Publicado en
abril 21, 2017
Relato ficticio.
El muchacho lo sabía: sin aquellos zapatos de lona nuevos en sus pies, no habría verano.
Por Ray Bradbury.
ESA NOCHE, ya tarde, cuando regresaba a casa con sus padres después de asistir al cine, Douglas vio los zapatos de lona con suela de caucho en el escaparate de la tienda. Desvió rápidamente la mirada, pero sus tobillos titubearon. Su madre y su padre iban en silencio a ambos lados de él. El chico caminó hacia atrás para contemplar de nuevo las zapatillas en el escaparate iluminado que había quedado atrás.
Era junio: un poco tarde para comprar los zapatos especiales que estaban ahí, apacibles como una lluvia de verano sobre las aceras. Junio y la tierra llena de fuerza bruta, y todo en movimiento. La hierba llegaba del campo, rodeando las aceras. Y aquí Douglas, casi inmóvil, permanecía atrapado en el frío cemento.
—Papá —exclamó de improviso—, allá atrás, en aquel aparador, hay unos zapatos de lona.
El hombre ni siquiera giró:
—Y, ¿por qué crees que necesitas un nuevo par de zapatillas?
—Bueno...
Era para sentir igual que todos los veranos, cuando uno se quita el calzado por primera vez y corre sobre el pasto; para sentir como la primera vez, cada año, cuando se meten los pies en un riachuelo.
—Papá, es difícil explicarlo.
De alguna manera las personas que hicieron el calzado de lona con suela de caucho sabían lo que necesitaban los chicos. Combinaron en las suelas la suavidad del malvavisco con la espiral de los resortes, y tejieron el resto con hierbas blanqueadas por la naturaleza. En algún lugar, en la suave greda de las zapatillas, se ocultaba el vigor de los tendones del venado macho. Quienes las fabricaron debían haber observado múltiples veces al viento soplar sobre los árboles y a muchos ríos correr hacia los lagos. En conclusión: en esos zapatos estaba el verano.
Douglas intentó traducir todo esto a palabras.
—Sí —repuso el padre—, pero, ¿qué hay de malo con las zapatillas del año pasado?
El muchacho sabía que estrenar calzado sería como sacudirse el invierno de los pies, desechar sus pasos de cuero llenos de nieve y lluvia.
—¿No lo ves? Simplemente no puedo usar las del año pasado.
Esas zapatillas estaban muertas por dentro. Habían servido cuando él empezó a usarlas; pero al final del verano, uno se da cuenta de que en realidad ya era imposible saltar ríos, árboles o casas, valiéndose de algo que ha muerto. Pero este era un nuevo año; y esta vez, con el nuevo par, podía hacer todo, absolutamente todo.
Subieron los escalones de la casa.
—Ahorra dinero —sugirió su padre—. En cinco o seis semanas...
—¡El verano habrá terminado!
Apagaron las luces. Douglas, recostado, observaba sus pies, allá lejos, al final de la cama, a la luz de la Luna, libres de los pesados zapatos, libres de esos grandes despojos de invierno.
Razones. Tengo que encontrar razones para conseguir las zapatillas.
Bueno, como cualquiera sabía, las colinas alrededor del pueblo estaban pobladas de amigos que conducían a ,las vacas al desorden, tomaban el sol y se deshojaban cada día como calendarios con el único fin de asolearse más. Para alcanzar a esos amigos, uno debe correr más aprisa que los zorros.
Douglas levantó su alcancía y escuchó el débil tintineo. Cualquier cosa que desees, pensó, tienes que lograrla por tus propios medios.
Sopló el viento en la ventana. Era como un río cuesta abajo y sus pies querían correr con él.
EL ANCIANO señor Sanderson deambulaba por su zapatería como si fuera el propietario de una tienda de mascotas. Pasaba las manos sobre los zapatos: para él algunos eran como gatos y otros como perros; tocaba cada par con delicadeza, ajustando las cintas, arreglando las lengüetas. Después miraba alrededor.
Douglas se quedó ahí parado, observando con fijeza sus zapatos de piel. Luego, con dolorosa lentitud, atreviéndose apenas a mirar el dinero que llevaba en la mano, se aproximó al mostrador y colocó sobre este montoncitos de monedas de su alcancía.
—No digas una palabra —anticipó el dueño.
El chico quedó paralizado.
—En primer lugar sé muy bien lo que quieres comprar —continuó el viejo—, en segundo lugar, te he visto cada tarde frente a mi aparador, en tercero deseas esas zapatillas, y en cuarto necesitas crédito.
