LA ARMONÍA SEXUAL EN EL MATRIMONIO
Publicado en
noviembre 16, 2020
Las desavenencias en este plano son inevitables, pero, si se resuelven sacrificando las necesidades de uno de los cónyuges, el deseo erótico se extingue. Los autores explican cómo discutir abiertamente los problemas de alcoba para superarlos.
Por William Masters y Virginia Johnson, en colaboración con Robert Levin (El Dr. William Masters y su esposa Virginia Johnson dirigen la Fundación de Investigaciones de Biología Reproductiva en San Luis (Misuri). Han escrito en colaboración Human Sexual Response y Human Sexual Inadequacy)
A POCAS parejas les será difícil comprender exactamente qué sugirió aquel cínico al decir que el matrimonio es como un duelo en plena batalla.
Y no podría ser de otra manera. Aun en el ámbito de la conciencia individual surgen a cada momento situaciones conflictivas que sólo pueden resolverse con una lucha interna en la que chocan entre sí tendencias y deseos contradictorios. En la convivencia matrimonial el problema es inevitablemente más complejo. Marido y mujer deben estar siempre preparados para afrontar ciertas desavenencias al empeñarse ambos en satisfacer las necesidades del otro sin sentirse obligados a sacrificar las propias.
Esto es aplicable aun a los matrimonios ejemplares. No es raro que uno de los cónyuges, por ejemplo, comunique al otro, con palabras o de alguna otra forma, su deseo de consumar la relación sexual, y que él o ella desatiendan tales insinuaciones y aduzcan razones como: "Hoy no me apetece". A menudo la negativa no es tan rotunda, y se suaviza con excusas del tenor: "En este momento, no". "Aquí no". "No es la ocasión apropiada". También suele pronunciarse un "sí" que en realidad significa "no" y que se comunica veladamente con palabras que equivalen a: "Bueno ya que insistes".
Lo que importa, por supuesto, no es si efectivamente se consuma el acto o no, sino sentirse amado. Aunque quizá no llegue nunca a expresarlo en voz alta, la esposa piensa: "Si de veras me quisiera, no insistiría". O bien: "Si me amara, sería comprensivo y no solicitaría ahora ..." Y el marido acaso piense: "Si me tuviera cariño, no me rechazaría nunca".
La manera de superar estos conflictos reviste capital importancia. El temor, por ejemplo, es causa de que muchos matrimonios no aprecien debidamente la trascendencia de las insatisfacciones sexuales, confiando en que el tiempo allanará sus dificultades. Una joven cuyo marido le pide relaciones sexuales sólo en raras ocasiones, acaso se consuele creyendo que pronto "la naturaleza" impondrá sus exigencias. Otras parejas reconocen que el problema existe, pero adoptan una actitud defensiva, tranquilizándose marido y mujer con el consabido: "No es mi culpa". Esta actitud origina rencores e interminables recriminaciones.
En otros matrimonios, ambos cónyuges éstán dispuestos a mejorar sus relaciones maritales, sólo que para lograrlo eligen inmediatamente un camino equivocado. Comienzan aislando las relaciones sexuales de su contexto natural, pues consideran que son algo con existencia propia e independiente; una especie de destreza que pueden ejercitar y perfeccionar como la danza o el tenis, por ejemplo.
Olvidan que la unión carnal no es una mera actividad física ni un juego trivial. Reducir la relación sexual a un mero contacto físico es despojarla de toda su riqueza y sutileza, y en último término equivale a quitarle su valor emocional.
Existe sin embargo un método para conciliar estos antagonismos inevitables. Para el hombre y la mujer que se aceptan y respetan mutuamente como seres humanos independientes y con iguales derechos, las discrepancias de la vida marital pueden ser más bien un estímulo de mejoramiento que una amenaza a la felicidad. Un conflicto al parecer grave puede servir de aguijón para que ambos pongan a prueba la autenticidad de sus sentimientos y la solidez de sus convicciones, con lo cual acaso logren una mayor comprensión mutua. Por supuesto, el éxito dependerá en gran medida de que la pareja haya establecido un buen sistema de comunicación conyugal.
