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    PARAÍSO INHABITADO (Ana María Matute)

    Publicado el miércoles, agosto 03, 2016
    1


    Nací cuando mis padres ya no se querían. Cristina, mi hermana mayor, era por entonces una jovencita displicente, cuya sola mirada me hacía culpable de alguna misteriosa ofensa hacia su persona, que nunca conseguí descifrar. En cuanto a mis hermanos Jerónimo y Fabián, gemelos y llenos de acné, no me hacían el menor caso. De modo que los primeros años de mi vida fueron bastante solitarios.

    Uno de mis recuerdos más lejanos se remonta a la noche en que vi correr al Unicornio que vivía enmarcado en la reproducción de un famoso tapiz. Con asombrosa nitidez, le vi echar a correr y desaparecer por un ángulo del marco, para reaparecer enseguida y retomar su lugar; hermoso, blanquísimo y enigmático.

    Nunca supe por qué razón el Unicornio había intentado escapar del cuadro y durante mucho tiempo me intrigó, y aun me atemorizó un poco. Por aquellos días yo no debía de tener más de cinco años —quizá sólo cuatro—, pero ese recuerdo tiene un lugar relevante entre los primeros de mi vida. A veces, los recuerdos se parecen a algunos objetos, aparentemente inútiles, por los que se siente un confuso apego. Sin saber muy bien por qué razón, no nos decidimos a tirarlos y acaban amontonándose al fondo de ese cajón que evitamos abrir, como si allí fuéramos a encontrar alguna cosa que no se desea, o incluso se teme vagamente.

    Más o menos por aquellos tiempos en que vi echar a correr al Unicornio, fui enterándome, poco a poco, de que había nacido a destiempo. La primera noticia concreta la tuve durante mis prolongadas escuchas bajo la mesa del cuarto de la plancha. Junto a la cocina y el antiguo cuarto de jugar —ahora convertido en cuarto de estudio, porque Jerónimo y Fabián estudiaban allí, y aparentemente ya nadie jugaba en aquella familia— eran mis espacios habituales.

    Las personas más cercanas a mí eran precisamente las que los frecuentaban y ocupaban: Tata María y la cocinera Isabel. Escondida debajo de la mesa de la plancha, escuchaba sus conversaciones, a menudo tan misteriosas que, cuando hablaban del mundo y la vida en general, me despertaban innumerables preguntas, pero si se referían a mí resultaban muy claras. De este modo tuve el temprano conocimiento de que había nacido tarde y en el momento menos oportuno para la familia.

    —Ésta no ha tenido la suerte de sus hermanos, pobrecilla —murmuraba Isabel, siempre sentimental, mientras recogía y guardaba alguna cosa. Tata María se limitaba a levantar los ojos al techo y, de cuando en cuando, acompañado de un golpe de plancha, murmurar algo ininteligible.
    A pesar de todo, mis primeros años no fueron desgraciados. Incluso me atrevo a decir que fueron más felices que los de algunos niños nacidos en circunstancias más favorables. Entre otras cosas, yo ya me había fabricado un mundo propio, donde vivía sumergida en algún elemento nebuloso, y a veces extraordinariamente cálido, con la calidez que —por lo oído bajo la mesa de la plancha— me había sido de algún modo regateada. Esconderme bajo aquella mesa —aun con el convencimiento de que las dos mujeres sabían, o sospechaban, mi presencia— no era el único de mis refugios. No puedo recordar exactamente cuándo empecé a saltar de la cama y recorrer el mundo nocturno de la casa. Suponía a todos dormidos. Y lo estaban, o no estaban, o estaban en algún lugar muy alejado de mí. Pero la casa, no. La casa despertaba precisamente entonces.

    Tata María, y la cocinera Isabel, me habían leído, la primera, y contado, la segunda, muchos cuentos. Los libros desechados ya por mis hermanos fueron, primero en sus labios y poco más tarde leídos por mí misma, lo más revelador y dichoso de mi primera infancia. Y no es extraño —o no lo era entonces— que en alguna de aquellas correrías nocturnas, descalza y en camisón, viera una bandada de príncipes cisnes —once, exactamente— volar cielo arriba, o escuchara suavemente, entre el vaivén de las cortinas de mi ventana, la llamada de un conocido caramillo.

    Cristina me había aceptado a regañadientes en su cuarto. Casi lloró pidiendo que no la obligaran a compartir sus cosas con las mías (yo no tenía nada, excepto el osito Celso). Y mamá dijo que Cristina tenía razón: ella era una mujercita, y yo, un «gorgojo». Así que por aquellas noches ya tenía un dormitorio propio, claro que mucho más pequeño que el que hasta entonces había compartido con Cristina. Era una habitación, no en la llamada parte «noble» de la casa, sino en la zona del cuarto de estudio, el de las Tatas, el de la plancha, la cocina... En fin allí donde yo me movía libremente y sin temor. Se trataba de un cuarto pequeño, con una ventana de cortinas azules y amarillas, y gruesos visillos blancos, con un casi invisible zurcidito en una esquina, que había cosido Tata María. Cuando se corrían los visillos, se podía apreciar, en su amplitud, el patio interior que tanta importancia tuvo para mi primera infancia, y mis recuerdos. No era precisamente un jardín encantador, era un espacioso patio interior con el suelo cubierto de lositas hexagonales de color gris. Al fondo del portal de la casa, había una puerta grande que sólo se abría para dar paso a ese patio y al garaje —minigaraje—, donde guardaban los dos o tres únicos coches de los vecinos de la casa. En una plaquita dorada, de otros tiempos, aún se leía: «ENTRADA DE CARRUAJES».

    Cuando me asomaba a la ventana de mi cuarto, contemplaba el ir y venir de los chóferes. Entre ellos estaba Paco, mi primer amigo, porque fue la primera persona con la que entablé conversación fuera de la familia. Visto desde mi ventanita, Paco era un hombre para mí gigantesco, que calzaba botas altas, como si fuera a montar a caballo. Era mi amigo, porque él me llamaba su novia, y me lanzaba besos con la mano.

    También consideraba amigo mío al farolero, aunque jamás había cruzado una palabra con él, pero en mis escapadas al salón, le veía desde el balcón, allá abajo. En los atardeceres iba encendiendo, con una larga pértiga, llamitas azuladas, temblorosas, dentro de sus fanales. Era un hombre bajito, vestido de azul marino, con gorra adornada de una cinta roja, a quien nunca vi la cara, porque en la ciudad era siempre otoño, o invierno, y a esas horas ya no se veía con claridad lo que ocurría más allá de los balcones. Eran precisamente los balcones del llamado Salón —nombrado así, con cierto deleite en boca de Tata María y la cocinera Isabel— allí a donde yo acudía, noctámbula y rodeada de una niebla cálida que sólo transparentaba cuanto yo deseaba ver, y jamás he vuelto a recuperar. Ahora la niebla sólo es niebla, conocida y húmeda, fría y casi desprovista de misterio.

    Pero no entonces.


    Entonces, el mundo empezaba cuando yo saltaba sigilosa de la cama, me asomaba a la puerta y vigilaba cautelosamente el largo pasillo que conducía a la otra puerta, la que me llevaría a la habitación más misteriosa de la casa: el salón, tan respetado por las dos mujeres que componían, entonces, lo más parecido a mi familia, y, para mí, el umbral del mundo en que realmente vivía. La noche era mi lugar, el que yo me había creado, o él me había creado a mí, allí donde yo verdaderamente habitaba. Despertar en la noche, adormecer en la mañana, y aquel vivir a contrapelo, fue quizá la razón de la tenue felicidad que me salvó de cosas como saber que nunca fui deseada, de haber nacido a destiempo en una familia que había ya perdido la ilusión y la práctica del amor.

    Al salón se llegaba cruzando el pasillo. Cuando se atravesaban las puertas encristaladas que conducían a la zona donde el parquet se enceraba y cubría a trechos por gruesas alfombras. Aquellas alfombras (aún hoy soñadas) donde se hundían a placer los pies descalzos. A veces yo creía que el pasillo era un río, y que por él se deslizaban barcos de papel de periódico, como los que hacía a veces Tata María, cuando yo era aún muy pequeña, con las páginas de los ABC atrasados. Y en uno de aquellos barcos, llenos de sucesos y anuncios, yo navegaba, con un dedo sobre los labios para imponer silencio a todas las invisibles y visibles criaturas que me acompañaban o espiaban en la travesía. La oscuridad no era total, como en el dormitorio. Apenas se cruzaba la puerta encristalada empezaba la noche de las luces apagadas y las luces que se encienden de trecho en trecho, a veces repentinamente; un súbito cuadro de luz amarilla sobre el suelo, que poco después desaparecía; y un poco más allá, el reflejo de la luna en algún objeto cristalino. Hasta llegar al otro lado de la puerta en vaivén, como las de las películas de vaqueros, pero de cristal. Y empezaba mi noche, con el salón y las llamitas que había encendido mi amigo el farolero y teñían los visillos de un tenue resplandor azul.

    El salón era, quizá, la habitación más importante de la casa. Yo desembarcaba a sus puertas y lo contemplaba temiendo, con el golpeteo de mi corazón, que llegara uno de aquellos altos y extraños seres Gigantes que me atemorizaban —entre los que se contaban también, pese a mí misma, papá y mamá— y me devolvieran al temible reino del sol. El desapego de los Gigantes favorecía, de todos modos, el éxito de aquellas incursiones nocturnas. Si no tenía acceso a sus vidas, ellos no la tendrían a la mía: y la mía era infinitamente mejor. Eso me parecía entonces (y aún puedo afirmar ahora, cuando estoy a punto de decir adiós a cuanto me rodea y me rodeó). No puedo permitirme el disimulo ni la falsedad, porque estoy recuperando recuerdos, retazos de un barco de papel arrinconado al fondo de un cajón que nunca tuve valor para abrir.

    Acostumbraba a instalarme agazapada bajo un sofá de altas patas torneadas, hermoso e incómodo —como casi todo lo hermoso—. No era un espionaje, más bien un refugio.

    Se trataba de la más espaciosa de las habitaciones. Para mí, entonces, tan enorme como lo eran sus muebles y todo cuanto allí se acumulaba. A menudo tomaban formas de animales o montañas, y hasta cascadas, que caían suavemente y sin ruido sobre los dibujos de la alfombra. Olía de un modo especial, distinto al resto de la casa. Yo le llamo ahora «olor al salón», una mezcla de olor a alfombra calentada por los radiadores, y a cera de parquet, y a madera de caoba. Del techo colgaban dos grandes lámparas, como árboles de cuyas ramas, en lugar de hojas, nacían cristales. Reflejaban estrellitas móviles, como si tuvieran vida y su vida fuera el resplandor que emanaba de allá abajo, de la acera donde, a su vez, otras llamitas azules temblaban en sus fanales.

    Tata María y la cocinera Isabel sentían un respeto casi reverencial hacia aquellas dos lámparas a las que, ante mi desconcierto, llamaban «arañas». La única araña que yo había visto apareció un día en el cuarto trastero, junto a la cocina. Fue una verdadera conmoción en el mundo en que yo me movía (la cocina, el cuarto de plancha, la despensa). Apareció provocando gritos histéricos. Ante mi asombro, Tata María, siempre tan seria y mesurada, se subió a una silla, sofocando gritos con la mano sobre la boca, hasta que Isabel mató a la araña de un palmetazo. Era un animal pequeño, negro y peludo, que me despertó más curiosidad que asco y, finalmente, una cierta compasión. Isabel recogió en un papel lo que quedaba de ella y lo tiró a la basura. Así que poca cosa tenía que ver con las dos lámparas que tanta admiración, y hasta veneración, despertaban en las dos mujeres. Cosas como éstas contribuían a aumentar día a día la distancia que me separaba del mundo de las personas mayores: Gigantes lejanos, impredecibles y un poco ridículos.


    No sé si los cristales—hojas de aquellas lámparas—arañas tenían vida propia, pero lo cierto es que yo creía oír un tintineo lejano y misterioso entre sus ramas, y que los fulgores que de unas a otras iban comunicándose formaban parte de alguna conversación, en un idioma que aún yo no conocía, pero estaba a punto de aprender. Había también un reloj, dorado, con la esfera de porcelana blanca y dibujos azules rodeada de brillantes falsos, que me atraía especialmente, por asociarlo a uno de los inapreciables tesoros que mencionaban los cuentos, aún leídos por la Tata o contados por Isabel, con que se nutría mi imaginación. A través de los cristales, visillos y cortinas que impedían la visión de la calle, la calle estaba ahí abajo, muy próxima, porque vivíamos en un entresuelo, que entonces se llamaba principal, y quizá ahora también. Cuando me deslizaba suavemente sobre la alfombra y llegaba a uno de aquellos dos balcones que se abrían al mundo exterior, descorría los visillos y me asomaba al de los faroles y el farolero. Enfrente, al otro lado de la calle, veía la pared de ladrillos rojos que bordeaba los jardines de la iglesia—convento de la Milagrosa, adonde me llevaba la Tata los domingos. Por encima de la tapia, sobresalían las copas de los árboles y, cuando hacía viento, veía y oía su balanceo nocturno, como una voz que quisiera comunicar algo a alguien en alguna parte, en algún tiempo. Sentía entonces un leve escalofrío, no sé aún si de temor o de placer, sobre todo en las noches de luna, como aquella en que vi echar a correr al Unicornio. En los cuentos de Andersen, el gran cómplice de mis primeros años, había aprendido que las flores tenían su lenguaje, sus bailes nocturnos, donde reinaban, y poco después languidecían hasta acabar en la basura. Pero sobre todo, aprendí que existía un lenguaje secreto, un lenguaje al que yo tenía acceso. Un día en que nos visitó la tía Eduarda, oí decir a mamá, preocupada: «Esta niña no habla... es un tormento conseguir que diga una sola palabra», y Eduarda —no le gustaba que la llamáramos tía, sólo Eduarda— le contestó: «Mejor para ella». Me miró por primera vez, con sus grandes ojos azules, parecidos o quizá iguales a los del Unicornio, y añadió: «Tendrá otro lenguaje». Con otro lenguaje, y sabiendo que las flores marchitas pueden resucitar en la noche, y también cuentan sus historias las tazas, los tenedores, las agujas de zurcir y las sartenes, recalaba yo, en mi barquito de papel de periódico, hasta la gruta bajo el alto e incómodo sofá, donde me permitían ver, oír y oler todas aquellas criaturas que fingían no verme, pero me querían. O así me gustaba creerlo. Ya, tiempo atrás, un par de estatuillas, una blanca, la otra negra, me habían hecho señas. A veces levantaban la mano y la agitaban como un saludo, otras sonreían. Y, cosa rara, sonreía más la oscura, aquella a la que apenas podía ver la cara. Pero sobre todas estas cosas, había como un viento bajo, secreto, que avanzaba conmigo a ras de suelo, rozando la alfombra, hacia los balcones: como cuando en otoño oí crepitar las hojas caídas, bajo las pezuñas del Unicornio. Todavía no había estado nunca en un bosque y, sin embargo, lo presentí, tal como fue años después: cuando ya leía, y no sólo escuchaba historias de labios de María o Isabel, sino que podía levantarlas yo misma de entre las páginas de aquellos libros que tanta importancia tuvieron para mí.

    Allí, bajo el sofá, o bajo cualquier otro mueble donde pudiera ovillarme, asistía a ecos, susurros y chispazos de luz que iban comunicándose, unos a otros. Una conversación entre destellos que yo, poco a poco, iba entendiendo. Sí, existía otro lenguaje, y era el mío. Eduarda tenía razón.

    Aunque también, en ocasiones, hacía, precipitadamente, la travesía a la inversa: cuando oía conversaciones de Gigantes en el salón, con las arañas encendidas, las cortinas cerradas, ruido de copas y extrañas y casi sofocadas risas que para mí, entonces, eran únicamente sonidos guturales, ligeramente punzantes. Recuerdo ahora algo que entonces no sabía: yo, en mi primera infancia, además de no hablar no me reí nunca. Ignoraba lo que era la risa, y la verdad es que también a mis hermanos Jerónimo y Fabián tardé mucho en oírles reír. Ni siquiera cuando llegaban del colegio, entraban en el cuarto de estudio y vaciaban las carteras encima de la mesa. Ceñudos, incómodos consigo mismos, ya no demasiado niños ni todavía hombres, en esa tierra de nadie que se llama adolescencia. Se enfrascaban en sus libros, rodaban lápices, se abrían y cerraban cuadernos, intercambiaban frases, preguntas, y a veces, se levantaban y se enzarzaban en un simulacro de pelea —que acababa siempre sin vencido ni vencedor— y retornaban a sus estudios. O así lo parecía, de nuevo rodeados de lápices, cuadernos, gomas de borrar y algún que otro sacapuntas de hoja demasiado gastada. Pero nunca, entonces, les oí reírse. Cristina, por supuesto, quedaba muy lejos de estas cosas, encastillada en su habitación. Y sonreía.

    Pues bien, cuando había risas en el salón, y las luces amarillas en las arañas ya no eran chispazos de luz comunicándose mensajes entre sí, sombras y reflejos reproducidos misteriosamente en el techo o en la pared, palabra silenciosa, lenguaje secreto, entonces, como dije, hacía la travesía al revés, daba la vuelta a mi barco de papel, con sus noticias de jarabe para la tos, aceite de hígado de bacalao, píldoras para aumentar los senos y Cerebrino Mandri, y me dirigía a la cocina, porque sus habitantes de carne y hueso, ya ni siquiera se reían, dormían profundamente, e incluso podía oírse el zumbido de algún que otro ronquido a través de la puerta del llamado cuarto de las Tatas. Y en la cocina, también existía otro retazo del mundo en que yo habitaba. Andersen me había dicho que las tazas, las teteras, los tenedores y hasta las sartenes tienen también su vida nocturna. Me asomaba a la alacena, y creía escuchar la afónica voz, lastimera y resentida de la vieja tetera cruzada por una grieta apenas visible, pero que anunciaba su rotura inminente. Y oía las quejas de las cucharillas y tenedores mezclados al tuntún en el cajón más variopinto de la cocina: allí donde iban a parar todos los desparejados, derrotados soldados de alguna perdida batalla contra el tiempo, retirados ya para siempre del comedor de los Gigantes. Lloraban, por sentirse separados de algún compañero o amigo que habían creído inseparable, y yo oía su llanto. Y recuerdo muy bien una cucharilla puesta a secar en una taza, por la que se deslizaba una lágrima como una diminuta estrella, tan despacio que parecía que no acababa de caer. También el grillo despertaba, las noches de verano, en su diminuta jaula, junto a los restos de una hoja de lechuga amorosamente colocada por Isabel. Y el vaso de cristal, al borde de la ventana, con su verde y exultante ramo de perejil. A veces, desde el patio de la cocina —no era como el de mi novio Paco—, me llegaba algún ruido. Por la abierta ventana, otra ventana de luz amarilla, se encendía en la pared de enfrente. Algún grifo goteaba. Luego, otra vez el silencio de la noche, con todo su esplendor, aquel que ponía al descubierto —por lo menos entonces y para mí— los mil mundos ocultos de la casa y quizá de todas las casas.

    Y así fue como una noche vi echar a correr al Unicornio. Fue, una carrera fugaz, como los destellos de cristal, hasta desaparecer en un ángulo del cuadro, seguido de un leve rumor de follaje pisoteado, y olor a hojas caídas. Al poco, regresó. Volvió a colocarse mansamente, bajo las manos de una mujercita rubia, que, según me parecía, lo contemplaba entre amorosa, divertida o estupefacta.

    Tengo muy presente aquella noche, porque precisamente a la mañana siguiente me vi cara a cara, por vez primera, en el mundo de los Gigantes. Quiero decir, que me llevaron al colegio del paseo del Cisne: Saint Maur.


    El colegio del paseo del Cisne había sido antes el colegio de Cristina. Fue esto lo primero que oí apenas crucé aquel umbral y subí sus escaleras. Tata María secó con la punta del delantal una lágrima de mi mejilla, me recomendó que fuera buena, que obedeciera siempre, y que cuando me pasara algo malo dijera el Jesusito de mi vida, pero que no haría falta, porque aquellas señoras eran muy buenas y muy santas y ya vería yo qué bien. Pero cuando nos separaron, de la mano de sor Monique, volví la cara y la vi que también se llevaba la punta del delantal a los ojos, y tenía la boca fruncidita, como aquellos calcetines que llevaba en una bolsa y zurcía junto a la merienda, cuando íbamos al parque, que entonces se llamaba Los Jardines del Museo. Porque había un museo, con un enorme esqueleto dentro, que se llamaba Mamut, y yo lo relacionaba, sin motivo ni sentido alguno, con la palabra mamá.

    En cuanto estuve sentada en la clase de párvulos, Madame Saint Genis —nada de sor, eso era para las tatas del colegio— se inclinó afectuosamente hacia mí, que estaba sentada en primera fila, en un pupitre doble —quiero decir que era para dos pero yo aún no tenía compañera— y, en tanto me invadía una vaharada indefinible, mezcla de incienso, velas y aliento a café con leche (seguramente acababa de desayunar), me comunicó que Cristina, la gran Cristina que me había arrojado de su dormitorio y me hacía sentir culpable de haber nacido, o por lo menos de haber nacido a destiempo, había sido una alumna ejemplar, intachable, piadosa, aplicada y dulce. Que esperaban de mí un comportamiento que no desentonara del de ella y que mi familia era muy querida por ellas. Yo tenía entonces cinco años.

    Lo que saqué en limpio de aquella conversación —mejor dicho, monólogo— fue una serie de preguntas. ¿Aplicada?, y me dije: ¿aplicada a qué? Hasta entonces esta palabra era muy concreta y específica. Por ejemplo, a una cataplasma que me habían puesto el año anterior, una vez que tosía mucho. Jerónimo y Fabián tenían pocas y brevísimas conversaciones conmigo pero mostraban hacia mí una cierta simpatía, o quizá ternura, que entonces yo no lograba apreciar. Una vez, viéndoles vaciar sus carteras sobre la mesa, les pregunté: «¿Cómo es el colegio?». Ellos se miraron, y Jerónimo me dijo: «¡Es el ejército!». Fabián añadió: «Es el ejército: tú formas parte de un batallón, y tienes capitanes, tenientes, generales...». Jerónimo se inclinó hacia mí, y por primera vez me acarició la cabeza.

    Pero yo no lo había olvidado, y poco después me encontré con mi teniente, o capitán, o general... Todas aquellas señoras que Tata María había calificado como buenas y santas. Y que todo iría bien.


    2


    Pero no fue todo bien. Y empezó una dura batalla por la defensa de mis escondites, de mis espacios y noches. Antes, sólo debía esconderme, ser cautelosa, deslizarme silenciosamente por el pasillo hacia las puertas que separaban la zona del parquet sin encerar al parquet encerado. Ahora debía ser infinitamente más precavida, porque llegaban a casa desde el colegio notas inquietantes, que mamá leía con el ceño fruncido. Antes, en alguna ocasión, me había llamado a su gabinete, donde había un tocador lleno de frasquitos de cristal y espejos que también retenían y lanzaban destellos, aunque no tenían significado para mí. Sólo eran reflejos, no mensajes, no palabras de luz, tenues, estallantes, diminutas estrellas, como en las noches del salón, debajo del sofá.

    Mamá tenía entre los dedos un papel, y llevaba puestas las gafas, lo que le daba un aire aún más severo:

    —Te he llamado porque aquí me cuentan que no te portas bien en el colegio. El primer día, te dormiste en la misa y, además, lloraste. Eso me extraña, porque yo estaba orgullosa de ti, precisamente porque eres una niña que no llora sin motivo. Además, no quisiste comer, y te escondiste debajo del pupitre. Me dicen que están sorprendidas de que a tu edad supieras el alfabeto, y que no te ha costado aprender a leer, pero que, por otra parte, no tienes ninguna disciplina, en el recreo no quieres jugar con las demás niñas, y apenas pueden arrancarte una palabra... a no ser durante las clases de lectura. ¿Qué tienes que decir sobre todas estas cosas?...

    Yo no tenía nada que decir sobre aquellas cosas, ni sobre ninguna otra cosa que tuviera que ver con los Gigantes. Si acaso, que toda mi preocupación era huir de ellos, o por lo menos, pasar desapercibida. Pero en mi compañía, era difícil pasar inadvertida por el capitán que me había caído en suerte. Se llamaba Madame Colette. Así que no dije nada y miré hacia otro lado, cosa que ponía de bastante mal humor a mamá.

    —Te estoy hablando, Adriana —dijo despacito. Por lo general nadie me llamaba Adriana, sino Adri, y este detalle me pareció ya de mal augurio. Así que murmuré, todo lo bajo y despacio que me fue posible:
    —Nada.

    Porque nada podía decir del frío que me había llenado de pronto el corazón de seis años —aún no cumplidos— cuando ya el primer día mi capitán me recibió diciendo: «Eres demasiado pequeña para esta clase... pero teniendo en cuenta que eres la hermana de Cristina, tendremos paciencia contigo». Era alta, tenía dedos grandes y huesudos que me clavó en los omoplatos, empujándome hacia mi asiento. Luego me miró desde lo alto. No creo que olvide nunca sus ojos gris pálido, con una diminuta punta de alfiler negro en su centro, y su boca seca, de labios estrechos, que repasaba a ratitos con su lengua para humedecerlos. Sin éxito.

    —No te pareces a Cristina... tú seguramente te pareces a papá, ¿verdad?

    Yo no sabía a quién me parecía. La verdad es que nunca he sabido a quién me parecía, si es que me parecía a alguien. Así que no dije nada, como tenía por costumbre.

    Como capitán, Madame Colette no era lo que se puede definir como amable, y también dejaba mucho que desear, porque no era valiente. Al segundo o tercer día de militar en su compañía, apareció un pequeñísimo ratón por debajo de la puertecita que daba acceso a un extraño híbrido de armario y cuarto trastero, inexplicablemente dentro de nuestra misma aula. Entonces, el falso capitán chilló como yo no había oído jamás chillar a nadie, se arremangó las faldas, y, pálida, desencajada, se subió encima de su mesa, hasta que vinieron unas sores y mataron a escobazos al pobre ratoncito que daba vueltas, muy asustado. Lo recuerdo con el corazón aún encogido, era tan pequeñito, tan frágil, y tan suave. Parecía repetirse la escena de la araña y Tata María. Creo que fue entonces cuando empecé a odiar a mi capitán. Era cobarde, malvado y estúpido, tres cosas que en los libros de Beau Geste —leídos poco más tarde, prestados por Jerónimo y Fabián— resultaban intolerables. Tiempos de ideales nobles, de estrellas en el salón, de palabras reflejadas en las paredes a través de la llamita azul de una farola, encendida por alguien que no conocía, y llamaba amigo mío. Aquella llamita, como una letra, o un signo, o un adiós para siempre.

    Cuando llegué a casa, aquella tarde, me creí con derecho a sentarme a la mesa del cuarto de estudio, con mi cuadernito de letras y mi Catón, y Jerónimo y Fabián me miraron con una mezcla de asombro y ternura —y en aquellos tiempos este sentimiento sólo puedo relacionarlo con María, Isabel y los gemelos—. Me atendieron, yo diría que casi solícitos, cuando dije:

    —¡Mi capitán no es capitán, es un cobarde!...

    Se miraron y luego Fabián me preguntó el porqué, y yo conté la historia del ratón. Entonces, por vez primera, les vi reír. Jerónimo me sentó en sus rodillas, y me dijo: «No es un capitán, y no manda una compañía, sino un pelotón». Los dos estallaron en risas que me dejaron completamente asombrada, porque jamás, jamás, ni antes ni después, he oído algo semejante en aquella casa. Y Jerónimo me acarició —por segunda vez— la cabeza, y dijo:

    —No te preocupes, aquí estamos nosotros para defenderte del cabo Colette —¡cómo había descendido en el escalafón!—, porque somos capitanes.

    Pero se reían tanto, que no me lo creí.

    (Muchos años más tarde, murieron los dos, cada uno en una trinchera enfrentada, creyendo, todavía, que luchaban contra aquellas palabras: cobarde, malvado, estúpido, como el Beau Geste de su infancia. Aquel Beau Geste que nunca existió.)


    De repente me di cuenta de que hasta entonces no me había sentido triste, porque ahora lo estaba. Poco a poco fue desmoronándose a mi alrededor la idea entre esperanzada e inquietante que había ido formándome sobre lo que sería mi entrada en el mundo desconocido, lo que significaba para mí el colegio del paseo del Cisne. Pronto hube de desechar cualquier suposición, Cisne incluido: no había tampoco ningún cisne, y día tras día fui constatando cómo el famoso ejército —no exento de cierto atractivo, en labios de mis hermanos, por lo desconocido— iba también diluyéndose en la nada. Degradé a todo el mundo: a capitanes, sargentos, y hasta cabos; todos soldados rasos. Y al final de aquel primer año, no quedó ni eso. Ya no había más ejército. Sólo unas señoras vestidas de negro, con largas colas que por exigencias del paso del tiempo —fueron diseñadas siglos atrás— recogían con un imperdible enorme en la cadera y las soltaban sólo en festividades memorables. En estas ocasiones, verlas desfilar en hilera hacia la capilla, atravesando el jardín, era como contemplar el paso de naves oscuras, mar adelante.

    Ya no sólo no había Beau Geste, también se habían vaciado las palabras, como copas boca abajo, aquellas que aún resonaban en mis oídos de labios de mamá: «Verás como te gusta el colegio, porque a ti te gusta escuchar y allí oirás cosas muy hermosas que harán de ti una niña tan buena como Cristina, y entonces todos podremos sentirnos muy orgullosos de ti». El tono levantaba la sospecha de que, en aquellos momentos, yo no era el orgullo de nadie. Y de pronto la idea de convertirme en alguien como Cristina me asombró. Yo no tenía noticias de las grandes virtudes de mi hermana mayor, ni siquiera la conocía, como poco a poco iba conociendo a Jerónimo y Fabián. Ser como Cristina, ése era mi destino. Pero también las promesas de mamá habían naufragado.

    No sólo no me parecía a Cristina, sino que, por lo visto, era todo lo contrario. Así que nadie iba a sentirse orgulloso de mí. Cosa que, por otra parte, me parecía bastante innecesaria, tanto como la mayoría de las palabras que oía, o mejor dicho, ya dejaba de escuchar para poder así regresar a la intimidad de mi lenguaje (tal como lo había calificado Eduarda). Empecé a recordar entonces a Eduarda con una tenue nostalgia. ¿Por qué razón no la veíamos más a menudo? Era la hermana mayor de mamá, y vivía lejos, en las tierras del norte, y según decía mamá —medio en broma, medio en serio—, «en los restos de un castillo en ruinas, que ella se empeña en llamar casa...». Aquellos restos de un castillo en ruinas fueron tomando cuerpo en mi imaginación. Eduarda —ya dije que no quería que la llamásemos tía, sino Eduarda a secas— decía que mamá y ella, y toda su familia, pertenecían a la rama normanda. Así que les pregunté a los gemelos qué era eso de la rama normanda, y Fabián, el más hablador, me dijo que, por parte de la familia de mamá, éramos de origen normando, aunque muy, muy lejano. «¿ Y qué es el origen normando?» «Pues eso, que eran de Normandía, que está al norte de Francia, y los normandos fueron los que le dieron el nombre.» «¿Quiénes eran los normandos?» Fabián dijo que le dejara en paz, que ya me lo explicaría en otro momento, porque tenía que estudiar. A mí me pareció que no lo sabía muy bien, ¿o acaso no lo quería decir? En seguida empecé a sospechar que aquella palabra encerraba un secreto muy grande. Uno de aquellos enigmas con los que, a veces, en el colegio y en casa me advertían —y más que una advertencia, parecía una amenaza—. «Algún día, cuando crezcas, lo entenderás.» Tal vez, cuando fuera como Cristina. Por eso, Cristina era tan distante, tan lejana. Pero Eduarda no era distante, ni misteriosa. Era, hasta aquel momento, la persona más rotunda y carente de misterio que había tratado. Sus grandes ojos azules miraban directamente a los míos, no velaba la voz para medio decir cosas —como acostumbraba a oír—, y lo que decía se entendía perfectamente; no había velos que descorrer, hasta el cansancio, o la total confusión, como me ocurría con mamá.

    A mi padre lo veía muy poco. Sabía que era abogado. Alguna vez, no lo recordaba bien, me había cogido en brazos y besado, cuando era aún muy pequeña. Fue entonces, al año más o menos de mi entrada en el colegio, cuando ellos se separaron. Quiero decir que ya no compartieron el mismo cuarto, sino que papá tuvo un dormitorio aparte, mucho más pequeño, al otro extremo del piso. Luego supe que no querían dar mal ejemplo de familia desunida. La primera vez que oí esto de labios de mamá me pareció un contrasentido, pero, como era habitual, guardé mis opiniones para mí sola. De todos modos, nadie me preguntaba nunca nada, ni siquiera lo que me apetecía o no, por ejemplo para merendar, o vestir, o adónde ir las tardes del sábado o los domingos. Todo ya estaba dispuesto de antemano para mí, y me llevaban adonde estaba ya decidido, sin mi previo conocimiento. Mientras fui muy niña, antes del colegio, solía ir al parque con Tata María. Luego, algunas tardes, al cine, a ver películas de Shirley Temple. Una vez, en vísperas de Navidad, papá me llevó, junto a los gemelos, a un teatro. Se trataba de un ballet, Cascanueces, con el que estuve soñando todas las noches durante casi un mes. La niña protagonista tenía algunas coincidencias conmigo, y pensé que, si la hubiera conocido, sería amiga mía. Yo no iba a jugar a casa de ninguna niña, como alguna de mis compañeras de colegio, que lo hacían, según comentaban entre ellas. Yo no tenía ninguna amiga.

    El mundo de las niñas se me mostró, desde el primer día, hermético. Casi desde el primer día, percibí hacia mí un sentimiento, si no hostil —más tarde lo fue, y mucho— sí un manifiesto y creciente desapego hacia mi persona. Poco a poco, fueron convirtiéndose, todas y cada una, en una pequeña Cristina. Una mezcla de desdén y desconfianza, que me apretaban el corazón y me desorientaban. Más tarde ya fueron una acritud y una burla constantes. Yo era una niña aparte, y especialmente reprobable. Empecé a oír, en Madame Colette —seguida por Madame Saint Genis, Madame Saint Michel y Madame Saint Sulpice— una palabra que iba tomando proporciones cada vez más concretas: MALA. Yo era mala. Y en casa, mamá lo asumió, con los ojos levantados al cielo y alarde de paciencia.

    Todo lo latente respecto a mi maldad cristalizó, por así decirlo, llegada la fecha de mi primera comunión.


    Éramos un grupo bastante numeroso, que reunía por lo menos dos aulas enteras. Todas teníamos más de seis años, y menos de ocho.

    Empezaron a prepararnos convenientemente, porque según decían en el colegio, en casa, e incluso en el cuarto de la plancha y la cocina —ya cada vez menos frecuentados, a mi pesar— ése sería el día más feliz de mi vida.

    El grupito formado por las niñas de mi clase y yo se componía de unas diez. Todas las tardes, nos dispensaban de asistir a alguna lección y nos reunían en una salita, con el padre Torres. El padre Torres era un señor bajito, con una gran calva sonrosada que brillaba al atardecer. Parecía que siempre estuviera masticando avellanas, pero no masticaba nada. Tenía una voz muy suave, y hablaba del infierno, con todos sus padecimientos, y del cielo, con toda su gloria. También hablaba del demonio. Sobre todo, del demonio, que era un ángel bellísimo, pero que se revolvió contra Dios, y por eso era ahora El Demonio. Como yo me acordaba muy bien de todo lo que nos contaba, porque de alguna manera se parecía a los cuentos que tanto me gustaban —hasta el momento era lo mejor del colegio—, le había oído decir que cuando no existía el demonio, no había ningún mal, porque Dios era todo bondad. Eso me produjo la extraña sensación de no pisar en tierra firme, algo como una gran laguna escondida bajo las apacibles campiñas de sus palabras, y le pregunté inocentemente que cómo era posible que si aún no existía maldad alguna, alguien tentara al Ángel Luzbel —que así era como se llamaba cuando aún no era Demonio—. Y entonces hubo un gran silencio. Todas las niñas volvieron la cabeza hacia mí, como si esperaran una respuesta, pero yo no podía dar ninguna respuesta, sólo había hecho una pregunta. La calva rosada del padre Torres enrojeció y con un gesto me indicó que me sentara y permaneciera en silencio. Cuando la Preparación —así llamaban a aquellas pláticas— terminó, me ordenó permanecer en la clase, y las niñas desfilaron delante de mí y salieron cuchicheando y sofocando risitas. Pero ya había empezado a acostumbrarme a eso. Cada vez que decidía hablar, durante la clase, o fuera de ella, ocurrían cosas parecidas. En los recreos me quedaba aparte, bajo las moreras, mirando largas procesiones de orugas pardas, enganchadas las unas a las otras, caminando hacia quién sabe dónde. Tal como me parecían a mí las niñas, las monjas y yo misma.

    Cuando nos quedamos solos, el padre Torres me llamó con el dedo índice enhiesto, inclinándolo repetidamente hacia sí mismo. «Ven, acércate, que verás lo que te espera...», parecía decir por el brillo punzante de aquellos ojitos negros, demasiado amigos entre ellos, casi juntándose sobre la nariz. Y me entró tal miedo que, en vez de obedecerle, di media vuelta y eché a correr, a correr escaleras abajo con todas mis fuerzas. En el corredor, las niñas de mi clase ya estaban en fila, para dirigirse al vestíbulo. Era la añorada hora de la salida, que otros días había descendido tranquila, casi contenta —entonces no estaba casi nunca contenta—, o por lo menos aliviada, porque sabía que afuera, en cuanto sor Monique dijera en alto mi nombre, yo atravesaría la gran puerta de hierro y cristales, bajaría las escaleras y en el jardín estaría esperándome Tata María, con la bolsa de la merienda y su ancha, cálida y dulcemente áspera mano, como la cuevecita donde podría esconderse la mía, fría, pequeña y asustada. Aquel día no esperé a que sor Monique me llamara: crucé pasillo y puertas como un rayo, me veía y me sentía a mí misma como una ráfaga de viento, bajé las escaleras hasta el jardín, y allí estaba, tranquila, grande, hermosa como jamás antes había visto a nadie, mi vieja Tata María. Me precipité hacia ella, abracé su cintura, hundí la cara en su delantal plisado, que olía a tostadas, a voz cansina leyendo por enésima vez las desventuras y goces de un soldadito de plomo, y enjugando, con una punta, alguna vergonzosa lágrima.

    Fue a partir de entonces, cuando yo fui MALA. Para todos, no. Para Tata María, Isabel, Jerónimo y Fabián, sólo un poco rara. Y, como tuve ocasión de comprobar, no mucho más tarde, para Eduarda fui entonces, y siempre, Adri, sólo Adri, sin adjetivos. Pero antes, ocurrieron otras cosas. Mamá recibió una llamada muy importante. Por entonces, la persona más importante de quien yo tenía noticia era Madame Saint Simon, la superiora y directora del colegio del paseo del Cisne. Esta vez, mamá no me explicó lo que había oído. Sólo me dijo que yo era mala, y que desde aquel momento iba a ser muy severa conmigo.

    Me refugié, como antes hacía, en el cuarto de la plancha. Era un sábado por la tarde, olía a ropa limpia, a plancha caliente, y a conversaciones en susurro. Tata María e Isabel me miraron en silencio. Yo me senté cuidadosamente sobre un cesto lleno de sábanas por planchar y las miré sonriendo, intentando que me quisieran un poco. Pero también su cariño parecía ahora como frenado, aunque no desaparecido.

    —No te sientes ahí, que está húmedo —dijo Tata María, acercándome un taburete. Ya no podía meterme debajo de la mesa, a pesar de que, a mis casi siete años, todavía era muy menuda para mi edad.

    Dos días más tarde, me admitieron de nuevo en las pláticas de Preparatorio. Debieron de perdonarme algo cuyo nombre yo ignoraba pero que sin duda había cometido. Entonces me dije que nunca más preguntaría nada, y que todo lo que me despertara curiosidad intentaría averiguarlo por mí misma. La sombra angélica de Cristina planeaba sobre mi cabeza. Otra vez me unía a las oruguitas que lenta y misteriosamente se arrastraban asidas unas tras otras, bajo las grandes moreras del jardín. No sabía nada de nada.

    Faltaban sólo quince días para el gran día. Y entonces, llegó Eduarda.


    3


    Como era tan menuda, tan pequeñita, a veces me creía de la familia de mis amados gnomos, aquellos a quienes preparaba meriendas debajo de algún radiador, en una caja vacía de fichas de dominó, con migajas de mi pan y chocolate. Preferentemente, claro está, debajo de los radiadores del salón de mis excursiones nocturnas, donde me podía meter debajo de cualquier mueble, o esconderme tras el respaldo de otros. Mi corta estatura, unida a mi capacidad de silencio —entre otras cosas el silencio era, y es aún, uno de mis amigos más queridos— me convertían en una especie de esponjita que absorbía cuanto escuchaba y, en ocasiones, incluso veía.

    En cuanto llegó Eduarda, supe que mamá y ella tendrían un encuentro donde, desde mi escondite, acaso entendería alguna de las incomprensibles cosas que, por lo general, sucedían en mi vida y su entorno. Por tanto, me fui, sigilosa y casi invisible, como acostumbraba, al gabinete de mamá; un cuartito contiguo a su dormitorio, donde a veces la había visto tenderse en un pequeño diván, poner discos en una gramola y fumar. Fumaba unos cigarrillos que se llamaban ABDULLA y tenían la boquilla dorada. Luego agitaba las manos, como si espantara mariposas de humo, se daba un toque de polvos en la nariz, un ahuecamiento de cabellos, un poco de brillo en los labios, difuminaba una sombra oscura en los párpados con la yema de los dedos, y salía hacia el salón, donde unas veces algunas amigas, o invitados otras, la esperaban. Parecía un guerrero, bien armado ante la batalla. Sin saber muy bien por qué razón, en aquellos momentos, sentía nacerme un cariño muy grande hacia mi madre. Luego, poco a poco, ella misma, y sobre todo sus largas ausencias, iban deshaciéndolo. Creo que en aquellas ocasiones ella sentía lo que yo ante los Gigantes. ¿También mamá tendría que enfrentarse a ellos como lo hacía yo? Ella era alta, bella y fuerte. Yo no.

    Al tener noticia de que Eduarda había venido desde sus montañas y sus Ruinas, para asistir al día más feliz de mi vida, sospeché que acaso tenía una aliada. Eduarda era una persona de la que se hablaba en voz medio baja, medio burlona, pero siempre con el acento de quienes no comprenden nada de lo que hablan. Un día, Eduarda había dicho que yo tenía otro lenguaje: por tanto, me conocía mucho más que los que me llamaban mala. Por otra parte, este calificativo no me ofendía demasiado, porque, pensaba, ser malo sólo significaba no ser como los que me lo llamaban. El caso es que, en cuanto supe —naturalmente el cuarto de la plancha tuvo mucho que ver en esto— que iba a producirse el encuentro entre las dos hermanas fui a agazaparme en mi escondite, y escuchar.

    Como de costumbre, Eduarda había llegado como un huracán. Toda la casa se movilizó, Tata María en especial, porque cuando estaban solas las llamaba de tú, e incluso a su modo las reñía un poco. En el cuarto de la plancha, ante una Isabel atentísima y muy involucrada en el tema, le había oído decir que había conocido a las Niñas —las Señoritas fuera del cuarto de plancha— cuando aún eran unas criaturas de once y catorce años. «Y qué diferentes, Dios mío, qué diferentes, ya ves, la una tan buena, tan fina y tan como debe ser, y la otra tan a su aire... y un poco p'allá, aunque eso sí, buena, buena, rebuena. » Y añadió: «Pero tan rara como la Adri». Isabel metió un huevo de madera en el talón de una media, aguja en ristre y dijo: «Esas cosas se heredan». Pero Tata María dijo muchas más cosas, como que ella nos quería mucho a todas y a todos, y malas lo que se dice malas, ni Eduarda ni yo nos merecíamos ese nombre.

    Malas o no malas, de pronto había nacido un vínculo entre Eduarda y yo. Y yo esperaba ansiosa su llegada. Me oculté en el gabinetito de mamá. Para estos casos iba descalza o en calcetines. Creo que aquel día iba descalza, porque recuerdo bajo las plantas de los pies la cera del parquet y ese peculiar aroma a caoba, que nunca abandona a ciertos muebles antiguos.

    No tardé en oír el ruido. Porque Eduarda llegaba con mucho ruido. La seguía siempre una criatura llamada Sagrario y era, por lo visto, quien se ocupaba y llevaba a cabo la solución de todas sus necesidades materiales. Una vez, había oído decir a mamá que Sagrario era un «siervo sin dignidad», alguien impropio de pertenecer a una familia como la nuestra, que no aceptábamos estas cosas. Pero Sagrario era muy distinto a la descripción de mamá. Tuve ocasión de conocerlo mucho más, a lo largo de estos recuerdos. No se qué edad tenía —nunca lo supe— pero todo él respiraba paz, sosiego, casi felicidad. Si la felicidad existiera, él la conocía.

    Sagrario era muy menudo, con el cabello blanco, y ojos muy pequeños y relucientes. Sonreía casi siempre, y tenía los dientes muy grandes, muy blancos y sin una sola mella. Iba vestido de una forma muy extraña. Yo había visto algo parecido en alguno de los libros de los gemelos. Calzón corto, medias y zapatos con hebilla. Pero de cintura para arriba se cubría con una toquilla de punto, camisa bordada y corbata azul. Casi nunca le vi vestido de otra forma. Pero aquel día oí que mamá decía a Eduarda: «Por favor, escóndelo, no me avergüences ante...». Y Eduarda dijo: «Otras cosas son muchísimo más vergonzosas que Sagrario, y están ocurriendo a tu alrededor, en esta misma casa... ¿Por qué no das la cara y dices a todo el mundo que ya no quieres a tu marido? Ahora ya tenemos una ley que lo permite, pero, claro, esa ley no tiene ninguna importancia en esta casa».

    Yo no sabía qué era lo vergonzoso de Sagrario, sólo lo que decía Isabel: «Tiene la cabeza p'allá, como su señora». A mí me daba rabia y pena que no quisieran tenerlo las Tatas cerca, y le pusieran un catre para dormir en el cuarto de la plancha. Por las mañanas —yo lo veía, escondida en la despensa— se quedaba sin ropa, y lavándose en el fregadero de la cocina, me parecía muy semejante a un gnomo. Decidí que, junto a Paco y el farolero, era también mi amigo.

