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    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU; el cual dispone de 22:

    Este ícono aparece en todo el blog y te permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la pantalla.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminaran todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: puedes eliminar del registro de publicaciones guardadas por selección. Cuando presionas esta opción, según la velocidad de proceso de tu celular o tablet, toma unos segundos en aparecer la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Esta opción sólo aparecerá si tienes como mínimo 2 publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y la misma desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto. Opción sólo en las publicaciones.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos que has guardado en esa publicación.

    Ultima Lectura: puedes acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú.
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    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones.

    Ver Imagen Principal. permite ver la imagen de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y aparece sólo en las publicaciones.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


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    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
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    Las listas "Por Autor" y "Alfabético de todo", según la fuerza del wifi, se vuelven un poco lentas al cargar, debes tener paciencia.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.


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    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

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    OBSERVACIONES

    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres mes, o a su defecto, cada 100 publicaciones.
    ● Esta versión no dispone de todas las opciones disponibles para PC.

    TITUS SOLO (Mervyn Peake)

    Publicado el martes, agosto 09, 2016
    Para Maeve


    Nota del editor inglés

    La edición original de Titus solo, de 1959, partió de un mecanoscrito basado en los cuadernos de notas en los que Mervyn Peake escribía siempre. Exámenes recientes de los manuscritos han revelado que esa edición no era completa, de modo que la presente se ha revisado para solventar varias omisiones. Los cambios afectan principalmente a los capítulos 24 (episodio enteramente nuevo), 77, 89, y todos los que van del 99 al final, donde el texto de la primera edición se ha incrementado considerablemente. Con la publicación del nuevo texto, los editores se complacen en cumplir las intenciones del autor y desean unirse a la señora Naeve Peake en el agradecimiento a Langdon Jones por las largas horas y el me-ticuloso cuidado que puso en comparar las diversas versiones y descubrir los verdaderos propósitos del autor. El señor Lagdon Jones escribe:


    Cuando me puse a trabajar en la reconstrucción de Titus solo, me basé en tres versiones diferentes. La principal era el primer mecanoscrito. Ésta era la versión que se había dado primeramente para publicación y sobre la cual se habían hecho la mayoría de los cambios. El primer tercio consistía en una copia a carbón sin ninguna indicación. El segundo mecanoscrito era la versión preparada según criterio del revisor editorial en un intento de dar coherencia al libro, ya que por la época en que Mervyn Peake lo entregó estaba ya en la fase final de su enfermedad. De esta versión, el primer tercio consistía en las correspondientes páginas originales del primer manuscrito, corregidas por Peake y el revisor, y los dos últimos tercios (en los cuales se había hecho el grueso de las modificaciones) eran un nuevo mecanoscrito con las especificaciones del revisor, aunque también había esporádicas correcciones de Peake. La tercera versión, a la cual se recurrió para aclarar palabras ilegibles o buscar secciones que habían desaparecido de las otras, era el primer borrador, y estaba escrito a mano en varios cuadernos.

    Así, fui reconstruyendo el libro a partir sobre todo del primer mecanoscrito, y recurriendo constantemente al segundo para asegurarme de incorporar a las partes no modificadas por el editor los cambios que Peake había hecho posteriormente.

    Mi propósito ha sido incluir todas las correcciones de Peake desestimando las demás. También he intentado hacer el libro lo más consistente posible pero con un mínimo de cambios por mi parte.

    Me he visto obligado a aplicar mi propio juicio en muy pocas ocasiones, aquellas en las que lo normal habría sido consultar al autor. He intervenido en unas pocas inconsistencias, siendo el único cambio importante la reticente eliminación de veinticinco palabras del delirio de Tito, en el cual recordaba personajes que él conocía pero el lector no.

    De haber podido hacerlo, no cabe duda de que Peake hubiera pulido la historia todavía más. Creo no obstante que en esta versión se ha conseguido expresar ese mal que alcanzó para Peake sus manifestaciones supremas cuando, sirviendo como artista de guerra, hacia el final del conflicto, entró en Belsen. Da la impresión de que Peake veía el mal y la tragedia como fuerzas tangibles, y el libro refleja una lucha que tuvo realmente, cuando él mismo se en-frentó a un horror más espantoso y prolongado que el sufrido por Titus, y al cual el propio autor sucumbiría diez años después.


    UNO


    Se volviera a donde se volviese, norte, sur, este u oeste, sus puntos de referencia no tardaron en quedar atrás. El montañoso perfil de su hogar, aquel desgarrado mundo de torres, junto al liquen gris y la hiedra negra, así como el laberinto que alimentaba sus sueños y el ritual que fue su vida y su perdición, toda su infancia, habían desaparecido.

    Ya no eran más que un recuerdo; una discrepancia; un ensueño, o el sonido de una llave al girar en una cerradura.

    Titus siguió su camino, yendo de orillas doradas a orillas heladas, por regiones sumidas en un polvo suntuoso y tierras ásperas como el metal. A veces sus pasos no se oían, otras, re-sonaban sobre la piedra. A veces un águila lo observaba desde una roca, otras, un cordero.

    ¿Dónde está ahora? ¿Dónde está Titus el Abdicador? ¡Sal de las sombras, traidor, y asómate a los salvajes confines de mi cerebro!

    Esté donde esté, no puede saber que, a través de puertas infestadas de gusanos y paredes agrietadas, a través de ventanas reventadas que boquean ablandadas por la podredumbre, una tormenta se abate sobre Gormenghast. Erosiona las baldosas; agita el foso sombrío; arranca las largas vigas de sus soportes ruinosos, y ¡aúlla! No puede saber de las múltiples acciones que tienen lugar en su casa, momento a momento.

    Un caballito de madera, enjaezado de telarañas, se mece en un desván ventoso y vacío.

    Ignora también que, mientras él vuelve la cabeza, tres ejércitos de hormigas negras, en orden de batalla, marchan como sombras sobre los lomos de una gran biblioteca.

    ¿Acaso ha olvidado el lugar donde los petos de las armaduras bullen como la sangre en el interior de los párpados y las inmensas cúpulas reverberan al sonido de la tos de una rata?

    El sólo sabe que atrás, en el lugar más remoto del horizonte, ha dejado algo desmesurado; algo brutal; algo tierno; algo que es mitad realidad, mitad sueño; la mitad de su corazón; la mitad de sí mismo.


    Y, durante todo el camino, la risa lejana de una hiena.


    DOS


    El sol se puso con un sollozo, la oscuridad se extendió por el horizonte, haciendo que el cielo se contrajera, el mundo se quedó sin luz y entonces, en ese mismo instante de aniquila-ción, como si hubiera estado esperando su turno, la luna apareció surcando la noche.

    Sin saber apenas qué hacía, el joven Titus amarró su bote a la rama de un árbol en la orilla y bajó trastabillando a tierra. Las márgenes del río estaban cubiertas de juncos, un poderoso ejército cuyos contagiosos susurros sugerían descontento. Con este sonido en los oídos, Titus se abrió paso entre los juncos, con los pies hundidos hasta los tobillos en el cieno.

    Tenía la vaga intención de aprovechar el terreno elevado que se alzaba en la orilla derecha y trepar por la estribación más próxima, a fin de echar un vistazo a lo que tenía por delante, pues se había perdido.

    Pero cuando consiguió llegar a lo alto entre la vegetación, después de una serie de percances y de añadir nuevos desgarrones a sus ropas, de suerte que era sorprendente que se mantuvieran unidas, para ese entonces, aunque se encontró en lo alto de una colina cubierta de hierba, no tenía ojos para el paisaje, sino que cayó al suelo al pie de lo que parecía una enorme roca tambaleante. Pero era Titus quien se tambaleaba, y se desplomó agotado por el cansancio y el hambre.

    Y allí quedó, acurrucado, con la apariencia frágil y adorable que suelen tener cuantos duermen por razón de su desamparo, con los brazos abiertos, la cabeza en un extraño ángulo que conmueve el corazón.

    Pero los sabios son comedidos en su compasión, pues el sueño puede ser como la nieve sobre una áspera roca y fundirse al primer contacto con la realidad.

    Y así fue con Titus. Al volverse para aliviar el hormigueo del brazo, vio la luna y la odió; odió la vil hipocresía de su luz; su rostro fatuo; la odió con una repugnancia tan real que le escupió y le gritó: «¡Mentirosa!».


    Y entonces, una vez más, pero ya no tan lejana, se oyó la risa de la hiena.


    TRES


    A cierta distancia del pie de Titus, el lustroso caparazón de un escarabajo, minúsculo y heráldico, reflejaba los rayos de la luna. Su sombra, tres veces más larga que su cuerpo, rodeó una piedrecilla y trepó por una brizna de hierba.

    Titus se puso de rodillas, con el regusto de un sueño que sólo había dejado remordimiento, aunque no recordaba nada, salvo que era sobre Gormenghast, una vez más. Cogió un palo y se puso a dibujar en la tierra con un extremo, y la luz de la luna era tan intensa que cada línea que trazaba era como una estrecha trinchera llena de tinta.

    Al ver que había dibujado una especie de torre, se palpó de forma involuntaria el bolsillo, buscando la piedra que había llevado consigo, como para demostrarse que su infancia era algo real, y que la Torre de los Pedernales seguía alzándose, como había hecho durante siglos, por encima de cualquier otra edificación de su antiguo hogar.

    Titus alzó la cabeza, paseó por primera vez la vista sobre lo que le rodeaba, y entonces sus ojos siguieron en dirección norte, recorriendo las grandes pendientes fosforescentes de robledos y encinas, hasta que se posaron sobre una ciudad.

    Era una ciudad dormida, sumida en un mortal silencio y el vacío de la noche. Titus se puso en pie y tembló al verla, no sólo por el frío, sino por la extrañeza de pensar que, mientras él dormía, mientras trazaba líneas sobre el suelo, mientras observaba al escarabajo, aquella ciudad había estado allí todo el tiempo, y con tan sólo volver la cabeza sus ojos se hubieran llenado de cúpulas y agujas de plata; de suburbios relucientes; de parques, arquerías y un río sinuoso. Y de las laderas de una gran montaña, poblada de bosques canosos.

    Pero, mientras contemplaba las altas pendientes de la ciudad, sus sentimientos no eran los de un niño o un joven, ni los de un adulto con inclinaciones románticas. Sus respuestas ya no eran claras y sencillas, porque había pasado por muchas cosas desde que escapara del ritual, y ya no era niño o adolescente, sino que, por causa de su conocimiento de la tragedia, la violencia y la conciencia de su propia perfidia, era mucho más que eso, aunque menos que un hombre.

    Arrodillado en aquel lugar, Titus parecía perdido. Perdido en la luminosa noche. Perdido en su distanciamiento. Perdido en una franja espacial en la que la ciudad reposaba como un todo, segura en su cohesión, como una inmensa criatura bañada por la luz de la luna que respiraba en sueños con un único aliento.


    CUATRO


    Titus se puso en pie y echó a andar, no por las colinas, en dirección a la ciudad, sino bajando por una empinada pendiente hacia el río, donde había dejado el bote. Y allí lo encontró, envuelto en la penumbra de los lirios, amarrado, susurrando en la orilla.

    Pero cuando se agachó para soltar el cabo, dos figuras se abrieron paso entre los juncos y avanzaron hacia él, y los juncos se cerraron a sus espaldas como una cortina. La repentina aparición de esos hombres hizo que el corazón de Titus se desbocara y, antes de saber siquiera lo que hacía, dio un salto hacia atrás y cayó en el bote, que se ladeó y se tambaleó como si quisiera echarlo.

    Aquellos hombres llevaban una especie de uniforme, aunque era difícil decir de qué clase, porque sus cabezas y sus cuerpos estaban cubiertos por las sombras de los lirios y franjas de luz de luna. Una de las cabezas estaba totalmente iluminada, salvo por una tira de un par de centímetros de ancho que bajaba de la frente hasta un ojo, sumido en la oscuridad, y seguía sobre la mejilla hasta la alargada mandíbula del hombre.

    La otra figura no tenía cara; formaba parte de la oscuridad aniquiladora. Pero su pecho estaba encendido por una tela verde lima y uno de sus pies destellaba como fósforo.

    Al ver que Titus se debatía con su largo remo, no emitieron sonido alguno, sino que se metieron sin vacilar en el río y se adentraron hasta la parte más profunda, hasta que sólo sus cabezas emplumadas asomaban en la superficie opaca. Y esas cabezas, aun en lo extremo de su huida, a Titus le pareció como si estuvieran separadas y flotaran, como si pudieran desplazarse arriba y abajo como los reyes y los caballos en un tablero de ajedrez.

    No era la primera ocasión en que alguien se acercaba a Titus en aquellas regiones en apariencia tan remotas. Había escapado otras veces, y ahora, mientras su bote se alejaba so-bre las aguas, recordó que siempre era lo mismo: la repentina aparición, el salto de la huida y el extraño silencio que se producía cuando quienes querían capturarlo iban perdiéndose en la distancia y desaparecían... aunque no para siempre.


    CINCO


    Titus había visto una ciudad dormida en el aire gris y encendido, de modo que dejó a un lado el recuerdo de su hogar abandonado, de su madre y el llanto de desertor de su corazón; y a pesar de la fatiga y el hambre sonrió, porque era tan joven como lo permitían sus veinte años, y tan viejo como podía serlo a esa edad.

    Sonrió una vez más, pero al hacerlo se tambaleó y, sin darse cuenta, cayó de costado en un mortal vahído, su sonrisa se desenfocó emborronando sus labios y el remo se soltó de su mano.


    SEIS


    Nada supo de buena parte de lo que sucedió durante aquella noche. Nada de la forma en que su pequeña embarcación giró y giró. Nada de la ciudad que se deslizaba hacia él. De los grandes árboles que flanqueaban el río por ambas orillas, con sus raíces marmóreas que entraban y salían del agua retorciéndose y brillaban a la luz de la luna; del jorobado que, en la semioscuridad, donde los escalones se introducían en la corriente, dio la espalda a la mísera red que trataba de desenredar y, al ver un bote aparentemente vacío que se dirigía hacia él, con la popa apuntándolo, se metió chapoteando en el agua, aferró los escalamos y luego cogió al joven, con asombro, para sacarlo de su cuna iluminada por la luna, dejando que la embarcación se alejara con rapidez por el ancho río.

    Titus no supo nada de todo esto; no supo que el hombre que le había salvado miró con gesto inexpresivo al andrajoso vagabundo que tenía a sus pies en los escalones que bajaban hasta el agua, pues ahí fue donde dejó aquel montón de fatiga.

    De haber agachado el anciano la cabeza tal vez hubiera oído un sonido distante y notado el temblor de los labios de Titus, porque el joven musitaba para sus adentros:


    ¡Despierta, maldita ciudad..., aporrea tus campanas! ¡Voy a comerte!


    SIETE


    Ciertamente, la ciudad despertaba entonces y, saliendo de la oscuridad, hicieron su aparición en el muelle unas figuras; algunas a pie, abrazándose por el frío; otras en desvencijados carros tirados por mulas, grandes bestias cuyos ollares se dilataban por el aire frío, y cuyos huesos tensaban la vasta piel de la grupa, con la mirada desbocada y el aliento agrio.

    Y había algunas, en su mayor parte ancianos consumidos, que se desprendían de las sombras como si la oscuridad los escupiera. Se dirigían hacia el río en carretillas impulsadas por sus hijos y los hijos de sus hijos; o en carros, carromatos o carretas tiradas por burros. Todos ellos con sus redes o sus sedales, mientras las ruedas traqueteaban sobre el empedrado del embarcadero y el alba iba cobrando fuerza. También un vehículo a vapor largo y sombrío que emergió con un chirrido de las sombras. Su capota era del color de la sangre. Su agua hervía. Relinchaba como un caballo y se sacudía como si estuviera vivo.

    El conductor, un hombre grande, demacrado, con una nariz que recordaba un timón, mandíbula cuadrada y miembros largos y musculosos, parecía ajeno al estado de su automóvil o al peligro que suponía para sí mismo o para el conglomerado de individuos que se apretujaban entre sus redes en la «popa» podrida del aciago artefacto.

    Pero no iba sentado, sino que conducía prácticamente tumbado, con los pies apoyados ociosamente sobre el embrague y el pedal del freno. No bien detuvo el vehículo, como si el rebuzno de un burro distante fuera una señal, bajó del asiento del conductor a un lado del coche siseante y se desperezó, estirando tanto los brazos que por un momento pareció un oráculo ordenando al sol y la luna que mantuvieran las distancias.

    ¿Por qué con tanta frecuencia se molestaba en bajar al alba hasta los escalones del río y ayudar a los mendigos que quisieran subirse en la destartalada popa de su coche? Es difícil saberlo, pues básicamente era un hombre poco compasivo, un hombre hiriente, descarado y desapasionado, que jamás llevaba a nadie a su lado en la parte delantera del vehículo, salvo ocasionalmente un viejo mandril.

    Tampoco pescaba. Ni tenía ningún deseo de contemplar la salida del sol. Se limitaba a aparecer entre las sombras de la noche y encendía una vieja pipa negra, mientras los desam-parados y los hambrientos iban descendiendo a la orilla hasta cubrirla como una oscura marea y la primera gota de sangre aparecía en el horizonte.

    Aquella mañana en particular, mientras estaba allí de pie con los brazos en jarras, mientras observaba cómo eran empujados los botes al agua y la oscura espuma se abría bajo la acción de las proas, vio al jorobado, arrodillado en los escalones, con un joven postrado a sus pies.


    OCHO


    Obviamente el viejo jorobado no sabía qué hacer con aquel visitante salido de la nada. Por la forma en que había aferrado a Titus para sacarlo del bote se hubiera podido pensar que, pese a su edad, era un hombre de ingenio y acción. Pero no. Lo que hizo fue algo que en lo sucesivo nunca dejaría de maravillarlo a él y a sus amigos, pues era de todos sabido que más bien se trataba de un hombre torpe e ignorante. Y así, ahora que el peligro había pasado, volvía a ser él mismo y se quedó de rodillas, contemplando a Titus con gesto impotente.

    Más abajo, en el río se habían encendido las antorchas y el agua reflejaba una luz rojiza. Los cormoranes, liberados de sus jaulas de mimbre, se deslizaban sobre la superficie y se zambullían en el agua. Una mula, recortada contra la luz de una antorcha, levantó la cabeza y enseñó sus dientes repugnantes.

    Trampamorro, el dueño del vehículo, se había ido acercando al jorobado y al joven, y estaba ahora inclinado sobre Titus, no con gesto amable o preocupado, o eso parecía, sino con aire distante... incluso orgulloso, frente a la desdicha del otro.

    —Al coche con él —musitó—. No tengo ni idea de lo que es, pero tiene pulso.

    Trampamorro retiró índice y pulgar de la muñeca de Titus y señaló su coche largo y vibrante con un imponente gesto.

    Dos mendigos, abriéndose paso entre la multitud que se había congregado en torno a la figura postrada de Titus, apartaron al viejo, levantaron al joven conde de Gormenghast, tan harapiento como ellos mismos, cual saco terrero, y fueron arrastrando los pies hasta el coche para colocarlo en la popa del indescriptible vehículo... un caos de cuero mohoso, hojas mojadas, viejas jaulas, muelles rotos, herrumbre y porquería en general.

    Trampamorro, siguiéndolos a grandes zancadas, lentas y arrogantes, estaba ya a medio camino de su diabólico vehículo cuando una franja de oscuridad se desplazó en el cielo y el borde escarlata de un enorme sol se abrió paso como la hoja de una navaja, y al punto, los botes y sus tripulaciones, los hombres de los cormoranes y sus aves con cuello de botella, los juncos y las márgenes cenagosas, las acémilas y los carros, las redes y los arpones y hasta el propio río parecieron encenderse.

    Pero Trampamorro no tenía ojos para todo aquello y por lo que respecta a Titus eso fue bueno, porque, al dar la espalda al espectáculo del amanecer como si tuviera tanto interés como un viejo calcetín, gracias a la luz de aquello mismo que desdeñaba, vio a dos hombres que se acercaban con rapidez y suavidad, con yelmos en sus cabezas idénticas y unos perga-minos enrollados en la mano.

    Trampamorrro enarcó las cejas, y su frente chata quedó tan arrugada como el cuero de la parte posterior de su coche. Volvió entonces la vista hacia el vehículo, como para calcular la distancia, y siguió adelante, alargando de forma casi imperceptible cada paso.

    Los dos hombres que se acercaban no parecían caminar, era como si flotaran, tal era la suavidad con que avanzaban, y los pescadores que aún estaban en el muelle empedrado se apartaban para dejarles pasar, porque avanzaban inexorablemente hacia donde estaba Titus.

    ¿Cómo sabían que estaba en el coche? Es difícil decirlo, pero lo sabían, y con los yelmos refulgiendo bajo los rayos del sol, avanzaban hacia él con una terrible determinación.


    NUEVE


    Fue entonces cuando Titus despertó, levantó la cabeza y no vio nada, salvo el resplandor del cielo del amanecer y la profusión de estrellas.

    ¿Qué utilidad podían tener? Su estómago rugía de hambre y él temblaba de frío. Se apoyó sobre un codo y se humedeció los labios. Sus ropas mojadas se pegaban a su cuerpo como algas. El olor ácido del cuero mohoso penetró por fin en su conciencia y entonces, como si quisiera ofrecerle algo diferente, se encontró mirando al rostro de un hombre grandullón con un timón por nariz que, un momento después, había saltado al asiento delantero y se había situado en una posición prácticamente horizontal. Tumbado de esa guisa, el hombre se puso a apretar botones, cada uno de los cuales, en respuesta a la acción del dedo, contribuyó a crear un tumulto insoportable para el tímpano. En el punto álgido de esta cacofonía, el coche petardeó con tal violencia que, a seis kilómetros de allí, un perro se revolvió en sueños, y entonces, con un movimiento que hizo que el capó subiera y volviera a bajar con estrépito metálico, aquella criatura salvaje se sacudió, como si estuviera empeñada en su propia destrucción, se sacudió, rugió, y saltó hacia adelante, alejándose por callejas tortuosas aún mojadas y a oscuras por las sombras de la noche.

    Una calle tras otra desaparecían velozmente a su paso por la ciudad que despertaba; volaban hasta ellos y rompían contra la proa del capó. Las calles, las casas pasaban veloces a ambos lados y Titus, aferrándose a una vieja manija de latón, boqueaba porque el aire penetraba en sus pulmones como agua helada.

    Era todo cuanto Titus pudo hacer a fin de persuadirse a sí mismo de que alguien guiaba el vehículo, puesto que no podía ver al conductor. Parecía como si el coche tuviera vida propia y decidiera por sí mismo. En cambio, sí vio que, en lugar de una mascota normal, aquel extraño que le llevaba —aunque ignoraba Adónde o por qué— lucía sujeto a la tapa de latón del radiador el cráneo descolorido de un cocodrilo. El aire frío silbaba entre sus dientes y la larga testa de aquel cráneo estaba iluminada por el sol.

    Porque ahora el sol se veía claramente en el horizonte, seguía alzándose mientras el mundo pasaba raudo, y por primera vez Titus fue consciente de la naturaleza de la ciudad a la que había llegado flotando como una rama muerta.

    Una voz pasó atronando por sus oídos: «¡Agárrate fuerte, pobretón!», y se perdió en el aire frío mientras el coche trazaba un bucle increíble una vez y otra, y las paredes se encabritaban ante ellos, para acabar desapareciendo en un elevado torrente de piedra; y entonces, al fin, tras pasar bajo una arcada, el coche giró, aminoró la marcha y se detuvo en un patio amurallado.

    El suelo estaba adoquinado, si bien entre los adoquines crecía la hierba.


    DIEZ


    Por tres de los lados del patio, unas paredes macizas de piedra impedían la entrada del amanecer, salvo por un lugar donde los rayos oblicuos del sol se colaban por una alta ventana orientada hacia el este para salir por otra aún más alta orientada hacia el oeste y acabar su viaje en un estanque de luz sobre un frío tejado de pizarra.

    Ajeno a la escena y a la prodigiosa longitud de su sombra; ajeno al hecho de que su pecho pardo y menudo brillaba al sol, un gorrión se picoteaba el ala tintada. Como un chiquillo que se estuviera rascando, absorto en su tarea, y hubiera quedado transfigurado.

    Entretanto, Trampamorro había bajado del asiento del conductor y, como si se tratara de un animal, ató el vehículo con una cuerda a una morera que había en medio del patio.

    Sólo entonces se dirigió a largas zancadas ociosas y desgarbadas hacia la esquina noroeste del patio y entre dientes emitió un silbido agudo como el de un silbato. Un rostro apareció en una ventana por encima de su cabeza. Y luego otro. Y otro. Arriba se oyó un gran ajetreo de pies, una campanilla y, por debajo de estos sonidos, algo más lejano, más continuo y diverso, pues recordaba las voces de bestias y aves; un aullido, una tos, un chillido y un ulular, pero todo esto en la distancia y diferenciado de los sonidos más próximos, las pisadas en las escaleras y el repique de la campanilla. Luego, surgiendo de las sombras que colgaban como negras aguas de las paredes del gran edificio, un grupo de sirvientes salió de la casa y corrió hacia su señor, que había vuelto a su coche.

    Titus se había incorporado con expresión fatigada y, aún sentado, de cara al inmenso Trampamorro, sin pensarlo, sin darse cuenta, sintió una ira irracional, porque en el fondo de su mente seguía habitando una época anterior en la que, a pesar de todo el horror y la confusión y la reiterada idiotez de su hogar inmemorial, era por derecho propio el Señor del lugar.

    El hambre le requemaba el estómago, pero había otra cosa, la quemazón del desplazado; del no reconocido; el irreconocible.

    ¿Por qué aquella gente no sabía quién era? ¿Qué derecho tenía ningún hombre a tocarlo? ¿A llevárselo sobre cuatro ruedas desvencijadas? ¿A secuestrarlo y llevarlo por la fuerza a aquel patio? ¿A inclinarse sobre él y mirarlo con las cejas enarcadas? ¡No era ningún niño! Había conocido el horror. Había luchado, y había matado. Había perdido a su hermana y a su padre y al larguirucho Excorio, fiel como las piedras de Gormenghast Y había sostenido en sus brazos una ninfa, había visto al rayo que la golpeó y la redujo a cenizas, cuando el cielo se desplomó y el mundo se tambaleó. No era un niño... no... no era un niño en absoluto y, tras ponerse en pie tambaleándose por la debilidad, lanzó su puño contra el rostro inmenso de Trampamorro... un rostro que pareció desintegrarse ante él y en seguida se aclaró... para volver a disolverse.

    Su puño quedó atrapado en la espaciosa zarpa del hombre con nariz de timón, quien indicó a sus sirvientes que llevaran a Titus a una habitación de la planta baja con las paredes cubiertas del suelo al techo por vitrinas de cristal en las que, hermosamente sujetas a láminas de corcho, un millar de mariposas extendían sus alas en un gran gesto de crucifixión.

    En esta habitación dieron a Titus un cuenco de sopa, pero estaba tan débil que no paraba de derramarla, hasta que un hombrecito al que le faltaba un trozo de oreja le arrebató la cuchara y lo alimentó con dulzura mientras él yacía medio acostado en una larga tumbona de mimbre. Antes incluso de haber comido la mitad del cuenco, se recostó en los almohadones y, al instante, quedó sumido en el vacío de un sueño profundo.


    ONCE


    Cuando despertó, la luz entraba a raudales en la habitación. Una sábana le cubría hasta la barbilla. Sobre un barril que había a su lado descansaba su única posesión: una piedra con forma de huevo de la Torre de los Pedernales de Gormenghast.

    El hombre con la oreja mutilada entró de repente.

    —Hola, rufián —dijo—. ¿Estás despierto?

    Titus asintió.

    —Nunca había visto a un espantajo dormir tanto.
    — ¿Cuánto? —inquirió Titus incorporándose sobre un codo.
    —Diecinueve horas —respondió el hombre—. Aquí tienes tu desayuno. —Dejó una bandeja junto a la tumbona y se dio la vuelta, pero se detuvo al llegar a la puerta—. ¿Cómo te llamas, muchacho?
    —Titus Groan.
    — ¿Y de dónde vienes?
    —De Gormenghast.
    —Ésa es la palabra, desde luego. «Gormenghast.» Si no la has dicho veinte veces no la has dicho ninguna.
    — ¡Cómo! ¿En sueños?
    —En sueños. Una y otra vez. ¿Dónde está ese sitio, chico? Ese Gormenghast.
    —No lo sé —confesó Titus.
    —Ah —dijo el hombrecito sin un trozo de oreja, y miró de soslayo a aquel joven desde debajo de sus cejas—. Conque no lo sabes, ¿eh? Qué curioso. Pero ahora toma tu desayuno. Debes de estar tan hueco como un timbal.

    Titus se sentó y se puso a comer, y mientras lo hacía alargó el brazo y pasó su mano por los familiares contornos de la piedra. Era su único punto de apoyo. Como un microcosmos de su hogar.

    Mientras la aferraba, no por debilidad o por sentimentalismo, sino por su consistencia, como prueba de su presencia, mientras el sol de mediodía se filtraba por un lado u otro de la habitación, un pavoroso sonido llegó del patio y el umbral de la pieza se oscureció. Pero la causa no fue la figura del hombre con la oreja mutilada, sino algo mucho más rotundo: los cuartos traseros de una enorme mula.


    DOCE


    Titus se irguió al punto y miró con incredulidad el trasero de aquella enorme bestia peluda que se azotaba el cuerpo tan despiadadamente con la cola. Un grupo de músculos que ra-ramente entraban en acción se movían, ora aquí, ora allá, por la grupa temblorosa. El animal estaba luchando contra algo que había del otro lado de la puerta, hasta que centímetro a centímetro consiguió salir de nuevo al patio, llevándose buena parte de las jambas consigo. Y, en todo momento, el sonido espantoso y nauseabundo del odio, porque algo se agita en el pecho de mulas y camellos cuando notan el olor del otro que los saca de quicio.

    Titus, poniéndose en pie de un salto, cruzó la habitación y observó con reverencia a los antagonistas. No era ajeno a la violencia, pero había algo especialmente horrible en aquel duelo. Allí estaban, ni a diez metros de distancia, enzarzados en un mortal cuerpo a cuerpo, un enfrentamiento sin mesura.

    En aquel camello estaban todos los camellos que han sido. Cegado por el odio, más allá de su propia capacidad de invención, el animal estaba combatiendo a un mundo entero de mulas; de mulas que desde el principio de los tiempos han enseñado sus dientes a su enemigo intrínseco.

    ¡Qué escenario aquel patio adoquinado! Dorado y cálido bajo los rayos solares, con un tropel de gorriones congregados en el canalón del edificio; la morera solazándose al sol, con las hojas muy quietas, mientras aquellas dos bestias luchaban a muerte.

    El patio se había llenado de sirvientes curiosos, y hubo gritos, y gritos que respondían a estos gritos, y luego se hizo un terrible silencio, porque todos vieron que los dientes de la mula se habían clavado en el cuello del camello. Luego se oyó una especie de siseo, como cuando la marea es succionada desde el interior de una cueva, arrastrar de guijarros, ruido de piedrecillas.

    Y sin embargo, ese mordisco que hubiera matado a una veintena de hombres no pareció más que un pequeño incidente en la batalla, pues ahora era la mula quien yacía bajo el peso de su enemigo y sufría fuertes dolores, porque una coz y un paralizador cabezazo le habían partido la mandíbula.

    Asqueado pero exaltado, Titus salió al patio y lo primero que vio fue a Trampamorro. Aquel caballero estaba dando órdenes con un peculiar desapego, sin importarle el hecho de ir completamente desnudo, salvo por el casco de bombero. Algunos sirvientes estaban desenrollando una manguera vieja pero de aspecto poderoso, uno de cuyos extremos ya había sido sujetado a una enorme boca de riego de bronce. El otro borboteaba en manos de Trampamorro.

    Con la boca dirigida hacia la doble criatura, la manguera empezó a retorcerse y saltar como un congrio y, de pronto, un surtidor de agua fría como el hielo atravesó el patio.

    El surtidor blanco se clavó aquí y allá, como una daga, hasta que mula y camello, como si la hoguera de su mutuo odio se hubiera apagado, aflojaron la presión y se levantaron muy des-pacio, sangrando abundantemente, rodeados por una nube de calor animal.

    Todos los ojos se volvieron hacia Trampamorro, que se quitó el casco de latón y lo apoyó contra el pecho.

    Como si esto no fuera ya bastante peculiar, a continuación Titus vio cómo Trampamorro ordenaba a sus sirvientes que cerraran el agua, se sentaran en el suelo del patio mojado y guardaran silencio, y todo esto únicamente mediante el lenguaje de sus expresivas cejas. Sólo entonces, y quizá esto sea lo más peculiar, Titus oyó con sorpresa que aquel hombre desnudo se dirigía a las dos bestias temblorosas de cuyas grupas se elevaban grandes nubes de vapor.

    —Mis atávicos y desmedidos amigos —susurró con una voz como lija—. Sé muy bien que cuando os oléis el uno al otro os inquietáis, os volvéis irracionales y entonces vais... demasiado lejos. Reconozco la madurez de vuestra sangre; la oscuridad de vuestra ira innata; los abismos de vuestra cólera. Pero escuchadme con esos oídos vuestros y clavad vuestros ojos en mí. Por grande que sea la tentación, por primordial que sea tu anhelo —y aquí se dirigió al camello—, no tienes excusa en un mundo que está cansado de excusas. No tendrías que haber arremetido contra los barrotes de tu jaula y, tras destrozarlos, descargar tu mal humor sobre nuestra mula. Y tú —dijo dirigiéndose a la mula— no tendrías que haber fomentado este alboroto gritando con tan impío deseo de pelea. ¡No pienso consentirlo, amigos míos! Basta de peleas. Después de todo, ¿qué habéis hecho vosotros por mí? Muy poco, si es que habéis hecho algo. Yo, en cambio, os he alimentado con frutas y cebolla, he rascado vuestros lomos con podaderas, he limpiado vuestras jaulas con palas de empuñadura de nácar y os he protegido de carnívoros y de águilas. ¡Oh, cuánta ingratitud! ¡Vil e impenitente! Así que os habéis escapado, sí... y habéis vuelto a vuestros antiguos hábitos.

    Las dos bestias se pusieron a arrastrar las patas, la una con sus pezuñas almohadilladas, del tamaño de un escabel; la otra con sus cascos coriáceos.

    — ¡Volved a vuestras jaulas! O, por la luz amarilla de vuestros perversos ojos, haré que os afeiten y os salen. —Y dicho esto señaló a la arcada por la que habían entrado en el patio, la que unía éste con las seis hectáreas de terreno donde animales de todo tipo andaban arriba y abajo en sus angostas jaulas o se acuclillaban sobre largas ramas al sol.


    TRECE


    El camello y la mula bajaron sus terribles cabezas, se dirigieron hacia la arcada y pasaron por ella lado a lado.

    ¿Qué pasó por el interior de aquellas dos cabezas? Una especie de satisfacción, tal vez, porque, después de tantos años de cautiverio, al fin habían podido desahogar su malicia ancestral y clavar sus dientes en el enemigo. Y, quizá, también sintieron un cierto placer al intuir la amargura que estaban despertando en el pecho de los otros animales.

    Salieron de la extensa arcada por el lado sur y quedaron a la vista de al menos una veintena de jaulas.

    La luz del sol caía como una gasa dorada sobre aquel zoo. Los barrotes de las jaulas eran como lingotes de oro y las bestias y los pájaros parecían aplanados bajo los brillantes y obli-cuos rayos solares, de forma que semejaban siluetas de cartón coloreado o láminas recortadas sacadas de las páginas de algún libro de zoología.

    Todas las cabezas se habían vuelto hacia los dos díscolos: testuces peludas y calvas; picudas y astadas; escamosas y emplumadas. Todas se habían vuelto y, sin embargo, no hicieron el más mínimo movimiento.

    Pero el camello y la mula no estaban avergonzados. Habían probado la libertad, habían probado la sangre, y fueron pavoneándose con una indescriptible arrogancia hacia sus jaulas, con sus belfos gruesos y azulados levantados sobre los dientes repugnantes, los ollares dilatados y los ojos ambarinos por el orgullo.

    Si el odio hubiera podido matarlos hubieran muerto cien veces mientras se dirigían a sus jaulas. El silencio era como la respiración contenida en las costillas.

    Y entonces se rompió, porque un agudo chillido traspasó el aire como una esquirla, y el mono, a quien pertenecía la voz, sacudió los barrotes de su jaula con manos y pies en un acceso de celos, haciendo que se zarandeara, mientras el grito se prolongaba y otras voces se unían a él y reverberaban por las jaulas, hasta que toda clase de animales formaron parte de la algarabía.

    Los trópicos ardían y estallaban en ancestrales disputas. Lianas fantasmales se doblaban rezumando veneno. La jungla aullaba y cada aullido recibía otro por respuesta.


    CATORCE


    Titus siguió a un grupo de sirvientes a través de la arcada y salieron al otro lado, donde el alboroto era insoportable.

    A poco menos de quince metros se encontraba Trampamorro, a lomos de un ciervo moteado, una criatura de aspecto tan feroz y poderoso como su amo, quien se sujetaba a la cornamenta del animal con una mano y con la otra gesticulaba dando instrucciones a algunos hombres. Bajo su dirección, éstos ya habían empezado a reparar los barrotes doblados de las jaulas, al fondo de las cuales los alborotadores se lamían las heridas, con unas muecas espantosas en el rostro.

    Muy lentamente, el ruido fue remitiendo y Trampamorro, dando la espalda a la escena, divisó a Titus y lo llamó con gesto imperioso. Pero éste, que en aquel instante estaba a punto de acercarse a saludar a aquel bellaco intelectual sentado a lomos de un ciervo como un dios asolado, permaneció donde estaba, pues no vio razón para acudir como un perro al sonido de un silbido.

    Al ver que el joven vagabundo no respondía, Trampamorro sonrió y, haciendo dar un rodeo al animal, se dispuso a pasar de largo como si su invitado no estuviera allí. Pero Titus pensó entonces que su anfitrión de aquella noche había evitado que lo prendieran, y le había alimentado y dado cobijo. Así que alzó la mano como si quisiera detener al ciervo. Mientras miraba el rostro del jinete, se dio cuenta de que hasta ese momento no lo había visto realmente, porque ya no se sentía cansado, sus ojos no estaban empañados y su cabeza, sorprendentemente centrada, agrandaba las cosas en lugar de empequeñecerlas... la cabeza de gran tamaño, con su mata de pelo negro, la nariz como un timón y los ojos salpicados de pequeñas motas, como diamantes o esquirlas de cristal, la boca grande, severa, sin labios, con una movilidad casi blasfema, porque nadie con una boca semejante podía rezar en voz alta a ningún dios, no estaba hecha para rezar. Aquella cabeza era como una amenaza o un desafío a todo ciudadano decente.

    Titus estaba a punto de dar las gracias al tal Trampamorro, pero al fijarse en su rostro accidentado, supo que sus palabras no obtendrían respuesta, y el propio Trampamorro le comunicó motu proprio que era como un huevo blando y pasado si se imaginaba que había movido nunca un dedo por ayudar a nadie, y menos aún a un vagabundo harapiento salido del río.

    Si le ayudó fue sólo para entretenerse y pasar el rato, porque la vida puede ser muy aburrida sin actividad, y la actividad muy aburrida sin riesgo.

    —Además —siguió diciendo, mirando por encima del hombro de Titus a un babuino que estaba más allá—, no me gusta la policía. Me desagradan sus pies. Me desagrada ese tufillo a cuero, aceite y piel, alcanfor y sangre. Me desagradan los funcionarios. No son nada, mí querido muchacho, no son más que la escoria de la tierra, gente con cabezas pequeñas y estómagos sucios. Nacidas de la oscuridad.
    — ¿El qué? —preguntó Titus.
    —No tiene sentido erigir una estructura —dijo Trampamorro, haciendo caso omiso de la pregunta de Titus—, si no hay quien la eche abajo. No hay ningún valor en una norma si no es el de transgredirla. La vida no tiene ningún sentido si al final de ella no está la muerte. La muerte, querido joven, asomada al borde del mundo, sonriente como un osario.

    Trampamorro apartó su vista del babuino y tiró de la cornamenta del alce hasta que la cabeza del animal quedó mirando al cielo. Y entonces se volvió a Titus.

    —No me atosigues con tu gratitud, querido joven. No tengo tiempo para...
    —No se preocupe —lo atajó Titus—. Nunca le daré las gracias.
    —Entonces, vete.

    La sangre afluyó al rostro de Titus; sus ojos centellearon.

    — ¿Con quién se cree que está hablando? —inquirió en un susurro.

    Trampamorro alzó la vista con gesto brusco.

    —Bueno, ¿con quién estoy hablando? Tus ojos centellean como los de un mendigo o... un señor.
    — ¿Por qué no? —Dijo Titus—. Es lo que soy.


    QUINCE


    Titus volvió por la arcada, cruzó el patio salió al exterior, avanzó hasta que se encontró en una telaraña de senderos tortuosos y, después de mucho caminar, al cabo fue a parar a una amplia calzada empedrada.

    Desde allí veía el río, mucho más abajo, y el humo que subía en penachos rosados desde un sinfín de chimeneas.

    Pero Titus dio la espalda a la vista y, mientras caminaba, dos largos vehículos que iban en paralelo pasaron velozmente a su lado sin hacer el menor ruido. No habría entre ellos más de tres centímetros de separación.

    En la parte posterior de cada uno de los coches, muy tiesas, iban sentadas dos mujeres oscuras, enjoyadas, de grandes pechos, y no tenían ojos para el paisaje que pasaba veloz ante ellas, sino que se miraban sonriendo con una determinación malsana.

    Muy por detrás de los coches, cada vez más lejos, un perro pequeño, negro y feo, con las patas demasiado cortas para el cuerpo que tenía, corría con una actitud ridícula por el medio del camino tortuoso.

    Mientras Titus seguía adelante y los árboles se cerraban a ambos lados, se maravilló ante el cambio que le había sobrevenido. El remordimiento que lo embargaba como una negra nube se había consumido, y sentía un burbujeo en la sangre, una ligereza en el paso. Él sabía que era un desertor, un traidor a su estirpe, la «vergüenza» de Gormenghast. Sabía el daño que había causado al castillo, a las mismas piedras de su hogar, a su madre... todo esto lo sabía en su mente, pero no le afectaba.

    Ahora sólo era capaz de ver que era una realidad... que jamás podría volver atrás.

    Era lord Titus, septuagésimo séptimo conde de Gormenghast, pero también era parte de la vida, una ramita, un aventurero, preparado para amar u odiar; para utilizar su audacia en un mundo desconocido; para lo que fuera.

    Eso es lo que había más allá de los lejanos horizontes. El meollo de todo. Nuevas ciudades y nuevas montañas; nuevos ríos y criaturas. Nuevos hombres y mujeres.

    Pero entonces una sombra cayó sobre su semblante. ¿Cómo es posible que fueran tan autosuficientes aquellas mujeres de los coches, o Trampamorro con su zoo, sin tener co-nocimiento de la existencia de Gormenghast, que, por supuesto, era el centro de todo?

    Titus siguió avanzando, y su sombra avanzaba tras él por la hermosa piedra blanca del camino, hasta que llegó prácticamente a una intersección: a la izquierda, un remanso de grandes robles; a la derecha... Pero Titus no pudo poner su atención en los árboles, ni en ninguna otra cosa, porque, moviéndose con una espeluznante tranquilidad, dos altas figuras salieron de las sombras, idénticas en todo, con la densa sombra de los yelmos proyectándose sobre sus ojos y unos cuerpos que se desplazaban con suavidad sobre el suelo.


    DIECISÉIS


    Sin esperar órdenes de su cerebro, un demonio impulsó los pies de Titus hacia la densa maraña de árboles de las márgenes, y le hizo echar a correr por aquel gran bosque que parecía un parque, girando hacia aquí y hacia allá, hasta que se hubiera podido decir que estaba irremediablemente perdido, de no ser porque siempre lo estaba.

    Pero cuando se dejó caer de rodillas por el agotamiento y apartó unas ramas, se encontró mirando al mismo camino del que había huido. No había nadie. Al cabo de un rato, Titus sa-lió de su escondrijo y se plantó en medio de la calzada, como diciendo: «Que sea lo que Dios quiera». Pero no pasó nada, salvo que lo que había tomado por un viejo espino se levantó y se dirigió hacia él arrastrando los pies, seguido por una sombra como un cangrejo sobre el camino de piedra blanca. Cuando estuvo tan cerca de Titus que éste podría haberlo tocado estirando el pie, el arbusto habló.

    —Soy un mendigo —dijo, y el suave rechinar de su espantosa voz hizo que a Titus le diera un vuelco el corazón—. Por eso extiendo mi brazo ajado. ¿Lo ves? ¿Tú dirías que es bonito, con esa garra en el extremo?..., ¿lo ves?

    El mendigo miró a Titus a través de los círculos rojos de sus párpados, agitando su nudoso puño y abriéndolo con la palma hacia arriba, que era como el delta de un río seco y malo-liente. Su parte central era una especie de callo, un círculo endurecido que hablaba del paso de muchas monedas por ella.

    — ¿Qué quieres? —Dijo Titus—. No tengo dinero para ti. Pensaba que eras un simple espino.
    — ¡Te clavaré mis espinas! —Amenazó el mendigo—. ¿Cómo te atreves a rechazarme? A mí, un emperador. Perro, sinvergüenza, mestizo. Vacía tu oro en mi garganta sagrada.

    « ¡Garganta sagrada! ¿Qué habrá querido decir con eso?», pensó Titus, pero sólo un momento, porque de pronto el mendigo ya no estaba allí, sino a seis metros de distancia, mi-rando al camino blanco, con más aspecto de arbusto que nunca. Uno de sus brazos estaba doblado, como una rama, y la zarpa del extremo estaba ahuecada detrás de la oreja.

    Y entonces Titus lo oyó... el zumbido distante de una máquina veloz. Unos instantes después, un coche amarillo con forma de tiburón se materializó a toda velocidad por el sur.

    Pareció como si el arisco y anciano mendigo estuviera a punto de ser atropellado, porque estaba en medio del camino con los brazos extendidos como un espantapájaros, pero el ti-burón amarillo pasó rodeándolo a toda velocidad y el conductor, o lo que parecía el conductor, porque al volante sólo había algo cubierto por una sábana, lanzó una moneda al aire.

    Y desapareció tan silenciosamente como había llegado. Titus volvió el rostro hacia el mendigo, que había recogido la moneda. Viendo que lo observaba, miró al joven harapiento de soslayo y le sacó una lengua que parecía la lengüeta mohosa de una bota. Y luego, para asombro de Titus, el sucio anciano echó la cabeza hacia atrás, dejó caer la moneda en su boca y se la tragó.

    —Dime, sucio anciano —dijo Titus en voz baja, pues lo embargaba una intensa ira, y el deseo de aplastar a aquella criatura bajo sus pies—, ¿por qué te comes el dinero? —Y dicho esto, cogió una piedra del lado del camino.
    —Mocoso —le soltó el mendigo al cabo—. ¿Crees que gastaría mi riqueza? Perro sarnoso, las monedas son demasiado grandes para atravesarme. Demasiado pequeñas para matarme. Demasiado pesadas para perderse. Soy un mendigo.
    —Eres una parodia —dijo Titus—. Y cuando mueras, la tierra volverá a respirar tranquila.

