LA AVENTURA DE LA PENICILINA
Publicado en
diciembre 05, 2020
Aunque en todo el mundo hay millones de personas que deben a la penicilina la salud (y en muchos casos la vida) , la humanidad estuvo a punto de no contar con esta portentosa droga. El descubrimiento de la penicilina, hecho por sir Alexander Fleming en 1928, pasó casi inadvertido. Correspondió a notables equipos de científicos, que trabajaron tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, demostrar que por fin se había encontrado la "bala mágica" soñada durante siglos, capaz de aniquilar la enfermedad sin dañar al paciente.
En su libro, Rise Up to Life ("Levántate a la vida") , Lennard Bickel narra la historia del justo reconocimiento de la penicilina y de la dramática búsqueda de los métodos para producirla en gran escala. Alma e inspiración de este esfuerzo fue el Dr. Howard Florey, patólogo australiano de rara perspicacia y determinación, que supo ver en el humilde hongo Penicillium notatum la esperanza de una nueva era terapéutica para la humanidad.
Por Lennard Bickel
POCO ANTES de las 10 de la mañana del 25 de mayo de 1940, el Dr. Howard Florey atravesaba ensimismado los prados de la Universidad de Oxford rumbo a su laboratorio, donde estaba a punto de comenzar un experimento importantísimo. El tiempo presagiaba un hermoso verano, pero las noticias de la guerra ensombrecían el ambiente. Winston Churchill acababa de tomar posesión como primer ministro de Inglaterra, y no ofrecía más que sangre, esfuerzos, lágrimas y sudor. Asolaba a Holanda y Bélgica la guerra relámpago de los nazis. Las bombas llovieron sin piedad sobre la indefensa Rotterdam, y los Stukas ametrallaban a los refugiados desvalidos. Por si fuera poco, aquel sábado por la mañana la radio informaba que el Ejército Expedicionario Británico estaba en Dunkerque, cercado por las tenazas de acero de las fuerzas blindadas alemanas.
En su calidad de patólogo investigador, especializado en la naturaleza y las causas de las enfermedades, Florey podía apreciar claramente los terribles padecimientos de quienes habían resultado heridos en las playas de ese puerto francés. Sabía que, aunque se les evacuara con éxito, muchos estaban condenados a morir. Los médicos poseían escasos medios para combatir la infección bacteriana: la mortalidad oscilaba desde un diez por ciento hasta un ciento por ciento en las lesiones profundas. Y 1as circunstancias propias de la guerra multiplicaban los riesgos. En todas las batallas de la historia los fallecimientos se debían menos a las heridas que a las infecciones resultantes. Aun con la ayuda de las nuevas sulfamidas, los resultados de estos combates no serían muy diferentes. A menos que...
El Dr. Florey columbraba una esperanza en el horizonte. Esa esperanza, basada en una posibilidad incierta, consistía en una pizca de cierto polvo pardusco, al parecer inocuo, elaborado en sus propios laboratorios. Su nombre: penicilina.
En la Sala 46 de la Escuela de Patología Sir William Dunn, de ladrillos rojos, lo esperaba James Kent, su técnico de laboratorio. Como parte de las preparaciones para el experimento de esa mañana, Kent tenía dispuestos ocho ratones suizos albinos en jaulas de vidrio. A las 11 cada uno de ellos recibió una inyección con una dosis mortal de estreptococos hemolíticos, cepa de bacterias sumamente virulentas. Se apartaron cuatro ratones a los cuales no se dio ningún medicamento; estaban destinados a morir. Pero a otros dos se les dio una dosis única de penicilina, una pizca del polvo (diez miligramos) disuelta en una gota de solución salina, y el último par obtuvo la mitad de esa cantidad, aunque la dosis debía repetirse a intervalos de dos horas.
Puestas las primeras inyecciones, los dos hombres tomaron asiento y observaron en silencio los ratones, que correteaban en sus jaulas. No dejaron de verlos toda aquella tranquila tarde. A las 6:30 Florey indicó a Kent que se fuera a casa, pero él permaneció al acecho, escudriñando con ojos avizores y experimentados algún cambio en el comportamiento de los animales.
Para Kent aquel era sólo uno de tantos experimentos del profesor. Pero Florey sabía que podría ser decisivo. El bacteriólogo escocés Alexander Fleming había descubierto la penicilina en 1928 de manera casi accidental: una laminilla de vidrio con un cultivo de estafilococos había sido contaminada por un moho. Por alguna razón no la echaron en el cubo con antiséptico que hay en la mayoría de los laboratorios bacteriológicos para las laminillas usadas, y unas semanas después, cuando Fleming la observó, advirtió un extraño fenómeno del cual tomó debida nota:
"Las colonias de estafilococos, hasta una distancia considerable del moho, se disolvían. Lo que originalmente había sido una colonia microbiana proliferante era ya una leve sombra de su forma anterior". Conservó el hongo, identificado como Penicillium notatum, y descubrió que un filtrado del caldo de cultivo (hecho de corazones de bueyes) ejercía un potente efecto en varias bacterias peligrosas para el hombre, entre ellas los estafilococos y los neumococos.
Para comprobar si aquel producto (para el que acuñó el nombre de penicilina) era inofensivo, inyectó el jugo del moho a un animal sano, y éste no sufrió ningún daño. Luego ensayó sus propiedades antisépticas y trató con él infecciones y heridas superficiales en dos o tres personas. Pero Fleming no probó la acción del P. notatum contra bacterias que proliferan en el cuerpo de animales enfermos. Había comprobado que la penicilina era extraordinariamente difícil de concentrar, que se destruía con mucha facilidad; y como al fin y al cabo existían otros buenos antisépticos, llegó a la conclusión de que, si bien la nueva droga parecía prometedora, la gran dificultad de producirla hacía prohibitiva su elaboración en gran escala.
Pero Florey no era de esa opinión. Acababa de hacer algo que no se había intentado nunca: inyectó penicilina en animales infectados para averiguar si su poder bactericida vencía a los gérmenes patógenos que se multiplicaban en ellos. De ser así, podría significar un gran salto en la lucha del hombre contra la enfermedad, y el mundo entraría en la era de oro de la terapéutica: la de los antibióticos.
EL FUEGO ANTERIOR
HOWARD Walter Florey, hijo de un fabricante de zapatos, nació en Malvern, suburbio de Adelaida (Australia), el 24 de septiembre de 1898. Desde la enseñanza media se distinguió en química; Luis Pasteur se convirtió en su héroe, y a los 12 años de edad anunció que se consagraría a la investigación.
