EL COLECTOR DE LOS AULLIDOS - TÚNEL DE SAN JUAN
Publicado en
octubre 19, 2026
Quito, ECUADOR.
Bajo las calles adoquinadas del centro de Quito corre una red olvidada de quebradas coloniales que fueron rellenadas y embauladas a lo largo de los siglos XIX y XX para expandir la ciudad. Una de las más profundas y temidas es la antigua quebrada de Ullaguanga-huaico (hoy bajo la zona de San Juan y el centro), un sistema de bóvedas de ladrillo y piedra donde el agua de lluvia baja desbocada desde las faldas del Pichincha.
A finales de la década de 1970, durante los trabajos de limpieza y mantenimiento de las bóvedas subterráneas tras una temporada de lluvias voraces, una cuadrilla de tres obreros municipales ingresó por una de las alcantarillas de hierro en la calle Rocafuerte. A mitad del recorrido, el canal sufrió una crecida repentina. Las cuadrillas en la superficie intentaron sacarlos con cuerdas, pero solo lograron recuperar la linterna de casco de uno de los trabajadores, aplastada y llena de un cieno negro y denso que no correspondía al agua de lluvia. Los tres hombres jamás salieron.
La leyenda cobra vida para los técnicos de alcantarillado, guardias nocturnos o caminantes solitarios que pasan cerca de las rejillas de ventilación de la calle Rocafuerte a partir de las 2:30 AM.
Estás caminando sobre el adoquín húmedo cuando el rugido habitual del agua que corre por los desagües subterráneos se apaga por completo. El silencio sobre la calle se vuelve aplastante y el aire al nivel del piso empieza a oler a humedad estancada, moho antiguo y hierro oxidado.
Desde el fondo de la alcantarilla metálica se empieza a escuchar el sonido rítmico de pies descalzos chapoteando sobre agua pesada: chlap... chlap... chlap... El sonido no se aleja, sube directamente por el conducto hacia la superficie.
Quien se inclina sobre la rejilla metálica para mirar hacia el fondo del pozo oscurecido, no verá agua. A solo unos centímetros por debajo de sus pies, iluminados por la luz tenue del poste de la calle, verá tres rostros pálidos e hinchados, pegados al hierro, con la boca desmesuradamente abierta exhalando un vapor helado.
En cuanto haces contacto visual con las caras, la trampa se activa. La Rejilla parece ceder bajo su peso y siente una atracción física y mental brutal hacia la oscuridad del hueco, mientras desde el fondo de la tierra surge un aullido gutural y unísono que ensordece y paraliza las piernas.
En noviembre de 2019, una patrulla de la Policía Nacional acudió a una llamada de emergencia en el sector de San Juan a las 3:45 AM. Un vecino afirmó haber escuchado aullar desesperadamente a una persona desde una rejilla de alcantarillado en una de las esquinas más empinadas del barrio.
Al llegar al sitio, los agentes encontraron la pesada tapa de hierro de la alcantarilla levantada desde el interior y desplazada a un costado de la vereda. Dentro del pozo de inspección, a unos cuatro metros de profundidad, hallaron una chaqueta de trabajador municipal de color naranja intenso —con el logotipo reflectante completamente intacto— enganchada en las varillas de hierro. Lo espeluznante fue que al llevar la prenda a peritaje, los registros confirmaron que pertenecía a uno de los obreros desaparecidos en la tragedia de los años 70, conservándose húmeda y con olor a tierra fresca como si hubiera sido abandonada minutos antes.
Los vecinos más antiguos de San Juan dicen que cuando llueve fuerte de madrugada en el Centro Histórico, no hay que acercarse a los desagües: si escuchas que alguien aplaude o llama desde las rejillas de la calle, apura el paso y no mires hacia el piso.
Fuente del texto: IA Gemini.