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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    FOUCHÉ, EL GENIO TENEBROSO (Stefan Zweig)

    Publicado el domingo, julio 04, 2010
    INTRODUCCIÓN

    José Fouché fue uno de los hombres más poderosos de su época y uno de los más extraordinarios de todos los tiempos. Sin embargo, ni gozó de simpatías entre sus contemporáneos ni se le ha hecho justicia en la posteridad.
    A Napoleón en Santa Elena, a Robespierre entre los jacobinos, a Carnot, Barras y Talleyrand en sus respectivas Memorias y a todos los historiadores franceses –realistas, republicanos o bonapartistas , la pluma les rezuma hiel cuando escriben su nombre. Traidor de nacimiento, miserable, intrigante, de naturaleza escurridiza de reptil, tránsfuga profesional, alma baja de esbirro, abyecto, amoral... No se le escatiman las injurias. Y ni Lamartime, ni Michelet, ni Luis Blanc intentan seriamente estudiar su carácter, o, por mejor decir, su admirable y persistente falta de carácter. Por primera vez aparece su figura, con sus verdaderas proporciones, en la biografía monumental de Luis Madelins, al que este estudio, lo mismo que todos los anteriores, tiene que agradecerle la mayor parte de su información. Por lo demás, la Historia arrinconó silenciosamente en la última fila de las comparsas sin importancia a un hombre que, en un momento en que se transformaba el mundo, dirigió todos los partidos y fué el único en sobrevivirles, y que en la lucha psicológica venció a un Napoleón y a un Robespierre. De vez en cuando ronda aún su figura por algún drama u opereta napoleónicos; pero entonces, casi siempre reducido al papel gastado y esquemático de un astuto ministro de la Policía, de un precursor de Sherlock Holmes. La crítica superficial confunde siempre un papel del foro con un papel secundario.
    Sólo uno acertó a ver esta figura única en su propia grandeza, y no el más insignificante precisamente: Balzac. Espíritu elevado y sagaz al mismo tiempo, no limitándose a observar lo aparente de la época, sino sabiendo mirar entre bastidores, descubrió con certero instinto en Fouché el carácter más interesante de su siglo. Habituado a considerar todas las pasiones -las llamadas heroicas lo mismo que las calificadas de inferiores , elementos completamente equivalentes en su química de los sentimientos; acostumbrado a mirar igualmente a un criminal perfecto un Vautrin- que a un genio moral un Luis Lambert , buscando, más que la diferencia entre lo moral y lo inmoral, el valor de la voluntad y la intensidad de la pasión, sacó de su destierro intencionado al hombre más desdeñado, al más injuriado de la Revolución y de la época imperial. «El único ministro que tuvo Napoleón», le llama, singulier génie, la plus forte tête que je connaiss, «una de las figuras que tienen tanta profundidad bajo la superficie y que permanecen impenetrables en el momento de la acción, y a las que sólo puede comprenderse con el tiempo». Esto ya suena de manera distinta a las depreciaciones moralistas. Y en medio de su novela «Une ténébreuse affaire» dedica a este genio grave, hondo y singular, poco conocido, una página especial. «Su genio peculiar escribe , que causaba a Napoleón una especie de miedo, no se manifestaba de golpe. Este miembro desconocido de la Convención, lino de los hombres más extraordinarios y al mismo tiempo más falsamente juzgados de su época, inició su personalidad futura en los momentos de crisis. Bajo el Directorio se elevo a la altura desde la cual saben los hombres de espíritu profundo prever el futuro, juzgando rectamente el pasado; luego, súbitamente como ciertos cómicos mediocres que se convierten en excelentes actores por una inspiración instantánea , dió pruebas de su habilidad durante el golpe de Estado del 18 de Brumario. Este hombre, de cara pálida, educado bajo una disciplina conventual, que conocía todos los secretos del partido de la Montaña, al que perteneció primero, lo mismo que los del partido realista, en el que ingresó finalmente; que había estudiado despacio y sigilosamente los hombres, las cosas y las prácticas de la escena política, adueñóse del espíritu e Bonaparte, dándole consejos útiles y proporcionándole valiosos informes... Ni sus colegas de entonces ni los de antes podían imaginar el volumen de su genio, que era, sobre todo, genio de hombre de Gobierno, que acertaba en todos sus vaticinios con increíble perspicacia». Estos elogios de Balzac atrajeron por primera vez la atención sobre Fouché, y desde hace años he considerado ocasionalmente la personalidad a la que Balzac atribuye el «haber tenido mas poder sobre los hombres que el mismo Napoleón». Pero Fouché parecía haberse propuesto, lo mismo en vida que en la Historia, ser una figura de segundo término, un personaje a quien no agrada que le observen cara a cara, que le vean el juego. Casi siempre está sumergido en los acontecimientos, dentro de los partidos, entre la envoltura impersonal de su cargo, tan invisible y activo como el mecanismo de un reloj. Y rara vez se consigue captar, en el tumulto de los sucesos, su perfil fugaz en las curvas más pronunciadas de su ruta. ¡Y más extraño aún! Ninguno de esos perfiles de Fouché, cogidos al vuelo, coinciden entre sí a primera vista. Cuesta trabajo imaginarse que el mismo hombre que fue sacerdote y profesor en. 1790, saquease iglesias en 1792, fuese comunista en 1793, multimillonario cinco años después y Duque de Otranto algo más tarde. Pero cuanto más audaz le observaba en sus transformaciones, tanto mas interesante se me revelaba el carácter, o mejor, la carencia de carácter de este tipo maquiavélico, el más perfecto de la época moderna. Cada vez me parecía más atractiva su vida política, envuelta toda en lejanía y misterio, cada vez más extraía, mas demoníaca su figura. Así me decidí a escribir, casi sin proponérmelo, por pura complacencia psicológica, la historia de José Fouché, como aportación a una biografía que estaba sin hacer y qué era necesaria: la biografía del diplomático, la más peligrosa casta espiritual de nuestro contorno vital, cuya exploración no ha sido realizada plenamente.
    Una biografía así, de una naturaleza perfectamente amoral, aún siendo, como la de José Fouché, tan singular y significativa, me doy cuenta de que no va con el gusto de la época. Nuestra época quiere biografías heroicas, pues la propia pobreza de cabezas políticamente productivas hace que se busquen más altos ejemplos en los tiempos pasados, No desconozco de ninguna manera el poder de las biografías heroicas, que amplifican el alma, aumentan la fuerza y elevan espiritualmente. Son necesarias, desde los días dé Plutarco, para todas las generaciones en fase de crecimiento, para toda juventud nueva. Pero precisamente en lo político albergan el peligro de una falsificación de la Historia, es decir: es como si siempre hubiesen decidido el destino del mundo las naturalezas verdaderamente dirigentes. Sin duda domina una naturaleza heroica por su sola existencia, aún durante decenios y siglos, la vida espiritual, pero únicamente la espiritual. En la vida real, verdadera, en el radio de acción de la política, determinan rara vez y esto hay que decirlo como advertencia ante toda fe política las figuras superiores, los hombres de puras ideas; la verdadera eficacia está en manos de otros hombres inferiores, aunque mas hábiles: en las figuras de segundo término. De 1914 a 1918 hemos visto como las decisiones históricas sobre la guerra y la paz no emanaron de la razón y de la responsabilidad, sino del poder oculto de hombres anónimos del mas equívoco carácter y de la inteligencia mas precaria. Y diariamente vemos de nuevo que en el juego inseguro y a veces insolente de la política, a la que las naciones confían aún crédulamente sus hijos y su porvenir, no vencen los hombres de clarividencia moral, de convicciones inquebrantables, sino que siempre son derrotados por esos jugadores profesionales que llamamos diplomáticos, esos artistas de manos ligeras, de palabras vanas y nervios fríos. Si verdaderamente es la política, como dijo Napoleón hace ya cien años, la fatalite moderne, la nueva fatalidad, vamos a intentar conocer los hombres que alientan tras esas potencias, y con ello, el secreto de su poder peligroso. Sea la historia de la vida de José Fouché una aportación a la tipología del hombre político.

    Salzburgo, otoño 1929.

    CAPÍTULO PRIMERO
    ASCENSO
    (1759 1793)
    EL 31 de mayo de 1759 nace José Fouché ¡todavía le falta mucho para ser Duque de Otranto! en el puerto de Nantes. Marineros y mercaderes sus padres y marineros sus antepasados, nada más natural que él continuase la tradición familiar; pero bien pronto se vió que este muchacho delgaducho, alto, anémico, nervioso, feo, carecía de toda aptitud para oficio tan duro y verdaderamente heroico en aquel tiempo. A dos millas de la costa, se mareaba; al cuarto de hora de correr o jugar con los chicos, se cansaba. ¿Qué hacer, pues, con una criatura tan débil?, se preguntarían los padres no sin inquietud, porque en la Francia de 1770 no hay todavía lugar adecuado para una burguesía ya despierta y en empuje impaciente. En los tribunales, en la administración, en cada cargo, en cada empleo, las prebendas substanciosas se quedan para la aristocracia; para el servicio de Corte se necesita escudo condal o buena baronía; hasta en el ejército, un burgués con canas apenas llega a sargento. El Tercer Estado no se recomienda aún en ninguna parte de aquel reino tan mal aconsejado y corrompido; no es extraño, pues, que un cuarto de siglo más tarde exija con los puños lo que se le negó demasiado tiempo a su mano implorante. No queda más que la Iglesia. Esta gran potencia milenaria, que supera infinitamente en sabiduría mundana a las dinastías, piensa más prudente, más democrática, más generosamente. Siempre encuentra sitio para los talentos y recoge al mas humilde en su reino invisible. Como el pequeño José se destaca ya estudiando en el colegio de los oratorianos, le ceden con gusto la cátedra de Matemáticas y Física para que desempeñe en ella los cargos de inspector y profesor. A los veinte años adquiere en esta Orden que desde la expulsión de los jesuitas prevalece en toda Francia la educación católica, honores y cargo. Un cargo pobre, sin mucha esperanza de ascenso; pero siempre una escuela en la que él mismo aprende a la vez que enseña. Podría llegar más alto: ser fraile un día, tal vez obispo o Eminencia, si profesara. Pero cosa típica en José Fouché: ya en el escalón inicial, en el primero y más bajo de su carrera, resalta un rasgo característico de su personalidad: la antipatía a ligarse completamente, de manera irrevocable, a alguien o a algo. Viste el habito de clérigo, esta tonsurado, comparte la vida monacal de los demás Padres espirituales, y durante diez años de oratoriano en nada se diferencia, ni exterior ni interiormente, de un sacerdote. Pero no toma las órdenes mayores, no hace voto; como en todas las situaciones de su vida, dejase abierta la retirada, la posibilidad de variación y cambio. A la Iglesia se da temporalmente y no por entero, lo mismo que mas tarde al Consulado, al Imperio o al Reino. Ni siquiera con Dios se compromete José Fouché a ser fiel para siempre.
    Durante diez años, de los veinte a los treinta, anda este pálido y reservado semisacerdote por claustros y refectorios silenciosos. Da clase en Niort, Saumur, Vendome, París, pero casi no siente el cambio de lugar, pues la vida de un profesor de seminario se desarrolla igual en todas partes: pobre, silenciosa e insignificante, lo mismo en una ciudad que en otra, siempre tras muros callados, siempre apartado de la vida. Veinte, treinta, cuarenta discípulos, a los que enseña latín, matemáticas y física; muchachos pálidos, vestidos de negro, a los que lleva a misa y a los que vigila en el dormitorio. Lectura solitaria en libros científicos, comidas pobres y sueldos mezquinos. Una existencia conventual, humilde. Anquilosados, irreales, al margen del tiempo y del espacio, estériles y humillantes, parecen estos diez años silenciosos y sombríos de la vida de Fouché. Sin embargo, aprende durante ellos lo que ha de ser, más tarde, infinitamente útil al diplomático: el arte de callar, la ciencia magistral de ocultarse a sí mismo, la maestría para observar y conocer el corazón humano. Si este hombre, aún en los momentos de mayor pasión de su vida, llega a dominar hasta el último músculo de su cara; si es imposible percibir una agitación de ira, de amargura, de emoción en su faz inmóvil, como emparedada en silencio; si con la misma voz apagada sabe pronunciar lo cotidiano y lo terrible, y si puede cruzar con el mismo paso sigiloso los aposentos del Emperador y la frenética Asamblea popular, ello se debe a la disciplina incomparable de dominio sobre sí mismo aprendida en los años de religión; a su voluntad domada en los ejercicios de Loyola, y a su expresión educada en las discusiones de la retórica eclesiástica secular. Tal es el aprendizaje de Fouché antes de poner el pie sobre el podio de la escena mundial. Quizá no sea casualidad que los tres grandes diplomáticos de la revolución francesa: Talleyrand, Sieyes y Fouché, salieran de la escuela de la Iglesia maestros en el arte humano mucho antes de pisar la tribuna. El mismo lastre religioso pone un sello especial a sus caracteres por lo demás contradictorios , dándoles en los minutos decisivos cierto parecido. A esto reúne Fouché una autodisciplina férrea, casi espartana, una resistencia interior extraordinaria contra el lujo, la fastuosidad y el arte sutil de saber ocultar la vida privada y el sentimiento personal. No, estos años de Fouché a la sombra de los claustros no fueron perdidos. Aprendió enseñando.
    Tras muros de conventos, en aislamiento severo, se educa y desarrolla este espíritu singularmente elástico e inquieto, llegando a alcanzar una verdadera maestría psicológica. Durante años enteros sólo puede actuar invisiblemente en el círculo espiritual más estrecho; pero ya en 1778 comienza en Francia esa tempestad social que inunda hasta los muros mismos del convento. En las celdas de los oratorianos se discute sobre los derechos del hombre igual que en los clubes de los francmasones. Una extraña curiosidad empuja a estos sacerdotes jóvenes hacia lo burgués, curiosidad que hace derivar también la atención del profesor de Física y Matemáticas hacia los descubrimientos sorprendentes de la época: las primeras aeronaves los montgolfiers y los grandiosos inventos en el terreno de la electricidad y la medicina. Los religiosos buscan contacto con los círculos intelectuales, y este contacto lo facilita en Arras un círculo extraño llamado de los «Rosatis», una especie de «Schlaraffia», en la que los intelectuales de la ciudad se reúnen en animadas veladas. El ambiente es modesto. Pequeños burgueses, gente insignificante, recitan poesías o pronuncian discursos literarios; los militares se mezclan con los paisanos. José Fouché, el profesor religioso, es muy bien recibido en estas veladas, pues sabe mucho sobre los nuevos descubrimientos de la Física. Allí, en amigable reunión, escucha, por ejemplo, como recita un capitán de ingenieros llamado Lazaro Carnot versos satíricos, compuestos por él mismo, o atiende al florido discurso que pronuncia el pálido abogado, de delgados labios, Maximiliano de Robespierre (entonces aún daba importancia a su nobleza) en honor de los «Rosatis». Aún disfruta la provincia de los últimos soplos del Dixhuitieme filosofante. Reposadamente escribe el señor de Robespierre, en vez de sentencias de muerte, graciosos versos; el médico suizo Marat, en vez de crueles manifiestos comunistas, escribe una novela dulzona y sentimental, y en algún rincón de provincia se afana el pequeño teniente Bonaparte por imitar al Werther con una novela. Las tempestades están todavía invisibles tras el horizonte.
    Parece un juego del destino: precisamente con este abogado pálido, nervioso, de orgullo inconmensurable, llamado Robespierre, hace amistad el tonsurado profesor de seminario, y sus relaciones están en el mejor camino de trocarse en parentesco, pues Carlota Robespierre, la hermana de Maximiliano, quiere curar al profesor de los oratorianos de sus achaques místicos, y se murmura de este noviazgo en todas las mesas. Porqué se deshacen al fin estas relaciones no se ha sabido nunca; pero quizá se oculte aquí la raíz del odio terrible, histórico, entre estos dos hombres, tan amigos antaño y que más tarde lucharon a vida o muerte. Entonces nada saben aún de jacobinismo y de rencor, al contrario: cuando mandan a Maximiliano de Robespierre como delegado a los Estados Generales, a Versalles, para trabajar en la nueva Constitución de Francia, es el tonsurado José Fouché quien presta al anémico abogado las monedas de oro necesarias para que se pague el viaje y se pueda mandar hacer un traje nuevo. Es simbólico el que en esta ocasión, como en tantas otras, tenga los estribos para que otro inicie su carrera histórica, para luego ser él también quien en el momento decisivo traicione y derribe por la espalda al amigo de antaño.
    Poco después de la partida de Robespierre a la Asamblea de los Estados Generales, que ha de hacer temblar los fundamentos de Francia, tienen también los oratorianos en Arras su pequeña revolución. La política ha penetrado hasta los refectorios, y el perspicaz oteador que es José Fouché hincha con este viento sus velas. A propuesta suya mandan un diputado a la Asamblea Nacional, para demostrar al Tercer Estado las simpatías de los clérigos. Pero esta vez, el hombre tan precavido en otras ocasiones obra con precipitación, sin duda porque sus superiores le envían, como medida correccional lo que no constituye un verdadero castigo, pues carecen de fuerza para ello , a la institución filial de Nantes, al mismo puesto donde aprendió de niño los fundamentos de la ciencia y el arte del conocimiento humano. Mas ya es adulto y experto, y no le seduce enseñar a los muchachos Geometría y Física. El sutil oteador presiente que se cierne sobre el país una tempestad social, que la política domina el mundo... Y a la política se lanza. De un golpe tira la sotana, hace desaparecer la tonsura y en vez de pronunciar sus discursos políticos ante los niños lo hace ante los buenos burgueses de Nantes. Se funda un club siempre empieza la carrera de los políticos en un escenario, prueba de la elocuencia , y un par de semanas después ya es Fouché presidente de los Amis de la Constitución de Nantes. Alaba el progreso, aunque con precaución y tolerancia, porque el barómetro de la honesta ciudad señala una temperatura moderada. Los ciudadanos de Nantes no gustan del radicalismo, temen por su crédito; quieren, sobre todo, hacer buenos negocios. No quieren ellos que obtienen de las colonias opulentas prebendas proyectos tan fantásticos como el de la manumisión de los esclavos. José Fouché, certero observador, redacta un documento patético contra la abolición de la trata de esclavos, que aunque le proporciona una severa represión por parte de Brissot, no mengua su reputación en el estrecho círculo de los burgueses. Para asegurar su posición política entre ellos (¡los futuros electores!), se casa muy pronto con la hija de un rico mercader, una muchacha fea, pero de buena posición, pues quiere convertirse rápidamente en un perfecto burgués; es el tiempo en que bien lo presiente él el Tercer Estado va a tener en sus manos la dirección, el predominio. Todo esto son ya los preliminares del verdadero fin que se propone. Apenas se convocan elecciones para la Convención, se presenta el antiguo profesor de seminario como candidato. ¿Y qué es lo que hace todo candidato? Promete, por lo pronto, a sus buenos electores todo lo que pueda halagarlos. Así jura Fouché proteger el comercio, defender la propiedad, respetar las leyes; como en Nantes sopla más el viento de la derecha que el de la izquierda, truena con mayor elocuencia contra los partidarios del desorden que contra el viejo régimen. Y, efectivamente, en 1792 es elegido diputado de la Convención, y la escarapela tricolor sustituye, por largo tiempo, a la tonsura, llevada oculta y silenciosamente.
    José Fouché cuenta en la época de su elección treinta y dos años. No es de agradable presencia, ni mucho menos: cuerpo seco, casi espectralmente esmirriado; cara de huesos finos y líneas picudas; afilada la nariz; afilada y estrecha también la boca, siempre cerrada; ojos fríos de pez, bajo párpados pesados, casi adormecidos, con las pupilas de un gris felino como bolitas de cristal. Todo en esta cara, todo en este hombre, está, por decirlo así, provisto de una menguada y fina materia vital. Parece un personaje visto con luz de gas, pálido y verdoso; sin brillo en los ojos, sin sensualidad en el gesto, sin metal en la voz, lacio y revuelto el pelo, rojizas y apenas visibles las cejas, de una palidez grisácea las mejillas, jamás el pigmento colorea esta cara con arrebol saludable; siempre hace el efecto, este hombre tenaz, inauditamente duro para el trabajo, de un ser cansado, de un enfermo, de un convaleciente. Todo el que le ve recibe la impresión de un hombre sin sangre ardiente, roja, pulsante. Y, efectivamente, también en lo psíquico pertenece a la raza de los flemáticos, de los temperamentos fríos. No conoce pasiones recias, avasalladoras; no es arrastrado hacia las mujeres ni hacia el juego; no bebe vino, no le tienta el despilfarro, no mueve sus músculos, no vive más que en su estudio, entre documentos y papeles. Nunca se enfada visiblemente, nunca vibra un nervio en su cara. Sólo para una leve sonrisa, cortés, mordaz, se contraen estos labios afilados, anémicos; nunca se observa bajo esta mascara gris, terrosa, aparentemente desmadejada, una verdadera tensión; nunca delatan los ojos, bajo los párpados pesados y orillados, su intención, ni revela sus pensamientos con un gesto.
    Esta sangre fría, imperturbable, constituye la verdadera fuerza de Fouché. Los nervios no le dominan, los sentidos no le seducen, toda su pasión se carga y se descarga tras el muro impenetrable de su frente. Deja jugar sus fuerzas y acecha despierto las faltas de los demás. Espera pacientemente a que se agote la pasión de los otros o a que aparezca en ellos un momento de flaqueza para dar entonces el golpe inexorable. Terrible es esta superioridad de su enervada paciencia; quien así puede esperar y ocultarse, bien puede engañar hasta al más sagaz. Obedecerá tranquilamente, sin pestañear. Sonriente y frío, soportará las mas recias ofensas, las más viles humillaciones; ninguna amenaza, ningún gesto de rabia conmoverá a este monstruo de frialdad. Tanto Robespierre como Napoleón se estrellaran contra esta calma pétrea, como el agua contra la roca. Tres generaciones, toda una época fluye y refluye en mareas pasionales mientras que él persiste frío e insensible.
    En esta imperturbable frialdad de su temperamento radica el verdadero genio de Fouché. Su cuerpo no le pone trabas, no le arrastra; está casi siempre al margen de todo. Su sangre, sus sentidos, su alma, todos estos turbadores elementos del sentir de un hombre normal, están ausentes en este enigmático hasardeur, cuya pasión se detiene íntegra en el cerebro. Este seco personaje de escritorio ama viciosamente la aventura, su pasión es la intriga; pero únicamente en la esfera del espíritu sabe depurarla y gozar de ella, y nada oculta mejor y más genialmente su lúgubre placer de lo caótico, del complot, que su disfraz de fiel y honesto burócrata que lleva toda la vida. Tender los hilos desde su aposento, parapetado detrás de expedientes y documentos; asestar el golpe criminal, inesperado e inadvertido, esa es su táctica. Hay que mirar profundamente la Historia para percibir en la ráfaga de la revolución, en el resplandor legendario de Napoleón, la figura de Fouché, de apariencia humilde y subalterna, en realidad omnímoda, definidora de una época. Durante toda una vida actúa en la sombra sobre tres generaciones. Patroclo cayó como cayeron Héctor y Aquiles, mientras prevaleció Ulises, el astuto. Su talento sobrepuja al genio; su sangre fría perdura sobre toda pasión.
    La mañana del 12 de septiembre hace su entrada en la sala la recién elegida Convención. Ya no es tan solemne y pomposo el saludo como, hace tres años, en la primera Asamblea Constituyente. Entonces aún estaba en el centro un magnífico sillón de damasco bordado con blancas flores de lis: el sitial del Rey; y al entrar éste, se levantó respetuosamente la Asamblea y recibió al Monarca con vivas y ovaciones. Ahora están inválidos sus castillos, la Bastilla y las Tullerías; ya no hay Rey en Francia; hay sólo un señor grueso llamado por sus recios guardianes y jueces Luis Capeto, que se aburre como impotente burgués en el Temple y espera su sentencia. En su lugar mandan ahora en el país los setecientos cincuenta instalados en su propia casa. Tras la mesa presidencial se yerguen en letras gigantescas las nuevas tablas mosaicas de las leyes, el texto original de la Constitución, y adornan las paredes del salón, símbolo amenazador, las varas de los lictores y el hacha mortífera.
    En las galerías se reúne el pueblo y contempla curioso a sus representantes. Setecientos cincuenta miembros de la Convención entran a paso lento en la Casa Real, extraña mezcla de todos los estados y profesiones: abogados cesantes con ilustres filósofos, sacerdotes fugitivos con militares insignes, aventureros fracasados con afamados matemáticos y poetas galantes. Como en un vaso violentamente agitado, todo se ha mezclado en Francia, todo lo ha invertido la revolución. Es tiempo de aclarar el caos.
    Ya la disposición de los asientos indica un primer ensayo de orden. En el salón anfiteatral, donde se mezclan los alientos y chocan las frases hostiles, están colocados, abajo los tranquilos, los serenos, los cautos: el marais, el pantano, como llaman irónicamente a los que en todas las decisiones carecen de pasión. Los turbulentos, los impacientes, los radicales, toman asiento arriba, en los bancos más altos, en la «montaña», que casi tocan con sus últimas filas las galerías, como para indicar simbólicamente que tienen a su espalda la masa, el pueblo, el proletariado.
    Estas dos potencias sostienen la balanza. Entre ellas se tambalea, en flujo y reflujo, la revolución. Para los ciudadanos, para los moderados, es ya perfecta la República con la Constitución conquistada, con la aniquilación del Rey y de la nobleza, con el traspaso de los derechos al Tercer Estado; ahora quisieran mas bien poner diques y retener la marea removida desde el fondo, defender lo seguro. Condorcet, Roland, los girondinos son sus cabecillas, representantes del clero y de la clase media. Pero los de la «montaña» quieren seguir empujando la ola hasta que arrastre todo lo que quedó existente de antaño, todo lo anticuado; quieren a Marat, a Danton y Robespierre como jefes del proletariado, la revolution intégrale, radical hasta el ateísmo y el comunismo. Después del Rey quieren echar a tierra las demás potencias viejas del Estado: dinero y Dios. Inquieta, oscila la balanza entre los dos partidos. Si vencen los girondinos, los moderados, se debilitara la revolución poco a poco en una reacción primero liberal y luego conservadora. Si vencen los radicales, navegarán por todas las profundidades y torbellinos de la anarquía. Así no engaña la solemne armonía de las primeras horas a ninguno de los presentes en el salón predestinado, cada uno sabe que aquí comenzara pronto una lucha a vida o muerte por el espíritu y por el Poder. Y el sitio en que toma asiento un diputado, abajo, en el «llano», o arriba, en la «montaña», indica ya de antemano su decisión.
    Con los setecientos cincuenta que entran solamente en el salón del Rey destronado entra también, silencioso, cruzada sobre el pecho la banda tricolor de representante del pueblo, José Fouché, el diputado de Nantes. Desaparecida la tonsura y olvidado ya el traje de sacerdote, viste, como los demás, sencilla ropa de ciudadano.
    ¿Dónde tomará asiento José Fouché: entre los radicales de la «montaña» o entre los moderados del «llano»? José Fouché no titubea mucho tiempo. No conoce mas que un partido, al que es leal y al que permanecerá fiel hasta el fin: al más fuerte, al de la mayoría. Así, pesa y cuenta también esta vez interiormente los votos y ve que el Poder se inclina del lado de los girondinos, de los moderados. Con ellos están Condorcet, Roland, Servan, los hombres que tienen en sus manos los Ministerios, que influyen en todos los nombramientos y que reparten las prebendas. Allí puede estar seguro. Y allí toma asiento.
    Pero cuando alza casualmente los ojos hacia arriba, donde han tomado sus posiciones los adversarios, los radicales, se cruza su mirada con otra mirada severa, desdeñosa. Su amigo Maximiliano Robespierre, el abogado de Arras, ha reunido allí a su alrededor a sus partidarios. Irónico y glacial, a través de sus impertinentes, observa cruel, orgulloso de su propia terquedad, que no perdona las vacilaciones y flaquezas de los demás, al oportunista Fouché. En este momento se rompe el último lazo de la amistad de estos dos hombres. Desde entonces siente Fouché a su espalda, detrás de sus ademanes y sus actos, la mirada de cruel examen y severa observación del eterno acusador, del implacable puritano. ¡Hay que tener cuidado!
    Nadie tiene más que él. En los protocolos de las sesiones de los primeros meses falta por completo el nombre de José Fouché. Mientras que todos se precipitan con ímpetu y presunción hacia la tribuna a hacer proposiciones, a declamar latiguillos, a acusarse y enemistarse, el diputado de Nantes nunca pone los pies sobre el púlpito. La insuficiencia de voz (así se excusa ante sus amigos y electores) le impide hablar públicamente. Y como todos los demás se quitan, ávidos e impacientes, la palabra de la boca, se destaca con simpatía el silencio de esta aparente modestia. Pero en verdad no es modestia, sino cálculo. El ex físico estudia primero el paralelogramo de las fuerzas, observa, vacila antes de formular su opinión, porque ve oscilar continuamente la balanza. Precavido, reserva su voto decisivo para el momento en que comience a inclinarse definitivamente a un lado o a otro. ¡Por nada gastarse demasiado pronto; por nada sujetarse antes de tiempo; por nada ligarse para siempre! Aún no se ve claramente si la revolución ha de avanzar o si ha de retroceder, y, como buen hijo de marinero, espera para lanzarse al lomo de la ola que el viento sea favorable y mantiene entre tanto su nave en el puerto.
    Además, ya en Arras, tras los muros del convento, había observado cuán pronto se desgasta en una revolución la popularidad, cómo se convierte el grito popular de Hossaniza en el grito de Crucifige. Todos o casi todos los que durante la época de los Estados Generales y de la Asamblea Constituyente se habían destacado eran víctimas del olvido o del odio. El cadáver de Mirabeau, ayer aún en el Panteón, había sido exhumado vergonzosamente de aquel lugar; Lafayette, celebrado triunfalmente hacía algunas semanas como padre de la Patria, era considerado como traidor; Custine, Pethoin, ovacionados poco antes, se arrastraban temerosos en la sombra, lejos de la publicidad. No. No había que surgir precipitadamente a la luz, no había que sujetarse demasiado ligeramente; que se inutilicen, que se gasten los demás. Una revolución lo sabe muy bien este hombre precozmente sutil nunca pertenece al primero, al que la inicia, sino al último, al que la culmina asiéndose a ella como a una presa.
    Así se agazapa taimada e intencionadamente en la oscuridad. Se acerca a los poderosos, pero evita todos los Poderes públicos y visibles. En vez de escandalizar en la tribuna y en los periódicos, prefiere ser elegido en las Comisiones, donde se gana en la sombra conocimiento de la situación e influencia sobre los acontecimientos sin ser observado ni odiado. Y, efectivamente, su manera de trabajar tenaz y rápida le gana simpatías; su invisibilidad le protege contra toda evidencia. Desde su despacho puede observar descuidadamente cómo se ensañan los tigres de la «montaña» y las panteras de la Gironda, cómo los grandes apasionados, cómo las grandes figuras destacadas de un Vergiaud, Condorcet, Desmoulins, Danton, Marat y Robespierre se hieren a muerte. Él contempla y espera, pues sabe que hasta que no se aniquilen los apasionados no empieza la época de los que supieron esperar, de los prudentes. Sólo se decidirá cuando la batalla se vislumbre ganada.
    Este aguardar en la oscuridad es la actitud de José Fouché durante toda su vida. No ser nunca el objeto visible del Poder y sujetarlo, sin embargo, por completo; tirar de todos los hilos eludiendo siempre la responsabilidad. Colocarse, parapetado, detrás de una figura principal, y empujarla hacia delante; y en cuanto esta avance excesivamente, en el instante decisivo, traicionarla de manera rotunda. Éste es su papel preferido. Lo interpreta como el más perfecto intrigante de la escena política, en veinte disfraces, en innumerables episodios bajo los republicanos, los reyes o los emperadores, siempre con el mismo virtuosismo.
    A veces se le presenta la ocasión, y con ella la tentación, de representar el papel principal, el papel de héroe en el drama mundial. Pero es demasiado perspicaz para desearlo seriamente. Tiene plena conciencia de su rostro feo y repulsivo, que no se presta para las medallas y emblemas, para el lujo y la popularidad, a lo que no podría ofrecer nada heroico con una corona de laurel sobre la frente. Sabe de su voz delgada y enfermiza que puede muy bien susurrar, sugerir, insinuar, pero nunca arrastrar a las masas con elocuencia inflamada. Sabe que su fuerza reside en el aposento de burócrata, en la habitación cerrada en la sombra. Allí puede acechar y explorar holgadamente, observar y convenir, tirar de los hilos y enredarlos mientras permanece impenetrable, hermético.
    Éste es el último secreto de la fuerza de José Fouché, que, aunque anhela el Poder, la mayor cantidad posible de Poder, se conforma con la conciencia de su posición; no necesita sus emblemas ni su investidura. Fouché tiene amor propio desmesurado, pero no ansia de gloria; es ambicioso sin vanidad. La vara de lictor, el cetro de rey, la corona de emperador pueden llevarlos otros tranquilamente. cede gustoso el brillo y la dicha de la popularidad. A él le basta con enterarse de la cosa, con tener influencia, con ser él quien manda verdaderamente sobre quien tiene la apariencia de mando, y, sin exponer su persona, hacer el juego emocionante, el juego tremendo de la política. Mientras los demás se ligan fuertemente a sus convicciones, a sus palabras y gestos oficiales, queda él, tenebroso y escondido, interiormente libre; es lo permanente en el proceso fugitivo de apariciones. Los girondinos caen, Fouché queda; los jacobinos son arrojados, Fouché queda; el Directorio, el Consulado, el Imperio, el Reino y otra vez el Imperio zozobran y desaparecen, pero siempre queda él, el único, Fouché, gracias a su refinado retraimiento y a su valor audaz para perseverar en la falta absoluta de vanidad.
