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    Si te gusta lo que ofrece el Blog, te invito a que nos ayudes a que siga funcionando y poder, además, agregar temas nuevos.

    Gracias por tu visita!

    PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.

    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    En cualquier parte del blog, cada tema tiene un "+", el cual, al darle click, te da la opción de elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar, elige dónde, y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar,
    selecciona la opción y luego la imagen.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Empecemos con los dos recuadros que se encuentran a mano izquierda.

    S: Permite guardar la publicación y el punto que suspendes la lectura de forma rápida. Esta misma opción la encontrarás en el MENU, la opción "Guardar Lectura". Cuando guardas una publicación por primera vez, aparece el mensaje: "Publicación y Punto Guardado". Cuando guardas el punto donde suspendes la lectura y anteriormente has guardado la publicación, aparece el mensaje "Punto Guardado".

    TEMAS: Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Veamos ahora lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: Misma opción del recuadro con la S que se encuentra sobre el recuadro de TEMAS. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó, cuando se guardó la publicación, se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S que se encuentra sobre el mismo. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación y el recuadro con la S.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 32 en 32.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    CICLO DE LA PUERTA DE LA MUERTE Vol.VII - LA SEPTIMA PUERTA (Margaret Weis & Tracy Hickman)

    Publicado el domingo, mayo 02, 2010
    CAPÍTULO 1
    ABRI EL LABERINTO
    Vasu se hallaba en lo alto de la muralla, silencioso y pensativo, mientras, a sus pies, las puertas de la ciudad de Abri se cerraban con estruendo. Amanecía, lo cual, en el Laberinto, sólo significaba que la negrura de la noche adquiría un tono grisáceo. Pero aquel amanecer era distinto de los demás. Era más glorioso... y más aterrador. Estaba iluminado por la esperanza y oscurecido por el miedo.
    Era un amanecer que descubría la ciudad de Abri, en el mismo centro del Laberinto, aún en pie y victoriosa tras una batalla terrible con sus más implacables enemigos.
    Era un amanecer tiznado del humo de las piras funerarias, un amanecer en el cual los vivos podían exhalar un suspiro trémulo y atreverse a esperar que la vida futura fuese mejor.
    Era un amanecer iluminado por un pálido fulgor rojizo en el lejano horizonte, un resplandor que resultaba estimulante, tonificante. Los patryn que guardaban las murallas de la ciudad volvían los ojos hacia aquella luminosidad extraña y sobrenatural, sacudían la cabeza y hacían comentarios en tonos graves y ominosos.
    —Eso no presagia nada bueno —decían con gesto sombrío.
    ¿Quién podía recriminarles su actitud sombría? Vasu, no. Él, que sabía lo que se avecinaba, desde luego que no. Pronto tendría que revelárselo y, con ello, hacer añicos la alegría de aquel amanecer.
    —Ese resplandor —tendría que decirle a su pueblo— es el fuego de la guerra.
    De la feroz batalla por el control de la Última Puerta. Las serpientes dragón que nos atacaron no fueron vencidas, como creísteis. Sí, matamos a cuatro de ellas; pero, por las cuatro que murieron, otras ocho han nacido. Y ahora atacan la Última Puerta con el propósito de cerrarla y de atraparnos a todos en esta espantosa prisión. «Nuestros hermanos, los que viven en el Nexo y los que están cerca de la Ultima Puerta, se enfrentan a ese mal y, por tanto, aún tenemos motivos para la esperanza. Pero los nuestros son pocos en número y el mal es vasto y poderoso.
    «Nosotros estamos demasiado lejos como para acudir en su ayuda. Demasiado lejos. Cuando llegáramos, si lográramos hacerlo con vida, sería demasiado tarde.
    Sí, tal vez sería demasiado tarde.
    »Y, una vez cerrada la Última Puerta, el mal en el Laberinto se hará más fuerte. Nuestro miedo y nuestro odio se volverán más intensos para compensarlo, y el mal se alimentará de ese miedo y de ese odio y se hará aún más poderoso.
    Todo era inútil, se dijo Vasu, y así debía decírselo al pueblo. La lógica, la razón, le decía que todo estaba perdido. Entonces, ¿por qué, allí de pie en la muralla, con la vista fija en el resplandor rojizo del cielo, sentía aún una esperanza?
    No tenía sentido. Exhaló un suspiro y sacudió la cabeza.
    Una mano lo tocó en el brazo.
    —Mira, dirigente. Han conseguido alcanzar el río.
    Al lado de Vasu, uno de los patryn había malinterpretado el suspiro, sin duda, creyendo que expresaba inquietud por la pareja que había abandonado la ciudad en la última hora de oscuridad previa al alba para emprender la búsqueda —arriesgada e inútil, probablemente— del dragón verde y dorado que había combatido por ellos en los cielos sobre Abri. El dragón verde y dorado que era el Mago de la Serpiente y que también era el sartán de andares torpes con nombre de mensch, Alfred.
    Y Vasu, era cierto, temía por ellos, pero también tenía esperanza. Aquella misma esperanza ilógica, irracional.
    Vasu no era un hombre de acción. Era un hombre de reflexiones, de imaginación. No tenía más que contemplar su cuerpo sartán, blando y rechoncho, para constatarlo. Debía reflexionar cuál había de ser el paso siguiente de su pueblo. Debía hacer planes y decidir cómo debían prepararse todos para lo inevitable. Debía contarles la verdad, pronunciar su discurso de desesperanza.
    Pero no hizo nada de ello. Se quedó en las murallas, siguiendo con la mirada al mensch conocido por Hugh la Mano y a Marit, la patryn.
    Se dijo que no volvería a verlos. Los dos se aventuraban en el Laberinto, peligroso en cualquier momento pero doblemente letal ahora que sus derrotados enemigos acechaban llenos de rabia a la espera de vengarse. El mensch y la patryn habían emprendido una misión desesperada y temeraria. No volvería a verlos más, y tampoco a Alfred, el Mago de la Serpiente, el dragón verde y dorado en cuya busca habían partido.
    Vasu continuó en la muralla y aguardó —con esperanza— su regreso.
    El Río de la Rabia, que fluía bajo los muros de la ciudad de Abri, estaba helado. Sus enemigos habían congelado sus aguas mediante hechizos. Las repulsivas serpientes dragón habían convertido el río en hielo para que sus tropas pudieran cruzar con más facilidad.
    Mientras descendía trabajosamente la pendiente sembrada de rocas de la ribera del río, Marit mostró una sonrisa ceñuda. La táctica de sus enemigos le sería de utilidad.
    Sólo había un pequeño problema.
    — ¿Dices que esto es obra de magia? —Hugh la Mano, que descendía la pendiente detrás de ella, se deslizó hasta detenerse junto a la placa de hielo negro y tanteó éste con la puntera de la bota—. ¿Cuánto tiempo durará el hechizo?
    Ése era el problema.
    —No lo sé —se vio obligada a reconocer Marit.
    —Ya—refunfuñó Hugh—. Me lo esperaba. Podría cesar cuando estuviéramos en el medio.
    —Podría —asintió Marit.
    La patryn se encogió de hombros. Si sucedía tal cosa, estarían perdidos. Las impetuosas aguas, de un negro intenso, los aspirarían, les helarían la sangre, arrastrarían sus cuerpos contra las rocas cortantes y, teñidas ya con la sangre, llenarían sus pulmones.
    — ¿No hay más remedio? —Hugh la Mano se había vuelto hacia ella y miraba fijamente los signos mágicos azules tatuados en su cuerpo. El mensch se refería, naturalmente, a la magia de la patryn.
    —Yo quizá podría transportarme a la otra orilla —respondió Marit. En realidad, no estaba segura de ello. La batalla del día anterior la había debilitado; el enfrentamiento con Xar, el Señor del Nexo, había tenido el mismo efecto en su espíritu—. Pero no sería capaz de llevarte conmigo.
    La patryn posó el pie sobre el hielo y notó cómo el frío le penetraba hasta el tuétano. Encajó las mandíbulas para evitar que le castañetearan los dientes, contempló la lejana orilla opuesta y añadió: —Sólo será una carrera corta. No nos llevará mucho tiempo.
    Hugh la Mano no dijo nada. Tenía la vista fija... no en la orilla, sino en el hielo.
    Y, entonces, Marit cayó en la cuenta. Aquel hombre, un asesino profesional que no temía a nada en su mundo, había encontrado en aquél algo que sí le causaba espanto: el agua.
    — ¿De qué tienes miedo? —preguntó en tono burlón, con la esperanza de picarlo en el amor propio si lo ridiculizaba—. No puedes morir...
    —Sí que puedo —la corrigió él—. Lo que no puedo es permanecer muerto. Y no me importa confesar, señora mía, que esta clase de muerte no me atrae en absoluto.
    —A mí, tampoco —replicó ella en tono mordaz, pero Hugh vio que había retirado rápidamente el pie del hielo; Marit no iba a ninguna parte.
    Ella hizo una profunda inspiración.
    —Sígueme o no; es cosa tuya.
    —En cualquier caso, no te soy de mucha utilidad —dijo él con acritud, al tiempo que abría y cerraba los puños—. No puedo protegerte ni defenderte... Ni siquiera puedo protegerme a mí mismo.
    Hugh no podía morir ni podía matar. Todas las flechas que disparaba erraban el blanco, todos los golpes que lanzaba quedaban cortos, todas las estocadas de su espada salían desviadas.
    —Yo puedo defenderme sola —respondió Marit—. Y puedo defenderte a ti, incluso. Pero te necesito conmigo porque conoces a Alfred mucho mejor que yo...
    —No, no es verdad —disintió él—. No creo que nadie conozca a Alfred. Ni siquiera él mismo. Haplo, tal vez, pero eso no nos sirve de mucho, ahora.
    Marit se mordió el labio y no dijo nada.
    —Pero has hecho bien en recordármelo, señora mía —continuó Hugh la Mano—. Si no encuentro a Alfred, esta maldición no acabará nunca. Vamos, acabemos con esto de una vez.
    Puso el pie en el hielo y dio unos pasos. Su movimiento, rápido e impetuoso, tomó por sorpresa a Marit. Antes de que se diera perfecta cuenta de lo que estaba haciendo, la patryn echó a andar apresuradamente tras él. El frío entumecedor se adueñó de ella y le provocó unos temblores incontrolables.
    El hielo era resbaladizo y traicionero, y Hugh y Marit se agarraron mutuamente en busca de apoyo; el brazo de él la salvó de más de un resbalón y el de ella lo sostuvo en varias ocasiones.
    Cuando estaban a media travesía, una grieta partió el hielo casi bajo sus pies con un sonido que taladraba los tímpanos. Un brazo y una mano peluda terminada en zarpas surgieron de las borboteantes aguas como si quisieran agarrarse a Marit.
    La patryn se llevó la mano a la empuñadura de la espada, pero Hugh la detuvo.
    —No es más que un cadáver.
    Marit se fijó mejor y vio que el mensch tenía razón. El brazo, fláccido, fue aspirado por la corriente casi de inmediato.
    —El hechizo está desvaneciéndose —anunció, irritada consigo misma—.
    Debemos darnos prisa.
    Con un suspiro, continuó la travesía, pero una fina capa de agua se extendía rápidamente sobre el hielo y lo volvía mucho más resbaladizo. Patinó y trató de asirse a Hugh, pero éste también había perdido el equilibrio. Los dos cayeron al hielo. A gatas sobre él, Marit se encontró mirando la horrible sonrisa y los ojos saltones de un lobuno muerto.
    El hielo negro se rompió justo entre sus manos. El lobuno salió a la superficie, pareció levantarse directamente hacia la patryn, y ésta retrocedió involuntariamente. Hugh la Mano la retuvo.
    —El hielo se está rompiendo —dijo con un chillido.
    Y estaban todavía a media docena de pasos de la orilla. Marit se arrastró hacia ella gateando, ya que no podía ponerse en pie. Tenía los brazos y las piernas doloridos de frío. Hugh se deslizó a su lado. Tenía la cara palidísima, la mandíbula apretada con tal fuerza que recordaba el hielo, los ojos desorbitados y la mirada perdida. Para él, nacido y criado en un mundo sin agua, perecer ahogado era la peor muerte imaginable y el terror casi le había hecho perder la razón.
    Pero estaban cerca de la orilla, cerca de la salvación.
    El Laberinto poseía una inteligencia maliciosa, una astucia malévola. Le permitía a su víctima un atisbo de esperanza, le permitía imaginar que alcanzaría a ponerse a salvo.
    La mano entumecida de Marit se agarró a un gran peñasco de los varios que bordeaban la ribera, pugnó por mantenerse asida con sus insensibles dedos y trató de incorporarse.
    El hielo cedió bajo sus pies y la sumergió hasta la cintura en el agua negra y espumosa. La mano resbaló de la roca. La corriente empezó a arrastrarla...
    Un empujón tremendo de unos brazos poderosos impulsaron a Marit hacia arriba y hacia la orilla. La patryn aterrizó violentamente y el golpe la dejó sin resuello. Se quedó tendida, jadeante, hasta que un barboteo y un grito hicieron que se volviera.
    En precario equilibrio sobre un témpano de hielo, Hugh se agarraba con una mano al tronco de un árbol achaparrado que sobresalía de la orilla. La Mano la había puesto a salvo y había conseguido asirse al árbol, pero las aguas embravecidas trataban de llevarse la placa de hielo en la que se sostenía. Intentó cogerse al árbol con las dos manos, pero la corriente era demasiado fuerte. La mano con que se asía empezaba a resbalar...
    Marit se arrojó materialmente sobre Hugh en el momento en que él perdía contacto. Los entumecidos dedos de la patryn lo agarraron por la espalda del chaleco de cuero y tiraron de él para sacarlo del río. Marit estaba de rodillas y el agua subía. Si fallaba, los dos se hundirían. Con desesperación, cerró las manos sobre el chaleco y tiró hasta casi arrancárselo. Con las rodillas hundidas en el fango, arrastró el pesado cuerpo del mensch hacia la orilla. Hugh era fuerte y colaboró cuanto pudo. Pataleó, buscó puntos de apoyo con las piernas, sin dejar de sacudirlas, y por fin consiguió arrastrarse hasta tierra firme.
    Allí se quedó, jadeando y tiritando de frío y de terror. Marit escuchó un retumbar sordo y miró río arriba. Un muro de agua negra teñida de espuma roja avanzaba, atronador, empujando a su paso enormes bloques de hielo.
    — ¡Hugh!
    El mensch levantó la cabeza y vio la monumental crecida. Se puso en pie, tambaleándose, y empezó a gatear pendiente arriba. Marit no estaba en condiciones de ayudarlo; apenas podía consigo misma. Al llegar a un terreno más firme y llano, se derrumbó en el suelo; casi ni se dio cuenta de que Hugh la Mano se dejaba caer también, cerca de ella.
    El río rugió de rabia al ver que se le escapaba la presa, o quizá sólo era obra de su imaginación. Marit relajó su acelerada respiración y tranquilizó el latir desbocado de su corazón. Después, alejó que la magia rúnica la calentara hasta librarla de aquel frío atroz.
    Pero no podía quedarse mucho rato allí tendida. El enemigo —caodín, lobuno u hombre tigre— debía de estar oculto en el bosque, observándolos. Echó un vistazo a los signos mágicos que llevaba tatuados en la piel, cuyo resplandor la advertía de la proximidad de un peligro. Tenía la piel ligeramente azulada, pero ello se debía al frío. Los signos mágicos estaban apagados.
    Esto debería haberla tranquilizado, pero no fue así. Resultaba ilógico. Sin duda, algunos de los que habían atacado la ciudad con tanta furia el día anterior debían de acechar todavía en las cercanías de la muralla, a la espera de la oportunidad de tomar por sorpresa a algún grupo de exploración.
    Pero las runas no despedían su fulgor mortecino; si acaso, muy, muy débilmente. Si había algún enemigo por los alrededores, andaba muy lejos y no estaba interesado en ella. Marit no acababa de entenderlo y no le gustaba.
    La misteriosa ausencia de enemigos la atemorizaba más que la visión de una jauría de lobunos.
    Esperanza. Cuando el Laberinto ofrecía esperanza a alguien, significaba que se disponía a arrebatársela.
    Se incorporó hasta ponerse en cuclillas, alerta y cauta. Hugh la Mano yacía en el suelo, hecho un ovillo y presa de temblores incontenibles.
    (En el Laberinto, las direcciones se basan en las «puertas», los hitos que indican cuánto ha progresado uno a través de dicho Laberinto. La primera puerta es el Vórtice. La ciudad de Abri está entre la primera y la segunda. Como las innumerables puertas del Laberinto están esparcidas por éste al azar, las direcciones dependen de dónde se encuentra uno, en un momento dado, en relación con la puerta siguiente.).
    Tenía el cuerpo contraído por los escalofríos y los labios amoratados, y los dientes le castañeteaban con tal violencia que se había mordido la lengua. De la comisura de sus labios manaba un reguero de sangre.
    Marit no sabía gran cosa de los mensch. ¿Era posible que el frío lo matara?
    Tal vez no, pero podía dejarlo débil o enfermo, y obligarla a hacer más lenta la marcha; moverse, caminar, lo ayudaría a calentarse. Pero antes tenía que ponerlo en pie.
    Recordó haber oído a Haplo decir que la magia rúnica podía curar a un mensch. Se arrastró a gatas hasta Hugh, cerró las manos en torno a las muñecas del hombre y dejó que la magia fluyera desde su cuerpo al de él.
    Los temblores cesaron. Poco a poco, una sombra de color volvió a sus pálidas facciones. Por último, con un suspiro, Hugh se quedó tumbado en el suelo boca arriba, cerró los ojos y dejó que el bendito calor se difundiera por su cuerpo.
    — ¡No te duermas! —lo previno Marit.
    Hugh acercó su sensible lengua a los dientes y lanzó un gemido, seguido de un gruñido.
    —En mi mundo de Ariano soñaba que, cuando fuera rico, chapotearía en agua. Tendría un gran tonel de agua delante de mi casa y me zambulliría en ella, la arrojaría por encima de mi cabeza. Ahora, en cambio —continuó con una mueca—, ¡que me lleven los antepasados si pruebo un sorbo siquiera del condenado líquido!
    Marit se incorporó.
    —No podemos quedarnos aquí, en terreno abierto. Tenemos que movernos, si te sientes capaz.
    Hugh se puso en pie al instante.
    — ¿Por qué? ¿Qué sucede?
    Observó los signos mágicos de los brazos y las manos de la patryn; había estado cerca de Haplo lo suficiente como para conocer los signos mágicos. Al verlos apagados, miró a Marit con aire inquisitivo.
    —No lo sé —respondió ella, con la mirada vuelta hacia el bosque—. No hay nada cerca, parece, pero... —Sacudió la cabeza, incapaz de explicar su inquietud.
    — ¿Por dónde vamos? —preguntó Hugh.
    Marit se quedó pensativa. Vasu había señalado el lugar donde había sido visto por última vez el dragón verde y dorado; es decir, Alfred. Quedaba en la dirección de la siguiente puerta, en el lado de la ciudad que daba a dicha puerta. Ella y Vasu habían calculado que la distancia podía cubrirse en medio día de viaje a pie.
    La patryn se mordió el labio. Tenía dos opciones. Una era entrar en la espesura, que les daría abrigo pero también los haría más vulnerables a sus enemigos, los cuales —si continuaban allí fuera— utilizarían sin duda los bosques para ocultar sus movimientos. La otra era quedarse junto a la orilla del río, a la vista de la ciudad. Durante un trecho más, cualquier enemigo que la atacara estaría al alcance de las armas mágicas que empuñaban los centinelas de las murallas de la ciudad.
    Marit decidió quedarse cerca del río, al menos hasta que la ciudad ya no pudiera brindarles protección. Para entonces, tal vez habrían encontrado un camino que los condujera hasta Alfred.
    Prefería no pensar cómo podía ser dicho camino.
    Hugh y Marit avanzaron con cautela a lo largo de la ribera. Las aguas del río, negras como la tinta, se agitaban y refunfuñaban en el cauce, rumiando sobre las indignidades que habían sufrido. Los dos expedicionarios tuvieron buen cuidado de no acercarse a la resbaladiza pendiente de la orilla, por un lado, y de evitar las sombras del bosque, por el otro.
    La espesura estaba en silencio. En un extraño silencio. Era como si todo ser viviente hubiera desaparecido...
    Marit se detuvo, enferma de angustia, al comprender qué sucedía.
    —Por eso no hay nadie por aquí —dijo en voz alta.
    — ¿Qué? ¿Por qué? ¿De qué estas hablando? —preguntó Hugh, alarmado por su brusca detención.
    La patryn señaló hacia el ominoso fulgor rojizo del horizonte.
    —Han acudido todos a la Última Puerta. Para participar en la lucha contra mi pueblo.
    —Buen viaje, pues —dijo la Mano. Pero Marit movió la cabeza en gesto de negativa—. ¿Por qué no? —Insistió Hugh—. ¿Se han marchado? ¡Estupendo!
    Según Vasu, la Ultima Puerta queda muy lejos de aquí. Ni siquiera esos hombres tigre podrán llegar allí a tiempo.
    —No lo entiendes —replicó Marit, abrumada de desesperación—. El Laberinto puede transportarlos. Puede llevarlos allí en un abrir y cerrar de ojos, si quiere.
    Todos nuestros enemigos, todas las malévolas criaturas del Laberinto... agrupadas para combatir a mi pueblo. ¿Cómo podremos sobrevivir?
    Estaba dispuesta a rendirse. Su misión parecía inútil. Aunque encontrara a Alfred con vida, ¿de qué serviría? Al fin y al cabo, Alfred era uno solo. Sí, era un mago muy poderoso, pero estaba solo.
    «Busca a Alfred», le había dicho Haplo. Pero éste no podía saber cuan desfavorables eran las circunstancias para ellos. Y, ahora, Haplo había desaparecido, tal vez muerto. Y el Señor Xar, también.
    Su señor, al que debía lealtad. Marit se llevó la mano a la frente. El signo mágico que Xar le había tatuado en la piel, el signo que había sido muestra del amor y la confianza ciega que ella le profesaba, escocía a Marit con un dolor sordo y pulsante. Xar la había traicionado. Peor aún: parecía haber traicionado a su pueblo.
    Xar era lo bastante poderoso como para resistir la acometida de los seres maléficos. Su presencia habría inspirado a su pueblo; su magia y su astucia habrían proporcionado a los suyos una posibilidad de victoria.
    Pero Xar les había vuelto la espalda...
    —Nos ha abandonado a nuestra suerte. Xar... ¡Xar no haría una cosa así! No, no puedo creerlo — usitó Marit para sí—. Se marchó..., se llevó con él a Haplo...
    ¡para curarlo! ¡Sí, eso es! ¡Mi señor curará a Haplo y, luego, los dos volverán para combatir a nuestro lado!
    Pensándolo bien, era lógico. Xar había retirado a Haplo a un lugar seguro.
    Mientras tanto, a ella le correspondía la tarea de localizar a Alfred. ¡Cuando estuvieran todos juntos allí, ante la Ultima Puerta, nada podría derrotarlos!
    Marit se apartó los cabellos mojados de la frente con gesto enérgico. Con la misma resolución, apartó de su mente todo lo que no tuviera relación con su problema más inmediato. Había olvidado una lección importante: no mirar nunca demasiado lejos. Lo que una veía podía ser un espejismo. Era preciso mantener la vista fija en la senda que se pisaba.
    Y allí estaba. El rastro.
    Marit se maldijo. Había estado tan preocupada que casi había pasado por alto lo que estaba buscando. Hincó la rodilla, recogió un objeto del suelo con cuidado y lo sostuvo en alto para que Hugh lo viera.
    Era una escama, una escama lustrosa. Una de las varias, verdes y doradas, esparcidas en el camino.
    Junto a ellas había grandes gotas de sangre fresca.
    CAPÍTULO 2
    EL LABERINTO
    — ¿Una escama de dragón? ¿Qué significa? —preguntó Hugh la Mano.
    —Según Vasu, la última vez que vio a Alfred..., al dragón Alfred, caía de los cielos herido y ensangrentado. —Marit dio vueltas y mas vueltas a la escama verde en la palma de la mano.
    —Había muchos dragones luchando —protestó Hugh.
    —Pero los dragones del Laberinto tienen las escamas rojas, no verdes. No; éste tiene que ser Alfred.
    —Lo que tú digas, pero yo no le daría crédito. ¡Un hombre que se transforma en dragón! —exclamó Hugh con un bufido.
    —El mismo hombre que te trajo de vuelta de entre los muertos —le recordó Marit secamente—. Vamos.
    El rastro de sangre, lamentablemente fácil de seguir, se internaba en el bosque. Encontraron gotas brillantes sobre la hierba y salpicando las hojas de los árboles. En ocasiones, una espesura de arbustos espinosos o un tupido seto los obligaba a dar un rodeo, pero siempre podían encontrar de nuevo el sendero fácilmente. Demasiado fácilmente. El dragón, Alfred, había perdido mucha sangre.
    —Si ese dragón es Alfred, ¿por qué se aleja de la ciudad? _preguntó Hugh mientras salvaba un tronco caído encaramándose a él—. Si está herido de tal gravedad, lo razonable sería volver a la ciudad en busca de ayuda.
    —En el Laberinto, las madres suelen alejarse de su refugio para apartar de sus hijos al enemigo. Creo que eso mismo hace Alfred. Por eso no ha volado hacia la ciudad. Alguien lo perseguía y Alfred ha desviado deliberadamente a su enemigo para que no encuentre a los míos. ¡Cuidado! ¡No te acerques a eso! —Marit asió a Hugh y evitó que se adentrara en una maraña de hojas verdes de aspecto inocuo— . Es una hiedra sofocante. Si se enreda en el tobillo, corta hasta el hueso. Te quedarías sin pie izquierdo.
    —En buen lugar nos hemos metido, mi señora —murmuró Hugh al tiempo que retrocedía—. Esta condenada hiedra está por todas partes. No hay manera de rodearla.
    —Tendremos que subir.
    Marit se encaramó a un árbol y trepó de rama en rama.
    Hugh la Mano la siguió, más lento y más torpe. Sus pies casi rozaron la amenazadora planta, cuyas hojas verdes y florecillas blancas se agitaron y crujieron debajo de él.
    Marit señaló con aire sombrío los restos de sangre que manchaban el tronco.
    Hugh emitió un gruñido y no dijo nada.
    La patryn regresó al suelo al otro lado del macizo de enredaderas y se frotó la piel. Los signos mágicos habían empezado a emitir un leve resplandor, advirtiéndola de algún peligro. Al parecer, no todos sus enemigos habían corrido a la Última Puerta para librar batalla. Marit continuó su avance con más urgencia y más cautela.
    Al emerger de una zona de tupida vegetación, se encontró de pronto, inesperadamente, en un calvero del bosque.
    — ¡Échale un vistazo a esto! —Hugh emitió un silbido grave. Marit miró, asombrada.
    En el bosque se había abierto un amplio surco de destrucción. El suelo estaba cubierto de arbolillos rotos cuyas ramas, quebradas y torcidas, pendían de los troncos hechos pedazos. Las hierbas y los arbustos estaban aplastados en el fango. El terreno estaba sembrado de ramitas y de hojas. Por toda la zona había esparcidas escamas verdes y doradas que brillaban como joyas bajo el amanecer grisáceo.
    Algún cuerpo escamoso de gran tamaño había caído del cielo y se había estrellado entre los árboles. Alfred, sin duda.
    Pero ¿dónde estaba ahora?
    —Puede que se lo haya llevado alguna... —empezó a decir Marit.
    — ¡Chist!
    Hugh acompañó su advertencia con un gesto enérgico; tomó de la muñeca a la patryn y tiró de ella para que se cubriera entre los arbustos.
    Marit se agachó, se quedó completamente quieta y aguzó el oído para captar el sonido que había llamado la atención del mensch.
    El silencio del bosque era interrumpido de vez en cuando por la caída de una rama, pero no escuchó nada más. Demasiado silencio. Marit miró a Hugh con expresión inquisitiva. Él acercó el rostro y le cuchicheó al oído:
    — ¡Voces! Juro que he oído algo que podría ser una voz. Ha callado cuando tú has hablado.
    Marit asintió. Ella no había hablado en voz muy alta; fuera lo que fuese, debía de estar cerca. Y tenía un oído muy agudo.
    Paciencia. Se aconsejó a sí misma tener calma y esperar a que el desconocido peligro se concretara. Casi sin respirar, ella y Hugh esperaron los acontecimientos.
    Entonces oyeron la voz. Hablaba con un sonido chirriante, horrible al oído, como el rechinar de los bordes mellados de unos huesos rotos. Marit se estremeció e incluso Hugh la Mano se acobardó. Su rostro se contrajo de repulsión.
    — ¿Qué...?
    — ¡Un dragón! —susurró la patryn, helada de espanto.
    Ésa era la causa de que Alfred no hubiera vuelto a la ciudad. Lo perseguía y, probablemente, lo había atacado la criatura más temible del Laberinto.
    Las runas de su cuerpo resplandecían ahora con intensidad, y Marit reprimió el impulso de dar media vuelta y escapar.
    Una de las leyes del Laberinto decía que no se debía plantar batalla a un dragón rojo a menos que se estuviera arrinconado y no se tuviera escapatoria. En este caso, uno sólo se volvía contra el dragón para obligar a éste a darle muerte rápidamente.
    — ¿Qué dice? —Preguntó Hugh—. ¿Consigues entenderlo?
    Marit asintió, espantada.
    El dragón hablaba en el idioma de los patryn. Marit tradujo sus palabras a Hugh.
    —No sé qué eres —decía el dragón—. Nunca había visto nada como tú. Pero me propongo descubrirlo. Y necesito un momento de tranquilidad para estudiarte.
    Para desmontarte.
    — ¡Maldita sea! —Masculló Hugh—. ¡Sólo de oír a esa cosa me dan ganas de mearme en los pantalones! ¿Crees que todo eso se lo dice a Alfred?
    Marit asintió. Sus labios se apretaron hasta convertirse en un fino trazo.
    Sabía qué debía hacer; sólo deseaba tener el valor necesario para ello. Se frotó el brazo para calmar el escozor de los signos mágicos de protección, que despedían su fulgor azulado y rojo, y, haciendo caso omiso de sus advertencias, empezó a avanzar a hurtadillas hacia la voz utilizando el sonido atronador de ésta para cubrir sus propios movimientos entre la espesura. Hugh la Mano siguió sus pasos.
    Estaban a favor de viento con respecto al dragón, de modo que la bestia no podría captar el olor que despedían. Marit sólo deseaba echar un vistazo a la criatura para comprobar si realmente había capturado a Alfred. Si no era así —y tal era la ferviente esperanza de la patryn—, podría por fin obedecer al sentido común y escapar de allí.
    No era vergonzoso huir de un enemigo tan poderoso. El único patryn que Marit conocía que hubiera luchado contra un dragón del Laberinto y hubiese sobrevivido era su señor, Xar, y él nunca hablaba del lance; cuando surgía alguna mención al tema, su rostro se ensombrecía.
    — ¡Que los antepasados se apiaden...! —musitó Hugh.
    Marit le apretó la mano para exigirle silencio. Desde aquel punto, podían observar claramente al dragón. Las esperanzas de Marit desaparecieron.
    Apoyado contra el tronco de un árbol roto, de pie, había un hombre alto y delgaducho de cabeza calva —manchada de sangre—, vestido con los restos hechos jirones de lo que un día habían sido unos calzones y una levita de terciopelo. Cuando lo habían visto durante la batalla, estaba en forma de dragón.
    Y, a juzgar por la destrucción que habían observado en el bosque, aún seguía en dicha forma cuando se había estrellado de cabeza contra el suelo.
    Pero ahora ya no conservaba su forma de dragón. O bien estaba demasiado débil como para mantener su transformación mágica o, tal vez, su enemigo había utilizado su propia magia para poner de manifiesto la verdadera apariencia del sartán.
    Alfred estaba consciente, algo insólito si se tenía en cuenta que su primera reacción ante cualquier clase de peligro era caer desmayado. Incluso conseguía plantar cara a su terrible enemigo con cierta dosis de dignidad pese a tener un brazo roto y a la expresión, contraída de dolor, de su ceniciento rostro.
    El dragón se cernió sobre su presa. La testuz de la bestia era enorme, chata y redondeada, con hileras de dientes afilados como cuchillas que sobresalían de la mandíbula inferior. Sostenida sobre un cuello que, en comparación, parecía demasiado delgado, la cabeza se mecía adelante y atrás en un movimiento oscilante y constante que a veces dejaba hipnotizada a su desdichada víctima. Dos ojillos vivos, a ambos lados de la cabeza, se movían independientemente. Los ojos podían enfocar en cualquier dirección, incluso hacia adelante o hacia atrás, lo cual permitía al dragón ver todo lo que tenía alrededor.
    El par de patas delanteras, fuertes y potentes, poseía unas «manos» como zarpas que podían agarrar objetos y transportarlos por el aire. De los hombros brotaban unas alas enormes y las patas traseras, también muy musculosas, servían al dragón para tomar impulso y despegar del suelo.
    Sin embargo, la parte más mortífera de la bestia era la cola. El apéndice del dragón rojo se enroscaba sobre el cuerpo o se agitaba en torno a él. En el extremo tenía un aguijón bulboso que inyectaba veneno en la víctima. Un veneno que podía matarla o, en pequeñas dosis, dejarla paralizada.
    La cola se agitó alrededor de Alfred.
    —Quizá te escueza un poco —tronó el dragón—, pero esto te mantendrá dócil durante nuestro viaje de regreso a mi cueva.
    La punta del aguijón abrió un corte superficial en la mejilla de Alfred. Con un chillido, el cuerpo de éste dio una brusca sacudida. Marit apretó los puños con fuerza, hasta clavarse las uñas en la carne. A su lado, alcanzó a oír la respiración entrecortada de Hugh.