    Aquel día las dos hermanas se sentaron frente a frente y tal como presentía, hablaron de mí. Mejor dicho, sólo habló mamá. Eduarda la escuchaba en silencio, y yo tuve ocasión de contemplarla detenidamente. Era muy alta, más que mamá, que no era precisamente bajita. Tenía el cabello muy blanco, que contrastaba con su piel dorada sin arrugas, donde resplandecían sus grandes ojos azules de Unicornio. Llevaba un vestido muy raro, muy diferente al de mamá, o a los que usaban sus amigas. Era un traje casi de hombre, y súbitamente pensé «va vestida de cazador» porque en uno de mis cuentos había una ilustración que representaba a un cazador, y aunque Eduarda no llevaba ni escopeta —aún no había visto su sombrerito emplumado— ni polainas, la verdad es que me lo recordaba mucho. Tenía la voz un poco ronca, y fuerte. Y hablaba poco, pero cuando decía algo parecía poner punto final a cuanto se estaba debatiendo. Lo que mamá le decía en aquellos momentos era que estaba muy preocupada conmigo porque iba a hacer la Primera Comunión, y no parecía que estuviera bien preparada, ni siquiera que supiera lo que iba a hacer, porque era una niña muy, pero que muy rara, que me escondía en lugares donde nadie, ni siquiera Tata María, me encontraba, y que, incluso ellas, la Tata e Isabel estaban un poco asustadas conmigo, y hasta la pobre Isabel decía que yo tenía algo de bruja —aquí mamá sonrió, condescendiente—, y a seguido contó a Eduarda, con todo pormenor —o lo que ella imaginaba era así—, el incidente de la clase de Preparatorio. Que incluso me habían enviado a casa y que me habían readmitido por ser quienes éramos —ellos, no yo— y que, precisamente en los momentos que estaba atravesando, con toda la separación y sus consecuencias, lo estaba pasando muy mal, pero que muy mal.

    Eduarda la había escuchado tranquilamente, sin interrumpir ni asentir siquiera con la cabeza. Cuando mamá terminó, y se llevó un pañuelito a los ojos, y luego a los labios, Eduarda dijo: «Me gustaría hablar con ella. Déjamela una tarde, la llevaré a merendar y hablaremos. Me parece que no es para tanto». Mamá la abrazó, lloró un poquito, de mentirijillas —yo lo notaba—, y le dijo: «Siempre has sido un refugio para mí, Eduarda... ¿Te acuerdas de cuando...?». Aquí dejé de prestar atención porque ya sabía lo que iba a continuación. Me miré las manos: estaban cerradas, en dos puños muy pequeños, pero con tanta fuerza que se me clavaban las uñas en la palma. «Qué pequeñas son.» Me pareció que las contemplaba por primera vez. Y noté que también tenía los dientes muy apretados. Cuando las dos salieron del gabinete abandoné mi escondite, y fui a refugiarme a mi cuarto, junto a la ventana que daba al patio. Descorrí el visillo y miré hacia allá abajo: no estaban los chóferes, ni siquiera Paco, mi novio. Me sentí muy sola, muy pequeña, muy rara y muy mala.


    Al día siguiente, por la tarde, Tata María me vistió con la parsimonia que empleaba para las cosas que creía importantes. Me puso el vestido nuevo, «ya de primavera», había dicho mamá. «Que se note que ha venido la primavera.» Lo dijo con el pañuelito, que ya parecía formar parte de su mano, apretado contra la mejilla. Y empezó a llorar, muy suavemente, sólo se sabía que estaba llorando por las lágrimas que, al deslizarse por su cara empolvada, brillaban. Entonces, Tata María dijo, ronca y dulce: «Vamos, niña, niña...». Y mamá hizo una cosa sorprendente, se inclinó hacia ella —estaba arrodillada junto a mí, enfundándome los brazos en las mangas— y la besó, y oí que murmuraba muy bajito: «Tata...». Y se marchó casi corriendo. Tata María suspiró, y terminó de vestirme. Me peinaba con cuidado, murmurando: «Qué diferencia de los rizos rubios de Cristina...». De nuevo regresaban las palabras mil veces oídas. Me calzó los zapatos nuevos que me rozaban los talones, y aunque le supliqué que me pusiera los del colegio fingió no oírme. Era la tarde de Eduarda. Eduarda era una de las pocas mujeres que por aquellos años conducía un automóvil. Así que ya me esperaba dentro, sentada al volante. Era la primera vez que yo veía algo semejante. Porque ni en sueños podía imaginar a mamá ni a ninguna de sus amigas en una situación parecida. Su coche me llamó también la atención, y casi comprendí que ella lo llamara «la Cafetera», cosa que hasta aquel momento me había intrigado bastante. Durante su estancia entre nosotros la Cafetera se guardaba también, con los otros coches, en el pequeño garaje del «patio de los chóferes» (como yo lo llamaba), y empecé a intuir la causa del tono burlón y un tanto enigmático que empleaban Paco y los otros chóferes para referirse a él. Y por qué lo hacían con tanta frecuencia, y por qué se reían tanto. El mundo a mi entorno era un mapa lleno de laberintos, que había que ir descifrando poco a poco y paso a paso.

    Una vez instaladas en la Cafetera, Eduarda emprendió una lucha de poder a poder contra y con palancas, llaves y pedales (o eso me parecía) en medio de un concierto de bufidos, no salidos de su boca, sino del motor, que parecía estar muy enfadado. Hubo algunas sacudidas que estuvieron a punto de arrojarme despedida del asiento, hasta que de improviso, diríase que alegremente, nos pusimos en marcha. Alegremente porque a medida que avanzábamos calle abajo entre dos hileras de acacias, descubrí a través de la ventanilla una familia de vencejos que descendían como flechas desde el cielo, lo cruzaban, y huían. Creo que fue ésa la primera vez que sentí algo parecido a la euforia. Una especie de grande y despreocupada libertad se levantaba dentro de mí, y tuve ganas de reírme sin saber muy bien por qué. Eduarda dijo:

    —Vamos a comprar tu regalo de Primera Comunión.

    Estaba tan sorprendida que no pude decirle nada, ni siquiera dar las gracias. Hasta aquel momento, había recibido algunos regalos. Casi todos eran rosarios, pequeños misales de tapas nacaradas, crucifijos, medallas y una muñeca vestida de Primera Comunión, bastante fea. Se parecía tanto a las niñas de mi clase que casi de inmediato la odié. En general, no sentía ningún afecto por las muñecas, porque todas, como aquélla, se parecían a las niñas, y las niñas de aquel tiempo no eran precisamente cariñosas conmigo. Pero el regalo de Eduarda no tenía nada que ver con eso. Me llevó a una gran tienda de juguetes y me compró un teatrito de guiñol. Con decoraciones y personajes, en los que no faltaba el Demonio. Sentí una gran emoción al verlo, porque alguna vez, en el parque a donde me llevaba Tata María, aparecían unos hombres cargando una especie de biombo, que desplegaban y tras el que se escondían. Al poco rato, salían por encima unos muñecos iguales a los que acababa de regalarme Eduarda. Los del parque se pegaban muchos porrazos, con sartenes y palos, y entonces yo cerraba los ojos. Pero estos de ahora estarían bajo mis órdenes, y podría hacer con ellos lo que quisiera: inventarme lo que se me ocurriera, de la vida, de la gente, de los malos, de los buenos, de los gigantes y de mí misma. Sin que nadie metiera sus narices y castigos en el espacio que yo fabricaba al margen, siempre al margen... Todo esto pasaba por mi mente, rápido, como una película casi vertiginosa, cuando Eduarda me dijo:

    —Sé que te gusta esconderte. Te escondes aquí detrás, y haces lo que te dé la gana.

    Se trataba de un guiñol bastante grande, así que los de la tienda dijeron que lo enviarían a casa. Eso hizo que rompiera mi silencio y casi gritara:

    —¡No, no, ahora, ahora!

    Eduarda pareció entenderlo enseguida, y entre uno de los vendedores y ella lo colocaron en el asiento de atrás de la Cafetera. No sin dificultades, porque era muy grande, y la Cafetera bastante pequeña. Yo estaba segura de que ahora vendría la parte menos agradable. Que ella me dijera que todo aquello era a cambio de algo que a mí me dolía, o ignoraba, o no me gustaba. Pero no fue así.

    —Adri, ¿adónde quieres ir ahora...?

    Nada de preguntas, nada de respuestas, nada de todo aquello a lo que me tenían acostumbrada y aborrecía. Y de pronto me acordé de una tarde en que mamá me llevó con ella de compras por primera y última vez. Recordé que, cuando llevaba a Cristina a esas excursiones, volvían las dos más amigas que nunca. Cristina besaba mucho a mamá, iban llenas de paquetes y de secretos. Pero a mí me tocó ir a la Corsetería Venus, esperar más de una hora sentada en una silla en la que no me llegaban los pies al suelo hasta que mamá salió del probador. Al final, me recompensó llevándome a un sitio que se llamaba Espumosos Herranz, donde nos sirvieron unas enormes jarras, a mí de fresa, y a ella no sé de qué. Por eso dije:

    —A los Espumosos Herranz.

    Entonces, Eduarda sonrió. Fue la primera de las escasísimas ocasiones en que la vi sonreír. Y dijo:

    —Bueno, si no te importa, te voy a enseñar otras cosas.

    Yo sólo dije: «Bueno». Y lo fue.

    En la Cafetera ya éramos tres. Iba dando tumbos, por calles muy estrechas, hasta llegar a un bar donde al parecer la conocían mucho, porque todo el mundo la saludaba con mucha alegría.

    —Para la niña, lo que pida.

    Yo no sabía qué pedir. Al fin, dije que no quería nada porque lo que verdaderamente quería era ver qué hacían Eduarda y toda aquella gente. De todos modos, me trajeron un helado de vainilla. A mí me gustaban los de fresa pero no dije nada. Estaba muy bueno. Ella pidió un escocés, y me acordé de las ilustraciones de un cuento, donde había escoceses con falda a cuadros y tocando la gaita, así que me pareció raro que lo pidiera. Pero lo que le trajeron fue un vaso de whisky. Le ofrecieron hielo y ella dijo que no, que el de malta era un pecado tomarlo con hielo.

    —¿Tú sabes que tus padres están separados? —me dijo de sopetón.

    Yo sólo sabía que no dormían en la misma habitación, que papá sólo comía de vez en cuando con nosotros, y que casi nunca lo veía.

    —Tampoco a mamá la veo mucho... Sólo cuando me llama a su gabinete.

    Eduarda pidió otro escocés, y luego dijo:

    —Te he comprado ese teatrito, para que te escondas detrás y hagas lo que más te gusta. Algún día te llevaré a mis Ruinas... Me gustaría mucho que vieras mis Ruinas. Porque tú eres también de la rama normanda. No hay más que verte.

    ¿Qué era la rama normanda, y en qué se me notaba a mí? Más misterios. Todo en mi pequeña vida eran misterios sobre misterios. Y pregunté:

    —¿Por qué, si están separados, no se van papá o mamá de casa?
    —Porque tienen miedo —me contestó Eduarda al cabo de un corto silencio—. Porque no tienen valor para decirlo; porque son cobardes.

    Y aquí puso punto final a nuestra brevísima conversación.

    La confusión llegó a su más alto grado en mi mente. Pero también mi aprecio hacia Eduarda. De allí, nos fuimos a casa.

    A mamá le sorprendió mucho el regalo de su hermana. Más aún, cuando, cosa excepcional, me llamó a solas a su gabinete y me dijo:

    —¿De qué habéis hablado con tía Eduarda?
    —De nada.
    —¿ No te ha preguntado nada?
    —No.
    —¿Adónde habéis ido?
    —A comer un helado de vainilla.

    Por vez primera me fui con una sensación de alivio del gabinete de mamá. Eduarda no me había preguntada nada, y yo no había tenido que explicar nada.

    La sorpresa de mamá fue bastante visible cuando entre Sagrario y el portero subieron el guiñol a casa. Mamá se quedó sin habla, hasta que al fin dijo:

    —Eduarda, por Dios, esto no es el regalo más apropiado para...
    —Es lo más apropiado —dijo ella, lentamente, mientras se quitaba los guantes amarillos que usaba para conducir la Cafetera.

    Y, como de costumbre, puso punto final a la conversación. Luego vino la discusión entre mamá, Tata María y Cristina para decidir dónde colocaban lo que de pronto empezó a denominarse como «el armatoste». Cristina se negó de plano a que formara parte de su reino. Tras algunas dudas y vacilaciones, y algún que otro intento de incorporarlo al cuarto de estudio «porque —decía Tata María— después de todo éste era el cuarto de jugar, antes de que los niños crecieran, y ella todavía es ...». Tras muchas probaturas, desistieron. Claro que fue decisiva la oposición rotunda de Jerónimo y Fabián. Así que finalmente gracias a Tata María —que, como muy a menudo, sacaba de sus dudas a mamá («porque me cuidaba de pequeña»)— se decidió que, puesto que era un lugar ambiguo, espacioso y no creaba problemas de ningún tipo, se instalara en el cálido, amoroso cuarto de la plancha. Y allí estuvo, en sustitución del hasta entonces escondite bajo la mesa. Durante tiempo y tiempo, hasta allí donde alcanza la memoria de mi primera infancia, permaneció, en un ángulo, casi invisible para todos, menos para mí.

    Fue una feliz ocurrencia. Empezaba haciendo funciones para la Tata e Isabel, con los brazos en alto y dos muñecos enfundados en mis manos de niña —aquellos puños pequeños y apretados—, y acababa siendo totalmente olvidada por las dos mujeres, hasta el punto de hacerme realmente invisible, como cada vez más me gustaba sentirme. Agazapada bajo el pequeño escenario, sentada en el suelo, con los muñecos a mi alrededor y una suave penumbra atravesada por la luz rojiza que transparentaba el telón, pude escuchar infinidad de historias, sobre mi familia, sobre mí misma, sobre las familias de las Tatas, y sobre otras muchas cosas más. Fue mi nuevo refugio, y, aunque ellas ahora sí conocían mi escondite, el saberlo las despreocupaba, y no me buscaban, ni me llamaban, ni me importunaban. Fue un gran regalo el de Eduarda.

    Poco después, llegó el día de la Primera Comunión. Fue un día muy agitado. Me vistieron de blanco, con un velo también blanco. Me habían dicho que tenía que pedir por todo el mundo, pero nadie me decía qué es lo que tenía que pedir para todo el mundo. Así que pedí para mí, y pedí un caballo vivo. Nunca me lo trajeron.

    Al día siguiente, Eduarda se fue a sus Ruinas. Sin apenas despedirse, con Sagrario, y todas sus maletas, en el asiento trasero. Paco, en el patio, los vio marchar. Se reía mucho, todo lo que hacían Sagrario y Eduarda le hacía mucha gracia, aunque yo no comprendía por qué. Claro que la mayoría de las cosas que ocurrían a mi alrededor tampoco las entendía.

    Yo fui la única de la familia que la vio marcharse, porque a aquella hora toda la familia estaba durmiendo. Me asomé al balcón del salón, abierto de par en par. Estaban limpiándolo las Tatas, así que ellas también se asomaron, pero como escondiéndose, y diciendo cosas en voz baja. Secretos. Siempre secretos. Los Gigantes eran verdaderos enigmas, incluso las Tatas. Yo agité la mano en el aire, y la vi arrancar por la calle abajo, y al poco sólo quedó en su lugar la tapia del jardín del convento la Milagrosa, medio tapando sus árboles inmóviles, porque no había ni la más pequeña brisa, ni transeúntes, únicamente los faroles apagados, en fila, a cada lado de la calle. Pensé en mi amigo el farolero, que al anochecer volvería con su larga pértiga y su gorra azul, con una cinta roja, a darles vida nocturna. Como yo.

    Volví a la cama y volví a dormirme, porque no había colegio. Eso creía yo. Por la tarde, de nuevo vestida con traje y velo blanco, y todo lo demás, tuve que jurar sobre un gran libro abierto que renunciaba a Satanás, a sus pompas y a sus obras. Yo no sabía de más obras que las casas a medio hacer que veíamos Tata María y yo de camino al parque o al colegio. Así que me imaginé a Satanás en camiseta, y acarreando capazos y no me parecía muy creíble. Lo de las pompas me llamó mucho la atención, porque la imagen de Satanás que yo había visto en grandes láminas, cuando la clase de Preparatorio, era peluda y tenebrosa. En cambio, las pompas de jabón que yo hacía cuando me bañaba Tata María, poniendo los dedos llenos de espuma en forma de trompeta, eran ligeras, redondas, transparentes y reflejando todo el arco iris. Además, volaban.

    Al día siguiente, todo esto había acabado. Volví al colegio del paseo del Cisne, a Madame Saint Sulpice y a las antipáticas niñas burlonas, misteriosas y buenas.


    4


    —He venido a saber de la niña —dijo Eduarda, con su acostumbrada economía verbal.

    Había aparecido sin avisar, esta vez sin Sagrario, sólo con su maletín. Apenas la oí llegar corrí a mi refugio del gabinetito de mamá, donde sabía que iban a reunirse ellas dos. Aquel escondite consistía en el espacio, no muy grande, que se abría entre un biombito llamado chinois (muy de moda por aquellos años) y la pared. No creo que tuviera otra utilidad que la que yo le daba porque detrás del chinois sólo cabíamos un taburete y yo.

    —Llegas muy oportuna, Edu —dijo mamá. Después de haberla besado en las dos mejillas, se sentaron una frente a otra, como solían y yo conocía de memoria. Enseguida blanqueó el pañuelito en la mano de mamá. Yo las veía bastante bien a través de las junturas del biombo.
    —Te digo que llegas muy oportuna —recalcó mamá, tras esperar en vano un comentario por parte de su hermana—, porque estoy a punto de enloquecer a causa de esta criatura. Se esconde y no hay quien la encuentre, no habla, no contesta, no pregunta... sólo se te queda mirando con esos ojos enormes tan quietos, tan fijos, que a veces me asustan..., no son ojos de niña... Y además, ¡qué falta de sensibilidad! Nada, lo que se dice nada le conmueve, nada le arranca una lágrima... ¡Hace tanto tiempo que no la he visto llorar ni reír! Ay, Dios mío, a veces pienso qué habremos hecho nosotros, qué mal habremos cometido para que Dios nos castigue con... este último coletazo (por decirlo de alguna manera), donde no hubo más que pasión... y nada de amor...
    —No digas tonterías —la interrumpió Eduarda—. Al grano porque no dispongo de mucho tiempo.
    —Pues no puedes imaginar qué clase de notas y notitas recibo desde Saint Maur sobre la forma de comportarse de Adri... Claro, ya sé que esta niña está pagando las consecuencias de una familia rota, pero...
    —No hay ninguna rotura que ella pueda apreciar. Que yo sepa, Germán sigue viviendo aquí.
    —Sí, pero ya sabes...
    —No sé nada, ni me importa. Lo único que me ha traído aquí, lo único que me importa es Adri, y quiero verla.

    Detrás del biombo hubo, a mi parecer, una especie de sacudimiento, un minúsculo seísmo, que hizo temblar los caballos y las pagodas del chinois. Y sentí como un brusco abrazo, intempestivo y enormemente cálido a un tiempo. Vi, entonces, que mis manos pequeñas y apretadas temblaban.

    Eduarda se levantó, dando por terminada la conversación del gabinetito. Las próximas conversaciones —yo lo sabía— serían conversaciones para el público en general. Ya no serían las Niñas, serían de nuevo las Señoritas.

    Sin embargo, en aquella ocasión, tras el conocido punto final de Eduarda, hubo una especie de posdata. Se detuvo en la puerta y añadió:

    —En cuanto a esas notas y notitas que recibes de Saint Maur, te aconsejo que las olvides. En aquella casa predominan la estupidez, la ignorancia y la soberbia.

    Entonces mamá salió de su mutismo para casi gritar, asombrada:

    —¿Cómo puedes decir eso tú... precisamente tú, siempre la primera de la clase, la más alabada, la que nos ponían por ejemplo, la que...?

    Eduarda la atajó, con un gesto. La sombra de una sonrisa vagaba en sus ojos burlones.

    —Precisamente por eso —dijo.

    Y salieron de la habitación mientras mamá —qué raro me parecía, una vez más, el mundo de los Gigantes— se reía a carcajadas. Como poquísimas veces la había oído (ni oiría luego) reírse.

    Era ya casi de noche, y cené con las Tatas sin que nadie me llamara. Me acosté con una sensación de desánimo, o decepción, y bastante confusa. Al día siguiente era domingo, por lo menos no había colegio. Creo que fue lo último que pensé antes de dormirme.


    —Hoy irás a comer con tía Eduarda —me dijo mamá, apenas terminé de desayunar. Y añadió, recalcando las palabras:
    —Pórtate bien, no seas huraña, ni arisca, ni medio muda... Tú ya sabes a lo que me estoy refiriendo. Pórtate como debes hacerlo, que también lo sabes, aunque no lo hagas. Eduarda, tía Eduarda —rectificó, porque no quería admitir la supresión «tía», que tanto molestaba a su hermana— se está portando muy bien contigo, intenta corregirte, y debes agradecérselo.

    Al oír estas últimas palabras, algo intangible, pero muy pesado, pareció desplomarse sobre mi cabeza: así que también Eduarda iba a «corregirme». Qué desengaño tan grande. Casi estuve a punto de gritar o derramar lágrimas (que era otra forma silenciosa de gritar).

    A eso de media mañana, Tata María me vistió «para salir». El abrigo, los guantes y los zapatos de ir a ver a Shirley Temple. Aún era invierno y estaba cerca la Navidad. Yo había crecido un poco después de la última gripe. «Parece mentira —decía Tata María, haciendo coro a mamá— en sólo dos semanas cómo ha estirao esta criatura...» El abrigo «de salir» me quedaba demasiado corto, así que me pusieron el del colegio, que era bastante más largo, como querían en Saint Maur. Era azul marino, me llegaba casi a los tobillos, y lo odiaba. Todo se iba marchitando por momentos.

    Al fin Tata María me llevó al salón, donde me esperaban mamá y Eduarda. Ésta ya se había puesto los guantes amarillos y el sombrero que a mí me parecía de cazador, porque llevaba insertada una plumita.

    —Vamos a pasar un día estupendo, Adri. —Fue lo primero que oí decir a Eduarda. Y de pronto todos mis temores se desvanecieron. Aquellos ojos grandes, azules, brillaban como la mejor y más alegre de las complicidades, aunque su boca no iniciase ni el menor atisbo de sonrisa.

    No, Eduarda no iba a defraudarme. Y no me defraudó en absoluto. Todo lo contrario, ensanchó y compartió hasta límites insospechados el mundo y el lenguaje que yo había creado para mí.

    Cuando me instalé en la Cafetera —«de copiloto», como ella dijo—, ya me sentí como en mi propia casa. Es decir, como en el mejor de mis escondites nocturnos y diurnos. No parecía una invitada, yo era parte de cuanto me rodeaba. No era una extraña, no era un ser aparte, pequeño y huidizo, intentando sobrevivir entre los Gigantes. Era una piececita más de aquel desbarajuste ruidoso, traqueteante, con bruscas paradas y arranques insólitos, con las ventanillas abiertas al frío de la mañana que, con la velocidad —aunque muy moderada, a mí me parecía vertiginosa—, despeinó mis cabellos y lanzó al aire la odiada boina del colegio. No pude reprimir un grito de alegría, y, entonces, Eduarda se volvió hacia mí y, me guiñó un ojo. No hacían falta explicaciones, preguntas ni respuestas. Un pacto acababa de establecerse para siempre jamás.

    —Como me he dado cuenta de que no vas contando lo que a nadie más que a ti y a mí nos interesa —dijo de pronto, sin mirarme— vamos a ir a comer a un sitio donde lo más seguro es que ni tu madre, ni nadie de «esa casa» —y dijo esa casa con el tono de quien se refiere a algo muy distante y ajeno—, pondría los pies...
    —No es que sea nada prohibido —añadió, tras una pequeña reflexión—. Es que, simplemente, no coincide con sus gustos. No es lujoso, ni exquisito, pero conozco al dueño, y a todos, y ellos me conocen a mí; así que con pocas palabras basta, y te adivinan lo que quieres, con un simple parpadeo. Te sientes feliz.

    Todo aquello que me decía era tan nuevo, tan estimulante, que ponía toda mi curiosidad en pie. Y también mi creciente asombro por el mundo y sus variadísimas clases de gentes, incluso de una misma familia, incluidos Gigantes.

    No tardó mucho Eduarda en añadir:

    —Son pobres y bien educados. Han huido de su patria porque los querían matar. Ya ves qué cosas pasan, hay gente que mata a otra gente. No somos mejores que los animales depredadores... ¿Tú sabes lo que son animales depredadores?
    —No.
    —Pues los que se parecen a los humanos.

    Enfilamos por una callecita empedrada, cosa que hacía saltar la Cafetera de trecho en trecho, por culpa de los adoquines.

    —Tendré que cambiar las llantas... pero cuando llegue a mis Ruinas... ¿Tú quieres acompañarme a mis Ruinas?
    —Sí —dije con toda la vehemencia de que era capaz. Las Ruinas de Eduarda se parecían cada vez más a la felicidad que había nombrado ella poco antes.

    Era una mañana de invierno con el sol como oro pálido, cuando luce espléndido en el cielo, un cielo casi azul, de nubes desflecadas por el viento. Aunque aquella mañana no había viento, sólo pájaros invisibles, escondidos en alguna rama ya desprendida de sus hojas.

    —Fíjate en los árboles, los troncos de los árboles del invierno —dijo de pronto Eduarda.

    Miré a los lados de la calle, y allí estaban los troncos, unos y otros sin hojas, con las ramas casi negras recortándose en la claridad del día.

    —Son como las personas —añadió—. Mucho follaje, mucho esplendor... tapando o protegiendo la verdadera naturaleza. Ahora ha llegado el invierno, y el invierno no perdona: saca a la luz tanto los troncos rectos como los retorcidos. Así es el invierno. Ya te digo, como las personas en el último tramo de la vida.

    Entonces no la entendí muy bien. Pero cuando hablaba no sólo ponía punto final: seducía.

    Al final de la calle había una plaza bordeada de tiendas de antigüedades y un par de restaurantes. Enseguida me llamó la atención uno, porque su nombre me resultaba familiar. Era el de uno de los libros preferidos de Jerónimo y Fabián: Miguel Strogoff. La puerta del restaurante era pequeña, de cristales y madera pintada de rojo. Había dos ventanas, veladas de la mitad para abajo con visillos de lino bordado. Y en el antepecho interior, una maceta con flores. Eduarda aparcó con cierta dificultad, no porque no hubiera espacio: la placita estaba desierta. Era la ya para mí conocida lucha cuerpo a cuerpo con la Cafetera. Había lloviznado poco antes y en uno de los hoyos del suelo —había unos cuantos— se había formado un charquito, donde picoteaban dos gorriones. Uno de ellos bebía, echando luego la cabeza hacia atrás, y me recordó a Isabel, un día que la vi hacer gárgaras en el fregadero de la cocina. Qué familiar y a la vez extraño era todo: tan mezclado y tan satisfactorio.

    Eduarda me cogió de la mano, y por primera vez sentí, después de la de Tata María, lo acogedora, cálida y protectora que puede ser una mano. Incluso si es de un Gigante.

    Eduarda empujó la puertecita roja, y los cristales parecieron estremecerse bajo su empuje. Enseguida se oyó tintinear una campanilla.

    Entramos en una estancia no muy grande, con mesitas pequeñas y cubiertas de manteles a rayas de colores con largos flecos. Arrimadas a ellas, había sillas de madera negra, con el asiento cubierto de rejilla. Sobre cada una de las mesas había un pequeño florero con flores silvestres, y una palmatoria con una vela. A la entrada había un pequeño mostrador, con timbre, teléfono y una lámpara de porcelana.

    Al fondo, se adivinaba una puerta cubierta por una cortina de pana roja. Las mesas, vacías, parecían retener no sólo silencio, sino, sobre todo, ausencias. Entonces Eduarda gritó, clara y rotundamente:

    —¡Michel, Michel, mon amour!

    Se oyó un gran crujido de madera, como si todos los árboles del bosque se hubieran puesto a gemir y llorar por haber sido convertidos en escalera. Y sus escalones parecieron doblarse bajo el peso del hombre que apareció en el marco de la puerta, tras la cortina roja, apartada de un manotazo. El hombre corrió hacia Eduarda con los dos brazos extendidos, como un náufrago que inesperadamente divisa tierra firme.

    —Eduarrda, Eduarrda, mon trésor...!

    Era el hombre más grande que viera en toda mi vida —entonces y ahora—. Medía casi dos metros, sus piernas y sus brazos parecían troncos de abedul, su torso podría competir en medidas y solidez, y con ventaja, con la mayor y más maciza de las cómodas que mamá conservaba —aunque en el cuarto oscuro— de la casa de la abuela.

    Era pelirrojo, pero con muchas canas, y llevaba una barba corta, y bien cuidada, y largos bigotes, éstos sí completamente blancos. Se lanzó hacia nosotras como un huracán, y en un visto y no visto Eduarda y él se abrazaron, y quedaron tan unidos como si en lugar de dos personas fueran una sola. Una mezcla de expectación y gozosa curiosidad parecieron estallar dentro de mi pecho. Como si una ola de amor me invadiera —amor a no sabía qué, ni a quién: amor al suelo de madera que crujía, a los cristales que temblaban, a las erres sonoras con que aquel hombre gritara el nombre de Eduarda—. Incluso, me parece, abarcaba a aquel gorrión que acababa de ver haciendo gárgaras, como Isabel, apenas unos minutos antes.

    Entonces me ocurrió algo parecido a cuando vi echar a correr al Unicornio. De pronto, todas las velas apagadas se encendieron en sus palmatorias. Y vi —o creí ver— el temblor de sus llamas como un grito gozoso, silencioso y cómplice. El corazón golpeaba fuerte, y en la garganta había algo tenue, tembloroso, que parecía querer escapar hacia algún lugar hasta aquel momento desconocido. Y digo hasta aquel momento, porque enseguida supe que iba hacia las Ruinas; una especie de promesa, paraíso, felicidad, que intuía, aunque no conociera su nombre.

    No podría decir cuánto tiempo estuvieron abrazados, la cabeza de él, aquella maraña rojiblanca, como deseando esconderse entre el cuello y el escote de Eduarda. Y recuerdo la mano de Eduarda pasando suavemente, una y otra vez, en una caricia reanudada, como si hubiera comenzado mucho antes y aún no tuviera fin, sobre la enmarañada pelambre de Michel.

    Casi sin saber cómo —todo ocurría tan despaciosa y velozmente a un tiempo—, estaban ya separados, compuestos y graves, frente a mí.

    —Adriana —dijo Eduarda, llamándome por primera vez por mi nombre completo. Y yo entendí así que el momento era de gran importancia—. Adriana, te presento al Coronel.

    El Coronel se inclinó hacia mí, lenta y ceremoniosamente. Entonces yo comprendí que debía corresponderle y, acordándome de las enseñanzas de Saint Maur, levanté con los dedos índice y pulgar de cada mano los extremos de mi horrible abrigo azul marino (ese que me llegaba a los tobillos), realicé la reverencia más armoniosa que luego, en todos y cada uno de los días de mi vida, jamás logré repetir. Saint Maur —por una vez— me habría condecorado.

    Enseguida, todo perdió solemnidad. El Coronel —o Michel Mon Amour, o Miguel Strogoff, qué más daba— nos llevó hacia la mesa más luminosa, junto a la ventana. La luz invernal atravesaba el blanco visillo de lino, y vertía sobre el mantel un resplandor de aluminio: los platos, las copas y los rostros parecían casi transparentes. Era un poco parecido al resplandor que atravesaba los visillos del salón nocturno, aquellas noches en que solía escapar y esperar, de nuevo, que echara a correr el Unicornio.

    La campanilla de la puerta tintineó, y entró un hombrecito calvo, que desapareció tras la cortina roja y apareció de nuevo vestido con un frac entre negro y verdoso, quizá no de su medida, porque se notaba que le molestaban los faldones al andar.

    Sin preguntar nada, colocó dos vasitos, uno frente a Eduarda y otro frente al Coronel Michel Mon Amour. Luego trajo una cubeta con hielo, unas rodajas de limón y sal. Después trajo una botella de vodka, grande —y como supe mucho más tarde totalmente «casera»—, sin marca, pero, al parecer, por el regocijo que despertó, muy apreciada.

    Hablaban en francés, aunque Michel Mon Amour con un acento muy especial: además de pronunciar las erres como si siempre estuviera diciendo «carreta», su tono era algo ululante: algo así como lamentos de lobos heridos, no amenazantes, en la lejanía. Oírle despertaba mi imaginación, me trasladaba a paisajes nevados, invernales y muy lejanos. Inalcanzables como un sueño, o un deseo. De nuevo los libros de cuentos, las historias más reales que la realidad de mi vida cotidiana.

    Como yo estudiaba y ya casi hablaba francés en Saint Maur, les entendía bastante bien. En resumen, comprendí, más o menos, que Michel estaba muy triste, que el restaurante no iba bien, que apenas venía nadie y que, además, acababa de quedarse sin Serge el cocinero. Por tanto, ¿qué podía ofrecernos? Estaba a punto de cerrar y volver de nuevo a París, al querido París. Aunque allí, por lo visto, tampoco le había ido muy bien. Todas estas cosas las comentaba con Eduarda, vasito de vodka tras vasito de vodka. De cuando en cuando brindaban —por tantas cosas que ya no las recuerdo— hasta que, de pronto, Michel empezó a llorar. Entonces, Eduarda me tapó los ojos.

    Yo dije:

    —No me tapes los ojos. Yo también lloro, y no me avergüenzo.

    Entonces Michel me cogió las dos manos —tan pequeñas, tan apretadas para no llorar— y me las besó.

    —Me gustaría tener música para este momento, pero los músicos también me han abandonado—dijo, secándose los ojos.
    —Son ellos los abandonados —dijo Eduarda, lenta y grave—. ¡Total, una balalaika y un barítono ronco...! No hay que echarles de menos. La música está en nuestros corazones... ¡y en el vodka! —añadió con una pequeña y oscura risa que apenas se notó en sus labios.
    —¡Y, además, aquí tenemos a Lev! —casi gritó Michel—. Él no abandona el barco, como las ratas.

    Lev, el hombrecito del frac, sonrió y escanció más vodka. Luego trajo fiambres, roastbeef y pan moreno con mantequilla. Todo me pareció muy rico. Y Lev me trajo una gaseosa «de bola».

    —Siéntate aquí, querido —dijo entonces Michel, como en un rapto—. ¡Siéntate y apura con nosotros la última copa...!

    Y de repente, sin que —al menos yo— se supiera por qué razón, empezaron los tres a reírse a carcajadas y a besarse, y luego cantaron.

    De pronto, Eduarda buscó en su bolso. No era precisamente un bolso, como los de mamá y sus amigas, era una especie de híbrido entre maletín y bolsa. Le llamaba «cabás». Y dijo:

    —Querido —no dijo querido, dijo chéri—. Aquí tengo las entradas para el Ballet de esta tarde: Petrouchka y La bella durmiente. Claro que no es el Bolshoi, pero...
    —¡Oh, querida, querida —(chérie, chérie)—, no lo puedo creer!... ¡Qué despedida, mon Dieu, qué despedida!

    Salió corriendo, crujieron todas las maderas, temblaron los cristales y bajó de nuevo. Esta vez, sí, iba vestido de Coronel. Llevaba un uniforme muy bonito, y el pecho lleno de medallas. Decidieron que Lev estaba bien tal como estaba. Podía venir.

    —¿Yo también, Madame?
    —Tú también. Adquirí entradas para todos... Aún sobran las de las dos ratas. Así que prepárate, y VEN.

    Más que una invitación, parecía una orden. Michel Mon Amour cerró —creo que para siempre— Miguel Strogoff.

    La Cafetera iba repleta, los pájaros habían desaparecido junto a los charcos y en el cielo ya no quedaban nubes. Sólo el anuncio de la noche, como un gran animal, cálido, enorme y paciente.


    —Qué pena, no tenemos un teatro digno de estas cosas —dijo Eduarda.

    A mí me pareció un teatro precioso: era el mismo donde había ido a ver Cascanueces, y su recuerdo aún despertaba mi nostalgia.

    Nuestra entrada fue un tanto espectacular. En cabeza iba Eduarda, con su indumentaria —según mi apreciación— de cazador; detrás, Michel, vestido de coronel —o algo parecido—, luego yo, con el abrigo que me llegaba a los tobillos, y por último Lev, que probablemente, dadas las circunstancias, iba ligeramente mejor ataviado para la ocasión. Aunque por su manía de taparse la cara con las dos manos, no lo parecía. El acomodador nos miraba con cierto recelo, pero cuando Eduarda le llenó las manos de monedas sonrió, y hasta se inclinó un poco. Acababa de abrirnos la puertecita de un palco, y allí entramos todos, yo creo que con cierto alivio. Enseguida todo volvió a ser muy alegre. Lev llevaba una bolsa de la que sacó pastel y vodka, y otra gaseosa de bola para mí.

    Fue una maravilla aquella tarde. Primero Petrouchka, que era un muñeco al que nadie quería; otros muñecos muy parecidos a las niñas de mi colegio salían de sus cajas y querían hacerle la vida imposible. ¡Qué bien lo entendí —o creía entender entonces—! Luego, La bella durmiente. La música se incrustó en mi memoria, la Princesa Aurora quedó allí para siempre, grabada a fuego, y sólo con cerrar los ojos la recupero: no es la mejor música que he oído, pero sí la más evocadora para mí, la que sabe devolverme a un mundo propio, inventado y vivido a un tiempo, ya desaparecido, excepto para mi memoria. Una niña —yo conocía muy bien la historia— había dormido durante cien años. Cien años, como el soplo de un día, como el canto de un jilguero, como el resplandor fugaz, brillante y efímero del abrazo de Eduarda y el Coronel Michel Mon Amour, capaz de encender las pobres y apagadas candelas del Miguel Strogoff.


    En aquella ocasión, en lugar de hacerlo en casa, como solía, Eduarda se alojaba en un hotel.

    A la salida del ballet, tras algunas pequeñas deliberaciones, fuimos a cenar a un restaurante cercano al teatro. Me pareció muy bonito, con muchos espejos y camareros —todos muy altos, creo recordar—, con las piernas enfundadas en delantales blancos y ceñidísimos, hasta el punto de preguntarme cómo les era posible andar; y lo hacían, rápidos y eficaces. De vez en cuando, extraían o introducían blancos paños humeantes de unas bolas metálicas con tapadera. Había en todo el recinto un vaho caliente, que me recordó el olor del cuarto de la plancha, su amorosa complicidad: algo como un húmedo resplandor rodeando cosas nuevas y a la vez entrevistas con anterioridad. Como si hubiera estado allí antes —mucho antes—, sin saberlo.

    Eduarda fue a llamar por teléfono, y al poco rato volvió. Me pareció que sus grandes ojos de Unicornio brillaban más que nunca.

    —Adri, esta noche, si quieres, puedes quedarte conmigo en el hotel. He hablado con mamá y está de acuerdo. Mañana por la mañana yo misma te llevaré al colegio..., ¿quieres o no quieres quedarte?

    En medio de tanta emoción inesperada, contesté:

    —Sí quiero —con la voz tan firme como me fue posible.
    —Parece una boda —dijo Lev.

    Todo ocurría tan fuera de lo corriente en mi pequeña vida que apenas si sabía lo que estaba admitiendo que quería. Pero enseguida comprendí que lo que no quería era romper aquella noche, quedarme sin la cena con ellos, y lo que viniese. Además de la perspectiva de pasar la noche en el hotel, que para mí siempre sería el Hotel, con mayúscula, pues fue el primero del que tuve conocimiento directamente. Hasta aquel momento, yo relacionaba vagamente un hotel con los viajes de papá, y, sobre todo, con sus larguísimas ausencias.

    Cenamos casi en silencio, guardando cierta ceremonia. Pero no era un silencio frío y distante, como el que acostumbraba a flotar fuera del cuarto de la plancha, ni la ceremonia un ritual algo adusto y enigmático, como el impuesto durante las «Sesiones de Capilla» de Saint Maur: genuflexiones y puestas en pie al compás de una especie de castañuelas —pero sin el menor asomo festivo— que en esas ocasiones utilizaba Madame Saint Simon. Aquí no había órdenes a rajatabla, sino un orden armonioso y a la vez dispar: yo te acerco las aceitunas, tú los rábanos, pásame la sal... Y en silencio, sólo con la mirada y la sonrisa, sin el clic impertinente de las castañuelas apócrifas de Madame Saint Simon.

    Me sentía muy bien. Seguía con la sensación de que se abrían ventanitas, aquí y allá, en mi corazón y en las miradas de ellos.

    Pero percibía más que eso, lo veía físicamente, un entrelazarse de palabras sin voz, que iban y venían desde los ojos azules de Eduarda a los negros ojos de Michel Mon Amour. Era el mismo, o parecido, lenguaje que se enviaban unas a otras las lámparas de cristal en la noche, un lenguaje hecho de destellos, comunicándose unos a otros, a través de racimos de luz. Yo conocía aquella lengua aprendida en mis correrías nocturnas hacia el salón, cuando navegaba en un barco de papel de periódico.

    Inesperadamente —al menos para el pequeño grupo del que yo formaba parte, y para quien el tiempo era un elemento vago y versátil—, sonaron unas cuantas campanadas. Entonces me di cuenta de que había un reloj de pared, casi a nuestro lado. Su péndulo dorado, en vaivén, resultaba un tanto inquietante. No creo que nadie contara sus campanadas, pero Eduarda dijo:

    —Debe de ser bastante tarde.

    Todos nos levantamos. Hacía rato que sobre el mantel ya sólo quedaban algunas pequeñas copas con una gota ambarina en el fondo.

    Lev se apresuró a ponerme el abrigo con la misma delicadeza con que poco antes lo había colgado en una cornamenta de corzo, o de ciervo, o de quién sabía qué. Y pensé: «Ojalá estuviera aquí Sagrario con todos nosotros». Intuía que Sagrario era la pieza que faltaba para completar aquella suerte de sinfonía humana de la que únicamente podrían ser notas discordantes «los demás», es decir: los que no pertenecían al grupo, los que con mayor o menor disimulo nos miraban y dejaban de hablar cuando pasábamos a su lado. Aquella primera sensación de «nosotros» y «ellos» me persiguió aún durante mucho tiempo; y aún hoy me asalta de cuando en cuando, devolviéndome sombras que acaso no desaparezcan jamás de mi memoria. Tal vez la infancia es más larga que la vida.

    Nos despedimos dentro de la Cafetera, porque Michel Mon Amour no quería entrar en el hotel de Eduarda. Dijo que tenía frío en el corazón.

    Estábamos casi a oscuras, apenas iluminados a través de las ventanillas por el resplandor azulado de un farol.

    Entonces Lev dijo:

    —Va a nevar.

    Y Eduarda añadió:

    —Chéri..., yo siempre, siempre, estaré a tu lado.

    Sin una sola palabra, sin siquiera mirarnos, el enorme corpachón de Michel Mon Amour salió suavemente de la Cafetera. Quiero decir que parecía deslizarse, casi invisible, a pesar de su gran humanidad. Y Lev le siguió, murmurando:

    —Merci, merci, Madame...

    Luego, cogidos del brazo —es un decir, porque más parecía que Michel lo llevara colgando, como un bolso— se integraron a la oscuridad. Y entonces vi sus sombras rezagadas bajo la farola, y me pareció que se quedaban allí un rato, como si quisieran dejarnos sus pasos, el eco de su presencia, su recuerdo. En el vestíbulo del hotel, que era muy antiguo y muy grande, pendían del techo lámparas—arañas como las del salón, pero mucho más grandes, y sin misterio alguno. Cuando entramos en el ascensor, renqueante como la Cafetera (a quien mentalmente emparejé), me vi rodeada de espejos y enfrentada bruscamente a mi propia mirada bajo el flequillo lacio y rojizo que me tapaba las cejas. Creo que por primera vez en mi vida deseé entrar en mis ojos. Todo era asombro, descubrimiento, casi sin interrupción.

    En cuanto nos quedamos solas Eduarda y yo, las palabras se agolparon en mi garganta como si hubieran reventado un muro de contención. Un borbotón incontenible se desbordaba, atropellándose unas a otras. Y aquellas que yo tanto temía, y de las que huía, se agolpaban ahora en mi lengua: las preguntas. Una tras otra, sin rubor. Ahora no las eludía y odiaba, ahora era yo quien las formulaba. Pero Eduarda no parecía ni molesta ni sorprendida. Incluso creí ver en el espejo del tocador, mientras se desprendía de su sombrero de cazador, la sombra de una sonrisa, digamos que «giocondina» (aunque cualquier parecido entre ella y la Gioconda sería puro disparate).

    Antes de que desenfundara sus grandes manos de los guantes amarillos, yo, detrás de ella, contemplándola en el espejo, dije:

    —Eduarda... ¿por qué se ha ido Michel Mon Amour? ¿Por qué lloraba? ¿Por qué se va a París?

    Se volvió despacio hacia mí y dijo:

    —¿Cómo sabes que se va a París?...

    Me encogí de hombros y, al fin, murmuré:

    —Lo sé porque... sé que lo sé.
    —Buena respuesta —dijo Eduarda, sin el menor asomo de ironía. Luego se desprendió de su abrigo, se descalzó y añadió—: Siéntate ahí y espérame. Esta noche vamos a contarnos muchas cosas.

    Entró en el cuartito de baño, cerró la puerta y yo hice como ella: me quité el abrigo, lo coloqué lo mejor que pude sobre una de las dos camas, y me descalcé. Luego me senté en una butaca, junto a una mesita redonda, donde había un cenicero y una lámpara con pantalla rosa. A la derecha, había un balcón, con largas cortinas amarillo doradas. Y detrás de los visillos, como a través de los del salón de casa, otra vez brillaba la noche. Esto aumentó, no sabía por qué, los latidos de mi corazón; y una espumosa sensación, si no de alegría, de alivio; una forma de libertad que nunca había sentido antes. Parecía como si hasta entonces hubiera tenido una mano apretada sobre los labios y de repente esa mano se aflojara y se retirara. Y respiré, hondo, muy hondo; aspirando y dejando fluir el aire lentamente entre los labios, con un gran bienestar.


    Eduarda salió al poco rato, vestida con una larga bata y la cabeza envuelta, a modo de turbante, en una toalla.

    —Te voy a dejar algo que haga las veces de camisón —me dijo.

    Entonces yo no llevaba nunca camisón, sólo pijamas, pero no dije nada. Todo lo que venía de Eduarda constituía por sí solo una sorpresa, o un descubrimiento. Al fin, tras rebuscar un poco entre sus cosas, me tendió una blusa. Me quité la ropa y fui al cuarto de baño, donde aún goteaban los grifos y un vaho caliente cubría el espejo. Estuve un rato curioseando las cosas que allí había: frascos, jabones, colonia, cepillos... Luego borré el vaho del espejo con la mano y me miré en él. Me saqué la lengua, y salí vestida con la blusa blanca, que me llegaba algo más abajo de las rodillas.

    —Siéntate, Adri. —Me invitó, con la mano extendida. Tal y como hacían los Gigantes con los otros Gigantes, no los Gigantes con los Enanos. Y me dije que Eduarda me hablaba de igual a igual, no como me hablaba todo el mundo: de arriba abajo.

    Me senté en la otra butaca, al otro lado de la mesita, y vi que mientras yo había andado curioseando por el cuarto de baño ella había pedido un whisky, porque en aquel momento un camarero muy viejo, con patillas blancas, lo traía en una bandeja junto a una cubitera con hielo.

    Cuando se fue, Eduarda sacó su pitillera de plata, y casi estuve a punto de creer que iba a ofrecerme un cigarrillo: tan natural y placentera era aquella paz, libertad y —me atrevería a decir— felicidad que se respiraba a su lado. En lugar de eso, se puso un cigarrillo entre los labios, cerró la petaca con un clic y tras la primera bocanada de humo, surgieron por los agujeritos de su nariz, como si se tratara de un hermoso y amigable elefante, dos largos colmillos blancos, tal y como los había visto en un libro de «aprender jugando», que me regaló no sé quién por mi Primera Comunión, y con el que ni jugué ni aprendí otra cosa que, desde aquel momento, amar a los elefantes. Eduarda pasó a ser parte integrante del grupo elegido.

