que las hacía invisibles, incluso si un gran número de fotones se reflejara en ellas..., y, naturalmente, no era así.
Dejó de mirar. No había nada que ver allá afuera.
Lo que sí debía hacer era mirar su pantalla. Las ondas sképticas se volvían mucho más intensas, lo veía claramente. Había resultado difícil eliminar la materia no sképtica; era tan fuerte que inundaba la capacidad receptiva de la computadora.
Y había algo más, la vibración firme y elaborada de las ondas sképticas se había transformado en una serie de picos irregulares. Incluso en plena expansión era obvio que no recibía todos los detalles existentes. Morrison tenía la clara visión de la necesidad de una impresión de láser lo bastante clara para poder ponerla bajo el microscopio.
Konev se había desabrochado el cinturón, y medio alzado sobre el respaldo, a fin de poder fijarse en la pantalla, comentó:
–No la he visto así hasta ahora.
–Ni yo, y llevo estudiando las ondas sképticas desde hace casi veinte años. Nada como esto.
–¿Entonces yo tenía razón en lo del axón?
–Absolutamente, Yuri. Las ondas se han ido concentrando maravillosamente.
–¿Y su significado entonces?
Morrison extendió las manos, perplejo:
–Confieso que no lo sé. Dado que es la primera vez que veo semejante cosa, es obvio que no puedo interpretarlo.
–No, no –interrumpió Konev impaciente–. Siga concentrándose en la pantalla y yo seguiré pensando en la inducción. ¿Qué es lo que recibe? ¿Imágenes? ¿Palabras? Nuestras propias mentes son los auténticos receptores..., por mediación de su máquina.
–No recibo nada –contestó Morrison.
–Es imposible.
–¿Recibe usted algo?
–Se trata de su máquina. Adaptada a usted.
–Pero antes ha recibido usted imágenes, Yuri.
La voz de Dezhnev los interrumpió secamente:
–Mi padre solía decir: «Si quieres oír, debes empezar por escuchar»
–Dezhnev padre tenía razón –asintió Boranova–. No podemos recibir nada si llenamos nuestras mentes de controversias y gritos.
Konev respiró profundamente y con voz más suave, lo que no era característico en él, aceptó:
–Muy bien, entonces concentrémonos.
Un silencio poco natural cayó sobre la tripulación de la nave. Entonces Kaliinin, tímidamente, rompió el silencio:
–No queda tiempo.
–¿No queda tiempo para qué, Sofía? –preguntó Boranova.
–Quiero decir que ésta es la frase que he percibido: «No queda tiempo»
–¿Está diciéndome que la ha percibido de las ondas sképticas de Shapirov? –exclamó Morrison.
–No lo sé. ¿Es eso posible?
–Hace sólo un momento tuve el mismo pensamiento. Se me ocurrió que la mejor manera de atacar el problema podía ser estudiando las ondas sképticas grabadas en la pantalla y esperar a que ocurrieran cambios súbitos. Podría ser que el cambio de tipo, más que el tipo en sí, produjera una imagen. Pero entonces la espera sería infinitamente larga y no sin complicaciones, y no tenemos en absoluto tiempo para eso.
–Concluyendo –observó Morrison–, usted pensó: «No queda tiempo»
–Sí –afirmó Boranova–, pero se trataba de mi propio pensamiento.
–¿Cómo puede saberlo, Natalya?
–Conozco mis propios pensamientos.
–Usted también conoce sus propios sueños, pero a veces los sueños nacen de estímulos exteriores. Suponga que recibiera el pensamiento «No queda tiempo» Por el hecho de no estar acostumbrada a recibir pensamientos, montó rápidamente una línea de libre asociación que hace que le parezca razonable sentir que usted es la que ha generado el pensamiento.
–Puede que sea así, ¿pero cómo saberlo, Albert?
–No lo sé con seguridad, pero, aparentemente, Sofía ha percibido la misma frase y podríamos preguntarle si estaba pensando algo independientemente, que diera lugar a la frase como una consecuencia normal.
–No, no estaba pensando –respondió Kaliinin–. Trataba de mantener la mente vacía. Surgió de pronto.
–Yo no sentí nada –explicó Morrison–. ¿Y usted, Yuri?
Konev movió negativamente la cabeza, enfurecido por su fracaso.
–Yo tampoco.
–En todo caso –musitó Morrison–, podría no significar nada. Natalya creyó que podía ser un pensamiento al azar, surgido de una serie de pensamientos anteriores de forma natural, y Con sólo un significado de lo más superficial. Incluso si la idea hubiera nacido en la mente de Shapirov, podía ser igualmente superficial.
–Quizá sí –observó Konev– o quizá no. Toda su vida y mente estaban dedicadas a los problemas de miniaturización. No podría pensar en otra cosa.
–Siempre nos repite lo mismo –protestó Morrison–, pero en realidad es una tontería romántica. Nadie piensa sólo en una cosa. El Romeo más enamorado de la Historia no podría estar toda la vida concentrado en Julieta. El espasmo de un cólico, un sonido distante, y se distraería al momento.
–No obstante, debemos tomar cualquier cosa que Shapirov diga, como posiblemente significativa.
–Posiblemente –repitió Morrison–. Pero, ¿y si estuviera intentando averiguar la extensión de la teoría de la miniaturización y decidió quejarse de que no le quedaba tiempo, que no tenía tiempo suficiente para completar su trabajo?
Konev sacudió la cabeza, pero más, al parecer, para alejar la distracción que en gesto de negación. De pronto dijo:
–¿Qué les parece esto: que si Shapirov tenía la impresión de que cualquier miniaturización que llevara consigo un aumento en la velocidad de la luz, proporcional a la disminución de la constante de Planck, generaría un cambio instantáneo, que no llevara tiempo? Y, naturalmente, al aumentar al máximo la velocidad de la luz, también lo haría, inevitablemente, la velocidad de un objeto sin masa..., o casi sin masa. Entonces, en efecto, aboliría el tiempo y podría decir para sí, orgullosamente: «No queda tiempo»
–Muy rebuscado –comentó Boranova.
–Claro –dijo Konev–, pero vale la pena pensarlo. Debemos archivar cualquier impresión que consigamos, por vaga que sea; por más sin sentido que nos parezca.
–Eso es precisamente lo que me propongo hacer, Yuri –declaró Boranova.
–Entonces a callar otra vez –ordenó Konev–. Veamos si conseguimos algo más.
Morrison se concentró fieramente, con los ojos medio ocultos por sus cejas salientes pero clavados en Konev, que suspiró murmurando:
–Capto algo, una y otra vez... «nu veces c es igual a m sub s»
–Yo también lo he captado –confesó Morrison–, pero entendí, o pensé, que era m veces c cuadrada.
–No –dijo Konev en voz tensa–. Vuelva a probar.
Morrison se concentró y apabullado tuvo que confesar:
–Tiene razón. Lo capto también: «nu veces c es igual a m sub s»
–¿Qué quiere decir?
–¿Quién podría decirlo a primera vista? No obstante, si esto se encuentra en la mente de Shapirov, querrá decir algo. Podemos asumir que nu es una frecuencia radiacional, c la velocidad de la luz, y m sub s la masa estándar..., es decir, la masa inmóvil en circunstancias ordinarias. A la luz de...
Los brazos de Boranova se alzaron con los índices levantados en forma de advertencia. Konev calló de pronto y concluyó, incómodo:
–Pero no hay nada en ninguna parte.
–Material clasificado, ¿eh, Yuri? –sonrió Morrison socarrón.
Y entonces se oyó la voz de Dezhnev que sonó con desacostumbrada petulencia:
–¿Cómo puede ser que oigan todas estas cosas sobre el tiempo y la masa estándar y yo qué sé, y que yo no oiga nada? ¿Será que no soy un científico?
–Dudo de que eso tenga algo que ver –lo calmó Morrison– Los cerebros son diferentes; puede que se ajusten a tipos distintos, como la sangre. La sangre es sangre, pero no siempre se puede hacer una transfusión de una persona a otra sin más. Su cerebro puede ser lo suficientemente diferente al de Shapirov de forma que no haya cruce sensorial.
–¿Y solamente el mío?
–No solamente el suyo. Puede que haya miles de millones de mentes que no puedan captar nada de la de Shapirov. Observará que Sofía y Natalya captan cosas distintas a las que yo o Yuri captamos y viceversa.
–Dos hombres y dos mujeres –refunfuñó Dezhnev–. ¿Y yo qué soy?
Konev protestó impaciente:
–Nos está haciendo perder el tiempo, Arkady. Dejemos de discutir hasta el infinito cualquier cosita que captemos. Nos queda mucho más que oír, y poco para hacerlo. Si se concentra un poco más, Arkady, usted también podría captar algo.
¡Silencio!
Se rompía ocasionalmente por el suave murmullo de uno u otro informando haber captado una imagen o medias palabras. Dezhnev contribuyó solamente con:
–Sólo percibo una sensación de hambre, pero puede ser la mía.
–Sin duda –cortó Boranova–. Consuélese con la idea, Arkady, de que cuando salgamos de aquí se le permitirá repetir dos o tres veces cada plato y una cantidad ilimitada de vodka.
Ante la idea, la sonrisa de Dezhnev se hizo casi lasciva.
–No parece que nos llegue nada matemático o algo fuera de lo ordinario –observó Morrison–. Insisto en que incluso Shapirov debe tener la mayoría de sus pensamientos ocupados en trivialidades.
–A pesar de todo –insistió Konev–, escuchemos.
–¿Por cuánto tiempo, Yuri?
–Hasta que termine el axón. Hasta el mismísimo final.
–¿Se propone entonces llegar hasta la sinapsis, o retrocederá? –preguntó Morrison.
–Nos acercaremos lo más que podamos. Esto nos situará en la inmediata vecindad de la célula nerviosa adyacente. Las ondas sképticas pueden ser percibidas con mayor facilidad en aquel punto crucial del trayecto, más que en otra parte.
–Sí, Yuri –objetó Dezhnev–, pero usted no es el capitán... ¿Natasha, florecita mía, es eso también lo que desea?
Boranova asintió:
–¿Por qué no? Yuri tiene razón. La sinapsis es un punto único y no sabemos nada de ella.
–Pregunto solamente porque hemos consumido ya la mitad de nuestro suministro de energía. ¿Cuánto tiempo nos atreveremos a permanecer dentro del cuerpo?
–Lo necesario –respondió Boranova– para llegar a la sinapsis.
Y de nuevo se hizo el silencio.
La nave siguió moviéndose a lo largo de la interminable extensión del axón y Konev, más y más, fue dirigiendo las acciones de los otros.
–No importa lo que capten, infórmemelo. Tenga sentido o no, sea una frase o una palabra. Si se trata de una imagen, descríbanla. Incluso si creen que se trata de sus propios pensamientos, informen si tienen la menor duda.
–Conseguirá una charla sin sentido –dijo Dezhnev todavía hastiado al parecer por su cerebro tan poco receptivo.
–Naturalmente, pero dos o tres insinuaciones cargadas de sentido compensarán. No sabremos lo que tiene sentido y lo que no lo tiene hasta que no lo analicemos todo.
–Si yo capto algo aunque crea que es mío, ¿informo también? –ofreció Dezhnev.
–Sí, especialmente usted –insistió Konev–. Si es usted tan poco sensible como parece creer, cualquier cosa que pueda captar tal vez resulte particularmente importante. Ahora, por favor, deje de hablar. Cada segundo de conversación puede significar la pérdida de algo.
Y entonces empezó un período de frases inconexas en las que, en opinión de Morrison, era imposible encontrar algo sensato.
Causó sorpresa oír de pronto a Kaliinin, diciendo:
–¡Premio Nobel!
Konev levantó de repente la cabeza y casi contestó..., después, como si descubriera quién lo había dicho, se abstuvo.
Morrison, esforzándose por no parecer burlón, preguntó:
–¿Lo ha captado también, Yuri?
Konev movió afirmativamente la cabeza:
–Casi al mismo tiempo.
–Ésta es la primera vez que se cruzan un hombre y una mujer –observó Morrison–. Supongo que Shapirov lo pensaba en relación con la extensión de su teoría de la miniaturización.
–Indudablemente. Pero su Premio Nobel lo tenía asegurado por lo que ya había hecho hasta el momento en ese campo.
–Que es secreto y por lo tanto desconocido.
–Sí, pero una vez perfeccionado el proceso, dejará de serlo.
–Esperémoslo –dijo Morrison mordaz.
–No somos más secretos que ustedes los americanos –saltó Konev. Morrison sonrió abiertamente a Konev que lo miraba por encima del hombro.
–Está bien, no pienso discutir. –Y esto pareció irritar aún más al joven.
En un momento dado, Dezhnev anunció:
–¡Hawking!
Morrison alzó las cejas sorprendido. No había esperado tal cosa. Boranova aparentemente asqueada, dijo:
–¿Qué es esto, Arkady?
–He dicho «Hawking» –protestó Dezhnev, defendiéndose–. Ha surgido de pronto en mi mente. Me dijeron que contara todo lo que captara.
–Es una palabra inglesa –explicó Boranova– que significa gargajear, escupir.
–O venta ambulante –añadió alegremente Morrison.
Dezhnev comentó:
–No sé bastante inglés para conocer la palabra. Yo creí que era el nombre de alguien.
–Y así era –aclaró Konev, turbado–. Stephen Hawking. Era un gran físico teórico inglés de hace más de un siglo. También pensaba yo en él, pero creí que era mi propio pensamiento.
–Bien, Arkady –corroboró Morrison–, podría sernos útil.
El rostro de Dezhnev se iluminó.
–Entonces no soy del todo inútil. Como mi padre solía decir: «Si bien las palabras de un sabio son pocas, no obstante merece la pena escucharlas»
Una interminable media hora más tarde, Morrison preguntó:
–¿Hemos llegado a alguna parte? Me parece que la mayoría de frases e imágenes no nos dicen nada. «Premio Nobel» nos dice, razonablemente, que Shapirov pensaba en ganarlo, pero esto ya lo sabíamos. «Hawking» nos dice que el trabajo del físico fue significativo, quizás, en relación con la extensión de la miniaturización; pero no nos dice por qué.
No fue Konev el que se puso a la defensiva, como Morrison podía suponer, sino Boranova. Konev, que podía haber estado preparándose para responder, pareció dispuesto, por esta vez, a dejar que Boranova cargara con el peso. Ésta dijo:
–Nos enfrentamos a un enorme criptograma, Albert. Shapirov es un hombre en coma y su cerebro no funciona de forma disciplinada u ordenada. Brilla alocado, por lo menos esas partes que siguen estando sanas, tal vez fortuitamente. Todo, sin distinción, será recogido y minuciosamente estudiado por aquellos de nosotros que tienen un profundo conocimiento de la teoría de la miniaturización. Pueden percibir sentido donde usted no ve ninguno. Y un poco de sentido en un extremo del campo, puede ser el principio de una iluminación que lo cubrirá todo. Lo que estamos haciendo tiene sentido y es lo adecuado.
–Además, Albert –prosiguió Konev–, hay algo más que podemos intentar. Nos estamos acercando a una sinapsis. Este axón terminará eventualmente y se partirá en varias fibras, cada una de las cuales se acercará, pero sin unirse, a la dendrita de una neurona vecina.
–Ya lo sé –interrumpió Morrison impaciente.
–El impulso nervioso, incluyendo las ondas sképticas, tendrá que saltarse el pequeño hueco de la sinapsis, y al hacerlo los pensamientos dominantes serán menos atenuados que los otros. En resumen, si saltamos la sinapsis también, alcanzaremos una región donde podremos, por lo menos por un instante, detectar lo que queremos oír con menos interferencias de ruidos triviales.
–¡No me diga! –rezongó Morrison–. Esta noción de atenuación diferencial es nueva para mí.
–Es el resultado del arduo trabajo soviético en el área.
–¡Oh!
Konev saltó inmediatamente:
–¿Qué quiere significar con eso? ¿Acaso es un desprecio por el valor del trabajo?
–No, no.
–Claro que sí. Es trabajo soviético; luego no significa nada.
–Sólo quiero decir que no he leído ni oído nada sobre ello –se defendió Morrison.
–El trabajo lo hizo Madame Nastiaspenskaya. Me figuro que ha oído hablar de ella.
–En efecto.
–Pero no ha leído sus publicaciones, ¿no es eso?
–Yuri, no consigo abarcar todo lo publicado en inglés pues mucho menos lo...
–Bien, cuando terminemos con esto, me ocuparé de que reciba una colección de sus publicaciones, así podrá educarse.
–Gracias, pero puedo decirle que por lo que he oído su descubrimiento es algo del todo improbable. Si algunos tipos de actividad mental sobreviven a una sinapsis mejor que otros, entonces, teniendo en cuenta que hay centenares de miles de millones de sinapsis en el cerebro, todas en servicio constante, el resultado final sería que sólo una pequeña proporción de pensamientos llegarían a sobrevivir.
–No es tan sencillo como eso –insistió Konev–. Los pensamientos triviales no son eliminados. Persisten a un nivel más bajo de intensidad y no se apagan indefinidamente. Es sólo que, en la inmediata proximidad de una sinapsis, los pensamientos importantes son, por cierto tiempo, relativamente reforzados.
–¿Hay pruebas de ello? ¿O es solamente una sugerencia?
–Hay pruebas de naturaleza sutil. Eventualmente, con los experimentos de miniaturización, la evidencia quedará reforzada. Estoy seguro. Hay algunas personas entre las que el efecto de la sinapsis es más fuerte que lo normal. ¿Por qué si no los creadores pueden concentrarse tan profundamente y durante tanto tiempo, de no ser porque están menos distraídos por lo trivial? ¿Y por qué, por el contrario, los brillantes eruditos son tradicionalmente distraídos?
–Está bien. Si encontramos algo, no me pelearé con lo razonado.
–¿Pero qué pasará al llegar al final del axón? –preguntó Dezhnev–. La corriente de fluido sobre la que navegamos hará un giro cerrado al llegar a aquel punto y nos empujará contra la pared opuesta del axón. ¿Debo atravesar la membrana?
–No –dijo Konev–. Claro que no. Dañaríamos la célula. Tendremos que adoptar el tipo de carga eléctrica de acetilcolina. Eso transporta el impulso nervioso a través de la sinapsis.
–Sofía –rogó Boranova–, puedes dar a la nave el patrón de acetilcolina, ¿no es cierto?
–Puedo –contestó Kaliinin–, ¿pero no son las moléculas de acetilcolina activas en el exterior de la célula?
–A lo mejor la célula dispone de un mecanismo que las expele. Lo intentaremos.
Y el trayecto a lo largo del axón, aparentemente interminable, continuó.
Inesperadamente, el final del axón apareció. Sin indicio, sin previo aviso.
Konev lo vio primero. Acechaba y sabía, además, lo que esperaba ver, pero Morrison le reconoció todo el mérito. También él estaba vigilando, y sabía lo que estaba esperando; no obstante, no lo reconoció al verlo.
Bien es cierto que Konev estaba sentado en primera fila, mientras que Morrison debía vigilar por encima de la cabeza de aquél. Claro que esto no era una excusa.
A la luz curiosamente ineficiente del faro de la nave era obvio que ante ellos había una cavidad y, no obstante, la corriente tendía a alejarse de ella.
El axón empezaba a ramificarse, en dendritas como las del otro extremo de la neurona, al final, donde el cuerpo nucleado de la célula se encontraba. Las dendritas axonianas del lejano extremo de la célula eran más escasas y delgadas, pero allí estaban. Indudablemente una porción de la corriente celular iba hacia allí, pero la nave estaba en la corriente principal que giraba a lo lejos y no podía arriesgarse.
Tendría que meterse a empujones en la primera dendrita con que se encontrara..., si podían hacerlo.
–Allí, Arkady, allí –gritó Konev señalando y fue solamente entonces cuando todos los demás se dieron cuenta de que estaban llegando al final del axón–. Utilice los motores, Arkady, y empuje fuerte.
Morrison pudo percibir la sorda pulsación de los motores al acercar la nave hacia un lado de la corriente. La dendrita a la que se dirigían era un tubo que resbalaba hacia un lado, un tubo enorme, considerando su tamaño a escala, tan enorme que sólo podían ver un pequeño arco de su circunferencia.
Siguieron acercándose y Morrison se encontró inclinado hacia la dendrita, como si añadiendo el peso de su cuerpo pudiera arreglar las cosas.
Pero no se trataba de llegar al propio tubo, simplemente debían trasladarse a una sección relativamente mansa del fluido, un chorro de moléculas de agua que se amansaban en suaves círculos y luego se desplazaban a otra corriente que se desviaba en otra dirección.
La nave hizo la transición y de pronto se encontró de proa a la abertura del tubo.
–Apague los motores –ordenó Konev excitado.
–Aún no –refunfuñó Dezhnev–. Podemos estar demasiado cerca de la contracorriente que emerge de esta cosa. Déjeme que me acerque un poco más a la pared.
Así lo hizo, y tardó poco. Ahora se movían, esencialmente, con la corriente, no en contra. Y cuando Dezhnev apagó por fin los motores y empujó hacia atrás su cabello cano y empapado, exhaló un suspiro enorme, diciendo:
–Todo lo que estamos haciendo consume toneladas de energía. Y hay un límite, Yuri, hay un límite.
–Nos preocuparemos de eso más tarde –se impacientó Konev.
–¿Ah, sí? Mi padre decía siempre: «Más tarde suele ser demasiado tarde..» Natalya, no deje todo esto en manos de Yuri. Desconfío de su actitud hacia nuestra provisión de energía.
–Tranquilícese, Arkady. Yo me haré cargo de detener a Yuri si se hace necesario... Yuri, la dendrita no es muy larga, ¿verdad?
–No tardaremos en llegar al final, Natalya.
–En este caso, Sofía, procure por favor que estemos dispuestos a adoptar el tipo de acetilcolina en el momento preciso.
–¿Me lo indicará pues? –le pidió Kaliinin.
–No tendré que hacerlo, Sofía. Estoy segura que Konev rugirá como un cosaco cuando el final esté a la vista. En ese momento pase al tipo de acetilcolina.
Siguieron deslizándose a lo largo del resto del final tubular de la neurona, donde habían entrado mucho tiempo antes. A Morrison le parecía que, a medida que la dendrita se iba estrechando, podía ver la pared arqueándose por encima, pero eso era una ilusión. El sentido común le advertía que, incluso en lo más angosto, el tubo parecería tener una anchura de varios kilómetros, en su actual tamaño molecular.
Y tal como había previsto Boranova, Konev lanzó su alarido sin, probablemente, darse cuenta de que lo hacía.
–Aquí tenemos el final. Rápido. Seamos acetilcolina antes de ser barridos y devueltos.
Los dedos de Kaliinin resbalaron sobre el teclado. En el interior de la nave no hubo indicación de que algo hubiera cambiado, pero en alguna parte, por delante de ellos, había un receptor de acetilcolina (o más probablemente, centenares de ellos) y los tipos se engranaban, positivo a negativo, negativo a positivo, de modo que la atracción entre nave y receptor era enorme y marcada.
Fueron sacados de la corriente y metidos a través de la pared de la dendrita. Por unos minutos continuaron arrastrados a través del medio intercelular entre la dendrita y la neurona que acababan de dejar, y la dendrita de la siguiente neurona.
Morrison casi no vio nada. Sintió que la nave iba deslizándose, o metiéndose a través de una compleja molécula de proteína; y después se fijó en la formación de una concavidad, como cuando la nave había penetrado por primera vez en la neurona.
Konev se había soltado el cinturón a fin de poder levantarse. (Obviamente estaba tan excitado que no sentía que esto fuera algo que pudiera hacer sentado.) Casi tartamudeando logró decir: –Ahora, según la hipótesis de Nastiaspenskaya, la filtración de pensamientos importantes es mucho más evidente inmediatamente después de la sinapsis. Una vez cerca del cuerpo de la célula, la diferencia desaparece. Así que una vez estemos en la dendrita vecina, abran sus mentes. Estén preparados para cualquier manifestación. Sea lo que fuere que oigan, díganlo en voz alta. Describan cualquier imagen. Yo lo anotaré todo. Arkady, usted también. Y usted, Albert, también... Ya estamos dentro. ¡Empiecen!
XV. ¡SOLOS!
La buena compañía roba incluso
a la muerte parte de sus terrores.
DEZHNEV, padre
Morrison contemplaba lo que siguió con cierta indiferencia. Tampoco intentó participar activamente. Si algo se metía en su mente, reaccionaría. Dejar de hacerlo, no sería científico.
Kaliinin, a su izquierda, tenía el aspecto sombrío y los dedos inmóviles. Se inclinó hacia ella y le murmuró:
–¿Nos ha devuelto a L-glucosa?
Asintió. Él insistió:
–¿Estaba enterada de esa hipótesis de Nastiaspenskaya?
–No es de mi especialidad. No lo había oído nunca.
–¿Lo cree?
Pero Kaliinin no iba a caer en la trampa. Contestó:
–No estoy cualificada para creer o no creer, pero él sí lo cree... Porque quiere creerlo.
–¿Percibe algo?
–Nada más que antes.
Dezhnev, naturalmente, estaba silencioso. Boranova, de vez en cuando, decía una o dos palabras que al oído de Morrison sonaban sin convicción. Sólo Konev parecía mantener el entusiasmo. En cierto momento, gritó:
–¿Lo ha captado alguien? ¿Alguno? «Ritmo circular» «Ritmo circular»
No recibió respuesta directa y pasado un momento, Morrison dijo:
–¿Qué significa esto, Yuri?
Konev no contestó... Incluso él se apaciguó pasado un rato y se limitó a mirar fijamente adelante mientras la nave iba avanzando por la corriente de fluido.
–¿Bien, Yuri? –preguntó Boranova.
Konev con voz enronquecida, respondió:
–No lo entiendo.
–Yuri, hijito, puede que ésta sea una neurona mala y piense poco. Tendremos que probar con otra; y puede que otra más. La primera pudo haber sido la suerte del principiante –dijo Dezhnev.
Konev lo miró furioso y objetó:
–No trabajamos con células únicas. Estamos en un grupo de células..., un millón o más de ellas..., que son un centro de pensamiento creativo, según la teoría de Albert. Lo que una piensa, lo piensan todas..., con ínfimas variaciones.
–Esto es lo que creo haber demostrado –declaró Morrison.
–Entonces, ¿no vamos a ir de célula en célula? –preguntó Dezhnev.
–Sería inútil –dijo Morrison.
–Bien –declaró pesadamente Dezhnev–, porque no tenemos tiempo, ni tenemos energía. Así que..., ¿qué vamos a hacer ahora?
En el silencio que siguió, Konev repitió:
–No lo entiendo. Nastiaspenskaya no podía estar equivocada.
Y ahora, Kaliinin, con gran deliberación, se soltó el cinturón y se levantó. Dijo:
–Quiero decir algo y no quiero que me interrumpan. Natalya, preste atención. Ya hemos ido suficientemente lejos. Éste es un experimento que tal vez había que hacer, aunque en mi opinión, estaba condenado al fracaso. Bien, ha fracasado.
Con un dedo delgado señaló a Konev, sin mirarlo.
–Hay gente que desea alterar el Universo a su gusto. Lo que no es así, intentan hacerlo así por la mera fuerza del deseo..., excepto que el Universo está más allá de la voluntad de cualquiera, por más que se esfuerce... Ignoro si Nastiaspenskaya está en lo cierto o no. No sé si las teorías de Albert son correctas o no Pero una cosa sí sé..., lo que piensan. Y lo que cualquier neuro-científico piensa del cerebro en general, debe ser acerca de un cerebro razonablemente normal. El cerebro del académico Shapirov no es razonablemente normal. Un veinte por ciento del mismo no funciona..., está muerto. El resto debe estar distorsionado en consecuencia y el hecho de que lleva semanas en coma, lo demuestra.
«Cualquier ser humano razonable se daría cuenta de que Shapirov no puede pensar de manera normal. Su cerebro es un ejército en... desorden. Es una fábrica en la que toda su maquinaria se ha desmontado. Brilla esporádicamente, emite pensamientos quebrados, piezas sueltas, astillas de memoria. Algunos hombres –volvió a señalar– no quieren admitirlo porque creen que si solamente insisten con voz muy fuerte y muy alta, lo obvio re-trocederá y lo imposible de un modo u otro, será.
Konev también se había soltado el cinturón y puesto de pie. Se volvió despacio y miró a Kaliinin. (Morrison estaba estupefacto. Konev la estaba mirando. Y en su rostro no se reflejaba ningún signo visible de ira, odio o desprecio. Era una mirada de perro apaleado, con un algo de autodesprecio. Morrison estaba seguro.)
Sin embargo, la voz de Konev era firme y dura cuando dejando de mirar a Kaliinin se volvió a Boranova y le dijo:
–Natalya, ¿se tocó este punto antes de emprender el viaje?
–¿Se refiere, Yuri, a si Sofía me dijo todo esto antes de ahora? No, no lo hizo.
–¿Hay alguna razón que nos obligue a ser molestados por tripulantes que no tienen fe en nuestro trabajo? ¿Por qué semejante persona aceptó formar parte del viaje?
–Porque soy una científica –interrumpió Kaliinin, y también ella se dirigió a Boranova–. Porque quería probar el efecto de los tipos eléctricos artificiales en la interacción bioquímica. Se ha hecho. Para mí el viaje ha sido un éxito así como para Arkady, puesto que la nave ha funcionado como debía; y para Albert, puesto que la evidencia de sus teorías es más fuerte ahora, me figuro, que cuando vinimos; y para usted, Natalya, porque nos ha traído aquí y nos devolverá sanos y salvos. Pero para uno –señaló a Konev– ha sido un fracaso y la estabilidad mental del que ha fracasado mejoraría enormemente con la franca confesión del fracaso.
(«Se revuelve contra él con saña», pensó Morrison.)
Pero Konev no se derrumbó ante el ataque de Kaliinin. Permaneció sorprendentemente tranquilo y dijo, también a Boranova:
–No es así. Esto es lo contrario de la verdad. Desde el principio quedó claro que no podíamos contar con que Shapirov pensara como lo hacía cuando estaba en plena salud. Estaba enteramente previsto que recibiríamos fragmentos y trozos con sentido, mezclados con insensateces y trivialidades. Y así fue. Yo esperaba conseguir un más alto porcentaje de sentido en esta nueva neurona, inmediatamente después de la sinapsis. Ahí fracasamos. Esto hace más difícil la tarea que tenemos ante nosotros; pero no imposible.
