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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    TITUS SOLO (Mervyn Peake)

    Publicado el martes, agosto 09, 2016
    Para Maeve


    Nota del editor inglés

    La edición original de Titus solo, de 1959, partió de un mecanoscrito basado en los cuadernos de notas en los que Mervyn Peake escribía siempre. Exámenes recientes de los manuscritos han revelado que esa edición no era completa, de modo que la presente se ha revisado para solventar varias omisiones. Los cambios afectan principalmente a los capítulos 24 (episodio enteramente nuevo), 77, 89, y todos los que van del 99 al final, donde el texto de la primera edición se ha incrementado considerablemente. Con la publicación del nuevo texto, los editores se complacen en cumplir las intenciones del autor y desean unirse a la señora Naeve Peake en el agradecimiento a Langdon Jones por las largas horas y el me-ticuloso cuidado que puso en comparar las diversas versiones y descubrir los verdaderos propósitos del autor. El señor Lagdon Jones escribe:


    Cuando me puse a trabajar en la reconstrucción de Titus solo, me basé en tres versiones diferentes. La principal era el primer mecanoscrito. Ésta era la versión que se había dado primeramente para publicación y sobre la cual se habían hecho la mayoría de los cambios. El primer tercio consistía en una copia a carbón sin ninguna indicación. El segundo mecanoscrito era la versión preparada según criterio del revisor editorial en un intento de dar coherencia al libro, ya que por la época en que Mervyn Peake lo entregó estaba ya en la fase final de su enfermedad. De esta versión, el primer tercio consistía en las correspondientes páginas originales del primer manuscrito, corregidas por Peake y el revisor, y los dos últimos tercios (en los cuales se había hecho el grueso de las modificaciones) eran un nuevo mecanoscrito con las especificaciones del revisor, aunque también había esporádicas correcciones de Peake. La tercera versión, a la cual se recurrió para aclarar palabras ilegibles o buscar secciones que habían desaparecido de las otras, era el primer borrador, y estaba escrito a mano en varios cuadernos.

    Así, fui reconstruyendo el libro a partir sobre todo del primer mecanoscrito, y recurriendo constantemente al segundo para asegurarme de incorporar a las partes no modificadas por el editor los cambios que Peake había hecho posteriormente.

    Mi propósito ha sido incluir todas las correcciones de Peake desestimando las demás. También he intentado hacer el libro lo más consistente posible pero con un mínimo de cambios por mi parte.

    Me he visto obligado a aplicar mi propio juicio en muy pocas ocasiones, aquellas en las que lo normal habría sido consultar al autor. He intervenido en unas pocas inconsistencias, siendo el único cambio importante la reticente eliminación de veinticinco palabras del delirio de Tito, en el cual recordaba personajes que él conocía pero el lector no.

    De haber podido hacerlo, no cabe duda de que Peake hubiera pulido la historia todavía más. Creo no obstante que en esta versión se ha conseguido expresar ese mal que alcanzó para Peake sus manifestaciones supremas cuando, sirviendo como artista de guerra, hacia el final del conflicto, entró en Belsen. Da la impresión de que Peake veía el mal y la tragedia como fuerzas tangibles, y el libro refleja una lucha que tuvo realmente, cuando él mismo se en-frentó a un horror más espantoso y prolongado que el sufrido por Titus, y al cual el propio autor sucumbiría diez años después.


    UNO


    Se volviera a donde se volviese, norte, sur, este u oeste, sus puntos de referencia no tardaron en quedar atrás. El montañoso perfil de su hogar, aquel desgarrado mundo de torres, junto al liquen gris y la hiedra negra, así como el laberinto que alimentaba sus sueños y el ritual que fue su vida y su perdición, toda su infancia, habían desaparecido.

    Ya no eran más que un recuerdo; una discrepancia; un ensueño, o el sonido de una llave al girar en una cerradura.

    Titus siguió su camino, yendo de orillas doradas a orillas heladas, por regiones sumidas en un polvo suntuoso y tierras ásperas como el metal. A veces sus pasos no se oían, otras, re-sonaban sobre la piedra. A veces un águila lo observaba desde una roca, otras, un cordero.

    ¿Dónde está ahora? ¿Dónde está Titus el Abdicador? ¡Sal de las sombras, traidor, y asómate a los salvajes confines de mi cerebro!

    Esté donde esté, no puede saber que, a través de puertas infestadas de gusanos y paredes agrietadas, a través de ventanas reventadas que boquean ablandadas por la podredumbre, una tormenta se abate sobre Gormenghast. Erosiona las baldosas; agita el foso sombrío; arranca las largas vigas de sus soportes ruinosos, y ¡aúlla! No puede saber de las múltiples acciones que tienen lugar en su casa, momento a momento.

    Un caballito de madera, enjaezado de telarañas, se mece en un desván ventoso y vacío.

    Ignora también que, mientras él vuelve la cabeza, tres ejércitos de hormigas negras, en orden de batalla, marchan como sombras sobre los lomos de una gran biblioteca.

    ¿Acaso ha olvidado el lugar donde los petos de las armaduras bullen como la sangre en el interior de los párpados y las inmensas cúpulas reverberan al sonido de la tos de una rata?

    El sólo sabe que atrás, en el lugar más remoto del horizonte, ha dejado algo desmesurado; algo brutal; algo tierno; algo que es mitad realidad, mitad sueño; la mitad de su corazón; la mitad de sí mismo.


    Y, durante todo el camino, la risa lejana de una hiena.


    DOS


    El sol se puso con un sollozo, la oscuridad se extendió por el horizonte, haciendo que el cielo se contrajera, el mundo se quedó sin luz y entonces, en ese mismo instante de aniquila-ción, como si hubiera estado esperando su turno, la luna apareció surcando la noche.

    Sin saber apenas qué hacía, el joven Titus amarró su bote a la rama de un árbol en la orilla y bajó trastabillando a tierra. Las márgenes del río estaban cubiertas de juncos, un poderoso ejército cuyos contagiosos susurros sugerían descontento. Con este sonido en los oídos, Titus se abrió paso entre los juncos, con los pies hundidos hasta los tobillos en el cieno.

    Tenía la vaga intención de aprovechar el terreno elevado que se alzaba en la orilla derecha y trepar por la estribación más próxima, a fin de echar un vistazo a lo que tenía por delante, pues se había perdido.

    Pero cuando consiguió llegar a lo alto entre la vegetación, después de una serie de percances y de añadir nuevos desgarrones a sus ropas, de suerte que era sorprendente que se mantuvieran unidas, para ese entonces, aunque se encontró en lo alto de una colina cubierta de hierba, no tenía ojos para el paisaje, sino que cayó al suelo al pie de lo que parecía una enorme roca tambaleante. Pero era Titus quien se tambaleaba, y se desplomó agotado por el cansancio y el hambre.

    Y allí quedó, acurrucado, con la apariencia frágil y adorable que suelen tener cuantos duermen por razón de su desamparo, con los brazos abiertos, la cabeza en un extraño ángulo que conmueve el corazón.

    Pero los sabios son comedidos en su compasión, pues el sueño puede ser como la nieve sobre una áspera roca y fundirse al primer contacto con la realidad.

    Y así fue con Titus. Al volverse para aliviar el hormigueo del brazo, vio la luna y la odió; odió la vil hipocresía de su luz; su rostro fatuo; la odió con una repugnancia tan real que le escupió y le gritó: «¡Mentirosa!».


    Y entonces, una vez más, pero ya no tan lejana, se oyó la risa de la hiena.


    TRES


    A cierta distancia del pie de Titus, el lustroso caparazón de un escarabajo, minúsculo y heráldico, reflejaba los rayos de la luna. Su sombra, tres veces más larga que su cuerpo, rodeó una piedrecilla y trepó por una brizna de hierba.

    Titus se puso de rodillas, con el regusto de un sueño que sólo había dejado remordimiento, aunque no recordaba nada, salvo que era sobre Gormenghast, una vez más. Cogió un palo y se puso a dibujar en la tierra con un extremo, y la luz de la luna era tan intensa que cada línea que trazaba era como una estrecha trinchera llena de tinta.

    Al ver que había dibujado una especie de torre, se palpó de forma involuntaria el bolsillo, buscando la piedra que había llevado consigo, como para demostrarse que su infancia era algo real, y que la Torre de los Pedernales seguía alzándose, como había hecho durante siglos, por encima de cualquier otra edificación de su antiguo hogar.

    Titus alzó la cabeza, paseó por primera vez la vista sobre lo que le rodeaba, y entonces sus ojos siguieron en dirección norte, recorriendo las grandes pendientes fosforescentes de robledos y encinas, hasta que se posaron sobre una ciudad.

    Era una ciudad dormida, sumida en un mortal silencio y el vacío de la noche. Titus se puso en pie y tembló al verla, no sólo por el frío, sino por la extrañeza de pensar que, mientras él dormía, mientras trazaba líneas sobre el suelo, mientras observaba al escarabajo, aquella ciudad había estado allí todo el tiempo, y con tan sólo volver la cabeza sus ojos se hubieran llenado de cúpulas y agujas de plata; de suburbios relucientes; de parques, arquerías y un río sinuoso. Y de las laderas de una gran montaña, poblada de bosques canosos.

    Pero, mientras contemplaba las altas pendientes de la ciudad, sus sentimientos no eran los de un niño o un joven, ni los de un adulto con inclinaciones románticas. Sus respuestas ya no eran claras y sencillas, porque había pasado por muchas cosas desde que escapara del ritual, y ya no era niño o adolescente, sino que, por causa de su conocimiento de la tragedia, la violencia y la conciencia de su propia perfidia, era mucho más que eso, aunque menos que un hombre.

    Arrodillado en aquel lugar, Titus parecía perdido. Perdido en la luminosa noche. Perdido en su distanciamiento. Perdido en una franja espacial en la que la ciudad reposaba como un todo, segura en su cohesión, como una inmensa criatura bañada por la luz de la luna que respiraba en sueños con un único aliento.


    CUATRO


    Titus se puso en pie y echó a andar, no por las colinas, en dirección a la ciudad, sino bajando por una empinada pendiente hacia el río, donde había dejado el bote. Y allí lo encontró, envuelto en la penumbra de los lirios, amarrado, susurrando en la orilla.

    Pero cuando se agachó para soltar el cabo, dos figuras se abrieron paso entre los juncos y avanzaron hacia él, y los juncos se cerraron a sus espaldas como una cortina. La repentina aparición de esos hombres hizo que el corazón de Titus se desbocara y, antes de saber siquiera lo que hacía, dio un salto hacia atrás y cayó en el bote, que se ladeó y se tambaleó como si quisiera echarlo.

    Aquellos hombres llevaban una especie de uniforme, aunque era difícil decir de qué clase, porque sus cabezas y sus cuerpos estaban cubiertos por las sombras de los lirios y franjas de luz de luna. Una de las cabezas estaba totalmente iluminada, salvo por una tira de un par de centímetros de ancho que bajaba de la frente hasta un ojo, sumido en la oscuridad, y seguía sobre la mejilla hasta la alargada mandíbula del hombre.

    La otra figura no tenía cara; formaba parte de la oscuridad aniquiladora. Pero su pecho estaba encendido por una tela verde lima y uno de sus pies destellaba como fósforo.

    Al ver que Titus se debatía con su largo remo, no emitieron sonido alguno, sino que se metieron sin vacilar en el río y se adentraron hasta la parte más profunda, hasta que sólo sus cabezas emplumadas asomaban en la superficie opaca. Y esas cabezas, aun en lo extremo de su huida, a Titus le pareció como si estuvieran separadas y flotaran, como si pudieran desplazarse arriba y abajo como los reyes y los caballos en un tablero de ajedrez.

    No era la primera ocasión en que alguien se acercaba a Titus en aquellas regiones en apariencia tan remotas. Había escapado otras veces, y ahora, mientras su bote se alejaba so-bre las aguas, recordó que siempre era lo mismo: la repentina aparición, el salto de la huida y el extraño silencio que se producía cuando quienes querían capturarlo iban perdiéndose en la distancia y desaparecían... aunque no para siempre.


    CINCO


    Titus había visto una ciudad dormida en el aire gris y encendido, de modo que dejó a un lado el recuerdo de su hogar abandonado, de su madre y el llanto de desertor de su corazón; y a pesar de la fatiga y el hambre sonrió, porque era tan joven como lo permitían sus veinte años, y tan viejo como podía serlo a esa edad.

    Sonrió una vez más, pero al hacerlo se tambaleó y, sin darse cuenta, cayó de costado en un mortal vahído, su sonrisa se desenfocó emborronando sus labios y el remo se soltó de su mano.


    SEIS


    Nada supo de buena parte de lo que sucedió durante aquella noche. Nada de la forma en que su pequeña embarcación giró y giró. Nada de la ciudad que se deslizaba hacia él. De los grandes árboles que flanqueaban el río por ambas orillas, con sus raíces marmóreas que entraban y salían del agua retorciéndose y brillaban a la luz de la luna; del jorobado que, en la semioscuridad, donde los escalones se introducían en la corriente, dio la espalda a la mísera red que trataba de desenredar y, al ver un bote aparentemente vacío que se dirigía hacia él, con la popa apuntándolo, se metió chapoteando en el agua, aferró los escalamos y luego cogió al joven, con asombro, para sacarlo de su cuna iluminada por la luna, dejando que la embarcación se alejara con rapidez por el ancho río.

    Titus no supo nada de todo esto; no supo que el hombre que le había salvado miró con gesto inexpresivo al andrajoso vagabundo que tenía a sus pies en los escalones que bajaban hasta el agua, pues ahí fue donde dejó aquel montón de fatiga.

    De haber agachado el anciano la cabeza tal vez hubiera oído un sonido distante y notado el temblor de los labios de Titus, porque el joven musitaba para sus adentros:


    ¡Despierta, maldita ciudad..., aporrea tus campanas! ¡Voy a comerte!


    SIETE


    Ciertamente, la ciudad despertaba entonces y, saliendo de la oscuridad, hicieron su aparición en el muelle unas figuras; algunas a pie, abrazándose por el frío; otras en desvencijados carros tirados por mulas, grandes bestias cuyos ollares se dilataban por el aire frío, y cuyos huesos tensaban la vasta piel de la grupa, con la mirada desbocada y el aliento agrio.

    Y había algunas, en su mayor parte ancianos consumidos, que se desprendían de las sombras como si la oscuridad los escupiera. Se dirigían hacia el río en carretillas impulsadas por sus hijos y los hijos de sus hijos; o en carros, carromatos o carretas tiradas por burros. Todos ellos con sus redes o sus sedales, mientras las ruedas traqueteaban sobre el empedrado del embarcadero y el alba iba cobrando fuerza. También un vehículo a vapor largo y sombrío que emergió con un chirrido de las sombras. Su capota era del color de la sangre. Su agua hervía. Relinchaba como un caballo y se sacudía como si estuviera vivo.

    El conductor, un hombre grande, demacrado, con una nariz que recordaba un timón, mandíbula cuadrada y miembros largos y musculosos, parecía ajeno al estado de su automóvil o al peligro que suponía para sí mismo o para el conglomerado de individuos que se apretujaban entre sus redes en la «popa» podrida del aciago artefacto.

    Pero no iba sentado, sino que conducía prácticamente tumbado, con los pies apoyados ociosamente sobre el embrague y el pedal del freno. No bien detuvo el vehículo, como si el rebuzno de un burro distante fuera una señal, bajó del asiento del conductor a un lado del coche siseante y se desperezó, estirando tanto los brazos que por un momento pareció un oráculo ordenando al sol y la luna que mantuvieran las distancias.

    ¿Por qué con tanta frecuencia se molestaba en bajar al alba hasta los escalones del río y ayudar a los mendigos que quisieran subirse en la destartalada popa de su coche? Es difícil saberlo, pues básicamente era un hombre poco compasivo, un hombre hiriente, descarado y desapasionado, que jamás llevaba a nadie a su lado en la parte delantera del vehículo, salvo ocasionalmente un viejo mandril.

    Tampoco pescaba. Ni tenía ningún deseo de contemplar la salida del sol. Se limitaba a aparecer entre las sombras de la noche y encendía una vieja pipa negra, mientras los desam-parados y los hambrientos iban descendiendo a la orilla hasta cubrirla como una oscura marea y la primera gota de sangre aparecía en el horizonte.

    Aquella mañana en particular, mientras estaba allí de pie con los brazos en jarras, mientras observaba cómo eran empujados los botes al agua y la oscura espuma se abría bajo la acción de las proas, vio al jorobado, arrodillado en los escalones, con un joven postrado a sus pies.


    OCHO


    Obviamente el viejo jorobado no sabía qué hacer con aquel visitante salido de la nada. Por la forma en que había aferrado a Titus para sacarlo del bote se hubiera podido pensar que, pese a su edad, era un hombre de ingenio y acción. Pero no. Lo que hizo fue algo que en lo sucesivo nunca dejaría de maravillarlo a él y a sus amigos, pues era de todos sabido que más bien se trataba de un hombre torpe e ignorante. Y así, ahora que el peligro había pasado, volvía a ser él mismo y se quedó de rodillas, contemplando a Titus con gesto impotente.

    Más abajo, en el río se habían encendido las antorchas y el agua reflejaba una luz rojiza. Los cormoranes, liberados de sus jaulas de mimbre, se deslizaban sobre la superficie y se zambullían en el agua. Una mula, recortada contra la luz de una antorcha, levantó la cabeza y enseñó sus dientes repugnantes.

    Trampamorro, el dueño del vehículo, se había ido acercando al jorobado y al joven, y estaba ahora inclinado sobre Titus, no con gesto amable o preocupado, o eso parecía, sino con aire distante... incluso orgulloso, frente a la desdicha del otro.

    —Al coche con él —musitó—. No tengo ni idea de lo que es, pero tiene pulso.

    Trampamorro retiró índice y pulgar de la muñeca de Titus y señaló su coche largo y vibrante con un imponente gesto.

    Dos mendigos, abriéndose paso entre la multitud que se había congregado en torno a la figura postrada de Titus, apartaron al viejo, levantaron al joven conde de Gormenghast, tan harapiento como ellos mismos, cual saco terrero, y fueron arrastrando los pies hasta el coche para colocarlo en la popa del indescriptible vehículo... un caos de cuero mohoso, hojas mojadas, viejas jaulas, muelles rotos, herrumbre y porquería en general.

    Trampamorro, siguiéndolos a grandes zancadas, lentas y arrogantes, estaba ya a medio camino de su diabólico vehículo cuando una franja de oscuridad se desplazó en el cielo y el borde escarlata de un enorme sol se abrió paso como la hoja de una navaja, y al punto, los botes y sus tripulaciones, los hombres de los cormoranes y sus aves con cuello de botella, los juncos y las márgenes cenagosas, las acémilas y los carros, las redes y los arpones y hasta el propio río parecieron encenderse.

    Pero Trampamorro no tenía ojos para todo aquello y por lo que respecta a Titus eso fue bueno, porque, al dar la espalda al espectáculo del amanecer como si tuviera tanto interés como un viejo calcetín, gracias a la luz de aquello mismo que desdeñaba, vio a dos hombres que se acercaban con rapidez y suavidad, con yelmos en sus cabezas idénticas y unos perga-minos enrollados en la mano.

    Trampamorrro enarcó las cejas, y su frente chata quedó tan arrugada como el cuero de la parte posterior de su coche. Volvió entonces la vista hacia el vehículo, como para calcular la distancia, y siguió adelante, alargando de forma casi imperceptible cada paso.

    Los dos hombres que se acercaban no parecían caminar, era como si flotaran, tal era la suavidad con que avanzaban, y los pescadores que aún estaban en el muelle empedrado se apartaban para dejarles pasar, porque avanzaban inexorablemente hacia donde estaba Titus.

    ¿Cómo sabían que estaba en el coche? Es difícil decirlo, pero lo sabían, y con los yelmos refulgiendo bajo los rayos del sol, avanzaban hacia él con una terrible determinación.


    NUEVE


    Fue entonces cuando Titus despertó, levantó la cabeza y no vio nada, salvo el resplandor del cielo del amanecer y la profusión de estrellas.

    ¿Qué utilidad podían tener? Su estómago rugía de hambre y él temblaba de frío. Se apoyó sobre un codo y se humedeció los labios. Sus ropas mojadas se pegaban a su cuerpo como algas. El olor ácido del cuero mohoso penetró por fin en su conciencia y entonces, como si quisiera ofrecerle algo diferente, se encontró mirando al rostro de un hombre grandullón con un timón por nariz que, un momento después, había saltado al asiento delantero y se había situado en una posición prácticamente horizontal. Tumbado de esa guisa, el hombre se puso a apretar botones, cada uno de los cuales, en respuesta a la acción del dedo, contribuyó a crear un tumulto insoportable para el tímpano. En el punto álgido de esta cacofonía, el coche petardeó con tal violencia que, a seis kilómetros de allí, un perro se revolvió en sueños, y entonces, con un movimiento que hizo que el capó subiera y volviera a bajar con estrépito metálico, aquella criatura salvaje se sacudió, como si estuviera empeñada en su propia destrucción, se sacudió, rugió, y saltó hacia adelante, alejándose por callejas tortuosas aún mojadas y a oscuras por las sombras de la noche.

    Una calle tras otra desaparecían velozmente a su paso por la ciudad que despertaba; volaban hasta ellos y rompían contra la proa del capó. Las calles, las casas pasaban veloces a ambos lados y Titus, aferrándose a una vieja manija de latón, boqueaba porque el aire penetraba en sus pulmones como agua helada.

    Era todo cuanto Titus pudo hacer a fin de persuadirse a sí mismo de que alguien guiaba el vehículo, puesto que no podía ver al conductor. Parecía como si el coche tuviera vida propia y decidiera por sí mismo. En cambio, sí vio que, en lugar de una mascota normal, aquel extraño que le llevaba —aunque ignoraba Adónde o por qué— lucía sujeto a la tapa de latón del radiador el cráneo descolorido de un cocodrilo. El aire frío silbaba entre sus dientes y la larga testa de aquel cráneo estaba iluminada por el sol.

    Porque ahora el sol se veía claramente en el horizonte, seguía alzándose mientras el mundo pasaba raudo, y por primera vez Titus fue consciente de la naturaleza de la ciudad a la que había llegado flotando como una rama muerta.

    Una voz pasó atronando por sus oídos: «¡Agárrate fuerte, pobretón!», y se perdió en el aire frío mientras el coche trazaba un bucle increíble una vez y otra, y las paredes se encabritaban ante ellos, para acabar desapareciendo en un elevado torrente de piedra; y entonces, al fin, tras pasar bajo una arcada, el coche giró, aminoró la marcha y se detuvo en un patio amurallado.

    El suelo estaba adoquinado, si bien entre los adoquines crecía la hierba.


    DIEZ


    Por tres de los lados del patio, unas paredes macizas de piedra impedían la entrada del amanecer, salvo por un lugar donde los rayos oblicuos del sol se colaban por una alta ventana orientada hacia el este para salir por otra aún más alta orientada hacia el oeste y acabar su viaje en un estanque de luz sobre un frío tejado de pizarra.

    Ajeno a la escena y a la prodigiosa longitud de su sombra; ajeno al hecho de que su pecho pardo y menudo brillaba al sol, un gorrión se picoteaba el ala tintada. Como un chiquillo que se estuviera rascando, absorto en su tarea, y hubiera quedado transfigurado.

    Entretanto, Trampamorro había bajado del asiento del conductor y, como si se tratara de un animal, ató el vehículo con una cuerda a una morera que había en medio del patio.

    Sólo entonces se dirigió a largas zancadas ociosas y desgarbadas hacia la esquina noroeste del patio y entre dientes emitió un silbido agudo como el de un silbato. Un rostro apareció en una ventana por encima de su cabeza. Y luego otro. Y otro. Arriba se oyó un gran ajetreo de pies, una campanilla y, por debajo de estos sonidos, algo más lejano, más continuo y diverso, pues recordaba las voces de bestias y aves; un aullido, una tos, un chillido y un ulular, pero todo esto en la distancia y diferenciado de los sonidos más próximos, las pisadas en las escaleras y el repique de la campanilla. Luego, surgiendo de las sombras que colgaban como negras aguas de las paredes del gran edificio, un grupo de sirvientes salió de la casa y corrió hacia su señor, que había vuelto a su coche.

    Titus se había incorporado con expresión fatigada y, aún sentado, de cara al inmenso Trampamorro, sin pensarlo, sin darse cuenta, sintió una ira irracional, porque en el fondo de su mente seguía habitando una época anterior en la que, a pesar de todo el horror y la confusión y la reiterada idiotez de su hogar inmemorial, era por derecho propio el Señor del lugar.

    El hambre le requemaba el estómago, pero había otra cosa, la quemazón del desplazado; del no reconocido; el irreconocible.

    ¿Por qué aquella gente no sabía quién era? ¿Qué derecho tenía ningún hombre a tocarlo? ¿A llevárselo sobre cuatro ruedas desvencijadas? ¿A secuestrarlo y llevarlo por la fuerza a aquel patio? ¿A inclinarse sobre él y mirarlo con las cejas enarcadas? ¡No era ningún niño! Había conocido el horror. Había luchado, y había matado. Había perdido a su hermana y a su padre y al larguirucho Excorio, fiel como las piedras de Gormenghast Y había sostenido en sus brazos una ninfa, había visto al rayo que la golpeó y la redujo a cenizas, cuando el cielo se desplomó y el mundo se tambaleó. No era un niño... no... no era un niño en absoluto y, tras ponerse en pie tambaleándose por la debilidad, lanzó su puño contra el rostro inmenso de Trampamorro... un rostro que pareció desintegrarse ante él y en seguida se aclaró... para volver a disolverse.

    Su puño quedó atrapado en la espaciosa zarpa del hombre con nariz de timón, quien indicó a sus sirvientes que llevaran a Titus a una habitación de la planta baja con las paredes cubiertas del suelo al techo por vitrinas de cristal en las que, hermosamente sujetas a láminas de corcho, un millar de mariposas extendían sus alas en un gran gesto de crucifixión.

    En esta habitación dieron a Titus un cuenco de sopa, pero estaba tan débil que no paraba de derramarla, hasta que un hombrecito al que le faltaba un trozo de oreja le arrebató la cuchara y lo alimentó con dulzura mientras él yacía medio acostado en una larga tumbona de mimbre. Antes incluso de haber comido la mitad del cuenco, se recostó en los almohadones y, al instante, quedó sumido en el vacío de un sueño profundo.


    ONCE


    Cuando despertó, la luz entraba a raudales en la habitación. Una sábana le cubría hasta la barbilla. Sobre un barril que había a su lado descansaba su única posesión: una piedra con forma de huevo de la Torre de los Pedernales de Gormenghast.

    El hombre con la oreja mutilada entró de repente.

    —Hola, rufián —dijo—. ¿Estás despierto?

    Titus asintió.

    —Nunca había visto a un espantajo dormir tanto.
    — ¿Cuánto? —inquirió Titus incorporándose sobre un codo.
    —Diecinueve horas —respondió el hombre—. Aquí tienes tu desayuno. —Dejó una bandeja junto a la tumbona y se dio la vuelta, pero se detuvo al llegar a la puerta—. ¿Cómo te llamas, muchacho?
    —Titus Groan.
    — ¿Y de dónde vienes?
    —De Gormenghast.
    —Ésa es la palabra, desde luego. «Gormenghast.» Si no la has dicho veinte veces no la has dicho ninguna.
    — ¡Cómo! ¿En sueños?
    —En sueños. Una y otra vez. ¿Dónde está ese sitio, chico? Ese Gormenghast.
    —No lo sé —confesó Titus.
    —Ah —dijo el hombrecito sin un trozo de oreja, y miró de soslayo a aquel joven desde debajo de sus cejas—. Conque no lo sabes, ¿eh? Qué curioso. Pero ahora toma tu desayuno. Debes de estar tan hueco como un timbal.

    Titus se sentó y se puso a comer, y mientras lo hacía alargó el brazo y pasó su mano por los familiares contornos de la piedra. Era su único punto de apoyo. Como un microcosmos de su hogar.

    Mientras la aferraba, no por debilidad o por sentimentalismo, sino por su consistencia, como prueba de su presencia, mientras el sol de mediodía se filtraba por un lado u otro de la habitación, un pavoroso sonido llegó del patio y el umbral de la pieza se oscureció. Pero la causa no fue la figura del hombre con la oreja mutilada, sino algo mucho más rotundo: los cuartos traseros de una enorme mula.


    DOCE


    Titus se irguió al punto y miró con incredulidad el trasero de aquella enorme bestia peluda que se azotaba el cuerpo tan despiadadamente con la cola. Un grupo de músculos que ra-ramente entraban en acción se movían, ora aquí, ora allá, por la grupa temblorosa. El animal estaba luchando contra algo que había del otro lado de la puerta, hasta que centímetro a centímetro consiguió salir de nuevo al patio, llevándose buena parte de las jambas consigo. Y, en todo momento, el sonido espantoso y nauseabundo del odio, porque algo se agita en el pecho de mulas y camellos cuando notan el olor del otro que los saca de quicio.

    Titus, poniéndose en pie de un salto, cruzó la habitación y observó con reverencia a los antagonistas. No era ajeno a la violencia, pero había algo especialmente horrible en aquel duelo. Allí estaban, ni a diez metros de distancia, enzarzados en un mortal cuerpo a cuerpo, un enfrentamiento sin mesura.

    En aquel camello estaban todos los camellos que han sido. Cegado por el odio, más allá de su propia capacidad de invención, el animal estaba combatiendo a un mundo entero de mulas; de mulas que desde el principio de los tiempos han enseñado sus dientes a su enemigo intrínseco.

