EL REINO ENCANTADO DE LAS MIL Y UNA NOCHES
Publicado en
junio 10, 2022
Estas imperecederas y ya clásicas narraciones, con sus genios, sus mágicas alfombras y enjoyados palacios, han cautivado a incontables generaciones y han dado pábulo a nuestra idea del Oriente "exótico y misterioso".
Por Ernest Hause.
"¡ÁBRETE, Sésamo!" La fórmula mágica abre una puerta practicada tras las zarzas, en la pared de roca de una agreste montaña, y Alí Babá, maravillado, entra en una espaciosa caverna atestada de brocados preciosos, suntuosas alfombras y montones de oro y plata: el botín acumulado por una partida de 40 ladrones. Y cuando Alí Babá, que no es sino un pobre vendedor de leña, se dispone a meter mano en aquellas riquezas, embarga la emoción al lector. ¿Regresarán entonces los bandidos y, al sorprender a Alí Babá, lo pasarán a cuchillo? ¿O conseguirá el leñador cargar con algunos sacos de oro los tres borricos que ha dejado a la entrada de la cueva y volver con ellos a casa, sano y salvo?
Tales momentos de emoción y cruel suspenso abundan en Las mil y una noches, cuya deslumbradora fantasía ha cautivado al público durante siglos. Desde su aparición en el mundo occidental, hace unos 270 años, pocos libros han dejado tan honda huella en nuestra imaginación como este florilegio de cuentos de hadas orientales, de autores anónimos, cuyos orígenes han quedado sepultados en la arena del tiempo. Sin duda, el concepto que tenemos de un Oriente misterioso y romántico surgió en gran parte de las páginas de esta deliciosa colección de leyendas.
¿Que por qué se titula Las mil y una noches? Las 300 y pico de narraciones que componen el libro están engarzadas en el hilo de un relato fundamental, es decir, en la aterradora crónica de Shariar, legendario soberano de Persia. El sultán Shariar, amargado por la infidelidad de su esposa, cada noche toma por mujer a una doncella diferente, a quien manda decapitar a la mañana siguiente. Scherazada, bellísima hija del gran visir, se brinda a ocupar la real cámara nupcial, sabedora de la suerte que le espera. La doncella, sin embargo, se asegura la ayuda de su hermana Dinarzada, que deberá despertarla en el lecho del soberano antes del alba. Cuando así lo hace Dinarzada, Scherazada entretiene al sultán con un cuento, interrumpiéndolo en un punto tan interesante que el monarca decide postergar la ejecución de la joven con el deseo de conocer a la noche siguiente el final de la fábula. Al encadenar sus relatos, Scherazada consigue salvar la vida durante mil y una noches.
Aladino, un joven de pobre condición, como Alí Babá, es el protagonista de otro de los célebres relatos. Si bien el nombre de Alá al-Din (Aladino) significa "Gloria de la Fe", el protagonista del cuento es un holgazán, hijo de la viuda de un sastre. Con la ayuda de cierto mago, Aladino llega a un esplendoroso jardín donde los árboles dan rubíes y diamantes, zafiros y esmeraldas, y donde Aladino tiene también la suerte de encontrar una lámpara. Pronto descubre que todo lo que tiene que hacer es frotar la lámpara herrumbrosa para adquirir poderes sobrenaturales y recibir el auxilio de un genio amistoso. Con esto el mundo entero está al alcance de su mano. Aladino hace prudente uso de sus facultades hasta convertirse en hombre rico y poderoso. Se casa con la única hija del sultán, y la pareja se instala en un palacio lleno de joyas que el genio amigo del joven edificó para éste en una sola noche.
Mas la esposa de Aladino, ignorante de las virtudes de la lámpara, se la cede al mago a cambio de una nueva. Al momento se desploma el mundo de fantasía en que mora la princesa. El mago la transporta al corazón de África, donde la retiene en su poder. Sólo cuando el valeroso Aladino, tras muchas penalidades, llega al exilio de su amada, y dando muerte al traidor recobra la lámpara maravillosa, vuelven las cosas a su dichosa condición anterior. Y cuando fallece el sultán, el hijo del sastre lo sucede en el trono.
Estos relatos son creación del pueblo, compuestos para deleite del pueblo. Dichos y repetidos incontables veces en torno a la fogata o al pozo, transmitidos de viva voz por narradores errabundos a los ávidos oyentes de ciudades y aldeas, los cuentos de Las mil y una noches constituían un caudal literario ya mucho tiempo antes de que alguien pensara en escribirlos. El fragmento más antiguo que se conoce de una versión escrita, descubierto en el Cairo apenas en 1947 entre una pila de papeles amarillentos, fue garrapateado en árabe poco después del año 800. Hasta el siglo XV no se incorporaron otras narraciones más recientes al vetusto núcleo original, y todavía en la era moderna los copistas iban introduciendo ligeras variantes de su propia cosecha. No existe ninguna "versión autorizada" del texto primitivo.