    Titus dejó caer la pesada piedra que había cogido por la ira y, sin mirar ni una vez atrás, siguió el camino de la derecha, donde, con un suspiro prodigioso, una avenida de cedros lo inhaló como si fuera un mosquito.


    DIECISIETE


    Uno tras otro, los árboles iban pasando al compás de sus pasos. Bajo la sombra de los cedros su corazón era feliz. Envuelto en el frescor de aquel túnel. En medio de todo aquel peligro. Era feliz al recordar su niñez y la forma en que se había defendido en aquel tramo de hiedra. Feliz, a pesar de los espías con yelmos, aunque despertaban en él una sombría sensación de alarma.

    Llevaba ya tanto viviendo gracias a su ingenio que era una persona muy distinta del joven que huyó de Gormenghast.

    Le había parecido que la avenida era interminable, pero de pronto, inesperadamente, los últimos cedros quedaron atrás, como si unas grandes manos los hubieran empujado, y vio un vasto cielo que se alzaba sobre su cabeza. Y ante él, la primera de las «estructuras».

    Había oído hablar de ellas, pero no esperaba algo tan distinto de los edificios que conocía, y menos aún de la arquitectura de Gormenghast.

    Lo primero que llamó su atención fue un edificio verde claro, muy elegante, pero tan sencillo en su diseño que Titus no pudo hallar ningún lugar donde posar su mirada en aque-lla superficie resbaladiza.

    Junto a este edificio había una cúpula de cobre con forma de iglú, de treinta metros de altura, con un mástil afilado y frágil como una araña reluciendo al sol. Un horrible cuervo estaba posado en el travesaño, y de vez en cuando manchaba con sus excrementos la brillante cúpula de debajo.

    Titus se sentó a un lado del camino y frunció el ceño. Había nacido y le habían educado en la presunción de que los edificios eran antiguos por naturaleza y estaban y siempre habían estado en proceso de desmoronamiento. El polvo blanco que se colaba entre ladrillos que boqueaban; la carcoma de la madera. Las malas hierbas que desmembraban la piedra; la corrosión y el moho; la pintura desconchada; los colores desvaídos; la belleza de la decadencia.

    No podía aguantar más tiempo sentado, pues su curiosidad era más fuerte que la necesidad de descansar, así que se puso en pie y, preguntándose por qué no habría nadie por allí, se dispuso a comprobar qué había más allá de la cúpula, porque el edificio se curvaba perdiéndose de vista como si quisiera ocultar algún gran círculo o una arena. Y, ciertamente, lo que vio ante sus ojos cuando empezó a rodear la cúpula se le parecía mucho, e hizo que se detuviera por puro asombro; era inmenso. Inmenso como un desierto gris, con una superficie de mármol que despedía una opaca luz apagada. Lo único que rompía aquel vacío era el reflejo de las estructuras que la rodeaban.

    Los más alejados de aquellos edificios, es decir los que se extendían en un reluciente arco al otro lado del ruedo, no eran a ojos de Titus más grandes que sellos, espinas, caracoles, bellotas o minúsculos cristales, salvo por un gigantesco edificio que se elevaba por encima de todos los demás y que era como una caja de cerillas de color azul en su extremo superior.


    DIECIOCHO


    Si se hubiera topado con un mundo de dragones, Titus no se habría sentido más maravillado que ante aquellas fantasías de cristal y metal; y en más de una ocasión se volvió como si pudiera echar una última mirada al arrabal tortuoso y azotado por la pobreza que había dejado atrás. Pero el distrito de Trampamorro quedaba oculto entre las colinas, y las ruinas de Gormenghast flotaban en una bruma de espacio y tiempo.

    Y sin embargo, aunque sus ojos brillaban por la emoción del descubrimiento, notaba también un cierto resentimiento... sí, resentimiento ante la idea de que aquel extraño lugar existiera en un mundo que no parecía tener referencias de su hogar y que, de hecho, parecía soberanamente autosuficiente. Una región que jamás había oído hablar de Fucsia ni de su muerte, ni de su padre, el conde melancólico, ni de su madre, la condesa, con su extraño silbido líquido que hacía que las aves silvestres acudieran desde bosquecillos distantes.

    ¿Eran coetáneos? ¿Eran simultáneos? Esos mundos, esos reinos... ¿es posible que los dos fueran reales? ¿No había puentes o territorios comunes? ¿Era el mismo sol el que brillaba sobre ambos? ¿Tendrían en común las constelaciones de la noche?

    Cuando la tempestad se abatía sobre aquellas estructuras de cristal y la lluvia ennegrecía el cielo, ¿qué pasaba en Gormenghast? ¿Estaba seco? Y cuando el trueno resonaba en su hogar ancestral, ¿no oían ningún eco por aquellos parajes?

    ¿Y los ríos? ¿Estaban separados? ¿No había ni siquiera un afluente que se adentrara en otro mundo?

    ¿Dónde estaban los extensos horizontes? ¿Dónde palpitaban las fronteras? ¡Oh, terrible división! Lo cercano y lo lejano. La noche y el día. El sí y el no.


    UNA VOZ: Oh, Titus, ¿es que no recuerdas?
    TITUS: Lo recuerdo todo, excepto...
    VOZ: ¿Excepto...?
    TITUS: Excepto el camino.
    VOZ: ¿El camino Adónde?
    TITUS: El camino a casa.
    VOZ: ¿A casa?
    TITUS: A casa, sí, donde el polvo se acumula y perviven las leyendas. Pero he perdido la orientación.
    VOZ: Tienes el sol y la estrella del Norte.
    TITUS: Pero ¿es el mismo sol? Y las estrellas, ¿son las mismas de Gormenghast?


    Titus levantó la mirada y se sorprendió al ver que estaba solo. Tenía las manos cubiertas de un sudor frío, y el miedo a estar perdido y no tener ninguna prueba de su propia identidad le llenó de un súbito pavor.

    Miró a su alrededor, a aquella tierra diáfana, desconocida, y entonces, con un suspiro, algo cruzó volando el cielo. No hizo ningún ruido, salvo el que haría una uña al rozar una pizarra, aunque pareció que pasaba tan cerca como una guadaña.

    Y se posó, como una mota carmesí, en el extremo más alejado del desierto de mármol, donde refulgían las mansiones más apartadas. A Titus le había parecido que no tenía alas, aunque sí tanto una determinación como una belleza increíbles, a modo de un estilete o una aguja, y, cuando concentró su mirada en el edificio a cuya sombra se había posado, le pa-reció que veía no uno, sino un enjambre de aparatos.

    Y así era. No sólo había allí toda una flota de artilugios con forma de pez, aguja, cuchillo, tiburón o astilla, sino también toda suerte de máquinas de superficie de curioso diseño.


    DIECINUEVE


    Ante él se extendían unas quinientas hectáreas de mármol gris, con las márgenes cubiertas de reflejos de mansiones.

    Atravesar solo aquella vastedad, a la vista de todas las ventanas, terrazas y jardines de los tejados, no sería más que una muestra de arrogancia pura y dura. Pero eso es lo que hizo. Y cuando ya llevaba un rato caminando, un pequeño dardo verde se separó de los aviones del extremo más alejado del ruedo y se dirigió a toda velocidad hacia él, rozando el mármol con su vientre verde cristal; en un instante lo tenía encima, pero en el último momento viró y se elevó en la estratosfera, y volvió a lanzarse en picado hacia él, girando alrededor de su cabeza en círculos cada vez más cerrados, hasta que, como un galgo aéreo, volvió a la mansión negra.

    Aunque estaba desconcertado, sobresaltado, Titus se echó a reír, si bien su risa no estaba del todo exenta de histeria.

    Y aquella exquisita bestia del aire, aquella golondrina sin alas, leopardo aéreo, pez del mar celeste, ensartador de rayos de luna, dandi del alba, playboy de metal, criatura errante de negros espacios, destello de la noche, bebedor de su propia velocidad, fruto divino de un cerebro enfermo... ¿qué hizo? ¿Qué, sino actuar como cualquier otro sucio merodeador, ace-chando a hombres y niños, succionando información como un murciélago que chupa la sangre, amoral, indiferente, enfrascado en misiones absurdas, actuando como lo haría su creador, su creador de miras estrechas?; de modo que su belleza existía por derecho propio, y si existía es porque su función le había dado esa forma; y, como no tenía corazón, se volvió un ser fatuo —el fatuo reflejo de un concepto fatuo— hasta resultar incongruente, o engullir la incongruencia hasta un extremo tan absurdo que la risa era la única salida.

    Así que Titus rió, y mientras lo hacía —con una risa aguda e incontrolable, porque en el fondo estaba asustado y poco le tranquilizaba la idea de haber sido elegido, señalado y examinado por un cerebro mecánico—, echó a correr, porque había algo ominoso en el aire, ominoso y grotesco... algo que le decía que permanecer más tiempo en aquella explanada de mármol era llamar a los problemas, que lo tomarían por un vagabundo, un espía o un demente.

    Ciertamente, el cielo empezaba a llenarse de artefactos de todas las formas, y pequeños grupitos de personas se extendieron por el ruedo como una mancha de sangre.


    VEINTE


    Visto desde arriba, Titus debía de parecer muy pequeño mientras corría. Visto desde arriba, también podía intuirse lo aislado que estaba aquel ruedo del ancho mundo, con su luminosa circunferencia de edificios de cristal; su carácter abigarrado e ingenioso; su ausencia de relación con las montañas desoladas, de color hueso, surcadas de cuevas, con los pantanos insalubres y las selvas del sur, las tierras sedientas, las ciudades hambrientas y los senderos que hay más allá del territorio del lobo y el proscrito.

    Cuando Titus estaba a cien metros del palacio verde oliva, mientras los responsables de mantenimiento se volvían o hacían un alto en sus tareas para mirar al joven harapiento, se oyó un cañonazo, y durante unos minutos el silencio fue total, pues todos dejaron de hablar y los motores de todos los aparatos se apagaron.

    La detonación fue providencial porque, de haberse demorado un instante, sin duda hubieran apresado e interrogado a Titus. Dos hombres, que habían quedado paralizados al oír la detonación, enseñaron los dientes y fruncieron el entrecejo llenos de frustración, con las manos congeladas en el aire.

    A ambos lados, Titus veía caras, rostros que en su mayor parte le miraban a él. Caras malignas, especulativas, vacías, ingeniosas... caras de todo tipo. Era evidente que no podría pasar inadvertido. De ser una persona perdida y oscura, había pasado a ser el centro de atención. Ahora, mientras aquella gente posaba en todos los ángulos imaginables, rígidos como espantapájaros, congelados a mitad de algún gesto... ahora era el momento de escapar.

    Titus ignoraba el significado que podía tener el cañonazo. Y lo cierto es que su ignorancia le benefició, pues corrió como un ciervo, con el corazón desbocado, pasando entre la gente, hasta que se encontró ante el más majestuoso de los palacios. Allí corrió sobre los suelos de cristal, adentrándose en la penumbra extraña y translúcida de los grandes salones, y no tar-dó en dejar atrás a los hierofantes atrapados en la costumbre.

    Cierto que en el edificio había gran número de personas dispersas que miraban a Titus cuando entraba en su campo de visión. No podían volver la cabeza para seguirlo con la vista, ni siquiera los ojos, porque el cañón había disparado, pero cuando pasaba por su campo de visión todos sabían nada más verlo que no era uno de ellos y que no tenía derecho a estar en el palacio verde oliva. Mientras Titus corría sin pausa, el cañón volvió a retumbar, y él supo que el mundo le perseguía, porque el aire se llenó de gritos y gritos que respondían a esos gritos, y de pronto cuatro hombres aparecieron por una esquina del largo pasillo de cristal; en el suelo cristalino sus reflejos eran tan definidos y vivos como ellos mismos.

    —Ahí está —gritó uno de ellos—. Ahí está el vagabundo.

    Pero cuando llegaron al lugar donde Titus se había detenido un momento, vieron que se había esfumado y tuvieron que conformarse con mirar las puertas cerradas de un ascensor.

    Titus, al verse acorralado, se había vuelto hacia el inmenso ascensor tachonado con topacios que zumbaba, sin saber qué era exactamente. Su salvación fue que sus elegantes mandíbulas estuvieran abiertas. Así que saltó al interior y las puertas se cerraron como si estuvieran deslizándose sobre mantequilla.

    El interior del ascensor era como una gruta submarina, lleno de luces amortiguadas. Algo brumoso y voluptuoso parecía estar suspendido en el aire. Pero Titus no estaba de humor para sutilezas. Era un fugitivo. Y entonces vio que, oscilando en aquel más allá, había hileras de botones de marfil, cada uno con una flor, un rostro o un cráneo grabados.

    Titus oyó el sonido de pasos apresurados, de voces furiosas del otro lado de la puerta, y se puso a apretar botones indiscriminadamente. Al instante, el ascensor subió vertiginosamente en un remolino de acero, se detuvo de pronto y las puertas se abrieron solas.

    Qué callado estaba aquel lugar, y qué fresco. No había mobiliario, tan sólo una palmera solitaria que brotaba del suelo. Un periquito pequeño y rojo estaba posado en una de las ramas más altas, picoteándose el plumaje. Cuando vio a Titus, ladeó la cabeza y, con gran rapidez, se puso a repetir: «El maldito sabelotodo me lo dijo». Y repitió la frase al menos una docena de veces antes de continuar acicalándose el ala.

    En aquella sala alta había cuatro puertas. Tres se abrían a distintos pasillos, pero al abrir la cuarta, Titus vio que daba al cielo. Ante él, un poquito más abajo, se hallaba el tejado.


    VEINTIUNO


    Nadie pudo encontrarlo aquella tórrida tarde y, cuando el crepúsculo cayó y las sombras palidecieron, Titus pudo moverse a escondidas sobre el amplio tejado de cristal y ver lo que sucedía en las habitaciones de debajo.

    Normalmente el cristal era demasiado grueso para que viera poco más que un borrón de figuras coloridas y sombras, pero al cabo encontró una claraboya abierta desde donde pudo observar sin obstáculos una escena de gran diversidad y esplendor.

    Decir que se estaba celebrando una fiesta sería una pobre descripción. La larga sala o salón, a no más de cuatro o cinco metros por debajo de él, se encontraba en plena efervescencia. La vida, una especie de vida, estaba crecida como un río.

    Mientras Titus, tumbado sobre el estómago en el tibio tejado de cristal, conjeturaba, con los ojos muy abiertos, la música saltaba por la larga sala y salía por la claraboya. El sol partido había dejado tras de sí una atmósfera rojiza y apagada. Las estrellas brillaban más fieras a cada momento y entonces, de pronto, la música terminó en una secuencia de acordes como burbujas de colores y, tratando de ocupar su lugar, un centenar de lenguas se pusieron a parlotear a la vez.

    Titus entornó los ojos ante el resplandor de un bosque de velas, los destellos del cristal y los espejos, y los reflejos saltarines de la luz sobre la madera y la plata abrillantadas. Estaba tan cerca que, de haber carraspeado, a pesar del ruido de la sala, al momento una docena de rostros se hubieran vuelto hacia la claraboya y lo habrían descubierto. Titus nunca había visto nada igual, e incluso a primera vista le pareció que había allí tantas criaturas, pájaros, bestias y flores, como humanos.

    Estaban todos. Los hombres jirafa, los hombres hipopótamo, las damas serpiente y las damas garza. Álamos y robles. Espinos y helechos, escarabajos y mariposas nocturnas, coco-drilos y periquitos, tigres y corderos, buitres con collares de perlas y bisontes con frac.

    Pero esto fue sólo como un relámpago, porque, cuando Titus respiró hondo y volvió a mirar, las distorsiones, los extremos, parecieron desmoronarse, escabullirse entre el remolino de cabezas de allá abajo, y volvía a estar entre los de su especie.

    Titus notaba el calor que subía de la larga sala deslumbrante, tan cercana... y al mismo tiempo tan distante como un arco iris. El aire caliente subía impregnado de olores. Una do-cena de los más caros perfumes luchaban por sobrevivir. Todo luchaba por sobrevivir... con pulmones y credulidad.

    Había extremidades, cabezas y cuerpos por todas partes. ¡Y rostros! Semblantes que estaban en primer término, rostros a media distancia o más alejados. Y en los espacios irregulares entre las caras, había partes de caras, y mitades y cuartos en todos los ángulos e inclinaciones imaginables.

    Este panorama en su conjunto estaba en movimiento: cabezas enteras se volvían aquí y allá, y mientras, algo estaba pasando, un contrapunto de prontitud de renacuajo, algo que estaba en la naturaleza de la agitación general, porque, por cada cabeza o cuerpo que cambiaba de posición en el espacio, había cien párpados que aleteaban, cien labios que se agitaban, un arabesco fluctuante de manos. Era como el follaje, como cuando una brisa verde se mueve entre los álamos.

    Pero, por más imponente que fuera la imagen del mar humano que Titus contemplaba, por más que lo intentaba, no conseguía descubrir quiénes eran los invitados. Presumiblemente, una o dos horas antes, cuando uno podía respirar hondo sin molestar a algún hombro o pecho adyacente, el acicalado lacayo —apostado ahora contra una estatua de mármol— había ido anunciando los nombres de los invitados conforme llegaban; pero todo eso ya había pasado. El lacayo, cuya cabeza, para su vergüenza, estaba encajada entre los amplios pechos de la estatua de mármol, no podía ver la puerta por la que llegaban los invitados, y menos aún reunir el suficiente aliento para anunciarlos.

    Titus observaba desde arriba, maravillándose ante el espectáculo, y aún tumbado en el tejado, con la luz fría y verdosa de la media luna por encima y el cálido resplandor de la fiesta por debajo, no sólo pudo apreciar la diversidad de los invitados, también oía las conversaciones de los que estaban justo debajo.



    VEINTIDÓS


    —Gracias a Dios, todo ha terminado.

    — ¿El qué?
    —Mi juventud. Ha durado demasiado, y se interponía en mi camino.
    — ¿En su camino, señor Afán? ¿En qué sentido?
    —Ha durado demasiado —insistió Afán—. Unos treinta años. Ya sabe usted a lo que me refiero. Experimentar, experimentar, experimentar. Y ahora...
    — ¡Ah! —susurró alguien.
    —Yo antes escribía poesía —confesó el tal Afán, un hombre pálido. Pareció que fuera a apoyar las manos en el hombro de su confidente pero la aglomeración se lo impidiese—. Me ayudaba a matar el tiempo.
    —Pues la poesía —dijo una voz pontificia justo a su espalda— sirve justamente para detener el tiempo.

    El hombre pálido, que se había sobresaltado ligeramente, se limitó a musitar:

    —La mía no. —Y dicho esto, se volvió a mirar al caballero que lo había interrumpido. El rostro del desconocido era bastante inexpresivo; resultaba difícil creer que hubiera dicho nada. Pero ahora había otra lengua suelta.
    —Hablando de poesía... —dijo esa lengua, que pertenecía a un hombre oscuro, cadavérico, excesivamente distinguido y con las narices hinchadas, con una larga mandíbula azulada y vista cansada—, esto me ha recordado un poema.
    —Pues no entiendo por qué —dijo Afán con irritación, porque le habían interrumpido cuando estaba a punto de explayarse.

    El hombre de la vista cansada ignoró el comentario.

    —El poema que he recordado es uno que escribí yo mismo.

    Un hombre calvo frunció el entrecejo; el individuo pontificio se encendió un cigarro, con el rostro tan inexpresivo como siempre; y una dama, con los lóbulos de las orejas destrozados por el peso de dos zafiros gigantes, entreabrió la boca en una mueca burlona y estúpida de expectación.

    El hombre oscuro de la vista cansada cruzó las manos.

    —No acabó de cuajar —dijo—... aunque tenía un algo... —Sus labios se crisparon—. Sesenta y cuatro estrofas. —Levantó la mirada—. Sí, sí... era muy, muy largo y ambicioso... pero no acabó de cuajar. ¿Y por qué...?

    Hizo una pausa, no porque esperara sugerencias, sino para dar un suspiro largo y meditabundo.

    —Yo les diré por qué, amigos míos. No acabó de cuajar porque en realidad era verso libre.
    — ¿Verso libre? —preguntó la dama, con la cabeza inclinada hacia delante por el peso de los zafiros. Estaba deseando ser útil—. ¿Era verso libre?
    —Decía así —dijo el hombre oscuro descruzando las manos y volviéndolas a cruzar a la espalda al tiempo que ponía el talón de su pie izquierdo justo delante del dedo gordo de su pie derecho, de modo que formaran una línea continua de cuero—. Decía así. —Alzó la cabeza—. Pero no olviden que no es poesía... salvo quizá los tres versos cantados del final.
    —Bueno, por el amor de Parnaso... Oigámoslo —terció la petulante voz del señor Afán, quien, habiendo sido despojado de su trueno, ya no tenía interés por guardar las formas.
    —Aunque —dijo pensativo el hombre de la larga mandíbula azulada, que parecía pensar que el tiempo y la paciencia de los demás eran bienes inagotables, como el agua o el aire—, aunque —y se demoró en la palabra como una enfermera con un niño enfermo—, algunos dijeron que en su conjunto era como un canto, y lo elogiaron como la más pura poesía de nuestro tiempo..., de «materia incandescente», la calificó un caballero... Pero, ahí está la cuestión, ahí está la cuestión... ¿cómo puede uno saberlo?
    —Ah —susurró una voz de cuajada y suero. Y un hombre con dientes de oro volvió los ojos a la dama de los zafiros e intercambiaron la mirada de inteligencia de quienes, por muy in-dignos que sean, se convierten en testigos de un momento histórico.
    —Silencio, por favor —dijo el poeta—. Y escuchen con atención.

    ¡Una mula que reza! No le hagas caso;
    ven a mí hasta que nuestro dorado artilugio de amor
    sacuda sus siete latas y el mar
    retire sus largas olas del bosquecillo de ruibarbos.

    ¡No es éste lugar para que hadas sensibleras
    se sonrían tímidamente entre las setas!
    Es tierra para demonios de bocas abiertas.
    Es el lugar que largamente he ansiado, amor.

    Aquí, donde el bosquecillo de ruibarbos
    arroja su desdichado reflejo a las olas,
    echaremos a volar las cometas de nuestro amor
    sobre la tumba arenosa de quienes se perdieron en la ambigüedad.

    Pues el amor madura en un bosquecillo de ruibarbos
    en el que el alba arranca extraños destellos.
    ¡Oh, vivida esencia vegetal
    tejida con colores que mueren en el instante en que nacen!

    Perdidos en el venal silencio,
    nuestros sueños se desinflan poco a poco en la verde atmósfera
    y el vibrante globo de la imaginación, cual ballena azul,
    no llega a tiempo con su preciosa carga de aire.

    De las ciruelas silvestres del pensamiento,
    nadie sabe cuál se arrugará y encogerá
    para convertirse en una dulce pasa de sabiduría...
    Pues en los apacibles huertos del amor, no hay necesidad de saberlo.

    ¿A qué invocar a Capricornio? Navega
    por el rojo atlas del corazón, sólo entre las costillas,
    donde los últimos coletazos de la tempestad
    lo sacuden con violencia.

    No es momento para lágrimas;
    bástenos por hoy, mientras vagamos por estas playas granulosas,
    con contemplar el jugueteo parsimonioso de las olas,
    como bestias nocturnas de fauces engalanadas.


    Era evidente que el poema estaba aún en su etapa inicial. Lo novedoso de ver a un hombre de aspecto tan distinguido actuar de forma tan ostentosa, tan egocéntrica y tan desapegada a la vez había intrigado a Titus tan profundamente que había aguantado más que por lo menos treinta invitados desde que el poema había empezado. La dama de los zafiros y el señor Afán se habían escabullido hacía rato, pero un público flotante rodeaba al poeta, que mientras declamaba había dejado de ser consciente de lo que le rodeaba. No le hubiera im-portado lo más mínimo estar solo en la sala.

    Titus apartó la mirada, con el cerebro agitándose en su cráneo, lleno de palabras e imágenes.


    VEINTITRÉS


    Ahora que el poema había terminado y el poeta había desaparecido también, porque en verdad parecía ir en pos de algo más grande que su persona, Titus reparó en una extraña si-tuación, una especie de flujo, de agitación; una ondulación... y entonces, de pronto, empezó a manifestarse una de esas mareas humanas que a veces se producen en fiestas demasiado concurridas. Y no se puede hacer nada. Porque tienen su propio ritmo.

    Lo primero que percibía el invitado o invitada es que perdía el equilibrio. Había codazos, bebidas que se derramaban. Conforme la presión aumentaba, se iniciaba una especie de delicada desbandada. Se oían disculpas por todas partes. Quienes estaban junto a alguna pared se veían gravemente aplastados, mientras que los que estaban más hacia el centro se apoyaban unos en otros en ángulos íntimos. Todos daban pasos diminutos, absurdos, mientras la multitud empezaba a encresparse sin motivo, incontroladamente, dando vueltas por la sala. Estabas hablando con una persona y de pronto ya no la veías, porque las corrientes submarinas y las contracorrientes se cobraban su precio.

    Y sin embargo, seguían llegando invitados. Cruzaban la entrada, quedaban atrapados por la atmósfera perfumada, ondeando como fantasmas y, flotando por un momento en las espirales del aire, eran arrastrados al lento pero invencible torbellino.

    Titus, que no había sabido prever lo que sucedería, pudo ahora apreciar en retrospectiva las acciones de una pareja de viejos libertinos a quienes había visto unos minutos antes sentados junto a la mesa de los aperitivos.

    Como personas versadas en los fenómenos propios del grupo, habían dejado sus vasos y, echándose en los brazos de la corriente, se habían entregado a aquel flujo y ahora se les podía ver conversando en un ángulo increíble mientras giraban por la sala sin tocar el suelo con los pies.

    Cuando empezó a recuperarse un cierto equilibrio, ya era casi medianoche, y hubo un tirarse general de los puños, arreglarse la ropa, pasarse los dedos por cofias y tupés, un escrutinio de bocas y cejas y una sensación general de alivio.


    VEINTICUATRO


    Y así, por un capricho del azar, otro grupo de invitados quedó situado debajo de donde Titus se hallaba. Algunos se habían ido renqueando, otros se habían escabullido. Algunos se habían mostrado bulliciosos; otros, reservados.

    Los componentes de aquel grupo en particular no eran ninguna de esas dos cosas y eran ambas a la vez, como demostraba el producto de sus mentes. Eran invitados altos, ajenos al hecho de que, a causa del accidente de su estatura y delgadez, estaban creando entre todos un grupito de árboles... árboles humanos. Este grupo, este bosquecillo antropomorfo, se volvió cuando un recién llegado, avanzando de lado centímetro a centímetro, se incorporó a ellos. Era bajo, recio y desabrido, y resultaba de lo más inapropiado entre los miembros de aquel elevado bosquecillo, pues parecía un árbol desmochado.

    Una de las componentes del grupo, una criatura esbelta, delgada como una vara, envuelta en negro, con unos cabellos tan negros como sus ropas y los ojos tan negros como los cabellos, se volvió hacia el recién llegado.

    —Acompáñenos —dijo—. Hable con nosotros. Necesitamos su sensatez. Somos tan lamentablemente emotivos... Tan infantiles...
    —Bueno, difícilmente...
    —Calla, Leonard. Ya has dicho bastante —le dijo la esbelta señora Yerbas a su cuarto marido con ojos de cervatillo—. O el señor Filomargo o nada. Vamos, querido señor Filomargo. Y bien.

    El desabrido señor Filomargo adelantó el mentón, una visión sorprendente, pues incluso cuando estaba relajado su mentón era como un ariete, algo con lo que azuzar; como un arma.

    —Querida señora Yerbas —dijo—, es usted siempre tan inexplicablemente amable...

    El delgado señor Astillo, que había estado ocupado llamando a un camarero, de pronto se agachó para poner la oreja a la altura de la boca de Filomargo. Y, una vez en esa posición, en lugar de mirar a la cara a su interlocutor, giró los ojos hasta su extremo más oriental y consiguió una bonita panorámica de su perfil.

    —Soy un poco sordo —dijo—. ¿Podría repetir lo que ha dicho? ¿Ha dicho «Inexplicablemente amable»? ¡Qué curioso!
    —No sea tedioso —lo amonestó la señora Yerbas.

    El señor Astillo se incorporó en toda su estatura, que hubiera sido mucho más imponente de no ser porque tenía los hombros tan caídos.

    —Querida señora. Si yo soy aburrido, ¿quién me ha hecho serlo?
    —Bueno, ¿quién ha sido, querido?
    —Es una larga historia...
    —Entonces mejor nos la saltamos, ¿no les parece?

    La mujer se volvió lentamente, girando sobre su pelvis, hasta que sus senos, pequeños y cónicos, dirigidos al señor Cernícalo, parecieron una deliciosa amenaza. Su marido, el señor Yerbas, que había visto aquella maniobra al menos cien veces, bostezó exageradamente.

    —Cuénteme —dijo la señora Yerbas al tiempo que soltaba sobre el señor Cernícalo una nueva andanada de puro erotismo—, cuéntemelo todo sobre usted, querido señor Filomargo.

    El señor Filomargo, que no se sentía a gusto ante aquel trato tan familiar de la señora Yerbas, se volvió hacia el marido.

    —Su esposa es una mujer muy especial. Muy curiosa. Induce a la especulación. Me habla a través de la coronilla, mientras sus ojos miran al señor Cernícalo.
    —Pero ¡así es como debe ser! —exclamó el aludido, con los ojos saliéndosele de la emoción—, la vida debe ser variada, incongruente, vil y eléctrica. Debe ser implacable, y tan llena de amor como el que pueda encontrarse en los colmillos de un jaguar.
    —Me gusta la forma en que se expresa usted, joven —dijo Yerbas—, pero no sé de qué habla.
    — ¿Qué murmuran? —inquirió el espigado Astillo, doblando uno de sus brazos como la rama de un árbol y ahuecando un puñado de ramitas en torno a la oreja.
    —Tiene usted algo divino —susurró Cernícalo, dirigiéndose a la señora Yerbas.
    —Creo que le estaba hablando a usted, querido —le dijo ella por encima del hombro al señor Filomargo.
    —Su esposa me está hablando otra vez —le dijo Filomargo al señor Yerbas—. Veamos lo que tiene que decir.
    —Habla usted de mi esposa de una forma curiosa —dijo Yerbas—. ¿Acaso le molesta?
    —Me molestaría si viviera con ella —repuso Filomargo—. ¿Y a usted?
    — ¡Oh, querido amigo, no sea ingenuo! Yo estoy casado con ella, por eso casi nunca la veo. ¿Qué sentido tiene casarse si tienes que estar siempre topándote con tu esposa? Para eso más valdría no casarse. Oh, no, querido amigo. Ella hace lo que quiere. Es una coincidencia que nos hayamos encontrado aquí esta noche. ¿Lo ve? Y nos gusta... es como revivir el primer amor, pero sin sufrimiento, sin la parte del corazón. El amor frío es el más adorable de todos, tan limpio, tan vivo, tan vacío. En pocas palabras, tan civilizado.
    —Es usted una leyenda —dijo Cernícalo, con una voz tan sofocada por la pasión que la señora Yerbas ni siquiera se dio cuenta de que le había hablado.
    —Tengo tanto calor como un nabo hervido —sentenció el señor Astillo.
    —Pero dígame, hombrecillo espantoso, ¿cómo me siento? —Exclamó la señora Yerbas al ver a un recién llegado, lacerando su belleza con el filo de su voz—. Estos días tengo tan buen aspecto... hasta mi marido me lo ha dicho, y ya sabe usted cómo son los maridos.
    —No, no tengo ni idea de cómo son —dijo el hombre de expresión taimada que acababa de ponerse a su lado—, dígamelo usted. Yo sólo sé en qué se convierten... y quizá... lo que les lleva a ello.
    —Oh, qué inteligente es usted. Perversamente inteligente. Tiene que contármelo todo. ¿Cómo soy yo, querido?

    El hombre taimado —una criatura de torso estrecho con cabellos pelirrojos que le caían sobre las orejas, nariz afilada y un cerebro demasiado grande para que pudiera controlarlo cómodamente— replicó:

    —Mi querida señora Yerbas, en estos momentos siente usted la necesidad de algo dulce. Azúcar, mala música o algo por el estilo. Eso le serviría para empezar.

    La criatura de ojos negros, con los labios entreabiertos, los clientes brillando como perlas, los ojos clavados con entusiasmo en el rostro taimado que tenía delante, cruzó las delicadas manos sobre sus senos cónicos.

    — ¡Tiene toda la razón! ¡Oh, sí! —Dijo sin aliento—. ¡Absoluta y milagrosamente tiene toda la razón, hombrecito brillante, brillante! ¡Lo que necesito es algo dulce!

    Entretanto, el señor Filomargo estaba haciendo sitio a un personaje de rostro alargado ataviado con una piel de león. Con una melena negra cayéndole sobre la cabeza y los hom-bros.

    — ¿No tiene usted calor con eso? —preguntó el joven Cernícalo.
    —Estoy que me asfixio... —dijo el de la piel rojiza.
    —Y entonces ¿por qué lo lleva? —preguntó la señora Yerbas.
    —Pensé que se trataba de un baile de disfraces —dijo la piel—. Pero no me quejo. Todo el mundo ha sido muy amable.
    —Pero eso no impide que genere un montón de calor bajo esa ropa —dijo el señor Filomargo—. ¿Por qué no se la quita?
    —No llevo nada debajo —dijo la piel de león.
    — ¡Qué delicioso! —Exclamó la señora Yerbas—. Me intriga usted enormemente. ¿Quién es?
    —Pero, querida —dijo el león mirando a la señora Yerbas—, seguro que...
    — ¿Qué sucede, rey de las bestias?
    — ¿No me recuerdas?
    —Su nariz me suena de algo —reconoció la señora Yerbas.

    El señor Astillo bajó la cabeza entre las nubes de humo. Y entonces la giró hasta situarla junto a la de Cernícalo.

    — ¿Qué ha dicho? —preguntó.
    —Esa mujer vale un imperio —repuso Cernícalo—. Es vital, exquisita, ¡un juguete!
    — ¿Un juguete? —dijo el señor Astillo—. ¿Qué ha querido decir?
    —Usted no lo entendería.

    El león se rascó con cierto encanto. Luego se dirigió a la señora Yerbas.

    —Así que mi nariz te suena... y ¿ya está? ¿Te has olvidado de mí? ¡De mí! Que fui tu Harry.
    — ¿Harry? ¿Cómo... mi...?
    —Sí, el segundo. Hace mucho tiempo. Estuvimos casados, ¿recuerdas?, en la calle Tyson.
    — ¡Mi tortolito! —Exclamó la señora Yerbas—. Sí que lo estuvimos. Pero ¡quítate esa espantosa melena y deja que te vea! ¿Dónde has estado todos estos años?
    —En la jungla —dijo el león, echando la melena hacia atrás y tirándosela sobre el hombro.
    — ¿Qué clase de jungla, querido? ¿Una jungla moral? ¿Espiritual? ¡Oh, cuéntanoslo! —La señora Yerbas se inclinó con los senos por delante y se llevó los pequeños puños a las caderas, actitud que imaginaba ella resultaría atractiva. No andaba desencaminada, y el joven Cernícalo dio un paso hacia la izquierda para acercársele más.
    —Creo haber oído que decía usted «la jungla» —dijo Cernícalo—. Y dígame, ¿es un lugar agreste? ¿O no lo es? Estamos siempre a merced de las palabras. Porque ¿diría usted que lo que para un hombre es la jungla para otro no es más que un campo de maíz con algún riachuelo y unos matojos?
    — ¿Qué clase de matojos? —inquirió el alargado señor Astillo.
    — ¿Yeso qué importancia tiene? —repuso Cernícalo.
    —Todo es importante —lo amonestó el señor Astillo—. Todo. Forma parte de un esquema. El mundo está pervertido por culpa de la gente que piensa que hay cosas que importan y co-sas que no. Todo es igual de importante. La rueda debe estar completa. Y las estrellas... Parecen pequeñas. Pero ¿lo son? No. Son enormes. Algunas son realmente inmensas. Precisamente, recuerdo...
    —Señor Cernícalo —dijo la señora Yerbas.
    — ¿Sí, mi querida señora?
    —Tiene usted un hábito perverso.
    — ¿Y cuál es, por el amor de Dios? Dígamelo para que pueda aniquilarlo.
    —Está demasiado cerca, mi gatito, demasiado cerca. Cada uno tiene su pequeña zona, ¿sabe usted? Como las aguas territoriales, o los derechos de pesca. No la sobrepase, querido. Retírese un poco. Lo entiende, ¿verdad? La intimidad es muy importante.

    El joven Cernícalo se puso del color de una langosta hervida y se apartó de la señora Yerbas, quien, volviendo la cabeza hacia él como si le perdonara, encendió una luz en su rostro, o eso le pareció a Cernícalo, y esa luz inflamó el aire a su alrededor con una sonrisa que fue como una erupción. Esto, a su vez, tuvo el efecto de atraer al deslumbrado Cernícalo de vuelta al lado de la señora Yerbas, donde permaneció solazándose en su belleza.

    —Así está mejor —susurró ella.

    Cernícalo asintió y tembló de la emoción hasta que el señor Yerbas, abriéndose paso entre un muro de invitados, le pisó bruscamente el empeine. Con un gemido de dolor, el joven Cernícalo se volvió buscando compasión en la dama sin par que tenía a su lado, pero descubrió que había trasladado su radiante sonrisa a su marido, en quien permaneció por un momento antes de darles la espalda a los dos y, apagando la luz, ponerse a observar la sala con un aire totalmente desprovisto de vida.

    —Por otro lado —dijo el alto Astillo, dirigiéndose al hombre de la piel de león—, hay algo en la pregunta de ese joven... Esa jungla que dice... ¿podría explicarnos algo más?
    — ¡Oh sí! ¡Hazlo! —dijo resonando la voz de la señora Yerbas, que aferró la piel del león cruelmente.
    —Cuando digo «jungla» —dijo el león—, me refiero al corazón. A quien debería preguntar es al señor Filomargo. La jungla en la que él ha estado es la propia tierra.
    —Ah, la jungla —suspiró Filomargo, sacando mentón—, surcada de férreas montañas. Poblada de termitas, chacales y, por el Noroeste, de ermitaños.
    — ¿Y qué hacía usted allí? —dijo el señor Astillo.
    —Seguía a un sospechoso. Un joven desconocido por estos lares. Veía su figura desdibujada tambalearse delante de mí, en medio de una tormenta de arena. A veces lo perdía. Otras veces me encontraba prácticamente a su lado, y me veía obligado a recular un tanto. O le oía cantar canciones absurdas, o gritar como si estuviera delirando... palabras como «Fucsia», «Excorio» y otros nombres. En ocasiones gritaba: «Madre» y una vez cayó de rodillas y exclamó: « ¡Gormenghast, Gormenghast, vuelve a mí!». Mi misión no era detenerlo, yo sólo debía seguirle, porque mis superiores me informaron de que no tenía los papeles en regla, o incluso que no tenía papeles. Pero la segunda noche se levantó un viento terrible que me cegó, así que lo perdí en medio de una nube roja de arenisca. No pude volver a encontrarlo.
    —Querido.
    — ¿Sí?
    —Mire a Gomino.
    — ¿Por qué?
    —Su pulida calva refleja un candelabro.
    —Desde aquí yo no veo eso.
    — ¿No?
    —No. Pero mire... a la izquierda veo una imagen diminuta, casi diría que es la cara de un joven de no ser porque no es normal que crezcan rostros en un techo.
    —Sueños. Uno siempre vuelve a sus sueños.
    —Pero el Fusta de Plata RK 2053722220... Halos de Luna, primero de los nuevos...
    —Sí, ya lo conozco.
    —Pero no había amor por ningún sitio.
    —El cielo estaba plagado de aviones y, aunque algunos de ellos iban sin piloto, sangraban.
    —Ah, señor Lino, ¿cómo está su hijo?
    —Murió el miércoles pasado.
    —Oh, perdóneme. Cuánto lo siento.
    — ¿En serio? Pues yo no. Nunca me gustó. Pero eso sí, era un excelente nadador. Capitaneaba el equipo de su escuela.
    —Este calor es terrible.
    —Ah, señora Cornejera. Permítame que le presente al duque Cornejero. Aunque tal vez se conocen ya.
    —Sí, nos hemos visto muchas veces. ¿Dónde están los sandwiches de pepino?
    —Permítame...
    —Oh, perdone, he confundido su pie con una tortuga. ¿Qué está pasando?
    —No, desde luego, no me gusta.
    —El arte tendría que carecer de artificio, no de corazón.
    —Yo soy un entusiasta de la belleza.
    —Belleza, qué palabra tan obsoleta.
    —Incurre usted en una petición de principio, profesor Salvaje.
    —Yo no he pedido nada, ni he pedido su perdón. Ni siquiera he pedido que se me permita disentir. Disiento sin necesidad de pedir el permiso de nadie, y antes mendigaría ante un viejo ciego servil con las costillas marcadas al pie de una columna que pedirle nada a usted, señor. La verdad no está con usted, y además le huelen los pies.
    —Tome ésta... y ésta —musitó el insultado, arrancando un botón tras otro de la chaqueta de su oponente.
    —Qué bien nos lo pasamos —dijo el que había perdido los botones, poniéndose de puntillas y besando la barbilla de su amigo—. Las fiestas serían insoportables sin insultos, así que no te vayas, Harold. Me pones malo. ¿Qué es eso?
    —Sólo es Marmolio, con sus imitaciones de pájaros.
    —Sí, pero...
    —Siempre, de alguna forma...
    —Oh, no... No... Y sin embargo me gusta.
    —Así que el joven escapó de mí sin saberlo —dijo Filomargo—. Ya juzgar por las dificultades que debe de haber pasado, seguro que está en algún lugar de la ciudad... ¿Dónde podría estar, si no? ¿Ha robado un avión? ¿Habrá sobrevolado el...?


    VEINTICINCO


    Entonces se hizo la medianoche y, por unos instantes, en la fiesta de la señora Cúspide-Canino la piel de gallina subió por las piernas de todos, trepó por los muslos y congregó a sus espantosas fuerzas en la base de cada columna, y desde allí envió sus horribles escoltas por el paisaje lumbar. Luego subió por la mismísima columna, enroscándose como hiedra letal, para extenderse finalmente desde las cervicales y dejarse caer como una capa helada de muselina sobre pechos y vientres. Medianoche. Mientras resonaba el último repique, Titus, que seguía apostado en el tejado, tratando de aliviar el calambre del brazo, cambió el peso del codo, golpeó sin querer la claraboya y, sin tiempo para recuperarse, cayó del tejado de cristal envuelto en una lluvia de añicos.


    VEINTISÉIS


    Fue una suerte para todos los afectados que nadie resultara gravemente herido. Incluso Titus sólo se hizo unos cortes, pero eran heridas superficiales, y, por lo que se refiere a la caída, tuvo suerte de que aquella señora con hombros abovedados y senos como bolas de nieve estuviera justo debajo cuando cayó.

    Zozobraron juntos y, por un momento, quedaron tendidos el uno junto al otro sobre la gruesa alfombra. A su alrededor destellaban las esquirlas de cristal, pero para Juno, tumbada junto a Titus, al igual que para las otras personas afectadas por su repentina aparición en el aire y luego en el suelo, la sensación predominante no era de dolor, sino de sorpresa.

    Porque había algo sorprendente en más de un sentido en la visitación casi bíblica de un joven vestido con harapos.

    Titus apartó el rostro, que había chocado contra un hombro desnudo, y al ponerse en pie, desorientado, vio que los ojos de la dama estaban clavados en él. Incluso así tumbada, era soberbia. De una dignidad sin igual. Cuando Titus le ofreció la mano para ayudarla a levantarse, ella tocó las yemas de sus dedos y se puso en pie sin esfuerzo, con sus pies menudos y bonitos. Entre estos piececitos y la noble cabeza clásica, como si estuviera entre dos polos, se extendía todo un mundo dorado de especias.

    Alguien se inclinó sobre el chico. Era el taimado.

    — ¿Quién demonios eres tú? —dijo.
    — ¿Y eso qué importa? —Repuso Juno—. No se acerque. Está sangrando... ¿No es eso bastante? —Y, con un ademán indescriptible, rasgó un pedazo de su vestido y se puso a vendar la mano de Titus, que sangraba abundantemente.
    —Es usted muy amable —dijo agradecido Titus.

    Juno meneó la cabeza con suavidad y una leve sonrisa brotó de las comisuras de sus labios generosos.

    —Imagino que la he asustado —añadió el joven a modo de disculpa.
    —Ha sido una presentación algo precipitada —repuso ella. Y enarcó una ceja. La alzó como el ala de un cuervo.


    VEINTISIETE


    — ¿Has oído lo que ha dicho? —Gruñó una voz infame—: «Imagino que la he asustado». Pues claro que la ha asustado, cachorro mestizo, podía haberla matado.

    De pronto se levantó un zumbido de voces furiosas y montones de rostros se alzaron hacia la claraboya rota. Al mismo tiempo, una sección cercana de la multitud, que unos momentos antes parecía gratamente sorprendida, ofrecía ahora un aspecto muy distinto.

    — ¿Quién de vosotros —preguntó Titus, que se había puesto blanco—, quién me ha llamado cachorro mestizo? —En el bolsillo de sus harapientos pantalones, su mano aferró la piedra de las altas torres de Gormenghast—. ¿Quién ha sido? —gritó, porque de pronto la ira lo dominaba y, tras saltar hacia adelante, cogió a la figura que tenía más cerca por el cuello.

    Pero, casi de forma instantánea, se vio devuelto a su posición junto a Juno para contemplar ante él la espalda de un hombre grande y huesudo, con un pequeño mono al hombro. Aquella figura, con las inconfundibles proporciones de Trampamorro, se desplazó muy lentamente ante el semicírculo de rostros furiosos y esbozó una sonrisa desprovista de amor. Era amplia, sin labios, hecha únicamente de anatomía.

    Trampamorro estiró su gran brazo, dejó su mano suspendida un momento y luego aferró al hombre que había insultado a Titus, lo aferró y lo levantó en el arremolinado aire caliente hasta la altura de su hombro, donde fue recibido por el mono, que lo besó en la nuca de tal forma que el pobre hombre se desmayó y entonces, puesto que el simio ya había perdido el interés, se desplomó sobre el suelo alfombrado.

    Trampamorro se volvió al círculo de rostros perplejos y susurró:

    —Niños. Escuchad al oráculo. Porque el oráculo os ama. —Y dicho esto sacó un cortaplumas de terrible aspecto del bolsillo, lo abrió y empezó a afilarlo sobre la yema de su dedo pulgar—. No está nada contento con vosotros. No porque hayáis hecho algo malo, sino porque vuestra alma apesta... vuestra alma colectiva... la mierda seca de alma que tenéis. ¿No es así, pequeños?