    ¡Qué escenario aquel patio adoquinado! Dorado y cálido bajo los rayos solares, con un tropel de gorriones congregados en el canalón del edificio; la morera solazándose al sol, con las hojas muy quietas, mientras aquellas dos bestias luchaban a muerte.

    El patio se había llenado de sirvientes curiosos, y hubo gritos, y gritos que respondían a estos gritos, y luego se hizo un terrible silencio, porque todos vieron que los dientes de la mula se habían clavado en el cuello del camello. Luego se oyó una especie de siseo, como cuando la marea es succionada desde el interior de una cueva, arrastrar de guijarros, ruido de piedrecillas.

    Y sin embargo, ese mordisco que hubiera matado a una veintena de hombres no pareció más que un pequeño incidente en la batalla, pues ahora era la mula quien yacía bajo el peso de su enemigo y sufría fuertes dolores, porque una coz y un paralizador cabezazo le habían partido la mandíbula.

    Asqueado pero exaltado, Titus salió al patio y lo primero que vio fue a Trampamorro. Aquel caballero estaba dando órdenes con un peculiar desapego, sin importarle el hecho de ir completamente desnudo, salvo por el casco de bombero. Algunos sirvientes estaban desenrollando una manguera vieja pero de aspecto poderoso, uno de cuyos extremos ya había sido sujetado a una enorme boca de riego de bronce. El otro borboteaba en manos de Trampamorro.

    Con la boca dirigida hacia la doble criatura, la manguera empezó a retorcerse y saltar como un congrio y, de pronto, un surtidor de agua fría como el hielo atravesó el patio.

    El surtidor blanco se clavó aquí y allá, como una daga, hasta que mula y camello, como si la hoguera de su mutuo odio se hubiera apagado, aflojaron la presión y se levantaron muy des-pacio, sangrando abundantemente, rodeados por una nube de calor animal.

    Todos los ojos se volvieron hacia Trampamorro, que se quitó el casco de latón y lo apoyó contra el pecho.

    Como si esto no fuera ya bastante peculiar, a continuación Titus vio cómo Trampamorro ordenaba a sus sirvientes que cerraran el agua, se sentaran en el suelo del patio mojado y guardaran silencio, y todo esto únicamente mediante el lenguaje de sus expresivas cejas. Sólo entonces, y quizá esto sea lo más peculiar, Titus oyó con sorpresa que aquel hombre desnudo se dirigía a las dos bestias temblorosas de cuyas grupas se elevaban grandes nubes de vapor.

    —Mis atávicos y desmedidos amigos —susurró con una voz como lija—. Sé muy bien que cuando os oléis el uno al otro os inquietáis, os volvéis irracionales y entonces vais... demasiado lejos. Reconozco la madurez de vuestra sangre; la oscuridad de vuestra ira innata; los abismos de vuestra cólera. Pero escuchadme con esos oídos vuestros y clavad vuestros ojos en mí. Por grande que sea la tentación, por primordial que sea tu anhelo —y aquí se dirigió al camello—, no tienes excusa en un mundo que está cansado de excusas. No tendrías que haber arremetido contra los barrotes de tu jaula y, tras destrozarlos, descargar tu mal humor sobre nuestra mula. Y tú —dijo dirigiéndose a la mula— no tendrías que haber fomentado este alboroto gritando con tan impío deseo de pelea. ¡No pienso consentirlo, amigos míos! Basta de peleas. Después de todo, ¿qué habéis hecho vosotros por mí? Muy poco, si es que habéis hecho algo. Yo, en cambio, os he alimentado con frutas y cebolla, he rascado vuestros lomos con podaderas, he limpiado vuestras jaulas con palas de empuñadura de nácar y os he protegido de carnívoros y de águilas. ¡Oh, cuánta ingratitud! ¡Vil e impenitente! Así que os habéis escapado, sí... y habéis vuelto a vuestros antiguos hábitos.

    Las dos bestias se pusieron a arrastrar las patas, la una con sus pezuñas almohadilladas, del tamaño de un escabel; la otra con sus cascos coriáceos.

    — ¡Volved a vuestras jaulas! O, por la luz amarilla de vuestros perversos ojos, haré que os afeiten y os salen. —Y dicho esto señaló a la arcada por la que habían entrado en el patio, la que unía éste con las seis hectáreas de terreno donde animales de todo tipo andaban arriba y abajo en sus angostas jaulas o se acuclillaban sobre largas ramas al sol.


    TRECE


    El camello y la mula bajaron sus terribles cabezas, se dirigieron hacia la arcada y pasaron por ella lado a lado.

    ¿Qué pasó por el interior de aquellas dos cabezas? Una especie de satisfacción, tal vez, porque, después de tantos años de cautiverio, al fin habían podido desahogar su malicia ancestral y clavar sus dientes en el enemigo. Y, quizá, también sintieron un cierto placer al intuir la amargura que estaban despertando en el pecho de los otros animales.

    Salieron de la extensa arcada por el lado sur y quedaron a la vista de al menos una veintena de jaulas.

    La luz del sol caía como una gasa dorada sobre aquel zoo. Los barrotes de las jaulas eran como lingotes de oro y las bestias y los pájaros parecían aplanados bajo los brillantes y obli-cuos rayos solares, de forma que semejaban siluetas de cartón coloreado o láminas recortadas sacadas de las páginas de algún libro de zoología.

    Todas las cabezas se habían vuelto hacia los dos díscolos: testuces peludas y calvas; picudas y astadas; escamosas y emplumadas. Todas se habían vuelto y, sin embargo, no hicieron el más mínimo movimiento.

    Pero el camello y la mula no estaban avergonzados. Habían probado la libertad, habían probado la sangre, y fueron pavoneándose con una indescriptible arrogancia hacia sus jaulas, con sus belfos gruesos y azulados levantados sobre los dientes repugnantes, los ollares dilatados y los ojos ambarinos por el orgullo.

    Si el odio hubiera podido matarlos hubieran muerto cien veces mientras se dirigían a sus jaulas. El silencio era como la respiración contenida en las costillas.

    Y entonces se rompió, porque un agudo chillido traspasó el aire como una esquirla, y el mono, a quien pertenecía la voz, sacudió los barrotes de su jaula con manos y pies en un acceso de celos, haciendo que se zarandeara, mientras el grito se prolongaba y otras voces se unían a él y reverberaban por las jaulas, hasta que toda clase de animales formaron parte de la algarabía.

    Los trópicos ardían y estallaban en ancestrales disputas. Lianas fantasmales se doblaban rezumando veneno. La jungla aullaba y cada aullido recibía otro por respuesta.


    CATORCE


    Titus siguió a un grupo de sirvientes a través de la arcada y salieron al otro lado, donde el alboroto era insoportable.

    A poco menos de quince metros se encontraba Trampamorro, a lomos de un ciervo moteado, una criatura de aspecto tan feroz y poderoso como su amo, quien se sujetaba a la cornamenta del animal con una mano y con la otra gesticulaba dando instrucciones a algunos hombres. Bajo su dirección, éstos ya habían empezado a reparar los barrotes doblados de las jaulas, al fondo de las cuales los alborotadores se lamían las heridas, con unas muecas espantosas en el rostro.

    Muy lentamente, el ruido fue remitiendo y Trampamorro, dando la espalda a la escena, divisó a Titus y lo llamó con gesto imperioso. Pero éste, que en aquel instante estaba a punto de acercarse a saludar a aquel bellaco intelectual sentado a lomos de un ciervo como un dios asolado, permaneció donde estaba, pues no vio razón para acudir como un perro al sonido de un silbido.

    Al ver que el joven vagabundo no respondía, Trampamorro sonrió y, haciendo dar un rodeo al animal, se dispuso a pasar de largo como si su invitado no estuviera allí. Pero Titus pensó entonces que su anfitrión de aquella noche había evitado que lo prendieran, y le había alimentado y dado cobijo. Así que alzó la mano como si quisiera detener al ciervo. Mientras miraba el rostro del jinete, se dio cuenta de que hasta ese momento no lo había visto realmente, porque ya no se sentía cansado, sus ojos no estaban empañados y su cabeza, sorprendentemente centrada, agrandaba las cosas en lugar de empequeñecerlas... la cabeza de gran tamaño, con su mata de pelo negro, la nariz como un timón y los ojos salpicados de pequeñas motas, como diamantes o esquirlas de cristal, la boca grande, severa, sin labios, con una movilidad casi blasfema, porque nadie con una boca semejante podía rezar en voz alta a ningún dios, no estaba hecha para rezar. Aquella cabeza era como una amenaza o un desafío a todo ciudadano decente.

    Titus estaba a punto de dar las gracias al tal Trampamorro, pero al fijarse en su rostro accidentado, supo que sus palabras no obtendrían respuesta, y el propio Trampamorro le comunicó motu proprio que era como un huevo blando y pasado si se imaginaba que había movido nunca un dedo por ayudar a nadie, y menos aún a un vagabundo harapiento salido del río.

    Si le ayudó fue sólo para entretenerse y pasar el rato, porque la vida puede ser muy aburrida sin actividad, y la actividad muy aburrida sin riesgo.

    —Además —siguió diciendo, mirando por encima del hombro de Titus a un babuino que estaba más allá—, no me gusta la policía. Me desagradan sus pies. Me desagrada ese tufillo a cuero, aceite y piel, alcanfor y sangre. Me desagradan los funcionarios. No son nada, mí querido muchacho, no son más que la escoria de la tierra, gente con cabezas pequeñas y estómagos sucios. Nacidas de la oscuridad.
    — ¿El qué? —preguntó Titus.
    —No tiene sentido erigir una estructura —dijo Trampamorro, haciendo caso omiso de la pregunta de Titus—, si no hay quien la eche abajo. No hay ningún valor en una norma si no es el de transgredirla. La vida no tiene ningún sentido si al final de ella no está la muerte. La muerte, querido joven, asomada al borde del mundo, sonriente como un osario.

    Trampamorro apartó su vista del babuino y tiró de la cornamenta del alce hasta que la cabeza del animal quedó mirando al cielo. Y entonces se volvió a Titus.

    —No me atosigues con tu gratitud, querido joven. No tengo tiempo para...
    —No se preocupe —lo atajó Titus—. Nunca le daré las gracias.
    —Entonces, vete.

    La sangre afluyó al rostro de Titus; sus ojos centellearon.

    — ¿Con quién se cree que está hablando? —inquirió en un susurro.

    Trampamorro alzó la vista con gesto brusco.

    —Bueno, ¿con quién estoy hablando? Tus ojos centellean como los de un mendigo o... un señor.
    — ¿Por qué no? —Dijo Titus—. Es lo que soy.


    QUINCE


    Titus volvió por la arcada, cruzó el patio salió al exterior, avanzó hasta que se encontró en una telaraña de senderos tortuosos y, después de mucho caminar, al cabo fue a parar a una amplia calzada empedrada.

    Desde allí veía el río, mucho más abajo, y el humo que subía en penachos rosados desde un sinfín de chimeneas.

    Pero Titus dio la espalda a la vista y, mientras caminaba, dos largos vehículos que iban en paralelo pasaron velozmente a su lado sin hacer el menor ruido. No habría entre ellos más de tres centímetros de separación.

    En la parte posterior de cada uno de los coches, muy tiesas, iban sentadas dos mujeres oscuras, enjoyadas, de grandes pechos, y no tenían ojos para el paisaje que pasaba veloz ante ellas, sino que se miraban sonriendo con una determinación malsana.

    Muy por detrás de los coches, cada vez más lejos, un perro pequeño, negro y feo, con las patas demasiado cortas para el cuerpo que tenía, corría con una actitud ridícula por el medio del camino tortuoso.

    Mientras Titus seguía adelante y los árboles se cerraban a ambos lados, se maravilló ante el cambio que le había sobrevenido. El remordimiento que lo embargaba como una negra nube se había consumido, y sentía un burbujeo en la sangre, una ligereza en el paso. Él sabía que era un desertor, un traidor a su estirpe, la «vergüenza» de Gormenghast. Sabía el daño que había causado al castillo, a las mismas piedras de su hogar, a su madre... todo esto lo sabía en su mente, pero no le afectaba.

    Ahora sólo era capaz de ver que era una realidad... que jamás podría volver atrás.

    Era lord Titus, septuagésimo séptimo conde de Gormenghast, pero también era parte de la vida, una ramita, un aventurero, preparado para amar u odiar; para utilizar su audacia en un mundo desconocido; para lo que fuera.

    Eso es lo que había más allá de los lejanos horizontes. El meollo de todo. Nuevas ciudades y nuevas montañas; nuevos ríos y criaturas. Nuevos hombres y mujeres.

    Pero entonces una sombra cayó sobre su semblante. ¿Cómo es posible que fueran tan autosuficientes aquellas mujeres de los coches, o Trampamorro con su zoo, sin tener co-nocimiento de la existencia de Gormenghast, que, por supuesto, era el centro de todo?

    Titus siguió avanzando, y su sombra avanzaba tras él por la hermosa piedra blanca del camino, hasta que llegó prácticamente a una intersección: a la izquierda, un remanso de grandes robles; a la derecha... Pero Titus no pudo poner su atención en los árboles, ni en ninguna otra cosa, porque, moviéndose con una espeluznante tranquilidad, dos altas figuras salieron de las sombras, idénticas en todo, con la densa sombra de los yelmos proyectándose sobre sus ojos y unos cuerpos que se desplazaban con suavidad sobre el suelo.


    DIECISÉIS


    Sin esperar órdenes de su cerebro, un demonio impulsó los pies de Titus hacia la densa maraña de árboles de las márgenes, y le hizo echar a correr por aquel gran bosque que parecía un parque, girando hacia aquí y hacia allá, hasta que se hubiera podido decir que estaba irremediablemente perdido, de no ser porque siempre lo estaba.

    Pero cuando se dejó caer de rodillas por el agotamiento y apartó unas ramas, se encontró mirando al mismo camino del que había huido. No había nadie. Al cabo de un rato, Titus sa-lió de su escondrijo y se plantó en medio de la calzada, como diciendo: «Que sea lo que Dios quiera». Pero no pasó nada, salvo que lo que había tomado por un viejo espino se levantó y se dirigió hacia él arrastrando los pies, seguido por una sombra como un cangrejo sobre el camino de piedra blanca. Cuando estuvo tan cerca de Titus que éste podría haberlo tocado estirando el pie, el arbusto habló.

    —Soy un mendigo —dijo, y el suave rechinar de su espantosa voz hizo que a Titus le diera un vuelco el corazón—. Por eso extiendo mi brazo ajado. ¿Lo ves? ¿Tú dirías que es bonito, con esa garra en el extremo?..., ¿lo ves?

    El mendigo miró a Titus a través de los círculos rojos de sus párpados, agitando su nudoso puño y abriéndolo con la palma hacia arriba, que era como el delta de un río seco y malo-liente. Su parte central era una especie de callo, un círculo endurecido que hablaba del paso de muchas monedas por ella.

    — ¿Qué quieres? —Dijo Titus—. No tengo dinero para ti. Pensaba que eras un simple espino.
    — ¡Te clavaré mis espinas! —Amenazó el mendigo—. ¿Cómo te atreves a rechazarme? A mí, un emperador. Perro, sinvergüenza, mestizo. Vacía tu oro en mi garganta sagrada.

    « ¡Garganta sagrada! ¿Qué habrá querido decir con eso?», pensó Titus, pero sólo un momento, porque de pronto el mendigo ya no estaba allí, sino a seis metros de distancia, mi-rando al camino blanco, con más aspecto de arbusto que nunca. Uno de sus brazos estaba doblado, como una rama, y la zarpa del extremo estaba ahuecada detrás de la oreja.

    Y entonces Titus lo oyó... el zumbido distante de una máquina veloz. Unos instantes después, un coche amarillo con forma de tiburón se materializó a toda velocidad por el sur.

    Pareció como si el arisco y anciano mendigo estuviera a punto de ser atropellado, porque estaba en medio del camino con los brazos extendidos como un espantapájaros, pero el ti-burón amarillo pasó rodeándolo a toda velocidad y el conductor, o lo que parecía el conductor, porque al volante sólo había algo cubierto por una sábana, lanzó una moneda al aire.

    Y desapareció tan silenciosamente como había llegado. Titus volvió el rostro hacia el mendigo, que había recogido la moneda. Viendo que lo observaba, miró al joven harapiento de soslayo y le sacó una lengua que parecía la lengüeta mohosa de una bota. Y luego, para asombro de Titus, el sucio anciano echó la cabeza hacia atrás, dejó caer la moneda en su boca y se la tragó.

    —Dime, sucio anciano —dijo Titus en voz baja, pues lo embargaba una intensa ira, y el deseo de aplastar a aquella criatura bajo sus pies—, ¿por qué te comes el dinero? —Y dicho esto, cogió una piedra del lado del camino.
    —Mocoso —le soltó el mendigo al cabo—. ¿Crees que gastaría mi riqueza? Perro sarnoso, las monedas son demasiado grandes para atravesarme. Demasiado pequeñas para matarme. Demasiado pesadas para perderse. Soy un mendigo.
    —Eres una parodia —dijo Titus—. Y cuando mueras, la tierra volverá a respirar tranquila.

    Titus dejó caer la pesada piedra que había cogido por la ira y, sin mirar ni una vez atrás, siguió el camino de la derecha, donde, con un suspiro prodigioso, una avenida de cedros lo inhaló como si fuera un mosquito.


    DIECISIETE


    Uno tras otro, los árboles iban pasando al compás de sus pasos. Bajo la sombra de los cedros su corazón era feliz. Envuelto en el frescor de aquel túnel. En medio de todo aquel peligro. Era feliz al recordar su niñez y la forma en que se había defendido en aquel tramo de hiedra. Feliz, a pesar de los espías con yelmos, aunque despertaban en él una sombría sensación de alarma.

    Llevaba ya tanto viviendo gracias a su ingenio que era una persona muy distinta del joven que huyó de Gormenghast.

    Le había parecido que la avenida era interminable, pero de pronto, inesperadamente, los últimos cedros quedaron atrás, como si unas grandes manos los hubieran empujado, y vio un vasto cielo que se alzaba sobre su cabeza. Y ante él, la primera de las «estructuras».

    Había oído hablar de ellas, pero no esperaba algo tan distinto de los edificios que conocía, y menos aún de la arquitectura de Gormenghast.

    Lo primero que llamó su atención fue un edificio verde claro, muy elegante, pero tan sencillo en su diseño que Titus no pudo hallar ningún lugar donde posar su mirada en aque-lla superficie resbaladiza.

    Junto a este edificio había una cúpula de cobre con forma de iglú, de treinta metros de altura, con un mástil afilado y frágil como una araña reluciendo al sol. Un horrible cuervo estaba posado en el travesaño, y de vez en cuando manchaba con sus excrementos la brillante cúpula de debajo.

    Titus se sentó a un lado del camino y frunció el ceño. Había nacido y le habían educado en la presunción de que los edificios eran antiguos por naturaleza y estaban y siempre habían estado en proceso de desmoronamiento. El polvo blanco que se colaba entre ladrillos que boqueaban; la carcoma de la madera. Las malas hierbas que desmembraban la piedra; la corrosión y el moho; la pintura desconchada; los colores desvaídos; la belleza de la decadencia.

    No podía aguantar más tiempo sentado, pues su curiosidad era más fuerte que la necesidad de descansar, así que se puso en pie y, preguntándose por qué no habría nadie por allí, se dispuso a comprobar qué había más allá de la cúpula, porque el edificio se curvaba perdiéndose de vista como si quisiera ocultar algún gran círculo o una arena. Y, ciertamente, lo que vio ante sus ojos cuando empezó a rodear la cúpula se le parecía mucho, e hizo que se detuviera por puro asombro; era inmenso. Inmenso como un desierto gris, con una superficie de mármol que despedía una opaca luz apagada. Lo único que rompía aquel vacío era el reflejo de las estructuras que la rodeaban.

    Los más alejados de aquellos edificios, es decir los que se extendían en un reluciente arco al otro lado del ruedo, no eran a ojos de Titus más grandes que sellos, espinas, caracoles, bellotas o minúsculos cristales, salvo por un gigantesco edificio que se elevaba por encima de todos los demás y que era como una caja de cerillas de color azul en su extremo superior.


    DIECIOCHO


    Si se hubiera topado con un mundo de dragones, Titus no se habría sentido más maravillado que ante aquellas fantasías de cristal y metal; y en más de una ocasión se volvió como si pudiera echar una última mirada al arrabal tortuoso y azotado por la pobreza que había dejado atrás. Pero el distrito de Trampamorro quedaba oculto entre las colinas, y las ruinas de Gormenghast flotaban en una bruma de espacio y tiempo.

    Y sin embargo, aunque sus ojos brillaban por la emoción del descubrimiento, notaba también un cierto resentimiento... sí, resentimiento ante la idea de que aquel extraño lugar existiera en un mundo que no parecía tener referencias de su hogar y que, de hecho, parecía soberanamente autosuficiente. Una región que jamás había oído hablar de Fucsia ni de su muerte, ni de su padre, el conde melancólico, ni de su madre, la condesa, con su extraño silbido líquido que hacía que las aves silvestres acudieran desde bosquecillos distantes.

    ¿Eran coetáneos? ¿Eran simultáneos? Esos mundos, esos reinos... ¿es posible que los dos fueran reales? ¿No había puentes o territorios comunes? ¿Era el mismo sol el que brillaba sobre ambos? ¿Tendrían en común las constelaciones de la noche?

    Cuando la tempestad se abatía sobre aquellas estructuras de cristal y la lluvia ennegrecía el cielo, ¿qué pasaba en Gormenghast? ¿Estaba seco? Y cuando el trueno resonaba en su hogar ancestral, ¿no oían ningún eco por aquellos parajes?

    ¿Y los ríos? ¿Estaban separados? ¿No había ni siquiera un afluente que se adentrara en otro mundo?

    ¿Dónde estaban los extensos horizontes? ¿Dónde palpitaban las fronteras? ¡Oh, terrible división! Lo cercano y lo lejano. La noche y el día. El sí y el no.


    UNA VOZ: Oh, Titus, ¿es que no recuerdas?
    TITUS: Lo recuerdo todo, excepto...
    VOZ: ¿Excepto...?
    TITUS: Excepto el camino.
    VOZ: ¿El camino Adónde?
    TITUS: El camino a casa.
    VOZ: ¿A casa?
    TITUS: A casa, sí, donde el polvo se acumula y perviven las leyendas. Pero he perdido la orientación.
    VOZ: Tienes el sol y la estrella del Norte.
    TITUS: Pero ¿es el mismo sol? Y las estrellas, ¿son las mismas de Gormenghast?


    Titus levantó la mirada y se sorprendió al ver que estaba solo. Tenía las manos cubiertas de un sudor frío, y el miedo a estar perdido y no tener ninguna prueba de su propia identidad le llenó de un súbito pavor.

    Miró a su alrededor, a aquella tierra diáfana, desconocida, y entonces, con un suspiro, algo cruzó volando el cielo. No hizo ningún ruido, salvo el que haría una uña al rozar una pizarra, aunque pareció que pasaba tan cerca como una guadaña.

    Y se posó, como una mota carmesí, en el extremo más alejado del desierto de mármol, donde refulgían las mansiones más apartadas. A Titus le había parecido que no tenía alas, aunque sí tanto una determinación como una belleza increíbles, a modo de un estilete o una aguja, y, cuando concentró su mirada en el edificio a cuya sombra se había posado, le pa-reció que veía no uno, sino un enjambre de aparatos.

    Y así era. No sólo había allí toda una flota de artilugios con forma de pez, aguja, cuchillo, tiburón o astilla, sino también toda suerte de máquinas de superficie de curioso diseño.


    DIECINUEVE


    Ante él se extendían unas quinientas hectáreas de mármol gris, con las márgenes cubiertas de reflejos de mansiones.

    Atravesar solo aquella vastedad, a la vista de todas las ventanas, terrazas y jardines de los tejados, no sería más que una muestra de arrogancia pura y dura. Pero eso es lo que hizo. Y cuando ya llevaba un rato caminando, un pequeño dardo verde se separó de los aviones del extremo más alejado del ruedo y se dirigió a toda velocidad hacia él, rozando el mármol con su vientre verde cristal; en un instante lo tenía encima, pero en el último momento viró y se elevó en la estratosfera, y volvió a lanzarse en picado hacia él, girando alrededor de su cabeza en círculos cada vez más cerrados, hasta que, como un galgo aéreo, volvió a la mansión negra.

    Aunque estaba desconcertado, sobresaltado, Titus se echó a reír, si bien su risa no estaba del todo exenta de histeria.

    Y aquella exquisita bestia del aire, aquella golondrina sin alas, leopardo aéreo, pez del mar celeste, ensartador de rayos de luna, dandi del alba, playboy de metal, criatura errante de negros espacios, destello de la noche, bebedor de su propia velocidad, fruto divino de un cerebro enfermo... ¿qué hizo? ¿Qué, sino actuar como cualquier otro sucio merodeador, ace-chando a hombres y niños, succionando información como un murciélago que chupa la sangre, amoral, indiferente, enfrascado en misiones absurdas, actuando como lo haría su creador, su creador de miras estrechas?; de modo que su belleza existía por derecho propio, y si existía es porque su función le había dado esa forma; y, como no tenía corazón, se volvió un ser fatuo —el fatuo reflejo de un concepto fatuo— hasta resultar incongruente, o engullir la incongruencia hasta un extremo tan absurdo que la risa era la única salida.

    Así que Titus rió, y mientras lo hacía —con una risa aguda e incontrolable, porque en el fondo estaba asustado y poco le tranquilizaba la idea de haber sido elegido, señalado y examinado por un cerebro mecánico—, echó a correr, porque había algo ominoso en el aire, ominoso y grotesco... algo que le decía que permanecer más tiempo en aquella explanada de mármol era llamar a los problemas, que lo tomarían por un vagabundo, un espía o un demente.

    Ciertamente, el cielo empezaba a llenarse de artefactos de todas las formas, y pequeños grupitos de personas se extendieron por el ruedo como una mancha de sangre.


    VEINTE


    Visto desde arriba, Titus debía de parecer muy pequeño mientras corría. Visto desde arriba, también podía intuirse lo aislado que estaba aquel ruedo del ancho mundo, con su luminosa circunferencia de edificios de cristal; su carácter abigarrado e ingenioso; su ausencia de relación con las montañas desoladas, de color hueso, surcadas de cuevas, con los pantanos insalubres y las selvas del sur, las tierras sedientas, las ciudades hambrientas y los senderos que hay más allá del territorio del lobo y el proscrito.

    Cuando Titus estaba a cien metros del palacio verde oliva, mientras los responsables de mantenimiento se volvían o hacían un alto en sus tareas para mirar al joven harapiento, se oyó un cañonazo, y durante unos minutos el silencio fue total, pues todos dejaron de hablar y los motores de todos los aparatos se apagaron.

    La detonación fue providencial porque, de haberse demorado un instante, sin duda hubieran apresado e interrogado a Titus. Dos hombres, que habían quedado paralizados al oír la detonación, enseñaron los dientes y fruncieron el entrecejo llenos de frustración, con las manos congeladas en el aire.

    A ambos lados, Titus veía caras, rostros que en su mayor parte le miraban a él. Caras malignas, especulativas, vacías, ingeniosas... caras de todo tipo. Era evidente que no podría pasar inadvertido. De ser una persona perdida y oscura, había pasado a ser el centro de atención. Ahora, mientras aquella gente posaba en todos los ángulos imaginables, rígidos como espantapájaros, congelados a mitad de algún gesto... ahora era el momento de escapar.

    Titus ignoraba el significado que podía tener el cañonazo. Y lo cierto es que su ignorancia le benefició, pues corrió como un ciervo, con el corazón desbocado, pasando entre la gente, hasta que se encontró ante el más majestuoso de los palacios. Allí corrió sobre los suelos de cristal, adentrándose en la penumbra extraña y translúcida de los grandes salones, y no tar-dó en dejar atrás a los hierofantes atrapados en la costumbre.

    Cierto que en el edificio había gran número de personas dispersas que miraban a Titus cuando entraba en su campo de visión. No podían volver la cabeza para seguirlo con la vista, ni siquiera los ojos, porque el cañón había disparado, pero cuando pasaba por su campo de visión todos sabían nada más verlo que no era uno de ellos y que no tenía derecho a estar en el palacio verde oliva. Mientras Titus corría sin pausa, el cañón volvió a retumbar, y él supo que el mundo le perseguía, porque el aire se llenó de gritos y gritos que respondían a esos gritos, y de pronto cuatro hombres aparecieron por una esquina del largo pasillo de cristal; en el suelo cristalino sus reflejos eran tan definidos y vivos como ellos mismos.

    —Ahí está —gritó uno de ellos—. Ahí está el vagabundo.

    Pero cuando llegaron al lugar donde Titus se había detenido un momento, vieron que se había esfumado y tuvieron que conformarse con mirar las puertas cerradas de un ascensor.

    Titus, al verse acorralado, se había vuelto hacia el inmenso ascensor tachonado con topacios que zumbaba, sin saber qué era exactamente. Su salvación fue que sus elegantes mandíbulas estuvieran abiertas. Así que saltó al interior y las puertas se cerraron como si estuvieran deslizándose sobre mantequilla.

    El interior del ascensor era como una gruta submarina, lleno de luces amortiguadas. Algo brumoso y voluptuoso parecía estar suspendido en el aire. Pero Titus no estaba de humor para sutilezas. Era un fugitivo. Y entonces vio que, oscilando en aquel más allá, había hileras de botones de marfil, cada uno con una flor, un rostro o un cráneo grabados.

    Titus oyó el sonido de pasos apresurados, de voces furiosas del otro lado de la puerta, y se puso a apretar botones indiscriminadamente. Al instante, el ascensor subió vertiginosamente en un remolino de acero, se detuvo de pronto y las puertas se abrieron solas.