«Tenemos más de cien frases e imágenes que hemos recuperado del pensamiento de Shapirov. No se olviden de «nu veces c es igual a m sub s», que debe ser significativo. No hay razón posible para pensar que sea una simple trivialidad.
–¿Ha pensado, Yuri –dijo Boranova– que es posible que ese fragmento de una expresión matemática represente algo que Shapirov buscaba y no encontró?
–Lo he pensado, ¿pero por qué, en este caso, persistiría en su mente? Ciertamente merece ser investigado. Y cuánto de lo que parece trivial, o sin sentido, no lo sería si tan siquiera una frase o una imagen nos proporcionaran el necesario indicio. Con cada paso hacia delante, otras cosas, podrían ir encajando fácilmente. Ciertamente no tenemos razones aún para declarar que este viaje, o parte de él, sea un fracaso.
Boranova asintió con un ligero movimiento de cabeza:
–Bien, esperemos que tenga razón, Yuri; pero como Arkady ha preguntado, ¿qué hacemos ahora? ¿Qué es lo que, en su opinión, deberíamos hacer ahora?
Konev, con suma deliberación, respondió:
–Hay una cosa que aún no hemos intentado. Hemos probado detectar fuera de la neurona; dentro de la neurona; dentro del axón; dentro de las dendritas; pero en cada uno de los casos, lo hemos hecho desde el interior de la nave, dentro de sus paredes supuestamente aislantes.
–Entonces –dijo Boranova–, ¿en este caso sugiere que lo intentemos fuera de la nave, dentro del propio fluido de la célula? Tenga en cuenta que el observador seguirá estando metido en un traje de plástico.
–Un traje de plástico no es tan grueso como una nave de plástico, y el efecto aislante sería presumiblemente menor. Además, la propia computadora no tendría por qué estar dentro del traje.
–¿Qué es lo que se le está ocurriendo? –exclamó Morrison alarmado.
Konev lo miró fríamente:
–Cabe sólo una posibilidad, Albert. La computadora es de diseño suyo, y está hecha para ajustarse a su cerebro. Necesariamente, es usted el más sensibilizado para captar los pensamientos de Shapirov. Sería una pura locura enviar a otra persona. He pensado en usted para esto, Albert.
A Morrison se le contrajo el estómago. ¡Eso no! ¡No podían volver a pedírselo!
Intentó decirlo así, pero parecía como si su boca se hubiera secado de pronto; de ella no salía otro sonido que un ruido sibilante y ronco. Cruzó su mente, como un relámpago, la idea de que estaba empezando a disfrutar de la sensación de no ser un cobarde, de circular en una nave a través de la célula cerebral, sin miedo..., pero sí, después de todo, era un cobarde.
–¡Eso no! –gritó. Pero no era su voz; era una octava más alta. Era la de Kaliinin.
Se había vuelto hacia Boranova, manteniéndose en su asiento agarrada con los dedos, con los nudillos sobresaliendo blancos y brillantes.
–Eso no, Natalya –repitió apasionadamente, jadeando en su excitación–. Es una sugerencia cobarde. El pobre Albert ya ha estado fuera una vez. Casi murió y de no haber sido por él estaríamos aún perdidos en el capilar equivocado y jamás hubiéramos podido llegar a este bloque de células. ¿Por qué tiene que volver a hacerlo él? Ha llegado el turno a alguien más; puesto que es él quien lo quiere hacer (nadie puso en duda quién era él), déjenlo pues que lo haga. No debería pedírselo a nadie más.
Morrison, sumido en su pánico, llegó a preguntarse vagamente si la emoción de Kaliinin era debida a un efecto creciente por él, o a una determinación a oponerse a cualquier deseo fuerte de Konev. Un pequeño rincón de la mente de Morrison era lo bastante realista para tener la seguridad de que se trataba de lo último.
El rostro de Konev había ido enrojeciendo a medida que Sofía hablaba, hasta que al fin estalló:
–No se trata de cobardía. –Escupió la palabra, estableciendo claramente que eso era lo que más le había ofendido–. Estoy haciendo la única sugerencia posible. Si yo saliera, y estoy perfectamente dispuesto a hacerlo, solamente podría hacerlo con la máquina de Albert, que no funcionaría tan bien conmigo como con él. No podemos elegir a uno u otro caprichosamente. Tiene que ser el que pueda conseguir los mejores resultados, y en este caso no cabe la menor duda de quién debe ser.
–Cierto –dijo Morrison, que al fin había encontrado su voz–, pero no hay razón para suponer que la recepción será mejor fuera de la nave que dentro de ella.
–Tampoco hay razón para suponer lo contrario –objetó Konev–. Y como les dirá Dezhnev, nuestra provisión de energía, y por lo tanto nuestro tiempo, se está agotando. No queda lugar para demoras. Tendrá que abandonar la nave como ya lo hizo antes..., y ahora.
Morrison dijo en un tono de voz que, confiaba expresara su determinación:
–Lo siento. No abandonaré la nave.
Pero Boranova, por lo visto, también había tomado una decisión.
–Me temo que tendrá que hacerlo –le dijo con dulzura.
–No.
–Yuri tiene razón. Solamente usted y su computadora pueden darnos la información que necesitamos.
–Estoy seguro de que no habrá información.
Boranova tendió las dos manos con las palmas hacia arriba.
–Puede que no, pero no podemos dejarlo en conjetura. Busquemos.
–Pero...
–Albert –siguió Boranova–, le prometo que si hace esto por nosotros, su participación será honradamente reconocida cuando llegue el momento de publicarlo abiertamente. Será reconocido como el hombre que resolvió la teoría correcta del pensamiento, el hombre que desarrolló el dispositivo que podía explotar debidamente dicha teoría, el hombre que salvó la nave en el capilar, y el hombre que detectó el pensamiento de Shapirov aventurándose valientemente dentro de la neurona, como antes lo había hecho en la corriente sanguínea.
–¿Está insinuando que si me niego no contará la verdad?
–Me obliga a representar el papel de villana –suspiro Boranova–. Hubiera preferido que aceptara la implicación sin más... Sí, la verdad no tiene por qué saberse. Ésa, después de todo, es la única arma que tengo contra usted. No podemos echarlo fuera de la nave a la fuerza porque el hecho de que estuviera fuera no nos reportaría ninguna ventaja. Debe poder captar el pensamiento del pobre Shapirov y por ello necesitamos su cooperación voluntaria. Lo recompensaremos por eso, pero solamente por eso.
Morrison miró a su alrededor, a los rostros de sus compañeros de navegación, en busca de ayuda. Boranova..., lo estudiaba fijamente. Konev..., lo miraba imperiosamente. Dezhnev..., parecía turbado, deseando no verse comprometido en ningún sentido. Y Kaliinin..., su única esperanza. Se la quedó mirando, pensativo, y preguntó:
–¿Qué le parece, Sofía?
Kaliinin titubeó, luego con voz firme dijo:
–Creo que no está bien amenazarlo así. Semejante tarea debería ser realizada voluntariamente y no bajo presión.
Dezhnev, que había estado tarareando por lo bajo, observó:
–Mi anciano padre solía decir: «No hay presión como la propia conciencia y ella es la que hace la vida innecesariamente amarga»
–Mi conciencia no me molesta para nada en este caso –aseguró Morrison–. ¿Lo sometemos a votación?
–No importaría. Yo soy el capitán y en un caso como éste, solamente yo tengo voto.
–Si estoy ahí fuera y no capto nada, ¿me creerán?
–Yo le creeré. Después de todo podía fácilmente inventar algo que sonara a útil si deseara que nos mostráramos debidamente agradecidos. Si vuelve sin nada o con tonterías, creo que me sentiré más inclinada a creerle que si declara al instante que ha oído algo sumamente importante.
–Pero a mí no es fácil que me engañe –observó Konev–. Si llega con algo que parece importante, yo podré decir si realmente lo es. Y ahora ya basta de discusiones. ¡Vamos!
Y Morrison, con la garganta agarrotada y el corazón desbocado, consiguió musitar:
–Está bien, iré..., pero por poco tiempo.
Y Morrison, por decisión propia, se despojó de su ropa de algodón (¿habían transcurrido solamente dos horas, desde la otra vez?). Antes le había parecido una violación de su intimidad; esta segunda vez fue casi rutina.
Mientras, ayudado por Sofía se metía en el traje, se dio cuenta de con cuánta facilidad podía meter el estómago. Pese a un buen desayuno, mucha agua y un poco de chocolate, su estómago estaba vacío y le encantaba que así fuera. Sintió un espasmo de náuseas cuando el traje fue envolviendo más y más su cuerpo, y vomitar, una vez encerrado, habría sido insoportable. Un instante antes del cierre definitivo, rechazó otro trozo de chocolate con un estremecimiento.
Colocaron la computadora en sus manos enguantadas y Boranova le preguntó con voz alta:
–¿Podrá manejarla?
Morrison la oyó sin demasiada dificultad. Sabía que una vez fuera de la nave, no la oiría. Sopesó la computadora, esencialmente ligera, en una mano y tocó las teclas indiferentemente con la otra. Contestó con un giro:
–Creo que podré.
Entonces con cierta torpeza sujetaron la computadora a sus muñecas con fuertes nudos de una cuerda de plástico (probablemente el mismo material de que estaban hechos el traje y la nave).
–Así no la perderá –gritó Boranova.
Y entró en la esclusa de aire. Se sintió abrazado por ella, luego, oprimido al retirarse el aire y en seguida fuera de la nave.
Otra vez fuera. Por un tiempo breve, había advertido a los demás, ¿pero de qué podía servirle? ¿Cómo podía hacer valer su deseo si los demás, los de dentro de la nave, se negaban a dejarle volver? Ya estaba arrepentido de haberse dejado convencer de salir de la nave con cualquier amenaza, pero no se permitió siquiera articular el pensamiento. No le serviría de nada.
Morrison se metió la computadora debajo del brazo izquierdo, en parte porque no confiaba en el cordel de plástico con que la habían sujetado y en parte porque quería protegerla del contenido celular cuanto le fuera posible. Sentía la superficie de la nave en algún punto donde la carga eléctrica de su traje se adhería a una carga opuesta en el casco.
Morrison encontró un punto que le permitía mantener la espalda apoyada en la nave. El campo eléctrico no lo retenía con fuerza y podía moverse sobradamente. Sin embargo, su tamaño era el de un átomo y podía ser difícil concentrar una carga eléctrica en una porción de su cuerpo.
¿O no? ¿No estarían los electrones, que eran la fuente de la carga, miniaturizados también? Sentía, y lo resentía amargamente, su ignorancia acerca de la teoría de la miniaturización.
Notaba poco su movimiento a través de la corriente intracelular, porque todo se movía al mismo ritmo que él. Se encontró en el centro de un panorama móvil y siempre cambiante. Con el plástico fino de su traje entre él y la escena, con el foco de su casco girando a un lado y a otro al mover la cabeza, notando así que el mismo casco se movía (con cierta resistencia), abarcaba bastante más.
Notaba los bultos de las moléculas de agua chocando una con otra, como globos apenas visibles. Podía verlas rozándolo despacio a uno y otro lado y, en general, ignorarlo. A veces, una se adhería un instante; una carga eléctrica se encontraba con una carga opuesta en su ropa, de modo que se pegaban a él y al instante se soltaban perezosamente. Era casi como si una molécula ocasionalmente lo deseara y no consiguiera transformar su deseo en acto.
Entre ésas había moléculas mayores, algunas tan grandes como la nave, y otras infinitamente mayores aún. Podía distinguirlas solamente porque la luz resbalaba sobre ellas aquí y allá, como en un prisma. No las veía, sino que su mente las presumía a partir de lo que podía vislumbrar. Y el hecho de que pudiera hacerlo era el resultado de conocer mucho sobre el contenido de la célula, o pensar que conocía. También podía ser, pensó, su imaginación, sencillamente.
Incluso creyó distinguir el esqueleto del interior celular, las grandes estructuras inmóviles mientras la corriente de fluido pasaba por entre ellas y daba a la célula su forma más o menos fija. Dichas estructuras parecían adelantarle tan rápidamente que apenas podía darse cuenta de ellas antes de que desaparecieran. Ellas solas le creaban la impresión del rápido movimiento de la corriente intercelular que los arrastraba, a la nave y a él, pasando una y otra vez en perezosos vaivenes por entre aquellas estructuras fijas.
Todas estas observaciones le habían llevado poco tiempo, pero lo bastante. Ahora debía dedicar su atención a la computadora.
¿Y para qué? No detectaría nada. Morrison estaba seguro de ello, pero no podía obrar según lo que él creyera, por más seguro que estuviese. Quizá se equivocaba, pero se debía a sí mismo y a los demás, el esfuerzo.
Trató torpemente de ajustar la computadora a la máxima sensibilidad, apenas capaz de mover las teclas correctamente y aliviado al comprobar que la fuerza de la computadora funcionaba perfectamente. Se concentró, a fin de percibir y marcar las corrientes de pensamiento que pasaban a través de él.
El aparato hacía su trabajo. Las moléculas de agua resbalaban suavemente y casi sin tocarlo; desentendiéndose de ellas, su computadora fue reflejando las ondas sképticas, claramente perfiladas, más fuertes y nítidas, más finamente detalladas de lo que hasta entonces las había percibido. Pero, a pesar de todo, no notaba sino un murmullo leve que no producía ni palabras ni imágenes, sino sólo tristeza.
¡Esperen! ¿Cómo podía saber que el murmullo era triste? ¿Estaba seguro de que no era sino un juicio subjetivo de su parte? ¿O detectaba una emoción? ¿Estaba Shapirov, parcialmente muerto, totalmente comatoso, triste? ¿Sería acaso sorprendente que lo estuviera?
Morrison miró hacia la nave por encima del hombro. Seguro que lo que estaba detectando era suficiente. Se trataba sólo de tristeza; y nada más. ¿Debía señalar ahora para que le entraran? ¿Estarían dispuestos a hacerlo? Y si le entraban y decía a Boranova que no había percibido nada, ¿no protestaría Konev, furioso, de que sólo hubiese estado dos minutos fuera sin aguardar otra oportunidad? ¿No le exigiría Konev que volviera a salir?
¿Y si esperaba un poco más?
Realmente, podía esperar algo más. En esta fase de la miniaturización (o por lo que fuera) no sentía el menor calor.
Pero si esperaba algo más..., otros dos minutos, o cinco minutos, o una hora, lo mismo daba... Konev seguiría diciendo:
–No basta.
Podía entrever cómo Konev lo observaba con expresión dura y sombría. Kaliinin estaba directamente detrás de él, con expresión de enfado. Miraba angustiada al exterior.
Sus ojos se cruzaron y le pareció que esbozaba una llamada; pero Boranova se adelantó y la sujetó por el hombro. Kaliinin volvió inmediatamente a su sitio. (Tenía que hacerlo, se dijo Morrison, porque su trabajo consistía en vigilar el cambio de patrones eléctricos de la nave, y de él mismo ahora, y no podía..., no debía..., abandonar su trabajo por más preocupada que estuviera por él.)
Para completar su revisión, Morrison se esforzó por buscar la mirada de Dezhnev, pero el ángulo requerido era demasiado grande para poder maniobrar su casco. Por el contrario, captó a Konev haciéndole lo que parecía claramente un gesto de interrogación.
Morrison desvió la mirada con petulancia, sin hacer el menor intento de dar información. Pero entonces se dio cuenta de algo, algo grande a la distancia, que venía hacia él a gran velocidad. No podía percibir los detalles, pero automáticamente se encogió mientras esperaba que la corriente los llevara a él y a la nave hacia aquella cosa.
Venía directamente, como un acorazado, y Morrison se refugió contra el casco de la nave. Ésta evitó el objeto, pero por un escaso margen, y cuando el monstruo pasó junto a él, Morrison se sintió atraído y arrastrado.
Se le ocurrió que Kaliinin había puesto una determinada carga eléctrica en su traje y que, fuera lo que fuese que estuviera pasando, por la más horrenda de las circunstancias, la carga que tenía se complementaba con la suya.
En circunstancias normales, no hubiese importado. La nave y la estructura se cruzaron a tal velocidad que ninguna atracción podía arrancarlo de su sitio, pero él era un objeto diminuto sin masa y sin inercia y, por un instante, se sintió estirado como si la estructura y la nave se disputaran su posesión. La nave, comprendió desesperado, falló brevemente y fue arrastrado por la corriente.
Morrison había sido desprendido por el objeto y la nave, flotando en la corriente, se alejaba tan rápidamente que al instante la perdió de vista. En apenas un segundo había desaparecido.
Antes de tener verdadera consciencia de lo ocurrido, estaba solo y desamparado..., un objeto del tamaño de un átomo en una célula cerebral. Su único y débil lazo con la vida y la realidad, la nave, se había ido para siempre.
Morrison se sintió perdido unos minutos. Durante ese tiempo, no tuvo la menor idea de dónde estaba ni de lo que había ocurrido. Sólo tenía conciencia de un pánico absoluto, de la convicción de que estaba a punto de morir.
Morrison casi lamentó seguir con vida. Si aquel momento hubiera sido la muerte, todo habría terminado. Ahora todavía tenía que esperar por ella.
¿Cuánto tiempo le duraría el oxígeno? ¿Lo invadiría el calor y la humedad, lenta pero inexorablemente? ¿Se apagaría la luz junto con él y tendría que morir en absoluta oscuridad y completamente solo? Pensó medio loco: «¿Cómo sabré que estoy muerto si tan negro está antes como después?» (Pensó en Áyax rogando a Zeus que si tenía que encontrar la muerte fuera a la luz del día. «Y sin una persona que me tome de la mano», pensó desesperanzado.)
¿Qué hacer?
¿Sólo esperar?
¿Pero qué habría fallado?
Ah, aún no estaba muerto. El miedo había retrocedido lo bastante para dar lugar a un poco de curiosidad..., y la voluntad de luchar y vivir.
¿Podía, de algún modo, haberse desprendido de la cosa? Parecía vergonzoso, en verdad, morir como una mosca adherida al ámbar... Y la nave iba alejándose cada vez un poco más. Inmediatamente pensó: «Está demasiado lejos para que vengan a recogerme, hiciera lo que hiciere»
La idea lo puso frenético y se retorció con todas sus fuerzas, tratando de desprenderse. No le sirvió de nada y se le ocurrió que malgastaba energía y aumentaba el calor en el interior de su traje.
Deslizó las manos hacia arriba a lo largo de la brumosa estructura que lo sujetaba, pero rebotaron. «Cargas iguales se repelen», pensó.
Lo intentó en otra dirección..., derecha, izquierda, arriba, abajo. Por alguna parte estaría la carga contraria. Entonces podría agarrarse y tratar de desgarrar la estructura. (¿Por qué le castañeteaban los dientes? ¿Miedo? ¿Desesperación? ¿Ambas cosas?)
Su mano derecha se cerró de golpe al ser atraída por una sección de la estructura. Apretó fuerte, tratando de rebasar la carga y rasgar el orden atómico..., si hubiera un orden atómico que tuviera algún sentido aparte de la propia carga.
Por un momento, sintió que la estructura se resistía a la excesiva presión con una especie de rechazo elástico. Y de pronto, sin previo aviso, se deshizo en su mano. Se la miró, estupefacto, tratando de descubrir lo que había podido ocurrir. No hubo la menor sensación de desgarro, de tirón. Era como si una parte de la estructura hubiera desaparecido.
Morrison lo intentó de nuevo, tanteando aquí y allá, hasta que desapareció otra porción. ¿Qué estaba ocurriendo?
¡Esperen! El campo de miniaturización se extendía algo más allá de la nave, había dicho Boranova. También lo haría entonces, más allá del traje. Cuando apretó con todas sus fuerzas, algo del átomo que tocaba se miniaturizaba y al hacerlo perdía su arquitectura normal y se desprendía de los átomos a los que, anteriormente, estaba sujeto. Todo lo que tocara, si podía tocarlo con fuerza suficiente, se miniaturizaría.
Cualquier átomo o porción de ellos que él miniaturizara así, se transformaría en una partícula con mucha menos masa que un electrón. Arrancaría casi a la velocidad de la luz, traspasaría la materia como si estuviera allí y desaparecería.
¿Podía ser? Tenía que ser. Nada más que pudiera imaginar tendría sentido.
Y mientras iba pensando, empezó a empujar con manos y pies violentamente contra el material que lo aprisionaba..., y se desprendió.
Ya no estaba adherido a la estructura. Era un cuerpo independiente flotando en la corriente intercelular.
No por ello pudo impedir que la nave estuviera perdida para siempre para él, pero por lo menos iba tras ella. (¡Qué estupidez! ¿De qué le servía ir tras ella? De acuerdo con su escala estaba a docenas de kilómetros de la nave..., por no decir docenas de docenas.)
Se le ocurrió otra idea que lo dejó aturdido. Había estado miniaturizando átomos para liberarse, pero la miniaturización requería cierto consumo de energía. No mucha en este caso, puesto que había poca cosa que mover, ¿pero de dónde le llegaría la energía?
Tenía que proceder del campo de miniaturización del propio traje. Por tanto, cada átomo miniaturizado debilitaba el campo. La pregunta era entonces: ¿Cuánto lo había debilitado para soltarse?
¿No sería por eso por lo que no sentía calor? ¿Acaso la miniaturización de su entorno había aspirado algo del calor así como la energía del campo de miniaturización? No, no podía ser así, puesto que no había sentido mucho calor antes incluso de desprenderse.
Pero también tuvo otra idea, haciendo su situación aún más desesperada. Si se había desprendido de la estructura a expensas de la energía de su campo, éste se había debilitado, entonces él estaría ligeramente desminiaturizado. ¿Era ésta la razón de la desminiaturización espontánea?
Boranova había hablado de la posibilidad de semejante desminiaturización espontánea. La posibilidad aumentaba cuando menor era el objeto miniaturizado... Y él ahora era pequeñísimo.
Mientras estuvo en la nave, había sido parte del campo de miniaturización total de ella, que era un objeto de tamaño molecular. Mientras formaba parte del citoesqueleto de la célula, era porción de un objeto mayor. Pero ahora estaba solo, separado, parte de nada como no fuera de sí mismo. Era un objeto de tamaño atómico.
Ahora era mucho más probable que se desminiaturizara, espontáneamente, excepto que no sería espontáneo..., sería por debilitamiento del campo; por la miniaturización de los objetos normales circundantes.
¿Cómo podría saber si se desminiaturizaba? Si era así, el proceso sucedería a una velocidad exponencial. Se desminiaturizaría lentamente al principio, pero a medida que fuera creciendo iría afectando a un mayor volumen de material circundante y crecería a mayor velocidad, y después mayor aún, y finalmente habría una explosión y moriría.
Pero, ¿qué importaba que se desminiaturizara? Si ocurría, entonces en muy poco tiempo..., en segundos quizás..., estaría muerto y todo ocurriría tan de prisa que no le causaría ninguna impresión. En un momento estaría vivo; al siguiente, la nada.
¿Cómo podía pedir una muerte mejor? ¿Por qué se empeñaba en querer saber, un segundo antes, lo que iba a ocurrir?
Porque estaba vivo y era humano..., y necesitaba saber qué hacía a un objeto vivo y humano.
¿Cómo podría saberlo?
Miró el vago centelleo que lo rodeaba, y el movimiento ondulante de las moléculas de agua, girando a su alrededor con una especie de moción lenta que a su vez los arrastraba por la corriente intercelular.
Si su tamaño aumentara, las moléculas deberían empequeñecerse y viceversa.
Morrison miró fijamente. Estaban disminuyendo de tamaño, eran más pequeñas. ¿Era esto la muerte? ¿O era sólo su imaginación?
A ver, un momento, ¿no estaban las moléculas de agua aumentando de tamaño, volviéndose como bloques? De ser así, es que se empequeñecía.
¿Encogería al tamaño de una partícula subatómica? ¿Un subelectrón? ¿Saldría disparado a la velocidad de la luz y estallaría cuando estuviera a mitad de camino de la Luna, murien-do en el vacío antes de haber tenido tiempo de enterarse de que estaba en él?
No, las moléculas se encogían, no crecían...
Cerró los ojos y respiró profundamente. ¿Se estaba volviendo loco, o acaso empezaba a experimentar un deterioro cerebral?
Entonces era preferible la muerte. Mucho mejor la muerte total, que un cerebro muerto y un cuerpo vivo.
¿Latían las moléculas de agua? ¿Por qué laten?
Piensa, Morrison, piensa. Eres un científico. Encuentra una explicación. ¿Por qué laten?
Sabía por qué el campo podía debilitarse..., su tendencia a miniaturizar los alrededores. ¿Por qué iba a reforzarse?
Para reforzarse tendría que ganar energía. ¿De dónde?
¿Y las moléculas que lo rodeaban? Tenían más energía calórica por volumen que él porque su temperatura era más alta. Ordinariamente, el calor debería fluir del entorno a su traje hasta que éste y él mismo estuvieran a la temperatura de la sangre, y él moriría por su incapacidad de desprenderse del calor que habría acumulado, como casi había ocurrido en su anterior aventura fuera de la nave.
Pero no era solamente la intensidad energética del calor de su cuerpo, estaba también la energía del campo de miniaturización. Y mientras las moléculas de agua lo golpeaban al pasar, ocasionalmente, la energía no fluiría necesariamente a él en forma de calor, sino en forma de activación miniaturizante. El campo aumentaría de intensidad y él encogería.
Esto debía ser siempre cierto cuando un objeto miniaturizado estaba rodeado de objetos normales de temperatura más alta. La energía podía fluir del entorno al objeto miniaturizado ya fuera como calor o como intensidad de campo. Y por ello cuando más pequeño era el objeto, más intensamente se miniaturizaba y más energía ganaba el campo y no el propio objeto.
Probablemente, la nave también latía, creciendo y decreciendo constantemente, pero a un extremo no lo bastante importante para que se notara. En todo caso, era por eso por lo que el movimiento browniano no había aumentado lo que podía; y era por eso por lo que el aire acondicionado podía cumplir su función con menos esfuerzo. El campo de miniaturización los amortiguaba en ambos casos.
Pero él, Morrison, solo en la célula, era más pequeño al poseer menos masa, y la entrada de energía afectaba más la miniaturización que la temperatura.
Apretó los puños desesperadamente. Soltó la computadora, y no le importó. Indudablemente, los otros, Boranova y Konev, ciertamente sabían lo que ocurría y podían habérselo explicado. Una vez más lo dejaban ir al peligro sin advertirle.
Y ahora que él solo lo había descubierto..., ¿de qué le servía?
Abrió de pronto los ojos.
Sí, notaba pulsaciones. Ahora que sabía qué esperar, las veía. Las moléculas de agua se dilataban y se contraían a un ritmo irregular al traspasar energía al campo y extraérsela después.
Morrison miraba, siguiendo un ritmo que lo atontaba y se encontró diciéndose en silencio: «Mayor, menor; menor, mayor; menor»
«No podían crecer más», pensó. La dilatación reflejaba su propia contracción y sólo le entraba la energía suficiente para activar esta última. El contenido celular tenía una temperatura determinada. Por el contrario, dicho contenido podía absorber de él gran cantidad de energía, y, una vez saturado, lo que quedaba pasaría más y más de prisa y entonces explotaría.
Por lo tanto, cuando las moléculas de agua aumentaban de tamaño (y el suyo disminuía) estaba a salvo. Cuando las moléculas de agua se contraían (y él en cambio crecía) no lo estaba. Si las moléculas de agua seguían contrayéndose hasta hacerse tan pequeñas que no podía verlas, quería decir que él se dilataría hasta la explosión instantánea.
–¡Mayor, menor..., menor..., ¡basta de contracción!
Morrison respiró de nuevo porque las moléculas volvían a dilatarse.
¡Una y otra vez! Y cada vez..., ¿se detendría la contracción?
Le parecía que estaban jugando con él, pero tampoco le importaba. No importaba que lo llevaran al borde de la destrucción, que lo dejaran de lado; y si esto se repetía un millón de veces, tampoco importaba. Antes o después, se agotaría el oxígeno, y moriría de una muerte lenta, asfixiante.
Una muerte rápida sería mucho mejor.
Kaliinin gritaba. Fue la primera en darse cuenta de lo que había ocurrido y las palabras se le atragantaban.
–¡Se ha ido! ¡Se ha ido! –chilló.
Boranova fue incapaz de evitar formular la pregunta obvia:
–¿Quién se ha ido?
Kaliinin se volvió a ella con ojos desorbitados:
–¿Quién se ha ido? ¿Cómo puede preguntar quién se ha ido? Albert se ha ido.
Boranova se quedó mirando desconcertada el punto donde Morrison había estado y ahora no estaba.
–¿Qué ha ocurrido?
Dezhnev murmuró con voz ronca:
–No estoy seguro. Doblamos una esquina con poco margen. Albert, sujeto al casco de la nave, quizás introdujo una asimetría. Traté de apartar la nave de..., de fuera lo que fuese, pero no respondió debidamente.
–Una organela macromolecular fija –aclaró Konev, que levantó ahora la cara que había tenido entre las manos– lo arrastro. Tenemos que volver a recogerlo. Puede tener la información que necesitamos.
Boranova comprendía ya, claramente, la situación. Se desprendió con un rápido movimiento de su asiento y se levantó. Entre dientes, lo increpó:
–¿Información? ¿Es esto lo único que siente perder, Yuri? ¿Información? ¿Sabe lo que va a ocurrir ahora? El campo de miniaturización de Albert se ha quedado aislado y su tamaño es sólo el de un átomo. Sus probabilidades de sufrir la desminiaturización espontánea es, por lo menos, cincuenta veces la nuestra. Dado el tiempo adecuado, la probabilidad será efectiva. Con o sin información debemos recogerlo. Si se desminiaturiza, matará a Shapirov y nos matará a todos.
–Estamos discutiendo motivaciones –protestó Konev–. Ambos lo queremos de vuelta. El porqué es secundario.
–Nunca debimos dejarlo salir –dijo Kaliinin–. Yo sabía que no estaba bien hacerlo.
