EDIMBURGO, CIUDAD PRINCIPESCA
Publicado en
agosto 08, 2023
Caer en las redes de su romántico hechizo es compartir con cada escocés un amor entrañable y duradero.
Por Janet Graham.
LOS ESCOCESES, orgullosos de su capital, relatan que un individuo se presenta a las puertas del cielo y pide entrar. "¿Eres de Edimburgo?" pregunta San Pedro con gesto dubitativo. "Está bien, puedes pasar; pero no te va a gustar".
Sí; los escoceses somos una raza entrañablemente encariñada con nuestro terruño, y para los 25 millones de personas de ascendencia escocesa diseminada por el mundo entero, Edimburgo constituye el hermoso corazón de nuestra amada patria chica.
La voz de las gaitas gime: "¿No volverás?" Y nosotros regresamos una y otra vez a esta principesca ciudad, que se yergue digna y majestuosa sobre colinas y cañadas volcánicas. Volvemos para mezclarnos en la calle de los Príncipes con los visitantes cosmopolitas que acuden a nuestro famoso Festival; para cruzar pausadamente los magníficos puentes que unen las gemelas masas rocosas en que se asienta la Ciudad Vieja, llena de mágicos recuerdos históricos, y se abren las graciosas plazas de la Ciudad Nueva, de estilo de los Jorges; para vibrar al son de las gaitas de las bandas de música militares, vestidas de tartán, al dirigirse hacia las peñascosas alturas del Castillo.
Cierta mañana, temprano, en el curso de una visita reciente, llegué a la estación de Waverley, situada en la verde hondonada que se abre a los pies de la mole de basalto negro de la Roca del Castillo, la cual se destaca entre arboladas laderas y jardines hundidos. En aquel momento la ciudad aparecía gris y hostil, con sus calles cubiertas por el haar, manto de espesa niebla que forma la evaporación de las aguas del mar del Norte y que, mezclado con el humo de innumerables chimeneas, ha valido a Edimburgo el apodo de Auld Reekie, o sea "Vieja Humeante". Poco después empezó a levantarse el haar lentamente y surgieron, como en una escena de magia, las torres y los bastiones del Castillo, plateado al rayo del sol y que parecía flotar a veintenas de metros sobre la capital, como alguna ciudadela fantasmal. Al este del Castillo se desparramaban las torrecillas semejantes a sombreros de bruja, los escalonados gabletes, las chimeneas y las agujas de la Royal Mile, o Milla Real, cuya silueta, quebrada como una cola de dragón, se extiende sinuosamente por el borde escarpado de la Ciudad Vieja hasta Holyroodhouse, el palacio real de Escocia, enmarcado por el Parque de la Reina y sus lagos.
Edimburgo, asentado entre las ondulantes tierras labrantías de los distritos llamados Lothians y unido por carreteras y puentes ferroviarios sobre el estuario del río Forth al Kingdom of Fife, o "Reino del Pífano", hacia el norte, se encuentra a 650 kilómetros de Londres, por carretera, y sus 139 kilómetros cuadrados albergan únicamente a 35 personas por hectárea.
Escudo de armas de la ciudad y real distrito de Edimburgo.
Los 453.000 edimburgueses aprecian, sobre todo, los muchos espacios abiertos que ofrece la ciudad: la montaña de la Silla de Arturo, donde pastan grandes rebaños de ovejas, los gritos de cuyos pastores se confunden con los rumores de la circulación urbana; las alturas cubiertas de hierba y los monumentos clásicos de Calton Hill; y el Water of Leith, saltarín arroyo en que se pesca la trucha y que discurre, próximo al centro de la ciudad, por una cañada de abundante vegetación. Cerca está el hermoso Real Jardín Botánico y, extendiéndose por la ladera meridional de Corstorphine Hill, un encantador parque zoológico. Además, dentro de los límites de la ciudad hay nada menos que 22 campos de golf.
Subí hasta el Castillo por su escarpado borde defensivo, donde nació la ciudad como una fortaleza: situada a sólo 85 kilómetros de la frontera con Inglaterra, se vio constantemente amenazada por ejércitos ingleses hasta principios del siglo XVII. Su primer nombre, de origen gaélico, fue Dun-Eidann, o sea "la ciudadela de la Colina", convertido más tarde en Dunedin y por último en Edimburgo. A gran altura dentro del recinto del Castillo se halla el edificio más antiguo: la diminuta capilla construida en el siglo XI en honor de la santa reina Margarita de Escocia, sucesora de la sanguinaria lady Macbeth. En la actualidad la capilla de Santa Margarita, llamada la "piedra de fundación de Edimburgo" y en la que sólo caben 26 fieles, está al cuidado de una cofradía de escocesas, todas las cuales llevan el nombre de Margarita, y de la que es presidenta la princesa Margarita de Inglaterra.
