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    ÍNDICE
    IMÁGENES PERSONALES

    Esta opción permite colocar de fondo, en cualquier sección de la página, imágenes de internet, empleando el link o url de la misma. Su manejo es sencillo y práctico.

    Ahora se puede elegir un fondo diferente para cada ventana del slide, del sidebar y del downbar, en la página de INICIO; y el sidebar y la publicación en el Salón de Lectura. A más de eso, el Body, Main e Info, incluido las secciones +Categoría y Listas.

    Cada vez que eliges dónde se coloca la imagen de fondo, la misma se guarda y se mantiene cuando regreses al blog. Así como el resto de las opciones que te ofrece el mismo, es independiente por estilo, y a su vez, por usuario.

    FUNCIONAMIENTO

  • Recuadro en blanco: Es donde se colocará la url o link de la imagen.

  • Aceptar Url: Permite aceptar la dirección de la imagen que colocas en el recuadro.

  • Borrar Url: Deja vacío el recuadro en blanco para que coloques otra url.

  • Quitar imagen: Permite eliminar la imagen colocada. Cuando eliminas una imagen y deseas colocarla en otra parte, simplemente la eliminas, y para que puedas usarla en otra sección, presionas nuevamente "Aceptar Url"; siempre y cuando el link siga en el recuadro blanco.

  • Guardar Imagen: Permite guardar la imagen, para emplearla posteriormente. La misma se almacena en el banco de imágenes para el Header.

  • Imágenes Guardadas: Abre la ventana que permite ver las imágenes que has guardado.

  • Forma 1 a 5: Esta opción permite colocar de cinco formas diferente las imágenes.

  • Bottom, Top, Left, Right, Center: Esta opción, en conjunto con la anterior, permite mover la imagen para que se vea desde la parte de abajo, de arriba, desde la izquierda, desde la derecha o centrarla. Si al activar alguna de estas opciones, la imagen desaparece, debes aceptar nuevamente la Url y elegir una de las 5 formas, para que vuelva a aparecer.


  • Una vez que has empleado una de las opciones arriba mencionadas, en la parte inferior aparecerán las secciones que puedes agregar de fondo la imagen.

    Cada vez que quieras cambiar de Forma, o emplear Bottom, Top, etc., debes seleccionar la opción y seleccionar nuevamente la sección que colocaste la imagen.

    Haibiendo empleado el botón "Aceptar Url", das click en cualquier sección que desees, y a cuantas quieras, sin necesidad de volver a ingresar la misma url, y el cambio es instantáneo.

    Las ventanas (widget) del sidebar, desde la quinta a la décima, pueden ser vistas cambiando la sección de "Últimas Publicaciones" con la opción "De 5 en 5 con texto" (la encuentras en el PANEL/MINIATURAS/ESTILOS), reduciendo el slide y eliminando los títulos de las ventanas del sidebar.

    La sección INFO, es la ventana que se abre cuando das click en .

    La sección DOWNBAR, son los tres widgets que se encuentran en la parte última en la página de Inicio.

    La sección POST, es donde está situada la publicación.

    Si deseas eliminar la imagen del fondo de esa sección, da click en el botón "Quitar imagen", y sigues el mismo procedimiento. Con un solo click a ese botón, puedes ir eliminando la imagen de cada seccion que hayas colocado.

    Para guardar una imagen, simplemente das click en "Guardar Imagen", siempre y cuando hayas empleado el botón "Aceptar Url".

    Para colocar una imagen de las guardadas, presionas el botón "Imágenes Guardadas", das click en la imagen deseada, y por último, click en la sección o secciones a colocar la misma.

    Para eliminar una o las imágenes que quieras de las guardadas, te vas a "Mi Librería".
    MÁS COLORES

    Esta opción permite obtener más tonalidades de los colores, para cambiar los mismos a determinadas bloques de las secciones que conforman el blog.

    Con esta opción puedes cambiar, también, los colores en la sección "Mi Librería" y "Navega Directo 1", cada una con sus colores propios. No es necesario activar el PANEL para el efecto.

    Así como el resto de las opciones que te permite el blog, es independiente por "Estilo" y a su vez por "Usuario". A excepción de "Mi Librería" y "Navega Directo 1".

    FUNCIONAMIENTO

    En la parte izquierda de la ventana de "Más Colores" se encuentra el cuadro que muestra las tonalidades del color y la barra con los colores disponibles. En la parte superior del mismo, se encuentra "Código Hex", que es donde se verá el código del color que estás seleccionando. A mano derecha del mismo hay un cuadro, el cual te permite ingresar o copiar un código de color. Seguido está la "C", que permite aceptar ese código. Luego la "G", que permite guardar un color. Y por último, el caracter "►", el cual permite ver la ventana de las opciones para los "Colores Guardados".

    En la parte derecha se encuentran los bloques y qué partes de ese bloque permite cambiar el color; así como borrar el mismo.

    Cambiemos, por ejemplo, el color del body de esta página. Damos click en "Body", una opción aparece en la parte de abajo indicando qué puedes cambiar de ese bloque. En este caso da la opción de solo el "Fondo". Damos click en la misma, seguido elegimos, en la barra vertical de colores, el color deseado, y, en la ventana grande, desplazamos la ruedita a la intensidad o tonalidad de ese color. Haciendo esto, el body empieza a cambiar de color. Donde dice "Código Hex", se cambia por el código del color que seleccionas al desplazar la ruedita. El mismo procedimiento harás para el resto de los bloques y sus complementos.

    ELIMINAR EL COLOR CAMBIADO

    Para eliminar el nuevo color elegido y poder restablecer el original o el que tenía anteriormente, en la parte derecha de esta ventana te desplazas hacia abajo donde dice "Borrar Color" y das click en "Restablecer o Borrar Color". Eliges el bloque y el complemento a eliminar el color dado y mueves la ruedita, de la ventana izquierda, a cualquier posición. Mientras tengas elegida la opción de "Restablecer o Borrar Color", puedes eliminar el color dado de cualquier bloque.
    Cuando eliges "Restablecer o Borrar Color", aparece la opción "Dar Color". Cuando ya no quieras eliminar el color dado, eliges esta opción y puedes seguir dando color normalmente.

    ELIMINAR TODOS LOS CAMBIOS

    Para eliminar todos los cambios hechos, abres el PANEL, ESTILOS, Borrar Cambios, y buscas la opción "Borrar Más Colores". Se hace un refresco de pantalla y todo tendrá los colores anteriores o los originales.

    COPIAR UN COLOR

    Cuando eliges un color, por ejemplo para "Body", a mano derecha de la opción "Fondo" aparece el código de ese color. Para copiarlo, por ejemplo al "Post" en "Texto General Fondo", das click en ese código y el mismo aparece en el recuadro blanco que está en la parte superior izquierda de esta ventana. Para que el color sea aceptado, das click en la "C" y el recuadro blanco y la "C" se cambian por "No Copiar". Ahora sí, eliges "Post", luego das click en "Texto General Fondo" y desplazas la ruedita a cualquier posición. Puedes hacer el mismo procedimiento para copiarlo a cualquier bloque y complemento del mismo. Cuando ya no quieras copiar el color, das click en "No Copiar", y puedes seguir dando color normalmente.

    COLOR MANUAL

    Para dar un color que no sea de la barra de colores de esta opción, escribe el código del color, anteponiendo el "#", en el recuadro blanco que está sobre la barra de colores y presiona "C". Por ejemplo: #000000. Ahora sí, puedes elegir el bloque y su respectivo complemento a dar el color deseado. Para emplear el mismo color en otro bloque, simplemente elige el bloque y su complemento.

    GUARDAR COLORES

    Permite guardar hasta 21 colores. Pueden ser utilizados para activar la carga de los mismos de forma Ordenada o Aleatoria.

    El proceso es similiar al de copiar un color, solo que, en lugar de presionar la "C", presionas la "G".

    Para ver los colores que están guardados, da click en "►". Al hacerlo, la ventana de los "Bloques a cambiar color" se cambia por la ventana de "Banco de Colores", donde podrás ver los colores guardados y otras opciones. El signo "►" se cambia por "◄", el cual permite regresar a la ventana anterior.

    Si quieres seguir guardando más colores, o agregar a los que tienes guardado, debes desactivar, primero, todo lo que hayas activado previamente, en esta ventana, como es: Carga Aleatoria u Ordenada, Cargar Estilo Slide y Aplicar a todo el blog; y procedes a guardar otros colores.

    A manera de sugerencia, para ver los colores que desees guardar, puedes ir probando en la sección MAIN con la opción FONDO. Una vez que has guardado los colores necesarios, puedes borrar el color del MAIN. No afecta a los colores guardados.

    ACTIVAR LOS COLORES GUARDADOS

    Para activar los colores que has guardado, debes primero seleccionar el bloque y su complemento. Si no se sigue ese proceso, no funcionará. Una vez hecho esto, das click en "►", y eliges si quieres que cargue "Ordenado, Aleatorio, Ordenado Incluido Cabecera y Aleatorio Incluido Cabecera".

    Funciona solo para un complemento de cada bloque. A excepción del Slide, Sidebar y Downbar, que cada uno tiene la opción de que cambie el color en todos los widgets, teniendo cada uno un color diferente.

    Cargar Estilo Slide. Permite hacer un slide de los colores guardados con la selección hecha. Cuando lo activas, automáticamente cambia de color cada cierto tiempo. No es necesario reiniciar la página. Esta opción se graba.
    Si has seleccionado "Aplicar a todo el Blog", puedes activar y desactivar esta opción en cualquier momento y en cualquier sección del blog.
    Si quieres cambiar el bloque con su respectivo complemento, sin desactivar "Estilo Slide", haces la selección y vuelves a marcar si es aleatorio u ordenado (con o sin cabecera). Por cada cambio de bloque, es el mismo proceso.
    Cuando desactivas esta opción, el bloque mantiene el color con que se quedó.

    No Cargar Estilo Slide. Desactiva la opción anterior.

    Cuando eliges "Carga Ordenada", cada vez que entres a esa página, el bloque y el complemento que elegiste tomará el color según el orden que se muestra en "Colores Guardados". Si eliges "Carga Ordenada Incluido Cabecera", es igual que "Carga Ordenada", solo que se agrega el Header o Cabecera, con el mismo color, con un grado bajo de transparencia. Si eliges "Carga Aleatoria", el color que toma será cualquiera, y habrá veces que se repita el mismo. Si eliges "Carga Aleatoria Incluido Cabecera", es igual que "Aleatorio", solo que se agrega el Header o Cabecera, con el mismo color, con un grado bajo de transparencia.

    Puedes desactivar la Carga Ordenada o Aleatoria dando click en "Desactivar Carga Ordenada o Aleatoria".

    Si quieres un nuevo grupo de colores, eliminas los actuales dando click en "Eliminar Colores Guardados".

    Aplicar a todo el Blog. Tienes la opción de aplicar lo anterior para que se cargue en todo el blog. Esta opción funciona solo con los bloques "Body, Main, Header, Menú" y "Panel y Otros".
    Para activar esta opción, debes primero seleccionar el bloque y su complemento deseado, luego seleccionas si la carga es aleatoria, ordenada, con o sin cabecera, y procedes a dar click en esta opción.
    Cuando se activa esta opción, los colores guardados aparecerán en las otras secciones del blog, y puede ser desactivado desde cualquiera de ellas. Cuando desactivas esta opción en otra sección, los colores guardados desaparecen cuando reinicias la página, y la página desde donde activaste la opción, mantiene el efecto.
    Si has seleccionado, previamente, colores en alguna sección del blog, por ejemplo en INICIO, y activas esta opción en otra sección, por ejemplo NAVEGA DIRECTO 1, INICIO tomará los colores de NAVEGA DIRECTO 1, que se verán también en todo el blog, y cuando la desactivas, en cualquier sección del blog, INICIO retomará los colores que tenía previamente.
    Cuando seleccionas la sección del "Menú", al aplicar para todo el blog, cada sección del submenú tomará un color diferente, según la cantidad de colores elegidos.

    No plicar a todo el Blog. Desactiva la opción anterior.

    Tiempo a cambiar el color. Permite cambiar los segundos que transcurren entre cada color, si has aplicado "Cargar Estilo Slide". El tiempo estándar es el T3. A la derecha de esta opción indica el tiempo a transcurrir. Esta opción se graba.

    SETS PREDEFINIDOS DE COLORES

    Se encuentra en la sección "Banco de Colores", casi en la parte última, y permite elegir entre cuatro sets de colores predefinidos. Sirven para ser empleados en "Cargar Estilo Slide".
    Para emplear cualquiera de ellos, debes primero, tener vacío "Colores Guardados"; luego das click en el Set deseado, y sigues el proceso explicado anteriormente para activar los "Colores Guardados".
    Cuando seleccionas alguno de los "Sets predefinidos", los colores que contienen se mostrarán en la sección "Colores Guardados".

    SETS PERSONAL DE COLORES

    Se encuentra seguido de "Sets predefinidos de Colores", y permite guardar cuatro sets de colores personales.
    Para guardar en estos sets, los colores deben estar en "Colores Guardados". De esa forma, puedes armar tus colores, o copiar cualquiera de los "Sets predefinidos de Colores", o si te gusta algún set de otra sección del blog y tienes aplicado "Aplicar a todo el Blog".
    Para usar uno de los "Sets Personales", debes primero, tener vacío "Colores Guardados"; y luego das click en "Usar". Cuando aplicas "Usar", el set de colores aparece en "Colores Guardados", y se almacenan en el mismo. Cuando entras nuevamente al blog, a esa sección, el set de colores permanece.
    Cada sección del blog tiene sus propios cuatro "Sets personal de colores", cada uno independiente del restoi.