–Pero ya está hecho –refunfuñó Boranova– y debemos actuar desde este punto, Arkady.
–Lo estoy intentando –explicó Dezhnev–. No enseñe a hipar a un borracho.
–No trato de enseñarle nada, viejo idiota. Le estoy dando una orden. Dé la vuelta. ¡Vuelva! ¡Vuelva!
–No. Deje que el viejo idiota le diga que es una ridiculez. ¿Quiere que dé una vuelta completa y me atraviese en la corriente? ¿Quiere que intente ir a contracorriente?
–Si se detiene, la corriente lo traerá hasta nosotros –dijo Boranova.
–Está adherido a algo. No podrá hacerlo. Lo que debemos intentar es pasar al otro lado de la dendrita y dejar que la corriente contraria nos empuje hacia atrás.
Boranova se llevó ambas manos a la cabeza, murmurando:
–Le pido perdón por llamarlo viejo idiota, Arkady, pero si regresamos a contracorriente lo perderemos.
–No tenemos elección. Nos falta la energía necesaria para intentar ir contra la corriente desde donde nos encontramos.
Entonces Konev, en tono cansado pero razonable, aconsejó:
–Deje que Arkady haga lo que desea, Natalya. No perderemos a Albert.
–¿Cómo puede saberlo, Yuri?
–Porque puedo oírlo..., mejor dicho, sentirlo..., o quizá mejor, captar los pensamientos de Shapirov por medio de su computadora, descubierta y sin protección, en la célula.
Hubo un silencio momentáneo. Boranova, claramente sorprendida exclamó:
–¿Está recibiendo algo?
–Naturalmente. En aquella dirección –señaló Konev.
–¿Puede indicar la dirección? –preguntó Boranova–. ¿Cómo?
–No sé bien cómo. Sólo siento que..., ¡es en aquella dirección!
–Arkady –ordenó Boranova–, haga lo que pensaba.
–Lo estoy haciendo aun sin que me lo ordenara, Natasha. Puede que sea la capitana, pero yo soy el navegante con la muerte mirándome de frente. ¿Qué puedo perder? Como mi anciano padre decía: «Si estás colgando de una cuerda sobre el abismo, no te preocupes de recoger una moneda que se te cae del bolsillo» Sería mejor si dispusiera de verdaderos mandos en lugar de intentar maniobrar con tres motores descentrados.
Boranova había dejado de escuchar. Miró inútilmente hacia la oscuridad exterior, y preguntó:
–¿Qué es lo que oye, Yuri? ¿Qué nos dicen los pensamientos de Shapirov?
–De momento nada. Sólo ruido, angustia.
Kaliinin murmuró como para sí:
–¿Suponen que parte de la mente de Shapirov sabe que está en coma? ¿Suponen que parte de ella se siente atrapada y grita para liberarse? Como Albert, como nosotros...
–No estamos atrapados, Sofía –aclaró Boranova–. Podemos movernos. Encontraremos a Albert. Saldremos de este cuerpo. ¿Lo comprende, Sofía? –Cogió a la joven por los hombros, hundiéndole los dedos en la carne.
Sofía acusó dolor:
–Por favor. Lo comprendo.
Boranova se volvió a Konev:
–¿Es lo único que percibe? ¿Angustia?
–Pero muy fuerte. –Y curiosamente, mirando a Boranova–: ¿No capta nada?
–Nada de nada.
–Pero si es tan fuerte. Más fuerte que nada de lo que capte cuando Albert se encontraba en la nave. Hizo bien en salir fuera.
–¿Pero no capta verdaderos pensamientos? ¿Palabras?
–Quizás estoy demasiado lejos. Quizás Albert no tiene la máquina debidamente enfocada. ¿Pero de verdad no capta nada?
Boranova movió la cabeza con decisión y echó una mirada rápida a Kaliinin que dijo en voz baja, frotándose el hombro.
–Yo tampoco capto nada.
Y la voz de Dezhnev, desencantada:
–Yo no capto nunca ninguno de esos misteriosos mensajes.
–Consiguió «Hawking» Albert sugirió que puede haber diferentes tipos de cerebros como hay diferentes tipos de sangre y que él y yo podríamos ser del mismo tipo. A lo mejor tiene razón –concluyó Konev.
–¿De qué dirección viene la sensación ahora?
–De allí. –Esta vez Konev señaló un punto mucho más cercano a la proa de la nave. Dijo–: ¿Está dando la vuelta, Arkady?
–En efecto, y ahora estoy muy cerca de la zona de calma entre las dos corrientes. Me propongo acercarme un poco a la contracorriente de modo que nos eche hacia atrás, pero no demasiado de prisa...
–Bien –asintió Boranova–. No queremos que se nos escape... Yuri, ¿puede juzgar la intensidad? ¿Se hace más fuerte?
–Sí. –Konev parecía algo sorprendido, como si no se hubiera dado cuenta del aumento de intensidad hasta que se lo mencionó Boranova.
–¿Es imaginación, cree usted?
–Podría ser –contestó Konev–. Todavía no nos hemos acercado lo bastante. Estamos girando. Es casi como si fuera él el que se acercara.
–Quizá se ha desprendido del sitio donde estaba adherido o se ha debatido hasta soltarse. En este caso, la corriente nos lo traería si forzamos la maniobra y nos mantenemos esencialmente en el mismo lugar.
–Tal vez.
–Yuri, debe concentrarse en la sensación –insistió Boranova con vehemencia–. Tenga advertido en todo momento a Arkady de la dirección por donde viene; esto quiere decir que tendrá que apuntar a Albert todo el tiempo. Arkady, a medida que se acerque a Albert, tendrá que ir girando hacia la corriente original y meterse en ella aproximándose a su posición cuanto le sea posible. Entonces, cuando nos movamos juntos, será más fácil po-nernos a su lado utilizando nuestros motores.
–Es fácil para el que no controla los motores –refunfuñó Dezhnev.
–Fácil o difícil –insistió frunciendo sus pobladas cejas–, hágalo.
Dezhnev movió los labios, pero no salió ningún sonido y el silencio envolvió la nave..., excepto por el callado flujo de sensaciones que entró en la mente de Konev, pero no en la de los demás.
Konev permaneció de pie, mirando en dirección de donde creía que llegaban las sensaciones. Una vez musitó:
–Decididamente más fuerte... –Y pasado un instante–: Me parece como si casi percibiera las palabras. Quizá si se acerca lo bastante...
Su expresión se hizo más tensa, como si intentara forzar la impresión, atiborrar su mente de ella, mientras iba tomando el ruido y distribuyéndolo en palabras. Su dedo seguía señalando, rígido, y finalmente dijo:
–Arkady, empiece a torcer hacia la zona de calma y dispóngase a lanzarse a la corriente principal... Rápido. No deje que nos adelante.
–Tan rápido como los motores me lo permitan. –Y en voz más baja–: Si pudiera manejar esta nave con la misma magia con que los demás oyen voces...
–Vaya directo a la membrana –ordenó Konev ignorando el comentario.
Fue Kaliinin la primera en ver el destello luminoso.
–Está allí –gritó–. Ésa es la luz de su traje.
–No me hace falta verla –dijo Konev a Boranova–. El ruido es como una erupción volcánica en Kamchatka.
–¿Sólo ruido, Yuri? ¿Ninguna palabra?
–Pánico –respondió Konev–, pánico incoherente.
–Si me encontrara atrapada de algún modo en un cuerpo en coma, eso es precisamente lo que yo sentiría... Pero, ¿cómo no se ha dado cuenta hasta ahora? Anteriormente, encontramos palabras e incluso imágenes tranquilas, plácidas.
Dezhnev, jadeando por la excitación de la cacería que le había hecho contener el aliento, observó:
–Puede ser debido a algo que hayamos hecho con la nave. Le hemos revuelto el cerebro.
–Somos demasiado pequeños –dijo Konev, despectivo–. Ni siquiera hemos podido agitar claramente esta célula.
–Nos estamos acercando a Albert –anunció Dezhnev.
–Sofía –preguntó Boranova–, ¿puede detectar su patrón eléctrico?
–Muy débilmente, Natalya.
–Bien, ponga todo lo que tenga en algo complementario que lo atraiga con fuerza.
–Parece un poco grande, Natalya.
–Estará oscilando, estoy segura. Una vez lo haya sujetado a la nave volverá a formar parte de nuestro campo de miniaturización general y su tamaño se reajustará. Rápido, Sofía.
Se notó un pequeño golpe, al ser Morrison electrónicamente atraído al costado de la nave.
XVI. MUERTE
Tan pronto se pone el sol, oscurece;
no deje que esto le coja
desprevenido.
DEZHNEV, padre
Morrison, más tarde, no podía recordar nada de lo ocurrido... ni antes, ni después de su regreso a la nave. Por más que se esforzaba, no recordaba ver la nave acercándose para recogerlo en ningún momento; ni recordaba el momento del traslado, cuando le quitaron el traje de plástico.
Recapacitando mucho, recordó la desesperanza y la soledad de la espera de su explosión y muerte. Pensando en lo inmediato, recordaba estar mirando el rostro preocupado de Sofía Kaliinin inclinada sobre él. Entre los dos recuerdos, nada.
¿Pero, no había ocurrido ya esto? Los dos incidentes, unidos por el cuidado de Kaliinin, estaban separados por varias horas pero fundidos en uno. Con voz ronca y casi ininteligible preguntó:
–¿Vamos en buena dirección? –Pero lo dijo en inglés.
Kaliinin, desconcertada, vaciló. Después contestó despacio, también en inglés, con un acento moderadamente marcado:
–Sí, Albert, pero eso ha sido hace algún tiempo, cuando estábamos en el capilar. Regresó y ha vuelto a salir por segunda vez. Ahora estamos en una neurona. ¿Se acuerda?
Morrison arrugó la frente. ¿Qué era todo eso? Poco a poco, fragmento a fragmento, recobró la memoria. Cerró los ojos y se esforzó por ordenar su mente. Después, preguntó:
–¿Cómo me han encontrado? –Esta vez habló en ruso.
Konev le contestó:
–Percibí, con mucha fuerza, las ondas del pensamiento de Shapirov a través de su máquina.
–¡Mi computadora! ¿Está a salvo?
–Seguía sujeta a usted –le tranquilizó Konev–. ¿Pudo captar auténticos pensamientos?
–¿Auténticos pensamientos? –Morrison se lo quedó mirando, sin verlo con claridad–. ¿Qué pensamientos auténticos? ¿De qué me está hablando?
Konev se mostraba claramente impaciente, pero apretó los labios e insistió:
–Pude captar las ondas del pensamiento de Shapirov que me llegaban a través de su dispositivo, pero no llegué a percibir palabras o imágenes.
–¿Qué sintió, entonces?
–Angustia.
–Los demás no percibimos nada –explicó Boranova–, pero nos pareció que lo que nos describía Yurí era la angustia de una mente que se sabía atrapada en una trampa comatosa; que se sabía prisionera. ¿Percibió usted algo más específico que esto?
–No.
Morrison miró hacia atrás y se dio cuenta de que estaba tendido sobre dos asientos con su cabeza reposando entre los brazos de Kaliinin. Ya estaba vestido con sus ropas de algodón. Trató de incorporarse:
–Agua, por favor.
Bebió con ansia y al fin dijo:
–No recuerdo haber oído nada, ni sentido nada. En mi posición...
Konev lo interrumpió secamente:
–¿Qué tiene que ver su posición? Su computadora transmitía información. La percibí a considerable distancia. ¿Cómo es posible que usted no sintiera nada?
–Tenía otras cosas en que pensar, Yuri. Estaba perdido y seguro de que iba a morir. Dadas las circunstancias, no me fijé en nada más.
–No puedo creerle, Albert. No me mienta.
–No le miento, señora Boranova –consiguió pronunciar su nombre con suma formalidad–. Exijo ser tratado cortésmente.
–Yuri. Deje de formular acusaciones –ordenó Boranova–. Si quiere preguntar, pregunte.
–Entonces, voy a decírselo de otro modo. Percibí una fuerte emoción aunque me hallaba lejos del instrumento, según nuestra miniaturización. Usted, Albert, estaba sobre su computadora y ésta se encuentra ajustada a su cerebro, no al mío. Presumiblemente, nuestros cerebros son de tipo similar, pero no idénticos, y usted puede percibir a través de su instrumento, mucho más que yo. ¿Cómo es posible, pues, que yo pueda haber percibido tanto y que usted, en cambio, pretenda no haber captado nada?
–¿Cree que yo tenía tiempo o ganas de captar algo? Fui arrancado de la nave. Me encontré alejado, solo, perdido.
–Lo comprendo, pero no tenía que hacer ningún esfuerzo para captar. Las sensaciones invadirían su mente a pesar de todo lo que pudiera estar sucediendo.
–Pero así y todo, no capté nada. Lo que invadía mi mente era que estaba solo y que iba a morir. ¿Cómo es posible que no comprenda esto? Pensaba que me calentaría y moriría, casi como ocurrió la primera vez. –Una duda lo asaltó de pronto y miró a Kaliinin–. Han sido dos veces, ¿no es verdad?
–Sí, Albert –respondió con dulzura.
–Luego me di cuenta de que mi temperatura no aumentaba. Por el contrario, me pareció que crecía y disminuía de tamaño... que oscilaba. Estaba metido en una especie de transferencia de miniaturización en lugar de transferencia de calor. ¿Es posible, Natalya?
Boranova dudó, pero respondió:
–Ese efecto sigue naturalmente las ecuaciones del campo de miniaturización. No ha sido nunca experimentado, pero por lo visto usted lo ha confirmado mientras estuvo fuera.
–Tuve la impresión de que mi entorno oscilaba de tamaño, que las moléculas de agua que me rodeaban se dilataban y contraían, y luego me pareció más lógico que fuera yo el que oscilaba, antes que todo lo demás.
–Acertó usted y su informe es valioso. Uno podría deducir de esto, que el trastorno que el suceso le produjo tiene una enorme compensación.
Konev, todavía indignado, insistió:
–Albert, nos está diciendo que era perfectamente capaz de pensar razonablemente mientras estaba allí afuera... No obstante, ¿espera que creamos que no captó nada?
Morrison alzó la voz:
–Y usted, monomaniaco, ¿no puede entender que este pensamiento cuidadoso y racional, como usted lo llama, era el que llenaba por completo mi mente? Estaba absolutamente aterrorizado. Esperaba, cada vez que las moléculas que me rodeaban se contraían, que la contracción siguiera indefinidamente, lo que significaría, de hecho, que yo me dilataría indefinidamente; en otras palabras, sufriría desminiaturización espontánea, estallaría y moriría. En aquellos momentos me tenía perfectamente sin cuidado el captar o no las ondas del pensamiento. Y si alguna hubiera llegado a mí en aquellas circunstancias, la hubiera ignorado. Ésta es la verdad.
El rostro de Konev se contrajo en una expresión de desprecio:
–Si tuviera un trabajo importante que realizar y un pelotón de fusilamiento tuviera sus armas apuntando hacia mí, en los pocos segundos antes de que dispararan, yo seguiría todavía concentrado en mi trabajo.
–Como mi padre solía decir: «Cualquiera puede ir a cazar un oso sin miedo, cuando no hay oso»
Konev se revolvió furioso contra él:
–Ya estoy harto de su padre, viejo borracho.
–Vuelva a repetirme esto cuando estemos de vuelta en la Gruta y entonces se encontrará cazando un oso, con el oso presente.
–Ni una palabra más, Yuri –ordenó Boranova–. ¿Es que está dispuesto a pelearse con todos?
–A lo que estoy dispuesto, Natalya, es a hacer mi trabajo. Albert debe volver a salir.
–¡No! –exclamó Morrison aterrorizado–. Jamás.
Dezhnev, que miraba a Konev menos que amorosamente, observó:
–Acabamos de oír a un héroe de la Unión Soviética. Él debe hacer su trabajo, así que Albert debe volver a salir a la célula.
–Dezhnev tiene razón, Yuri –dijo Boranova–. Presume de que ni un pelotón de ejecución interrumpiría su trabajo. Salga pues inmediatamente, como ha hecho Albert por dos veces.
–Es su computadora –objetó Konev–. Está ajustada a su cerebro.
–Así lo tengo entendido, pero usted, como ha dicho, tiene el mismo tipo de cerebro. Al menos puede percibir lo que él percibe. En todo caso percibió las ondas sképticas cuando estaba perdido en la corriente intercelular. Y usted se encontraba a distancia. Con la computadora en sus manos y usted fuera, captaría sus propios datos que, de todos modos, serían más valiosos para nosotros. ¿De qué nos sirve la mayor percepción de Albert si usted insiste en no creer en nada de lo que dice?
Todos los ojos estaban ahora fijos en Konev. Incluso Kaliinin lo miraba a intervalos por entre sus largas pestañas. De pronto, Morrison carraspeó y musitó:
–Creo que me oriné en el traje. Un poco. No mucho, creo. El terror tiene su precio.
–Lo sé –respondió Boranova–. Lo he secado y limpiado lo mejor que he podido. Pero que esto no detenga a Yuri. Un pequeño residuo de orina no puede detener, a buen seguro, la dedicación al trabajo de un hombre como él.
–Me ofende este torpe sarcasmo por parte de todos ustedes, pero saldré a la célula. ¿De verdad creen que me da miedo hacerlo? Mi único pensamiento en contra es que Albert es el mejor receptor. Pero yo, en efecto, soy la otra opción y si él no lo hace lo haré yo, a condición...
Calló un instante que Dezhnev aprovechó para decir:
–A condición de que el oso no esté, ¿verdad, Yuri, héroe mío?
–No, imbécil, a condición de que esté bien sujeto a la nave. Albert fue arrancado porque estaba débilmente adherido, un trabajo mal hecho por parte del encargado de ese departamento. No quiero trabajo deficiente para conmigo.
Kaliinin dijo, sin dirigirse a nadie, mirándose la punta de los dedos:
–Albert debió chocar con una estructura que encajaba exactamente con él, eléctricamente hablando. La probabilidad de que esto ocurriera era bajísima. De todos modos, me serviré de un patrón raro en la nave y en el traje, a fin de reducir lo más que pueda la probabilidad.
Konev asintió. Dirigiéndose a Boranova:
–De acuerdo.
Y preguntó a Morrison:
–¿Ha dicho que no había transferencia de calor?
–Ninguna que yo pudiera detectar. Sólo oscilación de tamaño.
–Entonces no me quitaré la ropa.
–Comprenda, Yuri, que estará fuera por poco tiempo. No podemos correr indefinidamente el riesgo de desminiaturización.
–Lo comprendo –contestó Yuri, y ayudado por Morrison se metió en el traje.
Morrison observaba a Konev a través del casco de la nave.
Por dos veces había hecho lo contrario. Estaba fuera mirando hacia dentro. (Y durante un buen rato, aquella segunda vez, había estado en ninguna parte, mirando a ninguna parte.)
A Morrison le dolió un poco que Konev pareciera tan sosegado. Konev no se volvió para mirar a la nave. Sostenía en sus manos la computadora de Morrison, siguiendo las apresuradas instrucciones de éste sobre el aspecto elemental de expansión y enfoque. Parecía enteramente sumido en su tarea. ¿Era de verdad tan glacialmente valeroso? ¿Continuaría concentrándose incluso si era arrancado y empujado a la deriva como lo había sido Morrison? Probablemente... y Morrison se avergonzó.
Miró a los demás.
Dezhnev seguía en los controles. Tenía que mantenerse cerca de la membrana de la célula. Había sugerido trasladarse a la zona de calma entre las dos corrientes. Casi inmóviles, como seguramente estarían (quizás en una especie de resaca) no provocarían el tipo de accidente que había sufrido Morrison. Pero Konev lo había vetado inmediatamente. A lo largo de la membrana era donde se movían las ondas sképticas, y él quería estar cerca.
Dezhnev también había sugerido voltear la nave. Arriba o abajo no había ninguna diferencia en la célula, como tampoco en el espacio. Al voltear la nave, la esclusa de aire quedaría en el lado opuesto a la membrana y eso podría mantener a Konev alejado de las estructuras citosqueléticas.
Pero eso enfureció a Konev. Hizo notar que dichas estructuras podían encontrarse en cualquier parte de la célula y, en todo caso, no quería la masa de la nave entre él y la membrana.
Así que ya estaba fuera, y del modo que deseaba. Dezhnev, concentrado en sus controles, silbaba suavemente para sí.
Boranova vigilaba su propia computadora levantando sólo ocasionalmente la vista para contemplar, pensativa, a Konev. Kaliinin estaba inquieta. Era el único calificativo. Sus ojos iban hacia Konev cien veces y otras tantas volvían a apartarse de él. De pronto, dijo Boranova:
–Albert, es su instrumento. ¿Cree que Yuri sabrá manejarlo? ¿Cree que está captando algo?
Morrison esbozó una sonrisa.
–Se la he ajustado. No tiene que hacer gran cosa y ya le he explicado cómo enfocarla. De todos modos, sé que no recibe nada, Natalya.
–¿Cómo puede saberlo?
–Si captara algo, yo lo percibiría... o sentiría, debería decir... como él me sintió cuando estaba en la corriente. Y no siento nada, absolutamente nada.
Boranova pareció sorprenderse:
–Pero, ¿puede ser? Si él percibió algo cuando usted la sostenía, ¿por qué no siente nada ahora que la sostiene él?
–Quizás hayan cambiado las condiciones. Piense en toda la agonía que Konev asegura que detectó cuando siguió la emisión de los pensamientos de Shapirov hacia mí, por medio de mi computadora. Eso no era característico de lo que percibimos anteriormente.
–Lo sé. Antes habría sido casi idílico. Prados verdes. Ecuaciones matemáticas.
–Podría ser entonces, que si la parte viva del cerebro de Shapirov es capaz de razonar, se ha dado recientemente cuenta de su estado comatoso; lo ha estado haciendo en la última hora, quizás...
–¿Por qué habría ocurrido en la última hora? Sería demasiada coincidencia que ocurriera así, ahora que estamos en el cerebro.
–Puede que hayamos estimulado el cerebro por el mero hecho de estar en él y como consecuencia hacer que se diera cuenta. O, tal vez, es una coincidencia. Lo curioso de las coincidencias es que ocurren... Y puede que si el darse cuenta de ello le produjo angustia hace tiempo, le ha sumido ahora en una silenciosa apatía.
–Todavía me cuesta creerlo –musitó Boranova–. ¿Realmente piensa que Yuri no percibe nada?
–Nada significativo. Estoy completamente seguro.
–Tal vez debería llamarlo.
–Si yo fuera usted, lo haría, Natalya. Lleva afuera casi diez minutos. Si no percibe nada, es tiempo suficiente.
–¿Y si capta algo?
–Entonces se negará a regresar. Ya conoce a Konev.
–Golpee el casco de la nave, Albert. Está usted muy cerca de su cara.
Morrison así lo hizo y Konev miró en su dirección. Su rostro se veía borroso a través del plástico del casco, pero se distinguía una inconfundible expresión de desagrado. Boranova le indicó que volviera.
Konev titubeó, después movió afirmativamente la cabeza, y Morrison dijo a Boranova:
–Ahí está su prueba.
Entraron a Konev y vieron que estaba muy sofocado. Cuando le destornillaron el casco, aspiró largamente:
–¡Brrr! ¡Qué bien! Ya empezaba a sentir calor. Como estaba sujeto a la nave, la oscilación de tamaño era menor de lo que esperaba y la transferencia de temperatura algo más perceptible... Ayúdenme a despojarme de esta armadura de plástico.
Boranova preguntó en un súbito arranque de esperanza:
–¿Es por lo que estaba dispuesto a volver? ¿Por el calor?
–Esa fue la razón principal.
–¿Percibió algo especial, Yuri?
Y Konev, ceñudo, respondió:
–No. Nada. Absolutamente nada.
Morrison alzó la cabeza. En su mejilla derecha un músculo se contrajo brevemente, pero no sonrió.
–Bien, Natasha, pequeño capitán –empezó Dezhnev con cierta socarronería–. ¿Qué hacemos ahora? ¿Alguna idea?
No obtuvo respuesta. En verdad, nadie parecía haberse dado cuenta de que había hablado.
Konev se estaba secando aún el pecho y la nuca. Su mirada a Morrison no tenía nada de amable, sus ojos llameaban.
–Había muchísima transmisión cuando usted estaba fuera de la nave.
–Si usted lo dice –replicó fríamente Morrison–, pero ya le dije que no me acuerdo de nada.
–Tal vez haya diferencia en quién sostiene la computadora.
–No lo creo.
–La Ciencia no es cuestión de creencia sino de evidencia. ¿Por qué no comprobamos lo que ocurre si vuelve usted a salir con su propia máquina, tal como he hecho yo? Lo sujetaremos con fuerza para que no vuelva a soltarse, y puede quedarse fuera diez minutos como yo. No más.
–No lo haré –dijo Morrison–. Ya lo hemos probado.
–Y yo percibí los pensamientos de Shapirov... aunque usted dijera que no los captó.
–No percibió ningún pensamiento. Sólo emoción. No hubo palabras.
–Porque soltó el aparato. Usted mismo lo confesó. Pruébelo ahora sin soltarlo.
–No. No funcionaría.
–Estaba asustado porque se había desprendido. Esta vez no ocurrirá, como tampoco me he soltado yo. No tendrá miedo.
–Usted desestima mi capacidad de sentir terror, Yuri –protestó Morrison encogiéndose de hombros.
–¿Cree que es momento de bromear? –estalló Konev con expresión asqueada.
–No estoy bromeando. Me aterrorizo con facilidad. Carezco de su... lo que sea.
–¿Valor?
–Como quiera. Si quiere una confesión de que no tengo valor, lo confieso.
Konev se volvió a Boranova.
–Natalya. Usted es el capitán, ordene a Albert que vuelva a intentarlo.
–No creo que pueda ordenarle en esas condiciones. Como él mismo ha dicho, ¿de qué serviría unir nuestras fuerzas para meterlo en el traje, y proyectarlo fuera? Si es incapaz de hacer nada, no conseguiremos nada. No obstante, puedo pedírselo... Albert.
–Ahórrese el aliento –dijo Morrison cansado.
–Una vez más. Sólo tres minutos, reloj en mano, a menos que consiga una transmisión.
–No conseguiremos nada. Estoy convencido de ello.
–Entonces tres minutos solamente para demostrarlo.
–¿Con qué fin, Natalya? Si no capto nada, Yuri dirá que, deliberadamente, he desajustado mi computadora. Si no existe la confianza entre nosotros, no conseguiremos nada. ¿Qué les parecería, por ejemplo, si yo hiciera como Konev y asegurara que el no estar de acuerdo es mentir? Repito que no percibí nada de Shapirov, ni pensamiento ni emociones, cuando me encontraba solo en el torrente intercelular. Konev asegura que percibió mucho. ¿Y quién más? ¿Usted, Natalya?
–No, no percibí nada.
–¿Sofía?
Kaliinin sacudió la cabeza.
–¿Arkady?
Dezhnev masculló dolido:
–Al parecer yo no puedo sentir gran cosa.
–Bien, entonces queda Yuri. ¿Cómo podemos saber que realmente sintió algo? No seré tan grosero como él. No lo acusaré de mentir... ¿Pero no sería posible que su ansia loca por captar algo, le llevara a imaginar que lo ha hecho?
El rostro de Konev palideció de ira, pero su voz, excepto por un leve temblor, era fría.
–Olvídenlo. Hemos pasado horas en este cuerpo y estoy pidiendo una última observación, un último experimento, que pueda justificar todo lo hecho hasta ahora.
–No –contestó Morrison–. El último paga por todo. Lo he oído antes.
–Albert, esta vez no habrá errores. Un último experimento.
–Tendrá que ser en verdad el último experimento. Nuestra energía está más baja de lo que es deseable. Encontrarlo a usted ha salido muy caro, Albert –dijo Dezhnev.
–Pero lo encontramos –dijo Konev– y sin tener en cuenta el precio. Yo lo encontré –y sonrió con ferocidad–. Y no lo habría hecho de no ser porque detecté las transmisiones que ema-naban de su computadora. Sin ella hubiera sido imposible. Ahí está la prueba de que lo captado no era imaginario. Y como lo encontré, págueme por ello.
–Vino en mi busca porque mi explosión los hubiera matado a todos en cuestión de minutos tal vez. ¿Qué pago espera por su ansiedad de salvar su prop...?
La nave se sacudió violentamente, sin previo aviso. Su movimiento fue tal que Konev que estaba de pie se tambaleó y tuvo que agarrarse al respaldo de su asiento.
–¿Qué ha sido esto? –preguntó Boranova, sujetando con una mano su propia computadora.
Kaliinin se inclinó sobre la suya.
–He captado un destello, pero es difícil decirlo con esta luz. Puede haber sido un ribosoma.
–¿Ribosoma? –repitió Morrison asombrado.
–¿Por qué no? Están repartidos por toda la célula. Son las organelas productoras de proteínas.
–Ya sé lo que son –protestó Morrison indignado.
–Pues nos ha golpeado. O mejor dicho, al pasar le hemos dado un golpe. No importa cómo lo mire, nos hemos metido en una porción gigantesca de movimiento browniano.
–Mucho peor –prosiguió Dezhnev señalando horrorizado hacia fuera–. No tenemos transferencia de calor, sino que estamos en plena oscilación de campo.
Morrison, mirando angustiado, reconoció el fenómeno que había experimentado cuando se encontraba solo en la célula. Las moléculas de agua se dilataban y contraían visiblemente.
–¡Párelo! ¡Párelo! –gritó Konev.
–Lo estoy intentando –respondió Boranova entre dientes–. Arkady, apague los motores y traspáseme toda la energía disponible... Apaguen el aire acondicionado, las luces, ¡todo!
Boranova se inclinó sobre el tenue resplandor que marcaba su computadora de pilas.
Morrison no podía ver nada excepto la luz de la computadora de Boranova y, junto a su asiento, la de Kaliinin. Le era imposible ver, en medio de la total oscuridad de una célula enterrada en el interior de un cerebro, cómo las moléculas de agua se dilataban y se contraían.
Respecto de ello no cabía la menor duda. Sentía los tirones en la boca de su estómago. No eran las moléculas de agua las que oscilaban, a fin de cuentas, era todo el campo de miniaturización, y los objetos metidos en él, y él mismo.