    El mono se puso a rascarse con una pausada satisfacción y sus párpados temblaron.

    — ¿Así que le amenazáis —siguió diciendo—, le amenazáis con vuestras sucias y pequeñas mentes y vuestras vocecitas ridículas? Y vosotras, señoras, con vuestros falsos pechos y vuestras bocas ignorantes, ¿también le habéis amenazado?

    Hubo mucho arrastrar de pies y carraspeos, y aquellos que podían hacerlo sin que se les viera empezaron a recular entre el atestado cuerpo de la habitación.

    —Pequeños —prosiguió, desplazando la hoja de su cuchillo sobre su dedo—, recoged a vuestro compañero del suelo y aprended a mantener las manos bien lejos de este don nadie.
    —No es ningún don nadie —dijo Filomargo—. Es el joven a quien he estado siguiendo. Se me escapó. Cruzó la espesura. No tiene pasaporte. La ley lo busca. Venga aquí, joven.

    Se hizo un silencio que se extendió por toda la habitación.

    —Qué tontería —dijo al cabo una voz profunda. Era Juno—. Es mi amigo. Y por lo que dice usted de la espesura... cielos, ha malinterpretado los harapos que lleva. Sólo es un disfraz.
    —Apártese, señora. Tengo orden de arrestarlo por vagabundo, extranjero e indeseable.

    Y entonces el tal Filomargo se adelantó, saliendo de entre la multitud de invitados, se adelantó y fue hasta donde Titus, Juno, Trampamorro y el mono aguardaban en silencio.

    —Bello policía —dijo Trampamorro—. Se está usted excediendo en sus obligaciones. Esto es una fiesta... o lo era, y lo está convirtiendo usted en algo sucio.

    Trampamorro movió los hombros adelante y atrás y cerró los ojos.

    — ¿No se toma usted nunca unas vacaciones del crimen? ¿No coge nunca el mundo como coge un niño una bola de cristal... como un objeto de muchos colores? ¿No ama nunca este ridículo mundo que tenemos? ¿Con sus cosas buenas y sus cosas malas? ¿Sus ladrones y sus ángeles? ¿Con todo? ¿Nunca lo ha sentido palpitando en su mano, mi querido policía, sabiendo que todo esto es inevitable y que sin el lado oscuro de la vida no sería usted nada? Y sin embargo, mire cómo se lo toma. Pasaportes, visados, documentos de identidad... ¿tanto significa todo esto para su mente oficiosa que necesita venir con ese sucio tufo a una fiesta? Abra las compuertas de su mente, mi querido policía, y deje pasar a este pequeño pececillo.
    —Es amigo mío —insistió Juno, con una voz madura y profunda como una gruta submarina, como el follaje del lecho marino—. Es un disfraz. No tiene nada que ver con usted. ¿Cómo ha dicho? ¿Por la espesura? Oh, ja ja ja ja ja. —Y Juno, siguiendo la indicación de Trampamorro, se adelantó para bloquear el campo de visión de Filomargo, y al hacerlo, por la izquierda, vio dos hombres cuyas cabezas tocadas con yelmos sobresalían ligeramente por encima de las demás. Parecía que flotaban en vez de caminar. Para Juno no eran más que invitados, pero cuando Trampamorro los vio, aferró a Titus del brazo, por encima del codo, y se dirigió hacia la puerta, abriendo un corredor entre los invitados, como una pandilla de niños que atraviesa un campo de maíz maduro siguiendo a su líder.

    El inspector Filomargo trataba por todos los medios de ir tras ellos, pero cada vez que se volvía o daba unos pasos, se encontraba a la generosa Juno interponiéndose, una dama con un porte tan soberbio y tan nobles proporciones que empujarla estaba fuera de toda duda.

    —Por favor, permítame —le decía—. Debo seguirlos.
    —Oh, pero mire su corbata. No puede ir por ahí de esa forma. Deje que se la arregle. No... No..., no se mueva. Bien, ya está... ya está...


    VEINTIOCHO


    Entretanto, Titus y Trampamorro giraban a izquierda y derecha a voluntad, porque aquel lugar estaba plagado de habitaciones y corredores.

    Trampamorro, que corría unos metros por delante de Titus, tenía el aspecto de un corcel, con su gran cabeza escarpada echada hacia atrás y el pecho hacia delante.

    No se volvía para ver si Titus podía seguir su paso poderoso. Con el timón granate que tenía por nariz apuntando al techo, galopaba y galopaba con el pequeño mono aferrado al hombro, bien despierto con los ojos color topacio clavados en Titus, que corría unos metros por detrás. De vez en cuando el animal gritaba, y entonces se agarraba con más fuerza al cuello de su amo, como si su propia voz le hubiera asustado.

    Y aunque corría, Trampamorro conservaba una seguridad monumental, casi dignidad. No se trataba sólo de una huida. Era algo en sí mismo, como debe ser una danza, una danza ritual.

    — ¿Estás ahí? —Musitó de pronto por encima del hombro—. ¿Eh? ¿Estás ahí, joven trapero? Ven a mi lado.
    —Estoy aquí —repuso Titus jadeando—. Aunque no sé por cuánto tiempo.

    Trampamorro no le hizo caso y dobló una esquina a la izquierda con una cabriola, y luego a la izquierda otra vez, a la derecha, a la izquierda y luego, aminorando el paso gradualmente, fueron a parar a un salón escasamente iluminado rodeado por siete puertas. Los fugitivos abrieron una de ellas al azar y se encontraron en una habitación vacía.


    VEINTINUEVE


    Trampamorro y Titus permanecieron inmóviles unos instantes, hasta que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad.

    Y entonces, en el extremo más alejado de la habitación, vieron un rectángulo de un gris mortecino que se alzaba en medio de la oscuridad. Era la noche.

    No había estrellas, y la luna estaba por el otro lado del edificio. En algún lugar, mucho más abajo, oyeron el susurro de un aeroplano que despegaba. En seguida lo vieron, un objeto estilizado, sin alas, deslizándose en la noche, sin prisa aparente, salvo que, de pronto..., ¿dónde se había metido?

    Titus y Trampamorro permanecieron ante la ventana y durante un buen rato ninguno de los dos dijo nada. Al final, Titus se volvió hacia la tenue silueta de su compañero.

    — ¿Qué hace aquí? —le preguntó—. Parece fuera de lugar.
    —Por los gansos de Dios. Me has dado un susto —dijo Trampamorro levantando la mano como si quisiera protegerse de un golpe—. Había olvidado que estabas ahí. Cavilaba, chico. Y no hay pasatiempo más rico que ése. Te cubre de humos nocivos. Desprende una música sombría. Es el aroma del hogar.
    — ¿El hogar?
    —El hogar —dijo Trampamorro. Se sacó una pipa del bolsillo y la llenó con un buen puñado de tabaco. La encendió, dio una calada, llenó sus pulmones de un humo acre y lo expulsó, mientras la cazoleta ardía en la oscuridad como una herida—. Me preguntas por qué estoy aquí... aquí, entre gente extraña. Es una buena pregunta. Casi tan buena como para que yo te la haga a ti. Pero no me lo digas, querido joven, no todavía. Creo que prefiero adivinarlo.
    —Yo no sé nada de usted —dijo Titus—. Para mí no es más que alguien que aparece y desaparece. Un hombre rudo, un guardaespaldas, una criatura que me saca del peligro. ¿Quién es usted? Dígame... no parece pertenecer a esta... a esta región de cristal.
    —El lugar de donde procedo no es de cristal, chico. ¿Has olvidado los tugurios que llegan arrastrándose hasta mi patio? ¿Has olvidado la purria que viste junto al río? ¿Has olvidado el hedor?
    —Recuerdo el hedor de su coche... —dijo Titus— penetrante como el ácido. Espeso como unas gachas.
    —Es una zorra —comentó Trampamorro—. Y huele como una zorra.
    —No sé nada de usted —dijo Titus—, con sus kilómetros de grandes jaulas, con sus gatos monteses, sus lobos y sus aves de presa. Los he visto, pero no me dicen gran cosa. ¿En qué está pensando? ¿Por qué hace ondear ese mono al hombro como si fuera una bandera extranjera... un emblema del desafío? No tengo más acceso a su mente del que pueda tener a este pequeño cráneo. —Y, tanteando la oscuridad, Titus acarició al monito con su dedo índice. Luego miró fijamente a la oscuridad, de la cual formaba parte Trampamorro. La noche parecía más espesa que nunca—. ¿Sigue usted ahí? —preguntó.

    Pasaron doce largos segundos antes de que Trampamorro contestara.

    —Sí, aquí sigo, o parte de mí. El resto de mi persona está inclinado sobre la borda de un barco. El aire está impregnado de especias y las profundas aguas saladas tienen un brillo fosforescente. Estoy solo en cubierta y no hay ninguna otra persona que vea cómo la luna se eleva desde detrás de una nube para encender una hilera de palmeras como en procesión. Puedo ver la espuma de un blanco oscuro rompiendo contra la orilla; y veo, y recuerdo, una figura que corría por la franja de arena iluminada por la luna, con los brazos levantados por encima de la cabeza y su sombra corriendo a su lado y dando sacudidas, porque la playa tenía una superficie irregular; y entonces la luna volvió a ocultarse tras las nubes y el mundo volvió a oscurecerse.
    — ¿Quién era el hombre?
    — ¿Cómo voy a saberlo? —Dijo Trampamorro—. Podía ser cualquiera. Hasta puede que fuera yo.
    — ¿Por qué me cuenta todo esto? —dijo Titus.
    —No te estoy contando nada. Me lo cuento a mí mismo. Mi voz, que a otros les suena estridente, es música para mis oídos.
    —Es usted muy brusco —dijo Titus—. Pero me ha salvado dos veces. ¿Por qué me ayuda?
    —No tengo ni idea. Debe de haber algo mal en mi cabeza.


    TREINTA


    Aunque no se oyó ningún sonido, que la puerta se abriera provocó un cambio en la habitación que tenían a su espalda; un cambio suficiente para despertar en Titus y su compañero una conciencia de la que sus mentes conscientes nada sabían.

    No, no fue el aliento de un sonido; no fue el parpadeo de una luz. Y sin embargo, la habitación negra que tenían a su espalda cobró vida.

    Trampamorro y Titus se habían vuelto a la vez, pensando, como mucho, que era para aliviar algún músculo.

    De hecho, apenas se apercibieron de que se habían girado. No veían apenas nada de la habitación llena de noche pero, cuando un instante después entró una dama, con ella se coló algo de luz de la sala contigua. No gran cosa, pero sí lo suficiente para que Titus y su compañero vieran que a su izquierda tenían un sofá a rayas y, al otro lado de la habitación, lo que hubiera podido considerarse el fondo del escenario si la noche hubiera sido un auditorio, había una elevada pantalla.

    Al ver que la puerta se abría, Trampamorro cogió al pequeño mono del hombro de Titus y, tapándole la boca con la mano derecha y sujetándole las cuatro patas con la izquierda, se desplazó en silencio entre las sombras y se ocultó detrás de la pantalla. Titus, que no tenía que preocuparse por ningún mono, lo siguió al instante.

    Y entonces se oyó el clic y la habitación se llenó de una luz rojiza. La dama que había abierto la puerta avanzó sin hacer ningún ruido. Con gran delicadeza, a pesar de su peso, fue hasta el centro de la habitación, donde ladeó la cabeza como si esperara que sucediera algo peculiar. Luego se sentó en el sofá a rayas y cruzó sus espléndidas piernas envuelta en un susurro de seda.

    —Debe de estar hambriento —susurró—. El trepatejados rompeclaraboyas... el muchacho harapiento de ninguna parte. Debe de estar hambriento y perdido. ¿Dónde puede estar? ¿Detrás de esa pantalla, por ejemplo, con su amigo, el perverso Trampamorro? —Se hizo un absurdo silencio.


    TREINTA Y UNO


    Sentada, Juno abrió una cesta que había llenado en la fiesta, antes de volverse al muchacho y Trampamorro.

    — ¿Tienes hambre? —preguntó Juno cuando los vio salir.
    —Mucha —dijo Titus.
    —Pues come —dijo ella.
    —Oh, mi dulce llama, mi defraudada. ¿En qué piensas? —preguntó Trampamorro, pero con una voz tan aburrida que casi era un insulto—. ¿A que no te imaginas cómo lo encontré, mi filtro de amor?
    — ¿A quién? —inquirió Juno.
    —Al muchacho. A este muchacho hambriento.
    —Dímelo.
    —Medio ahogado, sí, señor, al amanecer. ¿No te parece poético? Ahí estaba, tendido, desamparado, en los escalones que bajan al río... despatarrado como un pez muerto. Así que me lo llevé a casa. ¿Por qué? Porque nunca había visto nada más inverosímil. Al día siguiente lo echo. No era parte de mí. No era parte de mi absurda vida, y él se va, esta criatura de ninguna parte, superflua como una vela al sol. Un ser irrisorio... que se olvida... pero ¿qué ocurre luego?
    —Te escucho —dijo Juno.
    —Pues al chico no se le ocurre otra cosa que caer por una claraboya y derribar a una de las pocas mujeres que me han interesado en la vida. Oh, sí. Lo vi todo. Su cabeza yacía de lado en tu espléndido pecho y, por unos momentos, fue el señor de un barranco tropical entre tus senos de medianoche: hogar de musgo y vegetación; suntuosa hendidura. Pero basta. Soy demasiado viejo para hendiduras. ¿Cómo nos has encontrado? No hemos dejado de girar y girar, girar... podríamos haber despistado al mismísimo demonio... y en cambio tú has entrado como si hubieras ido pegada a mis talones. ¿Cómo me has encontrado?
    —Te lo diré, Trampalomo, te diré cómo te he encontrado. No hay nada milagroso en ello. Mi intuición es tan inexistente como el perfume del mármol. Ha sido el muchacho quien os ha delatado. Tenía los pies mojados, y aún los tiene. Y han dejado un brillo en los pasillos.
    — ¿Un brillo? ¿Cómo que un brillo? —preguntó Trampamorro.
    —Es lo que iban dejando sus pies... una leve película. Sólo he tenido que seguirla. ¿Dónde están tus zapatos, niño peregrino?
    — ¿Mis zapatos? —dijo Titus, con un hueso de pollo en la mano—. Bueno, supongo que estarán en algún lugar del río.
    —Bueno; ahora que nos has encontrado, Juno, mi trampa de amor... ¿qué quieres de nosotros? ¿Juntos o por separado? Al fin y al cabo, aunque soy impopular, no soy un fugitivo. Así que no hay necesidad de que me esconda. Pero el joven Titus (señor de algún lugar... con un nombre del todo inverosímil), él, debemos admitirlo, está huyendo. Del porqué no estoy del todo seguro. En cuanto a mí, no hay cosa que desee más que lavarme las manos con respecto a vosotros. Una de las razones es que no me tienes subyugado. No deseo más que soledad, Juno, y la compañía de las bestias sobre las que medito. Y la otra es este muchacho, conde de Gorgonpás o como se llame, con él debo lavarme las manos porque no tengo ningún deseo de relacionarme con otro ser humano, y menos aún con uno con forma de enigma. La vida es demasiado breve para tales distracciones y no puedo obligarme a sentir interés por los problemas que alberga su pecho.

    El monito que estaba en el hombro de Trampamorro asintió y empezó a hurgar en las profundidades del pelo de su amo. Sus arrugados aunque delicados dedos eran tiernos e in-quisitivos como los de una amante.

    —Es usted casi tan rudo como hambriento estoy yo —dijo Titus—. Y en cuanto a los caminos de mi corazón y mi linaje, es usted tan ignorante como ese mono que lleva al hom-bro. Si de mí depende, así seguirá. Pero sáqueme de aquí. Este edificio es una pocilga, y huele como un hospital. Se ha portado bien conmigo, señor Trampamuro, pero tengo ganas de perderlo de vista. ¿Adónde puedo ir, dónde puedo esconderme?
    —Debes venir conmigo. Conseguir ropa nueva, alimento, un techo. —Juno volvió su espléndida cabeza hacia Trampamorro—. ¿Cómo vamos a salir de aquí sin que nos vean?
    —Cada cosa a su tiempo —dijo Trampamorro—. Lo primero es encontrar el ascensor más próximo. A estas alturas todo el mundo estará durmiendo. —Fue hasta la puerta y, al abrirla, sorprendió a un joven inclinado sobre la cerradura. No le había dado tiempo a incorporarse, y menos aún a escapar.
    —Mi querida esencia de armiño —dijo Trampamorro, arrastrando al hombre al interior por las solapas amarillo limón de su librea, pues era un lacayo del servicio—, bienvenido. Bueno, Juno, cariño, llévate a Gorgonpás contigo y contemplad un rato la oscuridad por la ventana. No tardaré.

    Titus y Juno, obedeciendo aquella voz curiosamente autoritaria, porque era poderosa, por muy ridículo que fuera lo que decía, oyeron un peculiar arrastrar de pies y, al momento:

    —Bueno, Gorgonblás, deja a la adorable damisela contemplando la noche y ven aquí.

    Titus se volvió y vio que el lacayo estaba prácticamente desnudo. Trampamorro lo había pelado como un árbol cuando pierde sus hojas doradas en otoño.

    —Quítate esos harapos y ponte esta librea —le dijo Trampamorro. Se volvió al lacayo—. Espero que no pases mucho frío. No tengo nada contra ti, pero no tenía más remedio. Este joven caballero debe escapar. Y ahora date prisa, Gorgon —gritó—. Tengo el coche esperando, y está inquieta.

    Trampamorro ignoraba que, mientras él decía estas palabras, las primeras pinceladas del amanecer empezaban a colarse entre las nubes bajas iluminando no sólo los pocos aeroplanos que brillaban como espectros, sino también aquella monstruosa criatura, su vehículo. Desnuda como el lacayo, desnuda bajo los primeros rayos de sol, era como un improperio o una burla, con la nariz apuntando a los elegantes aeroplanos; su forma, su color, su esqueleto, sus tendones, su cráneo, sus músculos de cuero... su vientre bajo y osado, su as-pecto sangriento y de amotinamiento en alta mar. Allí esperaba ella, mucho más abajo de donde estaba su capitán.

    —Cámbiate de ropa —le urgió Trampamorro—. No tenemos toda la noche.

    Algo empezó a arder en el estómago de Titus. Notó que la sangre abandonaba su rostro.

    —Así que no puede esperarme toda la noche —dijo con una voz que casi no reconocía—. Trampamorro, el hombre zoo, tiene prisa. Pero ¿sabe acaso con quién está hablando? ¿Lo sabe?
    — ¿Qué pasa, Titus? —intervino Juno, que había dado la espalda a la ventana al oír su voz.
    — ¿Que qué pasa? —exclamó Titus—. Yo se lo diré, señora. Es la ignorancia de este matón. ¿Acaso no sabe quién soy?
    — ¿Cómo podemos saber nada de ti, cariño, si no nos lo dices? Venga, venga, deja de temblar.
    —Quiere escapar —dijo Trampamorro—. Pero no querrás que te metan en la cárcel, ¿verdad? ¿Eh? Me imagino que desearás salir de este edificio.
    —No con su ayuda —gritó Titus, aunque mientras lo hacía era consciente de que estaba siendo mezquino. Miró al gran rostro surcado de sombras con el orgulloso timón que tenía por nariz y la luz de sus ojos, y un destello de reconocimiento pareció cruzarse entre los dos. Pero era demasiado tarde.
    —Pues entonces vete al infierno, niño —le soltó Trampamorro.
    —Lo llevaré conmigo —terció Juno.
    —No —repuso Trampamorro—. Deja que se vaya. Tiene que aprender.
    — ¡Aprender, maldito sea! —exclamó Titus, sintiendo que todas sus emociones contenidas se desataban—. ¿Qué sabe usted de la vida, la violencia, el engaño? ¿De locos, subterfugios y traiciones? De mi traición. Mis manos se han manchado de sangre. He amado y he matado en mi reino.
    — ¿Reino? —inquirió Juno— ¿Tu reinó? —Una suerte de amor reverente se encendió en sus ojos—. Yo cuidaré de ti.
    —No —dijo Trampamorro—, deja que encuentre su camino por sí mismo. Si ahora le ayudas, nunca te lo perdonará. Deja que se comporte como un hombre, Juno..., o lo que él cree que es comportarse como un hombre. No le chupes la sangre, querida mía. No te precipites. Recuerda cómo mataste nuestro amor con tus especias, ¿eh? Mi bella vampiresa.

    Titus, blanco por la indecisión, porque Trampamorro y Juno parecían hablar un lenguaje privado, dio un paso hacia el hombre sonriente, que había vuelto el rostro contra el hombro para que el monito pudiera descansar su mejilla peluda contra la de él.

    — ¿Ha llamado «vampiresa» a esta dama? —susurró.

    Trampamorro asintió pausadamente con su testa sonriente.

    —Exacto —dijo.
    —No ha querido ofenderme —trató de aplacarlo Juno—. ¡Titus! Oh, cielo... Oh...

    Porque el puño de Titus salió disparado con tal celeridad que fue un milagro que no acertara en el blanco, y no acertó porque Trampamorro, atrapándolo como si fuera una piedra que le habían arrojado, lo sujetó y, sin esfuerzo, lo impulsó lentamente hacia la puerta, lo empujó al exterior y acto seguido cerró la puerta y echó la llave.

    Por unos minutos, Titus se estremeció de impotencia, aporreó la puerta, gritando: « ¡Déjeme entrar, cobarde! ¡Déjeme entrar!», hasta que el alboroto hizo que acudieran sirvientes desde todos los rincones de la gran mansión de cristal verde oliva.

    Mientras los lacayos se llevaban a Titus, que no dejaba de debatirse y gritar, Trampamorro sujetó a Juno con fuerza por el codo, porque ella deseaba estar con el joven impetuoso mitad vestido de harapos y mitad con librea, aunque no dijo nada mientras trataba de liberarse de su antiguo amante.


    TREINTA Y DOS


    El día se levantó agreste y enmarañado. La luz que pudiera haber se filtraba al interior de los grandes edificios de cristal como si estuviera avergonzada. Salvo una pequeña parte, la mayoría de invitados que había acudido a la fiesta de los Cúspide-Canino yacían como fósiles en sus camas separadas o, por diversas causas, daban vueltas en los mares del sueño.

    De aquellos que estaban despiertos y levantados, al menos la mitad eran sirvientes de la casa. Fue un grupo de éstos el que, al oír el alboroto, acudió a la habitación, encendiendo luces por el camino, y encontró a Titus aporreando la puerta.

    Resistirse no le sirvió de nada. Las manos torpes de los criados lo aferraron y arrastraron por siete tramos de escaleras, hasta los alojamientos de los criados. Allí lo tuvieron prisionero durante la mayor parte del día, siendo entonces mando recibió la visita de la ley y la policía y, hacia el anochecer, de una especie de especialista en la mente que durante varios minutos estuvo observando a Titus desde debajo de sus cejas y le hizo curiosas preguntas que él no se molestó en contestar, porque estaba muy cansado.

    La propia señora Cúspide-Canino apareció durante un fugaz momento. Hacía treinta años que no bajaba a las cocinas, y lo hizo acompañada por el inspector, quien estuvo hablando a la señora con la cabeza ladeada y los ojos puestos en el cautivo. Esto tuvo el efecto de hacer que Titus pareciera una especie de animal enjaulado.

    —Un enigma —dijo el inspector.
    —No estoy de acuerdo —repuso la señora Cúspide-Canino—. No es más que un niño.
    —Ah —hizo el inspector.
    —Y su cara... —dijo la dama.
    —Ah —hizo el inspector.
    —Tiene unos ojos espléndidos.
    —Pero ¿tiene también unos hábitos espléndidos, señora mía?
    —No lo sé. ¿Y eso qué importa? ¿Los tiene usted?

    El inspector se encogió de hombros.

    —No hay motivo para encogerse de hombros. Ninguno en absoluto. ¿Dónde está mi chef?

    El aludido había estado rondando por allí desde que su señora entrara en la cocina. Se presentó al instante.

    — ¿Señora?
    — ¿Le han dado de comer al muchacho?
    —Sí, señora.
    — ¿Le habéis dado lo mejor? ¿Lo más nutritivo? ¿Le habéis dado un almuerzo que no pueda olvidar?
    —Todavía no, señora.
    — ¡Ya qué estás esperando! —Alzó la voz—. Está hambriento. ¡Está desanimado, es joven!
    —Sí, señora.
    —No me digas sí. —Poniéndose de puntillas, se alzó en toda su estatura, que no era mucha, pues era una mujer menuda—. Dale de comer y deja que se vaya. —Y cruzó la habitación con sus piececitos septuagenarios, mientras su sombrero emplumado oscilaba peligrosamente entre solomillos y faldas.


    TREINTA Y TRES


    Entretanto, Trampamorro había escoltado a Juno al exterior del edificio y la había ayudado a subir a su espantoso vehículo. Tenía intención de llevarla a su casa, junto al río, y volver luego a toda prisa a la suya, pues hasta él estaba cansado. Pero, como le sucedía siempre que se ponía al volante, sus planes no tardaron en quedar como paja al viento y, medio minuto después de arrancar, ya había cambiado de opinión y se dirigía a la amplia franja arenosa del río donde la orilla desciende suavemente a las aguas poco profundas.

    Cuando Trampamorro, tras tomar un desvío largo e innecesario hacia el oeste, salió de la carretera y, girando a izquierda y derecha para evitar los arbustos de enebro que ocupaban la parte alta de la orilla, se metió de improviso en el agua, el cielo ya no estaba tan oscuro, si bien aún se veían una o dos estrellas. Al ver que se había metido en el agua, apretó el acelerador, haciendo saltar grandes arcos de fango de debajo de las ruedas a babor y estribor.

    En cuanto a Juno, iba ligeramente inclinada hacia delante, con el codo apoyado en la puerta del coche y el rostro ladeado, en la palma enguantada de su mano. Por lo visto, no había re-parado en la velocidad, ni en el agua; ni siquiera en la presencia de Trampamorro, quien, en su posición favorita, iba prácticamente tumbado en el suelo del vehículo con un ojo por encima de los mandos, desde donde surgió una especie de canción:

    Yo tengo un precio, y alto es (hacia la altura de tu ojo) pero si te portas bien por ti podría bajarlo, bajarlo, bajarlo; sobre esas cuerdas que se tejen con hierba amarilla y heno rojo cuando tejer es tabú...


    Un volantazo y el vehículo se adentró más en el río: el agua estaba a punto de entrar; pero el siguiente acelerón lo hizo salir, mientras el vapor siseaba como un millar de gatos.

    —Algunos las hacen de perlas —rugió Trampamorro—:
    otros las hacen sencillas. Adornan su frente con perlas y lo intentan otra vez ¡cardar la lana del amor! Pero ¡ah! Las palmas del ayer... No hay ni un alma del ayer con quien valga la pena soñar... eso dicen... con quien valga la pena soñar...


    Cuando la voz de Trampamorro empezó a apagarse, el sol se elevaba sobre el río.

    — ¿Has terminado? —dijo Juno. Tenía los ojos entornados.
    —Lo he dado todo —dijo Trampamorro.
    — ¡Entonces escucha, por favor! —Los ojos estaban bien abiertos, pero su expresión seguía aún muy distante.
    — ¿Qué tienes, Juno, amor?
    —Estaba pensando en ese muchacho. ¿Qué harán con él?
    —Les va a resultar una persona difícil —dijo Trampamorro—, muy difícil. Casi como una forma de mí. Creo que se trata más bien de lo que les hará él a ellos. Pero ¿por qué? ¿Ha introducido el canto de un gorrión en tu pecho? ¿Ha despertado a un cóndor predador?

    Pero no hubo respuesta, porque en ese momento detuvo el vehículo ante la entrada de la casa de Juno con un chirrido metálico. Era un edificio alto, de color rosa polvoriento, y a su espalda había una pequeña colina o loma coronada por un hombre de mármol. Detrás de la loma, un meandro del río. A ambos lados de la casa de Juno había sendas casas similares, pero las habían abandonado. Las ventanas estaban rotas, las puertas habían desaparecido y la lluvia entraba en las habitaciones.

    Pero la casa de Juno se mantenía en perfecto estado y cuando un sirviente con librea amarilla abrió la puerta, pudo verse lo amorosa y cuidadosamente que estaba decorado el vestíbulo. Iluminado en la oscuridad, presentaba un esquema de color de ébano, ceniza y rojo amarillento.

    — ¿No vas a entrar? —preguntó Juno—. ¿No te tientan las setas... o los huevos de chorlito? ¿Café?
    — ¡No, amor mío!
    —Como quieras.

    Durante un rato, los dos permanecieron sentados, sin moverse.

    — ¿Dónde crees que estará el chico? —preguntó ella al cabo.
    —No tengo ni idea.

    Juno se apeó. Fue un desembarco impecable. Todo cuanto ella hacía tenía estilo.

    —Entonces, buenas noches —dijo—, y dulces sueños.

    Trampamorro la observó deslizarse por el jardín oscuro en dirección al vestíbulo iluminado. Su sombra casi llegaba al coche y, mientras la veía alejarse, paso a paso largo y delicado, sintió una punzada en el corazón, porque en la lenta ociosidad de sus pasos le parecía ver algo que, en aquel momento, no hubiera querido dejar que se fuera.

    Era como si aquellos lejanos días en que fueron amantes hubieran vuelto, imagen a imagen, sombra a sombra, sin pedir permiso, espontáneamente, desafiando cada una de ellas los diques que habían levantado frente al otro. Porque los dos sabían que detrás de los diques se agitaban los mares del sentimiento en cuyo seno habían perdido el rumbo.

    ¡Con cuánta frecuencia la había mirado él lleno de ira o de un amor vociferante! Con cuánta frecuencia la había admirado. Con cuánta frecuencia la había visto dejarlo, aunque nunca como en aquel momento. La luz del recibidor donde estaba el criado llegaba al jardín y Juno era una silueta recortada contra la entrada iluminada. Desde las caderas llenas y redondeadas que se meneaban imperceptiblemente cuando se movía se elevaba la columna de su espalda casi marcial, y sobre los hombros se elevaba el cuello, un perfecto cilindro, coronado por la cabeza clásica.

    Mientras la observaba, de alguna forma a Trampamorro le parecía estar viéndose a sí mismo. La veía como un fracaso suyo... sabía que pertenecía a aquella mujer. Porque cada uno había recibido todo lo que el otro podía dar. ¿Qué había salido mal? ¿Fue que ya no necesitaban seguir intentándolo porque podían ver el interior del otro? ¿Cuál era el problema? Un centenar de cosas. Su infidelidad; su egotismo; su eterno actuar; su orgullo gigantesco; su falta de ternura; su exuberancia ensordecedora; su egoísmo.

    Pero ella se quedó sin amor; o se lo arrebataron. Sólo persistía una amistad: envolvente e inquebrantable.

    Así que aquella punzada fue extraño, como extraño fue que la siguiera con la mirada, que diera la vuelta al coche tan lentamente y también —cuando llegó al patio de su casa— la expresión meditabunda de su rostro cuando ataba el coche a la morera.


    TREINTA Y CUATRO


    A media tarde del día siguiente, se llevaron a Titus y lo metieron en una celda. Era un espacio pequeño con una ventana con barrotes que miraba al suroeste.

    Cuando Titus entró, el rectángulo de la celda estaba cubierto por una luz dorada. Los barrotes negros que dividían la ventana en una docena de secciones verticales quedaban re-cortados contra el crepúsculo.

    En un rincón había un tosco catre, con una manta grana por encima. Ocupando la mayor parte del espacio central una mesa se aguantaba sobre tres patas, porque el suelo era irregular. En ella descansaban unas pocas velas, una caja de cerillas y una copa llena de agua. Junto a la mesa, una silla endeble que en algún momento alguien había empezado a pintar: pero esa persona, quienquiera que fuese, se había cansado de la tarea, así que la silla estaba pintada a medias de negro y amarillo.

    Mientras Titus permanecía en pie examinando la celda, el carcelero cerró la puerta y oyó que giraba la llave. Pero los rayos del sol estaban allí, rayos bajos y oblicuos de una luz del color de la miel; se colaban entre los barrotes como si estuvieran dando la bienvenida al prisionero... así que, sin mayor demora, Titus se dirigió a la ventana y, sujetándose a un ba-rrote con cada mano, contempló el paisaje.

    Parecía transfigurado. Tan etérea era la luz que los inmensos cedros proyectaban sobre él, y las cumbres de las colinas parecían flotar sobre oro.

    A lo lejos, Titus veía una ciudad incrustada y, como si el sol la alcanzara con sus rayos oblicuos, veía también los destellos de las ventanas, uno aquí, otro allá, como chispas de un pedernal.

    De pronto, un pájaro surgió del atardecer dorado y voló derecho hacia la ventana desde cuyos barrotes Titus miraba. Se acercó con rapidez, con sus piruetas aéreas, y no tardó en posarse en el alféizar.

    Por la forma en que su cabeza se movía a un lado y a otro sobre el cuello, parecía como si buscara algo. Era evidente que el anterior ocupante de la celda había compartido sus migajas con el pájaro blanco y negro..., pero ese día no habría migajas, así que, a falta de otra cosa, la urraca se puso a picotearse las plumas.

    De pronto, de la atmósfera dorada, de las piedras de la celda, de los cedros, del aleteo de la urraca, brotó el largo soplo de un recuerdo cuyas imágenes se agolparon ante los ojos de Titus, que vio, con mayor vividez que la puesta de sol o las colinas boscosas, el extenso y reluciente perfil de Gormenghast y las piedras de su hogar, donde los lagartos se solazaban; y a su madre, borrando todo lo demás, su madre como la vio la última vez, a la entrada de la cabaña, con el enorme castillo chorreando detrás de ella como telón de fondo.

    «Volverás —le había dicho—. Todo vuelve a Gormenghast», y de pronto Titus sintió una terrible añoranza de su hogar, de lo bueno y de lo malo... deseó poder aspirar su olor, notar el amargo sabor de la hiedra en la boca.

    Titus dio la espalda a la ventana, como si quisiera disipar su nostalgia, pero el hecho de desplazar su cuerpo en el espacio no le fue de ninguna ayuda. Se sentó al borde de la cama.

    Del exterior, de más abajo, llegó el sonido del aleteo de un mirlo; la luz dorada había empezado a oscurecerse y de pronto Titus fue consciente de una soledad que nunca había sentido.

    Se inclinó hacia adelante, presionando los músculos tensos de debajo de las costillas, y empezó a mecerse, como un péndulo. Tan regular era el movimiento que se hubiera dicho que ningún alivio podía extraerse de ello.

    Pero sin duda Titus sentía un cierto consuelo, porque, mientras su mente lloraba, su cuerpo seguía meciéndose.

    El anhelo por volver a la tierra en la que nació no le daba descanso. No hay reposo para los desarraigados. Son vagabundos, añoran, desafían. Ni tan siquiera el amor puede ayudarles a curarse, aunque el polvo se levanta con cada pisada, flota por los pasillos, se posa sobre ramas o cornisas, y con cada aliento se inhala el pasado, de modo que los pulmones están ennegrecidos de tiempos ya idos, como los de un minero.

    Coman lo que coman, beban lo que beban, nunca es el pan de casa o el trigo de sus propios valles. Nunca es el vino de sus viñedos. Es algo extranjero.

    Así que Titus se meció en la cuna del pesar; se mecía y se mecía, mientras la celda iba quedando a oscuras y, en algún momento de la noche, se quedó dormido.


    TREINTA Y CINCO


    « ¿Qué pasa?» Titus se incorporó de un salto y miró a su alrededor. Hacía mucho frío, pero no era eso lo que le había despertado. Fue un sonido muy leve. Ahora lo oía perfectamente. Procedía de unos metros más allá de donde estaba sentado. Era como un ligero golpeteo, pero no parecía venir de la pared. Venía de debajo de la cama.

    Entonces cesó durante un rato y, cuando volvió, fue como si trajera consigo una especie de mensaje, porque había un patrón o un ritmo en él: algo que sonaba como una pregunta. «Tap... tap... tap...» « ¿Estás... ahí? ¿Estás... ahí?»

    Este golpeteo, por más que siniestro, al menos tuvo el efecto de apartar la mente de Titus de la nostalgia casi insoportable que lo abrumaba.

    Titus se apartó con cautela de la endeble cama, con el corazón desbocado, y entonces la levantó y la depositó en el centro de la celda.

    Recordando que había velas en la mesa, buscó una a tientas y la encendió. Luego volvió de puntillas al lugar de donde había quitado la cama y pasó la pequeña llama sobre las losas. Mientras hacía esto, el golpeteo volvió a empezar. « ¿Estás... ahí? —parecía decir—. ¿Estás... ahí?»

    Titus se arrodilló e iluminó con la llama la losa de la que parecía salir aquel sonido.

    Al principio parecía una losa normal pero, al observarla con mayor detenimiento, Titus vio que la fina fisura que la rodeaba era más marcada y profunda que en las losas adyacentes. La luz de la vela le mostraba lo que la luz del día hubiera ocultado.

    El golpeteo volvió a empezar y Titus, sacando la piedra de su bolsillo, esperó a la siguiente pausa y con mano temblorosa golpeó la losa dos veces.

    Por un momento no hubo respuesta, pero llegó en seguida. «Uno... dos...»

    Fue un «uno... dos» apresurado, no como los golpecitos tentativos que lo habían precedido.

    Como si, fuera quien fuera o lo que fuera que estaba o yacía o se arrastraba debajo de la losa, el ánimo del enigma hubiera cambiado. Aquel «ser», fuera lo que fuese, parecía más seguro. Lo que sucedió a continuación fue aún más extraño y amedrentador. Fue mucho más sorprendente que unos golpecitos. Esta vez fueron los ojos los que se sobresaltaron. ¿Qué vieron aquellos ojos que hizo que el cuerpo de Titus se estremeciera? Mientras miraba la losa a la luz de la vela, descubrió que se movía.

    Titus saltó hacia atrás y, manteniendo la vela en alto, miró desesperado a su alrededor buscando algo que pudiera utilizar como arma. Sus ojos volvieron a la piedra, que ahora estaba un par de centímetros por encima del suelo.

    Desde donde estaba, en el centro de la celda, no podía ver que la losa estaba sostenida por unas manos que temblaban bajo su peso. Lo único que veía era una porción del suelo que se levantaba con una lenta determinación.

    Despertar y descubrir que estaba en la cárcel, aquel sonido en la oscuridad, verse enfrentado a algo fantasmagórico... una piedra aparentemente viva que se elevaba secretamente para comprobar las bóvedas supinas... todo esto, unido a la profundidad de su añoranza..., ¿a qué podía llevar sino a la ligereza de la mente? Pero esta ligereza, aunque trajo consigo una especie de risa histérica, no impidió que Titus viera en la silla a medio pintar una posible arma. Así que la aferró, sin apartar los ojos de la losa, y trató de hacerla pedazos, así y asá, hasta que consiguió separar de aquel esqueleto una de las patas delanteras. Con ella en la mano se puso a reír en silencio y se acercó cautelosamente a su enemigo, la piedra.

    Pero mientras se acercaba, bajo la losa, que ahora estaba unos diez centímetros por encima del suelo, vio dos muñecas grises.

    Las muñecas temblaban por el peso y, mientras Titus no dejaba de mirar, especulando, con los ojos muy abiertos, vio que la gruesa losa empezaba a ladearse y a apoyarse sobre la losa contigua hasta que, poco a poco, todo el peso quedó sobre ésta y en el suelo, un agujero cuadrado.

    Las gruesas manos cenicientas se retiraron, llevándose con ellas los dedos... pero un instante después algo apareció en su lugar. Y fue la cabeza de un hombre.


    TREINTA Y SEIS


    Poco sabía este levantador de losas que su cabeza era la de un dios maltrecho, ni que, con semejante aspecto, al hablar miraba su propia grandeza, pues no podía haber una voz lo bas-tante tremenda para un rostro como aquél.

    —No te asustes —gimoteó, y su voz era blanda como la masa del pan—. Todo va bien; todo es maravilloso; todo es como debe ser. Acéptame. Es lo único que te pido. Acéptame. Me llaman «Viejo Crimen». Seguro que harán algún chiste. ¡Estos chicos! Ja ja. Que haya llegado a ti a través de un agujero en el suelo no significa nada. Deja la pata de esa silla, amigo.
    — ¿Qué quieres?
    —Escúchale —replicó la voz blanda—. « ¿Qué quieres?», dice. No quiero nada, querido niño. Sólo tu amistad. Una dulce amistad. Por eso he venido a verte. Para iniciarte. Hay que ayudar al desamparado, ¿no? Ofrecerle un bálsamo y curar sus heridas.
    —Pues ojalá me hubieras dejado tranquilo —dijo Titus enfurecido—. Puedes guardarte tu bálsamo.
    — ¿Te parece bonito? —le recriminó Viejo Crimen—. ¿Tú lo ves normal? Pero lo entiendo. No estás acostumbrado, ¿verdad? Se necesita tiempo para aprender a amar el panal.

    Titus comtempló la cabeza leonina.

    La voz le había arrebatado toda su grandeza, y Titus dejó la pata de la silla sobre la mesa, a mano.

    — ¿El panal? ¿Qué es eso? —dijo Titus al cabo. El hombre lo miraba fijamente.
    —Querido muchacho, es el nombre que nosotros damos a lo que algunos llamarían prisión. Pero nosotros lo conocemos. Para nosotros es un mundo dentro de otro mundo... Si lo sabré yo, ¿no te parece? Llevo aquí toda la vida... o casi. Los primeros años viví rodeado de lujos. Había pieles de tigre sobre los suelos perfumados de madera de nuestras casas, vajilla y cubertería de oro. El dinero era como las arenas del mar. Pues procedo de un importante linaje. Seguramente habrás oído hablar de nosotros. Somos la familia más antigua del mundo... somos los primeros. —Se apartó un poco del agujero—. ¿Crees que, porque estoy aquí, en el panal, me pierdo algo? ¿Crees que estoy celoso de mi familia? ¿Crees que añoro los platos dorados y las pieles de tigre? ¡No! ¡Ni los reflejos del suelo pulido! He encontrado otros lujos aquí. Y es mi alegría. Estar prisionero en el panal. Así que, mi querido niño, no te asustes. He venido a decirte que tienes un amigo ahí abajo. Siempre puedes llamarme dando unos golpecitos. Contarme tus pensamientos con unos golpecitos. Tus alegrías y tus penas. Tu amor. Envejeceremos juntos.

    Titus volvió la cara agriamente. ¿Qué quería decir aquella criatura vil y despreciable?

    — ¡Déjame en paz! —gritó—. ¡Déjame en paz!

    El hombre de la celda de abajo lo miró fijamente. Y entonces se puso a temblar.

    —Antes ésta era mi celda —dijo—. Hace muchos, muchos años. Yo era un creador de fuegos. Un «pirómano», como dirían ellos. Yo amaba el fuego. Las llamas lo compensan todo. «Traedme ratones y ratas. Traedme mi cuchillo. Traedme a los nuevos.»

    Dio un paso hacia Titus quien, a su vez, se acercó un paso a la pata de la silla.

    —Es una buena celda. En otro tiempo fue mía —gimoteó Viejo Crimen—. La aproveché bien, de verdad. Aprendí a conocer su naturaleza. Me dio mucha pena tener que dejarla. Esa ventana es la mejor de toda la cárcel: Pero ¿a quién le importa eso ahora? ¿Dónde han ido a parar mis frescos? Mis frescos amarillos. Mis dibujos, vaya. Dibujos de hadas. Ahora los han cubierto y no queda nada de mi trabajo. Ni rastro.

    Levantó su orgullosa cabeza y, de no ser por lo escaso de sus piernas, hubiera podido pasar por Isaías.

    —Deja la pata de esa silla en la mesa, chico. Olvídate. Cómete tus migajas.

    Titus miró al viejo presidiario y la escarpada grandeza de aquel rostro que lo miraba.

    —Has venido al lugar indicado —siguió diciendo Viejo Crimen—. Lejos de esa cosa tan sucia que se llama vida. Únete a nosotros, chico. Serías una baza. Mis amigos son únicos. Envejece con nosotros.
    —Hablas demasiado —repuso Titus.

    El hombre de abajo estiró sus fuertes brazos lentamente. Su mano derecha se cerró sobre los bíceps de Titus y, conforme apretaba, Titus percibió una fuerza maligna, la sensación de que el poder de Viejo Crimen era ilimitado y que, de haber querido, hubiera podido arrancarle el brazo sin esfuerzo.

    Pero lo que pasó es que de un tirón atrajo a Titus a su lado y, muy por detrás de la falsa nobleza de su semblante, Titus vio arder dos pequeños fuegos que no serían mayores que cabezas de alfiler.

    —Quería hacer tantas cosas por ti... —dijo el hombre de abajo—. Quería presentarte a mis colegas. Quería enseñarte todas las vías de escape... si te interesaba... quería hablarte de mi poesía y de dónde encontrar rameras. Después de todo no hay necesidad de ponerse enfermo, ¿verdad? Eso no estaría nada bien. Pero dices que hablo demasiado, así que haré algo muy distinto y te partiré el cráneo como si fuera la cáscara de un huevo.

    En un visto y no visto, el hombre soltó a Titus, retrocedió y, levantando la mesa sobre su cabeza, se la arrojó con todas sus fuerzas. Pero a pesar de su rapidez, ya era tarde. En cuanto Titus vio que echaba mano de la mesa, saltó a un lado, y el pesado mueble se estrelló contra la pared.

    Al volverse de nuevo hacia aquella criatura musculosa y de pecho imponente, Titus se sorprendió, porque oyó que sollozaba. Su adversario estaba de rodillas, con su inmenso rostro arcaico enterrado entre las manos.

    Sin sabe qué hacer, Titus volvió a encender una de las velas que antes estaban sobre la mesa y se sentó sobre el catre, el único mueble de la celda que no estaba destrozado.

    — ¿Por qué has tenido que decirlo? ¿Por qué? ¿Por qué? —decía el hombre sollozando.

    «Oh, Dios —dijo Titus para sus adentros—, ¿qué he hecho?»

    — ¿Así que hablo demasiado? Oh, Señor, hablo demasiado.

    Una sombra cruzó el rostro de Viejo Crimen. Y en ese mismo momento oyeron el pesado sonido de unos pies del otro lado de la puerta, tintineo de llaves y luego una que giraba en la cerradura. Viejo Crimen se puso en movimiento al punto y, para cuando la puerta empezó a abrirse, ya había desaparecido por el agujero del suelo.

    Sin saber apenas qué hacía, Titus arrastró el catre, lo dejó sobre el agujero y se tumbó justo en el momento en que la puerta se abría.

    Un guarda entró con una antorcha. Iluminó la habitación con ella, deteniéndola un momento sobre la mesa rota, la silla rota, y el joven supuestamente dormido.

    Cuatro zancadas lo llevaron junto a Titus, a quien obligó a incorporarse para volver a tumbarlo con un brutal golpe en la cabeza.

    — ¿Es que no puedes esperar a la mañana, chucho sarnoso? —gritó el guarda—. ¡Ya te enseñaré yo a controlar el mal genio! ¡Ya te enseñaré a romper cosas! —Miró a Titus con expresión furiosa—. ¿Con quién estabas hablando? —exclamó, pero Titus, que estaba medio atontado por el golpe, difícilmente podía contestar.