    Entonces, como ya había abierto la compuerta de las palabras no estaba dispuesta a sofocarlas, así que señalé la cubeta con hielo, luego al vaso y dije:

    —No es de malta.

    Eduarda mantuvo unos instantes el cigarrillo en alto, mirándome, sólo mirándome. Pero era imposible no sentir aquella mirada hasta los huesos. Expulsó otra bocanada de humo, esta vez entre los dientes, y sacudiendo la ceniza dijo:

    —Eres buena observadora, eres discreta y eres de la rama normanda. No se puede pedir más a una criatura de nueve años.

    Iba a corregirla, y decir que estaba a punto de cumplir diez. Pero, haciendo alarde de mi recién descubierta discreción, no dije nada. Sólo sobre aquel tema, porque acto seguido fui un verdadero torrente de preguntas. Yo, que tanto las rehuía, que tanto las odiaba. Pero la vida, el mundo, las horas eran otros con Eduarda.

    No puedo recordar ahora todas y cada una de las preguntas con que la acribillé. La compadecería ahora si no fuera porque aún conservo en mi memoria la complacencia con que respondió a todas ellas, sin asombro ni irritación, las dos razones que hasta aquel momento me habían impedido plantearlas a nadie. De modo que sólo retengo las explicaciones que más me interesaban en aquella época. «¿Qué era la rama normanda?»

    Supe que mi bisabuelo era de Normandía, por eso mi segundo apellido era difícil de pronunciar para las niñas de Saint Maur, y tan fácil, en cambio, para las monjas.

    Entonces ya había leído en algún libro de los gemelos algo sobre los vikingos, y en aquel momento los relacioné con los normandos. Eduarda dijo:

    —Ya no eran vikingos, aunque lo fueron. Pero... en fin ¿a ti te gustan los vikingos?
    —Creo que sí... Sí, me gustan.

    Aplastó la colilla contra el cenicero y, antes de encender otro cigarrillo, añadió:

    —Se es de donde se quiere ser, y se pertenece a quienes se desea pertenecer... Lo mismo que al revés. Así que si te gustan los vikingos, tiene sentido por que, digamos, son parientes lejanos. Puedes añadirlos a la familia.

    Y de ahí pasamos a:

    —¿Por qué están separados papá y mamá?

    Me dijo que las personas crecen y crecen, y si se han conocido de niños y se casan, luego ya no son como cuando se conocieron, ni siquiera como cuando se casaron, porque «el tiempo es un asco». Y de pronto me vinieron a la mente las lentas campanadas del reloj de pared y el vaivén de su péndulo. Y eso era todo lo que pasaba.

    Entonces comprendí lo que le había oído decir anteriormente, la tarde del helado de vainilla y la compra del guiñol: mis padres eran cobardes. La causa de aquella cobardía la entendí, a mi modo, con mi mente de diez años: que ellos se habían conocido cuando eran de una manera y que con el tiempo se volvieron de otra; y que aquella primitiva forma de ser no se podía alargar y alargar... y pensé que aquel deseo de permanecer era algo así como las sombras que dejaron en la acera Michel Mon Amour y Lev, que por mucho que se rezagaran y estiraran tras ellos acabaron desapareciendo.

    Me fui a la cama, pero como ella tenía una lámpara encendida en la mesa, la estuve mirando bastante rato. Fumaba lentamente, y cuando acabó la copa de whisky se levantó despacio. Me pareció que llevaba un peso muy grande sobre la espalda. Fue hacia el balcón, descorrió el visillo y contempló durante mucho tiempo la ciudad, la noche, las luces que se encendían y apagaban allá abajo. Tal y como yo hacía cuando corría los visillos del salón y contemplaba al farolero, mi amigo. O las luces que había dejado a su paso, aunque él ya no estaba. Como las sombras en el suelo, bajo la farola. Luego, me dormí.


    Al día siguiente tenía tanto sueño que apenas me acuerdo de cuando Eduarda me llevó a Saint Maur. Pero sí guardo en mi memoria el gran vacío que dejó cuando se fue. Y tuvo que pasar mucho tiempo antes de que volviéramos a encontrarnos.

    No sólo había desaparecido ella, también habían desaparecido el calor, la curiosidad y las ganas de conocer que me había despertado. Nunca hubiera podido imaginar que una ausencia ocupara tanto espacio, mucho más que cualquier presencia. Y fui consciente de mi gran soledad. Y este conocimiento aumentaba la tristeza que ya había descubierto. Sólo que ahora era mucho mayor.

    Si antes todo o casi todo me llenaba de inquietud, curiosidad y temor, ahora la soledad se iba ensanchando, día a día, creando una distancia cada vez más grande entre mi persona y cuanto me rodeaba. Y Saint Maur, de incómodo y desazonador, pasó a convertirse en tortura.

    Cada mañana, cuando Tata María me despedía a la puerta del colegio, no me dejaba, me abandonaba tras la verja de altas lanzas negras, hirientes y amenazadoras. De pronto, lo más inane, lo más anodino, se convertía en enemigo, amenaza, o alguna oscura trampa donde yo caería sin remedio, y nadie vendría a salvarme, porque Eduarda no estaba. Creo que nadie ha soñado con unas ruinas como yo soñaba entonces con ellas. Sin siquiera saber de qué se componían, ni cuál era su aspecto.

    Y entonces recuperé en mi memoria una escena, medio sepultada en el vaivén de los acontecimientos, tan rápidos como sorprendentes, que se habían acumulado en mi vida. Recordé: era casi de noche, ya me habían enviado a la cama, pero yo me escondí en la despensa, desde donde podía oír todo lo que se hablaba en la cocina. Sucedía esto durante la semana en que vino Eduarda a mi Primera Comunión, y estaban en la cocina, a solas, Isabel y Sagrario, hablando casi en voz baja, supongo que para que no les oyera Tata María, que andaba por otras habitaciones y no le gustaban ni la conversación ni la presencia de Sagrario. Pero, cuando estaban solos, Isabel y Sagrario parecían entenderse, sobre todo en un tema: «Ellos». En aquellos momentos, estando solos, la voz de Sagrario, más alta y más firme, decía algo relacionado con las Ruinas:

    —Sí, querida —decía (llamaba querido a todo el mundo, y sobre todo al gato de Isabel, que lo había recogido de la calle y nadie en la casa, excepto Tata María y yo, sabía de su existencia, aunque sospechaba que Jerónimo sí lo sabía pero disimulaba)—. Sí, querida, yo te puedo asegurar que les conozco... incluso les he visto. Pon atención: durante las noches, sobre todo con luna, no hace falta que sea llena, con un cuarto basta, pero eso sí, sin nubes que la tapen, empiezan a moverse por lo alto. Andan por las buhardillas, se oyen sus pasos, tac, tac, tac... Yo entonces no me muevo, me quedo muy acurrucadito donde me pille, y escucho, escucho mucho, porque, ¿sabes?, ¡yo sé escuchar! Pues, te digo, algunas noches tocan el violín, ¡desgarrador, completamente desgarrador! Se me pone la carne de gallina, pero escucho, escucho... y veo. A veces se descuelgan desde lo alto y aparecen detrás de las ventanas, cabeza abajo... y asoman sus caras al revés, y las pegan a los cristales... y entonces sus largas cabelleras cuelgan, como cortinas, o como las ramas de algunos árboles (pongo el sauce, por poner...), y todo eso, querida Isabel, pasa cuando estoy solo, cuando todos se han ido, o están durmiendo, que es como no estar...

    Isabel escuchaba, sobrecogida. Lo notaba por su espeso silencio. Ella tan parlanchina, acostumbrada a interrumpir siempre. Entonces me dije que «ellos», aquellos a quienes se refería Sagrario, eran un poco como yo, que también salía a recorrer un trocito de la casa, cuando los Gigantes estaban dormidos, o no estaban de ninguna manera. Y Sagrario seguía hablando: «Allí, sólo saben de ellos los gatos, aparte de mí ...». Isabel se interesó entonces por los gatos, aunque noté un inusitado temblor en su voz: «¿Tiene gatos doña Eduarda?». «Sí—dijo él—. Tiene una barbaridad de gatos.» «¿Cuántos?», insistió Isabel. «Ni siquiera yo los puedo contar porque siempre sale alguno más debajo de un mueble.» Comprendí el interés de Isabel porque ella había recogido aquel gato callejero, aún muy chiquitín, y sólo Tata María y yo conocíamos su existencia. Se llamaba Paco —yo lo bauticé—, y tenía los ojos azules, muy brillantes, y muy grandes. Como el Unicornio y como Eduarda. En aquel momento entró Tata María en la cocina, se acabó la conversación, y yo me fui a la cama. Creo que soñé con las Ruinas; tenían ventanas cubiertas con largas cabelleras de sauce, y se oían violines lejanos, confundiéndose con la lluvia y el resplandor de algún relámpago.

    Pero desperté con la penosa rutina de Saint Maur; y hasta aquel momento no regresó a mi memoria lo poco de las Ruinas que había llegado a mi conocimiento. O a mis sueños.


    5


    Poco a poco, sin apenas darme cuenta, adquirí la costumbre y el convencimiento de ser mala. Ya «mala» no era sólo una palabra pronunciada por Gigantes, era una realidad, porque si antes no la comprendía, ahora ya me había hecho una idea de lo que significaba: ser mala era no ser como ellos. Y yo no era como ellos —o como ellos querían que fuera—. Yo era como Eduarda. Es decir: Eduarda y yo éramos malas. Y ahí estaba la causa y el porqué de que Tata María e Isabel hablaran de ella —y cada vez más de mí— en un susurro. Me pareció que las Mesdames de Saint Maur eran como una condensación de todo el Bien que me estaba negado, oponiéndose a mi maldad. Y me molestó que Lev llamara Madame a Eduarda.

    Saint Maur, de incómodo y fastidioso, empezó a convertirse en tortura. Cada mañana cuando Tata María me acompañaba —ya no me vestía ella, ni me ponía los calcetines, cosa que secretamente añoraba—, ya no me hablaba por el camino. Sólo, cuando me abandonaba frente a la verja de altas lanzas negras —ahora no me acompañaba de la mano hasta las escaleras que conducían a la puerta encristalada—, me daba un besito pequeño, muy pequeño, en el flequillo, o donde más o menos alcanzara. Porque parecía tener prisa en dejarme, en abandonarme, y aquel beso era como una caprichosa mariposa, que unas veces se posaba, y otras volaba por su cuenta, sin apenas rozarme.

    Lo más persistente en mis recuerdos de aquel tiempo es una especie de piedra en que se convertía mi corazón. En cuanto atravesaba la verja, el peso de aquella piedra aumentaba a cada minuto. Y ya no me abandonaba hasta la salida, por la tarde. Me quedaba a comer en el colegio, una de las cosas que aborrecía. Como era la más pequeña de mi clase, me sentaba al extremo de la mesa, y todo me llegaba ya como de segunda mano. Apenas quedaba nada en las fuentes, y no era esto lo que me irritaba, sino cómo me llegaba. Por bueno que fuera —y debo decir que la comida de Saint Maur lo era— me llegaba siempre en forma de residuos, casi me atrevería a decir que desperdicios. Pero no era esto lo peor.

    Durante las horas de las comidas, la vigilancia se relajaba un tanto, las Mesdames comían en otro refectorio y sólo andaban a nuestro alrededor las sores, que servían a la mesa. Eran generalmente jóvenes, distraídas o preocupadas por las órdenes recibidas desde la cocina, y no se interesaban y entrometían en nuestras conversaciones ni en lo que hacíamos.

    Entonces se manifestaba en todo su esplendor el reino de Margot. Margot era una niña alta, más bien robusta —sus piernas eran gruesas y poderosas—, y la única de la clase que llevaba medias. Era la capitana del equipo de pelota «a campos», a la vez pelotón adulador y amedrentador, compuesto por un selecto grupo de imbéciles aterradas. Me odiaban. Y no perdían ocasión para demostrármelo.

    La única supervisora de nuestro comedor era Madame Saint Sulpice, tan viejecita que ya sólo se ocupaba de eso. Pero pasaba todo el tiempo rezando el Rosario y dormitando o dando resoplidos entre Misterios de Gozo y de Dolor. No se enteraba de nada, excepto cuando alguna sor rompía un plato, un vaso o derramaba algo. (Es la única Madame de la que conservo un buen recuerdo porque, incluso en estas ocasiones decía a la sor: «Anda, hija, anda, recógelo sin que se enteren en la cocina...». Y volvía a desgranar cuentas, a dormitar y resoplar.)

    Una vez, cuando salíamos en fila del comedor, al pasar a su lado me sonrió y me acarició la cabeza, sin nombrar mi parentesco con Cristina. Entonces pensé, por vez primera, que nadie me acariciaba nunca. Cuando había flan, Margot me decía: «Tú, pequeñaja, ya sabes que me tienes que guardar el postre». Y yo se lo guardaba, más por pereza que por temor, aunque había más de lo primero en aquella humillante sumisión. Hasta que un día, en que había brazo de gitano, y aunque no me gustaba especialmente, me encaré a ella y le dije: «No me da la gana», y ataqué con la cucharilla un bordecito del esmirriado trozo que me había tocado. Recuerdo que rezumaba mermelada de cereza por el centro (realmente, como un trozo de brazo cortado), y entonces ella se lanzó sobre mí, zarandeándome. Me defendí como pude y se armó un gran revuelo. Madame Saint Sulpice despertó de sus Misterios y corrió hacia nosotras gritando que paráramos. Como hablaba en francés, aunque la entendiéramos, no nos parecía que se dirigiera directamente a nosotras, así que continuamos enzarzadas: yo, abrazada a las gordas piernas de Margot, y ella dándome todas las bofetadas que me cabían en la cara.

    Claro que enseguida se alertó a los mandos. Vinieron a separarnos, y nos castigaron. A mí, cara a la pared, como solía, y a ella no sé cómo, pero, por lo menos durante aquella tarde, no la volví a ver.

    Sin embargo, al llegar a casa, hubo consejo de guerra. El silencio espeso de Tata María cuando nos encontramos, a la salida, ya me había anunciado algo. Llovía mucho, y ella llevaba un enorme paraguas, donde las dos nos cobijábamos. No me decía nada, ni siquiera me dio un beso volátil. Cuando entramos en el portal de casa, Joaquín, el portero, con su gorra y sus patillas blancas, su uniforme verde con galones dorados, me miraba desde su tercer escalón —el que daba entrada a su vivienda— como si también él tuviera que reprocharme algún agravio. Era muy serio, y siempre tenía que discutir o afear alguna cosa a mi novio, el chofer Paco.

    Mientras cerraba el paraguas, Tata María me dijo, casi en un susurro: «Sé humilde, niña, sé humilde... No te insolentes ahora, cuando mamá te hable... Ten paciencia, porque la has armado, niña, la has armado». Lo que yo había armado sigue siendo un enigma para mí, pero al día siguiente, me habían trasladado, con todos mis cuadernos, libros, lápices y gomas de borrar —la pizarra y el pizarrín, tan entrañables, ya habían sido eliminados de nuestro material escolar— a la última fila de la clase y, en cambio, Margot continuaba en su tercera fila. Eso no sólo no me apenó, sino que me alegró: en aquella última fila de la clase, el único pupitre habitado éramos yo y mis cosas. Así que pude instalarme a mis anchas añadiendo detalles muy queridos a mis posesiones escolares.

    Aún hube de escuchar reprimendas sobre mi comportamiento: «Atacando de manera impropia de una señorita a una alumna como Margot, que no sólo no me había ofendido en nada, sino que yo había querido comerme su pastel». Aquel horrible trozo de brazo sangrante, pensé, con un leve suspiro. Desde entonces detesto la mermelada de cereza.

    Pero antes de eso, aquella misma tarde, cuando ya me había instalado en el cuarto de estudio y sacado mis cuadernos, lápices y sacapuntas, mamá me llamó a su gabinetito.

    Estaba muy seria. No llevaba las gafas puestas, pero las sostenía en la mano derecha.

    —Acércate —dijo, sin mirarme.

    Entonces escuché nuevamente —ya había perdido la cuenta de las otras veces— que si yo me empecinaba en ser mala, ella se empeñaba en que dejara de serlo. Así que, a partir de ese momento, ella sería muy severa conmigo.

    —Has intentado quitarle el postre a otra niña. Adriana, eso es muy feo, eso es algo que no es propio de una señorita. Cristina se moriría de vergüenza de ser acusada de algo semejante, de enterarse que su hermana...

    Y yo, por primera vez en mi vida, deseé que se enterara de aquello (que era al revés de como lo contaba mamá), y que si se iba a morir de vergüenza, que se muriera de una vez, y me dejara en paz. No lo dije, pero mamá, que debió de leer algo en mis ojos, se levantó como horrorizada y dijo:

    —Ahora mismo te vas a tu habitación hasta que yo te llame y recibas el castigo que mereces.

    Y el castigo que me merecía fue una de las cosas más buenas que me ocurrieron por aquel tiempo.


    Se trataba del Cuarto Oscuro. Yo había oído hablar de él a la Tata María —cuando aún era muy pequeña—. Cada vez que hacía algo que no le gustaba, me decía: «Ten cuidado, no lo vuelvas a hacer porque si lo haces te meterán en el Cuarto Oscuro».

    El llamado, con tan respetuoso temor, Cuarto Oscuro era un cuarto interior, con un ventanuco tapado por uno de los armarios que lo llenaban. Así que la luz no entraba allí nunca, y la única bombilla, que colgaba de una escuálida cuerda, estaba fundida. Nadie se preocupaba de reponerla porque allí dentro sólo había los armarios que le daban el nombre: «El cuarto de los armarios». Y en aquellos armarios, amén de otras cosas innumerables y ahora recordadas con melancolía (juguetes viejos, «plumiers» de niños crecidos, algún ejemplar de la colección Ya sé leer), se almacenaban ropas que ya no servían a nadie, excepto, en vísperas de Navidad, para aumentar o simplemente constituir el lote aportado en esas fechas a una entidad muy nombrada en Saint Maur —aunque para mí, entonces, misteriosa, por la especial mezcla de recelo y pudor con que se pronunciaba—, y que se conocía entre las alumnas como «Los Pobres». Algo así como una tribu asentada al otro lado de las murallas, vagamente amenazadora, a la que había que aplacar de Navidad en Navidad con ropas usadas, latas de conservas y juguetes con los que ya nadie se divertía. A «Los Pobres» también pertenecían las niñas del otro lado del muro que separaba nuestros patios de recreo.

    Eran llamadas precisamente así: «Las Pobres». Ahora sé que eran niñas que recibían gratuitamente instrucción —es un decir— en Saint Maur, a través de las asociaciones de damas a las que mamá pertenecía, y de las que algún día fue presidenta, o algo parecido. Entonces tenía noticia de ellas por la frase que a veces oía de niñas como Margot, las que jugaban todos los días a «campos»: un juego que consistía en enviarse pelotazos de bando a bando, al que jamás pude, ni quise, contribuir, y por lo que también se me adjudicó una de mis muchas faltas. Cuando la pelota lanzada pasaba sobre el muro, y caía en el otro lado, las niñas se apresuraban a gritar, con sus chillonas vocecitas: «Ha caído al lado de Las Pobres». Y de esta manera las asocié al poblado extramuros, acechante y misterioso. Porque había leído demasiadas historias de romanos y vikingos, los que más le gustaban a Jerónimo. Y él me contaba a veces, somera y roncamente, entre libro y libro, espantosas guerras medievales, con castillos asediados por hordas enemigas y temibles.

    Pues en el Cuarto Oscuro, en sus armarios grandes, colgaban, entre otras ropas invadidas de olor a naftalina, algunos abrigos de mis hermanos Jerónimo y Fabián, porque se les habían quedado cortos y ya no les servían (por lo visto no se los hacían «crecederos», como a mí). Seguramente tenían algún misterioso destinatario entre la nebulosa que constituía el pueblo, o tribu, llamado «Los Pobres».

    Esta vez fue la misma mamá quien me llevó de la mano hasta el castigo. Tan solemne y poco corriente era.

    Una vez detenidas ante la puerta, la abrió lentamente, y oí su largo gemido, como el de una criatura a quien despiertan bruscamente de su sueño. Luego, con un empujoncito, me adentró en aquella tan temida oscuridad. Todo revestía una apariencia punitiva, solemne, y, sin embargo, yo me sentía expectante, secretamente divertida.

    Ellos no lo sabían pero ya estaba acostumbrada a deslizarme en mi barquito de papel, pasillo abajo, en la ausencia de luces, hasta llegar a la sinfonía de destellos que suponía para mí el salón. Esperaba que en el Cuarto Oscuro sucediera, si no lo mismo, por lo menos algo parecido, o incluso mejor.

    Apenas se cerró la puerta tras mi espalda, una oscuridad amable, podría decirse que protectora, me rodeó. Allí nadie me reprocharía nada, allí nadie me preguntaría nada, allí yo estaba sola, deliciosamente sola. Y fue entonces cuando intuí las dos vertientes de la soledad: la Mala y la Buena. La Mala era la ausencia de calor, de alguna caricia, de un beso volátil sobre mi flequillo; la Buena era la ausencia de intromisiones, exigencias y preguntas que estaban más allá de mi capacidad de comprensión. La Mala era el vacío en que me había sumido la ausencia de Eduarda, la distancia que crecía, a mi entender sin razón, entre Tata María, Isabel y yo.

    Al principio, la oscuridad fue total, puesto que el único ventanuco, que daba al patio interior, estaba tapado por un armario. Luego, poco a poco, muy lentamente, fueron apareciendo distintas siluetas. Parecía que la oscuridad adquiría una luz propia, una luz diferente a la conocida: la luz de la oscuridad que luego, a través de los años, he llegado alguna vez a recobrar.

    Me senté en el suelo, en un rincón, y estuve atenta a todo cuanto me rodeaba. Escuchaba y sentía una mezcla de curiosidad y desazón.

    Al poco, las siluetas de los armarios fueron tomando cuerpo en la oscuridad. No llegaban al techo y, unos más altos que otros, formaban algo parecido al contorno de una ciudad flotante que, en la oscuridad, adquiría una dimensión desconocida.

    Eran los armarios de siempre, pero ahora aparecían misteriosos, paradójicamente más resplandecientes. Y me pareció que los circundaba algo semejante a una aureola. O mejor dicho, como si la misma oscuridad, cada vez más transparente, fuera una enorme lupa que aumentaba y a la vez aproximaba a mí cuanto me rodeaba: algo parecido a cuando, en soledad y silencio, poco a poco, me invadía otra oscuridad luminosa: aquella en la que me sumergía cuando iba adentrándome en las páginas de un libro. Se producía entonces una mezcla de ascensión y descenso desde increíbles alturas hasta profundidades casi marítimas. Aquella suerte de lente de aumento iba acercándome a cuanto allá arriba (en el exterior, en la realidad de los Gigantes) era totalmente invisible y desconocido. Ahora yo flotaba a mi antojo y placer en un cuarto oscuro, convertido en inmenso, maravilloso Libro de Cuentos. Y en su fondo y superficie las órdenes, castigos y molestas advertencias—amenazas sólo eran palabras sin sentido, un cri—cri de grillos en la noche. Como en el Libro de Cuentos, las dimensiones y los espacios se transformaban, se ajustaban, resplandecían. Y nunca olvidaré aquel resplandor.


    Lúcidamente, a tientas, palmo a palmo, fui descubriendo cada rincón. Aquel descubrimiento, aquel palmo a palmo, iba mucho más allá de lo que parecía a la luz externa. Como si se tratara de la materialización de un sueño, que apenas se encendiese la luz, recobraría su aspecto cotidiano, vulgar, sin magia, y sin esperanza. La esperanza de algo muy bueno que iba a ocurrirme de un momento a otro.

    Entre tanteos vacilantes, tropecé con una escalera. Se trataba de una escalera casera, y la reconocí porque alguna vez había servido a Tata María o Isabel para alcanzar algún lugar normalmente inaccesible, como los propios armarios del Cuarto Oscuro. A pesar de que era bastante pesada, con mucho esfuerzo, la arrastré y apoyé contra uno de aquellos armarios—edificios que empezaban a componer mi Ciudad Secreta, la Luminosa Ciudad de la Oscuridad. Y trepé por ella hasta la cima, y apenas quedaba espacio entre el armario y el techo, excepto para una criatura como yo: tendida de bruces y avanzando sobre los armarios tal y como, imaginaba, podría avanzar una rana en terreno seco.

    Después de pasar un rato sobre aquella ciudad imaginaria, y, por otra parte, la más cercana y verdadera para mí, decidí bajar y escudriñar cuanto pudiese.

    El descenso fue algo más difícil que el ascenso. Varias veces mis pies se balancearon en el vacío antes de dar con el escalón, pero al fin llegué a tocar el suelo.

    Luego me dediqué a abrir los armarios, a medida que iba encontrando sus tiradores y pomos. No era fácil porque unos estaban más altos que otros, y algún armario ni siquiera tenía, aunque, afortunadamente, en su lugar una llave grande permanecía insertada en la cerradura. Fue un recorrido lento, muy lento y minucioso. Pero me empujaba un deseo inconcreto, en donde era menos emocionante el hallazgo que la búsqueda.

    En el primer armario—edificio que logré abrir, me topé con una larga y alta serie de cajones. Seguramente allí, en lo más alto, estaría lo que yo buscaba a tientas. Los fui abriendo de forma que, a mi entender, podrían formar una escalera. Afortunadamente estaban vacíos. Tuve que ir abriéndolos a medida que subía y sentía tambalearse el mundo bajo mis plantas. Cuando llegué al tercer cajón, apenas cabían en él mis pies —por otra parte juiciosamente desprovistos de zapatos—, lo que me obligó a retroceder y volver al suelo.

    Por poco me mato.

    Volví a sentarme en el rincón respirando agitadamente. Llevaba aún el uniforme del colegio, que tenía dos grandes bolsillos medio disimulados entre los pliegues de la falda. Allí se mezclaban, desde el primer día, innumerables objetos de difícil clasificación. Bolas de vidrio de jugar al guá, restos de las colecciones de Jerónimo y Fabián —una con espiral roja, otra azul—, ya despreciadas por ellos y atesoradas por mí como verdaderas joyas, o pedacitos de cristal rojo, restos descuartizados de algún jarrón, o papeles de plata que envolvían chocolatinas, caramelos de fresa o melocotón, o un cordón dorado sin destino conocido... Pero también terrones de azúcar. Los terrones de azúcar tenían para mí un gran atractivo. Quizá porque los añadía a las meriendas de los gnomos, que preparaba bajo los radiadores. Quizá porque estaban tan bien cortados, tan blancos, tan bien hechos.

    Para estar un ratito conmigo misma, sin más, busqué en uno de mis bolsillos, y topé con un terrón de azúcar. Lo saqué y lo partí en dos. Y de pronto, en la palma de mi mano y a oscuras, se produjo un milagro. Claramente, en un chispazo, aquel trozo de azúcar se convirtió en una levísima, extraordinaria, llamita azul. Me vino a la memoria la vez que Isabel me llamó a la despensa para enseñarme, en su penumbra, unas rodajas de merluza rodeadas de resplandor azul. «Pa que veas qué bonita y fresca es», decía, sin que yo alcanzase a comprender totalmente lo fastuoso del asunto. Pero ahora no había ni merluza ni Isabel ni despensa. Ahora sólo estaba yo, con mi joya azul en la palma temblorosa de la mano.

    Algo me sacudió entonces. Y digo sacudió porque eso es lo que sentí: como si alguien me zarandeara, como había visto a Tata María e Isabel sacudir alfombras en el terrado.

    Porque algo acababa de descubrir, algo que intuía y no conocía su nombre. En mi ayuda acudieron los cuentos de Andersen, de Grimm, de Perrault... y quizás de otros, secretamente elaborados por mí en las tardes de Saint Maur, cuando Madame Colette nos leía las historias de la Leyenda Dorada. Y me dije: «Yo soy Maga».

    Bruscamente la luz de la oscuridad se apagó, porque se abrió la puerta. El castigo había terminado y regresé al mundo de los Gigantes.

    —Supongo —dijo mamá— que habrás aprendido la lección. Espero que de ahora en adelante sabrás comportarte tal y como se espera de ti.

    Ya me iba, aún sin aclararme lo que se esperaba de mí, cuando me tomó de la mano y me retuvo. De pronto vi en sus ojos algo que jamás había visto antes. Estaban húmedos y había en su mirada, en el inicio de una temblorosa sonrisa, algo que nunca antes había conocido.

    —Niña... —me dijo, y en aquella palabra, pronunciada por vez primera (porque siempre me llamaba Adri o Adriana), noté un temblor leve, como el de una libélula sobre el agua, presto a desaparecer—. Niña, sé buena.

    Entonces, casi sin darme cuenta, me eché a sus brazos y la abracé con todas mis fuerzas. Me quedé después muy quieta, sin saber qué decir ni qué hacer.

    —Anda —dijo, de nuevo lejana—. Anda a tu cuarto.


    A partir de aquel momento ya había tomado una decisión: portarme mal y que me volvieran a encerrar en el Cuarto Libro de Cuentos.

    Tímidamente, cuando creía que nadie me veía, abría su puerta y miraba al interior. No tenía entonces nada que ver con lo que yo había vivido allí castigada. Poco a poco, fui intentando comprender qué era lo que podía enviarme al Cuarto Libro de Cuentos. Qué era lo que los Gigantes consideraban portarse mal.

    Y me porté todo lo mal que mis entendederas podían abarcar. Es decir, todo lo que ellos reprobaban y yo, unas veces sí, otras veces no, consideraba reprobable. Pero que de todos modos me llevara al Cuarto Oscuro.

    Así fue como una vez descubrí el armario donde se guardaban los abrigos con bolas de naftalina en los bolsillos, aquellos que se les habían quedado cortos a Jerónimo y Fabián, y colgaban pacientemente de sus perchas, a la espera de alguien que no hubiera crecido tanto como ellos.

    Poco antes había empezado a imaginar que yo no solamente era yo, sino también otras personas, no necesariamente de mi edad y sexo, como por ejemplo algún personaje de los muchos y variados que poblaban mis cuentos. Tal vez tomaban el lugar de aquellos amigos que nunca tuve, exceptuados Paco, el chofer, y el casi volátil farolero (en realidad, y fugazmente, sólo conocía su sombra mordiéndole los talones, alargándose tras su paso, de farol en farol).

    Como ya estaba habituándome a extender los brazos y manos hasta la distancia justa para dar con lo que buscaba, poco o nada me costaba encontrarlo. Creo que llegó un momento en que me movía con mucha más agilidad y desparpajo en aquella especie de ceguera luminosa, que afuera, a la cruda luz del mundo de los Gigantes. Descolgaba los abrigos y, uno tras otro, me los ponía. Con ellos adquiría una personalidad, por decirlo de alguna manera, más mía: yo era así la verdadera Adri, porque como por encantamiento, dentro de aquel abrigo —no vestida para acudir a Saint Maur ni para ir a ver a Shirley Temple— yo era lo que en aquel momento quería ser, y aquel abrigo sobre mi cuerpo también tomaba la forma que yo quisiera darle. Así, con abrigos desechados o sin ellos, trepaba por la escalera de mano, que seguía milagrosamente apoyada contra un armario, tal como yo la dejara la primera vez que entré en el Cuarto Oscuro, y una vez arriba, en las misteriosas azoteas de la Ciudad de los Armarios, reptando, cubriéndome de polvo que, al salir, llenaba de extrañeza a Tata María —por lo visto, la parte superior de los armarios era un terreno totalmente ignorado por los plumeros y por todo el mundo— yo podía convertirme en otro, sin dejar de ser yo misma: desde un mendigo, pasando por Piel de Asno, hasta Kai y Gerda, en su jardín sobre el Tejado, especialmente estos últimos, muy apropiados para la ocasión.


    6


    Una tarde de invierno, vísperas de Navidad, había nevado en la ciudad. No era un raro acontecimiento porque en los fríos inviernos solía nevar allí, mientras que en otras ciudades —como la de papá— lucía el sol cálido, e incluso en alguna que otra parte del mundo aparecían flores de invierno. Él me lo contó el día que me llevó a ver Cascanueces.

    Como casi siempre por aquellas fechas, la casa andaba revuelta, sobre todo en mis zonas. Me refiero a la parte del parquet sin encerar (o innoble, según Tata María). En aquella zona se encontraba también la llamada Puerta de Servicio, que era la puerta por donde llegaban Mario, el pescadero, Fermín, el panadero, y Luquitas, el lechero. Todos ellos y alguno menos frecuente, pero más ruidoso, como el carbonero en invierno o «el hombre de las barras de hielo» en el verano. Estos dos últimos daban un poco de miedo porque entraban bruscamente, y muy deprisa, como si portaran algo que podía morirse o explotar de un momento a otro, y lo descargaban casi sin hablar. El uno estaba tiznado de negro, y el otro llevaba una capucha de saco. Tenían muy mal genio, y a veces se enfadaban con Isabel, que también les gritaba. A mí me parecía que ella también les tenía miedo. Yo me escondía cuando ellos llegaban. Pero con los otros no. Sobre todo con Mario, el pescadero, al que Isabel llamaba siempre Marisco. Le faltaba un diente en su sonrisa perenne, y llevaba un delantal verde con rayas negras, y olía a merluza fresca. Cuando me veía me saludaba con un nombre que no me gustaba nada: «pequeñaja», y por eso no podía ser mi amigo, como el farolero, ni mi novio, como Paco, el chofer. Pero siempre se reía y me decía que cada día estaba más alta —lo que no era del todo verdad— y que «con esos ojos, vas a hacer mucho daño, ya verás». Yo no tenía interés en hacer daño a nadie —salvo a Margot, quizá— y eso me desconcertaba bastante.

    Isabel se reía mucho con él, aunque siempre se peleaban. Él decía que estaba loco por ella y ella decía que estaba loco nada más. Pero yo notaba que había algo entre ellos, algo escondido y a la vez transparente que no conseguía entender, pero alegre, muy alegre. Con el panadero me ocurría algo especial. Sabía cuando llamaba él porque daba tres timbrazos, y yo corría a abrir la puerta, aunque Tata María me regañase y me dijese que las señoritas no abrían las puertas, que para eso estaban ellas, y yo me decía que yo no era una señorita, que aunque nadie lo supiera, yo era Maga. Pero claro, esa palabra era como la sonrisa de labios apretados, que no se quiere que vean los demás.

    El panadero era un muchacho de la edad de Jerónimo y Fabián, muy rubio, tanto que tenía el cabello blanco y los ojos pequeñitos, que parpadeaban continuamente. Tata María me dijo: «Es albino... En mi pueblo, cuando yo era niña, había uno igual, y nadie lo quería. Ya ves, qué malos somos, tú tienes que ser buena con él, porque el albino de mi pueblo se murió de pena porque nadie le quisiera, y eso es muy malo, y muy feo». Así que yo salía siempre a verle y le decía: «Hola», y él decía: «Hola», y nada más. Traía una bolsa con el pan, Isabel la recogía y luego se la devolvía vacía. Un día (creo que fue precisamente esa víspera de Navidad), yo pensé: «Voy a hacerle un regalo». Dibujé un pan y dos bolas rojas, y metí el papel, donde había escrito: «Te quiero mucho, Albino» en la bolsa. Pero Isabel me vio meter el papel, lo sacó y dijo: « ¿Qué es esto? ». Yo se lo dije y entonces ella me miró de un modo como nunca me había mirado, como con susto, o como si no me conociera. Arrugó el papel, lo tiró y me dijo: «No sabe leer... Como yo».

    Y eso para mí fue un gran asombro: había gente en el mundo que no sabía leer. ¡Qué desgraciados debían de sentirse! Me fui a la cocina, donde Isabel y Tata María andaban ocupadas y preocupadas con todas las cosas que daban tanto trabajo en la cocina de Navidad. Me senté en un rincón, esperando un trocito de silencio donde introducirme. Al fin, Tata María se fue porque mamá la llamaba, y yo me acerqué a Isabel.

    —Isabel..., si no sabes leer, ¿cómo es que sabes tantos cuentos?
    —Porque me los contó mi abuela.
    —¿Tu abuela sabía leer?

    Entonces Isabel lanzó una carcajada, aunque sin alegría. Yo esas cosas las notaba enseguida. Luego me dijo:

    —No, hija, no. Nadie sabía leer en mi casa..., pero, eso sí, nos lo contábamos todo, unos a otros.

    Luego se enfrascó en sus pucheros y sartenes, murmurando. De pronto se quedó quieta, mirando hacia algún punto invisible para mí. Se fue a la despensa y yo la seguí, tan sigilosa y silenciosamente como solía. Isabel se empinó sobre la punta de los pies, y alargando el brazo alcanzó del estante una botella. Se echó un trago del gollete mismo y luego llenó un vasito hasta el borde. Entonces me descubrió y por primera vez vi en sus ojos una mirada de temor y timidez.

    —Da mucho calor al corazón...
    —Yo también quiero calor en el corazón —dije.

    Me dio un par de sorbitos y murmuró:

    —Ahora vete... y no digas nada a nadie.

    Y añadió:

    —¡No es nada malo! Pero... ¿sabes? Ellos no entienden estas cosas.

    Rápidamente comprendí que para Isabel Ellos eran como los Gigantes para mí.


    Como estábamos en vacaciones, yo sabía que por aquellos días algunas niñas de Saint Maur invitaban a sus amigas a su casa a merendar y a imitar a sus madres, que era lo que más les gustaba. A mí no me invitaba nadie. También Cristina atendía muchas llamadas e invitaciones, sobre todo por teléfono. Desde que nos lo instalaron, María lo miraba con mucho respeto, y lo descolgaba con tanto recelo como si fuera a recibir una descarga eléctrica o un latigazo. Cuando oía su estridente llamada, pasillo adelante, los ojos de María se abrían mucho como si la recorriera un escalofrío, como si oyera despertarse algún animal milenario, como el Mamut del museo a donde me llevaba, cuando aún yo no iba a Saint Maur.

    El teléfono, por tanto, era también para mí una especie de criatura desapacible, intrusa, que destrozaba el silencio, aunque a la vez espoleaba mi gran curiosidad sobre los Gigantes y sus cosas.

    Todo el mundo de la casa estaba demasiado atareado para llevarme al cine o al parque, que, de todos modos, estaba medio helado. A ratos pensaba en papá. Era en esos días, precisamente, cuando más le veíamos. Mejor dicho, cuando le veíamos, porque el resto del año era sólo una sombra, de su cuarto a la salida, de la puerta de salida a su cuarto.

    Y pensando en papá me acordé de Cascanueces, y deseé con todas mis fuerzas que volviera a llevarme al teatro, y volver a ver a aquella niña que, yo así lo creía, se parecía tanto a mí. Pero por más que me acerqué a la puerta de su dormitorio, y la entreabrí sigilosamente, no lo vi. Y tampoco cuando atisbé a través de la puerta encristalada de su despacho (así llamado, aunque nunca despachaba nada en él). Pocas veces estaba allí. Y en aquella ocasión ocurrió lo mismo. Sólo encontré, al empujar cautelosamente la puerta, su pequeña biblioteca, los libros impecablemente alineados en sus estanterías, pero ahora muy espaciados, en el inconfundible silencio de la soledad. No sé si habría polvo en todas partes, probablemente no, pero en mi mente todo, libros incluidos, estaba cubierto de un manto sutil y levemente plateado. Mamá no leía más que una revista argentina que se llamaba Para ti, y Cristina, nada. Pero los gemelos sí: leían mucho, y además estaban suscritos a Billiken, otra revista argentina para niños. Aunque ya eran demasiado mayores para leerla, yo veía como la ojeaban, y luego me la daban a mí, que la consumía de la primera a la última página.

    Por aquellos días, tal como he dicho, nadie me hacía caso a no ser que tropezaran conmigo. Entonces me acordé de aquella botella que daba calor al corazón, y fui a la despensa. Me encaramé sobre uno de los taburetes, y alcancé el frasco milagroso. Lo destapé con cierto esfuerzo y oí un crujido de corcho húmedo, como una risita pequeña, una risita de gnomo. Me eché un par de traguitos, que me parecieron de mejor sabor que la primera vez, y con mucho cuidado la volví a dejar en su sitio. Bajé del taburete y me puse la mano al lado izquierdo del pecho, allí donde, según me habían dicho, estaba el corazón. Pero el corazón hacía su tac—tac habitual, sin que recibiera un calor especial. No sentí nada.

    Me acordé de Paco, mi novio, pero yo tenía muy claro que Paco no era un novio como los demás. En el cuarto de la plancha, la palabra novio había adquirido, desde mucho antes, un significado que no tenía nada que ver con él. Cuando aún era muy pequeña y podía esconderme debajo de aquella mesa, en cierta ocasión, oí a Isabel y a Tomasa, la mujer que venía los lunes y los jueves a lavar y tender la ropa, hablar de sus novios. Tomasa se quedaba esos días a comer en la cocina, con María e Isabel, y daba unos terribles puñetazos en la mesa mientras sujetaba el cuchillo, punta arriba, en su poderosa mano. Me daba un poco de miedo, aunque la encontraba muy guapa. Era muy robusta, sin llegar a la gordura, quizá porque su carne era firme y apretada. Tenía unos ojos muy grandes, de color verde, que echaban chispas cuando hablaba, tanto de sus novios como de «Los Señorones» (una raza nueva, recién descubierta, como antes «Los Pobres»).

    Porque los unos, que eran los novios—bandidos —casi gritaba—, le destrozaban el corazón, y los segundos le chupaban la sangre. Y todo esto lo decía a borbotones, y dando puñetazos en la mesa, hasta que Tata María se enfadaba con ella y le decía: «Pues buenos colores tienes en los mofletes, no te la habrán chupado tanto...». Y entonces ella e Isabel se echaban a reír y decían: «Anda, anda, que tú estás domesticada... y además ya no estás para novios, ni cosa que se le parezca..., ¿qué sabes tú de la vida?». Tocante a los novios había una palabra, un denominador común: «bandidos». «Y ese bandido —añadía la lavandera Tomasa, aún más colorada en su furia—, cuando me dejó preñada y tirada en la calle...» Eran terribles los novios—bandidos, me decía yo; y me imaginaba a Tomasa tendida en la calle y medio desangrada por «Los Señorones», cosas ambas que me aterraban. Isabel añadía por su cuenta: «Eso es lo que son: bandidos».

    Yo entonces no sabía lo que quería decir «preñada», pero, por las caras de indignación y pena de Isabel y Tata María, supuse que era algo tan espantoso que te dejaba tirada en la calle. Entonces salí de mi escondite —en aquellas ocasiones era la despensa—, y vi que no era ninguna sorpresa para las mujeres, lo que me hizo sospechar que de escondite la despensa tenía poca cosa. Dije: «Paco, mi novio, ¿también es un bandido?». Estallaron en risas que me mortificaron bastante. Hasta que Isabel me atrajo hacia ella, me apretó contra su delantal a rayas azules y blancas, y me tranquilizó: «No, Paco no es un bandido, no todos los novios son bandidos... sólo los nuestros». Y las tres estallaron en risas. Pero yo había leído en mis cuentos que los bandidos eran muy malos, y no sólo robaban a los caminantes su dinero, sino que también robaban niñas y niños, y además les sacaban las mantecas, cosa que yo no podía ni imaginar. Así que todos los novios —menos Paco— eran bandidos. Y esta opinión se veía reforzada por Isabel, que tenía una pulsera de oro con una chapita, donde por un lado estaba grabado su nombre, y por el otro, el de su novio. Entonces me acordé de que, una vez, la arrancó de un golpe de su muñeca y la tiró al suelo. Aunque luego —nadie más que yo la veía— la recogió y la guardó. Y había dicho, cuando la tiraba: «Ese bandido, ese bandido, que se vaya al infierno...».

    Fui a mi cuartito y descorrí las cortinas y el visillo, y me asomé al patio. El cristal estaba empañado, pasé la palma de la mano y se abrió como un segundo cristal, húmedo, transparente y brillante. Apoyé en él la frente y miré hacia el patio. Entonces, por vez primera, lo vi.


    El patio parecía distinto: estaba cubierto de nieve, y brillaba. Algunos rayos de pálido sol caían sobre aquella blancura, y de pronto fue como si empezara a descubrir un espacio nuevo, distinto. «Es como el Cuarto Oscuro, pero al revés», me dije, deslumbrada. Porque si en el Cuarto Oscuro la oscuridad se hacía translúcida, ahora, en el patio nevado —normalmente tan opaco—, era como si de pronto la luz se hubiera apoderado de todo, con un resplandor casi cegador. Y en cada esquina, en cada rinconcito, parecía que hubiera un puñado de cristales, como cuando las arañas del salón se comunicaban mensajes, o como cuando se rompía una copa y Tata María se enfadaba, y yo me alegraba porque parecía que se hubiera derramado una cascada de destellos de arañas de cristal, de aquellas arañas de salón de los reflejos, que me revelaban palabras, comunicándose en un idioma para todos desconocido, menos para mí. Era una luz llena de silencio luminoso, que transformaba un patio interior en un valle resplandeciente, blanquísimo.

    Y entonces creí ver cruzar, tan blanco y reluciente como lo viera salir corriendo del cuadro que lo aprisionaba, al Unicornio. Esta vez cruzó el valle recién descubierto, sin ruido de hojas pisoteadas, tan sólo hollando y dejando a su paso misteriosas huellas en el silencio solemne de la nieve. Mi corazón parecía un pájaro que quisiera escapar de su jaula. Y de pronto me vino a la memoria el pequeño Kai, aquel día de invierno en que calentó en la estufa una moneda, la acercó al cristal de la ventana y, cuando el hielo se derritió, por aquel redondel vio, por primera vez, a la Reina de las Nieves.

    Pero yo no vi a ninguna odiosa y malvada Reina de las Nieves, sólo vi a Paco, el chofer, con las manos en los bolsillos, enfundado en su chaqueta de cuero, y sus altas botas, mirando hacia algún lugar que le hacía sonreír de complacencia, una mirada que sólo tenía para mí. Miré hacia el mismo lugar, y entonces apareció una criatura insólita —por lo menos para mí, en aquel momento— que jugaba con un perro lobo, grande, ágil, saltarín. Le lanzaba una pelota roja, y el animal la cogía entre los dientes y se la llevaba a los pies, esperando un nuevo lanzamiento. jugaban muy rápido, tanto que casi no daba tiempo a ver cuándo y cómo y dónde caía la pelota, y cuándo y cómo la recogía el perro.

    Abrí la ventana como si fuera verano, y casi descolgué medio cuerpo fuera, tal era mi curiosidad y mi ansiedad. En el silencio suntuoso de la nieve, se oía una palabra, mejor dicho, se veía cruzar el espacio una palabra: «Zar». Aquella criatura llamaba Zar a su perro, y saltaba de un lado para otro como si tuviera alas en los pies. Yo había visto en un libro de los gemelos un dios que llevaba casco y tenía alas en los pies, y me lo recordó.


