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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que el header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación en el blog
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o solo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), simplemente da click en LECTURAS, por ejemplo, y seguido en GUARDAR POST.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Si has agregado una publicación desde el SIDEBAR, automáticamente aparece este caracter ۩ en el menú, indicando que se ha guardado una publicación desde el SIDEBAR, y para poder agregar la publicación actual debes darle click a ese caracter, seguido eliges si lo deseas guardar en MIS LECTURAS o en alguno del MENU PERSONAL.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.
    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.
    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo básico.


    PRIORIDAD DE LOS ESTILOS: De izquierda a derecha, siendo el de la izquierda superior; la prioridad es la siguiente:
    PREDEFINIDO - LY, LL, P1 a P16 - G3 - G2 - G1 - POR POST - POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3 - ESTILOS 1 a 9 o BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha, o presiona "intro" en cualquier otro tema de la lista en texto; y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    EL TIEMPO INCIERTO (Michel Jeury)

    Publicado el sábado, febrero 06, 2016

    La cronólisis es inquietante. Es incluso peligrosa. Principalmente para un hombre de 1966 que se sumerge, sin quererlo siquiera, en el Tiempo incierto, allí donde nada es real ni coherente. Y cuando empiezan a surgir las fisuras en el futuro de las posibilidades, cuando aparece el imperio fantasma de Harry Krupp Hitler I, emperador de lo indeterminado, cuando uno no puede esperar más que la ayuda y las indicaciones de los fords de Garichankar y su equipo de cronautas... en un tiempo en que la cronolítica aun no ha sido inventada, cuando la realidad cotidiana se desdobla y se contradice... ¿dónde se encuentran la verdad y la razón? ¿En la mente de Daniel Diersant, psicronauta involuntario? ¿En las argumentaciones del doctor Holzach, venido de un lejano futuro? ¿O tal vez en el lejano paraíso idílico de la Perte en Ruaba y la personalidad de Renato, el marino de la mano mutilada?

    Tengo la profunda sensación de que en cierta medida hay casi tantos universos como personas, de que cada individuo vive hasta cierto punto en un universo de su propia creación: es un producto de su ser, una obra personal de la cual tal vez podría estar orgulloso.
    PHILIP K. DICK


    1


    Robert Holzach se levantó y el decorado de la habitación empezó a vivir, semejante a un tranquilo paisaje de antaño. Una vaca rojiza pacía eternamente en un verde prado. Debajo podía leerse un koan zen: Después de andar cuatro mil días, la vaca llega al final del universo; ¿qué hace? En el Hospital, todo el mundo tenía su opinión con respecto a aquella importante pregunta, salvo los hepáticos y los cartesianos, que pretendían que el universo no tiene límite. La vaca decidirá regresar a su casa, pensó Rob. Pero cuatro mil días son más de diez años, y otros tantos para el regreso... Sin duda morirá en el camino de vuelta. Nosotros haremos lo mismo que ella. ¿Para qué marchar, pues? Sin embargo, se estaba preparando para un viaje largo, muy largo...

    Se acercó al tablero mural para observar a un topo a punto de levantar un pequeño montón de tierra. El montículo se movía, se agrandaba, pero la diminuta cabeza gris y ciega se negaba siempre a aparecer. La vaca se volvió y miró gravemente al doctor Holzach. Al menos así hubiera podido creerse. La ilusión era perfecta. Una obra maestra. ¡El decorado no valdría menos de dos mil monks!

    Tomó una ducha, se hizo afeitar y dar masaje, y se puso un quimono blanco. Estaba preparado. La voz lenta y un poco fría del centroford Michael se elevó del TIC: "Red fordal del Hospital Garichankar. Son las siete horas quince minutos. Su cuenta atrás empezó hace treinta minutos, doctor Holzach. Todo marcha bien. Su diagrama fisiológico es normal. Tiene usted que absorber inmediatamente dos grageas número uno. Conteste."

    —Son las siete y cuarto. Tomo dos grageas número uno. Todo marcha bien.

    Red fordal del Hospital Garichankar. Respuesta anotada. Le deseamos buena suerte.

    Dos frascos transparentes se encontraban sobre su mesilla de noche. Con una presión del pulgar abrió el que llevaba por toda señal distintiva la cifra uno en clave, y deslizó en su mano dos grageas de color blanco con reflejos malva. Se las puso en la boca sin tragarlas. Los cronolíticos eran absorbidos generalmente por vía sublingual. Más tarde recibiría una inyección intravenosa de alta presión, pero apenas la notaría, no sólo porque era indolora, sino porque estaría ya más o menos en cronólisis. Las grageas tenían como objetivo preparar la primera fase de la operación. Su condicionamiento duraba desde hacía cuatro mil días... no, desde hacía ochenta días. Desde hacía setenta y dos horas se hallaba en un aislamiento total a treinta metros por debajo de la superficie... Hizo una breve visita a los lavabos. Desde hacía cuarenta y ocho horas no tenía derecho a ningún alimento sólido, y desde hacía veinticuatro horas sólo bebía agua. Volvió a tenderse sobre su cama. Estaba tranquilo. Tal como había dicho Michael, todo marchaba bien. Se sabía bajo la vigilancia continua de los fords (ordenadores fotónicos) del Hospital. Resultaba algo desagradable, pero garantizaba en principio su seguridad.

    Cruzó las manos debajo de su nuca, con la mirada fija en el techo, su postura favorita para la meditación. Las dos grageas se disolvían lentamente en su boca. Se concentró en un calambre estomacal y logró hacerlo desaparecer en unos minutos. En su prado, la vaca se convertía en algo desvaído. Tuvo que realizar un esfuerzo imprevisto para inclinarse sobre el teclado de mandos general instalado cerca del lecho. Puso una luz más suave y llamó a la red.

    Son las siete horas y veintitrés minutos —respondió Michael—. Su diagrama es normal. Todo marcha bien. Cuenta atrás ciento doce minutos. Conteste.

    —Aquí el doctor Holzach. Todo marcha bien.

    Rob sabía que iba a perder rápidamente la clara noción del tiempo. Este era su noveno viaje cronolítico, los dos últimos con una misión concreta al pasado. Al principio, su experiencia le ayudaría un poco. Muy poco. Y en el curso del viaje menos aún. Cada expedición a lo Indeterminado era una nueva aventura. Y al integrarse en una personalidad extraña —si lo lograba— perdería su autonomía e incluso la mayor parte de sus recuerdos. A veces, los exploradores del Tiempo incierto regresaban locos, sucumbían al regreso o permanecían sumidos hasta la muerte en un estado de coma que ni siquiera los fords podían explicar. Se ignoraban las causas de aquellos accidentes. Tal vez los desdichados permanecían "prisioneros del pasado". O habían llegado demasiado lejos —al final del universo— y caían fatigados en el camino de regreso, como la vaca.

    La cronólisis, que algunos consideraban como un medio de prolongar la duración subjetiva de la vida humana, es decir, un modo de acceder a la inmortalidad, provocaba de hecho un rápido desgaste de los viajeros. En el Hospital Garichankar nadie había intentado más de catorce viajes (cifra del Dr. Guair Norlan) y el récord del mundo debía situarse por debajo de los veinte. Y a partir de cierta edad, se perdía la aptitud para las misiones en el tiempo, no por incapacidad física, sino por bloqueo psicológico: no se percibían ya los "sueños densos".

    Robert Holzach no estaba demasiado ansioso. Su preparación, como siempre, se revelaba muy eficaz. A mediados del siglo XXI se dominaban perfectamente las técnicas psicológicas. Se ponía en ellas el empeño necesario, y de todos modos resultaba menos caro que una expedición hacia Alfa del Centauro. Además, las drogas cronolíticas a pequeñas dosis eran unos tranquilizantes excelentes. La ansiedad parecía ir naturalmente unida a la consciencia del tiempo. Cuando esta última se atenuaba o se alteraba, la primera daba paso a una especie de indiferencia, de pasividad sonriente, apreciadas por los aficionados que no apuntaban más allá de un nirvana de baja categoría. Y esa acción secundaria se revelaba útil, ya que el viaje al pasado y la integración más o menos completa en una personalidad extraña constituían unas pruebas terribles.

    Rob examinó con divertido interés la pequeña estancia redonda en la que le tenían encerrado desde hacía cinco días. Tal vez no volvería a verla nunca. Empezaba a hundirse en una tenue neblina, levemente sonrosada. Parecía menos una celda de bonzo de la secta del Elefante azul y más la habitación infantil de Rob en Arizio. Su mirada se detuvo con nostalgia y humor sobre la triple pantalla del TIC (Transmisión-Información-Comunicación), unida a la memoria-auxiliar y a la red fordal, sobre el teclado de mandos y el tablero mural con la vaca rojiza, el topo atareado y el koan zen. Tenía prisa por partir, ahora. Empezaba a detestar aquel prado fértil y aquel animal plácido y gordo que nunca iría hasta el fin del mundo. Desde luego, hubiera preferido el mar como en su habitación del Parque Europa IV cuando tenía diez años. En aquella época, deseaba que el bergantín La Superbe, que navegaba desde hacía siglos sobre un mar de aceite, se acercara finalmente a tierra. Con preferencia en una de las islas del Caribe. Deseaba también que un segundo personaje se reuniera con el hombre del timón. Con preferencia una mujer rubia, vestida con una larga túnica roja con corpiño de blonda. Pasajera clandestina, invitada o prisionera... Pero los técnicos que construían los más bien sumarios tableros para la administración del Parque eran seguramente incapaces de imaginar una situación tan romántica... "Cuenta atrás una hora treinta minutos —pronunció Michael con una voz lejana que era la de Jean Holzach, guardia principal en el Parque Europa IV, el padre del doctor Holzach—. Diagrama normal. Situación sin cambios. Conteste."

    Una hora y media... Rob intentó calcular. ¿Qué hora es en este momento? Las ocho, las nueve... Se echó a reír. En Aislamiento A no había ningún reloj, naturalmente, y el tiempo empezaba a parecerle una invención ridícula. Era un buen síntoma.

    —Cuenta atrás una hora y media —gruñó, bostezando—. ¡Y ahora, dejadme en paz!

    Empezó a quitarse el quimono, cuyo contacto se le hacía insoportable. Otro efecto de los cronolíticos: el deseo de desnudarse. ¡Nada entre mi piel y el universo! Luego, el deseo de estar en otra parte, de convertirse en otra cosa: una vaca o un bergantín pirata, una montaña o una estrella, un topo o una dama vestida de rojo... Ni siquiera sabía si el centro le había hablado por mediación del TIC o si el mensaje había sido transmitido directamente a su cerebro, gracias a los elementos transistorizados implantados en sus lóbulos frontales. Era una especie de cyborg... aunque la palabra había adquirido una resonancia siniestra a raíz de algunos experimentos fallidos y apenas era utilizada. La implantación de elementos fijos en el cerebro, incluso por razones médicas, estaba prohibida por la mayoría de los gobiernos. Apenas se toleraban ciertas prótesis móviles. Las investigaciones cronolíticas se realizaban más o menos secretamente en los niveles profundos de los Hospitales Autónomos. Los dirigentes de Auriga observaban a los psicronautas con una desconfianza especial, a pesar de que el presidente Ben Barka había sido un gran viajero. Y Europa llevaba diez años de retraso con respecto a la Unión chino-americana. El Hospital Garichankar, es cierto, estaba algo más adelantado que el resto del Occidente cristiano-musulmán. Rob iba a intentar hacerlo tan bien como los investigadores de la República de California (Utopía 01)... siempre en cabeza del progreso en psicología y en cronáutica.

    Se sentía despegar, y aquella impresión le producía un placer inconfesable. Sí, era feliz al partir. El mundo en el cual vivía era sin duda el menos malo posible, teniendo en cuenta los errores del pasado. La sociedad del medio-siglo había imaginado un compromiso entre la tolerancia y la justicia; había liberado al hombre de la esclavitud industrial. La ración de arroz y de trigo era la misma en Los Ángeles, en Garichankar y en Calcuta. El futuro de la especie parecía asegurado. A Rob le gustaba su profesión, y tenía la suerte de ejercerla en el Hospital Garichankar, aquella ciudadela de audacia. Sin embargo, se aburría. Peor aún: se ahogaba. Y apreciaba al Hospital sobre todo porque mantenía abierta la puerta a lo Indeterminado, el universo en el que todo era —quizá— posible. Entre dos misiones, soñaba secretamente en el océano Oradak y en el continente de la Perte en Ruaba, país misterioso que los exploradores californianos creían haber descubierto al otro lado del Tiempo incierto. Algún día, ¿quién sabe?, abordaría las tierras f antásticas...

    Allá arriba, en la superficie, no se apreciaba el gusto por la evasión: ¡hay que estar loco para desear escapar del paraíso! Pero tal vez el hombre había merecido por fin el derecho a mirar un poco más lejos que al pan cotidiano y al cielo azul... o a lo que quedaba de él. Mejor o peor resueltos los problemas económicos, cada uno se encontraba sólo frente a la angustia y a la muerte. En espera de la eternidad, el universo interior ofrecía la única salida posible.


    Cuenta atrás cincuenta y nueve minutos —dijo el centro—. Diagrama normal. Situación sin cambios.

    La red fordal había utilizado los implantes. Para Rob, el tiempo se convertía en un caos. Todo marchaba bien. Notó que una furiosa alegría penetraba a través de su lasitud. El viaje... ¡Se marchaba, se marchaba! Con un último esfuerzo se libró de su quimono. Ahora estaba desnudo y experimentaba una intensa excitación sexual. Un rictus contrajo su rostro. Trató de recordar. Cuando el tiempo estalla... se produce una profunda distensión psicológica... los controles cerebrales se relajan... es la fiesta del cuerpo... Pensó en Ellen, que debía acompañarle. No, me estoy haciendo un lío. Nada de acompañarme, ayudarme a la salida y a la llegada, o algo por el estilo... La veía en la sala contigua. Era una imagen transmitida por conexión cerebro-fordal. Ellen Laumer se encontraba ya en cronólisis media. Tendida sobre un diván, daba la mano derecha al doctor Lauris Nortrigen, sentado junto a ella. Robert Holzach admiró su hombro desnudo, su rostro muy pálido bajo una cascada de cabellos negros, sus senos erguidos, su vientre liso, sus amplias caderas y la mancha oscura que dibujaba el vello de su pubis bajo el tejido transparente. Le dirigió un saludo amistoso. Luego tuvo diez años y se transportó a su cuarto de Arizio. El bergantín La Superbe se acercaba por fin a una orilla desconocida. Empezaba a distinguirse una playa de arena y unos cocoteros. Tal vez era la Perte en Ruaba. Desde hacía años el pequeño velero navegaba sobre la pared, y era justo que tocara tierra. Y luego una mujer vestida de rojo se había reunido en el castillo de popa con el marinero de la mano mutilada. Rob se mantenía cerca del tablero para seguir mejor la escena. El bergantín aumentaba de tamaño al mismo tiempo que la isla. Rob descubrió una tortuga gigante sobre la playa. Veía claramente a la joven. Era hermosa como Ziti, con un aire de soberana que recordaba a la reina de Fomalhaut. Su falda hinchada por el viento llenaba todo el tablero. Y súbitamente la joven estuvo en la habitación, de pie cerca de Rob. Se parecía menos a Ziti. En el rostro de la reina no se veía nunca la sonriente dulzura que iluminaba los ojos y las facciones de la visitante desconocida. Sus cabellos rubio-rojizos anudados en moño enmarcaban un rostro ovalado y un esbelto cuello. Tenía la nariz pequeña y recta, la boca ancha, los pómulos altos y la frente abombada. Su corpiño de blonda apretado en la cintura se entreabría sobre el surco de su garganta. Levantaba con un gesto lleno de gracia la parte inferior de la ancha falda de raso escarlata, dejando al descubierto un tobillo envainado en negro. Mantenía el brazo derecho semilevantado, con la muñeca doblada a la altura del corazón, y sus dedos esbozaban un gesto discreto de amistad. Aspiró profundamente su perfume cálido de pimienta y limón mezclados. Iba desnudo, y le hubiese gustado que la dama de rojo se desvistiera también: hubiera resultado más divertido que una lección de placer con unas muchachas cuya anatomía se conocía de memoria.

    —Buenos días, Rob —dijo ella—. Me llamo Serellen.

    Recordó. Serellen era un personaje de historieta, como la reina Ziti, Pépin-de-Pomme la chiquilla de Próxima, el capitán Gaybada y Spar, el gato del espacio. Serellen, la viajera del tiempo... Yo también, decidió él, viajaré en el tiempo. Regresaré a la época de los piratas y de los vestidos largos... Ella le cogió de la mano y echaron a andar por la playa, seguidos por la tortuga gigante.

    —¿Cómo te las arreglas para viajar en el tiempo, Serellen?—preguntó Rob.
    —Tengo una máquina para viajar en el tiempo, querido.

    El la admiró gravemente. Tenía unas cejas altas, unas pestañas largas, dos ojos luminosos. Su mirada hacía pensar en el espacio, en el infinito, en la eternidad. Sonreía con un aire enigmático. Ahora olía a flor marchita y a suelo de bosque en otoño: el olor del pasado. Un hombre les esperaba a la sombra de un cocotero: era el marinero de la mano mutilada.

    —Ese es Renato, mi amante —le dijo Serellen a Rob.

    Se sentó junto al hombre, que la besó largamente en la boca y luego empezó a acariciarla con su mano derecha, a la cual le faltaban dos dedos... "Cuenta atrás cuarenta minutos —dijo el centro con voz maternal, arrastrando un poco las erres. Era la voz de Serellen—. Cronólisis ligeramente acelerada. ¿Me oye, doctor Holzach?"

    —¿Me oye, doctor Holzach?—repitió Rob sin comprender.

    Cronólisis ligeramente acelerada.

    —Cronólisis ligeramente acelerada...

    Piense fríamente.

    —Piense fríamente...

    ¿Me oye usted, doctor Holzach?

    —Sí, le oigo. Déjeme en paz de una vez, Michael. "Doctor Holzach, su entrada en cronólisis es ligeramente demasiado rápida. ¿Me ha entendido?"
    —Ligeramente demasiado rápida...
    —Ligeramente demasiado rápida...
    —¡Ligeramente demasiado rápida!

    Piense fríamente.

    —Fríamente...

    ...Tenía diez años, y era Navidad en el Parque Europa IV. Cada año, en la dirección regional de la que dependía su padre daban una fiesta para los hijos del personal. El mundo entero quería su parte de nieve y un poco más que su parte. Los servicios meteorológicos estaban desbordados. En la llanura, algunos pequeños copos semifundidos se arrastraban bajo el cielo gris, pero ¡qué alegría para los niños cuando el lesobus los depositaba en Neufont! Una capa blanca le subía a uno hasta media pantorrilla, el viento helado se abatía sobre su cara y sus manos. Unos esquiadores se deslizaban a lo largo de las pendientes dejando tras ellos interminables volutas de colores...

    Los edificios de la dirección regional se erguían en medio de los abetos, y unos chalets de madera los rodeaban por todas partes. Los niños saltaban a los trineos arrastrados por perros. Se reía, se cantaba: "Pobre marinero — Tú que vas hacia el extremo sur — Cazador de quimeras — ¿No temes la cólera — De los reyes, de los valientes, de los capitanes?"

    La nieve caía como si nunca fuera a detenerse. Un gran leso meteorológico giraba en el cielo. Luego los niños se precipitaban al vestíbulo iluminado, en el que verdaderos abetos del bosque parecían plantados en el suelo cubierto de nieve cuajada. Encima de los abetos flotaban unos hologlobos llenos de imágenes, como los que pasan por el aire y se escuchan con una antena especial. Pero aquellos estaban muy cerca. Casi hubieran podido tocarse los personajes que se animaban en el interior: el Tío Tib, la Reina Ziti, el Capitán Gaybada, Spar-el-Gato, y muchos otros.

    Sobre los abetos había unas guirnaldas inalcanzables por las cuales discurrían arroyos de luz, y todos los regalos de los niños, juguetes, pasteles, frutas, objetos útiles tales como faustos, sweeties, y por supuesto animales adaptados para la recuperación de las basuras domésticas, como los ratones con antenas del planeta Berg: un planeta imaginario. Y también maravillosas bolitas multicolores que volaban suavemente por la sala. Debían contener un gas muy ligero o algo por el estilo. Desde los últimos años del Imperio Industrial Leso, se sabían crear incluso campos de antigravedad. Las bolas se escapaban saltando cuando alguien trataba de atraparlas. Los niños mayores lograban capturar una de cuando en cuando por encima de la cabeza de los demás, pero los pequeños no tenían ninguna posibilidad, ya que en el hormiguero del vestíbulo se movían demasiadas personas.

    Súbitamente, Rob vio una bola azul que caía sobre la nieve y se arrodilló para cogerla. Tenía una hendidura en forma de estrella y ya no podía flotar, pero era todavía muy hermosa. Las azules eran las más hermosas de todas. Mientras admiraba su tesoro, no vio llegar el puño que se la arrancó. La bola volvió a caer y fue pisoteada. Rob se puso a cuatro patas y se hizo aplastar los dedos inútilmente. Se incorporó desesperado. Deseaba poseer una de aquellas cosas más que nada en el mundo. Sin duda le hubieran dado una si se hubiese atrevido a pedirla. Pero no había querido confesar aquel deseo pueril y se había encerrado en un sombrío silencio. Pensó que no se lo perdonaría nunca. Deseó apasionadamente irse muy lejos... El mar, arena blanca, los cocoteros, y un cangrejo algo loco que subía de cuando en cuando a los árboles para cortar una nuez: ¿Hay en ese planeta o en otro cangrejos que trepen a los árboles? Rob deseó de todo corazón que existiera. En caso contrario, la vida no valdría la pena de ser vivida...

    Piense fríamente.

    —Michael...

    Cuenta atrás treinta y ocho minutos. Cronólisis ligeramente acelerada. ¿Me oye usted, doctor Holzach?

