ESCUCHAMOS AL PRIMO MUERTO
Publicado en
octubre 23, 2026
Verán, me llamo Santiago, tengo 18 años y, cuando tenía 14, me tocó enterrar a mi primo. Él murió de cáncer terminal a los 12 años. Mi papá, mi mamá y todos nuestros familiares estábamos devastados por lo sucedido. Aunque yo era muy joven y no entendía del todo lo que significaba la muerte, sabía que habíamos perdido a alguien muy importante para nuestra familia. Fue un golpe muy duro para todos.
Cuando regresamos a casa después del entierro, la mayoría de las personas ya se habían marchado. Solo quedábamos los familiares más cercanos, reunidos en la sala. Mi mamá estaba tomando café, mi abuela se encontraba sentada a su lado y la mamá de mi primo, mi tía, estaba en una silla frente al televisor apagado. Mi papá y mis tíos estaban afuera, cuando de repente escuchamos algo que nos dejó completamente helados. Era un llanto. Un llanto que todos reconocimos de inmediato. Era la voz de mi primo. Al principio nos miramos entre nosotros, pensando que alguien estaba haciendo una broma de muy mal gusto o intentando imitarlo, pero enseguida nos dimos cuenta de que no era así. Todos dirigimos la mirada hacia el mismo lugar: un pequeño rincón de la pared. De ahí provenía aquella voz. Yo la reconocí perfectamente, y mi tía también, porque apenas la escuchó comenzó a llorar desconsoladamente.
Mi mamá salió corriendo para llamar a mi papá y a los demás que estaban afuera. Cuando todos entraron en la sala, la voz comenzó a decir algo que jamás olvidaré: "Mamá, ¿dónde estoy? Mamá, tengo miedo. ¿Por qué no los puedo tocar? Mamá, ¿dónde estoy?". Lo repetía una y otra vez, con un tono desesperado, como si estuviera perdido y no entendiera qué le estaba sucediendo. En ese momento, todos comenzamos a sentir escalofríos. Mi abuela se puso completamente pálida y tuvieron que sacarla de la habitación porque no soportaba lo que estaba escuchando. Yo me encontraba un poco más atrás, paralizado por el miedo. Podía escuchar aquella voz con claridad, pero no sabía cómo asimilar lo que estaba ocurriendo. Nadie sabía qué hacer ni cómo reaccionar.
Mi tía fue quien más sufrió. Al escuchar a su hijo llamándola, intentó correr hacia el rincón de donde provenía la voz, pero mi papá y uno de mis tíos la sujetaron, temiendo que aquello no fuera realmente mi primo. Ella lloraba, forcejeaba e intentaba acercarse, mientras la voz seguía repitiendo las mismas palabras.
Así transcurrieron aproximadamente 30 minutos. Durante todo ese tiempo, aquella voz no dejó de llamar a su madre ni de repetir que tenía miedo. Mi tía intentó hablar con él, le hizo preguntas y le pidió que le respondiera, pero nunca obtuvo una respuesta diferente. La voz solo repetía las mismas frases, una y otra vez, como si estuviera atrapada en un lugar del que no podía salir.
Después de esos 30 minutos, todo quedó en silencio. No volvimos a escuchar nada. Mi tía terminó derrumbándose junto al rincón de la pared, completamente destrozada. Más tarde, colocó una veladora en aquel lugar y, al día siguiente, la familia organizó una misa, por si el alma de mi primo había quedado en la casa y necesitaba descansar en paz.
Hasta el día de hoy, esta historia sigue pasando de boca en boca entre nuestros familiares. Algunos creen lo que contamos; otros piensan que fue producto del dolor y de la impresión que todos estábamos viviendo. Incluso yo, a veces, tengo dificultades para creer lo que ocurrió aquella noche. Pero estuve ahí. Escuché aquella voz y vi cómo reaccionó mi familia. Es algo que nunca he podido olvidar.
Imaginen escuchar a un ser querido que acaba de morir, llamando desesperadamente a su madre, diciendo que tiene miedo y preguntando por qué ya no puede tocar a nadie. Imaginen sentir que está ahí, tan cerca, y no saber cómo responderle, qué está viendo o qué le está pasando. Eso fue lo que pensé en aquel momento. Y, hasta el día de hoy, recordar aquella noche me sigue poniendo la piel de gallina.
Fuente del texto:
Novelas, Historias y Creepypastas de terror