    Pero mucho más raro que si las llevase, me pareció el resto de su persona. Recuerdo que mamá criticaba muy desfavorablemente la moda entonces en boga de que los niños lucieran melenita o tirabuzones (esto último parecía, incluso, escandalizarle). Sin embargo, y para mi confusión, se enorgullecía de los rubios y espesos tirabuzones de Cristina (laboriosamente enrollados por Tata María noche tras noche, en apretados bigudís; curiosa operación que yo atisbaba por la puerta entreabierta del cuarto de baño). Tirabuzones que, por cierto, eran muy ponderados en Saint Maur; y aún retengo en mi memoria los lamentos de aquel día en que se los cortaron, y otro en que Cristina apareció por decisión propia con melenita a lo garçon. Pero las travesuras de Cristina eran muy indulgentemente consideradas (tanto en casa como en Saint Maur). Así que, quedaba bien claro, los tirabuzones sólo podían lucirlos las niñas. Y los de aquella criatura eran largos, y sobresalían de una gorra marrón con visera, una gorra como yo no había visto a ningún niño, todavía. Y además, en los vaivenes de sus juegos, los tirabuzones parecían flotar con propio impulso, y una vez, cuando se cayó la gorra hasta la nieve, y antes de que se agachara a recogerla, toda su cabeza apareció inundada de oro: tal y como yo había visto representado al Arcángel San Gabriel. («San Gabriel Arcángel, Gran Batallador...», canturreaba a veces Tata María, entre golpes de plancha y almidón.) Y también en los vaivenes de su abrigo de pieles —tampoco visto antes a ningún niño o niña un abrigo parecido—, surgían unas piernas largas, cubiertas mitad por mitad por un pantalón de terciopelo marrón, y unos largos calcetines a rombos, con tantos colores como jamás había llevado yo en una falda. «Siempre azul marino», me dije con una leve irritación. «Siempre oscura...» De pronto me vino a la memoria Bibi, aquella niña danesa que, en la portada del libro que narraba sus ires y venires, y que tanto me gustaba, llevaba encasquetado un precioso gorro de colores, del que sobresalían dos trenzas doradas.

    Por primera vez en mi vida, sentí lo que puede ser una atracción. Algo así como aquella vez que se desparramaron por el suelo todos los alfileres del costurero de Tata María, y vino Fabián, y con un diminuto imán que usaban Jerónimo y él cuando armaban el Meccano y se les caían piezas al suelo, los recogió todos. Así era yo, en aquel momento, y así era el pantalón de terciopelo marrón, porque me dije: «Yo quiero un pantalón así, no el uniforme de Saint Maur». A lo que no podía aspirar era a los tirabuzones, con mi melenita lisa, rojiza e indómita a retorcidos bigudís. Y no estaba segura de si aquel ser se trataba de un niño o una niña. Pero sí que yo era un pequeño alfiler atraído por un imán.

    No eran únicamente él y su perro los que me atraían; era todo el espacio que abarcaba mi mirada, y un más allá de mi mirada: la luz sobre la nieve, el recuerdo de los mil colores del gorro de Bibi, como el de los gnomos, los rizos dorados del Arcángel San Gabriel, el pantalón de terciopelo marrón, los saltos —que más recordaban los de Jerónimo y Fabián que cualquier desplazamiento físico de Cristina—, fue decirme: «Yo quiero jugar así... y tener un amigo así, o, por lo menos, como Zar». Porque, de pronto, ellos ya eran amigos, deseados y tangibles; no como el farolero, ni siquiera como Paco, o el pescadero o el panadero. Podían ser amigos de verdad. En aquel momento Paco les animaba en sus juegos, gritándoles: «¡Hala, hala, Zar...! ¡Hala, hala, Gavrila!...».

    Como el telón del teatro donde vi Cascanueces y Petrouchka, cuando me hicieron desear, y soñar, aunque lo deseado y soñado fuera tan desconocido como deseado y soñado, algo se alzaba ante mí; una puerta o una ventana que se abría para darme paso a espacios que iban mucho más allá de Saint Maur, de mamá, de Tata María e Isabel; y, misteriosamente, me devolvían la imagen de Eduarda y Michel Mon Amour abrazados, aquel día en que creí ver encenderse todas las apagadas velas de las mesas del Miguel Strogoff. Ahora también la nieve se había encendido, como ellas, y el Unicornio regresó por un extremo del patio, donde antes había desaparecido, y a la inversa, volvió a cruzarlo. Por primera vez me di cuenta de que su cuerno era de oro, y de que ahora sus pisadas no dejaban huellas en la nieve aunque volvía a mis oídos y a mi olfato el ruido pisoteado y el aroma de las hojas caídas.

    Estuve un rato —no sé cuánto— contemplando el ir y venir de aquella criatura, de su Zar y su pelota roja; y el resplandor de la nieve, y las miles y miles de diminutas estrellas que parecían estallar y ascender como un surtidor tras sus pisadas. No sé cuánto duró aquella visión, pero sí que recuerdo, y muy claramente, el momento en que los dos (mejor dicho los tres, porque la pelota roja también formaba parte de su entidad) abandonaron el patio y desaparecieron por una de las puertas que lo rodeaban. Y entonces me pareció que algo que había estado apagado hasta aquel momento se encendía. El mundo, o mi mundo, por primera vez se había encendido. Porque en la nieve habían aparecido, tan claramente como ahora las vuelvo a recordar, y tan claramente como entonces, algo que nadie más que yo podía ver: las huellas de las pezuñas del Unicornio.

    Ya no estaban allí Paco ni Anastasio, el otro chofer, ni nadie más que una voz que cruzaba el aire, como un pequeño latigazo, y llevaba hacia algún lugar desconocido, muy lejos de allí. Pasó mucho rato. Había oscurecido totalmente cuando, muy despacio, fui abandonando la ventana. Y en aquel momento entró Tata María.

    —¡Dios mío, cierra esa ventana!... ¿No te das cuenta de que puedes coger una pulmonía? ¡Estás helada!

    Y más cosas que dijo, pero no me importaban; ni la pulmonía ni todo lo demás. Dentro de mí había nacido una alegría agridulce, diríase que una alegría entremezclada de impaciencia y angustia, por alguna razón que no podía desentrañar.

    —¿Has olvidado lo que significa esta noche?... ¡Es Nochebuena! Tengo que vestirte y peinarte, y debes portarte bien... porque Jesusito nace esta noche, y quiere que los niños le amen y sean buenos.

    Ya no me acordaba de que era la noche de Jesusito, y de los niños buenos. Me dejé poner aquel vestido de terciopelo azul con cuello de encaje, y los calcetines blancos, y los zapatos de charol. Y Tata María me peinó, como siempre, suspirando por los bucles rubios de Cristina, y comparándolos con mi lacia melena rojiza y aquel flequillo que, según ella decía, siempre olvidaban recortarme hasta el punto de que un día llegaría a taparme los ojos. Y de pronto, como si hubiera estado esperando el momento propicio, dijo, muy deprisa y de corrido:

    —Papá ha preguntado por ti, y me ha dicho que te guarda una sorpresa...

    Hablaba en un susurro como quien confía un secreto, o teme ser oído por alguien que no lo merece.

    —¿Papá ... ? —Me extrañé. Pero enseguida recordé que por aquellas fechas papá cenaba con nosotros y, de alguna manera, se hacía visible, cosa que el resto del año no ocurría.

    «Una sorpresa...», me dije, esperanzada. Y acudieron a mi memoria, de nuevo, la tan añorada vez que me llevó a ver Cascanueces. Y de nuevo, renació el recuerdo de Eduarda, de Petrouchka, La bella durmiente y Michel Mon Amour.


    Papá y mamá estaban en el salón, sentados cada uno en una butaca, y mis hermanos iban y venían y hablaban muy animados mientras recogían sus regalos.

    Miré a papá y, por primera vez en mi vida, intuí algo que después, con los años, he reconocido como la soledad en compañía. Aunque sonreía, sus grandes ojos negros parecían estar esperando algo. Eché a correr hacia él, con un gran deseo de abrazarle, de esconder mi cara en su cuello —como hacía, a veces, con Tata María—. Pero cuando llegué a tocar sus rodillas, me quedé como paralizada por una súbita timidez, casi diría que vergüenza, aunque no sabía de qué me avergonzaba. Acaso porque noté que todos se habían callado en un espeso silencio y me miraban. Y que me mirasen era algo que entonces —y ahora— no podía soportar. Deseé tener a mi alcance alguno de mis numerosos escondites o, por lo menos, ser un gnomo capaz de camuflarse, como lo había leído en un cuento de Andersen, tras el tallo de una flor.

    ¿Cuál sería la sorpresa que me tenía reservada papá...? Desde luego, no la cocinita, el parchís o el libro Heidi, que fue lo único que me gustó de todos los regalos, donde también encontré dulces de mazapán, cigarrillos y monedas de chocolate, envueltas en papel dorado. La cocinita me pareció un trasto inútil porque a mí me entusiasmaba la cocina de verdad —donde aún no había llegado el gas ni la electricidad, y se encendía con astillas y carbón, espectáculo a todas luces maravilloso cuando lo descubrí a mis cinco años—. Allí era donde Isabel me dejaba batir huevos e, incluso, claras a punto de nieve, juego preferido entre todos los juegos permitidos a las niñas. Porque en la cocinita regalada, todo era de mentira. Como era de esperar, si venía del mundo de los Gigantes.

    Pero papá puso fin a mi timidez, o miedo, o qué se yo, acogiéndome y abrazándome con tanta fuerza que casi me hizo daño. Y me acordé de que Isabel decía, a veces: «Ésta es la que más se parece al Señor ...». Al principio, el Señor era para mí Dios porque así lo nombraban Tata María e Isabel. Pero luego, poco a poco, fui comprendiendo que en aquella palabra también cabía papá.

    Cuando me desasí de sus brazos, con mucho cuidadito, suavemente, como si se fuera a romper, le di un beso. Creo que fue el primer beso que di en mi vida.

    Entonces, mamá se levantó del sillón y empezó a corretear de un lado a otro entre mis hermanos, repartiendo risas y sonrisas como si estuviera muy alegre. Pero yo sabía que no estaba alegre. Porque en aquel tiempo sabía leer las palabras que no se dicen, del mismo modo que, destello a destello, cristal a cristal, había aprendido a leer las palabras de la luz en las lámparas que las Tatas llamaban arañas.

    Mamá estaba muy guapa con los labios pintados, y además llevaba un vestido escotado con brillitos pequeños de plata. También se había puesto el largo collar de perlas de la abuela y los pendientes de brillantes de la tía Antonia, y yo pensé que cuándo se pondría algo que fuera suyo, no heredado de alguien.

    Enseguida nos fuimos a cenar. Y después de cenar, yo, a la cama, sin haber conocido todavía qué sería aquella misteriosa sorpresa que me reservaba papá.


    Al día siguiente, Tata María me despertó con novedades. Seguía usando el mismo tono confidencial de la noche anterior, pero yo adivinaba en su mirada una media sonrisa de satisfacción. Me dijo mientras me enfundaba los calcetines:

    —Hoy vas a pasar el día con papá.

    En «el despacho» o «la biblioteca de papá», papá no estaba casi nunca. Además, sólo quedaban la mitad de los libros que antes atiborraban las estanterías. «El señor se está llevando todos los libros... él sabrá dónde», decía Isabel. Y Tata María: «Mujer, qué cosas dices, él tiene su bufete en otra parte... ¡Qué mal pensada eres! Además, para lo poco que está en esta casa...».

    Alguna vez —muy pocas, acaso sólo un par— yo me había acercado sigilosamente a aquella puerta de cristal esmerilado cuando transparentaba la luz de la lámpara. Por un ángulo del cristal, de los pocos que dejaba transparentes el florido dibujo, yo acercaba un ojo, y veía a papá, mejor dicho, un trocito de papá, sentado en una butaca, y leyendo.

    Aquella mañana del día de Navidad, me acordé de todo esto mientras Tata María me vestía y repeinaba varias veces, sobre todo el flequillo, que cepillaba delicadamente, mientas decía:

    —Tú sé buena, y verás como papá es también muy bueno.

    Todo el mundo, pues, rebosaba bondad. Después de desayunar, y tal como había sido instruida para la ocasión, me acerqué a la puerta esmerilada. Mamá no se había levantado todavía ni, al parecer, Cristina, pero sí oía charlar a los gemelos en el cuarto de estudio. Por un momento tuve ganas de correr a ellos y contarles que papá me iba a llevar con él, pero enseguida abandoné la idea. Cuánto me costaba romper la corteza de mi timidez, o el miedo a que algo se estropeara si lo comentaba con alguien.

    La puerta de la biblioteca daba al pasillo, allí donde mis correrías nocturnas, cada vez más espaciadas. Pero en el silencio de la mañana, en la suave penumbra, parecían renacer del suelo mágicas travesías y un aroma a cera y a madera y a alfombra calentada por los radiadores que volvieron a despertar en mí la magia de mis viajes a sueños y descubrimientos secretos.

    Apoyé la frente en el cristal y, a través de la hojarasca esmerilada, atisbé el interior. Esta vez papá no estaba sentado en la butaca. Pero a través del cristal la luz era más viva porque no era luz eléctrica, era el sol. Llamé con los nudillos, como me había enseñado Tata María, y esperé. Casi enseguida oí el ruido de una silla arrastrándose y al poco la puerta se abrió. Papá me pareció más alto que nunca, y lo era mucho. Así que no pude evitar la pequeña desazón que me producían los Gigantes.

    —Entra, Adri, entra —dijo agachándose hacia mí. Y me besó en el flequillo, lugar idóneo, al parecer, para recibir esa clase de efusiones.

    Entonces vi, por dentro, aquella habitación que a partir de entonces iba a visitar con tanta frecuencia en la nocturnidad y el secreto.

    Tal como había dicho Isabel —fue en lo primero que me fijé— faltaban la mayor parte de los libros de las estanterías. Daba la sensación de que había ocurrido alguna catástrofe, algo como un huracán que hubiera arrancado pedazos de un pueblo —como yo lo había visto una vez en el cine, en un Noticiario—, o una gigantesca dentadura a la que se le hubiera caído la mayoría de sus dientes. Sentí una extraña congoja, puesto que casi al mismo tiempo me imaginé a papá empaquetando y metiendo los libros que faltaban en grandes maletas; y me lo imaginaba con el abrigo puesto los guantes y el sombrero. Y hasta llevaba una pipa en los labios, humeante como una pequeña locomotora a punto de salir pitando, lejos, muy lejos de allí.

    Pero papá parecía muy tranquilo, y me sonreía. Entonces se sentó en aquella butaca donde yo, entre follaje esmerilado, lo vi leer, y me dijo que me sentara en otra igual, frente a él.

    Después de una rápida ojeada, vi que en aquella habitación sólo había una mesa, una máquina de escribir, nuestras dos butacas y un pequeño sofá. Pero parecía desnuda, o mejor dicho, despojada.

    En algunos tramos de la pared había huellas más pálidas, que hacían suponer se colgaron cuadros, ahora desaparecidos.

    Papá y yo estuvimos un rato mirándonos, en silencio. Papá no dejaba de sonreírme, y los dedos de su mano derecha tamborileaban sobre el brazo del sillón. Me pareció que no sabía qué decir, o que por lo menos le costaba tanto como a mí. Y pensé: «Tienen razón... me parezco mucho a papá». Traté de imaginármelo con flequillo, pero no dio buen resultado. Papá tenía una frente ancha, y cabellos negros, con algunas canas por encima de las orejas.

    —Eres la más pequeña de tus hermanos —dijo de pronto, y muy deprisa. Carraspeó y continuó—: Como digo, eres la pequeña, y por eso la que he podido tratar menos tiempo... Así que en vista de que ya tienes diez años...
    —Once —interrumpí yo.

    Aún no los había cumplido, pero había decidido que, para lo poco que faltaba, ya casi los tenía. Papá dudó un poco, como quien repasa una cuenta que no acaba de cuadrarle. Pero enseguida desechó esos cálculos.

    —Bueno, once, tanto mejor. Pues he pensado que hoy es un buen día para que lo pasemos juntos. Iremos a comer a un sitio que te gustará mucho, y luego a donde tú quieras.
    —A ver Cascanueces y La bella durmiente –dije precipitadamente, llena de esperanza. Papá pareció muy sorprendido, incluso se le había quedado la boca un poco abierta.
    —Pero... en fin eso había que haberlo pensado antes. Además, no creo que haya hoy ningún teatro que ofrezca ese programa... La verdad es que pensé que te gustaría ir al cine. ¿Sabes? Hoy es día de Navidad y la mayoría de los cines están cerrados. Pero hay dos que no cierran, y en uno hay una película que, me imagino, te gustará mucho... Yo, por si acaso, ya he reservado dos entradas.
    —¿De Shirley Temple...? —pregunté, con un ligero temblor capaz de arrancar de cuajo las alas de mariposa que, de tarde en tarde, parecían brotarme.
    —No, pero... ¿no te gusta Shirley Temple?
    —Sí, me gusta..., pero ya las he visto todas. Y una, dos veces.
    —No, no es de Shirley Temple... Se llama Las cruzadas. Es que los gemelos, tus hermanos..., yo sé que pasas más tiempo con ellos que con... bueno, me han dicho que te gustan mucho los libros que ellos leen... Cuando te los explican, claro.
    —Sí —dije. Y me acordé de Beau Geste, y de Robinson, y de Jim, el de La isla del tesoro y de tantos otros. Entre ellos, uno sobre Ricardo Corazón de León.
    —Pero si no te gusta, te llevo a otro sitio.
    —Sí que me gustará porque no la he visto.
    —Si no entiendes algo, yo te lo explicaré.
    —Sí lo entenderé —dije para consolarle un poco porque me pareció entre desilusionado y confuso.
    —Además —añadí en un alarde de verborrea—, si no la entiendo, da igual porque ya me la inventaré.

    Entonces papá hizo algo verdaderamente insólito. Lanzó una carcajada sonora, y luego otra y otra... Él, que hablaba siempre en voz muy baja y apenas sonreía. Luego, para redondear mi estupor, me cogió las dos manos, me atrajo hacia él y me abrazó mientras decía:

    —Tienes a quien parecerte, hija mía...

    Fue la primera y la última vez que le oí aquella palabra. Y sin saber muy bien por qué razón sentí ganas de llorar. Pero no lloré. Desde los lejanos tiempos en que Tata María me había secado las lágrimas con la punta de su delantal, no había llorado, sino muy raramente. Y a solas. Pero a veces, durante los últimos tiempos, me había parecido llevar dentro, entre el pecho y la garganta, un puñado de piedras y un gran nudo. En ese momento, aquel nudo pareció, si no deshacerse, por lo menos aflojarse un poco.

    Entonces papá hizo una cosa que hacían casi todos los Gigantes: tiró hacia arriba, con un pequeño movimiento del brazo, la manga de la chaqueta, luego el puño de la camisa y apareció el reloj. Papá lo miró unos segundos, y dijo:

    —Muy bien, Adri. Empieza nuestro día.
    —¿Por qué miras el reloj?... —Me atreví a preguntar, en vista de lo fácil que iba siendo aquel encuentro.
    —Porque es necesario saber las horas y en qué las ocupamos... en fin, tenemos que controlar el tiempo, y lo que hacemos con él.

    Pero me pareció que lo decía de una forma poco natural: algo así como si lo hubiera leído en alguna parte, por ejemplo un anuncio del periódico, y lo repitiera. Jerónimo y Fabián lo hacían, para divertirse, y no sé aún por qué razón se reían mucho repitiendo en voz alta, pongo por caso: «Pilules Orientales...» o «Aceite Inglés, todo el mundo sabe para lo que es ...». Las personas mayores, incluso cuando aún no habían alcanzado el estrato de Gigantes, todavía eran un verdadero enigma.

    —Te voy a llevar a un parque precioso —dijo papá—. ¿Te gustan los parques?
    —Sí, la Tata me llevaba al del Museo de Ciencias Naturales.
    —Pues éste es mucho mejor: hay un lago, y barquitas, y muchos árboles.

    Tata María me vistió el abrigo nuevo que, desgraciadamente, también era azul, aunque no tan oscuro como el del colegio, y por lo menos no me llegaba casi a los talones. Pero intentó encasquetarme un sombrerito «a juego», como decía mamá, cosa a la que me negué rotundamente. Llevaba una especie de borla, a un lado de la cara, sujeta con una cinta, y me pareció lo más horrible que podían colocarme encima. Y lo hacían, hasta aquel día, contra mi voluntad.

    —¡No lo quiero! No quiero llevar en la cabeza esa cosa que se llama «capota», como la de un coche.
    —Adri. —Tata María me miraba como lo hacía en las ocasiones difíciles—. Las niñas bien educadas llevan capota.
    —¿Las niñas bien educadas...? —casi grité.

    Todo me parecía tan ridículo, tan ilógico. Y me di cuenta, a seguido, de que el encuentro con papá, tan breve aún, tan insignificante en apariencia, me había dado fuerza, o valor, para decir cosas que hasta entonces habían quedado aprisionadas en el nudo de mi garganta o sepultadas bajo las piedras que tanto me pesaban dentro del pecho. Era una sensación tan nueva que casi me asustaba. Y apenas sin transición vino a mi mente Eduarda, su sombrerito de cazador, con una plumita, sus grandes ojos azules de Unicornio y los saltos abruptos, maravillosos e inolvidables, de su Cafetera.

    —Pues que las lleven las niñas bien educadas —dije, despacito, casi dulcemente. Y me arranqué de la cabeza aquella cosa, y la tiré a un rincón, y Tata María se quedó mirándome como si me viera por primera vez en la vida. A mí, o quizá al fantasma de la pequeña Adri.


    Papá ya no tenía el coche que, antes, hacía compañía a los que conducían Paco y Anastasio. Pero tenía siempre a su disposición un taxi. Un taxi era otra novedad para mí. Los había visto pasar, a veces, pero jamás había entrado en ninguno.

    El taxi de papá nos esperaba frente al portal de casa. Joaquín, el portero, que de costumbre me parecía tan severo, de repente se mostraba amable y simpático, y nos acompañó hasta la portezuela, que abrió, diciendo:

    —Que pasen un buen día los señores.

    Y de este modo me vi alzada hasta un altar, junto al Señor.

    El chofer del taxi conocía a papá porque lo saludó con más que respeto, yo diría que con cariño. Y en el transcurso de aquel día me di cuenta de que papá despertaba cariño, o algo que se le parecía mucho, allí por donde iba. Parecido, aunque distinto, a lo que despertaba a su paso Eduarda.

    El parque de papá —se llame como se llame, para mí siempre será el parque de papá— me pareció enorme. Nunca había estado en un lugar semejante —nada que ver con los jardines del Museo, a donde me llevaba la Tata cuando aún no iba a Saint Maur—, y por primera vez me acerqué al gran misterio de los árboles. Papá me decía sus nombres. Unos nombres que me parecieron extraños, pero tenían la virtud de que yo los bautizara a mi vez: «El que huele a lluvia», el «que parece un viejo», el «que llora»... Todo estaba nevado, apenas había hojas ni flores. Sin embargo, me gustaba: casi más que si hubiera hojas y flores. El estanque que papá llamaba lago parecía helado. Quizá lo estuviera, quizá no, pero se me antojó de cristal duro y reluciente. No caminaba nadie por los senderos, sólo papá y yo los recorríamos despacito, mi mano escondida en la suya, y notaba su calor aunque estuviera enguantada.

    Conservo un recuerdo tan vivo de aquel parque, de aquel lento, largo y callado paseo por senderos flanqueados de blancura suntuosa, que nada podrá borrarlo de mi memoria. Despacio, muy despacio, sabiendo que nadie estaba esperándonos para incorporarnos a sus días llenos de sobresaltos y vacíos, sin apenas transición. Sin que nadie nos reprochara por qué llegábamos tarde a alguna imaginaria cita. Sin tener la obligación de explicar —a oídos, por otra parte, totalmente desinteresados del asunto— qué habíamos hecho, en qué habíamos perdido el tiempo. El precioso tiempo de ellos, no nuestro silencioso vagar por senderitos bordeados de parterres blancos y árboles desnudos, con los negros brazos alzados a un cielo de aluminio. Avanzábamos así, en el mágico silencio que despiertan los parajes nevados. No sé cuánto tiempo duró aquel deambular sin rumbo, sin la obligación de llegar a alguna parte; sólo así, caminando, despacito, mi mano dentro de su mano, en el aterciopelado silencio de la nieve.

    Y entonces sentí un gran deseo de comunicar la paz o la felicidad, esa peligrosa palabra que no debe pronunciarse y que de pronto había llegado a mí. Pero sólo se me ocurrió apretarle la mano. Lo hice una sola vez, y casi al instante él me devolvió el apretón: y lo hizo dos veces. Los dos mirábamos hacia el cielo casi blanco, y con otro apretón de manos volví a decirle que le quería. Me respondió de la misma forma. Creo que nunca, ni antes ni después, he mantenido con nadie una conversación más íntima, más explícita. Ni tan bella. Aquel parque solitario, aquel hombre y aquella niña solitarios, aquel vagar sin rumbo y aquel silencio. Un parque sin gentes, cubierto de nieve, un estanque de cristal, y la ausencia de palabras, y de ruidos —si hubiera caído la última hoja del último árbol de invierno, la habríamos oído— para no romper la conversación muda que habíamos inventado entre los dos, mano a mano.

    Papá se detuvo frente a un árbol muy grande. No recuerdo su nombre, pero sí sus largas ramas desnudas y negras contra el resplandor del cielo. Parecía como si mi cuerpo se hubiera hecho de alguna materia esponjosa, y absorbiera luces, y silencio. Papá me señaló entonces tres pájaros en el suelo, junto al tronco del árbol. Eran oscuros y formaban un extraño corro, como persiguiéndose en redondo. Eran pájaros de invierno, aquellos a quienes Tata María llamaba «pájaros del frío». Sus vueltas y sus revueltas en torno a un eje invisible parecían evocar algún ritual antiguo, casi sagrado.

    —Mira, Adri —dijo papá—, se están dando calor unos a otros...

    Pero a mí no me pareció que se daban calor, más bien me parecía que se perseguían sin encontrarse. Y además estaban asustados, desorientados, sin saber qué rumbo iban a tomar, ni a qué o a quiénes iban a unirse en su largo viaje hacia las tierras del Sol. Un viaje que acababa de inventarme, un viaje de luz, y nada tenía que ver con lo que nos rodeaba. Allí, en aquel lugar y en aquel momento, en aquel invierno, parecían asustados como si hubieran olvidado cómo se vuela. Casi sin darme cuenta fui hacia papá y me dije que él y yo éramos como aquellos pájaros:

    —No se están dando calor... están asustados.

    O acaso no sabían qué rumbo tomar, hacia dónde volar. Y añadí, casi sin pensarlo:

    —Somos tú y yo, papá.

    Pero papá dijo que no, que nosotros no éramos así.

    —No digas esas cosas, Adri. Tú y yo no nos asustamos de nada.

    No era verdad. Yo sí me asustaba, y en aquel momento me di cuenta de que él también.

    — ¿Tienes frío? —preguntó, de pronto.
    —No lo sé.

    Hasta que él me lo preguntó no había notado que estaba temblando.

    —Soy una calamidad —dijo, pero no me hablaba a mí, hablaba consigo mismo—. No sé tratar a los niños, ni a los mayores... ni a mí.

    Entonces yo dije:

    —Yo tampoco.

    Dejamos de andar y miró hacia el cielo, que tenía un tono de perla, con nubes casi transparentes. Luego cerró los ojos y vi que de su nariz salían nubecillas, algo así como si fuera una diminuta chimenea de gnomos.

    —Adri, todo lo que me has dicho de ti me sabe a poco...

    Ahora, después de tantos años, creo entender sus palabras. Pero, como entonces, no sé lo que realmente guardaba su corazón.

    De pronto parecía muy alegre. Me apretó contra él —mejor dicho, contra sus rodillas— y casi gritó:

    —¡Vamos a cualquier sitio donde podamos contarnos muchas cosas!...

    Me sorprendió que un Gigante quisiera hablar de cosas con un Gnomo. Desde que era muy pequeña, me gustó imaginar que yo, en cierto modo, lo era. Y me vino a la memoria la vez que Isabel me dijo: «Nos lo contábamos todo, unos a otros...». Y sabían muchas historias, aunque no supieran leer.

    Papá casi me arrastró hacia el taxi, que nos esperaba a la entrada del parque.

    El chofer conocía tanto a papá que empecé a creer que era amigo suyo, pero de la misma forma como era amigo mío el farolero, pongo por caso. Cuando estuvimos instalados en el taxi, volvió la cabeza hacia atrás, hacia nosotros y dijo:

    —Don Germán... aunque sea un día como hoy, usted lo sabe, yo le llevo a donde usted me mande... y en cualquier día del año que sea, y a donde sea...

    Me pareció que por un lado estaba diciéndole que le quería mucho y, por otro, que hacía un gran sacrificio trabajando para él en un día así. Estas cosas, a los diez años, parecen leerse en la voz más que oírse. Las palabras oídas en aquel tiempo han quedado grabadas en mi memoria más por la puerta que abrían que por la que cerraban.

    —Sí, ya lo sé, Ernesto, ya lo sé... Y te lo agradezco mucho.

    Entonces, papá le dio una dirección que por lo visto Ernesto ya conocía porque con sólo decir «A la Peña...», no tuvo que especificar ni la calle ni el número.

    El Club La Peña estaba también cerrado. Pero había unos timbrecitos a la derecha de la puerta, que papá pulsó. Y, al poco, la puerta se abrió. Un portero parecido a Joaquín, muy apresurado, se estaba abrochando un botón dorado, bajo la barbilla. Tenía los ojos llenos de sueño.

    —Don Germán, qué sorpresa... Anoche tuvimos tanto ajetreo... ¡Hasta las cinco...!

    La Peña era bastante oscura. Había dos grandes salones, con paredes recubiertas de madera, que olían muy bien, y donde papá y yo nos sentamos, en dos butacas uno frente a otro —empezaba a parecerse a un ritual— junto a la chimenea, donde agonizaban las llamas de unos pocos leños. Pero enseguida llegó un jovencito con más leña. Se dispuso a revivirlas mientras decía:

    —Señor... —Papá volvía a ser Dios—. Perdone, pero hoy no esperábamos...
    —¿Dónde está Eliseo? —dijo papá. Y aquella reciente y súbita, casi inesperada alegría, había desaparecido de su voz. En la ventana, a través de los cristales de colores, el sol de invierno, amarillo y verde, había caído a trocitos sobre el parquet, allí donde no alcanzaba a cubrirlo la alfombra. Entonces llegó un muchachito, casi un niño, vestido de viejo. Parecía tímido como yo cuando Madame Saint Genis me pedía que hablara.
    —¿Y Eliseo...? —murmuró papá.
    —Hoy libra, señor... Es Navidad.

    Empecé a sentir en aquel nombre un secreto reproche.

    Papá se pasó la mano por la frente y dijo:

    —Claro, claro... es Navidad.

    Creo que desde aquel día, este nombre, esta palabra conlleva el color de senderitos entre la nieve, el tono semifestivo de una voz, la derrotada e intermitente alegría de un hombre a quien algunos llamaban señor y yo papá.

    Papá pidió que le trajeran un fino, nombre que me pareció muy bonito, y el periódico. Pero el periódico no existía ese día porque era Navidad. Me pareció tan desolado que pensé: «Voy a contarle cosas, como hace la familia de Isabel». Así que le dije:

    —Papá, he visto un niño jugando en el patio interior.
    —¿Qué niño? —preguntó. Y noté la poca emoción que le producía aquella noticia.
    —Es un niño que no parece un niño... y juega con un perro que se llama Zar. Lleva tirabuzones.

    Papá pareció regresar de un lejano viaje, sin reconocer nada ni a nadie. Decidí cambiar de tema:

    —Papá... ¿tú conoces a Eduarda...?

    Entonces papá sí pareció entender la pregunta. Se inclinó hacia mí y a su vez preguntó, suavemente, casi en un susurro:

    —¿Por qué me lo preguntas? Claro que la conozco. Es la hermana mayor de mamá.
    —¿Te parece que está p'allá ? ... Eso dicen las Tatas.

    Papá se quedó mirándome con la copita de fino en la mano levantada. Al fin, murmuró, inclinándose más hacia mí:

    —No uses ese lenguaje, Adri... Nadie está p'allá ni p'acá.

    Y se enredó en lo que se debía decir, o no decir, hasta que los dos nos cansamos, y yo insistí:

    —¿Quieres a Eduarda?
    —Claro está que la quiero... Y creo que es una de las pocas personas con las que puedo hablar... en esta familia.
    —¿Yo soy tu familia?

    Entonces papá se puso muy nervioso, y me dijo que mejor fuéramos a comer, que ya era hora. Y volvió a mirarse la muñeca, y a controlar el tiempo. Y mientras esperábamos que nos trajeran los abrigos, y estábamos ya de pie, dijo:

    —¿Estás segura de que quieres ir a ver Las Cruzadas?
    —Sí, sí estoy segura.

    Y mientras lo decía, por vez primera tuve la sospecha de que, en realidad, nunca he estado segura de nada.

    Fuimos a comer a aquel restaurante que según dijo papá me gustaría mucho. Pero era el día de Navidad.

    De todos modos, el restaurante era muy bonito. Mucho más grande y lujoso que el de la noche de Petrouschka, con Michel Mon Amour, Lev y Eduarda.

    No había casi nadie: sólo un señor y una señora muy viejos, en una mesa, callados y mirando más allá de la ventana. Y nosotros dos. También el maître y un camarero, tan viejo como el matrimonio que miraba la nieve a través de la ventana, que le dijo a papá:

    —Feliz Navidad, don Germán... ¿ésta es la mocita?

    Nunca había oído la palabra mocita. Había tantas y tantas palabras, y no sólo palabras, que yo no conocía, o estaba privada de ellas, que me sorprendió. «Mocita», pensé. La apuntaría en la libreta secreta que guardaba bajo los pañuelos y los calcetines, en el armario de mi cuarto. Con tantas otras cosas como iba atesorando cada vez que tenía oportunidad. Oportunidades eran, hasta entonces, Eduarda, Isabel, Tata María... En ocasiones Paco, o Mario, el pescadero. Ahora había que añadir la de papá, o las que brotaban en su entorno. Como reflejos de cristal a cristal, comunicándose noticias a través de las arañas del salón; o las copas de la mesa en las contadas ocasiones que me dejaban comer con los Gigantes. Los vasos de la cocina —mi habitual comedor— sólo transportaban agua o zumo de naranja.

    —Sí, la pequeña —dijo papá. Y de pronto me pareció que lo decía con tristeza. No por mí, ni porque yo fuera la pequeña, ni siquiera porque yo fuera esa palabra «mocita», que no acababa de sentarme bien; ni por el parque nevado, ni por el día de Navidad, ni por el cine en vez de Cascanueces. Quizá porque no había tenido tiempo, o simplemente ganas, de hablar conmigo como lo había hecho antes con Cristina o los gemelos.

    A lo mejor no estaba triste por ninguna de estas cosas, pensé. La tristeza parecía un sentimiento muy delicado, que se podía rasgar en cualquier momento, que se podía convertir inesperadamente en otra cosa, algo que me repelía. Todo esto bullía en mi cabeza, sin saber muy bien lo que significaba, pero anticipando un vacío. Un vacío parecido al que sentí aquella mañana en que Isabel me llevó con ella al terrado, y me apoyé en la baranda y miré hacia abajo y me invadió un irresistible impulso hacia el abismo. Sólo la voz rotunda de Isabel y sus brazos vigorosos me apartaron de aquel atractivo. El imán, la atracción que recogía las piezas caídas del Meccano, se abría ahora, sutil, bajo cuanto hacía o decía papá.

    —Pide lo que quieras, hoy no tienes que comer lo que no te guste, y, cuando ya no tengas apetito, puedes dejar en el plato lo que no quieras...

    Creo aún recordar, como en una neblina, casi todo lo que ocurrió en aquella comida y la voz de papá. Intentaba ser amable, intentaba darme confianza, intentaba, quizá, darme cariño. Pero yo tenía miedo: y así supe que siempre lo había tenido, y que el miedo acababa apoderándose de todo lo que hacía, o decía, o escuchaba. Era un miedo sutil, frágil, y sin embargo, poderosamente destructor.


    Pero afortunadamente existe la risa, y aquel día —aunque por entonces me daba poca cuenta de ello— fue la risa quien nos unió. La risa que brotó al final de nuestra breve conversación:

    —Adri, el día seis de enero, ya sabes, los Reyes Magos te traerán lo que pidas, ¿has hecho ya la carta?

    Le miré, casi con ternura de Gigante a Gnomo:

    —No, papá. Ya hace dos años que no creo en los Reyes Magos. Pero sí tengo una lista de pedidos...

    Papá parecía asombrado.

    —¿Quién te dijo que no existían los Reyes Magos...? Los Reyes Magos existen. Lo que pasa es que, cuando los niños dejan de creer en ellos, los abandonan, y entonces los papás tienen que sustituirles, para que no... para que no dejen de creer en...
    —Sí. —Le interrumpí porque me di cuenta de que estaba hecho un lío—. Ya lo sé, no te preocupes. De todos modos los Reyes Magos y yo seguiremos siendo amigos.

    No era verdad, pero desde aquel momento acababan de incorporarse al farolero, al pescadero, a Paco, el chofer... Y añadí:

    —El año pasado les pedí un caballo vivo.

    Papá movió la cabeza con aire apesadumbrado, y de pronto vi en sus ojos negros una lucecita de alegría, o de risa contenida:

    —Vaya, vaya... en menudo aprieto los pusiste.
    —Sí —dije, continuando la broma—. No cabría en mi cuarto, y puedes imaginarte lo que diría Cristina...

    Y los dos empezamos a reírnos tan fuerte que el matrimonio de ancianos que miraba la nieve, tras una mirada de falso reproche, sonrió.

    Entonces papá alargó las dos manos sobre los platos, las copas y todo lo demás, agarró mis dos pequeños puños, y los apretó tanto que casi me dolieron.

    Y era la primera vez que yo me reía, por lo menos con tantas ganas, y sentí como si dentro de mí algo estallara en mil pedazos, como si aquel montoncito de piedras que pesaba sobre mi corazón saltara por los aires. Y pensé: «Qué bueno es reírse...».

    Papá dijo entonces:

    —Tendrás un caballo vivo, te lo prometo... No ahora, ni mañana, ni sé cuándo... Pero te doy mi palabra de honor de que lo tendrás. Y cuando lo tengas, acuérdate de papá.

    Yo le miraba atentamente, casi ávidamente: como miraba todas las cosas que de algún modo quería aprehender, en aquel tiempo. Y me di cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas.

    Despacito, porque apenas me salía la voz, apreté también sus grandes, morenas, cálidas manos, y dije:

    —Sí, papá.

    Y luego retiré mis puños, apretados, indignados o doloridos por tantas y tantas cosas que aún no lograba comprender y, sin embargo, estaban dentro de mí. Algo se abría paso, entre todo cuanto me llenaba de regocijo: Cristina era incapaz de albergar un caballo vivo en su habitación. Yo, sí. Y al Unicornio.

    —Papá, ¿vamos a ver Las Cruzadas?
    —Sí, claro, naturalmente... seguro que te gustará. Y terminamos el postre, nos abrigamos y nos fuimos a ver Las Cruzadas.


    7


    El cine era uno de los más grandes, de entre los muchos que había en una calle que llamaban Gran Vía. Sólo ver sus grandes carteles en color, sus muchas luces encendidas y aquellas letras luminosas donde podía leerse Las Cruzadas me hicieron latir el corazón. Presentía que allí me esperaba algo nuevo y, por supuesto, emocionante. Leí, en grandes titulares, los nombres de Henry Wilcoxon y Loretta Young. Y en los enormes carteles vi a un hombre con la espada en alto. Papá lo señaló y me dijo:

    —Es el rey Ricardo Corazón de León.

    Quedé sobrecogida, y volvió a mi memoria aquel nombre, pronunciado a menudo por los gemelos.

    —¿Tenía corazón de león...? —pregunté, asida a su mano, con la mirada alzada hacia aquel impresionante caballero.
    —Quiere decir que era muy valiente... y por eso le llamaban así.

    El cine estaba en una suave penumbra, y el acomodador, con su linterna, parecía el cómplice de alguna aventura a punto de producirse. Todo era suntuoso, solemne y muy grande. Nada tenía que ver con los domingos de Shirley Temple, con Tata María durmiéndose en la butaca de al lado, y a la que tenía que despertar de cuando en cuando para que no roncase. Apenas podía moverme en la butaca, me sentía inundada de pasmo, fascinación y una chispita de miedo. Y, sobre todo, la emoción de entrar en un espacio nuevo, absolutamente desconocido y cautivador. Porque no veía la película, entraba en ella, galopaba en sus caballos, gritaba con sus gritos de guerra, blandía sus espadas... Y no entendía nada. Pero precisamente por eso me atraía más: puro misterio, puro enigma; la tierra donde a mí me gustaba vivir, avanzar, imaginar; el mar donde deseaba sumergirme, al borde siempre de un descubrimiento; puro deseo de alcanzar o de recuperar algún lugar que me pertenecía, y que todavía no había encontrado. Las inquietudes que me despertó la visión de aquella película son difíciles ahora de repetir. Sólo retazos, fragmentos, como el de la aparición de aquella Loretta Young —que en la película era una princesa llamada Blanca de Navarra—, y que su belleza me dejó anonadada. Yo estaba acostumbrada a oír que Cristina era la más guapa, la más elegante, y en cuanto apareció la Princesa Loretta Young, todas las bellezas conocidas quedaron reducidas a cenizas. Jamás había visto —ni siquiera en las ilustraciones de los cuentos— alguien parecido. Era tan rubia, tenía unos ojos tan grandes y tan brillantes, y sobre todo estaba envuelta en una especie de halo luminoso, al que contribuían las ropas, todo gasas y sutilezas. Contrastaba casi dolorosamente con la rudeza y crueldad del ambiente, y me llenaba de estupor, especialmente cuando la vi casarse con la espada de Corazón de León.

    Mi asombro, incomprensión, y el soterrado atractivo que aquel mundo me suscitaba, llegó a su cenit. Jamás he comprendido menos una película —y no sólo una película— que, por contra, me haya conmovido más. Cuando terminó, yo tenía la boca seca, las manos me temblaban y estaba como paralizada. Papá ya se había levantado, con su abrigo al brazo, e intentaba enfundarme en el mío.

    —Bueno —decía—, no sé si te habrá gustado... Pero, hijita, no había mucho donde elegir... Y además creo que no tendrás que inventarte nada: por lo que he visto, ya se lo han inventado todo ellos... ¡Qué barbaridad, qué estropicio de la historia! ...

    Salimos en silencio. Aún me latía el corazón. Papá —era un tic de Gigantes, al parecer— miró su reloj de pulsera y dijo:

    —Ahora vamos a merendar... porque tendrás hambre, ¿verdad?

    Yo no sabía si tenía hambre, sólo sabía una cosa: que no quería regresar al mundo de los Gigantes, de Saint Maur, de la casa... Pero no podía decir nada como si de pronto se me hubieran acabado todas las palabras que sabía, y aún las que tenía que descubrir o inventarme.

    Papá y yo de su mano entramos en una chocolatería—heladería —aunque, entonces, no se llamaban así—. Nos sentamos a una mesa, al lado de una ventana, y después de un ratito, se acercó una camarera, con aire aburrido.

    Papá me preguntaba qué quería merendar, pero yo no decía nada, no podía hablar.

    —Pero, dime, Adri... ¿qué quieres?

    Entonces algo estalló dentro de mí, y apretando los puños —como siempre que quería darme fuerzas—, casi grité:

    —¡Quiero volver al cine, quiero ir otra vez al cine...!

    Papá se quedó mirándome con tanto asombro que me reconocí en él. O, por lo menos, en sus ojos. Dijo:

    —Bueno, pero entretanto... ¿qué quieres?

    Pedí un helado de vainilla —en recuerdo a Eduarda— y cuando la camarera se fue, dije:

    —Papá, por favor... quiero ir otra vez al cine, por favor.
    —Bien, bien —dijo papá, cogiéndome una mano y apretándola. Suspiró y murmuró, no tan bajo que yo no pudiera oírle:
    —Qué raros son los niños... o por lo menos ésta.

    Al comprobar tan buena disposición, me aventuré a decir:

    —Yo no quiero ir a casa... yo quiero estar siempre en el cine, contigo... y en el cine.

    Tanto insistí, y con tanto empeño, que al fin papá cedió:

    —Bueno, creo que tienes algún Ángel, o algún Diablillo, que está de tu parte... había sacado, por si acaso, entradas para otra película, pero Las Cruzadas me pareció mejor... aunque no sé si me equivoqué.

    Sacó entonces de su cartera dos papelitos rosa, donde se leía «butaca» y que me llenaron de alegría. Papá, con cara de resignación, añadió:

    —Esta película ocurre durante la Revolución Francesa; la verdad que no sé cuál va a ser menos adecuada para un día como hoy.

    Casi me pareció que sonreía, por el modo de apretar las mandíbulas, y la vena de la frente, que se marcaba más.

    —Así que, en lugar de devolverlas...
    —¡No las devuelvas, no las devuelvas...!

    Casi se las quité de las manos. Papá me miraba cada vez con más asombro como si, en lugar de verme a mí, viera una criatura desconocida:

    —Papá —dije, para suavizar aquella impresión—, es que yo quiero estar siempre en el cine, quiero vivir en el cine...

    Antes de contestarme, papá pidió otro helado para mí y un copa de no sé qué para él. Y mientras yo comía, y él bebía, dijo:

    —Ya tienes edad para saber que en el cine no se puede vivir. La gente del cine también tiene sus casas, su familia...

    «No entiende lo que yo le quiero decir —pensé—, se cree que soy tonta.» Pero con tal de que fuéramos a ver otra película, me callé. Entonces él dijo, con aire abatido —o eso me pareció:

    —Vámonos ya. Y si no te gusta... ¡Cállate, por favor!

    La película se llamaba Historia de dos ciudades.

    Recordé que uno de los libros de los gemelos se titulaba igual. En la portada había una guillotina. Durante la película me enteré de para qué servía aquella máquina y de muchas más cosas. Creo que en aquellas dos sesiones de cine aprendí más de los Gigantes y de su comportamiento que en los cinco años de asistencia a Saint Maur.


    Cuando salimos a la calle, ya era de noche. Me aferraba a la mano de papá, y notaba un temblor casi irreprimible. Yo estaba acostumbrada a disimularlo, sobre todo cuando mamá me llamaba a su gabinete y llevaba las gafas en la mano. Ahora era diferente. Apenas podía abrir los ojos, me dolía la cabeza y daba diente con diente. Papá se dio cuenta:

    —¿Qué te pasa...? Dios mío, me parece que tienes fiebre...

    Me puso la mano en la frente.

    —¡Pero si estás ardiendo!... Dios mío, menuda papeleta —murmuró.

    Llamó a un taxi —porque Ernesto ya se había despedido para irse a la Navidad de su mujer y sus hijos— y tardó un poco en encontrarlo.

    Durante el trayecto del cine a casa, papá me tuvo abrazada y de cuando en cuando me apartaba el flequillo de la frente, como si el flequillo tuviera la culpa de algo.

    Cuando llegamos a casa, llamó enseguida a Tata María:

    —Ocúpese de la niña mientras yo llamo al médico. —Me pareció que su voz temblaba casi tanto como yo—. Me parece que no está bien. ¿Dónde está la señora?
    —Ha ido al teatro con los niños...