    Tip

    Si vas a emplear esta método y quieres que se vea en toda la página, debes primero dar transparencia a todos los bloques de la sección del blog, y de ahí aplicas la opción al bloque BODY y su complemento FONDO.

    Nota

    - No puedes seguir guardando más colores o eliminarlos mientras esté activo la "Carga Ordenada o Aleatoria".
    - Cuando activas la "Carga Aleatoria" habiendo elegido primero una de las siguientes opciones: Sidebar (Fondo los 10 Widgets), Downbar (Fondo los 3 Widgets), Slide (Fondo de las 4 imágenes) o Sidebar en el Salón de Lectura (Fondo los 7 Widgets), los colores serán diferentes para cada widget.

    OBSERVACIONES

    - En "Navega Directo + Panel", lo que es la publicación, sólo funciona el fondo y el texto de la publicación.

    - En "Navega Directo + Panel", el sidebar vendría a ser el Widget 7.

    - Estos colores están por encima de los colores normales que encuentras en el "Panel', pero no de los "Predefinidos".

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    FANTASMAS DE LO NUEVO (Ray Bradbury)

    Publicado en marzo 25, 2010
    El invento Kilimanjaro

    LLEGUÉ EN EL CAMIÓN a la mañana muy temprano. Había conducido toda la noche, pues no había podido dormir en el motel, y entonces pensé que bien podía seguir viaje y llegué a las montañas y colinas cerca de Ketchum y Sun Valley justo cuando salía el sol y me alegré de haber pasado el tiempo conduciendo.
    Llegué hasta el pueblo mismo sin echar siquiera una mirada a ninguna de las colinas. Tenía miedo de mirar y equivocarme. Era muy importante no mirar la tumba. Por lo menos yo lo sentía así. Y tenía que seguir ese presentimiento.
    Estacioné el camión frente a una vieja taberna y di una vuelta por el pueblo y hablé con unas pocas personas y respiré el aire que era dulce y claro. Encontré a un joven cazador pero no era ése; lo supe después de hablar con él unos minutos. Encontré a un hombre muy viejo, pero no resultó mejor. Después me topé con un cazador de unos cincuenta años y di en la tecla, porque supo o sintió todo lo que yo andaba buscando.
    Le pagué una cerveza y charlamos de una cantidad de cosas, y le pagué otra y llevé la conversación a lo que yo había ido a hacer allí y por qué quería hablarle. Estuvimos callados durante un rato y esperé, sin mostrar impaciencia, a que el cazador, por su cuenta, sacara a relucir el pasado, hablara de otros tiempos, de tres años atrás, y de ir hacia Sun Valley en ese momento o en otro, y de lo que había visto y sabido sobre un hombre que alguna vez había estado sentado y había bebido una cerveza conversando de caza o de ir a cazar más lejos.
    Y al final, mirando la pared como si fuera la carretera y las montañas, el cazador tomó aliento y se mostró dispuesto a hablar.
    –Aquel viejo –dijo la tranquila voz–. Ah, aquel viejo en el camino. Ah, aquel pobre viejo.
    Yo esperaba.
    –No pude ganarle a aquel viejo en el camino –dijo, mirando ahora el vaso.
    Bebí algo más de cerveza, no me sentía bien, me sentía yo mismo muy viejo y muy cansado.
    Como el silencio se prolongaba, saqué un mapa local y lo extendí sobre la mesa de madera. El bar estaba tranquilo. Era media mañana y estábamos absolutamente solos.
    –¿Aquí es donde lo vio más a menudo? –le pregunté.
    El cazador tocó el mapa tres veces.
    –Solía verlo caminando por aquí. Y por allá. Después cruzaba por aquí. Pobre viejo. Yo quería decirle que no se saliera del camino. No quería ofenderlo ni insultarlo. A un hombre como ése uno no le habla de caminos, porque puede ofenderse. Si algo lo ofende, es eso. Usted se da cuenta de que son cosas de él, y no le hace caso. Ah, pero al final estaba viejo.
    –Así es –dije, y doblé el mapa y me lo metí en el bolsillo.
    –¿Usted es otro de esos periodistas? –dijo el cazador.
    –No de ésos, precisamente.
    –No quise meterlo en el mismo saco.
    –No necesita pedir disculpas. Digamos que yo era uno de sus lectores.
    –Ah, tenía muchos lectores, toda clase de lectores. Hasta yo. No toco un libro de un otoño hasta el otro. Pero los de él sí. Creo que lo que más me gustó fueron los cuentos de Michigan. Sobre pesca. Creo que los cuentos de pesca son buenos. Creo que nadie escribió nunca de esa manera sobre pesca y quizá nadie volverá a escribir. Claro, lo de las corridas de toros también está bien. Pero es un poco lejano. Algunos de los vaqueros los aprecian; se han pasado toda la vida con los animales. Un toro de aquí, un toro de allá, sospecho que da lo mismo. Conozco a un vaquero que leyó lo de los toros en los cuentos españoles del viejo como cuarenta veces. Supongo que no podía ir allá a torear.
    –Creo que todos hemos pensado –dije–por lo menos una vez en la vida, cuando éramos jóvenes, que podíamos ir allá, después de leer lo de los toros en los cuentos españoles, que podíamos ir allá a torear. O por lo menos arrimar el hombro en la corrida, desde la mañana temprano, con un buen trago esperando al final y la mejor de las chicas conocidas durante todo el largo fin de semana.
    Me detuve. Me reí en silencio. Porque mi voz, sin darme cuenta, había tomado el ritmo de la manera de decir del cazador, ya le saliera de la boca o de la mano. Sacudí la cabeza y me callé.
    –¿Ya ha subido a ver la tumba? –preguntó el cazador, como si supiera que yo contestaría que sí. –No.
    Eso le sorprendió de veras. Trató de que no se le notara.
    –Todos suben a ver la tumba –dijo. –Yo no.
    Se exploró la cabeza buscando una manera cortés de preguntar.
    –Quiero decir... –dijo–, ¿por qué no? –Porque no es la tumba verdadera. –Ninguna tumba es verdadera si vamos al caso. –No. Hay tumbas verdaderas y tumbas que no lo son, así como para morir hay el buen momento y el mal momento.
    El hombre asintió. Yo había vuelto a algo que él sabía, o por lo menos entendió que era cierto.
    –Claro, he conocido hombres –dijo–que se murieron justo en el momento perfecto. Uno se daba cuenta, sí, de que así era. Conocí a un hombre que estaba sentado a la mesa esperando la comida, mientras la mujer se atareaba en la cocina; cuando ella llegó con un gran plato de sopa, el hombre estaba allí sentado a la mesa, muerto y limpio. Para ella estuvo mal, pero, me digo, ¿no fue bueno para él? Ni enfermedad, ni nada, sentado allí esperando la comida y sin saber si había llegado o no. Como otro amigo. Tenía un perro viejo. Catorce años. El perro se quedó ciego, estaba cansado. Al final mi amigo decide llevar al perro al estanque y acabar con él. Carga al viejo perro ciego en el asiento delantero del coche. El perro le lame la mano una vez. El hombre se siente muy mal. Va hacia el estanque. En el camino, sin un ruido, el perro se va, se muere en el asiento delantero, como si supiera y sabiendo, eligiera la mejor manera; justo estira la pata y listo. ¿Es lo que usted quiere decir, no es cierto?
    Asentí.
    –Y entonces piensa que esa tumba en la colina no está bien para un hombre como él, ¿no es cierto?
    –Eso mismo –dije.
    –¿Usted cree que hay toda clase de tumbas a lo largo del camino para cada uno de nosotros?
    –Puede ser –dije.
    –¿Y que si de alguna manera pudiéramos ver toda nuestra vida, elegiríamos mejor? Al final, mirando hacia atrás –dijo el cazador–, diríamos, "diablos, ése era el año y el lugar, no el otro año y el otro lugar sino ese año, ese lugar". ¿Diríamos eso?
    –Puesto que tenemos que elegir o nos vemos obligados al fin, sí.
    –Es una linda idea –dijo el cazador–. ¿Pero a cuántos de nosotros se nos ocurre esa sensatez? La mayoría no tenemos bastante juicio como para abandonar la fiesta cuando todavía corre la cerveza. Nos plantamos ahí.
    –Nos plantamos ahí y qué vergüenza.
    Pedimos más cerveza.
    El cazador bebió la mitad del vaso y se enjugó la boca.
    –Entonces ¿qué se puede hacer con las tumbas que no están bien? –dijo.
    –Tratarlas como si no existieran. Y tal vez desaparezcan, como un mal sueño.
    El cazador lanzó una sola carcajada, una especie de grito desamparado.
    –Cristo, usted está loco. Pero me gusta escuchar a los locos. Cuente algo más.
    –Eso es todo –dije.
    –¿Es usted la Resurrección y la Vida? –dijo el cazador.
    –No.
    –¿Me va a decir que Lázaro volvió?
    –No.
    –¿Y entonces qué?
    –Lo único que quiero, ya bien avanzado el día, es elegir el lugar justo, el tiempo justo, la tumba justa.
    –Tómese eso –dijo el cazador–. Lo necesita. ¿Quién diablos lo mandó?
    –Yo. Y algunos amigos. Tiramos a suertes para elegir uno entre diez. Compramos ese camión que está en la calle y crucé el país. En el camino cacé y pesqué bastante, para ponerme bien a tono. Estuve en Cuba el año pasado, en España el verano anterior, en África el otro verano. Tengo mucho en que pensar. Por eso me eligieron a mí.
    –Pero para hacer qué, para hacer qué diablos –dijo el cazador, apremiante, con cierta vehemencia, sacudiendo la cabeza–. Usted no puede hacer nada. Todo está terminado.
    –La mayor parte. Venga.
    Caminé hacia la puerta. El cazador seguía sentado. Al final, mirándome la cara encendida por la conversación, gruñó, se puso de pie, echó a andar y salió conmigo.
    Señalé la curva. Miramos juntos el camión estacionado allí.
    –Ya los he visto –dijo–. Un camión así, en una película. ¿No cazan el rinoceronte con un camión así? ¿Y leones y cosas por el estilo? ¿O por lo menos no viajan en eso por África?
    –Tiene buena memoria.
    –No hay leones por aquí –dijo–. Ni rinocerontes, ni búfalos acuáticos, ni nada.
    –¿Ah? –pregunté.
    No me contestó.
    Seguí caminando y llegué al camión abierto.
    –¿Usted sabe qué es esto?
    –A partir de ahora cierro la boca –dijo el cazador–. ¿Qué es?
    Golpeé el paragolpes largo rato.
    –Una Máquina del Tiempo –dije.
    El hombre abrió los ojos, luego los entornó y tomó un trago de la cerveza que llevaba en una de las manazas. Asintió.
