POR COMPASIÓN, NO (Corín Tellado)
Publicado en
febrero 06, 2025
ARGUMENTO
—¡Rafael!
—Mamá, seamos sinceros. Estamos solos, ¿no? Nadie nos oye. Tú y yo jamás hemos tenido secretos el uno para el otro. Conozco a Diana, la conocemos los dos, sabemos lo mucho que vale, lo buena que es, lo bella que es... lo... apasionada que es. Por tanto no puede, solo por agradecimiento, casarse con un hombre al que, si bien debemos mucho, jamás pudo inspirarle amor.
—No son unas relaciones de dos días...
—Por eso mismo. Diana tiene ahora veinte años. ¡Dios del cielo! Veinte años y amarrada a un ciego por agradecimiento. Félix siempre fue un hombre inteligente...
CAPÍTULO I
Rafael Mendoza dejó el periódico sobre la mesa, besó a su madre y se derrumbó en una butaca frente a ella.
—¿Y las chicas? —preguntó.
—Diana aún no ha regresado de la oficina. Olga se ha vuelto jardinera y por el jardín anda, podando los macizos. Antolín debe estar en casa de Félix.
Rafael suspiró. Encendió un cigarrillo y fumó despacio.
—A propósito de Félix. ¿Cómo va? —se inclinó hacia la dama—. Mamá, ¿qué dices tú de eso?
—¿De qué...?
—De Félix y Diana...
—Bueno... ¿Qué puedo decir? —suspiró—. Diana le ama, Félix...
—Eso no es cierto —gritó—. Diana nunca amó a Félix, y ahora menos.
—No seas cruel. Ahora posiblemente lo ame más que antes. Ya sabes cómo es Diana.
—Precisamente, por conocer bien a mi hermana, sé que jamás pudo estar enamorada de Félix. ¿Quieres que diga por qué lo aceptó?
—¡Rafael!
—Mamá, seamos sinceros. Estamos solos, ¿no? Nadie nos oye. Tú y yo jamás hemos tenido secretos el uno para el otro. Conozco a Diana, la conocemos los dos, sabemos lo mucho que vale, lo buena que es, lo bella que es... lo... apasionada que es. Por tanto no puede, solo por agradecimiento, casarse con un hombre al que, si bien debemos mucho, jamás pudo inspirarle amor.
—No son unas relaciones de dos días...
—Por eso mismo. Diana tiene ahora veinte años. ¡Dios del cielo! Veinte años y amarrada a un ciego por agradecimiento. Félix siempre fue un hombre inteligente...
—Y muy noble, Rafael —se dolió la dama.
—De acuerdo, pero, repito, lo considero lo bastante inteligente para darse cuenta de que Diana no puede amarlo. ¿Es que al faltarle el don de la vista le faltó también el de la inteligencia?
—No digas eso.
—El hecho de que sea nuestro pariente —añadió agitado, poniéndose un pie y paseando el saloncito de lado a lado—, de que cuando tú enviudaste te ayudara...
—Le debemos tu carrera, Rafael... —dijo la madre suavemente.
Rafael fue a sentarse nuevamente frente a su madre y le asió las dos manos entre las suyas.
—Cierto —susurró—. Cierto, mamá. Le debo la carrera, le debemos cuanto tenemos, haber continuado en nuestro rango cuando murió papá. Diana le debe su cultura. Olga su educación. Antolín le debe el no haber conocido la miseria cuando papá murió, y se llevó la llave de la despensa. Pero eso no es suficiente. Ahora que podemos valernos por nosotros mismos, ¿por qué Diana ha de sacrificarse por todos?
—Tal vez te equivoques. Diana jamás ha dicho que no le amara.
—Aún recuerdo cuando Félix le dijo por primera vez que la amaba. ¿Cuánto tiempo hace de eso, mamá? Aproximadamente dos años. Yo sé lo mucho que luchó Diana consigo misma. Tal vez tú acuciada por el cariño hacia los dos, al de Félix, por ser tu primo y deberle cuanto somos y cuanto fuimos, y a tu hija, por ser tu hija, no viste la verdad en todo esto. Diana luchó denodadamente antes de darle el sí.
—No... no me fijé.
—Lo sé. Debido, te digo una vez más, al deseo que tenías de pagar cuanto bien te hicieron, y creíste que lo pagabas, en parte, de ese modo. No censuro a Félix. Él estuvo siempre solo, pese a ser joven. Para él su única familia fuimos nosotros. No es extraño, tampoco, que se enamore de Diana. También admito que él ignore la clase de cariño que siente mi hermana por él. La ama tanto, que cree que ella le corresponde de igual modo. Yo sí, mamá. Yo sí vi la gran lucha de Diana. Su duda entre el cariño fraternal, el agradecimiento y el amor... ¡Es tan distinto el amor de la amistad! Yo lo sé bien. Ahora estoy casado. Amo a mi esposa. Sé pues, lo que es una necesidad amorosa...
—No puedes juzgar por ti mismo. Tal vez Diana sea feliz.
—Escucha, mamá. Si no amaba a Félix cuando era un hombre como yo y como todos, ¿cómo va a amarlo hoy que se ha quedado ciego?
La dama miró a un lado y a otro, como si temiera ser escuchada. Pausadamente susurró:
—No hay que ser cruel, querido hijo. Si una mujer está dispuesta a casarse con un hombre cuando no es ciego, con mayor motivo, si es honrada, lo hará después. Además, Félix tuvo ese accidente con el auto. Solo fue, pues, un accidente. Aún puede recobrar la vista.
—Esa esperanza tiene, y yo también la tengo. Pero no es suficiente razón para que Diana se case con él.
—¿Quién habla de mí? —preguntó con voz armoniosa entrando en el salón.
Rafael se puso en pie y contempló a su hermana mayor con cierto reprimido orgullo.
Diana era una joven de veinte años. Esbelta, distinguida, con ojos así de grandes, de un verde oscuro. Tenía el pelo rojizo, la tez mate, y una boca que por sí sola denotaba lo que era realmente aquella joven en su vida emocional. Vestía elegantemente, y tras de dar unas vueltas por el saloncito, besó a su madre y luego a su hermano.
—¿Y Marisa? —preguntó—. ¿Cómo no ha venido contigo?
—Fue al modisto con su madre.
—¿Qué hablabais de mí? —se sentó junto a su madre—. Oí pronunciar mi nombre al entrar.
—Rafael preguntaba por ti. Yo le decía que aún no habías regresado de la oficina.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó Rafael, con intención de distraerla y que no hiciera más preguntas.
—Bien. Se pasa el tiempo sin sentir. Además, tu suegro es una bella persona. A su lado trabajaría de secretaria toda la vida.
* * *
Los dos chalecitos se hallaban enclavados en la mejor zona de la ciudad. Los dos juntos, uno al lado de otro, comunicando, ambos, por una cancela de madera pintada de verde oscuro. Además, las dos terrazas, la de uno y otro chalet, se hallaban unidas, de forma que cuando Félix salía a la terraza, se encontraba en casa de sus parientes, y estos, cuando salían a la suya, igualmente se hallaban en casa de Félix.
En aquel instante, Diana se encontraba en su cuarto, con la frente pegada al cristal. Veía a Rafael que se despedía de su madre en la verja y subía a su coche, un Mercedes, último modelo, regalo de su suegro cuando se casó con Marisa Olivares. Marisa era una joven encantadora, y no le extrañaba nada que su hermano se hubiera casado con ella nada más haber terminado la carrera de arquitecto... Aquella carrera que todos le debían a Félix...
Apretó los labios, y sin moverse, evocó algunos recuerdos que siempre, al acudir a su mente, le producían daño. No daño por el hecho de deberle a Félix un favor impagable, pues hay favores que no se pueden pagar jamás por la índole de los mismos, sino porque... porque era ella, tal vez sin que nadie lo supiera, la que iba a pagar con su desventura, el favor tan grande que Félix les hiciera a todos...
Ella tenía diez años cuando su padre falleció de repente. Era arquitecto, como ahora Rafael. Vivían en aquel mismo chalet, que era propiedad de su madre ya antes de casarse, como igualmente era el chalet vecino propiedad de su tía, la madre de Félix. Cuando la madre de este murió, teniendo él quince años, entró en posesión de su inmensa fortuna. Su padre, en aquel entonces, fue como un administrador para el joven huérfano, y a la vez, hizo las veces de padre. Félix terminó la carrera de abogado muy joven, pero no la ejercía debido a su inmensa fortuna. Al morir el arquitecto, la viuda quedó muy mal. Todo lo que ganaba el caballero se empleó en los estudios y educación de sus hijos. Cuando la dama quedó embarazada de Antolín, su padre falleció y nació el niño ocho meses después de fallecer aquel. La situación fue angustiosa, y su madre hubo de admitir la ayuda que Félix le ofrecía. Rafael pudo terminar sus estudios, ella su educación. Olga seguía estudiando, pero ya no era precisa la ayuda del pariente. Rafael se había casado con la hija de un millonario, no por el hecho de serlo, sino porque se enamoraron mutuamente siendo ambos estudiantes. Al finalizar los dos la carrera, montaron, juntamente con el suegro, unas grandes oficinas de las cuales partían múltiples negocios, entre ellos el de la construcción. Allí trabajaba ella, allí le pagaban su sueldo fabuloso, con el cual podía mantener la casa, estudiar Olga y Antolín.
Suspiró. Retrocedió unos pasos y se dejó caer en una extensible frente al balcón. Hacía una tarde espléndida. El auto de Rafael había enfilado ya la calle y desaparecido. Su madre hablaba con Olga, quien, con unas enormes tijeras en las manos, trataba de podar los macizos. Sonrió a su pesar. Olga tenía dieciocho años y pronto pasaría a ocupar un puesto en las oficinas de Olimen, nombre que ostentaba la compañía fundada por Rafael y su suegro. Olga era un encanto de muchacha, pero carecía del juicio suficiente para valorar las cosas verdaderas de la vida. Ya aprendería. Claro que a ella le tocaron tiempos mejores. Cuando empezó a tener un poco de sentido, Rafael había terminado la carrera, y lejos de ser una carga para el hogar, era una ayuda. Pero antes de llegar a ese extremo...
* * *
—Diana —llamó Antolín a gritos desde el pasillo—. Diana, ¿dónde estás?
La joven interrumpió así sus pensamientos, se puso en pie y salió.
—Estoy aquí, cariño.
—Mamá dice que bajes a comer.
Asió a su hermano de la mano y juntos se dirigieron al primer piso, y de este al comedor.
—Olga se ha cortado el pantalón —dijo el niño triunfal—. Creyó que eran unas ramas, y ¡zas!, se llevó la mitad. Mamá la riñó mucho. Félix se reía. ¿No has ido a ver a Félix?
—Aún no.
—Dijo que te esperaba para tomar el café en la terraza. ¿Sabes que dimos un paseo? Pilar me dijo: «El señorito te espera. Dice que le acompañes a dar un paseo por el campo». Y, hala, yo fui.
—Así se hace, cariño.
—Pero me cansa —refunfuñó Antolín a lo hombre, desde su importante edad de diez años—. Todo es hablar de ti. ¿Qué hizo Diana ayer noche? ¿Qué habla Diana al llegar a casa? ¡Puaff!
Lo atrajo hacia sí. Antolín siempre decía las mismas cosas de Félix, pero lo adoraba. Casi estaba por asegurar que lo admiraba más que nadie, por el hecho de ser ciego y caminar solo por la casa y el jardín, únicamente con ayuda del bastón. Comieron todos juntos. Olga se lamentó de lo ocurrido en su pantalón. Antolín volvió a referir las preguntas que le hacía Félix, y su madre regañó a Olga. Ella escuchaba y comía en silencio. ¡Tenía en qué pensar! A los postres, su madre le dijo:
—¿Tomas el café aquí, o vas a tomarlo a la terraza con Félix?
—Voy a hacerle un rato de compañía.
—¿No sales por la tarde?
—No. Con esto de la jornada intensiva, me siento casi satisfecha. Tengo muchas cosas abandonadas y debo ponerlas en orden.
—Dice Félix que esta tarde le visitará un amigo —dijo Olga—. Dijo también que me lo iba a presentar. Que tal vez me conviniera para marido... —se echó a reír con desenfado—. ¡Qué tonterías! Yo con mis macizos y mis tijeras... tengo más que suficiente.
—Y tus pantalones —regañó la dama—. ¿Sabes cuánto me costaron esos pantalones la semana pasada?
—Mamá —rio Olga despreocupada—. No seas aguafiestas.
—Debes tener más juicio. Olga. Es una vergüenza que a los dieciocho años, aún andes con diversiones de niña pequeña.
—Cuando era pequeña —sonrió Olga feliz— no recuerdo que me agradara cortar los macizos. ¿Has visto qué bien quedaron, Diana? Guardan una simetría admirable.
La hermana mayor se limitó a sonreír. Se puso en pie y se dirigió a la puerta.
—Voy a tomar el café con Félix, mamá. Hasta luego. Volveré a las cinco. Tengo mucho que hacer.
—¿No saldrás hoy? —preguntó su hermana.
—No, querida. Tengo que ordenar mi alcoba.
—Eso hará Olga esta tarde —intervino la madre—. No disponemos de servicio suficiente para todo, y si vosotras no os ocupáis de vuestras cosas, tendrá que estar todo a lo loco. Ya sabes, Olga, que no me gusta...
Diana se alejó lo suficiente para dejar de oír la voz de su madre que continuaba amonestando a su hermana. Sonrió indulgente. Olga era encantadora, pero tan descuidada como Antolín. Hasta seis meses antes ocupaba una cama en su mismo cuarto, y aquello, más que un dormitorio, era una leonera. Gracias a Dios, su madre acordó separarlas, y entonces su alcoba guardaba siempre la armonía debida, pero no así la de Olga, que no parecía una leonera, sino un mercado. Había de todo en la habitación de su hermana. Además de la cama femenina, el armario, la butaquilla, el secreter y las alfombras, había tijeras descomunales, lagartos disecados, pantalones sucios, alpargatas desgastadas, estampas, fotografías de artistas de cine, libros de botánica...
Atravesó la terraza y vio a Félix hundido en el sillón de mimbre, con la mesa ante él. Miraba al frente y no veía. Sintió dolor, piedad, angustia. Amor, no. Nunca sintió amor por Félix...
* * *
—Félix —llamó quietamente.
Él pareció estremecerse. Alargó la mano y asió los dedos de la joven, que salieron a su encuentro.
—Querida —susurró—. Cuánto has tardado.
—El tiempo justo para comer.
—Estuve paseando con Antolín esta mañana.
—Me lo dijo.
Mantenía oprimida la mano femenina entre las dos suyas. La llevó a los labios. Félix jamás la había besado de otro modo, tal vez por su clarividencia de ciego, que le advertía que ella no deseaba otra demostración de cariño. ¿Sabía Félix de la forma que ella lo amaba? No. No lo supo cuando no era ciego, ¿cómo iba a saberlo ahora que no veía su semblante?
—Pilar —llamó Félix—, Pilar, sírvenos aquí el café. Se oyó la gangosa voz de la criada salir de la cocina.
—Ahora mismo, señorito Félix. Lo estoy preparando.
—Hace mucho calor, ¿verdad?
—Sí, sofocante.
—Esta tarde, o mañana por la mañana, me visitará un amigo —dijo al rato—. Se llama Juan Pedro Azpeitia y es ingeniero. Estudiamos juntos el Bachillerato. Las carreras nos separaron. Fue una tregua. O si quieres una laguna, durante la cual, ni yo sé lo que hizo él, ni él sabe lo que hice yo —apretó los labios—. Ni siquiera sabe lo que... lo que... me ocurrió.
Diana lo miró con lástima. Sentía tanta piedad por él. Ya la sintió antes del accidente, cuando por primera vez le declaró su amor. Ella no supo qué decir. Estimaba a Félix como a un hermano. Es más, en su corazón jamás lo diferenció de Rafael, y cuando le oyó decir lo mucho que la amaba, se sintió empequeñecida. ¿Cómo podía ella negarse al amor de aquel hombre, si se lo debían todo? Y lo aceptó. Lo hizo consciente de su decisión. ¡Lealtad! ¿Para qué, si su lealtad le hubiese hecho mucho daño?
—Viene para quedarse en la ciudad —siguió Félix, ajeno a los pensamientos de la joven—. ¿No conoces esa fábrica de automóviles que se halla al final de la pradera, que pertenece a una firma alemana? Pues lo han nombrado director.
—¡Ah!
—Te agradará. Es aproximadamente de mi edad. Creo que me lleva un año. Sí —añadió pensativo—, tendrá unos treinta y tres años. ¿Sabes que pensé en él para Olga?
—Si es una cría.
—Un día, de repente, se hará mujer.
—Pero aún así, Félix. Olga es de las muchachas que tardan en madurar. Aparte de sus tijeras y sus macizos, no creo que haya nada que le interese mucho.
—Cuando conozca a mi amigo le gustará. Estoy seguro que se quitará esos horribles pantalones que dice Antolín se pone todos los días, y deseará lucir bonitas faldas —llevó los dedos a los ojos—. Te aseguro que daría algo por verla...
Pilar les sirvió el café. Y, una vez tomando este, Diana hizo lo que tenía por costumbre. Encendió un cigarrillo en sus labios y se lo puso a Félix en los suyos.
—Gracias —dijo él con voz ahogada—. Sabe a ti. Es el cigarrillo que más me agrada durante el día.
Diana lo miró un instante. Sus ojos, en aquel momento, eran más verdes, casi oscuros y mucho más grandes. Encendió uno para ella y se recostó en la hamaca fumando con deleite.
—¿Crees que veré algún día?
—Claro que sí, Félix. Los médicos así lo aseguran.
—Quisiera que me operaran en seguida.
—Debes esperar, según ellos. Cuando lo hagan, el resultado será magnífico.
—¿Me quieres mucho, Diana?
La joven no parpadeó.
—Sí —dijo—. Te quiero mucho.
Y no mentía. Ella lo quería como lo había querido siempre, como a un hermano. Silenciosa, evocó la primera vez que notó en los ojos de Félix una admiración diferente. Tenía ella, entonces, diecisiete años, y aún no trabajaba. Aún sufrían las penurias del no tener. Claro que tampoco ahora podían despilfarrar, pero al menos vivían bien, sin la ayuda de Félix...
Durante una semana, huyó de aquellos ojos. Ella se conocía. Sabía lo mucho que le debía y lo difícil que sería negar su cariño a aquel hombre, en el caso de que este se lo pidiera. La huida no sirvió de nada. Un día, Félix se le atravesó en el camino del jardín y le dijo:
—¿Damos un paseo?
—Bueno —contestó ella tímidamente.
Se lanzaron parque abajo. Este era pequeño y pronto llegaron al otro extremo. Se sentaron bajo la sombra de un árbol. El sol se filtraba a través de las ramas y daba de lleno en el rostro de Félix. No es que Félix fuera feo; era agradable y simpático, y sobre todo, tenía un corazón de oro. Era demasiado bueno para ser un hombre simplemente. Ella bien reconocía esto, y sabía, también, que a su lado tal vez fuera feliz. Pero no era eso solo. Ella sabía lo mucho que exigía la vida. No podía conformarse solo con una migaja. Cierto que Félix le hubiera dado toda su alma. ¿Pero deseaba ella el alma, el corazón y los sentimientos de Félix? No, rotundamente, no.
«Te quiero —le dijo él—. Te quiero para hacerte mi mujer. Y muy pronto Diana. ¿Te das cuentas?».
Sí, ella se la daba. Pensó en lo mucho que le debían. ¿Sería ella el instrumento del cual se valía el destino para devolver todo el bien que les hiciera aquel muchacho? No lo consultó con su madre, ni con su hermano. Lo maduró, pidió un poco de tiempo para pensarlo, aduciendo su desconcierto natural. Él se lo concedió. Durante días interminables, ella pensó en ello.
Fue una tortura. Ya no reía con la misma alegría. Se encerraba en sí misma. Su madre le preguntaba: «¿Qué tienes?». Y ella se alzaba de hombros. «Nada, pienso en el porvenir». A los cinco días, Félix la topó de nuevo en medio del parque. La esperaba, estaba segura. Apremió la respuesta. Ella se la dio afirmativa. ¿Qué podía hacer? Cuando se lo comunicó a su madre, esta saltó de gozo. «¿Es posible, es posible?», decía. Comprendió una vez más, que nunca podría volverse atrás, y aceptó su destino con mansedumbre. Ella no era así, de ninguna manera podía serlo. Ella tenía su temperamento, su vida emocional, que nadie conocía. Aquella muchacha que conocía Félix, era muy distinta a la muchacha que en realidad era.
Pero se amoldó. Y cuando seis meses después, Félix sufrió el accidente de automóvil y fue internado en un sanatorio, creyó que el mundo se derrumbaba sobre ella. Fue entonces cuando Rafael la cazó a solas. La miró a los ojos.
—Oye —le dijo—. ¿Tú estás enamorada de Félix?
—Soy su novia, ¿no?
—El hecho de que lo seas no significa que lo ames. Y tú, Diana, necesitas amar con desesperación para ser feliz. Tú no te conformas con un poco, debe ser todo. Félix se quedará ciego.
Desde aquel instante ya no volvió a dudar del final de su destino. Si antes, cuando era un hombre como los demás, estaba dispuesta a casarse con él, ¿cómo no ahora, que estaba ciego? Jamás volvería a lamentarse. Todos tienen un festino en la vida. El de ella era ser el lazarillo dócil y silencioso de Félix Regueral.
—Querida, ¿en qué piensas?
Se sobresaltó. Estaba tan lejos de él en aquel instante, que su voz le produjo un estremecimiento.
—En ti.
—¡Ah, gracias, querida!
Le oprimió los dedos con aquella suavidad habitual.
II
Pilar le anunció la visita. Era casi anochecido y él se hallaba solo en la salita, fumando un cigarrillo en silencio. Los médicos le decían que no debía fumar. Era su único desahogo. No podía dejar de hacerlo.
—Un señor desea verle —exclamó Pilar desde el umbral de la puerta.
Juan Pedro, estaba seguro.
—Que pase, que pase.
Casi al instante sintió la presencia de su amigo junto a sí.
—Félix...
—Querido Juan Pedro, ven, avanza hacia aquí.
El ingeniero notó algo anormal. Discreto, atravesó la estancia. Félix lo esperaba de píe, pero sus pies no se acercaban a él. ¿Ciego?, se preguntó alarmado. ¿Desde cuándo? ¿Cómo había sido?
—Hola, Juan Pedro. Tanto tiempo sin vernos...
Se abrazaron fuertemente. El ingeniero lo miraba. Ya no cabía duda alguna. Félix no lo veía.