    —Déjeme en paz, Michael. ¿Ellen?
    —¿Rob?
    —¿Cómo estás?
    —Me aburro un poco. Tú te permites darte una vuelta, y yo me quedo en casa.
    —Tu papel es muy importante, y tú lo sabes.
    —Sí... y tú, ¿cómo estás?
    —Crono rápida, como de costumbre. Siempre con adelanto a las citas...
    —No es preciso.
    —Necesito frío.

    Le llegó una sensación de risa, ampliada por el complejo cerebro-fordal: fue un vuelo de palomas, luego un galope de centauros y un orgasmo de virgen desamparada.

    —Yo no soy frígida, doctor Holzach.
    —Pero das muy bien el frío, doctora Laumer.
    —Prepárate, chico: va a doler.
    —Lo sé. Cuando tú dices que la vida es fea, le entran a uno ganas de llorar.
    —¡Vamos allá!

    Rob hizo una mueca, con la respiración cortada por un dolor vasto y sin forma. Semejaba la desesperación que le oprimía a veces en medio de la noche, cuando pensaba en su vida frustrada —ya que toda vida es siempre frustrada—, en la vejez y en la muerte. Pero peor: mil veces peor. Era la proximidad inmediata de la muerte, la presencia helada de la nada. Una tristeza monstruosa inundaba sus nervios, los sumergía. Las lágrimas que retenía desde sus diez años asomaron bruscamente a sus ojos, su garganta se apretó, su corazón le pareció apresado en un torno. Los colores desaparecieron de su mente. No vio más que un gris sucio y sin fin: la lluvia sobre el mar, la niebla bajo los abedules. Se preguntó cómo habían podido olvidar los hombres desde hacía milenios su cercana muerte para ocuparse de sobrevivir. No había esperanza. Por otra parte, había que matar la esperanza. Vienes del frío y volverás al frío. Un calambre le retorció el estómago, el corazón, el vientre. Sintió que iba a ponerse a aullar como un lobo solitario muriéndose de hambre sobre la nieve. Y aquello terminó súbitamente, tan bruscamente como había empezado. Gracias, doctora Laumer.

    Cuenta atrás treinta y seis minutos —dijo el centro—. Cronólisis intensamente frenada. Todo marcha bien. El presidente Ben Barka le desea una feliz estancia en 1966... ¿Me oye usted, doctor Holzach? El presidente Ben Barka..."

    —¡Dígale al presidente Ben Barka que le deseo que se muera de hambre en la nieve... o de sed en el desierto... solo como un perro!

    Siempre se está solo: para vivir y para morir. Su mensaje será transmitido. —Rob, ¿cómo va eso?

    —Querida, deseo que te ahogues en...
    —Tranquilízate, ya ha terminado.
    —...demasiados dientes de sierra en este diagrama.
    —El doctor Holzach no tiene por qué saber...
    —La fecha de 1966 ha sido elegida por los fords.
    —Todo marcha bien, en conjunto.
    —Holzach y Laumer no son precisamente unos novatos, doctor Carson.
    —...Ben Barka sabe lo que se dice.

    Doctor Holzach —dijo el centro—, su diagrama es ahora normal. ¿Me oye usted?

    —Le oigo, Michael.

    Dentro de treinta minutos exactamente entrará usted en cronólisis profunda. Siendo su destino general el período 1950-1975, hemos podido aislar en 1966 un contacto que responde a sus características más importantes. Es un hombre. Su idioma materno es el francés, pero conoce también el alemán. Tiene aproximadamente la edad de usted. Posee una formación científica media y trabaja en un laboratorio en París. Se llama Daniel Diersant. ¿Me oye usted, doctor Holzach?

    —Recuérdeme lo que se supone que debo hacer en 1966.

    Es demasiado tarde para recordarle las consignas generales. Actuará usted de acuerdo con sus posibilidades, como de costumbre.

    —Tengo la impresión de desembarcar del planeta Berg.

    ¿Se siente usted un poco perdido? Es normal. En cronólisis profunda, todos sus recuerdos desaparecerán. Se desvanecerá ante la personalidad de su contacto. Es preciso que se convierta usted en Daniel Diersant, aunque sólo sea por unos instantes. He aquí lo que le proponemos para ayudarle... Daniel Diersant ha sido víctima de un accidente... o de una tentativa criminal. Probablemente también está drogado, lo cual nos ha ayudado a establecer un enlace cronolítico con él, pero no conocemos ni la naturaleza de la droga ni las circunstancias en las cuales la ha absorbido. Tal vez sus agresores —si se trata de una agresión— se la han inyectado. Lo ignoramos. Usted tratará de descubrir lo que ha pasado. Será difícil, no lo dude. Una investigación en lo Indeterminado nunca resulta fácil.

    —¿Quiere convertirme en una especie de polizonte, Michael?¿Un agente temporal o algo por el estilo?¿Está seguro de que no mira demasiado las historias de los globos?
    —Por favor, doctor Holzach. Esto es muy serio. Y estoy obligado a darme prisa. Se encuentra usted actualmente en una zona-rellano, antes de entrar en cronólisis profunda. Dentro de unos minutos, dejará usted de comprenderme... Su investigación será el hilo de Ariadna que le guiará por el Tiempo incierto. Recordará usted más o menos conscientemente que debe tratar de descubrir lo que le ha sucedido. Es posible que se le escape la verdad, pero aprenderá muchas cosas sobre la época que va a visitar, sobre el mundo de Daniel Diersant, sobre la vida, el pensamiento y las costumbres de 1966. Y si llega usted a la verdad, será un resultado concreto, casi traducible en cifras, que situará exactamente su hazaña en el plano mundial... y la situará en primera fila. Es el favor que le piden los fords de Garichankar.
    —Ahora, recuerde: tal vez han intentado matar a Daniel Diersant. De matarle a usted. A menos que se trate de un accidente... o de una tentativa de suicidio. Usted tratará de averiguar la verdad. No olvide..."
    —¡...querían matarme, los cerdos! Pero estoy vivo, soy... ¡Ellen!
    —Estaré siempre cerca de ti de un modo u otro, Rob. Buen viaje.
    —No ha sido un accidente. Los muy canallas han... "Cuenta atrás veintisiete minutos. ¿Me oye usted, doctor Holzach? —Los asesinos de HKH...

    Cuenta atrás...

    —Estoy en la autopista. ¡Vete a hacer puñetas, asqueroso!

    ...entrado en cronólisis profunda dentro de veintiséis minutos quince segundos. Diagrama normal.

    —¡Bienvenido a la Perte en Ruaba!
    —Vale más que te enteres en seguida: ¡mi paraíso está poblado de desgraciados y de putas!
    —Giramos en redondo.
    —Le esperamos, Diersant.
    —¿Tiene usted su tarjeta?
    —Quisiera estar a bordo del mar contigo Renato querido mío una playa de arena blanca un océano muy azul te amo.
    —¡Relájese, cierre los ojos, duerma!
    —He sufrido un accidente.
    —¿Estás seguro?
    —No, pero creo que la impresión me ha sumido en cronólisis.
    —Te han sumido en estado de cronólisis los fords de Garichankar.
    —En 1966 no existía la cronolítica.
    —HKH existe, y se lo demostraremos.
    —Diersant ha muerto. Lo intuyo. Lo sé. Algo ha sucedido en el momento del regreso. Un accidente. ¡Otro más!
    —¡Renato! Por primera vez en la historia de la humanidad ha podido establecerse un lazo entre dos mundos indeciblemente alejados...
    —Buenos días, doctor, la huida no es una solución, ¿no es cierto? ¡Estoy harto de verle, asqueroso polizonte! ¡HKH existe y se lo demostraremos! Ven a dar una vuelta por aquí, te guardaré un saco oscuro... es preciso que telefonee es el reglamento se cree usted en la autopista pero yo estoy en la autopista asqueroso polizonte por lo tanto viene usted del futuro admitamos que yo iba demasiado aprisa Renato Rizzi juegas tu última carta...


    Cuenta atrás diez segundos...

    El mensaje que trato de dirigirle le llega en realidad de un modo mucho más complejo y puede ser deformado durante la transmisión. Yo no soy tal como me ve...

    Nueve...

    Doctor Holzach una desagradable sorpresa le espera en Garichankar trate de alcanzar el mar gong pizzicato y címbalos imposible creer que sucedería realmente algo si yo diera...

    Ocho...

    ...un pequeño golpe de volante a la derecha tú te estrellas contra un árbol te matas te despiertas en la carretera un golpe de volante te estrellas contra un árbol te...

    Siete...

    matas te despiertas en la carretera un golpe de volante eres un desgraciado que no pertenece a la historia HKH me río de la ciencia amigo mío ya nada

    Seis...

    realmente en peligro imperio industrial fascista puede usted venir a casa de Monika Gersten Forestier vete a hacer puñetas asqueroso estoy harto de verte Renato marinero ingeniero mal trajeado y manco eres

    Cinco... mi único amor Renato de Garichankar pasando un mal cuarto de hora en el espacio cronolítico no te hagas el listo Diersant marino de la mano mutilada la falsificación más burda que he visto nunca

    Cuatro...

    mes de mayo de 1988 terminado en la confusión y la confusión en el tiempo incierto dieciocho meses de paro forzoso mi mujer pobrecilla he terminado con todo a causa de

    Tres...

    no debe dormir después del pinchazo peligroso no en el mismo plano de la realidad que esa concha azul mira si es el médico jefe le reclama tarjeta HKH patrón mi antiguo teléfono de Garichankar

    Dos...

    Soy Monika Hospital Garichankar a punto de desmoronarse los fords no podrán HKH va a cerrarte los ojos te espera allá abajo polizonte casa laboratorio eternidad subjetiva

    Uno...

    doctora Laumer nunca Renato quién son esos mundos totalmente dominados por Ellen recuérdeme yo me niego subestima a HKH no escapará y Garichankar está atrapado le deseo larga vida en el mebsital océano Oradak.

    ¡CERO!


    2


    —Diersant, ¿me oye?

    Daniel no tuvo tiempo de contestar. Acababa de dar un salto de varios días en su pasado... aunque, desde luego, no se daba cuenta de ello. Iba en automóvil por la carretera de Chartres. Caía el crepúsculo. Unas bandadas de palomas se columpiaban sobre la enlutada llanura. Esculpidas en negro por las últimas claridades del poniente, las torres de la catedral tenían el aire de casi gemelas. Una bruma gris redondeaba los ángulos del campanario norte y borraba la punta de su flecha... Daniel encendió las luces de cruce. Un relámpago danzó sobre los trigales. Rodaba sin objetivo concreto. Era una de aquellas salidas en el curso de las cuales sólo buscaba la libertad y la soledad. Se pararía quizá en un albergue del lado de Nogent-le-Rotrou, comería sin prisas y regresaría a París... Por un instante creyó que no se encontraba ya en la Nacional 10. Una flecha indicaba: La Perte en Ruaba. No conocía aquel extraño nombre. Pero unos minutos después llegó a los suburbios de Chartres. ¿Por qué has rechazado la propuesta de Defner, imbécil?, se preguntó. Volver a Cerba y, después, pasar a Nerek: era la oportunidad de tu vida. Ellen habrá tenido que intervenir por mí. Va a reprochármelo. Una ocasión de abandonar por las buenas el burdel de la Seac, y la he dejado escapar. ¡Salir de allí, Dios mío! ¡Ya no saldré nunca más de allí!

    En la Seac se libraba una batalla feroz en las altas esferas del poder, para ocupar el puesto del general Desmaines que se jubilaba. Se enfrentaban varios clanes. En principio, el cargo de Administrador delegado en la dirección de los programas (de investigación y de fabricación) representaba la antecámara de la presidencia: Max Roland, titular del cargo, debía lógicamente suceder al general. Pero otros muchos candidatos movían discretamente sus peones: Parelli, Lagerdier, Colin, Dumoulin y sobre todo Robert Sarthès, director de la fábrica de Choisy... Sin olvidar el lado Cerba. Heinrich Defner, codirector alemán de Cerba, ¿podía convertirse en presidente de la Seac? Sólo Dios lo sabía... suponiendo que se interesara por la ropa sucia capitalista... Destacado en Cerba, Daniel seguía perteneciendo a la Oficina de Documentación Técnica de la Seac y dependía del Servicio Central de Documentación y de Investigación del administrador Max Roland, ya que el Centro Europeo de Investigación en Bioquímica Aplicada (Cerba) era una filial común de la Sociedad de Estudios y Aplicaciones Combinadas de Química y Física (Seac) y de Nerek & Frobacher, departamento farmacéutico de la Nerek Algemeine Cheniikalien. Su simpatía y sus votos eran para Robert Sarthès, su antiguo patrón de Choisy, al que sus colaboradores llamaban afectuosa o irónicamente el Gran Dragón. Si Max Roland triunfaba, su posición en el BID se haría precaria. Pero abandonar la Seac en el momento en que se entablaba la guerra de sucesión de los tramposos habría sido desertar. Sin embargo, él tenía derecho a escapar de aquel cesto de cangrejos. Resulta demasiado peligroso moverse entre los crustáceos cuando no se tiene caparazón... Otra versión: cuando no se tienen garras, hay que mantenerse a distancia como las gacelas. Las grandes fieras empezaban a disputarse una presa viva, Y él era un animal demasiado insignificante para tomar parte en la lucha. Según el desenlace del combate, recibiría una dentellada o un trozo de despojos. Pero tenía que confesarse que aún estaba sediento de éxito social. Estaba dispuesto a arriesgarse a un mordisco con tal de desempeñar un papel, por pequeño y mediocre que fuera. Y estaba un poco avergonzado de sí mismo.

    Avanzaba en medio de la oscuridad. Usaba mucho su viejo Volkswagen. Pasaba muchas horas en automóvil, la mejor manera de procurarse un poco de soledad sin atraerse la desconfianza de las personas decentes. Le gustaba recorrer varias decenas de kilómetros, a veces varios centenares, alrededor de París, hacia Sologne, Anjou, Normandía... Se aturdía, aunque sin perder ninguno de sus reflejos, los nervios tranquilos y vigilantes, la mente libre si no lúcida. En el Volkswagen, aquella burbuja que flotaba en medio de la eternidad, no podía ocurrir nada. El tiempo se hacía pastoso y el mundo inofensivo. Una envoltura protectora de naturaleza misteriosa se formaba en torno a él. Imposible creer que sucedería realmente algo si diera un pequeño golpe de volante a la derecha, eso sería fácil, todo parece irreal, ruptura de fase con la materia, no un suicidio sino una experiencia. Te estrellas contra un árbol te matas te despiertas en la carretera un golpe de volante te estrellas contra un árbol te matas te despiertas en la carretera un golpe de volante te estrellas contra un árbol te matas te despiertas en la carretera un golpe de volante te estrellas.

    El Volks avanzaba en medio de la oscuridad. Las luces de las ciudades y de los pueblos se desparramaban sobre sus lentas trayectorias. El tiempo estaba como inmovilizado. Daniel saboreaba la ilusión de vivir un momento eterno. Unas lejanas colinas se inscribían en recamado azul sobre el horizonte bañado de claro de luna. El rugido del motor semejaba un rumor de caracola marina. Daniel flotaba entre dos aguas, en el interior de un gran bivalvo, y la superficie, por encima de él, se iluminaba a veces con un cortante resplandor. Se dejaba ganar por un vértigo tranquilo. La impresión de ver animarse el mundo en torno a él que permanecía inmóvil se hacía cada vez más intensa y turbadora. Por un instante, aceptó la idea de que el espacio era algo sin forma girando alrededor de Daniel Diersant...

    El espacio giró y Daniel se encontró rodando hacia Choisy por la orilla derecha. Tomó la avenida de Villeneuve y se paró delante de la fábrica. Hizo sonar el claxon dos veces. El vigilante nocturno dejó ver su gorra negra pero no se movió. Era un ex gendarme muy consciente de su importancia. Daniel esperó unos segundos y luego se resignó a apearse para contestar al ritual ¿qué quiere usted a estas horas?

    —Ver al patrón, desde luego.

    Tendió su tarjeta de la Seac, amarilla con dos franjas de color marrón.

    —Ah, sí, Diersant, ya ha estado usted aquí...
    —Más de una vez.
    —Voy a telefonear.
    —No vale la pena. El Gran Dragón me espera.
    —Es el reglamento. Son más de las nueve.
    —De acuerdo.

    Daniel volvió a subir al Volkswagen, dejando la portezuela abierta para releer la carta de Ellen a la luz de la lamparilla del techo.

    Querido Daniel:
    Circunstancias que conocerás más tarde me obligan a volver a Alemania. Monika tiene que enviarme algunos objetos, lo demás no tiene importancia. No te preocupes, nunca estaré muy lejos de ti. Estoy segura de que saldrás adelante y de que volveremos a vernos. Has hecho bien al no aceptar la propuesta de Defner. Creo que era una trampa de nuestros enemigos. A propósito del mebsital, puedo tranquilizarte. La cronólisis era una invención mía. Tal vez exista algún día, pero no antes de mucho tiempo...


    Daniel quedó cegado por un pálido relámpago. Tuvo la impresión de dar un salto y la carta resbaló entre sus dedos. La cogió firmemente y reanudó la lectura.

    ...No te preocupes por nada. Lamento que nuestros proyectos no puedan realizarse de momento, pero sin duda has cometido un error al no aceptar la propuesta de Defner: era una oportunidad que no volverá a presentarse... ¿Has destruido el frasco de mebsital? Los cronolíticos son sumamente peligrosos, y no tienes por qué conservar ese frasco.


    Daniel dobló la carta y la guardó en su bolsillo. Algo no encajaba. Pero, ¿qué? Tenía intención de interrogar a Robert Sarthès acerca del mebsital y de la cronólisis. En todo caso, no destruiría el frasco de comprimidos. Tal vez incluso podría realizar algún experimento, según lo que dijera Sarthès.

    El vigilante le hizo una seña, indicándole que podía pasar, y empezó a abrir la verja. Daniel sonrió. Sí, todo marchaba bien, saldría adelante. Se adentró en la avenida central, un poco distraído, con el pie derecho demasiado apoyado sobre el acelerador. Los macizos edificios amurallaban contra el cielo el inmenso patio rectangular. Uno creía ver lentos icebergs cruzando un fabuloso decorado de hielo: el polo Norte de Julio Verne con un oasis en medio, en el que florecían los naranjos. Súbitamente, una forma negra embistió. Daniel dio un golpe de freno y dos golpes de volante. Los neumáticos gimieron.

    Los dos automóviles se habían rozado y sus parachoques habían tropezado ligeramente. El 404 gris metalizado había surgido por la derecha, de una avenida perpendicular. Con todas las luces apagadas. Su conductor se había precipitado sobre el camino principal cerrándose todo lo posible a la derecha, y luego había saltado del vehículo para rodar sobre el césped. El 404 tenía una sola rueda en la avenida principal. El hombre —si se trataba de un hombre— había demostrado poseer mucha sangre fría... o haber preparado el golpe cuidadosamente. Pero, ¿con qué finalidad?

    Daniel tenía consciencia de haber vivido ya aquella escena. Estaba más irritado que asombrado. Conocía muy bien aquella impresión de "dejà vu déjà vécu". Corresponde a un determinado movimiento del influjo nervioso en las células cerebrales y no a un fenómeno objetivo, desde luego... a menos que el tiempo no sea en sí mismo un fenómeno mental.

    Una portezuela se cerró de golpe. Daniel se apeó, con una mano en el bolsillo de su chaqueta. En aquellos casos, siempre lamentaba no fumar. Encender un cigarrillo le habría tranquilizado y le habría infundido un poco de seguridad. Se sentía molesto y extraño en su propia vida... Un individuo alto tocado con un sombrero de fieltro se había plantado delante del Volkswagen. Daniel no podía ver su rostro, pero reconoció inmediatamente aquella silueta alta y desgarbada: era Forestier, el jefe de los gorilas de la Seac. Esbozó el gesto de tirar el cigarrillo que no fumaba. ¿Qué diablos hace ahí Forestier, santo Dios, Forestier, santo Dios Forestier santo Dios Forestier santo Dios...?

    —¿Qué diablos hace usted ahí?—gritó Forestier—. ¿Cree que está en la autopista?
    —Estoy en la autopista —respondió Daniel tranquilamente.

    Recordaba haber estado tranquilo la otra vez y esto le ayudaba. Forestier se echó a reír.

    —¡Me está usted tomando el pelo, amigo mío! Daniel inquirió, en tono cortés pero frío: —¿Ha sufrido algún desperfecto su automóvil?
    —Creo que no, aunque no ha sido gracias a usted. Una espesa media luna se hundía en el cielo violeta como un botón pasado a medias por un ojal. Las puertas vidrieras de los laboratorios desprendían resplandores sospechosos. Daniel luchó contra la angustia que le oprimía. Forestier era un mal encuentro, pero presentía otros motivos para su malestar.
    —Admitamos que yo iba demasiado aprisa —dijo—. Admitamos también que usted llevaba las luces apagadas. Creo que es lo correcto. Y no hablemos más del asunto. Buenas noches.
    —Un momento, Diersant. Supongo que viene usted a ver al Gran Dragón.
    —Naturalmente.
    —¿Cuestión de trabajo?
    —Sí, traigo unas traducciones.
    —¿A esta hora?¿Unas traducciones?¡Por lo visto, le han ascendido a chico de los recados!
    —Necesito ver a Sarthès en relación con este trabajo. Y no tiene tiempo de recibirme durante el día.
    —Creí que había pasado usted a Cerba... ¿Cómo se explica que continúe haciendo traducciones para Sarthès?
    —Sigo perteneciendo al BTD.
    —¿Sabe Max Roland que trabaja usted para Sarthès?
    —Supongo que no le interesa. Yo no trabajo para fulano ni para mengano: trabajo para la Seac.
    —Porque considera usted que Sarthès es la Seac.
    —¿Acaso no es verdad?
    —Yo me entiendo. ¿Cree usted que Sarthès va a suceder al general?
    —Me importa un pimiento: eso no tiene que ver nada con mi trabajo.
    —En fin, buenas noches.

