EL DESTINO ESPERABA ALLÍ (Corín Tellado)
Publicado en
junio 20, 2026
ARGUMENTO
—Bing..., es mi hermana y está muriéndose. En su lecho escribió esta carta, cuyo contenido su hija desconoce. Me pide, en su última hora, que la ampare. Si responsabilidad es para ti tenerla en nuestra casa, mayor responsabilidad es para tu conciencia saberla lejos y sola... Una mujer joven y sola... Ya sabes, Bing.
—Sí —rezongó Bing—; pero tengo tres hijos varones que no son santos, y una muchacha ahora en este hogar sería como una revolución. Además..., ¿conocemos acaso las costumbres de Mildred? Una muchacha americana en un hogar como este... —se pasó una mano por la frente—. Laura... ¿no podemos ayudarla sin que sea preciso traerla a casa?
CAPÍTULO I
—Y dices, Laura, que la pequeña Mildred...
—Acabo de leerte la carta de mi hermana, Bing. En ella viene consignado el deseo de mi pobre Ann.
—Ya.
—¿Has pensado algo, Bing?
Bing Hunter era un hombre de unos cincuenta y pico de años, si bien su edad no se podía precisar con exactitud, pues su cabeza erguida se hallaba exenta de hebras de plata, y su rostro no tenía arrugas. Bing era un hombre fuerte y sano, desconocía los vicios y vivía solamente para su hogar, sus tres hijos y su mujer. Era una buena persona, pero el hecho de que la hermana de su esposa se hallase enferma de muerte y pidiera ayuda para su hija Mildred..., no acababa de convencerlo. Él no conocía a la hermana de su mujer ni a la pequeña Mildred... Y era mucha responsabilidad hacerse cargo de una niña desconocida y tomar sobre sí unos deberes que no deseaba en modo alguno.
Laura esperó inútilmente su respuesta y en vista de que esta no llegaba, miró a su hijo mayor como pidiendo ayuda, pero Curt encogió los hombros, gesto en él habitual cuando deseaba soslayar un compromiso, y se dedicó de nuevo a la lectura del periódico.
—Bing —dijo Laura—. ¿Vamos a dejar abandonada a una muchacha de dieciocho años, hija de mi única hermana?
Bing tampoco respondió. Sus delgados dedos hurgaban en el bigote con nerviosismo. Laura miró ahora a sus dos gemelos y tanto Johnny como Billy se levantaron y fueron a sentarse junto a ella. Nada dijeron, pero sus manos cayeron sobre las de Laura en un ademán consolador. La dama los miró agradecida, pero no se dirigió a ellos al hablar nuevamente.
—Bing..., es mi hermana y está muriéndose. En su lecho escribió esta carta, cuyo contenido su hija desconoce. Me pide, en su última hora, que la ampare. Si responsabilidad es para ti tenerla en nuestra casa, mayor responsabilidad es para tu conciencia saberla lejos y sola... Una mujer joven y sola... Ya sabes, Bing.
—Sí —rezongó Bing—; pero tengo tres hijos varones que no son santos, y una muchacha ahora en este hogar sería como una revolución. Además..., ¿conocemos acaso las costumbres de Mildred? Una muchacha americana en un hogar como este... —se pasó una mano por la frente—. Laura... ¿no podemos ayudarla sin que sea preciso traerla a casa?
—Si tú quieres, sí, Bing. Pero..., ¡he deseado tanto tener una hija! Y puesto que no la he tenido...
—Basta, Laura.
La dama calló. Volvió a mirar a su hijo mayor, pero este, como siempre, parecía al margen de todo. Leía el periódico como si estuviera solo, su rostro cetrino se inclinaba hacia las páginas desplegadas, como si se encontrara solo en la estancia. Por un instante levantó la cabeza y sus lentes se fijaron en la madre, pero inmediatamente los bajó de nuevo. Laura buscó el concurso de sus dos gemelos. Estos apretaban sus manos, pero no decían nada.
—Bing...
—Está bien, Laura —cortó Bing, de mal humor—; si ello te va a causar una enfermedad, ve a Nueva York y tráete a la chica. Quizá tu hermana no haya muerto aún... Si es así, quédate a su lado el tiempo que sea preciso...
—¡Bing!
El caballero se puso en pie y se dirigió a la puerta encendiendo un habano.
—Pero no quiero responsabilidades, ya lo sabes, Laura. Las chicas americanas son locas de remate y me infunden miedo. Ya puedes advertirle que aquí, aunque descendientes de americanos, somos ingleses para los hechos y en esta ciudad nos conoce todo el mundo. Aquí solo imperan las buenas costumbres y tengo bien afianzada mi reputación de ciudadano pacífico y moral. Tu hermana dice en su carta que no posee un centavo... Eso no me importa —añadió un si es no indiferente—. Pero exijo a todo aquel que vive en mi hogar una conducta intachable, y espero que Mildred sepa amoldarse a esta... monotonía hogareña.
—Te lo prometo, Bing.
—No prometas nada. Primero conoce a la chica.
Salió de la estancia, y Laura miró a sus tres hijos. Curt, el mayor, que contaba treinta y un años, continuaba enfrascado en la lectura del periódico. Los dos gemelos, de veintiséis, pasaron un brazo por los hombros de su madre y ambos dijeron a una:
—No te preocupes, mamá. Papá es severo, pero Mildred sabrá amoldarse a estas costumbres.
Laura suspiró:
—Mi hermana se casó con un pintor bohemio. No le importó recorrer el mundo en su compañía sin un centavo. Ella lo amaba. Era también algo bohemia...
—¿Y qué temes?
Laura suspiró.
—Temo que Mildred se parezca a su madre.
—Se adaptará al ambiente rígido de nuestro hogar.
—¿Y si no es así?
Los gemelos iban a responder, cuando se oyó el crujir de las páginas del periódico de Curt. Lo dobló con calma y con la misma calma se puso en pie y se dirigió a la puerta del salón.
—Curt —llamó su madre.
El aludido se volvió. Era alto, fuerte y usaba lentes ahumados. Tras aquellos lentes se ocultaban unos ojos rabiosamente azules, de mirar impasible. Tenía el cabello negro y arruguitas en torno a los ojos y en la comisura de la boca. Vestía impecablemente de oscuro y los puños inmaculados de su camisa asomaban por el bajo borde de las mangas de la americana. Sin duda era un hombre elegante, sin ser guapo gustaba, y todas las muchachas de la ciudad suspiraban por cazar al eminente especialista que parecía vivir solo para sus enfermos.
—¿Qué, mamá? —preguntó, con su voz pastosa, lenta, baja—. ¿Decías algo?
—Sí. Supongo que habrás oído todo lo que se habló aquí...
—Por supuesto.
—¿No puedes darme tu parecer? Mildred es tu prima, está sola, quizá su madre ya haya muerto. Y su madre, Curt, era mi única hermana.
—¿Y bien? —preguntó, alzando una ceja.
—Mildred es joven, no tendrá mucha experiencia de la vida... Una muchacha sola...
—Haz lo que quieras, mamá —dijo, indiferente, poniendo la mano en el pomo de la puerta—. Son cosas esas en las cuales no me gusta meterme.
—¿Tú..., en mi caso, qué harías?
Y Curt replicó con la misma pasividad:
—No estoy en tu caso, mamá. Perdóname.
Y salió. Laura apretó las manos nerviosamente una contra otra y alzó los ojos. Encontró los dos rostros de los gemelos y sonrió aturdida.
—Mamá...
—Ya pensaremos lo que vamos a hacer —dijo la dama, tenuemente—. Hablaré otra vez con vuestro padre.
—¿Te disgustas por la contestación de Curt? No le hagas caso, mamá —pidió Billy—. Ya sabes que Curt es así.
—Vete a buscar a Mildred, mamá —rogó Johnny—. Estoy seguro de que será una primita encantadora.
—Pero vuestro padre detesta las innovaciones. Implantar nuevas costumbres le contraría...
—No vas a dejar a Mildred sola por eso, mamá —protestó Billy—. La pobre chica...
—Idos ahora, hijos. Ya conozco vuestros buenos sentimientos —y pensativa añadió—: No puedo dudar igualmente de los buenos sentimientos de vuestro padre y de Curt. Pero ellos... son menos expansivos que vosotros, si bien... fui muy feliz con mi marido pese a su carácter tan severo. Siempre me he dejado guiar por él y jamás me pesó. Es esta la única vez que no estamos de acuerdo y no debo obrar a la ligera antes de hablarle de nuevo. Idos al club, que yo voy al despacho de vuestro padre. Quizá no haya empezado aún la consulta.
Los cuatro eran médicos. Bing, el padre, tenía el consultorio en el mismo palacete donde vivían. Los gemelos trabajaban en el hospital provincial, y Curt, que se había destacado entre todos, tenía su consulta en el barrio residencial, en un pabellón lujoso, en cuya puerta principal brillaba una placa de bronce con esta inscripción: «Doctor Curt Hunter. Medicina interna». Había destacado en la Facultad y más tarde en su recorrido por el mundo en viaje de estudios. Se doctoró en Alemania y a su regreso definitivo a la ciudad se estableció en aquel barrio residencial y ganó mucho dinero. Era un especialista extraordinario y cobraba fuertes sumas sin un rubor. Su padre, a veces, le reprochaba su conducta: «Eres un médico de ricos», díjole en cierta ocasión. «Y los pobres..., que se mueran». Curt encogió los hombros y no respondió.
Johnny y Bill se marcharon cogidos del brazo y Laura se dirigió al despacho. En efecto, los clientes se hallaban en la sala de espera, pero el doctor Bing Hunter aún no había empezado su consulta.
—¿Puedo pasar, Bing?
—Pasa.
Laura tenía aproximadamente cincuenta años, si bien no los aparentaba. Resultaba fina, delicada y aún bonita, con su suave mirar, sus cabellos tirando a rubio entremezclados con hebras de plata, su boca de labios delgados y suaves y su andar reposado.
—Bing...
—¿Otra vez lo de Mildred?
—Otra vez.
—Ve a buscarla, Laura. Toma el avión de esta noche...
—Nunca hicimos nada en desacuerdo, Bing. Si tú no quieres...
—Yo no quiero, en efecto. Tengo miedo. La muchacha no me pesa, ni me importa que carezca de dinero... Pero es una mujer y aquí solo hubo una mujer que eres tú... ¿Qué ocurrirá? Los gemelos son chicos díscolos, sin responsabilidades, aman la vida agradable... Mildred ha de ser una americanita con ideas raras, quizá revolucionarias. ¿Te das cuenta? Su padre fue un aventurero, su madre lo siguió en su peregrinación por el mundo, lo cual viene a indicar que también era una aventurera... ¿Qué herencia quedó a la chica?
—De padres locos salen hijos muy cuerdos, Bing.
—Esperemos que sea así. Ve a buscarla. Tiempo hay para reaccionar y cortar las alas si es necesario.
—Bing...
—Dime, querida Laura.
—¿No... me reprocharás?
El doctor se puso en pie, empujó el gran sillón y se acercó a su mujer. Le puso una mano en el hombro y dijo dulcemente:
—Laura, querida mía, si algo tengo que reprocharte será tu buen corazón. Y eso... nunca se reprocha. Ve. Quizá no tenemos derecho a dejar sola en el mundo a esa criatura.
* * *
—Mildred...
La joven no se movió ni levantó la cabeza. Permanecía sentada en un sillón, con la cara oculta entre las manos. Sus hombros se agitaban de vez en cuando, si bien Russ sabía que Mildred no lloraba.
—Mildred.
—Dime, Russ —murmuró, con voz opaca.
—¿Qué... vas a hacer ahora?
—No lo sé.
—¿Seguirás en tu empleo de modelo?
Mildred dejó su postura desolada y alzó la cabeza. Era una muchacha delgada, esbelta y muy hermosa. Tenía el pelo negro, verdes los vivos ojos, bien marcado el dibujo de su boca, blancos los dientes... Tenía fama de bella entre sus compañeras de trabajo y no le faltaban pretendientes. Pero Mildred no se había enamorado nunca, si bien conocía a los hombres. Su profesión de modelo la acercó al gran mundo y tuvo pretendientes de todas las esferas sociales.
—Dime, Mildred..., ¿seguirás trabajando en casa de Duped...?
—Supongo.
—Tu madre, antes de morir, nombró a una hermana llamada Laura...
—Sí. —Se sentó en el borde de la cama y juntó las manos entre las rodillas—. Mira, Russ, yo prefiero seguir aquí, trabajar y ganar para mí. Iré a tu pensión... Este apartamento se me caería encima sin ella...
—Puedo trasladarme aquí contigo.
—No —dijo—, no. Quiero olvidar los días y las noches que pasé junto a su cabecera. Prefiero empezar una nueva existencia.
—¿Y dónde vive esa hermana de tu madre?
—No sé, ni me interesa. No valgo para ataduras, y mamá, al referirse a su cuñado, decía de él que era un hombre severo, rígido, intachable por supuesto, pero demasiado rutinario. Además..., no quiero vivir a expensas de nadie. He trabajado desde los dieciséis años... No me asusta la vida.
—¿Y si ellos quieren llevarte?
Mildred sonrió desdeñosa.
—Cuando la gente es feliz y vive bien, Russ, se olvida fácilmente de los parientes pobres que hay esparcidos por el mundo.
Encendió un cigarrillo y fumó aprisa.
—Por otra parte —añadió tras un silencio—, no creo que ellos sepan de nuestra existencia. Mamá y tía Laura nunca se cartearon. Mamá hablaba de su cuñado Bing con cierto temor.
—¿Tus tíos no tienen hijos?
—No sé. Nunca le pregunté a mamá. Quizá ella tampoco lo sabía. Ya te he dicho que no se carteaban. —Se puso en pie y aplastó el cigarrillo en su cenicero—. ¿Vienes conmigo al cementerio?
—Sí.
Mildred recogió un abrigo y se lo puso por los hombros. Era francamente bonita y tenía una personalidad nada común...
—Mildred, estoy pensando...
Cruzaban la calle. Mildred miró a Russ. Era su mejor amiga. Quizá la única amiga. Se habían conocido cuando Mildred empezó a trabajar en la casa de modas. Russ le llevaba tal vez cinco años, pero eso no era obstáculo para que ambas se estimaran de veras.
—¿Qué piensas, Russ?
—En ti. Eres muy guapa, y si te lo propones puedes hacer un matrimonio brillante.
Mildred sonrió burlona.
—Por lo visto aún me desconoces. Soy lo bastante sentimental para esperar el amor. Sí —añadió, pensativa—. Pese a mis aires modernos, a mi independencia..., espero enamorarme mucho.
—Esas son tonterías. Si yo fuera como tú, si tuviera tu cuerpo y tu cara y tu cultura...
—¿Quieres que dejemos eso? Vamos, allí llega el autobús.
II
Pase usted. Mildred Mann soy yo.
Laura, envuelta en rico abrigo de visón, pasó al interior del piso y miró a un lado y a otro con ansiedad.
—¿Ann... vive aún?
Mildred miró a la señora tan elegante que esperaba anhelante su respuesta y encogió los hombros.
—No. Murió hace quince días.
Mildred se asombró, pues Laura dejóse caer en una silla y ocultó el rostro entre las manos.
—Mi pobre hermana —dijo—. ¡Mi pobre hermana!
—¿Hermana? ¿Quién es usted? ¿Acaso tía Laura?
Le apartó las manos de la cara y la contempló fijamente.
—¿Es usted...?
Laura asintió.
—¡Dios mío, yo creí que... vivía usted muy lejos!
—Vivo lejos, pero...
Hurgó en el bolsillo y extrajo la carta. Mildred la recogió con mano temblorosa y la leyó de un tirón.
—No sabía —dijo, bajo—. Yo no sabía que ella y usted se carteaban. Nunca me lo dijo...
—Ann era así.
Mildred se sentó frente a Laura y la escrutó con la mirada.
—Ha venido usted por mí...
—Sí. Deseo que vivas en nuestro hogar.
Hubo un silencio. La dama parecía cansada y Mildred sintió que se enternecía.
—Voy a prepararle algo para tomar y una cama. Necesita usted descansar.
—Te lo agradezco; pero solo una hora. A las seis sale el avión y hemos de tomarlo las dos.
—Yo...
—¿No... quieres?
—No deseo ser una carga para usted. Mamá no debió escribirle pidiendo ayuda para mí. Ella sabía que yo... sé gobernarme sola. Además..., comprenda usted, no los conozco. Todos, usted, su marido, sus hijos si los tiene..., todos son extraños para mí. Mamá debió prever eso. Ella me conocía, sabía que me agrada ser independiente, vivir sola mi vida, sin ayuda de nadie. Trabajo y gano para mí...
—Pero tienes dieciocho años.
—Sí —admitió, con cierta filosofía, que no pasó inadvertida para la dama—. Tengo dieciocho años, pero nunca recuerdo eso. Cuando, como yo, se empieza a vivir demasiado pronto, la edad no cuenta. Llega una a los veinte y se considera una vieja fracasada.
—Eso debe evitarse.
—Mire usted, tía Laura...
—Trátame de tú.
—Gracias. Mira, yo... prefiero quedarme aquí. Si algún día te necesito, prometo que te lo diré...
—No.
—¿No?
—Eso he dicho. No sé lo que significará para ti un trasplante tan violento, pero tienes el deber de probar. Mi conciencia y mi cariño hacia Ann, no me permiten abandonarte. Ann y yo fuimos las dos únicas hijas de una familia cristiana y honrada. Ella se enamoró de tu padre y marchó... Yo me enamoré de otro hombre y le seguí... Marchamos, por lo tanto, por caminos paralelos, pero nunca nos olvidamos una de la otra y, aunque a distancia, nos seguimos queriendo. Cuando Ann enfermó me escribió esa carta... Ella sabía que yo acudiría a su lado y aquí estoy. Muerta ella, solo me quedas tú.
—Tía Laura, me emociona oírte, pero yo no deseo seguirte. Tú..., por tu aspecto, pareces floreciente. Yo... ya sabes. Permíteme que siga trabajando, que gane para mí y que un día, como tú y mamá, encuentre en mi camino un hombre a quien seguir.
—¿Existe ese hombre?
—Por supuesto que no.