En 1921 se graduó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Adelaida; luego obtuvo una beca Rhodes para estudiar en la de Oxford, y pagó su pasaje trabajando como médico del barco que lo conducía a Inglaterra, pues su familia, antes próspera, estaba reducida a la pobreza. Howard Florey era entonces un joven de 23 años bronceado por el sol, ávido de distinguirse y con temperamento serio y decidido.
Florey fue aprobado sin ningún tropiezo en los exámenes y mereció un primer premio en la exigente Escuela Honours de Fisiología. Luego, por motivos económicos, fue a la Universidad de Cambridge con disfrute de una beca para comenzar trabajos experimentales de patología. Ya nada quedaba en él del joven bronceado por el sol. Tres inviernos ingleses y casi 30 meses de estudios infatigables, además de sus preocupaciones pecuniarias, lo habían hecho palidecer. Usaba ropa vieja y floja, y anteojos con montura de acero afirmados en una nariz sobre la cual pendía un mechón de pelo. Pero tras ese exterior albergaba un fuego ardoroso, y sólo un discreto velo de reserva ocultaba su explosiva personalidad.
"Todos advertíamos la fuerza que había en él", cuenta un colega suyo. "Su integridad era inquebrantable, pero a veces era difícil llevarse bien con él, elevar la voz tanto como la suya y no permitirle acallarnos". Florey confesó posteriormente que aprovechaba sus rasgos de carácter australiano para cometer impunemente acciones audaces o extravagantes. "Los ingleses mostraban consideración con los rudos habitantes de las colonias", explicaba.
Después de estudiar un año en los Estados Unidos gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, aceptó el puesto de conferenciante en Cambridge. Entonces escribió a Ethel Reed, hermosa joven alta y rubia a quien había conocido en la Facultad de Medicina, la cual acababa de terminar un año agotador como médica residente en el Hospital Pediátrico de Adelaida. Le pidió que fuera a Inglaterra, y en octubre de 1926 se casaron en la Holy Trinity Church, de Paddington, que por casualidad estaba sólo a unas cuantas calles del Hospital Saint Mary, donde trabajaba Alexander Fleming.
Florey leyó con interés la memoria sobre la penicilina que publicó Fleming en 1929. En el medio siglo transcurrido desde los extraordinarios descubrimientos de Pasteur, los microbios invasores del organismo y causantes de enfermedades graves habían sido indentificados y clasificados. Sin embargo, no obstante vacunas, sueros y antitoxinas, amén de algunas sustancias específicas, como el arsénico contra la sífilis y la quinina contra el paludismo, aún no se disponía de un arma suficientemente poderosa para combatir con eficacia a los temibles invasores. Las salas de enfermedades infecciosas de los hospitales seguían atestadas. El temor a la infección se cernía sobre todas las operaciones de cirugía mayor y menor, y por las salas de maternidad rondaba el espectro de la fiebre puerperal. Uno de cada tres casos de pulmonía aún terminaba en el cementerio. La septicemia era casi siempre incurable, y la escarlatina, la fiebre reumática, la difteria, la tuberculosis, la meningitis y la osteomielitis eran nombres que a menudo implicaban una sentencia de muerte.
La idea de una "bala mágica", de algún agente quimioterapéutico capaz de exterminar los gérmenes patógenos sin afectar las células del organismo, era todavía poco más que un sueño.
El moho de Penicillium notatum.
Escuela de patología Sir William Dunn (Oxford).
UNA ABUNDANTE REDADA DE ESPERANZAS
EN 1935, después de trabajar cuatro años como catedrático en la Universidad de Sheffield, ofrecieron a Florey la cátedra de patología en la Universidad de Oxford, posición que le daría poder e influencia y le permitiría formar su propio equipo de investigadores. Hacía mucho él insistía en que el progreso de la medicina sería resultado del trabajo conjunto de bioquímicos, biólogos y patólogos que concentraran sus esfuerzos múltiples en proyectos concretos.
Por ello andaba con pasos ansiosos e impacientes en sus nuevos laboratorios de la Escuela de Patología Sir William Dunn, en 0xford. Un colega suyo más conservador le llamó "fanático de la investigación". Allí encontró esperándole excelentes científicos, pero también muchas brechas que tapar. Entre sus primeros colaboradores figuró su esposa Ethel, y también un bioquímico llamada Ernst Chain, joven judío alemán cuyo pelo y bigote hacían que se pareciera a Albert Einstein.
Para trabajos especiales de patología, Florey buscaba "un cerebro joven y brillante", y lo halló en la atractiva y talentosa doctora Margaret Jennings. Llamó de la Universidad de Cambridge al Dr. Norman Heatley, bioquímico, y a mediados de 1936 ya casi estaba integrado el equipo que daría al mundo el milagro de la penicilina.
En el verano de 1938, noche tras noche, Florey y Ernst Chain hablaban de los problemas que debían resolver, mientras se dirigían a sus respectivas casas a través del verde parque, detrás del edificio Dunn. Andaban lentamente, pisando las hojas y deteniéndose a trechos para discutir algún punto del programa. El tema de todas las conversaciones era el concepto de la antibiosis, o sea, de un organismo vivo que luchaba contra otro. Un estudio cuidadoso de toda la literatura científica que informaba de casos de inhibición bacteriana o de antagonismo entre microbios, reveló muchos ejemplos aislados; el primero de ellos procedía de Pasteur mismo. En 1877 el sabio francés observó que un cultivo de bacilos del ántrax se disolvía cuando lo contaminaban las bacterias comunes del aire.
El científico español Gosio había extraído el primer antibiótico cristalino de un moho de Penicillium , pariente cercano del P. notatum; por desgracia, no consiguió hacerlo en cantidad suficiente para ampliar sus experimentos. Aquellos hallazgos parecían ser casos bien comprobados de antibiosis. ¿Pero cuál de ellos convendría seguir investigando?
Una vez más Florey concentró su atención en el informe de Fleming de 1929. Ciertamente la penicilina no llamaba la atención pública; no difería radicalmente de otras muchas sustancias dignas de estudio. Sin embargo, esta sustancia le intrigaba. Parecía prometer en la lucha contra los estafilococos, hasta entonces invulnerables; además, no producía efectos tóxicos. Quizá se pudiera extraer del moho algo beneficioso para el organismo humano.
Una tarde, a fines de 1938, mientras meditaba bajo un viejo y frondoso castaño del parque; Florey tomó la decisión final: se concentraría en la penicilina.