    Qué callado estaba aquel lugar, y qué fresco. No había mobiliario, tan sólo una palmera solitaria que brotaba del suelo. Un periquito pequeño y rojo estaba posado en una de las ramas más altas, picoteándose el plumaje. Cuando vio a Titus, ladeó la cabeza y, con gran rapidez, se puso a repetir: «El maldito sabelotodo me lo dijo». Y repitió la frase al menos una docena de veces antes de continuar acicalándose el ala.

    En aquella sala alta había cuatro puertas. Tres se abrían a distintos pasillos, pero al abrir la cuarta, Titus vio que daba al cielo. Ante él, un poquito más abajo, se hallaba el tejado.


    VEINTIUNO


    Nadie pudo encontrarlo aquella tórrida tarde y, cuando el crepúsculo cayó y las sombras palidecieron, Titus pudo moverse a escondidas sobre el amplio tejado de cristal y ver lo que sucedía en las habitaciones de debajo.

    Normalmente el cristal era demasiado grueso para que viera poco más que un borrón de figuras coloridas y sombras, pero al cabo encontró una claraboya abierta desde donde pudo observar sin obstáculos una escena de gran diversidad y esplendor.

    Decir que se estaba celebrando una fiesta sería una pobre descripción. La larga sala o salón, a no más de cuatro o cinco metros por debajo de él, se encontraba en plena efervescencia. La vida, una especie de vida, estaba crecida como un río.

    Mientras Titus, tumbado sobre el estómago en el tibio tejado de cristal, conjeturaba, con los ojos muy abiertos, la música saltaba por la larga sala y salía por la claraboya. El sol partido había dejado tras de sí una atmósfera rojiza y apagada. Las estrellas brillaban más fieras a cada momento y entonces, de pronto, la música terminó en una secuencia de acordes como burbujas de colores y, tratando de ocupar su lugar, un centenar de lenguas se pusieron a parlotear a la vez.

    Titus entornó los ojos ante el resplandor de un bosque de velas, los destellos del cristal y los espejos, y los reflejos saltarines de la luz sobre la madera y la plata abrillantadas. Estaba tan cerca que, de haber carraspeado, a pesar del ruido de la sala, al momento una docena de rostros se hubieran vuelto hacia la claraboya y lo habrían descubierto. Titus nunca había visto nada igual, e incluso a primera vista le pareció que había allí tantas criaturas, pájaros, bestias y flores, como humanos.

    Estaban todos. Los hombres jirafa, los hombres hipopótamo, las damas serpiente y las damas garza. Álamos y robles. Espinos y helechos, escarabajos y mariposas nocturnas, coco-drilos y periquitos, tigres y corderos, buitres con collares de perlas y bisontes con frac.

    Pero esto fue sólo como un relámpago, porque, cuando Titus respiró hondo y volvió a mirar, las distorsiones, los extremos, parecieron desmoronarse, escabullirse entre el remolino de cabezas de allá abajo, y volvía a estar entre los de su especie.

    Titus notaba el calor que subía de la larga sala deslumbrante, tan cercana... y al mismo tiempo tan distante como un arco iris. El aire caliente subía impregnado de olores. Una do-cena de los más caros perfumes luchaban por sobrevivir. Todo luchaba por sobrevivir... con pulmones y credulidad.

    Había extremidades, cabezas y cuerpos por todas partes. ¡Y rostros! Semblantes que estaban en primer término, rostros a media distancia o más alejados. Y en los espacios irregulares entre las caras, había partes de caras, y mitades y cuartos en todos los ángulos e inclinaciones imaginables.

    Este panorama en su conjunto estaba en movimiento: cabezas enteras se volvían aquí y allá, y mientras, algo estaba pasando, un contrapunto de prontitud de renacuajo, algo que estaba en la naturaleza de la agitación general, porque, por cada cabeza o cuerpo que cambiaba de posición en el espacio, había cien párpados que aleteaban, cien labios que se agitaban, un arabesco fluctuante de manos. Era como el follaje, como cuando una brisa verde se mueve entre los álamos.

    Pero, por más imponente que fuera la imagen del mar humano que Titus contemplaba, por más que lo intentaba, no conseguía descubrir quiénes eran los invitados. Presumiblemente, una o dos horas antes, cuando uno podía respirar hondo sin molestar a algún hombro o pecho adyacente, el acicalado lacayo —apostado ahora contra una estatua de mármol— había ido anunciando los nombres de los invitados conforme llegaban; pero todo eso ya había pasado. El lacayo, cuya cabeza, para su vergüenza, estaba encajada entre los amplios pechos de la estatua de mármol, no podía ver la puerta por la que llegaban los invitados, y menos aún reunir el suficiente aliento para anunciarlos.

    Titus observaba desde arriba, maravillándose ante el espectáculo, y aún tumbado en el tejado, con la luz fría y verdosa de la media luna por encima y el cálido resplandor de la fiesta por debajo, no sólo pudo apreciar la diversidad de los invitados, también oía las conversaciones de los que estaban justo debajo.



    VEINTIDÓS


    —Gracias a Dios, todo ha terminado.

    — ¿El qué?
    —Mi juventud. Ha durado demasiado, y se interponía en mi camino.
    — ¿En su camino, señor Afán? ¿En qué sentido?
    —Ha durado demasiado —insistió Afán—. Unos treinta años. Ya sabe usted a lo que me refiero. Experimentar, experimentar, experimentar. Y ahora...
    — ¡Ah! —susurró alguien.
    —Yo antes escribía poesía —confesó el tal Afán, un hombre pálido. Pareció que fuera a apoyar las manos en el hombro de su confidente pero la aglomeración se lo impidiese—. Me ayudaba a matar el tiempo.
    —Pues la poesía —dijo una voz pontificia justo a su espalda— sirve justamente para detener el tiempo.

    El hombre pálido, que se había sobresaltado ligeramente, se limitó a musitar:

    —La mía no. —Y dicho esto, se volvió a mirar al caballero que lo había interrumpido. El rostro del desconocido era bastante inexpresivo; resultaba difícil creer que hubiera dicho nada. Pero ahora había otra lengua suelta.
    —Hablando de poesía... —dijo esa lengua, que pertenecía a un hombre oscuro, cadavérico, excesivamente distinguido y con las narices hinchadas, con una larga mandíbula azulada y vista cansada—, esto me ha recordado un poema.
    —Pues no entiendo por qué —dijo Afán con irritación, porque le habían interrumpido cuando estaba a punto de explayarse.

    El hombre de la vista cansada ignoró el comentario.

    —El poema que he recordado es uno que escribí yo mismo.

    Un hombre calvo frunció el entrecejo; el individuo pontificio se encendió un cigarro, con el rostro tan inexpresivo como siempre; y una dama, con los lóbulos de las orejas destrozados por el peso de dos zafiros gigantes, entreabrió la boca en una mueca burlona y estúpida de expectación.

    El hombre oscuro de la vista cansada cruzó las manos.

    —No acabó de cuajar —dijo—... aunque tenía un algo... —Sus labios se crisparon—. Sesenta y cuatro estrofas. —Levantó la mirada—. Sí, sí... era muy, muy largo y ambicioso... pero no acabó de cuajar. ¿Y por qué...?

    Hizo una pausa, no porque esperara sugerencias, sino para dar un suspiro largo y meditabundo.

    —Yo les diré por qué, amigos míos. No acabó de cuajar porque en realidad era verso libre.
    — ¿Verso libre? —preguntó la dama, con la cabeza inclinada hacia delante por el peso de los zafiros. Estaba deseando ser útil—. ¿Era verso libre?
    —Decía así —dijo el hombre oscuro descruzando las manos y volviéndolas a cruzar a la espalda al tiempo que ponía el talón de su pie izquierdo justo delante del dedo gordo de su pie derecho, de modo que formaran una línea continua de cuero—. Decía así. —Alzó la cabeza—. Pero no olviden que no es poesía... salvo quizá los tres versos cantados del final.
    —Bueno, por el amor de Parnaso... Oigámoslo —terció la petulante voz del señor Afán, quien, habiendo sido despojado de su trueno, ya no tenía interés por guardar las formas.
    —Aunque —dijo pensativo el hombre de la larga mandíbula azulada, que parecía pensar que el tiempo y la paciencia de los demás eran bienes inagotables, como el agua o el aire—, aunque —y se demoró en la palabra como una enfermera con un niño enfermo—, algunos dijeron que en su conjunto era como un canto, y lo elogiaron como la más pura poesía de nuestro tiempo..., de «materia incandescente», la calificó un caballero... Pero, ahí está la cuestión, ahí está la cuestión... ¿cómo puede uno saberlo?
    —Ah —susurró una voz de cuajada y suero. Y un hombre con dientes de oro volvió los ojos a la dama de los zafiros e intercambiaron la mirada de inteligencia de quienes, por muy in-dignos que sean, se convierten en testigos de un momento histórico.
    —Silencio, por favor —dijo el poeta—. Y escuchen con atención.

    ¡Una mula que reza! No le hagas caso;
    ven a mí hasta que nuestro dorado artilugio de amor
    sacuda sus siete latas y el mar
    retire sus largas olas del bosquecillo de ruibarbos.

    ¡No es éste lugar para que hadas sensibleras
    se sonrían tímidamente entre las setas!
    Es tierra para demonios de bocas abiertas.
    Es el lugar que largamente he ansiado, amor.

    Aquí, donde el bosquecillo de ruibarbos
    arroja su desdichado reflejo a las olas,
    echaremos a volar las cometas de nuestro amor
    sobre la tumba arenosa de quienes se perdieron en la ambigüedad.

    Pues el amor madura en un bosquecillo de ruibarbos
    en el que el alba arranca extraños destellos.
    ¡Oh, vivida esencia vegetal
    tejida con colores que mueren en el instante en que nacen!

    Perdidos en el venal silencio,
    nuestros sueños se desinflan poco a poco en la verde atmósfera
    y el vibrante globo de la imaginación, cual ballena azul,
    no llega a tiempo con su preciosa carga de aire.

    De las ciruelas silvestres del pensamiento,
    nadie sabe cuál se arrugará y encogerá
    para convertirse en una dulce pasa de sabiduría...
    Pues en los apacibles huertos del amor, no hay necesidad de saberlo.

    ¿A qué invocar a Capricornio? Navega
    por el rojo atlas del corazón, sólo entre las costillas,
    donde los últimos coletazos de la tempestad
    lo sacuden con violencia.

    No es momento para lágrimas;
    bástenos por hoy, mientras vagamos por estas playas granulosas,
    con contemplar el jugueteo parsimonioso de las olas,
    como bestias nocturnas de fauces engalanadas.


    Era evidente que el poema estaba aún en su etapa inicial. Lo novedoso de ver a un hombre de aspecto tan distinguido actuar de forma tan ostentosa, tan egocéntrica y tan desapegada a la vez había intrigado a Titus tan profundamente que había aguantado más que por lo menos treinta invitados desde que el poema había empezado. La dama de los zafiros y el señor Afán se habían escabullido hacía rato, pero un público flotante rodeaba al poeta, que mientras declamaba había dejado de ser consciente de lo que le rodeaba. No le hubiera im-portado lo más mínimo estar solo en la sala.

    Titus apartó la mirada, con el cerebro agitándose en su cráneo, lleno de palabras e imágenes.


    VEINTITRÉS


    Ahora que el poema había terminado y el poeta había desaparecido también, porque en verdad parecía ir en pos de algo más grande que su persona, Titus reparó en una extraña si-tuación, una especie de flujo, de agitación; una ondulación... y entonces, de pronto, empezó a manifestarse una de esas mareas humanas que a veces se producen en fiestas demasiado concurridas. Y no se puede hacer nada. Porque tienen su propio ritmo.

    Lo primero que percibía el invitado o invitada es que perdía el equilibrio. Había codazos, bebidas que se derramaban. Conforme la presión aumentaba, se iniciaba una especie de delicada desbandada. Se oían disculpas por todas partes. Quienes estaban junto a alguna pared se veían gravemente aplastados, mientras que los que estaban más hacia el centro se apoyaban unos en otros en ángulos íntimos. Todos daban pasos diminutos, absurdos, mientras la multitud empezaba a encresparse sin motivo, incontroladamente, dando vueltas por la sala. Estabas hablando con una persona y de pronto ya no la veías, porque las corrientes submarinas y las contracorrientes se cobraban su precio.

    Y sin embargo, seguían llegando invitados. Cruzaban la entrada, quedaban atrapados por la atmósfera perfumada, ondeando como fantasmas y, flotando por un momento en las espirales del aire, eran arrastrados al lento pero invencible torbellino.

    Titus, que no había sabido prever lo que sucedería, pudo ahora apreciar en retrospectiva las acciones de una pareja de viejos libertinos a quienes había visto unos minutos antes sentados junto a la mesa de los aperitivos.

    Como personas versadas en los fenómenos propios del grupo, habían dejado sus vasos y, echándose en los brazos de la corriente, se habían entregado a aquel flujo y ahora se les podía ver conversando en un ángulo increíble mientras giraban por la sala sin tocar el suelo con los pies.

    Cuando empezó a recuperarse un cierto equilibrio, ya era casi medianoche, y hubo un tirarse general de los puños, arreglarse la ropa, pasarse los dedos por cofias y tupés, un escrutinio de bocas y cejas y una sensación general de alivio.


    VEINTICUATRO


    Y así, por un capricho del azar, otro grupo de invitados quedó situado debajo de donde Titus se hallaba. Algunos se habían ido renqueando, otros se habían escabullido. Algunos se habían mostrado bulliciosos; otros, reservados.

    Los componentes de aquel grupo en particular no eran ninguna de esas dos cosas y eran ambas a la vez, como demostraba el producto de sus mentes. Eran invitados altos, ajenos al hecho de que, a causa del accidente de su estatura y delgadez, estaban creando entre todos un grupito de árboles... árboles humanos. Este grupo, este bosquecillo antropomorfo, se volvió cuando un recién llegado, avanzando de lado centímetro a centímetro, se incorporó a ellos. Era bajo, recio y desabrido, y resultaba de lo más inapropiado entre los miembros de aquel elevado bosquecillo, pues parecía un árbol desmochado.

    Una de las componentes del grupo, una criatura esbelta, delgada como una vara, envuelta en negro, con unos cabellos tan negros como sus ropas y los ojos tan negros como los cabellos, se volvió hacia el recién llegado.

    —Acompáñenos —dijo—. Hable con nosotros. Necesitamos su sensatez. Somos tan lamentablemente emotivos... Tan infantiles...
    —Bueno, difícilmente...
    —Calla, Leonard. Ya has dicho bastante —le dijo la esbelta señora Yerbas a su cuarto marido con ojos de cervatillo—. O el señor Filomargo o nada. Vamos, querido señor Filomargo. Y bien.

    El desabrido señor Filomargo adelantó el mentón, una visión sorprendente, pues incluso cuando estaba relajado su mentón era como un ariete, algo con lo que azuzar; como un arma.

    —Querida señora Yerbas —dijo—, es usted siempre tan inexplicablemente amable...

    El delgado señor Astillo, que había estado ocupado llamando a un camarero, de pronto se agachó para poner la oreja a la altura de la boca de Filomargo. Y, una vez en esa posición, en lugar de mirar a la cara a su interlocutor, giró los ojos hasta su extremo más oriental y consiguió una bonita panorámica de su perfil.

    —Soy un poco sordo —dijo—. ¿Podría repetir lo que ha dicho? ¿Ha dicho «Inexplicablemente amable»? ¡Qué curioso!
    —No sea tedioso —lo amonestó la señora Yerbas.

    El señor Astillo se incorporó en toda su estatura, que hubiera sido mucho más imponente de no ser porque tenía los hombros tan caídos.

    —Querida señora. Si yo soy aburrido, ¿quién me ha hecho serlo?
    —Bueno, ¿quién ha sido, querido?
    —Es una larga historia...
    —Entonces mejor nos la saltamos, ¿no les parece?

    La mujer se volvió lentamente, girando sobre su pelvis, hasta que sus senos, pequeños y cónicos, dirigidos al señor Cernícalo, parecieron una deliciosa amenaza. Su marido, el señor Yerbas, que había visto aquella maniobra al menos cien veces, bostezó exageradamente.

    —Cuénteme —dijo la señora Yerbas al tiempo que soltaba sobre el señor Cernícalo una nueva andanada de puro erotismo—, cuéntemelo todo sobre usted, querido señor Filomargo.

    El señor Filomargo, que no se sentía a gusto ante aquel trato tan familiar de la señora Yerbas, se volvió hacia el marido.

    —Su esposa es una mujer muy especial. Muy curiosa. Induce a la especulación. Me habla a través de la coronilla, mientras sus ojos miran al señor Cernícalo.
    —Pero ¡así es como debe ser! —exclamó el aludido, con los ojos saliéndosele de la emoción—, la vida debe ser variada, incongruente, vil y eléctrica. Debe ser implacable, y tan llena de amor como el que pueda encontrarse en los colmillos de un jaguar.
    —Me gusta la forma en que se expresa usted, joven —dijo Yerbas—, pero no sé de qué habla.
    — ¿Qué murmuran? —inquirió el espigado Astillo, doblando uno de sus brazos como la rama de un árbol y ahuecando un puñado de ramitas en torno a la oreja.
    —Tiene usted algo divino —susurró Cernícalo, dirigiéndose a la señora Yerbas.
    —Creo que le estaba hablando a usted, querido —le dijo ella por encima del hombro al señor Filomargo.
    —Su esposa me está hablando otra vez —le dijo Filomargo al señor Yerbas—. Veamos lo que tiene que decir.
    —Habla usted de mi esposa de una forma curiosa —dijo Yerbas—. ¿Acaso le molesta?
    —Me molestaría si viviera con ella —repuso Filomargo—. ¿Y a usted?
    — ¡Oh, querido amigo, no sea ingenuo! Yo estoy casado con ella, por eso casi nunca la veo. ¿Qué sentido tiene casarse si tienes que estar siempre topándote con tu esposa? Para eso más valdría no casarse. Oh, no, querido amigo. Ella hace lo que quiere. Es una coincidencia que nos hayamos encontrado aquí esta noche. ¿Lo ve? Y nos gusta... es como revivir el primer amor, pero sin sufrimiento, sin la parte del corazón. El amor frío es el más adorable de todos, tan limpio, tan vivo, tan vacío. En pocas palabras, tan civilizado.
    —Es usted una leyenda —dijo Cernícalo, con una voz tan sofocada por la pasión que la señora Yerbas ni siquiera se dio cuenta de que le había hablado.
    —Tengo tanto calor como un nabo hervido —sentenció el señor Astillo.
    —Pero dígame, hombrecillo espantoso, ¿cómo me siento? —Exclamó la señora Yerbas al ver a un recién llegado, lacerando su belleza con el filo de su voz—. Estos días tengo tan buen aspecto... hasta mi marido me lo ha dicho, y ya sabe usted cómo son los maridos.
    —No, no tengo ni idea de cómo son —dijo el hombre de expresión taimada que acababa de ponerse a su lado—, dígamelo usted. Yo sólo sé en qué se convierten... y quizá... lo que les lleva a ello.
    —Oh, qué inteligente es usted. Perversamente inteligente. Tiene que contármelo todo. ¿Cómo soy yo, querido?

    El hombre taimado —una criatura de torso estrecho con cabellos pelirrojos que le caían sobre las orejas, nariz afilada y un cerebro demasiado grande para que pudiera controlarlo cómodamente— replicó:

    —Mi querida señora Yerbas, en estos momentos siente usted la necesidad de algo dulce. Azúcar, mala música o algo por el estilo. Eso le serviría para empezar.

    La criatura de ojos negros, con los labios entreabiertos, los clientes brillando como perlas, los ojos clavados con entusiasmo en el rostro taimado que tenía delante, cruzó las delicadas manos sobre sus senos cónicos.

    — ¡Tiene toda la razón! ¡Oh, sí! —Dijo sin aliento—. ¡Absoluta y milagrosamente tiene toda la razón, hombrecito brillante, brillante! ¡Lo que necesito es algo dulce!

    Entretanto, el señor Filomargo estaba haciendo sitio a un personaje de rostro alargado ataviado con una piel de león. Con una melena negra cayéndole sobre la cabeza y los hom-bros.

    — ¿No tiene usted calor con eso? —preguntó el joven Cernícalo.
    —Estoy que me asfixio... —dijo el de la piel rojiza.
    —Y entonces ¿por qué lo lleva? —preguntó la señora Yerbas.
    —Pensé que se trataba de un baile de disfraces —dijo la piel—. Pero no me quejo. Todo el mundo ha sido muy amable.
    —Pero eso no impide que genere un montón de calor bajo esa ropa —dijo el señor Filomargo—. ¿Por qué no se la quita?
    —No llevo nada debajo —dijo la piel de león.
    — ¡Qué delicioso! —Exclamó la señora Yerbas—. Me intriga usted enormemente. ¿Quién es?
    —Pero, querida —dijo el león mirando a la señora Yerbas—, seguro que...
    — ¿Qué sucede, rey de las bestias?
    — ¿No me recuerdas?
    —Su nariz me suena de algo —reconoció la señora Yerbas.

    El señor Astillo bajó la cabeza entre las nubes de humo. Y entonces la giró hasta situarla junto a la de Cernícalo.

    — ¿Qué ha dicho? —preguntó.
    —Esa mujer vale un imperio —repuso Cernícalo—. Es vital, exquisita, ¡un juguete!
    — ¿Un juguete? —dijo el señor Astillo—. ¿Qué ha querido decir?
    —Usted no lo entendería.

    El león se rascó con cierto encanto. Luego se dirigió a la señora Yerbas.

    —Así que mi nariz te suena... y ¿ya está? ¿Te has olvidado de mí? ¡De mí! Que fui tu Harry.
    — ¿Harry? ¿Cómo... mi...?
    —Sí, el segundo. Hace mucho tiempo. Estuvimos casados, ¿recuerdas?, en la calle Tyson.
    — ¡Mi tortolito! —Exclamó la señora Yerbas—. Sí que lo estuvimos. Pero ¡quítate esa espantosa melena y deja que te vea! ¿Dónde has estado todos estos años?
    —En la jungla —dijo el león, echando la melena hacia atrás y tirándosela sobre el hombro.
    — ¿Qué clase de jungla, querido? ¿Una jungla moral? ¿Espiritual? ¡Oh, cuéntanoslo! —La señora Yerbas se inclinó con los senos por delante y se llevó los pequeños puños a las caderas, actitud que imaginaba ella resultaría atractiva. No andaba desencaminada, y el joven Cernícalo dio un paso hacia la izquierda para acercársele más.
    —Creo haber oído que decía usted «la jungla» —dijo Cernícalo—. Y dígame, ¿es un lugar agreste? ¿O no lo es? Estamos siempre a merced de las palabras. Porque ¿diría usted que lo que para un hombre es la jungla para otro no es más que un campo de maíz con algún riachuelo y unos matojos?
    — ¿Qué clase de matojos? —inquirió el alargado señor Astillo.
    — ¿Yeso qué importancia tiene? —repuso Cernícalo.
    —Todo es importante —lo amonestó el señor Astillo—. Todo. Forma parte de un esquema. El mundo está pervertido por culpa de la gente que piensa que hay cosas que importan y co-sas que no. Todo es igual de importante. La rueda debe estar completa. Y las estrellas... Parecen pequeñas. Pero ¿lo son? No. Son enormes. Algunas son realmente inmensas. Precisamente, recuerdo...
    —Señor Cernícalo —dijo la señora Yerbas.
    — ¿Sí, mi querida señora?
    —Tiene usted un hábito perverso.
    — ¿Y cuál es, por el amor de Dios? Dígamelo para que pueda aniquilarlo.
    —Está demasiado cerca, mi gatito, demasiado cerca. Cada uno tiene su pequeña zona, ¿sabe usted? Como las aguas territoriales, o los derechos de pesca. No la sobrepase, querido. Retírese un poco. Lo entiende, ¿verdad? La intimidad es muy importante.

    El joven Cernícalo se puso del color de una langosta hervida y se apartó de la señora Yerbas, quien, volviendo la cabeza hacia él como si le perdonara, encendió una luz en su rostro, o eso le pareció a Cernícalo, y esa luz inflamó el aire a su alrededor con una sonrisa que fue como una erupción. Esto, a su vez, tuvo el efecto de atraer al deslumbrado Cernícalo de vuelta al lado de la señora Yerbas, donde permaneció solazándose en su belleza.

    —Así está mejor —susurró ella.

    Cernícalo asintió y tembló de la emoción hasta que el señor Yerbas, abriéndose paso entre un muro de invitados, le pisó bruscamente el empeine. Con un gemido de dolor, el joven Cernícalo se volvió buscando compasión en la dama sin par que tenía a su lado, pero descubrió que había trasladado su radiante sonrisa a su marido, en quien permaneció por un momento antes de darles la espalda a los dos y, apagando la luz, ponerse a observar la sala con un aire totalmente desprovisto de vida.

    —Por otro lado —dijo el alto Astillo, dirigiéndose al hombre de la piel de león—, hay algo en la pregunta de ese joven... Esa jungla que dice... ¿podría explicarnos algo más?
    — ¡Oh sí! ¡Hazlo! —dijo resonando la voz de la señora Yerbas, que aferró la piel del león cruelmente.
    —Cuando digo «jungla» —dijo el león—, me refiero al corazón. A quien debería preguntar es al señor Filomargo. La jungla en la que él ha estado es la propia tierra.
    —Ah, la jungla —suspiró Filomargo, sacando mentón—, surcada de férreas montañas. Poblada de termitas, chacales y, por el Noroeste, de ermitaños.
    — ¿Y qué hacía usted allí? —dijo el señor Astillo.
    —Seguía a un sospechoso. Un joven desconocido por estos lares. Veía su figura desdibujada tambalearse delante de mí, en medio de una tormenta de arena. A veces lo perdía. Otras veces me encontraba prácticamente a su lado, y me veía obligado a recular un tanto. O le oía cantar canciones absurdas, o gritar como si estuviera delirando... palabras como «Fucsia», «Excorio» y otros nombres. En ocasiones gritaba: «Madre» y una vez cayó de rodillas y exclamó: « ¡Gormenghast, Gormenghast, vuelve a mí!». Mi misión no era detenerlo, yo sólo debía seguirle, porque mis superiores me informaron de que no tenía los papeles en regla, o incluso que no tenía papeles. Pero la segunda noche se levantó un viento terrible que me cegó, así que lo perdí en medio de una nube roja de arenisca. No pude volver a encontrarlo.
    —Querido.
    — ¿Sí?
    —Mire a Gomino.
    — ¿Por qué?
    —Su pulida calva refleja un candelabro.
    —Desde aquí yo no veo eso.
    — ¿No?
    —No. Pero mire... a la izquierda veo una imagen diminuta, casi diría que es la cara de un joven de no ser porque no es normal que crezcan rostros en un techo.
    —Sueños. Uno siempre vuelve a sus sueños.
    —Pero el Fusta de Plata RK 2053722220... Halos de Luna, primero de los nuevos...
    —Sí, ya lo conozco.
    —Pero no había amor por ningún sitio.
    —El cielo estaba plagado de aviones y, aunque algunos de ellos iban sin piloto, sangraban.
    —Ah, señor Lino, ¿cómo está su hijo?
    —Murió el miércoles pasado.
    —Oh, perdóneme. Cuánto lo siento.
    — ¿En serio? Pues yo no. Nunca me gustó. Pero eso sí, era un excelente nadador. Capitaneaba el equipo de su escuela.
    —Este calor es terrible.
    —Ah, señora Cornejera. Permítame que le presente al duque Cornejero. Aunque tal vez se conocen ya.
    —Sí, nos hemos visto muchas veces. ¿Dónde están los sandwiches de pepino?
    —Permítame...
    —Oh, perdone, he confundido su pie con una tortuga. ¿Qué está pasando?
    —No, desde luego, no me gusta.
    —El arte tendría que carecer de artificio, no de corazón.
    —Yo soy un entusiasta de la belleza.
    —Belleza, qué palabra tan obsoleta.
    —Incurre usted en una petición de principio, profesor Salvaje.
    —Yo no he pedido nada, ni he pedido su perdón. Ni siquiera he pedido que se me permita disentir. Disiento sin necesidad de pedir el permiso de nadie, y antes mendigaría ante un viejo ciego servil con las costillas marcadas al pie de una columna que pedirle nada a usted, señor. La verdad no está con usted, y además le huelen los pies.
    —Tome ésta... y ésta —musitó el insultado, arrancando un botón tras otro de la chaqueta de su oponente.
    —Qué bien nos lo pasamos —dijo el que había perdido los botones, poniéndose de puntillas y besando la barbilla de su amigo—. Las fiestas serían insoportables sin insultos, así que no te vayas, Harold. Me pones malo. ¿Qué es eso?
    —Sólo es Marmolio, con sus imitaciones de pájaros.
    —Sí, pero...
    —Siempre, de alguna forma...
    —Oh, no... No... Y sin embargo me gusta.
    —Así que el joven escapó de mí sin saberlo —dijo Filomargo—. Ya juzgar por las dificultades que debe de haber pasado, seguro que está en algún lugar de la ciudad... ¿Dónde podría estar, si no? ¿Ha robado un avión? ¿Habrá sobrevolado el...?


