AIRES DE LIBERTAD EN ELITREA
Publicado en
febrero 07, 2010
Después de languidecer varios años en Sudán, un grupo de refugiados regresa felizmente a Eritrea.CONDENSADO DE NATIONAL GEOGRAPHIC (JUNIO DE 1996), © 1996 POR NATIONAL GEOGRAPHIC SOCIETY, DE WASHINGTON, D.C. FOTOS: © ROBERT CAPUTO/AURORA.Por Charles CobbEN LAS AFUERAS de Nafka, poblado de las montañas del norte de Eritrea, una figura corcovada va y viene por un campo. Está anocheciendo y el vocerío de los niños que juegan ha dejado de oírse.
El hombre, vestido con una raída chaqueta militar, se detiene a mirar tras un espino.—¡Mis vacas! —gime—. Los etíopes se llevaron mis vacas.En el África rural, perder el ganado equivale a perder la dignidad o, como en el caso de este hombre, la cordura. Años atrás dejó el hogar para unirse al Frente para la Liberación del Pueblo de Eritrea (FLPE), guerrilla que luchaba por la independencia de esta región frente a Etiopía. A su regreso, encontró su pueblo natal reducido a escombros y enloqueció.Pero él parece ser una excepción.La guerra de Eritrea contra Etiopía comenzó en 1961 y se prolongó 30 años. De una población de 3 millones de habitantes, murieron más de 150.000. Aun así, el pueblo de Eritrea, que resultó vencedor, se adapta con serenidad a las consecuencias del conflicto y oculta sus heridas tras amables sonrisas.Una tarde, mientras me paseaba por Mai Habar, un campo de rehabilitación para ex combatientes lisiados, oí sonar música en una tienda. Dentro había más de una veintena de personas sentadas en esteras, jugando a las cartas, tomando café o té, o tejiendo cestas con fibras de sisal teñidas. Parecía una aldea africana intemporal que se regocijara con la convivencia comunitaria, salvo que en una pared de la tienda colgaba una hilera de prótesis de madera.En eso se oyó un grito estentóreo. Un hombre, apoyado en su única pierna, soltó una carcajada. Subió el volumen del radio, que estaba tocando una canción popular etíope, y se puso a bailar con ayuda de una muleta.Era Salé Hamid, un ex guerrillero. Durante un ataque aéreo en las cercanías del puerto de Massaua, le hirieron la pierna derecha debajo de la rodilla y hubo que amputársela.—No me compadezca —me dijo con firmeza—. He recuperado mi país. Ahora tenemos libertad.ERITREA PASÓ de manos italianas a manos británicas durante la Segunda Guerra Mundial, y en 1952 un mandato de la ONU la convirtió en estado federado autónomo de Etiopía, país que desde hacía mucho intentaba obtener una salida al mar Rojo.
El gobierno etíope emprendió de inmediato una campaña para borrar la identidad del pueblo de Eritrea: le prohibió el uso de su bandera y le exigió que hablara amárico, la lengua oficial de Etiopía. En 1961 un pequeño grupo de separatistas disparó contra un puesto de policía en el oeste de la región, hecho que señaló el comienzo de la guerra.La respuesta del emperador etíope Haile Selassie fue hacer de Eritrea una provincia de Etiopía. Después del golpe de Estado que en 1974 derrocó a Selassie, la tortura y la ejecución de los insurgentes a manos del nuevo gobierno militar se volvieron cosa de todos los días, y la guerrilla independentista cobró auge.Por fin, el 24 de mayo de 1991, las fuerzas del FLPE entraron en Asmara, la capital, y tomaron Eritrea. Había sido una guerra desigual, entre uno de los ejércitos más numerosos de África, equipado con armamento moderno, y una guerrilla que se armaba con lo que podía arrebatar al enemigo. En abril de 1993, en un referendo supervisado por la ONU, la población de Eritrea votó de manera arrolladora por la independencia.
El monasterio de Bizen, en lo alto de una montaña, sirvió de atalaya a ambos bandos durante la guerra.EN TODOS LOS SITIOS que visité, encontré alguna variante del baile de Salé Hamid. Lejos de dejar a sus habitantes amargados y dolidos, la cruzada de este pequeño país les ha inspirado consideración por los demás y confianza en sí mismos.