La guerra era inminente. A Florey le preocupaba la posibilidad de que se deshiciera su equipo, y al mismo tiempo luchaba, como siempre, con problemas económicos. Escribió al Consejo de Investigaciones Médicas: necesitaba una subvención mayor para poder seguir trabajando con la penicilina. El Consejo le envió 25 libras esterlinas. Desesperados, él y Chain se dirigieron a la Fundación Rockefeller de Nueva York, pidiendo audazmente una suma elevada para sueldos y equipo, e indicando que el trabajo podría tener resultados prácticos y al mismo tiempo importancia teórica. Y obtuvieron el dinero.
En esa etapa la investigación de la penicilina era todavía un asunto académico, pues aún no se había revelado el extraordinario poder del producto. Pero Norman Heatley trabajaba con entusiasmo, sembrando y haciendo pasar el moho de uno a otro plato, incubándolo y cuidándolo. Dedicó largas y tediosas semanas de tesonero esfuerzo a tratar de aislar y extraer la sustancia activa del caldo de moho, pero todos los empeños fracasaron. Obstinado, Chain luchaba como un poseso con las dificultades, y al fin halló la solución del problema. Ésta consistía en secar el jugo por congelación, evaporarlo en una cámara de vacío y luego concentrar y reconcentrar el material resultante. Así, de varios litros de caldo de cultivo surgió el primer montoncito de penicilina, una pizca de polvo parduzco que parecía sucio, apenas suficiente para cubrir una uña pequeña.
El 19 de marzo de 1940 fue un día crucial para la humanidad. Chain pidió que se llevara a cabo la primera prueba. Inyectaron a dos ratones diez miligramos del polvo tan difícilmente obtenido, disuelto en una solución salina; luego los observaron atentamente. A medida que pasaban los minutos sin que los animales presentaran ningún malestar, crecía la esperanza. Los estudiaron dos horas, y luego comunicaron a Chain y a Florey la gran noticia: Alexander Fleming estaba en lo cierto: la penicilina no producía efectos tóxicos.
Chain tuvo mucho más suerte de lo que suponía al hacer este experimento. Él creía que el concentrado de penicilina inyectado a los ratones era virtualmente puro, pero en realidad el 99 por ciento era basura. Cualquiera de los cientos de compuestos y elementos de ese porcentaje pudo haber matado a los animales. Esas muertes se hubieran achacado a la penicilina, y el advenimiento de la era del antibiótico se habría retardado.
Pero tal como ocurrieron las cosas, gracias al éxito del experimento de Chain, al cabo de dos meses Florey hizo una segunda prueba con ocho ratones y bacterias.
RATONES Y HOMBRES
DURANTE aquel largo sábado, 25 de mayo de 1940, Florey observó a los ocho roedores en sus jaulas. Poco después de las 11 de la noche llegó el Dr. Norman Heatley a relevarlo. Luego, a las 3:28 de la madrugada, murió el último de los cuatro animales no tratados con penicilina. Los otros cuatro, protegidos por la droga, seguían vivos y sanos.
Ya amanecía cuando Heatley se dirigió en bicicleta a su casa por las calles oscurecidas en previsión de bombardeos. Iba tan alborozado, con la cabeza llena de proyectos, que casi atropelló a un anciano guarda de los que precavían a la población contra los ataques aéreos. Enojado, el hombre le pidió explicaciones. El fatigado científico sólo pudo sonreír y disculparse. ¿Cómo explicar que acababa de presenciar un milagro? ¡La pizca de un polvo pardo podía curar enfermedades mortales!
Más tarde, aquella mañana, Florey regresó al laboratorio para hacer una inspección final. Los cuatro ratones tratados seguían sanos y salvos. Anunció a sus colegas que inmediatamente iniciarían una segunda etapa, que consistiría en pruebas en gran escala, con tandas hasta de 75 ratones a la vez, y diferentes cepas de bacterias. ¿Podría Norman Heatley aumentar la producción del caldo de moho a 200 litros semanales?
El Dr. Heatley, exhausto, repuso que lo intentaría.
"Recuerde", recomendó Florey, "que debemos llegar al hombre. Hasta que alcancemos ese objetivo, todo será una curiosidad de laboratorio, como lo fue el hongo de Fleming. Y el ser humano es 3000 veces mayor que un ratón".
Al día siguiente comenzaron otros experimentos para determinar con mayor precisión la dosis necesaria contra ciertas cantidades de bacterias. Al ver esos datos y comprobar la cantidad de penicilina que requerirían las pruebas, hasta Florey se desanimó. ¿Dónde podrían ellos, en tiempo de guerra, encontrar recipientes adecuados para cultivar tanto moho? Entonces ordenó a sus colaboradores: "Utilicen todo lo que encuentren; cualquier objeto donde crezcan los hongos".
El resultado fue una insólita colección de botellas, bandejas de metal, latas de galletas, platos para pastel, orinales para camas de enfermos, una bañera y hasta una tina para bañar perros; cada uno de estos recipientes tenía una capa delgada de líquido nutritivo. Junto con todo esto se instaló un laberinto de tubos, caños, bombas de acuario, tapones y grifos. Sólo a fines de junio este conjunto de extraños artefactos produjo suficiente penicilina para las pruebas en gran escala con ratones. Mientras éstas continuaban, Florey y James Kent estaban siempre al acecho y sólo dormían unas cuantas horas en el laboratorio mismo. Florey vio surgir el increíble poder de una nueva droga revolucionaria, capaz de buscar y destruir la infección en cualquier parte del organismo.
A mediados de agosto las oleadas de bombarderos alemanes zumbaban sobre Inglaterra. Todo el mundo pensaba en la inminencia de la invasión. Los científicos del equipo convinieron en que, si ocurría lo peor y únicamente uno de ellos lograba escapar a América, llevaría en la cabeza los secretos de la extracción y las vitales esporas del moho en la ropa. Florey refregó dentro del forro de su abrigo impermeable un puñado de ellas; Heatley embadurnó los bolsillos de su traje. Mientras esas prendas no se lavaran en seco, las esporas que cayeran al sucudirlas sobre un plato de material nutritivo harían revivir el moho.
Entonces el grupo escribió los resultados del experimento y los publicó en la revista médica The Lancet. Al pie del artículo iban los nombres de los autores, precisamente en orden alfabético, a instancias de Florey. "Se han descubierto métodos para obtener un considerable rendimiento de penicilina... un polvo pardo... Aunque no es una sustancia pura, es muy potente su acción bactericida... Los resultados son inequívocos".
