Publicado en
abril 18, 2010
Cuento de su libro “Las Mujeres ante la tumba”
1º premio de la categoría CUENTO
del Fondo Nacional de las Artes, 1976.
Buenos Aires, Crisol, 1977.
pp. 17 – 25
Edición digital en memoria de Eduardo,
que falleció a los pocos meses
de presentado el libro,
en 1978.
Recién comenzada la mañana, la señora Clara llegó al cementerio.
A esa hora, muy poca gente recordaba a sus muertos, y la señora Clara paseó nerviosamente su espera por el hall de entrada, con una inconsciente felicidad de ser la primera y única sacerdotisa en el templo. Por último, cansada de aguardar, se alejó por el camino entre las casas de mármol y piedra, pensando encontrarse con sus hermanas ante la tumba de Benjamín.
El recorrido no fue lento pero sí cuidado, como correspondía al ritual: la pequeña figura de la señora Clara iba por entre las tumbas, moviéndose como un oficiante exactísimo. Repartió su primer ramo de flores ante las tumbas de su padre y de su madre, y en ese orden, el llanto y el duelo fueron aumentando, para estallar ante la de Benjamín. Pero Benjamín estaba solo, sus hermanas no habían llegado.
Interrumpida bruscamente una ceremonia de casi dos años, la señora Clara se quedó perpleja, parada delante de Benjamín, con toda la apariencia de un pájaro asustado que ha errado el camino. De pronto divisó a lo lejos dos vagas siluetas que a sus viejos ojos nublados resultaron familiares. Y a medida que el espejismo se acercó, fue haciéndose más cierto: he aquí que su hermana Blanca venía arrastrando a su hermana Alba, tambaleante sobre sus débiles piernas de enferma, otros dos negros pájaros preparados para el luto, preparados para la muerte.
Las tres mujeres se besaron con solemnidad y enseguida, prepararon los detalles del culto.
Así, la señora Blanca fue colocada entre sus dos pequeñísimas hermanas, y luego, las tres avanzaron sobre la tumba de Benjamín.
Y la señora Blanca se cubrió los ojos, y sus hermanas se cubrieron los ojos. Y la señora Blanca gimió, golpeándose con una mano el pecho; gimió dolorosamente, como un animal herido:
—¡Benjamín, hijo mío!
Sus hermanas comenzaron a llorar, golpeándose también, rítmica e inconscientemente el pecho.
—¡Benjamín, hijo mío! —repitió la señora Blanca con las manos sobre el retrato del muerto, que la observaba ceñudo y distante—. ¿Cómo pudo ser esto? ¿Cómo te traje aquí cuando tenías que ser vos el que me trajera a mí a mi última casa? ¡No puede ser, lo digo y lo diré hasta que de una vez y para siempre, esté al lado tuyo para acunarte como cuando eras muy chico y yo tan feliz! —el llanto la ahogó y se detuvo sin poder seguir. A ambos lados, el coro continuaba sollozando y repitiendo el nombre del muerto:
—Benjamín, Benjamín, Benjamín...
Las tres mujeres lloraron largo rato. Luego el rito prosiguió con sus pasos: la señora Blanca colocó las flores; después lo hicieron sus hermanas. A continuación se quedaron varios minutos inmóviles, coronadas por la luz de la mañana del domingo, tres sacerdotes negros de un culto inmemorial con todo su poder. Finalmente, besaron la foto del muerto, y se retiraron en silencio, como las brumas de un sueño.
Durante todo el viaje, la señora Clara resistió. Resistió tenazmente, negando y negando, mientras las lágrimas corrían por su cara pequeña y arrugada:
—No —decía—. Alejo no. Alejo no.
Su hermana Alba no hablaba; se limitaba a estrujar su pañuelo y a asentir, discutiendo con algún ser que no pertenecía ya a este mundo, mientras su respiración se hacía más y más fatigosa. Pero la señora Blanca no. La señora Blanca, dominándolas desde su altura de madre del muerto, oponía a Clara una sola, tajante y pétrea frase, llena de inconmovible determinación:
—Sí, Clara. Será así porque debe ser. Y vos vas a tener que decírselo.
"Se fue tan rápido como vino". Esa frase de mamá la escuché durante todo el velatorio. Y cuando ella hablaba así, todo el clan se agitaba en un llanto que subía y alcanzaba los grados más altos del virtuosismo. Mamá lloraba, aún sin poder creerlo. O sin querer creerlo, al fin y al cabo es lo mismo. Su hijo Benjamín, muerto. Trescientas sesenta y cinco veces por sus treinta y nueve años, muerto.
Y ahora te saludo, mamá, como la figura principal del culto. La vestal encargada de los altares. Tu hijo muerto.