Supongamos que el marido desea el trato carnal cuatro veces a la semana, y en cambio su compañera lo preferiría solamente dos en el mismo lapso, ¿Podrían conciliarse las necesidades de ambos llegando a un acuerdo de tres veces por semana, que sería la media aritmética? Esta aparente solución resultaría absurda: él seguiría sintiéndose frustrado; ella se consideraría víctima de una imposición tiránica, y así ninguno de los dos habría tomado en cuenta los sentimientos del otro. El verdadero motivo de la desavenencia entre marido y mujer no se relaciona ni remotamente con la mayor o menor frecuencia de sus relaciones sexuales; sólo quien desconozca la naturaleza humana puede creer que el número de veces que una pareja matrimonial consuma el coito en el transcurso de siete días puede tomarse como índice fidedigno de la satisfacción sexual que se procuran mutuamente.
Si los integrantes de la pareja de nuestro ejemplo hubieran aprendido a comunicarse de verdad, el paso acertado habría sido descubrir y analizar conjuntamente sus verdaderos sentimientos al respecto. No es exagerado afirmar que hay cientos de factores que pueden afectar el ánimo de él o de ella en determinado momento. El marido, por ejemplo, quizá desee ser objeto de más atenciones y ternuras que las que recibe de su mujer, y ésta acaso esté agobiada por preocupaciones económicas o por las responsabilidades de un nuevo empleo. Pero si ambos hubieran valorado serena y objetivamente el hecho de que las necesidades sexuales del esposo eran más intensas en ese momento, la actitud recíproca de uno y otra pudo haber sido diametralmente distinta; en tal caso el conflicto no se habría planteado en términos de imposición contra sumisión, sino en una busca conjunta de la mejor manera de satisfacer ante todo las necesidades del que en ese momento estuviera sufriendo mayor tensión emocional.
Una comunicación de esta índole no es fácil de lograr, pero es factible en cualquier matrimonio que se proponga establecerla, y si marido y mujer se guían por dos principios básicos. El primero de ellos es la imparcialidad, y el segundo la reciprocidad.
La imparcialidad implica que marido y mujer están conscientes de que sus desavenencias sexuales del pasado no se repetirán necesariamente, puesto que ambos confían plenamente en la buena fe y en la voluntad de cambio del otro; y los dos aceptan la parte de responsabilidad que corresponde a cada cual en la conservación de la armonía sexual, y se comprometen a no considerar al otro responsable de las reacciones del propio organismo. Para que marido y mujer lleguen a tener relaciones maritales satisfactorias, es preciso que cada uno responda a los estímulos eróticos del otro, lo cual es distinto de sentirse responsable de las reacciones del compañero.
El segundo principio básico, el de la reciprocidad, requiere que todo mensaje con contenido sexual entre marido y mujer se transmita y se reciba con la convicción de que los dos están sinceramente empeñados en descubrir conjuntamente qué conviene más, no a uno solamente, sino a ambos. Al tratar de conciliar puntos de vista divergentes, se cuidarán mucho de caer en lo que los abogados llaman "argucias procesales", situación en que cada litigante trata de demostrar que él está en lo justo y que su contrincante tiene toda la culpa. (En las discrepancias surgidas entre cónyuges en la esfera sexual, los extremos de la contradicción se polarizan siempre entre el bien y el mal, aunque para designarlos se empleen otras antítesis como: saludable contra nocivo, moralmente lícito contra ilícito, licencioso frente a mojigato, "todo el mundo lo hace" contra "nadie lo hace".)