    Pero llega un día en el proceso mundial de la revolución, un día que no admite vacilaciones, un día en el que cada cual tiene que dar su voto terminante, concreto, con «sí» o «no»: el 16 de enero de 1793. La manecilla del reloj de la revolución señala mediodía. La mitad del camino esta andado. Palmo a palmo se ha arrancado el Poder a la Monarquía. Pero aún vive el Rey, Luis XVI, aunque prisionero en el Temple. Ni ha sido posible dejarle huir, como esperaban los moderados, ni se ha conseguido que encontrase la muerte en aquel asalto al palacio realizado por la furia del pueblo, como secretamente deseaban los radicales. Le han humillado, le han quitado libertad, nombre y categoría; pero aún por su solo aliento, por su sangre heredada, es Rey, es el nieto de Luis XIV, y aunque ahora sólo se le llame desdeñosamente Luis Capeto, sigue siendo un peligro para la joven República. Por eso formula la Convención la pregunta de vida o muerte. En vano habían esperado los indecisos, los cobardes, los cautos, las personas del carácter de José Fouché, poder escapar por votación secreta de emitir su juicio definitivo. Robespierre exige terminantemente que cada representante de la nación francesa pronuncie su «sí» o «no», su Vida o Muerte, en medio de la Asamblea, para que sepa el pueblo y la posteridad el lugar que a cada uno corresponde: a la derecha o a la izquierda, en la bajamar o en la pleamar de la revolución.
    Ya el 15 de enero, Fouché ha definido claramente su propósito. Pertenece a los girondinos, y el deseo de sus electores, netamente moderados, le obliga a pedir clemencia para el Rey. Pregunta a sus amigos, sobre todo a Condorcet, y ve que están todos dispuestos a evitar una medida tan irrevocable como la ejecución del Rey. Y como la mayoría esta en contra de la sentencia, se pone Fouché, naturalmente, de su parte; la noche anterior, la del 15 de enero, lee a un amigo el discurso que piensa pronunciar para justificar su deseo de clemencia. Sentarse en los bancos de los moderados le obliga a ser así.
    Pero entre aquella noche del 15 de enero y la mañana del 16 transcurre una noche intranquila y agitada. Los radicales no han estado ociosos: han puesto en marcha la máquina de la rebelión de las masas, que saben dominar tan magistralmente. En los arrabales truenan los cañones del escándalo; las secciones llaman con sus tambores a las gentes del pueblo; todos los batallones irregulares de la rebelión, a los que recurren siempre los terroristas invisibles, que los mueven para alcanzar por la fuerza decisiones políticas y a los que pone en acción en pocas horas un gesto del cervecero Santerre. Estos batallones de los agitadores de barrio son conocidos de las pescaderas y aventureros desde la gloriosa conquista de la Bastilla; se los conoce de la hora vil de los asesinatos de septiembre. Siempre, cuando hay que romper el dique de las leyes, se revuelve a la fuerza esta gigantesca ola del pueblo, y siempre lo arrastra todo consigo, irresistible, hasta a aquellos a quienes ha hecho surgir de sus bajos fondos.
    Miles y miles cercan, ya al mediodía, la Escuela de Equitación y las Tullerías; hombres en mangas de camisa, el pecho desnudo, amenazantes, pica en mano; mujeres vociferantes, insultadoras, con carmañolas de rojo ígneo; guardia ciudadana y gente callejera. Entre ellos se multiplican los provocadores de la rebelión: Fournier, el americano; Guzmán, el español; Theroigne de Méricourt, esa caricatura histérica de Juana de Arco. Si pasan diputados sospechosos de votar por la clemencia, se vierte sobre ellos un diluvio de insolencias como cubos de basura, se alzan puños, se profieren amenazas contra los representantes del pueblo. Con todos los medios del terrorismo y de la fuerza bruta trabajan los amedrentadores para conseguir que la cabeza del Rey sea puesta bajo la cuchilla.
    Y esa intimidación hace su efecto en todos los espíritus apocados. Medrosos, se aprietan en sus asientos los girondinos, a la luz oscilante de las velas, en esta noche gris de invierno. Los que ayer esperaban aún, decididos a votar contra la muerte del Rey para evitar la guerra con toda Europa, están intranquilos y desunidos bajo la enorme presión de la rebelión del pueblo. Por fin, ya bien entrada la noche, se verifica la primera citación de nombres, y ¡qué ironía! le toca precisamente al jefe de los girondinos, a Vergniaud, al otras veces tan apasionado orador, cuya voz resuena siempre como un martillo sobre la madera vibrante de las paredes. Pero ahora teme no pasar, como jefe de la República, por bastante republicano si perdona la vida del Rey. Y él, que siempre fué bravo y furioso, se acerca a la tribuna, lento, pesado, la testa poderosa vergonzosamente inclinada, y dice en voz baja: La mort.
    La palabra resuena como un diapasón por la sala. El primero de los girondinos ha fallado. De los demás permanecen firmes la mayor parte: trescientos entre setecientos votos se inclinan al perdón, a pesar de que saben que una actitud de moderación política requiere en esta ocasión mil veces más audacia que una firmeza aparente. La balanza oscila mucho: un par de votos pueden decidir. Por fin es llamado el diputado de Nantes, José Fouché, el mismo que aseguro ayer aún a los amigos que defendería con palabras inflamadas la vida del Rey, el que hace diez horas se manifestaba como el más decidido entre los decididos. Pero mientras tanto ha contado los votos el antiguo profesor de Matemáticas, y, buen calculador, Fouché ha visto que con ello daría un paso en falso, ligándose al único partido al que nunca habría de pertenecer: al partido de la minoría. Ya no duda. Con sus pasos sigilosos sube ligeramente a la tribuna, y de sus labios pálidos se escapan, tenues, estas dos palabras: La mort.
    El Duque de Otranto escribirá y pronunciará más tarde cien mil palabras para excusar, como una equivocación, estas dos palabras que le estigmatizan de régicide, de asesino del Rey. Pero estas dos palabras están dichas públicamente y, anotadas en el Moniteur, no se las puede borrar de la Historia ni de su vida, en la que serán memorables, pues significan su primera caída oficial. Ha traicionado alevosamente a sus dos amigos Condorcet y Daunou, se ha burlado de ellos, los ha engañado. Pero no tiene que avergonzarse de ello ante la Historia: otros más fuertes, como Robespierre y Carnot, Lafayette, Barras y Napoleón, los más poderosos de su tiempo, serán burlados por él en la hora de la desgracia. En este momento se descubre por primera vez en el carácter de José Fouché otro rasgo muy marcado: su osadía. Si deja traicioneramente un partido, no lo hace nunca despacio y cautelosamente, nunca se desliza con disimulo de las filas. Lo hace a la luz del día, con fría sonrisa. Con estupefaciente naturalidad se pasa directamente al antiguo adversario y acepta todas sus palabras y argumentos. Lo que creen y dicen los partidarios anteriores, lo que piensa la masa, el público, le deja completamente frío. Le importa una sola cosa: estar siempre con el vencedor, nunca con el vencido. En la rapidez de rayo de este cambio, en el cinismo sin medida de su transmutación, muestra una dosis de osadía que involuntariamente anonada y causa admiración. Le bastan veinticuatro horas, a veces una hora sola, a veces un solo minuto, para arrojar francamente la bandera de sus convicciones y desplegar con estrépito la contraria. No va con una idea, va con el tiempo, y mientras más ligero corra, más ligero le seguirá.
    Sabe que sus electores de Nantes se indignaran cuando lean al día siguiente en el Moniteur su voto. Hay, pues, que arrollarlos, en vez de convencerlos. Y con esa rápida audacia, con esa osadía que le presta en esos instantes casi una aureola de grandeza, no espera la indignación, sino que se adelanta al asalto con un ataque. Al día siguiente de la votación manda imprimir un manifiesto en el que proclama ruidosamente, como su convicción más leal y sincera, lo que en realidad le ha sugerido el miedo a caer en desgracia ante el Parlamento: no quiere dejar a sus electores tiempo para pensar y calcular, quiere aterrorizarlos y amedrentarlos, dando el golpe con rápida brutalidad.
    Ni Marat ni los mas acalorados jacobinos son capaces de escribir de manera más sangrienta que este hombre, ayer aún tan moderado, a sus bravos, a sus buenos electores burgueses: «Los crímenes del tirano han sido descubiertos y llenan de indignación todos los corazones. Si no cae su cabeza enseguida bajo la espada, pueden caminar tranquilamente con las suyas erguidas todos los ladrones y asesinos, y el caos más terrible nos amenazara. Los tiempos están con nosotros y contra todos los reyes de la tierra». Así proclama la ejecución como necesidad inevitable quien el día anterior llevaba preparado en el bolsillo un manifiesto, probablemente igual de persuasivo, contra la ejecución.
    Y, efectivamente, el astuto matemático había calculado bien. Como buen oportunista, conoce la irresistible gravitación de la cobardía; sabe que en todos los momentos políticos de la masa es la audacia el decisivo denominador de todo cálculo. Tiene razón: los buenos burgueses conservadores se agachan tímidos ante este manifiesto descarado e inesperado; confundidos y perplejos se apresuran a dar su consentimiento para una decisión con la que no están conformes interiormente en lo más mínimo. Ninguno se atreve a contradecir. Y desde aquel día tiene José Fouché en su mano la dura y fría palanca con la que dominará las más difíciles crisis: el desprecio a la Humanidad.
    Desde esa fecha memorable, el 16 de enero, elige (por el momento) José Fouché, con su carácter de camaleón, el color rojo. El moderador se convierte de la noche a la mañana en archirradical y ultraterrorista. De un salto se encuentra en medio de sus adversarios, y una vez entre ellos decide colocarse en el ala extrema de la izquierda, en la más radical. Con una rapidez fantástica adopta este espíritu frío, este reseco burócrata, para no quedarse atrás, el lenguaje más sangriento de los terroristas. Hace rigurosamente proposiciones contra los emigrados, contra los sacerdotes; azuza, truena, se enfurece, degüella con palabras y gestos. Verdaderamente, podría volver a hacer amistad con Robespierre y volver a sentarse a su lado; pero este hombre de conciencia incorruptible, de duro espíritu protestante, no ama a los renegados; con doble desconfianza repele ahora al tránsfuga, cuyo radicalismo ruidoso le es más sospechoso que su antigua moderación.
    Fouché barrunta, con sentido atmosférico agudo, el peligro de tal vigilancia y ve acercarse días críticos. Aún se cierne la tormenta sobre la Asamblea y ya se insinúan en el horizonte político las luchas trágicas entre los jefes de la revolución, entre Danton y Robespierre, entre Hebert y Desmoulins; habría que decidirse de nuevo dentro del mismo radicalismo; pero a Fouché no le gusta comprometerse antes de que la declaración esté exenta de peligros y sea propicia a la ganancia. Sabe que hay situaciones en los momentos decisivos que domina un diplomático, lo más sabiamente, eludiéndolas. Así es que prefiere ausentarse del ruedo de la Convención durante la lucha y no volver a pisarlo hasta que ésta se haya decidido. Para fundar y justificar su retirada tiene la suerte de que se le presente con oportunidad una excusa honorable: la Convención elige doscientos delegados de su seno para que mantengan el orden en las provincias. Fouché, que no se encuentra bien en la atmósfera volcánica del salón de sesiones, hace todo lo posible por ser uno de los enviados y consigue ser elegido. Se le concede así una tregua. Puede tomar aliento. ¡Que luchen mientras tanto unos con otros, que se aniquilen entre sí haciendo lugar, haciendo sitio, con su apasionamiento, para él, soberbio y ambicioso! ¡Pero ahora, alejarse, evadirse, no tomar partido entre los partidos! Unos meses, unas semanas son mucho en aquellos tiempos en que el reloj del universo corre frenéticamente. Cuando llegue el momento de volver estará decidida la suerte y entonces podrá situarse tranquilamente y sin peligro al lado del vencedor, en su partido de siempre: en la mayoría.
    Se ha estudiado poco la historia provincial de la revolución francesa. Todas las descripciones concentran la atención pasmada en la esfera del reloj de París, donde solo es visible el signo de la hora. Pero el péndulo que regulariza su marcha sostiene su eje en el país y en el ejército. París no es más que la palabra, la iniciativa, el motor; pero el país inmenso es la acción, la fuerza decisiva y continua.
    Pronto reconoce la Convención que el tempo revolucionario de la capital y el del país no coinciden. Los lugareños, los habitantes de las aldeas y de las montañas, no piensan con la misma rapidez que las gentes de la capital. Absorben más despacio y con más cuidado las ideas y se las apropian a su manera.
    Lo que en la Convención se convierte en ley en una hora, se filtra despacio, gota a gota, por el país, y casi siempre adulterado y diluido por la burocracia realista provincial, por el clero, por los hombres del antiguo régimen. Por eso hay siempre una hora de atraso en las regiones respecto a París. Si gobiernan en la Convención los girondinos, aún elige la provincia realista; cuando los jacobinos triunfan, empieza el acercamiento espiritual de la provincia a la Gironde. Inútiles son contra esto todos los decretos patéticos, pues sólo lenta y tímidamente se abre paso la palabra impresa hasta la Auvergne y la Vendee.
    Así acuerda la Convención desplazarse en verbo y presencia activamente a la provincia para avivar el ritmo de la revolución en toda Francia, para dar jaque al tiempo vacilante y casi antirrevolucionario de las comarcas rurales. Elige de su propio seno doscientos delegados que deben representar su voluntad y les da poderes casi ilimitados. Quien lleva la banda tricolor y el sombrero de pluma roja tiene derechos de dictador. Puede cobrar contribuciones, pronunciar sentencias, pedir reclutas, destituir generales; ninguna autoridad puede oponerse al que representa con su persona, santificada simbólicamente, la voluntad de la Convención Nacional íntegra. Su poder es ilimitado, como antaño el de los procónsules de Roma, que llevaron a todos los países sometidos a la voluntad del Senado. Cada uno es un dictador, un soberano, contra cuyo fallo no se puede apelar ni recurrir.
    Enorme es el poder de estos embajadores escogidos; pero enorme también su responsabilidad. Dentro de la provincia que se les asigna parece cada uno un rey, un emperador, un autócrata. Pero detrás de su nuca manda su destello siniestro la guillotina. El Comité de Salud pública vigila cada queja y pide implacablemente a cada uno cuentas exactas sobre la administración de los fondos. Contra el que no muestra suficiente energía se aplicaran duras sanciones; quien, por otra parte, se deja arrastrar por una furia excesiva, también ha de esperar su castigo. Si prevalece el terrorismo, toda medida de este género se considerará acertada; si se inclina la balanza hacia la clemencia, se juzgara, en cambio, como improcedente. Señores, en apariencia, de todo un país, son en realidad verdaderos siervos del Comité de Salud pública y están sometidos a la tendencia que rige la hora. Por eso miran de soslayo, con el oído atento a las señales de París. Mientras deciden sobre la vida y la muerte de los demás, han de estar alerta para conservar la propia vida. No es, ni mucho menos, un cargo fácil el que aceptan. Igual que los generales de la revolución ante el enemigo, saben todos que sólo una cosa los salva de la afilada cuchilla: el éxito.
    En el momento en que Fouché es enviado como procónsul, se inclina la balanza del lado de los radicales. Así, pues, matiza Fouché su acción en el departamento de la Loire inferieure, en Nantes, Nevers y Moulins, con un tono rabiosamente radical. Truena contra los moderados, inunda el país con un diluvio de manifiestos, amenaza a los ricos, a los timoratos, de la manera más cruel; pone en pie regimientos enteros de voluntarios bajo presión moral o efectiva y los manda contra el enemigo. En fuerza organizadora, en rápido conocimiento de la situación iguala, por lo menos, a cada uno de sus compañeros; en audacia verbal los supera a todos.
    Porque y esto hay que anotarlo José Fouché no permanece en un margen de cautela, como los célebres campeones de la revolución, Robespierre y Danton, ante la cuestión de la propiedad eclesiástica y privada, que aquéllos declaran aún respetuosamente «invulnerables». Fouché se traza decididamente un programa radical, socialista y comunista. El primer manifiesto comunista claro de la época moderna no es, por cierto, el célebre de Carlos Marx, ni el «Hessische Landbote», de Jorge Buechner, sino la tan desconocida «Instruction de Lyon», intencionadamente olvidada por la historiografía socialista, y que lleva las firmas de Collot d'Herbois y Fouché, pero que, sin duda alguna, fue redactada sólo por éste. Tal documento enérgico, que en sus postulados se adelanta a su época en cien años y que es uno de los más sorprendentes de la revolución , bien merece la pena de ser sacado de la sombra. Aunque pretenda atenuar su significado histórico el hecho de negar desesperadamente más tarde el Duque de Otranto las palabras escritas como simple ciudadano José Fouché, siempre definirán éstas su credo de antaño. Visto como documento de la época, se nos presenta Fouché como el primer socialista verdadero, como el primer comunista de la revolución. Ni Marat ni Chaumette han formulado los más audaces postulados de la revolución francesa, sino José Fouché. Con mayor claridad y agudeza que la mejor descripción, ilumina su texto el retrato espiritual de Fouché; en otras ocasiones casi siempre parece desleírse en una zona de penumbra...
    Esta «Instruction» comienza audazmente con una declaración de infalibilidad justificativa de todas las osadías: «Todo les está permitido a los que actúan en nombre de la República. Quien se excede en cumplirlas, quien aparentemente pasa del límite, aún puede decirse que no ha llegado al fin ideal. Mientras quede sobre la tierra un solo desgraciado, debe proseguir el avance de la libertad».
    Después de este preludio enérgico, en cierto sentido ya maximalista, de Fouché, la siguiente definición del espíritu revolucionario: «La revolución esta hecha para el pueblo; pero no hay que entender por pueblo esa clase privilegiada, por su riqueza, que ha acaparado todos los goces de la vida y todos los bienes de la sociedad. El pueblo es únicamente la totalidad de los ciudadanos franceses, sobre todo esa clase social infinita de los proletarios que defienden las fronteras de nuestra patria y que sustentan a la sociedad con su trabajo. La revolución sería un absurdo político y moral si no se ocupara mas que del bienestar de unos cuantos cientos de individuos y dejara perdurar la miseria de veinticuatro millones de seres. Por eso sería un engaño afrentoso a la Humanidad el pretender hablar siempre en nombre de la igualdad, mientras separa aún a los hombres desigualdades tan tremendas en el bienestar». Después de estas palabras introductivas desarrolla Fouché su teoría preferida: que el rico, mauvais riche, no será nunca un verdadero revolucionario, nunca un republicano leal; que toda revolución, nada mas que burguesa, que deje persistir las diferencias de bienes, tendría que volver a degenerar inevitablemente en una nueva tiranía, «porque los ricos se tendrían siempre por otra clase de seres». Por eso exige Fouché del pueblo la energía más extremada y completa, la revolución integral. «No os engañéis: para ser un verdadero republicano, tiene que sufrir cada ciudadano en sí mismo una revolución parecida a la que ha cambiado la faz de Francia. No puede quedar nada común entre los vasallos de los tiranos y los habitantes de un país libre. Por eso tienen que ser completamente nuevas todas sus obras, sus sentimientos y sus costumbres. Estáis oprimidos y debéis aniquilar a vuestros opresores; habéis sido esclavos de la superstición eclesiástica, y no debéis tener otro culto que el de la Libertad... Todo el que permanece al margen de este entusiasmo, que conoce alegrías y tribulaciones ajenas a la felicidad del pueblo, abre su alma a intereses fríos, calcula lo que rentará su honor, su posición y su talento, y se aparta así por un momento del bien general; todo aquel cuya sangre no arde vindicadora ante la opresión y la opulencia; todo el que tenga una lágrima de compasión para un enemigo del pueblo, y el que no guarda toda la fuerza de su sentimiento para los mártires de la Libertad, todos estos mienten, si se atreven a llamarse republicanos. Que abandonen el país, si no quieren que se los desenmascare y que su sangre impura riegue el suelo de la Libertad. La República no quiere en su seno mas que seres libres, está dispuesta a aniquilar a los demás, y no reconoce como hijos sino a los que quieren vivir, luchar y morir por ella.» En el tercer párrafo de esta instrucción se convierte la confesión revolucionaria en un manifiesto comunista desnudo y franco (el primero explicito de 1793): «Todo el que posea más de lo indispensable ha de contribuir con una cuota igual al exceso a los grandes requerimientos de la patria. De modo que habéis de averiguar, de manera generosa y verdaderamente revolucionaria, cuanto tiene que desembolsar cada uno para la causa pública. No se trata aquí de la averiguación matemática, ni tampoco del método vacilante que en otros casos se emplea en la repartición de contribuciones; esta medida especial tiene que llevar el carácter de las circunstancias. Obrad, pues, generosamente y con audacia: quitadle a cada ciudadano lo que no necesite, pues lo superfluo es una violación patente de los derechos del pueblo. Todo lo que tiene un individuo mas allá de sus necesidades no lo puede utilizar de otra manera que abusando de ello. No dejarle, pues, sino lo estrictamente necesario; el resto pertenece íntegro, durante la guerra, a la República y a sus ejércitos».
    Expresamente acentúa Fouché en este manifiesto que no hay que contentarse solamente con el dinero. «Todos los objetos continua que se poseen en demasía y que puedan ser útiles a los defensores del país, los pide ahora la patria. Así hay gentes que tienen increíble abundancia en telas de hilo y camisas, en pañuelos y zapatos. Todas estas cosas tienen que ser objeto de la requisa revolucionaria.» Igualmente pide la entrega del oro y de la plata, de los métaux vils et corrupteurs, que desprecia el verdadero republicano, al tesoro nacional, para que allí «les sea acuñada la efigie de la República, y purificados por el fuego sirvan solamente a la Comunidad. No necesitamos sino acero y hierro, y la República triunfara». El llamamiento termina con una tremenda apelación a la violencia: «Administraremos con todo rigor la autoridad que nos ha sido encomendada, consideraremos y castigaremos como actos malvados todo lo que, bajo otra circunstancia, se llame descuido, debilidad y lentitud. Pasó la época de las decisiones tibias y de las consideraciones. ¡Ayudadnos a dar los golpes implacables o estos golpes caerán sobre vosotros mismos! ¡La libertad o la muerte! Podéis elegir».
    La teoría de este documento nos da ya una idea de cómo será el procónsul José Fouché en el desempeño de sus funciones. En el departamento de la Loire inférieure, en Nantes, Nevers y Moulins, se atreve a la lucha contra las mas fuertes potencias de Francia, ante las cuales se habían retraído prudentemente el mismo Robespierre y Danton: contra la propiedad privada y contra la Iglesia. Obra rápida y decididamente en sentido de la Egalisation des fortunes, con la invención del llamado «Comité filantrópico», al que habían de enviar los propietarios voluntariamente sus dádivas, según la fórmula. Pero para evitar confusiones, agrega de antemano la suave encomienda de que «si el rico» no hace uso «de su derecho, mostrándose propicio al régimen de la Libertad, tiene la República, por su parte, el derecho de apoderarse de su fortuna». No tolera el menor exceso en el uso de los bienes, y delimita enérgicamente el concepto de lo superflu. «El republicano sólo necesita hierro, pan y cuarenta escudos de renta.» Fouché saca los caballos de las cuadras, la harina de los sacos; hace responsables con la vida a los mismos arrendatarios, para que no se queden atrás en su prescripción; hace obligatorio el pan de guerra como en la Guerra Europea el pan único y prohibe terminantemente el pan blanco de lujo. Semanalmente pone en pie cinco mil reclutas, equipados con caballos, calzado, ropa y fusiles; utiliza la violencia para poner en marcha las fábricas y todo obedece a su energía férrea. El dinero afluye con las contribuciones, impuestos y dádivas, entregas y tributos. Escribe así orgulloso a la Convención después de dos meses de actividad: On rougit ici d'etre riches «Aquí da rubor ser rico.» Pero, en verdad, debió decir: «Aquí da temblor ser rico.»
    Al mismo tiempo que como radical y comunista, se revela José Fouché (el futuro multimillonario Duque de Otranto, que se casara en segundas nupcias por la iglesia, piadosamente, bajo el patronato de un rey) como el más feroz y fanático enemigo del cristianismo. «Este culto hipócrita tiene que ser reemplazado por la creencia en la República y en la moral», truena en su carta flamante... Y caen como rayos ardientes las primeras disposiciones contra las iglesias y las catedrales. Ley sobre ley, decreto sobre decreto: «Ningún sacerdote podrá llevar los hábitos fuera del lugar destinado al culto», se le quitaran todos los Privilegios, pues «ya es tiempo argumenta de que vuelva esta clase altanera a la pureza del cristianismo primitivo y se reintegre al estado civil». No le basta a José Fouché con ser la cabeza del poder militar, con ser el más alto funcionario de la justicia, dictador autónomo de la administración; se apodera también de todas las facultades eclesiásticas. Suprime el celibato, ordena a los sacerdotes que se casen en el plazo de un mes o que adopten un niño; concierta matrimonios y los divorcia en la plaza pública. Sube al púlpito (del que han sido quitadas cuidadosamente todas las cruces y efigies religiosas) y pronuncia sermones ateístas, en los que niega la inmortalidad y la existencia de Dios. Las ceremonias de entierro cristianas son suprimidas, y como único consuelo se graba en los cementerios la inscripción: «La muerte es un sueño eterno». El nuevo papa introduce en Nevers dando a su hija el nombre de «Nievre», según la nominación del departamento , por primera vez en el país, el bautismo civil. Hace salir a la guardia nacional con tambores y música, y en la plaza pública, sin intervención eclesiástica, bautiza a la niña y le da nombre. En Moulins, precediendo a caballo a un pelotón por toda la capital, con un martillo en la mano, va destruyendo cruces y crucifijos, imágenes de santos, símbolos «vergonzosos» del fanatismo. Con las mitras y los paños del altar robados forman una hoguera, y mientras arden en pompa, danza la plebe en torno de este auto de fe ateístico. Pero ensañarse únicamente en objetos muertos, contra figuras de piedra indefensas y contra cruces frágiles, hubiera sido para Fouché un triunfo a medias. El verdadero triunfo lo consigue cuando logra con su elocuencia que el cardenal Frangois Laurent arroje los hábitos y se ponga el gorro frigio, y le siguen, entusiasmados con este ejemplo, treinta sacerdotes, alcanzando un éxito que se propaga como un reguero de pólvora por todo el país. Así puede vanagloriarse con orgullo ante sus colegas ateístas de haber acabado con el fanatismo y de haber aniquilado tanto el cristianismo como la riqueza en el territorio a él confiado.
    ¡Se diría que se trata de los hechos de un loco, del fanatismo desatentado de un ente fantástico! Pero José Fouché sigue siendo el frío calculador de siempre, el realista impasible, tras estos fingidos apasionamientos. Sabe que debe cuentas a la Convención, sabe que las frases patrióticas y las cartas han bajado de valor y que para suscitar admiración hay que hablar con el lenguaje positivo de las monedas sonantes. Y envía, mientras los regimientos levantados marchan hacia la frontera, todo el producto del saqueo de las iglesias a París. Cajones y cajones son llevados a la Convención llenos de custodias de oro, de velones de plata rotos y fundidos, crucifijos y joyas de metales preciosos y pedrerías. Sabe que la República necesita, ante todo, dinero, riquezas, y él es el primero, el único que envía desde la provincia botín tan elocuente a los diputados, que al principio se asombran de esta nueva energía, aplaudiéndole luego frenéticamente. Desde este momento se conoce en la Convención el nombre Fouché como el de un hombre férreo, como el más intrépido, el mas violento republicano de la República.
    Cuando vuelve José Fouché de sus misiones a la Convención, ya no es el pequeño y desconocido diputado de 1792. A un hombre que levantó diez mil reclutas, que saca de las provincias cien mil francos de oro, mil doscientas libras en metálico, mil barras de plata, sin utilizar ni una sola vez el rasoir national, la guillotina, no le puede negar la Convención verdadera admiración Pour sa vigilance, por «su celo». El ultrajacobino Chaumette pública un himno a sus hazañas. «El ciudadano Fouché escribe ha realizado los milagros que acabo de contar. Ha honrado a la vejez, ayudado a los débiles, respetado la desgracia, destruido el fanatismo y aniquilado el federalismo. Ha vuelto a poner en marcha la fabricación de hierro, ha arrestado a los sospechosos, ha castigado ejemplarmente los crímenes, ha perseguido y encarcelado a los explotadores.» Un año después de haberse sentado cauteloso y titubeante en los bancos de los moderados, pasa ya Fouché por el mas radical de los radicales. Y ahora, cuando la sublevación de Lyon requiere el hombre sin miramientos ni escrúpulos, el hombre capaz de llevar a cabo el edicto mas terrible que invento jamás una revolución, ¿quien mas indicado que Fouché? «Los servicios que has prestado hasta ahora a la revolución decreta la Convención en su lenguaje pomposo son garantía de los que has de prestar aún. En ti está el volver a encender en la Ville Affranchie (Lyon) el fuego agonizante del espíritu ciudadano. ¡Concluye la revolución, termina la guerra de los aristócratas y que caigan sobre ellos y los aniquilen las ruinas que pretende levantar aquel Poder destruido!»
    Y con esta figura de vengador y asolador, como el Mitrailleur de Lyon, entra José Fouché el que ha de ser mas tarde multimillonario y Duque de Otranto por primera vez en la Historia.

    CAPÍTULO II
    EL MITRAILLEUR DE LYON
    (1793)
    En los anales de la revolución francesa rara vez se abre una página sangrienta como la de la sublevación de Lyon, y, sin embargo, en ninguna capital, ni aún en París, se ha destacado el contraste social tan claramente como en esta patria de la fabricación de la seda, primera capital de industria de la entonces aún burguesa y agraria Francia. Allí forman los obreros, en medio de la revolución de 1792, por primera vez, una masa proletaria visible, rígidamente separada de los fabricantes, realistas y capitalistas. No es un milagro que tomen los conflictos, precisamente sobre este suelo ardiente, las formas más sangrientas y fantásticas, tanto en la reacción como en la revolución.
    Los partidarios de los jacobinos, las masas de los obreros y de los sin trabajo se agrupan alrededor de uno de esos hombres singulares que surgen a la superficie en todas las transformaciones mundiales, uno de esos seres puros, idealistas y creyentes, que suelen causar con su fe más mal y derramar más sangre con su idealismo, que los más brutales políticos y los más feroces tiranos. Siempre será precisamente el hombre puro, religioso, extático, el reformador, quien, con la intención más noble, dará motivo a asesinatos y desgracias que él mismo detesta. En Lyon se llamo Chalier, un sacerdote escapado y antiguo comerciante, para el que la revolución significo otra vez el cristianismo auténtico y verdadero, entregándose a ella con amor desinteresado y supersticioso. La elevación de la Humanidad a un nivel de razón e igualdad significó, para este lector apasionado de Juan Jacobo Rousseau, la realización en la tierra del reino milenario. Su filantropía ardiente y fanática ve en la conflagración general la aurora de una Humanidad nueva y eterna. Es un idealista conmovedor; cuando cae la Bastilla coge en sus manos una piedra del baluarte y, cargado con ella seis días y seis noches, la lleva de París a Lyon, donde la utiliza de ara para un altar. Venera como a un dios a Marat, a este libelista de sangre ardiente, férvido, en el que ve una nueva Pythisa. Aprende sus discursos escritos de memoria y arrebata con sus sermones, místicos e infantiles, a los obreros de Lyon. Instintivamente ve el pueblo en él una caridad ardiente y comprensiva. Por otra parte, los reaccionarios de Lyon comprenden que es mucho más peligroso un hombre tan puramente poseído por el espíritu visionario rayando en las fronteras de la locura, rebosante de amor al prójimo, que los más estrepitosos y rebeldes jacobinos. En él se concentra todo el amor y contra él va todo el odio. Y al primer motín encierran en la cárcel, como presunto caudillo de los revoltosos a este idealista neurasténico y un poco ridículo. Se logra achacarle una carta falsificada que le compromete, para fundamentar una denuncia en virtud de la cual se le condena a muerte, para escarmiento de radicales y como reto a la Convención de París. Inútilmente la Convención, indignada, envía mensajero tras mensajero a Lyon para salvar a Chalier, y amonesta, exige y amenaza al magistrado insubordinado. La municipalidad de Lyon rehusa toda intervención con arrogancia, decidida a enseñar los dientes a los terroristas de París. Hacía tiempo que habían recibido con repugnancia la guillotina, el instrumento del terror. Sin servirse de él, lo tuvieron metido en un granero hasta este momento, en el que se preparan a dar una lección a los paladines del sistema terrorista, estrenando el «filantrópico» artefacto en la cabeza de un revolucionario. Y precisamente por la falta de uso de la maquina siniestra, y también por la torpeza del verdugo, se convierte la ejecución de Chalier en cruel e infame suplicio. Tres veces cae el filo romo de la cuchilla sin decapitar al reo. El pueblo contempla horrorizado el cuerpo atado y ensangrentado de su caudillo retorcerse aún con vida, en cruenta tortura, hasta que el verdugo, compadecido, remata la obra de la enmohecida guillotina con un golpe certero de su sable. ¡Pero esta cabeza atormentada, cruelmente lacerada, será Palladium de vindicta para la revolución y cabeza de Medusa para sus asesinos!