    Daniel se encogió de hombros y subió a su automóvil. De modo que la guerra continuaba en la Seac, larvada y discreta. Cada uno vigilaba las posiciones de los demás y empujaba sus peones. Daniel pensó que el Gran Dragón había tenido en una época determinada ciertos proyectos para él. Pero esos indeseables se las han arreglado para hacerme abandonar Choisy. El BTD era, mientras no se demostrara lo contrario, un feudo de Max Roland. Tal vez han querido ponerme bajo vigilancia y neutralizarme... Suponiendo que no se trate de una maniobra tortuosa de Sarthès intentando introducir a uno de sus leales en casa del enemigo... Llegado el momento, yo hubiese podido desempeñar un papel, con tal de que Max Roland no se hubiera olido la trampa.

    Daniel estacionó su Volkswagen al lado del BMW de Sarthès. Dio la vuelta a un macizo de rosales y el perfume de las rosas aceleró los latidos de su corazón. Pulsó el timbre de una estrecha puerta de madera rústica, sin pomo ni cerradura visibles. Luego pronunció su nombre en voz baja. Forestier no podía introducirse en las oficinas para sorprender la conversación entre Daniel y el Gran Dragón... lo cual era seguramente su objetivo. Sí, ha debido seguirme, y luego ha tratado de llegar antes que yo al patio, con la intención de ocultarse, tal vez detrás de los rosales, bloquear el cierre de la puerta cuando entrara yo y penetrar en casa de Sarthès unos segundos después... Sí, eso tiene sentido. Pero, ¿por qué me seguía ese cerdo? ¿A causa de Ellen?

    La puerta se abrió silenciosamente. Daniel se aseguró de que volvía a quedar bien cerrada. ¡Forestier había fallado el golpe! Dio media docena de pasos andando de espaldas y se detuvo para recobrar el aliento. ¡Salvado! Cerró los ojos y se sumió unos instantes en una leve somnolencia. Algo golpeó su nuca. Notó un chorro líquido punzante y frío sobre su nariz y su boca. Alguien le rociaba con un aerosol. Había tenido la intuición de que le tendían una trampa, pero una parte de sí mismo, razonable y escéptica, no había querido tomar en cuenta la advertencia... Fue despertado por una intensa sensación de frío en un pie. Estaba tendido sobre una banqueta o un canapé. Su pie se apoyaba sobre una baldosa helada. Una bombilla sin pantalla colgaba encima de él. Estaba completamente desnudo. Un hombre vestido con un impermeable metía su camisa y su traje en un saco de yute. La habitación estaba casi vacía. Una mesa en el centro, dos o tres sillas, una alacena con varias chucherías. Entró una joven rubia con un pote de agua humeante que depositó sobre la mesa. Se oyó un ruido metálico.

    Daniel se irguió sobre un codo y vio que había un hombre tras él, con el sombrero caído sobre los ojos. Surgió un cuarto personaje, con un paquete de ropa bajo el brazo. Un tipo alto, delgado y musculoso, de cabellos que empezaban a grisear, rostro demacrado, con un enorme mentón y una profunda depresión que partía del ojo, cruzaba la mejilla y trazaba una coma en la comisura de los labios. ¡Forestier!

    —¡Vamos, Diersant, no ponga esa cara!

    El eco repitió el final de la frase en el fondo del pasillo. El jefe de Seguridad bajó instintivamente la voz.

    —¡Hay que saber perder, qué diablos! No se puede ganar siempre.

    Daniel dominó su deseo de replicar que él no había ganado nunca. Pero tal vez había ganado en alguna ocasión, sin saberlo. La idea resultó reconfortante. Temblaba de frío. Forestier arrojó a sus pies las ropas que llevaba bajo el brazo. La joven se volvió. Sostenía en su mano una jeringuilla hipodérmica y un paquete de algodón. Daniel percibió un olor a alcohol y trató de levantarse. El hombre que estaba detrás de la banqueta le golpeó en el hombro con el filo de la mano, y Daniel volvió a caer.

    —¿Le doy otro trompazo en la nariz, jefe?
    —No —intervino la mujer—. Ahora no conviene que duerma. Tengo que vigilar el efecto de la inyección.
    —¡Dejadme en paz! —gritó Daniel.
    —No haga el imbécil —dijo Forestier—. No vamos a matarle. Le atontaremos un poco, simplemente.
    —Bueno, ¿qué es lo que quieren de mí?

    Entonces, el tiempo estalló. Daniel tendió la mano con un gesto prudente, acarició a Babar, el elefante rosa, apoyado contra la mesilla de noche, y se sintió completamente tranquilo. Estaba en su cama, en su habitación de la calle Verneuil. ¿Cómo había podido creer otra cosa? Dedicó un vago pensamiento de agradecimiento a la civilización. Una suave voz de mujer canturreó: ¡Pobre marinero — pobre marinero — tú que marchas — hacia la Perte — hacia la Perte en Ruaba!

    Su infancia refluyó en él con una excitante dulzura y recordó.


    3


    Tenía diez años y era el primer día de las vacaciones de verano. La arena caía grano a grano de un arenal más alto que las montañas de color violeta de los países imaginarios. Hubiera podido dar diez veces la vuelta a la Tierra, detenerse en cada brizna de hierba, contar los peces del mar, y el momento de volver a la escuela no hubiese estado todavía allí. Las mañanas se arrastraban por grandes extensiones de tiempo. Las tardes no acababan de morir en la luz del ocaso. Las noches discurrían con las fauces abiertas sobre insondables misterios. Daniel luchaba por arrancarse al mundo. No quería entregarse a la noche. Luchaba desde hacía siglos contra el sueño que finalmente se cerraba sobre él como una mordaza y le vomitaba, asombrado y ebrio, sobre la orilla de un nuevo día. Después de haber chapoteado en las playas del infierno, reencontraba el paraíso con una alegría confiada e incrédula. Se escapaba gritando que iba a ver las truchas en el arroyo, los jabalíes en el bosque o los murciélagos en una cueva. Corría hacia la luz y los sueños del día, en completo acuerdo con el universo y con la cabeza llena de preguntas. Eso ocurría mil siglos antes. Ahora, Daniel tenía treinta y cuatro años y se despertaba para el primer día de las vacaciones. Le habían puesto de patitas en la calle después de pagarle su indemnización. Era libre, y esperaba que todo sería como antaño.

    Emergió lentamente de un sueño poblado de pesadillas. No sabía ya si había soñado tan absurdas y angustiosas peripecias o si sólo había soñado que las soñaba. Además, ¿qué diferencia había?

    Estaba aún muy cansado y al mismo tiempo se sentía como liberado. Una tonadilla popular que cantaba su padre en otros tiempos empezó a flotar en su memoria:

    Tú que vas hacia el extremo sur,
    pobre marinero, cazador de quimeras,
    ¿no temes la cólera
    de los reyes, de los valientes, de los capitanes?


    Abrió los ojos, apartó la sábana y se incorporó sobre un codo. Contuvo la respiración y escuchó. Era como un tam-tam sordo y lejano. Luego se produjo una especie de roce metálico, semejante a esos breves clamores del viento que preceden a veces a las tormentas. Ora dominaba el tam-tam, ora el roce se imponía y parecía acercarse un instante para alejarse de nuevo muy de prisa.

    Escrutó ansiosamente la oscuridad. La pared frente al lecho emitía una leve fosforescencia azulada. Alargó la mano izquierda para alcanzar el interruptor de la lamparilla de la mesilla de noche, pero no pudo coger el hilo. Volvió a dejarse caer contra la almohada, respirando fatigosamente. Aquel ruido debía estar en su cabeza. Entonces, ¿qué? ¿Trastornos del oído interno, lesión coclear, tumor cerebral? Desesperado, deseó dormir de nuevo, hundirse en otro sueño para escapar de una realidad insoportable.

    ...El Volkswagen atravesaba un pueblo bajo la mirada lúgubre y fría de las farolas. Surgió un surtidor de gasolina, rojo centinela contra la noche. Luego la carretera se hundió en el bosque como una lanza en el cuerpo de un monstruo postrado. La luna desapareció. La luz de los faros refluyó contra el parabrisas. Los troncos formaban a cada lado de la carretera una barrera compacta, de color más claro que el follaje. El automóvil se adentraba en un túnel frondoso, como absorbido por el haz de sus faros.

    Luego los árboles se apartaron bruscamente en un viraje. El cielo cayó como un relámpago. A la izquierda se alzaba un acantilado brillante, a la derecha, en pendiente, aparecía la masa confusa de los árboles bordeando un río. Un montón de grava centelleó, luego Daniel percibió el techo blanco de un vehículo aparcado en un refugio, del lado del agua: una ambulancia con un faro azul delante y unas cortinillas azules detrás de los cristales laterales.

    Junto al vehículo había dos hombres completamente inmóviles, como si montaran guardia. Bajo la fría claridad de la luna, sus atuendos de nylon blanco despedían unos reflejos metálicos y siniestros. Unas largas botas blancas envainaban sus piernas, y un globo transparente cubría su cabeza. Daniel detuvo el Volkswagen, se apeó y avanzó hacia ellos. De pronto, vio la inscripción en letras rojas en la ambulancia: Hospital Garichankar. Curioso nombre. ¿Y aquellos enfermeros —o aquellos médicos— que llevaban cascos de cosmonautas? Aquello no era más que la continuación de su interminable pesadilla. Sin embargo, Daniel tenía la certeza de que debía representar su papel hasta el final. Era muy importante, aunque ignoraba por qué.

    Avanzó lentamente hacia los hombres vestidos de blanco. Tal vez iba a descubrir la verdad. Y se preguntó: ¿qué verdad?

    —¿Puedo ayudarles en algo, caballeros?

    El más alto, que tenía el aire de ser el jefe, salió al encuentro de Daniel. Cabellos grises, rostro huesudo, mentón poderoso: es Forestier, desde luego. Pero, ¿qué diablos está haciendo aquí Forestier, Dios mío?

    —Le estábamos esperando, Diersant.

    Daniel se encogió de hombros. ¡Unos polizontes disfrazados de enfermeros! No podría escapar nunca... Los dos hombres le habían rodeado ya.

    —¿Tiene usted su tarjeta?
    —Naturalmente.

    Tendió el rectángulo marrón, barrado de amarillo y con una antigua fotografía, que Forestier le devolvió inmediatamente.

    —¿Se está burlando de mí, Diersant?¿Me toma por un imbécil, o acaso se ha vuelto loco?

    Daniel no supo qué contestar. Miró la tarjeta. En vez de la sigla de la. Seac, había solamente tres letras mayúsculas cuyo sentido le resultaba desconocido: HKH...

    Cerró los ojos y escuchó. Cada tres o cuatro segundos, un choque sordo se superponía a un fragor monótono y lejano. Un golpe de gong, luego otro y otro. Y más débilmente un ruido de címbalos y una especie de pizzicato tenue y burlón. El conjunto constituía un rumor angustioso. Sin soltar la tarjeta marcada HKH, Daniel se tapó los oídos con las manos. El fragor y los címbalos se apagaron, pero el gong persistió.

    —Tiene usted mucho atrevimiento, Diersant. ¡Presentarme, a mí, una tarjeta HKH falsificada!

    Daniel abrió los ojos y bajó lentamente los brazos. Forestier le miraba con una expresión a la vez estupefacta, admirativa, despectiva y furiosa.

    —¿Por qué está falsificada esta tarjeta?
    —Porque lleva la firma Huber Hagen Hess. HHH... ¡Es la falsificación más burda que he visto nunca!

    Daniel tiró la tarjeta. Forestier hizo una seña a su compañero. El segundo hombre llevaba un largo cilindro, que entreabrieron y se convirtió inmediatamente en una camilla. Forestier cogió a Daniel por el hombro. Evidentemente, querían obligarle a tenderse sobre su aparato, el cual permanecía inmóvil en el aire, sin apoyarse en nada. Pero él no estaba enfermo ni herido, y no tenía el menor deseo de subir a su maldita ambulancia. Se desasió, retrocedió de un salto y corrió hacia su automóvil. Avanzó apenas diez pasos y se detuvo, aterrorizado: el Volks no era más que un montón de chatarra. La parte delantera y el lado derecho estaban completamente aplastados. Pensó: ¡Dios mío, si hubiera estado al volante...! El accidente explicaba quizá la presencia de los hombres vestidos de blanco y su equivocación. Pero no, rectificó, no se trata de una equivocación; es una trampa...

    Con una mano, Forestier empujó la camilla, que se deslizó por el aire como un globo infantil empujado por el viento. Daniel se preguntó si valía la pena decirles a aquellos exaltados que no se encontraba en su automóvil en el momento del choque y que ni siquiera estaba herido. No, no querrían saberlo. Dio un nuevo salto en el tiempo. Se despertó con la cabeza entre sus brazos y los codos apoyados sobre el volante del Volks. ¡Dios mío, y mi cita!

    Le espero esta noche a partir de las nueve y media, en mi oficina —había dicho el Gran Dragón—. Estaré allí hasta medianoche. Podrá contarme su historia. Robert Sarthès era el hombre del secreto, de la noche, del trabajo solitario en la sombra. ¿Esta noche... esta noche?¿Hoy, 20 de noviembre de 1966?

    Las luces de la ciudad lloraban sus pequeñas lágrimas grasientas e irisadas a través de la niebla. De cuando en cuando, el Volks se echaba sobre un monstruo con cuerpo de ectoplasma, se dejaba tragar y luego, inmediatamente escupido, surgía a la noche de invierno desnudo, metálico y helado. Daniel tuvo que aminorar la marcha. Había puesto la calefacción y se sentía de nuevo preso de una leve somnolencia. Llegó a Choisy por la orilla derecha y enfiló la avenida de Villeneuve un poco antes de la fábrica. ¿Qué le voy a contar a Sarthès? De todos modos, llegaba muy temprano. Paró el coche, se apeó y dio unos pasos por la acera para desvelarse. El cielo estaba muy claro. Vio a Orión delante de él, a su izquierda, inmediatamente encima de las casas. Normal, a finales de noviembre. Se preguntó si no sería una buena idea ir a comer un huevo y un filete en una taberna. Pero no tenía hambre ni sed. En cambio, temblaba en su traje de verano. Levantó de nuevo los ojos hacia Orión. Rigel quedaba oculta, pero veía claramente el tahalí y Betelgeuse, Aldebarán más alta a la derecha, Cástor y Pólux a la izquierda... Todo aquello correspondía a la estación... pero el Volks sólo había recorrido cuatrocientos kilómetros desde el 18 de julio, fecha del último repaso del motor. Pues bien, estamos a 31. Max Roland me recibió el 30 —ayer—, para comunicarme mi despido. Al regresar a casa tomé dos o tres comprimidos de mebsital, y al día siguiente, es decir, esta mañana, estaba lo bastante lúcido como para telefonear a Sarthès y pedirle una cita. El efecto cronolítico se manifiesta pues con unas horas de retraso. La carta de Nerek, la bofetada de Monika, la niebla del 20 de noviembre y Orión: ¡fantasmas! Subió de nuevo a su automóvil y se dirigió hacia la fábrica.

    Un refuerzo del muro formaba una especie de túnel al fondo del cual se abría la verja. Daniel avanzó por él e hizo sonar el claxon dos veces. El vigilante nocturno se dejó ver, hizo un gesto y se acercó a la puerta. Era un ex gendarme muy consciente de su importancia: con toda seguridad un hombre de Forestier y de Max Roland. Daniel se resignó a apearse y avanzó hasta la verja.

    —¿Qué desea usted a esta hora?

    Daniel tendió su tarjeta de la Seac.

    —Estoy citado con el Gran Dragón.
    —Ah, sí, Diersant. Ya le he visto por aquí.
    —Más de una vez.
    —Bien, voy a telefonear.
    —No es necesario, Sarthès me espera.
    —Es el reglamento. Son más de las nueve.
    —Como quiera.

    Sarthès confirmó la cita y un minuto más tarde Daniel rodaba por la avenida principal. Los edificios de la fábrica amurallaban contra el cielo el inmenso patio rectangular. Un amplio decorado de hielo y la claridad de la luna resbalando sobre los icebergs. Vienes del frío y... ¡siniestro! Súbitamente, una masa oscura apareció delante de él, cortando la carretera. Un automóvil, con todas las luces apagadas. Daniel lo evitó dando un golpe de volante y frenó muy a tiempo. Los dos vehículos se habían rozado y sus parachoques habían tropezado ligeramente uno contra otro. El 404 gris metalizado venía de los garajes por la avenida perpendicular. Su conductor se había lanzado sobre la avenida principal, muy cerrado a la derecha. Luego había saltado del coche y rodado sobre el césped. ¡Sí, ese canalla ha preparado bien el golpe para que yo aparezca como culpable! Era Forestier: no podía ser nadie más que él. Un tipo alto que llevaba una chaqueta a cuadros y un sombrero de fieltro caído sobre los ojos: el jefe de los polizontes de la Seac. ¿Qué diablos hace aquí, Dios mío? Ha debido seguirme. Eso es, me ha seguido, y cuando se ha dado cuenta de que me dirigía a la fábrica ha tratado de llegar antes que yo. Ha entrado por los garajes, pero ha perdido tiempo y...

    —¿Qué diablos hace usted aquí?—gritó Forestier—. ¿Cree que está en la autopista?
    —Estoy en la autopista —respondió Daniel tranquilamente. Una tranquilidad engañosa. En realidad, estaba al borde del pánico.

    Forestier se echó a reír brutalmente.

    —¡Me está tomando el pelo!
    —No puedo permitirme ese lujo. ¿Ha sufrido algún desperfecto su automóvil?
    —No, creo que no. Aunque no habrá sido gracias a usted.

    Una espesa media luna esparcía una claridad grasienta. Se había hecho un relativo vacío en el lugar de Orión. Cástor y Pólux habían desaparecido también. Más arriba, Daniel observó el triángulo Altair-Deneb-Vega, esta última muy pálida a causa de la luna y casi en el cenit. La posición de las estrellas correspondía a la época veraniega. La temperatura era tibia. Las cosas habían vuelto a su lugar por sí mismas. En otras palabras, la crisis se alejaba, tal vez se disipaba el efecto del mebsital... suponiendo que fuera el mebsital.

    Una luz brillaba en el primer piso de un pequeño edificio situado al fondo del patio. Sarthès velaba. Daniel alzó la mirada, suspiró. Algo de la serenidad celeste penetró en él. La calma era extraordinaria. Veamos, ¿qué día es hoy?

    Se volvió hacia Forestier.

    —Admitamos que yo iba demasiado aprisa —dijo, en tono conciliador—. Pero usted llevaba todas las luces apagadas. Es lo menos que se puede decir. Ahora estamos a la par. Buenas noches.
    —Un momento, Diersant. ¿Qué hace usted aquí?
    —¿Y usted?
    —Yo estoy cumpliendo con mi obligación. Y le advierto que si su respuesta no es satisfactoria, haré un informe acerca de usted.
    —Traigo unas traducciones.
    —Traigo unas traducciones.
    —Traigo unas traducciones.
    —Traigo unas traducciones. ...distinguió al claro de luna algunas rosas de un blanco casi malva. No conocía su nombre y lo lamentó: uno debería conocer siempre el nombre de las flores que encuentra en su camino.

    Pulsó nerviosamente el timbre de una puerta de madera rústica y se anunció en voz baja. Ese cerdo de Forestier ha adivinado que me dirigía a casa del Gran Dragón. Ha debido tratar de llegar antes que yo al patio de la fábrica, con la intención de ocultarse para observarme, y luego bloquear la cerradura de la puerta detrás de mí y entrar inmediatamente después. Sí, eso tiene sentido. Pero, ¿por qué me seguía?

    La puerta se abrió silenciosamente. Daniel dio unos pasos andando de espaldas para asegurarse de que volvía a cerrarse completamente. Estaba a salvo. Se detuvo en la escalera para recobrar el aliento y dominar su emoción. Ninguna amenaza podía alcanzarle aquí, en el antro del Gran Dragón.

    —Entre, Diersant. Le estaba esperando.

    La estancia, en la que dominaban el rojo de las alfombras, el negro de los sillones y el caoba de los escritorios y de las mesas, no era muy grande, pero media docena de personas podrían haberse sentido a sus anchas en ella. Esto era debido a los amplios ventanales, a la altura del techo y al reducido tamaño de los muebles esparcidos en un sabio desorden. Decorado y ambiente prefabricados...

    —¡Me alegro de verle!

    En Sarthès, se observaba en seguida lo macizo de la silueta y del rostro. Luego se descubría la anchura del torso, la potencia de la cabeza y del cuello, la fisonomía cuadrada bajo una espesa cabellera gris. Finalmente, la estatura: un metro ochenta y cinco, al menos. El Gran Dragón llevaba una chaqueta de estar por casa a cuadros y un pantalón de franela arrugado. Sus ojos chispeaban detrás de las gafas de gruesos cristales. Tenía el aire de un pez de los abismos.

    Sobre su escritorio, un Hermes de yeso (rostro desconocido de Daniel con un aire vagamente futurista, una novedad...) compartía la superficie con una máquina de calcular Dunn 101, el interfono, los dos teléfonos tradicionales y un terminal de ordenador. Sobre una mesa baja, una Biblia moderna en dos tomos y la Memoria de la Seac (obra del propio Sarthès). En las paredes, varios diagramas y gráficos que Daniel no recordaba haber visto y cuyo sentido se le escapaba por completo, y un desnudo figurativo: una joven escultural y musculada que ofrecía a los visitantes el espectáculo de su espléndida anatomía.

    Sarthès golpeó la esquina de la mesa con la cazoleta de su pipa.

    —¿Un whisky?
    —Seco, por favor.

    El Gran Dragón estaba retrepado en su sillón y parecía invadido por cierta somnolencia, pero Daniel le sabía atento y lúcido. En la pared había un pequeño calendario en un marco de madera. 31 de julio de 1966. Todo marchaba bien. Todo marchaba bien. Todo marchaba bien.