    — ¿Qué hacemos? —consiguió articular éste, al tiempo que se pasaba el revés de la mano por los labios. El mensch tenía el rostro bañado en sudor.
    Marit volvió la vista al dragón. Un Alfred fláccido y que no ofrecía resistencia colgaba de las zarpas delanteras de la bestia. El dragón transportaba a su presa descuidadamente, como un chiquillo llevaría una muñeca de trapo.
    Por desgracia, el infeliz sartán seguía consciente, con los ojos muy abiertos y casi desorbitados de miedo. Esto era lo peor del veneno del dragón: que mantenía a la víctima paralizada pero consciente, de modo que se diera cuenta de todo lo que le hacía.
    —Nada —respondió Marit en un susurro.
    — ¡Pero tenemos que actuar de alguna manera! —Hugh le dirigió una mirada enfurecida—. ¡No podemos permitir que escape...!
    Marit tapó la boca a Hugh con la mano. El mensch había cuchicheado sus palabras apenas en un susurro, pero la enorme cabeza del dragón se volvió hacia ellos rápidamente y sus ojos escrutaron el bosque.
    La ominosa mirada recorrió la zona en la que estaban; después, se dirigió hacia otro lado. El dragón continuó la búsqueda un rato más hasta que, quizá perdiendo interés, emprendió la marcha.
    Y lo hizo por tierra. Marit recobró la esperanza.
    El dragón avanzaba caminando, no volando. Había empezado a desplazar su enorme mole por el bosque transportando a Alfred entre sus zarpas. Y, una vez que la bestia se había vuelto hacia ella, Marit había advertido que la terrible criatura estaba herida. No de mucha gravedad, pero lo suficiente como para impedirle remontar el vuelo. Una de las alas tenía la membrana desgarrada, con un gran agujero en el centro.
    Era un punto en favor de Alfred, se dijo Marit en silencio. Después, emitió un suspiro. Aquella herida no haría sino enfurecer aún más al dragón. Seguro que mantendría vivo a Alfred mucho, muchísimo tiempo.
    Y seguro que a Alfred no le haría ninguna gracia.
    Marit se quedó inmóvil y en silencio hasta que el dragón estuvo a suficiente distancia como para no alcanzar a verlos o a oírlos. Mientras tanto, cada vez que Hugh intentaba decir algo, ella fruncía el entrecejo y movía la cabeza en gesto de negativa. Cuando la patryn ya no pudo captar el estruendo del dragón al abrirse paso a través del bosque, se volvió hacia él.
    —Los dragones tienen un oído excelente, recuérdalo. Por poco consigues que nos mate.
    — ¿Y por qué no lo hemos atacado? —Quiso saber Hugh—. ¡La condenada bestia está herida! Con tu magia... —hizo un gesto con la mano, demasiado furioso como para terminar la frase.
    —Con mi magia no habría conseguido nada de nada —replicó Marit—. Esos dragones tienen su propia magia y es mucho más poderosa que la mía... aunque, probablemente, ni siquiera se habría molestado en utilizarla. Ya viste ese aguijón.
    La bestia mueve la cola con una rapidez vertiginosa y pica como un rayo. Un toque de ese apéndice venenoso deja a su víctima paralizada e impotente, como a Alfred.
    — ¿Entonces, qué? ¿Nos rendimos? —Hugh le dirigió una mirada torva.
    —No, nada de eso —respondió Marit. De inmediato, se volvió de espaldas al mensch para que éste no pudiera ver su expresión, para que no observara lo maravillosa que le sonaba la palabra «rendirse». Con gesto resuelto, empezó a abrirse paso entre los árboles de troncos astillados y los matorrales y hierbas aplastados.
    —Lo seguiremos. El dragón ha dicho que se proponía llevar a Alfred a su cueva. Si conseguimos descubrir el cubil de la bestia, tal vez logremos dar con la manera de rescatar al sartán.
    — ¿Y si mata a Alfred mientras va de camino?
    —No lo hará —afirmó Marit. Si de algo estaba segura, era de esto—. Los dragones no matan a sus presas enseguida. Las mantienen vivas para entretenerse.
    El rastro del dragón era fácil de seguir. La criatura aplastaba cuanto se interponía en su camino, sin desviarse un ápice de una ruta recta a través del bosque. Árboles gigantes eran arrancados de raíz con un golpe de su cola poderosísima. Arbustos y matorrales eran aplastados por las grandes patas traseras. La hiedra sofocante, que trataba de enredar sus zarcillos cortantes en torno al dragón, advertía demasiado tarde lo que había atrapado. Las enredaderas quedaban en el suelo, ennegrecidas y humeantes.
    Hugh y Marit continuaron avanzando tras la estela de destrucción del dragón.
    La marcha resultaba ahora mucho más fácil, pues el dragón les despejaba el camino con toda eficacia. Con todo, Marit insistió en mantener la máxima cautela, aunque Hugh protestó. No era probable, decía, que el dragón alcanzara a oírlos, con el estruendo que producía. Y, cuando la criatura cambió de dirección y empezó a viajar a favor de viento, Marit se detuvo a embadurnarse de fango pestilente en una ciénaga y obligó a Hugh a imitarla.
    —Una vez vi a un dragón destruir un asentamiento de pobladores —explicó Marit mientras se aplicaba el fango en los muslos y dejaba que resbalase por las pantorrillas—. La bestia era muy lista. Podría haber atacado el asentamiento, haberlo quemado y haber matado a sus habitantes, pero poca diversión le habría proporcionado eso. Así, en lugar de arrasarlo todo, capturó vivos a dos patryn, jóvenes y fuertes. A continuación, procedió a torturarlos.
    «Todos oímos sus gritos, unos alaridos terribles que se prolongaron durante dos días. Entonces, el dirigente decidió atacar al dragón para rescatar a los suyos... o, al menos, para poner fin a sus sufrimientos. Haplo estaba conmigo — continuó, sin abandonar el tono susurrante—. Nosotros conocíamos mejor a los dragones rojos y le dijimos al dirigente que cometía una estupidez, pero no quiso hacernos caso. Provistos de armas potenciadas con la magia, los guerreros emprendieron la marcha hacia la guarida de la fiera.
    »E dragón salió de la cueva llevando los cuerpos aún vivos de sus víctimas, uno en cada zarpa. Los guerreros dispararon sus flechas contra el dragón. Unas flechas, dirigidas por las runas, que no podían fallar su blanco. Pero el dragón perturbó las runas con su propia magia; ésta no detuvo las flechas, sino que se limitó a aminorar su velocidad. Luego, atrapó los dardos... utilizando a los dos prisioneros como acericos.
    »Una vez muertos, el dragón arrojó los cuerpos a sus compañeros. Para entonces, algunas de las flechas habían alcanzado su objetivo. El dragón herido se incomodó y lanzó un latigazo con la cola, tan veloz que los guerreros no tuvieron ocasión de escapar. Picó a uno aquí, otro allá, otro más acullá, moviéndose aquí y allá entre las filas de los patryn. Cada vez que tocaba a alguien, provocaba alaridos de terrible dolor. El desgraciado empezaba a convulsionarse hasta caer al suelo, agarrotado e incapacitado.
    »E dragón cogió a sus nuevas víctimas y las arrojó al interior de su cueva.
    Más diversión para él. Todos los escogidos eran jóvenes y fuertes. El dirigente se vio obligado a retirar sus fuerzas; en su intento de salvar a los dos primeros, había perdido más de veinte de sus guerreros. Haplo le recomendó que desmontara el asentamiento y llevara lejos a su gente, pero el dirigente casi había perdido por completo el juicio y prometió rescatar a los que el dragón había capturado en su anterior intento.
    Marit interrumpió bruscamente la narración para ordenar:
    —Vuélvete. Te embadurnaré la espalda.
    Hugh obedeció y permitió a Marit esparcirle el barro pestilente por la espalda y los hombros.
    — ¿Qué sucedió entonces? —inquirió la Mano con voz áspera.
    La patryn se encogió de hombros.
    —Haplo y yo decidimos que era hora de irse. Más tarde, encontramos a uno de los residentes del asentamiento, uno de los escasos supervivientes; nos contó que el dragón había prolongado el juego durante una semana, saliendo de la cueva para luchar, capturar nuevas víctimas y pasarse las noches torturándolos hasta la muerte. Por último, cuando no quedó nadie salvo los demasiado enfermos o demasiado pequeños como para proporcionarle entretenimiento, la bestia había arrasado el lugar.
    Supongo que ahora lo comprendes, ¿no? Un ejército entero de guerreros patryn no podría derrotar a uno solo de esos dragones. ¿Te das cuenta de a qué nos enfrentamos?
    Hugh no respondió de inmediato. Continuó aplicándose fango a brazos y manos y, cuando hubo terminado, preguntó:
    — ¿Qué plan tienes, pues?
    —El dragón tiene que comer, lo cual significa que tendrá que salir a cazar...
    —A menos que decida zamparse a Alfred.
    Marit movió la cabeza enérgicamente.
    —Los dragones rojos no se comen a sus víctimas. Sería desperdiciar una buena diversión. Además, éste está tratando de averiguar qué es Alfred. El dragón no ha visto nunca a un sartán. No; me temo que mantendrá a Alfred con vida...
    más tiempo, probablemente, del que a éste le gustaría. Cuando la bestia abandone la cueva para alimentarse, nos colaremos en ella y rescataremos a Alfred.
    —Si queda algo por rescatar —murmuró Hugh.
    Marit no replicó.
    Continuaron adelante, siguiendo el rastro del dragón, que los condujo a través del bosque alejándolos de la ciudad en dirección a la siguiente puerta. El terreno empezó a empinarse cuando llegaron alas estribaciones de las montañas.
    Llevaban viajando todo el día, sin detenerse más que a comer lo imprescindible para mantener las fuerzas y a beber un poco cuando encontraban un regato de agua clara.
    La luz grisácea del día estaba menguando. Las nubes llenaron el cielo y descargaron una lluvia que Hugh consideró una bendición, pues así podría librarse del fango.
    La lluvia también fue una bendición en otro sentido. Habían dejado atrás el bosque tupido y en aquel momento ascendían una ladera pelada, salpicada de rocas y peñascos, que no les permitía ocultarse; la cortina de lluvia les proporcionaba, por tanto, la protección que les faltaba.
    Mientras hubiera suficiente luz para iluminar el terreno, no tendrían problemas para seguir el rastro del dragón, cuyas patas se clavaban en la pendiente arrancando de ella grandes masas de tierra y roca. Pero estaba cayendo la noche.
    ¿Qué haría el dragón? ¿Buscar cobijo para pasar la noche, quizás en una cueva de las montañas? ¿O continuar la marcha hasta alcanzar su cubil? Y ellos ¿debían continuar la marcha una vez oscurecido?
    Discutieron el asunto.
    —Si nos detenemos y el dragón no lo hace —argumentó Hugh—, por la mañana nos llevará una ventaja tremenda.
    —Lo sé —asintió Marit, dubitativa, con aire meditabundo.
    Hugh la Mano esperó a que añadiera algo. Cuando quedó claro que no iba a hacerlo, se encogió de hombros y continuó hablando.
    —Yo renuncio a seguir la pista. Ya he estado en situaciones como ésta otras veces; normalmente, me baso en lo que conozco de la persona a la que sigo, intento ponerme en su lugar e imaginar qué haría. Pero estoy acostumbrado a seguir a personas, no bestias. Ésas te las dejo a ti, señora mía.
    —Continuaremos —decidió ella—. Seguiremos el rastro con la luz de mis runas. —El resplandor mortecino de los signos mágicos de su piel iluminó levemente el suelo—. Pero tenemos que avanzar despacio. Debemos andar con cuidado, no vayamos a tropezar sin querer con su guarida, en la oscuridad. Si el dragón nos oye llegar... —sacudió la cabeza—. Recuerdo que, una vez, Haplo y yo...
    No continuó. ¿Por qué mencionaba a Haplo continuamente? El dolor que le producía aquel nombre era como una zarpa de dragón en el corazón.
    Hugh se sentó a descansar y a mascar unas tiras de carne seca. Marit mordisqueó las suyas sin apetito. Cuando se dio cuenta de que no podría tragar la masa pastosa e insulsa, la escupió. No debía pensar más en Haplo; no debía pronunciar su nombre. Era como las runas: al invocar el nombre, evocaba una imagen que la distraía en un momento en que necesitaba concentrar todas sus facultades en el problema más inmediato.
    Cuando Xar se lo había llevado, Haplo agonizaba. Marit cerró los ojos y vio de nuevo la herida letal, la runa del corazón desgarrada, rota. Xar podía salvarlo. ¡Sí, seguro que Xar lo salvaría! Xar no lo dejaría morir...
    Marit se llevó la mano a la frente, al signo mágico desbaratado que tenía en ella. La patryn sabía muy bien de qué era capaz el Señor del Nexo. Era inútil engañarse. Recordó la cara de Haplo, su perplejidad y el dolor de su expresión cuando había sabido que ella y Xar estaban aliados. En aquel momento, Haplo se había entregado. Sus heridas eran demasiado profundas como para permitirle sobrevivir. Y la había dejado a ella al cuidado de todo cuanto tenía: su pueblo.
    Una mano se cerró sobre las suyas.
    —Haplo se pondrá bien, señora mía. —Hugh, poco acostumbrado a ofrecer consuelo, se esforzó torpemente en hacerlo—. Es un tipo duro.
    Marit contuvo las lágrimas con un pestañeo. La irritaba que el mensch la hubiera sorprendido en aquel momento de debilidad.
    —Tenemos que continuar —respondió fríamente. Se puso en pie y reanudó la marcha, dando por supuesto que él la seguiría.
    La lluvia había cesado momentáneamente, pero las nubes bajas que ocultaban a la vista las cimas de las montañas eran anuncio de nuevos chaparrones, y una lluvia fuerte podía borrar por completo las huellas del dragón.
    Marit se encaramó a un peñasco y escrutó la ladera con la esperanza de distinguir al dragón antes de que cayera la noche. Sin embargo, el apagado resplandor rojizo que iluminaba el perfil del horizonte captó su atención de nuevo, y la patryn volvió la vista hacia allí con profunda fascinación.
    ¿Qué era aquel resplandor? ¿Era un gran incendio provocado por las serpientes dragón con la intención de que sirviese de faro para atraer a la batalla a todas las criaturas maléficas? ¿Estaría en llamas la propia ciudad del Nexo? ¿O tal vez se trataba de algún tipo de defensa mágica establecida por los patryn, algún círculo de fuego para protegerse de sus enemigos?
    Si la Última Puerta caía, quedarían atrapados. Atrapados en el Laberinto con unas criaturas peores que los dragones rojos, unas criaturas cuyo malévolo poder se haría más y más fuerte.
    Haplo agonizaba creyendo que ella no lo amaba.
    —Marit.
    Sobresaltada, la patryn se volvió demasiado deprisa y estuvo a punto de caer del peñasco.
    Hugh la ayudó a sostenerse y señaló hacia arriba:
    — ¡Mira! —Ella obedeció, pero no observó nada—. Espera. Deja que pasen las nubes. ¡Ahí está! ¿Lo ves?
    Las nubes se levantaron unos instantes y Marit vio al dragón, que avanzaba por la ladera en dirección a una gran abertura oscura en un farallón rocoso de la montaña.
    Y al momento cayó de nuevo la niebla y ocultó al dragón. Cuando despejó otra vez, la bestia había desaparecido.
    Habían encontrado la guarida del dragón rojo.
    CAPÍTULO 3
    EL LABERINTO
    Pasaron la noche escalando la ladera, sin dejar de oír los alaridos de Alfred.
    Los gritos no habían sido constantes. Al parecer, el dragón concedía a su víctima ratos para descansar y recuperarse. Durante estas pausas se dejaba oír la voz del dragón desde la caverna, tronando palabras sólo inteligibles en parte.
    Estaba describiendo a su víctima, con todo detalle, el tormento concreto que se proponía infligirle a continuación. Peor aún, la bestia estaba destruyendo la esperanza de Alfred, lo estaba privando de su voluntad de supervivencia.
    —Abri... escombros —eran algunas de las palabras del dragón—. Su gente...
    muerta... lobunos y nombres tigres al asalto...
    —No —musitó Marit—. Lo que dice es falso, Alfred. No creas a esa bestia.
    Resiste..., resiste.
    En cierto momento, el silencio de Alfred se prolongó más de lo habitual. El dragón parecía irritado, como quien intentara despertar a alguien profundamente dormido.
    —Ha muerto... —susurró Hugh.
    Marit no dijo nada y continuó la ascensión. Y, cuando el silencio de Alfred ya se había prolongado lo suficiente como para casi convencerla de que la Mano estaba en lo cierto, captó un gemido grave y suplicante —la súplica de piedad de la víctima— que subió de tono hasta convertirse en un agudo chillido de tormento, un grito acompañado de la voz cruel y triunfal del dragón. Al escuchar de nuevo los alaridos de Alfred, los dos continuaron la marcha.
    Un estrecho sendero serpenteaba a lo largo de la ladera en dirección a la cueva, la cual, sin duda, había sido utilizada como refugio por buena parte de la población del Laberinto a lo largo de los años... hasta que el dragón se había instalado en ella. El sendero no era difícil, ni siquiera bajo el chaparrón, por lo que el temor de Marit de que la oscuridad le hiciese perder el rastro del dragón había sido infundado. En su impaciencia por llegar a su cubil, el dragón herido había apartado de su camino peñas y árboles ralos. Las gigantescas patas de la bestia abrían profundos surcos en el suelo, que formaban unos toscos escalones.
    A Marit no le gustaba demasiado toda aquella «ayuda». Tenía la clara impresión de que el dragón sabía que lo seguían y estaba encantado de hacer lo posible por atraer nuevas víctimas a las que dar tormento.
    Pero a la patryn no le quedaba más remedio que continuar. Y, si en algún momento desesperó, si pensó en darse por vencida y volverse por donde había venido, el resplandor rojizo del horizonte, siempre entrevisto por el rabillo del ojo, la impulsó a seguir adelante.
    Hacia medianoche, hicieron un alto. Estaban todo lo cerca de la cueva que Marit estimó seguro. Buscó alguna depresión poco profunda del terreno que al menos les ofreciera cierto abrigo de la lluvia, gateó hasta el hueco e indicó por señas a Hugh que la siguiera.
    El mensch no lo hizo. Permaneció agachado junto al estrecho saliente que conducía montaña arriba hasta la oscura boca de la guarida del dragón. Al fulgor mortecino de las runas de su piel, Marit observó su rostro contraído por el odio y la ferocidad. Acababa de caer uno de aquellos silencios ominosos y terribles, tras una sesión de tortura especialmente larga.
    — ¡Hugh! ¡No podemos seguir! —susurró—. Es demasiado peligroso. ¡Tenemos que esperar a que salga el dragón!
    Un buen plan, si no fuera porque los gritos de Alfred se hacían cada vez más débiles.
    La Mano no la escuchaba. Alzó la vista al farallón rocoso y entrecerró los ojos y en un cuchicheo apasionado, reverente, masculló:
    — ¡Aceptaría llevar esta malhadada existencia para siempre si pudiera, sólo por esta vez, tener la capacidad de matar!
    Odio. Marit conocía bien aquel sentimiento y sabía lo peligroso que podía resultar. Alargó el brazo, asió al mensch y lo atrajo con energía al hueco donde estaba agazapada.
    — ¡Escúchame, mensch! —susurró, dirigiéndose tanto a ella misma como a él—. ¡Eso es precisamente lo que el dragón quiere que sientas! ¿No recuerdas lo que te he dicho? La bestia hace esto a propósito; pretende torturarnos a nosotros tanto como a Alfred. Quiere que irrumpamos en la cueva y ataquemos de frente.
    Por eso no vamos a hacerlo. Vamos a esperar aquí hasta que salga o hasta que se nos ocurra otra cosa.
    Hugh le dirigió una mirada furiosa y, por un momento, Marit pensó que iba a desafiarla. Podía detenerlo, por supuesto. Era un hombre fuerte, pero era un mensch, carente de facultades mágicas y, por lo tanto, débil en comparación con ella. Sin embargo, no quería llegar a la fuerza. Una demostración de magia alertaría al dragón de su presencia, si no lo estaba ya. Además, el mensch portaba aquella maldita arma sartán...
    Hizo una profunda inspiración y relajó la mano con la que asía a Hugh. Éste se acurrucó en el estrecho espacio a su lado.
    — ¿Qué? ¿Has pensado en algo?
    —Después de todo, quizá te deje irrumpir abiertamente. Esa Hoja Maldita...
    ¿Todavía la llevas?
    —Sí, tengo ese maldito engendro. Es como esta maldita vida mía... Parece que no puedo librarme de ninguna de las dos... —Hugh calló un momento; la sugerencia había calado en su mente—. ¡El arma podría salvar a Alfred!
    —Tal vez. —Marit se mordió el labio—. Es un arma poderosa, pero no estoy segura de que un objeto mágico como ése pueda resistir a un dragón rojo. Al menos, la Hoja Maldita podría proporcionarnos tiempo; podría servirnos de elemento de distracción.
    —El arma tiene que creer que Alfred está en peligro. No, un momento... —se corrigió Hugh, pensando apresuradamente—. Sólo tiene que creer que yo estoy en peligro.
    —Tú entras ala carga. El dragón te atacará, y la Hoja Maldita atacará al dragón. Mientras, yo busco a Alfred, utilizo mi magia para curarlo, al menos lo suficiente como para que se sostenga en pie, y nos marchamos.
    —Sólo hay un problema, señora mía. El arma podría atacarte a ti, también.
    Marit se encogió de hombros.
    —Ya has oído los gritos de Alfred. Cada vez está más débil. Quizás el dragón ya se está cansando del juego, o quizá no sabe mantenerlo con vida, puesto que Alfred es un sartán. En cualquier caso, Alfred está a punto de morir. Si esperamos más, puede que sea demasiado tarde.
    Tal vez era ya demasiado tarde. Las palabras flotaron en el aire tácitamente.
    No habían oído a Alfred, ni el menor gemido, en todo el rato que llevaban agachados en la pequeña cavidad. El dragón también guardaba un extraño silencio.
    Hugh la Mano llevó la mano al cinto y desenvainó la daga sartán, tosca y fea, que había dado en llamar la Hoja Maldita. La contempló detenidamente y la sostuvo con disgusto.
    — ¡Puaj! —Masculló con una mueca de desagrado—. Esta cosa maldita se retuerce en mi puño como una serpiente. Acabemos de una vez. Prefiero enfrentarme al dragón que empuñar esta daga mucho rato más.
    Fabricada por los sartán, la Hoja Maldita tenía como propósito ser utilizada por los mensch para defender a sus «superiores», los propios sartán, en la batalla.
    Era un arma consciente; por sí sola, adquiría la forma necesaria para derrotar a su enemigo. Sólo necesitaba a Hugh, o a cualquier mensch, como mero medio de transporte. No precisaba de las órdenes del mensch en el combate. La Hoja Maldita lo defendía por ser el brazo que la empuñaba. Y defendía a cualquier sartán en peligro. Por desgracia, como había señalado Hugh, también había sido preparada para combatir al enemigo ancestral de los sartán: los patryn. Era tan posible (incluso más) que atacara a Marit como que lo hiciera al dragón.
    —Por lo menos, ahora conozco el modo de controlar el maldito artefacto — apuntó Hugh—. Si se lanza sobre ti, puedo...
    —... rescatar a Alfred —lo cortó Marit—. Llévalo a Abri, a los sanadores. No te detengas a ayudarme, Hugh —añadió, cuando él intentó protestar—. Por lo menos, la Hoja me matará deprisa.
    Él la miró fijamente, sin intención de discutir, pero estudiándola en profundidad, tratando de decidir si sólo hablaba por hablar o si tenía el valor de mantener tales palabras.
    Marit le sostuvo la mirada sin parpadear.
    Hugh asintió una sola vez y salió a hurtadillas de la concavidad del terreno.
    Marit lo imitó. Por voluntad de la fortuna —o del Laberinto— la lluvia que había ocultado sus movimientos había cesado. Una suave brisa agitaba las ramas y provocaba pequeños chaparrones cuando el agua caía de las hojas. Los dos se detuvieron en el resalte rocoso, casi sin atreverse a respirar.
    Ni un gemido, ni un quejido... y la entrada de la caverna quedaba apenas a un centenar de pasos. Los dos alcanzaban a verla claramente: un profundo agujero negro contra la pálida claridad de la roca. En la distancia, el resplandor rojizo del cielo parecía más intenso.
    — ¡Quizás el dragón se ha dormido! —le susurró Hugh al oído.
    Marit aceptó la posibilidad con un gesto de asentimiento. La idea no le consolaba demasiado, pues el dragón despertaría tan pronto como olfateara la cercanía de una nueva diversión.
    Hugh abrió la marcha. Avanzó sin hacer ruido, tanteando cada paso y abriéndose paso con una habilidad y facilidad que a Marit le pareció impresionante. Lo siguió en completo silencio, pero tenía la inquietante sensación de que el dragón podía oírlos llegar, que acechaba su llegada.
    Alcanzaron la entrada de la cueva. Hugh se aplastó de espaldas contra la pared de roca y avanzó muy despacio con la esperanza de poder asomarse y observar el interior sin ser visto. Marit aguardó a cierta distancia, oculta tras un arbusto y con la entrada de la cueva a la vista.
    Seguía sin oírse el menor ruido. Ni una respiración, ni el sonido del roce de un gran cuerpo contra la piedra, ni el sonido de un ala dañada al moverse sobre un suelo de roca. La lluvia había limpiado de fango su cuerpo, y las runas tatuadas de la patryn irradiaban su brillo. El dragón sólo tenía que mirar al exterior para advertir que tenía compañía. El resplandor la convertiría en un objetivo tentador cuando entrara en la caverna, pero también le proporcionaría la oportunidad de encontrar a Alfred en la oscuridad, de modo que no hizo ningún intento para disimularlo.
    Hugh contorsionó el cuerpo, se asomó tras el muro de roca e intentó observar el interior de la caverna. Escrutó las sombras largo rato con la cabeza ladeada, tan pendiente del oído como de la vista. Con la mano, indicó a Marit que se acercara.
    Ella cruzó el camino sin perder de vista la boca de la cueva y se aplastó contra la pared junto a él.
    Hugh se inclinó para hablarle al oído.
    —Ahí dentro está más negro que el corazón de un elfo. No puedo ver nada, pero creo que he oído una respiración jadeante hacia la derecha, mirando a la cueva. Podría ser Alfred.
    Lo cual significaba que seguía con vida. Una ligera oleada de alivio reconfortó a Marit; la esperanza dio aliento a su valor.
    — ¿Alguna señal del dragón? —susurró ella.
    — ¿Además de la pestilencia? —Replicó Hugh, arrugando la nariz con repugnancia—. No, no he visto el menor rastro del dragón.
    El hedor a carne descompuesta, putrefacta, resultaba horrible. A Marit no le gustaba pensar en lo que iban a encontrar allí. Si Vasu había perdido a alguno de los suyos últimamente —el pastor raptado mientras guardaba su rebaño, el niño que se había alejado demasiado de su madre, el explorador que no había regresado de su salida—, lo más probable era que sus restos estuviesen en la cueva.
    Marit no había visto salir al dragón, pero estaba segura de que habría oído a la bestia, si ésta hubiera seguido dentro de la cueva. Tal vez la caverna penetraba mucho en la montaña. Tal vez el dragón tenía una salida trasera. O no se había percatado de su presencia. O su herida era más grave de lo que Marit había creído.
    Tal vez la bestia herida se había retirado al fondo de su guarida a dormir.
    Pocas veces en la vida de la patryn los acontecimientos le habían sido favorables. Marit siempre tomaba la decisión equivocada, terminaba en el lugar inconveniente y hacía o decía lo que no debía. Había cometido el error de quedarse con Haplo y, después, el de abandonarlo. Había cometido el error de abandonar a su hija. Y de confiar en Xar. Y, tras encontrar de nuevo a Haplo, había cometido el error de amarlo otra vez... y sólo para volver a perderlo.
    Ahora, por una vez en su vida, lo que intentaba tenía que salirle bien. ¡Sí, se lo tenía merecido!
    Que el dragón estuviera dormido...
    Sólo pedía que el dragón estuviera dormido...
    Ella y el mensch se colaron en la cueva, cautos y silenciosos.
    Las runas de Marit iluminaron la caverna. La entrada no era muy ancha ni muy alta; el dragón, sin duda, no lo tenía muy cómodo para penetrar por la abertura, como evidenciaba la capa de relucientes escamas rojas que, a modo de corteza, cubría el techo y las paredes de la boca de la caverna.
    La angosta entrada daba paso a una sala amplia, de forma aproximadamente circular y techo alto. La luz rojoazulada de las runas de Marit se reflejó en las paredes húmedas e iluminó la mayor parte de la cámara, excepto el techo —que desaparecía en la oscuridad— y una abertura al fondo. La patryn llamó la atención de Hugh hacia dicha abertura, que era lo bastante ancha como para que el dragón pudiera emplearla. Y, al parecer, eso era lo que había hecho, pues la cámara en la que se encontraban estaba vacía.
    Vacía, salvo los espantosos trofeos del dragón.
    Encadenados a las paredes colgaban cadáveres en diversos grados de descomposición. Hombres, mujeres y niños, todos los cuales habían muerto evidentemente en medio de atroces dolores y tormentos. Hugh la Mano, que había convivido con la muerte y la había visto en todas sus formas durante su vida, sintió náuseas. Doblado por la cintura, vomitó sin freno.
    Incluso Marit se sintió abrumada ante la absoluta brutalidad, ante la perversa crueldad de la escena. El horror que le producía ésta y la rabia que le despertaba contra la insensible bestia capaz de cometer actos tan odiosos se combinaron hasta casi privarla de sentido. La caverna empezó a hacerse borrosa ante sus ojos.
    Se sentía mareada, aturdida.
    Temiendo estar a punto de desmayarse, se lanzó adelante con la esperanza de que el movimiento le avivara la sangre.
    — ¡Alfred!
    Hugh se pasó el revés de la mano por los labios y señaló un punto de la pared. Marit miró hacia donde indicaba, a través de la oscuridad rota por las runas, y divisó al sartán. Se concentró en él, borró de su mente todo lo demás y se sintió mejor. Estaba vivo, aunque sólo apenas, a juzgar por su aspecto.
    —Ve por él —dijo Hugh con voz enronquecida tras las náuseas—. Yo vigilaré.
    Empuñó la Hoja Maldita, atento y preparado. El arma había empezado a despedir un fulgor verdusco, repulsivo.
    Marit corrió al lado de Alfred.
    El sartán, como las otras víctimas incontables, colgaba de unas cadenas.
    Tenía la cabeza hundida sobre el pecho y las muñecas esposadas a la pared por encima de la cabeza. Los pies colgaban cerca del suelo; las puntas de los dedos apenas rozaban éste. Habríase dicho que estaba muerto, de no ser por el sonido de una respiración superficial que Hugh había oído desde la entrada de la caverna.
    Allí dentro, en cambio, sus jadeos eran mucho más audibles.
    Marit lo tocó con toda la suavidad posible, con la esperanza de llamar su atención sin asustarlo. Pero, al notar el roce de sus dedos en la mejilla, Alfred emitió un sonido quejumbroso; su cuerpo se convulsionó y sus talones golpearon repetidamente la pared de roca.
    La patryn lo amordazó con una mano, lo obligó a levantar la cabeza y lo forzó a mirarla. No se atrevía a decir nada en voz alta, y pensó que los susurros seguramente tendrían muy poco efecto en él, en tal estado.
    Alfred la miró con ojos desorbitados, dementes, en los que no había un asomo de reconocimiento, sino sólo miedo y dolor. En una reacción instintiva, se resistió a la mordaza, pero estaba demasiado débil para librarse de ella. Tenía las ropas empapadas de sangre, que formaba charcos bajo sus pies, pero su carne y su piel seguían enteras e intactas, hasta donde Marit alcanzaba a ver.
    El dragón había desgarrado y acuchillado su carne para, a continuación, volver a curarlo. Lo había hecho muchas veces, probablemente. Incluso el brazo roto estaba curado. Pero el verdadero daño lo había sufrido en la mente. Alfred estaba completamente ausente.
    — ¡Hugh! —tuvo que arriesgarse a exclamar Marit y, aunque no empleó más que un susurro, el nombre resonó en la caverna con un eco fantasmagórico. La patryn se encogió, sin atreverse a repetirlo.
    Hugh se encaminó hacia ella sin apartar los ojos del fondo de la cueva un solo instante.
    —Me ha parecido oír que algo se movía ahí dentro. Será mejor que te des prisa.
    ¡Precisamente lo que no podía hacer!
    —Si no lo curo —replicó la patryn en voz muy baja—, no será capaz de salir de la cueva con vida. Ni siquiera me reconoce.
    Hugh miró a Alfred y, de nuevo, a Marit. La Mano había visto actuar a los sanadores patryn y sabía qué significaba su intervención. Marit tendría que concentrar todo su poder mágico en Alfred. Tendría que traspasarse a sí misma las heridas del sartán y transmitir a éste su energía vital. Durante unos momentos, ella estaría tan incapacitada como lo estaba Alfred en aquel instante. Cuando el proceso de curación hubiera concluido, los dos estarían bastante débiles.
    Hugh asintió para demostrar su comprensión; después, volvió a su puesto.
    Marit alargó la mano hasta tocar las esposas que aprisionaban a Alfred y pronunció las runas en un murmullo. De su brazo saltó una doble llamarada azul y los grilletes se abrieron. Alfred cayó derrumbado al suelo de la caverna y allí quedó, en un charco de su propia sangre. Había perdido el conocimiento.
    Rápidamente, Marit se arrodilló junto a él, le tomó las manos entre las suyas —la derecha en la zurda, y viceversa— y, uniendo el círculo de sus seres, invocó la magia para que lo curase.