    Produce verdadero espanto en la Convención la noticia de este crimen. ¿Cómo se atreve una ciudad francesa sola a hacer franca resistencia a la Asamblea Nacional? Había que ahogar en sangre la insolente provocación. Pero el Gobierno de Lyon sabe muy bien lo que le espera, y de la resistencia pasa abiertamente a la rebelión contra la Asamblea Nacional. Levanta tropas y prepara las obras defensivas necesarias para oponerse por la fuerza al ejército republicano.
    Las armas decidirán entre Lyon y París, entre reacción y revolución.
    Es lógico que una guerra civil se considere en este momento como un verdadero suicidio para la joven República, pues jamás fue una situación más peligrosa y más desesperada. Los ingleses habían tomado Tolón, saqueado la flota y el arsenal y amenazaban a Dunquerque, mientras que, por otra parte, avanzaban los prusianos y los austriacos en el Rin y estaba en llamas la Vendée. La contienda y la rebelión conmueven a la República de una a otra frontera. Pero son los días heroicos de la Convención francesa. Impulsada por un instinto siniestro, de predestinación, decide responder al peligro con el reto como mejor manera de combatirlo, y así rehusan los jefes, después de la muerte de Chalier, todo pacto con sus verdugos. Potius mori quam foedari, «Mejor sucumbir que pactar», mejor otra guerra sobre las siete guerras que se hacían, que una paz síntoma de flaqueza. Y este irresistible ímpetu de la desesperación, esta pasión ilógica, furiosa, salvó a la revolución francesa lo mismo que a la rusa (amenazada en el exterior por los ingleses y los mercenarios de todo el mundo, en el interior por las legiones de Wrangel, de Denikin y de Koltschak) en el momento de mayor peligro. No les vale a los habitantes de Lyon echarse francamente en brazos de los realistas y confiar el mando de sus tropas a un general del Rey. De las granjas y de los suburbios surgen aludes de soldados proletarios, y el 9 de octubre las tropas republicanas conquistan la segunda capital de Francia. Este día es acaso el mas espléndido de la revolución francesa. Cuando en la Convención se levanta solemne el Presidente de su asiento y comunica la capitulación definitiva de Lyon, saltan los diputados de sus asientos y se abrazan de alegría; por un momento parece terminada toda discordia. La República esta salvada; ha dado un magnífico ejemplo a todo el país, a todo el mundo, de la fuerza iracunda, de la pujanza irresistible del ejército popular republicano. Pero fatalmente arrastra a los vencedores el orgullo de la propia bravura a una soberbia incontenible, a un trágico deseo de convertir el triunfo en terror. Terrible, como el ímpetu de la victoria, ha de ser ahora la venganza contra los vencidos. «Hay que dar un escarmiento ejemplar, hay que hacer ver que la República francesa, que la joven revolución, reserva el más duro castigo para aquellos que se levantan contra ella». Y así se rebaja ante el mundo entero la Convención, defensora de la Humanidad, con un decreto cuya pauta histórica parece dada por los Califas y por Barbarroja con su vandálica devastación de Milán. El 12 de octubre propone el Presidente de la Convención el documento tremendo en que se pide nada menos que la destrucción de la segunda capital de Francia. Este decreto, poco conocido, dice textualmente:
    «1.º La Convención Nacional nombra, a propuesta del Comité de Salud pública, un Comité especial de cinco miembros para castigar sin demora, militarmente, la contrarrevolución de Lyon.
    »2.º Todos los habitantes de Lyon serán desarmados y sus armas entregadas a los defensores de la República.
    »3.º Parte de ellas serán entregadas a los patriotas que fueron oprimidos por los ricos y contrarrevolucionarios.
    »4.º La ciudad de Lyon será devastada. Toda la parte habitada por los ricos será destruida; quedarán en pie las casas de los pobres, las viviendas de los patriotas asesinados o proscritos, los edificios industriales y los que sirven para fines benéficos y educativos.
    »5.º El nombre de Lyon será borrado del índice de ciudades de la República. En adelante llevara el conjunto de casas que queden en pie el nombre de Ville Affranchie.
    »6.º Sobre las ruinas de Lyon se erigirá una columna que anuncie a la posteridad los crímenes y el castigo de la ciudad realista, y que llevará esta inscripción: Lyon hizo la guerra contra la Libertad. Lyon no existe.»
    Nadie se atreve a protestar contra esta petición delirante de convertir la segunda capital de Francia en un montón de escombros. Se acabó el valor cívico en el seno de la Convención francesa desde que la guillotina brilla amenazante sobre las cabezas de los que se atreven a susurrar tan sólo palabras de clemencia o compasión. Atemorizada del propio terror, del terror por ella impuesto, aprueba unánimemente la Convención el decreto vandálico y confía su ejecución a Couthon, el amigo de Robespierre.
    Couthon, el antecesor de Fouché, reconoce enseguida el desatino, el suicidio que significa demoler voluntariamente, por un gesto amedrentador, la capital industrial de Francia y sus monumentos de arte. Desde el primer momento está decidido interiormente a eludir el cumplimiento de su misión. Mas para ello es indispensable adoptar una actitud de hipocresía llena de prudencia. Por eso vela Couthon su designio secreto de respetar la ciudad elogiando de primera intención desmesuradamente el disparatado decreto de total demolición. «¡Colegas ciudadanos exclama , la lectura de vuestro decreto nos ha llenado de admiración! Sí; es preciso que la ciudad sea devastada para que sirva, de ejemplo a las que pudieran llevar su atrevimiento a levantarse contra la Patria. Entre todas las medidas grandes y fuertes que ha ordenado hasta ahora la Convención Nacional, faltaba una, a la que no se había llegado: la de la destrucción total; pero estad tranquilos, Colegas, ciudadanos, y asegurad a la Convención Nacional que sus principios son los nuestros y sus decretos serán ejecutados al pie de la letra.» Aunque recibe Couthon su encomienda con palabras de panegírico, no piensa, en verdad, llevarla a cabo. Se contenta con preparativos teatrales. Inválido de las dos piernas por una parálisis temprana, pero de espíritu inquebrantablemente resuelto, se hace conducir en una litera a la plaza de Lyon, designa con un martillo de plata simbólicamente las casas que han de ser derribadas y anuncia la institución de terribles tribunales de vindicta. Con esto se calman los espíritus más fogosos. En realidad, con el pretexto de la falta de obreros, se emplean sólo un par de mujeres y niños que, «pro forma», dan algunos golpes indolentes de pico en las casas. Y sólo se llevan a cabo contadas ejecuciones.
    La ciudad respira, sorprendida por tan inesperada clemencia tras decretos tan fulminantes; pero los terroristas están alerta, se dan cuenta poco a poco de los propósitos benévolos de Couthon e instigan a la Convención a la violencia. La cabeza destrozada y sangrienta de Chalier es llevada a París como reliquia, presentada con gran solemnidad a la Convención y expuesta en Notre Dame con el fin de excitar al pueblo. Cada vez con mayor impaciencia se lanzan nuevos requerimientos contra el cunctátor Couthon. Se dice de él que es excesivamente flexible, indolente, demasiado tímido. En fin, que no es el hombre capaz de llevar a cabo venganza tan ejemplar. Hace falta un revolucionario verdadero, dispuesto a todo, digno de la confianza que se le otorga; un hombre que no se asuste de la sangre y que se arriesgue: un hombre de acero. Por fin cede la Convención a tan ruidosas demandas y envía como verdugo de la ciudad desdichada, en el lugar del excesivamente blando Couthon, a los mas decididos de sus tribunos: al vehemente Collot d'Herbois (del que circula la leyenda de que, por haber recibido una rechifla como actor en Lyon, es el verdadero hombre para castigar a sus habitantes) y al más radical de los procónsules, al más calificado de los jacobinos y ultraterroristas, a José Fouché.
    ¿Se trata, en el caso de Fouché, designado de la noche a la mañana por la obra asesina, de un verdadero verdugo, de «un ebrio de sangre», como se llamaba a los campeones del terror?
    Si atendemos a sus palabras, ciertamente. Ningún procónsul se ha conducido en su provincia con mayor energía, con mayor espíritu revolucionario, con mayor radicalismo que José Fouché. Nadie ha requisado con menos miramientos, nadie ha realizado más concienzudamente el saqueo de las iglesias ni ha hecho desembolsar las fortunas y estrangulado toda resistencia con mayor eficacia. Pero, cosa muy característica en él: únicamente con palabras, con órdenes e intimidaciones, ha instituido el terror. En las semanas que duró su poder en Nevers, Clamecy, no corre ni una gota de sangre. Mientras cruje en París la guillotina como una máquina de coser, mientras Carrier ahoga en Nantes, arrojándolos al Loire, a centenares de sospechosos; mientras que todo el país tiembla de fusilamientos, crímenes y persecuciones, no tiene Fouché en su distrito una sola ejecución sobre la conciencia. Conoce muy bien es el leitmotiv de su psicología la cobardía de las gentes; sabe que un gesto feroz y un ademán de terror ahorran casi siempre el terror mismo. Y cuando más tarde, en lo más florido de la reacción, se levantan acusadoras las provincias contra sus sojuzgadores, no puede formular el distrito de Fouché en contra suya otra acusación que la de la amenaza de muerte; pero de una ejecución efectiva, no puede acusarle nadie. Vemos, pues, que Fouché, designado ahora como verdugo de Lyon, no tiene inclinaciones cruentas. En este hombre frío, sin sensualidad; en este calculador, en este malabarista mental, hay más de zorro que de tigre. No necesita el vaho de la sangre para excitar sus nervios. Gesticula rabioso, pero sin fiebre interior, con palabras de amenaza, jamás pedirá ejecuciones por el placer de asesinar, por monomanía de mando. Obedeciendo al instinto y a la prudencia no por humanidad , respeta la vida de los demás mientras no peligra la suya.
    Este es uno de los secretos de casi todas las revoluciones y el destino trágico de sus caudillos; sin tener sed de sangre, verse obligados a derramarla. Desmoulins Pide frenético desde su pupitre burocrático el tribunal para los girondinos. Pero más tarde, cuando, sentado en la sala de justicia, oye caer la palabra «muerte» sobre los veintidós hombres que él mismo ha arrastrado ante los jueces, salta del asiento con palidez mortal, trémulo, se precipita fuera de la sala lleno de desesperación; ¡no, no es eso lo que él quería! Robespierre, que puso su firma bajo miles de decretos fatales, combatió dos años antes, en la Asamblea Constituyente, la pena de muerte, y condenó la guerra como un crimen. Danton, a pesar de ser hechura suya el terrible tribunal, llego a gritar estas palabras de desesperación con el alma atribulada: «Ser guillotinado antes que guillotinar». Hasta Marat, que pide públicamente desde su periódico trescientas mil cabezas, hace todo lo posible para salvar a los que están sentenciados a caer bajo la cuchilla. Todos los que más tarde han de aparecer como bestias sangrientas, como asesinos frenéticos, ebrios con el olor de los cadáveres, todos detestan en su interior (lo mismo que Lenin y los jefes de la revolución rusa) las ejecuciones. Empiezan por tener a raya a sus adversarios políticos con la amenaza de muerte; pero la simiente del dragón del crimen surge violenta del consentimiento teórico del crimen mismo. No pecó por embriaguez de sangre la revolución francesa, sino por haberse embriagado con palabras sangrientas. Para entusiasmar al pueblo y para justificar el propio radicalismo, se cometió la torpeza de crear un lenguaje cruento; se dió en la manía de hablar constantemente de traidores y de patíbulos. Y después, cuando el pueblo, embriagado, borracho, poseído de estas palabras brutales y excitantes, pide efectivamente las «medidas enérgicas» anunciadas como necesarias, entonces falta a los caudillos el valor de resistir: tienen que guillotinar para no desmentir sus frases de constante alusión a la guillotina. Los hechos han de seguir fatalmente a las palabras frenéticas. Así se inicia la desenfrenada carrera, en la que nadie se atreve a quedar atrás en la persecución de la aureola popular. Siguiendo la ley irresistible de la gravitación, viene una ejecución tras la otra; lo que empezó como juego sangriento de palabras, se convierte en puja feroz de cabezas humanas. Se hacen así miles de sacrificios, no por placer, ni siquiera por pasión, y mucho menos por energía, sino simplemente por indecisión de los políticos, de los hombres de partido, que carecen de valor para resistir al pueblo; por cobardía, en último término. Por desgracia, no es siempre la Historia, como nos la cuentan, historia del valor humano; es también historia de la cobardía humana. Y la política no es, como se quiere hacer creer a todo trance, guía de la opinión pública, sino inclinación humillante de los caudillos precisamente ante la instancia que ellos mismos han creado e influenciado. Así nacen siempre las guerras: de un juego con palabras peligrosas, de una superexcitación de las pasiones nacionales; y así también los crímenes políticos; ningún vicio y ninguna brutalidad en la tierra han vertido tanta sangre como la cobardía humana. Si, pues, José Fouché llega a ser en Lyon el verdugo de las masas, no será por pasión republicana (no conoce él ninguna pasión), sino únicamente por miedo de caer en desgracia como moderado. Pero no deciden en la Historia los pensamientos, sino los hechos, y aunque se haya defendido mil veces contra la expresión del mitrailleur de Lyon, quedará ya estigmatizado como tal. Y ni la capa ducal podrá ocultar las huellas de sangre de sus manos.
    El 7 de noviembre llega Collot d'Herbois a Lyon y el 10 llega José Fouché. Inician sus trabajos inmediatamente. Pero antes de la verdadera tragedia ponen en escena, entre el excómico y el exsacerdote, una breve comedia satánica que constituye tal vez la más cínica y provocativa de la revolución francesa: una especie de misa negra en pleno día. Los funerales por el mártir de la Libertad, Chalier, sirven de pretexto para esta desenfrenada orgía ateísta. Como preludio, a las ocho de la mañana se arrancan de las iglesias las últimas insignias religiosas; los crucifijos caen de los altares; se las despoja de pafíos y casullas. Se organiza después una procesión imponente por toda la ciudad hacia la plaza de Terraux. Cuatro jacobinos llegados de París llevan en una litera, cubierta con tapices tricolores, el busto de Chalier materialmente cubierto de flores. Al lado, una urna con sus cenizas y, en una pequeña jaula, una paloma que consoló, según se dice, al mártir en la prisión. Solemnes y graves caminan detrás de la litera los tres procónsules, en servicio del culto nuevo que debe mostrar al pueblo de Lyon pomposamente la deidad del mártir de la Libertad, Chalier, el dieu sauveur mort pour eux. Pero esta ceremonia patética, de por sí ya desagradable, se rebaja aún con otros estúpidos excesos del peor gusto: una horda estrepitosa arrastra, en triunfo, entre danzas salvajes, cálices, custodias e imágenes de santos; detrás trota un burro, al que han puesto artísticamente sobre las orejas una mitra cardenalicia y que lleva atado al rabo un crucifijo y una Biblia. ¡Así se arrastra el Evangelio, para risa de la chusma alborotada, colgado de la cola de un pobre asno, por el lodo de la calle!
    El son de trompetas marciales ordena alto. En la gran Plaza, donde se ha erigido un altar de ramaje, se coloca solemnemente el busto de Chalier y la urna, y los tres representantes del pueblo se inclinan respetuosamente ante el nuevo santo. Primeramente perora Collot d'Herbois con la rutina del actor; luego habla Fouché. Quien supo callar tan tenazmente en la Convención, ha recobrado de pronto su voz y lanza su declaración desmesurada sobre el busto de yeso: «Chalier, Chalier, no existes ya. Los asesinos te han inmolado a ti, mártir de la Libertad; pero sus propias sangres serán el único sacrificio capaz de apaciguar tu espíritu airado. ¡Chalier! ¡Chalier! Juramos ante tu efigie vengar tu martirio; sangre de aristócratas te servirá de incienso». El tercer delegado del pueblo, menos elocuente que el futuro aristócrata, que el futuro Duque de Otranto, besa la frente del busto y grita estentóreamente en medio de la Plaza: «¡Muerte a los aristócratas!»
    Después del triple homenaje se hace una gran hoguera. Muy serio ve el hace poco aún tonsurado José Fouché, con sus dos colegas, como es desatado el Evangelio del rabo del burro y echado al fuego, convirtiéndose en humo en medio de las llamas que devoran pafíos de iglesia, misales, hostias e imágenes santas. Luego se hace beber al infeliz cuadrúpedo en un cáliz consagrado como premio a sus servicios, y, como final de acto de tan pésimo gusto, los cuatro jacobinos llevan a hombros el busto de Chalier a la iglesia, donde es colocado solemnemente en el lugar del Cristo derribado. Para eterna memoria del solemne festejo, se acuña, en los días sucesivos, una moneda conmemorativa, de la que no se encuentran ejemplares, tal vez porque el que fue después Duque de Otranto adquirió todas las existencias y las hizo desaparecer, lo mismo que los libros que describían demasiado claramente las ferocidades brutales de su época ultrajacobina y ateísta. Tenía él buena memoria; pero no quería, sin duda, que los demás pudieran recordarle la misa negra de Lyon y todos los demás excesos: hubiera sido demasiado violento y desagradable para Son Excellence Monseígneur le Sénateur Ministre de un cristianísimo rey.
    Por repugnante que sea este primer día de José Fouché en Lyon, no hay, sin embargo, en él más que farsa y mascarada banal: aún no ha corrido la sangre. Pero al día siguiente se recluyen los cónsules inaccesibles en una casa apartada, guardada por centinelas armados, defendida de intrusos, con la puerta simbólicamente cerrada a toda clemencia, a todo ruego, a toda tolerancia. Se constituye un tribunal revolucionario, y de la tremenda noche de San Bartolomé que preparan estos monarcas del pueblo que se llaman Fouché y Collot puede darnos una idea la carta que dirigen a la Convención: «Cumplimos escriben nuestra misión con la energía de republicanos puros y no descenderemos de la altura en que nos ha colocado el pueblo para ocuparnos de los miserables intereses de unas cuantas personas más o menos culpables. Hemos apartado a todo el mundo de nosotros porque no tenemos tiempo que perder ni favores que otorgar. Sólo tenemos presente a la República, que nos ordena una acción ejemplar, una lección diáfana y evidente. No oímos sino el grito del pueblo que pide venganza por la sangre vertida de los patriotas, venganza rápida y tremenda, para que la Humanidad no vuelva a verla correr. Convencidos de que en esta ciudad infame no hay más inocentes que los oprimidos por los asesinos, los encerrados por ellos en los calabozos, mantenemos nuestra desconfianza ante las lágrimas del arrepentimiento. Nada podrá desarmar nuestra severidad. Hemos de confesarlo, colegas ciudadanos: consideramos la benevolencia como debilidad peligrosa, apropiada tan sólo para volver a encender esperanzas criminales en el momento preciso en que hay que apagarlas para siempre. Tratar a un sólo individuo con benevolencia nos obligaría a seguir la misma conducta con todos, haciendo con ello ineficaz el éxito de nuestra justicia. Se trabaja demasiado despacio en las demoliciones: la impaciencia republicana requiere medios mas rápidos, como la explosión de las minas, la acción devastadora de las llamas... Medios que pongan en evidencia el poder del pueblo. Su voluntad no debe ser considerada como la de los tiranos: ha de producir el efecto de una tempestad».
    La tempestad descarga, como anuncia el programa, el 4 de diciembre, y su eco, terrible, rueda pronto por toda Francia. De madrugada son sacados sesenta jóvenes de la prisión, atados de dos en dos. No se los lleva a la guillotina, que, según las palabras de Fouché, trabaja «demasiado despacio», sino afuera, al llano de Brotteaux, al otro lado del Rodano. Dos fosas paralelas, cavadas deprisa, dejan prever ya a las víctimas su suerte. Los cañones, colocados a diez pasos de ellos, indican siniestramente el método de la matanza colectiva. Se amontona y ata a los indefensos en un pelotón de desesperación humana que chilla, se estremece, llora, enloquece y resiste inútilmente. Una voz de mando y las bocas de los cañones, tan próximas que el aliento las roza, truenan mortíferas, vomitando plomo sobre la masa humana, sacudida por el miedo. La primera descarga no acaba con todas las víctimas: a algunas sólo les ha sido arrancado un brazo o una pierna, otras enseñan los intestinos y aún queda alguna ilesa. Y mientras la sangre fluye en fuentes a las fosas, se oye una nueva orden y carga la caballería con sables y pistolas sobre los que quedan, entrando a tiro y sablazos en medio de este rebaño humano que se estremece, gime y grita, sin poder huir, hasta que se acaba la última voz agonizante. Como premio por la matanza, se les permite a los verdugos despojar a los sesenta cadáveres aún calientes, de ropas y calzados, antes de enterrarlos desnudos y destrozados en las fosas.
    Esta es la primera de las célebres mitraíllades de José Fouché, del que más tarde fue ministro de un cristianísimo rey, que se muestra orgulloso de su obra a la mañana siguiente en una encendida proclama: «Los representantes del pueblo proseguirán fríamente la misión a ellos encomendada. El pueblo ha puesto en sus manos el rayo de su venganza y no ha de abandonarlo hasta que hayan perecido todos los enemigos de la Libertad. No les importará pasar sobre hileras interminables de tumbas de conspiradores para llegar, a través de ruinas, a la felicidad de la nación y a la renovación del mundo». Aún el mismo día se confirma criminalmente este triste «valor» por los cañones de Brotteaux, y en un rebaño humano aún más numeroso. Esta vez son doscientas diez las víctimas conducidas, con las manos atadas a la espalda, y tendidas a los pocos minutos por el plomo de la metralla y por las descargas de la infantería. La operación es la misma que la primera vez, sólo que se facilita la incómoda tarea a los verdugos no obligándolos, tras la penosa matanza, a ser además los sepultureros de sus víctimas. ¿A qué abrir tumbas para estos malvados? Se les quitan los zapatos ensangrentados de los pies rígidos y se arrojan sencillamente los cadáveres desnudos, palpitantes algunos, a las aguas movidas del Ródano, que les sirven de tumba.
    Pero aún pretende Fouché velar este horror, cuyo vaho repugnante se extiende por todo el país, con la capa apaciguadora de palabras de himno. Que el Rodano se envenene con estos cadáveres desnudos le parece un acto político de alabanza, porque llegaran flotando a Tolón, prestando allí testimonio palpable de la venganza republicana inflexible y tremenda. «Es necesario escribe que los cadáveres ensangrentados que hemos arrojado al Rodano naveguen a lo largo de sus orillas y lleguen a su desembocadura en el infame Tolón, para que intensifiquen ante los ojos de los cobardes y crueles ingleses la impresión de horror y la sensación del poder del pueblo.» En Lyon, claro está, ya no es necesaria una intensificación tal, pues las ejecuciones y las matanzas se siguen sin interrupción. Para celebrar la conquista de Tolón, que acoge Fouché con «lágrimas de alegría», arrastra «doscientos rebeldes ante los cañones». Inútiles son todos los llamamientos a la clemencia. Dos mujeres que habían implorado compasión excesiva por la libertad de sus maridos ante el tribunal de sangre, son atadas al lado de la guillotina. Nadie puede llegar ni a las cercanías de la casa de los delegados para pedir moderación. Pero tanto como las detonaciones de los fusiles, truenan las palabras de los procónsules: «Sí, nos atrevemos a decirlo, hemos vertido mucha sangre impura; pero únicamente por humanidad y por deber... No dejaremos el rayo que habéis puesto en nuestras manos hasta que no lo manifestéis por vuestra voluntad. Hasta entonces seguiremos sin interrupción la lucha contra nuestros enemigos de la manera más radical, terrible y rápida, hasta aniquilarlos».
    Mil seiscientas ejecuciones en pocas semanas dan fe de que, por una vez, José Fouché dijo la verdad.
    Con la organización de estas carnicerías y las comunicaciones llenas de alabanza propia, no olvidan José Fouché y sus colegas otro triste encargo de la Convención; ya el primer día hicieron llegar a París la queja de que la demolición ordenada se llevaba a cabo, bajo su antecesor, «demasiado despacio». «Ahora escriben las minas aligerarán la obra de destrucción. Ya han comenzado a trabajar los zapadores y dentro de dos días volaran los edificios de Bellecour.» Estas fachadas célebres, comenzadas bajo Luis XIV, obras de un discípulo de Mansard, por ser las más bellas, fueron las primeras condenadas a la demolición. Con brutalidad son expulsados los moradores de esta fila de casas y se da ocupación a centenares de hombres y mujeres sin trabajo, que en unas semanas de insensato derribo destruyen las magníficas obras de arte. La desdichada ciudad está llena de suspiros y quejas, de cañonazos y de muros que se derrumban; mientras que el comité de justice se dedica a tumbar hombres y el comité de démolition a derribar casas, lleva a cabo el comité des substances una implacable requisa de víveres, telas y objetos de arte. Se hacen los registros casa por casa, desde el sótano hasta el tejado, en busca de personas escondidas y de joyas; nada se libra del terror de Fouché y Collot, los dos hombres que, invisibles e infranqueables, protegidos por centinelas, viven ocultos en una casa inaccesible. Se han demolido los palacios más bellos; están medio vacías las cárceles aunque vuelvan a llenarse constantemente , saqueados los comercios, regados con la sangre de mil personas los prados de Brotteaux. Es entonces cuando deciden, al fin, algunos ciudadanos arriesgados (aunque su decisión pueda costarles la cabeza) acudir a París y presentar a la Convención una solicitud para pedir que la ciudad no quede totalmente arrasada. Naturalmente, el texto de la súplica es muy cauto. No falta el tono marcial en él ni la inclinación cobarde ante el decreto destructor, «que parece dictado por el genio del Senado romano»; pero luego ruegan «perdón por el franco arrepentimiento, para la debilidad coaccionada; perdón nos atrevemos a decirlo para los inocentes a quienes se ha desconocido».
    Pero los cónsules han sido informados a tiempo de la denuncia sigilosa, y Collot d'Herbois, por ser el mas elocuente de los dos, vuela a París en posta acelerada para parar el golpe. Al día siguiente tiene la osadía, en la Convención y ante los jacobinos, de defender la matanza colectiva como una forma de «humanidad». «Queríamos dice librar al mundo del espectáculo tremendo de ejecuciones constantes, ininterrumpidas.» Por eso acordaron los comisarios aniquilar en un mismo día y de una vez a todos los condenados y traidores, debiendo buscarse el origen de este propósito en una véritable sensibilité. Ante los jacobinos se entusiasma con mayor fervor aún por el nuevo sistema «humanitario». «Sí, hemos tumbado doscientos condenados con una sola descarga, y esto es lo que se nos reprocha. ¡Pero esto es, en realidad, un acto de moderación! Si se arrastra a la guillotina a veinte condenados, puede decirse que mueren los últimos veinte veces. Con nuestro sistema caen veinte traidores de una vez.» Y, efectivamente, estas frases gastadas, sacadas precipitadamente del tintero sangriento de la jerga revolucionaria, hacen su efecto: la Convención y los jacobinos aprueban las declaraciones de Collot y dan con ello a los procónsules plenos poderes para continuar las ejecuciones. El mismo día celebra París la inhumación de Chalier en el Panteón un honor que hasta entonces sólo se había concedido a Juan Jacobo Rousseau y a Marat , y su concubina recibe, como la de Marat, una pensión. Oficialmente es declarado así el mártir santo nacional y con ello tácitamente aprobada, como justa venganza, toda violencia por parte de Fouché y de Collot.
    Sin embargo, cierta incertidumbre se apodera de éstos, pues la situación empieza a ser peligrosa en la Convención, en la que se vacila entre Danton y Robespierre, entre la moderación y el terror. Hay, pues, que obrar con cautela, y para ello deciden los dos repartirse los papeles: Collot d'Herbois se queda en París para vigilar la opinión en los comités y en la Convención, para rechazar de antemano un posible ataque con la vehemencia brutal de su elocuencia, dejando confiada la prosecución de las matanzas a la «energía» de Fouché. No debemos olvidar que durante aquella época fue José Fouché señor único y omnipotente, pues de manera hábil intentará luego cargar sobre su colega de espíritu mas abierto todas las violencias cometidas. Los hechos demuestran que en la época en que Fouché manda solo, no trabaja menos mortíferamente la guadaña. Cincuenta y cuatro, sesenta, cien personas por día caen durante la ausencia de Collot. Y se sigue derribando muros, saqueando las casas y vaciando las cárceles con las continuas ejecuciones. Y aún alardea José Fouché y encomia sus hazañas con sanguinario entusiasmo: «Si las sentencias de este tribunal infunden pavor a los delincuentes, en cambio tranquilizan y consuelan al pueblo, que les presta oído y las aprueba. Se cree de nosotros, sin razón para ello, que hemos concedido, en alguna ocasión, a un culpable el honor del indulto: ¡y ni uno sólo hemos concedido!»
    Pero ¿que sucede ... ? Fouché cambia repentinamente de tono. Con su fino olfato presiente que en la Convención van a soplar los vientos de un cambio brusco. Hace algún tiempo que no responde el mismo eco a la charanga estridente de sus ejecuciones. Sus amigos jacobinos, sus correligionarios ateístas Hébert, Chaumette, Ronsin, han enmudecido de pronto... y para siempre, pues oprime sus gargantas inesperadamente la garra implacable de Robespierre. Con hábiles cambios de postura, pasando del campo de los enardecidos al campo de los tibios, inclinándose a la derecha o a la izquierda, ha saltado repentinamente desde la sombra sobre los ultrarradicales este tigre de la moralidad. Ha conseguido que Carrier, que ahogaba en Nantes a sus víctimas con esa misma meticulosidad con que Fouché fusilaba a las suyas en Lyon, fuera citado ante la Asamblea para rendir cuentas; ha arrastrado a la guillotina, por medio de Saint-Just, en Estrasburgo, al feroz Eulogio Schneider; ha calificado oficialmente los espectáculos ateístas populares, como los celebrados por Fouché en Lyon, de verdaderas estupideces y los ha suprimido en París. Y, como siempre, los diputados obedecen temerosos a su gesto.
    A Fouché le sobrecoge el temor de siempre: el temor de no estar con la mayoría. Los terroristas han caído en desgracia, ¿a qué, pues, seguir en sus filas? Lo mejor será pasar pronto a los moderados con Danton y Desmoulins, que piden un «tribunal de indulgencia»; desplegar sin tardanza la capa para que la hinche de nuevo el viento. Bruscamente, el 6 de febrero, manda suspender las mitraillades, y sólo la guillotina (de la que decía en sus libelos que trabajaba demasiado despacio) sigue cortando vacilante, dos o tres cabezas miserables por día. Verdaderamente una pequeñez, comparado con las antiguas fiestas nacionales sobre el llano de Brotteaux. En cambio, inicia con toda su energía un ataque repentino contra los radicales, contra los organizadores de sus fiestas y ejecutores de sus órdenes. Del Saulo revolucionario surge de pronto un humano San Pablo. Rotundamente se pasa al lado contrario. Califica a los amigos de Chalier de «anarquistas y rebeldes»; disuelve bruscamente una o dos docenas de comités revolucionarios, y sucede algo muy extraordinario: los habitantes de Lyon, amedrentados, mortalmente asustados, ven de pronto en el héroe de las mitraillades, en Fouché, a su salvador. Los revolucionarios de Lyon, en cambio, escriben, una tras otra, cartas enfurecidas en las que le culpan de flojedad, de traición y de «opresión de los patriotas».
    Estos cambios audaces, este pasarse osadamente en pleno día al campo contrario, estas fugas en pos del vencedor, son el secreto de Fouché en la lucha, de la que sólo así ha podido salir con vida. Ha hecho juego doble. Y si le acusan ahora en París de benevolencia exagerada, puede señalar las mil tumbas y las fachadas demolidas de Lyon. Si le acusan, por otra parte, como sanguinario, puede apoyarse en las acusaciones de los jacobinos que le culpan de su «moderación exagerada». Según sople el viento, puede sacar del bolsillo derecho una prueba de inflexibilidad y del izquierdo una prueba de humanidad; puede presentarse lo mismo como verdugo que como salvador de Lyon. Y, efectivamente, con este truco hábil de prestidigitador consigue más tarde echar toda la responsabilidad de las matanzas sobre su colega, mas franco y mas recto, sobre Collot Dherbois. Pero no a todos consigue engañar así: inflexible, vela en París Robespierre, el enemigo que no le perdona el haber suplantado a su amigo Couthon en Lyon. Desde la Convención había observado Robespierre la duplicidad de este hombre, y persigue incorruptible todas sus vueltas y giros, aunque Fouché quiera agazaparse deprisa ante la tempestad. Y la desconfianza tiene en Robespierre garras de hierro: de ella no se libra nadie. El 22 de Germinal logra que el Comité de Salud pública expida un decreto amenazante para Fouché, en el que se le obliga a presentarse inmediatamente en París para justificar los acontecimientos de Lyon. El que sentenció cruelmente durante tres meses tiene, a su vez, que aparecer ahora ante el tribunal.
    Ante el tribunal, ¿por qué? ¿Porque hizo degollar cruelmente en tres meses a dos mil franceses, como colega de Carrier y de los otros verdugos colectivos? Pero aquí surge y se pone en evidencia la genialidad de esta última maniobra, cínica y descarada, de Fouché: no, no tiene que justificarse por haber oprimido la societé populaire radical, ni por haber perseguido a los patriotas jacobinos. El mitrailleur de Lyon, el verdugo de dos mil víctimas, está acusado inolvidable farsa de la Historia de la falta más noble que conoce la humanidad: de piedad excesiva.