    —Hoy mismo he establecido contacto con mis amigos de Nerek —dijo Sarthès—. Desde luego, podrán encontrarle algo. Pero con una condición: que acepte usted abandonar Francia por cinco años, como mínimo. ¿Es posible?
    —¿Abandonar Francia para ir a dónde?
    —A América, desde luego. A los Estados Unidos.

    Daniel suspiró. América, aquel engañabobos, aquel falso paraíso, aquella trampa... Struggle for life: que gane el mejor... ¡o el más granuja! Feroz competencia a todos los niveles, sin tregua y sin piedad.... Pero los oasis de paz y de felicidad sólo existen en las novelas de ciencia ficción... con reparos. A menos que uno sea multimillonario, claro está. Hay que resignarse, América, ¿por qué no? Daniel tenía la sensación de que todas las decisiones importantes para él eran tomadas en otra parte, no sabía dónde. En el Pentágono, en la caverna de la Agharta o en algún misterioso consejo de administración.

    —Creo que debe ser posible —dijo prudentemente.
    —Hay otra solución —dijo el Gran Dragón.

    De cuando en cuando, daba una chupada a su pipa y expelía lentamente el humo. Hablaba con una voz sorda y algo cantarina, en la cual persistía el acento de los Pirineos... Daniel percibió una franja de cielo azul-negro, entre dos cortinajes. La fábrica, la ciudad y el mundo estaban al otro lado de la pared, inofensivos, como exorcizados.

    —¿Ha oído hablar de HKH?—preguntó Sarthès?

    Una mancha clara se redondeaba en medio de la ventana: el halo de un farol tamizado por la bruma o una simple ilusión óptica. Daniel centró su mirada en aquella pálida nebulosa que tal vez no existía más que en su imaginación. Cambiaba de forma y parecía girar sobre sí misma. No tardó en ser perforada por dos agujeros oscuros, y luego por un tercero debajo, y Daniel reconoció una calavera esquematizada como las que dibujaba en su infancia, en la época de su pasión por los piratas. Una advertencia. Una especie de premonición... ¡HKH! He caído en una trampa. Se puso en pie.

    Sarthès se echó a reír.

    —Creo que conoce usted a HKH.

    ¡Ese cerdo me ha traicionado! ¡Todos están contra mí! Notó que sus rodillas se doblaban y cayó hacia adelante. Fue despertado por una sensación de frío muy localizada pero muy viva. Su pie descalzo se apoyaba sobre una baldosa helada. Estaba tendido sobre una banqueta o un canapé. Una bombilla sin pantalla colgaba encima de él. Se dio cuenta de que estaba desnudo. Un hombre con impermeable metía sus ropas en un saco. La habitación estaba casi vacía: una mesa, algunas sillas, una especie de alacena... Debía oler a humedad, pero Daniel tenía aún en la nariz y en la garganta un fuerte olor químico. Le habían dormido con un generador de micronieblas. Entró una joven rubia con un pote de agua humeante que depositó sobre la mesa. Se oyó un ruido de metal y de vidrio entrechocando. La mujer volvió la espalda, ocultando sus manos. Daniel se incorporó sobre un codo y vio que había un hombre detrás de la banqueta. Volvió a dejarse caer.

    Llegó un cuarto personaje con un paquete de ropa bajo el brazo: un tipo alto, flaco y musculado, cabellos grises, rostro cuadrado, mentón duro, con una arruga profunda como una cicatriz partiendo del ojo y cruzando su mejilla. El jefe de Seguridad de la Seac, Forestier.

    —Vamos, Diersant, hay que saber perder, qué diablos. ¡No se puede ganar siempre!
    —¿Qué quiere decir eso?
    —Se cree usted muy fuerte, ¿eh?

    Forestier tiró las ropas al suelo delante de Daniel. La joven se volvió. Sostenía en su mano una jeringuilla hipodérmica y un trozo de algodón. Daniel intentó levantarse. El hombre que estaba detrás de él le golpeó en el hombro con el filo de la mano.

    Daniel volvió a caer sobre la banqueta.

    —¿Le doy otro trompazo en la jeta, jefe?
    —No —intervino la mujer—. No conviene que duerma. Tengo que vigilar el efecto de la inyección.
    —¡Déjenme en paz! —gritó Daniel.
    —No haga el imbécil —dijo Forestier—. No vamos a matarle. Le atontaremos un poco, simplemente.
    —Bueno, ¿qué es lo que quieren de mí?

    El jefe de la Seguridad miró a la joven. —¿Se lo digo?

    —Como quiera. De todos modos, no lo recordará.
    —Se trata de eso, amigo. No recordará usted nada. Olvidará incluso su nombre. Al menos durante algún tiempo. Después se acordará poco a poco, excepto de lo que ha pasado esta noche. Las últimas horas antes de serle inyectado ese producto: nada más. Le soltaremos en el campo, a unos centenares de kilómetros de París. Y antes de que sepa quién es y pueda demostrarlo, pasarán varios meses. Usted debe conocer este producto: procede de sus amigos de Nerek & Frobacher. El NF 7009: un amnésico. Se encuentra en fase experimental... y vamos a experimentarlo. Lo peor que le puede ocurrir es que tenga que pasar un par de años en un asilo. Cosa e a mí no me haría llorar. Adelante.
    —Ahora, si no se está quieto, tendremos que dormirle con un aerosol —dijo la joven—. Y eso aumentará los riesgos, porque debo vigilar su corazón y darle otra inyección en caso de desfallecimiento. Y yo no soy médico. Sería preferible que pudiera usted decirme lo que siente durante los primeros minutos.

    La joven se obligó a sonreír. Sus cejas redondas y altas daban a sus ojos un aire desencajado. Sus mejillas hundidas, su nariz ligeramente achatada y su boca contraída traicionaban su ansiedad. Tenía miedo. Sus facciones se grababan en la memoria de Daniel. Tal vez no volvería a ver nunca otro rostro inclinado sobre el suyo. Tendió su brazo. Las manos de la joven temblaban ligeramente. Daniel cerró los ojos. Apenas notó el pinchazo. Un suave calor invadió progresivamente su brazo y luego el fondo de su garganta.

    —Muy bien —dijo Forestier—, ya está. Vístase.

    Daniel se puso en pie y empezó a vestirse: una ropa interior usada y un traje de color azul petróleo que tenía más de diez años de vida. Cuando se disponía a ponerse la chaqueta, la mujer le interrumpió:

    —No, la chaqueta aún no, por si es necesario que le dé rápidamente otra inyección.
    —La chaqueta no me hace falta. Estamos a 31 de julio, ¿no?

    Los otros no hicieron ninguna observación. Era el 31 de julio. O le engañaban a sabiendas.

    —Las noches son frescas —dijo Forestier—. Este es el peor de los veranos que recuerdo.

    Daniel volvió a sentarse, sumergido por una ola de aquel fatalismo que era sin duda el fondo de su carácter. Finalmente, se reencontraba a sí mismo: un hombre entregado totalmente al destino. Y, por ese mismo hecho, liberado.

    —¿Cuánto tiempo tenemos que esperar?—preguntó el hombre del impermeable.
    —Media hora, aproximadamente —respondió Forestier.

    La joven agitó la cabeza. Abrió una ampolla y preparó otra jeringuilla. Daniel se sentía débil y febril. La mujer se sentó a su lado en el canapé y le cogió la muñeca.

    —¿Cómo se siente?
    —Bien, pero tengo frío.

    Forestier cogió la chaqueta azul y la echó por encima de los hombros de Daniel. Los dos comparsas observaban la escena con visible inquietud. Daniel apoyó la cabeza en el respaldo de la banqueta y cerró de nuevo los ojos.

    —¿Qué es lo que pasa?—preguntó Forestier a la joven—. ¿Se ha dormido?
    —No, creo que no. Tiene el pulso débil. Sí, estaba previsto, pero estoy un poco preocupada.
    —Dele esa inyección.
    —Supongo que tendré que dársela. Pero creo que lo mejor sería llamar a un médico.
    —¿Se ha vuelto loca? —Un médico amigo. Podríamos avisar a...
    —¡Nada de nombres! —gritó Forestier.
    —Espero que no nos veremos metidos en ningún jaleo —dijo uno de los hombres.
    —Quisiera dormir —dijo Daniel—. Hasta ahora he llevado una vida completamente idiota y estoy muy cansado. Quisiera dormir mucho tiempo... y despertarme a orillas del mar... en una playa de arena blanca y...
    —Voy a darle la inyección —decidió la mujer.

    Se arrodilló delante de Daniel.

    —Si sucede algo, el único responsable será usted —le dijo a Forestier.
    —No se preocupe, HKH nos cubre.
    —De todos modos, insisto en que sería preferible llamar a un médico.
    —¡No! Confío únicamente en que ese producto responda a lo que se espera de él.
    —¿Se refiere al NF 7009?
    —Sí. No se trata de un simple amnésico. Es un cronolítico, ¿no es cierto?
    —Y nosotros, ¿qué hacemos?—preguntó uno de los hombres.


    4


    Vivía en un estudio en la calle Verneuil, en el quinto piso. En aquella habitación, un poco oscura, amontonaba recuerdos de su infancia, las tarjetas postales de sus amigos y las invitaciones a viajar de las oficinas de turismo. Un solo lujo, el teléfono. La fotografía de un chiquillo de cabellos cortos y ojos demasiado brillantes: Daniel Diersant a la edad en la que soñaba con piratas y con indios. Había escrito su nombre al dorso de la fotografía, con esta dedicatoria a sí mismo: "Soy un gran jefe del país frío, conduzco mi trineo más rápido que el viento. Hasta pronto."

    Sobre la cómoda, un muñeco de goma: Mickey Mouse cosmonauta. Y sobre la cama, la alfombra, una butaca o en otra parte, un elefante rosa como los que ven cuando están ebrios ciertos caballeros falsamente ampulosos y un poco cabezas de huevo que Daniel había admirado siempre en la literatura anglosajona. Era un prototipo de los plásticos especiales que la Seac fabricaba en Choisy: flexibles, resistentes, incombustibles, etc. Como único cuadro, una vaca rojiza en un verde prado, con un koan zen debajo: "Después de andar cuatro mil días, la vaca llega al final del universo; ¿qué hace?"

    Daniel se levantó bostezando y frotándose sus doloridas sienes. ¡Asquerosa pesadilla! ¿Qué mal se ocultaba en su cerebro? No le gustaban esos calores precoces de junio que abren el verano con una fogosidad brutal. Necesitaba suaves transiciones en la vida. La vida entera tal vez sea una transición, se decía sin creer en ello. Sí, imbécil, una suave transición entre nada y nada. ¡Y no tan suave! Se arrastró hasta el cuarto de baño. De todos modos, lo que le molestaba no era el tiempo que h ce, sino el tiempo que pasa. ¿Podía desquiciarse también este último? Absurdo. Se miró con curiosidad en el espejo del lavabo. Tenía los ojos ligeramente asiáticos los labios gruesos, el mentón algo huidizo, la nariz un poco achatada. Sus cabellos claros avanzaban en desorden sobre su frente cruzada por dos arrugas muy finas que le conferían el aire de un niño ocupado en resolver un problema demasiado arduo para su edad. Resultaba curioso: si hubiera visto aquella cabeza sobre los hombros de un sosia, sin duda no la hubiese reconocido.

    Tomó un comprimido de alcasogyl Cerba (una especie de aspirina) con un sorbo de agua y abrió distraídamente un tubo de mebsital Nerek. Hizo rodar en su mano izquierda una gragea de un blanco casi malva. Todas las drogas le atraían sin que tuviera realmente el deseo de usarlas. Coleccionaba las muestras de productos farmacéuticos, empezando desde luego por los de Nerek y Cerba. Las jóvenes que llevaba a su casa quedaban fascinadas por los pequeños frascos multicolores. Y algunas no resistían a la tentación de deslizar un tubo de somnífero en su bolso. Por algunos barbitúricos, aquellas bellas nerviosas de cuerpo tarifado hubieran dado su alma. Olfateaban también con envidia y desconfianza las píldoras azules de nidopan, el anticonceptivo Cerba.

    Pero el frasco de mebsital estaba oculto. Daniel sólo tenía uno y no quería exponerse a que le robasen aquella pieza rara. Además, Ellen le había dicho que iban a retirar el producto de la circulación, a causa de los efectos secundarios, que superaban todo lo que se había imaginado. Los investigadores de Nerek habían querido reunir en un solo compuesto los medios del narco-análisis, de la anfetamina y del oniro-análisis. Se afirmaba que el mebsital hacía más permeable la barrera del inconsciente admitiendo que existiera un inconsciente y una barrera—, y de ahí la aparición de sueños de un rico contenido simbólico... admitiendo que existieran unos sueños y os símbolos. Pero el Ministerio de Sanidad francés había negado su visto bueno. A causa de los efectos cronolíticos, pretendía Ellen.

    —¿Qué es la cronólisis?
    —Una perturbación profunda del tiempo.
    —¿En la mente del sujeto?
    —Naturalmente, pero si se tiene predisposición o si la dosis es excesiva, el tiempo termina por no existir para el enfermo. Entonces, el sueño puede prolongarse indefinidamente. Sustituye a la realidad, y de ahí que en algunos casos resulte imposible el retorno al estado de vigilia. Y unos minutos le parecen a veces días o meses al soñador. Se han producido ya accidentes muy graves: la locura o la muerte...
    —Es curioso que oiga hablar de ello por primera vez.
    —Los laboratorios se esfuerzan en mantener el secreto sobre ese fenómeno...

    Daniel se tumbó en la cama, dejó el tubo sobre la mesilla de noche y cruzó las manos detrás de la nuca, su postura favorita para la meditación. No podía creer enteramente en aquella historia de cronólisis. ¿Por qué no probarlo?¿Una gragea o dos?¿O medio tubo? No acababa de decidirse.

    Viajar... ¿Es cierto que no se llega a ninguna parte? Tal vez existe algún modo de salir, alguna puerta cuyo secreto se transmiten los privilegiados de siglo en siglo. No, ya no hay islas vírgenes ni superiores desconocidos. A menos que...

    ¿Por qué tomar el camino del sur? El sur es la muerte. El futuro se dibujaba en gris. Daniel se decía que hubiera preferido un verdadero fracaso, con sus consecuencias: la lucha por la vida y no únicamente por los mejores puestos. Por encima de las lamentaciones, una vaga cólera crecía en él. ¡Me las pagarán!

    Pero, ¿contra quién volverse? No hay nada más estúpido que odiar al mundo entero. O tal vez no hay nada más juicioso...

    Dio un salto en el espacio y el tiempo. Había franqueado la doble puerta del santuario. Se detuvo, deslumbrado, como un prisionero que acaba de salir de un oscuro calabozo. Había vivido o soñado aquella escena centenares de veces. De repente adquiría una dimensión simbólica y resumía su suerte subalterna, sus sentimientos de culpabilidad, su miedo secreto al juicio de Dios y de los hombres.

    Muebles de época, tapices firmados y cuadros de maestros: cosas que él apenas apreciaba y que en realidad detestaba. Y se reprochaba a sí mismo el dejarse impresionar por aquellos signos externos del poder. Alto, imperioso, discretamente elegante, el Administrador delegado Max Roland le esperaba, al abrigo de un lujoso escritorio, separado de las butacas de alto respaldo, destinadas a los visitantes, por un no man's land de tres o cuatro metros.

    —Siéntese, Diersant.

    El Administrador delegado se mantenía al acecho detrás de su ciudadela cincelada. Sus gafas de cristales alargados y sin montura le daban, cuando sonreía, el aire de un intelectual norteamericano de los años cincuenta: mitad anuncio de dentífrico, mitad animal harto. Gran patrono. Semidiós. Un pato salvaje que se considera el cisne blanco del jardín eterno, decía Sarthès. Una corriente de aire casi fresco barría silenciosamente el escritorio. Max Roland hojeaba un expediente, al parecer de un modo maquinal, aunque quizá no había que confiar en aquel aire aburrido y distraído, camuflaje demasiado clásico del carnicero que se dispone a saltar sobre su presa. De pronto, alzó los ojos y apoyó las palmas de las manos sobre la mesa.

    —Antes de ingresar en la Seac estaba usted en la empresa Laurent-Duvernois, ¿no es cierto? —Sí.
    — Incluso trabajó en la puesta a punto de su famoso D-aminogel...
    —Sí.
    —Por lo tanto, los Laboratorios Laurent-Duvernois le habían empleado como químico...
    —En efecto.
    —¿A qué se debe que sea usted ahora traductor? Es una evolución curiosa.
    —Esa evolución, como usted la llama, ha sido decidida por la Seac.
    —Explíquese.
    —No soy yo quién tiene que explicarse, señor. Supongo que en un momento determinado había demasiados químicos, e insuficientes traductores técnicos. Yo había hecho siempre traducciones... a menos que me hayan atraído a una trampa.
    —Además, tiene usted treinta y cuatro años y no está casado.

    Daniel se encogió de hombros. Max Roland continuó:

    —Ya sabe usted que los psicólogos atribuyen mucha importancia a esos detalles. Podrían sospechar que permanece usted soltero porque a la edad de dos años y medio soñó que asesinaba a su padre a hachazos para casarse con su madre. Pero supongo que no es ese el caso.

    Un helado resplandor brilló por un instante en la mirada de Max Roland. Daniel no se tomó la molestia de añadir un comentario a aquella broma bastante siniestra.

    —Y ahora, ¿cuáles son sus proyectos?

    Daniel vaciló. Siempre hay que fingir amor al dinero, para no resultar sospechoso en un mundo en el que el dinero es dios. Daniel se creía capaz de engañar a cualquiera. Se esforzó en admirar el horrible péndulo de bronce que le ocultaba los papeles colocados delante del administrador.

    —Naturalmente, me gustaría mejorar mi situación.
    —¿Y podría decirme lo que significa esto?

    Es mi destino, pensó Daniel. Por una vez que estaba dispuesto a seguir el juego, tiene que ocurrir esto... Max Roland le tendió una hoja de papel que Daniel cogió con una mano un poco temblorosa. Como si supiera ya de qué se trataba... Era una carta, y vio que estaba dirigida a él. Los Laboratorios Nerek & Frobacher al señor Daniel Diersant.

    ¿Cómo había caído en manos de Max Roland? ¿Otra hazaña de Forestier?

    Leyó:

    Muy Sr. nuestro:
    Por mediación del Sr. Robert Sarthès nos hemos enterado de que quedará usted libre a partir del 1 de octubre de 1966. Al parecer, la experiencia profesional que ha adquirido en la Oficina de Documentación Técnica de la Seac, y en el Centro Europeo de Bioquímica Aplicada (C.E.R.B.A.), así como su doble formación técnica y lingüística, corresponden a las calificaciones exigidas para un cargo a proveer en Wilmington (Delaware), en la sede de nuestra filial común con Du Pont de Nemours.


    Daniel cerró los ojos. ¡Es una falsedad, no tiene ningún sentido! ¿Por qué han inventado eso? Al mismo tiempo, no podía evitar el esperar que la carta procediera efectivamente de Nerek y que hubiera sido misteriosamente intervenida por Forestier, los tipos de la Seac o de Cerba. Y se avergonzó de aquella esperanza pueril. ¡Idiota! ¿Así que crees aún en ello?¡Lo que te faltaba! Volvió a abrir los ojos y se fijó en la fecha: 19 de septiembre de 1966. Una trampa. ¡Era una trampa cronolítica! Estamos a 30 de julio, sin duda alguna. Anoche me dejé localizar por Forestier en la fábrica de Choisy... Miró a su alrededor, pero no vio ningún calendario.

    —La fecha...
    —¿Qué pasa con la fecha?

    Daniel renunció a continuar para no evidenciar su angustia. Sí, son fuertes. ¿Para qué discutir? Siempre tienen razón. Devolvió la carta con un gesto de cansancio. Tal vez tendría que habérsela quedado, puesto que iba dirigida a él. Pero estaba demasiado cansado. Deseaba acabar de una vez con todo aquello.

    —No entiendo nada —dijo—. Si esa carta me hubiese sido enviada por Nerek, estaría en mi poder y no en el suyo. ¿A qué día estamos?

    Max Roland le miró fríamente.

    —Estamos en el último día de su colaboración con la Seac. Pase por Caja esta tarde para cobrar su liquidación.

    Daniel volvió a encontrarse en la calle después de haberse cruzado con Forestier en los pasillos de la sede. El jefe de Seguridad exhibía una sonrisa victoriosa. ¿Están tratando de volverme loco, o qué? ¿Qué es lo que no encaja? Se detuvo en un bar. Nunca había tenido tendencia a buscar en el alcohol la solución de sus problemas, y no podía permitirse aún el lujo de la embriaguez. Necesitaba más que nunca toda su lucidez. Se concedió un solo vaso y bebió lentamente, evitando mirar el calendario colgado de la pared al lado del teléfono. El tiempo era gris, el sol tenía un aspecto de leche cuajada. A las cuatro y cuarto, la noche parecía ya a punto de caer. Daniel temblaba en su traje de verano. A su alrededor, los hombres llevaban gabardinas o pellizas, las mujeres abrigos o impermeables. Vio un quiosco de periódicos y pensó que tenía que enfrentarse con la verdad ahora o nunca. Compró el France-Soir, pero no encontró el valor suficiente para mirar la fecha hasta que entró en el refugio de su automóvil. Al abrigo del mundo y del tiempo. Y sin embargo tenía frío, tenía miedo. El periódico era del 20 de noviembre. Recordó la advertencia de Ellen. El mebsital producía tal efecto cronolítico que Nerek había tenido que retirarlo del mercado. ¡Dios mío! ¿Qué es lo que he hecho?¿Un experimento?¿O he intentado suicidarme con esa porquería? Y ahora lo he olvidado todo... ¡Pero eso no tiene sentido!