    Una serie de imágenes fantásticas, hermosas, maravillosas y temibles inundó la mente de la patryn. Se encontraba sobre Abrí, muy por encima de Abrí; no ya en lo alto de las murallas de la ciudad, sino como si estuviera en lo alto de una montaña, contemplando la ciudad a sus pies. Y entonces saltó de la montaña y cayó... pero no caía. Flotaba en el cielo, deslizándose sobre corrientes invisibles como si lo hiciera en el agua. Estaba volando.
    La experiencia era aterradora hasta que se acostumbró a ella. Y entonces resultó emocionante. Tenía unas alas enormes y poderosas, unas zarpas delanteras de afiladas garras, un cuello largo y elegante, unos dientes afilados...
    Era enorme e inspiraba temor y asombro; cuando se precipitaba sobre sus enemigos, éstos huían entre alaridos de pánico. Era Alfred, el Mago de la Serpiente.
    Convertida en él, sobrevoló Abri en actitud protectora, dispersó a sus enemigos y acabó con aquellos lo bastante osados como para plantar batalla. Se vio a sí misma junto a Xar y a Haplo — riaturas pequeñas e insignificantes— y experimentó el temor de Alfred por sus amigos, su decisión de ayudarlos...
    Y entonces una sombra vista por el rabillo del ojo... un viraje desesperado en el aire... demasiado tarde. Algo la golpeó en el flanco y la hizo rodar sin control.
    Caía girando en espiral. A punto de estrellarse, batió las alas frenéticamente hasta remontar el vuelo. Por fin, alcanzó a ver a su enemigo, un dragón rojo.
    Con los espolones de las patas extendidos, el dragón se abatió desde lo alto en dirección a ella...
    Imágenes confusas de una caída vertiginosa hasta estrellarse contra el suelo.
    Marit se estremeció de dolor y se mordió el labio para reprimir un grito. Parte de ella era Alfred y otra parte fluía en el interior del sartán, pero quedaba un resto de ella que aún seguía en la caverna del dragón, muy consciente del peligro extremo.
    Y vio a Hugh, tenso y alerta, vuelto hacia la oscuridad del fondo de la cueva con las facciones rígidas. El mensch la miró, hizo un gesto y movió los labios silenciosamente. Marit no podía oír lo que decía, pero no lo necesitaba.
    El dragón se acercaba.
    — ¡Alfred! —Suplicó Marit, sujetando al sartán por las muñecas con más fuerza—. ¡Alfred, despierta!
    El sartán se agitó y gruñó. Le temblaron los párpados, y sus manos se agarraron a Marit. Se agarraron a ella con fuerza.
    Unas imágenes horribles golpearon a Marit: una cola bulbosa que infligía un dolor entumecedor, paralizante; una oscuridad turbulenta y calurosa; un despertar a la tortura y la agonía. Marit no pudo contener por más tiempo los gritos.
    Y el dragón se presentó en la caverna.
    CAPÍTULO 4
    EL LABERINTO
    El dragón había permanecido oculto en las sombras de la salida trasera de la caverna desde el primer momento, observando a los dos presuntos rescatadores a la espera del momento preciso en que estuvieran más débiles y fueran más vulnerables para lanzar su ataque. Cuando los había oído por primera vez, en el bosque, había dado por hecho que venían en busca de su amigo. Debería haberlos atacado allí mismo, pues sabía por experiencia que pocos patryn intentarían un rescate tan desesperado, pero a decir verdad no se había sentido con ánimos de pelea y por eso, con pesar, se contentó con un solo juguete.
    Sin embargo, para complacencia del dragón, la pareja había decidido seguirlo.
    No era frecuente que los patryn se mostraran tan estúpidos, pero el dragón percibió algo raro en aquellos dos. Uno de ellos tenía un olor extraño, distinto de todo lo que el dragón había encontrado hasta entonces en el Laberinto. Al otro, lo reconoció de inmediato: era una patryn y estaba desesperada. Y los desesperados solían ser descuidados.
    Cuando estuvo de vuelta en su cubil, el dragón se dedicó a torturar la Cosa que había capturado, la Cosa que había sido un dragón y luego había vuelto a transformarse en hombre; la Cosa que poseía una magia poderosa. No era un patryn, pero era como un patryn. El dragón se sentía intrigado por su presa, pero no lo suficiente como para perder el tiempo en investigaciones. Aquella Cosa no había resultado tan divertida como el dragón esperaba. Se había dado por vencido demasiado pronto y, en realidad, parecía al borde de la muerte.
    Aburrido de torturar a su maltrecha víctima y algo debilitado por sus heridas, el dragón se había retirado al fondo de la caverna para curar sus lesiones y aguardar allí otras presas que le proporcionaran más entretenimiento.
    Las dos que se presentaron eran mejores de lo que la bestia esperaba. La hembra patryn había empezado a curar a la Cosa, lo cual le pareció estupendo al dragón. Aquello le ahorraba tiempo y esfuerzo, al tiempo que le proporcionaba una víctima más fuerte, que ahora tal vez sobreviviese hasta la noche siguiente. En cuanto a la patryn, era fuerte y desafiante. Duraría bastante. Respecto al macho, el dragón no estaba muy seguro de cómo tomarlo. Este era el que olía raro y carecía por completo de facultades mágicas. Recordaba más a un animal; un ciervo, por ejemplo. No era gran cosa como diversión, pero tenía buen tamaño y buenas carnes. El dragón no tendría necesidad de salir a buscar comida.
    El dragón esperó hasta que vio la magia rúnica de la patryn consumida por el proceso curativo. Entonces, se puso en acción.
    La bestia asomó lentamente de entre la oscuridad de la caverna. A Hugh, el túnel del fondo le había parecido muy amplio, pero resultaba angosto para el dragón, que tenía que bajar la cabeza para no darse contra el techo. Hugh le plantó cara, pensando que el dragón aguardaría a tener libre todo el cuerpo, incluida la cola y el aguijón, para atacarlo. La daga sartán se estremecía en el puño de Hugh.
    El mensch la blandió en alto con gesto de desafío y la instó a cambiar de forma para combatir al dragón.
    Si hubiera podido, Hugh habría jurado que el arma parecía incómoda, dubitativa. Hugh deseó saber más cosas de la Hoja Maldita y, frenéticamente, intentó recordar todo lo que Haplo o Alfred habían comentado en relación con ella.
    Lo único que le vino a la cabeza en aquel momento fue que la Hoja Maldita era creación de los sartán y que, por lo que había deducido, el Laberinto y las criaturas que en él existían —incluido aquel dragón— también habían sido creados por el pueblo de Alfred.
    Como había intuido la Mano, el arma estaba confusa. Reconocía la misma magia de la que ella estaba dotada, pero también advertía la amenaza. Si el dragón hubiera tenido paciencia, o si se hubiera lanzado sobre Marit, la daga sartán no habría cambiado de forma. Pero la bestia estaba hambrienta. Quería capturar a Hugh y devorarlo; después, con el estómago lleno, podría ir tras la otra presa, más difícil. La mayor parte del cuerpo del dragón seguía en el conducto del fondo de la caverna, lo cual le impedía utilizar la cola en el ataque, de momento. Pero la bestia no creía necesitar tal recurso. Con gesto casi perezoso, lanzó un zarpazo contra Hugh con la intención de ensartarlo y devorarlo mientras la carne estaba aún caliente.
    El movimiento cogió por sorpresa a la Mano. Se echó hacia atrás en un intento de esquivar el golpe, pero la garra gigantesca le cruzó el vientre, rasgó la coraza de cuero como si fuera la más fina seda y cortó piel y músculos.
    Ante el ataque, el arma sartán respondió con presteza y se soltó del puño de Hugh.
    Una cola enorme y serpenteante apartó de un golpe al mensch, que rodó por el suelo de la caverna hasta tropezar contra Marit y Alfred. Los dos tenían un aspecto terrible; en aquel momento, Marit estaba casi tan mal como Alfred. Los dos parecían aturdidos, apenas conscientes. La Mano se reincorporó rápidamente, dispuesto a defenderse y a proteger a sus desamparados acompañantes. Y entonces se detuvo y se quedó inmóvil, con los ojos como platos.
    En la caverna había dos dragones.
    El segundo —en realidad, la Hoja Maldita— era una criatura espléndida.
    Largo y esbelto, este dragón carecía de alas y sus escamas resplandecían como mil y un pequeños soles brillantes en un cielo verdeazulado. Antes de que el dragón del Laberinto tuviera tiempo de asimilar del todo lo que estaba sucediendo, el recién aparecido se lanzó sobre su presa. La cabeza del dragón verdeazulado avanzó como una centella, con las mandíbulas abiertas, y se cerró en torno al cuello de la bestia del Laberinto.
    Entre chillidos de dolor y de furia, el dragón rojo se desasió de las fauces de su agresor, a costa de dejar un pedazo de carne sanguinolenta en la boca de éste.
    La bestia sacó el resto del cuerpo de su angosto reducto con una fuerza tremenda, que echó atrás al atacante. La cola bulbosa lanzó su ataque y el aguijón pico al dragón verdeazulado una y otra vez.
    Hugh había visto suficiente. Los dragones luchaban entre ellos, pero él y sus amigos estaban en peligro de ser aplastados por los cuerpos que luchaban y se revolvían. Tenían que salir de allí.
    — ¡Marit!
    Sacudió a la patryn, que aún seguía agarrada con fuerza a las muñecas de Alfred. Marit tenía el rostro ceniciento y ojeroso, pero por fin estaba consciente y contemplaba con asombro a los dos dragones. Alfred también había despertado, pero era evidente que no tenía idea de dónde se encontraba, de quién estaba con él o de qué sucedía a su alrededor. Se limitaba a mirar con perplejidad y confusión.
    — ¡Marit, tenemos que salir de aquí! —gritó Hugh.
    — ¿Y ese otro dragón, de dónde ha...? —empezó a preguntar la patryn.
    —Es la Hoja Maldita —respondió Hugh brevemente y, mientras se inclinaba hacia Alfred, indicó a Marit—: ¡Cógelo por el otro brazo!
    No era preciso que lo dijera. La patryn ya lo tenía asido. Entre los dos, incorporaron a Alfred y — edio a rastras, medio en volandas— lo condujeron hacia la boca de la caverna.
    La marcha era difícil, pues el camino estaba obstruido por los dos cuerpos reptilianos, enzarzados en su lucha. Los afilados espolones abrían surcos en el suelo de tierra. Las enormes cabezas golpeaban el techo de la cueva y provocaban una lluvia de fragmentos de roca y polvo. Los ataques mágicos estallaban y llameaban a su alrededor.
    Medio cegados, sofocados, con el riesgo de morir aplastados o de ser alcanzados por una tormenta de fuego mágico, los tres ganaron la entrada de la caverna tambaleándose. Una vez en el exterior, apresuraron el paso por el estrecho sendero y continuaron la marcha hasta que Alfred se derrumbó. Detrás de ellos, los dragones rugían de dolor y de cólera.
    Hugh y Marit hicieron una pausa, jadeantes.
    — ¡Estás herido! —Marit puso cara de preocupación ante el aspecto de la herida que cruzaba el vientre de Hugh.
    —Curará —respondió la Mano con aire sombrío—. ¿Verdad que sí, Alfred? Yo lo llevaré, Marit.
    Hugh se dispuso a cargar con Alfred, pero el sartán lo apartó de un empujón.
    —Puedo solo —dijo, esforzándose por reincorporarse. Un rugido de furia feroz lo hizo vacilar y volvió la cabeza hacia la caverna.
    — ¿Qué...?
    —No hay tiempo para explicaciones. ¡Corre! —ordenó Marit. La patryn agarró a Alfred y, a tirones, lo levantó y lo colocó delante de ella. Alfred trastabilló, consiguió recuperar el equilibrio y obedeció las enérgicas indicaciones.
    Hugh, colocado en vanguardia, se volvió hacia la patryn.
    — ¿Hacia dónde?
    — ¡Hacia abajo! —Respondió Marit—. Tú quédate con Alfred. Yo vigilaré la retaguardia.
    El suelo se estremeció con la ferocidad de la batalla que se libraba en el interior de la cueva. Hugh y Alfred avanzaron con rapidez por el camino, tratando de no resbalar en la roca mojada por la lluvia. Marit los siguió más despacio, con un ojo pendiente del camino y el otro atento a la caverna. En su descenso por la pendiente, perdió pie en más de una ocasión sobre el suelo poco seguro que pisaba. En otro momento, Alfred cayó rodando, con el riesgo de precipitarse hasta el pie de la montaña, hasta que un peñasco lo detuvo. Cuando terminaron el descenso, los tres estaban llenos de cortes, magulladuras y pequeñas hemorragias.
    Marit ordenó una pausa.
    —Quietos. ¡Escuchad!
    Reinaba el silencio, un profundo silencio. La batalla había terminado.
    —Me pregunto quién habrá vencido —murmuró Hugh.
    —Estoy impaciente por saberlo —asintió Marit.
    —Si tenemos suerte, se habrán dado muerte mutuamente —fue el comentario de Hugh—. No me importaría no ver nunca más esa condenada daga.
    El silencio continuó, cargado de presagios. Marit deseó estar más lejos, mucho más lejos.
    — ¿Cómo estáis? —preguntó a sus acompañantes.
    Hugh emitió un gruñido y señaló la herida. Ésta se había cerrado casi por completo y la única indicación de dónde se había producido era el corte en la coraza. Como explicación de aquella curación milagrosa, se abrió la camisa y dejó a la vista una única runa sartán que emitía un débil resplandor en el centro de su pecho. Al observar el signo mágico, Alfred se sonrojó y desvió la mirada.
    De pronto, el suelo se estremeció con una explosión procedente de la dirección de la caverna. Los tres fugitivos se miraron, tensos y alarmados, preguntándose qué sería aquel portento.
    Después, una vez más, todo quedó en silencio.
    —Será mejor que continuemos —intervino Marit en voz baja.
    Alfred asintió con aire aturdido y echó a andar. Sólo había dado un paso cuando tropezó con sus propios pies y fue a estrellarse de cabeza contra un árbol.
    Marit suspiró y alargó la mano para asirlo por el brazo. Hugh la Mano, al otro lado de Alfred, se dispuso a hacer lo mismo.
    — ¡Hugh! —Marit señaló el cinto de cuero manchado de sangre que portaba el mensch.
    Colgada del cinturón, confortablemente guardada en la vaina, estaba de nuevo la Hoja Maldita.
    CAPÍTULO 5
    EL LABERINTO
    —No puedo... continuar.
    Alfred se dejó caer hacia adelante y se quedó en el suelo, muy quieto. Marit lo contempló con frustración. Estaban perdiendo mucho tiempo. Sin embargo, aunque no le gustaba reconocerlo, ella tampoco sería capaz de llegar mucho más lejos sin descanso. Ya casi no se acordaba de la última vez que había echado una cabezada.
    —Muy bien —se limitó a responder, al tiempo que tomaba asiento en un tocón del bosque—. Pero sólo unos momentos, hasta que recobremos la respiración.
    Alfred yacía con los ojos cerrados y el rostro semienterrado en el fango.
    Parecía viejo, muy viejo y encogido. A Marit le costó trabajo convencerse de que aquel sartán anciano y frágil era, no hacía mucho, una criatura tan bella y poderosa como aquel dragón verde y dorado que había visto sobre Abri...
    — ¿Qué le sucede ahora? —preguntó la Mano al penetrar en el pequeño claro del bosque donde se habían detenido sus compañeros de fuga. Hugh los había estado siguiendo a cierta distancia, atento al camino para cerciorarse de que nadie los seguía.
    Marit se encogió de hombros, demasiado fatigada como para contestar. La patryn sabía muy bien qué le sucedía a Alfred: lo mismo que a ella. ¿De qué servía seguir luchando? ¿Por qué molestarse?
    —He encontrado agua —anunció Hugh—. No lejos de aquí... —añadió, e indicó la dirección con la mano.
    Marit movió la cabeza en un gesto de negativa. Alfred no hizo el menor movimiento.
    Hugh se sentó junto a ellos, nervioso e incómodo. Permaneció así unos instantes, recurriendo a toda su paciencia, pero muy pronto se puso en pie otra vez.
    —Estaríamos más seguros en Abri...
    — ¿Durante cuánto tiempo? —Replicó Marit con acritud—. Mira. Observa ahí arriba.
    Hugh alzó la vista entre la maraña de ramas. El cielo, gris hasta entonces, estaba teñido ahora de un leve tono entre rosa y anaranjado.
    Desde hacía un rato, Marit apenas notaba el hormigueo de las runas de su piel. No había ningún enemigo en las inmediaciones. No obstante, aquel fuego rojo en el cielo daba la impresión de consumir sus últimas esperanzas.
    Rendida por el cansancio, cerró los ojos.
    Y, de nuevo, vio el mundo a través de los ojos del dragón. Estaba sobrevolando Abri y vio sus edificios y sus gentes, sus murallas protectoras, las armas plantadas en el terreno que se extendían para rodear a los hijos de la tierra.
    Los hijos. Su hija. Suya y de Haplo...
    Una niña, de nombre Rué. Ahora debía de tener ocho puertas, más o menos.
    Marit alcanzó a verla: delgada y fuerte, alta para su edad, con el cabello castaño de su madre y la serena sonrisa de su padre.
    Marit lo vio todo con perfecta nitidez.
    —Nosotros le enseñamos a cazar pequeñas piezas, a despellejar un conejo, a capturar peces con las manos... —le aseguraba al dirigente Vasu, el cual había aparecido de la nada inexplicablemente—. Ya tiene edad suficiente para ser de cierta utilidad para nosotros. Me alegro de que decidiéramos quedarnos con ella en lugar de dejarla con los residentes.
    Rué sabía correr deprisa si surgía la necesidad. Y era capaz de pelear si se veía acorralada. La pequeña tenía su propia daga cubierta de runas, regalo de su madre.
    —Yo la adiestré en su uso —le decía Marit al dirigente—. No hace mucho, Rué hizo frente a un snog con esa arma. Mantuvo a raya a U criatura hasta que su padre y yo pudimos acudir en su rescate. Y aseguró que no había tenido miedo, aunque luego, en mis brazos, no dejaba de temblar. Después, se acercó Haplo y le hizo unas carantoñas hasta que Rué se echó a reír y terminamos los tres a carcajadas...
    — ¡Eh!
    Marit despertó, sobresaltada, con la mano de Hugh en el hombro. El mensch la había sujetado cuando estaba a punto de caer rodando. Al advertirlo, ella se sonrojó intensamente.
    —Lo siento. Debo de haberme quedado dormida.
    Se puso en pie y se frotó los ojos, que le escocían. La tentación de volver a entregarse a aquel dulce sueño era demasiado fuerte. Durante un instante se permitió creer, en un acto de superstición, que el sueño tenía algún significado.
    Haplo estaba vivo y volvería a ella. Y, juntos, encontrarían a su hija perdida.
    La calidez del sueño la embargó; se sintió envuelta en amor y cariño...
    Irritada, borró todo aquello de su cabeza.
    Un sueño, se dijo con frialdad y firmeza. Nada más que eso. Nada que pudiera aspirar a alcanzar. Ya había desperdiciado su oportunidad.
    — ¿Qué? —Alfred se incorporó—. ¿Qué decías? ¿Algo acerca de Haplo?
    Marit no creía haber pronunciado aquel nombre, pero estaba tan agotada que ya no sabía lo que se hacía.
    —Será mejor que continuemos —dijo, evitando la respuesta.
    Alfred se puso en pie, vacilante, y continuó mirando a la patryn con una fijeza extraña y apenada.
    — ¿Dónde está Haplo? —preguntó—. Lo vi con Xar. ¿Están en Abrí?
    Marit apartó la mirada y contestó:
    —Se han marchado a Abarrach.
    —Abarrach... La nigromancia... —Con gestos de abatimiento, Alfred se apoyó en el tronco de un árbol caído—. La nigromancia... —repitió con un suspiro—.
    Entonces, Haplo está muerto.
    — ¡No! —Exclamó Marit, al tiempo que se volvía hacia Alfred, furiosa—. ¡Mi Señor no lo dejaría morir!
    — ¿Que no? —Intervino Hugh—. ¡Tú misma intentaste acabar con él... por órdenes de ese señor tuyo!
    —Eso era cuando Xar lo creía un traidor —replicó Marit, exasperada—. Pero ahora mi Señor sabe que no era así. Sabe que Haplo le decía la verdad sobre las serpientes dragón. Mi Señor no lo dejaría morir. No lo dejaría, seguro...
    La patryn estaba tan cansada que rompió en sollozos como una niña asustada. Avergonzada, apurada, intentó detener las lágrimas pero el dolor que sentía por dentro era demasiado grande. El vacío que había alimentado y cultivado durante tanto tiempo había desaparecido, reemplazado por un dolor terrible, ardiente, que sólo las lágrimas parecían aliviar. Captó que Alfred daba un paso hacia ella; probablemente, para intentar consolarla. A ciegas, se apartó de él y dejó sentado que quería que la dejaran en paz.
    Las pisadas del sartán se detuvieron.
    Cuando Marit hubo recuperado por fin el dominio de sí misma, se sonó y enjugó las lágrimas. Le dolía el estómago de tanto sollozar y los músculos del cuello aún se contraían espasmódicamente. Tragó saliva y carraspeó.
    Hugh la Mano tenía la mirada ceñuda fija en el vacío y daba puntapiés a un matojo de hierbas, con aire sombrío. Alfred estaba sentado, con los hombros hundidos, la espalda encorvada y los brazos huesudos colgando entre las flacas rodillas. Con la mirada abstraída, parecía sumido en profundos pensamientos.
    —Lo siento —murmuró Marit, en un esfuerzo por parecer animada—. No tenía intención de quedarme dormida. Estoy cansada, eso es todo. Será mejor que volvamos a Abrí...
    —Marit —interrumpió Alfred tímidamente—, ¿cómo entró Xar en el Laberinto?
    —No lo sé. No me lo dijo. ¿Qué interés tiene eso?
    —Tiene que haber entrado por el Vórtice —reflexionó Alfred—. Sabía que nosotros entramos por allí. Supongo que se lo contaste, ¿no?
    A Marit le escocía la piel. Involuntariamente, levantó la mano para tocar el signo mágico del centro de su frente, el signo que Xar había desbaratado de forma tan dolorosa y que una vez la había unido con su Señor. Al advertir que Alfred la observaba, apartó la mano.
    —Pero el Vórtice fue destruido...
    —No puede destruirse nunca —la corrigió Alfred—. La montaña cayó sobre él.
    No debe de ser fácil, pero seguro que puede hacerse. De todos modos... —Hizo una pausa, pensativo.
    — ¡No podría salir por ahí! —Exclamó Marit—. La Puerta sólo se abre en un sentido. ¡Tú mismo se lo dijiste a Haplo!
    —Eso, si lo que dijo era cierto —refunfuñó Hugh—. Recuerda que él era el que no quería ir.
    —Os dije la verdad —aseguró Alfred, ruborizado—. Si os detenéis a pensarlo, tiene sentido. Si la Puerta se abriera en ambos sentidos, todos los patryn enviados al Laberinto habrían podido escapar por donde habían llegado.
    Marit ya no estaba cansada. Una energía renovada fluía por su interior.
    — ¡Xar tendría que haber salido a través de la Ultima Puerta! Es la única vía accesible. Pero, una vez allí, vería nuestro apuro y oiría a nuestro pueblo pedirle ayuda a gritos. No puede habernos dejado para que luchemos a solas. No; seguro que encontramos a mi Señor allí, en la Ultima Puerta. Y Haplo estará con él.
    —Tal vez —respondió Alfred, y esta vez le tocó a él apartar la vista de la patryn.
    —Por supuesto que estará —afirmó Marit—. Ahora, debemos llegar allí. Y deprisa. Yo podría utilizar mi magia. Me llevaría a...
    Estuvo a punto de decir «a mi Xar», pero entonces recordó la herida de su frente. Se prohibió tocarla, pese a que había empezado a escocerle dolorosamente.
    —... a la Ultima Puerta —terminó la frase, sin convicción—. Yo he estado allí.
    Puedo verla en mi mente.
    —Sí, tú podrías ir —reconoció Alfred—, pero no podrías llevarnos contigo.
    — ¿Qué importa eso? —Dijo la patryn, llena de esperanza—. ¿Para qué te necesito ahora, sartán? Mi Señor combatirá a sus enemigos y saldrá triunfante. Y Haplo quedará curado...
    Se aprestó a trazar el círculo rúnico, casi a punto de colocarse en su interior.
    Alfred se puso en pie entre balbuceos, con la visible intención de tratar de detenerla. Marit no le hizo caso. Si se acercaba demasiado, no dudaría en...
    —Señor, señora, ¿puedo ayudaros en algo?
    Un caballero —imponente, vestido totalmente de negro: calzones negros, abrigo negro de terciopelo, medias de seda negra, con los cabellos canos atados a la nuca con una cinta negra— salió del bosque. Lo acompañaba un anciano de luengas barbas y largos cabellos, vestido con una túnica de color pardo, rematado todo ello por un sombrero puntiagudo, lastimosamente raído.
    El anciano venía cantando una tonadilla. Cuando terminó, esbozó una sonrisa suave y tristona; de inmediato, con un suspiro, volvió a empezar.
    —Disculpadme, señor —dijo el caballero de negro en voz baja—, pero no estamos solos.
    — ¿Eh? —El viejo dio un violento respingo y el sombrero le cayó de la cabeza.
    Contempló con profunda suspicacia a los tres seres que lo observaban con perplejidad—. ¿Qué hacéis aquí? ¡Fuera!
    El caballero de negro emitió un suspiro de sufrida paciencia.
    —No creo que sea una buena decisión, señor. Ésta es la gente que hemos venido a buscar.
    — ¿Estás seguro? —El anciano no parecía convencido.
    Marit lo observó fijamente y, por fin, exclamó:
    — ¡Yo te conozco! Fue en Abarrach. Tú eres un sartán, prisionero de mi Señor.
    Un rápido vistazo a los signos mágicos de su piel le indicó que el anciano no era peligroso; una mirada al propio viejo lo confirmaba. Marit recordó su conversación inconexa y divagante en las celdas de Abarrach. Entonces lo había tomado por un chiflado.
    —Me pregunto si ahora lo estaré yo también —murmuró para sí.
    ¿Existía de veras aquel anciano, o habría cobrado existencia de su propia mente cansada? Cuando alguien pasaba demasiado tiempo sin dormir, empezaba a ver cosas que no estaban. Miró a Hugh y la alivió observar que éste también miraba hacia el anciano, lo mismo que Alfred. O bien todos ellos habían caído bajo un hechizo extraordinario, o el viejo estaba realmente delante de ellos.
    Marit desenvainó su espada.
    El anciano contemplaba al trío con igual perplejidad.
    — ¿Qué me recuerda esto? Tres personajes de aspecto desesperado vagando por el bosque, perdidos. No, no me lo digáis... Ya está: ¡El espíritu de la tía Em! El Espantapájaros. —El anciano se abalanzó sobre Alfred, le estrechó la mano y la sacudió enérgicamente. Después se volvió hacia Hugh—. Y el León. ¿Cómo está, señor León? ¡Y el Hombre de Latón!
    Avanzó hacia Marit, quien levantó la punta de la espada hasta el gaznate del individuo.
    —No te acerques, viejo chiflado. ¿Cómo has llegado aquí?
    — ¡Ah! —El anciano retrocedió un paso y le dirigió una mirada socarrona—.
    Veo que todavía no has estado en Oz. Allí, los corazones son libres, querida.
    Aunque, naturalmente, uno tiene que abrirse para poner dentro el corazón.
    Algunos, es cierto, consideran tal cosa un inconveniente, pero...
    Marit hizo un ademán amenazador con la espada.
    — ¿Quién eres? ¿Cómo has llegado aquí?
    —Respecto a quién soy... —el anciano hizo una pausa, pensativo—. Buena pregunta. Si tú eres el Espantapájaros, tú el León y tú el Hombre de Latón, eso me convierte en... ¡en Dorothy!
    El anciano sonrió, hizo una reverencia y tendió la mano.
    —Me llamo Dorothy. Soy una muchacha de pueblo de un pueblecito al oeste de Topeka. ¿Te gustan mis zapatos?
    —Disculpadme, señor —interrumpió el caballero de negro—, pero no sois...
    —Y éste —exclamó el anciano con aire triunfal, rodeando con sus brazos a su acompañante— es mi perrito Toto.
    El caballero pareció muy dolido ante tal sugerencia.
    —Me temo que no, señor. —Intentó librarse del abrazo del viejo y añadió—:
    Perdonadlo, señora, señores. Todo esto es culpa mía. Debería haberlo vigilado más de cerca.
    —Por todos los antepasados, ¿qué está sucediendo? —le cuchicheó Hugh a la patryn.
    — ¡Zifnab! —exclamó Alfred.
    — ¡Salud! —Dijo el anciano con cortesía—. ¿Necesitas un pañuelo?
    —Os ha llamado por vuestro nombre, señor —intervino el caballero con voz resignada.
    — ¿De veras? —El viejo mostró una considerable perplejidad.
    —Sí, señor. Hoy sois Zifnab.
    — ¿No Dorothy?
    —No, señor. Y debo deciros que ese personaje nunca me ha gustado —añadió el caballero de negro con cierta aspereza.
    — ¿Seguro que no ha dicho «el señor Bond»?
    —Me temo que no, señor. Hoy, no. Sois Zifnab, señor. Un gran mago, muy poderoso.
    — ¡Desde luego que lo soy! No prestéis atención al hombre que está tras la cortina de la ducha. Acaba de despertar de un mal sueño. Es preciso ser un mago poderoso para entrar en el Laberinto, ¿no? ¡Y yo... Vaya, vaya, mi viejo amigo...! Me alegro de verte, caramba.
    Zifnab le estrechaba la mano a Alfred con aire solemne.
    —Estoy encantado de conocerte, Zifnab —dijo el sartán—. Haplo me contó su encuentro contigo. En Pryan, ¿no es así?
    — ¡Sí, eso es! ¡Ya recuerdo! —Zifnab rebosaba de alegría; después, su rostro se ensombreció—. Haplo. Sí, lo recuerdo —exhaló un suspiro, pesaroso—. Lo siento tanto...
    —Es suficiente, señor —lo interrumpió el caballero en tono severo.
    — ¿A qué se refiere? —Preguntó Marit—. ¿Qué dice de Haplo?
    —No se refiere a nada —aseguró el caballero de negro—. ¿Verdad, señor?
    — ¿Hum? No. Eso es: nada. Nothing. Punto. —Zifnab empezó a jugar nerviosamente con la barba.
    —Os hemos oído hablar de acudir a la Ultima Puerta —continuó el caballero de negro— y creo que yo y mis hermanos podemos ayudaros a ello. Nosotros también nos dirigimos allí.
    Con estas palabras, levantó la vista hacia el cielo. Marit lo imitó, siguiendo su mirada con desconfianza. Una sombra se deslizó sobre ella, seguida de otra y de otra más. Asombrada y desconcertada, vio pasar cientos de dragones, verdeazulados como el cielo de Pryan y con las escamas deslumbrantes como los cuatro soles de Pryan.
    De pronto, delante de ella se alzó un dragón enorme cuya mole gigantesca ocultó el grisáceo sol del Laberinto y cuyas escamas verdeazuladas refulgían. El caballero de negro había desaparecido.
    Marit se echó a temblar de miedo. Pero no temía por su propia seguridad.
    Tenía miedo porque, de pronto, su mundo había sido desgarrado y hecho añicos igual que su Señor había desbaratado el signo mágico grabado en su frente. Y a través de las grietas, de las resquebrajaduras de su mundo, captó un fugaz destello de luz radiante, engullido al momento por una oscuridad terrible. Vio el plomizo cielo del Laberinto, el Nexo en llamas y a su pueblo — riaturas pequeñas y frágiles atrapadas entre la oscuridad y la luz— librar una última batalla desesperada. Blandió la espada sin saber qué estaba atacando o por qué; estaba consternada.
    — ¡Espera! —Alfred la cogió del brazo—. ¡Guarda el arma! —añadió. Se volvió hacia el dragón y le dijo—: Tú eres de Pryan, ¿no? Los dragones están aquí para ayudarnos, Marit. Para ayudar a tu pueblo. Estas criaturas son los enemigos de las serpientes, ¿verdad?
    —La Onda actúa para autocorregirse —declaró el dragón de Pryan—. Así ha sucedido desde el principio de los tiempos. Podemos llevaros hasta la Ultima Puerta, como a los demás.
    Marit advirtió que, a lomos de los dragones, viajaban los patryn, hombres y mujeres, empuñando sus armas. Reconoció al dirigente Vasu en la vanguardia y comprendió qué había sucedido. Su pueblo había abandonado la seguridad de su ciudad amurallada para acudir a la Última Puerta a librar combate con el enemigo.
    Hugh la Mano ya había montado en el ancho lomo del dragón y ahora ayudaba a Alfred a acomodarse detrás de él.
    (Quien tenga presente el mundo de Pryan recordará que, en la descripción de los dragones de dicho mundo, se señalaba que carecían de alas. La única explicación de esta discrepancia es que, probablemente —al igual que sus enemigos, las serpientes dragón—, los dragones de Pryan pueden adquirir la forma que más convenga a sus necesidades).
    Marit titubeó, pues habría preferido fiarse de su propia magia, pero se dio cuenta de que no podía. Estaba muy cansada, y necesitaría todas sus fuerzas cuando llegara ante la Última Puerta.
    Finalmente, se encaramó al dragón, se instaló en el largo y ancho lomo de la criatura, entre los omóplatos de los que surgían las alas, enormes y poderosas.
    Las alas empezaron a batir el aire.
    Zifnab, que se había dedicado a dirigir las operaciones —completamente insensible al hecho de que nadie le hacía el menor caso—, emitió de pronto un grito sofocado.
    — ¡Espera! ¿Dónde voy a sentarme yo?
    —Vos no venís, señor —anunció el dragón—. Correríais peligro.
    — ¡Pero ya he llegado hasta aquí! —tronó Zifnab.
