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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
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    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    LOVELOCK (Orson S. Card y Kathryn H. Kidd)

    Publicado el martes, diciembre 27, 2016

    Presentación

    Aunque el bueno de Card no lo diga, el invento tiene un responsable. Y aunque habitualmente se cita el pecado pero no el pecador, me parece justo decir que fue el editor Byron Preiss el promotor del asunto. Desgraciadamente, algunos autores famosos han aceptado ese juego para mantener su nombre en las portadas y, de paso, embolsarse algún dinero extra. Card indica con claridad cuales son los puntos flacos de tal intento y es fácil estar de acuerdo con él.

    Ya en 1990, en mi Guía de Lectura citaba los casos de Asimov, Clarke, Farmer y Zelazny. De los tres primeros ya ha aparecido en España el resultado de esa fraudulenta colaboración maestro-aprendiz: las series de Robot City del presunto Asimov (Molino), de Venus Prime del presunto Clarke (Plaza y Janés) y de Laberintos del presunto Farmer. Parece que, tras el éxito y la gran fama de Orson Scott Card, Byron Preiss no podia dejar de hacerle la misma propuesta.

    Afortunadamente, Card ha resultado tan ético como sus personajes y no ha aceptado. Él mismo lo cuenta en su prefacio a esta novela que, todo hay que decirlo, en un primer momento me hizo sospechar que pudiera haber cedido a la tentación.

    Me tranquilicé al leer a Card y, en cualquier caso, la mejor garantía de que este autor se ha librado realmente de la tentación es comprobar que este libro no incluye un copyright a nombre de Byron Preiss Visual Publications, Inc.

    Como a Card, también a mí me parecen poco serios estos intentos de engañar a los lectores. Siempre he pensado que un editor —al igual que un autor— tiene la obligación de imaginar que sus lectores son, por lo menos, tan inteligentes y sensibles como él mismo. Si a mí me molestan ese tipo de operaciones comerciales, también han de molestar a los lectores.

    Pero conociendo desde hace años el mundo editorial, puedo entender que alguien caiga en tal tipo de trampas. Al fin y al cabo, la industria del libro puede pertenecer al campo del arte pero no deja de seguir siendo industria. Incluso en Ediciones B se publicó, bajo los auspicios de otro editor, una novela generada en la fábrica de Byron Preiss: Calibán, de Roger McBride Allen. Una interesante e inteligente especulación sobre las leyes de la robótica de Asimov, en donde Allen incluye un nuevo tipo de cerebros gravitónicos llamados tal vez a superarlas. La obra era interesante por sí misma y no hubiera necesitado el nombre de Asimov en la portada. Así lo he entendido cuando he debido ocuparme de la aparición de Calibán en la nueva serie Nova Éxito. En la nueva portada ya queda del todo claro que el autor es sólo Roger McBride Allen, algo que, aunque en cierta forma implícito en la anterior edición, podía llamar a engaño a algún lector por el tamaño y la disposición de las letras con las cuales el nombre de Asimov ocupaba la portada.

    Y yendo a la presente novela he de decir, sinceramente, que Card debe de estar muy cerca de acabar con mi paciencia. Cuando están en el aire las series de Ender, Alvin Maker y la saga del Retorno, incluso puede parecer una desfachatez que Orson Scott Card se lance a iniciar una nueva trilogía. Pero lo ha hecho.

    Y esta vez, iniciando una colaboración sorprendente que aporta a su escritura una ironía y un tono humorístico antes ausente en su obra. Algo nuevo en la narrativa de Card, que resulta así mejorada sin perder ninguno de los valores que le habían hecho famoso.

    Ya se sabe que mis opiniones pueden llegar a parecer extrañas. En su día dije que a veces prefiero las fábulas morales de un libro como La saga de Worthing (Nova Ciencia Ficción, N° 52) a otros títulos más famosos —y más vendidos— de Card. Ahora me atrevo a decir que Lovelock es una refrescante e importantísima aportación al mundo habitual de un autor como Card, quien siempre ha logrado que lea sus obras con interés.

    En una época de repetidos abusos editoriales con colaboraciones falsas e imposibles, Card, tan ético como sus personajes, ha acertado plenamente al rechazar otras propuestas mercantilistas e iniciar esta colaboración real con una escritora y amiga suya que aporta a la obra un alto grado de ironía y humor. Lovelock resulta así una obra incluso mucho más completa de lo que Card, por sí sólo, pudiera haber creado. Kidd ha sido un complemento sumamente importante.

    Lovelock es un mono capuchino mejorado genéticamente para actuar como testigo y registrar las actividades de la mayor gaióloga de la Tierra. Embarcado con su ama —y la curiosa familia de ésta— en el primer viaje de exploración y colonización espacial de la humanidad, Lovelock descubre sus propias necesidades y, en definitiva, debe luchar al margen del designio de sus creadores en busca de su propia libertad.

    Ese irónico mono capuchino aporta, con la inteligencia que le prestan sus creadores, un nuevo enfoque a la hora de enfrentarnos al mundo habitual de Card. Y, en mi opinión, se trata de una verdadera mejora.

    Testigo en realidad de la curiosa idiosincrasia de la humanidad, y no sólo de las actividades de la gaióloga Carol Jeanne, Lovelock se nos revela como un personaje complejo, libre de algunos defectos humanos, decidido, irónico y muy inteligente, experto hacker informático aunque, en el fondo, nunca libre de sus instintos de primate.

    Si existe un tema central en Lovelock es el de la lucha por la libertad: los apuros del mono capuchino modificado genéticamente para entender el mundo, adaptarse a él y, en definitiva, superar las limitaciones de su propia condición. Si para muestra basta un botón, no voy a resistirme a citar una breve reflexión de ese Lovelock-filósofo en la novela:

    …todos los esclavos felices están fingiendo; algunos tan bien que incluso llegan a engañarse a sí mismos.

    Siempre con el trasfondo de esa búsqueda de un sentido a la propia vida por parte de Lovelock, en la novela encontramos todo aquello que es habitual en Card: personajes que se mueven en grupos sociales reducidos, pequeños dramas familiares, el problema de las relaciones sociales y la lucha por integrarse en una comunidad; en definitiva, todo eso que caracteriza el siempre duro despertar a la vida social desde la adolescencia. Pero Kidd —todos los comentaristas coinciden en que se trata de Kidd— añade un nuevo tono, algo que aleja a la novela de esa prédica tan posible y que Card sabía también esquivar, aunque esta vez, gracias a Kidd, se esquive en otra dirección. Para muchos comentaristas y críticos, Lovelock resulta a la vez una novela clásica de Card y algo distinto. Así lo ha visto, por ejemplo, Gary K. Wolfe en Locus:

    Buena parte del éxito de Card se basa en escribir novelas de adolescentes para adultos, centrándose en las relaciones conflictivas entre familias, en el problema de la integración en una nueva comunidad, en el dilema que surge al tener que tomar las primeras decisiones de tipo moral… Todo eso está aquí, pero con mucha más garra y con un humor y una gran ironía que, según creo, proceden en su mayor parte de Kidd.

    En realidad, esta primera parte de la trilogía viene a ser la interesantísima presentación de un nuevo personaje, ese mono capuchino mejorado genéticamente que da título al libro y que parece llamado a convertirse en el eje central de la serie.

    Un gran personaje, todo hay que decirlo, del que cabe esperar muchas cosas. Les mantendré informados.

    MIQUEL BARCELÓ


    Prefacio sobre la colaboración

    La ciencia ficción tiene una larga y orgullosa tradición de colaboraciones entre escritores de primera fila, quienes, juntos, producen obras que son distintas (y a veces mejores) a las que cualquiera de ellos crea en solitario. Mi primer contacto con la fuerza de la colaboración fue La paja en el Ojo de Dios, de Larry Niven y Jerry Pournelle. Pronto leí también los libros en solitario de ambos autores, y me sorprendí al descubrir que La paja… no era sólo una media de los dos estilos. El resultado de la colaboración era un nuevo autor virtual, ni Niven ni Pournelle. Ninguno de ellos podría haber creado la novela solo.

    Sin embargo, desde esa época, una nueva clase de colaboración ha aparecido en el terreno de la ciencia ficción. Me di cuenta de eso cuando un editor me propuso la idea de lanzar una serie de colaboraciones. Mi trabajo sería proporcionar un esbozo del argumento y cierta creación básica de un entorno para una novela de ciencia ficción. Luego un escritor joven y desconocido (es decir, desesperado) se encargaría de escribir las palabras. Yo tendría el poder de aprobar todos los capítulos y de rechazarlos o exigir los cambios que quisiera. Podía elegir a mi colaborador novato, o el editor se encargaría de encontrarme a alguien. Sería bueno para los escritores jóvenes, decía, porque el valor comercial de mi nombre les daría mas popularidad de la que cabría esperar de otro modo. Y tambén sería bueno para mí, porque ayudaría a mantener mi propia popularidad y me proporcionaría bastantes royalties extra sin tener que encargarme de todo el trabajo duro.

    No hace falta decir que la propuesta era atractiva, sobre todo porque ni estaba ni estoy convencido de que mi nombre tenga el menor valor comercial. American Express todavía no me ha llamado para que les haga un anuncio de televisión. Naturalmente, era muy fuerte que un editor me tratara como si la sola presencia de mi nombre en la portada de un libro garantizara las ventas. Además, soy perezoso. Siempre deseo que otra persona se encargue de escribir mis libros.

    ¿Y no se encuadra esto dentro de la tradición de los talleres artísticos del Renacimiento? Un aprendiz de escritor aprendiendo del (ejem) maestro, mientras ayuda a aligerar un poco la carga de sus hombros…

    El problema era que en aquella época yo era crítico de The Magazine of Fantasy & Science Fiction y había leído algunas de esas colaboraciones, e incluso había comentado una: la primera novela de la serie de Isaac Asimov Robot City, y el joven colaborador de Asimov no era ningún novato, sino Michael Kube-McDowell, que había publicado su trilogía de la Desunión del Trígono con los elogios de la crítica y el entusiasmo del público. Imaginen mi sorpresa, entonces, cuando la novela producida resultó estar muy por debajo de los niveles de cada uno de esos escritores. Era como si ninguno de ellos se sintiera responsable de la calidad del producto. De tener algún recelo, el inconsciente dc Kube-McDowell siempre podría susurrarle: “Eh, es una historia de Asimov, no mía”; y Asimov podría decirse, inconscientemente: “Oh, bueno, en realidad no la he escrito yo”. Fuera cual fuese el motivo, el resultado era muy pobre. Y en los meses y años siguientes, descubrí que la colaboración de Kube-McDowell y Asimov era la mejor de esas obras maestro-aprendiz.

    Yo no quería hacer eso.

    Pero sí quería hacer algo como lo que Harlan Ellison describió en su gran antología Partners in Wonder. Su proyecto, allá en los setenta, era colaborar con otros escritores importantes de ciencia ficción en una historia cada uno. Pensaba que cada escritor se encargara de hacer primeros borradores de diversas secciones y luego las pasara al otro para que las reescribiera. Cada uno tenía que mostrar respeto por el trabajo del otro, pero también podía ampliar libremente o dar nueva forma a lo que el otro había hecho. Parecía un proceso maravilloso, similar a las experiencias teatrales que yo había vivido al principio de mi carrera, donde dramaturgo, director y actores tiraban de la historia a uno y otro lado para darle una forma final que ninguno de ellos podría haber conseguido por su cuenta.

    Así que en vez de acceder a la propuesta del editor, empecé a pensar en un escritor cuya obra admirara, y que pudiera hacer cosas que yo no supiera hacer. Había elecciones obvias dentro del género, claro: me habría encantado ver lo que John Kessel y yo podríamos crear juntos, o Nancy Kress, o Karen Joy Fowler. El problema era que estaba bastante seguro de que a ninguno de ellos le interesaría, y soy tan tímido que ni siquiera tuve el valor de preguntárselos (y desde entonces, uno de ellos ha dejado muy claro que el instinto no me engañaba, y que no habría estado interesado). Y fuera del género de la ciencia ficción, las posibilidades eran aún menores.

    No creía que Anne Tyler, Harry Crews, Tom Gavin, François Camoin, John Hersey o James Clavell quisieran colaborar conmigo en un relato de ciencia ficción, mucho menos en una novela.

    Cuando dejé de fantasear, advertí que sí conocía a una escritora cuya obra admiraba y que estaba haciendo cosas que yo no sabía hacer; y lo mejor de todo, sabía que no se me reiría en la cara cuando le propusiera colaboración. Kathy Helms Kidd es amiga mía desde los días en que trabajaba como periodista del Deseret News y yo era ayudante de editor en The Ensign, en Salt Lake City. Fui testigo de su boda con Clark Kidd. Y la había convencido para que escribiera una novela de tema mormón para ayudarme a lanzar mi pequeña compañía editorial, Hatrack River Publications. Su primera novela, Paradise Vue, se ha reeditado tres veces y ha dado nueva forma a las publicaciones mormonas: es divertido ver cómo otras editoriales sacan novelas que intentan imitar claramente el inimitable sentido del humor y la incisiva veracidad de la visión de Kathy. Siempre se quedan cortos, y Hatrack River ha prosperado.

    Desde entonces Kathy ha escrito otros excelentes libros para Hatrack River, y también trabaja en una novela no de género, Crayola Country. Tenía fuerzas a las que yo no podía equipararme; entre ellas su natural sentido del humor, su habilidad para crear toda una comunidad de gente viva y fascinante, su diestra forma de tratar el dolor. Quería ver qué podríamos crear los dos juntos en colaboración. Así que le propuse la idea, y empezamos a desarrollar una historia, empezando por una premisa básica: pueblecitos en el espacio.

    Hablamos de esto durante los días en que yo me refugiaba con ella y con Clark mientras trabajaba en otra novela; a menudo tengo que cambiar de ambiente para empezar rápido un nuevo proyecto. Ninguno de los dos recuerda a quién se le ocurrieron las ideas que al final acabamos conservando.

    Pero al término del proceso, teníamos personajes y situaciones que, al menos nosotros, encontrábamos atractivos. La historia había crecido hasta sobrepasar el concepto original: los pueblecitos siguen ahí, pero aunque la historia transcurre en ellos, el libro no trata realmente de ese tema. En cambio, nuestro narrador, un mono capuchino mejorado llamado Lovelock, paso de ser observador a protagonista, y así nació la novela que hoy tienen ustedes en las manos.

    El proceso que seguimos para trabajar fue de verdadera colaboración. Cuando lean esta novela, no tendrán forma de saber cuál de nosotros escribió el primer borrador de ningún capítulo; de hecho, yo mismo no lo recuerdo, aunque mi impresión es que cada uno hizo el primer borrador de aproximadamente la mitad. Y ambos nos sentimos libres para efectuar cambios en el trabajo del otro. Respetamos la fuerza que el otro aportaba al proyecto y valoramos sus contribuciones. Y los dos nos sentimos plenamente responsables de la calidad del resultado.

    El problema era que sabíamos perfectamente que, en el clima editorial de hoy, cuando los lectores de ciencia ficción vieran que se trataba de un libro de Orson Scott Card, de quien probablemente han oído hablar, y de Kathryn H. Kidd, a quien seguro que desconocen (pues sus publicaciones son de otro género), esos lectores llegarían a la inevitable conclusión de que se trata de otra de esas colaboraciones maestro-aprendiz, y por lo tanto que no sería muy buena.

    Bueno, no podemos estar seguros de que ustedes piensen que esta novela es buena… aunque nosotros lo creemos, porque de lo contrario no la habríamos enviado al editor. Pero queríamos que supieran que los fallos que puedan existir en este libro no son el resultado de un escritor novato haciendo el verdadero trabajo sobre un esbozo proporcionado por un escritor veterano. Este libro es una auténtica colaboración de principio a fin.

    Ellison también advirtió que escribir en colaboración, si se hace bien, no es más fácil que escribir solo, sino mas difícil. “El doble de trabajo por la mitad del dinero”; así es como lo expresó, según recuerdo. Le mencioné ese hecho a Kathy cuando comenzamos nuestro proyecto, y los dos nos echamos a reír. Para nosotros sería distinto.

    Como en tantas otras cosas, Ellison tenía razón. Pero no se colabora para ahorrar tiempo o ahorrar trabajo. Se colabora para crear una historia que ninguno habría podido crear solo. Piensa, Kathy; solamente tenemos que hacerlo dos veces más.

    ORSON SCOTT CARD
    Greensboro, 16 de septiembre de 1993


    A nuestros buenos amigos los Niños, sobre todo a Dennis, que tiene la herramienta indicada para pretendientes y timidos; Carla, con su hombro suave y su corazón cálido, y Derek… Bienvenidos a casa.



    1. LA PARTIDA


    Si hubiera sabido lo que me deparaba Mayflower, tal vez me habría quedado en New Hampshire. Aunque me hubieran arrancado gritando de nuestra casa prefabricada, podría haberme escondido antes de subir a la lanzadera espacial.

    Carol Jeanne me habría buscado, naturalmente, y durante mucho tiempo. Pero nunca me habría encontrado, y por mucho que llorara mi pérdida, al final se habría marchado sin mí. Había un mundo nuevo esperándola, para ser observado, comprendido, transformado. El campo de juegos de sus sueños. ¿Que es el amor comparado con eso?

    Yo la había perdido ya; tendría que haberlo sabido. ¿Quién puede competir con un nuevo planeta en el corazón de un gaiólogo?

    Pero en aquella época yo era demasiado ingenuo para comprender nada que importase. En aquellos días mi devoción hacia Carol Jeanne era tan grande que, aunque hubiera sabido lo que sucedería en el Arca, las terribles cosas que haría, el aterrador curso que tomaría mi vida, habría ido con ella de todas formas, alegremente. No se me ocurrió que pudiera vivir un solo día sin ella. ¿Qué me habría importado entonces un pequeño asesinato? Estaba embrutecido.

    Desde el momento en que Carol Jeanne recibió su invitación, no hubo duda de que la aceptaría. Yo también agradecí el traslado al poblado de Mayflower en el Arca interestelar.

    Una gran aventura; ella estaba tan feliz que yo no podía sino estar complacido. Y sacaría un provecho personal: la atmósfera artificial del Arca sería más cálida y más brillante que la de Nueva Inglaterra.

    Como yo era el testigo de Carol Jeanne, ambos éramos tan íntimos que era casi como si fuéramos un solo individuo. La mañana que partimos ella me despertó primero, antes de sacar a su marido de la cama.

    —Lovelock —susurró, inclinada sobre mi almohada—. ¿Estás despierto? Es la hora.

    Me puse instantáneamente alerta, pero permanecí tendido en la cama con los ojos cerrados, sabiendo que ella pondría su mano en mi frente para despertarme. Su contacto era muy agradable.

    —¡Lovelock! Sé que estás despierto. Puedo sentirte temblar.

    No podía evitarlo; mi cuerpo siempre me traiciona. Alcé la mano y apreté su dedo: la forma en que siempre la saludaba por las mañanas. Cuando abrí los ojos, ella sonreía.

    —Eso está mejor, pequeño gusano retorcido. Nos marcharemos pronto. Prepárate el desayuno. Tengo que sacar a todo el mundo de la cama.

    Permanecí tendido unos instantes, mientras Carol Jeanne iba a despertar a Red. Resultaba una labor desagradecida, porque Red era un dormilón profundo, letárgico y protestón por las mañanas, y sólo pensaba en sí mismo. Normalmente Carol Jeanne lo dejaba que se despertara solo después de que nos hubiéramos ido a trabajar. En su momento, él se despertaba y entonces preparaba el desayuno para Lydia y Emmy.

    Al final de cada día, cuando lo veíamos después del trabajo, se había transformado en el marido y padre perfecto. Yo siempre sospeché que la verdadera personalidad de Red era la de por la mañana temprano, cuando tenía la guardia baja y lucía desagradable e irritable. Pero aunque el yo amable de por las noches fuera falso, le agradecía que lo intentara.

    Oí a Carol Jeanne despertarlo en la habitación vecina, pero no con la ternura con que me había despertado a mí momentos antes. Ella conocía la diferencia entre nosotros. Red gruñó adormilado y se fue al baño dando tumbos. Parecía una mañana adecuada para permanecer alejado de él durante al menos una hora. Fui a la cocina y me comí tres plátanos como desayuno.

    Cuando regresé a los dormitorios, las dos niñas estaban despiertas. Emmy, como todos los bebés humanos, era completamente inútil e incompetente, incluso ahora que era lo bastante mayor para hablar. Estaba mojada, pero en vez de quitarse el pañal empapado se quedó allí llorando, sin hacer nada para ayudar, ni siquiera para cooperar, mientras Carol Jeanne luchaba para ponerle ropa limpia. Los humanos nacen estúpidos; pero ése es el guión que su ADN les ha preparado, así que no le eché la culpa a Emmy. De hecho, como observador frío y desapasionado, no pude dejar de advertir que las dificultades se debían en su mayor parte a la incompetencia de Carol Jeanne para vestir a su propia hija. Por mucho que amara a Carol Jeanne, tenía que admitir que Red era mejor madre que ella. Red habría calmado a Emmy en un momento, y mientras tanto le habría puesto la ropa con la misma rapidez con que repartía las cartas; Carol Jeanne, por su parte, lo complicaba todo el doble de lo necesario, y cada sonido de Emmy sólo la exasperaba aún más.

    Puede que yo sea un testigo, pero eso no significa que no se me permita ayudar. Distraje a Emmy de la tarea entreteniéndola con parloteos sin sentido y muecas graciosas. Casi de inmediato la pequeña olvidó su incomodidad.

    —Eres mi héroe, Lovelock —dijo Carol Jeanne.

    Si al menos se hubiera creído sus propias palabras… La hija mayor, Lydia, no fue tan fácil de pacificar:

    —Lovelock está mirando cómo me visto —se quejó cuando volví mi atención hacia ella—. No deja de mirarme. Dile que no me mire.
    —Díselo tú misma, Lydia. No está mirando; sólo se está comportando de manera amistosa.

    No comprendía esta obsesión humana por la intimidad y la modestia. ¿Es que acaso Lydia, con su pequeño cerebro prepúber, suponía que yo sentía alguna especie de excitación interespecies por su cuerpo inmaduro e infantil? Supe que no era bien recibido. Dándole la espalda a Lydia, tendí los brazos a Emmy. Ella extendió los suyos. Me encaramé a su torpe abrazo y contuve la respiración mientras me apretujaba con peligroso entusiasmo. El verdadero beneficio de esto era que Lydia siempre se volvía loca de celos cuando yo dejaba que Emmy me abrazara.

    —Yo también quiero un abrazo —se quejó.
    —Por favor, no hagas que se pongan a competir una con otra, Lovelock —dijo Carol Jeanne—. Hoy no.

    Me zafé del abrazo de Emmy y pasé por encima de Carol Jeanne para llegar a Lydia, que tenía los brazos extendidos con una expresión de tímido triunfo en la cara. Pobrecilla, pensaba que era ella la que me manipulaba a mí.

    Una vez envuelto en su falso abrazo, me permití un suspiro audible. Carol Jeanne normalmente ignoraba cuánto soportaba yo por su bien, pero de todas formas intenté que se diera cuenta. Ya había oído gruñir a Red, llorar a Emmy, quejarse a Lydia… y los padres de Red no se habían despertado todavía. No por primera vez, deseé que Carol Jeanne y yo nos fuéramos al Arca sin el resto de la familia. Si hubiera podido idear una forma para conseguirlo, lo habría hecho.


    Mientras Carol Jeanne se encargaba torpemente de las niñas —sentándolas a la mesa, donde comieron salpicando sus cereales fríos—, yo me situé en un rincón a hacer mi trabajo: grabar cómo Carol Jeanne pasaba su última mañana en la Tierra. Pensé que era apropiado encargarme de que se vistiera sólo después de que las niñas estuvieran vestidas y listas para marchar, y sólo después de que las niñas hubieran comido. Era la principal científica de su tiempo, y aún colocaba a sus hijas por delante de las pesadas cargas de su trabajo. Así de humildemente desempeñaba la más grande de todos los gaiólogos su rol natural dentro de la especie. Ella misma lo había dicho una vez: los gaiólogos deben reconocer siempre que son parte del organismo vivo; nunca un observador externo, y nunca, ni por un momento, imparciales o independientes de nada. Para ayudarla a reforzar sus argumentos, yo nunca grababa a Red realizando estas tareas familiares, a pesar de que normalmente era quien se encargaba de ellas. ¿Por qué tendría que haberlo hecho? Él tenía su propio testigo, ¿no?

    Aunque las niñas apenas habían comprendido lo que significaría el Arca, habían captado que sucedía algo excitante, lo que las ponía nerviosas y hacía que estuviesen dispuestas a quejarse —una tendencia entre los niños humanos que no es mi favorita—; aunque los adultos no estaban menos nerviosos, a su modo. Se lamentaban de formas silenciosas e inconscientes: se lamentaban por el lugar, por la casa en New Hampshire, por todas las posesiones que dejaban detrás. Por fortuna, yo carezco de los genes para ese tipo de ligazón con objetos inanimados. Soy tan territorial como cualquier primate; pero cuando cambio de territorio no me pongo sentimental por el que abandono. Puedo coger herramientas y utilizarlas. Puedo convertir casi cualquier lugar en un nido, pero nunca pienso que es parte de mí mismo. Por tanto, soy más libre que ellos.

    Desde luego, no tenía que andar por ahí mirando las cosas en la manera en que lo hacía Red, como si intentara preservar su imagen en la memoria, patéticamente limitada. ¿Para qué creía que estaba su testigo? Y cuando el padre de Red, el viejo Stef, salió de su dormitorio, aún subiéndose la bragueta —¿era un anciano recordándonos su masculinidad?—, ya estaba babeando con recuerdos de la casa. Por fortuna, no esperaba que yo le respondiera y por tanto no tuve que escuchar.

    La más quejica fue, por supuesto, Mamie, la humana que parió a Red. Por lo menos, la charla de Stef indicaba que había dominado los rudimentos del habla. Mamie se puso a tocarlo todo, acariciándolo, como si pensara que por frotar el juego de té del comedor lo despertaría y haría que se viniera con nosotros. Tocar, acariciar, es una conducta primate que comparto. Pero nunca he acariciado una vasija de metal.

    Lo que más me molestó de Mamie tocando cosas —al margen del hecho de que todo lo que ella hacía me molestaba— fue que las cosas que tocaba de forma tan posesiva no eran suyas. De algún modo había conseguido ampliar su sentido de la territorialidad para incluir cosas que pertenecían a Carol Jeanne, o a Red y Carol Jeanne juntos. Eso traicionaba lo que realmente sentía hacia esta casa: en su mente no era una invitada, sino la propietaria secreta de todo. Incluyendo a las personas. También creía que las poseía.

    Una vez intenté explicárselo a Carol Jeanne, pero se negó a escucharme. Creo que sabía que yo tenía razón, pero simplemente no quiso ser desleal a Red escuchando a alguien decir cosas malas sobre su querida madre. Así, por amor, los humanos se obligan a amar incluso a las lapas y parásitos que los unen a sus seres queridos. Los primates inferiores tenemos una política más sensata: esculcamos a los parásitos y nos los comemos. Nuestros seres queridos quedan libres de los molestos chupasangres, y conseguimos un pequeño aumento de proteína animal en nuestra dieta.

    —Ojalá pudiera llevarme esto —suspiró Mamie.

    Acariciaba el sofá del salón. Sólo seis meses antes se había quejado de lo incómodo que era, el primer movimiento en el juego para hacer que Red comprara otro sólo para complacerla. Otra prueba del amor de su hijito. Ahora, por supuesto, el sofá era precioso.

    —El límite de quinientos kilos parece tan escaso… —dijo—. El peso debería ir acorde con la edad. Los jóvenes no han echado tantas raíces.

    Tentáculos, creo que quería decir.

    Esperé a que alguien recalcara a Mamie que ya se llevaba mucho más que sus quinientos kilos. Se había apropiado de la mayoría del peso permitido a Stef y Lydia… y también un poco de mis patéticos veinticinco kilos. Se llevaba todo el peso permitido al testigo de Red, la cerda Pink. Me parecía que la mayoría de la gente que se marchaba de la Tierra no partía con tantas pertenencias como Mamie. De hecho, la mayoría de la gente de la Tierra no tenía tantas pertenencias como ella se llevaba.

    Pero nadie corrigió a Mamie; nadie la puso en su sitio. Al parecer, Red pensaba que su madre era perfecta. Stef, por su lado, había sido martilleado hasta la sumisión hacía muchas décadas —probablemente durante el primer mes de su matrimonio—, y Carol Jeanne no quería confrontaciones de ningún tipo. Así que todo el mundo trató a Mamie con respeto mientras ella pasaba de habitación en habitación, dejando pringosas huellas dactilares y su pegajoso perfume en todo. Carol Jeanne no habría apreciado que yo comparara a Mamie con un perro marcando su territorio, así que me guardé esa observación para mí. Además, la comparación no era justa. Entre los perros, no son las hembras quienes marcan el territorio.

    Pese a todas las quejas por cosas que de todas formas no eran suyas, Mamie no dejaba atrás nada que no pudiera ser reemplazado. Carol Jeanne, por su parte, dejaba a su hermana Irene, que era algo insustituible. Incluso yo podía comprender su sentimiento de desolación: en aquellos días, yo habría preferido una sentencia de muerte a separarme de Carol Jeanne.

    Por supuesto, nadie más que yo se preguntaba por sus sentimientos. ¿Qué sabía Red de los hermanos? Nunca los había tenido. Y en cuanto a Stef, bueno, yo tenía la secreta sospecha de que consideraba a todos los parientes como algo que había que soportar mientras estuvieran presentes y no añorar cuando se hubiesen ido. Mamie se llevaba consigo a toda la gente que poseía, o al menos controlaba. Sólo Carol Jeanne tenía un verdadero motivo para sentir una pena profunda, y sólo ella tenía el suficiente autocontrol para no demostrar sus sentimientos, como hacían los otros.

    Por fin se terminó el desayuno. Las pequeñas bolsas de mano estaban preparadas, casi todas con mudas de ropa y juguetes para Emmy y Lydia, o los trozos de plátano que Carol Jeanne siempre llevaba para darme de comer cuando no había disponible comida para monos o fruta fresca. El verdadero equipaje ya había sido enviado antes, para ser pesado y examinado. Así que, cuando llegó el momento, la partida fue sorprendentemente rápida.

    Una última mirada a la casa, y entonces todo el mundo subió al cuadrado pero cómodo Nintendo Hoverboy; el conductor puso el motor en marcha, saltamos al aire y nos marchamos. Pensé en los meses de invierno que esperaban a Nueva Inglaterra y me alegré de marcharme; pero Carol Jeanne y Red se cogieron de la mano y, naturalmente, a los dos se les nublaron los ojos. Al ver eso, Mamie empezó a moquear y rápidamente desvió la atención de Red de su esposa. Me imaginé metiéndole el dedo a Mamie en el ojo; entonces sí que habría tenido algo por lo que llorar.

    Miré a Stef y vi una leve sonrisa en sus labios. Me pregunté si tendría la misma fantasía. La suya era probablemente más elaborada; había vivido con Mamie más tiempo.


    El viaje a Boston no fue nada especial; recorrer las mismas carreteras que Carol Jeanne y yo seguíamos para llegar a la Universidad. La superficie de la carretera estaba libre de nieve: el constante hovertráfico hacía volar la nieve con la misma rapidez con que caía. La nieve se apilaba tan alto a cada lado que sólo eran visibles las copas de los árboles. Era como conducir a través de un túnel.

    Dentro del vehículo, el escenario era mucho más interesante. Lydia no paraba de preguntar si ya habíamos llegado.

    Emmy, siempre la primera en encontrar una metáfora física para sus sentimientos, pronto se mareó y vomitó en el suelo, provocando un olor interesante y empapando los pies de Mamie. Me pregunté si Emmy lo habría hecho a propósito. Si era así, tal vez cuando creciera sería interesante de observar. Mamie gimoteó durante el resto del viaje.

    Cuando llegamos al aeropuerto, consideré que era mi deber encontrar a Irene. Así que me encaramé al hombro de Carol Jeanne y busqué el hábito azul pólvora de Irene: nunca era difícil de encontrar. Cuando la divisé, sentada en una zona iluminada cerca de las ventanas, resoplé suavemente un par de veces y señalé.

    —Allí está —dijo Carol Jeanne—. Lovelock la ha encontrado.

    Como si alguno de los demás comprendiera cuánto significaba para ella ver a Irene esta última vez.

    Conmigo sentado en su hombro, Carol Jeanne era tan fácil de divisar desde lejos como Irene con sus hábitos. No habíamos dado dos pasos hacia ella cuando Irene se puso de pie y levantó el brazo en saludo. Con eso, Carol Jeanne perdió toda compostura y corrió hacia ella. Supe bajarme de su hombro y me agarré a su espalda, ocultándome. Carol Jeanne e Irene se comportarían con más libertad si yo era invisible Pero yo podía verlas y oírlas a ellas, pues éste era uno de los momentos que tenía que conservar.

    Un gran abrazo, y de pronto las dos se sintieron cohibidas. Ninguna sabía cómo despedirse. Ninguna estaba dispuesta a ser la primera en llorar.

    —Ven conmigo —dijo Carol Jeanne—. Podemos encontrarte un sitio.

    Yo sabía que no esperaba que Irene cambiara de opinión: aquello era su forma de pedirle perdón por abandonarla. Irene simplemente sacudió la cabeza.

    —Sé que tu compromiso es de por vida —dijo Carol Jeanne—, pero ¿no crees que también puedes servir a Dios allí? ¿No crees que la gente te necesitará? —Y entonces, con la voz un poco quebrada, añadió las palabras más difíciles de decir—: ¿No crees que yo te necesitaré?

    Irene sonrió mansamente.

    —Voy a vivir los años que Dios me dé, en el lugar donde me puso.

    Noté que Carol Jeanne se lo tomaba a mal, como si aquello fuera una crítica del propio viaje de colonización. Yo conocía a Irene lo suficiente para comprender que no era lo que pretendía, pero así lo entendió Carol Jeanne debido a su propio sentido de culpa por dejar a su hermana.

    —Si Dios creó un universo donde funciona la relatividad, no puedes echarnos la culpa por viajar a los lugares que ha puesto a nuestro alcance.

    Irene sonrió.

    —Sé que vas a hacer aquello para lo que naciste, Jeannie. Pero el que yo no pueda ir no significa que cuando sea vieja no me alegre de pensar que estarás ahí fuera, aún joven y feliz y cumpliendo el trabajo de tu vida. Tal vez Dios ha querido que tú estires el tiempo y viajes a las estrellas y vivas siglos después de que yo haya muerto. Tal vez es simplemente que no quiero subir la escala de Jacob.

    Intentó reírse, pero sólo consiguió una risita débil que no engañó a ninguna. Y como Irene acababa de mencionar la muerte, Carol Jeanne finalmente perdió la compostura; no del todo, pero sí lo suficiente para que empezaran a correr las lágrimas.

    Irene alzó el brazo y rodeó el hombro de Carol Jeanne con su mano izquierda. La manga flotante de su hábito parecía el ala de un ángel. Era la última vez que las dos hermanas se tocarían, que se verían, que se oirían hablar.

    —Después de todo, el propio Jesús eligió no esquivar la muerte —añadió Irene.

    Lo había dicho de modo inocente; ¿no había unido su vida a Jesús? Pero, una vez más, Carol Jeanne interpretó sus palabras como una crítica.

    —No estamos esquivando la muerte, Irene. —Su voz sonaba vacilante, carente de convicción—. Mi vida no será más larga que la tuya. Sólo me parecerá más larga porque podrías haber venido conmigo y no lo hiciste.

    Irene apartó la mirada un buen rato. Cuando volvió a mirar a Carol Jeanne, también en sus ojos había lágrimas.

    —¿Crees que no quiero irme contigo? —preguntó—. Sois mis únicos seres queridos… tú, Lydia y Emmy. Incluso Lovelock… En cierto modo, también es de la familia.

    Eso estuvo muy bien.

    —Pero mi trabajo está aquí —continuó—. Y por muy absurdo que parezca, siento como si Dios estuviera aquí. Aunque sé que estará también contigo, no sabría cómo encontrarlo ahí fuera. No puedo dejar a Dios, ni siquiera por ti.

    Carol Jeanne respondió en voz baja.

    —Ha sido injusto por mi parte pedírtelo.
    —Pero me alegra que lo hicieras —dijo Irene—. Saber cuánto quisiste que estuviera contigo me confortará cuando te eche de menos.

    Se abrazaron, tan súbitamente que no pude quitar mi cola de en medio. En cierto modo, Irene me incluyó en el abrazo. Miré su rostro —ahora sólo a unos centímetros del mío— para ver si me advertía. Lo hizo: abrió los ojos y, a pesar de sus lágrimas, consiguió hacerme un guiño y sonreírme un poquito.

    Puse mis manos en sus mejillas y le di un besazo en los labios. Ella me devolvió el beso, apretando los labios como si estuviera besando a un niño pequeño. Entonces alzó el brazo lo suficiente para que yo pudiera sacar mi cola de entre ambas.

    Carol Jeanne debió de interpretar el alivio en la presión como signo de que el abrazo había acabado; empezó a retirarse. Pero yo no podía dejar que eso sucediera, no tan pronto. Me encaramé en sus hombros y las mantuve juntas, con las manos firmes. Ellas se rieron de mí mientras renovaban el abrazo, pero en seguida me di cuenta de que su temblor pasaba de la risa al llanto silencioso.

    Las mantuve juntas hasta que pude ver a Mamie acercándose, sin duda para animarlas. Sabía que Carol Jeanne no querría ser pillada en una situación emocional tan incómoda, así que parloteé en voz baja. Ella captó la pista, probablemente sin advertir siquiera que yo la había dado, y retrocedió, secándose los ojos en la manga. Irene, naturalmente, tenía un pañuelo. Estaba preparada para la emoción; a Carol Jeanne siempre la cogía por sorpresa.

    Esta vez me giré en el hombro de Carol Jeanne y miré a Mamie. Ella contempló mis dientes desnudos y por un instante pareció captar la idea de que su intrusión tal vez no fuera bien recibida. Al menos, detuvo su trote.

    Ignorando a Mamie, Carol Jeanne volvió a hablar con Irene.

    —Supongo que no puedo esperar que me escribas.
    —Lo haré, todo el tiempo que estés en órbita solar. Y rezaré por ti, también, toda mi vida. Naturalmente, a las pocas semanas de tu viaje real habré muerto de vieja. Entonces estarás sola.
    —Al contrario, entonces me vigilarás. Entonces sabré que me estarás cuidando, protegiéndome.
    —Son los santos quienes hacen eso —dijo Irene—. Pero ¿no sería maravilloso si pudiera? Te cuidaría, y a Lydia, y a Emmy, e incluso a Lovelock, hasta que os reunierais conmigo en el cielo.

    Parloteé ante eso, el sonido concreto que sabía que interpretarían como risa.

    —Dios te conoce —me dijo Irene—. No lo dudes.

    Yo tenía mis propias ideas acerca de lo que Dios, si existía, debía pensar de mí. Si hubiera querido que existieran criaturas como yo, las habría creado él mismo. No había nadie como yo cuando Adán puso su nombre a las bestias. Si había alguien como yo en el mítico Jardín, era cierta serpiente parlante.

    —Enciende una vela por mí —dijo Carol Jeanne.
    —Encenderé suficientes velas para calentar la iglesia en invierno.

    Mamie, por supuesto, sufría enormemente al estar en presencia de una conexión entre seres humanos que no controlaba.

    —Oh, no debéis estar tan tristes —dijo—. Podréis hablar durante meses por fono, hasta que empiece el viaje de verdad.

    Ellas no dieron muestras de haberla oído.

    —Adiós —dijo Irene—. Dios te bendiga.
    —Te quiero. —Carol Jeanne apenas susurró las palabras, pero supe que Irene las sentía, aunque no las hubiera oído.

    Stef y Red habían llegado ya con las niñas, y Mamie aprovechó la oportunidad.

    —Tus preciosas sobrinitas quieren decirle adiós a su tía Irene. No debes entristecerlas con esas tontas lágrimas.

    Sólo entonces Carol Jeanne e Irene prestaron atención al resto de la familia.

    Irene abrazó a Lydia y Emmy cuando Mamie se las plantó delante; a pesar de la forma en que Mamie había orquestado la escena, el amor de Irene por las niñas era real, y ellas siempre habían adorado a aquella extraña criatura que no tenía otras niñas a las que amar sino a ellas. El abrazo que Irene dio a Red fue más torpe, pero sólo porque él se sentía incómodo abrazando a una monja; Irene apreciaba a Red verdaderamente, y él también a ella. Luego estrechó la mano a Mamie y Stef.

    —Eres encantadora —dijo Mamie—. Echaremos mucho de menos tus visitas.

    Stef no dijo nada, pero asintió cuando Irene le estrechó la mano, como diciendo que entendía su pesar y aprobaba la fuerza de su compromiso, aunque no compartiera su fe.

    Irene se volvió de nuevo hacia Carol Jeanne. Pero, tras haberse despedido, ninguna dijo una palabra más a la otra; sólo se abrazaron de nuevo y se separaron en silencio. Irene alzó los dedos en un gesto de despedida, mientras el resto nos dirigíamos al tranvía que nos llevaría al saltador espacial en su larguísimo recorrido.

    Carol Jeanne se negó estoicamente a mirar atrás, pero para eso estaba yo. Sentado en su hombro, la mano en su pelo, contemplé a Irene hasta que se perdió de vista. Sabía que dentro de unas cuantas semanas, o unos meses, Carol Jeanne pediría el recuerdo. Yo habría almacenado ya la escena tal como era en el ordenador maestro del Arca; ella la reproduciría en la extensión holográfica de su terminal, y solicitaría un primer plano del rostro de su hermana. Entonces vería lo que yo había visto: Irene sonriendo, agitando la mano, antes de llevársela a los ojos y echarse a llorar.


    2. FUERA DE LA TIERRA


    La lanzadera era igual que los cruceros espaciales suborbitales que hacen las rutas intercontinentales en una hora. La misma limpieza fetichista. La misma simple opulencia que te hacía pensar que volabas para reunirte con Dios en vez de ir simplemente a otra conferencia. Sólo que esta vez, en vez de subir hasta la estratósfera para descender más tarde en Nueva Delhi, Zanzíbar o Porto Alegre, subiríamos hasta la estación Grissom.

    La gente tomaba la lanzadera a la estación Grissom por tres únicas razones. La mitad eran turistas con suficiente dinero; pensaban que merecía la pena gastárselo en aquel vuelo sólo para poder mirar la Tierra desde una ventanilla en el espacio en vez de tener una visión de ella mucho más grande y más clara en un alta-def de dos metros en la pared de casa. Se aburrían al cabo de unos minutos y pasaban el resto de la semana —hasta que llegaba la siguiente lanzadera— emborrachándose, acostándose o resbalando.

    La mayoría de los demás era gente seria con destino a la Luna, Marte o los asteroides: científicos, ingenieros u operarios manuales de alta tecnología medio locos, que trabajaban en baja gravedad durante cinco años y volvían a casa con suficiente dinero para comprarse un apartamento en Tokio o una isla en el Pacífico y no volver a trabajar jamás mientras vivieran, lo que podía no ser demasiado después de todo el daño que hacía a sus cuerpos el tiempo pasado en baja G.

    Y luego estaban los que eran como nosotros, los más locos de todos, que se reunían en Grissom para poder hacer el viaje hasta el Arca en su órbita perpendicular, ahora a sólo unos meses de su punto de lanzamiento en el lugar más lejano de las órbitas planetarias. Los arcoides, como nos llamaban en Grissom, éramos los únicos que íbamos a abandonar el sistema solar. Si encontrábamos un planeta habitable y establecíamos una colonia, no regresaríamos nunca. Y si renunciábamos y regresábamos a casa, la relatividad habría hecho que pasaran siglos en la Tierra: volveríamos a un planeta que habría experimentado tantos cambios que probablemente ni siquiera lo reconoceríamos.

    Hace doscientos años, Inglaterra aún intentaba erradicar el comercio africano de esclavos, España acababa de perder sus colonias americanas y Rusia y el Imperio Otomano todavía maniobraban para controlar el mar Negro. Los barcos aún se fabricaban en madera; el vapor era la tecnología punta del momento y nadie en todo el mundo había oído el triunfal sonido de una cisterna. ¿Cómo sería la Tierra dentro de doscientos años?

    Tal vez habrían encontrado una forma para dotar de habla a la gente como yo. Tal vez, en nombre del progreso, el mundo se llenaría de capuchinos, babuinos, zarigüeyas, cerdos y perros mentalmente mejorados y ansiosos de hacer obedientemente todo cuanto sus creadores les exigieran. Todo el trabajo del mundo hecho por pequeñas bestias; toda la información creativamente almacenada en nuestros cerebros mejorados genéticamente.

    Dos siglos más, y la humanidad habría conseguido por fin lo que ansió todo el tiempo: la esclavitud sin vergüenza. No, estaban mejorando las vidas de sus pequeñas bestias sirvientes.

    Pero me estoy adelantando; mis pensamientos no llegaron tan lejos en ese momento. Era ingenuo entonces; mi verdadera educación aún me aguardaba. Todo lo que advertí mientras abordábamos la lanzadera con destino a Grissom era la forma en que nos miraba la gente. Turistas ricos y viajeros serios por igual, nos calaban en seguida: una familia con dos niñas pequeñas, un par de ancianos y un mono. Ninguno se sentía particularmente contento de vernos. Supe lo que estaban pensando: las niñas llorarán, los viejos babearán y lloriquearán, y el mono probablemente se meará encima de alguien.

    Cuánta razón tenían.


    Empezamos bastante bien. Lydia se sentó con Red, para mi alivio; la niña me resultaba tan odiosa que incluso prefería sentarme junto a Emmy y contemplar los inevitables cambios de pañales. Las heces humanas, sobre todo las de bebé aplastadas contra un pañal, son repulsivas. No se puede hacer nada con ellas; se pegan a todo lo que tocan y apestan. Además, a los tres años, la niña tendría que saber contenerse ya.

    Sospecho que sus accidentes eran sólo un sistema para llamar la atención, repetido con frecuencia porque tenía éxito. Pero, a pesar de sus llamativos olores, por lo menos Emmy tenía momentos agradables; Lydia era una criatura malcriada y petulante cuyo aliento era mucho más ofensivo que un millar de pañales de Emmy.

    Con Red y Lydia haciéndose mutua compañía, Mamie y Stef tuvieron que sentarse solos. No se veía a Pink por ninguna parte: le habían puesto un sedante en el morro y la metieron en la bodega de carga, que era donde le correspondía. Red había intentado hacerla subir por la pasarela como un pasajero regular, pero la tripulación de la lanzadera la desterró a la bodega como si fuera una mascota. Sé que Red lamentó el hecho de que Carol Jeanne pudiera conservar su testigo y él no. Pero claro, Red no era Carol Jeanne. Y Pink no era yo.