El informe La penicilina como agente quimioterapéutico apareció relegado a la página 226 del número de The Lancet correspondiente al 24 de agosto de 1940. Poco después Alexander Fleming llamaba a la puerta de Florey. Era un hombre bajo, de cabellos blancos y corbata de lazo de vivos colores. Inmediatamente hizo valer su calidad de descubridor. "¡Hola!" exclamó al tender la mano. "He oído que usted está haciendo algo con mi penicilina. Me gustaría mucho ver de qué se trata".
Florey y Chain le mostraron los laboratorios, le explicaron los complejos procedimientos de extracción, paso a paso, y le dieron una pequeña muestra de sus concentrados purificados. Fleming permanecía silencioso y reservado. Chain sospechó que no había comprendido del todo el método. El visitante regresó a Londres sin hacer ningún comentario ni expresar un solo elogio. Y nunca más se le volvió a ver por el laboratorio.
Pronto, sin embargo, muchas personas emotivas le besarían la mano y la ropa. La prensa y la radio divulgarían la importancia de su descubrimiento y le otorgarían el premio Nobel. Desde entonces, la fotografía de Alexander Fleming inclinado sobre la placa de cultivo contaminado se ha convertido en algo tan inmortal como la estampa de Isaac Newton debajo del manzano. Hasta un cráter de la Luna lleva actualmente el nombre del bacteriólogo escocés.
El distinguido investigador del equipo de Florey, Ernst Chain, en plena labor en el laboratorio de la Universidad de Oxford.
MUERTE DE UN POLICÍA
EL TRAMO de carretera de 160 kilómetros que va de Stoke-on-Trent a Oxford estaba cubierto por un manto de hielo sucio. El Dr. Norman Heatley, aterido de frío en una camioneta sin calefacción, proseguía su camino decidido a llevar intacta a los laboratorios su preciosa carga de 172 recipientes de cerámica. Éstos, diseñados según el modelo de orinales de camas de hospital, que habían resultado ser los mejores para el cultivo del caldo de moho, eran los primeros de 600 que habían pedido a una alfarería de Staffordshire. Cuando llegaron a Oxford el 23 de diciembre de 1940, el edificio Dunn se convirtió en una fábrica provisional de penicilina. La víspera de Navidad los recipientes ya estaban disponibles.
La producción del caldo de moho ascendió a 500 litros semanales, y de ellos Florey esperaba extraer, según las medidas modernas, entre 100.000 y 200.000 "unidades Oxford*" de penicilina, o sea un décimo de lo que ahora se utiliza para curar una infección única de gonorrea. Pero aun esta modesta aspiración resultó difícil de lograr. A veces los retrasos y las frustraciones alteraban el rígido autodominio de Florey, que daba rienda suelta a su ira.
Pero todos siguieron trabajando. Una nueva técnica, invención de Heatley, no sólo aceleró el procedimiento, sino que logró producir una penicilina diez veces más potente. A fines de enero de 1941 Florey se disponía a hacer el primer experimento en seres humanos. No tomó esta decisión a la ligera: le desagradaba ser árbitro de la vida y siempre evitaba tener relación directa con los enfermos.
La doctora Ethel Florey, que entonces trabajaba en la Enfermería Radcliffe de Oxford, llamó la atención de su marido sobre el estado de Albert Alexander, corpulento agente de la policía, de 43 años. A consecuencia de un rasguño en la mejilla ocasionado por una espina de rosa, su cuerpo se había convertido en huésped de dos temibles cepas de estafilococos y estreptococos. Desde fines de diciembre se temía por su vida. A mediados de enero los médicos tuvieron que abrirle muchos abscesos en el cuero cabelludo, y las cuencas de los ojos se le habían convertido en focos virulentos. La infección le atacaba hasta los huesos. Alexander estaba enflaquecido y al borde de la muerte, cuando el 12 de febrero le administraron una inyección intravenosa de penicilina.
Para ayudarle, Florey Llevó a la enfermería hasta la última y preciosa pizca de la droga que su grupo lograba producir. Además, cada vez que Alexander orinaba, un investigador llevaba la botella al laboratorio de la Escuela Dunn, donde se recobraba el residuo de penicilina. Así podía recuperarse hasta la mitad de la droga inyectada.
Al cabo de tres días de tratamiento se agotaron las reservas de penicilina. A partir de ese momento la vida del policía dependía únicamente de la que era posible recuperar, y resultaba cada vez más escasa. Pero al cuarto día el cambio efectuado en Alexander era notable: las supuraciones de los ojos y los abscesos de la cabeza se estaban secando, la fiebre había desaparecido y ya tenía apetito. Sin embargo, en el transcurso del quinto día apareció una frase siniestra en la historia clínica de aquel caso: "Se agotó la penicilina".
Estas palabras fueron la sentencia de muerte de Alexander. La infección se le propagó a los pulmones, y diez días después murió, no porque la penicilina hubiera fallado, sino porque no se le pudo inyectar bastante. Abatido, Florey dijo a su grupo que mientras no hubiera suficiente droga sólo tratarían a niños, cuyos cuerpos más pequeños requerirían dosis menores.
En mayo obtuvo el equipo su primer triunfo verdaderamente espectacular, que por desgracia terminó también en otra desilusión. Johnny Cox, de cuatro años y medio, fue admitido en la Enfermería Radcliffe el 13 de mayo, moribundo y en estado de coma debido a un ataque bacteriano que afectaba a pulmones, hígado, ojos y líquido cefalorraquídeo. Los estafilococos habían invadido el cuerpo como secuela del sarampión. Tratado inmediatamente con penicilina, se repuso en forma milagrosa; a los nueve días el chiquillo estaba convaleciente, sonreía y hablaba en su cama de hospital.
Pero la madrugada del 27 de mayo la enfermera nocturna se aterró al ver que el niño era presa de convulsiones súbitas. Una dosis adicional de penicilina no surtió efecto. La temperatura corporal ascendió a 42° C. y poco después murió.
La autopsia demostró que la penicilina no era responsable de lo ocurrido. Había limpiado los abscesos en los pulmones del chiquillo y había vencido a las bacterias en todo el cuerpo. Pero no pudo reparar el daño ya causado a una arteria vital que corre a lo largo de la espina dorsal. Debilitado por la infección, ese vaso se dilató por presión de la vitalidad recobrada, y en consecuencia se rompió.