    CAPÍTULO III
    EL DUELO CON ROBESPIERRE
    (1794)
    El 3 de abril se entera José Fouché de que ha sido llamado a París por el Comité de Salud pública para justificarse, y el día 5 toma el coche de viaje. Dieciséis golpes sordos acompañan su partida, dieciséis golpes de guillotina, que por última vez cumple con su cometido siniestro. Y aún en el último momento se verifican en este día dos ejecuciones más a toda prisa, dos muy extrañas. Los dos rezagados de la gran matanza que tienen que «escupir sus cabezas a la cesta», según el dicho jovial de la época, son el verdugo de Lyon y su ayudante. Los mismos que por orden de la reacción guillotinaron a Chalier y sus amigos, y que luego, por orden de la revolución, guillotinaron fríamente a los reaccionarios a centenares, caen al cabo también bajo la cuchilla. ¿Qué clase de crimen se les atribuye? No se adivina ni con la mejor voluntad. Probablemente son sacrificados únicamente para que no cuenten más de lo indispensable a los sucesores de Fouché y a la posteridad: ¡Saben demasiadas cosas sobre Lyon! ¡Y nadie sabe callar como los muertos!
    Empieza a rodar el vehículo. Fouché tiene bastante en que pensar durante el viaje a París. Pero se debió consolar: nada había perdido aún. Le quedaba más de un amigo influyente en la Convención y quizá consiguiera tener a raya a Robespierre, el terrible contrincante. Pero ¿cómo puede sospechar Fouché que en esta hora predestinada de la revolución ruedan los acontecimientos con mayor rapidez que las ruedas de una diligencia de Lyon a París? ¿Cómo va a pensar que desde hace dos días está encarcelado su íntimo Chaumette; que la enorme cabeza de león de Danton fué empujada ayer mismo por Robespierre bajo la guillotina; que el mismo día vaga hambriento por las inmediaciones de París Condorcet, el jefe espiritual de la derecha, y al día siguiente se envenenara para evadir la justicia? A todos los ha derribado un sólo hombre, y este hombre es Robespierre, su adversario político más encarnizado. Hasta que no llega, a las ocho de la noche, a París, no se entera de toda la magnitud del peligro en que se ha metido. Dios sabrá lo poco que debió dormir el procónsul José Fouché en esta su primera noche en París.
    A la mañana siguiente va Fouché a la Convención y espera impacientemente la apertura de la sesión. Pero, ¡cosa extraña!, el vasto salón no se llena; la mitad, más de la mitad de los asientos están vacíos. Supone que gran cantidad de diputados estará en misiones o ausente por otras causas. Pero, con todo, ¡qué vacío más llamativo allí, a la derecha, donde antaño se sentaban los jefes, los girondinos, los magníficos oradores de la Revolución! ¿Dónde estarán? Los veintidós más audaces, Vergniaud, Brissot, Pethion..., han acabado en el patíbulo o por suicidio, o fueron destrozados en su fuga por los lobos. Sesenta y tres de sus amigos, que osaron defenderlos, han sido desterrados. De un sólo golpe tremendo se ha desembarazado Robespierre de un centenar de sus adversarios de la derecha. Pero no menos enérgicamente ha golpeado su puño en las propias filas de la «montaña»: a Danton, Desmoulins, Chabot, Hebert, Fabre d'Eglantine, Chaumette y dos docenas más, a todos los que se sublevan contra su voluntad, contra su presunción dogmática, los ha tirado al fondo de la sima. A todos los ha hecho desaparecer este hombre de menguada presencia, pequeño, delgado, de cara pálida y biliosa, de obtusa frente y de ojos pequeños, aguanosos, miopes; este hombre tanto tiempo eclipsado por las figuras gigantescas de sus antecesores. La guadaña del tiempo le ha dejado libre el camino. Desde que desaparecieron aniquilados de la joven República el tribuno Mirabeau, el rebelde Marat, el caudillo Danton, el literato Desmoulins, el orador Vergniaud y el pensador Condorcet, Robespierre lo es todo: Pontífex Máximus, dictador y triunfador. Desconcertado, mira Fouché a su adversario, alrededor del cual se apiñan con respeto todos los diputados serviles, de los que, con impasibilidad inquebrantable, se deja rendir homenaje, envuelto en su «virtud» como en una armadura, inaccesible, impenetrable, observando el campo con su mirada de miope, con la orgullosa seguridad de que ya no se levantara nadie contra su voluntad.
    Pero, no obstante, uno hay que se atreve a hacerlo. Uno que ya no tiene nada que perder: José Fouché, que pide la palabra para justificar su actuación en Lyon. El hecho de justificarse ante la Convención es ya provocar al Comité de Salud pública, pues no fué la Convención, sino el Comité quien le pidió explicaciones. Pero él acude, como a la más alta, como a la verdadera última instancia, a la Asamblea de la nación. Y el presidente le concede la palabra. Ahora bien: Fouché no es un cualquiera, demasiadas veces ha sonado su nombre en esta sala; aún no están olvidados sus méritos, sus relatos y sus hechos. Fouché sube a la tribuna y lee un informe complicado. La Asamblea le escucha sin interrumpirle, sin una señal de aprobación o de desagrado. Pero al final del discurso no se mueve ni una mano.
    La Convención esta atemorizada. Un año de guillotina ha enervado a todos estos hombres. Los que antaño se entregaban a sus convicciones apasionadamente, los que se echaban, ruidosos, audaces y francos, a la lucha de palabras y opiniones, no sienten ahora el deseo de manifestarse. Desde que el verdugo oprime con su garra en sus filas, como Polifermo, tan pronto a la izquierda como a la derecha; desde que la guillotina se yergue amenazante como una sombra azul tras sus palabras, prefieren callar... Se esconden uno detrás de otro; atisban a derecha e izquierda antes de hacer un gesto. Como una niebla pesada gravita el miedo gris sobre sus caras. Y nada rebaja tanto al hombre, y particularmente a la masa, como el miedo de lo invisible.
    Así no se permite tampoco esta vez una opinión. ¡No mezclarse por nada en el dominio del Comité, del Tribunal invisible! La justificación de Fouché no es refutada, no es aceptada, sino simplemente enviada al Comité para su examen; es decir, que va a parar a las manos que Fouché quiso evitar con tanta precaución. Su primera batalla está perdida.
    Ahora sí que le sobrecoge a él también miedo. Ve que se ha adelantado demasiado sin conocer el terreno, y le parece mejor una retirada rápida. Antes capitular que luchar solo contra el más poderoso. Y Fouché, arrepentido, doblega la rodilla y humilla la cabeza. Aquella misma noche va a casa de Robespierre, a entrevistarse con él para rogar su perdón.
    Nadie fue testigo de esta entrevista, únicamente su desenlace es conocido. Se la puede uno imaginar por analogía con aquella visita que Barras describe en sus Memorias tan terriblemente plásticas. También tendría Fouché, antes de subir la escalera de madera de la pequeña casa burguesa de la calle Saint Honore, donde exhibe Robespierre su virtud y su pobreza como en un escaparate, que soportar el examen de los caseros que vigilan a su dios y huésped como una presa sagrada. También a él le recibiría Robespierre, lo mismo que a Barras, en la pequeña y estrecha habitación adornada presuntuosamente sólo con retratos suyos. Apenas le invitaría a sentarse; erguido y glacial, le trataría intencionadamente con injuriosa altanería, como a un miserable criminal. Pues este hombre, que ama exaltadamente la virtud y que está enamorado apasionada y pecaminosamente de la suya propia, ni conoce la indulgencia ni el perdón para quien haya tenido alguna vez una opinión contraria a la suya. Intolerante y fanático, como un Savonarola del racionalismo y de la «virtud», rechaza todo pacto, toda capitulación, ante sus adversarios; aún en los momentos en que la política aconsejaba el acuerdo, se resistía su odio duro y su orgullo dogmático. De lo que dijera Fouché a Robespierre en aquella ocasión y de lo que éste, como su juez, le contestara, nada sabemos. Ciertamente que no le haría objeto de un buen recibimiento, sino de una reprensión dura e inclemente, de una amenaza fría, desnuda, como una sentencia de muerte. Y cuando José Fouché, temblando de ira, baja la escalera de la casa de la rue Saint Honoré, humillado, rechazado, amenazado, sabe que sólo podrá salvar su cabeza si consigue que caiga antes en la cesta la de Robespierre. El duelo a muerte entre Robespierre y Fouché ha comenzado.
    Este duelo es sin duda uno de los episodios más interesantes y de los psíquicamente más emocionantes de la Historia y de la revolución. Ambos contendientes, inteligentes y políticos, caen, no obstante, tanto el retado como el retador, en el mismo error: se desconocen mutuamente porque creen conocerse de antiguo. Para Fouché es Robespierre todavía el abogado delgaducho y agotado que en su provincia en Arras, junto con él en el casino, gastaba pequeñas bromas y componía breves poesías dulzonas, a la manera de Grecourt, y que luego aburría a la Asamblea del 1789 con sus discursos enfáticos. Fouché no se daba cuenta, o se la dió demasiado tarde, como con un trabajo duro y tenaz, empujado por el ímpetu de la propia obra, se había transformado el demagogo Robespierre en hombre de Estado; el suave e intrigante en política, en una inteligencia aguda; el retórico, en un orador. Casi siempre la responsabilidad eleva al hombre a la grandeza; así creció Robespierre en la conciencia de su misión. En medio de ambiciosos y alborotadores, siente la salvación de la República como el problema de su vida impuesto por la Providencia. Como sagrada misión para la Humanidad, siente la necesidad de realizar su concepci0n de la República, de la revolución, de la moral y hasta de la divinidad. Esta rigidez de Robespierre constituye al mismo tiempo la belleza y la debilidad de su carácter, pues embriagado de su propia incorruptibilidad, apasionado de su dureza dogmática, considera toda opinión opuesta a la suya no sólo como algo diferente, sino como una traición. Y con el puño frío de un inquisidor, empuja a todo el que piensa de otra manera, como a un hereje, a la hoguera nueva: a la guillotina. Sin duda alguna, una idea grande y pura radica en el Robespierre de 1794. Pero se anquilosa en su espíritu. Ni él se crece con su idea ni esta germina en él (es el Destino de todas las almas dogmáticas), y esta falta de calor comunicativo, de humanidad, priva a su obra de la verdadera fuerza creadora, únicamente en la rigidez esta su fuerza, en la dureza su poder; lo dictatorial es para él sentido y forma de su vida. La revolución ha de llevar su imagen o agrietarse en ruina.
    Un hombre así no tolera contradicción ni opinión opuesta a la suya en las cosas del espíritu. No tolera a nadie a su lado y menos frente a él. Sólo soporta a los hombres si reflejan, como espejos, sus propias opiniones, si son sus esclavos espirituales como Saint Just y Couthon; a los demás los elimina inclemente con el corrosivo terrible de su temperamento bilioso. Persiguió a los que se apartaron de su opinión, pero sobre todo y terriblemente a los que se opusieron a su voluntad, a los que no respetaron su infalibilidad. Y esto es lo que ha hecho José Fouché. Nunca le pidió consejo, nunca se doblegó ante el amigo de antaño; se sentó en los bancos de sus enemigos; se propasó audazmente de los límites señalados por Robespierre, de un socialismo moderado y razonable, predicando el comunismo y el ateísmo.
    Pero hasta ahora no se había ocupado Robespierre seriamente de él; le parecía demasiado pequeño. Este diputado no era para él mas que el pequeño profesor de seminario que conoció aún con la sotana y luego como pretendiente de su hermana; un pequeño y ruin ambicioso que traicionó a su Dios, a su novia y a todas sus convicciones. Y le despreciaba con todo el odio típico de la rigidez contra la flexibilidad, de la convicción sin reserva contra el afán de éxito; con la desconfianza de la naturaleza religiosa contra la profana. Pero este odio aún no se ha concentrado en la persona de Fouché. Sólo le incluye en la especie, de la que es una variedad. Era demasiado altanero para reparar en él. ¿A que molestarse por un intrigante de tal calaña, que podría aplastar siempre que quisiera con el pie? Como hacía tanto tiempo que le despreciaba, sólo se había dignado Robespierre observar a Fouché; pero no le había combatido seriamente.
    Ahora empiezan a darse cuenta de hasta qué punto era excesivo el desprecio mutuo que se tenían. Fouché reconoce el poder inmenso a que ha llegado Robespierre durante su ausencia. Todas las instituciones se le someten: el Ejército, la Policía, la justicia, los Comités, la Convención y los jacobinos. Luchar contra él le parece inútil. Pero Robespierre le ha obligado a la lucha y Fouché sabe que esta perdido si no vence. Siempre surge de una última desesperación una última fuerza, y así, a dos pasos del abismo, se vuelve Fouché repentinamente contra el perseguidor como un ciervo exhausto que acometiera al cazador, desde la última maleza en que se hubiese refugiado, con el valor de la desesperación.
    Las primeras hostilidades las inicia Robespierre. No quiere darle más que una lección por ahora al impertinente, un aviso, un puntapié. Motivo para ello ofrece aquel discurso célebre del 5 de mayo, en que invita a todos los intelectuales de la República «a reconocer la existencia de un Ser Supremo y de la inmortalidad como potencia conductora del Universo». Nunca ha pronunciado Robespierre un discurso más impetuoso, más bello que éste, que escribió, según se dice, en la finca de Juan Jacobo Rousseau. En él se convierte el dogmático casi en poeta; el idealista turbio, en pensador. Separar la creencia de la increencia y, por otra parte, de la superstición; crear una religión que se eleve, por un lado, sobre el cristianismo corriente, adorador de imágenes, e igualmente sobre el puro materialismo y el ateísmo, o sea mantenerse en un termino medio, según procura siempre en todas las cuestiones espirituales, es lo que constituye la idea fundamental de su discurso, que, a pesar de su fraseología rimbombante, esta poseído de verdadera ética y de una voluntad apasionada de humana elevación. Pero ni en esta esfera elevada se puede librar de lo político; hasta en las ideas eternas mezcla su rencor bilioso y sus ataques personales. Con odio recuerda a los muertos que él mismo empujo a la guillotina y se burla de las víctimas de su política, de Danton y de Chaumette, como de despreciables ejemplos de inmoralidad y ateísmo. Y repentinamente, con un golpe que da en el corazón, se vuelve contra el único de los predicadores ateístas que han sobrevivido a su ira, contra José Fouché: «Dinos, ¿quien te ha encomendado la misión de anunciar al pueblo que no hay ninguna deidad? ¿Que ventajas ves en inculcar a los hombres que una fuerza ciega decide su destino, que castiga por pura casualidad tanto la virtud como el pecado, y que su alma no es más que débil aliento que se apaga en el umbral de la tumba? Desgraciado sofista, ¿con que derecho te atreves a arrancar a la inocencia el cetro de la razón, para ponerlo en manos del pecado? ¿A echarle encima a la Naturaleza un manto mortuorio, hacer mas desesperante la desgracia, disculpar el crimen, oscurecer la virtud y rebajar la humanidad ... ? Solo un criminal despreciable ante sí mismo, repugnante a los demás, puede creer que la Naturaleza no nos puede ofrecer nada más bello que la nada».
    Inmenso aplauso premia el grandioso discurso de Robespierre. Por una vez se siente la Convención elevada sobre las bajezas de la lucha cotidiana y unánimemente acuerda la fiesta propuesta por Robespierre en honor del Ser Supremo, únicamente José Fouché queda mudo y se muerde los labios. Ante un triunfo así de su adversario hay que callar. Sabe que no se puede medir públicamente con este retórico magistral. Sin palabras, pálido, recibe esta derrota en pública Asamblea, decidido tan sólo a vengarse, a desquitarse.
    Durante días, durante semanas no se oye nada de Fouché. Robespierre cree que ha acabado con él; el puntapié parece haber bastado al insolente. Pero cuando Fouché está invisible, cuando de él nada se oye ni se sabe, es porque trabaja subterráneamente, obstinado, metódico, como un topo. Hace visitas a los Comités, busca amistades entre los diputados, es amable y afectuoso con todo el mundo y a todo el mundo procura atraerse. Intensamente se mueve entre los jacobinos, donde vale mucho la palabra hábil y suave, donde sus proezas de Lyon le han favorecido bastante. Nadie sabe claramente lo que quiere, lo que proyecta, lo que va a hacer este hombre insignificante y atareado, que urde y trama por todas partes.
    Y de pronto se hace la claridad en forma inesperada para todo el mundo, y más que para nadie para Robespierre. El 18 de Prairial es elegido José Fouché, por gran mayoría de votos, presidente del club de los jacobinos.
    Robespierre se estremece; ni él ni nadie esperaba cosa semejante. Ahora reconoce con que contrincante tan astuto y audaz tiene que entendérselas. Hacía dos años que no le había pasado nada parecido: que un hombre atacado públicamente por él se atreviera aún a sostenerse. Todos habían desaparecido rápidamente apenas su mirada llegó a rozarlos. Danton se había fugado a su finca; los girondinos habían huido a las provincias; otros se quedaban en sus casas y no daban signos de vida. ¡Y este cínico, por él señalado en la Asamblea Nacional públicamente como impuro, se refugia en el santuario, en el sagrario de la revolución, en el club de los jacobinos y gana allí subrepticiamente la más alta dignidad que puede ser otorgada a un patriota! No debe olvidarse la fuerza moral gigantesca que tiene en sus manos este club, precisamente en el último año de la revolución. La prueba decisiva, la piedra de toque del patriota, consiste en que el club de los jacobinos le honre con su admisión. Al que expulsa de su seno, en cambio, al que excluye, ése siente la amenaza de la cuchilla sobre su cabeza. Generales, caudillos populares, políticos, todos doblan la cerviz ante este Tribunal en última instancia de la ciudadanía. Vienen a ser los miembros de este club una especie de pretorianos de la revolución, la Guardia de Corps de la casa sagrada. Y estos pretorianos, los más severos, los más fieles, los más inflexibles de los republicanos, han elegido por jefe a José Fouché. La ira de Robespierre no tiene límites. Es demasiado fuerte que este canalla se entre en sus dominios, se instale precisamente en el sitio adonde él recurre contra sus enemigos, donde intensifica su propia fuerza, en el círculo de los fieles. ¿Y ahora habrá de pedir permiso a un José Fouché cuando quiera pronunciar un discurso? ¿Habrá de someterse él, Maximiliano Robespierre, al capricho favorable o adverso de un José Fouché?
    Robespierre concentra toda su energía. Esta derrota tiene que ser vengada con sangre. ¡Fuera con él inmediatamente, no sólo de la silla presidencial, sino de la sociedad de los patriotas! Enseguida le echa a Fouché unos ciudadanos de Lyon que llevan queja contra él, y cuando éste, sorprendido, cobarde, como siempre, en la disputa pública, se defiende torpemente, interviene Robespierre y advierte a los jacobinos «que no se dejen engañar por impostores». Ya con esto consigue casi derribar a Fouché al primer golpe. Pero aún tiene Fouché la Presidencia en sus manos y con ella el medio de terminar antes de tiempo el debate. Con muy poca gallardía corta la discusión y se retira a la oscuridad para preparar un nuevo ataque.
    Sin embargo, ya sabe Robespierre con quién trata. Ha sorprendido el método de lucha de Fouché; sabe que es hombre que no da la cara en el desafío, sino que se retira siempre para preparar desde la sombra sus ataques traicioneros. No basta pegar y fustigar a un intrigante tan tenaz, hay que perseguirle hasta su última guarida y aplastarle con el pie; hay que meterle el resuello en el cuerpo; hay que inutilizarle definitivamente y para siempre.
    Por eso se echa Robespierre sobre él. Repite su acusación pública contra él ante los jacobinos y pide que aparezca Fouché en la próxima sesión para justificarse. Naturalmente, Fouché no va. Conoce demasiado bien su lado fuerte y su lado flaco; no quiere darle a Robespierre públicamente la satisfacción de que se complazca en rebajarle ante tres mil personas. Mejor volver a la oscuridad, mejor dejarse vencer y mientras tanto ganar tiempo. Tiempo precioso. Por eso escribe muy amable a los jacobinos que siente tener que renunciar a excusarse públicamente. Hasta que no hayan decidido los dos Comités sobre su actitud, ruega sea aplazado el juicio sobre él.
    Sobre esta carta se echa Robespierre como sobre una presa. Ha llegado el momento de cogerle, de aniquilarle definitivamente. El discurso que pronunció el 23 de Mesidor ( 11 de junio) contra José Fouché es el ataque más encarnizado, el más peligroso, el más lleno de bilis con que fustigó jamás Robespierre a un adversario.
    Ya desde las primeras palabras se ve que Robespierre no quiere herir a su enemigo: quiere matarle. No quiere humillarle, sino aplastarle. Comienza con tranquilidad fingida. La primera declaración suena aún muy tibia. El «individuo» Fouché no le interesa en absoluto. «Tenía antes con él ciertas conexiones, porque le consideraba patriota; más si ahora le acuso aquí es, más que por sus crímenes, porque se esconde para cometer otros y porque le considero jefe del complot que tenemos que deshacer. Ante la carta que acaba de ser leída, digo que ha sido escrita por un hombre que, estando acusado, se niega a justificarse ante sus conciudadanos. Esto supone el principio de un sistema de tiranía, pues el que se niega a justificarse ante la comunidad popular, a que pertenece como miembro, ataca la autoridad de esta organización. Es asombroso que el mismo que antes se esforzaba por alcanzar la benevolencia de la sociedad, la desprecie cuando se ve acusado, y que se presente implorando, en cierto modo, la ayuda de la Convención contra los jacobinos.» Súbitamente surge el odio personal; hasta en la fealdad Física de Fouché encuentra motivo para denigrarle: «¿Teme, acaso dijo sarcástico , los ojos y los oídos del pueblo? ¿Teme que su triste presencia delate demasiado claramente su crimen? ¿Teme que seis mil miradas enfocadas sobre él descubran toda su alma en sus pupilas, a pesar de que la Naturaleza las haya dotado de falsía y disimulo? ¿Teme que su lengua descubra la confusión y la contradicción del culpable? Toda persona razonable ha de reconocer que el miedo es el único motivo de su actitud, y todo el que teme las miradas de sus conciudadanos es culpable. Yo requiero aquí a Fouché, ante el tribunal. Que se justifique y diga quién ha mantenido más dignamente los derechos de la representación del pueblo, él o nosotros, y quién de nosotros aniquiló mas bravamente las parcialidades.» Aún le llama «bajo y despreciable impostor», cuya actitud es la confesión de sus crímenes, y habla con pérfida insinuación de «hombres cuyas manos están llenas de botín y de crímenes». Termina con estas palabras amenazadoras: «Fouché se ha caracterizado lo bastante a sí mismo; he hecho esta advertencia únicamente para que sepan los conspiradores, para siempre, que no han de escapar a la vigilancia del pueblo».
    Aunque estas palabras anuncian claramente una sentencia de muerte, obedece la Asamblea a Robespierre. Y sin vacilación expulsa, como indigno del club de los jacobinos, a su antiguo presidente.
    Ya está José Fouché predestinado a la guillotina como un tronco de árbol que espera el golpe del hacha. La exclusión del club de los jacobinos supone el estigma y la acusación de Robespierre, y tan enconada actitud equivale a segura condenación. Fouché está amortajado en pleno día. Todos esperan a cada momento su detención, y él más que nadie. Ya no duerme en su casa, en su propia cama, por miedo de ser sacado, como Danton y Desmoulins, a medianoche del hogar por los gendarmes. Se oculta en casa de unos amigos valerosos, pues valor es preciso para cobijar a un proscrito oficialmente, y hasta supone valor hablar públicamente con él. La Policía sigue cada uno de sus pasos, dirigida por Robespierre, y da cuenta de sus relaciones, de sus visitas. Invisiblemente esta cercado, trabado en sus movimientos, entregado ya al cuchillo.
    De los setecientos diputados es Fouché el más amenazado, y no hay posibilidad de salvación para él. Ha probado una vez más a agarrarse a alguna parte: a los jacobinos; pero el puño feroz de Robespierre le ha arrancado de este asidero. Lleva en realidad la cabeza prestada sobre sus hombros. Pues ¿qué puede esperar de la Convención, de esta cobarde y amedrentada horda de borregos, que bala invariablemente un «sí» en cuanto pide el Comité una víctima de su seno para la guillotina? Ha entregado a todos sus antiguos jefes, sin resistencia, al Tribunal de la revolución: a Danton, a Desmoulins, a Vergniaud, sólo para no hacerse sospechoso con su resistencia. ¿Y por qué no Fouché? Mudos, miedosos, estupefactos, están en sus bancos los que fueron antaño tan bravos y apasionados. Ese veneno horrendo, enervante, aniquilador de almas, el miedo, paraliza su voluntad.
    Pero siempre ha sido el secreto del veneno el encerrar virtud curativa si se le sabe destilar, si se estrujan sus fuerzas ocultas. Y así puede ser, paradójicamente, también en esta ocasión, precisamente el miedo a Robespierre la salvación de quienes le temen. No se le perdona a un hombre durante semanas, durante meses, la imposición del miedo que destroza el alma con la incertidumbre y paraliza la voluntad; nunca ha podido soportar largo tiempo la Humanidad, o una parte de la Humanidad por lo menos, la dictadura de un sólo hombre sin odiarla. Y este odio de los subyugados fermenta subterráneamente en todos los círculos. Cincuenta, sesenta diputados que, como Fouché, ya no se atreven a dominar en su casa, se muerden los labios cuando Robespierre pasa junto a ellos; muchos cierran los puños a la espalda, mientras vitorean sus discursos. Cuanto más duramente y más tiempo domina el incorruptible, más crece la antipatía contra la voluntad desmedida. Poco a poco los ha herido y ofendido a todos: al ala derecha, porque llevó al patíbulo a los girondinos; a la izquierda, porque echó al cesto las cabezas de los extremistas; al Comité de Salud pública, porque le impuso su voluntad; a los negociantes, porque amenazaba sus negocios; a los ambiciosos, porque obstruía su camino; a los envidiosos, porque gobierna, y a los oportunistas, porque no se alía a ellos. Si se consiguiera reunir en una voluntad y un puñal este odio de cien cabezas, esta cobardía dispersa en un puñal cuyo golpe penetrara en el corazón de Robespierre, estarían todos salvados: Fouché, Barras, Tallien, Carnot, todos sus enemigos secretos. Pero para alcanzar esto habría que llevar a muchos de estos caracteres débiles la convicción de que están amenazados por Robespierre; habría que agrandar aún la esfera del miedo y desconfianza, aumentar artificialmente la tensión. Habría que hacer pesar más aún el bochorno angustioso, esa presión de incertidumbre de los discursos tenebrosos de Robespierre sobre los nervios de cada uno, el terror mas terrible, el miedo más miedoso; entonces quizá sería la masa lo bastante valiente para acometer al solitario.
    Aquí comienza la verdadera actividad de Fouché. Desde la madrugada hasta la alta noche se arrastra de un diputado a otro, murmurando de las nuevas y extensas listas misteriosas que prepara Robespierre, y a cada uno le susurra: «Tú estás en la lista», o «Tu irás con la carga siguiente». Y, efectivamente, así se propaga poco a poco, subterráneamente, un miedo tremendo. Y es que ante un Catón así, ante una incorruptibilidad tan ilimitada, la mayor parte de los diputados no tienen la conciencia completamente limpia. El uno ha obrado algo descuidadamente en asuntos financieros; el segundo ha contradicho alguna vez a Robespierre; el tercero se ha ocupado por demás de mujeres (todo son crímenes a los ojos de este puritano de la República); el cuarto ha cultivado alguna vez la amistad de Danton o de algún otro de los ciento cincuenta condenados; el quinto ha ocultado a un condenado; el sexto ha recibido una carta de un emigrado... En fin, todos tiemblan; todos temen un posible ataque; ninguno se siente lo bastante puro para responder plenamente a las exigencias demasiado severas que Robespierre pide a la virtud ciudadana. Fouché va de uno a otro, como lanzadera en el telar, tendiendo siempre nuevos hilos, anudando nuevos puntos, captando nuevos diputados en esta tela de araña de desconfianza y sospechas. Pues es un juego peligroso, es muy sutil la tela de araña, y un solo gesto brusco de Robespierre, una sola palabra de traición, puede romper su tejido.
    Este papel misterioso, desesperado, peligroso y «de segundo término» que Fouché desempeña en la conspiración contra Robespierre no ha sido acusado suficientemente en la mayoría de las descripciones. En muchas, en las mas superficiales, ni se le nombra. La Historia se escribe casi siempre según las apariencias, y los cronistas de aquellos últimos días emocionantes señalan tan solo el gesto dramático patético de Tallien, que maneja en la tribuna el puñal con que se quiere herir, y la energía brusca de Barras, que reúne las tropas, y la acusación de Bourdon; en fin, presentan a los actores del gran drama que se desarrolla el 9 de Termidor y no reparan en Fouché. Éste no ha trabajado, en efecto, aquellos días sobre el escenario de la Convención. Su trabajo se desarrolló entre bastidores; fué el más difícil, el de régisseur, de director de escena en este juego audaz y peligroso. Ha delineado las escenas y entrenado a los actores; ha ensayado, invisible, en la oscuridad, y ha dado la réplica en la oscuridad también. Ha estado en su verdadero papel. Pero si pasó inadvertida su actuación a los historiadores, hubo alguien consciente de su presencia y de su actividad: Robespierre. A la luz del día le designó con su verdadero nombre: Chef de la Conspiration.
    Que se prepara algo en secreto contra él lo presiente muy bien este espíritu desconfiado y receloso en la resistencia repentina de los Comités, y mas claramente quizás en la amabilidad y sumisión extrema de algunos diputados que sabe son sus enemigos. Algún golpe, desde la sombra, siente Robespierre que se prepara; conoce también la mano que ha de dirigirlo; conoce al Chef de la Conspiration, y está sobre aviso. Cautelosamente exploran sus tentáculos: una policía propia, espías particulares, que le comunican, paso por paso, las gestiones, las reuniones, las conversaciones de Tallien, de Fouché y de los demás conspiradores. Cartas anónimas le previenen o le excitan a posesionarse pronto de la dictadura y a derribar a los enemigos antes de que se puedan reunir. Y para confundirlos y engañarlos a su vez, se pone repentinamente la mascara de la indiferencia contra el Poder político. No se presenta ya en la Convención, ni en el Comité. Acompañado de su gran perro de Terranova se le ve solo, un libro en la mano, con los labios apretados, vagar por la calle o por los cercanos bosques, ocupado, en apariencia únicamente, con sus amados filósofos e indiferente contra el Poder. Pero cuando regresa de noche a su habitación lima horas enteras en su gran discurso. Infinitamente trabaja en él: el manuscrito muestra innumerables correcciones y añadiduras. Pues este discurso decisivo y grande, con el que quiere estrellar a todos sus enemigos de una vez, debe surgir inesperadamente, afilado como un hacha, lleno de ímpetu retórico, brillante de ingenio y pulido de odio. Con esta arma quiere atacar repentinamente a los sorprendidos antes de que se puedan entender y reunir Todo es poco para afilar su corte y envenenarlo mortalmente, y en este trabajo macabro pasa largos y preciosos días.
    Pero no hay que perder más tiempo; cada vez con más urgencia le comunican los espías secretos conciliábulos. El 5 de Termidor cae en manos de Robespierre una carta de Fouché dirigida a su hermana, en la que dice misteriosamente: «No tengo que temer nada de las calumnias de Maximiliano Robespierre..., dentro de poco oirás el desenlace de este asunto, el que espero resulte ventajoso para la República». «Dentro de poco», pues, Robespierre esta prevenido. Hace venir a su amigo Saint Just y se encierra con él en su estrecha buhardilla de la rue Saint Honore. Allí se designa el día y el modo del ataque. El 2 de Termidor debe Robespierre sorprender y paralizar a la Convención con su discurso, y el 9 pedir Saint Just las cabezas de sus enemigos, de los obstinados del Comité y, sobre todo, la de José Fouché.
    La expectación era ya casi insoportable. También los conspiradores sienten el rayo en las nubes. Pero aún vacilan en atacar al hombre más poderoso de Francia, que tiene en sus manos todas las potencias: la administración municipal y el ejército, los jacobinos y el pueblo, la gloria y la fuerza de un nombre intachable. Aún no se tienen por bastante seguros, por bastante numerosos, por bastante decididos, por bastante audaces para acometer a este gigante de la revolución en batalla abierta, y se van enfriando algunos y hablan de retirada y reconciliación. La conspiración, muñida trabajosamente, amenaza con deshacerse.
    En este momento pone la Providencia, mas genial que todos los poetas, un peso decisivo en el platillo de la balanza oscilante. Y es precisamente Fouché el predestinado a hacer estallar la mina. En estos días le ocurre a este perseguido hasta la desesperación, amenazado a cada momento por el rayo del cuchillo, una última y extrema desgracia en su vida privada, más fuerte que las desdichas de su suerte política. Duro, frío, intrigante e incomunicativo en público y en la política, es este hombre singular en el hogar el esposo mas afectivo, el padre de familia mas tierno. Ama apasionadamente a su mujer, horriblemente fea, y ama sobre todo a su hijita, nacida en los días del preconsulado, bautizada por su propia mano, en la plaza de Nevers, con el nombre de «Nievre». Esta niña, tierna, pálida, SU ídolo, enferma repentinamente en aquellos días de Termidor, y a las preocupaciones por su propia vida en peligro se suma la zozobra por la vida de su hijita. Prueba cruel: saber que el ser querido, débil, enfermo del pecho, está solo con su mujer y no poder, acosado por Robespierre, velar junto al lecho de su hija moribunda. Ha de ocultarse en hogares extraños, en buhardillas. En vez de dedicarse a ella y respirar su aliento expirante, ha de correr sobre brasas, ir de un diputado a otro, mentir, implorar, conjurar, defender su propia vida. El espíritu atribulado, el corazón destrozado: así vaga el infeliz en los días ardientes de julio (el mas caluroso desde hace muchos años), incansable, de un lado a otro por el escenario político, sin ver como sufre y muere su niña amada.