    María me cogió en brazos, a pesar de que yo era demasiado grande para que me llevase así. Como de costumbre, María era la única que se mantenía serena. Al refugiarme en sus brazos sentí algo así como una especie de consuelo, aunque no sabía de qué tenía que consolarme. Porque, a pesar de todo, a pesar de la fiebre, del dolor de cabeza y del cuerpo entero, como si me hubieran dado una paliza, yo estaba alegre. La alegría me inundaba y, aunque temblaba, aquel sentimiento se sobreponía a cualquier otro.

    Tata María me llevó a la cama y me desvistió. Había calentado antes el pijama, como cuando yo aún no podía quitarme la ropa. Me santiguó, me quitó los largos calcetines azul marino, y me frotó los pies.

    —Tienes fiebre..., tienes los pies helados, niña —dijo, casi en un susurro.

    Lo último que hizo fue desprenderme los pendientes con mucha suavidad: unas pequeñas perlas con aritos, atravesándome las orejas, que llevaba desde que nací o poco después. Y fue, creo, lo último que recuerdo antes de que Tata María me acostase.

    Aquella noche dormí o medio dormí con gran inquietud, despertándome de tanto en tanto con sed. Tata María no se apartaba de mi cama, y tenía encendida la pequeña lámpara de la mesilla. El suave resplandor que transparentaba su pantalla, y la presencia de Tata María dormitando en una butaca a mi lado, me inundaron de paz, de bienestar. Hacía mucho, mucho tiempo que no sentía una paz y un bienestar parecidos. «La felicidad...», me dije, como una palabra oída, o leída, y hasta aquel momento sin sentido. Una especie de sonrisa múltiple que por primera vez conocía e inundaba todo cuanto miraba. Como si sonriera con todo mi ser.

    De lo que ocurrió luego sólo guardo imágenes fragmentadas: la visita del doctor —le conocía, o al menos recordaba sus manos—, el termómetro, su voz apacible. Desde hacía mucho tiempo —quizá nunca antes— no había experimentado una sensación parecida de equilibrio y suave alegría. De pronto ya no existían Saint Maur, ni Margot, ni las niñas burlonas, ni las hojas caídas de las moreras con sus ristras de orugas rodeando mis solitarios recreos. Parecía que desde aquel día la vida recomenzaba su ruta y, sobre todo, dejaba atrás cuanto detestaba o entorpecía mi camino.

    Después, vagamente, aparece la cara de mamá, inclinada sobre la mía, y sus verdes ojos, sin gafas. Pero el recuerdo más claro es el de su largo collar de perlas, rozándome, y su perfume.

    Creo que me dormí. O por lo menos estuve largas horas —quizá días— mecida en aquella penumbra, con la luminosa transparencia de la lamparita a mi lado, esparciendo sobre mí y hacia el techo sombras y resplandores portadores de sonrisas invisibles. Y la felicidad —o así me parecía— que conocía por primera vez. Por fin conseguía lo que solamente había vivido en el Cuarto Oscuro. Que me dejaran en paz.


    Entonces sentí por vez primera el placer de saber que dormía. Descansaba, me mecía en el sueño casi beatíficamente, y al mismo tiempo me enteraba de que dormía; dormir no era un bien desperdiciado. Como si de pronto me diera cuenta de que estaba reparando una larga fatiga arrastrada desde tiempo atrás, sin saberlo. Me liberaba lenta, suavemente, de un cansancio que me había acompañado no sabía desde cuando. Recuerdo que respiraba profundamente y me sentía contenta, o algo parecido, aunque me dolieran los huesos, la cabeza y el entorno de los ojos. La somnolencia y el ardor de la fiebre se mitigaban cuando Tata María me daba a beber algo que sabía remotamente a almendras amargas.

    La fiebre, o por lo menos el amodorramiento, duró tres o cuatro días. Al final, desperté, y por entre los párpados medio cerrados, lo primero que vi fue un cuadro de luz proyectándose en el techo. Y dentro de aquel cuadro de luz, que llegaba del patio, se agitaban pequeñas siluetas en sombra, y me recordaban el perfil de ciertos gnomos y de un perro. Pero a la vez yo sabía que, aunque atravesaran de un lado a otro el cuadro luminoso como había visto hacer al Unicornio, estas siluetas pertenecían a criaturas vivas, y oía sus voces. A ratos una de aquellas siluetas saltaba como si volase, y aquella especie de vuelo corto me resultaba familiar.

    Las voces, como suele ocurrir con el viento, traían palabras que al principio cuesta descifrar y luego resultan clarísimas. Y aunque muy lentamente iba captándolas, había una sobre todas ellas —un pequeño latigazo en el aire— que me trajo un nombre y una voz, ya inconfundibles para mí: «¡Zar...!». En ese momento fue cuando verdaderamente desperté. Me senté en la cama, con la mirada fija en el cuadro luminoso del techo, donde las siluetas se sucedían en una especie de película prodigiosa. Y, una a una, las fui identificando por su perfil y por sus saltos, por cada uno de sus movimientos: Gavrila y Zar. Y al fondo, animando sus juegos, la voz de mi novio, el chofer Paco. Entonces sentí algo parecido a lo que Isabel me había dicho cuando me dio a probar un chupito de la botella: el secreto que daba calor al corazón. Aquel día no lo había sentido, pero ahora sí. Tuve calor en el corazón.

    Despacito, como si todavía estuviese meciéndome en la duermevela, pero por otra parte totalmente consciente de cuanto hacía, me deslicé suavemente desde la cama al suelo. Descalza y en pijama, me acerqué a la ventana y la abrí de par en par. Ya no nevaba, pero el frío entró en la habitación casi diría que alegremente.

    Me incliné cuanto podía sobre el alféizar, asomando medio cuerpo hacia el patio, y pude verles nuevamente, ya no en sus sombras en el techo, sino tal como eran, con el color de la vida. Los tres: Zar, Paco y Gavrila. Era como la repetición de otras escenas anteriores, pero ahora sin ocultarme tras los cristales medio velados por los visillos.

    De pronto, Gavrila se paró bajo mi ventana, quieto, las manos en los bolsillos de su pantalón de terciopelo marrón, y la cabeza alzada hacia mí. Nunca le había visto tan cerca, y pude darme cuenta del azul intenso de sus ojos. Estuvo así unos segundos (aunque al recordarlo, todavía me parecen horas), mirándome. Y de pronto levantó la mano y me saludó.

    Me inundaba la confusión porque, abriéndose paso en el barullo de mis sentimientos, una frase oída muy a menudo regresó a mí: «Los niños juegan con los niños, y las niñas, con las niñas». Casi sin darme cuenta, yo también levanté la mano y la agité en el aire, tal y como lo había hecho él.

    Entonces Gavrila dijo, arrastrando las erres:

    —¿Quieres jugar conmigo... y con Zar?
    —Sí —dije, en voz tan bajita que hube de repetirlo—. ¡Sí...!
    —¿Cómo te llamas?

    Como si estuviera soñando, contesté que me llamaba Adri. Y añadí:

    —Sí..., quiero jugar contigo. Cuando ya no tenga fiebre, bajaré a jugar... contigo.

    Gavrila sacudió la cabeza, de arriba abajo, asintiendo. Sus largos tirabuzones rubios se balancearon. Y me enamoré.


    Cuando Tata María llegó corriendo a cerrar la ventana, llamándome imprudente, y haciéndome la tonta pregunta de si quería coger una pulmonía y morirme, sentí de nuevo dolor de huesos, de cabeza, pesadez en los párpados. Ella cerró la ventana, y me devolvió a la cama.

    Desgraciadamente, no pude bajar a jugar con Gavrila y Zar. Estaba demasiado débil. El doctor Zarangüeta era un hombre, casi gordo, que vestía capa y llevaba patillas. Tata María decía que era muy bueno, porque tenía una consulta gratuita en la Corredera Baja. Yo retenía estas palabras, sin saber lo que querían decir, excepto que era bueno. Así que cuando me estaba auscultando, le tiré de la manga y le dije:

    —Óigame...

    Quería pedirle que me dejara vestir, bajar al patio a jugar.

    Pero no me oyó. Sólo escuchaba —y quizá oía— a mis pulmones. Luego recetó algo, pidió su capa, y se fue. Sentí un vasto desamparo, pero poco después oí la voz de Gavrila a través de la ventana cerrada. Era una voz de niño, pero tan poderosa que atravesaba cristales, cortinas, y me atrevería a decir que hasta paredes. Su forma de arrastrar y reforzar las erres la hacía aún más sonora. Yo le oía decir, mejor dicho, gritar: « ¡Adrri...! ¡Adrri...! ».

    Se me partía el corazón, así que en un descuido de Tata María abrí la ventana y temblando de frío, o quien sabe de qué, grité:

    —¡Espérame, Gavrila, espérame...!

    Y me esperó tanto que todavía está ahí, con su mano levantada, saludándome. En ese tiempo, en ese lugar indefinible donde se guarda lo más profundo y, quizá, lo más inexplicable de la memoria.


    Desde que me llevó papá con él, el día de Navidad, había empezado a quebrarse la rutina de mis días. Aunque no le volví a ver, en cambio, mamá sí se acercaba a mi cama todos los días, y, cuando venía el doctor, hablaban los dos en voz baja. Mamá me acariciaba entonces la frente. Pero papá, que era a quien más deseaba ver, no vino. Y no lo volví a ver nunca más. Desde aquella Navidad, en que me había sentido tan unida a él, desapareció de mi vida, por lo menos físicamente. Al parecer —lo supe más tarde— mis padres habían dejado de ser cobardes —según Eduarda—, y papá se había ido de casa. No me convencí totalmente de esta decisión hasta que, mucho después, cuando me acerqué a su despacho—biblioteca, no vi ni un solo libro en las estanterías, y sí percibí, en cambio, ese espacio polvoriento —con polvo invisible— que cubre las habitaciones ocupadas anteriormente por gentes que han muerto, o desaparecido o, simplemente, se han ido a otra parte.

    Pero otra de las novedades, quizá la más importante por las consecuencias que trajo, fue las visitas diarias y puntuales de la cocinera Isabel.

    Asomó su cabeza ensortijada, su naricilla respingona, sus ojitos negros y pequeños, como dos granos de pimienta, por la puerta. Y dijo con su risa fresca y sonora —quisiéralo o no, la risa siempre se entremezclaba a casi todo lo que decía:

    —¿Se puede pasar, señorita Adri?

    Jamás me había llamado señorita, así que enseguida me di cuenta por su retintín de que estábamos jugando. Una suave alegría me inundó y, aunque todavía me costaba sentarme en la cama, creo que grité:

    —¡Entra, Isabel, entra...!

    Isabel no llevaba puesto el delantal, venía arreglada y oliendo a agua de colonia porque era jueves, y aquella tarde salía.

    —¡Isabel, ven, ven... tengo que decirte una cosa!

    Isabel no me apartó el flequillo, se inclinó hacia mí y me estampó dos grandes besos en las mejillas. Luego se sentó al borde de la cama, sonriendo. Y de pronto me pareció que, por primera vez en mi corta vida, tenía una amiga: confidente, leal, alegre... Todo aquello que hasta entonces había presentido que podía ser la amistad: nada parecido a las niñas de Saint Maur, ni a ninguna niña conocida hasta el momento. Y de pronto, una mujer que rebasaba los treinta años, y que no sabía leer, era mi amiga.

    —Me ha dicho Paco que ya no lo quieres, que tienes otro novio...

    Esta noticia me sobresaltó tanto que me senté en la cama de un solo impulso:

    —¡No, no ...! Dile a Paco que también es mi novio... y, además, Gavrila no es mi novio...

    Isabel empezó a reírse y me abrazó. Y mientras me abrazaba, me dijo al oído:

    —¡Pero si se pueden tener muchos novios a la vez! Con lo bandidos que son, ¿vamos a ser menos que ellos...?

    Y se enredó en palabras que no entendía, así que le dije:

    —Isabel, estoy enamorada de Gavrila.

    Entonces, ella se quedó mirándome en silencio. Directamente a los ojos, como hasta aquel momento no había hecho casi nadie. Y me pareció que en el centro de los suyos nacía una llamita roja, diminuta, pero aguda como la punta de un alfiler.

    —Bueno, niña..., tú eres ya una mujercita... Y yo sé lo que es el amor.

    De pronto me acordé de los chupitos de la despensa, y dije:

    —Calor en el corazón...

    Soltó una carcajada:

    —¿Calor...? ¡Un volcán!

    Y a partir de aquel día, venía todas las tardes, a la hora en que Tata María planchaba; y se sentaba al borde de la cama, y así, poco a poco, fue contándome muchas cosas de Gavrila. Porque ella se enteraba de todo.

    De todos modos, lo que me contaba yo sólo lo entendía a medias. Y lo que no entendía, lo imaginaba. De cuando en cuando, Gavrila me llamaba desde el patio, con su poderosa voz. Yo me asomaba a la ventana y los dos agitábamos la mano en el aire. Gavrila fue convirtiéndose así en una criatura mítica, incorporándose a las historias de vikingos, de Beau Geste y de Ricardo Corazón de León, en disparatada amalgama. Pero sobre todos era Gavrila, sólo Gavrila, resurgiendo al final de todas las historias como de alguna misteriosa catástrofe, y agitando, sonriente, la mano en el aire.


    Por lo que me contaba Isabel, supe que Gavrila era ruso y que su madre era bailarina. Isabel decía entonces con acariciadora voz de secretos, guardiana de tesoros ocultos:

    — … y Gavrila y su madre, bueno, ellos no, pero sus padres, o abuelos, o qué sé yo, salieron escapados de la revolución, de su país, que es Rusia. Y bueno, ahora ella, quiero decir la mamá de Gavrila, es bailarina, porque en sus tierras los bailarines son muy buenos y ganan sus buenos cuartos... Y en fin, Adri, que están ahora viviendo en uno de los pisos altos, los que están debajo del terrado... Pero bueno, niña, no sabes qué lujo, aunque el piso sea de los más baratos. Porque vaya de visones y de alhajas y qué sé yo que se gasta la señora. Bueno, pues como te decía, viven en uno de los altos, y tienen un criado que hace de todo, limpia, cocina, cose, plancha... ¡Y hasta borda! Ahora, a mí. —Aquí Isabel hizo un pequeño descanso, mirándose las uñas—. A mí me está bordando un camisón... Borda que es una maravilla, borda como no se ve ya por ahí. Bueno, a lo nuestro: cuando Gavrila baja al patio, lo hace por la escalera interior... vamos, la de servicio, la nuestra. Pero su mamá, menudos lujos, menudos lujos... Para ella, claro, porque lo que es para el niño... ¡Menos mal que tiene a ese bendito Teo!, quiero decir el criado, puedes creer que todo el peso de la casa cae encima de él... Guisa, cose, limpia, plancha... y se desvive por el pobrecito Gavrila. Nadie se ocupa del niño, más que él. ¡Hombre más bueno...! Y ella, en cambio, sólo pendiente del conde.
    —¿Quién es el conde?
    —Pues hijita, el que les protege... el que lo paga todo.
    —¿Por qué... ? ¿Qué es lo que paga?
    —Pues todo, Adri, todo... Es su protector.
    —¿De qué les protege?

    Isabel se quedó callada unos instantes, pensativa. Me pareció que algo le cruzaba el rostro como la sombra de un pájaro en vuelo. Y dijo, precipitadamente:

    —De la pobreza, Adri, de la pobreza... Hay que saber lo que es la pobreza para entenderlo...

    Y añadió, casi con temor:

    —Adri, cariño... no le cuentes a mamá, ni a nadie, ninguna de las cosas que te he dicho... ¿Sabes?, las señoras de esta casa —y tu mamá también— no quieren a la mamá de Gavrila.

    En un impulso que no acertaba a explicarme me tapé la cabeza con la sábana. Como si no quisiera estar allí, ni en ninguna parte conocida, excepto, acaso, debajo de la mesa de la plancha. Algo parecido a una espesa cortina se descorría lentamente ante mis ojos, paradójicamente cerrados.

    Isabel, entonces, se asustó. Precipitadamente me quitó la sábana de la cabeza, me abrazó y, meciéndome suavemente entre sus brazos, dijo:

    —Pero Gavrila es aparte... Gavrila no tiene nada que ver con estas cosas... Gavrila es como tú, que tampoco tienes nada que ver con las cosas de esta casa... Bueno, sí y no...

    Estuvimos así un breve rato, yo con la nariz aplastada contra el medallón que reposaba sobre su mullido escote. Y cuando me liberé, dijo:

    —¿Sabes una cosa que a veces se me ocurre cuando os miro a ti o a cualquier niño? Pues eso, que en mi pueblo, cuando llega la primavera, crecen unas plantitas muy pequeñas. Las llaman «diente de león», y cuando las miras se las ve tan acabadas, tan redondicas, tan bien hechas... y de pronto, viene un vientecillo o una brisa cualquiera y, ¡hala!, se deshacen en un soplo, sólo en un soplo de viento, y se echan a volar en vilanos y vilanos, y nadie los vuelve a ver...

    Me pareció que tenía ganas de llorar porque se mordía los labios. Entonces, para espantar las lágrimas, dije:

    —Isabel... ¿quién es el conde?
    —Un pez mu gordo —contestó, rápida—. ¡Mu gordo!

    Y lo imaginé obeso.

    Isabel se levantó, alisó con las palmas de las manos el trozo de colcha donde había estado sentada, y dijo:

    —Adiós, Adri... No te preocupes, pronto estarás buena, sólo ha sido una gripe fuerte... Pero enseguida podrás levantarte.
    —Isabel, vuelve...
    —Claro que sí, Adri, todas las tardes, cuando Tata María planche, vendré a hacerte compañía...

    Echó una mirada al espejo, se estiró la falda y luego hizo lo mismo con su cara, como si fuera también a estirarse las arrugas. Aunque ella no tenía arrugas en la cara, como la Tata.

    Y se fue. Seguramente, me dije, la esperaba alguno de sus novios. Pero siguió viniendo por las tardes, a la hora de la plancha. Tata María, que venía también, pero sólo a cuidarme —lavarme, darme las medicinas y la comida— no a hacerme compañía, parecía muy divertida con aquellas visitas. Mientras me cambiaba el camisón, se reía bajito, y decía:

    —Mira por dónde, qué amistades tan grandes se hacen con la gripe...

    Yo también sonreía, aunque sin saber muy bien por qué le hacía tanta gracia.

    A veces, por las tardes, oía la voz de Gavrila, jugando con Zar. Y un par o tres veces más, mi nombre, atravesando los cristales, los visillos y todo cuanto se opusiera:

    —¡Adrriiii...!

    Sólo decía mi nombre, pero yo sabía todo lo que encerraba esa palabra. Por primera vez me gustó mi nombre y sobre todo el diminutivo. Y pensé que, en adelante, diría a todo el mundo que me llamasen así, arrastrando y remarcando la erre.

    Pero nadie lo hizo nunca. Sólo él.


    En realidad no he sabido a ciencia cierta cuál fue aquella enfermedad porque, evidentemente, no era una simple gripe, como dijo Isabel. En todo caso, las noticias que, a retazos, me han llegado más tarde son contradictorias. Aún recuerdo las conversaciones apagadas, casi un susurro, entre mamá y el doctor, y un día en que la fiebre era muy alta, y yo hablaba mucho, casi a gritos, sin tener constancia, en cambio, de nada de lo que decía. Y sobre todo, el sorprendente hecho de que Cristina viniera a verme, y se sentara a mi lado, y me cogiera la mano. Abrí los ojos, la miré y ella me miró. Pero ni yo podía —ni sabía— decir nada, ni ella tampoco tenía, o no sabía, nada que decirme. Me sonrió y, cuando ya se marchaba, se volvió y dijo:

    —Adri, cuando crezcas seremos muy amigas... Ya lo verás.

    También vinieron los gemelos. Yo estaba más espabilada aquel día, incluso me incorporé para verles. Los dos me miraban, en silencio. Jerónimo me acarició el consabido flequillo y Fabián me sonrió. Estuvimos así un ratito, en silencio, hasta que yo dije:

    —He visto una película que es como el libro que se llama Historia de dos ciudades...

    Los dos se sorprendieron.

    —¿Te ha gustado? —dijeron, casi a la vez.
    —Sí, me ha gustado mucho. En cuanto pueda leer, quiero que me dejéis el libro...
    —¡No lo entenderás! Mejor el año que viene, o el otro...
    —Las películas se entienden más que los libros...

    Como no tenía fuerzas para contradecir, ni siquiera para decir, me callé y cerré los ojos.

    Cuando los abrí, Jerónimo me dijo:

    —El día que te levantes, te vas a llevar una sorpresa... ¡Habrás crecido mucho!

    Me dieron cada uno un beso en la frente y se fueron. Me quedé pensando en lo que había dicho Jerónimo. Qué raro, todo el mundo parecía dar mucha importancia a la estatura. «Cuando crezcas...» «Habrás crecido mucho...» Y sin saber por qué, me vino a la memoria aquello que me había dicho Isabel sobre los niños y unas plantas de su pueblo, que se llamaban diente de león.


    8


    Y por fin llegó el día en que el doctor dijo que podían levantarme un ratito por las mañanas.

    Lo primero que pensé fue en cómo me las arreglaría para bajar al patio. Durante todos aquellos días, en cama, había recordado algo que, en un principio, no había tenido en cuenta: que lo más probable era que no me dejaran hacerlo. Porque aquella frase tan oída, y que hasta aquel momento no había relacionado conmigo, de pronto encerraba un agorero significado: «Las niñas juegan con las niñas, y los niños con los niños».

    Tata María entró en mi cuarto con mi ropa al brazo, y un aire casi tan solemne como el día de mi Primera Comunión:

    —Vamos a ver qué guapa y qué saludable está esta señorita...

    Lo decía con una voz tan alegre que apenas se notaba que no sonreía.

    Me puso los calcetines, los zapatos y todo lo demás. Noté entonces que era ropa nueva, no la conocía.

    —¿Ya no voy a volver más al colegio...?

    Una lucecita de esperanza se abría paso mientras, al ponerme en pie, notaba un ligero vahído. El mismo que había sentido todos aquellos días, cada vez que me incorporaba para comer o que me llevaban al cuarto de baño.

    —Claro que volverás... pero no hasta que llegue octubre. Tienes que pasar la convalecencia en casa... Y de todas maneras, has perdido el curso.

    ¿Tanto tiempo había pasado? No me lo parecía.

    —Tata, me mareo...

    Me abracé a su cuello y me llegó una vez más el aroma a pan tostado de sus manos al acariciarme. En aquel momento, mamá entró en la habitación. Estaba muy guapa, o así me lo parecía. Se había teñido el cabello de rubio. Me extrañó porque ella siempre criticaba a una de sus amigas por haberlo hecho.

    —¡Ésta es la enfermita... que ya está bien! Ven a darme un abrazo...

    Me desprendí de los brazos de Tata María, y se los tendí. Casi no podía dar un paso, tan débil me sentía, pero ella me recogió, rápida, antes de que me cayera al suelo. De nuevo me tendieron en la cama mientras cuchicheaban, en voz muy baja. Luego, mamá me puso la mano en la frente. No he olvidado su perfume, creo que no lo olvidaré nunca. Incluso la sola palabra «mamá» lo trae consigo, mucho después de su muerte. Perdura más de lo que duró su vida.

    Estuvo a mi lado hasta que, de nuevo, pude incorporarme. Muy lentamente iba recuperando fuerza, y creo que esa fuerza me llegaba por el mismo deseo que tenía de levantarme y bajar a jugar con Gavrila.

    Pero mamá ignoraba estas cosas, y empezó a contarme otras, que me interesaban bastante menos.

    —Adri, ya han pasado las fiestas de Navidad, pero no te preocupes porque tienes todos los regalos de Reyes... Y además, las niñas de tu clase, al saber que no volverás hasta octubre, te han mandado algo precioso, ya verás qué bonito; una cartulina deseándote que te pongas buena, con la firma de todas... ¡Y Margot, la primera! ¡Fue ella la que tuvo la idea...! ¿No te das cuenta, Adri? ¡Todo el mundo te quiere!

    Me vinieron a la memoria los empellones de Margot en la fila hacia la capilla, para hacerme caer; las risitas a mi espalda, cuando yo tartamudeaba —cosa que entonces me ocurría a menudo— y las muchas veces que no sólo me había quitado el postre, sino también la merienda —aquella mísera merienda de pan con higos secos, luego facturada a precio de caviar— y la tiraba al estanque del jardín, ante mis ojos, porque creía que me dolería, cuando sólo me asombraba. En aquel momento, regresó a mis oídos, casi físicamente, el coro adulador de las niñas buenas riéndose de mí. Me habían bautizado con el apodo de «la Enanita», en parte porque era mucho más menuda que ellas, y en parte porque era la menor, en años, de la clase. Al parecer, no podían tolerar que alguien uno o dos años menor que ellas perteneciera a su clase. Que tuviera, por así decirlo, el mérito suficiente para estar en su curso. Yo no creía ni quería tener mérito alguno, por lo menos a sus ojos. Porque si algún mérito había en mí, sería, en todo caso, aguantarme las ganas de llorar. Como el impávido soldadito de plomo, o aquellos otros soldados que admiraban Jerónimo y Fabián.

    «Mierda», pensé, aunque nunca había dicho, ni siquiera pensado decir, esa palabra. Y descubrí que era algo así como reventar un grano. No me importaba lo más mínimo la cartulina, ni las firmas (Margot a la cabeza), que mamá puso ante mis ojos como un trofeo. Era una cartulina llena de colores, y un dibujo con un ángel donde se leía: «El Ángel de la Guarda te llevará por el buen camino». Ya sabía yo que tenía un Ángel Guardián porque me lo había dicho Tata María, antes de que lo dijeran en Saint Maur. Pero mi Ángel no tenía nada que ver con el de la cartulina. Se notaba que lo habían calcado de alguna lámina, y muy mal. Además, lo habían llenado de colores, amarillos, rojos y azules, y mi Ángel era blanco, como el Unicornio. Y cuando vi la firma de Margot, sentí, por primera vez en mi vida, odio. Que me despertara ese sentimiento, hasta entonces desconocido, es lo único que todavía no le he perdonado. El resto de firmas no me dio ni frío ni calor. «Mierda», volví a decirme. Aunque esta segunda vez, me dio un poco de asco, entre lo mareada que estaba y lo que veía, oía e imaginaba.

    Pero mamá estaba eufórica, y empezó a decir tonterías. Algo así como que gracias a Dios cuyos caminos son impredecibles, yo, al fin, había logrado el aprecio de Saint Maur. Me imaginé el edificio en peso del colegio apreciándome. Con todas las monjas y las niñas dentro, y Margot a la cabeza, disfrazada de ángel guardián, y blandiendo la espada de fuego que, según las láminas ilustrativas de la Historia sagrada, esgrimía el que arrojó a Adán y Eva del Paraíso.

    Me dejé besar y abrazar, flojamente, en su regazo. Luego se levantó y dijo:

    —Estarás un ratito levantada, comerás aquí tu dieta, antes de volver a la cama... y ya verás como, poco a poco, te sentirás mejor que nunca.

    « ¿Que nunca... ? —pensé. Y me repetí maquinalmente, sin saber por qué—: Que nunca, que nunca... »

    Pero antes de marcharse, ya casi en la puerta, se volvió hacia mí y dijo:

    —¡Ah, por cierto...! Papá te ha enviado una carta. Tata María te la dará.

    Y con prisa repentina, salió de la habitación. Casi corriendo.

    Aquella noticia sí me conmovió. Miré a Tata María, y ella tenía la boquita fruncida como siempre que dudaba algo o estaba asustada.

    —Sí —asintió suavemente. Sacó del bolsillo de su delantal un sobre, y me lo dio.

    Las manos me temblaban, casi no podía abrir el sobre. Era la primera carta que recibía en mi vida. Me daba un poco de miedo leerla, y pregunté a Tata María:

    —¿ Por qué me escribe una carta... si puede venir a verme, como los demás?

    Entonces Tata María se sentó en mi cama, me atrajo hacia ella y dijo en un susurro:

    —Adri... papá ya no vive en esta casa, pero te quiere mucho...

    Lo primero que me vino a la mente fue aquella frase de Eduarda: «Porque son unos cobardes...». Y, contrariamente a lo que seguramente esperaba Tata María, me invadió una mezcla de alivio y tenue regocijo. Aunque enseguida se transformó en una gran curiosidad. «¿Porqué ... ?» Todo estaba lleno de «por qué», entonces y ahora.

    —Lee tranquilamente, Adri... Quédate ahí, sentadita, leyendo. Yo volveré cuando hayas acabado.

    Salió de la habitación, y yo me senté, tal como ella había dicho, en la cama, que aún conservaba el calor de los abrazos y el perfume de mamá.

    Era una carta muy corta. Aún hoy creo que casi podría recitarla de memoria. Y mientras la leía, volvían a mí los pájaros del parque, en círculo, como persiguiéndose, cuando él decía que buscaban calor, y yo, que estaban asustados.

    Querida Adri, papá ya no está en casa, pero eso no quiere decir que tú no estés conmigo, y siempre lo estarás. El día que pasamos juntos es uno de los más bonitos de mi vida.
    Te quiero mucho, mucho, no lo olvides nunca. Y además, un día te compraré un caballo vivo. Te lo prometo, y cuando papá hace una promesa, la cumple. Te envío miles de apretones en la mano y espero los tuyos.

    Papá.


    Dejé la carta sobre las rodillas, y creo que fue entonces cuando intuí lo que podía encerrar un solo ya. Me había quedado paralizada —por decirlo de algún modo— ante aquel ya. Y lo repetí, mentalmente, una y otra vez. De pronto me daba cuenta de que «ya no está» no era como «no está». Porque aquel ya me decía que papá ya no volvería a casa, mientras que sin él cabía la posibilidad de que su ausencia fuera pasajera, y que en cualquier momento volvería a verle, leyendo, tras el follaje del cristal esmerilado.

    Tuve entonces unas grandes, grandísimas ganas de llorar. Y no sólo apreté los puños, también los dientes, y hasta cerré los ojos, con fuerza. Muy lenta mente fui captando el resto de la carta, el calor que emanaba, como un aroma, y la esperanza de que lo que papá promete, siempre se realiza. «Un día...» Cualquier día, eran las mágicas palabras que encendían una llamita temblorosa en el corazón.

    Y, una vez más, no lloré. Doblé aquella misiva en varios pliegues, y la guardé cuidadosamente en el lugar más secreto de mis secretos escondites. Parecía —pensé— un pirata escondiendo el plano de un tesoro. Los libros de mis hermanos con parecidas historias no me habían abandonado, todavía.

    Y esa misma imaginación me hacía esperar la famosa «dieta» con expectación. Pero enseguida me di cuenta de que se trataba de uno de los muchos fraudes de los Gigantes. La «dieta» consistía en pollo hervido acompañado de verduras insípidas. Y poco más.

    De todos modos, me lo comí todo.


    Fue entonces, en aquellos primeros días de convalecencia, cuando mi pequeña vida cambió. La rutina se trastocó y dio paso a una etapa de grandes descubrimientos: no sólo en mi entorno, sino dentro de mí. Y fue la analfabeta Isabel quien la inició, fomentó y protegió.

    Aún hoy, cuando ya hace mucho tiempo que ella ha desaparecido de este mundo, al recordarla siento aquel «calor en el corazón» que ella pronosticara —y yo entonces no entendía— tras el primer «chupito» de mi vida. Ahora, cada vez que bebo una copa en la armonía de compañías afines, brindo secretamente por ella, allí donde esté, y por cuanto bien hizo llegar a mi solitaria infancia.


    Agudizaba el oído, en la espera de recibir algún mensaje a través de la ventana. Estaba rigurosamente prohibido abrirla excepto cuando, muy arropada, y en otra habitación, aseaban la mía. Pero yo esperaba aquella voz potente, impropia de un niño, que atravesaba los cristales. O él ya no estaba —como papá—, o se había quedado afónico. Mi angustia crecía y a veces, ya acostada, pedía a Tata María que dejara encendida la lamparita de la mesilla y, cuando ella se iba, yo espiaba el techo, junto a la ventana, esperando sus sombras. Como no llegaban, se me ocurrió pedirle que en vez de la lamparita de bombilla me dejara una pequeña candela. Se asombró un poco, pero se quedó pensando como si viera lo que estaba diciendo, aunque hubiese ocurrido muchos años atrás.

    —Sí, me acuerdo de cuando yo era jovencita, casi una niña..., allá en mi tierra, las mujeres de los pescadores prendían candelas durante las noches. Las mantenían encendidas en sus casas, hasta que al amanecer iban a la playa a esperar las barcas, y cuando las veían llegar cantaban todas a coro. Y al oírlas, todos sabíamos que amanecía y se alegraban porque llegaban vivos, todos... En mi tierra la gente canta en coros y, ¿sabes, Adri?, ¡son los mejores coros del mundo!... Y, claro, sabiendo que ya vienen los maridos, los hijos... y ellas esperándoles, para desmallar...

    Aquí se cortó, y enseguida me trajo una lamparita de vela, encerrada en un vaso de cristal.

    Mientras la ponía en la mesilla, yo miraba al techo, y vi que el temblor de aquella llamita se contagiaba allí arriba, y, cuando Tata María salió de la habitación, no me costó nada percibir no sólo las sombras que, por cierto, no eran sombras, sino algo así como si todo lo fuera, menos ellas: siluetas de luz moviéndose en la penumbra. Y en aquel momento volví a ver al Unicornio.

    Al día siguiente, apareció Isabel. Salté de la cama al verla y me colgué de su cuello. Ella parecía como nimbada de luz. Mejor dicho, como si emanase de ella la luz. Y me recordó las láminas de Santa Isabel de Hungría, que había visto en Saint Maur, con el delantal lleno de flores. Se sentó sobre la cama poniendo un dedo sobre los labios y sonriéndome como nadie me había sonreído nunca: con sonrisa pícara, de cómplice.

    Miró alrededor para cerciorarse de que nadie iba a oír lo que tenía que decirme. El corazón me golpeaba, estremecido por una especie de presentimiento, y, sobre todo, un deseo: que me dijera algo que tuviera que ver con la voz que podía atravesar los cristales.

    Me cogió las dos manos entre las suyas, que olían a cebolla, y murmuró, tan bajo que apenas la oía:

    —Tengo que decirte algo... Pero es un secreto... tienes que jurarme que no lo dirás a nadie.
    —Sí.
    —Júralo.
    —¿Cómo se jura?

    Entonces ella puso los dedos en cruz sobre la boca, y dijo:

    —Lo juro.

    Juré como lo había hecho ella.

    —Bueno, niña, pon atención.

    Como siempre que lo decía, poner atención consistía en escuchar algo que tenía gran importancia, y oírlo en silencio.

    Se había levantado viento. Lo oía a través de las invisibles rendijas de la ventana. Gemía como un niño perdido en el bosque: el viento apareció muy a menudo en los momentos más cruciales de mi vida.

    —Isabel, tengo miedo...
    —¿De qué tienes miedo, cordera?

    Ella me llamaba cordera cuando quería ser muy cariñosa conmigo.

    —Del viento.
    —¿Qué viento?
    —¿No lo oyes...? ¡Está gritando ahí afuera, y entra por las rendijas!...
    —¿Qué rendijas...?
    —Ahí, me parece... por la ventana...
    —No hay viento, niña, yo no oigo ningún viento.

    De todos modos, se acercó a la ventana y, apartándose el cabello, acercó la oreja a las junturas.

    —No hay viento... No te preocupes. Debe de ser cosa de la fiebre.
    —Pero ya no tengo fiebre.
    —Es igual, déjalo. Pon atención.

    Y puse atención. El viento, milagrosamente, cesó. O por lo menos yo dejé de oírlo.

    —¿ A que no sabes quién ha venido preguntando por ti ... ?

    Nombré a Paco, al pescadero... y me guardaba un nombre, debajo de la lengua, como un caramelo que no se quiere terminar. Pero sin esperanza. Y me equivoqué.

    —El niño de la bailarina. Ha venido dos o tres veces, sube desde el patio, por la escalera nuestra (se refería a la escalera de servicio) y con mucha prisa... ¡Lástima los tirabuzones, porque es bien guapo el chico! Y me decía: «¿Cómo está Adri?». Pero habla muy raro, cuesta entenderle. Aunque es majo, vaya si lo es. ¡Lástima no se corte el pelo, criatura!

    Me quedé casi sin respiración.

    —¿De veras ha venido, Isabel...? ¿De veras ha venido?... ¿Qué decía?
    —Pues eso decía: «¿Cómo está Adri? ¿Cuándo bajará al patio?». Entonces yo le dije: «No lo sé, hermoso, pero no creo que tarde mucho», y él dijo: «Que baje pronto», y se fue corriendo escaleras abajo. Luego Paco me dijo: «El chico está tan solo, no tiene amigos, sólo conoce a Adri», y yo pensé: pues mi Adri tampoco tiene amigos, así que tal para cual. Y eso es lo que pasa. Conque la última vez que vino, le oyó Tata María, y va y viene y me regaña: «Que la señora no quiere que trate con ese niño, no por el niño, claro, criatura, sino por lo de la madre...». Y yo dije: «Pero, mujer, qué quieres, estos dos están muy solitos, sin amigos, y si pueden estar un poco juntos y jugar... ¿Vamos nosotras a quitarles esa alegría, con lo poco que tienen...?». Y dijo: «Bueno, zascandila, haré la vista gorda, pero como se entere la señora, yo no sé nada». Así que en cuanto te pongas buena del todo, ya sabes, vigilamos que estemos solas, te abro nuestra puerta, y bajas. ¡Pero que no se entere nadie más que tú y yo... y Paco!

    Me eché —mejor dicho, me caí— de espaldas sobre la cama, respirando fuerte.

    Aquella noche esperé ansiosa a que la zona de la casa donde transcurría mi vida quedara en silencio. Espiaba el techo, y, al mismo tiempo que el silencio, llegaron las antisombras luminosas, perfilando siluetas. Y el Unicornio, por vez primera, detuvo su carrera, se quedó quieto, volvió la cabeza hacia mí, y casi sentí más que vi el largo y torneado cuerno de oro, apuntándome. Luego, lentamente, se fundió en la oscuridad que les rodeaba. Y como aquella primera vez en el salón, bajo el sofá, oí un crujido de hojas holladas por sus pezuñas, y me llegó el olor de los helechos y de la hierba, pisoteados.

    Cuando regresó el viento —aunque sólo lo oyera yo—, me dormí.


    ¿Y si Gavrila no quería jugar conmigo porque yo era una niña? Adri, tanto podía ser el nombre de un niño como el de una niña: Adriana o Adrián. Y además, yo llevaba el cabello en una melena corta, con flequillo, como muchos niños de entonces, y se podría creer que era un chico. No estaba dispuesta a renunciar a su amistad, ni a Zar —siempre había deseado un perro, cosa que, junto al caballo vivo, me fue negada—. Cuando veía a Zar saltando y corriendo en busca de la pelota roja, y traérsela en la boca a Gavrila, me inundaba una especie de envidia dulzona, que me desazonaba.

    Ya me permitían estar levantada, ya no me mareaba, y vagaba un poco por aquí un poco por allá hasta que llegaba la hora de la «dieta», que comía en la cocina, en compañía de Tata María y mi adorada Isabel. Nuestra amistad—complicidad iba en aumento. Sólo con mirarnos ya nos entendíamos. Fue por aquellos días cuando Isabel me enseñó a guiñar un ojo cada vez que nos referíamos, secretamente, a algo relacionado con el patio.

    Pero la duda de si Gavrila podría considerarme o no adecuada para que fuéramos amigos me mortificaba.

    Un día, después de la «dieta», aprovechando la ausencia de la Tata, le dije:

    —Isabel... ¿Gavrila sabe que soy una niña?...

    Ella se quedó un momento con el tenedor en alto, antes de atacar un pedazo de tortilla de patatas.

    —Pues, hijita, ahora que me lo dices... bueno, creo que sí debe de saberlo... aunque, a tu edad, quién sabe...
    —No lo sabes, Isabel... Y tengo miedo de que si se cree que soy un niño, y soy una niña, no quiera jugar conmigo.
    —¿Qué tonterías dices...? —casi gritó ella—. ¿Qué tiene eso que ver? La gente se quiere o no se quiere, no importa que seas niña o niño, o si eres hombre o mujer... La gente, cordera, se quiere o no se quiere, eso es todo. Ya ves a Gavrila, a él no le importa un pimiento querer a un perro, que además es amigo suyo, ¿qué más le da todo eso a Gavrila?

    Se quedó pensativa, y añadió:

    —¡Y Gavrila te quiere!

    Sí, sí, pensaba yo; pero conocía a los Gigantes y sabía que era prácticamente imposible contradecirles. Sobre todo cuando se encerraban en refranes heredados: «Las niñas con las niñas y los niños con los niños». Entonces se me ocurrió algo que me pareció una buena idea. Hurté la linterna de Jerónimo y entré sigilosamente en el Cuarto Oscuro. Abrí los armarios donde guardaban la ropa que se les había quedado pequeña a mis hermanos. Allí estaban sus abrigos. También había pantalones y algún que otro jersey. Aunque gemelos, mis hermanos no se parecían. Fabián era alto y rubio, como Cristina, y Jerónimo más bajito, castaño—pelirrojo, como yo.

    De puntillas, alcancé el largo mango de una percha de madera, de las que entonces se utilizaban para colgar y descolgar prendas de los altísimos armarios. Como apenas podía con tanto peso, todo se desplomó sobre mi cabeza. A tientas, me desembaracé de la percha y descolgué el abrigo. Tenía los bolsillos llenos de bolas de naftalina, que se derramaron por el suelo, rodeándome. Apreté el abrigo contra mí, y como quien roba un tesoro, sorteando las bolitas y recuperando la linterna —hubiera sido imperdonable olvidarla porque su dueño la reclamaría a voz en grito—, salí del cuarto tan sigilosamente como entré. En esto era verdadera experta. Cuando por fin regresé a mi cuarto, respirando atropelladamente, escondí el abrigo debajo de la cama.

    Había elegido aquella hora porque, después del almuerzo de los Gigantes, la casa parecía sumirse en la misma siesta que ellos.

    Me gustaba mirarme en el espejo del armario, porque Tata María lo llamaba «la Luna», y la idea de contemplarme en la Luna me divertía. Además, contemplar mi imagen encerraba un misterio. Me despertaba una curiosidad indefinible, entre asombro y temor; como la sospecha de estar al borde de una catástrofe irreparable. Sobre todo, desde que Isabel me contara lo de los dientes de león y los vilanos dispersándose en el aire. Un sutil escalofrío me estremecía al recordarlo, y cada vez que me contemplaba en la Luna, temía ver cómo me deshacía en blancos y frágiles vilanos, volando hacia quién sabía dónde.

    Pero aquella tarde tenía muy presente el porqué y para qué quería verme reflejada en la Luna. Saqué el abrigo de Jerónimo, que acababa de esconder bajo la cama. Hube de sacudirlo porque, entre los ires y venires, había recogido bastante polvo del Cuarto Oscuro. Lo sacudí como había visto a Tata y a Isabel hacer en el terrado con las alfombritas de los dormitorios. Y me lo puse. Casi me llegaba a los tobillos, pero me daba un cierto aire masculino.

    Me quité el abrigo, lo guardé otra vez debajo de la cama. Y esperé.

    Nunca una espera me había parecido tan larga. Sentía algo así como si avanzara lentamente por un desierto, de los leídos en Beau Geste, o las huidas a Egipto en las lecciones de Historia sagrada.

    —Isabel, cuando vuelva a llamarme Gavrila, ¿me ayudarás a bajar al patio sin que nadie se entere... ?
    —Sí, hija, sí. Si se puede...

    Y se pudo. Era un viernes por la tarde, a eso de las cuatro. Los Gigantes aún dormían la siesta, así que todo se presentaba propicio.

    Asomada al patio, detrás de los cristales, permanecía en una espera que parecía frenar o precipitar, alternativamente, los latidos de mi corazón. Y cuando ya casi no lo esperaba aparecieron por una de las puertas de servicio y montacargas Gavrila y Zar. Gavrila llevaba calada la gorra casi hasta las cejas, y se arrebujaba en el abrigo. Estábamos en febrero, hacía mucho frío. Zar saltaba, alegre, porque sabía que era la hora de los juegos. Entonces me invadió una tenue melancolía. ¿Alguna vez sentiría yo algo parecido?

    Vi a Paco, que se desperezaba lentamente. Y pensé: «No me va a traicionar...». Pero no podía hablarle, ni decirle nada sin que Gavrila lo oyese. Ahora estaban los dos conversando. Y, de pronto, Paco le quitó la gorra, la tiró al aire, y Zar fue a buscarla. Los tres parecían muy alegres. La cabeza de Gavrila era un remolino brillante. Todo él era un mundo distante y desconocido. Volví a recordar aquel imán, poderosamente atractivo, que recogía las piezas dispersas del Meccano.

    Entonces, Gavrila se acercó a mi ventana. Puso las dos manos junto a la boca, como una bocina:

    —¡Adrriiii!...

    La voz que no parecía voz de niño, ni de hombre, la voz que nunca olvidaré, como el viento que yo creía deslizarse por rendijas que no existían, alcanzaba una sonoridad a la vez lejana y próxima, una voz antigua y tan cercana que no sólo se apoderaba de mí sino de cuanto la rodeaba. Ahora, después de tantos años, aún me asombra.

    Abrí la ventana, y el frío se apoderó de la habitación, pero no de mí.

    Agité la mano en el aire y dije:

    —¡Ahora bajo...!

    Apenas lo dije me invadieron a medias el asombro y el temor. Todos dormían o sesteaban, y las dos únicas mujeres que podían ayudarme en aquel momento también descansaban. Sin embargo, una decisión irrevocable me llenaba: «Ahora bajo...».

    Y estas palabras eran como una orden, que me daba a mí misma, sin que nada ni nadie pudiera contradecirla, ni evitar que se cumpliera. Aún recuerdo, y por primera vez, la extraña fuerza que de pronto me hacía dueña de mis actos.

    Saqué de bajo la cama el abrigo de Jerónimo, del Jerónimo desaparecido ya en su perdida infancia; y como si esa infancia fuera yo a recuperarla, me lo puse. La imagen que me devolvió la Luna no era demasiado estimulante. Me sacudí los faldones —no puedo llamarlos de otra manera— y, escondiendo mechones de pelo detrás de las orejas, me dispuse a bajar al patio, por nuestra puerta.

    Estaba ya a punto de abrirla cuando vi avanzar por el corto pasillo sin encerar a una Isabel descalza, con el moño suelto y en combinación. También era su hora de descanso, según se veía.

    —Pero ¿adónde vas sin decirme nada, cordera? ¡Santo Dios! ¿Qué te has puesto?... ¡Pareces un mamarracho!

    La ilusión que hasta aquel momento me electrizaba pareció desplomarse hecha pedazos, a mis pies. Bajé la cabeza, sin ánimo siquiera para mirarla. Entonces Isabel se agachó, y me abrazó, estrechándome contra su pecho, hasta casi hacerme daño. La cadenita de oro de su cuello, con su cruz, se me clavaba en la mejilla.

    —Criatura... Tienes que avisarme antes de bajar... No importa si estoy acostada... Porque si no...

    Aquel «si no» quedó en suspenso, pero contenía todo cuanto yo debía saber, y cuanto debía evitar.