    Cuando despertó de madrugada, pensó que todo había sido un sueño. Pero el sueño parecía tan vivido que bajó de la cama y se puso a escudriñar el suelo en la penumbra.

    No había sido ningún sueño; ahí estaba la pesada losa. Así que la movió centímetro a centímetro hasta que la devolvió a su sitio. Pero justo antes de que el agujero quedara por fin cerrado, Titus oyó la voz del anciano desde allá abajo, blanda como unas gachas.

    —Envejece conmigo... —decía la voz—. Envejece conmigo.


    TREINTA Y SIETE


    Una tenue luz ardía sobre la cabeza de su señoría. En el interior del juzgado se oía a alguien sacando punta a un lápiz. Una silla crujió y Titus, que estaba de pie en el banco de los acusados, palmeó las manos, porque era una mañana espantosamente fría.

    — ¿Quién está aplaudiendo? —preguntó el magistrado, saliendo de su ensoñación—. ¿He dicho algo profundo?
    —No, en absoluto, señoría —respondió el secretario del tribunal, un hombre grande con la cara picada por la viruela—. Es decir, su señoría no ha hecho ningún comentario.
    —El silencio puede ser muy profundo, señor Droguen. Mucho.
    —Sí, señoría.
    —Entonces ¿qué ha sido eso?
    —Ha sido el muchacho, señoría. Está dando palmadas para calentarse las manos, supongo.
    —Oh, claro. El muchacho. ¿Qué muchacho? ¿Dónde está?
    —En el banco de los acusados, señoría.

    El magistrado, frunciendo el ceño ligeramente, se echó la peluca a un lado y luego volvió a ponerla en su sitio.

    —Me parece que su cara me suena —tanteó.
    —Y así es, señoría —confirmó el señor Droguen—. Este prisionero ha estado ante vos en varias ocasiones.
    —Eso lo explica todo —dijo el magistrado—. Y ¿qué ha hecho esta vez?
    —Si me permite recordárselo, señoría —comentó el secretario grande y con la cara picada por la viruela, no sin una nota de malhumor en su voz—, ha tratado su caso esta misma ma-ñana.
    —Sí, es verdad. Ahora me acuerdo. Siempre he tenido una excelente memoria. Imagine un magistrado sin memoria.
    —Me lo estoy imaginando, señoría —ironizó el señor Droguen al tiempo que, con ademán irritado, pasaba unos papeles sin relevancia.
    —Vagancia, ¿no era eso, señor Droguen?
    —Sí, eso era —dijo el secretario—. Vagancia, daños y violación de la propiedad.

    Volvió su rostro grande y macilento hacia Titus y levantó la comisura del labio superior, enseñando los dientes como un perro. Y entonces, como si actuaran por propia voluntad, sus manos se hundieron en las profundidades de los bolsillos de sus pantalones como dos zorros que desaparecen de pronto en su guarida. El tintineo amortiguado de monedas y llaves dio la impresión momentánea de que había algo juguetón en el señor Droguen, algo de playboy. Pero esta impresión se desvaneció de inmediato. No había nada en las facciones graves y sombrías de aquel hombre, ni en su postura o en su voz que pudiera corroborar esta idea. Sólo el tintineo de las monedas.

    Pero aquel sonido, si bien amortiguado, le recordó a Titus algo semi olvidado, una música terrible y sin embargo íntima; de un frío reino; de cerrojos y corredores de losas; de intrin-cadas verjas de hierro corroído; de pedernales, viseras y picos de pájaros.

    —Vagancia, daños y violación de la propiedad —repitió el magistrado—, sí, sí, lo recuerdo. Cayó desde el tejado de alguien. ¿No era eso?
    —Exactamente, señor —confirmó el secretario del tribunal.
    — ¿Sin medio conocido de subsistencia?
    —Eso es, señoría.
    — ¿Sin techo?
    —Sí y no, señoría —dijo el secretario del tribunal—. Él habla de...
    —Sí, sí, sí, sí. Ya lo recuerdo. Un caso difícil, un joven difícil... Recuerdo que había empezado a cansarme de su oscuridad.

    El magistrado se inclinó hacia adelante apoyándose en los codos y descansó el mentón alargado y huesudo sobre los nudillos de sus manos cruzadas.

    —Es la cuarta vez que te tengo ante mí y, por lo que puedo ver, todo este asunto no ha sido más que una pérdida de tiempo para el tribunal y un engorro para mí mismo. Tus respuestas, cuando las hay, han sido absurdas, abstrusas o fantásticas. No puedo permitir que esto continúe. Tu juventud no es excusa. ¿Te gustan los sellos?
    — ¿Los sellos, señoría?
    — ¿Los coleccionas?
    —No.
    —Es una pena. Tengo una rara colección que se está pudriendo. Ahora escúchame. Ya has pasado una semana en la cárcel... pero lo que me preocupa no es el hecho de que seas un vagabundo. Es una actividad honrada, aunque punible. Lo que me preocupa es que seas una persona obtusa, sin raíces. Parece ser que conoces algo que nosotros desconocemos. Tu forma de comportarte es extraña, tus palabras no tienen sentido. Te lo volveré a preguntar: ¿qué es eso de Gormenghast? ¿Qué significa?

    Titus volvió el rostro hacia el estrado. Si había un hombre en quien podía confiar era aquel magistrado. Anciano, arrugado como una tortuga, con unos ojos puros como cristal gris. Pero Titus no contestó, y se limitó a restregarse la frente con la manga de la chaqueta.

    — ¿Has oído la pregunta de su señoría? —dijo una voz junto a él. Era el señor Droguen.
    —No sé qué ha querido decir con esa pregunta —repuso Titus—. Ya puestos podía preguntarme qué es mi mano. ¿Qué significa? —Y la levantó con los dedos extendidos como una estrella de mar—. O mi pierna. —Y, apoyándose sobre una pierna, se puso a sacudir la otra como si estuviera suelta—. Perdonadme, señoría, no os entiendo.
    —Es un lugar, señoría —recordó el secretario del tribunal—. El prisionero ha insistido en que es un lugar.
    —Sí, sí —dijo el magistrado—. Pero ¿dónde está? ¿Está al norte, sur, este u oeste? Ayúdame para que pueda ayudarte, muchacho. Me imagino que no quieres pasarte el resto de tu vida durmiendo en tejados de ciudades extranjeras. ¿Qué te pasa, chico? ¿Qué problema tienes?

    Un rayo de luz se coló por una alta ventana del juzgado y tocó la corta nuca del señor Droguen como si estuviera revelando algo con un significado místico. El secretario echó la cabeza atrás y la luz se desplazó a su oreja. Titus la observó mientras hablaba.

    —Señor, os lo diría si lo supiera —declaró—. Lo único que sé es que me he perdido. No es que quiera volver a mi casa... que no quiero; sino que, si quisiera hacerlo, no podría. Tampoco es que haya viajado muy lejos; he perdido la orientación, señoría.
    — ¿Huíste, muchacho?
    —A caballo —dijo Titus.
    — ¿De... Gormenghast?
    —Sí, señoría.
    — ¿Dejando a tu madre...?
    —Sí.
    — ¿Y a tu padre...?
    —No, a mi padre no.
    —Ah... ¿está muerto, muchacho?
    —Sí, señoría. Se lo comieron los búhos.

    El magistrado enarcó una ceja y se puso a escribir en un papel.


    TREINTA Y OCHO


    Esa nota, destinada evidentemente a algún personaje importante, seguramente alguno de los responsables del manicomio local o el hogar para jóvenes delincuentes..., esa nota no llegó a cumplir su cometido y, tras caer al suelo y ser pisoteada, fue recuperada y pasada de mano en mano hasta que descansó por un rato en la zarpa arrugada de un tonto que, después de intentar leerla, la convirtió en un avión y la mandó volando entre las sombras hasta un lugar menos lóbrego de la sala.

    Algo más atrás había una figura casi perdida en las sombras. En el bolsillo llevaba una salamandra hecha un ovillo.

    Este hombre tenía los ojos cerrados y la nariz apuntaba al techo como un enorme timón.

    A su izquierda se encontraba la señora Yerbas, con un sombrero que parecía una col amarilla. En diversas ocasiones había intentado susurrar algo al oído de Trampamorro, pero no obtuvo respuesta.

    Algo más allá, a la izquierda de estos dos, se hallaban sentados media docena de hombres fuertes, fornidos y erguidos. Habían seguido las vistas con una rigurosa atención, aunque algo ceñudos. En su opinión, el magistrado estaba siendo demasiado indulgente. Después de todo, el joven que estaba en el banco de los acusados había demostrado que no era un caballero. No había más que ver sus ropas. Aparte de esto, la forma en que había irrumpido en la fiesta de la señora Cúspide-Canino era imperdonable.

    La señora Cúspide-Canino estaba sentada con la barbilla apoyada levemente sobre su pequeño índice. Su sombrero, a diferencia de la col creación de la señora Yerbas, era negro como la noche, casi como el nido de un cuervo. Desde debajo de la multiforme ala de ramitas, su rostro menudo se veía blanco como un champiñón, salvo por la pequeña herida roja de la boca. Su cabeza permanecía inmóvil, pero los pequeños botones negros de sus ojos miraban aquí y allá a fin de no perderse nada.

    Desde luego, pocas cosas escapaban a su vista cuando estaba presente, y ella fue la primera que vio salir el avión de la penumbra del fondo de la sala y trazar un ocioso semicírculo. El magistrado, cuyos párpados caían pesadamente sobre sus inocentes globos oculares, empezó a escurrirse hacia adelante en su alto asiento hasta que quedó en una posición que recordaba la de Trampamorro al volante de su vehículo. Pero ahí se acababa todo el parecido, pues el hecho de que en aquel momento los dos hubieran cerrado los ojos no significaba nada. Lo importante es que el magistrado estaba medio dormido, mientras que Trampamorro estaba completamente despierto.

    A pesar de su aparente sopor, Trampamorro había notado que en un rincón, medio ocultas tras un pilar, había dos figuras sentadas, inmóviles y erguidas; con una extraordinaria elasticidad de articulación; una imperceptible vibración de la columna. Estaban tan tiesas que resultaba antinatural. No se movían. Incluso las plumas de sus yelmos estaban inmóviles y eran en todos los sentidos idénticas.

    Él, Trampamorro, también había reparado en el inspector Filomargo (una agradable alternativa a los dos altos enigmas), pues no podía haber nada más terreno que el inspector, quien no creía en nada con tanto fervor como en su trabajo de sabueso, el rastro y el cartílago; la dureza de su oficio. En su cabeza siempre había una presa. Fea o bonita, pero una presa. La moral no tenía nada que ver. Era un cazador, nada más. Su mentón agresivo se proyectaba desafiante. Su robusta constitución tenía un algo de intrepidez.

    Trampamorro lo observó con los ojos entornados, los párpados separados apenas por un tenue hilo. No había en la sala muchas personas a quienes no estuviera observando. De hecho, sólo había una. Estaba sentada muy quieta, sin que la vieran, a la sombra de una columna, y contemplaba a Titus en su banco, con la figura del magistrado cerniéndose sobre él como una nube. El rostro olvidadizo del hombre era casi invisible, pero la coronilla de su peluca estaba iluminada por la lámpara que tenía por encima de la cabeza. Sin dejar de mi-rar, Juno frunció el ceño, y ese gesto fue una expresión de bondad, como la sonrisa cálida y burlona que solía tener en los labios.


    TREINTA Y NUEVE


    ¿Qué había en aquel mozalbete del banco de los acusados? ¿Por qué la conmovía de aquella forma? ¿Por qué temía por él? «Mi padre está muerto —había contestado—. Se lo comieron los búhos.»

    Un grupo de ancianos, con las piernas y los brazos apoyados sobre los respaldos y los reposabrazos de asientos que parecían bancos de iglesia, estaban alborotando. El secretario del tribunal les había llamado al orden en varias ocasiones, pero la edad les había hecho insensibles a las reconvenciones, y sus viejas mandíbulas se movían sin descanso.

    En aquel momento el avión de papel describió una curva en el aire y empezó a descender, y he ahí que la figura central del grupo de ancianos —el mismísimo poeta— se levantó de un salto y exclamó « ¡Armagedón!» con una voz tan fuerte que el magistrado abrió los ojos.

    — ¿Qué es eso? —musitó, cuando el avión pasaba ante su campo de visión.

    No hubo respuesta, porque en ese momento se puso a llover. Al principio no era más que un suave repiqueteo; pero luego la lluvia arreció, convirtiéndose en una palpitación acuática y, finalmente, aflojó de nuevo y se convirtió en un siseo continuo.

    Y este siseo llenaba la sala del tribunal. Hasta las piedras siseaban y, con la lluvia, llegó una oscuridad prematura que acentuó la lobreguez de la sala.

    — ¡Más velas! —exclamó alguien—. Más linternas. Teas y antorchas, electricidad, gas, luciérnagas.

    Para entonces era imposible reconocer a nadie, salvo por la silueta, pues las luces que iban apareciendo eran succionadas por el efecto arrollador de la oscuridad.

    Llegados a este punto, alguien bajó una pequeña palanca de emergencia al fondo de la sala, y el lugar en pleno se sacudió en un espasmo de luminosidad desnuda.

    Por unos momentos, el magistrado, el secretario del tribunal, los testigos, el público, todos quedaron cegados. Montones de párpados se cerraron; montones de pupilas empezaron a contraerse. Todo quedó transformado excepto el rugido de la lluvia sobre el tejado. Y, mientras que este ruido hacía imposible oír nada, cada detalle había cobrado importancia para el ojo.

    No quedaba ningún misterio; todo estaba al descubierto. El magistrado nunca había estado bajo una luz tan atroz. La esencia de su vocación era el distanciamiento. Pero ¿cómo podía parecer distante bajo aquella luz dura y despiadada que lo delataba como un hombre normal? Él era un símbolo. Era la ley. Era la justicia. Era la peluca que llevaba en la cabeza. Cuando dicha peluca desaparecía, él también. Volvía a ser un pequeño hombre entre hombres pequeños. Un hombrecillo con la mirada blanda; sus ojos azules y candidos le daban un aire de magnanimidad cuando estaba en el tribunal; pero se volvían irritantemente débiles y vacíos en cuanto se quitaba la peluca y volvía a su casa. Y ahora aquella luz antinatural caía sobre su persona, fría e implacable: la clase de luz bajo la que se cometen las malas acciones.

    Con aquella fiera luminosidad en el rostro, no le resultó difícil imaginar que él era el acusado. Abrió la boca para hablar, pero no se oyó nada, porque la lluvia caía con violencia contra el tejado.

    Ahora que sus voces habían quedado sofocadas, el corrillo de ancianos se había ocultado bajo sus caparazones, volviendo sus viejos rostros de tortuga para evitar la violencia de la luz.

    Siguiendo la mirada de Titus, Trampamorro vio que observaba a los hombres de los yelmos y que éstos, a su vez, observaban al joven, cuyas manos temblaban sobre la baranda del banco de los acusados.

    Uno de los seis ancianos había cogido el avión de papel y lo aplanó con la palma de su mano grande e insensible. Leyó con el ceño fruncido y luego echó un vistazo al joven del ban-quillo. Astillo, el caballero alto y sordo, trataba de leer por encima de su hombro. Su sordera le hizo sorprenderse de la ausencia de conversación en el tribunal. No podía saber que un cielo fosco se estaba volcando sobre el tejado ni que la luz que bañaba los paneles de nogal de la sala coincidía de forma tan incongruente con el sombrío aguacero del mundo exterior.

    Pero podía leer, y lo que leyó le hizo lanzar una mirada a Titus, quien, apartando por fin la mirada de los hombres de los yelmos, vio a Trampamorro. La luz cegadora lo había arrancado de las sombras. ¿Qué estaba haciendo? Una especie de señal. Y entonces vio a Juno y, por un instante, sintió una especie de calidez, de ella y hacia ella. Y vio a Astillo y a Cernícalo. A la señora Yerbas y al poeta.

    Todo parecía terriblemente próximo y vivido. Trampamorro, que parecía medir tres metros, se había llegado al centro de la sala del tribunal y, escogiendo el momento adecuado, liberó al anciano de la nota arrugada.

    Mientras leía, la lluvia se suavizó y, para cuando terminó, como si fuera sólido, el cielo fosco se había desplazado de una sola pieza y pudo oírse que se adentraba en alguna otra región.

    Se hizo un silencio en la sala del tribunal, hasta que una voz anónima gritó:

    —Apagad esa espantosa luz.

    Esta orden imperiosa fue obedecida por alguien igualmente anónimo, y las linternas y las lámparas volvieron a ser ellas mismas: las sombras se extendieron. El magistrado se inclinó hacia adelante.

    — ¿Qué lee, amigo mío? —le preguntó a Trampamorro—. Si el surco que veo entre sus ojos no me engaña, diría que se trata de noticias.
    —Bueno, pues sí, señoría, sí, ciertamente. Malas noticias —dijo Trampamorro.
    —Ese pedazo de papel que tiene en las manos —prosiguió el magistrado— se parece notablemente a una nota que le pasé antes a mi secretario, aunque está arrugado y sucio. ¿Es posible?
    —Lo es —dijo Trampamorro—. Lo es. Pero os equivocáis: él no lo está. No más que yo.
    — ¿No?
    — ¡No!
    — ¿No está qué?
    — ¿No recuerda su señoría lo que escribió?
    —Refrésqueme la memoria.

    Trampamorro, en lugar de leerle el contenido de la nota, se acercó al estrado y le entregó el sucio papel.

    —Esto es lo que escribisteis —dijo—. No conviene que el público lo oiga. Ni el joven acusado.
    — ¿No? —dijo el magistrado.
    —No —repuso Trampamorro.
    —Veamos... veamos... —dijo el magistrado, apretando los labios mientras cogía la nota de manos de Trampamorro y leía para sus adentros.

    Ref. n.° 1721536217

    Mí querido Filby:

    Tengo delante de mí a un joven, un vagabundo, un intruso, un muchacho muy peculiar, procedente de Gorgonblás o un nombre igual de inverosímil y con desuno a ninguna parte. Dice llamarse Titus y a veces Groan, aunque es difícil decir si Groan es su verdadero nombre o es una invención.
    Es evidente que este muchacho sufre de delirios de grandeza y debería ser sometido a un detenido examen... en otras palabras, Filby, viejo amigo, aunque suene algo brusco, el chico está como una cabra. ¿Tienes sitio para él? Por supuesto, no puede pagar nada, pero quizá te sea de interés y hasta puede que te sirva para ese tratado que estás escribiendo. ¿Cómo lo llamabas, «Entre emperadores»?
    ¡Oh, amigo mío, lo que tiene que aguantar un magistrado! A veces me pregunto qué sentido tiene todo esto. El corazón humano es excesivo. Las cosas van demasiado lejos. Adquieren un tinte malsano. Pero prefiero estar en mi posición que en la tuya. Tú estás en el meollo de todo. Le pregunté al muchacho si su padre vivía. «No —me dijo—, se lo comieron los búhos.» ¿Qué deduces de eso? Haré que te lo manden. ¿Cómo va tu neuritis? Hazme saber de ti, viejo amigo.

    Siempre tuyo
    WILLY


    El magistrado levantó la vista y miró al joven.

    —Esto parece resolver el problema —dijo—. Y sin embargo... pareces cuerdo. Me gustaría poder ayudarte. Lo intentaré una vez más, porque tal vez me equivoque.
    — ¿En qué sentido? —dijo Titus; sus ojos estaban clavados en Filomargo, que había cambiado de asiento y ahora estaba muy cerca—. ¿Qué hay de malo en mí, su señoría? ¿Por qué me mira de esa manera? —dijo Titus—. Estoy perdido, nada más.

    El magistrado se inclinó hacia adelante.

    —Dime, Titus... háblame de tu hogar. Nos has hablado de la muerte de tu padre. ¿Qué hay de tu madre?
    —Era una mujer.

    Esta respuesta hizo que la sala prorrumpiera en carcajadas.

    — ¡Silencio! —exclamó el secretario del tribunal.
    —No me gustaría verme obligado a pensar que estás mostrando desacato al tribunal —dijo el magistrado—, pero si esto sigue así, tendré que entregarte al señor Filomargo. ¿Está viva tu madre?
    —Lo está, señoría, a menos que haya muerto.
    — ¿Cuándo la viste por última vez?
    —Hace mucho tiempo.
    — ¿No eras feliz a su lado?... Nos has dicho que huiste de tu hogar.
    —Me gustaría volver a verla —dijo Titus—. No la veía con frecuencia. Era demasiado vasta para mí. Pero no fue de ella de quien huí.
    — ¿Y de qué huiste?
    —De mis deberes.
    — ¿Tus deberes?
    —Sí, señoría.
    — ¿Qué clase de deberes?
    —Mis deberes hereditarios. Ya os lo he dicho. Soy el último de mi linaje. He traicionado a mi familia. He traicionado mi hogar. He huido de Gormenghast como una rata. Dios tenga piedad ¿Qué queréis de mí? ¡Estoy harto de todo esto! ¡Harto de que me sigan! ¿Qué mal he hecho... si no es a mí mismo? Así que no tengo los papeles en regla, ¿verdad? Tampoco mi mente y mi corazón. Algún día yo también acecharé a alguien.

    Titus, aferrándose con fuerza a los lados del banco, se volvió directamente hacia el magistrado.

    — ¿Por qué me han metido en la cárcel como si fuera un criminal, señoría? —susurró—. ¡Yo! ¡Septuagésimo séptimo conde y heredero de un nombre!
    —Gormenghast —musitó el magistrado—. Cuéntanos algo más, muchacho.
    — ¿Qué puedo contaros? Se extiende en todas direcciones. No tiene fin. Y sin embargo ahora me parece que tiene fronteras. La luz del sol y la luz de la luna tocan sus muros, igual que en este país. Hay ratas y mariposas nocturnas... y garzas. Hay campanas que repican. Hay bosques y lagos, y está lleno de gente.
    — ¿Qué clase de gente, querido muchacho?
    —Cada uno tenía dos piernas, señoría, cuando cantaban abrían la boca y cuando lloraban les salía agua de los ojos. Perdonadme, señoría, no pretendo hacerme el gracioso. Pero ¿qué puedo decir? Estoy en una ciudad extraña, en una tierra extraña. Dejad que me vaya. No podría soportar esa cárcel por más tiempo. Gormenghast era una especie de prisión. Gobernada por el ritual. Pero, de pronto, sentí la necesidad de marcharme.
    —Sí, muchacho. Continúa.
    —Hubo una inundación, señoría. Una gran inundación. Y el castillo parecía flotar sobre las aguas. Cuando por fin salió el sol, el lugar chorreaba y brillaba... Tenía un caballo, señoría... clavé mis talones en sus flancos y partí galopando hacia la perdición. Necesitaba saber.
    — ¿Y qué es eso que necesitabas saber, mi joven amigo?
    —Necesitaba saber —contestó Titus— si había algún otro lugar.
    — ¿Otro lugar?
    —Sí.
    — ¿Has escrito a tu madre?
    —Le he escrito. Pero siempre me devuelven las cartas. Dirección desconocida.
    — ¿Y qué dirección es ésa?
    —Sólo tengo una —dijo Titus.
    —Es extraño que hayas recuperado tus cartas.
    — ¿Por qué? —dijo Titus.
    —Porque tu nombre es bastante raro. ¿No es cierto?
    —Es el que tengo.
    — ¿Cuál, Titus Groan, septuagésimo séptimo señor?
    — ¿Por qué no?
    —Es improbable. Estas cosas pertenecen a otra época. ¿Sueñas por la noche? ¿Tienes lapsos de memoria? ¿Eres poeta? O quizá todo esto no sea más que una elaborada broma.
    — ¿Una broma? ¡Oh, por Dios!

    Sus palabras eran tan apasionadas que en la sala se hizo el silencio. Aquélla no era la voz de un bromista. Era la voz de alguien plenamente convencido de su verdad... aquella que guarda en la cabeza.


    CUARENTA


    Trampamorro observó al joven y se preguntó por qué habría sentido el impulso de asistir al juicio. ¿Por qué interesarse en las idas y venidas de aquel joven vagabundo? En ningún mo-mento se le había pasado por la imaginación que estuviera loco, aunque en la sala había algunos convencidos de que el muchacho estaba como una cabra y no habían ido más que para satisfacer una curiosidad morbosa.

    No; Trampamorro asistió porque, si bien nunca lo hubiera reconocido, había acabado por interesarle el destino y el futuro de aquella enigmática criatura que encontró medio ahogada en los escalones que bajaban al río. Y aquel interés le preocupaba, pues sabía que, mientras él estaba allí sentado, su pequeño oso pardo estaría suspirando por verlo, y que todos y cada uno de sus animales estarían mirando entre los barrotes de sus jaulas, curiosos porque apareciera.

    Mientras estos pensamientos cruzaban por su mente, una voz rompió la quietud de la sala solicitando permiso para dirigirse al magistrado.

    Con gesto cansado, su señoría asintió y, al ver quién era la persona que se había dirigido a él, se irguió en su asiento y se puso bien la peluca. Porque se trataba de Juno.

    —Dejad que lo lleve conmigo —dijo, clavando sus ojos elocuentes y devoradores en el rostro de su señoría—. Está solo y resentido. Quizá yo pueda averiguar cuál es la mejor for-ma de ayudarlo. Entretanto, señoría, está hambriento, sucio y cansado.
    —Me opongo, su señoría —protestó el inspector Filomargo—. Lo que dice esta señora es cierto. Pero el muchacho está aquí por una grave violación de la ley. No podemos mostrar-nos sentimentales.
    — ¿Por qué no? —repuso el magistrado—. Sus pecados no son graves.

    Se volvió hacia Juno con una nota casi de entusiasmo en su cansada y vieja voz.

    — ¿Desea hacerse responsable de él ante mí? —le preguntó.
    —Me hago totalmente responsable —dijo Juno.
    — ¿Se mantendrá en contacto conmigo?
    —Desde luego, señoría... pero... hay otra cosa.
    — ¿De qué se trata, señora?
    —La voluntad del joven. No lo llevaré conmigo a menos que él así lo quiera. No podría.

    El magistrado se volvió hacia Titus y estaba a punto de hablar, pero al parecer cambió de opinión. Miró de nuevo a Juno.

    — ¿Está usted casada, señora?
    —No lo estoy —dijo Juno.

    Hubo una pausa antes de que el magistrado volviera a hablar.

    —Joven —dijo—, esta señora se ha ofrecido a actuar como tu guardiana hasta que estés bien... ¿qué dices?

    Todo lo que había de débil en Titus afloró como aceite en la superficie de aguas profundas.

    —Gracias —dijo—. Gracias, señora. Muchas gracias.


    CUARENTA Y UNO


    Al principio ¿qué fue sino una intuición dulce como el distante canto de un pájaro... algo trémulo... la conciencia de que el destino los había unido; de que un nuevo mundo era nacido, recién descubierto? Un mundo, un universo cuyas fronteras no se habían atrevido a traspasar y a cuyos bosques no habían osado aventurarse. Un mundo que podían atisbar, no desde alguna cresta de la imaginación, sino mediante simples palabras, vacías en sí mismas como el aire, y frases huecas y sin color; pero que hacían que sus corazones se aceleraran.

    La suya era una charla insustancial... que evocaba las avenidas inconmensurables de la noche y los verdes claros del mediodía. Cuando decían «Hola» nuevas estrellas aparecían en el firmamento; cuando reían, ese mundo desbocado se moría de risa, aunque ninguno de los dos sabía muy bien qué le había hecho tanta gracia. Era un juego de los fantásticos sentidos, febril, tierno. Se recostaban en el alféizar de la ventana de la hermosa habitación de Juno y durante horas contemplaban las colinas distantes donde árboles y edificios estaban tan cerca, tan unidos, que era imposible saber si era una ciudad en un bosque o un bosque en una ciudad. Se recostaban bajo la luz dorada, felices por poder hablar unas veces, so-lazándose en un milagroso silencio otras.

    ¿Estaba Titus enamorado de su guardiana y ella enamorada de él? ¿Cómo podía ser de otra manera? Antes de que ninguno de los dos tuviera la más remota idea de cómo era el carácter de su amado, a los pocos días, ya se estremecían al sonido de los pasos del otro.

    Pero por la noche, mientras permanecía en vela, ella se maldecía por su edad. Tenía cuarenta años, algo más del doble que Titus. Al lado de otras mujeres de su quinta o incluso más jóvenes, seguía siendo una mujer sin par, con la testa de una guerrera de leyenda... pero cuando Titus estaba con ella no tenía más remedio que reconciliarse con la naturaleza, y sentía un dolor furioso y rebelde en el pecho. Pensaba en Trampamorro y en cómo se la llevó veinte años atrás, y en sus viajes por tierras extrañas; en lo enloquecedor que acabó por resultarle su entusiasmo, en el carácter tan fuerte de los dos, tan obstinado, y lo angustiosos que se volvieron aquellos viajes, porque se estrellaban contra el otro como las olas se es-trellan contra un saliente rocoso.

    Pero con Titus era tan diferente... Titus de ninguna parte... un joven con un algo, con su mundo particular sobre los hombros como si fuera una capa, y de cuyos labios brotaban historias tan extrañas sobre su infancia que la arrastraba hasta los mismísimos confines de aquella tierra de sombras. «Tal vez —pensaba— estoy enamorada de algo tan misterioso y esquivo como un fantasma. Un fantasma que nunca podría sostener contra mi pecho. Algo que siempre se desvanece.»

    Y entonces recordaba lo felices que eran a veces; que cada día se sentaban juntos en el alféizar de la ventana, sin tocarse, saboreando la fruta más rara de todas... la ácida fruta del suspense.

    Pero otras veces lloraba en la oscuridad, mordiéndose los labios... lloraba por la solidez de sus años, pues era ahora cuando hubiera debido ser joven; ahora, de todos los momentos del mundo, con una sabiduría que desperdició en su adolescencia, que dejó arrinconada en la veintena y que ahora estaba ahí, como algo palpable, con cuarenta veranos a su espalda. Cruzaba las manos con fuerza. ¿De qué servía la sabiduría, de qué sirve nada cuando el cervato ha huido del bosquecillo?

    — ¡Dios! —susurraba—. ¿Dónde está la juventud que siento? —Y entonces se le escapaba un suspiro largo y tembloroso y recostaba la cabeza en la almohada y hacía acopio de fuerzas y reía; porque, a su manera, era invencible.

    Se incorporaba sobre un codo, tomando profundas bocanadas del aire de la noche.

    —Me necesita —musitaba en una especie de gruñido dorado—. Yo soy quien debe darle alegría... orientarlo... darle amor. Que la gente diga lo que quiera... él es mi misión. Siempre estaré a su lado. Quizá él no lo sepa, pero estaré ahí. En cuerpo o en espíritu, siempre estaré junto a él cuando me necesite. Mí hijo de Gormenghast. Mi Titus Groan.

    Y entonces, en ese momento, la luz que iluminaba sus facciones se oscurecía y una sombra de duda ocupaba su lugar... porque ¿quién era aquel muchacho? ¿Qué era? ¿Por qué? ¿Qué es lo que tenía? ¿Quién era aquella gente de la que hablaba? Aquel mundo interior, aquellos recuerdos, ¿eran auténticos? ¿Sería un mentiroso... un liante? ¿Una especie de descarriado? ¿O estaría loco? ¡No! ¡No! No podía ser. No debía ser.


    CUARENTA Y DOS


    Habían pasado cuatro meses desde que Titus pusiera por primera vez los pies en casa de Juno. Una luz acuosa llenaba el cielo. Se oían voces en la distancia. Susurro de hojas... una bellota que caía... los ladridos de un perro a lo lejos.

    Juno apoyó su cabeza soberbia y tropical contra la ventana de su sala de estar y contempló las hojas que caían o, para ser más exactos, miraba a través de las hojas, que caían aleteando y girando hasta el suelo, pues su cabeza estaba en otro lugar. Detrás de ella, en la elegante habitación, un fuego ardía en el hogar, proyectando un resplandor rojizo en la mejilla de mármol de un pequeño busto que había en un pedestal.

    Y entonces, de pronto, Titus estaba allí. Una criatura muy distinta del mármol, saludándola desde el jardín de las estatuas, y aquella visión alejó las cavilaciones de su rostro como si le hubieran quitado una telaraña de encima.

    Al advertir este cambio en su aspecto y el movimiento de su maravilloso pecho, el joven Titus sintió que lo asaltaban emociones encontradas. Una punzada de avidez completamente carnal cantó, resonó como una campana; era su escroto que se tensaba; y esta punzada se deslizó por sus ijares y los tejidos inquietos y el tembloroso miembro empezó a quemarle como el hielo. Y sin embargo, al mismo tiempo, había una cierta reserva en él... incluso desconfianza, una perversidad injustificada. Algo que Juno siempre había intuido y que temía más que al fracaso, algo que no podía abarcar con sus brazos.

    Pero había algo en Titus que era incluso peor, una especie de lástima por ella. Una lástima que minaba su amor. Ella se lo había dado todo, y la compadecía por ello. No sabía que eso era algo letal e infinitamente triste.

    Y estaba también el miedo a quedar atrapado en los generosos pliegues de su amor desesperado, fiero y leal.

    Se miraron. Juno, con una increíble ternura, algo que no es fácil asociar con una dama distinguida, y Titus, sintiendo que su lascivia regresaba al mirarla, abrió los brazos en un gesto expansivo, salvaje y bastante falso, melodramático; él lo sabía, y también ella; pero en aquel momento estuvo bien, pues aquella lujuria era real y ésta es una bestia arrogante y altanera que no entiende de sutilezas.

    Con tanta rapidez se sucedían estas sensaciones, la lástima, la avidez física, la repulsa, la excitación y la ternura, que se fundieron en un único impulso irresistible, el deseo de soste-ner todo aquello en los brazos extendidos de Titus y llevar su relación a un punto de ignición. Llevarla a su fin. Aquello era lo más triste. No sintió la necesidad de crear un acto que llevara a la gloria, sino que acabara con ella... de apuñalar el dulce amor hasta matarlo. Librarse de él.

    Nada de esto pasaba por la mente de Titus. Estaba muy lejos, en algún recoveco perdido de su ser. Ahora, los ojos de Juno puestos en él, la sombra de una rama temblando en su pecho, lo importante era el juego inmemorial del amor: un juego para la solemnidad. No menos solemne por lo disparatado. Solemne como un gran cielo verde. Como el bisturí de un cirujano.

    —Así que has vuelto, mi perverso amigo. ¿Dónde has estado?
    —En el infierno —respondió Titus—. Bebiendo sangre y mascando escorpiones.
    —Suena divertido, querido.
    —En realidad no. Se le da al infierno más importancia de la que tiene.
    —Pero ¿has escapado?
    —Cogí un avión. El aparato más estilizado que hayas visto. Un millón de años han pasado junto a nosotros en medio minuto. Rajé el cielo en dos. Y ¿para qué?
    —Bueno... ¿para qué?
    —Para deleitarme en tu compañía.
    — ¿Qué ha sido del avión estilizado?
    —Apreté un botón y se fue volando.
    — ¿Y eso es bueno o malo?
    —ES muy bueno. No queremos que nos observen, ¿verdad? Las máquinas son tan inquisitivas... te veo muy lejos. ¿Puedo subir?
    —Por supuesto. Si no se te van a salir los brazos.
    —No, quédate donde estás. No bajes... ya subo yo. —Con un gesto salvaje y curioso de la cabeza, desapareció del jardín de estatuas y, unos minutos después, Juno oyó sus pasos en la escalera.

    Titus ya no estaba enredado en una maraña de estados de ánimo. Lo que fuera que sucedía en su inconsciente no hizo ningún esfuerzo por aflorar a la superficie. Su mente se ador-meció. Sus sentidos despertaron. Su miembro temblaba como la cuerda de un arpa.

    La vio en cuanto abrió la puerta de la habitación, orgullosa, monumental, relajada; con un codo apoyado en la repisa de la chimenea, una sonrisa en los labios, una ceja levemente enarcada. Los ojos de Titus estaban tan concentrados en ella que no es de extrañar que tropezara con un escabel que había por medio y, al tratar de recuperar el equilibrio, volviera a tropezar y cayera de bruces.

    Antes de que tuviera tiempo de recuperarse, ella se había sentado a su lado en el suelo.

    —Es la segunda vez que caes a mis pies. ¿Te has hecho daño, querido? ¿Es algo simbólico? —preguntó Juno.
    —Debe de serlo —dijo Titus—, sin duda.

    De no haberla conocido Titus tan bien, aquella absurda caída hubiera podido distraerle del poco original propósito que lo impulsaba, pero, al ver a Juno inclinada sobre él, oliendo a paraíso, su pasión, lejos de verse apagada, adoptó un extraño tinte —ridículo y adorable— y la risa se sumó a la ternura que había entre los dos.

    Cuando Juno rió, el proceso se puso en marcha, como los gorjeos de un crío.

    En cuanto a Titus, su risa salió a borbotones.

    Era el tañido a muerto del falso sentimiento, el de cualquier cliché, o del comportamiento reconocido. Era algo que ellos habían inventado. Una nueva palabra compuesta.

    Un espasmo se apoderó de él. Atravesó furtivamente su diafragma y se deslizó por sus entrañas. Subió disparado como un cohete a su garganta, bifurcándose en diversas ra-mificaciones, para luego converger de nuevo, llevándolo a un territorio de casi lunatismo en el que Juno se unió a él. No tenían ni idea de por qué reían, y eso es más impresionante que un mundo entero de audacias.

    Titus, volviéndose con un grito, estiró la mano, se dio cuenta de que la había apoyado en el muslo de Juno y de pronto la risa lo abandonó, y a ella también, así que Juno se puso en pie y cuando Titus se levantó, se abrazaron y fueron hasta la puerta, subieron las escaleras, siguieron un corredor y entraron en una habitación cuyas paredes estaban cubiertas de libros y cuadros bañados por la luz del sol otoñal.

    En aquella remota habitación se respiraba una extraña sensación de paz, con los largos rayos de sol cuajados de motas de polvo. Sin estar desordenada, la biblioteca parecía ex-trañamente informal. Y había en ella la lejanía de un barco en alta mar... una especie de distanciamiento de lo cotidiano, como si no hubiera sido creada por carpinteros y albañiles y fuera una proyección de la mente de Juno.

    — ¿Por qué? —preguntó Titus.
    — ¿Por qué qué, sol mío?
    —Esta habitación inesperada.
    — ¿Te gusta?
    —Por supuesto, pero ¿por qué tanto secreto?
    — ¿Secreto?
    —No sabía que existía.
    —En realidad no existe, no cuando está vacía. Sólo se materializa cuando nosotros estamos en ella.
    —Qué ocurrente, mi amor.
    —Bruto.
    —Sí lo soy, pero no te pongas triste. ¿Quién ha encendido el hogar? Y no me digas que los duendes, ¿vale?
    —Nunca volveré a mencionar a los duendes. Yo lo he encendido.
    —Estás muy segura de mí, ¿verdad?
    —En realidad no. Siento una proximidad. Hay algo que nos une. A pesar de la edad. A pesar de todo.
    —Oh, la edad no importa —dijo Titus cogiéndola de los brazos.
    —Gracias —dijo Juno.

    Una sonrisa amarga brotó de sus labios y se desvaneció. Su cabeza esculpida permaneció. Mientras Juno y Titus se desprendían de sus ropas y, temblando, se tumbaban juntos en el suelo y empezaban a ahogarse, la luz del atardecer fue suavizando los contornos de la adorable habitación.

    La luz del hogar parpadeaba y perdía fuerza; bailaba y se extinguía. Sus cuerpos proyectaron una sombra por la habitación. Y la sombra pululó sobre la alfombra; trepó por una pared de libros y se sacudió con alegría por el solemne techo.


    CUARENTA Y TRES


    Mucho más tarde, cuando la luna ya se había elevado en el cielo y Juno y Titus dormían uno en brazos del otro junto al fuego moribundo, Trampamorro, de humor travieso, al ver que no contestaban cuando llamó a la puerta, se había encaramado a un castaño cuyas altas ramas rozaban la ventana de la biblioteca y, con gran riesgo para su vida, saltó en la oscuridad y aterrizó en el alféizar, aferrándose al marco de la ventana abierta.

    Más por suerte que por pericia, había conseguido mantener el equilibrio y no hacer ruido, salvo por el susurro de las ramas al volver a su sitio y una leve sacudida de la hoja de la guillotina.

    Hacía ya bastante que no veía a Juno. Es cierto que durante unos días, después de la inesperada punzada que sintió en el corazón al verla alejarse por el camino, la había visto varias veces; se había dado cuenta de que no se puede recuperar el pasado, aun queriendo, así que le dio la espalda, igual que se le da la espalda a la juventud.

    ¿Por qué entonces aquella visita a deshoras en plena noche a su antiguo amor? ¿Por qué estaba en aquel alféizar, impidiendo el paso a la luz de la luna y contemplando las ascuas del hogar? Porque necesitaba hablar. Hablar como un torrente. Expresar en palabras el sinfín de extrañas ideas que habían estado pidiendo a gritos que las dejara salir; que encendiera su lengua. Llevaba todo el día deseándolo.

    La mañana, la tarde, el anochecer los había pasado yendo de una jaula a otra en su zoo descomunal.

    Pero, aunque los quería mucho, esa noche no estaba con sus animales. Quería otra cosa. Quería palabras y, en su deseo, mientras el sol se ponía, se dio cuenta de que estaba la ima-gen de la única persona del ancho mundo a los pies de cuyo lecho podía sentarse; bien erguido, con la cabeza muy alta, el mentón hacia delante, el rostro encendido por la secuencia interminable de ideas. ¿Quién, sino Juno?

    Pensaba que había obtenido todo lo que ella podía dar. Habían acabado por cansarse. Sabían demasiado del otro. Pero ahora, de forma inesperada, la necesitaba. Podía hablarle de las estrellas y de los peces del mar. De los demonios y el vello que se encarama al pecho de los serafines, De ropa vieja y enfermedades terribles. De misiles voladores y de los extraños caminos del corazón. De cualquier cosa... podía hablarle de cualquier cosa. Lo importante era hablar.

    Así que Trampamorro, haciendo caso omiso de su antiguo vehículo, escogió entre sus animales una gran llama olorosa; la ensilló, salió a medio galope del patio y se alejó cantando por las colinas en dirección a la casa de Juno.

    No tenía ningún deseo de molestar al resto de habitantes de la casa, pero las piedrecillas que arrojó a la ventana de Juno no recibieron respuesta, y no le quedó más remedio que llamar a la puerta. Tampoco esto dio resultado y, puesto que no tenía intención de entrar por la fuerza o forzar una ventana, decidió encaramarse al castaño cuyas ramas rozaban las ventanas de la segunda planta. Ató la llama al pie del castaño, trepó por él y luego dio el salto.

    Mientras estaba en el alféizar, con una caída de diez metros a sus pies, durante un rato siguió contemplando las ascuas del hogar y luego, finalmente, pasó bajo la hoja de la ven-tana y penetró en la oscuridad de la habitación.

    Había estado antes en ella, varias veces, pero eso fue mucho tiempo atrás y aquella noche le pareció muy distinta. Sabía que el dormitorio de Juno estaba justo debajo, así que se dispuso a dirigirse a la puerta.

    Esbozó una mueca al imaginar su sorpresa cuando lo viera. Su forma de tomarse las sorpresas era maravillosa. Nunca parecía sorprendida. Simplemente parecía contenta de verte... como si te hubiera estado esperando. Muchas veces, al despertar de un sueño profundo, había sorprendido a Trampamorro volviendo la cabeza y sonriéndole con una dul-zura casi insoportable antes siquiera de abrir los ojos. Necesitaba ver aquello otra vez antes de dejar brotar las palabras ardientes.

    Cuando le separaban apenas unos pasos de la puerta, oyó el primer sonido. Con un movimiento reflejo que provenía de tiempos muy lejanos, su mano fue en seguida al bolsillo de la cadera. Pero no había ningún revólver allí y devolvió su mano vacía al costado. Se dio la vuelta y clavó la vista en las últimas ascuas bermellonas de la chimenea.

    No sabía exactamente qué había oído. Quizá había sido un suspiro. O las hojas del árbol de la ventana, aunque el sonido parecía proceder del rincón del hogar.

    Y entonces volvió a oírlo, pero esta vez acompañado de una voz.

    —Cariño... oh, mi amor.

    Las palabras eran tan suaves que, de no haber sido pronunciadas en el profundo silencio de la noche, jamás las hubiera oído.

    Trampamorro, inmóvil en la pieza aparentemente encantada, esperó durante varios minutos, pero no hubo más palabras, ni ningún otro sonido, salvo un largo suspiro, como el susurro del mar.

    Así que avanzó y se desplazó ligeramente a la derecha, y al punto reparó en un tramo de oscuridad más intensa que el resto, y se inclinó hacia adelante con las manos levantadas como si se preparara para entrar en acción.

    ¿Qué clase de criatura podía estar tendida en el suelo y suspirar? ¿Qué clase de monstruo trataba de atraerlo?

    Y entonces algo se movió en la oscuridad cerca de las ascuas mortecinas; luego silencio, no hubo más movimientos.

    La luna se desprendió de las nubes y su luz penetró en la biblioteca, iluminando una pared de libros; cuatro cuadros; un tramo de la alfombra y las cabezas durmientes de Juno y el muchacho.

    Las zancadas lentas y silenciosas hasta la ventana; el salto; el descenso por el castaño, rama a rama, perdiendo pie y magullándose la rodilla; el momento en que tocó el suelo, desató la llama, volvió a casa... todo esto fue un sueño. La realidad estaba en su interior... y era un dolor sordo y oscuro.


    CUARENTA Y CUATRO


    Los días se sucedían en una larga y dulce secuencia de luz y aire. Y cada uno era nuevo. Y sin embargo, detrás de todo esto había otra cosa. Algo ominoso. Juno lo había notado. Su amante estaba inquieto.

    — ¡Titus!

    El nombre voló escaleras arriba hasta donde el joven estaba tumbado.

    — ¡Titus!

    ¿Era un eco o un segundo grito? Fuera lo que fuese, no consiguió despertarlo. No hubo movimiento alguno... salvo en sus sueños, donde la bestia rojiblanca caía de cabeza desde una torre.

    La voz sonó doce pasos más cerca.

    — ¡Titus, mi amor!

    Su párpado se movió, pero el sueño luchaba por mantenerse, y la bestia con la cara de dos colores caía y giraba en un cielo tras otro.

    La voz había llegado al descansillo...

    — ¡Loco mío! ¡Malo! ¿Dónde estás, hijo?

    A través de las cortinas de la habitación, atravesando el aire cálido y oscuro, un haz de rayos solares formó un charco de luz sobre la almohada. Y junto a este charco de luz, en la sombra cenicienta del lino, yacía la cabeza de Titus, igual que hubiera podido hacerlo una piedra, o un pesado libro; inmóvil; indescifrable... un idioma extranjero.

    La voz estaba en la puerta; una nube ocultó el sol; y los rayos desaparecieron de la almohada.