    El 5 ó el 6 de Termidor acaba esta dura prueba. Fouché acompaña un pequeño ataúd al cementerio: la niña ha muerto. Estas pruebas endurecen. Presente en la imaginación la muerte de su hija, no teme por su propia vida. Una nueva audacia, la audacia de la desesperación fortalece su voluntad. Y cuando titubean aún los conspiradores y quieren aplazar la lucha, entonces dice por fin él, Fouché, que ya no tiene que perder en la tierra más que su vida, la frase decisiva: «Mañana hay que dar el golpe». Y esta frase fue pronunciada el 7 de Termidor.
    La mañana del 8 de Termidor comienza. Día histórico. De madrugada ya pesa el cielo despejado de julio, ardiente, sobre la ciudad despreocupada. Y únicamente en la Convención reina, desde muy temprano, una actividad extraña: en los rincones se juntan los diputados y murmuran; nunca se había visto tanta gente extraña y tanto curioso en los corredores y en las tribunas. El misterio y la expectación fluyen incorpóreos por el espacio; de manera inexplicable se ha divulgado el rumor de que hoy ha de ajustar Robespierre cuentas con sus enemigos. quizás acechó alguien a Saint Just y observó cómo regresaba de noche de la habitación cerrada; en la Convención se conoce demasiado bien el efecto de estos consejos secretos. ¿O es que tiene, por otra parte, Robespierre noticia de los proyectos bélicos de sus adversarios?
    Todos los conjurados, todos los que se saben amenazados, examinan, medrosos, las caras de sus colegas: ¿Habrá revelado alguno ¿quién? el secreto peligroso? ¿Se les adelantará Robespierre o le podrán aplastar antes de que tome la palabra? ¿Los abandonará o los protegerá la masa insegura y cobarde de la mayoría, le marais? Todos vacilan y se sobrecogen. Igual que el bochorno del cielo gris plomo sobre la ciudad, pesa la inquietud psíquica, amenazante, sobre la Asamblea.
    Y, efectivamente, apenas se abre la sesión, hace uso Robespierre de la palabra. Se ha ataviado solemnemente, como para la fiesta aquella del Ser Supremo. Lleva el ya histórico traje celeste con las medias blancas de seda, y despacio, con solemnidad intencionada, sube a la tribuna. Sólo que esta vez no lleva en la mano una antorcha, sino, como los lictores el mango de su hacha, un voluminoso rollo de papel: su discurso. Saber alguno su nombre en estas hojas cerradas es tanto como saber su propia perdición. Por eso cesan repentinamente, como cortados, charlas y murmullos en los bancos. Del jardín, de las tribunas, se apresuran a entrar los diputados y toman asiento en sus sitios. Cada uno examina temeroso la expresión de esta cara delgada, tan conocida. Pero glacial, encerrado en sí mismo, impenetrable a toda curiosidad, despliega Robespierre lentamente su discurso en la tribuna. Antes de comenzar a leer, con sus ojos miopes, levanta, para aumentar la expectación, la mirada; la dirige de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de arriba abajo, de abajo arriba, despacio, frío y amenazante sobre la Asamblea casi narcotizada. Allí están sentados sus pocos amigos, la muchedumbre numerosa de los indecisos y el montón cobarde de los conjurados que acecha su perdición. Los mira cara a cara. Pero hay uno a quien no ve. Uno sólo de sus enemigos falta en esta hora decisiva: José Fouché.
    Y cosa extraña: sólo el nombre del ausente, el nombre de José Fouché, es mencionado en el debate, y en su nombre precisamente se enciende la lucha postrera, la decisiva.
    Robespierre habla largo tiempo, extensamente, fatigosamente; según su antigua costumbre, deja gravitar el hacha siempre sobre los innominados, habla de conspiraciones y conjuraciones, de indignos y de criminales, de traidores y maquinaciones; pero no pronuncia ningún nombre. Le basta con hipnotizar a la Asamblea: el golpe mortal lo dará mañana Saint Just contra las víctimas paralizadas. Durante tres horas deja alargarse en el vacío su discurso vago y retórico. Y cuando por fin termina, está la Asamblea más enervada que asustada.
    Por lo pronto no se mueve ni una mano. La incertidumbre pesa sobre todos. Nadie puede decir si este silencio afirma una derrota o una victoria: la discusión habrá de decidirlo.
    Por fin pide uno de sus satélites que la Convención acuerde la impresión del discurso y con ello su aprobación. Nadie se opone. Cobarde, sumisa y, en cierto modo, satisfecha de que hoy no hayan pedido nuevas cabezas, nuevas detenciones, nuevas reducciones, aprueba la mayoría. Pero en el último momento se lanza uno de los conspiradores el nombre pertenece a la Historia: Bourdon de I'Oise y habla contra la impresión del discurso, y esta sola voz desentumece las demás. Los cobardes se agrupan poco a poco, se agavillan y se unen en un acto de valor desesperado; uno tras otro culpan a Robespierre de haber formulado sus declaraciones y sus amenazas demasiado confusamente: que diga, por fin, con claridad, a quien acusa efectivamente. En un cuarto de hora ha variado la escena; Robespierre, el agresor, se reduce a defenderse, debilita su discurso en vez de reforzarlo, declara no haber acusado a nadie ni culpado a nadie.
    En este momento suena repentinamente una voz, la de un diputado insignificante, que grita: ¿Es Fouché? ¿Y Fouché? Se ha pronunciado el nombre: el nombre del señalado como jefe de la conspiración, como traidor de la revolución. Ahora podría, ahora debiera dar el golpe Robespierre. Pero, cosa extraña, inexplicablemente extraña, Robespierre elude la respuesta: «No quiero ocuparme ahora de él, obedezco solamente a la voz de mi conciencia».
    Esta contestación evasiva de Robespierre pertenece a los secretos que se llevó a la tumba. ¿Por qué respeta, en este momento de vida o muerte, a su enemigo más cruel? ¿Por qué no le deshace, por qué no ataca al ausente, al único ausente? ¿Por qué no libra con ello de la opresión del miedo a todos los demás que se sienten atemorizados y que entregarían, sin duda, a Fouché para salvarse ellos? La misma noche así afirma Saint Just había intentado Fouché acercarse nuevamente a Robespierre. ¿Es un ardid o es verdad? Varios testigos pretenden haberle visto en estos días sentado en un banco con Carlota Robespierre, su antigua novia: ¿ha intentado verdaderamente una vez mas persuadir a la solterona para que intercediera cerca de su hermano? ¿Quiso, efectivamente, el desesperado traicionar a los conspiradores para salvar la propia cabeza? ¿O quiso, para confiar a Robespierre y velar la conspiración, fingirle arrepentimiento y sumisión? ¿Ha hecho también esta vez, como mil veces, doble juego este tahúr? ¿Y estaba, talvez, dispuesto, para sostenerse, el incorruptible y amenazado Robespierre, a respetar en aquella hora a su más odiado enemigo? ¿Fué este evitar una acusación de Fouché señal de un acuerdo secreto o fué solo un recurso?
    No se sabe. Alrededor de la figura de Robespierre se cierne todavía hoy, al cabo de tantos años, una sombra de misterio. Nunca adivinará por completo la Historia a este hombre impenetrable. Nunca se sabrán sus últimos pensamientos: si quiso verdaderamente la Dictadura para él o la República para todos; si quiso salvar la República o heredarla, como Napoleón. Nadie conoció sus pensamientos más secretos, los pensamientos de su última noche: del 8 al 9 de Termidor.
    Porque es, efectivamente, su última noche: en ella decide la suerte. Ala luz de la luna la noche sofocante de julio brilla, pulida, la guillotina. ¿Partirá mañana su filo frío las vértebras al triunvirato Tallien, Barras y Fouché o caerá sobre Robespierre? Ni uno sólo de los seiscientos diputados se acuesta esta noche. Ambos partidos preparan la lucha final. Robespierre ha ido desde la Convención a los jacobinos; ante velas de cera oscilantes, temblando de emoción, les lee su discurso, rechazado por los diputados. Frenético aplauso le rodea nuevamente, por última vez; pero él, lleno de presentimiento amargo, no se deja engañar por el entusiasmo de los tres mil que le rodean y califica de testamento su discurso. Mientras tanto, lucha su escudero Saint Just en el Comité hasta la madrugada, como un desesperado, contra Collot, Carnot y los demás conjurados, al mismo tiempo que se teje en los pasillos de la Convención la red que ha de apresar mañana a Robespierre. Dos, tres veces, como la lanzadera en el telar, van los hilos de derecha a izquierda, del partido de la «montaña» a la vieja reacción; hasta que por fin, al amanecer, se ha tramado, firme, irrompible, el pacto. Aquí aparece repentinamente Fouché, pues la noche es su elemento, la intriga su verdadera esfera. Su cara color plomo, blanqueada aún más por el miedo, pulula espectralmente por los salones poco iluminados. Susurra, adula, promete, asusta, amedrenta y amenaza aquí y allá, y no descansa hasta que no se cierra el pacto. A las dos de la madrugada están de acuerdo, por fin, todos los adversarios para aniquilar al enemigo común: a Robespierre. Fouché puede descansar ya.
    También esta ausente Fouché de la sesión del 9 de Termidor. Pero puede descansar, puede faltar: su obra está hecha, la red anudada, y decidida por fin la mayoría a no dejar escapar con vida al demasiado peligroso, al demasiado fuerte. Apenas empieza Saint Just, el escudero de Robespierre la discusión mortífera preparada contra los conspiradores, le interrumpe Tallien, pues han acordado no dejar hablar a ninguno de los oradores peligrosos: Saint Just y Robespierre. Hay que estrangularlos antes de que puedan hablar, antes de que puedan acusar. Y así se apresuran los oradores, hábilmente dirigidos por el propicio presidente, uno tras otro, a la tribuna, y cuando Robespierre quiere defenderse, gritan, chillan y patalean, ahogando su voz. La cobardía contenida de seiscientas almas inseguras, el odio y la envidia acumulados en semanas y meses, se echan ahora en contra del hombre ante quien temblaron todos. A las seis de la tarde todo esta decidido. Robespierre ha sido proscrito y es conducido a la cárcel. Es inútil que sus amigos, los verdaderos revolucionarios que ven en él el alma apasionada y dura de la República y le admiran, quieran liberarle y le busquen refugio en el Ayuntamiento: por la noche conquistan las tropas de la Convención esta Acrópolis de la revolución y a las dos de la madrugada veinticuatro horas después de haber sellado Fouché y los suyos el pacto de su aniquilación Maximiliano Robespierre, el enemigo de Fouché y, ayer aún, el hombre más poderoso de Francia, estaba tendido, ensangrentado, con la mandíbula destrozada, sobre dos sillones en la antesala de la Convención. Se ha dado caza a la pieza mayor. Fouché esta salvado. A la tarde siguiente rueda el carro camino de la plaza del suplicio. El terror ha terminado; pero el espíritu fogoso de la revolución se ha apagado también, pasó la era heroica. Ha llegado la hora de la herencia, la hora de los aventureros, de los ambiciosos, de los ansiosos de botín, de las almas equívocas, de los generales y de los negociantes; la hora de los nuevos gremios. Puede esperarse que haya llegado también la hora de José Fouché.
    Mientras el carro conduce lentamente a la guillotina a Maximiliano Robespierre y los suyos por la rue Saint Honoré, el camino trágico de Luis XVI, de Danton y Desmoulins, y de seis mil víctimas más, se manifiesta con estrépito y entusiasmo la curiosidad de la multitud. Las ejecuciones vuelven a ser fiestas populares: banderas y gallardetes ondean sobre los tejados, de balcones y ventanas salen gritos de alegría, una ola de júbilo brama sobre París. Cuando cae en el cesto la cabeza de Robespierre truena la plaza gigantesca en un grito único, estático, de júbilo. Los conjurados se asombran: ¿por qué se alegra el pueblo tan apasionadamente con la ejecución de este hombre, al que París, al que Francia adoraba aún ayer como a un Dios? Y se admiran aún más cuando, a la entrada de la Convención, una multitud alborotada recibe a Tallien y Barras con aclamaciones y admiración como verdugos del tirano, como vencedores del terror. Y esto los sume en perplejidad, porque, al aniquilar a este hombre superior, solo han querido desembarazarse de un modelo de virtud incómodo, que los espiaba demasiado; pero nadie había pensado en dejar enfriar la guillotina, en terminar con el terror. Mas ante el hecho de la repugnancia que han llegado a inspirar las matanzas colectivas, y conscientes los conspiradores de las simpatías que pueden atraerse convirtiendo a posteriori su impulso íntimo de venganza contra Robespierre en un acto de humanidad, deciden, con súbito acuerdo, aprovechar esta falsa interpretación popular. Sostendrán en adelante que todos los desafueros de la Revolución los tiene sobre la conciencia únicamente Robespierre, que desde los fosos de cal no puede defenderse, y que ellos fueron siempre apóstoles de la dulzura, enemigos de toda dureza y exageración.
    No la ejecución de Robespierre, sino la actitud cobarde y mentirosa de sus sucesores, da al 9 de Termidor su sentido histórico, pues hasta aquel día había reclamado para sí la Revolución todos los derechos, había tomado sobre sí tranquilamente toda la responsabilidad... A partir de este día, en cambio, confiesa temerosa haber cometido también equivocaciones, y por boca de sus caudillos empieza a renegar de sí misma. Pero todo credo espiritual, toda concepción vital queda rota en sus más íntimas potencias tan pronto como se niega su derecho absoluto, su infalibilidad. Y al ultrajar los tristes vencedores Tallien y Barras los cuerpos sin vida de sus grandes antecesores, Danton y Robespierre, como cadáveres de asesinos, y al sentarse miedosamente en los bancos de las derechas, de los moderados, con los enemigos secretos de la República, no traicionan solamente la Historia y el espíritu de la Revolución, sino a sí mismos.
    Todos esperan ver al lado de estos a Fouché, el conjurado principal, al enemigo más cruel de Robespierre, el más amenazado, el Chef de la Conspiration, pues bien había ganado el derecho a una substanciosa parte del botín. Pero, cosa extraña, Fouché no se sienta con los otros en los bancos de las derechas, sino en su antiguo sitio, en la «montaña», con los radicales. Y se envuelve en silencio. Por primera vez, es sorprendente, no va con la mayoría.
    ¿Por qué obra Fouché con semejante obstinación? Se lo preguntaron muchos entonces, y se lo han preguntado más tarde algunos. La contestación es sencilla: porque piensa más razonable y perspicazmente que los demás; porque su inteligencia superior de político prevé mas profundamente la situación que la frágil mentalidad de un Tallien o un Barras, a los que únicamente da el peligro una energía momentánea. El antiguo profesor de Física conoce la ley cinética, según la cual una onda no puede tenerse rígida en el aire. Tiene lo sabe muy bien que seguir un movimiento de flujo o de reflujo. Si ahora comienza, pues, el reflujo, es que se inicia una reacción y ésta no podrá detener su impulso, como no pudo detenerlo antes la revolución; irá, lo mismo que aquélla, hasta lo último, hasta el extremo, hasta la violencia. Pero entonces se romperá inevitablemente este pacto anudado a toda prisa; si vence, pues, la reacción, están perdidos todos los paladines de la revolución. Con las ideas nuevas cambia también peligrosamente la medida del juicio para los hechos de ayer. Lo que ayer era deber y atributo de virtud republicana por ejemplo, matar a tiros a mil seiscientos hombres y saquear las iglesias , será entonces necesariamente considerado como un crimen; los acusadores de ayer serán los acusados de mañana. Fouché, que tiene bastante sobre su conciencia, no quiere compartir el enorme error de los demás termidoristas (así se llaman los aniquiladores de Robespierre), que se agarran temerosamente a la rueda de la reacción..., sabe que de nada ha de servirles; si la reacción se pone en movimiento nuevamente, los arrastrara a todos consigo, únicamente por prudencia y perspicacia permanece Fouché fiel a las izquierdas, a los radicales. Ve muy claramente que pronto estará amenazada la cerviz de los más audaces precisamente.
    Y Fouché tiene razón. Para hacerse populares, para afirmar una humanidad que no existió nunca, sacrifican los termidoristas a los más enérgicos de los procónsules; hacen ejecutar a Carrier, que ahogó seis mil personas en el Loire; a José Lebon, el tribuno de Arras, y a Fouquier Tinville. Hacen volver para agradar a las derechas a los setenta y tres miembros expulsados de la Gironde y se dan cuenta demasiado tarde de que con este esfuerzo de la reacción quedan ellos mismos aprisionados por ella. Tienen que acusar ahora obedientemente a sus propios coadjutores contra Robespierre, a Billaud Verenne y a Collot d'Herbois, el colega de Fouché en Lyon. Cada vez se cierne más amenazadora la sombra de la reacción sobre Fouché. Por esta vez logra salvarse negando cobardemente toda complicidad en lo de Lyon (aunque no había una hoja en que no fuera su firma junto a la de Collot) y afirmando con igual falsedad el haber sido perseguido sólo por su excesiva benevolencia por el tirano Robespierre. Con esto engaña, efectivamente, el astuto a la Convención por algún tiempo. Puede permanecer en su sitio sin que le moleste nadie, mientras Collot es mandado a la «guillotina seca», es decir, a las islas, contaminadas por la fiebre, de la India occidental, donde sucumbe a los pocos meses. Pero Fouché es demasiado listo para sentirse seguro tras este primer rechazo; conoce la inflexibilidad de las pasiones políticas; sabe que una reacción, lo mismo que una revolución, no cesa de encarnizarse en los hombres hasta que se le rompen los dientes; que no parará en su deseo de venganza hasta que el último jacobino sea llevado ante el Tribunal y la República quede convertida en escombros. De esta manera sólo ve una salvación para la revolución, a la que esta ligado indisolublemente con lazos sangrientos: reproducirla. Y sólo ve una salvación para él: la caída del Gobierno. Otra vez el más amenazado de todos, lo mismo que hace seis meses, inicia sólo contra fuerzas superiores la lucha desesperada por la vida.
    Cuando hay que luchar por el Poder o por la vida es cuando desarrolla Fouché fuerzas asombrosas. Ve que por el camino leal no se puede impedir ya que la Convención persiga a los terroristas de antaño; no queda, pues, otro remedio que el probado tantas veces durante la revolución: el terror. Ya una vez, cuando la sentencia de los girondinos, cuando la sentencia del Rey, se intimidó a los diputados cobardes y vacilantes (entre ellos el entonces aún conservador José Fouché), movilizando a las muchedumbres callejeras contra el Parlamento, sacando de los suburbios los batallones de trabajadores con su fuerza proletaria, con su ímpetu irresistible, e izando la bandera roja de la rebelión en el Ayuntamiento. ¿Por que no lanzar nuevamente contra la Convención acobardada a esta vieja guardia de la revolución, a los conquistadores de la Bastilla, a los hombres del 10 de agosto, para que destrocen con los puños su poder?
    Claro que para ir a los arrabales y pronunciar allí discursos fogosos, revolucionarios, o, como Murat, bajo peligro de muerte, arrojar folletos excitantes al pueblo, para eso es Fouché demasiado cauto. No le gusta exponerse, prefiere evitar la responsabilidad; su maestría no es la del discurso ampuloso y arrebatador, sino la del susurrar y la de esconderse detrás de otro. Y también esta vez encuentra al hombre propicio que, adelantándose audaz y decididamente, le cubre con su sombra.
    Por París vaga entonces, proscrito y humillado, un verdadero y apasionado republicano: Francisco Babecuí, que se llama a sí mismo Graco Babceuf. Tiene un corazón desbordante y una inteligencia mediocre. Proletario de las entrañas del pueblo, antiguo agrimensor e impresor, tiene pocas y primitivas ideas; pero esas las alimenta con pasión varonil y las enardece con el fuego de la verdadera convicción republicana y social. Los republicanos burgueses y hasta el mismo Robespierre habían eludido con cautela las ideas socialistas y a veces comunistas de Marat sobre la nivelación de la propiedad; les pareció preferible hablar muchísimo de libertad y de fraternidad... y poco de igualdad en cuanto se refiere al dinero y a la propiedad. Babceuf recoge las ideas de Marat, olvidadas y reprimidas, las aviva con su aliento y las lleva como antorcha por los barrios proletarios de París. Esta llama puede elevarse repentinamente, convertir en ceniza en un par de horas todo París y el país entero, pues poco a poco va comprendiendo el pueblo la traición que cometen los termidoristas en su propia ventaja contra su Revolución, contra la Revolución proletaria. Detrás de Graco Babceuf se oculta Fouché. No se exhibe republicanamente como él; pero le aconseja secretamente en su labor de excitar al pueblo. Le hace escribir folletos violentos y él mismo corrige las pruebas. Piensa Fouché que sólo así, bajo la presión de la materia proletaria y de las turbas de los barrios con sus picas y sus tambores, despertará esa cobarde Convención, únicamente por terror, por miedo, puede ser salvada la República; sólo un tirón enérgico hacia la izquierda podrá eliminar la inclinación a la derecha. Y para este ataque audaz y verdaderamente peligroso, le sirve de coraza este hombre honrado, puro, de buena fe, maravillosamente íntegro. Tras su ancha espalda de proletario se puede uno esconder bien. Babceuf, a su vez, que orgullosamente se titula Graco y tribuno del pueblo, se siente honradísimo de que el célebre diputado Fouché le aconseje. Sí, éste es aún de los últimos y verdaderos republicanos, cree él; uno de los que permanecieron en los bancos de la «montaña», que no ha hecho pacto con la jeunesse dorée y con los proveedores del ejército. De buena gana se deja aconsejar, e impelido por esta mano hábil ataca a Tallien, a los termidoristas y al Gobierno.
    Pero únicamente a él, al bonachón y recto Babceuf, consigue engañar Fouché. El Gobierno reconoce pronto la mano que carga el fusil contra él, y en pública sesión culpa Tallien a Fouché de ser el consejero de Babceuf. Como siempre, niega Fouché francamente a su aliado (lo mismo que a Chaumette frente a los jacobinos, lo mismo que a Collot en Lyon). No, no conoce a Babceuf mas que de vista, condena sus exageraciones... Se bate en retirada con la mayor celeridad. Nuevamente cae el golpe sobre su escudero; pronto será detenido Babceuf y no tardaran en fusilarle en el patio de un cuartel. ¡Siempre paga otro con su sangre por las palabras y la política de Fouché!
    Este golpe audaz de Fouché se ha frustrado, solo ha conseguido con él atraer la atención sobre su persona, y eso no le conviene, porque le trae el recuerdo de Lyon y de los campos regados de sangre de Brotteaux. Nuevamente, y más enérgicamente que nunca, azuza la reacción a los acusadores de las provincias en las que mandó. Apenas se ha quitado de encima las imputaciones que le hace Lyon, se presentan Nevers y Clamency. Cada vez más en voz alta, cada vez más estrepitosamente, es acusado José Fouché de terrorismo ante el Tribunal de la Convención. Se defiende astutamente, con energía y no sin suerte. El mismo Tallien, su contrincante, se esfuerza en protegerle, pues empieza a atemorizarle la preponderancia de la reacción y comienza a temer por su propia cabeza. Pero ya es tarde: el 22 de Termidor de 1795, un año y doce días después de la caída de Robespierre, se formula, tras largo debate, la acusación por actos terroristas contra José Fouché. Y el 23 de Termidor se decide su detención. Igual que sobre Robespierre la sombra de Danton, parece levantarse sobre Fouché, vindicadora, la sombra de Robespierre.
    Pero estamos y esto lo ha calculado bien el político inteligente en el Termidor del cuarto año de la República y no del tercero. En 1793 equivalía la acusación a la orden de detención, y la detención a la muerte; si se ingresaba por la noche en la Conciergerie, se era sometido a interrogatorio al día siguiente, y por la tarde del mismo día se estaba ya en el carro. Pero en 1794 ya no mantiene el puño férreo del «incorruptible» las riendas de la justicia; las leyes se han aflojado, se puede uno escapar por entre sus mallas si es escurridizo. Y Fouché no sería Fouché si fuera incapaz de pasar él, que tantas veces estuvo en peligro, acorralado, por tan elásticas redes. A través de pasadizos y escaleras secretas se escurre y consigue que no le detengan enseguida, que se le deje tiempo para preparar una réplica, para una contestación, para una justificación; y el tiempo lo es todo. Hay que replegarse a la oscuridad, hay que procurar que le olviden a uno; hay que mantenerse en silencio, mientras gritan los demás, para pasar inadvertido. Según la receta célebre de Siéyès, que asistió a la Convención durante los años del terror sin desplegar los labios y que habiendo sido preguntado qué hizo todo ese tiempo, dió, sonriente, la contestación genial: J’ai vécu (He vivido). Así hace Fouché y se finge muerto, como algunos animales, para que no le maten. Si salva la vida ahora, durante el breve plazo de transición, estará libre definitivamente, pues el experto oteador presiente que toda la grandeza y toda la fuerza de esta Convención no durarán mas de un par de semanas, de un par de meses, a lo sumo.
    Así salva José Fouché su vida; y eso es mucho en aquel tiempo. Es decir, sólo la vida; pero no su nombre y posición, pues no vuelven a elegirle en la nueva Asamblea. El enorme esfuerzo ha sido inútil, como lo ha sido el derroche de pasión y de astucia, de audacia y de traición; sólo la vida es lo que salva. Ya no es el José Fouché de Nantes, diputado del pueblo; ya no es el profesor del Oratorio; no es sino un hombre olvidado, despreciado, sin categoría, sin fortuna, insignificante; una sombra miserable a la que únicamente protege la oscuridad.
    Durante tres años, nadie pronuncia en Francia su nombre.

    CAPÍTULO IV
    MINISTRO DEL DIRECTORIO Y DEL CONSULADO
    (1799 1802)
    Se ha compuesto el himno del destierro, esa potencia creadora del Destino, que levanta al hombre en su caída y concentra en la dura opresión de la soledad, nuevamente y en un orden nuevo, las fuerzas conmovidas del alma? Siempre culparon los artistas al destierro como aparente obstáculo del ascenso, como inútil intervalo, como interrupción cruel. Pero el ritmo de la Naturaleza quiere estas censuras forzadas. Pues sólo quien sabe de sus honduras conoce integra la vida. El impulso de reacción es lo que comunica al hombre toda la fuerza de su pujanza.
    El genio creador, sobre todo, necesita temporalmente este aislamiento forzado para medir desde la profundidad de la desesperación, desde la lejanía del destierro, el horizonte y la altura de su verdadera misión. Los más altos mensajes de la Humanidad han venido del destierro; los creadores de las grandes religiones: Moisés, Mahoma, Buda, todos tuvieron que entrar en el silencio del desierto, en «el no estar entre los hombres», antes de poder pronunciar la palabra decisiva. La ceguera de Milton, la sordera de Beethoven, la cárcel de Dostoiewski, la prisión de Cervantes, el encierro de Lutero en la Wartburg, el destierro de Dante y la extirpación voluntaria de Nietzsche a las zonas heladas de la Engadina, fueron exigencias del propio genio, ordenadas secretamente contra la voluntad despierta del hombre mismo.
    Pero también en el terreno bajo y más firme de la política, una ausencia temporal da al hombre de Estado nueva lozanía en la mirada y mayor intensidad para pensar y calcular el juego de las fuerzas políticas. Nada más propicio para una carrera que su interrupción temporal, pues el que ve el mundo siempre desde arriba, desde la nube imperial, desde la altura de la torre de marfil del Poder, no conoce otra cosa que la sonrisa de los subordinados y su peligrosa complacencia; el que siempre sostiene en las manos la medida, olvida su verdadero valor. Nada debilita tanto al artista, al general, al hombre de Poder, como el éxito permanente a voluntad y deseo. En el fracaso es donde conoce el artista su verdadera relación con la obra: en la derrota, el general, sus faltas, y en la pérdida del favor, el hombre de Estado, la verdadera perspectiva política. La riqueza permanente debilita; el aplauso constante hace insensible; únicamente la interrupción procura al vario ritmo de la vida nueva tensión y elasticidad creadora, únicamente la desgraciada mirada profunda y extensa para la realidad del mundo. Enseñanza dura, pero enseñanza y aprendizaje es todo destierro: al débil le amasa de nuevo la voluntad, al indeciso le hace enérgico; al duro, mas duro aún. Nunca es el destierro para el verdadero fuerte una mengua: es siempre un tónico de su fuerza.
    El destierro de José Fouché dura mas de tres años, y la isla solitaria e inhóspita adonde es enviado se llama la pobreza. Ayer aún procónsul, colaborador en el destino de la Revolución, para caer, desde los tramos mas altos del Poder, en una oscuridad tal, en tanta suciedad y tanto lodo, que se borran y pierden sus huellas. El único que entonces pudo verlas, Barras, da una descripción conmovedora de la miserable buhardilla bajo las nubes donde Fouché habita con su fea mujer y sus dos hijos malsanos y pelirrojos, albinos, de fealdad excepcional. En el quinto piso, en un cuarto sucio, sin ventilación, horriblemente achicharrado por el sol se esconde el caído ante cuya palabra temblaron miles de seres y que, al cabo de algunos años, ha de levantarse nuevamente como Duque de Otranto y tener en su mano el timón del destino europeo... El mismo que ahora no sabe con que dinero podrá comprar al día siguiente leche para sus hijos, ni cómo pagar el alquiler mísero y menos aún cómo defender la vida destrozada ante enemigos innumerables e invisibles, ante los vengadores de Lyon.
    Nadie, ni su más fiel y concienzudo biógrafo, Madelin puede realmente decirnos de qué fué viviendo en esos año de miseria. No cobra ya sueldo como diputado; su fortuna personal la ha perdido en una rebelión de Santo Domingo; nadie se atreve a colocar públicamente, a dar trabajo al mítrailleur de Lyon; todos los amigos le han abandonado, evitan su encuentro. Se ocupa en los negocios más extraños y oscuros, y, según dicen, no es una fábula, sino un hecho verídico, que el futuro Duque de Otranto se dedicó por entonces a cebar cerdos. Pero no tarda en ocuparse en un negocio mucho menos limpio: el de espía de Barras, el único de los nuevos poderosos que con una extraña compasión sigue recibiendo al desgraciado. Naturalmente, no en la sala de audiencia del Ministerio, sino en cualquier parte, a oscuras; allí le echa al pordiosero pertinaz, de vez en cuando, como una limosna, un pequeño negocio sucio: un aprovisionamiento al ejército, un viaje de inspección; siempre un diminuto lucro que sostiene por quince días a flote al engorroso. Pero a través de esas múltiples pruebas descubre en Fouché su verdadero talento. Barras tiene ya entonces una serie de proyectos políticos, desconfía de sus colega y para ello puede utilizar muy bien a un soplón que no pertenezca a la política oficial: una especie de detective particular. Para eso sirve Fouché divinamente. Escucha y espía, penetra en las casas por las escaleras de servicio, obtiene de todos los conocidos el chismorreo del día y va con esta sucia baba del público, secretamente, donde esta Barras. Y cuanto más ambicioso se va haciendo Barras, mientras más ávidamente vislumbran sus proyectos un golpe de Estado, le es más preciso Fouché. Hace ya mucho tiempo que le estorban en el Directorio (el Consejo de los cinco, que domina ahora en Francia) las dos únicas personas honradas Carnot sobre todo, el hombre recto de la Revolución Francesa y trata de desembarazarse de ellos. Pero quien proyecta un golpe de Estado y trama conspiraciones necesita, sobre todo, hombres à tout faire, bravis y bulos, como los llaman los italianos; personas sin carácter y en quienes, no obstante, se puede confiar; para eso sirve Fouché como nadie. El destierro es su escuela para la carrera y en ella desarrolla su talento futuro como maestro de la Policía.
    Por fin, tras larga, interminable noche de existencia aterida, de oscuridad, de miseria, otea Fouché un aire matinal. Un nuevo señor se instala en París, un nuevo poder naciente. Fouché decide servirle. Este nuevo poder es el dinero. Apenas reposan Robespierre y los suyos sobre las duras tablas, surge el dinero, omnipotente, y cuenta nuevamente con miles de vasallos y esclavos. Magníficos coches con caballos cuidadosamente almohazados y con arreos nuevos ruedan otra vez por las calles; dentro van, medio desnudas, como diosas griegas, encantadoras mujeres, envueltas en preciosas sedas y muselinas. En el Bois pasea a caballo la jeunesse dorée, con blancos y ceñidos pantalones de nanquín y fracs amarillos, marrones y rojos. En las manos, llenas de sortijas, llevan fustas con puños de oro, que utilizan también con gusto contra los terroristas de antaño; se hacen buenos negocios en las tiendas de perfumes y en las joyerías; se abren como por ensalmo quinientos, seiscientos salones de baile y cafés; se construyen chaléts y se compran casas; se va al teatro, se juega a la Bolsa y se apuesta; se compra y se vende y se juega por miles detrás de las cortinas de damasco del Palais Royal. El dinero ha vuelto, soberano, insolente y audaz.