—Ya hemos cumplido una misión— me dijo el presidente Isaías Afwerki en su austera oficina—. Ahora tenemos que cumplir otra: construir un país empezando sin nada.Eritrea es una tierra mezquina. El oeste está formado por llanuras áridas; en el sur, volcanes apagados se elevan sobre extensos campos de lava, y el resto del territorio es en su mayor parte montañoso. Las sequías asuelan periódicamente el país, y las langostas devastan los campos de maíz, trigo y lentejas.El panorama económico no es menos desolador. El ingreso per cápita, inferior a 150 dólares anuales, está muy por debajo del promedio de 350 dólares de los países africanos situados al sur del Sahara. La mano de obra calificada es escasa. La población crece a un ritmo de 3,3 por ciento anual, y casi medio millón de refugiados, la mayoría en Sudán, esperan la repatriación. Como me decían a menudo los habitantes de Eritrea: "Estamos empezando con menos que nada".Fue en los polvorientos alrededores de la vieja ciudad portuaria de Massaua donde comencé a darme cuenta de la energía y la ambición que la libertad ha desatado. Tewelde Andu, el alcalde, me había llevado allí para que viera la reconstrucción del ferrocarril que en otro tiempo bajaba serpenteando la neblinosa cuesta de Arborobu, desde Asmara hasta el mar Rojo. Antes de la guerra, el tren era el principal medio de transporte de mercancías entre el interior y el puerto.Vi a una cuadrilla de 20 voluntarios levantar los corroídos y retorcidos rieles con palancas y acarrear piedras en carretillas. Habían tendido ocho kilómetros de vías, lo que ya permitía a los trenes ir y venir entre el puerto y los suburbios del norte de la ciudad. Asmara, sin embargo, está a 96 kilómetros de distancia... y cuesta arriba.Tewelde reconoce la magnitud de la empresa.—Los ingenieros italianos a los que consultamos nos advirtieron que sería una obra demasiado costosa —me dijo—. Tal vez lo sea según su manera de pensar, pero nuestra determinación no tiene límites. Dentro de dos años habrá tren entre Asmara y Massaua. —Saludó a un hombre corpulento, vestido con una camiseta de fútbol americano y sandalias de plástico, que se acercó limpiándose el polvo y el sudor de la cara con un pañuelo, y agregó—: Le presento a nuestro ministro de Transporte.Estreché la mano encallecida de Giorgis Tesfamikaei y le manifesté mi sorpresa de ver a un ministro entre una cuadrilla de obreros.—El mundo debe enterarse de que la gente de África es industriosa —repuso—. No siempre pedimos ayuda al exterior.A los ciudadanos de Eritrea quizá no les guste pedir ayuda, pero, a juzgar por las condiciones de Massaua, la necesitan. Hace 30 años ésta era una próspera ciudad de 80.000 habitantes; actualmente sólo tiene 20.000. Cuando, en 1990, los soldados etíopes se retiraron, derrotados, saquearon los bancos, y la aviación arrojó bombas durante diez meses.LA CAPITAL, en cambio, salió casi indemne de la guerra. Destartalados taxis Fiat y motos Vespa comparten las arboladas avenidas de Asmara con carretas de burros que transportan madera, productos agrícolas o pasajeros. A 2300 metros de altitud sobre el nivel del mar, la ciudad goza de un clima fresco y seco, perfecto para salir a mirar los escaparates de los almacenes o de las numerosas boutiques.
—Creía que ya no había cafés aquí —comentó Mesfin Yoseph, alzando la voz sobre el siseo de una máquina para preparar café capuchino en el Bar Royal.De visita en su país desde Estados Unidos, Mesfin es uno de los ciudadanos de Eritrea exiliados por la guerra —los cuales suman aproximadamente 1 millón—, y está pensando en volver.La población de la capital, que ya excede los 400.000 habitantes, está creciendo a un ritmo que hace temer falta de vivienda, delincuencia y embotellamientos. Un número incalculable de gente vive en un arrabal llamado Abba Shawul, cerca del bullicioso mercado del centro, pero tampoco allí encontré descontento ni enajenación.—Esto no es para toda la vida —me dijo un maderero que alquila un cuarto en una casucha cuya techumbre se sostiene con piedras y ramas—. Ahora tenemos oportunidades.En efecto, Asmara bulle de actividad empresarial; constantemente llegan capitales y se inauguran edificios de apartamentos, restaurantes y tiendas. Ahora se puede probar un Mercedes-Benz en una agencia de la ciudad. Se espera que la inversión extranjera y la nacional creen 30.000 empleos y de este modo disminuya la elevada tasa de desempleo del país.