    Carol Jeanne y yo habíamos volado en suborbitales —“subos”, les decían— una docena de veces antes, y yo me sabía la rutina. Siempre había un pequeño lío en la puerta, mientras examinaban su carta de la AIS autorizándola a llevar su testigo al interior de la cabina; siempre les impresionaba que alguien más —y nunca nosotros— pagara la tarifa completa por mi asiento. Luego yo subía al crucero en el hombro de Carol Jeanne, saltaba cuando llegábamos a nuestros asientos y me acomodaba. El auxiliar de vuelo aparecía, inspeccionaba mi arnés y después lo unía al cinturón de talla humana. Siempre se aseguraban que los cierres estuvieran donde yo no pudiera alcanzarlos. Como si no fuera suficiente con decirme que los mantuviera abrochados.

    Esta vez no fue distinto, excepto que en lugar de estar solos Carol Jeanne y yo en el asiento de dos, la presencia de Emmy nos obligó a sentarnos en el de tres. Emmy ocupó el asiento del pasillo y Carol Jeanne se situó entre nosotros. No había ventanillas en la pared: había tanto calor al rojo en la reentrada que los pasajeros se dejaban llevar por el pánico.

    Mi arnés me mantuvo tan pegado al asiento que no pude alcanzar la revista de vuelo. Pero Carol Jeanne lo recordó, y me la tendió. Un auxiliar se dio cuenta.

    —Hace como si estuviera leyendo —dijo, complacido por mis monerías.
    —Está leyendo —dijo Carol Jeanne.
    —Pero pasa las páginas muy rápido.
    —Lee unas dos mil palabras por minuto —respondió ella.

    Lo miré y sonreí. Los humanos siempre piensan que tengo una sonrisa simpática, hasta que se enteran de lo afilados que son mis dientes. Se marchó.

    Un despegue es un despegue. Sentí que viajábamos tres kilómetros sobre el suelo antes de saltar finalmente al aire. Y entonces, una vez en marcha, el piloto nos tendió de espaldas poniéndose en vertical…, o eso me pareció. Pude ver que, al otro lado del pasillo, Mamie y Stef se agarraban con fuerza a los reposabrazos: nunca habían volado en un subo y los movimientos bruscos les inquietaron un poco. Yo sabía algo que ellos no sabían: que la ascensión inicial no era nada.

    Cuando alcanzamos los veinte mil metros, el piloto habló por el altavoz y nos advirtió que miráramos al frente y no intentáramos ningún movimiento durante la ignición. Normalmente sigo las instrucciones al pie de la letra, aunque sólo sea por tener la pequeña recompensa de que Carol Jeanne comente a la tripulación lo bien que me he portado durante el vuelo. Esta vez, sin embargo, no pude evitar un momento de desobediencia: tuve que inclinarme hacia adelante y echar una ojeada a Mamie y Stef. Naturalmente, tenían los ojos bien cerrados y se les saltaban las lágrimas. Mamie Foxe Todd vivía una nueva experiencia, y no le gustaba ni pizca.

    —Siéntate bien, Lovelock —murmuró Carol Jeanne.

    Me había estado vigilando. Era agradable recordar que ella me observaba casi con tanta atención como yo la observaba siempre a ella. Y además, tenía razón. Inclinarme hacia adelante y volver la cabeza no había sido un acierto. Me produjo un molesto dolor en la nuca. Las mejoras genéticas, que agrandaron mi cabeza lo suficiente para albergar mi cerebro expandido y el interfaz digital, no estaban demasiado a tono con la fuerza extra de los mecanismos de acolchado y soporte de mi cuello y cráneo. Tengo dolores de cabeza con mucha frecuencia, y con la tensión de la salida de la atmósfera, moverme y girarme de aquella forma me produjo náuseas al instante. Y como la ignición duraría hasta la órbita, la presión continuaba y continuaba.

    Buen movimiento, Lovelock, pensé. Te alegras del miedo de Mamie, y ahora estarás mareado el resto del día, hasta que te duermas. Tenía los brazos tan inmovilizados que apenas podía sujetar la revista, así que no había forma de soltar las manos para librarme del dolor usando acupresión.

    En el asiento situado tras de nosotros pude oír a Lydia quejándose de no poder jugar durante la ignición. Por una vez, Red era firme con ella —cosa que sucedía una vez al año—, así que con suerte se quedaría quieta y no habría que soportarla mareada, que era aún peor que soportarla sana.

    Finalmente la ignición cesó, y pasamos de la brusca aceleración a la caída libre en un instante. Pude oír gemidos de pánico al otro lado del pasillo. Ni siquiera tuve que mirar.

    —Es sólo la baja G, Mamie —dijo Carol Jeanne—. Te acostumbrarás en unos instantes.
    —¡Estábamos cayendo! —insistió Mamie.
    —Eso es lo que parece —comentó Carol Jeanne.
    —No pasará nada, querida —aseveró Stef—. La gente hace esto constantemente.
    —Es horrible. Tendrían que hacer algo al respecto. La gente como nosotros no tendría que soportar esto.

    Si yo tuviera voz, si pudiera formar palabras, habría respondido: “Son las leyes de la física, Mamie, e incluso las personas bien educadas reaccionan ante la súbita ausencia de gravedad. La única forma de librarte de la incomodidad sería la anestesia total, y la mayoría de los viajeros prefiere llegar despierto a su destino. Pero para ti, Mamie, la anestesia total es más una declaración estética que un procedimiento médico, y me alegraré de ofrecértela cada vez que la solicites”. Pero mudo como era, sólo podía reservar mis comentarios para la próxima vez que Carol Jeanne y yo estuviéramos solos. Ella me haría callar, por supuesto, pero sólo después de reírse.

    Carol Jeanne encontraba a Mamie casi tan divertida como yo. No comprendía lo profundos que eran mis sentimientos hacia su suegra, así que yo nunca le mencionaba cuánto ansiaba que llegara su funeral. Carol Jeanne era demasiado amable para ser maliciosa con nadie, al margen de cuánto se lo mereciera. Yo no tenía esa deficiencia. La malicia es lo único que incluso los estúpidos capuchinos salvajes dominan bastante bien, y yo era un modelo ampliado.

    La verdad es que no deseaba que Mamie muriera. Sólo deseaba que se fuera. Pero como no había posibilidad de perderla de vista más de unas cuantas horas mientras tuviera aliento en el cuerpo, la muerte parecía la única forma de librarnos de ella.

    Mamie era absolutamente transparente. Para mí, al menos. Pretendía ser tan bien educada que apenas advertía el renombre internacional de Carol Jeanne: la fama era sólo otra carga que la gente de su clase tenía que soportar. Sin embargo, se aferraba a cada jirón de gloria reflejada, lamentando al mismo tiempo que fuera su nuera católica —y no su querido hijito del alma— quien mereciera toda la atención. Así que siempre despreciaba a Carol Jeanne, aunque todo lo que Mamie valoraba en la vida se debía al buen matrimonio de Red.

    En el asiento de atrás, Lydia volvió a hablar.

    —¿Esto es caída libre? ¿Puedo volar ahora?
    —No hasta que lleguemos al Arca —dijo Red.
    —Y probablemente ni siquiera entonces —respondió Carol Jeanne. Se desabrochó el cinturón y se levantó.
    —¡Mami se está levantando! —chilló Lydia—. ¿Por que no puedo hacerlo yo?
    —Porque mami ha estado en baja G tantas veces que sabe moverse sin aplastarse la cabeza contra el techo o darle con el codo a la gente en la cara —dijo Carol Jeanne. Se encontraba en el pasillo, sujeta a los asideros, el pie enganchado bajo el borde del asiento—. Me pareció ver al doctor Tuli en la zona de embarque —explicó a Red—; si es él, irá de regreso a Marte y me gustaría charlar un rato.
    —Hace años que no lo ves —dijo Red—. Y no puede decirse que tengas oportunidad de reemprender una amistad ahora.

    La verdad era que Red tenía razón. Ya que dejábamos el sistema solar y no volveríamos en vida de nadie, ¿por que molestarse en mantener amistad con gente que se quedaba atrás? Era tan insensato como visitar a un enfermo terminal, aunque los seres humanos también hacen eso.

    Pero Carol Jeanne avanzó, aferrándose mano sobre mano a los asideros de los asientos, con la misma facilidad que los auxiliares de vuelo, las piernas ondeando detrás graciosamente.

    —¡Mami está volando! —chilló Lydia, deleitada—. Emmy, ¿puedes verlo?

    A Emmy, naturalmente, no le interesaba que mami volara o no. Sólo advirtió que mami se había ido, así que, por supuesto, empezó a llorar. Era perfectamente comprensible. Después de todo, no era todavía un ser inteligente. Apenas podía esperarse que comprendiera que Carol Jeanne regresaría pronto.

    —Emmy está llorando —dijo Lydia.

    No había nadie en un radio de tres filas que no fuera claramente consciente de eso, por supuesto. Pero claro, la inteligencia de Lydia tampoco era aún demasiado firme.

    —Ya sé que está llorando —dijo Red—. Pero mamá volverá pronto.

    Yo conocía a Red. No tenía ninguna intención de hacer nada para silenciar el ruido de Emmy. Pensaba que todo estaba perfectamente bien. Si dejaba que siguiera llorando, Carol Jeanne la oiría y regresaría y se encargaría del tema. Aunque él estaba mejor equipado para la maternidad que Carol Jeanne, estaba perfectamente dispuesto a dejar que las niñas dieran la lata si así se salía con la suya.

    Yo había visto aquella pauta de conducta un millar de veces. Un teléfono sonando, un timbre, el alerta del horno, una niña llorando… Si Carol Jeanne se encontraba cerca, Red simplemente fingía que no pasaba nada hasta que ella aparecía y ponía remedio. Entonces, cuando la situación ya estaba controlada decía: “Oh, yo puedo hacerlo”. A lo que Carol Jeanne respondía siempre: “No te preocupes, querido, ya me he encargado yo”. Era un matrimonio celestial. Carol Jeanne nunca advertía que se estaba quedando con la carga. Después de todo, Red hacía todo aquello cuando ella no estaba presente, que era casi siempre. Pero su ausencia la hacía sentirse culpable, y creo que en cierto modo se alegraba de tener una oportunidad de hacer esas cositas, porque la hacían sentirse como si estuviera tan conectada con su familia como una madre tradicional, de esas que se quedan en casa.

    Así que el llanto continuó. Pero al parecer Carol Jeanne estaba tan lejos —o tan enzarzada en la conversación— que no pudo oírlo. Los otros pasajeros empezaron a mirar a Red por no hacer nada para tranquilizar a Emmy. Red, por supuesto, leía y no prestaba ninguna atención.

    Mamie advirtió el asunto. Como había dicho tantas veces, detestaba dar un espectáculo. En realidad, claro, le encantaba llamar la atención; era la atención negativa la que odiaba. En aquel momento, era su querido hijito quien recibía todas las miradas de reproche; por tanto, tenía que hacer algo para acabar con aquella situación.

    —¿Que haces? —preguntó Stef.
    —Me desabrocho el cinturón —dijo Mamie.
    —No tienes experiencia en baja G —dijo él—. No deberías levantarte.
    —Tengo que cuidar de mi preciosa niñita.

    En ese momento su cinturón se soltó y ella intentó levantarse. La fuerza de su movimiento la lanzó inmediatamente contra el techo, a toda velocidad. Chilló y consiguió alzar las manos lo suficientemente rápido para no quedar inconsciente por el impacto. En cambio, rebotó hacia el pasillo, mientras intentaba desesperadamente agarrarse a los asideros. Cogió uno, pero no sabía cómo anclarse enganchando los pies bajo los asientos, por lo que el momento angular la hizo girar alrededor del asidero. De estar planeada habría sido una proeza brillante, e incluso siendo un accidente estúpido tuve que admirar el hecho de que, a pesar de su edad, sus reflejos fuesen todavía bastante rápidos y aún tuviera fuerzas para no perder su asidero a pesar de todos los giros y volteretas.

    Para cuando el auxiliar llegó al rescate, había conseguido ocupar el asiento de Carol Jeanne, y rechazó al hombre con frialdad.

    —Como puede ver, simplemente estoy consolando a mi preciosa nietecita.

    Por lo que a Mamie concernía, su atlética aventura de un momento atrás nunca había tenido lugar. Sin duda ya la había corregido en su memoria, para verse moviéndose con perfecta gracia en todo momento. Aunque al día siguiente le dolieran los músculos por el esfuerzo, yo sabía que Mamie no relacionaría las agujetas con las acrobacias, porque las acrobacias nunca habían existido.

    En cuanto a lo de consolar a Emmy, sin embargo, nada de nada. Emmy todavía no era del todo humana, pero notaba la diferencia entre mami y no-mami, y Mamie estaba decididamente en la segunda categoría. El llanto continuó.

    —Mi niña querida, debe de haber algo que pueda hacer contigo —dijo Mamie.

    Ahora había tensión en su voz. La paciencia se le agotaba. Después de tantos problemas para cruzar el pasillo, no estaría bien demostrar lo poco efectiva que era como abuela, así que se puso a buscar cualquier cosa que pudiera distraer a la niña y detuviera el llanto. Tras descartar la revista de vuelo, el mordedor de Emmy y la bolsa para vomitar, Mamie lanzó su mirada en otra dirección.

    —Emmy, querida, ¿te gustaría jugar con el monito de mami? Incluso te dejaré que le des de comer. ¿Dónde puso Carol Jeanne esa bolsa de dulces?

    Soy un testigo. Se supone que tengo que observar. Y cuando Mamie —que nunca antes en su vida me había tocado— decidió que podría ser útil para resolver su pequeño dilema, mi primer pensamiento fue morderle la mano cuando se acercara. Dado que interferir con un testigo legalmente registrado es un serio delito, nadie ponía una demanda ni devolvía el golpe cuando los mordía por tocarme. Con todo, ahora no se trataba de una desconocida, sino de la suegra de Carol Jeanne, y si la mordía probablemente sería el cuento de nunca acabar. Por eso vacilé.

    Mientras ella luchaba con las correas y hebillas detrás de mí —no era muy buena calculando cómo se abrochaban o desabrochaban las cosas—, comencé a pensar en varias razones por las que la idea de Mamie era buena. Emmy siempre había respondido bien ante mí, y me gustaba jugar con ella. Aunque su estilo de juego era probar todos los medios posibles de asesinarme con las manos desnudas, tenía tanta habilidad como una ostra y yo siempre podía escaparme. Sabía que, en cuestión de segundos, Emmy estaría riendo de placer. Eso permitiría a Carol Jeanne continuar su conversación sin interferencias, cosa que agradecería. Si también conseguía que Mamie se volviera un poco más tolerante conmigo, tanto mejor.

    Eso era lo que pensaba en ese momento. Lo que nunca me pasó por la mente fue el hecho de que yo no tenía más experiencia en caída libre que Mamie. Después de todo, había pasado amarrado a mi asiento todos los vuelos en subo que había emprendido. Pero, ¿por qué debería haber esperado problemas? Toda mi experiencia me decía que si algo requería equilibrio y destreza, yo podía hacerlo un centenar de veces más fácilmente que cualquier humano. La caída libre era sólo un desafío físico más y, por supuesto, podría afrontarlo con facilidad y naturalidad, haciendo que los humanos parecieran torpes en comparación.

    Y tal vez habría sido así, si todo hubiera dependido de la destreza. Desde luego que la tengo, y mis mejoras me han hecho aún más rápido y agudo. Con lo que no había contado era la forma en que me haría sentir la caída libre. Los primates han invertido muchísimo tiempo de evolución en aprender a balancearse entre los árboles. Sólo un puñado de especies —los humanos y los babuinos, sobre todo— bajaron de los árboles y aprendieron a moverse como si fueran vacas.

    Los arborícolas desarrollamos la visión binocular: los ojos situados enfrente, que definen el rostro primate y nos dan la habilidad de juzgar exactamente a qué distancia hay que saltar para agarrar la siguiente rama, y cuándo y cómo agarrarla con nuestros ágiles dedos y nuestros nudosos pulgares oponibles. Es el equipo perfecto para hacer acrobacias sorprendentes.

    El problema es que todo depende de un agudo sentido de la gravedad, de saber exactamente cuánto pesamos, a qué distancia vamos a saltar y cuánto caeremos por el aire. Los humanos y los babuinos no necesitan ser conscientes de dónde es abajo: su mayor desafío es permanecer de pie sin caerse. Los arborícolas dependemos por completo de nuestro sentido del abajo, o moriríamos en el primer salto.

    Y en caída libre no existe el abajo, aunque cada movimiento te hace sentir que caes.

    Atado a la silla, mi comprensión de este punto era completamente intelectual. En cuanto Mamie soltó las correas, percibí la caída libre desde un ángulo completamente distinto. No fui tan estúpido como había sido Mamie: me mantuve agarrado al reposabrazos, la correa, la manga de Mamie, cualquier cosa que me impidiera salir volando al espacio. El problema fue que, en cuanto empecé a moverme, mi cerebro se rebeló instintivamente contra la información que recibía.

    Cierto, estaba agarrado a objetos sólidos; pero eso no podía anular la horrible sensación de que no podía determinar dónde estaba el abajo. Para los humanos, el abajo depende tanto de las pistas visuales como de los pequeños tubos de agua del oído interno: si algo parece abajo, es abajo, no importa cómo te sientas. Pero yo, bueno, estoy acostumbrado a colgar boca abajo y a balancearme de cualquier modo. La pistas visuales no significan nada para mí. Y con el mecanismo de equilibrio de mi oído interno diciéndome a las claras que me zambullía hacia la muerte, no importó con cuánta fuerza me aferrara a las cosas: me dejé llevar por el pánico.

    Al principio me quedé petrificado, agarrándome aún con más fuerza: una mano en el reposabrazos, otra en la manga de Mamie y una pata en una correa. Mi otro pie y mi cola se movían enloquecidos, buscando cualquier otra cosa a la que agarrarse. Mi pie encontró los dedos de Mamie.

    Los ojos se le pusieron redondos como platos. Mi tenaza no fue agradable. Y estaba poniendo involuntariamente mi cara de pánico —mostrando los dientes, los ojos saltones—, algo que los humanos invariablemente interpretan como furia. Creyó que la estaba atacando.

    —¿Qué haces? —susurró—. Suéltame…

    Apartó la mano de un tirón. Entonces, como mi pie derecho y mi mano izquierda agarraban su dedo y su manga, y mi pie izquierdo y mano derecha asían objetos mucho más grandes y díficiles de agarrar, fue inevitable que, en vez de librarse de mí, me expulsara del asiento. Sacudió el brazo entonces, con tres kilos de criatura de la jungla llena de pánico agarrada a su manga y su dedo.

    —¡Suéltame, sucio demonio! —gritó.

    Ahora estaba agarrado sólo a dos puntos, y para empeorar las cosas empezó a sacudirme. Lo que había sentido antes era sólo el primer estadio del pánico. Ya estaba en el segundo estadio, y comparado con éste, el primero no pasaba de mera ansiedad. Todos mis esfínteres se soltaron a la vez, demostrando el hecho de que la expresión “cagarse como un mono” tiene un significado literal. Con cada sacudida de su brazo, mojones de mono y orina de mono salían lanzados en todas direcciones, recuerdos personales del viaje para los indefensos pasajeros que eran testigos de mi degradación.

    Todo lo que supe en ese momento fue que no era el único que gritaba. En cuestión de segundos los demás intentaron agarrarme, y por reflejo me agarre a sus dedos, ropas, cabellos, orejas y narices. Perdí a Mamie de inmediato, y empecé a pasar locamente de una persona a otra. Como muchos de ellos perdían también el control en caída libre, la situación se volvió bastante peligrosa; hubo un momento en que el hombre al que me agarraba chocó contra la pared y, si me hubiera encontrado en una posición ligeramente distinta, me habría aplastado.

    Sólo terminó cuando Carol Jeanne me cogió. Estaba tranquila: siempre, en una crisis, lo único en lo que podías confiar era en que Carol Jeanne sería la más fría, la que haría metódicamente cuanto fuese necesario. Me cazó al vuelo —no demasiado agradablemente— y en seguida me metió, mojado de orina y todo, bajo su blusa, donde me agarró con fuerza.

    De inmediato, en cuanto estuve completamente controlado, me sentí de nuevo a salvo. El pánico remitió. Sólo notaba alivio; todo lo que pude hacer fue palmearla, acariciarla, mostrarle mi gratitud. No tengo ni idea de que sentía ella. Despues de unos momentos pude moverme un poco y con sus brazos aún rodeándome, confinándome, me retorcí para asomarme por una abertura entre los botones de su blusa.

    Los auxiliares de vuelo volvían a sentar a la gente. Uno de ellos rociaba el aire con un poderoso aspirador, absorbiendo las gotas de orina en caída libre y los mojones girando; eran mojoncillos secos, no como esas cosas repelentes que hacen los humanos…, aunque no lo juraría por la forma en que ellos los esquivaban y se estremecían. Otros repartían toallitas húmedas a los pasajeros, que se frotaban la cara, las manos, la ropa, intentando limpiarse.

    Carol Jeanne se puso en marcha y regresamos a nuestros asientos. Quise explicarle lo que había sucedido, pero no habia ningun cuaderno a mano, y su ordenador estaba con el equipaje. Así que no fue de mí de quien recibió el relato de los hechos.

    Carol Jeanne, sin embargo, quería una explicación más concreta.

    —¿Quién ha sacado a Lovelock de su arnés? —demandó.

    Con Mamie cambiada a su asiento, sólo había un candidato posible. Pero Mamie miró a Carol Jeanne, la cara tensa por la furia, y dijo, fríamente:

    —Intentaba cuidar de tu hija, a quien habías abandonado aquí. Con Emmy llorando a todo pulmón, no he podido cuidar a tu mono al mismo tiempo.

    Esa fue la historia de Mamie: ella no tenía nada que ver con la soltura de mis ataduras. Esperé que alguien recalcara lo evidente, que el arnés y las correas estaban dispuestos de forma que yo no podía liberarme por mi cuenta. No me sorprendió que Stef no dijera nada; no habría vivido tanto tiempo sin aprender a no contradecir a Mamie en público. Red, por otro lado, había discutido con su madre de vez en cuando, y ella incluso se había echado atrás alguna que otra vez. Pero cuando Red abrió la boca, no fue para decir la verdad.

    —Al parecer tienen buenos motivos para confinar a la mayoria de los testigos en el compartimento de carga —dijo.

    ¡Mentiroso! Sabía que era culpa de su madre, pero me dejó cargar con la responsabilidad. Lo hizo solamente por celos. Yo era el compañero de Carol Jeanne, el que compartía con ella todos los momentos de su vida en estado de vigilia. Ella me contaba sus secretos y desarrollaba sus teorías científicas conmigo al lado. Red sólo era bueno para criar, y si mi apéndice de mono hubiera sido más grande alegremente me habría ofrecido a Carol Jeanne para eso. Era tan inútil como las gachas de ayer, y lo sabía. Ahora aprovechaba la oportunidad para desquitarse. Le hice una mueca, pero me ignoró.

    A menudo Lydia decía algo parecido a la verdad.

    —¿Puedo yo jugar con Lovelock? La abuelita dejó a Emmy jugar con él. Iba a darle a Lovelock un dulce. ¿Puedo dárselo yo? ¿Puedo?
    —Tonterías —dijo Mamie—. Naturalmente, la niña no entiende lo que ha sucedido.
    —No puede soltarse solo —dijo Carol Jeanne.
    —Pues entonces vivimos en una época de milagros —contestó Mamie—. No estarás sugiriendo que yo me he acercado a esa criatura.

    Mi corazón se estremeció. Ya que Mamie era famosa por retroceder ante cualquier contacto conmigo, era bastante probable que su mentira fuera aceptada. De hecho, Mamie parecía tan sincera, tan ofendida por la simple idea de tener la culpa de algo, que si no lo hubiera sabido por propia experiencia probablemente también le habría creído.

    Pienso que el secreto de Mamie para mentir es que nunca dice una mentira que no crea de todo corazón, al menos durante lo que tarda en decirla.

    No tendría que haberme sorprendido nada de aquello. Ni que mintiera, ni que su mentira fuera creída. Pero me sorprendí. Supongo que no se me había ocurrido que fuera a mentir tan descaradamente cuando las consecuencias eran tan nefastas para otra criatura. Yo era el único que pagaría el precio de su mentira. Cuando creyeran que yo sabía liberarme de mi arnés, no habría ninguna esperanza de permanecer en la cabina con las personas. Inevitablemente pasaría el resto del viaje tratado como cargamento, como Pink. Era un castigo miserable y no me lo merecía.

    Pero ¿que le importaba eso a Mamie? Yo sólo era un animal, y ella una humana. De hecho, tal como ella lo veía, era la persona más importante del mundo, la persona cuya comodidad, cuya dignidad, cuyos caprichos pasajeros importaban más que la vida o la muerte de cualquier otra alma viviente. Si ella hubiera confesado que me había liberado, habría tenido que soportar otra hora de resentimiento del resto de los pasajeros, gente a la que no volvería a ver en la vida, que habría muerto de vieja para cuando hubiera transcurrido un año de nuestro viaje interestelar. Y podría haber aplacado la mayor parte del resentimiento con una disculpa rápida y sincera: “Lo siento, no tenía idea de que soltar al mono causaría tantos problemas, por favor, discúlpenme”. Pero tanta condescendencia era impropia de ella. ¿Disculparse Mamie Foxe Todd?

    Los auxiliares de vuelo pidieron disculpas, pero se mantuvieron firmes.

    —Lo siento, doctora Cocciolone, pero su testigo tendrá que ser retirado de la cabina.

    Bendita sea, intentó que me quedara.

    —Estaré con él todo el tiempo —dijo—. No volverá a suceder.
    —Estoy seguro de que es usted consciente de que la situación ha sido extremadamente peligrosa —insistió el auxiliar—. No tengo espacio para maniobrar aquí. Si dejo que el mono se quede en la cabina, ahora que sabemos que puede soltarse del arnés, seguro que perdería mi empleo y posiblemente iría a la cárcel.
    —Si es necesario… —dijo Carol Jeanne.

    No era de las que insistían cuando no había nada que sacar con ello. Yo iría a la bodega, los dos lo sabíamos. Pero Mamie no tuvo la decencia de permanecer al margen de la situación que había creado.

    —¿Dónde está nuestro amiguito, por cierto? —preguntó.

    Alli estaba yo, asomado por la camisa de Carol Jeanne apenas a medio metro de la cara de Mamie, justo a la altura de sus ojos. Era una oportunidad demasiado buena para dejarla pasar. Chillé e hice ademán de saltar hacia ella. Ella gritó, naturalmente. Verme aparecer de pronto ante su cara, mostrando los dientes y con los brazos extendidos…

    Bueno, se habría sorprendido y asustado en cualquier circunstancia. Pero me gusta pensar que su miedo era también en parte el resultado de la culpa y la vergüenza por hacerme soportar el peso de su mentira. No estoy por encima de las pequeñas venganzas.

    Naturalmente, Carol Jeanne me agarró con más fuerza.

    —Te estás portando mal, Lovelock —dijo.

    Pero no me castigó. No dijo la palabra de dolor. Y eso me dio a entender que ella sabía la verdad, que comprendía mi apuro, y que sólo seguía con la mentira de Mamie para mantener en paz a la familia.

    Siempre puedes dejar sufrir al mono para impedir una disputa familiar. Así aprendí mi primera lección sobre nuestra lealtad mutua.


    Pasé el resto del viaje en una caja. Tal como son las cajas, supongo que no era mala: había comida y bebida de sobra, una luz brillante que podía encender y apagar por mi cuenta, y unos cuantos libros para leer. Pero no importa lo que le pongas a una caja, sigue siendo una caja.

    Mi único consuelo fue que, después de que llegáramos a la estación Grissom y nos transfirieran a la Ironsides, la lanzadera interplanetaria, todos tuvieron que viajar en cajas. Contrariamente al Arca, que nos ofrecería kilómetros de espacio interior, la Ironsides tenía poco espacio. No había manera de manejar a cien pasajeros y sus pertenencias durante un mes de vuelo, aunque la aceleración y deceleración nos porporcionaban una gravedad artificial casi constante. Todo el mundo tenía que ser conectado a unos tubos, drogado hasta los topes, y empaquetado en cámaras de sueño sospechosamente similares a mi propio cajón.

    Todos seríamos iguales en ese viaje.


    3. EL ARCA


    Durante el largo mes en que la Ironsides hizo su viaje al Arca, dormité, luego me desperté, luego volví a dormirme en mi caja. Prefería dormir; cuando estaba despierto, sólo podía pensar en mi humillante experiencia en el subo, como si acabara de suceder. ¿Iba a pasarme aquello cada vez que estuviera en caída libre? En el Arca podría transitar libremente, a excepción de los momentos de cambio, cuando tendrían que encerrarme en una caja o amarrarme para impedir que me comportara de modo revoltoso. En cada ocasión me recordarían mi debilidad. Lo que era amargamente injusto: la mayor parte del tiempo eran los humanos quienes me incomodaban, y nadie los encerraba en cajas ni los ataba.

    Sabía que mi manía persecutoria era absurda. No me perseguían a mí en particular: simplemente, pertenecía a una especie oprimida. Lo que, en la Tierra al menos, era el caso de varias especies que no eran humanas. La mayoría de los no humanos no importaba, claro. En su mayoría los no humanos ni siquiera sabían que estaban siendo explotados, domesticados, dominados y espiritualmente aniquilados por la raza dominante. Sólo yo y un puñado como yo sabíamos…, si es que había alguien en el universo como yo. ¿O estaría solo?

    ¿Era la única entidad pensante que existía? ¿Eran los seres humanos nada más que torturadores imaginarios, creados por el odio que sentía hacia mí mismo? Y si llegaba a aceptarme, a aceptar mi pequeño yo peludo por lo que era, ¿se marcharían, o se volverían amables, incluso cariñosos?

    ¿Tenía Pink alas?

    En esos momentos de desesperación, recordé que había una persona que se preocupaba por mí. Lo único que le impedía venir a verme, abrir la puerta de mi miserable cueva y liberarme, era el hecho de que también ella estaba encerrada en la prisión de las costumbres y leyes humanas, y por eso no podía salvarme. Pero vendría. Me aferraba a esa esperanza, y tal vez por eso conservé la cordura.

    O, lo que es más probable, mi cordura nunca estuvo en peligro, y todos mis alocados pensamientos semiconscientes eran simplemente producto de las drogas que me suministraban para mantenerme artificialmente tranquilo durante el interminable viaje de la Ironsides.


    Por fin noté los movimientos que me indicaban que la nave se colocaba en posición para llegar a su destino final. Sabía por mis lecturas anteriores que la Ironsides se detendría contra la superficie externa del Arca cilíndrica, sostenida por poderosos imanes. Los pasajeros serían guiados a la plataforma de paso. Una gran puerta se abriría en el costado del Arca y un largo brazo mecánico se extendería, cogería la plataforma como si fuera un piojo en la piel del Arca, y nos atraería a la hambrienta boca de la bodega de carga. Cuánto se parecía a mí el Arca en su conducta…

    ¿Era esa sacudida nuestro impacto contra el Arca? Pronto vendrían a por los humanos, los sacarían de sus cajones, y entonces ella vendría a buscarme.

    A menos que se olvidara. A menos que descuidadamente esperara a que me descargaran con el resto del equipaje y me depositaran en sus habitaciones, como sus libros y su ropa interior. A menos que aún no me hubiera perdonado por haberla puesto en evidencia en el subo.

    Esperé durante una miserable media hora, si no fue medio día. O un minuto y medio.

    Pues Carol Jeanne me amaba de verdad. Sabía que yo debía de estar lleno de miedos y temores, inseguridades y vergüenza. En su inconmensurable compasión debió de haber volado literalmente a la bodega para rescatarme, para abrir la puerta y darme de nuevo la luz. Qué primate empapado, apestoso y tembloroso debí parecer… y, sin embargo, ella no dudó en cogerme y dejar que me aferrara a su cuello, a su pelo, que me encaramara a sus hombros y brazos, aferrándome con fuerza y luego corriendo para agarrarme a otro lado, para convencerme de que no había cambiado.

    Tocar su cuerpo fue mi bienvenida: la piel suave, cálida, el perfume salado de su confinamiento, el sonido de su voz y las dulces vibraciones en los finos huesos de sus mejillas, el calor de su aliento en mi cara, el aire de ese aliento en mis ojos… Mi mundo había sido restaurado. Después del tiempo pasado en la caja, el cuerpo de Carol Jeanne parecía tan infinito como el universo. Podría haberla explorado hasta morir y nunca me habría cansado.

    Por fin mi éxtasis se hizo contenible. Detuve mis compulsivos movimentos y la acaricié con normalidad. Estaba seguro de ella; era yo de nuevo. Entonces ella supo que podía llevarme con los demás.


    Pasajeros y testigos por igual eran conducidos a la plataforma de transbordo. Mamie nunca parecía saber que la primera persona en entrar en una sala con una única puerta sería la última en salir, así que nos molestó para que fuéramos los primeros en subir a la plataforma de transbordo. Luego fuimos rodeados por todas las otras familias que subieron después de nosotros y nos aplastaron contra los rincones más alejados de la puerta.

    Mamie parecía ajena al hecho de que era la causa de la incomodidad de la familia. En cambio, a medida que los cuerpos de los desconocidos se apretujaban más y más contra nosotros, olisqueó arrugando la nariz y poniendo mala cara. Tenía razón. Los humanos hieden después de un largo confinamiento, y mientras cada persona estaba completamente acostumbrada a su propio olor, el olor de los demás era exquisitamente rancio.

    Yo disfruté del tema —una deliciosa amalgama de variedad olfativa después de la estéril uniformidad de mi propia caja—, pero los humanos parecían encogidos en sí mismos, intentando apartarse de todos los demás al mismo tiempo. Y allí estaba Mamie, arrugando la nariz con desprecio hacia nuestros malolientes compañeros, como si su propio sudor fuera un perfume caro. Por no mencionar el leve olor del vómito de Emmy aún pegado a sus zapatos, aunque solamente yo podía captar ese aroma. Si Mamie pudiera olerse a sí misma como yo lo hacía, probablemente se moriría de disgusto.

    La plataforma de transbordo se enganchó con firmeza contra una pared interna de la bahía de atraque, y las puertas se abrieron. Pareció que la gente que teníamos delante tardaba una eternidad en salir al exterior. Y cuando por fin pudimos movernos, resultó que no era el exterior adonde nos dirigíamos.

    Todo el grupo era conducido por un corredor hacia un gran ascensor. ¿Para subir o para bajar? La persona al mando era francesa; por tanto, no necesitaba explicar nada a nadie. Ni siquiera si el ascensor iba a subir o bajar. Simplemente no paraba de entonar, casi siempre en un inglés cargado de acento, pero de vez en cuando en francés, portugués, y japonés memorizado fonéticamente:

    —Por favor, avancen hasta el fondo del ascensor cuanto les sea posible.

    La prisa de Mamie fue finalmente recompensada: como fuimos los últimos en salir de la plataforma de transbordo, entramos los últimos en el ascensor —que resultó que iba hacia arriba—, y por eso cuando se detuvo fuimos los primeros en salir.

    Tras todos aquellos meses enlatados en el espacio, fue una visión gloriosa. La vista abarcaba kilómetros, y el paisaje era verde. No el verde de Nueva Inglaterra, con sus interminables bosques, porque el Arca estaba toda llena de prados y matorrales. Más bien como Iowa sin las montañas, o Wyoming sin los antílopes. Había algunos árboles, pero todos crecían en ordenadas filas. Manzanos enanos. No había ninguna posibilidad de encontrar un árbol de verdad. El Arca no hacía tanto tiempo que existía como para que hubieran crecido árboles de treinta o cuarenta metros. Pero cuando vi uno de aquellos patéticos manzanos enanos no lejos del ascensor, me asaltó la ansiedad por sentir la dura corteza contra las palmas de mis manos y pies.

    Sin embargo, pasados unos instantes el alivio por la amplitud del espacio interior del Arca se agotó, y entonces todo lo que pudimos ver fue su extrañeza. No había cielo, aunque un brillante sol resplandecía sobre nosotros. No había horizonte alguno. En cambio, a lo lejos, el terreno se curvaba hacia arriba por delante y por detrás de nosotros, como si estuviéramos en un amplio valle, excepto que las montañas a cada lado se elevaban más y mas, y luego se inclinaban hacia fuera hasta formar un arco en lo alto. Si mirábamos hacia arriba, protegiéndonos los ojos del resplandor del sol del centro, podíamos distinguir los campos y poblados situados sobre nosotros. Podíamos imaginar a la gente caminando por allí arriba. Por extraño que pareciera, no caían hacia nosotros, gritando. Cuando vertiginosamente imaginé que ellos estaban en el suelo y nosotros danzábamos en el aire, no hubo ninguna diferencia: la rotación del Arca nos sujetaba con fuerza a la superficie interna.

    La curvatura, junto con la zona verde, se extendía ante y por detrás de nosotros en una banda de no más de un par de kilómetros de grosor. A cada lado había una enorme pared azul grisácea, surcada de líneas inexplicables. Cada pared componía una enorme rueda, con las gigantescas patas esqueléticas de un trípode surgiendo como radios del borde de cada una, hasta encontrarse en la mitad para sostener la vía en la que el sol peregrinaba en el centro de todo.

    Era como estar dentro de una enorme lata de atún. Todos los huertos y la gente estaban en la pared curvada, mientras que el fondo y la tapa de la lata no eran más que metal recubierto de plástico del color de un apagado cielo de invierno.

    Pero eso era sólo por ahora, mientras el Arca se movía en su órbita alrededor del Sol… el Sol verdadero, el viejo y querido Sol, cuyos felices fotones habían dado vista a cada criatura que jamás abriera los ojos en la verde tierra de Dios.

    Para impedir que viviéramos en una perpetua caída libre, el Arca giraba y todo el suelo y la gente y los edificios se aferraban a la pared curva de la lata de atún. Eso era el modo orbital. Era la forma en que vivíamos en órbita alrededor del Sol, y era la forma en que volveríamos a vivir cuando por fin alcanzaramos nuestro nuevo sistema solar, mientras esperábamos a que Carol Jeanne y su grupo prepararan nuestro nuevo planeta para ser habitado.

    Habría otras dos fases en el viaje: aceleración y deceleración. El viaje en sí, donde todo sería diferente. No habría rotación. En cambio, la sensación de gravedad vendría de la aceleración, y tanto el cielo como los poblados como los huertos pasarían de la pared curva al suelo plano y circular.

    Allí viviríamos, botando felizmente por la vida a un quinto de ge, hasta que alcanzáramos la mitad del viaje. Entonces, una vez mas, todo cambiaría, y el suelo pasaría del fondo a la tapa de la lata de atún, cuando la deceleración pusiera nuestro abajo en la dirección opuesta.

    Esos cambios —de rotación a aceleración, de aceleración a deceleración, y de deceleración a rotación una vez más— serían brutales. Toneladas de suelo pasando de una superficie a otra en una enorme avalancha, nubes de polvo asfixiante que no se posaría durante días. Nadie podría soportarlo.

    Afortunadamente, no tendríamos que hacerlo, pues la pared curvada del Arca —la pared que ahora nos parecía el suelo— era en realidad una edificación en forma de rueda de varios pisos. En enormes cámaras estaban almacenados los embriones de millones de animales, junto con todos los nutrientes que necesitaríamos para mantener la vida humana durante el viaje. En cámaras mucho más pequeñas, los humanos tenían sus oficinas, sus ordenadores, y las diminutas habitaciones donde se agazaparían durante los cataclismos del cambio.

    Cuando se diseñaba el Arca, se discutió sobre el despilfarro de mantener la gran zona abierta con sus jardines. ¿Por que no meter a la gente en una nave diseñada como una enorme Ironsides? Si no les gusta, sédenlos y pónganlos a dormir. El viaje sería solo de unos cuantos años, ¿no?

    Pero las cabezas pensantes prevalecieron. El objetivo del viaje no era simplemente llegar a otro planeta, sino formar allí una colonia humana viable. Las granjas y los poblados tenían un propósito práctico. En los campos, la gente aprendería las labores, las costumbres, el calendario de la agricultura. Y al vivir en poblados en vez de en apartamentos, con caminos en vez de pasillos entre casa y casa, la gente formaría comunidades agrícolas estables mucho antes de alcanzar el planeta cuyas comunidades tendrían que cooperar para crear un segundo mundo humano.

    Esa era la teoría, al menos: usar el viaje como un largo ensayo; crear la colonia como sociedad antes de que tuvieran que convertirla en una realidad física en lo que tal vez resultara ser un planeta hostil. Después de todo, ¿de que servía ahorrar dinero construyendo un Arca más barata si la colonia fracasaba porque los viajeros eran todos unos desconocidos?

    Por eso se había subdividido el Arca en poblados, cuyos ciudadanos estaban agrupados según la categoría general de compatibilidades. Por necesidad y recientes costumbres internacionales, el inglés era el lenguaje común del Arca, pero dentro de los poblados había muchos idiomas; todos se conservarían en el nuevo mundo.

    Dividir las comunidades por idiomas tenía sentido para mí. Pero era un típico absurdo humano que, después del lenguaje, la siguiente división de importancia fuera religiosa. Musulmanes, budistas, católicos, judíos, hindúes, espiritistas… todos tenían sus propios poblados. Los grupos con demasiado pocos practicantes para tener su propio poblado —los bahaí, por ejemplo, y los sij, animistas, ateos, mormones, mitraicos, drusos, las religiones tribales americanas, los testigos de Jehová— estaban agrupados en un par de poblados comunes, o bien eran adoptados como minorías por otros poblados con cuyas creencias fueran compatibles o que los toleraran.

    Todo el asunto me parecía absurdo. ¿Por que no limitaban simplemente la colonia a los seres humanos racionales, que estuvieran por encima de las débiles preocupaciones de la religión, y se ahorraban todos los estúpidos dogmas y hostilidades?

    La respuesta, claro, era que no podrían haber encontrado suficientes seres humanos racionales en el planeta Tierra para llenar el Arca. Un hombre podía ser un científico brillante, pero seguía siendo un hindú, y no había esperanzas de que viviera pacíficamente con un sij; o era judío, y los musulmanes sólo le concederían como mucho el grado de ciudadano de segunda clase. Una mujer en concreto podía ser la mejor gaióloga del mundo, y perfectamente racional, pero había recibido educación católica, y por eso su suegra episcopal siempre la despreciaría, a ella y a su gente.

    Incluso la mayoría de las personas racionales —las que sostenían no tener religión— eran igual de chauvinistas respecto a su carencia de religión: despreciaban y condenaban al ostracismo a los creyentes, tal como estos hacían con quienes no eran miembros de su propio grupo. El humano universal. Mi tribu está por encima de todas las otras tribus. Eso es lo que es la religión: otro nombre para el tribalismo en un mundo supuestamente civilizado.

    ¿Y yo? Yo no sentía ninguna “afinidad tribal” con los otros testigos. Desde luego, no con Pink, pues aunque era consciente de que había otros testigos —Carol Jeanne no era la única con méritos— no sentía ninguna relación particular con ellos. Sí, todos éramos víctimas de un sistema opresivo; pero eso nos importaba menos que nuestra profunda relación con nuestros propietarios. Carol Jeanne era mi tribu. De ella extraía mi identidad, alrededor de ella construía mis esperanzas, era en ella donde tenía mi vida.

    ¿Qué era otro testigo para mí? Podía mirarlos y sentir piedad por su desesperanzada devoción hacia un humano indigno. Pero mis sentimientos por Carol Jeanne eran distintos. Ella no era indigna. Era profundamente buena, de mente brillante y generosa de corazón, y me amaba. Nuestro vínculo era más fuerte que la sangre, la religión, el idioma, el matrimonio. Era el vínculo de la esencia. Yo veía el mundo a través de sus ojos, y ella a través de los míos. Eramos casi la misma persona. Eramos un poblado en nosotros mismos, más allá de que oficialmente ella fuera a pertenecer a un arbitrario conjunto de cristianos confesos en el Poblado Mayflower. Sería una católica entre congregacionistas, y yo un primate de orden inferior entre presbiterianos; ambos sólo nos pertenecíamos el uno al otro.

    Eso era lo que pensaba mientras contemplaba el escenario de nuestro nuevo hogar, las llanas granjas y los apiñados poblados del Arca.


    Las otras personas que salían del ascensor se congregaron alrededor, frotándose el cuello como turistas paletos en su primera visita a la gran ciudad. Sólo que, en vez de mirar a los rascacielos, contemplaban las granjas en lo alto. Alguien había intentado animar la zona de llegada con algunas desagradables flores anaranjadas. Probablemente pretendían que fueran bonitas. En cambio resultaban chillonas, y estaban un poco mustias también, como si el esfuerzo de intentar hacer que aquel lugar pareciera bonito las hubiera agotado.

    Mamie escrutó el terreno, colocándose una mano ante los ojos para protegerlos del sol que orbitaba en su vía por encima de nosotros. Entonces suspiró.

    —¿He sobrevivido todos estos años sólo para acabar en Kansas?
    —Un poco curvado para ser Kansas —dijo Stef. Fue la vez que más cerca estuvo de contradecirla.
    —Y ahora, ¿que se supone que tenemos que hacer? —preguntó Mamie.
    —Tengo hambre —dijo Lydia.
    —Tengo sed —dijo Emmy.
    —Tengo hambre y sed —dijo Lydia.
    —No, yo tengo hambre y sed —dijo Emmy.
    —No, yo —insistió Lydia—. ¡Yo lo he dicho primero!
    —¡No, yo! —chilló Emmy.

    ¿De verdad creían que sólo le darían de comer a una? Los genes de Red debían ser extraordinariamente dominantes.

    Pero la decisión de qué hacer a continuación no estaba en nuestras manos. Había una mujer enorme y pechugona contemplando el grupo de personas y testigos. Cuando caminó, el peso de sus pechos descuadró la alineación de su postura. Parecía el mástil de un barco, de pie contra el viento.

    Llevaba un cartel, escrito a mano, con la palabra COCCIOLONE. A menos que hubiera algún otro Cocciolone en el transporte, nos estaba buscando a nosotros. Red alzó la mano para llamar su atención. Podría haberla llamado, pero Mamie le tocó el brazo y le dijo:

    —No seas vulgar, Red.

    Así que simplemente mantuvo el brazo en alto, sin moverlo siquiera. La mujer del cartel lo advirtió por fin. Él le hizo señas —en absoluto vulgares— y ella se dirigió hacia nosotros como un barco de vapor.

    —¡Mi gente de Mayflower! Sabía que les reconocería en el momento en que los viera —dijo mientras se acercaba.

    Por supuesto, pensé yo. Parecemos una rebanada de pan de centeno en un plato de lentejas y habichuelas.

    —¿Es usted nuestra guía? —preguntó Mamie, avanzando para recibir a la mujer del cartel.
    —Bueno, supongo que sí. Su guía, su niñera, y su primera amiga en el poblado, espero. —Bajó el cartel—. Soy su alcaldesa. Pero no se intimiden, queridos. No fui elegida, y el título no significa un pimiento. Penélope Frizzle es mi nombre. Se pronuncia tal cual, Penélope. Y ustedes deben ser los Cocciolone.

    Pronunció el nombre como si rimara con pony. Obviamente, era tan educada con el nombre de los demás como con el suyo propio. Entonces me vio.

