DE LO HUMANO EN LOS ANIMALES
Publicado en
diciembre 18, 2023
Hasta ahora se había considerado "anticientífico" el atribuir rasgos de conducta y sentimientos humanos a los animales, pero en la actualidad se estima lo contrario, tras los intersantisimos estudios del comportamiento de algunas especies superiores.
Por Jean George (Candenrado de "International Wildlife".
EL VIENTO azotaba las escabrosas laderas de la montaña y silbaba en el congelado lecho del río, en el Parque Nacional del monte McKinley (Alaska). De pronto, un cuervo graznó y se movió una sombra. Gordon Haber, de la Universidad de Columbia Británica, catedrático especializado en el estudio del comportamiento de los animales, alzó sus prismáticos y enfocó un lobo que avanzaba río arriba, renqueando hacia una cabaña de guardabosques abandonada. El animal mostraba el lomo herido por las pezuñas de un caribú, afiladas como una cuchilla.
La bestia herida entró en la cabaña sin puerta y se echó en el suelo. Haber pensó que el lobo había llegado hasta allí para morir solo, como suelen hacerlo algunos animales. A la noche siguiente el zoólogo regresó al mismo sitio y, cuando miraba con sus binoculares, vio de pronto que otro lobo, un vigoroso macho negro, iba subiendo por el lecho del río. El recién llegado se metió en la choza y se plantó frente al animal postrado, ante el cual dejó caer un trozo de carne. Momentos después el visitante se alejó. "Varias noches", relata Haber, "el lobo negro fue a alimentar a su compañero, hasta que el herido se recuperó lo suficiente para reintegrarse a la manada".
Haber me contó el incidente hace dos veranos en la cabaña de una sola habitación que tiene en el Parque Nacional del monte McKinley, mientras charlábamos con el especialista en comportamiento animal Michael Fox y con el zoólogo George Edgar Folk, hijo, especialista en fisiología animal. Haber había estudiado a los lobos de aquella remota región durante los dos años anteriores. El científico había observado cómo crían a sus cachorros en las madrigueras, situadas en las alturas que dominan las vertientes del río, y los había visto congregarse para lanzar su grito de Caza y rendir pleitesía a sus jefes. Por último, había presenciado algo que nadie antes vio: un lobo en una acción que sólo se podría calificar de caritativa.
Desde que empecé a interesarme por la historia natural me advirtieron que debía rechazar como "anticientífica" toda tendencia al antropomorfismo, es decir, a atribuir a los animales rasgos de conducta, valores éticos y sentimientos humanos. Por ejemplo, cierta vez dije a un zoólogo que mi perro me echaba de menos cuando me ausentaba de casa. "¡El perro no echa de menos a nadie!" sentenció. "Usted proyecta en el animal sus propias emociones".
Tal opinión refleja el inflexible criterio que imperaba entonces, y que suscitaba debates entre los científicos y los escritores como yo, que veían o creían ver en los animales expresiones de angustia, preocupación e incluso de amor. Y he aquí que aquella noche, en Alaska, oía yo narrar a un biólogo profesional lo que me pareció una acción altruista de un lobo. Haber y los otros dos científicos hablaron luego de otros animales que emplean un lenguaje no sólo vocal, sino también mímico y de señales; que juegan, utilizan instrumentos y demuestran tener una capacidad inequívoca de raciocinio.
Crías y banquetes. Al regresar a casa fui a visitar a C. R. Carpenter, distinguida autoridad en comportamiento de los animales, y lo interrogué acerca del asombroso cambio de criterio de los investigadores. "No es que atribuyamos un proceder humano a los animales", me advirtió. "Lo que los especialistas estamos observando en las bestias son los orígenes de la conducta humana: el comportamiento animal fue evolucionando hasta establecer nuestras propias formas de conducta humana".
Carpenter se refirió luego a cierta observación suya, cuando, en 1932, hizo uno de los primeros estudios completos y sistemáticos del comportamiento de los primates selváticos. En la isla de Barro Colorado, cerca del Canal de Panamá, había visto a una mona chillona en el acto de parir. Pronto acudieron las demás hembras de la manada, que, emocionadas, rodearon a la madre, examinaron al recién nacido y trataron de acariciarlo y tomarlo en brazos. "Era la reacción prototípica de las hembras, observable entre los humanos de todo el mundo", comentó Carpenter. Su estudio vino a arrojar nueva luz sobre las costumbres de los primates en su ambiente natural y abrió un nuevo campo de investigación en la sociología comparada.