    ¿Pero donde estaba el dinero entre 1791 y 1795 en Francia? Donde siempre... No hizo mas que esconderse. Lo mismo que en Alemania y en Austria, durante el período del miedo comunista, en igig; los ricos se fingieron repentinamente muertos; se escondieron los ricos franceses, pues a todo el que bajo el régimen de Robespierre toleraba a su alrededor el lujo más mínimo, es más: al que tan sólo se acercaba al lujo, se le tomaba por mauvaís riche y se le miraba como sospechoso; era desagradable que le tuvieran a uno por adinerado. Pero de nuevo sólo el rico vale hoy. Afortunadamente, es ésta la época (como siempre en el caos) para hacer dinero. Las fortunas cambian de dueño; las fincas son vendidas, y con ello se gana; las propiedades de los emigrados son subastadas, y con ello se gana; a los condenados se les confiscan los bienes, y con ello se gana; los asignados bajan diariamente; una fiebre frenética de inflación conmueve al país, y con ello se gana. En todo se puede ganar, si se tienen manos hábiles y osadas y relaciones en el Gobierno. Pero hay, sobre todo, una fuente que mana con abundancia sin igual, magnífica: la guerra. Ya en 1791, al empezar, habían hecho unos cuantos el descubrimiento (como lo hicieran unos cuantos también en 1914) de que se puede sacar muy buen provecho de la guerra, que devora los hombres y destruye los valores; pero en aquella ocasión se echaron con saña al cuello de los accapareurs Robespierre y Saint Just, los incorruptibles. Mas ahora, gracias a Dios, han sido liquidados esos Catones, se oxida la guillotina en el granero, y los accapareurs y proveedores del ejército ven llegar una época de oro. Ya se pueden vender tranquilamente zapatos malos por dinero bueno, llenarse bien los bolsillos de anticipos y requisas. Naturalmente, con la condición de que le sean a uno asignados los pedidos. Por eso siempre requieren estos asuntos un mediador a propósito, un corredor bien acreditado y accesible, que abra desde dentro a los especuladores la puerta del establo que conduce al pesebre abundante del Estado.
    Para estos negocios sucios es José Fouché el hombre ideal. La miseria le ha arrebatado por completo la conciencia republicana; su odio al dinero es una idea arrinconada ya; se le puede comprar barato al medio muerto de hambre. Y, por otra parte, tiene las mejores «relaciones», pues entra y sale (como espía) en la antesala de Barras, el presidente del Directorio. Así se convierte, de la noche a la mañana, el comunista radical de 1793, que quiso mandar amasar a toda costa el «pan de la Igualdad», en el íntimo de los nuevos banqueros republicanos, que cumple y amaña, por una buena comisión, todos sus deseos y asuntos. Por ejemplo, el accapareur Hinguerlot, uno de los mas audaces y desalmados agiotistas de la República (Napoleón le odiaba), es objeto de una acusación molesta; ha obrado demasiado osadamente y, como proveedor, ha provisto su bolsa con entusiasmo excesivo y le han metido en un pleito que le puede costar mucho dinero y quizá la cabeza. ¿Qué hacer en tales circunstancias, entonces como ahora? Se dirige uno a alguna persona que tenga buenas relaciones «arriba», que tenga influencia política y privada y que pueda «arreglar» el enojoso asunto. Se dirige, pues, a Fouché, el moscardón de Barras, que engrasa enseguida sus botas y corre a casa del omnipotente (la carta se encuentra impresa en sus Memorias), y, efectivamente, el asunto, poco limpio, es ahogado silenciosamente sin dolor. A cambio de esto le interesa Hinguerlot en las provisiones del ejército y en los negocios bursátiles. Lappétit vient en mangeant. Fouché descubre en 1797 que el dinero huele mucho mejor que la sangre de 1793 y funda, gracias a sus nuevas «relaciones», de una parte con los nuevos grandes financieros y de otra con el Gobierno corrupto, una nueva Compañía de aprovisionamiento para el ejército de Scherer. Los soldados del buen general recibirán calzado detestable, pasaran frío con sus abrigos delgados y serán batidos en los llanos de Italia; pero es más importante que la Compañía Fouché Hinguerlot, y seguramente el mismo Barras, obtenga una substanciosa ganancia. Ha desaparecido el asco ante el «metal despreciable y nocivo», que proclamaba aún hace tres años con tanta elocuencia el ultrajacobino y supercomunista Fouché, y han sido olvidados también los ataques de odio contra los «malos ricos» y aquello de que «el buen republicano sólo necesita al día pan, hierro y cuarenta escudos». Ahora es su lema, al fin, ser también rico. En el destierro ha conocido Fouché el poder del dinero y se rinde ante él para servirle, como ante todo poder. Demasiado tiempo, demasiado dolorosamente ha sufrido el horrible «estar abajo», en la suciedad del desprecio y de la miseria... Ahora se empina con todas sus fuerzas hacia ese mundo donde se compra por dinero el Poder, porque desde el Poder se acuña nuevamente el dinero. El trabajo de zapa ha excavado ya la primera galería en la más pródiga de todas las minas; ha dado el primer paso en el camino fantástico que va desde la miserable buhardilla de un quinto piso a la residencia ducal; desde la nada, a una fortuna de veinte millones de francos.
    Desde que Fouché arrojó el peso desagradable de los principios revolucionarios, se ha vuelto muy ágil; súbitamente se encuentra otra vez con el pie en el estribo. Su amigo Barras no hace sólo transacciones financieras oscuras sino también negocios políticos sucios. Con toda cautela quiere vender la República por un título de duque y un montón de dinero a Luis XVIII. En esto le estorba únicamente la presencia de colegas decentes, republicanos como Carnot, que siguen creyendo en la República y que no quieren comprender que los ideales sólo sirven para ganar con ellos. Y en el golpe de Estado que dió Barras el 18 de Fructidor, que le desembaraza de este molesto vigilante ayudó Fouché, sin duda alguna, a su compañero de negocio minando el terreno, pues apenas es su protector Barras señor ilimitado del Consejo de los Cinco, del Directorio renovado, se abre camino impetuosamente el enemigo de la luz y pide su premio. ¡Que Barras le coloque en la política, en el ejército, en algún sitio, en alguna misión donde se puedan llenar bien los bolsillos y donde se pueda uno reponer de los años de miseria! Barras, que necesita a este hombre, apenas puede negarse al mediador de sus negocios sucios. No obstante, el nombre de Fouché, el mitrailleur de Lyon, apesta aún demasiado a sangre para comprometerse con él públicamente en París durante la luna de miel de la reacción. Así le manda Barras, por lo pronto, como representante del Gobierno a Italia, al ejército, y luego a la República bátava, a Holanda, para llevar a cabo negociaciones secretas, pues sabe muy bien Barras que es maestro en el juego de intrigas subterráneas; pero lo tendrá que sentir pronto, intensamente, en la propia carne. En 1798 es, pues, Fouché embajador de la República francesa: otra vez tiene el pie en el estribo. Lo mismo que antaño en su misión sangrienta, desarrolla ahora, en la diplomacia, la misma energía glacial; particularmente en Holanda alcanza rápidos éxitos. Envejecido en experiencias trágicas, madurado en épocas tempestuosas, suavizado en la forja dura de la miseria, demuestra Fouché su antigua energía aliada a una nueva precaución. Pronto ven los de «arriba», los nuevos señores, que es un hombre que se puede utilizar, que baila al son que le tocan y brinca con el dinero; atento hacia los de arriba, sin miramientos para los de abajo, es el verdadero y hábil navegante en aguas movidas. Y como la nave del Gobierno se tambalea cada vez con más peligro y amenaza estrellarse en su rumbo inseguro, toma el Directorio, el 3 de Termidor del año 1799, una decisión inesperada: José Fouché, en misión secreta en Holanda, es nombrado súbitamente, de la noche a la mañana, ministro de Policía de la República francesa.
    ¡José Fouché, ministro! París se estremece como por un tiro de cañón. ¿Comienza otra vez el terror, para que suelten de la cadena a este perro de presa, al mitrailleur de Lyon, al profanador de hostias y saqueador de iglesias, al amigo del anarquista Babceuf? ¿Traerán ahora también ¡Dios nos libre! a Callot d'Herbois y a Billaud de las islas infectas de la Guayana y volverán a colocar la guillotina en la Plaza de la República? ¿Se amasará, por último, otra vez el «pan de la Igualdad»? ¿Volverán a instituirse los «comités filantrópicos» que sacan el dinero a la gente rica? París, que lleva ya algún tiempo intranquilo, con sus mil quinientos salones de baile, con sus magníficas tiendas y su jeunesse dorée, se asusta. Los ricos y los burgueses tiemblan de nuevo como en 1792. Sólo los jacobinos están contentos, los últimos republicanos. ¡Por fin, tras tremendas persecuciones, está en el Poder uno de los suyos, el más audaz, el más radical, el mas inflexible! ¡Por fin se tendrá en jaque a la reacción, y la República quedara limpia de realistas y conspiradores!
    Pero ¡cosa extraña! Unos y otros se preguntan a los pocos días: ¿se llama este ministro de Policía verdaderamente José Fouché? Otra vez se ha probado por la experiencia la sabia máxima de Mirabeau (hoy aún valedera para los socialistas) que los jacobinos, como ministros, dejan de ser jacobinos. Y así, los labios que antaño goteaban sangre, rebosan ahora bálsamo de palabras conciliatorias. Orden, calma, seguridad; estas palabras se repiten constantemente en las proclamas políticas del ex terrorista. Combatir el anarquismo es su principal divisa. La libertad de la Prensa tiene que ser limitada, hay que dar fin a los eternos discursos de excitación. Orden, orden, calma y seguridad... Ni Metternich, ni Seldnitzki, ni el mayor archirreaccionario del Imperio austriaco han escrito decretos mas conservadores que José Fouché, el mitrailleur de Lyon.
    Los burgueses respiran: ¡que «Paulus» ha salido este «Saulus»! Pero los verdaderos republicanos rabian de indignación en sus juntas. Han aprendido poco en estos años, aún pronuncian discursos y más discursos enfurecidos, amenazan al Directorio, a los ministros y a la Constitución con frases de Plutarco. Se manifiestan con los mismos feroces ademanes que si vivieran aún Danton y Marat, como si pudieran, igual que entonces, agrupar, tocando a rebato, cientos de miles de hombres de los arrabales. Sin embargo, esos enredos molestos intranquilizan por fin al Directorio. ¿Que se puede hacer contra ellos? Preguntan sus colegas al recién elegido ministro de Policía.
    «Cerrar el club», contesta éste, impávido. Incrédulos, le miran los demás y preguntan cuando se ha de tomar esta medida audaz. «Mañana», contesta tranquilamente Fouché.
    Y, efectivamente, a la noche siguiente se dirige Fouché, presidente que fué de los jacobinos, al club radical de la rue du Bac. En este círculo ha latido durante todos estos años el corazón de la revolución. Son los mismos hombres ante los que Robespierre, Danton y Marat, ante los que él mismo pronunciaron discursos apasionados. Después de la caída de Robespierre, después de la derrota de Babceuf, vive únicamente en el Club du Manège el recuerdo de los días tumultuosos de la revolución.
    Pero el sentimentalismo no es cosa de Fouché; puede, cuando quiere, olvidar, de manera fantásticamente rápida, su pasado. El antiguo profesor de Matemáticas del Oratorio mide siempre únicamente el paralelogramo de las fuerzas reales. Sabe que la idea republicana esta aniquilada, los mejores caudillos, los hombres de acción, están bajo tierra: así se han ido rebajando todos los clubes desde hace tiempo hasta convertirse en casinos de charlatanes, que se quitan la palabra de la boca. En 1799 ya han bajado de valor las frases de Plutarco y las palabras patrióticas, lo mismo que los asignados. Se ha fraseado y se ha impreso billetes en demasía. Francia esta harta (¿quien lo ha de saber mejor que el ministro de Policía?) de abogados, oradores y renovadores, cansada de decretos y leyes; no quiere más que tranquilidad, orden, paz y clara situación económica; igual que después de unos años de guerra, después de unos años de revolución y de éxtasis colectivo, el egoísmo irresistible del individuo, de la familia, reclama su derecho.
    En el momento preciso en que pronuncia uno de esos republicanos un discurso fogoso, se abre la puerta y, con su uniforme de ministro, entra Fouché acompañado de los gendarmes. Con mirada fría mira asombrado la reunión, que se apresura a levantarse de sus asientos: ¡que adversarios tan miserables! Desde hace tiempo, sucumbieron los hombres de acción, los hombres de espíritu de la Revolución, sus héroes y sus fanáticos; únicamente quedaron los charlatanes, y contra los charlatanes basta un gesto enérgico. Sin vacilar sube a la tribuna; por primera vez, al cabo de seis años, oyen los jacobinos su voz fría y sobria, pero no para excitar, en nombre de la Libertad, el odio contra los déspotas: el hombrecillo desmedrado declara tranquilamente la disolución del club. La sorpresa es tan grande que nadie opone resistencia. No se indignan ni se arrojan, como siempre juraron, con los puñales contra el aniquilador de la Libertad. Balbucean nada más; se repliegan y desalojan, estupefactos, el salón. Fouché calculo bien: contra hombres hay que luchar; a los charlatanes se los derriba con un gesto.
    Ahora que esta desalojado el salón avanza lentamente hacia la puerta, la cierra y se mete la llave en el bolsillo. Y con esta vuelta de llave ha terminado, efectivamente, la Revolución francesa.
    Un cargo es según quiere el hombre que lo desempeña. Cuando Fouché toma posesión del Ministerio de Policía, admite con esto el desempeño de una función absolutamente subalterna, una especie de subprefectura del Ministerio del Interior. Debe vigilar e informar, recoger el material para la política exterior e interior, con el que luego operan, como reyes, los señores del Directorio. Pero apenas tiene Fouché tres meses el poder en sus manos, notan sus protectores, asustados, asombrados e indefensos ya, que no vigila solamente hacia abajo, sino también hacia arriba; que el ministro de Policía vigila a los demás ministros, al Directorio, a los generales y a toda la política. Su red se extiende sobre todos los cargos y funciones, a sus manos llegan todas las noticias, hace política al margen de la política, guerra al margen de la guerra y ensancha en todas direcciones los límites de sus poderes. Hasta que, por fin, Talleyrand define con enojo el cargo de ministro de Policía: «El ministro de Policía es un hombre que se ocupa, en primera línea, de todos los asuntos que le importan, y en segundo lugar, de todos los que no le importan».
    Magníficamente esta montada esta máquina complicada, este aparato de vigilancia de todo un país. Mil noticias llegan todos los días a la casa del Quaí Voltaire. Al cabo de un par de meses ha llenado el país de espías, agentes secretos y moscardones. Pero no hay que figurarse sus espías como detectives burgueses, corrientes y vulgares que atisban el chismorreo del día con los porteros, en las tabernas, en los burdeles y en las iglesias. Los agentes de Fouché llevan galones de oro, levita de diplomático y sutiles trajes de encaje; charlan en los salones del Faubourg Saint Germain y, por otra parte, se introducen, disfrazados de patriotas, en las sesiones secretas de los jacobinos. En la lista de sus mercenarios se encuentran marqueses y duquesas con los nombres más ilustres de Francia. Y hasta puede alardear (caso fantástico) de tener a su servicio a la mujer mas preeminente del país, a Josefina Bonaparte, la futura Emperatriz. En el despacho de su señor y futuro Emperador está, vendido a Fouché, el secretario; en Hartwell ha sobornado al cocinero del rey Luis XVIII. No hay charla de que no tenga referencia, no hay carta que no se abra.
    En el ejército, entre los comerciantes, entre los diputados, en las tabernas y en las asambleas, a todas partes llega el oído vigilante del ministro de Policía, invisible, y todas estas noticias van diariamente a parar a su mesa de burócrata. Allí se examinan las denuncias, en parte auténticas y de trascendencia, en parte insignificantes, y se estudian y comparan hasta que surge, entre mil claves, la noticia clara.
    La información lo es todo, en la guerra como en la paz, en la política como en la economía. El Poder no se funda, en la Francia de 1799, en el terror, sino en la información. La información en torno de estos tristes termidoristas, para saber cuánto dinero acepta cada uno, por quien es sobornado, por cuánto se le compra. Así se le puede tener a raya, en una situación de dependencia respecto del superior; la información sobre las conspiraciones, en parte para batirlas y en parte para acelerarlas, permite llevar la maniobra política siempre del lado favorable. El saber por adelantado las noticias del teatro de la guerra y de las negociaciones de la paz, permite operar en la Bolsa con financieros complacientes y, finalmente, hacerse un capital. Así, esta maquina de noticias en manos de Fouché produce constantemente dinero, y el dinero, a su vez, sirve de engrase para mantenerla rodando silenciosamente. De las casas de juego, de los burdeles, de las casas de banca, fluyen contribuciones discretas que ascienden a millones, que van a parar a su mano, para transformarse allí en soborno; el soborno, a su vez, trae nuevas informaciones... Así no se para ni falla jamás esta maquinaria enorme y refinada de la Policía, que un solo hombre creó de la nada en pocos meses, gracias a su inmensa energía y a su genio psicológico.
    Pero lo más genial de esta maquinaria incomparable de Fouché es que sólo funciona regida por su mano. En algún sitio tiene un tornillo secreto que si se saca hace detenerse súbitamente la rotación vertiginosa. Fouché lo previene todo desde el primer momento, por si algún día cayera en desgracia. Sabe que si le despiden basta una simple manipulación para paralizar enseguida la máquina por él construida. Pues no ha creado el servicio para el Estado, ni para el Directorio, ni para Napoleón. Este déspota crea su obra únicamente para su propia utilidad. No piensa dar cuenta, según es su deber, del resultado de todas las informaciones que sedimenta químicamente en su retorta policíaca; sólo comunica lo que quiere comunicar, con egoísmo, sin miramientos; ¿para qué hacer más listos a los imbéciles en el Directorio y dejarles ver sus cartas? Deja salir de su laboratorio exclusivamente lo que le es útil, lo que le es imprescindiblemente necesario para su propia ventaja; los dardos y los venenos eficaces los guarda cuidadosamente en su arsenal particular para su venganza personal, para sus asesinatos políticos. Siempre sabe Fouché más de lo que creen en el Directorio que sabe, y por eso es peligroso e imprescindible a la vez para todos. Sabe de las negociaciones de Barras con los realistas, de las pretensiones a la corona de Bonaparte, de las maquinaciones de los jacobinos o de los reaccionarios; pero nunca descubre esos secretos cuando se entera de ellos, sino cuando le parece ventajoso descubrirlos. A veces acelera las conspiraciones, a veces las refrena, a veces las provoca artificialmente, a veces las descubre ruidosamente (y avisa al mismo tiempo a los interesados para que se pongan a tiempo a salvo); siempre hace doble, triple, cuádruple juego, y el engañar y burlarse en todas direcciones se convierte poco a poco en pasión. Para ello se necesita, naturalmente, plena consagración de fuerza y tiempo: esto no lo escatima Fouché, cuya jornada de trabajo es de diez horas. Antes de permitir a otro una ojeada en sus secretos policíacos, prefiere estar sentado desde la mañana hasta la noche en su despacho. Examina todos los papeles y despacha cada acta personalmente. Toma declaraciones a cada acusado importante, solo, con las puertas cerradas, en su gabinete, para que nadie se entere ni siquiera sus subalternos de los pormenores decisivos; y así tiene, poco a poco, como confesor voluntario de todo el país, los secretos de todos en su mano. Otra vez reina por terrorismo, como antaño en Lyon; pero no utiliza ya la tosca hacha mortífera, sino el veneno psíquico del miedo, de la conciencia intranquila, del sentirse espiado y del saberse descubierto. Con ello mete el resuello en el cuello a millares de seres. La máquina de 1792, la guillotina, inventada para suprimir toda resistencia contra el Estado, es una herramienta torpe comparada con la maquinaria policíaca, combinada y refinada por la superioridad espiritual del José Fouché de 1799.
    De este instrumento, que él mismo se ha construido a medida de su mano, se sirve José Fouché como artista consumado. Conoce el más alto secreto del Poder, que consiste en disfrutar su posesión secretamente, y utilizarlo con tacto económico. Pasaron los tiempos de Lyon en los que prohibían la entrada al aposento del omnipotente feroces guardias de la Revolución con bayonetas caladas. Ahora se reúnen en su antesala las señoras del Faubourg Saint Germain y las recibe con gusto. Sabe lo que quieren: una ruega tachen de la lista de emigrados a un pariente, otra quiere proporcionar una colocación buena a un primo, la tercera, acallar un pleito fatal. A todas se muestra Fouché igualmente amable. ¿Para qué hacerse ingrato a cualquiera de los partidos, a los jacobinos o a los realistas, a los moderados o a los bonapartistas, si no se sabe quién ha de gobernar mañana? De tal modo se muestra, el que fué terrorista temido, el hombre más suave y conciliador. públicamente truena en sus discursos y proclamas contra realistas y anarquistas; pero, en secreto, por bajo manga, los aviva o soborna. Evita procesos ruidosos, sentencias de muerte crueles; a él le basta el ademán de la violencia, en vez de la violencia misma; el verdadero Poder subterráneo en el Estado, en vez de la engañifa vana que ostentan Barras y sus colegas con sus sombreros de plumas.
    Así sucede que a los pocos meses se ha convertido el demonio de Fouché en el ídolo de todos; pues ¿qué ministro o estadista será en todos los tiempos y en todas partes el más estimado sino el que deje que hablen con él, que vea tranquilamente como se gana dinero o incluso ayude a ganarlo, o a alcanzar cargos, que haga a todos concesiones y que cierre benévolamente los ojos severos, siempre que uno no meta la nariz demasiado en política o que no le estorbe en sus propios proyectos? ¿No es mejor comprar las convicciones o conseguirlas por adulación, que sacar los cañones a la calle? ¿No es mejor llamar a los exaltados al gabinete secreto y enseñarles allí en un cajón su sentencia de muerte firmada, que hacerla ejecutar verdaderamente? Claro que sabe poner sin contemplaciones la mano dura donde advierte verdadera rebelión. Mas para el que se esta quieto y no se levanta contra el mando, alardea el viejo terrorista de tolerancia sacerdotal, más vieja aún. Conoce el flaco de la Humanidad por el dinero, por el lujo, por los pequeños vicios, por los placeres íntimos... Bueno, habeant! Pero hay que estarse quietos... Los grandes banqueros, perseguidos a muerte hasta este momento bajo la República, pueden hoy acaparar y ganar dinero tranquilamente: Fouché les proporciona noticias y ellos a él parte de la ganancia. La Prensa, que era bajo Marat y Desmoulins una fiera rabiosa y sanguinaria, ¡qué solícita le lame los pies! También ella prefiere las golosinas al látigo. En poco tiempo sustituye a la gritería de los patriotas privilegiados un reposo bienhechor; Fouché le ha tirado a cada uno un hueso o los ha ahuyentado, con un par de fuertes azotes, a un rincón. Y ya saben sus colegas, ya saben todos los partidos, que es tan agradable y fructífero tener a Fouché por amigo como es desagradable hacerle sacar las uñas de las patitas de terciopelo, y aunque es el hombre más despreciado de todos, por lo mismo que están todos agradecidos a su silencio, tiene, por esta misma razón, un sinfín de buenos amigos. Aún no se ha reedificado la ciudad destruída del Ródano, y ya se han olvidado las mitraillades de Lyon, ya es José Fouché un hombre bienquisto.
    Sobre todo lo que ocurre en el país tiene José Fouché las primeras, las mejores noticias. Nadie sabe tan detalladamente, gracias a una vigilancia de mil cabezas y de dos mil oídos, hasta los últimos pliegues de los acontecimientos; nadie conoce la fuerza o la fragilidad de los partidos y de las personas mejor que este observador de nervios fríos, a través de su aparato registrador, que marca las más pequeñas oscilaciones de la política.
    De esta manera, bien pronto comprende José Fouché, y advierte claramente, que el Directorio está perdido. Sus cinco miembros están en desacuerdo; uno obra a espaldas del otro y sólo espera el momento de quitarle de en medio. Los ejércitos vencidos, la economía revuelta, el país intranquilo... Así no se puede seguir. Fouché husmea que pronto cambiara el viento. Sus agentes le informan de que Barras negocia ya secretamente con Luis XVIII para vender por una corona ducal la República a la dinastía de los Borbones. Sus colegas, en cambio, coquetean con el duque de Orleáns o sueñan con la reconstitución de la Convención. Pero todos, todos saben que así no se puede seguir. La nación esta conmovida por rebeliones interiores, los asignados se deshojan en papeles sin valor, los soldados niegan ya el servicio. Si no reúnen en una nueva fuerza las energías dispersas se derrumbará la República.
    Sólo un dictador puede salvar la situación, y todas las miradas se pierden en el vacío en busca de uno. «Necesitamos una cabeza y un sable», dice Barras a Fouché, teniéndose a sí mismo secretamente por la cabeza y buscando el sable a propósito. Pero Hoche y Joubert, los victoriosos murieron muy a destiempo para su carrera; Bernadotte es aún jacobino, y el único del que todos saben que sería las dos cosas en uno, el sable y la cabeza, Bonaparte, el héroe de Arcole y Rívoli, de ése se han desembarazado por miedo mandándole bien lejos a maniobrar en la arena del desierto egipcio infructuosamente. Con él, separado por tantas millas de distancia, no hay que contar.
    De todos los ministros es Fouché el único que sabe y, entonces que el general Bonaparte, al que creen los demás a la sombra de las pirámides, no está tan distante y que desembarcará en breve en Francia. Le habían destinado tan lejos por demasiado ambicioso, demasiado popular y dominante; le habían destinado a algunos miles de millas de París. Quizás hubo quien respiró secretamente cuando destruyó Nelson en Abukir la flota, pues ¿qué les importa a los intrigantes y políticos un par de miles de muertos, si con ello se quitaban de encima a un contrincante? Ahora duermen tranquilos; le saben atado al ejército y se cuidan bien de no volverle a llamar. Ni un momento suponen que pudiera tener la osadía de entregar arbitrariamente el mando a otro general y venir a hacerlos saltar de sus blandos divanes; cuentan con todas las posibilidades, menos con Bonaparte.
    Pero Fouché sabe más y de la mejor fuente. Pues quien le confía todo y le da cuenta de cada carta, de cada medida, su mejor, su más informado, el más leal de los espías pagados, es nada menos que... la propia mujer de Bonaparte, Josefina Beauharnais. Corromper a esta criolla frívola no significa de por sí un acto grande, pues, despilfarradora loca, esta constantemente en situaciones económicas difíciles, y aunque Napoleón le consigna espléndidamente cientos de miles de los fondos del Estado, se filtran como gota de agua en los gastos de una mujer que se compra en un año trescientos sombreros y setecientos vestidos, que no sabe ni ahorrar su dinero, ni su cuerpo, ni su buena reputación, y la que, además, está en este momento bastante apesadumbrada. Mientras estaba el pequeño general fogoso en su campaña, en el aburrido país de los mamelucos al que se la quiso llevar , se ha dedicado a dormir con un Charle guapo y encantador, y quizá con algún otro más; probablemente con su antiguo amante Barras. Esto se lo han tomado a mal los hermanos, estúpidos e intrigantes, José y Luciano, y se lo comunicaron a toda prisa al esposo, vehemente y celoso como un turco. Necesita, pues, alguien que la ayude y observe a los hermanos espías, vigilando toda 1a correspondencia. Por eso, y además por un par de rollos de ducados él mismo dice claramente en sus Memorias «Mil luises de oro» , entrega la futura Emperatriz a Fouché todos los secretos, y sobre todo el más importante y más peligroso: el del próximo regreso de Bonaparte.
    A Fouché le basta el estar informado. Naturalmente que no piensa en informar a sus superiores el ciudadano ministro de Policía. Por lo pronto, no hace mas que estrechar su amistad con la esposa del pretendiente, utiliza las noticias silenciosamente y aguarda los acontecimientos, que, como ahora sabe, no han de dejarse esperar mucho tiempo.
    El 11 de octubre de 1799 manda llamar el Directorio apresuradamente a Fouché. Una novedad increíble anuncia el heliógrafo: Bonaparte ha regresado de Egipto y ha desembarcado en Fréjus arbitrariamente, sin haber recibido orden de regresar. ¿Qué hacer ahora? ¿Detener enseguida como desertor, al general que abandonó su ejército sin permiso o recibirle amablemente? Fouché, que se finge más sorprendido de lo que en verdad está, aconseja condescendencia. ¡Aguardar, aguardar! Aún no ha decidido si estará en pro o en contra de Bonaparte; quiere esperar, por lo tanto, a que se desarrollen tranquilamente los acontecimientos. Pero mientras discuten acaloradamente las cinco cabezas descabezadas del Directorio si se debe perdonar o detener a Bonaparte, a pesar de su deserción, decidió ya la voz del pueblo. Avignon, Lyon, París, le reciben como triunfador; todas las ciudades están iluminadas en su camino; desde el escenario de los teatros se comunica la noticia al público jubiloso; no regresa un subalterno, sino un señor, una gran potencia. Apenas está en París, en su casa rue Chantereine (pronto se llamará, en su honor, rue de la Victoire), le visitan todos sus amigos y también aquellos que comprenden que es útil pasar pronto por tales. Generales, diputados, ministros, hasta Talleyrand, ofrecen al hombre del sable sus respetos. Y no tarda mucho el ministro de Policía, que se encamina en persona hacia la rue Chantereine. Se presenta en casa de Bonaparte. Pero a éste le parece este señor Fouché una visita bastante indiferente e insignificante, y le deja esperar una hora larga en la antesala como a un suplicante molesto. Fouché; este nombre no le dice mucho; personalmente no le conoce; recuerda quizá que un hombre así llamado desempeñó un papel bastante triste en los años del terror en Lyon; quizá le encontró también como pequeño espía de Policía, mal vestido y hambriento, en la antesala de su amigo Barras. De todas maneras, nadie de importancia; algún pequeño mercader que ha pillado ahora un pequeño Ministerio. A gentes de esta clase se les hace esperar en la antecámara. Y efectivamente, José Fouché espera pacientemente una hora en la antecámara del general, y habría esperado una segunda, y una tercera, allí, sentado en el sillón que le llevó compasivo un criado, si no hubiera sido descubierto casualmente, en aquella triste situación, por Real, uno de los conjurados de Bonaparte en el futuro golpe de Estado. Asustado por el descuido desgraciado, Real corre a la habitación del general y le explica, exaltado, la enorme falta de haber hecho esperar de manera tan ofensiva precisamente a este hombre que, con un solo movimiento de su mano, puede hacer volar como una bomba todo el complot. Se apresura Bonaparte a salir y ruega muy amable e insistentemente que pase Fouché con él, se excusa y se entrevistan durante dos horas sin testigos.
    Por primera vez están cara a cara los dos; cuidadosamente examina y mide el uno al otro y calcula si podrá serle útil para sus fines personales. Las personalidades superiores se identifican al vuelo. Enseguida reconoce Fouché, en la inaudita dinámica de este hombre de Poder, el genio invencible del dominio; enseguida reconoce Bonaparte en Fouché, con su mirada aguda de fiera, el ayudante utilísimo que con rapidez comprende todo y lo convierte enérgicamente en hechos. Nadie cuenta en Santa Elena le desarrolló entonces tan precisa y claramente toda la situación de Francia y del Directorio como Fouché en esta primera conversación de dos horas. Y el que Fouché, entre cuyas virtudes no suele brillar la franqueza, diga al pretendiente de la corona enseguida la verdad, muestra que también él estaba dispuesto a ponerse a su disposición. Inmediatamente, en la primera hora, están repartidos los papeles de señor y criado, de reformador del mundo y de político de la época; puede empezar el juego.