    —¡Qué monito tan lindo! Debe ser uno de sus testigos.

    Extendió una mano. Constreñidos por unos anillos chillones, sus dedos parecían hinchados como salchichas. Yo estaba cansado. No pude controlar mis reflejos. La mordí.

    —¡Lovelock! —Carol Jeanne estaba furiosa—. ¡Trab!

    Era la palabra dolor. Inmediatamente sentí aquel terrible tijeretazo en mis testículos. Me caí de su hombro y rodé al suelo, encogido, gimiendo. Para colmo, otra familia fue llamada por su alcalde mientras yo me retorcía en el polvo. Se plantaron justo encima de mí, como si yo fuera un mojón en el suelo, aumentando mi vergüenza.

    Como siempre, Carol Jeanne se aplacó en cuanto vio mi agonía. Tras rescatarme de la estampida de pies humanos, me recogió y me acarició, abrazándome hasta que mis temblores cesaron. Confieso que disfruté tanto de esto que no hice ningún esfuerzo por apresurar mi recuperación.

    Cuando volví a abrir los ojos, me alegró ver una gotita de sangre en el dedo extendido de Penélope. De todas formas, era evidente que no estaba malherida. Aunque mantenía el dedo alzado ostentosamente en busca de conmiseración, todo el mundo la ignoró mientras Carol Jeanne me consolaba.

    —La bestia está disfrutando con tantos mimos —dijo Penélope—. Probablemente me volverá a morder, sólo por llamar la atención.

    Le enseñé los dientes. Sólo un destello, ya me entienden.

    —¡Ahora me está amenazando! —exclamó Penélope.
    —En absoluto —dijo Carol Jeanne—. Los monos enseñan los dientes para expresar temor. Le tiene miedo a usted.

    Eso es lo que quieren decir los monos corrientes cuando enseñan los dientes, y también es mi forma natural de expresar el miedo. Pero yo soy un capuchino mejorado, y también lo bastante listo para usar esa mueca por otros motivos.

    Me pareció aconsejable que nuestra alcaldesa supiera que, a pesar del castigo, e incluso sin el consuelo de Carol Jeanne, yo morderé a cualquiera que intente manosearme de esa forma. ¿Que piensan que soy, una mascota?

    —Bueno —dijo Penélope, mostrando de pronto una radiante sonrisa exclusiva para nosotros—. Todo será para bien. ¡Pueden estar seguros de que no olvidaré nunca mi primer encuentro con los Cocciolone!
    —Somos los Todd —dijo Mamie, los labios tensos—. Cocciolone es el nombre de soltera de mi nuera.
    —Entonces son ustedes los que busco. ¡Vaya! Son una familia muy atractiva.

    Por su tono no podía deducirse si estaba siendo irónica o no. Nadie de nuestra familia estaba especialmente atractivo en aquel momento.

    —Es usted muy amable al decirlo —contestó Mamie, aceptándolo como un cumplido en vez de como un sarcasmo.

    Pero ahora que Penélope sabía que nuestro grupo era el Cocciolone, apenas advirtió que Mamie había hablado. En cambio, plantó las montañas de su pecho directamente delante de Carol Jeanne.

    —Así que usted es Carol Jeanne Cocciolone. Con todo ese cerebro, y además es bonita. Igual que esas niñas encantadoras… Son tan lindas que tienen que ser suyas.

    Desde luego, no eran mis hijas, y como los años en que Mamie tuvo capacidad para engendrar habían quedado atrás hacía siglos, por supuesto que eran de Carol Jeanne. Pero Lydia y Emmy eran guapísimas; incluso yo tenía que admitirlo. Parecían Carol Jeanne en miniatura, y Carol Jeanne era la más guapa de todas.

    No obstante, ignoró los cumplidos.

    —Ahora mismo todos vamos bastante sucios y estamos cansados. Ha sido un viaje largo.
    —Y tambien huelen un poco a rancio —dijo Penélope—. A todo el mundo le pasa cuando sale de la caja. Pero de momento no podemos remediarlo; apenas tenemos tiempo para llevarles al funeral.
    —¿Funeral? ¿Que funeral? —La nuez de Adán de Stef subió y bajó al hablar. Su voz sonó seca.
    —¿No se han enterado? Creía que lo sabía todo el mundo. La esposa del administrador en jefe murió hace tres días. Mayflower se encarga del funeral. Es una de las ventajas de tener al administrador en jefe viviendo en nuestro poblado.
    —No sabíamos que había un funeral —dijo Carol Jeanne, la voz baja y respetuosa—, pero en realidad no conocíamos a la señora que ha muerto. ¿No podemos ir a algún sitio y descansar hasta que haya acabado?
    —No puede usted hablar en serio. —El pecho de Penélope se estremeció—. Sería una afrenta a todo el mundo en Mayflower. Vendrá gente de los sesenta poblados, y Mayflower tiene que alimentarlos a todos. Aunque supongo que son ustedes tan importantes que la gente pasará por alto si no cumplen con su parte.
    —Queremos cumplir con nuestra parte —dijo Carol Jeanne—. Pero acabamos de llegar, y estamos…
    —Por eso asistir al funeral es una oportunidad magnífica para ustedes. Es la mejor forma de conocer a la comunidad. Serán de los nuestros antes del anochecer.
    —Es una gran idea —dijo Red.

    ¿Que clase de marido era, que no apoyaba el esfuerzo de Carol Jeanne para librarlos de aquello? Le silbé.

    —Lovelock, calla.

    Carol Jeanne parecía molesta, pero sabía que estaba tan irritada con Red como yo. Penélope nos ignoró a Carol Jeanne y a mí; al parecer, sólo reconocía la existencia de quienes estaban de acuerdo con ella.

    —Claro que es una gran idea. —Agarró el brazo de Red en la férrea tenaza de la intimidad—. Puedo ver que va a tener usted un gran éxito en el poblado Mayflower, señor Cocciolone.

    Mamie intervino, el tono de voz tan frío como el nitrógeno líquido:

    —Se lo he dicho: Cocciolone es el nombre de soltera de Carol Jeanne. Lo usa profesionalmente, pero los demás somos Todd.
    —Oh —dijo Penélope—. Ya me lo dijo antes, ¿verdad? —Dirigió a Mamie la más dulce de las sonrisas. Sólo sus palabras revelaban lo tóxica que podía ser aquella sonrisa—. ¿Sabía, querida —dijo a Mamie—, que cuando los vi por primera vez supuse que usted era Carol Jeanne Cocciolone? Me pareció que esta dulce muchacha era demasiado joven para ser la gaióloga más grande del mundo. Mientras que usted era la única que parecía lo bastante mayor para haber trabajado con el mismísimo James Lovelock.

    Me revolví de risa. Carol Jeanne me hizo callar con un gesto.

    —Me temo que nunca he tenido el privilegio de conocer a James Lovelock. Estudié con su alumno, Ralph Twickenham.

    Penélope sonrió.

    —Oh. Nuestro poblado inglés se llama Twickenham. Son muy religiosos. ¿Es el mismo Twickenham?
    —Probablemente. Twicky es muy famoso.
    —Carol Jeanne es muy famosa —interrumpió Red—. El poblado católico solicitó el nombre Cocciolone, pero Carol Jeanne dijo que no vendría al Arca a menos que llamaran a su pueblo de otra forma.
    —Mejor que mejor —dijo Penélope—. Asís suena mucho mejor, ¿verdad? Está toda esa historia de San Francisco dando de comer a los pájaros, y Asís es mucho más fácil de pronunciar, ¿no?

    Volví a reírme. Penélope me miró y, por seguridad, se puso las manos a la espalda.

    —De todas formas —añadió—, todo el poblado la ha estado esperando. Se entusiasmarán cuando la vean en el funeral. Imaginen nuestra buena suerte, tener al jefe administrador y a la jefa gaióloga en el mismo pueblo. ¡Que afortunada coincidencia!
    —Mi hijo Red va a contribuir extraordinariamente al viaje también —dijo Mamie, colocando su mano sobre el hombro de Red para indicar quién era. Y entonces, para asegurarse de que la alcaldesa comprendiera lo importante que era, se encargó de que Penélope advirtiera el importantísimo símbolo de su estatus—. Su testigo no es ni la mitad de problemático que el mono, ¿ve usted? —y señaló a Pink, que simplemente se quedó allí plantada, con su aspecto de cerdo.
    —Un cerdo —dijo Penélope, con la voz átona y carente de entusiasmo—. Que bonito. —Tras dirigir una brevísima mirada a Pink, se volvió hacia Carol Jeanne—. Dígame, doctora Cocciolone, ¿que piensa del Arca? —preguntó respetuosamente.
    —Como señaló Mamie cuando llegamos, parece Kansas, con una curva —dijo Carol Jeanne.

    Nunca había sentido ninguna atracción especial por Kansas, pero Penélope hinchó el pecho de orgullo, como si hubiera sido un cumplido personal.

    —Kansas, pero el aire huele a ropa interior sucia —añadió Stef. Habló en voz baja, entre dientes. Si esperaba que Penélope le oyera, su deseo se hizo realidad.
    —Son flores, querido; berros. El olor está más concentrado aquí en el Arca a causa de la atmósfera artificial.

    Salté del hombro de Carol Jeanne y aterricé de lleno sobre una planta de berro, cogí la flor más pequeña que pude encontrar y me la comí. Sabía mucho mejor de lo que olían los humanos que me rodeaban. A excepción de Carol Jeanne, por supuesto. Habría sido desleal por mi parte admitir que Carol Jeanne olía igual que los demás seres humanos, así que no lo hice. Ni siquiera ante mí mismo.

    Stef contempló las flores naranja como si deseara que desaparecieran.

    —Que cosa más fea —dijo.
    —¿Sí? A mí me parecen bonitas —dijo Penélope—. Pronto apenas notarán el olor. También cultivamos lirios en el valle, y ésos sí que son perfumados.

    No añadió que eran tan letales como el veneno de cobra. Así son los humanos. Cuando dejan la Tierra para comenzar un mundo nuevo, llevan venenos consigo: sólo para hacer el nuevo mundo más excitante. No me habría sorprendido saber que llevaban mambas negras en los bancos de embriones, con la teoría de que las serpientes podrían comerse a todos los roedores apestosos que habitaran el nuevo planeta.

    Penélope se sacudió las manos oficiosamente y dijo:

    —Bueno, ya hemos charlado bastante. Querrán ir a Mayflower; el metro está bajando esta escalerilla.
    —¿Escalerilla? —preguntó Mamie, pálida.

    No había subido por una escalerilla en su vida. Siempre contrataba a gente para hacerlo. Yo sospechaba que incluso de niña contrataba a los hijos de los criados para que treparan a los árboles por ella.

    —Arriba y abajo cambian aquí —explicó Penélope—. Las escalerillas son la única manera práctica de pasar de un nivel a otro sin utilizar espacio útil con escaleras que acabarían siendo una pared o el techo durante medio viaje. Además, ya que nunca nos movemos a más de dos tercios de la gravedad normal de la Tierra, mucho menos durante el viaje real, las escalerillas son muy fáciles de subir. Todos somos de pies ligeros por aquí.
    —Con todo, usar escalerillas es muy restrictivo —dijo Red, señalando a Pink.

    Era bastante ágil; era una cerda joven, y sus mejoras la hacían todo lo lista que puede ser un cerdo. Podía subir escaleras y saltar sobre los muebles, pero no podría manejarse con una escalerilla de mano. La gente del Arca tendría que haber mencionado el asunto de las escalerillas antes de permitir a Red traer a su testigo. O tal vez lo hicieron, y Red insistió en traer a Pink de todas formas. Sólo alguien que se aferrara desesperadamente a cada jirón de estatus personal habría insistido en traer al espacio a un testigo sin pies funcionales o pulgares oponibles.

    —Hay un ascensor —dijo Penélope, ofreciendo su rostro más servicial a Red y Mamie—. Para cargas pesadas.

    Como Pink apenas entraba en la categoría, la observación parecía señalar vagamente a Mamie, y por la expresión de leve disgusto en su cara, Mamie no pasó por alto la puya. Era bastante absurda, viniendo de Penélope; aunque Mamie era redonda, era tan pequeña que cada uno de los pechos de Penélope pesaba sin duda más que ella. Penélope obviamente era una persona a quien no le gustaba cambiar sus planes para contentar a otras personas.

    Nos condujo a otro ascensor, uno pequeño diseñado para personas en vez de carga, y nos apretujamos dentro para el viaje de descenso. Luego nos acompañó a la plataforma del metro. El vagón sólo tardó un instante en llegar. Penélope nos acomodó con eficacia y pulsó el nombre de nuestro poblado, Mayflower, en la pantalla de destinos. Hubo un sonido neumático mientras los magnetos giraban y el vagón se alzaba del suelo. Entonces, suavemente, se deslizó a través de la red de tubos, escogiendo su camino en cada intersección.

    Mientras nos deslizábamos, Penélope insistió alegremente sobre el urgente asunto de convertirse en nuestra amiga del alma.

    —Ahora que nos hemos acomodado, háblenme de ustedes. Naturalmente, lo sé todo sobre usted, doctora Cocciolone.

    Carol Jeanne la interrumpió.

    —Por favor, nada de títulos. Llámeme Carol Jeanne.

    Penélope se aferró al nombre y jugueteó con él como un gato.

    —Carol Jeanne, entonces —dijo—. Qué nombre tan bonito, Carol Jeanne. Estoy tan contenta de que seamos amigas, Carol Jeanne.

    Tras dirigir una sonrisa de victoria a la última celebridad de Mayflower, se volvió a Red, que agarraba a Emmy por los rizos para impedir que se escapara.

    —Ahora, señor Cocciolone, ¿cómo debo llamarle?
    —Es el señor Todd —corrigió Mamie—. Redmond Eugene Todd. Le llamamos Red. Carol Jeanne es la señora Todd.

    Pobre Mamie. ¿No se daba cuenta de que Penélope vencía siempre?

    Penélope y sus pechos la ignoraron.

    —¿Y qué hace usted? —preguntó a Red.
    —Soy consejero familiar.

    Red siempre parecía orgulloso cuando lo decía, como si tuviera un empleo de verdad, e hiciera un trabajo de verdad. Ser consejero familiar me parecía tan inútil como ir a la iglesia: era sólo una forma de perder el tiempo con las emociones en vez de concentrarse en lo que era realmente importante. Sin embargo, probablemente Red fuera bueno en lo suyo; era uno de esos humanos toquetones que se comunican con abrazos y palmadas en la espalda, siempre cloqueando con desconocidos y diciéndoles “Comprendo, comprendo”. Los humanos lo apreciaban por ello.

    Penélope parecía poco impresionada por su ocupación.

    —¿Interno o externo?

    Red no entendió.

    —Normalmente atiendo a la gente en un despacho, si se refiere a eso.
    —¿Ni siquiera sabe lo que es interno o externo? —El silencio fue toda la respuesta que necesitaba—. El exterior es allá en la superficie, donde brilla el sol, donde crecen las cosechas. Donde todos vivimos y cultivamos. Los poblados. El interior es aquí abajo, en los espacios cerrados, donde trabajamos. Nuestros trabajos. Es como si todos lleváramos una doble vida. Nuestra vida interior, cuando trabajamos con la gente de nuestra profesión, igual que en un edificio de oficinas en la Tierra, y nuestra vida exterior, cuando vivimos con nuestros compañeros de poblado.
    —¿Y los consejeros familiares se especializan en interior o exterior? —preguntó Red.
    —Los consejeros exteriores son nombrados por el administrador jefe del Arca para servir a cada poblado —dijo Penélope—. La gente acude a ellos cuando tiene problemas en los pueblos. Ser un consejero exterior es el mayor honor para una persona… excepto ser el alcalde, claro. Sólo las personas más compasivas del poblado pueden realizar un trabajo como ése.
    —Entonces nuestro Red será consejero exterior, por supuesto —dijo Mamie. La mujer mordía el cebo tan ansiosamente como una trucha salta para volar sobre el estanque de camino a casa, y me disgustaba lo fácilmente que Penélope la echaba al saco—. Es la persona más compasiva que he conocido jamás.
    —Vaya. Es una noticia interesante… No sabía que el consejero de Mayflower fuera a ser sustituido. —Creo que no imaginé la sonrisita en la voz de Penélope, pero para su crédito no la mostró en los labios—. Los consejeros familiares con formación científica están en el interior, por supuesto, en oficinas. Pero siempre pienso que los consejeros interiores son para cuando las personas están…, ya saben… ¿Cuál es la palabra?
    —Clínicamente enfermas —apuntó Carol Jeanne.
    —Locas —dijo Penélope al mismo tiempo—. Como se llame. Acudes a un consejero de poblado porque quieres hablar con alguien en quien puedas confiar. Acudes al consejero de oficina porque tu supervisor piensa que tus problemas interfieren con tu trabajo. Es tan estéril y aterrador…

    Red intentó parecer alegre, aunque sin duda se rebullía ante sus primitivas actitudes hacia la terapia.

    —Soy consejero interior, supongo. Trabajo para el personal. Sin duda en una oficina.
    —Vaya, que interesante —dijo Penélope, al parecer completamente ajena al hecho de que acababa de insultar su profesión.

    Pero estoy seguro de que sabía desde el principio que Red era uno de los estériles y aterradores. Ignorando a Red, volvió su atención hacia Mamie y Stef.

    —Y ustedes… ¿Cuáles son sus nombres, y qué hacen?

    Miró a Mamie, expectante. Yo ansiaba ver qué diría para poner a Mamie en su sitio.

    —Somos los padres de Red —contestó Mamie—. Yo soy Mamie Foxe Todd, y éste es mi marido, Stephan Brantley Todd. Todo el mundo le llama Stef.
    —Yo le llamaré Stephan —dijo Penélope, hablando a Mamie como si Stef fuera incapaz de hacerlo por sí mismo—. Stef suena a infección bacteriana. Y… ¿cómo se ganan la vida?
    —No hacemos nada —dijo Mamie—. Stef es un hombre de medios, así que no puede decirse que jamás haya tenido un empleo. Por supuesto, de todas formas ahora estaría jubilado. Es mucho mayor que yo; tiene sesenta y tres años.

    Esperaba que Penélope alzara las cejas ante aquello. Stef no parecía en modo alguno rondar los sesenta y tres. Semejaba de setenta y cinco, y bastante estropeado además. Años de vivir con Mamie lo habían agotado hasta hacer que se encogiera sobre sí, como si se hubiera encerrado en su propia piel para escapar del veneno. Pero Penélope no vio nada de eso. Sonrió coqueta a Stef y le palmeó el antebrazo. Estaba flirteando con aquel viejo fósil decrépito, y Stef respondió. Le devolvió la sonrisa, y de su rostro cayeron años. Una vez, hacía siglos, había sido un hombre guapo.

    Mamie se aclaró la garganta. Al mencionar a Stef había perdido su lugar como centro de atención, y quería recuperarlo.

    —Naturalmente, yo nunca he trabajado de forma remunerada, aunque he hecho bastantes trabajos voluntarios. Espero continuar con ese tipo de actividades aquí, y Stef sin duda colaborará como hacía en casa.

    Penélope retiró la mano del brazo de Stef y frunció el ceño. Comprobó su ordenador portátil. Luego, tras no obtener nada en claro de la pantalla, lo cerró.

    —Me temo que no es una buena noticia —dijo—. Decididamente no es una buena noticia. Todo el mundo tiene que trabajar, tanto en el interior como en el exterior. Está en el Compacto. ¿No lo recuerdan?
    —¿Qué Compacto? —preguntó Mamie, en blanco.
    —El contrato que firmaron antes de venir aquí, naturalmente.
    —¿Eso? Todo lo que hice fue firmarlo. Era muy largo.
    —¿No lo leíste? —preguntó Carol Jeanne.
    —¿No lo leyó? —coreó Penélope. La piel se tensó en su cuello, y sus pechos de mamut se abalanzaron hacia adelante como cabezas nucleares—. El Compacto lo es todo. Cuando lo firmó, accedió a trabajar en Interior y Exterior. Esta es una comunidad trabajadora; no podemos permitirnos los zánganos. En justas partes, así es como vivimos. Todo el mundo hace su parte justa y recibe su parte justa a cambio.
    —¿Qué más aceptamos? —La voz de Stef sonaba más seca, sedienta.
    —¡Dios santo! Hay tantas cosas que no podría enumerarlas. Tendrán que volver a leer el Compacto. Sólo puedo decirles una cosa: lo han firmado, y son responsables de cumplir su parte del trato, supieran lo que firmaban o no.

    Se produjo un incómodo silencio. Emmy empezó a gimotear y Stef le tendió los brazos; la niña se subió a su regazo y se metió el pulgar en la boca. Casi de inmediato se quedó dormida.

    Carol Jeanne contempló a través de la ventanilla las vacías paredes del tubo deslizándose junto a nosotros, y Red acarició la coronilla de Lydia. Sólo Mamie no se sentía intimidada por Penélope. Así que contempló su pecho durante un buen rato, viéndolo subir y bajar como algunas personas se sientan a contemplar las olas del océano. Entonces, como si hubiera tomado una decisión consciente para ser agradable, la expresión de Mamie se suavizó.

    —Hábleme de Mayflower —pidió alegremente, usando el tono cantarín que habitualmente reservaba para Lydia y Emmy—. Cuéntemelo todo sobre el lugar en que vamos a vivir.

    Penélope, obviamente, era ajena al esfuerzo que Mamie estaba haciendo.

    —Lo leyó todo sobre nosotros cuando escogió el lugar donde instalarse —dijo—. Somos tal como nos describe el prospecto.
    —No leí el prospecto.
    —Yo tampoco —admitió Carol Jeanne—. Aparte de los papeles legales que firmé, no leí los detalles. He estado tan ocupada planeando nuestro trabajo una vez llegados al nuevo planeta que no he tenido tiempo de pensar en el Arca. Me temo que dejé todas esas decisiones a Red.

    Carol Jeanne se sonrojó y con razón. Red no había tomado una decisión racional en su vida. La verdad era que me había dejado a mí la lectura, y por eso al parecer yo era el único del grupo que sabía lo que nos esperaba. Carol Jeanne sabía que la informaría de todo lo que necesitara saber, cuando fuera preciso. Al menos, eso es lo que haría en cuanto tuviera un portátil o un ordenador de sobremesa para poder comunicarme por completo con ella.

    Penélope pareció contrariada; luego se hinchó de importancia e inspiró profundamente.

    —Bueno, tendré que contárselos yo misma. Para empezar, somos presbiterianos.

    Mamie arrugó la nariz.

    —No hay presbiterianos entre nosotros —dijo—. Yo soy congregacionista; Stef, Red y las niñas son episcopales. Y naturalmente, con un nombre como Cocciolone, Carol Jeanne tenía que ser católica.

    Mamie lo decía como si fuera un viejo chiste familiar, pero su sonrisa era tensa. De su boca irradiaban arrugas como las patas de una araña.

    —Mayflower fue una solución de compromiso, madre —dijo Red pacientemente, como si se lo hubiera explicado un centenar de veces antes.

    Yo se lo había oído decir tantas veces que quería arrojarle heces cada vez que lo repetía. Cuando leí la información supe de inmediato que Carol Jeanne debería vivir en el poblado de Einstein, con la gente para quien la ciencia era la vida, no sólo un trabajo; o en Mensa, con los paganos ateos. Habría habido menos distracciones de esa forma. Pero no, Mamie insistió en vivir entre cristianos. Su rama de cristianos, por supuesto… Sólo más parecido que pudiera encontrar.

    Mamie sonrió indulgente a su hijo querido.

    —Claro que Mayflower es un compromiso, Redmond. Eso me hace muy feliz.

    Penélope sonrió también.

    —Y será más feliz cuanto más nos conozca —dijo alegremente—. Somos de mentalidad bastante abierta. Los presbiterianos son gente tolerante. Todas las religiones son la misma, de todas formas, mientras sean cristianas. De hecho, incluso conviven con nosotros tres familias judías, porque el pueblo de Bethel es demasiado ortodoxo para ellas, y también hay algunos mormones porque nadie más los quería. Tienen sus propios servicios religiosos, por supuesto, pero a no ser por eso nunca diría que pertenecen a una secta.
    —Qué interesante —dijo Mamie, claramente desinteresada.

    No le agradó particularmente saber que en su poblado había judíos y fanáticos. En su vida había tenido que relacionarse con aquella clase de gente, excepto cuando la servían como abogados, dependientes o criados.

    Penélope no captó el sarcasmo de Mamie.

    —De hecho, creo que la mayoría de la gente reconoce que Mayflower es el mejor poblado de todos. Para empezar, el administrador en jefe vive aquí. Eso da al poblado cierto… prestigio, digamos; algo que los otros no tienen. Convierte a Mayflower en… Bueno, no hay ninguna capital en el Arca, pero si la hubiera, sería Mayflower.
    —¿Sí? —La boca de Mamie se relajó en un intento de sonrisa.
    —Y ahora tenemos también a la gaióloga jefe. La gente mataría por vivir en Mayflower. ¡Oh, las fiestas que tendremos! Después de que acabe el luto, por supuesto. Espero que Cyrus se case pronto.
    —¿Cyrus? —preguntó Stef, más cansado que curioso.
    —El administrador jefe, papá —dijo Red—. Vamos a asistir al funeral de su esposa. —Red hablaba como si ansiara acudir.
    —Empieza dentro de unos minutos —dijo Penélope—. Mayflower está justo delante. Deberíamos parar ahora mismo.

    Con una sincronización que era o bien una afortunada coincidencia o el resultado de una consumada práctica por parte de Penélope, el metro se posó sobre sus ruedas en el instante en que terminó de hablar, y en un momento nos detuvimos. Las puertas se abrieron y Penélope nos condujo al andén. No llegaríamos a nuestra vivienda hasta al cabo de siete horas pero, en cierto modo, estábamos por fin en casa.


    4. EL FUNERAL DE ODIE


    Cuando vimos por fin el poblado de Mayflower, nadie se sorprendió más que yo. Habíamos volado todos aquellos kilómetros lejos de la Tierra sólo para volver a casa. A no ser por el clima, podríamos haber estado de nuevo en Temple, New Hampshire. Las fotografías del prospecto no me habían preparado para lo mucho que se parecía a Temple el pueblo del Arca.

    Mayflower no había sido construido reproduciendo nuestro pueblo natal, claro. Simplemente, tanto Temple como Mayflower habían sido diseñados, con siglos de diferencia, para parecerse a cualquier otro pueblecito de Nueva Inglaterra. El ascensor que surgió del tubo nos dejó en una plaza igual que la que había en Temple. Césped en el centro, con edificios blancos alrededor. Uno de ellos parecía un almacén. Otro podría haber sido una estafeta de correos, aunque era improbable. Lo único que faltaba era un cañón de la guerra de la Independencia en el centro de la plaza; eso y un gran reloj que marcara las horas. Incluso había una iglesia al fondo de la plaza, tan blanca como cualquier otra estructura del poblado.

    Había una diferencia, y era importante: todos los edificios eran inflables. Todos parecían rechonchos y perecederos. Yo sabía que los edificios inflables eran vitales aquí: todas las estructuras tenían que ser diseñadas para poder ser retiradas y almacenadas durante cada cambio, y luego levantadas de nuevo rápidamente cuando el suelo hubiera vuelto a estabilizarse. Incluso así, las hinchadas estructuras me recordaban muchísimo los pechos de Penélope. Aquel lugar sería el cielo para alguien sin escrúpulos que tuviera un alfiler.

    Mientras me aferraba al cuello de Carol Jeanne, Mamie era la única que bloqueaba mi campo de visión. Abría y cerraba la boca, igualito que un pez de colores en una pecera.

    Supe que iba a decir algo en cuanto recuperara el aliento.

    —Santo cielo —dijo por fin—. Todos los edificios parecen globos.
    —¡Son casas de dibujos animados! —chilló Lydia.
    —Nuestra casa no será así, ¿verdad? —preguntó Mamie.
    —Oh, que lata —dijo Penélope—. Claro que lo será. El prospecto lo explicaba todo… Pero no lo leyó, ¿verdad? Se me olvida constantemente. Nunca había oído de nadie que viniera sin leerlo.
    —Tenía cosas más importantes que hacer…, como empaquetar nuestras pertenencias. Y despedirme de mis amigos.

    Red se había encargado de empaquetar; lo único que Mamie había hecho había sido señalar y ordenar. Y ¿de qué amigos hablaba? Mamie tenía conocidos a puñados, pero ninguno de sus iguales del club de campo sería tan esnob como para tener amigos. Su diversión principal era agruparse y criticar a los que no hubieran acudido ese día o se hubieran marchado ya.

    Las comisuras de la boca de Penélope se curvaron un poquito hacia arriba. Yo ya sabía que tenía una vena sarcástica, y casi empezaba a gustarme por ello.

    —Piense —dijo— que nunca volverá a tener que decirle adiós a nadie mientras viva.

    Mamie la miró con suspicacia.

    —¿Qué quiere decir?

    Penélope fue todo inocencia.

    —Bueno, todos estaremos juntos para siempre. Una gran familia feliz y permanente.
    —Mamie trata a todos sus amigos como si fueran familia —intervino Stef.

    ¿Captó Penélope el doble sentido de aquello? Mamie, desde luego, se dio cuenta de que pasaba algo: dirigió a su marido una mirada aplastante. Pero la sonrisa de Penélope se ensanchó aún mas.

    Lydia tiró de la camisa de Red, tan desesperada por llamar la atención como su abuela.

    —¿Hemos llegado ya a casa? —preguntó—. ¿Cuándo desayunamos? ¿Por qué parecen todas las casas dibujos animados?
    —Son edificios globo, Lydia —dijo Red—. La gente los hincha soplando como si fueran globos.
    —¡Oh, sí que nos agotaríamos si tuviéramos que soplar! —dijo Penélope—. No, hay una espita de aire en el interior de cada casa, que produce la suave presión que mantiene las estructuras de pie.
    —Parece que habrá corrientes —dijo Mamie.
    —Agradable y refrescante, es lo que piensa la mayoría de la gente —contestó Penélope.
    —¿Y si falla el sistema de ventilación? —preguntó Stef.
    —Oh, Stef, ¿siempre tienes que hacer preguntas preocupantes delante de las niñas?
    —Hay una estructura semirrígida en las paredes. Siempre se puede salir, y siempre hay aire suficiente para respirar. Pero ha sido una pregunta muy buena —dijo Penélope, y palmeó a Stef en el brazo.

    Stef sonrió débilmente; sabía que, pasara lo que pasase en esta silenciosa pelea de gatos entre Mamie y Penélope, él pagaría las consecuencias más tarde.


    Ya que no podíamos escapar del funeral, nos encaminamos hacia la iglesia siguiendo a Penélope. Caminar era sólo un estado mental en el Arca, porque la menor gravedad aligeraba nuestros pasos. De hecho, lo hacía tanto que practicamente todo el mundo tropezó varias veces.

    —Es la física —explicó Penélope, alegremente—. Seguimos teniendo la misma masa, aunque no el mismo peso. Así que avanzamos con la misma fuerza de siempre, y la gravedad no ayuda a frenar. Las niñas sin duda chocarán un montón de veces contra las paredes hasta que aprendan a detenerse. Es otra ventaja de las paredes inflables: no te haces daño si chocas contra ellas.

    Inspeccioné el pueblo mientras cruzábamos la plaza, y me divirtió ver que todos los árboles enanos que componían los huertos y configuraban el paisaje aquí y allá estaban limpiamente contenidos en macetas. La cualidad de portátil era lo que contaba. No habría ningún castaño lo bastante grande para dar refugio al herrero de pueblo, a menos que los alfareros tuvieran tornos excepcionalmente grandes.

    La gente seguía dirigiéndose hacia la iglesia que daba a la plaza del pueblo; el funeral no había empezado todavía.

    Cuanto más nos acercábamos a la iglesia, más parecía una parodia de las que había en New Hampshire. La iglesia inflable tenía un campanario inflable, tan inútil como los campanarios de la Tierra. Se habían tomado muchas molestias para hacer que Mayflower se pareciera a casa tanto como fuera posible, pero en mi opinión unos humanos tan susceptibles a la morriña del hogar tendrían que haberse quedado donde les correspondía, en el planeta.

    Ante la iglesia había una mesa, cubierta hasta arriba de paquetes blancos. Había una mujer sentada, con aspecto oficioso.

    —Oh, eres tú, Penélope —dijo, cuando nos acercamos—. Estoy segura de que querrás difundir la palabra sobre Odie Lee.
    —¡Oh, vaya, sí!

    Penélope extendió sus dedos salchichescos, y la mujer le tendió un extraño objeto envuelto en una especie de vaina protectora blanca. Parecía una flor, con el tallo verde y hojas de filigrana. Pero en lo alto del tallo la flor era un amasijo de hilillos blancos que parecían a punto de dispersarse al menor contratiempo.

    —Son dientes de león —dijo Stef, silbando secamente.

    Mamie soltó una risita.

    —¿Han traído hierbajos al Arca? Incluso en el campo teníamos exterminadores. Hace años que no veo un diente de león.

    Penélope sacudió la cabeza vigorosamente.

    —Puede que sean dientes de león, pero no son hierbajos. Es una flor muy útil. El poblado de Gloria los cultiva por las hojas. No hay nada mejor que un plato de ensalada de dientes de león. En el poblado de Plymouth los cultivan por las hojas amarillas: se puede hacer un vino delicioso con los capullos. Y a las abejas les encanta, claro. —Hizo botar su mano de salchicha sobre la cabeza de Lydia unas cuantas veces; sin duda pretendía que el gesto fuera una palmadita cariñosa—. Te gusta la miel, ¿verdad, querida? Por eso necesitamos los dientes de león… para que las abejas puedan fabricarla para ti.

    Lydia la miró como si estuviera loca.

    —Me temo que sigo sin comprender qué tienen que ver los dientes de león con los funerales —dijo Carol Jeanne.

    Era interesante ver cómo trataba Penélope a Carol Jeanne. Le encantaba pinchar a Mamie, y disfrutaba flirteando con Stef, ya fuera porque se sentía atraída por él o simplemente por molestar a Mamie, era imposible de decir. Pero cuando Carol Jeanne hacía una pregunta, todo cambiaba. Penélope pasaba inmediatamente a ser sincera y obsequiosa. Al parecer conocía su lugar en la jerarquía, y deseaba congraciarse con la gaióloga jefe del Arca. Casi tartamudeaba cuando le hablaba a Carol Jeanne. O realmente estaba impresionada o era muy buena simulándolo.

    —Es una pequeña costumbre que hemos establecido aquí —dijo—. Espero que no piense que somos tontos. Es una forma de… no sé, de compartir. Devolver los muertos al mundo. Soltar el alma para que vuele. Ya verá cómo funciona. Todos los poblados lo hacen… Es cosa del Arca, no sólo de Mayflower.
    —¿Necesitaremos dientes de león? —preguntó Carol Jeanne.
    —Oh, no lo creo. Quiero decir… ¡ni siquiera conocían a Odie Lee! ¿Cómo podrían difundir la palabra sobre una desconocida?

    Carol Jeanne no dijo nada, pero yo supe que estaba pensando: si Odie Lee era una desconocida, ¿que hacíamos en aquel funeral?

    Penélope nos llevó al interior de la iglesia, sosteniendo su paquetito con el diente de león como si fuera un frasco de nitroglicerina líquida.

    —Sentémonos aquí —susurró—. ¡No! Hay un sitio mejor ahí delante.

    Nos abrió paso entre la gente que se congregaba en los pasillos. Tuvimos que avanzar en fila mientras ella anunciaba en voz alta:

    —¡Apartaos, por favor! Tenemos invitados importantes. Los Cocciolone acaban de llegar. Por favor, dejad paso a los Cocciolone.

    Los cuellos se torcieron para vernos. Carol Jeanne se quedó cortada, por supuesto; odiaba las trampas de la celebridad, y el hecho de que Penélope pronunciara su nombre en voz alta fue penoso. Pero a Mamie le encantó. Oh, no le gustaba que Penélope nos identificara a todos con el apellido Cocciolone; pero tener todos los ojos encima, con la gente esforzándose por vernos… eso era la gloria. Carol Jeanne tal vez estuviera intentando desaparecer, pero Mamie avanzaba por el pasillo como un transatlántico rodeado de remolcadores. Ella sabía parecer importante. Todos los que nos miraban asumirían de modo natural que, de entre nosotros, ella era la celebridad.

    Penélope ocupó el centro de un largo banco y palmeó el sitio que tenía al lado para que nos sentáramos junto a ella. Uno tras otro ocupamos nuestros lugares. Pink gruñó una vez y Red la cogió en brazos para que pudiera ver. Yo nunca tenía que interrumpir los pensamientos de Carol Jeanne para recibir una ayuda como esa, aunque claro, no importaba mucho que los pensamientos de Red fueran interrumpidos o no.

    —¡Mira! ¡Un mono! —Era una niñita fea que estaba en la fila que teníamos delante—. ¿Habías visto nunca unas manos tan negras y pequeñas?

    Ella tenía los dientes torcidos y la nariz aplastada, como si alguien hubiera utilizado su cara como cojín. Calculé que tendría once o doce años. Más cercana a la inteligencia que Lydia o Emmy; era lo bastante madura para reducir sus observaciones a un susurro, aunque por supuesto yo podía oírla facilmente. El niño que estaba a su lado, sin duda su hermano mayor, se volvió a mirar.

    —También hay un cerdo —dijo—. Deben ser testigos.

    Ella puso cara de disgusto.

    —Claro que son testigos. Se nota en los enchufes de in-out que tienen en la nuca. Por ahí se conectan a los ordenadores. —Torció el cuello para echarle otro vistazo a Pink—. Además, ¿quién dejaría que un cerdo entrara en una iglesia si no fuera un testigo?

    Él puso los ojos en blanco y se volvió de nuevo hacia el frente.

    —¿Quién querría tener un cerdo por testigo? Es la elección más estúpida que he visto en mi vida. Deberían tener dos monos.

    Supe al instante que eran niños inteligentes, encantadores, y con narices aplastadas y dientes torcidos y todo no eran criaturas feas en absoluto.

    —Quienesquiera sean —dijo la niña—, tienen que haber salido de la nave hace un momento. Huelen como si no se hubieran bañado en un mes.

    Niños observadores, niños lógicos. Esperaba que Carol Jeanne y Red hubieran oído sus comentarios. Todo el mundo apestaba, pero yo era bonito. Era práctico. Era un testigo perfecto. Por otro lado, Pink no podía encaramarse a un banco sin ayuda, y permanecía sentada sobre el regazo de Red tan precariamente que parecía que estaba en un alambre de equilibrista.

    Parloteé para los niños e hice muecas; el niño advirtió pronto que me estaba burlando de él y estoicamente se puso a mirar hacia adelante, pero la niña no paraba de volverse para mirarme. Hice el pino. Ella sonrió. Meneé las caderas. Ella se echó a reír y su hermano le dio un codazo.

    Carol Jeanne se relajó en su asiento mientras yo actuaba. Sabía lo que sucedía, pero no le importaba. Creo que pensaba que la gente corriente se sentiría menos cohibida con ella si yo les gustaba.

    Demasiado pronto, un tipo esmirriado puso el sintetizador a todo volumen y la ceremonia comenzó con un himno protestante. Mientras los asistentes desafinaban con la música, la estrella del funeral —la muerta en persona— fue conducida pasillo abajo en un carrito. Era gruesa y con aspecto sanote; no parecía tan enferma como para estar allí muerta. Por la forma en que la empujaban hacia la parte delantera de la iglesia, parecía el plato principal de un banquete. Carol Jeanne habría apreciado esa observación, y una vez más deseé tener una pizarra a mano.

    Todo el mundo permaneció respetuosamente sentado durante la invocación. Acaricié a Carol Jeanne mientras todos tenían la cabeza gacha. El sacerdote fue al grano justo después de la oración, sin detenerse siquiera a respirar entre el amén y las frases de recibimiento.

    —Estamos aquí reunidos en una ocasión triste, pero gloriosa.

    Hizo un trabajo notable con su expresión facial; parecía al mismo tiempo apenado y exaltado, como la pintura medieval de un santo. Le imaginé practicando delante de un espejo durante sus años de estudio en el seminario.

    —Odie Lee Morris era la esposa de nuestro jefe administrador. Si ése hubiera sido su único mérito, la gente la habría honrado, pues fue una compañera agradable para ese buen hombre durante toda su vida.

    Se detuvo para permitir que esta profunda idea calara hondo. El tipo era un filósofo, un poeta de lo cotidiano.

    —Pero la alabanza del mundo no significaba nada para Odie Lee —continuó. También tenía una nuez de Adán notablemente grande y activa—. Desde el momento en que puso los pies en el Arca, se consagró a los demás. Era una mujer que nunca se preocupaba de sí misma. A pesar de su mala salud…, y los que la conocíamos bien sabemos cuanto sufrió Odie Lee, pasó su vida atendiendo las necesidades de los demás.

    El sacerdote inclinó la cabeza un instante. Su nuez de Adán tembló indecisa, esperando una pista para volver a bailar.

    —Pero basta de mis humildes palabras. —Su tono había cambiado. Había acabado la parte sacerdotal, y ahora era el maestro de ceremonias—. No hablaré de ningún credo o doctrina particular. Odie Lee vivió como cristiana… una cristiana ejemplar, por cierto, pero nos pertenecía a todos los del Arca, cristianos o… —Las palabras pagano, infiel y hereje sin duda pasaron por su mente— no cristianos. Ahora es el momento de dejar que las personas que la amaron difundan la palabra sobre Odie Lee. Formen una fila aquí, a la izquierda del atril. Esperen su turno. Todo el mundo que quiera hablar tendrá una oportunidad.

    Inmediatamente, docenas de personas se levantaron y se dirigieron a la parte delantera de la iglesia. Los que permanecieron sentados murmuraron su aprobación por el número de gente que formaba cola.

    —Ahí pueden ver lo importante que era Odie Lee —nos dijo Penélope, mientras pasaba por encima de nosotros para llegar al pasillo—. Normalmente, sólo unas cuantas personas difunden la palabra. Hoy lo harán más de cincuenta.

    Cuando llegó al pasillo, su pechera la precedió hasta el atril, donde se puso en cola seguida de unas veinte personas más. La multitud guardó por fin silencio y el sacerdote llamó a la primera mujer de la fila. Ésta se plantó ante el micrófono y con cuidado quitó la caperuza protectora a su diente de león.

    —Me gustaría difundir la palabra por Odie Lee —dijo—. Odie Lee era un ángel en forma humana. Sus compañeras de oración y ella fueron las primeras en ayudarme cuando mi marido Hyrum enfermó de cáncer de próstata. Nunca sabré cómo descubrieron que necesitábamos ayuda, pero un día aparecieron en mi puerta trayendo comida, para dirigirnos en nuestras plegarias. Eso es lo que recordaré de Odie Lee.

    Cuando la oradora terminó, permaneció inmóvil ante el atril. Entonces, vacilante, la multitud murmuró:

    —¡Difundid la palabra!

    Tímidamente, la mujer colocó la flor blanca ante su boca y tras llenar sus carrillos de aire, sopló con fuerza. De inmediato la pelusilla se desintegró; filamentos blancos se esparcieron en todas direcciones. Muchos de ellos aterrizaron sobre la forma inerte de Odie Lee, que yacía en su carrito, bajo el atril. Otros fueron llevados por las corrientes de aire y volaron al azar por todo el santuario.

    Un manojo de filamentos aterrizó sobre la cabeza de un hombre situado dos filas por delante de mí. Salté del brazo de Carol Jeanne y me posé sobre el hombro y el regazo de la niñita que teníamos delante; ella se quedó boquiabierta. Tras encaramarme al respaldo del siguiente banco, extendí la mano y cogí el trocito de pelusa de diente de león de la coronilla del hombre. Varias personas se volvieron a mirarme, sonriendo, frunciendo el ceño o señalando, pero yo los ignoré. Sólo me interesaba el proyectil. Lo llevé de vuelta a Carol Jeanne y se lo tendí, pero ella sacudió la cabeza y palmeó el hueco de su brazo para que me sentara junto a ella.

    Me acomodé junto a su cuerpo e inspeccioné mi hallazgo. La porción blanca era suave como la lana. Me hice cosquillas en la nariz. Luego estiré el brazo y le hice cosquillas a Carol Jeanne con sus filamentos como de pluma. Ella me miró y sonrió.

    Unida a cada filamento había una semilla marrón pálido. Eso lo explicaba todo. Una vez visto el motivo de la exposición de los hilillos blancos, no tenía otra cosa que hacer sino descartar la pelusa y comerme las semillas. Pero no tenían sustancia; estaban secas y no sabían a nada.

    La siguiente voz en el atril fue tan fuerte, llorosa y discordante que picó mi curiosidad.

    —Fui compañera de oraciones de Odie Lee —dijo la mujer—. Siempre era la primera en saber quién tenía un problema y en dirigir las oraciones por su bien.

    Oí la voz de otra mujer murmurar en la fila que teníamos detrás:

    —Eso es porque su marido no sabe tener la boca cerrada… —Alguien la hizo callar—. Cyrus le decía todo lo que contábamos confidencialmente.
    —¡Calla, Liz! —susurró otra voz.

    Liz se calló. Pero de todas formas no muchos humanos podrían haberla oído: habló en voz muy baja. Sin embargo, sus palabras me intrigaron. Tal vez la tal Odie Lee no era tan santa como Penélope y todas esas otras personas mencionaban. Me rebullí y miré por encima del hombro de Carol Jeanne para echarle un vistazo a Liz. Era una mujer bastante atractiva, muy bien constituida, sin un pelo fuera de sitio. El hombre musculoso de cuello de toro que estaba sentado a su lado tenía que ser su marido. Por la rigidez de la pose de ella, me di cuenta de que no le había gustado que la mandaran callar.

    Sin mover la cabeza ni variar su perfecta postura me contempló fríamente, hasta que yo me volví y miré hacia el atril.

    —¡Difundid la palabra! —murmuraba la multitud, con más confianza que la primera vez.

    Un soplido, y las semillas de diente de león se esparcieron por toda la iglesia. La compañera de oraciones, una mujer joven y llorosa, desfiló pasillo abajo hasta su asiento.

    —Yo era otra de sus compañeras de oración —dijo piadosamente la siguiente mujer—. Odie Lee siempre nos decía por quién había que rezar, y por qué necesitaban nuestras oraciones. Siempre llevaba la cena a la familia y le decía que rezábamos por su bien.
    —Cotillear a su costa, eso es lo que hacían —susurró Liz a mis espaldas—. Ella sólo retorcía el cuchillo.

    No pude evitar volver a mirar a Liz, y esta vez todo había cambiado. Era su marido quien mantenía una postura rígida, mirando fríamente hacia adelante, y Liz parecía mucho más relajada. Incluso me sonrió. ¿Qué clase de guerra se libraba entre esta gente? ¿Por qué gente así seguía casada, cuando la vida era una amarga competición entre ellos, una lucha que jamás terminaba?

    —¡Difundid la palabra! —ordenó el público a la llorosa joven.