    VEINTICINCO


    Entonces se hizo la medianoche y, por unos instantes, en la fiesta de la señora Cúspide-Canino la piel de gallina subió por las piernas de todos, trepó por los muslos y congregó a sus espantosas fuerzas en la base de cada columna, y desde allí envió sus horribles escoltas por el paisaje lumbar. Luego subió por la mismísima columna, enroscándose como hiedra letal, para extenderse finalmente desde las cervicales y dejarse caer como una capa helada de muselina sobre pechos y vientres. Medianoche. Mientras resonaba el último repique, Titus, que seguía apostado en el tejado, tratando de aliviar el calambre del brazo, cambió el peso del codo, golpeó sin querer la claraboya y, sin tiempo para recuperarse, cayó del tejado de cristal envuelto en una lluvia de añicos.


    VEINTISÉIS


    Fue una suerte para todos los afectados que nadie resultara gravemente herido. Incluso Titus sólo se hizo unos cortes, pero eran heridas superficiales, y, por lo que se refiere a la caída, tuvo suerte de que aquella señora con hombros abovedados y senos como bolas de nieve estuviera justo debajo cuando cayó.

    Zozobraron juntos y, por un momento, quedaron tendidos el uno junto al otro sobre la gruesa alfombra. A su alrededor destellaban las esquirlas de cristal, pero para Juno, tumbada junto a Titus, al igual que para las otras personas afectadas por su repentina aparición en el aire y luego en el suelo, la sensación predominante no era de dolor, sino de sorpresa.

    Porque había algo sorprendente en más de un sentido en la visitación casi bíblica de un joven vestido con harapos.

    Titus apartó el rostro, que había chocado contra un hombro desnudo, y al ponerse en pie, desorientado, vio que los ojos de la dama estaban clavados en él. Incluso así tumbada, era soberbia. De una dignidad sin igual. Cuando Titus le ofreció la mano para ayudarla a levantarse, ella tocó las yemas de sus dedos y se puso en pie sin esfuerzo, con sus pies menudos y bonitos. Entre estos piececitos y la noble cabeza clásica, como si estuviera entre dos polos, se extendía todo un mundo dorado de especias.

    Alguien se inclinó sobre el chico. Era el taimado.

    — ¿Quién demonios eres tú? —dijo.
    — ¿Y eso qué importa? —Repuso Juno—. No se acerque. Está sangrando... ¿No es eso bastante? —Y, con un ademán indescriptible, rasgó un pedazo de su vestido y se puso a vendar la mano de Titus, que sangraba abundantemente.
    —Es usted muy amable —dijo agradecido Titus.

    Juno meneó la cabeza con suavidad y una leve sonrisa brotó de las comisuras de sus labios generosos.

    —Imagino que la he asustado —añadió el joven a modo de disculpa.
    —Ha sido una presentación algo precipitada —repuso ella. Y enarcó una ceja. La alzó como el ala de un cuervo.


    VEINTISIETE


    — ¿Has oído lo que ha dicho? —Gruñó una voz infame—: «Imagino que la he asustado». Pues claro que la ha asustado, cachorro mestizo, podía haberla matado.

    De pronto se levantó un zumbido de voces furiosas y montones de rostros se alzaron hacia la claraboya rota. Al mismo tiempo, una sección cercana de la multitud, que unos momentos antes parecía gratamente sorprendida, ofrecía ahora un aspecto muy distinto.

    — ¿Quién de vosotros —preguntó Titus, que se había puesto blanco—, quién me ha llamado cachorro mestizo? —En el bolsillo de sus harapientos pantalones, su mano aferró la piedra de las altas torres de Gormenghast—. ¿Quién ha sido? —gritó, porque de pronto la ira lo dominaba y, tras saltar hacia adelante, cogió a la figura que tenía más cerca por el cuello.

    Pero, casi de forma instantánea, se vio devuelto a su posición junto a Juno para contemplar ante él la espalda de un hombre grande y huesudo, con un pequeño mono al hombro. Aquella figura, con las inconfundibles proporciones de Trampamorro, se desplazó muy lentamente ante el semicírculo de rostros furiosos y esbozó una sonrisa desprovista de amor. Era amplia, sin labios, hecha únicamente de anatomía.

    Trampamorro estiró su gran brazo, dejó su mano suspendida un momento y luego aferró al hombre que había insultado a Titus, lo aferró y lo levantó en el arremolinado aire caliente hasta la altura de su hombro, donde fue recibido por el mono, que lo besó en la nuca de tal forma que el pobre hombre se desmayó y entonces, puesto que el simio ya había perdido el interés, se desplomó sobre el suelo alfombrado.

    Trampamorro se volvió al círculo de rostros perplejos y susurró:

    —Niños. Escuchad al oráculo. Porque el oráculo os ama. —Y dicho esto sacó un cortaplumas de terrible aspecto del bolsillo, lo abrió y empezó a afilarlo sobre la yema de su dedo pulgar—. No está nada contento con vosotros. No porque hayáis hecho algo malo, sino porque vuestra alma apesta... vuestra alma colectiva... la mierda seca de alma que tenéis. ¿No es así, pequeños?

    El mono se puso a rascarse con una pausada satisfacción y sus párpados temblaron.

    — ¿Así que le amenazáis —siguió diciendo—, le amenazáis con vuestras sucias y pequeñas mentes y vuestras vocecitas ridículas? Y vosotras, señoras, con vuestros falsos pechos y vuestras bocas ignorantes, ¿también le habéis amenazado?

    Hubo mucho arrastrar de pies y carraspeos, y aquellos que podían hacerlo sin que se les viera empezaron a recular entre el atestado cuerpo de la habitación.

    —Pequeños —prosiguió, desplazando la hoja de su cuchillo sobre su dedo—, recoged a vuestro compañero del suelo y aprended a mantener las manos bien lejos de este don nadie.
    —No es ningún don nadie —dijo Filomargo—. Es el joven a quien he estado siguiendo. Se me escapó. Cruzó la espesura. No tiene pasaporte. La ley lo busca. Venga aquí, joven.

    Se hizo un silencio que se extendió por toda la habitación.

    —Qué tontería —dijo al cabo una voz profunda. Era Juno—. Es mi amigo. Y por lo que dice usted de la espesura... cielos, ha malinterpretado los harapos que lleva. Sólo es un disfraz.
    —Apártese, señora. Tengo orden de arrestarlo por vagabundo, extranjero e indeseable.

    Y entonces el tal Filomargo se adelantó, saliendo de entre la multitud de invitados, se adelantó y fue hasta donde Titus, Juno, Trampamorro y el mono aguardaban en silencio.

    —Bello policía —dijo Trampamorro—. Se está usted excediendo en sus obligaciones. Esto es una fiesta... o lo era, y lo está convirtiendo usted en algo sucio.

    Trampamorro movió los hombros adelante y atrás y cerró los ojos.

    — ¿No se toma usted nunca unas vacaciones del crimen? ¿No coge nunca el mundo como coge un niño una bola de cristal... como un objeto de muchos colores? ¿No ama nunca este ridículo mundo que tenemos? ¿Con sus cosas buenas y sus cosas malas? ¿Sus ladrones y sus ángeles? ¿Con todo? ¿Nunca lo ha sentido palpitando en su mano, mi querido policía, sabiendo que todo esto es inevitable y que sin el lado oscuro de la vida no sería usted nada? Y sin embargo, mire cómo se lo toma. Pasaportes, visados, documentos de identidad... ¿tanto significa todo esto para su mente oficiosa que necesita venir con ese sucio tufo a una fiesta? Abra las compuertas de su mente, mi querido policía, y deje pasar a este pequeño pececillo.
    —Es amigo mío —insistió Juno, con una voz madura y profunda como una gruta submarina, como el follaje del lecho marino—. Es un disfraz. No tiene nada que ver con usted. ¿Cómo ha dicho? ¿Por la espesura? Oh, ja ja ja ja ja. —Y Juno, siguiendo la indicación de Trampamorro, se adelantó para bloquear el campo de visión de Filomargo, y al hacerlo, por la izquierda, vio dos hombres cuyas cabezas tocadas con yelmos sobresalían ligeramente por encima de las demás. Parecía que flotaban en vez de caminar. Para Juno no eran más que invitados, pero cuando Trampamorro los vio, aferró a Titus del brazo, por encima del codo, y se dirigió hacia la puerta, abriendo un corredor entre los invitados, como una pandilla de niños que atraviesa un campo de maíz maduro siguiendo a su líder.

    El inspector Filomargo trataba por todos los medios de ir tras ellos, pero cada vez que se volvía o daba unos pasos, se encontraba a la generosa Juno interponiéndose, una dama con un porte tan soberbio y tan nobles proporciones que empujarla estaba fuera de toda duda.

    —Por favor, permítame —le decía—. Debo seguirlos.
    —Oh, pero mire su corbata. No puede ir por ahí de esa forma. Deje que se la arregle. No... No..., no se mueva. Bien, ya está... ya está...


    VEINTIOCHO


    Entretanto, Titus y Trampamorro giraban a izquierda y derecha a voluntad, porque aquel lugar estaba plagado de habitaciones y corredores.

    Trampamorro, que corría unos metros por delante de Titus, tenía el aspecto de un corcel, con su gran cabeza escarpada echada hacia atrás y el pecho hacia delante.

    No se volvía para ver si Titus podía seguir su paso poderoso. Con el timón granate que tenía por nariz apuntando al techo, galopaba y galopaba con el pequeño mono aferrado al hombro, bien despierto con los ojos color topacio clavados en Titus, que corría unos metros por detrás. De vez en cuando el animal gritaba, y entonces se agarraba con más fuerza al cuello de su amo, como si su propia voz le hubiera asustado.

    Y aunque corría, Trampamorro conservaba una seguridad monumental, casi dignidad. No se trataba sólo de una huida. Era algo en sí mismo, como debe ser una danza, una danza ritual.

    — ¿Estás ahí? —Musitó de pronto por encima del hombro—. ¿Eh? ¿Estás ahí, joven trapero? Ven a mi lado.
    —Estoy aquí —repuso Titus jadeando—. Aunque no sé por cuánto tiempo.

    Trampamorro no le hizo caso y dobló una esquina a la izquierda con una cabriola, y luego a la izquierda otra vez, a la derecha, a la izquierda y luego, aminorando el paso gradualmente, fueron a parar a un salón escasamente iluminado rodeado por siete puertas. Los fugitivos abrieron una de ellas al azar y se encontraron en una habitación vacía.


    VEINTINUEVE


    Trampamorro y Titus permanecieron inmóviles unos instantes, hasta que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad.

    Y entonces, en el extremo más alejado de la habitación, vieron un rectángulo de un gris mortecino que se alzaba en medio de la oscuridad. Era la noche.

    No había estrellas, y la luna estaba por el otro lado del edificio. En algún lugar, mucho más abajo, oyeron el susurro de un aeroplano que despegaba. En seguida lo vieron, un objeto estilizado, sin alas, deslizándose en la noche, sin prisa aparente, salvo que, de pronto..., ¿dónde se había metido?

    Titus y Trampamorro permanecieron ante la ventana y durante un buen rato ninguno de los dos dijo nada. Al final, Titus se volvió hacia la tenue silueta de su compañero.

    — ¿Qué hace aquí? —le preguntó—. Parece fuera de lugar.
    —Por los gansos de Dios. Me has dado un susto —dijo Trampamorro levantando la mano como si quisiera protegerse de un golpe—. Había olvidado que estabas ahí. Cavilaba, chico. Y no hay pasatiempo más rico que ése. Te cubre de humos nocivos. Desprende una música sombría. Es el aroma del hogar.
    — ¿El hogar?
    —El hogar —dijo Trampamorro. Se sacó una pipa del bolsillo y la llenó con un buen puñado de tabaco. La encendió, dio una calada, llenó sus pulmones de un humo acre y lo expulsó, mientras la cazoleta ardía en la oscuridad como una herida—. Me preguntas por qué estoy aquí... aquí, entre gente extraña. Es una buena pregunta. Casi tan buena como para que yo te la haga a ti. Pero no me lo digas, querido joven, no todavía. Creo que prefiero adivinarlo.
    —Yo no sé nada de usted —dijo Titus—. Para mí no es más que alguien que aparece y desaparece. Un hombre rudo, un guardaespaldas, una criatura que me saca del peligro. ¿Quién es usted? Dígame... no parece pertenecer a esta... a esta región de cristal.
    —El lugar de donde procedo no es de cristal, chico. ¿Has olvidado los tugurios que llegan arrastrándose hasta mi patio? ¿Has olvidado la purria que viste junto al río? ¿Has olvidado el hedor?
    —Recuerdo el hedor de su coche... —dijo Titus— penetrante como el ácido. Espeso como unas gachas.
    —Es una zorra —comentó Trampamorro—. Y huele como una zorra.
    —No sé nada de usted —dijo Titus—, con sus kilómetros de grandes jaulas, con sus gatos monteses, sus lobos y sus aves de presa. Los he visto, pero no me dicen gran cosa. ¿En qué está pensando? ¿Por qué hace ondear ese mono al hombro como si fuera una bandera extranjera... un emblema del desafío? No tengo más acceso a su mente del que pueda tener a este pequeño cráneo. —Y, tanteando la oscuridad, Titus acarició al monito con su dedo índice. Luego miró fijamente a la oscuridad, de la cual formaba parte Trampamorro. La noche parecía más espesa que nunca—. ¿Sigue usted ahí? —preguntó.

    Pasaron doce largos segundos antes de que Trampamorro contestara.

    —Sí, aquí sigo, o parte de mí. El resto de mi persona está inclinado sobre la borda de un barco. El aire está impregnado de especias y las profundas aguas saladas tienen un brillo fosforescente. Estoy solo en cubierta y no hay ninguna otra persona que vea cómo la luna se eleva desde detrás de una nube para encender una hilera de palmeras como en procesión. Puedo ver la espuma de un blanco oscuro rompiendo contra la orilla; y veo, y recuerdo, una figura que corría por la franja de arena iluminada por la luna, con los brazos levantados por encima de la cabeza y su sombra corriendo a su lado y dando sacudidas, porque la playa tenía una superficie irregular; y entonces la luna volvió a ocultarse tras las nubes y el mundo volvió a oscurecerse.
    — ¿Quién era el hombre?
    — ¿Cómo voy a saberlo? —Dijo Trampamorro—. Podía ser cualquiera. Hasta puede que fuera yo.
    — ¿Por qué me cuenta todo esto? —dijo Titus.
    —No te estoy contando nada. Me lo cuento a mí mismo. Mi voz, que a otros les suena estridente, es música para mis oídos.
    —Es usted muy brusco —dijo Titus—. Pero me ha salvado dos veces. ¿Por qué me ayuda?
    —No tengo ni idea. Debe de haber algo mal en mi cabeza.


    TREINTA


    Aunque no se oyó ningún sonido, que la puerta se abriera provocó un cambio en la habitación que tenían a su espalda; un cambio suficiente para despertar en Titus y su compañero una conciencia de la que sus mentes conscientes nada sabían.

    No, no fue el aliento de un sonido; no fue el parpadeo de una luz. Y sin embargo, la habitación negra que tenían a su espalda cobró vida.

    Trampamorro y Titus se habían vuelto a la vez, pensando, como mucho, que era para aliviar algún músculo.

    De hecho, apenas se apercibieron de que se habían girado. No veían apenas nada de la habitación llena de noche pero, cuando un instante después entró una dama, con ella se coló algo de luz de la sala contigua. No gran cosa, pero sí lo suficiente para que Titus y su compañero vieran que a su izquierda tenían un sofá a rayas y, al otro lado de la habitación, lo que hubiera podido considerarse el fondo del escenario si la noche hubiera sido un auditorio, había una elevada pantalla.

    Al ver que la puerta se abría, Trampamorro cogió al pequeño mono del hombro de Titus y, tapándole la boca con la mano derecha y sujetándole las cuatro patas con la izquierda, se desplazó en silencio entre las sombras y se ocultó detrás de la pantalla. Titus, que no tenía que preocuparse por ningún mono, lo siguió al instante.

    Y entonces se oyó el clic y la habitación se llenó de una luz rojiza. La dama que había abierto la puerta avanzó sin hacer ningún ruido. Con gran delicadeza, a pesar de su peso, fue hasta el centro de la habitación, donde ladeó la cabeza como si esperara que sucediera algo peculiar. Luego se sentó en el sofá a rayas y cruzó sus espléndidas piernas envuelta en un susurro de seda.

    —Debe de estar hambriento —susurró—. El trepatejados rompeclaraboyas... el muchacho harapiento de ninguna parte. Debe de estar hambriento y perdido. ¿Dónde puede estar? ¿Detrás de esa pantalla, por ejemplo, con su amigo, el perverso Trampamorro? —Se hizo un absurdo silencio.


    TREINTA Y UNO


    Sentada, Juno abrió una cesta que había llenado en la fiesta, antes de volverse al muchacho y Trampamorro.

    — ¿Tienes hambre? —preguntó Juno cuando los vio salir.
    —Mucha —dijo Titus.
    —Pues come —dijo ella.
    —Oh, mi dulce llama, mi defraudada. ¿En qué piensas? —preguntó Trampamorro, pero con una voz tan aburrida que casi era un insulto—. ¿A que no te imaginas cómo lo encontré, mi filtro de amor?
    — ¿A quién? —inquirió Juno.
    —Al muchacho. A este muchacho hambriento.
    —Dímelo.
    —Medio ahogado, sí, señor, al amanecer. ¿No te parece poético? Ahí estaba, tendido, desamparado, en los escalones que bajan al río... despatarrado como un pez muerto. Así que me lo llevé a casa. ¿Por qué? Porque nunca había visto nada más inverosímil. Al día siguiente lo echo. No era parte de mí. No era parte de mi absurda vida, y él se va, esta criatura de ninguna parte, superflua como una vela al sol. Un ser irrisorio... que se olvida... pero ¿qué ocurre luego?
    —Te escucho —dijo Juno.
    —Pues al chico no se le ocurre otra cosa que caer por una claraboya y derribar a una de las pocas mujeres que me han interesado en la vida. Oh, sí. Lo vi todo. Su cabeza yacía de lado en tu espléndido pecho y, por unos momentos, fue el señor de un barranco tropical entre tus senos de medianoche: hogar de musgo y vegetación; suntuosa hendidura. Pero basta. Soy demasiado viejo para hendiduras. ¿Cómo nos has encontrado? No hemos dejado de girar y girar, girar... podríamos haber despistado al mismísimo demonio... y en cambio tú has entrado como si hubieras ido pegada a mis talones. ¿Cómo me has encontrado?
    —Te lo diré, Trampalomo, te diré cómo te he encontrado. No hay nada milagroso en ello. Mi intuición es tan inexistente como el perfume del mármol. Ha sido el muchacho quien os ha delatado. Tenía los pies mojados, y aún los tiene. Y han dejado un brillo en los pasillos.
    — ¿Un brillo? ¿Cómo que un brillo? —preguntó Trampamorro.
    —Es lo que iban dejando sus pies... una leve película. Sólo he tenido que seguirla. ¿Dónde están tus zapatos, niño peregrino?
    — ¿Mis zapatos? —dijo Titus, con un hueso de pollo en la mano—. Bueno, supongo que estarán en algún lugar del río.
    —Bueno; ahora que nos has encontrado, Juno, mi trampa de amor... ¿qué quieres de nosotros? ¿Juntos o por separado? Al fin y al cabo, aunque soy impopular, no soy un fugitivo. Así que no hay necesidad de que me esconda. Pero el joven Titus (señor de algún lugar... con un nombre del todo inverosímil), él, debemos admitirlo, está huyendo. Del porqué no estoy del todo seguro. En cuanto a mí, no hay cosa que desee más que lavarme las manos con respecto a vosotros. Una de las razones es que no me tienes subyugado. No deseo más que soledad, Juno, y la compañía de las bestias sobre las que medito. Y la otra es este muchacho, conde de Gorgonpás o como se llame, con él debo lavarme las manos porque no tengo ningún deseo de relacionarme con otro ser humano, y menos aún con uno con forma de enigma. La vida es demasiado breve para tales distracciones y no puedo obligarme a sentir interés por los problemas que alberga su pecho.

    El monito que estaba en el hombro de Trampamorro asintió y empezó a hurgar en las profundidades del pelo de su amo. Sus arrugados aunque delicados dedos eran tiernos e in-quisitivos como los de una amante.

    —Es usted casi tan rudo como hambriento estoy yo —dijo Titus—. Y en cuanto a los caminos de mi corazón y mi linaje, es usted tan ignorante como ese mono que lleva al hom-bro. Si de mí depende, así seguirá. Pero sáqueme de aquí. Este edificio es una pocilga, y huele como un hospital. Se ha portado bien conmigo, señor Trampamuro, pero tengo ganas de perderlo de vista. ¿Adónde puedo ir, dónde puedo esconderme?
    —Debes venir conmigo. Conseguir ropa nueva, alimento, un techo. —Juno volvió su espléndida cabeza hacia Trampamorro—. ¿Cómo vamos a salir de aquí sin que nos vean?
    —Cada cosa a su tiempo —dijo Trampamorro—. Lo primero es encontrar el ascensor más próximo. A estas alturas todo el mundo estará durmiendo. —Fue hasta la puerta y, al abrirla, sorprendió a un joven inclinado sobre la cerradura. No le había dado tiempo a incorporarse, y menos aún a escapar.
    —Mi querida esencia de armiño —dijo Trampamorro, arrastrando al hombre al interior por las solapas amarillo limón de su librea, pues era un lacayo del servicio—, bienvenido. Bueno, Juno, cariño, llévate a Gorgonpás contigo y contemplad un rato la oscuridad por la ventana. No tardaré.

    Titus y Juno, obedeciendo aquella voz curiosamente autoritaria, porque era poderosa, por muy ridículo que fuera lo que decía, oyeron un peculiar arrastrar de pies y, al momento:

    —Bueno, Gorgonblás, deja a la adorable damisela contemplando la noche y ven aquí.

    Titus se volvió y vio que el lacayo estaba prácticamente desnudo. Trampamorro lo había pelado como un árbol cuando pierde sus hojas doradas en otoño.

    —Quítate esos harapos y ponte esta librea —le dijo Trampamorro. Se volvió al lacayo—. Espero que no pases mucho frío. No tengo nada contra ti, pero no tenía más remedio. Este joven caballero debe escapar. Y ahora date prisa, Gorgon —gritó—. Tengo el coche esperando, y está inquieta.

    Trampamorro ignoraba que, mientras él decía estas palabras, las primeras pinceladas del amanecer empezaban a colarse entre las nubes bajas iluminando no sólo los pocos aeroplanos que brillaban como espectros, sino también aquella monstruosa criatura, su vehículo. Desnuda como el lacayo, desnuda bajo los primeros rayos de sol, era como un improperio o una burla, con la nariz apuntando a los elegantes aeroplanos; su forma, su color, su esqueleto, sus tendones, su cráneo, sus músculos de cuero... su vientre bajo y osado, su as-pecto sangriento y de amotinamiento en alta mar. Allí esperaba ella, mucho más abajo de donde estaba su capitán.

    —Cámbiate de ropa —le urgió Trampamorro—. No tenemos toda la noche.

    Algo empezó a arder en el estómago de Titus. Notó que la sangre abandonaba su rostro.

    —Así que no puede esperarme toda la noche —dijo con una voz que casi no reconocía—. Trampamorro, el hombre zoo, tiene prisa. Pero ¿sabe acaso con quién está hablando? ¿Lo sabe?
    — ¿Qué pasa, Titus? —intervino Juno, que había dado la espalda a la ventana al oír su voz.
    — ¿Que qué pasa? —exclamó Titus—. Yo se lo diré, señora. Es la ignorancia de este matón. ¿Acaso no sabe quién soy?
    — ¿Cómo podemos saber nada de ti, cariño, si no nos lo dices? Venga, venga, deja de temblar.
    —Quiere escapar —dijo Trampamorro—. Pero no querrás que te metan en la cárcel, ¿verdad? ¿Eh? Me imagino que desearás salir de este edificio.
    —No con su ayuda —gritó Titus, aunque mientras lo hacía era consciente de que estaba siendo mezquino. Miró al gran rostro surcado de sombras con el orgulloso timón que tenía por nariz y la luz de sus ojos, y un destello de reconocimiento pareció cruzarse entre los dos. Pero era demasiado tarde.
    —Pues entonces vete al infierno, niño —le soltó Trampamorro.
    —Lo llevaré conmigo —terció Juno.
    —No —repuso Trampamorro—. Deja que se vaya. Tiene que aprender.
    — ¡Aprender, maldito sea! —exclamó Titus, sintiendo que todas sus emociones contenidas se desataban—. ¿Qué sabe usted de la vida, la violencia, el engaño? ¿De locos, subterfugios y traiciones? De mi traición. Mis manos se han manchado de sangre. He amado y he matado en mi reino.
    — ¿Reino? —inquirió Juno— ¿Tu reinó? —Una suerte de amor reverente se encendió en sus ojos—. Yo cuidaré de ti.
    —No —dijo Trampamorro—, deja que encuentre su camino por sí mismo. Si ahora le ayudas, nunca te lo perdonará. Deja que se comporte como un hombre, Juno..., o lo que él cree que es comportarse como un hombre. No le chupes la sangre, querida mía. No te precipites. Recuerda cómo mataste nuestro amor con tus especias, ¿eh? Mi bella vampiresa.

    Titus, blanco por la indecisión, porque Trampamorro y Juno parecían hablar un lenguaje privado, dio un paso hacia el hombre sonriente, que había vuelto el rostro contra el hombro para que el monito pudiera descansar su mejilla peluda contra la de él.

    — ¿Ha llamado «vampiresa» a esta dama? —susurró.

    Trampamorro asintió pausadamente con su testa sonriente.

    —Exacto —dijo.
    —No ha querido ofenderme —trató de aplacarlo Juno—. ¡Titus! Oh, cielo... Oh...

    Porque el puño de Titus salió disparado con tal celeridad que fue un milagro que no acertara en el blanco, y no acertó porque Trampamorro, atrapándolo como si fuera una piedra que le habían arrojado, lo sujetó y, sin esfuerzo, lo impulsó lentamente hacia la puerta, lo empujó al exterior y acto seguido cerró la puerta y echó la llave.

    Por unos minutos, Titus se estremeció de impotencia, aporreó la puerta, gritando: « ¡Déjeme entrar, cobarde! ¡Déjeme entrar!», hasta que el alboroto hizo que acudieran sirvientes desde todos los rincones de la gran mansión de cristal verde oliva.

    Mientras los lacayos se llevaban a Titus, que no dejaba de debatirse y gritar, Trampamorro sujetó a Juno con fuerza por el codo, porque ella deseaba estar con el joven impetuoso mitad vestido de harapos y mitad con librea, aunque no dijo nada mientras trataba de liberarse de su antiguo amante.


    TREINTA Y DOS


    El día se levantó agreste y enmarañado. La luz que pudiera haber se filtraba al interior de los grandes edificios de cristal como si estuviera avergonzada. Salvo una pequeña parte, la mayoría de invitados que había acudido a la fiesta de los Cúspide-Canino yacían como fósiles en sus camas separadas o, por diversas causas, daban vueltas en los mares del sueño.

    De aquellos que estaban despiertos y levantados, al menos la mitad eran sirvientes de la casa. Fue un grupo de éstos el que, al oír el alboroto, acudió a la habitación, encendiendo luces por el camino, y encontró a Titus aporreando la puerta.

    Resistirse no le sirvió de nada. Las manos torpes de los criados lo aferraron y arrastraron por siete tramos de escaleras, hasta los alojamientos de los criados. Allí lo tuvieron prisionero durante la mayor parte del día, siendo entonces mando recibió la visita de la ley y la policía y, hacia el anochecer, de una especie de especialista en la mente que durante varios minutos estuvo observando a Titus desde debajo de sus cejas y le hizo curiosas preguntas que él no se molestó en contestar, porque estaba muy cansado.

    La propia señora Cúspide-Canino apareció durante un fugaz momento. Hacía treinta años que no bajaba a las cocinas, y lo hizo acompañada por el inspector, quien estuvo hablando a la señora con la cabeza ladeada y los ojos puestos en el cautivo. Esto tuvo el efecto de hacer que Titus pareciera una especie de animal enjaulado.

    —Un enigma —dijo el inspector.
    —No estoy de acuerdo —repuso la señora Cúspide-Canino—. No es más que un niño.
    —Ah —hizo el inspector.
    —Y su cara... —dijo la dama.
    —Ah —hizo el inspector.
    —Tiene unos ojos espléndidos.
    —Pero ¿tiene también unos hábitos espléndidos, señora mía?
    —No lo sé. ¿Y eso qué importa? ¿Los tiene usted?

    El inspector se encogió de hombros.

    —No hay motivo para encogerse de hombros. Ninguno en absoluto. ¿Dónde está mi chef?

    El aludido había estado rondando por allí desde que su señora entrara en la cocina. Se presentó al instante.

    — ¿Señora?
    — ¿Le han dado de comer al muchacho?
    —Sí, señora.
    — ¿Le habéis dado lo mejor? ¿Lo más nutritivo? ¿Le habéis dado un almuerzo que no pueda olvidar?
    —Todavía no, señora.
    — ¡Ya qué estás esperando! —Alzó la voz—. Está hambriento. ¡Está desanimado, es joven!
    —Sí, señora.
    —No me digas sí. —Poniéndose de puntillas, se alzó en toda su estatura, que no era mucha, pues era una mujer menuda—. Dale de comer y deja que se vaya. —Y cruzó la habitación con sus piececitos septuagenarios, mientras su sombrero emplumado oscilaba peligrosamente entre solomillos y faldas.


    TREINTA Y TRES


    Entretanto, Trampamorro había escoltado a Juno al exterior del edificio y la había ayudado a subir a su espantoso vehículo. Tenía intención de llevarla a su casa, junto al río, y volver luego a toda prisa a la suya, pues hasta él estaba cansado. Pero, como le sucedía siempre que se ponía al volante, sus planes no tardaron en quedar como paja al viento y, medio minuto después de arrancar, ya había cambiado de opinión y se dirigía a la amplia franja arenosa del río donde la orilla desciende suavemente a las aguas poco profundas.

