EL ENTERRADOR DE MEDIANOCHE
Publicado en
octubre 30, 2026
Mire, yo llevo más de treinta años trabajando como sepulturero en el cementerio de este pueblo, y en todo ese tiempo he escuchado historias que ponen los pelos de punta. La que le voy a contar me la relató un campesino llamado don Anselmo, un hombre de campo que no era de asustarse por cualquier cosa y que, hasta donde yo supe, nunca tuvo fama de mentiroso.
Una noche, don Anselmo regresaba de una finca y decidió cruzar el cementerio para ahorrarse camino. La luna apenas alumbraba las cruces y el viento movía las ramas de los cipreses, pero él siguió caminando sin darle importancia, hasta que vio a un hombre parado junto a una tumba abierta.
El desconocido vestía ropa de campesino, llevaba las botas cubiertas de lodo y sostenía un sombrero entre las manos. Don Anselmo se acercó y le preguntó qué hacía allí a esas horas, pero el hombre no contestó de inmediato. Se quedó mirando el hoyo y después le dijo que estaba esperando a que le devolvieran su lugar.
Don Anselmo pensó que aquel hombre no estaba en sus cabales y le preguntó de qué lugar hablaba. “De mi tumba”, respondió el desconocido.
Después le pidió que lo ayudara a meterse en el hoyo, porque ya llevaba mucho tiempo afuera y necesitaba regresar. Don Anselmo sintió un frío extraño en el cuerpo y quiso marcharse, pero entonces el hombre levantó la cabeza. No pudo verle la cara, aunque estaba a pocos pasos de distancia, como si la oscuridad se la hubiera borrado.
“Todavía no me han enterrado”, dijo el desconocido.
En ese instante sonó la campana de la iglesia, y el hombre comenzó a caminar hacia don Anselmo arrastrando los pies. El campesino salió corriendo y no paró hasta llegar a su casa. Al amanecer regresó con otros vecinos para comprobar lo ocurrido, y encontraron la tumba abierta, con una caja de madera en el fondo.
La caja estaba vacía, pero tenía un nombre grabado en la tapa: el de don Anselmo.
Desde aquella noche, el pobre hombre nunca volvió a cruzar el cementerio después del anochecer. Vivió varios años más, aunque cada vez que pasaba cerca de aquel lugar se persignaba y apretaba el paso.
Ahora le voy a contar algo que nunca le dije a nadie. Hace unos meses, mientras preparaba una sepultura, encontré una tumba abierta que yo mismo había cerrado la tarde anterior. No había señales de herramientas ni tierra amontonada alrededor, pero junto al hoyo descansaba un sombrero viejo, cubierto de lodo.
Revisé los registros del cementerio y descubrí que aquella sepultura pertenecía a un hombre enterrado hacía más de cien años. Lo extraño es que, según los documentos, nunca se encontró su cuerpo.
Desde entonces, algunas madrugadas escucho pasos entre las tumbas y una voz que me llama desde el fondo de la tierra.
La última vez dijo algo que todavía no consigo sacarme de la cabeza: “Sepulturero, apúrese con mi tumba, que ya no aguanto estar afuera”.
Fuente del texto:
Relatos de Terror