Hay que guardar, entonces, todo ese poder necrofílico. La imagen que se me ocurre es la de un templo sin puertas, o donde se han tapiado las puertas; y en el templo un altar y en el altar vacío, sangre. Pero sangre seca, muerta, inservible. Y los viejos Dioses (¿pero cuáles, qué ocultos temores y designios, qué culpas o deseos viejos, marchitos, sofocados por el llanto, la "mise en scene" de mamá, Alba y Clara ante mi tumba son éstas? Nunca —y es mejor así— nunca lo sabré), los viejos Dioses irritados, molestos, negando. Y el ulular de sus voces en el templo vacío. Hay que salir de caza, es necesario un sacrificio, la ofrenda, calmar y pasar la tempestad. Sí, mamá, sí, tía Alba; sí, tía Clara:
Alejo está allí. Escucha y espera.
¡Si yo pudiera hablar!
¡Si yo pudiera hablar, te diría que huyas, que escapes, que no pienses ni mires hacia atrás, que te tapes los oídos y los ojos y que no oigas ni a mamá, ni a tu madre, ni a tía Alba, Alejo!
Pero es inútil. Yo llegué aquí primero y ahora lo sé todo. Ese conocimiento me costó la vida, porque no era yo el que estaba preparado para este trance. Y la primera que se negó fue mamá. La primera engañada fue mamá. Yo no era el elegido, debía haber otra persona en el altar. Los Dioses se equivocaron como Dioses o jugaron con trampa esta vuelta.
Y entonces, Alejo, yo no puedo avisarte; veo lo que va a suceder con la más horrible de las clarividencias: la que da el impotente y sordo silencio del que duerme para toda la eternidad."
"Pobre Cecilio, el susto que se llevó...
Fue una suerte encontrármelo en la calle. Hablamos de lo de siempre: la muerte, Benjamín. La muerte. Y nuestras madres y los domingos y el cementerio.
Pobre Cecilio, quedó muy impresionado. Aunque disimuló como pudo, yo me di cuenta de su nerviosidad... Debería tener más cuidado con él. Es uno de los pocos primos que me quedan. Y yo lo conozco tan poco... casi como a Benjamín...
Benjamín...
¿Pero cómo pudo ser? ¿Por qué? No voy a entenderlo jamás, no voy a cansarme de repetirlo.
Fue una equivocación. ¡Pero vaya con el error de ese maldito Dios o demonio familiar! ¡El enfermo de toda la vida soy yo, el que debió morir soy yo, miles de veces lo pensé y lo dije! Y siempre, cuando lo decía, allí estaba la sombra pequeña de mamá, en la sombra. Negando, negando ante el altar.
Sí, Benjamín, yo se que estoy vivo, y ése es mi castigo. ¿Pero se puede llamar vida a esta línea de baba que sigo, a cuestas conmigo mismo y con la enfermedad? Es así y recién ahora se me ocurre el símil: soy como un caracol que recorre el camino de su baba, cargando eternamente con su peste. No es su casa, pero como si !o fuera. Un baboso caracol, andando lentamente este camino circular, cuyo fin es la muerte... pero los caracoles caminan tan lentamente. Veinte años con esta maldición y el caracol sigue vivo. Sería la broma más macabra de las que tengo memoria, si Alguien decidiese hacerlo inmortal. Aunque bromas más negras se han conocido. Y allí, en medio de ese círculo que recorre y vuelve a recorrer el caracol, está el Tótem, el Dios, la Desconocida y Referenciada Imagen de la Muerte. Por ella odié la vida y por ella no viví sino que sobreviví como un testigo mudo e informe; larva, piedra. Insecto que tiembla y tiembla, esperando el golpe de un fin ignominioso y cobarde.
Pero no, yo quería vivir, yo quería vivir.
¿Qué culpa tengo yo de que mamá y Alba y Blanca sean así y respeten y amen las leyes de la cacería; qué culpa tengo de la asfixia, del tótem, de la maldita Mano que designa un rol, que señala, anatemiza y no cambia jamás; y engaña siempre con salidas como las de Benjamín y su muerte absurda en una burlona elección equivocada? Odiar la vida, sí, pero cuando hubiera ya una definición y no golpes y golpes falsos y siempre el sobrevivir para seguir velando el hilo de baba del caracol.
Sí, Benjamín, tía Blanca fue engañada, pero también yo lo fui. Y mucho más, porque ahora ella puede asumir un papel que en el más recóndito de sus rincones le encantaba: el deseado rol por el que tanto rivalizó con mamá, cuando mamá era y fue durante casi veinte años, la madre del enfermo, la madre de la imagen a la que había que adorar. Yo fui el primer enfermo de la familia, y esa maldita distinción no me la puede negar nadie; yo fui el que hizo organizar el culto, y cuando el poder de mamá sufrió este cambio y tía Blanca ganó la competencia con ese golpeo teatral y bajo, hasta los mismos dioses tambalearon y rieron con esa risa incrédula de los que son sorprendidos a traición: tu muerte, Benjamín. La madre del dios, heroicamente muerto. Pero Benjamín, no es en vano que se llevan veinte años la cruz de un hijo enfermo; mamá se apresta para la venganza. Espera, vigila.