—Toma asiento —invitó Félix—. ¿Qué es de tu vida? ¿Te has casado? ¿Tienes hijos?
—No me he casado, y por tanto no tengo hijos. ¿Qué me cuentas de ti?
—Ya... ves. ¿Te has dado cuenta? La he perdido a causa de un accidente. Ya sabes lo mucho que me gustó siempre la velocidad... Un día... En fin..., ya me ves.
Juan Pedro parecía anonadado, pero su voz sonó normal.
—Te curarás.
—Eso espero. Cuéntame, cuéntame de ti. ¿Entonces es cierto que vienes para quedarte?
—Seguro. Y viviré cerca de aquí. Al otro lado de la avenida residencial. Me han puesto una vivienda de hadas. De cuento de hadas —rio campanudo—. Tenía deseos de regresar a la patria. Trabajé con los alemanes muchos años, siempre en espera de esta compensación. Lógico y justo es que la haya logrado.
—Félix —gritó una voz de niño desde la terraza—. ¿Dónde estás, Félix?
—Aquí, entra —contestó el aludido en el mismo tono. Y suavemente, añadió—: Es el hermano de mi novia. Ya te presentaré a Diana. Es una maravillosa muchacha.
—No sabía que tuvieras novia.
—No supimos mucho uno del otro durante estos años. Ahora estaremos más unidos, como entonces. ¿Te acuerdas?
—Claro que sí. Hay épocas en la vida que no se olvidan jamás. La de estudiante es una de ellas. Recuerdo muy bien que tú jamás faltabas a clase. Recuerdo, también, que le tenías mucho respeto a un ser a quien llamabas tío.
—El padre de mi novia.
—¡Ah!
—Falleció casi inmediatamente de dejar tú la ciudad. Tiempo después recibí tu carta, en la cual me decías que ibas a seguir la carrera de ingeniero. Te contesté, no sé si la habrás recibido.
—No. Salí para Barcelona a los tres días siguientes y después no tuve tiempo de nada. Seguí la carrera brillantemente. Me interesaba mucho, debido al gran sacrificio que hacían mis padres para poder costeármela.
—¿Qué ha sido de ellos?
—Lo que es la vida. —Antolín ya estaba en el umbral, contemplando boquiabierto a aquel señor tan elegante—. Los padres trabajaban durante años para hacer estudiar a los hijos, y cuando estos terminan, terminan ellos su paso por la vida. Ha sido muy triste, muy desolador para mí...
Miró hacia atrás y vio a Antolín en la puerta.
—Aquí tienes a tu futuro cuñado —rio—. Es un gran personaje.
—Pasa, Antolín —gritó Félix—. Te voy a presentar a mi amigo Juan Pedro.
Antolín pasó y dio unos pasos en torno al forastero.
—¿Es este —dijo con su sinceridad habitual— el que preparas para Olga?
Félix se atragantó. Juan Pedro alzó divertido una ceja.
—Pasa, pasa —se apresuró a decir sofocado—. Toma asiento y no hables. Tú estás mejor callado.
—Eso dice Diana.
—Y tiene mucha razón.
—¿Quién es Diana? —preguntó Juan Pedro.
—Es mi hermana. La novia de este...
Los dos se echaron a reír. Félix, un tanto sofocado. Juan Pedro divertido por el lenguaje a medias, casi defectuoso, del importante personaje en miniatura.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó el ingeniero.
—Diez, y pienso ser arquitecto como lo fue mi padre y como ahora es mi hermano.
—Muy bien. ¿Y... Olga quién es?
—Tu futura esposa.
—¡Antolín!
—Bueno —dijo este alzando los hombros—. ¿No se lo has dicho a Olga? Pero ella como si nada. Aún no se quitó los pantalones.
—¿Qué pantalones? —preguntó el ingeniero aún más asombrado.
—Los que se pone todos los días cuando se levanta por las mañanas.
—Ve a dar un paseo, Antolín —pidió rápidamente Félix—. Luego te llamaré.
—¿Me echas?
Juan Pedro se echó a reír.
—Este niño es muy listo —dijo—. Serás arquitecto cuando te lo propongas.
—Hasta luego, Antolín —refunfuñó Félix.
—Bueno, después, cuando quedes solo, no me llames. No pienses que voy a venir.
* * *
Diana entraba en el parque de su casa, ya anochecido, cuando aquel hombre salía por la verja de la casa de su novio. Sintió los ojos de él en su persona. Los sintió como un pecado y apartó los suyos prontamente. El forastero se quedó plantado, mirándola, y ella siguió hacia su casa con paso apresurado y nervioso. ¿Quién era aquel tío con aquellos ojos penetrantes, de un color gris oscuro? Llegó a la terraza y volvió la cabeza. El mirón seguía allí, contemplándola. Era alto y fuerte, muy ancho de hombros. Vestía de oscuro, y su cabeza morena y arrogante, se inclinaba un poco hacia un lado, como si pretendiera traspasar la oscuridad para verla mejor. Nerviosamente, Diana entró en la casa. Y casi inmediatamente oyó la atiplada voz de su hermano que decía indignado:
—No vuelvo más allá. ¿Es que no puedo estar presente porque tenga la visita de un amigo?
—No seas latoso, Anto —gritó Olga—. Déjame contar estas hierbas.
—¿Sabes lo que te digo? No me gustó.
—Habérselo dicho.
—Se lo pienso decir cuando le vuelva a ver. Es un tipo extraño.
—Te digo que me dejes en paz.
—¿Sabes lo que le dije? Que no le gustarías.
Diana hubo de sonreír. Con Antolín no había quien pudiera. Era un indiscreto, y tan sincero el pobre, que lo decía todo tal como lo pensaba. Observó cómo Olga fulminaba con la mirada a su hermano, dejando por un instante de contar sus hierbas.
—Te digo, y te lo dije muchas veces, que tú de mí no te acuerdes. ¿Estamos? Ya he perdido la cuenta.
—¿Qué son esos gritos? —entró la madre preguntando. Al ver a Diana sonrió—. No sabía que habías vuelto. ¿Qué les pasa a estos dos?
Olga no respondió. Contaba las hierbas a media voz.
—No lo sé, mamá. Tal vez Antolín pueda explicártelo. Olga reñía con él cuando yo entré.
Antolín se alejaba hacia la puerta. Olga, erre que erre, seguía contando sus hierbas.
—Olga —amonestó la madre—. ¿Quieres dejar de contar esa porquería? ¿Para qué las quieres? —Sin esperar respuesta, exclamó—: Antolín, detente ahí. ¿Qué os pasaba?
El personaje de diez años se alzó de hombros.
—Esa, que reñía conmigo.
—Te he dicho muchas veces, que tu hermana tiene un nombre.
—¿Queréis ir a gritar a otro sitio? Ya he perdido la cuenta —gritó Olga excitada— más de diez veces.
—Y —siguió la madre sin hacer caso de su hija— que la palabra, esa, es de muy mal gusto. ¿Puedes explicar lo que ocurría aquí?
—He conocido al amigo de Félix. Un tío...
—Antolín —recriminó la dama—. ¿Qué lenguaje es ese?
—Bueno —rezongó el niño—, a un amigo de Félix.
—Eso ya lo has dicho.
—Pues solo tengo que añadir que Félix me dio el pasaporte...
—¡Antolín!
—Bueno —se impacientó el niño—, me dijo que me fuera, eso es.
Diana se echó a reír y salió sin esperar el resultado. Era la hora en que iba a ver a Félix y charlaban unos minutos. Ya en medio del pasillo, oyó a su hermana gritar:
—¡Que no puedo contar las hierbas!
Y a su madre que exclamaba enojadísima:
—Deja tus hierbas y vete a bañarte. Estás hecha una porquería.
* * *
—¿Eres tú, Diana?
La joven ya estaba a su lado.
Él buscó su mano, y al encontrarla, la oprimió como hacia todos los días, entre las dos suyas.
—Hoy has tardado más.
—Es que estuve escuchando a Antolín. No sé qué le pasó contigo. Estaba muy enfadado.
—Figúrate. Ha venido a visitarme Juan Pedro. Ya te hablé de él, ¿no?
—Sí.
—Pues no se le ocurrió decir mejor cosa, que: ¿Es este el que preparas para Olga?
Diana se echó a reír alegremente.
—Ríete, pero yo pasé un apuro... A mi amigo le divirtió la cosa, pero a mí, en absoluto.
—Me lo imagino. Pero no creo que tenga demasiada importancia.
—No mucha. Cuando vuelvas a casa dile a Antolín que venga a verme. Tengo que disculparme con él. En realidad me porté mal. Le pedí que saliera...
—No te preocupes. Dime ¿qué has hecho durante la tarde?
Siempre aquella solicitud. Por eso, aunque estuviera solo, le parecía que ella le acompañaba. Alzó la mano femenina hacia sus labios, y la besó reverentemente.
—Querida —susurró—. Si tú me faltaras...
Ella cerró los ojos.
—¿Y por qué he de faltarte?
—Sí, eso pienso yo. Pero a veces..., me pongo a pensar..., ¿sabes? Es terrible pensar tanto. Uno cree que de repente todo se detiene... Después llegas tú y es como... Bueno, no deseo parecerte un sentimental.
Sintió piedad. Aquella misma piedad que la empujó hacia él. Por nada del mundo le haría daño. Un día se casaría con él, y pondría todo su esfuerzo en hacerlo feliz. ¡Oh, sí! En hacerlo feliz a medida de sus posibilidades...
—Me gusta —dijo con ternura— que seas un sentimental.
—¿Sabes lo que pienso a veces? Que si yo recupero la vista...
—¿Qué tiene que ver el sentimentalismo con la vista? —preguntó quedamente—. No debes pensar tanto. Te perjudica.
—Eres tan bella...
—Félix...
—Y pensar que no pueda verte jamás. Por otra parte, tú, ¿qué vas a hacer con un hombre ciego?
—¿Quieres callarte? No me gusta que hables de eso.
—Diana..., yo te amo mucho.
Se lo decía muchas veces. Diana, yo te amo mucho. Ya lo sabía. Le retuvo la mano entre las suyas y se la oprimió íntimamente.
—Félix, no hablemos de nuestro amor. Más adelante, cuando tú te tranquilices, cuando te hagas a la idea de lo irremediable...
—No puedo pensar que esto sea irremediable —exclamó sordamente—. Tiene que tener arreglo. ¿Crees que voy a casarme contigo de este modo? Tendré que verte, Diana, verte constantemente.
—Mejor es que pienses en lo contrario —pidió ella—. Siempre es mejor recibir las cosas por sorpresa, que esperar y que no lleguen nunca. Yo —insistió— quiero que detengas tu mente, que dejes correr tu fantasía solo en beneficio del futuro, mas sin pensar que este puede darte, a la par que la felicidad, la vista. ¿Te das cuenta?
—Siempre me pides eso.
—Es que vivir con una esperanza que no llega nunca, es penoso. Y si llega, que llegará, la recibiremos los dos como una bendición de Dios.
Olga apareció de pronto en la puerta del salón.
—Diana, te estamos esperando para comer.
Félix se echó a reír.
—¿Cómo es que no vino Antolín?
—Está muy enfadado contigo. No sé qué le habrás hecho. Yo no pude enterarme —añadió desdeñosa—. Tenía algo más importante que hacer.
—Hasta mañana, querido.
—Hasta mañana —respondió Félix besando los dedos femeninos.
Las dos jóvenes se alejaron.
—¿Para qué quieres las hierbas? —preguntó divertida Diana.
Olga, que era una monada de chiquilla, pero que seguía con los dedos horriblemente manchados de hierbas, refunfuñó:
—Para curar el reúma.
—Pero, Olga...
—Tómalo a broma. Te aseguro que la muchacha se tomará hoy el cocimiento que yo le preparé. Apuesto a que se le pasarán todos esos dolores que no la dejan dormir.
—La muchacha es una tonta si se lo toma, y tú una temeraria si se lo das.
—Yo pienso ser química —dijo con énfasis—. Y haré grandes cosas. Estoy segura que dentro de unos años habré descubierto algo importante.
—No creo que mamá esté dispuesta a darte el sí para la carrera.
—Ya lo veremos —y con desdén—. ¿Cómo puedes soportar a ese?
—¿Ese?
—Me refiero a Félix. Tiene que ser horrible amar a un hombre ciego.
—Olga, ¿cómo puedes decir eso de una persona que fue tan buena para nosotros?
La joven se quedó mirando a su hermana escrutadora. Por lo visto no era tan superficial como parecía.
—¿Es que tú le amas por agradecimiento? —preguntó de sopetón.
Diana se mordió los labios.
—Por supuesto que no —dijo secamente.
Y entró en la casa, seguida de su hermana, quien ya se había olvidado del comentario.
* * *
Diana despertó sobresaltada. Oyó voces y lamentos y se tiró del lecho rápidamente. Se cubrió con una bata y bajó corriendo hasta el primer piso. Allí vio a su madre, agitadísima, también en bata, y a su hermana, en pijama, haciendo aspavientos, y a Antolín, tan tranquilo, riéndose hundido en un sillón. Y vio (comprendiéndolo, todo), a la pobre Tomasa, sentada en una silla y aguantando el estómago con las dos manos. Su madre decía en aquel momento:
—Le haré una buena taza de manzanilla. Tomasa. ¿A quién se le ocurre beber el potingue que hizo la señorita Olga? Es usted absurda.
—Ella me dijo... ¡Ay, ay, ay!
—Le duele mucho —dijo Diana—. Será mejor llamar a un médico.
—Si no hace falta —exclamó Olga—. Tengo yo un bebedizo...
—¡Olga!
—Mamá.
—Vete a la cama. Tú, Diana, llama al médico en seguida. Esta pobre mujer se muere de dolores.
Diana corrió al teléfono.
—No seas absurda, Diana —chilló Olga impacientándose y sacudiendo furiosa la cabeza—. Yo sé muy bien que el conocimiento hace esa reacción. Primero le producirá muchos dolores, y después se quedará tranquila y mañana no tendrá dolores de reúma. Ni mañana, ni nunca, si sigue tomándolo.
—No le hagas caso a Olga, Diana —se enojó la madre, al tiempo de ofrecer a Tomasa una taza de manzanilla.
—¡Ay, ay, ay!
—No te quejes tanto, Tomasa —pidió Olga con deseos de llorar—. Me partes el corazón.
—Yo te partiría la cara —gritó la dama—. ¿Quién te manda a ti meterte a redentora?
—Le di a Pilar ese mejunje. Que se lo pregunte Diana por teléfono. Le hizo la misma reacción, y Félix tuvo que levantarse de la cama y hacerle manzanilla. Y como no ve, se confundió y le dio tila. La pobre mujer estuvo toda la noche dando gritos. Total, que a la mañana siguiente no tenía ni un dolor. Pregúntale a Félix, Diana, pregúntale.
—¡Ay, ay, ay!
—Te digo que llames al médico, Diana.
—Mamá, si Olga dice verdad...
—¿Cuándo ha dicho una verdad tu hermana? Yo te quitaré a ti la manía de hacer inventos —gritó la dama, agitando su mano amenazadoramente—. Esto se acaba hoy. Ni más tijeras, ni más hierbas, ni más pantalones sucios. ¿Te enteras, Olga?
—Pero, mamá...
—¡Ay, ay...!
—Cállate ya, Tomasa —pidió Antolín a gritos—. Es cierto lo que dice Olga. Pilar se lo tomó y pasó una noche horrible, pero desde ese día no tiene dolores de reúma.
—¡Tú, a la cama!
—Mamá...
—A la cama, he dicho. Qué familia de locos. Tómese eso, Tomasa.
—Ay, señora, mi estómago. Parece que tengo miles de caracoles dentro.
—¿Es que sientes cosquillas? —preguntó Antolín divertido.
Diana lo asió por un brazo y lo empujó enérgicamente.
—Vete a la cama como te ordena mamá. Pronto, antes de que te dé una bofetada.
El niño echó a correr y Olga, por detrás de su madre, ofreció a Tomasa una jícara con un licor negro dentro.
—Tómate eso —susurró—. Te pasará el dolor. Está hecho con hierbas poderosas.
—¡Ay, ay!
Pero se lo tomó.
—Diana —dijo la dama, impacientándose cada vez más—. ¿Llamas al médico o te quedas con el receptor en la mano?
—Estoy esperando...
—¿Qué esperas? ¿A que esta pobre mujer se muera?
—Espero que... —En realidad esperaba la reacción de Tomasa, pues la había visto tomar el mejunje que le dio Olga, cosa que su madre no había visto, gracias a Dios.
—Te pregunto qué esperas.
—Parece que Tomasa no se queja tanto.
La dama miró a la criada.
—¿Ya no le duele, Tomasa?
—Pues, no, señora... Con lo que me dio...
Olga se abrazó inesperadamente a Tomasa.
—Querida, cuánto me alegro que te haya pasado.
—¡Olga!
—Mamá —y quedó firme ante la dama.
—¿Qué es eso de atosigar a la pobre Tomasa?
—Es que ya le pasó. Yo la acompañaré a la cama.
—Diana...
—Será mejor que las dejes a las dos, mamá. Se entienden muy bien.
La dama giró en redondo y ordenó:
—Váyase a la cama, Tomasa, y si se siente mal de nuevo, llámeme. Entonces no esperaré ni un minuto más.
III
Durante aquellos tres primeros días, Diana notó la mirada del desconocido en su figura, cada vez que pasaba por el Café Central.
En la terraza de aquel café siempre había una partida de hombres sentados cómodamente tomando el vermut, y jamás, ninguno de ellos la preocupó. La miraban con cierta irreprimible admiración, pero jamás se ruborizó por una de sus miradas. Aquel hombre era diferente. No miraba como los demás. Y lo gracioso era que creía conocerlo. Sin duda lo había visto en alguna parte. Al llegar a esta conclusión se alzó de hombros.
Pero lo que más le llamó la atención, fue encontrarlo aquella mañana en la oficina. Ella se hallaba en la antesala contigua al despacho del jefe, que era el suegro de su hermano. Ella recibía todas las visitas, y era quien las hacía pasar al despacho de la dirección o las rechazaba.
—¿Qué desea? —preguntó.
El hombre la miraba. No esperaba encontrarse allí a aquella monada de criatura, que le llamó la atención una noche, a media luz, cuando él salía de la casa de su amigo. Y mucho menos hallarla en un despacho, haciendo las funciones de secretaria. ¡Si parecía una princesa de incógnito! Con aquellos andares suaves, femeninos, aquellos ojos de uva madura y aquel pelo rojizo... A su pesar quedó un poco cortado.
—Deseo ver al señor Olivares.
—¿Le... esperaba? —preguntó ella haciendo un esfuerzo por mantenerse serena.
Era la primera vez que le ocurría. Jamás se intimidó ante un hombre. Tal vez se debiera a su modo de vivir, a sus estudios, primero en el instituto, mezclada con muchos chicos, y luego a su trabajo, y tal vez al mismo Félix. Pero ante aquel desconocido que la seguía mudamente con la mirada, toda la calle, desde hacía dos días, le ocurría algo distinto. Se sintió humillada por ello.
—Me espera, sí. Tengo asuntos con él —y con una sonrisa, añadió—: La construcción de unos pabellones para una fábrica.
—Ya. Le anunciaré.
Quedó mirándolo interrogante. Él comprendió.
—Azpeitia.
¿Azpeitia? ¿De qué le sonaba a ella aquel apellido? Bueno. Claro que seguramente había muchos Azpeitia, y por aquella oficina pasaban numerosos hombres todos los días. Él sorprendió su desconcierto. Amablemente dijo:
—¿Me anuncia?
—¡Oh, sí, perdone!
Se puso en pie. Sintió tras sí la aguda mirada. Enrojeció. Se llamó estúpida.
—El señor Azpeitia, señor Olivares.
—¡Oh, sí! Que pase, que pase.
Al dar la vuelta para franquearle la entrada, se encontró de nuevo con los ojos grises y desconcertantes.
—Pase usted —dijo ásperamente.
Y es que la humillaba que aquel hombre provocara el rubor en su rostro.
Él pasó y tardó media hora larga en salir. Ella trabajaba en aquel instante escribiendo una carta.
—Muchas gracias, señorita...
No le dijo el nombre. No le dio la gana.
—Señorita...
—De nada.
—¿No me dice su nombre?
—¿Y para qué desea saberlo?
—Estoy desorientado aquí —dijo amablemente.
Ella se alzó de hombros.
—Acabo de llegar a la ciudad. Esta no es muy grande. Todos los días vemos las mismas caras. Me encuentro aquí... Bueno —rio simpáticamente—, como un desplazado. Cada persona que conozco es como... como si me conociera un poco más a mí mismo.
¿Qué le importaba todo aquello? De mala gana admitió que le era simpático. No sabría decir por qué. Tal vez por la hombría que se desprendía de él. O por el mirar penetrante de sus ojos, que, aunque demostraban descaro y hasta cierto cinismo, era la mirada de un hombre muy hombre, o pudiera ser por su sonrisa amable y educada, que contrastaba con la mirada de sus ojos.
Pero aun así, no le dio la gana de decirle su nombre. Cuando él quedó cortado, sin saber qué añadir, Diana se alzó de hombros.
—Ya veo que no me da una posibilidad de acercamiento.
—Lo siento.
—Buenos días.
—Buenos días.
Respondía descontenta de sí misma, sin saber por qué.
Cuando pasaba ante el café no lo vio en la terraza. Y esto, no supo decir por qué, la contrarió.
Vio ante la casa de Félix un auto azul pastel, de línea aerodinámica.
Antolín, que siempre lo sabía todo, la puso al corriente cuando ella llegó ante su vivienda y vio a su hermano haciendo agujeros en la tierra.
—Ya está ahí ese —refunfuñó.
—¿Ese? ¿Quién?
—El amigo de tu novio. Ese es su coche. Debe tener mucho dinero. Lo decía Pilar esta mañana, ¿sabes? Ya no soy curioso.
—Sí que lo eres —afirmó su hermana—. Y muy sabelotodo. Debieras de ocuparte más de tus libros. ¿Qué haces en la tierra?
—Me mandó Olga. Dice que va a plantar una semilla que cura el dolor de tripa.
—Psch... Tal para cual.
Siguió su camino, pero Antolín fue tras ella y le dijo al oído, poniéndose para ello en un macetero:
—Esta tarde, conocerás a... ese... Creo que Félix lo invitó a comer. Cuando vayas a tomar café, lo conocerás. No te será simpático.
—¿Y tú qué sabes?
—Entiendo mucho de eso. Olga lo vio cuando llegó. Se lo presenté. No tuve más remedio.