Durante esas angustiosas semanas de pruebas clínicas hubo otros casos más satisfactorios desde el punto de vista humano; entre ellos el de un muchacho de 14 años que llegó gravísimo con una infección de estafilococos resultante de una herida en una pierna, y se repuso al cabo de 14 días de administrarle penicilina. Un niño de pecho de seis meses con una infección de las vías urinarias fue curado con la primera dosis oral de droga. Todas las aplicaciones tópicas o superficiales, tuvieron éxito. Florey llegó a ensayarla en sí mismo: hizo gárgaras con el jugo crudo una vez que tuvo una infección estreptocócica en la garganta. "Sabía a rayos", confesó a sus colegas, "pero me curó".
LICOR DE MAÍZ
LA PARADOJA a que entonces se enfrentaba Florey consistía en que, para convencer al escéptico cuerpo médico e iniciar la producción comercial de la penicilina, debía efectuar mayor número de pruebas clínicas satisfactorias, pero no podía hacerlas mientras no hubiera producción en escala comercial. Las industrias química y farmacéutica de Inglaterra, dañadas por los bombardeos aéreos alemanes y completamente dedicadas a satisfacer las necesidades bélicas, no estaban en la primavera de 1941 en condiciones de comenzar a elaborar una droga nueva probada a medias. Por fin, con la aprobación del Consejo de Investigaciones Médicas, el Dr. Florey resolvió ir a los Estados Unidos "e intentar allí la fabricación de la penicilina".
En una atmósfera de misión secreta, Florey y Heatley salieron de Oxford el 26 de junio. En la maleta del primero había muestras del vital moho y ampolletas con extracto penicilínico, varias copias del informe que pensaba publicar poco después el equipo en The Lancet, donde se detallaba todo el proceso, y cuadernos con el resultado de las pruebas recientes en seres humanos.
En Nueva York visitaron la Fundación Rockefeller un día de calor agobiante. Como el dinero de ésta había pagado gran parte de la investigación, Florey pensaba que debía comunicarle lo que habían logrado. Durante una hora Heatley y el jefe de un departamento de la Fundación escucharon cautivados a Florey, el cual, sin consultar sus notas y sin vacilar, contó la historia entera, paso a paso, desde el concepto inicial hasta las primeras vidas salvadas. Esta escena quedó grabada en la memoria de Heatley:
"Lo recuerdo ante todo por esa exposición", escribió. "No fue emotiva, sino informativa, y de manera sorprendente revelaba la enorme capacidad de su cerebro de hombre de ciencia. Aunque yo conocía bien el tema, supo mostrarme nuevas facetas, y de pronto advertí qué gran hombre era".
En tres meses de gira de divulgación por los Estados, Florey repitió muchas veces aquella exposición. Deseaba conseguir que los norteamericanos produjeran suficiente penicilina para poder hacer amplios ensayos. Especificaba un extracto de 10.000 litros de jugo de moho (cantidad que pronto se conoció como "el kilo de Florey"), que les permitiría a él y a Ethel hacer pruebas en 80 enfermos, incluso adultos víctimas de las más graves infecciones. Esperaba que los resultados fueran lo bastante convincentes para que la industria decidiera producir penicilina en gran escala, a tiempo de poder utilizarla en la guerra.
En una táctica brillante por lo sencilla, al llegar a Norteamérica Florey no se puso en relación con especialistas médicos, sino con la estación experimental de la Secretaría de Agricultura de los Estados Unidos situada en Beltsville (Maryland). Los científicos de allí lo llevaron a uno de sus laboratorios regionales, establecido en Peoría (Illinois), donde trabajaba un grupo de investigadores con gran experiencia en la elaboración de productos químicos extraídos de organismos en fermentación. Florey denominaría después a esos hombres "Mercaderes de hongos mágicos".
El grupo de Peoría puso manos a la obra inmediatamente. Semanas de calor y de viaje habían vuelto recalcitrantes las esporas de hongos traídas de Oxford, pero gradualmente la pelusa blanca se afirmó, apareció un tono azul verdoso y salieron las primeras gotitas doradas, exudadas de los hongos. Hasta principios del otoño se siguieron ensayando diferentes caldos y condiciones, con la esperanza de que afectaran favorablemente el rendimiento. Y entonces, una vez más, la suerte ayudó a la penicilina.
Entre las obligaciones de los científicos de Peoría figuraba la de hallar aplicaciones industriales a los productos derivados de los cereales, y uno de utilización especialmente difícil era el "licor de infusión de maíz", residuo viscoso y concentrado de la extracción del almidón del maíz dulce. Al ensayarlo como nutriente para el hongo penicilínico, el efecto fue pasmoso. El rendimiento de la penicilina se decuplicó.
El Dr. Robert Coghill, jefe de un grupo de 20 científicos de Peoría, ha considerado siempre un milagro que Florey hubiera sido enviado "al único laboratorio donde podía haberse descubierto la magia del licor de infusión de maíz".
Florey, mientras tanto, había tratado de abrirse paso hasta los despachos de los jefes de las compañías farmacéuticas. Éstos, en su mayoría, lo recibían con desconfianza o con indiferencia. Unos pocos se interesaron, pero consideraban que su "kilo" era imposible de obtener. La noticia del descubrimiento hecho en Peoría cambió esa actitud, y el objetivo de Florey empezó a parecer razonable. El Dr. expresó la situación con la siguiente metáfora: Un niño vino al mundo en Inglaterra, y el licor de infusión de maíz "evitó que naciera muerto".
Ya sólo hacía falta la técnica apropiada para producir penicilina en gran escala. Coghill, en la primera entrevista que tuvo con Florey en Peoría, había sugerido proféticamente que quizá el moho de penicilina podría reproducirse dentro de tanques de miles de litros de caldo nutritivo, removido y aireado. Heatley, que se quedó en Peoría, ensayó ese nuevo método. Llenó dos toneles con nutrimento, los sembró con esporas y los hizo girar durante una semana aproximadamente. Esta técnica produjo penicilina, pero sólo la mitad de la que se obtenía por medio del engorroso procedimiento de cultivo superficial.
Entonces se comenzó a buscar en serio un moho que no sólo rindiera más penicilina que el P. notatum, sino que rindiera más sumergido en tanques profundos. Debía de existir una cepa más productiva, pues eran astronómicamente pequeñas las probabilidades de que ese organismo particular caído por casualidad en la laminilla de cultivo de Fleming resultara el antibiótico más eficaz de la Tierra.