Corresponde al brillante orientalista francés Antoine Galland el mérito de haber revelado a los occidentales este tesoro del Oriente y haber hecho de él una obra clásica universal. Siguiendo un manuscrito en árabe hallado en Alepo (Siria) y complementándolo con los episodios que le relató de memoria cierto sirio convertido al cristianismo, Galland presentó su traducción en 12 volúmenes, el primero de los cuales apareció en 1704. El libro causó sensación. Pocos años después salió a la luz una versión en inglés con el título de The Arabian Nights' Entertainment, versión que cautivó a Inglaterra. A esta siguieron nuevas traducciones y en la actualidad Las mil y una noches se leen en todo el mundo, en todos los idiomas cultos.
¿Cuáles son las fuentes de estas narraciones? Constituyen una profusa mezcla, a menudo impúdica, del saber, la tradición y las creencias persas, hindúes, griegas y hebreas, y su lenguaje ostenta la misma belleza oriental del Cantar de los cantares. Los árabes, habitantes del desierto que disponían de escaso bagaje literario, se apropiaron de aquella colección de fábulas cuando crearon su propia y floreciente civilización, hace unos 1300 años. Al hacer suyas Las mil y una noches, los árabes les imprimieron su inimitable estilo musulmán. Ya sea que lo relatado ocurra en China o Persia, la potente sombra de Mahoma cubre la escena de los sucesos, y príncipe y mendigo adoran a Alá. La edad avanzada y el saber son prenda de gran distinción; la caridad y la compasión son virtudes intrínsecas. Y el Destino, por disposicion de Alá, gobierna la existencia del hombre.
Para quienes se interesan en el estudio del Islam, Las mil y una noches constituyen un libro de texto incomparable. Pero también para el viajero moderno estos relatos encierran un vital residuo de verdad, pues hoy todavía se topa con las caravanas que, cargadas de riquezas, cruzan pausadamente el desierto; contempla cómo se recortan en el horizonte las siluetas de cúpulas resplandecientes; y descubre ciudades ya abandonadas que recuerdan la "Iram de las mil columnas" descrita en esas fábulas orientales. A los ojos del viajero contemporáneo, los abovedados bazares donde encuentra damas misteriosamente veladas que acarician entre los dedos ajorcas y brocados, parecen "salidos de las páginas mismas de Las mil y una noches".
Mas es la edad de oro del Islam la que vemos reflejada en el espejo de las Noches. Harún al-Rachid (o sea, Aarón el Justiciero), eje de muchas de esas narraciones, no es un personaje imaginario. Gobernó, en efecto, de 786 a 809, y la historia lo tiene por el más poderoso entre todos los califas de la rama oriental del Islam. Su esplendor y su riqueza fueron verdaderos. En su calidad de vicario del Profeta, fue el caudillo espiritual y temporal de un vasto imperio cuyo centro estaba en Mesopotamia, asiento, según la tradición, del Paraíso terrenal. La capital de Harún al-Rachid era Bagdad y su palacio movía a maravilla al mundo entero. El califa intercambió embajadas con Carlomagno, a quien obsequió con un elefante que fue el asombro de Europa.
Durante el reinado de Harún al-Rachid, Bagdad fue emporio del Asia por comerciar con artículos de todo género, tales como telas finísimas, especias, porcelanas, piedras y maderas preciosas. Artistas y eruditos hicieron de Bagdad el faro cultural del mundo cuando Europa aún se encontraba sumida en la edad de las tinieblas. Buena parte de la exquisita poesía de Las mil y una noches, de su lírica belleza, del amor y de los insatisfechos anhelos en que abundan sus páginas, tuvieron su origen en la Bagdad de Harún al-Rachid.
En cierto pasaje delicioso, una pareja de enamorados recién llegada a Bagdad penetra inadvertidamente en el jardín del califa, a orillas del río Tigris. Harún al-Rachid se cubre con el burdo manto de un humilde pescador, y así disfrazado hace compañía a los amantes, que no tardan en confesarle que han huido de Basora (o Basrah), población situada en el sur del imperio,
—¿Queréis contarme vuestras tribulaciones? —les dice el califa.
—¡Ah, pescador! —exclama el joven— ¿Cómo quieres que lo haga? ¿En prosa, o en verso?
—En verso —responde el abasida—. Los versos son como sartas de perlas.
El joven fugitivo canta tristemente la cólera de su opresor, el cruel gobernador de Basora, quien se ha propuesto eliminarlo para apoderarse de la doncella. Y Harún al-Rachid, siempre de parte de la justicia, ordena la inmediata ejecución del malvado gobernador y procede a instalar a los dos amantes en un magnífico palacio, a la vez que les señala una generosa renta de su tesoro personal.