A su pesar hubo de sonreír.
—¿Y qué aspecto tenía Olga?
—Imagínate. Estaba preparando las semillas. Le dio la mano y manchó la de... ese. Se llama Juan Pedro, ¿sabes? Es un tío...
—¡Antolín, que te oye mamá!
El hermano bajó la voz.
—Un tío campanudo.
* * *
Atravesó la terraza. Vestía un modelo de hilo azul marino. Calzaba zapatos altos del mismo color y llevaba el pelo recogido tras la nuca, pues aunque siempre lo peinaba formando melenita, al no haber ido a la peluquería, se hizo un moño, lo cual le hacía representar más edad, pero igualmente encantadora.
—Félix.
—Estoy aquí, querida.
Juan Pedro alzó una ceja. ¡Aquella voz! ¿Dónde había oído él aquella voz armoniosa, de suave acento? Al verla aparecer se puso, de un salto, en pie. Notó el sobresalto de Diana. Sonrió aturdido. Ella palideció, enrojeció... ¡Bendijo al cielo el que Félix no pudiera verla en aquel instante!
—Diana, querida. Este es mi amigo Juan Pedro.
La joven avanzó, pero Juan Pedro le salió al encuentro. Se diría que con la mirada le pedía disculpas de algo que ni ella ni él comprendían.
—Encantada —dijo bajo.
Extendió la mano. Él apenas se la oprimió. La soltó como si los dedos femeninos le hicieran daño.
—Es mi mejor amigo, Diana —dijo feliz.
Ella no contestó. Apartó la mirada de Juan Pedro y se sentó junto a su novio. Este, como todos los días, asió sus dedos y los llevó a la boca. Diana sintió, como pecados, los ojos de aquel hombre en su rostro. Desvió nuevamente los suyos. No quiso volver a mirarle. Por primera vez tenía miedo. Félix estaba a su lado, pero no veía. Y ella tenía delante a un hombre que tenía dos ojos en la cara y veían. Veían, sí, demasiado.
—Pilar —gritó Félix—. Trae el café.
Bajo el toldo se estaba a gusto. Lo reconocía así, pero no lo estaba. No podía estarlo, porque no sabía qué decir ni cómo decir las cosas.
—Querida, Juan Pedro fue tan amable, que vino a comer conmigo. ¿Qué te parece mi novia, amigo mío?
Diana sintió un rojo vivo en las mejillas. Ella era una mujer serena y sabía dominarse, pero en aquel instante no supo. No pudo evitar, pues, el rubor de su rostro. Y casi sin querer miró al amigo de su novio. Este decía en aquel instante:
—Encantadora, Félix. Sencillamente encantadora.
Y la miraba. ¡La miraba de aquel modo que parecía desnudar su cuerpo y su alma!
Pilar sirvió el café. Ella azucaró el de Félix.
—¿No haces igual con mi amigo, querida?
Le hubiese pegado por estúpido. Lo hizo, no obstante. Sus dedos templaron. Después cogió un cigarrillo, lo encendió en la boca y se lo puso a Félix entre los labios. Félix sonrió enternecido.
—Es costumbre entre nosotros, ¿sabes?
—Me hago cargo —dijo el ingeniero. De pronto consultó el reloj—. Me tomaré el café y me iré.
—¿Tan pronto?
—Tengo una cita con Rafael Mendoza.
Félix se echó a reír.
—Es hermano de Diana.
La joven volvió a sentir en su persona los ojos desconcertantes de aquel hombre.
—¿Ah, sí? —dijo tan solo—. Lo ignoraba.
Pero ni ella dijo nada con respecto a la visita que él hiciera a la oficina aquella mañana, ni él la mencionó.
—Tienes que hacer amistades femeninas —le dijo Félix—. Ello te ayudará a llevar mejor la soledad.
—Sí, eso pretendo... Pero... no son muy amables las jóvenes de esta ciudad.
—¿Lo oyes, Diana?
Diana tenía los ojos fijos en los de Juan Pedro. Sentía algo muy extraño bajo el poder de aquellos ojos que, en aquel instante, parecían desafiarla.
—¿Lo oyes, Diana?
—Sí.
—Creo que ha conocido a Olga.
—Pero no sabría si era un trozo de prado o una mujer —sonrió Diana—. Mi hermana está hoy en plena faena de descubridora de hierbas raras y medicinales.
Juan Pedro se puso en pie una vez tomado el café. Si, había conocido a Olga, pero, si bien era muy bella, no podía compararse con Diana. Esta mujer le llamó la atención desde el primer instante. Y él conoció a muchas mujeres. Más bellas que Diana, infinitamente más bellas, con ser esta mucho. Jamás ninguna le entretuvo más de una semana. Esta muchacha, novia de su mejor amigo, tal vez su futura esposa, poseía un don. Él no sabría decir en qué consistía la atracción. Se inclinó un poco hacia Félix. No quería pensar en lo mucho que le llamaba la atención aquella personalísima muchacha. Él era un hombre leal y honrado, y seguramente, Diana estaba enamorada de su amigo... ¿Por qué no había de estarlo si era su novia?
—Volveré otro día —dijo—. He tenido mucho gusto en conocer la, Diana.
—¿Cómo? —saltó Félix—. ¿Tratando de usted a mi novia? No lo consentiré. Eres mi mejor amigo, y ella es lo que más amo en esta vida, Diana, por favor, dile que no te trate de usted.
—Así es...
—Diana, ¿por qué estás tan sosa?
—Querido...
—Adiós, Diana. Te tutearé...
El tuteo le produjo de nuevo turbación. Desvió los ojos, y, como si no supiera qué hacer, encendió otro cigarrillo y se lo puso a Félix en los labios.
—Querida, ya me lo has dado...
—Lo... lo terminaste.
—Bueno, dame; me gusta fumar.
Juan Pedro volvió a decir:
—Hasta otro día.
—Adiós —dijo Diana.
—¿Volverás pronto por aquí?
—Tan pronto pueda, Félix. Te lo prometo.
—Ya sabes lo que te dije. Busca una compañía femenina y ve pensando en casarte. Estás demasiado solo. Yo estaría como tú, pero tengo a Diana. Y no puedo casarme mientras no me operen.
Se fue al fin. Félix reprochó suavemente:
—Diana, no has estado simpática con él.
—¡Querido!
—Es mi mejor amigo.
—Te prometo que para otra vez...
—¿Es que no te es simpático?
—No, no...
Y estuvo a punto de decir: «No sé lo que es para mí. Es distinto y esto me aterra. Me conozco. Tengo miedo».
Félix, que no podía comprenderla ni penetrar en sus pensamientos, le asió la mano, y como siempre, la llevó a los labios.
—Querida, no sé por qué te eché más de menos esta mañana.
—Vendré a pasar un rato contigo al atardecer.
—¿Te vas ya?
—No, no.
Al fondo del parque veía el auto azul pastel que se alejaba...
* * *
—Lástima que no pude invitar a una de mis hermanas —dijo Rafael, como siguiendo el curso de una conversación interrumpida—. Pero es que a Olga no hay quien la aguante, con su manía, por la química inventiva, y Diana...
—Diana —interrumpió Marisa— como si no existiera. ¿No las conoces?
—Las conozco.
Ambos se miraron extrañados. Juan Pedro amplió amablemente:
—A Olga me la presentó Antolín, tu hermano —rio.
—Por lo visto, ya sabes tanto de mi familia como yo mismo. ¿Puedo saber por qué?
—Porque soy amigo de Félix Regueral. Fui a visitarlo y...
—Entiendo...
Se hallaban los tres en casa del matrimonio Mendoza-Olivares. Habían cenado juntos, invitado Juan Pedro por Rafael, debido a unos negocios en que estaban interesados en la misma compañía, y además, porque amigos comunes los habían presentado, y dada la simpatía recíproca que sintieron ambos, amén de los pabellones que tenía encargados para construir la compañía Olimen, era obvio suponer la amistad que los unía.
Lo que no esperaba Rafael era que Juan Pedro Azpeitia fuera amigo de Félix Regueral. Ello no le desagradó precisamente, pero le molestó en cierto modo. De todos modos, sacudió la cabeza y cambió de conversación, pero esta vez le sirvió de poco, ya que Juan Pedro preguntó:
—¿Hace mucho tiempo que son novios?
—¿Te refieres a Félix y a Diana? Si, hace bastante tiempo. Empezó todo del modo más tonto. Yo, la verdad, no me enteré. Diana es una muchachita muy sensible, muy inteligente y muy apasionada. De repente dijo que estaba prometida a Félix... —se alzó de hombros—. Nos cogió de sorpresa. Yo siempre creí que el sentimiento que la unía a Félix era simplemente fraternal. Hemos nacido juntos y crecimos juntos. Félix es un poco mayor que nosotros. Yo tengo veintiséis años, Félix treinta y dos. Ya puedes observar la diferencia.
—El amor —dijo Juan Pedro— hace milagros.
—¿Qué vais a tomar? —preguntó Marisa, haciendo una mueca significativa a su esposo.
Conocía a Rafael. Sabía lo descontento que estaba con aquellas relaciones de su hermana, y era muy capaz de hacérselo saber a Juan Pedro en aquel mismo instante, y no hubiese estado bien.
El marido pareció entenderla, pues exclamó alegremente:
—Pasemos al salón. Hace un calor sofocante —palmeó el hombro del ingeniero—. Me parece, Juan Pedro, que echarás de menos Alemania.
—No te olvides que soy español.
—A veces, uno añora la patria que le agrada.
—Rafael —reconvino la esposa—. ¿Es que reniegas de tu tierra?
—No es eso, cariño. Es que a veces me siento desorientado.
Sentados los tres en cómodos divanes, en el salón, frente a la puerta de la terraza abierta, encendieron cigarrillos.
—Mañana te presentaré a un grupo de chicas —dijo de pronto Marisa—. Verás qué gusto le tomas a la ciudad. Son chicas muy «chic».
—No, por Dios —se espantó—. Sé a la clase de chicas que te refieres. Sinceridad por sinceridad. ¿Sabes lo que deseo? Buscar por mí solo ese ambiente que necesita mi carácter. No soy hombre que se acomode a compromisos prefabricados. Me gusta la ocasión y la oportunidad, y suelo aprovecharme de ambas cosas.
—Estás demasiado solo —opinó Marisa, que, como toda mujer, era casamentera—. Necesitas una esposa.
—La verdad, nunca encontré una mujer que me atrajera lo suficiente para hacerla mi esposa. Tal vez sea demasiado exigente, o pudiera ser que tenga fobia al matrimonio, lo cual no creo dado mi sencillo carácter para el amor.
—El amor es fácil —atajó Rafael con una mueca—. Eso es pan comido para todos los hombres. Claro que yo no puedo decirlo así, puesto que Marisa y yo comenzamos a gustarnos a los quince años, a los veinte nos queríamos desesperadamente, y esperar a los veinticinco a casarnos, fue un verdadero suplicio.
—A esa edad —dijo Juan Pedro— es fácil enamorarse y casarse. No lo es tanto cuando, como yo, se pasa de los treinta. Entonces uno tiene miedo... Miedo al fracaso, a perder la libertad...
Charlaron de lo mismo hasta bien entrada la noche. Cuando despidieron a Juan Pedro en el portalón del jardín, y ambos cogidos del brazo regresaban al palacete, Rafael preguntó:
—¿Qué te ha parecido?
—Mira, la verdad, me pareció magnífico. Lástima que Diana esté prometida y Olga sea tan maniática.
—Hablemos de Diana, Marisa...
—Pienso como tú —dijo ella rotunda—, pero no me pidas que se lo refiera a un extraño, y tú estuviste a punto de hacerlo. ¿Encuentras tan raro que una mujer tan maravillosa como tu hermana, se sacrifique por un hombre del que recibió mucho bien? Las mujeres somos generosas por naturaleza, Rafael.
—Me desconcierta —dijo Rafael roncamente— que sea Diana, precisamente Diana, quien pague todo el bien que Félix nos hizo. ¿Crees que yo no se lo agradezco? ¿Crees que puedo olvidarlo? No podría jamás. Sé muy bien que gracias a él, soy lo que soy. Tal vez el tenerte a ti, también se lo deba a él. Pero una cosa es agradecimiento, y otra pagar, con la persona de Diana, ese bien recibido.
—¿No has pensado nunca que tal vez te equivoques?
—No. Conozco a Diana.
—Yo también. Y no olvides que soy su confidente. Me habla de sus apuros en la oficina, de lo inquieta que la tienen las manías de Olga. De la carrera que elegirá Antolín... Ella vive pendiente de todo, aunque no lo parezca. Ya ves, pasa por indiferente en muchas materias, y no lo es. Pues bien, jamás, jamás, me dijo nada con respecto a Félix. Es decir, me dijo únicamente que le quería mucho.
—¿Querer? ¿No te das cuenta? Querer también lo quiero yo, y más aún desde que quedó ciego. Pero amar... Diana jamás te habló de amor, ¿verdad?
—Bueno —sonrió Marisa—. El querer y el amar, ¿no es la misma cosa?
—¿Te conformarías tú solo con que yo te quisiera? —susurró atrayéndola hacia sí.
Marisa alzó los ojos, y después los brazos. Se oprimió mimosa contra él. Y al besarlo, se olvidó de Félix, de Diana... Solo pensó egoístamente, como todo enamorado, en ellos dos...
IV
¿Fue casual el encuentro? Diana nunca pudo saberlo. Aquel tuvo lugar en la playa. Era domingo. A Diana le agradaba mucho dar un paseo después de misa, e internarse, a pie, hasta el acantilado. Bajaba descalza por las rocas y se tendía al sol en la misma arena. Al otro extremo, la playa se extendía regular, y muchos bañistas pasaban allí el día entero. Diana solo podía disfrutar de la playa las mañanas del domingo, y huía de la casa temiendo, siempre, que algo la retuviera. Ya cuando salía para misa llevaba el maillot puesto, y al regreso, tomaba un café en una cafetería y seguidamente se dirigía a los acantilados, entrando en la playa por el lugar opuesto a los demás. Y allí, sola, cara al sol, fumando un cigarrillo, se pasaba la mañana.
Le parecía que aquel rincón, bajo los fuertes rayos solares, la transformaba en otra persona. Pensaba que no tenía compromiso alguno con Félix, que era dichosa y que todo en la vida le sonreía. No era así. Pero era grato pensar que pudiera serlo. Ella tenía sus ansias, sus deseos, sus anhelos. No era de fácil conformar, aunque lo pareciera. Tal vez su madre la considerara una muchacha sencilla y vulgar, con deseos sencillos y vulgares, gustos vulgares, anhelos vulgares... No, ella no era vulgar anhelando, deseando o sintiendo. Pero quizá pasara por la vida sin pena ni gloria, y fuera la esposa de un hombre vulgar y corriente, que no tenía otro interés que sus cuentas corrientes abundantes, y que ni siquiera podía mirarse en la hondura de sus ojos.
Aquella mañana pensaba en todo aquello, cuando sintió pasos junto a ella. No pudo evitar el sobresalto. ¿Quién podía interrumpir su soledad? Cierto que muchas veces pasaban junto a las rocas personas en dirección al centro de la playa. La miraban y seguían, indiferentes, su camino. En aquel instante se sentó en la arena y miró. Frente a ella, un tanto asombrado, se hallaba Juan Pedro Azpeitia, Al verla se apresuró a ir a su encuentro.
—Diana —exclamó, y a ella le pareció sincero—. ¡Qué sorpresa!
—Buenos días.
—¿Sabe que no esperaba encontrarla aquí? —y sin esperar respuesta añadió—: ¿Puedo sentarme a su lado?
Ella pensó: «¿Y por qué no? Estoy sola, muy sola. No solo en la playa, sino en mi vida. Estoy segura que junto a este hombre no sentiría la soledad. ¿No tengo, pues, derecho a una compensación?».
Angustiada con esta conclusión, desvió los ojos de él y dijo bajo:
—Puede.
—Gracias.
Vestía un pantalón de dril color canela y una camisa de punto de tono verde muy oscuro, por fuera del pantalón y abierta por los lados. Nunca, desde que lo conoció, le pareció tan ancho, tan varonil. Su pelo negro, sin ondas, con una incipiente calvicie, denunciaba al hombre maduro. Sus grises ojos, hondos, penetrantes, tenían, en el fondo de las pupilas, una lucecita de ilusión. Era un hombre, sí..., muy interesante, muy diferente. Pero Diana no le resultó diferente ni interesante solo por el color de sus ojos y de su pelo, ni por la anchura de sus hombros. No. Había algo en él, algo hondo, humano, distinto, que denotaba al hombre capaz de valorarlo todo, de saberlo todo, de tener en su poder la felicidad.
Aturdida con sus propios pensamientos, no supo qué decir. El extrajo una pitillera de oro y la abrió.
—¿Fumas? —ofreció.
Cogió uno con premura. Le parecía que con un cigarro en la mano, adquiría mayor serenidad, o mejor aún, algo de serenidad.
—Gracias.
Juan Pedro aproximó el mechero. La lucecita se apagó con el viento. Entonces, él hubo de poner una mano en torno a la llama. Y ella inclinó la cabeza hacia aquella mano. Su pelo rojizo rozó la frente de Juan Pedro. El perfume tan personal, tan suave y atrayente de aquella muchacha, le produjo una sensación de ahogo. Él, que jamás había perdido la serenidad con una mujer..., sentía de pronto una súbita pequeñez junto a ella.
Diana alzó los ojos y la cabeza. Aspiró hondo y expelió el humo con lentitud.
—A veces —dijo serenamente, dominando su nerviosismo— un cigarrillo sabe como un caramelo.
—¿Te gustan los caramelos?
—La verdad, sí, soy muy golosa.
—No lo pareces.
—¿No parezco, qué?
—Golosa.
—Pues lo soy mucho.
—¿Y... qué más eres?
Se le quedó mirando un tanto suspensa. Él se echó a reír. Su risa era simpática, contagiosa, humana.
—Bueno, perdona la pregunta. Uno vaga por el mundo durante años y conoce miles de seres en ese tiempo... Y un día se da cuenta de que, en realidad, no conoció a nadie.
—No te comprendo.
—¿Y qué importa? —interrogó con cierta amargura—. Te diría sinceramente lo que quise decir, y tal vez te ofenderías.
—La sinceridad no me ofende nunca. Es algo que me agrada.
—Pues voy a serte sincero. Jamás he tropezado con una mujer como tú. Creí pasar por la vida conociendo a todos los seres humanos con los cuales tropecé. Tal vez haya sido así. De todos modos, eres tú la única mujer que llama mi atención. —Y como ella no respondiera, añadió—: Aún seré más sincero, Diana. Si no fueras la novia de Félix, te haría el amor, me casaría contigo, y estoy seguro de ello. No quiero ofenderte. Y debo decirte también que soy bastante egoísta. Egoísta en el sentido posesivo. Me digo, desde el momento que te conocí y observé en mí esta callada admiración, que hay en los dos algo que secretamente nos une.
—No... no digas tonterías.
—Es que me da la sensación de que no amas a Félix.
Ella se creció.
—¿Porque está ciego? —preguntó retadora.
—No. Ya ves, creo conocerte, pese a lo poco que te he tratado. No eres tú de las que valoran el amor por la visión física. Te considero de una integridad tal, tan absoluta, que ello significa que, ciego o no, si amaras a un hombre, le seguirías amando hasta el fin de tus días.
Ella sintió la humillación irreprimible de que la conociera tan bien. No contestó, ni él esperó que lo hiciera. Tras una pausa, añadió:
—El algo como una súbita y callada intuición. Como si me apercibiera de ello un sexto sentido, que, por lo que sea, constantemente me repite que vas a cometer una tontería.
Aturdida consultó el reloj.
—Se... se me hace tarde.
—¿Te ofendí?
—No, no. Simplemente se me hace tarde.
* * *
Se puso en pie y él la miró. En maillot, su cuerpo era perfecto. Morena, mórbida su carne, joven y lozana, le produjo una extraña reacción. Se puso también en pie y bruscamente la asió por la muñeca.
—Diana...
Ella lo miró. Estaban muy cerca uno del otro. Él era más alto, Diana se sintió dominada. Por algo había presentido su hombría nada más conocerlo. La tenía poderosa.
—Diana...
—Suelta mi muñeca. Me haces daño.
—¿Qué nos pasa a los dos? ¿Te das cuenta? Es algo recíproco, mutuo, como una súbita e irreprimible necesidad.
—¡Cállate!
—¿Qué debo hacer? ¿Callar, en realidad o decirte... todo lo que siento?
Su voz era ronca, ahogada. Salía silbante de entre sus labios. Diana comprendió lo que sentía. No podía censurarlo, porque ella, por primera vez en su vida de mujer, sentía algo diferente. Algo que deseó sentir desde que percibió los primeros aletazos de mujer. Algo que era... como una llama abrasadora. ¿Y Félix? ¿Y Félix? Retrocedió un paso, como si aquel nombre fuera una valla. Rescató su mano y jadeante quedó de espaldas a él. Juan Pedro sintió como una ansiedad dolorosa. Se inclinó hacia ella y la sujetó por la espalda. Al contacto de su carne, le pareció que perdía energía, que algo, furiosamente, se enardecía dentro de él. Era pecado, sí, como un pecado mortal, desear a la mujer del prójimo, pensar en ella, amarla... La soltó con rabia.
—Perdóname —dijo—. Perdóname. Nunca fui —añadió molesto consigo mismo— un hombre escrupuloso. He danzado mucho por la vida. Tropecé con seres buenos y malos. Los catalogué siempre a medida de mis necesidades y deseos. Jamás fui considerado, y de pronto... al verte a ti, al conocerte a ti, al sentirte palpitar dentro de mí, siento esto... Como un pecado que no debo ni quiero cometer. ¿Te das cuenta de la forma que te amo?
Ella giró en redondo.
—No... —lo miró con ansiedad. Era una Diana distinta. Una Diana que nadie conocía. Sensible, apasionada, anhelante—. No... me lo digas más. Nunca más.
—¿Lo ves? Tiemblas al pedírmelo. Tú lo sabes. Presentiste desde el primer instante lo que me ocurría. Lo que te ocurría a ti.
—Te pido...
—¿Hasta cuándo piensas que pueden callar dos que se necesitan perentoriamente? ¿Por qué eres la novia de un hombre al que no amas?
—Debo... debo de marchar.
Alargó la mano para sujetarla.
—Escucha...
—¡No me toques!
—No quisiera ofenderte. Por nada del mundo, Diana. Pero tú sabes... Si, sabes ya lo que supones para mí.
—Me ofendes con solo decirme que me amas.
Se ponía la bata precipitadamente.
—Diana, escucha...