    Cuando Trampamorro, tras tomar un desvío largo e innecesario hacia el oeste, salió de la carretera y, girando a izquierda y derecha para evitar los arbustos de enebro que ocupaban la parte alta de la orilla, se metió de improviso en el agua, el cielo ya no estaba tan oscuro, si bien aún se veían una o dos estrellas. Al ver que se había metido en el agua, apretó el acelerador, haciendo saltar grandes arcos de fango de debajo de las ruedas a babor y estribor.

    En cuanto a Juno, iba ligeramente inclinada hacia delante, con el codo apoyado en la puerta del coche y el rostro ladeado, en la palma enguantada de su mano. Por lo visto, no había re-parado en la velocidad, ni en el agua; ni siquiera en la presencia de Trampamorro, quien, en su posición favorita, iba prácticamente tumbado en el suelo del vehículo con un ojo por encima de los mandos, desde donde surgió una especie de canción:

    Yo tengo un precio, y alto es (hacia la altura de tu ojo) pero si te portas bien por ti podría bajarlo, bajarlo, bajarlo; sobre esas cuerdas que se tejen con hierba amarilla y heno rojo cuando tejer es tabú...


    Un volantazo y el vehículo se adentró más en el río: el agua estaba a punto de entrar; pero el siguiente acelerón lo hizo salir, mientras el vapor siseaba como un millar de gatos.

    —Algunos las hacen de perlas —rugió Trampamorro—:
    otros las hacen sencillas. Adornan su frente con perlas y lo intentan otra vez ¡cardar la lana del amor! Pero ¡ah! Las palmas del ayer... No hay ni un alma del ayer con quien valga la pena soñar... eso dicen... con quien valga la pena soñar...


    Cuando la voz de Trampamorro empezó a apagarse, el sol se elevaba sobre el río.

    — ¿Has terminado? —dijo Juno. Tenía los ojos entornados.
    —Lo he dado todo —dijo Trampamorro.
    — ¡Entonces escucha, por favor! —Los ojos estaban bien abiertos, pero su expresión seguía aún muy distante.
    — ¿Qué tienes, Juno, amor?
    —Estaba pensando en ese muchacho. ¿Qué harán con él?
    —Les va a resultar una persona difícil —dijo Trampamorro—, muy difícil. Casi como una forma de mí. Creo que se trata más bien de lo que les hará él a ellos. Pero ¿por qué? ¿Ha introducido el canto de un gorrión en tu pecho? ¿Ha despertado a un cóndor predador?

    Pero no hubo respuesta, porque en ese momento detuvo el vehículo ante la entrada de la casa de Juno con un chirrido metálico. Era un edificio alto, de color rosa polvoriento, y a su espalda había una pequeña colina o loma coronada por un hombre de mármol. Detrás de la loma, un meandro del río. A ambos lados de la casa de Juno había sendas casas similares, pero las habían abandonado. Las ventanas estaban rotas, las puertas habían desaparecido y la lluvia entraba en las habitaciones.

    Pero la casa de Juno se mantenía en perfecto estado y cuando un sirviente con librea amarilla abrió la puerta, pudo verse lo amorosa y cuidadosamente que estaba decorado el vestíbulo. Iluminado en la oscuridad, presentaba un esquema de color de ébano, ceniza y rojo amarillento.

    — ¿No vas a entrar? —preguntó Juno—. ¿No te tientan las setas... o los huevos de chorlito? ¿Café?
    — ¡No, amor mío!
    —Como quieras.

    Durante un rato, los dos permanecieron sentados, sin moverse.

    — ¿Dónde crees que estará el chico? —preguntó ella al cabo.
    —No tengo ni idea.

    Juno se apeó. Fue un desembarco impecable. Todo cuanto ella hacía tenía estilo.

    —Entonces, buenas noches —dijo—, y dulces sueños.

    Trampamorro la observó deslizarse por el jardín oscuro en dirección al vestíbulo iluminado. Su sombra casi llegaba al coche y, mientras la veía alejarse, paso a paso largo y delicado, sintió una punzada en el corazón, porque en la lenta ociosidad de sus pasos le parecía ver algo que, en aquel momento, no hubiera querido dejar que se fuera.

    Era como si aquellos lejanos días en que fueron amantes hubieran vuelto, imagen a imagen, sombra a sombra, sin pedir permiso, espontáneamente, desafiando cada una de ellas los diques que habían levantado frente al otro. Porque los dos sabían que detrás de los diques se agitaban los mares del sentimiento en cuyo seno habían perdido el rumbo.

    ¡Con cuánta frecuencia la había mirado él lleno de ira o de un amor vociferante! Con cuánta frecuencia la había admirado. Con cuánta frecuencia la había visto dejarlo, aunque nunca como en aquel momento. La luz del recibidor donde estaba el criado llegaba al jardín y Juno era una silueta recortada contra la entrada iluminada. Desde las caderas llenas y redondeadas que se meneaban imperceptiblemente cuando se movía se elevaba la columna de su espalda casi marcial, y sobre los hombros se elevaba el cuello, un perfecto cilindro, coronado por la cabeza clásica.

    Mientras la observaba, de alguna forma a Trampamorro le parecía estar viéndose a sí mismo. La veía como un fracaso suyo... sabía que pertenecía a aquella mujer. Porque cada uno había recibido todo lo que el otro podía dar. ¿Qué había salido mal? ¿Fue que ya no necesitaban seguir intentándolo porque podían ver el interior del otro? ¿Cuál era el problema? Un centenar de cosas. Su infidelidad; su egotismo; su eterno actuar; su orgullo gigantesco; su falta de ternura; su exuberancia ensordecedora; su egoísmo.

    Pero ella se quedó sin amor; o se lo arrebataron. Sólo persistía una amistad: envolvente e inquebrantable.

    Así que aquella punzada fue extraño, como extraño fue que la siguiera con la mirada, que diera la vuelta al coche tan lentamente y también —cuando llegó al patio de su casa— la expresión meditabunda de su rostro cuando ataba el coche a la morera.


    TREINTA Y CUATRO


    A media tarde del día siguiente, se llevaron a Titus y lo metieron en una celda. Era un espacio pequeño con una ventana con barrotes que miraba al suroeste.

    Cuando Titus entró, el rectángulo de la celda estaba cubierto por una luz dorada. Los barrotes negros que dividían la ventana en una docena de secciones verticales quedaban re-cortados contra el crepúsculo.

    En un rincón había un tosco catre, con una manta grana por encima. Ocupando la mayor parte del espacio central una mesa se aguantaba sobre tres patas, porque el suelo era irregular. En ella descansaban unas pocas velas, una caja de cerillas y una copa llena de agua. Junto a la mesa, una silla endeble que en algún momento alguien había empezado a pintar: pero esa persona, quienquiera que fuese, se había cansado de la tarea, así que la silla estaba pintada a medias de negro y amarillo.

    Mientras Titus permanecía en pie examinando la celda, el carcelero cerró la puerta y oyó que giraba la llave. Pero los rayos del sol estaban allí, rayos bajos y oblicuos de una luz del color de la miel; se colaban entre los barrotes como si estuvieran dando la bienvenida al prisionero... así que, sin mayor demora, Titus se dirigió a la ventana y, sujetándose a un ba-rrote con cada mano, contempló el paisaje.

    Parecía transfigurado. Tan etérea era la luz que los inmensos cedros proyectaban sobre él, y las cumbres de las colinas parecían flotar sobre oro.

    A lo lejos, Titus veía una ciudad incrustada y, como si el sol la alcanzara con sus rayos oblicuos, veía también los destellos de las ventanas, uno aquí, otro allá, como chispas de un pedernal.

    De pronto, un pájaro surgió del atardecer dorado y voló derecho hacia la ventana desde cuyos barrotes Titus miraba. Se acercó con rapidez, con sus piruetas aéreas, y no tardó en posarse en el alféizar.

    Por la forma en que su cabeza se movía a un lado y a otro sobre el cuello, parecía como si buscara algo. Era evidente que el anterior ocupante de la celda había compartido sus migajas con el pájaro blanco y negro..., pero ese día no habría migajas, así que, a falta de otra cosa, la urraca se puso a picotearse las plumas.

    De pronto, de la atmósfera dorada, de las piedras de la celda, de los cedros, del aleteo de la urraca, brotó el largo soplo de un recuerdo cuyas imágenes se agolparon ante los ojos de Titus, que vio, con mayor vividez que la puesta de sol o las colinas boscosas, el extenso y reluciente perfil de Gormenghast y las piedras de su hogar, donde los lagartos se solazaban; y a su madre, borrando todo lo demás, su madre como la vio la última vez, a la entrada de la cabaña, con el enorme castillo chorreando detrás de ella como telón de fondo.

    «Volverás —le había dicho—. Todo vuelve a Gormenghast», y de pronto Titus sintió una terrible añoranza de su hogar, de lo bueno y de lo malo... deseó poder aspirar su olor, notar el amargo sabor de la hiedra en la boca.

    Titus dio la espalda a la ventana, como si quisiera disipar su nostalgia, pero el hecho de desplazar su cuerpo en el espacio no le fue de ninguna ayuda. Se sentó al borde de la cama.

    Del exterior, de más abajo, llegó el sonido del aleteo de un mirlo; la luz dorada había empezado a oscurecerse y de pronto Titus fue consciente de una soledad que nunca había sentido.

    Se inclinó hacia adelante, presionando los músculos tensos de debajo de las costillas, y empezó a mecerse, como un péndulo. Tan regular era el movimiento que se hubiera dicho que ningún alivio podía extraerse de ello.

    Pero sin duda Titus sentía un cierto consuelo, porque, mientras su mente lloraba, su cuerpo seguía meciéndose.

    El anhelo por volver a la tierra en la que nació no le daba descanso. No hay reposo para los desarraigados. Son vagabundos, añoran, desafían. Ni tan siquiera el amor puede ayudarles a curarse, aunque el polvo se levanta con cada pisada, flota por los pasillos, se posa sobre ramas o cornisas, y con cada aliento se inhala el pasado, de modo que los pulmones están ennegrecidos de tiempos ya idos, como los de un minero.

    Coman lo que coman, beban lo que beban, nunca es el pan de casa o el trigo de sus propios valles. Nunca es el vino de sus viñedos. Es algo extranjero.

    Así que Titus se meció en la cuna del pesar; se mecía y se mecía, mientras la celda iba quedando a oscuras y, en algún momento de la noche, se quedó dormido.


    TREINTA Y CINCO


    « ¿Qué pasa?» Titus se incorporó de un salto y miró a su alrededor. Hacía mucho frío, pero no era eso lo que le había despertado. Fue un sonido muy leve. Ahora lo oía perfectamente. Procedía de unos metros más allá de donde estaba sentado. Era como un ligero golpeteo, pero no parecía venir de la pared. Venía de debajo de la cama.

    Entonces cesó durante un rato y, cuando volvió, fue como si trajera consigo una especie de mensaje, porque había un patrón o un ritmo en él: algo que sonaba como una pregunta. «Tap... tap... tap...» « ¿Estás... ahí? ¿Estás... ahí?»

    Este golpeteo, por más que siniestro, al menos tuvo el efecto de apartar la mente de Titus de la nostalgia casi insoportable que lo abrumaba.

    Titus se apartó con cautela de la endeble cama, con el corazón desbocado, y entonces la levantó y la depositó en el centro de la celda.

    Recordando que había velas en la mesa, buscó una a tientas y la encendió. Luego volvió de puntillas al lugar de donde había quitado la cama y pasó la pequeña llama sobre las losas. Mientras hacía esto, el golpeteo volvió a empezar. « ¿Estás... ahí? —parecía decir—. ¿Estás... ahí?»

    Titus se arrodilló e iluminó con la llama la losa de la que parecía salir aquel sonido.

    Al principio parecía una losa normal pero, al observarla con mayor detenimiento, Titus vio que la fina fisura que la rodeaba era más marcada y profunda que en las losas adyacentes. La luz de la vela le mostraba lo que la luz del día hubiera ocultado.

    El golpeteo volvió a empezar y Titus, sacando la piedra de su bolsillo, esperó a la siguiente pausa y con mano temblorosa golpeó la losa dos veces.

    Por un momento no hubo respuesta, pero llegó en seguida. «Uno... dos...»

    Fue un «uno... dos» apresurado, no como los golpecitos tentativos que lo habían precedido.

    Como si, fuera quien fuera o lo que fuera que estaba o yacía o se arrastraba debajo de la losa, el ánimo del enigma hubiera cambiado. Aquel «ser», fuera lo que fuese, parecía más seguro. Lo que sucedió a continuación fue aún más extraño y amedrentador. Fue mucho más sorprendente que unos golpecitos. Esta vez fueron los ojos los que se sobresaltaron. ¿Qué vieron aquellos ojos que hizo que el cuerpo de Titus se estremeciera? Mientras miraba la losa a la luz de la vela, descubrió que se movía.

    Titus saltó hacia atrás y, manteniendo la vela en alto, miró desesperado a su alrededor buscando algo que pudiera utilizar como arma. Sus ojos volvieron a la piedra, que ahora estaba un par de centímetros por encima del suelo.

    Desde donde estaba, en el centro de la celda, no podía ver que la losa estaba sostenida por unas manos que temblaban bajo su peso. Lo único que veía era una porción del suelo que se levantaba con una lenta determinación.

    Despertar y descubrir que estaba en la cárcel, aquel sonido en la oscuridad, verse enfrentado a algo fantasmagórico... una piedra aparentemente viva que se elevaba secretamente para comprobar las bóvedas supinas... todo esto, unido a la profundidad de su añoranza..., ¿a qué podía llevar sino a la ligereza de la mente? Pero esta ligereza, aunque trajo consigo una especie de risa histérica, no impidió que Titus viera en la silla a medio pintar una posible arma. Así que la aferró, sin apartar los ojos de la losa, y trató de hacerla pedazos, así y asá, hasta que consiguió separar de aquel esqueleto una de las patas delanteras. Con ella en la mano se puso a reír en silencio y se acercó cautelosamente a su enemigo, la piedra.

    Pero mientras se acercaba, bajo la losa, que ahora estaba unos diez centímetros por encima del suelo, vio dos muñecas grises.

    Las muñecas temblaban por el peso y, mientras Titus no dejaba de mirar, especulando, con los ojos muy abiertos, vio que la gruesa losa empezaba a ladearse y a apoyarse sobre la losa contigua hasta que, poco a poco, todo el peso quedó sobre ésta y en el suelo, un agujero cuadrado.

    Las gruesas manos cenicientas se retiraron, llevándose con ellas los dedos... pero un instante después algo apareció en su lugar. Y fue la cabeza de un hombre.


    TREINTA Y SEIS


    Poco sabía este levantador de losas que su cabeza era la de un dios maltrecho, ni que, con semejante aspecto, al hablar miraba su propia grandeza, pues no podía haber una voz lo bas-tante tremenda para un rostro como aquél.

    —No te asustes —gimoteó, y su voz era blanda como la masa del pan—. Todo va bien; todo es maravilloso; todo es como debe ser. Acéptame. Es lo único que te pido. Acéptame. Me llaman «Viejo Crimen». Seguro que harán algún chiste. ¡Estos chicos! Ja ja. Que haya llegado a ti a través de un agujero en el suelo no significa nada. Deja la pata de esa silla, amigo.
    — ¿Qué quieres?
    —Escúchale —replicó la voz blanda—. « ¿Qué quieres?», dice. No quiero nada, querido niño. Sólo tu amistad. Una dulce amistad. Por eso he venido a verte. Para iniciarte. Hay que ayudar al desamparado, ¿no? Ofrecerle un bálsamo y curar sus heridas.
    —Pues ojalá me hubieras dejado tranquilo —dijo Titus enfurecido—. Puedes guardarte tu bálsamo.
    — ¿Te parece bonito? —le recriminó Viejo Crimen—. ¿Tú lo ves normal? Pero lo entiendo. No estás acostumbrado, ¿verdad? Se necesita tiempo para aprender a amar el panal.

    Titus comtempló la cabeza leonina.

    La voz le había arrebatado toda su grandeza, y Titus dejó la pata de la silla sobre la mesa, a mano.

    — ¿El panal? ¿Qué es eso? —dijo Titus al cabo. El hombre lo miraba fijamente.
    —Querido muchacho, es el nombre que nosotros damos a lo que algunos llamarían prisión. Pero nosotros lo conocemos. Para nosotros es un mundo dentro de otro mundo... Si lo sabré yo, ¿no te parece? Llevo aquí toda la vida... o casi. Los primeros años viví rodeado de lujos. Había pieles de tigre sobre los suelos perfumados de madera de nuestras casas, vajilla y cubertería de oro. El dinero era como las arenas del mar. Pues procedo de un importante linaje. Seguramente habrás oído hablar de nosotros. Somos la familia más antigua del mundo... somos los primeros. —Se apartó un poco del agujero—. ¿Crees que, porque estoy aquí, en el panal, me pierdo algo? ¿Crees que estoy celoso de mi familia? ¿Crees que añoro los platos dorados y las pieles de tigre? ¡No! ¡Ni los reflejos del suelo pulido! He encontrado otros lujos aquí. Y es mi alegría. Estar prisionero en el panal. Así que, mi querido niño, no te asustes. He venido a decirte que tienes un amigo ahí abajo. Siempre puedes llamarme dando unos golpecitos. Contarme tus pensamientos con unos golpecitos. Tus alegrías y tus penas. Tu amor. Envejeceremos juntos.

    Titus volvió la cara agriamente. ¿Qué quería decir aquella criatura vil y despreciable?

    — ¡Déjame en paz! —gritó—. ¡Déjame en paz!

    El hombre de la celda de abajo lo miró fijamente. Y entonces se puso a temblar.

    —Antes ésta era mi celda —dijo—. Hace muchos, muchos años. Yo era un creador de fuegos. Un «pirómano», como dirían ellos. Yo amaba el fuego. Las llamas lo compensan todo. «Traedme ratones y ratas. Traedme mi cuchillo. Traedme a los nuevos.»

    Dio un paso hacia Titus quien, a su vez, se acercó un paso a la pata de la silla.

    —Es una buena celda. En otro tiempo fue mía —gimoteó Viejo Crimen—. La aproveché bien, de verdad. Aprendí a conocer su naturaleza. Me dio mucha pena tener que dejarla. Esa ventana es la mejor de toda la cárcel: Pero ¿a quién le importa eso ahora? ¿Dónde han ido a parar mis frescos? Mis frescos amarillos. Mis dibujos, vaya. Dibujos de hadas. Ahora los han cubierto y no queda nada de mi trabajo. Ni rastro.

    Levantó su orgullosa cabeza y, de no ser por lo escaso de sus piernas, hubiera podido pasar por Isaías.

    —Deja la pata de esa silla en la mesa, chico. Olvídate. Cómete tus migajas.

    Titus miró al viejo presidiario y la escarpada grandeza de aquel rostro que lo miraba.

    —Has venido al lugar indicado —siguió diciendo Viejo Crimen—. Lejos de esa cosa tan sucia que se llama vida. Únete a nosotros, chico. Serías una baza. Mis amigos son únicos. Envejece con nosotros.
    —Hablas demasiado —repuso Titus.

    El hombre de abajo estiró sus fuertes brazos lentamente. Su mano derecha se cerró sobre los bíceps de Titus y, conforme apretaba, Titus percibió una fuerza maligna, la sensación de que el poder de Viejo Crimen era ilimitado y que, de haber querido, hubiera podido arrancarle el brazo sin esfuerzo.

    Pero lo que pasó es que de un tirón atrajo a Titus a su lado y, muy por detrás de la falsa nobleza de su semblante, Titus vio arder dos pequeños fuegos que no serían mayores que cabezas de alfiler.

    —Quería hacer tantas cosas por ti... —dijo el hombre de abajo—. Quería presentarte a mis colegas. Quería enseñarte todas las vías de escape... si te interesaba... quería hablarte de mi poesía y de dónde encontrar rameras. Después de todo no hay necesidad de ponerse enfermo, ¿verdad? Eso no estaría nada bien. Pero dices que hablo demasiado, así que haré algo muy distinto y te partiré el cráneo como si fuera la cáscara de un huevo.

    En un visto y no visto, el hombre soltó a Titus, retrocedió y, levantando la mesa sobre su cabeza, se la arrojó con todas sus fuerzas. Pero a pesar de su rapidez, ya era tarde. En cuanto Titus vio que echaba mano de la mesa, saltó a un lado, y el pesado mueble se estrelló contra la pared.

    Al volverse de nuevo hacia aquella criatura musculosa y de pecho imponente, Titus se sorprendió, porque oyó que sollozaba. Su adversario estaba de rodillas, con su inmenso rostro arcaico enterrado entre las manos.

    Sin sabe qué hacer, Titus volvió a encender una de las velas que antes estaban sobre la mesa y se sentó sobre el catre, el único mueble de la celda que no estaba destrozado.

    — ¿Por qué has tenido que decirlo? ¿Por qué? ¿Por qué? —decía el hombre sollozando.

    «Oh, Dios —dijo Titus para sus adentros—, ¿qué he hecho?»

    — ¿Así que hablo demasiado? Oh, Señor, hablo demasiado.

    Una sombra cruzó el rostro de Viejo Crimen. Y en ese mismo momento oyeron el pesado sonido de unos pies del otro lado de la puerta, tintineo de llaves y luego una que giraba en la cerradura. Viejo Crimen se puso en movimiento al punto y, para cuando la puerta empezó a abrirse, ya había desaparecido por el agujero del suelo.

    Sin saber apenas qué hacía, Titus arrastró el catre, lo dejó sobre el agujero y se tumbó justo en el momento en que la puerta se abría.

    Un guarda entró con una antorcha. Iluminó la habitación con ella, deteniéndola un momento sobre la mesa rota, la silla rota, y el joven supuestamente dormido.

    Cuatro zancadas lo llevaron junto a Titus, a quien obligó a incorporarse para volver a tumbarlo con un brutal golpe en la cabeza.

    — ¿Es que no puedes esperar a la mañana, chucho sarnoso? —gritó el guarda—. ¡Ya te enseñaré yo a controlar el mal genio! ¡Ya te enseñaré a romper cosas! —Miró a Titus con expresión furiosa—. ¿Con quién estabas hablando? —exclamó, pero Titus, que estaba medio atontado por el golpe, difícilmente podía contestar.

    Cuando despertó de madrugada, pensó que todo había sido un sueño. Pero el sueño parecía tan vivido que bajó de la cama y se puso a escudriñar el suelo en la penumbra.

    No había sido ningún sueño; ahí estaba la pesada losa. Así que la movió centímetro a centímetro hasta que la devolvió a su sitio. Pero justo antes de que el agujero quedara por fin cerrado, Titus oyó la voz del anciano desde allá abajo, blanda como unas gachas.

    —Envejece conmigo... —decía la voz—. Envejece conmigo.


    TREINTA Y SIETE


    Una tenue luz ardía sobre la cabeza de su señoría. En el interior del juzgado se oía a alguien sacando punta a un lápiz. Una silla crujió y Titus, que estaba de pie en el banco de los acusados, palmeó las manos, porque era una mañana espantosamente fría.

    — ¿Quién está aplaudiendo? —preguntó el magistrado, saliendo de su ensoñación—. ¿He dicho algo profundo?
    —No, en absoluto, señoría —respondió el secretario del tribunal, un hombre grande con la cara picada por la viruela—. Es decir, su señoría no ha hecho ningún comentario.
    —El silencio puede ser muy profundo, señor Droguen. Mucho.
    —Sí, señoría.
    —Entonces ¿qué ha sido eso?
    —Ha sido el muchacho, señoría. Está dando palmadas para calentarse las manos, supongo.
    —Oh, claro. El muchacho. ¿Qué muchacho? ¿Dónde está?
    —En el banco de los acusados, señoría.

    El magistrado, frunciendo el ceño ligeramente, se echó la peluca a un lado y luego volvió a ponerla en su sitio.

    —Me parece que su cara me suena —tanteó.
    —Y así es, señoría —confirmó el señor Droguen—. Este prisionero ha estado ante vos en varias ocasiones.
    —Eso lo explica todo —dijo el magistrado—. Y ¿qué ha hecho esta vez?
    —Si me permite recordárselo, señoría —comentó el secretario grande y con la cara picada por la viruela, no sin una nota de malhumor en su voz—, ha tratado su caso esta misma ma-ñana.
    —Sí, es verdad. Ahora me acuerdo. Siempre he tenido una excelente memoria. Imagine un magistrado sin memoria.
    —Me lo estoy imaginando, señoría —ironizó el señor Droguen al tiempo que, con ademán irritado, pasaba unos papeles sin relevancia.
    —Vagancia, ¿no era eso, señor Droguen?
    —Sí, eso era —dijo el secretario—. Vagancia, daños y violación de la propiedad.

    Volvió su rostro grande y macilento hacia Titus y levantó la comisura del labio superior, enseñando los dientes como un perro. Y entonces, como si actuaran por propia voluntad, sus manos se hundieron en las profundidades de los bolsillos de sus pantalones como dos zorros que desaparecen de pronto en su guarida. El tintineo amortiguado de monedas y llaves dio la impresión momentánea de que había algo juguetón en el señor Droguen, algo de playboy. Pero esta impresión se desvaneció de inmediato. No había nada en las facciones graves y sombrías de aquel hombre, ni en su postura o en su voz que pudiera corroborar esta idea. Sólo el tintineo de las monedas.

    Pero aquel sonido, si bien amortiguado, le recordó a Titus algo semi olvidado, una música terrible y sin embargo íntima; de un frío reino; de cerrojos y corredores de losas; de intrin-cadas verjas de hierro corroído; de pedernales, viseras y picos de pájaros.

    —Vagancia, daños y violación de la propiedad —repitió el magistrado—, sí, sí, lo recuerdo. Cayó desde el tejado de alguien. ¿No era eso?
    —Exactamente, señor —confirmó el secretario del tribunal.
    — ¿Sin medio conocido de subsistencia?
    —Eso es, señoría.
    — ¿Sin techo?
    —Sí y no, señoría —dijo el secretario del tribunal—. Él habla de...
    —Sí, sí, sí, sí. Ya lo recuerdo. Un caso difícil, un joven difícil... Recuerdo que había empezado a cansarme de su oscuridad.

    El magistrado se inclinó hacia adelante apoyándose en los codos y descansó el mentón alargado y huesudo sobre los nudillos de sus manos cruzadas.

    —Es la cuarta vez que te tengo ante mí y, por lo que puedo ver, todo este asunto no ha sido más que una pérdida de tiempo para el tribunal y un engorro para mí mismo. Tus respuestas, cuando las hay, han sido absurdas, abstrusas o fantásticas. No puedo permitir que esto continúe. Tu juventud no es excusa. ¿Te gustan los sellos?
    — ¿Los sellos, señoría?
    — ¿Los coleccionas?
    —No.
    —Es una pena. Tengo una rara colección que se está pudriendo. Ahora escúchame. Ya has pasado una semana en la cárcel... pero lo que me preocupa no es el hecho de que seas un vagabundo. Es una actividad honrada, aunque punible. Lo que me preocupa es que seas una persona obtusa, sin raíces. Parece ser que conoces algo que nosotros desconocemos. Tu forma de comportarte es extraña, tus palabras no tienen sentido. Te lo volveré a preguntar: ¿qué es eso de Gormenghast? ¿Qué significa?

    Titus volvió el rostro hacia el estrado. Si había un hombre en quien podía confiar era aquel magistrado. Anciano, arrugado como una tortuga, con unos ojos puros como cristal gris. Pero Titus no contestó, y se limitó a restregarse la frente con la manga de la chaqueta.

    — ¿Has oído la pregunta de su señoría? —dijo una voz junto a él. Era el señor Droguen.
    —No sé qué ha querido decir con esa pregunta —repuso Titus—. Ya puestos podía preguntarme qué es mi mano. ¿Qué significa? —Y la levantó con los dedos extendidos como una estrella de mar—. O mi pierna. —Y, apoyándose sobre una pierna, se puso a sacudir la otra como si estuviera suelta—. Perdonadme, señoría, no os entiendo.
    —Es un lugar, señoría —recordó el secretario del tribunal—. El prisionero ha insistido en que es un lugar.
    —Sí, sí —dijo el magistrado—. Pero ¿dónde está? ¿Está al norte, sur, este u oeste? Ayúdame para que pueda ayudarte, muchacho. Me imagino que no quieres pasarte el resto de tu vida durmiendo en tejados de ciudades extranjeras. ¿Qué te pasa, chico? ¿Qué problema tienes?

    Un rayo de luz se coló por una alta ventana del juzgado y tocó la corta nuca del señor Droguen como si estuviera revelando algo con un significado místico. El secretario echó la cabeza atrás y la luz se desplazó a su oreja. Titus la observó mientras hablaba.

    —Señor, os lo diría si lo supiera —declaró—. Lo único que sé es que me he perdido. No es que quiera volver a mi casa... que no quiero; sino que, si quisiera hacerlo, no podría. Tampoco es que haya viajado muy lejos; he perdido la orientación, señoría.
    — ¿Huíste, muchacho?
    —A caballo —dijo Titus.
    — ¿De... Gormenghast?
    —Sí, señoría.
    — ¿Dejando a tu madre...?
    —Sí.
    — ¿Y a tu padre...?
    —No, a mi padre no.
    —Ah... ¿está muerto, muchacho?
    —Sí, señoría. Se lo comieron los búhos.

    El magistrado enarcó una ceja y se puso a escribir en un papel.