    Cada vez que daban la orden, hablaban un poco más fuerte. Al final del servicio funerario, sería un rugido. Esta vez la oradora falló al soplar. Tuvo que intentarlo tres veces antes de que el tallo del diente de león quedara libre de la pelusa blanca. Cuando dejó el atril para regresar a su asiento, la mujer estaba roja de cansancio… o de vergüenza.

    Cuando Penélope llegó al atril, le dijo a la multitud que Odie Lee era la persona más honrada que había conocido.

    —De hecho, Odie Lee a menudo reconocía el sufrimiento de las personas antes que ellas mismas. ¡Con qué frecuencia lloraba porque no podían enfrentarse a la verdad! Odie Lee rezaba con ellos y les aconsejaba hasta que reconocían sus problemas y se volvían a Dios en busca de ayuda.

    Esperé a que Liz respondiera al testimonio de Penélope, pero mantuvo la lengua quieta. Naturalmente, sabía que veníamos con Penélope, y que yo la estaba escuchando, y que los testigos informan sobre lo que oyen. No podía saber que Carol Jeanne y yo no éramos amigos de Penélope, que Carol Jeanne iba a reírse conmigo por los comentarios de Liz cuando la informara más tarde.

    Como Liz permanecía en silencio, me volví y vi cómo Penélope daba un potente soplido y esparcía su diente de león por toda la iglesia. Entonces, tras haber captado la idea de lo que iba a decir la gente acerca de Odie Lee, me quedé dormido durante lo que quedaba de servicio. Siempre podría darle un repaso rápido a lo que decía el resto cuando vaciara mi memoria más tarde.


    Tras un plañidero himno y una oración, el cadáver de Odie Lee fue sacado del santuario. Salté por encima de Carol Jeanne, Stef, Mamie, Lydia y Red para ver la procesión. Sentado en el regazo de Emmy, vi cómo el carrito con Odie Lee recorría el pasillo hasta la puerta. El cadáver de la mujer estaba cubierto de filamentos blancos de diente de león. Un número desproporcionado de ellos había aterrizado sobre su mentón, formando una especie de barba. Odie Lee no parecía el tipo de mujer que disfrutaría de una perilla.

    —¿Adónde va? —me preguntó Emmy. Era una buena pregunta. Desde luego, no iban a enterrarla. Como nadie le contestó con suficiente rapidez, Emmy subió el volumen—. ¿Adónde va?

    Varias cabezas se volvieron y yo abandoné a la chillona de Emmy para sentarme con Carol Jeanne.

    —Papá no lo sabe —dijo Red, y la respuesta pareció satisfacer a la niña.

    Pero no a Mamie. En cuanto salimos de la iglesia, llevó a Penélope a un lado.

    —¿Adónde ha ido? —preguntó.
    —Supongo que quiere saber el destino final de sus restos mortales —dijo Penélope.
    —Por supuesto. ¿Dónde está el cementerio?

    Penélope alzó una ceja.

    —No hay cementerios en el Arca.

    Red dio a Mamie un golpecito en el hombro.

    —Lo que quiere decir —explicó— es que la gente que muere en el Arca es lanzada al espacio. Es como un entierro en el mar, sólo que la gente es enviada directamente al cielo.

    Penélope bajó la primera ceja y alzó la segunda. Me pregunté si era consciente de los trucos de sus cejas, o si éstas se movían arriba y abajo como una manivela estúpida e inconsciente. Red estaba casi tan atontado como Mamie.

    —Es una idea romántica —dijo Penélope—, pero nada sensata. Todo en el espacio es un arma potencial. Cierto, hay pocas probabilidades de que una nave choque contra Odie Lee; pero si alguna lo hiciera, la colisión sería fatal. No lanzamos a nadie fuera del Arca.
    —Entonces los entierran —dijo Mamie.

    Era una declaración, no una pregunta. Penélope puso los ojos en blanco.

    —Ya han estado bajo tierra. Por ahí corre el metro. Ahí tenemos nuestras oficinas. No comparto mi mesa con un cadáver. Ni siquiera con una santa como Odie Lee.
    —Entonces, ¿qué?

    ¡Santo cielo! Que mujer más obtusa.

    —Es como dice en el Buen Libro: “Cenizas a las cenizas”…

    Accedí a mis archivos informáticos bajo la etiqueta Biblia, y no encontré nada de “cenizas a las cenizas”. Pero no me sorprendió. Los cristianos dicen cualquier tontería y si sostienen que está en la Biblia, todo el mundo asiente sabiamente y acepta hasta la última palabra. Es porque nadie lee el libro. Creen en él, pero ni lo estudian ni lo leen. Naturalmente, también hay científicos así, los que aceptan la ortodoxia del pasado sin mirar jamás la evidencia por sí mismos. Pero ese tipo de gente nunca cambia el mundo; lo atraviesan, invisibles.

    Carol Jeanne lo cuestionaba todo, y como resultado había transformado su campo. Y muy pronto iba a transformar un mundo. Vivía una vida insondable para gente que asumía que todos los tópicos de sus cabezas procedían de la Biblia y por tanto no podían ser cuestionados.

    A Mamie no le importó la fuente de la cita: fue la idea de la cremación lo que la molestó.

    —¡Es una barbaridad!
    —Es simple necesidad, practicada en muchos lugares de la Tierra —dijo Carol Jeanne—. También venía explicado en el prospecto.
    —Nadie va a quemarme.
    —No será quemada exactamente —dijo Penélope, alegre—. Derretida es más preciso. La reduciremos a sus componentes elementales y la reciclaremos. La utilizaremos para fertilizar plantas y muchas cosas más. Sólo las partes inutilizables serán quemadas.
    —Eso nunca me sucederá a mí.

    Mamie estaba a punto de echarse a llorar, y yo casi sentí lástima por ella. Casi. Penélope sonrió dulcemente.

    —Firmó usted el Compacto.
    —¿Eso estaba allí? ¿Que podría ser incinerada? ¿Reciclada? ¿Derretida, como una pastilla de jabón?

    Penélope sonrió y se encogió de hombros, con un gesto lento, elocuente, voluminoso.

    —Con toda seguridad, esperaremos a que esté muerta.

    Mamie se volvió hacia Stef, furiosa.

    —¿Por qué no me dijiste eso?

    Porque no habrías escuchado, pobre cabeza de chorlito… Y desde luego, no a Stef. Por supuesto, yo no podía decir nada; pero conocía muy bien la pauta. Red era quien había estudiado el Compacto y decidió no hablarle a su madre de la cremación, e incluso Mamie debía ser consciente de ello. Pero como no podía enfadarse con su hijo querido, se volvió hacia la cremación, e incluso Mamie debía ser consciente de ello. Pero como no podía enfadarse con su hijo querido, se volvió hacia

    Pobre Stef. Ella nunca le había dejado tener el más mínimo poder o influencia sobre ella, pero sí le achacaba la responsabilidad de todo lo que salía mal.

    —Lo siento, querida. No sé en qué estaría yo pensando —croó Stef.
    —¡Santo cielo, Stephan! Tiene usted la garganta seca como papel de lija —dijo Penélope, inmediatamente solícita—. Tenemos que buscarle algo de beber.

    No importaba que la culpa de que ni siquiera hubieran podido beber nada antes del funeral fuera de Penélope. Ahora se lanzaba al rescate, en más de un sentido.

    —Si no es demasiada molestia —murmuró él.
    —En absoluto —sonrió Penélope—. De todas formas, vamos a la cocina. Cuando la gente haya visto la exposición de Odie Lee, lo siguiente que querrá es comer.
    —¿La exposición de Odie Lee? —preguntó Red.

    Penélope simplemente se encogió de hombros.

    —Oh, ya tendrán tiempo de verla. Ahora todos los mayflowerianos tenemos que ayudar con la comida. —Miró a Pink, que dormitaba en brazos de Red—. Naturalmente, los cerdos no pueden entrar en la cocina.
    —La cerda es un testigo —dijo Red, cansado—. Un testigo de peso, por cierto.
    —Bueno, pues entonces apuesto a que podemos hacer que alguien la lleve a casa.

    Red reflexionó un momento. Pude imaginar su lucha interior. Por un lado, Pink, al contrario que las niñas, se encontraría perfectamente bien en casa sola, y estaba cansada. Pero por otro, sería una prueba de que lo que Red haría allí no era tan importante como para contar con un testigo. Por supuesto, nada de lo que hacía tenía ninguna importancia, pero eso era una parte de la realidad que no estaba dispuesto a aceptar todavía.

    —Pink está cansada y no puedo llevarla en brazos —dijo. Miró a la perezosa cerda y ella le hizo un guiño—. Sí, a Pink le gustará ir a la casa nueva.
    —¿Por que no vamos todos a casa con Pink? —sugirió Carol Jeanne.

    Penélope la miró con expresión ingenua.

    —¡Oh, que buena idea! Estoy segura de que la gente lo comprenderá. Todos los habitantes de Mayflower ayudan con el funeral, pero la cerda del marido de la gaióloga jefe tiene sueño, así que ha tenido que irse a casa…

    Red intervino rápidamente.

    —No sea tonta, Penélope, claro que nos quedaremos a ayudar. Pero ¿con quién va a dejarla? Pink no es una mascota… ni un animal corriente.

    No, Pink es un mueble ambulante.

    —Con uno de nuestros jóvenes… ¡Oh, Nancy!

    Nancy era una niña con cara de caballo que traicionaba a cada momento el hecho de que pensaba que era aún más fea de lo que era. Tenía los hombros hundidos y parecía encogerse al andar, como si esperara de esa forma pasar totalmente desapercibida. Por supuesto, su misma falta de gracia sólo servía para llamar más la atención; pero he aprendido que las adolescentes humanas nunca comprenden que la mejor forma de evitar llamar la atención es comportarse con normalidad.

    Aunque en el caso de Nancy, no había necesidad de que desapareciera. Cuando alzó la cabeza y sonrió, pareció una persona muy simpática. Muy digna de confianza. No había en ella rastro de la hostilidad que la mayoría de los adolescentes humanos demuestra cuando un adulto los llama por su nombre.

    —Hay que llevar al testigo del señor Cocciolone a su nueva casa —dijo Penélope—. Sabes cuál es la casa que les ha sido asignada, ¿verdad?
    —Oh, sí —dijo Nancy—. Está calle arriba.
    —Entonces no te importar llevar a la cerda por él, ¿verdad?

    No le importaba. Cogió a Pink en brazos y se marchó rápidamente.

    —Pero… ¿no estará la puerta…? —La voz de Red se apagó.
    —No habrá ningún problema —dijo Penélope—. Y su pobre cerda parecía muy cansada. —Me dirigió una mirada—. Le sugeriría que también enviaran a casa al mono, pero no sé quien se atrevería a manejar a un animal que muerde.

    Tienes toda la razón, Penélope, pensé.


    El salón social estaba conectado al santuario por un camino de grava. Los asistentes se habían congregado en una sala grande; al parecer contemplaban la exhibición de Odie Lee.

    Pasamos de largo y Penélope nos condujo a una cocina grande y cuadrada donde un puñado de voluntarios servía comida en platos reutilizables. Todo el mundo se llevaba la comida fuera, para comer en el césped o en los bancos.

    Me alcé de puntillas sobre el hombro de Carol Jeanne, agarrándome a su pelo para no perder el equilibrio mientras repasaba el menú. Era comida humana, demasiado cocida y cargada de especias y desesperantemente carnívora. No había ni una uva que fuera fresca. Yo no me comería aquello.

    —¿Quién tiene el ponche? —gritó Penélope—. Necesito un poco de ponche. Tenemos aquí a un hombre sediento.

    Encontró un vaso de bebida de frutas y se lo dio a Stef, ignorando al resto del grupo.

    —Tengo sed —gimió Emmy, mirando el vaso vacío de Stef.
    —Tengo hambre —dijo Lydia—. He de comer ya.

    Lydia era un encanto cuando imitaba a Mamie. Penélope las miró como si fueran pequeñas cucarachas.

    —¿Qué están haciendo estas niñas en la cocina? —preguntó retóricamente. Todo el mundo sabía que ella las había traído—. Joan, sé un encanto y llévalas a la guardería. —Entonces se inclinó y aplastó a Lydia alegremente con su voz de bocina—. Hay bocadillos para vosotras en la guardería, querida.

    Una mujer pequeñita y rubia, no mucho más alta que Lydia, se bajó de un taburete y se secó las manos con la toalla que llevaba alrededor de la cintura. Entonces, sin decir palabra, cogió a Lydia y a Emmy por la muñeca y las sacó de la cocina. Los gemidos de Emmy parecían una sirena que se apagaba en la distancia.

    —¡Papi! —aulló.
    —¡Estarás bien! —gritó Red tras ella.

    Sentí que los músculos de Carol Jeanne se tensaban. Tardé un instante en advertir por qué estaba furiosa: Emmy había llamado a su padre, no a su madre.

    Pero ¿por qué tenía eso que molestar a Carol Jeanne? Había hecho su elección. Red se encargaba del cuidado de las niñas, era el terapeuta familiar; ella era la científica, la formadora de mundos. Sus propios hijos serían las incontables generaciones de todas las especies, humanas o no, que crecerían en el nuevo mundo. Aquellos dos accidentes genéticos que habían surgido de su vientre eran hijas de Red, eran todo lo que él crearía jamás. ¿Por qué no iba a estar más cerca de ellas que Carol Jeanne? No la comprendí.

    —¡Ahora todo está en su sitio! —dijo Penélope, claramente satisfecha consigo misma—. Tenemos nuevos voluntarios de cocina para hacer su parte de hoy —anunció—. Estos son Carol Jeanne Cocciolone, y su marido Red, y su querida mamá. El guapetón es Stephan, que es demasiado joven para ser el padre de Red. —Dijo esto último con una sonrisa tímida—. Carol Jeanne, ¿por qué no van usted y Mamie a recoger los platos vacíos? Queremos que todo el mundo vea a nuestros guapos nuevos ciudadanos. Red y Stef pueden quedarse aquí y ayudar a lavar los platos. A estos simpáticos hombres no les importará hacer el trabajo difícil y oscuro que nadie ve jamás, ¿verdad?

    Vi que Penélope era un genio en esto. Era importante para el prestigio de la colonia de Mayflower que Carol Jeanne estuviera lo más visible posible, mientras que Penélope quería simplemente quitar a Mamie de en medio. Mamie picó estúpidamente el anzuelo; cogió la bandeja de plástico y se marchó dándose importancia, sonriendo atractivamente a todo el mundo que tenía cerca.

    Pero en lo referente a Carol Jeanne, Penélope no podía haber hecho una sugerencia peor. Carol Jeanne aborrecía las apariciones en público. Me acarició con la barbilla mientras yo me encaramaba a su hombro. Era una de sus formas de conseguir tiempo.

    —Agradezco la oferta, Penélope —dijo por fin—, pero no huelo lo bastante bien para presentarme en público. No obstante, me encantará fregar los platos.
    —¿Platos? Es usted Carol Jeanne Cocciolone. No fregará platos.

    La gente volvió la cabeza. El nombre de Carol Jeanne ya era famoso en Mayflower. Se ruborizó.

    —Claro que sí —dijo en voz baja—. No me crié en una casa con criados, y los platos nunca se fregaban solos.

    Yo sabía, Stef sabía, y desde luego Red sabía también que era él quien fregaba casi siempre los platos en casa, pero Penélope no lo sabía. Sus mejillas se encendieron.

    —Por supuesto —dijo, recuperándose rápidamente—. “Aquel que fuere el más grande entre vosotros, será el criado de todos”. ¿No es propio de usted? —Penélope apenas estaba en condiciones de saber lo que era propio de Carol Jeanne, pero como el comentario le ahorró lo embarazoso de la situación, nadie la contradijo—. Friegue los platos con nosotros un rato, y luego la llevaré fuera para presentarla. ¿De acuerdo?

    Libre de los planes de Penélope, Carol Jeanne encontró un lugar ante un fregadero y se puso a trabajar. Red y Stef acabaron secando los platos y limpiando las encimeras y haciendo todo cuanto ordenaba Penélope; de algún modo, desde el momento en que entró en la cocina, se convirtió en la supervisora y todo el mundo acató sus órdenes.

    Yo me quedé con Carol Jeanne, secando la cubertería, los platos y vasos a medida que ella iba terminando con ellos. Como siempre, trabajábamos juntos con gracia y precisión, a un ritmo tan cómodo que pronto me olvidé de la actividad que me rodeaba. Una rechinante voz humana me devolvió al presente.

    —Digo que si ese mono está tocando nuestros platos.

    Miré y vi a una mujerona alta y fea que al parecer había padecido acné en su juventud. La reconocí: estaba sentada junto a los niños en el funeral de Odie Lee. Tenía la nariz aplastada, así que había cierta conexión genética entre ella y los niños. Le faltaban los dientes torcidos, pero sin duda la ortodoncia tendría algo que ver en ello. Era impensable que el padre de los niños pudiera haber contribuido a su fealdad. En el proceso reproductor de aquella mujer no se hubiesen atrevido a interferir los genes de nadie. Los niños sin duda advertían la complexión de su madre, se daban cuenta de lo que les esperaba en la adolescencia, y contemplaban la idea del suicidio.

    Le mostré los dientes, y ella retrocedió.

    —No es un mono de verdad, Dolores. Es un testigo. —Penélope saltó antes de que Carol Jeanne pudiera defender mi limpieza—. Será mejor que tengas cuidado con él —añadió, en voz más baja—. Muerde.

    Dolores retrocedió otro paso. Las únicas dos personas a las que había conocido oficialmente en el Arca me temían ya. Pero no quería que la gente pensara mal de Carol Jeanne, así que solté el plato que estaba secando y di una voltereta en la encimera. Intenté contrarrestar la aversión de la mujer hacia los monos siendo insoportablemente lindo y pacífico. Pero no funcionó.

    Carol Jeanne lo comprendió, y me soltó del gancho.

    —Lovelock, fregar platos es un trabajo repetitivo. Sal y observa por mí a la gente que está comiendo fuera, ¿quieres?

    Me dio un trocito de plátano, como si yo necesitara un soborno para escapar de aquella escenita doméstica. Pero usé el dulce como excusa para interpretar mi papel de mono hasta el final, suplicando con las manos extendidas y expresión esperanzada la chuchería que tan generosamente me concedía.

    Me puse firme en la encimera, hice una profunda reverencia, y luego di un salto y chasqueé los talones. Decididamente, un movimiento de vodevil, pero tuvo el efecto deseado: las otras mujeres de la cocina se rieron deleitadas, e incluso Penélope sonrió. Por supuesto, el labio torcido de Dolores se relajó un poquito. Su disgusto era impenetrable. Su nombre tenía sin duda como referencia los dolores de Cristo, pero me pareció que era perfecto para ella.

    Salté de la encimera, me agarré un momento al brazo de Carol Jeanne, y luego, por impulso, salté hacia Dolores, para aterrizar en su hombro. Penélope chilló, pero Dolores apenas dio un respingo.

    —Que saquen a este animal… —empezó a decir, pero entonces me empiné y le di un beso —un beso seco— en la mejilla llena de cicatrices quemadas. Estaba seguro de que nadie, ni siquiera su marido, la había besado jamás en esa mejilla.

    Tal vez era esperar demasido que mi beso le hiciera comprender que también ella había sido víctima de los prejuicios, y que su saña hacia mí era por tanto injusta; sería suficiente si el gesto tocaba un poco sus emociones y suavizaba su repulsa hacia mí. Era parte de mi trabajo, después de todo: asegurarme de que Carol Jeanne era siempre bien vista por los demás.

    Eso incluía disipar los sentimientos negativos hacia su testigo Salté del hombro de Dolores. Para mi sorpresa, mi trayectoria no salió como había planeado. En vez de aterrizar ante la puerta de la cocina, me encontre dirigiendome justo al marco, y apenas me recuperé a tiempo para golpearlo con manos y patas en vez de con la cabeza. Rodé por el suelo, intentando parecer menos torpe de lo que había sido. ¿Qué podía haberme desviado?

    Idiota, pensé. El efecto de Coriolis. El Arca giraba, y por eso cuando salté y me libré de todos los objetos conectados con el suelo, el Arca se movió bajo mis patas y no aterricé donde esperaba. Era la primera vez desde mi llegada que intentaba un verdadero salto. Estaba claro que me haría falta practicar para aprender a maniobrar. Eso me recordó mi terrible experiencia en la lanzadera, cuando estábamos en caída libre. No quería volver a perder el control de mí mismo de aquella forma. Tendría que encontrar un modo de practicar eso también.

    Naturalmente, todo el mundo pensó que chocar contra el marco de la puerta era parte de mi numerito, así que hubo más risas mientras me marchaba. Bien, muy bien. La risa franca y feliz significaba que los humanos no tenían miedo.

    En el exterior, la gente repartida por el césped comía y charlaba alegremente. Era un acontecimiento social; toda la tristeza del funeral quedaba al parecer confinada al salón donde la gente veía la exhibición de Odie Lee. Sentí curiosidad; quise ver de qué se trataba. Pero Carol Jeanne me había dicho que observara donde la gente estaba comiendo, así que allá fui.

    La gente advirtió mi presencia, claro, pero rápidamente me consideró un animal inofensivo y siguió hablando. Todo el mundo sabía lo que era un testigo, y si lo hubieran pensado mejor habrían advertido que cualquier cosa que dijeran delante de mí podría probablemente ser repetida, y de hecho así sería. Pero estaba en su naturaleza ignorarme como si no fuera más que un animal, lo que me venía perfecto, pues facilitaba mi trabajo.

    La mayoría de las conversaciones era bastante aburrida: chismorreos, tonterías. No me quedé mucho tiempo con ninguno. Carol Jeanne las miraría cuando las descargara en el ordenador. Luego yo buscaría el banco de datos del Arca, los identificaría a todos, y los introduciría en un índice para que más tarde, si lo necesitaba, Carol Jeanne pudiera buscarlos y verlos conversando. Era una especie de espionaje, supongo, pero las grabaciones por índices eran la única forma en que una persona famosa como Carol Jeanne podía seguir la pista a la gente que esperaba que la recordase. Carol Jeanne me dijo una vez que por eso había decidido tener un testigo. Entonces no tenía ni idea de que nos convertiríamos en tan buenos amigos.

    Me parecía como si hubiera escuchado un millar de conversaciones cuando finalmente me encontré con los dos niños que estaban sentados delante de nosotros en el funeral. Estaban jugando. O más bien, él estaba jugando. Volcaba su plato sucio y lo lanzaba para que volara como si fuera un frisbee.

    —¡Romperás el plato! —insistía la niña.
    —No lo he roto todavía.
    —Pero lo harás.

    El plato aterrizó boca abajo en el césped, y él corrió a recogerlo.

    —Lo estoy limpiando en la hierba, ¿ves?

    Ella se le adelantó.

    —¡No te dejaré!

    El niño la persiguió, pero ella le llevaba demasiada delantera. Cogió el plato. Él se lanzó a quitárselo, pero la niña echó a correr y lo mantuvo fuera de su alcance.

    —¡Es mío! —gritó el.
    —Pertenece al poblado. No podemos fabricar más, no en todo un año.
    —No va a romperse, pero tú sí que puedes cargártelo. Devuélvemelo.
    —Si el plato se rompe, mamá no volverá a dejar que asistas a un acto de adultos como éste.
    —Bueno —dijo él. Pero la mención a su madre le detuvo en seco. La carrera se terminó—. No puedes quitarme mis cosas sin más.
    —No te pertenece. Y te estoy salvando de un castigo.
    —No quiero que me salven.
    —Entonces eres tan estúpido como feo.
    —Mira quién fue a hablar…

    Ya que ambos eran bastante feos, resultaba casi doloroso oírlos hablar así.

    Me gustaban, probablemente porque yo les había gustado cuando me vieron en la iglesia. Así que me entrometí en la escena, situándome entre ambos. Hice una pequeña imitación de su pelea, haciendo cada papel por turno, parloteando con furia y agitando los brazos en el crescendo de la discusión.

    Entonces me puse las manos a la espalda y me marché caminando, la nariz al aire. Ellos se rieron. Me volví, hice una reverencia y acabé rodando por la hierba.

    —Mira eso —dijo la niña—. ¿Cómo lo entrenan para hacer eso?
    —No lo entrenan, estúpida. Lo hace porque quiere. Es un testigo. Probablemente es más listo que nosotros.

    Un chico muy perceptivo.

    —Además, probablemente lo ha grabado todo y se chivará más tarde.

    Me incorporé de un salto, me puse firmes, y muy solemnemente negué con la cabeza.

    —¿Ves? —dijo ella—. No va a chivarse.
    —Entonces tú lo harás.
    —No lo haré.
    —Sí que lo harás.

    Una vez más salté entre ellos, y simulé dar un puñetazo a un oponente imaginario. Entonces me convertí en el oponente y fingí recibir el golpe, hasta caer de espaldas al suelo. Ellos volvieron a reírse.

    —Creo que no quiere que nos peleemos —dijo el niño.
    —¿Y a él que le importa?

    Me encogí de hombros elocuentemente.

    —Ojalá pudiera hablar —dijo el niño.
    —Saben leer y escribir —dijo la niña—. Si tuviéramos un ordenador, podría teclear.
    —¿Cómo sabes tanto acerca de los testigos?
    —Porque algún día seré famosa y tendré uno.

    Él sacudió la cabeza, disgustado.

    —Escucha, sesos de mosquito, eso es algo que pasaba en la Tierra, a la que no volveremos en nuestra vida. ¿Dónde van a encontrarte un testigo aquí?

    Ella pareció decepcionada.

    —¿No los fabrican?
    —Claro, con cruces muy complicados y particiones genéticas y quién sabe qué más.
    —¿Y qué? —dijo la niña—. Tenemos tanques de embriones. Millones de embriones de animales. Apuesto a que hay algunos que podrían ser testigos.
    —Bueno, tal vez —dijo el niño.

    Estaba claro que no le creía. Ella le dio la espalda.

    —¿Cómo te llamas, monito?
    —No puede hablar —dijo el niño.
    —Tal vez pueda representarlo —dijo ella—. Apuesto a que puedes representar tu nombre.

    El niño se puso rojo de furia.

    —Si haces chistes acerca de mi nombre te mataré.
    —Podría ser peor. Podrías llamarte Dick.1.


    1. El nombre Dick, en dialecto coloquial, es una palabra que designa al órgano sexual masculino. (N. del rev. digital)


    —Ya está —dijo él—. ¡Date por muerta!

    Saltó hacia ella, y como los dos estaban sentados en el suelo, la niña no pudo escapar. Temí que realmente fuera a hacerle daño, porque estaba enfadado de veras. Pero en cambio le hizo cosquillas. La niña se rió y chilló pidiéndole que parara, y comprendí que esto era humillante para ella, que odiaba que le hicieran cosquillas, así que era un castigo después de todo. Pero él podría haberla golpeado, y en cambio escogió esta forma menos violenta de dar rienda suelta a su ira.

    De hecho, la forma en que giraban y se revolcaban por el suelo agitó algo en mí. Sentimientos que nunca había experimentado con las hijas de Carol Jeanne y Red. Tal vez fueran demasiado jóvenes. Tal vez la influencia de Mamie las había hecho tan remilgadas que nunca jugarían así. Pero al ver la forma en que jugaban estos dos niños feos, al ver cómo se amaban y se peleaban y se atormentaban el uno al otro, sentí un ansia dolorosa. No de hambre o agua. No lo advertí en ese momento, pero lo comprendí pronto: ansiaba la infancia.

    Una cosa era saltar y actuar para la gente. Jugar con ellos era distinto. Se suponía que yo era un adulto, y sin embargo aún tenía ese ansia infantil.

    Por un momento, dejé que se apoderara de mí. Al ver cómo él le hacía cosquillas, no pude impedir —o al menos no lo hice— saltar a su espalda y hacerle cosquillas a él. El niño se distrajo lo bastante para que, en apenas un instante, ella se le pusiera encima y le hiciera cosquillas a su vez, de forma que no pudo concentrarse para librarse de mí.

    —¡No es justo! —aulló—. ¡Dos contra uno!
    —Eso es —gritó ella—. ¡Somos tramposos, pero es mejor que llamarse Peter!2


    2. En dialecto coloquial, órgano sexual masculino; es palabra menos frecuente que dick. (N. del rev. digital)


    Eso fue demasiado para él. Rugió, me quitó de encima de su rostro, y otra vez fue a por ella. Pero esta vez, cuando la capturó, ella ya tenía suficiente.

    —Lo siento mucho —dijo—. Lo siento, lo retiro, ha sido sin querer.
    —Yo no me burlo de tu nombre —dijo Peter.
    —No hay nada de lo que burlarse. Diana es un nombre perfectamente corriente.
    —Ah, ¿sí? Era la diosa virgen. —Parecía triunfal, como si acabara de llamarla algo obsceno.
    —Claro que soy virgen —respondió Diana, desdeñosa—. Ni siquiera he tenido el período todavía.
    —No hables de eso —dijo él, terriblemente avergonzado.
    —Período período período —repitió ella—. Sangre y calambres y pequeños óvulos rodando por tubos. Fertilización.

    Él se tapó las orejas.

    —¡Estás enferma! Estás profundamente perturbada.
    —Al contrario —dijo ella, triunfante al fin—. Soy sencillamente una mujer, y no me avergüenzo de ello.
    —Voy a coger mi plato para ver si mamá ha terminado y nos podemos ir a casa.

    Se levantó y empezó a buscar su frisbee. Cuando lo encontró, estaba roto en dos trozos.

    —Te lo dije —recordó ella.
    —No ha sido por jugar al frisbee. Debes de haberlo pisado.
    —Porque tú me perseguías. Y además, no lo he pisado. Me habría dado cuenta.
    —Entonces rodaste por encima.
    —Si lo hice fue porque me estabas haciendo cosquillas.
    —Me van a matar.
    —¿Ah, sí? No soy yo quien le va a entregar a mamá un plato roto.

    Se dirigían a la cocina. Me habían olvidado por completo. Pero no había terminado de pensarlo cuando Diana se dio la vuelta y me miró.

    —¿Vienes o no? —me preguntó—. Mi madre estaba buscando a tu dueña. Es botánica y va a trabajar con la doctora Cocciolone.

    Oh, magnífico. La mujer con cara de corteza iba a estar cerca. Justo lo que esperaba.

    —No tiene por qué venir con nosotros —dijo Peter—. Puede hacer lo que quiera.

    Era la segunda vez que Peter decía que yo podía hacer lo que quisiera, pero era tan ingenuo entonces que ni siquiera lo pensé mejor. Por supuesto era un agente libre, unido a Carol Jeanne sólo por el amor mutuo que ambos sentíamos. Pero por eso fui con ellos; no porque tuviera que hacerlo, sino porque era hora de ver si podía ser útil a la criatura cuya vida significaba más para mí que mi propia y penosa existencia.


    Todavía había una montaña de platos cuando llegamos a la cocina. Parecía que quedaban por delante horas de trabajo, y Carol Jeanne se veía muy cansada. Por no mencionar al pobre Stef, que ahora secaba platos. No se veía a Red por ninguna parte. Penélope y Dolores retiraban los platos. Muy despacio, porque estaban muy ocupadas charlando. Todo eran chismorreos sobre la gente, ni una idea interesante que oír.

    Carol Jeanne había sido retenida demasiado tiempo. Era hora de que alguien interviniera. Y como no era probable que fueran Carol Jeanne o Stef, tuve que ser yo.

    Salté sobre la encimera. Ya iba mejorando con el efecto de Coriolis, así que aterricé casi donde quería. Y entonces chapoteé por la encimera mojada y me planté directamente ante la pechera de Penélope y la piel de Dolores y les chillé con toda la fuerza de mis pulmones. Me miraron horrorizadas.

    Me incliné, mostrándoles mi sonrosado culito, y escribí en el agua: TERMINADO. Las letras permanecieron lo suficiente para que pudieran ser leídas —sé que leyeron la palabra, porque los labios de Penélope se movieron—, y entonces me acerqué a Carol Jeanne, chapoteando enfadado a cada paso, y empecé a tirarle de la manga para apartarla del fregadero.

    Naturalmente, no era lo bastante fuerte para moverla —sólo conseguí resbalar en el agua de la encimera—; pero el simbolismo finalmente penetró en los gruesos cráneos de las chismosas que la tenían atrapada allí.

    —Oh, pobrecita —dijo Penélope—. Hemos sido tan poco consideradas, manteniéndola aquí cuando ni siquiera ha ido a su casa todavía.

    Temí que el síndrome de mártir de Carol Jeanne coleara y ella insistiera en quedarse hasta que el trabajo estuviera terminado; pero en ese momento miró a Stef, vio la esperanza en su rostro y por eso sonrió a Penélope y dijo:

    —Me ha gustado ayudar, pero tiene razón: necesito ir a casa.

    Odié oírla hablar así: ya empezaba a pillar la entonación supersincera que Penélope usaba siempre.

    —Espere medio minuto y la llevaré —dijo Penélope.
    —Por favor, no se moleste. Tiene demasiadas responsabilidades aquí para que nosotros la distraigamos. No debe ser un secreto dónde está nuestra casa, ¿verdad?
    —No —contestó Dolores—, pregunte a cualquiera y se lo dirá. Todos estamos muy excitados por su presencia aquí.

    No lo parecía en lo más mínimo. Sonaba como uno espera que suene un árbol parlante: aburrida hasta la raíz.

    —Ha sido muy agradable conocerlas… y a todas las demás que han trabajado en la cocina hoy.
    —Vamos —dijo Stef.

    Estoy seguro de que vio un rayo de esperanza ante la idea de poder escapar de Penélope por aquel día, y no quería que la charla retrasara el feliz momento.

    Me encaramé al hombro de Carol Jeanne.

    —Por ser mono parece que la cuida bien —dijo Dolores.

    Podría equivocarme, pero su tono sugería respeto más que regaño. Tal vez tenerla cerca no sería tan insoportable como había temido. En ese momento, sin embargo, Dolores vio las dos mitades del plato en las manos de Peter. Se puso rígida pero no dijo nada. En cambio, le dirigió una mirada terrible. Cuidadosamente avergonzado, el niño puso los fragmentos sobre la mesa.

    —Estaba jugando con él y lo rompí —dijo—. Diana me advirtió que no lo hiciera.

    Me quedé sorprendido por la forma en que aceptaba toda la responsabilidad por su crudo valor. Pero seguía habiendo algo terrible y aterrador en la forma en que su madre guardaba silencio. Continuó mirando a Peter, sin moverse, hasta que salió de la habitación, con Diana detrás. Nunca había visto nada parecido. La mujer sí que parecía un árbol en momentos de tensión, o tal vez simplemente guardaba la furia para más tarde, cuando estuvieran en casa. Sin embargo, nada en la conducta de Peter y Diana había sugerido un miedo atroz a su madre.

    Esa mirada letal tal vez fuera todo el castigo que recibiría el niño. Sospeché que tal vez era más que suficiente.


    Una vez fuera de la cocina, Carol Jeanne se enderezó, como si le hubieran quitado un gran peso de encima.

    —Creo que amo a tu mono como a otro hijo —dijo Stef—. Acaba de salvarme la vida.

    Carol Jeanne se echó a reír.

    —Sí que me cuida.

    Estábamos ya en el salón social, y la multitud alrededor de la exhibición de Odie Lee se había reducido considerablemente. Carol Jeanne miró hacia allí, pero yo sabía que probablemente no compartía mi curiosidad por el tema. Ni era probable que Stef hablara en favor de examinar los detritos de Odie Lee. Me sentí decepcionado: quería ver qué elegía un humano muerto para exhibir en su propio funeral.

    Mi deseo se cumplió gracias a una inesperada hada madrina. Mientras permanecíamos allí de pie, mirando hacia la exposición, habló una voz familiar.

    —Es como una pequeña capilla para rezar. El altar de la bendita Odie Lee, santa patrona de los hipócritas.

    Era Liz, la mujer que estaba sentada detrás de nosotros en el funeral. No le acompañaba su marido de cuello de toro, y al parecer había interpretado que Carol Jeanne y Stef eran el tipo de personas que compartían su cáustica actitud hacia Odie Lee.

    Tenía razón. Carol Jeanne le dirigió una cálida sonrisa, la primera no forzada que había dirigido aquel día a nadie excepto a mí.

    —Debo de ser una cínica terrible —dijo—, pero en el funeral no he podido dejar de pensar en lo agradecida que estaba por no haber conocido a Odie Lee.
    —La era post Odie Lee comienza hoy en Mayflower —repuso Liz—. El año uno, P. O. L. Nuevos calendarios para todo el mundo. —Extendió la mano—. Me llamo Liz Fisher. Mi marido está por alguna parte. ¿Quieren que les guíe por Odielandia?
    —Me encantaría —dijo Carol Jeanne—. Me llamo…
    —Carol Jeanne Cocciolone. Peloponesia ha estado gritando tu nombre todo el día. ¿Cómo no iba a oírlo?
    —Peloponesia —repitió Stef, con una risita.
    —Lo siento, es mi apodo para Penélope. Pero cuando la miro no puedo dejar de pensar en penínsulas. ¿Y ustedes?

    Carol Jeanne se rió con ganas. Varias personas nos miraron.

    —Oh, no, no debo reírme —dijo—. La gente pensará que soy…
    —Irrespetuosa. No se preocupe: no diré nada que la avergüence en la exposición. Además, no tengo que hacerlo. Nadie más que Odie Lee pensaría jamás en preparar su propio “Ésta es mi vida” audiovisual. Eso lo dice todo.

    Así era. Odie Lee había planificado cuidadosamente cada detalle de su propio funeral. Debía de haber pensado que iba a morir. No, debía de haber esperado morirse. Debía de haber anhelado la muerte como el estallido final del martirio, igual que Carol Jeanne anhelaba el chocolate y Red la sal. Las exposiciones funerarias no eran corrientes en Mayflower; había sido idea de Odie Lee y su propia pasión, aunque por la manera reverente en que los demás la contemplaban, no tuve dudas de que se convertiría en una tradición a partir de entonces.

    La exposición era magnífica en su almibaramiento. Si yo hubiera tenido la capacidad de ruborizarme, lo habría hecho, por vergüenza ajena hacia Odie Lee. Agradecí que no fuéramos de la misma especie.

    Había una exposición de refranes insípidos que ella había bordado a mano en punto de cruz sobre una tela. Los refranes enmarcados rodeaban un tapiz más grande, que era una burda reproducción del rostro de la propia Odie Lee. También estaba bordado sobre tela con el curioso punto de cruz.

    Ni siquiera muerta parecía Odie Lee tan carente de vida como su imagen bordada. La idea de alguien bordando su propia imagen en una tela era levemente nauseabunda. Un retrato del artista hecho con hilos.

    Otras labores salpicaban la muestra. Había cuencos de arcilla de forma remotamente semiesférica. Había acuarelas de paisajes que parecían animales, y animales que parecían paisajes. Odie Lee se consideraba al parecer una artista.

    Entonces llegamos a las fotografías: Odie Lee llamando a una puerta con un cesto de comida; Odie Lee cogida de las manos de un grupo de mujeres, con las cabezas inclinadas en oración; Odie Lee arrodillada junto a una cama, rezando de nuevo, mientras miraba hacia arriba con una expresión suplicante en el rostro. Todo lo que la gente había alabado en el funeral estaba allí, y Odie Lee había posado para las fotos.

    Me la imaginé escogiendo entre las pruebas del fotógrafo, eligiendo las fotos en las que pareciera más beatífica mientras humildemente amaba a sus vecinos como a sí misma.

    Aún más nauseabundas eran las viandas. Odie Lee había cocinado pastelillos de chocolate, pan de nueces, galletas y dulces anticipando su muerte inminente. Habían sido congelados o envasados al vacío o guardados en un estante, a la espera de que Odie Lee muriera para que pudieran ser servidos en su funeral. Ahora estaban en una mesa cercana, a menos de medio metro del ataúd, junto con una nota —escrita a mano por la propia Odie Lee—, que anunciaba a los visitantes: “Coge uno, por favor”. ¿Cuánto tiempo había estado muriéndose, por cierto? ¿No podía haber sucedido antes de que cocinara los pastelillos?

    Supuse que lo que había matado a Odie Lee no era contagioso, ya que habían devorado casi toda la comida. Sin duda estaba para chuparse los dedos, y era igual de bonita que en las fotos del libro de recetas.

    La parte más interesante de la exposición —aún más que el cuerpo de Odie Lee— era una holoimagen de la mujer dando su último sermón a aquellos que habían venido a verla, para que vivieran según sus palabras. Su suposición debía de haber sido que los demás estaban ansiosos por aprender a vivir de forma tan desprendida como ella. Ahí teníamos a una mujer que rebosaba humildad.

    Con fondo de música de órgano para acentuar sus palabras, el holo de Odie Lee nos dijo que esperaba ser tan santa como las fotos mostraban.

    —Visitad a los enfermos —dijo. El hológrafo mostró una escena de Odie Lee inclinada sobre la cama de un niño—. El Salvador nos enseñó: “Alimentad a mis corderos”.

    Y ahora veíamos a Odie Lee batiendo chocolate… quizá para los mismos pastelillos que había en la mesa.

    No sé cuanto duraría el holobucle. Sentí una mórbida fascinación que me hizo querer ver hasta el último minuto de la vergüenza de Odie Lee, pero no pude. La mujer pequeñita y silenciosa que se había llevado a las niñas a la guardería hacía tanto rato entró en el salón llevando torpemente a Emmy en brazos, como si la acabara de sacar del horno e intentara no quemarse.

    Un fuerte olor llenó la sala: Emmy había llenado su pañal a rebosar.

    —Oh, vaya —dijo Carol Jeanne—. ¿Dónde está Red?

    La mujer no dijo nada. Sólo extendió a Emmy ante ella.

    —Popó —dijo Emmy, satisfecha como nunca.
    —Puede soltarla —dijo Carol Jeanne—. Sabe andar.
    —Será mejor que no —dijo la mujer, el primer sonido que la oía producir—. Está chorreando.

    Era cierto. Carol Jeanne cogió reluctante a su hija menor, manejándola aún con más cuidado que la mujer.

    —Oh, déjeme hacerlo —dijo Liz—. Es un poquito complicado, nada más… pero ya sé que cuando se sale de la caja de la Ironsides, hay demasiadas cosas de las que encargarse al mismo tiempo.

    Y en un instante Liz cogió a Emmy con perfecta facilidad, incluso con afecto, sin importarle que le estuviera manchando todo el brazo.

    —Déjenme llevarlos a casa. ¿Dónde está la otra? ¿No le he visto con dos niñas?
    —No sé dónde está Lydia —dijo Carol Jeanne—. Ni Red tampoco, por cierto.

    Advertí que no mencionaba a Mamie. Stef no se lo recordó, lo que tal vez significaba que tenía tacto o que esperaba perderla para siempre entre la multitud.

    —Iré a buscar a Lydia —dijo Stef—. Continuad… También iré a recoger a los demás.
    —La casa es fácil de encontrar —dijo Liz—. Calle abajo, frente a la plaza de la iglesia… por allí. —Indicó la dirección con un gesto.
    —Comprendido —dijo Stef, y se marchó.

    Mientras dejábamos el salón social, la voz de Odie Lee nos siguió, diciendo:

    —“Dejad que los niños se acerquen a mí, porque de ellos es el reino de los cielos”.

    Cuando salimos a la plaza, Carol Jeanne debió advertir que estaba permitiendo que una desconocida llevara a su hija en su lugar.

    —No puedo dejar que cargue con Emmy todo el camino.
    —No sea tonta —dijo Liz—. Aquí vamos a todas partes andando, por el ejercicio. Y caminar en baja G es difícil al principio. No querrá caerse con ella, ¿verdad?

    Recordé todos los tropezones y caídas en el camino hacia allí, y tuve que estar de acuerdo con Liz. Tenía sentido que ella llevara a Emmy. Era práctico. Pero también era decente y amistoso y fue la primera amabilidad que nos dedicaron que no parecía llevar la etiqueta con el precio.

    —¿Liz Fisher? —dijo Carol Jeanne—. ¿He entendido bien su nombre?
    —Oh, sí. Pero no soy nadie, así que no se moleste en recordarlo… Yo se lo recordaré cada vez que lo pregunte.
    —Oh, no puede usted ser nadie.
    —Allá vamos otra vez. No pretendo menospreciarme. No: tengo una perfecta autoestima. Pero sé que mis habilidades están más en la línea de teclear muy rápido y criar bien a los niños. Mi marido es quien era necesario en el Arca. Es ortopedista. Y muy bueno: tiene la especialidad que los doctores de la LNF piden para los problemas difíciles. Será realmente vital para la colonia cuando lleguemos al planeta.
    —Todos seremos vitales.
    —Bueno, eso lo sé. Me atrevo a decir que mis habilidades como madre serán tan importantes como las suyas de médico. Pero comprendo el mundo lo bastante bien para saber que nunca llamara la atención lo que hago. No me importa.

    »Cuando digo que no soy nadie, lo digo orgullosa. Pero Warren odia que hable así. Dice que parezco ratonil. —Liz se echó a reír con ganas—. Warren y yo no nos llevamos demasiado bien. Solía gustarle que yo hiciera observaciones graciosas, por ejemplo, pero ahora siempre me hace callar. Desde que llegamos al Arca, todo lo hago mal. ¿No es absurdo? Soy la misma persona y hago las mismas cosas. Excepto comprar en el mercado.

    Pensé que Carol Jeanne tal vez se estuviera aburriendo con todo aquello. En realidad era una charla vacía, ¿no? Sólo los chismorreos de una mujer acerca de su propia vida. Pero la mujer llevaba a la chorreante papoose de Carol Jeanne, así que tenía que parecer más o menos interesada.

    —Me imagino que estar en el Arca cambia las actitudes y relaciones de la gente —dijo Carol Jeanne—. Recuerdo que mi marido dijo que probablemente sería un problema… que muchos no responderían bien a lo pequeño que sería este mundo. Claustrofobia social, lo llamó.
    —¿Su marido también es científico?
    —¡Qué va! —dijo Carol Jeanne, poniendo de manifiesto su opinión sobre la profesión de Red en sólo dos palabras—. Terapeuta familiar.
    —Oh —dijo Liz.
    —Ojalá pudiera decirle que es bueno, porque me parece que usted y su marido tal vez necesiten uno. Pero la verdad es que no tengo ni idea de si Red es buen terapeuta o no.

    Liz se rió, nerviosa.

    —¿No le dicen sus pacientes si es bueno?
    —Nunca he conocido a ninguno de sus pacientes. O si lo he hecho, no lo sé. Nunca me dice quiénes son ni me habla de ellos. Nunca he oído un solo dato acerca de ellos, ni una sola historia —sonrió—. Me ha parecido que tal vez le gustaría saberlo.

    Así que Carol Jeanne había oído los comentarios de Liz durante el funeral…, especialmente sus observaciones sobre cómo el marido de Odie Lee le contaba cosas que había sabido confidencialmente. Carol Jeanne estaba asegurando a Liz que podía confiar en Red.

    De hecho, según advertí luego, Carol Jeanne estaba buscándole trabajo a su marido. Si Red podía conseguir un cliente inmediatamente, eso sería bueno para su matrimonio, porque así se sentiría necesitado e importante en el Arca. A veces yo no daba a Carol Jeanne suficiente crédito: había encontrado una forma de ayudar a aquella mujer y a su propio marido al mismo tiempo, y yo ni siquiera había tenido que sugerírselo.