    –Una Máquina del Tiempo –repetí.
    –Le he oído –dijo.
    Dio la vuelta alrededor del camión para safaris y se quedó en la calle mirándolo. A mí no me miraba. Dio una vuelta completa al camión y se paró en la curva y miró la tapa del tanque de gasolina.
    –¿Qué kilometraje?
    –Todavía no lo sé.
    –No sabe nada.
    –Este es el primer viaje. No lo sabré hasta que termine.
    –¿Qué clase de combustible le pone a un cachivache como éste? –dijo.
    Me callé.
    –¿Qué clase de cosa le pone? –preguntó.
    Podía haber dicho: Lecturas tarde en la noche, muchas noches de lecturas a lo largo de los años casi hasta la mañana, lecturas en las montañas, en la nieve, o a mediodía en Pamplona, o junto a los arroyos o en un bote, en algún lugar de la costa de Florida. O pude haber dicho: Todos metimos mano en esta Máquina, todos pensamos en ella y la compramos y la tocamos y depositamos en ella nuestro amor y nuestro recuerdo de lo que fueron para nosotros las palabras de ese hombre hace veinte, veinticinco, treinta años. Hay un montón de vida, de recuerdos, de amor depositados aquí, y eso es la gasolina y el combustible o como usted quiera llamarle: la lluvia en París, el sol en Madrid, la nieve en los altos Alpes, el humo de las pistolas en el Tirol, el resplandor de la Corriente del Golfo, la explosión de las bombas o las explosiones de los peces voladores, eso es la gasolina y el combustible y lo que va aquí. Debería haberlo dicho; lo pensé, y no dije nada.
    El cazador debió de haberme olfateado el pensamiento, pues me miró de soslayo, y ayudado por el poder telepático de tantos años en el bosque, rumió lo que yo pensaba.
    Entonces echó a andar e hizo una cosa inesperada. Se estiró y... tocó... mi Máquina.
    Apoyó en ella la mano y la dejó allí, como sintiendo la vida, y aprobando lo que sentía debajo de la mano. Se quedó así largo rato.
    Después se volvió sin decir una palabra, sin mirarme, y regresó al bar y se sentó a beber solo, de espaldas a la puerta.
    Yo no quería romper el silencio. Parecía un buen momento para ir, para intentar.
    Subí al vehículo y puse en marcha el motor.
    ¿Qué tipo de kilometraje? ¿Qué clase de combustible? Pensé. Y arranqué.
    Seguí por el camino sin mirar ni a derecha ni a izquierda y anduve algo así como una hora, primero en una dirección y después en otra, parte del tiempo con los ojos cerrados segundos enteros, con la posibilidad de salirme del camino y lastimarme o matarme.
    Y entonces, justo antes de mediodía, con las nubes tapando el sol, supe de pronto que estaba muy bien.
    Miré a la colina y casi grito.
    La tumba había desaparecido.
    Bajé a un pequeño hueco justo entonces y arriba en el camino, vagabundeando a pie, había un viejo con un pesado pulóver.
    Disminuí la velocidad del camión safari hasta ponerlo al ritmo de su marcha. Vi que usaba anteojos de armazón metálico y durante largo rato avanzamos juntos, cada uno ignorando al otro hasta que lo llamé por su nombre.
    Vaciló y después siguió caminando.
    Lo alcancé y le dije de nuevo:
    –Papá.
    Se detuvo y esperó.
    Frené y me quedé en el asiento delantero.
    –Papá –dije.
    Se acercó y se detuvo cerca de la puerta.
    –¿Lo conozco?
    –No. Pero yo sí lo conozco a usted.
    Me miró a los ojos y me estudió la cara y la boca.
    –Sí. Creo que sí.
    –Lo vi en la carretera. Creo que seguimos el mismo camino. ¿Quiere que lo lleve?
    –Está bien para caminar a esta hora del día. Gracias.
    –Permítame que le diga a dónde voy.
    Había echado a andar pero ahora se detuvo y sin mirarme dijo:
    –¿Dónde?
    –Es un largo camino.
    –Parece largo por la forma en que lo dice. ¿No puede acortarlo?
    –No. Un largo camino. Unos dos mil seiscientos días, día más día menos, y media tarde.
    Volvió y miró el camión.
    –¿Tan lejos va?
    –Tan lejos.
    –¿En qué dirección? ¿Adelante?
    –¿No quiere ir adelante?
    Miró el cielo.
    –No sé. No estoy seguro.
    –No es adelante –dije–. Es hacia atrás.
    Los ojos del viejo cambiaron de color. Fue un cambio sutil, una trasmutación, como un hombre que saliera de debajo de la sombra de un árbol a la luz, un día nublado.
    –Hacia atrás.
    –Algo así como unos dos mil trescientos días, más la mitad de uno, hora más hora menos, póngalo o quítele un minuto, regatee un segundo.
    –Mire que habla usted.
    –Es algo compulsivo.
    –Ha de ser un escritor de porquería. Hasta ahora nunca he conocido a un escritor que fuera un buen conversador.
    –Es mi albatros.
    –¿Hacia atrás? –sopesó las palabras.
    –Voy a dar vuelta con el camión –dije–. Y me vuelvo camino abajo.
    –¿No kilómetros sino días?
    –No kilómetros sino días.
    –¿Este es el tipo de camión?
    –Así es como los hacen.
    –¿Entonces usted es el inventor?
    –Un lector que a veces inventa.
    –Si el camión funciona, es algún camión que usted consiguió allá.
    –A sus órdenes.
    –Y cuando llegue a donde va –dijo el viejo, poniendo su mano en la puerta e inclinándose, y entonces al ver lo que había hecho, sacando la mano e irguiéndose para hablarme–, ¿dónde estará?
    –Enero 10 de 1954.
    –Toda una fecha –dijo.
    –Lo es, lo fue. Puede ser más que una fecha.
    Sin moverse, los ojos del hombre dieron otro paso hacia una luz más intensa.
    –¿Y dónde estará usted ese día?
    –En África –dije.
    El viejo guardó silencio. La boca no se le movió. Los ojos no le cambiaron.
    –No lejos de Nairobi –dije.
    Asintió una vez, lentamente.
    –África, no lejos de Nairobi.
    Esperé.
    –¿Y cuando lleguemos allí, si vamos? –dijo el viejo.
    –Lo dejo a usted allí.
    –¿Y entonces?
    –Eso es todo.
    –¿Eso es todo?
    –Para siempre –dije.
    El viejo aspiró aire, lo dejó salir y dejó correr la mano por el borde del estribo.
    –Este camión –dijo–en algún punto del camino, ¿se convierte en un aeroplano?
    –No sé.
    –¿En algún punto del camino usted se convierte en mi piloto?
    –Puede ser. Nunca lo he hecho hasta ahora.
    –¿Pero está dispuesto a probar?
    Asentí.
    –¿Por qué? –dijo, y se inclinó y me miró directamente a la cara con una intensidad terrible, con una apacible vehemencia–, ¿por qué?
    Viejo, pensé, no te puedo decir por qué, no me lo preguntes.
    El hombre se retiró, dándose cuenta de que había ido demasiado lejos.
    –No he dicho eso –dijo.
    –No lo ha dicho.
    –¿Y cuando tenga que hacer un aterrizaje forzoso con el aeroplano –dijo–, aterrizará de una manera un poco diferente esta vez?
    –Diferente, sí.
    –¿Un poco más difícil?
    –Veré lo que se puede hacer.
    –¿Y yo seré despedido fuera y todo lo demás muy bien?
    –Las posibilidades son a favor.
    Miró la colina donde no había tumba. Miré la misma colina. Y quizá pensó cavarla allí.
    Contempló hacia atrás el camino, las montañas y el mar que no se podía ver más allá de las montañas y un continente más allá del mar.
    –Usted está hablando de un buen día.
    –El mejor.
    –Y una buena hora y un buen segundo.
    –Realmente, nada mejor.
    –Vale la pena pensarlo.
    Dejó la mano en el estribo, sin inclinarse, aunque probando, sintiendo, tocando, trémulo, indeciso. Pero los ojos se le movieron pasando a la plena luz de la luna africana.
    –Sí.
    –¿Sí? –dije.
    –Creo que voy a aprovechar que usted me lleva.
    Esperé a que el corazón me latiera una vez, después me estiré y abrí la puerta.
    Silenciosamente se subió al asiento delantero y se sentó y cerró con calma la puerta sin golpearla. Se sentó allí, muy viejo y muy cansado. Esperé.
    –Póngalo en marcha –dijo.
    Puse el motor en marcha y lo moderé.
    –Hágale dar la vuelta –dijo.
    Di la vuelta de modo que el camión retrocedió.
    –¿Es realmente –dijo– un camión de esa clase?
    –Sí, es un camión de esa clase.
    Miró la tierra y las montañas y la casa distante.
    Esperé, aminorando la marcha.
    –Cuando lleguemos allí –dijo–, ¿se acordará usted de algo...?
    –Trataré.
    –Hay una montaña –dijo, y se detuvo y allí se quedó sentado, la boca quieta, y no siguió.
    Pero yo seguí por él. Hay una montaña en África llamada Kilimanjaro, pensé. Y en la ladera occidental de esa montaña apareció una vez el cuerpo seco y congelado de un leopardo. Nadie explicó nunca qué buscaba el leopardo a esa altura.
    Lo subiremos a usted a la misma ladera del Kilimanjaro, pensé, cerca del leopardo, y escribiremos su nombre y debajo de él pondremos que nadie supo lo que andaba haciendo allá arriba, pero que ahí está. Y las fechas de nacimiento y muerte, y bajaremos hacia la hierba del caliente verano y sólo dejaremos que los guerreros negros y los cazadores blancos y los veloces okapis conozcan la tumba.
    El viejo se protegió los ojos para mirar el camino que caracoleaba en las colinas. Asintió.
    –Vamos –dijo.
    –Sí, Papá –dije.
    Y arrancamos, yo en el volante, conduciendo despacio, y el viejo a mi lado, y mientras bajábamos la primera colina y llegábamos a lo alto de la siguiente, el sol terminó de salir y el viento olía a fuego. Corrimos como un león por el pasto alto. Ríos y arroyos salpicaban. Yo hubiera querido detenerme una hora y vadear un arroyo, pescar, tenderme a la orilla mientras el pescado se freía y hablar o no. Pero si nos deteníamos quizá no siguiéramos de nuevo. Le metí al motor. Se oyó un enorme, salvaje, pasmoso rugido animal. El viejo sonrió, burlón.
    –¡Va a ser un gran día! –gritó.
    –Un gran día.
    De vuelta en el camino, pensé: ¿cómo será entonces, cuando hayamos desaparecido? ¿Y cuando nos hayamos ido? Y el camino vacío. Sun Valley tranquilo al sol. ¿Cómo será cuando nos hayamos ido?
    Aceleré hasta noventa.
    Los dos chillábamos como chicos.
    Después ya no supe nada.
    –Santo Dios –dijo el hombre hacia el final–. ¿Sabe? Creo que estamos... volando.