    Pero la voz profunda seguía en su sueño, aunque Titus tenía los ojos abiertos. Mezclada con aquella avalancha de imágenes y sonidos que burbujeaban y se expandían mientras la criatura de su pesadilla, cayendo por fin en un lago de pálidas aguas de lluvia, desaparecía envuelta en un chorro de vapor.

    Y, mientras él se hundía, centímetro a oscuro centímetro, una gran hueste de cabezas, extrañas y al mismo tiempo familiares, salieron de las profundidades y cabecearon sobre el agua... y un centenar de voces extrañas y al mismo tiempo reminiscentes empezaron a llamar sobre las olas hasta que, de horizonte a horizonte, Titus se sintió dominado por una gran turbulencia de visión y sonido.

    Y entonces, de pronto, sus ojos estaban muy abiertos...

    ¿Dónde estaba?

    La vacía oscuridad del muro que tenía delante no le dio ninguna respuesta. Lo tocó con la mano.

    ¿Quién era él? Imposible saberlo. Sus ojos volvieron a cerrarse. Durante unos momentos no hubo ningún tipo de sonido; luego, el ajetreo de un pajarillo entre la hiedra al otro lado de la alta ventana le recordó ese otro mundo que existía fuera de su persona... un mundo ajeno a aquel terrible vacío.

    Cuando se incorporó sobre un codo, mientras su memoria volvía a él en pequeñas oleadas, Titus no podía saber que una figura ocupaba el umbral de la habitación... y no tanto por ta-maño como por la intensidad de su presencia... lo colmaba como una tigresa la entrada de su guarida.

    También ella iba listada como una tigresa: de amarillo y negro; y a causa de las oscuras sombras que había a su espalda, sólo se veían las franjas amarillas, de modo que era como si estuviera cortada en trozos por los tajos horizontales de una espada. Esto la convertía en una suerte de número de magia, «la mujer cercenada», en algo asombroso y extraordinario para la vista. Pero no había quien la viera, porque Titus estaba de espaldas a ella.

    Titus tampoco veía que su sombrero, emplumado y pirático, brotaba de su cabeza con la misma naturalidad con que brotan las verdes frondas de lo alto de una palmera datilera.

    Juno se llevó la mano al pecho. No con nerviosismo, sino con una especie de determinación tensa y tierna.

    Al verlo apoyado sobre el codo, de espaldas a ella, la soledad de Titus la conmovió profundamente. No era bueno que estuviera tan solo; tan contenido; tan poco fundido con la existencia de ella.

    Era una isla rodeada de aguas profundas. No había ningún istmo que llevara a la generosidad de ella; ningún camino que lo comunicara con su continente de amor.

    A veces el aire que flota entre los mortales, por su quietud y su silencio, se convierte en algo tan cruel como el filo de una guadaña.

    — ¡Oh, Titus! ¡Titus, cariño! —exclamó Juno—. ¿En qué piensas?

    Él no volvió la cabeza inmediatamente, aunque al oír su voz supo de forma instantánea dónde estaba. Y supo que estaba siendo observado... que Juno se hallaba muy cerca.

    Cuando por fin se dio la vuelta, ella dio un paso hacia la cama y sonrió con auténtico placer al verle el rostro. Éste no era particularmente llamativo. Ni con las mejores intenciones se hubiera podido decir que su frente o el mentón o la nariz o los pómulos estaban cincelados. No, más bien era como si las formas de su cabeza hubieran sido moldeadas por la acción de muchas mareas, como las irregularidades de una piedra. La juventud y el tiempo estaban unidos indisolublemente.

    Juno sonrió al ver el desarreglo de sus cabellos castaños, las cejas enarcadas y la media sonrisa de sus labios, que no parecían tener más pigmentación que el cálido color arena de su piel.

    Sólo los ojos negaban a la cabeza la absoluta simplicidad del monocromatismo. Eran del color del humo.

    — ¡Vaya horas para estar durmiendo! —dijo Juno, sentándose al borde de la cama.

    Sacó un espejo de su bolso y por un momento enseñó los dientes, mientras examinaba la línea de su labio superior, como si no fuera suyo, sino algo que quizá compraría, o quizá no. Estaba totalmente tenso... en un trazo único de carmín.

    Juno apartó el espejo y estiró sus fuertes brazos. Las franjas amarillas de su vestido destellaban en las sombras del mediodía.

    — ¡Vaya horas para dormir! —repitió—. ¿Tantas ganas tenías de huir, pollito mío? ¿Tan decidido estás a evitarme que te escabulles al piso de arriba y desperdicias una tarde de verano? Pero sabes que en mi casa eres libre de hacer lo que quieras, ¿verdad? De vivir como quieras, donde quieras. Lo sabes, ¿verdad, mi niño mimado?
    —Sí —contestó Titus—. Recuerdo que lo habías dicho.
    —Y lo harás, ¿verdad?
    —Oh, sí —dijo Titus—. Lo haré.
    —Querido, tienes un aspecto tan adorable...

    Titus respiró hondo. Qué suntuosa, que monumental y enorme parecía, allí, sentada junto a él, con aquel maravilloso sombrero que casi parecía tocar el techo. Su aroma estaba sus-pendido en el aire entre los dos. Su blanca mano, suave aunque fuerte, estaba apoyada en la rodilla de él... pero algo iba mal... o se había perdido; porque su mente pensaba en lo imprecisa que se estaba volviendo su respuesta al magnetismo de Juno, y en que algo había cambiado o estaba cambiando con cada día que pasaba y lo único en que podía pensar era lo mucho que deseaba volver a estar solo en aquella gran ciudad llena de árboles del río... solo, para poder deambular sin objeto bajo el sol.


    CUARENTA Y CINCO


    —Eres un joven extraño —dijo Juno—. No acabo de comprenderte. A veces me pregunto por qué me tomo tantas molestias, querido. Pero, por supuesto, en seguida me doy cuenta de que no tengo elección. ¿No es así? Me conmueves tanto, cruel joven. Lo sabes, ¿verdad?

    —Es lo que tú dices... —dijo Titus—, aunque sabe Dios por qué.
    — ¿Bromeas? —dijo Juno—. ¿Estás bromeando otra vez? ¿Tengo que explicarte a qué me refiero?
    —Ahora no, por favor.
    — ¿Te aburro? Si te aburro sólo tienes que decirlo. Dímelo. Y si estás furioso conmigo, no lo ocultes. Grítame. Lo entenderé. Quiero que seas tú mismo... nada más. Así es como mejor te manifiestas. ¡Oh, loco mío! ¡Perverso!

    La pluma de su sombrero se balanceaba en la dorada oscuridad. Los orgullosos ojos negros de Juno se humedecieron.

    —Has hecho mucho por mí —dijo Titus—. No pienses que soy insensible. Pero quizá debería marcharme. Me das demasiado. Me pone enfermo.

    Se hizo un repentino silencio, como si la casa hubiera dejado de respirar.

    — ¿Adónde podrías ir? Tu sitio no está fuera. Eres mío, mi descubrimiento, mi... mi... ¿es que no lo entiendes? Yo te quiero. Sé que tengo el doble de tu... Oh, Titus, te adoro. Eres mi misterio.

    Fuera, del otro lado de la ventana, el sol caía con furia sobre la piedra de color de miel de la alta casa. El muro descendía monótonamente hasta la rápida corriente.

    Por el otro lado estaba el enorme cuadrángulo de ladrillos de color gamba y las espantosas estatuas cubiertas de musgo de atletas desnudos y caballos rotos.

    — ¿Qué puedo decir? —dijo Titus.
    —Por supuesto que no puedes decir nada. Lo entiendo. Hay cosas que no se pueden expresar con palabras. Son demasiado profundas.

    Juno se levantó de la cama y, dándole la espalda, echó atrás su orgullosa cabeza. Tenía los ojos cerrados.

    Algo cayó y golpeó el suelo con un leve sonido. Era el pendiente de su oreja derecha, y ella supo que la causa había sido el orgulloso movimiento de su cabeza. Pero también sabía que no era momento para preocuparse por un detalle tan trivial. Sus ojos permanecieron cerrados y sus fosas nasales, dilatadas.

    Lentamente, cruzó las manos y las llevó bajo el mentón alzado.

    —Titus —dijo, con una voz que era poco más que un susurro, un susurro menos afectado que el que se esperaría de una dama que adopta aquella postura, con las plumas del sombrero rozando los hombros.
    —Sí —dijo Titus—. ¿Qué pasa?
    —Te estoy perdiendo. Te estás evaporando. ¿Qué es lo que he hecho mal?

    Titus se levantó de un salto, le hizo volverse cogiéndola por los codos y quedaron frente a frente en medio del cálido polvo de la alta habitación. Entonces sintió que su corazón se encogía, porque vio que sus mejillas estaban húmedas y, en aquella humedad que descendía por sus mejillas, una mancha de las pestañas se extendió como un hilo, abriendo su corazón ante él.

    — ¡Juno! ¡Juno! Esto es demasiado para mí. No puedo soportarlo.
    —No hay necesidad, Titus... por favor, no me mires.

    Pero Titus, sin hacerle caso, la abrazó con más fuerza. Las mejillas de Juno estaban bañadas en lágrimas. Pero su voz era firme.

    —Déjame, Titus. Prefiero estar sola.
    —Nunca te olvidaré —le dijo él con las manos temblorosas—. Pero debo irme. Nuestro amor es demasiado intenso. Soy un cobarde. No puedo aceptarlo. Soy egoísta, pero no desagradecido. Perdóname, Juno... Dime adiós.

    Pero en cuanto Titus la soltó, Juno le dio la espalda y, acercándose a la ventana, sacó el espejo de su bolso.

    —Adiós —dijo Titus.

    De nuevo no hubo respuesta.

    La sangre le subió al chico a la cabeza y, sin saber apenas qué hacía, salió corriendo de la habitación, bajó las escaleras y salió precipitadamente a una tarde invernal.


    CUARENTA Y SEIS


    Y sucedió así que Titus huyó de Juno. Corrió y corrió por el jardín, por el camino que seguía las márgenes del río. Y mientras lo hacía lo embargaba una sensación de vergüenza y a la vez de liberación. Vergüenza por haber abandonado a su señora a pesar de toda la bondad y el amor que había volcado sobre él; y liberación por encontrarse al fin solo, sin nadie que lo abrumara con sus afectos.

    Pero, al cabo de un rato, la sensación de soledad no le resultó tan grata. Era consciente de que le faltaba algo. Algo que casi había olvidado durante su estancia en la casa de Juno. Y no tenía nada que ver con ella. Era la sensación de que, al dejarla, tenía que afrontar nuevamente el problema de su propia identidad. Él formaba parte de algo más grande que su persona. Era una piedrecilla, pero ¿dónde estaba la montaña de la que se había desprendido? Era la hoja, pero ¿y el árbol? ¿Dónde estaba su hogar? ¿Dónde?

    Sin saber apenas Adónde se dirigía, al cabo de un buen rato se dio cuenta de que se estaba acercando al entramado de calles que rodeaban la casa y el zoo de Trampamorro; pero antes de llegar a aquel tortuoso barrio se apercibió de otra cosa.

    La calle por la que avanzaba era larga y recta, con altas paredes sin ventanas a ambos lados. Las líneas de perspectiva convergían a no muchos grados del horizonte.

    No había nadie allá delante, a pesar de la longitud de la calle, y sin embargo le parecía que ya no estaba solo. Algo se había unido a él. Mientras corría se volvió y, al principio, no vio nada, pues su mirada estaba clavada en la distancia. Y entonces se detuvo de pronto, porque advirtió que había algo flotando a su lado, a la altura de sus hombros.

    Era una esfera, no mayor que el puño cerrado de un niño, hecha de una materia transparente, tan translúcida que sólo era visible según cómo incidía en ella la luz, de modo que parecía que iba y venía.

    Perplejo, Titus se apartó del centro de la calle, hasta que notó la pared norte contra la espalda. Durante unos segundos se quedó apoyado contra ella, sin ver ni rastro de la esfera cristalina, hasta que de repente..., ahí estaba de nuevo, cerniéndose sobre él.

    Esta vez, mientras la observaba, Titus vio que estaba llena de relucientes cables, una filigrana increíble, como escarcha sobre cristal. Y entonces, una nube ocultó el sol y una luz apagada y mortecina se extendió por la calle sin ventanas, y el pequeño globo empezó a despedir de forma intermitente una extraña luz, como una luciérnaga.

    Al principio, Titus no se asustó, estaba asombrado ante aquel globo móvil que había salido de ninguna parte y que seguía o parecía seguir cada uno de sus movimientos; pero entonces el miedo hizo que las piernas le temblaran, pues comprendió que estaba siendo observado, no por el globo en sí, que no era más que un agente, sino por algún remoto informador que en aquel mismo instante estaba recibiendo mensajes. Fue esto lo que convirtió el miedo de Titus en ira, y le hizo echar los brazos hacia atrás como si fuera a golpear aquel objeto esquivo que flotaba como un ave del paraíso.

    En el momento en que Titus levantó la mano, el sol volvió a aparecer y el pequeño globo reluciente, con sus coloridas entrañas de exquisito cable, se desplazó fuera de su alcance y siguió flotando, como un ojo que observaba cada uno de sus movimientos.

    Y entonces, como si estuviera inquieto, girando sobre su eje, fue a toda velocidad hasta el extremo de la calle, donde dio la vuelta inmediatamente para detenerse, de nuevo a metro y medio de Titus. Éste, rescatando la piedra de su bolsillo, se la arrojó a la bola, que se rompió en una cascada de pedacitos relucientes y emitió una especie de suspiro, como si el globo hubiera dejado salir a su fantasma plateado....como si tuviera su propia conciencia, o estuviera en un estadio de perfección tan avanzado que, por unos instantes, había entrado en el mundo de los vivos.

    Dejando aquella cosa rota atrás, Titus echó a correr otra vez, y no se detuvo hasta llegar al patio de Trampamorro.


    CUARENTA Y SIETE


    Mucho antes de ver a Trampamorro, Titus pudo oírlo. Su voz poderosa y ronca hubiera podido romperle el tímpano a un sordomudo. Resonaba por la casa, subiendo a los pisos superiores, volviendo a bajar, entrando y saliendo de las habitaciones casi desiertas y colándose por las ventanas abiertas, de modo que las bestias y las aves levantaban sus cabezas, o las ladeaban como si quisieran saborear el eco.

    Trampamorro estaba tendido cuán largo era en un sofá bajo y miraba por los cristales de una amplia puertaventana de la tercera planta. Desde allí tenía una panorámica ininterrumpida de la larga hilera de jaulas de abajo, donde sus animales yacían adormecidos bajo la pálida luz del sol.

    Aquéllas eran su habitación y su vista favoritas. Junto a él, en el suelo, había libros y botellas. Su pequeño mono estaba sentado en el otro extremo del sofá. Se había liado en una manta y miraba con tristeza a su amo, que unos momentos antes había entonado una lúgubre canción cosecha propia.

    De pronto, el monito se puso en pie de un brinco y empezó a sacudir sus largos brazos de forma extrañamente absurda, porque había oído ruido de pisadas en la escalera, dos pisos más abajo.

    Trampamorro se incorporó sobre un codo y escuchó. Al principio no oía nada, pero entonces también él reconoció el ruido de pisadas.

    Al cabo, la puerta se abrió y un viejo sirviente con barba asomó la cabeza.

    —Bueno, bueno —dijo Trampamorro—. Por las fibras grises del árbol del xadnos, tienes un aspecto espléndido, amigo mío. Tu barba nunca ha parecido más auténtica. ¿Qué quieres?
    —Hay un joven que quiere verlo, señor.
    — ¿De verdad? Qué gusto tan espantosamente malo. Ése sólo puede ser Titus.
    —Sí, soy yo —dijo el aludido, entrando en la habitación—. ¿Puedo pasar?
    —Por supuesto que puedes, dulce acertijo. ¿Debería alzarme sobre mis pies paralíticos? Lo cual, unido a ese traje que llevas, que es como una migraña y la corbata a topos y los zapatos a juego..., ¡qué humillación! Pero, ¡ciertamente, estás elegante como una vara de sauce! Sin duda ha habido unas tijeras haciendo de las suyas con tu persona.
    — ¿Puedo sentarme?
    —Siéntate, por supuesto. Tienes todo el suelo a tu disposición. Eh —musitó Trampamorro, cuando el monito saltó a su hombro—, cuidado con mis ojos, chico, los necesitaré más tar-de. —Y, volviéndose a Titus—: En fin, ¿qué quieres?
    —Hablar —dijo Titus.
    — ¿De qué, muchacho?

    Titus levantó la vista. La cabeza inmensa y escarpada estaba ladeada. La luz que entraba por la ventana la rodeaba de una especie de halo de escarcha, distante y siniestro. A Titus le recordaba la luna, con sus hoyos y sus cráteres. Un territorio de cuero, roca y hueso.

    — ¿De qué, muchacho? —insistió.
    —Para empezar, del miedo que siento —dijo Titus—. Créame, señor, no me ha gustado.
    — ¿De qué hablas?
    —Tengo miedo del globo. Me estuvo siguiendo hasta que lo rompí. Y cuando lo rompí, suspiró. Y olvidé mi piedra. Y sin mi piedra estoy perdido... más perdido que antes. Porque no tengo ninguna otra cosa para demostrar de dónde vengo, o cuál es mi lugar de origen. Esa piedra es una prueba sólo para mí. No demuestra nada, salvo para mí. Y ahora no tengo nada que sostener en mi mano. Nada que me ayude a convencerme de que no fue un sueño. A demostrarme mi propia existencia. Nada que demuestre que usted y yo estamos hablando en esta habitación. Que tengo una voz, o unas manos. ¡Y el globo! ¡Ese globo inteligente! ¿Por qué me seguía? ¿Qué quería? ¿Me estaba espiando? ¿Es fruto de la magia o de la ciencia? ¿Sabrán quién lo ha roto? ¿Me perseguirán?
    —Tómate un brandy —sugirió Trampamorro.
    — ¿Los ha visto, señor Trampamorro? ¿Qué son?
    —Sólo son juguetes, muchacho. Sólo juguetes. Pueden ser tan simples como el sonajero de un bebé o complejos como el cerebro de un hombre. Juguetes, juguetes, juguetes para en-tretenerse. En cuanto al que tú decidiste romper, el número LKZ00572 ARG 39 576 AÍJ9843K2532, he leído sobre él y, si no recuerdo mal, se dice que es casi humano. No del todo, pero casi. Así que «eso» es lo que ha pasado. Has roto algo repugnantemente eficiente. Has blasfemado contra el espíritu de nuestra época. Has destrozado la mismísima vanguardia del progreso. Y, tras cometer ese crimen reaccionario, acudes a mí. ¡A mí! Dadas las circunstancias, permite que mire por la ventana. Nunca está de más ser precavido. Esos globos tienen un origen. En algún lugar hay un joven inventor trabajando en cuerpo y alma en la oscuridad primordial de un cerebro enfermo de sesenta caballos de potencia.
    —Hay algo más, señor Trampamorro.
    —Estoy seguro. De hecho, está todo lo demás.
    —Se burla usted de mí con sus palabras —dijo Titus, dándose la vuelta—. Para mí todo esto es muy serio.
    —Todo es serio o no dependiendo del color del cerebro que se tenga.
    —Mi cerebro es negro —dijo Titus—, si eso es un color.
    — ¿Y bien? Escúpelo. Cuéntamelo todo.
    —He abandonado a Juno.
    — ¿Abandonado?
    —Sí.
    —Tenía que pasar. Es demasiado buena para los hombres.
    —Pensé que me odiaría usted.
    — ¿Odiarte? ¿Por qué?
    —Bueno, señor, ¿no era ella su... su...?
    —Ella era mi todo. Pero, como la maldita criatura que soy, inevitablemente la canjeé por la libertad de mis extremidades. Por una soledad que engullo como si fuera comida. Y, si lo prefieres, por los animales. He errado. ¿Por qué? Porque la añoro y soy demasiado orgulloso para admitirlo. Así que Juno se me escapó como un barco cuando baja la marea.
    —Yo también la amaba —dijo Titus—. No sé si lo creerá.
    —Seguro que la amabas, mi pequeña croqueta. Y sigues amándola. Pero eres joven y quisquilloso; apasionado e insensible; y por eso la has dejado.
    — ¡Oh, Dios! —dijo Titus—. Señor, hable con menos palabras. Estoy harto de palabras.
    —Lo intentaré —dijo Trampamorro—. Pero es difícil romper con los viejos hábitos.
    —Oh, señor, ¿he herido sus sentimientos?

    Trampamorro se dio la vuelta y miró por la ventana. Justo debajo, veía una familia de leopardos a través de los barrotes de un tejado abovedado.

    — ¡Herir mis sentimientos! ¡Ja ja ja ja! Yo soy como un cocodrilo de pie. Yo no tengo sentimientos. En cuanto a ti. Sigue con tu vida. Cómetela. Viaja. Hazlo con tu mente. Con tus pies. Ve a la cárcel vestido con sucias ropas. Saborea la gloria en un coche dorado. Disfruta de la soledad. Esto es sólo una ciudad. No es lugar para hacer un alto. —Trampamorro seguía dándole la espalda—. ¿Y ese castillo del que hablas... ese mito crepuscular? ¿Volverías después de un viaje tan corto? No, debes continuar. Juno es parte de tu viaje. Y yo. Adéntrate más en la corriente. Ante ti se extienden las colinas y sus reflejos. ¡Escucha! ¿Has oído eso?
    — ¿El qué?

    Trampamorro no se molestó en contestar. Se incorporó sobre un codo y miró por la ventana.

    A lo lejos, hacia el este, vio una columna de científicos que avanzaba hacia su casa. Casi al mismo tiempo, las bestias del zoo empezaron a levantar sus cabezas y miraron todas en la misma dirección.

    — ¿Qué pasa? —preguntó Titus.

    Trampamorro siguió sin hacerle caso, pero esta vez Titus no esperó su respuesta. Se acercó a la ventana y contempló el panorama junto a Trampamorro.

    Y entonces oyeron la música: el sonido de trompetas que parecían venir de otro mundo; el distante retumbar de los tambores y luego, haciendo añicos la distancia, el rugido des-camado e inmoderado de un león.

    —Vienen a por nosotros —dijo Trampamorro—. Nos buscan.
    — ¿Por qué? —preguntó Titus—. ¿Qué he hecho?
    —Acabas de destruir un milagro. Quién sabe las posibilidades que ofrecía ese globo. Cabeza de chorlito, una cosa como ésa hubiera podido aniquilar a medio mundo. Y ahora tendrán que volver a empezar. Te estaban observando. Te vigilaban. Quizá encontraron tu piedra. Quizá nos han visto juntos. Quizá esto... quizá lo otro. Una cosa está clara: tienes que desaparecer. Ven aquí.

    Titus frunció el ceño y luego se puso muy erguido. Dio unos pasos hacia el hombretón.

    — ¿Has oído hablar del Subrío? —le preguntó Trampamorro.

    Titus negó con la cabeza.

    —Esta insignia te ayudará a llegar hasta allí. —Trampamorro se dobló el puño de la camisa y arrancó un pedazo del forro. En aquella pequeña insignia de tela había una señal impresa.





    — ¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Titus.
    —Calla. No hay tiempo. Los tambores se oyen el doble de fuerte. Escucha.
    —Los oigo. ¿Qué quieren? ¿Qué pasa con sus...?
    — ¿Mis animales? Que se atrevan a tocarlos. Soltaré al gorila albino en el césped. Guarda la insignia, amigo mío. No la pierdas. Te ayudará a llegar abajo.
    — ¿Abajo?
    —Abajo. Abajo, a un orden de oscuridad. No pierdas más tiempo.
    —No lo entiendo —dijo Titus.
    —No es momento para entender nada. Es hora de correr.

    Y entonces, de pronto, un gran griterío de monos inundó la habitación, e incluso Trampamorro, con su garganta estentórea, tuvo que levantar la voz para hacerse oír.

    —Baja por las escaleras a las bodegas. En cuanto llegues al pie de la escalera gira a la izquierda... y ten cuidado con los clavos de la baranda. Vuelve a girar a la izquierda y delante, escasamente iluminado, verás un túnel con techo abovedado y sucias telarañas tupidas como mantas. Síguelo al menos durante una hora. Y ve con ojo. Ten cuidado con el suelo. Está plagado de reliquias de otro tiempo. Ahí abajo hay una quietud en la que no conviene demorarse. Toma, guarda esto en tus bolsillos.

    Trampamorro cruzó la habitación a grandes zancadas y, tras abrir el cajón de un viejo bargueño, sacó un puñado de velas.

    — ¿Dónde estábamos? Ah, sí. Escucha. Para entonces estarás debajo de la ciudad, en el extremo norte, y la oscuridad será muy intensa. Los muros del túnel serán cada vez más bajos. No quedará mucho sitio por encima de tu cabeza. Tendrás que avanzar inclinado. Eso resultará más fácil para ti que para mí. ¿Me estás escuchando? Maldito seas, niño. Esto no es ningún juego.
    —Oh, señor —dijo Titus—, no puedo concentrarme. ¿No oye esas trompetas? ¿No oye a las bestias?
    — ¡Tienes que escucharme a mí! Irás con la vela en alto y ante ti verás una verja. Al pie de ésta hay un plato negro, boca abajo. Levántalo y encontrarás una llave. Puede que no sea la llave que solucione tu miserable vida, pero te permitirá abrir la verja. Cuando la hayas cruzado, delante de ti verás una pendiente estrecha y larga que, yendo a paso normal, se extiende durante cuarenta minutos. Si susurras allí dentro, el mundo susurrará contigo. Si gritas, la tierra reverberará.
    —Oh, señor —dijo Titus—, no se ponga poético. No lo soporto. El zoo se está volviendo loco. Y los científicos... los científicos...
    — ¡Que se vayan al cuerno los científicos! —exclamó Trampamorro—. Ahora escúchame como un zorro. He dicho pendiente. He dicho ecos. Pero hay otra cosa. El sonido del agua...
    —Agua —repitió Titus—. Maldito sea si me ahogo.
    —Serénate de una vez, señor Titus Groan. Inevitablemente, llegarás a un punto en que, de pronto, al doblar una esquina, oirás un ruido por encima, como un trueno lejano, porque estarás debajo del río... el mismo río que te trajo a la ciudad hace meses. Delante se extiende un campo semi iluminado de losas, en cuyo extremo más alejado verás el resplandor de una linterna verde. Esa linterna está colocada sobre una mesa. Sentado a ella, con la luz reflejada en el rostro, verás a un hombre. Enséñale la insignia que te he dado. Él la examinará con una lupa, luego te mirará con un ojo tan amarillo como la cáscara de un limón y silbará a través de un hueco que tiene en los dientes hasta que aparezca un niño trotando entre las sombras y te indique que le sigas hacia el norte.


    CUARENTA Y OCHO


    A pesar del estruendo del agua sobre su cabeza, también había silencio. A pesar de la oscuridad, había jirones de luz. A pesar de la estrechez y la mugre, había también grandes espacios y una profunda sensación de recogimiento.

    Las largas hileras de mesas parecían balsas con patas, o los puestos de un mercadillo, pues había figuras sentadas a esas mesas, con cajones y sacas delante o a los lados o amontona-dos sobre el suelo mojado... restos empapados y patéticos, testimonio de tiempos y lugares pasados. Tiempos en que la burbuja de la esperanza, meciéndose en sus pechos, olvidó o no había oído hablar de la disolución. Tiempos de bravatas. Tiempos dorados o verdes. Tiempos semiolvidados. Tiempos cubiertos de rocío. Y en cambio, allí estaban, a cientos, en sus puestos, esperando, o eso parecía, un momento que nunca llegaba, el momento en que el mercadillo abriera y las campanas repicaran. Pero no había mercancías. No había nada que comprar o vender. Lo que habían dejado atrás era justamente lo que hubieran querido conservar. Aquel lugar también recordaba en parte, a una espantosa sala de hospital, porque, siguiendo los muros que rezumaban agua y se extendían en todas direcciones, había camas y literas de todo tipo, jergones, catres y colchones de paja.

    Pero allí no había doctores, ninguna autoridad: los enfermos eran libres de saltar entre las sombras y elevarse vertiginosamente con su fiebre. Y los que estaban sanos eran libres de pasar el día en la cama, hechos un ovillo como gatos, o estirados, rígidos como hombres con armadura.

    Un mundo de sonido y silencio superpuestos. Un hábitat bajo tierra... bajo el río; un reino de proscritos, fugitivos, fracasados, mendigos, conspiradores; un mundo secreto con un techo que goteaba perpetuamente, de modo que había extensas películas de agua que reflejaban las camas y las mesas, a los habitantes que se apoyaban contra puntales o columnas y que hacía mucho tiempo se habían visto obligados a organizarse en grupos desiguales; parecía como si aquella oscura escena fuera resultado de un seísmo que había hecho aflorar islas de madera y metal. Allí todo se reflejaba en los pálidos espejos de agua. Si una mano se movía, o una cabeza se echaba atrás, o si alguien tropezaba, su reflejo tropezaba con él, o gesticulaba en las profundidades. Y el hecho de que hubiera cientos de lámparas y que muchas de ellas se reflejaran en los «lagos» no contribuía a dar luminosidad, sino que acentuaba la oscuridad. Era una zona tan extensa que necesariamente tenía que haber bolsas de oscuridad que quedaban fuera del alcance de teas o linternas, vastos volúmenes en cuyo interior el aire era denso y negro, y olía a desolación. E incluso en el borde de estas implacables bolsas de oscuridad las velas parpadeaban, parpadeaban y se apagaban…

    Un panorama desolador de mesas, camas y bancos. Estufas y cocinas estrambóticas. Figuras que se movían a varios niveles, con diferentes grados de definición; algunas eran meras siluetas, aceradas como las de los insectos; otras se veían con claridad, recortadas contra la penumbra. Y los «lagos», con su naturaleza cambiante: aquí cubrían hasta el tobillo y dejaban ver los ladrillos baratos y gastados del fondo y entonces, un momento después, a un movimiento de la cabeza, revelaban un mundo tan profundo, una inversión tan meticulosa que podía engullir al ojo que lo observaba y arrastrarlo a su interior.

    Y, por encima, el eterno rugido del río: una voz, un tumulto, una lucha lunática de las aguas, cuya reverberación amortiguada era el trasfondo de todo cuanto sucedía en el Subrío.

    Aquellos que desconocían la extrema pobreza y los actos de degradación a los que conduce; la persecución y los horrores que comporta; los disparatados extremos del amor y el odio; aquellos que desconocían estas cosas no tenían necesidad de soportar un lugar semejante. Era suficiente con que la gran ciudad lo supiera y hubiera oído hablar de él por un eco o un rumor y que guardara un silencio tácito tan terrible como aceptado. Tanto si era por vergüenza o por miedo o por la determinación de no saberlo, o incluso de no creer lo que sabían que era cierto, por el motivo que fuera, era inaudito que aquel lugar ultrajante fuera mencionado por quienes, estando menos desesperados, podían vivir sus vidas en el exterior, en alguna de las dos grandes ciudades que había en cada orilla.

    Y así, a la manera de una pesadilla, para las gentes que habitaban en las márgenes del río, las salas y los túneles de la fría vida que palpitaba bajo las furiosas aguas eran demasiado abe-rrantes como para tomarlos en serio, pero lo bastante espantosos para especular sobre su existencia, descartarla en seguida, volver a especular, descartarla de nuevo y desgarrar así las telarañas que se aferraban a la mente.

    ¿Cuáles eran los pensamientos de aquellos que vivían y dormían en la fortaleza bajo el agua? ¿Estaban aquellos ladrones o poetas destrozados? ¿Estaban aquellos fugitivos afectados por algún estigma? ¿Estaban celosos o asustados del mundo? ¿Cómo se habían congregado todos ellos en aquella región crepuscular? ¿Qué tenían en común para necesitar de la pre-sencia de los demás? Sólo la esperanza. Una esperanza vacilante como una luz en la marisma; como un sol apagado; como una hoja flotante.

    De pronto, muy cerca, el sonido áspero e inesperado de alguien afilando metal surgió en un terrible contraste con el suave plop plop plop del agua que goteaba desde arriba.

    A lo lejos, un furioso sonido se quebró en fragmentos que resonaron un buen rato por las huecas mazmorras.

    Alguien, en algún lugar, estaba ajustando la llama de una linterna y, por un rato, la luz jugó erráticamente en la oscuridad, resaltando grupos escogidos de figuras a diferentes distancias, grupos como montecillos de diferentes alturas, algunos piramidales, otros irregulares, cada uno con una vida y Una forma propias.

    Antes de que la portezuela de la linterna quedara por fin asegurada, el haz de luz se había detenido en un grupo de personas. Durante largo rato éstas habían permanecido en silencio; bajo la luz del color de una magulladura que pendía sobre ellas, arrojando ese resplandor que hace pensar en el crimen. Bajo esa luz, hasta la sonrisa más afable parecía cadavérica.


    CUARENTA Y NUEVE


    El señor Congrejo estaba tumbado en un catre, con la frente arrugada por horas de pensamientos semiinconscientes: su rostro inexpresivo y especulador estaba dirigido al techo oscuro y sin embargo reluciente, donde la humedad se congregaba y colgaba en cuentas que se hinchaban como fruta y caían al suelo cuando estaban maduras.

    ¿Qué veía este hombre entre las sombras por encima de su cabeza? Algunos, en su lugar, hubieran visto batallas, las grandes mandíbulas de carnívoros o paisajes de infinito misterio e invención, con puentes y profundos abismos, bosques y cráteres. Pero Congrejo no veía nada de todo esto. En las sombras él no veía nada salvo perfiles de sí mismo, uno detrás de otro.

    Estaba tumbado en silencio, con los brazos por fuera de la manta gruesa y roja que lo cubría. A su izquierda estaba Tirachina, sentado en el borde de un cajón, con las rodillas bajo el afilado mentón y éste apoyado en las rótulas. Llevaba puesta una gorra de lana y, al igual que el señor Congrejo, llevaba un rato en silencio.

    Al pie de la cama, encorvado como un cóndor junto a sus crías, Rapiño cocinaba, removiendo una especie de masa de espantosa fibra gris en una olla de cuello ancho, silbando entre dientes. El sonido de esta ocupación meditabunda pudo oírse durante uno o dos minutos resonando levemente a lo lejos, hasta que otro centenar de sonidos se levantaron para silenciarlo.

    El señor Congrejo estaba recostado, no en unas almohadas o un soporte de paja, sino en unos libros; y cada tomo era el mismo volumen, con su lomo gris oscuro. A su espalda, amontonados como una pared de ladrillos, estaban los llamados «recordatorios» de una historia épica escrita hacía mucho, olvidada hacía mucho, excepto por su autor, porque la obra de su vida yacía pegada a su espalda.

    De los quinientos ejemplares impresos treinta años atrás por una editorial que había quebrado hacía una eternidad, sólo se habían vendido doce.

    Alrededor de su lecho se elevaban trescientos volúmenes idénticos... como paredes o murallas que lo protegían de... ¿de qué? Y había más debajo de la cama, juntando polvo y lepismas.

    El hombre yacía con su pasado junto a él, sobre el mismo, que también le servía de almohada: su pasado, repetido quinientas veces, cubierto de polvo y lepismas. Su cabeza, como la de Jacob en la famosa piedra, descansaba sobre los volúmenes de aliento perdido. La escalera de su miserable cama se elevaba hacia el cielo. Pero allí no había ángeles.


    CINCUENTA


    — ¿Qué diablos hace? —preguntó Congrejo con voz profunda, mucho más imponente que nada de lo que tuviera que decir—. He visto cosas repugnantes en mi vida, pero la comida que está haciendo es lo más nauseabundo que puedo recordar, señor Rapiño.

    El aludido apenas se molestó en volverse. Aquello formaba parte de la rutina diaria. Hubiera faltado algo si Congrejo se hubiera olvidado de insultar a su amigo encorvado y huesudo, que siguió removiendo el contenido de la olla de latón.

    — ¿A cuántos de nosotros habrá matado usted en su día? —musitó Congrejo, descansando de nuevo la cabeza en la almohada de libros y haciendo que una nube de polvo se levantara hacia la luz, formando nuevos cielos, nuevas constelaciones—. ¿Eh? ¿Eh? ¿A cuántos ha mandado a su lecho de muerte con su desafortunado veneno?

    Incluso Congrejo se cansaba a sí mismo con sus bromas pesadas, así que cerró los ojos. Como de costumbre, Rapiño no contestó. Pero Congrejo estaba satisfecho. Sentía una gran necesidad de compañía, incluso más que la mayoría, y hablaba únicamente para demostrarse a sí mismo que sus amistades eran reales.

    Rapiño lo sabía y de vez en cuando volvía sus facciones aguileñas hacia el viejo poeta y levantaba la seca comisura de sus labios en una sonrisa aburrida. Este árido saludo significa-ba mucho para Congrejo. Formaba parte del día a día.

    —Oh, Rapiño —exclamó la figura yaciente de Congrejo—, su sequedad es como un zumo para mí. Le aprecio más que a las galletas. Usted no tiene emociones frescas. Está seco, ami-go mío; tan seco que me arruga. No me deje nunca, viejo amigo.

    Rapiño volvió los ojos a la cama, pero en ningún momento dejó de remover su caldo gris.

    —Hoy está muy hablador —dijo—. No se exceda.

    El tercer componente de aquel trío, Tirachina, se puso en pie.

    —No sé ustedes —dijo, dirigiéndose al espacio que había entre Rapiño y Congrejo—, pero yo estoy lleno de pesar.
    —Siempre lo está —repuso Congrejo—. A esta hora. Como yo. Nuestro eterno dilema. ¿Es mejor pasar hambre o comer las gachas de Rapiño?
    —No, no, no me refiero a la comida —dijo Tirachina—. Es mucho peor. Verán, yo perdí a mi mujer. La dejé atrás. ¿Hice mal? —Alzó el rostro al techo que goteaba. Nadie contestó—. Cuando huí de las minas despiadadas —dijo cruzando los brazos—. Cuando los días y las noches eran de sal y tenía los labios resecos y agrietados por la sal, y el sabor de ese vil elemento era como un cuchillo en mi boca y una muerte blanca más terrible que cualquier oscuridad del espíritu... cuando... escapé, juré que...
    —Que pasara lo que pasara jamás se quejaría de nada, porque no podía haber nada tan terrible como las minas —acabó por él Congrejo.
    —Vaya, ¿cómo sabe todo eso? ¿Quién ha estado...?
    —Lo hemos oído un montón de veces. Nos lo cuenta con frecuencia —aclaró Rapiño.
    —Lo tengo siempre en la cabeza, y me olvido.
    —Pero huyó. ¿Por qué quejarse de su liberación?
    —Estoy tan contento de que no puedan atraparme. Oh, no dejen que vuelvan a llevarme a las minas de sal. Hubo un tiempo en que coleccionaba huevos; y mariposas... y mariposas nocturnas...
    —Empiezo a tener hambre —anunció Congrejo.
    —Antes me aterraba pasar la noche solo; pero con el tiempo, cuando por diversas razones me vi obligado a abandonar la casa y pasar la noche con otras personas, empecé a ver aque-llas noches solitarias como momentos de exaltación. Siempre ha sido mi deseo volver a estar solo y beber del silencio.
    —Pues a mí no me gustaría estar solo en este sitio —confesó Congrejo.
    —No es un lugar agradable, eso es cierto —convino Tirachina—, pero llevo once años aquí, y es mi único hogar.
    —Hogar —terció Rapiño—. ¿Qué significa esa palabra? La he oído en algún sitio. Espere... ahora me acuerdo... —Había dejado de remover—. Sí, ahora me acuerdo... —Su voz era chillona y quebradiza.
    —Bueno, oigámoslo —dijo Congrejo.
    —Se lo diré —dijo Rapiño—. Hogar es una habitación bañada por la luz de la chimenea; y hay libros y cuadros. Y cuando la lluvia susurra y caen las bellotas, se ve un dibujo de hojas contra las cortinas. Hogar es donde estaba seguro. Hogar es de lo que huí. ¿Quién ha dicho hogar? ¿Quién lo ha dicho?

    Con los labios apretados, Rapiño, que se preciaba de su autocontrol y despreciaba la emotividad, se puso en pie con un brinco furioso de disgusto, tropezó al tratar de marcharse y volcó la sopa gris, que se derramó debajo de la cama de Congrejo.

    Este incidente hizo que dos individuos que pasaban cerca de allí se detuvieran.

    Uno de ellos ladeó la cabeza escorbútica como un pájaro y le dio un codazo a su compañero, con tanto ímpetu que hubiera podido romperle una de las costillas flotantes.

    —Me ha hecho daño —gruñó su camarada.
    — ¡Calle! —dijo su irritante amigo. Volvió la mirada a Congrejo y Tirachina, que tenían una expresión tan ceñuda que parecía que llevaran el nido de un pájaro sobre la frente.

    Tirachina se puso en pie y dio unos pasos hacia los recién llegados. Luego alzó el rostro hacia el techo oscuro.

    —Cuando escapé de las minas de sal —dijo—. Cuando los días y las noches eran de sal y tenía los labios resecos y agrietados por la sal y el sabor de ese vil elemento...
    —Sí, amigo... ya lo sabemos —dijo Congrejo—. Siéntese y estése calladito. Y ahora deje que pregunte a estos dos caballeros si les interesa la literatura.

    El más alto de los dos, un individuo de largas extremidades con el pelo muy corto y un pañuelo del color de la hierba, se puso de puntillas.

    — ¡Interesados! —exclamó—. Prácticamente yo mismo soy literatura. Pero sin duda ya lo sabe. Después de todo, mi familia no carece precisamente de lustre. Como ya sabrá, somos mecenas del arte, y llevamos siéndolo cientos de años. De hecho, dudo que la literatura de nuestro tiempo pudiera llegar a ver la luz sin la inspirada orientación de la familia Zorruz. Piense si no en las grandes obras que jamás la hubieran visto sin el patrocinio de mi abuelo. Piense en las obras de Morzch en general, y sobre todo en su obra maestra, Chis; y piense cómo le ayudó mi madre a salir del caos y encontrar una límpida visión de...
    —Oh, cierre el pico —dijo una voz—. Usted y su familia me ponen enfermo.

    Era Congrejo quien, rodeado por y encajonado entre los cientos de ejemplares no vendidos de su fallida novela, sentía que si alguien tenía que juzgar, no sólo la literatura, sino también todo lo que sucedía entre los sórdidos bastidores, ése era él.

    —Zorruz, desde luego —siguió diciendo—. Usted y su familia no son más que unos buitres del arte.
    —Vaya —dijo Zorruz—. Eso no es muy justo, ¿sabe? No todos podemos ser creativos, pero la familia Zorruz siempre...
    — ¿Quién es su amigo? ¿Él también es un buitre? —dijo Congrejo, interrumpiéndolo—. No importa. Rapiño ha huido. En su día él me ayudó a aplacar la emoción. Pero ahora se desvanece en un mar de sentimiento. Me ha fallado. Necesito un amigo cínico, viejo. Un cínico que me dé estabilidad. Siéntese, por favor. ¿Su amigo también es un Zorruz? Como ve, me he moderado. No puedo tener enemigos, no por mucho tiempo. Pero es que cuando veo mis libros me pongo furioso. Al fin y al cabo, ahí es donde está la sangre de mi corazón. Pero ¿quién los lee? ¡Contésteme a eso!

    Tirachina se puso en pie, como si se hubiera dirigido a él.

    —Dejé atrás a mi esposa —dijo—. En la periferia del casquete polar. ¿Hice bien?

    Y golpeó el suelo mojado de ladrillo con el talón, haciendo saltar un poco de agua.

    Pero como nadie le miraba, perdió fuelle. Se volvió y se dirigió al autor.

    — ¿Sigo yo con el caldo? —preguntó.
    —Sí, si es eso lo que es —dijo Congrejo—. Hágalo. En cuanto a ustedes, caballeros, acompáñennos... coman con nosotros... sufran de un fuerte dolor de estómago con nosotros... y luego, si es necesario, mueran con nosotros como amigos.


    CINCUENTA Y UNO


    En aquel mismo instante, cuando Congrejo estaba a punto de desahogarse... con Rapiño desaparecido... Tirachina pensando en explayarse sobre el tema de las minas de sal, Zorruz pensando en sacarse un afilado cuchillo del cinturón y su amigo a un tris de ponerse a remover lo que quedaba de la pastosa fibra gris de la olla... en ese mismo instante hubo una pausa, un silencio y, en el corazón preñado de ese silencio, pudieron oír otro sonido, el golpeteo apagado de las patas de unos perros.

    El sonido procedía del territorio negro y hueco que se extendía hacia el sur en el panal de celdas de piedra del Subrío; el sonido se hizo más fuerte.

    —Ahí están otra vez —dijo Congrejo—. Qué exquisitos, y no me malinterpretéis.

    Los otros no contestaron, permanecieron inmóviles, esperando a que aparecieran los perros.

    —Se ha hecho más tarde de lo que pensaba —dijo Zorruz—. Oh, miren, miren...

    Pero no había nada que ver. Sólo era una sombra que se había movido y una tenue luz sobre los ladrillos saturados. Los perros aún estaban a una legua o más de distancia.

    ¿Por qué estaban aquellos hombres con las cabezas ladeadas tan impacientes por ver la aparición de los sabuesos? ¿Por qué estaban tan concentrados?

    En el Subrío siempre era así, porque los días y las noches podían ser insoportablemente monótonos; tan largos, tan aburridos que si alguna vez sucedía algo de verdad, incluso cuando ya lo esperaban, la oscuridad parecía momentáneamente traspasada, como si un pensamiento hubiera atravesado un cráneo muerto, y el suceso más trivial adquiría proporciones prodigiosas.

    Pero entonces, mientras otras figuras salían de la penumbra, siete sabuesos llegaron por el sur acercándose con rapidez.

    Eran excepcionalmente delgados, con las costillas muy marcadas, pero no estaban enfermos. Iban con las cabezas bien altas, como para recordar al mundo un orgulloso linaje, y en-señaban los dientes como recordatorio de algo menos noble. Sus lenguas colgaban de un lado de sus bocas. Sus cráneos estaban cincelados. Y jadeaban; con las narices dilatadas, los ojos brillantes. Eran siete, pero ya habían desaparecido, incluso su sonido, y la noche volvió a crecerse.

    ¿Dónde se han metido estos cuadrúpedos de aliento caliente? Han desaparecido en el bosque de columnas. Han llegado a un lago de diez centímetros de profundidad y kilómetro y medio de largo donde sus patas chapotean sobre las aguas poco profundas y sombrías. La espuma los rodea mientras galopan, y forman un grupo tan compacto que parecen una sola criatura.

    En el extremo más alejado de este extenso manto de agua, el suelo se elevaba ligeramente y estaba relativamente seco. Adornando la pendiente iluminada por las luces, había pequeñas comunidades similares al grupo que tenía como centro yaciente a Congrejo. Similares pero no iguales, pues en cada cabeza anidan sueños dispares.