Trabajadores agrícolas batiendo el sorgo para desgranarlo. Este cereal es un alimento básico con el que se hacen pan y papilla.UNOS 150 KILÓMETROS al oeste de Asmara, en Gash Barka, árida región que bordea la frontera con Sudán, Samir Gebreselassie me sonrió. Llevaba el bolsillo del delantal lleno de grandes borras de algodón. Samir es una de los 2300 ex combatientes y refugiados que han aceptado un ofrecimiento del gobierno: dos hectáreas de terreno en Aligidir para que siembren algodón y, si tienen éxito después de un año, alrededor de una hectárea más para que siembren sorgo.
—Nunca me imaginé que llegaría a tener mi propia tierra —me dijo—. Es fantástico.Cada colono recibe, además, 1500 dólares para empezar, así como cursos de adiestramiento y el uso gratuito de tractores, excavadoras y demás maquinaria pesada.Semejante generosidad tiene motivos apremiantes. Uno de ellos es que las fábricas textiles de Asmara dependen en gran medida del algodón de Aligidir.La falta de agua es aquí un grave problema. El río Gash se queda seco casi todo el año y la única presa apenas alcanza para irrigar 4400 de las 11.000 hectáreas de la región. Aun así, el algodón se ha dado tan bien que Samir tiene que contratar jornaleros para la cosecha.—Estamos creciendo cada vez más —me dijo con orgullo.NO LEJOS DE ALIGIDIR, en la aldea de Tessenei, dos largos cobertizos sirven como centro de recepción para los refugiados que vuelven de Sudán. En menos de 24 horas la Comisión de Socorro y de Atención para los Refugiados de Eritrea envía a cada familia al destino que ella elija.
En un tórrido día decembrino, subí a uno de 12 camiones de la ONU que transportaban a 200 familias y sus escasas pertenencias. Como pude me abrí paso hasta el lugar que ocupaban Teklai Bokrezion, su esposa, Akberet, y sus tres hijos. El camión partió de la frontera con rumbo al este, dando bandazos y levantando remolinos de polvo a su paso. La expectación reinaba entre los pasajeros durante el corto trayecto al centro de recepción.Nos reunimos en el cobertizo que hacía las veces de comedor, donde unos voluntarios nos dieron de comer pan y verduras, y le pregunté a Teklai qué planes tenía. Me dijo que iría a una nueva aldea, Alebu, construida por la comisión de socorro a unos cuantos kilómetros de Tessenei,—Sé que ahí hay tierras —explicó.A las 9 de la mañana del día siguiente estábamos en Alebu, en medio de incontables hileras de chozas de paja redondas. Después de mucho ir y venir, Teklai se instaló en una que, a mi mirada inexperta, parecía igual que las demás, pero él calculaba que era la que tenía más tierra alrededor: una parcela irregular de no más de 1000 metros cuadrados. Poco después las paredes y la techumbre estaban apuntaladas con largas ramas que él llevaba consigo para ese fin.Aunque el campo aún no tenía sistema de irrigación, dos bombas de mano que había en la aldea indicaban que no faltaría el agua. Una gran choza rectangular era la clínica, y había planes de construir una escuela. Teklai pensaba que obtendría cosechas suficientes para contar con exceden-tes que vender. Con el tiempo abriría una tienda de abarrotes.—Todo lo bueno tiene que irse construyendo poco a poco —comentó Akberet.Teklai asintió con la cabeza.—Si uno trabaja, obtiene más cosas —dijo, y en él oí la voz de Eritrea.
La capital, Asmara, salió casi indemne de la guerra.