Cerca de la capilla están las salas en que se guarda el deslumbrante tesoro de los reyes de Escocia, del que forman parte la corona incrustada de gemas, y el cetro y la espada llamados "Honores de Escocia". El tesoro fue enterrado en 1650 para protegerlo de la invasión encabezada por Cromwell, y devuelto al Castillo después de que Escocia firmó en 1707 el Acta de Unión, pero permaneció durante más de cien años encerrado en una gran caja de madera de roble. En 1818 se volvió a abrir solemnemente el arcón en presencia de sir Walter Scott.
Al salir del Castillo me uní a Margaret Hunter, presidenta de la Asociación de Guías Voluntarias del Festival de Edimburgo, que conducía a un grupo de turistas en un memorable paseo por la Milla Real. "La historia de nuestro país se encuentra escrita en esta milla", explicaba la señora Hunter. "Cada una de estas losas, a las que llamamos causeys, tiene alguna historia que contar".
Paseé junto con el grupo entre los "terrenos" de piedra gris, edificios de muchos pisos en los que se apiñaba antaño la bullente población de Edimburgo. Muchos años después de la aplastante derrota de Escocia en la batalla de Flodden Field, en 1513, los pobladores no se atrevían a construir ninguna casa fuera del recinto amurallado de la ciudad, por lo que se aglomeraron en el rocoso baluarte edificios cada vez más altos, hasta que los "terrenos" más elevados (ahora desaparecidos) alcanzaron 14 pisos. "Nosotros hicimos los primeros rascacielos de Europa", comentó la señora Hunter. El excesivo crecimiento en tan pequeño espacio se tornó espantosamente insalubre, lo que en el siglo XVIII estimuló la fundación de la gran Facultad de Medicina de Edimburgo, donde acuden hoy estudiosos de todo el planeta.
Con mis acompañantes exploré los antiguos patios llamados doses y eché una mirada a misteriosas callejas que se conocen por wynds, pends y throughgangs. En una de ellas se había ocultado el escritor Daniel Defoe, que espiaba a favor de Inglaterra, y en otro siniestro callejón habían acechado Burke y Hare, los torvos traficantes de cadáveres. Allí está el close del diácono Brodie, concejal durante el día y peligroso delincuente por la noche, en quien se inspiró Robert Louis Stevenson para su novela Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Cerca vi también el Anchor Close, donde se imprimió por vez primera la Enciclopedia Británica en 1768, en cien fascículos semanales que se vendían a seis peniques el ejemplar.
Había yo prometido a mis hijos ir a visitar la estatua de Bobby de Greyfriars, protagonista de un libro y después personaje principal de una película de Walt Disney. Al sur de la Milla Real se alza la imagen de bronce de este terrier de Skye, que durante 14 años permaneció fielmente echado junto a la tumba de su amo, Jock el pastor, en el patio de la iglesia de Greyfriars. El fiel perro se convirtió en una criatura legendaria: el lord preboste le concedió la presea Libertad de la Ciudad, y cuando Bobby murió en 1872 fue enterrado en Greyfriars, cerca de su amo.
Luego me dirigí hacia la catedral de Saint Giles, la iglesia mayor de Edimburgo, cuyo campanario remata en una intrincada aguja con forma de corona. En ella John Knox, el avinagrado adalid de la Reforma escocesa, profería insultos contra María, Reina de Escocia (quien tenía entonces 19 años de edad), no sólo por asistir a misa en Holyroodhouse, sino por "bailar demasiado después de medianoche". Knox murió en 1572, pero durante varios siglos su mojigato puritanismo pesó sobre el espíritu de Edimburgo como lóbrego haar, aunque es cierto que difundió también en la ciudad un entusiasmo por la enseñanza que constituye una especie de segunda religión. Un maestro de escuela me dijo: "La gente de Edimburgo se apasiona por la cultura". Hoy la ciudad posee dos universidades, y sus filántropos han ido dejando a través de los siglos un espléndido legado de escuelas y facultades universitarias de muy alto nivel y muy bajas colegiaturas.
Detrás de la catedral se yergue el edificio del Parlamento, construido en el siglo XVII, que ahora constituye un marco magnífico para el Tribunal Supremo y la Sala de Audiencias. Cuando Escocia perdió su derecho a tener parlamento, después de su unión con Inglaterra, buena parte de sus mejores energías se orientó hacia el derecho. Los abogados se convirtieron en la flor y nata de Edimburgo, y todavía hoy una de las atracciones matinales de la ciudad es la contemplación de los juristas, vestidos de negro, en su solemne marcha Mound arriba, hasta el Parlamento.
