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diciembre 17, 2021
En la antigüedad, las mujeres tenían su propio cuarto; los maridos las visitaban a medianoche y... una vez que quedaban contentos, regresaban a sus camas. ¿Y ellas Para la mayoría, el sexo era una obligación terrible, pero muy cristiana...
Por Elizabeth Subercaseaux.
Es curioso observar el periplo que ha hecho la cama matrimonial en los últimos siglos. Las parejas partieron durmiendo en camas separadas, luego las camas se juntaron y ahora se han vuelto a separar. Pero, claro, las razones que han motivado estos cambios, entre época y época, son muy distintas.
En la antigüedad las damas tenían su propia cama, hasta su propia habitación y el señor llegaba a visitarlas a medianoche o cuando regresaba de sus juergas, se metía en su cama y empezaba una tironeada noche de pasión más bien unilateral, porque eran noches muy distintas de las de hoy en día y un gran porcentaje de las mujeres (sobre todo las señoras "bien"), pensaba que el sexo era una buena lata, una obligación terrible, pero muy cristiana, un ofertorio. Muchas de ellas iban al amor como una oveja que va al matadero y se entregaban por Cristo, por mandato de Dios o por cosas completamente ajenas a la pasión y la sensualidad. Mi abuela nos contaba que su mamá, por ejemplo, usaba una camisa de dormir con un agujerito en el centro y por allí entraba mi bisabuelo, sin que ella tuviera mayor idea de lo que estaba aconteciendo y probablemente sin sentir mayor placer... Una vez que el caballero quedaba contento, se mudaba a su propia cama y ella permanecía con los ojos pegados en el techo blanco de la altísima habitación, con su pensamiento vagabundeando a saber por cuál lugar.
Otras hacían el amor rezando el Padre Nuestro y algunas salían arrancando por la casa cada vez que el marido les hacía la menor insinuación. Como mi vieja tía abuela Chofi, quien cada vez que don Melchor golpeaba la puerta de su habitación, después de las 12 de la noche, se metía debajo de la cama con un palo, y si el viejo osaba asomarse o le tironeaba un pie, ella la emprendía con su arma y así se salvaba del amor... Había, por supuesto, mujeres que gozaban del sexo, pero a decir verdad, eran las menos.
En la larga historia del matrimonio, la cama ocupa un papel por decir lo menos importante. Todas mis tías partieron durmiendo en una sola cama. En sus tiempos la mujer comenzaba a asomar la cabeza fuera de la casa, pero aún no había nada parecido a la liberación femenina y eso del "espacio propio" simplemente no formaba parte del lenguaje cotidiano. Casarse y comprar dos camas era mal visto, amén de que ninguna señorita de la época hubiera aceptado dormir en camas separadas, no tanto por la pasión que sentía por el futuro marido, sino por lo que iban a decir sus amigas.
Mi abuela, que era sabia por naturaleza, era muy contraria a dormir en la misma cama con el marido.
"Hijas", les decía a mis tías cuando estaban de novias y a punto de decidir si comprar una cama o dos: "la cama matrimonial es de dulce y de grasa, así que les recomiendo tener dos camas, donde el dulce siempre se produce y la grasa jamás se comparte". Un sabio consejo, en realidad, si se piensa que hay veces en que una se siente mal, le duele el estómago, anda indispuesta, quiere leer tranquila, o tal vez el marido tiene un termostato distinto, se muere de calor en pleno invierno y tirita de frío en las noches de verano...
Mis tías nunca le hicieron caso en nada y en lo de las camas tampoco.
Todas llegaron de la luna de miel a una sola cama ancha y matrimonial, lista para acoger a la pareja por toda la vida y terminaron durmiendo unas en el escritorio, otras en la cama de soltera que tenían en la casa de mi abuela, otras en camas separadas y algunas, claro está, en la misma cama del comienzo.
Mi tía Julia decía que para lo único que le gustaba dormir en una sola cama con su marido era para sentirle los pies cuando se metía en la cama en las noches de invierno.
Un buen día Rigoberto pasó a mejor vida y mi tía se compró una bolsa de goma, creyendo que con eso bastaba y sobraba, pero rápidamente se dio cuenta de que no eran sus pies lo único que le importaba del marido, y no habían pasado dos años cuando ya estaba casada de nuevo.
Mi abuelo, quien nunca entendió ni una letra de lo que pasaba por el alma de sus hijas, se opuso tenazmente a este nuevo matrimonio, y cuando le presentaron al futuro esposo, le preguntó:
—¿Usted tiene buena circulación en los pies?
—¿Y por qué me pregunta eso tan raro? —inquirió el pobre señor.
—Porque Julia anda buscando un guatero, no un marido, y si usted tiene los pies helados, es mejor que se retire.
Mi tíá Amanda fue la primera en separar camas. Joaquín pesaba cerca de 100 kilos (220 libras) y ella (era flacuchenta) quedaba a su lado medio aplastada, como una zancuda al borde de la cama, siempre temiendo que Joaquín tuviera una pesadilla, diera un manotazo, se volteara y la reventara.
El marido de mi tía Filo aceptó dormir en la misma cama "hasta que la muerte nos separe", siempre que en la habitación hubiera un "suple", es decir, un sofá cama o un catre de campaña para utilizar si ocurriera un caso de emergencia: por una pelea irreparable en una noche, una enfermedad de cualquiera de los cónyuges o por la flaca de la esquina que hubiese hecho disminuir su pasión por mi tía.
Cuando él le hizo estas proposiciones, mi tía se quedó observándolo detenidamente y luego de un buen rato recapacitó.
—Vete al diablo. O tú duermes conmigo porque te gusto o te quedas en la pieza de al lado —le dijo con mucha firmeza.
Mi abuela solía decir que para el año 2000 todas las mujeres iban a estar durmiendo en camas separadas otra vez. Y yo creo que, en eso, la vieja se equivocó. La liberación de la mujer no implica, para nada, liberarse del marido, sino unirse a él de otra manera y en esa otra manera caben camas juntas o camas separadas; camas pequeñas o camas grandes; camas de agua, camas de caramelo, camas de camping... Porque siempre que sea para amarse, bienvenida cualquiera de las camas.
ILUSTRACIÓN: MARCY GROSSO
Fuente:
REVISTA VANIDADES, ECUADOR, ABRIL 06 DE 1999