—No. Sería humillante, odioso, que te escuchara.
—¿Solo por tu lealtad hacia un ciego?
—¡Cállate!
—Escucha...
—Escucharte es pecar para mí. No pecar ante Dios, sino ante un hombre que cree en mí, que espera algo de mí —apretó las manos en su pecho—. Por el amor de Dios, Juan Pedro, olvida todo lo que nos hemos dicho.
—¿Te das cuenta? Hay en tu voz un anhelo indescriptible. ¿Y sabes por qué?
—Sí —susurró desesperadamente—. Sí que lo sé. Tengo miedo. Miedo de ti y de mí. ¿Te parece poco?
Él la asió por un brazo. La atrajo hacia sí.
—Diana, escucha...
—No. ¡Oh, no! —y dio un paso atrás, como estremecida.
—Eres —dijo él calladamente— como yo te presentí. No sé por qué estás prometida a Félix. No me lo explico. No es el hombre indicado para ti.
—Es tu mejor amigo.
—También tú eres el compendio de toda mi vida futura. ¿Has pensado alguna vez que ante esto... la amistad es un mito? No hay hombre, Diana por leal que sea, que renuncie a la felicidad por el bien de su amigo.
—El... me encontró antes.
—Sí, pero tú no lo encontraste a él. Te liga a Félix... ¿Qué es lo que te liga?
Huyó de él acantilado arriba. Se diría que temía sus nuevas preguntas, y lo que es peor, sus propias respuestas.
—Diana...
Ella lo miró desde lo alto.
—Adiós, Juan... Olvídate de todo.
Se perdió entre los arbustos. Juan Pedro se quedó allí desmadejado. ¿Qué sentimiento unía a Diana y a Félix? Era obvio que no le amaba, que ella, por lo que fuera, se sentía atraída hacia él. Atraída con la misma intensidad que él se sentía atraído hacia ella.
* * *
—Has tardado mucho, Diana —dijo la madre—. Félix anduvo por ahí toda la mañana desorientado. Olga se apiadó de él y le dio palique. Se fueron los dos hacia la casa de Félix.
—Me cambiaré de ropa en un instante.
—Pareces deprimida, querida mía. ¿Ocurre algo?
—Claro que no. Lo que pasa es que el sol aplana un poco...
Corrió hacia su cuarto. Se cerró en el baño y se desvistió, colocándose seguidamente bajo la ducha. El agua fría, al golpear en su cuerpo, le producía un gran bienestar.
—Me siento angustiada —susurró—. Yo sabía que un día me lo iba a decir, pero nunca pensé que fuera tan pronto. Y que me lo dijera de esa manera...
Se temía. Ella deseaba aquel amor. Solo un hombre así podía hacerla feliz. Por eso la acuciaba el miedo.
Salió del baño y se cubrió con la felpa. La golpeó en su cuerpo, despiadada, como si se castigara.
—Diana —gritó Olga desde el pasillo—. ¿Dónde estás?
—Aquí.
Olga, como siempre, enfundada en pantalones de vaquero, chinelas manchadas de tierra y las uñas asombrosamente pulidas, hizo su aparición en la alcoba de su hermana.
—Oye —gruñó—, a mí no me endoses a tu novio, ¿eh?
—Calma, querida.
—He perdido una mañana magnífica. Yo que fui a misa de siete por atender mis asuntos...
Diana no pudo por menos que sonreír.
—¿Qué asuntos tienes tú más importantes que entretener a quien te necesita?
—¡Mira esta! Mis hierbas. ¿Sabes tú lo que estoy consiguiendo con mis mejunjes? Pues todas las amigas de Tomasa están curadas de reúma. Es más, a este paso supero a los descubridores de la bomba atómica.
—Déjate de tonterías, Olga. Eres una muchacha magnífica. Tienes un cuerpo maravilloso y un carácter afable, si no fuera por tus manías. ¿Por qué no te dedicas a ser mujer, a encontrar un esposo?
—Yo no soy de las que se casan. Yo tengo mi vocación. Y tú tienes tu novio y vocación al matrimonio; por lo tanto, me harás el favor de atender a tu futuro esposo. ¿Sabes lo que es aguantar a un ciego toda la mañana? Yo me encontraba en mi cuarto haciendo una cocción y hala, mamá me llamó. ¿Qué crees que me dijo? Olga, Félix anda buscando a Diana, y esta aún no regresó de misa. Es seguro que se fue a la playa. ¿Quieres atender a Félix? Vaya plan...
Antolín se colgó del alféizar de la ventana.
—No le hagas caso, Diana —rezongó, asomando la cabeza—. Como yo estoy enfadado con Félix desde aquel día... estuve vigilándolos. Olga le contaba todas sus tretas de química, y Félix reía mucho y le daba la razón. Lo han pasado muy bien los dos.
—Pero —chilló Olga, tirándole una chinela—, ¿qué hace este aquí? ¿Quién te manda meterte en lo que no te importa?
Antolín ya estaba tendido en el jardín, con la chinela de Olga sobre la cabeza. Ambas hermanas se precipitaron a la ventana.
—Le has matado —susurró Diana espantada.
Olga salió disparada de la alcoba y minutos después se hallaba junto a su hermano, alzándolo en brazos.
—Diana —chilló—. Tiene un chichón en la cabeza. Prepara mi cocinilla. Le haré una cocción.
Antolín saltó de sus brazos y gritó:
—¿Qué te has creído? ¿Qué voy a ser uno de tus pobres experimentados?
Y echó a correr hacia la casa. Diana se retiró de la ventana y procedió a vestirse tranquilamente.
* * *
Lo más aburrido de la vida para Diana eran los domingos. Tenía amigas, pero desde que se puso en relaciones con Félix, apenas si las veía. Al principio la llamaban por teléfono, reclamándola. Diana había de disculparse. Desde hacía algún tiempo ya ni se preocupaban de llamarla. Ella pensaba: Soy una desorientada. Estoy pasando por esta vida sin pena ni gloria.
Aquella tarde tomaba el café con Félix, cuando vio el auto azul pastel detenerse ante el chalecito.
Con una voz pasmosamente serena, dijo:
—Ahí llega tu amigo. Como tendréis cosas de que hablar... os dejo.
—No, no —la asió de la mano—. Ya me has dejado bastante tiempo solo.
—Escucha cariño —Juan Pedro bajaba del auto en aquel instante—. Tengo muchas cosas que hacer. Ya sabes que yo misma me ocupo de todo lo mío. Como es domingo, aprovecharé... Volveré cuando se haya ido tu amigo.
—Está bien, está bien...
Diana salió casi corriendo. Cuando Juan Pedro llegó a la terraza, la fina silueta femenina se perdía en el chalecito próximo. Ello produjo en el rostro, por lo regular impenetrable de Juan Pedro, una dolorosa crispación. Era la primera vez que le ocurría. Y precisamente con la novia de su amigo, casi de su mejor y único amigo, pues si bien él y Rafael Mendoza habían simpatizado, no era una amistad como la que le unía a Félix. Una amistad fraternal, de toda la vida.
—Estás muy solo —dijo por decir algo, sentándose junto a él.
—Diana tiene trabajo. Estaba conmigo, pero como llegaste tú, y ella te vio, me dijo: Ya tienes compañía, te dejo. Haré algunas cosas que tengo pendientes. ¿Qué tal te lo pasas? ¿Te has ambientado?
—Poco a poco, va uno encontrando su ambiente. Tú tienes más suerte que yo. ¿Desde cuándo sois novios?
—Hace dos años, creo yo. A decir verdad, yo casi la consideré mi novia desde que nació. Lo recuerdo muy bien.
—Y la amas mucho...
—Sí, es toda mi vida...
—¿Fumas?
—Gracias. Dicen los médicos que no me conviene, pero...
—Supongo que algún día te operarán.
—Por supuesto. Lo hicieron una vez sin resultado. Ahora me ponen un tratamiento adecuado, en preparación. Yo creo que dentro de un año...
—¿Piensas... casarte antes?
—No, no debo ofrecerle tan poco a Diana. Ella merece mucho. Tú no tienes idea, Juan Pedro, de lo noble que es, lo suave y delicada. Esta mañana me la pasé en ascuas. No puedo reprochárselo. ¿Qué le ofrezco yo, en realidad? Creo que fue a misa, y ya ves, no regresó hasta las dos. No me atreví a preguntarle dónde había estado, aunque casi seguro que en la playa. Sí, estoy seguro que fue...
Juan Pedro quedó cortado. ¿Qué podía decirle él, si precisamente había estado con ella?
Félix, ajeno a sus pensamientos, siguió:
—No tengo derecho a sojuzgarla —y con pesar añadió—: Te aseguro, Juan Pedro, que sufro mucho. A veces quisiera verla. Verle los ojos tan delatores que tiene. Aún recuerdo cuando era una niña de dieciséis años, cuando más tarde me atreví a declararle mi amor... Sus ojos eran como estrellas refulgentes. Tan verdes, tan expresivos... Pues a veces, ahora, la imagino con la vista perdida... cansada, aburrida en el confín de la vida. ¿Qué piensa? ¿Qué siente? Es una tortura callada que me cuesta doblegar. ¿Tengo derecho a participarle mis temores, mis sufrimientos? No. Y me los doblego, como un santo doblega sus tentaciones. Si he de serte sincero, nunca, jamás, me atreví a pedirle un beso...
Llevó la mano al pelo y hundió los dedos en él.
—Es... —susurró— un suplicio. Pero no puedo. Hay algo superior que me advierte que no lo haga. Se diría que tengo miedo a ofender su sensibilidad.
No lo había besado nunca. Juan Pedro apretó los labios. ¿Hubiera podido él pasar sin los besos de Diana si esta fuera su novio? ¡Oh, no! Jamás podría doblegar aquella necesidad. Sería... la mayor ventura de su vida. ¿Y cómo era posible que Diana, siendo como era, pudiera prescindir de los besos del hombre que amaba? No lo amaba. Y lo peor era que presentía que Félix tampoco la amaba a ella. Al menos, de la forma que debe amarse a una mujer, no la amaba.
—Pilar —llamó Félix—. Trae un café...
V
Anochecía cuando Juan Pedro se despidió de Félix y se dirigió al auto. Las verjas de ambos chalets estaban juntas. Al otro lado se hallaba el auto y cerca de él, una sombra acurrucada en el suelo, recogió algo de este.
—Buenas noches —saludó Juan Pedro.
Olga dio un salto. Quedó de pie junto a él, con un puñado de hierbajos en la mano. Tranquilamente, al ver quién era exclamó:
—Chico, qué susto me has dado. Mira —y le sacudió las hierbas en las narices—. Son para curar los constipados. Cuando tengas uno, no tienes más que darme un toque de teléfono, y te lo enviaré por un emisario especial.
—Que será tu hermano.
—Pues, no. Antolín desertó desde esta mañana —se sentó en el estribo del auto y añadió—. Le tiré con una chinela y le hice un chichón en la cabeza. Antolín es muy rencoroso. Con decirte que tú, para él, eres solamente «ese tío».
—Muy interesante.
Se sentó junto a ella en el estribo. De súbito pensó que tal vez pudiera saber algo de Diana por medio de aquella jovencita simpática y charlatana.
—Supongo que Antolín no estará enfadado con Diana...
—Qué va. Con Diana no se enfada nadie, chico. Ni siquiera Félix, y eso que Diana se pasa las mañanas de los domingos por ahí, sin acordarse de su novio.
—¿Se aman mucho?
Olga alzó los hombros.
—Qué sé yo. Como siempre fuimos como hermanos... ¿Qué te parecen mis hierbas? —preguntó con su volubilidad habitual—. Son medicinales. Y ya ves, nadie se entera. La gente pasa por ahí y las pisa como si nada. ¡Si somos idiotas! —rezongó—. Pasamos la vida sin comprender lo que hacemos. ¡Puaf!
—Entonces conociste a Félix de toda la vida.
—Claro. Precisamente él ayudó a mamá a criarnos.
—¿Cómo es eso?
Olga alzóse de hombros.
—¿Cuántos tarros de vaselina crees que sacaré de este puñado de hierbas?
—¿Y cómo es que ayudó a tu madre a criaros?
—Bueno, es un decir. Papá murió y se llevó la llave de la despensa. Lo oí decir a mamá muchas veces, ¿sabes? Cosas de las madres. Pues como Félix era primo de mamá, o pariente, o algo así, pues le ayudó a mamá a costear los estudios de Rafael y los de Diana. Y eso es todo.
Lo cual significaba que Diana había aceptado a Félix por agradecimiento, y luego tal vez por compasión... Era muy interesante.
Se puso en pie. Olga lo imitó y sacudió de nuevo el puñado de hierbajos. Desde el chalet se oía impaciente la voz de una criada llamando:
—Señorita Olga, señorita Olga. ¿Dónde está usted?
—Ya voy, ya voy —gritó Olga. Y mirando a su amigo, añadió—: ¿Te das cuenta? La vulgaridad de la comida. Si uno también puede pasar sin comer.
—Vete, vete. No les hagas esperar. Buenas noches jovencita.
—Buenas noches. Ya sabes, cuando tengas constipado...
—De acuerdo. Acudiré a tu farmacia particular.
* * *
—Qué milagro por aquí, querida. Cuánto te haces desear.
—¿Cómo estás? Ya sé que ayer estuviste en casa, pero yo había salido a hacer unas compras.
—Te esperamos casi hasta las nueve. Incluso mandamos a Olga a casa de Félix a preguntar si estabas allí, y como Olga no regresaba, nos vimos obligados a marchar, porque Rafael tenía una cita con Azpeitia.
Diana entornó los párpados.
—Lo siento —dijo suavemente—. Por eso estoy hoy aquí.
—¿Qué tal tus cosas con Félix? Rafael está furioso. Dice que no le amas. Que le estás agradecida por todo lo que hizo por vosotros y le pagas con tu persona...
Se estremeció.
—Cosas de Rafael, que no sabe valorar los sentimientos.
—No digas eso de tu hermano.
—¿Por qué ahonda donde no sabe?
—Dime la verdad a mí...
Se espantó. ¿La verdad? ¿Podría ella nunca decir la verdad de sus sentimientos? Se echó a reír. En el fondo de su risa había como un desgarramiento, pero Marisa no lo observó.
—¿Qué verdad? No tengo ninguna verdad que decir, querida, excepto la que tú ya sabes, la que todos conocéis.
Se oyeron voces en el vestíbulo.
Marisa se puso en pie de un salto.
—Ya regresa Rafael. No viene solo. Tiene siempre la mala costumbre de invitar a alguien a cenar.
En efecto. Este hacía su aparición en el umbral, y tras él, Juan Pedro. Diana sintió como una sacudida. Huía de su recuerdo, de su presencia, e iba a encontrarlo en el lugar que menos esperaba. Hacía más de seis días que no lo veía. Cuando observaba el auto azul frente a los dos chalets, ella se metía en su alcoba, se ponía a leer y no visitaba a Félix. Cuando más tarde iba a su casa. Félix la reprochaba. «¿Dónde has estado?».
Era horrible aquel suplicio.
—Ya os conocéis —decía Rafael en aquel instante—. Toma asiento. Juan Pedro. Considérate como en tu casa —y con una sonrisa, añadió mirando a su esposa y atrayéndola hacia sí—: Lo encontré en el café. Tenía una expresión de aburrido el pobrecito. Entonces me dije: Voy a invitar a este a cenar para darle envidia de mi amor, a ver si se decide y busca una compañera.
Juan Pedro sonreía únicamente. Se diría que al ver allí a Diana le había sido cortado el don de la palabra. Se sentó junto a ella y mientras Rafael le decía algo a media voz a su esposa, Juan se inclinó un poco hacia Diana y preguntó a lo simple:
—¿Qué hay?
—Lo de siempre.
—Hace tantos días que no te veo...
—Sí.
—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Acaso te consideras una superdotada para luchar con imposibles?
No contestó.
—Diana...
Esta se puso en pie. Lucía un vestido de hilo color malva muy claro. Un abrigo de verano, azul marino, se hallaba sobre su silla. Era su abrigo. Él la veía pasar muchas veces por delante del café.
—Tengo que marchar —dijo súbitamente—. Se me hace tarde.
Rafael saltó malhumorado:
—Cenas con nosotros. Yo avisaré a mamá.
—¡Oh, no! —se sofocó—. De ningún modo.
—¿Eres estúpida, Diana? —se impacientó su hermano—. ¿Acaso estás en casa de un extraño? Hace siglos que no nos vemos. No somos capaces de acapararte. Se diría que eres una mujer sumamente atareada, y no es así. Hoy, que te he cazado aquí por casualidad, te quedarás a comer con nosotros y ya te llevará Juan Pedro en su coche.
Diana sintió calor en la cara. Los ojos de Juan Pedro estaban fijos en ella, quietos, se diría que expectantes. Ella no lo miró. Ahogadamente dijo:
—Imposible.
—Si no te quedas —exclamó Rafael enérgicamente—, no vuelvas más por aquí.
—Pero...
—Lo dicho, Diana. La verdad, no te comprendo. De un tiempo a esta parte no soy capaz de comprenderte.
¿Qué podía hacer? ¿Ponerse en evidencia? Como si la apalearan se dejó caer en la butaca y cruzó nerviosamente una pierna sobre otra.
—Está bien —dijo—. Está bien...
Y pensó: Que sea lo que Dios quiera.
* * *
Para ella fue una comida violenta, insoportable. Tenía a su lado a Juan Pedro y como imán sus ojos iban hacia él y encontraban la mirada quieta, fija, delatora de sus ojos grises, en su persona. Rafael y Marisa se amaban demasiado para percatarse de lo que sucedía, Al final de la comida, Rafael, que era un organizador magnífico, conectó el tocadiscos y dijo:
—Vosotras, amiguitos, haced lo que queráis. Pero Marisa y yo vamos a bailar un rato.
—Te atenderé los discos —dijo Diana, sofocada, temblando ante el solo pensamiento de verse obligada a bailar con Juan Pedro.
—No es preciso, Diana. Son diez discos. Deja la gramola en paz y tú dedícate a espantar la morriña. Ahí tienes un buen elemento.
Y burlón, señalaba a su amigo.
—¿Sabes la hora que es?
—Lo sabemos, Diana, lo sabemos —rio Marisa felicísima—. Las once y media. Tienes tiempo para dormir.
—Mamá...
—Mamá —atajó Rafael— ya sabe dónde estás.
—Félix...
Rafael dio una patada en el suelo.
—Deja a Félix en paz. ¿Acaso puede él proporcionarte este entretenimiento?
—Rafa, no debes decir eso.
Lo pidió con tanta angustia, que Rafael se quedó cortado.
—Perdona —dijo—. Ya sé lo mucho que le debemos, pero no hasta ese extremo.
—Rafa —reconvino su esposa. Y con una sonrisa dulcísima, añadió—: Me gusta esta pieza.
—Es verdad. Perdona, cariño —la enlazó por la cintura—. Juan Pedro —gritó—, saca a bailar a Diana.
—Yo... yo... no.
Rafael ya no le hacía caso. No le prestaba ninguna atención, pero Juan Pedro sí. Inclinado hacia ella, la miraba a los ojos, de los cuales huía Diana como si allí, en las pupilas de Juan Pedro, se hallara su tremendo pecado.
—Diana...
—Prefiero...
—Se darán cuenta.
¡Cuenta, cuenta! ¿De qué? ¿Había algo oculto en todo aquello? Su atracción... ¿La atracción de él? Apretó los labios. De pronto sintió la mano de Juan Pedro en sus dedos.
—Diana...
—Suelta.
—Diana... Diana...
Al pronunciar su nombre como si la besara, se ponía en pie y, suavemente, tiraba de ella. Diana se dejó llevar. ¿Qué podía hacer? Sentía como si todo diera vueltas en torno a ella. Era una congoja horrible y a la vez un indescriptible placer. Cuando Juan Pedro le pasó los brazos en torno a la cintura, se estremeció de pies a cabeza. «¿Tengo yo derecho a gozar de este modo y sufrir como una condenada? ¿Tengo derecho a olvidar a Félix? Félix, que me estará esperando para tomar café y darme las buenas noches».
—Estás temblando —dijo él, bajísimo.
La miraba a los ojos. Se los buscaba con ansiedad. Ella hubo de detener su mirada. Era de un verde oscuro intenso...
—Diana...
—Quisiera... detener el tiempo en este instante.
—No..., no hables.
—Sabes que no puede ser.
La oprimió contra sí. Ella se estremeció de nuevo. Era una convulsión dolorosa la que sentía. Se debatía con desesperación, entre el amor y el deber. Ella era mujer que sabía cumplir con el deber, y, no obstante en aquel momento... era solo una mujer. Una mujer que amaba. Porque dudar del amor que sentía, del gran amor que le inspiraba Juan Pedro, era como dudar del Dios que nos dio la vida espiritual.
—Querida...
«Debo decirle que me oprime demasiado. Que siento su cuerpo como una llama en el mío. Que no quiero y estoy pecando, porque me acucian los deseos y los pensamientos. Tengo que decirle que... que...».
—Diana.
—Sí.
—Te llevaré a casa.
—Sí.
—Estás... como...
—No debo estar aquí. Y estoy...
—¿Qué puedo decirte?
—Nada.
—Tú sabes...
—Sé.
—Te pasa lo mismo que a mí.
Apretó los labios. La mano de Juan, en su espalda, era como una caricia. Ella no sabía lo que era la caricia de un hombre, mas en aquel instante podía saberlo.
—Diana...
Lo miró tan solo. Eran sus ojos ahora de un verde más claro.
—¿Te das cuenta? ¿Te das cuenta, Diana? Es algo superior a nosotros mismos. Se diría que tú esperabas por mí, y que yo pasé por la vida... como una ráfaga, hasta que te encontré a ti.
—Cállate.
—Duele renunciar. No soy un hombre que sepa renunciar. Y tú eres mujer que lo haga. Te debates, como dijo o indicó tu hermano, entre el deber y el amor... ¿Es eso lógico?
—Para mí debe serlo...
—Eso es lo que dices cada día, pero no podrás admitirlo el resto de tu vida. ¿No ves que somos humanos? ¿No ves que, aunque no queramos, exigimos a la vida el máximo de felicidad?
Terminaba la pieza.
El reloj del vestíbulo dio las doce de la noche. Diana se apartó de los brazos que la oprimían.
—Tengo que marchar —dijo agitada—. Ahora... no espero más...
—Está bien, impaciente —rio Rafael—. Juan te llevará en su coche.
—¡No!
Los tres se miraron un poco asombrados. Aquel no había sido como un alarido.
—Diana, ¿qué te pasa?
Parpadeó.