—¡No! —gritó Douglas, jadeando como si hubiese corrido en sueños toda la noche—. ¡Tengo algo mejor que proponerle! Pero antes, señor Sanderson, tiene que hacerme un favor. ¿Podría recordar cuándo fue la primera vez que se puso un par de zapatillas?
La cara del propietario se ensombreció:
—Oh, hará veinte o treinta años. ¿Por qué?
—Señor, ¿no cree usted que su obligación con los clientes es probarse un par de los que usted vende, para que sepa cómo se sienten? El hombre que vende dulces los come para probarlos, entonces...
—Debes haberlo notado. Yo uso zapatos.
—¡Pero no zapatillas, señor! No es posible que usted venda zapatos con suela de caucho a menos que le entusiasmen, ¿y cómo lo van a entusiasmar si no los conoce?
El hombre se tomó la barbilla:
—Bueno...
Un minuto Más tarde, se sentó con un leve jadeo y sujetó las zapatillas a sus largos pies. Desentonaban ahí abajo junto a las oscuras valencianas de su traje de negocios. Sanderson se puso de pie.
—¿Qué tal se sienten? —preguntó el muchacho.
—¿Que cómo se sienten, preguntas? ¡Pues muy bien!
—Señor Sanderson, ¿ahora podría usted... digamos... mecerse hacia adelante y hacia atrás, y dar brinquitos mientras le explico el resto? Es como sigue: yo le doy mi dinero, usted me da los zapatos, yo le quedaré a deber algo; pero, escuche señor, en cuanto me ponga esos zapatos, ¿sabe lo que va a suceder?
—¿Qué?
—¡Bang!, yo entrego sus paquetes, recojo sus paquetes, le traigo café, quemo su basura, corro a la oficina de correos. Usted tendrá en mí a doce personas entrando y saliendo cada minuto de su tienda. Sienta esos zapatos, señor Sanderson, ¿siente la velocidad con que me llevarán todos esos resortes? Yo haría tantas cosas que usted podría permanecer en la agradable y fresca tienda mientras yo saltaría de un lado a otro del pueblo.
El anciano quedó petrificado con la lluvia de palabras. Empezó a hundirse en los zapatos, dobló los dedos, arqueó los pies, movió sus tobillos; se meció con suavidad: atrás, adelante. Las emociones corrieron por su cara como titilantes luces de colores. La voz del chiquillo se desvaneció. Ambos quedaron parados, viéndose uno al otro en silencio... El chico resplandeciente, el hombre con una cara de iluminado.
—Muchacho —habló por fin el viejo—, ¿te gustaría el trabajo de vendedor de zapatos dentro de cinco años?
—Gracias, señor, pero no sé todavía qué seré para entonces.
—Serás lo que tú quieras ser, hijo. Nadie podrá detenerte.
Sanderson caminó veloz hacia la pared de cajas y regresó con las zapatillas para el chico; hizo una lista mientras Douglas se anudaba los zapatos que ya traía puestos.
Con la lista en las manos le explicó:
—Tienes una docena de cosas para hacer esta tarde; una vez terminadas quedaremos a mano y tú estarás despedido.
—Gracias, señor Sanderson —exclamó Douglas y se alejó de un salto.
—Alto —gritó el anciano.
El niño, deteniéndose, regresó. Inclinándose un poco, el hombre quiso saber:
—¿Qué se siente?
El chico dirigió la mirada a sus pies en la profundidad de los ríos, en los trigales, en el viento que ya lo empujaba fuera del pueblo.
—¿Antílopes? —preguntó el hombre—, ¿gacelas?
Douglas dudó, después movió la cabeza afirmativamente; giró sobre sus pies y salió, desapareciendo por la puerta. El sonido de las zapatillas se apagó en el calor de los matorrales.
El señor Sanderson permaneció parado en la puerta bañada por el ardiente sol, escuchando. Durante un largo tiempo recordó el sonido. Hermosas criaturas brincando bajo el firmamento, perdiéndose entre la maleza, bajo los árboles, lejos, dejando atrás sólo el débil eco de su carrera.
Antílopes, se dijo el anciano. Gacelas.
Se inclinó a recoger los viejos zapatos de invierno que el chico había abandonado; estaban pesados por las lluvias olvidadas y las nieves derretidas hacía mucho. Alejándose del sol brillante, caminando ligera, suave y lentamente, retornó a la civilización...
CONDENSADO DEL URDO "DANDELION WINE" © 1957 POR RAY BRADBURY