—Pues entonces no tendrás más remedio que acompañarme. Ahora deseo descansar un rato. Pero luego, en el avión, te iré hablando de mi marido, de mis hijos..., de mi hogar, de la ciudad donde vas a vivir, de los vecinos, de la casa, de la carrera de mis hijos...
—Tía Laura, te hablo en serio. Agradezco tu apoyo moral y material, pero prefiero quedarme aquí.
—Luego, cuando haya descansado..., concretaremos.
En la diminuta cocina le ayudó a sentarse. Le preparó algo para comer y luego le hizo la cama. Se parecía a su madre. Tenía el mismo semblante apacible, el mismo mirar cálido de sus grandes ojos azules, el mismo trazo de la boca que se fruncía al sonreír... Era grato tener alguien que quiso a su madre, pero también... era ingrato pensar que iban a arrancarla de su vida, que iba a depender de gentes desconocidas. Si solo fuera tía Laura... Pero esta tenía marido, hijos..., un hogar quizá tan elegante como su persona. A ella no la asustaba aquello, pero sí la asustaba, indescriptiblemente, las costumbres que quizá ella no iba a comprender, y menos a adaptarse. Tendría que discutir a la dama y, si bien pensaba acompañarla al aeropuerto, ella se quedaría en Nueva York.
Una vez Laura quedó durmiendo, Mildred se vistió precipitadamente y fue a visitar a Russ.
—¿Qué?
—Ya lo sabes todo.
—¿Y qué vas a hacer?
—Quedarme.
—Estás loca. Se te ofrece un hogar, un cariño, la estimación de familiares que nunca tuviste... o creíste no tener...
—Pero también se me ofrece la opresión. Quiero vivir libre, trabajar para mí; no deber nada a nadie. Ellos, a juzgar por lo que en distintas ocasiones dijo mamá, son gentes austeras, rígidas. Yo... no soy como ellos.
—Adáptate.
—Russ, compréndeme. No quiero vivir de caridad. Deseo ganar lo que como, lo que visto, lo que fumo... Sería para mí humillante que el marido de mi tía me reprochara... Soy quizá demasiado orgullosa.
—Lo eres mucho.
—No lo puedo remediar.
—De todos modos puedes probar. Si no te adaptas a ellos, vuelve. Habla con el modisto. Dile lo que te ocurre. Eres una modelo magnífica y no te perderá fácilmente. Si quieres volver él te admitirá sin rechistar.
Russ siguió hablando y hablando, y Mildred se despidió de ella sin concretar en su pensamiento lo que iba a hacer.
Cuando regresó a casa, la dama ya estaba despierta y vestida. Sentada en la salita miraba cada objeto, cada cuadro.
—Perdona que te haya dejado sola, tía Laura.
Esta se volvió y no dijo nada. Sus ojos azules contemplaron fijamente a la joven. Mildred vestía de negro y sus ropas daban a su persona mayor encanto, más personalidad, más esbeltez. Llevaba un abrigo negligentemente tirado por los hombros y sus formas se acusaban túrgidas, bellas, quizá un poco incitantes.
—Eres muy hermosa —dijo la dama, sin dejar de mirarla—. Ann siempre fue encantadora, muy bonita; pero tú... la superas.
—Gracias, tía Laura.
—Prepara tu equipaje, querida.
Mildred se quitó el abrigo y lo tiró sobre una butaca.
—Quiero hablarte de eso, tía Laura. Siéntate, por favor. Aún no te pregunté si descansaste bien.
—Muy bien, gracias.
Se sentó. Miraba a Mildred con ojos escrutadores, y la joven pensó que las pupilas de tía Laura eran como las de su madre. Penetraban hondo, hondo, y leían en su ser con claridad meridiana.
—Mildred —dijo Laura, tras un silencio—, es inútil cuanto digas, cuanto hagas, cuanto intentes para persuadirme. Soy como tutora, eres menor de edad y has de seguirme. Claro que detesto las cosas forzadas. Has de comprender y seguirme de buen grado.
—Mi porvenir está aquí. Mi destino, tía Laura, y no debo torcerlo.
Tía Laura sonrió.
—Querida niña, te voy a referir un pasaje de mi vida para que comprendas mejor y te des cuenta de que el destino no está siempre donde pensamos. Yo tenía un novio al cual creí amar con todo mi ser. Al cabo de algún tiempo, una vez muertos nuestros padres, decidí trabajar. Y entré de enfermera en la clínica de un médico. Pasó mucho tiempo. El médico era frío, casi déspota, rígido y hablaba muy poco. Mi novio iba a buscarme todas las tardes a la clínica. Salíamos juntos, pensábamos casamos. Por aquel entonces tu madre, que era bastante más joven que yo, vivía con una tía. No tenía que ocuparme de ella, puesto que estaba a cubierto de toda necesidad. Mi novio y yo decidimos reunir nuestros sueldos y juntar para la boda. Faltaba un mes cuando un día, al llegar a la clínica, el médico me dijo: «Laura, ¿quiere usted casarse conmigo? Yo la amo». Me quedé de piedra, como comprenderás. Y comprendí... que lo amaba a mi vez. Te juro que lo amaba. En aquel entonces yo era lo bastante sentimental para creer en el amor y tengo la desgracia de seguir siendo sentimental porque... sigo creyendo en él como el primer día y tengo hijos ya hombres casi maduros. ¿Me has comprendido? Yo no sabía que lo amaba, pero lo amaba mucho. Ya ves tú quién iba a decirme a mí que el destino de mi vida sería casarme con el médico, cuando mis planes estaban trazados para unirme a mi novio...
—Esto es diferente.
—Con muy pocas variantes. Dices que tu trabajo está aquí, al igual que tu vida, tus amigos... El destino de tu vida quizá está aquí también, y si está..., volverás a por él aunque no quieras. Pero si está allí..., tendrás que seguirme quieras o no.
—Tía Laura, eres muy buena. Pero es que yo quizá no pueda amoldarme a vuestra vida.
—Si no puedes..., regresas.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo firmemente.
* * *
El avión volaba sobre Nueva York. Mildred y Laura, sentadas una junto a la otra, parecían sumidas en sus propias reflexiones. Laura, envuelta en su rico abrigo de visón. Mildred, vistiendo abrigo negro, elegante, de rico paño. A Mildred le gustaba la buena ropa y prefería tener menos y de excelente calidad. Sus modelos eran caros y solo ella sabía el esfuerzo que le costó adquirirlos. No usaba joyas, porque, como con los modelos de vestir, si no eran buenas prefería no tenerlas. Sus blancas manos cruzadas en el regazo atrajeron la mirada de Laura. Todo en su sobrina era bonito, sus pies, sus manos, su andar, sus ropas, sus ojos... Todo en ella era de primera calidad, como sus modales, su voz...
—Deseo hablarte de mi marido y mis hijos... —dijo la dama, de súbito.
—Habla cuanto quieras, tía Laura.
—Deseo que los conozcas un poco antes de llegar.
—Lo prefiero.
—Bing, mi marido, es un hombre excelente, pero no transige con las extravagancias, los modernismos, las alteraciones. Recuerdo que cuando nos casamos, al entrar en nuestra cámara nupcial, me quitó el abrigo y él mismo lo colgó en el perchero... Luego me quitó los zapatos y los llevó al pasillo. Hace muchos años que nos casamos... Hoy sigue haciendo igual.
—Ya.
—Por lo que podrás observar es un ser rutinario. Pero para quererme no lo fue. Cada día me proporcionó una emoción.
—Sigue, tía Laura.
—Detesta los ruidos, las alteraciones, las salidas de tono; nunca llama la atención. Su hogar es impecable, como su persona, sus modales, sus costumbres hogareñas... Yo... he sido y soy muy feliz a su lado. Para otros resulta un hombre raro, demasiado austero, quizá muy apegado a sus costumbres añejas. Yo... le comprendo y soy muy dichosa.
—Sí, tía Laura.
—Al año de casados nació Curt... De él no voy a hablarte mucho. Es muy parecido a su padre, pero más de este siglo. Habla poco, tiene una clínica elegante, es un médico famoso y tiene una gran fortuna ganada por sí mismo. Tanto su padre como yo deseamos que se case. Las mujeres lo asedian. Es un partido excelente, pero Curt... no cree mucho en el amor. O al menos parece que no cree nada. Tú le irás conociendo poco a poco o quizá no lo conozcas nunca. Yo soy su madre y jamás pude saber lo que piensa o siente de aquella cosa o de otra. Curt es, a mi parecer, un hombre desconcertante, pero excepcional. Claro que lo miro bajo mis ojos de madre. ¿Me comprendes, Mildred?
—Sí, tía Laura.
—Muchos años después nacieron los gemelos. Yo quise que Billy y Johnny estudiaran carreras distintas. Pero Bing, mi marido, dijo que tenían que ser todos médicos... Y lo ha conseguido. Bing lo consigue todo, como me consiguió a mí casi sin palabras, cuando estaba prometida a otro hombre. Los gemelos estudiaron con afán, y aunque nunca llegarán a ser grandes médicos, trabajan en un hospital y son muy apreciados allí. Billy y Johnny se quieren mucho y me adoran a mí, admiran a su padre y no comprenden a su hermano mayor. Son divertidos y gozan de la vida. Ellos te recibirán con cariño.
—Curt y tu marido..., ¿no?
—Son reservados, no se expansionan como Billy y Johnny.
—Comprendo.
—En la ciudad, todos conocen a la familia Hunter y la respetan. Ya nadie ignora que llegarás tú, y querrán verte, y vendrán a saludarte y te escudriñarán de los pies a la cabeza.
—Eso... no me agrada.
—Tú sé cortés con todos. Te lo ruego, Mildred. Quiero que veas en mí a tu madre y en Bing a tu padre y en mis hijos a tus hermanos. Seremos tu única familia. En mi casa nunca hubo una chica y serás... como un juguete para todos.
—Tía Laura, yo soy independiente, me gustará trabajar. No podré estarme sin hacer nada.
—Bing no consentirá que trabajes. Para él las mujeres que trabajan son más bien hombres. Mujeres a medias.
—Pero a ti te conoció en su clínica.
Laura sonrió tenuemente.
—Sin duda tuvo que amarme mucho para transigir. Pero tú no eres yo. Si él tuviera’ una hija, no lo consentiría.
—Observo que tu marido es un poco egoísta.
Laura volvió a sonreír.
—¿Qué hombre no lo es? Lo peor de todo es que no todos admiten que lo son. Mi marido es... uno de ellos. Pero yo le quise igual y sé que es merecedor de mi cariño. Mildred —añadió apreciativamente—, te ruego que te amoldes a los caracteres que vas a encontrar tan dispares entre sí... Yo... me adapté y no me pesa.
Mildred pensó que si ella estuviera en el caso de su tía también se adaptaría. Pero no estaba en su caso ni lo estaría nunca. Ella era una muchacha libre, sin ataduras, y Bing, con su severidad, y Curt, con su incomprensión, no le resultaban simpáticos.
III
—Estos son los gemelos, Billy el pecoso y Johnny el moreno.
—Hola, primita —rieron a dúo.
Mildred estrechó sus manos y pensó que ambos eran agradables. Feos, sin duda, pero simpáticos.
—A mi marido lo conocerás luego —dijo Laura—. Cuando cierre la consulta te llamaré. Ahora sube a tu cuarto y descansa un rato. En cuanto a Curt..., seguramente que no viene a comer. Por la noche le conocerás.
—Gracias por todo, tía Laura.
Se alejó precedida por una doncella. Billy y Johnny abrazaron a su madre.
—¿Es tan buena como guapa, mamá?
—Creo que sí.
—¡Qué ojazos! —rio Billy.
—¡Qué cuerpo! —rio Johnny.
—Venid un momento, muchachos —dijo Laura, severa—. Tengo que hablaros.
Siguieron a su madre al salón y se sentaron frente a ella.
—Escuchad, deseo que Mildred sea en esta casa una hija más. Tengo media idea de vuestros devaneos amorosos y no quisiera por nada del mundo que Mildred pasara a ser una más en vuestro repertorio mujeril.
—Pero, mamá...
—No eres un santo bajado del cielo, Billy —exclamó Laura, levantando amenazadoramente un dedo—, así que no te pongas en guardia.
—Mamá, dices unas cosas...
—Nos conocemos, Johnny. Deseo que veáis en Mildred una hermana, ¿estamos? Por otra parte, os advierto que la muchacha no es una ingenua pasada de siglo. Mildred es una chica moderna que sabe muy bien dónde pisa.
—Eso lo vimos a la legua, mamá —rio Billy—. Será para nosotros una compañera ideal.
—Eso espero.
Entretanto, Mildred, en la alcoba que le fue destinada, pensaba mientras miraba a la doncella que deshacía su equipaje e iba colocando las prendas en el ropero. Era bonita aquella casa y tenía sello. Un sello añejo fuera de siglo, pero que agradaba no obstante. Sin duda, ella se sentiría allí presa como un pajarillo en su jaula, pero... ya habría forma de desplegar las alas. Ella tenía que volver a su ambiente, a su vida, a su trabajo, a sus amigos...
Asomóse a la ventana. Muchos palacetes como aquel se alineaban a lo largo de la calle. Por un lado y otro, casas y más casas con estructura caprichosa. Sin duda, en aquella calle todos eran ricos. Bien, después de todo no le vendría mal desprenderse un poco de su habitual mediocridad y hacerse a la idea de ser una rica heredera... Pero no. Ella no estaba allí por caridad. Un mes, dos... más no. Ella se sentía humillada viviendo junto a los Hunter. Quizá si fuera tan solo su tía Laura. Pero estaba Bing, a quien aún no conocía, y aquel Curt Hunter, especialista famoso que seguramente miraba a todo el mundo por encima del hombro. Y..., ¿los gemelos? Dos simpáticos muchachos que seguramente la galantearían un día cualquiera.
«Bueno —pensó—. Después de todo, quizá me divierta un poco y me sienta... cerca de alguien que me aprecie de veras. Muerta mi madre, no me queda en el mundo más que ellos, y tía Laura tiene cara de buena persona».
—¿Me necesita, señorita?
—No, gracias. ¿Cómo te llamas?
—Pat.
—Bien, Pat. Puedes marchar.
—¿La señorita no deseaba bañarse?
—Por supuesto, pero no te preocupes, me arreglo sola —dijo, suavemente—. Buenos días, Pat. Me llamo Mildred.
—Hasta luego, señorita Mildred.
Dispuso el baño. Llevó hacia él la felpa y las chinelas y luego se desvistió y se metió en la bañera.
Se frotó vigorosamente. Necesitaba recuperar fuerzas y que la sangre corriera veloz por sus venas. Hacía un frío tremendo en aquella ciudad, y aun cuando en la casa funcionaba la calefacción, Mildred tiritaba.
Cuando salió del baño se envolvió en la felpa y se dirigió a la alcoba. Sus verdes ojos se clavaron en el espejo.
—¿Qué ocurrirá, Mildred? No eres ninguna frívola, pero te gusta sentirte mujer y joven... Y en esta casa me parece que, aparte de los gemelos, todo el mundo está muriendo un poco todos los días.
* * *
Bing Hunter se caló los lentes y analizó de pies a cabeza a la joven que se le aproximaba. Bonita sin duda. Tenía razón Laura. Bonita, sí, y con unos ojos verdes bellísimos y un cuerpo esbelto y...
—Buenos días.
—Buenos días —contestó Bing, poniéndose en pie—. De modo que tú eres Mildred...
—Sí, señor.
—Bien, Mildred, espero que te encuentres satisfecha entre nosotros.
La besó fríamente en la mejilla, y Mildred se preguntó cómo pudo aquel espárrago de hombre, con un bigote descomunal y una risa helada, hacer feliz a una mujer tan femenina y delicada como tía Laura. Fenómenos de la vida. Sin duda existían tales fenómenos.
Mildred asintió con la cabeza y se sentó en el diván junto a su tía. Los gemelos no estaban y en la lujosa salita, Bing, tan elegante y decorativo, parecía más que un ser humano una estatua. Humanos eran tía Laura y los gemelos, y hasta la doncella que colocó el equipaje en su armario. Pero Bing... Mildred lo imaginó vestido de blanco, atendiendo a sus enfermos. Lo imaginó después tomando a tía Laura entre sus brazos y diciendo: «¿Quieres casarte conmigo?». Sintió un escalofrío y escuchó atentamente el sermón que le echaba el médico, marido de su tía.
—Quizá encuentres diferencia en nuestras costumbres.
—Me amoldaré —dijo, breve.
—Ya. No es tan fácil. Las americanas...
Laura levantó los ojos y los fijó muy quietos en los de su marido; Mildred se estremeció y alzó los suyos, pero Bing, que era así y nadie podía frenarlo cuando se lanzaba, prosiguió:
—Por lo regular, los americanos tienen ideas muy distintas de las cosas. Conceptos que nosotros no compartimos. Espero que tú te adaptes a nuestros propios conceptos.
—Siempre que sean justos, tío Bing.
—Diantre, eres un poco revolucionaria.
Laura respiró. Cuando Bing decía «diantre», era que le agradaba cuanto decían los demás.
—No lo creas, tío Bing —dijo Mildred, demostrando que no le tenía miedo—. Revolucionaria sería si aun considerándolos justos, no los compartiera.
—Eres una muchacha valiente. Espero que te encuentres bien entre nosotros. A decir verdad, tanto Laura como yo siempre suspiramos por una hija. Esta no llegó nunca y tú puedes serlo.
—Gracias.
—Me... me gusta que me llames tío Bing.
—Gracias, tío Bing.
Se puso en pie y dijo que se iba al despacho a firmar unas cartas, hasta que avisasen para comer. Tía y sobrina quedaron solas y se miraron frente a frente.
—Mildred...
—Dime, tía Laura.
—Mi marido... te resultará simpático.
—Sí —sonrió Mildred, que esperaba la pregunta—. Tiene mala entrada, pero buena salida. Cuando lo vi entrar —añadió, sincera, pues Mildred lo era mucho— me pregunté cómo lo habías amado y hasta me lo imaginé haciéndote el amor. ¡Sois tan diferentes! Pero ahora ya comprendo...