    Fouché se confía a Bonaparte con extraordinaria solicitud desde su primer encuentro; pero no se entrega en sus manos. No toma parte públicamente en la conspiración que hace caer al Directorio y convierte a Bonaparte en dictador; él es demasiado precavido. Para eso está ligado demasiado fuerte, demasiado fielmente a su norma de vida: no decidirse nunca definitivamente mientras no esté decidida la victoria. Sólo pasa algo extraño. En las siguientes semanas le ataca al ministro de Policía de Francia, siempre de oído tan fino y de vista tan aguda, un defecto fatal: repentinamente se queda ciego y sordo. No oye nada de los rumores que se murmuran por la ciudad sobre un inminente golpe de Estado; no ve nada de las cartas que deslizan en sus manos. Todas sus informaciones, que siempre funcionaban con seguridad intachable, parecen fallar de manera mágica, y mientras de los cinco miembros del Directorio están ya dos en el complot, y el tercero ganado a medias, no sospecha el ministro de Policía, ni lo mas mínimo, de la existencia de una conspiración militar. O mejor dicho, finge no sospecharlo. Sus comunicaciones diarias al Directorio no contienen una línea sobre el general Bonaparte ni sobre la clíque que impaciente agita los sables. Pero desde luego, tampoco al otro lado, a Bonaparte, envía una línea, ni una palabra escrita de su mano, únicamente con silencio traiciona al Directorio; únicamente con silencio se empeña con Bonaparte, y espera, espera. En esos momentos de expectación, dos minutos antes de la hora decisiva, se siente en su elemento su naturaleza anfibia. Temido por dos partidos, lisonjeado por ambos partidos y sentir, a todo esto, vibrar en la propia mano el fiel de la balanza: para este intrigante apasionado constituye esto el goce de los goces. Es el más maravilloso de todos los juegos, incomparable en emoción con el del tapete verde o con el de Eros, al ver llegar a su desenlace la gran pantomima de la fuerza. Saber en esos minutos que puede acelerar o retardar los acontecimientos y que precisamente este conocimiento le obliga a dominarse, y aunque se queme las manos con deseo de intervenir, no hacer nada, observar sólo, con la curiosidad cosquilleante, gozosa, casi viciosa del psicólogo... Sólo un placer así enardece a este genio frío; sólo él excita esta sangre turbia, débil, casi aguada, únicamente esta clase de placer, psicológicamente perverso, espiritualmente voluptuoso, puede embriagar al hombre seco, sin nervios, que es José Fouché. Y en estos momentos de alta tensión, antes del tiro decisivo, da alas a su siempre hosca severidad una especie de deleite cruel y cínico. Pues ¿cómo resolver un placer del espíritu mejor que con la alegría de una broma inocente o cruel? Y así bromea Fouché, precisamente cuando otros se sienten más amenazados por el peligro; bromea como el juez de Raskolnikow, de manera ingeniosa y verdaderamente diabólica, precisamente cuando al culpable le corre por la espalda el escalofrío. En estos momentos precisamente le agrada la farsa, y así arregla esta vez en el instante de más peligro una comedia amable, cuyas bambalinas están colocadas, como quien dice, sobre barriles de pólvora. Pocos días antes del golpe de Estado (naturalmente, conoce la fecha exacta), organiza una pequeña reunión. Bonaparte, Real y los demás conspiradores son invitados a esta soiree íntima, y cuando están ya sentados a la mesa se dan cuenta de que esta completa toda su lista y que, por lo tanto, el ministro de Policía del Directorio ha invitado a su casa a toda la camarilla que conspira contra el Directorio precisamente. ¿Qué significa esto? Intranquilos, se miran Bonaparte y los suyos. ¿Están acaso los gendarmes ya ante la puerta para apresar de una vez a los conspiradores? Quizá recuerde alguno la historia del banquete terrible que dió Pedro el Grande a los Strélitzes, cuyas cabezas sirvió el verdugo como para postre. Pero nada cruel sucede en casa de Fouché... Al contrario: cuando por fin entra, para mayor sorpresa de los conjurados, otro invitado, nada menos (la broma esta ideada, en verdad, diabólicamente) que precisamente aquel presidente Gohier, contra el que se dirige la conspiración, son todos testigos estupefactos de un diálogo asombroso. El presidente pregunta al ministro de Policía por los acontecimientos más recientes. «¡Bah, siempre lo mismo! contesta Fouché subiendo, cansado, los párpados, sin mirar a nadie . Siempre los rumores de conspiración; pero bien sé yo el caso que hay que hacerles. Si hubiese verdaderamente alguna, pronto tendríamos la prueba en la plaza de la Revolución.»
    Esta alusión grave a la guillotina la sienten los conspiradores, asustados, como un cuchillo frío por la espalda. ¿Con quién de ellos bromea? ¿A quién engaña? No lo saben; probablemente no lo sabe Fouché mismo, pues sólo una cosa en la tierra le hace falta: el deleite de la duplicidad, el encanto ardiente y el peligro punzante del doble juego.
    Tras esta bromita animada vuelve a caer el ministro de Policía, hasta la hora de dar el golpe, en un extraño letargo; permanece ciego y sordo mientras está sobornada la mitad del Senado, ganado el ejército. Y, cosa rara, conocido como madrugador, como primero en su despacho, tiene José Fouché, precisamente el 18 de Brumario, precisamente el día del golpe de Estado de Napoleón, un sueño maravillosamente profundo. Hubiera querido dormir hasta durante todo el día; pero dos mensajeros del Directorio le sacuden de la cama y le participan al asombrosamente asombrado los acontecimientos extraños del Senado, la acumulación de las tropas y el ya público golpe de Estado. José Fouché se frota los ojos verdaderamente sorprendido (aunque había conferenciado la noche antes extensamente con Bonaparte). Pero, desgraciadamente, ya no se puede dormir más o fingir que se duerme. El ministro de Policía ha de vestirse e ir al Directorio, donde le recibe el presidente Gohier bruscamente, sin dejarle representar por más tiempo la comedia de la sorpresa. «Usted tenía el deber le grita de darnos cuenta de un complot semejante; muy bien pudo haberse enterado de él su policía.» Fouché se traga tranquilamente la grosería y pide órdenes, como si fuese el servidor más fiel. Pero Gohier rehusa con aspereza. «Si el Directorio tiene que dar órdenes, se las transmitirá a los que sean dignos de su confianza.» Fouché se sonríe interiormente: «¡Este imbécil aún no sabe que su Directorio no tiene ya nada que mandar, que dos de los cinco lo han abandonado y que el tercero se ha vendido!» ¿Mas para que enseñar a imbéciles? Se inclina frío y va a su puesto.
    ¿Dónde está su puesto? Eso es lo que no sabe Fouché aún de cierto; no sabe si es ministro de Policía del viejo o del nuevo Gobierno. Eso dependerá de que la victoria sea del uno o del otro. Las próximas veinticuatro horas decidirán entre el Directorio o Bonaparte. El primer día se presenta propicio a Bonaparte; el Senado, espoleado fuertemente con promesas y sobornado mejor aún con dinero, cumple todos los deseos de Bonaparte, le hace jefe de las tropas y traslada la sesión de la Cámara de los Comunes, parte siempre que ha de ganar a la del Consejo de los Quinientos, a Saint Cloud, donde no hay batallones de trabajadores, ni opinión pública, ni «pueblo», sino únicamente un parque bello que se puede cerrar herméticamente con dos compañías de granaderos. Pero con esto no está ganada aún la partida, pues entre estos quinientos hay todavía unas docenas de personas molestas que no se dejan sobornar ni intimidar; quizás alguno, ¿quién lo sabe?, que defenderá la República con puñal o pistola contra el pretendiente a la corona. Hay que dominar los nervios y no hay que dejarse llevar por simpatías de una parte ni de otra, ni por pequeñeces como un juramento, sino permanecer quieto, aguardar, estar sobre aviso hasta que llegue la decisión.
    Y Fouché domina sus nervios. Apenas ha salido Bonaparte a la cabeza de su Caballería para Saint Cloud, apenas le han seguido en carrozas los grandes conjurados Talleyrand, Sieyés y un par de docenas más, cuando se cierran de pronto, por orden del ministro de Policía, las barreras en la periferia de París. Nadie puede alejarse de la capital y nadie puede entrar en ella, excepto los mensajeros del ministro de Policía. Nadie de las ochocientas mil personas podrá saber, pues, si el golpe tendrá éxito o fracasará, únicamente este hombre decidido. Cada media hora le trae noticias sobre el desarrollo del golpe de Estado un mensajero. Pero tarda en decidirse. Si Bonaparte logra vencer, entonces será Fouché, naturalmente, esta noche su ministro y fiel servidor; si fracasa, permanecerá fiel servidor del Directorio; estará dispuesto, con ademán frío y complaciente, a detener al «rebelde». Las noticias que recibe son bastante contradictorias. Mientras Fouché domina maravillosamente sus nervios, Bonaparte, el más fuerte de los dos, pierde los suyos por completo; este 18 de Brumario, que brinda a Bonaparte el dominio de toda Europa, es, por extraña ironía quizás, el día más débil en la vida personal de este gran hombre. Decidido ante los cañones, se desconcierta Bonaparte siempre que ha de ganar a la gente con palabras. Acostumbrado durante años enteros a mandar, ha olvidado el arte de solicitar. Puede agarrar una bandera y montar a la cabeza de sus granaderos; puede aniquilar ejércitos; pero amedrentar desde la tribuna a un par de abogados republicanos, eso no lo consigue este soldado férreo. Muchas veces ha sido descrita la escena de cómo el invencible general, nervioso por las interrupciones de los diputados, balbucía frases estúpidas y vanas como: «El dios de las batallas esta conmigo ... », y se equivocaba de tal manera al hablar, que sus amigos tienen que bajarlo apresuradamente de la tribuna, únicamente las bayonetas y sus soldados salvan al héroe de Arcole y Rivoli de una derrota vergonzosa ante un par de abogadetes estrepitosos. Pero cuando vuelve a montar en su caballo, señor y dictador, y manda a sus soldados desalojar por asalto el salón, fluye desde la empuñadura del sable otra vez la fuerza a sus sentidos aturdidos.
    A las siete de la tarde está todo decidido: Bonaparte es cónsul y autócrata de Francia. Si hubiera sido vencido o desbordado en el acto, habría mandado pegar Fouché en todos los muros de París una proclama patética: «Una conspiración infame ha sido descubierta», etc. Pero como venció Bonaparte, se apropia deprisa la victoria. Y no es Bonaparte, sino el señor ministro de Policía, Fouché, quien entera al día siguiente a París del final efectivo de la República y del comienzo de la Dictadura napoleónica. «El ministro de Policía comunica a sus conciudadanos dice el relato falaz que el consejo estuvo reunido en Saint-Cloud para resolver sobre los intereses de la República, cuando el general Bonaparte, que se había presentado en el Consejo de los Quinientos para descubrir las maquinaciones revolucionarias, estuvo a punto de ser víctima de un asesinato. Pero el genio de la República salvo al general. Todos los republicanos pueden tranquilizarse..., pues sus deseos se cumplirán ahora... Los débiles pueden estar tranquilos: están con los fuertes..., y únicamente tienen que temer los que provocan disturbios, introducen la confusión en la opinión pública y preparan el desorden. Todas las medidas están tomadas para impedirlo.»
    Una vez más ha desplegado Fouché la vela a favor del viento. Y tan osadamente, tan sin reservas, tan en pleno día se pasa al campo del vencedor, que ya se empieza, poco a poco, en los círculos más distanciados, a conocer a Fouché. Unas semanas más tarde se representa en un teatro de barrio de París una comedia graciosa: La veleta de Saint Cloud; en ella, entendida y aplaudida por todos, con nombres poco disimulados, se parodia lo mas graciosamente su comportamiento voluble, y, sin embargo, cauto. Fouché hubiera podido, como censor, prohibir una parodia tal de su persona; pero poseía, afortunadamente, bastante ingenio para no hacerlo. No oculta de ninguna manera su carácter, o, mejor: que no tiene carácter. Todo lo contrario: recalca incluso su veleidad e inconstancia, porque esto le crea una aureola especial. Que se rían de él, siempre que le obedezcan y le teman.
    Bonaparte es el héroe del día; Fouché, el colaborador secreto, el tránsfuga; la víctima efectiva, Barras, el amo del Directorio, que recibe este día una lección, ya histórica, sobre la ingratitud. Pues estos dos hombres que le derriban y le despachan con una propina de varios millones, como a un pordiosero molesto, fueron hace dos años sus criaturas, sus deudos, a quienes había sacado de la nada. Bonachón, ligero, un bonhomme, que gusta disfrutar, que gusta dejarle a cada uno su parte, ha recogido literalmente de la calle a Bonaparte, a este oficial pequeño y cetrino, expulsado y desterrado casi, y le ha prendido en la casaca militar, sin pagar aún y remendada, los galones de general; le ha nombrado por encima de todos, de la noche a la mañana, comandante de París; le ha cedido su propia amante; le ha llenado los bolsillos de dinero; ha conseguido que le dieran el mando sobre el ejército de Italia; le ha tendido, en fin, el puente de la inmortalidad. Igualmente ha sacado a Fouché de su buhardilla sucia del quinto piso, le ha salvado de la guillotina, ha sido el único que le ha ayudado en la época del hambre, cuando se apartaban todos de él, y, por fin, le ha colocado en el sitial y ha llenado sus bolsillos de oro. Y los dos que le deben la vida se unen, dos años mas tarde, y le echan en el mismo fango de donde él los saco... Verdaderamente que la Historia, que no es precisamente un código de moral, no conoce un ejemplo más claro de perfecta ingratitud que la actitud de Napoleón y Fouché frente a Barras el 18 de Brumario.
    Pero la ingratitud de Napoleón contra su protector tiene al menos la justificación del genio. Su fuerza le da derecho especial, pues el camino del genio, de cara a las estrellas, puede pasar, si es necesario, sobre vidas humanas, puede servirse con heroísmo de los fenómenos efímeros, obedientes solo al sentido profundo, al imperativo invisible de la Historia. La ingratitud de Fouché, en cambio, es tan sólo la ingratitud vulgar del amoral perfecto que con la mayor ingenuidad busca únicamente la propia ventaja. Fouché puede, si quiere, olvidar todo su pasado de manera estupefaciente y vertiginosamente rápida, y de esta maestría singular dará pruebas asombrosas en su carrera futura. Quince días después manda a Barras, al hombre que le libro de la «guillotina seca» y que le salvo del destierro, la orden formal de expatriación y le hace quitar todos los papeles: probablemente estarían entre ellos sus propias cartas implorantes y sus mensajes de espía. Barras, mortalmente ofendido, aprieta los dientes, que hoy parecen todavía rechinar en sus Memorias cuando nombra a Bonaparte y a Fouché. Y únicamente le consuela que aquél se lleve a éste. Proféticamente presiente que uno de ellos le vengará en el otro y que no serán amigos mucho tiempo.
    Por lo pronto, claro, en los primeros meses de su cooperación, se pone el ciudadano ministro de Policía devotamente al servicio del ciudadano cónsul, pues la palabra «ciudadano» se impone todavía en los documentos oficiales. Todavía le basta al amor propio de Napoleón ser el primer ciudadano de una República. Frente a una misión ingente que superaría las fuerzas de todos los demás, demuestra en aquellos años la magnitud y multiplicidad de su genio juvenil; nunca nos parece la figura de Bonaparte más grandiosa, creadora y humana que en aquella época del nuevo régimen. Estatuir la Revolución, mantener sus resultantes y reducir al mismo tiempo su hipertrofia; terminar la guerra victoriosamente, y, fiel al sentido auténtico de esa victoria, concluirla con una paz robusta y verdadera, constituye la idea sublime a la que se consagra el nuevo héroe, con la clarividencia aguda del genio y con la energía recia y laboriosa del trabajador apasionado de las diez horas diarias. No son precisamente los años celebrados siempre por la leyenda, para la que no hay hechos más altos que los ataques de caballería, ni mas evidentes resultados que los países conquistados; no son Austerlitz, Eylau y Valladolid los verdaderos trabajos hercúleos de Napoleón Bonaparte, sino los años en que se vuelve a estructurar la Francia desordenada, desgarrada por los partidos, dentro de un Estado con fuerza vital, en el que los asignados desvalorizados son sustituidos por verdaderos valores; en los que el nuevo Código napoleónico da forma, severa y humana al mismo tiempo, al derecho y a las costumbres, a los que este alto genio político impone su acción saludable en todos los terrenos de la administración del Estado y apacigua a Europa. No son los años guerreros, sino estos otros, los verdaderamente creadores, y nunca trabajaron sus ministros más concienzudamente, activamente y fielmente a su lado que en esa época. También en Fouché encuentra un servidor perfecto, completamente conforme con él en la convicción de que es preferible terminar la guerra civil con negociaciones y condescendencias que por la fuerza y con ejecuciones. En pocos meses restablece Fouché la tranquilidad completa en el país, desaloja los últimos nidos de terroristas y realistas, libra las calles de asaltos, y su energía burocrática, en los pormenores tan exacta, se subordina, solícita, a los grandes proyectos políticos de Bonaparte. Las obras grandes y útiles unen siempre a los hombres: el criado ha encontrado a su amo y el amo a su criado.
    El momento en que se inicia la desconfianza de Bonaparte hacia Fouché puede precisarse exactamente cosa rara hasta en el día y la hora, aunque el episodio quedó oculto casi en medio de la abundancia de acontecimientos de aquellos años tan activos. Sólo la aquilina mirada psicológica de Balzac, acostumbrada a reconocer en lo insignificante lo esencial, en el petit détail el golpe que le impulsa, ha podido advertirlo (aunque adornándolo un poco poéticamente). La pequeña escena se desarrolla durante la campaña italiana que ha de decidir entre Austria y Francia. El 20 de enero de 1800 están reunidos en París los ministros y consejeros en extraña disposición de ánimo. Ha llegado un mensajero del campo de batalla de Marengo con malas noticias; trae el mensaje de que Bonaparte ha sido derrotado y el ejército francés se encuentra en plena retirada. Todos los reunidos piensan en secreto lo mismo: es imposible que siga como primer cónsul un general derrotado; y piensan enseguida en un sucesor. Hasta qué punto declararon todos esta necesidad, no se ha sabido nunca; pero hubo preparaciones para una subversión y hubo, sin duda, consultas en voz baja. Los hermanos de Napoleón se dieron cuenta de ello. Carnot fué seguramente quien más adelantó, quien quiso restaurar rápidamente el viejo Comité de Salud pública. De Fouché se puede suponer, conociendo su carácter, que en vez de ponerse de parte del Cónsul derrotado, según las últimas noticias, permanecía cautelosamente mudo, para volver con el amo antiguo si fuera preciso, o para quedarse con el nuevo, según el caso. Pero al día siguiente llega una segunda estafeta y anuncia precisamente lo contrario: trae nuevas de la victoria brillante de Marengo; a última hora el general Desaix, con genial intuición militar, llegó en ayuda de Bonaparte, convirtiendo la derrota en triunfo. Cien veces más fuerte de lo que salió, y completamente seguro de su poder, regresa Bonaparte, el Primer Cónsul, a los pocos días. Sin duda alguna se enteró enseguida de que todos sus ministros y confidentes, a la primera noticia, estaban dispuestos a darle de lado. Como primera víctima paga Carnot, que fué quien se precipitó demasiado, y pierde el ministerio. Los demás, incluso Fouché, permanecen en sus puestos: no se le puede probar a éste, cauto siempre, su infidelidad, aunque, claro, tampoco su fidelidad. No se ha comprometido, pero tampoco se ha señalado en el cumplimiento de su deber; ha demostrado una vez más lo que siempre fué: fiel en el éxito, infiel en el fracaso. Bonaparte no le despide, ni le reprocha, ni le castiga. Pero desde este momento pierde la confianza en él.
    Este pequeño episodio, casi envuelto en olvido en la historia de la época, es, por otra parte, de una gran evidencia psicológica. Pues nos recuerda muy claramente que una República basada únicamente sobre las bayonetas y la victoria bélica se derrumba a la primera derrota, y que todo soberano a quien falte la legitimidad natural de la sangre y de los antepasados ha de crearse imprescindiblemente y con tiempo una nueva. Bonaparte mismo, en la conciencia de su fuerza, lleno de ese optimismo inflexible que las naturalezas geniales siempre poseen, en su época ascendente puede llegar a olvidar esta admonición tácita; pero no sus hermanos. Napoleón suele olvidarse esto con demasiada frecuencia no llegó solo a Francia: llega rodeado de un clan familiar hambriento, ambicioso de poder. Al principio hubiese bastado a la madre y a los cuatro hermanos sin empleo que su amparador, su Napoleón, para proporcionar a las hermanas algunos trajes, se hubiera casado con la hija de un fabricante rico. Pero ahora, que ha llegado inesperadamente a tal alto poderío, se agarran a él todos, con súbito impulso para que eleve con él a toda la familia; también quieren ascender al esplendor, quieren hacer de toda Francia, y luego de todo el mundo, un usufructo familiar de los Bonaparte; y su piratería sucia, insaciable, sin la excusa del resplandor del genio, acosa al hermano para que tome la resolución de transformar su Poder, ligado a la voluntad popular, en un Poder independiente y duradero, en una monarquía hereditaria. Le piden la institución de una dinastía familiar, le piden que se proclame Rey o Emperador; quieren que se divorcie de Josefina para casarse con una princesa de Bade (aún no se atreve nadie a pensar en la hermana del Zar o en la hija de Habsburgo). Y con sus constantes intrigas le separan cada vez más de sus antiguos camaradas, de sus viejas ideas, le apartan de la República y de la Libertad: le empujan a la reacción y al despotismo.
    Frente a este clan instigador, insaciable y antipático se encuentra bastante sola y desamparada Josefina, la esposa del Cónsul. Sabe que cada paso de Bonaparte hacia la altura, hacia la soberanía, le separa de ella, porque no puede ella darle al Rey o Emperador lo que pide la idea dinástica como primer y único requisito: un heredero del trono, y con el la perpetuidad de la dinastía. Pocos de los consejeros de Bonaparte están de su parte (pues no tiene ella dinero para repartir, sino que está, por el contrario, llena de deudas), y el más fiel, en este momento, es Fouché. Con desconfianza observa éste, hace tiempo ya, cómo se hincha con los éxitos inesperados el orgullo de Bonaparte en proporciones igualmente inesperadas; con qué obstinación elimina y hace perseguir como anarquistas y terroristas a todos los que tienen ideas verdaderamente republicanas. Ve con su mirada aguda y suspicaz claramente que, como decía Víctor Hugo: Déjà Napoleón perçait sous Bonaparte, surgía amenazante el Emperador tras el general, el Monarca tras el ciudadano. Pero a Fouché, ligado a vida o muerte a la República por su voto contra el Rey, sólo le interesa la prosperidad de la República y de la forma de Estado republicana. Por eso teme todo lo monárquico, por eso lucha secreta y abiertamente al lado de Josefina.
    Esto no se lo perdona el clan. Con odio corso espían todos sus pasos, dispuestos a dar de lado al hombre molesto que les estorba los negocios en la primera ocasión.
    Esperan, impacientes, mucho tiempo. Hasta que al fin se presenta la ocasión de echarle a Fouché la zancadilla. El 24 de diciembre de 1800 va Bonaparte a la ópera para asistir a la primera representación en París de la Schoepfung de Haydn; estalla en la estrecha rue Nicaise, inmediatamente detrás de su coche, un geiser de explosivos de pólvora y plomo con tanta violencia, que la explosión arroja escombros hasta por encima de las casas: se trata de un atentado, la famosa y temida máquina infernal. Sólo la marcha vertiginosa que llevaba su cochero borracho, según dicen salvó al Primer Cónsul; pero cuarenta víctimas se revuelcan con los cuerpos destrozados ensangrentando la calle: y el coche se encabrita, como un animal herido, levantado por la presión del aire. Pálido, con la cara marmórea, sigue Bonaparte a la ópera para mostrar su sangre fría al público entusiasmado. Con aire indiferente y glacial escucha (mientras Josefina a su lado es presa de un ataque de nervios y no puede ocultar sus lágrimas) las suaves melodías del padre Haydn y agradece con rígida indiferencia las aclamaciones frenéticas.
    Pero de que esta sangre fría era sólo una ficción se dan cuenta muy pronto sus ministros y sus consejeros de Estado, en las Tullerías, cuando regresa de la ópera. Contra Fouché, sobre todo, se desencadena su ira; como un loco se lanza contra el hombre pálido e inmóvil; él, como ministro de Policía, estaba en la obligación de descubrir, con mucho tiempo de anticipación, el complot, pero en vez de esto ampara con una benevolencia criminal a sus amigos, a sus antiguos cómplices los jacobinos. Tranquilamente da Fouché su opinión de que no puede probarse que el atentado proceda de los jacobinos; él, personalmente, esta convencido de que aquí representan el principal papel los conspiradores realistas y el dinero inglés. Pero la calma con que Fouché le contradice enfurece aún más al Primer Cónsul: «Son los jacobinos, los terroristas, esos canallas en rebelión permanente, en masa compacta contra todos los Gobiernos. Son los mismos malvados que, por asesinarme, no repararon en sacrificar miles de víctimas. Pero quiero hacer en ellos una justicia ejemplar». Fouché se atreve a manifestar, por segunda vez, sus dudas. Entonces se echa casi corporalmente el corso, de sangre ardiente, sobre el ministro; tanto, que tiene que intervenir Josefina y tomar del brazo a su marido con ademán apaciguador. Pero Bonaparte se desata torrencialmente en palabras y le echa en cara a Fouché todos sus crímenes y asesinatos de los jacobinos, los días de diciembre en París, las bodas republicanas de Nantes, las matanzas de los presos en Versalles... Clara alusión para que se dé cuenta el mitrailleur de Lyon de que se acuerda perfectamente de su pasado. Pero mientras más grita Bonaparte, más tenazmente calla Fouché. Ni un músculo se estremece en su máscara de piedra, mientras chisporrotean las acusaciones en presencia de los hermanos de Napoleón y de los cortesanos, que observan con miradas sarcásticas al ministro de Policía, que, por fin, ha dado un mal paso. Frío como una piedra, rechaza Fouché todas las sospechas, frío como la piedra abandona las Tullerías.
    Su calda parece inevitable, pues Napoleón se cierra a toda intervención de Josefina en favor de Fouché. «¿Pero no ha sido él mismo uno de sus caudillos? ¿Ignoro yo acaso lo que hizo en Lyon y en el Loire? Sólo Lyon y el Loire me explican la conducta de Fouché», grita enfurecido. Y enseguida empiezan las conjeturas en torno del nombre del futuro ministro de Policía. Los cortesanos vuelven ya la espalda al caído; parece ya (como tantas veces) José Fouché definitivamente aniquilado.
    En los días siguientes no mejora la situación. Bonaparte no se deja disuadir de su opinión de que los jacobinos prepararon el atentado; exige que se tomen medidas, que se impongan castigos severos. Y cuando Fouché insinúa ante él o ante otros que sigue otra pista, le tratan con ironía y desprecio. Todos los imbéciles se ríen y se burlan del ingenuo ministro de Policía, que no quiere poner al descubierto un asunto tan claro; todos sus enemigos le miran con aire de triunfo porque persiste tenazmente en su error. Fouché no contesta a nadie. No discute; calla. Calla durante quince días, calla y obedece sin réplica cuando le ordenan hacer una lista de ciento treinta radicales y antiguos jacobinos destinados a la deportación a Guayana, a la «guillotina seca». Sin parpadear despacha el decreto que acaba con los últimos montagnards, los últimos de la «montaña», con los apóstoles de su amigo Babceuf, con Topino y Arena, que no cometieron otro delito que decir públicamente que Napoleón había robado en Italia un par de millones para comprarse con ellos la autocracia. Contra su convicción ve como son deportados los unos y ejecutados los otros; calla como un sacerdote que, obligado por secreto de confesión, ve la ejecución de un inocente con los labios sellados. Hace ya mucho tiempo que esta Fouché sobre la pista, y mientras se burlan los otros de él, mientras el mismo Bonaparte le echa en cara irónicamente su ridícula obstinación, se reúnen en su gabinete infranqueable pruebas definitivas de que, efectivamente, estaba preparado el atentado por chouans, del partido realista. Y mientras en el Consejo de Estado y en las antesalas de las Tullerías se muestra con fría y displicente indiferencia frente a todas las alusiones, trabaja febrilmente en su gabinete secreto con los mejores agentes. Se ofrecen recompensas en dinero en enormes cantidades; todos los espías y esbirros de Francia trabajan activamente; se obliga a la ciudad entera a declarar como testigo. Ya se sabe la procedencia de la yegua que estaba enganchada a la máquina infernal y que fue destrozada en cien pedazos, y ha sido encontrado su antiguo dueño; ya se tiene la descripción exacta de los hombres que la compraron; ya se han averiguado, gracias a la magistral biographie chouannique (ese lexicón inventado por Fouché, con los datos personales de los emigrados realistas, de todos los chouans), los nombres de los autores del atentado... y aún calla Fouché. Aún deja heroicamente que se rían de él y que triunfen sus enemigos. Cada vez con mayor rapidez se tejen los últimos hilos hasta formar una red irrompible. Un par de días más y la araña venenosa estará presa en ella. ¡Solo un par de días! Fouché, excitado en su amor propio, humillado en su orgullo, no se conforma con una victoria pequeña y mediocre sobre Bonaparte y sobre todos los que le reprochan de carencia de información... También él quiere un Marengo, un triunfo completo, arrollador.
    Quince días después da, súbito, el golpe. El complot ha sido aclarado completamente, todas las pistas comprobadas. Como lo preveía Fouché, había sido el jefe, el más temido de todos los chouans, Cadoudal; realistas juramentados, comprados con dinero inglés, habían sido sus ejecutores. Como un trueno cae la noticia sobre sus enemigos, pues ven cuán inútil e injustamente se ha sentenciado a ciento treinta personas. Se apresuraron demasiado, con osadía excesiva, a reírse del hombre impenetrable. Y más fuerte, más estimado, más temido que nunca aparece el infalible ministro de Policía ante el público. Con una mezcla de ira y admiración, mira Bonaparte al calculador férreo, que una vez más se lleva la razón con sus cálculos de sangre fría. Contra su voluntad tiene que confesar: «Fouché ha juzgado mejor que muchos otros. Tiene razón. Hay que estar alerta con los emigrados, con los repatriados, con los chouans y con todas las gentes de ese partido». Pero sólo en consideración gana Fouché en este asunto ante Napoleón, no en afecto, pues nunca agradecen los autócratas que se les llame la atención sobre una falta o un error. Es inmortal la historia de Plutarco del soldado que salvo la vida amenazada del rey en la batalla, y en vez de huir enseguida, como le aconsejo un sabio, contó con la gratitud del rey y perdió así la cabeza. Los reyes no quieren bien a las personas que los vieron en un momento de debilidad, y las naturalezas despóticas no gustan de los consejeros que hayan demostrado, aunque sea una sola vez, ser más sabios que ellos.
    En un círculo tan estrecho como el de la Policía ha logrado Fouché el triunfo mayor que es posible alcanzar. Pero ¡qué pequeño en comparación con los triunfos alcanzados por Bonaparte en los dos últimos años del Consulado! El dictador ha coronado una serie de victorias con la más hermosa, con la paz definitiva con Inglaterra, con el concordato con la Iglesia: las dos potencias más poderosas del mundo ya no son, gracias a su energía y a la superioridad fecunda de su genio, enemigas de Francia. El país tranquilizado, ordenada la economía, terminada la discordia de los partidos, suavizadas las oposiciones, la riqueza vuelve a florecer, la industria se desarrolla de nuevo, las artes despiertan; una época augusta comienza, y no esta lejana la hora en que Augusto podrá llamarse también César. Fouché, que conoce cada nervio, cada pensamiento de Bonaparte, se da cuenta perfectamente de hacia dónde se dirige la ambición del corso y que ya no le basta con representar el papel en la República, sino que quiere tomar posesión vitalicia, eterna, para él y su familia, del país por él salvado. Claro que oficialmente no demuestra, quién es cónsul de la República, ambiciones tan poco republicanas; pero bajo cuerda deja traslucir a sus confidentes su deseo de que el Senado le expresara su gratitud con un acto especial de confianza, con un témoignage éclatant. En lo más recóndito de su corazón desea un Marco Antonio, un servidor fiel y seguro que pida para él la corona imperial. Y Fouché, rico en astucia, flexible, pudiera asegurarse ahora su gratitud para siempre.
    Pero Fouché se niega a este papel, mejor dicho, no se niega francamente, sino que desde la sombra, con complacencia aparente, trata de oponerse a estas intenciones. Está contra los hermanos, contra el clan de los Bonaparte y al lado de Josefina, que tiembla de miedo e intranquilidad ante este último paso de su esposo hacia la Monarquía, pues sabe que no será entonces ya mucho tiempo su esposa. Fouché le aconseja no prestar franca resistencia: «Manténgase tranquila le dice ; se atraviesa usted inútilmente en el camino de su esposo. Sus temores le aburren; mis consejos le molestarían». Prefiere, pues, fiel a su estilo, deshacer subterráneamente los deseos ambiciosos, y cuando Bonaparte, con modestia falsa, no quiere franquearse y, por otra parte, sí quiere proponer al Senado un temoignage éclatant, es Fouché de los que susurran a los senadores que el gran hombre no desea otra cosa, como fiel republicano, sino que le sea prolongado el puesto de Primer Cónsul por diez años. Los senadores, convencidos de honrar y satisfacer con ello a Bonaparte, toman solemnemente esta resolución. Pero Bonaparte, penetrando este juego de intrigas y reconociendo claramente a los autores, rabia de ira cuando le entregan este regalo indeseado de pordiosero. Con palabras frías despacha a la Comisión. Cuando se siente en las sienes el frío cerco de una áurea corona imperial, diez miserables años de poder son una nuez vana que se aplasta despectivamente con el pie.
    Por fin arroja Bonaparte la careta de la modestia y hace saber claramente su voluntad: ¡Consulado de por vida! Y bajo el fino envoltorio de estas palabras reluce visible para los perspicaces la futura corona de Emperador. Y tan fuerte es ya entonces Bonaparte, que el pueblo, por mayoría de millones, hace ley su deseo y le elige soberano (tanto él como el pueblo así lo esperan) para toda su vida. La República ha terminado: la Monarquía comienza.
    Que José Fouché se atreviera a poner trabas a las impaciencias del pretendiente a la corona en su propósito decisivo, eso no lo olvida la prole de hermanos y hermanas, eso no lo olvida el clan familiar corso. Así asedian impacientes a Bonaparte. ¿Para qué conservar, cuando está ya firme en la silla, al espolique molesto? ¿Para qué, cuando el país ha demostrado unánimemente su conformidad con el Consulado vitalicio, cuando las oposiciones se han allanado felizmente y se han eliminado las discordias, para qué tener al lado a un vigilante tan implacable que vigilara no sólo al país, sino sus propias y oscuras maquinaciones? ¡Fuera, pues, con él! ¡Aniquilar, sustituir a este eterno forjador de enredos, a este intrigante! Sin César, impacientes, tenaces, asedian al hermano, aún indeciso.
    Bonaparte, en el fondo, comparte su opinión. También a él le estorba este hombre, que sabe demasiado y que quiere saber siempre más; esta sombra gris, que se arrastra detrás de su luz. Pero precisamente para despedir al ministro, que ganó tantos meritos, que disfruta en el país de respeto ilimitado, para eso se necesitaría un pretexto. Y además, este hombre se ha hecho fuerte con él; más vale, pues, no provocar su franca enemistad. Tiene en su mano todos los secretos y está fatalmente familiarizado con todas las intimidades, no muy limpias, del clan corso; por eso no se le puede agraviar tan bruscamente. Así se inventa una salida hábil, diplomática, que no deje traslucir ante el mundo que se despide a Fouché con malevolencia; y no se le despide como ministro, sino que se declara que ha cumplido tan magistralmente su deber, que resulta completamente superflua una vigilancia de los ciudadanos, un Ministerio de Policía. No se despide, pues, al ministro, sino que, al suprimir el Ministerio de Policía, se desembarazan al mismo tiempo de él disimuladamente.