Cada vez que la nave se dilataba (y las moléculas parecían encogerse) el campo convertía parte de su energía en calor y sentía la vaharada que lo envolvía. Después, cuando Boranova forzó la energía dentro del campo, obligándolo a contraerse, el calor desapareció. Por un momento pudo sentir cómo las oscilaciones se hacían más lentas y cesaban.
Pero al momento empezaron a hacerse más violentas y comprendió que Boranova estaba fracasando. No podía detener la desminiaturización espontánea que se acercaba y supo que, en diez minutos, estaría muerto. Él, y todos ellos, y el cuerpo en el que estaban metidos... acabarían en un explosivo chorro de agua y de dióxido de carbono.
Estaba mareado. Iba a perder el sentido y como pusilánime que era, se adelantaría así a la muerte por segundos y su último sentimiento, claro, sería de intensa vergüenza.
Pasaron unos segundos y Morrison no perdió el sentido. Se movió un poco. Ya tenía que estar muerto, ¿no? (Era inevitable que el siguiente pensamiento fuera: ¿«Puede haber otra vida después de todo»?, pero rápidamente descartó la posibilidad.)
Sintió que alguien sollozaba. ¡No! Era una respiración áspera.
Abrió los ojos (no se había dado cuenta de que los había cerrado) y se encontró mirando a Kaliinin en la penumbra. Como toda la energía disponible estaba volcada al esfuerzo de mantener la nave sin desminiaturizar, podía verla solamente a la tenue luz de su computadora. Distinguía su cabeza inclinada sobre el tablero, su cabello en desorden y su aliento sibilante entre sus labios entreabiertos.
Miró a su alrededor en un súbito renacer de esperanza, pensamiento y vida. La oscilación de la nave parecía menos acentuada. Mientras iba observando, notó que iban instalándose en una especie de paz... y, cuidadosamente, Kaliinin dejó de moverse y lo miró de soslayo, con el rostro contraído por una dolorosa sonrisa.
–¡Ya está! –dijo ella con voz baja y enronquecida.
La luz del interior de la nave fue aumentando poco a poco, como si lo hiciera a tientas, y Dezhnev exhaló un inmenso y trémulo suspiro.
–Si ahora no estoy muerto –dijo– espero vivir un poco más. Como dijo mi padre una vez: «La vida sería intolerable, si la muerte no fuera peor..» Gracias, Natasha. ¡Puede ser mi capitán para siempre!
–Yo no –murmuró Boranova. Su rostro parecía envejecido al extremo de que Morrison no se hubiera sorprendido de descubrir mechones de canas en su pelo negro–. Sencillamente, no pude volcar suficiente energía en la nave. ¿Qué fue lo que hizo, Sofía?
Kaliinin tenía los ojos cerrados ahora, pero su pecho aún jadeaba. Se movió un poco, como si no deseara contestar, como si no quisiera otra cosa que saborear la vida por un tiempo. Pero al fin respondió:
–No lo sé. Algo.
–Pero, ¿qué hizo? –insistió Boranova.
–No pude resignarme a esperar la muerte. Hice de la nave un duplicado de una molécula de glucosa-D y esperé que la célula actuara normalmente e interactuara con una molécula de ATP-trifosfato de adenosina. Al hacerlo así, ganaba un grupo de fosfato y energía. La energía, esperaba, iría a reforzar el campo de miniaturización. Entonces neutralicé la nave y el grupo de fosfato se desprendió. Otra vez glucosa-D y otra ganancia de energía; luego neutralicé, y así una y otra vez, y una y más veces... –Calló para respirar un poco–. Y otra y otra. Mis dedos se movían tan de prisa, que ya no sabía si tocaba las teclas apropiadas o no... pero debí hacerlo. Y la nave ganó suficiente energía para estabilizar el campo.
–¿Cómo se le ocurrió? Jamás, que yo sepa, nadie sugirió que esto pudiera...
–Ni yo. Ni yo. Precisamente esta mañana antes de entrar en la nave me pregunté qué haría, qué podía hacer alguien, si se iniciaba una desminiaturización espontánea. Necesitaríamos energía, pero si la nave no disponía de la suficiente., y pensé. ¿Podía la célula de por sí proporcionar esa energía? Si lo hacía, sería solamente a través del ATP, que se encuentra en toda célula. Ni sabía si funcionaría. Tenía que gastar energía, forzando el tipo eléctrico en y fuera de la nave, y sabía también que podía gastar más de la que recibiera del ATP. O que la energía procedente de ATP podía, simplemente, no afectar a la nave al extremo de contrarrestar la desminiaturización. Era muy arriesgado.
Se oyó a Dezhnev decir en voz baja, casi como si hablara consigo mismo:
–Como diría mi anciano padre: «Si no tienes nada que perder, juégalo todo» –Y a continuación añadió vivamente–: Gracias, pequeña Sofía. Mi vida es suya a partir de ahora. Se la entregaré cuando la necesite. Y diré aún más, incluso me casaría con usted si lo considerara conveniente.
–Un ofrecimiento propio de un caballero –respondió Kaliinin con una sonrisa–, pero no aceptaría el matrimonio. Su vida, si fuera necesaria, me bastaría.
Boranova, ya recuperada, declaró:
–Lo citaremos en el informe final. Me refiero a que su rapidez de pensamiento y su inmediata actuación lo han salvado todo.
Morrison no tenía confianza en sí mismo para hacer un discurso (inexplicablemente se sentía próximo a llorar..., ¿de agradecimiento por la vida? ¿De admiración por Kaliinin?). Lo único que pudo hacer fue buscar la mano de ella, llevársela a los labios y besarla. Después, carraspeó vigorosamente y dijo con sorprendente humildad:
–Gracias, Sofía.
Pareció turbada, pero no retiró inmediatamente la mano sino que explicó, como excusándose:
–Podría no haber funcionado. No pensé que funcionara.
–De no haber funcionado, no podríamos estar más muertos –rezongó Dezhnev.
En medio de todo esto, sólo Yuri Konev no había dicho una palabra y Morrison se volvió para mirarlo. Estaba sentado como tenía por costumbre, muy rígido y muy ajeno a todos ellos.
Morrison encontrando por fin su voz, y su enfado, le espetó:
–Bueno, Yuri, ¿y usted qué tiene que decir?
Konev miró brevemente por encima del hombro y contestó:
–Nada.
–¡Nada! Sofía salvó la expedición.
–Hizo su trabajo. –Y se encogió de hombros.
–¿Su trabajo? Hizo mucho más que su trabajo. –E inclinándose hacia delante agarró furiosamente a Konev por los hombros–. Inventó la técnica que nos ha salvado. Y al hacerlo, también salvó su vida, idiota. Ella es la razón de que siga usted con vida. Podría por lo menos agradecérselo.
–Hago lo que me da la gana –respondió Konev, moviendo los hombros para deshacerse de la presión de Morrison.
Pero las manos de éste se cerraron sobre su garganta:
–Miserable, bárbaro, egoísta –gruñó, apretando desesperadamente–. La quiere y en su insensatez ni siquiera es capaz de pronunciar una palabra amable. Ni una sola, pedazo de cerdo.
De nuevo, Konev se soltó y ambos empezaron a pegarse torpemente. Estaban trabados por sus asientos de los que se habían alzado a medias y ni uno ni otro podían maniobrar debidamente dada la falta de gravedad. Kaliinin chilló:
–¡No le hagas daño!
«No va a hacerme daño», se dijo Morrison forcejeando fuertemente. No había participado en este tipo de combate físico desde que tenía dieciséis años, pensó molesto, y tampoco ahora lo hacía mejor. La voz de Boranova se alzó autoritaria:
–¡Basta! ¡Los dos!
Ambos la obedecieron. Boranova prosiguió:
–Albert, no está aquí para enseñar modales a nadie. Y, Yuri, no hace falta que se esfuerce por parecer grosero, lo es naturalmente. Si no desea reconocer lo que Sofía...
Con esfuerzo Sofía consiguió decir:
–No espero que me de las gracias... nadie.
–¿Gracias? –repitió Konev furioso–. Digamos gracias todos. Antes de que empezara la desminiaturización, intentaba lograr que ese cobarde americano nos agradeciera que le salváramos. Yo no quería gracias de palabra. Esto no es un salón de baile. No necesitamos inclinarnos, ni hacer reverencias. Yo quería que demostrara su agradecimiento saliendo fuera y tratando de captar alguno de los pensamientos de Shapirov. Se negó. ¿Quién es él para enseñarme cómo y cuándo hay que dar las gracias?
–Antes de la desminiaturización dije que no lo haría, y vuelvo a repetirlo.
Dezhnev interrumpió diciendo:
–Estamos dando palos de ciego. Hemos consumido nuestra provisión de energía como si fuera vodka en una boda. Entre persecuciones y desminiaturizaciones, nos queda muy poca para la desminiaturización controlada. Debemos irnos ya.
–Se necesitaría muy poca energía para sacar a este hombre un par de minutos y volverlo a entrar. Después podemos irnos.
Por un segundo, Konev y Morrison se contemplaron con hostilidad, pero Dezhnev, con voz que parecía sin vida, dijo:
–Mi pobre padre solía decir: «La frase más espantosa en lengua rusa es: Muy curioso»
Konev se revolvió furioso:
–Cállese, Arkady.
–Lo dije solamente porque ha llegado el momento de que yo lo diga: ¡Muy curioso!
Boranova apartó con la mano el cabello que le caía sobre la frente (Morrison pensó que lo hacía agotada y que el cabello estaba claramente empapado de sudor). Pero preguntó:
–¿Qué es curioso, Arkady? Dejémonos de juegos.
–La corriente de material celular está perdiendo velocidad.
Siguió un breve silencio, luego Boranova preguntó:
–¿Cómo lo sabe?
–Querida Natasha, si estuviera usted sentada en mi puesto sabría que hay fibras entrecruzadas en la célula...
–Citoesqueleto –aclaró Morrison.
–Gracias, Albert, hijo mío. –Y Dezhnev hizo un gesto ampuloso–. Mi padre solía decir: «Es más importante conocer la cosa, que su nombre» Pero esto no importa. El cómo se llame no impide la corriente de la célula y no detiene la nave, pero puedo verlo brillar al pasar. Bien, pues ahora brilla más tenuemente. Supongo que las fibras no se mueven, así que deduzco que vamos lentamente. Y como yo no hago nada para retener la nave tengo que figurarme que es la corriente intracelular la que está realmente aminorando... A esto se le llama lógica, Albert, así que no tiene que educarme sobre este punto.
Kaliinin dijo entonces:
–Creo que hemos dañado la célula –y parecía abrumada.
Morrison lo interpretó como que le remordía la conciencia y le explicó:
–Una célula cerebral más o menos no puede dañar a Shapirov de ningún modo, especialmente en el estado en que se encuentra. Pero no me sorprendería que la célula se perdiera. Después de todo, la nave vino en mi busca a toda marcha, me supongo, y vuelvo a darles las gracias a todos por ello, y vibró de tal modo que casi se deshizo y debió hacer que la célula vibrara también.
Konev aún ceñudo protestó:
–Es una locura. Nuestro tamaño es molecular... y de pequeña molécula, además. ¿Supone que algo de lo que hagamos, ya sea vibrar o sacudirnos, puede destrozar toda una célula?
–No tenemos por qué razonarlo, Yuri –observó Morrison–. Es un hecho comprobado. La corriente intracelular se está deteniendo y esto no es normal.
–En primer lugar, ésta es la impresión de Arkady, y él no es neurólogo...
–¿Es preciso ser neurólogo para tener ojos? –protestó Dezhnev irritado, alzando el brazo como si fuera a pegar a su vecino.
Konev le miró de reojo, pero no hizo ningún comentario, limitándose a decir:
–Además, no sabemos qué es normal en una célula cerebral desde nuestro nivel de observación. Puede haber remansos y remolinos en la corriente, así que incluso si se observa un fenómeno como éste, puede ser solamente temporal.
–Está silbando a destiempo, Yuri –advirtió Morrison–. El hecho es que esta célula ya no nos sirve y que no nos queda suficiente energía para pasearnos en busca de otra célula.
–Debe haber algo que podamos hacer –dijo Konev apretando los dientes–. No podemos abandonar ahora.
–Natalya –rogó Morrison–, decídalo usted. ¿Vale la pena seguir investigando esta célula? ¿Estamos en situación de ir en busca de otra?
Boranova levantó la mano y bajó la cabeza, para pensar un instante. Los otros se la quedaron mirando y Konev aprovechó la oportunidad para coger a Morrison por el brazo y tirar de él. Sus ojos estaban cargados de hostilidad. Indicando a Kaliinin con la cabeza murmuró:
–¿Por qué supone que estoy enamorado de... qué le da derecho a pensarlo? Conteste.
Morrison lo miraba sin entender, pero en aquel momento habló Boranova, aunque no fue para contestar a la pregunta de Morrison, se limitó a preguntar:
–¿Qué está haciendo, Arkady?
Dezhnev, que estaba inclinado sobre sus controles, levantó la cabeza:
–Estoy arreglando los cables tal como estaban antes. Vuelvo a conectarlos para poder comunicar.
–¿Le he dicho yo que lo hiciera?
–La necesidad me obliga a hacerlo.
–¿Se le ha ocurrido que va a ser imposible maniobrar la nave? –preguntó Konev.
Dezhnev refunfuñó y contestó con ironía:
–¿Y has pensado tú en que no habrá más maniobras que hacer?
–¿Qué necesidad lo obliga a hacerlo? –preguntó Boranova, resignada.
–No creo que sea la célula sola lo que está estropeado. La temperatura está bajando a nuestro alrededor... lentamente.
–¿De acuerdo con sus mediciones? –rezongó Konev.
–No, de acuerdo con las de la nave. Por la radiación infrarroja de fondo que estamos recibiendo.
–Eso no basta para juzgar –protestó Konev–. Dado nuestro tamaño recibimos muy pocos fotones infrarrojos. El nivel variaría sobre el conjunto.
–Así –dijo Dezhnev mirando a Konev. Su mano se movió arriba y abajo frenéticamente–. También puede moverse arriba y abajo como una barquita en un tifón y hacerlo también a un nivel medio cada vez más bajo. –Y su mano sin dejar de temblar bajó un poco más.
–¿Por qué baja la temperatura? –preguntó Boranova.
Morrison, sonrió, sombrío.
–Vamos, Natalya. Creo que sabe por qué. Sé que Yuri también conoce el motivo. Arkady debe confirmarlo y por esta razón la necesidad lo obliga a recurrir a las comunicaciones.
Los envolvió un silencio incómodo, excepto por Dezhnev que gruñía y maldecía entre dientes mientras trabajaba en los cables de la nave.
Morrison miró hacia fuera ahora que se había restablecido la luz de la nave, lo que hacía su visión más dificultosa. Veía el brillo apagado habitual de las moléculas, grandes y pequeñas, que viajaban junto a ellos. Ahora que Dezhnev lo había mencionado, veía una irregular reflexión de la luz desde una línea que se extendía a través de la corriente, por delante de ellos, y luego a un lado, o detrás, o por debajo, a la velocidad de un tren expreso.
Indudablemente se trataba de fibras de colágeno, muy delgadas, que conservaban la forma irregular de la neurona y evitaban que se convirtiera en una masa vagamente esférica por la presión de su propia tensión de superficie. Si hubiera estado atento, lo habría observado mucho antes. Pensó que Dezhnev, como navegante, tenia que estar pendiente de todo y, en la situación sin precedentes en que la nave se encontraba, había carecido de guía, de instrucción, de experiencia para saber qué era lo que debía evitar, o buscar o estudiar. Era indiscutible que Dezhnev realizaba una tarea que lo había sometido a una tensión mucho mayor de lo que los otros habían supuesto.
En opinión de Morrison, a Dezhnev se le había tenido por el menos importante de los cinco, lo cual le parecía una injusticia.
Dezhnev se incorporó. Tenía un auricular conectado y explicó:
–Debería poder establecer contacto... ¿Están ahí? ¿Gruta? ¿Gruta...?
Sonrió.
–Sí. Por el momento estamos bien... Lo siento pero como les expliqué había que elegir entre comunicar o navegar... ¿Y ahí que tal están? ¿Cómo? Repita más despacio... Sí, me lo figuraba.
Se volvió a los demás.
–Camaradas –les dijo–, el académico Pyotr Leonovich Shapirov ha muerto. Hace unos trece minutos. Todas las constantes vitales cesaron y nuestra tarea ahora es abandonar el cuerpo.
XVII. SALIDA
Si fuera tan fácil salir de los apuros
como meterse en ellos... la vida
sería como una canción.
DEZHNEV, padre
Un silencio sombrío cayó sobre la nave.
Kaliinin hundió el rostro entre las manos, y pasado un buen rato rompió el silencio murmurando:
–¿Está seguro, Arkady?
Y Dezhnev, parpadeando para retener las lágrimas, dijo:
–¿Si estoy seguro? El hombre ha estado al borde la muerte durante semanas. La corriente celular, se hace lenta, la temperatura baja y la Gruta, que lo tiene conectado a todos los instrumentos jamás inventados, dice que ha muerto. ¿Cómo puedo no estar seguro?
–Pobre Shapirov, merecía una muerte mejor –suspiró Boranova.
–Podría haber aguantado una hora más –dijo Konev.
–No pudo elegir, Yuri –le reprendió Boranova ceñuda.
Morrison sintió un frío glacial. Hasta ahora había estado consciente de algunos glóbulos rojos, de un punto específico de la Región intercelular, del interior de una neurona. Su entorno se había circunscrito a lo inmediato.
Ahora miraba al exterior a través de las paredes de plástico transparente a lo que, por primera vez, le parecían capas espesas de materia A su escala actual, con la nave del tamaño de una molécula de glucosa y el mismo poco mayor que un átomo, el cuerpo de Shapirov se le antojaba mayor que el planeta Tierra.
Y allí estaba, enterrado en un objeto planetario de materia orgánica, muerta Le impaciento la pausa para llorarlo Ya tendrían tiempo después, pero entretanto... En un tono de voz que sonó tal vez un poco mas fuerte de lo que hubiera debido, pregunto:
–¿Y ahora como salimos?
Boranova lo miro sorprendida, con los ojos muy abiertos (estaba seguía de que en su pena por Shapirov había desterrado momentáneamente la idea de salir). Carraspeo e hizo un verdadero esfuerzo para actuar con su habitual ecuanimidad. Dijo:
–Para empezar, debemos desminiaturizarnos hasta cierto punto.
–¿Por que «para empezar»? ¿Por que no desminiaturizarnos del todo ahora mismo? –y como si quisiera anticiparse a la inevitable objeción– Dañaríamos el cuerpo de Shapirov, pero es un cuerpo muerto y nosotros todavía vivimos. Nuestras necesidades están primero.
Kaliinin lo miro con reproche:
–Incluso un cuerpo muerto merece respeto, Albert, especialmente el de un gran científico como el académico Pyotr Shapirov.
–Si, claro, pero no hasta el extremo de arriesgar cinco vidas –La impaciencia de Morrison iba en aumento. Shapirov era solamente alguien a quien había conocido de lejos por su reputación y periféricamente. Para Morrison no era el semidiós que parecía ser para los otros.
–Aparte de la cuestión del respeto –dijo Dezhnev – estamos encerrados en el cráneo de Shapirov. Si creciéramos hasta llenar el cráneo y después tratáramos de romperlo por efecto de nuestro campo de miniaturización, perderíamos demasiada energía y nos desminiaturizaríamos de forma explosiva. Antes que nada debemos buscar el medio de salir del cráneo.
–Albert tiene razón–asintió Boranova– Empecemos. Desminiaturizate a tamaño de célula Arkady, pida a la gente de la Gruta que determinen nuestra posición exacta Yuri, asegúrese de localizar exactamente nuestra posición en el cerebiográfo.
Morrison miro al exterior en dirección a la lejana membrana de la célula, un resplandor mas continuo y brillante, uno que resultaba visible a través del centelleo ocasional de las molécu-las intermedias. La primera indicación de desmimaturización fue el hecho de que las moléculas... encogieran. (Era la única palabra que se le ocurría a Morrison para describir lo que estaba viendo.)
Era como si aquellas cosas, curvadas e hinchadas que llenaban el espacio que los rodeaba, y que el cerebro de Morrison imaginaba más que veía, se encogieran. Para todo el mundo era balones que se iban desinflando hasta que lo que las rodeaba parecía relativamente uniforme.
Pero a la vez que el líquido circundante se alisaba, las grandes moléculas distantes, las proteínas, los ácidos nucleicos, las aún mayores estructuras celulares, se iban también encogiendo y al hacerlo se las podía contemplar mejor. Los destellos de luz que reflejaban estaban menos espaciados.
La membrana de la célula en sí, parecía acercarse y también se veía con mayor claridad. Se aproximaba más y más. La nave se encontraba, después de todo, en una estrecha dendrita que se proyectaba fuera del cuerpo de la célula, y si la nave iba a aumentar hasta alcanzar el tamaño de una célula, tendría que crecer mucho más que esta simple proyección.
Era obvio que la membrana iba a colisionar con la nave y Morrison, maquinalmente, apretó los dientes y se preparó para el impacto.
No hubo impacto. La membrana se fue acercando y después, sencillamente, se separó. Ya no estaba allí. Era una estructura demasiado delgada y débilmente unida, para soportar las consecuencias de verse integrada a la fuerza en un campo de miniaturización. Aunque la nave se desminiaturizaba hasta cierto punto, era todavía excesivamente pequeña, demasiado para el mundo normal que les rodeaba; y las moléculas de la membrana, al entrar en el campo y contraerse, perdían contacto entre si, de forma que la integridad del conjunto, desaparecía.
Morrison, a partir de entonces, lo observó todo fascinado. El entorno parecía caótico hasta que, a medida que los objetos iban empequeñeciéndose, comenzó a reconocer la jungla de colágeno intercelular que habían encontrado antes de meterse en la neurona. Esa jungla, a su vez, seguía encogiéndose hasta que los troncos y cables de colágeno no fueron más que filamentos.
–Basta ya –anunció Boranova–. Necesitamos meternos en Una pequeña vena.
–Esto es todo, en cualquier caso –refunfuñó Dezhnev–. Es muy poca la energía que nos queda.
–Pero seguramente durará hasta que podamos salir del cráneo.
–Esperémoslo –dijo Dezhnev–. No obstante, Natasha, no es usted más que el capitán de la nave, pero no lo es de las leyes de termodinámica.
Boranova sacudió la cabeza en son de reproche:
–Arkady, pídales que determinen nuestra posición... y no me sermonee.
–No creo que sea muy importante determinar nuestra posición –interrumpió Konev–. No puede ser sensiblemente diferente de lo que era cuando salimos del capilar. Nuestros movimientos desde entonces sólo nos han llevado a una neurona cercana y de ella a otra neurona próxima. La diferencia de situación, incluso a escala de microscopio normal es apenas perceptible.
Pasados unos minutos de espera, recibieron su posición y Konev exclamó:
–Como se lo dije.
–¿De qué nos sirve conocer la posición, Yuri? –preguntó Morrison–. No sabemos a dónde nos dirigimos y sólo podemos ir en una sola dirección. Ahora que hemos restablecido la comunicación, no podemos dirigir la nave.
–Bien, pues como sólo podemos ir en una dirección –observó Konev– vayamos en esa dirección. Estoy seguro de que el padre de Arkady tendría un dicho apropiado.
–Solía decir –se apresuró a responder Dezhnev–. «Cuando sólo queda un camino posible, no es difícil decidirse»
–¿Lo ven? Lo encontraremos no importa por dónde vayamos, y saldremos. Adelante, Arkady.
La nave avanzó, atropellando las ahora frágiles fibras de colágeno, aplastando una neurona y cortando por la mitad un axón. (Resultaba difícil creer que poco antes se encontraban dentro de uno de aquellos axones y que entonces les había parecido un camino de cien kilómetros de anchura.)
–Supongan que Shapirov estuviera todavía vivo cuando nos viéramos obligados a salir de su cuerpo –preguntó Morrison–. ¿Qué hubiéramos podido hacer?
–¿Qué quiere decir?
–Quiero decir, ¿qué otra alternativa habría? ¿No hubiésemos tenido que averiguar también nuestra posición? Y para hacerlo, ¿no hubiéramos tenido que establecer comunicación? Y una vez hecho, solamente hubiéramos podido movernos en dirección hacia adelante. ¿No hubiéramos tenido que desminiaturizarnos a fin de no tener que recorrer el equivalente de miles de kilómetros, en lugar del equivalente de unos pocos kilómetros? En resumen, para poder salir, ¿no hubiéramos debido abrirnos paso a través de las neuronas vivas de un Shapirov vivo, lo mismo que ahora nos abrimos camino a través de neuronas moribundas y muertas?
–Bien... sí –concedió Boranova.
–¿Dónde está pues el respeto por un cuerpo vivo? Después de todo, solamente dudamos en violar la integridad de un cuerpo muerto.
–Debe comprender, Albert, que ésta es una operación de emergencia con una nave inadecuada. No tenemos elección. Y, en cualquier caso, esto no es como su sugerencia de desminiaturizarnos completamente dentro del cerebro, reventando el cráneo y decapitando a Shapirov. En el camino actual, incluso si Shapirov estuviera vivo, destruiríamos una docena de neuronas posiblemente cien... y ello no empeoraría, notablemente, la condición de Shapirov. Las neuronas mueren constantemente a lo largo de la vida... como los glóbulos rojos.
–No del todo –observó Morrison sombrío–. Los glóbulos rojos se renuevan continuamente. Las neuronas jamás.
Konev interrumpió, alzando la voz como si estuviera impaciente por acabar con la charla ociosa de los demás:
–Arkady, pare. Necesitamos que vuelvan a determinar nuestra posición.
Otra vez se hizo un silencio de muerte dentro de la nave, que fue interminable... como si cualquier palabra interfiriera con las medidas que se tomaban en la Gruta o entorpeciera la concentración de quienes las tomaban. Por fin, Dezhnev, en un murmullo, transmitió las coordenadas a Konev, que dijo:
–Que se las confirmen, Arkady. Asegúrese de tenerlas bien.
Morrison se soltó. Seguía virtualmente sin masa, pero notaba claramente que tenía más que cuando maniobraban dentro de la célula. Se levantó cuidadosamente para poder ver el cerebrógrafo por encima del hombro de Konev.
Observó dos puntos rojos en él, con una fina línea roja que los conectaba. El mapa que mostraba la pantalla se condensó un poco y los dos puntos rojos se encogieron y se acercaron; después, volvió a desplegarse pero con una orientación diferente.
Los dedos de Konev se movieron sobre las teclas de la computadora y el mapa dobló su tamaño y se hizo ilegible. No obstante, Morrison sabía que Konev podía estudiarlo merced a un dispositivo que lo hacía estereoscópico, desplegando una tercera dimensión. Konev, dejó el dispositivo y explicó:
–Natalya, esta vez la suerte está de nuestra parte. Estemos donde estemos y en cualquier dirección que tomemos, tarde o temprano vamos a encontrar una vena pequeña. En este caso, va a ser temprano. No estamos lejos de ella y nos la tropezaremos de tal forma que podremos introducirnos en ella.
Morrison suspiró, interiormente aliviado, pero no pudo evitar comentar:
–¿Y qué habría hecho si la suerte nos hubiera deparado una vena lejana?
–Entonces, habría hecho que Dezhnev volviera a desconectarnos de la Gruta y nos hubiéramos dirigido a la más cercana.
Sin embargo, Dezhnev, se volvió para mirar a Morrison, le hizo una mueca de disconformidad y movió los labios: «Falta energía»
–Adelante, Arkady –ordenó Boranova– y llegue a la vena.
Pasados unos minutos, Dezhnev tuvo que admitir:
–El mapa de Yuri es perfecto, cosa por la que no hubiera apostado. Ahí está, frente a nosotros.
Morrison se encontró mirando una pared curvada que se proyectaba, borrosa, arriba y abajo y con sólo una vaga impresión de baldosas en ella. Si era una vena, no era muy diferente de un capilar. Morrison se preguntó inquieto, si la nave podría meterse en ella.
–¿Hay algún medio, Sofía –preguntó Boranova– de dar a la nave una carga eléctrica de un tipo que nos haga deslizar en la vena?
Kaliinin pareció dudosa y Morrison alzando la mano observó:
–No lo creo, Natalya. Las células individuales pueden no estar enteramente muertas, incluso ahora, pero es obvio que su organización interna ha sido destruida. No creo que ninguna célula del cuerpo pueda admitirnos como pinocitosis o cualquier otro medio.
–¿Qué hago entonces? –preguntó Dezhnev desolado–. ¿Forzar la entrada?
–Naturalmente –asintió Konev–. Apóyese en la pared de la vena. Una pequeña parte se miniaturizará, desintegrándose, y podrá entrar. No tendrá que utilizar demasiado sus motores.
–Ah, ha hablado el experto –rezongó Dezhnev–. La vena se miniaturizará y desintegrará a expensas de nuestro campo y eso requerirá, también, energía... mas energía que si forzára-mos la entrada.
–Arkady –lo amonestó Boranova–, no se enfade. No es el momento. Utilice los motores con moderación y aproveche la primera debilitación por miniaturización de la pared de la vena para atravesarla. Utilizando ambas técnicas consumirá menos energía que con una u otra por separado.
–Esperémoslo, pero decirlo no es hacerlo. Cuando yo era pequeño mi padre me dijo: «La vehemencia, hijo mío, no es garantía de verdad» Me lo dijo una vez que le juré con vehemencia que no había roto su pipa. Me preguntó si le había entendido. Dije que no y me lo explicó minuciosamente. Luego, me zurró.
–Bien, Arkady –dijo Boranova–, pero ahora métase dentro.
–No es como si fuera a provocar un derrame de sangre en el cerebro –comentó Konev–. Ocurre que la sangre ahora no fluye. Virtualmente nada va a derramarse.
–Ah, esto plantea un punto interesante –observó Dezhnev–. Normalmente una vez dentro de una vena, la corriente sanguínea nos llevaría en una dirección determinada. Si no corre la sangre debo utilizar mis motores... pero, ¿en qué dirección debemos ir?