—Me alegro que comprendas, querida. Ahora solo te falta conocer a Curt. No sé si vendrá a comer. Alguna vez se disculpa por teléfono. Hoy quizá venga porque sabe que llegaba yo... En una ocasión, el invierno pasado, habló de poner un piso de soltero, pero Bing se opuso. Dijo que mientras él viviera y sus hijos no se casaran, los quería ver a todos rodeando la mesa. Al principio, cuando Curt empezó a faltar, le desagradó sobremanera, pero después fue acostumbrándose. Curt tiene mucho trabajo en su clínica y no siempre dispone de tiempo.
A Laura le gustaba hablar de sus hijos, y Mildred ya lo sabía. Así, pues, limitóse a oír cuanto su tía decía y a asentir cuando lo requería el momento, si bien se estaba aburriendo mucho.
—A decir verdad —continuó Laura—, tanto Bing como yo estamos deseando que Curt se case. Ha cumplido los treinta y un años y es hora de que organice su vida. Ahora dicen los gemelos que se le ve frecuentemente con una chica. Billy dice que se trata de una distinguida señorita con la cual me gustaría que Curt se casara. En cuanto a los gemelos..., tienen tiempo. Billy tiene menos sentido que Johnny, pero ambos son muy buenos y muy cariñosos.
Mildred asintió.
—Johnny tiene novia hace un año. Una chica que me regala flores todos los domingos y a quien me gustaría ver convertida en mi nuera. Tiene expresión bondadosa y quiere mucho a mi Johnny.
—¿Y Billy? —preguntó Mildred, por preguntar algo.
—Billy se pasea una semana con cada una, pero no tiene estabilidad. Me gustaría que se enamorara mucho y dejara de burlarse del amor de su gemelo. Billy siempre fue más bullicioso que Johnny.
El ama de llaves pidió el concurso de Laura, y Mildred aprovechó para salir al jardín. Vestía una falda de grueso paño y una chaqueta de punto abotonada hasta el cuello, por el cual asomaba un pañuelo finísimo. Calzaba altos zapatos, y su silueta moderna y bonita causó admiración a Billy.
—Hola —rio, saliendo a su encuentro.
Mildred sonrió a su vez. Le gustaba la cara pecosa de Billy y sus ojillos castaños siempre sonrientes. Sin duda sería un compañero ameno y un galanteador ingenioso.
—Hola —contestó, y más bajo—: ¿No tienes un cigarrillo? Me da muchísimo apuro fumar delante de tus padres, pero tengo una gana...
A Billy aquello le encantó.
—Ven, chica. Vamos a charlar un rato y fumaremos entretanto. Pero lejos de la terraza, ¿sabes? Papá te haría tragar el pitillo y me propinaría a mí la gran paliza. Mamá empezaría a moralizar, a hablar de sus pocos conocimientos científicos, del cáncer ocasionado por el tabaco y cosas por el estilo. Ven, anda.
Mildred lo siguió de buena gana y minutos después ambos se hallaban tumbados en un columpio, bajo la copa de un árbol, en el otro extremo del jardín y con sendos cigarrillos en la boca.
—¿Te gustará esto, Mildred? Hay una diferencia notoria y el trasplante vas a notarlo mucho, a menos que estuvieras metidita en tu casa de Nueva York, cosa que no creo.
—Y crees bien.
—¿Qué hacías allí?
—Trabajaba de modelo. ¿No te lo dijo tu madre?
—Mamá olvida todo lo que le conviene —rio Billy—. Oye..., ¿sabes bailar, no?
—Claro.
—Entonces permíteme que te invite para esta tarde. Me gusta presumir con chicas forasteras. Claro que en cuanto sepan que eres mi prima, adiós encanto. Curt —añadió Billy, indiferentemente— dice que soy una calamidad, demasiado infantil y no sé cuántas cosas más. A mí me gusta ser así. Sencillo y franco. Me gustas mucho, Mildred.
—¿Por eso hablas de tu franqueza?
—Por eso.
—Me agrada esa franqueza tuya un poco ruda.
—¿No tienes novio? En esta ciudad hay muchos prejuicios, ¿sabes? Las muchachas, antes de dejarse cortejar por un chico, indagan quién es, su edad, el estado de su cuenta corriente, los antecedentes penales de la familia. Una ganga, te lo digo.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque vas a vivir con nosotros y para que abras los ojos. Si tienes novio, aquí lo sabrán en seguida aunque él viva en el confín del mundo envuelto en dos docenas de mantas.
—¡Muy curioso es tu pueblo!
—Un desastre. Mira, te voy a referir alguna de mis fechorías. Papá exige que lleguemos a casa antes de las diez y si, una vez cenados, salimos de nuevo, hemos de estar en la cama antes de las doce. A veces, cuando tengo algún asuntillo... Perdona —pidió, sofocado; Mildred sonrió perdonando—, entro en casa a las doce y diez y salto por la ventana a las doce y once.
—¿Y por qué llegas tarde sabiendo que vas a salir otra vez?
—Porque si llego antes, papá puede pensar que tengo intención de volver a salir. Llegando unos minutos después de la hora señalada..., no me cree tan audaz.
—Eres un genio.
—Eres muy amable al considerarlo así —rio burlón.
—¿Y Johnny sigue tu método?
—No. Johnny cometió la tontería de echarse novia. Una novia que riñe a cada instante, pero que, sin embargo, tiene a Johnny loco perdido.
—¿Y... el otro?
—¿Te refieres a Curt? Ya, a ese no le pescan fácilmente —se inclinó confidencial hacia ella—. Andan así detrás de él —rio, juntando los dedos—, pero Curt... no es de los que se casan.
—¿No?
—No. Mira —añadió, pensativo—, si no dijeras nada, yo podía confiarte un secreto...
Mildred puso cara seria y dijo, con cierta severidad burlona:
—No soy ninguna soplona, Billy. Ten eso presente.
—Perdona, pero es que... con los asuntos de Curt no me gusta jugar. Mira a uno de tal manera que lo deja apabullado. Yo trabajaba con él en la clínica una vez terminé la carrera. Papá lo ordenó así y Curt aceptó. Pero al cabo de unos meses me fue imposible seguir a su lado y pedí plaza en el hospital.
—¿Era ese el secreto?
—No —negó súbitamente—. No era eso ni mucho menos. Esto lo digo para que comprendas mejor lo que voy a añadir. Curt y yo no nos llevamos muy bien. Curt es raro, y tiene manías. Por ejemplo, si un día no le da la gana de hablar, no habla, y ni siquiera nos saluda a Johnny esto no le importa, pero a mí sí. Yo no aguanto manías de nadie y menos de Curt, por muy listo que se crea.
—¿Se cree listo tu hermano?
—Qué sé yo. A veces pienso que es un engreído y otras lo considero un indiferente. De cualquier modo que sea, y como no tengo tiempo de estudiar su sicología, he decidido no trabajar con él y en paz.
—Eso está bien.
—Él tiene fama de buena persona —añadió Billy, como si estuviera obsesionado por aquella idea— y sin duda lo es. Pero tiene asuntillos amorosos, ¿sabes? De esos que no sabe nadie. Parece un indiferente, un ser frío..., y no lo es.
A Mildred aquello le hizo mucha gracia. Según Billy, su hermano decía que era un poco infantil. A Mildred se lo pareció también, pero le agradó oír cosas raras de aquel rey familiar a quien todos, excepto Billy, tenían colocado en un pedestal.
—¿Y el secreto, Billy?
—Es ese —replicó Billy, ofendido—. Yo conozco a una enfermera...
—¿Tú la conoces?
—Sí. Quizá no debiera decirte esto, eres demasiado joven, pero hoy en día las chicas saben mucho.
—¿Me halagas o me humillas, Billy?
Este la miró ceñudo.
—Ni lo uno ni lo otro; te doy lo que seguramente mereces. ¿Te ofendo, Mildred?
—No. Las que nos lanzamos a la vida demasiado pronto tenemos, por desgracia, que estar preparadas para todo y sabemos... más de la vida de lo que quizá deseamos. Sigue con el asunto de la enfermera.
—Pues sí. Es una chica lindísima, con la cual Curt no se casa. Porque Curt, si se casa algún día, ha de ser con una señorita distinguida, con una dote grandota y con un nombre tanto más ilustre que el de Hunter. ¿Me comprendes, Mildred?
—Te comprendo.
—¿Pues si no se va a casar con ella..., por qué...?
—Sigue.
—¿Por qué se ven y eso?
—¿Y eso qué, Billy?
—Ya me entiendes. Son muy amigos, pero solo cuando no los ven. Yo, cuando estaba con él en la clínica, lo veía, ¿me entiendes? La trata con frialdad, apenas si se saludan en la calle, pero un día...
—Me tienes en ascuas, Billy.
—Un día la besó; yo le vi.
—Eso no justifica que exista mayor intimidad entre ellos.
—Si se tratara de una sola vez... Pero he visto más veces. Una noche que yo estaba allí y ella no lo sabía, entró y dijo: «Curt, cariño, me voy».
—No creo que eso sea extraordinario. Lo que pasa es que vosotros, los hombres, condenáis a una chica muy pronto. Y, además, ¿sabes, Billy?, tienes todos los prejuicios de tu pueblo, todos recopilados en ti.
—¡Eso no!
—Condenas a la enfermera porque no admites que una de estas trate con confianza a tu hermano.
Billy saltó del columpio y se inclinó enfadado hacia su prima.
—Te digo, Mildred, que estás yéndote por la tangente. Tú sabes también que un médico de la talla de Curt no da confianza a sus subordinados.
—Pero quizá, si es que hay algo entre ellos, un día se casen.
—Tú conoces muy poco a Curt.
—No lo conozco nada —rio Mildred, indiferente.
—¡Pues cuando lo conozcas hablaremos de nuevo! Pero te digo, y lo repito cuantas veces sea preciso, que pese a su fama de hombre serio, frío y justo, Curt no lo es. Todos lo consideran un hombre correcto para quien el amor es un asunto secundario. Parece que no le gustan las mujeres, pero... Yo sé que le gustan. Le gustan más que a mí, y mira tú que yo... Pero, como dice el refrán, «unos cardan la lana y otros se llevan la fama».
IV
Eran aproximadamente las ocho de la noche. Mildred se hallaba en la terraza, con un cigarrillo en la boca, pensando y mirando hacia la suntuosa calle. Los gemelos aún no habían regresado, y Laura se había ido al teatro con su marido. La invitaron, pero ella se excusó. Tenía que pensar y analizar a aquella familia que ahora, temporal o definitivamente, era la suya. Billy era un muchacho excelente, un poco hablador, algo díscolo; envidiaba un poco a su hermano mayor aunque él no lo sabía, pero encantador de cualquier modo. En cuanto a Johnny, casi no había tenido ocasión de tratarlo. Llevaba horas en aquella casa y quizá necesitaba muchos días antes de conocer la psicología de cada uno de los seres que habitaban en ella. Bing era un médico serio, severo y algo chapado a la antigua. Laura era lo que se dice un encanto de esposa, de madre, de ama de casa y de tía. Y en cuanto a Curt... Le hacía gracia lo que de él contaba Billy... ¿Sería cierto?
Sus pensamientos se detuvieron aquí. Un lujoso automóvil avanzaba por la calle, se detenía ante la verja y un hombre saltaba al suelo. Mildred, que se hallaba apoyada en una columna de la terraza, vio la figura masculina, alta y fuerte, proyectada bajo la luz de un farol. Alzó una ceja como interrogándose a sí misma y antes de hallar una respuesta el hombre empujó la verja y avanzó por el enarenado sendero en dirección a la terraza. Vestía de oscuro, llevaba una cartera de piel bajo el brazo y no usaba sombrero. Su cabeza erguida, coronada por negros cabellos, se alzaba como desafiadora. Usaba lentes y su andar era elástico, sus ademanes enérgicos, decididos. ¿Curt? Sí, sin duda tenía al «rey» de la familia delante de sus ojos.
Curt, al verla, se detuvo en seco y sus ojos se posaron en la joven.
—Buenas noches.
—Hola —dijo ella.
—¿Acaso...?
—Sí, soy Mildred —atajó, con suavidad.
Curt hubiera dado algo por saber cómo eran sus ojos y lo que estos expresaban bajo los cristales de un leve color azulado.
—Encantado de conocerte —dijo, tras un silencio—. ¿No hay nadie en la casa?
—La servidumbre y yo.
—Bien. Supongo que ya sabrás que soy el mayor de los hijos. Me llamo Curt...
—Sí, me lo figuraba.
—Aquí hace frío —comentó, mirando a un lado y a otro—. Con tu permiso voy a seguir hacia el despacho. Tengo algo que hacer allí. Si quieres... entrar.
—Gracias. Prefiero quedarme aquí.
—Hasta luego.
Mildred no respondió, pero lo siguió con los ojos. Desde donde se hallaba veía el hall y la luz iluminó la figura masculina. Era alto, arrogante y tenía algo... algo diferente a los gemelos. Una personalidad extraordinaria y una voz bronca, lenta. Sí, diferente a toda la familia. No tenía la dulzura de Laura ni la severidad de Bing, ni la simpatía de sus hermanos. Era..., desconcertante por su forma de expresarse, por su seriedad, por sus lentes, por su cuerpo ancho y fuerte...
Tiró el cigarrillo en un macetero y penetró en la casa. Se dirigió al saloncito y encendió una luz portátil. Era estupenda aquella casa, con sus gruesas alfombras, sus cuadros de firmas consagradas, sus muebles pesados, antiguos, sus lámparas... Una casa digna de la gran familia Hunter. ¿Podría ella soportar aquella quietud, aquella severidad, durante mucho tiempo?
Ella estaba acostumbrada a salir con sus amigos, a bailar en boites elegantes, aunque luego al llegar a casa no tuviera un pedazo de pan para alimentarse; a coquetear con los hombres, a reír, a gozar de la vida. Esa vida que solo se disfruta una vez...
Se hundió en un diván bajo la luz que proyectaba la lámpara y cruzó una pierna sobre otra. En aquel instante, con los reflejos iluminando su cara, aparecía bellísima. Lo era mucho y Mildred lo sabía, si bien nunca había intentado sacar partido de su belleza. Tiró la cabeza hacia atrás y entrecerró los ojos. A través de ellos vio a Curt en el umbral, con los lentes fijos en ella. La miraba quizá con insistencia, escrutadoramente. ¿Qué buscaba en ella? ¿Acaso la veía tal como era?...
—Me gustaría que te quitaras esos lentes —dijo, sin moverse.
Curt pareció esbozar una sonrisa, pero sin decir nada avanzó hacia ella y se detuvo a su lado, mirándola desde su altura.
Mildred se sentó bien de golpe y sacudió la melena.
—¿Qué buscas en mí, Curt?
—Te miro —rio, indiferente—. Te miro, Mildred.
—¿Por qué?
—Lo único que tenemos libre, sin ataduras, es la vista. La boca puede contenerse; los ojos, no.
Se sentó frente a ella y sacó la pitillera.
—¿Fumas?
Mildred, sin responder, tomó un cigarrillo y lo llevó a la boca. Su ademán era coquetón, dentro de la más exquisita femineidad.
Curt alargó el mechero encendido, y Mildred inclinó el rostro. Sus bellos ojos verdes se alzaron hacia las gafas de Curt. Ambos se comprendieron. Él supo que aquella muchacha no era una «mosquita muerta» y ella supo que... Billy tenía razón.
Se incorporó casi bruscamente, y, fumando, se puso en pie. Dio algunas vueltas por la estancia. Curt la siguió con los... lentes.
—¡Quítatelos! —dijo, furiosa, dando la vuelta en redondo y quedando frente a él.
Curt se los quitó sin prisas y la miró. Mildred parpadeó seguidamente, nerviosa, alterada. Nunca vio ojos tan azules, ni tan... desconcertantes.
—¿Qué ves en mí? —preguntó, alejándose hacia el ventanal.
—Nada.
—Pues ponte esos cristales y deja de mirarme. Parece que... soy una radiografía para ti.
—Lo eres en cierto modo. ¿Vas a estar aquí mucho tiempo? Tú... no eres de las que se atan. Tú necesitas volar...
—Estaré todo el tiempo que crea conveniente —dijo, helada—. En cuanto a volar..., quizá te equivoques.
—Suelo equivocarme muy pocas veces.
—Esta... será la primera, entonces.
—Considero, Mildred, que es una suerte poderte hablar sin testigos... Bing, mi padre, tiene mucho genio, es severo para sus hijos, para las costumbres de su hogar, pero en cuestión de psicología es una nulidad... En cuanto a mis hermanos, son dos chiquillos, y mamá... Mamá es la mujer más buena que yo he conocido. La más ingenua madre de este mundo. Sentiría que les dieras un disgusto. A mí... nada de lo que hagas me cogerá de sorpresa.
Mildred se acercó a él. Al pasar junto a la mesa aplastó el cigarrillo y sus finos dedos se hundieron en el cabello con ademán cansado.
—Me juzgas muy a la ligera, Curt, y tal vez te pese.
—A decir verdad —exclamó Curt, sentándose en el brazo de una butaca—, no te juzgo de manera alguna. Y desde luego, no te censuro. A primera vista observo que eres mujer de mundo. Que pese a tus años... ya conoces la vida.
—Me han metido en ella demasiado pronto, pero no creo que eso sea un delito.
—No lo es. A veces... resulta una gran ventaja para quien, como tú, ha de luchar. Pero en mi casa no van a comprenderte. Yo... no tengo objeción alguna que oponer a tu estancia entre los míos. Lo siento por ti únicamente.
—Decididamente, me consideras poco menos que una frívola casquivana.
—Casquivana, quizá no. Frívola, sí. Una muchacha acostumbrada a gozar de la vida sin preocuparse mucho de dónde venga el goce. Aquí te asarás, morirás extenuada —rio, con la misma indiferencia.
—Curt..., ¿por qué me humillas de ese modo? Acabas de conocerme y me dices las cosas más horribles que puede escuchar con paciencia una mujer. He venido aquí por tu madre. Yo... —pasó una mano por los párpados y los acarició levemente, como si pretendiera calmar un dolor— me hubiera quedado allí, en mi trabajo, en mi ambiente... Ahora he de continuar.
—¿Aquí?
—Sí.
—Bien. No pienso oponerme.
Y con la misma sonrisa odiosa se dirigió a la puerta del saloncito y salió.