—Nada... Nada.
—No pretenderás que yo deje sola a Marisa para llevarte. Además, tengo el auto en el garaje y tendría que pedirlo a esta hora, y no creo que nadie pueda traerlo.
—Diana —dijo Juan, quedamente—. Yo te llevaré.
No contestó. Se sintió como menguada. Muy menguada.
* * *
El auto corría atravesando las calles. Los focos luminosos, de diversos coloridos, ponían una nota alegre en la silenciosa noche. Apenas dos o tres personas cruzaban la calle. No era una ciudad grande como para qué sus habitantes hicieran vida nocturna. Allí la gente, casi toda, excepto algún que otro forastero, se retiraban a las once de la noche, y hasta el día siguiente, a las seis de la mañana, se mantenían silenciosas.
—Diana...
—No me digas nada...
Uno sentado al lado del otro, no se miraban. Ella fijaba los ojos en los focos luminosos, como si jamás, hasta entonces los hubiera visto. Él conducía.
—No puedes, solo por agradecimiento, aferrarte a un hombre —dijo él de pronto.
—¡Qué sabes tú!
—No eres mujer que ame a dos hombres a la vez. Sé que me amas a mí.
—¡Cállate!
—¿Y qué voy a solucionar con callar, si lo mismo lo sabemos los dos?
—¿Y qué quieres que haga? —se agitó ella desesperadamente—. ¿Qué te admita en mi vida? ¿Que proporcione un hondo dolor al hombre que hizo todo por nosotros? ¿Tú sabes lo que es sentirse ciego y solo? ¿Tú te das cuenta? Es tu amigo —se enardeció—. Tu único amigo. O al menos, el mejor. ¿Serías capaz de hacerle daño?
—Soy humano, Diana —dijo calladamente, deteniendo el auto ante la casa de la joven y apagando las luces—. Y como humano que soy, pido a la vida todo lo bueno o lo malo, que esta me tenga reservado. ¿Acaso peco por ello?
Diana se pasó una mano por el pelo.
—Es mejor —dijo ahogadamente— que me despida.
—Esperá.
La sujetó por el brazo. Fue algo inesperado. El contacto de ella, o la noche, o su propia ansiedad... Juan nunca sabría decirlo. Ni ella podría decir, asimismo, por qué no huyó de su contacto, sabiendo además, que estaba pecando contra su integridad moral. Se dejó llevar. Y cuando Juan la besó en plena boca, cerró la suya, como huyendo de aquel contacto desconocido, pero abriéndola después y recibiendo aquella caricia que no quería recibir, pero que al mismo tiempo exigía como una ansiedad doblegada que saltaba por encima del deber y la integridad. Sintió, por primera vez, como si una llama de fuego la abrasara. Se apartó de él, lo miró largamente.
—Es... —dijo bajísimo— la primera vez que me besa un hombre. Me siento... me siento avergonzada. ¿Te das cuenta? Avergonzada, y no puedo huir de ti.
—Querida...
—Suelta... mis manos. Ten un... poco de consideración...
—Diana, escucha. Yo le hablaré a Félix. Siempre fue un hombre comprensivo.
—¡No! ¡Oh, no! Eso nunca.
—¿Te das cuenta? ¿Puede más tu agradecimiento que tu amor hacia mí?
—Es un deber sagrado, Juan. Jamás podría —ocultó la cara entre las manos—. ¿Te das cuenta? Un hombre ciego que confía en mí...
—Escucha.
Abrió la portezuela.
—No, no me pidas que te escuche —y apasionadamente, maravillosamente sensible—. Escucharte sería... recibir tus besos otra vez. Y no puedo, no quiero...
—Quieres...
—No debo, Juan. Por lo que más quieras...
—¿No te has dado cuenta de que en cuestiones de amor soy un egoísta? ¿No has comprendido aún que olvidarte sería como pedirme que me quitara la vida? Tantos años luchando por la existencia, huyendo del pecado, cayendo en él, levantándome otra vez. Y de pronto, en una ciudad cualquiera..., encuentro mi verdad. Porque todos, Diana —la asía de la mano con ansiedad—, tenemos una verdad. Muchas veces pasamos por la vida, sin llegar a ella. Otras, llegamos demasiado pronto. O llegamos tarde y no podemos ya hacer nuestra esa verdad. Es como aquel que se aparta del camino de Dios y le ofende. Y un día... cae fulminado. Y no sabe levantarse. Y una mano piadosa lo levanta...
—Cállate, Juan.
De un salto salió del auto.
—Diana...
—Buenas... buenas noches...
—Diana... Diana...
—Nunca más te acerques a mí. Sería como castigarme demasiado duramente y no debes hacerlo, si es que me amas...
Salió huyendo. Juan Pedro puso el auto en marcha. Sentía en su boca la suavidad turbadora de aquel beso... Él, que había besado a tantas mujeres. Aquella... aquella era distinta.
VI
Félix sacudía las hojas con el bastón. Antolín lo cogió del brazo.
—¿Quieres dar un paseo? —preguntó amablemente, pues ya había hecho las paces con él—. No esperes a Diana. Llegó muy tarde ayer noche. Se levantó casi al amanecer y fue a misa. Yo no sé por qué Diana va tanto a misa.
—Porque es cristiana.
—También yo lo soy —dijo Antolín pacíficamente—. Y solo voy tres veces a la semana, además del domingo. Y Olga solo va los domingos. Mamá riñe con ella. ¿Ya sabes lo que pasó ayer? Olga hizo una cocción para el constipado, se lo dio a beber al gato, porque estornudaba, y esta mañana el gato estiró la pata.
—Ese lenguaje, Antolín...
—Vaya, también tú. ¿Es que uno no puede hablar como le gusta?
—No siempre —dijo Olga, que se encontraba a dos pasos, husmeando por el suelo y buscando tréboles de cuatro hojas—. Si hiciéramos lo que nos gusta, yo sería sabía.
—Ya lo eres —rio Félix tristemente—. ¿No has matado al gato?
—¿Sabes por qué? —preguntó triunfal, al tiempo de ponerse en pie—. Porque era alérgico a los bebedizos.
—Siéntate aquí, Félix —invitó Antolín, arrastrando un tronco de árbol—. Estamos muy bien aquí los tres. No te vayas, Olga. ¿Verdad que prefieres que se quede, Félix?
—Sí.
Olga se sentó en la hierba seca que había junto al tronco y cruzó las piernas a la usanza mora.
—Una —dijo al rato— con una muerte así pierde la esperanza de descubrir algo importante. ¿Sabes lo que haré ahora?
—Enterrar al gato —dijo Antolín—. Si mamá o Diana saben que lo tienes en la nevera...
Félix dio un respingo.
—¿Es posible que lo hayas metido en la nevera? —gritó espantado.
—Bueno, es para ver si se congela.
—Olga, vete ahora mismo a sacar el gato. Puedes infectar toda la comida.
Olga se puso en pie de mala gana. Amenazó a su hermano con la mano.
—Eres un charlatán —masculló—. ¿Quién te mete a ti a descubrir secretos de una?
Se alejó refunfuñando. Félix se agitó en el tronco.
—Dices que Diana... llegó tarde.
—Sí.
—¿Dónde... estuvo?
—No sé. La sentí llorar.
—¿Qué... la... sentiste? —tartamudeó Félix, estremecido.
—Sí, la oigo muchas veces.
Félix movió los ojos muertos dentro de las órbitas.
—¿Por qué llora?
—No sé. Su tabique da contra el mío. Como a mí me gusta dormir con la cara pegada a la pared, oigo todo lo que pasa en la alcoba de mi hermana. Ella llora. Un día, cuando me levanté, se lo pregunté. Ella me miró asombrada. Y me dijo: «Habré soñado».
—¿Tú... lo creíste?
—No —dijo tranquilamente—. No. Ya vuelve Olga, con el gato. Vamos a enterrarlo a tus pies, Félix. ¿Qué te parece?
Félix no contestó. ¿Por qué lloraba Diana? ¿Y si él se lo preguntara? No podía. Sería... sería muy penoso para ella contestar... Pero..., ¿por qué, por qué?
—Ha muerto de indigestión —dijo Olga a su lado, interrumpiendo sus pensamientos.
—¿Por qué lo sabes?
—No seas tonto, Anto. Mira, observa su color morado.
—Ha muerto envenenado, Olga —dijo Antolín con voz de experimentado—. Si conoceré yo estos síntomas. ¿Te acuerdas...?
¿Por qué, por qué había llorado? ¿Por qué lloraba muchas noches?
—Te digo, Antolín...
¿Por qué? ¿Qué tenía Diana para llorar casi todas las noches?
* * *
—Félix, ¿dónde estás?
—Aquí.
Se diría que le temblaba la voz.
—Te traigo la radiografía que sacaron ayer —dijo Diana ya a su lado—. Me dijo el especialista que si seguías así, te operaría dentro de dos semanas.
—¿Tan pronto?
—Se diría que no lo deseas.
—¡Oh, si! Pero tengo miedo al resultado. Ya lo hicieron una vez.
—Esta será la definitiva.
Quisiera verla. Si pudiera verla, sabría por qué lloraba con frecuencia al cerrarse en su habitación. Él sabía leer en aquella mirada verde. Pero ni siquiera ese consuelo tenía.
—Pilar —gritó—. Trae el café.
Casi inmediatamente, la fámula apareció arrastrando la mesita de ruedas. Ella encendió un cigarrillo y lo puso en los labios de Félix.
—Parece —dijo— que hoy estás muy desanimada.
—Toda la mañana me la pasé con tu hermano. También Olga estuvo con nosotros. Antolín contándome historias raras y Olga enterrando un gato.
—Parece mentira que Olga tenga dieciocho años. Cuando me detengo a pensar en ello, me pregunto qué hará a los veinte.
—Posiblemente se quitará los pantalones y se pintará y peinará correctamente el cabello.
—A este paso, no creo que llegue a eso ni a los treinta.
—¿No le interesa mi amigo?
Diana parpadeó.
—No... lo sé.
—Juan Pedro es un buen partido, y aparte de eso, es un hombre excelente. Yo lo conozco bien. Haría feliz a Olga.
Diana bebió el café a pequeños sorbos.
—A ti no te es simpático, ¿verdad?
—¿A mí...? Sí..., ¿por qué no?
Soy mezquina, embustera, traidora, cruel. ¿Qué puedo ofrecerle yo a este hombre el día que me case con él? Siempre me consideré una mujer honrada, y de pronto descubro que soy peor que la peor.
—Diana...
—Dime.
—¿No estás muy callada? —le buscó la mano y al topar con su brazo, se lo oprimió suavemente—. ¿Te ocurre algo, Diana?
—No, no. Nada.
—A veces estás a mi lado y te siento a miles de metros de distancia.
—Son... figuraciones tuyas.
—¿Por qué has llorado?
Diana parpadeó. Se puso en pie. Volvió a sentarse. Sus ojos, dentro de las órbitas, tuvieron un acceso de agitación nerviosa.
—Diana..., ¿por qué? Si yo pudiera verte... —se estremeció—. Si pudiera verte..., sabría por qué has llorado —llevó una mano a los ojos—. Pero no puedo. Es... como un castigo insoportable. Yo...
—Querido...
—¿Por qué. Diana? ¿Qué es lo que te ocurre? Ya sabes que los ciegos tenemos un sexto sentido para comprender las cosas. No vemos, pero sentimos, y ese sentir es más hondo, más verdadero...
—No sé si he llorado —y con un hilo de voz, que pretendía ser sereno—. ¿Quién te lo dijo?
—Antolín. Antolín es un niño, no sabe lo que dice, y a veces dice cosas que duelen como puñaladas. Tú has llorado. ¿Por quién? ¿Por qué?
—Escucha...
—No inventes una mentira piadosa.
—Félix, nunca me has hablado así.
—Perdona. Es verdad... Te hago víctima de mi propia desesperación. Yo quisiera verte, y la sola certidumbre de que nunca te veré...
—Me verás. Nos verás a todos...
—No me interesa ver a nadie, Diana. Solo a ti —con súbita ansiedad—. Perdóname. No me digas por qué has llorado. No... no quiero saberlo.
—Diana —llamó Olga desde el jardín—. ¿Dónde estás?
Bendijo a su hermana, que aparecía cuando más lo necesitaba.
—Es Olga —dijo a lo simple—. Estoy aquí.
Olga apareció en lo alto de la terraza luciendo un bonito modelo de hilo blanco. Diana dio un salto en la extensible.
—Pero..., ¿de dónde lo has sacado?
—Me lo regaló Rafa. Dice que ya es hora de que me vista de mujer. A mí —rio burlona— me da la risa. ¿No te la da a ti, al verme con esa pinta?
—Si la vieras, Félix —susurró Diana maravillada—. Te asombrarías. Está guapísima.
—Ta, ta. Pienso quitármelo ahora mismo. ¡Ah, es verdad! Venía a llamarte. No sé quién te llama por teléfono.
—¿A... —parpadeó—, a mí...?
—Sí.
—¿Quién es? —preguntó Félix, quedamente.
—No lo sé —se alzó de hombros—. Un hombre.
Diana se agitó.
—No conozco a ningún hombre —dijo precipitada. Ella no había dicho mentira nunca. Era horrible tener que mentir. Era, sí, angustioso para ella, que siempre fue amante de la verdad.
—Será —dijo Olga con su indiferencia habitual— alguien de la oficina.
Diana se alejó. Olga se sentó frente a Félix.
—¿Qué te pasa? —preguntó—. Pareces indeciso.
—No, no. ¿Quieres... tomar café?
—Nunca lo tomo —rio Olga haciendo su papelito de mujer—. Pero si me invitas...
—Pilar —gritó demasiado aprisa—. Trae un café.
* * *
Llegó sofocada. Se cerró en el saloncito y asió el receptor con mano temblorosa.
—Diga...
—Diana...
—No..., no —le faltaba la voz— debiste llamarme. Ya te lo dije. No esperes nada de mí.
—Pero, Diana, ¿qué estás diciendo?
Reconoció a su hermano. Llevaba tan clavado en la mente que sería Juan... Se agitó cual si la sacudiera un huracán.
—Diana... Pero, Diana...
Se mordió los labios.
—Dime, Rafael...
—Diana —parecía muy asombrado—. ¿Quién creíste que era?
—Tú, tú...
—¡No y mil veces no!
—¿Qué deseas de mí?
—Escucha, Diana. ¿Qué es lo que te ocurre? ¿Por qué tragedia estás pasando que nosotros no sabemos?
—No seas visionario. Me encontraba con Félix y, al ser llamada, venía de mal humor... Eso es todo.
—Yo espero mucho de ti, Diana —dijo Rafael impaciente—. Soy tu hermano y al menos espero tu cariño. Por tanto no tenías que decirme...
—Por favor, Rafa. Tengo a Félix esperando.
—¿Qué es lo que pasa, Diana? Yo te llamaba para que vinieras a un pueblo próximo con nosotros, mañana que es día festivo.
—No puedo ir.
—¿Por Félix...?
—Si, por él. Gracias de todos modos, Rafael.
—Oye...
—¿No te digo que me está esperando Félix? Adiós.
Colgó y quedó jadeante junto al teléfono. Ocultó el rostro entre las manos. «Estoy medio loca —susurró—. O loca del todo. ¿Qué me pasa? ¿Es que yo soy así para el amor? ¿Es que debo ser así?».
Cuando salió de la salita, nadie diría la angustia que había pasado momentos antes.
—¿Quién te llamaba? —preguntó la madre.
—Rafa. Desea que vaya con ellos mañana, a no sé dónde.
—Debes ir.
—No debo ir, mamá. Y tú debes suponerlo. Félix me necesita.
—¡Ah!
No hizo más comentarios. Vio alejarse a su hija y quedó pensativa.
* * *
Rafael soltó el teléfono y se quedó mirando a Marisa y a Juan Pedro alternativamente.
—Cuánto daría yo —murmuró reflexivo— por saber de quién esperaba la llamada Diana.
—¿Qué ocurrió? —preguntó su esposa.
Lo refirió detalladamente.
—Diana —añadió— no sabe mentir. Y ahora miente. ¿Por qué miente? ¿Qué llamada esperaba? ¿Con quién me confundió?
Juan fumaba despacio. Sus ojos apenas si se veían, debido a sus párpados entornados.
—Tal vez haya sido una figuración tuya.
Rafael miró a su amigo, a quien empezaba a estimar de veras.
—La vida de mi hermana —dijo sincero— es una tragedia.
—Te empeñas tú en que lo es. Rafa —saltó la esposa—, que es muy distinto.
—Cuando yo intuyo una cosa así..., rara vez me equivoco. Mira, Juan, te referiré lo ocurrido y juzgarás. Mi padre murió cuando yo aún no había terminado la carrera. Félix es pariente de mamá... Nos ayudó mucho. Le estamos muy agradecidos todos. Yo mismo daría... lo que fuera por él. Pero no tanto como para darle una hermana como Diana. Félix es un hombre muy bueno. Tú lo conoces. ¿Qué puedo decirte de él que tú no sepas?
Juan Pedro asintió con un breve movimiento de cabeza.
—Pero no es hombre para Diana. Mi hermana..., tú no la conoces lo bastante para juzgarla, es muy mujer. Demasiado mujer para Félix.
La conocía. Quizá más que el propio hermano.
Rafael, ajeno a los pensamientos de su amigo, prosiguió, como obsesionado por aquella idea.
—Antes de tener lugar el accidente, Félix le dijo a Diana que la amaba. Mi hermana lo aceptó. Todos vimos, observamos sus dudas, sus temores, su doblegado sufrimiento, pero, al parecer, se creyó en el deber de pagar, con su persona la deuda moral contraída. Yo advertí a mamá. Mamá sonsacó a Diana, o trató de sonsacarla, pero nadie logró saber lo que se ocultaba bajo aquel cerebro de mujer. Luego Félix perdió la vista. ¿Te das cuenta del dolor de Diana? No porque Félix perdiera la vista, pues sí bien esto es importante, dada la situación no lo era. Diana se vio amarrada, sojuzgada, a un deber muchísimo más terrible que el anterior. Aquel hombre, a quien le debíamos cuanto éramos y cuanto somos, se había quedado ciego. Y ella sería su esposa...
—No te excites, querido —pidió Marisa—. Tal vez te equivoques y Diana ame a Félix.
—No.
—Por deber —dijo Juan pausadamente— no se debe ligar a una mujer. ¿Por qué no le hablas a Félix?
—¿Yo? ¿Sabes lo que ello supondría? Que mamá, Diana, y hasta Olga, que tiene tan poco sentido, no me lo perdonarían nunca.
—¿Es posible eso, Marisa?
—Sería cruel destruir la única ilusión que tiene ese hombre.
—Pero más cruel es —se agitó Juan— que Diana se sacrifique por todos.
—Es que nadie puede darle a Félix lo que le daría Diana. Él la eligió...
—Lo mejor —dijo Juan lentamente— será dejarlo en manos del destino.
—Sí, hablemos de la excursión de mañana —y de pronto—. ¿Por qué no hablas tú a Diana?
Juan se puso en pie.
—¿Yo?
—Sí, eso he dicho. Tal vez al insistir tú venga con nosotros...
—Lo haré esta noche. ¿A qué hora suele estar en casa?
—A las nueve, antes de cenar. Después pasa un rato con Félix en la terraza de este.
Le hablaré...
* * *
Sonó el teléfono. Leía una revista hundida en un sillón, cerca de la mesita donde se hallaba el aparato. Solo tuvo que alargar la mano.
—¿La señorita Diana...?
—Yo soy.
—Diana..., ¿no me conoces?
—Sí.
—Me has confundido esta tarde. Yo estaba junto a Rafael.
—¡Ah!
—Lo siento, querida.
—No... no tiene importancia. Si sabes lo que le he dicho, no tengo por qué repetirlo.
—Sé lo que has dicho... Pero no piensas, ni lo esperas. Me conoces lo bastante, creo, para saber que no renuncio fácilmente a la felicidad, cuando sé dónde hallarla. Tampoco tú pareces mujer de renuncia...
—Absoluta —dijo ahogadamente—. Absoluta.
—Escucha, preferiría hablar eso cara a cara.
—No.
—Espera, aún no terminé.
—No.
—Diana, escucha, te lo ruego, te lo exijo.
Diana se mantuvo silenciosa, con los dientes apretados. La voz de aquel hombre era, para ella, como una llama interior, como un imperioso deseo que no podía doblegar.
—Rafael y Marisa tienen proyectada una excursión a la montaña. Me han invitado. ¿Yo qué represento con ellos si no hay una mujer? Rafael me propuso invitar a otra chica, que, según él, será de mi total agrado. Yo no lo deseo... Pero si tú no nos acompañas...
—Me... desafías.
—Sí.
—No iré.
—Querida, escucha...
—¡No!
Antolín apareció en aquel instante en el umbral.
—Diana —gimió—, la mesa está puesta. Mamá te llama. —Al ver que su hermana apenas si escuchaba, se acercó a ella y exclamó asombrado—. ¿Estás llorando?
Diana, como si despertara, asió a su hermano por el brazo y exclamó:
—No, no lloro. ¿No ves que no lloro?
Antolín, asustado, la miraba.
—Parece que lloras, pero no sé.
Las lágrimas resbalaban de sus ojos, pero terca gritó:
—No lloro, no. ¡No lloro!
Y salió antes que Antolín en dirección al comedor. El pequeño, al llegar a aquel y ver a su hermana mayor tan serena, hablando con su madre, alzó de hombros y exclamó:
—Cualquiera entiende a las mujeres.
VII
Amaneció desagradable. Grandes nubes grisáceas cubrían el cielo. Diana, que tenía pensado pasar la mañana en la playa, aprovechando el día festivo, se sintió contrariada. Fue a misa y regresó a casa. Pasó la mañana junto a Félix y comieron juntos en la terraza de este, servidos por Pilar.
—La semana próxima —dijo él, cuando tomaban el café— ingresaré en el sanatorio. Ayer noche me visitó el especialista. Dijo que estaba en el momento de operar. Añadió que si ahora no recobro la vista, no la recobraré jamás.
—Ten esperanzas.
—Las tengo, porque él me las dio. —Hizo una pausa que Diana no interrumpió y añadió al rato—: Después nos casaremos, querida.
La joven cerró los ojos. Su voz tardó un instante en sonar.
—Sí —admitió—. Sí.
Sus pensamientos se hallaban lejos de allí. Se habrían ido a la mañana. Tal vez Rafael, sin comprender el daño que la hacía, le había presentado a Juan una mujer. Tal vez este... la besara de la forma que la besó a ella. Apretó los labios. El solo pensamiento de que Juan Pedro le dijera a otra mujer las cosas que le dijo a ella, le producía una angustia indescriptible.