–Una vez entremos por este punto –explicó Konev con calma– gire a la derecha. Así lo indica mi cerebrógrafo.
–¿Pero si no tengo corriente que me gire a la derecha, y entro en ángulo por la izquierda?
–Arkady, entrará en ángulo por la derecha. Mi cerebrógrafo también lo indica así. Métase a la fuerza, ¿quiere?
–Adelante, Arkady –lo animó Boranova–. No tenemos más opción que confiar en el cerebrógrafo de Yuri.
La nave avanzó y al tocar la pared de la vena con la proa, Morrison percibió la ligera vibración de los motores. Entonces, la pared simplemente cedió, se apartó en todas direcciones y la nave se encontró adentro.
Dezhnev detuvo los motores en el acto. La nave siguió avanzando pero cada vez más despacio; rebotó en la otra pared (siendo el contacto tan breve que no causó daño que Morrison pudiera apreciar) y se enderezó, con su extenso eje a lo largo del enorme túnel de la vena. La anchura de la nave era algo mayor que la mitad de la anchura del vaso sanguíneo.
–Bien –musitó Dezhnev–. ¿Vamos en buena dirección? Si no es así, no hay nada que hacer. No puedo retroceder. Nos queda poco margen en la vena para que Albert salga y nos dé la vuelta, y disponemos de insuficiente energía para miniaturizarnos algo más y hacer posible el giro completo.
–Está apuntando hacia la dirección correcta –le advirtió secamente Konev–. Siga moviéndose y no tardará en descubrirlo. La vena se hará más ancha a medida que avancemos.
–Ojalá sea así... Y si es así, ¿cuánto tenemos que viajar antes de poder salir del cuerpo?
–Todavía no lo sé. Tengo que seguir la vena en mi cerebrógrafo, consultar con los de la Gruta y arreglar la inserción de una aguja hipodérmica en la vena lo más cerca posible de donde estaremos cuando salgamos del interior del cráneo.
–¿Puedo decirles que no podemos seguir moviéndonos? Entre miniaturización y desminiaturización, conducir con escasa eficacia, entrar en capilares equivocados, y salir en busca de Albert cuando lo perdimos, hemos gastado muchísima más energía de lo que habíamos calculado. Disponíamos de más energía de la que creíamos necesitar pero, así y todo, la hemos gastado casi por completo.
–¿Quiere decir que no tenemos...? –preguntó Boranova.
–Casi. Vengo advirtiéndoselo desde hace rato. ¿No les he dicho, acaso que se nos estaba terminando?
–¿Cuánta nos queda? ¿Está diciendo que no tenemos bastante para salir del cráneo?
–Normalmente, tendríamos lo suficiente, incluso ahora. Si estuviéramos en una vena viva podríamos contar con que la corriente nos llevara. Pero no hay tal corriente. Shapirov ha muerto y su corazón no late. Esto quiere decir que tengo que circular por la corriente sanguínea con los motores en marcha y cuanto más se enfríe la corriente, más viscosa se volverá, los motores tendrán que trabajar más, y más rápidamente se nos agotará la provisión de energía.
–Sólo nos faltan unos pocos centímetros para llegar –dijo Konev.
Pero Dezhnev saltó furioso:
–¿Sólo unos pocos? ¿Menos que la anchura de mi palma? ¿De veras? Dado nuestro tamaño actual, tenemos kilómetros que recorrer.
–¿Deberíamos desminiaturizarnos más? –preguntó Morrison.
–No podemos. –La voz de Dezhnev sonó con fuerza–. No tenemos energía para hacerlo. La desminiaturización incontrolada no requiere energía. Pero la desminiaturización controlada sí. Mire, Albert, si salta desde una ventana alta, llegará al suelo sin esfuerzo. Pero si quiere sobrevivir a la prueba y desea que lo bajen despacio, colgado de una cuerda, hace falta un gran esfuerzo. ¿Lo ha entendido?
–Entendido.
Kaliinin alargó la mano hasta la suya, se la oprimió con suavidad y en voz baja le advirtió:
–No haga caso a Dezhnev. Protesta y refunfuña, pero nos llevará hasta allá.
–Arkady –observó Boranova–, si la vehemencia no es garantía de verdad, como acaba de decirnos, tampoco nos garantiza una cabeza despejada y una solución. Más bien lo contrario. Así que, ¿por qué no fuerza el paso a lo largo de la vena y quizá la energía nos dure hasta llegar a la hipodérmica?
Dezhnev se inclinó a comentar:
–Es lo que haré, pero si quieren que mantenga la cabeza despejada y fría, déjeme eliminar el calor.
La nave empezó a moverse y Morrison se dijo: Cada metro recorrido es un metro menos para llegar a la aguja hipodérmica.
No tenía mucho sentido como consuelo, no poder llegar a la aguja por poco, podía ser tan fatal como no llegar por mucho. Pero le sirvió para calmar los latidos de su corazón y le produjo una sensación de logro mientras veía cómo la pared iba quedando rápidamente atrás.
Los glóbulos rojos y las plaquetas parecían ahora más numerosas que cuando estuvieron en arterias y capilares, al llegar. Entonces había una corriente sanguínea, y sólo unos pocos objetos flotaban junto a ellos en el fluido. Ahora, los diversos cuerpos de formas variadas estaban casi inmóviles y la nave avanzaba por entre infinidad de ellos, aplastándolos a derecha e izquierda y dejándolos detrás, flotando a sacudidas.
Incluso pasaron junto a algún ocasional leucocito, grande, globular y en reposo. Pero ahora, no reaccionaban ante la presencia de un objeto extraño deslizándose por su lado. En un mo-mento dado, la nave chocó simplemente con un leucocito y lo dejó deshecho tras de sí. Konev observó:
–Estamos en el buen camino. La vena es ahora claramente más ancha que antes.
Y así era. Morrison lo había observado sin conseguir captar lo que significaba. Lo único en lo que se había concentrado era en moverse, simplemente. Experimentó una pequeña oleada de esperanza. Haber avanzado en dirección equivocada, habría terminado en desastre. La vena se hubiera estrechado y reventado, dejándolos a la deriva en plena materia gris con, quizás, escaso combustible para buscar y encontrar otra vena.
Konev estaba anotando algo que Dezhnev le dictaba. Asintió al fin, diciéndole:
–Pídales que le confirmen estos datos, Arkady... ¡Bien!
Volvió a dedicarse un rato a su cerebrógrafo y advirtió:
–Óiganme, ya conocen la vena donde estamos y van a insertar una aguja hipodérmica en un punto específico que ya he señalado en el cerebrógrafo. Lo alcanzaremos dentro de media hora o un poco menos... ¿Puede seguir adelante media hora más, Arkady?
–Probablemente un poco menos. Si el corazón latiera...
–Lo sé, pero no late... –asintió Konev y dirigiéndose a Natalya añadió–: ¿Puede pasarme todos los datos relativos a lo que haya captado del proceso del pensamiento de Shapirov? Voy a enviarlos, completos, a la Gruta.
–¿Lo dice por si no logramos salir?
–Exactamente. Este material es lo que vinimos a buscar y no hay razón para dejar que se pierda, en el caso de que no pudiéramos salir.
–Es la actitud apropiada, Yuri.
–Pero siempre y cuando –añadió Konev– los datos tengan algún valor.
Después, Konev se inclinó hacia Dezhnev y ambos a la vez empezaron a transmitir electrónicamente la información que habían recogido, computadora a computadora, de menor a mayor, desde el interior de una vena al mundo exterior.
Kaliinin seguía apretando la mano de Morrison, quizá tanto para animarse a sí misma como para animarlo a él, reflexionó Morrison. Y en voz baja le dijo:
–¿Qué va a ocurrir, Sofía, si se nos termina la energía antes de llegar a la aguja?
Ella alzó las cejas y respondió:
–Tendremos que mantenernos pasivos en donde estemos. La gente de la Gruta tratará de encontrarnos como sea.
–¿No nos desminiaturizaremos explosivamente tan pronto se acabe la energía?
–Oh, no. La miniaturización es un estado metastable. Recuerde que ya se lo explicamos. Nos quedaremos como estamos, indefinidamente. Eventualmente, en algún momento, ese posible seudomovimiento browniano de dilatación y contracción provocaría una desminiaturización espontánea, pero no ocurriría hasta... ¿Quién sabe?
–¿Años?
–Posiblemente.
–Pero eso sería fatal para nosotros –exclamó Morrison– Moriríamos asfixiados. Sin energía, no podremos reciclar nuestra provisión de oxígeno.
–Ya le he dicho que la gente de la Gruta tratará de alcanzar nos. Nuestras computadoras aún pueden trabajar e indicar nuestra posición para que nos localicen, corten la vena, entren y nos descubran, electrónicamente... o incluso visualmente.
–¿Cómo pueden descubrir una célula entre cincuenta trillones de ellas?
Kaliinin le dio unas palmadas en la mano:
–Es muy pesimista, Albert. Somos una célula perfectamente reconocible... y una que emite.
–Creo que me sentiría mejor si encontráramos ya la aguja hipodérmica y no tuviésemos que esperar a que nos encontrarán ellos.
–También yo. Me limito a señalarle que la falta de energía y el no encontrar la aguja, no es el final.
–¿Y si la encontramos?
–Entonces nos aspirarán y las fuentes de energía de la Gruta se dedicarán a la tarea de desminiaturizarnos.
–¿Y no pueden hacerlo ahora?
–Estamos demasiado rodeados por masas de material no miniaturizado y sería muy difícil enfocar el campo de desminiaturización con suficiente exactitud. Una vez estemos fuera y seamos visibles para ello, las condiciones serán enteramente diferentes.
En aquel momento se oyó preguntar a Dezhnev.
–¿Lo hemos transmitido todo, Yuri?
–Sí. Todo.
–Entonces mi deber es decirles que sólo me queda energía para continuar moviendo esta nave durante cinco minutos. Tal vez menos, pero de ningún modo más.
Morrison, con la mano de Kaliinin aún en la suya, apretó convulsivamente y la joven hizo una mueca.
–Perdón, Sofía, le dijo. –Y le soltó la mano que Sofía se frotó vigorosamente.
–¿Dónde estamos, Yuri? –preguntó Boranova–. ¿Podremos llegar a la aguja?
–Yo diría que sí. Más despacio, Arkady. Conserve la energía que le queda.
–No, créanme, a la velocidad actual paso a través de la sangre con relativamente poca turbulencia, gracias a la forma y a las características de la superficie de la nave. Si disminuyera la velocidad, habría más turbulencia y mayor gasto de energía.
–Pero no queremos pasarnos del punto de encuentro –advirtió Konev.
–No nos pasaremos. Cuando quiera que detenga los motores iremos despacio a la fuerza, debido a la viscosidad de la sangre. Al ir más despacio crecerá la turbulencia y esto nos frenará rápidamente, así que en pocos segundos estaremos inmovilizados. Si tuviéramos nuestra masa e inercia normales, la rápida detención nos aplastaría contra la proa de la nave.
–Pare, entonces, cuando se lo diga.
Morrison se había puesto de pie y miraba nuevamente por encima del hombro de Konev. Supuso que el cerebrógrafo estaba muy ampliado, tal vez al máximo. La delgada línea roja que indicaba y calculaba la ruta de la nave, era ahora gruesa y llevaba a un círculo verde que, supuso Morrison, debía representar la posición de la aguja hipodérmica.
Pero era un cálculo puramente supuesto y podía no ser demasiado fiel. Konev alternaba la mirada entre el cerebrógrafo y lo que veía ante sí.
–Debimos haber elegido una arteria –exclamó Morrison de pronto–. Están vacías después de la muerte. No hubiéramos tenido que gastar energía por culpa de la viscosidad o las turbulencias.
–Idea equivocada –cortó Konev–. La nave no puede moverse en el aire –pudo haber seguido hablando, pero en aquel punto se envaró y chilló–: ¡Pare, Arkady! ¡Pare!
Dezhnev apretó un botón con fuerza con la palma de la mano. Luego tiró hacia dentro y Morrison se sintió levemente empujado hacia adelante al detener suavemente la nave. Konev señaló con el dedo. Se veía un gran círculo resplandeciente de luz naranja. Dijo:
–Han utilizado métodos de fibra óptica para asegurarse de que la punta brillara. Dijeron que no pasaría inadvertida.
–Pero la hemos pasado –masculló Morrison–. La vemos pero no estamos allí. Para entrar tenemos que girar, y esto significa que Dezhnev tendrá que desconectarnos de nuevo.
–No hace falta –anunció Dezhnev–. Tengo suficiente energía en los motores para otros cuarenta y cinco segundos mas, creo, pero carezco de la suficiente para volver a ponernos en marcha. En este momento estamos detenidos en medio del líquido y no podemos volver a movernos.
–¿Entonces? –Morrison comenzó lo que parecía casi un llanto.
–Entonces –aclaró Konev– hay otro tipo de movimiento que sí es posible. Esa aguja hipodérmica tiene inteligencia en su punta. Arkady, pídales que la metan un poco más, pero despacio.
El círculo color naranja aumentó poco a poco, hasta hacerse ligeramente elíptico.
–Nos perderá –gimió Morrison.
Konev ni le contestó, sino que se inclinó hacia Arkady para hablar directamente por el transmisor. La elipse anaranjada se hizo por un instante, marcadamente más larga, pero el efecto cesó después de una orden gritada por Konev. Luego de eso se volvió casi circular. La aguja estaba muy cerca y les apuntaba.
Y de repente hubo un movimiento en todas partes. Los tenues perfiles de los glóbulos rojos y de alguna que otra plaqueta se movieron y convergieron dentro del círculo. Y la nave también.
Morrison miró a su alrededor y hacia arriba cuando el círculo naranja pasó limpiamente por ambos lados, luego quedó detrás de la nave, se encogió rápidamente y desapareció. Konev, sombrío pero satisfecho, les dijo:
–Nos han aspirado. A partir de ahora nos quedaremos sentados tranquilamente. Ellos se ocuparán de todo.
Ahora Morrison se esforzaba por no pensar, por cerrar su mente. O lo devolverían a su mundo, a la normalidad, a la realidad, o moriría en un microparpadeo y el resto del Universo seguiría sin él... como lo haría en todo caso, dentro de veinte, o treinta, o cuarenta años.
Cerró con fuerza los ojos y trató de no reaccionar a nada, ni siquiera a los latidos de su corazón. En un momento dado sintió un leve roce en su mano izquierda. Tenía que ser Kaliinin. Retiró la mano... no bruscamente como rechazándola, sino despacio, como si quisiera decir: «Ahora no»
Después oyó decir a Boranova:
–Pídales, Arkadi, que evacuen la sección C y que coloquen controles a larga distancia. Si nos vamos, para qué arrastrar a nadie con nosotros.
Morrison se preguntó si la Sección C sería realmente evacuada. Él evacuaría si se le ordenaba hacerlo, incluso si no se le ordenaba, pero podría haber de esos lunáticos ansiosos de estar en el lugar donde la primera expedición a un cuerpo viviente regresaba sana y salva... Así podrían contárselo a sus nietos, suponía.
Qué ocurriría con esa gente, pensó, si terminaban no teniendo nietos... si morían demasiado jóvenes para conocerlos... si sus hijos decidían no tener hijos nunca... si los...
Por momentos notaba que deliberadamente se sumía en tonterías y trivialidades. Uno no puede realmente no pensar en nada, especialmente si ha dedicado su vida entera a pensar. Pero sí puede pensar en algo que no tenga la menor importancia. Después de todo, hay infinitamente más pensamientos sin importancia que importantes, triviales más que vitales, insensatos más que sensatos, y que...
Quizá se quedó dormido... Recordando después, tuvo la seguridad de que sí. No hubiera creído posible ser tan frío, pero no se trataba de sangre fría, era agotamiento, era alivio de la tensión, la sensación de que otro tomaba las decisiones, de que podía por fin relajarse del todo. O quizás (aunque no quería admitirlo) había sido demasiado para él y, sencillamente, se había desmayado.
Otra vez notó el roce de su mano izquierda y esta vez no la apartó. Se movió y al abrir los ojos vio que lo que parecía iluminación normal... demasiado normal... le hería los ojos; parpadeó rápidamente y se le llenaron de lágrimas. Kaliinin lo estaba mirando:
–¡Despierte, Albert!
Se secó los ojos, y empezó a hacer la interpretación natural de lo que la rodeaba. Preguntó:
–¿Hemos vuelto ya?
–Hemos vuelto. Todo está bien. Estamos a salvo y esperándolo. Es el que está más cerca de la puerta.
Morrison miró hacia atrás en dirección a la puerta abierta y trató de ponerse en pie; se levantó unos centímetros y se dejó caer.
–Peso mucho.
–En efecto –observó Kaliinin–. Yo misma me siento como un elefante. Levántese despacio, le ayudaré.
–No. No. Está bien. –La apartó. La habitación estaba llena de gente. Su visión era ahora más clara hasta el punto de que podía ver a la multitud. Todos esos rostros, mirándolo, sonriéndole, observándolo. No los quería allí... ciudadanos soviéticos todos ellos... para contemplar al único americano ayudado a incorporarse por una joven soviética.
Despacio, como si estuviese borracho, pero sin ayuda de nadie, se puso de pie, se acercó de lado a la puerta y con sumo cuidado bajó unos peldaños. Media docena de pares de brazos se tendieron para ayudarlo, sin tener en cuenta para nada sus protestas:
–Estoy bien. No necesito que me ayuden.
De pronto dijo bruscamente:
–Esperen.
–¿Qué le pasa, Albert? –preguntó Kaliinin.
–Quiero echar una última mirada a la nave porque espero no volver a verla nunca más... ni de lejos, ni en películas, ni en ningún tipo de reproducción.
Volvía a encontrarse en tierra firme. Los otros lo seguían. Y Morrison vio, aliviado, que a cada uno de ellos se le ayudaba a bajar.
Hubieran debido celebrarlo al instante, pero Boranova, claramente despeinada y muy distinta de su habitual aspecto tranquilo y refinado, habida cuenta de que seguía vestida con su mono de algodón el cual cubría muy poco de las líneas maduras de su cuerpo, se adelantó y dijo:
–Compañeros de trabajo, estoy segura de que habrá ceremonias apropiadas y tiempo suficiente para celebrar este fantástico viaje nuestro, pero por favor, no estamos en condiciones de unirnos a ustedes ahora. Debemos descansar y recuperarnos de una horas arduas, por lo que solicitamos su comprensión.
Fueron acompañados por un griterío alborotado y brazos que se agitaban. Sólo Dezhnev tuvo la presencia de ánimo suficiente para aceptar un vaso que le ofrecieron y que estaba lleno de algo que lo mismo podía ser agua que vodka; Morrison no tuvo la menor duda acerca de cuál de las dos alternativas era, de hecho, la correcta: la enorme sonrisa en la cara sudorosa de Dezhnev mientras bebía, lo confirmaba.
–¿Cuánto tiempo hemos pasado en la nave? –preguntó Morrison a Kaliinin.
–Creo que algo más de once horas.
–A mí me han parecido once años.
–Ya lo sé –observó sonriente–, pero los relojes no tienen imaginación.
–¿Es uno de los aforismos de Dezhnev padre, Sofía?
–No. Éste es mío.
–Lo que yo quiero –dijo Morrison– es un cuarto de baño, y una ducha, y ropa limpia; una buena cena y la oportunidad de gritar y chillar y dormir toda la noche. Por este orden y especialmente comenzando por el baño.
–Lo tendrá todo –le aseguró Kaliinin–, lo mismo que nosotros.
Así fue, y Morrison consideró la cena especialmente satisfactoria. Durante toda la estadía en la nave, la tensión había conseguido suprimir su apetito, que en realidad había quedado aplazado. Ahora que se sentía completamente a salvo, realmente cómodo, y verdaderamente vestido, el hambre le roía las entrañas.
El plato principal de la cena fue una oca asada de gran tamaño, que Dezhnev trichó diciendo:
–Sean moderados, amigos míos, porque como solía decir mi padre: «Comer mucho mata más de prisa que comer poco»
Una vez lo hubo dicho se sirvió una ración mayor que las de los demás.
El único extraño de los presentes, era un hombre muy alto y rubio que fue presentado como el comandante militar de la Gruta, algo que saltaba a la vista, puesto que iba de uniforme de gala y cubierto de condecoraciones. Los demás se mostraban extraordinariamente correctos con él y a la vez, extraordinariamente incómodos.
Durante toda la comida Morrison sintió renacer la tensión. El comandante lo miraba con frecuencia, gravemente, sin sonreír, pero no se dirigió a él directamente. Debido a la presencia del comandante no pudo formular la pregunta importante y después; cuando al fin pudo hacerlo, descubrió que tenía mucho sueño. No habría podido discutirla debidamente en caso de que hubiera habido complicaciones.
Cuando finalmente consiguió echarse en la cama, su último pensamiento semiconsciente, fue que habría complicaciones.
El desayuno se sirvió tarde y Morrison descubrió que era sólo para dos. Únicamente Boranova se reunió con él.
Se sintió algo decepcionado porque había contado con la presencia de Kaliinin, pero al ver que no aparecía, decidió no preguntar por ella. Había otras cosas que debía preguntar.
Boranova parecía cansada, como si no hubiera dormido lo suficiente, aunque también parecía feliz. O quizás (pensó Morrison) «feliz» fuera una palabra excesiva. Más bien, satisfecha.
–He tenido una conversación con el comandante –le dijo– anoche, y celebramos una llamada doble, por vídeo, con Moscú. Cuidadosamente resguardada. El propio camarada Raschin habló conmigo y se mostró altamente satisfecho. No es un hombre demostrativo pero me dijo que había estado todo el tiempo al tanto de los acontecimientos, y que ayer, durante el intervalo en que no tuvimos comunicación con el mundo exterior, le había sido imposible comer o hacer nada, excepto pasear arriba y abajo. Tal vez fuera una exageración; incluso me dijo que había llorado de alegría al enterarse de que estábamos todos a salvo, y eso tal vez sea verdad. Los hombres poco demostrativos pueden emocionarse cuando se rompe la represa.
–Parece estupendo para usted, Natalya.
–Para todo el proyecto. Comprenda que, de acuerdo con el plan de tanteo bajo el que trabajamos, no era de esperar que iniciáramos un viaje al cuerpo humano por lo menos antes de cinco años. Realizado con una nave absolutamente inadecuada y haber salido de todo ello con vida se considera un enorme triunfo. Incluso la burocracia de Moscú comprendió la emergencia que nos hizo esforzarnos.
–Dudo de que realmente consiguiéramos lo que fuimos a buscar.
–¿Se refiere a los pensamientos de Shapirov? Éste era, naturalmente, el sueño de Yuri. En general fue una suerte que nos convenciera de seguir aquel sueño. De otro modo jamás se hubiera intentado el viaje. Tampoco el fracaso del viaje disminuye nuestra hazaña. Si no hubiéramos regresado con vida, se habría criticado mucho nuestra insensatez al intentarlo. No obstante, ahora somos los primeros en haber penetrado en un cuerpo humano vivo y haber regresado con vida... un logro soviético que quedará para siempre en la Historia. No habrá ninguna otra hazaña no soviética del mismo tipo en muchos años y nuestra jefatura lo comprende bien y está muy satisfecha. Se nos ha asegurado el dinero necesario para nuestras necesidades por un tiempo considerable, siempre y cuando, me imagino, podamos producir alguna otra hazaña espectacular de vez en cuando.
Sonrió abiertamente al contárselo, y Morrison asintió sonriendo cortésmente. Empezó a cortar la tortilla de jamón que había pedido y de pronto preguntó:
–¿Habría sido diplomático insistir en que un americano formaba parte de la tripulación? ¿Se me mencionó?
–Vamos, Albert, ¡no piense tan mal de nosotros! Su hazaña al girar la nave a mano, arriesgando la vida, fue insistentemente mencionada.
–¿Y la muerte de Shapirov? No se nos imputará a nosotros, espero.
–Está entendido que fue inevitable. Es sobradamente sabido que se le mantuvo con vida todo lo que se pudo por medios médicos muy avanzados, solamente. Dudo de que se mencione extensamente en los documentos oficiales.
–En todo caso, la pesadilla ha terminado.
–¿La pesadilla? Vamos, dentro de uno o dos meses le parecerá un episodio excitante que le encantará haber experimentado.
–Lo dudo.
–Ya lo verá. Si vive para ser testigo de otros viajes parecidos, le gustará poder decir: «Ah, sí, pero yo estuve en el primero» y no se cansará nunca de contar la historia a sus nietos.
Éste era el pie que necesitaba, pensó Morrison. En voz alta dijo:
–Veo que asume que algún día veré a mis nietos. ¿Qué pasará conmigo una vez terminemos el desayuno, Natalya?
–Saldrá de la Gruta y volverá al hotel.
–No, no, Natalya. Quiero mucho más. ¿Qué seguirá a eso? Le advierto que si el proyecto de miniaturización se hace público y hay una parada en la Plaza Roja, yo no pienso tomar parte.
–No va a haber paradas de ningún tipo, Albert. Todavía falta mucho para que se haga público, aunque estamos más cerca de ello de lo que estábamos anteayer.
–Déjeme que se lo diga de otro modo. Quiero regresar a los Estados Unidos. Ya.
–Tan pronto como sea posible, por supuesto. Me imagino que habrá presión por parte de su Gobierno.
–Así lo espero –comentó secamente Morrison.
–No habrían estado dispuestos a que lo devolviéramos antes de que tuviera ocasión de ayudarnos –lo miró con severidad– o, desde su punto de vista, espiarnos. Pero ahora que ya ha hecho su papel, y tengo la seguridad de que de algún modo se enterarán, van a reclamarlo.
–Y usted me devolverá. Me lo prometió una y varias veces.
–Mantendremos nuestra promesa.
–No tiene por qué pensar que los he espiado. No he visto nada que no me hayan dejado ver.
–Lo sé. Pero, cuando regrese a su país, ¿se imagina que no va a ser exhaustivamente interrogado sobre lo que ha visto?
Morrison se encogió de hombros.
–Ésta fue la consecuencia que debió aceptar claramente cuando me trajo aquí.
–En efecto, y esto no va a impedirnos devolverlo. Es cierto que no podrá contar a su gente nada que ya no sepan. Meten sus narices en nuestros asuntos, cuidadosa y hábilmente...
–Como su gente las mete en los nuestros... –cortó Morrison indignado.
–Indudablemente –y Boranova hizo un gesto negligente con la mano–. Claro que podrá contarles nuestro éxito, pero no nos importa realmente que lo sepan. Hasta hoy, los americanos insisten en creer que la ciencia y la tecnología soviética son de segunda clase. Nos vendrá bien esta lección. Pero, una cosa...
–¿Sí?
–No es gran cosa, sino una mentira. No debe decir que lo trajimos a la fuerza. En cualquier mención pública de este hecho, debe decir... si se plantea la cuestión... que vino voluntaria-mente a fin de probar sus teorías en condiciones que no eran posibles para usted en ninguna otra parte del mundo. Es algo absolutamente plausible. ¿Quién lo pondría en duda?
–Mi Gobierno está enterado.
–Sí, pero también ellos insistirán para que mienta. Están tan poco deseosos como nosotros de sumir al mundo en una crisis por esta causa. Aparte del hecho de que una crisis entre Estados Unidos y la Unión Soviética pondría al resto del mundo en contra de ambos. En estos llamados los buenos nuevos días, los Estados Unidos no querrán admitir que dejaron que le cogiéramos, como nosotros que lo habíamos raptado. Venga, Albert, es muy poca cosa lo que le pido.
–Si me devuelve ahora, como dice que va a hacer –suspiró Morrison–, me callaré sobre la pequeñez de ser secuestrado.
–Emplea el condicional «si» –Boranova parecía disgustada–. Es obvio que le cuesta creer que soy una persona de honor. ¿Por qué? Porque soy soviética. Dos generaciones de paz, dos generaciones de llevarnos bien, y pese a todo, persiste la vieja costumbre. ¿Es que no habrá nunca esperanza para la Humanidad?
–Nuevos días buenos o no, sigue sin gustarnos su sistema de gobierno.
–¿Quién le da derecho a juzgarnos? Tampoco el vuestro nos gusta. Pero no importa. Si empezamos ahora a pelearnos, vamos a estropear lo que para usted debería ser un día feliz... y lo que para mí es un día feliz.
–Está bien. No peleemos.
–Entonces despidámonos ahora. Albert. Algún día volveremos a encontrarnos, estoy segura, en circunstancias más normales –le tendió la mano y él se la cogió–. He pedido a Sofía que lo acompañe de vuelta al hotel y que haga lo necesario para su marcha. Espero, que no le parezca mal.
Morrison le estrechó fuertemente la mano.
–No. Sofía me gusta mucho.
–No sé cómo me lo pareció –y Boranova le sonrió.
Era un día feliz para Boranova y su cansancio no le impidió disfrutarlo.
¡Cansancio! ¿Cuántos días de descanso, cuántas noches de sueño, cuánto tiempo en casa de Nikolai y Aleksandr, necesitaría para remediarlo?
Pero se había quedado sola ahora y por cierto espacio de tiempo no tendría nada que hacer. ¡Aprovecha el momento!
Boranova se tumbó cómodamente en el sofá de su despacho y se abandonó a una curiosa mezcla de pensamientos... una felicitación de Moscú seguida de un ascenso, todo ello mezclado con unos días en las playas de Crimea con su marido y su hijo. Casi le pareció real al quedarse dormida soñar que perseguía al pequeño Aleksandr mientras éste chapoteaba en las aguas frías del mar negro, con una absoluta falta de preocupación por la posibilidad de ahogarse. Llevaba un tambor en las manos y lo golpeaba con fuerza para llamarle la atención, pero él se obstinaba en no hacerle caso.
Pero la visión se deshizo y el redoble de tambor se convirtió en unos golpes en su puerta.
Se incorporó con esfuerzo, se alisó la blusa que llevaba y se dirigió, preocupada hacia la puerta. Su preocupación se transformó en rabia cuando al abrirla encontró a Konev, ceñudo y sombrío, con el puño levantado para seguir aporreando.
–¿Qué significa esto, Yuri? –preguntó indignada–. ¿Es esta la forma de anunciarse? Hay señales de llamada.
