Publicado en
octubre 31, 2021
Ocurrió en un pueblo pequeño. La gente suele creer que en este tipo de lugares, a veces tan olvidados de la mano de Dios, casi no sucede algo que valga la pena contar. Pero, si te contara las cosas que he visto y oído, quizá cambiarías tu manera de pensar al respecto.
Sucede que, en pueblos como este, muchas veces lo inexplicable está a la orden del día. Yo nunca podré olvidar lo que ocurrió aquella noche del año 1857, mientras me encontraba en el cementerio.
Llevo más de 30 años trabajando como sepulturero. No es un trabajo tan terrible como todos piensan, aunque sí que es arduo. Hay que cavar y cavar para enterrar los ferétros, a veces por horas y bajo un sol que hace que el tiempo transcurra más despacio.
Por aquel entonces, todos los ataúdes eran fabricados de la misma manera: largos cajones de madera con un agujero, en el cual se conectaba una larga tubería de cobre, de más de un metro, que se encontraba conectada con una campanilla. Esto como precaución en caso de que alguien fuese enterrado por accidente.
El miedo a que esto sucediera era muy común. Ciertos padecimientos pueden sumir al paciente en un estado de letargo profundo, muy parecido a la muerte. Los signos vitales son prácticamente indetectables y dicho estado puede prolongarse por horas, las suficientes como para que una familia angustiada tenga tiempo para preparar adecuadamente el funeral. Fue por ello que implementamos aquel macabro sistema.
La tubería permitiría respirar a las víctimas que hubieran sido tomadas por muertas, el suficiente tiempo como para poder desenterrar su féretro y sacarlas.
Por eso, aquella noche, cuando escuche que una campanilla sonaba bajo tierra, en principio no me asusté.
Sobresaltado, me dirigí hacia la lápida con la pala en mano y comprobé que alguien bajo tierra tiraba de ella desesperadamente. Siempre podía caber la posibilidad de que algunos niños, en los alrededores, usaran este sonido para engañarme, jugando a ser fantasmas.
Bajo mis pies, la voz trémula de una mujer, sollozando, me pidió que la desenterrara. Me estremecí. Aunque inpactado por lo que estaba ocurriendo, mantenía mi pensamiento escéptico. Empecé a buscar hilos, cuerdas o detalles que dieran pista de que todo era una broma de mal gusto. Al no hallar pistas, volví a la tumba.
—¿Tu nombre es Sarah Fields? —pregunté, leyendo la lápida de aquella desgraciada.
—¡Sí! —me respondió ella, sofocada en el ataúd.
—¿Tu fecha de nacimiento es el 12 de septiembre de 1829?
—¡Sí, es esa! ¡Por favor!
—Tu lápida dice que falleciste el 16 de marzo de 1856.
—¡No morí, sigo con vida! ¡Fue una equivocación! ¡Por favor, se lo ruego, desentiérreme! —lloriqueó.
Tomé con fuerza mi pala y la hundí en la tierra, dispuesto a auxiliarla; pero un extraño escalofrío me recorrío la espalda. Será posible que en más de un año, sin agua ni comida, pueda sobrevir una persona bajo tierra, pensé. La lógica de la situación me llenó de terror.
—Lo siento mucho —le dije con voz temblorosa, y comencé a llenar la tubería para obstruirla—, pero estamos ya en octubre. Quien quiera que se encuentre allí abajo, estoy seguro de que no sigue con vida; y de ninguna manera regresará a la superficie.
Arranqué la cuerda que va a la campanita y reforcé la tumba con más tierra.
Esos sucesos extraños lo ponen a uno a pensar. A veces, es mejor no buscarle sentido a lo que no tenemos cómo explicar.
Fuente del texto:
RELATOSCORTOS.ORG