A veces pienso en Cecilio, Benjamín. Cecilio, nuestro único primo. Cecilio, que fue el que más perdió porque te quería como a un hermano, el que nunca tuvo. Ese huraño hijo único de la tía Alba, tan parco como ella. Quién sabe...
¿Quién sabe algo del otro, del que cree conocer, familiar, amigo o hermano? ¿Quién sabe dónde está el poder, el Dios último que cerrará el templo y destruirá el altar, logrando que toda ceremonia, todo miedo acaben por fin? Y en la sombra, está la sombra pequeña de mamá. Esperando, lista para la venganza.
La señora Alba era muy vieja, se le acercaban los setenta años. La vida, entonces, era un lento recorrido (como el que se le ocurría, hacía su antiguo reloj de pared) cuidado con reverente exactitud: levantarse temprano, hacer algo, comer, seguir con alguna tarea y luego el descanso, el sueño, todo aquello que podía traer una muerte temida, deseada y odiada.
En este mundo, había un preponderante aunque desdibujado lugar para su hijo, sus nietos, sus hermanos y sobrinos. La señora Alba era aún más parca en el cariño que en su conversación; y todo afecto se le había ido entibiando con cada generación, hasta que al llegar a sus nietos, sufriera una pálida convalecencia, seguida de rápidos centelleos que declinaban en un único amor: ella misma, los cuidados que por su viudez y las centenares de enfermedades arrastradas desde una niñez olvidada, creía (y obligaba a todos) merecer.
Y todo ese universo planificado y medido para no incluir ninguna preocupación o desgracia, habían tenido que aceptar la muerte de Benjamín, su sobrino mayor. Y ella debió adoptar el papel que le correspondía: el de hermana mayor de la madre del muerto. Llorar y sufrir. Pero la señora Alba estaba muy cansada ya para cualquier actuación, se creía a salvo de todo dolor, creía haber perdido su capacidad de asombro y su cuota de desdichas. De pronto, en algún lugar desconocido, sobrevino la tristeza, la sensación de haber vivido tantos años en vano, y ella se asustó. Seguramente, estaba por morir. Alguien vendría a buscarla. Y entonces tenía que llenar de culpa a hijo, nuera y nietos, que habían dejado a una vieja y enferma mujer (madre, suegra, abuela) en un departamento gris de una casa gris, para enfrentar a la muerte.
La señora Alba dedicó dos días a llorar; lloraba mansamente, llena de compasión por ella misma. ¡Pobre Alba —decían todos en una época nunca vuelta ni olvidada— tuvo tan mala suerte! Enferma, atada a ese marido malo, con ese hijo frío... pobrecita Alba...
Pero también más sorpresivamente, el teléfono sonó un día, una mañana, y allí estaba su hermana Blanca, triunfante, llorando, anunciándole que los sufrimientos del pobre Alejo habían terminado, pobre Clara con ese hijo enfermo, pobre muchacho, Alejo acaba de morir.
Así descubrió la señora Alba que había que renovar el llanto, el luto y el duelo.
Pero Alejo fue velado y enterrado como Benjamín y todos habían sido, una luminosa y fría mañana de domingo. Y Clara recuperó el triunfo, se arrojó sobre su tumba y la muerte. Y lloró y fue reverenciada por todos. La madre del héroe muerto.
Así como no había importado que Benjamín tuviera mujer e hijos, y que Alejo no, así como fuera olvidado el resto del clan, volvió a repetirse el drama con su representación. Pero la señora Alba descubrió, perpleja, que no sentía cansancio alguno y que lloraba y sufría con una facilidad temible y pasmosa.
De todos modos, a pesar de las mujeres, el tiempo siguió sucediéndose; y ya no sigilosamente, siguió sucediéndose igual.
Y un domingo gris y frío, las mujeres salieron del cementerio. Blanca se secaba los ojos, y del otro lado, Clara hablaba y hablaba, mirando al frente, donde Alguien le contestaba y le indicaba lo que debía decir. Blanca asentía y seguían caminando.
—No —decía la señora Alba, temblando, trastabillando arrastrada entre sus dos hermanas, con la cara vieja y blanca llenándose de llanto, de luz y de terror; y resistiéndose, empujada y tambaleante, seguía negando sin poder librarse, seguía repitiendo como un triste animal moribundo:
—No, Cecilio no... Cecilio no, Cecilio no...
FIN