LA DAMA DE LA LAGUNA DE LA HERRERA
Publicado en
octubre 26, 2026
Cundinamarca, COLOMBIA.
A unos tres mil metros sobre el nivel del mar, en la sabana de Bogotá, la Laguna de La Herrera es un cuerpo de agua rodeado de juncales, canteras de piedra abandonadas y un frío penetrante que corta la piel. Durante la década de 1970, cuando la carretera que bordea el humedal era un camino destapado sin iluminación alguna, una joven perteneciente a una familia acomodada de la zona tuvo un trágico accidente de tránsito a altas horas de la noche mientras regresaba a su finca tras una reunión social.
Su vehículo cayó a las aguas heladas y fangosas de la laguna. A pesar de que la joven logró salir del auto y arrastrarse hasta la orilla de la carretera buscando auxilio, la niebla era tan densa y la noche tan fría que ningún conductor se detuvo a socorrerla. Murió de hipotermia a un costado del camino, abrazando sus propias piernas y mirando fijamente la luz distante de los faros de los autos que pasaban de largo.
La leyenda renace para los motociclistas, camioneros o conductores solitarios que transitan por esa vía pasadas las 2:00 AM, especialmente cuando la niebla baja de los cerros y cubre el asfalto.
Al tomar la curva cerrada que bordea el cañaguate y los juncos de la laguna, los faros del auto iluminan a una mujer joven de pie al borde del abismo. Viste un vestido de fiesta largo, de tela fina, completamente empapado y cubierto de barro verde y limo de laguna.
La mujer hace señas desesperadas con los brazos. Si te detienes y le abres la puerta, subirá al asiento del copiloto tiritando sin control. Su piel es glacial y el habitáculo del auto se llena al instante de un olor denso a vegetación podrida, agua estancada y moho.
Ella no dirá mucho; solo te pedirá con un hilo de voz intermitente que la lleves "un poco más adelante, donde termine la niebla". A medida que avanzas, los vidrios del vehículo comienzan a congelarse por el lado de adentro y la calefacción del auto deja de funcionar por completo.
Lo horripilante ocurre si miras el espejo retrovisor central o el parabrisas. Verás que la joven no tiene los ojos fijos en la carretera: te está mirando directamente a ti con la boca entreabierta, expulsando un vaho negro y helado, mientras notas que sus manos descoloridas y con uñas llenas de fango intentan sujetar fuertemente el volante desde su lado para desviarte directamente hacia la laguna.
En octubre de 2019, un repartidor nocturno que viajaba en motocicleta desde Mosquera hacia Bojacá fue encontrado a las 4:00 AM por una patrulla de la policía de tránsito. El hombre estaba tirado a un costado de la vía, en estado de pánico absoluto y sumergido hasta la cintura en el fango de la orilla de la laguna.
Al ser interrogado en el centro médico local, relató que al pasar por la laguna vio a una mujer llorando en la berma. Al detener su moto para preguntarle si necesitaba ayuda, la figura se giró rápidamente: su rostro era un cráneo húmedo cubierto de algas. La entidad lo agarró del chaleco reflectivo con una fuerza descomunal y lo arrastró hacia el agua. El joven logró zafarse quitándose el chaleco en medio del forcejeo.
Cuando la policía regresó al lugar exacto del incidente a buscar la motocicleta, encontraron el vehículo volcado en la carretera y, flotando en el agua estancada a pocos metros, el chaleco reflectivo del muchacho completamente destrozado y enredado en raíces de junco que llevaban décadas bajo el agua.
Los camioneros que frecuentan la sabana de Bogotá conocen muy bien la regla no escrita de La Herrera: si manejas de noche entre la niebla y ves a alguien pidiendo aventón cerca del agua, no frenes... y por nada del mundo mires por el espejo retrovisor.
Fuente del texto: IA Gemini.