    Terrible conflagración en la casa

    Los HOMBRES HABÍAN ESTADO escondidos junto al pabellón del portero durante algo así como una hora, pasándose una excelente botella, y después que hubieron arrastrado al portero a la cama, anduvieron ocultándose por el sendero a las seis de la tarde y miraron la casona con las cálidas luces encendidas en todas las ventanas.
    –Esta es la casa –dijo Riordan.
    –Diablos, ¿qué quieres decir con eso de que ésta es la casa? –gritó Casey, y luego añadió suavemente–: La hemos visto toda la vida.
    –Claro –dijo Kelly–, pero con los problemas que hemos tenido, de pronto un lugar parece diferente. Es como un juguete, ahí puesto en la nieve.
    Y es lo que les pareció a los catorce hombres: una gran casa de muñecas al aire libre, bajo las plumas que caían suavemente en una noche de primavera.
    –¿Trajiste las cerillas? –preguntó Kelly.
    –Si traje las... ¿pero qué crees que soy?
    –Bueno, ¿las trajiste? Es todo lo que pregunto.
    Casey buscó en los bolsillos, los volvió hacia afuera, largó una palabrota y dijo:
    –No.
    –Ah, demonios –dijo Nolan–. Allá tendrán cerillas. Las pediremos. Vamos.
    En el camino, Timulty tropezó y se cayó.
    –Por el amor de Dios, Timulty –dijo Nolan–, ¿dónde está tu sentido de la aventura? En medio de una gran Rebelión queremos hacerlo todo así. Hace años que queremos ir a una taberna y hablar de la Terrible Conflagración en la Casa, ¿no es cierto? Si todo queda estropeado por la visión de tu trasero aterrizando en la nieve, no tendremos el cuadro adecuado de la Rebelión en que ahora andamos, ¿no es cierto?
    Timulty, levantándose, enfocó el cuadro y asintió.
    –Cuidaré mis modales.
    –¡Silencio! ¡Hemos llegado! –gritó Riordan.
    –Cristo, basta de decir cosas como "ésta es la casa" y "hemos llegado" –dijo Casey–Estamos viendo la condenada casa. ¿Qué haremos ahora?
    –¿Destruirla? –sugirió Murphy vacilando.
    –Uf, eres tan estúpido que das asco –dijo Casey–. Claro que la destruimos, pero primero... planos y planes.
    – Parecía bastante sencillo allá en la Taberna de Rickey –dijo Murphy–. Vendríamos simplemente a demoler la casa de porquería. Teniendo en cuenta cómo soporto a mi mujer, tengo que demoler algo.
    –Me parece –dijo Timulty bebiendo de la botella–que vamos a llamar a la puerta y a pedir permiso.
    –¡Permiso! –dijo Murphy– ¡Sería espantoso que mandaras en el infierno! ¡Las almas de los condenados no acabarían de freírse! Nosotros...
    Pero las hojas de la puerta de entrada se abrieron de pronto de par en par, interrumpiéndolo.
    Un hombre escudriñó la obscuridad.
    –Yo digo –dijo una voz suave y razonable–, ¿no les molestaría bajar la voz? La señora de la casa está durmiendo, pues mañana tenemos que ir a Dublin y...
    Los hombres, descubiertos al resplandor del fuego que asomaba por la puerta, pestañearon y retrocedieron, quitándose las gorras.
    –¿Es usted, Lord Kilgotten?
    –El mismo –dijo el hombre en la puerta.
    –Bajaremos la voz –dijo Timulty sonriendo, todo amabilidad.
    –Discúlpenos, Su Señoría –dijo Casey.
    –Son ustedes muy amables –dijo Su Señoría. Y la puerta se cerró suavemente.
    Todos los hombres boquearon.
    –"Discúlpenos, Su Señoría." "Bajaremos la voz, Su Señoría." –Casey se golpeó la cabeza.–¿Qué dijimos? ¿Por qué ninguno sujetó la puerta mientras estaba ahí?
    –Nos quedamos confundidos, fue por eso; nos tomó de sorpresa, como todas esas malditas altezas y señorías. Quiero decir que no estábamos haciendo nada, ¿verdad?
    –Hablábamos un poco fuerte –admitió Timulty.
    –Qué fuerte ni qué diablos –dijo Casey–. ¡Ese condenado Lord viene y lo dejamos escapar!
    –Shh, no tan fuerte –dijo Timulty.
    Casey bajó la voz.
    –Vamos, ahora forzamos la puerta y...
    –A mí me parece innecesario –dijo Nolan–. El sabe ahora que estamos aquí.
    –Forcemos la puerta –repitió Casey, rechinando los dientes–y echémosla abajo...
    La puerta se abrió de nuevo.
    El Lord, una sombra, se asomó a escudriñarlos y la vieja voz suave, paciente, frágil, preguntó:
    –Yo digo, ¿qué están haciendo ahí?
    –Bueno, es el camino, Su Señoría –empezó a decir Casey, y se detuvo, palideciendo.
    –Venimos –estalló Murphy–¡venimos... a quemar la Casa!
    Su Señoría se quedó un momento mirando a los hombres, contemplando la nieve, con la mano en el picaporte. Cerró los ojos un instante, pensó, venció un tic en los dos párpados después de una lucha silenciosa y dijo:
    –Hum, en ese caso es mejor que entren.
    Los hombres dijeron que era formidable, magnífico, grandioso y arrancaron, cuando Casey gritó:
    –¡Esperen!
    Después, al viejo en el vano de la puerta:
    –Entraremos cuando nos parezca bueno y oportuno.
    –Muy bien –dijo el viejo–. Dejaré la puerta abierta, y cuando estén preparados, entren. Me encontrarán en la biblioteca.
    Dejando la puerta abierta unos cinco centímetros, el viejo echó a andar cuando Timulty exclamó:
    –¿Cuando estemos preparados? Jesucristo, por Dios, ¿cuándo estaremos más preparados que ahora? ¡Vía libre, Casey!
    Y todos corrieron a la galería.
    Al oír esto, Su Señoría se volvió para mirarlos con una cara blanda y sin enemistad, la cara de un viejo sabueso que ha visto matar muchos zorros y escapar a otros tantos, que ha corrido bien, y ahora, en los últimos años, va moderando el paso, arrastrando suavemente los pies.
    –Límpiense los zapatos, por favor, señores.
    Todos se quitaron cuidadosamente el barro y la nieve de los zapatos.
    –Están limpios.
    –Por aquí –dijo Su Señoría tomando la delantera, con los ojos claros, pálidos, metidos entre líneas, bolsas y arrugas de muchos años de beber brandy, las mejillas brillantes como jerez–. Les serviré a todos un trago y veremos qué se puede hacer con... ¿cómo dicen ustedes?... con eso de quemar la Casa.
    –Habla usted como un libro abierto –admitió Timulty, siguiendo a Lord Kilgotten que los llevaba a la biblioteca. Allí el Lord les sirvió una vuelta de whisky.
    –Señores –dijo, hundiendo los huesos en un sillón con orejeras–. Beban.
    –No aceptamos –dijo Casey.
    –¡No aceptamos! –boquearon todos, con las bebidas en la mano.
    –Estamos haciendo algo sobrio y tenemos que estar sobrios –dijo Casey titubeando ante las miradas de los otros.
    –¿A quién escuchamos? –preguntó Riordan–. ¿A Su Señoría o a Casey?
    En respuesta todos los hombres pegaron un bajón a sus bebidas y empezaron a toser y a resoplar. El coraje asomó inmediatamente como un color rojo en las caras, que cambiaron, y Casey pudo ver la diferencia. Bebió para ponerse a la par.
    Entretanto, el viejo saboreaba el whisky y algo en su manera tranquila y suelta de beber los llevó lejos, a la bahía de Dublin, y los hundió de nuevo. Hasta que Casey dijo:
    –Su Señoría, ¿ha oído usted hablar de los Líos? Quiero decir, no la guerra del Kaiser que se está haciendo del otro lado del mar, sino nuestros propios y grandes Líos y la Rebelión que ha llegado tan lejos, a nuestro pueblo, a la taberna y ahora a su Casa.
    –Una cantidad alarmante de pruebas me convence de que son estos tiempos infelices –dijo Su Señoría–. Supongo que lo que ha de ser ha de ser. Yo los conozco a todos ustedes. Han trabajado para mí. Pienso que les he pagado bastante bien en su momento.
    –No cabe ninguna duda, Su Señoría –Casey dio un paso adelante.–Sólo que el viejo orden cambia y hemos oído hablar de las grandes casas allá, cerca de Tara, y de las grandes fincas, más allá de Killashandra, que arden para celebrar la libertad y...
    –¿La libertad de quién? –preguntó el viejo suavemente–. ¿La mía? ¿De la carga de ocuparme de esta casa en la que mi mujer y yo nos zangoloteamos como un par de dados en un cubilete?... Bueno, vamos. ¿Cuándo les gustaría quemar la casa?
    –Si no es demasiada molestia, señor –dijo Timulty–, ahora.
    El viejo pareció hundirse aún más en su sillón.
    –Ay, Dios – dijo.
    – Desde luego –dijo Nolan rápidamente–, si hay algún inconveniente, podemos volver más tarde...
    –¡Más tarde! ¿Qué clase de charla es ésta? –preguntó Casey.
    –Lo siento muchísimo –dijo el viejo–. Permítanme que les explique, por favor. Lady Kilgotten está durmiendo, tenemos huéspedes que vienen para llevarnos a Dublin al estreno de una obra de Synge...
    –Un escritor formidable –dijo Riordan.
    –Yo vi una de sus obras hace un año –dijo Nolan–, y...
    –¡Atrás! –dijo Casey.
    Los hombres retrocedieron. Su Señoría prosiguió con su quebradiza voz de polilla.
    –Tenemos planeada una cena a medianoche, para diez personas, al volver. ¿No podrían dejarnos hasta mañana por la noche para prepararnos?
    –No –dijo Casey.
    –Espera –dijeron todos los demás.
    –Un incendio –dijo Timulty–es una cosa, las entradas son otras. Quiero decir: hay lo del teatro, es un despilfarro horrible no ver la obra, y toda esa comida preparada bien podría aprovecharse. Y todos los invitados que vienen. Sería difícil avisarles.
    –Es exactamente lo que yo pensaba –dijo Su Señoría.
    –¡Sí, ya sé! –gritó Casey, cerrando los ojos, pasándose las manos por las mejillas, la mandíbula y la boca, apretando los puños y dando vueltas, frustrado–. ¡Pero uno no posterga los incendios, no los va dejando como las reuniones para tomar el té, carajo!
    –Sí, cuando uno se acuerda de traer las cerillas –dijo Riordan en voz baja.
    Casey giró como un remolino y lo miró como si fuera a pegarle, pero el impacto de la verdad lo calmó.
    –Y encima de todo –dijo Nolan–la patrona es una buena señora que necesita una última noche de diversión y descanso.
    Su Señoría volvió a llenar el vaso del hombre.
    –Es usted muy amable.
    –Votemos –dijo Nolan.
    –Al demonio. –Casey miró a su alrededor, ceñudo.–Ya veo cuál será el resultado de la votación. Mañana por la noche lo haremos, qué tanto.
    –Dios los bendiga – dijo el viejo Lord Kilgotten–. Habrá restos en la cocina, podrían ir a ver primero, probablemente tendrán hambre porque será un trabajo pesado. ¿Digamos mañana a las ocho de la noche? A esa hora ya habré puesto a salvo a Lady Kilgotten en un hotel de Dublin. No quisiera que ella lo supiese hasta después, cuando la casa ya no exista.
    –Dios, usted es un cristiano –murmuró Riordan.
    –Bueno, no sigamos rumiando esas cosas –dijo el viejo–. Ya lo considero pasado y nunca pienso en el pasado. Señores.
    Se puso de pie. Y como un santo pastor viejo y ciego, erró hacia el vestíbulo con el rebaño de ovejas que se extraviaban y andaban despacio y tropezaban levemente entre sí.
    En mitad del vestíbulo, casi junto a la puerta, Lord Kilgotten vio algo con el rabillo de un ojo legañoso y se detuvo. Se volvió y se puso a cavilar delante del gran retrato de un noble italiano.
    Cuanto más miraba más se le llenaban de tics los ojos y en la boca se le movía una cosa sin nombre.
    Por último Nolan dijo:
    –Su Señoría, ¿qué pasa?
    –Estaba pensando –dijo el Lord por fin–, que ustedes aman a Irlanda, ¿no es cierto?
    –¡Por Dios, sí! –dijeron todos–. ¿Hacía falta preguntarlo?
    –Lo mismo que yo –dijo el anciano suavemente–. ¿Y ustedes aman todo lo que hay en Irlanda, en la tierra, en su patrimonio?
    –¡También eso –dijeron todos–va sin decirlo!
    –Por eso me preocupan –dijo el Lord–cosas como ésta. Este retrato de Van Dyck. Es muy antiguo y muy hermoso y muy importante y muy caro. ¡Es, señores, un Tesoro Artístico de la Nación!
    –¡Eso es lo que es! –dijeron todos, más o menos, y se juntaron alrededor para verlo.
    –Ah, Dios, es una obra hermosa –dijo Timulty.
    –Parece de carne y hueso –dijo Nolan.
    –Observen –dijo Riordan–la manera en que esos ojitos parecen seguirnos.
    – Inquietante –dijeron todos.
    Y estaban a punto de seguir, cuando Su Señoría dijo:
    –¿Se dan ustedes cuenta de que este Teatro, que en realidad no me pertenece a mí, ni tampoco a ustedes, sino a todo el pueblo como precioso patrimonio, este cuadro se habrá perdido para siempre mañana a la noche?
    Todo el mundo abrió la boca. No se habían dado cuenta.
    –¡Dios nos proteja –dijo Timulty–, no podemos permitirlo!
    –Lo sacaremos de la casa primero –dijo Riordan.
    –¡Esperen! –gritó Casey.
    –Gracias –dijo Su Señoría–, ¿pero dónde lo pondrán? Afuera, a la intemperie, el viento lo hará trizas en seguida, la lluvia lo empapará, lo perforará el granizo; no, no, quizá sea mejor que arda rápidamente...
    –¡Nada de eso! –dijo Timulty–. Me lo llevo a mi propia casa.
    –Y cuando la gran lucha haya terminado – dijo Su Señoría–¿entregarán en las manos del nuevo gobierno este precioso don de Arte y Belleza del pasado?
    –Bueno... con cada una de esas cosas, así lo haré –dijo Timulty.
    Pero Casey estaba mirando la inmensa tela y dijo:
    –¿Cuánto pesa el monstruo?
    –Yo diría –dijo el anciano, débilmente–que entre cuarenta y cincuenta kilos, con ese marco.
    –Entonces, ¿cómo diablos lo llevamos a casa de Timulty? –preguntó Casey.
    –Brannahan y yo llevaremos el maldito tesoro –dijo Timulty–, y si hace falta, Nolan, tú nos darás una mano.
    –La posteridad se los agradecerá –dijo Su Señoría.
    Siguieron avanzando por el vestíbulo y Su Señoría volvió a detenerse delante de otros dos cuadros.
    –Estos son dos desnudos...
    –¡Así es! –dijeron todos.
    –De Renoir –terminó el anciano.
    –¿Fue ese tipo, el francés, el que los hizo? –preguntó Rooney–. Si me perdona la expresión.
    Parecía absolutamente francés, dijeron todos.
    Y numerosas costillas recibieron numerosos codazos. –Valen varios miles de libras –dijo el anciano.
    –No seré yo quien lo discuta –dijo Nolan apuntando con un dedo que Casey le bajó de un manotazo.
    –Yo... –dijo Blinky Watts, cuyos ojos de pescado estaban continuamente anegados en lágrimas detrás de los gruesos anteojos–, yo me presentaría como voluntario para llevarme a casa las dos señoras francesas. Creo que me podría meter los dos Tesoros Artísticos uno debajo de cada brazo y colgarlos en la casita.
    –Aceptado – dijo el Lord con gratitud.
    Siguiendo por el vestíbulo llegaron a otro, un paisaje más vasto, con toda clase de monstruos y hombres bestiales que retozaban entre frutas maduras y estrujaban mujeres con pechos como melones. Todo el mundo empujó para leer la chapa de bronce que decía: El ocaso de los dioses.
    –¡De qué ocaso me están hablando –dijo Rooney–, si parece más bien el comienzo de una tarde formidable!
    –Creo–dijo el suave anciano–que hay una ironía intencional tanto en el título como en el tema. Observen el cielo encendido, las horribles figuras ocultas en las nubes. Los dioses no se dan cuenta, en medio de la bacanal, de que la Perdición está por caer sobre ellos.
    –Yo no veo –dijo Blinky Watts–ni a la Iglesia ni a ninguno de esos curas maricones entre las nubes.
    –En aquellos días la Perdición era una cosa diferente –dijo Nolan–. Todo el mundo lo sabe.
    –Tuohy y yo –dijo Flannery–nos llevaremos a esos dioses del demonio a mi casa. ¿De acuerdo, Tuohy?
    –¡De acuerdo!
    Y así continuaron, a lo largo del vestíbulo. La banda se detenía aquí o allá como en una larga visita a un museo, y cada uno a su vez se ofrecía para escapar a su casa bajo la nevada y en la noche con un Degas o un esbozo de Rembrandt o un gran óleo de uno de los maestros holandeses, hasta que llegaron a un óleo bastante espantoso colgado en un nicho obscuro, que representaba a un hombre.
    –Mi retrato –murmuró el anciano–pintado por Lady Kilgotten. Déjenlo ahí, por favor.
    –¿Quiere decir –boqueó Nolan– que quiere que desaparezca en la Conflagración?
    –La pintura siguiente es... –dijo el anciano, avanzando.
    Y por último la visita llegó a su fin.
    –Desde luego –dijo Su Señoría–si realmente quieren salvarlos, hay una docena de exquisitos vasos Ming en la casa...
    –Toda una colección –dijo Nolan.
    –Una alfombra persa en el rellano...
    –La enrollaremos y entregaremos al Museo de Dublin.
    –Y aquel exquisito candelabro en el comedor principal.
    –Habrá que esconderlo hasta que los líos terminen –suspiró Casey, cansado ya.
    –Bueno, entonces –dijo el anciano estrechando la mano de cada uno al pasar–, quizá podrían empezar ahora, ¿no les parece? Creo que van a tener un trabajo bastante grande para proteger los Tesoros Nacionales. Voy a echar una siestita de cinco minutos antes de vestirme.
    Y el anciano subió lentamente las escaleras.
    Los hombres se quedaron pasmados y solos, agrupados en el vestíbulo inferior, y lo vieron desaparecer.
    –Casey –dijo Blinky Watts–, ¿no te ha pasado por la cabeza la idea de que si te hubieses acordado de traer las cerillas no tendríamos ahora por delante una noche de trabajo tan larga?
    –¡Cristo! ¿Dónde están tus gustos estéticos? –exclamó Riordan.
    –¡Silencio! –dijo Casey–. Está bien, Flannery, tú toma un extremo de ese Ocaso de los dioses, y tú, Tuohy, toma el otro extremo donde la muchacha está recibiendo lo que le gusta. ¡Vamos! ¡Arriba!
    Y locamente los dioses remontaron vuelo por los aires.