    Me cogió de la mano y casi me arrastró hasta su cuarto, el llamado «cuarto de las tatas». Había dos camas junto a la ventana, que daba al mismo patio de la cocina. En una, dormitaba aún Tata María. Me extrañó verlas en combinación —ellas las llamaban «visos»—, echadas y reposando. Como si, hasta aquel momento, sólo pudiera imaginarlas dentro de sus uniformes: el de Tata María, negro, y azul, con delantal a rayas, el de Isabel. Pues no: ellas también tenían visos: rosa la una, blanco la otra... Y al ver sus brazos desnudos, me sentí sin saber por qué más cerca de ellas, como queriéndolas más. Aquellas dos mujeres aparecían despojadas de cuanto aún las identificaba, en cierto modo, con los Gigantes. Sólo había sentido algo parecido cuando pasé la noche en el hotel, con Eduarda. Ahora ya formaban parte del mundo de los amigos secretos, de las luces que iba encendiendo, con una larga pértiga, de farol en farol, un desconocido y a la vez muy cercano amigo llamado Farolero.

    Pero en el recuerdo todo esto es ahora muy confuso.

    —Ven aquí, cordera.

    Isabel me llevó hacia el lavabito del rincón. En una esquina del espejo había pegada una fotografía. Isabel devolvió a su lugar los mechones de pelo que yo había remetido tras las orejas, cogió un peine y me repeinó una y otra vez. Mientras, iba diciendo:

    —Pero quién te ha engañado, cordera... ¿Tú quieres que Gavrila eche a correr cuando te vea con esa pinta?... ¿Y a quién quieres engañar?...

    Yo me resistía a despojarme del abrigo. Aquel abrigo se había convertido en una especie de coraza defensiva, y, si me lo quitaban, me sentiría desnuda. Intenté decírselo a Isabel:

    —¡No me quites el abrigo, Isabel, no me lo quites!
    —Pero ¿por qué?
    —Porque si me lo quito, Gavrila no querrá jugar conmigo...
    —Pero ¿qué tonterías son ésas...?

    Entonces, a pesar de que intentábamos hablar en voz baja, Tata María se despertó. Medio incorporada en la cama, con los ojos semicerrados y la lengua torpe, murmuró:

    —Pero ¿qué pasa? ¿Qué es todo ese ajetreo?...

    No necesitamos explicarle nada, porque Tata María parecía saberlo todo. A veces, durante el tiempo que viví cerca de ella, me asaltaba la sospecha de que era la guardiana de todos los secretos de la casa. Que lo sabía todo de todos —desde el lejano tiempo que se traslucía en sus palabras, cuando a solas llamaba «niñas» a mamá y a Eduarda—, hasta cuando me entregó la carta de papá.

    Suspiró, pero no de tristeza, más bien de cansancio, como si estuviera presenciando una escena archiconocida, y además supiera cómo iba a terminar.

    —Andar con cuidado, zascandilas... Y si la señora se entera, «yo no sé nada».
    —Pero ¿qué de malo tiene que dos angelitos, tan solitos ellos, jueguen con un perro? ¡Dios mío, cuánto mal entendimiento hay en este mundo! Así nos va a todos...
    —Cierra el pico —dijo Tata María, muy seria.

    Y se echó de nuevo en la cama, boca abajo; como si con esta postura no estuviera en aquel cuarto, ni en aquella cama, ni siquiera en este mundo.

    —Anda, anda —dijo Isabel, empujándome suavemente hacia el pasillo. Luego se puso un dedo sobre los labios, y fue hacia nuestra puerta. La abrió con grandes precauciones para que no rechinaran los goznes. Todo tenía un aire de misterio, que añadía emoción y aun diría que belleza a cuanto estaba sucediendo. Y, sobre todo, a lo que se esperaba que sucediese. El corazón me golpeaba fuerte; parecía un tambor de guerra y era de amor. Como tantos contrasentidos a lo largo de mi vida.
    —No hay moros en la costa —dijo Isabel.

    Y aunque era la primera vez que oía esta frase, y no sabía qué quería decir, se grabó para siempre en mi memoria.


    9


    Estaba esperándome, parado a la puerta que daba salida al patio, firme como el impávido soldadito de plomo. Y creí que no me atrevería a cruzar la puerta, tanta era la impresión que me causaba verle de cerca. Era mucho más alto de lo que me había parecido cuando le contemplaba desde la ventana. Y como Paco había lanzado su gorra al aire, sus rizos deshechos se agitaban y brillaban cada vez que movía la cabeza. Eran unos movimientos breves, rápidos y enérgicos, como si quisiera alejar inoportunos pensamientos o amenazas. O, acaso, desprenderse de los tirabuzones. Un resplandor solar, de un sol que yo nunca antes había visto entrar en el patio, parecía rodearle, a medias angélico y salvaje. Como el Arcángel San Gabriel, de mi libro de Historia sagrada que, a pesar de su origen celestial, esgrimía una espada en alto. Pero Gavrila no tenía alas. No le hacían falta: yo le había visto volar.

    Ahora permanecía quieto, frente a mí, como en las láminas de un libro.

    Vencí mi timidez y me acerqué a él, hasta casi rozarle, empinándome sobre la punta de los pies, llena de ansiedad: además de no saber si él querría jugar con una niña, yo era una niña pequeña, ¡me doblaba, casi, en estatura¡ …

    —Hola... soy Adri —dije.

    Por unos momentos, que me parecieron larguísimos, se mantuvo tan inmóvil que parecía una estatua. Pero de pronto, dando un salto —uno de aquellos saltos que me habían hecho creer que volaba—, gritó:

    —¡Adrriiii...!

    Parecía un grito de guerra, pero volvía a ser un grito de amor.

    Me pareció sentir aquel grito como un relámpago, atravesándome.

    —¡Ven, ven! —decía.

    O quizá gritaba. Yo sólo sabía que parecía esperarme con los brazos abiertos, y me abrazó.

    Tuvo que inclinarse, para hacerlo, mientras yo cerraba los ojos, sin saber muy bien por qué. Pero cuando los abrí, aún estaba apretujándome entre sus brazos, y me zarandeaba. Casi me hacía daño y pensé: «Acaso cree que soy un chico».

    Algo que quizá había soñado, o vivido en un tiempo anterior, regresó: nos habíamos conocido antes —o quizá nos íbamos a conocer en un tiempo que aún no había llegado—. Pero sucedía en un presente vivo, casi tan cruel como la luz del mediodía, que a veces duele.

    Zar se lanzó en tromba hacia mí. Intentaba ponerme las patas sobre los hombros, lamerme la cara, como si fuéramos viejos amigos. Pero, para entonces, yo ya había rodado miserablemente por el suelo, envuelta en el abrigo del niño que fue Jerónimo. Puedo aún reconstruir en mi recuerdo el deplorable aspecto que ofrecí a la criatura que más he deseado impresionar. Y así fue, aunque no precisamente en el sentido que yo deseaba.

    Gavrila retrocedió un paso, asustado, y gritó:

    —¡Basta, Zar, basta...!

    Los faldones del abrigo de Jerónimo no ayudaban a mejorar mi imagen: enredados entre las piernas, me impedían seguir no sólo el vaivén de la pelota, sino sus saltos, o cualquier otro movimiento. Ni los gritos de Gavrila cuando azuzaba a Zar lograban estimularme y me enredaba en el abrigo, y tropezaba. En fin, aquel día tuve clarísima conciencia de lo que es el ridículo.

    Pero nada de esto me humillaba. Cada tropezón, cada pelotazo fallido, se convertían en un estallido de alegría, de la recién descubierta felicidad de la risa, que hasta entonces sólo había conocido con papá el día de Navidad. Ahora regresaba a mí y me inundaba, como años más tarde la espuma de la cerveza y el champán.

    De pronto, en uno de aquellos lances, la voz de Paco se impuso:

    —Pero, Adri... ¿por qué llevas ese abrigo, que no te deja mover? ¡Quítatelo de una vez...!
    —De acuerdo —dijo Gavrila—. Quítatelo... mira, ¡como yo!

    Entonces vi que, a pesar del frío, Gavrila había dejado su sorprendente (para mí) abrigo de pieles en un rincón del patio, junto a la gorra que Paco había lanzado al aire. Ahora llevaba un jersey de colores, tantos como el de Bibi, la niña del cuento danés. Y a pesar del frío, sudaba, porque unas gotitas cristalinas brillaban en su frente. Y de pronto me sentí una mala actriz desempeñando un papel que no me correspondía. Yo no era un niño.

    Pero ya era tarde para volver atrás, sin hacer aún más evidente aquella estúpida farsa. ¿Quién me había preguntado, ni siquiera se había interesado lo más mínimo, por el hecho de que yo fuera un niño o una niña?

    Entonces, y en medio de las dudas, algo se levantó dentro de mí, casi lo sentía físicamente. Era una contradicción, yo lo sabía, contradecía cuanto estaba dispuesta a soportar con tal de que no se descubriera mi pretendido engaño, y la ola que se alzaba en mi interior me empujó a desprenderme del abrigo de «Jerónimo—niño» y aparecer con mi faldita de niña pequeña, torpe y bastante confundida. Lo arrojé al mismo rincón donde Gavrila había dejado el suyo, y regresé al juego con la frente alta y el corazón a la altura de los zapatos.

    Jamás he sabido jugar a esa clase de juegos donde es preciso atrapar en el aire una pelota, o lo que sea. Eran esos juegos, precisamente, los que siempre me relegaban durante los recreos de Saint Maur a un banco del jardín. Allí donde pude observar tan detalladamente el discurrir lentísimo de largas familias de orugas encadenadas unas a otras bajo las moreras. En Saint Maur nadie me quería en su «campo», pero al fin conseguía lo que más anhelaba: que me dejaran en paz. Igual que en casa. A pesar de todo, en aquel momento lamenté —y mucho lo lamenté— no saber atrapar en el aire ni siquiera una pelota como la que llevaba Zar entre los dientes.

    Al cabo de un ratito, llena de pena, me fui al montón de los abrigos, me senté en el suelo, a su lado, y me tapé la cara con las manos.

    Apenas había pasado un minuto, sentí los lametazos de Zar, y a poco, oí los pasos de Gavrila, acercándose. El corazón me golpeaba sin misericordia, pecho adentro. Sentí —más que vi, porque continuaba tapándome la cara con las manos— la proximidad de Gavrila.

    —No puedo —murmuré, despacito.

    Y al no tener respuesta, continué:

    —¡No puedo, Gavrila!... Yo no sé jugar. Yo nunca he jugado, aunque me gustaría jugar, pero no sé jugar porque los juegos y yo no somos..., no somos...

    Y oí que Gavrila decía:

    —No somos amigos.

    Negué con la cabeza, la cara obstinadamente oculta en las manos.

    —Pero yo... —dijo de pronto Gavrila, tras un silencio que me pareció muy largo—. Yo sé otros juegos, que a lo mejor sí te gustan.

    Rápidamente las manos dejaron de ocultar mi cara y miré con ansiedad (una ansiedad un tanto floja, como si de antemano supiera que lo que deseaba no era verdad, o por lo menos jamás se cumpliría), y dije:

    —Sí.
    —Dame la mano.

    Inclinado hacia mí, dos largos mechones rubios se balanceaban a los lados de su cara, y vi de cerca el tono de su piel tostada como si para él fuera siempre verano. Tenía pestañas larguísimas y rubias. Me deslumbraba el color de toda su persona. Siempre me había maravillado el mundo de los colores, y las doradas pestañas y el azul intenso de sus ojos, nunca antes visto, me tenían totalmente asombrada. Sin saber muy bien por qué me acordé de un luminoso atardecer, hacía ya años, cuando Tata María recogía la bolsa de la merienda y la labor, y ya nadie o casi nadie quedaba en el parque. Revoloteaban dos diminutas criaturas aladas sobre nuestras cabezas. Me parecieron de oro, y quise atrapar una. Tata María dijo: «¡Déjalas volar! ¿Qué daño te han hecho? Sólo están buscando una candela». Como de costumbre, sus palabras no se me habían olvidado.

    Pero la suavidad, casi angélica, del rostro de Gavrila, y de toda su persona, contrastaba con la brusquedad de sus movimientos y el tono de su voz, de una potencia insólita en una criatura de su edad. Ni siquiera los gemelos, que eran mayores que él, tenían una voz tan poderosa.

    Echó hacia atrás los largos mechones con un rápido movimiento de su cabeza como si quisiera arrancárselos. Tan violento era aquel movimiento que, por instantes, le creí enfadado o incluso enemigo de todo el mundo. Tiró de mí hacia arriba, levantándome del suelo, apretándome la mano hasta casi hacerme daño y gritó (yo creo que con tanta alegría que también rozaba el dolor):

    —¡Vamos a casa!...

    Pero lo decía de tal forma que al decir «casa» yo sentí que esa casa era mucho más «casa» que aquella donde yo vivía.

    No vacilé ni un segundo, a pesar de que un gusanillo molesto me advertía que aquella especie de huida no iba a ser bien vista, ni siquiera aprobada, por mi entorno. Ni tampoco por las Tatas.

    Crucé por primera vez el patio de una esquina a la otra (tal como había visto hacer al Unicornio) hasta alcanzar una de las dos escaleras de servicio. En tramos en un ascensor que se llamaba montacargas (según se leía en un letrero sobre la puerta) y Gavrila lo puso en marcha.

    —Ven, ven, ven... —seguía murmurando Gavrila. Pero no me lo decía a mí, se lo decía a sí mismo. O quién sabe a quién o a qué. Y canturreaba como si no le importase que yo le oyese, como si estuviera acostumbrado a hablar así, ni se diera cuenta a quién se lo decía ni por qué lo decía, ni a dónde iba a parar su canturreo.

    Decía ven cada vez en un tono de voz diferente, y me parecieron, cada uno, de colores distintos. O como destellos de arañas cristalinas en la noche, cuando aún podía navegar, espiar chispazos, palabras o letras, comunicándose unos a otros historias y recuerdos, un mundo aún sin descubrir, pero quizá vivido.

    Cuando llegamos al último piso, casi me arrastró hasta la puerta de servicio: la reconocía porque era lo único que se parecía —o acaso era igual— a la puerta que Isabel llamaba la nuestra. Entonces él llamó al timbre, repetidas veces, como si su dedo se durmiera sobre el botón. Luego, se volvió a mí y con el aire de revelar un secreto murmuró, casi a mi oído:

    —Está sordo.

    Luego nos llegó el chirriar de cerrojos descorriéndose, tan largo y minucioso que se sintió obligado a explicar:

    —Tiene miedo.

    Yo no podía entender a qué y por qué tenía miedo la especie de fantasma a quien se refería Gavrila. La puerta se entreabrió, y a través de su rendija distinguí un trocito de una cara y un ojo negro y reluciente.

    Cuando la puerta se abrió del todo, apareció detrás, casi solemne, un hombre muy alto y muy pálido. Vestía chaleco a rayas rojas y negras que me recordó el delantal verde y negro, también a rayas, del pescadero Mario. Pero este hombre tenía largas patillas, cabellos negrísimos y orejas enormes, muy separadas de la cabeza, parecidas a las asas de un cacharro o a las alas de una mariposa monstruosa. Como estaba de espaldas a la ventana, se volvían transparentes.

    Entonces Gavrila dio un salto casi invisible, de tan rápido, y le besó en la mejilla. A veces he intentado evocar con precisión aquel salto, y nunca he podido. Era una especie de vuelo, visto y no visto. Algunos días más tarde vi con cierta frecuencia aquella insólita manera de abandonar el suelo. Así que creía que Gavrila podía volar, y secretamente albergaba la esperanza de que me enseñara a hacerlo. Pero ahora, lo único que retiene mi memoria son sus pies, de puntillas, y aquel beso volátil como los que me daba Tata María, antes de abandonarme a las puertas de Saint Maur.

    Luego se volvió hacia mí y dijo:

    —Es Teo.

    Por la forma como lo dijo, entendí que me pedía colaboración, así que me empiné sobre la punta de los pies, todo lo que pude para alcanzar su cara, o por lo menos una patilla. Pero Teo se inclinó hacia mí y vi de cerca sus ojos. Brillaban de una forma que yo conocía: un casi invisible parpadeo de luz que, a veces, percibía mirando fijamente las estrellas. Y me acordé de que también había visto aquel parpadeo sutil en los ojos de Tata María. Pero en ella parecían apagarse y en Teo encenderse. Gavrila decía:

    —Adri, Adri...

    Lo canturreaba, como cuando decía «ven, ven...», en el montacargas. Entonces empezó un recorrido por la casa. Teo iba delante, como un heraldo, entrando y saliendo de habitaciones grandes y destartaladas. Todo era muy distinto a nuestro piso —mejor dicho, al piso de los Gigantes—, pero a un tiempo, de alguna misteriosa manera, reconocible. Como esos mapas que algunos niños dibujan, inundados de colores y de sueños.

    En todo había algo no habitual, raro, aunque amistoso. Sentimiento hasta aquel momento desconocido para quien no tenía ningún amigo o amiga de su edad. Parecía una casa hecha para jugar en todas las habitaciones. Y Teo las iba nombrando una a una, a medida que las íbamos cruzando. (Entonces aún no había visto a ningún guía turístico, pero más tarde, me lo recordaron.)

    Las habitaciones eran grandes, quizá más grandes que las nuestras. O por lo menos las que yo frecuentaba. Y con enormes ventanas por las que entraba mucha luz. Como si toda la luz de aquel cielo, que yo sólo había visto sobre mi cabeza en los parques, o en el verano, durante las estancias en el balneario donde nos llevaba mamá —y desaparecía, como sumido en un pozo, apenas regresábamos—, se hubiera enamorado de aquel lugar. Entraba a borbotones por todas partes, casi diría que atravesaba las paredes. Cualquier resquicio permitía la entrada al gran cielo que en el parque de papá o en el de la Tata tanto me maravillaba, si levantaba la cabeza.

    Cuando llegamos al «recibidor» —así le llamaba mamá, y Tata María, «recibimiento»— creí reconocerlo. Era, también, muy grande. Pero éste estaba abigarradamente amueblado, parecido a un salón, como en homenaje a la «puerta principal». Teo señaló aquella puerta y declamó más que dijo:

    —Puerta Principal... Por aquí debíais haber entrado, Gavi. Para recibir esta visita tan importante.

    Me costó unos segundos comprender que la visita importante era yo. Pero Gavrila quitó toda pomposidad a aquellas palabras, porque lanzó una carcajada, y agarrándome de la mano echó a correr pasillo adelante. (Después de tantos años, aún no logro recomponer en mi memoria la distribución de aquel piso.)

    Esta vez, Teo no nos seguía, ni nos precedía. Entramos en una habitación llena de objetos, mitad juegos y mitad amontonamiento de trastos viejos. Esparcidos por todas partes, desde los animales de un zoo de madera, hasta una torre Eiffel a medio hacer, que me recordó el ya inútil Meccano de los gemelos (abandonado en un armario del Cuarto Oscuro). Más trenes, aviones, juegos de mesa y dameros con sus correspondientes fichas.

    Pero sobre todas estas cosas, instalado sobre una mesa, vi un precioso teatro de cartón. Era un maravilloso teatrito, con decoraciones y personajes. A veces, en vísperas de Navidad o Reyes, lo había visto y deseado cuando nos llevaban a Madrid—París, unos almacenes (quizá los primeros que hubo en la ciudad y que ahora llaman grandes superficies). Se trataba de El Teatro de los Niños, y, aunque lo había pedido repetidas veces —junto al caballo vivo—, jamás me lo trajeron. Así que al verlo sentí una gran alegría, casi me daban ganas de saltar.

    Gavrila ya no preguntó si quería jugar con El Teatro de los Niños. Algo debió de ver o intuir en mí que le decidió a elegirlo sobre todo lo demás. Yo lo señalé con el dedo y él dijo:

    —Sí, sí.

    Como hablaba de forma algo distinta, sobre todo cuando pronunciaba las erres, creía que yo no le entendía. Pero nunca he entendido a nadie como a él.

    —Ahora —dijo— ¿quieres jugar dentro o fuera? Comprendí que se trataba de estar, viéndolo, dentro del teatro o fuera.
    —Dentro —dije.

    Le pareció bien.

    —Ponte al otro lado del escenario y maneja los personajes...

    No sabía cómo funcionaba aquello, pero me atraía.

    Entonces sacó de una caja unos muñequitos de cartulina. Se insertaban en tiras de cartón donde había unas aplicaciones de hojalata con ranuras. No resultaban fáciles de manejar. En particular el Lobo Rey y el Príncipe Negro, estaban bastante ajados y se tambaleaban en el soporte.

    —Eso no importa —dijo Gavrila, excusando aquellas deficiencias— porque fuera no habrá gente... Sólo nosotros. Y a lo mejor, Teo.

    Entendí que Teo no era gente y ensarté como pude una figura un tanto ambigua en su correspondiente tira de cartón: algo así como un híbrido entre león y perro perdiguero, pero vestido con polainas, sombrerito con pluma y escopeta al hombro. Me recordó vagamente a Eduarda.

    —Ahora tú sacas a tu personaje por un lado, se encuentra con el mío... y se dicen cosas.
    —¿Qué cosas?
    —Nos lo vamos inventando... o lo que sea —aclaró, como si advirtiera mi confusión—. Tengo el librito con la función, pero es muy aburrida y no la entiendo. Mejor lo inventamos, ¿no?

    «Como en algunas películas», pensé, recordando la tarde de Las Cruzadas e Historia de dos ciudades, con papá.

    No sé cómo, ni desde qué momento, empezamos a contarnos cosas, cada uno en su correspondiente lado del escenario, moviendo las tiras de cartón, con sus tambaleantes muñecos de papel. Y no sé cuándo, ni cómo, se inició aquella especie de conversación—confesión, desde uno al otro lado de las decoraciones suspendidas sobre «Al primer telar», «Al tercer telar». Gavrila colocó una linterna encendida detrás del escenario. Así se encendían de rojo, amarillo, azul o verde los papeles transparentes que simulaban cielo, ventanas, fuego. Parecían caramelos.

    Empezó a hablar de cosas que nada tenían que ver con el decorado, aunque sin dejar de mover el muñequito que le correspondía. Le imité: cuando él terminaba su discurso, empezaba el mío. Todo era nuevo para mí, pero ocurría de forma tan natural, tan distendida y suave, como si fuera algo que siempre había sucedido, sin extrañeza ni tensión, entre nosotros. Como si hubiéramos pasado toda la vida hablándonos así.

    —En la ventana, tenías la cara muy pálida.
    —No estaba bien, estaba muy mal.
    —¿Por eso no venías a jugar conmigo?
    —Sí, por eso, pero te veía en el techo, cuando las sombras del patio.
    —Ah, sí, ya sé. Yo también veo las sombras del patio en el techo, pero nunca te veía a ti. Quería que bajases a jugar conmigo y Zar.
    —Yo también quería bajar a jugar contigo y con Zar.
    —¿Vas al colegio?
    —Sí... ¿Y tú?
    —No, yo no voy al colegio, pero iré enseguida, después del verano, cuando me acepten en el Liceo.

    Entonces me acordé de papá, cuando una vez me dijo que en su ciudad había un teatro muy grande, que conocían en el mundo entero y se llamaba así, el Liceo. Y que allí venían los mejores cantantes, y que un día me llevaría a una ópera que se llamaba Boris Gudunov, porque suponía que me gustaría. Pero me costaba bastante relacionar esos dos Liceos, así que le dije:

    —¿Tú eres cantante?

    Hubo un silencio un tanto peligroso. Pero al fin, me dijo:

    —Sí.

    Esta cuestión pareció zanjada, pero él añadió:

    —Iré al Liceo Francés...

    «No debe de ser el mismo», pensé. Y entonces él dijo algo que me emocionó. Bueno, él o su muñequito: los movíamos cada vez que hablábamos, y parecían temblorosos o epilépticos, según el caso.

    —¿Somos amigos?
    —Sí... Mucho.
    —Entonces llámame Gavi.
    —Gavi... —murmuré.
    —Ahora Teo vendrá al teatro, pero por fuera.

    Y como si estuviera escondido, escuchándonos, a pesar de su sordera, apareció Teo. Se sentó en un taburete, delante del escenario de perfil. Sacó de una bolsa finísimas telas blancas, aguja e hilos. Me dirigió un cariñoso saludo, agitando la mano. Y me dijo:

    —Adri... yo soy amigo de Isabelita, le he bordado un camisón. Ahora estoy cosiendo unas vainiquitas para las niñas del tercero, que comulgan el día quince...

    Era tan suave su voz y su sonrisa que me sentí acariciada, cosa que no había conocido nunca antes. Entonces me invadieron unas inoportunas e inexplicables ganas de llorar. Pero no sentía pena ni dolor. Al contrario, una leve, espumosa sensación de alegría.

    Casi sin darme cuenta, como si alguien manejara mis palabras desde el escondite de mi otro teatro (el que me compró Eduarda), cuando yo urdía mis historias en el cuarto de la plancha, dije:

    —Yo siento mucho amor.

    Entonces Teo echó la cabeza hacia atrás, y casi gritó:

    —¡No, Adri, no a todos... no a todos! Hay gente muy mala por ahí fuera...

    Por lo visto el perfil que nos ofrecía era el del oído bueno.

    Gavi zarandeó casi furiosamente su personaje, y también gritó, con su poderosa voz, impropia de un niño:

    —¡No llores! ¿No te acuerdas de que está prohibido llorar?

    Saqué la cabeza del telar número uno, donde la había acercado tanto que casi la metía en el escenario para mirar al «público», y vi que Teo estaba muy quieto, la labor y la aguja y los hilos resbalando por sus rodillas, y la cara cubierta de lágrimas brillantes.

    No pude resistirme, salté de mi asiento y fui hacia él, tímida y con mucha pena. Teo me tendió los brazos y me acogió con tanta fuerza que casi creí oír el crujido de mis huesos mientras murmuraba suavemente: «No te asustes, no te asustes... todo acabará bien. Y no debes abandonar el teatro, cuando estás dentro... Vuelve ahí, cariño».

    Volví a mi puesto, y pregunté:

    —¿Por qué llora...?
    —Ya no le quiere.
    —¿Quién no le quiere?
    —No importa..., no le quiere.

    Vi que Gavi se encogía de hombros, pero no era un gesto de indiferencia, al contrario, me pareció muy triste. Pude verlo porque acerqué los ojos hasta el nivel del escenario. Decoraciones y papeles de colores emanaban una luz íntima desde sus ventanitas, cielos y farolas. Y de pronto sentí un gran bienestar: desde allí, podía decirse todo, contarse todo lo que se guardaba, y dolía o no, pero nunca se decía. La luz baja, los colores transparentes, todo pertenecía a un secreto grande, que podía comunicarse con otros secretos. Y me acordé del Unicornio.

    —Gavi... ¿te acuerdas de aquel día, cuando jugabas en el patio y estaba todo cubierto de nieve?
    —¿De nieve?
    —Sí, el patio estaba cubierto de nieve y tú jugabas con Zar.

    Gavi tardaba en contestar, pero se le adelantó Teo. Tenía el oído bueno alerta, y con la mano lo protegía, como un biombo. Dijo:

    —Adri, en el patio no puede entrar la nieve porque es un patio cubierto, con techo de cristal.

    De pronto algo vacilaba, casi se desmoronaba a mi alrededor.

    —Yo vi a Gavi... vi a Gavi en la nieve... y a Zar.
    —No, la nieve no puede entrar en el patio. ¡Déjalo, déjalo! También Gavi ve cosas que los demás no vemos... Pero no importa...

    Sí que importaba, me importaba a mí.

    —Gavi... dímelo. Dime que sí, que estaba todo el suelo nevado y se oía mucho silencio.

    Gavi abandonó su asiento del otro lado del escenario, se acercó a mí, y dijo:

    —Sí, a lo mejor había nieve, puede que entrara por un cristal roto. Durante muchos días había un cristal roto.
    —Yo la vi, yo vi la nieve —insistí. Estaba a punto de cometer la imprudencia de nombrar al Unicornio, cuando Gavi susurró, junto a mi oído:
    —Ya lo sé, pero es un secreto nuestro. No se lo digas a los demás.

    Comprendí que para él los demás eran como para mí los Gigantes y para Isabel Ellos. Sentí un gran alivio. Todo marchaba bien.

    El timbre de la puerta por donde habíamos entrado pareció atravesar todo el piso, estridente, angustiado. Los timbres tienen su voz particular —sobre todo la tenían entonces—, y casi se adivinaba el ánimo de quien oprimía el botón. Enseguida supe que venían por mí. Más que un timbrazo era un aullido.

    Teo se apresuró hacia la puerta, y regresó, mejor dicho, irrumpió en la habitación acompañado de una Isabel congestionada y balbucearte:

    —¡Dios mío, me veo en la calle!... ¡Y todo por culpa de estos dos mocosos!...

    Nunca antes la había visto así. Su actitud, su voz, su nerviosismo contrastaban con el sosiego y bienestar recién descubiertos.

    Sin lugar a dudas, regresaba a la casa de los Gigantes. Casi me arrastraba tras ella, apretándome la mano con fuerza mientras decía:

    —¡Dios mío, la que has estado a punto de armar! Menos mal que ya estamos en nuestra casa...

    Nunca las palabras nuestra casa me parecieron tan ajenas. Bajamos en el montacargas, cruzamos el patio, subimos el tramo de escaleras que conducían a nuestra puerta casi en volandas. Y allí estaba Tata María, como un ángel con delantal, esperándonos:

    —¡Cálmate! ¡Nadie se ha enterado...!

    Una vez dentro, empezó una discusión entre Tata María e Isabel sobre quién era la culpable de aquel descuido. Cada una de ellas echaba la culpa a la otra, hasta que al fin se calmaron y se abrazaron llorando. Una vez más me intrigó el porqué los Gigantes lloraban cuando parecía menos adecuado, y permanecían impasibles en los momentos que, a mi juicio, hubieran sido más apropiadas las lágrimas.

    Restituida la calma, y establecidas las reconciliaciones, la única culpable acabé siendo yo. Después, tampoco yo, sino la soledad, la ausencia de amiguitas o amiguitos. «Necesita amistades, como todos los niños del mundo», remachó Isabel, secándose los ojos. Y Tata María asintió con la cabeza y levantando los ojos al techo, como era su costumbre en semejantes ocasiones.

    Isabel me besó, y Tata María me acarició la cabeza. Puesto que todo volvía a estar en orden, decidí que había llegado el momento de retirarme. Fui a mi cuartito y me tendí en la cama, mirando el ángulo del techo donde una vez había visto moverse, saltar y jugar las sombras de Gavi y Zar.

    Recordé entonces que durante todo el tiempo mientras duró el teatro y después, cuando llegó la sobresaltada Isabel, Zar había permanecido tumbado, con el morro apoyado en el extremo de sus patas delanteras, y una mirada que, a partes iguales, traslucía paciencia y una pizca de hastío. No hacia nosotros en particular, sino hacia la especie humana en general.


    Afortunadamente, nadie en casa (excepto Tata María e Isabel) tuvo conocimiento de esta primera escapada, de aquella primera huida hacia lugares y criaturas que entonces —y acaso también ahora— me parecieron mágicos.

    Aliviadas y confiadas por la nula trascendencia que aquella escapada había tenido en la familia, las dos mujeres no sólo permitieron en adelante nuevas salidas, sino que las favorecieron.

    Inolvidables escapadas hacia el último piso, bajo los terrados. Allí donde yo me encontraba con Teo, Zar y el hijo de la bailarina.


    10


    Tal y como ella me había dicho, Isabel no sabía leer ni escribir. Estábamos muy unidas, como es natural entre cómplices. Porque era una complicidad, además de cariño, lo que nos unía.

    Todo había empezado en la despensa, el día que me dio a probar el primer chupito, diciendo que daba calor al corazón. Luego, cuando Tata María no andaba cerca, me llamaba con un silbidito tenue, pero que llegaba puntual a mis oídos.

    Corría entonces a la despensa y al taburete, donde ella me recibía con un guiño y, en la mano alzada, como un trofeo, el frasco mágico.

    —Sólo un chupito, ¿eh? Más, hace daño.

    Yo sorbía el chupito, despacio. Nunca hizo el efecto anunciado, pero en cambio tenía la virtud de hacernos reír a las dos, mirándonos, frente a frente, y sin saber muy bien por qué.

    Un día, después del chupito y las risas, me dijo:

    —Cordera... ¿tú querrías escribirme alguna carta? Yo no sé, ya te dije, pero hay veces que necesito dar noticias mías, a mi familia... o a quien sea.

    Adiviné, sin mucho esfuerzo, quién era «quien sea». Y me sentí necesaria, o importante, que suele ser parecido.

    —¡Claro que sí!...
    —Yo te lo digo, y tú lo pones.
    —Sí.
    —¡Tienes una letra tan maja!

    En Saint Maur no opinaban lo mismo. Aún recuerdo como una tortura el aprendizaje de aquella caligrafía picuda, que, según oía, era el distintivo de las «Niñas de Saint Maur». Como una marca de fábrica, o «pedigrí». Era la letra de Cristina y de mamá.

    —Gracias —dije, como me habían enseñado, tanto si me gustaba como si no.

    Mamá me había aleccionado: «Cuando alguien te diga una grosería, o un insulto, no contestes, no te pongas a su altura. Sonríe, di "Gracias", y el otro quedará avergonzado...». Días más tarde sufrí uno más de los ataques verbales de Margot. Una vez más, yo me negaba también a engrosar las filas adictas al juego de los pelotazos, al que, en puridad, pertenecía toda la clase, aunque dividida en dos bandos. Supongo que a Margot le importaba un comino el bando al que yo pudiera pertenecer —del suyo ella era, cómo no, capitana—, pero le molestaba no ejercer su dominio sobre mí. Así que, cuando me negué a alistarme en cualquiera de los dos bandos, me gritó (casi escupió) varias veces, rozando su cara con la mía: «¡Idiota! ¡Idiota, idiota!».

    Recordando las enseñanzas maternas, levanté la cabeza cuanto pude, tanto que me dolió la nuca, y en vez de sonreír lancé una sonora carcajada —la más falsa que he lanzado en mi vida— y grité con un brío que no sé si nacía del valor o del miedo: «¡Gracias, Margot, gracias...!». A cambio, recibí dos formidables bofetadas en toda la cara.

    Pero volviendo a Isabel y nuestra alianza, recuerdo que empezó entonces una larga correspondencia —es un decir, porque la mayoría de las veces no era correspondida—. Espaciadamente (muy espaciadamente) llegaban respuestas. El cartero Cristián, que también aparecía por nuestra puerta, abanicaba el aire con la carta de Isabel, y se reía, escamoteándosela, como si fuera una enorme mariposa a punto de huir. Isabel se enfadaba y se reía a la vez mientras intentaba atraparla. Al fin, Cristián se la daba. Era un hombrecito muy pequeño, con uniforme y gorra gris. Estaba muy pálido. Pero también se quería casar con Isabel. En aquel tiempo yo creía que todos se querían casar con Isabel, desde Mario, pasando por el chofer Anastasio, hasta el cartero Cristián, el que le traía las cartas de «quien sea». Pero yo sabía quién era «quien sea». Se llamaba Frutuoso, y era el único que le contestaba de su propia mano. Porque yo era quien se las leía. Y, de su familia, sólo muy pocas veces recibió contestación porque Isabel me dijo que, como hacía yo con ella, a ellos se las escribía el cura. Eran unas cartas muy raras, de gente que no parecía la familia de Isabel. O por lo menos, no se le parecía en la forma de hablar, ni dictar. Por ejemplo, si ella les había dicho en una carta más o menos esto:

    «Querido hermano Lope, me alegraré que al recibo la presente estéis bien de salud. Ya sé lo que le ha pasado a la vaca con lo de los lobos, he llorado mucho, deseo que la otra vaca esté bien, ojalá se muera el que dice que es culpa de los lobos y todos sabemos... »


    La carta que recibía en respuesta era, también más o menos:

    «Querida hermana Isabel: Ya sabes que la desgracia nos aflige, desde que a la vaca la mataron los lobos, pero estamos resignados por la voluntad de Dios, que pone a prueba nuestra paciencia y nuestra Fe en su Misericordia...» No entendía nada, pero sabía que algo fallaba, que algo no estaba de acuerdo entre una carta y otra. Como si hablaran de cosas distintas.


    Pero las que sí entendía eran las del llamado Frutuoso. Unas veces la carta empezaba con un «Querido Frutuoso», y otras sólo con un «Frutuoso». Pero lo que seguía a continuación tenía pocas variaciones. Ya empezaba a aburrirme, y de cuando en cuando empecé a contribuir en el argumento. Por ejemplo, cuando ella le decía (me lo decía a mí, aunque jamás pude expresar por escrito el tono airado, apasionado, desdeñoso de sus palabras, ni la manera como iba cambiando de color su voz, o su misma cara: casi un arco iris completo): «Y ya lo sé, que me lo dijo la Patricia, que te han visto merendándote con esa golfa y en el cine, donde la película de Mares de China, en el merendero del Crescencio, y que luego os fuisteis juntos, que sé yo dónde, pero miento, sí sé adónde, guarro más que guarro, ya me has visto bastante, porque de ahora en adelante, morcilla que te den, morcilla...». Yo, que estaba harta de repetir lo de la morcilla, escribía: «pasteles de crema, polos, que te den...», que era lo que más me gustaba por aquellos días. Aunque ahora me viene a la memoria que, en una ocasión, escribí: «Chupitos, chupitos, chupitos... ».

    Las respuestas, cada vez eran más espaciadas. El llamado Frutuoso decía: «Que no sé lo que dices, que estás majara...». Pero luego se veían y, al parecer, todo se arreglaba. Aunque ella me decía:

    —Adri, cordera, no te enamores.
    —Ya me enamoré.
    —Bueno, pues sigue así... ¡Pero no como yo... ¡


    Cada vez era más frecuente, por las tardes, que Gavi apareciera en el patio. Ponía las manos alrededor de la boca, como si fuera una bocina, y me llamaba.

    —Dile que no grite —me advirtió Tata María—. Que ya sabemos cuándo viene... pero que no dé tres cuartos al pregonero.

    Aunque me pareció un recado muy raro, se lo dije, desde la ventana:

    —Gavi... que no des tres cuartos al pregonero.

    Él sacudió la cabeza, y dijo:

    —¿Vienes?

    Por supuesto que iba. Pero antes tenía que dar cuenta a mis protectoras— fiscales:

    «Bueno, vete, pero no tardes en volver ni un minuto después de las ocho... »

    Sucedía esto día sí, día no. Pero más sí que no. Si me hubieran dicho que tenía que renunciar a aquellas escapadas—huidas—encuentros, creo que me habría muerto. O, por lo menos, hundido. Pero no fue así. Al contrario, el día sí y el día no se convirtieron en el «todos los días». O, mejor dicho, todas las tardes.

    Apenas terminaba de comer, sabía que él estaba abajo (porque comía más temprano), con las manos en los bolsillos de aquel pantalón de terciopelo marrón, que tanto me seducía. Se apoyaba en la pared y cruzaba las piernas. Su cabeza rubia parecía rodeada de un resplandor, como había visto a los ángeles, o santos, en láminas de algunos libros. Y esto era muy raro, porque Gavi no tenía nada de santo, ni de ángel.

    Paco, mi novio, decía:

    —Vaya chico listo que has elegido... ¡Menudo pájaro!

    Claro que a Paco todo el mundo le parecía o pájaro o tonto.

    Los pájaros eran sus preferidos. Les quería, les admiraba o, por lo menos, les respetaba. A los tontos, desprecio total. Pero me parecía injusto, porque llamaba pájaro a Mario (que a mí me parecía un poco tonto) y tonto a Albino, que no me lo parecía.

    —Paco, ¿yo soy tonta... o pájaro?
    —Tú eres mi novia, Ojazos. —Y me lanzaba un beso con la mano.

    Esta clase de respuestas —como algunas de las que me daba Tata María— me inquietaban, porque no tenían gran cosa que ver con lo que yo preguntaba, y además no podía creerlas. Siempre albergaban alguna duda, aunque en aquel tiempo, todo, o casi todo flotaba entre dudas y preguntas. Misterioso mundo, el de los Gigantes, y misterioso también el pequeño recinto del corazón. Allí donde, según Isabel, daban calor los chupitos. Y tampoco eso era del todo verdad porque, por lo visto, sólo sentía ese calor ella. Yo, no.

    Por otra parte, habían aumentado mis conocimientos (precisamente aquellos meses en que no acudía a Saint Maur). Con Gavi y Teo descubría todos los días, casi diría que todos los minutos, varios aspectos de la vida que jamás hubiera conocido sin ellos. Incluso de una vida tan pequeña, rutinaria, solitaria y poco propicia a descubrir nuevos horizontes como era la mía.

    Ya apenas jugábamos en el patio, con la consiguiente protesta de Paco, que le gustaba mucho contemplar y jalear el juego de la pelota, Zar incluido. Pero cada vez que cruzábamos el patio corriendo hacia el montacargas, antes nos parábamos a ver si él estaba allí, sentado y leyendo periódicos deportivos. Y, si estaba, saltábamos a su cuello y le besábamos, para salir corriendo enseguida. Aprendí entonces a saltar, si no tan ágilmente como Gavi, lo suficiente para que me llenara de euforia. Una euforia burbujeante, que no he vuelto a sentir. Cada vez que lo hacía, me parecía recuperar a la Adri que por las noches navegaba hasta el salón de los reflejos y el Unicornio. Y, además, me acercaba más a Gavi, me hacía más parecida a él.

    —Gavi... ¿Me enseñarás a volar?
    —Sí.
    —¿Me lo prometes?
    —Cuando llegue la primavera, subiremos a la azotea y te enseñaré. Pero tienes que ser muy valiente.
    —Soy muy valiente —mentí, a conciencia.

    Pero con él todo sucedía en un tiempo y lugar mágico, donde lo más impensado era posible. Si él me hubiera dicho que podríamos hacernos invisibles, yo me hubiera vuelto invisible, y así ocurrió más de una vez. Aunque mi invisibilidad desaparecía en cuanto nos separábamos. Sucedían con él —o entre él y yo—cosas que jamás han vuelto a suceder en mi vida. Incluso volar.

    En el piso —iba a decir «país»— bajo la azotea, que era muy grande, creo que aún más que el nuestro, también había una terraza. Todavía hacía frío y no salíamos a ella, pero Gavi apartaba de un manotazo los visillos de las puertas encristaladas y decía:

    —Cuando llegue la primavera saldremos ahí y conocerás el Castillo...

    Me señalaba una barandilla de piedra, y a los lados, arcos y columnas, todo de un material arenoso, que brillaba al atardecer en diminutas chispitas: la hora en que yo regresaba a casa. Gavi decía que allí se jugaba muy bien porque los juegos se volvían de verdad.

    Yo esperaba con una leve impaciencia —más curiosidad que impaciencia— la llegada de la primavera. Una estación que, hasta el momento, sólo me traía el recuerdo del día de mi Primera Comunión y, sobre todo, de Eduarda. No la había olvidado, y ahora que me dedicaba tanto a escribir cartas, empecé a sentir el deseo de comunicarle mis novedades. Le escribiría una carta muy larga, contándoselo todo. Pero —me dije—, se la daría a Teo, para que la echara al correo. No me fiaba demasiado de Tata María, ni siquiera de Isabel. Algo me decía que ellas la habrían leído antes de echarla al buzón. Y yo no quería que nadie supiera lo que quería contarle a Eduarda. Aunque tampoco sabía cómo se lo iba a contar. Aquel «me alegraré que a la presente os encontréis bien de salud», con que invariablemente empezaban las cartas a la familia de Isabel, no me servía. Y mucho menos el «ya me enterao, so canalla, que te han visto...», o cosas parecidas, dirigidas a «quien sea». Escribir una carta, mía, me creaba insatisfacción, casi angustia, por no saber, o poder, decir lo que yo quería decir. Pero me hice el firme propósito de escribir a Eduarda.


    Ya no sólo jugábamos con el teatro. De entre las muchas cosas envidiables que se podían encontrar en aquel cuarto de juegos tan abigarrado, sobresalía una considerable cantidad de libros de cuentos. Algunos en francés, pero la mayoría en español. Yo tenía en casa muchos libros, pero casi todos estaban más que releídos. Últimamente, con la ausencia de papá, que era quien escribía a los Reyes Magos, o me los regalaba por Navidad o por mi santo (y a veces sin festejo alguno de por medio), ya muy raramente me llegaban. Leer fue una de las cosas que más me unió a Gavrila.

    A menudo nos echábamos en el suelo, boca abajo, compartiendo un mismo libro y un mismo trocito de alfombra. Tácitamente elegíamos siempre el mismo tramo, con los mismos dibujos y colores, una mezcla de rombos y círculos azul y marrón. Con los días, llegó a ser un territorio propio, una especie de refugio—cabaña en algún bosque, donde se entraba para trasladarnos a espacios sólo visibles a través de sus palabras, de donde se salía para reincorporarse al mundo exterior. Yo veía aquel trocito de alfombra como puerta, cerradura y llave de un país sólo nuestro. Se abría al entrar, se cerraba al salir. Un secreto tan íntimo que ni siquiera se podía nombrar en silencio, con el libro abierto y compartido. Si era un libro francés y contenía frases que yo, todavía, no entendía bien, él las traducía, con su peculiar pronunciación de erres rotundas, que no eran precisamente las suaves y casi guturales erres francesas. Un día le pregunté:

    —¿Por qué dices así la erre?
    —Porque soy ruso.

    Y al decirlo levantó la cabeza, casi desafiante. Me pareció una razón bastante buena, aunque sin comprender muy bien por qué. Todo lo que él decía, a pesar de que a primera vista me pareciese más allá de cuanto hasta entonces sucedía o había escuchado en mi entorno habitual, acababa siendo razonable y, sobre todo, verdadero. Mucho más verdadero que las aplastantes «verdades como puños» con que solían apabullarme tanto en Saint Maur como en casa.

    Las láminas de los libros de Gavi eran extraordinariamente sugerentes, y nos deteníamos largo rato en ellas, mirándolas al detalle, descubriendo cosas que a primera vista parecían invisibles o anodinas. Recuerdo una donde había una casa partida de arriba abajo, y dejaba al descubierto no sólo a sus moradores, muebles y objetos, sino también a los otros, los ocultos habitantes que yo conocía en mis travesías nocturnas hacia el salón y a los que una vez aludió Sagrario. Creo que Gavi y yo llegamos a vivir dentro de aquella casa partida, durante días y días. Y cuando ya habíamos leído el cuento que la había inspirado, retornábamos a ella. Y antes de volver página, nos mirábamos y sonreíamos, y no necesitábamos palabras para saber lo que pensábamos o sentíamos los dos. Éramos entonces cómplices de alguna misteriosa causa que sólo él y yo conocíamos. Parecida a la complicidad de Isabel y yo con los chupitos en la despensa. Aunque de índole muy distinta, porque lo de Isabel pertenecía al mundo de los Gigantes, y lo de Gavi y yo, no.

    Gavi pasaba las páginas con una suavidad que contrastaba con la casi rudeza de sus movimientos. Pero sus libros estaban impecablemente bien tratados, tanto como los míos. No como los heredados de Cristina.

    El Teatro de los Niños seguía siendo, de todos modos, nuestra vía de comunicación más íntima. Y necesaria.

    Uno a cada lado del escenario nos hacíamos partícipes de cosas que acaso cara a cara no hubiéramos sido capaces de decir. En algún momento me recordó al confesionario de Saint Maur, donde era obligatorio ir a confesar faltas, pecados, o lo que fuera molesto decir, a través de una rejilla, tras la que se adivinaba el perfil, eternamente masticante, del padre Torres. Pero éste era un confesionario diferente, un lugar donde, sin amenazas de infierno, culpas ni penitencias, se podía decir todo lo que de otra manera no hubiera sido posible.