    Y así, velozmente, pasando entre grupos iluminados aquí y allá por las lámparas, de pronto aquel conglomerado canino, sin avisar, dobló la velocidad hasta llegar a una zona donde había más luz de la que es habitual bajo el río. Montones de lámparas colgaban de los enormes pilares, sujetas con ayuda de clavos, o estaban colocadas en algún saliente, y fue bajo uno de estos conos de luz donde los perros se detuvieron y levantaron sus cabezas al techo que goteaba, y aullaron simultáneamente. A esto un hombre alto, con una cabeza minúscula y descarnada como la de un pájaro, salió de la penumbra manchada de luces, con un delantal blanco manchado de sangre, porque portaba siete chuletas de caballo. Cuando se acercó, los perros se estremecieron.

    Pero no les dio la carne en seguida. Levantó aquellas chuletas aún chorreando sangre por encima de su cabeza, donde brillaron con un rojo fantasmagórico, incluso luminoso. Luego, formando un círculo perfecto con la boca, silbó, y en el silencio el eco le respondió. Al cuarto eco, arrojó las chuletas rojas al aire. Uno tras otro los sabuesos saltaron para atrapar su parte, la aferraron entre los dientes y entonces, volviendo sobre sus pasos, echaron a correr con la cabeza muy alta y atravesaron la gran lámina de agua y desaparecieron en la húmeda oscuridad.

    El hombre con cabeza de pájaro se limpió las manos en el delantal y metió los brazos hasta el codo en un barreño de agua tibia. Más allá, siete metros hacia el oeste, había una pared cubierta de helechos malolientes, y en esta pared había un portal con forma de arco. Del otro lado de esta puerta había una habitación iluminada por seis lámparas.


    CINCUENTA Y DOS


    Aquí, en esta cámara llena de helechos colgantes, decorada con espejos agrietados y rotos para que reflejen la luz de las lámparas, hay un grupo de personas. Algunas, recostadas en sofás mohosos, otras, muy erguidas en sillas de mimbre, aún otras, sentadas a una mesa en el centro.

    Hablan desordenadamente, pero cuando oyen silbar al hombre de cabeza de pájaro, el sonido de su conversación se apaga. Lo han oído mil veces, son inmunes a su rareza y, sin embargo, siempre escuchan como si fuera la primera vez.

    En un extremo del sofá medio podrido, con su poderoso mentón barbado apoyado en el puño, se ha sentado un anciano. En el otro, su esposa, también anciana, con los pies en-cogidos debajo del cuerpo. Los tres —hombre, esposa y sofá— forman una imagen de venerable decrepitud.

    El anciano está sentado muy quieto, y ocasionalmente levanta la mano y mira con detenimiento algo que se arrastra sobre su muñeca.

    La esposa parece más industriosa, porque aquí, allá, por todas partes, hay interminables hilos de lana y de colores, tantos que parece cubierta de guirnaldas. La anciana dama, con los ojos hinchados y enrojecidos, ha renunciado hace mucho a tejer nada, y pasa el tiempo tratando de desenredar los nudos que hay en la lana. En otro tiempo, hace ya mucho, la mu-jer sabía lo que hacía y, hace más tiempo aún, se la conocía por el sonido incesante de sus agujas. Formaban parte, una diminuta parte, del Subrío.

    Pero ya no. Para ella este eterno desenredar lo es todo. De vez en cuando levanta la mirada y sus ojos se cruzan con los de su marido, e intercambian una sonrisa patéticamente dulce. La pequeña boca de la mujer se mueve, como si estuviera formando una palabra; pero sólo lo parece, no es más que el movimiento de sus labios marchitos. En cuanto a él, es imposible ver nada a través de la larga y peluda niebla de su barba; no hay una boca localizable... y todo su amor busca salida por los ojos. Él no participa de la tarea de la mujer, porque sabe que es su única alegría, y los nudos y cruces de lana deben durar más que ella.

    Pero esa noche, al oír el silbido, ella levanta la cabeza de su labor.

    —Querido Jonah —dice—, ¿estás ahí?
    —Por supuesto, amor mío. ¿Qué tienes? —dice el anciano.
    —Mi mente ha viajado a un tiempo... un tiempo... casi antes de que yo... casi como si... ¿qué es lo que hacía yo antes? No consigo recordarlo... No lo puedo recordar.
    —Desde luego, ardillita mía; fue hace mucho tiempo.
    —Pero sí recuerdo una cosa, Jonah, querido: aunque ignoro si estábamos juntos o no... oh, pero sin duda lo estábamos. Porque huimos, ¿no es cierto?, y escapamos de nuestros ene-migos flotando como plumas. Qué hermosos éramos, Jonah, y cabalgaste conmigo a tu lado hasta el bosque... ¿me estás escuchando, cariño?
    —Por supuesto, por supuesto...
    —Eras mi príncipe.
    —Sí, mi pequeña ardilla, eso es.
    —Estoy cansada, Jonah..., cansada.
    —Recuéstate, cariño mío. —El hombre trata de inclinarse hacia adelante para tocarla, pero se ve obligado a desistir, porque el movimiento ha traído consigo una punzada de dolor.

    Uno de los cuatro hombres que están jugando a cartas en la mesa de mármol se vuelve al oír el pequeño gemido, pero no acaba de saber de dónde procede. Vuelve de nuevo su atención a las cartas que tiene en la mano. Ese gemido también lo ha oído un bebé prácticamente desnudo que va gateando hacia la decrépita pareja, arrastrando la pierna izquierda como si fuera un añadido inútil y muerto.

    Cuando el bebé alcanza el sofá donde la vieja pareja ha vuelto al silencio, los mira a uno y luego al otro con una atención que hubiera resultado embarazosa viniendo de un adulto. Y llegados a este punto se incorpora y mantiene el equilibrio agarrándose al borde del sofá. En los ojos del bebé andrajoso parece haber una inocencia conmovedora. Una inocencia que ha sobrevivido a pesar de un mundo de maldad.

    ¿O acaso era, como algunos pudieran pensar, un simple vacío? ¿Un vacío azul celeste? ¿Sería demasiado cínico pensar que el bebé no tenía un solo pensamiento en su cabeza ni un destello de luz en su alma? Porque, de otro modo ¿por qué iba a volverse en el momento de mayor emotividad y abrir el grifo, lanzando un arco dorado en la penumbra?

    Después de orinar con una mezcla incongruente de indiferencia y solemnidad, el bebé ve una cuchara brillando en las sombras, bajo el sofá, así que se deja caer sobre las nalgas des-nudas, se pone a cuatro patas y se arrastra tratando de alcanzar el tesoro. Es la viva imagen de la determinación. Su minúsculo apéndice ha quedado olvidado: cuelga como una babosa. Ha perdido el interés por él. La cuchara lo es todo.

    Pero el colgajo ha hecho un gran daño... inocentemente, sin saberlo, pues ha ahogado a una falange de hormigas guerreras que, sin imaginar que la tormenta era inminente, atravesaban terreno peligroso.


    CINCUENTA Y TRES


    El niño y también el padre y la madre son refugiados de la Costa de Acero. Ambos progenitores están sentados frente a frente a la mesa. El padre juega sus cartas utilizando una ínfima fracción de su mente. El resto, como un instrumento cortante, está muy lejos, en el dominio de las ecuaciones puras.

    La esposa, una mujer con mandíbula poderosa, lo mira con gesto reprobador por pura costumbre. Como siempre, ha ganado el suficiente dinero simbólico para tener varias fortu-nas. Pero, que ella sepa, para ellos no hay dinero en el Subrío, ni en ningún otro sitio. Todo ha salido mal. Hace mucho tiempo, su tío era general; y su hermano fue presentado a un duque. Pero ¿de qué les servía aquello ahora? Ellos eran hombres de verdad. Pero su marido sólo era un cerebro. Jamás tendrían que haber tratado de escapar de la Costa de Acero. No tendrían que haberse casado, y en cuanto a su hijo... hubiera sido mejor que no naciera. La mujer vuelve la cabeza con su poderosa mandíbula hacia su esposo. Qué distante parece... ¡qué asexuado!

    Se pone de pie.

    — ¿Eres un hombre? —le grita.
    — ¡Deliciosa pregunta! —exclama una voz como una campana agrietada—. « ¿Eres un hombre?», pregunta la señora. ¡Qué gracia! ¡Qué traviesa! Bueno, señor Zeta, ¿lo es?

    El brillante y articulado señor Zeta, con pestañas blancas, vuelve los ojos a su mujer y no ve más que un Tx1V4 p3/4 = 1/2 — prx1/4 (invertido). Luego los vuelve hacia el hombre delgado de la voz agrietada y de pronto se da cuenta de que ha malgastado sus últimos tres años de pensamiento constructivo. Sus premisas le han fallado. Él había dado por sentado que el Espacio estaba moldeado intrínsecamente.

    Viendo que el caballero está en otro mundo, Grieta-Campana se aparta el pelo de la frente, ríe como un carillón y gesticula ampliamente ante sus compañeros de mesa, como diciendo: «Oh, ¿no es maravilloso?».

    Pero su compañero, el sobrio Carter, no ve nada maravilloso en aquello y se retrepa contra el respaldo de la silla entornando los ojos. Es un hombre imponente y reflexivo, poco dado a extravagancias, ni en pensamiento ni en palabra. Mantiene a su compañero bajo observación, porque Grieta-Campana es propenso a los excesos.

    Sí, Grieta-Campana está contento. Para él la vida sólo es el momento presente, nada más. Se olvida del pasado en cuanto pasa, y desconoce por completo la noción de futuro. Pero vive plenamente cada instante. Tiene la costumbre de sacudir la cabeza, no porque esté en desacuerdo con algo, sino porque es la sal de la vida. La mueve hacia aquí, hacia allá, meneando los cabellos.

    —Este marido suyo es la monda, ¿eh? —exclama Grieta-Campana inclinándose sobre la mesa y dando unas palmaditas en la muñeca cubierta de manchas de la señora Zeta—. No se puede negar que es la monda, ¿eh? ¿Eh? Pero es tan sombrío... ¿Por qué no se ríe y juega?
    —Odio a los hombres —dice la señora Zeta—. Incluido usted.


    CINCUENTA Y CUATRO


    —Jonah, querido, ¿estás bien? —dijo la dama vieja, muy vieja.

    —Por supuesto que lo estoy. ¿Qué tienes, mi ardillita? —El viejo se atusó la barba.
    —Debo de haberme dormido.
    —Me preguntaba... me preguntaba...
    —Estaba soñando —dijo la anciana.
    — ¿Con qué?
    —No lo recuerdo... algo sobre el sol.
    — ¿El sol?
    —Ese gran sol redondo que nos calentaba hace tanto tiempo.
    —Sí, lo recuerdo.
    — ¿Y los rayos? Sus largos y dulces rayos...
    — ¿Dónde estábamos nosotros entonces...?
    —En algún lugar en el sur del mundo.

    La vieja dama frunció los labios. Sus ojos estaban muy cansados. Sus manos desenredaban lana y más lana, y el anciano la observaba como si, de todas las cosas, ella fuera la más ado-rable.


    CINCUENTA Y CINCO


    — ¡Ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja ja! —hizo Grieta-Campana echando la cabeza atrás con una risa de loza.

    —Ya basta —le dijo Sobrio-Carter, el hombre pesado—. Haría bien en estarse callado. La vida tal vez le parezca divertida, pero Ellos le siguen la pista.
    —Pero si yo no tengo pista —repuso Grieta-Campana—. Desapareció hace mucho. No pensemos en ello. Soy feliz en la penumbra. Siempre he amado la humedad. No lo puedo evitar. Va conmigo. ¡Ja ja!
    —Algún día esa risa suya será su ruina —sentenció Carter.
    —No lo creo. Aquí abajo estoy tan seguro como un higo en la niebla. Al infierno con la cuarta dimensión. ¡Lo que importa es el ahora! —Se apartó unas greñas de los ojos y, vol-viéndose sobre unos alegres talones, señaló a una figura entre las sombras—. Mírela —exclamó—, ¿por qué no se mueve? ¿Por qué no se ríe y canta?

    La sombra era una joven. Estaba inmóvil. Sus enormes ojos negros hacían pensar que estaba enferma. Un hombre cruzó la puerta y, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, fue directa-mente a donde estaba la joven.

    Mientras este hombre se acercaba con zancadas largas y raquíticas, ella miraba con gesto inexpresivo por encima de su hombro. Como si, conociendo aquellas facciones como las conocía, los pómulos altos y duros, la piel pálida, los ojos brillantes, la barbilla hendida, no viera razón para fijar la vista en él. Cuando el hombre llegó a su altura, se plantó delante con actitud agresiva, como una mantis, con la rodilla ligeramente flexionada, los largos dedos de sus manos enlazados en un puñado de huesos.

    — ¿Cuándo? —dijo ella.
    —Pronto. Pronto.
    — ¿Pronto? ¿Qué clase de respuesta es ésa? ¡Pronto! ¿Diez horas? ¿Diez días? ¿Diez años? ¿Has encontrado el túnel?

    Sudario apartó los ojos de ella y por un momento los clavó en cada uno de los presentes.

    — ¿Qué has descubierto? —preguntó la joven, todavía mirando por encima de su hombro.
    — ¡Tranquila, maldita sea! —dijo el tal Sudario levantando el brazo.

    La Rosa Negra estaba inflexiblemente erguida, pero sin los muelles y espirales de la carne. Había pasado por demasiadas cosas y toda elasticidad había desaparecido. Estaba allí, erguida pero rota. Tres revoluciones le habían pasado por encima. Había oído los gritos. Sin saber a veces si era ella o alguna otra persona quien gritaba. El grito de niños que habían perdido a su madre.

    Una noche la sacaron desnuda de la cama. Dispararon a su amante. Lo dejaron tirado en un charco de sangre. A ella la llevaron a un campo de prisioneros, y entonces su belleza empezó a espesarse y la abandonó.

    Y un día lo vio, a Sudario, uno de los guardianes. Una figura alta y larguirucha, con los labios muy finos y ojos como cuentas de cristal. Él la animó a huir con él. Al principio creyó que era una trampa, pero conforme pasaba el tiempo, la Rosa Negra se dio cuenta de que él tenía otros planes en su vida y estaba decidido a escapar del campo. También formaba parte de su plan llevar un señuelo.

    Así que escaparon, él, de la asfixiante vida de crueldad oficial; ella, del dolor de látigos y colillas ardientes.

    Y llegaron los vagabundeos. Llegó una época de una crueldad mayor que la que había experimentado detrás del alambre espino. Llegó su degradación. Siete veces trató de escapar. Pero él siempre la encontraba. Sudario. El hombre de la cabeza pequeña.


    CINCUENTA Y SEIS


    Un día asesinó a un mendigo como si fuera un cerdo y robó de su bolsillo manchado de sangre la insignia secreta del Subrío. La policía estaba muy cerca. Sudario se ocultó con la Rosa Negra al amparo de una estatua y, cuando la luna desapareció tras una nube, la arrastró con él hasta la orilla del río. Allí, entre las sombras, por fin encontró lo que buscaba, una entrada al túnel secreto, porque, con una astuta combinación de engaño y fortuna había aprendido mucho en el campo.

    Pero eso fue un año atrás. Un año entre tinieblas. Y ahora estaba allí, de pie y en silencio en la pequeña habitación, bien erguida, con los ojos clavados en la nada.

    Por primera vez la Rosa Negra miró al hombre que tenía delante.

    —Casi preferiría volver a ser una esclava —susurró— que tener esta clase de libertad. ¿Por qué me sigues? La vida se me escapa. ¿Qué has descubierto?

    Y sin embargo, el hombre volvió a recorrer con la mirada al pequeño y silencioso grupo antes de volverse a ella. Desde donde estaba, la mujer sólo podía ver su silueta.

    —Dime —dijo la Rosa Negra. Su voz seguía siendo tan neutra que casi parecía absurda—. ¿Lo has encontrado? ¿Has encontrado el túnel?

    El hombre huesudo se frotó las manos con un sonido de lija. Luego asintió con su pequeña cabeza.

    —A kilómetro y medio de aquí. No más. La entrada está cubierta de helechos. Vi salir a un joven. Acércate. No quiero que nos oigan. ¿Recuerdas el látigo?
    — ¿El látigo? ¿Por qué preguntas eso?

    Antes de contestar, la silueta aferró a la Rosa Negra, y unos segundos después habían salido de la cámara iluminada. Giraron a la izquierda una vez y luego otra, y llegaron a una esquina de rocas, como la esquina de una calle. Una franja de luz caía sobre el suelo mojado. Los brazos de ella estaban rígidos, apresados por las manos de él.

    —Ahora podemos hablar —dijo él.
    —Suéltame o por Dios que grito.
    —Dios nunca te ha ayudado, ¿es que lo has olvidado?
    — ¿Olvidar qué, saco de huesos? ¡Sucia cabeza! ¡No he olvidado nada! Recuerdo perfectamente tus sucios juegos. Y el hedor de tus dedos.
    — ¿No recuerdas el látigo de Kar, y el hambre? ¡Y cuando yo te daba ración doble de pan! Sí, y te alimentaba a través de los barrotes. Y tú ladrabas pidiendo más.
    — ¡Oh, sucio fango de un cenagal!
    —Aunque te acostabas con cualquiera, se veía que en otro tiempo habías sido espléndida. Se veía perfectamente por qué te daban ese nombre, «Rosa Negra». Eras famosa. Eras deseable. Pero cuando llegó la revolución tu belleza no te sirvió de nada. Así que te azotaron, quebrantaron tu orgullo. Cada vez estabas más delgada. Tus extremidades se convirtieron en tubos. Te afeitaron la cabeza. No parecías una mujer. Parecías más bien una...
    —No quiero volver a oír todo eso... déjame en paz.
    — ¿Recuerdas lo que me prometiste?
    —No.
    — ¿Y cómo te volví a salvar y te ayudé a escapar?
    — ¡No, no, no!
    — ¿Te acuerdas de cómo me suplicabas que tuviera piedad? Me suplicabas de rodillas, con la cabeza afeitada inclinada como en una ejecución. Y tuve piedad contigo, ¿no es verdad?
    —Sí, oh, sí.
    —A cambio de tu cuerpo, como me prometiste.
    — ¡No!
    —Huye conmigo o púdrete a la luz de estas lámparas.

    Volvió a agarrarla con violencia y ella gritó agónicamente; pero en ese mismo momento hubo otro sonido que pasó inadvertido... el sonido de unos pasos ligeros.

    — ¡Levanta la cabeza! ¿Por qué tanto miramiento? No eres más que una puta.
    —No soy ninguna puta, saco putrefacto de huesos. Tengo tantos deseos de que me toques como una llaga abierta.

    Entonces el hombre con la cabeza pequeña y huesuda levantó el puño y la golpeó en la boca. Una boca que en otro tiempo fue suave y roja; bonita a la vista; excitante en un beso. Pero ahora parecía como si no tuviera forma, porque estaba cubierta de sangre. Al recibir el golpe, la joven se golpeó la cabeza contra la pared y sus ojos se cerraron por el dolor; esos ojos, esos iris que parecían tan negros como las pupilas y se fundían con ellas formando un enorme pozo que tragaba todo cuanto miraban. Pero, antes de cerrarse, una especie de fantasma se apareció ante ellos. No era un reflejo, sino algo terrible y triste... el fantasma de una desilusión insoportable.

    Los pasos se habían detenido al gritar ella pero, cuando cayó de rodillas, una figura echó a correr. Las pisadas sonaban más cercanas a cada momento.

    El hombre de cráneo pequeño y extremidades largas y flacas ladeó la cabeza y se pasó la lengua por sus labios invisibles con un movimiento deliberadamente suave. Esta lengua era como la lengüeta de una bota, igual de larga, igual de ancha y delgada.

    Entonces, como si acabara de tomar una decisión, cogió a la Rosa Negra en brazos y dio una docena de pasos, hasta donde la oscuridad era más densa, y allí la dejó caer al suelo como si fuera un saco. Pero cuando se volvió para desandar sus pasos vio que alguien le esperaba.


    CINCUENTA Y SIETE


    Durante tan largo lapso como puede un hombre contener la respiración, no hubo ningún sonido; ninguno. Sus ojos estaban fijos en los del otro, hasta que al fin la voz de Sudario rompió el húmedo silencio.

    — ¿Quién eres? —dijo—. Y ¿qué quieres?

    Al hablar, sus labios de cuero mostraron los dientes, pero el recién llegado, en lugar de responder, dio un paso al frente y escudriñó la oscuridad, como si estuviera buscando algo.

    — ¡Te he preguntado quién eres! Tú no perteneces a este lugar. Éste no es tu sitio. Eres un intruso. Vete hacia el norte o...
    —He oído un grito —lo atajó Titus—. ¿Qué ha sido?
    — ¿Un grito? Siempre se oyen gritos.
    — ¿Qué haces aquí, en las sombras? ¿Qué ocultas?
    — ¿Ocultar, mocoso? ¿Ocultar? ¿Y quién eres tú para interrogarme? Por Dios, ¿quién eres? ¿De dónde vienes?
    — ¿Por qué?

    De pronto el hombre mantis estaba sobre Titus y, aunque no llegó a tocarlo literalmente en ningún momento, parecía rodearlo y amenazarlo con sus uñas, sus articulaciones, sus dientes, y con su aliento agrio y espantoso.

    —Te lo volveré a preguntar —dijo el hombre—. ¿De dónde vienes?

    Titus, con los ojos entornados, los puños apretados, notó que se le secaba la boca.

    —Tú no lo entenderías —susurró.

    Al oír estas palabras, el señor Sudario echó la cabeza atrás en una risotada. El sonido era intolerablemente frío y cruel.

    El aspecto de aquel hombre ya resultaba bastante mortífero sin la risa, pero con ella resultaba letal en otro sentido. Porque no había humor en ella. No era más que un ruido que salió de un agujero de su cara. Un sonido que no le dejó a Titus ninguna duda sobre la maldad innata de aquel hombre. La cara, las extremidades y los órganos, e incluso la cabeza..., difícilmente se le hubiera podido culpar por tenerlos, había nacido así; pero la risa era obra suya.

    Titus notó que la sangre le afluía al rostro y oyó un movimiento en la oscuridad. Volvió la cabeza de inmediato.

    — ¿Quién anda ahí? —exclamó, y mientras lo hacía, el delgado Sudario dio un paso de alambre hacia él.
    — ¡Ven aquí, mocoso!

    El tono de aquella voz era tan amenazador que Titus saltó hacia adelante en la oscuridad y golpeó algo blando con el pie. Oyó un sollozo a sus pies.

    Al arrodillarse vio los leves contornos de un rostro humano. Los ojos estaban abiertos.

    — ¿Quién eres? —susurró Titus—. ¿Qué te ha pasado?
    —No... no —dijo la voz.
    —Levanta la cabeza —dijo Titus, pero, cuando trató de levantar el cuerpo impreciso, una mano clavó sus dedos como tenazas en su hombro y con un solo movimiento lo levantó del suelo y lo arrojó contra una pared, donde una franja de luz pálida y mojada le iluminó el rostro.

    En sus jóvenes facciones había escrito algo no tan joven; tan ancestral como la piedra de su hogar. Inflexible. La mirada de civismo había sido arrancada de su rostro igual que la carne amortajada se arranca del hueso. En su interior Titus sentía un amor primordial por su lugar de nacimiento, un amor que pervivía y era cada vez mayor a pesar de haber abandonado su hogar, a pesar de ser un traidor, y ardía con una furia que no podía entender. Lo único que sabía era que, mientras miraba a aquel hombre araña, él, Titus, empezó a envejecer. Una nube había pasado sobre su corazón. Ya no sentía que estaba en medio de una aventura, estaba solo ante algo que olía a muerte.

    Titus se había apoyado contra la pared, y el frío ladrillo se llenó de humedad. La humedad se extendió por su pelo y de ahí pasó a las cejas y los pómulos. Se concentró alrededor de los labios y el mentón y desde allí cayó al suelo en una ristra de cuentas de agua.

    Su corazón latía con violencia. Las manos y las rodillas le temblaban y entonces, entre las sombras, reapareció la Rosa Negra.

    — ¡No, no, no! ¡Permanece en la sombra, seas quien seas!

    Tras estas palabras, la Rosa Negra se tambaleó y volvió a desplomarse y entonces, con un gran esfuerzo, se incorporó sobre el codo y susurró:

    —Mata a la bestia.

    La araña había girado su pequeña cabeza huesuda hacia ella y, en ese momento, Titus —sin armas que pudieran cortar o clavarse, y sin escrúpulos, porque sabía que en cuestión de minutos estaría luchando por su vida—, levantó la rodilla y le golpeó con tanta fuerza como pudo. La araña se inclinó hacia adelante, de modo que la fuerza del golpe quedó concentrada por debajo de sus costillas; pero el único sonido que se oyó fue el susurro de una ráfaga de aire que pasó siseando entre sus mandíbulas. No emitió ningún gemido; se limitó a juntar las manos, formando una especie de parrilla para proteger el plexo solar con los dedos mientras se doblaba.

    Aquél era el momento. Titus avanzó a trompicones hasta la Rosa Negra, la cogió en brazos y, jadeando, corrió hacia un borrón de luz que parecía suspendido en el aire algo hacia el oeste, donde el suelo mojado, las paredes y el techo estaban bañados por un resplandor de color fangoso.

    Mientras corría, aunque ni siquiera se dio cuenta, Titus vio una familia que pasaba y se detenía a mirar; luego llegó otro grupo, y otro, como si las paredes los exudaran. Figuras de todas clases, procedentes de todas las direcciones. Veían al chico con su carga y se detenían.

    Entretanto, Sudario se había recuperado del rodillazo y perseguía a Titus con una determinación inexorable. Pero, a pesar de la velocidad de sus patas de alambre, no vio a Titus dejar en el suelo a la Rosa Negra, en un lugar donde la sombra proyectada por una pirámide de libros en descomposición la ocultaba a la vista.

    En cuanto la dejó, Titus giró sobre sus talones y vio a su enemigo. También vio que se había congregado una multitud. Una alarma había sonado. Una alarma que no necesitaba de voces ni palabras. Algo que viajó de unas regiones a otras, hasta que el aire se llenó de una especie de sonido mudo, como un bramido gigante detrás de una pared insonorizada, o el grito de una garganta sin cuerdas vocales.


    CINCUENTA Y OCHO


    Y fue así como la gente se congregó en torno a aquel gris escenario, mientras el techo abovedado goteaba y volvían a llenarse las lámparas y algunos sostenían velas, otros antorchas, y hubo también quien llevó espejos para reflejar la luz, hasta que el lugar pareció bullir.

    De no ser por el dolor que las garras de Sudario le habían dejado en el hombro, Titus hubiera pensado que soñaba.

    A su alrededor, en una grada tras otra —porque la parte interior del círculo estaba considerablemente más baja que los límites exteriores y casi daba la impresión de que se encontraban en un circo romano—, sentados o en pie, estaban los fracasados de la tierra. Mendigos, rameras, timadores, refugiados, derrochadores, desahuciados, holgazanes, bohemios, ovejas negras, despojos, poetas, canallas, personajes de poca monta, inadaptados, conversadores, ostras humanas, sabandijas, inocentes, esnobs, hombres de paja, parias, proscritos, traperos, tunantes, libertinos, ángeles caídos, pobres desgraciados, pródigos, malversadores, soñadores y la escoria de la tierra.

    Nadie en aquel gran cónclave de desplazados había visto nunca a Titus. Cada cual suponía que aquel desconocimiento era meramente suyo, porque la población de aquel lugar era demasiado extensa y extendida.

    En cuanto a Sudario, muchos conocían su rostro: reconocían aquellos horribles andares de araña; la cabeza redonda, la boca descarnada. Había en él algo indestructible; como si su cuerpo estuviera hecho de una sustancia que excluyera la capacidad de sentir dolor.

    Mientras avanzaba, cayó un silencio tan palpable y espeso como cualquier sonido. Incluso los más frívolos e insensibles de aquellos personajes se vieron arrastrados por la situación. Desconocían el motivo del combate y, a pesar de ello, se estremecían al ver la distancia acortarse entre aquellos dos.

    ¿Cómo llegó la noticia del inminente combate a las zonas más alejadas y atrajo, casi en las alas del eco, a semejante multitud? Es difícil decirlo. Pero ya no había ningún lugar en el Subrío que no supiera de la escena.

    Cabeza tras cabeza, en largas hileras tupidas, y multitudinarias y compactadas como el azúcar moreno, cada cara un grano, la audiencia permanecía en pie o sentada sin hacer el más mínimo movimiento.

    Apartar la mirada de cualquiera de las caras significaba perderla para siempre. Aquello era un delirio de testas: una profusión interminable. No tenía fin. Y su capacidad de invención era rápida, variada, fluida. Cada movimiento se perdía como el puño contenido por el ansia de saquear: se perdía en la nada.

    Y todo ello bajo la luz de las lámparas, reflejada por los espejos. Un charco poco profundo en el centro del círculo reflejaba las largas vigas; reflejaba una rata que pasó chapoteando y se encaramó a un puntal alto y resbaladizo, reflejaba el destello de sus dientes y la rigidez de su cola espantosa.

    En algún lugar, en medio de todo esto, estaba sentado Tirachina. Por un rato se había olvidado de sentir lástima de sí mismo, tan intenso era el enfrentamiento de los dos jóvenes.

    Miraba al centro del círculo mojado con las manos metidas en las profundidades de los bolsillos. A escasos metros, aunque se habían perdido de vista, se acuclillaba Rapiño. No dejaba de morderse los nudillos mientras observaba a Titus, preguntándose qué podría hacer el joven desarmado.

    A unos nueve o diez metros de Rapiño y Tirachina estaba Sobrio-Carter, de pie, y, en el extremo más alejado, Jonah y su ardillita se cogían de las manos.

    Grieta-Campana, siempre tan irritantemente alegre, se había sentado con los hombros encogidos, como un ave de tierras frías. Su rostro estaba flácido; la boca abierta; y, aunque no tomaría parte en aquel combate, sus manos cruzadas estaban frías y húmedas, y su pulso era irregular.

    A Congrejo, aprisionado entre sus libros, lo habían llevado ante el escenario en la cama. Ésta, al ser levantada del suelo, había dejado al descubierto un rectángulo de polvo profundo y suntuoso.

    En el silencio se oía la voz del río, un sonido amortiguado, prácticamente inaudible, pero ubicuo y ominoso como el océano. Más que un sonido, era como una advertencia del mundo que tenían sobre sus cabezas.


    CINCUENTA Y NUEVE


    Titus se había detenido en el centro de aquel improvisado ring y había vuelto el rostro hacia su enemigo, el execrable Sudario. Tenía pocas esperanzas, pues el hombre parecía hecho de hueso y tralla, y recordó la rapidez con que se había recuperado del rodillazo en el estómago. No es sólo que Titus estuviera asustado, también se sentía impresionado por lo que veía acercarse: esa cosa con las proporciones de un espantapájaros que parecía más grande que la misma vida.

    Era como si se estuviera enfrentando a una máquina, una criatura sin sistema nervioso, sin corazón, hígado ni ningún otro órgano vulnerable.

    Sus ropas eran negras, y se le pegaban al cuerpo como si estuvieran mojadas, lo que resaltaba la longitud de sus huesos. Alrededor de su cintura esquelética llevaba un ancho cinturón de cuero, el bronce de la hebilla parpadeaba por las luces.

    Cuando se acercó, Titus vio que había contraído la boca y que sus finos labios no eran más que un hilo de algodón exangüe. A su vez esto hizo que se tensara la piel de su rostro y los pómulos sobresalieran como pequeñas rocas. Los ojos centellaban entre las pestañas y el efecto era el de una concentración tan fiera que hacía pensar en la locura.

    Por un instante, esta concentración menguó y paseó la mirada por las hordas de las gradas: no había señal de la Rosa Negra. Cuando sus ojos volvieron a Titus, alzó el rostro y vio los grandes haces de luz que barrían la lúgubre atmósfera del techo; vio los altos puntales, verdes y pegajosos por el moho, cuando sus ojos descendían por el pilar putrefacto, vio la rata.

    En ese momento, con el rabillo de un ojo puesto en Titus y el rabillo del otro en la rata, el hombre araña hizo un movimiento inesperado y se deslizó hacia la izquierda, hasta que estuvo a una distancia asequible del pilar sudoroso.

    Una especie de exclamación contenida de alivio brotó de la audiencia. Cualquier acción imprevista era preferible al inevitable enfrentamiento de aquel par inverosímil de oponentes.

    Pero este alivio duró poco, pues algo peor que el horror del silencio hizo que todos se pusieran en pie. Con un movimiento demasiado rápido para seguirlo, como el silbido de la lengua de una cobra, o el chorro del tentáculo de un calamar, Sudario disparó su brazo izquierdo, aferró a la rata y con sus largos dedos la estrujó y le arrancó la vida. Hubo un chillido, y luego un terrible silencio, porque Sudario se había vuelto hacia Titus.

    —Ahora tú.

    Cuando Titus se inclinó para vomitar, Sudario arrojó el animal muerto hacia él. Cayó a unos pasos con un golpe sordo. Sin saber qué hacía, en un arrebato de miedo y odio, Titus se desgarró un pedazo de la camisa, lo dobló y, tras arrodillarse, cubrió con él al roedor sin vida.

    Y entonces, mientras seguía arrodillado, vio una sombra que se movía y saltó hacia atrás con un grito, porque Sudario estaba casi encima de él. Y no sólo eso, llevaba un cuchillo en la mano.


    SESENTA


    En el extremo más alejado del ring, la Rosa Negra había visto el destello del cuchillo de Sudario. Ella sabía que lo tenía siempre afilado como una navaja barbera. Vio que el joven iba desarmado y, reuniendo sus fuerzas, gritó:

    — ¡Dadle vuestros cuchillos!... ¡Vuestros cuchillos! La bestia lo matará.

    Como si la concurrencia hubiera salido de una pesadilla o un trance, un centenar de manos fueron a un centenar de cinturones y, por una docena de segundos, el aire pareció en-cenderse por el brillo del metal y resonar por el choque del acero contra la piedra. Armas blancas de todo tipo yacían dispersas como estrellas por el suelo. Algunas en seco, otras destellando en los charcos de agua.

    Pero hubo una, de hoja larga y delgada, a medio camino entre cuchillo y espada, que pasó como un rayo rozando la cabeza de Titus y cayó con un chapoteo a cierta distancia de Su-dario y le obligó a reaccionar. Titus se dio la vuelta, corrió hacia el lugar donde estaba el arma y, al cogerla del charco poco profundo, lanzó una risotada, no de alegría, sino de alivio por poder sostener algo cortante, algo más fiero, afilado y mortífero que sus manos desnudas.

    La sujetó como una tea. El agua le llegaba a los tobillos y hasta el más mínimo detalle de su figura se reflejaba en ella.

    Ahora que Sudario estaba tan cerca de Titus que no los separarían más de tres metros, se hubiera podido pensar que alguien de entre aquella gran concurrencia acudiría en ayuda del joven. Pero nadie movió un dedo. Bribones y pusilánimes contemplaban la escena con el mismo arrobo, como en trance, incapaces de moverse.

    El hombre mantis se acercó y Titus retrocedió un paso. Temblaba de miedo. El rostro de Sudario se manifestaba ante él tan repugnante como una llaga: oscilaba ante sus ojos como el cieno gris de un pozo. Era indecente. Pero no debido a su fealdad, o incluso a la crueldad que revelaba, sino porque era un permanente recordatorio de la muerte.

    Por un momento, un destello de comprensión pasó por la mente de Titus. Por un momento perdió su odio. No abominó de nada. El hombre había nacido con sus huesos y sus in-testinos. No podía evitarlo. Había nacido con un cráneo que por su forma sólo podía dar cabida al mal.

    Pero el pensamiento destelló en su mente y desapareció, pues Titus no tenía tiempo para otra cosa que no fuera seguir con vida.


    SESENTA Y UNO


    ¿Qué es lo que se desliza por el inflamado cerebro del antiguo asesino? ¿Miedo? No, ni siquiera el que cabría en la cuenca del ojo de una mosca. ¿Remordimiento? Jamás ha oído esa palabra. Lo que siente cuando alza su largo brazo derecho es lealtad. Lealtad hacia el niño con las piernas llenas de costras que arrancaba las alas a los gorriones tanto tiempo atrás. Lealtad hacia su soledad. Lealtad hacia su maldad, porque solamente gracias a ésta ha podido subir las espantosas escaleras que conducen a los pisos más altos del infierno. Si lo hubiera deseado, no hubiera podido retirarse de la contienda, porque eso hubiera sido como negar a Satán su soberanía sobre el dolor.

    Titus había levantado su espada muy alto y en ese momento su enemigo arrojó su hoja contra él. El arma voló por los aires tan veloz como una piedra arrojada con una honda y golpeó la espada de Titus justo bajo el mango, haciendo que se soltara de su mano.

    La fuerza del impacto hizo que Titus cayera de espaldas. Como si él mismo hubiera recibido el golpe. Sus brazos y sus manos vacías se sacudían y hormigueaban por el golpe.

    Mientras yacía en el suelo, Titus vio dos cosas. Lo primero, que Sudario había cogido un par de cuchillos del suelo mojado y se dirigía hacia él, con el cuello y la cabeza inclinados hacia delante, como una gallina cuando corre buscando comida, con los puños armados levantados a la altura de las orejas. Por un instante, mientras Titus lo observaba hechizado, la boca mezquina se abrió y la lengua rojiza pasó con rapidez de un extremo al otro. Titus se lo quedó mirando privado de toda iniciativa, sin fuerza, pero incluso caído e indefenso como estaba, por el rabillo del ojo vio también algo que se movía por encima de su cabeza, y, durante un involuntario segundo, se descubrió mirando con los ojos muy abiertos una viga larga y resbaladiza que parecía suspendida en la penumbra.

    Pero lo que Titus vio, lo que hizo que el pulso se le acelerara, no fue la viga en sí, sino algo que se arrastraba por ella; algo compacto y sin embargo totalmente silencioso; algo que avanzaba inexorablemente centímetro a centímetro. No podía ver exactamente de qué se trataba. Lo único que sabía es que era pesado y ágil, y que estaba vivo.

    El señor Sudario, el quebrantavidas, viendo que durante una fracción de segundo Titus había levantado la vista para escrutar las sombras, detuvo por un instante su avance y volvió el rostro hacia las vigas. Lo que vio arrancó de las mismísimas entrañas de la inmensa audiencia una exclamación aterrada, pues la figura, aunque parecía inmensa bajo la luz vacilante, se levantó sobre la viga y saltó.

    Era imposible calcular el peso y la velocidad de Trampamorro cuando derribó a la mantis sobre el suelo resbaladizo. El rostro de la víctima estaba alzado en el momento del impacto, así que la mandíbula, la clavícula, los omóplatos y cinco costillas fueron los primeros en ceder como ramitas muertas en una tormenta.

    Sin embargo, este demonio, esta mantis, este tal señor Sudario no emitió el menor sonido. Incluso derribado y postrado, se levantó de nuevo y, para su horror, Titus vio que las fac-ciones de su rostro parecían haber cambiado de sitio.

    También las extremidades habían resultado dañadas. Al tratar de apartarse, tuvo que arrastrar una pierna rota, que le siguió como un trozo muerto de madera sujeto a la cadera. Lo único que podía hacer era huir de Trampamorro dando saltitos, con el surtido de facciones amontonadas sobre su cuello como un espantoso nido.

    Pero no fue muy lejos. De pronto, Titus, Trampamorro y la enorme audiencia impresionada comprendieron que aún tenía los cuchillos en las manos, y que sólo las manos y los brazos habían escapado a la destrucción. Y allí estaban, refulgiendo en sus manos.

    Sudario ya no podía ver a sus enemigos. Su cabeza estaba destrozada. Pero su mente seguía intacta.

    — ¡Rosa Negra! —gritó en el temible silencio—. Mírame bien, porque será la última vez. —Y con esto se clavó los cuchillos entre las costillas, en la zona del corazón. Y los dejó allí, retirando las manos de las empuñaduras.

    En el silencio, el terrible sonido de su risa brotaba cada vez con más fuerza, y cuanto más fuerte se oía, más de prisa brotaba la sangre, hasta que llegó un momento en que, con una convulsión final, cayó sobre su rostro dislocado y absurdo, crispado por última vez, y murió.


    SESENTA Y DOS


    Titus se puso en pie y se volvió a Trampamorro. Por la mirada distante de su amigo, comprendió en seguida que no estaba de humor para charlas. Parecía haber olvidado al alto hombre deshecho que tenía a sus pies, y cavilaba sobre alguna otra cuestión. Cuando la Rosa Negra se acercó tambaleándose, con las manos cruzadas, no reparó en ella. La mujer se giró hacia Titus, que reculó, no porque le repeliera, pues incluso en su estado de agotamiento y consunción seguía siendo hermosa, sino porque ahora sólo podía despertar compasión: no estaba en sus manos evitarlo. Su belleza asustaba. Los enormes ojos, que tan a menudo expresaban miedo, ahora estaban muy abiertos por la esperanza... y Titus supo que debía huir. Se dio cuenta de inmediato de que era predadora. Ella no lo sabía pero lo era.

    «Está pasando por un infierno —musitó Titus para sí—. Avanza entre sus aguas, y cuanto más profundas y densas son, mayor es mi deseo de huir. El pesar puede ser aburrido.»

    Titus sintió asco de sus propias palabras. Tenían un sabor nauseabundo en su boca.

    Se volvió a mirarla y una vez más quedó atrapado por la tragedia de sus ojos boqueantes. Dijera lo que dijese, no sería más que una corroboración. Sólo sería una repetición o un bordado de la realidad de sus elocuentes ojos. El temblor de sus manos, la humedad de sus pómulos. Estas y otras señales eran superfluas. Titus sabía que si dejaba caer la más mínima semilla de amabilidad, ésta se convertiría inevitablemente en una extraña relación. Una sonrisa podía desatar la avalancha.

    «No puedo, no puedo —pensó—. No puedo ayudarla. No puedo consolarla. No puedo amarla. Su sufrimiento es demasiado evidente. No hay ningún velo que lo oculte, no hay misterio, ni romanticismo. Nada, salvo una pena palpable, como un dolor de muelas.»

    De nuevo volvió la vista hacia ella como si quisiera verificar lo que estaba pensando, y al punto se sintió avergonzado.

    Se había quedado vacía. El dolor la había exprimido. Ya no quedaba nada. ¿Qué debía hacer?

    Se volvió a Trampamorro. Había algo en él que lo desconcertaba. Por primera vez parecía que su amigo tenía un punto débil, que era vulnerable. Algo o alguien lo había hecho salir a la luz. Mientras Titus observaba a Trampamorro, la Rosa Negra lo observaba a él y Trampamorro dirigía su atención a la multitud.

    Sin saberlo, había oído el primer murmullo, y en aquel momento percibió el movimiento, porque poco a poco la multitud empezó a desprenderse, grano a grano, y a dirigirse al círcu-lo central, como si una gran montaña de azúcar se hubiera puesto en movimiento.

    Pero, lo más importante, aquella población incrédula parecía desplazarse en dirección a ellos. Si se quedaban allí, en un minuto, los tres quedarían atrapados en una avalancha insufrible.

    La marea avanzaba hacia ellos inexorablemente. La marea de los indeseados, los desposeídos; la escoria del Subrío, entre la que se contaban Congrejo y el hombre con cabeza de pájaro que alimentaba a los sabuesos; el anciano y su ardillita; Grieta-Campana y Sobrio-Carter.

    No había tiempo que perder.

    —Por aquí —urgió Trampamorro, y Titus corrió tras aquel hombre feroz, con la Rosa Negra agarrada del brazo, para adentrarse tras él en un manto de oscuridad. No había ninguna linterna, ni tan siquiera una vela. Sólo por el sonido de sus pasos podía Titus seguir a su amigo.

    Tras lo que pareció una hora o más, giraron en dirección sur. El silencioso Trampamorro parecía tener ojos de gato, porque, a pesar de la oscuridad, no vaciló en ningún momento.

    Luego, después de caminar durante otra hora o más, ahora con la Rosa Negra cargada a su espalda, finalmente Trampamorro llegó a un largo tramo de escaleras. Mientras subían, por un instante repararon en una tenue filtración de luz y entonces, de pronto, vieron una abertura pequeña y blanca en la oscuridad, del tamaño de una moneda. Cuando por fin la alcanzaron, descubrieron que era una entrada, para ellos salida. Habían encontrado uno de los accesos secretos al mundo del Subrío y, cuando consiguieron salir, Titus vio con asombro que estaban en medio de un bosque.


    SESENTA Y TRES


    Tuvieron que esperar al anochecer antes de aventurarse a ir a casa de Juno. ¿Qué podían hacer con la Rosa Negra aparte de llevarla allí? Mientras esperaban, la tensión se hizo casi insoportable. Ninguno hablaba. Los ojos de Trampamorro tenían una mirada muy distante que Titus no le había visto nunca.

    Estaban en un lugar rocoso y los árboles extendían sus ramas sobre las piedras. Al cabo, Titus se acercó a Trampamorro, que estaba tumbado sobre una gran roca gris. La Rosa Negra lo siguió con la mirada.

    —No puedo soportar esto más —dijo—. ¿Qué demonios pasa? ¿Por qué está tan cambiado? ¿Es porque...?
    —Chico —dijo Trampamorro—, te lo diré. Así callarás. —Y durante un buen rato guardó silencio, para al fin decir—: Mis animales están muertos.

    Tras el silencio forestal que siguió, Titus se arrodilló junto a su amigo. Lo único que pudo decir fue:

    — ¿Qué ha pasado?
    —Esos hombres entregados, conocidos a veces como científicos, vinieron a por mí. Siempre hay alguien persiguiéndome. Yo huí, como siempre. Conozco muchas formas de desa-parecer. Pero ¿de qué me sirven ahora, mi querido amigo? Mis animales están muertos.
    —Pero...
    —Frustrados porque no habían podido encontrarme... no, ni siquiera con ayuda de su última invención, que no es mayor que un alfiler y se cuela por una cerradura a la velocidad de la luz... Frustrados, digo, dejaron de buscarme y mataron a mis animales.
    — ¿Cómo?

    Trampamorro se puso en pie sobre la roca y, levantando el brazo, aferró una gruesa rama que colgaba por encima y la partió. En su mandíbula un músculo no dejaba de hacer tic tic tic, como un reloj.

    —Fue una especie de rayo —dijo al fin—. Una especie de rayo. Una bonita idea, bellamente ejecutada.
    —Y sin embargo, ha tenido la presencia de ánimo de venir a salvarme del hombre delgado.
    — ¿Lo he hecho? —musitó—. Estaba en un sueño. No le des más vueltas. No me quedaba más remedio que ocultarme en el Subrío. Los científicos estaban congregándose. Iban a por ti, chico. A por los dos.
    —Pero se acordó de mí —dijo Titus—. Se arrastró sobre la larga viga.
    — ¿Ah, sí? Oh, Dios. ¿Y lo aplasté? Estaba muy lejos... entre mis criaturas. Las vi morir... Las vi caer rodando. Oí la respiración debilitarse en sus costillas. Vi cómo mi zoo se conver-tía en un matadero. ¡Mis criaturas! Vitales como el fuego. Sensuales y temibles. Allí yacen. Allí yacen... por siempre más.