Un fuerte olor a cerveza, al llegar al extremo de la Milla, me recordó que esta urbe, cuyas industrias principales se dedican a elaborar esta bebida, a la imprenta y a la banca, ha sido llamada "La ciudad de los libros, de los bancos y de la cerveza". De las suaves aguas locales se obtiene una cerveza excelente, como descubrieron en el siglo XII los monjes de la abadía de Holyrood. La gran Cervecería de Escocia. y Newcastle saca parte del agua que utiliza del antiguo pozo que los monjes tenían en el Canongate.
A través de hermosas verjas contemplé la admirable estructura de piedra grisácea y color café con leche del Palacio de Holyroodhouse, rematado por redondos torreones, que fue primero hostal de los monjes y en el siglo XVI se convirtió en palacio real. En 1561, María, Reina de Escocia, estableció allí su corte francesa; en el comedor privado de la soberana se cometió uno de los asesinatos mejor documentados que registra la historia, que tuvo lugar al atacar los nobles, enloquecidos de envidia, a David Rizzio, el secretario italiano de María, al que apuñalaron 56 veces mientras él se asía a las faldas de la Reina.
Poco después falleció Darnley, esposo de María Estuardo, a consecuencia de una misteriosa explosión en Kirk o'Field, lugar en que se alza ahora la Universidad de Edimburgo. El ambicioso lord Bothwell secuestró a la soberana y se casó con ella, pero el pueblo se levantó en armas contra su Reina, acusándola de haber tomado parte en la muerte de Darnley. Cuando María llegó de Francia a Edimburgo, en las fuentes de la Milla Real corría vino en vez de agua, pero en aquella ocasión en calles y fuentes corrió la sangre. María huyó a Inglaterra, donde su prima, la reina Isabel, la encarceló hasta el fin de sus días.
También habitó Holyroodhouse el príncipe Carlos Eduardo, en 1745, durante un breve otoño de esplendor de los Estuardo. Los jefes de los clanes de las Highlands y la nobleza de Edimburgo vistieron sus galas de tartán en el baile triunfal que les ofreció, pero, al llegar la primavera, muchos de ellos habían caído en la batalla de Culloden, que puso fin a los sueños de realeza del príncipe. Éste tuvo que huir, la estrella de los Estuardo se apagó para siempre y cayó Holyroodhouse en decenios de abandono y olvido. Hoy el estandarte real se riza una vez más en torno del asta cuando la Reina visita cada año a Edimburgo, custodiada por la Real Compañía de Arqueros, que ostenta orgullosamente sus cascos adornados con plumas de águila.
Cuando salía de Holyroodhouse, escuché el estampido del cañón del Castillo que se dispara todos los días a la una en punto (excepto los de fiesta y los domingos), sobresaltando a los turistas, mientras los del lugar ajustan tranquilamente sus relojes. Era tiempo de dejar la Ciudad Vieja y dirigirse a la calle de los Príncipes, con sus galerías de arte, de estilo neoclásico y delgadas columnas, sus majestuosas estatuas de los grandes filósofos y escritores, el monumento gótico de esbeltas espiras en memoria de sir Walter Scott, y la grande y vieja tienda Jenners. A lo largo de esta espaciosa avenida se mezclan las saris orientales y los sombreros tejanos con los típicos tejidos de cuadros y los faldellines varoniles, y se escucha el lamento melodioso y obsesionante de la gaita, procedente de los jardines de la calle de los Príncipes, haciendo sentir a los visitantes de los cinco continentes el embrujo de Escocia.
Ante la Tartan Gift Shop se agolpa una muchedumbre de turistas que estudia cuidadosamente los 2000 nombres que aparecen en largas listas bajo la leyenda: "Si está aquí su nombre, tenemos su tartán". Aunque el apellido familiar no tenga nada de escocés, acaso aparezca en esas listas. Los apellidados Smith tienen derecho a llevar el tartán del clan McFarlane, y los Potts pueden lucir los colores del MacKillop. "Enviamos nuestros tartanes a todo el mundo", me explicó Archie Shiel, propietario de la tienda, vestido con el típico faldellín, cuando estaba yo escogiendo varias bufandas y corbatas con los colores de mi familia, los Graham de Montrose.
Desde el extremo occidental de la calle de los Príncipes dirigí mis pasos hacia el centro de la Ciudad Nueva, que ofrece la más amplia gama de arquitectura urbana de estilo de los Jorges. Resplandecían al sol los blancos abanicos y las farolas de hierro de finas volutas, los limpísimos escalones de piedra y las enjundiosas placas de bronce fijadas a las puertas. Pájaros y ardillas se agitaban en los árboles de los jardines en la calle de la Reina, y a través de las rejas divisé el laguito en que jugó Robert Louis Stevenson soñando con sus Islas del Tesoro. En aquel armonioso ambiente parecían ser de otro mundo los fantasmales wynds y closes de la Ciudad Vieja.