    TREINTA Y OCHO


    Esa nota, destinada evidentemente a algún personaje importante, seguramente alguno de los responsables del manicomio local o el hogar para jóvenes delincuentes..., esa nota no llegó a cumplir su cometido y, tras caer al suelo y ser pisoteada, fue recuperada y pasada de mano en mano hasta que descansó por un rato en la zarpa arrugada de un tonto que, después de intentar leerla, la convirtió en un avión y la mandó volando entre las sombras hasta un lugar menos lóbrego de la sala.

    Algo más atrás había una figura casi perdida en las sombras. En el bolsillo llevaba una salamandra hecha un ovillo.

    Este hombre tenía los ojos cerrados y la nariz apuntaba al techo como un enorme timón.

    A su izquierda se encontraba la señora Yerbas, con un sombrero que parecía una col amarilla. En diversas ocasiones había intentado susurrar algo al oído de Trampamorro, pero no obtuvo respuesta.

    Algo más allá, a la izquierda de estos dos, se hallaban sentados media docena de hombres fuertes, fornidos y erguidos. Habían seguido las vistas con una rigurosa atención, aunque algo ceñudos. En su opinión, el magistrado estaba siendo demasiado indulgente. Después de todo, el joven que estaba en el banco de los acusados había demostrado que no era un caballero. No había más que ver sus ropas. Aparte de esto, la forma en que había irrumpido en la fiesta de la señora Cúspide-Canino era imperdonable.

    La señora Cúspide-Canino estaba sentada con la barbilla apoyada levemente sobre su pequeño índice. Su sombrero, a diferencia de la col creación de la señora Yerbas, era negro como la noche, casi como el nido de un cuervo. Desde debajo de la multiforme ala de ramitas, su rostro menudo se veía blanco como un champiñón, salvo por la pequeña herida roja de la boca. Su cabeza permanecía inmóvil, pero los pequeños botones negros de sus ojos miraban aquí y allá a fin de no perderse nada.

    Desde luego, pocas cosas escapaban a su vista cuando estaba presente, y ella fue la primera que vio salir el avión de la penumbra del fondo de la sala y trazar un ocioso semicírculo. El magistrado, cuyos párpados caían pesadamente sobre sus inocentes globos oculares, empezó a escurrirse hacia adelante en su alto asiento hasta que quedó en una posición que recordaba la de Trampamorro al volante de su vehículo. Pero ahí se acababa todo el parecido, pues el hecho de que en aquel momento los dos hubieran cerrado los ojos no significaba nada. Lo importante es que el magistrado estaba medio dormido, mientras que Trampamorro estaba completamente despierto.

    A pesar de su aparente sopor, Trampamorro había notado que en un rincón, medio ocultas tras un pilar, había dos figuras sentadas, inmóviles y erguidas; con una extraordinaria elasticidad de articulación; una imperceptible vibración de la columna. Estaban tan tiesas que resultaba antinatural. No se movían. Incluso las plumas de sus yelmos estaban inmóviles y eran en todos los sentidos idénticas.

    Él, Trampamorro, también había reparado en el inspector Filomargo (una agradable alternativa a los dos altos enigmas), pues no podía haber nada más terreno que el inspector, quien no creía en nada con tanto fervor como en su trabajo de sabueso, el rastro y el cartílago; la dureza de su oficio. En su cabeza siempre había una presa. Fea o bonita, pero una presa. La moral no tenía nada que ver. Era un cazador, nada más. Su mentón agresivo se proyectaba desafiante. Su robusta constitución tenía un algo de intrepidez.

    Trampamorro lo observó con los ojos entornados, los párpados separados apenas por un tenue hilo. No había en la sala muchas personas a quienes no estuviera observando. De hecho, sólo había una. Estaba sentada muy quieta, sin que la vieran, a la sombra de una columna, y contemplaba a Titus en su banco, con la figura del magistrado cerniéndose sobre él como una nube. El rostro olvidadizo del hombre era casi invisible, pero la coronilla de su peluca estaba iluminada por la lámpara que tenía por encima de la cabeza. Sin dejar de mi-rar, Juno frunció el ceño, y ese gesto fue una expresión de bondad, como la sonrisa cálida y burlona que solía tener en los labios.


    TREINTA Y NUEVE


    ¿Qué había en aquel mozalbete del banco de los acusados? ¿Por qué la conmovía de aquella forma? ¿Por qué temía por él? «Mi padre está muerto —había contestado—. Se lo comieron los búhos.»

    Un grupo de ancianos, con las piernas y los brazos apoyados sobre los respaldos y los reposabrazos de asientos que parecían bancos de iglesia, estaban alborotando. El secretario del tribunal les había llamado al orden en varias ocasiones, pero la edad les había hecho insensibles a las reconvenciones, y sus viejas mandíbulas se movían sin descanso.

    En aquel momento el avión de papel describió una curva en el aire y empezó a descender, y he ahí que la figura central del grupo de ancianos —el mismísimo poeta— se levantó de un salto y exclamó « ¡Armagedón!» con una voz tan fuerte que el magistrado abrió los ojos.

    — ¿Qué es eso? —musitó, cuando el avión pasaba ante su campo de visión.

    No hubo respuesta, porque en ese momento se puso a llover. Al principio no era más que un suave repiqueteo; pero luego la lluvia arreció, convirtiéndose en una palpitación acuática y, finalmente, aflojó de nuevo y se convirtió en un siseo continuo.

    Y este siseo llenaba la sala del tribunal. Hasta las piedras siseaban y, con la lluvia, llegó una oscuridad prematura que acentuó la lobreguez de la sala.

    — ¡Más velas! —exclamó alguien—. Más linternas. Teas y antorchas, electricidad, gas, luciérnagas.

    Para entonces era imposible reconocer a nadie, salvo por la silueta, pues las luces que iban apareciendo eran succionadas por el efecto arrollador de la oscuridad.

    Llegados a este punto, alguien bajó una pequeña palanca de emergencia al fondo de la sala, y el lugar en pleno se sacudió en un espasmo de luminosidad desnuda.

    Por unos momentos, el magistrado, el secretario del tribunal, los testigos, el público, todos quedaron cegados. Montones de párpados se cerraron; montones de pupilas empezaron a contraerse. Todo quedó transformado excepto el rugido de la lluvia sobre el tejado. Y, mientras que este ruido hacía imposible oír nada, cada detalle había cobrado importancia para el ojo.

    No quedaba ningún misterio; todo estaba al descubierto. El magistrado nunca había estado bajo una luz tan atroz. La esencia de su vocación era el distanciamiento. Pero ¿cómo podía parecer distante bajo aquella luz dura y despiadada que lo delataba como un hombre normal? Él era un símbolo. Era la ley. Era la justicia. Era la peluca que llevaba en la cabeza. Cuando dicha peluca desaparecía, él también. Volvía a ser un pequeño hombre entre hombres pequeños. Un hombrecillo con la mirada blanda; sus ojos azules y candidos le daban un aire de magnanimidad cuando estaba en el tribunal; pero se volvían irritantemente débiles y vacíos en cuanto se quitaba la peluca y volvía a su casa. Y ahora aquella luz antinatural caía sobre su persona, fría e implacable: la clase de luz bajo la que se cometen las malas acciones.

    Con aquella fiera luminosidad en el rostro, no le resultó difícil imaginar que él era el acusado. Abrió la boca para hablar, pero no se oyó nada, porque la lluvia caía con violencia contra el tejado.

    Ahora que sus voces habían quedado sofocadas, el corrillo de ancianos se había ocultado bajo sus caparazones, volviendo sus viejos rostros de tortuga para evitar la violencia de la luz.

    Siguiendo la mirada de Titus, Trampamorro vio que observaba a los hombres de los yelmos y que éstos, a su vez, observaban al joven, cuyas manos temblaban sobre la baranda del banco de los acusados.

    Uno de los seis ancianos había cogido el avión de papel y lo aplanó con la palma de su mano grande e insensible. Leyó con el ceño fruncido y luego echó un vistazo al joven del ban-quillo. Astillo, el caballero alto y sordo, trataba de leer por encima de su hombro. Su sordera le hizo sorprenderse de la ausencia de conversación en el tribunal. No podía saber que un cielo fosco se estaba volcando sobre el tejado ni que la luz que bañaba los paneles de nogal de la sala coincidía de forma tan incongruente con el sombrío aguacero del mundo exterior.

    Pero podía leer, y lo que leyó le hizo lanzar una mirada a Titus, quien, apartando por fin la mirada de los hombres de los yelmos, vio a Trampamorro. La luz cegadora lo había arrancado de las sombras. ¿Qué estaba haciendo? Una especie de señal. Y entonces vio a Juno y, por un instante, sintió una especie de calidez, de ella y hacia ella. Y vio a Astillo y a Cernícalo. A la señora Yerbas y al poeta.

    Todo parecía terriblemente próximo y vivido. Trampamorro, que parecía medir tres metros, se había llegado al centro de la sala del tribunal y, escogiendo el momento adecuado, liberó al anciano de la nota arrugada.

    Mientras leía, la lluvia se suavizó y, para cuando terminó, como si fuera sólido, el cielo fosco se había desplazado de una sola pieza y pudo oírse que se adentraba en alguna otra región.

    Se hizo un silencio en la sala del tribunal, hasta que una voz anónima gritó:

    —Apagad esa espantosa luz.

    Esta orden imperiosa fue obedecida por alguien igualmente anónimo, y las linternas y las lámparas volvieron a ser ellas mismas: las sombras se extendieron. El magistrado se inclinó hacia adelante.

    — ¿Qué lee, amigo mío? —le preguntó a Trampamorro—. Si el surco que veo entre sus ojos no me engaña, diría que se trata de noticias.
    —Bueno, pues sí, señoría, sí, ciertamente. Malas noticias —dijo Trampamorro.
    —Ese pedazo de papel que tiene en las manos —prosiguió el magistrado— se parece notablemente a una nota que le pasé antes a mi secretario, aunque está arrugado y sucio. ¿Es posible?
    —Lo es —dijo Trampamorro—. Lo es. Pero os equivocáis: él no lo está. No más que yo.
    — ¿No?
    — ¡No!
    — ¿No está qué?
    — ¿No recuerda su señoría lo que escribió?
    —Refrésqueme la memoria.

    Trampamorro, en lugar de leerle el contenido de la nota, se acercó al estrado y le entregó el sucio papel.

    —Esto es lo que escribisteis —dijo—. No conviene que el público lo oiga. Ni el joven acusado.
    — ¿No? —dijo el magistrado.
    —No —repuso Trampamorro.
    —Veamos... veamos... —dijo el magistrado, apretando los labios mientras cogía la nota de manos de Trampamorro y leía para sus adentros.

    Ref. n.° 1721536217

    Mí querido Filby:

    Tengo delante de mí a un joven, un vagabundo, un intruso, un muchacho muy peculiar, procedente de Gorgonblás o un nombre igual de inverosímil y con desuno a ninguna parte. Dice llamarse Titus y a veces Groan, aunque es difícil decir si Groan es su verdadero nombre o es una invención.
    Es evidente que este muchacho sufre de delirios de grandeza y debería ser sometido a un detenido examen... en otras palabras, Filby, viejo amigo, aunque suene algo brusco, el chico está como una cabra. ¿Tienes sitio para él? Por supuesto, no puede pagar nada, pero quizá te sea de interés y hasta puede que te sirva para ese tratado que estás escribiendo. ¿Cómo lo llamabas, «Entre emperadores»?
    ¡Oh, amigo mío, lo que tiene que aguantar un magistrado! A veces me pregunto qué sentido tiene todo esto. El corazón humano es excesivo. Las cosas van demasiado lejos. Adquieren un tinte malsano. Pero prefiero estar en mi posición que en la tuya. Tú estás en el meollo de todo. Le pregunté al muchacho si su padre vivía. «No —me dijo—, se lo comieron los búhos.» ¿Qué deduces de eso? Haré que te lo manden. ¿Cómo va tu neuritis? Hazme saber de ti, viejo amigo.

    Siempre tuyo
    WILLY


    El magistrado levantó la vista y miró al joven.

    —Esto parece resolver el problema —dijo—. Y sin embargo... pareces cuerdo. Me gustaría poder ayudarte. Lo intentaré una vez más, porque tal vez me equivoque.
    — ¿En qué sentido? —dijo Titus; sus ojos estaban clavados en Filomargo, que había cambiado de asiento y ahora estaba muy cerca—. ¿Qué hay de malo en mí, su señoría? ¿Por qué me mira de esa manera? —dijo Titus—. Estoy perdido, nada más.

    El magistrado se inclinó hacia adelante.

    —Dime, Titus... háblame de tu hogar. Nos has hablado de la muerte de tu padre. ¿Qué hay de tu madre?
    —Era una mujer.

    Esta respuesta hizo que la sala prorrumpiera en carcajadas.

    — ¡Silencio! —exclamó el secretario del tribunal.
    —No me gustaría verme obligado a pensar que estás mostrando desacato al tribunal —dijo el magistrado—, pero si esto sigue así, tendré que entregarte al señor Filomargo. ¿Está viva tu madre?
    —Lo está, señoría, a menos que haya muerto.
    — ¿Cuándo la viste por última vez?
    —Hace mucho tiempo.
    — ¿No eras feliz a su lado?... Nos has dicho que huiste de tu hogar.
    —Me gustaría volver a verla —dijo Titus—. No la veía con frecuencia. Era demasiado vasta para mí. Pero no fue de ella de quien huí.
    — ¿Y de qué huiste?
    —De mis deberes.
    — ¿Tus deberes?
    —Sí, señoría.
    — ¿Qué clase de deberes?
    —Mis deberes hereditarios. Ya os lo he dicho. Soy el último de mi linaje. He traicionado a mi familia. He traicionado mi hogar. He huido de Gormenghast como una rata. Dios tenga piedad ¿Qué queréis de mí? ¡Estoy harto de todo esto! ¡Harto de que me sigan! ¿Qué mal he hecho... si no es a mí mismo? Así que no tengo los papeles en regla, ¿verdad? Tampoco mi mente y mi corazón. Algún día yo también acecharé a alguien.

    Titus, aferrándose con fuerza a los lados del banco, se volvió directamente hacia el magistrado.

    — ¿Por qué me han metido en la cárcel como si fuera un criminal, señoría? —susurró—. ¡Yo! ¡Septuagésimo séptimo conde y heredero de un nombre!
    —Gormenghast —musitó el magistrado—. Cuéntanos algo más, muchacho.
    — ¿Qué puedo contaros? Se extiende en todas direcciones. No tiene fin. Y sin embargo ahora me parece que tiene fronteras. La luz del sol y la luz de la luna tocan sus muros, igual que en este país. Hay ratas y mariposas nocturnas... y garzas. Hay campanas que repican. Hay bosques y lagos, y está lleno de gente.
    — ¿Qué clase de gente, querido muchacho?
    —Cada uno tenía dos piernas, señoría, cuando cantaban abrían la boca y cuando lloraban les salía agua de los ojos. Perdonadme, señoría, no pretendo hacerme el gracioso. Pero ¿qué puedo decir? Estoy en una ciudad extraña, en una tierra extraña. Dejad que me vaya. No podría soportar esa cárcel por más tiempo. Gormenghast era una especie de prisión. Gobernada por el ritual. Pero, de pronto, sentí la necesidad de marcharme.
    —Sí, muchacho. Continúa.
    —Hubo una inundación, señoría. Una gran inundación. Y el castillo parecía flotar sobre las aguas. Cuando por fin salió el sol, el lugar chorreaba y brillaba... Tenía un caballo, señoría... clavé mis talones en sus flancos y partí galopando hacia la perdición. Necesitaba saber.
    — ¿Y qué es eso que necesitabas saber, mi joven amigo?
    —Necesitaba saber —contestó Titus— si había algún otro lugar.
    — ¿Otro lugar?
    —Sí.
    — ¿Has escrito a tu madre?
    —Le he escrito. Pero siempre me devuelven las cartas. Dirección desconocida.
    — ¿Y qué dirección es ésa?
    —Sólo tengo una —dijo Titus.
    —Es extraño que hayas recuperado tus cartas.
    — ¿Por qué? —dijo Titus.
    —Porque tu nombre es bastante raro. ¿No es cierto?
    —Es el que tengo.
    — ¿Cuál, Titus Groan, septuagésimo séptimo señor?
    — ¿Por qué no?
    —Es improbable. Estas cosas pertenecen a otra época. ¿Sueñas por la noche? ¿Tienes lapsos de memoria? ¿Eres poeta? O quizá todo esto no sea más que una elaborada broma.
    — ¿Una broma? ¡Oh, por Dios!

    Sus palabras eran tan apasionadas que en la sala se hizo el silencio. Aquélla no era la voz de un bromista. Era la voz de alguien plenamente convencido de su verdad... aquella que guarda en la cabeza.


    CUARENTA


    Trampamorro observó al joven y se preguntó por qué habría sentido el impulso de asistir al juicio. ¿Por qué interesarse en las idas y venidas de aquel joven vagabundo? En ningún mo-mento se le había pasado por la imaginación que estuviera loco, aunque en la sala había algunos convencidos de que el muchacho estaba como una cabra y no habían ido más que para satisfacer una curiosidad morbosa.

    No; Trampamorro asistió porque, si bien nunca lo hubiera reconocido, había acabado por interesarle el destino y el futuro de aquella enigmática criatura que encontró medio ahogada en los escalones que bajaban al río. Y aquel interés le preocupaba, pues sabía que, mientras él estaba allí sentado, su pequeño oso pardo estaría suspirando por verlo, y que todos y cada uno de sus animales estarían mirando entre los barrotes de sus jaulas, curiosos porque apareciera.

    Mientras estos pensamientos cruzaban por su mente, una voz rompió la quietud de la sala solicitando permiso para dirigirse al magistrado.

    Con gesto cansado, su señoría asintió y, al ver quién era la persona que se había dirigido a él, se irguió en su asiento y se puso bien la peluca. Porque se trataba de Juno.

    —Dejad que lo lleve conmigo —dijo, clavando sus ojos elocuentes y devoradores en el rostro de su señoría—. Está solo y resentido. Quizá yo pueda averiguar cuál es la mejor for-ma de ayudarlo. Entretanto, señoría, está hambriento, sucio y cansado.
    —Me opongo, su señoría —protestó el inspector Filomargo—. Lo que dice esta señora es cierto. Pero el muchacho está aquí por una grave violación de la ley. No podemos mostrar-nos sentimentales.
    — ¿Por qué no? —repuso el magistrado—. Sus pecados no son graves.

    Se volvió hacia Juno con una nota casi de entusiasmo en su cansada y vieja voz.

    — ¿Desea hacerse responsable de él ante mí? —le preguntó.
    —Me hago totalmente responsable —dijo Juno.
    — ¿Se mantendrá en contacto conmigo?
    —Desde luego, señoría... pero... hay otra cosa.
    — ¿De qué se trata, señora?
    —La voluntad del joven. No lo llevaré conmigo a menos que él así lo quiera. No podría.

    El magistrado se volvió hacia Titus y estaba a punto de hablar, pero al parecer cambió de opinión. Miró de nuevo a Juno.

    — ¿Está usted casada, señora?
    —No lo estoy —dijo Juno.

    Hubo una pausa antes de que el magistrado volviera a hablar.

    —Joven —dijo—, esta señora se ha ofrecido a actuar como tu guardiana hasta que estés bien... ¿qué dices?

    Todo lo que había de débil en Titus afloró como aceite en la superficie de aguas profundas.

    —Gracias —dijo—. Gracias, señora. Muchas gracias.


    CUARENTA Y UNO


    Al principio ¿qué fue sino una intuición dulce como el distante canto de un pájaro... algo trémulo... la conciencia de que el destino los había unido; de que un nuevo mundo era nacido, recién descubierto? Un mundo, un universo cuyas fronteras no se habían atrevido a traspasar y a cuyos bosques no habían osado aventurarse. Un mundo que podían atisbar, no desde alguna cresta de la imaginación, sino mediante simples palabras, vacías en sí mismas como el aire, y frases huecas y sin color; pero que hacían que sus corazones se aceleraran.

    La suya era una charla insustancial... que evocaba las avenidas inconmensurables de la noche y los verdes claros del mediodía. Cuando decían «Hola» nuevas estrellas aparecían en el firmamento; cuando reían, ese mundo desbocado se moría de risa, aunque ninguno de los dos sabía muy bien qué le había hecho tanta gracia. Era un juego de los fantásticos sentidos, febril, tierno. Se recostaban en el alféizar de la ventana de la hermosa habitación de Juno y durante horas contemplaban las colinas distantes donde árboles y edificios estaban tan cerca, tan unidos, que era imposible saber si era una ciudad en un bosque o un bosque en una ciudad. Se recostaban bajo la luz dorada, felices por poder hablar unas veces, so-lazándose en un milagroso silencio otras.

    ¿Estaba Titus enamorado de su guardiana y ella enamorada de él? ¿Cómo podía ser de otra manera? Antes de que ninguno de los dos tuviera la más remota idea de cómo era el carácter de su amado, a los pocos días, ya se estremecían al sonido de los pasos del otro.

    Pero por la noche, mientras permanecía en vela, ella se maldecía por su edad. Tenía cuarenta años, algo más del doble que Titus. Al lado de otras mujeres de su quinta o incluso más jóvenes, seguía siendo una mujer sin par, con la testa de una guerrera de leyenda... pero cuando Titus estaba con ella no tenía más remedio que reconciliarse con la naturaleza, y sentía un dolor furioso y rebelde en el pecho. Pensaba en Trampamorro y en cómo se la llevó veinte años atrás, y en sus viajes por tierras extrañas; en lo enloquecedor que acabó por resultarle su entusiasmo, en el carácter tan fuerte de los dos, tan obstinado, y lo angustiosos que se volvieron aquellos viajes, porque se estrellaban contra el otro como las olas se es-trellan contra un saliente rocoso.

    Pero con Titus era tan diferente... Titus de ninguna parte... un joven con un algo, con su mundo particular sobre los hombros como si fuera una capa, y de cuyos labios brotaban historias tan extrañas sobre su infancia que la arrastraba hasta los mismísimos confines de aquella tierra de sombras. «Tal vez —pensaba— estoy enamorada de algo tan misterioso y esquivo como un fantasma. Un fantasma que nunca podría sostener contra mi pecho. Algo que siempre se desvanece.»

    Y entonces recordaba lo felices que eran a veces; que cada día se sentaban juntos en el alféizar de la ventana, sin tocarse, saboreando la fruta más rara de todas... la ácida fruta del suspense.

    Pero otras veces lloraba en la oscuridad, mordiéndose los labios... lloraba por la solidez de sus años, pues era ahora cuando hubiera debido ser joven; ahora, de todos los momentos del mundo, con una sabiduría que desperdició en su adolescencia, que dejó arrinconada en la veintena y que ahora estaba ahí, como algo palpable, con cuarenta veranos a su espalda. Cruzaba las manos con fuerza. ¿De qué servía la sabiduría, de qué sirve nada cuando el cervato ha huido del bosquecillo?

    — ¡Dios! —susurraba—. ¿Dónde está la juventud que siento? —Y entonces se le escapaba un suspiro largo y tembloroso y recostaba la cabeza en la almohada y hacía acopio de fuerzas y reía; porque, a su manera, era invencible.

    Se incorporaba sobre un codo, tomando profundas bocanadas del aire de la noche.

    —Me necesita —musitaba en una especie de gruñido dorado—. Yo soy quien debe darle alegría... orientarlo... darle amor. Que la gente diga lo que quiera... él es mi misión. Siempre estaré a su lado. Quizá él no lo sepa, pero estaré ahí. En cuerpo o en espíritu, siempre estaré junto a él cuando me necesite. Mí hijo de Gormenghast. Mi Titus Groan.

    Y entonces, en ese momento, la luz que iluminaba sus facciones se oscurecía y una sombra de duda ocupaba su lugar... porque ¿quién era aquel muchacho? ¿Qué era? ¿Por qué? ¿Qué es lo que tenía? ¿Quién era aquella gente de la que hablaba? Aquel mundo interior, aquellos recuerdos, ¿eran auténticos? ¿Sería un mentiroso... un liante? ¿Una especie de descarriado? ¿O estaría loco? ¡No! ¡No! No podía ser. No debía ser.


    CUARENTA Y DOS


    Habían pasado cuatro meses desde que Titus pusiera por primera vez los pies en casa de Juno. Una luz acuosa llenaba el cielo. Se oían voces en la distancia. Susurro de hojas... una bellota que caía... los ladridos de un perro a lo lejos.

    Juno apoyó su cabeza soberbia y tropical contra la ventana de su sala de estar y contempló las hojas que caían o, para ser más exactos, miraba a través de las hojas, que caían aleteando y girando hasta el suelo, pues su cabeza estaba en otro lugar. Detrás de ella, en la elegante habitación, un fuego ardía en el hogar, proyectando un resplandor rojizo en la mejilla de mármol de un pequeño busto que había en un pedestal.

    Y entonces, de pronto, Titus estaba allí. Una criatura muy distinta del mármol, saludándola desde el jardín de las estatuas, y aquella visión alejó las cavilaciones de su rostro como si le hubieran quitado una telaraña de encima.

    Al advertir este cambio en su aspecto y el movimiento de su maravilloso pecho, el joven Titus sintió que lo asaltaban emociones encontradas. Una punzada de avidez completamente carnal cantó, resonó como una campana; era su escroto que se tensaba; y esta punzada se deslizó por sus ijares y los tejidos inquietos y el tembloroso miembro empezó a quemarle como el hielo. Y sin embargo, al mismo tiempo, había una cierta reserva en él... incluso desconfianza, una perversidad injustificada. Algo que Juno siempre había intuido y que temía más que al fracaso, algo que no podía abarcar con sus brazos.

    Pero había algo en Titus que era incluso peor, una especie de lástima por ella. Una lástima que minaba su amor. Ella se lo había dado todo, y la compadecía por ello. No sabía que eso era algo letal e infinitamente triste.

    Y estaba también el miedo a quedar atrapado en los generosos pliegues de su amor desesperado, fiero y leal.

    Se miraron. Juno, con una increíble ternura, algo que no es fácil asociar con una dama distinguida, y Titus, sintiendo que su lascivia regresaba al mirarla, abrió los brazos en un gesto expansivo, salvaje y bastante falso, melodramático; él lo sabía, y también ella; pero en aquel momento estuvo bien, pues aquella lujuria era real y ésta es una bestia arrogante y altanera que no entiende de sutilezas.

    Con tanta rapidez se sucedían estas sensaciones, la lástima, la avidez física, la repulsa, la excitación y la ternura, que se fundieron en un único impulso irresistible, el deseo de soste-ner todo aquello en los brazos extendidos de Titus y llevar su relación a un punto de ignición. Llevarla a su fin. Aquello era lo más triste. No sintió la necesidad de crear un acto que llevara a la gloria, sino que acabara con ella... de apuñalar el dulce amor hasta matarlo. Librarse de él.

    Nada de esto pasaba por la mente de Titus. Estaba muy lejos, en algún recoveco perdido de su ser. Ahora, los ojos de Juno puestos en él, la sombra de una rama temblando en su pecho, lo importante era el juego inmemorial del amor: un juego para la solemnidad. No menos solemne por lo disparatado. Solemne como un gran cielo verde. Como el bisturí de un cirujano.

    —Así que has vuelto, mi perverso amigo. ¿Dónde has estado?
    —En el infierno —respondió Titus—. Bebiendo sangre y mascando escorpiones.
    —Suena divertido, querido.
    —En realidad no. Se le da al infierno más importancia de la que tiene.
    —Pero ¿has escapado?
    —Cogí un avión. El aparato más estilizado que hayas visto. Un millón de años han pasado junto a nosotros en medio minuto. Rajé el cielo en dos. Y ¿para qué?
    —Bueno... ¿para qué?
    —Para deleitarme en tu compañía.
    — ¿Qué ha sido del avión estilizado?
    —Apreté un botón y se fue volando.
    — ¿Y eso es bueno o malo?
    —ES muy bueno. No queremos que nos observen, ¿verdad? Las máquinas son tan inquisitivas... te veo muy lejos. ¿Puedo subir?
    —Por supuesto. Si no se te van a salir los brazos.
    —No, quédate donde estás. No bajes... ya subo yo. —Con un gesto salvaje y curioso de la cabeza, desapareció del jardín de estatuas y, unos minutos después, Juno oyó sus pasos en la escalera.

    Titus ya no estaba enredado en una maraña de estados de ánimo. Lo que fuera que sucedía en su inconsciente no hizo ningún esfuerzo por aflorar a la superficie. Su mente se ador-meció. Sus sentidos despertaron. Su miembro temblaba como la cuerda de un arpa.

    La vio en cuanto abrió la puerta de la habitación, orgullosa, monumental, relajada; con un codo apoyado en la repisa de la chimenea, una sonrisa en los labios, una ceja levemente enarcada. Los ojos de Titus estaban tan concentrados en ella que no es de extrañar que tropezara con un escabel que había por medio y, al tratar de recuperar el equilibrio, volviera a tropezar y cayera de bruces.

    Antes de que tuviera tiempo de recuperarse, ella se había sentado a su lado en el suelo.

    —Es la segunda vez que caes a mis pies. ¿Te has hecho daño, querido? ¿Es algo simbólico? —preguntó Juno.
    —Debe de serlo —dijo Titus—, sin duda.

    De no haberla conocido Titus tan bien, aquella absurda caída hubiera podido distraerle del poco original propósito que lo impulsaba, pero, al ver a Juno inclinada sobre él, oliendo a paraíso, su pasión, lejos de verse apagada, adoptó un extraño tinte —ridículo y adorable— y la risa se sumó a la ternura que había entre los dos.

    Cuando Juno rió, el proceso se puso en marcha, como los gorjeos de un crío.

    En cuanto a Titus, su risa salió a borbotones.