Con la colaboración de la Secretaría de la Defensa de los Estados Unidos se ordenó a todos los pilotos del Comando Aéreo del Ejército dispersos por el mundo que recogieran muestras de tierra de los lugares donde tenían sus bases. Cuando llegaron a Peoría esas muestras, procedentes de Venezuela, Zanzíbar, Australia, el Extremo Oriente, Europa y China, se cultivaron los cientos de diferentes hongos que contenían, pero ninguno superó en rendimiento al P. notatum.
El Dr. Florey (al centro) examina en 1944 a un soldado herido en tratamiento con penicilina, en un hospital militar, cerca de Nueva York.
"SUMAMENTE ESPECTACULAR"
CUANDO Florey regresó a Inglaterra, a fines de septiembre de 1941, vio que la escasez de penicilina inglesa era todavía desilusionante. Conservaba la esperanza de obtener su kilo en Estados Unidos, y lo animó la llegada de una caja remitida por una compañía farmacéutica norteamericana a principios de 1942. Pero en ella halló otra caja más pequeña, y dentro de ésta grandes cantidades de relleno. "En cuanto levanté ese condenado paquete", escribió a Heatley, "supe que algo había salido mal. ¡Era tan ligero!" En efecto, recibió sólo una octogésima parte de la penicilina necesaria.
Florey sabía perfectamente que su kilo había desaparecido con las bombas caídas en Pearl Harbor en diciembre último. Los estadounidenses pronto habían comprendido el gran valor de la penicilina en tiempo de guerra, y sus compañías farmacéuticas se apresuraban a participar en el programa de producción del gobierno.
Las pruebas que Florey y Ethel deseaban hacer dependerían de los recursos ingleses. El Dr. Gordon Sanders se puso al frente del edificio de la Escuela Dunn dedicado a los animales y, con el empeñoso James Kent, organizó la fábrica extractora de la "segunda generación" del grupo de Oxford. Era una ingeniosa instalación, en la cual el caldo de moho se pasaba a través de un filtro y se llevaba a cuatro lecheras de 38 litros cada una provistas de revolvedores, que daban al lugar el aspecto de una lechería. También se adelantó en el proceso de extracción, y los científicos se sintieron más animosos cuando la compañía Imperial Chemical Industries inició a su vez la producción en pequeña escala.
Heatley había conseguido un bidón de 28 kilos de licor de infusión de maíz procedente de Peoria, lo cual, en tiempo de guerra, resultó un gran triunfo de logística. Llegó a Liverpool en un carguero; Florey lo probó y vio que los resultados eran excelentes.
A mediados de 1942 una pizca de polvo de penicilina, apenas una cucharadita de sal, se envió al Hospital de la Real Fuerza Aérea de Buckinghamshire. Allí, el teniente de aviación Denis Bodenham trató con la nueva droga cuatro casos de quemaduras e informó: "Por primera vez hemos podido esterilizar completamente una quemadura, y esto era algo que considerábamos imposible. Fue asombroso; sumamente espectacular". Este oficial de la Real Fuerza Aérea mezcló también penicilina con polvo de sulfa y obtuvo así una crema que utilizó para tratar a los quemados.
Por fin, tras meses de trabajo, Florey y Ethel poseían una larga lista de curaciones, convincente, que incluía 15 casos de graves infecciones generalizadas y 172 aplicaciones tópicas. Irónicamente, el uso más notable de la penicilina fue uno en el cual ellos tuvieron sólo participación marginal. Tuvo efecto en el Hospital Saint Mary, en Paddington, donde 15 años antes se había observado el efecto antibacteriano del P. notatum, pero sin llevar adelante la investigación. El médico que trataba este caso era Alexander Fleming, y el enfermo un amigo personal suyo, hombre de 52 años con meningitis cerebroespinal. Después de siete semanas de fiebre, cefaleas, somnolencia y otros síntomas, el paciente entró en coma. Fleming extrajo un poco del líquido cefalorraquídeo y logró aislar el estreptococo que estaba destruyendo el tejido cerebral de su amigo. Probándolo, halló que resistía al sulfatiazol, pero en cambio era sensible a la penicilina.
En la madrugada del 5 de agosto Fleming tomó el teléfono y llamó a Florey, que estaba en Oxford. Éste ofreció en seguida toda la penicilina que poseía (1.300.000 unidades) a condición de que las notas del caso pudieran incluirse en la lista que él y Ethel estaban preparando. Sacó el precioso medicamento del refrigerador de la Escuela Dunn, tomó el primer tren para Londres, y entró en el Hospital Saint Mary con la droga en la maleta. Tras indicar a Fleming cómo prepararla y usarla, regresó a Oxford.
Fleming comenzó a administrar inyecciones hipodérmicas, pero pronto vio que esto no daba ningún resultado. Entonces, por primera vez, inyectó la droga directamente en el canal espinal del moribundo. Era peligroso, pero el resultado justificó el riesgo. La penicilina destruyó los microbios invasores. A la semana el hombre estaba virtualmente bien, y poco tiempo después salió del hospital.
"La primera vez que uno ve esto siente una gran impresión", declaró el Dr. Fleming.
Florey sentía una profunda antipatía por la prensa, pero no así Fleming. Casi inmediatamente apareció en los periódicos la noticia de la "cura milagrosa", y fotografiaron a Fleming junto a su microscopio, y de bata blanca. Fue una noticia sensacional que difundió el nombre de la penicilina por todo el mundo. Además, Fleming se apresuró a comunicarse con uno de los ministros de Winston Churchill y trató de interesarlo en la producción de penicilina. A fines de septiembre Florey, sentado ante una mesa en el Ministerio de Abastecimientos, oyó decir a un funcionario: "El gobierno dará toda la ayuda económica necesaria. Los conocimientos y la pericia disponibles se reunirán para que esta droga se elabore sin tardanza en gran escala".
Hacía exactamente tres años que el Consejo de Investigaciones Médicas, en respuesta a la solicitud de fondos de Florey para la investigación de la penicilina, le había concedido la magnánima suma de 25 libras esterlinas.
LA PENICILINA VA A LA GUERRA
LA MUESTRA de penicilina que Florey envió a África del norte intrigó tanto a los médicos del Ejército británico establecidos en el Cairo que obtuvieron un poco del moho de Fleming "por medios particulares" y establecieron una granja de hongos en los sótanos relativamente frescos del antiguo palacio de los jedives. Utilizaron filtrados simples del jugo amarillento para tratar infecciones superficiales, y obtuvieron éxitos notables.