Cuando en 1767 Edimburgo dejó de ser una acosada ciudad de frontera, se convocó a un concurso para planificar una Ciudad Nueva, que habían de construir al norte de la primitiva. Lo ganó James Craig, arquitecto de 27 años, que diseñó amplias avenidas paralelas y espaciosas plazas, y que situó la calle principal, George Street, en un terreno alto. A ambos extremos de esta calle se levantan, en las plazas de Saint Andrew y Charlotte, hermosos edificios de piedra grisácea.
Durante los 70 años siguientes fueron surgiendo calles encantadoras y arboladas plazuelas elegantemente trazadas. Detrás de sus fachadas simétricas hay una funcional variedad de habitaciones: pequeños y grandes apartamentos, y casas enteras. "Las casas buenas son como la gente buena: muy adaptables", comentó conmigo Kathleen Macfie, concejal de la ciudad y ardiente partidaria de su conservación. "Y esas casas son buenas en verdad, y por ello han sobrevivido".
El Edimburgo de arquitectura de los Jorges, en una atmósfera de floreciente prosperidad, alcanzó gran fama por su arte y su literatura, y se convirtió en punto de reunión de filósofos como David Hume y Adam Smith, de escritores y poetas como James Boswell, Robert Burns, Walter Scott y Allan Ramsay, y pintores como sir Henry Raeburn. El presidente norteamericano Tomás Jefferson se refirió en estos términos a aquella maravillosa edad de oro: "Ningún lugar del mundo puede aspirar siquiera a competir con Edimburgo".
En aquella época se fundaron museos y grandes galerías de arte, y en años posteriores la imaginación creadora, unida a la inteligencia y al espíritu práctico de los escoceses, dio lugar a los descubrimientos logrados por médicos como sir James Young Simpson y Joseph Lister, científicos como Graham Bell y Clerk Maxwell e ingenieros de la talla de Telford.
En la sobrepoblada Ciudad Vieja, la pandilla de Edimburgo había cobrado fama de violenta y camorrista, pero con las señoriales plazuelas arboladas de la Ciudad Nueva surgió una acomodada burguesía, apacible, digna y respetuosa de las leyes. "La nuestra es una dulce ciudad", me decía un ama de casa de Edimburgo, utilizando ese magnífico término escocés que significa respetable y cortés.
La principesca ciudad escocesa vive con tranquilidad y sin ostentación durante 49 semanas al año, pero en tres semanas gloriosas de agosto y septiembre alberga a destacadas figuras del mundo que se reúnen allí con motivo del Festival Internacional de Edimburgo, que es la fiesta artística más completa de la Tierra: ópera, música de cámara y sinfónica, teatro, pintura, ballet, danzas folklóricas, filmes, además de las gaitas y de los tambores del pintoresco Tattoo, luminoso espectáculo militar de que disfrutan igualmente millones de personas del mundo entero por la televisión. Los artistas más famosos, desde María Callas a Marlene Dietrich y desde Ravi Shankar a Richard Burton, actuaron en él.
El primer Festival, que constituyó un verdadero acto de fe y entusiasmo en 1947, recién terminada la guerra, fijó una elevada norma internacional al presentar artistas tales como Bruno Walter, Kathleen Ferrier y los cantantes de la Ópera de Glyndebourne. No obstante, los edimburgueses reaccionaron entonces con su típica reserva, y, como decía en broma el director del suceso, Peter Diamand, "en un tiempo consideraron la asistencia al Festival como un vicio secreto". Pero al final quedaron conquistados, y actualmente ocupan casi la tercera parte de las butacas de sus espectáculos, junto con los turistas y críticos, que, venidos de un centenar de países, se muestran cautivados por la ciudad. Cierta vez un crítico musical extranjero exclamó: "¡Qué marco tan fabuloso! Ciertamente, la verdadera estrella del Festival de Edimburgo es la propia ciudad".
Siempre que salgo de Edimburgo viajo al sur con la mente llena de una imagen maravillosa: la silueta de los edificios (medievales y clásicos, góticos y de los Jorges) destacando contra los cielos barridos por el viento. Y otra imagen me acompaña siempre: la figura del solitario gaitero que, iluminada por un reflector, al terminar el Tattoo, permanece en pie en lo alto de las murallas del Castillo mientras se extinguen las luces en el imponente bastión que se alza tras él. Entonces me parece oír una vez más el melancólico son de las gaitas, y sé que pronto volveré a esta urbe incomparable, a la que sir Walter Scott llamó "Mi romántica ciudad".