    A eso de las siete casi todos los cuadros estaban fuera de la casa y arrimados unos contra otros en la nieve, esperando a que los llevaran en varias direcciones hacia diversas cabañas. A las siete y cuarto, Lord y Lady Kilgotten salieron y se fueron, y Casey agrupó a los hombres rápidamente frente a los cuadros amontonados para que la encantadora anciana no los viera. Los muchachos saludaron cuando el coche tomó por el sendero. Lady Kilgotten respondió agitando una mano frágil.
    Desde las siete y media hasta las diez las otras pinturas fueron saliendo de a una y de a dos.
    Cuando todos los cuadros estuvieron fuera salvo uno, Kelly se quedó frente al nicho obscuro preocupado por el retrato del anciano Lord que Lady Kilgotten había pintado los domingos. Se estremeció, optó por un humanitarismo supremo y puso a salvo el retrato en la noche.
    A medianoche, Lord y Lady Kilgotten, de vuelta con sus invitados, encontraron sólo grandes huellas de pies arrastrados en la nieve, allí donde Flannery y Tuohy habían abierto un camino con la querida bacanal; donde Casey, gruñendo, había encabezado un desfile de Van Dycks, Rembrandt, Boucher y Piranesi; y donde, al final de todo, Blinky Watts, loco de alegría, había trotado dichoso, internándose en el bosque con los desnudos de Renoir.
    La cena terminó a eso de las dos. Lady Kilgotten se fue a la cama satisfecha de que todos los cuadros, en masa, hubiesen sido retirados para limpiarlos.
    A las tres de la mañana Lord Kilgotten estaba en la biblioteca, insomne, solo entre las paredes vacías, delante de un hogar sin fuego, una bufanda en torno al cuello delgado y un vaso de coñac en la mano que temblaba débilmente.
    A eso de las tres y cuarto el entarimado crujió furtivamente, pasaron unas sombras, y al cabo de un rato, la gorra en la mano, estaba Casey a la puerta de la biblioteca.
    –¡Chist! –llamó despacito.
    El Lord, que había estado dormitando, parpadeó y abrió los ojos.
    –Oh, santo cielo –dijo–, ¿ya es hora de que salgamos?
    –Mañana a la noche –dijo Casey–. Y de todas maneras, no es usted el que se va, son ellos los que vuelven.
    –¿Ellos? ¿Sus amigos?
    –No, los suyos.
    Casey hizo una seña.
    El viejo se dejó llevar al vestíbulo y miró por la puerta de entrada el profundo pozo de la noche.
    Allí, como un entumecido ejército de infantería cansado, indeciso y desmoralizado, estaba la banda confusa pero familiar, las manos llenas de cuadros, cuadros apoyados contra las piernas, cuadros en las espaldas, cuadros apoyados en el suelo y sostenidos por manos temblorosas, pálidas de terror, en la nieve remolineante. Un terrible silencio reinaba entre los hombres. Parecían desamparados, como si un enemigo se hubiera ido a luchar en guerras mucho mejores, mientras otro enemigo, todavía sin nombre, se preparaba, oculto, sigiloso. Miraban por encima del hombro las colinas y el pueblo como si en cualquier momento el Caos mismo pudiera soltar allí sus perros. Sólo ellos oían, en la noche insidiosa, el lejano ladrido de congoja y desesperación que operaba como un conjuro.
    –¿Eres tú, Riordan? –llamó Casey, nervioso.
    –¿Y quién diablos quieres que sea? –exclamó una voz más allá.
    –¿Qué es lo que quieren? –preguntó el viejo.
    –No es tanto lo que nosotros queremos como lo que quizá usted quiera ahora de nosotros –dijo una voz.
    –Comprenda –dijo otro, adelantándose hasta que todos pudieron ver a la luz que era Hannahan–, considerando todos los aspectos de la cuestión, Excelencia, hemos decidido que usted es un hombre tan magnífico, que nosotros...
    –¡No le incendiaremos la casa! –gritó Blinky Watts.
    –¡Cállate y déjalo hablar! –dijeron varias voces.
    Hannahan asintió:
    –Así es. No le incendiaremos la casa.
    –Pero advierta –dijo el otro–, que estoy perfectamente preparado. Todo se puede sacar fácilmente.
    –Usted lo toma todo demasiado a la ligera, si me permite decirlo, Excelencia –dijo Kelly–. Lo que es fácil para usted no es fácil para nosotros.
    –Ya veo –dijo el anciano, que no veía absolutamente nada.
    –Al parecer –dijo Tuohy–todos nosotros, en las últimas horas, hemos tenido problemas. Que tienen que ver con la casa y el transporte y el acarreo, si pesca lo que quiero decir. ¿Quién explicará primero? ¿Kelly? ¿No? ¿Casey? ¿Riordan?
    Nadie hablaba.
    Por último, con un suspiro, Flannery avanzó un poco.
    –Fue así... –dijo.
    –¿Sí? –dijo el anciano suavemente.
    –Bueno –dijo Flannery–, Tuohy y yo anduvimos por el bosque, como unos estúpidos, y habíamos cruzado dos tercios del pantano con el gran cuadro del Ocaso de los dioses, cuando empezamos a hundirnos.
    – ¿Les fallaron las fuerzas? –preguntó el Lord amablemente.
    –Nos hundíamos, Excelencia, nos hundíamos lisa y llanamente en el cieno –explicó Tuohy.
    –Dios mío –dijo el Lord.
    –Ha hablado bien, Su Señoría –dijo Tuohy–. Los dos juntos, Flannery y yo y los malditos dioses debíamos de pesar unos trescientos kilos, y ese pantano es más que blando, y cuanto más avanzábamos más nos hundíamos, y un grito se me estranguló en la garganta, porque yo pensaba en aquellas escenas del viejo cuento en que el Mastín de los Baskerville o algún villano por el estilo persigue a la heroína por la ciénaga y allí se hunde ella, en un pozo aguanoso, deseando haberse mantenido a dieta, pero es demasiado tarde y las burbujas suben hasta estallar en la superficie. Todo eso se me amontonaba en la cabeza, Excelencia.
    –¿Y entonces? –dijo el Lord, comprendiendo que eso era lo que se esperaba.
    –Y entonces –dijo Flannery–salimos de allí y dejamos a los malditos dioses en su crepúsculo.
    –¿En medio del pantano? – preguntó el anciano, un poco inquieto.
    –Ah, los tapamos, quiero decir, cubrimos la escena con las bufandas. Los dioses no morirán dos veces, Excelencia. ¿Oyeron eso, muchachos? Los dioses...
    –Ah, cállate –gritó Kelly–. ¿Por qué no trajeron el maldito retrato desde el pantano?
    –Pensamos que podíamos encontrar a otros dos muchachos que nos ayudaran...
    –¡Otros dos! –exclamó Nolan–. Serían cuatro hombres, más un montón de dioses, que se hundirían dos veces antes, y las burbujas subiendo, especie de idiotas.
    –¡Ah! –dijo Tuohy–, nunca lo pensé.
    –Ya está pensado –dijo el anciano–y quizá varios de ustedes, juntos en un equipo, puedan rescatar...
    –Claro, Excelencia –dijo Casey–. Bob, tú y Tim vayan como flechas a salvar a las deidades paganas.
    –¿No se lo dirás al Padre Leary?
    –Al diablo con el Padre Leary. ¡Vayan!
    Y Tim y Bob salieron pitando.
    Su Señoría se volvió entonces hacia Nolan y Kelly.
    –Veo que también ustedes han traído de vuelta ese cuadro bastante grande.
    –Por lo menos lo hicimos cuando estábamos a unos cien metros de la puerta, señor –dijo Kelly–. Supongo que usted se está preguntando por qué lo hemos traído de vuelta, ¿verdad, Excelencia?
    –Una acumulación de coincidencias –dijo el anciano, volviendo a buscar el abrigo y poniéndose la gorra de tweed para poder permanecer a la intemperie y terminar lo que parecía ser una larga conversación–, sí, me lo he estado preguntando.
    –Es mi espalda –dijo Kelly–. Se dio por vencida antes de haber avanzado quinientos metros por el camino principal. Hace cinco años que la espalda se me dobla para adentro y para afuera y paso las angustias de Cristo. Si estornudo caigo de rodillas, Excelencia.
    –Yo he sufrido del mismísimo mal –dijo el anciano–. Es como si alguien le hubiera plantado a uno un clavo en el espinazo.
    El anciano se tocó la espalda cuidadosamente, recordando, y todos suspiraron y asintieron.
    –Las angustias de Cristo, como dije –repitió Kelly.
    –Es más que comprensible entonces que no hubiera podido terminar el recorrido con ese marco pesado –dijo el anciano–y muy de elogiar que haya vuelto hasta aquí con ese peso horroroso.
    Kelly se enderezó inmediatamente, en cuanto oyó describir su trance. Resplandecía.
    –No fue nada. Y lo haría de nuevo, si no fuera por la ristra de huesos que corona mis asentaderas. Con perdón de Su Señoría.
    Pero Su Señoría había puesto ya una mirada amable aunque desenfocada y de un gris azulado trémulo en Blinky Watts, que tenía debajo de cada brazo, como un malabarista, las dos mujeres parecidas a duraznos, de Renoir.
    –Ah, Dios, no fue el caso de que me hundiera en los pantanos o me descalabrara el espinazo –dijo Watts, moviendo los pies, mostrando cómo había ido a la casa–. Me llevó diez minutos justos volverme, meterme en mi casa y empezar a colgar los cuadros en la pared, cuando mi mujer apareció por detrás. ¿Alguna vez su mujer ha entrado por detrás de usted, Excelencia, y se ha quedado ahí en un silencio cavernoso?
    –Me parece recordar una circunstancia similar –dijo el anciano, tratando de recordar, y asintiendo luego como si varios recuerdos le relampaguearan en la vacilante mente infantil.
    –Bueno, Su Señoría, no hay silencio como el silencio de una mujer, ¿no le parece? Y no hay manera de quedarse ahí de pie como la de una mujer, una especie de monumento megalítico. La temperatura bajó en la habitación tan rápido que tuve una conmoción polar, como decimos en casa. No me atreví a volverme para enfrentar a la Bestia, o la hija de la Bestia, como la llamo por consideración a su mamá. Pero al fin le oí dar un fuerte respingo y soltar fría y tranquila como un general prusiano: "Esa mujer está desnuda como un gusano" y "Esa otra mujer está en cueros como una almeja en la marea baja."
    –Pero –dije yo–, éstos son estudios del natural hechos por un famoso artista francés.
    "–Un francés del que Dios nos libre –exclamó–, un francés de los que muestran culos. Un francés de los que suben las faldas hasta el ombligo. Francés como esas sucias novelas francesas llenas de ruidos y sofocos, y ahora vienes y cuelgas algo de un francés en las paredes. ¿Por qué, ya que estás, no bajas el crucifijo y pones a una gorda?
    –Bueno, Excelencia, cerré los ojos y deseé que me tragara la tierra. "¿Esto es lo que quieres que nuestros hijos miren por las noches, antes de irse a dormir?", dijo ella. Sólo sé que a continuación me puse en camino y aquí vengo con los desnudos en cueros como gusanos, Excelencia, con perdón y muy agradecido.
    –Parece que están desvestidas –dijo el anciano mirando los dos cuadros, uno en cada mano, como si quisiera encontrar en ellos todo lo que la mujer del hombre había dicho–. Siempre he pensado en el verano, mirándolas.
    –Después de haber cumplido los setenta, Su Señoría, quizá. ¿Pero antes?
    –Ah, sí, sí –dijo el anciano, comprobando que una mota de mal recordada lujuria se le metía en un ojo.
    Cuando el ojo quedó libre de la mota, descubrió a Bannock y a Toolery en el borde más alejado del incómodo rebaño allí reunido. Detrás de ellos, empequeñeciéndolos, había un cuadro gigantesco.
    Bannock se había llevado el condenado cuadro a casa para descubrir que no podía meterlo por la puerta ni por ninguna ventana.
    Toolery había hecho entrar el cuadro por la puerta cuando su mujer le dijo que serían el hazmerreír de todo el mundo, la única familia del pueblo que tenía un Rubens de medio millón de libras y ni siquiera una vaca para ordeñar.
    De modo que ésa era la suma, el total y la esencia de la larga noche. Cada hombre tenía una historia análoga que contar, desalentadora, espantosa y terrible, y las contaron todas, y cuando terminaron empezó a caer una nieve fría sobre esos bravos miembros del aguerrido Ejército Republicano Irlandés.
    El anciano no dijo nada, porque realmente no había nada que decir que no fuera evidente mientras los alientos pálidos llenaban de fantasmas el aire. Entonces, en silencio, abrió de par en par la puerta de entrada y tuvo la decencia de no indicarla ni señalarla con un ademán.
    Lenta y silenciosamente empezaron a desfilar, como delante de un maestro familiar en una vieja escuela, y después se apresuraron. Así crecido volvió el río, el Arca se vació antes, no después del Diluvio, y pasó una marea de animales y ángeles desnudos que llameaban y humeaban en las manos, y de nobles dioses que hacían cabriolas con alas y cascos, y los ojos del anciano se desplazaron suavemente y la boca nombró en silencio a cada uno, los Renoir, los Van Dyck, el Lautrec, y así hasta que Kelly, al pasar, sintió que le tocaban el brazo. Sorprendido, Kelly miró.
    Y vio que el anciano contemplaba el cuadrito que tenía bajo el brazo.
    –¿El retrato que me hizo mi mujer?
    –El mismo –dijo Kelly.
    El anciano contempló a Kelly y el cuadro que tenía debajo del brazo y luego la noche nevada.
    Kelly sonrió apenas.
    Caminando levemente como un ladrón, se desvaneció en la soledad, llevándose el cuadro. Un momento después, se lo oyó reír mientras corría de vuelta, las manos vacías.
    El anciano estrechó la mano de Kelly, una vez, tembloroso, y cerró la puerta.
    Luego se volvió, como si el hecho ya se le hubiera perdido en la distraída mente infantil, y caminó titubeando por el vestíbulo, llevando la pañoleta como un delicado cansancio sobre los hombros delgados, y el grupo lo siguió hasta el lugar donde se encontraron con bebidas en las manazas, y vieron que Lord Kilgotten pestañeaba delante del cuadro que estaba sobre la chimenea como si tratara de recordar si era el Saqueo de Roma, allá en otros tiempos, o la Caída de Troya. Después bajó la mirada y miró de frente al ejército de alrededor y dijo:
    –Y ahora, ¿por quién beberemos?
    Los hombres arrastraron los pies.
    Entonces Flannery exclamó:
    –¡Por Su Señoría, no faltaba más!
    –¡Por Su Señoría! –exclamaron todos, vehementes, y bebieron y tosieron y se ahogaron y estornudaron y el anciano sintió que le brillaban los ojos de un modo especial, y no bebió –mientras no reinó la calma, y entonces dijo:
    –Por Irlanda –y bebió y todos dijeron Ah, Dios y Amén, y el anciano miró el cuadro que estaba sobre la chimenea y entonces observó tímidamente–: No quisiera decirlo, pero... ese cuadro...
    –¿Señor?
    –Me parece – dijo el anciano como pidiendo disculpas–que está un poco desviado, torcido. No podrían...
    –¡Sí, podemos, muchachos! –exclamó Casey.
    Y catorce hombres se apresuraron a enderezarlo.