–Que nadie contestó, aunque yo sabía que estaba dentro.
Boranova le indicó que pasara con un gesto de cabeza. No estaba ansiosa por verlo y su aspecto no resultaba agradable.
–¿Es que no ha dormido? Tiene un aspecto fatal.
–No he tenido tiempo. He estado trabajando.
–¿En qué?
–¿En qué se figura, Natalya? En los datos que obtuvimos ayer en el cerebro.
Boranova sintió que se le pasaba el enfado. Después de todo, esto había sido el sueño de Konev. El éxito de la supervivencia había sido grato para todos, excepto para Konev. Sólo él lamentaba el fracaso.
–Siéntese, Yuri –le dijo–. Trate de aceptarlo. El análisis del pensamiento no funcionó... no podía ser de otro modo. Shapirov estaba casi muerto incluso al embarcar, estaba a punto de morir.
Konev miró a Boranova sin verla, como totalmente desinteresado de sus palabras y le espetó:
–¿Dónde está Albert Morrison?
–Es inútil acosarlo, Yuri. Hizo lo que pudo, pero el cerebro de Shapirov era un cerebro moribundo. Créame. Era un cerebro muerto.
Volvió otra vez a mirarla distraído:
–¿De qué me está hablando, Natalya?
–De los datos que obtuvimos. Los supuestos datos por los que usted se peleaba. No lo piense más. El viaje ha sido un éxito maravilloso incluso sin ellos.
–¿Un éxito maravilloso sin ellos? No sabe lo que está diciendo. ¿Dónde está Morrison?
–Se ha ido, Yuri. Ha terminado. Está camino de vuelta a los Estados Unidos. Tal como se lo prometimos.
–¡Pero eso es imposible! –Konev exclamó con ojos desorbitados–. No puede marcharse. No debe marcharse.
–Óigame, ¿de qué me está usted hablando?
Konev se levantó.
–Revisé los datos, estúpida, y es todo evidente. Debemos retener a Morrison. Debemos retenerlo a toda costa.
El rostro de Boranova se enrojeció.
–¿Cómo se atreve a insultarme, Yuri? Explíquese al instante o le haré suspender del proyecto. ¿Qué es esta nueva y loca fijación suya contra Morrison?
Konev alzó los brazos, como impulsado por un abrumador deseo de golpear algo, sin tener delante nada que golpear. Dijo con dificultad:
–Lo siento, lo siento. Retiro el calificativo. Pero debe comprenderme. Durante toda nuestra permanencia en el cerebro... todo el tiempo tratamos de captar los pensamientos de Shapi-rov... y todo el tiempo Albert Morrison nos mintió. Sabía lo que estaba ocurriendo. Debía saberlo y todo el tiempo nos llevó en la dirección equivocada. Debemos apoderamos de él, Natalya, y debemos apoderarnos de su aparato. No debemos dejar que se marche. Jamás.
XVIII. ¿REGRESO?
El problema con el triunfo es que
uno puede estar del otro lado.
DEZHNEV, padre
Morrison se esforzaba por controlar sus sentimientos. Su exaltación era natural. Volvía a casa. Volvería a ser libre. Iba a estar a salvo. Mucho más que esto, iba a...
Pero aún no se atrevía a pensar en ese pequeño punto culminante. Yuri Konev era terriblemente inteligente y suspicaz. Los pensamientos de Morrison, si Konev se concentraba en ellos, podrían reflejarse de algún modo a través de la expresión de su rostro.
¿O estaban jugando con él? Ésta era la otra cara de la moneda. ¿Se proponían destrozar su espíritu y utilizarlo en beneficio propio? Era un viejo truco despertar esperanzas y luego aplastarlas. Era mucho peor que no tenerlas en ningún momento.
¿Sería capaz Natalya Boranova de semejante cosa? No había vacilado en llevárselo a la fuerza, al ver que no quería ir voluntariamente, ni en amenazarlo con destruir para siempre su reputación para meterlo en la nave. ¿Hasta dónde podía llegar? ¿No se detendría ante nada?
El corazón le dio un salto de marcado alivio cuando apareció Sofía Kaliinin. Seguro que ella no tomaría parte en aquel engaño. Y lo creyó más cuando la vio sonreírle, con un aspecto más feliz de lo que había visto en ella hasta entonces. Le cogió la mano y la pasó bajo su brazo.
–Se va a ir a casa ahora. Me alegro por usted –le dijo, y Morrison no pudo creer que aquellas palabras, su tono, su expresión, formaran parte de un cuidadoso engaño. No obstante, comentó cautamente:
–Espero irme a casa.
–Sí, lo hará. –Y añadió–: ¿Ha volado alguna vez en un rasador?
Por un momento, Morrison topó con la palabra rusa, luego lo tradujo al inglés:
–¿Quiere decir un VES? ¿Un volador de energía solar?
–Éste es de diseño soviético. Mucho mejor. Tiene motores ligeros. No siempre puede confiarse en el sol.
–¿Pero, por qué un rasador? –Se dirigían a buen paso al pasaje que iba a conducirlos fuera de la Gruta.
–¿Por qué no? –preguntó–. Estaremos en Malenkigrad en un cuarto de hora, y puesto que nunca ha volado en un rasador soviético, le encantará. Será otra forma de celebrar su regreso.
–La altura me pone un poco nervioso. ¿Será seguro?
–Absolutamente. Además, no he podido resistirme a la tentación. Ahora estamos en una situación maravillosa, y no sé cuánto durará. Conseguimos todo cuanto queremos... de momento. He dicho «Lo que necesitamos es un rasador» y sonrieron ampliamente y dijeron: «Naturalmente, doctora Kaliinin. La estará esperando» Anteayer hubiera tenido que rellenar un impreso simplemente para conseguir un plato de borscht. Hoy, soy una heroína de la Unión Soviética... aunque todavía no oficialmente. Lo somos todos. Usted también, Albert.
–Confío en que no esperen que me quede para las ceremonias oficiales –insistió Morrison todavía cauto.
–Las ceremonias oficiales quedarán confinadas a la Gruta, naturalmente, y no serán complicadas. Su diploma le será enviado. Quizá nuestro embajador pueda entregárselo en una discreta ceremonia, en Washington.
–No es necesario. Agradecería el honor, pero prefiero recibirlo por correo.
Habían entrado en un corredor que Morrison desconocía y Luego caminaron tanto que se preguntó adonde irían. Preocupación innecesaria –se dijo Morrison– al salir a un pequeño aeropuerto.
No se podía confundir el rasador. Tenía alas de gran envergadura, relucientes por la capa de células fotovoltaicas que recubrían toda su superficie, muy parecido al VES americano. Los aviones americanos, no obstante, sólo dependían de los paneles solares. Vio que el rasador tenía pequeños rotores, sin duda de gasolina, como auxiliares. Kaliinin podía presentarlo como una mejora soviética, pero Morrison sospechaba que las células fo-tovoltaicas soviéticas no debían ser tan eficientes como las americanas.
Un mecánico esperaba junto al aparato y Kaliinin se le acercó con paso decidido y confiado. Preguntó:
–¿Qué tal ha volado?
–Como en un sueño –contestó el mecánico.
Le sonrió asintiendo, pero cuando él se alejó murmuró en voz muy baja a Morrison:
–Prefiero probarlo, naturalmente. He visto sueños transformados en pesadillas.
Morrison estudió el rasador con una mezcla de interés y de aprensión. Parecía el esqueleto de un avión más delgado y largo de lo normal. La carlinga era pequeña, como una pompa de jabón bajo la inmensa superficie de las alas y la larga extensión trasera de la delgada estructura.
Kaliinin tuvo que doblarse para poder entrar. Morrison la vio manipulando los controles. Luego de lo que pareció un tiempo interminable, lo sacó a la pista, lo giró y regresó. Levantó los rotores y los dejó moverse despacio. Finalmente lo cerró todo y bajó.
–Funciona perfectamente. La provisión de combustible es adecuada y el sol brilla. No puede pedirse más.
Morrison asintió y miró a su alrededor:
–Puede pedirse un piloto. ¿Dónde está?
–¿Que dónde está? –preguntó glacial–. ¿Tiene el sexo algo que ver con la tarea? Yo piloto mi propio rasador.
–¿Usted? –exclamó Morrison automáticamente.
–Sí, yo. ¿Por qué no? Tengo mi título y soy piloto de primera. ¡Suba!
–Perdóneme –tartamudeó Morrison–. Yo... casi nunca vuelo y pilotar algo por el aire, es para mí algo místico. Supuse que un piloto no hacía otra cosa que pilotar y que si hacía otra cosa, no podía ser un piloto. ¿Sabe lo que quiero decir?
–Ni siquiera voy a intentar imaginarlo, Albert. Entre.
Morrison se encaramó, siguiendo sus directrices y esforzándose por no dañarse la cabeza con cualquier parte del rasador... o quizá dañar el rasador mismo. Ocupó su asiento, mirando horrorizado los lados descubiertos del aparato, sobre todo el que tenía a su derecha:
–¿No hay ninguna puerta que cerrar?
–¿Y para qué quiere una puerta cerrada? Estropearía la maravillosa sensación de vuelo. Sujétese el cinturón y estará seguro. Venga, le enseñaré cómo hacerlo. ¿Está listo ya? –Estaba sentada a su lado, satisfecha de sí, confiada. Estaban muy cerca el uno del otro y su contacto, por lo menos, tranquilizó a Morrison.
–Estoy resignado. Es lo más cercano a estar dispuesto.
–No sea tonto. Le va a encantar. Utilizaremos los motores para elevarnos.
–Oyó un zumbido estridente y el latir del pequeño motor y un golpeteo rítmico al empezar a girar los rotores. Lentamente, el rasador se elevó y, también lentamente, comenzó a girar. Se inclinó a un lado mientras lo hacía y Morrison se encontró proyectado sobre el costado abierto retenido precariamente por el cinturón que lo sujetaba. Logró vencer el impulso de echar los brazos alrededor de Kaliinin no en actitud erótica sino buscando seguridad.
El rasador se enderezó y Kaliinin dijo:
–Fíjese ahora. –Apagó el motor y tocó un botón que en cirílico decía SOLAR. La pulsación cesó. Los rotores fueron deteniéndose cuando la hélice delantera comenzó a girar. El rasador avanzó hacia delante, despacio y casi silenciosamente.
–Oiga el silencio –murmuró Kaliinin–. Es como deslizarse sobre nada.
Morrison, inquieto, miró hacia abajo. Kaliinin lo tranquilizó:
–No nos caeremos. Incluso si una nube tapara el sol o por algún fallo del circuito las células fotovoltaicas dejaran de funcionar, hay suficiente energía acumulada para llevarnos, a través de kilómetros si fuera necesario, a un aterrizaje seguro. No creo que pudiera estrellar el aparato aunque me lo propusiera. El único peligro real sería un fuerte viento, y de momento no hay nada de esto.
Morrison tragó saliva y dijo:
–El movimiento es suave.
–Naturalmente. No volamos más aprisa de lo que correría un automóvil y la sensación es más agradable. Me encanta. Trate de relajarse y mire el cielo. No hay nada más plácido que un rasador.
–¿Desde cuándo hace esto?
–Cuando tenía veinticuatro años saqué mi licencia de piloto. Y también Yu... y también él. Pasamos muchas tranquilas tardes de verano en el aire, en un rasador como éste. Una vez tuvimos un rasador de competición cada uno de nosotros y dibujábamos corazones en el aire... –Su rostro se contrajo ligeramente al decirlo y Morrison pensó que había pedido un rasador para el corto trayecto hasta Malenkigrad, sólo para revivir momentáneamente los recuerdos y no por otra razón.
–Debía ser peligroso –observó.
–No... si se sabe lo que se hace. Una vez pasamos rasando por el pie de las colinas del Cáucaso y aquello sí podía ser peligroso. Una ráfaga de viento puede fácilmente estrellarte contra una colina y no tendría la menor gracia; pero éramos jóvenes y despreocupados... aunque todo sería mejor si aquello no hubiera ocurrido.
Su voz se fue apagando y su rostro se ensombreció, pero de pronto un pensamiento interior iluminó su rostro y la hizo sonreír.
Morrison volvió a sentir desconfianza. ¿Por qué la idea de Konev parecía hacerla tan feliz, cuando no podía soportar mirarlo cuando estuvieron juntos a bordo de la nave miniaturizada?
–No parece molestarle hablar de él, Sofía –y, deliberadamente, pronunció la palabra prohibida–. Me refiero a Yuri. Incluso parece hacerla feliz. ¿Por qué?
Y Kaliinin contestó entre dientes:
–No son los recuerdos sentimentales los que me hacen feliz, se lo aseguro, Albert. Ira, frustración y un corazón destrozado, pueden volver feroz a una persona. Yo deseo vengarme, y soy lo bastante mezquina, bueno, lo bastante humana, para disfrutar de la venganza cuando se me ofrece.
–¿Venganza? No lo comprendo.
–Es muy sencillo, Albert. Me privó del amor y a mi hija la privó de un padre, cuando yo no podía devolver el golpe. Esto no le importó lo más mínimo mientras consiguiera su sueño de llevar la miniaturización a un consumo de baja energía a fin de poder ser, de golpe, el científico más famoso del mundo... o de la Historia.
–Pero fracasó. No obtuvimos la información necesaria sobre el cerebro de Shapirov. Usted sabe que no fue así.
–Ah, pero es que usted no lo conoce. Nunca abandona; lo empujan las Furias. Yo lo he visto, de refilón, mirándolo a usted, después de terminar el viaje al cuerpo de Shapirov. Conozco bien sus miradas, Albert. Puedo interpretar sus pensamientos incluso por un parpadeo. Cree que usted posee la respuesta.
–¿De lo que había en la mente de Shapirov? ¿Cómo podría?
–No importa lo que usted pudiera o no pudiera, Albert. Él piensa que sí, y lo quiere a usted y a su máquina con un afán superior a cuanto ha sentido en su vida; mucho más de lo que me quería a mí o a su hija. Y yo lo estoy llevando lejos de él, Albert. Lo he sacado de la Gruta con mis propias manos y lo vigilaré hasta que salga hacia su país. Y lo veré a él desesperado hasta la muerte de ambición frustrada.
Morrison la miró asombrado mientras el rasador avanzaba en respuesta a la firmeza pétrea de su mano en los controles. No hubiera creído jamás que Kaliinin pudiera ser capaz de exhibir una expresión de tan ardiente y maligna alegría.
Boranova había escuchado el relato apasionado y sin aliento de Konev y llegó a sentirse arrastrada por aquella oleada de absoluto convencimiento. Ya había ocurrido antes, cuando se mostró convencida de que la mente moribunda de Shapirov podía ser grabada y de que Morrison, el neurólogo americano, era la clave para conseguirlo. Entonces se había sentido arrastrada y ahora trataba de resistirse a serlo. Al fin le dijo:
–Me parece una locura.
–¿Qué importa lo que parezca, si es verdad?
–Oh, pero, ¿es verdad?
–Estoy seguro.
–Necesitamos a Arkady aquí diciéndonos que su padre le aseguró que la vehemencia no es garantía de verdad.
–Tampoco es garantía de lo contrario. Si acepta lo que le digo, debe ver, también, que no podemos dejarlo ir. Ciertamente ahora no, y posiblemente nunca.
Boranova sacudió violentamente la cabeza.
–Es demasiado tarde. No se puede hacer nada. Los Estados Unidos lo quieren de vuelta y el Gobierno ha accedido a dejarlo salir. Ahora no podría dar marcha atrás sin provocar una crisis mundial.
–Considerando lo que está en juego, Natalya, debemos arriesgarnos. La crisis mundial no estallará. Por espacio de un mes o dos habrá polémicas y mucho gesticular y después, si conseguimos lo que queremos, podríamos dejarlo marchar si fuera necesario... o arreglar un accidente...
Boranova se levantó, indignada.
–¡No! Lo que está sugiriendo es impensable. Estamos en el siglo XXI, no en el siglo xx.
–Natalya, estemos en el siglo que estemos, nos enfrentamos a la cuestión de si el Universo va a ser nuestro... o de ellos.
–Sabe que no va a convencer a Moscú sobre lo que está en juego. El Gobierno ya tiene lo que quería: un viaje seguro dentro y fuera de un cuerpo humano. De momento se conforman con eso. Nunca llegaron a comprender que quisiéramos leer en la mente de Shapirov. Nunca se lo explicamos.
–Ése fue el error.
–Vamos, Yuri, ¿sabe cuánto tiempo hubiera tomado persuadirlos de que había que raptar a Albert si no venía voluntariamente? No hubieran querido arriesgarse a una crisis..., una crisis muy parecida a la que se enfrentan ahora, que ciertamente, es menor. Y usted va a pedirles que hagan frente a una mucho mayor. No solamente fracasará sino que les hará interesarse por la llegada de Albert hasta aquí y no me parece que nos lo podamos permitir.
–El Gobierno no es un bloque. Hay muchos altos cargos que están convencidos de que cedemos demasiado a los americanos, que pagamos un precio muy alto por la palmadita que recibimos de vez en cuando. Tengo gente a la que puedo...
–Hace tiempo que lo sé. Pero está participando en un juego peligroso, Yuri. Hombres mejores que usted han sido pillados en este tipo de intrigas y han tenido un final deplorable.
–Es un riesgo que tengo que asumir. En un caso como éste, puedo manipular al Gobierno. Pero Albert Morrison debe estar en nuestras manos para conseguirlo. Una vez se haya ido, todo habrá terminado. ¿Cuándo supone que se marcha?
–Al anochecer. Sofía y yo lo acordamos así; a fin de evitar intromisiones y de provocar innecesariamente a los que tienden a estar en contra de los compromisos con los americanos, decidimos que la noche es mejor que el día.
Se la quedó mirando con los ojos tan abiertos que casi parecían salírsele.
–¿Sofía? –preguntó con aspereza–. ¿Qué tiene que ver ella en todo esto?
–Está encargada de los detalles de la devolución de Albert. Lo solicitó.
–¿Lo solicitó ella?
–Sí. Imaginé que deseaba estar junto a él un poco más –y con cierto despecho, añadió–. Quizá no se dio cuenta, pero parece que el americano le cae bastante bien.
Konev hizo una mueca despectiva.
–En absoluto. Conozco bien a ese demonio. Si conozco algo bien, es a ella... cada pensamiento que atraviesa su cabeza. Se lo lleva para apartarlo de mí. Sentada junto a él en la nave, vigilando todos sus movimientos, debió haber adivinado la importancia que tenía y se propone privarme de él. No esperará a la noche. Apresurará la salida.
Se levantó y salió corriendo de la habitación.
–Yuri –llamó Boranova–, Yuri, ¿qué se propone hacer?
–Detenerla –le llegó la respuesta.
Lo contempló pensativa. Podía detenerlo. Tenía autoridad para ello. Tenía los medios. Sin embargo...
¿Y si él tuviera razón? ¿Y si lo que estaba en juego valía tanto como el Universo? Si lo detenía, todo... todo..., estaría en manos de los americanos. Si lo dejaba marcharse podía haber una crisis de tal magnitud como no se había soñado en generaciones.
Debía tomar una decisión al instante.
Volvió a empezar.
Si lo detenía, habría hecho algo. Si luego resultaba que él estaba en lo cierto, la responsabilidad por haberlo detenido y haber, por ello, perdido el Universo, recaería sobre ella. Si después de haberlo detenido resultaba que él estaba equivocado... la acción sería olvidada. No hay nada dramático en un error que no se ha cometido.
Si no hacía nada por detenerlo, todo caería sobre la cabeza de Konev. Si él conseguía de algún modo impedir el regreso de Morrison a los Estados Unidos y si el Gobierno se veía obligado, humillado, a entregarlo, Konev sería el que cargaría con la culpa. Boranova no perdería nada, porque él había salido corriendo sin decirle lo que iba a hacer y ella podía, razonablemente, asegurar que no podía ni soñar que él se propusiera desbaratar las intenciones del Gobierno. Estaría a salvo. Si, por el contrario, él impedía el regreso de Morrison, y resultaba tener razón y el Gobierno ganaba la batalla de voluntades que seguiría, podría arrogarse el mérito de no haber hecho nada por detenerlo Podría decir, incluso, que él había obrado con su permiso.
Bien, pues, si lo detenía lo peor era ser culpable y lo mejor la neutralidad. Si no hacía nada, lo mejor era el mérito, lo peor ser natural.
Así que Boranova no hizo nada.
Morrison decidió que Kaliinin tenía razón. A medida que pasaban los minutos se sentía más cómodo en el rasador e incluso empezó a experimentar un débil placer.
Podía ver claramente el suelo por la seudocelosía que formaba el chasis de la nave. Estaba a unos treinta metros por debajo (o así lo creía) y se iba quedando suavemente atrás.
Kaliinin estaba sentada en los controles, completamente absorta, aunque a Morrison le parecía que no tenía gran cosa que hacer. Presumiblemente, era su habilidad y capacidad de observación lo que hacía posible que pudiera mantener el rasador en su ruta sin tener que hacer modificaciones minuto a minuto. Le preguntó:
–¿Qué ocurriría si tuviera el viento de frente, Sofía?
Sin apartar los ojos de los controles, le contestó:
–Tendría que utilizar el motor y gastar combustible. Si el viento es fuerte, el rasador no sirve. Afortunadamente, el tiempo de hoy es ideal para este vuelo.
Morrison empezó a experimentar algo parecido al bienestar por primera vez desde que abandonara los Estados Unidos... no, desde mucho antes de aquello. Empezó a imaginarse de vuelta en su país; era la primera vez que se atrevía a hacerlo. Preguntó:
–¿Una vez lleguemos al hotel de Malenkigrad, qué pasará?
–En coche hasta el aeropuerto –contestó Kaliinin– y allí subirá a un avión camino de América.
–¿Cuándo?
–Esta noche, según el plan. Procuraré que se haga antes.
Casi jovial, Morrison rezongó:
–¿Ansiosa por deshacerse de mí?
Y para su sorpresa la respuesta fue:
–Sí. Exactamente.
Se la quedó mirando, estudiando su perfil. La expresión de odio se había desvanecido, ahora había ansiedad en su expresión y Morrison se inquietó. La imagen de él de regreso a Estados Unidos empezó a hacerse borrosa.
–¿Ocurre algo malo, Sofía? –quiso saber.
–No, nada malo por el momento. Es sólo que me temo que vendrá en pos de nosotros. El lobo ha emprendido la persecución, así que debo enviarlo fuera lo más rápidamente que pueda.
La ciudad de Malenkigrad se extendía a sus pies, aunque no podía decirse que fuera exactamente una ciudad. Pequeña de nombre, era pequeña de hecho y se desparramaba en todas direcciones por la campiña plana.
Era la comunidad dormitorio para la gente que trabajaba en el proyecto de miniaturización y durante el día, precisamente ahora, parecía desierta. Se veía un vehículo moverse aquí y allá, algún que otro peatón y, naturalmente, niños jugando en las calles polvorientas.
A Morrison se le ocurrió que no tenía la menor idea, que no podía adivinar dónde, en el inmenso país que era la Unión Soviética, estaban Malenkigrad y la Gruta. Ni en los bosque de abedules, ni en la tundra. Aquel principio de verano era tibio y la tierra parecía semiárida. Podía encontrarse en el Asia central o en las estepas cercanas al lado europeo del Caspio. No tenía idea.
El rasador estaba perdiendo altura ya, bajaba con más suavidad que un ascensor. A Morrison le costaba creer que fuera posible un descenso tan tranquilizador. Entonces, las ruedas tocaron tierra y frenaron casi instantáneamente. Estaban en la parte trasera del hotel, un hotel cuyo pequeño tamaño había podido apreciar desde el aire.
Kaliinin dejó el rasador saltando limpiamente e hizo señas a Morrison que bajó de forma más reposada. Él preguntó:
–¿Qué se hace ahora con el rasador?
–Lo recogeré a la vuelta –respondió despreocupada– y lo llevaré de regreso al campo de la Gruta, si el tiempo se mantiene así. Vamos hacia la entrada y lo acompañaré a su habitación, donde podrá descansar un poco y preparar el paso siguiente.
–La habitación vigilada por los soldados, quiere decir.
–No habrá soldados vigilándolo –exclamó impaciente–. No tenemos miedo a que trate de escaparse ahora. –Y con una rápida mirada a su alrededor, añadió–: Pero yo, ahora, preferiría tener soldados.
Morrison también miró a su alrededor con cierta ansiedad, pero decidió que prefería no tener soldados cerca. Se le ocurrió que si Konev venía a reclamarlo, como Kaliinin temía que pudiese hacer, posiblemente lo haría respaldado por soldados. Y entonces pensó si había realmente algo que temer. Ella era quien tenía algo contra Yuri y por eso lo creía capaz de cualquier cosa.
No obstante, la idea no lo tranquilizó.
Morrison no había visto el hotel a la luz del día, desde el exterior; no había tenido ocasión de estudiarlo. Supuso que era únicamente utilizado por visitantes oficiales e invitados especiales... como él, si le correspondía aquella categoría. Se preguntó si, pequeño como era, llegaba alguna vez a llenarse. Desde luego, las dos noches que había pasado en él habían sido muy tranquilas. No recordaba ningún ruido en los corredores o en el comedor, y éste, cuando comió allí había estado prácticamente vacío.
Fue mientras pensaba en el comedor que se acercaron a la entrada y allí, a un lado, sentada al sol y leyendo un libro, había una mujer gorda, de cabello rojizo. Tenía medias gafas plantadas al final de la nariz. (A Morrison le sorprendió aquel toque de arcaísmo. Era raro ver gafas en aquellos días en que moldear los ojos era pura rutina y la visión normal se había vuelto realmente normal.)
Eran las gafas y la expresión estudiosa de su rostro lo que cambiaba de tal modo su aspecto, que Morrison podía fácilmente dejar de reconocerla. Y tal vez no lo hubiera hecho de no haber pensado precisamente en el comedor. La mujer era la camarera a la que había pedido ayuda tres noches atrás y que le había fallado, Valeri Paleron. Dijo gravemente:
–Buenos días, camarada Paleron. –Su voz era seca y la expresión nada amistosa. No pareció que a ella le molestara. Levantó la vista, se quitó las gafas y dijo:
–Áh, el camarada americano. Veo que ha vuelto sano y salvo. Enhorabuena.
–¿Por qué?
–Es el comentario de toda la ciudad. Ha habido un experimento que ha sido todo un éxito.
Kaliinin con expresión tormentosa interrumpió:
–Eso no debería comentarse en la ciudad. No necesitamos chismorreos.
–¿Chismorreos? –se revolvió la camarera–. ¿Quién de los de aquí no trabaja en la Gruta o tiene allí algún pariente? ¿Por qué no íbamos a enterarnos y a comentarlo? ¿Acaso puedo evitar oír? ¿Debo taponarme los oídos? No puedo llevar una bandeja en las manos y a la vez taparme los oídos. –Y dirigiéndose a Morrison añadió– Creo que estuvo usted muy bien y se le alaba mucho por ello.
Morrison se encogió de hombros.
–Y este hombre –la camarera se volvió a la ceñuda y cada vez más impaciente Kaliinin– deseaba irse antes de tener la oportunidad de participar en la gran hazaña. Se me acercó para que lo ayudara en su plan de marcharse... a mí, a una camarera. Naturalmente, informé en seguida y eso le disgustó. Incluso ahora me mira con malos ojos. Pero piense en el favor que le hice. Si no hubiera impedido que dejara de hacer lo que intentaban que hiciera, no sería ahora el gran vencedor de Moscú. Y la pequeña zarina aquí presente seguro que lo ama por ello.
–Si no deja inmediatamente de decir impertinencias, tendré que denunciarla a las autoridades –le respondió Kaliinin.
–Adelante –replicó Paleron, con los brazos en jarras y alzando las cejas–. Hago mi trabajo, soy una buena ciudadana, y no he hecho nada malo. ¿Cómo puede denunciarme? Además, hay aquí un coche precioso para usted.
–No he visto ningún coche precioso –protestó Kaliinin.
–No está en el aparcamiento, sino del otro lado del hotel.
–¿Qué le hace pensar que es para mí?
–Es la única persona importante que se ha acercado al hotel. ¿Para quién iba a ser? ¿Para el portero? ¿Para el recepcionista?
–Vamos, Albert –dijo Kaliinin–. Estamos perdiendo el tiempo. –Pasó por delante de la camarera de prisa y tan cerca que la pisó... tal vez no accidentalmente. Morrison la siguió dócilmente.
–Odio a esta mujer –refunfuñó Kaliinin mientras iban escaleras arriba en dirección de la habitación de Morrison en el segundo piso.
–¿Cree que es una observadora por cuenta del Comité Central de Coordinación? –preguntó Morrison.
–¿Quién sabe? Pero hay algo raro en ella. Además es una descarada. No sabe estar en su sitio.
–¿En su sitio? ¿Hay distinción de clases, entonces en la Unión Soviética?
–Déjese de sarcasmos, Albert. Aparentemente tampoco las hay en los Estados Unidos, pero seguro que existen. Y aquí lo mismo. Conozco la teoría, pero nadie puede vivir solamente de teorías. Si el padre de Arkady no lo dijo, hubiera debido hacerlo.
Subieron un tramo de escalera hasta lo que había sido la habitación de Morrison a principios de semana; y al parecer seguía siéndolo. Morrison la miró con cierta aversión. Era una habitación sin encanto, aunque la luz del sol la hacía parecer menos sombría de lo que recordaba; pero la esperanza de volver a casa bastaba para añadir brillo a todo.
Kaliinin se sentó en el mejor de los dos sillones de la alcoba con las piernas cruzadas; una de ellas oscilando inquieta. Morrison se sentó en un lado de la cama observándola pensativo. Nunca había tenido una buena ocasión de admirar su propia calma en plena tensión, y le pareció raro descubrir a alguien más nervioso que él.
–Parece inquieta, Sofía –le dijo–. ¿Ocurre algo malo?
–Ya se lo he dicho. Esa mujer, Paleron, me preocupa.
–No puede ser que la trastorne tanto. ¿Qué ocurre?
–No me gusta esperar. Ahora que los días son largos. Todavía faltan nueve horas para la puesta de sol.