En los últimos años han proliferado por todas partes los estudios sobre el comportamiento de las especies animales superiores. Uno de los más importantes se inició hace 12 años, cuando una joven inglesa, Jane Goodall, estableció su campamento en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania (conocidos entonces como Reserva para Chimpancés del arroyo Gombe), con el objeto de estudiar las actividades de los chimpancés salvajes. Levantó en una montaña unos puestos de observación desde los cuales podía estudiar a los primates todos los días. Poco después hizo una valiosa observación: vio a los simios cuando mataban y devoraban un mono de la especie del colobo. Esto fue una verdadera revelación, pues siempre se había considerado que los chimpancés eran casi exclusivamente vegetarianos.
Tiempo después el joven especialista Geza Teleki se incorporó al equipo de investigadores de Jane Goodall para dedicarse durante dos años al estudio de los chimpancés salvajes, y especialmente de sus hábitos carnívoros. "A diferencia de la recolección de frutas y bayas que practican al azar todos los individuos de la especie", comenta Teleki, "conseguir y comer carne constituye una operación organizada; una especie de rito primitivo". La cacería y el banquete que sigue a ésta se ajustan a reglas precisas. Por ejemplo, solamente los chimpancés de alto rango o alfas (así se llama a los individuos dominantes en una sociedad animal) acechan y dan muerte a la presa. Una vez obtenida la carne, los chimpancés la llevan hasta determinado lugar para compartirla con el resto del grupo. A menudo el festín se prolonga tres o cuatro horas. "Al compartir la comida, el grupo de chimpancés se apacigua", afirma el joven zoólogo. "El ambiente es tranquilo, aunque festivo".
Juegos y categoría social. Algunas observaciones de Teleki no requieren interpretación. "Cuando dos chimpancés se, encuentran en el bosque", dice Teleki, "suelen erguirse sobre las patas traseras, tomarse mutuamente de las manos y sacudírselas vigorosamente". En otras ocasiones el zoólogo vio un chimpancé prominente en la manada alargar la mano a otros de posición modesta. En tales casos los chimpancés inferiores le ponían los labios en el dorso de la mano.
Muchas especies animales superiores practican ciertos ritos de saludo. Los elefantes alargan la trompa y extienden las orejas, como la mujer de otras épocas extendía su falda al hacer una reverencia. La ardilla sacude la cola para saludar a una congénere, en forma que anuncia su sexo y su posición en la jerarquía de estos roedores. Cuando dos perros se encuentran, se olfatean la cara, la ingle y la.cola. Con tales muestras no sólo expresan su saludo, sino también dan a saber su condición: el can que se somete primeramente al olisqueo ocupa una posición secundaria. Entre los perros, dos viejos amigos se lamen mutuamente los carrillos. Si se acercan uno a otro con la cola en alto y agitándola lentamente, es señal de que no se ha definido cuál de ellos domina, y por tanto puede ocurrir una riña.
Los juegos y las diversiones de los animales son notablemente parecidos a los que acostumbran los seres humanos. Los cachorros de león juegan a mantenerse en equilibrio sobre troncos de madera; a los zorritos les gusta recorrer trabajosamente las cercas y paredes; las marsopas jóvenes se arrojan conchas marinas, de las aletas dorsales a las pectorales, para atraparlas en el aire.
El forcejeo es tan común en los juegos de la selva como en un patio escolar y su fin es muy semejante: establecer la posición del individuo entre sus jóvenes compañeros. Sin embargo, en la selva obra efectos permanentes. Los lobatos luchan y se zarandean juguetonamente sólo entre las ocho y las doce semanas de edad. Durante este lapso la madre los vigila estrechamente para evitar que se hagan daño. Si se suscita una pelea violenta, la loba la interrumpe. El lobezno que se encoge medrosamente y se echa boca arriba durante esas riñas juveniles, probablemente hará lo mismo al llegar a la edad adulta. Cuando los lobatos son adolescentes, ya se han definido los papeles y se ha determinado quiénes ocuparán la posición de alfa, de beta y de la humilde omega; los conflictos han llegado a su fin. Con el establecimiento de la jerarquía se elimina cualquier rivalidad encubierta entre los individuos de la manada.
Prole y crianza. Una de las páginas más conmovedoras en la literatura de los especialistas en el comportamiento animal procede de la pluma de Rudolf Schenkel, profesor en la Universidad de Basilea, quien entre 1961 y 1965 se dedicó a estudiar las costumbres de los leones. Schenkel relata que al comenzar la primavera se observa gran irritación entre los leones adultos y los jóvenes que empiezan a madurar. Se exacerban los ánimos y estallan frecuentes reyertas.
Al año siguiente nace la nueva camada. Cuando los cachorros cumplen diez semanas de vida, las madres comienzan a ponerlos en relación con la manada. Por último, la leona lleva a sus retoños ante los leones viejos. La madre se sienta, mientras los leoncitos permanecen en pie. Poco a poco, los adultos y los jóvenes se levantan y se acercan a los cachorros, los olfatean, los tocan, los inspeccionan. Ya satisfechos del examen, adultos y jóvenes se echan de nuevo, y la madre se lleva consigo a sus vástagos. Schenkel se maravilla del efecto que esta iniciación causa cada primavera entre la manada. "Después de la presentación", comenta, "cesan las disputas, desaparecen la irritabilidad y las rivalidades".