    —Y habéis causado más perjuicio del que yo habría creído posible en tan corto espacio de tiempo —añadió el dragón con aire pesaroso—. Además, está ese otro asuntillo del que hablamos en Chelestra. Supongo que podréis encargaros de eso sin incidencias...
    —James Bond podría —replicó Zifnab, ladino.
    — ¡Ni hablar de eso! —El dragón agitó la cola con irritación.
    Zifnab se encogió de hombros y empezó a jugar con el sombrero.
    —Claro que también podría ser Dorothy... —Juntó los pies, hizo entrechocar los talones y se puso a cantar—: «No hay lugar como el hogar. No hay lugar...» — ¡Oh, está bien...! —Exclamó el dragón—. Ya que no hay modo de convenceros... Pero esta vez intentad no fastidiarlo todo, ¿querréis?
    —Te doy mi palabra —declaró Zifnab con una solemne reverencia—, como miembro del Servicio Secreto de Su Majestad.
    El dragón emitió un suspiro, agitó una zarpa, y Zifnab desapareció. Cuando batió las alas, levantó nubes de polvo que impidieron la visión a Marit. La patryn se agarró con fuerza a las escamas relucientes, duras como el metal. La criatura se elevó en el aire, las copas de los árboles se alejaron bajo los pies de la patryn y una luz cálida y brillante como un faro le bañó el rostro.
    — ¿Qué es esa luz? —exclamó, temerosa.
    —El sol —respondió Alfred, asombrado.
    Marit miró a su alrededor y preguntó:
    — ¿De dónde procede?
    —De las ciudadelas —explicó el sartán, en cuyos ojos brillaban unas lágrimas—. Son los rayos de luz de las ciudadelas de Pryan. Aún hay esperanzas, Marit. ¡Aún hay esperanzas!
    —Guardadlas en vuestro corazón, entonces —proclamó el dragón con tono severo y tétrico—. Porque, si toda esperanza muere, nosotros desapareceremos.
    Apartando sus ojos de la luz, los dragones verdeazulados continuaron volando hacia la oscuridad teñida de rojo.
    (Alfred escribe: «Observando la historia reciente de los cuatro mundos, es interesante advertir que los acontecimientos que iban a jugar un papel tan importante en el futuro de los mundos tuvieron lugar casi al mismo tiempo, coincidiendo con la primera vez que Haplo atravesó la Puerta de la Muerte.
    En ese momento, las malévolas serpientes dragón —aprisionadas por el hielo en Chelestra durante muchísimo tiempo— empezaban a notar el calor del sol. En Ariano, el rey Stephen contrataba a un asesino para que liquidara a Bane, el pequeño cambiado en la cuna que usurpaba el lugar del verdadero príncipe. En Abarrach, el príncipe Edmund conducía a su pueblo a la ciudad condenada de Necrópolis.
    En Pryan, los titanes iniciaban su algarada mortífera. Los dragones buenos, al percibir el despertar de sus parientes malévolas, abandonaban sus hogares subterráneos y se dispusieron a entrar en los mundos.
    No creo que tales coincidencias sean cosas del azar. Se trata, como empezamos a descubrir, de la Onda corrigiéndose a sí misma»).
    CAPÍTULO 6
    EL CÁLIZ
    CHELESTRA
    El mundo de Chelestra es un globo de amia, suspendido en la fría negrura del espacio. Su corteza exterior es nielo; el interior—calentado por el sol que flota libremente en ella— es agua tibia, respirable como el aire y destructora de la magia de los sartán y de los patryn. Los mensch de Chelestra, llevados allí por los sartán, habitan las lunas marinas, criaturas vivientes que vagan a la deriva en el agua, siguiendo al errático sol. Las lunas marinas fabrican su propia atmósfera y se rodean de una burbuja de aire. En ellas, los mensch construyen ciudades y cultivan tierras y, con sus sumergibles mágicos, se desplazan de una a otra.
    En Chelestra, a diferencia de los mundos de Ariano y de Pryan, los mensch conviven pacíficamente. Su mundo y sus vidas han permanecido intactos durante siglos, hasta la llegada de Alfred a través de la Puerta de la Muerte.
    De forma accidental, Alfred había despertado de su sueño letárgico a un grupo de sartán —los mismos que habían provocado la Separación de los mundos— que se hallaba en un estado de animación suspendida. Y estos sartán, en un tiempo tomados por semidioses por los mensch, pretendieron gobernar de nuevo a quienes ellos consideraban inferiores.
    (Este punto puede llevar a cierta confusión. Si la Puerta de la Muerte no se había abierto anteriormente, ¿cómo habían hecho Haplo y Alfred para atravesarla?
    Imaginemos una sala con siete puertas. En su primer viaje, Haplo abre la puerta del Nexo, la cierra tras él, atraviesa la sala hasta la puerta de Ariano y entra en éste, cerrando también la puerta tras cruzarla. Así, el enviado de Xar viaja de un lugar a otro pero todas las demás puertas permanecen cerradas.
    En cambio, Samah, al entrar en la sala, hace que todas las puertas se abran de par en par y así se queden. Esto proporciona la libertad de desplazamiento entre los mundos, pero también da acceso a ellos a quienes, de otro modo, lo habrían tenido difícil o imposible. Ahora, el único modo de cerrar las puertas es a través de la Séptima Puerta).
    Conducidos por Samah, presidente del Consejo que había ordenado la Separación, los sartán descubrieron con asombro e irritación que los mensch no sólo se negaban a someterse y adorarlos, sino que tenían la osadía de desafiar a los presuntos dioses y sitiarlos en su propia ciudad, manteniéndolos prisioneros al inundarla con el agua marina destructora de la magia.
    También vivía en Chelestra la manifestación del mal en los mundos. Estas criaturas, con la forma de enormes serpientes —las pérfidas serpientes dragón, según las llamaban los enanos—, llevaban mucho tiempo buscando el modo de abandonar Chelestra y penetrar en los otros tres mundos. Sin darse cuenta de lo que hacía, Samah se lo proporcionó. Furioso con los mensch, temeroso e incapaz de seguir controlando hombres y hechos, Samah fue víctima inconsciente de las serpientes dragón. Pese a todas las advertencias de que no lo hiciera, el sartán abrió la Puerta de la Muerte. De este modo, las malvadas criaturas pudieron colarse en los otros mundos, donde se esforzaron en fomentar el caos y la discordia que son su alimento y su bebida.
    Secretamente abrumado por lo que había hecho, Samah abandonó Chelestra con la intención de viajar a Abarrach. Allí, según había sabido gracias a Alfred, los sartán se dedicaban a la práctica del antiguo y prohibido arte de la nigromancia.
    Samah pensó que, si era capaz de devolver la vida a los muertos, podría organizar una fuerza lo bastante poderosa como para derrotar a las serpientes dragón y, así, volver a gobernar los cuatro mundos.
    Pero Samah no vivió lo suficiente como para aprender el arte de resucitar a los muertos. Junto con un extraño sartán, un viejo que se hacía llamar Zifnab, fue capturado por sus enemigos ancestrales, los patryn, que habían acompañado a Abarrach a su señor, Xar. El Señor del Nexo, que también había acudido allí para aprender el arte de la nigromancia, ordenó ejecutar al sartán y luego intentó resucitar el cuerpo de Samah por medios mágicos.
    Pero las intenciones de Xar se vieron frustradas, pues el alma de Samah fue liberada por un lázaro —un muerto viviente— sartán, llamado Jonathon, de quien dice la profecía: «Traerá vida a los muertos y esperanza a los vivos. Y la Puerta se abrirá para él».
    Desde la partida de Samah de Chelestra, los demás sartán que quedaban en el Cáliz —la única extensión de tierra estable en un mundo acuático— habían estado esperando su regreso con impaciencia y con creciente inquietud.
    —Ramu, Samah se retrasa mucho más de lo que él mismo estipuló. No podemos seguir sin un líder. Te instamos a que aceptes el cargo de presidente del Consejo de los Siete.
    Ramu miró uno tras otro a los restantes seis miembros.
    — ¿Es ése vuestro parecer? ¿Compartís todos esta propuesta?
    (La presidencia del Consejo no era hereditaria, como tampoco lo era su pertenencia.
    Los siete escogidos para formar parte de este Consejo, el órgano de gobierno de los sartán, elegían a uno de ellos para actuar de presidente. No se sabe cómo eran escogidos los miembros en los tiempos antiguos; el método de elección era mantenido en secreto por los sartán, los cuales temían, sin duda, que algún patryn pudiera intentar influir en la decisión).
    —Sí. —Los consejeros lo dijeron con palabras y con gestos.
    Ramu estaba tallado en granito, la misma piedra que Samah, su padre.
    Ninguno de los dos se dejaba emocionar fácilmente. Duro e inflexible, Ramu estaba dispuesto a quebrarse antes que ceder. En su visión de las cosas no existía el crepúsculo: sólo había el día o la noche. O el sol brillaba con fuerza, o la oscuridad total engullía su mundo. E, incluso cuando lucía el sol, producía densas sombras.
    Ramu era servidor del Consejo, un cargo que debía desempeñarse antes de acceder a miembro de éste. O bien Ramu había sido ascendido a la calidad de miembro de pleno derecho del Consejo durante el período de emergencia, cuando los mensch habían inundado la ciudad, o bien había ocupado el puesto de su exiliada madre.
    Pero en el fondo era un hombre bueno, de honor, un padre abnegado y buen amigo y esposo. Y, aunque la preocupación por la desaparición de su padre no se reflejaba en sus duras facciones, no dejaba de quemarlo por dentro.
    —Entonces, acepto —se limitó a decir y, tras una nueva mirada al grupo, añadió—: Hasta el momento en que regrese mi padre.
    El Consejo en pleno dio su conformidad. Cualquier otra cosa habría sido menospreciar a Samah.
    Ramu se puso en pie y se trasladó desde su asiento al fondo de la mesa hasta el escaño de la presidencia, en la cabecera. Al desplazarse, el borde de su túnica blanca rozó con un susurro las losas del suelo; unas losas que aún resultaban frías y húmedas al tacto, pese a que ya hacía tiempo que las aguas del mar de Chelestra se habían retirado.
    Los restantes miembros del Consejo se colocaron debidamente, tres a la izquierda de Ramu y tres a su derecha.
    — ¿Qué asunto se presenta al Consejo, en esta ocasión? —preguntó Ramu.
    Uno de los consejeros se incorporó.
    —Los mensch han vuelto por tercera vez para negociar la paz, consejero. Han solicitado una reunión con el Consejo.
    —No tenemos ninguna necesidad de reunimos con ellos. Si quieren un arreglo pacífico, deben acatar nuestros términos tal como los ha planteado mi padre.
    Saben cuáles son, ¿verdad?
    —Sí, consejero. O los mensch acceden a jurarnos fidelidad y a permitirnos que los gobernemos, o se retiran del Cáliz y abandonan las tierras que nos han usurpado por la fuerza.
    — ¿Y cuál es su respuesta a estos términos?
    —Que no abandonarán las tierras que ocupan, consejero. Para ser justos con ellos, no tienen adonde ir. Sus antiguos hogares, las lunas marinas, están ahora cubiertos por el hielo.
    —Pues que suban a esas embarcaciones suyas, pongan rumbo al sol y busquen nuevas patrias.
    —Los mensch no ven ninguna necesidad de un trastorno tan traumático en sus vidas, Ramu. Aquí, en el Cáliz, hay tierra suficiente para todos. No entienden por qué no pueden instalarse en ellas.
    El tono del consejero sartán daba a entender que él tampoco terminaba de entenderlo. Ramu torció el gesto pero, en aquel momento, otro miembro del Consejo se puso en pie y pidió permiso para hablar.
    —Para ser justos con los mensch, presidente Ramu —dijo una voz femenina, obsequiosa—, están avergonzados de sus acciones pasadas y muy dispuestos a pedir nuestro perdón y nuestra amistad. Han hecho progresos con las tierras, han empezado a construir casas y han establecido comercios. Yo misma lo he visto.
    — ¿De veras, hermana? —A Ramu se le ensombreció la expresión—. ¿Has estado entre ellos?
    La consejera se movió, incómoda.
    —Sí, Ramu. A invitación suya. No vi inconveniente y los demás miembros del Consejo lo aprobaron. Tú no estabas presente...
    Ramu puso fin a la discusión con frialdad.
    —Lo hecho, hecho está, hermana. ¿Qué han hecho esos mensch en nuestra tierra?
    No se le escapó a nadie el énfasis en el posesivo. La sartán carraspeó, nerviosa.
    —Los elfos se han instalado junto a la costa. Sus ciudades van a ser de una belleza extraordinaria, con viviendas de coral. Los humanos se han establecido más tierra adentro, en los bosques, como les gusta hacerlo, pero con acceso al mar garantizado por los elfos. Los enanos han ocupado las cuevas de las montañas del interior. Extraen los minerales y crían cabras y ovejas. Han instalado forjas...
    — ¡Es suficiente! —Ramu estaba pálido de cólera—. He oído bastante. Han instalado forjas, dices. Forjas para fabricar armas de acero que usarán para atacar a alguien, sea a nosotros o a sus vecinos. La paz de nuestras existencias será hecha añicos, como sucedió hace tanto tiempo. Los mensch son niños violentos y pendencieros que necesitan nuestra dirección y nuestro control.
    La consejera quiso protestar.
    —Pues parece que viven muy tranquilos...
    Ramu movió la mano, rechazando sus palabras.
    —Quizá se toleren durante un tiempo, sobre todo si tienen algún juguete nuevo que los mantiene ocupados. Pero su propia historia muestra que no son de fiar. O acceden a vivir según nuestras normas, bajo nuestras leyes, o se marchan.
    La sartán miró al resto del Consejo, titubeante. Los demás consejeros le indicaron por gestos que continuara su exposición.
    —Después... eh... los mensch me han presentado sus condiciones para la paz, presidente.
    — ¡Sus condiciones! —Ramu puso cara de asombro—. ¿Por qué íbamos a molestarnos en escucharlas?
    —Ellos consideran que han obtenido una victoria sobre nosotros —dijo la sartán y se ruborizó bajo la ominosa mirada de Ramu—. Y debe reconocerse que podrían hacernos lo mismo otra vez. Los mensch controlan las compuertas.
    Pueden abrirlas en cualquier momento, inundarnos y expulsarnos. El agua del mar tiene un efecto devastador sobre nuestra magia. Algunos de nosotros no hemos recuperado por completo el uso de nuestros poderes hasta hace muy poco.
    Y sin nuestra magia, estamos mas desvalidos que un mensch...
    — ¡Mide tus palabras, hermana! —le advirtió Ramu.
    —Sólo digo la verdad, presidente —replicó la sartán sin alterarse—. No puedes hacer oídos sordos.
    Ramu no discutió. Sus manos, posadas sobre la mesa, se encogieron; sus dedos se cerraron sobre el vacío. La mesa de piedra estaba fría y olía a húmedo y rancio.
    — ¿Qué hay de la sugerencia de mi padre? ¿Hemos hecho algún intento de neutralizar esas compuertas, de sellarlas para que no puedan volver a abrirse?
    —Las compuertas están muy por debajo del nivel del agua, Ramu. No podemos alcanzarlas y, aunque pudiéramos, nuestra magia quedaría anulada por las propias aguas. Además —bajó la voz— ¿quién sabe si esas terribles serpientes dragón no siguen ahí abajo, al acecho?
    —Tal vez —dijo Ramu, pero no añadió nada más. Sabía, porque su padre se lo había dicho antes de marcharse, que las serpientes dragón habían penetrado en la Puerta de la Muerte, que habían escapado de Chelestra para llevar su maligna presencia a otros mundos...
    —Ha sido culpa mía —había dicho Samah—. Una de las razones de mi viaje a Abarrach es la esperanza de reparar el daño causado, de encontrar el medio de destruir a las terribles serpientes. Empiezo a pensar... —Había titubeado, al tiempo que observaba a su hijo con los ojos entrecerrados—. Empiezo a pensar que Alfred tenía razón desde el principio. La verdadera maldad está aquí. —Samah se había llevado la mano al corazón—. Nosotros la creamos.
    Ramu no entendía a qué se refería.
    — ¿Cómo puedes decir eso, padre? ¡Contempla lo que has creado! ¿Qué maldad hay en ello?
    Ramu había movido el brazo en un gesto amplio que abarcaba no sólo los edificios, el terreno, los árboles y los jardines del Cáliz, sino el propio mundo del Agua y, más allá, los del Aire, del Fuego y de la Piedra.
    Samah había mirado hacia donde había señalado su hijo.
    —Sólo veo lo que destruimos —había murmurado.
    Fueron las últimas palabras de Samah antes de adentrarse en la Puerta de la Muerte.
    —Adiós, padre mío —le había gritado Ramu cuando se alejaba—. Cuando regreses triunfante, a la cabeza de las legiones, se te levantará el ánimo.
    Pero Samah no había regresado. Ni habían tenido noticia de él.
    Y ahora, aunque Ramu era reacio a reconocerlo, los mensch habían conquistado, a todos los efectos, a sus dioses. ¡Habían conquistado a los sartán! ¡A sus superiores! Ramu no veía salida a la difícil situación. Como las compuertas de aporte de agua estaban bajo el nivel de ésta, los sartán no podían emplear la magia para destruirlas. Lo único que les quedaba era recurrir a medios mecánicos; en la biblioteca sartán había libros que explicaban los métodos empleados por los hombres de la antigüedad para fabricar potentes artefactos explosivos.
    Pero Ramu no podía engañarse a sí mismo. Levantó las manos, volvió las palmas hacia arriba y las contempló. Eran manos blandas y suaves, de dedos largos y ahusados. Manos de hechicero, habituadas a manejar lo inmaterial; no manos de artesano. El enano más torpe era capaz de fabricar en un abrir y cerrar de ojos lo que a Ramu le habría costado horas de trabajo.
    Después de ciclos y ciclos, se dijo Ramu, tal vez fueran capaces de producir algún artefacto mecánico capaz de cerrar y obstruir las compuertas. Pero, en ese momento, se habrían convertido en mensch. ¡Era preferible abrir las compuertas y dejar que entrara el agua!
    Fue entonces cuando la idea le vino a la cabeza: quizá deberían marcharse y dejar que los mensch se quedaran con aquel mundo. Que se ocuparan de ellos mismos. Que se destruyeran unos a otros como estaban haciendo —según las informaciones proporcionadas por Alfred— en los demás mundos.
    Que aquellos hijos rebeldes y desagradecidos volvieran a casa y descubrieran que sus sufridos padres habían desaparecido.
    De pronto, advirtió que los demás miembros del Consejo cambiaban miradas con expresión inquieta y preocupada. Demasiado tarde, se dio cuenta de que sus sombríos pensamientos se reflejaban en su rostro. Su expresión se endureció.
    Marcharse en aquel momento equivalía a rendirse, a reconocer la derrota. Antes que eso, Ramu estaba dispuesto a ahogarse en aquella agua verdeazulada.
    —O aceptan someterse a nuestro control, o abandonan el Cáliz. No tienen más alternativas. Supongo que el resto del Consejo está de acuerdo, ¿no? —Ramu miró a un lado y a otro.
    El resto del Consejo asintió. Si había algún desacuerdo nadie lo expresó.
    Aquél no era momento para desuniones.
    —Si los mensch se niegan a aceptar estas condiciones —continuó Ramu, pronunciando las palabras despacio y con claridad al tiempo que su mirada escrutaba a cada uno de los presentes—, sufrirán las consecuencias. Unas consecuencias terribles. Podéis decírselo así.
    Los miembros del Consejo se mostraron mas esperanzados, más aliviados. Su presidente, sin duda, tenía un plan. Delegaron a uno de ellos para parlamentar con los mensch y pasaron a tratar otros asuntos, como la reparación de los daños producidos por la inundación. Cuando no quedaron más temas pendientes, se levantó la sesión. La mayoría de los consejeros se dirigió a sus asuntos, pero un puñado de ellos demoró su marcha para hablar con Ramu, con la esperanza de descubrir algún indicio de qué se proponía hacer.
    El nuevo presidente del Consejo de los Siete era experto en guardar las cosas para sí. No reveló absolutamente nada y, al final, el resto de los consejeros abandonó la sala. Ramu permaneció sentado tras la mesa, contento de quedarse a solas con sus pensamientos, cuando de pronto advirtió que tenía compañía.
    Un extraño sartán había entrado en la estancia.
    El hombre le resultó familiar, pero no consiguió reconocerlo inmediatamente.
    Con una mirada penetrante, Ramu trató de situarlo. En el Cáliz vivían varios centenares de sartán y Ramu, buen político, los conocía a todos de vista y, casi siempre, era capaz de poner un nombre a una cara. Por eso lo perturbó no recordar de quién se trataba, pese a estar seguro de haberlo visto antes.
    Ramu se puso en pie, cortésmente.
    —Buenos días, señor. Si has venido a presentar una petición ante el Consejo, llegas tarde. La sesión ha concluido.
    El sartán sonrió y movió la cabeza. Era un hombre de mediana edad, atractivo, con profundas entradas en las sienes, nariz y mandíbula firmes y ojos tristes y pensativos.
    —Entonces, llego en el momento oportuno —respondió el sartán—. Porque he venido a hablar contigo, consejero..., si tú eres Ramu, hijo de Samah y de Orla.
    Ramu frunció el entrecejo, molesto por la referencia a su madre, desterrada por delitos contra su pueblo y cuyo nombre no debía ser pronunciado. Se disponía a hacer algún comentario al respecto cuando se le ocurrió que el extraño sartán (¿cómo diablos se llamaba?) no sabía nada de la expulsión de Orla al Laberinto, en compañía del hereje, Alfred. Sin duda, debían de haber corrido los rumores, pero Ramu se vio obligado a reconocer que aquel extraño de aire digno no tenía el aspecto de una de esas personas amantes de los chismorreos ociosos.
    Contuvo su irritación y no hizo el menor comentario, pero respondió con un ligero énfasis que debería haber dado una pista al recién llegado:
    —Soy Ramu, en efecto. Hijo de Samah.
    En aquel momento, Ramu se halló en un dilema. Preguntarle el nombre al desconocido no era conveniente, pues revelaría que no lo recordaba. Había maneras diplomáticas de sortear la cuestión pero a Ramu —por lo general, un hombre directo y franco— no se le ocurría ninguna en aquel instante.
    Pero el extraño sartán resolvió el asunto.
    —No me recuerdas, ¿verdad?
    Ramu se sonrojó e intentó articular alguna respuesta cortés, pero el sartán se le adelantó:
    —No me sorprende. Nos conocimos hace muchísimo tiempo. Antes de la Separación. Yo era miembro del Consejo, por aquel entonces. Y buen amigo de tu padre.
    Ramu entreabrió la boca. Por fin recordaba..., recordaba algo inquietante en relación con aquel hombre. Sin embargo, lo que más le llamó la atención, de entrada, fue el hecho evidente de que aquel sartán no era un ciudadano de Chelestra. Lo cual significaba que procedía de otro mundo.
    —De Ariano —dijo el sartán con una sonrisa—. El mundo del aire. Vida suspendida. Muy parecida a la tuya y la de tu pueblo, tengo entendido.
    —Me alegro de que nos encontremos de nuevo, señor —dijo Ramu mientras se esforzaba por aclarar su confusión, recordar qué conocía de aquel hombre y, al mismo tiempo, recrearse con la renovada esperanza que el desconocido acababa de proporcionarle: ¡en Ariano quedaban sartán con vida!—. Espero que no te sientas ofendido pero, como dices, ha pasado mucho tiempo y tu nombre...
    —Puedes llamarme James —lo interrumpió el recién llegado.
    Ramu le dirigió una mirada de desconfianza.
    —James no es un nombre sartán.
    —Tienes razón, no lo es. Pero, como ya debe de haberte contado cierto compatriota mío, en Ariano no utilizamos nuestros nombres sartán auténticos.
    Creo que has conocido a Alfred, ¿verdad?
    — ¿Al hereje? Sí, lo he conocido. —Ramu seguía ceñudo. ¿Quién era aquel hombre?—. Me parece oportuno advertirte que ese Alfred ha sido desterrado...
    Algo se agitó en el interior de Ramu. Un recuerdo lejano. De Alfred; no, de más atrás. De mucho más atrás en el tiempo.
    Casi consiguió atraparlo pero, antes de que pudiera hacerlo, el extraño sartán lo aparto de él.
    James asentía con gesto grave.
    — ¡Este Alfred, siempre armando líos! No me sorprende oír que ha caído en desgracia. Pero no he venido a hablar de él. Estoy aquí con una misión mucho más penosa. Soy portador de tristes noticias y de informaciones desalentadoras.
    —Mi padre... —murmuró Ramu, olvidando todo lo demás—. Vienes con noticias de mi padre.
    —Lamento tener que comunicarte esto. —James se acercó a Ramu y posó una mano firme en el brazo del hombre, al cual sacaba unos cuantos años—. Tu padre ha muerto.
    Ramu bajó la cabeza, sin poner en duda por un solo instante las palabras del tal James. Hacía algún tiempo que, en lo más profundo de su corazón, ya lo sabía.
    — ¿Cómo sucedió?
    Con un tono de voz más grave y aire afectado, el sartán explicó:
    —Murió en las mazmorras de Abarrach, a manos de uno que se hace llamar Xar, Señor de los patryn.
    Ramu se quedó rígido y durante unos instantes fue incapaz de articular palabra; por fin, alcanzó a preguntar en voz baja:
    — ¿Cómo lo has sabido?
    —Yo estaba con él —dijo el sartán con suavidad. Esta vez, su mirada penetrante no se apartó del joven presidente del Consejo de los Siete—. También había sido capturado por Xar.
    — ¿Lograste escapar, y mi padre no? —Ramu lo miró con odio.
    —Lo siento, consejero. Un amigo me ayudó a escapar, pero la ayuda llegó demasiado tarde para tu padre. Cuando llegamos hasta él...
    James dejó la frase a medias con un suspiro. Ramu se sintió abrumado de pena, pero muy pronto la cólera desplazó a la pesadumbre; la cólera, el odio y el deseo de venganza.
    —Un amigo te ayudó, dices. Entonces, ¿hay sartán vivos en Abarrach?
    — ¡Oh, sí! —repuso James con una mirada socarrona—. En ese mundo hay muchos sartán. Su líder se llama Balthazar. Sí, ya sé que tampoco es un nombre sartán —se apresuró a añadir—, pero debes recordar que para esos sartán han transcurrido doce generaciones y han perdido u olvidado muchas de sus viejas costumbres.
    —Sí, claro —murmuró Ramu, sin prestar más atención al tema—.
    ¿Y dices que ese Xar y sus patryn también se encuentran en Abarrach? Esto sólo puede significar una cosa.
    —Me temo que así es —asintió James con gesto grave—. Algunos patryn deben de haber salido del Laberinto; éstas son las novedades desalentadoras que traía. Y más patryn seguirán a los primeros. Ahora mismo, mientras hablamos, los que aún están encerrados también intentan escapar. Han lanzado un asalto a la Última Puerta.
    — ¡Pero deben de ser miles...! —exclamó Ramu, espantado.
    —Por lo menos —respondió James—. Será precisa toda tu gente, más los sartán de Abarrach...
    — ¡... para detener ese mal! —terminó la frase Ramu, con los puños apretados.
    —Para detener ese mal —repitió James y añadió solemnemente—: Es lo que tu padre habría querido, creo.
    —Seguro. —A Ramu se le desbocó la imaginación. Se olvidó por completo de seguir preguntándose dónde y en qué circunstancias había conocido a su interlocutor—. Y esta vez no tendremos piedad de nuestro enemigo. Ése fue el error de mi padre.
    —Samah ha pagado sus errores —murmuró James sin alzar la voz—y ha sido perdonado.
    Ramu no le prestó atención.
    —Esta vez no encerraremos a los patryn en una prisión. Esta vez los destruiremos... por completo. —Se volvió en redondo con la intención de abandonar la sala, pero recordó las normas de cortesía y miró al sartán—. Te agradezco que me hayas traído estas noticias. Puedes tener la certeza de que la muerte de mi padre será vengada. Ahora debo irme para tratar todo esto con los demás miembros del Consejo, pero te mandaré a uno de los servidores. Te alojarás en mi casa. ¿Hay algo más que pueda hacer por ti?
    —No, muchas gracias —dijo James y, con un gesto de la mano, añadió—: Ve, Ramu. Me las arreglaré por mi cuenta.
    El recién nombrado presidente del Consejo notó de nuevo aquella sensación de inquietud e incomodidad. No recelaba de la información que el extraño sartán le había transmitido, pues un sartán no podía mentirle a otro; sin embargo, había algo que no encajaba demasiado. ¿Qué tenía aquel desconocido?
    James permaneció inmóvil, con una leve sonrisa, bajo la mirada escrutadora de Ramu.
    Éste abandonó por fin su intento de recordar. Probablemente, no sería nada.
    Nada importante. Además, al fin y al cabo, lo que fuera había sucedido hacía mucho tiempo. Ahora tenía otros problemas más urgentes, más inmediatos. Con una inclinación de cabeza, abandonó la cámara del Consejo.
    El misterioso sartán se quedó en la estancia observando a Ramu hasta que éste hubo salido. Entonces murmuró para sí:
    —Claro que te acuerdas de mí. Estabas entre los guardias que acudieron a detenerme ese día, el día de la Separación. Eras uno de los que vinieron para conducirme por la fuerza a la Séptima Puerta. Yo le había dicho a Samah que impediría sus planes. Tu padre me temía, pero no me sorprende; en esa época, Samah tenía miedo de cualquier cosa.
    Exhaló un suspiro, se acercó a la mesa de piedra y pasó la yema del dedo por el polvo. Pese a la reciente inundación, el polvo seguía cayendo del techo e impregnaba todos los objetos del Cáliz con una fina capa blanquecina.
    —Pero, cuando llegaste, Ramu —continuó susurrando James—, yo ya no estaba. Preferí ocultarme. No podía impedir la Separación, de modo que intenté proteger a los que dejasteis atrás, pero no pude hacer nada para ayudarlos. Eran demasiados los que morían y yo no era de mucha utilidad para nadie, en esos momentos.
    »Pero ahora sí que lo soy.
    El aspecto del sartán cambió, se alteró. El hombre atractivo de mediana edad se transformó en un instante en un anciano de barba larga y áspera, vestido con una indumentaria de color pardo y tocado con un sombrero raído y deforme. El viejo se acarició la barba con aire de sentirse sumamente orgulloso de sí mismo.
    — ¿Fastidiarlo todo? ¡Espera a saber lo que he hecho, esta vez! He llevado el asunto perfectamente. He hecho exactamente lo que me dijiste, especie de sapo estirado con escamas...
    »Es decir... —Zifnab se dio unos tirones de la barba, pensativo—, creo que he hecho lo que me dijiste. "Cueste lo que cueste, lleva a Ramu al Laberinto." Sí, éstas fueron tus palabras exactas...
    »A menos, creo que fueron ésas. Aunque, ahora que recuerdo... —El anciano empezó a retorcerse la barba hasta formar nudos—. Quizás fue: "Cueste lo que cueste, lleva a Ramu lejos del Laberinto"...
    »De lo de "Cueste lo que cueste", no tengo ninguna duda—a Zifnab, esto parecía consolarlo—. Es lo que viene luego lo que me hace dudar. Quizá..., sería mejor volver atrás y consultar el guión...
    Sin dejar de murmurar por lo bajo, el anciano se acercó a una pared y desapareció a través de ella.
    Un sartán que entraba entonces en la cámara del Consejo se llevó un sobresalto al oír una voz torva que decía, desalentada:
    — ¿Qué habéis hecho esta vez, señor?
    CAPÍTULO 7
    EL LABERINTO
    El dragón verdeazulado de Pryan se elevó sobre las copas de los árboles.
    Alfred miró hacia el suelo un momento, se estremeció y decidió mirar a cualquier parte menos abajo. Volar era muy distinto cuando era otro quien tenía las alas, y se agarró con más fuerza a las escamas del dragón. Al tiempo que intentaba borrar de su mente el hecho de que estaba suspendido en equilibrio precario e inestable a lomos del dragón, a buena altura sobre el suelo, Alfred buscó la fuente de aquella luz maravillosa. Volvió la cabeza despacio y con cautela y se atrevió a echar una mirada a su espalda.
    —La luz procede del Vórtice —gritó Vasu. El dirigente montaba otro dragón—.
    Mira, observa la montaña hundida.
    Agarrado al dragón, nervioso, Alfred alargó el cuello cuanto pudo y, cuando miró hacia donde indicaba el patryn, lanzó una exclamación de asombro.
    Era como si un sol ardiera en el seno de la montaña. Por todas las grietas, por todos los surcos, surgían rayos de luz cegadora que iluminaban el cielo y se derramaban sobre la tierra. La luz bañaba las grises murallas de Abri y arrancaba de ellas un destello plateado. Parecía como si los árboles que habían vivido tanto tiempo bajo la grisácea luminosidad del Laberinto alzaran sus ramas retorcidas hacia aquel nuevo amanecer, igual que un anciano acerca sus artríticos dedos al calor de la lumbre.
    Pero Alfred comprobó con tristeza que la luz apenas penetraba en el Laberinto. Era una tenue vela en la vasta oscuridad, nada más.
    Y la oscuridad la engulló muy pronto.
    Alfred continuó mirando mientras pudo, hasta que la luz quedó oculta tras las montañas que se alzaban, escarpadas, como manos huesudas colocadas ante su rostro para prohibirle la esperanza. Suspiró, se volvió y advirtió el intenso resplandor rojizo en el horizonte, delante de él.
    — ¿Y eso? —preguntó—. ¿Qué es? ¿Lo sabes, dirigente?
    Vasu dijo que no con la cabeza y respondió:
    —Empezó la noche posterior al ataque contra Abri. En esa dirección queda la Ultima Puerta.