–Es curioso que sea sólo cuestión de horas. La solución diplomática pudo haber durado meses...
Lo dijo ligeramente, pero la sola idea le producía una sensación de frío en la boca del estómago.
–No en un caso como éste. Lo he visto otras veces, Albert. Los suecos están involucrados. El avión que vendrá no es americano. Dejar que un avión americano aterrice en lo más profundo del territorio soviético es algo que no gusta demasiado a nuestro Gobierno y por eso lo evita. Pero los suecos... Bien, sirven de intermediarios entre las dos naciones por acuerdo mutuo y se esfuerzan por deshacer cualquier posibilidad de fricción.
–En los Estados Unidos, consideramos a los suecos tibios, en el mejor de los casos, hacia nosotros. Creo que preferimos tener a Gran Bretaña...
–Venga, venga, como si dijera Texas. En todo caso, puede que Suecia se muestre tibia para con ustedes, pero lo es considerablemente menos que con nosotros. Pero bueno, es Suecia y su principio consiste en que si hay que quitar fuego a una situación, cuanto antes se haga mejor.
–Me parece muy bien. Por supuesto yo soy el que debería tener más prisa, puesto que soy el más ansioso por marcharme. ¿Por qué unas pocas horas la preocupan tanto?
–Ya se lo he dicho. Él nos persigue. –Hizo hincapié en el pronombre.
–¿Yuri? ¿Qué puedo hacer? Si su Gobierno me devuelve...
–Hay elementos en el Gobierno que podrían fácilmente no estar de acuerdo en que se le devuelva y nuestro... amigo... los conoce demasiado bien.
Morrison se llevó un dedo a los labios y miró a su alrededor.
–¿Piensa que pueda haber escuchas? –dijo Kaliinin–. Éste es otro mito de la novela americana de espías. Los micrófonos son fácilmente detectables hoy en día y fácilmente eliminados... Yo misma llevo un pequeño detector y nunca he notado nada.
–Entonces dígame lo que quiera.
–Nuestro amigo no es un político extremista, pero encuentra que puede servirse de aquellos que lo son y están bien situados. Supongo que también en América tienen extremistas.
–¿No creerá usted que puede organizar un golpe en Moscú y colocar a los duros en el poder y hacerlo todo a tiempo de impedir que me marche esta noche?
–Se lo diré de otro modo, Albert. Si lograra de algún modo impedir su salida y precipitar una crisis, podría persuadir a alguien del Gobierno de que se mantuviera firme y no lo dejara salir durante mucho tiempo. Nuestro amigo puede ser muy persuasivo cuando está dominado por su manía. Puede incluso influir en Natalya.
Kaliinin guardó silencio y se mordió el labio inferior. Al fin levantó la mirada y le aseguró:
–No ha perdido la esperanza de retenerlo y lo hará. Estoy segura. Tengo que sacarlo de aquí.
Se levantó de pronto y paseó por la habitación, con pasos cortos y rápidos, y su expresión era la del que fuerza al Universo a obedecer su mandato. Se detuvo delante de la puerta, escucho y la abrió de un tirón.
Valeri Paleron, con su blanda expresión transformada en sorpresa, tenía una mano levantada como si se dispusiera a llamar a la puerta.
–¿Qué es lo que quiere? –le espetó Kaliinin.
–¿Yo? –contestó la camarera–. Yo no quiero nada. La cuestión es si ustedes quieren o no algo. He venido a preguntarles si les gustaría un poco de té.
–No hemos pedido nada.
–No he dicho que lo hicieran. He venido por cortesía.
–Entonces váyase por cortesía. Y no vuelva.
Paleron, se ruborizó, miró a ambos y dijo entre dientes:
–A lo mejor interrumpo un idilio.
–¡Lárguese! –exclamó Kaliinin. Cerró la puerta, contó hasta diez deliberadamente (se la veía mover los labios) y volvió a abrir la puerta. No había nadie.
Cerró la puerta con llave, se dirigió al extremo opuesto de la alcoba y dijo en voz baja:
–Seguramente, llevaba ahí fuera un buen rato. Me pareció haber oído pasos.
–Si la alta técnica de los micrófonos está superada, supongo que habrá algún premio por escuchar tras las puertas.
–¿Pero para quién lo hace?
–¿Supone que lo hace para Yuri? No me parece probable que disponga de dinero para pagar espías..., ¿o sí?
–Podría no necesitar dinero. Una mujer como ésta puede hacerlo por gusto.
Guardaron silencio un momento hasta que Morrison observó:
–Si es posible que la espíen, Sofía, ¿por qué no viene a América conmigo?
–¿Qué? –No parecía que lo hubiera oído.
–Que puede meterse en líos por sacarme, ¿sabe?
–¿Por qué? Tengo los documentos oficiales que lo colocarán a bordo del avión. Yo obedezco órdenes.
–Esto no la salvará si lo que buscan es un chivo expiatorio. ¿Por qué no subir al avión conmigo, Sofía, y venirse a América?
–¿Así de fácil? ¿Y qué le ocurriría a mi hija?
–La reclamaremos después.
–¿La reclamaremos? ¿Qué está sugiriendo?
–No estoy seguro –confesó ruborizándose–. Podemos ciertamente ser amigos. Necesitará amigos en un país nuevo.
–Pero, no puede ser, Albert. Aprecio su bondad y preocupación, o compasión, pero no puede ser.
–Sí puede ser. Éste es el siglo XXI, Sofía. La gente puede moverse con mayor libertad por todo el mundo.
–Querido Albert, usted tiende a vivir de acuerdo con teorías. Sí, la gente puede moverse, pero cada nación tiene sus excepciones. La Unión Soviética no permitirá a una científica entrenada en campos de miniaturización coordinados que abandone el país. Piénselo y verá que lo que digo es razonable. Si yo me fuera con usted habría una inmediata protesta soviética, una declaración de que había sido secuestrada seguida de grandes protestas en todas partes del mundo y peticiones de que se me devolviera a fin de evitar una crisis. Suecia acudiría rápidamente en mi ayuda como ha acudido en la suya.
–Pero en mi caso sí que fui secuestrado.
–Hay muchos que creerían que así fue... o que preferirían creerlo, y sería devuelta por los Estados Unidos, lo mismo que la Unión Soviética lo devuelve a usted. De esta manera se han archivado docenas de crisis en los últimos sesenta años o así..., ¿y no es eso mejor que la guerra?
–Si usted dice firme y reiteradamente, que quiere quedarse en los Estados Unidos...
–No volvería a ver a mi hija y mi vida correría peligro también. Además, yo no quiero ir a los Estados Unidos.
Morrison pareció sorprenderse.
–¿Lo encuentra difícil de creer? –insistió Kaliinin–. ¿Quiere usted quedarse en la Unión Soviética?
–Claro que no. Mi país... –se calló.
–Precisamente. Habla usted continuamente de la Humanidad, de la importancia de la visión global, pero si rascamos un poco en sus emociones, sale su país. Yo también tengo un país, una lengua, una literatura, una cultura, una forma de vida. No quiero dejarlo.
Morrison suspiró.
–Lo que usted diga, Sofía.
–Pero lo que yo no aguanto ni un momento más es estar aquí en esta habitación, Albert. Es inútil esperar. Bajemos al coche y lo conduciré a donde está el avión sueco.
–Que probablemente no estará allí.
–Entonces esperaremos en el aeropuerto, mejor que aquí; por lo menos estaremos seguros de que tan pronto llegue el avión, podrá subir. Quiero verlo fuera y a salvo, Albert, y quiero ver su cara después.
Salió de la alcoba y bajó corriendo. Él la siguió apresuradamente. La verdad era que no lamentaba marcharse. Anduvieron por un corredor alfombrado y cruzaron una puerta que llevaba directamente a la salida lateral del hotel. Allí, junto a la pared, había una reluciente limusina negra.
Morrison, jadeante, comentó:
–Pues sí que nos proporcionan transporte de lujo. ¿Sabe conducir esto?
–Como un sueño –dijo otra vez Kaliinin sonriendo... y de pronto paró en seco y se le heló la sonrisa.
Dando la vuelta a la esquina del hotel, llegaba Konev. También él se detuvo en seco y durante un buen rato ninguno de ellos se movió... como una pareja de Gorgonas, cada una de ellas transformada en piedra por la mirada de la otra.
Morrison fue el que habló primero. Con voz ronca dijo:
–¿Ha venido a despedirme, Yuri? Si es así, adiós; me voy.
Las palabras sonaban falsas en sus propios oídos y se le había desbocado el corazón.
Los ojos de Yuri echaron una rápida mirada a Morrison, para en seguida volver a su posición original.
–Vamos, Sofía –dijo Morrison.
Podía haberse ahorrado las palabras. Cuando ella habló fue para dirigirse a Konev:
–¿Qué quieres? –preguntó con voz glacial.
–Al americano –contestó Konev en el mismo tono.
–Me lo llevo.
–No. Lo necesitamos. Nos ha engañado –la voz de Konev iba adquiriendo su tono normal.
–Eso lo dices tú. Yo cumplo órdenes. Voy a llevarlo al avión y asegurarme de que se marche. No puedes retenerlo.
–No lo retengo yo. Es la nación.
–¡No me digas! ¡No me digas que la Santa Madre Rusia lo necesita porque me reiré en tu cara!
–No voy a decir tal cosa. La Unión Soviética lo necesita.
–No piensas más que en ti. ¡Apártate!
Konev se interpuso entre ellos y el coche.
–No. No comprendes la importancia de que se quede. Créeme. Mi informe ya ha sido enviado a Moscú.
–Estoy segura de ello y ya me figuro a quién va dirigido. Pero el viejo cascarrabias no podrá hacer nada. Es incorregible y todos lo sabemos. No se atreverá a decir una sola palabra en el Presidium y si lo hace, Albert ya se habrá ido.
–No. No va a irse.
–Deje, Sofía, yo me ocuparé de él –dijo Morrison–. Abra la puerta del coche.
Se dio cuenta de que estaba temblando. Konev no era robusto, pero parecía fuerte y se le veía claramente determinado a salirse con la suya. Morrison no se consideraba un buen luchador, bajo ningún concepto, y ahora estaba lejos de sentirse animado a la pelea.
Kaliinin levantó la mano con la palma vuelta hacia Morrison:
–Quédese donde está, Albert. –Y dirigiéndose a Konev, preguntó–: ¿Cómo te propones impedirlo? ¿Llevas armas?
Konev pareció sorprendido.
–No, claro que no. Llevar un arma de bolsillo es ilegal.
–¿De veras? Pues yo sí la llevo. –Y del bolsillo de su chaqueta sacó una cosita que apenas cabía en una mano, con la pequeña boca brillando entre el índice y el pulgar. Konev dio un paso atrás, con los ojos muy abiertos:
–¡Pero si es un stunner!
–Claro. Peor que una pistola, ¿no? Pensé que podías interponerte, así que vine preparada.
–Esto también es ilegal.
–Entonces denunciame y yo alegaré la necesidad de cumplir mis órdenes contra tu interferencia criminal. Probablemente se me felicitará.
–No lo harás, Sofía... –Y dio un paso hacia ella.
–No te acerques –advirtió ella–. Estoy decidida a disparar y podría hacerlo aunque no te movieras. Recuerda lo que hace un stunner. Te desbaratará el cerebro. ¿No es eso lo que dijiste tiempo atrás? Perderás el sentido, y despertarás con una amnesia parcial y puede que te lleve horas, o tal vez días, recuperarte. Incluso he oído comentar que hay gente que no se recupera del todo. Imagínate si tu magnífico cerebro no recobrara del todo su agudeza.
–Sofía –repitió.
–¿Por qué usas mi nombre? –dijo ella entre dientes–. La última vez que te oí pronunciarlo, dijiste: «Sofía, no volveremos a hablarnos, no volveremos a mirarnos nunca más» Ahora me estás hablando, mirándome. Vete, y mantén tu promesa, miserable... (dijo un calificativo ruso que Morrison no comprendió).
Konev, pálido y con los labios temblorosos, dijo por tercera vez:
–Sofía... Escúchame. Admito que hasta la última palabra que te he dicho jamás, ha sido mentira, pero escúchame ahora. Este americano es una amenaza mortal para la Unión Soviética. Si amas a tu país...
–Estoy harta de amar. ¿Qué me ha ocurrido?
–¿Y qué me ha ocurrido a mí? –musitó Konev.
–Sólo te quieres a ti mismo –dijo Kaliinin con amargura.
–¡No! Siempre lo has dicho, pero no es así. Si ahora me tengo cierta consideración, es porque sólo yo puedo salvar a mi país.
–¿Eso crees? –musitó Kaliinin–. ¿Realmente lo crees así...? Estás completamente loco.
–En absoluto. Sé lo que valgo. No podría dejar que nada se interpusiera... ni siquiera tú. Por dedicarme a mi país y a mi trabajo tuve que renunciar a ti. Tuve que renunciar a mi hija. Tuve que separarme en dos y desprenderme de mi mejor parte.
–¿Tu hija? ¿Confiesas tu responsabilidad?
Konev inclinó la cabeza:
–¿Cómo podía haberte alejado de otro modo? ¿Cómo podía estar seguro de trabajar sin impedimentos...? Te quiero. Te he querido siempre, y desde siempre he sabido que era mi hija y que no podía ser de nadie más.
–¿Tanto necesitas a Albert? –El stunner no se desvió–. Estás dispuesto a decir que es tu hija, a decir que me amas, ¿crees que con ello voy a entregarte a Albert... para negarlo todo después? Qué pobre opinión debes tener de mi inteligencia...
–¿Cómo puedo convencerte? Bien, si deliberadamente lo abandoné todo, es difícil esperar que vuelva a recuperarlo, ¿no? ¿Querrás, en este caso, entregarme al americano en beneficio de nuestra nación y después olvidarte de mí? ¿Me dejarás que te explique por qué lo necesito?
–No creería tu explicación. –Kaliinin dirigió una mirada hacia Morrison–. ¿Oye a este hombre, Albert? No puede saber con qué crueldad nos abandonó a mí y a mi hija. Ahora, espera que crea que nunca dejó de amarme.
Y Morrison se oyó decir:
–Es la pura verdad, Sofía. La quiere y la ha querido siempre. Desesperadamente.
Kaliinin se quedó helada. Con su mano libre hizo una señal a Morrison mientras sus ojos seguían fijos en Konev.
–¿Cómo lo sabe, Albert? ¿También a usted le mintió?
Pero Konev gritó excitado:
–Lo sabe. Lo confiesa. ¿No te das cuenta? Lo captó con su computadora. Si ahora me dejas que te lo explique, lo creerás todo.
–¿Es cierto, Albert? ¿Confirma lo que dice Yuri?
Y Morrison, demasiado tarde, cerró la boca; pero sus ojos lo delataron. Konev insistió:
–Mi amor ha sido firme, Sofía. Lo mucho que has sufrido, también lo he sufrido yo. Pero, entrégame al americano y todo será distinto. Ya no exigiré que se aleje de mí cualquier probabilidad de obstáculos. Realizaré mi trabajo y os tendré a ti y a la niña también, me cueste lo que me cueste... y que caiga sobre mí una maldición si no consigo ambas cosas.
Kaliinin miró a Konev y se le llenaron los ojos de lágrimas.
–Quiero creerte –murmuró.
–Entonces, créeme. El americano te lo ha dicho.
Como una sonámbula, fue hacia Konev y le tendió el stunner. Morrison gritó:
–¡Sus órdenes... al avión!
Y se abalanzó salvajemente sobre ellos.
Pero al hacerlo, tropezó pesadamente con otro cuerpo. Unos brazos se cerraron sobre él, sujetándolo y una voz le dijo al oído:
–Calma, camarada americano. No ataque a dos buenos ciudadanos soviéticos.
Era Valeri Paleron, que lo tenía sujeto con una fuerte llave. Kaliinin se aferraba con fuerza a Konev, aunque por diferente razón, con el stunner cogido ya sin fuerza en su mano derecha.
Paleron dijo:
–Académico, doctora, aquí llamaremos la atención. Volvamos a la habitación del americano. Vamos, camarada americano, y no se resista o me veré obligada a hacerle daño.
Konev, interceptando la mirada de Morrison, sonrió triunfalmente. Lo tenía todo: su mujer, su hija y su americano... Y Morrison vio que su sueño de regresar a América reventaba como una pompa de jabón y desaparecía.
XIX. LA VUELTA
... pero, en el verdadero triunfo, no
hay perdedores.
Dezhnev, padre
Morrison volvía a estar sentado en la habitación del hotel que, por espacio de unos quince minutos, creyó que no volvería a ver más. Estaba al borde de la desesperación..., mucho más cerca, le parecía de lo que había estado cuando se encontró solo y perdido en la corriente celular de la neurona.
¿De qué servia pensar? Lo pensó una y mas veces, como si la frase se reprodujera en una cámara de resonancia. Era un perdedor. Siempre había sido un perdedor.
Por un día o algo más, creyó que Sofía Kaliinin se había sentido atraída hacia él, pero, naturalmente no era así. Sólo había sido su arma contra Konev y cuando Konev había vuelto..., la había llamado..., ella volvió a el y ya no necesitó su arma, ni a Morrison ni el stunner.
Los contemplo estúpidamente. Ambos estaban de pie a la luz del sol que entraba por la ventana... ellos al sol, él en la sombra, como debía ser siempre.
Se hablaban en voz baja, tan perdidos uno en el otro que Kaliinin parecía no darse cuenta de que aún seguía con el stunner en la mano. Por un momento se le doblaron las rodillas como si fuera a deshacerse de él dejándolo caer en la cama, pero entonces Konev le dijo algo y fue de nuevo toda atención olvidándose otra vez de la existencia del stunner. Morrison protestó con voz ronca:
–Su Gobierno no va a tolerar esto. Se le había ordenado liberarme.
Konev levantó la vista, sus ojos brillaron fugazmente como si se fuera convenciendo, con dificultad, de prestar atención a su prisionero. Aunque, después de todo, no era como si estuviera vigilando a Morrison en sentido físico. La camarera, Valeri Paleron, lo hacía con suma eficacia. Estaba apostada a un metro de Morrison y sus ojos (algo burlones..., como si disfrutara con su trabajo) no se apartaban de él.
–Mi Gobierno no tiene que preocuparle, Albert. No tardará en cambiar de opinión.
Kaliinin levantó la mano como si fuera a objetar algo, pero Konev la cogió entre las suyas.
–No te preocupes, Sofía –le dijo–. La información de que disponía ha sido enviada a Moscú. Les hará recapacitar. Se pondrán en contacto conmigo por medio de mi longitud de onda personal y cuando les informe que ya tengo a Morrison, actuarán. Estoy seguro de que tendrán suficiente poder persuasivo para que el Viejo entre en razón. Te lo prometo.
Kaliinin, con voz turbada, murmuró:
–¡Albert!
–¿Se dispone a decirme cuánto lo siente, Sofía? ¿A decirme que me ha borrado de su existencia por unas palabras del hombre al que parecía odiar?
Kaliinin se ruborizó:
–No lo he borrado de la existencia, Albert. Lo tratarán bien. Trabajará como lo hubiese hecho en su propio país, excepto que aquí se le apreciará de verdad.
–Gracias –dijo Morrison encontrando en su interior una pequeña reserva de sarcasmo–. Si se siente feliz por mí, ¿qué importancia puede tener cómo me siento yo?
Paleron intervino con impaciencia:
–Camarada americano, habla demasiado. ¿Por qué no se sienta? Siéntese (lo empujó a un sillón). Mejor que espere tranquilamente, ya que no puede hacer otra cosa.
Entonces se volvió a Kaliinin, cuyos hombros estaban rodeados, en actitud protectora, por el brazo derecho de Konev.
–Y usted, pequeña zarina, ¿sigue dispuesta a poner fuera de combate a su tierno enamorado con este stunner todavía en su mano? Podrá abrazarlo mejor si ambos brazos están libres.
Paleron tendió la mano hacia el stunner que Kaliinin sostenía aún y ésta se lo dio sin decir palabra.
–La verdad –comentó Paleron mirando curiosamente el stunner–, me alivia tenerlo. En el paroxismo de su amor nuevamente encontrado, tuve miedo de que empezara a disparar en todas direcciones. En sus manos no estaría seguro, pequeña mía.
Se volvió a acercar a Morrison, sin dejar de estudiar el stunner y volviéndolo en todas direcciones. Morrison se movió inquieto:
–No lo apunte hacia aquí, mujer. Puede dispararse.
Paleron lo contempló con altivez:
–No se disparará si yo no lo quiero, camarada americano. Sé utilizarlo.
Sonrió en dirección a Konev y Kaliinin. Liberada del arma, Kaliinin había echado ahora ambos brazos alrededor del cuello de Konev y lo besaba con pequeñas, rápidas y suaves presiones de sus labios en los de él. Paleron dijo dirigiéndose a ellos, aunque no realmente a ellos, ya que no oían nada:
–Sé cómo utilizarlo. ¡Así! ¡Y así!
Y primero Konev, luego Kaliinin, se desplomaron. Paleron se volvió entonces a Morrison:
–Ahora ayúdame, idiota, debemos trabajar rápidamente.
Y lo dijo en inglés.
A Morrison le costaba comprender. Se la quedó mirando, simplemente. Paleron lo sacudió por el hombro como si se tratara de despertarlo de un sueño profundo:
–Vamos. Coja de los pies.
Morrison obedeció maquinalmente. Primero Konev y luego Kaliinin fueron puestos encima de la cama, de la que Paleron había retirado la manta. Los tendió a ambos, juntos, en los estrechos confines del único colchón, y luego registró a Kaliinin de una forma rápida y profesional.
–¡Ah! –exclamó mirando una hoja doblada que tenía toda la apariencia de ser algún papel oficial. Se lo metió en el bolsillo de su chaqueta blanca y siguió buscando. Aparecieron otros objetos... Un par de llaves pequeñas, por ejemplo. Rápidamente registró a Konev y sacó un pequeño disco metálico de la parte interior de la solapa.
–Su longitud de onda personal –dijo, y también lo guardó en el bolsillo.
Finalmente encontró un objeto negro y rectangular y preguntó:
–Es suyo, ¿verdad?
Morrison gruñó. Era el programa de su computadora. Había estado tan preocupado que ni se había dado cuenta de que Konev se lo había quitado. Ahora lo cogió con fuerza.
Paleron colocó a Konev y Kaliinin de frente, apoyándolos para que no se separaran. Entonces colocó el brazo de Konev rodeando a Kaliinin y los cubrió a los dos con la manta sujetándola debajo de cada uno de ellos para mantenerlos en posición.
–No se me quede mirando así, Morrison –le dijo cuando hubo terminado–. Vamos.
Lo agarró con fuerza por el brazo. Él se resistió:
–¿A dónde vamos? ¿Qué pasa?
–Se lo diré después. Ahora cállese. No hay tiempo que perder. Ni un minuto. Ni un segundo. Venga –concluyó con suave ferocidad y Morrison la siguió.
Salieron de la habitación, bajaron la escalera con el menor ruido posible (él siguiéndola e imitándola), a lo largo del corredor alfombrado y una vez afuera se dirigieron al coche.
Paleron abrió la puerta delantera correspondiente al pasajero con una de las llaves que había obtenido de Kaliinin y ordenó secamente:
–Entre.
–¿A dónde vamos?
–Entre –y virtualmente lo empujó dentro.
Rápidamente se instaló al volante y Morrison resistió el impulso de preguntarle si sabía conducir. Por fin su atontada mente había percibido que Paleron no era una simple camarera. (Que había representado aquel papel, era obvio por el leve olor a cebollas que todavía persistía y que se mezclaba lamentablemente con el aroma rico y agradable del interior del coche.)
Paleron puso el coche en marcha, mirando hacia el área de aparcamiento que estaba desierta, excepto por un gato que caminaba despreocupadamente, y salió por un sendero arenoso que conducía a la cercana carretera.
Poco a poco, el coche fue adquiriendo velocidad hasta llegar a los noventa y cinco kilómetros por hora, circulando por una autopista de dos carriles con, de tanto en tanto, un coche circulando en la dirección contraría. Morrison volvió a sentirse capaz de pensar normalmente.
Miró angustiado por el cristal trasero. Un coche, pero lejos de ellos, se desviaba en un cruce que habían dejado atrás un momento antes. No parecía que nadie los siguiera.
Entonces Morrison se volvió para mirar el perfil de Paleron. Parecía sombría pero competente. Ahora era obvio que no solamente no era una camarera de profesión sino que probablemente tampoco era ciudadana soviética. Su inglés tenía un fuerte acento urbano que ningún europeo aprendería en la escuela o captaría de tal modo que pudiera engañar el oído de Morrison. Le dijo:
–¿Estaba esperando fuera del hotel, leyendo un libro, para ver cuándo llegaríamos Sofía y yo?
–Lo ha entendido –dijo Paleron.
–¿Es agente americana, verdad?
–Más y más astuto.
–¿A dónde vamos?
–Al aeropuerto elegido para que el avión sueco le recoja. Tuve que recoger los detalles de boca de Kaliinin.
–¿Y sabe cómo llegar hasta allí?
–Por supuesto. He estado en Malenkigrad mucho más tiempo del que lleva su Kaliinin... Pero dígame, ¿por qué le ha dicho que ese hombre, Konev, estaba enamorado de ella? Estaba esperando oírlo de boca de una tercera persona. Quería que se lo confirmara y usted lo hizo. De esta forma ponía todo el juego en manos de Konev. ¿Por qué lo hizo?
–En primer lugar –dijo Morrison abrumado– porque era la verdad.
–¿La verdad? –Paleron disgustada movió la cabeza–. Usted no es de este mundo. Seguro que no. Me sorprende que nadie le diera en la cabeza y lo enterraran hace tiempo... por su bien. Además, ¿cómo sabe que es la verdad?
–Lo sé... Pero me daba pena. Ayer salvó mi vida. Bueno, salvó todas nuestras vidas. Y, sinceramente, Konev también me salvó la vida.
–Vaya, veo que se salvaron unos a otros.
–Sí, es cierto.
–Pero eso fue ayer. Hoy ha empezado de nuevo y no hubiera debido dejar que el ayer influyera en el hoy. Nunca se hubiera vuelto a reconciliar con él de no ser por su estúpida observación. Podía haber estado jurando que la amaba hasta el fin de los siglos y demás tonterías, y con ella no le hubiera creído. No se atrevía. ¿Hacer el idiota por segunda vez? ¡Jamás! Lo hubiera dejado inconsciente en el suelo en aquel momento, y entonces va usted y se lo dice: «Pues sí, niña, este hombre te quiere», y eso era lo único que necesitaba. Le juro, Morrison, que no deberían dejarlo circular solo, sin su niñera.
–¿Cómo sabe todo esto? –preguntó inquieto.
–Estaba en el suelo de la parte trasera del coche, dispuesta a ir con usted y Kiilinin para estar segura de que lo llevaba al avión. Y de pronto, va usted, y se saca el comodín de la manga. ¿Qué podía hacer sino agarrarle y evitar que lo desintegraran, devolverlo a su habitación, donde pudiéramos estar en privado y después buscar el sistema de apoderarme del stunner?
–Gracias.
–De nada... Además los he dejado como si fueran una pareja de amantes. Cualquiera que entre tendrá que decir: «Perdón», y salir rápidamente... y esto nos dará más tiempo.
–¿Cuánto tardarán en recobrar el conocimiento?
–No lo sé. Todo depende de lo correctamente que haya marcado la radiación y del estado de ánimo de uno y de otro y yo qué sé qué más. Pero cuando despierten, tardarán mucho tiempo en recordar lo ocurrido. Tengo la esperanza de que en su postura, lo primero que recordarán es que están enamorados. Esto les preocupará durante un tiempo. Luego cuando puedan acordarse de usted y de lo que iba a hacerse con Moscú, será demasiado tarde.
–¿Y sufrirán algún daño permanente? Paleron dirigió una mirada al rostro preocupado de Morrison.
–¿Se preocupa por ellos? ¿Por qué? ¿Qué son para usted?
–Pues..., compañeros de viaje.
Paleron lanzó un sonido poco elegante:
–Creo que se recuperarán bien. Estarán mucho mejor si parte de su hipersensible mente queda algo limada. Podrán estar unidos y formar una simpática familia.
–¿Y qué ocurrirá con usted? Sería mejor que se viniera en el avión conmigo?
–No sea burro. Los suecos no me aceptarían. Tienen órdenes de recoger a una persona y harán pruebas para asegurarse de que usted es usted. Tienen sus huellas y su patrón de retina que habrán encontrado en el Registro de Población. Si admiten a la persona equivocada o admiten a otro más, se crearía un nuevo incidente y los suecos son demasiado listos para que los pillen.
–Entonces, ¿qué ocurrirá con usted?
–Bien, para empezar diré que usted se apoderó del stunner y los borró a los dos, luego me apuntó a mí y me ordenó que lo llevara al aeropuerto porque usted no sabía cómo localizarlo.
Me ordenó detenerme en la entrada, me disparó y luego tiró el stunner dentro del coche. Mañana temprano, regresaré a Malenkigrad, como si despertara del disparo.
–Pero, Konev y Kaliinin negarán su historia.
–No me estaban mirando cuando les disparé y, en todo caso, casi nadie recuerda el momento del disparo. Además, el Gobierno soviético sabe que se dio orden de que lo devolvieran, y si fue devuelto, cualquier cosa que Konev les cuente no lo beneficiará. El Gobierno aceptará el jait accompli. Son rublos contra kopecs, o mejor, dólares contra kopecs que preferirán olvidar todo el asunto... y yo volveré a hacer de camarera.
–Pero, alguien puede sospechar de usted.
–¡Entonces, veremos, Nichevo! Lo que sea será. –Y esbozó una sonrisa.
Continuaron viajando por la autopista y Morrison, avergonzado, dijo:
–¿No deberíamos ir un poco más de prisa?
–Ni siquiera un kilómetro más por hora –declaró Paleron con firmeza–. Estamos yendo exactamente dentro del límite de velocidad y los soviéticos tienen hasta el último milímetro de carretera radarizado. No tienen sentido del humor respecto al límite de velocidad y no estoy dispuesta a pasar horas tratando de salir de una comisaría por el capricho de ganar quince minutos para llegar al avión.
