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octubre 29, 2021
Era domingo el día en que Anthony se plantó frente a la casa. Acababa de bajar del autobús que lo traía del trabajo. No tenía coche porque todavía estaba pagando la casa. Una casa que había comprado con toda ilusión. Pronto serían las seis de la tarde, el día era claro aún.
Tenía seis noches sin dormir en casa. La primera la pasó en casa de su madre, y las otras cinco en un hotel económico, pues no sabía qué decirle a su progenitora sobre los motivos que hacían que un hombre no durmiera en su propia casa. Esa noche estaba decidido a dormir en su hogar. Aunque no fuera el hogar que imaginó cuando se mudó con su joven esposa, un par de años atrás.
Abrió la puertecita del cercamiento de la casa y entró al pequeño jardín. El césped presentaba un tono ligeramente amarillo y las flores de las masetas tenían pétalos marchitos, claro síntoma de que no se las cuidaba como antes.
Avanzó algunos pasos hacia la puerta. Desde la ventana de la cocina le llegó un pequeño silbido. Una ráfaga de aire agitó las cortinas de la ventana y pudo ver la silueta de su esposa, afanada preparando la cena. El fuerte sentimiento que lo invadió lo atenazó como un puño y tuvo que hacer un ímprobo esfuerzo para no llorar. Era su esposa, tan joven y tan hermosa.
Margarita asomó el rostro por la ventana. Sonreía radiante.
―¿Qué haces allí, cariño? ―preguntó― Entra, necesito que me ayudes con la masa.
Era la primera vez en siete días que le dirigía la palabra. En seis ocasiones se había apeado del autobús y se había quedado de pie frente a la casa, mirando como la silueta iba de un lugar a otro dentro de la pequeña casita. Nunca había dicho nada. Daba media vuelta y se iba, sin llegar a comprender lo que estaba pasando.
¡Pero esa vez Margarita le había hablado! Anthony no sabía qué pensar. Todo era tan increíble, quizá Dios les estuviera dando una nueva oportunidad, quizá pensara que no merecían lo que había pasado.
Margarita abrió la puerta dispuesta a salir al encuentro de su esposo. Quería abrazarlo y preguntarle por qué de su ausencia. ¡Pero no pudo! ¡Algo la detenía! Una barrera invisible no le permitía salir de la casa. Insistió y nada. Empezó a tocar el muro invisible y mientras lo hacía, su expresión risueña iba cambiando a incredulidad, para luego dar paso a la desesperación. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y de su boca salió un grito agudo: ¡qué pasa! ¡qué pasa! Después cayó al piso y empezó a llorar. No comprendía lo qué estaba ocurriendo.
―No puede salir ―murmuró Anthony―. En realidad es un espíritu y no sabe que está muerta.
Anthony se sobrepuso al miedo inicial, y conmovido por el llanto de su esposa corrió al interior de la casa. Abrazó a Margarita, que lloraba sin consolación, incapaz de entender qué ocurría. Anthony le explicó que estaba muerta, que murió un mes atrás y que una semana antes empezó a aparecerse en la casa, por eso él se negaba a permanecer ahí. Era un fantasma y el miedo no le permitía quedarse.
Al final, Margarita comprendió su situación, que era un fantasma sólido atípico, el cual podía materializarse y desenvolverse muy bien en la casa, pero no podía salir de la misma. Se tocaron, se abrazaron y se dieron consuelo, se besaron y cubrieron las lágrimas con los labios. Esa noche cenaron en pareja, por primera vez en un mes.
Anthony no tenía ni idea de lo que ocurría. Pero mientras pudiera estar con Margarita, no tenía nada que objetar. Sólo lamentaba no haberse quedado desde la primera noche.
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BookNet