    —Una vez, en las islas Volkaran, vi a los elfos quemar una ciudad amurallada —comentó Hugh la Mano, al tiempo que entrecerraba sus oscuros ojos para intentar distinguir algo—. Las llamas saltaban de casa en casa. El calor era tan intenso que algunos edificios estallaban antes incluso de que los alcanzara el fuego. De noche, el resplandor iluminaba el cielo. Y era muy parecido a eso.
    —Sin duda, se trata de un fuego mágico creado por mi Señor para mantener a raya a las serpientes dragón —replicó Marit fríamente.
    Alfred suspiró. ¿Cómo era posible que Marit continuara teniendo fe en su Señor, Xar? Los cabellos de la patryn estaban pegajosos de su propia sangre, derramada por Xar al destruir el signo mágico que los había unido. Tal vez era ésa la causa. Ella y Xar habían estado en comunicación. Era ella quien los había traicionado, quien había revelado a Xar su situación. Tal vez su Señor, de algún modo, aún seguía ejerciendo su influencia sobre Marit. «Debería haberla detenido desde el principio —se dijo—. Cuando traje a Marit al Vórtice, vi el signo mágico y supe qué significaba. Debería haber advertido a Haplo que su amiga lo traicionaría.» Y, a continuación, Alfred se puso a discutir consigo mismo: «Pero Marit le salvó la vida en Chelestra. Era evidente que Haplo la amaba, y ella a él. Ellos dos trajeron el amor a una cárcel de odio. ¿Cómo iba yo a cerrar la puerta a este sentimiento? Pero, si se lo hubiera dicho, Haplo tal vez habría podido protegerse...
    No sé». Con un suspiro de tristeza, continuó diciéndose: «No sé..., hice lo que creí mejor...
    Y tal vez la fe de Marit en su Señor está justificada. ¿Quién puede decir lo contrario?».
    Los dragones verdeazulados de Pryan volaron a través del Laberinto, rodeando las elevadas cimas y lanzándose a través de los pasos entre montañas. Al acercarse más a la Última Puerta, descendieron hasta casi rozar las copas de los árboles para ocultarse a los posibles ojos vigilantes. La oscuridad se hizo más intensa; una oscuridad extraña, no natural, pues todavía faltaban varias horas para el crepúsculo. Aquella oscuridad no afectaba sólo a los ojos, sino también al corazón y a la mente. Era una oscuridad maléfica, mágica, provocada por las serpientes dragón, que llevaba consigo el ancestral miedo a la noche propio de la infancia. Aquellas tinieblas hablaban de seres horribles y desconocidos que acechaban, justo donde la vista no alcanzaba, dispuestos a saltar sobre uno y llevárselo.
    El rostro de Marit, pálido y tenso, estaba bañado por el resplandor mortecino de sus propias runas de advertencia. En contraste con su piel, las venas de la frente parecían negras. Hugh la Mano volvía la cabeza constantemente para observar a su alrededor.
    —Nos están vigilando —avisó a los demás.
    Alfred se encogió al oír aquellas palabras, que la oscuridad parecía devolver en unos ecos burlones y festivos. Agachado sobre el cuello del dragón, tratando de ocultarse tras él, el sartán notó que iba a desmayarse (su forma de defensa preferida). Conocía los síntomas —sensación de mareo, un nudo en el estómago, la frente perlada de sudor— y luchó contra ellos. Apretó la mejilla contra las frías escamas del dragón y cerró los ojos.
    Pero estar a ciegas era peor que ver pues, de pronto, asaltó a Alfred el vivido recuerdo del momento en que, como dragón, caía de las alturas en una espiral vertiginosa, demasiado débil y herido como para detener el descenso. El suelo giraba sin freno y se alzaba a su encuentro...
    Una mano lo sacudió.
    Alfred soltó una exclamación y se incorporó con un respingo.
    —Un poco más y te caes —le dijo Hugh—. No pensarás desmayarte, ¿verdad?
    —No, no —murmuró Alfred.
    —Muy bien —continuó la Mano—. Echa un vistazo ahí delante.
    Alfred se afianzó en su montura y se secó el sudor helado del rostro. La bruma de confusión que le nublaba los ojos tardó un momento en disiparse y, al principio, no tuvo idea de qué era lo que estaba mirando. La oscuridad era intensísima y ahora se mezclaba con un humo sofocante...
    Humo. Alfred continuó mirando y todo fue cobrando forma.
    Una forma terrible: la ciudad del Nexo, la hermosa ciudad construida por los sartán para sus enemigos, estaba en llamas.
    La oscuridad mágica de las serpientes dragón no surtía efecto sobre los dragones de Pryan, que continuaron su vuelo imperturbables, sin desviarse de su destino, fuera cual fuese. Alfred no tenía idea de adonde lo llevaban, ni le importaba demasiado saberlo. Dondequiera que fuese, sería un lugar espantoso.
    Acongojado y aterrorizado, el sartán deseó dar media vuelta y escapar hacia la luz brillante que irradiaba de la montaña.
    —Menos mal que voy montado a lomos del dragón. —La voz de Vasu surgió de la oscuridad, con tono abatido. Las runas de la piel del dirigente emitían un intenso resplandor rojo y azulado—. De lo contrario, no habría tenido el valor suficiente como para llegar hasta aquí.
    —Me avergüenza decirlo, dirigente —terció Marit con voz grave—, pero yo siento lo mismo.
    —No hay de qué avergonzarse —intervino el dragón—. El miedo crece de las semillas plantadas dentro de vosotros por las serpientes. Las raíces del miedo buscan cada rincón oscuro de vuestro ser, cada recuerdo, cada pesadilla y, una vez que lo encuentran, penetran en estas zonas oscuras y se nutren de ellas. Y la pérfida planta del miedo florece.
    — ¿Cómo puedo arrancarla? —preguntó Alfred con voz trémula.
    —No se puede —respondió el dragón—. El miedo es parte de uno. Las serpientes lo saben y por eso lo utilizan. No dejéis que el miedo os atenace. No tengáis miedo del miedo.
    — ¡Precisamente lo que me ha sucedido toda la vida! —exclamó Alfred, desolado.
    —Toda tu vida, no —replicó el dragón.
    Quizá fue cosa de la imaginación de Alfred, pero el sartán creyó ver que la criatura sonreía.
    Marit contempló a sus pies los edificios del Nexo, sus muros y pilares de piedra, sus torres y agujas, convertidos en negros esqueletos iluminados por dentro por las llamas voraces. Los edificios eran de piedra, pero las vigas maestras y los suelos y los tabiques interiores eran de madera. La piedra estaba protegida por las runas, trazadas en un principio por los sartán y reforzadas más tarde por los patryn. En un primer momento, Marit se preguntó cómo era posible que la ciudad hubiese caído; después, recordó las murallas de Abri. Estas también estaban protegidas por la magia rúnica, pero las serpientes se habían arrojado ellas mismas contra las defensas, como enormes arietes, hasta provocar pequeñas grietas en las murallas, resquebrajaduras que se ensanchaban y se extendían hasta deshacer las runas y desbaratar la magia.
    El Nexo. Marit nunca había considerado hermosa la ciudad. Siempre había pensado en ella en términos prácticos, como la mayoría de los patryn. Sus murallas eran gruesas y firmes, sus calles eran lisas y bien trazadas y sus edificios, recios, sólidos y bien asentados. Esta vez, a la luz del fuego que la estaba destruyendo, Marit apreció su belleza, la esbeltez y delicadeza de sus cúpulas y altas agujas, la armoniosa sencillez de su diseño. Mientras la contemplaba, una de las agujas se inclinó y cayó al suelo, de donde se levantó una rociada de chispas y una nube de humo.
    Marit fue presa de la desesperación. Su Señor no podía haber permitido que aquello sucediera. Xar no debía de estar allí. Eso, o estaba muerto. Sí, todo su pueblo debía de haber muerto.
    — ¡Mirad! —Vasu exclamó de pronto—. ¡La Ultima Puerta! ¡Todavía está abierta! ¡Aún sigue en nuestro poder!
    Marit apartó a duras penas la mirada de la ciudad en llamas y escrutó entre el humo y la oscuridad, tratando de divisar el suelo. Los dragones inclinaron las alas, viraron e iniciaron el descenso desde lo alto en grandes espirales.
    Los patryn del suelo levantaron el rostro hacia ellos. Marit estaba demasiado lejos como para ver sus expresiones, pero adivinó por sus gestos los pensamientos que corrían por sus mentes. La llegada de un enorme ejército de dragones alados sólo podía significar una cosa: la derrota. El golpe de gracia.
    Vasu también se percató del miedo y empezó a cantar, usando el lenguaje rúnico de los sartán; su voz resonó con claridad entre el humo y bajo la oscuridad iluminada por las llamas.
    Marit no entendía las palabras y tuvo la sensación de que no eran pronunciadas para ser dichas. Pero le levantaban el ánimo. El horrible temor que casi la había asfixiado bajo su presión sofocante se encogió y perdió parte de su fuerza.
    Los patryn del suelo alzaron la vista con asombro. La canción de Vasu fue respondida por otras voces patryn que proferían gritos de ánimo y cantos de guerra. Los dragones, volando muy bajo, permitieron que sus pasajeros saltaran a tierra. Después, ganaron altura de nuevo. Algunos se quedaron sobrevolando, vigilantes. El resto se alejó; unos, para rastrear la zona en busca de más enemigos y otros, de regreso al interior del Laberinto para traer más patryn al campo de batalla.
    Entre el Laberinto y el Nexo se extendía un muro cubierto de runas sartán, lo bastante poderosas como para matar a cualquiera que lo tocara. El muro, inmenso, se extendía de una cadena de montañas a otra en un gigantesco semicírculo irregular. Unas llanuras desiertas se extendían a ambos lados del muro. En uno de ellos, la ciudad del Nexo ofrecía vida; en el otro, los bosques sombríos del Laberinto amenazaban con muerte.
    Para los prisioneros del Laberinto que llegaban a la vista de la Última Puerta, alcanzarla constituía su prueba más terrible. Las llanuras eran una tierra de nadie, sin ninguna protección, que proporcionaba al enemigo una visión sin obstáculos de quien intentara cruzarla. Aquella extensión desnuda ofrecía al Laberinto la última oportunidad de acabar con sus víctimas. Allí, en aquella llanura, Marit había estado al borde de la muerte. Y allí la había rescatado su Señor.
    Mientras sobrevolaba el territorio arrasado por la magia y la batalla, Marit buscó a Xar entre la multitud de patryn fatigados y ensangrentados. Tenía que estar allí. ¡Era preciso! El muro seguía en pie y la Puerta resistía. Sólo el Señor del Nexo era capaz de invocar una magia tan poderosa.
    Pero, si estaba entre los congregados, Marit no consiguió dar con él. El dragón se posó en el suelo y los patryn se mantuvieron apartados de él y lo observaron con expresión sombría, de cauta suspicacia. El dragón que llevaba a Vasu se posó también y ambas criaturas se quedaron en tierra mientras el resto de sus congéneres volvía a ganar altura y se dirigía a sus tareas asignadas.
    De los bosques llegaban los aullidos de los lobunos, aderezados con los irritantes chasquidos que emitían los caodines antes de un combate. Numerosos dragones rojos, cuyas escamas reflejaban las llamas de la ciudad incendiada, revoloteaban entre el humo; pero no atacaron. Para su sorpresa, Marit no vio el menor rastro de las serpientes.
    Pero sabía que estaban cerca, pues los signos mágicos de su piel brillaban casi tanto como las llamas.
    Los patryn de Abri se agruparon y esperaron en silencio las órdenes de su dirigente. Vasu había ido al encuentro de los patryn de la Puerta para darse a conocer. Marit lo acompañó, empeñada todavía en encontrar a Xar. Los dos pasaron junto a Alfred, el cual contemplaba el muro con aire apenado, mientras se retorcía las manos.
    —Nosotros construimos esta prisión monstruosa —se lamentaba en un susurro—. ¡Nosotros construimos esto! Tenemos mucho de lo que dar cuenta.
    Mucho —repitió, y sacudió la cabeza.
    —Seguro, ¡pero ahora, no! —Lo increpó Marit—. No quiero tener que explicarle a mi pueblo qué hace aquí un sartán. Aunque no es probable que mi pueblo me diera ocasión de explicar gran cosa antes de despedazarte. Tú y Hugh manteneos fuera de la vista cuanto sea posible.
    —Entendido —asintió Alfred con desconsuelo.
    —Hugh, no lo pierdas de vista —ordenó Marit—. ¡Y, por el bien de todos, mantén bajo control esa condenada daga!
    La Mano asintió en silencio. Su mirada estaba absorbiendo todo lo que sucedía a su alrededor y no dejaba traslucir un ápice de sus pensamientos. Puso una mano sobre la Hoja Maldita como si se dispusiera a refrenarla.
    Vasu deambuló por la llanura chamuscada y arrasada mientras sus hombres aguardaban en silencio a su espalda, demostrándole su respeto y su apoyo. Una mujer se adelantó al grupo de patryn que guardaba la Puerta y avanzó a su encuentro.
    A Marit le dio un vuelco el corazón. ¡Aquella mujer le resultaba conocida!
    Habían vivido bastante cerca, en el Nexo. Marit estuvo tentada de correr hacia ella y preguntarle dónde estaba Xar y adonde había llevado al malherido Haplo.
    Pero contuvo el impulso. Dirigirse a la mujer antes de que lo hiciera Vasu sería una grave descortesía.
    (Si el dirigente muere durante la batalla, otro miembro de la tribu puede ocupar el puesto mientras se prolongue la emergencia. Usha es dirigente en la práctica, pero no puede hacer uso del título, que sólo puede conceder el consejo tribal. En esa situación se aceptan los desafíos a la autoridad del nuevo dirigente).
    La mujer, con toda la razón, la rechazaría y se negaría a responder a sus preguntas. Dominando con gran esfuerzo su impaciencia, Marit se mantuvo lo más cerca posible de Vasu y volvió la cabeza con expresión preocupada hacia Alfred, temerosa de que el sartán se delatara. Pero éste se mantenía en las últimas filas de la multitud, con Hugh a su lado. Cerca de ellos, a solas, estaba el caballero vestido de negro. El dragón verdeazulado de Pryan había desaparecido.
    —Soy el dirigente Vasu, de la población de Abri. —Vasu se llevó la mano a la runa del corazón—. Una ciudad a varias puertas de aquí. Ésta es mi gente.
    —Tú y los tuyos sois bienvenidos, dirigente, aunque sólo habéis llegado aquí para morir — espondió la mujer.
    —Moriremos en buena compañía —fue la contestación de Vasu.
    —Yo soy Usha —se presentó la mujer, con el mismo gesto de la mano—.
    Nuestro dirigente ha muerto. Hemos perdido a varios —añadió con voz abatida, mientras su mirada se volvía hacia la Puerta—. Mi gente se ha vuelto a mí para que la conduzca.
    Usha tenía muchas puertas, como se decía en el Laberinto. Su cabello estaba veteado de canas y su piel, llena de arrugas. Pero era fuerte y exhibía un estado físico mucho mejor que el de Vasu. De hecho, miraba al dirigente con aire ceñudo y expresión dubitativa.
    — ¿Qué son esas bestias que habéis traído con vosotros? —Preguntó, dirigiendo la vista a los dragones que daban vueltas en círculos sobre sus cabezas—. Jamás había visto nada parecido en el Laberinto.
    —Evidentemente, no has estado nunca en nuestra parte del Laberinto, Usha —respondió Vasu. — La patryn se tomó la contestación como una evasiva y frunció el entrecejo otra vez. Marit se había preguntado cómo explicaría Vasu la presencia de los dragones.
    Un patryn no podía mentir abiertamente a otro patryn, pero ciertas verdades podían mantenerse ocultas. Explicar la presencia de los dragones de Pryan requeriría mucho tiempo; eso, si era posible hacerlo...
    — ¿Estas diciendo que esas criaturas proceden de vuestra parte del Laberinto, dirigente?
    —Ahora, sí —contestó Vasu con gran seriedad—. No es necesario que te preocupes por los dragones, Usha. Están bajo nuestro control. Son inmensamente poderosos y nos ayudarán en nuestra batalla. De hecho, es muy posible que nos salven la vida.
    Usha cruzó los brazos sobre el pecho. No parecía convencida, pero continuar la discusión sería desafiar la autoridad de Vasu; incluso podía entenderse que ponía en duda el derecho de éste a ejercerla. Respaldado como estaba el dirigente por varios cientos de patryn manifiestamente leales a él, habría sido una estupidez por parte de Usha obrar de tal manera en un trance como el que estaban pasando.
    Así pues, su expresión adusta se relajó.
    —Repito que sois bienvenidos, dirigente Vasu. Tú y tu pueblo y... —Usha titubeó un poco y añadió enseguida, con una sonrisa forzada—: Y esos que llamas vuestros dragones. Respecto a lo de salvarnos... —La sonrisa se desvaneció. Con un suspiro, volvió la vista hacia el voraz incendio del Nexo—. No creo que haya muchas esperanzas de eso.
    — ¿Cuál es la situación? —quiso saber Vasu.
    Los dos líderes se retiraron a conferenciar. Desde aquel momento, las dos tribus pudieron mezclarse libremente. Los patryn de Abri avanzaron con las armas, comida, agua y otros suministros que habían llevado consigo. También ofrecieron su propia fuerza curativa para restablecer a los que la necesitaban.
    Marit dirigió otra mirada preocupada a Alfred. Este, afortunadamente, se mantenía apartado y no se metía en problemas. La patryn observó que Hugh tenía asido con fuerza al sartán por el brazo. No vio al caballero de negro por ninguna parte. Tranquilizada respecto a Alfred, Marit siguió a Usha y a Vasu, impaciente por saber de qué hablaban.
    —... serpientes nos atacaron al amanecer —explicaba la mujer—. En un número inmenso. Primero se abatieron sobre la ciudad del Nexo. Su intención era atraparnos en la ciudad y destruirnos allí; luego, una vez eliminados, las serpientes proyectaban sellar la Última Puerta. No mantuvieron ninguna reserva acerca de sus planes; al contrario, nos revelaron entre risas lo que se proponían.
    Cómo dejarían atrapado a nuestro pueblo en el Laberinto, cómo crecería el mal...
    —Usha se estremeció—. Escuchar sus amenazas era espantoso.
    —Esas serpientes querían vuestro miedo —dijo Vasu—. Se alimentan de él, las hace fuertes. ¿Qué sucedió después?
    —Luchamos. Fue una batalla desesperada. Nuestras armas son inútiles contra un enemigo tan poderoso. Las serpientes se arrojaron en masa contra las murallas de la ciudad, rompieron las runas y penetraron en el recinto. —Usha miró de nuevo hacia los edificios en llamas—. Habrían podido destruirnos, hasta el último de nosotros. Pero no lo hicieron. A la mayoría nos dejaron vivir. Al principio, no entendimos por qué. ¿Por qué no nos mataban, cuando tenían ocasión?
    —Querían atraparos en el Laberinto, supongo —apuntó Vasu.
    Usha asintió con gesto sombrío.
    —Entonces, huimos de la ciudad. Las serpientes nos empujaron en esta dirección, matando a todo el que intentaba eludirlas. Nos vimos atrapados entre el terror del Laberinto y el espanto de las serpientes. Algunos de los míos se volvieron medio locos de pánico. Las serpientes se reían y nos rodeaban, empujándonos más y más cerca de la Puerta, y escogían víctimas al azar para aumentar el terror y el caos.
    «Entramos en la Puerta. No teníamos otra alternativa. La mayoría de los míos encontró el valor necesario para ello. Los que no... —Usha suspiró y, con la cabeza gacha, pestañeó aceleradamente y tragó saliva—. Oímos sus gritos muchísimo rato.
    Vasu tardó en responder; la rabia y la pena le estrangulaban la voz. Pero Marit no pudo contenerse un instante más.
    —Usha —dijo, desesperada—, ¿qué hay de Xar? Está aquí, ¿verdad?
    —Estuvo aquí —la corrigió Usha.
    — ¿Adonde ha ido? ¿Había..., había alguien con él? —Marit titubeó y se sonrojó.
    Usha la miró con expresión sombría.
    —Respecto adonde ha ido, ni lo sé ni me importa. ¡Nos abandonó!
    ¡Nos dejó morir! —Escupió en el suelo y masculló—: ¡Esto, para el Señor del Nexo!
    — ¡No! —Murmuró Marit—. No es posible.
    —Y, si había alguien con él, no lo sé. No sabría decirte. —Usha apretó los labios—. Xar iba a bordo de un barco, de una nave que volaba por los aires. Y que iba cubierta de marcas como ésas — irigió una mirada acerba al muro y la Puerta—. ¡Las runas de nuestro enemigo!
    — ¿Runas sartán? —Marit comprendió de pronto a qué se refería—.
    ¡Entonces, no podía ser Xar quien viste a bordo! ¡Debía de ser un truco de esas serpientes! El Señor Xar no subiría nunca a una nave con runas sartán. ¡Eso demuestra que no podía tratarse de él!
    —Al contrario —intervino una voz—. Me temo que eso demuestra que se trataba del Señor del Nexo.
    Irritada, Marit se volvió para replicar a la nueva acusación y se sintió algo intimidada al descubrir junto a ella al caballero de negro, que la miraba con profunda pena.
    —Xar abandonó Pryan en una nave de esas características, de fabricación y diseño sartán; una embarcación realizada a semejanza de un dragón, con velas por alas...
    El caballero dirigió una mirada inquisitiva a Usha. La patryn confirmó la descripción con un brusco gesto de asentimiento.
    — ¡No puede ser! —exclamó Marit, colérica—. ¡Mi Señor no puede haberse marchado abandonando a su pueblo! ¡Imposible, si vio lo que sucedía! ¡Imposible, si comprobó que las serpientes lo habían traicionado! ¿Dijo algo?
    — ¡Dijo que volvería! —Usha escupió las palabras con acritud—. ¡Y que nuestra muerte sería vengada!
    En su mirada hubo un destello de desconfianza hacia Marit.
    En aquel momento, Vasu intervino. Apartando los cabellos enredados e incrustados de sangre coagulada del rostro de Marit, dejó a la vista la marca rota de la frente.
    —Quizás esto te ayude a entenderlo, Usha —murmuró.
    Usha observó la runa y su expresión se suavizó.
    —Ya veo —murmuró—. Lo siento, Marit.
    La dirigente apartó la vista de ella y continuó su conversación con Vasu.
    —A sugerencia mía, nuestro pueblo, ahora capturado de nuevo en el Laberinto, ha concentrado su magia en la defensa de la Ultima Puerta. Nos proponemos mantenerla abierta. Si se cierra... — ovió la cabeza con gesto ominoso.
    —Sería el final para nosotros... —asintió Vasu.
    —Las runas de muerte sartán de las murallas, durante tanto tiempo una maldición, ahora resultan ser una dicha. Después de empujarnos a cruzar la Última Puerta, las serpientes descubrieron que no podían atravesarla o acercarse a ella, siquiera. Atacaron el muro, pero las runas son de una magia que no pueden destruir. Cada vez que las serpientes tocan esos signos mágicos, unos chispazos las envuelven y las obligan a retirarse entre exclamaciones de dolor. El efecto de las chispas no mata a esas bestias pero, al parecer, las debilita.
    »Cuando lo advertimos, urdimos una red de este fuego azul que cerrara el hueco de la Última Puerta. Nosotros no podíamos salir, pero las serpientes tampoco podían sellar la Puerta. Frustradas, las serpientes rondaron un rato las inmediaciones del muro. Luego, misteriosamente, se marcharon de improviso.
    »Y ahora los exploradores informan que a nuestra espalda, en el bosque, se está congregando otro enemigo: todo el conjunto de criaturas malévolas del Laberinto. Miles de ellas.
    —Así pues —apuntó Vasu—, nos atacarán desde ambas direcciones. Y nos acorralarán contra el muro.
    —Sí, nos aplastarán contra él...
    —Quizá no, Usha. ¿Y si...?
    Los dos dirigentes continuaron hablando de estrategia, de defensas... Marit dejó de prestar atención y se alejó. ¿Qué importaba todo aquello, al fin y al cabo?, pensó. Había estado tan segura de Xar, se había fiado tanto de él...
    — ¿Qué sucede? —preguntó Alfred, inquieto. El sartán había aguardado hasta aquel momento para acercarse a hablar con ella—. ¿Qué has averiguado?
    ¿Dónde está Xar?
    Marit no respondió. En su lugar, lo hizo el caballero de negro.
    —El Señor del Nexo ha viajado a Abarrach, como anunció.
    — ¿Y Haplo está con él? —a Alfred le tembló la voz.
    —Sí, Haplo está con él.
    — ¡Mi Señor, Xar, lo ha llevado consigo a Abarrach para curarlo! —Marit les dirigió una mirada colérica, desafiándolos a rebatir tal afirmación.
    Alfred guardó silencio un instante; después, respondió con calma:
    —Mi camino está claro. Me dirigiré a Abarrach. Tal vez pueda... —Dirigió una mirada a Marit y acabó la frase sin mucha convicción—: Tal vez pueda ayudaros.
    Marit captó perfectamente lo que le rondaba la cabeza al sartán. Ella también volvió a ver los cadáveres vivientes de Abarrach, los cuerpos muertos convertidos en esclavos sin voluntad. Recordó la expresión atormentada de los ojos sin vida, el alma atrapada que se asomaba a través de su prisión de carne putrefacta... Y vio a Haplo...
    Una negrura con un toque amarillento la cegó. No podía respirar. Unos brazos suaves la cogieron y la sostuvieron. Marit aceptó la ayuda mientras duró la oscuridad. Cuando ésta empezó a retroceder, la patryn alejó de sí a Alfred.
    —Déjame sola. Ya estoy bien —murmuró, avergonzada de su debilidad—. Y, si vas a Abarrach, yo también. —Se volvió hacia el caballero de negro—. Pero ¿cómo podemos hacer para llegar allí? Nosotros no tenemos ninguna nave que...
    —Encontraréis una junto a la vivienda de Xar —indicó el caballero—. O, mejor dicho, junto a su antigua vivienda. Las serpientes la han quemado.
    — ¿Y han dejado intacta una embarcación? No resulta lógico —apuntó Marit con suspicacia.
    —Quizá tenga su lógica... para esas criaturas —replicó el caballero—. Si estáis dispuestos a marcharos, como decís, será mejor que lo hagáis pronto, antes de que regresen las serpientes. Si descubren al Mago de la Serpiente y lo localizan en campo abierto, no dudarán en atacarlo.
    — ¿Adonde han ido las serpientes dragón? —preguntó Alfred, inquieto.
    —Están dirigiendo a los enemigos de los patryn: lobunos, snogs, caodines y dragones. Los ejércitos del Laberinto se están agrupando para el asalto final.
    —Pues no quedan muchos de los nuestros para hacerles frente. —Con un gesto de la mano, Marit abarcó a los patryn mientras pensaba en el enorme número de enemigos.
    —Ya vienen de camino refuerzos —dijo el caballero de negro con una sonrisa tranquilizadora—. Y nuestras primas, las serpientes, no esperarán encontrarnos aquí. Cuando nos presentemos, será una sorpresa muy desagradable para ellas.
    Nosotros podemos mantenerlas a raya mucho tiempo. Todo el que sea preciso — añadió, dirigiendo una extraña mirada a Alfred.
    — ¿Qué significa eso? —inquirió éste.
    El caballero apoyó la mano en la muñeca del sartán y le dirigió una mirada penetrante. Sus verdeazulados ojos tenían el color del cielo de Pryan, del agua de Chelestra que anulaba la magia.
    —Recuerda, Coren —fue su respuesta—, que la luz de la esperanza brilla ahora en el Laberinto. Y continuará brillando aunque se cierre la Puerta.
    —Intentas decirme algo, ¿verdad? ¡Acertijos, profecías...! No soy muy bueno en esas cosas. — lfred sudaba—. ¿Por qué no me lo dices abiertamente? ¡Dime qué se espera que haga!
    —Hoy día, muy pocos siguen las órdenes e instrucciones —murmuró el caballero, al tiempo que sacudía la cabeza con aire sombrío—. Ni siquiera las más sencillas. —Dio una palmadita en el revés de la mano de Alfred y continuó—: Con todo, hacemos lo que podemos con lo que tenemos. Confía en tu intuición.
    — ¡Normalmente, mi intuición me lleva a desmayarme! —Protestó Alfred—.
    Tal vez esperas de mí que haga algo admirable y heroico, pero no soy el tipo. Yo sólo voy a Abarrach a ayudar a un amigo.
    —Desde luego, desde luego —dijo el caballero con voz suave; después, con un suspiro, se volvió.
    Marit escuchó el eco del suspiro en su interior. Le recordó el eco de las almas atrapadas de los muertos vivientes de Abarrach.
    CAPÍTULO 8
    NECRÓPOLIS
    ABARRACH
    Abarrach, mundo de fuego, mundo de piedra. El mundo de los muertos. Y de los agonizantes.
    En las mazmorras de Necrópolis, la ciudad muerta de un mundo muerto, Haplo yacía agonizante.
    Yacía en un lecho de piedra, con una piedra por almohada. No resultaba cómoda, pero Haplo ya no tenía necesidad de comodidades. Había sufrido terribles dolores, pero lo peor de ellos ya había pasado. Era insensible a todo, salvo a la quemazón de su respiración entrecortada. Cada inspiración le resultaba más difícil que la anterior y Haplo estaba un poco temeroso de aquel último aliento, aquel espasmódico jadeo final que sería insuficiente para mantenerlo con vida; temía el sofocamiento, el estertor. Lo imaginaba y temía que fuera parecido a la ocasión, en Chelestra, en que había creído que se ahogaba.
    Entonces, había llenado de agua sus pulmones y el líquido le había dado la vida. Esta vez, no lograría llenarlos de nada y sólo pugnaría por mantener a raya la oscuridad en una lucha aterradora, pero misericordiosamente breve.
    Y su Señor estaba allí, a su lado. Haplo no estaba solo.
    —Esto no me resulta fácil, hijo mío —musitó Xar en tono grave.
    El Señor del Nexo no lo decía con sarcasmo, ni con ironía. Al contrario, lo sentía de veras. Xar estaba sentado junto al duro lecho de Haplo con los hombros hundidos y la cabeza gacha. Parecía mucho más viejo de lo que era en realidad (y tenía muchísimos años). Sus ojos observaban la agonía de Haplo con un intenso brillo de lágrimas contenidas.
    Xar podría haber matado a Haplo, pero no lo hizo.
    O podría haberle salvado la vida, pero tampoco hizo nada en tal sentido.
    —Es preciso que mueras, hijo mío —murmuró—. No me atrevo a dejarte vivir.
    No puedo fiarme de ti. Para mí, eres más valioso muerto que vivo. Por eso debo dejarte morir. Pero no puedo matarte. Yo te di la vida y sí, supongo que eso me da derecho a quitártela. Pero no puedo hacerlo. Tú eras uno de los mejores y yo te quería mucho. Aún te quiero y te salvaría si... si tan sólo...
    Xar no terminó.
    Haplo guardó silencio, no protestó ni suplicó por su vida. Sabía el dolor que aquello debía causarle a su Señor y sabía que Xar lo habría rescatado de aquella situación, si hubiese modo de hacerlo. Pero Xar tenía razón: el Señor del Nexo ya no podía seguir confiando en su «hijo». Haplo se enfrentaría a él y seguiría haciéndolo hasta que, como en aquel momento, hubiese agotado el último ápice de sus fuerzas.
    Xar cometería una estupidez si le devolvía aquella fuerza a Haplo. Una vez muerto, el cadáver de éste —una pobre cáscara sin voluntad y sin alma— se sometería a las órdenes de Xar. Haplo —el Haplo vivo, pensante— no lo haría nunca.
    —No hay más remedio —dijo Xar, cuyos pensamientos corrían paralelos a los de Haplo, como sucedía a menudo—. Debo dejarte morir, ¿comprendes, hijo mío?
    Estoy seguro de que sí. De este modo, me servirás en la muerte como has hecho en vida, sólo que mejor. Sólo que mejor. —El Señor del Nexo exhaló un suspiro—.
    Pero todo esto sigue sin ser fácil para mí. Eso lo entiendes también, ¿verdad, hijo mío?
    —Sí —susurró Haplo—. Lo entiendo.
    Y así se quedaron los dos, juntos, en la oscuridad de la mazmorra. Reinaba el silencio, un profundísimo silencio. Xar había ordenado a los demás patryn que los dejaran a solas. Los únicos sonidos eran los jadeos entrecortados de Haplo, las esporádicas preguntas de Xar y el susurro de las respuestas de Haplo.
    — ¿Te importa si hablamos? —Preguntó Xar—. Si te duele, no insistiré.
    —No, mi Señor. No siento el dolor. Ya no.
    —Un sorbo de agua, para aliviar la sequedad.
    —Sí, mi Señor. Gracias.
    El tacto de Xar era frío. Sus manos apartaron de la frente febril de Haplo los mechones de cabello empapado en sudor, levantaron la cabeza del agonizante y llevaron a sus labios un vaso de agua. Después, con suavidad, el Señor del Nexo depositó de nuevo a Haplo sobre el lecho de piedra.
    —Esa ciudad en la que te encontré, la ciudad de Abri... Una ciudad en el Laberinto. Nunca había sabido de su existencia. No me sorprende, por supuesto, ya que se levanta en el centro mismo de nuestra prisión. A juzgar por su tamaño, calculo que Abri lleva en pie mucho tiempo.
    Haplo asintió. Estaba muy cansado, pero era consolador oír la voz de su Señor. Lo asaltó un vago recuerdo de cuando era niño, montado a espaldas de su padre. Los bracitos menudos rodeaban aquellos hombros musculosos y la cabecita se apoyaba en ellos. Oía la voz de su padre y, al mismo tiempo, la notaba resonar en su pecho. Oía la voz de su Señor y, al mismo tiempo, las palabras de éste le producían una sensación extraña, como si llegaran hasta él a través de la piedra dura y fría.
    —Nuestra gente no es constructora de ciudades —continuó Xar.
    —Los sartán... —susurró Haplo.