* * *
Gracias a Dios no era fácil verlo en la casa. Iba a comer tan solo y a veces ni siquiera a eso. Cuando llegaba a casa a las tantas de la noche —pues para él no tasó Bing la hora—, Mildred se hallaba ya en su aposento, y a la mañana siguiente, cuando se levantaba, el lujoso auto de Curt ya no estaba en el jardín.
Billy se hizo inseparable de Mildred. Fue él quien la presentó a las amistades, quien la llevó a fiestas y reuniones, y al cabo de un mes, Mildred vivía en la ciudad tan ambientada como antes vivió en el corazón de Nueva York entre sus amigos.
Por consejo de Laura, Mildred se quitó la ropa negra y frecuentó con Billy salas de fiestas y clubs como si siempre hubiera vivido en la ciudad. Pronto tuvo amigas y amigos y pretendientes. Era bella y tenía una rara personalidad y un aire cautivador que atontaba a Billy. Johnny vivía un poco al margen de todo; amaba a su novia y pensaba casarse con ella a principios del verano, cosa que agradaba sobremanera a sus padres. La novia de Johnny era una chica simpática, bonita, de buena familia y aportaría al matrimonio una gran dote, lo cual llenaba por completo las aspiraciones de Bing.
Aquella tarde, Curt llegó antes que de costumbre y se sentó frente a sus padres en el saloncito íntimo. Billy y Mildred se habían ido a una fiesta minutos antes, y Laura dijo, mirando a su hijo mayor:
—Son como dos chiquillos.
Curt fumaba en silencio, con la cabeza un poco echada sobre el respaldo, y no respondió.
—¿No simpatizas con Mildred, Curt?
—Apenas la veo, mamá.
—Es una excelente muchacha.
Bing intervino sin que Curt respondiera a las frases de su mujer.
—Me gustaría que Mildred hiciera una buena boda aquí. No tiene dote, pero... tiene belleza. Una gran belleza.
—Pues ándate con cuidado, papá —dijo Curt, con cierta ironía—. Admitamos que es una gran belleza y admitamos asimismo que Billy... siente debilidad por las bellezas.
Laura parpadeó, y Bing se sentó mejor en la butaca.
—¿Qué insinúas, Curt?
—Pues... nada en concreto. Pero Billy sale mucho con Mildred y esta muchacha es...
—Mira bien lo que dices, Curt.
—Perdona, mamá.
—Sigue, Curt —exigió el caballero—. No me agradan las medias frases ni las insinuaciones infundadas. Debo reconocer que prefiero una mujer rica para esposa de mis hijos, pero cuando me casé con tu madre, esta no poseía dote y ya ves tú adonde llegamos los dos. No siempre el dinero hace la felicidad.
—Lo cual indica que no te opondrás en el supuesto que Billy y Mildred...
—No me opondré.
—Perfectamente, papá —rio Curt, flemático—. Entonces mis insinuaciones no deben ofenderte. Solo quise decir que un hombre y una mujer cuando salen juntos de continuo...
—¿A ti... te disgustaría, Curt? —preguntó Laura, con cautela.
—¿A mí qué tiene que disgustarme?
Se puso en pie y se excusó.
Al quedar solos, Bing y Laura se miraron.
—¿Qué piensas, Laura?
—No sé. Temo a mis pensamientos.
—Detenlos y ve a vestirte. Daremos un paseo.
Minutos después, Curt, desde la ventana de su cuarto, los vio salir cogidos del brazo. Encendió un cigarrillo y fumó nerviosamente. Bajó al piso inferior y sin encender la luz se hundió en una butaca en la penumbra de la biblioteca. No pensaba, ni sentía nada en aquel instante. Estaba cansado. Había trabajado sin tregua durante todo el día y ahora le invadía una dulce laxitud. Cerró los ojos y se quedó inmóvil con el pitillo en la boca. Al cabo de una hora sintió voces y oyó pasos que se acercaban. ¿Mildred y Billy?
—No está nadie —oyó que decía Billy—. Papá y mamá se habrán ido de paseo. Papá no perdona el paseíto de la tarde. ¿Quieres tomar algo, Mild?
—Sí. Vayamos a la biblioteca.
Curt pensó salir de allí, pero no le dio tiempo. Se quedó donde estaba, oculto por el alto respaldo del sillón y con los pies estirados hacia la chimenea apagada. Un rectángulo de luz asomó bajo sus pies. A Mildred no le agradaba la luz central. Él ya lo sabía por haberla visto en la penumbra del saloncito.
—Ha sido una tarde maravillosa —dijo Mildred.
—Pero más maravillosa eres tú, querida.
—Billy, ya sabes que tengo prohibidos los piropos.
—Es que... tú lo sabes, Mild. Tú sabes cómo y cuánto te quiero.
—Billy, cuidadito con la lengua. Yo no quiero enamorarme. Es pronto aún.
—¿Y cuando lo hagas pensarás en mí?
—No lo sé, Billy —dijo la voz helada—. Eso de enamorarse es cosa muy seria. Yo... tengo que amar mucho, mucho, infinitamente, para dar cuanto valgo y soy a un hombre. ¿Te das cuenta, Billy? Hay que sentir lo que se dice, hay que poner el alma entera en un cariño así...
—¡Mildred!
—No hablemos de eso, Billy. Te lo suplico.
—Todos los días me dices igual.
—Es que yo no te amo como tú deseas. Es que... no quiero hacerte desgraciado. Eres hijo de tía Laura... ¿Sabes tú lo que tía Laura, tu madre, significa para mí? Yo vine aquí deseando regresar. Yo vine casi a la fuerza.
—¿Y hoy, Mild?
—Hoy —oyó Curt, sin parpadear—, la vida a vuestro lado es demasiado bella. Yo creí que no lo sería tanto. Pensé que necesitaba libertad para desplegar mis alas... No es cierto. Vuestro hogar es un refugio de indescriptible valor para mí.
Se alejaban. Curt se puso en pie con pereza y con una mano limpió la ceniza que manchaba su pantalón.
V
El reloj tocó la última campanada de las doce y Laura se levantó. Tras Laura se levantaron todos y alzaron sus copas.
—¡Feliz Año Nuevo, hijos míos! —dijo la voz emocionada de Laura—. Bing, cuán felices fueron esos años.
Lloraba. Bing se acercó a ella temblándole el bigote y la besó por dos veces en la mejilla.
La cena tenía lugar en el gran salón-comedor de los Hunter. Johnny, Billy, Curt y Mildred y los padres. No había forasteros. Jamás, en aquel día hubo invitados en la casa de los Hunter. Jamás sus hijos faltaban a la cena de fin de año. Y, como otros muchos, los hijos se pusieron en pie y besaron a sus padres. Pero aquel año había alguien que merecía también un beso. Mildred, que jamás había pasado una fiesta como aquella, pues en vida de su madre, todo era tristeza en el humilde hogar. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, si bien, igualmente, sintió las gafas de Curt en su rostro y se notó violenta, nerviosa. Él, silenciosamente, la censuraba. La consideraba una intrusa. No era preciso que se lo dijera. Mildred lo sabía.
—Besad a Mildred, hijos —dijo la voz de Laura.
Johnny la besó el primero. Le sonrió y con su delgada mano acarició los cabellos femeninos, mientras decía emocionado:
—Mildred, estoy contento de tenerte aquí. Siempre, en este día, echamos de menos a la hermana que nunca hemos tenido. Es consolador pensar que tú eres ahora esa hermana.
—Gracias, Johnny.
Ahora era Billy. Sus ojillos color castaño, sus menudas pecas, su voz queda... todo en Billy era consolador para quien, como ella, se sentía tan sola rodeada de todos ellos.
—Mildred... ¡Mi querida Mildred!
La besó por dos veces en la mejilla. Le apretó las manos.
Faltaba Curt y se aproximó despacio. Dio la espalda a sus padres y miró a la muchacha que tenía enfrente. Con lentitud se quitó las gafas, y Mildred vio los ojos tan azules, fijos, quietos, raros..., clavados en ella. Era bastante más baja y Curt hubo de inclinarse. No dijo nada. Sus labios sensuales se posaron fuertemente en la boca entreabierta de Mildred y esta sintió que algo ardía en todo su ser. Algo extraño que subía en llamas a sus mejillas. Se apartó presta. Curt, con la misma lentitud, se puso las gafas, dio media vuelta y se sentó en su lugar habitual, como si acabara de proceder con absoluta naturalidad.
Nadie se dio cuenta de nada, excepto Mildred, que sentía en su boca el sabor amargo de aquel beso. Un beso diferente a todos. ¿Por qué? ¿Por qué?
Prosiguió la fiesta. Billy hizo monerías con sus manos, imitando a los malabaristas. Johnny contó unos chistes con muy poca gracia y Curt se mantuvo inmóvil, con el pitillo en la boca, sus gafas en un punto que Mildred desconocía y ella... Ella hacía inauditos esfuerzos para aparentar lo que no sentía.
Fue la noche más abrumadora para Mildred. Se retiró a las tres y se tendió en la cama con los ojos muy abiertos y la boca apretada. Sentía en ella el calor de los labios de Curt. De aquellos labios extraños que dejaban en su ser un amargo sabor. ¿Por qué? ¿Por qué la había besado de modo diferente? ¿Tendría ella valor para preguntarle las causas? Era un hombre, para ella desconcertante, frío, acusador. ¿De qué le acusaba?
Cuando se levantó a la mañana siguiente se acercó al balcón envuelta en la felpa. Laura y Bing salían en aquel instante. Subían al auto.
Recordó que Laura mencionó una invitación de unos amigos. Se iban quizá para no regresar hasta la noche. Recordó asimismo que Johnny iría a comer a casa de su novia y que Billy estaba forzosamente obligado a acudir a la comida del club en el cual solo se admitían hombres. ¿Qué haría ella todo el día? ¿Y Curt? La idea de comer frente a él la descomponía y estaba dispuesta a inventar cualquier cosa, antes de sentarse frente a sus desconcertantes... gafas.
* * *
—Estamos solos, Mildred —dijo la voz helada.
Mildred se volvió. Vestía un modelo de mañana y sobre él un abrigo de pelo negro. Sobre sus altos tacones resultaba esbeltísima. Llevaba el libro de misa bajo el brazo y la mantilla en la cabeza. Sus verdes ojos, bellísimos, llenos de vida, se fijaron en Curt.
—Buenos días —saludó, apartando la mirada.
—Buenos días, Mildred. Si vas a misa... te llevo en mi coche.
—Prefiero caminar.
—Entonces te acompaño. Tengo el encargo de cuidar de ti durante todo el día de hoy. Empieza bien el año.
—Gracias, Curt, pero prefiero... evitarte ese suplicio.
—¿Suplicio? —rio Curt con aquella su mueca desconcertante—. En modo alguno, querida. Es para mí un placer ser tu paladín, durante un día. Salgamos y vayamos en mi coche. Está lloviendo y hace un frío espantoso.
Mildred aún dudó. En cierto modo conocía a Curt y sabía que siempre se salía con la suya. Caminó delante de él y atravesó el jardín en dos saltos. Subió al auto de Curt y este, sentado ante el volante, lo puso en marcha. Olía bien el auto y Curt y todo lo que había allí dentro. A no dudar llevaría en su coche a las mujeres que le gustaban. Tenía razón Billy, lo creían un santo, un indiferente... Curt nunca podría ser un indiferente y ella tenía miedo. Miedo de aquellos ojos azules de Curt, de su voz, de su boca que al besar dejaba huellas imperecederas, del olor a loción francesa, dé aquella su proximidad enervante que la desconcertaba. Ella conocía un poco a los hombres, pero hora se daba cuenta de que para aquellos efectos no los conocía nada, mientras que Curt creía que los conocía lo bastante para enfrentarse con ella. Algo instintivo le advirtió que Curt no jugaba claro. Curt creía que ella sabía devolver una pelota cuando le era lanzada. Supo, sí, con todos los hombres que se le enfrentaron. Pero ninguno de aquellos hombres era como Curt Hunter.
—¿Dónde vamos a comer, Mildred?
—En casa, supongo.
—Será muy aburrido.
—No intento divertirme.
—Bien. Estás agresiva esta mañana: ¿No te agradó la fiesta de ayer noche?
No respondió. Si intentaba burlarse de ella perdía el tiempo. No pensaba preguntarle por qué la besó de modo diferente, ni pensaba tampoco lanzar ironías como las de él.
—Papá estuvo muy elocuente —añadió Curt, deteniendo el auto ante una iglesia—. Todos estaban muy contentos.
—¿Tú... te excluyes?
—Yo nunca formo parte de ese núcleo familiar cuando se expansionan. Mis emociones las oculto como pecados —dijo burlón.
Oyeron misa uno junto a otro. Después, en el auto de Curt, recorrieron algunas calles, y a las dos, cuando pasaban por el barrio residencial en el cual tenía Curt su pabellón, dijo este:
—¿Quieres ver mis dominios?
—Me gustaría. De ese modo te conoceré mejor.
Curt levantó una ceja.
—¿Es que no me conoces lo bastante?
—No me das muchas oportunidades para lograrlo —murmuró secamente—, pero sin duda, te conozco mejor que los tuyos. No eres noble, Curt —añadió mirándolo de frente—. Ni para mí ni para tus padres ni para tus enfermos. Tienes complejos que quieres aplastar con tu soberbia y a veces... no lo consigues.
—Muy interesante cuanto dices. Continúa, mi bonita sicóloga.
—Prefiero que te imagines tú mismo lo que yo podría decir y tú ya sabes.
—Divertido, muy divertido.
Detuvo el auto y ambos bajaron. Le mostró la clínica, el pabellón destinado a los enfermos estables, el consultorio, una salita donde, según dijo, pasaba las horas que destinaba al descanso...
—¿Tienes muchas enfermeras?
—Seis.
—¿Cuál... te gusta más?
Curt sonrió entre dientes.
—Me gustan todas, pero solo como profesionales. Son bonitas y me complacen siempre que lo deseo.
A Mildred le pesó haber abordado el tema. Lo soslayó como pudo y salió del pabellón sin hablar una palabra más. Si tía Laura conociera al «reyezuelo» tal como era se hubiese asustado. ¿Por qué junto a ella se quitaba la careta?
Subieron en silencio al auto, y cuando ya estaban llegando al hogar, Curt dijo burlón:
—Me asombra tu mutismo. ¿Te dije algo que te pudo ofender?
—No.
—Me disculpo si es así, querida mía.
* * *
Se hallaban en la biblioteca. Mildred sentada en el suelo sobre la alfombra. Tenía las tenazas en la mano y de vez en cuando revolvía los leños que chisporroteaban alegremente. A su lado, sentado en una butaca, con las piernas extendidas, estaba Curt. Fumaba cigarrillo tras cigarrillo y de vez en cuando decía algo que encogía a Mildred.
Llovía torrencialmente y hacía frío, si bien allí, en el interior de la biblioteca y junto a la chimenea, el frío no se sentía. Habían comido juntos, casi en silencio. Había pasado la tarde abrumadora para Mildred y ahora, ya anochecido, continuaban allí como dos extraños. Las llamas iluminaban los cabellos de Mildred y, de súbito, Curt extendió su mano y la hundió en los cabellos femeninos.
Ella se agitó y se separó de él como si la quemara. Curt sonrió. No tenía gafas y sus vivos ojos azules que las llamas iluminaban se fijaron quietos en las pupilas de la joven.
—Mildred...
—Tengo frío aquí —dijo ella apurada—. Con tu permiso me voy a retirar.
—¿Frío? Entonces es que estás enferma. Dame el pulso.
—No.
—No seas tonta. ¿Por qué me temes? Huyes de mí constantemente. ¿Por qué?
Su voz era baja, cálida. Mildred sintió que todo daba vueltas en torno suyo.
—Deja mi mano. No tengo nada.
—Sí, sí. Deja que te pulse.
—No.
—Si serás tonta...
Le aprisionaba la mano. No tomó el pulso. Sus dedos recorrieron el brazo de Mildred hasta llegar al hombro. Mildred temblaba. Nunca le había ocurrido aquello. Curt no se dio cuenta. Súbitamente se inclinó hacia ella y la levantó por debajo de los hombros.
—Mildred.
—Suéltame, suéltame —pidió ahogadamente—. Suéltame, Curt. Si tu madre supiera...
—Ella no está aquí. Estate quieta. Si serás niña.
La apretaba con violencia, y Mildred, muerta de terror, forcejeaba, pero cuando Curt la besó en la boca, se mantuvo inmóvil, dilatados los ojos, jadeante dentro de su misma sumisión. Curt la besó muchas veces. Empezó a besarla con picardía y terminó preso de los labios seductores. Un minuto, muchos minutos con las manos en el cuerpo de Mildred y sus labios perdidos en la boca femenina que, como sugestionada, devolvía con ardor los besos que le daban. Pero el abrazo de él se hizo más audaz y Mildred lanzó un grito ahogado. Se separó de él con violencia y le propinó dos soberbias bofetadas, tras las cuales llevó los dedos a la boca y dijo, al tiempo de encaminarse a la puerta como enloquecida:
—Nunca te lo perdonaré, Curt. Nunca, nunca. No sé si es veneno lo que siento aquí —y con ira golpeó el pecho— o un amor como nunca sentí. Pero de cualquier modo que sea..., te odiaré.
Salió. Curt se serenó, alisó las arrugas de su pantalón, encendió un cigarrillo y masculló:
—Soy un estúpido.
Lo que pensó después no se traslució en su pétreo semblante. Solo, cuando Pat, la doncella, acudió a la biblioteca para decirle que la señorita Mildred estaba bajo un árbol del jardín, mojándose, salió de su apatía y de un salto se acercó a la ventana.
Allí, bajo el árbol, con la cara entre las manos, y el agua cayendo como una ducha sobre el cuerpo frágil, estaba Mildred. Curt sintió algo violento, extraño, dentro de sí y salió precipitadamente.
—Mildred, ven inmediatamente —gritó desde la terraza.
La joven no se movió.
—Mildred, ¿te has vuelto loca?
Tampoco se movió. Parecía no oírlo.
—Vas a enfermar.
Y fue hacia el árbol, empapándose a su vez.
—Mildred.
—Déjame aquí, Curt. Creo que nunca deseé morir como en este instante. —Alzó sus bellos ojos llenos de lágrimas—. Curt... te maldeciré siempre, siempre.