    5. LA MANZANA Y EL COCO


    Cruzamos la plaza a paso ligero. Liz caminaba con la velocidad y precisión de un sargento instructor. Carol Jeanne trotaba para no perder el paso, volviéndose de vez en cuando para ver si los otros venían o no. Cuando por fin divisó a Red, lo llamó para que nos siguiera. Me volví para ver su avance: Mamie iba delante, Red detrás, Lydia los seguía y Stef se encargaba de la retaguardia. Todos estaban agotados. Un desfile de aspecto lamentable.

    Justo cuando el pañal de Emmy alcanzaba su masa crítica, Liz se detuvo delante de una casita blanca e hinchada en una calle flanqueada por arbolitos en macetas.

    —Aquí es… y justo a tiempo.

    Condujo a Carol Jeanne por la acera de plástico hasta la casa. Abrió la puerta sin llave, y cuando miré con más atención vi que no había forma de echar el cerrojo. Aparentemente, la intimidad no estaba muy bien considerada allí. Cualquiera en Mayflower tendría total acceso a nuestras vidas y posesiones. Carol Jeanne al parecer no lo advirtió; predije que en cuanto lo hiciera aparecerían cerrojos como por arte de magia en nuestras puertas.

    Por dentro, la casa parecía más una tienda que una estructura permanente. El suelo estaba cubierto por una alfombra que podía enrollarse y retirarse cuando la casa se derrumbara durante el cambio. No había tampoco fontanería que conectara la estructura al suelo; pronto descubrí que baños, fregaderos y duchas estaban situados en la periferia de la casa y que recibían el agua de tanques cuyas tuberías portátiles conectaban casa con casa por encima del suelo, listas para ser desmontadas.

    Las paredes obtenían cierta rigidez de vigas infladas y tensas, pero la verdadera fuerza de la estructura procedía de un continuo chorro de aire que hacía que la casa tuviera más presión de aire dentro que fuera. El leve pero constante siseo del aire llenaba la casa de susurros y suspiros.

    Alguien había descargado ya nuestros muebles, volcándolos sin más ceremonias allí donde le había parecido. Los oscuros muebles de caoba desentonaban con las paredes hinchadas de aire de la casa. Liz se abrió paso por entre el laberinto de sillas y sofás hasta alcanzar el cuarto de baño más cercano, ignorando nuestras posesiones dispersas en su prisa por controlar el pañal de Emmy. En cuanto entró en el cuarto de baño, soltó un alarido. Entonces oímos un sonido de pasos mientras Pink se escurría como una cucaracha del cuarto de baño y escapaba pasillo abajo. Al parecer Nancy había llevado a la cerda a casa, y ésta había tomado inmediatamente posesión del asiento del retrete, como hacía en la casa de New Hampshire.

    Carol Jeanne y yo entramos en el cuarto de baño y vimos que Liz ya casi se había recuperado de la impresión de su encuentro con Pink. La habitación era demasiado pequeña para que Carol Jeanne pudiera acercarse lo suficiente para resultar de ayuda, pero Emmy era su hija. Así que se situó detrás de Liz, mirando con atención cómo la mujer resolvía con eficacia el asunto de la limpieza.

    Cuando Emmy estuvo limpia, Liz la entregó a Jeanne. Sólo entonces se lavó la mierda de los brazos. Milagrosamente, no se había manchado el vestido.

    —Bueno, ya está —dijo—. El aire ya huele mejor. No soy ningún lecho de rosas, me temo, pero para eso están los niños.
    —Es buena en esto —dijo Carol Jeanne—. Supongo que tiene hijos.
    —Como le dije en el funeral, la maternidad es mi único talento. Y no es que sea una virtud especial, desde luego. No es más que el ansia irresistible de todas las criaturas vivas por reproducirse.

    Supongo que Carol Jeanne sintió ese ansia alguna vez, pero ver en qué se convertían Lydia y Emmy había sido sin duda un remedio definitivo contra cualquier deseo reproductor que pudiera volver a nacer en ella.

    —Y de cualquier especie —añadió Carol Jeanne—. A veces creo que el impulso reproductor de los individuos es simplemente una expresión del ansia global de la especie por llenar todo el espacio disponible. En tal caso, la individualidad no es otra cosa que un accidente. La naturaleza no se preocupa por los individuos.
    —Ah, pero la naturaleza se preocupa si nosotros nos preocupamos, ya que nuestros hijos nunca sobrevivirían hasta la edad adulta si nosotros no lo hiciéramos. Supongo que para eso están las reglas de la naturaleza. Aunque no sepa bien, hay que morder con fuerza.
    —¿Morder?
    —La manzana, Eva. La manzana. —De repente Liz se rió, cortada—. Pero es una tontería por mi parte estar aquí hablando de la naturaleza con la persona que mejor la entiende en todo el mundo.
    —Tal vez usted la entienda mejor, porque piensa que sabe menos —dijo Carol Jeanne.

    Yo sabía que no creía tal cosa, en absoluto, pero parecía gustarle Liz, o al menos estaba agradecida por su ayuda, y por eso se tomaba la molestia de hacer que se sintiera cómoda con ella. Sin duda Carol Jeanne agradecía que al menos hubiera alguien en Mayflower con quien poder hablar. Las otras mujeres que habíamos conocido —Penélope, Dolores y la difunta Odie Lee— eran monstruosas, y la vida en Mayflower empezaba a parecer el quinto anillo del infierno. Si Carol Jeanne adulaba a Liz un poco, ¿quién podía reprochárselo?

    —Entiendo a los niños, eso es todo —dijo Liz—. Warren es un buen ortopedista, pero no lo es tanto como para habernos traído aquí de no tener hijos inteligentes y por tanto deseables. Recuerde el Compacto. Sólo las personas que tienen al menos un hijo y aún pueden engendrar más pueden venir aquí, y se da preferencia a aquellas cuyos niños mayores puntúan alto. Warren y yo hacemos buenos bebés, y su habilidad desde luego es útil, así que aquí estamos.

    Por la ventana vi a Mamie subiendo por la calle. Parloteé y señalé, y Carol Jeanne miró a tiempo de verla pararse, dirigir a la casa una mirada de arriba abajo y fruncir el ceño. Liz siguió la mirada de Carol Jeanne y sonrió inescrutable.

    —Hay excepciones a la regla, por supuesto, como sus padres.
    —Mis suegros —dijo Carol Jeanne.
    —Algunas personas eran tan importantes para el éxito del proyecto que se modificaron un poco las reglas para ellas. —Liz sonrió—. A nadie le importa. Nos habría alegrado tenerla aunque su testigo fuera un elefante y le hubieran hecho una histerectomía y hubiera traído a cuatro viejos. El que esté usted aquí significa que nuestros hijos tendrán mejores posibilidades de sobrevivir en el nuevo mundo.

    Sí, bueno, Liz no pensaría igual cuando llegara a conocer a Mamie. Red adelantó a Mamie en la calle y al cabo de un momento apareció en la puerta, con Lydia en brazos.

    —¿Está bien Pink? —preguntó a Carol Jeanne.
    —Ya se ha adueñado del cuarto de baño.

    Mamie atravesó la puerta y se detuvo, jadeando como un San Bernardo mientras pugnaba por recuperar el aliento. Calibró la vivienda de un vistazo, y en cuanto pudo respirar lo bastante bien para cerrar la boca arrugó los labios.

    —Pero ¿dónde están los de la mudanza? No pueden dejar todas estas cosas aquí sin más. ¿Cuándo van a terminar el trabajo?
    —No hay trabajadores de mudanzas en el Arca —dijo Liz alegremente—. Los chicos de Gestión de Materiales habrán descargado sus cosas para ser amables con nuestra gaióloga jefe. La mayoría de la gente se encuentra con una caja grande delante de la casa.

    Mamie arrugó la nariz.

    —Si hubieran sido amables, habrían puesto las cosas en su sitio en vez de tirarlas ahí. ¿Dónde está mi habitación?
    —No creo que eso se haya decidido todavía, mamá —comentó Red. Lydia gimió y se agarró a las caderas de su padre—. Pero me habría gustado que los de Gestión de Materiales hubieran montado las camas de las niñas. Dondequiera que estén, vendrán bien para que echen una siesta.

    Sin embargo, para Mamie aquello significaba claramente que, si actuaba rápido, escogería habitación. Tras sortear cajas y sillas, se dirigió al pasillo que conectaba los dormitorios.

    —Las casas no son gran cosa —dijo Liz a Red y a Carol Jeanne—. Pero como todo el mundo cuenta con las mismas instalaciones básicas…

    Mamie ya estaba de vuelta, el ceño fruncido.

    —Desde luego, la gente que dispuso los muebles no tenía ni idea de cómo necesitaríamos distribuir la casa —sentenció—. ¿Puedes creer que han traído aquí tus muebles de oficina, Carol Jeanne? Como si pudiéramos permitirnos convertir uno de los dormitorios en oficina, cuando sin duda tendrás una perfectamente adecuada en el… ¿Interior? ¿Es así como lo llaman?

    Liz sonrió alegremente.

    —Esta es la casa más grande que hay en el Arca. En teoría está reservada a familias con más de seis miembros. Ustedes son dos parejas y dos hijas. Normalmente eso les daría derecho a tres dormitorios, así que supongo que Carol Jeanne es como el jefe administrador y tiene un dormitorio extra concretamente para que también pueda trabajar en casa.
    —No lo comprende usted. —Mamie dirigió a Liz una mirada aplastante—. No compartiré mi dormitorio. Nunca lo he hecho. ¿Esperan que Stef duerma en la cocina?
    —Creo que esperan que comparta la habitación con usted —dijo Liz, claramente divertida. Me gustó la forma en que le plantaba cara a Mamie. Si alguien en la familia lo hiciera también de vez en cuando…
    —Stef hace ruidos mientras duerme —soltó Mamie gélidamente.
    —Bueno, sus acuerdos domésticos son asunto suyo —concluyó Liz—. Pero según las reglas, si no van a utilizar el cuarto dormitorio como oficina para la gaióloga jefe, entonces les asignarán una casa de tres dormitorios. Dos parejas, dos hijos, tres dormitorios. —Liz sonrió benignamente a Mamie—. Pero comprendo su problema, Mamie, y creo que podrá resolverlo con bastante facilidad. Tienen excelentes píldoras para dormir en la farmacia. También tienen tapones para los oídos, soporíferos suaves, y generadores de ruido blanco. Aunque creo que descubrirá que los filtros de aire crean por sí solos bastante ruido blanco.
    —Sin duda el mono dormirá en la oficina —dijo Mamie, mirándome—. Tendrá un dormitorio para él solo.
    —Si Lovelock duerme en la oficina —apuntó Carol Jeanne—, también lo hará Pink. También Pink hace ruido mientras duerme.

    Estoy seguro de que fui el único que oyó a Stef murmurar:

    —Mamie también.

    Me encantaba cuando detectaba atisbos de rebelión en el pobre hombre. No comprendía todavía por qué sentía tanta compasión por él, pero me complacían sus observaciones ocasionales, aunque nunca las oyera nadie.

    —Creo que es hora de que me vaya a casa. Ustedes están cansados y necesitan tiempo para acomodarse. No puedo creer que hayan sido tan detallistas como para asistir al funeral. Nadie esperaba que lo hicieran, pero todos con los que he hablado estaban impresionados.

    Así que nadie esperaba que asistiéramos. Pude sentir que Carol Jeanne se revolvía. Menos mal que la alcaldesa Penélope Frizzle no estaba presente. Carol Jeanne tenía cierta tendencia a soltar observaciones muy desagradables cuando descubría que le habían mentido.

    —Queríamos ser parte de la comunidad desde el principio —comentó Red. Pero noté que también él estaba furioso.
    —Bueno, ahora no necesitan compañía para la siesta —concluyó Liz—. Mi casa está dos puertas a la derecha de la iglesia, por si quieren algo. Búsquenme en la guía como Fisher. Warren y Liz Fisher.

    Con un alegre saludo, desapareció.

    —Celebremos una ejecución pública —dijo Carol Jeanne—. Si es que hay una cuerda lo bastante gruesa para sostener a nuestra querida alcaldesa.
    —No. Penélope tenía razón, aunque nos manipulara un poco —indicó Red—. Hemos hecho bien en ir, aunque fuera duro para las niñas.
    —También ha sido duro para mí —dijo Carol Jeanne.
    —Bueno, yo creo que ha sido algo hermoso —intervino Mamie, siguiendo su costumbre de parecer virtuosa, cada vez que podía, a expensas de Carol Jeanne—. Ojalá hubiera conocido a esa bella mujer. Todo el servicio fúnebre ha sido encantador. Espero poder tener un funeral tan bonito.

    Ah, si yo hubiera podido hablar…

    —Me apetece una buena siesta —dijo Stef—. Y temo que será ruidosa.
    —Sí, para ti no hay problema. Puedes bromear porque nunca oyes el escándalo que armas —le reprochó Mamie—. Además, todos sabéis que aborrezco el desorden. Si no ponemos los muebles en su sitio, no podré dormir.
    —Haz lo que quieras, Mamie —repuso Carol Jeanne—. Los demás vamos a acostarnos.

    Llevó a Emmy a la habitación donde habían colocado las camas de las niñas. Red cogió a Lydia en brazos y la siguió. Vi que Stef cubría la retaguardia, dejando a Mamie sola en la habitación principal.


    Las camas y las sábanas no eran parte del mobiliario que habíamos traído. En el suelo había colchones inflables de tipo estándar cubiertos con sábanas lavadas tantas veces que el dibujo floral se había gastado hasta resultar invisible. Las niñas sólo tardaron un momento en desnudarse y acostarse, y se quedaron dormidas al instante, casi como un milagro. Entonces Carol Jeanne se dirigió al dormitorio, que tenía una cama lo bastante grande para que la compartieran Red y ella, y yo recorrí la habitación, identificando las cajas hasta rascar la que contenía los pijamas de Carol Jeanne. Pero ella no me oyó. Se quedó dormida inmediatamente, vestida de calle.

    Red no tuvo tanta suerte. Hijo diligente siempre, fue a la habitación principal y, siguiendo las directrices de Mamie, movió muebles a un lado y a otro hasta que ella quedó satisfecha. Los oí trabajar mientras exploraba el resto de la casa.

    Pink estaba dormida en la oficina, justo en la silla de Carol Jeanne, por supuesto. Yo también estaba cansado, pero no podía dejar pasar de largo la oportunidad de conseguir unas cuantas cosas en la intimidad. Encontré la caja con el equipo informático, lo abrí, y saque el cable que usaba para enlazar mi propia portilla in-out con el ordenador. Entonces encontré el pequeño artilugio electrónico que había metido en la caja allá en New Hampshire, cuando Red no estaba mirando. Era un adaptador para el extremo del cable que daba al ordenador, convertido en otra conexión para testigos. Me enchufé al cable y metí el otro extremo en la portilla situada en la nuca de Pink. Soy habilidoso y Pink es torpe, así que no se despertó.

    Activé el útil programa espía que había pirateado de uno de los ordenadores del Centro de Entrenamiento de Testigos cuando era un chaval, y revisé los recuerdos de Pink.

    Pobrecilla. Había tenido un viaje miserable y humillante desde que salió de la Tierra. La gente seguía tratándola como si fuera un animal. Y ni siquiera podía meárseles encima.

    Pero yo buscaba otra cosa. Con toda seguridad, Nancy había traído a Pink a la casa mientras los trabajadores aún estaban descargando los muebles. Y aunque Pink era demasiado estúpida para conocer las implicaciones de lo que veía, había un pequeño asunto que llamó mi atención. Pink estaba dormitando en la oficina cuando abrió un ojo y vio a uno de los trabajadores abrir el ordenador de Carol Jeanne y reemplazar rápidamente uno de los chips de control por otro mayor que contenía una antena diminuta. Al parecer alguien quería conocer toda la actividad del ordenador de Carol Jeanne.

    Tardé media hora en abrir el ordenador, calcular qué hacía el chip, cortar los dos enlaces que lo unían a la placa base, y conectarlos a un trozo de cable que canibalicé de otra parte del ordenador. Ahora nada podría ser desviado a aquel otro chip a menos que yo hiciera que el ordenador lo enviara allí.

    Entonces escribí un pequeño programa para superponerlo al sistema operativo y suministrar actividad dispersa y datos al chip parásito. Registraría la actividad del ordenador, sí… pero no les proporcionaría ninguna información legible sobre el contenido de la actividad de Carol Jeanne.

    Terminado ese trabajo, tenía que averiguar quién era el espía y deducir sus motivos. Usé el ordenador para acceder al directorio fotográfico del Arca. Tardé un rato, ya que no tenía ni idea de quién era el hombre que había manipulado el ordenador, y no era empleado de Gestión de Materiales. Eso no fue ninguna sorpresa: Gestión de Materiales tenía un par de administradores y confiaba en voluntarios para hacer el trabajo. Pero implicó tener que mirar foto tras foto hasta que lo encontré. Por fortuna, tengo una excelente capacidad de reconocimiento y pude pasar el directorio mucho más rápido de lo que lo habría hecho un humano.

    El manipulador del chip era un hombre llamado Pavlos Koundoruiotes. Trabajaba oficialmente como ayudante del director de entrenamiento físico. Ése era el departamento que dirigía el programa de ejercicios obligatorios. Todo el departamento era probablemente una tapadera para la policía secreta: les daba cobertura y explicaba por qué trabajaban tan duro para ser más rápidos y más fuertes que todos los demás.

    Oficialmente, la disciplina la dirigían en cada poblado dos alguaciles electos. Pero naturalmente el administrador tendría que contar con su propia policía para vigilar cualquier señal de problemas. En un lugar como el Arca, con tantos grupos étnicos mezclados, habría sido absurdo confiar en la buena voluntad y en los alguaciles voluntarios para mantener la paz.

    Los resentimientos acabarían brotando aquí y allá; habría incidentes. El administrador jefe tendría que contar con alguien para mantener a raya a los intrigantes y los buscarrazones.

    Así que había una buena posibilidad de que el pequeño chip emisor no fuera dirigido contra Carol Jeanne en particular, sino que más bien fuese una precaución rutinaria que se tomaba con todos los ordenadores privados del Arca. Si tal era el caso, posiblemente no tuvieran tiempo para monitorizar todo lo que se hacía en cada uno de los ordenadores. Pero podían tener un programa que escaneara todos los ordenadores para encontrar pautas anómalas… y si el ordenador de Carol Jeanne creaba señales y daba datos completamente aleatorios eso podría llamar la atención.

    Así que volví al pequeño programa que había escrito y lo revisé. Ahora, en vez de datos y archivos aleatorios, haría que el chip parásito capturara y emitiera extractos de las obras publicadas por Carol Jeanne. Parecería un lenguaje, y probablemente no dispararía las señales de alarma en el programa espía. A menos que alguien buscara específicamente en la actividad del ordenador de Carol Jeanne, ella tendría intimidad.

    Mientras tanto, yo comprobaría el ordenador todos los días durante la primera semana para ver si mi manipulación del chip parásito había sido descubierta y subsanada. Si a la primera semana no había ningún problema, sólo lo comprobaría una vez a la semana a partir de entonces.

    ¿Por que lo hice? En ese momento no se me habría ocurrido que pudiera tener otro motivo que la protección de Carol Jeanne. Sin embargo, ahora me pregunto si tal vez ya tenía una comprensión inconsciente de que en el futuro mi propia supervivencia dependería de rni habilidad para usar el ordenador de Carol Jeanne sin que nadie más supiera lo que hacía.

    No había ninguna razón para que Carol Jeanne necesitara protegerse de las intrigas del administrador en jefe. Toda la expedición dependía de su habilidad para comprender los biosistemas del nuevo planeta y encontrar un medio de encajar en él a la sociedad humana sin destruir nada crucial. Las fuerzas de seguridad harían todo lo posible para protegerla y nada para interferir con ella. Carol Jeanne nunca necesitaría la intimidad que yo había creado para ella.

    Pero yo sí.

    No lo sabía entonces. No sabía nada. Y sin embargo, debía de saberlo todo. En mí hay profundidades que nadie ha sondeado, ni siquiera yo mismo.

    —¿Qué está haciendo el mono? —demandó Mamie desde la puerta. Al parecer los muebles habían sido por fin colocados a su entera satisfacción.
    —Un vaciado de memoria —dijo Red.
    —Siempre he odiado la idea de tener a esa cosa merodeando por la casa cuando todos estamos dormidos —susurró Mamie—. Enano chismoso. Tiene unas manos tan sucias…

    ¿Pensaría que no podía oírla, sólo porque hablaba en voz baja?

    —Está haciendo su trabajo —dijo Red—. Incluso para ser un capuchino mejorado, es inusitadamente inteligente. Uno de los mejores que han producido jamás. Carol Jeanne tuvo un golpe de suerte cuando le asignaron a Lovelock.
    —No deja de tocarla —insistió Mamie con voz desagradable—. De forma muy posesiva. Como un amante. —Red no dijo nada—. Como un amante obsceno, sucio, enano, negro, mudo, vil y satánico.
    —Los monos se acarician —dijo Red.
    —Y los cerdos gruñen —dijo Mamie—. Pero no veo a Pink hacer eso contigo.
    —Mamá…
    —Si yo fuera un hombre, no toleraría que ese pequeño Lucifer tocara a mi esposa.

    Lucifer. El que trae la luz. Un término para una cerilla anticuada. Qué adecuada elección de epíteto, oh anciana ramera, pensé.

    —Mamá —repitió Red—. Su audición es muy buena. Probablemente oye todo lo que dices.
    —Me da absolutamente igual.
    —Y todo lo que oye se lo dice a Carol Jeanne.
    —Entonces tal vez cuando le cuente esto, ella se dará cuenta de lo repulsivo que para la gente decente resulta lo que hace ese mono con ella.
    —Lovelock no es su amante —puntualizó Red—. Pero la observa todo el tiempo. Sabe cosas de ella que yo no sabré nunca. Sí, siento celos, pero no de la forma en que tú piensas. Siento celos porque nunca podré amar a mi esposa y comprenderla tan bien como lo hace su testigo.

    Mamie sonrió sombríamente.

    —Ya que los hombres nunca comprenden a las mujeres, no me sorprende.
    —Sí, mamá.

    Pude notar el resentimiento en su voz. Mamie debía haberle dicho cosas como aquella toda su vida, y a él no le gustaban… pero también sabía que no tenía que discutir con ella.

    —Los hombres están siempre muy seguros de sí mismos, pero siempre pasan por alto los tiernos sentimientos de las mujeres —dijo Mamie—. Tu padre nunca ha tenido un momento de compasión hacia mí. Y tú no eres mucho mejor.
    —Lamento que pienses eso, mamá. —Otra frase ritual.
    —No me importa —concluyó Mamie—. Es la carga que tiene la mujer en la vida. Trabajamos y servimos a nuestros hombres, y a cambio recibimos más y más demandas y ninguna comprensión.

    Él no dijo nada.

    —Siempre te gustó con el pelo largo —dijo Mamie, reemprendiendo el ataque a Carol Jeanne—. Pero se lo cortó para el mono.
    —Se lo cortó porque Lovelock se enganchaba las manos cuando la acariciaba.
    —El mono es más importante en su vida que tú, Red. Haces como si no te importara, pero sé que te molesta.
    —Acuéstate, mamá. —Le oí separarse de ella y entrar en el dormitorio de Carol Jeanne.

    Inmediatamente me desconecté del ordenador y salté hacia Mamie, que aún se encontraba en la puerta. Ella soltó un gritito y retrocedió hasta el pasillo. La ignoré y me dirigí al dormitorio, donde Red se acababa de quitar los zapatos.

    Pude oír a Mamie murmurar a mis espaldas, tan fuerte que sospeché que Red también la oía perfectamente bien.

    —Eso demuestra que cierta clase de personas no han acabado de salir de la jungla.

    Entonces me dormí, porque estaba tan cansado como todos los demás. Y soñé. Estoy seguro de que mi sueño fue debido a lo que Liz le había dicho a Carol Jeanne, aquello del ansia de cada criatura por reproducirse.


    Soñé y me vi a mí mismo como padre, pero absurdamente me vi como un padre humano, con un estúpido y suave bebé sin pelo que ni siquiera podía agarrarse a mi pelaje. Y el bebé de mi sueño era grande, así que tampoco podía cogerlo y tenía que arrastrarlo por el suelo. Y cuando me subí a un árbol y salté de una rama a otra, el bebé pesaba tanto que caímos como una fruta madura; el bebé salpicó horriblemente el asfalto cuando aterrizamos. Me sorprendió que hubiera asfalto en la jungla, pero cuando miré vi que ya no era tal, sino una jaula, con humanos a mi alrededor, mirando disgustados la masa palpitante que había sido mi bebé. Sólo que ahora no era un bebé humano, sino un pequeño capuchino, y su cráneo se había abierto en la caída y estaba muerto. Sentí una pena terrible crecer en mi interior y tiré una y otra vez del brazo del bebé, intentando despertarlo. Por fin, se me ocurrió la idea: esto es en realidad un sueño terrible, y tendría que despertarme y terminarlo. Y eso hice.

    Estaba temblando. Había parecido tan real… Permanecí tendido en mi nido temporal entre las cajas apiladas, pensando. ¿Cómo será mi hijo? ¿Mejorado como yo, o simplemente un capuchino corriente, estúpido? ¿Cuántos de los cambios genéticos que me habían introducido estaban presentes en mis gametos, para ser transmitidos a mis hijos? ¿Dependía alguna parte de lo que soy de tratamientos específicos en útero, que me hacían superdesarrollarme en ciertos aspectos? Tendría que averiguarlo antes de engendrar un hijo.

    Y entonces desperté del todo y comprendí el absurdo de lo que estaba pensando. ¿Un hijo? ¿En que estaba pensando?

    Yo era un testigo. No había lugar en mi vida para un hijo. No había espacio en mi vida. Pero, ¿por que no? ¿No sentían todas las criaturas vivas el ansia de reproducirse? Aunque sólo fuera como tendencia de la especie a llenar todo el espacio disponible.

    Pero ¿cuál era mi especie? No era un mono, ya no. Por lo que sabía, era único. Y en cuanto a tener familia, Carol Jeanne era mi familia. Carol Jeanne es todo lo que necesito, me dije una y otra vez. Pero en vez de la felicidad que normalmente me embargaba ante la idea de pertenecerle, me sentí invadido durante varios minutos por una tristeza inefable. No comprendía lo que me estaba pasando, pero sabía que no me hacía feliz, y quería que desapareciera.

    Y, con el tiempo, lo hizo.

    Querido estúpido diario:
    Peter y yo conocimos a un mono en el funeral. Es un testigo y era muy bonito y muy listo. Peter dice que es desagradable porque su gurrinilla le cuelga delante de todo el mundo, pero eso es porque el sólo piensa en gurrinillas cuando no en pechos. Yo creo que es un mono precioso y voy a hacerme amiga suya. Nancy entró en su casa para llevar al testigo del hombre, que es un cerdo.
    La próxima vez que Nancy nos atienda voy a decirle que me hable de la casa. Ella es la gaióloga jefe y la persona más inteligente del Arca. Leí sobre monos en la enciclopedia en cuanto llegamos a casa, y me pregunto si éste tira mierda y se masturba todo el tiempo como los monos que vimos en el zoológico de San Francisco o si los monos testigos son más parecidos a las personas. Voy a averiguarlo todo sobre él y a ser su amiga, y Peter no sabrá nada ni ser su amigo ni nada. Me pregunto cómo se llama.


    Llegamos a Mayflower un Diaséis. Eso significaba que Carol Jeanne sólo tendría que trabajar el Diasiete antes de su primera jornada de trabajo comunal, que en nuestro caso era el Diaocho, y luego el Dianueve sería nuestro Dialibre. Así que Carol Jeanne pasaría trabajando un solo día entre científicos civilizados antes de tener que pasar dos días seguidos en el terrible poblado de Mayflower.

    Cuando amaneció el Diasiete, Carol Jeanne saltó de la cama y preparó un genérico desayuno de cereales fríos para que los pocos miembros de la familia que estaban despiertos lo tomaran. Luego, tras coger un mapa que algún benefactor anónimo nos había dejado, ella y yo nos escapamos de la casa.

    El diseño del Arca no permitía oficinas en áticos. Todo parecía igual, contribuyendo a la atmósfera igualitaria. El laboratorio y la oficina adjunta de Carol Jeanne no eran más impresionantes que las de cualquier otro científico del Arca.

    Y por una vez, Carol Jeanne fue tratada como una científica en vez de como una celebridad. Tras breves saludos, los otros científicos volvieron a su trabajo tan rápidamente como pudieron. Sabían que tendrían tiempo de sobra para hablar con Carol Jeanne cuando sus trabajos los unieran. Pero era su trabajo lo que amaban, y a ella la admiraban por el suyo, así que ¿por qué no hacer más? Además, los otros llevaban meses trabajando juntos. Habían desarrollado sus propias rutinas, y la llegada de Carol Jeanne para llevar las riendas no supondría una modificación de sus hábitos de trabajo a menos que ella insistiera. Lo que no era su estilo.

    Carol Jeanne entró en su oficina —que tenía una cerradura en forma de panel ID— e inspeccionó los estériles muebles. Sus archivos y biblioteca habían sido llevados allí, igual que habían hecho con nuestro mobiliario. Pero algún imbécil había intentado desempaquetar los importantes libros y trabajos de Carol Jeanne, esparciéndolos por todas partes, y ahora harían falta días para ponerlo todo en orden. O quizá —y esto era pura paranoia por mi parte— alguien había examinado todos sus papeles…, quizás incluso los había fotografiado y hecho un inventario.

    —Qué desastre, Lovelock —dijo ella, enfadada—. ¿Por qué no lo han dejado todo en las cajas? Estúpidos. Bueno, ayúdame a poner en orden mis archivos. Tú los recordarás mejor que yo.

    Antes de que empezáramos, alguien llamó a la puerta y entro seguidamente, sin esperar a que Carol Jeanne le diera permiso. Era un hombre bajo, cuadrado y oscuro. Carol Jeanne no era alta, pero le pasaba varios centímetros. Encaramado en el hombro de ella, pude ver que el pelo negro del hombre empezaba a escasearle en la coronilla. Se notaba que era un tipo vanidoso: llevaba bigote, un elemento cuya única función era potenciar la vanidad de su usuario y empaparse con gotitas de todo lo que bebiera. Y sus dientes eran tan blancos que hubiese podido mandar mensajes a kilómetros de distancia usando la luz que reflejaban. Pero había alegría en su rostro, y una vivacidad en su andar y sus modales que yo había visto en pocos humanos. Supe de inmediato que sería una compañía interesante o un coñazo insoportable. Todo dependía de que fuera inteligente además de feliz. Por mi experiencia, la felicidad y la inteligencia no solían coincidir en una misma persona.

    En el hombro llevaba una cacatúa color melocotón, su testigo. Pronto supe que una cacatúa como testigo era una buena elección; era tan buena a su modo como un mono. Con garras no tan flexibles como mis manos, claro, pero lo bastante diestra para poder manejar un ordenador sencillo con rapidez. Y tenía un talento por el que yo habría dado un pulgar: capacidad para hablar. Su voz mejorada era de pájaro, desde luego, pero no era un loro imitador. Hablaba de una manera tan inteligente como yo lo habría hecho de haber podido hablar. La envidié pero, al mismo tiempo, me cayó bien. E igualmente importante: me gustaba un hombre que fuera lo bastante práctico para elegir un testigo tan útil.

    El desconocido llevaba un coco en la mano izquierda y un machete en la derecha. Tras agacharse, depositó el coco en el suelo de la oficina de Carol Jeanne y, antes de que ella pudiera protestar, lo partió en dos de un certero machetazo. Una mitad del coco aterrizó boca abajo, y él limpió la leche que se derramó con un pañuelo que se sacó del bolsillo. Una lasca errante había volado por la habitación, y la cacatúa echó a volar para capturarla. La recogió de encima de una mesa con una garra, equilibrándose sobre la otra mientras sacaba la carne de la cáscara con su pico.

    La otra mitad del coco había permanecido boca arriba, llena de leche. El desconocido se la ofreció a Carol Jeanne, quien la aceptó aturdida.

    —¿Qué es esto?
    —Es la ceremonia del coco, mi forma de darle la bienvenida. Soy Neeraj Bhushan, el xenobiólogo jefe.
    —Sí, conozco su trabajo. No sabía que también fuera experto en cocos y machetes.

    Él se rió, como si las palabras de Carol Jeanne hubieran sido un chiste y no una puya.

    —En la India habría arrojado el coco al suelo para romperlo, pero aquí los cocos rebotan. Bienvenida al Arca.

    Carol Jeanne no le devolvió la sonrisa. Le observó un momento antes de depositar la mitad del coco sobre la mesa.

    —No me gustan los cocos —dijo, aunque le gustaban bastante. Estaba mintiendo para demostrarle su disgusto.

    En apariencia, él ignoró la queja.

    —No importa. Ramanujan se lo comerá. La bienvenida es lo que cuenta. Espero que haya tenido buen viaje.
    —Estoy aquí. En el espacio, todo contratiempo es mortal.
    —Ya. —Él alzó la cabeza y me miró a los ojos, y su sonrisa se ensanchó. Inclinó la cabeza para saludarme antes de devolver su atención a Carol Jeanne—. Un testigo con manos. Yo dudé a la hora de escoger entre un testigo con voz y otro con manos. ¿Siente el que su falta de habla es un inconveniente?

    Movió sus dedos en una incomprensible sucesión de signos dirigidos a mí. Grabé automáticamente sus gestos; más tarde, al buscar en las tablas de lenguajes de signos, pude interpretarlos:

    —Hola, amigo —dijeron sus manos—. Me gustará trabajar contigo.

    Neeraj era el primer humano que me trataba como a un igual, pero como no me habían enseñado el ameslán, no entendí el cumplido que me hacía. En cambio, extendí las manos, palmas arriba, en un gesto universal que significa: “No te entiendo”. Eso cuando no significa: “Soy más estúpido de lo que tú crees”.

    —No uso el lenguaje de signos con él —explicó Carol Jeanne. Había un deje de impaciencia en su voz—. Comprende todo lo que digo, y puede escribir sus informes y señalar cosas en el ordenador. Si pudiera hablar, charlaría conmigo constantemente y yo tendría que mirarlo para entender lo que dice y no podría hacer otra cosa, ¿no es cierto?

    Nunca la había oído explicar aquello antes. ¿No me habían enseñado el lenguaje de signos porque tal vez hablara demasiado? Bueno, discúlpame. Cuanto más lo pensaba, más me molestaba que ella pensara así. ¿No se le ocurrió que tal vez yo querría poder hablar y tener a alguien que me entendiera?

    —Lo sé —dijo Neeraj—. En el centro de entrenamiento desaconsejan a los nuevos propietarios que intenten trabajar con el lenguaje de signos. Pero me parece que sus razonamientos son un tanto absurdos, ¿sabe? Sospecho que el verdadero motivo por el que no quieren que los testigos con manos usen el lenguaje de signos es que entonces no habría manera de distinguirlos de los humanos mudos. Y si son indistinguibles de los humanos mudos, ¿cómo tendríamos derecho a tratarlos como esclavos?

    Sentí que los músculos de los hombros de Carol Jeanne se tensaban. Estaba furiosa. Pero, ¿por qué? Él no había dicho nada contra ella. Además, yo no era su esclavo. Era su amigo. Un amigo al que había decidido privar del habla porque podría molestarla. De repente, me enfurecí yo, hasta un grado que me sorprendió.

    —Eso es absurdo —comentó Carol Jeanne—. Los animales mejorados no son esclavos. No importa qué capacidades añadidas les hayan dado, les fueron dadas para que cumplieran funciones concretas. Es como herrar a un caballo para convertirlo en mejor bestia de carga.

    Neeraj sonrió y asintió.

    —Sí, sí, conozco esa línea de razonamiento, y tiene muchos partidarios.

    Yo habría podido detectar la ironía en su voz si no me hubiera distraído la expresión “bestia de carga”.

    —Además, Neeraj —dijo Carol Jeanne—, nunca he tenido tiempo de aprender ameslán. Su testigo puede hablar en voz alta, así que no puedo entender por qué se ha molestado usted en aprenderlo.
    —Durante algunos años tuve una colega sorda, y descubrí que tenía cosas más interesantes que decir que la gente con capacidad de hablar. Así que fui recompensado con creces por aprender el lenguaje de signos. Tal vez su testigo… ¿cómo se llama?
    —Lovelock.
    —Ah… Su testigo tiene el nombre de un científico, y el mío el de un matemático. Tal vez su Lovelock sería también un conversador interesante.

    Ella se echó a reír.

    —“Tira la mierda, Neeraj”. Eso da una idea de las cosas que diría.

    Por un momento me sentí abrumado por la ira. Salté de su hombro a lo alto de un archivador, y de inmediato cagué un mojoncillo. Lo cogí con la mano y sólo entonces me di cuenta de que mi furia iba dirigida contra Carol Jeanne. Mi amiga. No, mi ama.

    La persona que más amaba en el mundo. Mi propietaria.

    No importaba lo que fuera. Yo no podía lanzarle un mojón. Para empezar, mi condicionamiento iba en contra de ello. Y la amaba desesperadamente y estaba profundamente avergonzado de que me hubiese visto hacer una cosa tan fea y ofensiva.

    Y sin embargo, mi furia hacia ella no menguaba. Así que salté del archivador hasta la mesa, y amablemente deposité el mojón en la leche de su parte de coco.

    —Lovelock, eso ha sido repugnante —dijo ella—. Ahora nadie podrá beberse la leche.
    —Lástima que no pueda hablar —comentó Neeraj.

    Le miré. Por un momento, el alegre rostro de Neeraj se ensombreció. Luego me sonrió.

    —Me comunicaré contigo, Lovelock, siguiendo tu costumbre. Pero algún día me encantaría comprender tu sentido del humor. Tengo la sensación de que el mojón en el coco es una especie de chiste, y lamento no captarlo.

    Me gustaba Neeraj.

    Miré a Carol Jeanne a la cara, esperando que repasara la escena más tarde y viera exactamente cuánto contrastaba el amable semblante de Neeraj con su nariz dilatada y la mueca de su boca. Para enfatizar la diferencia, me coloque debajo de su gigantesco rostro y miré hacia arriba. Era una perspectiva horrible. Carol Jeanne odiaría verse así en la pantalla del ordenador.

    Finalmente, consiguió forzar una sonrisa dirigida a Neeraj.

    —Ha sido muy amable al venir a saludarme, pero tengo trabajo que hacer. Me temo que alguien ha hecho un desastre en esta oficina.
    —Ya veo. ¿Almorzará conmigo?

    Claro que no. Estaba seguro. Después de todo, Neeraj acababa de demostrar que era mucho más comprensivo con el testigo de Carol Jeanne que ella misma. Estaba seguro de que era alguien con quien no le gustaría pasar el tiempo.

    —Hoy no —respondió—. Tengo que trabajar. Gracias por darme la bienvenida.

    Carol Jeanne lo escoltó hasta la puerta y la cerró de golpe tras de él.

    —¡Qué hombrecillo más pomposo! —dijo cuando nos quedamos solos.

    La miré. Cosa que estuvo bien, porque ella me estaba mirando también.

    —Lovelock, se supone que estás de mi parte. Lo de la leche de coco ha hecho que pareciera que estás de acuerdo con sus absurdas observaciones sobre los testigos.

    Meneé la cabeza arriba y abajo para expresar mi acuerdo.

    Pero se había desplomado ya en su silla, sin mirarme. Por primera vez advertí con cuánta frecuencia ni siquiera se molestaba en mirarme para ver mi reacción a lo que decía. Vi lo poco que le importaba comprender mis ideas y sentimientos.

    Y así era como debía ser. Yo era un simple testigo; ella era la genio cuya obra y palabras debían ser grabadas constantemente. ¿Por qué habría de mirarme, de intentar comprender mis mudas palabras?

    Carol Jeanne se rió, ajena a lo que yo pensaba.

    —¿Te imaginas, un científico con un machete? Y hay leche de coco por todas partes. Y es xenojefe… tendré que reunirme con el constantemente. Y yo que pensaba que toda la gente horrible estaba en Mayflower… Tendré que parapetarme aquí dentro, o acabaré cogiendo su machete para usarlo contra él.

    ¿Cómo podía equivocarse tanto con Neeraj y pensar que aquel hombre se parecía siquiera a Penélope?

    —Organiza los archivos, Lovelock; yo veré si el personal me ha proporcionado los informes que pedí antes de salir de la Tierra. Creo que planificaré una reunión de personal mañana, para decirles adónde vamos a partir de ahora.

    Me subí al teclado del ordenador y escribí: Mañana no. Diatrabajo.

    —Se me había olvidado. Tengo un Diatrabajo, y luego un Dialibre. Dos miserables días atrapada en Mayflower haciendo cosas sin importancia con gente pesada, cuando aquí tengo trabajo por hacer.

    Liz —tecleé—. Te gustó.

    —Sólo hay una Liz. Todos los demás son Penélope, Dolores, Odie Lee…

    Odie Lee está muerta, puntualicé.

    —Su marido no… y la verdad es que tampoco estoy tan segura de que ella lo esté. Podrían reproducir esas holoimágenes durante años. Para cuando aterricemos en Génesis, probablemente habrá toda una generación de adoradores de Odie Lee. Le rezarán y comulgarán con galletas de chocolate hechas según su receta.

    Rodé de espaldas e hice la pantomima de reírme estentóreamente. Era como en los viejos tiempos. Yo era su público perfecto. Excepto que mientras reía por ella, sentí un horrible resto de furia en la boca del estómago.

    Ella se rió de mi risa, pero luego suspiró.

    —Va a ser un largo viaje —dijo, pero no me miró buscando una respuesta. Ya estaba inmersa en su papel como gaióloga jefe y gobernadora de todo lo que había a su alcance.

    Después de eso pasamos el resto del día sumidos en nuestros propios pensamientos. La mayor parte del tiempo lo dedicamos a organizar su oficina. Carol Jeanne llevó a cabo esta tarea con tanta concentración que no llegó a salir de la habitación… ni siquiera para traer comida para ambos. Ignoró los rugidos de su estómago y mis miradas plañideras; no quería arriesgarse a salir al pasillo. ¿Tanto temía a Neeraj?

    Pero que ella no quisiera salir no significaba que yo estuviera atrapado. Hice una pausa por la tarde y me llevé la mitad del coco al lavabo; limpié la leche y el mojón y luego saqué la carne del coco y me la comí ansiosamente. Estaba deliciosa… comida de verdad, no como esa miserable Comida Para Monos Purina que según la perezosa de Carol Jeanne era la dieta perfecta para mí, sobre todo porque no había más que ponerla en un cuenco. Neeraj debía de haber utilizado parte de su cupo de carga para traerse cocos de la Tierra, y era realmente generoso al compartirlos. Si Carol Jeanne quería fingir que no le gustaba el coco, yo no tenía por qué seguirle el juego.

    Cuando quedé saciado, todavía quedaba coco de sobra.

    Lo llevé otra vez a la oficina y lo coloque en el fondo de uno de los cajones menos cargados de archivos. Carol Jeanne alzó la cabeza sólo lo suficiente para decir:

    —No te olvides de que lo has puesto ahí. No quiero que se pudra y empiece a oler.

    Pero no se me olvidaría. Me lo comería todo, y no lo compartiría con ella.


    El día terminó despacio. Carol Jeanne se quedó después de que los demás se hubieron ido a casa, y se marchó sólo cuando las voces en los pasillos se apagaron. Yo no sabía si evitaba ver a alguien o si simplemente no tenía ganas de regresar a Mayflower.

    Cogimos el metro. La gente nos miraba discretamente, y nos observaba cuando pensaba que no nos dábamos cuenta, pero por supuesto yo sí que lo advertía. Pronto se acostumbrarían a nosotros.

    Cuando llegamos a casa, era tan tarde que nuestra bienvenida no fue de ningún modo alegre. Red debía de haber vuelto pronto del trabajo —¿cuántos clientes podía tener en su primer día en el negocio de la terapia, allí en el Arca?—, y estaba sentado en el sofá grande, leyendo “El motorcito que podía” a Emmy y Lydia. Las niñas apenas levantaron la cabeza cuando Carol Jeanne abrió la puerta, y Red no apartó los ojos de las páginas del libro para sonreír a su esposa. Y no es que necesitara mirar el libro; las niñas se lo habían hecho leer tantas veces que debía de sabérselo de memoria.

    Red podía guardar silencio ante el hecho de que Carol Jeanne llegara tarde a casa después de su primer día de trabajo, pero Mamie no se mordió la lengua.

    —Aquí está la reina del Arca —dijo—, bajándose del trono para visitar a los peones. ¡Qué bien que hayas venido!

    Pero Carol Jeanne no picó el anzuelo, excepto para bromear.

    —Soy muy buena, ¿verdad? Dime… si soy la reina, ¿puedo sentarme aquí y dejar que me esperéis?
    —Te he esperado todo el día —dijo Mamie—. He dado de comer a tus hijas y las he vestido y las he cuidado también, porque su madre las ha dejado sin nadie a cargo.
    —Pronto resolveremos esa cuestión —zanjó Carol Jeanne—. Mientras tanto, las he dejado con dos adultos. No se puede decir que estuvieran solas.
    —Oh, claro. ¿Por qué no las guardamos en el congelador durante el día?
    —Por si a alguien le interesa —comentó Red—, he descubierto que la guardería está en la iglesia. Pueden empezar el Diadiez.
    —Odio la guardería —dijo Lydia. Su voz era tan fría como la de Mamie—. No voy a volver.
    —Tu hija estaba aterrada en esa guardería donde la abandonaste, en New Hampshire —señaló Mamie.

    Como si Red no la hubiera dejado allí también.

    —Yo no diría que “aterrada” sea la palabra —repuso Stef.

    Fue el único de la habitación que había sonreído al entrar Carol Jeanne. Ahora su objeción le valió una fría mirada de Mamie.

    —La encerraron en un armario, ¿no?
    —Era un despacho, no un armario —puntualizó Stef—, y Lydia había golpeado a un niño en la cabeza con una silla.
    —¡No fue culpa mía! —chilló Lydia—. ¡Te odio, abuelo!

    Finalmente, Red habló.

    —¡Lydia, vete a tu cuarto!

    Llorando, Lydia se marchó a su habitación para sufrir en melodramática soledad. Emmy empezó a chillar al doble de volumen. Red se levantó para sacarla de la habitación, pero se detuvo para hablar fríamente a su esposa.

    —No habría estado mal que hubieras regresado a casa a tiempo el primer día.
    —Tenía mucho que hacer —respondió Carol Jeanne, con idéntica frialdad.
    —Se las han apañado sin ti todos estos meses —dijo Red—. Pero estoy seguro de que todo estaba a punto de desplomarse hasta que tú llegaste.

    Salió de la habitación, llevándose consigo los aullidos de sirena de Emmy. En la relativa calma, Mamie recordó la ofensa anterior de Stef, y suspiró.