Luego, a mediados de 1943, Florey fue al norte de África con un grupo de diez cirujanos para averiguar cómo podría usarse mejor la penicilina en una zona de guerra. En julio, la llegada de soldados ingleses heridos durante la invasión de Sicilia proporcionó lesiones en las cuales probar la droga. Pero pronto resultó evidente que el tratamiento debía comenzarse antes de que se propagara la infección. Por tanto, la penicilina fue llevada a los hospitales de campaña.
La cirugía militar tradicional aconsejaba dejar abiertas las heridas grandes para limpiarlas perfectamente y después curarlas y coserlas, pues se habían producido graves accidentes cuando se cosían demasiado pronto y quedaban dentro bacterias tóxicas. Pero rompiendo audazmente con la tradición, Florey las bañó con penicilina y las suturó inmediatamente, dejando a veces pequeños tubos de caucho insertados para poder aplicar más tarde una solución de la droga hasta que la curación fuera completa. Algunos médicos se mostraron renuentes a aceptar el nuevo método, y un escéptico cirujano del Ejército, con el rostro enrojecido de ira, exclamó: "¡Esto es un crimen!"
Pero era exactamente lo contrario. Las heridas sanaban con frecuencia en la primera tentativa. La extensa lista de 300 casos preparada por el equipo de cirujanos de Florey hacía hincapié en la rapidez de la curación, y se refería una y otra vez a soldados malheridos que al cabo de unas cuantas semanas volvían a la lucha. Tan revolucionarios fueron los resultados que llamaron la atención de Eisenhower y Montgomery. Algunas veces la cura era tan rápida que el problema de cuándo debía un hombre volver a combatir después de haber sido herido adquirió un cariz más sicológico que físico.
Florey ansiaba llevar la penicilina al campo de batalla y hacer de ella un producto que pudiera inyectarse en el frente para suprimir la infección desde el principio, pero por el momento era imposible, debido a la escasez de la droga. Sin embargo, le entusiasmaron los resultados obtenidos en sus tres meses de pruebas clínicas hechas en la zona de combates. Impresionado, el Ministerio de Guerra preparó rápidamente cursos especiales para instruir al personal médico que llevaría consigo penicilina durante las invasiones de Italia y Normandía.
El científico australiano llevó una muestra de moho a Moscú para instruir a los rusos en la elaboración y aplicación de la penicilina. Mientras, desilusionado por la lentitud del esfuerzo industrial británico, advirtió que, cuando comenzara la invasión de Europa, la posibilidad de abastecer a Inglaterra dependería en gran medida del ingenio y de la generosidad de los norteamericanos.
"MARY MOHO"
LA SUERTE ejerció considerable influencia en el éxito de la elaboración de penicilina en gran escala en los Estados Unidos. En los laboratorios de Peoría, durante la busca mundial de un hongo que rindiera más penicilina que el P. notatum, no dejaron de investigar los que crecían en la zona. Se pidió a los habitantes de la ciudad que llevaran muestras de todas las clases de mohos que pudieran encontrar, por ejemplo, de los que crecían en zapatos húmedos, frutas en descomposición y pan o queso viejos. Una mujer, Mary Hunt, destacó por su entusiasmo en esa tarea. Cubos para basura, cajas de cartón desechadas y fruterías constituían sus fuentes favoritas. Al correr de los meses llevó tantas colonias de hongos que se ganó el apodo de "Mary Moho".
Un día veraniego de 1943 descubrió detrás de una frutería una variedad de melón medio podrido en el cual crecía un hongo con "un bonito vellón dorado". Lo recogió y lo llevó al laboratorio. Las pruebas demostraron que producía un poco más de penicilina que la cepa de Alexander Fleming.
Luego los científicos descubrieron que una parte de ese moho del melón contenía una variedad natural cuyo rendimiento era mayor, a tal punto que llegaba a duplicar el que ellos obtenían. Entonces bombardearon esta cepa con rayos X y luz ultravioleta, lo cual les permitió aislar esporas con rendimientos aun más altos, y todo el proceso se repitió una y otra vez. El resultado fue una subcepa llamada Q-176 que rendía la fantástica cantidad de 1000 unidades de penicilina por mililitro de caldo y medraba en un cultivo sumergido.
"El efecto de estos descubrimientos en la producción industrial no podría exagerarse", escribió Florey. La compañía farmacéutica Pfizer, por ejemplo, pudo multiplicar su producción mensual 130.000 veces en dos años. Al principio la elaboración de un millón de unidades de penicilina, que constituían una inyección única para infecciones sépticas graves, costaba 200 dólares. En 1944 el precio bajó a 6,50, y en los años siguientes continuó bajando, hasta que hoy la penicilina pura y cristalina se vende en un diezmilésimo de su precio de 1943.
Estos resultados no dependieron sólo del trabajo paciente de los investigadores agrónomos, ni de la pelusa del melón en descomposición, sino también de la decisión tomada una medianoche por A. L. (Larry) Elder, el "zar" del esfuerzo norteamericano para producir penicilina. Se le había ordenado lograr que la industria estadounidense fabricara esa droga en cantidad suficiente para los ejércitos aliados el Día D. En Peoría se había comprobado que el moho Q-176 podía crecer en tanques de 3780 litros. Por tanto, en un café de Chicago, Elder preguntó al Dr. Coghill si estos recipientes podrían ser todavía mayores y llegar a contener 37.800 litros. Coghill le advirtió que no era seguro que el moho siguiera medrando en ese volumen de caldo nutritivo.
Pero Elder lo intentó. Ordenó la construcción de equipo más grande. El proyecto obtuvo la mayor prioridad concedida a cualquier programa militar norteamericano, excepto el de la bomba atómica. A principios de 1944 Coghill visitó la fábrica de la compañía Pfizer en Brooklyn (Nueva York) y vio alzarse ante él los enormes depósitos. Entonces fue hasta el término de la línea de producción. "Allí vi las ampolletas de 100.000 unidades sucederse más rápidamente de lo que yo podía contarlas, y comprendí que la batalla de la producción se había ganado, y que habíamos alcanzado la victoria".