—No seas niña.
—Lo soy. Tú creíste que no lo era, pero lo soy. ¿Sabes cuántas veces me besaron los hombres?
—No me interesa. Si en algo te falté perdóname.
—¡Márchate, Curt! ¡Márchate! —gritó fuera de sí.
Curt la cogió por un brazo y de un empellón la empujó hacia la casa.
—¡Déjame!
—Entra y sube a tu cuarto. Cámbiate de ropa inmediatamente. Ya me he disculpado. No pensarás que por unos besos me voy a casar contigo. Creí que... que eras más razonable.
Mildred sintió que se ahogaba y, como enloquecida, subió a su alcoba. Mojada y todo se tiró en la cama.
—Señorita Mildred...
—Déjame, Pat.
—Pero es que está mojando la cama y con esa humedad cogerá usted una pulmonía. Tengo la ropa aquí, señorita Mildred. Yo le ayudaré a cambiarse.
—Déjame, Pat —gimió como loca—. Déjame, quiero morir. Debí morir cuando mamá. Déjame, Pat. Por favor, déjame.
Pero la doncella no la dejó. La levantó con cuidado y le ayudó a cambiarse de ropa. Después salió de la alcoba dejando a Mildred sentada en una butaca con la cara tapada entre las manos y sollozando.
Pat era discreta. Intuía que algo raro había pasado entre Curt y la señorita Mildred, pero no lo comentó con nadie. Cuando llegaron los señores y preguntaron por Mildred, dijo que se hallaba en su alcoba y que subiría a llamarla.
—Los señores han llegado, señorita Mildred. Preguntan por usted.
—Bajo... al instante, Pat. Y gracias por todo.
—La señorita está muy pálida.
Mildred se levantó y se miró al espejo. Procedió a pintarse. Nadie debía notar nada. Allí todos tenían un alto concepto de Curt, de la integridad del médico famoso. Y si ella dijera lo ocurrido, la acusarían, dirían que era una americana revolucionaria. Además... ella no podía acusar a Curt. Ya no podía acusar a nadie después de su tremenda debilidad.
No había ocurrido nada grave, pero ser besada por Curt de aquel modo era más que suficiente para considerarse como un pecado en la casa donde jamás se cometieron.
Bajó despacio y besó a sus tíos.
—¿Qué tal, querida? —preguntó Bing—. ¿Lo has pasado bien? Curt nos dijo que se ocuparía de ti. ¿Dónde está Curt?
—Aquí —replicó la voz helada.
Laura y Bing se volvieron hacia la puerta. Ella no. Ver a Curt en aquellos instantes era como ver a un demonio.
—Le estamos preguntando a Mildred si lo pasó bien en tu compañía.
—Supongo que sí —replicó con el mayor cinismo.
Mildred miró a Laura y esta comentó súbitamente extrañada:
—Estás pálida, querida. ¿Te duele algo?
—Un... poco... la cabeza.
—Si hasta se diría que tienes fiebre.
Mildred miró hacia Curt y apartó los ojos rápidamente. Esbozó una sonrisa.
—Me encuentro bien, tía Laura. Solo un dolor de cabeza, pero ya pasará.
En aquel momento, Curt se excusó aduciendo que tenía un compromiso.
VI
Bing marcó nerviosamente un número y al otro lado respondió la voz de una enfermera.
—Dígame.
—Soy el señor Hunter. Quiero hablar con mi hijo.
—Al instante, señor.
En seguida la voz de Curt, un poco extrañada.
—¿Qué ocurre, papá?
—Curt, ocurre algo grave sin duda. Mildred no se ha levantado esta mañana y subí a su alcoba. Está ardiendo de fiebre.
—¿Pulmonía?
—¿Qué? ¿Y por qué ha de ser pulmonía? —hizo una pausa—. Según dice, ayer no salió de casa. No sintió frío en todo el día. Aparte de eso, no tiene pulmonía. Convendría que vinieras a vería. La ausculté y observo algo raro.
—¿Qué es ello?
—Un gran desequilibrio nervioso, Curt. Grave, ¿me entiendes? Diríase que recibió un tremendo disgusto, pero ella asegura que no.
—Cuando cierre la consulta iré, papá.
—Procura venir cuanto antes.
Colgó y se volvió hacia su mujer.
—¿Qué dice Curt, Bing?
—Que vendrá luego —dijo pensativo—. ¿Sabes, Laura? Cada día comprendo menos a Curt. Lo noté alterado y sin embargo no parece simpatizar mucho con Mildred. Billy es un muchacho abierto, franco; se sabe cuándo está enfadado y cuándo algo le disgusta. Johnny se parece a su gemelo; pero Curt... No lo comprendí siendo un niño y ahora que es hombre... Bien —prosiguió pasando un brazo por los hombros de su mujer—, no pensemos ahora en esas tonterías. Volvamos al lado de Mildred.
—¿Crees que es grave, Bing?
El médico se detuvo al pie de la escalera y contempló a Laura con ternura.
—Laurin —dijo bajo—, esa muchacha ha llegado a metérsenos en el corazón, ¿no es cierto, Laurin?
La dama asintió.
—Es como la hija que nunca hemos tenido y por cual suspiramos durante años... Me gustaría que Billy... Pero eso lo decidirá él.
—Billy la ama.
—¿Y ella, Laura? ¿Qué siente ella por nuestro hijo?
—No sé, Bing; pero creo que Mildred ama ya. Quizá amaba cuando la invité a seguirme. Quizá un hombre que no conocemos... No sé. A veces, al mirar a Mildred sin que ella lo advierta, noto que un pesar la abruma. ¿Hice bien en traerla, Bing?
El caballero no respondió. Evidentemente era la primera vez que pensaba en un posible amor de Mildred. Y el hecho de que un hombre quizá extraño tuviera el privilegio de recibir su amor, entristecía al; austero señor Hunter.
—Ahora no pensemos en eso —dijo bajo—. El estado de Mildred me preocupa. Voy a su lado. Cuando venga Curt, mándalo subir.
Penetró en la habitación de la joven. Esta, tendida en la cama, con las manos extendidas desmayadamente a lo largo del embozo, parecía sumida en una tremenda apatía. La doncella salió al entrar el caballero y este fue a sentarse al lado de la cama. Tomóla fina mano de Mildred entre sus dedos y la acarició suavemente.
—Mildred, hijita —susurró.
La muchacha entreabrió los ojos, esbozó un conato de sonrisa que no llegó a florecer y cerró de nuevo los ojos.
—¿Mildred, me oyes?
Movió la cabeza afirmando.
—¿Te duele la cabeza?
Negó con el mismo movimiento.
—¿Has tenido algún disgusto? Me has dicho que no, pero yo creo... que lo has tenido.
Esta vez, Mildred negó por tres veces seguidas para quedar con la cabeza ladeada hacia su tío.
Bing, impulsivo, acarició las sienes calientes y dijo muy bajo:
—Mildred, hijita querida..., ¿vas a ser sincera conmigo? Has tenido un disgusto, sin duda. ¿A qué se debió ese disgusto? ¿Has tenido alguna carta? ¿Qué ocurrió ayer?
—Nada... —dijo, con un hilo de voz—. Estuve... en la terraza. Sentí... frío, mucho... frío.
Billy y Johnny entraron en aquel momento. Billy parecía sofocado, ansioso. Johnny, más sereno, si bien se advertía en ellos la preocupación.
—Papá...
Bing se levantó y les salió al encuentro.
—Ahora descansa —dijo—. Dejémosla sola.
* * *
A las dos de aquella misma tarde el estado de Mildred ofrecía dudas. Su estado sumamente grave inquietó a Bing y a sus hijos. Curt llegó a casa en el momento en que los tres médicos se miraban entre sí sin saber qué decir. Miraron hacia la puerta. Curt, más pálido que de costumbre, mordía nervioso un cigarrillo y a su lado Laura parecía tanto o más nerviosa que su hijo.
—Pasa, Curt. Hemos de hablar.
Curt se situó junto a su padre y esperó. Curt era pacífico por naturaleza, y en aquel instante se hallaba alterado, lo cual extrañó a su madre, pero esta nada dijo. Miraba a su hijo insistentemente y una rara sensación de ahogo la invadió. ¿Qué le ocurría a Curt? No era Curt de los que se alteran fácilmente, y por otra parte su gran serenidad de médico parecía no existir en aquel momento.
—¿Cómo... está?
—Peor —fueron las tres voces que oyó Curt como un puñetazo—. Mucho peor. Hice todo lo que pude y parece que nada responde en ella. Es... —añadió Bing, pensativamente— como si deseara morir. No lo comprendo —se paseó de un lado a otro con las manos enlazadas a la espalda—. Es el primer caso que me, ocurre. ¿Puedes orientarme tú, Curt? Esta muchacha recibió un disgusto, una contrariedad..., algo que no comprendo. Ayer estuviste tú a su lado. ¿La dejaste sola en algún momento?
—No.
—Curt..., ¿puedes ayudarme?
—La doncella quizá sepa algo —dijo de súbito Billy—. Voy a buscarla.
Curt tiró por la ventana el cigarrillo a medio consumir y encendió otro precipitadamente. Laura no le quitaba ojo de encima. Nadie penetraba en el estado febril de Curt, pero ella era madre y conocía un poco a su hijo, si bien no lo bastante para hacerse cargo de lo que había pasado allí el día anterior.
Billy apareció con Pat. Esta, nerviosa, temblando, con las manos ocultas bajo el delantal blanco, miraba a unos y a otros como asustada. Bing tomó la palabra.
—Pat, ayer la señorita sufrió un serio disgusto. Algo que la contrarió, en fin... ¿Usted... sabe algo? Díganos con exactitud qué hizo la señorita Mildred ayer desde que se levantó hasta que se encerró en su alcoba.
Pat, en vez de responder, miró hacia Curt, pero este rehuyó su mirada.
—Pat, ¿me oyó usted?
—Sí, señor.
—Pues conteste.
—La señorita se mojó ayer tarde. Yo... la vi bajo un árbol... El señorito Curt... la trajo a casa...
Ocho ojos se clavaron en Curt. Súbitamente este recobró la serenidad. Sus labios, plegados en una sutil sonrisa, acentuaron esta, si bien nada dijo. Laura se dio cuenta de algo sumamente grave. Curt iba a mentir. Ella conoció al niño, al niño que fue Curt, voluntarioso, soberbio..., y sabía cómo hinchaba su pecho y cómo era el pliegue soberbio de su boca cuando mentía. Desde entonces habían transcurrido muchos años y ella desconoció al mozo y luego al hombre famoso. Pero se dio cuenta en aquel instante de que de nuevo estaba conociendo a su hijo, de que todo en Curt no había cambiado. Algo que databa de su niñez, algo que el hombre doblegó, pero no lo suficiente.
—Curt... —empezó Bing, pero miró a la doncella y dijo suavemente—: Gracias, Pat. Puede retirarse.
La doncella salió, y Bing buscó de nuevo los ojos de su hijo.
—Curt..., ¿quieres explicarnos?
Este se quitó los lentes, los limpió con el pañuelo y volvió a ponérselos, si bien, mientras hacía esto, refirió con cierta precipitación:
—Yo... estaba en la biblioteca. No creí que esto tuviera importancia. Mildred salió y después vino Pat a decirme que estaba bajo un árbol y el agua que caía de este la empapaba. Le mandé que entrara en la casa y no quiso; entonces fui a su lado y la obligué. No sé más. Si recibió un disgusto..., lo ignoro.
Y Laura se maravilló de que su marido, dentro de su misma inteligencia y sagacidad, fuera tan ingenuo para admitir de buen grado lo que Curt explicaba. Sin duda no mentía. Se le notaba ahora en la mirada recta de sus ojos, que, súbitamente desprovistos de las gafas, miraban hacia ella como si pretendiera desvanecer un equívoco. No mentía, en efecto, pero algo de la verdad quedó por decir y Laura se propuso averiguarlo sin el concurso de su marido.
A las doce de la noche, Mildred seguía postrada y sin que la fiebre descendiera. Bing y los gemelos se hallaban en su alcoba. Curt no había querido entrar allí. Ante la insistencia de su padre para que lo siguiera, adujo que tres médicos eran más que suficientes para atender a una enferma.
En aquel instante Laura entró en la biblioteca. Eran las doce y media de la noche y la estancia estaba en penumbra. Solo la chimenea ardiendo al fondo y Curt sentado en un sofá vuelto de espaldas a la puerta y con los ojos, desprovistos de las gafas, clavados con obstinación en los leños restallantes. Laura penetró y cerró tras de sí. Lenta, pisando sobre la gruesa alfombra, avanzó hacia su hijo. Sin decir nada se sentó en una butaca a su lado. Curt alzó un poco los ojos, la miró, esbozó una débil sonrisa y volvió a fijar su vista en los leños.
—¿Por qué no has ido a verla?
—Creo que tres médicos sobran para una enferma...
—Pero ninguno de ellos alcanzó tu fama.
—A veces, mamá, la fama es un mito. Cobro sumas elevadas por una consulta. Me instalé en un barrio residencial y resulto desdeñoso para los pobres... —sonrió con una mueca—. Eso es la fama.
—No te halagas, Curt.
—Quizá es esta la primera vez que reconozco mi mediocridad. Tuve suerte... y la fama surgió de ella y de mi desconsideración.
—Yo creí que te tenías en un alto concepto.
—Siempre se equivoca uno al hacer juicios semejantes.
Hubo un silencio. Laura cruzó las manos en el regazo y dijo muy bajo:
—Curt, no he venido a disertar sobre tu fama. De ella sé lo bastante. No estás siendo sincero contigo mismo en este instante, pero tampoco voy a tratar de eso. He venido aquí a hacerte una pregunta.
—Tú dirás.
—¿No... tienes nada de que arrepentirte, Curt?
—No, nada.
—¿Estás... seguro? Yo admiro que has dicho verdad al referirte al agua que cayó sobre Mildred en el jardín. De pequeño, Curt, eras muy embustero; claro que yo tenía la suerte de saber cuándo decías mentiras... ¿Me oyes, Curt?
—Sí.
—¿Recuerdas las veces que fuiste castigado por esa causa? Ahora eres un hombre; un hombre respetable, admirado, rico..., y tienes además treinta y un años. ¿Crees que es admisible que sigas mintiendo? Dime, Curt, y sé sincero. ¿Por qué salió Mildred al jardín?
Curt se puso en pie.
—Mira, mamá, hay cosas que... ¿Quieres que no responda? —parecía fatigado, nervioso—. Yo...
—¡Curt!
—Bien, quizá haya dicho mentiras en mi niñez. No querrás obligarme ahora a que admita que estoy mintiendo. Es cierto que disputamos. Quizá le falté al respeto...
—¡Curt!
—Bueno, sí, ¿qué pasa, mamá? Le falté al respeto. Enciende la sangre de uno esa muchacha. Yo creí que Mildred...
—¡Curt!
Este ya no podía aguantar más y miró a su madre con desesperación.
—Es una muchacha americana —dijo, fiero—. Una muchacha que...
—Curt —gritó Laura—, mira bien lo que dices. Esa muchacha americana —añadió, recalcando cada palabra— es mi sobrina. Está bajo el techo que te vio nacer. Es tu padre el que le da cobijo y tú... tú... ¿Pero tú, Curt? Tú, a quien creí el más caballeroso de los hombres... Tú, a quien admiré tanto...
—Mamá...
—Prefiero que te marches, Curt —dijo Laura, con ganas de llorar—. Vete a tu pabellón... Yo... no quiero verte en unos días. Tendré que olvidar todo lo que has dicho, y más aún lo que no te atreviste a decir, pero que para mí fue peor que si lo dijeras. Márchate y procura que tu padre no se entere. Mentira me parece que tú... Dios mío, hijo, qué engañadas vivimos a veces las madres.
—Te aseguro, mamá... que me estás juzgando demasiado severamente.
—Prefiero no juzgarte de ningún modo.
Y salió, dejando a Curt con la palabra en la boca.
Minutos después este subía a su coche y se alejaba de su casa.
VII
Bing ignoraba todo lo que Laura sabía, y se asombró de no ver a Curt en casa al día siguiente.
—Decididamente, ese muchacho es un descastado —comentó en la mesa—. Sabe que estamos todos preocupados por Mildred y él se marcha sin advertirlo siquiera.
—Lo han llamado, Bing.
—¡Ah! ¿Tú, Laura, sabías que se había ido?
—Sí; me lo advirtió antes de marchar —dijo, serena, la dama.
Conocía la integridad de su marido, quien de saber lo ocurrido entre Mildred y Curt, nunca perdonaría a su hijo. Claro que Laura ignoraba con exactitud lo ocurrido, pero se lo imaginaba. Ella creyó que Curt había cambiado, que su hijo mayor era lo que aparentaba. Y no era así. Curt seguía siendo como cuando era niño y aquel niño era ahora un hombre. Un hombre que ocultaba sus bajos deseos tras su helada sonrisa, su mirada indiferente, sus modales pausados...
—Tendré que llamarlo —comentó Bing, interrumpiendo los pensamientos de su mujer—. La fiebre descendió, pero la apatía de Mildred continúa y quiero que Curt la ausculte.
—¡No!
—Pero..., ¿qué diablos te pasa, querida mía? ¿Por qué no? Curt es un especialista en Medicina interna, un gran especialista.
—De todos modos..., pregunta a Mildred si quiere que Curt la reconozca.
—La chica no tiene objeción que oponer. ¿Por qué había de tenerla?
—No sé, por nada. Pero es mujer, y joven además, y ya sabes que no siempre... gusta que un hombre también joven —se aturulló bajo la mirada inquisidora de su marido—. En fin, haz lo que quieras. Pero antes pregunta a Mildred.
—Lo haré tan pronto termine de comer.
Penetró en la alcoba de Mildred. Esta, tendida en la cama, con los ojos muy abiertos, parecía ajena a todo. No tenía fiebre, pero se notaba en ella falta de ánimo, de deseo de vivir. Era como si algo hubiera muerto dentro de su ser.
—Mildred, hijita...
—Dime, tío Bing.
El médico se sentó junto a la cabecera de la cama y tomó entre sus dedos los finos y pálidos de Mildred.
—Estás mucho mejor —dijo, suavemente—. Solo falta que levantes el ánimo, te alientes mucho y bajes al jardín aprovechando el sol. Dentro de una semana estarás como nueva.