    Era el tañido a muerto del falso sentimiento, el de cualquier cliché, o del comportamiento reconocido. Era algo que ellos habían inventado. Una nueva palabra compuesta.

    Un espasmo se apoderó de él. Atravesó furtivamente su diafragma y se deslizó por sus entrañas. Subió disparado como un cohete a su garganta, bifurcándose en diversas ra-mificaciones, para luego converger de nuevo, llevándolo a un territorio de casi lunatismo en el que Juno se unió a él. No tenían ni idea de por qué reían, y eso es más impresionante que un mundo entero de audacias.

    Titus, volviéndose con un grito, estiró la mano, se dio cuenta de que la había apoyado en el muslo de Juno y de pronto la risa lo abandonó, y a ella también, así que Juno se puso en pie y cuando Titus se levantó, se abrazaron y fueron hasta la puerta, subieron las escaleras, siguieron un corredor y entraron en una habitación cuyas paredes estaban cubiertas de libros y cuadros bañados por la luz del sol otoñal.

    En aquella remota habitación se respiraba una extraña sensación de paz, con los largos rayos de sol cuajados de motas de polvo. Sin estar desordenada, la biblioteca parecía ex-trañamente informal. Y había en ella la lejanía de un barco en alta mar... una especie de distanciamiento de lo cotidiano, como si no hubiera sido creada por carpinteros y albañiles y fuera una proyección de la mente de Juno.

    — ¿Por qué? —preguntó Titus.
    — ¿Por qué qué, sol mío?
    —Esta habitación inesperada.
    — ¿Te gusta?
    —Por supuesto, pero ¿por qué tanto secreto?
    — ¿Secreto?
    —No sabía que existía.
    —En realidad no existe, no cuando está vacía. Sólo se materializa cuando nosotros estamos en ella.
    —Qué ocurrente, mi amor.
    —Bruto.
    —Sí lo soy, pero no te pongas triste. ¿Quién ha encendido el hogar? Y no me digas que los duendes, ¿vale?
    —Nunca volveré a mencionar a los duendes. Yo lo he encendido.
    —Estás muy segura de mí, ¿verdad?
    —En realidad no. Siento una proximidad. Hay algo que nos une. A pesar de la edad. A pesar de todo.
    —Oh, la edad no importa —dijo Titus cogiéndola de los brazos.
    —Gracias —dijo Juno.

    Una sonrisa amarga brotó de sus labios y se desvaneció. Su cabeza esculpida permaneció. Mientras Juno y Titus se desprendían de sus ropas y, temblando, se tumbaban juntos en el suelo y empezaban a ahogarse, la luz del atardecer fue suavizando los contornos de la adorable habitación.

    La luz del hogar parpadeaba y perdía fuerza; bailaba y se extinguía. Sus cuerpos proyectaron una sombra por la habitación. Y la sombra pululó sobre la alfombra; trepó por una pared de libros y se sacudió con alegría por el solemne techo.


    CUARENTA Y TRES


    Mucho más tarde, cuando la luna ya se había elevado en el cielo y Juno y Titus dormían uno en brazos del otro junto al fuego moribundo, Trampamorro, de humor travieso, al ver que no contestaban cuando llamó a la puerta, se había encaramado a un castaño cuyas altas ramas rozaban la ventana de la biblioteca y, con gran riesgo para su vida, saltó en la oscuridad y aterrizó en el alféizar, aferrándose al marco de la ventana abierta.

    Más por suerte que por pericia, había conseguido mantener el equilibrio y no hacer ruido, salvo por el susurro de las ramas al volver a su sitio y una leve sacudida de la hoja de la guillotina.

    Hacía ya bastante que no veía a Juno. Es cierto que durante unos días, después de la inesperada punzada que sintió en el corazón al verla alejarse por el camino, la había visto varias veces; se había dado cuenta de que no se puede recuperar el pasado, aun queriendo, así que le dio la espalda, igual que se le da la espalda a la juventud.

    ¿Por qué entonces aquella visita a deshoras en plena noche a su antiguo amor? ¿Por qué estaba en aquel alféizar, impidiendo el paso a la luz de la luna y contemplando las ascuas del hogar? Porque necesitaba hablar. Hablar como un torrente. Expresar en palabras el sinfín de extrañas ideas que habían estado pidiendo a gritos que las dejara salir; que encendiera su lengua. Llevaba todo el día deseándolo.

    La mañana, la tarde, el anochecer los había pasado yendo de una jaula a otra en su zoo descomunal.

    Pero, aunque los quería mucho, esa noche no estaba con sus animales. Quería otra cosa. Quería palabras y, en su deseo, mientras el sol se ponía, se dio cuenta de que estaba la ima-gen de la única persona del ancho mundo a los pies de cuyo lecho podía sentarse; bien erguido, con la cabeza muy alta, el mentón hacia delante, el rostro encendido por la secuencia interminable de ideas. ¿Quién, sino Juno?

    Pensaba que había obtenido todo lo que ella podía dar. Habían acabado por cansarse. Sabían demasiado del otro. Pero ahora, de forma inesperada, la necesitaba. Podía hablarle de las estrellas y de los peces del mar. De los demonios y el vello que se encarama al pecho de los serafines, De ropa vieja y enfermedades terribles. De misiles voladores y de los extraños caminos del corazón. De cualquier cosa... podía hablarle de cualquier cosa. Lo importante era hablar.

    Así que Trampamorro, haciendo caso omiso de su antiguo vehículo, escogió entre sus animales una gran llama olorosa; la ensilló, salió a medio galope del patio y se alejó cantando por las colinas en dirección a la casa de Juno.

    No tenía ningún deseo de molestar al resto de habitantes de la casa, pero las piedrecillas que arrojó a la ventana de Juno no recibieron respuesta, y no le quedó más remedio que llamar a la puerta. Tampoco esto dio resultado y, puesto que no tenía intención de entrar por la fuerza o forzar una ventana, decidió encaramarse al castaño cuyas ramas rozaban las ventanas de la segunda planta. Ató la llama al pie del castaño, trepó por él y luego dio el salto.

    Mientras estaba en el alféizar, con una caída de diez metros a sus pies, durante un rato siguió contemplando las ascuas del hogar y luego, finalmente, pasó bajo la hoja de la ven-tana y penetró en la oscuridad de la habitación.

    Había estado antes en ella, varias veces, pero eso fue mucho tiempo atrás y aquella noche le pareció muy distinta. Sabía que el dormitorio de Juno estaba justo debajo, así que se dispuso a dirigirse a la puerta.

    Esbozó una mueca al imaginar su sorpresa cuando lo viera. Su forma de tomarse las sorpresas era maravillosa. Nunca parecía sorprendida. Simplemente parecía contenta de verte... como si te hubiera estado esperando. Muchas veces, al despertar de un sueño profundo, había sorprendido a Trampamorro volviendo la cabeza y sonriéndole con una dul-zura casi insoportable antes siquiera de abrir los ojos. Necesitaba ver aquello otra vez antes de dejar brotar las palabras ardientes.

    Cuando le separaban apenas unos pasos de la puerta, oyó el primer sonido. Con un movimiento reflejo que provenía de tiempos muy lejanos, su mano fue en seguida al bolsillo de la cadera. Pero no había ningún revólver allí y devolvió su mano vacía al costado. Se dio la vuelta y clavó la vista en las últimas ascuas bermellonas de la chimenea.

    No sabía exactamente qué había oído. Quizá había sido un suspiro. O las hojas del árbol de la ventana, aunque el sonido parecía proceder del rincón del hogar.

    Y entonces volvió a oírlo, pero esta vez acompañado de una voz.

    —Cariño... oh, mi amor.

    Las palabras eran tan suaves que, de no haber sido pronunciadas en el profundo silencio de la noche, jamás las hubiera oído.

    Trampamorro, inmóvil en la pieza aparentemente encantada, esperó durante varios minutos, pero no hubo más palabras, ni ningún otro sonido, salvo un largo suspiro, como el susurro del mar.

    Así que avanzó y se desplazó ligeramente a la derecha, y al punto reparó en un tramo de oscuridad más intensa que el resto, y se inclinó hacia adelante con las manos levantadas como si se preparara para entrar en acción.

    ¿Qué clase de criatura podía estar tendida en el suelo y suspirar? ¿Qué clase de monstruo trataba de atraerlo?

    Y entonces algo se movió en la oscuridad cerca de las ascuas mortecinas; luego silencio, no hubo más movimientos.

    La luna se desprendió de las nubes y su luz penetró en la biblioteca, iluminando una pared de libros; cuatro cuadros; un tramo de la alfombra y las cabezas durmientes de Juno y el muchacho.

    Las zancadas lentas y silenciosas hasta la ventana; el salto; el descenso por el castaño, rama a rama, perdiendo pie y magullándose la rodilla; el momento en que tocó el suelo, desató la llama, volvió a casa... todo esto fue un sueño. La realidad estaba en su interior... y era un dolor sordo y oscuro.


    CUARENTA Y CUATRO


    Los días se sucedían en una larga y dulce secuencia de luz y aire. Y cada uno era nuevo. Y sin embargo, detrás de todo esto había otra cosa. Algo ominoso. Juno lo había notado. Su amante estaba inquieto.

    — ¡Titus!

    El nombre voló escaleras arriba hasta donde el joven estaba tumbado.

    — ¡Titus!

    ¿Era un eco o un segundo grito? Fuera lo que fuese, no consiguió despertarlo. No hubo movimiento alguno... salvo en sus sueños, donde la bestia rojiblanca caía de cabeza desde una torre.

    La voz sonó doce pasos más cerca.

    — ¡Titus, mi amor!

    Su párpado se movió, pero el sueño luchaba por mantenerse, y la bestia con la cara de dos colores caía y giraba en un cielo tras otro.

    La voz había llegado al descansillo...

    — ¡Loco mío! ¡Malo! ¿Dónde estás, hijo?

    A través de las cortinas de la habitación, atravesando el aire cálido y oscuro, un haz de rayos solares formó un charco de luz sobre la almohada. Y junto a este charco de luz, en la sombra cenicienta del lino, yacía la cabeza de Titus, igual que hubiera podido hacerlo una piedra, o un pesado libro; inmóvil; indescifrable... un idioma extranjero.

    La voz estaba en la puerta; una nube ocultó el sol; y los rayos desaparecieron de la almohada.

    Pero la voz profunda seguía en su sueño, aunque Titus tenía los ojos abiertos. Mezclada con aquella avalancha de imágenes y sonidos que burbujeaban y se expandían mientras la criatura de su pesadilla, cayendo por fin en un lago de pálidas aguas de lluvia, desaparecía envuelta en un chorro de vapor.

    Y, mientras él se hundía, centímetro a oscuro centímetro, una gran hueste de cabezas, extrañas y al mismo tiempo familiares, salieron de las profundidades y cabecearon sobre el agua... y un centenar de voces extrañas y al mismo tiempo reminiscentes empezaron a llamar sobre las olas hasta que, de horizonte a horizonte, Titus se sintió dominado por una gran turbulencia de visión y sonido.

    Y entonces, de pronto, sus ojos estaban muy abiertos...

    ¿Dónde estaba?

    La vacía oscuridad del muro que tenía delante no le dio ninguna respuesta. Lo tocó con la mano.

    ¿Quién era él? Imposible saberlo. Sus ojos volvieron a cerrarse. Durante unos momentos no hubo ningún tipo de sonido; luego, el ajetreo de un pajarillo entre la hiedra al otro lado de la alta ventana le recordó ese otro mundo que existía fuera de su persona... un mundo ajeno a aquel terrible vacío.

    Cuando se incorporó sobre un codo, mientras su memoria volvía a él en pequeñas oleadas, Titus no podía saber que una figura ocupaba el umbral de la habitación... y no tanto por ta-maño como por la intensidad de su presencia... lo colmaba como una tigresa la entrada de su guarida.

    También ella iba listada como una tigresa: de amarillo y negro; y a causa de las oscuras sombras que había a su espalda, sólo se veían las franjas amarillas, de modo que era como si estuviera cortada en trozos por los tajos horizontales de una espada. Esto la convertía en una suerte de número de magia, «la mujer cercenada», en algo asombroso y extraordinario para la vista. Pero no había quien la viera, porque Titus estaba de espaldas a ella.

    Titus tampoco veía que su sombrero, emplumado y pirático, brotaba de su cabeza con la misma naturalidad con que brotan las verdes frondas de lo alto de una palmera datilera.

    Juno se llevó la mano al pecho. No con nerviosismo, sino con una especie de determinación tensa y tierna.

    Al verlo apoyado sobre el codo, de espaldas a ella, la soledad de Titus la conmovió profundamente. No era bueno que estuviera tan solo; tan contenido; tan poco fundido con la existencia de ella.

    Era una isla rodeada de aguas profundas. No había ningún istmo que llevara a la generosidad de ella; ningún camino que lo comunicara con su continente de amor.

    A veces el aire que flota entre los mortales, por su quietud y su silencio, se convierte en algo tan cruel como el filo de una guadaña.

    — ¡Oh, Titus! ¡Titus, cariño! —exclamó Juno—. ¿En qué piensas?

    Él no volvió la cabeza inmediatamente, aunque al oír su voz supo de forma instantánea dónde estaba. Y supo que estaba siendo observado... que Juno se hallaba muy cerca.

    Cuando por fin se dio la vuelta, ella dio un paso hacia la cama y sonrió con auténtico placer al verle el rostro. Éste no era particularmente llamativo. Ni con las mejores intenciones se hubiera podido decir que su frente o el mentón o la nariz o los pómulos estaban cincelados. No, más bien era como si las formas de su cabeza hubieran sido moldeadas por la acción de muchas mareas, como las irregularidades de una piedra. La juventud y el tiempo estaban unidos indisolublemente.

    Juno sonrió al ver el desarreglo de sus cabellos castaños, las cejas enarcadas y la media sonrisa de sus labios, que no parecían tener más pigmentación que el cálido color arena de su piel.

    Sólo los ojos negaban a la cabeza la absoluta simplicidad del monocromatismo. Eran del color del humo.

    — ¡Vaya horas para estar durmiendo! —dijo Juno, sentándose al borde de la cama.

    Sacó un espejo de su bolso y por un momento enseñó los dientes, mientras examinaba la línea de su labio superior, como si no fuera suyo, sino algo que quizá compraría, o quizá no. Estaba totalmente tenso... en un trazo único de carmín.

    Juno apartó el espejo y estiró sus fuertes brazos. Las franjas amarillas de su vestido destellaban en las sombras del mediodía.

    — ¡Vaya horas para dormir! —repitió—. ¿Tantas ganas tenías de huir, pollito mío? ¿Tan decidido estás a evitarme que te escabulles al piso de arriba y desperdicias una tarde de verano? Pero sabes que en mi casa eres libre de hacer lo que quieras, ¿verdad? De vivir como quieras, donde quieras. Lo sabes, ¿verdad, mi niño mimado?
    —Sí —contestó Titus—. Recuerdo que lo habías dicho.
    —Y lo harás, ¿verdad?
    —Oh, sí —dijo Titus—. Lo haré.
    —Querido, tienes un aspecto tan adorable...

    Titus respiró hondo. Qué suntuosa, que monumental y enorme parecía, allí, sentada junto a él, con aquel maravilloso sombrero que casi parecía tocar el techo. Su aroma estaba sus-pendido en el aire entre los dos. Su blanca mano, suave aunque fuerte, estaba apoyada en la rodilla de él... pero algo iba mal... o se había perdido; porque su mente pensaba en lo imprecisa que se estaba volviendo su respuesta al magnetismo de Juno, y en que algo había cambiado o estaba cambiando con cada día que pasaba y lo único en que podía pensar era lo mucho que deseaba volver a estar solo en aquella gran ciudad llena de árboles del río... solo, para poder deambular sin objeto bajo el sol.


    CUARENTA Y CINCO


    —Eres un joven extraño —dijo Juno—. No acabo de comprenderte. A veces me pregunto por qué me tomo tantas molestias, querido. Pero, por supuesto, en seguida me doy cuenta de que no tengo elección. ¿No es así? Me conmueves tanto, cruel joven. Lo sabes, ¿verdad?

    —Es lo que tú dices... —dijo Titus—, aunque sabe Dios por qué.
    — ¿Bromeas? —dijo Juno—. ¿Estás bromeando otra vez? ¿Tengo que explicarte a qué me refiero?
    —Ahora no, por favor.
    — ¿Te aburro? Si te aburro sólo tienes que decirlo. Dímelo. Y si estás furioso conmigo, no lo ocultes. Grítame. Lo entenderé. Quiero que seas tú mismo... nada más. Así es como mejor te manifiestas. ¡Oh, loco mío! ¡Perverso!

    La pluma de su sombrero se balanceaba en la dorada oscuridad. Los orgullosos ojos negros de Juno se humedecieron.

    —Has hecho mucho por mí —dijo Titus—. No pienses que soy insensible. Pero quizá debería marcharme. Me das demasiado. Me pone enfermo.

    Se hizo un repentino silencio, como si la casa hubiera dejado de respirar.

    — ¿Adónde podrías ir? Tu sitio no está fuera. Eres mío, mi descubrimiento, mi... mi... ¿es que no lo entiendes? Yo te quiero. Sé que tengo el doble de tu... Oh, Titus, te adoro. Eres mi misterio.

    Fuera, del otro lado de la ventana, el sol caía con furia sobre la piedra de color de miel de la alta casa. El muro descendía monótonamente hasta la rápida corriente.

    Por el otro lado estaba el enorme cuadrángulo de ladrillos de color gamba y las espantosas estatuas cubiertas de musgo de atletas desnudos y caballos rotos.

    — ¿Qué puedo decir? —dijo Titus.
    —Por supuesto que no puedes decir nada. Lo entiendo. Hay cosas que no se pueden expresar con palabras. Son demasiado profundas.

    Juno se levantó de la cama y, dándole la espalda, echó atrás su orgullosa cabeza. Tenía los ojos cerrados.

    Algo cayó y golpeó el suelo con un leve sonido. Era el pendiente de su oreja derecha, y ella supo que la causa había sido el orgulloso movimiento de su cabeza. Pero también sabía que no era momento para preocuparse por un detalle tan trivial. Sus ojos permanecieron cerrados y sus fosas nasales, dilatadas.

    Lentamente, cruzó las manos y las llevó bajo el mentón alzado.

    —Titus —dijo, con una voz que era poco más que un susurro, un susurro menos afectado que el que se esperaría de una dama que adopta aquella postura, con las plumas del sombrero rozando los hombros.
    —Sí —dijo Titus—. ¿Qué pasa?
    —Te estoy perdiendo. Te estás evaporando. ¿Qué es lo que he hecho mal?

    Titus se levantó de un salto, le hizo volverse cogiéndola por los codos y quedaron frente a frente en medio del cálido polvo de la alta habitación. Entonces sintió que su corazón se encogía, porque vio que sus mejillas estaban húmedas y, en aquella humedad que descendía por sus mejillas, una mancha de las pestañas se extendió como un hilo, abriendo su corazón ante él.

    — ¡Juno! ¡Juno! Esto es demasiado para mí. No puedo soportarlo.
    —No hay necesidad, Titus... por favor, no me mires.

    Pero Titus, sin hacerle caso, la abrazó con más fuerza. Las mejillas de Juno estaban bañadas en lágrimas. Pero su voz era firme.

    —Déjame, Titus. Prefiero estar sola.
    —Nunca te olvidaré —le dijo él con las manos temblorosas—. Pero debo irme. Nuestro amor es demasiado intenso. Soy un cobarde. No puedo aceptarlo. Soy egoísta, pero no desagradecido. Perdóname, Juno... Dime adiós.

    Pero en cuanto Titus la soltó, Juno le dio la espalda y, acercándose a la ventana, sacó el espejo de su bolso.

    —Adiós —dijo Titus.

    De nuevo no hubo respuesta.

    La sangre le subió al chico a la cabeza y, sin saber apenas qué hacía, salió corriendo de la habitación, bajó las escaleras y salió precipitadamente a una tarde invernal.


    CUARENTA Y SEIS


    Y sucedió así que Titus huyó de Juno. Corrió y corrió por el jardín, por el camino que seguía las márgenes del río. Y mientras lo hacía lo embargaba una sensación de vergüenza y a la vez de liberación. Vergüenza por haber abandonado a su señora a pesar de toda la bondad y el amor que había volcado sobre él; y liberación por encontrarse al fin solo, sin nadie que lo abrumara con sus afectos.

    Pero, al cabo de un rato, la sensación de soledad no le resultó tan grata. Era consciente de que le faltaba algo. Algo que casi había olvidado durante su estancia en la casa de Juno. Y no tenía nada que ver con ella. Era la sensación de que, al dejarla, tenía que afrontar nuevamente el problema de su propia identidad. Él formaba parte de algo más grande que su persona. Era una piedrecilla, pero ¿dónde estaba la montaña de la que se había desprendido? Era la hoja, pero ¿y el árbol? ¿Dónde estaba su hogar? ¿Dónde?

    Sin saber apenas Adónde se dirigía, al cabo de un buen rato se dio cuenta de que se estaba acercando al entramado de calles que rodeaban la casa y el zoo de Trampamorro; pero antes de llegar a aquel tortuoso barrio se apercibió de otra cosa.

    La calle por la que avanzaba era larga y recta, con altas paredes sin ventanas a ambos lados. Las líneas de perspectiva convergían a no muchos grados del horizonte.

    No había nadie allá delante, a pesar de la longitud de la calle, y sin embargo le parecía que ya no estaba solo. Algo se había unido a él. Mientras corría se volvió y, al principio, no vio nada, pues su mirada estaba clavada en la distancia. Y entonces se detuvo de pronto, porque advirtió que había algo flotando a su lado, a la altura de sus hombros.

    Era una esfera, no mayor que el puño cerrado de un niño, hecha de una materia transparente, tan translúcida que sólo era visible según cómo incidía en ella la luz, de modo que parecía que iba y venía.

    Perplejo, Titus se apartó del centro de la calle, hasta que notó la pared norte contra la espalda. Durante unos segundos se quedó apoyado contra ella, sin ver ni rastro de la esfera cristalina, hasta que de repente..., ahí estaba de nuevo, cerniéndose sobre él.

    Esta vez, mientras la observaba, Titus vio que estaba llena de relucientes cables, una filigrana increíble, como escarcha sobre cristal. Y entonces, una nube ocultó el sol y una luz apagada y mortecina se extendió por la calle sin ventanas, y el pequeño globo empezó a despedir de forma intermitente una extraña luz, como una luciérnaga.

    Al principio, Titus no se asustó, estaba asombrado ante aquel globo móvil que había salido de ninguna parte y que seguía o parecía seguir cada uno de sus movimientos; pero entonces el miedo hizo que las piernas le temblaran, pues comprendió que estaba siendo observado, no por el globo en sí, que no era más que un agente, sino por algún remoto informador que en aquel mismo instante estaba recibiendo mensajes. Fue esto lo que convirtió el miedo de Titus en ira, y le hizo echar los brazos hacia atrás como si fuera a golpear aquel objeto esquivo que flotaba como un ave del paraíso.

    En el momento en que Titus levantó la mano, el sol volvió a aparecer y el pequeño globo reluciente, con sus coloridas entrañas de exquisito cable, se desplazó fuera de su alcance y siguió flotando, como un ojo que observaba cada uno de sus movimientos.

    Y entonces, como si estuviera inquieto, girando sobre su eje, fue a toda velocidad hasta el extremo de la calle, donde dio la vuelta inmediatamente para detenerse, de nuevo a metro y medio de Titus. Éste, rescatando la piedra de su bolsillo, se la arrojó a la bola, que se rompió en una cascada de pedacitos relucientes y emitió una especie de suspiro, como si el globo hubiera dejado salir a su fantasma plateado....como si tuviera su propia conciencia, o estuviera en un estadio de perfección tan avanzado que, por unos instantes, había entrado en el mundo de los vivos.

    Dejando aquella cosa rota atrás, Titus echó a correr otra vez, y no se detuvo hasta llegar al patio de Trampamorro.


    CUARENTA Y SIETE


    Mucho antes de ver a Trampamorro, Titus pudo oírlo. Su voz poderosa y ronca hubiera podido romperle el tímpano a un sordomudo. Resonaba por la casa, subiendo a los pisos superiores, volviendo a bajar, entrando y saliendo de las habitaciones casi desiertas y colándose por las ventanas abiertas, de modo que las bestias y las aves levantaban sus cabezas, o las ladeaban como si quisieran saborear el eco.

    Trampamorro estaba tendido cuán largo era en un sofá bajo y miraba por los cristales de una amplia puertaventana de la tercera planta. Desde allí tenía una panorámica ininterrumpida de la larga hilera de jaulas de abajo, donde sus animales yacían adormecidos bajo la pálida luz del sol.

    Aquéllas eran su habitación y su vista favoritas. Junto a él, en el suelo, había libros y botellas. Su pequeño mono estaba sentado en el otro extremo del sofá. Se había liado en una manta y miraba con tristeza a su amo, que unos momentos antes había entonado una lúgubre canción cosecha propia.

    De pronto, el monito se puso en pie de un brinco y empezó a sacudir sus largos brazos de forma extrañamente absurda, porque había oído ruido de pisadas en la escalera, dos pisos más abajo.

    Trampamorro se incorporó sobre un codo y escuchó. Al principio no oía nada, pero entonces también él reconoció el ruido de pisadas.

    Al cabo, la puerta se abrió y un viejo sirviente con barba asomó la cabeza.

    —Bueno, bueno —dijo Trampamorro—. Por las fibras grises del árbol del xadnos, tienes un aspecto espléndido, amigo mío. Tu barba nunca ha parecido más auténtica. ¿Qué quieres?
    —Hay un joven que quiere verlo, señor.
    — ¿De verdad? Qué gusto tan espantosamente malo. Ése sólo puede ser Titus.
    —Sí, soy yo —dijo el aludido, entrando en la habitación—. ¿Puedo pasar?
    —Por supuesto que puedes, dulce acertijo. ¿Debería alzarme sobre mis pies paralíticos? Lo cual, unido a ese traje que llevas, que es como una migraña y la corbata a topos y los zapatos a juego..., ¡qué humillación! Pero, ¡ciertamente, estás elegante como una vara de sauce! Sin duda ha habido unas tijeras haciendo de las suyas con tu persona.
    — ¿Puedo sentarme?
    —Siéntate, por supuesto. Tienes todo el suelo a tu disposición. Eh —musitó Trampamorro, cuando el monito saltó a su hombro—, cuidado con mis ojos, chico, los necesitaré más tar-de. —Y, volviéndose a Titus—: En fin, ¿qué quieres?
    —Hablar —dijo Titus.
    — ¿De qué, muchacho?

    Titus levantó la vista. La cabeza inmensa y escarpada estaba ladeada. La luz que entraba por la ventana la rodeaba de una especie de halo de escarcha, distante y siniestro. A Titus le recordaba la luna, con sus hoyos y sus cráteres. Un territorio de cuero, roca y hueso.

    — ¿De qué, muchacho? —insistió.
    —Para empezar, del miedo que siento —dijo Titus—. Créame, señor, no me ha gustado.
    — ¿De qué hablas?
    —Tengo miedo del globo. Me estuvo siguiendo hasta que lo rompí. Y cuando lo rompí, suspiró. Y olvidé mi piedra. Y sin mi piedra estoy perdido... más perdido que antes. Porque no tengo ninguna otra cosa para demostrar de dónde vengo, o cuál es mi lugar de origen. Esa piedra es una prueba sólo para mí. No demuestra nada, salvo para mí. Y ahora no tengo nada que sostener en mi mano. Nada que me ayude a convencerme de que no fue un sueño. A demostrarme mi propia existencia. Nada que demuestre que usted y yo estamos hablando en esta habitación. Que tengo una voz, o unas manos. ¡Y el globo! ¡Ese globo inteligente! ¿Por qué me seguía? ¿Qué quería? ¿Me estaba espiando? ¿Es fruto de la magia o de la ciencia? ¿Sabrán quién lo ha roto? ¿Me perseguirán?
    —Tómate un brandy —sugirió Trampamorro.
    — ¿Los ha visto, señor Trampamorro? ¿Qué son?
    —Sólo son juguetes, muchacho. Sólo juguetes. Pueden ser tan simples como el sonajero de un bebé o complejos como el cerebro de un hombre. Juguetes, juguetes, juguetes para en-tretenerse. En cuanto al que tú decidiste romper, el número LKZ00572 ARG 39 576 AÍJ9843K2532, he leído sobre él y, si no recuerdo mal, se dice que es casi humano. No del todo, pero casi. Así que «eso» es lo que ha pasado. Has roto algo repugnantemente eficiente. Has blasfemado contra el espíritu de nuestra época. Has destrozado la mismísima vanguardia del progreso. Y, tras cometer ese crimen reaccionario, acudes a mí. ¡A mí! Dadas las circunstancias, permite que mire por la ventana. Nunca está de más ser precavido. Esos globos tienen un origen. En algún lugar hay un joven inventor trabajando en cuerpo y alma en la oscuridad primordial de un cerebro enfermo de sesenta caballos de potencia.
    —Hay algo más, señor Trampamorro.
    —Estoy seguro. De hecho, está todo lo demás.
    —Se burla usted de mí con sus palabras —dijo Titus, dándose la vuelta—. Para mí todo esto es muy serio.
    —Todo es serio o no dependiendo del color del cerebro que se tenga.
    —Mi cerebro es negro —dijo Titus—, si eso es un color.
    — ¿Y bien? Escúpelo. Cuéntamelo todo.
    —He abandonado a Juno.
    — ¿Abandonado?
    —Sí.
    —Tenía que pasar. Es demasiado buena para los hombres.
    —Pensé que me odiaría usted.
    — ¿Odiarte? ¿Por qué?
    —Bueno, señor, ¿no era ella su... su...?
    —Ella era mi todo. Pero, como la maldita criatura que soy, inevitablemente la canjeé por la libertad de mis extremidades. Por una soledad que engullo como si fuera comida. Y, si lo prefieres, por los animales. He errado. ¿Por qué? Porque la añoro y soy demasiado orgulloso para admitirlo. Así que Juno se me escapó como un barco cuando baja la marea.
    —Yo también la amaba —dijo Titus—. No sé si lo creerá.
    —Seguro que la amabas, mi pequeña croqueta. Y sigues amándola. Pero eres joven y quisquilloso; apasionado e insensible; y por eso la has dejado.
    — ¡Oh, Dios! —dijo Titus—. Señor, hable con menos palabras. Estoy harto de palabras.
    —Lo intentaré —dijo Trampamorro—. Pero es difícil romper con los viejos hábitos.
    —Oh, señor, ¿he herido sus sentimientos?