    No importa cómo, había perdido la clara noción del tiempo. Un vacío de varios meses se abría en su memoria. Era algo más que una simple amnesia. O algo menos. Recobró poco a poco la calma. Se sentía lúcido. Pero su lucidez no le devolvería los tres meses escamoteados, del mismo modo que no le hubiese ayudado a sanar de una enfermedad de hígado o de un tumor en el cerebro. Cuanto más trataba de recordar, más le invadía la cólera. ¡Esos cerdos me las pagarán! Apretó los puños contra sus sienes. ¡Es preciso que yo haya vivido durante ese tiempo! He trabajado, pues... en la Seac, en Cerba o Dios sabe dónde. Sacó su cartera del bolsillo interior de su chaqueta, la abrió. Tenía dinero: un fajo entero de billetes de quinientos francos. Mi liquidación... intacta, Dios mío. ¿Y la carta? Bueno, la carta no existía. Era una pesadilla cronolítica. Lo que temía o lo que esperaba se mezclaba en su mente con lo que realmente le sucedía. Pero, ¿qué puedo hacer? ¿Regresar a mi casa y pedir ayuda? No tenía el menor deseo de confiarse a los psiquiatras. Tal vez podría arreglárselas solo, sobre todo si no había cambiado de empleo ni de alojamiento. Veamos, las llaves. Sí, aquí están. Las llaves de su casa, en la calle Verneuil. Se enterneció un poco pensando en Babar, su elefante rosa. Pero no tenía ganas de regresar. O tal vez tenía miedo. La idea de volver a encontrarse solo en su habitación le aterraba.

    Cruzó los brazos sobre el volante, apoyó la frente sobre el dorso de su mano para reflexionar. Tal vez Ellen se había marchado ya de Francia. No lo recordaba.

    Cuando la había conocido, vivía en un hotel cerca de la estación del Este, pero él la encontraba casi siempre en casa de su amiga Monika Gersten, en Montmartre. Aquello parecía muy lejano en el espacio y el tiempo. Decidió arriesgarse a la expedición, aunque sin gran esperanza.. Tercer piso. Señorita Monika Gersten, periodista... Sí, Monika se decía corresponsal de varios periódicos alemanes. Daniel sintió vértigo y tuvo que apoyarse contra la pared. Por esta vez, amigo mío, estás salvado. Esperó unos segundos antes de llamar. Tal vez Ellen estaría allí. Por otra parte, no tenía importancia. Monika sabría cómo advertir a su amiga.

    Tocó con la mano un radiador ardiente. La calefacción central funcionaba. Normal, un veinte de noviembre. Su angustia se disipó un poco. Llamó. Con tal de que Monika estuviera en casa. Reconoció el paso ligero y ruidoso de la joven. El alivio que experimentó entonces le hizo medir la intensidad de su confusión. Monika abrió la puerta con un gesto brusco y miró fríamente a Daniel. Casi como Max Roland le había mirado unas horas o unos meses antes. Llevaba un vestido de noche de color rojo. El corpiño ajustado en la cintura se entreabría en el pecho realzando sus senos. Sus cabellos rubio-rojizos dejaban al descubierto su frente y sus orejas. Su rostro era de un óvalo muy alargado, su nariz pequeña y recta, sus labios de trazo firme. Daniel sonrió. Por un instante temió haberse equivocado. Era Monika Gersten, desde luego. La admiró, asaltado por recuerdos inciertos, luchando entre el deseo y una angustia indefinida.

    —Hola, Monika —dijo—. He vuelto.

    Pero la alemana no se apartó para dejarle entrar, y su mirada no se suavizó. Daniel dio un paso hacia ella. Entonces, ella le abofeteó con todas sus fuerzas, por dos veces, izquierda y derecha, sin un grito ni una palabra. Daniel retrocedió, y Monika aprovechó la ocasión para cerrar violentamente la puerta.

    Daniel volvió a descender a la calle, desconcertado. Ni siquiera trataba de comprender. Monika era ahora su enemiga. Ellen también, quizá. Habían pasado más de cien días desde su último encuentro, al menos del último que recordaba. A no ser que... Se le ocurrió una idea. Abrió el capó del Volks para examinar la etiqueta de repaso del motor. La fecha: 18 de julio de 1966. El kilometraje: 74650. Saltó hacia la parte delantera para ver la cifra del cuentakilómetros: 75072. Volvió a cerrar el capó, se sentó al volante, tiró de la portezuela, cerró los ojos. Dormir. Aquella esperanza llenó su cabeza, se esparció por todos sus nervios, por todo su cuerpo: dormir.

    Dios

    mío

    qué

    cansado

    estoy

    me

    parece

    que

    dormiré

    durante

    todo

    un

    siglo, y durmió un par o tres de horas con un sueño febril, enfermizo, extraño. Al despertar, se acordó de su entrevista con Sarthès en la fábrica de Choisy. Bostezó y se frotó los ojos. Esos cerdos me han echado a la calle y podré descansar. El tiempo era bueno y la noche llena de estrellas. Altair, Deneb, Vega... ¿He soñado que había visto Orión? Consultó su reloj. Es la hora, tengo que ponerme en marcha. Esa enfermedad de dormir no importa cuándo y no importa dónde empieza a fastidiarme. Giró antes de llegar a la fábrica y tomó la avenida de Villeneuve. ¿Qué es lo que voy a contarle a Sarthès?¿Que me marcho a América? Bah, ya veremos... Hizo sonar dos veces el claxon y el vigilante nocturno en uniforme azul o negro se acercó a la verja.

    —¿Qué desea?
    —Quiero ver al patrón.
    —¿Qué patrón?
    —¿Cómo que qué patrón?¿Acaso tiene usted varios?
    —Montones. Es lo malo de la Seac. ¿Quiere usted ver al Gran Dragón?
    —Desde luego.
    —Voy a telefonear.
    —¿Lo cree usted necesario?
    —Después de las nueve de la noche, es el reglamento.

    Daniel subió de nuevo al Volks, dejando la portezuela entreabierta para releer la carta de Ellen a la luz de la lamparilla del techo.

    Querido Daniel:
    No creas que me he olvidado de ti. Desde el accidente temporal del 29 (o del 31) de julio no he dejado de estar contigo. Y volveremos a vernos sin tardanza. No te digo dónde ni cuándo. Estas palabras, lo has comprendido ya, no tienen ningún sentido en el mundo en que ahora vivimos.
    Debo tranquilizarte a propósito del mebsital. Ese producto no es más peligroso que cualquier otro barbitúrico. La cronólisis era una invención mía. Invención o profecía: sin duda existirá algún día. Incluso debe existir hasta cierto punto, ya que el tiempo parece haber estallado. Pero no es apenas posible que sea por efecto del mebsital. En 1966 no se había puesto a punto ninguna droga cronolítica, y yo no he tomado grageas de color malva...


    Unos segundos más tarde, Daniel cruzaba velozmente el patio de la fábrica, bajo un cielo claro en el que las constelaciones del verano brillaban débilmente. Decorado de luna, de hielo y de hormigón, con extraños reflejos deslizándose sobre los icebergs. Aminoró la velocidad, contemplando las estrellas. Su cansancio volvió de golpe. Apretó los dientes. Sí, saldría de esto, lo juraba. Ya no estaba solo. Encontraría de nuevo a Ellen, y ella lucharía a su lado. Súbitamente, el automóvil de Forestier cargó contra el suyo, primero a la derecha, luego a la izquierda. Por los dos lados, era el mismo 404 gris metalizado. Daniel dio un salto hacia adelante de siete u ocho segundos. El Volks y el 404 de la derecha se habían detenido uno detrás del otro, casi sobre la misma línea. El segundo 404 había cruzado la plaza y se había situado en la avenida que descendía hacia los garajes. ¿Forestier? Sin duda. Pero, ¿por qué dos Forestier, en dos automóviles idénticos, encarnizados en aplastar el Volkswagen?

    Los edificios se erguían muy altos por todas partes. Los ventanales proyectaban unos reflejos azulados. Aquel decorado futurista no era el que conocía Daniel... Forestier se apeó del automóvil vestido con una especie de uniforme negro. ¿Pesadilla, accidente temporal o cronólisis? No se ha inventado aún ninguna droga cronolítica y, por otra parte, es probable que ni siquiera exista la cronólisis. Pero, si se ha producido un accidente temporal, no estoy ya en 1966. Daniel cerró los ojos. Se había convertido en un reflejo. No ceder al pánico. Este no es el mundo en el que he vivido —o creído vivir— treinta y cuatro años. Pero tampoco es una pesadilla. No una simple pesadilla. Los acontecimientos obedecen a unas leyes obscuras y sin embargo lógicas. Estoy seguro de ello... Como un niño, tenía que aprender a vivir en un universo misterioso.

    Esperaba a Forestier. Una vez más. Y nunca había experimentado de modo tan agudo aquella angustiosa impresión de libertad y de impotencia a partes iguales. No podía influir ya realmente sobre el futuro, tal vez porque el futuro, en el sentido habitual de la palabra, había desaparecido.

    —¿Qué diablos hace usted aquí?—gritó el jefe de Seguridad—. ¿Cree que está en la autopista?
    —Estoy en la autopista —dijo Daniel tranquilamente. Una tranquilidad engañosa. En realidad, oscilaba entre el furor y el pánico. Y, sin embargo, recordaba haber estado tranquilo cien mil veces en unas circunstancias casi iguales.

    Forestier estalló en una risa brutal.

    —¿Pretende tomarme el pelo?

    Era el Forestier que Daniel conocía, con su rostro huesudo, sus ojos hundidos bajo unas espesas cejas, una arruga profunda como una cicatriz cruzando su mejilla, su enorme mentón. Pero llevaba un extraño atuendo negro y se tocaba con una extravagante gorra de visera. Parecía un hombre-rana.

    Daniel experimentó una sensación de disgusto: la cosa volvía a empezar, las mismas palabras acudían a su boca y no podía evitar el pronunciarlas.

    —Admitamos que yo iba demasiado aprisa. Y usted llevaba todas las luces apagadas, ¿no es cierto? Estamos a la par. No hablemos más del asunto. Buenas noches.
    —Un momento, Diersant. No se haga el listo. ¿Ha venido a ver al Gran Dragón?
    —Tengo derecho a ello.
    —Se equivoca. Ayer le despidieron de la Seac, amigo. No tiene nada que hacer aquí.

    ¡Cerdo! Bruscamente, Daniel se sublevó: contra el tiempo, contra la vida, el destino, la fuerza de las cosas y el peso del pasado. Doblaba el espinazo desde hacía siglos, pero aquello iba a cambiar. ¡Salir adelante, Dios mío, quería salir adelante!

    —¡Asqueroso polizonte! Sus historias me importan un pimiento. La Seac es un cesto de cangrejos, y usted un montón de basura. Adiós.
    —¡Bravo, Diersant! —exclamó una voz detrás de él.

    Daniel se volvió. El conductor del segundo 404 se acercaba tranquilamente. Daniel reconoció al ingeniero del traje raído al que había encontrado... ¿Dónde había encontrado al individuo de alrededor de cuarenta y cinco años, simpático, mal vestido, sonriente, con las manos en los bolsillos, una corbata grasienta y unos zapatos desfondados?

    —Soy yo, Larcher —dijo—. ¿Me reconoces? Saltó sobre el césped.
    —Llego a tiempo, ¿eh?
    —¿A tiempo para qué?
    —¡Para sacarte de entre las garras de ese granuja!
    —Te agradezco que hayas venido, pero creo que me las arreglaré solo.
    —¡Oh, eso es algo que me asombraría! Tu aspecto da a entender otra cosa...

    Daniel distinguía claramente los rasgos cincelados del ingeniero. Era casi plenilunio. Se estrecharon la mano. Forestier se echó a reír y retrocedió dos o tres pasos.

    —¡Con sus compinches o sin sus compinches, no saldrá usted bien librado, Diersant!

    Larcher apoyó una mano en el hombro de Daniel.

    —Ven a mi despacho.
    —¿Tienes un despacho?
    —¡Y vaya despacho!

    Cruzaron el césped: alfombras orientales auténticas sobre las cuales se borraban inmediatamente las huellas de los pasos, muebles de caoba, sillones de cuero rojo... Daniel encontraba de nuevo poco a poco una agradable impresión de seguridad. Se dejó caer en un sillón amplio como un sueño infantil. El ingeniero del traje raído contemplaba fijamente la pared con las cejas fruncidas. Una T mayúscula se dibujaba entre sus ojos, un poco alta. Su labio inferior recubría ligeramente al otro y le trazaba una sonrisa inquisitiva. Se distraía manipulando una bola azul, brillante, como las que se cuelgan de los árboles de Navidad.

    —Bueno, amigo, ¿qué opinas de todo esto?

    Daniel se encogió de hombros. Acababa de darse cuenta de que seguía llevando aquel traje azul petróleo pasado de moda y no demasiado limpio que Forestier y sus cómplices le habían obligado a ponerse. Su aspecto no era mejor que el del ingeniero. Dos miserables parados en el lujoso despacho de un P.- D.G., uno de ellos riendo, el otro asustado. Curiosa historia. ¡Ah! Ahora me acuerdo, conocí a este individuo en la oficina de colocación.

    —¿Que opino de qué?
    —Del decorado. Es el cuchitril en el que trabajaba antes. Ocupo las oficinas. Al menos cuando están vacías. Es lo único que puedo hacer. ¿Imaginas lo que representan dieciocho meses de paro forzoso?
    —¿Tanto tiempo? Sin embargo, tú eres ingeniero...
    —¿Y qué?¿No te has dado cuenta aún de que su sociedad empezaba a descarrilar? Exactamente dieciocho meses, y hubiese podido durar mucho más. Pero hace dieciocho meses que me harté, eso es todo.
    —Y te equivocaste.
    —Bueno, eso parece. De todos modos, no me arrepiento de nada. Aquí, las cosas no serían tan malas si no fuera por los granujas de HKH. Pero saldré adelante.
    —¿Quiénes son los granujas de HKH?

    Larcher se tumbó cómodamente de lado, con las piernas cruzadas por encima del brazo de su sillón y la barbilla en su mano.

    —¡Acabas de salir de entre sus garras, amigo!

    La postura daba a su voz un tono sibilante, cortado, confidencial.

    —No me preguntes qué es HKH. No sé absolutamente nada. Pero los granujas están siempre ahí tratando de atraparte, al menos al principio. Con un poco de experiencia, acabas por despistarles. Resulta incluso divertido. ¡Todo un arte, ya lo verás! Nunca ponen los pies aquí, por ejemplo. Ahora, empiezo a creer que saldré adelante.

    Daniel sonrió melancólicamente.

    —Hay algo que no comprendo.
    —Hay un montón de cosas que yo no comprendo. Anda, dilo.
    —¿A qué día estamos hoy?
    —Bueno, será el día que tú quieras... No, espera, la cosa no es tan sencilla. No se trata de una cuestión de voluntad. Requiere cierta práctica. Al principio, se dan vueltas y más vueltas en redondo. De todos modos, nada demuestra que la fecha sea la misma para ti y para mí. El tiempo está enfermo...
    —¿Qué es lo que ha pasado?¿Un accidente temporal?
    —¿Accidente temporal? Eso no quiere decir nada.
    —¿Qué, entonces?
    —Las cosas han sido siempre así, pero en términos generales nadie se da cuenta. A ti y a mí, y sin duda a otros muchos, nos ha ocurrido algo que nos ha abierto los ojos. Algo que nos ha permitido tener acceso al mundo real. Estoy seguro de ello: el mundo real es este, no el otro, no el de antes.
    —Entonces, ¿he sufrido un accidente?
    —Es probable.
    —Y a ti, ¿qué te ocurrió? —Dieciocho meses de paro forzoso: ¿no te basta como explicación? Bueno, tal vez tengas razón. En realidad, empecé a vivir al quedar en paro forzoso. Y no me arrepiento de nada. Pero cuando era joven me habían atiborrado el cráneo de conceptos tales como trabajo, familia, patria, etcétera. Me quedé sin trabajo, mi mujer se largó con un joven ejecutivo, y en cuanto a la patria estaba del lado de los patronos: es normal después de todo, tienen la misma etimología, la patria de los patronos, sería incluso un bonito slogan... Bueno, me estoy saliendo del tema. No tiene nada de raro, aquí se pierde uno continuamente, ya lo verás. Lo cierto es que me sentí completamente fracasado. Era un desgraciado, un don nadie. Un día me dije: vale más acabar con todo. Caí en la trampa. O tal vez no era una trampa, amigo mío, lo ignoro. Me disparé un tiro en la cabeza y, desde luego, fallé el golpe. ¡Nunca fui capaz de acertar en nada en aquel cochino mundo! Pero, desde que estoy aquí, la cosa va mejor. No lamento nada.
    —Fallaste... ¿y después?
    —Prefiero no pensar en ello.
    —¿No se te ha ocurrido la idea de que puedes estar muerto?
    —¡Ja, ja!

    Larcher emitió una risa forzada y un poco chirriante.

    —¿Crees en esas tonterías? No estoy muerto, no. ¡Precisamente acabo de nacer!

    El teléfono vibró a su derecha, mientras se encendía una lucecita. Larcher descolgó.

    —¿Te das cuenta? Incluso me llaman por teléfono... ¡Sólo me falta una atractiva secretaria!

    Unos ventiladores invisibles barrían la estancia con chorros de aire fresco. Las persianas echadas creaban una penumbra móvil, en la cual se recortaba un lago de luz, exactamente en medio del escritorio principal. Larcher paseaba sobre aquella mancha su basta mano que sostenía la boquilla como un arma. Estamos en agosto, pensó Daniel. Por eso están vacíos los despachos, naturalmente. Larcher se las ha arreglado para volver a poner en marcha el sistema acondicionador de aire, simplemente...

    Un amplio ventanal se abría sobre un cielo de porcelana japonesa. Hubiérase dicho que la civilización contenía por un instante su aliento deletéreo. Daniel se puso en pie para observar una pequeña nube de color rosa a lo lejos sobre la ciudad. El despacho de Larcher estaba situado cerca de los Campos Eliseos. Era fácil comprobarlo desde las ventanas. Pero normalmente no había nubes de color de rosa encima de París... Daniel supo súbitamente lo que deseaba: una playa desierta, lejos del mundo, el mar, la arena blanca, los cocoteros, una nube de color rosa en el cielo y un cangrejo un poco chiflado que treparía a los árboles, de cuando en cuando, para cortar una nuez... ¿Hay en este planeta o en alguna otra parte cangrejos que trepen a los árboles?

    —¿HKH?—aulló Larcher al teléfono—. ¡Nunca he oído hablar de eso! ¡Deje de tomarme el pelo! ¿Eh?¡Explíqueme qué es su KHH o HKH o lo que sea!

    Pero no esperó la respuesta y colgó bruscamente.

    —Eh, Diersant, escucha un poco.

    Daniel volvió a sentarse. ¡Dios mío, qué cansado estoy! Era mejor que el Volks: el confort tiene sus ventajas.

    —Dime, Diersant, ¿acaso estás en contacto con el Hospital Garichankar?
    —En contacto es mucho decir.

    Según Ellen, la ambulancia marcada Hospital Garichankar era una trampa. Una trampa de HKH. ¿Y qué pensar de los hombres vestidos de blanco llegados a Choisy en el 404 n.° 2? Además, tenía la carta de Ellen en su bolsillo, a menos que... a menos que ya no estuviera allí o de que nunca hubiese estado allí. Daniel se sintió más solo que nunca... ¡Oh! No precisamente solo, era una cuestión de punto de vista. Dos identidades coexistían en él. Había un Daniel Diersant que miraba al otro, aunque eso no era un remedio para la soledad. Cogió su cartera, sacó de ella su tarjeta de la Seac que llevaba ahora el famoso signo, K negra entre dos H marrón oscuro... Tendió a Forestier el rectángulo con una antigua fotografía, que el jefe de Seguridad rechazó preguntando en tono frío:

    —¿Me está tomando el pelo, Diersant, o se ha vuelto loco?

    Daniel apretó los dientes para disimular su furor. No era el momento de confesar que ignoraba el sentido de aquel extraño signo. Cerró los ojos y escuchó los golpes de gong que se superponían al lejano redoble de los tambores. Luego estallaron los címbalos. Un rumor angustioso pero ya familiar. Peligro. Sí, aquello debía ser una advertencia. El camino del futuro estaba cerrado por aquel lado. Cuando volvió a abrir los ojos, Forestier le miraba con una expresión de odio. Luego, el segundo personaje le dirigió lo que él interpretó como una señal de connivencia. ¡Ah! Había visto ya antes aquella cabeza...

    —Su tarjeta HKH es falsa —dijo el jefe de Seguridad—. ¿Quién se la ha dado?¿El Hospital Garichankar?

    Unos enfermeros tocados con un casco de astronauta... Eso no existe, no puede existir...

    —Mi pobre Forestier, está usted ridículo con ese atuendo —dijo Daniel despectivamente—. Vaya a vestirse como es debido y déjeme en paz. ¡No creo en el Hospital Garichankar, ni en HKH, y su mascarada no me divierte!

    Forestier se encogió de hombros.

    —Mire su automóvil, Diersant.

    Daniel se volvió. El Volkswagen no era más que un montón de chatarra, con la parte delantera y el lado derecho completamente hundidos. Si hubiese ido al volante, hubiera quedado aplastado. Sí, déjà vu-déjà vécu. ¡Salir adelante!

    —Vamos, no se haga más el tonto.
    —De acuerdo, es un golpe preparado, pero no me cogerá...

    Un leve roce advirtió a Daniel que el segundo enfermero había deslizado algo en el bolsillo de su chaqueta, tal vez un mensaje. Le reconoció. Era el ingeniero del traje raído que Ellen le había presentado. ¿Un aliado en el Tiempo incierto? Lo necesitaba. Leería el mensaje más tarde. Los golpes de gong, los redobles de tambor y la algazara de los címbalos le impedían concentrarse. Y Forestier le observaba.