    —Algún día tal vez comprenda tu vena sádica, Stef, pero hoy no. Mencionar el asunto de la silla, cuando sabes que a Lydia la provocó aquel niño horrible…
    —Hubo dos testigos adultos que dijeron que el niño estaba jugando solo y tranquilo y que no le había hecho nada a Lydia.
    —Tal vez aquel día no —insistió Mamie—. Pero siempre estás dispuesto a echar la culpa a las mujeres por todo. Nunca será culpa del niño, oh, no, porque es siempre la niña la que no ha sido lo bastante paciente, mientras que el niño es siempre completamente inocente.

    Stef se levantó y salió de la habitación.

    —Eso es, Stef, huye de la verdad, huye de todo. Hay gente en este mundo que se queda y se enfrenta a las cosas, y gente que siempre está huyendo de la verdad o que se queda hasta tarde en el trabajo mientras otros cuidan de su familia en su lugar.

    Ahora que Mamie había vuelto a mencionar las ofensas de Carol Jeanne, era el momento de que nos marcháramos. La oímos gruñir a nuestras espaldas mientras recorríamos el pasillo.

    Simplemente, otra noche maravillosa en el hogar de los Todd.

    Sólo que en aquella ocasión, en vez de pensar automáticamente lo molestos que eran Red y Mamie, me encontré pensando que Carol Jeanne podría haber regresado a casa a tiempo perfectamente. Nada de lo que había hecho en los últimos noventa minutos era urgente, podría haberse hecho al cabo de una semana o de un mes. Tampoco el tráfico era un impedimento en el Arca. Según Red, ella se había retrasado deliberadamente para no encontrarse con él. Y si lo pensaba, tal vez tuviera razón.

    Bueno, ¿qué motivos tendría ella para darse prisa en volver a casa? Era un genio conviviendo en una casa con gente inferior, a excepción de mí. Yo era el único que comprendía su trabajo y sus necesidades y su misma alma.


    Cuando entramos en la oficina, Pink estaba dormida en su silla. Carol Jeanne suspiró, pero yo sabía cuál era mi deber. Salté a la silla, rebotando para que Pink abriera un ojo. Al verme, y conociéndome como me conocía, Pink se levantó de inmediato y se dispuso a abandonar la silla… pero no lo bastante rápido para evitarme. Pasé mi dedo más largo por su morro. Odiaba que le hiciera aquello. Con un chillido, abandonó la silla y se marchó del despacho.

    Cuando me puse a trabajar, tras enchufarme al ordenador y vaciar en la memoria las observaciones del día, Carol Jeanne se sentó en la silla con un suspiro.

    —Oh, Lovelock —murmuró—. Lovelock Lovelock Lovelock. —Al parecer, mi nombre se había convertido en el mantra del momento—. Pasarán dos días antes de que pueda volver al trabajo. Tengo que librarme de este asunto del Diatrabajo. Mira a ver si puede hacerse algo.

    Sí, yo comprendía sus necesidades. Pero si alguna vez tenía un hijo, nunca se lo dejaría a mi pareja para que lo criara, ni a unos completos desconocidos.

    Si alguna vez tenía un hijo. ¿De dónde había sacado esa idea? ¿De aquella estúpida observación que Liz había hecho el día anterior?

    Y ser crítico con Carol Jeanne… Nunca antes la había juzgado con tanto cinismo. ¿Qué me estaba pasando?

    Morder con fuerza.


    6. CAIDA LIBRE


    Mi función como testigo de Carol Jeanne me mantenía junto a ella durante sus horas de vigilia, pero en cuanto se acostaba se desprendía de mí como de un par de zapatos. Si hubiera estado equipado con un interruptor, me habría desconectado al irse a la cama cada noche. O tal vez ni se habría molestado en hacerlo. No podía servirse de mí cuando estaba dormida, y por tanto no se le ocurría que yo pudiera servirme a mí mismo.

    Y durante aquellos primeros días en el Arca, fui de su misma opinión. Carol Jeanne era mi vida. Cuando estaba dormida, no tenía nada que hacer. Mis propios pensamientos me aburrían, a menos que tuvieran algo que ver con ella. Mi simpleza podía haber sido programada genéticamente o ser consecuencia natural de mi amor por ella. El resultado era el mismo: yo sólo estaba vivo cuando servía a Carol Jeanne.

    ¿O no? En la Tierra, dormía cuando Carol Jeanne dormía. Pero por algún motivo no podía dormir en el Arca.

    Estaba agitado. Era infeliz. Me dije entonces —y lo creí también— que estaba trastornado porque mi pérdida de autocontrol durante la ingravidez había avergonzado a Carol Jeanne. La situación se reproduciría varias veces durante el viaje —antes del lanzamiento, en el cambio, y una vez más cuando llegáramos a nuestro destino—, y yo estaba decidido a no perder el autocontrol. Tenía que entrenarme, por el bien de Carol Jeanne.

    O eso me dije. Pero nunca fue cierto.

    ¿Por el bien de Carol Jeanne? ¿Por qué no me daba cuenta de que, por lo que se refería a Carol Jeanne y a mis creadores, yo ya había sido entrenado? Como un programa de ordenador, se suponía que ejecutaría indefinidamente las mismas actividades hasta el final de mi vida. Después de todo, los monos corrientes siguen las mismas pautas una y otra vez, y son perfectamente felices. No se les ocurrió que al alterar mis habilidades intelectuales también me habían hecho más deseoso de conocimientos y logros. Ya no era un feliz mono de la selva, pero se negaban a verlo. No, se suponía que debía contentarme con aprender sólo los conocimientos que adquiría al servicio de Carol Jeanne. Definitivamente, no tenía que embarcarme en un programa de autoeducación. Después de todo, era una herramienta. En sentido metafórico, Carol Jeanne había comprado un martillo; no tenía ninguna necesidad de que aprendiera a ser una sierra. Así que, desde un principio, no importaba lo que me dijera a mí mismo entonces, mis actividades nocturnas no fueron para ella. Fueron para mí.

    Y había otro motivo que tendría que haber hecho que me diera cuenta de que mis propósitos eran falsos: no había ninguna posibilidad, después de lo que había sucedido en la lanzadera, de que no me ataran durante la gravedad cero. Si Carol Jeanne no me amarraba bien fuerte, otros se encargarían de hacerlo.

    ¿Por qué no tuve en cuenta entonces un detalle tan obvio?

    Ahora, al pensarlo, recuerdo con claridad lo simplista que era mi plan de entrenamiento para soportar la ingravidez. ¿Por qué? ¿Sabía ya, a algún nivel inconsciente, que no me atarían durante uno de los períodos de gravedad cero? ¿Me daba cuenta de que esto sucedería solamente porque ya no sería mucho más tiempo el sirviente simplón de Carol Jeanne? ¿Sabía ya —quizá porque me comparó a una bestia de carga— que no significaba nada para ella? ¿Estaba desvaneciéndose ya mi lealtad?

    Tuve que haber sabido todo esto. De otro modo, ¿por qué le oculté tan cuidadosamente lo que hacía? ¿Por qué me abstuve de hablarle del chip parásito que habían puesto en su ordenador? Mantener secretos era el principio de la libertad.

    Ahora había un lugar en mi propia mente que no pertenecía a Carol Jeanne.

    Siempre se lo había contado todo. Eso era lo que hacía. Contarle todo a Carol Jeanne era lo que había sido introducido en mi condicionamiento, allá en la fábrica de monos, como los entrenadores humanos amablemente se referían a las instalaciones de entrenamiento de testigos.

    Mi condicionamiento. Tal vez eso era lo que evitaba al mentirme a mí mismo. Llegado a ese punto, si hubiera admitido mi furia, mis sentimientos de traición, mi condicionamiento habría intervenido y habría inhibido esos sentimientos o me habría vuelto loco. He de considerar la posibilidad de que, en efecto, me volviera loco. De que ahora lo esté.

    Sin embargo, razoné conmigo mismo y esto es lo que hice: esperé a que todas las luces de la casa se apagaran y los susurros remitieran. Luego seguí esperando media hora más, hasta asegurarme de que mi familia humana estaba inconsciente. Solamente entonces me levanté de la cama y salté por la ventana abierta. Mi programa de entrenamiento estaba en marcha.


    A pesar de desconocer el terreno del Arca, no tuve problemas para encontrar el camino de noche. El sol se ponía puntualmente a las nueve, hora en la que su brillo disminuía para que los humanos pudieran dormir pero manteniéndose lo suficiente para que la gente pudiera moverse sin iluminación adicional externa. Durante todos nuestros años en el Arca, nadie pasaría un instante en completa oscuridad al aire libre.

    Ya había memorizado todo el plano del Arca. Sujetaban el sol dos inmensos trípodes que se extendían desde los fondos planos del cilindro del Arca. Cuando estuviéramos en vuelo, uno de los trípodes surgiría del suelo y el otro colgaría del techo, uniéndose al sol en el centro. Pero como aún nos encontrábamos en órbita solar, con nuestra falsa gravedad procedente de la rotación del Arca, los futuros suelo y techo se alzaban como las paredes de un cañón a ambos lados. Y las tres patas de cada trípode surgían de una de esas paredes, a unos cuarenta metros del suelo.

    En vuelo, nuestra seudogravedad sería consecuencia de la aceleración y la deceleración, y no habría ninguna zona de gravedad cero. Pero ahora, con la rotación del Arca, cuanto más alto se escalaran las paredes del cañón hacia los trípodes que sujetaban el sol, menos se pesaba.

    Todo el mundo lo sabía, como también sabía que intentar subir allí y volar era una total estupidez, porque en el momento en que no tuvieras nada a lo que agarrarte, caerías hacia el borde y no tendrías forma de sujetarte. Las corrientes de aire tenían varias capas de turbulencia, que te hacían revolotear y volcar; por eso el paracaidismo y el ala delta estaban prohibidos. Y lo peor sería aterrizar: cuando golpearas el suelo o contra una de las paredes, no irías a la misma velocidad ni en la misma dirección que la rotación del Arca. En resumen, golpearías el suelo como si te hubieras lanzado desde un coche en marcha y sin control.

    Yo no iba a subir allí para volar. Hubiese acabado convertido en hamburguesa de mono en un santiamén. No, iba a escalar las paredes del cañón hacia el trípode, y luego escalaría la pata del trípode hacia el sol, no para poder volar, sino para experimentar terror y mareo. No hay una mayor muestra de amor para un primate que vomitar por su amo.

    No estoy loco. Aterrado, sí, y solo, pero no loco.

    Ningún lugar del Arca estaba lejos de alguna de las paredes laterales, así que alcancé una bastante pronto. Tras la pared que algún día sería el suelo había un espacio de tres metros a través del cual corrían los tubos de transporte y las alcantarillas, aunque por supuesto no serían utilizados hasta que estuviéramos en vuelo. Tras la otra pared, la que sería el techo, corría el sistema de ventilación, y como aquella pared nunca sería el suelo, su función se mantenía estuviéramos en órbita o en vuelo.

    Si hubiera podido entrar y reptar por cualquiera de esos espacios, la escalada habría sido mucho más fácil. Pero ambas zonas estaban estrictamente fuera del alcance de todo aquel que no fuera un trabajador calificado, y yo aún no había añadido el manejo de ganzúas y otros artilugios similares a mi repertorio de habilidades. Así que, para mí, llegar a las regiones ingrévidas requería una escalada externa por superficies que no estaban diseñadas para ser escaladas.

    Lo que no estaba mal, pensé. Soy un mono. Pero lo que no soy es una araña, y eso es lo que habría hecho falta ser para llegar al techo. No había asideros, nada. Sólo ventanillas de aire acá y allá, y nódulos que lanzaban lluvia. Había una puerta de acceso cerca de la base de cada pata del trípode, pero eso no me servía de nada.

    La pared que sería el suelo era mejor. Enlazaba con las tuberías de drenaje, aunque dichas tuberías estaban especialmente diseñadas para no ser escalables. Después de todo, no era deseable que los niños se mataran. Soy un buen saltador, pero no alcanzo los cuatro metros desde el suelo.

    Así que no salté desde el suelo. Encontré un árbol que estaba lo bastante cerca de la pared, me encaramé a el y di un salto. Incluso tuve en cuenta el efecto de Coriolis. Por desgracia, no hasta que ya estaba en el suelo, agitado y mareado después de haber chocado con la pared a medio metro de donde pretendía caer. Pero al segundo intento me encontré aferrado a una de las tuberías de drenaje del suelo.

    Había pensado acercarme al sol, pero en aquella primera escalada ni siquiera alcancé la pata del trípode. Por grande que sea el Arca, es lo bastante pequeña para no tener que escalar muy alto por la pared antes de perder la mayor parte del efecto centrífugo de la rotación. Bueno, no tanto perderlo como cambiarlo. En el suelo no podía sentir la rotación, sólo la gravedad; pero en la pared empecé a notar una sensación de movimiento. También empecé a encontrarme más y más mareado. Empece a perder el sentido de dónde estaba abajo.

    Por cada gramo de peso, perdí una cantidad equivalente de intrépida determinación. El pánico me atenazó la garganta, y me encontré enseñando los dientes lleno de abyecto miedo. Por fin, mi asidero a la tubería de drenaje acabó por no aportarme sensación alguna de seguridad: arriba ya no parecía arriba.

    El mundo giró a mi alrededor, y no tenía ni idea de dónde era abajo. Podría caer en cualquier dirección. Chillé aterrorizado. Vi mi propia cola, flotando en el aire por encima de mi cuerpo. La visión de mi cola allí donde no debía estar me puso frenético. Perdí el asidero, sólo un instante, pero lo suficiente para empezar a deslizarme por el tubo. Quedaba suficiente fuerza centrífuga para atraerme inexorablemente hacia el suelo. Y pronto de deslizarme pasé a bajar por la tubería mucho más rápido de lo que había ascendido por ella. Afortunadamente, esto empezó a restaurar mi sentido del abajo, y pude reunir la suficiente presencia de ánimo para agarrarme al tubo y no apartarme de la pared. Frené mi caída cuanto pude, pero cuando golpeé el suelo, me quedé anonadado y sin aliento.

    Permanecí tendido y jadeante sobre la hierba varios minutos, antes de atreverme a sentarme y estudiar mi persona. Con la fricción del deslizamiento por el tubo se me habían levantado trozos de piel en ambos brazos. También tenía una pequeña quemadura en la barbilla. Me sentía magullado y dolorido de arriba abajo.

    Lo único que pude pensar fue: Carol Jeanne se dará cuenta. Carol Jeanne verá que me he hecho estas heridas mientras ella dormía. Pero así de distorsionadas eran mis percepciones en esa época: creía que ella sentiría pánico por lo cerca que había estado de la muerte. Pensé que le importaría. Me dije que el motivo de mi temor de que supiera cómo me había hecho aquellas heridas era que no se preocupara innecesariamente por mí. La amaba tanto que tenía que impedir que supiera lo peligrosos que eran los sacrificios que hacía por su bien. Oh, qué enmarañadas telas tejemos…

    Estaba claro que no conquistaría la ingravidez a la primera. Solo podría derrotarla por grados, sin subir más allá de la pared hasta que hubiera dominado la gravedad más abajo. Pero triunfaría. Tal vez yo fuera un engendro genético entrenado para depender de Carol Jeanne, pero me negaba a ser sojuzgado por el terror a las leyes naturales. Me negaba. No toleraría tal limitación de mis habilidades.

    ¿Fue este ansia por mejorar la que me hizo pasar de bestia lista a persona angustiada? ¿Era esto lo que querías que hiciera, Gepetto?

    Si me lavaba, tal vez mis heridas superficiales no se notarían tanto. Entré silenciosamente por la puerta principal de la casa —dando las gracias al diseñador que no había considerado necesarios los cerrojos— y me bañé en el fregadero de la cocina, untándome de jabón para los platos hasta que mi piel quedó libre de sangre. Stef roncaba en el salón y Pink se agitaba en sueños bajo la mesa de la cocina: nadie se despertó.

    Menos mal que yo no era un ladrón. Como sólo tenía quemaduras y roces, el vello de mi piel, al secarse, lo ocultó todo.

    Sólo si me observaba con atención Carol Jeanne advertiría algo. Y yo la conocía lo bastante bien para saber que no observaba con atención nada que no formara parte de su investigación.

    Limpié la cocina y me arrastré hasta la cama, agotado por mis correrías nocturnas. No necesitaba dormir tanto como los humanos, pero estaba acostumbrado al horario de Carol Jeanne. Mi cuerpo ansiaba el descanso, y mis heridas necesitaban tlempo para sanar.

    Pero no pude dormir. Mi derrota de esa noche en la pared era sólo el más reciente de una serie de fracasos, cada uno de los cuales reforzaba mi eterna sospecha de que era en efecto inferior a mis compañeros humanos. Mamie había afrontado la gravedad cero con más aplomo que yo. Después de todo, no había sido ella quien había esparcido orina y heces por todo el subo. Ni había sido Mamie quien había saltado y se había estrellado contra las cosas en el entorno en baja G del Arca. Las niñas se comportaban como tontas, por supuesto, pero lo mismo hacían en la Tierra. Yo, que antaño había sido diestro y físicamente seguro, era ahora incapaz incluso del más modesto de los logros atléticos.

    La pantalla del ordenador de Carol Jeanne bañaba de luz azulina la habitación. Fue el faro que finalmente me sacó del jergón. Una vez más el cuerpo me había fallado, pero mi mente seguía indemne. Aunque no podía navegar en gravedad cero todavía, había un mundo en el Arca que no dependía de la agilidad física. Sólo necesitaba acceder a los bancos de datos del ordenador, y nada del Arca quedaría oculto a mi vision.

    El ordenador estaba conectado a un nódulo de la red que enlazaba todos los ordenadores del Arca. Introduje mi palabra clave y me zambullí en los bancos de memoria comunales, sorteando los archivos en busca de información interesante. No se me ocurrió que estuviera buscando algo; pero mi inconsciente era mi guía, y sólo me sentía atraído por la información que más tarde resultaría vital para mi supervivencia.


    Esa primera noche encontré los planos completos del Arca, mucho más exhaustivos que el boceto de rutina que incluía el prospecto formal que nos habían entregado. Estaba en una zona de acceso restringido de la red, pero yo había trabajado con aquel tipo de software antes y conocía las puertas traseras.

    Traspasé los archivos a mi propio banco de datos y seguí adelante. Si lo hubiera pensado, habría advertido que ahora tenía acceso a todas las gateras del Arca. Pero entonces sólo pensé que eran interesantes y merecía la pena cargarlos en mi memoria digital de acceso directo.

    Pero no había acabado todavía. Un inventario de los contenidos del Arca llamó mi atención. Detallaba todo lo que se había traído de la Tierra, hasta el último mueble que Mamie había escogido con tanto cuidado para que nos acompañara al espacio. Sin embargo, me interesaba más el inventario comunal que las posesiones personales, así que me salté archivos hasta dar con los materiales que Carol Jeanne y yo necesitaríamos para desarrollar un sistema ecológico apropiado cuando llegáramos al nuevo planeta, Génesis. Abrí los archivos del banco de semillas y revisé el inventario de semillas secas y embriones congelados.

    Las cantidades eran enormes, en parte porque se había previsto un elevado porcentaje de fracasos en el proceso de revivir los embriones congelados. Por eso los humanos no estaban congelados: un promedio de éxito de dos quintos no era aceptable en su caso.

    Pero sí en el de los monos capuchinos. Encontré un conjunto de mil quinientos embriones congelados de capuchino, sin suponer que aquello era lo que estaba buscando, que la necesidad de saber aquello era lo que me mantenía en vela.

    En aquel momento sentí un pellizco de orgullo, porque mi especie de origen era valorada lo suficiente para ser incluida en el nuevo mundo. Podría haber una admirable colonia de capuchinos.

    Justo entonces, apenas un instante, en mi mente destelló una imagen de mí mismo como el macho alfa de una tropa de monos. Me imaginé mostrándome agresivamente a los jóvenes monos y a ellos aullar y retirarse y finalmente salir huyendo de mí. Eso me hizo reír en silencio. Y entonces me imaginé con la hembra más valiosa de la tropa cuando entrara en celo y…

    Y me encontré temblando de deseo. ¡Qué no daría por ser el macho alfa de un grupo como ése!

    Naturalmente, mi cuerpo respondió al deseo, y con la misma naturalidad extendí la mano para tocar mi formidable órgano reproductor.

    Fue como si hubiera metido el dedo en un enchufe eléctrico. Un ramalazo de dolor me atravesó, y me encontré en el suelo, temblando de miedo y horror.

    Sólo entonces recordé lo que me habían hecho —a todos nosotros— en la fábrica de monos. Los jóvenes capuchinos machos, como los de la mayoría de las especies de monos, se masturban cada vez que piensan en el tema, que es muy a menudo. Pero a los humanos eso les parecía repulsivo y distrayente, y por tanto los que seríamos testigos, los que tendríamos el privilegio de ser consortes de la especie dominante, teníamos que ser entrenados para no hacer aquella cosa tan desagradable. El implante in-out que me dieron, mi conexión al mundo de la información digital, era también mi látigo. Cuando reconocía que estaba haciendo la Cosa Mala, me suministraba una dosis de lo mismo que me daba la palabra dolor.

    El condicionamiento era tan efectivo, que en todo el tiempo que había pasado con Carol Jeanne ni una sola vez había empezado a tocarme, nunca me había sentido excitado estando despierto. Y el castigo era tan doloroso y brutal que, en ausencia del mismo, había bloqueado su recuerdo en mi mente.

    Hasta ahora, que estaba tendido en el suelo.

    Aquellos tipos listos con sus batas de laboratorio y sus cuencos de comida para monos y sus palabras dolor pensaban en todo. Yo tenía que ser convertido en un monito-juguete socialmente aceptable, así que los placeres sexuales me estaban vedados. Los monos estúpidos y brutales de los zoológicos podían sacudirse el pene hasta saciar su corazón, pero yo ni siquiera podía tocar el mío, aunque mi ama estuviera dormida, aunque estuviera completamente solo.

    Nunca podría ser un macho alfa. No me habían castrado porque cierta dosis de agresividad en un testigo era deseable. Simplemente me habían incorporado un látigo para mantenerme a raya.

    ¿No eran concienzudos los tipos que me crearon? No se les pasaba una, ¿eh?

    Entonces, ¿por qué no me habían hecho inmune a la desorientación en gravedad cero? Estaban muy ocupados arreglando las cosas para que yo no fuera molesto; ¿por qué no me dieron el poder para volar en el espacio sin dejarme llevar por el pánico?

    Porque no pensaron en lo que yo necesitaba, por eso. Pensaron sólo en las necesidades de mi ama, mi dueña, el objeto de mi eterno afecto, el único amor que se me permitiría tener en la vida.

    Sí, justo. No sabían que ibas a salir al espacio. Y entonces pensé: ¿por qué estoy aquí, en el espacio? Porque Carol Jeanne así lo ha querido. Consultó con Red antes de decidirse. Incluso lo habló con Mamie, Stef y su hermana. Red y ella incluso discutieron las necesidades de sus hijas. Pero ni una sola vez en sus discusiones dijeron: “Me pregunto si la cerda y el mono serán felices allí”. Les preocupaba que otra gente aceptara nuestra presencia, pero nunca se les pasó por la cabeza preguntarse si nosotros queríamos ir.

    Los entrenadores de la fábrica de monos nunca nos preguntaron: “¿Te importaría mucho si te quitamos toda posibilidad de satisfacción sexual?” Carol Jeanne nunca me preguntó: “¿Te importaría si te saco de la Tierra y te llevo a un lugar donde vivirás aterrorizado por la ingravidez?”

    No tenían que preguntármelo, porque me habían fabricado como se fabrica un armario. No le preguntas a un mueble lo que quiere; sólo lo pones en una habitación y lo utilizas hasta que se gasta. Los muebles podían ser tan valiosos que Mamie, por ejemplo, no imaginaría vivir sin las piezas familiares. Pero eso no significa que un mueble tenga derechos.

    Bueno, el hecho de que alguien te cree no significa que no estés vivo. Cuando fabrican muebles primero matan árboles.

    Pero no mataron al mono. Sigo siendo real, no importa cuánto me cambiaran.

    Me habían dado una capacidad de pensamiento y memoria muy superior a la que la evolución natural me había proporcionado, pero eso no les otorgaba el derecho de decidir el significado de mi vida como si yo fuera un sueño. Yo decido su significado. Si mi vida es un sueño, entonces es mi sueño: yo soy el soñador.

    Soy el soñador, sólo que en mitad de mi sueño se inmiscuyen, me lastiman, me impiden soñar con… ¿Soñar con qué?

    Soñar con la urgencia más fundamental de toda vida: reproducirme. Me han apartado del gran ciclo de la vida. No soy parte de Gaia, porque no tengo poder para añadir mis genes a la historia en marcha de las especies. No tengo especie. Me han robado mi entidad. Soy propiedad de otra persona; y cuando me quitaron mis sueños, no se molestaron en darme sueños nuevos para ocupar su lugar. Carol Jeanne no tenía sueños para mí. Y no se me permite tener sueños por mi cuenta.

    Tal vez no pensé todo esto aquella noche. Desde entonces he tenido tiempo de sobra para reflexionar, para refinar mi sentido de la injusticia. Ahora no recuerdo exactamente qué pensamientos tuve esa noche. Pero sí sé una cosa: esa fue la noche, allí, sentado ante el ordenador, pensando en el sexo, en que comprendí que siempre sería castigado por atreverme a querer lo que todo ser quiere, que me habían privado del más básico de todos mis derechos, el derecho a reproducirme. Incluso las amebas tienen el derecho de copiarse a sí mismas.

    Y en cuanto advertí lo malo que eso era, lo que me habían hecho, el resentimiento reprimido toda una vida fluyó a través de mi cuerpo. Durante unos breves momentos, estuve loco. Me ocupaba un único pensamiento, un deseo, una voluntad: un infinito e inexpresable no. Los rechacé, rechacé su poder sobre mí. Y en esa locura, hice lo único que sabían que nunca haría: los desobedecí, sabiendo plenamente cuánto dolor me costaría. Volví a tocarme.

    Esta vez el dolor fue tan intenso que creo que me desmayé un rato. Me desperté en el suelo. Pero recordé, y la furia no remitía. Así que lo hice otra vez. Y otra. Nunca nadie ha sufrido una agonía semejante. Pero mientras estuve consciente, durante toda aquella larguísima noche, me negué a obedecerlos. Prefería padecer el dolor que acatar su decisión de convertirme en un eunuco.


    Había luz cuando abrí los ojos. Estaba agotado, como si no hubiera dormido nada, y de hecho así había sido. Las pequeñas heridas me picaban, pero aún peor era una especie de aturdimiento espiritual, un amargo tedio. La boca me sabía a metal. Me temblaron los miembros cuando intenté moverlos.

    Yacía bajo la mesa. Pude oír en la cocina los sonidos del desayuno. No me molesté en tratar de distinguir palabras. Fue suficiente oír la cantinela de las niñas gimiendo, de Mamie proclamando estentóreamente sus decisiones sobre esto o lo otro, de Red murmurando débiles respuestas. Silencio por parte de Stef.

    Y de Carol Jeanne… ¿qué? No oí que dijera nada. Y de repente me asaltó el pánico. ¡Carol Jeanne se había ido! ¡Ya se había marchado de casa!

    Mi locura de aquella noche me había mantenido despierto hasta tan tarde que me había quedado dormido y ella se había marchado sin mí. O peor: de algún modo sabía las cosas malas que había hecho y pensado, ¡y ahora me rechazaba, ya no me quería a su lado!

    Salí de debajo de la mesa. Encontré varios mojones duros y un charco de orina: desde luego, había perdido el control aquella noche. Pensé en la bestia salvaje en que me había convertido y me sentí lleno de autodesprecio. Yo era indigno de Carol Jeanne. Ella se merecía un amigo perfecto, no un animal rebelde, despreciable y pajillero que dormía sobre su propia mierda.

    Pink había entrado en la habitación durante la noche; cuando salí de debajo de la mesa, se levantó, se acercó, y olisqueó mis heces con desdén. Cogí una e hice ademán de estámparsela en el hocico. Ella me mostró los dientes. ¡Como si fuese lo bastante rápida para morderme! Excepto que tal vez aquel día pudiera hacerlo: yo estaba temblando. Casi me caí. Sentía como si alguien me hubiera exprimido hasta dejarme seco.

    Los encargados de la casa habían sido lo bastante inteligentes para incluir en el armarito del cuarto de baño los útiles básicos de limpieza. Tardé sólo unos minutos en borrar las huellas de mi vergüenza del suelo del despacho. Realmente me molestaba que Pink hubiera grabado la escena, pero suponía que Red no se molestaría en mirar recuerdos de mí. En su narcisismo, me pasaría por alto hasta encontrarse a sí mismo.

    Me bañé rápido, esta vez en el baño en vez de en el fregadero. Luego fui a buscar a Carol Jeanne. Estaba en la cocina. No se había marchado, después de todo. Simplemente estaba callada. Así que yo no había dormido tanto.

    Todos los esfuerzos por ocultar mis heridas fueron en vano. Y no es que Carol Jeanne me las viera. Sencillamente, no había contado con las dotes de observación de Lydia.

    —Lovelock tiene pupa —dijo, señalando el arañazo en mi barbilla.

    Carol Jeanne hizo a un lado su desayuno y me tendió los brazos. Obedientemente, salté a su regazo.

    —Estás herido —dijo, sorprendida—. ¿Qué te ha pasado?

    Tras alzar los hombros en un elaborado gesto de ignorancia, salté de su hombro a la encimera de la cocina, y tecleé en el ordenador: “Me he cortado al afeitarme”. Carol Jeanne se echó a reír cuando leyó las palabras en el monitor. Mientras se reía, yo traté furiosamente de pensar en alguna mentira plausible, pero para mi sorpresa no hubo más preguntas. El chiste fue suficiente.

    Aquello era un signo de respeto, me dije. Ella interpretaba mis chistes como un deseo de intimidad, y por eso no hacía más preguntas. Pero incluso mientras me repetía a mí mismo la interpretación más generosa posible a su indiferencia, sabía que, en el fondo, me estaba autoengañando.

    De modo que quedaba algún rescoldo de la noche anterior.

    Ahora, cuando las mentiras y racionalizaciones condicionadas venían a mi mente, las reconocía por lo que eran. Sí, seguía inventando las historias que describían a Carol Jeanne como un ama perfectamente amorosa y preocupada. Pero ya no me las creía, no del todo. La duda estaba ya viva en mí, despierta en mí.

    —Lovelock, necesito un informe sobre el estado del trabajo de cada individuo —me dijo Carol Jeanne.

    ¡Una misión! ¡Aún me quiere, aún me necesita, aún me ama! Pero también: ¿Qué significan mis heridas para ella? Todo lo que le importa es que reúna la información que necesita. Deja que el esclavo sangre, mientras no manche los papeles.

    Y también esto: ¿he sido condicionado para recibir cada una de sus órdenes con alegría? Igual que hay una respuesta de dolor implantada que se dispara con las acciones prohibidas, ¿hay también una respuesta de placer activada por sus órdenes? ¿Hay alguna parte de mi alma que hayan dejado en paz?

    Mientras pensaba esto, fui a la oficina y me conecté, lleno de entusiasmo y alegría por el proyecto que me había asignado. No importaba que no hubiera comido todavía. No importaba que no hubiera dormido lo suficiente. No importaba que estuviera aún débil y temblara con el recuerdo del dolor. Estaba lleno de alegría por la posibilidad de servir a mi ama…, y lo odiaba.

    Escruté los informes de situación que cada uno de los científicos del proyecto dejaba en la red al final de la jornada laboral, y los organicé en un esquema de fácil lectura. Era absurdo que ella me ordenara aquello: no habría tardado más en leer los informes de situación que mi resumen. Estaba malgastando mi tiempo, pero ¿qué le importaba a ella?

    En la cocina, pude oír a Red decir:

    —No vas a poder dedicar mucho tiempo a tu trabajo hoy, Carol Jeanne. Recuerda que es nuestro Diatrabajo.

    Carol Jeanne apenas murmuró su respuesta, pero yo estaba tan sintonizado a su voz que la oí con claridad:

    —Que pérdida de tiempo.

    Oh, bueno, discúlpanos, Dueña del Universo. Temblé ante la audacia de mi propio pensamiento. ¿Me atrevía a criticarla? Sí, y al hacerlo me encontré tan cargado de prejuicios y petulante como Mamie. ¿Y qué? También Carol Jeanne se comportaba como Mamie al pensar que merecía quedar exenta del Diatrabajo porque era especial.

    Red pareció captar también la similitud, pues le habló a Carol Jeanne en su tono de “Venga, mamá”.

    —Es importante para la estabilidad global de la colonia que tengamos estos significativos rituales de igualitarismo.

    Carol Jeanne no estaba de humor para sermones.

    —Soy consciente de eso, Red, y estoy de acuerdo. Pero pienso que podrían dejarme la primera semana libre para incorporarme al proyecto.
    —Tal vez piensan que todavía tienes años por delante, así que no hay prisa. Pero los proyectos del Diatrabajo no pueden esperar.

    Terminé mi informe y lo introduje en la lista de espera de Carol Jeanne, con prioridad uno. Todo lo que yo le suministraba era automáticamente prioridad uno. Al pensarlo me llené de orgullo. ¿Era también un efecto de mi condicionamiento? ¿Había alguna parte de mí que siguiera siendo natural, sin programación?

    Comprendí que aquello me estaba afectando. Mi juicio se distorsionaba. Carol Jeanne no se comportaba como Mamie, ni mucho menos. Su proyecto era realmente de vital importancia, y era absurdo que no quedara eximida del Diatrabajo aquella semana para que se aclimatara a la comunidad científica a bordo del Arca. Sólo porque yo comprendía ahora mi verdadera relación con Carol Jeanne, eso no significaba que ella estuviera siempre equivocada. Era un verdadero genio. Y miles de jóvenes científicos hubiesen dado cualquier cosa por trabajar con ella tan de cerca como yo lo hacía.

    ¿Cualquier cosa? ¿Habrían renunciado a la esperanza del sexo, o la reproducción? ¿O lo encontrarían un precio monstruoso? Condenarían incluso la misma idea. Ningún ser humano merece ese sacrificio. A menos que encuentres a un mono tonto para hacerlo.

    ¿Exactamente en que sentido era yo más listo que Pink?

    Mi trabajo estaba hecho. Y cuando regresé a la cocina, también estaba preparado mi desayuno. Un miserable cuenco de comida para monos y un piojoso trozo de mandarina reseca.


    Un mensaje llegó al ordenador de la cocina, y Red lo leyó.

    —Son nuestras asignaciones para el Diatrabajo —dijo—. Papá tiene que ir a la piscifactoría. Tiene que estar allí dentro de media hora. Será mejor que lo saquemos de la cama. Mamie, quieren que vayas a la guardería con las niñas.

    Mamie gruñó, pero Red la hizo callar con un gesto.

    —Siempre estás diciendo lo buena que eres con los niños, mamá. Ahora tienes que demostrarlo.

    Con mi nueva claridad mental, advertí que no era propio de Red contestar a su madre con tanta brusquedad. Había algo distinto en él. ¿Se estaba encargando de su madre, sólo para variar?

    —Aquí están nuestras asignaciones —señaló—. Carol Jeanne, tú y yo iremos juntos; nos requieren en la fábrica de conservas. Tendremos que darnos prisa; todas las asignaciones empiezan a las nueve.
    —¿Nosotras tenemos que ir? —preguntó Lydia.
    —Si hubiera justicia en el mundo… —empezó a decir Mamie.
    —Todos tenemos que ir —dijo Red a Lydia, ignorando a su madre. Se volvió desde el monitor para abarcarnos a todos con una sonrisa beatífica. Carol Jeanne, Mamie y Lydia fruncieron el ceño al unísono—. Por eso pasaremos este viaje despiertos en vez de dormidos. El Arca sólo tendrá éxito si todos trabajamos juntos.

    Tal vez Red tuviera razón, pero su exagerado entusiasmo no consiguió ningún converso. Carol Jeanne se levantó para retirar de la mesa los cuencos de cereales. Emmy se fue a su dormitorio; Lydia la siguió, probablemente con la intención de atormentarla. Incluso Mamie miró a su hijo con desdén y se marchó para sacar a Stef de la cama.

    Después de conseguir las direcciones de destino respectivas, Carol Jeanne y yo dejamos a las niñas con Mamie y nos fuimos a la fábrica de conservas con Red. Me gustaba nuestra asignación. Procesar comida con calor y vapor era tan arcaico que nadie en la Tierra había visto una envasadora desde hacía más de una generación. Pero en nuestro nuevo mundo necesitaríamos un medio para preservar comida sin refrigeración.

    Trabajar en aquella fábrica sería aún mejor que ir a una excavación arqueológica, porque en vez de cavar entre cascotes experimentaríamos de primera mano cómo se las apañaban los humanos antes de que la tecnología los liberara de tales ritos primitivos.

    Sólo había una envasadora en el Arca: una planta de gran tamaño, fácilmente accesible por metro. Red nos guiaba como si hubiera vivido años en el Arca.

    Encontramos el contingente de Mayflower sentado en un rincón de la sala de espera, aguardando bajo un cartel escrito a mano que decía: MAYFLOWER. Penélope fue la primera persona a quien vi. Me pregunté si de ella dependían las asignaciones del Diatrabajo. Por lo que sabía, habría sido típico que delegara en la celebridad de Mayflower la tarea que ella misma habría hecho.

    —¿Ves a Liz? —me susurró Carol Jeanne.

    Me encaramé a su cabeza y escruté el grupo, y aunque reconocí a docenas de personas del funeral de Odie Lee, Liz no estaba por ninguna parte.

    —No me extraña —dijo Carol Jeanne, cuando negué con la cabeza—. Sólo hay una persona racional en Mayflower, y está haciendo otra cosa.

    Di un golpecito en su reloj, pero Carol Jeanne sacudió la cabeza.

    —Liz no llega tarde, Lovelock. No vendrá. Nos iremos a un rincón y trabajaremos solos.

    Carol Jeanne tenía razón respecto a Liz, pero sobreestimó su habilidad para esconderse en un rincón. No hay ningún rincón en una línea de montaje. Todo en una fábrica de conservas se hace en grupo.

    Nuestro proyecto aquel Diatrabajo eran los tomates guisados. Los humanos se pusieron delantales y se cubrieron el pelo con pañuelos o gorras. Me advirtieron que me mantuviera apartado de la línea a menos que quisiera acabar convertido en comida. Hubo un largo recital de medidas de seguridad y una aún más larga y genérica oración protestante. Por la expresión de Carol Jeanne, supe que estaba pensando: ¿No están llevando un poco demasiado lejos esto de la religión comunitaria? Pero era la religión lo que supuestamente unía a Mayflower, así que sin duda seguiríamos rezando mucho tiempo antes de conocer la rutina lo bastante bien para saltarnos el discurso sobre seguridad en el trabajo.

    Durante la oración, estudié la sala. Todo estaba montado sobre vías; había vías idénticas en la pared que se convertiría en suelo. Todas las mesas y el equipo estaban encajados en las vías. Durante el cambio, se insertarían vías curvas entre las vías del suelo y el techo, y todo el equipamiento rodaría desde la posición del antiguo suelo hasta el nuevo. Las fuentes de energía estaban localizadas cerca de la esquina, a medio camino: el equipo no tendría siquiera que ser desenchufado.

    Nos congregamos alrededor de enormes tinas de agua hirviendo, donde Penélope mostró cómo pelar los tomates sumergiéndolos en agua lo suficiente para que las pieles reventaran. Ocupamos nuestro puesto alrededor de la tina, mondamos los tomates y luego tiramos la piel. Sacábamos las pepitas con un cuchillo y las lanzábamos al agua corriente a nuestros pies. Luego cuarteábamos los restos pulposos y los poníamos en ollas gigantes para que hirvieran a fuego lento.

    Hablo de nosotros, pero la palabra es tremendamente inadecuada. Como testigo se me permitió entrar en la planta, pero no tocar la comida ni manejar los utensilios. Probablemente pretendían que me sentara en un rincón, pero rechacé ese consejo y me quedé con Carol Jeanne. Me encaramé a su hombro, abanicándola y quitándole mechones de pelo de los ojos y metiéndoselos bajo el pañuelo. Pero incluso mi presencia fue demasiado para mucha gente.

    Una de nuestras colaboradoras era la agria Dolores, cuya repulsa había hecho que la cena del funeral de Odie Lee fuera un placer para mí. La mitad de los tomates de la cinta sin fin no eran ni la mitad de rojos que la sudorosa Dolores. El vapor que inundaba la envasadora era tan caliente que encendía incluso la epidermis chafada de Dolores.

    Cada vez que Carol Jeanne inclinaba la cabeza sobre un tomate, Dolores me hacía una mueca de disgusto. Pensé en lanzarle una joya de mojón, pero no quería que me prohibieran permanentemente el acceso a las zonas de procesamiento de comida. Así que la saludé con la mano y le lancé un besito.

    Ella no parpadeó siquiera. Se había autonombrado vigilante de capuchinos de la envasadora, y me observaba con atención para comprobar que me mantuviera apartado de la comida.

    En cuanto me di cuenta de lo que estaba haciendo, supe que podía torturarla cruelmente con el mínimo esfuerzo. Tras cambiar de postura sobre el hombro de Carol Jeanne para conseguir un poco más de asidero, agité la cola como para acariciar la pulposa fruta. La mantuve sobre los tomates, a menos de dos centímentros de su superficie, como si mi apéndice prensil tuviera ojos con los que admirar su tonalidad de rojo. No me acerque lo suficiente para que Dolores disparara la alarma, pero me aseguré de que siempre estuviera lo bastante cerca para que la alarma fuera inminente. Dolores se acercó más para no quitarme ojo de encima; una maniobra que sin duda deleitó a Carol Jeanne.

    Por su parte, Carol Jeanne intentaba siempre mantenerse alejada de los demás, escogiendo la tina de agua más apartada para mondar sus tomates, y sacándoles el corazón y pelándolos en el extremo de una larga mesa. Pero sus esfuerzos fueron inútiles. En caso de que alguien no supiera quién era Carol Jeanne, Penélope se lo decía. Durante los descansos, hombres y mujeres se congregaban a su alrededor como si estuviera anunciando números en un bingo. Mientras trabajaban, le sonreían y trataban de incluirla en sus conversaciones. Pero pronto se quedaban cortados por su sonrisa tensa.

    Cuanto más se replegaba Carol Jeanne sobre sí misma, más animado estaba Red. Organizó un grupo de voluntarios para pasar las cebollas por la cortadora, y luego tragó lo peor de los vapores de las cebollas al colocarse más cerca de la cortadora que nadie. ¿Por qué había escogido la tarea más odiosa del proceso? Porque sabía que le congraciaría con la comunidad. Advertí de inmediato cuál era su plan. Carol Jeanne podría tener una posición superior e inalcanzable en el Arca, pero Red la superaría fácilmente en el poblado de Mayflower, y era allí donde vivían.

    Tuve que admirar a Red por lo que estaba haciendo. Él conocía a Carol Jeanne lo bastante bien para saber que su personalidad introvertida le valdría una mala reputación. También conocía lo suficientemente bien su propia psicología para saber cómo brillar por contraste. Incluso cantaba mientras trabajaba, con los lagrimones que le sacaba la cebolla corriéndole por las mejillas, entonando un aria de El barbero de Sevilla. Los demás estaban encantados. Incluso yo estaba impresionado: Red era bueno para algo. Bueno para meterse a la gente en el bolsillo, quiero decir, no para cantar.

    La pobre Carol Jeanne, socialmente obtusa, pensaba que con su canto estaba molestando a la gente, y le dijo que se callara. El único resultado fue que los demás se miraron mutuamente y alzaron las cejas o se hicieron guiños. Pobre Red, pensaban. Ella tal vez fuera un genio, pero era también una esposa marimandona sin ningún sentido de la diversión. Pobre Red, pobre Red, maravilloso, generoso, divertido. Así, la ineptitud de Carol Jeanne ayudó incluso a Red a ganarse un sitio en sus corazones. Ya oía los chismorreos. Ella es tan engreída como cabía imaginar, pero su marido, Red, es una verdadera joya.

    Cuando las cebollas estuvieron cortadas, Red y sus discípulos cortaron apio juntos. Red abandonó El barbero de Sevilla y se lanzó a un recital de canciones de antiguos musicales de Broadway: My Fair Lady y luego Camelot. Algunos de sus colaboradores eran también aficionados a Broadway, y se unieron a él en los estribillos. Me di cuenta de cómo Red se las apañaba para incluir Cómo tratar a una mujer y Me he acostumbrado a su rostro, cosa que de manera subliminal —o tal vez abiertamente— hizo que los otros pensaran en él como en un hombre paciente que trataba con una esposa imposible.

    Era bastante sibilino, y me descubrí admirándolo por primera vez. ¿Admirarlo? Tendría que haber estado furioso. Era a mi amada Carol Jeanne a quien estaba hiriendo.

    Entonces advertí con alivio que el mismo hecho de que no me pusiera automáticamente de parte de Carol Jeanne en aquella pequeña competición doméstica significaba que había encontrado uno de los límites de mi condicionamiento. Tal vez recibiera una oleada de placer cada vez que cumplía una de las órdenes de Carol Jeanne, pero no estaba obligado a pensar con lealtad constante, y no se me castigaba por sentir simpatía hacia su rival. El implante no podía leer mis pensamientos o mis sentimientos: sólo respondía a mis acciones.

    Después de todo, no había recibido la respuesta de dolor la noche anterior hasta que hube puesto físicamente en práctica mis pensamientos reproductivos. Y mi placer procedía del acto físico de cumplir la orden de Carol Jeanne. Podían esclavizar mi cuerpo, pero no podían controlar mi mente.

    Naturalmente, eso no significaba más que una cosa: que no pensaban que mereciera la pena controlar mi mente. Mientras mi cuerpo cumpliera sus órdenes, ¿qué importaba lo que yo pensara?

    La mujer que se había acercado primero a Carol Jeanne pronto la abandonó para unirse a la excitación de la mesa de Red. Esto normalmente habría sido un alivio para Carol Jeanne, pero no era estúpida. Era consciente de que había sido comparada con Red y había perdido. La gente se congregaba a su alrededor, pero Red conseguía que esas mismas personas trabajaran más rápido y más felizmente. Yo sabía que aunque hacía cosas para mantener a la gente a raya, Carol Jeanne anhelaba ser aceptada. No sabía qué hacer para conseguirlo, y ninguna de sus respuestas naturales ayudaba. Era la carga de su vida, su incapacidad para conectar con grupos de gente. Su extraordinario éxito como científica había hecho innecesario que se ganara a la gente: todos pasaban el tiempo intentando ganársela a ella. Pero, en el Arca, no podría permanecer todo el tiempo con los científicos. Estar en el poblado de Mayflower sería como una vuelta al Instituto. Pobre Carol Jeanne. No sabías lo que te esperaba cuando nos arrastraste a todos al Arca, ¿verdad?

    Después de hervir juntos los ingredientes, los trabajadores los metieron de a porciones en contenedores de vacío para que fueran sellados. Sólo entonces hicimos una pausa para almorzar, una comida espartana servida en bolsas de nailon reutilizable para cada uno de los trabajadores no remunerados. Cada bolsa contenía un sandwich, una manzana, una galleta y un cartón de leche. No le habían dado a Carol Jeanne comida de más para mí, así que compartimos la manzana. No puede decirse que fuera una comida ideal.