    Así, una tarde le dije:

    —A veces yo no quiero a mi mamá.

    Y él contestó, rápidamente:

    —Yo tampoco.

    Eso fue todo. Pero sentí —y tal vez él también— que acabábamos de derribar un muro más de los que hasta aquel momento se interponían entre nosotros.

    Días más tarde —siempre estas cosas ocurrían con el teatro por medio, aunque para comunicarnos ya no necesitábamos mover los muñecos de cartulina—, me dijo:

    —Mi mamá sabe volar.

    No me pareció extraño porque su hijo volaba, yo lo había visto.

    —Es muy guapa —añadió.

    Yo no tenía nada que objetar. Nunca la había visto.

    —Pero Él es más bueno que ella... y me quiere más que ella.

    Yo había oído hablar mucho del Conde, tanto en el cuarto de la plancha como en la cocina, incluso a la lavandera Tomasa, que no vivía en la casa. Era un personaje que fomentaba muchísimos comentarios e incluso ligeras discusiones en las zonas del parquet sin encerar. Porque unos decían cosas buenas de él, y otros, no.

    Intuí que cuando Gavi decía Él se refería al Conde. Así que pregunté, sólo por preguntar:

    —¿El Conde?

    Hubo un silencio largo, inusual entre nosotros. Y después, bruscamente, Gavi abandonó el teatro y corrió más que anduvo hacia los libros. Eligió uno, lo agitó en el aire, como si fuera un trofeo, y dijo:

    —¿Quieres leer? Éste no lo conoces.

    Abandoné mi puesto tras el telar número dos, y fui a tenderme a su lado, boca abajo, sobre nuestro territorio de rombos y círculos de colores. El libro se titulaba El Rey Cuervo.

    Sí, lo conocía. Se trataba de un cuento que me atraía, pero a la vez me desasosegaba tanto que nunca lo había terminado de leer.

    Al fin, como si no estuviera muy seguro, dijo:

    —Algunos le llaman así. Pero se llama Mauricio.

    Pasó la página y seguimos leyendo. Casi mágicamente ocurría que, cuando pasaba página, los dos habíamos terminado de leerla a la vez. Casi nunca se

    Aquella tarde, Teo cosía a nuestro lado, en un taburete. Tenía a su alcance un costurero muy bonito, lleno de hilos de colores, tijeritas, agujas, cintas... A veces me dejaba mirarlo y manosearlo un poco. Solía sentarse de perfil, con el oído bueno hacia nosotros. Cuando oyó lo que Gavi acababa de decirme, ahuecó la palma de la mano sobre la oreja sorda, y dijo:

    —¿Has hablado de mamá?

    Gavi afirmó con la cabeza, pero siguió leyendo. Y yo, también, pero atenta a cuanto Teo hacía o decía. Junto a Isabel fue mi maestro de aquellos días.

    —Gavi, enséñale a Adri las fotografías de mamá, y verá cómo vuela. Y también enséñale el vestido de la reina...

    Gavi hacía como que no le oía, seguía leyendo, pero yo no podía ahora seguirle. Levanté la cabeza y vi a Teo mirándonos, con la aguja en alto de la que pendía un hilo de oro. Por primera vez rompió la magia que nos unía durante la lectura. Y vi el pálido rostro de Teo, con sus orejas—alas de mariposa gigantesca y sus ojos de niño perdido en el bosque. Entre sus dedos relucía el hilo.

    Bordaba algo muy diferente a las vainiquitas de las niñas del tercero, las que iban a comulgar, o quizá ya habían comulgado, quién sabe cuándo. Sentí un súbito y gran cariño por él. Un cariño que dolía porque no podía hacer nada por consolarle, y nunca había visto una mirada como la de aquellos ojos negrísimos, bordeados de pestañas espesas, donde se adivinaba un fulgor pequeño, cotidiano, de lágrimas escondidas.

    —Teo, te quiero mucho.

    Se levantó y se acercó, inclinándose:

    —Si no fuera por vosotros... si no fuera por vosotros...

    Se volvió de espaldas, vi que sus hombros se movían de arriba abajo, y pensé que estaba llorando.

    —Gavi, ¿porqué Teo llora tanto?

    Gavi tardó en contestar. Seguía empeñado en la lectura de El Rey Cuervo, aunque no pasaba página. Al fin dijo, muy bajito:

    —Porque no le quieren...

    Era la segunda vez que lo oía, y eché a correr hacia aquel hombre tan alto, que estaba de espaldas, y nadie le quería, aunque yo no sabía por qué. Di la vuelta, para verle de frente, pero se tapaba la cara con las manos.

    —Teo, yo te quiero...

    Teo apartó las manos, y con sorpresa vi que aunque le caían lágrimas no lloraba. Sonreía. Y al sonreír parecía casi guapo (con lo feo que era, por lo general).

    —¡Que te enseñe Gavi las fotografías de la señora...! Es un ángel, un ángel. ¡Dios mío, qué malo es el mundo!

    Me quedé sobrecogida por esta afirmación. ¿El mundo de los Gigantes? ¿El de la mamá de Gavi, el del Conde...? ¿En qué mundo vivíamos él, Gavi, Isabel, Tata María e incluso Paco o toda la caravana que pasaba por nuestra puerta? ¿Y los gemelos, a quienes yo quería y hasta admiraba? ¿Y papá y Eduarda?

    —¿Por qué, Teo, por qué...?

    Teo se volvió, de nuevo sonriente, y dijo:

    —Ay, no me hagas caso. Son cosas mías... No me hagas caso, Adri. Tú también eres un ángel.

    Aunque Gavi había dicho que cuando llegara la primavera me enseñaría a volar, yo me sabía muy torpe para tener alas. Además, la primavera me parecía un lugar muy lejano.

    Teo se había quedado pensativo, mirando su labor. Era una tela muy grande, no las acostumbradas pequeñas piezas blancas que solía bordar, o coser, o lo que fuera, para las niñas del tercero.

    Nos acercamos y nos mostró algo maravilloso, una tela brillante, ligera como un soplo —tal vez era raso, pero yo no había visto ni palpado antes nada parecido—, de un azul eléctrico donde aparecían grandes pájaros, pero no pájaros corrientes, sino aves suntuosas, de todos los colores, entre los que sobresalía aquel hilo de oro, ensartado en su aguja que yo había visto entre sus dedos. Mientras nos los enseñaba, iba acariciándolos y decía:

    —Mejor que el Arco Iris, mejor todavía...

    Por supuesto lo era, y quizá nuestro silencio expresaba la admiración que sentíamos.

    —¿Os acordáis de Las mil y una noches...? Pues así es esto: cuando el Emperador de la China se viste para la Fiesta del Dragón... No me acuerdo del nombre del dragón, pero da igual.

    Nosotros tampoco nos acordábamos.

    —Pues éste es el disfraz que luciré para el baile de Carnaval. Y ganaré el primer premio.

    Ciertamente, estábamos en vísperas del Carnaval. Recordé que una vez, cuando yo era muy pequeña —quizá tenía sólo tres o cuatro años—, me disfrazaron de holandesa, y me llevaron a una fiesta de disfraces infantil, en casa de una amiga de mamá. Y me sentí muy mal, estuve llorando todo el tiempo hasta que Tata María me cogió en brazos y me llevó a casa. Había comido muchas lionesas de nata y, por el camino, vomité en su hombro.

    —Estas fiestas no son para esta niña... La Cristina era otra cosa... —dijo la Tata.

    Pero ahora, en cambio, Teo parecía desbordar alegría.

    —¡Sedas, Arco Iris, oro...! —murmuraba, acariciando la tela y los bordados.

    Su voz tenía una suavidad de terciopelo. Me acerqué más a su bordado y, por un instante, los pájaros emprendieron el vuelo, tal y como otras veces había echado a correr el Unicornio.

    —¿Me dejas tocarlo?
    —Claro que sí... verás qué ensueño.

    Lo toqué, y verdaderamente lo que sentí fue ensueño. Cerré los ojos.

    —Yo seré el Emperador de los Sueños Imposibles —recitó él, como si estuviera leyendo algo en voz alta.

    Un cuento, o un poema del libro Poesía para niños que tenía Gavi en la estantería más alta. Costaba llegar a ella, tenía que subirme a una silla, pero lo conseguí, y cuando lo hice, Teo me la arrebató casi bruscamente, la abrió por alguna página secreta, sólo suya, y recitó despacito, mientras su voz se transformaba.

    Gavi y yo le escuchábamos en silencio. Parecía, de pronto, que una ráfaga de viento, un viento desconocido, misterioso y desasosegante cruzaba el cuarto de jugar.

    Pero Teo destruyó el encanto, lanzando una carcajada chillona. Me recordó la risa de un niño muy pequeño, casi un bebé, que había oído tiempo atrás, cuando aún iba al parque con Tata María.

    —¿Te vas a disfrazar...? —preguntó Gavi.

    Y percibí un temblor sutil, casi inaudible, en su voz.

    —Sí, claro está... Niños, el Carnaval es mi fiesta, la que más me gusta.
    —¿Irás al baile?
    —Sí, claro está que iré.

    Teo suspiró muy fuerte, casi se veía salir el aire de sus pulmones por los agujeritos de su nariz. Y dijo:

    —Iré al baile, como la Cenicienta. Pese a quien pese.


    Entonces ocurrió lo que todos llamaban «una recaída».

    Fue después de la tarde en que, a pesar de que hacía mucho frío, bajamos al patio con Zar. Porque Paco nos decía que ya no le queríamos y que yo no quería ser su novia. Detrás de él, Anastasio se reía, pero Paco ponía cara de estar muy compungido. Era de mentirijillas, porque yo le conocía muy bien, y sabía que se estaba riendo por debajo del bigote.

    —Y el pobre Zar, también está triste...

    Aunque yo odiaba el juego de pelota de Saint Maur, el otro, aquel que me habían descubierto a Gavi y a Zar, me gustaba. Mi torpeza para esta clase de juegos, y mi incapacidad para volar, me los hacían penosos, pero no odiosos. Así que bajamos al patio, y aunque Tata María decía que «ELLA, NO» (que yo no podía estar en el patio aquel febrero tan maligno porque podía «recaer»), la verdad es que una vez más me escapé y bajé, y corrí, y sudé y temblé. Y «recaí».

    —Que no se entere la señora, por Dios, María, que no se entere...
    —Calla, mujer... Ya sé yo lo que hay que decir y lo que hay que callar...

    No sé si calló y dijo lo adecuado, pero cuando durante la cena cerré los ojos, se me dobló la cabeza y fui a dar con la cara en el plato de espinacas, me cogió enseguida en brazos y me llevó a la cama. Vagamente recuerdo que me desnudó, y me puso el pijama, y que yo temblaba y los dientes me castañeteaban. Además, un dolor por momentos más insoportable me llenaba los pulmones, como si me estuviera ahogando en una espuma maligna. Recuerdo que gemía y decía: «Enséñame a volar...», o algo parecido.

    Entonces Tata María me tapó la boca con una mano, mientras con la otra me acariciaba la cabeza. Vi —o entreví— a Isabel, en la puerta de mi cuarto. Tenía algunas cosas en común con Teo (el temblor de lágrimas, sin deslizarse, retenido en las pestañas). Antes de cerrar los ojos y perder totalmente el mundo de los Gigantes, oí decir a Tata María:

    —No llores, no alarmes... Yo conozco a esta familia. Nada de aspavientos. Tú vete ahora a llamar a la señora... Si está en casa...

    No estaba en casa.

    —Dame la libreta de los teléfonos... Y quédate con la niña mientras llamo al doctor Zarangüeta.

    Y llamó al doctor Zarangüeta.

    Esto último lo supongo, porque no me enteraba de nada. Sólo de que mamá no estaba. Ni papá. Ni los gemelos, ni Cristina... Me agarré todo lo fuerte que pude a la mano que olía a pan tostado. Y ya no recuerdo más de aquel día.


    11


    Aún con los ojos entrecerrados la supe allí, al lado de mi cama. Tenía mi mano entre las suyas, y la acariciaba despacio, con una suavidad que nunca le había conocido antes. No lloraba, pero le temblaban los labios.

    Volví a cerrar los ojos, porque temía que si despertaba del todo, aquella sensación de dulzura y paz desaparecería. Noté en la frente el roce de sus dedos, apartándome el flequillo. Siempre me ha intrigado el porqué aquella franja de cabello, o recibía besos huidizos, o era apartada como una cortina molesta: únicamente se trataba de un flequillo, del que ni siquiera yo era responsable.

    Ahora, mamá estaba allí, me llegaba su perfume sutil e inconfundible. Un aroma delicado, que sólo notaba cuando estaba muy cerca, o se inclinaba hacia mí, o me daba uno de sus espaciados besos.

    En aquel momento yo quería preguntar algo, pero estaba demasiado confusa, y creo que también intimidada. Con el temor de que, si despertaba del todo, algo me sería reprochado y rompería el bienestar recién descubierto. En aquel tiempo, vivía siempre con la vaga amenaza de arrastrar alguna o varias culpas. Aunque no lograba identificarlas, ni liberarme de ellas. Algo así como: «¿Qué es lo que he hecho, de qué se me acusa, por qué me siento culpable de algo que no sé qué es ...?». Y aunque yo no lo supiera, estaba claro que «ellos» sí lo sabían.

    Ahora, la «recaída» parecía haberlo cambiado —o al menos modificado— todo. Para bien, y para mal. Por el lado bueno, las fantasmales culpas desaparecían o se olvidaban, y por el malo, me privaba de mis seres y espacios queridos.

    Aún pasé algún tiempo semidormida o atontada antes de que ansiosamente empezara a buscar en el ángulo del techo, junto a la ventana, las sombras de Gavrila y Zar. Vi cruzar otras sombras: las de Paco y Anastasio, las de Mario el pescadero, alguna vez la de Albino, pero nunca las que yo deseaba ver. Una gran tristeza, como una mancha de tinta sobre el papel, iba extendiéndose. No tenía ganas de comer, ni de hablar. Parecía que algo me apretara el corazón y las ausencias de Teo, Gavrila y Zar me angustiaban como si temiera no volverles a ver nunca. Entonces me tapaba la cabeza con el embozo de la sábana, para que nadie me viese, ni me dijera nada. Ni siquiera Isabel, mi cómplice.

    El doctor Zarangüeta dijo:

    —Esta niña está triste... esta niña tiene algo que la está royendo por dentro... ¿Dónde está su madre, por Dios...?

    Pero yo sabía que no se trataba de las ausencias —más o menos frecuentes— de mamá: era sentirme privada de la compañía de Gavi, de nuestro territorio de lecturas conjuntas, muy bien enmarcado en el trocito de alfombra donde nos tendíamos a leer. Nuestras confidencias a través del Teatro de los Niños, y la historia bordada en oro y pájaros, que extendía ante nuestros ojos Teo... y a Zar, que cuando no saltaba tras la pelota, se tendía con las patitas delanteras juntas, el morro encima, y mirándonos de reojo, en su particular parcela de alfombra, en la otra esquina, con sus correspondientes rombos y círculos azules y marrones. Ésa era mi tierra, ésa era mi ciudad.

    Y, por vez primera, supe lo que era la añoranza, porque empezaron a revivir en mi memoria las tardes en que Teo dejaba de coser, y yo vi por primera vez un samovar.

    En esos momentos Teo disfrutaba mucho porque sabía que lo abandonábamos todo para seguirle hasta aquel recipiente de metal brillante —no sé si era cobre—, que tenía una espita de la que manaba agua hirviendo. Así nos preparaba el cha (lo pronunciaba con mayúsculas). Nos lo servía en vasos de cristal, con agarraderos de plata, en una gran bandeja donde había pintadas —«a mano», decía él— muchas flores de colores. Lo acompañaba de mermelada y bizcochos. Me decía:

    —Yo no soy ruso... pero conozco sus costumbres por la señora. Adora el cha.

    Así que, por primera vez, sin estar enferma, bebía té, con bizcochos y mermelada de arándanos.

    En casa no había nada parecido: la merienda consistía en pan y chocolate, un plátano y un vaso de leche. El cha tenía un aroma distinto a cuanto yo conocía: el aroma de los cuentos, de la triste y hermosa historia de los cisnes salvajes que bordaba Teo en su brillante seda azul. Después del cha, volvíamos a tendernos, y continuaba la lectura. Y de nuevo, poco a poco, se levantaban de aquellas páginas ciudades, castillos, bosques, lagos... Y el mar. El mar que yo aún no había visto nunca. Ahora, todavía, cuando leo esa palabra, regresa a mí el sabor del té. Mejor dicho: del cha.

    A veces, los largos rizos un poco desmayados de Gavi me rozaban la mejilla. Tan juntos estábamos, tan unidos en una sola historia los tres: él, la historia y yo. Y revivo el aroma de su piel, y el rizo dorado; tenían un olor especial, un olor que luego sólo he reencontrado cuando he visitado escuelas o colegios de párvulos: olor a niños, ni bueno ni malo. Sólo sé que ningún adulto huele ni olerá jamás así. Como cuando una vez tropezó y se cayó, y le sangró la rodilla. Sentados en el suelo, con más curiosidad que temor, al bajar su calcetín de colores mirábamos el pequeño corte, del que manaba una gota de sangre lenta, muy roja. Olía a niño.

    Tendida en la cama, obsesionada con la esquina del techo donde esperaba, cada vez menos esperanzada, ver las siluetas de Gavi y Zar, recreaba momentos de nuestra vida secreta, como cuando recordaba y pasaba mentalmente las películas Historia de dos ciudades o Las Cruzadas. Y también iba recuperando la música. La música que arropaba misteriosamente todo cuanto hacíamos o decíamos. Fue entonces cuando intuí que todos nuestros movimientos, incluso sentimientos, se producían mágicamente dentro de alguna sinfonía. Esa que luego, a retazos, reconocemos con los años, de donde brotan la añoranza o la memoria.

    Y regresó a mi cama de «recaída» solitaria un sonido leve, un tintineo, o quizá aleteo de pájaros. Recordaba las palabras, íntimamente confundidas con notas musicales. Y oía aquel: «Ven, ven, ven...», que Gavi susurraba cuando por vez primera subíamos a su casa, en el tosco ascensor que se llamaba montacargas.

    Volvía a oír su voz, cantando —o murmurando— «Ven, ven...». Y luego, cuando inesperadamente lanzaba un grito, con la voz que no era voz de niño ni de hombre: sólo un grito, casi salvaje, casi aterrador, llamando: «¡Adrrrriiiii...!». Como el aullido de un lobo.

    Ahora, en la «recaída», me aferraba a aquellas notas, a aquel sonido, a aquella semicanción que, a veces, cuando leíamos juntos, él silbaba muy bajito, casi a mi oído, su rizo dorado rozándome la oreja, la mejilla: «Ven, ven, ven...».

    Una vez, cuando Teo había sacado a pasear a Zar, Gavi me cogió de la mano y casi me arrastró a las habitaciones traseras, aquellas que nunca había visto yo. Se detuvo un momento delante de una puerta, y poniéndose un dedo sobre los labios, dijo:

    —Nunca lo vas a decir a nadie.

    Puse la mano derecha sobre el corazón —o el trocito de mi cuerpo bajo el que se suponía estaba— y dije:

    —Nunca.

    Era un juramento, y yo lo sabía, aunque no hubiera dicho «lo juro». El silencio, o mejor dicho, las palabras «guardadas» eran muy importantes entonces.

    Tapándome la cabeza con el embozo, rememoraba aquel y otros días que me arrancaban inoportunas lágrimas, cuando Gavi me llevaba de la mano —siempre me llevaba de la mano, igual que había oído y leído hacía el Ángel Guardián, o Hansel con Gretel—. Nadie, luego, lo ha hecho nunca. Porque no me arrastraba, me acompañaba hacia algún lugar donde, sin duda, yo deseaba ir. Aunque no lo supiera.

    Por primera vez entramos en el cuarto de la bailarina. Había un armario muy grande, en una pequeña habitación, ocupándola casi enteramente. Se podría comparar con el gabinetito de mamá, pero era muy distinto. Gavi abrió las puertas corredizas, y apareció ante mis ojos un auténtico festival de vestidos, un pequeño carnaval colgando de perchas, despidiendo destellos luminosos. Ahora sé que eran lentejuelas, pero entonces me parecieron estrellas.

    Con gran desparpajo, como si estuviera acostumbrado a hacerlo, Gavi desprendió de su percha un vestido blanco, inundado de luces. Lo arrastró fuera del armario y lo extendió, con toda su magnificencia, en el suelo.

    —Éste es el que Teo llama el vestido de la reina.

    Yo no me atrevía a tocarlo, quizá temía que se deshiciera en mis dedos, como había leído que ocurre con los sueños. Pero Gavi dijo:

    —Ya no se lo pone, ya no le sirve... Pero no lo da, ni lo olvida, porque lo quiere mucho... ¡Con él fue Estrella!

    Sí, yo sabía que se podía querer una prenda, a veces más que a cualquier Gigante. Zapatillas, un calcetín desparejado, una cinta para el pelo que ya nadie me ponía.

    —Es muy bonito —dije.

    Él volvió a colgarlo en la percha, no sin dificultades, pero no me atreví a ayudarle. Intuía que no le hubiera gustado.


    Tata María e Isabel coincidieron una tarde al lado de mi cama, y les oí decir:

    —Yo sé lo que le quita las ganas, María... y tú también lo sabes.

    Tata María asintió en silencio.

    Fue un día o dos más tarde cuando las dos juntas entraron en mi cuarto y, casi a la vez, dijeron:

    —Tienes visita, niña...

    Se apartaron de la puerta y vi a Gavrila entre las dos, que apenas si abarcaba el montón de libros que me traía en brazos.

    —Gavi —dije sin apenas voz.

    Parecía que todo, el cuarto, las dos mujeres, mi cama, en fin, todo, se volvía del revés, que había dado un vuelco tremendo, como si el mundo, mi mundo, hubiera dado una maravillosa voltereta.

    Lo que en aquel momento yo deseaba era saltar de la cama, abrazarle, recoger los libros, y decirle lo feliz que me sentía. Pero una gran timidez me paralizaba, tanto como a él, que se había quedado quieto entre las dos mujeres, con su abrazo lleno de libros, sin entrar en la habitación, ni decir nada. Y me vino a la memoria aquel día, cuando estábamos jugando en el Teatro de los Niños, y él me dijo moviendo su muñeco:

    —¿Quieres darme un beso?

    Y yo dije:

    —Sí, quiero darte muchos, muchos besos...

    Y cuando dejamos el Teatro de los Niños, y nos echamos sobre la alfombra en nuestro territorio de rombos azules, parecía que no habíamos dicho nada de besos. Porque existían dos mundos: el nuestro y el que aún intimidaba, y a veces daba miedo.

    Pero fue Isabel la que rompió aquel silencio, la que derribó aquella barrera, dándole un suave empujón y diciéndole:

    —Pero, muchacho, entra y dale los libros, y «todo lo demás»...

    En aquel «todo lo demás» estaba concentrado cuanto queríamos decirnos. Gavi entró en la habitación como un torbellino, se acodó en mi cama, desparramó todos los tesoros que traía, y dijo:

    —Adri, tenía muchas ganas de leer contigo.

    Me incorporé en la cama, le tendí los brazos y, sin apenas saber cómo, estábamos abrazados, besándonos (muchos, muchos besos). Y al fin yo me aparté —o quizá él, no lo recuerdo bien—. Respirábamos con fuerza y nos mirábamos, y nos reíamos.

    —¡Hala, muchachito! Siéntate ahí al lado... Sólo tenéis media hora, hasta que venga la señora...

    La voz de Isabel parecía una campana. Me acordé de que una vez me dijo que el día de la Fiesta de la Patrona, la campana de su pueblo repicaba, y ella, de tanta alegría como sentía, lloraba. Y que una vez se hizo pipí.

    Apenas Gavi se había sentado a mi lado y abierto un libro sobre la colcha, cuando inesperadamente la señora apareció en el marco de la puerta. Aquel día había adelantado la hora de su visita matinal. Salvo contratiempos (como recaídas o cosas parecidas), recibía la primera a media mañana, la segunda a media tarde, y la última por la noche, antes de que me durmiera. Pero aquel día vino más pronto. Estaba allí, como una aparición, en el quicio de la puerta: alta, rubia, un poco demasiado colorada, con sus grandes ojos verdes capaces de despedir rayos, sobre todo cuando se enfadaba conmigo. Y ahora estaba allí, parada y en silencio.

    No entraba en la habitación, y lenta, muy lentamente —o así me lo parecía—, dirigió su mirada hacia Gavi, que estaba acodado sobre la colcha, y con el libro abierto para que pudiéramos leerlo los dos a la vez. Mamá estuvo un tiempo, qué sé yo cuánto, quizá segundos, quizá siglos, mirando a Gavi. Súbitamente, dirigiéndose a Tata María, dijo:

    —¡Dios mío! ¿De dónde ha salido esta preciosidad?...

    La preciosidad se levantó despacio, cerró el libro, y avanzó serenamente hacia mamá. Con un leve movimiento, breve pero enérgico, dobló la cabeza, en un saludo casi marcial. Luego, tomando la mano que mamá le tendía, murmuró:

    —Madame —y se la besó.

    Nunca antes —y creo que tampoco después— vi una expresión parecida en mamá. Se quedó unos segundos como paralizada. O, más bien, desorientada. Luego, preguntó:

    —¿Cómo te llamas?
    —Gavrila... —y un apellido largo y complicado, que jamás logré no sólo escribir, sino siquiera pronunciar.

    Entonces mamá pareció despertar de algún encantamiento, como la Bella Durmiente. Levantó la cabeza, respiró fuerte y dijo:

    —¡Ah, sí ...! Ya sé quién eres. Tu mamá es... es una gran artista.

    Se volvió hacia mí.

    —Veo que te ha traído libros... Pero Tata, dime, explícame por qué...

    Aunque no estábamos a solas, Tata María la llamó «niña»:

    —Niña ..., es un vecinito que tampoco tiene amigos... Y se ha enterado de que Adri estaba enferma. Es muy bueno y le ha traído libros de cuentos...
    —¿Y cómo sabe... ?
    —Porque... porque, niña, las cosas se saben, y entre los chóferes y las tatas... y todo lo demás...
    —Bueno, bueno, pero... ¡a ver esos libros!

    Tata María los extendió sobre la colcha y mamá se puso las gafas, y empezó a leer los títulos. Al poco rato sonrió, con una sonrisa tan lejana que yo no conocía.

    —Sí, ya me acuerdo... Tata, ¿te acuerdas cuando nos leías a Edu y a mí...?

    Tata María asentía con la cabeza, pero sus ojos, su mirada, estaban muy lejos de allí y, como la de Teo, reteniendo un fulgor húmedo.

    Mamá fue apilando libro tras libro; era de esta forma, por lo visto, como daba su aprobación. Hasta que llegó a El Rey Cuervo. Entonces, su expresión pareció endurecerse, y apartándolo de un manotazo, casi gritó:

    —¡Éste no...!

    Tata María asintió, tan apacible como siempre. Entonces mamá se acercó a mí, me besó, besó a Gavrila, y desapareció por la misma puerta por donde había aparecido.

    Gavi y yo nos precipitamos juntos hacia El Rey Cuervo. Y Tata María no dijo nada. O no lo había visto, o hacía como que no lo veía.


    Algo ocurrió, a partir de entonces, que no cambió el curso de las costumbres familiares, pero, para decirlo de otro modo, las modificó. Es decir, la presencia del hijo de la bailarina ya no era motivo de rechazo. Aunque, de todos modos, no acababa de ser bien vista. Pero no por mamá:

    —Pero es que sólo es un niño... un encanto de criatura, y nuestra Adri ha nacido tan tarde que ninguno de sus hermanos, ni siquiera los amiguitos de siempre —de sus hermanos, claro— pueden ser su compañía habitual.

    Cuando decía estas cosas, en presencia de Adelita y Felisita —las grandes amigas «de toda la vida» a las que nos obligaba a llamar «titas»—, Tata María, en un rincón, sonreía. El registro de las sonrisas y los silencios de Tata María aún está por descifrar y supongo que, de conseguirlo, sería bastante sorprendente. Por lo menos en aquel tiempo, y en aquella familia.

    Pero lo cierto es que durante mi convalecencia, Gavi no tuvo ningún obstáculo para venir todas las tardes a hacerme compañía y leer cuentos. Eso sí, siempre bajo la supervisión de Tata María.

    De cuando en cuando, mamá interrumpía aquellas lecturas, se sentaba junto a nosotros, con una inusitada jovialidad que a mí me parecía fingida. Mamá, o cuanto ella hacía o decía, salvo si recordaba episodios de su niñez con Tata María, era siempre como una comedia recitada. Mamá —pensaba yo— no era así. Mamá, en aquellos momentos, junto a mi cama, entre libros, no tenía nada que ver con la señora del collar de perlas que, cuando aún vivía con papá, me rozaba la frente al decirme «Felices sueños» las noches que iban al teatro. Poco a poco iba desvelándome una criatura que empezaba y acaba en una sola palabra, pronunciada a solas, por Tata María: «Niña». Pero una niña desaparecida, como todos los niños que no mueren.

    Sobre las tres de la tarde, Gavi entraba en nuestro piso. Ahora ya no era el territorio de círculos y rombos, ahora era la colcha, donde extendía los libros abiertos. Cada vez estábamos más cerca uno de otro, cada vez se confundía más su aroma de niño y mi olor a «colonia» de niña. Semiabrazados sobre el embozo, aquel embozo de la sábana que, como una vela, aún retiene el viento de los Viajes de Gulliver, o la soledad de Robinson, o la inquietud del joven Jim, de La isla del tesoro... Y, sobre todo ello, una huida sin fronteras, sin tan siquiera meta, que nos arrastraba hacia la Isla de Jim o el País de Nunca Jamás. Una vez le pregunté:

    —¿Por qué quiero al señor Silver... si el señor Silver es malo?...

    Él estuvo un ratito pensando, y dijo:

    —Yo no sé por qué quiero a Teo, más que a mamá.
    —¿Y a mí?

    Estuvo pensando otro ratito, y al fin dijo:

    —A ti tampoco sé por qué te quiero, pero sé que sí te quiero... ¿Qué importa? ¿A ti te importa?

    A mí no me importaba. Asunto zanjado.


    Poco a poco, fui recuperándome. El doctor Zarangüeta dijo:

    —Este niño es la Panacea Universal...

    Yo no supe lo que quería decir, excepto que estaba de la parte de Gavi, Isabel y Tata María. Y, por supuesto, de la mía.


    —¡Ha llegado el Carnaval! —dijo Isabel, alborozada.

    Estaba a los pies de mi cama, y me pareció que todo en ella resplandecía: desde su pelo, recién lavado —se notaba aún húmedo—, pasando por el delantal de rayas azules, hasta los brazos y quizá los pies. Desde la cama, no los veía (pero me pareció que en aquel momento podría calzar los famosos zapatos de cristal). Me despertaba Isabel, y toda ella brillaba. Porque, al parecer, el Carnaval era una enorme fiesta, llena de gente que se vestía de lo que no era para ser alguna otra cosa. Eran palabras recogidas al azar, por aquí y por allá. Palabras de entonces, que aún no he logrado descifrar del todo.

    —Isabel... ¿Podré levantarme... y disfrazarme?

    En aquel momento llegó Tata María:

    —No digas disparates, criatura... Aún no tienes permiso para levantarte... ¡Isabel, ya estas llenándole la cabeza con tus bobadas...!
    —¿Y si el doctor dice que sí puedo...? Aunque sea un ratito...
    —Lo que diga el doctor es palabra de santo. —Y Tata María se santiguó. Tata María se santiguaba mucho, viniera o no viniera a cuento. Pero verla, daba cierta tranquilidad, algo así como «no va a pasar nada peor a lo que pasa siempre».

    Entonces, Isabel intervino, poderosa, alegre, como si toda ella fuera en lugar de una mujer, una enorme carcajada.

    —¡Pues palabra de santo... y de la santa, que soy yo ...! ¿Tú te crees que va hacerle daño a la niña un poco de fiesta, con sus disfraces y «todo lo demás»?
    —¿Me voy a disfrazar...?
    —¡Claro que sí, cariñito...! Te vas a disfrazar, porque la Isabel sabe mucho de disfraces. —Y aquí, ante mi asombro, las dos se echaron a reír; y parecían dos niñas, como si ninguna de las dos no tuviera edad, ni existiese calendario.

    Tosí un poco, antes de decir:

    —¿Y Gavi...?
    —¡Pues claro está que sí, el Gavi también, faltaría más!
    —¿Él lo sabe...? —Tenía mis dudas.
    —Lo sabrá —sentenció, más que dijo, Isabel—. Porque el Teo lo va a celebrar, por tó lo alto... ¿Habéis visto el traje de Emperatriz de la China que estuvo bordándose tó el año?

    Y vinieron hasta mi cama los cisnes, con las alas desplegadas entre hilos de oro, sobre una noche de raso.

    —De Emperador de la China —murmuré, como si hablara en un tiempo anterior.
    —¡De Emperatriz! —casi gritó Isabel. Vi que Tata María se ponía la mano, abierta, sobre la boca, como para impedir que de ella se evadieran palabras acaso inconvenientes.

    Entonces Isabel adoptó un aire especial, como cuando se disponía a contarnos algún cuento, alguna historia acaso verdadera, pero de todos modos mágica.

    —Mamá ira con Cristina al baile de Carnaval, que se organiza... que sé yo, creo que en casa de unos señores amigos, todo muy elegante... Y así, cuando ellas se vayan, nosotras carnavalearemos... ¿Por qué no, Tata? No pongas esa cara... sólo en casa, los dos niños y nosotras... Porque el cabrito ese se ha ido por ahí con la Patricia... ¡Pa que te fíes de las amigas!

    Y aquí la voz de Isabel pareció romperse. Entonces Tata María cogió la mano de Isabel como me hubiera gustado que alguien apretara la mía. Solo Gavi lo había hecho.

    —¿Se irán, se irán...? —pregunté. Sólo recuerdo el ansia, el gran deseo de que eso fuera verdad.

    Y Tata María me contó que era el primer baile de disfraces de Cristina.

    —Todos los años, unos amigos de mamá y papá celebran ese baile, y esta vez también irá Cristina. Ya ves, lo que son las cosas: este año tus hermanos no quieren ir, y en cambio para Cristina es su primer baile de disfraces y está muy ilusionada... Acompañará a mamá, y se disfraza de la Bella Durmiente.

    Me pareció muy raro. Porque yo sabía quién era la Bella Durmiente, pero al oír su nombre tuve una especie de reencuentro con el Unicornio y la jovencita rubia que le acariciaba. Y —Dios mío— se parecía a Cristina.

    Tenía un vago recuerdo de aquel baile por haberlo oído comentar a la Tata. Y de repente me entraron unas ganas tremendas de echar a correr hacia el cuarto de Cristina, y gritarle, gritarle con toda la voz de mis pocos años que No, que No, que No... Pero ¿No a qué? No lo sabía, ni podía convencer a nadie del No que no podía explicar. Aún era niña, y todo cuanto tenía o sabía lo había inventado yo sola.

    —Cariño, te vamos a disfrazar de Brujita... porque tú eres una brujita, ¿lo sabías? —Isabel se reía, y relucía su diente de oro.

    Asentí, con la sensación de estar respondiendo a una pregunta muy lejana, tan lejana que empezaba antes de mi nacimiento y no tenía fin. El pasado y el futuro se confundían, entonces, con envidiable agilidad.

    —¡Pero nadie lo sabrá! Porque estaremos solitas, y como mamá y Cristina se van... Pues vamos a celebrar aquí nuestro Carnaval.
    —Pero Teo tiene su baile... — murmuré. Estaba a medias esperanzada y asustada. Sólo la serena mirada de Tata María me devolvía la tranquilidad.
    —No tengas miedo, Adri... Sólo será una cenita, y bajarán después Teo y Gavi... Y adiós, hasta mañana si Dios quiere.
    —¡Que sí querrá! —casi gritó Isabel—. Tú verás que traje se ha bordado el Teo...
    —¿Y Gavi? —insistí. Estaba contenta, esperanzada, pero algo me apretaba el corazón.
    —No, él no quiere disfraces... ¡Como los gemelos!

    Mamá y Cristina vinieron a darme las buenas noches. Hacía bastante tiempo que no veía a mi hermana mayor. Y creo que nunca, ni antes ni después, la vi tan hermosa. Además había suavizado su actitud hacia mí, y sonreía. Llevaba un vestido blanco, lleno de lentejuelas —a mí me parecían estrellas— y en la cabeza un velo transparente y una coronita dorada, con muchas piedras de colores que también brillaban mucho. Estaba toda ella resplandeciente y, desde entonces, la imagen de la Bella Durmiente es la imagen que de ella tuve aquella noche. Desgraciadamente, el tiempo también me corroboró cuanto sospechaba de ella (de la Bella Durmiente, no de Cristina).

    En aquellos días, como dije, se había cortado el pelo a lo garçon, y para el disfraz le habían añadido unos postizos en forma de tirabuzones que no coincidían con su rubio natural y le daban un aire de criatura de circo muy de mi gusto. (Yo había visto una vez, de las pocas que me llevaron al circo, a una niña funambulista andando sobre una cuerda, con una sombrilla abierta sobre su cabeza. Y su pelo, rubio en dos colores, era casi igual al de Cristina aquella noche.) Cristina lanzó una pequeña carcajada cuando nuestros ojos se encontraron. Se inclinó hacia mí, me dio un beso (que yo recuerde el primero) y susurró a mi oído: «Mañana ya te contaré...». Como si fuéramos de la misma edad, o amigas. No debía de tener a nadie más a quien contárselo, me dije, asombrada. Pero por primera vez, también, llegó hasta mi corazón una llamita, como cuando los gemelos me hablaban de Gulliver o de Beau Geste. Apenas los labios de Cristina me habían besado y me estaba dando cuenta de cuánto tiempo hacia ya que los gemelos me habían abandonado. Ya eran, por lo visto, Gigantes del todo, no sólo a medias, como cuando compartíamos el cuarto de estudios (antes, mucho antes, quién sabe cuánto antes, cuarto de jugar).

    —Sed buenas. Haced una cenita y un poquito de fiesta... Cantar cantares de esos que sabe tantos Isabel... Pero esta fiesta no es como la Navidad, ésta no es una fiesta cristiana. Así que después de cantar un poco, toma la medicina y a dormir. Mañana será otro día.

    Nunca me pareció mamá tan tonta como aquella noche.

    Entonces me di cuenta de que de nuevo llevaba el collar de perlas de cuando iba al teatro con papá. Se inclinó hacia mí, me besó y me inundó con el inconfundible perfume, a la vez sutil y persistente que, si alguna vez me llega, me la devuelve o, por lo menos, me devuelve la voz de aquellos breves días en que no rechazaba al hijo de la bailarina, y yo estaba en cama, y el mundo era un inmenso cuento dentro de otros muchos cuentos.

    Por fin, se fueron.

    Cuando nos quedamos a solas, el silencio pareció apoderarse de toda la habitación. El inquietante silencio de una espera, la divertida curiosidad que supone sentirse al borde de una sorpresa.

    Nos miramos las tres, calladas. Y de pronto empezamos a reírnos.

    Tata María dijo:

    —El Niño —siempre le llamó así— cenará con nosotras, porque Teo se va de Carnaval.
    —¿Y yo no veré a Teo?
    —Ha dicho que vendrá con Gavi, le dejará a nuestro cuidado hasta que vuelva, y nos enseñará su disfraz.
    —¿Yo podré ver a Teo?
    —¡Claro que sí! Dejará al Niño hasta que vuelva... Ha dicho que no será muy tarde, pero por si acaso le hemos armado una camita en nuestro cuarto.

    De pronto, algo como un viento frío llego a mí:

    —¿Y Gavi...? ¿Qué dice Gavi? ¿Dónde está su mamá?
    —Su mamá hace tiempo que está en París, con el Conde... No te preocupes, cordera, Gavi está muy bien con Teo. Y esta noche con nosotras, ¡mejor que en cualquier otro sitio!

    Un oscuro aleteo pareció atravesar nuestro silencio. Entonces yo sentía estas cosas, rozándome la piel.

    —¿Y dónde están Jerónimo y Fabián...?

    Vi que las dos mujeres cuchicheaban un poco; y al fin, Tata María se me acercó, y dijo:

    —Jerónimo y Fabián... Ahora están con papá, en París. Luego vendrán, a la Universidad.

    Me incorporé, salté de la cama, y casi grité:

    —¡No me voy a disfrazar y quiero levantarme!

    No recuerdo bien la confusión —muy leve— que sucedió a esto. La verdad es que nada de lo que yo pudiera decir en aquel momento era demasiado importante.

    —Si no te quieres disfrazar, no pasa nada —dijo Isabel, aunque se la notaba un poco de decepción en la voz—. ¡Tampoco quiere disfrazarse el Niño... !

    De pronto parecía que me había quedado sin amigos, sola con el recuerdo de Gavi, invisible todavía, y pendiente de un hilo. Y yo seguía queriendo mucho a Isabel, y a Tata María, aunque no quisiera disfrazarme, y aunque no sintiera ninguna alegría dentro de mi corazón.

    —¿Por qué no viene Gavi?
    —Sí, sí vendrá, con Teo... Tenéis que ver lo guapo que está Teo con su traje de Emperatriz...

    El timbre estridente de nuestra puerta cortó cualquier conversación o silencio. Isabel saltó, más que se levantó:

    —¡Ahí están!

    Parecía que mi corazón también saltaba por encima del pijama, o el camisón (no me acuerdo qué llevaba aquella noche porque todo, o casi todo, era heredado de Cristina).

    Y ahí estaban. Despacito, ya que parecía que Teo, según y como se moviera, podía deshacerse. Tanto era lo que llevaba encima, y tan precioso.

    A mí me habían envuelto en una manta, y me habían sentado al lado de la cama. Tata María había peinado suavemente mi flequillo, como cuando venían a verme mamá o el doctor Zarangüeta. También me había rociado de colonia.

    Entraron los dos, con la solemnidad que requería la Emperatriz de la China. Y quedé absolutamente fascinada.

    De la mano de Gavi, con paso vacilante —llevaba unos zapatos de suela tan alta que le hacían parecer gigantesco, a él, que ya era altísimo—. No era una persona: era un monumento, a lo alto del que se asomaba un rostro blanco que, con los ojos pintados, almendrados, las cejas casi diabólicas, la sonrisa artificial de unos labios escarlata, y un enorme lunar de terciopelo, convertían a nuestro Teo en la supuesta Emperatriz de la China.

    Y sobre todo, aquel vestido de raso, azul eléctrico, desde el que emprendían el vuelo cisnes de larguísimo cuello, gritando, cantando, su larga agonía. Todas las palabras se agolpaban en mi garganta de niña: jamás había visto nada semejante, jamás podría describirlo.

    —¡Ganará el primer premio! —gritó Gavi. Soltó su mano, echó a correr hacia mí y repitió: —¡Ganará, ganará...! ¡Y con el dinero que gane, tú, él y yo nos iremos!
    —¿Adónde...?
    —A una ciudad que se llama Rostov.
    —¿Por qué...? —Me daba miedo y a la vez me atraía como un imán atrae a un clavito perdido en el suelo.
    —Ya te lo contaré... ahora no. Ahora mira a la Emperatriz de la China...
    —¿No es el Emperador...?
    —No, no... Es la Emperatriz. Para eso es el Carnaval, para que todo el mundo sea lo que quiere ser... Y Teo quiere ser la Emperatriz de la China.

    Estaba clarísimo. Y admiré a la Emperatriz de la China con toda la capacidad de admiración de mis casi once años. Pero la admiración despertada por Teo en Isabel y Tata María sobrepasaba cualquier otra. Permanecían en silencio, mirándole con los ojos muy abiertos, como si nunca hubieran contemplado nada parecido. Y probablemente, así era. Sólo faltaba que se arrodillaran ante él.

    Por momentos, Teo no parecía Teo. Se movía despacio, con una suntuosidad y una elegancia verdaderamente imperial. Sólo descompuso el gesto cuando, al mirarnos a Gavi y a mí, nos guiñó el ojo izquierdo. Y eso pareció dar valor a Isabel, que dijo:

    —Pero Teo, Teo... ¡Vaya arte que tienes! Eres un genio...

    Teo descompuso un tanto su empaque, y sonrió:

    —¿Qué os creíais, eh? ¿Qué os creíais?
    —Te vas a ganar todos los premios —dijo Tata María—. Y yo me alegraré mucho.
    —Lo sé, lo sé —dijo Teo, recuperando su empaque—. Ahora me voy, tengo un taxi apalabrado... Cuidadme bien al Niño. No sé cuándo volveré, según me pinte... pero cuidadme bien al Niño, porque volveré, volveré...
    —¡Pues estaría bueno que no ...! —dijo Isabel—. Anda, anda, majestuoso... y que la suerte te acompañe.

    Todos le queríamos besar, pero él nos apartaba de su cara porque entonces las pinturas manchaban. No eran como ahora.

    Y, como la estela de un barco fantasma, fue dejando a su paso un rastro de perfume espeso: algo así como azucenas y violetas machacadas, y una gotita de limón.


    12


    La llamada «cenita» por mamá consistió en unos bocadillos de jamón de York y croquetas.

    Isabel parecía a medias muy desgraciada y muy feliz. Yo sabía que en aquel estado de ánimo, tan contradictorio, tenía mucho que ver el llamado «bandido» que se había ido a carnavalear con la Patricia. Y lo notaba, también, por la forma con que Tata María le hablaba: mucho más cariñosa que de costumbre. Eran mujeres muy distintas, tanto en edad como temperamento, pero las unía algo muy fuerte, yo no diría amistad, acaso un sentimiento más hondo y oscuro. Como pueden sentirse dos náufragos en una isla desierta, o dos últimos soldados en una trinchera, o dos simples mujeres a las que la vida ya no puede descubrirles muchas cosas y que, siendo tan dispares, se buscan una a la otra.

    Todo esto me llenaba de confusión, y era pieza fundamental en aquel rompecabezas llamado unas veces «quien sea» y, más recientemente, «cabrito». Incluida «la Patricia». Parecía unir a las dos mujeres un dolor de muelas compartido, o la privilegiada ocasión de despreciar, o acaso odiar conjuntamente a algo más que a alguien. Cosas que cuando eres niño se saben sin saber que se saben.

    Gavrila me parecía muy serio aquella noche. Como si estuviera a solas, en medio de nosotras. Pero no me atrevía a preguntarle nada, intimidada ante su silencio o lejanía. Una mezcla de respeto y temor a conocer. Sólo le cogí de la mano, se la apreté, y él me devolvió el mismo apretón. Y aún más, me miró y sonrió. Sonreía pocas veces, pero cuando esto ocurría una especie de resplandor le encendía de dentro a fuera, como un relámpago.

    Por primera vez nos sentamos a la mesa de la cocina, entre la Tata e Isabel. La habían vestido con mantel blanco que llegaba hasta el suelo, copas de cristal y platos de porcelana.

    —¡Que no se rompa nada, ni se entere la señora! —gimió más que dijo Tata María.

    Y así nos comimos los bocadillos de jamón y las croquetas. Luego, Isabel sacó buñuelos de la despensa y, finalmente, el famoso frasco de los «chupitos», aquel que, al parecer, daba calor al corazón.