    El niño de mañana

    No QUERÍA SER EL PADRE de una pequeña pirámide azul. Peter Horn no lo había planeado para nada de esa manera. Ni él ni su mujer imaginaron que podía ocurrirles una cosa semejante. Habían hablado tranquilamente durante días del nacimiento del niño, habían comido alimentos normales, dormido mucho, asistido a unos pocos espectáculos, y cuando llegó el momento de que ella volara en el helicóptero al hospital, Peter la abrazó y la besó.
    –Tesoro, estarás en casa dentro de seis días –dijo–. Esas nuevas máquinas de partos, excepto engendrar, lo hacen todo por ti.
    Ella recordó una canción de los viejos tiempos. "¡No, no, eso no pueden quitármelo!", y la cantó y se reían mientras el helicóptero los llevaba sobre el verde camino del campo a la ciudad.
    El médico, un señor tranquilo llamado Wolcott, tenía gran confianza. Polly Ann, la mujer, estaba preparada para la tarea que la aguardaba y el padre fue instalado, como de costumbre, en la sala de espera donde podía fumar o tomar bebidas de la debida batidora. Se sentía muy bien. Era su primer hijo, pero no había por qué preocuparse. Polly Ann estaba en buenas manos.
    El doctor Wolcott entró en la sala de espera una hora más tarde. Tenía el aire de un hombre que ha visto la muerte. Peter Horn, que estaba en el tercer vaso, no se movió. Apretó el vaso y murmuró:
    –Ha muerto.
    –No –dijo Wolcott despacio–. No, no, ella está bien. Es el niño.
    –Entonces ha muerto el niño.
    –El niño vive también, pero... tómese el resto de esa bebida y venga conmigo. Ha pasado algo.
    Sí, en realidad algo había pasado. Ese "algo" había hecho salir a los pasillos a todo el hospital. La gente iba y venía de una habitación a otra. Cuando Peter Horn atravesó una antesala donde el personal de uniforme blanco, de pie, se miraba y murmuraba, se sintió realmente mal.
    –¡Eh, miren! ¡El hijo de Peter Horn! ¡Increíble!
    Entraron en un cuartito limpio. Había allí una multitud que miraba una mesa baja. Había algo en la mesa.
    Una pequeña pirámide azul.
    –¿Por qué me ha traído aquí? –dijo Horn, volviéndose hacia el médico.
    La pequeña pirámide azul se movió. Empezó a llorar.
    Peter Horn se acercó a empujones y miró intensamente. Estaba muy blanco y respiraba rápidamente.
    –No me va a decir que mi hijo es esto, doctor.
    El doctor llamado Wolcott asintió.
    La pirámide azul tenía seis apéndices serpentinos y tres ojos que pestañeaban en los extremos de tres estructuras.
    Horn no se movió.
    –Pesa tres kilos doscientos –dijo alguien.
    Horn pensó: me están tomando el pelo. Es una broma. Detrás de todo esto está Charlie Ruscoll. En una de esas asoma por una puerta y grita: "¡Que la inocencia te valga!", y todo el mundo se reirá. Eso no es mi hijo. ¡Ah, horrible! Me están tomando el pelo.
    Horn se quedó allí y el sudor le corría por la cara.
    –Llévenme de aquí.
    Horn se volvió y las manos se le abrían y cerraban sin objeto, y le pestañeaban los ojos.
    Wolcott lo tomó del codo, calmándolo.
    –Es su hijo. Comprenda, señor Horn.
    –No. No, no es. –La mente de Horn no tocaría la cosa.–Es una pesadilla. ¡Destrúyalo!
    –No se puede matar a un ser humano.
    –¿Humano? –Horn disimulaba las lágrimas.–¡Eso no es humano! ¡Es un crimen contra Dios!
    El médico continuó, rápidamente.
    –Hemos examinado a ese... niño... y hemos decidido que no es un mutante, el resultado de una destrucción y reordenación genética. No es un monstruo. Tampoco es un enfermo. Escuche, por favor, todo lo que voy a decirle.
    Horn contemplaba la pared, con los ojos muy abiertos, enfermo. Se balanceaba. El médico le hablaba, distante, seguro.
    –El niño ha sido afectado en cierto modo por la urgencia del parto. Hubo una distorsión de la estructura dimensional causada por los cortocircuitos y el mal funcionamiento simultáneo de la nueva máquina de partos y la máquina de hipnosis. Bueno, de todas maneras –concluyó el doctor desgarbadamente–, el niño ha nacido en... otra dimensión.
    Horn ni siquiera asintió. Se quedó allí, esperando. El doctor Wolcott adoptó un tono enfático. –El niño está vivo, sano y feliz. Ahí lo tiene, sobre la mesa. Pero como ha nacido en otra dimensión, la forma nos es ajena. Nuestros ojos, adaptados a una concepción tridimensional, no pueden reconocerlo como niño. Pero lo es. Debajo de ese camuflaje, la extraña forma piramidal y los apéndices, está el hijo de usted. Horn cerró la boca y los ojos. –¿Puede darme un trago? –Por supuesto.
    Le pusieron un vaso en las manos. –Ahora, permítame que me siente, que me siente en alguna parte un rato.
    Horn se hundió cansadamente en una silla. Todo se iba aclarando, se ponía lentamente en su lugar. Aquello, lo que fuese, era su hijo. Se estremeció. Por horrible que pareciera, era su primer hijo.
    Al fin levantó la mirada y trató de ver al médico. –¿Qué le diremos a Polly? La voz de Horn era apenas un susurro. –Lo prepararemos esta mañana, en cuanto usted se sienta en condiciones.
    –¿Qué pasa después? ¿Hay alguna manera de... cambiarlo?
    –Trataremos. Es decir si usted nos autoriza. Después de todo, es su hijo. Usted puede hacer lo que quiera de él. –¿El? – Horn se rió con ironía, cerrando los ojos–. ¿Cómo sabe que es él?
    Se hundió en la obscuridad. Le estallaban los oídos. Wolcott estaba visiblemente perturbado. –Bueno, nosotros... este... bueno, claro no lo sabemos.
    Horn tomó otro trago.
    –¿Qué pasa si no pueden cambiarlo?
    –Comprendo el golpe que es para usted, señor Horn. Si no puede soportar la vista de su hijo, lo criaremos aquí, en el Instituto.
    Horn lo pensó.
    –Gracias. Pero sigue perteneciéndonos a Polly y a mí. Le daré un hogar. Lo criaré como se cría a cualquier chico. Le daré una vida hogareña normal. Procuraré aprender a quererlo. Lo trataré bien.
    Horn tenía los labios entumecidos, no podía pensar.
    –¿Se da cuenta de la tarea que va a asumir, señor Horn? Este niño no podrá tener camaradas normales; lo molestarían hasta matarlo en poco tiempo. Usted sabe cómo son los niños. Si decide criarlo en la casa, la vida de usted estará estrictamente regimentada, nunca deberá verlo nadie. ¿Comprende?
    –Sí. Sí, comprendo. Doctor, doctor, ¿es mentalmente normal?
    –Sí. Hemos probado las distintas reacciones. Es un niño perfectamente saludable en lo que se refiere a estímulos nerviosos y cosas por el estilo.
    –Sólo quería estar seguro. Ahora el único problema es Polly.
    Wolcott frunció el entrecejo.
    –Confieso que en eso estoy desconcertado. Usted sabe lo difícil que es para una mujer enterarse de que su hijo ha nacido muerto. Pero esto, decirle a una mujer que ha dado a luz algo que no se puede considerar humano... No es tan neto como la muerte. Hay muchas posibilidades de que sea una gran sacudida. Pero tengo que decirle la verdad. El médico no va a ninguna parte si le miente al paciente.
    Horn se quitó los anteojos.
    –No quiero perder a Polly, también. Si usted destruye al niño, yo estaría dispuesto a aceptarlo. Pero no quiero matar a Polly con este golpe.
    –Creo que podremos cambiar al niño. Es lo que me hace vacilar. Si yo pensara que el caso no tiene remedio, haría en seguida un certificado de eutanasia. Pero queda una posibilidad.
    Horn estaba muy cansado. Temblaba silenciosa, profundamente.
    –Muy bien, doctor. Necesita alimento, leche y cariño mientras usted decide. Hasta ahora ha sido un mal trago, no hay razón para que siga siéndolo. ¿Cuándo se lo decimos a Polly?
    –Mañana por la tarde, cuando despierte.
    Horn se puso de pie y caminó hasta la mesa calentada desde arriba por una luz suave. La pirámide azul se sentó en la mesa cuando Horn extendió la mano.
    –¿Qué tal, nene? –dijo Horn.
    La pirámide azul miró con tres brillantes ojos azules. Tendió un pequeño zarcillo azul con el que tocó los dedos de Horn.
    Horn se estremeció.
    –Hola, nene.
    El doctor sacó un biberón especial.
    –Leche de mujer. Adelante.
    El nene miraba arriba, a través de nieblas que se despejaban. El nene vio formas que se movían sobre él y supo que eran amistosas. El nene acababa de nacer, pero ya estaba alerta, extrañamente alerta. El nene tenía conciencia.
    Había objetos que se movían por encima y alrededor del nene. Seis cubos de color blanco grisáceo, que se inclinaban. Seis cubos con apéndices hexagonales y tres ojos en cada cubo. Además había otros dos cubos que venían desde lejos sobre una superficie cristalina. Uno de los cubos era blanco. Tenía también tres ojos. Algo había en ese Cubo Blanco que le gustaba al nene, y lo atraía. Alguna relación. El Cubo Blanco tenía un cierto olor, y el nene se acordaba de sí mismo.
    De los seis cubos de un blanco grisáceo que se inclinaban salían sonidos penetrantes. Sonidos de curiosidad y maravilla. Era como una especie de música de flautas, todas tocando al mismo tiempo.
    Ahora los dos cubos recién llegados, el Cubo Blanco y el Cubo Gris, estaban silbando. Al cabo de un rato el Cubo Blanco extendió un apéndice hexagonal para tocar al nene. El nene respondió sacando los zarcillos del cuerpo piramidal. Al nene le gustaba el Cubo Blanco. Al nene le gustaba. El nene tenía hambre. Al nene le gustaba. Quizá el Cubo Blanco le diera de comer...
    El Cubo Gris sacó un globo rosa para el nene. Ahora le iban a dar de comer. Bueno. Bueno. El nene aceptó el alimento ansiosamente.
    El alimento era bueno. Todos los cubos de color blanco grisáceo se retiraron, dejando sólo al bonito Cubo Blanco que se quedó mirando al nene y silbando, silbando. Silbando, silbando.