¿A qué obedece tal cambio de actitud? También a esto los especialistas tienden a dar una explicación humana: entre los leones, las ceremonias ("bodas", nacimientos, presentación de los cachorros) definen las nuevas relaciones. Se opera con ellas una mudanza en la pauta de comportamiento. Los estudiosos afirman que eso se explica sencillamente porque los leones se encariñan con los cachorros y éstos producen un efecto tranquilizante y unificador en la familia.
Las observaciones de Schenkel se repitieron no hace mucho en mi propia casa, cuando nuestra gata trajo al mundo varios gatitos en una alacena del piso alto. Durante algunos días la gata se dedicó a cuidarlos. En ese tiempo, si alguno de mis hijos tomaba en brazos a los retoños, la madre se los quitaba; si el perro entraba en el aposento, la gata lo atacaba. Después la madre trasladó a sus gatitos de la alacena a la alfombra del dormitorio, y por último al centro del vestíbulo.
Una noche oí el vibrante maullido con que la gata reúne a sus cachorros, a los cuales condujo luego escaleras abajo hasta la sala: "¡Miau!" y se sentó. Los gatitos levantaron la vista para mirarme con tal expresión de súplica, que los tomé en brazos, los acaricié y los examiné con admiración. Cuando los puse otra vez en el suelo,, la madre los condujo de regreso escaleras arriba, satisfecha de haber cumplido el rito de la presentación. De ahí en adelante ya mis hijos podrían jugar con los gatitos, y nuestro viejo perro tenía permiso de lamerlos y empujarlos con el hocico.
Vivos y muertos. ¿Pueden raciocinar los animales? ¿Son capaces de analizar un problema y hallarle solución? Sí; en apoyo de esta hipótesis acuden algunos. investigadores japoneses que han estudiado a los macacos de la isla de Koshima desde hace 40 años.
Los observadores esparcen en la playa unos granos de soya y trigo para que los macacos los coman a su antojo. Cierta mañana, en 1956, una mona joven que estaba a la orilla de un riachuelo recogió un puñado de trigo revuelto con arena y tierra, y en seguida lo dejó caer en el agua, probablemente por accidente. Los granos de trigo quedaron flotando, la tierra con que iban mezclados se fue al fondo y así el animal comió los granos completamente limpios. La macaca dio en repetir aquella operación todos los días. A la larga, sus compañeros comprendieron de qué se trataba y también optaron por lavar la comida. Hoy el hábito de lavar los alimentos cunde entre la colonia de macacos a medida que las generaciones progresan y los padres instruyen a la progenie.
Cierto día, en el Parque Nacional de Gombe, Jane Goodall vio que un viejo chimpancé se procuraba el almuerzo metiendo una varita en una termitera; cada vez que retiraba la varita, ésta salía cubierta de termes, qtie el animal devoraba complacido pasándose la vara por los labios. El simio también "pescaba" termes valiéndose de ramas pequeñas, a las que arrancaba previamente las hojas. "Este es el primer ejemplo consignado", escribe Jane Goodall en su libro In the Shadow of Man ("A la sombra del hombre"), "de un animal salvaje que no sólo utiliza como instrurnento un objeto, sino que incluso lo modifica al efecto, con lo cual demuestra saber los rudimentos de la fabricación de utensilios".
A pesar de algunas nuevas luces en los misterios del comportamiento animal, me parecía que aún quedaba un campo reservado exclusivamente a la especulación humana. La cuestión afloró un día que Teleki me describía la forma en que un viejo chimpancé solía, como un hombre anciano, escapar regularmente del ruido y del bullicio de los jóvenes de su grupo, apartándose de él para ir a instalarse detrás de algún árbol en actitud de señorial soledad.
—¿Y en cuanto a la muerte? —le pregunté— Sin duda es una noción demasiado abstracta para que el animal la comprenda.
Teleki se levantó del asiento, se acercó a la ventana y dejó vagar la mirada por entre los árboles.
—Una mañana —me contestó— vi que un chimpancé saltaba de rama en rama. El animal perdió apoyo, cayó al lecho de roca de un arroyo seco y se mató. Sus compañeros se quedaron mirando el cadáver. Luego, uno a uno, ceremoniosamente, fueron desfilando en torno de su compañero muerto. Cuando estuvieron todos reunidos, los simios comenzaron a gemir de una manera que yo no había oído nunca. Escuche usted...
Y el joven zoólogo metió una cinta en su magnetófono.
Oí un sonido fúnebre: un lamento agudo, extraño, pavoroso. Allí, lejos de la selva salpicada de sol, escuché verdaderamente las voces de unos animales que lloraban la muerte de un amigo.