    El jefe de Seguridad empujó con una mano la camilla antigravedad, que se deslizó hacia Daniel. Este se desasió y retrocedió de un salto. Ni enfermo ni herido. No tengo el menor deseo de subir a tu ambulancia, asqueroso polizonte. Yo no estaba en mi automóvil en el momento del accidente. ¡Una afortunada casualidad! Se volvió hacia el Volks. Y, no obstante... El claro de luna iluminaba los restos del coche. En la parte delantera o lo que quedaba de ella, una masa oscura yacía entre los asientos retorcidos y el parabrisas destrozado. Un cadáver... ¡Salir adelante! Se había evadido ya de aquella secuencia-trampa abriendo un camino que debía poder tomar de nuevo. Hizo sonar el claxon dos veces y se apeó del automóvil. El vigilante nocturno en uniforme de color oscuro se acercó, al otro lado de la verja. Sostenía en la mano un objeto corto y brillante que podía ser un arma o un generador portátil de micronieblas.

    —¿Qué quiere usted, a esta hora?
    —Estoy citado con el Gran Dragón.
    —¿Tiene usted su tarjeta?

    Daniel tendió su tarjeta HKH a través de la verja, sujetándola fuertemente por una esquina.

    —Sí, parece en orden. Voy a telefonear.
    —¿Es realmente necesario? —Bueno, ya sabe, los Vodrans andan por ahí...
    —¿Los qué?
    —Los Vodrans. Y es casi medianoche.

    ¡Tan tarde ya! Daniel experimentaba una confusa sensación de expectativa y de ansiedad. Y de impaciencia. Había vivido aquella escena diez o cien veces, pero cada secuencia era sutilmente distinta de las otras. Además, el vigilante nocturno no le había hablado nunca de los Vodrans. ¿Quiénes eran los Vodrans?

    No lamentaba haber venido. El camino del futuro pasaba por el camino de Choisy. No podría arrancarse a los escombros del tiempo sin franquear el obstáculo de la fábrica.

    Dejó la portezuela izquierda entreabierta para leer a la luz de la lamparilla del techo, mientras esperaba al vigilante, la carta que le había entregado el compañero de Forestier, el ex ingeniero del traje raído. Con un leve sobresalto de placer y de inquietud, reconoció la escritura vivaz, tensa y regular de Ellen.

    Querido Daniel:
    Se me ha hecho difícil comunicar contigo. Después del accidente temporal del 29 (o del 31) de julio, el mundo obedece a otras leyes, ya te habrás dado cuenta. Tengo la oportunidad de enviarte esta carta por medio del ingeniero Larcher que es, creo, un amigo... aunque en lo Indeterminado no se puede estar seguro de nada ni de nadie. Volveremos a vernos muy pronto, pero no puedo decirte dónde ni cuándo: eso no tendría ningún sentido en el espacio y el tiempo en los que vivimos.
    Sabes que en 1966 no existían aún cronolíticos. Hay que descartar, pues, la hipótesis mebsital. Tal vez el mebsital ha desempeñado un cierto papel. Ignoro cuál. De todos modos, no es el esencial. Trataremos de establecer contacto con el Hospital Garichankar para pedir una explicación... Sobre todo, desconfía: la ambulancia de Forestier no pertenece al Hospital. Es una trampa.
    Hasta pronto. Ellen.


    Unos minutos más tarde, el Volks corría por la avenida principal de la fábrica, bajo un cielo claro en el que la luna llena hacía casi invisibles las estrellas. El decorado era grandioso: oasis polar o circo ultraterreno en la noche hierática. Las constelaciones temblaban ligeramente. Daniel aminoró la velocidad para observarlas. Todo marchaba bien. Tenía que intentarlo una vez más. Imposible salir adelante sin pasar por allí. Luchó contra la somnolencia que le invadía y retuvo su pie derecho que se hacía pesado. El 404 de Forestier apareció primero a la izquierda, luego a la derecha, luego en frente. Tres automóviles grises exactamente iguales. Sólo uno de ellos pertenecía realmente a Forestier. En teoría, el de la derecha. Si todo ocurría como la última vez, Larcher debía de encontrarse en el de la izquierda. Pero, ¿quién ocupaba el tercero, el que llegaba del fondo de la fábrica? El Volks rodaba a quince por hora. Los tres 404 seguían avanzando. Daniel vaciló. Necesitaba conocer mejor las leyes de aquel mundo. Por consiguiente, tenía que realizar algunos experimentos, aunque calculaba mal los riesgos. ¿Qué pasará si me precipito contra el automóvil de Forestier... o contra otro? Su pie derecho apretó ligeramente el acelerador. El tiempo pareció inmovilizarse. El Volks empezó a vibrar. Los 404 oscilaron como si patinaran sobre una capa de hielo. Daban la impresión de estar lanzados a toda velocidad, pero apenas se movían. Daniel no estaba seguro de haber deseado aquello. Si podía actuar así sobre el tiempo, aquel universo no era más que una ilusión, una proyección mental. O era el acto la ilusión... y no el mundo. ¿Cómo podía saberlo? Su pie se movió sobre el acelerador, sin apretar. Los automóviles grises se balancearon airosamente. Aumentó un poco la presión. Los 404 retrocedieron mientras el Volks avanzaba. ¿Había que continuar el experimento; o tratar de pasar a cualquier precio? La tentación de lanzarse contra el vehículo de Forestier para ver lo que ocurriría era fuerte. Finalmente, se decidió. Pisó el acelerador a fondo. Durante unas décimas de segundos experimentó una impresión de cataclismo. Luego, todo volvió a la normalidad. El Volks y el 404 estaban parados uno detrás del otro, casi tocándose. Los 404 números 2 y 3 se hallaban a corta distancia, uno en la avenida de los garajes, el otro en la avenida principal, enmarcando a los dos primeros.

    Daniel abrió la portezuela del Volks... y resistió al impulso que le ordenaba saltar al encuentro de Forestier tal como había hecho las otras veces. Permaneció en su asiento completamente inmóvil, apretando el volante con una mano, tenso, esforzándose en dominar su miedo. Cuatro hombres descendieron del primer automóvil, encabezados por Forestier. El jefe de Seguridad hizo un vago gesto de amenaza en dirección a Daniel. Inmediatamente después salieron otros tres personajes del 404 que se había detenido en la avenida principal. Todos llevaban unos conjuntos negros con rayas rojas. Podía habérseles tomado por unos héroes de historietas infantiles. Se reunieron en el centro de la plazoleta. No parecían interesarse por Daniel. Las puertas del automóvil número 3 se cerraron de golpe simultáneamente. Daniel se sobresaltó. Cuatro hombres vestidos con batas y pantalones blancos se desplegaron en frente de los otros siete. Sobre su pecho se veía una inscripción en letras rojas: Hospital Garichankar. Los dos grupos se inmovilizaron a unos pasos de distancia el uno del otro, perfectamente alineados. Luego, una voz profirió una especie de grito de guerra, en medio de un silencio mineral: ¡HKH! ¿Procedía de los blancos, o de los negros? Más bien de los negros, aunque eso era una simple impresión. ¿Cuáles eran los amigos?¿Cuáles los enemigos? Tal vez todos eran enemigos. Daniel volvió a cerrar suavemente la portezuela, puso el motor en marcha y arrancó. El Volks se deslizó con todas las luces apagadas entre el 404 número 1 y el 404 número 3, rozó a Forestier y a los hombres vestidos de negro y se adentró en la avenida principal.


    5


    Giró a la izquierda antes de llegar a la fábrica y tomó la avenida Villeneuve. Un refuerzo del muro formaba una especie de túnel al fondo del cual se hallaba la pesada puerta blindada. Daniel hizo sonar el claxon dos veces. Se encendió una luz y apareció por un instante la gorra del vigilante. Daniel descendió y se acercó a la mirilla. Una voz ruda —pero ligeramente temblorosa— le preguntó qué deseaba. Una voz que Daniel reconoció con desagrado. El vigilante de servicio era un hombre de Forestier. Algo no encaja. El Gran Dragón no debió citarme esta noche.

    —Quiero ver al patrón —dijo.
    —¿Es usted de la casa?
    —Naturalmente.
    —Su tarjeta.

    Daniel tendió el rectángulo amarillo, barrado en marrón, con una antigua fotografía y el signo HKH. —Diersant, no le había reconocido. Está bien.

    —¿Puedo entrar?
    —Espere a que telefonee.
    —¿Para qué?
    —Es el reglamento. Faltan tres minutos para las doce.
    —De acuerdo. Adelante.

    Daniel volvió a subir al Volks, dejando la portezuela entreabierta para leer la carta de Ellen a la luz de la lamparilla del techo.

    Querido Daniel:
    Te felicito por la sangre fría con la que te enfrentas a una situación terriblemente complicada y angustiosa. Cuando nos encontramos por primera vez me produjiste inmediatamente una impresión de solidez, de madurez: tu mirada, tus gestos, tu manera de hablar, de mantenerte erguido, una especie de equilibrio... Y ahora veo que no me equivoqué.
    No, esto no es una pesadilla. Estás en el universo cronolítico. El camino del futuro pasa para ti por los acontecimientos que precedieron al accidente temporal del 29 (o del 31) de julio. Por tanto, tendrás que descubrir lo que ocurrió en aquel momento, es muy importante.
    ¡Cuidado! Los asesinos HKH están sobre tu pista. Te acechan en los parajes del accidente temporal y buscan una ocasión de pasar sobre el mismo plano de la realidad que tú para atacarte. Procura permanecer en fase con Garichankar. Yo estoy siempre allí y te ayudaré. Buena suerte. Ellen.


    Daniel dobló cuidadosamente la carta y la metió en su cartera, entre la fotografía de una joven morena y su cheque de liquidación.

    —¡Le llaman al teléfono! —gritó el vigilante.
    —¿Quién?
    —Un médico, creo. No he entendido su nombre. Entre... Tiene que ser algo importante para que hayan pasado la comunicación aquí. Daniel entró en una sala gris acero, de techo bajo, con muebles metálicos, un cuadro de mandos y un standard telefónico de color verde. El aparato tenía el aspecto de un pequeño monstruo acuático dispuesto a morder. ¿Un médico? ¿Qué es lo que quiere de mí?
    —¿Si?—dijo, con voz enronquecida por la angustia.
    —Buenos días; ¿cómo está usted?
    —¿Le conozco acaso?
    —Soy el doctor Robert Holzach. Creo que Ellen le ha hablado de mí.
    —Ah, es posible.
    —¿Se acuerda usted de Ellen?
    —Sí.
    —Y además nos hemos encontrado ya en el Tiempo incierto...
    —¿A qué llama usted el Tiempo incierto?
    —Al universo cronolítico o Indeterminado.
    —Entonces, ¿la cronólisis es una perturbación del tiempo?
    —Es una verdadera destrucción del tiempo. Una lisis del tiempo.
    —¿Y por qué soy víctima de ese fenómeno?¿O se trata de un accidente temporal?
    —Fue usted proyectado a lo Indeterminado a raíz de un acontecimiento... sí, un accidente. A usted le corresponde descubrir lo que realmente le ocurrió. En eso apenas puedo ayudarle. De todos modos, voy a intentarlo... Lo que se ha producido ya en el Tiempo incierto se reproduce sistemáticamente, con más o menos exactitud. Es una ley de la cronólisis. El pasado se repite sin cesar y bloquea en cierto modo el camino del futuro. Eso puede ayudarle, pero tenga cuidado con las trampas. Además, su personalidad corre el peligro de estallar, y sus angustias pueden materializarse y asaltarle de un modo subrepticio y feroz... Yo no puedo intervenir, porque no estoy en el mismo plano que usted en el universo cronolítico. Procedo de otra época.
    —¿Quiere decir que pertenece al futuro?
    —Soy un psicronauta del Hospital de Garichankar. Pertenezco a su futuro, es cierto. Nací en 2025 y tengo treinta y cinco años. Me han encargado la misión de entrar en contacto con usted...
    —¿Por qué conmigo?
    —Vamos a encontrarnos. Se lo explicaré. ¿Dónde está usted ahora?
    —Lo sabe muy bien, puesto que me ha llamado. —No. El teléfono no es más que una convención mental.
    —Pero en el universo cronolítico no existen ya el tiempo ni el espacio. ¿Qué importa dónde esté?
    —El tiempo y el espacio se han desintegrado. Pero continúan existiendo para nosotros. La hora, la fecha y el lugar son unos puntos de referencia mentales a menudo muy importantes. Ya se enterará. ¿Puede reunirse conmigo en casa de Monika Gersten?
    —¿Por qué tendría que reunirme con usted?—Porque está perdido. Porque me necesita. ¡Porque quiere saber algo más sobre este mundo!
    —De acuerdo. ¿Cuándo?
    —En seguida. O no importa cuándo. En lo Indeterminado, es casi lo mismo. Le espero. ¡Buena suerte!

    Inmediatamente, y sin haberlo deseado expresamente, Daniel se encontró en un pasillo oscuro de suelo desigual. La luz de la escalera acababa de apagarse. Notó un ligero vértigo y se apoyó contra la pared. ¿Por qué estaba aquí? Ah, sí, el accidente temporal, la cronólisis, Ellen, el doctor Holzach, Monika Gersten... periodista. Se echó a reír. Monika era una prostituta. Lo sabía desde hacía mucho tiempo. La había conocido en Hamburgo cuando navegaba... ¿Qué clase de historia es esa?¿Cuando yo navegaba? En primer lugar, no era Monika con k sino Mónica con c, y la había conocido en Génova antes de perder los dos dedos de su mano derecha... ¡Dios mío! ¿Qué historia de dedos es esa?¿Me estoy volviendo loco? Se frotó ansiosamente las palmas de las manos, contó las falanges. Las tenía todas. Soy un estúpido. Es la cronólisis. Mi personalidad que se desintegra. La luz volvió a encenderse. Daniel miró sus manos. Evidentemente, pertenecían a un empleado de oficina y no a un marinero. Déjalo correr, amigo mío. Ya veremos lo que pasa. Avanzó hasta la puerta del estudio de Monika llamó. Tal vez Ellen estaría también allí. ¿Qué lazo existía entre las dos mujeres? Lo había olvidado. El mismo, quizá. Recordó que Ellen le había dicho que fuese a ver al doctor Holzach si tenía problemas serios. (Pero, ¿por qué había de tener él problemas serios?). Holzach... el nombre le recordaba no sabía qué. El médico de Garichankar pretendía que ya se habían encontrado... Apoyó la mano izquierda en un radiador. Ardía. Normal, el veinte de noviembre... si era el veinte de noviembre. Su angustia refluyó, sin motivo. Respiró profundamente. Terminaría por salir del laberinto.

    Monika abrió la puerta, como la otra vez... o las otras veces. Y no sonrió al ver a Daniel. Sin embargo, la expresión de sus ojos demostró que le reconocía. Sus cabellos rubios caían en cascada sobre su jersey negro. Bajo una falda corta, sus piernas surgían con un orgullo manifiesto de las botas negras que las cubrían hasta las rodillas. Le miró fríamente, con una mano en la cadera y la otra jugueteando con la cadena dorada que llevaba alrededor del cuello.

    —Hola, Monika —dijo Daniel—. ¿Puedo entrar?
    —No. Sabes muy bien que todo ha terminado entre nosotros.
    —¿Por qué?
    —¡Porque eres un sinvergüenza, Renato!

    Daniel retrocedió un paso.

    —Yo no soy Renato. ¡Dios mío! Mírame: soy Daniel Diersant.
    —Y yo la reina de Inglaterra. ¡Y estoy harta de verte!
    —Escucha, Monika, me ha sucedido algo grave. No creo que pueda explicártelo ahora. Pero tienes que ayudarme. Por favor: déjame entrar.
    —No. Juré que Renato Rizzi no volvería a poner los pies en mi casa.
    —Por el amor de Dios, Monika, puedes ver que no soy Renato Rizzi. Es la primera vez que oigo ese nombre.
    —Y además, te burlas de mí.
    —Monika, yo...

    Paseó lentamente su mano sobre su frente y sus ojos.

    —Algo no encaja. Discúlpame. No entiendo lo que pasa. ¿Conoces al doctor Holzach?
    —No. ¡Háblame de los Vodrans del mar!
    —Los Vodrans de... ¿Qué historia es ésa?
    —¿Acaso padeces amnesia, mi pequeño Renato?

    Daniel avanzó un par de pasos y se encontró muy junto a Monika. Le sonrió y aspiró su aroma a especias cálidas. Entonces, ella retrocedió y le abofeteó dos veces, muy aprisa, con todas sus fuerzas, a derecha e izquierda, gritando:

    —¡Eso es para refrescarte la memoria, sinvergüenza! —y cerró violentamente la puerta.

    Daniel se encontró de nuevo en el oscuro pasillo y volvió a apoyarse en la pared. ¡Una ley de la cronólisis! El pasado bloquea el camino del futuro... Pero, ¿qué pasado? No sólo el de Daniel Diersant, sino también el de Renato Rizzi, el marinero desconocido. ¿Quién es ese Renato? ¿Y qué le ha hecho a Monika? ¿Un granuja? Pero, ¿quién no se comporta alguna vez como un granuja?¿Y el doctor Holzach? Tengo que buscar otro camino... La luz de la escalera. Bien. La luz inundó el pasillo y Daniel vio una placa de latón en la puerta contigua: Doctor Robert Holzach, neuropsiquiatra, Hospital Garichankar. ¿El enviado del futuro vivía, pues, en el mismo inmueble que Monika Gersten?¿O se trataba de una señal de reconocimiento, una proyección mental? Pulsó rabiosamente el timbre y alzó los ojos hacia las estrellas. Orión había desaparecido. Cástor y Pólux también. Localizó fácilmente el triángulo Altar-Deneb-Vega, esta última casi en el cenit. La luna esparcía una claridad oleosa que hacía palidecer las constelaciones. La posición de estas correspondía a la normal a mediados del verano. Julio-agosto. Y debían ser casi las diez de la noche. La temperatura era suave. Una luz brillaba en el tercer piso de una especie de torre, al final de la avenida principal. Daniel no recordaba haber visto aquella torre. Estacionó el Volks en un espacio de parking vacío. El BMW de Sarthès no se encontraba allí. Dio la vuelta en torno a un macizo de rosales cuyo perfume le pareció insólito. Se detuvo, inquieto. Al claro de luna distinguió algunas rosas de un color malva casi violeta. Continuó su camino. ¡Eran unas simples rosas! Llegó cerca de una puerta metálica muy estrecha, sin pomo ni cerradura visibles, y pronunció su nombre con una voz enronquecida por la emoción. A pesar de todo, había logrado llegar a la guarida del Gran Dragón. Iba a salir del laberinto.

    La puerta se abrió silenciosamente. Avanzó de espaldas por el pasillo para asegurarse de que quedaba completamente cerrada. Bueno, esto marcha, nadie me sigue. Se paró en la escalera, jadeando brevemente. Reanudó la ascensión. En el rellano del segundo piso buscó con la mirada la puerta de la antecámara que daba acceso al despacho de Sarthès. Pero nada estaba ya como en sus recuerdos. Una luz azulada iluminaba un largo pasillo gris pálido, estrecho y desierto. Daniel lo siguió y desembocó en un vestíbulo de techo bajo, lleno de bombillas blancas parpadeantes. Súbitamente resonó un siseo musical. Luego un ruido seco. El siseo se interrumpió. Un hombre salió del ascensor, vestido con una especie de quimono blanco. Se acercó a Daniel y le tendió la mano con una sonrisa triste pero calurosa. Bastante joven, más bien bajo, tenía los cabellos largos, de color castaño oscuro, y unas facciones angulosas. Una mueca algo sardónica contraía su boca de labios gruesos, casi negroides, prolongando su sonrisa. Podía tener treinta y cinco años.

    —Soy Robert Holzach. Usted es Daniel Diersant, ¿no es cierto? Encantado de conocerle. Me ha costado mucho alcanzarle: son las incertidumbres del Tiempo incierto. Soy el ayudante del doctor Carson, médico-jefe de Garichankar, encargado especialmente de las investigaciones cronolíticas. Esta es mi décima estancia en lo Indeterminado. ¿Quiere usted seguirme?
    —¿A dónde?
    —Vamos a simular una visita al Hospital Garichankar y una entrevista con el doctor Carson. Entre en la cabina.
    —¿Por qué simular?
    —Es una técnica que se emplea en psicronáutica, a fin de establecer contactos estables entre sujetos en cronólisis profunda. Necesito su colaboración: la cosa sólo dará resultado si está usted de acuerdo y si no se deja distraer. Tiene usted mucho que aprender acerca de este universo, prácticamente todo.
    —Bien. ¿Dónde estamos ahora?
    —Aquí, no importa dónde, en otra parte, por doquier. Este decorado no es estable. Es un simple compromiso entre sus representaciones y las mías.
    —Admitámoslo. Va usted a conducirme a Garichankar.
    —No será precisamente Garichankar, sino una simple simulación. Y no sé si llegaremos. Ha sido establecido entre nosotros un lazo mental por los fords del Hospital, pero a veces se relaja y nosotros nos perdemos. Quisiera intentar un experimento para estrecharlo. Todo esto es bastante desacostumbrado. En varias ocasiones he experimentado la sensación de que una fuerza, una inteligencia extraña trataba de separarnos.
    —¿Cuál es el objetivo de su misión?
    —Es preferible que no lo conozca.
    —¿Y si me niego a colaborar?
    —Entonces, quedará usted entregado a sí mismo —o a no sé qué— en lo Indeterminado, y tal vez no saldrá nunca de él. Entre en la cabina.

    Daniel obedeció, y se encontró en un cuarto circular de unos dos metros de diámetro. No era un ascensor. El doctor Holzach entró y la puerta volvió a cerrarse silenciosamente. Un resplandor verde pálido brotaba de las paredes. Muy futurista. El siseo musical volvió a resonar y se interrumpió.