—¿Qué vas a hacer por la tarde? —preguntó él, de pronto, interrumpiendo sus pensamientos.
—No lo sé.
—¿Vendrás a pasar un rato conmigo?
Diana se dijo que no. Necesitaba aquella tarde para ella. La necesitaba imperiosamente. Se iría sola, no sabía dónde. De paseo. Sí, a pasear por el borde de los acantilados. Sentir la brisa en el rostro. No pensar. Vivir tan solo aquellas pocas horas de libertad.
—Diana... ¿no me escuchas?
—Sí, sí...
—Pareces tan lejos de mí...
—¡Oh, no! —le asió la mano. Sentía hacia él una honrada piedad. Pero no solo hacia él, sino también hacia ella, por tener tan poco valor. ¿Qué iba a ofrecerle? La migaja de un cariño. Algo tan absurdo, que con ello jamás podría ser feliz—. No debes decir eso, querido.
—Perdona. Dime lo que harás esta tarde.
—Ya sabes que aprovecho los días festivos para ocuparme de mis cosas. Tomasa es demasiado bulliciosa para depositar en ella mi confianza. Me agrada arreglar mi cuarto y mi ropa. Vendré a verte... después de cenar, como siempre.
Él pensó que era muy poco. Demasiado poco. Al principio notaba en Diana más entusiasmo. Nunca demasiado. Pero tal vez ello se debiera al carácter de Diana. Diana no era apasionada. Ella quería siempre igual... De un tiempo a aquella parte, la muchacha parecía lejos de sí. Pero no volvería a decírselo. Además... aquel llorar...
Quedaron ambos silenciosos. Diana veía las nubes cada vez más negras y más junto al horizonte, rozando la línea policromada del mar. Por la tarde llovería acaso. Mejor. Le gustaba la lluvia. No le agradaban las tardes tristes, indecisas. O sol o lluvia.
—Diana...
—Dime.
—¿En qué piensas en este instante?
Lo miró. Vio sus ojos moverse dentro de las órbitas, como si pretendieran taladrar las tinieblas. Sintió de nuevo aquella súbita pena.
Asió su mano y la oprimió con ternura. Sí, ella sentía ternura hacia Félix. Una gran ternura. Siempre sería su mejor amiga, le daría todo su corazón. Pero su esposa... ¿Cómo podría cumplir sus deberes de mujer, junto a un hombre al que quería, pero que no amaba?
—No me has dicho en qué piensas.
—En ti.
—¡En mí! ¿Qué pensabas de mi?
«Lo mucho que te debo. Lo mucho que te debemos todos. ¿Qué hubiera sido de nosotros sin ti? Mamá hubiese tenido que trabajar, Rafael jamás hubiera podido terminar su carrera. Antolín con su rostro de chico simpático, se vería precisado a luchar en la vida... Olga y yo...».
—¿En qué piensas, Diana?
—¡Oh, pues... en tu operación!
—Diana —gritó Olga desde el fondo del parque—. ¿No puedes venir?
—Félix, me llaman.
—Lo oigo.
—¿Vienes, Diana?
—Sí, sí —se puso en pie—. Hasta la noche, Félix. Le diré a Olga que venga a hacerte compañía.
Félix no contestó. Buscaba con ansiedad la silueta de Diana, y como siempre, crispaba el rostro al reconocer su impotencia.
—¿Qué pasa, Olga?
—Te llaman al teléfono —y alzándose de hombros añadió—: No lo dije a gritos, porque el otro día, cuándo te llamé delante de Félix, me pareció que este se entristecía. Además... como es un hombre... —Y con curiosidad—. ¿Qué hombre es el que te llama, Diana?
—No lo sé.
Y echó a andar como un autómata hacia la casa. Juan Pedro no era; no podía ser, porque se había ido con Rafael y Marisa a la montaña y no regresarían hasta el día siguiente. Se sintió desmadejada y a la vez culpable de un deseo. Porque ella, en el fondo, deseaba algo muy distinto a lo que tenía.
* * *
—Diana...
—Diga.
Aquella voz.
—Diana, ¿me oyes?
—Sí. No..., no has ido.
—No. No podía soportar la felicidad de tus hermanos, sin ti. Cada día siento más mi soledad.
Diana no contestó. Escuchaba la voz de Juan. Una voz que la llamaba aun sin pronunciar la palabra ven. Una voz a la que ella acudiría aun por encima de su razonamiento y su sensatez. Una voz... que era como su propia voz.
—Diana..., ¿te has retirado?
—No.
—Escucha, querida. Necesito verte.
—No me pidas —susurró tenuamente—. No me lo pidas.
—Te lo suplico. Por favor, ven...
¡Ven! Aquella sola frase suponía para Diana una tentación dolorosa. Supo, desde aquel mismo instante, que no podría contenerse. Que iría... ¿A dónde? ¿Y qué importaba? Al fin del mundo, a morir o a gozar, o a renegar después de sí misma. Pero iría...
—Diana...
—Te... te... oigo.
—Ven, querida. Esto es como un suplicio. Me imagino —añadió roncamente— cómo será la antesala de un condenado a muerte. Días y noches luchando por evitar el fatídico momento. Así vivo yo... Nunca... pensé que... yo llegaría a este extremo. Diana, te espero junto al cine Pereira. Nos meteremos allí. Es sesión continua. No habrá mucha gente.
—No... debo.
—Dímelo a mí. Por favor... te espero allí, dentro de media hora. Si no vienes... si no vienes, iré a casa de Félix y se lo diré todo.
—No —gritó como en un alarido—. No...
—¿Qué te pasa, Diana?
La madre apareció en el umbral.
La joven la miró como si fuera una aparecida.
—Diana... —se extraño la dama—. Tú, tan serena, pareces desquiciada.
—No..., no...
—¡Diana! —gritó desesperadamente Juan, al otro lado.
Diana retiró el receptor un momento y lo miró como si fuera un extraño. Lo colocó sobre el soporte.
Quedó erguida junto a la mesa. Miró a su madre de modo raro.
—Querida, ¿qué te ocurre?
—No..., nada.
—Estás pálida.
—Me..., me duele la cabeza. Voy... voy a dar una vuelta. Tal vez... se me despeje.
—¿Con quién hablabas por teléfono?
—¿Con... —abrió mucho los ojos— quién?
—Sí, eso he preguntado. No creo que sea una pregunta absurda. Y lo parece, por la forma en que me miras.
—Perdona, ¡oh, sí, perdona! —se alejó hacia la puerta—. Saldré un rato.
Lo hizo. Y cuando la puerta se cerró tras ella, la dama pensó que no le había dicho con quién hablaba por teléfono. ¿No estaba Diana muy rara aquellos días? Tendría que comentarlo con Rafael. Sí. Rafael siempre hallaba una explicación para todo. Y conocía a Diana, tal vez mejor que ella.
* * *
Se diría que la empujaba una fuerza superior. Se diría, asimismo, que no era ella la muchacha que caminaba a lo largo de la avenida, con paso de autómata, en dirección al cine Pereira. Y, posiblemente, no lo fuera, pues algo, como una fuerza interior y sobrenatural, la empujaba hacia adelante.
Él la vio cuando daba la vuelta a la esquina. Se quedó como paralizado, temeroso de que aquella realidad de mujer se convirtiera en una visión.
Vestía Diana un traje chaqueta de hilo blanco y una blusa azul, bajo este. Calzaba zapatos blancos y azules y asía un bolso azul. Su pelo rojizo, sedoso, lo llevaba recogido en un moño a lo largo de la nuca. Sus verdes ojos, parpadeantes, miraron a Juan Pedro y se quedaron inmóviles en su rostro. En silencio, sin decirse una palabra, él la asió del brazo. La condujo suavemente hacia el cinematógrafo.
—Diana —susurró—, Diana...
Ella lo miró tan solo. Era la expresión de sus maravillosos ojos, diáfana, pura y a la vez tormentosa. Se diría que allí, en el fondo de las pupilas, se ocultaba una tormenta espiritual que luchaba denodadamente con el deber y el sentimiento.
—Querida...
La oprimió el brazo. Entraban en el local. Todo estaba oscuro. La proyección ya había comenzado. La llevó sujeta por los hombros a través de la oscuridad. Buscó un lugar apartado. Pero antes de sentarse susurró en su mismo oído:
—No somos pecadores, Diana. Nos amamos, nos necesitamos, Dios no puede culparnos por ello.
Tampoco contestó. La ayudó a sentarse y después él lo hizo a su lado.
Durante un rato permanecieron silenciosos. Él tenía el brazo de ella enlazado con el suyo y le oprimía las dos manos con ansiedad. Diana no correspondía, pero tampoco se apartó. Se diría que estaba muerta.
—Querida...
—Cállate —dijo bajísimo—. Hemos... hemos venido al cine.
—No. Hemos venido para estar juntos. Lo que ocurre ahí no nos interesa en absoluto.
—Debiste... ir con ellos.
—Me ofende su amor..., su felicidad...
Se hablaban susurrantes. Había tan poca gente en el local, que para todos podía pasar inadvertida la pareja que se ocultaba al fondo del palco.
—Tenemos que poner fin a este suplicio —dijo él persuasivo.
—¿Cómo? —lo miró—. ¿Cómo, Juan?
—Siendo tú sincera. O siéndolo yo. Tú no puedes sacrificar tu vida por agradecimiento.
—¿Quién... te ha dicho...?
—¿Acaso puedes negarlo?
Se mordió los labios.
—Diana... sé sincera con Félix, o permíteme a mí serlo. Solo una vez en la vida pasa la felicidad por la puerta de dos seres. Si no se alcanza..., ¿qué puedes ofrecerle a Félix? ¿Crees posible que él comprenda jamás lo que tú sientes, lo que haces por agradecimiento... lo que sacrificas en esta piadosa mentira del querer?
—Jamás podré decirle a Félix lo que ocurre. Sé que hago mal... Él y todos me creen en casa... Y estoy aquí —añadió con amargura—. Aquí, junto a ti...
—Y eres feliz...
—Sí, con una angustia insufrible. Si eso es gozar de la compañía de un ser querido... Si esto es gozar...
La atrajo hacia sí. Le enmarcó el rostro con ambas manos. Fue fácil, sumamente fácil, allí en la oscuridad, hacerle sentir aquel súbito placer en el que no creía.
—No... —pidió débilmente—. No. Tú sabes... que no puede ser.
No contestó. La miraba a los ojos muy de cerca. Sus labios temblaban. Cuando los abarcó con los suyos, los sintió estremecerse. La besó larga y apasionadamente. Diana, que, al fin y al cabo, era solo una mujer, y no precisamente de hielo, ni tampoco pretendía ser una heroína, se oprimió contra él.
—Juan... —susurró—. Juan...
* * *
Anochecía. Salieron mezclados con los demás. La llevaba sujeta por los hombros. La miraba con adoración. Y ella, sumisa, y a la vez atormentada, iba a su lado, caminando como si le pesaran los pies.
—Daremos un paseo en mi coche —le dijo.
—Aguarda. Mira la hora.
—Son las nueve...
—Hasta las diez nada más...
—Te lo prometo.
—Y después... olvidamos esto.
Juan no contestó. Subieron al auto y este se alejó en dirección a los acantilados. Hicieron el corto recorrido en silencio. Solamente al iniciar el ascenso, él dijo quedamente:
—¿Me das un cigarrillo?
En silencio ella lo extrajo de su bolso. Lo encendió en su boca y lo puso en la de Juan. Después encendió uno para ella. Fumó en silencio, muy despacio, expeliendo el humo y siguiendo la trayectoria de las espirales.
En lo alto del acantilado, Juan aparcó el auto. Descendieron ambos.
—Sentémonos —propuso él— cara al mar.
Apenas si se veía. Tan solo las luces del puerto, envueltas en la densa niebla, parpadeaban como si se burlaran de ellos.
—Diana —dijo Juan inclinándose hacia ella—. Dime... ¿crees posible que sintiendo lo que sientes, lo que sabes que yo siento por ti... puedes pagar tu deuda moral con tu cariño?
—No lo sé.
—Debes ser valiente. Enfréntate cara a cara con la realidad. ¿Nunca habías pensado sentir el amor como lo sientes ahora?
Diana asió unas hierbas y las apretó entre los dedos. Miraba fijamente a aquellos, como si huyera de la mirada de Juan. Él la asió la barbilla.
—Diana, mírame a mí. No busques en las hierbas una respuesta.
—No puedo —exclamó ahogadamente— continuar así. Cierto que te amo. ¡Dios mío! Como nunca creí que se pudiera amar. Pero también, y aunque te parezca extraño, quiero a Félix. De otro modo —se agitó—. Como quiero a Rafael, a Olga, a Antolín... No soy capaz de producirle un dolor a Félix, y lo hubiera destrozado.
—¿Y a mí? ¿No has pensado que también me destrozas a mí?
—Es distinto. Tú eres fuerte, eres sano. Me ves... Me ves, ¿comprendes? Y Félix mueve los ojos, me busca con ansiedad y no me encuentra nunca. Antes aún encontraba mi espíritu. Ahora ni eso. ¿Te das cuenta? Es un hombre espantosamente solo —se tapó el rostro entre las manos—. No me pidas que le diga... Déjame vivir en esta agonía el resto de mi vida. No seré suya. Jamás me casaré con él. Pondré obstáculos siempre. Lograré librarme de este compromiso, pero no me pidas que me case contigo. ¿No comprendes? A tu lado yo sería intensamente feliz. Tal vez la renuncia sea el sacrificio que Dios me pide. Todos hemos venido a esta vida con una cruz. Hay quien tiene de todo, y le falta el amor. Hay quien tiene el amor, y le falta todo lo demás. Yo también tendré esa cruz, y tú, porque serás mi misma cruz.
—No puedes llevar sobre tus débiles hombros una cruz que te impones por deber. Dios no aprueba el engaño. Y tú estás engañando a un hombre.
—Si es feliz con el engaño —dijo ella calladamente—. Si yo le mantengo en la ignorancia..., será porque Dios me lo indica así. Ya ves, no todos son felices con la verdad. Si yo se la dijera a Félix se moriría de dolor.
—Y crees —reprochó él— que será feliz con la mentira.
—Al menos... no sufre como yo.
—Y te impones tú, todo el sacrificio de la familia.
—Fui la señalada para hacerlo.
—Escucha, querida. ¿Qué puedes pensar de un hombre que ama a una mujer y jamás la besó en la boca?
—¡Juan!
—Él me lo dijo. «La respeto tanto, que nunca me atreví a pedirla un beso...». Yo no soy tan deferente. Yo soy un hombre y jamás podré, vivir al lado de una mujer amada, sin besarla, sin acariciarla, sin poseerla. Yo soy un hombre human Diana. No soy un pelele.
—Juan...
—Es la verdad. Y tú, a quien conozco lo bastante para poder juzgarte, no puedes vivir con un cariño a medias. Necesitas que te quieran, y no solo con el espíritu, sino también con todo el corazón, con toda el alma, con todo el cuerpo. Félix te respetará tanto, te admirará tanto, te contemplará tanto, que se olvidará de que eres mujer y te confundirá con una reliquia. Yo no —gritó rotundo—. Yo tengo que saber que eres mujer, sentirte mujer, amarte y poseerte, como se ama y se posee a la mujer de uno.
—Juan, Juan... cállate.
La atraía hacia sí. Enardecido continuó:
—Te amo, Diana. Te deseo, te admiro, pero no te contemplaré jamás como si fueras un objeto de lujo. Te haré sentir placer del amor y tú me lo harás sentir a mí. ¿No te das cuenta de que somos uno formado para el otro? ¿Aún no has comprendido que quizá ambos somos un poco pecadores? Pero somos humanos, sentimos, sufrimos y gozamos, y nos hacemos cargo de nuestras responsabilidades. ¿Qué vas a conseguir en la vida, sacrificando la tuya por un hombre que es muy bueno, muy considerado y muy noble, pero carece de la pasión natural, de la intuición suficiente para saber lo que desea, lo que anhela la mujer que está a su lado, que Dios le dio por compañera?
—Cállate, Juan... Por el amor a Dios, suéltame.
Pero ella no se apartaba. De súbito alzó los brazos y enmarcó el rostro de Juan entre sus manos temblorosas.
—Te adoraría, sí —dijo apasionadamente—. Eres... mi media naranja, lo sé. Pero no me obligues a faltar a mi deber.
—Y por deber renuncias a lo que más quieres. ¿Sabes, Diana, que será la última vez que te lo pido?
—Por favor...
—Querida... que destroces por ese puritano deber nuestra felicidad... Yo he pasado por la vida durante años y años... Jamás, sentí este deseo de ser feliz con una mujer determinada. Al verte a ti...
Diana se puso en pie súbitamente.
—Es tarde —dijo aturdida—. Es tarde.
Juan ya estaba a su lado. La asía por la cintura y la cerraba contra él. La dobló en su pecho.
—Diana... quiero besarte.
Ella parpadeó.
—Diana, Diana...
La muchacha sintió aquellos besos como llagas ardientes.
VIII
—He acudido a tu llamada —dijo Rafael, desplomándose en una butaca y encendiendo un cigarrillo— porque consideré que me necesitabas de veras. ¿Qué es lo que ocurre, mamá?
—No lo sé.
—Caray, pues si no lo sabes tú que me llamas, ¿quién lo va a saber?
La dama se sentó junto a su hijo. Este asió su mano y la oprimió entre las suyas.
—Te veo inquieta, mamá. ¿De qué se trata?
—Diana.
—¡Ah, Diana! ¿Qué le pasa? ¿Ha decidido casarse?
—No es eso.
—Siempre dije que esas relaciones son absurdas. Félix no es hombre para Diana, y esta no es mujer para Félix. ¿Por qué no intervienes tú y lo arreglas? Eres la única que puede hablarle a Félix.
—Rafa —exclamó la madre, alarmada—. ¿Cómo puedes decir eso?
El marido de Marisa se puso en pie impaciente y empezó a pasear el saloncito de un lado a otro, ora deteniéndose ante su madre, ora ante el ventanal, ora caminando de nuevo.
—Mamá —decía a la vez—. Es absurdo que todos tengamos reparo en ofender a Félix. Cierto que nos hizo mucho bien. Cierto que le debemos, casi se puede decir, cuanto somos. Tal vez yo le deba más que nadie, puesto que me he casado con Marisa, y si no fuera arquitecto, jamás la hubiese conocido. Todo eso lo sé, y se lo pagaría a Félix con mi sangre. Pero lo que Félix pretende es que le pague con una mujer que no le ama, que lo aceptó por agradecimiento, y hasta, si quieres, por piedad.
—No me has comprendido, hijo mío. Yo nunca dudé del amor que Diana siente por Félix.
Rafael se la quedó mirando asombrado.
—Entonces —exclamó rotundo— es que estás ciega.
—¿Por qué no puede Diana amar a Félix?
—Repito lo que dije miles o millones de veces. Porque no es el hombre que encaja en la vida emocional de Diana. Tú eres madre y observas a tu hija bajo un prisma diferente. Tú sabes decir que Diana es buena o mal, apasionada o simple. Pero jamás te has detenido a pensar que bajo los ojos, la sonrisa, la palpitación de Diana, se oculta una mujer temperamental. No es tan calladita, tan simple, tan suave como tú crees. Diana es una mujer altamente apasionada, y jamás, jamás, podrá ser feliz con un hombre tan apagado como Félix. Todo bondad, si quieres, todo corazón, lo admito; pero falto de carácter, de temperamento, de ambiciones. ¿Qué hombre, por mucho dinero que tenga, se limita a vivir a lo simple, como él vive, de sus rentas? ¿Qué hombre no ambiciona más y más? No me digas que todo se debe a su ceguera. Cuando Diana se prometió a él no era ciego, y vivía... como vive ahora. Jamás he visto a Félix con una iniciativa propia. Cuando tenía algún contratiempo acudía a ti, y tú, desde tu pedestal de mujer intuitiva, le decías lo que tenía que hacer. Recuerdo que siendo yo un crío, y Félix con sus buenos años, acudió a mí para salir de un apuro amoroso. Es absurdo que pretendamos admitir que este hombre hará feliz a una muchacha como Diana, ambiciosa, luchadora, temperamental, que se supera cada día. ¿Sabes lo que dice mi suegra? Que sería capaz, ella sola, de llevar la oficina y salir airosa en la prosperidad del negocio. Ella no puede admirar a un hombre como Félix. Y donde no hay admiración, mamá, donde no existe superación por parte del hombre, no puede haber amor por parte de la mujer. Félix ama a Diana porque es más que él, porque en ella se apoya, se consuela. No es así —gritó—. No puede serlo. En el matrimonio, si no es la mujer quien se apoya en el hombre, no puede existir jamás la felicidad ni el amor, ni siquiera la estimación, porque en el fondo de su alma, la mujer despreciará siempre al marido. ¿Está bien claro, ahora?
—Tal como tú lo dices —suspiró la dama— sí que lo está. Pero yo aún no lo he visto así.
—¿Para qué me has llamado? —preguntó apremiante, malhumorado.
—Para desahogar contigo mi inquietud. Diana no es la de antes. Le ocurre algo.
—Naturalmente —decidió cortante—. Le ocurre lo que te dije. Félix se operará uno de estos días... Dadas las impresiones, es seguro que recobrará la vista. La boda es inminente. A ese punto no desea llegar Diana.
—Pero...
—No puede haber otro motivo.
—Yo quisiera que tú le hablaras.
—¿Dónde está ahora?
—Acaba de regresar de la oficina. Ayer noche llegó a casa muy tarde, pálida, ojerosa, melancólica. Noté que trataba de superar su estado de ánimo, pero no le fue totalmente posible. Félix estuvo solo toda la tarde. Olga le hizo un poco de compañía. Parece que ahora se entienden bien.
—Olga —dijo Rafael rotundo— es la mujer indicada para él. Simple, absurda, estúpida, maniática... Félix siendo su marido, la ayudaría a hacer potingues, y quizá ambos fueran felices.
—Pero, Rafa...
—Es un decir, pero no me equivoco.
Y al rato, sin que la madre interrumpiera su silencio, indicó:
—Subiré a su habitación.
* * *
Diana se disponía a salir, cuando oyó la llamada en la puerta. Alzó una ceja. Casi nunca la interrumpían en su alcoba.
—Pasen —dijo.
Al ver a Rafael parpadeó.
—Tú a estas horas —dijo bajo—. Pasa, pasa —pidió recuperando su sangre fría—. No te esperaba.
Rafael pasó y husmeó en torno.
—Vives —dijo— como tú eres. Esta habitación no podría confundirse con otra. Es tan personal como tú.