    Para ahorrar a este hombre susceptible el duro golpe con que le ponen a la puerta de la calle, le endulzan en lo posible la despedida, le indemnizan por la pérdida de su puesto con un asiento en el Senado, y en una carta en la que le anuncia Bonaparte este ascenso, dice textualmente: «El ciudadano Fouché, ministro de Policía, durante las situaciones más difíciles ha cumplido siempre, por su talento y su energía, por su fidelidad al Gobierno, con los deberes que le imponían los acontecimientos. Y dándole un puesto en el Senado sabe el Gobierno que, si en una nueva época tuviera necesidad de un ministro de Policía, no encontraría otro que fuera más digno de su confianza». Además, Bonaparte, que ha visto cuán profundamente se ha reconciliado el antiguo comunista con su viejo enemigo, el dinero, le facilita la retirada tendiéndole un puente magnífico de oro. Cuando el ministro le entrega, al hacer la liquidación, dos millones cuatrocientos mil francos como resto del capital liquidado de la Policía, le regala Napoleón sencillamente la mitad, o sea un millón doscientos mil francos. Además se otorga al «enemigo converso del dinero» que hace un decenio tronaba aún furioso contra «el metal sucio y corruptor» , con su título de senador, la posesión de Aix, un pequeño principado que se extiende desde Marsella a Tolón y cuyo valor se calcula en diez millones de francos. Bonaparte le conoce; sabe que Fouché tiene manos de intrigante, inquietas y ávidas, y como no se las puede atar, se las carga de oro. Por eso es difícil encontrar en el transcurso de la Historia el caso de un ministro a quien se haya despedido con más honores y, sobre todo, con más precauciones que a José Fouché.

    CAPÍTULO V
    MINISTRO DEL EMPERADOR
    (1804 1811)
    EN 1802 se retira José Fouché es decir, Su Excelencia el señor senador José Fouché , obediente a la presión suave y obstinada del Primer Cónsul, a la vida privada, de la que había salido diez años antes. Increíble decenio, predestinado y cruento, siniestro y fecundo. Pero ha sabido aprovechar bien este tiempo. No se refugia, como en 1794, en una buhardilla miserable, fría; se compra una hermosa casa, bien equipada, en la rue Cerutti, una casa que debió pertenecer a un «aristócrata ruin» o a un «infame rico». En Ferrières, la residencia futura de los Rothschild, instala la más preciosa finca de verano, y su principado en la Provenza, la senaduría de Aix, le envía buenas rentas. Por lo demás, también ejerce magistralmente el noble arte del alquimista de convertirlo todo en oro. Sus protegidos en la Bolsa le dan participación en sus negocios, aumenta ventajosamente sus posesiones; al cabo de un par de años, el hombre del primer manifiesto comunista será el segundo capitalista de Francia y el primer terrateniente del país. El tigre de Lyon se ha convertido en roedor paciente, capitalista cauto, prestidigitador del tanto por ciento. Pero esta riqueza fantástica del parvenu político no cambia en nada su nativa sobriedad, cultivada tenazmente en la disciplina conventual. Con quince millones de capital no vive José Fouché de manera muy distinta que cuando buscaba trabajosamente los quince sous diarios que necesitaba en su buhardilla; no bebe, no fuma, no juega, no gasta dinero en mujeres ni en presunciones. Como un buen hidalgo lugareño, pasea con sus hijos (le nacieron tres después de perder dos en la miseria) por el silencio de sus prados, da a veces pequeñas reuniones, escucha cuando hacen música los amigos de su mujer, lee libros y se recrea en conversaciones intelectuales; profundamente, de manera inasequible, se oculta en este burgués frío y seco el placer demoníaco por el juego de azar de la política, por las tensiones y peligros del drama mundial. Sus vecinos no ven nada de todo esto; sólo ven al buen administrador, al excelente padre de familia, al esposo cariñoso. Y nadie que no le conociera de antes sospecha la pasión contenida, cada vez más intranquilamente, tras su franca serenidad, su ansia de volver a situarse en primera fila, de volver a intervenir en los asuntos de la política.
    ¡Oh, semblante de Medusa del Poder! Quien fijó la vista una vez en su faz, jamás la puede apartar de ella, queda encantado y hechizado. Quien disfrutó una vez del placer embriagador de dominar y mandar, no puede ya renunciar a él. Hojeemos la Historia en busca de ejemplo de renuncia voluntaria; excepto Sila y Carlos V, no se encuentra, entre millares y decenas de millares de figuras, apenas una docena que, con el corazón satisfecho y el sentido claro, renuncien al deleite casi pecaminoso de representar la Providencia ante millones de seres. Como no puede el jugador dejar el juego; el bebedor, la bebida; el cazador furtivo, la caza, no puede dejar José Fouché la política. El reposo le martiriza, y mientras hace tranquilamente, con bien fingida indiferencia, de Cincinato en el arado, le cosquillean los dedos y le vibran los nervios por volver a coger los naipes de la política. Aunque está separado del servicio activo, continúa voluntariamente la labor policíaca, y para ejercitar la pluma y no caer completamente en el olvido, manda al Primer Cónsul semanalmente informaciones secretas. Con esto se divierte y entretiene, sin compromiso, su genio intrigante; pero no le satisface plenamente. En realidad, su aislamiento aparente no es más que una espera febril, dominada por el deseo de volver a coger las riendas, de tener poder sobre las vidas humanas, sobre el destino del mundo. ¡Poder!
    Bonaparte percibe síntomas evidentes de la impaciencia trémula de Fouché, pero tiene a bien no hacer caso de ella. Mientras pueda tener apartado de sí a este hombre fantásticamente inteligente, fantásticamente trabajador, le dejará en la sombra. Desde que se conoce la fuerza obstinada de este hombre subterráneo, nadie le toma a su servicio si no le necesita absolutamente en trance del mayor peligro. El Cónsul le demuestra bastante protección: le utiliza para diversos negocios; le agradece las buenas informaciones; le invita, de cuando en cuando, al Consejo de Ministros, y, sobre todo, le deja ganar, le deja que se enriquezca, para que se mantenga tranquilo; pero a una cosa tan sólo se niega con tenacidad todo el tiempo posible: a restituirle en su puesto y a volver a crear el Ministerio de Policía. Mientras que Bonaparte es poderoso, mientras no comete faltas, no necesita de un criado tan equívoco, tan excesivamente inteligente.
    Pero afortunadamente para Fouché, Bonaparte comete faltas. Sobre todo la gran falta histórica, imperdonable; y, no le basta ser Bonaparte; pretende, además de la seguridad de sí mismo, además del triunfo de su personalidad única, el brillo pálido de la legitimidad, la fastuosidad de un título. Quien no temió a nadie, gracias a su fuerza, a su personalidad poderosa, se atemoriza ante las sombras del pasado, ante la aureola impotente de los Borbones proscritos. Se deja convencer por Talleyrand y, a costa de la ruptura del Derecho internacional, manda traer entre gendarmes al Duque de Enghien de territorio neutral y le hace fusilar. Para este hecho tuvo Fouché la frase ya célebre: «Fue peor que un crimen: fue una equivocación». Esta ejecución crea alrededor de Bonaparte un vacío de miedo y terror, de protesta y odio, y pronto le parecerá aconsejable volver a ponerse bajo la protección del Argos de mil ojos, bajo la protección de la policía.
    Además, y sobre todo en 1804, necesita nuevamente el cónsul Bonaparte un ayudante hábil y sin escrúpulos para su ascensión postrera. Necesita otra vez quien le sostenga el estribo. Lo que dos años antes le parecía el colmo de su ambición, el consulado vitalicio, ya no le parece bastante, elevado como se siente por todas las alas del éxito. Ya no quiere ser el primer ciudadano entre los ciudadanos, ambiciona ser señor y soberano sobre sus súbditos, ambiciona calmar el ardor febril de su frente con el anillo áureo de una corona imperial. Pero el futuro César necesita un Antonio; y aunque Fouché hizo durante largo tiempo el papel de Bruto (y aún el de Catalina, anteriormente), esta hambriento, al cabo de dos años de ayuno político. Ya está dispuesto a tender el anzuelo para pescar en el lodo del Senado la corona imperial. De cebo sirven el dinero y las buenas promesas; y así ve el mundo el espectáculo curioso de que el antiguo presidente del club de los jacobinos, hoy Excelencia, dé en los pasillos del Senado apretones de manos sospechosos y asedie e intrigue hasta conseguir que, por fin, propongan un par de bizantinos complacientes que «se cree una institución que destruya para siempre las esperanzas de los conspiradores, garantizando la permanencia del Gobierno mas allá de la vida de su jefe». Si se saca la hinchazón de esta frase como un tumor, se aparecerá, como contenido, la intención de transformar al Cónsul vitalicio Bonaparte en el Emperador dinástico Napoleón. Y de la pluma de Fouché (que lo mismo escribe con bálsamo que con sangre) procede probablemente la petición vil y sumisa del Senado con que se invita a Bonaparte «a completar su obra, dándole forma inmortal». Pocos habrán cavado mas laboriosamente en la tumba definitiva de la República que José Fouché, el de Nantes, el ex diputado de la Convención, el ex presidente de los jacobinos, el mitrailleur de Lyon, el enemigo de los tiranos, antaño el más republicano de todos los republicanos.
    El premio no se hace esperar. Así como el ciudadano Fouché fue nombrado ministro por el ciudadano cónsul Bonaparte, ahora, en 1804, tras dos años de destierro dorado, lo es otra vez Su Excelencia el señor senador Fouché por Su Majestad el Emperador Napoleón. Por quinta vez presta José Fouché juramento el primero lo prestó al gobierno realista; el segundo, a la República; el tercero, al Directorio; el cuarto, al Consulado . Pero Fouché solo tiene cuarenta y cinco años. ¡Cuánto tiempo aún para nuevos juramentos, nuevas fidelidades e infidelidades! Con fuerza acumulada se echa nuevamente en el elemento, siempre amado, de viento y ola, obligado en juramento al nuevo Emperador, impulsado, en realidad, únicamente por su propio deleite en la inquietud.
    Un decenio están enfrentados sobre la escena mundial mejor dicho, entre bastidores las figuras de Napoleón y Fouché, ligadas por el Destino, a pesar de una evidente resistencia mutua. Napoleón no quiere a Fouché, ni Fouché a Napoleón. Llenos de antipatía secreta, se sirven el uno del otro, únicamente, por la fuerza de atracción de polos opuestos. Fouché conoce perfectamente la potencia demoníaca, la fuerza magnífica de Napoleón; sabe que el mundo no creara un genio superior a él en decenios, que no tendrá un amo tan digno de que se le sirva. Napoleón, en cambio, por nadie se siente comprendido con tan vertiginosa rapidez como por la mirada sobria, clara, reflectante y atisbadora de este talento político, laborioso, igualmente utilizable para lo mejor y para lo peor, a quien sólo una cosa falta para ser el perfecto servidor: la consagración incondicional, la fidelidad.
    Porque Fouché no será jamás servidor de nada ni de nadie, y mucho menos lacayo, jamás sacrificará íntegramente su independencia espiritual, su propia voluntad, a una causa ajena. Al contrario, cuanto más se atan los antiguos republicanos, disfrazados de nuevos aristócratas, a la gloria del Emperador, cuanto más se rebajan, convirtiéndose en sus consejeros y aduladores, más se estira y se yergue la espalda de Fouché. Claro que en contradicción abierta, en franca oposición, ya nada se puede alcanzar del Emperador, cada vez más en papel de César. Ya no existe en el palacio de las Tullerías la confraternidad franca, el debate libre entre ciudadano y ciudadano; el Emperador Napoleón, que se hace llamar Sire por sus viejos compañeros de guerra y hasta por sus propios hermanos (¡cómo reirían todos!) y a quien ningún mortal tutea, excepto su mujer, no quiere que le aconsejen sus ministros. No entra ya, como antes, con el liviano jabot de cuello escotado y con paso ligero y sigiloso el ciudadano ministro Fouché en el gabinete del ciudadano cónsul Bonaparte, sino con el cuello alto y tieso, bordado en oro, que le oprime la garganta, envuelto en el pomposo uniforme de Corte, con medias negras de seda y zapatos deslumbradores, cuajado el pecho de condecoraciones, sombrero en mano. Ahora es recibido el ministro José Fouché en una especie de audiencia por el Emperador Napoleón. El «señor» Fouché tiene, lo primero, que inclinarse respetuosamente ante su antiguo conjurado y camarada, y no hablar sin haber obtenido licencia de «Su Majestad». Ha de hacer una reverencia al entrar y otra al despedirse; ha de recibir sin contradicción las órdenes dadas bruscamente, en vez de entablar una conversación íntima. Contra la opinión tempestuosa de este hombre de férrea voluntad no hay resistencia posible.
    Por lo menos, resistencia franca, abierta. Fouché conoce a Napoleón demasiado bien para querer persuadirle, cuando son distintas sus opiniones. Deja que le ordene, que le mande, como hace con todos los demás aduladores y ministros serviles del Imperio; pero con la pequeña diferencia de que no siempre obedece las órdenes recibidas. Si le manda hacer detenciones que él no aprueba, hace avisar secretamente a los amenazados y, cuando tiene que castigar, no deja de insinuar en todas partes que lo hace por orden expresa del Emperador, no por su propia voluntad. Los favores y las amabilidades, en cambio, los hace valer siempre como benevolencias propias. Cuanto más dominante se muestra Napoleón y es verdaderamente sorprendente como su temperamento, siempre voluntarioso, va creciendo cada vez más libre y autocrático a medida que crece su poder , mas amable y más conciliador es Fouché. Y así, sin una palabra contra el Emperador, únicamente con pequeños gestos, sonrisas y silencios, forma él solo una oposición visible, pero incorpórea, contra el nuevo amo «por la gracia de Dios». La molestia peligrosa de decirle las verdades hace ya tiempo que no se la toma; sabe que reyes o emperadores, aunque antes se hayan llamado Bonaparte, no le quieren a uno para eso. Sólo disimuladamente introduce a veces, con mala intención, algunas verdades de contrabando en sus comunicados cotidianos. En vez de decir: «creo» o «me parece» y hacerse reprender por su opinión y su pensamiento propios, escribe en sus reportajes: «se cuenta», o «un embajador ha dicho». De esta manera mete casi siempre en el pastel de frutas cotidiano de las novedades picantes un par de granos de pimienta sobre la familia imperial. Con labios pálidos tiene que leer Napoleón toda la suciedad, toda la deshonra de sus hermanas, como rumores malignos y, a veces, conceptos mordaces sobre él mismo, noticias agudas, con las que aliña intencionadamente el boletín la mano hábil de Fouché. Sin pronunciar una palabra, ofrece el taimado servidor de vez en cuando a su señor verdades desagradables y antipáticas, y ve, amable e indiferente, cómo al oír la lectura las traga el duro señor con dificultad. Tal es la pequeña venganza que se toma Fouché con el teniente Bonaparte, que desde que se puso él mismo la levita imperial sólo quiere ver ante sí a sus antiguos consejeros temblando y con la espalda curvada.
    Se ve que entre estos dos hombres no se respira un ambiente amable. Ni Fouché es un servidor agradable para Napoleón, ni Napoleón un amo agradable para Fouché. Ni una sóla vez se deja poner sobre la mesa, displicente y confiado, un reportaje de policía. Examina cada línea con su mirada de azor en busca de la más pequeña falta, del más pequeño descuido; si da con él, descarga la tormenta, reprende a su ministro como a un colegial, se entrega por completo a su temperamento corso. Los ujieres, los acechadores, los colegas del Ministerio manifiestan con unanimidad cómo precisamente el contraste producido por la indiferencia con que resistía Fouché era lo que enfurecía al Emperador. Pero también sin testimonio (pues todas las Memorias de aquella época sólo deben leerse con lupa) nos podríamos dar cuenta de la situación, pues hasta en las cartas se oye tronar la voz de mando dura y aguda. «Encuentro que la policía no lleva a cabo la vigilancia sobre la Prensa con la severidad necesaria», reprocha al viejo, al experto maestro, o le reprende: «Se podría creer que no se sabe leer en el Ministerio de policía; allí no se ocupan de nada en absoluto». O: «Le aconsejo mantenerse dentro del margen de su campo de acción y no mezclarse en asuntos ajenos». Napoleón le agravia es cosa sabida sin compasión, ante testigos, ante sus ayudantes y ante el Consejo de Ministros, y cuando la ira le contrae los labios, no vacila en recordarle Lyon y su época terrorista, en llamarle regicida y traidor. Pero Fouché, el observador frío como el cristal, que al cabo de diez años conoce perfectamente el teclado de estas explosiones de ira que si a veces son hijas, como un producto de la sangre, del carácter violento de este hombre incapaz de dominarse, otras son administradas por él sabia y teatralmente, buscando todos los efectos y con clara conciencia de su histrionismo), y no se deja intimidar ni por las tormentas auténticas ni por las teatrales, y permanece igualmente impasible ante la ira falsa que ante el verdadero enfado del Emperador, con su cara blancuzca, incolora, de careta, aguarda tranquilamente sin pestañear, sin demostrar con un nervio emoción alguna bajo el diluvio de palabras chisporroteantes. Sólo cuando sale del gabinete asoma quizás a sus labios delgados una sonrisa irónica o maligna. Ni siquiera tiembla cuando grita el Emperador: «Es usted un traidor, debía mandar fusilarle», sino que contesta, sin balbuceos en la voz: «No soy de esa opinión, Sire». Cien veces se deja despedir, amenazar con el destierro y la sustitución en el cargo, y, sin embargo, sale tranquilo del aposento, completamente seguro de que el Emperador le llamará al día siguiente. Y siempre tiene razón. Pues a pesar de su desconfianza, de su ira y de su odio secreto, no se puede Napoleón desembarazar del todo de Fouché, durante un decenio hasta última hora.
    Este poder de Fouché sobre Napoleón, que es un enigma para todos los contemporáneos, no tiene nada de mágico o de hipnótico. Es un poder adquirido por laboriosidad, habilidad y observación sistemáticas, un poder calculado. Fouché sabe mucho, sabe demasiado. Conoce, gracias a las comunicaciones del Emperador, y aún en contra de la imperial voluntad, todos los secretos imperiales y tiene así en jaque, por estar informado de manera perfecta, casi mágica, al Imperio entero y también a su señor. Por la propia esposa del Emperador, por Josefina, conoce los detalles más íntimos del tálamo imperial; por Barras, cada paso dado en la escalera de caracol de su ascensión. Vigila, gracias a sus propias relaciones con hombres de dinero, la situación económica particular del Emperador. No pasa inadvertido para él ni uno de los cien asuntos sucios de la familia Bonaparte: los asuntos de juego de sus hermanos, las aventuras escabrosas de Paulina. Tampoco se le ocultan los desvíos matrimoniales de su amo. Si Napoleón sale a las once de la noche envuelto en un abrigo extraño y completamente embozado por una puerta secreta de las Tullerías para visitar a una amante, sabe Fouché, a la mañana siguiente, adónde se dirigió el coche, cuánto tiempo permaneció el Emperador en aquella casa y cuándo regresó; hasta puede avergonzar una vez al Soberano del mundo con la comunicación de que una favorita le engañaba a él, a Napoleón, con un corista cualquiera de teatro. De cada escrito importante del gabinete del Emperador, recibe directamente una copia Fouché, gracias a un secretario sobornado; y varios lacayos, de alta y baja categoría, cobran un suplemento mensual de la caja secreta del ministro de Policía, como recompensa por el soplo de todos los chismorreos de palacio. De día y de noche, en la mesa y en la cama, está Napoleón vigilado por su extremado servidor. Imposible ocultarle un secreto: así esta el Emperador obligado a confiárselo todo, quiera o no. Y ese conocimiento de todo y de todos constituye el poder único de Fouché sobre los hombres, que Balzac tanto admira.
    Pero con el mismo cuidado con que Fouché vigila todos los asuntos, proyectos, pensamientos y palabras del Emperador, se esfuerza en ocultarle los suyos propios. Fouché no confía jamás, ni al Emperador ni a nadie, sus verdaderas intenciones y sus trabajos. De su enorme material de noticias solo comunica lo que quiere. Todo lo demás queda encerrado en el cajón del escritorio del ministro de Policía: en este último reducto no deja Fouché penetrar ninguna mirada. Pone su pasión, la única que le domina por completo, en el deleite magnífico de ser hermético, impenetrable, algo de que nadie puede alardear. Por eso es inútil que Napoleón haga que le pisen los talones un par de espías: Fouché se burla de ellos y hasta los utiliza para reexpedir al engañado remitente relatos completamente falsos y absurdos. Con los años, hace este juego de espionaje y contraespionaje entre los dos, cada vez mas odioso y taimado, su relación francamente insincera... No; verdaderamente no se respira un ambiente puro y transparente entre estos dos hombres, de los que el uno quiere ser demasiado amo y el otro demasiado poco servidor. Cuanto más fuerte se hace Napoleón, más molesto le va siendo Fouché. Cuanto más fuerte se hace Fouché, más odioso le es Napoleón.
    Detrás de esta enemistad particular de espíritus opuestos se introduce poco a poco la tensión, crecida hasta lo gigantesco, de la época. Pues de año en año se evidencian cada vez más claramente, dentro de Francia, dos voluntades encontradas: el país quiere, al fin, la paz, y Napoleón quiere siempre, y siempre de nuevo, la guerra. El Bonaparte de 1800, heredero y ordenador de la Revolución, estaba aún completamente identificado con su país, con su pueblo y con sus ministros; el Napoleón de 1804, el Emperador del nuevo decenio, ya no piensa en su país, ni en su pueblo, sólo piensa en Europa, en el mundo, en la inmortalidad. Después de haber cumplido magistralmente la misión a él confiada, se crea, por la opulencia misma de su fuerza, nuevos problemas cada vez más difíciles, y así, quien transformó el caos en orden, arrastra de nuevo violentamente al caos la obra propia, el orden propio. No queremos decir con ello que su inteligencia clara y aguda como un diamante se hubiera turbado; nada de eso: el intelecto matemáticamente exacto de Napoleón permanece, a pesar de lo demoníaco, siempre grandiosamente despierto hasta el último momento, en que escribe moribundo, con mano temblorosa, su testamento, esa obra de sus obras. Pero este intelecto suyo llegó a perder la noción de la medida terrestre, ¡y cómo podría ser de otra manera tras el logro de tantas cosas inverosímiles! Napoleón esta tan poco perturbado espiritualmente, hasta en sus aventuras más locas, como Alejandro, Carlos XII y Cortés. Perdió, como ellos, solamente por victorias excepcionalmente extraordinarias, la medida real de lo posible, y precisamente este furor, unido a su inteligencia clarísima, produjo el grandioso fenómeno del espíritu, magnífico como un «mistral» bajo el cielo limpio, esas hazañas que son crímenes de un sólo hombre en cientos de miles y que, sin embargo, enriquecen legendariamente a la Humanidad. La marcha de Alejandro desde Grecia a la India aún hoy algo fantástica, si se la sigue en el mapa ; la expedición de Cortés, la ruta de Carlos XII de Estocolmo a Poltava, la caravana de seiscientos mil hombres que arrastra Napoleón desde España a Moscú. Estas hazañas del valor y de la temeridad son en nuestra historia moderna lo que las luchas de Prometeo y de los titanes contra los dioses en el mito griego: hybris y heroísmo, en todo caso el máximum, temerario ya, de lo humanamente asequible. Y hacia ese límite extremo tiende Napoleón, irresistiblemente, apenas siente ceñida su sien por la corona imperial. Con los éxitos crecen sus designios, con las victorias su atrevimiento, con los triunfos sobre el destino el deseo de provocarle, cada vez con mayor audacia. Nada más natural, pues, que las personas que le rodean, cuando no estén aturdidas por la charanga de los botines victoriosos o cegados por los éxitos, sobre todo los inteligentes, los cautos como Talleyrand y Fouché, comiencen a estremecerse. Tienen el pensamiento en el tiempo en que viven, en el presente, en Francia... Napoleón sólo piensa en la posteridad, en la leyenda, en la historia.
    Este contraste entre razón y pasión, entre los caracteres lógicos y los demoníacos, que se repite eternamente en la Historia, aparece en Francia poco después del cambio de siglo, detrás de las grandes figuras. La guerra ha hecho grande a Napoleón, le ha elevado de la nada a un trono imperial. ¿Qué más natural, pues, que desee siempre nuevas guerras y siempre mayores y más poderosos contrincantes? Reducidas a cifras, se elevan ya sus empresas a lo fantástico. En Marengo, en 1800, venció con treinta mil hombres; cinco años más tarde pone en el campo trescientos mil hombres, y cinco años después arranca un millón de soldados al país desangrado y harto de guerras. Al último galope de su ejército, al más torpe gañán se le podría demostrar con los cinco dedos de la mano que tal guerromanía y «courromanía» (Stendhal creó esta palabra) habrían de conducirle finalmente a la catástrofe. Proféticamente dijo Fouché en una ocasión durante un diálogo con Metternich, cinco años antes de Moscú: «Cuando os haya vencido, no queda más que Rusia y China». Uno sólo hay que no comprende esto... o que se cubre los ojos con la mano: Napoleón. Quien vivió los días de Austerlitz, de Marengo y de Eylau, no podrá ya sentir la menor emoción, la más mínima satisfacción, recibiendo en los bailes de corte a los palatinos uniformados, o sentado en la ópera, adornada de gala, oyendo hablar a los diputados aburridos... No, ya no siente vibrar sus nervios más que cuando a la cabeza de sus tropas, en marchas forzadas, arrolla países enteros; cuando destruye ejércitos; cuando quita o pone reyes con gesto displicente, como si fueran figuras de ajedrez; cuando el templo de los inválidos se convierte en un rumoroso bosque de banderas, y cuando se colma la Tesorería, recién fundada, con el botín de saqueo de Europa entera. No piensa más que en regimientos, en divisiones, en ejércitos; considera ya a Francia, a todo el país, a todo el mundo, como campo de presa, como pertenencia, como propiedad suya libérrima (La France c'est moi). Pero algunos de los suyos persisten, en su intimidad, en la opinión de que Francia se pertenece a sí misma sobre todas las cosas y que no han de servir sus hombres, sus ciudadanos, para sacar reyes del clan corso y convertir a Europa en fideicomiso bonapartista. Con creciente indignación ven como año tras año se fijan las listas de reclutamiento en las puertas de las ciudades, cómo se arranca a los jóvenes de dieciocho y diecinueve años de sus casas para que sucumban en las fronteras de Portugal, en los desiertos nevados de Polonia y Rusia, sin finalidad alguna, o al menos con una finalidad inconcebible ya. Así surge entre el que lleva la mirada fija en las estrellas y los espíritus más clarividentes, que perciben el cansancio y la impaciencia del país, una incompatibilidad cada vez más enconada. Y como su genio, de día en día más dominante y autocrático, no se deja aconsejar ya ni de los más íntimos, empiezan éstos, en secreto, a pensar cómo se puede parar la marcha vertiginosa de esta rueda desatentada, cómo se le puede librar de la caída inevitable en el abismo. Y así llegara el momento en que la razón y la pasión se dividan y se combatan abiertamente, desencadenándose la lucha entre Napoleón y los más prudentes de sus servidores.
    Esta resistencia secreta contra la pasión guerrera y el desenfreno de Napoleón llega hasta unir a los mas encarnizados enemigos entre sus consejeros: Fouché y Talleyrand. Estos dos ministros, los más capaces de Napoleón, las figuras psicológicamente más interesantes de su época, no se quieren... probablemente porque se parecen demasiado. Los dos son de un realismo clarividente, los dos cínicos y decididos discípulos de Maquiávelo. Los dos pasaron por la escuela de la Iglesia, por la escuela ardiente de la Revolución; los dos se conducen con la misma sangre fría, con igual desenvoltura en cuestiones de dinero y de honor; los dos sirven con la misma frialdad, con la misma falta de escrúpulos, a la República, al Directorio, al Consulado, al Imperio y al Rey... Siempre encontramos disfrazados de revolucionarios, de senadores, de ministros, de servidores del rey a estos dos caracteres típicos de la veleidad sobre el mismo escenario histórico. Y precisamente por ser de la misma raza espiritual, y por desempeñar los mismos papeles diplomáticos, se odian con el frío conocimiento y el firme desdén de rivales.
    Los dos pertenecen al mismo tipo moral; pero si su parecido procede del carácter, su diferencia nace del origen. Talleyrand, Duque de Périgord, arzobispo de Autun, príncipe de rancia estirpe aristocrática, viste ya la toga violeta del señorío eclesiástico de toda una provincia francesa, cuando el hijo del pequeño mercader, el pobre José Fouché, es un ínfimo dómine de seminario que pugna para enseñar matemáticas y latín a su docena de discípulos conventuales por unos pocos sous al mes. Es ya Talleyrand embajador de la República francesa en Londres y orador afamado en los Estados generales, cuando Fouché anda todavía por los clubs con trabajos y adulaciones a la pesca de su mandato. Talleyrand llega a la Revolución desde arriba, desciende, como un soberano de su carroza, saludado con júbilo respetuoso, baja un par de escalones para entrar en el Tercer Estado, mientras que Fouché asciende a él trabajosamente y a fuerza de intrigas. Esta diferencia de origen da a sus dotes esenciales el matiz particular. Talleyrand sirve como hombre de gran prestancia, con la llaneza indiferente y fría de un grand seigneur; Fouché, con la laboriosidad celosa y astuta del burócrata ambicioso. Aún en las mismas cosas en que se parecen son distintos; si los dos aman, por ejemplo, el dinero, Talleyrand lo quiere a la manera aristocrática: para despilfarrarlo, para dejar correr en abundancia el oro en la mesa de juego, con mujeres; Fouché, el hijo del mercader, para capitalizarlo y amontonarlo cuidadosamente. Para Talleyrand, el Poder es sólo un medio para el placer, algo que le proporciona la oportunidad más propicia y noble de apoderarse de todas las cosas sensuales de la tierra, como el lujo, las mujeres, el arte, la buena mesa; mientras que Fouché, en cambio, sigue siendo, como multimillonario, un ahorrador espartano y conventual. Ninguno de los dos podrá desprenderse nunca, por completo, de su origen social: nunca, ni en los días más feroces del terror, será el Príncipe de Perigord, Talleyrand, un verdadero hombre del pueblo, un republicano; nunca, ni aún cuando le nombren Duque de Otranto, será José Fouché, a pesar del uniforme galoneado de oro, un verdadero aristócrata.
    El más brillante, el más encantador, quizá también el más considerable de los dos, es Talleyrand. Espíritu formado en una tradición de cultura rancia y refinada, pulido por la gracia del siglo XVIII, ama el juego diplomático como uno de los muchos juegos interesantes de la vida, pero odia el trabajo. De mala gana escribe él mismo una carta; lo que más le place a este auténtico vividor, a este catador refinado, es dejar que otro haga el trabajo de acarreo, para luego recoger él y resumir los resultados con su mano fina, llena de sortijas. Le basta siempre su intuición, que penetra con mirada de rayo las situaciones mas enredadas. Psicólogo por nacimiento y por experiencia, penetra, como dice Napoleón, todos los pensamientos y afirma, sin titubear, a cada uno, en su deseo más recóndito. Audaces virajes mentales, concepciones rápidas, rodeos elegantes en los momentos peligrosos: he aquí su fuerza. Desdeña profundamente el trabajo en cuanto exige de él el más pequeño esfuerzo. De su tendencia al mínimum, a la forma concentrada de las resoluciones espirituales, procede su talento especial para los juegos de palabras más brillantes, para el aforismo. No escribe extensos relatos: con una sóla palabra cortante define una situación, una persona. Fouché, en cambio, carece en absoluto de esta virtud de la visión universal rápida. Trajina como una hormiga que, teje pacientemente su malla laboriosa con puntos incontables, en un constante ir y venir a través de mil y mil observaciones, que, sumadas y combinadas luego, dan resultados concienzudos, irresistibles. Su método es analítico; el de Talleyrand, visionario. Su talento, el trabajo; el de Talleyrand, la agilidad mental. Ningún artista pudiera inventar una pareja más contraria y perfecta que la personificada por la Historia en estas dos figuras, en e1 vago y genial improvisador Talleyrand y en Fouché, avizor despierto de mil ojos vigilantes, para situarlos junto a Napoleón, el genio perfecto que reúne en sí las facultades de los dos: la mirada para el conjunto y para el detalle, la pasión y la laboriosidad, el saber y la visión universales. Pero en ninguna parte surgen más crueles odios que entre las especies distintas de la misma casta. Por eso se detestan, desde lo más hondo de su intimidad, instintivamente, con conciencia exacta, biológica, Talleyrand y Fouché. Desde el primer día le es antipático al grand seigneur el celoso y pedante acumulador de mensajes, el moscardón, el frío espía que es Fouché, y éste, por su parte, se enfurece ante la frivolidad, el despilfarro y la negligencia aristocrática y despectiva, indolente y afeminada de Talleyrand. Por eso se expresan, el uno del otro, con palabras que son flechazos envenenados. Talleyrand dice sonriente: «Fouché desprecia tanto a la Humanidad porque se conoce demasiado bien a sí mismo». Fouché, en cambio, dice sarcásticamente cuando es nombrado Talleyrand