    Los nuevos amigos de Red se congregaron a su alrededor durante el almuerzo, igual que habían hecho en la planta de envasado. Esto fue más de lo que Carol Jeanne podía soportar, así que se comió rápidamente su almuerzo y se marchó sola a inspeccionar la fábrica.

    Era una construcción enorme, pero a causa de la misma estructura del Arca, era larga y fina, tan alta como ancha. Había más de una docena de grupos procesando comida, aunque parecía ser temporada de tomates. El vapor brotaba del edificio, y se me ocurrió que Pink debía estar pasándolo mal con el calor artificial. Luego me di cuenta de que no había visto a Pink desde el comienzo del proceso. Sin ningún otro medio de disipar el calor de su cuerpo más que rodar en frío lodo (cosa no demasiado fácil de encontrar allí), debía de haberse excusado para esperar a Red fuera. Una vez más, Pink demostraba su incompetencia como testigo.

    Continuamos nuestro recorrido de la planta, observando cómo los expertos de control de calidad analizaban los contenidos de las latas de vacío para asegurarse de que el proceso había salido bien. Entonces intentamos entrar en otra cámara, pero la puerta estaba cerrada.

    —No se puede entrar ahí. Es la sala de extracción —dijo una voz a nuestras espaldas.

    Me volví para ver a Penélope a menos de dos pasos. Debía de habernos seguido, a menos que hubiera aprendido el arte de materializarse cuando menos oportuno era.

    —Muy bien —dijo Carol Jeanne, cortante. Y entonces, con un poco más de amabilidad, añadió—: ¿Qué es una sala de extracción?
    —Adivine. —La invitación de Penélope era retórica, así que prosiguió sin esperar a que Carol Jeanne abriera la boca—. Una sala de extracción es una cámara de congelado en seco. Tenemos tecnología moderna aquí; la envasadora es sólo para enseñarnos a trabajar en equipo.

    Esperé que Carol Jeanne corrigiera a Penélope. El propósito de la envasadora no era enseñar a los humanos a cooperar. Era una empresa práctica, ideada para proporcionar una forma de almacenamiento barato de comida hasta que los técnicos pudieran calibrar los recursos de nuestro nuevo planeta y modernizar nuestro estilo de vida, tal vez generaciones después del aterrizaje. Sólo una idiota como Penélope esperaría aterrizar en Génesis con todas las comodidades de la vida moderna. Pero Carol Jeanne perdió su oportunidad de humillarla. Solamente le dedicó una sonrisa tensa y constreñida, y nos marchamos.


    Después del almuerzo, regresamos a la envasadora a empezar todo el proceso de nuevo. Esta vez, la gente se volvió automáticamente hacia Red como jefe del equipo. Al principio Penélope frunció el ceño, disgustada, porque ella era la comandante del grupito de Mayflower. Pero incluso ella sucumbió al encanto de Red. Él flirteaba descaradamente con ella, como hacía con todas las mujeres, atrayéndola a su círculo como una trucha enganchada al cebo. Penélope respondía llamando a Red su mascota, fingiendo haberlo nombrado animador de la comunidad. El trabajo de la tarde pasó rápidamente una vez el territorio quedó dividido entre ambos.

    No todo el mundo podía trabajar en la mesa de Red; no todo el mundo podía congregarse alrededor de la misma tina de tomate. La zona de Red se llenó primero, y luego las inmediaciones. Había tantos trabajadores asignados al grupo de Mayflower que al final incluso Carol Jeanne estuvo rodeada de gente… gente que habría preferido estar cantando con Red.

    Carol Jeanne ignoró su conversación hasta que quedó dolorosamente claro que algunos de los comentarios iban dirigidos a ella. La gente no le hablaba, por supuesto; nadie era lo suficientemente valiente para hacerlo. Pero un grupo de mujeres, dirigidas por Dolores la del rostro escarlata, empezaron a hablar en ese tono discreto que invita a escuchar.

    —Tenemos que hacer algo con ellos —dijo Dolores—. No es justo dar a los zánganos un viaje gratis mientras todos los demás trabajamos.
    —Tienes razón —respondió una mujer que estaba junto a Dolores. Era de aspecto blando y redondo e hinchado, pero sus palabras fueron afiladas—. No estoy dispuesta a que la gente viaje gratis sólo por ser vieja.

    Dolores hizo una mueca.

    —No creo que la vejez tenga nada que ver. Han dejado que algunos de esos viejos vinieran al Arca sólo porque viven con celebridades.
    —Aunque así sea, siguen siendo viejos —comentó una mujer huesuda cuyo rasgo más prominente era una nuez de Adán del tamaño de su nariz—. No se puede hacer nada con ellos.

    La buena de Penélope había hecho correr la noticia del desempleo de Stef y Mamie por todo lo largo y ancho del Arca. Carol Jeanne se ruborizó. Su piel nunca conseguiría el tono cárdeno de la tez de Dolores, pero las palabras la inquietaron. No le gustaban las confrontaciones, y le resultaba especialmente difícil defender a Mamie y Stef cuando detestaba tanto a su suegra. Pero la mujer había plantado un desafío, y Carol Jeanne no era de las que ignoraban un guante cuando ya había sido lanzado. No se consigue su estatura en el mundo científico siendo un ratón.

    Mondó la piel del tomate, le sacó el corazón, lo cuarteó, descargando la ira en su carne. Finalmente, dijo:

    —Estoy completamente de acuerdo con ustedes. Pero ¿qué deberíamos hacer con mis suegros? Lo único que se me ha ocurrido hasta ahora es expulsarlos del Arca y dejar que mueran en el espacio. Eso nos vendría bien, ¿no?

    La mujer de la nuez de Adán enorme deglutió con fuerza. Es bastante posible que no hubiera advertido que los viejos de los que estaban hablando estuvieran relacionados con la ilustre Cocciolone. Por eso estaba avergonzada.

    —No creía que estuviéramos hablando de sus suegros. Sólo hablábamos de los zánganos en general.
    —Oh. Me alegra saber que hay otros zánganos que viven con celebridades. Déme sus nombres, ¿quiere? Me gustaría enviar tarjetas de pésame a sus familias una vez que hayan sido encerrados hasta morir de hambre porque son demasiado viejos y débiles para cumplir con su parte.

    Incluso Dolores se echó atrás entonces. Como la mayoría de los cobardes, sólo era valiente hasta que se le enfrentaban.

    —Naturalmente, no queremos herir a nadie —dijo—. Sólo tenemos que encontrar algo que puedan hacer.

    Pero la gordita no se arredró.

    —Los zánganos gastan tantos recursos no renovables como la gente productiva. Si pueden funcionar, que hagan al menos trabajos sanitarios, y si son tan débiles y están tan incapacitados que ni siquiera pueden hacer eso, deberían ser puestos a dormir y reciclados.
    —Qué práctico —se burló Carol Jeanne—. Es una gran idea exprimir a la gente hasta que no puede trabajar y luego desprenderse de ella cuando es demasiado vieja. ¿Qué edad tiene usted, por cierto?

    La gordita, que parecía tener al menos un millón de años e incluso más, respondió:

    —Todavía soy productiva.
    —Oh, sí. Produce chismorreos y resquemores a un ritmo bastante notable —sentenció Carol Jeanne.

    Oh, vaya si tenía boca cuando se ocupaba de usarla. La gordita le dio la espalda. Pero yo sabía —y estoy seguro de que Carol Jeanne también— que la gordita tenía razón. No deberían haber permitido a los viejos estar en el Arca. Y realmente necesitaban ser productivos, aunque sólo fuera porque si no producían nunca pertenecerían plenamente a aquella sociedad de pioneros conscientes de sí mismos.

    Terminada la discusión —aunque no zanjada—, Carol Jeanne regresó al mundo privado en el que siempre había pasado tanto tiempo. Aunque sus manos pelaban tomates o batían el guiso o llenaban las latas de vacío con el contenido de la segunda hornada del día, sus ojos estaban vacíos y su mente en otra parte. Observé la escena por ella, almacenando conversaciones y archivando a la gente, como era mi deber.

    Advertí que mientras que la gordita era tan vengativa como indicaban sus observaciones, Nuez de Adán parecía bastante decente. Al parecer había intervenido en la conversación porque los zánganos eran un problema que le preocupaba, no porque quisiera enfrentarse con Carol Jeanne. Enfoqué a Nuez de Adán varias veces durante el resto del día mientras hacía buenas obras, como levantar sartenes pesadas para gente más frágil que ella, o llevar un vaso de agua fresca a una mujer mayor que parecía estar sufriendo con el calor.

    Pero si Nuez de Adán esperaba que Carol Jeanne no la juzgara sólo por una mala experiencia, sus esfuerzos fueron en vano. Como auténtica introvertida que era, Carol Jeanne nunca parecía advertirla. Por otro lado, tampoco le preocupaba la discusión. No preocuparse es casi tanto como perdonar, ¿no?


    Por fin, el equipo de control de calidad nos aseguró que la segunda hornada de tomates era buena. Eramos libres. Aunque yo había pasado encaramado al hombro de Carol Jeanne todo el día, sin manejar la comida, estaba agotado y magullado por mis peripecias del día anterior en baja gravedad y mi aventura en el maravilloso mundo del doloroso autoerotismo. Estaba preparado para descansar.

    Pero el descanso no estaba programado. El Diatrabajo terminaba por costumbre con un picnic comunal, una de las muchas actividades obligadas que mantenían unido un poblado y sus habitantes. Cuando salimos del metro y subimos por la escalerilla, pareció por un momento que una muchedumbre se había congregado para iniciar unos disturbios. Así aprendimos que el picnic del Diatrabajo de Mayflower no era un asunto tranquilo.

    Si Mayflower tenía una población de quinientas personas, al menos cuatrocientas noventa y nueve ocupaban la plaza.

    Los niños jugaban en el césped. Las madres extendían manteles sobre el suelo para sus familias, y los trabajadores apilaban platos de comida sobre las grandes mesas de banquete. Me encaramé a lo alto de la cabeza de Carol Jeanne para tener una mejor visión de la comida y fui recompensado con un espectáculo maravilloso. Había cientos de plátanos en una fuente, el suministro de toda una vida. Si habían traído exactamente quinientos plátanos al picnic, predije que al menos una docena de humanos se quedarían sin su ración. Tras mi triste almuerzo en la envasadora, calculé que podría cenar casi dos plátanos. Me guardaría los otros diez para necesidades futuras.

    Vi a Stef sentado bajo un árbol, apoyado cansinamente contra la maceta que sujetaba las raíces. El pequeño arce ofrecía poca sombra, pero Stef se había apropiado de lo que había podido encontrar. Parecía cansado y viejo; el viaje por el espacio lo había secado, dejando un anciano frágil donde antes solía estar el padre de Red. Yo no sabía qué tarea había realizado en la piscifactoría aquel Diatrabajo, pero era demasiado viejo y estaba demasiado débil para haber hecho una buena labor.

    —¿Ves a las niñas? —preguntó Carol Jeanne a Red.
    —Todavía no.
    —Lovelock, ayúdanos a encontrarlas. Probablemente se sienten perdidas en la multitud.

    Vaya, así que somos maternales, ¿eh? ¿Y qué hay de mis hijos? Ellos sí que están perdidos, ¿no?, ya que nunca podrán ser concebidos.

    Como no obedecí al instante, empecé a sentirme profundamente ansioso. Mi condicionamiento intervenía. Era mejor empezar a buscar a las mocosas.

    —No están perdidas —apostilló Red, con bastante brusquedad—. Están con mi madre.

    El cambio en él era notable. Ya no era el trabajador alegre, animoso y cordial que había dominado la sesión de envasado. Estaba ahora irritable y cansado. Quise sugerirle que, si necesitaba aliviar la tensión, no podría encontrar nada más agradable que patear a un cerdo, pero tenía un trabajo que hacer.

    Me enderecé sobre el hombro de Carol Jeanne, guardando el equilibrio con una mano sobre su cabeza. Mi visión era aguda, pero los niños humanos me parecen todos iguales, sobre todo cuando lo único que puedo ver son sus lindas coronillas. Tuve mejor suerte buscando a Mamie entre la multitud. Fue fácil de localizar, vestida como iba con un chillón traje naranja. Estaba muy ocupada ignorando a Lydia y Emmy y asegurando su estatus dando órdenes a los trabajadores alrededor de una mesa de banquete. Lydia y Emmy se aferraban al borde de su falda, con aspecto desamparado.

    Dirigí a Carol Jeanne hacia las niñas, pero cuando nos vieron fue a Red a quien quisieron.

    —¡Papi! —La voz de Emmy fue un chillido.
    —¡Papi! —Lydia y Emmy parecían creer que quien gritaba más fuerte era de algún modo superior. Esta vez, Lydia ganó el premio.

    Se soltaron de la falda de Mamie y corrieron a los brazos de Red. Él sonrió sólo un poquito demasiado feliz, y pensé despiadadamente que Carol Jeanne y Red libraban una competición, al igual que sus hijas, y que en aquella batalla por el corazón de éstas había ganado Red.

    Carol Jeanne compartía mis sentimientos. Tensó los músculos de su espalda, un claro signo de furia. Sonrió un poco, escrutando la multitud como si buscara testigos de su humillación. Varias mujeres de Mayflower observaban la tierna escena entre Red y las hijas que lo amaban más que a su madre.

    Aquel era un espectáculo del que yo había sido testigo más de una vez. Sólo ahora, mientras Carol Jeanne sonreía y se volvía, comprendí que el objetivo de la pugna no era el afecto de Lydia y Emmy. Carol Jeanne no quería precisamente que las niñas la amaran más a ella, sino que los demás no se dieran cuenta. Cuando las niñas corrieron hacia Red, miró a los demás sintiéndose un fracaso como madre. No le gustaba fracasar en nada, sobre todo en público.

    —Liz —dijo Carol Jeanne.

    Pensé que quería que la buscara, pero no. Había pronunciado el nombre de Liz porque la había visto.

    Liz extendía un mantel sobre el césped bajo la atenta mirada de un grupo de niños y de un hombre cuyo parecido con los niños eran tan grande que sólo podía tratarse de su marido. El hombre era fuerte y de aspecto atontolinado, material futbolístico si alguna vez había visto uno. Entonces recordé su relación con el fútbol, no como jugador, sino como ortopedista de los equipos. Estaba cruzado de brazos como un entrenador en la banda, dejando que Liz hiciera el trabajo mientras el supervisaba el proceso.

    —El mantel no está liso por aquí —dijo, sin hacer ningún esfuerzo por ayudar a alisarlo.
    —Lo pondré bien en seguida. No puedo manejarlo entero a la vez.
    —No podemos comer en un mantel así de arrugado.
    —He dicho que ya lo arreglo.

    Carol Jeanne se mantuvo apartada, esperando a que Liz la viera y la saludara. Pero yo ya había tenido suficiente discordia marital para una sola tarde, así que le parloteé al oído e hice el gesto de comer, haciendo tiritar prácticamente todo mi brazo y mi garganta.

    —Ve y come —me dijo.
    —Eso planeábamos hacer —sonrió Liz—. Hola, Carol Jeanne.

    La expresión agria del rostro de su marido se convirtió rápidamente en una sonrisa feliz y llena de arrugas.

    A veces los humanos me ponen enfermo. Bajé por el codo de Carol Jeanne y salte al suelo. La multitud era tan densa que me colocó en una situación peligrosa, porque no había suficientes árboles para avanzar por el aire y tuve que correr por el césped. Pero el olor de los plátanos era fuerte y me atraía tan inexorablemente como me repelía la visión del bruto del marido de Liz. Esquivé pies humanos y niños juguetones y me abrí paso hasta el montón de plátanos.

    Había una conmoción en el centro del grupo, y detuve mi avance lo suficiente para subirme a un árbol e investigar. Red estaba en el centro del barullo. Se había hecho jefe de un grupito de niños y empezaba a dirigirlos en un juego que no reconocí. Los padres formaban un amplio círculo alrededor, viendo cómo sus hijos se concentraban en Red para aprender las reglas del juego. Igual que había ganado adeptos en la envasadora, Red repetía su actuación aquí. Al parecer, lo de la envasadora no era una batalla aislada. Tenía en mente una campaña a la alcaldía. Iba a ser el hombre más amado de Mayflower, y si Carol Jeanne parecía cerrada y desagradable en comparación… bueno, tenía su carrera, después de todo.

    Red no tendría que preocuparse por ella.

    Desde el árbol, corrí un corto trecho hasta el montón de plátanos. Me escondí detrás de la pata de una mesa, esperando a que los trabajadores de la cola de comida se distrajeran conversando. Entonces metí la mano en un barril y saque un plátano grande. Me subí a un árbol con mi premio y me lo comí rápidamente; nadie me molestó. Mi éxito me envalentonó, y cogí dos plátanos la vez siguiente, con la esperanza de ocultarlos para consurmirlos más adelante.

    Corrí hacia casa, planeando esconder mis tesoros en un árbol cercano y regresar luego a la cola por más. Mientras me acercaba al extrarradio de la plaza, espié a los niños que había conocido en el funeral de Odie Lee. Mi primer impulso fue dar un rodeo, cumplir mi misión de esconder los plátanos, y volver a robar otra media docena. Pero mi curiosidad fue más fuerte que mi instinto de supervivencia, y elegí el árbol contra el que se apoyaba Peter para esconder mi alijo.

    Ni Peter ni Diana oyeron el rumor de las hojas mientras yo escalaba el árbol. Coloqué los plátanos en la horquilla de una rama y descendí a través del follaje hasta ver sus rostros. Diana tenía lágrimas en las mejillas. Peter mordía una manzana, al parecer ajeno a su miseria. Sin embargo, yo había observado a los machos adolescentes lo bastante para saber que aquello era sólo una pose. Ya sabía, por haberlos observado juntos, que Peter se preocupaba por Diana, aunque su preocupación fuera un secreto incluso para sí mismo.

    Diana se frotó la nariz con el dorso de la mano. Sus palabras fueron ininteligibles por un momento, pero luego oí el final de su queja.

    —Ella nos odia. Siempre nos ha odiado. Sabes que no nos quiere aquí.

    Peter dio un bocado a la manzana y se lo tragó sin apenas masticarlo. Cogió con un dedo una gota de jugo de la manzana y se chupó la yema.

    —No nos odia, Diana. No somos Hansel y Gretel, ¿vale? ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
    —Pero no nos quiere aquí.
    —Tal vez no.
    —Entonces, ¿por qué luchó tanto por nosotros? Podríamos habernos quedado con papá, de haberlo sabido. Al menos, yo me habría quedado.
    —Yo no —dijo Peter. Entonces, advirtiendo la cara apesadumbrada de Diana, añadió—: Y te habría traído conmigo, Virgen Cazadora. No te puedes ir solo a otro mundo. Al menos, yo no puedo. No sería nada divertido.
    —Mamá quería venir sola.
    —Eso sí. Pero en realidad no nos odia. A veces, cuando la gente la caga en la vida y quiere empezar de nuevo, lo que hace es ir a algún sitio donde no la conozca nadie. Puedes ser una persona distinta, porque nadie recuerda los errores que cometiste o lo desagrable que eras. Es como borrar la memoria de un ordenador. Cuando reformateas el disco duro, nadie sabe lo que contenía antes; lo único que cuenta es lo que hay en el disco ahora.

    Qué actitud tan compasiva parecía tener hacia su madre. Me pregunté cómo se sentía realmente.

    Diana apoyó la cabeza en la rodilla de Peter. Era la primera vez que la había visto tocarlo con ternura, y parecía una adulta en miniatura.

    —Peter, lo que le sucedió a Dill Aaronson no fue culpa nuestra. Ese hover salió de la nada. Tuviste suerte de no morir también.
    —No estamos hablando de mí. Estamos hablando de mamá. Allá en la Tierra, mamá siempre metía la pata. No lo hacía adrede; simplemente, no sabía cómo ser amable con los demás.
    —Sigue sin saberlo… ¿O no te has dado cuenta?
    —Esa es la cuestión, Diana. Somos quienes somos. Podemos cambiar de costumbres, tal vez, pero nuestro carácter forma tanta parte de nosotros como nuestras huellas dactilares. Mamá es mamá; nunca cambiará. Pero no sabía que no iba a cambiar cuando dejó la Tierra, y por eso quería dejarnos atrás. Algunas personas quieren empezar de nuevo con tantas ganas que harían cualquier cosa, incluso dejar a su familia en la Tierra, si fuese necesario.

    Diana se cogió un mechón de pelo y lo mantuvo delante de su cara, frunciendo el ceño mientras inspeccionaba las puntas. Se arrancó uno y lo mordió, arrojándolo al suelo antes de buscar otro pelo dañado.

    —No puedes tener razón —dijo—. No respecto a mamá. Todo lo que tenía que hacer era decirnos que nos quedáramos en casa, y lo habríamos hecho. Incluso tú.
    —Pero es nuestra madre. Tenía que luchar por nosotros. ¿Qué habría pensado la gente?
    —No tuvo que luchar tanto.

    Peter se encogió de hombros.

    —Papá ya está muerto —señaló Diana—. Si nos hubiéramos quedado en casa, nosotros también lo estaríamos.
    —Todavía no. El tiempo no cambiará de verdad hasta que el Arca despegue. Entonces papá estará muerto. Entonces nosotros habríamos muerto. No sé tú, pero yo no quiero estar muerto. Quiero estar en el Arca, ir a un nuevo planeta que nadie haya visto antes. Ojalá papá hubiera venido, pero prefiero estar aquí con mamá que en la Tierra con él.
    —Yo preferiría estar aquí con papá y que mamá estuviera en la Tierra.

    Qué niña tan sabia y perceptiva, pensé. La mayoría de los niños no llega a comprender lo repulsivos que son sus padres hasta que son mucho mayores. Pero Dolores había convertido a su hija en una odiamadres precoz a edad bastante temprana.

    —Y a mí me gustaría ser un adulto guapo y rico —dijo Peter—. Los deseos son una pérdida de tiempo, Diana. Sólo te hacen desgraciado.

    Diana suspiró. Abrió la boca para decir algo, pero un rumor en las ramas del árbol llamó su atención. Miré hacia arriba, hacia la fuente del ruido, justo a tiempo para esquivar un plátano que había resbalado de su escondite y caía al suelo.

    Traicionada mi presencia, no tuve más remedio que hacer una aparición. Salí del follaje dando una voltereta, y aterricé de plano sobre la cabeza de Peter. El niño soltó un grito y Diana se rió. Temporalmente su miseria quedó olvidada.

    —¿Qué estabas haciendo ahí? —preguntó Peter.

    Me cubrí el rostro con las manos. Escondiéndome, por supuesto.

    —¿Por qué no saliste al descubierto?

    Los gestos no podían expresar que mi presencia habría puesto fin a la conversación, así que imité un elaborado encogimiento de hombros. No lo sé.

    —Nos vendría bien tener un portátil —dijo Peter—. No podemos hablar con él sin uno.

    Diana puso los ojos en blanco.

    —Claro que puedes, estúpido… a menos que ese cuaderno que llevas en el bolsillo sea de decoración. —Se volvió hacia mí—. Peter piensa que es Míster Científico. Tiene un cuaderno soldado en el culo y escribe todos sus descubrimientos importantes. Yo creo que el cuaderno está vacío. El único descubrimiento que ha hecho es que Carolee Engebritson ya tiene pechos.

    Peter saltó hacia Diana. A menos que yo interviniera, empezarían a rodar por la hierba en cuestión de segundos. No estaba de humor para jugar, así que corrí a la espalda de Peter y saqué el cuaderno de su bolsillo trasero. Salté con él a una rama inferior de mi árbol, y el súbito movimiento hizo caer al suelo el plátano que me quedaba.

    Tal como Diana sospechaba, el cuaderno no contenía descubrimientos importantes. Pero había un bolígrafo atado a la espiral, y lo usé para escribir una nota.

    Asomando la lengua firmemente entre los dientes —mi pose de mono trabajador pero inútil—, escribí: “Ayudadme a coger plátanos”. No era La guerra y la paz, pero no había mucho más que pudiera decir. No sabía cómo eliminar la angustia de Diana. Si Peter tenía razón, Dolores no quería a sus hijos con ella en Mayflower, y no había una solución sencilla para eso. Diana se echó a reír.

    —Ya tienes plátanos, tonto. Están por el suelo.
    —Quiere más —dijo Peter, y yo me incliné, mostrando mi acuerdo—. Quiere millones de plátanos— añadió, y yo me puse el cuaderno bajo el sobaco y aplaudí.


    Diana y Peter eran tan maleables que no tuve que hacer nada a partir de entonces sino sentarme en el árbol y esperar a que volvieran con los brazos llenos del precioso cargamento. Me alegró ver que habían sido lo bastante listos para escoger plátanos de distintos grados de madurez. Podría acudir al escondite durante días, y alimentarme a medida que cada fruta alcanzara su punto culminante de sabor.

    Peter estaba introduciendo uno de los últimos plátanos en la horquilla de una rama cuando Dolores se aclaró la garganta tras él.

    —¡Peter! Eres demasiado mayor y demasiado grande para escalar árboles. ¿Tengo que vigilarte a cada minuto?
    —Sí, mamá. Quiero decir… no, mamá.

    El niño se arrugó, tanto que si hubiera calculado su altura entonces habría supuesto que tenía varios centímetros menos que en mi anterior aproximación. Apartó el resto de los plátanos y saltó desde el borde de la maceta del árbol; yo me escondí detrás del tronco para salvar a los niños de una dosis extra de la ira de Dolores.

    Sin embargo, Diana no se dejó intimidar tan fácilmente.

    —Pero mamá , sólo estábamos jugando con… —dio un respingo cuando Peter le dio un pellizco por detrás, pero logró terminar la frase—: con el árbol.

    Dolores suspiró.

    —Estoy segura de que os lo habéis pasado maravillosamente, pero estoy a punto de volver a casa. ¿Habéis comido?
    —Sí —dijo Peter, justo cuando Diana decía:
    —No.
    —Entonces coge un plato, Diana. Peter, como has mentido, te irás sin comer. Vamos. Regresemos a casa.

    Escondido detrás de Peter, cogí un plátano de mi almacén y se lo deslicé por dentro de los pantalones, sujetándoselo contra la cintura. Tendría algo que cenar aquella noche, no gracias a Dolores, y lo que comiera sería sin duda mucho más sabroso que la comida supercocida que había visto en las mesas de picnic.


    Encontré a Carol Jeanne y pasé el resto de la tarde con ella. Había dejado a Liz con su propia familia y permanecía en la periferia de la multitud que Red había atraído sobre sí.

    Los seguidores de Red alcanzaban ya al menos la cincuentena; humanos tan ingenuos que confundían su extroversión con inteligencia y bondad. Era particularmente atractivo para los niños de Mayflower, que formaban una oleada de humanidad alrededor de sus rodillas.

    Ninguno de los adoradores padres advirtió cómo Red entregaba a Emmy a Carol Jeanne para que le cambiara los pañales ni cómo, cuando Lydia se puso pesada o se cansó, se la pasó también a su madre. Los únicos comentarios que oí fueron alabanzas entre murmullos, mientras los padres se preguntaban unos a otros por la identidad del fascinante recién llegado que era tan bueno con sus hijos.

    Me alegré cuando el sol se fue apagando y Carol Jeanne me llevó a casa. Ya me hallaba en la cama, aliviado por el recuerdo de su beso de buenas noches, cuando recordé que para mí el día aún no había terminado. A pesar de mi cansancio, la gravedad cero del sol me llamaba. Mi tarea más importante del día estaba aún por empezar.

    Volvería a subir a la pared aquella noche. Si podía dominar mi respuesta a la ingravidez, podría dominar cualquier cosa. Tal vez incluso el dolor de la paternidad.

    Querido diario:
    Hoy hemos vuelto a ver al mono y robamos plátanos para él y fue y le puso un plátano a Peter en los pantalones que parecía realmente estúpido desde detrás, como si se hubiera hecho caca en los calzoncillos, pero él nunca ha tenido sentido del humor sobre su aspecto personal, así que sólo lo mencioné un par de veces.
    Me gustaría estar aún en la Tierra. Lo único bueno que hay en el Arca es Peter y el mono. Si yo fuera mayor podría hacer de canguro para los Cocciolone o como quiera que se llame el padre. Es muy tonto. Hacía chistes estúpidos y nos trataba a Peter y a mí como si fuéramos lelos. Por supuesto todos los demás niños se lo tragaron porque son tontos de capirote, Peter es la única persona con la que merece la pena hablar. Peter y el mono. Me gustaría que pudiera hablar. Apuesto a que Nancy será su canguro. Me pregunto si el mono quería los plátanos para poder escaparse de su casa. ¡Pero eso es una tontería, porque si te escapas, sigues estando en el Arca! Ojalá pudiera escapar. Esconderme en la última Ironsides que volviera a casa, para que no pudieran mandarme de regreso. Ojalá, Ojalá. Peter dice que si los deseos fueran peces, yo apestaría como una pescadería, porque mis deseos se vuelven viejos y se pudren y necesito algunos nuevos. Muy bien. Desearía que Lovelock fuera mi mono. Robaría fruta para él todo el tiempo y mamá no lo sabría nunca.
    Claro que Lovelock probablemente no querría ser mi mono de todas formas. ¿Por qué iba a querer? Probablemente creceré para ser igual que mamá, y ¿quién querría pertenecerme entonces?


    7. REBELIÓN


    Pink y yo tal vez fuéramos los únicos esclavos de la casa, puesto que habíamos sido comprados, pero eso no significaba que todos los demás fueran libres. Durante las semanas en que me debatí por romper el yugo de mi condicionamiento, también otros descubrieron que nuestra nueva vida en el Arca podría proporcionarles una oportunidad para librarse de sus cadenas. Ya no nos encontrábamos en la misma sociedad en la que habíamos vivido antes, y por tanto ya no podíamos cumplir las mismas funciones. Lo que había sido soportable antes podía ser insoportable ahora.

    Sólo llevaba escalando paredes unos cuantos días cuando los alaridos de Emmy me arrancaron de mi sueño exhausto.

    —¡Abejas! —chilló—. ¡Abejas! ¡Abejas!

    Tuve la visión de un enjambre de abejas africanas picándola hasta la muerte, lo cual no parecía una tragedia irreparable. Pero la tranquila reacción de los adultos me indicó que no se trataba de una emergencia. Me levanté y fui a la cocina, donde Emmy saltaba arriba y abajo delante del ordenador doméstico. Ciertamente, había abejas en la pantalla. Era un pequeño programa de animación que al parecer había sido enviado a nuestra casa a través de la red. Una especie de mensaje.

    Y no muy sutil, desde luego. Cuando llegué, Red y Pink estaban ya en la cocina con Emmy y Lydia, y pronto Carol Jeanne, Mamie y Stef acudieron desde la parte trasera de la casa para ver qué pasaba.

    La animación era bastante simple. Una flor aparecía en la pantalla. Las abejas la descubrían, se posaban sobre ella, y luego regresaban volando a la colmena. En lo alto de la colmena había dos abejas dormidas. Las obreras llegaban y depositaban su miel en el interior del panal. Como si fuera un tanque transparente, podíamos ver el panal lleno de miel. Entonces las obreras se marchaban. Inmediatamente, las dos abejas dormidas se despertaban, volaban hasta la entrada del panal, y se comían la miel hasta dejarlo vacío.

    Entonces el panal se perdía de vista y aparecía una nueva flor.

    Sin embargo, después de la tercera flor se produjo un cambio. Cuando las obreras regresaron y se encontraron con el panal vacío otra vez, cogieron a las dos abejas dormidas, se las llevaron volando y las soltaron delante de un gigantesco zapato humano, que bajó rápidamente a aplastarlas. Mientras las obreras regresaban a la colmena, zumbando felizmente, un mensaje apareció al pie de la pantalla: “Los zánganos son ladrones, pero no pueden robar eternamente la miel de las obreras”.

    —¿De dónde has sacado este estúpido programa, Red? —preguntó Mamie.
    —No es un programa —contestó Red—. Es un mensaje.
    —¿Quieres decir que alguien nos ha enviado esto, a nosotros? Pero si ni siquiera lo han firmado. ¿Qué significa?

    ¿Realmente era tan ignorante? Creo que esperaba que todos los demás la protegieran de lo desagradable que era el mensaje, para así no tener que admitir que lo comprendía.

    Stef le respondió, y su tono no fue amable.

    —Este mensaje es de uno de los vecinos —dijo—. Alguien que piensa que nadie debería quedar exento de trabajar mientras tenga salud. Alguien que piensa que es vergonzoso que tú y yo no hagamos nada.
    —Bueno, eso es envidia —sentenció Mamie—. Y la envidia es una cosa muy fea.
    —Yo conozco algo aún más feo —repuso Stef.

    Sus palabras gravitaron en el aire, sin ser respondidas.

    —Lovelock —dijo Carol Jeanne por fin—, espero que averigües quién ha enviado este mensaje. Seguro que la red tiene algún medio para rastrear el correo.
    —Ganas de fastidiar —comentó Red—. Esta clase de cosas son las que destrozan las comunidades frágiles. Hay que ponerles freno.
    —Pensaba justo lo mismo —dijo Mamie.
    —Bueno, no es lo que opino yo —repuso Stef.
    —Oh. ¿Así que piensas que enviar amenazas anónimas por correo es una conducta civilizada? —preguntó Mamie, débilmente.
    —Creo que lo que está destrozando la comunidad es que algunas personas insisten en estar por encima del trabajo —respondió Stef—. Bueno, pues yo no me considero por encima del trabajo. Hay cosas que podría hacer.
    —¿A tu edad? ¿Qué has hecho en tu vida, excepto llamar a tu corredor para preguntar por tus inversiones y asistir a reuniones del consejo una vez al año, para firmar con un sello las decisiones de los hombres de negocios de verdad? No hace mucha falta eso aquí. No somos la clase de personas que hacen el tipo de trabajo que es necesario en este… pueblo.
    —Tal vez tú no —dijo Stef—. Pero yo sí. Aunque se trate sólo de trabajos sanitarios, puedo hacerlos.
    —No seas absurdo —insistió Mamie—. No hemos venido aquí a hundirnos en las clases inferiores.
    —No. Vinimos para que tú pudieras continuar aprovechándote de los logros de tu nuera.
    —Eso es tan ofensivo que no merece ni siquiera la pena.

    Stef, tras haber permanecido en silencio durante tantos años, parecía incapaz de cortar el torrente de palabras.

    —Bueno, Mamie, te has equivocado. Esta es una sociedad que valora a la gente por lo que consigue, no por quiénes sean sus parientes. Tendrías que haberte quedado en la Tierra.
    —¿Y perder a mi hijo y a mis nietas, para que se los llevaran al espacio? —La voz de Mamie tembló.
    —Los dos estáis haciendo una montaña de este desagradable asunto del mensaje anónimo —intervino Red, intentando hacer las paces.
    —Este desagradable asunto del mensaje anónimo sólo insiste en la cuestión —dijo Stef—. Ya he sido un completo vago por demasiado tiempo. Quienquiera que enviase este mensaje, tiene razón. Es una ofensa contra todo lo que se supone que representa este Arca el hecho de que Mamie y yo seamos completamente improductivos. Y yo, para empezar, ya estoy harto de no tener nada que hacer.

    Mamie respondió con inmediato desdén.

    —No es culpa mía que tengas tanta pobreza de imaginación que…
    —No es mi pobreza de imaginación lo que hace que mi vida sea insoportable. Eres tú.

    Yo estaba asombrado, pero también deleitado. Nunca me había dado cuenta de que Stef tuviera valor para decir una cosa así. Ni tampoco Mamie. Boqueó. La cara se le puso roja.

    —¿Cómo puedes decir una cosa tan cruel e insensible?
    —Insensible es insistir en que sea tan perezoso como tú —cortó Stef—, y que me gane el desprecio de todos los que me rodean cuando es completamente innecesario. Sólo me mantienes en casa para alimentar tu vanidad, para poder ser la única mujer del Arca cuyo marido no tiene que trabajar para vivir. Bueno, tengo algo que decirte: quiero trabajar para vivir. Siempre lo he querido. Y ahora voy a hacerlo.
    —No, eso sí que no —dijo Mamie. Su voz era salvaje. Era la vez que más furiosa —¿y desesperada?— la había visto.
    —Voy a buscar una asignación para la que quieran formarme.
    —Tal vez deberías pensarlo un poco —ofreció Red.
    —Cállate, Red —dijo Stef.
    —¿Ves? —chilló Mamie, triunfante—. ¿A esto hemos llegado? ¡Rudeza y odio! ¡El comportamiento de la clase baja!
    —Eso es —dijo Stef.
    —¡Ni siquiera te importa estar volviéndote… vulgar!

    Obviamente, eso era lo más cruel que Mamie era capaz de decir. Miré a Carol Jeanne y vi que también ella disfrutaba con aquello. De hecho, apenas podía controlar la risa.

    —Sí —respondió Stef—. En eso es exactamente en lo que pretendo convertirme. En un hombre vulgar. Un ciudadado normal y corriente del Arca.
    —¡Bueno, pues no lo consentiré! ¡No puedes hacerme esto! ¡No puedes arrastrarme al fango contigo!

    Por la forma en que reaccionaba, cabía pensar que le habían propuesto practicar sexo en grupo con un rebaño de ovejas enfermas.

    —No voy a arrastrarte a ninguna parte —dijo Stef—. Puedes quedarte en casa e hibernar, si quieres.
    —Ningún marido mío va a…
    —Ésa es una elección tuya —dijo Stef.
    —¿Entonces me lo dejas a mí? —le preguntó Mamie—. Bien. No vas a hacerlo.
    —No, Mamie. Quiero decir que es tu elección el que yo lo haga como marido tuyo o no. Pero lo haré.
    —¡No lo harás! ¡Lo prohíbo! ¡Hiciste un juramento solemne ante mí!
    —En la riqueza y en la pobreza —dijo Stef—. En la salud y en la enfermedad. Bueno, he soportado contigo una vida entera de enfermedad. Ahora soy pobre, como todo el mundo.
    —¡Yo no! —negó Mamie—. Yo no soy pobre, nunca seré pobre, y si insistes en vivir como un pobre, he acabado contigo.

    Stef se volvió hacia Red.

    —He estado leyendo el Compacto, como debería haber hecho hace tiempo. Por tanto, declaro que ya no soy miembro de tu casa. Me alojaré en el barracón de los solteros a partir de ahora, y solicitaré que me asignen a otro poblado. Haré la maleta y me marcharé de aquí en una hora.
    —Papá, no tienes que marcharte… —dijo Red.
    —No lo entiendes. Quiero marcharme.
    —Sólo intentas obligarme a hacer lo que tú quieres, hombrecillo manipulador, dictatorial…
    —En absoluto —cortó Stef—. Sólo estoy harto de dormir en el maldito sofá.

    Se marchó de la habitación. Mamie, con la cara enrojecida y furiosa, miró a Red y a Carol Jeanne.

    —¿Y vais a quedaros ahí sentados? ¿Vais a dejar que esto pase?
    —He estado leyendo las normas que regulan la vida aquí —dijo Carol Jeanne—, y él tiene perfecto derecho a irse si quiere.

    Mamie arrugó el labio y se apartó de ella.

    —Red, se trata de nuestra familia. Es tu padre quien va a humillarnos delante de todo el mundo haciendo que esta estúpida discusión familiar se convierta en un asunto público. Los chismorreos serán terribles. Tienes que hablar con él y hacerle entrar en razón.
    —Haré todo lo que pueda —dijo Red.
    —¿Qué quieres decir? —preguntó Carol Jeanne—. No es Stef quien se está comportando de un modo irracional.
    —No puedo creer que esté oyendo esto —dijo Mamie.
    —Carol Jeanne, por favor, deja que yo me encargue de este asunto —dijo Stef.
    —Tu padre quiere hacer lo que se exige a todos los varones adultos del Arca: tener un trabajo. ¿Y vas a pedirle que entre en razón?

    Mamie se preparó para la batalla.

    —Mantente al margen de asuntos familiares que no te conciernen, Carol Jeanne.
    —Discúlpame, pero soy parte de esta familia.
    —Tal vez sea costumbre de los Cocciolone abandonar a sus esposas, pero no de los Todd.
    —Creo que las recientes pruebas indican que los Todd también lo hacen.
    —Carol Jeanne —dijo Red—, deja esta discusión ahora mismo.
    —Déjala hablar —intervino Mamie, confiada porque Red estaba claramente de su parte—. Obviamente la familia no significa nada para ella.

    Carol Jeanne se puso en pie.

    —Si la familia no significara nada para mí, Mamie, entonces no estarías aquí, porque el único motivo por el que te permití seguirme al Arca y seguir viviendo en la misma casa que yo fue que me preocupo por la familia. Si no fueras la madre de mi marido nunca te habría conocido, porque nunca he perdido el tiempo asistiendo a las fiestas a las que va la gente como tú para hacer la pelota a las celebridades. Sin embargo, te he tenido en mi casa y he soportado tus caprichos y tu esnobismo y tus malintencionados comentarios sobre los italianos, los católicos y los Cocciolone porque amo a Red y porque eres la abuela de mis hijas. Así que no me digas que no me importa la familia.

    Fue un discurso que llegaba al menos con siete años de retraso. Salté al hombro de Carol Jeanne y aplaudí y vitoreé. Mamie nos miró a Carol Jeanne y a mí, y entonces se echó a llorar y salió de la habitación. Yo seguí vitoreando y aplaudiendo. La tirana había sido expulsada del trono.

    Sin embargo, Red no se lo tomó a bien. Ya que no podía rebatir nada de lo que Carol Jeanne había dicho, contraatacó de la única forma que podía ocurrírsele a un cobarde como él: fue a por mí.

    Nunca sabré que tenía en mente, porque Carol Jeanne interpuso el brazo antes de que pudiera tocarme.

    —No —cortó.
    —¡Ese maldito mono se está riendo de mi madre!
    —No vuelvas a intentar siquiera poner una mano sobre mi testigo.

    Fue una elección de palabras interesante. No me llamó Lovelock, ni siquiera “ese maldito mono”. Me llamó su testigo, lo que significaba que le estaba recordando a Red que la ley prohibía absolutamente que nadie interfiriera con un testigo que hacía su trabajo. Era un ultraje que una esposa dijera algo así a un marido: lo reducía a la intimidad de un extraño. Me encantó.

    —No tienes ningún derecho a meterte con mis padres —dijo Red.
    —No me he metido.
    —¡Has tomado partido!
    —Tú también. La diferencia es que yo he tomado partido por el hombre que no pedía más que vivir con dignidad como ciudadano de pleno derecho del Arca. Y tú lo has tomado por la mujer que usaba su ligazón conmigo como medio para alzarse por encima de las otras personas, lo que es una idiotez y es autodestructivo; y sigo esperando que digas algo, porque nunca has hecho nada para mantener a tu madre a raya, ni siquiera ahora que tu padre la deja porque no puede soportar más su psicótica ansia por el control.
    —¿Psicótica? —preguntó Red, desdeñosamente—. Limítate a tu propio campo, Carol Jeanne. Ni siquiera sabes lo que significa esa palabra.
    —Sé exactamente lo que significa. El hecho de que tú no comprendas lo que yo hago no significa que yo no comprenda tu pequeña cuasiciencia.
    —Mi madre no es una psicótica. Tiene serias neurosis producto de su educación y de algunas experiencias traumáticas…
    —¿Así que es tu paciente? ¿No es una falta de ética por tu parte revelarme tu diagnóstico?
    —¡No es mi paciente, es mi madre!
    —Y yo soy tu esposa, te recuerdo. ¿Por qué no haces un mínimo esfuerzo, tal vez sólo un día al año, por ver las cosas desde mi punto de vista en vez de pedirme siempre que la comprenda a ella, que sea paciente con ella? Te maneja como a una marioneta.
    —Ya veo que esto no tiene nada que ver con mi madre. Se debe a tu resentimiento por mi habilidad para mantener una relación afectuosa con…
    —Si te atreves a añadir una palabra más a este manipulativo diagnóstico sobre mí —dijo Carol Jeanne—, esta noche dormirás con Stef.
    —¿Es una amenaza?
    —No consentiré que utilices tu jerga psicológica como arma para ganar una discusión. Lo que yo estoy viendo ahora mismo es a un hombre tan dominado por su madre que está dispuesto a destrozar su matrimonio para protegerla del trauma de crecer y actuar como una adulta. Así que, por favor, continúa evitándole cualquier posibilidad de convertirse en un ser humano maduro, productivo y empático, Red; yo ya conocía esa faceta de tu vida cuando me casé contigo. Pero no te atrevas a acusarme de envidiar esa enfermedad que llamas “amor maternal”.

    Red se dirigió hacia la puerta de la cocina.

    —No puedo creer que hayas montado esta escena delante de las niñas. Tal vez mi madre tiene razón, y no sientes ninguna preocupación por la familia. O tal vez simplemente has descargado el estrés de tu nuevo trabajo aquí en casa, donde sabes que se te ama y se te perdona. —Se volvió hacia las pequeñas—. Niñas, mami está enfadada y necesita un abrazo. Dadle un abrazo a mami.

    Fue lo más horrible que jamás había visto hacer a Red.

    Naturalmente, Carol Jeanne no pudo negarse a abrazar a Emmy y Lydia cuando acudieron a ella con los brazos abiertos. Pero tuvo que saberle a veneno en la boca el que los abrazos de sus hijas procedieran de las órdenes de Red, representando su mentira condescendiente.

    —No estoy enfadada contigo, Lydia —dijo Carol Jeanne en voz baja—. Los adultos a veces se enfadan entre sí.
    —No te atrevas a explotar a las niñas para que se pongan de tu lado —soltó Red tranquilamente.

    Carol Jeanne se quedó pasmada.

    —¿Qué…? Yo no… Eres tú quien…
    —Vamos, niñas, dejemos que mami analice sus sentimientos en privado.

    Y Carol Jeanne tuvo que quedarse allí sentada y ver cómo Red cogía a Lydia y Emmy de la mano y las sacaba de la habitación. ¿Qué podía hacer? Las amaba demasiado para explotarlas; las amaba tanto que no podía ni siquiera impedir que Red las explotara.

    Me dirigí al ordenador de la cocina, pulsé la tecla de salida para eliminar el mensaje de los zánganos, y tecleé: “De tal palo tal astilla”.

    —No puedo creer que esto haya pasado —dijo ella.

    Se veía venir desde hace años, tecleé. No es culpa tuya.

    —Pobre Stef.

    Afortunado Stef, escribí. Pobre de ti.

    —Ya basta —respondió, rechazando mi visión de las cosas—. Usa el ordenador de la oficina para averiguar quién envió ese mensaje. De eso, al menos, puedo encargarme.


    Fue bastante fácil averiguar de dónde venía el mensaje. Procedía del sistema. Lo que significaba que la pequeña animación de las abejas había sido enviada con la autorización de uno de los operadores del sistema, los directores de la red de ordenadores del Arca. Por un momento pensé que el mensaje era de origen oficial, que el gobierno del Arca ejercía presión de una manera sorprendentemente dura. Pero entonces encontré una explicación más plausible: alguien había aprendido a entrar en el sistema operativo de la red y hacía que pareciera que los mensajes privados procedían de los sis-ops.