    —Sí, lo imaginaba. Los sartán que, hace mucho tiempo, desafiaron a Samah y al Consejo de los Siete. En castigo por su rebelión, fueron enviados al Laberinto con sus enemigos. ¡Y nosotros no nos volvimos contra ellos para matarlos! Qué extraño.
    —No tanto —dijo Haplo, pensando en Alfred.
    No era tan extraño, en efecto, cuando dos personas tenían que luchar para sobrevivir en una tierra terrible que está dispuesta a destruirlas a ambas. Él y Alfred sólo habían podido sobrevivir porque se habían ayudado mutuamente.
    Ahora, Alfred estaba en el Laberinto, en Abri, tal vez ayudando al pueblo de la ciudad a sobrevivir.
    —Este Vasu, el líder de Abri, ¿es un sartán, verdad? —Continuó Xar—. Medio sartán, al menos. Sí, eso imaginaba. No llegué a conocerlo, pero percibí su presencia con la periferia de mi mente. El dirigente es muy poderoso y muy capaz.
    Un buen líder. Pero ambicioso, desde luego; sobre todo, ahora que sabe que el mundo no se limita a los muros de Abri. Vasu, me temo, querrá su parte. Quizá lo querrá todo. Su naturaleza sartán lo impulsará a ello y me temo que no puedo permitirlo. Es preciso eliminarlo. Y puede haber más como él. Todos aquellos de nuestro pueblo cuya sangre ha sido contaminada por los sartán. Me temo que intentarán desafiar mi mando.
    Me temo...
    «Te equivocas, mi Señor —respondió Haplo en silencio—. A Vasu sólo le importa su pueblo, no el poder. Pero él no tiene miedo. Vasu es lo que tú fuiste, mi Señor. Pero a él no le sucederá lo que a ti: él no sentirá miedo. Tú te desembarazarás de él porque le tienes miedo. Después, destruirás a todos los patryn que tienen antepasados sartán. Luego, acabarás con los patryn que eran amigos de los anteriores y, por fin, no quedará nadie más que la persona a la que más temes: tú mismo.» —El final es el principio —murmuró Haplo.
    — ¿Qué? —Xar se inclinó hacia adelante, atento y vehemente—. ¿Qué has dicho, hijo mío?
    Haplo ya no estaba allí. Se hallaba en Chelestra, el mundo del agua, flotando a la deriva en su mar, sumergiéndose lentamente bajo las olas como ya había hecho en otra ocasión... Pero esta vez ya no sentía miedo. Sólo estaba un poco triste, un poco pesaroso porque dejaba asuntos pendientes, sin terminar.
    Sin embargo, quedaban otros que recogerían lo que él se había visto obligado a dejar caer. Alfred, torpe y bamboleante... un dragón dorado que surcaba los cielos. Marit, amada, llena de vigor. La hija de ambos, desconocida. No; eso no era del todo cierto. El la conocía, había visto su rostro... el rostro de sus hijos... en el Laberinto. Alfred, Marit, su hija... todos ellos flotando a la deriva sobre las olas.
    La ola lo impulsaba hacia arriba, lo acunaba y lo mecía, pero Haplo la vio como había sido una vez: una ola de marea que se alzaba hasta formar un muro espantoso que se abatía sobre el mundo para inundarlo, arrasarlo y despedazarlo.
    Samah...
    Y luego el reflujo. Desechos y restos flotando en el agua, y los supervivientes agarrados a ellos, hasta que hallaron un puerto seguro en playas extrañas. Por un tiempo florecieron... Pero la onda debía corregirse a sí misma.
    Lenta, muy lentamente la ola volvió a crecer en dirección opuesta. Una gigantesca montaña de agua, que amenazaba con volver a abatirse sobre el mundo.
    Xar...
    Haplo se debatió brevemente. Resultaba duro.... sí, resultaba duro marcharse.
    Sobre todo, ahora que por fin empezaba a comprender...
    Empezaba... Xar estaba hablándole, engatusándolo. Decía algo de la Séptima Puerta. Era un poema infantil. El final es el principio.
    De debajo del lecho de piedra le llegó un gañido apagado que resultó más audible que la voz de Xar. Haplo reunió las fuerzas justas para mover la mano y notó un lametón húmedo en los dedos. Con una sonrisa, acarició las sedosas orejas del perro.
    —Nuestro último viaje juntos, muchacho —murmuró—. Pero no hay salchichas.
    El dolor había vuelto. Intenso. Muy intenso.
    Una mano asió la de él. Una mano nudosa y vieja, fuerte y sostenedora.
    —Calma, hijo mío —respondió Xar en el mismo tono de voz—. Descansa tranquilo. Abandona la disputa. Vamos...
    El dolor era agónico.
    —Vamos...
    Haplo cerró los ojos, exhaló su último suspiro y se hundió bajo las olas.
    CAPÍTULO 9
    NECRÓPOLIS
    ABARRACH
    Xar cerró la mano en torno a la muñeca de Haplo. El Señor del Nexo mantuvo el contacto incluso cuando dejó de notar el pulso vital bajo las yemas de sus dedos. Permaneció sentado en silencio, con la mirada fija en la oscuridad, sin ver nada al principio. Luego, cuando hubo pasado un rato y la carne que atenazaba entre sus dedos empezó a enfriarse, Xar se vio a sí mismo:
    Un viejo, a solas con su muerto.
    Un viejo sentado en una mazmorra muy profunda bajo la superficie de un mundo que era su propia tumba. Un viejo de cabeza inclinada y hombros hundidos que lloraba su pérdida. Haplo. Más querido para él que cualquier hijo que hubiera engendrado.
    Pero había más. Cerrando los ojos a la amarga oscuridad, Xar vio otra: las terribles tinieblas que se habían abatido sobre la Última Puerta. Vio a su gente volver el rostro hacia él con esperanza y cómo ésta se transformaba en incredulidad y luego en miedo, en algunos, y en cólera, en otros, mientras su nave lo introducía en la Puerta de la Muerte.
    Recordó un tiempo en que, en incontables ocasiones, había emergido del Laberinto, agotado y herido, pero triunfante. Su pueblo, severo y taciturno, apenas hacía comentarios, pero su propio silencio resultaba elocuente. Xar veía respeto, amor y admiración en sus ojos...
    Contempló los ojos de Haplo —muy abiertos, con la mirada fija—y sólo vio el vacío.
    Dejó caer la muñeca de su siervo y recorrió la celda a oscuras con una mirada de embotada desesperación.
    — ¿Cómo he llegado a esto? —Se preguntó en voz alta—. ¿Cómo he llegado aquí, desde dónde partí?
    Y creyó oír una risa sibilante, siseante, procedente de las sombras. Furioso, se puso en pie de un salto.
    — ¿Quién anda ahí? —preguntó.
    No hubo respuesta, pero los ruidos cesaron.
    Sin embargo, el momento de debilidad había quedado atrás. La risa siseante había provocado que el vacío se llenara de rabia.
    —Ahora, mi gente está decepcionada conmigo —murmuró por lo bajo.
    Despacio y con determinación, volvió hasta el cadáver—. Pero, cuando me reúna con ellos, victorioso, cuando me presente a ellos a través de la Séptima Puerta y les presente un único mundo que conquistar y gobernar, los patryn me respetarán y venerarán como nunca han hecho.
    »La Séptima Puerta —susurró mientras arreglaba con gesto tierno y delicado el cuerpo sin vida, cruzando los brazos sobre el pecho y extendiendo las piernas.
    Por último, cerró aquellos ojos, de mirada fija y vacía—. La Séptima Puerta, hijo mío. Cuando estabas vivo, querías llevarme allí. Ahora tendrás la ocasión de hacerlo. Y yo te lo agradeceré, hijo mío. Hazme este favor y yo te garantizaré el descanso.
    La piel de Haplo ya estaba fría al tacto. La runa del corazón, con su espantosa herida abierta, quedaba justo bajo la mano de Xar. Bastaba con que cerrara el signo mágico, con que lo remendara, y aplicara a continuación la magia de la nigromancia al cadáver, a todas las demás runas tatuadas en su piel.
    El Señor del Nexo posó los dedos en la runa del corazón, y sus labios se dispusieron a pronunciar las palabras de reparación; pero, de pronto, retiró la mano. Las yemas de sus dedos estaban manchadas de sangre. Su mano, que siempre se había mantenido firme en la batalla frente al enemigo, empezó a temblar.
    De nuevo, captó un sonido en el exterior de la celda. Era uno de los lázaros, uno de los espantosos muertos vivientes de Abarrach. Xar estudió al cadáver ambulante con suspicacia, pensando que se trataría de Kleitus. El antiguo dinasta de Abarrach, asesinado por su propio pueblo y convertido en lázaro, se habría sentido muy feliz de devolver el favor dando muerte a Xar. En efecto, lo había intentado y había fracasado, pero siempre estaba al acecho de una nueva oportunidad.
    Pero no se trataba de Kleitus. Xar exhaló un suspiro involuntario de alivio; Kleitus no le inspiraba temor, pero el Señor del Nexo tenía otros asuntos más importantes de que ocuparse, en aquel momento, y no tenía interés en desperdiciar sus facultades mágicas luchando con un muerto.
    — ¿Quién eres? ¿Qué buscas aquí? —inquirió con aire hosco. Creyó reconocer al lázaro, pero no estaba seguro. Al patryn, todos los sartán muertos le parecían iguales.
    —Me llamo Jonathon —anunció el lázaro.
    «... Jonathon...», repitió como un eco la voz del alma atrapada, en su permanente intento de liberarse del cuerpo.
    —No he venido a buscarte a ti, sino a él.
    «... a él...» Los extraños ojos del lázaro, que a veces tenía la mirada vacía de un cadáver y a veces la expresión dolorida de quien vive atormentado, se volvieron a Haplo.
    —Los muertos nos llaman —continuó el lázaro—. Oímos sus voces...
    «... voces...», susurró el eco tristemente.
    —Pues es una llamada que no debes molestarte en atender —replicó Xar con voz severa—. Puedes marcharte. Necesito este cuerpo para mí.
    —Podría echarte una mano —se ofreció el lázaro Jonathon.
    «... una mano...» Xar se dispuso a rechazar al lázaro, a insistirle para que se marchara.
    Entonces recordó que, la última vez que había intentado emplear la nigromancia con el cadáver de Samah, el hechizo había salido mal. Devolver la vida a Haplo era demasiado importante como para correr el menor riesgo, y el Señor del Nexo observó con desconfianza al lázaro, dudando de sus motivos.
    Pero lo único que vio en él fue a un ser atormentado, como cualquier otro lázaro de Abarrach. Hasta donde Xar sabía, los muertos vivientes sólo tenían una ambición y era convertir a otros seres en horribles copias de ellos mismos.
    —Muy bien —dijo Xar, dando la espalda al lázaro—. Puedes quedarte. Pero no te entrometas a no ser que me veas hacer algo mal.
    Y tal cosa no sucedería. El Señor del Nexo tenía confianza en ello. En esta ocasión, el hechizo surtiría efecto.
    Xar se concentró resueltamente en su tarea. Esta vez obró con rapidez: sin hacer caso de la sangre que le manchaba las manos, cerró la runa del corazón que ocupaba el centro del pecho de Haplo. Después, siguiendo con detalle el hechizo, empezó a trazar los demás signos mágicos al tiempo que pronunciaba las runas en un murmullo.
    El lázaro permaneció en silencio, inmóvil, junto a la puerta de la celda. Muy pronto, concentrado únicamente en el encantamiento, Xar se olvidó por completo del muerto viviente. Procedió despacio, con paciencia, tomándose su tiempo.
    Transcurrieron horas.
    Y, de pronto, un fantasmagórico resplandor azul empezó a extenderse sobre el cuerpo muerto. El fulgor arrancó de la runa del corazón y se extendió lentamente:
    cada signo mágico fue prendiendo del anterior. El hechizo de Xar hacía que cada runa tatuada en la piel de Haplo se iluminara con una falsa apariencia de vida.
    El Señor del Nexo efectuó una profunda inspiración. Estaba tembloroso de impaciencia y de regocijo. ¡El hechizo funcionaba! ¡Daba resultado! Pronto, el cadáver se pondría en pie; pronto, lo conduciría a la Séptima Puerta.
    Todo sentimiento de lástima, de dolor, se borró del corazón de Xar. El hombre al que había querido como un hijo estaba muerto y el cadáver le resultaba completamente ajeno. El cuerpo muerto era un objeto, un medio para conseguir un fin. Un instrumento. Una llave para abrir la puerta de la ambición de Xar.
    Cuando el último signo mágico hubo cobrado vida, el Señor del Nexo estaba tan excitado que, durante unos momentos, ni siquiera consiguió recordar el nombre del muerto (un dato fundamental en los pasos finales del encantamiento).
    —Haplo —apuntó el lázaro en un susurro.
    «... Haplo...», suspiró el eco.
    Dio la impresión de que era la oscuridad la que cuchicheaba el nombre. Xar no se percató de quién lo hacía, ni notó el sonido de rascaduras y forcejeos procedente de detrás del lecho de piedra en el que yacía el cadáver.
    — ¡Haplo! —Dijo Xar—. Eso es. Debo de estar más cansado de lo que creía.
    Cuando acabe esto, descansaré. Necesitaré todas mis fuerzas para obrar la magia de la Séptima Puerta.
    El Señor del Nexo hizo una pausa y, por última vez, lo repasó todo mentalmente. Estaba todo perfecto. No había cometido un solo error, como lo demostraba el leve resplandor azulado de las runas del cuerpo yaciente.
    Xar levantó las manos.
    —Me servirás en tu muerte, Haplo, como me has servido en vida. Levántate y anda. Regresa a la tierra de los vivos.
    El cadáver no se movió.
    Xar frunció el entrecejo y estudió las runas con atención. No hubo el menor cambio. Los signos mágicos mantuvieron su resplandor mortecino pero el cadáver permaneció inmóvil en el lecho de piedra.
    El Señor del Nexo repitió la orden con un asomo de severidad en la voz.
    Parecía imposible que Haplo continuara desafiándolo todavía, incluso en tales circunstancias.
    — ¡Serás mi siervo! —repitió Xar.
    No hubo respuesta, ni cambio alguno. Salvo que quizás el resplandor azulado empezaba a desvanecerse. Xar se apresuró a repetir las estructuras rúnicas más importantes y el fulgor se intensificó.
    Pero el cadáver continuó sin moverse.
    Frustrado, el Señor del Nexo se volvió hacia el lázaro, que aguardaba con paciencia a la puerta de la celda.
    — ¿Bien, qué he hecho mal? —Quiso saber Xar—. No, no te extiendas en explicaciones —añadió con irritación cuando el lázaro se disponía a responder—.
    Bien, sea lo que sea... ¡arréglalo! —y señaló al cadáver con un gesto.
    —No puedo —respondió el lázaro.
    «... no puedo...», repitió el eco.
    — ¿Qué? ¿Por qué? —Xar dio muestras de perplejidad; luego, furioso, añadió—: ¿Qué truco es éste?
    —No es ningún truco, Señor Xar —dijo Jonathon—. Este cadáver no puede ser resucitado. No tiene alma.
    Xar dirigió una mirada furibunda al lázaro y quiso dudar de él pero, en el fondo de su mente, algo lo empujaba dolorosamente a aceptar su palabra.
    No tenía alma.
    — ¡El perro! —exclamó; la mezcla de cólera y frustración casi lo sofocó.
    El sonido que había oído, procedente de detrás del lecho. Al instante, Xar se inclinó hacia el lugar, justo a tiempo de ver desaparecer por el otro lado la punta de una cola plumosa. El perro, raudo, ganó la puerta de la celda, que permanecía abierta de par en par. Al doblar la esquina, el animal resbaló sobre el suelo de losas húmedas y cayó sobre las patas traseras. Xar invocó su magia para detenerlo, pero la sesión de nigromancia había debilitado sus fuerzas. El perro, con un esfuerzo supremo, consiguió incorporarse y salió a escape por los pasadizos de las mazmorras.
    Xar llegó a la puerta de la celda con la intención de descargar su cólera sobre el lázaro. Por fin recordaba dónde lo había visto. Aquel tal «Jonathon» había estado presente en la muerte de Samah. En esa ocasión, la magia de Xar tampoco había sido capaz de resucitar al viejo sartán. ¿Acaso el lázaro Jonathon, de algún modo, estaba frustrando deliberadamente sus intentos? ¿Por qué? ¿Y cómo?
    Pero las preguntas de Xar quedaron sin respuesta. El lázaro había desaparecido.
    Las mazmorras de Necrópolis eran un laberinto de pasadizos que se cruzaban y se dividían, penetrando a mucha profundidad bajo la superficie del mundo de piedra. Xar se detuvo a la puerta de la celda de Haplo y miró hacia un corredor, primero, y luego hacia otro, hasta donde alcanzaba su vista bajo la mortecina y chisporroteante luz de la antorcha.
    No había rastro ni sonido de ningún ser vivo... o muerto.
    El Señor del Nexo volvió atrás y contempló con odio el cuerpo que reposaba en el lecho de piedra. Las runas aún despedían su leve resplandor. El hechizo conservaría la carne en buen estado; sólo le quedaba atrapar a aquel perro estúpido...
    —Ese animal no irá muy lejos —reflexionó en voz baja cuando, por fin, recobró la calma necesaria para hacerlo—. Se quedará en las mazmorras, cerca del cuerpo de su amo. Enviaré un ejército de mis patryn con la tarea de encontrarlo.
    »En cuanto al lázaro, dispondré también algunas patrullas para que lo busquen. Kleitus dijo algo acerca de ese Jonathon. Algo respecto a una profecía:
    "Vida a los muertos... La puerta se abrirá para él...". ¡Bobadas! Una profecía implica la existencia de un poder superior..., de un poder superior que gobierna, y yo soy quien manda en este mundo y en cualquier otro del cual decida apoderarme.
    Xar se dispuso a marcharse para ordenar a sus patryn las diversas tareas que se proponía encomendarles. Antes de salir, dirigió una última mirada al cadáver de Haplo.
    Un poder que gobierna...
    —Pues claro que sí: ¡el mío! —repitió y abandonó la celda.
    CAPÍTULO 10
    NECRÓPOLIS
    ABARRACH
    El perro estaba confuso. Oía claramente la voz de su amo, pero éste no estaba a su lado. Haplo yacía en una celda, lejos del lugar donde el animal se escondía en aquel momento. El perro sabía que a su amo le sucedía algo terrible pero, cada vez que intentaba volver junto a él para ayudarlo, una voz severa y perentoria —la voz de Haplo, que sonaba muy próxima, como si estuviera allí mismo— le ordenaba quedarse quieto, sin levantarse.
    Pero Haplo no estaba allí, ¿verdad?
    Grupitos de gente —de gente como su amo— pasaban arriba y abajo ante la celda a oscuras en un rincón de la cual se ocultaba el animal. Aquella gente lo buscaba, lo instaba a salir con silbidos, siseos y lisonjas. El perro no tenía muchas ganas de compañía, pero se le ocurrió que los desconocidos tal vez pudieran ayudar a su amo. Al fin y al cabo, eran de la misma especie. Y, antes, algunos de ellos habían sido amigos... Pero ahora, al parecer, no era así.
    El desdichado animal emitió un ligero gañido para demostrar que se sentía desgraciado y desamparado. La voz de Haplo, severa, le ordenó silencio. Y sin ninguna palmadita conciliadora en la cabeza que mitigara el rigor de la orden. Una palmadita que indicara: «Sé que no comprendes, pero debes obedecer».
    El único (y magro) consuelo del perro fue percibir, por su tono de voz, que Haplo también estaba confuso, asustado y desconsolado. Tampoco él, al parecer, sabía demasiado bien qué había sucedido. Y si su amo estaba asustado...
    El perro se estremeció en la oscuridad, con el hocico sobre las patas y el cuerpo aplastado contra el húmedo suelo de piedra de la celda, y se preguntó qué hacer.
    Xar se hallaba en su biblioteca, con el libro de nigromancia sartán sobre el escritorio, pero cerrado, intacto. ¿Para qué abrirlo? Lo conocía de memoria y habría sido capaz de recitarlo en sueños.
    El Señor del Nexo había tomado entre sus dedos una de las tabas rúnicas rectangulares que tenía sobre la mesa. Con gesto ocioso, absorto en sus pensamientos, daba golpecitos sobre la mesa de hierba kairn con una esquina de la taba, hacía correr ésta entre sus dedos volvía a golpear con el canto siguiente, la hacía correr otra vez, etcétera. Tap, tap y deslizar. Tap, tap y deslizar. Tap, tap y deslizar. Llevaba así tanto rato que había entrado en una especie de estado de trance. Salvo la mano que sostenía el hueso rúnico, notaba el resto del cuerpo entumecido, pesado, incapaz de moverse, como si estuviera dormido. Sin embargo, Xar era muy consciente de estar despierto.
    Y también estaba total y completamente confundido. Nunca se había encontrado frente a un obstáculo tan inabordable. No tenía la menor idea de qué hacer, de cómo actuar o de adonde acudir. Al principio se había sentido furioso; luego, la cólera había dado paso a la frustración. En aquel momento, se sentía...
    perplejo.
    El perro podía estar en cualquier parte. En aquella ratonera de pasadizos interconectados podía esconderse una legión de titanes sin que nadie tropezara con ella; cuánto más un único animal insignificante. E incluso en el caso de encontrarlo, se preguntó Xar mientras seguía dando golpecitos con la taba y deslizándola entre sus dedos, ¿qué haría con él? ¿Matarlo? ¿Obligaría eso al alma de Haplo a volver a ocupar su cuerpo? ¿O el alma de su siervo moriría con el animal? De este modo, la muerte de Haplo resultaría como la de Samah: no le habría reportado ninguna utilidad.
    ¿Y cómo encontrar la Séptima Puerta sin él? Sí, debía darse prisa en localizarla. Su pueblo estaba luchando y muriendo en el Laberinto y él había prometido..., había prometido que volvería...
    Tap, tap y deslizar. Tap, tap y deslizar. Tap, tap y deslizar.
    Xar cerró los ojos. Hombre de acción que había combatido y vencido a todos los enemigos que había encontrado, en esta ocasión se veía relegado a quedarse sentado sin hacer nada. Porque no podía hacer absolutamente nada. Deslizó el problema a través de su mente como hacía deslizar el hueso rúnico de dedo en dedo. Lo examinó desde todos los ángulos.
    Nada. Tap, tap y deslizar. Nada. Tap, tap y deslizar. Nada.
    ¿Cómo había llegado hasta allí, desde dónde había empezado?
    Fracaso... Iba a fracasar...
    — ¡Mi Señor!
    Xar volvió en sí con un sobresalto. La taba rúnica escapó de sus dedos y rodó por el escritorio.
    — ¿Sí? ¿Qué sucede? —masculló con aspereza, mientras se apresuraba a abrir el libro para fingir que lo estaba estudiando.
    Un patryn entró en la biblioteca y se detuvo en respetuoso silencio, a la espera de que Xar terminara lo que estaba haciendo.
    El Señor del Nexo se concedió un momento más para recuperar por completo sus facultades mentales, algo divagantes hacía apenas un momento; después, levantó la vista.
    — ¿Qué hay? ¿Habéis encontrado al perro?
    —No, mi Señor. En cumplimiento de tus órdenes, he sido enviado a informarte que la Puerta de la Muerte en Abarrach ha sido abierta.
    —Alguien ha entrado —murmuró Xar. El anuncio había despertado su interés y lo asaltó una premonición de lo que se disponía a escuchar. Volvía a estar alerta, preparado para actuar—. ¡Marit!
    — ¡En efecto, mi Señor! —El patryn lo miró con admiración.
    — ¿Ha venido sola? ¿Quién está con ella?
    —Ha llegado en una nave como la tuya, mi Señor. Del Nexo; he reconocido las runas. Y vienen dos hombres. Uno es un mensch.
    Xar no estaba interesado por el mensch.
    —El otro es un sartán —continuó el mensajero.
    — ¡Ah! —Xar imaginó de quién se trataba—. ¿Un sartán alto, calvo y de aspecto torpe?
    —Sí, mi Señor.
    Xar se frotó las manos. Por fin podía vislumbrar el plan. Lo veía surgir de la oscuridad con claridad, como un objeto iluminado súbita y brillantemente por los relámpagos en plena tormenta.
    — ¿Qué habéis hecho? —Xar estudió al patryn con aire ceñudo—. ¿Os habéis acercado a ellos?
    —No, mi Señor. Yo he partido de inmediato para informarte. Los demás se han quedado a vigilar los movimientos del trío. Cuando he emprendido la marcha, seguían en la nave, conferenciando. ¿Cuáles son tus órdenes, Señor? ¿Los traemos a tu presencia?
    Xar repasó el plan unos instantes más. Cogió de nuevo el hueso rúnico y lo deslizó entre los dedos con rapidez.
    Tap. Tap. Tap. Tap. Todos los aspectos cubiertos. Perfecto.
    —Lo que haréis es lo siguiente...
    CAPÍTULO 11
    PUERTO SEGURO
    ABARRACH
    La nave patryn, diseñada y construida por Xar para sus viajes a través de la Puerta de la Muerte, flotaba sobre el Mar de Fuego, un río de lava fundida que recorría Abarrach. Las runas del casco protegían la nave del calor lacerante, que habría hecho arder espontáneamente cualquier embarcación normal de madera.
    Alfred había posado la nave cerca de un embarcadero que sobresalía en el Mar de Fuego, un muelle perteneciente a una ciudad abandonada conocida como Puerto Seguro.
    Se detuvo cerca de la portilla, contempló el agitado río de roca fundida y recordó con vivida y aterradora claridad la última vez que había estado en aquel mundo espantoso.
    Sí, lo veía todo con absoluta nitidez. Haplo y él habían alcanzado la nave con vida por los pelos, huyendo de los lázaros asesinos conducidos por el antiguo dinasta, Kleitus. Los lázaros sólo tenían un objetivo: destruir a todo ser viviente y a continuación, una vez muerto, proporcionarle una forma de vida eterna atroz, atormentada. Ya a salvo a bordo, Alfred fue perplejo testigo de cómo Jonathon, el joven noble sartán, se entregaba como víctima voluntaria en las manos ensangrentadas de su propia esposa asesinada.
    ¿Qué había visto Jonathon en la llamada Cámara de los Condenados, para que lo empujara a cometer aquel acto trágico?
    ¿Realmente había visto algo?, se corrigió Alfred con tristeza. Tal vez el joven había perdido el juicio, simplemente; quizá se había vuelto loco a causa de la pena y del espanto.
    Alfred comprendió...
    ... La nave se mueve bajo mis pies y estoy a punto de perder el equilibrio.
    Vuelvo la vista hacia Haplo. El patryn tiene las manos sobre la piedra de gobierno.
    Los signos mágicos de la nave despiden un fulgor azul intenso y luminoso. Las velas flamean y los cabos se tensan. La nave dragón extiende sus alas, dispuesta a volar. En el muelle, los muertos se ponen a gritar y a batir sus armas con estrépito. Los lázaros levantan sus horripilantes rostros y avanzan como un solo hombre hacia la nave.
    — ¡Espera! ¡Detente! —le grito a Haplo, y aprieto la mejilla contra el cristal de la portilla para ver mejor—. ¿No podemos aguardar un momento más?
    —Si quieres, puedes volverte atrás, sartán —responde Haplo con un gesto de indiferencia—. Has cumplido con tu papel y ya no te necesito. ¡Vamos, lárgate!
    La nave empieza a moverse. Las energías mágicas de Haplo fluyen a través de ella...
    Debo ir. Jonathon ha tenido suficiente fe, me digo. Estaba dispuesto a morir por lo que creía. Yo debo ser capaz de hacer lo mismo.
    Me encamino hacia la escalerilla que conduce desde el puente a la cubierta superior. En el exterior de la nave se oyen las gélidas voces de los muertos, sus gritos de rabia, encolerizados de ver que su presa se escapa. Escucho a Kleitus y a los lázaros elevar sus voces en un cántico. Tratan de desmoronar la frágil estructura rúnica de protección de nuestra nave.
    La embarcación da un bandazo y se hunde unos palmos.
    De improviso, me viene a la cabeza una inspiración. Yo puedo potenciar las debilitadas energías de Haplo.
    El lázaro de quien había sido Jonathon se mantiene aparte de los demás lázaros, y la mirada de este espíritu no del todo separado del cuerpo se vuelve hacia la nave y atraviesa las runas, la madera, el cristal... y mi carne y mis huesos hasta alcanzar mi corazón...
    — ¡Sartán! ¡Alfred!
    El interpelado se volvió con cautela y retrocedió hasta los mamparos.
    — ¡Yo, no! ¡No puedo...! ¡Ah, eres tú! —pestañeó.
    —Pues claro que soy yo. ¿Por qué nos has traído a este lugar abandonado? — Quiso saber la patryn—. Necrópolis queda por ahí, al otro lado. ¿Cómo vamos a cruzar el Mar de Fuego?
    Alfred parecía impotente.
    —Dijiste que Xar haría vigilar la Puerta de la Muerte...
    —Sí; pero, si hubieras hecho lo que te indiqué y hubieras llevado la nave directamente a Necrópolis, en estos momentos ya estaríamos a salvo, ocultos en los túneles.
    —Es sólo que..., bueno, yo... —Alfred levantó la cabeza y miró a su alrededor—. Os parecerá estúpido, lo sé, pero..., pero... esperaba encontrar aquí a cierto conocido...
    — ¡Encontrar a alguien! —exclamó Marit con aire sombrío—. ¡Si alguien se presenta por aquí, seguro que es la guardia de mi Señor!
    —Sí, supongo que tienes razón. —Alfred dirigió una nueva mirada al embarcadero vacío y suspiró—. ¿Qué hacemos ahora? —preguntó, sumiso—.
    ¿Remontamos el vuelo hasta Necrópolis?
    —No, es tarde para eso. Ya nos habrán visto. Probablemente, vienen a buscarnos. Tendremos que salir de ésta con alguna historia convincente.
    —Si tan segura estás de tu señor, Marit —preguntó Alfred con cierta vacilación—, ¿por qué tienes miedo de encontrarte con él?
    —No lo tendría, si estuviera sola. Pero no lo estoy. Viajo con un mensch y con un sartán. Vamos — ñadió, al tiempo que se volvía bruscamente—. Será mejor desembarcar. Tengo que reforzar las runas que protegen la nave.
    Ésta, semejante en construcción y diseño a las naves dragón de Ariano, flotaba apenas unos palmos por encima del embarcadero. Marit saltó con facilidad desde la cubierta de proa y aterrizó de pie, con ligereza. Alfred, después de algunos intentos nulos, se lanzó por la borda, se enredó el pie en uno de los cabos y terminó colgado boca abajo sobre la lava fundida. Marit, con gesto ceñudo, consiguió liberarlo y depositarlo en el muelle, en precario equilibrio sobre sus pies.
    Hugh la Mano apareció en cubierta. Hasta aquel instante había permanecido dentro, contemplando con incredulidad y asombro el aterrador nuevo mundo en el que habían entrado. Tras sacudir la cabeza, saltó de la nave al muelle. Pero, casi de inmediato, se dejó caer de rodillas y se llevó las manos al cuello. Dio muestras de sofoco, de falta de aire.
    —Así murieron los mensch en este mundo, hace tantos años —dijo una voz.
    Alfred se volvió, alarmado.
    Una figura emergió de la bruma azufrosa que se extendía sobre el Mar de Fuego.
    —Uno de los lázaros —dijo Marit con disgusto. Su mano se cerró en torno a la empuñadura de la espada—. ¡Lárgate! —exclamó.
    — ¡No, espera! —intervino Alfred con la mirada fija en el cadáver, que se movía arrastrando los pies pesadamente—. Lo..., lo conozco. ¡Jonathon!
    —Aquí estoy, Alfred. Aquí he estado todo este tiempo.
    «... todo este tiempo...» Hugh levantó la cabeza y contempló con incredulidad aquella aterradora aparición, sus cerúleas facciones, las marcas mortales de su garganta, los ojos que en un momento estaban vacíos y muertos y, al siguiente, radiantes de vida. La Mano intentó hablar, pero cada vez que tomaba aire llevaba a sus pulmones los vapores venenosos, y tosió hasta congestionarse.
    — ¡Aquí no puede sobrevivir! —Dijo Alfred, revoloteando en torno a Hugh con gesto inquieto—. ¡Imposible, sin magia que lo proteja!
    —Será mejor que lo devolvamos a bordo —respondió Marit con una mirada de desconfianza al lázaro, que los contemplaba en silencio—. Las runas mantendrán una atmósfera que pueda respirar.
    Hugh movió la cabeza en gesto de negativa. Alargó la mano y asió la de Alfred.
    — ¡Prometiste... que me ayudarías! —consiguió articular—. ¡Voy... contigo!
    — ¡No prometí nada! —protestó Alfred, inclinado sobre el mensch jadeante—.
    ¡Nada de promesas!
    —Lo hiciera o no, Hugh, estarás mejor a bordo. Tú... —Marit dejó ahí la frase.
    Hugh movió la cabeza otra vez pero, en aquel momento, rodó de cabeza por el embarcadero y se revolcó de agonía, con las manos otra vez en el cuello.
    —Yo me encargo —se ofreció Alfred.
    —Será mejor que te des prisa—murmuró la patryn—. El mensch está en las últimas.
    Alfred empezó a entonar las runas y efectuó una danza solemne y ágil en torno a Hugh. Unos signos mágicos se encendieron como centellas en el aire sulfuroso y parpadearon en torno al mensch al igual que un millar de luciérnagas.
    Hugh desapareció.
    —Está a bordo otra vez —anunció Alfred, al tiempo que cesaba la danza y volvía una mirada nerviosa hacia la nave—. Pero... ¿y si intenta saltar de nuevo?
    —Yo me ocuparé de eso. —Marit trazó un signo mágico en el aire. La runa estalló en llamas, se elevó en el aire y prendió otro signo grabado a fuego en el exterior del casco de la nave. Las llamas aumentaron y se extendieron de runa en runa más rápido de lo que podía seguidas la vista—. Ya está. Ahora, el mensch no puede salir. Y nadie puede entrar, tampoco.