    —Pero ¿qué haces, desgraciada? ¿Tú crees que los niños van a...?

    Isabel la interrumpió, riendo. Su diente de oro brillaba más que nunca.

    —¡Pues claro está que sí! ¡Y tú también, no faltaría más!... ¿O no te has enterado de que estamos en Carnaval?... Mira el Teo, cómo sabe lo que es la vida. Por penas que tenga, ahí lo tienes, ¡hecho un brazo de mar, dispuesto a comerse el mundo!

    Gavi levantó la cabeza y la miró. Sólo la miraba, no decía nada, pero me pareció que su mirada había impresionado a Isabel, hasta el punto que dejó de reír. Y dijo, precipitadamente:

    —Niños, por esta noche (sólo por esta noche), un «chupito»... Y también Tata María. ¡A la salud de Teo y su primer premio!

    Esta vez Tata María no protestó. Cuando acercaba su vasito a los labios, creí ver en sus ojos aquella suerte de lágrimas cristalizadas, o como olvidadas, que también asomaban, de vez en vez, a los ojos de Teo. Pero el «chupito» esta vez era diferente.

    No venía en el frasquito de la despensa —aquel al que había que alcanzar subiéndose a un taburete—, sino en una botella de etiqueta dorada y profusión de violetas.

    —¡Licor de Amor! —exultó la voz de nuevo alegre de Isabel.
    —Dios mío... ¿licor de violetas?... ¡Qué cosa más... ! —Y Tata María no llegó a pronunciar lo que venía tras aquel «más...». Isabel ya estaba diciendo, para entonces:
    —¡Licor de amour! Y está en francés, porque es francés, y los franceses saben mucho de estas cosas.

    Gavi y yo nos habíamos quedado mudos con el vasito en la mano y mirándola. Como si esperáramos que algo extraordinario pudiera suceder de un momento a otro.

    Una mosca inoportuna vino a destrozar aquel encantamiento: llegó, revoloteando, atraída por el aroma y la dulzura de aquel líquido. Isabel, ducha en estas cosas, la mató de un zarpazo mientras iba llenando, uno por uno, cuidadosamente, los cuatro vasitos.

    —Y, ahora, todos a la vez: ¡viva el Carnaval!
    —¡Viva el Carnaval! —dijimos, a coro, Gavi, Tata María y yo.

    Pero en aquel momento, Isabel dejó su vasito sobre el mantel blanco, las copas de cristal y los platos de porcelana, con un golpe tan fuerte que lanzó el licor del amor sobre el mantel. Y rompió a llorar.

    Gavi y yo nos quedamos mirándola, sin comprender nada. Sólo Tata María debía de entenderlo, porque se levantó, la abrazó, y las dos enlazadas salieron de la cocina.

    Cuando Gavi y yo nos quedamos solos, nos miramos en silencio. Pero muchas preguntas nos bullían dentro.

    Entonces me vino a la memoria algo que aguardaba, casi sin esperanza, poder compartir algún día con alguien. Ahora sabía que ese «alguien» era Gavrila.

    —Ven —le dije, precipitadamente—. Te voy a enseñar una cosa... pero antes de que ellas vuelvan.

    Le tendí la mano, él la cogió, y echamos a correr, yo delante y muy ligera, como arrastrándole. Pero él se dejaba arrastrar, dócilmente.

    Atravesamos el piso, cruzamos la puerta en vaivén —como las de los saloon de las películas, pero de cristal— y entramos en el silencioso, casi solemne, mundo de los Gigantes.

    Allí el parquet estaba encerado, y una larga alfombra cubría el pasillo que llevaba al salón y a las veneradas arañas de Isabel y la Tata. Allí donde yo había navegado en un barco de papel.

    La puerta del salón estaba cerrada, y empinandome sobre la punta de los pies (aún no había llegado la etapa de mi crecimiento brusco y espectacular) giré el picaporte.

    Volví la cabeza para mirar a Gavi, y le vi tan exaltado que volvió a recordarme al Arcángel, y casi me pareció que su silueta resplandecía, con una aureola luminosa. Algo parecido a lo que sucede al anochecer con el borde de las montañas. Como reseguidas por una cinta luminosa, apenas duradera.

    —Ven, ven... —murmuré.

    Y sin saber yo misma cómo, al decirlo, las palabras tenían el mismo tintineo de campanilla, de cuando él me llamaba. Corrí hacia los balcones y, uno tras otro, descorrí las cortinas. A través de los visillos entraba el resplandor que cada noche minuciosa y pacientemente encendía mi amigo el farolero. Una luminosidad azulada, que despertó todos los reflejos de cristal, de metal, de falsos diamantes... Acababa de regresar al primer día de mis sueños, cuando aún, casi, ni siquiera sabía hablar. ¿Cómo podría explicárselo a Gavi?

    Estaba muy quieto y miraba el cuadro del Unicornio. Suavemente, como si no quisiera despertar a una delicada criatura de la hierba, me acerqué a él. Gavrila miraba fijamente el cuadro y murmuró, con voz apenas audible (quizá sólo lo pensaba, y sólo yo oía un pensamiento):

    —Se ha ido...

    No estaba. Ahora no podría asegurarlo, sólo sé que algo había huido: quizá el Unicornio acababa de abandonar el cuadro, dejando tras él hojas de otoño y hierba pisoteada. Y el olor de esas hierbas, y esas hojas, inundó el salón. Entonces Gavrila se volvió hacia mí, abrió los brazos y yo corrí a refugiarme en él. Y estuvimos así, abrazados, mientras yo escuchaba el latido de su corazón, como si fuera el mío.

    Pero todo tiene un fin. Así que interrumpieron aquel abrazo, aquel encantamiento. Eran Isabel y Tata María, gritonas, joviales, lejanas. Isabel iba vestida —tal como ella dijo— de «Gitana de la Buenaventura».

    Y algo se rompió en mil pedazos. Gavi y yo volvimos los ojos hacia el cuadro y el Unicornio estaba allí de nuevo, como si jamás hubiera salido de su marco.

    —Pero ¿qué hacéis aquí, muchachitos? ... ¡Hala, hala, vamos a ver cómo baila y canta Isabel!...

    Dócilmente las seguimos. Y cuando oí que Tata María cerraba las puertas del salón, supe que también algo, no sabía qué, se cerraba detrás de nosotros. De nuevo en la cocina, retiraron la mesa hacia un rincón, dejaron un espacio libre —no resultaba fácil en aquel acumulamiento— y Tata María, Gavi y yo nos sentamos, como se hace en el teatro: esperando que empezara el espectáculo. Y empezó.

    Isabel salió desde su cuarto a la cocina cantando, con los brazos en alto. Llevaba castañuelas en los dedos (me pareció que no sabía hacerlas sonar) y empezó a gritar. Todo lo que decía era un grito, un grito muy largo, que iba muriéndose poco a poco —realmente parecía que se moría— al final de cada frase. Porque, además de gritar, recitaba. Yo había oído recitar poemas en Saint Maur a Margot y otras por el estilo. Pero no tenían nada que ver con lo que estaba gritando Isabel. No sabía si Isabel cantaba bien o mal, pero daba ganas de llorar.

    Después de cada canción —o lo que fuera—, carraspeaba, se daba aire con su abanico de la Buenaventura y decía:

    —Esta de ahora es de la Piquer... ¡En su honor...!

    Y volvía a gritar, y a hacernos casi llorar, quién sabe por qué.

    De cuando en cuando, Isabel echaba mano del frasco del Licor del Amor, y llegó un momento en que Tata María se levantó del asiento, se lo quitó de las manos y dijo:

    —¡Hala, ahora, todos a la cama...! El Carnaval se ha terminado, y mañana será otro día.

    Isabel estaba un poco tozuda, repitiendo:

    —¡Pero sólo una más, mujer... una sola más....! ¡Pa que se diviertan los chavales!
    —Tienen sueño, Isabel... y ya se han divertido bastante.

    Al poco rato, yo estaba ya acostada, con la luz apagada. Y como Teo no había vuelto de su Carnaval —para el suyo era tan temprano como tarde para el nuestro— llevaron a Gavi al catre que le habían armado en el cuarto de las Tatas.


    No sé qué hora señalaban las agujas del reloj, pero era una hora distinta, como la niebla al anochecer. Aunque estaba amaneciendo, un resplandor rosado iba adentrándose lentamente, a través de los visillos.

    Apenas tuve conciencia de estar reincorporándome al mundo (cosa que por lo general me suponía un considerable esfuerzo), llegó hasta mí una algarabía medio sofocada. Tanto podía llegarme desde el patio interior, al que daba mi ventana, como desde la misma casa, o el mismo piso. Pero en todo caso, sólo ocurría en nuestra zona, la del parquet sin encerar.

    Animada por los buenos resultados de la noche reciente (cuando me había levantado, vestido y andado sin dificultad), fui sacando con precaución los pies de entre las sábanas y, tanteando, inicié la búsqueda de las zapatillas. En aquel tiempo yo imaginaba que los pies eran dos criaturas independientes aunque hermanadas: algo así como Fabián y Jerónimo. Y que, además, poseían la facultad de encontrar las zapatillas (cada uno la suya), aun en la más cerrada oscuridad. Luego busqué mi bata. Era otra de las herencias de Cristina, que por lo visto adoraba el color rosa tanto como yo lo aborrecía. Una vez abrigada, me dispuse a repetir las travesías nocturnas, silenciosas y secretas de mis primeros años. Salí de la habitación, casi reptante, aunque ahora me costaba más que en los tiempos del barco de papel. Y me acordé de Peter Pan, cuando aún vivía en la casita bajo el árbol y cuidaba de los Niños Perdidos, y le dijo a Wendy: «Mis viejos huesos crujen...». Sentí un dolor sutil, muy pequeño, muy afilado, al rememorar estas cosas. Con mucho sigilo, avancé, pasillo adelante. Sabía por experiencia que cuando quieres enterarte de algo que atañe a los Gigantes —y aquella mal reprimida indignación que se percibía en el aire lo era— había que ser muy prudente.

    Un rumor escandaloso —porque era rumor, pero crispado— entraba por nuestra puerta, y avanzaba, creciente, hacia la cocina. El rumor, o sus flecos, flotaba en el pasillo sin encerar, como algunos flotamos, en lugar de volar. Todo parecía suspendido en el aire: el tiempo, el resplandor de aquella hora que nunca olvidaré.

    Había un gran desconcierto, un desorientado y desapacible ir y venir creciente, desde el corazón de la casa: la cocina. Allí donde se narraban cuentos, se desvelaban historias familiares, y se cobijaban secretos mal tapados: un enorme corazón latiendo, una llama infatigable desde antes de que yo naciera. Ecos de un fuego, que aún crepita en episodios familiares, gaceta diaria de sucedidos domésticos, todos envueltos en humo de pucheros, cazuelas y toda clase de suposiciones, rencores, y, acaso, de vez en cuando, alguna esperanza o una chispa de amor.

    Pero el rumor de aquel amanecer no tenía nada que ver con estas cosas.

    Había un gran desconcierto, una gran confusión. ¿Cuándo había visto yo antes nuestra puerta entornada, como esperando una visita que, a partes iguales, se deseaba y se temía?

    Y, sobre todo, me sorprendió la presencia de Joaquín, el portero. Despojado de su casaca verde, de los entorchados dorados y la gorra de alto mando —como la llamaban los gemelos—, sólo quedaba un hombrecito irascible, con los tirantes del pantalón colgando sobre las caderas. Enfundado en una camiseta de mangas cortas, dejaba al descubierto la endeble estructura que normalmente cobijaba su casaca. Únicamente los largos bigotes blancos, ahora lacios, flanqueaban sus frases altisonantes: cada palabra que salía de sus labios era como un latigazo diminuto, colérico.

    —¿A quién se le ocurre? ¿A quién más que a un insensato como él, hacerse pasar por mujer, y luego...?

    La voz de Tata María, y una especie de grito—sollozo de Isabel, ahogaron sus palabras. Súbitamente —casi diría que bruscamente— un nombre vino a mí: Teo.

    Sí, se trataba de Teo. Lo supe a través del lamento casi ululante de Isabel, que aún murmuraba: «¡Canallas, canallas...!», mientras Tata María se enjugaba los ojos, como cuando se ponía las gotas para las cataratas. Y murmuraba: «Calma, Isabel, calma». Tenía los labios blancos. Y los bigotes de Joaquín, mustios, más largos que de costumbre (aún no los había rizado con tenacillas), ponían el acento, triste, de mal augurio, a toda palabra: tanto suya como de los demás.

    Regina, su mujer, permanecía a su lado, con los brazos cruzados y envueltos en su delantal, como siempre la había visto y seguiría viéndola. (En un tiempo, casi llegué a creer que había nacido así.) No decía nada, sólo de cuando en cuando asentía con la cabeza. Creo que nunca oí su voz.

    A pesar de la angustia y curiosidad que me despertaban todas estas cosas, un solo pensamiento borró todo lo demás. «¿Y Gavi... dónde está Gavi?»

    Un desasosiego, un viento de mal agüero iba apoderándose de todo. Empecé a ver en la puerta o en la cocina algunas Tatas de otros pisos, y al chofer Paco, entre ellas: personas que nunca habían entrado en nuestro piso. Cuchicheaban, con tristeza o indignación, indistintamente.

    Nadie se fijaba en mí, y nuevamente me alegré de mi capacidad para ocultarme que tanto desconcertaba a Tata María e Isabel. Así que sorteando, por aquí y por allá, tanto personas como muebles, le encontré al fin. No era el protagonista de aquel episodio, era, como yo, un testigo oculto, tembloroso. Levanté un lado del mantel blanco, y entré.

    —Gavi... —murmuré, casi a su oído. Estábamos los dos debajo de la mesa, aún retirada al rincón donde la habían dejado después de las canciones de Isabel. Se volvió a mí, y vi sus ojos, muy abiertos, con un asombro muy grande.
    —¿Qué pasa, Gavi...?

    Gavi no me contestaba, sólo me miraba, tan dolorosamente que me pareció que aquel dolor se volvía mío. Nos cogimos de las manos apretándolas con fuerza. Las voces destempladas, aunque acalladas, seguían planeando sobre nuestras cabezas, más allá de la mesa de la cocina, nuestro refugio. Pero Gavi estaba como envuelto en silencio, apenas roto por su respiración, el silencio del llanto que no puede desbordarse, de las lágrimas que se niegan a fluir. Yo conocía ese llanto seco, y el dolor que causa. Un presentimiento crecía dentro de mí. Cerré los ojos. «No quiero preguntar nada.»

    Entonces fue cuando Tata María nos descubrió. El mantel blanco nos cubría como una tienda, una vela, un refugio, debajo de la mesa:

    —Pero ¿qué hacéis aquí, criaturas...? —Y vimos que estaba llorando.

    Yo nunca la había visto llorar. Nos tendió las manos para sacarnos de allí. Pero algo nos retenía, refugiados en el resplandor blanco del mantel que colgaba desde los bordes de la mesa y nos rodeaba, como una cortina. Gavi me abrazó con el brazo izquierdo, mientras su mano derecha apretaba cada vez más fuerte la mía.

    —Nos vamos... Nos vamos, Adri, con Teo... Quiero ver a Teo.
    —Niño... —murmuró Tata María. Las lágrimas que caían por sus mejillas me recordaron la lluvia deslizándose por el cristal de la ventana—. No puedes ver a Teo porque ahora no está aquí.
    —¿Por qué no está aquí...?

    Entonces Paco intervino. Tan alto como era, estaba agachado para vernos agazapados bajo la mesa. Levantaba el borde del mantel blanco, que aún recordaba nuestro Carnaval de hacía tan poco tiempo. Todo se mezclaba confusamente en mí, y en el dolor que iba creciéndome dentro del pecho: regresaban las piedras, aquel montón de piedras sobre el corazón que empezó a amontonarse en Saint Maur y que, desde que conocí a Gavi, creí que había desaparecido. Agachado como estaba, y sofocado por el esfuerzo, Paco dijo:

    —¡Gavi, tú eres todo un hombre, y los hombres pueden resistirlo todo...!

    Por primera vez noté que, como luego tantas veces, mis sentimientos no contaban. Según Paco, por alguna razón, yo no tenía necesidad ni obligación de ser toda una mujer y aunque estuviéramos estrechamente abrazados yo no pertenecía al grupo, o tribu, de Paco, Gavi, y quién sabía cuántos más.

    Paco tendió la mano hacia Gavi —a él solo—, invitándole, o deseando ayudarle a salir de allí. Gavi bajó un poco la cabeza, con un gesto que podía ser tozudez, o deseos de ocultarse. Paco insistió:

    —Gavi... sal de ahí.

    No sé cómo, ni con qué palabras, le explicó a Gavi que unos malos hombres le habían dado a Teo una terrible paliza, y que ahora lo acababan de traer del hospital.

    —Pero ha ganado el primer premio —apuntó tímidamente Anastasio, asomando también su cara, carnosa y apacible, tras el hombro de Paco—. ¡Sólo es la puta envidia...! ¿Sabes, chico? ¡La puta envidia!
    —¡Como yo me entere de quiénes...! —estalló Paco.

    Volvía a ser el Paco de siempre, ahora me miraba y me acariciaba la cabeza.

    —¡Como yo me entere de quiénes son esos hijos de mala madre... ya van aviaos, van aviaos! ¡He sido boxeador!

    Luego se calmó:

    —Hala, niños. —Volvía a incorporarme al grupo—. ¡Paco no se va a quedar de brazos cruzados!
    —¡Hacerle eso a nuestro Teo...! —gritaba Isabel. No la veía porque estábamos aún arrebujados debajo de la mesa, y el mantel que nos arropaba. Para hablarnos tenían que agacharse o levantar el borde blanco. Se notaba que hacían todos un gran esfuerzo. Después de todo, eran Gigantes.

    Paco hizo una cosa que yo no había visto hacer nunca a nadie: se llevo el pulgar a la boca y mordió la uña, hacia fuera, como si quisiera lanzarla. Y al mismo tiempo dijo que lo juraba, y que lo que él juraba se cumplía. Tata María le interrumpió diciendo que no hablara así delante de inocentes. Comprendí que los inocentes éramos Gavi y yo.

    Ahora creo ir recuperando el galimatías de aquel lenguaje y aquella gesticulación que entonces, aun ignorándolo, era capaz de captar su significado: la promesa de una venganza. Como las de la Historia sagrada. Sentí algo parecido a un alivio.

    Gavi seguía inmóvil, con los párpados casi cerrados. Sólo temblaban, muy ligeramente, sus largas pestañas doradas.

    Casi en un susurro, pregunté:

    —¿Por qué han pegado a Teo?

    Silencio. Al fin, Anastasio dijo:

    —Hay gente mu mala, niñita: el mundo está lleno de gente mu mala.

    Entonces Gavi levantó la cabeza, y su voz que no era de niño ni de hombre, voz que casi gritaba cuando me llamaba, o cantaba «Ven, ven... » pareció borrar todo comentario, incluso el silencio. Y dijo, serena, casi fríamente:

    —Quiero que se mueran.

    Su calma estremecía. Paco y Tata María, y quizá Isabel, hablaron precipitadamente, no sé qué decían. Palabras que querían esconder otras palabras que quizá se traslucían, pero no llegaban a pronunciarse. Como la sombra del miedo.

    Entonces, sobre todo aquel murmullo, se levantó con gran esfuerzo la voz asmática de Joaquín, el portero:

    —¡Que ya lo digo yo... que hay mucho vicio, mucho vicio! Desde la República, ¿qué va a ser de nuestra Patria?

    De momento, todos se quedaron callados, y se notaba en el aire algo así como una amenaza y un temor contenidos, como cuando en el circo los trapecistas mandan quitar la red, y el público espera, y a la vez teme, que los cuerpos se estrellen contra el suelo, salpicando de sangre a los niños de la primera fila.

    —Pero ¿qué tendrá que ver...? ¡Vamos, con República o sin República, lo que le han hecho al Teo es una bajeza... una maldad muy grande! ¡Persona más buena, más educada, más cariñosa con el Niño!

    Enseguida reconocí, con un gran amor y agradecimiento, la voz que acababa de responder a Joaquín: Isabel. Y aún añadió:

    —¡Mucho más que quien debía y...!

    Bruscamente, Gavi se desasió de mi mano y echó a correr. Igual que el Unicornio.


    13


    Cuando Tata María me ayudó a acostarme, lo poco que quedaba de la noche ya había desaparecido, y en su lugar una luz rosada se fundía en el techo. No podía dejar de temblar, aunque fuera un temblor tan sutil que acaso sólo yo lo notaba. Un miedo nuevo había llegado hasta mí, mucho más hondo que cualquier miedo conocido anteriormente.

    Ya a solas, en mi cama, mientras veía cómo la luz se volvía dorada, apoderándose de la habitación, una congoja, una gran desolación, me llenaban. «Gentes muy malas...» «El mundo está lleno de gentes muy malas...» Estas frases, casi advertencias, tomaban cuerpo, como preguntas y a la vez certezas. Palabras depredadoras de cuanto parecía inamovible, diríase que intocable, hasta aquel momento. Ya no se trataba del recelo, o incluso el temor que inspiraban los Gigantes, era algo más misterioso y paradójicamente más real.

    A Teo le habían dado una paliza, le habían tenido que llevar al hospital. Y seguramente en aquellos momentos, allí arriba, en su piso bajo el terrado —el terrado que yo iba a conocer en primavera—, acaso él y Gavi estarían llorando y odiando. Como yo. Pero yo ya no lloraba con lágrimas, y en cambio volvía a pesarme más y más el montón de piedras que casi me sepultaba el corazón.

    Durante los tres días siguientes a aquella noche, exigí, más que pedí, que me mantuvieran levantada y vestida. Y durante esos tres días, la zona sin encerar de la casa pareció albergar toda clase de cuchicheos, ires y venires misteriosos. En más de una ocasión oí murmurar: «Que no se entere la señora», «que no se entere nadie...».

    Quizá no hacía falta tanta precaución, por el desinterés palpable de los Gigantes hacia cuanto ocurría entre nosotros.


    Al día siguiente de Carnaval, mamá y Cristina vinieron a mi habitación, ya casi pasadas las doce de la mañana. Por primera vez aparecían animadas y comunicativas, como si yo formara parte de su «grupo». Venían aún con bata y zapatillas, y de pronto me parecieron dos niñas, sin severidad ni reproches, simplemente amigables; y sobre todo creyéndose «iguales» a mí.

    —Ay, Adri... No te puedes imaginar qué noche más maravillosa... —empezó a decir Cristina, sentándose al borde de mi cama. Una insólita Cristina. Su corto pelo alborotado le daba un cierto aire de niño travieso. Me cogió de las manos, las zarandeó un poco y las soltó sobre el embozo de la cama.

    En las últimas horas estaban ocurriendo en mi entorno cosas verdaderamente insospechadas, fuera de la rutina cotidiana y de cuanto había sido mi vida hasta entonces.

    «¿Todo se habrá acabado, todo lo mío hasta ahora...? ¿Todo lo malo y lo bueno?» No podía soportarlo y me tapé la cabeza con el embozo de la sábana.

    Primero hubo un silencio, roto enseguida por risitas medio sofocadas:

    —¡Pero, Adri, no tienes que tener envidia! Ya eres casi una mujercita, vas a ver como dentro de cuatro días, tú también irás con nosotras al baile de Carnaval de los Benavides... Y luego, como Cristina, a su verdadero Primer Baile de Puesta de Largo...

    Cerré los ojos con fuerza, me tapé las orejas con las manos y tuve que hacer un gran esfuerzo para no gritar. Entonces, Cristina dijo la frase gota—de—agua que rebasa el vaso:

    —¿Sabes, Adri? ¡He conocido al Príncipe Azul!

    Y tan rápido como acudió a mi mente uno de los múltiples apelativos que Isabel me dictaba en sus cartas al Frutuoso («quien sea», «bandido» o «cabrito»), casi grité:

    —¡Que le den morcilla!

    Nunca olvidaré el estupor de los ojos de mamá. De los de Cristina no me acuerdo.

    Tata María intervino:

    —Tiene fiebre, no sabe lo que dice... ha tenido pesadillas... —mintió, apacible y convincente.

    Vagamente recuerdo como me besaron en la frente, antes de irse, dejando una estela de perfume dormido.

    Pero no estaban enfadadas, ya no se enfadarían más conmigo. Me habían incorporado, sin yo saber muy bien por qué, a su tribu.


    Y aquellos tres días me parecieron interminables. Gavi no venía, y yo no me atrevía a preguntar nada: ni por él ni por Teo. Una amenaza incierta, pegajosa y flotante, parecía haberse adueñado tanto del patio interior como del piso. Las Tatas andaban de puntillas, sin hacer ruido. Y los cuchicheos parecían no tener fin. Un miedo casi irracional inundaba todo cuanto hacía o pensaba. Apenas hablaba y me dejaba vestir —como cuando era pequeña— y bañar, y casi, casi, dar la comida. Pero eso sí: había abandonado la cama definitivamente. La cama de enferma. Si Gavi volvía —y cuánto lo deseaba— pronto me vería de pie «como el Impávido Soldadito de Plomo», me decía a mí misma, con desmayada e invisible sonrisa. Tuve que esforzarme mucho durante aquellos tres días, en los que no pregunté nada a nadie. Pero quizá tampoco quería saber, y regresaba a mí un tiempo en que me escondía detrás de aquel guiñol que me compró Eduarda el día de mi Primera Comunión y así, oculta entre decoraciones, la posibilidad de decir cosas que, fuera de allí, no hubiera dicho. O cuando manejaba los personajes del Teatro de los Niños (al primer telar, número cuatro...) en el juego de las confidencias. Y sobre todo, en aquel territorio de los juegos y los libros que era para mí el piso de la bailarina.

    Y si Gavi no volvía, iría yo a buscarle. Rompería todas las barreras de nuestras costumbres, atravesaría nuestra puerta, cruzaría el patio interior, subiría al montacargas, y llegaría arriba, arriba del todo; y llamaría al timbre varias veces, hasta que me abrieran la puerta. Porque Teo era sordo de un oído —ahora, quién sabía si del otro también—, pero Gavrila oía perfectamente, con sus dos orejas, tan bonitas y bien colocadas una a cada lado de su cabeza.

    De pronto, pensando en estas cosas, ya no tuve miedo. Me vestí yo sola. Me mareé un poco, pero no llamé a nadie, ni me caí. Apoyándome en el respaldo de las dos sillas de mi cuarto, avancé hasta la puerta. Salí al pasillo sin encerar, torcí hacia la izquierda, y apoyándome un poco a la derecha un poco a la izquierda en las paredes del corto espacio que conducía a la cocina, aparecí —realmente debí semejarles una aparición— a la puerta del reino de Isabel.

    Las dos mujeres estaban sentadas a la mesa de la cocina, y tenían judías verdes entre las manos, quitándoles los hilos. Volvieron la cabeza hacia mí, pero yo sólo vi, en el marco de la ventana, la jaulita del grillo, con su hoja de lechuga, ya pachucha. Entonces se me doblaron las rodillas y caí al suelo. Pero no perdí la conciencia. Aunque estaba muy confusa y, sobre todo, muy sorprendida de mí misma, de cuanto se me revelaba: la voluntad, el deseo de ser yo por encima de todas las prohibiciones, costumbres y barreras. Y volví a acordarme del Impávido Soldadito de Plomo. Pero esta vez, ya, como se recuerda un juguete de nuestros primeros años, quizá roto.

    —Dejadme, dejadme —decía, mientras las dos mujeres se empeñaban en ponerme en pie.

    Aún no podía hacerlo por mí misma, hube de reconocerlo, pero me negué a volver a la cama. Llamaron a mamá. Esta vez sí estaba en casa. Mamá llamó al doctor Zarangüeta, y yo le esperé sentada en el silloncito de mi cuarto, tan pequeño como yo. Lo habían comprado «a mi medida» cuando tenía ocho años.


    El doctor Zarangüeta estaba de mi parte (ya lo había sospechado antes). Me miraba directamente a los ojos —cosa que, en aquel tiempo, sólo hacían las Tatas— y cogiéndome las dos manos, dijo:

    —Está perfectamente... Es una niña frágil, pero sana. Lo que le falta...

    En aquel tiempo, en lugar de recetar vitaminas, píldoras, o cosa parecida, los doctores como el doctor Zarangüeta recetaban «buenas lonjas de jamón», y cosas así. Estuve comiendo jamón, solomillo de buey y espinacas —como Popeye— hasta aborrecerlos. Y todas las mañanas —o las noches, no recuerdo bien— una cucharada sopera, llena hasta rebosar, de una especie de jarabe, oscuro y dulzarrón, que se llamaba Ceregumil.

    Cuando Tata María me lo administraba, Isabel torcía el gesto:

    —No le des estas porquerías a la niña... El jamón, el jamón es lo que necesita.

    Para Isabel, el jamón era la Panacea Universal. Tata María vertía parsimoniosamente el jarabe en la cuchara, y acercándomelo a la boca, murmuraba:

    —Algo hará, mujer, algo hará...

    Tenía una fe ciega en el doctor Zarangüeta, quién sabe por qué. Yo también le tenía simpatía, sin saber tampoco por qué. Pero me guiñaba el ojo, como si fuéramos cómplices de alguna desconocida causa. O, por lo menos, sólo conocida por él.

    —Está un poco anémica... Debe comer mucho. Pero sobre todo necesita mucho, mucho cariño.

    Al decirlo me cogió la barbilla entre el dedo índice y el pulgar. Y me pareció adivinar una gran tristeza en aquel gesto y en aquella mirada de semicómplice.

    Intenté sonreírle, pero no pude. Me costaban tanto las lágrimas como la sonrisa.

    Cuando mamá llegó, apresurada, el doctor habló con ella, y de su larga conversación no entendí nada (o quizá no me importaba nada). Cuando se fue, mamá se sentó a mi lado, y dijo:

    —Te vas a poner bien enseguida, enseguida. Si eres obediente y haces todo lo que...

    «Bla, bla, bla...», pensé, dejando de escucharla. Después de todo, casi siempre decía lo mismo. Pero me di cuenta de que había entendido mucho mejor lo del jamón que lo del cariño.


    No me atrevía a preguntar nada sobre los habitantes del último piso. Algo me ataba la lengua, quizá el miedo. Porque el miedo ya se había instalado en mí, y tardaría mucho en desaparecer. Miedo a oír algo que no deseaba escuchar, que no deseaba que hubiera sucedido o pudiera suceder. Escondía la cabeza como había oído decir —quizá no muy exacta pero sí muy gráficamente— que hacían los avestruces, al presentir una amenaza.

    Inesperadamente recibí dos cartas: una de papá y otra de Eduarda.

    La de papá la trajo mamá, la de Eduarda, Tata María. Cuando mamá me entregó la «suya», enseguida me di cuenta, por su gesto y su mirada, que algo la violentaba y envaraba sus palabras. Llevaba aún las gafas en la mano.

    —Adriana. —Mi nombre completo sólo se pronunciaba en señaladas ocasiones—. Papá te ha escrito una carta. Te la dejo, es tuya. —Aquí parecía subrayar o culparme acaso de alguna desconocida afrenta—. Léela y guárdala. Tal vez sea la última vez que recibas noticias de él...

    En ese momento, Tata María que —inevitablemente— asistía a la escena, murmuró:

    —Niña, niña...

    El acento entre derrotado y triunfal de mamá desapareció. Ahora la voz le temblaba (aunque por aquel tiempo la voz de quienes se dirigían a mí siempre parecía temblar).

    —¿Es que nunca volveré a ver a papá... ? —pregunté. Y no lloraba, pero me daba cuenta de que mi voz estaba húmeda, como empapada de las lágrimas que últimamente se resistían a brotar de mis ojos, que tal vez caían hacia adentro, sobre el montoncito de piedras que iba tapando, más y más cada día, el corazón.

    En lugar de contestar a mi pregunta, mamá se levantó, dio una vuelta brusca, impropia de ella, y salió de la habitación. No sabía si porque estaba enfadada, como cuando recibía misivas desde Saint Maur sobre mi comportamiento, o acaso porque, como yo, tenía ganas de llorar y no podía, o no quería.

    Aún conservo, entre las ruinas de mis recuerdos, aquella misiva. Lo único importante para mí (todo lo referente a su ausencia, a su cambio de ciudad, su nueva vida lejos de nosotros) no se explicaba, era que no creyera que por estar lejos no me quería y que siempre, siempre, recordaría aquella tarde en el parque nevado, y aquellos pájaros que yo decía que eran como nosotros dos. Y también se acordaba de las películas, de Ronald Colman y de Henry Wilcoxon y de Loretta Young...

    Recuerdo claramente la letra de papá, azul, delgada, con que me decía que estábamos viviendo momentos muy graves y muy importantes —y de pronto, sin saber por qué razón, ni cuál era el origen de aquella gravedad, al leer estas palabras sentí un estremecimiento. Y el miedo que me cercaba creció, atenazándome la garganta—. «Estoy muy lejos», decía papá. Esta frase se me grabó para siempre. Yo sabía —o creía— que él estaba en su ciudad, la del Liceo y el mar, pero me daba cuenta al leer estas palabras de que entre él y nosotros había una distancia mucho más grande que la material. La que le separaba de mamá, de nuestra casa y de quién sabía cuántas cosas más, cosas que presentía y, aunque no alcanzaba a entender, me desasosegaban. «Quiero pedirte una cosa: que nunca, pase lo que pase, pienses que no te quiero. Siempre te quise, te quiero y siempre te querré.» Por lo visto era el único que entendía la receta del doctor Zarangüeta. Pero, desgraciadamente, no estaba a mi lado. Guardé la carta en muchos pliegues, para hacerla lo más pequeña posible y esconderla entre mis tesoros.

    Un par de días más tarde, recibí la también inesperada carta de Eduarda. Había pasado mucho tiempo pensando en escribirle yo, pero no lo había hecho. Así que tuve una alegría mezclada a un cierto sentimiento de culpa, por no haberlo hecho antes que ella. Pero la carta me llenó de alegría, y casi diría que de euforia. No logró dispersar la tristeza que me había llenado al leer la carta de papá, pero creo que sí alejarla un poco.

    «Adri, querida —decía—, me he enterado de que has estado pachucha.» Al leer esta palabra tuve, después de mucho tiempo, ganas de reír. «Pero no te preocupes, esas cosas son pasajeras, así que prepárate porque en cuanto pueda, y puedas tú, iré a buscarte, y te traeré a mis Ruinas, para que veas lo bien que se puede pasar lejos de esa ciudad y de sus habitantes. Iré a por ti y te pondrás como un roble, y ya no habrá quien te tosa.» Así era de escueta y de rara, pero muy comprensible, su misiva.

    La guardé junto a la de papá (en una caja de metal, con flores y un castillo a lo lejos, que me había dado Isabel y que, según dijo, había contenido antes pastillas de café con leche de Logroño, regaladas por el Frutuoso, y que ni verla, ni verla quería ya). Pero era muy bonita, y venía muy bien para esconder tesoros: las tijeritas a medias doradas y plateadas que regalaban con las galletas Rifacles, y unas cuantas piedrecitas muy bellas que yo había encontrado, durante las tardes de recreo, entre los arbustos del jardín de Saint Maur.

    Pero seguía sin saber nada de Teo ni de Gavi. Y el miedo crecía tanto dentro de mí, día a día, que ya ni siquiera sabía de qué ni por qué tenía miedo. Pasaba largas horas de la noche, con la luz apagada, temblando en mi cama. También contribuía a esto lo oído en las conversaciones de la cocina, cuando la lavandera Tomasa se quedaba a comer con Tata María e Isabel. Yo escuchaba, medio agazapada en la despensa. La lavandera contaba que estaban incendiando conventos, y que habían apaleado a unas monjas en Cuatro Caminos, y a unos frailes no sabía dónde. Lo decía con una voz muy alta, casi temblorosa, pero no de miedo, ni creo que tampoco de alegría. Era un temblor antiguo, como despertado bruscamente de algún silencio espeso, largo, doloroso. En algún momento soltaba una carcajada, pequeña, ronca. Era una risa oscura, que no traslucía alegría pero tampoco era fingida. Cosas que percibía mucho más claramente entonces que ahora.

    Una tarde, oyendo una vez más lo del convento incendiado, una idea maligna y gozosa a un tiempo me llegó: «Ojalá sea Saint Maur...». E imaginé a Madame Saint Genis y a Madame Saint Marcel corriendo despavoridas; y me reía secretamente, sabiéndome mala y no creyendo malo serlo.

    —Tata... ¿Van a quemar Saint Maur?
    —¡Pero qué cosas dices, criatura...! No, no van a quemar Saint Maur. Además, Saint Maur es francés, y no es un convento. Es un colegio de señoritas.

    Eso me dejó totalmente confundida. ¿Qué tendría que ver, me decía, que fuera convento o no lo fuera, que fuera francés o no, para quemarlo? Todo era tan misterioso como las últimas palabras de la carta de papá. Confuso y amedrentador: «Hay gente muy mala, muy mala...». Así que el mundo era un espacio grande y atroz, lleno de amenazas. Cuando en mi cama yo cerraba los ojos, volvía el temblor, casi convulso, y las palabras oídas o leídas, o adivinadas, me inundaban de sudor. Y volvían a mi memoria escenas de Historia de dos ciudades, y tenía muchas ganas de llorar —sin saber claramente por qué, ni tampoco podía hacerlo—, hasta que al fin me dormía. Pero todo volvía a la noche siguiente. Empecé a temer la noche, tanto como antes la había amado en mis excursiones hacia el salón.

    Ya no tenía amigos. Gavi no estaba. No sabía nada de Teo. Nadie me quería, y yo no sabía qué hacer con el gran amor que me llenaba, no sabía dónde colocarlo. Y ni siquiera podía llorar.


    Fue, naturalmente, Tata María quien dio el aviso. Llamó a mamá y le dijo:

    —Esta vez sí que ha crecido...

    Mamá abrió los ojos, asombrándose de algo tan natural como era que una niña creciera.

    —Pero, Dios mío, si es verdad... ¡Si no tiene ropa que ponerse!...

    Hasta aquel momento me vestían en La Casa del Niño o con prendas «aún casi nuevas» que le habían quedado pequeñas a Cristina. Pero ahora, ya había rebasado esa estatura y esa edad.

    —¿Quién iba a creer que esta pequeñaja se convirtiera en esta «espingarda»...?

    Por lo visto, el paso de pequeñaja a espingarda no parecía alegrar a nadie.

    —Vamos, vamos, la niña es muy bonita... —murmuró Tata María.
    —¿Y quién dice que no? —se apresuró a añadir mamá, dándome un beso, esta vez en la nariz.
    —Lo que ocurre es que los días pasan tan rápidos, y tenemos tantas cosas en la cabeza... Pero qué alegría, ¡Adri ya ha dejado de ser una enanita!...

    Fue mi primera salida. Con ropa que me quedaba corta. Me llevó a otra tienda que no era La Casa del Niño. No sé cómo se llamaba la nueva, sólo recuerdo que allí eligió y encargó «ropa nueva» y me tomaron medidas. Pero no me preguntaban nada, no se interesaba nadie en saber qué era lo que a mí me gustaba. Aunque, la verdad era que a mí no me gustaba nada de lo que veía. O por lo menos no me importaba. Lo que me hubiera llenado de satisfacción habrían sido unos pantalones de terciopelo marrón.

    Volvimos a casa, muy serias. Al parecer, ella estaba muy preocupada por algo. En el taxi, ya cerca de casa, me dijo:

    —No sé lo que va a pasarnos, Adri... No sé lo que va a pasar...

    Y el miedo, grande, volvió a mí.

    Habíamos entrado en casa —no por nuestra puerta, sino por la de los Gigantes— cuando vi en los ojos de Tata María una especie de regocijo contenido.

    —Ven, niña —murmuró mientras me quitaba el abrigo y el horrible sombrero. Apenas estuvimos solas, me cogió de la mano y casi me arrastró a la zona «sin encerar».

    Allí estaba Gavi. Se apoyaba en la puerta, y al verme me tendió los brazos y corrí hacia él. Estuvimos así mucho rato —no sé cuánto rato, pero parecía una eternidad— en un abrazo estrecho. Cuando al fin nos separamos, me di cuenta de que algo había cambiado: no sólo que ahora sí le llegaba a la barbilla —cuando antes, apenas rebasaba su cintura—, sino que habían desaparecido los largos tirabuzones de su cabeza.

    —¿Qué has hecho con tu pelo...?
    —Me lo corté la noche de Carnaval.
    —¿Tú mismo?
    —Sí, yo mismo... con las tijeras de la cocina.

    Entonces, por fin, tuve valor para hacer la pregunta que hubiera querido hacer desde el primer momento:

    —¿Y Teo?
    —Teo está bien —dijo. Pero lo dijo muy deprisa, demasiado deprisa.
    —¿Puedo verle?

    Me miró en silencio. Sus ojos azules, sus largas pestañas rubias, parecían temblar. Sonrió con la sonrisa más falsamente alegre que jamás he visto. Y dijo:

    —Claro, claro que puedes... Si te dejan.
    —No me importa que me dejen o no me dejen. ¡Quiero verle...!

    Gavi se quedó callado, con la cabeza baja, como si pensara o recordara algo o no deseara estar allí. Isabel, que había estado escuchándolo todo, intervino:

    —Cuantito que tengamos un rato, subiremos la Adri y yo a ver al Teo... ¿Te parece bien?
    —Sí —dijo Gavi—. Me parece bien.

    Dio media vuelta, abrió la puerta y desapareció escaleras abajo.

    Isabel me apretó contra su delantal a rayas. Ahora ya le rebasaba el peto de tirantes.


    Dos días más tarde, sobre las cuatro de la tarde, más o menos, me llamó con aire de secreto. Todo el piso dormía. Sólo nos llegaba, desde alguna parte, el tic—tac de un reloj.

    —Niña, vamos arriba...

    Enseguida estuve preparada. Me cogió de la mano. Todavía me daban la mano, aún no me habían relegado al espacio de los Gigantes, aún había rescoldos de aquel fueguecito que nos calentaba en la cocina, y en el cuarto de la plancha... Aún no se había acabado o perdido todo.

    Salimos, sigilosas, igual que yo tiempo atrás, cuando avanzaba pasillo adelante en un barco de papel de periódico.

    Como si estuviera esperándonos —y quizá lo estaba—, Gavi abrió la puerta antes de que llamáramos al timbre.

    Qué alto me pareció entonces. El cabello, ahora corto, se rizaba en su frente, sobre sus orejas, y caracoleaba en su nuca, dorado, suave, brillante. Sentí ganas de acariciarlo, pero no me atreví. Por contra, pensé: «Dios mío, qué fea debo de estar, qué fea me encontrará...». Y ante mi sorpresa, él dijo:

    —Adri, qué guapa eres... y qué alta. Cada día eres más alta y más guapa.

    Teo estaba sentado en la cocina, pero aun sentado cocinaba. Corrí hacia él, le abracé y le besé en los dos carrillos, varias veces. Olía a yodo y aún tenía esparadrapos y trocitos de gasa en la frente y el cuello. Las ganas de llorar casi me ahogaban, pero no podía, no podía llorar. Sólo un gemido muy quedo, muy escondido, intentaba escapar de mi garganta. Teo me abrazaba, y se reía.

    Ahora, cuando lo recuerdo, no salgo de mi asombro: Teo se reía.

    —Anda, anda, niñita... Ya estamos otra vez juntos, ¿no es verdad?

    Era verdad, pero a mí me parecía un sueño.

    La voz de Isabel irrumpió, sofocando cualquier otro sonido:

    —¡Pero bueno, Teo... ! ¿Qué es lo que estoy viendo? ¿Estás cocinando ahora, a estas horas, tan temprano...? ¡Y con esa carita, como un Cristo, válgame Dios!... ¡Y con ese bracito encogido, que parece que te hayan cortado un ala!... ¿Todavía tienes alma para ponerte a cocinar?

    Teo contestó con el mismo brío que ella, pero en voz más baja:

    —Isabelita, cariño, ¡no se cocina con el alma! Y si no empiezo ahora a preparar la cena, con lo tardón que me he vuelto y con lo que ahora me cuesta... ¿Tú sabes, cariño, lo que se hace con los que ya no podemos servir? ¡A la calle, Isabelita, a la calle! Ahí es a donde iría a parar.

    Al decir esto se reía, pero Isabel movió la cabeza, y murmuró:

    —Anda, si lo sabré yo...

    Enseguida recuperó un tono alegre:

    —¡Pues, hala, todos a cocinar!... Déjanos echarte una mano... A los niños también. Di que sí, hombre, di que sí... aún no estás para estos trotes.
    —Si, total, para lo que ese ángel y yo comemos, con cualquier cosa... como pajaritos.

    Entonces, Gavi intervino:

    —Yo no soy un pajarito ni un ángel: soy un cuervo... y como mucho.

    La sombra del Rey Cuervo pareció revolotear sobre los azulejos. Debía de ser alguna mosca retrasada, pero tuvo la capacidad de angustiarme y al mismo tiempo enardecerme:

    —¡No somos niñitos! —grité.
    —Ni ángeles, ni pajaritos... —recalcó Gavi.

    Entonces, mirándonos, nos echamos a reír. Extendíamos las manos engarfiadas, profiriendo una especie de rugido. A un tiempo y sin haberlo acordado. Como cuando pasábamos página, leyendo juntos.

    —Bueno, niños, calmaos... Venga, vamos a hacer la cena entre todos —dijo Isabel.

    Me di cuenta, por la forma de mirarnos, que parecían asombrados. Pero esta impresión duró sólo un instante. Enseguida se organizó una especie de fiesta, la más divertida de las pocas que me había tocado asistir: los cumpleaños propios y ajenos, el baile infantil de disfraces, cuando me vistieron de holandesa y vomité. Y, por supuesto, las del Saint Maur: aquella incómoda fiesta de Reyes (ellas la llamaban «Le roi de la féve...»), en que a quien le tocaba la fatídica legumbre debía ser coronada con corona de cartón dorado, paseada y avergonzada —ése era mi parecer— por todo el patio y pasillos de la planta baja, sobre un trono, para alegría y pullas bochornosas por parte de todas las Margot habidas y por haber (había bastantes). No. Ésta sí era una verdadera fiesta, donde nos dejaban participar activamente: «Tú cortas esto, tú machacas lo otro, tú remueves y das vueltas con esta cuchara de madera...». Nos pusieron un delantal. Al mío, a pesar de haber crecido tanto, tuvieron que darle tres dobleces en la cintura antes de atármelo a la espalda, porque de lo contrario lo hubiera pisoteado. Pero yo batía un huevo solemnemente, sin saber para qué —tengo la sospecha de que ellos tampoco—. Teo encargó a Gavi trocear en laminillas un montón de zanahorias. Gavi cogió un cuchillo muy grande —a mí me pareció enorme y escalofriante— y empezó a cortarlas en rodajas, muy finas. Isabel dijo:

    —Ese cuchillo no, Gavi... ¡Es demasiado grande para... !

    Pero no terminó la frase porque Gavi la miró de una forma que pareció inundar de silencio toda la cocina.

    Entonces Gavi dijo, casi con rudeza:

    —Éste es el que yo necesito.

    Echó hacia atrás el mechón de cabello que siempre le caía sobre la frente, en un movimiento enérgico, que a mí me gustaba mucho e intentaba imitar con mi flequillo. Un gesto impaciente, rebelde, que yo nunca conseguí.