EL CASTIGO DEL ENVENENADOR
Publicado en
octubre 03, 2026
En el pueblo todos conocían a Don Ramiro. Era el hombre que no soportaba el ruido, ni los ladridos en la noche, ni los gatos sobre su techo.
Dicen que por años puso veneno en pedazos de carne y los dejaba en las esquinas. Cientos de perritos y gatitos que solo buscaban comida, nunca regresaron a casa. Él se reía. Decía que estaba limpiando el pueblo.
Una noche de octubre, muy tarde, empezó a escuchar algo afuera de su casa. Primero un maullido, luego un ladrido bajito y luego cientos al mismo tiempo.
Se asomó por la ventana y la calle estaba llena de perros flacos, gatos negros, blancos, manchados... todos parados mirando hacia su puerta, inmóviles y con los ojos brillando.
Cerró todo con llave. Apagó la luz.
Pero los arañazos empezaron en la puerta y luego por todos lados.
Y entonces escuchó una voz que no era humana, era como si todos los animales hablaran a la vez:
—Tú nos quitaste la vida sin razón... ahora nosotros venimos por la tuya.
A la mañana siguiente, los vecinos fueron a buscarlo porque sus propios perros no dejaban de ladrar frente a su casa. La puerta estaba abierta.
Adentro no había nadie. Solo un rastro de huellas. Cientos de huellitas de lodo que entraban y salían de su cuarto. Y en el suelo, un plato con carne podrida, llena de gusanos.
Dicen que desde entonces, en ciertas noches de luna, se le ve caminar por las brechas del pueblo. Un alma en pena, flaco, sucio, con un plato en las manos. Ofreciendo comida que nadie quiere. Perseguido por una jauría de sombras que lo muerde y no lo deja descansar.
Los abuelos dicen que por eso no se debe envenenar a un animalito. Porque su alma es pura y cuando regresan... no perdonan. Porque el hombre que envenena a cien, carga con cien almas en la espalda por toda la eternidad.
Fuente del texto:
Entre historias y Misterios