    —Pobre tipo. Es como yo, ¿verdad? —intervino Jonathon.
    «... ¿verdad?...», repitió el triste eco.
    — ¡No! —La réplica de Alfred fue tan brusca que Marit lo contempló con asombro—. ¡No! ¡Ese mensch no es como..., como tú!
    —No me refiero a que sea un lázaro. Su muerte fue noble. Murió sacrificándose por la que amaba. Y no fue devuelto a la vida por odio, sino por amor y por compasión. De todos modos —insistió Jonathon con suavidad—, es como yo.
    Alfred tenía el rostro encendido, salpicado de manchitas blancas, y la mirad fija en las punteras de los zapatos.
    —Yo no... nunca tuve intención de que sucediera una cosa así.
    —Nada de esto fue premeditado —replicó Jonathon—. Los sartán no tenían intención de perder el control sobre su nueva creación. Los mensch no murieron premeditadamente. No era nuestra intención practicar la nigromancia. Pero sucedió y ahora debemos aceptar la responsabilidad. Tú también debes aceptarla.
    El mensch tiene razón. Tú puedes salvarlo. Dentro de la Séptima Puerta.
    «... Séptima Puerta...» —El único lugar al que no me atrevo a ir —murmuró Alfred.
    —Cierto. Xar lo busca. Y Kleitus, también.
    Alfred contempló la ciudad de Necrópolis, una impresionante construcción de roca negra al otro lado del Mar de Fuego, cuyos muros reflejaban el resplandor rojizo del río de lava.
    —No volveré ahí —declaró Alfred—. Y no estoy seguro de saber encontrar el camino.
    —El camino te encontrará a ti —dijo Jonathon.
    «... te encontrará a ti...» Alfred palideció. Rápidamente, movió la cabeza.
    —No. Estoy aquí para encontrar a Haplo, mi amigo. ¿Te acuerdas de él? ¿Lo has visto? ¿Está a salvo? ¿Puedes conducirnos a él?
    El lázaro retrocedió, apartándose de la carne cálida que avanzaba hacia él.
    Cuando respondió, lo hizo con tono adusto.
    —No es cosa mía ayudar a los vivos. A ellos les corresponde ayudarse unos a otros.
    —Pero si sólo pudieras decirnos...
    Jonathon ya se había vuelto y se alejaba por el embarcadero hacia la ciudad abandonada con el porte vacilante de los no muertos.
    —Déjalo que se vaya —dijo Marit—. Tenemos otros problemas.
    Alfred se volvió a tiempo de ver unas runas patryn que iluminaban el aire. Un momento después, tres patryn surgían del círculo mágico llameante y se plantaban ante ellos en el embarcadero.
    Marit no se sorprendió, pues esperaba algo parecido.
    —Sígueme la corriente, no importa lo que haga o lo que diga —susurró al sartán.
    Asiéndolo por el brazo, Marit tiró de Alfred con tal fuerza que estuvo a punto de arrancarlo de sus propios pies, y avanzó al encuentro de los patryn arrastrando consigo al trastabillante sartán.
    —Debo ver al Señor Xar —exclamó Marit, al tiempo que empujaba a Alfred para ponerlo a la vista—. Traigo un prisionero.
    Por fortuna, Alfred conseguía ofrecer un aspecto tan desgraciado como si acabara de caer cautivo de alguien. No era preciso que fingiera para producir la impresión de desamparo e infelicidad. Bastaba con que se quedara allí, en el embarcadero, con la cabeza gacha y la expresión culpable, arrastrando los pies con torpeza.
    No sabía si confiar en Marit o si creer que la patryn lo había traicionado.
    Tampoco importaba mucho lo que pensara. Era la única alternativa que les quedaba. Marit ya tenía decidido aquel plan de acción antes de que abandonaran el Laberinto. Consciente de que los patryn estarían vigilando la Puerta de la Muerte, había dado por supuesto que ella y Alfred serían interceptados tan pronto como hicieran acto de presencia. Si intentaban huir o luchar, serían capturados y encarcelados; posiblemente, incluso les dieran muerte. Pero si se presentaba con un prisionero sartán, al cual debía conducir ante el Señor del Nexo...
    Marit se apartó los cabellos de la frente y dejó ésta al descubierto. Ya había enjuagado la sangre. El signo mágico de unión entre ella y Xar estaba roto por una profunda cicatriz, pero la marca del Señor del Nexo aún resultaba claramente visible en su piel.
    —Debo hablar con Xar cuanto antes. Como veis —añadió con orgullo—, ostento la autoridad de nuestro Señor.
    —Estás herida —respondió uno de los patryn, estudiando la marca.
    —En el Laberinto se libra una batalla terrible —replicó Marit—. Una fuerza malévola intenta sellar la Última Puerta.
    — ¿Los sartán? —preguntó el patryn con una mirada ominosa a Alfred.
    —No —respondió Marit—. Los sartán no. Por eso debo ver a Xar. La situación es muy apurada. A menos que consigamos ayuda... —Exhaló un profundo suspiro—: Me temo que estamos perdidos.
    Los patryn dieron muestras de inquietud. Los vínculos entre los miembros de su pueblo eran muy fuertes y sabían que la recién llegada no mentía. El interlocutor de Marit estaba alarmado y estupefacto ante la noticia.
    Tal vez, pensó ella, aquel hombre tenía una esposa y unos hijos a los que había dejado en el Nexo. Tal vez la patryn componente del trío que había salido a su encuentro tenía un marido, unos padres, atrapados todavía en el Laberinto.
    —Si la Última Puerta se cierra —continuó Marit—, nuestra gente quedará atrapada para siempre en ese terrible lugar. ¿Xar no os ha contado nada de esto?
    —preguntó, casi esperanzada.
    —No, no nos ha dicho nada —declaró la patryn.
    —Pero estoy seguro de que tiene buenas razones para no haberlo hecho — añadió su compañero con frialdad. Hizo una pausa, pensativo, y añadió—: Os conduciré a presencia de nuestro Señor.
    El otro guardia inició una protestas.
    — ¡Pero nuestras órdenes...!
    — ¡Conozco mis órdenes! —replicó el primero.
    —Entonces, sabes que debemos...
    El trío de centinelas se retiró a un rincón del muelle y empezó a deliberar en voz baja. Era perceptible un tonillo de tensión en la conversación.
    Marit suspiró. Todo estaba saliendo como esperaba. Permaneció donde estaba, con los brazos cruzados sobre el pecho con aparente despreocupación. Sin embargo, tenía el corazón en un puño. Xar no había hablado a los suyos sobre la lucha que se desarrollaba en el Laberinto. Tal vez intentaba ahorrarles sufrimientos, se dijo, pero una vocecilla interior le replicó que su Señor tal vez temía que sus patryn fueran a rebelarse contra él.
    Como se había rebelado Haplo...
    Marit se llevó la mano a la frente y se frotó el signo mágico, que le escocía y le hormigueaba. Estaba perdiendo el tiempo, se dijo. Tenía que hablar con Alfred. Los guardias seguían discutiendo y sólo volvían la mirada de vez en cuando para vigilar a sus prisioneros.
    «Saben que no iremos a ninguna parte», dijo Marit para sí, amargamente.
    Moviéndose despacio para no atraer la atención, se deslizó más cerca del sartán.
    — ¡Alfred! —susurró por la comisura de los labios.
    — ¡Oh! ¿Qué...? —dijo el sartán, sobresaltado.
    — ¡Calla y atiende! —siseó ella—. Cuando lleguemos a Necrópolis, quiero que lances un hechizo sobre esos tres.
    Alfred abrió los ojos como platos. Palideció casi como un lázaro y empezó a sacudir la cabeza enérgicamente.
    — ¡No! ¡No podría! ¡No sabría...!
    Marit estaba pendiente de sus congéneres; al parecer, los tres patryn ya estaban cerca de alcanzar un consenso.
    — ¡En otro tiempo, tu pueblo luchó contra el mío! —Masculló con frialdad—.
    Seguro que conoces algún hechizo para incapacitar a esos guardias el tiempo suficiente como para que podamos...
    Marit se vio obligada a callar y a apartarse. Los patryn habían terminado de conferencias y se acercaban de nuevo.
    —Te conduciremos ante Xar —anunció el guardia.
    — ¡Ya era hora! —replicó Marit con irritación.
    Por fortuna, tal irritación podía tomarse por impaciencia, por anhelo de ver a su Señor, y no por ganas de sacudir a Alfred.
    El sartán, en una súplica silenciosa, seguía rogándole que no lo obligara a aquello. Su aspecto era realmente patético, lastimoso.
    Y, de pronto, Marit comprendió por qué. Alfred no había formulado nunca un hechizo contra nadie, patryn o mensch, movido por la cólera. Había llegado a extremos insospechados para evitarlo: desmayarse, quedar indefenso, aceptar la posibilidad de perder la vida antes que utilizar su poder para matar a otros.
    Los tres guardias empezaron a trazar de nuevo sus runas en el aire.
    Concentrados en su magia, dejaron de prestar atención a sus prisioneros durante unos momentos. Marit agarró con fuerza a Alfred por el brazo, como si de verdad fuera su prisionero.
    Al tiempo que le clavaba las uñas en el terciopelo de su levita, la mujer le susurró con tono apremiante:
    —Hazlo por Haplo. Es nuestra única oportunidad.
    Alfred emitió un gemido lastimero. Marit notó cómo temblaba, pero se limitó a clavarle las uñas un poco más.
    El líder de los patryn los señaló con un gesto, y los otros dos guardias se acercaron para escoltarlos. El signo mágico se encendió en el aire como un círculo de llamas deslumbrante.
    Alfred dio un paso atrás.
    — ¡No, no me obligues! —dijo a Marit.
    —Ése sabe lo que le espera —comentó uno de los patryn.
    —Sí que lo sabe —respondió Marit y su mirada se clavó en la de Alfred sin ofrecerle el menor descanso, la menor esperanza de posponer la resolución de las cosas.
    Asiéndolo con firmeza por el brazo, lo arrastró al interior del círculo mágico flameante.
    CAPÍTULO 12
    NECRÓPOLIS
    ABARRACH
    ¡No tenía que matarlos! El pensamiento tomó a Alfred por sorpresa.
    Incapacitarlos. Por supuesto. Eso era lo que había dicho Marit: incapacitarlos.
    ¿Qué idea le había rondado por la cabeza? Un escalofrío que surgía del tuétano de sus huesos estremeció al sartán. En lo único que se le había ocurrido pensar era en matar.
    ¡Incluso había considerado en serio tal posibilidad!
    Era aquel mundo, se dijo, horrorizado consigo mismo. Aquel mundo de muerte donde nada tenía permitido morir. Eso y la batalla del Laberinto. Y su inquietud, su angustia torturadora por la suerte de Haplo. Estaba tan cerca de encontrar a su amigo y aquellos patryn —sus enemigos— le obstaculizaban el paso. El miedo, la cólera...
    «Busca todas las excusas que quieras —se dijo con severidad—, pero la auténtica verdad es que, aunque sólo fuera por un solo instante, era eso lo que deseabas. Cuando Marit dijo que formulara un hechizo, vi los cuerpos de esos patryn caídos a mis pies y me alegré de verlos muertos.» Exhaló un suspiro y prosiguió para sí:
    «"Vosotros nos creasteis", dijeron las serpientes dragón. Y ahora entiendo cómo...» Marit le clavó el codo en las costillas. Alfred volvió en sí con un sobresalto que debió de resultar muy acusado, pues los patryn se volvieron a mirarlo con extrañeza.
    —Yo... reconozco este lugar —murmuró para romper el silencio.
    Y era cierto, para gran pesar del sartán. Habían atravesado el túnel mágico de los patryn, creado por la posibilidad de que estuvieran y no estuvieran allí. Y en aquel momento se hallaban en Necrópolis.
    Necrópolis, una ciudad de túneles y pasadizos que penetraban a gran profundidad bajo la superficie del mundo de piedra, era un lugar desolado y deprimente la última vez que Alfred había recorrido sus sinuosas calles. Pero entonces, al menos, había estado llena de gente, de su gente, restos de una raza de semidioses que había descubierto, demasiado tarde, que no eran tales.
    En esta ocasión, las calles estaban vacías; vacías y embadurnadas de sangre.
    Pues era allí, en aquellas calles, en aquellas casas, en el propio palacio, donde los sartán muertos habían descargado su furia sobre los vivos. Desde entonces, los aterradores lázaros vagaban por los pasadizos. Y lo observaban desde las sombras con sus miradas siempre cambiantes: miradas de odio, desesperadas y vengativas.
    Los patryn condujeron a los prisioneros por las calles desiertas, en las que el más mínimo ruido despertaba ecos, en dirección al palacio. Uno de los lázaros se unió a ellos y los siguió arrastrando los pies pesadamente, mientras su voz fría, seguida de su inseparable eco fantasmal, murmuraba lo que le gustaría nacer con aquel grupo.
    Alfred se estremeció de pies a cabeza e incluso los patryn, con sus nervios de acero, se mostraron perturbados. Sus facciones se tensaron, y los tatuajes de sus brazos se encendieron en una respuesta defensiva. Marit mostraba una intensa palidez y tenía las mandíbulas encajadas. No dirigió la mirada hacia el muerto ambulante, sino que continuó adelante con ceñuda determinación.
    Marit estaba pensando en Haplo, comprendió Alfred y él también notó un nudo de espanto en el estómago. ¿Y si Haplo..., y si el patryn era ahora uno de aquellos lázaros?
    Se encontró bañado en un sudor helado y le entraron náuseas. Se sentía mareado y al borde del desmayo. Sí, a punto de desmayarse de verdad.
    Los patryn se detuvieron y se volvieron.
    — ¿Qué le sucede?
    —Es un sartán —respondió Marit con tono despectivo—. Es débil. ¿Qué esperabais? Yo me encargo de él.
    Se volvió hacia Alfred, y éste vio impaciencia y expectación en su mirada.
    ¡Sartán bendito! ¡Marit creía que aquello era una pantomima, que estaba simulando y que se disponía... a lanzar el encantamiento!
    ¡No!, quiso gritar. ¡Allí había un malentendido! En aquel momento, no. No era aquello lo que tenía en la cabeza. Y tampoco conseguía discurrir nada que...
    Pero Alfred comprendió que debía continuar aquella comedia. De momento, no había despertado las sospechas de los patryn, pero si seguía allí plantado, balbuceando y con los ojos desorbitados, no tardaría en hacerlo.
    Frenéticamente, se preguntó qué hacer. Jamás se había enfrentado a un patryn; nunca había combatido contra alguien cuya magia funcionaba igual —sólo que al contrario— que la suya. Para empeorar las cosas, los patryn ya tenían levantadas sus defensas mágicas como protección frente al lázaro. Las posibilidades giraron en la cabeza del sartán como un torbellino, aturdidoras, desordenadas y aterradoras.
    «Haré que se hunda el techo de la caverna.» (¡No! ¡Así, moriríamos todos!)
    «Haré surgir del suelo un dragón de fuego.» (¡No! ¡El resultado sería el mismo!)
    «De repente, aparecerá de la nada un jardín de flores.» (Pero ¿de qué serviría eso?)
    «El lázaro atacará.» (Alguien podría salir malparado...)
    «El suelo se abrirá y me tragará...» (¡Sí! ¡Eso es!)
    — ¡Espera! —Alfred se agarró a Marit e inició una danza, saltando de un pie a otro, cada vez más deprisa.
    Marit no se soltó. La danza de Alfred se hizo más frenética. Sus pies golpeaban el suelo de roca con fuerza.
    Los patryn, que al principio creían que Alfred se había vuelto loco, no tardaron en recelar y se abalanzaron sobre él.
    La magia surtió efecto; la posibilidad se produjo. El suelo se desmoronó bajo los pies de Alfred. En la roca se abrió un agujero y el sartán se arrojó a él, arrastrando consigo a Marit. Los dos cayeron rodando entre rocas y polvo asfixiante, y se sumergieron en la oscuridad.
    La caída fue corta. Según sabía de su anterior visita, Necrópolis era una conejera de túneles colocados unos encima de otros. Así, Alfred había calculado (al menos había tenido la desesperada esperanza de ello) que debajo del túnel en el que se encontraban habría otro pasadizo. Sólo después de haber formulado el hechizo se le ocurrió pensar que debajo de la ciudad había también inmensos estanques de lava...
    Por fortuna, fueron a caer a un corredor a oscuras. Sobre sus cabezas, un chorro de luz penetraba por un agujero del techo. Los guardias patryn habían rodeado el hueco y los miraban desde lo alto mientras hablaban entre ellos con tono apremiante.
    — ¡Ciérralo! —Exclamó Marit al tiempo que sacudía a Alfred—. ¡Van a bajar a buscarnos!
    Alfred se había quedado con la mente en blanco durante unos instantes, aterrorizado con la idea de que habrían podido caer en un estanque de lava. Por fin, dándose cuenta del peligro real, invocó con retraso la posibilidad de que el agujero no hubiera existido nunca.
    El hueco del techo desapareció. La oscuridad se cerró sobre ellos, densa y pesada. Pronto, el fulgor mortecino de los signos mágicos tatuados en la piel de Marit la iluminó.
    — ¿Estás..., estás bien? —tartamudeó Alfred.
    En lugar de responder, Marit le propinó un empujón.
    — ¡Corre!
    — ¿Hacia dónde?
    — ¡No importa! ¡Pronto vendrán tras nosotros! —Añadió, indicando el techo—.
    Ellos también pueden usar la magia, ¿recuerdas?
    El resplandor de las runas de Marit se intensificó lo suficiente como para permitirles ver por dónde pisaban. Corrieron pasadizo adelante sin saber adonde iban y sin preocuparse de averiguarlo. Sólo esperaban eludir a sus perseguidores.
    Al cabo de un rato, hicieron un alto y aguzaron el oído.
    —Creo que los hemos perdido —aventuró Alfred.
    —Y nosotros también lo estamos. De todos modos, no creo que hayan intentado seguirnos. ¿Sabes? —Marit frunció el entrecejo—. Resulta extraño...
    —Quizás han ido a informar a Xar.
    —Es posible. —La patryn volvió la vista hacia un extremo y otro del túnel en sombras—. Tenemos que determinar dónde estamos. Yo no tengo la menor idea, ¿y tú?
    —No —reconoció Alfred y sacudió la cabeza—. Pero conozco el modo de averiguarlo.
    Se arrodilló, tocó el ángulo de la pared con el suelo del corredor y entonó un cántico susurrante. Un signo mágico cobró vida bajo sus dedos y se iluminó débilmente. El leve fulgor se difundió a otra runa y a otra más, hasta que una fila de ellas brilló con una luz suave y reconfortante a lo largo de la parte baja de la pared.
    Marit dejó escapar una exclamación.
    — ¡Las runas sartán! Había olvidado su existencia. ¿Adonde nos llevarán?
    —Adonde queramos ir —se limitó a decir Alfred.
    —Junto a Haplo —indicó ella.
    Alfred captó esperanza en su voz. Él no la tenía. Él sentía pavor ante lo que podían encontrar.
    — ¿Adonde llevaría Xar a Haplo? A..., a sus aposentos privados no, ¿verdad?
    —No. A las mazmorras —respondió Marit—. Fue allí adonde llevó a Samah y..., y a los otros que... —No terminó la frase; dio media vuelta y prosiguió—: Será mejor que nos demos prisa. No tardarán mucho en imaginar adonde vamos; entonces, vendrán a buscarnos.
    — ¿Por qué no lo han hecho esta vez? —preguntó Alfred.
    Marit no respondió. No tenía que hacerlo. Alfred lo sabía perfectamente.
    ¡Porque Xar ya sabía adonde iban!
    Se dirigían a una trampa, era evidente. Alfred se dio cuenta, desconsolado, de que así había sido desde el primer momento. Los guardias patryn no sólo habían permitido que escaparan, sino que incluso les habían proporcionado la oportunidad.
    Con su magia, los patryn podrían haberlos conducido directamente a Xar.
    Podrían haberlos dejado ante su misma puerta, se dijo Alfred. Pero no. Los guardias los habían llevado a Necrópolis, a sus calles vacías. Y allí los habían dejado escapar y ni siquiera se habían molestado en perseguirlos.
    Y, precisamente cuando todo parecía más oscuro, Alfred comprobó con sorpresa que en su interior cobraba vida, vacilante, un leve hálito de esperanza.
    Si Haplo estaba muerto y Xar había utilizado la nigromancia en él, sin duda el Señor del Nexo ya se encontraría en la Séptima Puerta y no los necesitaría.
    Algo había salido mal... o bien.
    Los signos mágicos seguían iluminándose en la pared. Prendían uno tras otro con la rapidez de un incendio. En algunos lugares, donde las grietas de la pared interrumpían los signos, las runas permanecían apagadas. Los sartán de Abarrach habían terminado por olvidar la manera de restaurar su magia. Con todo, las interrupciones nunca detenían por completo el flujo. La luz mágica saltaba los signos estropeados, prendía el siguiente y así continuaba. Lo único que Alfred debía hacer era mantener la imagen de las mazmorras en su mente y las runas los conducirían hacia allí.
    « ¿Y hacia qué?», se preguntó Alfred con temor.
    En aquel instante, tomó una determinación. Si se equivocaba y Xar había convertido a Haplo en uno de los desdichados no muertos, él pondría fin a tan terrible existencia y proporcionaría la paz a su amigo patryn. No importaba lo que cualquiera alegara ni que alguien intentara impedirlo.
    Los signos mágicos los condujeron hacia abajo de manera paulatina. Alfred había estado en las mazmorras con anterioridad y comprobó que iban en la dirección correcta. Lo mismo le pareció a Marit, que encabezaba la marcha con paso rápido e impaciente. Los dos se mantuvieron en guardia, pero no vieron nada. Ni siquiera los muertos ambulantes recorrían aquellos pasadizos.
    Anduvieron tanto tiempo, sin ver nada salvo las runas sartán de la pared y el leve resplandor de las runas patryn de la piel de Marit, que Alfred cayó en una especie de trance horrífico.
    Cuando Marit se detuvo bruscamente, el sartán, que avanzaba como un sonámbulo, tropezó con ella.
    La mujer lo empujó contra la pared con un siseo disimulado.
    —Veo luz ahí delante —anunció en voz muy baja—. Antorchas. Y ya sé dónde estamos. Delante de nosotros se encuentran las celdas. Probablemente, Haplo está preso en una de ellas.
    —Aquí abajo todo parece muy tranquilo —cuchicheó Alfred—. Demasiado tranquilo...
    Marit no le hizo caso y continuó avanzando por el pasadizo en dirección a la luz de las antorchas.
    Alfred no tardó mucho en encontrar la celda. Los signos mágicos de la pared ya no lo guiaban; en las mazmorras, la mayoría de las runas sartán habían sido rotas o borradas deliberadamente. A pesar de ello, Alfred avanzó hacia el lugar correcto sin la menor vacilación, como si unos signos invisibles, creados por su propio corazón, se encendieran ante sus ojos.
    El sartán echó una ojeada al interior de la celda antes de penetrar en ella y agradeció haberlo hecho. Haplo yacía en un lecho de piedra, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho. No se movía. No respiraba.
    Marit venía detrás, atenta y vigilante. Alfred tuvo un momento para dominar sus emociones antes de que la patryn, al ver que su compañero se detenía, adivinara de inmediato qué había descubierto.
    La mujer se le adelantó en un abrir y cerrar de ojos. Alfred intentó retenerla, pero ella se desasió.
    A toda prisa, Alfred hizo desaparecer los barrotes con una palabra mágica para evitar que Marit se lastimara tratando de pasar entre ellos. La patryn se detuvo un instante junto al lecho de piedra y a continuación, con un sollozo, se dejó caer de rodillas. Tomó la mano fría y sin vida de Haplo y empezó a frotarla como si pudiera hacerla entrar en calor. Las runas tatuadas en la piel del yaciente emitían un leve resplandor, pero la carne helada carecía de vida.
    —Marit... —Alfred rompió el silencio con apuro, en voz baja—. No puedes hacer nada.
    Los ojos del sartán se llenaron de lágrimas amargas; lágrimas de pesar y de lacerante dolor, pero también de alivio. Haplo estaba muerto, sí; ¡pero estaba muerto por completo! No ardía dentro de él, como una vela dentro de una calavera, asomo alguno de aquella horrible vida mágica. El cuerpo yacía sereno, con los ojos cerrados y el rostro relajado, libre de dolor.
    —Ahora está en paz —murmuró. Penetró en la celda con lentitud y se detuvo junto a su enemigo y amigo.
    Marit había vuelto a depositar la fláccida mano de Haplo sobre el pecho de éste, encima de la runa del corazón, y en aquel momento estaba sentada en el suelo, encogida, lamentándose a solas en un silencio dolorido, desgarrado.
    Alfred se dio cuenta de que debía decir algo, rendir tributo de homenaje a su compañero de tribulaciones, pero las palabras resultaban inadecuadas. ¿Qué se decía a alguien que se había asomado al interior de uno y había visto, no lo que uno era, sino lo que podía ser? ¿Qué se decía a alguien que había forzado a manifestarse a aquella otra persona mejor que se escondía dentro de uno? ¿Qué se decía a quien le había enseñado a uno a vivir, cuando uno se habría dejado morir?
    Todo aquello había hecho Haplo. Y ahora estaba muerto. Había entregado la vida por él, se dijo Alfred, por los mensch y por los patryn. Todos se habían servido de su fuerza y tal vez, sin saberlo, cada uno de ellos había terminado por consumir una parte de su energía vital.
    —Mi querido amigo —susurró con voz entrecortada. Se inclinó sobre el yaciente y posó la mano sobre la de Haplo, encima de la runa del corazón—.
    Continuaré la lucha, te lo prometo. Retomaré las cosas donde tú las has dejado y haré lo que pueda. Tú descansa. No te preocupes más por el tema. Adiós, amigo mío. Adiós...
    En aquel momento, las palabras de Alfred fueron interrumpidas por un gruñido.
    CAPÍTULO 13
    NECRÓPOLIS
    ABARRACH
    « ¡No, muchacho! ¡Quieto!» La voz de Haplo era insistente y perentoria. Su orden era terminante, estricta.
    Sin embargo...
    El perro se encogió y emitió un leve gañido. Éstos eran amigos de confianza, gente que podía enderezar las cosas. Y, por encima de todo, era gente que se sentía desesperadamente infeliz. Gente que necesitaba un perro.
    El animal se incorporó a medias.
    « ¡No, perro!», la voz de Haplo repitió la advertencia, seca y severa. « ¡No. ¡Es una trampa...!» ¡Ah!, se trataba de eso. ¡Una trampa! Aquellos amigos de confianza se encaminaban directamente hacia una trampa. Y, evidentemente, su amo sólo pensaba en la seguridad de su fiel perro. Lo cual, hasta donde el animal alcanzaba a razonar, dejaba la decisión... en sus patas.
    Con un soplido jubiloso y excitado, el perro se levantó de su escondite y avanzó alegremente por el pasadizo.
    — ¿Qué ha sido eso? —Alfred dirigió una mirada temerosa a su alrededor—.
    He oído algo...
    Se asomó al corredor y vio un perro. Brusca e inesperadamente, se encontró sentado en el suelo.
    — ¡Oh! ¡Oh, vaya! —Repitió una y otra vez—. ¡Oh!
    El animal entró en la celda de un brinco, saltó al regazo de Alfred y le lamió la cara.
    Alfred rodeó el cuello del animal con los brazos y se echó a llorar.
    El perro rehuyó las sensiblerías de Alfred, se liberó de su abrazo y se encaminó hacia Marit. Con mucho cuidado, el animal alzó una pata y la posó en el brazo de la patryn.
    Ella acarició la pata tendida, hundió la cara en el cuello del perro y también rompió a sollozar. Con un gañido compasivo, el perro se volvió hacia Alfred, suplicante.
    — ¡No llores, Marit! ¡Está vivo! —Alfred enjugó sus propias lágrimas.
    Arrodillado junto a la patryn, puso las manos en sus hombros y la obligó a levantar la cara y a mirarlo—. El perro... Haplo no está muerto. Todavía no. ¿No lo ves?
    Marit miró al sartán como si pensara que se había vuelto loco.
    —No sé cómo. Ni yo mismo lo entiendo —murmuró Alfred—. El hechizo de la nigromancia, probablemente. O tal vez Jonathon ha tenido algo que ver con ello.
    Quizás han sido ambas cosas. O ninguna de ellas. ¡Sea como fuere, si el perro está vivo, Haplo también lo está!
    —No comprendo... —Marit estaba desconcertada.
    —Déjame ver si logro explicarlo.
    Olvidando por completo dónde estaba, Alfred se acomodó en el suelo, dispuesto a lanzarse a una perorata. Pero el perro tenía otros planes. Atrapó en la boca la puntera de uno de los zapatones de Alfred, hundió los dientes y empezó a tirar.
    —Cuando Haplo era joven... Buen perro —el sartán se interrumpió e intentó convencer al animal de que soltara el zapato—. Cuando era joven, en el Laberinto... Perro, bonito, suelta de una vez... ¡Oh, vaya...!
    El perro había soltado el zapato y, esta vez, tiraba de la manga del sartán.
    —El perro quiere que nos vayamos —observó Marit.
    Con cierta vacilación, la patryn se incorporó. El perro se olvidó de Alfred y volvió la atención hacia ella. Enseguida, presionó con el flanco las piernas de la mujer, tratando de conducirla hacia la puerta de la celda.
    —No voy a ninguna parte —declaró ella, asiendo con energía la piel floja del cuello del animal al tiempo que detenía sus pasos—. No pienso dejar a Haplo hasta que entienda qué ha sucedido.
    — ¡Es lo que intento explicarte! —exclamó Alfred en tono lastimero—. Pero no hay más que interrupciones. Todo tiene que ver con los impulsos «buenos» de Haplo: compasión, piedad, amor... Haplo fue educado en la creencia de que tales sentimientos eran muestras de debilidad.
    El perro emitió un gruñido sordo y estuvo a punto de derribar a Marit en su nuevo intento de impulsarla hacia la puerta de la celda.
    — ¡Basta, perro! —ordenó la patryn. Miró a Alfred y añadió—: Continúa.
    Con un suspiro, el sartán asintió.
    —A Haplo le resultaba cada vez más difícil conciliar sus auténticos sentimientos con los que él creía que debía tener. ¿Sabías que te buscó, cuando lo dejaste? Se dio cuenta de que te amaba, pero no podía reconocerlo... ni ante sí mismo, ni ante ti.
    Marit dirigió la vista al cuerpo que reposaba en el lecho de piedra. Incapaz de articular palabra, movió la cabeza.
    —Cuando Haplo creyó que te había perdido, entró en un estado de creciente infelicidad y confusión —continuó Alfred—. Y esa confusión lo encolerizó. Concertó todas sus energías en derrotar al Laberinto y escapar de él. Y por fin avistó su objetivo, la Ultima Puerta. Cuando llegó a ella, comprendió que había ganado, pero la victoria no lo complació como él había esperado. Muy al contrario, lo aterrorizó.
    ¿Qué reservaba la vida, una vez que hubiera cruzado la Puerta? Nada...
    »Cuando fue atacado en la Puerta, Haplo luchó con desesperación. Su instinto de conservación es muy poderoso. Pero cuando el caodín lo hirió de gravedad, vio su oportunidad. Podía encontrar la muerte a manos del enemigo. Tal muerte sería honorable; nadie podría decir lo contrario y eso lo liberaría de los terribles sentimientos de culpa, de las dudas respecto a sí mismo y de los remordimientos.
    »Una parte de Haplo estaba decidida a morir, pero otra parte, la mejor de él, se negaba a rendirse. Y en aquel momento, herido y debilitado tanto física como anímicamente, irritado consigo mismo, Haplo encontró la solución a su problema.
    Lo hizo inconscientemente. Creó ese perro.
    Para entonces, el animal en cuestión había abandonado sus intentos de hacer salir de la celda al par de amigos de su amo. Se dejó caer sobre el vientre, apoyó la testuz en el suelo, entre las patas, y contempló a Alfred con expresión resignada y afligida. Lo que sucediera en adelante no sería culpa suya.
    — ¿Que Haplo creó el perro? —Repitió Marit, incrédula—. Entonces... ¿no es real?
    — ¡Oh, sí que es real! —Alfred sonrió con una mueca pesarosa—. Real como las almas de los elfos que revolotean en ese jardín. Real como los fantasmas atrapados en los lázaros.
    — ¿Y ahora, qué? —Marit observó al animal con aire dubitativo—. ¿Qué sucede ahora?
    —No estoy seguro. —Alfred se encogió de hombros en un gesto de impotencia—. Parece que el cuerpo de Haplo se encuentra en un estado de animación suspendida, como el sueño permanente de mi pueblo...
    De pronto, el perro se incorporó de un salto. Tenso, con el vello del lomo erizado, miró fijamente hacia el pasadizo en sombras.
    —Ahí fuera hay alguien —dijo Alfred al tiempo que se ponía en pie con torpeza.
    Marit no se movió. Su mirada fue de Haplo al perro.
    —Quizá tengas razón. Las runas de su piel están iluminadas. —La sartán miró a Alfred—. Tiene que haber un modo de devolverlo a la vida. Tal vez la nigromancia...
    Alfred palideció y retrocedió un paso.
    — ¡No! ¡Por favor, no me lo pidas!
    — ¿Qué significa, ese « ¡No!»? ¿Que no se puede hacer? ¿O que no quieres hacerlo? —quiso saber Marit.
    —No se puede... —respondió Alfred débilmente.
    — ¡Sí se puede! —dijo una voz, procedente del pasadizo.
    «... se puede...» repitió un eco lúgubre.
    El perro lanzó un seco ladrido de advertencia.
    El lázaro que había sido el dinasta, gobernante de Abarrach, entró en la celda arrastrando los pies.
    Marit desenvainó la espada.