    Trampamorro se dio la vuelta y miró por la ventana. Justo debajo, veía una familia de leopardos a través de los barrotes de un tejado abovedado.

    — ¡Herir mis sentimientos! ¡Ja ja ja ja! Yo soy como un cocodrilo de pie. Yo no tengo sentimientos. En cuanto a ti. Sigue con tu vida. Cómetela. Viaja. Hazlo con tu mente. Con tus pies. Ve a la cárcel vestido con sucias ropas. Saborea la gloria en un coche dorado. Disfruta de la soledad. Esto es sólo una ciudad. No es lugar para hacer un alto. —Trampamorro seguía dándole la espalda—. ¿Y ese castillo del que hablas... ese mito crepuscular? ¿Volverías después de un viaje tan corto? No, debes continuar. Juno es parte de tu viaje. Y yo. Adéntrate más en la corriente. Ante ti se extienden las colinas y sus reflejos. ¡Escucha! ¿Has oído eso?
    — ¿El qué?

    Trampamorro no se molestó en contestar. Se incorporó sobre un codo y miró por la ventana.

    A lo lejos, hacia el este, vio una columna de científicos que avanzaba hacia su casa. Casi al mismo tiempo, las bestias del zoo empezaron a levantar sus cabezas y miraron todas en la misma dirección.

    — ¿Qué pasa? —preguntó Titus.

    Trampamorro siguió sin hacerle caso, pero esta vez Titus no esperó su respuesta. Se acercó a la ventana y contempló el panorama junto a Trampamorro.

    Y entonces oyeron la música: el sonido de trompetas que parecían venir de otro mundo; el distante retumbar de los tambores y luego, haciendo añicos la distancia, el rugido des-camado e inmoderado de un león.

    —Vienen a por nosotros —dijo Trampamorro—. Nos buscan.
    — ¿Por qué? —preguntó Titus—. ¿Qué he hecho?
    —Acabas de destruir un milagro. Quién sabe las posibilidades que ofrecía ese globo. Cabeza de chorlito, una cosa como ésa hubiera podido aniquilar a medio mundo. Y ahora tendrán que volver a empezar. Te estaban observando. Te vigilaban. Quizá encontraron tu piedra. Quizá nos han visto juntos. Quizá esto... quizá lo otro. Una cosa está clara: tienes que desaparecer. Ven aquí.

    Titus frunció el ceño y luego se puso muy erguido. Dio unos pasos hacia el hombretón.

    — ¿Has oído hablar del Subrío? —le preguntó Trampamorro.

    Titus negó con la cabeza.

    —Esta insignia te ayudará a llegar hasta allí. —Trampamorro se dobló el puño de la camisa y arrancó un pedazo del forro. En aquella pequeña insignia de tela había una señal impresa.





    — ¿Qué se supone que significa eso? —preguntó Titus.
    —Calla. No hay tiempo. Los tambores se oyen el doble de fuerte. Escucha.
    —Los oigo. ¿Qué quieren? ¿Qué pasa con sus...?
    — ¿Mis animales? Que se atrevan a tocarlos. Soltaré al gorila albino en el césped. Guarda la insignia, amigo mío. No la pierdas. Te ayudará a llegar abajo.
    — ¿Abajo?
    —Abajo. Abajo, a un orden de oscuridad. No pierdas más tiempo.
    —No lo entiendo —dijo Titus.
    —No es momento para entender nada. Es hora de correr.

    Y entonces, de pronto, un gran griterío de monos inundó la habitación, e incluso Trampamorro, con su garganta estentórea, tuvo que levantar la voz para hacerse oír.

    —Baja por las escaleras a las bodegas. En cuanto llegues al pie de la escalera gira a la izquierda... y ten cuidado con los clavos de la baranda. Vuelve a girar a la izquierda y delante, escasamente iluminado, verás un túnel con techo abovedado y sucias telarañas tupidas como mantas. Síguelo al menos durante una hora. Y ve con ojo. Ten cuidado con el suelo. Está plagado de reliquias de otro tiempo. Ahí abajo hay una quietud en la que no conviene demorarse. Toma, guarda esto en tus bolsillos.

    Trampamorro cruzó la habitación a grandes zancadas y, tras abrir el cajón de un viejo bargueño, sacó un puñado de velas.

    — ¿Dónde estábamos? Ah, sí. Escucha. Para entonces estarás debajo de la ciudad, en el extremo norte, y la oscuridad será muy intensa. Los muros del túnel serán cada vez más bajos. No quedará mucho sitio por encima de tu cabeza. Tendrás que avanzar inclinado. Eso resultará más fácil para ti que para mí. ¿Me estás escuchando? Maldito seas, niño. Esto no es ningún juego.
    —Oh, señor —dijo Titus—, no puedo concentrarme. ¿No oye esas trompetas? ¿No oye a las bestias?
    — ¡Tienes que escucharme a mí! Irás con la vela en alto y ante ti verás una verja. Al pie de ésta hay un plato negro, boca abajo. Levántalo y encontrarás una llave. Puede que no sea la llave que solucione tu miserable vida, pero te permitirá abrir la verja. Cuando la hayas cruzado, delante de ti verás una pendiente estrecha y larga que, yendo a paso normal, se extiende durante cuarenta minutos. Si susurras allí dentro, el mundo susurrará contigo. Si gritas, la tierra reverberará.
    —Oh, señor —dijo Titus—, no se ponga poético. No lo soporto. El zoo se está volviendo loco. Y los científicos... los científicos...
    — ¡Que se vayan al cuerno los científicos! —exclamó Trampamorro—. Ahora escúchame como un zorro. He dicho pendiente. He dicho ecos. Pero hay otra cosa. El sonido del agua...
    —Agua —repitió Titus—. Maldito sea si me ahogo.
    —Serénate de una vez, señor Titus Groan. Inevitablemente, llegarás a un punto en que, de pronto, al doblar una esquina, oirás un ruido por encima, como un trueno lejano, porque estarás debajo del río... el mismo río que te trajo a la ciudad hace meses. Delante se extiende un campo semi iluminado de losas, en cuyo extremo más alejado verás el resplandor de una linterna verde. Esa linterna está colocada sobre una mesa. Sentado a ella, con la luz reflejada en el rostro, verás a un hombre. Enséñale la insignia que te he dado. Él la examinará con una lupa, luego te mirará con un ojo tan amarillo como la cáscara de un limón y silbará a través de un hueco que tiene en los dientes hasta que aparezca un niño trotando entre las sombras y te indique que le sigas hacia el norte.


    CUARENTA Y OCHO


    A pesar del estruendo del agua sobre su cabeza, también había silencio. A pesar de la oscuridad, había jirones de luz. A pesar de la estrechez y la mugre, había también grandes espacios y una profunda sensación de recogimiento.

    Las largas hileras de mesas parecían balsas con patas, o los puestos de un mercadillo, pues había figuras sentadas a esas mesas, con cajones y sacas delante o a los lados o amontona-dos sobre el suelo mojado... restos empapados y patéticos, testimonio de tiempos y lugares pasados. Tiempos en que la burbuja de la esperanza, meciéndose en sus pechos, olvidó o no había oído hablar de la disolución. Tiempos de bravatas. Tiempos dorados o verdes. Tiempos semiolvidados. Tiempos cubiertos de rocío. Y en cambio, allí estaban, a cientos, en sus puestos, esperando, o eso parecía, un momento que nunca llegaba, el momento en que el mercadillo abriera y las campanas repicaran. Pero no había mercancías. No había nada que comprar o vender. Lo que habían dejado atrás era justamente lo que hubieran querido conservar. Aquel lugar también recordaba en parte, a una espantosa sala de hospital, porque, siguiendo los muros que rezumaban agua y se extendían en todas direcciones, había camas y literas de todo tipo, jergones, catres y colchones de paja.

    Pero allí no había doctores, ninguna autoridad: los enfermos eran libres de saltar entre las sombras y elevarse vertiginosamente con su fiebre. Y los que estaban sanos eran libres de pasar el día en la cama, hechos un ovillo como gatos, o estirados, rígidos como hombres con armadura.

    Un mundo de sonido y silencio superpuestos. Un hábitat bajo tierra... bajo el río; un reino de proscritos, fugitivos, fracasados, mendigos, conspiradores; un mundo secreto con un techo que goteaba perpetuamente, de modo que había extensas películas de agua que reflejaban las camas y las mesas, a los habitantes que se apoyaban contra puntales o columnas y que hacía mucho tiempo se habían visto obligados a organizarse en grupos desiguales; parecía como si aquella oscura escena fuera resultado de un seísmo que había hecho aflorar islas de madera y metal. Allí todo se reflejaba en los pálidos espejos de agua. Si una mano se movía, o una cabeza se echaba atrás, o si alguien tropezaba, su reflejo tropezaba con él, o gesticulaba en las profundidades. Y el hecho de que hubiera cientos de lámparas y que muchas de ellas se reflejaran en los «lagos» no contribuía a dar luminosidad, sino que acentuaba la oscuridad. Era una zona tan extensa que necesariamente tenía que haber bolsas de oscuridad que quedaban fuera del alcance de teas o linternas, vastos volúmenes en cuyo interior el aire era denso y negro, y olía a desolación. E incluso en el borde de estas implacables bolsas de oscuridad las velas parpadeaban, parpadeaban y se apagaban…

    Un panorama desolador de mesas, camas y bancos. Estufas y cocinas estrambóticas. Figuras que se movían a varios niveles, con diferentes grados de definición; algunas eran meras siluetas, aceradas como las de los insectos; otras se veían con claridad, recortadas contra la penumbra. Y los «lagos», con su naturaleza cambiante: aquí cubrían hasta el tobillo y dejaban ver los ladrillos baratos y gastados del fondo y entonces, un momento después, a un movimiento de la cabeza, revelaban un mundo tan profundo, una inversión tan meticulosa que podía engullir al ojo que lo observaba y arrastrarlo a su interior.

    Y, por encima, el eterno rugido del río: una voz, un tumulto, una lucha lunática de las aguas, cuya reverberación amortiguada era el trasfondo de todo cuanto sucedía en el Subrío.

    Aquellos que desconocían la extrema pobreza y los actos de degradación a los que conduce; la persecución y los horrores que comporta; los disparatados extremos del amor y el odio; aquellos que desconocían estas cosas no tenían necesidad de soportar un lugar semejante. Era suficiente con que la gran ciudad lo supiera y hubiera oído hablar de él por un eco o un rumor y que guardara un silencio tácito tan terrible como aceptado. Tanto si era por vergüenza o por miedo o por la determinación de no saberlo, o incluso de no creer lo que sabían que era cierto, por el motivo que fuera, era inaudito que aquel lugar ultrajante fuera mencionado por quienes, estando menos desesperados, podían vivir sus vidas en el exterior, en alguna de las dos grandes ciudades que había en cada orilla.

    Y así, a la manera de una pesadilla, para las gentes que habitaban en las márgenes del río, las salas y los túneles de la fría vida que palpitaba bajo las furiosas aguas eran demasiado abe-rrantes como para tomarlos en serio, pero lo bastante espantosos para especular sobre su existencia, descartarla en seguida, volver a especular, descartarla de nuevo y desgarrar así las telarañas que se aferraban a la mente.

    ¿Cuáles eran los pensamientos de aquellos que vivían y dormían en la fortaleza bajo el agua? ¿Estaban aquellos ladrones o poetas destrozados? ¿Estaban aquellos fugitivos afectados por algún estigma? ¿Estaban celosos o asustados del mundo? ¿Cómo se habían congregado todos ellos en aquella región crepuscular? ¿Qué tenían en común para necesitar de la pre-sencia de los demás? Sólo la esperanza. Una esperanza vacilante como una luz en la marisma; como un sol apagado; como una hoja flotante.

    De pronto, muy cerca, el sonido áspero e inesperado de alguien afilando metal surgió en un terrible contraste con el suave plop plop plop del agua que goteaba desde arriba.

    A lo lejos, un furioso sonido se quebró en fragmentos que resonaron un buen rato por las huecas mazmorras.

    Alguien, en algún lugar, estaba ajustando la llama de una linterna y, por un rato, la luz jugó erráticamente en la oscuridad, resaltando grupos escogidos de figuras a diferentes distancias, grupos como montecillos de diferentes alturas, algunos piramidales, otros irregulares, cada uno con una vida y Una forma propias.

    Antes de que la portezuela de la linterna quedara por fin asegurada, el haz de luz se había detenido en un grupo de personas. Durante largo rato éstas habían permanecido en silencio; bajo la luz del color de una magulladura que pendía sobre ellas, arrojando ese resplandor que hace pensar en el crimen. Bajo esa luz, hasta la sonrisa más afable parecía cadavérica.


    CUARENTA Y NUEVE


    El señor Congrejo estaba tumbado en un catre, con la frente arrugada por horas de pensamientos semiinconscientes: su rostro inexpresivo y especulador estaba dirigido al techo oscuro y sin embargo reluciente, donde la humedad se congregaba y colgaba en cuentas que se hinchaban como fruta y caían al suelo cuando estaban maduras.

    ¿Qué veía este hombre entre las sombras por encima de su cabeza? Algunos, en su lugar, hubieran visto batallas, las grandes mandíbulas de carnívoros o paisajes de infinito misterio e invención, con puentes y profundos abismos, bosques y cráteres. Pero Congrejo no veía nada de todo esto. En las sombras él no veía nada salvo perfiles de sí mismo, uno detrás de otro.

    Estaba tumbado en silencio, con los brazos por fuera de la manta gruesa y roja que lo cubría. A su izquierda estaba Tirachina, sentado en el borde de un cajón, con las rodillas bajo el afilado mentón y éste apoyado en las rótulas. Llevaba puesta una gorra de lana y, al igual que el señor Congrejo, llevaba un rato en silencio.

    Al pie de la cama, encorvado como un cóndor junto a sus crías, Rapiño cocinaba, removiendo una especie de masa de espantosa fibra gris en una olla de cuello ancho, silbando entre dientes. El sonido de esta ocupación meditabunda pudo oírse durante uno o dos minutos resonando levemente a lo lejos, hasta que otro centenar de sonidos se levantaron para silenciarlo.

    El señor Congrejo estaba recostado, no en unas almohadas o un soporte de paja, sino en unos libros; y cada tomo era el mismo volumen, con su lomo gris oscuro. A su espalda, amontonados como una pared de ladrillos, estaban los llamados «recordatorios» de una historia épica escrita hacía mucho, olvidada hacía mucho, excepto por su autor, porque la obra de su vida yacía pegada a su espalda.

    De los quinientos ejemplares impresos treinta años atrás por una editorial que había quebrado hacía una eternidad, sólo se habían vendido doce.

    Alrededor de su lecho se elevaban trescientos volúmenes idénticos... como paredes o murallas que lo protegían de... ¿de qué? Y había más debajo de la cama, juntando polvo y lepismas.

    El hombre yacía con su pasado junto a él, sobre el mismo, que también le servía de almohada: su pasado, repetido quinientas veces, cubierto de polvo y lepismas. Su cabeza, como la de Jacob en la famosa piedra, descansaba sobre los volúmenes de aliento perdido. La escalera de su miserable cama se elevaba hacia el cielo. Pero allí no había ángeles.


    CINCUENTA


    — ¿Qué diablos hace? —preguntó Congrejo con voz profunda, mucho más imponente que nada de lo que tuviera que decir—. He visto cosas repugnantes en mi vida, pero la comida que está haciendo es lo más nauseabundo que puedo recordar, señor Rapiño.

    El aludido apenas se molestó en volverse. Aquello formaba parte de la rutina diaria. Hubiera faltado algo si Congrejo se hubiera olvidado de insultar a su amigo encorvado y huesudo, que siguió removiendo el contenido de la olla de latón.

    — ¿A cuántos de nosotros habrá matado usted en su día? —musitó Congrejo, descansando de nuevo la cabeza en la almohada de libros y haciendo que una nube de polvo se levantara hacia la luz, formando nuevos cielos, nuevas constelaciones—. ¿Eh? ¿Eh? ¿A cuántos ha mandado a su lecho de muerte con su desafortunado veneno?

    Incluso Congrejo se cansaba a sí mismo con sus bromas pesadas, así que cerró los ojos. Como de costumbre, Rapiño no contestó. Pero Congrejo estaba satisfecho. Sentía una gran necesidad de compañía, incluso más que la mayoría, y hablaba únicamente para demostrarse a sí mismo que sus amistades eran reales.

    Rapiño lo sabía y de vez en cuando volvía sus facciones aguileñas hacia el viejo poeta y levantaba la seca comisura de sus labios en una sonrisa aburrida. Este árido saludo significa-ba mucho para Congrejo. Formaba parte del día a día.

    —Oh, Rapiño —exclamó la figura yaciente de Congrejo—, su sequedad es como un zumo para mí. Le aprecio más que a las galletas. Usted no tiene emociones frescas. Está seco, ami-go mío; tan seco que me arruga. No me deje nunca, viejo amigo.

    Rapiño volvió los ojos a la cama, pero en ningún momento dejó de remover su caldo gris.

    —Hoy está muy hablador —dijo—. No se exceda.

    El tercer componente de aquel trío, Tirachina, se puso en pie.

    —No sé ustedes —dijo, dirigiéndose al espacio que había entre Rapiño y Congrejo—, pero yo estoy lleno de pesar.
    —Siempre lo está —repuso Congrejo—. A esta hora. Como yo. Nuestro eterno dilema. ¿Es mejor pasar hambre o comer las gachas de Rapiño?
    —No, no, no me refiero a la comida —dijo Tirachina—. Es mucho peor. Verán, yo perdí a mi mujer. La dejé atrás. ¿Hice mal? —Alzó el rostro al techo que goteaba. Nadie contestó—. Cuando huí de las minas despiadadas —dijo cruzando los brazos—. Cuando los días y las noches eran de sal y tenía los labios resecos y agrietados por la sal, y el sabor de ese vil elemento era como un cuchillo en mi boca y una muerte blanca más terrible que cualquier oscuridad del espíritu... cuando... escapé, juré que...
    —Que pasara lo que pasara jamás se quejaría de nada, porque no podía haber nada tan terrible como las minas —acabó por él Congrejo.
    —Vaya, ¿cómo sabe todo eso? ¿Quién ha estado...?
    —Lo hemos oído un montón de veces. Nos lo cuenta con frecuencia —aclaró Rapiño.
    —Lo tengo siempre en la cabeza, y me olvido.
    —Pero huyó. ¿Por qué quejarse de su liberación?
    —Estoy tan contento de que no puedan atraparme. Oh, no dejen que vuelvan a llevarme a las minas de sal. Hubo un tiempo en que coleccionaba huevos; y mariposas... y mariposas nocturnas...
    —Empiezo a tener hambre —anunció Congrejo.
    —Antes me aterraba pasar la noche solo; pero con el tiempo, cuando por diversas razones me vi obligado a abandonar la casa y pasar la noche con otras personas, empecé a ver aque-llas noches solitarias como momentos de exaltación. Siempre ha sido mi deseo volver a estar solo y beber del silencio.
    —Pues a mí no me gustaría estar solo en este sitio —confesó Congrejo.
    —No es un lugar agradable, eso es cierto —convino Tirachina—, pero llevo once años aquí, y es mi único hogar.
    —Hogar —terció Rapiño—. ¿Qué significa esa palabra? La he oído en algún sitio. Espere... ahora me acuerdo... —Había dejado de remover—. Sí, ahora me acuerdo... —Su voz era chillona y quebradiza.
    —Bueno, oigámoslo —dijo Congrejo.
    —Se lo diré —dijo Rapiño—. Hogar es una habitación bañada por la luz de la chimenea; y hay libros y cuadros. Y cuando la lluvia susurra y caen las bellotas, se ve un dibujo de hojas contra las cortinas. Hogar es donde estaba seguro. Hogar es de lo que huí. ¿Quién ha dicho hogar? ¿Quién lo ha dicho?

    Con los labios apretados, Rapiño, que se preciaba de su autocontrol y despreciaba la emotividad, se puso en pie con un brinco furioso de disgusto, tropezó al tratar de marcharse y volcó la sopa gris, que se derramó debajo de la cama de Congrejo.

    Este incidente hizo que dos individuos que pasaban cerca de allí se detuvieran.

    Uno de ellos ladeó la cabeza escorbútica como un pájaro y le dio un codazo a su compañero, con tanto ímpetu que hubiera podido romperle una de las costillas flotantes.

    —Me ha hecho daño —gruñó su camarada.
    — ¡Calle! —dijo su irritante amigo. Volvió la mirada a Congrejo y Tirachina, que tenían una expresión tan ceñuda que parecía que llevaran el nido de un pájaro sobre la frente.

    Tirachina se puso en pie y dio unos pasos hacia los recién llegados. Luego alzó el rostro hacia el techo oscuro.

    —Cuando escapé de las minas de sal —dijo—. Cuando los días y las noches eran de sal y tenía los labios resecos y agrietados por la sal y el sabor de ese vil elemento...
    —Sí, amigo... ya lo sabemos —dijo Congrejo—. Siéntese y estése calladito. Y ahora deje que pregunte a estos dos caballeros si les interesa la literatura.

    El más alto de los dos, un individuo de largas extremidades con el pelo muy corto y un pañuelo del color de la hierba, se puso de puntillas.

    — ¡Interesados! —exclamó—. Prácticamente yo mismo soy literatura. Pero sin duda ya lo sabe. Después de todo, mi familia no carece precisamente de lustre. Como ya sabrá, somos mecenas del arte, y llevamos siéndolo cientos de años. De hecho, dudo que la literatura de nuestro tiempo pudiera llegar a ver la luz sin la inspirada orientación de la familia Zorruz. Piense si no en las grandes obras que jamás la hubieran visto sin el patrocinio de mi abuelo. Piense en las obras de Morzch en general, y sobre todo en su obra maestra, Chis; y piense cómo le ayudó mi madre a salir del caos y encontrar una límpida visión de...
    —Oh, cierre el pico —dijo una voz—. Usted y su familia me ponen enfermo.

    Era Congrejo quien, rodeado por y encajonado entre los cientos de ejemplares no vendidos de su fallida novela, sentía que si alguien tenía que juzgar, no sólo la literatura, sino también todo lo que sucedía entre los sórdidos bastidores, ése era él.

    —Zorruz, desde luego —siguió diciendo—. Usted y su familia no son más que unos buitres del arte.
    —Vaya —dijo Zorruz—. Eso no es muy justo, ¿sabe? No todos podemos ser creativos, pero la familia Zorruz siempre...
    — ¿Quién es su amigo? ¿Él también es un buitre? —dijo Congrejo, interrumpiéndolo—. No importa. Rapiño ha huido. En su día él me ayudó a aplacar la emoción. Pero ahora se desvanece en un mar de sentimiento. Me ha fallado. Necesito un amigo cínico, viejo. Un cínico que me dé estabilidad. Siéntese, por favor. ¿Su amigo también es un Zorruz? Como ve, me he moderado. No puedo tener enemigos, no por mucho tiempo. Pero es que cuando veo mis libros me pongo furioso. Al fin y al cabo, ahí es donde está la sangre de mi corazón. Pero ¿quién los lee? ¡Contésteme a eso!

    Tirachina se puso en pie, como si se hubiera dirigido a él.

    —Dejé atrás a mi esposa —dijo—. En la periferia del casquete polar. ¿Hice bien?

    Y golpeó el suelo mojado de ladrillo con el talón, haciendo saltar un poco de agua.

    Pero como nadie le miraba, perdió fuelle. Se volvió y se dirigió al autor.

    — ¿Sigo yo con el caldo? —preguntó.
    —Sí, si es eso lo que es —dijo Congrejo—. Hágalo. En cuanto a ustedes, caballeros, acompáñennos... coman con nosotros... sufran de un fuerte dolor de estómago con nosotros... y luego, si es necesario, mueran con nosotros como amigos.


    CINCUENTA Y UNO


    En aquel mismo instante, cuando Congrejo estaba a punto de desahogarse... con Rapiño desaparecido... Tirachina pensando en explayarse sobre el tema de las minas de sal, Zorruz pensando en sacarse un afilado cuchillo del cinturón y su amigo a un tris de ponerse a remover lo que quedaba de la pastosa fibra gris de la olla... en ese mismo instante hubo una pausa, un silencio y, en el corazón preñado de ese silencio, pudieron oír otro sonido, el golpeteo apagado de las patas de unos perros.

    El sonido procedía del territorio negro y hueco que se extendía hacia el sur en el panal de celdas de piedra del Subrío; el sonido se hizo más fuerte.

    —Ahí están otra vez —dijo Congrejo—. Qué exquisitos, y no me malinterpretéis.

    Los otros no contestaron, permanecieron inmóviles, esperando a que aparecieran los perros.

    —Se ha hecho más tarde de lo que pensaba —dijo Zorruz—. Oh, miren, miren...

    Pero no había nada que ver. Sólo era una sombra que se había movido y una tenue luz sobre los ladrillos saturados. Los perros aún estaban a una legua o más de distancia.

    ¿Por qué estaban aquellos hombres con las cabezas ladeadas tan impacientes por ver la aparición de los sabuesos? ¿Por qué estaban tan concentrados?

    En el Subrío siempre era así, porque los días y las noches podían ser insoportablemente monótonos; tan largos, tan aburridos que si alguna vez sucedía algo de verdad, incluso cuando ya lo esperaban, la oscuridad parecía momentáneamente traspasada, como si un pensamiento hubiera atravesado un cráneo muerto, y el suceso más trivial adquiría proporciones prodigiosas.

    Pero entonces, mientras otras figuras salían de la penumbra, siete sabuesos llegaron por el sur acercándose con rapidez.

    Eran excepcionalmente delgados, con las costillas muy marcadas, pero no estaban enfermos. Iban con las cabezas bien altas, como para recordar al mundo un orgulloso linaje, y en-señaban los dientes como recordatorio de algo menos noble. Sus lenguas colgaban de un lado de sus bocas. Sus cráneos estaban cincelados. Y jadeaban; con las narices dilatadas, los ojos brillantes. Eran siete, pero ya habían desaparecido, incluso su sonido, y la noche volvió a crecerse.

    ¿Dónde se han metido estos cuadrúpedos de aliento caliente? Han desaparecido en el bosque de columnas. Han llegado a un lago de diez centímetros de profundidad y kilómetro y medio de largo donde sus patas chapotean sobre las aguas poco profundas y sombrías. La espuma los rodea mientras galopan, y forman un grupo tan compacto que parecen una sola criatura.

    En el extremo más alejado de este extenso manto de agua, el suelo se elevaba ligeramente y estaba relativamente seco. Adornando la pendiente iluminada por las luces, había pequeñas comunidades similares al grupo que tenía como centro yaciente a Congrejo. Similares pero no iguales, pues en cada cabeza anidan sueños dispares.

    Y así, velozmente, pasando entre grupos iluminados aquí y allá por las lámparas, de pronto aquel conglomerado canino, sin avisar, dobló la velocidad hasta llegar a una zona donde había más luz de la que es habitual bajo el río. Montones de lámparas colgaban de los enormes pilares, sujetas con ayuda de clavos, o estaban colocadas en algún saliente, y fue bajo uno de estos conos de luz donde los perros se detuvieron y levantaron sus cabezas al techo que goteaba, y aullaron simultáneamente. A esto un hombre alto, con una cabeza minúscula y descarnada como la de un pájaro, salió de la penumbra manchada de luces, con un delantal blanco manchado de sangre, porque portaba siete chuletas de caballo. Cuando se acercó, los perros se estremecieron.

    Pero no les dio la carne en seguida. Levantó aquellas chuletas aún chorreando sangre por encima de su cabeza, donde brillaron con un rojo fantasmagórico, incluso luminoso. Luego, formando un círculo perfecto con la boca, silbó, y en el silencio el eco le respondió. Al cuarto eco, arrojó las chuletas rojas al aire. Uno tras otro los sabuesos saltaron para atrapar su parte, la aferraron entre los dientes y entonces, volviendo sobre sus pasos, echaron a correr con la cabeza muy alta y atravesaron la gran lámina de agua y desaparecieron en la húmeda oscuridad.

    El hombre con cabeza de pájaro se limpió las manos en el delantal y metió los brazos hasta el codo en un barreño de agua tibia. Más allá, siete metros hacia el oeste, había una pared cubierta de helechos malolientes, y en esta pared había un portal con forma de arco. Del otro lado de esta puerta había una habitación iluminada por seis lámparas.


    CINCUENTA Y DOS


    Aquí, en esta cámara llena de helechos colgantes, decorada con espejos agrietados y rotos para que reflejen la luz de las lámparas, hay un grupo de personas. Algunas, recostadas en sofás mohosos, otras, muy erguidas en sillas de mimbre, aún otras, sentadas a una mesa en el centro.

    Hablan desordenadame