—Toma asiento.
—Lo haré junto al balcón para verte mejor.
—¿Qué tienes que ver en mí?
—Nada, nada determinado —rio—. Curiosidad. Mamá me mandó llamar —añadió sincero, como era habitual en él—. Creí que sería otra manía de Olga, pero parece ser que se trata de ti. Mamá asegura que tienes algo...
Diana se puso en guardia.
—¿Algo? ¿De qué?
Rafael alzóse de hombros.
—¡Ah, eso no lo sé! Ayer llegaste tarde, pálida, según mamá, ojerosa, melancólica. Asegura, asimismo, que trataste de superar tu melancolía y casi lo lograste, si bien no ante mamá, que es intuitiva y observadora por naturaleza. Supo leer en nosotros desde muy niños. No te extrañe, pues, que ayer leyera en ti...
—Figuraciones de mamá.
—Posiblemente. Yo —añadió indiferente— no voy a insistir mucho sobre ello. A decir verdad, no me extraña ni tu melancolía, ni tu palidez, ni tus ojeras. Aun ahora las tienes. Considero que llevas un peso lo bastante grande sobre ti, para sentirte amargada. Lo que no me explico es, cómo puedes llevar ese dolor y no participárselo a nadie.
—No sé de qué me estás hablando —dijo enérgica, y ella misma se asombró de su energía.
—Sí que lo sabes —se puso en pie—. No amaste jamás a Félix. Estoy harto de decirlo —dio unas vueltas por la estancia. De pronto vio sobre la mesa una rosa blanca, marchita. Alzó una ceja. ¿No era aquella misma rosa la que Marisa entregó a Juan Pedro la mañana anterior, cuando él fue a decirles que lo excusaran de ir a la excursión? Quedó un instante silencioso. ¿Cómo?, pensó. ¿Qué pasa aquí? Se volvió hacia su hermana—. Te dejo —adujo—. Allá tú con tus asuntos relacionados con Félix.
Cerró la puerta tras de sí, y bajó presuroso las escaleras.
Su madre lo esperaba en el vestíbulo. No le dijo nada. Él no era hombre que se lanzara a la ventura, ni estaba dispuesto a pensar algo que no tenía razón de ser, sin averiguar las causas.
—¿Qué te pareció?
—Como siempre, mamá —la besó en el pelo—. Te dejo. Marisa me espera.
—Volved más por aquí.
—Vendremos a merendar esta tarde.
* * *
Juan se hallaba ante el ventanal del salón, contemplando, absorto, las florecillas del jardín que se abatían ante la menuda lluvia que caía incesantemente. Acababa de regresar de la fábrica y esperaba que la cocinera lo llamara para comer. Tenía una vivienda casi principesca. Se trataba de un palacete enclavado en la avenida residencial. La cocinera, nacida en aquella ciudad, le decía siempre que había pertenecido a unos marqueses. A él esto le tenía muy sin cuidado.
De pronto se extrañó. Vio el auto de Rafael detenerse ante el palacete y a su amigo descender presuroso. Atravesó el pequeño parque a grandes zancadas y oyó su voz tan personal.
—Juan, ¿dónde estás?
Le salió al encuentro.
—Aquí.
—Hola, muchacho. ¿No te extraña verme por aquí a estas horas? —se desplomó en una butaca—. Marisa me está esperando en Perline, Bueno que espere un rato más.
—¿Ocurre algo. Rafael?
—No lo sé. Tú me lo dirás. Mira, muchacho. Yo no ando con preámbulos. Ya me conoces un poco, lo suficiente para saber que soy sincero.
—¿Sabes que me intrigas?
—Toma asiento junto a mí.
—Antes te serviré una copa.
—No, no tengo tiempo que perder —rio—. Ya sabes lo que son las mujeres. Hoy, Marisa se pondrá enfurruñada, y necesitaré el resto de la mañana para desenfurruñarla. Dime... ¿Qué hay con Diana?
La verdad, Juan no esperaba semejante pregunta. Tampoco le interesaba ocultar la admiración y el amor que sentía por la joven.
—Juan Pedro, recuerda que soy un hombre sincero.
—¿Qué es lo que sabes?
—Algo muy importante. Ayer Marisa te dio una flor. Recuerda que la arrancó de un rosal y te la puso en el ojal.
—Sí.
—Esa flor, marchita y doblada, estaba ahora en la alcoba de mi hermana.
—Supongo que habrá flores iguales a centenares.
—No —sonrió Rafael con picardía—. Esa flor lo puede criarla un rosal determinado en la ciudad. Lo hemos traído nosotros de nuestro viaje de novios. Marisa lo cuida como si fuera un hijo. No ha querido dar a nadie la semilla. Ni siquiera a mamá. ¿Te haces cargo ahora?
—Desde luego.
—Bien, espero tu respuesta, tan sincera como mi pregunta.
—Nos amamos.
Rafael se puso en pie.
—¡Ah! —exclamó—. Eso es algo. Te corresponde ella...
—Naturalmente, pero no será nada fácil...
—¿Existe algo más fuerte, más vigoroso, más vencedor que el amor?
—Lucho contra un hombre inválido...
—No. El inválido, como tú dices, es tan débil... como esto —acabó golpeando la butaca—. No luchas contra eso. Luchas contra una conciencia de mujer, demasiado limpia —se echó a reír—. Pues sigue luchando, amiguito. Vencerás. ¿Cuándo no ha vencido el amor? Ahora me largo. Marisa me pondrá los puntos sobre las íes, y las íes de Marisa son peliagudas.
—Oye..., ¿no me reprochas?
Rafael lo miró asombrado.
—¿Reprocharte que ames a Diana? Hombre, sería como si pegara una paliza a mi madre o a mi mujer. ¿Quién mejor que un hombre como tú, para hacer feliz a una mujer como Diana? Mira, Juan, yo me he casado. Soy feliz tengo dinero. No el de mi mujer, que ese es punto y aparte. Tengo el que yo gané. El que gano cada día, pero al mismo tiempo velo por mi madre y mis hermanos. Jamás me olvido de ellos, y hace mucho tiempo que no recibí mayor satisfacción que hoy con respecto a mi hermana, a su porvenir. Si Diana no amara a un hombre, es posible que un día se convirtiera en la esposa de Félix. Pero te ama... No es Diana capaz de encarcelar su vida, amando como debe de amarte a ti.
—¿Piensas decírselo a Félix?
Rafael dio un respingo.
—No... —se sofocó—. No me pidas eso. Yo nunca maté una mosca. Cuando en mi casa se mataba un pollo, yo me escondía en la despensa. No soy cobarde, pero jamás asestaré el golpe de gracia a una persona, puesto que nunca pude asestárselo a un pollo. No, yo no. Todos, incluyendo a Antolín, sentimos por Félix un gran cariño. Creo que lo habrás notado. Pero... entregarle a Diana no entra en ese cariño, como tampoco entra... darle ese golpe de gracia.
—Lo cual significa que tendré que ser yo.
—Tampoco te pido eso. Espera a que sea operado. Creo que ingresa pasado mañana en el sanatorio. Una vez vea con sus propios ojos las reacciones de Diana, o es tonto, o se dará cuenta de que la novia no le ama.
—Cuando se ama a Diana, Rafael, es difícil, aún creyéndola lejos espiritualmente, prescindir de ella.
—Si llega ese instante, entonces tendremos que intervenir todos —le palmeó el hombro—. No te pregunto cómo ocurrió. Me imagino que tuvo que ocurrir, dado cómo sois ambos. Me alegro, muchacho. Espero que vengas a cenar con nosotros esta noche.
—¿Le vas a decir a Diana... que conoces su secreto?
—Claro que no. Trataré de que acuda esta noche a la cena.
* * *
Diana estaba sentada junto a él, pero distraída, como si se hallara muy lejos de Félix. Olga estaba sentada a horcajadas en la balaustrada de la terraza, y balanceaba un pie al tiempo de hablar por los codos. Félix la escuchaba complacido. Diana los escuchaba a los dos como si las voces de ambos procedieran del infinito.
—Te digo, Félix, que fue un éxito.
—¿Quién lo probó?
—El gato de Pilar. Bueno, el nuestro. Y por ahí anda tan tranquilo. ¿No te dije ayer que la baba del caracol daba resultados magníficos para las heridas? Le mezclé una substancia extraída de unas hierbas medicinales. Te lo digo, yo termino siendo inventora. ¿Sabes lo que pienso hacer? Patentaré esta pomada.
—Me parece acertada la idea.
Antolín, que se hallaba a dos pasos, tendido boca abajo en la terraza, lanzó un silbido.
—¿Y quién crees que te ayudará?
—¿Ayudar a qué?
—A patentar eso. Si es una porquería. Apestaba la cocina de Pilar. Buena se puso. Te llamó sucia, llamó a Félix cómplice de simplezas... Yo, gracias a Dios, no me metí en nada.
—¿Has visto al gato? —se entusiasmaba Olga—. Pues por ahí anda tan lozano. Tenía una herida en la pata. Se la hizo la trampa del ratón. Llevaba más de seis días con ella manchada de sangre.
—Me da asco, Olga —chilló Antolín—. No repitas eso.
—¿Y por qué? Las cosas de la medicina...
Diana suspiró.
Félix reparó en que la tenía al lado. Alargó la mano y apresó los dedos de Diana.
—¿Te molesta la conversación, querida?
Diana parpadeó. No había reparado en lo que hablaban.
—¿Qué dices? —preguntó aún distraída.
—Decía...
—Señorito Félix, señorito Félix —gritó Pilar apareciendo en la terraza—. Se ha muerto el gato.
Olga dio un salto y descendió de la balaustrada. Antolín se echó a reír. Félix susurró:
—Vaya por Dios.
—¿Dónde está, dónde? —gritó Olga despavorida.
Y echó a correr. Félix también se puso en pie y se apoyó en el bastón.
—¿A dónde vas? —preguntó Diana distraída.
—Pues... Bueno, a ninguna parte.
Se sentó de nuevo. Al rato apareció Olga con el gato en la mano.
—No ha muerto por la pomada —dijo muy segura de sí misma—. Lo que ocurre es que le dio un síncope.
Antolín se echó a reír nuevamente.
—Admite tu fracaso, Olga, y que no se entere mamá de ese nuevo experimento. Apuesto a que te envía a un pensionado.
—Tú te callas.
—Yo creo —opinó Félix— que tiene razón Olga. Tal vez haya muerto de otra cosa. ¿Quieres que llamemos al veterinario?
Esto último ya lo oía Diana. Se quedó asombrada. ¿Cómo era posible que Félix fuera tan estúpido como su hermana? Se puso en pie y se alejó. Nadie notó su falta. Descendió despacio hacia la casa. Empezaba a oscurecer. ¿Cuántos días hacía que Juan no visitaba a Félix? Más de quince. Félix nunca se quejaba.
—Diana —dijo la madre que salía en aquel momento—. Te llaman al teléfono.
Se estremeció.
—¿Quién...?
—Tu hermano.
—¡Ah!
Se dirigió sin prisas a la salita.
—Dime, Rafa.
—Oye, querida. Tengo una cena organizada esta noche...
—No cuentes conmigo.
—Si no me has dejado hablar. No se trata de gente extraña. Nosotros dos, Marisa y yo...
—¿Y para qué me necesitáis a mí?
—Marisa se empeña... Ya conoces a Marisa. Cuando se empeña en una cosa... tiene que salirse con la suya. Yo creo que... deberías venir. No creo que Félix te necesite esta noche. Además, está Olga ahí para entretenerlo.
En efecto podía entretenerlo. Lo lograba sin duda con sus tonterías.
—Iré.
—Gracias, querida. ¿Paso a recogerte?
—No. No sé a la hora que podré ir. Iré yo cuando termine de hacer unas cosas que tengo pendientes.
—Perfectamente. Hasta la noche, pues.
Al colgar el teléfono y dar la vuelta, se encontró con su madre que la miraba escrutadora.
—Era Rafa, en efecto —dijo por decir algo—. Me invita a cenar.
—¿Irás?
—Me parece una descortesía defraudar a Marisa.
—Por supuesto.
—Lo siento por Félix.
—Le diré a Olga que vaya a tomar el café con él.
—Gracias, mamá.
Pasó ante ella sin detenerse. Encontró a Antolín junto al surtidor. Metía la mano en el agua y la sacaba, sacudiéndola.
—He tocado al gato —dijo malhumorado—. Me da un asco... ¿Crees que se lo da a ellos? Qué va. Félix va a llamar a un veterinario...
—Eso es una tontería —dijo Diana distraída.
—Eso digo yo —bajó la voz—. ¿Sabes lo que te digo? Félix y Olga se han vuelto locos. Yo, de ti, reñía con Félix.
—Pasado mañana se va al sanatorio.
IX
Llegó al piso de su hermano a las nueve y media, después de recorrer a pie la ciudad, como un autómata. Ella era una mujer de decisiones rápidas, y no obstante, en aquel problema tan personal, se encontraba desarmada, sin saber actuar, y mucho menos, cómo reaccionar.
Le abrió una doncella. Oyó voces en el salón. La de Marisa, la de Rafael y la de... ¿Juan? ¿No era aquella la voz pastosa, tan varonil y personal de Juan Azpeitia? Sintió como un sobresalto, y casi inmediatamente tuvo un súbito movimiento de retroceso, mas Marisa apareciendo en el umbral, exclamó alegremente:
—Querida, ya creíamos que no venías. Pasa, pasa. Mira —añadió al descuido—. También está aquí Juan. Ha venido a visitarnos y le invitamos a cenar...
Diana parpadeó. No había visto a Juan desde aquella noche... Verlo, sería recordar, uno por uno, los besos que se dieron, las caricias que recibió. Sintió un rojo vivo en el rostro. Pero acuciada por Marisa, dio un paso al frente. Rafael servía en aquel instante, de espaldas a la puerta, una copa de coñac. Juan, no: Juan estaba de pie, mirando hacia ella... Sus ojos se encontraron. Hubo un parpadeo rápido, extraño. Él sonrió. Ella quiso imitar su mueca.
—Querida —exclamó Rafael dando la vuelta—. ¿Cómo has tardado tanto?
—Pues...
—Bueno, ya estás aquí. Toma —le alargó una copa—. Bebe para animarte.
Ella lo miró con fingido asombro.
—¿Quién te dijo que no estoy animada?
—Mamá. Dice que sufres accesos de melancolía. Bueno —rio alzando los hombros—. Tal vez sean figuraciones de mamá —le pasó un brazo por los hombros—. Juan Pedro, aquí tienes a la mujer que piensa sacrificar su vida, su hermosa vida, por agradecimiento.
—¡Rafael!
—Bueno, perdona que descubra tus secretos —y sin transición—. Marisa, ¿no está la comida?
—Podemos pasar al comedor.
Salió del saloncito y Rafael la siguió. Al llegar al umbral se excusó:
—Diana, hazle los honores a Juan. Nosotros volvemos en seguida.
No supo dónde meter las manos. Mirar hacia Juan era como delatarse. Lo sintió tras ella, inclinado, ansioso.
—Diana.
Ella dio la vuelta en redondo. Quedó frente a Juan.
—Si... hubiera sabido —susurró con tenue acento— que tú estabas aquí...
—No hubieses venido —terminó él mirándola ansiosamente.
—No, no hubiese venido.
—¿Crees posible que dos seres humanos, tan débiles en ciertos casos, pueden luchar contra una fuerte atracción, contra un cariño verdadero que hace más poderosa esa atracción?
—Cállate.
—Siempre me dices igual, Diana. ¡Cállate! ¿Qué importa que me calle, si tú lees en mis ojos y en mi boca silenciosa todo lo que ocurre, reflejo vivo de lo que te ocurre a ti? Es algo más fuerte que nosotros mismos, Diana.
La joven escapó de su mirada. Vuelta de espalda, dijo ahogadamente:
—Es tu amigo... Es el hombre a quien nosotros se lo debemos todo. Nunca... nunca podré ser tan egoísta...
—Querida...
Fue a tocarla, pero Diana dio un paso hacia adelante y se volvió rápidamente. Lo miró. Desvió los ojos. Volvió a darle la espalda.
—Diana...
—No me digas nada. Creo que... que... debo irme.
Juan dio un paso al frente y la asió por la muñeca. Fue a decir algo, pero los pasos de Rafael lo detuvieron. Se apartó de Diana y se aproximó al bar. Se sirvió una copa. Diana continuaba de pie en medio de la estancia, como si la clavaran allí.
—Pasemos al comedor, muchachos. La mesa está servida.
* * *
No quiso bailar. Sabía que, de hacerlo, no podría contener la tentación de dejarse llevar y escuchar la voz queda, grata, suave, invitadora, de Juan Pedro Azpeitia. Y no debía ser así. Tenía que doblegarse. Retorcerse el corazón, pues ella conocía bien sus deberes. Tal vez Juan no los comprendiera. Tal vez Rafael los censurara, tal vez su madre se limitara a respetarlos. Por encima de todos ellos, ella se casaría con el hombre a quien había dado su palabra.
Como en otra ocasión, Rafael y Marisa bailaron amorosamente, mejilla con mejilla, en una esquina del salón, mientras la melodiosa música invitaba a adormecerse. Juan se hallaba sentado junto a ella. Sentía su mirada como lava candente en su perfil. Aquello era superior a sus fuerzas.
Se puso súbitamente en píe, y con nerviosismo consultó el reloj.
—Son las once y media —dijo a media voz—. Tengo que irme.
Casi inmediatamente, Rafael y Marisa la miraron.
—Pero si mamá sabe dónde estás.
—Aún así.
—Está bien. ¿Quieres acompañarla, Juan?
—¡No! —lo dijo con fuerza, impulsiva, como si temiera algo terrible.
—¿No? ¿Pero, por qué? No son horas de andar una mujer sola por la calle.
—Pediré un taxi.
—No seas así, Diana —dijo Juan mansamente—. ¿Qué te hice para que me desprecies de ese modo?
Se encontró cortada, sin saber qué responder. En efecto, daba la sensación de que Juan le era odioso, y le molestaba en gran manera que sus hermanos lo creyeran así. Sin mirar a Juan, dijo:
—Está bien. Acompáñame, pues.
Rafael la ayudó a ponerse el abrigo de entretiempo y Juan abrió la puerta.
—Hasta otro día.
—¿Sabes una cosa, Diana? Tiene razón mamá. A ti te ocurre algo.
—Figuraciones vuestras, Rafa —dijo serenamente—. No me parece a mí propio que me sienta tan feliz como vosotros, en víspera de operar a mi prometido.
¿Pretendía ponerse en guardia ante una suposición? Rafael y Marisa se limitaron a sonreír. Juan no dijo nada. Mantenía la puerta abierta, y Diana pasó por ella dando las buenas noches a sus hermanos.
Los dos entraron en el ascensor. Nada más cerrarse este, Juan estalló. Se inclinó sobre ella, le alzó la barbilla con un dedo, la aprisionó contra una esquina y preguntó roncamente:
—¿Pretendes atormentarme?
—Suéltame.
—Pero si no lo deseas, Diana. Si me amas con toda el alma. Si ese prometido al que aludes tan enérgicamente, es un mito. Si nunca podrás ser su esposa.
Diana lo miraba suplicante, con los ojos llenos de lágrimas. Era difícil mantenerse sereno ante una mujer llorosa a la que amaba más que a su vida. La cerró contra sí. Diana no trató de desasirse. Miraba a Juan con anhelante expresión, y él fue inclinándose hacia ella poco a poco, hasta encontrar su boca. Fue como si dos mundos estuvieran buscándose una vida entera, y al hallarse estallaran, uno mezclado con otro. En la esquina del ascensor, sin ruido, sin palabras, se oprimieron uno contra otro. Ella alzó los brazos, y nerviosamente enredó sus dedos en los cabellos de Juan. Este la oprimió por la cintura. No fueron montones de besos. Fue un solo beso, largo, incansable, apasionado, sincero.
—Diana... Diana...
—No soy yo —decía ella ahogadamente sobre su boca—. Te aseguro que esta no soy yo. ¡Dios mío, perdóname, pero...!
—No puedes.
—No puedo, no. A tu lado... pierdo... eso... Todo eso que los demás admiran en mí.
—Querida.
—Si yo pudiera arrancarte de mi mente, de mi corazón...
—Jamás podrías ser feliz...
—¿Y qué es la felicidad? Di, ¿qué es?
—Esto, esto...
El ascensor se detuvo. Ambos se miraron como si fueran otras personas. Él esbozó una sonrisa.
—Te llevaré en mi auto —dijo bajísimo, atrayéndola hacia sí—. Déjame pensar, solo por unos minutos, que soy tu hombre, que tú eres mi futura esposa... Que te llevo a casa, que detengo el auto y te beso... Y que tú no escapas de mi contacto. Que lo deseas, que lo necesitas.
—Es grato —susurró ella pisando la calle y colgándose del brazo de Juan— pensar eso, sentir eso... Me hago mil propósitos. Quiero odiarte, busco pretextos para odiarte...
—Y no puedes.
—Puedo, o creo poder mientras estoy lejos de ti —dijo vencida—. Pero cuando me tocas...
Subieron al auto, uno por cada portezuela.
—¿Te das cuenta —preguntó él quedamente, al mismo tiempo de poner el auto en marcha— lo hermoso que sería, haber cenado ahora con tus hermanos, y volver a casa, a nuestra casa...?
—¡Cállate!
—¿Lo has pensado alguna vez?
—Sí, sí, pero cállate. Háblame de otra cosa. De la noche, de tu trabajo, de la cena...
—Y de tu deber, de lo que tú consideras tu deber.
—De eso..., ¡no!
—Cada vez que pienso que Félix puede besarte y quererte, como yo te beso y te quiero...
—Por favor... háblame de otra cosa...
—Diana, escúchame...
—¡No, por el amor de Dios! Mañana ingresa en el sanatorio. ¿Qué debo hacer yo? Di, ¿acaso crees honrado que ingrese sabiendo que yo amo a otro hombre? No sería humano. Bastante delito tengo, bastante me duele... Bastante... —súbitamente ocultó el rostro entre las manos—. Bastante sufro... —susurró con voz ahogada.
Él detuvo el auto ante el chalet, y la atrajo hacia si silenciosamente. A su contacto, Diana dio un salto, y, casi bruscamente, salió del auto y echó a correr parque abajo. Juan apretó los labios. Contempló absorto su silueta hasta que desapareció. Luego, muy lentamente, se volvió hacia el volante y puso el auto en marcha. Al dar la vuelta vio la figura de Diana, iluminada por la luz del vestíbulo, en el umbral. Firme, quieta, con la vista fija en el auto.