—Ojalá, tío Bing.
Laura entró en aquel momento y se sentó en el borde de la cama, junto a los pies de la enferma. Se los palpó con ternura y sonrió a la joven, que la miraba.
—Sois muy buenos —susurró, emocionada—. Mi madre era también muy buena, pero no tenía tiempo para ocuparse de mí. Ella trabajaba todo el día y solo regresaba a casa al anochecer. —Hizo una pausa. Parecía pensativa, como si recordara para sí sola aquellos pasajes de su vida extinguidos mucho tiempo antes—. Mamá me adoraba y yo sentí su muerte como si me arrancaran algo muy íntimo, muy doloroso de mi interior. Creí que la vida ya no me reservaba nada... Pero al llegar aquí y verte, tío Bing, sentí que recobraba a mis padres. Y tía Laura... era como si mi madre viviera aún.
—No hables, hijita —pidió Bing—. Te fatigas y no te conviene.
—Me gusta veros ahí y hablar... Es tan consolador tener un hogar como este...
—También es consolador para nosotros tener una hijita como tú —dijo Bing—. Y como deseo una hijita sana y feliz, vamos a poner un poco de parte de cada uno para que te levantes y corras de nuevo con Billy.
—Sí, tío Bing.
—Quiero que te reconozca Curt, Mildred —indicó resueltamente Bing—. Él está más al tanto de todo esto que yo. Y en cuanto a los gemelos..., les falta mucho para llegar adonde llegó Curt.
Laura observó un velado sobresalto en Mildred, pero se asombró cuando le oyó decir:
—Bueno, tío Bing. Que venga Curt...
Bing miró a su mujer como diciendo: «Lo ves, esta chica es muy razonable».
—Perfectamente, Mildred. Llamaré a Curt por teléfono ahora mismo.
Salió después de besar los dedos femeninos, y Laura se quedó sentada, muy quieta, con los ojos fijos en el semblante pálido de la joven.
—Mild...
—Dime, tía Laura.
—El día de Año Nuevo te colocaste bajo un árbol y empapaste tu cuerpo. Me lo dijo Pat. ¿Puedes tú explicar los motivos por los cuales cometiste esa locura?
Mildred parpadeó, se estremeció dentro de la cama, pero al instante recobró el aplomo.
—Es cierto que fue una locura —comentó como al descuido.
—¿Y por qué esa locura, Mild?
—Me gusta la lluvia. No creí que me hiciera tanto daño.
—¿No... hubo otro motivo?
—No.
—Gracias, Mildred.
Y la muchacha tardó mucho en saber por qué Laura le daba las gracias.
* * *
En principio se negó, aduciendo ocupaciones ineludibles, pero Bing se puso enérgico, y Curt no tuvo más remedio que personarse en su casa. Le favoreció la suerte al no encontrar a su madre en su camino y, tras los pasos de su padre, se dirigió a la alcoba de Mildred con la cartera de piel bajo el brazo. Sus azules ojos, ocultos tras las gafas ahumadas, tenían un brillo inusitado y las aletas de su nariz palpitaban constantemente, signo en él de evidente emoción. Una rara emoción que no quiso analizar. Si ella, Mildred, se sentía humillada, él, Curt Hunter, se sentía mucho más y por distintas causas. Infinitamente más que nadie, y esto era como una nueva humillación mil veces peor que la primera.
—Pasa —dijo Bing.
Curt pasó. Miró hacia el lecho. Mildred estaba allí con su pelo negro desparramado por la almohada, los ojos tan verdes vueltos hacia él, las manos tendidas sobre el embozo. Bellísima en su palidez, marcando sus mejillas y la boca fuertemente apretada.
—Mildred, Curt va a hacerte un reconocimiento.
—Gracias por tu interés, tío Bing.
Y Curt se asombró de que en la voz femenina no se notara alteración alguna. Y él estaba alterado, nervioso. Él podía auscultar a docenas de mujeres en todo un día, pero le sería de todo punto imposible auscultarla a ella, a menos que hiciera un sobrehumano esfuerzo, Y no se creía capaz de alcanzar tal proeza.
—Después harás todo lo que te mande él y pronto podrás correr por el jardín. ¿Verdad que lo harás, Mildred?
—Sí, tío Bing. Pero..., ¿no podrías dejarnos solos un instante?
—Por supuesto. Iré al consultorio a atender a un cliente y volveré luego. —Miró a su hijo—. Curt, no te marches sin hablar conmigo. Conviene que prestes mucha atención al reconocimiento que vas a hacer.
Curt no respondió. Inclinado sobre la mesa de noche, abría la cremallera de su cartera. Cuando la puerta se cerró tras Bing, ambos se miraron, y Mildred se sentó en la cama, con el embozo de esta tapando su busto.
—No pensarás tocarme, ¿verdad, Curt? —dijo, con voz ronca—. Creo que no será necesario decirte que antes prefiero morir a que tus manos me toquen.
—Soy un médico.
—Un médico que engaña a todo el mundo. Un hombre eres para mí, ¿comprendes? Solo un hombre y no con muchos escrúpulos.
—Escucha, Mildred...
—No me digas nada. No quiero disculpas.
Curt se inclinó sobre ella y se quitó las gafas. La miró fijamente.
—No me voy a disculpar —dijo, fiero—. Tantas veces ocurra... eso, tantas veces te besaré. No sé si tu boca es para mí una maldición..., ¿qué importa? Te besaré siempre que tenga ocasión hasta que un día, cansada de soportarme, cojas el avión y te vayas.
Mildred se echó hacia atrás y pasó los dedos por sus ojos.
—No te hice ningún daño —susurró—. Ninguno, Curt, para que me odies de ese modo.
—No sé si es odio lo que siento. Lo que sí puedo decir es que hace solo seis meses yo era un hombre tranquilo y feliz. Si crees que procedo así con todas las mujeres..., te equivocas. Pero tú... tú... Esos malditos ojos tuyos, esa boca provocadora... Y yo no soy un santo, ¿me entiendes? Y no vine aquí con intención de auscultarte. No creo que tengas nada grave. Obedecí a papá, preguntándome qué harías tú cuando yo estuviera a tu lado.
—Pedirte que te vayas.
Curt se sentó en una butaca y cruzó las piernas. Encendió un cigarrillo sin dejar de mirarla y con este prendido en los labios desdeñosos, comentó:
—Eres una muchacha muy bella, Mildred, y yo perdí la cabeza el otro día. Ojalá no vuelva a ocurrir y para que no ocurra evita encontrarme a solas y... no te sientes nunca en la alfombra estando yo presente.
—Pero...
—Y antes de marchar, me gustaría saber lo que dejaste a medias el otro día... ¿Cuántos hombres te besaron antes que yo?
Mildred se sentó de nuevo en la cama, llevando el embozo de las sábanas hasta la boca.
—Eres un maldito, Curt. Un maldito que tiene a todo el mundo engañado con su respetabilidad. Un tipo que se retuerce como un veneno en sus deseos. ¿Qué ocurriría si yo dijera a tus padres...?
—A papá lo cogerías tan de sorpresa que terminaría por no creerte. En cuanto a mamá..., no le dirías nada nuevo. Me conoce mejor que tú; lo que pasa es que... —sonrió, burlón— durante un número indeterminado de años se olvidó de analizarme.
Se puso en pie.
—Curt...
—Dime, Mildred.
—Yo... estoy dispuesta a olvidar lo ocurrido y a añadir que fuiste... el primero. Lo creas o no, fuiste el primero. Yo creí que conocía bien a los hombres; pero no a la clase de hombre como tú. Conocí a los que se parecen a Billy, a Johnny. Hombres considerados que siempre supieron el lugar que ocupaban junto a una mujer decente. Tú me trataste como si yo fuera...
—Cállate, Mildred.
La joven sentía correr las lágrimas por su cara. Curt cerró los puños y apartó la vista del semblante pálido de Mildred.
—Te perdono, Curt. Eres... hijo de Laura y de Bing, y estos me han devuelto la paz, la tranquilidad y nunca les estaré bastante agradecida. Pero, por Dios te pido, que si algo quieres a tus padres, te alejes de mí. Olvida que soy mujer y recuerda que soy tu prima, que mi madre era hermana de la tuya.
—He dicho que te calles.
—Ahora, vete, Curt.
Este no se movió. Por el contrario, inclinó su alta figura y dijo, con un soplo de voz:
—No creo en tu bondad, Mildred. Ellos, todos, creen, yo no.
Y alcanzando la cartera, salió de la alcoba sin volver la cabeza. Mildred ocultó la cara entre las manos y prorrumpió en ahogados sollozos. Mildred no había llorado al morir su madre, ni cuando se sintió tan sola en el apartamento humilde. Pero ahora..., ahora algo dolía allí, como una llama abierta que desgarraba sus carnes. Y supo en aquel instante, al oír los pasos recios alejándose, que amaba a Curt... como siempre deseó amar a un hombre. Por eso le perdonaba.
* * *
Al cabo de una semana, Mildred alternaba con Billy como si nunca hubiera estado enferma. Cierto que en su mirada había una sombra de melancolía, pero nadie sabía leer en ella, excepto Laura, y esta tenía buen cuidado de callarlo.
Curt apenas si iba por casa. Siempre pretextaba el trabajo, las ocupaciones, los compromisos sociales. Laura admitía de buen grado sus disculpas, pero no así Bing, que cuantas veces se sentaba a la mesa y veía el lugar de su hijo mayor, desocupado, armaba una polémica que terminaba casi siempre en disgusto.
Billy estaba muy enamorado de Mildred y todos lo sabían. Laura sufría por su hijo y por la muchacha, y una tarde decidió hablar con esta. Su marido había salido y los gemelos no habían regresado del hospital. Laura y Mildred hacían punto en el saloncito. Ambas aparecían silenciosas, sumidas cada una en sus reflexiones. Aquel silencio, un tanto embarazoso, lo rompió Laura para decir:
—Mild..., me gustaría tener una conversación contigo.
Mildred se estremeció. Sabía, o lo intuía, que Laura había penetrado en su secreto sentimental, y eso le daba vergüenza.
—Dime, tía Laura.
—¿Tú... amas a Billy?
Mildred negó con la cabeza. Sus rojos labios, acentuados por dos pinceladas, se apretaban con obstinación.
—Él te quiere.
—Sí.
—Tanto Bing como yo hubiéramos sido muy felices con esa boda.
—Gracias, tía, pero yo...
—Tú estás enamorada de... Curt.
Mildred se encogió en el diván y ocultó la cara entre las manos con súbito pesar.
—¿No es cierto, Mild?
Afirmó en silencio.
—Curt... no es como Billy.
—Lo sé.
—Curt no se casará fácilmente.
—Ya.
—¿Y aún así...?
—Sí, aun así —afirmó, bajo—. Aun así, tía Laura.
—Si yo te pidiera que olvidaras, Mild...
—Procuraría hacerlo —dijo, alzando su bello semblante—, pero no creo posible lograrlo. Hay cosas que surgen sin que una se dé cuenta... Yo ya sé quién es Curt. Lo sé quizá mejor que tú... Pero...
Entró Bing en aquel instante.
—¿No está Billy? —preguntó, sin apenas fijarse en las dos mujeres.
—No. ¿Sucede algo, Bing?
—Nada importante. ¡Ah, está Mildred! ¿Quieres hacerme un favor, querida?
La joven se repuso y alzóse del diván.
—Claro, tío Bing... ¿Qué deseas?
—Curt acaba de llamar por teléfono. Esta mañana me visitó un enfermo y se lo envié para que lo reconociera por la pantalla. Me mandó por el mismo enfermo el informe y ahora me ruega que se lo devuelva. No quiero enviar a una doncella porque no le gusta a Curt, ni a mí me agrada. Pensé enviar a Billy o a Johnny, pero no han venido. ¿Quieres tú coger mi coche y llegarte a la clínica de Curt en un instante? Se lo darás en mano —añadió, sin fijarse en la contrariedad que expresaba el rostro de su mujer—. A esta hora no tiene consulta. Así que una vez llegues le dices a la enfermera de guardia lo que deseas y que te haga pasar al despacho particular de Curt. Esperas a que lo vea y luego él te dará instrucciones.
—Iré en seguida, tío Bing.
—Gracias, querida mía.
—Bing..., ¿no sería mejor que fueras tú mismo?
Bing frunció la frente.
—Tengo mucho trabajo ahora, Laura. ¿Hay algún inconveniente en que vaya Mildred?
—Claro que no, tío Bing.
—¿Lo hay, Laura?
—No, por supuesto.
—Bien. Toma este sobre. Se lo das a Curt. Ten cuidado no lo pierdas.
Mildred subió a su cuarto y se puso un abrigo por los hombros. Se quitó las chinelas sacudiendo los pies y se puso altos zapatos. Contemplóse en el espejo. Estaba pálida y nerviosa... Pero iría. Después de todo...
—Mildred.
La muchacha se volvió en redondo y se encontró con el semblante preocupado de Laura.
—No temas, tía Laura. Sé... dominarme.
—Pero Curt, no.
—Para Curt soy una americana —sonrió con amargura—. Una americana sin demasiados escrúpulos.
—¡Mildred!
Se acercó a ella y la besó en la mejilla.
—Curt creyó conocerme desde un principio. Pero se equivocó... Casi siempre hay en la vida una equivocación de esa índole.
—Mildred, eres mi sobrina y por evitarte un disgusto no sé lo que haría. Por verte casada con uno de mis hijos tampoco sé lo que daría porque daría mucho. Pero... él es mi hijo. Si tú eres mi sobrina, él es mi hijo, ¿comprendes?
—Sí, tía Laura.
—Y nunca lo conocí lo bastante.
—No temas.
La besó de nuevo y salió, erguida y serena.
VIII
—Por aquí, señorita —indicó la enfermera.
Abrió una puerta blanca y señaló a Mildred su interior.
—Advertiré al doctor al instante, señorita. Pase y siéntese, por favor.
—Gracias.
Entró en el despacho, y la puerta se cerró de nuevo tras ella. Mildred no se sentó. Mirólo todo con interés. Las paredes blancas, los muebles austeros, la gran mesa en la cual había una fotografía de los padres de Curt. La biblioteca atestada de libros de dorados lomos y el título que colgaba de la pared, sobre la gran mesa.
—Buenos días.
Se volvió como cogida en falta. Allí tenía a Curt con sus gafas ahumadas, su alta estatura, su bata blanca... Parecía diferente y sin embargo era el mismo. Su sonrisa inalterable era idéntica a la habitual sonrisa de Curt.
—Buenos días, Curt. Tu padre me dio esto para ti.
—Ya.
Lo recogió en su mano, se sentó tras la mesa, abrió el sobre y se quitó los lentes para ponerse otros de cristales incoloros. Lo leyó detenidamente y trazó luego unas líneas en una receta.
—Toma, dale eso.
—Bien. Adiós, Curt.
—Espera.
La retenía por un brazo. Mildred alzó sus ojos y luego los bajó hacia los dedos que apretaban su brazo. Curt no la soltó, sino, más bien, tiró de ella y la pegó a su pecho.
—Me gusta tenerte así y has venido... sabiendo lo que iba a ocurrir.
—¡Suéltame!
—Mildred, estamos solos, nadie nos ve ni nos oye. Sé sincera conmigo. ¿En verdad deseas que te suelte?
—Eres malo, Curt.
—No soy muy bueno —rio—, pero... tú ya lo sabes.
—¿Qué te propones, Curt?
—Que te vayas —dijo, sin soltarla—. Que un día yo llegue a casa de mis padres y estos me digan: «Curt, la chica, nuestra querida Mildred, ha resultado ser una desgraciada, una descastada, y se ha ido a su patria a gozar con sus amigos». Entonces yo, Mildred, tendré un poderoso motivo para odiarte y te odiaré tanto como ahora te deseo...
—¡Curt!
—Sí. ¿Por qué no?
—¡Cuánto daño me haces, Curt!
Curt no respondió. La dobló sobre su pecho y le ladeó la cabeza.
—Esta tarde ven a buscarme —dijo, breve.
—No.
—Quiero llevarte de paseo.
—No.
—Mildred..., sabes que vendrás, ¿no es cierto que lo sabes?
Mildred lloraba con la cara oculta entre las manos, y Curt, sin volver la cabeza, salió del despacho.
* * *
No fue a buscarlo. Al menos esa pequeña victoria tenía frente a él. Billy quiso salir con ella y se negó. Todos se fueron. Laura y Bing la invitaron al teatro. Se negó. No era un plato de gusto para nadie cargar con una persona tan... angustiada como ella. Que fueran felices y que vivieran al margen de sus amarguras. Pero ir a buscar a Curt... No, tampoco. Curt, delante, la dominaba, le robaba la voluntad, pero lejos de él, Mildred sabía vencer.
—Señorita, la llaman por teléfono.
—¿Quién?
—Por la voz —dijo Pat, con acento especial—, me pareció el señorito Curt.
Mildred entrecerró los ojos. Pat sabía... No lo ocurrido, pero sabía algo y esto humillaba a Mildred. Se puso en pie todo lo serena que pudo y se dirigió al teléfono. Tomó el receptor con mano temblorosa y preguntó quién era.
—Estoy esperándote.
—No voy, Curt.
—Mildred..., repito que te estoy esperando y de esta espera y tu llegada depende la felicidad de esta tarde.
—¡No voy, Curt! ¿Me entiendes? No voy.
Oyó un chasquido, lo cual le indicó que la comunicación quedaba cortada. Se dirigió de nuevo al salón. Sus lentos pasos apenas si producían ruido en la alfombra. Se sentía abrumada. Una tarde entera por delante y con la pesadilla de Curt sobre su corazón y su cerebro.
Súbitamente se dirigió a su alcoba y se sentó ante el secreter. Abrió un cajón, sacó pluma y papel. Hacía mucho tiempo que no escribía a Russ. Lo haría aquella tarde.