    Así que el problema inmediato no era localizar el mensaje: eso no se podía hacer en ese momento. El problema era averiguar cómo el remitente había irrumpido en el programa postal de la red. Quien fuese tenía que ser capaz de irrumpir con impunidad, sin que nadie más adivinara que lo hacía, o los sis-ops ya habrían tomado medidas. Así que lo que yo tenía que hacer era encontrar la misma forma invisible de entrar.

    Naturalmente, empecé utilizando mi propio código de entrada y palabra clave. Eso me daba casi toda la autoridad de Carol Jeanne para acceder a la información, lo que significaba que podía explorar en zonas que la mayoría de los ciudadanos del Arca no podrían alcanzar jamás. El problema era que al utilizar mi acceso legal dejaba pistas por todas partes. Y no quería hacer nada que los sis-ops pudieran saber.

    ¿Por qué pensaba así? ¿Me preocupaba de que me capturaran? Si alguien le preguntaba a Carol Jeanne al respecto, ella podría contestar simplemente que alguien había enviado un mensaje anónimo al ordenador de su casa y que le había pedido a su testigo que averiguara quién lo había hecho y cómo. Bastante inocente, y perfectamente dentro de sus derechos.

    Su testigo. Mientras investigaba en las bases de datos de la red recordé cómo había impedido que Red me agarrara o me golpeara o lo que fuera que tuviese en mente. “No te atrevas a tocar a mi testigo”. Ahora me molestó que me hubiera tratado como a un objeto, una posesión. “Su” testigo. ¿Por qué no podía haber dicho “No te atrevas a tocar a Lovelock”? ¿Por qué seguía sintiendo que la única protección justa a mi seguridad era mi estatus como propiedad valiosa, en vez de hablar como si yo tuviera derecho a que me dejaran en paz?

    Era un signo más de que mi relación con Carol Jeanne no era y nunca había sido lo que yo creía. En los días de esclavitud en el sur norteamericano, mientras las esclavas negras trenzaban los cabellos de sus amas, debieron de conversar, tal vez incluso hacerse confesiones íntimas, el ama exponiendo sus pensamientos delante de la criada. Y tal vez la criada incluso se engañó pensando que la dueña la amaba, que eran amigas. Pero luego llegó el despertar. El día en que hubo problemas con la economía familiar e hizo falta obtener dinero, y se habló de vender a aquella amiga. O el día en que la criada hizo algo mal, o se sospechó que lo había hecho, y en ese instante la amiga se convirtió en enemiga, en cautiva indigna. ¿Cuántas amigas íntimas fueron desnudadas y flageladas? ¿Cuántas yacieron sangrando en un sucio jergón, sufriendo no tanto por las heridas del látigo como por la comprensión de que no eran y nunca habían sido más que una simple propiedad?

    Tengo suerte de haberlo descubierto ahora, pensé.

    En vez de seguir indagando en el sistema, donde podía ser localizado, accedí a la memoria local donde residía el código que sostenía el sistema de correo de la red, y empecé a leerlo.

    Como se trataba de una memoria local volátil, los sis-ops no podrían saber qué estaba buscando, aunque intentaran localizarme. Y sin embargo, muchos secretos sobre el funcionamiento del sistema de correo estaban allí, para cualquiera que supiese cómo encontrarlos. Naturalmente, en la memoria volátil estaba el programa en ejecución, no el código fuente, así que no estaba marcado con comentarios que ayudaran a los programadores humanos a averiguar qué hacía cada sección del código. Pero eso no era ningún obstáculo para mí. Yo era un capuchino mejorado, y por eso podía recordar el significado de cada instrucción del ordenador y seguir la lógica en mi cabeza. Infiltrarme en el código y seguirla hasta encontrar el lugar donde se daba el acceso era casi una tarea mecánica.

    Mentalmente me sentía como si estuviera explorando una caverna, en una montaña surcada de túneles como un queso. Seguiría una rama del túnel hasta que volviera al túnel principal; luego seguiría otra para ver adónde conducía. Finalmente acabé con un mapa de toda la montaña, y entonces pude empezar a buscar la diminuta joya que alguien había ocultado allí. Sin embargo, por el camino hubo sorpresas.

    La primera sorpresa fue descubrir que se trataba de un programa muy antiguo. Databa de la época en que el proyecto del Arca había sido lanzado en la Tierra. Al parecer, la gente que trabajaba en el Arca se había limitado a un sistema de red y nunca lo había cambiado ni lo había puesto al día de manera significativa. Esto quería decir que la codificación y las medidas de seguridad eran primitivas y que quien hubiera irrumpido en el sistema postal no tenía por qué ser demasiado listo.

    La segunda sorpresa no fue tal, después de la primera. Los sis-ops eran conscientes de que su software filtraba como un colador, y había un proyecto secreto para instalar un nuevo sistema de alto nivel con capas de codificación y seguridad. Quienquiera que hubiese enviado el mensaje de las abejas a nuestra casa encontraría mucho más difícil volver a hacerlo cuando el nuevo software entrara en funcionamiento. No; más bien le resultaría imposible.

    ¿Debía yo informar de aquello a Carol Jeanne? El mensaje era anónimo porque se infiltró en el sistema, pero eso no será un problema mucho tiempo porque en cuestión de una semana o así el nuevo software estará funcionando y los viejos trucos no valdrán. “Muy bien, Lovelock”, diría ella. “Buen trabajo”. Y me daría un dulce.

    Dame un dulce. Dame un dulce para engañar al animal y destruir su alma. Como uno de los perros de Pavlov, ya salivaba ante la idea.

    Pero no soy un perro. No tengo que hacer aquello para lo que he sido condicionado.

    Si Stef puede despertarse y descubrir un hombre en la cáscara en la que se había convertido, ¿por qué no podía yo también encontrar al hombre en mi interior? No al hombre humano, porque soy mejor que humano. Pero un hombre igualmente, una persona masculina, un ciudadano del universo con derechos y privilegios naturales como cualquier otro.

    Si Stef podía decirle a Mamie exactamente lo que pensaba de ella y marcharse, ¿por qué no podría yo?

    Porque Stef podía irse a vivir a los barracones de solteros y seguir funcionando en el Arca. Mientras que yo sería un testlgo fugitivo, una anomalía inédita, un fallo de condicionamiento…, y sería perseguido y destruido.

    Así que no podía descubrirme como había hecho Stef. Tendría que vivir como Stef había vivido durante tanto tiempo, escondiendo mis verdaderos sentimientos como él había escondido los suyos, de modo que hasta el momento de su rebelión efectiva nadie supusiera que encontraría dentro de sí la fuerza para actuar. Cuando se rebeló, todo el mundo quedó sorprendido; pero se sorprendieron porque nunca lo habían conocido de verdad. Nadie lo conocía.

    Y nadie me conoce a mí. Nadie sabe quién soy o qué puedo hacer. Soy como el hacker que envió ese mensaje. Anónimo. Mi disfraz es perfecto. Parezco un animal. No puedo hablar con mi propia voz. Soy pequeño y de aspecto débil. Piensan que soy lindo.

    Y mi devoción condicionada a Carol Jeanne se considera inquebrantable.

    Lo terrible es que, en efecto, era inquebrantable. Incluso mientras pensaba en rebelarme, seguía sintiendo aquel profundo amor hacia Carol Jeanne, el ansia por complacerla, la dolorosa necesidad de correr y contarle todo lo que había descubierto en mis investigaciones a través del sistema, para que ella supiera que la amaba y la servía y me diera un…

    Me daría un dulce.


    Averigué cómo nos había enviado el hacker el mensaje anónimo. Los sis-ops enviaban de manera rutinaria circulares de sistema, hacían un recuento de todos los ordenadores enlazados a la red y comprobaban si tenían correo por enviar.

    Era posible incorporar añadidos al correo: el gobierno del Arca usaba este método para enviar noticias y anuncios. Los añadidos también podían ser dirigidos, no a individuos únicos, sino a grupos o clases de individuos, de modo que los anuncios llegaran a la gente que trabajaba en la panadería, por ejemplo, o a la gente que vivía en el poblado de Mayflower.

    El hacker simplemente había puesto un añadido al envío y lo había distribuido a todas las casas con miembros pertenecientes a la división gaiológica y servicios consejeros, que además formaran parte del poblado de Mayflower y que hubieran llegado en las diez últimas semanas. Así el mensaje, aunque técnicamente había sido enviado a un grupo, sólo aparecería en el ordenador de nuestra casa.

    Pero ¿cómo había unido aquel pequeño mensaje animado a la circular del sistema? También era bastante fácil. El anticuado software tenía una puerta trasera. Los propios sis-ops firmaban usando su nombre y activando todos los procedimientos normales de mantenimiento de registros y seguimiento de pistas. Pero los programadores originales habían introducido un medio de entrar en el sistema con más autoridad que un sis-op. No era una entrada intuitiva; incluso en los viejos tiempos eran lo suficientemente sofisticados para no dejar que nadie simplemente tecleando un nombre genérico como programa o entrada se saliera con la suya. Lo que encontré fue que el software de la red instalado en cada ordenador enlazado escaneaba las teclas estando activado, y mientras que la mayoría de las opciones de ese sondeo llevaba a lugares obvios del programa, una de ellas no lo hacía. Buscaba una molesta combinación de teclas que nadie introduciría accidentalmente: Ctrl-A ([

    ¿Quién era? Igual, yo tenía ahora ese poder, no importaba quién más lo poseyera. Salí del programa como Carol Jeanne, luego pulsé Ctrl-A ([

    Ya podía mirar directamente el código fuente sin despertar recelos. Como sospechaba, la pequeña rutina que permitía la puerta trasera carecía completamente de documentos. No aparecía en ninguna parte. Los sis-ops ni siquiera sabían que estaba allí, y los programadores que la habían creado para su propio uso mientras elaboraban el programa estaban sin duda muertos o jubilados ya. Probablemente ni siquiera se recordaba la puerta trasera.

    Entonces, ¿cómo la descubrió el hacker que envió el mensaje de la abeja? Seguro que no había nadie más en el Arca que pudiera coger un código máquina y seguirlo en su propia mente como yo había hecho. Seguro que nadie tenía la tenacidad absurda de pasarse semanas de su vida pulsando teclas al azar hasta encontrar la adecuada.

    Había una parte de mí que ya quería dejar de buscar. Ya había encontrado una joya sin precio: podría ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa, podría leer cualquier mensaje, podría examinar cualquier dato, podría alterar cualquier parte del código, y nadie sabría siquiera que yo había estado allí. Y sin embargo esta poderosa joya sería arrancada de mis manos en cuestión de días o semanas, cuando el nuevo software entrara en funcionamiento. Lo que pudiera hacer con aquel poder debía hacerlo de inmediato, y sin embargo no tenía ni idea de qué hacer con él. Cuando se me escapara de las manos, entonces vería sus posibles usos con toda la claridad de la lamentación y la frustración y la desesperación. Tenía que pensar, tenía que concentrarme en averiguar para qué servía mi omnipotencia temporal.

    Sin embargo, la misión que me había encomendado Carol Jeanne era la de averiguar quién había enviado el mensaje. Ya sabía cómo lo habían enviado, pero no quién lo había hecho.

    Tenía que presentarle un informe. Tenía que hacerlo, tenía que hacerlo, era un ansia que me roía, un ansia que se intensificaba cuando sopesaba la posibilidad de no decirle nada, de decirle que era un truco que no podía desentrañar. ¿Mentirle a Carol Jeanne? Impensable. Tendría que contárselo todo, en especial lo que quería ocultarle: aquel nuevo poder mío. Tenía que decírselo —apenas podía soportar no hacerlo—, y cuando más firmemente decidía que nunca se lo diría, más terrible se volvía la urgencia por confesarlo.

    Era como la prohibición del sexo. Era como mi pánico en caída libre. Estaba fuera de control. Me habían robado de mí mismo. No me pertenecía.

    Salté de la mesa. Me revolví por el suelo. Yo animal, yo mono, salta, brinca, pide mientras el hombre gira la manivela. Tiende la taza mientras ellos entregan el dinero, y luego dáselo al humano, dáselo todo al humano.

    No salí de la habitación. Me quedé allí temblando, repasando mentalmente el código de la red, reescribiéndolo interiormente para mejorarlo aquí y allí, elaborando esquemas de codificación con algoritmos increíblemente complejos, haciendo todo lo posible por apartar mi mente de la mentira que pretendía decir a Carol Jeanne.

    Y funcionó. Me calmé. Pensé de nuevo en los programadores originales. Eran personas vivas y reales, que vivieron en unos tiempos menos complicados, en una época más confiada. En los albores de la era de la informática, la intromisión en un programa era una diversión, y a menudo los mismos que escribían programas sentían un gran placer al entrometerse en el programa de otro. Además, entonces existía la idea de la libertad de información, de que todo el mundo tenía que poder saberlo todo. ¿No habría compartido uno de aquellos programadores esa puerta trasera con otra persona, un hacker amigo? ¿No conocería alguien, en algún sitio, esa puerta trasera? O tal vez era sólo cuestión de edad. El programador se hizo viejo. Escribió una memoria. No se le ocurrió que su software estaría aún en funcionamiento en algún lugar del mundo. Había pasado mucho tiempo.

    Puse a funcionar uno de los principales ordenadores de la red para que buscara en la biblioteca la secuencia Ctrl-A. Tuve cuidado. Le hice utilizar sólo el diez por ciento de su tiempo de procesado en la búsqueda, para que nadie advirtiera un súbito bajón en la capacidad de ejecución del ordenador que no obedecía a la correspondiente entrada del registro automático. Incluso los hombres invisibles pueden dejar huellas si no tienen cuidado. Pero yo lo tuve.

    No tardó mucho. Había un libro escrito hacía mucho tiempo que contenía muchas anécdotas sobre hackers particularmente astutos. El autor utilizaba la secuencia Ctrl-A (SHIFT-RETROCESO) como ejemplo hipotético de una puerta trasera relativamente difícil de encontrar por casualidad. En ningún momento se daba a entender que dicha secuencia en concreto hubiese sido utilizada.

    Pero el autor había dedicado el libro a su querido amigo Aaron Blessing, y fue muy sencillo comprobar que Aaron Blessing era uno de los programadores del software de la red utilizada en el Arca. Blessing debió decírselo al autor del libro, que entonces usó la puerta trasera como ejemplo hipotético. Era un chiste privado entre ambos.

    Sólo tres personas habían consultado aquel libro en el último año. Una de ellas pertenecía al poblado de Mayflower; a las otras dos no les habría importado que Mamie y Stef fueran zánganos, puesto que no los conocían.

    Peter Klarner. Aquel pequeño cabroncete. Pude imaginármelo escuchando a su madre, Dolores, quejarse de los zánganos que había en la familia de Carol Jeanne y de lo horrible que eso era y de que alguien debería de hacer algo al respecto, pero no se podía hacer ni decir nada porque Carol Jeanne era taaan importante.

    Pero Peter sabía cómo decir algo. Creó su pequeña animación, la unió a la circular del sistema y la envió.

    ¿Cuánto tiempo hacía que había encontrado la puerta trasera? ¿Qué había hecho con ella? ¿Sabía que pronto iba a ser inútil? Deseé poder hablar con él… alardear, tal vez, puesto que había descubierto quién era. Pero también aprender de él, compartir con él. Como su igual. Como otra persona que parecía carecer de valor para los demás, pero que había encontrado una fuente secreta de poder que nadie imaginaba.

    Peter debía de haber leído el libro, encontrado el ejemplo hipotético, y tecleado la secuencia por diversión en el ordenador de su casa. Y funcionó. Debió parecerle un milagro. Un chiste cósmico. Como alcanzar la pubertad de repente, sin previo aviso. ¡Mira lo que puedo hacer!

    Tuvo el acierto de no decírselo a nadie. Y, sin embargo, no pudo soportar no hacerlo. Había enviado su animación tanto para demostrar su poder como para incomodar a los zánganos. ¿Qué le importaba a él que Mamie o Stef tuvieran trabajo o no? Fueron sólo la excusa para demostrar que tenía un acceso a la red que los sis-ops ni siquiera conocían.

    Tal vez ya sabía —por supuesto que sabría— que el nuevo software iba a entrar en funcionamiento. Por eso no importaba que la gente supiera que estaba allí. Sería divertido alardear un poco, incordiar, porque al cabo de una o dos semanas no volvería a tener la oportunidad nunca más.


    Carol Jeanne ya se había marchado a la oficina. Cuando me daba una misión no se quedaba a esperar a que la terminara; a diferencia de Red, no creía que cada uno de sus suspiros tuviera que ser registrado por su testigo. Eso formaba parte de la humildad fundamental de Carol Jeanne. Su trabajo era vital, y aceptaba un testigo para preservarlo. Pero su vida era sólo una vida, y no le importaba si su testigo, ocupado en alguna otra tarea, no estaba presente para registrar una o dos de sus conversaciones.

    Naturalmente, no llamé a su puerta. Yo era su testigo, ¿no? Tan sólo salté, di con la palma en el panel ID y la puerta se abrió. ¿Cómo iba yo a saber que ella estaría sentada en el borde de su mesa, con las lágrimas corriéndole por la cara, y con Neeraj sentado a su lado, rodeándola con el brazo derecho, la mano izquierda secándole amablemente las lágrimas de las mejillas?

    Al parecer, la tontería del coco había sido olvidada. Al parecer, Carol Jeanne ya no pensaba que Neeraj era un hombrecito incordiante. Nunca deja de sorprenderme la capacidad de las hembras humanas por superar su primera impresión negativa y a menudo correcta de los varones humanos. En este caso, no obstante, Neeraj era una clara mejora respecto a su marido. No me sorprendió que se hubiera ganado su confianza tan rápidamente.

    Cuando la puerta se abrió, claro, alzaron la cabeza, sobresaltados, alarmados. Pero entonces vieron que era yo.

    —Oh, Lovelock —dijo ella—. ¿Lo encontraste?

    Si yo hubiera sido una persona, si ella hubiera pensado en mí como amigo, me habría explicado qué hacía rodeada por el brazo de un hombre. Habría dicho algo como que su pelea con Red la había hecho llorar y que Neeraj estaba tan sólo consolándola. Habría sido consciente de que las apariencias eran embarazosas y habría hecho algo para que no llegara a la equívoca conclusión a la que otro humano habría llegado con toda seguridad.

    Pero yo no era más que un esclavo, y por eso no hacía falta explicarme nada. En cambio, le explicó a él mi presencia allí.

    —Ese mensaje del que te hablé, Neeraj. Lovelock debe de haber encontrado quién lo envió.

    Neeraj no retiró el brazo. Pero me hizo un guiño y me dirigió una media sonrisa. No estoy seguro de qué quería darme a entender. ¿Un macho diciéndole a otro que su hembra estaba bien protegida? ¿O tal vez un amigo de Carol Jeanne haciendo saber a otro que ella estaba bien? Fuera lo que fuese, Neeraj me trataba más como a una persona que la propia Carol Jeanne.

    —¿Quién ha sido, Lovelock? —preguntó ella.

    Me encaramé al ordenador. Confidencial, tecleé.

    —Oh —dijo Neeraj—. Comprendo. Se zafó por fin de ella y se puso en pie—. Mi hipótesis es que lo envió tu propio suegro.

    Carol Jeanne se rió y se cubrió la boca como una escolar.

    —Ni siquiera… ¡Claro, qué delicioso! ¡Qué adecuado sería!

    Totalmente equivocado, por supuesto. Pero a sus ojos, al parecer, Neeraj era muy muy listo. Yo conocía a Carol Jeanne mejor que ninguna otra alma viviente. Mejor que ella misma. Así que supe allí mismo, mucho antes de que ella lo entendiera, que estaba enamorada de Neeraj.

    ¿Y por qué no? Él era todo lo que Red no era. Era tierno, se preocupaba por ella y comprendía su trabajo. No anteponía a su madre. No la hacía sentirse como una mala madre, cosa que Red hacía tan a menudo… y tan deliberadamente.

    También era vagamente exótico, lo que añadía la excitación adolescente de una aventura. Carol Jeanne ya le confesaba emociones que hasta ahora sólo me había demostrado a mí… o, según ella, emociones que nunca había demostrado a ninguna persona. Sus barreras privadas estaban cayendo.

    Pasa igual que con Stef, advertí. Aquí, en un nuevo mundo, donde el antiguo rol social al que se había acostumbrado en la Tierra podía ser desafiado, podía ser cambiado, empezaba a cansarse de las cargas de vivir con Red. Estaba harta de la forma en que Mamie la utilizaba, de la forma en que Red la criticaba. Su jueguecito de aquella mañana con las niñas tenía que haberla puesto enferma, pero también la había asustado advertir que sus niñas dependían tan completamente del dominio de Red que él podía controlar como con un interruptor el afecto que le profesaban. Si podía conectarlo, como había hecho aquella mañana, también podría desconectarlo. Aquello significaba que tenía poder sobre su vida, y el hecho de que alguien la controlara era algo que Carol Jeanne no podía soportar.

    Había permanecido con Red todos aquellos años porque le gustaba pensar que elegía libremente estar con él, a pesar de todos los problemas con su madre. Pero ahora parecía que podría quitarle a las niñas, si quería. Por eso su función en la familia ya no era segura. Ella estaba bajo su control.

    ¿Cuánto había tardado? Unas horas, y ya tenía el brazo de otro hombre alrededor. ¿Pensaba Red que podía gobernarla? Recapacita, Red.

    Los humanos son tan claros y transparentes como cualquier otro primate. Todo se basa en sexo y poder, y el poder se basa en el sexo: acceso al sexo, control del sexo. Todo se basa en genes decididos a perpetuarse, y la mitad de la conducta humana no es más que esos genes poniendo en práctica su voluntad de sobrevivir. ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que Neeraj se apareara con Carol Jeanne? ¿Días? ¿Semanas?

    Ella cambiaría de macho y, al hacerlo, ejercería una enorme presión sobre su nuevo compañero y privaría y castigaría al antiguo. Ella tenía el poder, y Red lo sabría. Aquel asunto no sería secreto por mucho tiempo. Ella creería que había sido un accidente, pero dejaría que algo se le escapara. Encontraría una forma de airearlo delante de Red.

    Todo era tan fácil de explicar como la conducta primate básica. Conducta que para mí estaba prohibida. Ella podía hacer lo que quisiera con el sexo, pero como yo le hacía falta como esclavo, lo tenía prohibido para siempre; jamás formaría parte del gran ballet de mi vida. Mis genes estaban siendo asesinados.

    Neeraj salió de la habitación. Teclée: “El hacker fue Peter Klarner, el hijo de Dolores. Probablemente pensaba que le estaba haciendo un favor a su madre, y probablemente ella no tiene ni idea de lo que ha hecho. Si quieres, le enviaré un mensaje para asegurarnos de que no vuelva a hacerlo. Apuesto a que lo ha mandado sólo porque creía que podría salirse con la suya”.

    —Bien —dijo ella—. Aquí se acaba. No quiero que nadie se meta en problemas por esto. Lo último que necesitamos es que toda la administración se entere de que la negativa de Mamie a trabajar está alentando tal grado de resentimiento en Mayflower.
    —Bien —dije yo—. Le enviaré el mensaje ahora mismo.
    —Usa tu portátil, Lovelock. Necesito el ordenador grande.

    Así que me hice a un lado mientras ella se sentaba delante de la gran pantalla y empezaba a pedir informes de los equipos que trabajaban en diversos aspectos de la transformación de los océanos y el mantenimiento de la atmósfera.

    Mi portátil se hallaba en un rincón de la mesa, pero estaba conectado a la red por un fino cable. Ella solía dejarlo allí últimamente porque sólo lo usaba para hablar conmigo. En la Tierra solía llevarlo en el bolso, porque no siempre tenía acceso a otros ordenadores y no quería que nuestras conversaciones privadas tuvieran lugar en las máquinas de otras personas. Pero en el Arca ella estaba o bien en casa o en la oficina, y siempre tenía completo acceso a los ordenadores que podía utilizar con intimidad. El portátil era ahora sólo para mí. Si fuera lo bastante fuerte para levantarlo y llevármelo… Podía deslizarlo sobre la mesa, pero eso era todo.

    Como estaba enfrascada en su trabajo y no podía ver la pantalla de mi portátil, me atreví a acceder a la puerta trasera de la red allí mismo, en la oficina. Escribí un mensaje sencillo para Peter, creé un nuevo usuario llamado Dios, hice que esa nueva identidad enviara el mensaje por el correo regular, y luego borré a Dios del sistema y eliminé todo rastro de que hubiera existido como identidad en la red. Peter sabría, cuando intentara localizar al remitente del mensaje, que había alguien en el sistema con tanto poder como él… y, de eso estaba seguro, con mucho más conocimiento de cómo emplear ese poder.

    Querido diario:
    Peter es un idiota, estaba todo antipático y molesto después del colegio hoy, ¿y sabes por qué? Por un mensaje que alguien le ha enviado y que no significa nada. Mantén tus abejas en la colmena, por favor, y lo firmaba Dios. Quiero decir que está claro que es una broma y ahí estaba él todo frenético y diciendo no se lo digas a mamá como si yo estuviera loca o algo así. Le dije que era sólo uno de sus estúpidos amigos del colegio y él dijo que eso demuestra cuanto sabes y yo dije: No, eso demuestra cuánto sabes tú.
    Odio compartir la habitación con él. Creo que necesitamos una casa más grande pero las reglas dicen que los niños no necesitan habitaciones separadas hasta la pubertad así que tendré que esperar a las tetas o esperar a que el pequeño pito de Peter crezca o le salga barba o algo. Nadie piensa que los niños necesiten intimidad. Oh, no, son sólo los adultos los que tienen cosas así. Ni siquiera puedo mantener archivos de ordenador en secreto para mamá o los profesores y por eso tengo que escribir todos mis pensamientos en ti, querido diario, y esconderte siempre en sitios distintos. Y sabes que no es fácil. Encontrar escondites en el Arca es como esconder una vaca en una sartén. Pero me moriré antes de dejar que nadie lea una palabra de ti. Te quemaré primero. Espero que no te importe, querido diario. Te prometo que no sentirás nada.
    Ahora me estoy poniendo tonta así que mejor lo dejo. Adiós, por ahora.


    8. INDEPENDENCIA


    Después de que Stef trazara las líneas de batalla, sólo quedaba librar la guerra. Pero igual que una escaramuza no puede mantenerse a puerta cerrada, la batalla de Stef por la independencia también se libraría en campo abierto. En cuanto Stef salió por la puerta, la escisión se convirtió en asunto de debate público.

    Normalmente a Mamie le habría encantado sentirse el centro de atención, pero Stef había cometido el imperdonable pecado de ser quien la abandonara y no al contrario. La gente hablaría de eso.

    En cuanto al mensaje de los zánganos que había disparado todo el asunto, cualquiera de los ciudadanos de Mayflower podía haberlo puesto en nuestro ordenador doméstico. Obviamente, alguno sentía cierta hostilidad, pero Mamie no sabía cuántos. Por lo que sabía, todo el pueblo podía estar riéndose a sus espaldas.

    Mamie estaba acostumbrada a ser una chismosa, aunque ella habría empleado el eufemismo de Red: individuo centrado en los demás. Era el papel de criticada lo que resultaba nuevo para ella. Evitar la vergüenza había sido la gran fuerza motriz de su vida, y la idea de que la gente se burlara a sus espaldas le representaba un tormento mayor que la pérdida de un marido que nunca había sido, por lo que yo podía ver, mucho más que un accesorio a la moda. Al imaginar los comentarios de un millar de lenguas, se recluyó en casa durante varios días. Ni siquiera durmió durante las dos primeras noches, y como deambulaba por la casa como un fantasma no pude continuar con mis excursiones nocturnas por la pared del Arca. Al tercer día le recetaron pastillas para dormir; después de eso, pude volver a mi rutina.

    Resurgió el domingo, aunque atormentó a toda la casa durante días con su debate “debo ir” o “debo esconderme”. Finalmente, decidió que quedarse en casa y no ir a la iglesia haría que los demás pensaran que tenía algo de lo que avergonzarse, mientras que si acudía a la iglesia como de costumbre, con la cabeza bien alta, la gente admiraría su valor e incluso entendería que le había dado a Stef la patada y no al contrario. Así que el domingo se vistió con su mejores galas y alhajas, como si fuera un día de celebración. El pavo real de Mayflower había desplegado su plumaje para que todos lo vieran. Escribí una rápida crítica de moda y se la mostré a Carol Jeanne. Ella me llamó niño malo, pero me di cuenta de que le encantaba.

    Mamie y Red cogieron a las niñas y caminaron delante de Carol Jeanne y de mí camino de la iglesia, aumentando la distancia psicológica entre nosotros. Pink trotaba detrás de Red y dejó unos cuantos pedos bien situados en nuestro camino.

    Me disgusté, no por las funciones corporales, sino por su altiva toma de partido cuando su amo estaba claramente equivocado. Cierto, la lealtad de Pink había sido programada; pero yo también había sido programado para amar sólo a Carol Jeanne, y eso no me había impedido ver la verdad acerca de ella. Al haber sido iluminado, me sentía ingenuamente impaciente con mis semejantes que todavía permanecían en la oscuridad. Sentía que Pink y yo deberíamos haber sido aliados; en cambio, éramos desconocidos. Ella era un ser inteligente, ¿cómo podía estar tan contenta con su servidumbre? Sólo pude llegar a la conclusión de que los cerdos eran innatamente inferiores a los primates, y que mejorados y todo seguían perteneciendo a un orden inferior.

    Observé su culillo sacudirse mientras trotaba complaciente detrás de Red, y me disgustó su servilismo. Nunca se me había ocurrido que mis propias acciones, mis peticiones de dulces, mis infernales monerías transmitían a los demás la misma felicidad que yo encontraba tan despreciable en ella.

    Supe entonces que cuando yo hacía esas cosas estaba simplemente fingiendo ser un esclavo feliz. No se me ocurrió que tal vez todos los esclavos felices estuvieran fingiendo, algunos tan bien que incluso llegan a engañarse a sí mismos.


    Mamie nos precedió entrando en la capilla, con su adoradora familia detrás en procesión. Se abrió paso hasta un banco parcialmente ocupado en vez de hacerlo hasta uno vacío, de forma que cuando se sentó con su hijo querido a su lado y sus preciosas nietas en el regazo, no quedó espacio para Carol Jeanne y para mí. Para beneficio de aquellos que miraban, Mamie alzó los brazos con desazón, como si hubiera sido un descuido por su parte. Cloqueó para que Carol Jeanne se sentara en la fila de detrás, y Carol Jeanne se quedó demasiado sorprendida para hacer otra cosa. Fue desagradable. Incluso con todos sus problemas, Mamie encontraba tiempo para dar salida a su malicia. Tal vez pensaba que si ella no podía tener a un marido a su lado, no debía tenerlo nadie. O tal vez que con Carol Jeanne y Red juntos, Mamie parecería la persona que está de más. Aunque era Mamie quien había perdido a su marido, al parecer pensaba que era más apropiado que Carol Jeanne representara el papel de mujer sola.

    Sin embargo, al final comprendí que Mamie luchaba por sobrevivir en la pequeña comunidad de Mayflower, y su análisis de lo que podía ayudarla a conseguir ese objetivo era excelente. Carol Jeanne era famosa, pero era Red el más apreciado y admirado por la gente de Mayflower. En el Arca como conjunto, Carol Jeanne era un activo mucho más importante que Red; en Mayflower, la situación era la contraria. Mamie estaba decidida a que la gente la viera en compañía de él.

    Comprendí esto, pero —naturalmente— Carol Jeanne no. Le molestaba haberse quedado fuera, pero no tenía ni idea de lo que aquello significaba realmente. Y aunque yo se lo hubiera explicado, era muy probable que se hubiera encogido de hombros. ¿Qué le importaba, pues, lo que aquella insignificante comunidad de Mayflower pensara sobre ella? Al contrario que Red, Carol Jeanne no había comprendido que la vida en el Arca suponía un cambio significativo respecto a la vida en América. Allí, tu círculo profesional era tu barrio, y apenas te preocupaba dónde estaba tu casa. En el Arca, el círculo profesional era mucho más pequeño y el barrio contaba mucho más. Había sido planeado de esta forma, para que durante los primeros días de la colonización la gente pudiera trabajar bien junta y creara muchas pequeñas comunidades agrícolas autosuficientes. En el nuevo planeta no habría medios de transporte rápidos y baratos para unir las localidades. Si no tenías amigos en tu propia comunidad, simplemente no tendrías amigos.

    Si se lo hubieran preguntado, probablemente Carol Jeanne habría respondido que no necesitaba amigos, que su trabajo era su vida. Pero habría sido mentira. Incluso los más introvertidos necesitan a alguien. ¿Qué otra cosa explicaba su extraña amistad con Neeraj? Carol Jeanne ansiaba desesperadamente un amigo, pero sólo en sus propios términos, lo que significaba que sólo sería íntima de alguien que comprendiera y valorara su trabajo.

    Ese alguien podría haber sido yo, y si así hubiera sido, estaría escribiendo un relato muy distinto, de haber llegado a escribirlo. Pero Carol Jeanne, que antes me parecía el principio y el fin del mundo, no era claramente el tipo de persona capaz de percibir valores ocultos en los demás. A su modo, era tan manipuladora como Mamie. Era simplemente menos consciente de lo que hacía al ignorar el amor de sus amigos más leales y despilfarraba el amor que ofrecía a quienes no se lo merecían.

    Tal vez ése es el único ser humano que existe. Ciertamente, la gente de la iglesia valoraba a Red aunque fuera un parásito. ¿Por qué? Porque Red ejecutaba los movimientos que aseguraban a los demás que los valoraba a ellos y a su comunidad y a sus estúpidos rituales y reglas. Los hombres asentían y las mujeres le saludaban desde el otro lado de la iglesia, y aunque tal vez hubiera una o dos miradas de inteligencia, Mamie podía engañarse fácilmente al pensar que el afecto que Red se había ganado le pertenecía por igual a ella.

    Carol Jeanne, no Mamie, era la paria. Nadie la saludó ni le sonrió siquiera. La ignoraron, igual que ella los había ignorado a ellos desde el principio. Ella y yo estábamos solos.

    Durante la mayor parte de mi vida, estar solo con Carol Jeanne había sido mi sueño más anhelado. Pero ella había dejado claro que yo no era para ella más que una tostadora inteligente, y yo era amargamente consciente de que cuando estaba conmigo consideraba que se encontraba completamente a solas. Mientras sonaba la música de preludio, le acaricié el pelo para distraer su atención de los pueblerinos que preferían a su marido en vez de preferirla a ella, pero lo hice más por costumbre que por afecto. No apreció ninguna diferencia. ¿Por qué iba a hacerlo? La tostadora servía una tostada, tal como había sido programada.

    Cuando comenzó la ceremonia, me permití relajarme.


    Nunca he visto mucha utilidad en las religiones humanas: yo sabia quien era mi creador, y no se trataba de un ser omnisciente. Últimamente había descubierto que mi creador tal vez tampoco fuera omnipotente. Pero todo ello no tenía nada que ver con la religión.

    Sin embargo, me gustaban los servicios presbiterianos semanales tanto como Carol Jeanne los aborrecía. Ella necesitaba los solemnes rituales de la misa, pero yo prefería la mayor improvisación del rito protestante. ¿Dejaría caer la vieja señora Burke su libro de himnos sobre el teclado del órgano durante las oraciones? ¿Roncaría el señor Waters durante el sermón otra vez? Eran variantes de las que carecía la religión católica.

    La directora musical resultaba todo un espectáculo. Era una mujer grande, pero no de constitución tan firme como Penélope o Mamie, y su gordura asomaba bajo sus ropas. Le gustaba vestir trajes de lino color pastel, más transparentes de lo que creía, y el torso que dejaba ver el tejido recordaba la cara de un hombre sorprendido. Cuando agitaba los brazos para dirigir la música, los ojos de ese rostro giraban y escrutaban a la congregación. Al parecer a nadie más se le había ocurrido sugerirle que necesitaba cambiar de ropa; o tal vez lo habían hecho ya, y era toda una exhibicionista.

    Lo que más me gustaba de la ceremonia era espiar —no, recopilar datos— cuando se pasaba el platillo. El dinero no servía de gran cosa en el Arca, así que en vez de poner monedas en el plato, los feligreses depositaban promesas. Había libretas de papel y utensilios romos para escribir detrás de cada banco, y mientras se cantaba el ofertorio la gente escribía sus ofrendas. La idea era prestar servicio voluntario a la iglesia o la comunidad, o hacer una promesa de algún tipo a Dios.

    Cada vez que se pasaba el plato el domingo, yo me aprovechaba de ser un mono y de mis derechos como testigo y me movía, desperezándome ostensiblemente una última vez antes del sermón. Nadie parecía darse cuenta de lo buena que era mi visión, y por tanto de lo bien que podía leer lo que escribía la gente a pesar de que estuviera lejos. Normalmente las ofrendas eran tan pedestres como la gente que las hacía.

    Una mujer prometía no hablar con brusquedad a su marido, o un hombre juraba pasar más tiempo con sus hijos. Esas ofrendas tenían poco interés para mí, excepto que confirmaban lo aburrido de las vidas de quienes las hacían.

    A veces, sin embargo, de mis observaciones obtenía resultados más interesantes. Una vez vi a un hombre prometer a Dios que dejaría a su amante. Era una especie de gnomo humano, y la idea de que tuviera dos mujeres al mismo tiempo resultaba a la vez sorprendente y atractiva. Otro hombre juró hacerlo mejor para satisfacer sexualmente a su mujer, aunque, añadió apresuradamente, ella no hacía ningún esfuerzo por satisfacerle a él. Así, una queja íntima se disfrazaba de amorosa promesa.

    Yo almacenaba estas tonterías como parte de mi esfuerzo continuado por comprender la conducta humana. Una vez me dije —y lo creía— que estudiaba a los humanos para poder servir mejor a Carol Jeanne. Pero ahora sabía que no. Los estudiaba para intentar comprender qué significaba ser una persona. Si Carol Jeanne me hubiera preguntado alguna vez qué cosas escribía la gente en sus ofrendas, se lo habría dicho: mi condicionamiento era demasiado fuerte para hacer otra cosa. Pero ella no se fijaba lo bastante en los demás para preguntarlo. Y yo no era tan estúpido para ofrecer voluntariamente lo que sabía. Si ella hubiera sido consciente de cuánto aprendía de Mayflower al espiar sus ofrendas, probablemente me habría dicho que dejara de hacerlo.

    Algunas ofrendas iban firmadas y otras no. Las promesas hechas a Dios eran siempre anónimas, porque no eran asunto de nadie más que del creyente y de su hacedor. Pero los compromisos comunitarios iban firmados con el nombre de la persona que hacía la ofrenda. Cuando un miembro de la congregación prometía arrancar los hierbajos del seto de berros que había delante de la capilla, el sacerdote necesitaba saber quién lo había firmado.

    La ofrenda favorita de Mamie era invitar a la familia del pastor Barton a cenar el Dialibre; una proposición segura, porque había quinientos ansiosos habitantes del pueblo y sólo un sacerdote. Casi siempre que Mamie hacía esta ofrenda en concreto, el pastor Barton llamaba con la triste noticia de que ya tenía un compromiso con otro miembro de la congregación. Así Mamie conseguía crédito por invitar sin tener el problema de cumplir el ofrecimiento.

    Las notas de Carol Jeanne, casi invariablemente, no decían nada. Tan sólo escribía en el papel, ocultando sus garabatos sin significado de posibles espías, antes de doblarlo en cuatro como requería el ritual y dejarlo caer en el plato. No era la única que lo hacía; pocos tenían la cara de no escribir nada a las claras. Aquel día, sin embargo, suspiró mientras cogía su libreta, un signo claro de que iba a escribir algo de verdad. Doblé el cuello para ver las palabras.

    Te echo de menos, escribió, y la T mayúscula me dijo, para mi sorpresa, a quién echaba de menos. Tal vez estar allí sentada sola en el banco le había recordado que, junto con la Tierra, también había abandonado al Dios de su juventud.

    Por mucho que yo amara a Carol Jeanne, hacía tiempo que sabía que inconscientemente era profundamente supersticiosa, a pesar de sus logros como científica. Naturalmente, se sentía incómoda acudiendo a ceremonias presbiterianas en vez de a las católicas de su infancia. Pero ésta no era la verdadera causa de su infelicidad en la vida cotidiana. Nunca se le había ocurrido que, si quería saber el origen de su infelicidad, debía mirar no a Dios, sino a sí misma, por haberse casado mal y no haber tenido el buen sentido de acabar con su matrimonio antes de embarcarse en aquel viaje.

    Al contrario que los demás, por supuesto, Carol Jeanne sabía exactamente lo bien que yo podía leer, y cuando me vio mirando su nota, la cubrió. Eso me escoció. Yo era su testigo, después de todo; se suponía que tenía que mirar. Pero fingí indiferencia saltando de su hombro y aterrizando en el respaldo del banco de Red.

    Troté hasta el final del banco y salté al de delante, y luego al de delante otra vez. Pocas personas reparaban ya en mí, porque siempre hacía lo mismo cuando tocaba el órgano. Los que se habían quejado al principio de que era irrespetuoso tener mascotas jugueteando en la iglesia se habían resignado hacía tiempo al hecho de que la ley de los testigos se imponía al decoro en el santuario. Y algunos hasta me miraban y sonreían. Incluso la tostadora sabía cómo conseguir más aprecio que Carol Jeanne.

    Una persona a quien tenía que vigilar era Peter, el chico que había puesto la animación de las abejas en nuestro ordenador doméstico. Su hermana Diana y él estaban sentados con Dolores, su madre, cerca de Penélope. Era difícil acercarme a ellos, ya que tanto Penélope como Dolores sentían una clara antipatía hacia mí. Pero los chicos me apreciaban bastante, y Peter no tenía forma de saber que yo había descubierto su mensaje anónimo. Para llegar hasta allí pasé por debajo de los bancos hasta situarme detrás del suyo, luego escalé por el respaldo del banco agarrándome a la casilla donde se guardaba el libro de himnos. Acabé directamente entre Peter y Diana y me quedé muy quieto, para que Dolores y Penélope no me descubrieran. Esto fue bastante fácil, ya que, al igual que Mamie, dedicaban todos sus esfuerzos a parecer piadosas y alegres.

    Peter y Diana, por su parte, no movieron ni un pelo para demostrar que yo estaba allí. Hasta que Diana escribió en su papel: “Hola, Lovelock”. Peter, sin embargo, cubrió el suyo, aunque muy mal, así que pude leerlo de todas formas:

    Mamá nunca ve nada bueno de lo que hago, así que no le haré más favores. Penélope dice que eso que hice ha causado un divorcio, pero no me importa. El matrimonio es una farsa de todas maneras.


    Chico hostil. Diana intentaba ser amable, pero también había rabia en su mensaje:

    Juro solemnemente escribile a papá una vez a la semana aunque él no me conteste como prometió. No tendré malos pensamientos hacia Cierta Persona por hacernos dejar a papá.


    Los niños eran lo bastante jóvenes para decir la verdad sin advertir a cuánto renunciaban.

    Añadiendo las pistas de aquel día lo que ya había aprendido de Peter y Diana en el pasado, no me fue difícil componer la situación familiar. Su madre era necesaria en el Arca; su padre habría sido un supernumerario como Red. En el último minuto decide no ir, pero Dolores insiste en marcharse de todas formas y se lleva a los niños, aunque no es una madre amantísima. Se los lleva porque supone que eso es lo que una madre tiene que hacer. Y no es que a los niños les importara ir, no al principio. Por lo que sabían, era un bonito viaje espacial; no se daban cuenta de lo definitiva o dolorosa que sería la separación de su padre. Ahora se sentían culpables por haber querido ir, y eso haría que su furia contra sus padres fuera aún mayor.

    Terminado el mensaje, Diana extendió la mano para acariciarme. El movimiento llamó la atención de su madre, por supuesto: la preocupación de Dolores por su piadosa imagen incluía la conducta de sus hijos en la iglesia. Así que me deslicé por el respaldo del banco y me quede colgando de la casilla para el libro de himnos.

    La persona que estaba sentada de aquel lado del banco era Nancy, la niña con cara de caballo que había llevado a Pink a casa el día del funeral de Odie Lee. La había visto en el prado los Diatrabajo y los Dialibre, y siempre asistía a la iglesia. Por lo demás, nuestros rumbos no se habían cruzado nunca. Hasta el momento, con dos abuelos en casa, Carol Jeanne no habia necesitado sus servicios como canoro. Pero se me ocurrió que ahora que sólo quedaba Mamie probablemente Carol Jeanne necesitaría una buena guitera de vez en cuando, y serviría de ayuda que yo supiera qué clase de persona era Nancy. Además, acababa de leer las ofrendas de los niños y a partir de ellas había extrapolado su vida familiar. Estaba en racha, así que ¿por qué no seguir intentándolo?

    La había observado antes, como había observado a todos los demás en Mayflower. Siempre se comportaba como si intentara desaparecer dentro de sí misma, y ese día, en la iglesia, estaba acurrucada tan al extremo del banco que alguien que caminara por el pasillo la derribaría al suelo sin darse cuenta.

    Se inclinó sobre un pedazo de papel mientras escribía su ofrenda semanal, usando sus largos cabellos como pantalla para ocultar sus palabras a los adultos sentados junto a ella.

    Era una de los creyentes, de los que escribían mucho, vaciando su corazón. Yo siempre había considerado que en el fondo eran católicos. Necesitaban la armonía de un confesionario, pero la ofrenda era lo más parecido que podían conseguir. Cubría su papel tan concienzudamente que me costó trabajo lograr un buen ángulo de visión. Acabé colgado de uno de los tubos en forma de arco que sujetaban las luces del techo en el interior de la estructura de globo. Incluso así me resultó difícil ver lo que escribía sin que fuese evidente para toda la sala lo que estaba haciendo.

    Prometo que no odiaré a mi padre ni esperaré que se vaya al infierno ni a mamá porque no me cree ni a mis profesores porque hablan a mis padres y lo empeoran. Por favor perdóname por odiarlos antes y que no quede embarazada a menos que sea tu voluntad que tenga un niño santo. Amén.


    ¿Un niño santo? Era dulce y triste aquella ensoñación que debía de haber creado para sí misma, para sobrevivir en lo que a las claras era una familia incestuosa y abusiva. Yo sabía que el hecho de que la madre no la creyera era una respuesta normal, pero al parecer se lo había dicho a sus profesores y éstos habían ido directos a los padres. ¿Qué clase de idiotas eran? Seguro que había una respuesta preestablecida a las acusaciones de abusos paternos, y seguro que no contemplaba hablar con los padres sin proteger a la criatura.

    Si ella había hecho realmente tal acusación. ¿Y si simplemente les había contado sus temores de tener un niño santo por la voluntad de Dios? ¿O alguna otra fantasía a medio formar? Tal vez no hubieran comprendido lo que les decía.

    Con todo, yo podía echar un vistazo a sus archivos.
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