    — ¡Kleitus! —Su tono era gélido, aunque había un ligero temblor en su voz—.
    ¿Qué buscas aquí?
    El lázaro no prestó atención a la patryn, ni al perro, ni al cuerpo yaciente en el lecho de piedra.
    — ¡La Séptima Puerta! —respondió con un espantoso destello de vida en sus ojos muertos.
    «... Puerta...», suspiró el eco.
    —No..., no sé a qué te refieres —fue la débil réplica de Alfred. Éste había adquirido una palidez extrema y el sudor le perlaba la calva.
    —Claro que sí —insistió Kleitus—. ¡Eres un sartán! Entra en la Séptima Puerta y encontrarás el modo de liberar a tu amigo. —La mano salpicada de sangre del lázaro señaló a Haplo—: De devolverle la vida.
    — ¿Es cierto eso? —preguntó Marit.
    En torno a Alfred, los muros de la celda empezaban a encogerse y a arrugarse, a palpitar y a acercarse. La oscuridad empezaba a hacerse enorme, a hincharse y expandirse. Parecía a punto de asaltarlo, de engullirlo...
    « ¡No te desmayes, maldita sea!», exclamó una voz.
    Una voz familiar. ¡La de Haplo!
    Alfred abrió los ojos, muy brillantes. Las sombras retrocedieron. Buscó el origen de la voz y encontró los acuosos ojos del perro fijos en su rostro con una mirada penetrante.
    Alfred pestañeó y tragó saliva.
    — ¡Sartán bendito!
    «No hagas caso al lázaro. Es una trampa», continuó la voz de Haplo; la voz procedía del interior de Alfred, de su cabeza. O tal vez de aquella huidiza porción de sí mismo que era su propia alma.
    —Es una trampa —repitió en voz alta, sin ser muy consciente de lo que decía.
    «No vayas a la Séptima Puerta. No permitas que el lázaro te convenza. Ni él, ni nadie. No vayas.» —No voy a ir. —Alfred tuvo la confusa impresión de ser el eco de un lázaro—.
    Lo siento... —añadió, dirigiéndose a Marit.
    « ¡No te disculpes!» ordenó Haplo con irritación. «Y no dejes que Kleitus te engañe. El lázaro sabe muy bien dónde está la Séptima Puerta. Murió en esa sala.» — ¡Pero no puede volver a entrar! — lfred comprendió por fin la situación de Kleitus—. ¡Las runas defensivas se lo impiden!
    «Y no tiene ningún interés en mí», añadió Haplo con sequedad. «Sólo piensa en él. ¡Quizás espera que le devuelvas la vida a él!» —No seré yo quien te ayude a entrar —proclamó Alfred.
    — ¡Cometes un error, sartán! —masculló el lázaro.
    «... un error, sartán...» —Yo estoy de tu parte. Somos hermanos. —Kleitus avanzó varios pasos, arrastrando los pies—. Si me devuelves la vida, seré fuerte y poderoso. ¡Mucho más poderoso que Xar! ¡Él lo sabe y me teme! ¡Ven, deprisa! ¡Es tu única oportunidad de escapar de él!
    — ¡No lo haré! —Alfred se estremeció.
    El lázaro avanzó hacia él. Alfred retrocedió hasta que topó con la pared y no pudo seguir haciéndolo. Entonces presionó la piedra con las manos como si fuera a filtrarse por ella.
    — ¡No lo haré...!
    « ¡Tenéis que salir de aquí!», insistió Haplo. « ¡Tú y Marit! ¡Estáis en peligro! Si Xar os encuentra aquí...» — ¿Y tú? —preguntó Alfred en un susurro cargado de añoranza.
    Marit se volvió hacia él con una mueca de extrañeza y suspicacia.
    — ¿Yo, qué?
    — ¡No, no! —Alfred estaba perdiendo el dominio de sí—. Yo se lo decía..., se lo decía a Haplo.
    — ¿A Haplo? —La patryn lo miró con ojos como platos.
    — ¿No has oído lo que dice? —se extrañó Alfred y, en el momento de hacer la pregunta, se dio cuenta de que Marit no había captado nada. Ella y Haplo habían estado unidos, pero no habían intercambiado sus almas como habían hecho ellos dos en aquella ocasión, mientras cruzaban la Puerta de la Muerte.
    Hizo un gesto con la mano, dando por cerrada la cuestión.
    « ¡Olvídate de mí! ¡Marchaos de una vez! —Insistió Haplo—. ¡Utiliza tu magia!» Alfred tragó saliva. Se pasó la lengua seca por los labios e intentó en vano humedecer la garganta reseca antes de empezar a entonar las runas con voz quebrada y casi inaudible.
    Kleitus entendió el olvidado lenguaje mágico lo suficiente como para comprender lo que se proponía y, alargando su demacrado brazo, atrapó a Marit.
    —Canta una runa más y la entrego a los no muertos —amenazó a Alfred.
    La patryn pugnó por soltarse e intentó atravesar al lázaro con su espada, pero el muerto ambulante no tenía limitaciones físicas. Con fuerza sobrehumana, arrancó la espada del puño de Marit y cerró su mano manchada de sangre en torno al cuello de su prisionera.
    Los signos mágicos de la piel de Marit refulgieron brillantemente. Su magia entró en acción para defenderla. Cualquier ser vivo habría quedado paralizado por la descarga, pero el cadáver del dinasta absorbió el castigo sin efectos perceptibles.
    Las largas uñas azuladas de la mano esquelética se hundieron en la carne de Marit. Ella se revolvió de dolor y reprimió un grito. La sangre resbaló por su piel.
    Alfred pegó la lengua al paladar y se quedó paralizado. Marit estaría muerta antes de que él pudiera completar el hechizo.
    — ¡Llévame a la Séptima Puerta! —exigió Kleitus y clavó las uñas aún más hondo.
    Marit lanzó un grito y sus manos se agarraron frenéticamente a las del cadáver.
    El perro soltó un aullido quejumbroso.
    Marit empezó a jadear, buscando aire con desesperación. Kleitus la estaba estrangulando lentamente.
    « ¡Haz algo!», reclamó Haplo, furioso.
    — ¿Qué? —gimió Alfred.
    — ¡Esto, sartán! ¡Haz esto!
    El Señor del Nexo entró en la celda. Levantó la mano, trazó un signo mágico en el aire y lo lanzó hacia Kleitus como una centella.
    CAPÍTULO 14
    NECRÓPOLIS
    ABARRACH
    El signo mágico golpeó al lázaro en el pecho y estalló. Kleitus soltó una exclamación de rabia, pues el cadáver era insensible al dolor. Cayó al suelo y sus miembros muertos se agitaron y retorcieron espasmódicamente.
    El lázaro luchó contra la magia hasta que, aparentemente, se sobrepuso a ella; con esfuerzo, empezó a incorporarse.
    Xar pronunció unas palabras en tono cortante. La runa se expandió y sus brazos se hicieron tentáculos que rodearon al cadáver ambulante hasta reducirlo, pese a sus sacudidas.
    Por fin, con un último estremecimiento, el lázaro quedó en el suelo, inmóvil.
    El Señor del Nexo lo observó con recelo. Tal vez fingía, pensó. Desde luego, no lo había matado. No se podía matar lo que ya estaba muerto. Pero lo había dejado incapacitado, de momento. El signo mágico, que seguía emitiendo un leve resplandor, parpadeó hasta apagarse. El hechizo cesó. El lázaro continuó inmóvil.
    Satisfecho, Xar se volvió a Alfred.
    —Bien hallado, Mago de la Serpiente. Por fin.
    Al sartán, los ojos casi le saltaron de las órbitas. Movió la mandíbula pero no surgió de su boca sonido alguno. El Señor del Nexo se dijo que no había visto nunca un individuo de aspecto más penoso y miserable, pero no se dejó engañar por la apariencia externa. El sartán era poderoso, extraordinariamente poderoso.
    Aquella apariencia de debilidad y estupidez no era más que un disfraz.
    —Aunque debo decir que me siento decepcionado contigo, Alfred —continuó Xar. No había nada de malo en dejar que el sartán pensara que había conseguido su propósito. El Señor del Nexo hundió la puntera de la bota en el lázaro inmóvil— . Tú podrías haberle hecho lo mismo, supongo.
    Xar se inclinó sobre Marit.
    —No estás malherida, ¿verdad, hija?
    Débil y conmocionada, Marit rehuyó su contacto, pero no tenía dónde ocultarse. Su espalda tropezó con el pie del lecho de piedra. Su Señor la sostuvo.
    Ella se encogió, pero Xar actuó con suavidad. La ayudó a ponerse en pie y la sostuvo cuando ella, desfallecida, se tambaleó.
    —Las heridas que te ha hecho escuecen mucho. Sí, lo sé, hija. Yo también he experimentado el repulsivo contacto de los lázaros. Es algún veneno, supongo.
    Pero yo puedo aliviarte.
    Colocó la mano en la frente de Marit, apartó los cabellos y sus dedos volvieron a trazar con suavidad, delicadamente, el signo mágico que una vez había grabado en ella; la marca que aquella misma mano había roto, había desbaratado, en el Laberinto. Al contacto con sus dedos, la runa se cerró y se restauró por completo.
    Marit no lo notó. Ardía de fiebre y estaba mareada y desorientada. Xar alivió su dolor en parte, pero no por completo.
    —Pronto te sentirás mejor. Siéntate aquí —dijo su Señor, conduciéndola hasta el borde del lecho en el que yacía Haplo— y descansa. Tengo que tratar ciertos asuntos con el sartán.
    — ¡Mi Señor! —Marit tomó la mano de Xar, se aferró a ella—. ¡Mi Señor, el Laberinto...! ¡Nuestro pueblo lucha por su vida!
    Xar endureció la expresión.
    —Lo sé, hija mía. Y me propongo regresar. Nuestra gente será capaz de resistir hasta que...
    — ¡Mi Señor! ¡No lo comprendes! Las serpientes dragón han prendido fuego al Nexo. ¡La ciudad está en llamas! Nuestra gente..., ¡nuestro pueblo... muere...!
    Xar se quedó boquiabierto. No podía dar crédito a lo que oía. Era imposible.
    — ¿El Nexo, ardiendo?
    Al principio creyó que lo engañaba, pero en aquel momento volvían a estar unidos y vio la verdad en la mente de Marit. Vio el Nexo, la hermosa ciudad de torreones con esbeltas agujas blancas, su ciudad. No importaba que la hubieran construido sus enemigos. Él había sido el primero en pisarla. El primero en tomar posesión de ella.
    La había conseguido con sangre y con un esfuerzo incesante. Y había llevado a ella a su pueblo. Su gente había convertido la ciudad en su hogar.
    Y en aquel momento, a través de los ojos de Marit, veía el Nexo rojo de llamas y negro de humo y de muerte.
    —Todo aquello por lo que he trabajado... ha desaparecido... —murmuró. La fuerza con la que sostenía a Marit decreció.
    —Mi Señor, si vuelves allí... —Marit retuvo su mano entre las de ella—. Si vuelves con tu gente, harás revivir la esperanza. ¡Ve con los tuyos, mi Señor! ¡Te necesitan!
    Xar titubeó. Recordó...
    ... No cruzó la Última Puerta caminando. Lo hizo a gatas, arrastrándose con el vientre por el suelo entre sus soportes de piedra cubiertos de runas. Había dejado tras de sí un reguero de sangre, un rastro que marcaba su camino a través del propio Laberinto. Parte de la sangre era suya; la mayor parte, de sus enemigos.
    Cuando dejó atrás la frontera, se derrumbó sobre la hierba mullida. Rodó sobre la espalda, levantó la vista al cielo crepuscular, un cielo de rojos difuminados y púrpuras vaporosos, orlados de oro y naranja. Tenía que curarse, que dormir. Ya lo haría, más adelante. De momento, quería percibirlo todo; también el dolor. Aquél era su momento de triunfo y, cuando lo recordara, quería recordar también el dolor que lo había acompañado.
    El dolor, el sufrimiento. El odio.
    Cuando se dio cuenta de que debía darse prisa en curarse o moriría, se incorporó sobre un codo y miró a su alrededor, buscando refugio.
    Y entonces vio por primera vez la ciudad que sus enemigos habían denominado el Nexo.
    Era hermosa. La piedra blanca reflejaba tenuemente los colores del crepúsculo perpetuo. Xar apreció su belleza, pero también vio algo más.
    Vio gente, su gente, trabajando y viviendo allí en paz y tranquilidad. Sin más miedo a los lobunos, los snogs y los dragones.
    Había sobrevivido al Laberinto. Lo había derrotado. Había escapado de él. Era el primero. El primero de todos. Pero no seguiría solo mucho tiempo. Volvería allí.
    Al día siguiente, cuando estuviera completamente curado y descansado, volvería a atravesar la Puerta y rescataría a alguien más.
    Sí, mañana volvería al Laberinto. Y al día siguiente. Volvería a entrar en aquella prisión terrible para conducir a su pueblo a la libertad. Llevaría a los suyos a aquella ciudad, a aquel refugio.
    Las lágrimas le nublaron la vista. Unas lágrimas exprimidas de lo más profundo de Xar por el dolor, la fatiga y —por primera vez en su lúgubre existencia— por la esperanza.
    Más tarde, mucho después, Xar contemplaría la ciudad con mirada clara y fría y vería ejércitos.
    Pero, de momento, no era así. De momento, a través de las lágrimas, veía niños jugando...
    En esta ocasión, en cambio, el cielo crepuscular aparecía negro de humo. Los cuerpos de los niños yacían en las calles, quemados y retorcidos.
    Xar se llevó la mano a su runa del corazón, tatuada en su pecho hacía tantísimo tiempo. Entonces, su nombre era... ¿Cómo se llamaba en esa época?
    ¿Cuál era el nombre de aquel patryn que había cruzado a rastras la Ultima Puerta del Laberinto? Ya no lo recordaba. Lo había borrado y lo había rectificado con runas de fuerza y poder.
    Igual que había modificado su visión.
    ¡Ah, ojalá pudiera recordar el nombre...!
    —Volveré al Nexo —declaró Xar en el silencio impregnado de temor y respeto que emanaba de él. Un silencio que, por un instante, los había unido a todos en la esperanza. Que había unido a él incluso a su enemigo—. Volveré allí... a través de la Séptima Puerta.
    Xar clavó su mirada en el sartán. Alfred, se hacía llamar. Pero aquél tampoco era su nombre real.
    —Y tú me llevarás —añadió.
    El perro soltó un sonoro ladrido, casi una orden. Pero podría haberse ahorrado la molestia.
    —No —respondió Alfred al Señor del Nexo, con voz suave y triste—. No lo haré.
    Xar dirigió la mirada al cuerpo tendido sobre el lecho de fría piedra.
    —Tienes razón, sartán. Haplo aún está vivo. Pero también puedo hacer que deje de estarlo. ¿Qué te propones hacer al respecto?
    Alfred palideció y se humedeció los labios, resecos.
    —Nada —dijo y tragó saliva—. No puedo hacer nada.
    — ¿De veras? —preguntó Xar en tono afable—. El hechizo de nigromancia al que lo he sometido conserva su cuerpo. Su esencia, lo que tú llamas el alma, está atrapada dentro del perro. Dentro del cuerpo de un animal estúpido.
    —Hay quien diría que todos estamos atrapados así —replicó Alfred, pero lo hizo con voz tan baja que nadie, salvo el perro, lo oyó.
    —Tú puedes cambiar todo esto —continuó Xar—. Puedes devolverle la vida a Haplo.
    El sartán se estremeció.
    — ¡No! ¡No puedo!
    — ¡Un sartán mentiroso! —Exclamó Xar con una sonrisa—. No habría creído posible tal cosa.
    —No miento —aseguró Alfred, al tiempo que se erguía con aire digno—. Para formular el hechizo de nigromancia utilizaste la magia patryn, de modo que no puedo eliminarlo ni modificarlo...
    — ¡Ah!, pero podrías... —lo interrumpió el Señor del Nexo—. Dentro de la Séptima Puerta, podrías.
    Alfred levantó las manos como para protegerse de un ataque, aunque nadie había hecho el menor movimiento hacia él. Luego, retrocedió hasta un rincón y contempló la celda como si la viese por primera vez como lo que era: una cárcel.
    — ¡No puedes pedirme tal cosa!
    —Te lo pedimos los dos, ¿verdad, hija? —Xar se volvió hacia Marit. La patryn, tiritando de fiebre, alargó una mano temblorosa hasta tocar la helada piel de Haplo.
    —Alfred...
    — ¡No! —Alfred se encogió contra la pared—. ¡No me pidas eso! A Xar no le importa Haplo. ¡Tu Señor se propone destruir el mundo, Marit!
    — ¡Lo que me propongo es deshacer lo que vosotros urdisteis, sartán! — Exclamó Xar, perdiendo la paciencia—. ¡Volver a unir los cuatro mundos...!
    — ¡Y convertirte en su único dueño y gobernarlo todo! Pero no podrías hacerlo, igual que Samah no pudo dominar los mundos que él creó. Lo que hizo estuvo mal, pero ha pagado por sus crímenes. Con el tiempo, el mal se ha corregido. Los mensch han construido nuevas existencias en estos mundos. Si haces lo que te propones, millones de inocentes morirán...
    —Los supervivientes quedarán en mejor posición —replicó Xar—. ¿No era eso lo que decía Samah?
    — ¿Y qué me dices de tu gente, atrapada en el Laberinto?
    — ¡Será liberada! ¡Yo me encargaré de ello!
    —Lo que harás será condenarlos. Los patryn tal vez escapen del Laberinto, pero no escaparán nunca de la nueva prisión que construirás para ellos. Una cárcel de miedo. Lo sé muy bien —añadió Alfred en un susurro pesaroso—. He pasado casi toda mi vida en una de ellas.
    El Señor del Nexo guardó silencio. Pero no porque reflexionara sobre las palabras de Alfred, pues había dejado de prestar atención al sartán gimoteante.
    Xar trataba de encontrar el modo de forzar a aquel tipejo despreciable a cumplir su voluntad. El patryn era consciente del poder de Alfred; probablemente, lo conocía mejor que el propio sartán. Xar no dudaba que podía vencerlo, si se producía un combate entre los dos, pero no saldría ileso del lance, y era posible que Alfred resultara muerto en el enfrentamiento. Y, ante la poca suerte de Xar con la nigromancia, no era aconsejable tal resultado.
    Había una posibilidad...
    —Creo que será mejor que te retires a lugar seguro, hija. —Xar sujetó con firmeza a Marit y la apartó del lecho de piedra en el que reposaba el cuerpo de Haplo.
    El Señor del Nexo trazó una serie de runas en la base del lecho y pronunció una orden.
    La piedra estalló en llamas.
    — ¿Qué..., qué estás haciendo, mi Señor? —gritó Marit.
    —No puedo resucitar a Haplo —explicó Xar con toda tranquilidad—. Y el sartán no utilizará su poder para devolverlo a la vida. Por lo tanto, el cuerpo no me sirve de nada. Ésta será la pira funeraria de mi siervo.
    — ¡No! ¡No puedes hacer eso, mi Señor! —Marit se lanzó sobre Xar y se agarró a sus ropas, suplicante—. ¡Por favor! ¡Esto..., esto destruirá a Haplo!
    Los signos mágicos se extendieron lentamente alrededor del pie del lecho de piedra hasta formar un círculo de llamas y éstas ascendieron por la piedra devorando la magia, ya que no tenían otro combustible.
    Hasta que alcanzaron el cuerpo.
    Demasiado débil y enferma como para mantenerse en pie, a causa del veneno del lázaro, Marit se postró de rodillas.
    — ¡Mi Señor, te lo ruego!
    Xar extendió la mano y acarició los cabellos de su sierva, apartándolos de su frente.
    —No me supliques a mí, hija. Es el sartán quien tiene en su mano salvar a Haplo. ¡Ruégale a él!
    Las llamas se multiplicaban y se hacían más altas. El calor se incrementaba.
    —Yo... —Alfred abrió la boca.
    « ¡No!», le instó Haplo.
    El perro miró a Alfred con severidad y lanzó un gruñido de advertencia.
    —Pero si tu cuerpo se quema... —murmuró Alfred con la vista fija en las llamas.
    « ¡Que se queme! Y si Xar abre la Séptima Puerta, ¿qué? Tú mismo has dicho lo que sucedería.» Alfred tragó saliva y buscó aire con un jadeo.
    —No puedo quedarme aquí, mirando, sin intervenir...
    « ¡Entonces, desmáyate, maldita sea!», respondió la voz de Haplo, con irritación. « ¡Ésta es la única ocasión de tu vida en que tus desvanecimientos serían de utilidad!» —Pues no lo haré —declaró Alfred. Poco a poco, recuperó la firmeza e incluso ensayó una débil sonrisa—. Y me temo que debo encerrarte en mi prisión durante un tiempo, amigo mío.
    El sartán inició una danza, moviéndose con aire solemne al son de una música que tarareaba por lo bajo.
    Xar lo observó con recelo, preguntándose qué tramaba el Mago de la Serpiente. Un hechizo de ataque no, desde luego. Dadas las reducidas dimensiones de la celda, sería demasiado peligroso.
    — ¡Perro, ve con Marit! —Murmuró el sartán al tiempo que hacía un grácil paso de baile para salvar el bulto del animal—. ¡Ahora!
    El animal corrió al lado de Marit y se quedó junto a ella, atento, en actitud protectora. En aquel mismo instante, dos ataúdes de cristal se materializaron en la estancia. Uno cubrió el cuerpo de Haplo. El otro envolvió al Señor del Nexo.
    Dentro del ataúd de Haplo, las llamas menguaron hasta apagarse.
    En el interior del otro ataúd, Xar pugnó por liberarse, rojo de rabia e impotencia.
    Alfred ayudó a Marit a levantarse y a escapar de la celda. Juntos, salieron al oscuro pasadizo. El perro los siguió, pisándoles los talones.
    — ¡Fuera! —Exclamó Alfred, haciendo uso de su magia—. ¡Queremos salir de aquí!
    A lo largo de la parte inferior de la pared, la hilera de signos mágicos azules se iluminó de nuevo. Cargado con Marit, Alfred siguió el camino que indicaban las runas, tambaleándose a ciegas en la oscuridad apenas rota por el fulgor mortecino de los signos mágicos. Sin embargo, pronto le pareció que el pasadizo descendía, que penetraba aún más profundamente bajo la superficie de Abarrach...
    Y entonces lo asaltó el pensamiento aterrador de que aquellas runas tal vez lo guiaban directamente hacia la Séptima Puerta. Al fin y al cabo, los signos mágicos lo conducirían donde él quisiera y, en efecto, al invocarlos tenía en su mente la imagen de la Puerta.
    « ¡Bien, pues aparta esa idea de tu mente!», le ordenó la voz de Haplo. « ¡Piensa en la Puerta de la Muerte! ¡Concéntrate en eso!» —Sí —dijo Alfred con un jadeo—. La Puerta de la Muerte...
    De repente, los signos mágicos emitieron un destello y se apagaron, dejándolos sumidos en una oscuridad espantosa, que entorpecía su mente.
    CAPÍTULO 15
    NECRÓPOLIS
    ABARRACH
    Encerrado en el ataúd por la magia sartán, Xar calmó su cólera y se cargó de paciencia para liberarse. Como un cuchillo afilado, su cerebro se deslizó en cada unión de las runas sartán, buscando un punto débil. Lo encontró y se aplicó a él con empeño, para descomponer la runa y mellar su magia. Cuando abrió una grieta, el resto de la estructura rúnica, realizada apresuradamente por Alfred, se desmoronó.
    Xar reconoció su mérito al sartán: el Mago de la Serpiente era muy hábil.
    Hasta entonces, ninguna magia había paralizado y confundido por completo al Señor del Nexo. De no haber sido la situación tan crítica, tan apurada, Xar habría disfrutado del ejercicio mental.
    Estaba en la celda de la prisión, sin otra compañía que la de Kleitus, y aquel montón de huesos y carne putrefacta apenas contaba. El lázaro continuaba bajo las ataduras del hechizo del patryn y no se movió. Xar no le prestó atención y dio unos pasos hasta llegar junto al cuerpo de Haplo, encerrado en el ataúd mágico del sartán.
    El fuego funerario se había apagado. Si quería, Xar podía encenderlo de nuevo. Podía romper la magia que protegía a Haplo como había hecho con la que lo encarcelaba a él.
    Pero no lo hizo.
    Contempló el cuerpo yaciente y sonrió.
    —No te abandonarán, hijo mío. Por mucho que intentes convencerlos, no lo harán. ¡Por tu culpa, Alfred me conducirá a la Séptima Puerta!
    Xar se llevó la mano a la runa de la frente, la misma que había trazado, destruido y vuelto a dibujar en la frente de Marit. Una vez más, estaban unidos.
    Una vez más, compartía los pensamientos y oía las palabras de su hija. Pero en esta ocasión, si era cauto, Marit no sería consciente de su presencia.
    El Señor del Nexo abandonó las mazmorras e inició la persecución.
    Los signos mágicos habían dejado de iluminar su camino. Alfred consideró que era consecuencia de la confusión que reinaba en su mente, incapaz de decidir adonde ir. Después, se dijo que quizá fuese más seguro viajar sin guía. Si no sabían adonde iban, nadie podría saberlo tampoco. Así se lo dictaba su confusa lógica.
    Invocó una runa y la hizo brillar débilmente en el aire, delante de él; el resplandor bastó para permitirles avanzar. Lo hicieron a trompicones, lo más deprisa posible, hasta que Marit no pudo continuar.
    Alfred comprendió que la patryn estaba muy enferma. Notaba el calor del veneno en su piel tatuada. Su cuerpo se estremecía; el dolor la atenazaba, la torturaba. Marit se había esforzado con bravura por mantener la marcha, pero, en el último centenar de pasos, Alfred se había visto obligado a llevarla casi en volandas. Finalmente, era un peso muerto. Alfred tenía los brazos temblorosos y entumecidos de fatiga. No pudo seguir sosteniéndola, y Marit se derrumbó en el suelo.
    El sartán se arrodilló a su lado. El perro lanzó un gañido y hundió el hocico en la fláccida mano de la patryn.
    —Dame tiempo... para recuperarme —dijo ella entre jadeos.
    —Puedo ayudarte... —Alfred se inclinó sobre ella y la miró en la penumbra.
    —No. Monta guardia —le ordenó ella. Los tatuajes de su piel apenas emitían su débil resplandor—. Tu magia no detendrá a Xar... mucho tiempo.
    Se sentó hecha un ovillo, con las rodillas encogidas hasta la barbilla y la cabeza apoyada en ellas. Rodeó las piernas con los brazos, bajó los párpados y cerró el círculo de su ser. Los signos mágicos de sus brazos brillaron con más calor, y los escalofríos cesaron. Encogida en la oscuridad, Marit se envolvió en calor.
    Alfred observó con inquietud. Por lo general, se requería un sueño curativo para que un patryn se recuperara por completo. Se preguntó si se habría quedado dormida, y qué hacer si así era. Estuvo muy tentado de dejarla descansar, pues no había observado el menor rastro de que Xar los siguiera.
    Tímidamente, alargó la mano para apartar los mechones húmedos de la frente de la mujer. Y entonces vio, con una punzada de dolor, que el signo que Xar había grabado en su frente, el signo mágico que unía a la patryn con su Señor, estaba entero otra vez.
    Alfred se apresuró a retirar la mano.
    — ¿Qué...? —Sorprendida ante el helado tacto del sartán, Marit alzó la cabeza—. ¿Qué sucede?
    —Nada..., nada —balbuceó Alfred—. Yo... pensaba que querrías dormir...
    — ¿Dormir? ¿Te has vuelto loco?
    Rechazando su ayuda, Marit se puso en pie con esfuerzo.
    La fiebre había bajado, pero las marcas del cuello seguían claramente visibles:
    unos cortes negros, que interrumpían los luminosos trazos de los tatuajes rúnicos.
    Marit se frotó las heridas con una mueca de dolor, como si quemaran.
    — ¿Adonde vamos?
    « ¡Fuera de aquí!», ordenó Haplo con urgencia. «Fuera de Abarrach. A través de la Puerta de la Muerte.» Alfred miró al perro y no supo muy bien qué responder. Marit vio su mirada y comprendió lo que sucedía. Movió la cabeza y declaró:
    —No voy a dejar a Haplo.
    —No podemos hacer nada por él, Marit...
    La mentira de Alfred se perdió en el silencio. Sí que había algo que él podía hacer. Lo que Kleitus había dicho era cierto. Alfred, a esas alturas, le había dado muchas vueltas en la cabeza al asunto de la Séptima Puerta. Había repasado todo lo que había oído al respecto de boca de Orla, quien le había descrito cómo Samah y el Consejo habían utilizado la magia de la Séptima Puerta para efectuar la Separación de los mundos. Alfred también había hurgado en su propia memoria, evocando pasajes que había leído en los libros de los sartán. De todo ello dedujo que, una vez en ella, podía utilizar la poderosa magia de la Puerta para obrar maravillas inimaginables. Podía devolverle la vida a Haplo. Podía ofrecer el descanso en paz a Hugh la Mano. Podía, tal vez, incluso acudir en ayuda de quienes libraban su lucha desesperada en el Laberinto.
    Pero la Séptima Puerta era el único lugar de los cuatro mundos en el que Alfred no se atrevía a entrar. No mientras Xar acechara, esperando a que lo hiciera.
    El perro iba y venía por el pasadizo con paso nervioso.
    « ¡Desaparece de aquí, sartán!», dijo Haplo, leyéndole los pensamientos como de costumbre. « ¡Es a ti a quien busca Xar!» — ¡Pero no puedo dejarte! —protestó Alfred.
    —Claro que no. —Marit le dirigió una mirada de perplejidad—. Nadie ha dicho que fueras a hacerlo.
    «Muy bien, pues», respondía Haplo al mismo tiempo. «No me dejes. ¡Lleva contigo al perro! Mientras el maldito animal esté a salvo, Xar no puede hacerme nada.» Alfred oyó las dos voces que le hablaban simultáneamente y empezó a abrir y cerrar la boca con desesperada confusión.
    —El perro... —murmuró, tratando de asirse a un punto sólido en la extraña conversación.
    «Tú y Marit llevad al perro a un mundo donde esté seguro», repitió Haplo en tono paciente e insistente. «A uno donde Xar no pueda encontrarlo. Pryan, tal vez...» Parecía una sugerencia acertada, cargada de sensatez: ponerse ellos mismos y al perro a salvo de riesgos. Pero había algo en la propuesta que no terminaba de encajar. Alfred sabía que, si se tomaba el tiempo necesario para detenerse a pensar a fondo en el asunto, descubriría dónde estaba la incongruencia; sin embargo, entre el miedo, la confusión y la sorpresa de poder comunicarse con Haplo de aquella manera, Alfred se hallaba completamente perplejo.
    Marit estaba apoyada contra la pared con los ojos cerrados. Su magia, evidentemente, estaba demasiado debilitada a causa de la herida y no alcanzaba a sostener a la patryn, la cual, de nuevo, tiritaba con visibles muestras de dolor. El perro se agazapó a sus pies y la contempló con desolación.
    «Si no se cura a sí misma... o si no la curas tú, sartán..., Marit morirá», dijo Haplo con tono urgente.
    —Sí, tienes razón.
    Alfred tomó una decisión y rodeó con el brazo los hombros de Marit; ella se puso tensa al notar el contacto, pero pronto se dejó caer contra él, sin fuerzas.
    Era muy mala señal.
    — ¿Con quién estás hablando? —murmuró.
    —Olvida eso —respondió el sartán sin alterar la voz—. Vamos...
    Marit abrió los ojos como platos. Durante un momento, su cuerpo recuperó el vigor y una nueva esperanza alivió sus padecimientos.
    — ¡Haplo! —exclamó—. ¡Estás hablando con Haplo! ¿Cómo es posible?
    —Una vez, Haplo y yo compartimos nuestras conciencias. Fue en la Puerta de la Muerte. Nuestras mentes cambiaron de cuerpo...
    Por lo menos —añadió Alfred con un suspiro—, es la única explicación que se me ocurre.
    Marit permaneció callada largo rato; por fin, murmuró en voz baja:
    —Podríamos acudir a la Séptima Puerta enseguida, mientras mi Señor sigue aprisionado por tu magia.
    Alfred titubeó y, mientras el pensamiento penetraba en su mente, los signos mágicos de la pared cobraron vida de pronto e iluminaron un pasadizo que, hasta aquel momento, había permanecido en sombras. En unas sombras tan densas que su existencia les había pasado totalmente inadvertida.
    —Eso es —exclamó Marit, admirada—. Ése es el camino...
    Alfred tragó saliva, excitado, tentado... y temeroso.
    Pero, bien mirado, ¿cuándo no había tenido miedo, en toda su vida?
    « ¡No vayas!», le recomendó Haplo. «Esto no me gusta. A estas alturas, Xar ya debe de haberse liberado de tu hechizo.» Alfred vaciló.
    — ¿Sabes dónde está? ¿Puedes verlo?
    «Lo que veo, es a través de los ojos del perro. Mientras tengas al chucho contigo, me tendrás también a mí... aunque no sé si esto va a servirnos de algo.
    Olvídate de la Séptima Puerta y abandona Abarrach mientras tienes ocasión de hacerlo.» — ¡Alfred, por favor! —suplicó Marit al tiempo que se apartaba del sartán e intentaba sostenerse sola—. Mira, ya estoy bien...
    Con un seco ladrido, el perro se incorporó a cuatro patas.
    A Alfred le dio un vuelco el corazón.
    —Yo no... Haplo tiene razón. Xar está buscándonos. ¡Tenemos que dejar Abarrach! Nos llevaremos al perro —añadió, con la vista fija en Marit, quien lo observaba con mirada iracunda. El fulgor de las runas brillaba en los febriles ojos de la patryn—. Iremos a alguna parte donde podamos descansar y tú puedas restablecerte debidamente. Después, volveremos aquí. Te lo prometo