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octubre 14, 2026
Era un funeral en el pueblo de mi abuela. Mis primos, mi hermano y yo —éramos cinco en total— nos aburríamos muchísimo. Los adultos estaban todos sentados en silencio, llorando bajito o hablando en voz casi imperceptible. El aire pesaba, olía a flores, velas y tristeza. Así que nos fuimos a la parte trasera de la casa, donde había más espacio y nadie nos regañaría por hacer ruido.
Ahí, en un rincón muy apartado, sentado solo en una silla vieja, estaba un niño. Tendría más o menos trece años, nuestra edad. Vestía ropa muy limpia pero antigua, como de otra época: un pantalón oscuro, camisa blanca bien planchada y unos zapatos negros que brillaban mucho. Tenía el cabello muy negro y los ojos grandes, oscuros y profundos. No lloraba. Solo miraba hacia adelante, quieto, sin moverse.
Mis primos se quedaron mirándolo desde lejos, sin atreverse a acercarse. Pero Denis, mi primo mayor, que siempre era el más valiente de todos, dijo:
—¿Por qué no va a jugar ese niño? Está muy solo.
Se acercó despacio y le extendió la mano.
—Ven con nosotros. ¿Cómo te llamas? Vamos a jugar un rato.
El niño sonrió apenas. No dijo su nombre. Simplemente se levantó y se vino con nosotros.
Jugamos todo lo que duró el funeral. Corrimos por los pasillos, nos escondimos detrás de las cortinas, jugamos a las canicas con unas que él sacó del bolsillo. Era muy divertido: corría rápido, se escondía muy bien, y reía sin hacer ruido, una risa suave y alegre. Nunca se cansó. Nunca se quejó. Los cinco nos divertimos tanto que se nos olvidó todo: el llanto, las velas, por qué estábamos ahí. Hasta que de pronto se escuchó el ruido de las sillas arrastrándose y la gente empezó a despedirse. El funeral se había terminado.
Nos detuvimos de golpe. Miramos al niño para despedirnos... pero ya no estaba. Lo buscamos por todos lados: en el patio, detrás de la puerta, debajo de las camas. Nada. Había desaparecido de la nada.
Fuimos de vuelta al salón principal donde estaba el ataúd. La gente se estaba agrupando para verlo por última vez. Mi primo Denis se acercó también, curioso, y miró hacia dentro del cajón. Se quedó helado. Se puso pálido como la cera. Nos llamó con un gesto de la mano, sin poder hablar.
Cuando nos asomamos... el corazón se nos cayó a los pies.
Allí dentro, quieto, con las manos cruzadas sobre el pecho, estaba el niño con el que habíamos jugado toda la tarde. El mismo cabello negro. La misma camisa blanca. Los mismos zapatos que brillaban. Era él. No había duda.
Mis primos empezaron a temblar. Mi hermano se agarró fuerte de mi camisa. Nos quedamos sin aire, sin poder gritar, sin poder mover los pies. La foto que estaba puesta sobre el ataúd era suya. Era el niño que habían venido a despedir. El que ya estaba muerto.
Nadie entendía por qué estábamos así. Los adultos nos miraban raro. No se lo contamos a nadie. ¿Qué les íbamos a decir? ¿Que el muerto se levantó y jugó a las escondidas con nosotros? Nos hubieran dicho que eran imaginaciones de niños.
Pero nosotros sabemos lo que vivimos. Los cinco lo vimos. Los cinco corrimos con él. Los cinco escuchamos su risa. Y hasta el día de hoy, cuando nos reunimos y recordamos aquella tarde, ninguno de los cinco dice nada. Solo nos miramos. Y sabemos que fue real.
Fuente del texto: Novelas, Historias y Creepypastas de terror