    —No acabo de creerle —dijo Daniel—. Pero... cuando haya usted... estrechado el lazo mental que nos une, ¿qué pasará?
    —Entraré en la inconsciencia. Mi personalidad se fundirá en la de usted. No seré más que un testigo vigilante de su experiencia. Mis recuerdos desaparecerán temporalmente. Pero me liberaré cuando sea necesario para ayudarle... Tenemos un enemigo común: HKH.
    —¿Quién es HKH?
    —Un imperio industrial privado que existió en Europa a finales del siglo pasado, que fue destruido, y que lleva una existencia fantasmagórica y larval en el universo cronolítico. Esos fantasmas tienen un emperador mítico, Harry Krupp Hitler I, que ha nacido de los sueños paranoicos de un magnate del siglo XX, cuyas iniciales eran también HKH: Hans Karl Hauser. Ignoro por qué HKH le ataca a usted. Lo comprendería mejor si dispusiera de todos mis medios y de todos mis recuerdos. Pero sólo tengo breves momentos de consciencia y mi memoria se embrolla. Ignoro por qué la conexión cerebro-fordal establecida entre nosotros se ha aflojado bruscamente y por qué he sido despertado. Hay dos hipótesis: o HKH trata de separarnos, o Garichankar trata de llamarme... No estoy delante de usted, y el decorado que usted percibe es una convención. Lo mismo que nuestro encuentro. Y el mensaje que le dirijo puede ser deformado durante su transmisión, sea por la intervención de nuestros enemigos, sea por azar. Siempre resulta difícil comunicar en el universo cronolítico. Aquí, nada debe darse nunca por definitivamente adquirido.
    —¿Y cuándo vamos a llegar al Hospital?
    —No lo sé. No importa cuándo o nunca. Tal vez ya estamos en él. Tal vez no lo hemos abandonado nunca. Tal vez no vamos hacia él. Tal vez...

    Daniel no experimentaba ninguna impresión de movimiento. Robert Holzach se mantenía inmóvil, con las facciones petrificadas y los miembros rígidos. Permaneció silencioso largo rato, y luego murmuró:

    —Estoy en comunicación con los fords de Garichankar. Todo marcha bien.

    Daniel trató de reflexionar acerca de su extraña situación. A medida que el pasado se deshacía mientras iba repitiéndose, toda clase de acontecimientos se ordenaban alrededor de aquellos dos polos: HKH y el Hospital Garichankar. ¿Eran creaciones de su mente, proyecciones mentales extrañas, símbolos vagando a medio camino entre el día y la noche, o auténticas realidades del futuro? Quizá todo a la vez. ¡Todo, no importa qué o nada! Y Dios sabe qué todavía... Daniel siempre había tenido más tendencia al ensueño y a la especulación que a la acción, y aquel universo loco de incertidumbre no le parecía del todo ajeno. Lo aceptaba como había aceptado la sociedad en la cual vivía desde que era adulto, con una mezcla de fatalismo y de desprecio, de altivez y de ausencia. Obedecía a nuevas leyes que no le parecían más absurdas ni más apremiantes que las de la civilización. Se sentía perdido, pero apenas más que antes. Sin duda había cambiado de amos. Al parecer, los antiguos señores ya no contaban. Daniel no lo lamentaba. A menos que se hubieran limitado a disfrazarse... La presión se ejercía ahora de un modo más brutal y más insidioso al mismo tiempo, en todo caso más angustioso, y eso sólo era quizá una cuestión de costumbre.

    Se asfixiaba, desde luego. Pero siempre había experimentado aquella sensación de estar encerrado en un laberinto. Como si le hubieran robado el horizonte. A pesar de todo, conservaba la esperanza de salir de él, y sabía que no la perdería nunca. Antes del accidente temporal, había tenido a menudo la impresión de que su vida era un sueño: así a raíz de sus correrías nocturnas alrededor de París. El hecho de que a causa de un brusco giro el sueño fuese ahora su vida apenas le sorprendía. Sin embargo, su experiencia actual parecía situarse mucho más allá del sueño. Aunque la idea que uno se hace del sueño en estado de vigilia es probablemente falsa. ¿Qué piensa uno del sueño al soñar? No importa qué, o absolutamente nada...

    Lúcido, se veía tal como había sido siempre. Por otra parte, ¿por qué habría cambiado? Quería salir adelante, pero no sabía más que antes romper la argolla que le mantenía prisionero, y el hecho de que la argolla fuese ahora mental no la hacía más fácil de destruir. Daniel no se atrevía a sublevarse contra la ilusión, del mismo modo que no se había atrevido a sublevarse contra la realidad. Regateaba, huía, trampeaba un poco, con la esperanza de ser más fuerte algún día, de tener acceso a más consciencia, más libertad y más poder, y luchar entonces de igual a igual con la sociedad o el universo. Pero la droga —si era una droga—, o el estallido del tiempo —si era un estallido del tiempo—, no le habían aportado aún la fuerza, la consciencia y la libertad.

    Tal vez había llegado el momento de sublevarse y de luchar... Paseó su mano derecha ante su rostro, lo que tuvo por efecto confundir su visión, dar al aire en torno a él un aspecto vidrioso y ahogar a Robert Holzach en una bruma temblorosa, en tanto que su propio cuerpo parecía desdoblarse. Se inmovilizó y todo volvió a ser normal... o casi. Únicamente el doctor Holzach estaba un poco desvaído. Daniel consideró que podía expulsar a aquel personaje con un esfuerzo de voluntad. Eliminarlo de la secuencia. Obligarle a desaparecer. Pero, ¿sería una buena táctica? Si hubiese sido un hombre de acción, hubiera ensayado todas las posibilidades de acción que se le ofrecían. Hubiera tratado por todos los medios de destruir la ilusión y de interrumpir la pesadilla, a riesgo de hundirse más adelante en el horror, si no era ni una ilusión ni una pesadilla. Pero él no era un hombre de acción, y rehuía el entablar una lucha frontal; tenía miedo a lo que podría descubrir al otro lado de la ilusión o de la pesadilla. Instintivamente, escogió —una vez más— la huida. Cuando la tensión se hizo insoportable en la cabina inmóvil, junto a un desconocido convertido en estatua de sal, dio un leve salto en el tiempo como los varios que había logrado dar con el Volkswagen. Siempre había deseado aquel poder. Ahora lo poseía. Todo marchaba bien.

    La cabina desapareció. Daniel empezó a ascender. Se encontraba bien. Experimentaba la sensación de abandonar simple y limpiamente aquel espacio asfixiante al cual le había remachado el destino desde hacía mil años. Echó de menos el Hospital Garichankar. No conocería al doctor Carson. Nunca sabría la verdad sobre HKH. Lástima. De todos modos, lo esencial era salir adelante, y aquel misterioso hospital tenía el aire de ser una nueva trampa, un medio hábil de retenerle en el laberinto... Ascendía. Todo marchaba bien. Luego notó que su impulso se debilitaba y que su cuerpo volvía a adquirir peso. La angustia crispó sus músculos y por un instante le rozó la desesperación. Caía de nuevo. Fue despertado por una intensa sensación de frío. Su pie descalzo se apoyaba sobre una baldosa helada. Estaba tendido sobre una especie de banqueta o de canapé bajo y duro. Una gran bombilla sin pantalla colgaba encima de él. Se dio cuenta de que le habían quitado sus ropas. Un hombre que llevaba un conjunto negro las introducía en un saco. La habitación estaba casi vacía: una mesa redonda en el centro, algunas sillas, un armario destartalado, una repisa con un antiguo y polvoriento aparato de televisión. La atmósfera era mohosa, a pesar del olor del aerosol que Daniel tenía aún en las fosas nasales. Entró una joven rubia, portando una bandeja sobre la cual había un cofrecillo de ebonita o de metal. Se produjo un ruido confuso, semejante al escupiteo de un receptor de radio mal sintonizado. La mujer volvía la espalda a Daniel, ocultando sus manos. Daniel se incorporó sobre un codo y vio que había un hombre vestido de negro detrás de él, contra el respaldo del canapé. Se estiró, respiró profundamente, trató de relajarse.

    Déjà vu, déjà vécu. Una trampa del pasado. Pero tal vez era necesario seguir aquella frecuencia hasta el final para saber lo que había pasado. Forestier surgió en el instante previsto. Llevaba como en Choisy un conjunto negro con rayas rojas y una especie de casco flexible pegado a su cráneo huesudo. Sobre su pecho, un círculo rojo rodeaba las tres letras HKH. Aparte de eso, era el Forestier que Daniel conocía, alto, descarnado, con los cabellos grises, un rostro alargado, la nariz afilada y dos surcos que parecían cicatrices partiendo de los ojos y cruzando la mejilla hasta las comisuras de los labios. Ataviado de aquel modo, tenía un aire vagamente satánico.

    —Vamos, Diersant, amigo mío, no ponga esa cara —dijo con voz casi amistosa.

    Un eco lejano repitió las últimas palabras. Aquella casa era una verdadera caja de resonancia. Forestier cerró la puerta del pasillo y añadió, sonriendo:

    —Hay que saber jugar, amigo. Ha perdido usted. No se puede ganar siempre.

    El eco repitió, ahora del lado del techo:

    ...siempre!

    ...siempre!

    —No me ha cogido aún, Forestier.
    —Desde luego que sí. Está usted atrapado. Y va a decirme lo que hacía en la fábrica de Choisy.
    —Ya veremos —dijo Daniel.

    Decidió no precipitar nada, llegar hasta el final de la secuencia, comportarse en la medida de lo posible como si estuviera en el mundo real.

    Forestier tiró delante de él la ropa interior usada y el traje azul petróleo que ya conocía. No se explicaba aquel detalle. Se estremeció. Como las otras veces. La temperatura no tenía nada de estival. No era seguramente el mes de julio. Tal vez el 20 de noviembre. O el 32 de diciembre.

    La joven se volvió. Vestida con un pantalón blanco ajustado a los tobillos y una larga túnica blanca, llevaba en el pecho, entre el seno izquierdo y el hombro, una especie de placa con una inscripción en letras rojas: Hospital Garichankar. Sostenía en la mano el cofrecillo de ebonita o de metal. Avanzó hacia Daniel, se detuvo frente a él y le miró a los ojos, como para transmitirle una misteriosa advertencia.

    —Lo que dice es verdad. Está usted en peligro y es preferible obedecer. Sobre todo, no intente huir de ningún modo. No se escapa al Ejecutivo imperial. Vea, yo misma estoy prisionera.
    —¡Me importa un pimiento! —dijo Daniel.

    ...un pimiento!, repitió ásperamente el eco.

    Daniel intentó levantarse. Sin convicción. Sabía lo que le iba a pasar. En efecto, el hombre que estaba detrás de él le golpeó violentamente entre el cuello y el hombro. Volvió a caer sobre el canapé. Empezó a preguntarse de nuevo si valía la pena seguir aquella secuencia hasta el final. Aquella secuencia absurda. Tenía ganas de salirse de ella. Se estiró, cerró los ojos.

    —Déjenme en paz —dijo—. Déjenme dormir, o reventar, o no importa qué.

    Forestier se echó a reír.

    —No te canses. Estate quieto, es lo único que te pedimos.

    La joven intervino ansiosamente.

    —No crea que esto es un sueño. Puede usted morir.
    —Pero será razonable —dijo Forestier—. No lo parece, desde luego, pero comprende perfectamente lo que le conviene. No se divertirá poniendo dificultades. No se atreverá, ni siquiera en sueños.
    —Tal vez me atreva —dijo Daniel muy suavemente.
    —En tal caso, me gustará verlo...
    —Escuche —dijo la joven—. Escuche bien. Los ruidos, las voces. Se dará cuenta de que no está soñando. HKH y el Hospital Garichankar existen en su futuro. El universo cronolítico también es real. No tardará en tener la prueba de ello. En consecuencia, no se exponga.
    —Bueno —interrumpió Forestier—, basta de charla y ponle la inyección en seguida.

    En aquel momento se abrió la puerta del pasillo. Daniel abrió los ojos. Un hombre apareció, uno de los compañeros de Forestier: conjunto negro, gorra de plato.

    —Jefe —inquirió—, ¿qué hacemos con el automóvil de usted?¿Lo llevamos también a la Nacional 20?
    —¿Has perdido el seso? Hay que esconderlo en París, desde luego. Después veremos lo que se puede hacer. De todos modos, yo me ocuparé de mi automóvil. No tiene casi nada. Ocupaos del Volkswagen.
    —¡Ese cacharro está hecho polvo! De acuerdo, jefe.

    El hombre se marchó, cerrando la puerta tras él, y el eco de sus pasos resonó largamente. Daniel intentó levantarse de nuevo.

    —¿Le pego otro trompazo?—preguntó el hombre que estaba detrás del canapé.
    —No, no —dijo la joven—. No conviene que duerma después de la inyección. Es demasiado peligroso.
    —¿Qué inyección?—gritó Daniel—. ¿Qué es ese aparato?¿Qué van a hacer conmigo?
    —Van a ponerle una inyección completamente indolora...
    —¿Y después?
    —No recordará nada —dijo Forestier—. Olvidará incluso su nombre. Al menos durante algún tiempo. Luego recobrará la memoria poco a poco, salvo en lo que respecta a lo que ha pasado esta noche. Las últimas horas anteriores a la inyección de ese producto... y nada más. Entonces le darán otra identidad, otras ropas, y le transportarán a HKH. Antes de saber quién es y de demostrarlo, pasarán algunos meses. El producto que le van a inyectar procede del Hospital Garichankar. Una garantía, ¿no es cierto? No es un cronolítico importante, pero tiene efectos cronolíticos secundarios, naturalmente.

    Daniel preguntó, obligándose a permanecer tranquilo:

    —¿Regresaré?

    Forestier se echó a reír.

    —Depende de lo que usted entienda por regresar.

    La joven se volvió hacia él.

    —Por favor, no se lo diga.
    —Quiero saber la verdad... si hay una verdad —dijo Daniel.
    —No está usted preparado —dijo la joven. —Bueno, basta de charla, póngale la inyección de una vez —ordenó Forestier.

    Daniel se levantó bruscamente. El hombre que le vigilaba no pudo retenerle.

    —¿Me jura usted que ese producto procede de Garichankar?
    —Se lo juro. Es inofensivo con tal de que usted permanezca tranquilo. Yo estoy obligada a obedecer —añadió la joven—. No puedo hacer nada para ayudarle.
    —Puedo escapar de aquí cuando quiera —dijo Daniel.
    —Pero si intenta huir, le adormecerán y eso aumentará los riesgos. Tengo que vigilar su corazón y ponerle otra inyección para reanimarle en caso de desfallecimiento. Y como no soy médico, es preciso que usted pueda decirme lo que siente. Permanezca tranquilo. Tenga confianza.

    ¿Tener confianza? No, Daniel no tenía ya confianza en nada ni en nadie en aquel mundo insensato.

    —Adelante —dijo, encogiéndose de hombros.

    ¿Dónde estaba la realidad?¿Y el sueño?¿Quién soñaba?¿Daniel Diersant o el universo entero?

    Retrocedió, se sentó en la banqueta y ofreció su brazo derecho a la joven. Esta le cogió la muñeca y ajustó el cofrecillo de ebonita o de metal contra su codo. Daniel aspiró su perfume frutado y ácido: olía a vitamina C. Algo cosquilleó su piel y, poco a poco, una sensación de intenso frío ascendió hasta su hombro, se extendió a su cuello, penetró en su laringe, sus pulmones y todo su torso.

    —Tengo frío —dijo.
    —Es normal —dijo la joven.
    —Vístase —dijo Forestier.

    Daniel se deslizó torpemente en el pantalón azul petróleo que Forestier había tirado al pie del diván.

    —No se ponga aún la chaqueta —rogó la joven—. Por si tengo que ponerle otra inyección.
    —De acuerdo. ¿Estamos a 31 de julio?

    Forestier contempló a su prisionero con una mueca de perplejidad.

    —¿A 31 de julio?¡Corre usted demasiado, amigo mío! Que yo sepa —echó una ojeada a su reloj—, faltan todavía unos minutos para que termine el 20 de junio.
    —¿El 20 de junio de 1966?

    El jefe de Seguridad se encogió de hombros.

    —¡No, desde luego, de 1914 antes de Jesucristo!
    —Supongo que esa es una manera espiritual de decir que estamos en 1966.
    —Una manera espiritual de decirlo, sí.

    El 20 de junio... Daniel se sentía ahora demasiado fatigado —e indiferente— para analizar todas las consecuencias de aquella hipótesis. Una hipótesis bastante espantosa. Estaba cansado, débil y febril. Hundido en la banqueta, no tenía ya fuerzas ni deseos de levantarse.

    —¡Vamos, Diersant, deje de hacerse el tonto!

    La joven se sentó al lado de Daniel.

    —Todo saldrá bien —dijo—. No tiene usted otra solución que no sea la de colaborar con HKH. Yo pertenezco a Garichankar y he aceptado el trabajar para el Ejecutivo imperial. Tiene sus ventajas, ¿sabe? Puedo decírselo francamente: antes, yo no sabía lo que era el amor. No tenía vida sexual. No lamentará usted nada, se lo juro. Sí, en el terreno sexual, HKH le ofrecerá todo lo que pueda desear, todo lo que pueda imaginar. Y más allá. Además, tendrá usted una posibilidad de acceder a... a la eternidad subjetiva. Si muere usted en cronólisis, resulta posible multiplicar por diez elevado a la doceava potencia la duración subjetiva de sus últimos segundos de vida. HKH tiene ese poder. Porque el Imperio pertenece al universo cronolítico.
    —No —intervino Forestier—, todo lo contrario. El universo cronolítico pertenece a HKH. Y estarnos en nuestro derecho cuando lo defendemos contra los médicos de Garichankar y sus asquerosos experimentos... Por lo demás, Diersant, ella tiene razón. Pero yo no te hubiera hablado de ello. No te darán eso a cambio de nada. Tendrás que ganártelo a pulso. Y entretanto... mira lo que hago con tu tarjeta falsificada.

    El jefe de Seguridad agitó en alto el pequeño rectángulo marrón con la antigua fotografía y lo acercó a la llama de su encendedor.

    —Si esos matasanos creen poder engañarnos con trucos como este, se equivocan. Un trabajo de aficionado. ¿Ha visto esa fotografía?¡Ni siquiera un parecido elemental! La cabeza es más alargada, las facciones más pronunciadas, los ojos más hundidos, la frente despejada, con un largo mechón castaño oscuro... Ese individuo tiene que ser italiano o español. ¡Han metido la pata hasta el corvejón!

    Daniel notó que se le encogía el corazón. Había debido atribuir un valor sentimental a su salvoconducto. Casi se había sentido orgulloso de poseer aquella tarjeta. Gracias a ella, había tenido la impresión de pertenecer un poco a la raza de los amos...

    —¡Mire lo que hago con ella, amigo! —repitió Forestier. Luego cogió la carta de Nerek, la leyó y se la tendió bruscamente a Daniel—: Explíqueme esa fecha: 19 de septiembre de 1966. ¿Qué significa eso?¿Qué clase de comedia está representando?¿Qué es lo que intenta hacerme creer?¿Me está tomando el pelo?
    —¿Me está tomando el pelo?—preguntó el eco.
    —¿Me está tomando el pelo?
    —¿Me está tomando el pelo?
    —¿Me está tomando el pelo? Diersant, ¿qué clase de comedia está representando?¡19 de septiembre de 1966!

    Daniel cogió maquinalmente la carta. Le costó un gran esfuerzo fijar la atención en aquellas líneas que, por otra parte, tenía la impresión de saberse de memoria.

    «Nuestros amigos, los señores Defner y Robert Sarthès, nos informan que quedará usted libre a partir del 30 de septiembre de 1966. Nos indican igualmente que su experiencia profesional, adquirida en la Oficina de Documentación Técnica de la S.E.A.C. y en los laboratorios C.E.R.B.A., así como su doble formación literaria y científica, corresponden de un modo bastante concreto a las calificaciones exigidas para un puesto a proveer en Wilmington (Delaware), en la sede de nuestra filial común con Du Pont de Nemours...»


    ¡Imbécil! Esa es la clase de sueños que te ofreces... ya que, naturalmente, esta carta no existe. Nerek & Frobacher no han podido escribirte nunca para ofrecerte un empleo en América. Y no te escribirán nunca. En el mundo real no ocurren estas cosas... Alzó la mirada para comprobar la fecha... aquella fecha absurda e inexplicable. Pero leyó con sorpresa: 29-31 de julio, Hospital Garichankar.

    Cuidado, Daniel Diersant. Ha caído usted en una trampa de HKH. Imaginamos que está usted en peligro. Intentan hacerle creer que el accidente temporal se produjo el 20 de junio para perturbar su juicio y arruinar su moral. Su nivel de consciencia desciende ya dramáticamente. Se repliega usted en la incredulidad, tal como desea HKH: necesitan que permanezca usted pasivo... No tardaremos en liberarle. No se excite. De momento, procure no dormir. Es muy importante. Es preciso que permanezca usted consciente para que podamos alcanzarle. No se mueva. No manifieste ninguna sorpresa. ¡Atención, estamos llegando!
    Su nacionalidad no es un obstáculo, con tal de que acepte fijar su residencia en los Estados Unidos por un período mínimo de cinco años.
    ¡Atención, estamos llegando!
    Si le interesa nuestra proposición, sírvase establecer contacto con el Sr. Distelbarth, cuya dirección incluimos...


    Muy rara, aquella advertencia del Hospital Garichankar deslizada en la carta de Nerek. Daniel se preguntó si debía devolverle la hoja de papel a Forestier, que le observaba con expresión furiosa. Los Laboratorios Nerek & Frobacher al Sr. Daniel Diersant. El mensaje del Hospital había desaparecido. Quedaba la carta. Estaba cansado de todo aquello. Tenía ganas de dormir o de despertar. Era casi lo mismo. Significaba salirse de aquello. Pero, ¿cómo salir de un sueño que no terminaba?

    —¡Es la falsificación más burda que he visto nunca! —dijo Forestier cogiendo la hoja de papel.