El 6 de junio de 1944, cuando los ejércitos reunidos de los aliados occidentales lanzaron a través del canal de la Mancha el asalto tan esperado, las bajas iniciales fueron elevadas, tal como se esperaba. Pero la penicilina, utilizada en las heridas para evitar infecciones y tratarlas, ayudó de manera espectacular. El 95 por ciento de los heridos curados con esta admirable droga en la batalla de Europa recuperaron la salud. Los anales oficiales del Grupo de Ejército 21 atestiguan: "Las heridas que antes ocasionaban muchas muertes, ya no eran peligrosas. El promedio de los que sanaban con fracturas expuestas osciló entre 94 y el 100 por ciento. Y, por primera vez en la historia de la guerra, el 100 por ciento de los combatientes que tenían quemaduras extendidas hasta la quinta parte del cuerpo, se salvaron".
Así probó sus méritos la penicilina en la más violenta de las guerras, y abrió la puerta de la era de oro de la medicina, edad en la cual cada año, en toda la Tierra, se escriben 200 millones de recetas de antibióticos y se salva la vida a incontables personas. Actualmente hay pocas familias que no hayan sido beneficiadas por la revolución que Florey inició con este antibiótico, el primero y el. mejor de todos.
Sir Alexander Fleming (a la izquierda) y el Dr. Florey reciben en 1946, de manos del vizconde Bennett, la Medalla de Oro Albert de la Real Sociedad.
SEMÁFORO EN LUZ ROJA
TRES HOMBRES compartieron el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1945: Alexander Fleming, Ernst Chain y Howard Florey. Se reunieron en la Universidad de Estocolmo el 11 de diciembre para pronunciar el tradicional discurso. Fleming recordó el descubrimiento del moho penicilínico: "El trabajo comenzó con una observación hecha por casualidad. Tratamos de extraer un concentrado, pero fracasamos en todos nuestros esfuerzos".
En su intervención, Florey habló de las posibilidades futuras y permitió a su público vislumbrar la revolución que prometían los antibióticos en la medicina. La penicilina no era la panacea universal, pero un continuo trabajo de investigación "acaso permita elaborar, como si fueran hechas a la medida, drogas quimioterapéuticas contra cualquier tipo de infección".
El grupo de Florey siguió trabajando varios años en Oxford. Su principal descubrimiento en esa época fue la cefalosporina c, sustancia afín a la penicilina, pero diferente, y desarrollada a partir de un moho procedente de esporas halladas en agua de mar cerca de una cloaca de Cerdeña. Resultó ser un antibiótico de espectro muy amplio, muy eficaz contra cepas bacterianas que habían adquirido inmunidad contra la penicilina. Luego, a fines de 1950, los científicos de las compañías farmacéuticas norteamericanas lograron fabricar productos químicos para exterminar otras cepas de determinadas bacterias. De ello surgió una nueva familia de antibióticos, los "hechos a la medida" que había previsto Florey en su discurso de aceptación del premio Nobel.
Entonces Florey sufría una afección cardiaca, angina de pecho, cuya gravedad iba en aumento, aunque él la ocultaba a su familia. Sus colegas comentaban que "el profesor se ha suavizado mucho en los últimos años"; la verdad era que, con gran fuerza de voluntad, había impuesto a su vida un ritmo más lento. En esos días mandó instalar un "semáforo de tráfico" encima de la puerta de su despacho. La luz verde significaba que los visitantes podían entrar; la ámbar, que sólo debían hacerlo cuando el asunto fuera urgente, y la roja convertía esa puerta en una barrera infranqueable. A medida que los ataques de angina aumentaban en intensidad, la señal roja aparecía con mayor frecuencia.
De todos los honores otorgados a Florey, ninguno le agradó tanto como el que le confirió en 1960 la Real Sociedad, la institución científica más antigua y de mayor prestigio del mundo. Una delegación compuesta por socios ilustres visitó a Florey, como otras análogas habían visitado en siglos pasados a Newton, Darwin, Faraday y Lister, y le ofreció la presidencia de esa corporación, momento de apoteosis para el modesto investigador australiano. "Es emocionante, verdad?" comentó con un amigo suyo, mientras en sus ojos brillaba una pasión inusitada en él.
Terminó sus fecundos cinco años de presidencia visiblemente envejecido, con el cabello completamente blanco, el paso más lento y arrugas en el rostro producidas por el dolor y la fatiga. Ethel falleció en 1966 y, al recibir ese golpe, Florey abrió ante sus hijos su corazón y su pensamiento como casi nunca antes lo hizo. Mencionó por primera vez sus ataques cardiacos. También expresó su preocupación por los efectos sociales de sus descubrimientos. "Tenemos ahora cierto dominio sobre la muerte, pero ya dudo si esto debió ser así. La población del mundo aumenta demasiado. Y supongo que yo, junto con los ingenieros de sanidad, soy tan responsable de este fenómeno como cualquier otro hombre".
En junio de 1967 Florey y la doctora Margaret Jennings, su colega y ayudante especial durante 30 años, se casaron en la oficina del Registro Civil de Oxford, y James Kent fue su testigo. Esa unión feliz sólo duró ocho meses. Una tarde, a mediados de febrero, Florey murió de un ataque cardiaco.
El esplendor de los funerales en la Abadía de Westminster constituyó un homenaje impresionante, pero efímero, al hombre de trato difícil cuyo genio había captado el concepto de la antibiosis. Su verdadero monumento conmemorativo no está en la Abadía, ni en las becas o el edificio que llevan su nombre, sino en las vidas salvadas y en el conjunto de enormes tanques de fermentación que se alzan en cuatro continentes y vuelcan ríos de penicilina pura, blanca y cristalina.
Una vez Florey rechazó indignado la propuesta de que una placa indicara los laboratorios de la Universidad de Oxford donde se obtuvo por primera vez la penicilina terapéutica. Pero hoy existe en el Magdalen College una rosaleda conmemorativa, y en ella una lápida con la siguiente inscripción:
POR SALVAR VIDAS, MITIGAR PADECIMIENTOS E INSPIRAR NUEVAS INVESTIGACIONES, TODA LA HUMANIDAD ESTÁ EN DEUDA CON ELLOS.
Sigue la lista de los nombres de Florey y de nueve de sus colaboradores. Aparecen, como el Dr. Howard Florey hubiera querido, por orden alfabético.
*La unidad Oxford era una medida de potencia suficiente para evitar el crecimiento dé los estafilococos en un volumen de 50 centímetros cúbicos de caldo de cultivo.
CONDENSADO DE "RISE UP TO LIFE", © 1972 POR LENNARD BICKEL, PUBLICADO POR ANGUS & ROBERTSON (UK) LTD., 2 FISHER STREET, LONDRES WC1.