    Volvió el rostro hacia Titus. La mirada perdida había desaparecido y en su lugar había algo frío y despiadado como el hielo.


    SESENTA Y CUATRO


    Maldiciendo a la luna llena, Titus y sus dos compañeros se vieron obligados a dar un largo rodeo y a limitarse en la medida de lo posible a las sombras que rodeaban el bosque o que corrían pegadas a los muros de la ciudad. Haber tomado el camino más corto por los bosques a la luz de la luna hubiera sido demasiado arriesgado.

    Mientras avanzaban limitados por los pasos fatigados de la Rosa Negra, quizá por causa de la deuda suprema que había contraído con Trampamorro, Titus sintió el deseo incontrolable de sacudirse aquello de encima como si fuera una pesada carga. Anhelaba el aislamiento y, en su ansia reconocía el mismo cáncer egoísta que se había manifestado en su actitud ante el dolor de la Rosa Negra.

    ¿Qué clase de bestia era? ¿Estaba destinado a destruir siempre el amor y la amistad? ¿Y Juno? ¿Es que nunca tendría el valor o la lealtad suficientes para ayudar a sus amigos? ¿O para hablar? Quizá no. Después de todo, había abandonado su hogar.

    Obligándose a dar forma a las palabras, volvió la cabeza hacia Trampamorro.

    —Quiero alejarme de usted —dijo—. De usted y de todo el mundo. Quiero volver a empezar, cuando, de no ser por usted, estaría muerto. ¿Es una ruindad por mi parte? No lo puedo evitar. Es usted tan excesivo y escarpado. Sus facciones son como los montes de la luna. Su cerebro está lleno de tigres y leones que se están desangrando. La venganza anida en su vientre. Es demasiado vasto y remoto. Su situación me quema.

    Me hace desear liberarme. Estoy demasiado cerca de usted y necesito estar solo. ¿Qué debo hacer?

    —Haz lo que quieras, chico —dijo Trampamorro—, por mí como si te quieres ir al polo, o quemarte el trasero en el rojo ecuador. Y ¿en cuanto a esta dama? Está enferma. ¡Enferma, pedazo de burro! Tan enferma como es posible estarlo en el mundo de los vivos.

    La Rosa Negra se volvió a Trampamorro y sus pupilas boquearon como fuentes.

    —También quiere huir de mí —dijo—. Le desagrada mi pobreza. Ojalá me hubieras conocido hace años, cuando era joven y hermosa.
    —Sigues siendo hermosa —le aseguró Titus.
    —Eso ya no importa —repuso la Rosa Negra—. Ya no importa. Lo único que quiero es poder tumbarme en silencio para siempre, sobre unas sábanas de lino. Oh, Dios, lino blanco, antes de morir.
    —Tendrás tu lino —terció Trampamorro—. Blanco como el ala de un serafín. Ya falta menos.
    — ¿Adónde me lleva?
    —A una casa junto al río donde podrá descansar.
    —Pero Sudario me encontrará.
    —Sudario está muerto —dijo Titus—. Muerto como la muerte.
    —Entonces su fantasma me perseguirá. Su fantasma me retorcerá el brazo.
    —Los fantasmas son tontos —sentenció Trampamorro—, se les sobrevalora. Juno cuidará de tí. En cuanto a este joven, Titus Groan, puede hacer lo que le plazca. Si yo fuera él, me separaría del grupo y desaparecería. El mundo es muy grande. Sigue tus instintos y deshazte de nosotros. Por eso dejaste eso que tú llamas Gormenghast, ¿no es así? ¿Eh? Para descubrir qué había más allá del horizonte. ¿No es eso? Y, como dijiste en una ocasión...
    —Ha dicho «eso que tú llamas Gormensghast». Maldito sea. ¡Que lo diga usted! ¡Usted! ¡Que usted precisamente sea tan incrédulo! ¡Usted! Que ha sido como un dios para mí, un dios toscamente tallado. Ha habido momentos en que le he odiado, pero la mayor parte de las veces le he querido. Le he hablado de mi hogar, de mi familia, de nuestros rituales, de mi infancia, de la inundación, de Fucsia, de Pirañavelo y cómo lo maté; de mi huida. ¿Cree que lo he inventado todo? ¿Cree que he estado engañándolo? Me ha fallado. ¡Deje que me vaya!
    — ¿A qué esperas? —le retó Trampamorro dándole la espalda. Su corazón latía con violencia.

    Titus pateó el suelo con rabia pero no se fue. Un momento después, cuando las rodillas de la Rosa Negra flaquearon, Trampamorro llegó a tiempo de cogerla en sus poderosos brazos, como si fuera una muñeca hecha jirones.

    Habían llegado a un espacio abierto, y se detuvieron en el punto donde la sombra terminaba.

    — ¿Ves esa nube? —preguntó Trampamorro con una voz extrañamente alta—. La que parece un gato hecho un ovillo. No, allí, pedazo de burro, detrás de aquella cúpula verde. ¿No la ves? Tiene la luna detrás.
    — ¿Qué le pasa? —dijo Titus en un susurro irritado.
    —Tú vas en esa dirección. Ve hacia allí. Camina en esa dirección durante más de un mes y serás relativamente libre. Libre de los enjambres de aviones sin piloto; de la burocracia; de la policía. Libre de moverte por donde quieras. Es territorio en su mayor parte inexplorado. Por allí están mal equipados. No hay escuadrones de agua, mar o aire. Como debe ser. Una región donde nadie recuerda quién está en el poder. Pero hay bosques como el jardín del Edén donde puedes tumbarte tranquilamente y escribir un mal verso. Habrá ninfas para tu deleite, y flautas. Una tierra donde los jóvenes se detienen y mean a la luna, como si quisieran apagarla.
    —Estoy cansado de sus palabras —protestó Titus.
    —Las utilizo como una celosía —se explicó Trampamorro—. Me esconden de mí mismo... por no hablar de ti. Las palabras pueden ser agobiantes como un enjambre de insectos. ¡Pue-den zumbar y picar! Pueden no ser más que una sucesión de pedos; pero también pueden ser duras, inflexibles, inviolables, piedra sobre piedra. Como eso que tú llamas Gormenghast. Como habrás notado, he vuelto a utilizar la misma frase, esa que tanto te mortifica. Porque, aunque pareces haber aprendido el arte de hacer enemigos (y ciertamente eso es bueno para el alma), sin embargo eres ciego, sordo y tonto cuando se trata de otro tipo de lenguaje. Rígido, seco; inequívoco: algo hecho de mendrugos y agua. Si lo que buscas son halagos... Recuerda esto en tus viajes. Y ahora vete... por Dios... ¡Lárgate!

    Titus alzó los ojos a su compañero. Y dio tres pasos hacia él. La cicatriz de su mejilla brillaba como seda a la luz de la luna.

    —Señor Trampamorro.
    — ¿Qué pasa, chico?
    —Siento pena por usted.
    —Siente pena por esta criatura destrozada —le replicó Trampamorro—. Ella es la débil.

    En el silencio les llegó la voz apagada de la Rosa Negra.

    —Lino —gimió con voz obstinada y hermosa—. Lino... lino blanco.
    —Está muy caliente por la fiebre —musitó Trampamorro—. Es como tener ascuas en los brazos. Pero ahí está Juno, ella nos dará refugio, y un gato para que te orientes; y de ahí, al fin del mundo. El gato durmiente —musitó con la voz tomada—. ¿La viste alguna vez... viste a mi pequeña civeta? La silenciaron junto con los demás. Se movía como una ola del mar. La quería mucho, junto con los lobos, Titus, hijo. Nunca has visto unos ojos como los suyos.
    —Pégueme —dijo Titus—. Soy un cerdo.
    — ¡Tonterías! —repuso Trampamorro—. Ya es hora de que ponga a la Rosa Negra en manos de Juno.
    — ¡Ah, Juno! Dígale que la quiero —dijo Titus.
    — ¡Vaya! Acabas de retractarte. Ésa no es manera de tratar a una dama. Por Dios que no lo es. Ora le das tu amor, ora se lo quitas; lo ocultas, lo expones... como si estuvieras jugando al escondite.
    —Pero usted mismo estuvo enamorado de ella y la perdió. Y ahora vuelve a ella otra vez.
    —Cierto —dijo Trampamorro—. Touché, tienes toda la razón. Después de todo, está envuelta en una especie de bruma. Es una orquídea... un ser dorado. Generosa como la Vía Láctea, o las fuentes de un gran río. ¿Qué tienes que decir a eso? ¿No es maravillosa?

    Titus levantó la cabeza rápidamente hacia el cielo.

    — ¿Maravillosa? Seguro que lo era.
    — ¿Era? —preguntó Trampamorro.

    Se hizo un extraño silencio y, durante el mismo, una nube empezó a deslizarse sobre la luna. No era una nube grande, así que no había tiempo que perder y, en la semioscuridad, los dos amigos se alejaron el uno del otro y corrieron como si lo necesitaran, uno en dirección a la casa de Juno, con la Rosa Negra en brazos, y el otro avanzando rápidamente en dirección norte.

    Pero, antes de que se perdieran definitivamente en la oscuridad, Titus se detuvo y miró atrás. La nube había pasado, y vio a Trampamorro de pie en la esquina de la plaza dormida. Su sombra, y la de la Rosa Negra en sus brazos, yacía a sus pies, como si estuviera sobre un charco de aguas negras. Su cabeza tallada estaba inclinada sobre la criatura frágil que portaba. Y entonces Titus vio que se daba la vuelta y echaba a andar con grandes zancadas, con su sombra siguiéndolo por el suelo. Luego la luna desapareció y se hizo un profundo silencio.

    En ese silencio, el joven esperó. No sabía por qué, pero esperó, mientras una enorme sensación de pesar lo embargaba. Pero el pesar se disipó en seguida, porque en la oscuridad, a lo lejos una voz gritó:

    —Eh, Titus Groan. Alza el mentón, chico. Nos volveremos a encontrar; no lo dudes. Algún día.
    — ¿Por qué no? —gritó Titus también—. Gracias para siempre...

    Pero Trampamorro interrumpió sus palabras con otro grito. —Adiós, Titus, adiós, mi joven presuntuoso. Adiós...


    SESENTA Y CINCO


    Al principio no había señal de ninguna cabeza, pero al cabo de un rato, un agudo observador habría concentrado su atención en un grupo apiñado de ramas y, oculto entre el entramado de hojas y zarcillos, hubiera acabado por descubrir una línea que sólo podía ser una cosa... el perfil de Juno.

    Llevaba largo rato sentada en el cenador, sin apenas moverse. Sus sirvientes la habían llamado, pero ella no los oyó o, si lo hizo, no contestó.

    Tres días antes, había escondido a Trampamorro, su antiguo amor, en el ático. Y ahora se había vuelto a marchar. El fantasma que trajo en los brazos fue aseado y acostado, pero murió en el mismo instante en que su cabeza se apoyó en la nívea almohada.

    Hubo un funeral; hubo respuestas que dar. Su adorable casa se llenó de funcionarios, incluido Filomargo, el inspector. ¿Dónde estaba Titus?, preguntó. ¿Dónde estaba Trampamorro? Y ella estuvo negando con la cabeza una hora tras otra.

    En ese momento estaba sentada en su cenador, inmóvil, con el corazón apesadumbrado. Pensaba en cuando era joven. Recordaba sus tiempos de galanteo. Tiempos en que los jóvenes la deseaban, arriesgaban sus vidas impetuosas por ella, se retaban unos a otros a balancearse entre las altas ramas de los cedros del oscuro bosquecillo cercano a su casa, o a recorrer a nado la bahía cuando el relámpago destellaba sobre ella. Y no tan jóvenes, hombres que la seducían con su ingenio y su dulzura... caballeros entrados en la cuarentena, que ocultaban su amor ante la gente y lo mimaban como una herida o una magulladura para dejarlo resurgir después con mucha más fuerza en la penumbra.

    Y los ancianos, para quienes ella era inalcanzable, una quimera, una luz en la marisma que despertaba sus ansias de vivir o algo más raro aún, un caos de poesía, el aroma de una rosa.

    Ante ella, entre las hojas de la parra, veía una pendiente cubierta de margaritas que descendía hasta un alto seto de boj, recortado en forma de pavos reales heráldicos contra el cielo. Y éste, al que alzó la mirada en ese momento, estaba cubierto de pequeñas nubes.

    Aquel tupido cenador era uno de sus lugares favoritos, y en numerosas ocasiones había hallado consuelo en su retiro.

    Pero ese día era diferente, porque empezó a notar una remota sensación de aprisionamiento, aun cuando no fuera consciente de ello.

    Ni lo sería jamás, porque su cuerpo, actuando independientemente del cerebro, se levantó y salió del cenador como un barco que deja puerto.

    Juno bajó por el prado de margaritas, dejó atrás el seto recortado de boj, se adentró en pastos donde las libélulas quedaban suspendidas en el aire y echaban a volar con rapidez.

    Y siguió deambulando, sin reparar apenas en cuanto la rodeaba, hasta que llegó al oscuro bosquecillo de cedros. No se había dado cuenta de que se acercaba, pues sus ojos no veían prácticamente nada. Pero cuando se encontraba a una corta distancia del bosquecillo, vio que ante ella había una película de rocío helado.

    Completamente despierta, clavó sus ojos en las profundidades del rocío y vio invertido uno de sus lugares más queridos en su adolescencia, el casi legendario bosquecillo de cedros.

    La primera impresión fue que ella estaba boca abajo, pero esta idea desapareció en cuanto alzó la cabeza. Sin embargo, antes de hacerlo, vio a alguien sentado por la cara inferior de una enorme rama de un cedro, desafiando las leyes de la gravedad. Pero cuando Juno levantó la vista y trató de localizar al hombre de la rama, no fue tan sencillo. Al principio no logró ver más que verdes terrazas de follaje, pero entonces..., sí, ahí estaba. Más cerca de lo que esperaba.

    Tan pronto el hombre se dio cuenta de que lo había visto, saltó al suelo e hizo una reverencia, haciendo que sus cabellos rojo oscuro cayeran sobre los ojos como una mopa.

    — ¿Qué hace en mi bosquecillo de cedros? —preguntó Juno.
    —Soy un intruso —dijo el desconocido.

    Juno se protegió los ojos con la mano y miró fijamente al hombre... con cabellos rojos y oscuros y nariz de boxeador.

    —Bueno, «intruso», ¿qué quiere? —dijo al fin—. ¿Este es uno de sus lugares favoritos o es que me ha tendido una emboscada?
    —Le he tendido una emboscada. Si la he asustado, lo siento muchísimo. No era mi intención. No, no más de lo que la hubiera asustado una hormiga en la muñeca, o el zumbido de una abeja.
    —Entiendo —dijo Juno.
    —Pero llevo esperando una eternidad —contestó el hombre, arrugando la frente—. Cielos, vaya que si he esperado.
    —Y ¿a quién esperaba?
    —Esperaba este momento —dijo el hombre.

    Juno enarcó una ceja.

    —Esperaba que quedara abandonada. Sola. Como ahora.
    — ¿Qué tiene que ver mi vida con usted? —preguntó Juno.
    —Todo y nada —dijo el hombre desgreñado—. Su vida es suya, por supuesto. Como su desdicha. Titus se ha ido. Trampamorro se ha ido. Puede que no para siempre, pero sí por mucho tiempo. Su casa junto al río, a pesar de ser tan hermosa, se ha convertido en lugar de sombras y ecos.

    Juno cruzó las manos sobre el pecho. Había algo en su voz que acentuaba el efecto de la mata de pelo rojo y ese aire de bandido. Era profunda, ronca... e increíblemente afable.

    — ¿Quién es usted? —preguntó Juno al cabo—. Y ¿qué sabe de Titus?
    —Mi nombre no tiene importancia. En cuanto a Titus, sé bien poco. Bien poco. Pero sí lo suficiente. Suficiente para saber que ha dejado la ciudad por hambre.
    — ¿Hambre?
    —El hambre de estar siempre en algún otro lugar. Eso y la atracción de su hogar, o lo que él considera su hogar ancestral, si es que alguna vez lo ha tenido. Le he visto en este bosquecillo, solo. Golpeando las grandes ramas con los puños. Golpeando ramitas como si necesitara dejar salir a su alma.

    Por primera vez, el intruso dio un paso al frente, rompiendo con los pies el espejo verde de rocío.

    —No puede quedarse sentada esperándolos. Ni a Titus ni a Trampamorro. Usted tiene su propia vida, señora. Y esa vida empieza a partir de ahora. Llevo observándola desde mucho antes que el tal Titus apareciera en escena, la he observado desde las sombras. De no ser porque ese Trampamorro le robó el corazón, la hubiera seguido hasta el fin del mundo. Pero usted lo amaba. Y también a Titus. En cuanto a mí, bueno, ya ve que no soy ningún galán... soy brusco y directo... pero diga una palabra y le haré compañía. La acompañaré hasta que las puertas se abran, una tras otra, del alba al anochecer, y ¡cada día sea una nueva invención! Si me necesita, estaré aquí, entre los cedros.

    Y dicho esto giró sobre sus talones y se alejó rápidamente. En un momento había desaparecido en el bosque, y lo único que quedaba para demostrar su presencia eran sus huellas, como manchas negras sobre el reluciente rocío.


    SESENTA Y SEIS


    De modo que Juno volvió a casa, y era cierto que se había convertido en un lugar de ecos, sombras y voces; momentos de silencio y suspense; momentos de sufrimiento impreciso y risas menguantes en que la escalera giraba y desaparecía de la vista; momentos de intensa nostalgia en los que sin darse cuenta permanecía ante una ventana en una bruma de estrellas; o de una dulzura difícil de soportar, cuando la sombra de Titus se interponía entre ella y el sol que se elevaba sobre la lluvia.

    Y una tarde silenciosa, mientras estaba tendida en la cama, las manos detrás de la cabeza, los ojos cerrados y sus pensamientos sucediéndose unos a otros en una triste cabalgata, a ciento sesenta kilómetros de allí, Trampamorro se hallaba sentado a una mesa coja de tres patas, bajo otro rayo del mismo sol cálido y envolvente.

    A izquierda y derecha se extendía una calle desordenada. ¿Calle? Era más bien un camino, porque, en consonancia con todo cuanto quedaba dentro del campo de visión de Trampamorro, estaba a medio hacer, y abandonada. Había proyectos olvidados por todas partes. Si nunca llega a terminarse, nunca estará condenado. Este pueblucho que hubiera podido ser una ciudad diez veces mayor. Nunca tuvo pasado, ni tendría futuro. Pero estaba lleno de sucesos. El momento pasajero florecía febril en un extremo, y el otro estaba saturado de sueño. Repicaban campanas y en seguida callaban.

    Niños y perros se acuclillaban hundidos en polvo blanco. Para los niños de aquel lugar, las elaboradas trincheras que en otro tiempo fueron los cimientos de proyectos de teatros, mercados o iglesias se habían convertido en campos de batalla que superaban los sueños de cualquier crío.

    El día parecía adormecido. Era un día de somnolencia tácita. Trabajar en un día como aquél hubiera sido un insulto al sol.

    Las mesas de café trazaban una curva que se extendía hacia el norte y hacia el sur, formando una línea de perspectiva tan raquítica como pueda imaginarse, y a estas mesas había grupos de diverso rostro, constitución y gesto. Pero había un común denominador que unía a todas esas personas. En toda aquella extensa compañía no había ni una sola que no tuviera cara de acabar de levantarse de la cama.

    Algunos llevaban zapatos pero no camisa; otros iban descalzos pero llevaban sombreros de infinita variedad en todo tipo de ángulos. Tocados anticuados, capas anticuadas, jubones anticuados y vestidos ceñidos a la cintura por cinturones de cuero. En esta compañía Trampamorro se sentía a gusto, y estaba sentado a una mesa bajo un monumento a medio hacer.

    Cientos de gorriones cantaban y aleteaban entre el polvo, y los más osados daban saltitos entre las mesas de café, sobre las que las tradicionales tazas sin asa y los platitos destellaban bermejos al sol.

    Trampamorro no estaba solo en aquella mesa. Aparte de una docena de gorriones, que espantaba de vez en cuando con el dorso de la mano como si estuviera quitando unas migas, había una multitud de rezagados humanos. Una multitud que se dividía a grandes rasgos en tres grupos. La primera de estas segregaciones rondaba en torno a la persona del propio Trampamorro, pues jamás habían visto a un hombre tan relajado o tan indiferente a sus miradas; un hombre tan despatarrado en su silla y en un estado tan indolente de colapso su-premo.

    Eran maestros en el arte de no hacer nada y, sin embargo, nunca habían visto algo que pudiera compararse a la forma en que aquel enorme holgazán se conducía. Al parecer, era un símbolo de todo aquello en que creían inconscientemente, y lo observaban como si se tratara de un arquetipo de ellos mismos.

    Veían el gran timón de su nariz; la testa arrogante. Pero ignoraban que dentro había un fantasma. El fantasma de Juno. Y por eso su mirada parecía tan distante.

    Junto a Trampamorro, como un imán bajo la luz suave y caliente, estaba su coche. La misma bestia recalcitrante de sangre caliente. Como tenía por costumbre, la había atado, porque a veces, sin más ni más, era capaz de saltar un metro en una especie de movimiento reflejo, mientras el agua burbujeaba en sus tripas oxidadas. Ese día su noray era el monumento medio erigido a algún anarquista olvidado. Allí estaba, atada, inquieta. La viva imagen de la irritabilidad.

    El tercero de los tres centros de interés estaba en la parte trasera del vehículo, donde el monito de Trampamorro dormía al sol. Nadie por aquellas tierras había visto nunca un simio, y observaban a aquella criatura no sin miedo, especulando con las ideas más disparatadas.

    Desde la tragedia, este animal estaba más próximo a Trampamorro que nunca, y se había convertido en un símbolo de todo lo que había perdido. Y no sólo eso, en una amarga re-gión de su mente mantenía doblemente vivo el recuerdo del horripilante holocausto, cuando las jaulas se doblaron y sus pájaros y sus animales gritaron por última vez.

    ¿Quién hubiera podido imaginar que, detrás de aquella formidable frente, que parecía una torre de ajedrez, había una mezcla tan extraña de recuerdos y pensamientos? Porque, por la forma en que estaba sentado, parecía que no había nada en su cabeza. Y sin embargo, en la penumbra de su cerebro, contenida por el meridiano del cráneo, su Juno deambulaba por el bosquecillo de cedros, Titus avanzaba de noche y dormía de día en su camino a... ¿Adónde? Su monito se había dormido hecho un ovillo, con un ojo abierto, y se rascó una oreja. El silencio zumbaba como una abeja en una flor.

    Los que miraban al monito, los que miraban el vehículo y los que observaban a Trampamorro desde una corta distancia... todos volvieron su atención a aquel extranjero; porque éste, agarrándose a los lados de la silla de tal forma que a punto estuvo de romperla, se irguió.

    Entonces, muy despacio, echó la cabeza atrás, hasta que su rostro quedó mirando al cielo. Pero los ojos, como si quisieran demostrar que no podían ser negados por el ángulo del rostro que los albergaba, miraban hacia abajo, segando como una guadaña con su línea de visión el pálido campo de vello que cubría su pómulo, lo que para un insecto sería como un campo de cebada.

    Pero lo que él veía no era la escena que tenía ante él, con todos sus detalles, sino el recuerdo de otros tiempos, no menos vividos, no menos reales.

    Flotando en las espirales de su juventud, veía una sucesión de imágenes irrelevantes; tiempos de antes de conocer a Juno, y a otras cien mujeres. Días de extravagancias; días de libertad en los que se escabullía y que pasaba tumbado sobre las altas rocas, o en los claros de los bosques hasta que adquiría su color, con su arrogante nariz apuntando al cielo como un timón. Y, mientras estaba allí sentado, echado precariamente hacia atrás en su silla, rodeado de una horda de mirones harapientos que hubieran sacado de quicio al mismísimo Satán, una vieja voz exclamó:

    — ¡Entradas para la puesta de sol! ¡Compren, compren, compren! A penique el asiento, señores. Un penique por la vista. —Los graznidos parecían salir a trompicones de la árida garganta del vendedor, una figura diminuta vestida de un indescriptible negro. Su cabeza sobresalía del cuello roto de forma similar a como sale la cabeza de una tortuga del capara-zón, desarrugando el cuello, con los ojos como cuentas, o joyas de azabache.


    SESENTA Y SIETE


    Entre cada uno de sus gritos estrangulados, el anciano volvía la cabeza y escupía, hacía girar los ojos, echaba atrás su pequeña cabeza huesuda y ladraba al cielo como un perro.

    —Compren, compren. ¡Un asiento para la puesta de sol! Cojan una todos. Dicen que será rojiza, verde y gris. Un penique. Sólo un penique.

    Fue pasando entre las mesas y no tardó en llegar a donde estaba Trampamorro. El viejo se detuvo, con la boca abierta, pero ningún sonido brotó de ella durante un rato, tan absorto había quedado por la visión de aquel nuevo rostro.

    Las sombras de ramas y hojas se proyectaban sobre la mesa como encaje y se movían imperceptiblemente. La delicada sombra de la fronda de una acacia fluctuó como un ser vivo sobre la frente huesuda de Trampamorro.

    Al final, el viejo vendedor cerró la boca y volvió a empezar.

    —Un asiento para la puesta de sol, rojiza, verde y gris. ¡Dos peniques la entrada sin asiento! ¡Tres con asiento! Un penique entre los árboles. ¡La puesta de sol a sus malditos pies, amigos! Compren, compren, compren.

    Mientras Trampamorro observaba al viejo con los ojos entornados, volvió a hacerse el silencio, un silencio cálido y espeso, dulce como la muerte.

    Al final, Trampamorro musitó con suavidad:

    — ¿De qué está hablando este hombre, en el nombre de la mortalidad y toda su descendencia, de qué habla?

    No hubo respuesta. Volvió a hacerse el silencio, un silencio perplejo ante la idea de que pudiera haber alguien que no entendiera lo que decía aquel viejo.

    —Rojiza, verde y gris —siguió diciendo Trampamorro como si hablara para sus adentros—. ¿Son ésos los colores del cielo esta noche? Queridos míos, ¿pagáis por ver la puesta de sol? ¿No es gratis la puesta de sol? Dios, Dios, ¿ni siquiera la puesta de sol es gratis?
    —Es lo único que tenemos —dijo una voz—, eso y el amanecer.
    —No se puede confiar en el amanecer —dijo otro, con tanto patetismo que parecía que tenía alguna rencilla personal contra la atmósfera teñida.

    El vendedor de entradas se inclinó hacia adelante y escrutó a Trampamorro más de cerca.

    — ¿Gratis, dice? ¿Cómo va a ser gratis? Con esos colores que son como el pecho enjoyado de una reina. ¡Gratis! ¿Es que no hay nada sagrado? Compre una localidad, señor Gigante, y véala cómodamente... Dicen que es posible que haya pinceladas de pardo rojizo, y salmón cuajado en las franjas más altas. ¡Y todo por un penique! ¡Compren, compren, compren! Gracias, señor, gracias. Para usted, los bancos de cedro, señor. Bendito sea.
    — ¿Y qué pasa si el viento decide cambiar de dirección? —dijo Trampamorro—. ¿Qué pasará entonces con su luz verde y rojiza? ¿Me devolverá mis peniques? ¿Y si llueve? ¿Eh? ¿Y si cae un aguacero?

    Alguien le escupió a Trampamorro, pero él no hizo nada, aparte de sonreírle al individuo con un ángulo tan curioso de los labios que el hombre sintió un escalofrío en la columna.

    —Esta noche no habrá viento —dijo una voz—. Una ráfaga o dos. El verde será como cristal. Quizá un tigre sacrificado se alejará flotando por el sur. Quizá la sangre de sus heridas goteará por el cielo... pero no...
    — ¡No! ¡Esta noche no! ¡Esta noche no! Verde, rojiza, gris. —Yo he visto puestas de sol negras como el hollín en regiones occidentales, removidas por la sangre de los gatos. He vis-to puestas de sol como un rebaño de rosas: flotando, con sus bellos traseros en la superficie. En una ocasión vi el pezón de una reina... el sol... estaba rosa como un...


    SESENTA Y OCHO


    Más tarde, aquella misma noche, Trampamorro y el pequeño mono se separaron de la multitud boquiabierta y siguieron en el coche lentamente una harapienta caravana que, serpenteando aquí y allá, finalmente desapareció en un bosque sin pájaros. Del otro lado de este bosque, había una terraza herbosa, si es que semejante palabra se puede utilizar para describir aquel fértil terraplén, cuyo lado occidental descendía en picado durante trescientos metros hasta las copas de unos árboles en miniatura suspendidas como pestañas envueltas en la bruma del atardecer.

    Cuando llegaron a la terraza con envolventes vistas que se extendían como secciones del globo hasta perderse en el gran vacío del silencio y la distancia, como si pretendieran formar un nuevo elemento, abandonaron el coche y se instalaron en uno de los bancos de cedro. Estos bancos, que formaban una larga línea que iba de norte a sur, estaban situados a escasos metros del borde del precipicio. Ciertamente, había quien tenía las piernas largas y, en consecuencia, sus pies colgaban por el borde del temible precipicio.

    El monito debió de intuir el peligro, pues no permaneció en su asiento más que unos instantes, y entones saltó al regazo de Trampamorro y se puso a hacer muecas a la puesta de sol.

    Nadie reparó en esto. Ni reparó tampoco en los fuertes dedos de Trampamorro, que acariciaban la barbilla del monito. Toda la atención y el interés que aquellas gentes harapientas habían volcado sobre el forastero y su mono había pasado a la historia. Todos los rostros estaban teñidos de un mismo tono; todos los ojos eran los ojos de un entendido. Un silencio se abatió sobre los presentes, como si el mundo hubiera dejado de respirar, y Trampamorro sacudió la cabeza en silencio, porque algo le había conmovido; algo en su interior que no podía entender. Un irritante sofoco... una burbuja de aire en una inmensa aorta... porque, de pronto, descubrió que se sentía hechizado por lo que veía allá arriba. Un circo de colores, atrapado en un remolino de aire, se había desintegrado y en su lugar un millar de animales de nube pululaban por el oeste.

    A la espalda de los espectadores, muy cerca, se alzaba el lindero de los altos bosques, iluminado por el sol del atardecer, salvo cuando las sombras de los espectadores lo impe-dían. Ante ellos, allá abajo, el lejano valle había echado sobre sí un nuevo velo de frío. Arriba, veían las bestias; todas con sus crines y sus melenas, fuera cual fuera su especie, las ballenas igual que los leones, los tigres igual que los cervatos.

    El cielo estaba cubierto de animales, de norte a sur. Bestias de tierra y aire, levantando sus cabezas para gritar... aullar... gañir, pero no tenían voz, y sus mandíbulas quedaban abiertas, tragando aire.

    Fue entonces cuando Trampamorro se puso en pie. Su semblante se había ensombrecido por una pena repentina que sólo era capaz de comprender a medias.

    Y permaneció en pie, en toda su estatura, en medio de aquel silencio arrobado, temblando de arriba abajo. Durante un rato, sus ojos se mantuvieron clavados en la puesta de sol, donde los animales cambiaban de forma ante sus ojos, pasando de una especie a otra, pero impulsados en todo momento por sus melenas.

    A unos metros de él, un arbusto de enebro, grande y polvoriento, se aferraba al borde del precipicio. De un solo paso Trampamorro alcanzó esta planta solitaria, la arrancó del suelo y, levantándola por encima de su cabeza, la arrojó al vacío, donde cayó y cayó.

    Ahora todas las cabezas se habían vuelto hacia él. Todas, estuvieran cerca o lejos, todas se volvieron. Al verlo allí de pie, temblando, no podían saber que, al contemplar aquellos ani-males de nube, él estaba viendo otro lugar y otro momento: un zoo de carne y sangre. Ni sabían que el feroz visitante estaba sintiendo por primera vez la más extrema agonía por su muerte. Cada bestia que veía en las alturas le recordaba a alguno de sus animales, con plumas, escamas o garras, a alguno de especial belleza o fuerza... a algún símbolo de regiones salvajes e innombrables.

    Aquellas bestias fueron su alegría en un mundo que había quedado sin alegría. Y ahora ni siquiera estaban enmolleciendo. Ni se habían convertido en ceniza, ni habían vuelto a la tierra. La ciencia las había eliminado, sin dejar rastro. La garza con su pata rota, ¿dónde estaba ahora? El lémur, que se escapó y estuvo fuera cinco meses, pero con un rostro tan soñador y una mandíbula tan llena de colmillos. ¡Oh, aniquilación! Y cada una tenía su historia particular. La captura de cada uno de los somormujos. Y, mientras el paisaje de nubes se llenaba de figuras, de jorobas, de aletas, de cuernos, y su mente se llenaba de imágenes de mortandad, el temblor iba en aumento, porque sabía que había llegado el momento de regresar al escenario de maldad suprema, juego sucio y muerte. Pues allí es donde vivían, al menos en parte, en celdas, aisladas de la luz del día.

    El monito se puso a llorar con un sonido débil, triste y distante, y su amo lo pasó de un hombro al otro.

    Aturdido ante la enormidad de la pérdida, por un tiempo Trampamorro se había negado a creerlo; a pesar de las pruebas; se había negado a considerar la brutal realidad de algo se-mejante. Y sin embargo, en ningún momento había dejado de crecer una terrible semilla bajo sus costillas, y en su boca notaba un sabor indescriptible y terrible.

    Pero, aunque todo aquello era una pesadilla, se dio cuenta de que su vida anterior había quedado partida. Ya no estaba equilibrado, ni entero. En otro tiempo fue señor de la fauna. Trampamorro, en su casa junto a la morera, soberanamente libre entre las jaulas de hierro. Y había un segundo Trampamorro, el presente, indefinido pero amenazador, señor de nada.

    Sin embargo, aun cuando él no lo supiera, la espantosa semilla de su mente era tan oscura que en esa nada había empezado a crecer algo implacable: un estado interior sobre el que no tenía ningún derecho, ningún deseo de escapar al mundo repugnante a través de cuyo cuerpo debía ahora desandar sus pasos para volver al campamento del enemigo.

    Y entonces salió como sale un áspid del cascarón... una criatura venenosa cada vez más grande, conforme la vil escena tomaba forma.

    Las nubes se habían ido y los colores prometidos pendían del aire como sábanas. Trampamorro dio la espalda al cielo y contempló los árboles que se elevaban ante la terraza cubierta de maleza. Y al hacer esto su odio rezumó y todo quedó muy claro. El caos de aquella ira tardía se coaguló formando un carbúnculo. Ya no estaba la necesidad de ferocidad, ni de blandir arbustos. De haber podido habría devuelto el enebro a su escarpada posición. Y, cuando volvió a girar su gran cabeza a las silenciosas hileras de vagabundos, su rostro era inexpresivo.

    — ¿Alguno de vosotros ha visto Gormenghast? —bramó.

    Las cabezas de los espectadores de la puesta de sol no se movieron. Sus cuerpos permanecían medio girados hacia él. Los ojos miraban al hombre más grande que habían visto. Ni un solo sonido salió de las interminables hileras de gargantas.

    —Olvidaos de vuestras malditas nubes —exclamó de nuevo—. ¿Habéis visto a un muchacho... señor de una región? ¿Ha pasado algún extranjero por aquí antes que yo? —Echó atrás su gran cabeza—. ¿Soy el único que habéis visto?

    Nada, salvo el susurro de las hojas en el bosque. Y un silencio desdichado, un silencio feo y fatuo. En medio de este silencio, el mal genio de Trampamorro volvió a hacer acto de presencia. Su amado zoo, muerto a manos de la ciencia, se apareció ante sus ojos. Titus estaba perdido. Todo estaba perdido, salvo la posibilidad de encontrar el reino perdido de Gormenghast. Y después guiar al joven Titus de vuelta a su casa. Pero ¿por qué? ¿Para demostrar qué? Que el muchacho no era un demente. ¿Un demente? Trampamorro fue a grandes zancadas hasta el lindero del bosque, con la cabeza entre las manos, y entonces alzó los ojos para evaluar la envergadura y el peso de su disparatado vehículo. Luego soltó el freno, despertándola, y ella gimoteó como un niño suplicante. La hizo girar y, con gran esfuerzo, la impulsó hacia el precipicio. Mientras corría, el monito saltó al asiento del conductor y, cabalgando como un jinete, se precipitó con ella al abismo.

    El mono se había ido. El coche se había ido. ¿Se habría ido todo?

    Trampamorro no sentía nada; sólo incredulidad al pensar que un fragmento de su vida hubiera podido colgar ante él de forma tan vivida como un cuadro en la pared del cielo oscuro. No sentía angustia. Lo único que podía notar era una sensación de liberación. ¿Qué cargas quedaban sobre él y dentro de él? Ninguna, sólo amor y deseo de venganza.

    Estas dos cosas excluían el suicidio, aunque, por un momento, las hileras de espectadores vieron que Trampamorro miraba abajo, a escasos centímetros del borde devorador. De pronto, dando la espalda al precipicio y a aquella sombría asamblea, se adentró a pie en el bosque sin pájaros e inició el camino de vuelta, cantando, consciente de que a su debido tiempo llegaría a una región que había dejado atrás, donde los científicos trabajaban como zánganos para gloria de la ciencia y alabanza de la muerte.

    De haberlo visto Titus en aquel momento, hubiera reparado en la agria sonrisa de su rostro y la extraña luz de sus ojos, y sin duda se habría asustado.


    SESENTA Y NUEVE


    Entretanto, Titus, cuyos viajes en busca de su hogar y de sí mismo le habían llevado a diferentes climas, estaba en aquel momento descansando en una casa fresca y gris, en la quietud de cuyas paredes protectoras yacía con fiebre.

    Su rostro, vivido y animado a pesar de su quietud, estaba medio hundido en la almohada blanca. Los ojos, cerrados; las mejillas, enrojecidas; la frente, caliente y húmeda. Se hallaba en una habitación alta, verde, oscura y silenciosa. Las persianas estaban bajadas y era como yacer en un mundo bajo el agua.

    Fuera se extendía un gran parque, en cuyo extremo sureste, a pesar de la distancia, un lago hería el ojo con el desbocado destello de sus aguas. En la orilla opuesta, casi en el horizonte, había una fábrica. Su silueta, obra maestra del diseño, se adueñaba del cielo en un arco de cien grados. De todo esto Titus no sabía nada, porque su habitación era su mundo.

    Ni sabía tampoco que, sentada a los pies de la cama, con las cejas levantadas, estaba la hija del científico.


    Para Titus fue bueno que no pudiera verla entre la bruma encendida de la fiebre. Pues la suya era una presencia que no se olvida fácilmente. Tenía un cuerpo exquisito. Un rostro in-descriptiblemente curioso. Era moderna. La suya era una nueva clase de belleza. En su rostro todo era perfecto por sí mismo, pero —desde el punto de vista de lo que se considera normal— estaba curiosamente mal colocado. Los ojos eran grandes y de un gris tempestuoso, pero se encontraban a un pensamiento de más de distancia; aunque no tanto como para que no se los reconociera al instante. Los pómulos estaban tensos, bellamente esculpidos, y la nariz, aun siendo recta, a veces daba la impresión de ser respingona, y otras, aguileña. En cuanto a los labios, eran como una criatura adormecida, algo que podía cambiar de color como un camaleón —si no a voluntad, sí al menos de un momento para otro—. Hoy, su boca era del color de una lila, muy clara. Cuando hablaba, los pálidos labios dejaban al descubierto los dientes pequeños y permitían que una o dos palabras salieran como pétalos que el viento lleva ociosamente. La barbilla era redondeada, como el extremo más pequeño de un huevo de gallina, y de perfil parecía deliciosamente pequeña y vulne-rable. La cabeza quedaba en equilibrio sobre el cuello, que se alzaba sobre los hombros como en un número de funambulismo, y la abigarrada diversidad de sus facciones, incongruentes en sí mismas, convergía y se fundía dando lugar a un rostro irresistible.

    De mucho más abajo llegaban gritos y respuestas a estos gritos, pues la casa estaba llena de invitados.

    —Gueparda —gritaban—, ¿dónde estás? Vamos a salir a montar.
    — ¡Pues id! —decía ella entre sus bonitos dientes.

    Grandes hombres rubios estaban asomados a las barandillas, dos pisos más abajo.

    —Vamos, Gueparda —gritaban—. Tu pony está listo.
    —Por mí ya le podéis pegar un tiro a esa bestia —musitó ella.

    Por un momento volvió la cabeza y, con esta orientación de sus facciones, provocó una nueva relación entre ellas... una nueva belleza.

    —Dejadla en paz —exclamaron las muchachas, que sabían que con Gueparda no habría diversión para ellas—. No quiere venir... nos lo ha dicho —dijeron a gritos.

    Y no quería. Ella estaba sentada muy erguida, con los ojos clavados en el joven.


    SETENTA


    Días atrás, un sirviente lo había encontrado durmiendo en un cobertizo, cuando hacía la ronda a medianoche. Sus ropas estaban empapadas, temblaba y balbuceaba. El sirviente, asombrado, se fue en busca de su amo, pero Gueparda, que en ese momento iba a acostarse, lo vio y le preguntó por qué corría. El sirviente le habló a la señorita Gueparda del intruso y fueron juntos al cobertizo. Sí, desde luego, allí estaba, acurrucado y tembloroso.

    Durante un buen rato, ella no hizo nada aparte de observar el perfil del desconocido. En su conjunto, era un rostro joven, incluso infantil, pero había algo en él que no era fácil entender. Aquel rostro había visto muchas cosas. Era como si le hubieran arrancado la gasa de la juventud, dejando al descubierto algo más rudo, más próximo al hueso. Parecía como si una sombra le pasara por el rostro; una emanación de todo lo que había sido. En resumen, aquel rostro tenía la sustancia de la que estaba hecha su vida. No tenía nada que ver con las mejillas hundidas, o los minúsculos jeroglíficos que rodeaban sus ojos; era como si en el rostro llevara grabada su vida...

    Pero también había otra cosa. Gueparda había sentido una atracción instantánea.

    —No digas nada de esto —le había dicho al sirviente—, ¿lo entiendes? Nada. A menos que quieras que te despida.
    —Sí, señorita.
    — ¿Puedes levantarlo?
    —Creo que sí, señorita.
    —Inténtalo.

    Con dificultad, el sirviente había cogido a Titus en brazos y se dirigieron a la habitación verde del extremo del ala este. Allí, en aquel remoto rincón de la casa, lo acostaron.

    —Eso es todo —dijo la chica.


    SETENTA Y UNO


    Tres noches habían pasado desde que la hija del científico tomó a Titus bajo su cuidado. Cualquiera hubiera pensado que en ese lapso Titus habría abierto los ojos, aunque sólo fuera por su proximidad a la peculiar belleza de ella, pero no, sus ojos permanecieron cerrados y, cuando no fue así, tampoco vieron nada.

    Con una eficiencia casi desagradable en una mujer tan irresistible, Gueparda manejó la situación como si se tratara tan sólo de repasarse las cejas.

    Cierto que el segundo día de fiebre del paciente quedó perpleja por la avalancha de palabras que pronunció en sus delirios, pues Titus se debatió en el lecho, y gritó una y otra vez en una lengua que casi parecía extranjera por la cantidad de nombres de lugares y personas. Palabras que jamás había oído, sobre todo una... «Gormenghast».

    «Gormenghast.» Aquélla era la clave de todo. Al principio Gueparda no entendía nada, pero poco a poco, entre las febriles repeticiones, los nombres y los lugares empezaron a en-cajar y formaron una especie de imagen.

    Mientras escuchaba, Gueparda la sofisticada se vio arrastrada a una zona, una capa de personas y sucesos, que se contorsionaba, se invertía, se movía en espirales, y a pesar de todo tenía consistencia dentro de sus confines. Desde el frío eje de su vida de elegancia y placeres planificados, se le estaban mostrando los abismos de una región bárbara. Un mundo de capturas y huidas. De violencia y miedo. De amor y odio. Pero, por encima de todo, de una calma subyacente construida sobre una fe sólida como la roca en la tradición inmemorial.

    Ante ella, agitándose y sudando en el lecho, yacía un fragmento de esa gran tradición, con una confianza inquebrantable en su verdad hereditaria, a pesar del ajetreo exterior. Por primera vez en su vida, Gueparda sintió que estaba en presencia de sangre mucho más azul que la suya. Se pasó la lengua por los labios.

    Allí estaba aquel joven, tumbado en la penumbra de la habitación verde, mientras las voces de la casa resonaban débilmente por los pasillos y los caballos se movían impacientes.


    — ¿No me oyes?... Oh, ¿no me oyes?... ¿No me...?
    — ¿Es ése mi hijo...? ¿Dónde estás, hijo?
    —Y tú ¿dónde estás, mamá?
    —Estoy donde siempre...
    — ¿Asomada a tu ventana llena de pájaros?
    — ¿Dónde iba a estar si no?
    — ¿Es que nadie va a decirme...?
    — ¿Decirte qué?
    — ¿En qué lugar del mundo estoy?
    —No es fácil... no es fácil...
    —Nunca se te han dado bien los números, joven. Nunca.
    —Oh, acójame en los repugnantes pliegues de su toga, oh, señor Bellobosque.
    — ¿Por qué lo has hecho, chico? ¿Por qué has huido?
    — ¿Por qué has...?
    — ¿Por qué..., por qué...?
    — ¿Por qué...?
    —Escucha... escucha...
    — ¿Por qué me das la espalda?
    —Los pájaros se han posado en su cabeza como si fueran hojas.
    —Y ¿a los gatos les gustaría una inundación blanca?
    —Los gatos son fieles en un mundo de traidores.
    — ¿Pirañavelo...?
    — ¡Oh, no!
    — ¿Bergantín...?
    — ¡Oh, no!
    —No puedo soportarlo... Oh, mí querido doctor.
    —Te he añorado, Titus... Te he añorado tanto... por todo lo que abdica, coge tu pastel.
    —Pero ¿Adónde has ido... amor?
    — ¿Por qué lo has hecho... por qué?
    — ¿Por qué lo has hecho?
    — ¿Por qué... por qué?
    — ¿Por qué?
    —Tu padre... tu hermana y ahora... ahora tú...
    —Fucsia... Fucsia.
    — ¿Qué ha sido eso?
    —Yo no he oído nada.
    —Oh, doctor Prune... Le amo, doctor Prune...
    —He oído un paso.
    —He oído un gato.
    —Eh, jovenzuelo, Titus el mancillado...
    — ¡Señor, cuánto te has alejado! ¿Con quién hablabas?
    — ¿Quién era, Titus?
    —No lo entenderías, él es diferente.
    —Él bebe el cielo rojo del anochecer como si fuera vino. El la amaba.
    — ¿A Juno?
    —A Juno.
    —Me ha salvado la vida. Me ha salvado muchas veces.
    —Ya basta. Extirpa la mujer que llevas dentro con un cuchillo.
    —Dios salve la dulzura de tu corazón de acero.
    —Y todos murieron... todos... peces, animales y aves.
    —Ja ja ja ja ja. Después de todo no eran más que criaturas enjauladas. Mira ese león. No es más que eso. Cuatro patas... dos orejas... una nariz... un estómago.
    — ¡Pero mataron al zoo! ¡El zoo de Trampamorro! Plumas, cuernos y picos, todos juntos. Una franja de vida eliminada. La melena del león, apelmazada por la sangre, se desintegra.
    —Te quiero, niño. ¿Dónde estás? ¿Te estoy inquietando?
    —Hace tanto tiempo que se fue...
    —Tanto tiempo... ¿Qué estabas haciendo en esa parte del mundo, que estás tan empapado?
    —Estaba perdido. Siempre he estado perdido. Fucsia y yo siempre lo estuvimos. Perdidos en nuestra enorme casa, donde los lagartos se arrastraban y las malas hierbas se abrían paso por las escaleras y florecían en los descansillos. ¿Quién llama? ¿Por qué no abres la puerta? ¿Por qué pareces tan nerviosa? ¿Te da miedo la madera? No te preocupes, te veo a través de la puerta. No te preocupes. Tu nombre es Filomargo. Rey de la policía. Detesto tu rostro. Está hecho de tachuelas. Tus brazos se aguantan mediante clavos... pero Juno está conmigo. El castillo flota. Pirañavelo, mi enemigo, se sumerge en el agua, con un puñal entre los dientes. Pero lo maté. Lo maté.
    —Ven aquí y bailaremos juntos en las almenas. Los torreones están blancos por la lima para los pájaros. Es como fósforo. Dadme las manos, Trampamorro, y Juno, la más adorable de todas, y demos un paso hacia el espacio. No caeremos solos porque, mientras pasemos raudos ante una ventana tras otra, un montón de cabezas se mecerán junto con las nuestras, sonriendo. Sudario y la Rosa Negra; Cúspide-Canino y los Yerbas... y, muy cerca, sin separarse de mi lado mientras caemos, estaba la cabeza de Fucsia, y sus cabellos negros me tapaban los ojos, pero no podía esperar, porque tenía que buscar a la Criatura. La Criatura. Ella vivía en el tronco de un árbol del bosque. Las paredes eran panales, y se oía el zumbido de las abejas, pero nunca nos picó ninguna. Y se dedicó a saltar de rama en rama, hasta que los maestros vinieron a buscarla, Bellobosque, Florimetre y los demás. Con sus birretes inclinados en las sombras. Haz un gran hoyo para ellos: canta por ellos. Hazles coronas de flores con malvarrosas. Arroja las vainas de las judías como si fueran verdes canoas. Eso los tendrá contentos todo el invierno. ¿Contentos? ¿Contentos? Ja ja ja ja ja. Los búhos han partido de Gormenghast. Ja ja ja. Los voraces búhos... los búhos... los pequeños búhos.