    Al día siguiente se lo dijeron a Polly. Sólo lo necesario. Apenas una parte. Le dijeron que el nene no estaba bien, en cierto sentido. Le hablaron lentamente, en círculos que se iban estrechando. Entonces el doctor Wolcott pronunció una larga conferencia sobre las máquinas de partos, cómo ayudaban a las mujeres en el trance, y cómo esta vez se había producido un cortocircuito. Estaba presente otro hombre de ciencia que dio una breve y concisa charla sobre las dimensiones, extendiendo los dedos, así, una, dos, tres, y cuatro. Otro hombre más habló de energía y materia. Otro se refirió a los niños desamparados.
    Al final Polly se sentó en la cama y dijo:
    –¿A qué vienen tantas palabras? ¿Qué le pasa a mi hijo que hablan ustedes tanto?
    Wolcott se lo dijo.
    –Desde luego, usted puede esperar una semana antes de verlo –dijo–. O puede ceder la tutoría del niño al Instituto.
    –Hay una sola cosa que quiero saber –dijo Polly.
    El doctor Wolcott alzó las cejas.
    –¿Yo hice así al niño? –preguntó Polly.
    –¡Claro que no!
    –¿El niño no es un monstruo, genéticamente? –preguntó Polly.
    –El niño ha sido proyectado en otro camino. Aparte de eso, es perfectamente normal.
    La delineada boca apretada de Polly se aflojó. Sencillamente dijo:
    –Entonces, tráiganme a mi nene. Quiero verlo. Por favor, ahora mismo.
    Le llevaron al "niño"
    Los Horn salieron del hospital al día siguiente. Polly anduvo por sus propios medios, Peter Horn la seguía, mirándola con tranquilo asombro.
    No llevaban al niño. Eso sería después. Horn ayudó a su mujer a subir al helicóptero y se sentó al lado. La nave se remontó, girando, en el aire cálido.
    –Eres una maravilla –dijo Horn.
    –¿Ah sí? –dijo Polly, encendiendo un cigarrillo.
    –Sí. No lloraste. No hiciste nada.
    –No está tan mal, sabes –dijo Polly–. Una vez que uno lo conoce. Hasta puedo... tenerlo en brazos. Es caliente y llora y hasta necesita los pañales triangulares –aquí se rió. Pero Horn notó un temblor nervioso en la risa–. No, no lloré, Pete, porque es mi hijo. O lo será. No ha muerto, gracias a Dios. Todavía... no sé cómo explicarlo... no ha nacido. Me gusta pensar que todavía no ha nacido. Estamos aguardando a que aparezca. Tengo esperanzas en el doctor Wolcott. ¿Tú no?
    –Tienes razón. Tienes razón. –Horn se inclinó y le tocó la mano.–¿Sabes una cosa? Eres un tesoro.
    –Puedo resistir –dijo Polly, allí sentada y mirando cómo el campo verde se balanceaba debajo–. Mientras sepa que ocurrirá algo bueno, no me dejaré impresionar o afligir. Esperaré seis meses y entonces quizá me suicide.
    –¡Polly!
    Polly lo miró como si Horn acabara de llegar.
    –Pete, lo siento. Pero estas cosas no pasan. Una vez que terminen y el nene haya nacido por fin, me lo olvidaré tan rápido como si nunca hubiese ocurrido. Pero si el médico no puede ayudarnos, mi cabeza no podrá aceptarlo, la cabeza sólo puede decirle al cuerpo que se suba el tejado y salte.
    –Todo saldrá bien –dijo Horn asiéndose al volante–. Tiene que salir bien.
    Polly no dijo nada, pero dejó que el cigarrillo se le consumiera fuera de la boca, bajo el impacto del viento de la hélice.

    Pasaron tres semanas. Todos los días volaban al Instituto para visitar a "Py". Porque éste fue el tranquilo, calmoso nombre que Polly le dio a la pirámide azul tendida en la cálida mesa de dormir y que parpadeaba al verlos. El doctor Wolcott tuvo cuidado en señalar que los hábitos del "niño" eran tan normales como los de cualquiera; las mismas horas de sueño, las mismas horas despierto, la misma atención, el mismo aburrimiento, la misma comida, la misma eliminación. Polly Horn escuchaba, la cara se le suavizaba, y se le iluminaban los ojos.
    Al final de la tercera semana, el doctor Wolcott dijo:
    –¿Se sienten en condiciones de llevárselo ahora a casa? Ustedes viven en el campo, ¿no es cierto? Muy bien, tienen un patio cerrado, pueden sacarlo allí al sol, llegado el momento. Necesita cariño materno. Algo trillado, pero es verdad. Habría que amamantarlo. Ha sido alimentado aquí por primera vez por la nueva máquina: voz arrulladora, calor, manos y todo –la voz del doctor Wolcott era seca–. Pero creo que ahora están lo bastante familiarizados como para saber que es un chico muy sanito. ¿Se anima, señora Horn?
    –Sí, me animo.
    –Bueno. Tráiganlo cada tres días para la revisión. Esta es la fórmula del niño. Estamos trabajando ahora en varias soluciones, señora Horn. A fin de año tendremos algún resultado para usted. No quiero decir nada definido, pero tengo razones para creer que sacaremos al chico de la cuarta dimensión, como a un conejo de un sombrero de copa.
    El doctor se quedó bastante sorprendido y agradado cuando Polly lo besó varias veces.

    Peter Horn manejaba el helicóptero en dirección a la casa, sobre los verdes, suaves y ondulados prados de Griffith. De vez en cuando miraba a la pirámide en brazos de Polly. Ella la arrullaba y la pirámide respondía aproximándose de la misma manera.
    –Me pregunto... –dijo Polly.
    –¿Qué?
    –¿Qué le pareceremos? –dijo Polly.
    –Se lo pregunté a Wolcott. Dice que probablemente nosotros también le parecemos cómicos. El está en una dimensión, nosotros en otra.
    –¿Quieres decir que no le parecemos hombre y mujer?
    –Como podríamos vernos nosotros, no. Pero recuerda que el nene no sabe nada de hombres y mujeres. Para el nene, cualquiera que sea nuestra forma, somos naturales. Está acostumbrado a vernos como cubos, cuadrados o pirámides, porque nos ve desde su propia dimensión.
    No ha tenido otra experiencia, ni otra norma con que comparar lo que ve. Nosotros somos su norma. Además, el nene nos parece raro porque lo comparamos con las formas y tamaños de costumbre.
    –Sí, comprendo, comprendo.
    El nene tenía conciencia del movimiento. Un Cubo Blanco lo sostenía en sus cálidos apéndices. Había otro Cubo Blanco sentado más lejos, dentro de una figura oblonga color púrpura. La figura oblonga se movía en el aire sobre una vasta y brillante llanura de pirámides, hexágonos, figuras oblongas, pilares, burbujas y cubos multicolores.
    Un Cubo Blanco emitió un silbido. El otro Cubo Blanco contestó con otro silbido. El Cubo Blanco que lo sostenía se desplazó. El nene observó a los dos Cubos Blancos y el mundo fugitivo de la burbuja viajera.
    El nene sintió... sueño. Cerró los ojos, acomodó su infancia piramidal en el regazo del Cubo Blanco y produjo unos débiles ruiditos...
    –Está dormido –dijo Polly Horn.

    Llegó el verano, Peter Horn andaba ocupado con sus negocios de importación–exportación. Pero no estaba nunca fuera de casa por la noche. Polly se sentía muy bien durante el día, pero a la noche, cuando tenía que quedarse sola con el niño, empezaba a fumar demasiado, y una vez Horn la encontró desvanecida en el escritorio, con una botella de jerez vacía en la mesa vecina. Desde entonces, Horn misino se ocupaba del niño por las noches. Cuando lloraba, el niño producía un extraño silbido, como si fuese un animal de la selva, perdido, que se quejaba. No era el sonido propio de un nene.
    Peter Horn había aislado el cuarto del niño, con paneles a prueba de ruidos.
    –¿Así que su mujer no quiere oír llorar al nene? –preguntó el obrero.
    –Sí –dijo Peter Horn–. No quiere oírlo.
    Tenían pocas visitas. Temían que alguien pudiera tropezar con Py, el pequeño Py, la dulce y querida pirámide.
    –¿Qué es ese ruido? –preguntó un visitante una noche, mientras bebía un cóctel–. Suena como una especie de pájaro. Usted no me dijo que tenía una pajarera, Peter.
    –Ah, sí –dijo Horn, cerrando la puerta de la habitación del niño–. Sírvase otra copa. Bebamos todos.
    Era como tener un perro o un gato en la casa. Por lo menos así lo consideraba Polly. Peter Horn la examinaba y observaba exactamente cómo le hablaba y mimaba al pequeño Py. Era Py por aquí Py por allá, pero como con cierta reserva, y a veces Polly echaba una mirada por el cuarto y se tocaba a sí misma y anudaba las manos y parecía perdida y temerosa, como si estuviera esperando que llegara alguien.
    En setiembre Polly informó a su marido:
    –Sabe decir papá. Sí, sabe. ¡Anda, Py, di papá!
    Sostenía de pie la cálida pirámide azul.
    –¡Quiujú! –silbó la pequeña y cálida pirámide azul.
    – Otra vez – repitió Polly.
    – ¡Quiujú! –silbó la pirámide.
    –¡Basta, por amor de Dios! –dijo Peter Horn. Le quitó el niño y lo llevó a su cuarto donde silbó una y otra vez ese nombre, ese nombre, ese nombre. Horn salió y se sirvió un trago fuerte. Polly se reía despacito.
    –¿No es terrible? –dijo–. Hasta su voz está en la cuarta dimensión. ¿No será lindo cuando aprenda a hablar, más adelante? Le daremos el monólogo de Hamlet para que lo aprenda de memoria y lo dirá; ¡pero saldrá como algo de James Joyce! ¿No es cierto que tenemos suerte? Dame un trago.
    –Ya has bebido bastante –dijo Horn.
    –Gracias, me serviré yo misma –dijo Polly.