El principio de reciprocidad se basa, al contrario, en que ambos consideran que, para lograr relaciones sexuales firmes y duraderas, ningún conflicto de este tipo podrá resolverse si se plantea en términos de una disyuntiva cuyas opciones sean diametralmente opuestas entre sí. En caso de resolver el conflicto según los deseos de uno de los cónyuges a expensas del otro, marido y mujer sufrirán a la postre las consecuencias negativas. Los resentimientos reprimidos repercuten adversamente en la sexualidad, y el deseo carnal se extingue.
¿Qué puede hacer la pareja para prevenir una crisis sexual? Ante todo, hablar con apego a la realidad. El marido o la esposa preocupados por alguna frustración sexual, por principio de cuentas, se referirán al tema en primera persona del singular. Es decir: pienso, me parece, deseo, necesito, temo; todo esto de manera clara y tan sin ambigüedades que el otro no tenga que interpretar (casi siempre erróneamente) lo que su compañero piensa o siente en realidad. Por otra parte, los dos deben resistir la tentación de achacar al otro sentimientos o ideas con aseveraciones como: tú piensas, tú consideras, tú quieres, tú necesitas, tú temes; porque así el otro queda a la defensiva, con lo cual sólo se logra preparar el terreno para que estalle el conflicto.
Una vez que se está en condiciones de juzgar la situación desde el punto de vista del otro, no habrá ya mayores dificultades para conciliar las desavenencias. Podrán entonces considerar juntos, por ejemplo, la circunstancia de que efectivamente ella ha sentido últimamente deseos más apremiantes que los de su marido, y que por ello, sin proponérselo realmente, ha provocado en él cierta actitud de resistencia. Él podría explicar entonces que si ella hace un esfuerzo para reprimir sus impulsos, él tomará la iniciativa con mucha mayor frecuencia. Y ambos expresan la determinación de enmendar sus pasados yerros.
El compromiso de esta naturaleza impondrá a ambos la obligación de empeñarse en cumplirlo, y no cejar hasta conseguirlo. Es precisamente este empeño lo que importa más, aunque el éxito no sea inmediato. El marido que persevera en sus esfuerzos para complacer sexualmente a su esposa, aunque tenga tropiezos, le expresará constantemente lo mucho que la quiere. Bastará esta actitud para que no se sienta ella rechazada y para que no reaccione con ira, como ocurriría si éste se mostrara indiferente. En efecto, el esfuerzo para lograr lo que resulta difícil es a veces una prueba de cariño y devoción sentimental mucho más convincente que la consumación del acto sexual.
Pero no basta la constancia de propósitos para resolver estos problemas. El toma y daca en el trato sexual depende en grado considerable de la actitud que se asuma respecto a los fracasos. Lo que el hombre y la mujer necesitan uno de otro es tener la seguridad de que los tropiezos ocasionales no serán aprovechados en su contra para ridiculizarlo, para hacerle reproches o castigarlo. Al contrario: los fracasos no serán nunca culpa exclusiva de él o de ella, sino responsabilidad conjunta de los dos.
Suele suceder que, al intentar resolver sus conflictos sexuales, tanto el hombre como la mujer se desalienten. Y es que no existe en esto una fórmula infalible para lograr el triunfo; no se cuenta con ninguna pauta invariable, y tampoco existen atajos para llegar más pronto a un total entendimiento, a una armonización de la auténtica comunión. Pero si se utilizan como norma los principios de la imparcialidad y la reciprocidad para zanjar las diferencias, se tendrán sobrados motivos para ser optimistas.
Y en todo caso hay una certeza: cualquier experiencia que se adquiera al tratar de resolver este tipo de conflictos redundará en lo futuro en una mayor facilidad para encararse constructivamente con otros problemas de la misma índole, que son inevitables. Conciliación es otra palabra clave de la armonía sexual en el matrimonio.
CONDENSADO DE "THE PLEASURE BOND: A NEW LOOK AT SEXUALITY AND COMMITMENT", © 1970, 1971, 1972. 1973, 1974 POR WILLIAM H. MASTERS Y VIRGINIA E. JOHNSON.