    SETENTA Y DOS


    Cuando Titus la vio pensó que se trataba de otra más de aquella multitud de imágenes, pero, al seguir mirándola, se dio cuenta de que no era un rostro entre nubes.

    Ella no le había visto abrir los ojos, así que Titus tuvo ocasión de contemplar, por unos momentos, el hielo de su rostro. Cuando volvió la cabeza y vio que la miraba, no trató de suavizar su expresión, pues sabía que la había cogido desprevenida. No, en lugar de eso, le devolvió la mirada, hasta que llegó un momento en que fue como si estuvieran jugando a quién aparta primero la vista y ella fingió no poder seguir poniendo esa cara y su rostro se deshizo en una expresión que era una mezcla de sofisticación, abigarramiento y exquisitez.

    —Tú ganas —dijo. Su voz era ligera e indiferente como un villano.
    — ¿Quién eres? —preguntó Titus.
    —Eso no importa. Mientras sepas quién eres tú... ¿O sí?
    — ¿Y quién soy?
    —Lord Titus de Gormenghast, septuagésimo séptimo conde. —Las palabras revolotearon como hojas en otoño.

    Titus cerró los ojos.

    —Gracias a Dios.
    — ¿Por qué? —dijo Gueparda.
    —Por saberlo. Hasta yo había acabado por dudar de ese condenado lugar. ¿Dónde estoy? Me siento el cuerpo ardiendo.
    —Lo peor ha pasado.
    — ¿En serio? ¿Y qué ha sido lo peor?
    —La búsqueda. Bebe esto y túmbate.
    —Tienes un rostro curioso —dijo Titus—. Es como un paraíso impaciente. ¿Quién eres? ¿Eh? No me contestes, lo sé todo. ¡Eres una mujer! Eso es lo que eres. Así que deja que chupe de tus pechos, como pequeñas manzanas, y juegue con tus pezones con la lengua.
    —Desde luego, se nota que te sientes mejor —dijo la hija del científico.


    SETENTA Y TRES


    Una mañana, no mucho después de haberse recuperado de la fiebre, Titus se levantó temprano y se vistió con cierta alegría. Era una sensación extraña a su corazón. Hubo un tiempo, no hacía tanto, en que cualquier pensamiento absurdo podía hacer que se doblara de risa; en que podía reírse de todo y de todos como si no pasara nada... a pesar de la oscuri-dad de aquella época. Pero ahora parecía estar en una etapa donde había más oscuridad que luz.

    Y sin embargo, había llegado a un momento de su vida en que se descubría riendo de una forma distinta y por cosas diversas. La suya ya no era una risa estruendosa. No cantaba su alegría a gritos.

    Pero aquella mañana, cuando salió de la cama, parecía llevar consigo una parte de su yo más joven. Una burbuja inexplicable, un arrebato de alegría.

    Cuando dejó volar las persianas y desplegó el paisaje, se restregó la cara con placer y estiró brazos y piernas. Pero no había ninguna razón para que se sintiera tan complacido. En realidad era más bien lo contrario. Estaba atrapado. Había hecho nuevos enemigos. Se había comprometido de forma irremediable con Gueparda, que era peligrosa como agua negra.

    Y sin embargo, esa mañana Titus estaba contento. Era como si nada pudiera afectarlo. Como si llevara una vida encantadora. Casi como si viviera en otra dimensión, inaccesible para los demás, y pudiera arriesgarse a lo que quisiera, atreverse a todo. Del mismo modo que se había regodeado en su vergüenza y no sintió miedo el día que estaba en cama, recu-perándose de la fiebre... del mismo modo, el mundo también estaba ahora de su parte.

    Así que bajó corriendo las elegantes escaleras y galopó hasta los establos como si él mismo fuera un pony. En unos pocos minutos tuvo ensillada la yegua gris, y salió hacia el lago, sobre cuya extensión inmóvil de agua estaba el reflejo de la fábrica.

    De las finas chimeneas salían delgadas columnas de humo verde, como incienso. Más allá, el cielo del amanecer era como una extensión de lino arrugado. Titus galopaba a lomos de la yegua e iba acercándose al lago sin saber que alguien le seguía. Había otra persona que se había levantado temprano. Otra persona que había estado en los establos, había ensillado un pony y había salido al galope. De haber vuelto la cabeza, Titus hubiera contemplado la vista más adorable que pueda imaginarse. Porque la hija del científico podía cabalgar como una hoja al viento.

    Cuando Titus llegó a la orilla no hizo ningún esfuerzo por refrenar a la yegua, que se adentró más y más en el agua, levantando grandes borbotones y poniendo en movimiento el reflejo perfecto de la fábrica, en una sucesión de ondas, hasta que no quedó ninguna parte del lago que no estuviera rizada.

    Del edificio inmóvil salía una especie de rumor: un sonido continuo e impalpable que, de haber sido traducido a un lenguaje de olores, hubiera podido equipararse al de la muerte, una especie de dulce descomposición.

    Cuando el agua le llegó al caballo gris a la garganta e hizo que se detuviera, Titus levantó la cabeza y, en la suavidad del amanecer, oyó por primera vez aquel sonido, en toda su per-versa suavidad.

    Y sin embargo, a pesar de esto, hubiera parecido cualquier cosa menos misterioso, y Titus recorrió con la mirada la gran fachada, como si fuera el flanco de un colosal transatlántico, cubierto de incontables portillas.

    Al dejar que su ojo se demorara un instante en una de aquellas ventanas, Titus se sobresaltó, pues en su minúsculo centro había una cara que miraba a través del lago. No sería mayor que la cabeza de un alfiler.

    Desplazando la mirada a la siguiente ventana, vio otro rostro minúsculo. Un escalofrío le recorrió la columna y cerró los ojos, pero esto no le ayudó, porque aquel sonido suave y enfermizo parecía más fuerte en sus oídos, y el olor lejano y mohoso de la muerte impregnaba sus fosas nasales. Abrió los ojos de nuevo. Cada ventana tenía un rostro, cada rostro le miraba y, lo más amedrentador, cada rostro era igual que el anterior.

    Fue en ese momento cuando en la distancia oyó el sonido de un silbato. Y aquellos miles de ventanas se quedaron de pronto sin sus cabezas.

    Toda la alegría de aquel día había desaparecido, algo horrible había ocupado su lugar. Titus hizo volverse rápidamente a la yegua gris y se encontró de cara con Gueparda. Quizá fue porque la imagen de ella llegó con tan poca separación de la de la fábrica y eso la convirtió en algo sucio en su mente, o por alguna otra oscura razón, pero, fuera lo que fuese, Titus se sintió asqueado al verla. Su alegría había desaparecido definitivamente. No había aventura en sus huesos. A su alrededor el amanecer era como una enfermedad. Estaba sentado a lomos de un caballo, entre un edificio perverso y una persona que parecía pensar que bastaba con ser exquisita. ¿Por qué levantaba el pétalo superior de su boca? ¿Es que no notaba el fétido olor del aire? ¿No oía la bestialidad de aquella lenta regurgitación?

    —Así que eres tú —dijo al cabo.
    —Soy yo —dijo ella—. ¿Por qué no?
    — ¿Por qué me sigues?
    —No lo sé —contestó ella, con una voz tan lacónica que Titus, a su pesar, tuvo que sonreír.
    —Creo que te odio —le dijo—. No sé por qué. Y también odio esa fábrica apestosa. ¿La construyó tu padre?
    —Eso dicen, pero la gente dice cualquier cosa, ¿no?
    — ¿Quién? —dijo Titus.
    —Pregunta otra cosa, cielo. Y no te me escapes. Después de todo, te quiero tanto como me atrevo.
    —Tanto como te atreves. Ésa sí que es buena.
    —Pues sí, es muy buena, sobre todo si piensas en todos los tontos a los que he despachado.

    Titus volvió la cabeza hacia ella, sintiendo asco por aquel tono vomitivo de suficiencia pero, en cuanto clavó los ojos en la chica, su armadura empezó a resquebrajarse y la vio igual que la primera vez, como algo infinitamente deseable. Que aborreciera su mente casi parecía acrecentar la lujuria que despertaba en él su cuerpo.

    A lomos de su caballo, aquella joven parecía estar allí para que la tomara. Sólo tenía que quedarse como estaba, con el perfil inmóvil contra el cielo; pequeña, delicada y puede que perversa. Titus no lo sabía, sólo podía intuirlo.

    —En cuanto a ti —dijo ella—, eres diferente, ¿verdad? No eres capaz de comportarte.

    La suficiencia de este comentario casi fue demasiado, pero antes de que Titus pudiera decir nada, ella sacudió las riendas y se apartó de la orilla del lago.

    Titus la siguió y, cuando estuvieron en suelo seco, ella lo llamó.

    —Ven, Titus Groan. Sé que piensas que me odias. Así que intenta atraparme. Cógeme, villano.

    Sus ojos brillaban con una nueva luz, su cuerpo parecía recatado como la última palabra de una virgen. Aquel ceñido hábito de montar, hermosamente cortado y moldeado como si fuera para una muñeca. El cuerpo menudo y espantosamente sabio, espantosamente irritante. Pero ¡oh, tan deseable! El rostro iluminado como si albergara una luz interior..., tan clara y radiante era su complexión.

    —Atrápame —volvió a exclamar, pero fue una exclamación extraña, como si no fuera dirigida a nadie en particular, un sonido distante y etéreo.

    Con la voz indiferente de Gueparda en la cabeza, Titus se olvidó de la fábrica y, aceptando el desafío, se lanzó a una feroz persecución.

    Por tres lados estaban rodeados de montañas, cuyas cimas brillaban débilmente bajo la luz del amanecer. Contra ellas, como el decorado en un escenario, el tenue resplandor de al-gunas casas, entre las que estaba la del padre de Gueparda, el científico. Al sur de esta casa había un gran aeródromo, resplandeciente; base para toda clase de vehículos aéreos. Y, más al sur, de nuevo una franja de árboles, desde cuyo interior llegaban los gritos intermitentes de las criaturas del bosque.

    Todo esto estaba recortado en el horizonte. Muy lejos de Gueparda, que cabalgaba velozmente, irracional, irritante, una virgen al vuelo, con los labios entreabiertos, encendidos con un brillo húmedo y rosado; su cabeza se movía como la de un animal, mientras cabalgaba al ritmo de su caballo.

    Titus, que iba en su persecución, de pronto se sintió un estúpido. En circunstancias normales hubiera desdeñado aquella sensación, pero ese día era distinto. No es que le preocupara actuar de modo absurdo. Eso estaba en concordancia con su carácter y, simplemente, seguía o rechazaba el impulso según el humor que tuviera en cada ocasión. No. Aquello era algo especial. Había algo incurablemente evidente en todo aquello. Algo pueril. Estaban cabalgando a lomos de un cliché. ¡Hombre persigue mujer al amanecer! ¡Hombre necesita consumar su lujuria! ¡Mujer que cabalga como loca hacia su futuro inmediato! ¡Y además rica! Tan rica como pueda hacerla la fábrica de su padre. ¿Y él? Él es heredero de un reino. Pero ¿dónde está? ¿Dónde?

    A su derecha había un pequeño soto y Titus se dirigió hacia allí, pasando las riendas sobre el cuello del caballo. Cuando estuvo junto a los tilos, se arrodilló con una ácida sonrisa en los labios, pensando que la había evitado, a ella y sus designios. Cerró los ojos, pero sólo un momento, porque el aire se impregnó de un perfume seco y fresco, y al volver a abrirlos se encontró mirando a la hija del científico.


    SETENTA Y CUATRO


    Se puso en pie.

    —Oh, diablos —exclamó—. ¿Es que siempre tienes que salir de la nada? Como ese condenado fénix. Mitad sangre, mitad ceniza. No me gusta. Estoy cansado de esto. Cansado de abrir los ojos y encontrarme mujeres extrañas que me observan desde una gran altura. ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Cómo lo has sabido? Pensaba que te había despistado.

    Gueparda ignoró sus preguntas.

    — ¿Has dicho «mujeres»? —susurró ella. Su voz era como hojas secas en un árbol.
    —Sí, eso he dicho. Estaba Juno.
    —No me interesa Juno. Ya he oído bastante sobre ella..., demasiado.
    — ¿Ah, sí?
    —Sí.
    —Qué tonto —dijo Titus, haciendo una mueca de desprecio—. Debes de haber saqueado mi inconsciente. Con entrañas y todo. ¿Qué vas a hacer con un botín tan absurdo? ¿Hasta dónde te he contado? ¿Qué dije? ¿Cómo la violé en un lecho de perejil?
    — ¿A quién? —preguntó la hija del científico.
    —A mi bisadama. La de los dientes afilados.
    —Vaya. ¡No lo recuerdo!
    —Tu cara es sorprendente. Pero equivale al desastre. Tomarte sería como tomar una bomba de relojería. Y no porque pretendas ser peligrosa. ¡Oh, no! Pero tus facciones llevan consigo su propio peligro. No puedes evitarlo, ni ellas tampoco.

    Gueparda se quedó mirando a su interlocutor durante un buen rato. Finalmente, dijo:

    — ¿Qué es lo que causa que nos aislemos, Titus? Parece que haces lo posible por mermar nuestra amistad. Eres una persona difícil. Yo sería feliz hablando contigo durante horas, pero tú no me tomas en serio. Sé que no soy una gran conversadora. Pero una palabra de respuesta de vez en cuando no estaría de más. Lo único que parece interesarte es hacer el amor conmigo o mostrarte chistoso.
    —Sé lo que intentas decirme —dijo Titus—. Lo sé muy bien.
    —Entonces... ¿por qué...?
    —Es demasiado complejo para explicarlo con palabras. Necesito crear una barrera entre los dos. Una barrera de estupidez. No puedo, no debo tomarme en serio esta tierra vuestra, una tierra de fábricas, ni a ti. Llevo aquí el tiempo suficiente para saber que este lugar no es para mí. Tu peculiar riqueza y tu belleza no me sirven de nada. No llevan a ningún sitio. Me hacen sentirme como un oso bailando en lo alto de una cuerda. Ah..., eres una joven extraña. Pasas tu tiempo conmigo, presumiendo de mí ante tu padre. Pero ¿por qué? ¿Por qué? Para escandalizarlos a él y sus amigos. Desdeñas a tus pretendientes uno a uno y les haces enloquecer. Y los celos se avivan como un fuerte hedor. ¿Qué tienes?

    Titus estiró el brazo para cogerla de la mano e hizo que se sentara.

    —Con cuidado —dijo ella. Se tendió junto a él y enarcó las cejas.

    Una libélula pasó sobre ellos con una leve vibración de sus alas transparentes, y luego volvió a hacerse el silencio.

    —Aparta esa mano —dijo Gueparda—. No me gusta. Me pone enferma que me toquen. Lo entiendes, ¿verdad?
    —Pues no, no lo entiendo —dijo Titus poniéndose en pie de un salto—. Eres fría como el hielo.
    — ¿Me estás diciendo que siempre ha sido mi cuerpo lo que te atraía, y sólo mi cuerpo? ¿Quieres decir que no hay ninguna otra razón para que quieras estar conmigo?

    Su voz había adquirido un matiz diferente. Era seca y distante, pero se la oía nerviosa.

    —Lo curioso —añadió— es que debería amarte. A ti. Un joven que no ha sentido más que lujuria por mí. Una enigmática criatura de un lugar que no aparece en los mapas. ¿No lo entiendes? Eras mi misterio. El sexo lo estropearía. No hay ningún misterio en el sexo. Lo que importa es tu mente, tus historias, y lo diferente que eres de todos los hombres que he conocido. Pero eres cruel, Titus, muy cruel.
    —Entonces, cuanto antes me vaya, mejor —exclamó él, y cuando se volvió hacia ella se encontró más cerca de lo que imaginaba, pues estaba mirando su rostro menudo, extraño, profundamente femenino y delicioso. La rodeó con sus brazos y la atrajo hacia sí. No obtuvo respuesta. En cuanto al rostro, Gueparda lo había girado para que no pudiera besarla.
    —Bueno, bueno —dijo soltándola—. Esto es el fin.

    Nada más soltarla, ella se puso a arreglarse sus ropas de montar.

    —He terminado contigo —dijo Titus—. He terminado con tu maravilloso rostro y tu mente deforme. Vuelve con tu círculo de vírgenes y olvídame igual que yo pienso olvidarte.
    —Mala bestia —exclamó ella—. Mala bestia desagradecida. ¿Es que no soy nada por mí misma para que me abandones? ¿Tan importante es copular? Hay millones de amantes ha-ciendo el amor de un millón de formas, pero para mí sólo hay una. —Le temblaban las manos—. Me has decepcionado. Eres vulgar. Eres indigno. Débil. Y seguramente estás loco. ¡Tú y tu Gormenghast! Me ponéis enferma.
    —Yo mismo me pongo enfermo —replicó Titus.
    —Me alegro —dijo la hija del científico—, que sigas así mucho tiempo.

    Ahora que Gueparda sabía que no era amada por Titus, la brusquedad que se había colado en su voz se estaba transfiriendo a sus pensamientos. Nunca en su vida la habían tratado de esa forma. No había ni uno solo entre sus jadeantes admiradores que se hubiera atrevido a hablarle así. Hubieran esperado mil años por una sonrisa, por que les mirara enarcando una ceja. En ese momento miró a Titus, como si fuera la primera vez, y lo odió. En cierto modo, aunque lo había rechazado, era él quien la había humillado. La brusquedad de su voz y su mente se estaba transformando en una ira innata. Se había entregado a él en todos los sentidos, salvo en el acto consumado del amor, y se había burlado de ella; la había re-chazado.

    ¿Qué le importaba si era o no señor de Gormenghast? ¿Si estaba cuerdo o loco? Lo único que sabía es que le habían arrebatado algo milagroso y que no pensaba conformarse con nada que no fuera la venganza.


    SETENTA Y CINCO


    La violenta muerte de Sudario en el Subrío fue motivo de grandes especulaciones y asombro, no durante uno o dos días, sino durante meses. ¿Quién era el joven que había huido tan milagrosamente? ¿Quién era el ágil desconocido que lo había salvado? Sin duda algunos habían visto a Trampamorro en alguna ocasión en la última década, pero incluso para éstos era como un fantasma, no alguien real, y las historias que se contaban sobre él eran poco menos que leyendas.

    Hay quien recordaba a Trampamorro al huir, cuando las puertas que chorreaban se abrían para él con un suspiro tan grande como el que jamás haya podido oírse en el sueño de un melancólico.

    Allí, hacía largo tiempo, en su inmenso escondite, pasaba horas cantando, hasta que las campanas se rendían, o pasaba horas sentado, cavilando, como un monarca, cubierto de zarzas, o manchado de tierra, según la región por la que había estado acechando. Y hubo una ocasión, un día inolvidable, en que se le vio vestido inmaculadamente de la cabeza a los pies, caminando por un corredor que parecía interminable, con un sombrero de copa y un bastón en la mano —que no dejaba de girar como un malabarista— y un aire de indescriptible dignidad.

    Pero en general se lo conocía por la vergonzosa negligencia de su atuendo.

    Y sin embargo, nunca vivió allí, con los otros. Para él, el Subrío era un refugio, nada más. De modo que era un misterio para sus habitantes, del mismo modo que lo era para los sofisticados personajes que habitaban en las grandes mansiones sitas en las márgenes del río.

    Pero ¿Adónde habían ido aquellos dos, el feroz y autosuficiente Trampamorro y el joven al que salvó? ¿Cómo podían saberlo aquellos rebeldes auto recluidos; aquellos ladrones y refugiados? Y sin embargo, no hacían más que hablar de la huida, de dónde podían estar. No hacían más que especular, y aunque eso no los llevaba a ninguna parte, casi les daba una razón para vivir. A todos excepto a tres. Tres individuos de lo más inverosímiles. Parece ser que, cada uno a su manera, había despertado por el horror de aquel incidente espantoso. Se habían sentido sobresaltados, aunque ya no lo estaban. Lo único que querían era escapar del vacío atestado de aquel lugar, a cualquier precio.

    Aparentemente eran apocados, y sin embargo estaban deseando abandonar aquella morgue saturada, inactivos, y sin embargo estaban dispuestos a arriesgarse. Porque la policía los buscaba a los tres.

    Congrejo, con su rostro pálido y estreñido y ese aire de mártir. Egocéntrico, si no hasta el punto de ser un megalómano, casi. ¿Y qué hay del hecho de que lo llevaran en la cama? ¿Y del pesado «recordatorio» de volúmenes idénticos que habían servido para levantar su almohada y habían rodeado su cama durante tantos años?

    Su cama, gracias a su amigo Tirachina y uno o dos más, había sido trocada por una silla de ruedas. En el respaldo de ésta había un saco colgado. Lo habían llenado de libros, y pesaba lo suyo. El pobre Tirachina, cuya misión era empujar de un distrito a otro la silla, con Congrejo, los libros y todo lo demás, no disfrutaba especialmente de aquella ocupación. No sólo tenía la más baja opinión sobre la literatura en general, sino que sentía un especial desagrado por aquel libro en particular, repetido tantas veces, convertido cada ejemplar en un gran peso para el corazón.

    Pero aunque era un libro grande y pesado, aunque Congrejo se había zafado de aquel gran peso, y aunque estaba repetido montones de veces, a Tirachina jamás se le hubiera ocurrido rebelarse o exigir sus derechos. Porque sabía que sin Congrejo estaría perdido.

    En cuanto al propio Congrejo, estaba tan absorto en sus especulaciones que no se le ocurrió en ningún momento que Tirachina pudiera estar sufriendo.

    Sin duda de vez en cuando oía algunos gemidos, pero para lo que le interesaba, bien podría haber sido el roce de unas ramas.


    SETENTA Y SEIS


    La noche que escaparon del Subrío y partieron en dirección noreste fue una noche sin luna ni estrellas. Un mes más tarde, pisaban tierra extranjera.

    Como habían acordado, se reunieron con Grieta-Campana en una colina pelada. A pesar de su estupidez, él era el único que tenía dinero. No mucho, como no tardaron en descubrir, pero suficiente para uno o dos meses. Este dinero fue transferido al bolsillo de Congrejo, donde, como él dijo, estaría más seguro. Cuando se trataba de dinero, la ambigüedad de Congrejo desaparecía rápidamente.

    Grieta-Campana no puso objeciones. No pasaba nada. En otro tiempo fue rico. Ahora era pobre. ¿Qué más daba? Su risa seguía siendo tan chillona y estridente como siempre. Y su sonrisa, igual de fatua. Sus respuestas, igual de rápidas. Comparado con sus dos compañeros, Grieta-Campana era vivaracho como un mono.

    —Aquí estamos —exclamó—. Tirados en algún lugar. No me preguntéis dónde, pero en algún sitio. Ja ja ja. —Su risa quebradiza descendió por la colina en fragmentos rotos.
    —Señor Congrejo —dijo Tirachina.
    — ¿Sí? —dijo Congrejo levantando una ceja—. ¿Qué quiere esta vez? Que paremos a descansar, supongo.
    —Hemos recorrido hoy un terreno extenso y difícil. Y estoy cansado. Ciertamente. Me recuerda...
    —Los años que pasó en las minas de sal. Sí, sí. Ya lo sabemos. ¿Le importaría ser un poco más cuidadoso con mis libros? Trata ese saco como si estuviera lleno de patatas.
    —Si me permite decir unas palabras... —gorjeó Grieta-Campana— yo lo diría así...
    —Desate mis libros, todos, y límpielos con un paño seco. Luego los contará.
    —Cuando estaba en las minas, como usted sabe, tenía mucho tiempo para pensar... —dijo Tirachina, obedeciendo a Congrejo mecánicamente.
    — ¡Vaya! ¿Y lo hacía? Y ¿en qué pensaba? ¿Mujeres? ¡Mujeres! Ja ja ja. Mujeres. Ja ja ja ja.
    —Oh, no. Desde luego que no. No sé nada de mujeres —repuso Tirachina.
    — ¿Ha oído eso, Congrejo? Qué declaración tan extraordinaria. Es como decir: «No sé nada de la luna».
    —Bueno ¿y qué sabe usted de la luna? —preguntó Congrejo.
    —Tanto como de usted, mi querido amigo. La luna es árida. Como usted. Pero ¿qué importa eso? Estamos vivos. Somos libres. Al diablo con la luna. De todos modos, es una cobarde. ¡Sólo sale de noche! ¡Ja ja ja ja!
    —La luna sale en mi libro —dijo Congrejo—. No recuerdo exactamente dónde... pero sale mucho. Hablo, o más bien diserto, sobre el cambio que ha sobrevenido a la luna. Desde que Molusco la rodeó, se ha convertido en algo muy distinto. Ha perdido su misterio. ¿Me escucha usted, Tirachina?
    —Sí y no. En realidad estaba pensando dónde vamos a acampar. En las minas era distinto. No había...
    —Olvídese de las minas —lo atajó Congrejo—. Cuidado con ese codo, no lo vaya a clavar en mi manuscrito. Oh, amigos míos, ¿es que no significa nada que hayamos escapado de ese lugar pernicioso? ¿Que los tres estemos juntos como habíamos planeado? ¿Que estemos aquí tranquilamente, en el lado de sotavento de una colina desnuda?
    —Pero incluso aquí no puede uno evitar recordar ese brutal enfrentamiento. Me altera muchísimo —confesó Tirachina.
    —Oh, señor. Una buena pelea. Huesos, músculos, tendones, órganos de toda clase esturreados por aquí y por allá. Pero ¿qué importa eso ahora? Hace una noche hermosa. Hay dos estrellas. Tenemos toda la vida por delante... o al menos una parte. Ja ja ja!
    —Sí, sí, sí. Ya lo sé, Grieta-Campana, pero no puedo evitar preguntarme...
    — ¿Preguntarse?
    —Sí. Ese joven... No me lo puedo quitar de la cabeza.
    —Yo no pude verlo bien. Estaba algo abajo. Pero, por lo que vi, y por lo que sé de la vida, puedo decir que tenía un buen trasero.
    —|Un buen trasero! ¡Ja ja ja ja ja! ¡Ésa ha sido buena!
    — ¡Buena! Idiota. ¿Te crees que llevo toda la vida en el Subrío? En otro tiempo trabajé como ayuda de cámara.

    Tirachina se puso en pie.

    —Empieza a caer el rocío. Encenderé un fuego. En cuanto al joven, daría muchas cosas por verlo.
    —Evidentemente —concedió Congrejo—. Tenía un algo. Pero ¿por qué íbamos a querer...?
    — ¿Verlo? —exclamó Grieta-Campana—. ¿Por qué íbamos a querer verlo? Oh, Señor. Él y su amigo el cocodrilo. Señor. Imposible encontrar mejor materia para las conjeturas.
    —Eso dejádmelo a mí —dijo Congrejo—. Mi cabeza es como una brújula y mi nariz, como el olfato de un sabueso. Usted, mi querido Tirachina, ocúpese de los campamentos y del cuidado de mis libros... Grieta-Campana, usted se encargará de robar y retorcer el pescuezo de las gallinas. Oh, Señor, con qué rapidez y elegancia se mueve usted cuando la luna se re-crea sobre las granjas y los patios están en negro y plata. Con qué rapidez y claridad acecha al ganado. Si alguna vez alcanzamos a ese joven, tomaremos pavo y vino.
    —Yo no bebo —aclaró Tirachina.
    — ¡Chis!
    — ¿Qué pasa?
    — ¿No ha oído esa risa?
    —Chis... chis...


    SETENTA Y SIETE


    Se oyó un sonido, y sus cabezas se volvieron a la par hacia el flanco oeste de la colina desnuda.

    En el crepúsculo acechaban los devoradores de entrañas; los que tienen el cerebro en su estómago, ansiosos por encontrar carroña. Los chacales y los zorros. ¿Qué buscan cuando escarban? El arañar de sus garras continúa. Sus ojos miran como gelatina. Las orejas parecen afiladas como espadas de una baraja. ¡Eh, carroñeros! La luna tiene náuseas.

    Mientras Tirachina, Grieta-Campana y Congrejo se encogían temblorosos —pues al principio aquel sonido tan extrañamente inquietante hubiera podido ser cualquier cosa—, un nuevo sonido les hizo volver la cabeza, esta vez al cielo.

    Desde el espacio ciego, terrible y sin sol, como mosquitos coloridos que emergían de la noche, un escuadrón de agujas verde lima apareció velozmente dirigiéndose hacia la tierra.

    Los chacales levantaron sus morros despreciables, y Tirachina, Congrejo y Grieta-Campana hicieron lo propio con los suyos.

    No hubo tiempo para miedos o interpretaciones. Aquellas agujas voladoras desaparecieron casi tan pronto como habían aparecido. Pero, a pesar de la velocidad con que viajaban, había algo más. Parecía que buscaban a alguien.

    Los chacales y los zorros siguieron con su carroña en el otro lado de la colina desnuda y por eso no pudieron ver las dos figuras con yelmos recortadas contra el cielo como estatuas, idénticas hasta en el más pequeño detalle.

    Llevaban una especie de armadura, y sin embargo se movían con absoluta libertad. Cuando uno de ellos dio un paso al frente, el otro dio un paso similar. Cuando uno de ellos protegió sus ojos inmensos y huecos de la luna con la palma de su mano, su compañero hizo otro tanto.

    ¿Acaso estaban dirigiendo aquellos dardos aéreos y silenciosos? No lo parecía, pues sus cabezas estaban ligeramente inclinadas.

    Colgadas de las columnas de sus cuellos llevaban unas minúsculas cajitas sujetas con hilo metálico. ¿Qué eran? ¿Es posible que estuvieran recibiendo mensajes de alguna remota región? ¡No! ¡Desde luego que no! No eran la clase de mortales que obedecen a nadie. Su silencio mismo era hostil y orgulloso.

    Sólo en una ocasión volvieron su mirada hacia los tres vagabundos, y en aquella doble mirada había tantísimo desprecio que Congrejo y sus temblorosos compañeros sintieron un golpe helado contra sus cuerpos. No era a ellos a quien buscaban las figuras tocadas con yelmos.

    Luego se oyó un gruñido, cuando los dientes de uno de los chacales se clavaron en los intestinos de alguna bestia muerta, y al oírlo aquel par tan alto giró sobre sus talones y se alejó como si flotara. Resultaba mucho más amedrentador que cualquier zancada o paso.

    Ahora que se habían ido, los chacales también se fueron, porque ya no quedaba nada que roer en los huesos de la pobre bestia. Como una bóveda, un número incontable de moscas flotaba sobre el esqueleto, como si quisieran formar un sudario o manto para el muerto.

    Al cabo, los tres huidos del Subrío treparon a lo alto de la colina y, a la luz de la luna, vieron un paisaje lunar que se extendía en todas direcciones, infinitamente quebradizo. Pero no estaban de humor para tonterías.

    —Esta noche no vamos a dormir —anunció Congrejo—. Este sitio no me gusta nada. Me siento los muslos mojados como rodaballos.

    Sus dos compañeros estuvieron de acuerdo en que aquél no era buen lugar para dormir, pero, como siempre, recayó sobre Tirachina la tarea de empujar la silla de ruedas arriba y abajo de las pendientes de aquel espantoso terreno, no sólo con Congrejo sentado en ella, sino también con su «recordatorio» de sesenta y un volúmenes.

    Grieta-Campana —quien, a pesar del efecto blanqueador de la luna sobre su rostro era por derecho propio blanco como el papel— caminaba algo rezagado y, en un intento por parecer valiente, silbaba una melodía chillona y desafinada.


    SETENTA Y OCHO


    Sucedió así que los tres avanzaron en fila por el paisaje blanco y no vieron ni rastro de criatura viva alguna. Congrejo iba sentado en su silla de ruedas de respaldo recto; con su saco de libros idénticos en el regazo. Tirachina, su sirviente, empujaba a su señor laboriosamente por angostos desfiladeros, frías crestas, desiertos de esquisto. En cuanto a Grieta-Campana, hacía ya rato que había renunciado a silbar, y reservaba su aliento para la poco agradecida tarea de cargar con una vieja cocina, algunos utensilios para acampar y un pavo robado. Trastabillando en la retaguardia de esa caravana de tres, sin otra cosa que la fría noche por delante, debido a su naturaleza, Grieta-Campana no podía evitar la sonrisa irritante que se había instalado en las regiones más meridionales de su rostro, ni el brillo demencial de sus ojos vacíos. «La vida es bella —parecía decir—. La vida es tan bella...»

    De no ser por que ocupaba la posición de retaguardia, es bien posible que sus fatuos gestos faciales hubieran enloquecido a sus dos compañeros. Pero el caso es que avanzaba con dificultad sin ser visto.


    SETENTA Y NUEVE


    Estaba sentada inmóvil ante su espejo sin par, mirándose, no a sí misma, sino a través de ella, pues sus pensamientos eran profundos y amargos, y sus ojos habían perdido la capacidad de ver. De haber sido consciente de su reflejo y haber liberado sus ojos del velo que los cubría como una catarata, para empezar hubiera advertido la rigidez anormal de su cuerpo y relajado la columna, y también los músculos de la cara.

    Porque, a pesar de su hermosura, había algo macabro en su cabeza; algo que sin duda hubiera tratado de ocultar de haber sabido que se manifestaba en sus facciones. Pero no era consciente de nada de eso, de modo que seguía allí sentada, completamente erguida, mirando con los ojos desenfocados, mientras los reflejos vacíos de sus órbitas le devolvían la mirada.

    Esta inmovilidad era terrible, sobre todo cuando se coaguló en algo palpable y sofocó prácticamente el único sonido real, el de una hoja seca que de vez en cuando rozaba el cris-tal de una ventana lejana.

    En el vestidor de Gueparda se respiraba una atmósfera tan fría y severa que le hubiera helado la sangre a cualquiera. Y sin embargo, aunque hacía subir un espantoso escalofrío por la columna, no era feo. Al contrario, era majestuoso en sus proporciones y soberbio en su economía.

    Para empezar, el suelo estaba cubierto de esquina a lejana esquina con una tundra de pieles blancas de camello, apagadas como arena blanca y suaves como lana.

    De las paredes colgaban tapices que despedían una luminosidad mortecina y anaranjada debido a un sistema de iluminación oculto que producía la sensación de que la luz amortiguada no caía sobre los tapices, sino que procedía de ellos. Como si fueran resplandecientes y sus vidas se pasaran consumiéndose.


    OCHENTA


    No hace tantos años, ella gritó: « ¡Oh, cómo os odio a todos!». Los ancianos menearon la cabeza. « ¿Qué quiere decir? —preguntaron—. ¿Es que no tiene todo lo que puede comprarse con dinero? ¿Acaso no es la hija del científico?»

    Pero Gueparda estaba inquieta. Que si le gustaba esto. Que si le gustaba lo otro. No. ¿Aceptaría los tapices de los Greeziorthspi? Sí, los aceptaría.

    Los compraron para ella, despojando así a un pequeño país de su único tesoro.

    Y ahora colgaban en la gran habitación diseñada para albergarlos, más hermosos que nunca, consumiéndose en rosas y dorados polvorientos, sin nadie que los admirara, porque Gue-parda había abandonado lo que en otro tiempo fue su alegría.

    Habían muerto para ella; o ella para ellos. Los unicornios saltaban sin ser vistos. Los riscos que se sonrojaban bajo los rayos de sol ya no significaban nada. Las peligrosas olas ya no eran tales.

    El suelo de pelo de camello; las paredes tapizadas; el tocador. Estaba tallado a partir de una pieza entera de granito. Sobre su superficie, como siempre, descansaban sus cosas en perfecto orden.

    La superficie de granito negro era inmaculadamente suave, y sin embargo era irregular al tacto, pues parecía oscilar bajo la palma de la mano, y los reflejos de los diferentes objetos que había en ella eran tan marcados como los objetos mismos, pero vacilaban. A pesar de la multiplicidad de su tocador, aquellos artículos coloridos sólo ocupaban una pequeña fracción de la superficie. A derecha e izquierda, el granito se extendía en ondulaciones adamantinas y suntuosas.

    Pero Gueparda, inmóvil en el asiento de pelo de camello de su silla, hoy no estaba de humor para pasar las manos por encima y sentir aquel placer silencioso y sensual. Algo había pasado. Algo que no le había ocurrido nunca antes. Por primera vez era consciente de que no era necesaria. Titus Groan había descubierto que podía vivir sin ella.

    Bajo la rigidez de su columna menuda, esbelta y marcial, se retorcía una serpiente. Bajo la indiferencia de sus ojos aparentemente muertos había todo un mundo de horror febril, porque ahora sabía que lo odiaba. Odiaba su independencia. Odiaba una cualidad que él tenía y a ella le faltaba. Levantó sus ojos vidriosos al cielo, más allá del espejo. Estaba cuajado de pequeñas nubes y su mirada se despejó por fin, sus párpados se cerraron.

    Sus pensamientos empezaron a mudar como escamas, hasta que no quedó más que un absoluto vacío en su mente, una nada necesaria, pues la intensidad de sus oscuros pensamientos era terrible y no podía mantenerla para siempre si no quería caer en la locura.

    Del otro lado del espejo, cortando el cielo, estaba el orgullo de su padre, la más reciente de sus fábricas. Un penacho de humo salía por una de las chimeneas formando espirales.

    Sus objetos de tocador, tan rígidos como ella en su agonía, estaban en orden de batalla, en una disposición excéntrica; artículos de belleza, coloridos como el arco iris, brillantes como acero o cera; frascos para los ungüentos tallados en alabastro; el kohol; el nardo.

    La fragancia de los tarros de ónice y pórfido; el nardo aromático y esquivo... aceites de oliva, almendra y sésamo. Los perfumes en polvo, machacados sólo para ella; rosa, almen-dra, membrillo. Los carmines, las especias. Los lápices de ojos, y la raya colorida; rímel y borla para colorete. Las pinzas para las cejas y los rizadores de pestañas. Los algodones, las toallitas y varias pequeñas esponjas. Cada uno en su sitio ante el espejo perfecto.

    Y entonces se oyó algo. Al principio era tan leve que era imposible adivinar qué estaba diciendo, o si realmente se trataba de su voz. De no ser porque estaba sola en la habitación, nadie hubiera creído que aquel sonido procedía de unos labios tan bellos. Pero el sonido era cada vez más fuerte, hasta que Gueparda golpeó con sus minúsculos puños el tocador de granito y gritó:

    — ¡Bestia, bestia, bestia! ¡Vuelve a tu sucia madriguera! ¡Vuelve a tu Gormenghast! —Y, poniéndose en pie, barrió con el brazo la superficie del tocador y arrojó al suelo todo lo que antes estaba tan hermosamente colocado, haciendo que se rompiera y se echara a perder sobre el pelo blanco de camello de la moqueta y el rojo crepuscular de los tapices.


    OCHENTA Y UNO


    De la amargura que ahora forma parte de ella, como una alergia, algo había comenzado a aflorar a la superficie de su consciencia; algo que podría compararse a un monstruo marino, repulsivo y con escamas, que sale de las profundidades del océano. Al principio Gueparda no fue consciente ni notó ningún tipo de contracción pero, conforme los días pasaban, sus nebulosas meditaciones empezaron a encontrar un eje. Y fueron sustituidas por algo más duro, hasta que un día se dio cuenta de que ansiaba no sólo saber cómo hacer daño a Titus, sino cuándo. Así que, finalmente, quince días después de su discusión con él, supo que estaba planeando activamente su caída, y que todo su ser estaba empeñado en la tarea.

    Al arrojar su maquillaje al suelo había apartado todo cuanto había de nebuloso en su mente y su ansia. Eso no sólo la hizo más venenosa, sino también más calculadora, de modo que cuando volvió a ver a Titus, su comportamiento fue la viva imagen del aplomo.


    OCHENTA Y DOS


    — ¿Es éste el joven? —preguntó el padre de Gueparda, apenas un alfeñique.

    —Sí, padre, lo es.

    La voz del hombre sonaba completamente vacía. Su presencia era una especie de sustracción. Él mismo, un ser indescriptible, hasta el punto de resultar embarazoso. Sólo su cráneo era positivo... como un montecillo de color manteca.

    Sus facciones, si se describían por partes, quedaban en nada. Resultaba difícil creer que la suya era la misma sangre que corría por las venas de Gueparda. Y sin embargo había algo... una emanación que vinculaba a padre e hija. Una especie de atmósfera que les pertenecía sólo a ellos dos; aunque las facciones no formaran parte de ella. Porque él no era nada: meramente una criatura de intelecto solitario, ajena al hecho de que, desde el punto de vista humano, era una especie de vacío, a pesar de que había genialidad en el interior de su cráneo. Él sólo pensaba en su fábrica.

    Gueparda, siguiendo la mirada de su padre, vio a Titus claramente.

    —Para el coche —dijo con una voz lacónica como la de una gaviota.

    El padre apretó un botón y el coche se detuvo con un suspiro.

    Titus se encontraba en el extremo más alejado del camino, hablando aparentemente consigo mismo, pero cuando padre e hija estaban a punto de concluir que había perdido el juicio, tres mendigos salieron de la distante maraña de hojas y se pusieron a su lado.

    Al parecer, este grupo de cuatro no había oído ni había visto acercarse el coche.

    El extenso sendero estaba moteado por la suave luz del otoño.

    —Le hemos estado siguiendo —confesó Grieta-Campana—. Ja ja ja! Se podría decir que íbamos pisándole los talones.
    — ¿Siguiéndome? ¿Para qué? Ni siquiera los conozco —dijo Titus.
    — ¿No se acuerda usted, joven? —inquirió Congrejo—. El Subrío. Cuando Trampamorro le salvó.
    —Sí, sí —dijo Titus—. Pero no los recuerdo a ustedes. Había miles de personas... y además... ¿lo han visto?
    — ¿A Trampamorro?
    —Sí, a Trampamorro.
    —No —dijo Tirachina.

    Hubo una pausa.

    —Mi querido joven... —dijo Grieta-Campana.
    — ¿Sí?
    —Qué elegante está. Yo antes también lo era. La última vez que le vimos era usted un mendigo. Como nosotros. ¡Ja ja ja! Un sucio mendigo. Pero mírese ahora. O la la!
    —Cállese —dijo Titus.

    Los miró a los tres con detenimiento. Tres fracasados. Pomposos como sólo los fracasados pueden serlo.

    — ¿Qué quieren de mí? No tengo nada que darles.
    —Lo tiene usted todo —repuso Congrejo—. Por eso le seguimos. Sois diferente, mi señor.
    — ¿Quién me ha llamado así? —susurró Titus—. ¿Cómo lo habéis sabido?
    —Pero si todo el mundo lo sabe —exclamó Grieta-Campana con una voz que llegó hasta donde Gueparda y su padre esperaban, observando la escena.
    — ¿Cómo han sabido dónde encontrarme?
    —Hemos pegado nuestras orejas al suelo y hemos tenido los ojos bien abiertos, y también hemos hecho uso del ingenio que Dios nos ha dado.
    —Después de todo, le han estado vigilando. No es ningún desconocido.
    — ¡Desconocido! —exclamó Grieta-Campana—. ¡Ja ja ja! ¡Ésa sí que es buena!
    — ¿Qué hay en el saco? —preguntó Titus dándoles la espalda.
    —La obra de mi vida —dijo Congrejo—. Libros, montones de libros, aunque son todos el mismo. —Alzó la cabeza con orgullo y la meneó—. Éstos son mis «recordatorios». Son mi vida. Por favor, coged uno, milord. Llevad uno con vos a Gormenghast. Mirad. Yo os lo saco.

    Congrejo, apartando a Tirachina de la silla de ruedas, desgarró el saco e, introduciendo el brazo por su garganta, extrajo un ejemplar de la oscuridad. Dio un paso hacia Titus y le ofreció el enigmático volumen.

    — ¿De qué trata? —preguntó Titus.
    —De todo. De todo lo que sé sobre la vida y la muerte.
    —No soy muy aficionado a la lectura.
    —No hay prisa —dijo Congrejo—. Leedlo a vuestro ritmo.
    —Muchas gracias —dijo Titus. Pasó unas páginas—. Veo que también hay poemas, ¿no es cierto?
    —Entreverados —dijo Congrejo—. Es bien cierto; hay poemas entreverados. ¿Puedo leeros uno... milord?
    —Bueno...
    —Ah, sí, eso es... humm... humm. Un pensamiento... sólo un fugaz pensamiento. ¿Dónde estamos? ¿Estáis listo, señor?
    — ¿Es muy largo? —preguntó Titus.
    —Es muy corto —dijo Congrejo cerrando los ojos—. Dice así...

    ¿Cómo vuelan las aves de los cielos sino con sus alas? ¿Cómo andan los venados, reyes enormes y peludos, sino con sus patas? ¿Cómo se impulsan los peces en los acuosos confines do