«Mi queridísima Russ: Ya sabes por mi carta anterior lo ocurrido entre Curt y yo. Sabes asimismo cómo es mi nueva familia y el amor que Billy dice sentir por mí. Muchas veces pienso que es un dolor que yo no pueda corresponder a ese cariño. Billy merece que lo adoren. Pero yo... Dios Santo, Russ, nunca creí que me ocurriera esto. Siempre deseé amar mucho, y ya ves tú..., estoy amando a un hombre que no comprende y que además sé que nunca se casará conmigo. Es para mí temperamento como un imán, no tengo voluntad para rechazarlo y un día... ¿Sabemos nosotros lo que puede ocurrir ese día? Él siente por mí... odio, deseo, pasión; pero cariño, eso que yo siento, no; esa ternura..., no. Curt nunca querrá a nadie de ese modo. Curt es un pecador de este mundo, un ser materialista y enfermizo. Y con todos sus múltiples defectos, yo estoy loca por él...».
—No —gimió—, no puedo decir a nadie esto. Mi gran debilidad ha de quedar oculta como otro pecado más, como todos los que tiene Curt dentro de sí y nadie conoce.
Rompió el pliego en múltiples trocitos y los arrojó a la papelera. Luego ocultó la cara entre las manos y suspiró como en un sollozo.
* * *
Eran las siete de la tarde y las sombras invadían el saloncito donde estaba Mildred. Hundida en un diván con las piernas encogidas, pensaba y no quería pensar.
¿Y si regresara a Nueva York? Solo sería preciso escribir una nota. Decir en ella que se aburría, que no se amoldaba a aquel ambiente. Pedir perdón y despedirse. Pero no, ni los gemelos ni sus tíos merecían aquella reacción tan poco en consonancia con sus deseos. Ella era feliz allí, en aquella casa, junto a Bing y Laura, junto a los gemelos... Ella no podía huir como una ladrona porque del único delito que se culpaba era el de haberse enamorado mucho de Curt, el único de la familia que no merecía el afecto de nadie.
—Hola.
De un salto, Mildred salió disparada del diván y miró enloquecida hacia la puerta.
—¿Tú?
—Sí, yo. No fuiste; vengo a buscarte.
—No te acerques, Curt. Por el amor de Dios. Por los sentimientos que aún respetas, por el cariño de tus padres...
Curt reía irónicamente.
—Curt...
—Vamos, Mildred. Ponte un abrigo y salgamos un rato. Nadie se enterará.
—¿Y por qué he de ir a escondidas contigo? Curt, si quieres algo a tus padres...
—Mis padres no tienen nada que ver con esto.
Mildred se situó tras un diván y apretó las manos en el respaldo. Miró hacia Curt con expresión angustiada.
—Tú sabes que te quiero, Curt —dijo, bajo—. Sabes que he cometido la debilidad de enamorarme de ti...
Curt se quitó los lentes y la contempló asombrado.
—¿Te has enamorado de mí?
—Lo sabes. Lo supiste el primer día...
Curt se echó a reír.
—Vamos, Mildred, no seas novelera. No te creo capaz de amar a nadie. Conozco a las chicas como tú.
Mildred se acercó a él muy despacio. Parecía súbitamente recuperada. Miró a Curt con fijeza y dijo mascando cada palabra:
—Eres un canalla, Curt. Un pobre diablo que se revuelve como un reptil dentro de esa fama que has adquirido y que fue amasada con desconsideraciones. A todos los tienes engañados; pero a mí no. Y me parece que a tu madre tampoco. Y lo peor que puede ocurrir a un hijo, es merecer el desprecio de su madre.
—¡Cállate!
—Y vas a tener también mi desprecio.
—Me gustaría —rio flemático.
—Pues lo vas a tener. Desde este instante vas a verme con otro hombre. Veremos después si eso que tienes tan oculto sale a la superficie. Por qué tú, Curt, tú me amas. Me amas tanto o más que yo a ti. ¿Me entiendes, Curt? Y me vas a ver en brazos de tu hermano.
Un leve estremecimiento recorrió a Curt de pies a cabeza. Pero se repuso al pronto y avanzó hasta situarse junto a la joven.
—Mildred —dijo de modo raro, ronca la voz—, no juegues con Billy. Ten mil novios por ahí, pero Billy no. De los brazos de otros hombres puedo arrancarte; de los brazos de mi hermano, aunque estuviera loco por ti, no lo haría.
—¿Por qué me odias de ese modo, Curt?
—Dijiste que te quería.
—Pues si me quieres; ¿por qué no lo admites de una vez y te casas conmigo?
Curt se apartó de ella súbitamente y se sentó en el diván. Cruzó una pierna sobre otra y encendió un cigarrillo.
—Siéntate, Mildred y fuma conmigo. Toma un cigarrillo. Voy a hablarte con sinceridad. Quizá sea esta la única vez que soy absolutamente sincero.
Mildred se sentó y fumó con fruición, un poco nerviosamente.
—No es que te considere una mujer fácil, Mildred —comenzó con lentitud—. Tienes pocos años, y aunque conoces a los hombres... ya sé que tu conocimiento de ellos es más bien superficial. Pero eres una chica aprovechada, al menos así te considero. Y yo... Bueno, me creerás un petulante si te digo que no creo en el amor de las mujeres. En esta ciudad hay cientos de ellas que de buen grado se convertirían en la esposa de Curt Hunter, un hombre rico, bien relacionado, famoso...
—No eres vanidoso que digamos —rio mordaz.
—Sabía que dirías eso. Pues... no, no soy vanidoso. Nunca lo fui. Pero, repito, no creo en el desinterés de las mujeres. Si pudiera creer en ese amor que confiesas... mañana mismo te llevaba al altar. Pero no te creo...
Mildred no respondió al instante. Miraba a Curt con escrutadores ojos y de súbito preguntó:
—¿Cuándo ocurrió, Curt? ¿Antes o después de haber terminado la carrera?
Él, como sorprendido, quiso tomarlo a risa, pero Mildred puso su blanca mano en la rodilla masculina y siguió con sus ojos fijos en los de él.
—Solo un hombre que recibió un gran desengaño puede pensar así. ¿Cuándo fue eso, Curt? En cierto modo —añadió dulcemente— te devuelvo un poco de honra. Creí que eras un tipo despiadado, pero... no lo eres, Curt.
—No saques tu sentimentalismo a relucir.
—Sé sincero, Curt.
Este se puso en pie y a pasos largos se dirigió a la puerta.
—¡Curt!
—Vete al diablo —rezongó entre dientes. Y desapareció.
* * *
—Tía Laura, me encantaría hablar contigo de algo que... me interesa mucho.
—Dime, querida.
Todos se habían ido a la cama. Curt no acudió a su casa aquella noche, como otras muchas de su vida. Los gemelos se habían retirado con unos «que descanséis», y Bing dijo que había trabajado mucho y que necesitaba dormir. Ambas mujeres, solas en el saloncito, se quedaron haciendo punto, y Mildred habló de repente despertando la curiosidad de Laura.
—Dime, tía Laura... ¿Curt nunca tuvo novia?
—¿Por qué me haces esa pregunta, querida?
—Te agradecería mucho que me contestaras sin preguntarme nada —susurró aturdida—. Yo... quisiera saber...
—Pues... antes de marchar a la Facultad, Curt tuvo una novia. Pero entonces era un niño.
—Sí, pero dime: ¿qué ocurrió?
—Si voy a ser sincera, casi no lo sé. No di mucha importancia a aquel noviazgo de Curt. Era un niño y no tenía bastante sentido común. Se fue a la Facultad y según tengo entendido se escribieron. Pero de pronto, ella se casó con un millonario y se fue de aquí.
—¿Y Curt?
—¿Curt? Pues nada. Cuando volvió no noté nada anormal en él. Tampoco se hizo de nuevas cuando se enteró del matrimonio de su exnovia.
—Pues debió de afectarle mucho, tía Laura.
La dama sonrió.
—No veas visiones, queridita. Te aseguro que Curt es un hombre de temple y no cree mucho en los sentimentalismos. Nunca le conocí otra novia y a decir verdad... creí que tampoco le interesaban mucho las mujeres.
—Ya.
—¿Vas a decirme por qué... me preguntas esas cosas?
—Curiosidad, tía Laura.
A las siete de la tarde siguiente, Mildred salió de casa diciendo que iba a dar un paseo. Tan pronto como salió del barrio, buscó un taxi y subió a él.
Llegó al pabellón clínico de Curt a las ocho menos cuarto y temió que su primo ya no estuviera en él. La recibió una enfermera.
—Deseo ver al señor Hunter.
La enfermera no era la del día anterior y no la conocía.
—El doctor no recibe ya.
—Es visita particular.
—Lo siento, señorita. El doctor no recibe aquí visitas particulares.
—Al menos dele mi nombre y él dirá si me recibe o no.
—Le advierto...
Alguien caminaba hacia allí. Era Curt. La enfermera se volvió hacia él, pero Curt no escuchó lo que decía. Se dirigía a Mildred directamente.
—Pasa, querida —miró a la enfermera—. ¿Cómo la ha tenido en la puerta? Ven, Mildred.
La enfermera se excusó y se perdió tras una blanca puerta. Curt tomó el brazo de Mildred y la empujó suavemente hacia el interior.
—¿Te quitas el abrigo?
—Sí.
Se lo quitó él y sin soltarla la besó en el cuello con suavidad. Mildred no opuso resistencia.
—Sentémonos aquí —dijo Curt, empujándola hacia el saloncito—. ¿Has venido a buscarme para que te lleve de paseo?
—No.
—¿No?
—No —dijo fuerte—. Y no me mires con esa expresión burlona. No he venido tampoco a buscar tus... besos. Quiero recordar contigo ese pasado tuyo que todos ignoran porque nadie, excepto tú, le dio mucha importancia.
Curt se echó a reír y se sentó junto a ella en el diván. Buscó las manos femeninas y en silencio le quitó los guantes. Luego las acarició dentro de las suyas.
—Si no fueras tan... lista te haría mi mujer.
—Te agrada que penetre en ti, antes de que hables. ¿Para qué lo niegas, Curt?
—Sigues siendo muy lista.
—Dime, Curt: ¿Tanto te afectó... aquella noviecita que tuviste siendo casi un niño? Ella se casó con otro, pero seguramente no pensaba que ibas a llegar a ser rico y famoso. ¿Temes que yo me haya prendado de tu riqueza y de tu fama?
—Sigues siendo muy lista, Mildred.
—Deja de mirarme y contesta.
Curt dejó de mirarla y buscó las manos femeninas una y otra vez hasta que Mildred intentó recuperarlas. Pero él no se lo permitió. Las apretó contra su pecho y dijo suavemente, burlón:
—¿No oyes las palpitaciones de mi corazoncito? Eres ideal..., sí, lo eres. ¿Por qué ahondas en algo que no debiera interesarte?
—Todo lo tuyo me interesa.
—¿Por qué? ¿Es tanto tu amor hacia mí?
—Deja mis manos y te contestaré.
Al instante las dejó y se puso en pie. Le dio la espalda.
—Mildred —dijo súbitamente fiero—, te prohíbo que busques en mi pasado. He tenido una novia, sí. Ella no me comprendió jamás, pero yo la amaba. ¿Sabes cómo la amaba? —Se volvió hacia ella con brusco ademán—. No, no lo sabes. Era un niño en apariencia. Pero para quererla era un hombre con todos los sentidos despiertos.
Fue de nuevo a su lado y se sentó.
—Mildred, ¿quieres que demos un paseo y nos olvidemos de estas cosas?
—No. Odio a esa novia que te impide creer en tu amor hacia mí. Esa novia que me priva de lo que más ansío en el mundo. ¿Ves, Curt? Ahora ya no tengo miedo y me gusta confesarte mi amor.
—Pues sigue temiendo —rezongó—. Vamos, salgamos de aquí.
La llevó a casa a las nueve de la noche y no la besó, lo cual desconcertó a Mildred.
—¿No entras?
—No.
—Curt, eres tan raro...
—Adiós, Mildred.
—¿Cuándo volveré a verte?
—No lo sé.
Puso el auto en marcha. Mildred supo que iba malhumorado y tan pronto como cenó se retiró a su aposento. Sentada en el borde de la cama, pensó un instante y luego marcó un número en el teléfono que tenía sobre la mesa de noche.
Contestó una voz gangosa.
—Dígame.
—Quisiera hablar con el doctor Hunter.
—Se ha retirado ya.
—Se lo ruego, señorita. Es... de su casa.
—Espere un instante.
En seguida sonó la voz inconfundible.
—¿Ocurre algo, mamá?
—No soy tu madre.
Hubo un silencio al otro lado.
—Ya. Eres... la mocosa de la casa.
—Curt..., ¿no estás disgustado?
—Me revienta que te ocupes tanto de mí. Déjame en paz, Mildred.
—Es que...
—Ya sé lo que es. Pero no por llamarme más y verme más, voy a creer más fácilmente en tus sentimientos.
—Curt...
—Dime, mocosa.
—Me gusta que me llames mocosa. Al fin te das cuenta de que, en efecto, no soy una americana experimentada.
—¿Quieres que dejemos eso? ¿Dónde estás en este instante?
—En mi alcoba. ¿Y tú?
—En la cama.
—¿Comiste algo?
—Mildred, que tengo seis enfermeras a mi servicio y me revienta tener también una hermanita de la caridad.
—Eres... despiadado.
—Gracias.
—Curt...
—Dime.
—Esa enfermera con la cual tienes más amistad que con las demás...
—Pero..., ¿quién te ha dicho semejante cosa?
—Lo sé —dijo aturdida—. Lo intuyo.
—Pues deja las intuiciones para personas mayores. Buenas noches, mocosa.
—Me dijiste que no sabías cuándo volverías a verme. ¿Es cierto, Curt?
—No lo sé. Buenas noches.
Colgó bruscamente, y Mildred se juró a sí misma no ocuparse más de él.
IX
Al cabo de dos semanas, Mildred no había vuelto a ver a Curt. Y aquella tarde, cuando Curt llegó a casa inopinadamente, Billy y Mildred se disponían a salir.
—Hola —saludó entrando en el vestíbulo—. ¿Os marchabais?
—Sí —dijo Billy, satisfecho—. Al fin he logrado que Mildred me acompañe a una sala de fiestas.
Curt buscó los ojos femeninos, pero estos se obstinaban en escapar.
—¡Qué os divirtáis! —dijo secamente.
Y penetró en el salón donde estaba su madre sola.
Se quedó un poco cortado. Pero avanzó hacia Laura, se inclinó y la besó en ambas mejillas, para después acercarse silenciosamente al ventanal. El auto de Billy, con él al volante y llevando a su lado a la... preciosidad de Mildred, se perdía en la calle.
—Curt...
—Dime, mamá.
—¿Qué te pasa?
Se sentó frente a ella. Sus dedos se enredaron en la lana del ovillo que su madre tenía en el regazo.
—Curt..., ¿estás desorientado?
—Estoy loco, eso es lo que estoy. Loco del todo, mamá; desorientado en efecto. Muerto, ¿me entiendes?
Laura dejó la labor y puso su mano sobre la de Curt.
—Hijo...
—Me porté mal, mamá. Lo sé. Lo supe en aquel mismo instante, pero estaba como loco. No vengo mucho por aquí para evitar tener contigo una conversación, pero hoy... Son grandes mi soledad y mi desorientación y... tú eres mi madre y me quieres.
—Sí, hijo. Te quiero y te admiro. Pero, dime: ¿por qué estás así?
—Yo... estoy enamorado de ella. La quise desde el primer instante... He luchado. Tenía miedo.
—¿Miedo? ¿Tú miedo, Curt?
—Una vez, cuando puse todo mi cariño en una muchacha... ya sabes lo que ocurrió.
—¿Cómo? ¿Aquello llegó hondo, Curt? Si yo creí que no te afectaba...
—Es que tú, mamá, no me conociste nunca.
—Tú no me lo has permitido.
—Ahora te lo estoy permitiendo. Estoy enamorado de tu sobrina. He luchado mucho y creí que me vencía, pero no es cierto. Y ahora... ella y Billy... Yo no puedo hacer una faena a Billy.
—Y no se la harás. Mildred te ama a ti. Billy podrá consolarse. Ve tras ellos, Curt...
—No.
—¿Te has infantilizado de repente, hijo mío?
Entró Bing en aquel instante, y Curt no pudo responder.
—Caramba, Curt. ¿Has recordado al fin que tienes una familia? ¿Qué cuentas, muchacho? —Se sentó frente a ellos—. Curt..., me desconciertas.
—¿Por qué, papá?
Bing se inclinó hacia él y le puso una mano en el hombro.
—Vienes poco por casa. Tú sabes, Curt, que soy un padrazo y me gusta veros a todos en torno a la mesa a las horas de las comidas. Me agrada cambiar impresiones con mis hijos que tienen la misma profesión que yo. —Se atusó el poblado bigote y añadió pensativo mirando la alfombra multicolor—: Curt, de un tiempo a esta parte, tú has cambiado. ¿Puedo saber por qué, hijo mío? Antes casi todos los días venías por casa. Cuando hablaste de poner un piso de soltero te disuadí con facilidad. Temo que ahora, si te lo propones, no pueda disuadirte. Lo siento, Curt, hijo mío.
—Gracias por tu interés hacia mí, papá. Te prometo que desde ahora nunca faltaré.
—¿Me... lo prometes?
—Sí, sinceramente.
—Gracias, muchacho.
* * *
La sala de fiestas estaba muy animada. Billy y Mildred se hallaban entre un grupo de amigos de ambos sexos y Billy parecía encantado de la vida. No así Mildred, cuyos ojos se ocultaban de continuo bajo el peso de los párpados, como si algo la atormentara y temiese que la sombra de su amargura asomara a sus pupilas.
Curt, vestido de oscuro, con su alta estatura, su paso elegante, su gran distinción, miraba, desde un ángulo del salón, el grupo formado por aquella divertida juventud, grupo en el cual se hallaban Mildred y su hermano. Sintió los ojos de Mildred en los suyos tras reflejarse en un espejo. La joven se sobresaltó, y Curt notó aquel sobresalto. Alzó un dedo y le dio vueltas acompañando el movimiento con sus ojos muy expresivos, desprovistos de las gafas. Le preguntaba si bailaba con él, y Mildred asintió con la cabeza.
En seguida lo tuvo a su lado.
—Me llevo a Mildred —dijo a los demás tras el saludo.
Billy alzó vivamente la cabeza y frunció las cejas.
—¿Te la llevas?
—A... bailar, Billy.
—Bien.