    Octubre y luego noviembre. Ahora Py estaba aprendiendo a hablar. Silbaba y chillaba y emitía un sonido de campanilla cuando tenía hambre. El doctor Wolcott los visitó.
    –Cuando el color es de un permanente azul brillante –dijo el médico–, quiere decir que está sano. Cuando el color se pone pálido, tristón, él chico se siente mal. Recuérdenlo.
    –Ah, sí, lo recordaré –dijo Polly–. Azul de huevo de petirrojo cuando está sano, cobalto triste cuando está enfermo.
    –Señora –dijo Wolcott–. Es oportuno que se tome un par de estas píldoras y venga a verme mañana para charlar un rato. No me gusta esa manera de hablar. Saque la lengua. Aja. ¿Ha estado bebiendo? Mire las manchas que tiene en los dedos. Baje los cigarrillos a la mitad. La veo mañana.
    –Usted no me anima mucho –dijo Polly–. Ya ha pasado, casi un año.
    –Querida señora Horn, no quiero excitarla continuamente. Cuando hayamos puesto a punto el sistema, se lo haré saber. Estamos trabajando todo el tiempo. Pronto haremos un ensayo. Tome ahora las píldoras y cierre esa linda boca –le hizo cosquillas a Py debajo de la "barbilla"–. ¡Lindo nene sanito, diablos! ¡Unos diez kilos!
    El nene tenía conciencia de las idas y venidas de los dos lindos Cubos Blancos que lo acompañaban siempre mientras estaba despierto. Había otro cubo, gris, que los visitaba ciertos días. Pero la mayor parte del tiempo estaban los dos Cubos Blancos que lo querían y lo cuidaban. Miró al cálido Cubo Blanco más redondo, más suave, y emitió el bajo, suave gorjeo de contentamiento. El Cubo Blanco lo alimentaba. El nene estaba contento. Crecía. Todo era familiar y bueno. Llegó el Año Nuevo, el año 1989. Los cohetes del espacio relampaguearon en el cielo, los helicópteros giraron y agitaron los vientos cálidos de California.
    Peter Horn llevó a la casa, en secreto, grandes planchas de vidrio colado y polarizado, azul y gris. A través de esas planchas observaba a su "hijo". Nada. La pirámide seguía siendo una pirámide, ya la mirara con rayos X o a través de un celofán amarillo. La barrera era infranqueable. Horn volvió silenciosamente a la bebida.
    El incidente ocurrió a principios de febrero. Al llegar en el helicóptero, Horn se quedó espantado viendo una multitud de vecinos reunidos en el jardín de la casa. Algunos estaban sentados, otros de pie, otros circulaban con una expresión aterrada en las caras.
    Polly hacía caminar al "niño" por el patio.
    Estaba absolutamente borracha. Llevaba a la pequeña pirámide azul de la mano y la hacía caminar de una punta a la otra. No vio aterrizar al helicóptero, ni prestó atención a Horn, que se acercó corriendo.
    Uno de los vecinos se volvió.
    –Oh, señor Horn, es muy bonito. ¿Dónde lo encontró? Otro exclamó:
    –Oiga, usted es todo un viajero, Horn, ¿lo trajo de América del Sur?
    Polly sostuvo a la pirámide.
    –¡Dí papá! –exclamó, tratando de que la pirámide mirara a Horn.
    –¡Juii! –exclamó la pirámide.
    –¡Polly! –dijo Peter Horn.
    –Es cariñoso como un perro o un gato –dijo Polly paseando al niño–. Oh, no, no es peligroso. Es cariñoso como un nene. Mi marido lo trajo de Afganistán.
    Los vecinos empezaron a retroceder.
    –¡Vengan! –Polly les hacía señas–. ¿No quieren ver a mi nene? ¿No es lindísimo?
    Peter le dio una bofetada.
    –Mi nene –decía Polly sin parar.
    Peter la abofeteó de nuevo y Polly calló y se desvaneció. Peter la sostuvo y la llevó a la casa. Luego salió y tomó a Py, y se sentó y telefoneó al Instituto.
    –Doctor Wolcott, habla Horn. Conviene que tenga todo preparado. Esta noche o nunca.
    Hubo una vacilación. Al fin Wolcott suspiró.– Está bien. Traiga a su mujer y al niño. Trataremos de tener todo preparado.
    Colgaron.
    Horn se quedó allí sentado estudiando la pirámide.
    –Los vecinos lo encontraron formidable –decía Polly, tendida en el diván, los ojos cerrados, los labios temblorosos.
    El pasillo del Instituto olía a limpio. El doctor Wolcott lo recorrió seguido por Peter Horn y su mujer, Polly, que tenía a Py en brazos. Llegaron a una puerta y entraron en una amplia habitación. En el centro de la habitación había dos mesas y dos grandes campanas suspendidas encima.
    Detrás de las mesas había máquinas con perillas y palancas. En la habitación se oía un zumbido apenas perceptible. Peter Horn miró a Polly un momento.
    Wolcott le dio a Polly un vaso con un líquido.
    –Beba esto –Polly lo bebió–. Ahora siéntense.
    Los dos se sentaron. El doctor juntó las manos y los miró un momento.
    –Quiero contarles lo que he estado haciendo estos últimos meses –dijo–. He tratado de sacar al nene de esa condenada dimensión, cuarta, quinta, sexta, o lo que sea. Cada vez que ustedes dejaban al nene, nos ocupábamos del problema. Hemos encontrado la solución, pero no se trata para nada de sacar al nene de la dimensión en que está ahora.
    Polly se hundió en el asiento. Horn miró simplemente al médico atendiendo a todo lo que podía decir. Wolcott se inclinó hacia adelante.
    –No puedo sacar a Py, pero puedo meterlos a ustedes. Esa es la cosa.
    Wolcott extendió las manos. Horn miró la máquina que estaba en el rincón.
    –¿Quiere decir que puede mandarnos a la dimensión de Py?
    –Si están dispuestos a pasar un mal trago.
    Polly no dijo nada. Sostenía muy tranquila a Py y lo miraba.
    El doctor Wolcott explicó.
    –Conocemos la serie de malfuncionamientos mecánicos y eléctricos que llevaron a Py a su estado actual. Podemos reproducir esos accidentes y tensiones. Pero traerlo de vuelta es otra cosa. Quizá sea necesario un millón de pruebas y fracasos antes de conseguir la com-binación. La combinación que lo proyectó en otro espacio fue un accidente, pero afortunadamente lo vimos, lo observamos y lo registramos. Nunca se trajo a nadie de vuelta. Tenemos que trabajar en la obscuridad. Por lo tanto, sería más fácil mandarlos a ustedes a la cuarta dimensión que traer a Py a la nuestra.
    Polly preguntó simple y ansiosamente:
    –¿Veré a mi nene como es de veras, si entro en esa dimensión?
    Wolcott asintió.
    Polly dijo:
    –Entonces, quiero ir.
    –Espera – dijo Peter Horn–. Hace sólo cinco minutos que llegamos aquí y ya estás comprometiendo el resto de tu vida.
    –Estaré con mi verdadero nene. No me importa.
    –Doctor Wolcott, ¿cómo será esa dimensión?
    –No notarán ningún cambio. Los dos se verán con la misma forma y el mismo tamaño. Pero la pirámide se convertirá en un nene. Ustedes tendrán entonces un sentido extraordinario, podrán interpretar lo que ven de otra manera.
    –¿Pero no nos convertiremos en pirámides o formas oblongas? ¿Y usted, doctor, parecerá una forma geométrica en lugar de un ser humano?
    –¿Acaso un ciego que ve por primera vez pierde la capacidad de oír o gustar?
    –No.
    –Muy bien. Entonces no piensen más en términos de sustracción. Piensen en términos de adición. Ustedes ganan algo. No pierden nada. Saben cómo es un ser humano, ventaja que Py no tiene porque mira desde su propia dimensión. Cuando lleguen "allá", podrán ver al doctor Wolcott como ambas cosas: una forma geométrica abstracta o un ser humano, eso depende de ustedes. Probablemente se convertirán en filósofos. Pero hay otra cosa.
    –¿Qué?
    –Para todos los demás en el mundo, usted, su mujer y su hijo tendrán el aspecto de formas abstractas. El nene es un triángulo. Su mujer quizá una forma oblonga. Usted un sólido hexagonal. Será el mundo el que se impresionará, no ustedes.
    –¿Seremos monstruos?
    – Serán monstruos. Pero no lo sabrán. Tendrán que llevar una vida recluida.
    –Hasta que usted encuentre una manera de sacarnos a los tres...
    –Así es. Pueden pasar diez, veinte años. No se los recomendaría, los dos pueden volverse locos sintiéndose así, separados, diferentes. Si hay en ustedes un atisbo de paranoia, se manifestará. Ustedes son los que deciden, por supuesto.
    Peter Horn miró a Polly, y ella lo miró a su vez gravemente.
    –Iremos –dijo Peter Horn.
    –¿A la dimensión de Py? –dijo Wolcott.
    –A la dimensión de Py.
    Se levantaron de las sillas.
    –¿Está seguro, doctor, de que no perderemos ningún otro sentido? ¿Podrá usted entendernos cuando le hablemos? El habla de Py es incomprensible.
    –Py habla así porque así le llega lo que decimos a través de esas dimensiones. Py imita el sonido. Cuando ustedes estén allí y me hablen, hablarán perfecto inglés, porque saben cómo. Las dimensiones tienen que ver con los sentidos, el tiempo y el conocimiento.
    –¿Y qué pasará con Py, cuando lleguemos a esos estratos de existencia? ¿Nos verá en seguida como humanos y recibirá un golpe? ¿No será peligroso?
    –Es tan pequeño. Las cosas todavía no están para él demasiado establecidas. Tendrá una pequeña impresión, pero los olores de ustedes serán los mismos, y las voces tendrán el mismo timbre y altura y ustedes serán igualmente cordiales y afectuosos, que es lo más importante de todo. Se entenderán muy bien con él.
    Horn se rascó la cabeza lentamente.
    –Parece una vuelta tan larga para llegar a donde queremos ir –suspiró–. Quisiera poder tener otro chico y olvidar del todo a Py.
    –Este nene es el que cuenta. Me atrevería a decir que Polly no quiere ningún otro, ¿no es cierto, Polly?
    –Este nene, este nene –decía Polly.
    Wolcott echó a Peter Horn una mirada intencionada. Horn la interpretó correctamente. Este nene o no había más Polly. Este nene o Polly se pasaría el resto de la vida en una habitación tranquila, contemplando el vacío.
    Avanzaron juntos hacia la máquina.
    –Supongo que lo puedo soportar, si ella puede –dijo Horn, tomándola de la mano–. Ya hace muchos años que trabajo duro y parejo, quizá sea divertido retirarme y convertirme en una abstracción, para cambiar.
    –Les envidio el viaje, para decir verdad –dijo Wolcott, ajustando la vasta máquina obscura–. No les oculto que como resultado de haber ido "allá", muy bien pueden escribir un tomo de filosofía que les moverá el piso a Dewey, Bergson, Hegel o cualquiera de los otros. Quizá "vaya" a visitarlos un día.
    –Será bienvenido. ¿Qué necesitamos para el viaje?
    –Nada. Sólo acostarse en esas mesas y quedarse quietos.
    Un zumbido llenó la habitación. Un sonido de potencia y energía y calor.
    Tendidos sobre las mesas, teniéndose de las manos, estaban Polly y Peter Horn. Una doble campana negra bajó sobre ellos. Los dos quedaron a obscuras. Desde algún punto lejano del hospital un reloj parlante daba la hora: "Tictac, las siete, tictac, las siete", y la voz se desvanecía en una dulce canción.
    El zumbido bajo se hizo más fuerte. La energía oculta, cambiante, comprimida, vibraba en la máquina.
    –¿Hay algún peligro? –gritó Peter Horn.
    –¡Ninguno!
    La energía chillaba. Los átomos mismos de la habitación se dividieron unos contra otros, en campos extranjeros y enemigos. Horn abrió la boca para gritar. El interior se le volvió piramidal, oblongo, en medio de terribles influencias eléctricas. Sintió una energía que em-pujaba, succionaba, exigía, aferrándose al cuerpo. La energía gemía, se escondía y sufría en la habitación. Las dimensiones de la campana negra se le estiraban sobre el torso, empujándole en planos salvajes de incomprensión. El sudor que le brotaba de la cara no era sudor sino una pura esencia dimensional. Sentía los miembros dislocados, descuartizados, golpeados, súbitamente presos. Empezó a derretirse como cera fundida.
    Un sonido de golpeteo, de deslizamiento.
    Horn pensó rápidamente pero con calma. ¿Cómo será en adelante, Polly, yo y Py en casa, y la gente que viene a una fiesta? ¿Cómo será?
    De pronto supo cómo sería y la idea lo llenó de pavor y de un sentimiento de fe crédula y de tiempo. Vivirían en la misma casa blanca sobre la misma tranquila y verde colina, con un seto alto todo alrededor para defenderlos de los curiosos. Y el doctor Wolcott iría a visitarlos, dejaría el vehículo en el patio interior, subiría las escaleras, y en la puerta lo recibiría un alto y delgado Rectángulo Blanco con un martini seco en la mano serpentina.
    Y en una reposera, en medio de la habitación, estaría sentado un Oblongo Blanco Sal con un libro de Nietzsche abierto, leyéndolo y fumando en pipa. Y en el suelo andaría dando vueltas Py. Y conversarían y llegarían otros amigos y el Oblongo Blanco y el Rectángulo Blanco se reirían y bromearían y ofrecerían pequeños sandwiches y más bebidas y pasarían una buena noche de risas y charla.
    Sería así.
    Clic.
    El zumbido se detuvo.
    La campana se levantó sobre Horn.
    Todo había terminado.
    Estaban en otra dimensión.
    Oyó gritar a Polly. Había mucha luz. Horn se deslizó de la mesa, y se quedó pestañeando. Polly corría; se detuvo y levantó algo del suelo.
    Era el hijo de Peter Horn. En los brazos de Polly, un niño de cara rosada y ojos azules boqueaba, pestañeaba y gimoteaba.
    La forma piramidal había desaparecido. Polly lloraba de felicidad.
    Peter Horn atravesó la habitación, temblando, tratando de sonreír él también, de sostener a Polly y al niño, ambos al mismo tiempo, y de llorar con ellos.
    –¡Bueno! –dijo Wolcott, retrocediendo. Durante un rato no se movió. No hacía más que observar al Oblongo Blanco y al delgado Rectángulo Blanco que sostenía a la Pirámide Azul en el extremo opuesto de la habitación. Un ayudante entró por la puerta.
    –Shhh –dijo Wolcott, la mano sobre los labios–. Querrán estar solos un rato. Venga.
    Tomó del brazo al ayudante y cruzaron en puntas de pie la habitación. La puerta se cerró y el Rectángulo Blanco y el Oblongo Blanco ni siquiera miraron.

    Las mujeres

    ERA COMO SI UNA LUZ entrara en una habitación verde.
    El océano ardía. Una fosforescencia blanca se agitaba como una bocanada de vapor en la mañana del mar otoñal, subiendo. De la garganta de algún oculto abismo del mar subieron burbujas.
    Como una luz en el invertido cielo verde del mar, la criatura despertaba, animándose. Era vieja y hermosa. Llegaba de las profundidades, indolente. Una caracola, una gavilla, una burbuja, un resplandor, un murmullo, un arroyo. Suspendidas en las profundidades abisales había ramas de coral escarchado, como cerebros, pepitas como ojos de algas amarillas, hierbas sueltas como cabellos. Crecida con las mareas, crecida con las edades, juntada y atesorada y acumulada en identidades de sí misma y polvo antiguo, tinta de calamar y todas las bagatelas del mar.
    Y ahora tenía conciencia.
    Era una resplandeciente inteligencia verde, respirando en el mar otoñal. No tenía ojos pero veía, no tenía oídos pero oía, no tenía cuerpo pero sentía. Era del mar. Y por ser del mar era femenina.
    No se parecía nada a un hombre o a una mujer. Pero tenía maneras de mujer: sedosas, astutas, escondidas maneras. Se movía con una gracia de mujer. Tenía todas las cosas malas de las mujeres vanas.
    Aguas obscuras pasaban a lo largo y a través y se mezclaban con extraños recuerdos en su camino a las corrientes del golfo. En el agua había gorros de carnaval, cornetas, serpentinas, confeti; pasaban a través de esa floreciente masa de largo pelo verde como el viento a través de un árbol viejo. Peladuras de naranja, manteles, papeles, cáscaras de huevo y restos quemados de hogueras nocturnas en las playas: toda la resaca de gentes altas y descarnadas, a la espera en las arenas solitarias de las islas continentales, gentes de ciudades de ladrillo, gentes que chillaban en demonios de metal por carreteras de cemento, y desaparecían.
    Se levantó suavemente, rielando, espumosa, en el aire frío de la mañana. Había pasado mucho tiempo creciendo en la obscuridad, y ahora se dejaba llevar por la marejada.
    Vio la orilla.
    El hombre estaba allí.
    Era moreno, fuerte de piernas y corpulento.
    Hubiera debido ir todos los días al agua, a bañarse, a nadar, Pero nunca se había movido. Había una mujer en la arena con él, una mujer con traje de baño negro, tendida a su lado charlando tranquilamente, riendo. A veces se tomaban de las manos, a veces escuchaban una maquinita sonora que sintonizaban y de la que salía música.
    La fosforescencia se quedó tranquilamente suspendida en las olas. Era el fin de la temporada. Todo estaba cerrándose.
    Cualquier día el hombre podía irse y no volver más.
    Hoy debía entrar en el agua.
    Estaban tendidos en la arena, sintiendo el calor. La radio funcionaba suavemente y la mujer del traje de baño negro se agitó espasmódicamente, con los ojos cerrados.
    El hombre no levantó la cabeza del musculoso brazo izquierdo, que le servía de almohada. Bebió el sol con la cara, la boca abierta, la nariz.
    –¿Qué pasa? –preguntó.
    –Un mal sueño –dijo la mujer del traje de baño negro.
    –¿Sueños de día?
    –¿Nunca sueñas por la tarde?
    –No sueño nunca. N