El personaje más atractivo de Las mil y una noches, en opinión de la mayoría de los lectores, es Simbad el marino. Cuando lo conocemos en la narración, Simbad es un opulento mercader, ya entrado en años, "de piadoso y noble aspecto, majestuosa talla y semblante sereno, y señor que trasciende dignidad". En su esplendorosa mansión de Bagdad, recuerda sus aventuras. Ha cruzado los mares no menos de siete veces, "a fin de traficar y hacer fortuna en el comercio". En cierta ocasión, varios de sus compañeros de navegación desembarcan para ver de cerca una blanquísima y elevada cúpula, y pronto advierten que se trata del huevo, enterrado a medias en la arena, del temible roc, ave gigantesca que alimenta a sus polluelos con carne de elefante. Los viajeros rompen el cascarón valiéndose de unas piedras y se comen el carnoso polluelo. Pero he ahí que los enfurecidos padres llegan cuando menos se les espera y, arrojando enormes pedruscos contra la nave, la hunden.
Simbad logra asirse a una tabla y en ella se ve arrastrado por las olas hasta las playas de otra isla. A la mañana siguiente se encuentra a un viejo cubierto apenas con un taparrabo, que no dice palabra pero a señas indica al recién llegado que lo suba sobre sus hombros para pasarlo así por un arroyo. Simbad hace lo que se le pide, pero el anciano cruza las huesudas piernas alrededor del cuello del marino y se niega a apearse. El viejo se mantiene asido a Simbad aun cuando éste, rendido por el cansancio, se deja caer al suelo con el deseo de dormir un poco. Sin embargo, nuestro héroe consigue por fin burlar al viejo. Destila el zumo de unas uvas en una calabaza y da este vino a su verdugo. Ya ebrio, el vejestorio afloja el pernicioso lazo con que se mantiene aferrado a Simbad, quien entonces se lo sacude y lo mata. Solamente cuando el héroe tiene la suerte de que lo recoja un barco que pasa por ahí, se entera de que ha librado al mundo del infame Viejo del Mar, monstruo que cabalgaba a los forasteros hasta que morían de agotamiento y luego devoraba los cadáveres.
Los muchos e increíbles cuentos de Simbad, a los que se compara frecuentemente con la Odisea de Homero, en conjunto resultan algo más que un mero relato de aventuras. Expurgados de sus evidentes exageraciones, constituyen la crónica del prodigioso nuevo mundo que los marinos árabes venían explorando en el apogeo del califato. Están basadas, sin duda alguna, en la observación directa las brillantes descripciones que nos brindan de extrañas bestias y aves, de canibalismo y de la pesca de la perla, de visitas a las islas de las Especias, al cabo Camorín y a la isla, rica en rubíes, de Serendib (o Ceilán). Fue algún genio literario desconocido el que, acuclillado tal vez en cualquier humosa taberna de los embarcaderos del Tigris, forjó con esas crónicas de los navegantes árabes una sólida narración. No es, pues, de maravillar que haya servido de inspiración para la composición de innumerables "libros de viajes", entre ellos, tal se cree, el Robinson Crusoe de Daniel Defoe y los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift.
Bajo el hechizo de los relatos de Scherazada, lo que más nos emociona es precisamente aquello que se nos antoja menos verosímil. Acompañamos gustosamente al príncipe Hussein en su alfombra mágica, en la que se transporta hasta donde le place en un abrir y cerrar de ojos. Buscamos abrigo en la tienda encantada de Ahmed, que se extiende para acomodar a todo el ejército del sultán y, no obstante, cuando está plegada, cabe en el hueco de su mano. Y, en un episodio de ensueño, caminamos, en compañía del joven rey Beder, por el fondo del mar, donde encontramos provincias y naciones más populosas que la urbe más populosa que pueda haber en tierra firme; y ciudades donde habitan hombres y mujeres que "por entre las aguas contemplan el Sol, la Luna, el cielo y las estrellas".
Tales son las fábulas que refiere Scherazada bajo la constante amenaza de morir. Así transcurren mil y una noches. Y, ¡oh prodigio de prodigios!, la joven sultana, que, se nos dice, ha contado un cuento cada noche, en este tiempo ha dado al monarca tres hermosos hijos. El tirano decide hacerle gracia de la vida y, en una sucesión de fiestas, proclama a la fascinante narradora su legítima esposa y soberana. Luego convoca a sus cronistas y les ordena que den forma escrita a cuanto Scherazada le ha relatado. Y ahí ha quedado, para placer del mundo entero, un tesoro inagotable que hemos de calcular, no en diamantes y rubíes, ni en zafiros y esmeraldas, sino en los acelerados latidos de incontables generaciones.