* * *
Todos pasaban a preguntar por él. Olga y Diana se turnaban en el sanatorio para atenderlo. Había sido operado dos días antes, y se esperaba el resultado con ansiedad. Juan fue aquel atardecer. Encontró a Olga en el salón contiguo a la alcoba del operado. Se hallaba una pierna sobre la otra. Vestía de mujer, y era, realmente una hermosa muchacha. Llevaba un modelo de hilo estampado, calzaba altos zapatos, y peinaba el cabello hacia atrás, despejando su hermosa frente.
La encontró distinta. No creyó posible que aquella joven tan desaliñada de ordinario, fuera la misma muchacha que le sonreía amablemente.
—Hola, Juan.
—Hola, Olga. ¿Cómo está?
—Tranquilo. Espera pacientemente a que le quiten las vendas.
—¿No estuvo tu hermana por aquí?
—Sí, claro. Nos turnamos. No tardará en venir. Me toca a mí descansar.
—Ya veo —rio Juan, campechano— que por tu amigo del alma has olvidado los horribles pantalones.
Olga se ruborizó. Juan pensó que era asombroso que Olga, tan despreocupada para todo, se ruborizara.
—Una tiene que ponerse a la altura de las circunstancias.
—Es verdad.
—Mira, ahí llega Diana.
Juan se volvió despacio. En efecto, Diana ya estaba frente a él. Lo miraba serenamente, o al menos nadie hubiera hallado nada raro en la expresión de sus ojos. Nadie que la conociera menos que él...
—Puedes marchar, Olga —dijo—. Hola, Juan.
—He venido...
—Me lo imagino.
Estaba muy bonita. Vestía un traje de chaqueta de hilo color crudo, y bajo este, una blusa blanca. Calzaba altos zapatos, igual que el bolso.
—¿Lo has visto?
—No. Iba a pedirle a Olga que me acompañara en este instante.
—Ya me voy —dijo Olga—. Vendré a la noche, Diana. Adiós, Juan.
—Hasta otro momento, muchacha.
—Pasa, Juan —invitó Diana—. Te llevaré, a la alcoba de Félix.
—Espera.
Antolín, que entraba en aquel instante, se detuvo tras el cortinón. No sabría decir jamás por qué, pero lo cierto es que no se atrevió a entrar.
—Juan... te pido que pases.
—Antes déjame mirarte.
—Pero, Juan...
Antolín no sabía nada de amores, ansias o deseos, pero había algo que no escapaba a su perspicacia. El acento de un hombre que quiere a una mujer y el acento de una mujer que quiere a un hombre. Le resultó todo aquello muy divertido.
—Por favor, Juan...
—Escucha, querida. No he venido antes, porque siento que odio a Félix. Lo desprecio porque quiso, o quiere, cobrar contigo, todo el bien que os hizo, y eso no es honrado. Será muy humano, pero no es honrado, Diana.
—No es momento para discutir eso. Te lo suplico...
—Tú sabes —oyó Antolín la voz ronca de Juan— lo mucho que te amo.
—Me lo... me lo has dicho.
¿No temblaba la voz de Diana? ¿No era todo aquello muy curioso?
—Pasa... —pidió ella con acento ahogado—. Después... hablaremos.
* * *
Félix se hallaba sentado en una butaca, y frente a él, el especialista procedía a quitarle las vendas. Olga y Diana se miraban con honda ansiedad. En la antesala se oía la voz de Rafael, la de Marisa y la de la madre de Diana.
La venda fue poco a poco descubriendo el rostro de Félix. Primero se le vio la nariz, después la frente, más tarde los párpados y, casi inmediatamente, la venda quedó en poder del médico.
—No abras los ojos inmediatamente, Félix —ordenó el especialista—. La estancia está a media luz. Ve abriéndolos muy poco a poco, y ve diciéndome qué ves...
Félix movió la cabeza de un lado a otro, con aquel mudo ademán ciego, pero de pronto, se detuvo en un punto. Veía una súbita, aunque débil claridad. Y una figura humana que iba, poco a poco, tomando forma.
Sujetando las manos a los brazos del sillón, murmuró:
—Veo... Veo...
Diana se estremeció. Olga juntó las manos y murmuró una oración.
—¡Veo! —gritó Félix delirante—. Veo... Olga —exclamó—. ¿Eres tú?
—Sí, Félix —susurró ella, emocionada.
—Diana, ¿dónde está Diana?
—Detrás de ti...
Félix dio la vuelta en redondo. Encontró la figura de Diana, alta, esbelta, flexible...
—¡Diana! —exclamó—. ¡Oh, Diana!
Dio un paso hacia ella y después otro hacia Olga. Las dos se acercaron a él a la vez, y Félix las unió en apretado abrazo.
—Queridas... queridas... —susurró—. Mis valientes enfermeras...
Se abrió la puerta y aparecieron todos. Félix fue besándolos uno a uno y cuando llegó a Antolín, le apretó contra si, murmurando:
—Muchacho, mi querido lazarillo... —tenía los ojos llenos de lágrimas, y su emoción apenas si le permitía hablar—. ¿Qué hubiera sido de mí sin vosotros? Rafael, Marisa, Diana... todos pendientes de mí.
—No debe emocionarse así —dijo una enfermera.
—No, por supuesto. Félix, tendrás que quedarte solo unas horas. Ir poco a poco familiarizándote con la luz, y, una vez salgas a la calle, llevarás gafas ahumadas.
—Sí, sí. Pero permítame marchar a casa. Necesito ver mi hogar —asió a Diana por el brazo y la atrajo hacia sí—. Ver cada objeto, cada rincón... ¡Mi hogar! El hogar que pronto compartiré contigo.
Rafael desvió los ojos. Diana parpadeó, pero no se apartó de Félix. Antolín, desde su interrogante de niño, se preguntó: «¿Qué es esto? Ella es novia de Félix, se van a casar muy pronto seguramente, y Juan Pedro... ¿Es que las cosas son así?».
Ahora descansa —dijo el especialista—. Dentro de tres horas podrás irte a casa. Que se quede contigo tu novia.
Todos fueron saliendo. Diana le ayudó a sentarse, y Félix le asió las dos manos.
—Te veo —dijo él quedamente— como antes. ¿Te das cuenta. Diana? Como antes...
—Sí, querido. Tranquilízate.
—Te amo, Diana. Tú lo sabes, ¿verdad?
Ella asió con un solo movimiento de cabeza.
—Os debo tanto a todos...
—No digas eso. Somos nosotros los que te lo debemos a ti.
—Oye, ahora que recuerdo. ¿No ha venido Juan?
—No. No podrá —le temblaba la voz—. Tal vez vaya a verte a casa...
—Tan amigos como éramos. Y parece que le hice algo...
—No digas eso. Ahora descansa. Olvídate de todo.
Le oprimió la mano.
—Menos de ti, Diana. De ti, que te amo y te necesito...
La joven entrecerró los ojos. Delicadamente le ayudó a tenderse en el diván y le puso las gafas.
—No hables —le susurró—. Descansa. No pienses en nada.
De regreso a casa, Rafael le dijo a su mujer.
—Ahora... las cosas están mucho peor.
—Tal vez no.
—Diana nunca tendrá valor para decirle lo que ocurre. Y estoy temiendo, Marisa, que un día se casará con Félix y lo hará feliz, y él jamás se enterará de que aquella mujer que aprieta contra sí, que besa y acaricia, recibe esos besos y esas caricias como un deber.
—¿Por qué no le hablas tú?
—¿Yo? —se espantó—. ¿Yo?
—Si tan mal ves las cosas, ¿por qué no?
—¿Olvidas que tengo el mismo deber de Diana hacia él?
—Tú mismo lo has dicho cientos de veces. Sí, tienes un deber, pero no el de entregarle a tu hermana preferida, sabiendo que ella ama a otro. ¿Por qué no le permites a Juan que le diga él? Juan lo haría...
—Sería cruel.
—¿En qué quedamos, Rafa?
Él oprimió la mano de su esposa entre las dos suyas. Suavemente, dijo.
—Escucha, querida. Tú sabes lo mucho que todos le debemos a Félix... Yo le quiero. Le queremos todos. Pero una cosa es...
—Ya me lo has dicho. Es la única disculpa que sabes dar a tu cobardía.
—¡Marisa!
—Yo, en tu lugar, no consentiría que Diana se sacrificase por todos.
—Tal vez... tengas razón.
—De hombre a hombre, Rafa. Di las cosas con claridad.
—Félix no es un hombre, Marisa. Si lo fuera —dijo con tristeza—, no me opondría a esa boda. Félix es como un niño. Lastimarlo será... como lastimar a mamá, a Antolín...
X
—Pero, mamá...
—Lo que dices es absurdo, Rafa —se alarmó la dama—. ¿Quién te ha dicho a ti que Diana ama a otro hombre?
Antolín, que se hallaba tendido al sol bajo la ventana del saloncito, alzó la cabeza y se quedó mirando hacia aquella ventana, por donde se filtraba la voz alarmada de su madre, y la enojada de Rafael. Él no entendía gran cosa de cuanto decían, pero sí comprendía que se trataba de Diana y de Félix.
—Es absurdo, absurdo —repetía su madre con voz alterada—. ¿Cuándo tuvo Diana tiempo de conocer a Juan Pedro Azpeitia?
—Para que dos personas se comprendan y se amen —dijo rotundo Rafael— no es preciso que se vean todos los días y a todas horas. Ya ves, Félix y Diana han pasado, como aquel que dice, toda la vida juntos, y sin embargo, Diana no fue capaz de enamorarse de Félix.
—Le ama.
—Mamá, no nos equivoquemos —dijo Rafael impaciente—. Te estoy diciendo que he venido a referírselo todo a Félix.
—¿Cómo? ¿Te has vuelto loco?
—Tú tampoco —dijo dolido— quieres proporcionarle ese dolor, y no obstante, todos se lo estamos proporcionando a Diana con nuestro silencio. Ella cree que solo lo sabe Juan. Y ya lo sabemos todos. Y no podemos consentir que, por compasión y agradecimiento, se case con tu pariente.
—Te prohíbo... que hables de eso.
—Mamá, ¿es que vas a permitir que Diana se sacrifique?
—Diana será feliz con Félix.
Antolín se cansó de escuchar y echó a correr. Dio la vuelta a la glorieta y como viera el bulto de Olga inclinado hacia la pared de la valla, se apresuró a ir a su lado.
—¿Qué haces?
Olga no vestía sus horribles pantalones. Vestía una falda blanca de tergal y una blusa verde, de un tono chillón. Tenía la cabeza metida en un agujero y contestó sin sacarla:
—Busco caracoles.
—¿Vas a hacer otra vez la pomada?
—Félix me ayudará. Dice que no voy desencaminada. Dice también que sabe algo de química. Él está en la cocina preparando el agua.
—Por lo visto —rio Antolín— ahora os volvéis los dos químicos o inventores.
Olga sacó la cabeza. En su mano había varios caracoles.
—Estos me bastan —dijo—. ¿Quieres venir?
—No. Esta pomada despide un olor nauseabundo.
—Nunca entenderás de esto.
Antolín echó a correr nuevamente y se tendió al sol, bajo la ventana. Su madre y su hermano aún discutían.
—¿Crees que es mejor que sea Juan quién hable?
—No, no, Rafa.
—¿Entonces, mamá?
—Espera unos días. Meditaremos en ello.
—Eso es. Y entretanto, dos seres son desgraciados y uno vive en el engaño. ¿Te parece decente esto?
—La indicada para decir eso, soy yo —decidió la dama.
Antolín dio una cabezadita, como si aprobara sin comprender. Después oyó la voz apaciguada de Rafael:
—Está bien. Si dentro de tres días no se ha deshecho el equívoco, vendré yo y hablaré claramente.
—De acuerdo.
Desde el prado, Antolín vio cómo su hermano atravesaba el pequeño parque, subía a su coche y lo ponía en marcha. Vio a su madre decirle adiós desde la ventana y quedó un poco asombrado. ¿No reñían momentos antes? ¿Y por Diana? ¡Es curioso! Se lo contaría a Félix, y Félix se reiría...
Se puso en pie y se dirigió al chalet. Olga se cruzó con él.
—¿Ya has hecho la pomada? —preguntó el niño.
—¿Crees que es la purga de Benito? —se impacientó—. Voy a buscar la fórmula. Félix dice que debo tenerla equivocada.
—¡Bah!
Olga se perdió en dirección a su alcoba y Antolín siguió su camino. Félix, sin gafas, en mangas de camisa y muy eufórico, se hallaba en la terraza hundido en una extensible, fumando un cigarrillo.
Al ver al niño, gritó:
—Antolín, ¿cómo no has venido a verme en toda la mañana?
El niño se sentó junto a él en otra extensible.
—¿Estás liado con los potingues de Olga?
—Me divierto. Estoy seguro que esta vez sacaremos algo provechoso. Yo la ayudaré a patentarlo.
—Qué ilusiones. Una pomada generosa con caracoles... ¡Puaff!
* * *
—Oye, Félix —dijo de pronto Antolín—. Mamá va a venir a hablarte.
—¿Sí? —rio Félix—. ¿De qué? ¿No le gusta que ayude a Olga?
—No se trata de eso. Es sobre Diana —dijo el niño con suficiencia, como si lo supiera todo.
Félix, que lo había tomado a broma, se puso serio de repente.
—¿Qué le ocurre a Diana?
—¡Bah! Cosas de mujeres. Quiere a otro hombre y Rafael reñía con mamá porque nadie se atreve a decírtelo.
Félix fue poniéndose en pie poco a poco. Estaba tan pálido, que apenas si se podía diferenciar su piel de la camisa que vestía. De espaldas al niño, estuvo quieto unas fracciones de segundo. Fue lo suficiente para serenarse. Volvió a sentarse y fumó un cigarrillo. Antolín, sin comprender el daño que le estaba haciendo, exclamó:
—Fumas mucho. Has tirado un cigarrillo a medias, y ya enciendes otro.
—Oye... —la voz salía ronca, pero Antolín no se percató. No podía comprender lo que le ocurría, porque si lo comprendiera, haría como su familia. Nada le diría—. De modo que Diana está enamorada de otro hombre.
—Claro que sí. Yo... ya lo sabía.
—¿Lo... sabías? ¿Te lo dijo ella?
—Diana no dice a nadie esas cosas. Es más, nunca se lo dijo a mamá, ni a Rafael. Lo ha descubierto Rafa.
—Ya. Y tú..., ¿cómo lo sabías?
—Cuando estabas en el sanatorio, llegó tu amigo...
—¿Mi... amigo?
—Sí, hombre. Juan Pedro Azpeitia.
Félix sintió fuego en el rostro.
—¿Es... —la voz le falló— ese?
—Si —rio Antolín, como si hiciera una gracia—. Le dijo a Diana: «Tú no sabes cómo te amo». ¿No es de película?
—Sí, claro... ¿Y qué decía tu madre?
—Que no podían proporcionarte ese dolor. Que te debíamos mucho. Que... ¡Por compasión, no! Mil veces no.
—¿Qué más... decía?
Antolín se alzó de hombros.
—No sé. Decían los dos muchas cosas. Rafael le dio a mamá tres días de término. Si para entonces no se atreve a decírtelo, vendrá él y te lo dirá.
Sentía congoja, angustia, rabia, despecho. Pero, por encima de eso, una indescriptible humillación. Tenía que hacer algo, poner remedio a aquello. ¡Por compasión jamás aceptaría ni una migaja de cariño! Claro que él no vio... Creyó que Diana lo amaba. ¡Era tan fácil amarla a ella! Pensó que para Diana sería igualmente fácil amarlo a él.
—Oye, Antolín, no digas nada de esto. Quiero decir, lo que acabamos de hablar. Son cosas de hombres. Tú y yo lo somos...
—No temas, no diré nada.
—Gracias. ¿Puedes excusarme un momento? Se me olvidó hacer una cosa...
—Yo voy a ver lo que hace Olga...
¡Olga! ¿Por qué no? Olga le entendía bien. Tal vez algún día... Era pronto para pensarlo, para decidirlo, pero... se disculparía con ella. Sí. Todo antes que... admitir la derrota humildemente.
* * *
—¿Dónde estás, Félix?
Ya en la forma de pronunciar su nombre se dio cuenta. ¿Cómo no se había percatado antes? Sí, mil detalles se lo confirmaban, y estos pasaron por su vida rozándolo constantemente, sin advertirlos, y de pronto...
—Aquí, Diana.
La joven apareció en lo alto de la terraza. La miró ansiosamente. Era bellísima. Claro, es lógico que Juan la amara. No podía culparles. Habían sido hechos el uno para el otro. Esta evidencia le obligó a cerrar los ojos y a permanecer inmóvil.
—Félix —exclamó Diana llegando a su lado—. Qué callado estás.
—Siéntate.
—¿Te ocurre algo?
—Tengo que hablarte, Diana. Me parece que te voy a proporcionar un gran disgusto.
—¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? ¿Te hice algo?
—No, no, querida. Tranquilízate. Soy yo quien te lo hace a ti. Verás, Diana. Al recobrar la vista... Bueno, uno cree estar amando a una persona una vida entera, y de pronto..., en un solo instante, se da cuenta de que está equivocado.
¿Notó la alegría reprimida de Diana? Sí, vio el brillo de sus hermosos ojos, un brillo extraño, inusitado. Se sintió menguado. ¿Tanto y tan intenso era el amor de Diana por Juan, hasta el extraño de no poder reprimir aquella satisfacción?
—Félix —dijo ella a media voz—. No te entiendo.
—Ya sé el dolor que mi decisión te producirá, Diana..., pero lo cierto es que... —costaba decir el final. Era como si le arrancaran la vida— que ya no te amo.
Diana se quedó quieta, estática.
—Diana...
—Yo...
—Si pudieras devolverme la palabra...
—¿Es... Olga?
¡No, y mil veces no! Olga pudiera llegar a serlo, algún día, al faltarle ella, pero aún no la amaba. ¡Oh, no!
—Sí, creo que sí...
Diana se puso en pie de un salto.
—Félix —susurró—, yo no me atrevía a decirte que... amo también a otro hombre. Es... es... tu amigo Juan.
Félix sintió como si le azotaran el rostro.
—Me alegro —dijo suavemente, en contra de lo que sentía— que todo se arregle... así.
—¿Amigos, Félix?
Y extendió la mano.
—¿Y por qué no? Ambos buscamos la felicidad donde mejor creemos hallarla.
* * *
Lo dijo a la hora de la comida. Olga parpadeó. Diana la miró fijamente.
—Te lo tenías muy callado —dijo—. ¿Por qué?
—Yo... no sabía nada —susurró Olga entrecortadamente—. Cierto que... Félix me es simpático, pero...
—Ve a verle, querida. Yo... voy a hablar por teléfono.
Antolín, que lo escuchaba todo, se frotó las manos satisfecho. Tanto como se habían enfadado por la mañana, su madre y Rafael, y mira tú por dónde todo se había arreglado del mejor modo.
Olga se dirigió lentamente a la terraza, donde Félix, hundido en una butaca, parecía anonadado.
—Félix —dijo ella tímidamente.
No parecía la chica de los inventos. Era una mujercita, tímida, bonita, cortada.
—Olga —dijo él—. Siéntate junto a mí. Necesito tenerte cerca, Olga —añadió quedamente—, para no sentirme tan solo.
—Me... me tienes a mí.
La miró agradecido. En efecto, la tenía a ella. En el futuro, tal vez representara un gran consuelo, pero, de momento, era demasiado poco. No obstante, le asió la mano y se la oprimió suave y tiernamente.
—Algún día —dijo—, seremos muy felices, Olga.
—No tenemos prisa en casarnos, ¿verdad? Aún podemos hacer grandes descubrimientos juntos.
¡Odiaba los inventos de Olga! No lo dijo. La miró largamente.
—Prefiero que nos queramos, Olga. Nunca sales, nunca vas al cine. Nunca paseas en auto. Tendrás que olvidarte de tus caracoles, tus pomadas y tus hierbas...
—Si tú me lo pides...
—Te lo pido de todo corazón... Necesitamos salir, sentirnos juntos, uno cerca del otro. Necesitamos amarnos mucho, Olga.
Y, cosa extraña. Se inclinó hacia ella y, espontáneamente, la besó en los labios. Olga dio un pequeño grito, pero no se apartó. Se diría que la suprema aspiración de su vida era Félix, sus besos y sus miradas.
Él pensó: «Me alegro de no haber besado nunca a Diana. No sé a qué saben sus labios, y los de Olga son dulces, suaves... Necesito centrar en ella toda mi atención. No me desagradan sus besos...».
* * *
El auto se detuvo ante el chalecito. Diana salió corriendo. No esperó a que Juan bajara. Subió ella y se sentó a su lado. No hubo palabras. Le asió el brazo con sus dos manos y pidió ahogadamente:
—Pronto. En marcha.
Lo hizo así. La miraba largamente.
—¿Cómo fue?
—No me mires —susurró ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Te lo diré sin que tú pierdas el control de la dirección. Fui a verlo, como todas las mañanas...
—Eso ya me lo has dicho...
—No sé cómo fue. Lo cierto es que estoy aquí, junto a ti, que puedo pregonar a los cuatro vientos lo que ocurre. Que eres mi novio, mi futuro marido... ¿Te das cuenta? ¿Sabes lo que eso significa?
Lo sabía. Detuvo el auto. La cerró contra sí.
—Diana...
—Bésame —pidió ella bajísimo—. Ahora ya... nadie podrá evitar que nos amemos, que nos besemos, que nos digamos lo mucho que nos necesitamos mutuamente.
—Querida...
—Me gusta estar así, junto a ti. Es...
La besó. Diana sintió aquel vértigo, aquel placer, aquel goce infinito...
—¿Cuándo serás mi mujer...?
—Cuando tú digas.
—La semana próxima.
—No seas... precipitado.
Ahogó de nuevo su voz. Era grato estar así, en la oscuridad, solos los dos.
—Se lo dije a Rafael por teléfono —dijo él sobre su boca.
—Se... —jugaba con sus dedos en el rostro masculino—. Se habrá asombrado.
—No mucho. Ya lo presumía.
—¿Presumirlo?
—Bueno, lo sabía. El día que te invitó a cenar... lo hizo para unirnos más.
—¡Oh!
—No te separes de mí. Necesito tenerte así para cerciorarme de que todo es una realidad.
—Una maravillosa realidad.
El auto se ponía en marcha de nuevo. Ella se inclinaba hacia él. Lo besaba en la mejilla, y Juan, feliz, decía bajísimo:
—Me haces cosquillas.
—Me gusta hacerte cosquillas.
FIN
Título original: Por compasión, no
Corín Tellado, 1964