Era algo más de mediodía y Morrison empezaba a sentir las punzadas premonitorias del hambre.
Preguntó:
–¿Tiene idea de lo que Konev dijo de mí a los de Moscú?
Paleron movió la cabeza.
–Ni idea. Fuera lo que fuera, recibió la respuesta en su longitud de onda personal. Oí la señal hará cosa de veinte minutos. ¿No la oyó?
–No.
–Qué poco duraría en mi oficio... Naturalmente, no han recibido respuesta, así que no importa con quién haya contactado Konev en Moscú, tratará de descubrir por qué. Alguien los encontrará y ellos se imaginarán que está camino del aeropuerto y alguien nos perseguirá para ver si pueden cazarlo. Igual que los carros del faraón.
–Sólo que no tenemos a Moisés para que separe el mar Rojo –masculló Morrison.
–Si llegamos al aeropuerto, tendremos a los suecos. No lo entregarán a nadie.
–¿Qué pueden hacer contra los militares soviéticos?
–No serán los militares. Será algún funcionario, trabajando para algún grupo de tendencias extremistas, el que intentará engañar a los suecos. Pero tenemos los documentos oficiales que garantizan su salida y no se dejarán engañar. Lo importante es llegar antes.
–¿Y no cree que debemos correr más?
Paleron volvió a mover la cabeza negativamente.
Media hora más tarde, Paleron le indicó:
–Aquí estamos y tenemos suerte. El avión sueco ha venido antes y ya ha aterrizado.
Paró el coche, pulsó un botón y se abrió la puerta del pasajero:
–Vaya solo. Yo no quiero ser vista, pero oiga... –Se inclinó hacia él–: Mi nombre es Ashby. Cuando llegue a Washington, dígales si no creen que ya ha llegado la hora, para mí, de desaparecer..., que estoy dispuesta. ¿Entendido?
–Entendido.
Morrison bajó del coche, parpadeando al sol. A la distancia, un hombre de uniforme (pero no un uniforme soviético por lo que pudo apreciar) le indicó que se acercara.
Morrison echó a correr. No había límite de velocidad en aquella carrera y aunque no podía ver a nadie persiguiéndolo, no se hubiera sorprendido de ver surgir a alguien de la tierra para detenerlo.
Se volvió, agitó la mano por última vez en dirección al coche, creyó ver una mano agitándose en respuesta, y continuó corriendo.
El hombre que le había hecho una señal avanzó hacia él, primero andando, luego corriendo, y lo alcanzó cuando ya casi se desplomaba. Morrison veía ahora claramente que llevaba el uniforme de la Federación Europea.
–¿Puede darme su nombre, por favor? –le dijo el hombre en inglés. Su acento, con gran alivio por parte de Morrison, era sueco.
–Albert Jonás Morrison –contestó; y juntos fueron andando hacia el avión y el pequeño grupo que esperaba para comprobar su identidad.
Morrison se sentó junto a la ventanilla, tenso y exhausto, mirando hacia abajo a la tierra que iba quedando atrás, al Este.
Un almuerzo, consistente en arenque y patatas cocidas, había tranquilizado su estómago pero no su mente.
¿Acaso el viaje miniaturizado a través de la corriente sanguínea y del cerebro, ayer (¿sólo ayer?) había convertido para siempre su actitud de aprensión mental, en una de desastre inminente? ¿Volvería a ser capaz de aceptar el Universo como un lugar amistoso? ¿Volvería a poder caminar serenamente consciente de que nada o nadie le deseaba algún mal?
¿O no había tenido tiempo suficiente para recuperarse?
El sentido común le decía, naturalmente, que no debía sentirse aún completamente a salvo. Lo que veía debajo del avión era todavía suelo soviético.
¿Había aún tiempo para los aliados de Konev, fueran quienes fuesen, de mandar aviones tras los suecos? ¿Eran suficientemente poderosos para hacerlo? ¿Se elevarían los carros del faraón y continuarían su persecución por el aire?
Por un momento creyó que el corazón le fallaba al ver un avión a distancia..., luego otro.
Se volvió a la azafata, que estaba sentada del otro lado del pasillo. No tuvo que preguntarle nada. Por lo visto ésta adivinó su angustiada expresión correctamente y le explicó:
–Aviones de la Federación, son nuestra escolta. Ya hemos dejado el territorio soviético. Los aviones llevan tripulación sueca.
Luego cuando pasaron por encima del canal de la Mancha, aviones americanos se unieron a la escolta. En todo caso, Morrison estaba a salvo de los carros.
Pero su mente no le dejaba descansar. ¿Misiles? ¿Y si alguien cometía un acto bélico? Trató de calmarse. Seguro que ningún hombre de la Unión Soviética, ni siquiera el mismo presidente, podía tomar tal decisión sin consultar, y la consulta llevaría horas, o días quizá.
No podía ser.
Pero, hasta que el avión hubo aterrizado en las afueras de Washington, no pudo Morrison permitirse sentir que todo había terminado y que estaba a salvo en su propio país.
Era sábado por la mañana y Morrison se estaba recuperando. Había satisfecho sus necesidades humanas. Había desayunado y se había lavado. Incluso estaba a medio vestir.
En este momento se encontraba tumbado en la cama, con los brazos bajo la cabeza. El día estaba nublado y apenas había entreabierto la ventana, porque quería experimentar la sensación de intimidad. En las horas que siguieron al desembarco del avión y a su traslado a este lugar de ocultación, había visto a tanta gente oficial a su alrededor que pensó si estaba mejor en los Estados Unidos de lo que había estado en la Unión Soviética.
Los médicos habían terminado por fin su reconocimiento; las cuestiones iniciales se habían formulado y contestado incluso durante la cena, y finalmente lo habían dejado para que durmiera en una habitación que estaba, a su vez, dentro de lo que parecía una fortaleza por su enorme seguridad.
En fin, por suerte no tenía que hacer frente a la miniaturización. Esta idea, por lo menos, lo animaba.
La señal de la puerta se encendió y Morrison alzó la mano por encima de su cabeza, en busca del botón que clarificaría la ventanilla de la puerta. Reconoció la cara y apretó otro botón que permitía abrir la puerta desde afuera.
Entraron dos hombres. Uno, cuyo rostro familiar había aparecido en la ventanilla de la puerta, dijo:
–Espero que me recuerde.
Morrison no hizo el menor movimiento para bajar de la cama. Él era ahora el centro alrededor del cual giraba todo, por lo menos temporalmente, y se aprovecharía de ello. Simplemente levantó el brazo en un gesto de saludo y dijo:
–Usted es el agente que quería que me fuera a la Unión Soviética. Ródano, ¿verdad?
–Gracias, Ródano. Sí. Y le presento al profesor Robert G. Friar. Imagino que lo conoce.
Morrison titubeó, pero la corrección le hizo bajar los pies de la cama y ponerse de pie.
–Hola, profesor. Sé quién es usted, claro, y lo he visto bastante en holovisión. Me encanta conocerlo personalmente.
Friar, uno de los «científicos visibles» cuyas fotografías y apariciones en HV lo habían hecho familiar para la mayor parte del mundo, sonrió forzadamente. Su rostro era redondo, los ojos azul pálido, mejillas rubicundas, una arruga que parecía permanentemente vertical entre las cejas, un cuerpo macizo de altura normal, y un modo inquieto de mirar a su alrededor.
–Y usted deduzco que es Albert Jonás Morrison –dijo.
–En efecto –respondió Morrison–. Mr. Ródano lo confirmará. Por favor, siéntense, los dos, y perdónenme si continúo relajándome en la cama. Tengo que recuperar el equivalente a un año de relajación.
Los dos visitantes se sentaron en un amplio sofá y se inclinaron hacia Morrison. Ródano sonrió dubitativo:
–No puedo prometerle mucha relajación, doctor Morrison. Al menos por ahora. Incidentalmente, hemos recibido noticias de Ashby, ¿la recuerda?
–¿La camarera que me ayudó a regresar? Ya lo creo. Sin ella...
–Conocemos lo esencial de la historia, Morrison. Quiere que sepa que sus dos amigos se han recuperado y aparentemente siguen amándose.
–¿Y la propia Ashby? Me dijo que estaba dispuesta a marcharse si Washington lo aprobaba. Informé de ello anoche.
–Sí, la sacaremos de un modo u otro... Y ahora, me temo que vamos a fastidiarlo de nuevo.
–¿Cuánto tiempo va a durar esto?
–No lo sé. Debe tomarlo como venga... Profesor Friar, ¿quiere empezar?
Friar asintió.
–Doctor Morrison, le importará si tomo notas... No, lo diré de otro modo. Voy a tomar notas, Morrison.
Sacó una pequeña y moderna computadora de su portafolios.
–¿A dónde irán a parar estas notas, profesor? –preguntó Ródano.
–A mi registrador, señor Ródano.
–¿Que está dónde, profesor?
–En mi oficina, en Defensa, señor Ródano. –Luego algo irritado por la insistente mirada del otro, añadió–: En mi caja fuerte, en Defensa, y ambas cosas, la caja y el registrador, están bien codificadas. ¿Lo satisface?
–Adelante, profesor.
Friar se volvió a Morrison, diciendo:
–¿Es cierto que fue usted miniaturizado, Morrison? ¿Personalmente?
–Sí. Y de lo más pequeño; fui del tamaño de un átomo, mientras formaba parte de una nave del tamaño de una molécula de glucosa. Pasé más de medio día dentro de un cuerpo humano vivo; primero en la corriente sanguínea, luego en el cerebro.
–¿Y esto es cierto? ¿No se trata de una ilusión o un truco?
–Por favor, profesor Friar. Si hubiera sido hipnotizado o víctima de un truco, mi testimonio ahora no valdría nada. No podemos continuar si no reconoce el hecho de que estoy en mi sano juicio y que se puede confiar en que los acontecimientos que les describa, corresponden a la realidad.
Friar apretó los labios, luego asintió:
–Tiene razón. En primer lugar debemos asumir, y yo lo asumo, que está usted en su sano juicio y que se puede confiar en usted... sin perjuicio de reconsiderar dicha suposición más adelante.
–De acuerdo –dijo Morrison.
–En tal caso –y Friar se volvió a Ródano– empecemos con una observación grande e importante. La miniaturización es posible y los soviéticos la poseen y hacen uso de ella, y pueden miniaturizar incluso a seres humanos sin que sufran daño aparente.
Se volvió a Morrison y continuó:
–Presumiblemente, los soviéticos aseguran miniaturizar reduciendo al tamaño de la constante de Planck.
–Sí, así es.
–Claro que es así. No se puede concebir otra forma de hacerlo. ¿Le explicaron el procedimiento empleado para lograrlo?
–Por supuesto que no. Podría también asumir que los científicos soviéticos con quien tuve tratos, están tan cuerdos como nosotros. No dejaban imprudentemente que averiguara nada que no quisieran que supiéramos.
–Muy bien. Asumido. Ahora díganos exactamente lo que le ocurrió en la Unión Soviética. No lo cuente como una historia de aventuras, sino como observaciones de un físico profesional.
Morrison comenzó a hablar. No estaba enteramente disgustado por hacerlo. Necesitaba exorcizarlo y no quería la responsabilidad de ser el único americano que supiera lo que sabía. Contó la historia detalladamente y tardó horas en hacerlo. No terminó hasta que se sentaron a un almuerzo que se sirvió en la habitación.
Durante el postre, dijo Friar:
–Déjeme resumir de memoria, lo mejor que pueda. Para empezar, la miniaturización no afecta el curso del tiempo, ni las interacciones cuánticas..., es decir, las interacciones electromagnéticas, débiles y fuertes. La interacción gravitacional queda, no obstante, afectada, y disminuye en proporción a la masa, como cabía esperar. ¿Es así?
Morrison movió la cabeza afirmativamente. Friar prosiguió.
–La luz, la radiación electromagnética, generalmente, puede cruzarse dentro y fuera del campo de miniaturización, pero no así el sonido. La materia normal es débilmente repelida por el campo de miniaturización pero, bajo presión, la materia normal puede hacerse entrar y ser a su vez miniaturizada, a expensas de la energía del campo.
Morrison se volvió a asentir.
–Cuanto más miniaturizado es un objeto, menos energía se precisa si se quiere miniaturizarlo aún más. ¿Sabe si la energía exigida, disminuye en proporción a la masa restante en cualquier fase determinada de la miniaturización?
–Es algo que parecería lógico –dijo Morrison–, pero no recuerdo que nadie mencionara la naturaleza cuantitativa del fenómeno.
–Sigamos, pues. Cuanto más miniaturizado es un objeto, mayor es la probabilidad de su desminiaturización espontánea... y esto se aplica a toda la masa dentro del campo, más que a cualquier parte componente del mismo. Usted, como individuo separado, estaba más expuesto a la desminiaturización espontánea de lo que hubiera estado como parte de la nave. ¿Es así?
–Así lo comprendí.
–Y sus compañeros soviéticos admitieron que era imposible maximizar y dar más masa a las cosas de la que tienen naturalmente.
–También así lo comprendí. Debe darse cuenta, profesor Friar, que yo sólo puedo repetir lo que se me dijo. Podrían haberme despistado deliberadamente o estar realmente equivoca-dos porque no disponían de suficientes conocimientos.
–Sí, sí, lo comprendo. ¿Tiene algún motivo para creer que lo despistaron deliberadamente?
–No. Me pareció que eran sinceros.
–Bien, quizás. Ahora bien, para mí lo más interesante es que el movimiento browniano estaba en equilibrio con la oscilación de la miniaturización y que, cuando mayor era el grado de miniaturización, mayor el desplazamiento de equilibrio hacia la oscilación y más lejos del ordinario movimiento browniano.
–Esto fue mi propia observación, profesor, y no se basa simplemente en lo que se me explicó.
–¿Y este desplazamiento de equilibrio tiene algo que ver con la velocidad de desminiaturización espontánea?
–Así lo creí. No puedo afirmarlo como un hecho.
–Humm. –Friar sorbió, pensativo, su café y comentó–: Lo malo de todo esto es que es superficial. Nos habla del comportamiento del campo de miniaturización, pero no nos dice nada sobre cómo se produce dicho campo, y al disminuir el valor de la constante de Planck, dejan intacta la velocidad de la luz, ¿no es así?
–Sí, pero como le he hecho notar, esto significa que el mantenimiento del campo de miniaturización requiere una enorme energía. Si pudieran acoplar la constante de Planck con la velocidad de la luz, aumentando ésta mientras se disminuye la anterior... Pero no lo han conseguido aún.
–Eso dicen. Se suponía que la solución estaba en la mente de Shapirov, pero usted fue incapaz de conseguirla.
–En efecto.
Friar permaneció sumido en sus pensamientos durante unos minutos; luego sacudió la cabeza, e insistió:
–Volveremos a repasar todo lo que me ha dicho y deduciremos lo que podamos, pero me temo que no nos va a servir.
–¿Por qué no? –preguntó Ródano.
–Porque nada de esto llega al corazón. Si alguien que jamás hubiera visto un robot u oído sobre las partes que lo componen, tuviera que hablarnos de un robot en funciones, podría describir cómo se movían la cabeza o los miembros, cómo sonaba la voz, cómo obedecía órdenes y demás. Nada de lo que pudiera observar le diría cómo funciona un circuito positrónico o qué es una válvula molecular. Ni siquiera tendría la menor idea de que ambas existieran, ni tampoco aquellos científicos que trabajaran a partir de sus observaciones.
»Los soviéticos tienen alguna técnica para producir el campo y no sabemos nada de ello, ni nos sirve nada de lo que condujera a ello sin saber que algo cruel estaba preparándose... eso fue lo que ocurrió a mediados del siglo xx, cuando se publicó un primer trabajo sobre la fisión nuclear, antes de que se comprendiera que debía mantenerse en secreto. No obstante, ni los soviéticos cometieron este error con la miniaturización, ni nosotros hemos logrado conseguir información a través del espionaje o por la suerte de que algún personaje clave del otro bando desertara y viniera a nosotros.
«Consultaré con mis colegas del Consejo pero, en general, doctor Morrison, me temo que su aventura en la Unión Soviética, por arriesgada y digna de encomio que sea, excepto por su confirmación de que la miniaturización existe, ha sido inútil. Lo siento, señor Ródano, es lo mismo que si no hubiera sucedido.
La expresión de Morrison no varió mientras Friar exponía su conclusión. Se sirvió un poco más de café, añadió un poco de crema de leche, y bebió sin prisas. Después, dijo:
–Está completamente equivocado, ¿sabe, Friar?
Friar lo miró y preguntó:
–¿Está intentando decirme que sabe algo sobre la producción del campo de miniaturización? Usted mismo dijo que...
–Lo que voy a decirle, Friar, no tiene nada que ver con la miniaturización. Tiene todo que ver con mi propio trabajo. Los soviéticos me llevaron a Malenkigrad y a la Gruta, para que pudiera utilizar mi programa de computadora a fin de leer en la mente de Shapirov. Esto falló, lo que no es sorprendente teniendo en cuenta que Shapirov estaba en coma y a punto de morir. Por el contrario, Shapirov cuya mente era sorprendentemente penetrante, se refirió a mi programa como «estación relé» después de haber leído algunos de mis artículos. Y esto es lo que resultó ser.
–¿Una estación relé? –El rostro de Friar reflejó disgusto y desconcierto–. ¿Qué significa esto?
–En lugar de captar el pensamiento de Shapirov, mi computadora programada, una vez dentro de una de sus neuronas, actuaba de enlace, pasando pensamientos de uno de nosotros a otro.
La expresión de Friar fue ahora de indignación:
–¿Quiere decir que actuó de dispositivo telepático?
–Exactamente. Lo experimenté por primera vez cuando percibí una intensa emoción de amor y deseo sexual por una joven que estaba conmigo en la nave miniaturizada. Naturalmente, supuse que se trataba de mi propia emoción porque era joven y muy atractiva. Sin embargo, yo no experimentaba ningún sentimiento consciente de este tipo. No fue hasta que lo experimenté otras veces que me di cuenta de que estaba recibiendo los pensamientos de un joven, también a bordo de la nave. Él y ella estaban distanciados, pero no obstante, la pasión entre ellos seguía latente.
Friar sonrió con tolerancia:
–¿Está usted seguro de que estaba en condiciones, a bordo de la nave, de interpretar debidamente esos pensamientos? Después de todo, estaba sometido a una fuerte tensión. ¿Recibió usted similares pensamientos de parte de la joven?
–No, el joven y yo intercambiamos pensamientos, involuntariamente, en muchas ocasiones. Cuando yo me acordé de mi mujer y mis hijos, él pensó en una mujer y dos niños. Cuando estuve perdido en la corriente sanguínea fue él quien detectó mis sensaciones de pánico. Asumió que había captado los sufrimientos de Shapirov a través de mi aparato, que permaneció en mi poder cuando yo iba a la deriva, pero ésos eran mis sentimientos, no los de Shapirov. No intercambié pensamientos con las dos mujeres que iban a bordo, pero ellas sí intercambiaron sensaciones entre sí. Cuando trataron de captar los pensamientos de Shapirov, detectaron palabras y pensamientos similares, de una a otra, claro... que ni el joven ni yo captamos.
–¿Diferencias sexuales? –observó Friar escéptico.
–Realmente, no. El piloto de la nave, un varón, ni captaba ni recibía nada, ni de las mujeres, ni de los hombres, aunque en cierta ocasión le pareció percibir un pensamiento. Mí propia impresión es que hay tipos de cerebro, como hay tipos de sangre, probablemente pocos, y que la comunicación telepática puede establecerse más fácilmente entre los del mismo tipo.
Ródano intervino, preguntando blandamente:
–Incluso si todo es como dice, doctor Morrison, ¿de qué sirve?
–Deje que se lo explique. Durante años he trabajado para identificar las regiones y tipos del pensamiento abstracto dentro del cerebro humano, con escaso éxito. En ocasiones, captaba una imagen, pero nunca supe interpretarla debidamente. Pensé que era del animal en cuyo cerebro trabajaba, pero ahora sospecho que surgían cuando estaba relativamente cerca de algún ser humano, que fuera presa de alguna emoción fuerte o pensamiento profundo. Nunca lo tuve en cuenta. Es culpa mía.
»Sin embargo, herido por la indiferencia del general y la absoluta incredulidad y burla de mis colegas, jamás publiqué sobre la percepción de imágenes, sino que modifiqué mi programa en un intento por intensificarlo. Algunas de estas modificaciones tampoco fueron publicadas. Así entré en la corriente sanguínea de Shapirov, con un dispositivo que podía servir como relé telepático que como otra cosa que hubiera utilizado abiertamente. Y ahora, que por fin mi cabezota ha comprendido exactamente qué es lo que tengo, sé lo que debo hacer para mejorar mi programa. Estoy seguro.
–A ver si lo he entendido bien, Morrison –dijo Friar–. ¿Me está diciendo que como resultado de su viaje fantástico al cuerpo de Shapirov, tiene la absoluta seguridad de que puede modificar su programa, al extremo de hacer que la telepatía sea práctica?
–Práctica hasta cierto punto. Sí.
–Esto podría ser muy grande... si pudiera demostrarlo.
El escepticismo en la voz de Friar no había desaparecido.
–Mucho más grande de lo que piensa –cortó Morrison con aspereza–. Sabe, naturalmente, que los telescopios, ya sean de radio u ópticos, pueden construirse por partes sobre un área amplia, y si se coordinan por computadora logran la función de un solo y gran telescopio, uno mucho mayor de lo que prácticamente se conseguiría de una sola pieza.
–Sí. ¿Y qué?
–Lo menciono como analogía. Estoy convencido de que puedo demostrar algo del mismo tipo en relación con el cerebro. Si tuviéramos a seis hombres unidos telepáticamente, los seis cerebros funcionarían en un momento dado, como un solo gran cerebro y, de hecho, estaría más allá de la inteligencia humana y la capacidad de discernimiento. Piense en lo mucho que podría avanzar la ciencia y la tecnología, y también otros campos del esfuerzo humano. Podríamos crear, sin tener que pasar por la tediosa evolución física o por el peligro de la ingeniería genética, un superhombre mental.
–Muy interesante, es cierto –musitó Friar obviamente intrigado pero sin ningún convencimiento.
–Pero, hay un fallo –admitió Morrison–. Hice todos mis experimentos con animales, conectando sondas de mi computadora al cerebro. Ahora me doy cuenta de que esto no podía ser nada preciso. Por más que lo perfeccionáramos, solamente obtendríamos un burdo sistema telepático como mucho. Lo que necesitamos es invadir un cerebro, y colocar una computadora miniaturizada y debidamente programada en una neurona donde pueda actuar como relé. El proceso telepático quedará enormemente agudizado.
–Y la pobre persona a la que se infligiera el daño –dijo Friar– explotaría eventualmente cuando el dispositivo se desminiaturizara.
–El cerebro animal es muy inferior al humano... –insistió Morrison– por el hecho de que el cerebro animal tiene menos neuronas, y son menos complicadas en su ordenación. La neurona individual en el cerebro de un conejo puede, no obstante, no ser significativamente inferior a la neurona humana. Podría utilizarse un robot como relé.
Ródano habló entonces:
–Unos cerebros americanos trabajando en equipo, podrían pues descubrir el secreto de la miniaturización y quizás incluso adelantarnos a los rusos, en la tarea de acoplar la constante de Planck a la velocidad de la luz.
–¡Sí! –exclamó Morrison entusiasmado– y un científico soviético, Yuri Konev, que era el compañero que compartía sus pensamientos conmigo, lo vio lo mismo que yo. Fue por esta razón por lo que trató de retenerme, así como a mi programa, en contra de su propio Gobierno. Sin mí, y sin mi programa, dudo de que pueda reproducir mi trabajo en mucho tiempo, quizás en muchos años. Ésta no es realmente su especialidad.
–Continúe –dijo Ródano–. Empieza a gustarme esto.
–Ésta es pues la situación. Ahora mismo tenemos una telepatía burda. Incluso sin miniaturización, puede ayudarnos a dejar atrás a los soviéticos, o tal vez no. Sin miniaturización, y sin el establecimiento de una computadora debidamente programada en una neurona animal como relé, no podemos estar seguros de conseguir nada.
»Los soviéticos, por el contrario, tienen una forma burda de miniaturización. Pueden, en el curso ordinario de la investigación, encontrar el modo de acoplar la teoría cuántica y la de la relatividad para conseguir un dispositivo de miniaturización realmente eficiente, pero podría requerir mucho tiempo.
»Así que si tenemos telepatía pero no miniaturización, y ellos tienen la miniaturización pero no la telepatía, podría ocurrir que ganáramos nosotros pasado un largo período... o que ganaran ellos. La nación ganadora dispone, en cierto modo, de una ilimitada velocidad de viaje y el Universo será suyo. La nación perdedora se marchitará... o por lo menos se marchitarán sus instituciones. Sería magnífico que nosotros ganáramos la carrera, pero son ellos los que pueden ganar, y este proceso acarreará el colapso de dos generaciones de paz incierta, y conducirá a una guerra totalmente destructiva.
»Por el contrario, si nosotros y los soviéticos estamos dispuestos a trabajar juntos, y a utilizar la telepatía refinada y reforzada por una situación de relé miniaturizada, insertada en una neurona viva, podríamos lograr, conjuntamente y en muy poco tiempo, lo equivalente a antigravedad y velocidad infinita. El Universo pertenecerá por igual a los Estados Unidos y a la Unión Soviética; al globo entero, a la Tierra, a la Humanidad.
»¿Y por qué no caballeros? Nadie perdería. Todos ganaríamos.
Friar y Ródano le miraron asombrados. Al fin Friar tragó saliva y dijo:
–Suena bien, si en verdad tiene usted la telepatía.
–¿Dispone de tiempo para escuchar mi explicación?
–Dispongo de todo el tiempo que quiera.
Morrison tardó varias horas en explicar su teoría detalladamente. Luego se recostó y observó:
–Ya casi es la hora de cenar. Ahora sé que usted, y otros también, querrán entrevistarme y que todos querrán que monte un sistema con el cual se demostrará lo práctico de la telepatía, y que esto me tendrá ocupado horas... digamos, durante el resto de mi vida a juzgar por lo que sé ahora; pero ahora deben concederme una cosa.
–¿Qué cosa? –preguntó Ródano.
–Para empezar, un poco de tranquilidad. Se lo ruego. Concédame veinticuatro horas... desde ahora hasta mañana a la hora de cenar. Déjenme que lea, coma, piense, descanse y duerma. Sólo un día, si no les importa, y después estaré a su servicio.
–Es justo –concedió Ródano poniéndose en pie–. Lo arreglaré si puedo y sospecho que podré. Las veinticuatro horas son suyas. Sáqueles el máximo partido. Estoy de acuerdo con usted en que a partir de ahora dispondrá de poco tiempo para sí. Y de ahora en adelante, y por cierto tiempo, resígnese a ser la persona más estrictamente guardada de América, sin excluir al Presidente.
Ródano y Friar habían terminado su cena. Había sido una comida inusitadamente silenciosa en una estancia aislada y guardada. Una vez hubieron terminado, dijo Ródano:
–Dígame, doctor Friar, ¿cree que Morrison está en lo cierto en este asunto de la telepatía?
Friar suspiró y contestó cautamente:
–Tendré que consultar con algunos de mis colegas que saben más que yo sobre el cerebro, pero creo que tiene razón. Es muy convincente. Y ahora, quiero hacerle una pregunta.
–¿Sí?
–¿Cree que Morrison tenía razón en cuanto a la necesidad de cooperación, en este asunto, entre los Estados Unidos y la Unión Soviética?
La pausa fue muy larga hasta que Ródano se decidió a hablar:
–Sí, creo que también en esto tiene razón. Naturalmente habrá rugidos en todas direcciones, pero no podemos arriesgarnos a que los soviéticos lleguen antes. Todo el mundo lo verá. Tendrán que verlo.
–¿Y los soviéticos? ¿Lo verán también?
–Tendrán que verlo. No se pueden arriesgar a que lleguemos primero. Además, el resto del mundo se enterará, indudablemente, de lo que está ocurriendo y clamarán por participar en la acción, y para que no se inicie una nueva guerra fría. Puede que se tarde unos años, pero al final cooperaremos.
Después, Ródano movió la cabeza y dijo:
–¿Sabe lo que realmente me parece peculiar, doctor Friar?
–¿Qué es lo que en esta serie de extraños acontecimientos puede no parecerle peculiar?
–Supongo que nada, pero lo que me parece más peculiar es esto. Me encontré con Morrison el pasado domingo por la tarde para animarle a que fuera a la Unión Soviética. En aquel momento se me cayó el alma a los pies. Me pareció un hombre sin empuje, un cero a la izquierda, un tonto; alguien que ni siquiera valía gran cosa en sentido académico. No pensé que pudiéramos confiar en que hiciese algo. Lo mandaba, sencillamente, a la muerte. Así lo creí, y se lo comenté a un colega al día siguiente, y que Dios me valga, todavía lo creo. No es nada y es sencillamente un milagro que sobreviva, y eso gracias a los demás. Sin embargo...
–¿Sin embargo, qué?
–Sin embargo, regresó, después de haber hecho un increíble descubrimiento científico y haber puesto en marcha un proceso por el que los Estados Unidos y la Unión Soviética se verán obligados, en contra de sus voluntades, a cooperar. Y por encima de todo, se ha vuelto el más importante y, una vez publiquemos estos acontecimientos, el más famoso científico del mundo, posiblemente de todos los tiempos. En cierto modo, ha destruido el sistema político del mundo y creado uno nuevo, o por lo menos iniciado el proceso de creación de uno nuevo, y lo ha hecho todo entre el domingo pasado por la tarde y la tarde de hoy, sábado. Lo ha hecho en seis días. Y eso es una idea que me asusta.
Friar se recostó y se echó a reír.
–¡Asusta más de lo que usted piensa! Se propone descansar el séptimo día.
FIN
ÍNDICE
Nota
I Le necesitamos
II Raptado
III Malenkigrad
IV La gruta
V Coma
VI Decisión
VII Nave
VIII Preliminares
IX Arteria
X Capilar
XI Destino
XII Intercelular
XIII Célula
XIV Axon
XV Solos
XVI Muerte
XVII Salida
XVIII Regreso
XIX La vuelta