Pero Mildred supo que Billy se quedaba disgustado y Curt apretó los puños, dominando su furor. Tomó a Mildred por el brazo y la llevó con él hacia la pista. La miró a los ojos fijamente. Parecía enfadado, y Mildred desistió de comprenderlo.
—¿Querías... quedarte con él?
—Si quisiera no estaría aquí contigo.
—¿Bailas conmigo por compromiso?
—Curt, no te comprendo. No te comprendo nunca. Creo que soy tu más preciado juguete, pero temo que un día me canse de serlo. Baila conmigo si quieres y si no, déjame ya.
Por toda respuesta, Curt la prendió por la espalda y la apretó contra sí. La apretó de tal manera que ella, aturdida, sintió que todo daba vueltas en torno.
—Curt...
—Cállate, Mild... Cállate.
Curt la miró. Y había tal ansiedad en su mirada, tal súplica, que ella, dócil, se dejó llevar y oprimida contra él no dijo nada. Bailaron muchas piezas, y aunque parezca extraño no cruzaron una sola palabra. Cuando cesaba la orquesta se separaban, y cuando volvía a sonar el violín, ambos se buscaban instintivamente y empezaban de nuevo. Al cabo de una hora, Billy tocó en el brazo de Curt y este se sobresaltó, como asimismo Mildred, que rápidamente se separó del cuerpo de Curt.
—Es tarde —dijo Billy, secamente.
—Ya. Perdona, Billy.
—No tiene importancia. Y otra vez, Curt, cuando quieras bailar con una chica... ve a buscarla a casa.
Curt miró a Mildred fijamente y esta se ruborizó hasta las orejas. Luego, sin responder, dio media vuelta y se perdió entre los bailarines. Mildred hizo intención de seguirlo, pero encontróse con los ojos quietos de Billy.
—Per... perdóname, Billy. Yo...
—Estuve ciego, Mild. Pero he abierto los ojos hace un instante. ¿Vamos? Se nos hace tarde y a papá no le gusta que nos retrasemos a las horas de las comidas.
Salieron uno junto al otro y subieron al auto de Billy. En aquel momento el lujoso vehículo de Curt se perdía en la amplia plaza.
En el interior del coche de Billy, tanto él como Mildred guardaban silencio. Lo rompió Billy al cabo de unos minutos para decir:
—Mildred..., ¿desde cuándo?
No era preciso referirse a nada determinado. Mildred sabía a qué se refería Billy, y Billy sabía que Mildred le estaba entendiendo.
—Dime, Mild. Sé sincera...
—Desde el día que llegué y lo vi... Fue como una maldición. No sé..., Billy. No quiero hacerte daño.
—Me lo haces, pero es inevitable. Lo debiste decir hace tiempo. Era... como un deber para ti. Al menos a mí... debiste decírmelo.
—Tu madre lo sabe. Lo vio por sí misma.
—Está bien, Mildred.
—Billy..., no quiero que me guardes rencor. Hay cosas que suceden sin que una quiera. Esta es una de ellas.
Billy no respondió. Cuando frenó el auto ante la escalinata de su casa, el de Curt ya estaba allí. Mildred se estremeció. Hacía muchos días que Curt no iba a casa. ¿Por qué había ido aquella noche precisamente? ¿Deseaba mofarse de ella? ¿Hacerle recordar con mayor precisión su debilidad de mujer?
X
La cena fue un suplicio para Mildred. Tenía a Curt delante y a Billy sentado al lado. Curt comía en silencio, Billy apenas probó bocado y respondió brevemente a las preguntas que le hacía su padre, el cual parecía estar muy contento aquella noche. Laura miraba a Mildred con interés y de vez en cuando sonreía al encontrar los ojos de Billy. ¡Pobre Billy! Iba a perder a Mildred, ella bien lo sabía; pero sabía asimismo que Billy, dentro de su carácter bullanguero, era un muchacho razonable y justo y se haría cargo de las cosas.
Una vez terminada la cena, Johnny pidió permiso para salir. Luego lo hizo Billy. Mildred esperó inútilmente que Curt los siguiera minutos después, pero no fue así. Se acomodó en el sofá con las piernas cruzadas y fumó tranquilamente un cigarrillo. Laura y Bing charlaban con él, si bien de vez en cuando se dirigían a Mildred y esta respondía aturdida, sin enterarse de la pregunta.
Sentía los ojos de Curt en su cara, en sus piernas, en su busto, y le hacía daño aquella mirada impasible que como una llamarada sacudía todo su ser. Al fin, evitando el suplicio de ser una contemplación para Curt, pidió permiso para retirarse y se lo dieron.
—¿Tan pronto? —preguntó Bing, cuando ella se inclinó para besarlo.
—Estoy cansada.
—¿Has... bailado mucho?
Sintió sus mejillas al rojo vivo.
—Sí —dijo bajo—. Sí.
—Eso me alegra, queridita —rio Bing—. Demuestra que recuperas el ánimo. Buenas noches.
Lo besó y se dirigió a Laura. Sabía que Curt continuaba mirándola. Sabía que medía cada uno de sus movimientos, que analizaba cada prenda de ropa. Vestía una falda estrecha que apretaba sus caderas, redondas, perfectas. Una blusa negra y una chaqueta de lana blanca, abotonada hasta el cuello por el cual asomaba la blusa. Su pelo negro y sus verdes ojos, así como el dibujo de su seductora boca, tenían imán para Curt. La vio inclinarse hacia Laura y besarla. Después lo miró a él casi sin rozarlo.
—¿No... me besas a mí?
¿Se burlaba? Bing y Laura la miraban burlones. Se sofocó.
—No —dijo—. No.
—Vamos, queridita —rio Bing—. Te doy permiso para que le beses.
—Pero tío Bing...
—No seas así.
Los dos se confabulaban para hacerla sufrir, y el tercero, Curt, se aprovechaba.
Se acercó a él y se inclinó.
Sintió los ojos de Curt tan cerca de los suyos, tan raros al fijarse en ella, que se estremeció. Silenciosamente posó su boca en la mejilla áspera de Curt, pero este hizo un leve movimiento y sus labios rozaron la boca femenina. Ella se irguió como impelida por un resorte y sin decir nada se alejó. Subió a su alcoba como enloquecida. Tendría que marchar de aquella casa. Todos creían a Curt un santo y era un malvado. Abusaba de su amor, de su docilidad, de su seriedad para hacerle sufrir. Y sus padres, que lo creían un hombre respetable, aún encima le mandaban que lo besara...
Se iría. Haría la maleta y a la mañana siguiente habría desaparecido de allí. Que pensaran lo que quisieran de ella. De cualquier modo que fuera, como padres, la condenarían y no se les ocurriría condenar al hijo. Después de todo, ¿qué sabían ellos de las maldades de Curt? Curt siempre sería para ellos el hijo excepcional, el gran médico famoso, el hombre impecable... ¡Si ellos supieran!
Sonó el timbre del teléfono y se sobresaltó. ¿Quién podía llamarla a aquella hora? Se sentó en el borde de la cama y tomó el auricular con ambas manos. Le temblaban, y era todo a consecuencia del beso que acababa de sentir como soplo viviente en su boca. La boca de Curt y todo lo que Curt hacía con ella tenía un relieve extraordinario. Era Curt para ella como un veneno al que se teme y se desea probar constantemente. Como un imán que hiere y del que no se puede huir. Como una herida que, a la vez de causar dolor, causa también un placer indescriptible. Eso era Curt para ella.
—Dígame.
—Hola.
—¡Tú! ¿Dónde estás?
—En el despacho de papá. Ellos, los dos, están enfrascados en una partida de ajedrez y yo... sentí de pronto la imperiosa necesidad de oír tu voz. Tu voz, Mildred, que es como una caricia interminable en mi ser.
—Curt, no tienes humanidad. Acabas de burlarte de mí delante de tus padres. Acabas de... ya lo sabes, y aún tienes el valor de perturbar mi soledad.
—¿Vas a reprocharme algo más?
—No, ¿para qué? Prefiero dejarlo todo así. Voy a dejarte el campo libre, Curt. Voy a marchar de nuevo a mi patria. A trabajar allí, a convertirme otra vez en un ser humano que lucha por algo positivo y razonable.
—¿Sí? ¿Y cuándo es la marcha?
—Mañana cuando te levantes ya no estaré aquí.
—Entonces baja a despedirte al despacho de papá. Necesito verte antes de que emprendas ese viaje.
Mildred sintió tal dolor, que bruscamente colocó con seco golpe, el auricular en el soporte.
Tiróse sobre la cama y rompió a llorar con desconsuelo. El timbre sonó otra vez. Miró el teléfono con los ojos llenos de lágrimas. No contestaría. Curt merecía... un castigo. Ojalá el cielo se lo diera tan grande como grande era en estos momentos su dolor.
El timbre dejó de sonar, y Mildred pensó levantarse y hacer la maleta. Pensó en su tía. Ella sabía que besaba a su hijo. ¿Por qué? ¿Por qué?
Iba a incorporarse cuando vio la puerta de su cuarto abrirse de par en par. Dio un leve grito y de un salto se puso en pie.
—Sal de aquí, Curt —gritó—. Sal si no quieres que diga toda la verdad a tus padres. Sal, Curt, te lo ruego. No quiero marchar dejando un mal recuerdo. Y si bajo y digo lo que tú has hecho de mí...
—Ven, Mild. Y déjate de desbarrar. Acompáñame a la biblioteca.
Mildred retrocedió como si la pinchara un animal venenoso.
—¿A la biblioteca? —preguntó aturdida—. ¿Crees tú que voy a ir yo... contigo allí? Fue donde empecé a conocerte, Curt, y desde entonces es como si viviera en un infierno.
Curt empequeñeció los ojos.
—Un infierno delicioso, Mildred —rio—. ¡Delicioso!
—No te acerques, Curt.
Este no le hizo caso. Se acercó y, fijando los ojos en los de Mildred, preguntó bajo, muy bajo:
—¿Me temes, mocosa?
—Sí, sí —susurró con un hilo de voz—. Te temo como nunca temí a nadie. Apártate de mi vida y...
—¿Me temes mucho, mucho?
—Sí, mucho.
—Me gusta tu voz queda, mocosa, y tus ojos —y los rozaba con la yema de sus dedos— y tu boca —también la tocó— y tu pelo —y sus dedos se hundían lentos en los cabellos de Mildred.
Esta, como atontada, se dejaba acariciar y de súbito se colgó del cuello masculino rompiendo a llorar.
—Mild...
—Déjame sola o llévame contigo para siempre, pero termina de una vez, Curt. No me atormentes de ese modo.
—¡Mocosa!
Y prendiéndola en sus brazos, buscó la boca femenina y la besó largamente. Mildred perdió la poca serenidad que le quedaba y, muy quieta, se mantuvo bajo los besos de Curt que acudían a su boca como llamas. Una y otra vez hasta que ella suplicó bajísimo:
—Curt..., por el amor de Dios, déjame ya y no vuelvas nunca más.
Curt reía, y su voz al hablar más que voz era un susurró:
—¿Quieres..., quieres casarte conmigo?
—¡Curt! —exclamó deslumbrada.
—Dime, ¿quieres?
—¡Oh, sí, sí, sí!
Curt la cerró en sus brazos y no la besó. La miraba largamente, como si de pronto ella cobrara un interés infinito para él. Como si todas sus luchas, sus deseos y sus pasiones se esfumaran. Como si aquella muchacha que tenía en sus brazos, sumisa y quieta, fuera el máximo placer para su espíritu.
* * *
Curt se levantó como todas las mañanas y, antes de que nadie acudiera al comedor, ya estaba en su clínica del barrio residencial. Pero antes de marchar cogió una rosa en el jardín y le dijo a Pat:
—Cuando despierte la señorita Mildred, se la llevas, Pat.
—Sí, señorito Curt.
Y aquella rosa la tenía ahora Mildred en la mano. La besaba lentamente, como la noche anterior besó los labios de Curt. ¡Curt! El solo pensamiento estremecía su ser y llevaba a su rostro una oleada de calor. ¿Se lo diría Curt a su tía? ¿Y qué diría Bing? ¿Y Billy? ¿Qué pensaría Billy?
Bajó al comedor con la rosa prendida en el pecho y saludó a todos con su cálida voz. Bing alzó los ojos y la contempló de modo especial. Mildred fue a su lado y lo besó en la frente. Bing le oprimió la mano y le hizo un guiño, lo cual indicó a Mildred que su tío sabía algo...
Luego besó a Laura y después tiró de las orejas de Johnny y Billy. Sentóse en su lugar habitual y desplegó la servilleta.
—Mildred... —empezó Bing con su voz un poco ronca—, ¿no tienes nada que decimos?
—Pues...
Laura la alentó con una sonrisa; pero Mildred miró a Billy y lo vio con la cabeza erguida, fijos los ojos en ella.
—Yo...
—Si tú no te atreves lo diré yo —rio Bing, sin pensar en el dolor de Billy—. Ayer noche Curt y Mildred se prometieron. Mildred nada nos ha dicho, pero Curt nos participó que pensaba casarse para la semana próxima.
Billy se levantó de un salto dispuesto a marchar, pero Mildred susurró:
—Billy..., tú ya lo sabías. Al menos no desconocías mi amor hacia... él.
—Nada te reprocho, Mild —dijo bajo, sin dar un paso—; pero duele, ¿sabes? Duele mucho...
—Billy, eres un hombre y comprendes...
—Sí, papá.
—Siéntate de nuevo, Billy. Antes que tú, otros hombres sufrieron y se aguantaron —dijo la voz queda de Laura—. Y también otras mujeres... Hay que saber perder con la misma dignidad con que se gana. Tú... ya encontrarás una mujer que te quiera tanto como Mildred quiere a tu hermano.
—Lo sé, mamá.
—Siéntate, Billy, y mira a Mildred de frente. Dale un beso.
—Te... felicito —dijo, besándola en ambas mejillas.
—Gracias, Billy.
Luego la besó Bing y después Johnny. Laura la apretó contra sí y le dijo al oído:
—Yo... ya sabía lo que iba a ocurrir cuando nos sentamos a la mesa ayer noche. Curt me habló antes de ir a la sala de fiestas.
* * *
—Señorita Mildred, la llaman al teléfono.
La joven, que se hallaba sola en el saloncito como todas las tardes a aquella hora, levantó la cabeza de la labor de punto y preguntó quién era.
—El señorito Curt.
Se levantó de un salto. No lo había visto desde la noche anterior y eran en aquel instante las ocho de la noche.
—Curt —susurró.
Al otro lado hubo una risita.
—Ven, mocosa. Estoy en la clínica y aún tengo aquí un cliente. Cuando tú llegues ya se habrá ido.
—¿Ahí? ¿No sería mejor que vinieras tú?
—No puedo. Además..., no creo que ahora me tengas miedo.
—No.
—Ven, pues.
Y fue. Estaba allí, en el saloncito íntimo, cuando él entró envuelto en la bata blanca. Ella se puso en pie y el abrigo quedó preso en el respaldo de la butaca. Esbelta y fina, erguida sobre los altos tacones, miraba a Curt con expresión embobada. Curt la miró a su vez y, como si uno se llamara al otro, se encontraron en medio de la salita y sin palabras se apretaron en un fuerte abrazo. Mildred sintió los besos de Curt como soplos levísimos en su boca. Como llamas abrasadas, como caricia tiernísima.
—Curt, amor mío —susurró con un hilo de voz.
Curt sonreía sobre sus ojos y, teniéndola bajo ellos, murmuró poniendo la yema de un dedo en cada una de las facciones que mencionaba:
—Tienes unos ojos preciosos. Y una boca cálida, de trazo leve. Y unas cejas... Todo en ti, Mild, mocosa. Todo en ti, tu alma, tu cuerpo... Eres como una caricia para mi ansiedad.
—¿Me quieres de veras, de veras? —dijo sin moverse.
—De veras, sí, como nunca quise a nadie. Tú ya sabes cómo soy.
—Sí.
—Y me perdonas.
—Sí, vida mía. Te perdonaré siempre.
—Nos casaremos y ampliaré este pabellón y viviremos aquí, y mis hijos... que serán también tuyos, llevarán tu nombre y el mío y serán médicos.
—Mucho corres.
—Es que nos vamos a casar en seguida —y en voz casi inaudible—: Deseo tener el derecho absoluto de llamarte mía, mocosa.
—Pero tendrás que despedir a esa enfermera que era tan amiga tuya.
Curt se echó a reír y la besó. Sin apartar su boca, dijo bajísimo:
—Desde aquel día..., ¿recuerdas?, prescindí de sus servicios. Los hombres, cuando amamos de veras... a una persona determinada, somos fieles hasta con nosotros mismos. Tú, Mildred, solo tú en mi vida, como en la tuya solo estaré yo.
—Sí.
—Solos los dos para el bien y para el mal, siempre solos.
EPÍLOGO
«Mi querida Russ: Solo dos letras para decirte que me he casado, que realicé un viaje maravilloso que no olvidaré en toda mi vida, que estoy de nuevo en mi hogar —exclusivamente mío y de él— y que ya espero un bebé. ¡Cómo corre el tiempo! Parece que fue ayer cuando salí de ahí con un rumbo desconocido que me aterraba y aquí... hallé mi destino. Curt, mi marido, que es el hijo mayor de los Hunter, mis tíos, dice que aquí me esperaba ese destino a su lado, y es cierto.
»Soy feliz, Russ, infinitamente feliz. Me casé con el hombre que amo. Y tú sabes que... hube de amar mucho para casarme. Te lo dije muchas veces... Ya me conoces. Él es quien me besó de aquel modo..., ¿recuerdas? Te lo referí en una carta. ¡Cuánto engañan los hombres hasta que se les conoce! Curt es para mí el hombre más maravilloso del mundo y yo pensé que nunca podría sentir la dicha de ser suya. Y lo soy. ¿Te das cuenta, Russ? Soy su mujer y no hay otra en su vida. Me consagra cuanto es y cuanto vale y yo le doy todo, mi ser. Algún día, cuando Curt lo disponga, volveré a mi patria y te veré. Ojalá puedas hallar la misma felicidad que yo siento en este instante. Te besa y no te olvida tu amiga,
»Mildred».
F I N
Título original: El destino esperaba allí
Corín Tellado, 1959