    Daniel distinguía al jefe de Seguridad, a la joven rubia y a sus compañeros a través de una niebla febril, ligeramente sonrosada. Le escocían los ojos. Su debilidad iba en aumento. Sin embargo, intentó resistir al sueño, no tanto a causa del mensaje de Garichankar, en el cual no creía, como porque tenía miedo. ¿Qué era el sueño más allá del sueño?¿La muerte?

    Súbitamente, una horda de fantasmas blancos, cubiertos con mascarillas de cirujanos y armados con generadores portátiles de micronieblas, surgió a través de las paredes y el techo y rodeó a Forestier y a sus cómplices. Sin duda alguna, los enviados del Hospital Garichankar. Daniel reconoció al doctor Robert Holzach, que parecía conducir la pequeña tropa, y a Larcher, el ex ingeniero del traje raído.

    —¡Diersant, amigo Diersant, estamos salvados! —gritó este último.

    Forestier y sus amigos habían desaparecido desde los primeros segundos del ataque. La joven les había seguido. O se la habían llevado. ¿Salvados? Estaría salvado si esto fuera cierto, pensó Daniel. Pero no es más que otro sueño. Larcher le palmeaba la espalda riendo y estrechaba frenéticamente su mano.

    —¡Qué aventura, amigo mío! Dieciocho meses de paro forzoso, y luego esto... En el fondo, ha sido una suerte para mí no encontrar trabajo. Si hubiese tenido un empleo cualquiera, hubiera continuado siendo un desgraciado...

    Paseó sus dedos de uñas rotas por los cabellos que caían en mechones grises en torno a su rostro mal afeitado. Daniel dejó de escuchar una vez más. Dos enviados de Garichankar le ayudaron a levantarse. Sostenido por ellos, avanzó por un pasillo interminable y cada vez más ancho, que se perdía en el corazón de un desierto de nieve... ¡Volverás al frío! Luego dejó de mirar, de escuchar, de esperar. Deseó desvanecerse, desaparecer, salirse de aquello de cualquier modo...


    6


    Hizo sonar el claxon dos veces, y el vigilante nocturno en uniforme gris metalizado dejó ver su gorra de visera, sus anchos hombros y un largo brazo simiesco al extremo del cual colgaba una brillante arma.

    —¿Qué quiere usted a esta hora?
    —Ver al patrón, amigo.
    —¿Qué patrón?
    —¡Oh, vamos! Déjese de historias. Aquí está mi tarjeta.

    El vigilante salió de su garita y tomó el rectángulo de cartulina que Daniel le tendía a través de la verja.

    —No sé si es válida.

    Encendió una linterna y acercó la tarjeta a sus ojos.

    —¿Qué es lo que pasa?
    —Bueno, esta fotografía no se le parece mucho.
    —Soy Daniel Diersant.
    —En la fotografía está usted más delgado y un poco calvo.
    —¡Un poco calvo! ¿Bromea usted?
    —La frente está más despejada...
    —Porque he cambiado de peinado.
    —Y no es solamente eso. La frente, la nariz, la barbilla... no son las de usted.
    —La fotografía quedó un poco velada.
    —Es raro, porque a pesar de eso parece usted más viejo en la fotografía que al natural.
    —Oiga, aquí apenas hay luz. ¿Puedo pasar?
    —Un momento, voy a telefonear.
    —El Gran Dragón me espera.
    —Es más de medianoche. Tengo que telefonear. Es el reglamento.

    ¡Más de medianoche! Imposible que sea tan tarde... Daniel experimentaba una confusa sensación de fatiga y de disgusto. No era aún la sublevación: estaba demasiado cansado para sublevarse ahora. Algún día, más tarde, se sublevaría, lo sabía... lo había sabido siempre... Con la portezuela del Volks entreabierta, leyó una vez más la carta de Ellen a la luz de la lamparilla del techo.

    Querido Daniel:
    Me alegra poder anunciarte que pronto vamos a reunirnos. Como comprenderás, un encuentro de ese tipo no resulta fácil de organizar. Pero todo marcha bien. Sólo es preciso que te prepares para una fuerte impresión. El decorado y las circunstancias te sorprenderán. Esto era inevitable por motivos que más tarde conocerás. Te ruego que permanezcas tranquilo pase lo que pase. El universo cronolítico puede reservarnos aún muchas sorpresas... Buena suerte y hasta muy pronto. Ellen.


    —¡Señor Diersant, venga en seguida! —gritó el vigilante abriendo la puerta de la verja—. Le llaman al teléfono. Tiene que ser algo muy importante para que le llamen aquí y los fords hayan pasado la comunicación...

    Daniel arrugó rabiosamente la carta y la metió en el bolsillo de su chaqueta azul petróleo. Saltó del automóvil, tropezó contra la pared. Sus piernas apenas le sostenían. Su brazo izquierdo seguía estando helado y tenía cristales de sal en los labios.

    —Está usted cansado, ¿eh?—dijo el vigilante, sosteniéndole—. Le pido disculpas por lo de la tarjeta. No creí que fuera usted alguien tan importante.
    —¿Por qué tan importante?
    —Bueno, porque le telefonean aquí.
    —¿Quién me llama?
    —La oficina del médico-jefe, creo.

    La garita del vigilante era un diminuto cuarto cuadrado, con muebles de metal verdes y un standard telefónico imponente. Daniel se apoyó contra una mesa y tomó el aparato descolgado.

    —¿Diersant? Aquí, Holzach. ¿Dónde está usted?

    Daniel paseó a su alrededor una mirada cansada y ausente. ¡Dios mío, no lograré escapar nunca!

    —Me gustaría saberlo. En alguna parte... en lo Indeterminado, evidentemente.
    —¿No está en la fábrica de Choisy?
    —Es posible. Estoy en un lugar que parece la fábrica de Choisy.
    —Cuidado. La fábrica de Choisy se encuentra en una zona cronolítica más o menos controlada por HKH. Los hombres del Imperio tratan de acorralarle. Van a bloquear todos los caminos del futuro y después estará usted a su merced.
    —Pero, ¿qué diablos puede importarles que yo esté aquí o en otra parte?¿Qué es lo que quieren de mí, santo cielo?
    —Lo ignoro.
    —¿No se lo han explicado los fords de Garichankar?
    —Ya no estoy en contacto con los fords de Garichankar.
    —Entonces, no puede usted hacer gran cosa para ayudarme.
    —Conozco el universo cronolítico y sus trampas.
    —Y yo empiezo a acostumbrarme a ellas. ¿Fue usted quién me envió ese mensaje en la carta de Nerek?
    —No ceso de enviarle mensajes. Conscientemente o no. Es posible que sólo llegue uno de cada ciento.
    —Supongo que es una ley del universo cronolítico.
    —En lo Indeterminado, las comunicaciones son difíciles y poco seguras. HKH se aprovecha de ello para embrollarlo todo, para sembrar la duda y la sospecha por doquier.
    —Quisiera saber el papel que represento en todo esto.
    —Creo que es un papel importante.
    —Pero, ¿soy un peón, o un jugador?
    —Tal vez sea usted un peón que debe convertirse en jugador. En todo caso, no puedo ayudarle si se escurre de entre mis dedos sin cesar. Quisiera establecer un contacto permanente con usted, pero usted se mueve continuamente. Yo...
    —En realidad, usted intenta servirse de mí, ¿no es cierto?
    —No. Se lo juro. Somos aliados. Forzosamente. Tiene que comprender esto, Diersant.
    —Déjeme en paz. Déjeme reventar con tranquilidad.

    Robert Holzach dejó oír una risa aguda, exasperada. —Nadie revienta nunca con tranquilidad, amigo mío. No, ni siquiera eso, lo siento... Vamos a intentar una vez más simular un contacto con Garichankar.

    Daniel respiró profundamente. Le zumbaban los oídos.

    —Empiezo a estar cansado de sus trucos —dijo—, y me pregunto si HKH no tendrá razón. ¿Qué es lo que tengo que hacer?
    —Nada. Absolutamente nada. Continuar juiciosamente esta secuencia. No se mueva, no tome ninguna iniciativa. Voy a llegar y le demostraré que HKH es su enemigo.
    —De acuerdo. Le espero.

    Daniel dio un leve salto hacia adelante y se encontró rodando con deliberada lentitud en medio de la avenida central. Seguía estando cansado y distraído. Apenas pisaba el acelerador, pero cuando el control de sus músculos se le escapaba un poco el Volks daba un salto hacia adelante. Un golpe de freno volvía a ponerlo al paso. El claro de luna anegaba el patio bajo una polvareda resplandeciente. Los gigantescos edificios de la fábrica erguían sus sombras contra el cielo como acantilados de plomo. Despacio. Una masa gris apareció a la derecha. Tres al frente. Dos directamente a la izquierda. Dos a la derecha, tres, cuatro... En total, ocho o nueve automóviles iguales que el de Forestier. Y otro detrás. Simbólico, aquello: los polizontes que se multiplican para bloquear el camino del futuro. Esperar. No intentar huir. Los 404 avanzaban al ralentí... Súbitamente, el ruido misterioso se dejó oír: pizzicato burlón sobre redoble de tambor. Y de cuando en cuando la risa chirriante de los címbalos. Aquel ruido rememoraba en Daniel un recuerdo inalcanzable. Algo había sucedido en el fondo del tiempo sobre aquella música. ¡Dios mío! ¿Y si hubiese sufrido el accidente en Choisy?¿Si me hubiese hecho atropellar por ese cerdo al ir a ver al Gran Dragón? Y el otro, el maldito matasanos, ¿a qué espera para dejarse ver?

    Ahora, el 404 que llegaba en cabeza se dirigía recto sobre el Volks con una lentitud aterradora. Instintivamente, y a pesar de sus resoluciones, Daniel frenó y giró ligeramente. Sus gestos tuvieron un efecto en el tiempo tal como esperaba. El Volks y el 404 se apartaron un poco el uno del otro sin desviarse de su trayectoria. Los otros 404 retrocedieron al mismo tiempo. Daniel soltó el freno. Y, de nuevo, la arremetida. El 404 procedente del fondo del patio parecía a punto de volar y caer en picado sobre el Volks. Un pálido resplandor reveló dos cabezas difuminadas detrás del parabrisas. Una de ellas llevaba un sombrero caído sobre los ojos, la otra una gorra de visera. Los dos vehículos estaban a unos metros de distancia el uno del otro, a unos centímetros... Daniel volvió a pisar el freno y se produjo inmediatamente la separación a treinta o cuarenta metros. Resopló ruidosamente. Sus manos y sus rodillas temblaban. Su presión sobre el pedal era cada vez más irregular. Los diez 404 y el Volkswagen se balanceaban de un lado a otro, acercándose a veces peligrosamente.

    Daniel estaba ebrio de fatiga. Su extrema debilidad anestesiaba en él todo temor. Se decía: no es más que un mal momento que hay que pasar. De un modo u otro, terminaré por salir adelante. ¡Despertar, Dios mío, despertar! Ahora sólo deseaba una cosa: despertar. Cruzó los brazos delante de su rostro, dejó caer la cabeza sobre el volante con un suspiro y abandonó bruscamente el freno. No vio el 404 echándose sobre el Volks. El impacto le echó hacia atrás violentamente, le aplastó contra su asiento. Resonó un golpe de gong y el pizzicato se hizo feroz a través de los címbalos. Daniel separó los brazos, levantó la cabeza. Al otro lado del parabrisas destrozado apuntaba el morro torturado del 404 gris. Se asombró de no estar muerto, de no haberse desvanecido siquiera. Un dolor extraño, casi agradable, palpitaba suavemente en su pecho. Animal familiar, tierno compañero. Estás en mí, amor mío, como la vida, como la muerte. Quiso levantar la mano para acariciar al animal que le lamía cariñosamente el corazón, pero nada se produjo: ni sensación ni movimiento. Sus músculos no obedecían ya. Bueno, estoy paralizado. Había que esperarlo.

    Unos fantasmas blancos danzaban en torno a los automóviles accidentados: los hombres de Garichankar. Todo marchaba bien. Daniel pensó: esta vez he salido adelante. Un licor tibio se deslizaba por su garganta. ¿Sangre? Pero no estoy herido... Era delicioso. Nunca hubiese creído que la sangre pudiera tener tan buen sabor. Un emocionante olor a pan caliente flotaba en el Volks. Daniel sonrió. Los fantasmas blancos le rodearon, se inclinaron sobre él. Se desvaneció lentamente.


    Andaba por la calle. Era una calle estrecha, iluminada débilmente por unos extraños faroles de formas barrocas. El aire era húmedo y cálido. Daniel tenía la piel pegajosa; sus cabellos mojados se pegaban a su frente y a su cuello. Llevaba la chaqueta bajo el brazo. Su camisa estaba empapada. Sin embargo, no tenía calor. Alzó los ojos, pero el cielo nublado no dejaba ver ninguna estrella. Entre las luces, una especie de humareda o de niebla se extendía a ras del suelo. Por el olor, juzgó que era huma. Un velo plomizo parecía cubrir la ciudad. Una nube espesa, interminable, había devorado el cielo. ¿Era verano? ¿El 29 o el 31 de julio? Se apoyó contra un farol. Se asfixiaba. Salir de allí, Dios mío, salir de allí. ¿Qué ciudad era aquella?¿Qué diablos hago aquí? Recordó unas palabras de Forestier: "Le darán otra identidad, otras ropas, y le transportarán a HKH. Antes de saber quién es y de demostrarlo, habrán pasado algunos meses..." Pero había algo que no había salido de acuerdo con el plan de aquellos cerdos. El era Daniel Diersant y lo sabía. A menos de que también esto sea una ilusión. Tal vez no soy Daniel Diersant. Tal vez soy Renato Rizzi, el marinero de la mano mutilada. O Jean Larcher, el ingeniero del traje raído. O Robert Holzach, el psicronauta de Garichankar... Y estoy perdido en una ciudad del imperio industrial. ¿Es esto el futuro, pues? Este aire casi irrespirable, esta humedad, este calor bochornoso acompañado de una especie de frío en el interior... Esta ciudad desierta, miserablemente iluminada... No, es una pesadilla. Estoy enfermo o herido. Deliro. Súbitamente, recordó: la fábrica de Choisy, los 404 grises, el accidente. No se atrevió a llevar la mano a su pecho, donde debía encontrarse la herida. Estaba, pues, soñando en un lecho de hospital. Saldría adelante. Todo marchaba bien. La ciudad desconocida, con sus calles estrechas y sus faroles barrocos, no existía. Daniel la rechazó. HKH y Garichankar no existían. Deliberadamente, los rechazó.


    Iba vestido con un viejo chaquetón y una abud de Fara. Llevaba por todo equipaje una antena a globo. Viajaba en el gratfer, el ferrocarril de los pobres y de los vagabundos: no iba muy aprisa, pero no costaba nada. Estaba sentado sobre una estera grasienta y veía desfilar la llanura casi desértica a través del cristal roto del vagón. Cerca de él había un grupo de bienaventurados, completamente desnudos, que tocaban el nagoam y fumaban cáñamo de Berg. (Berg era aquel planeta imaginario que vengaba a los hombres de sus fracasos espaciales). Había también algunos campesinos armados —lo cual era ilegal—, y un buhonero que llevaba sus mercancías en una maleta transparente. Los ventiladores soplaban un aire pestilente y apenas fresco. La temperatura en el interior del vagón debía aproximarse a los treinta grados. En el exterior, un sol de acero cocía el campo muerto. La Europa industrial retornaba al desierto. Era justo.

    Rob se levantó y echó a andar por el pasillo. Una joven le abordó y le ofreció una gragea de mebsital. Era muy alta y sus amplios vestidos no ocultaban del todo su extrema delgadez. Una especie de cuello muy alto y semivuelto cubría su nuca y disimulaba la mayor parte de su rostro. Apenas se distinguían sus ojos brillantes, alargados, verdiazules. Sus cabellos cobrizos caían sobre su frente y se esparcían sobre su cuello. Rob veía apenas sus cejas, el nacimiento de la nariz, y adivinaba a duras penas la forma de su cuerpo. Sin embargo, estaba seguro de que era muy bella. Su atuendo era el de una prostituta de Estado, y esas muchachas son siempre soberbias. Rob aceptó la gragea que ella le entregaba.

    —Kanashiwa —dijo la joven.
    —Choisy —respondió Rob.

    Era el santo y seña convenido. La joven le rogó que la acompañara y él obedeció. La joven le conduciría junto a Ellen, en alguna parte del gratfer. Hubiese preferido un emisario menos llamativo, pero conocía los extraños gustos de la doctora Laumer. Siguió a la joven a través de cinco o seis vagones. Ella le dijo que se llamaba Monika. El preguntó: ¿Monika con k? Sí, con k, dijo ella. Llegaron a un compartimiento que ocupaban un grupo de sectarios del Elefante azul, de una delgadez cadavérica, y cuatro milicianos andrajosos, agachados en torno a una escudilla de arroz. Una mujer sentada en un rincón, detrás de los fantis, se ocultaba a medias bajo una nube de humo blanco. Moldeada en un corto vestido de color malva, pequeña, delgada, engañosamente frágil, tenía un rostro claro, casi blanco, bajo una cabellera de jade y unos ojos inmensos, visiblemente asiáticos, con largas pestañas aterciopeladas. Ellen.

    Rob se dejó caer junto a ella, sobre la estera. Estaba muy cansado. Se había metido en el bolsillo la gragea de mebsital: necesitaría toda su lucidez para aquella entrevista. Monika levantó su vestido de raso rojo y se instaló entre ellos en una postura vagamente yóguica (aunque no se veían sus piernas). ¿Iba, pues, a tomar parte en la conversación, o al menos a escucharla? Tal vez se acostaba con Ellen. El doctor Holzach suspiró. El Hospital Garichankar tendría que exigir una vida más austera a sus psicronautas. Ellen le hizo una seña a Rob para que se acercara, y cambió de posición para hacerle sitio. Su falda de color malva quedó ligeramente doblada, dejando al descubierto la carne dorada de sus muslos. Luego empezó a desabotonar la abud de Rob.

    —Esto es por si Seguridad nos sorprende —dijo, sonriendo.

    Ya que existía Seguridad. Aquí y en todas partes. Rob casi lo había olvidado. Y tal vez Forestier le seguía.

    —De acuerdo, no me importa seguir el juego —dijo—. Pero no abuses demasiado. Estoy molido. Y tú, ¿te quedas aquí?—inquirió, dirigiéndose a Monika.
    —Está previsto. Soy una fisgona profesional. Puedo enseñarte mi carnet.
    —Confío en ti —dijo Rob.

    Ella esbozó una caricia discreta. En sus ojos de color castaño claro brillaba una lucecita de preocupación. Rob pensó que estaba asustada. Pero, ¿de qué? Ella frotó sus botas una contra la otra y anudó las piernas con una gracia provocativa. Luego acentuó la caricia que había iniciado un momento antes. ¿Está fingiendo, o se divierte a mi costa?, pensó Rob. Se desprendió de sus manos con firmeza y suavidad. El perfume de las dos mujeres le asaltaba cruelmente. El de Ellen, cálido, especiado, un poco exótico, ácido, y el de Monika: olor a carne, a leche, a flores desaparecidas...

    —Puedes hablar delante de Monika, es una amiga de Garichankar —dijo Ellen en voz baja.

    Posó su manita de uñas doradas sobre el muslo de Rob, allí donde la ropa desgarrada dejaba la piel al desnudo. Monika repartió unos cigarrillos de Berg. Ellen paseó a lo largo de su mejilla su dedo índice libre, con aire serio y pensativo.

    —Bueno, Rob, te escuchamos.
    —Te escuchamos...
    —¡Te escuchamos!
    —Te escuchamos... Rob la miró. Unos pequeños bucles aéreos escapaban de su cabellera aplastada, subrayando el óvalo muy alargado de su rostro. Y aquel rostro despertaba en él misteriosos recuerdos de otros tiempos, que no lograba concretar.
    —Tú has querido este encuentro —dijo—. Por lo tanto a ti te toca empezar.
    —Me gustaría que antes hablaras tú. Creo que eso me ayudaría para lo que tengo que decirte.
    —Ayúdame —suplicó Rob—. Recuérdame lo que se supone que tengo que hacer aquí.
    —¿Quieres decir que has olvidado tu misión?
    —Mis recuerdos son borrosos. Ni siquiera estoy seguro de mi identidad.
    —Eres el doctor Holzach, del Hospital Garichankar. Los fords te han encomendado una misión de estudio en 1966. Nuestro encuentro, pues, tiene lugar en el Tiempo incierto. Estás en cronólisis profunda, y yo solamente en cronólisis media. Nos reunimos a medio camino.
    —¿Por qué 1966?
    —1966 no ha sido elegido especialmente. Se trata de un programa sistemático de exploración del período 19601985, un período crucial de nuestra historia. El siguiente, 1985-1998, todavía más importante, más decisivo, es también un período mucho mejor conocido.
    —Sí, recuerdo eso. Pero... ¿tiene algo que ver mi misión con HKH?
    —Indirectamente, tal vez. Se cree que los imperios industriales estaban en germen en la sociedad de 19651970.
    —Había olvidado la historia de HKH. Para mí, fue una completa sorpresa cuando me... cuando Daniel Diersant se encontró con los hombres del Imperio en lo Indeterminado.
    —Es normal. En aquel momento, tus recuerdos y tus representaciones eran los de Daniel Diersant.
    —Pero nunca he llegado a comprender lo que querían los fantasmas de Hans Karl Hauser y de Harry Krupp Hitler.
    —Yo también lo ignoro. Pasaré mi informe a la red fordal. Al principio, tu misión no afectaba especialmente a HKH, pero posteriormente se han producido ciertos acontecimientos que pueden haber modificado la situación. Te hablaré de ellos más tarde.
    —¿Acaso ha sido HKH quien ha intentado varias veces separarme de Daniel Diersant... y que lo ha conseguido?¿O era Garichankar el que trataba de despertarme para establecer contacto conmigo?¿Para organizar nuestro encuentro?
    —Hemos establecido este contacto a la primera tentativa. No somos nosotros los que te hemos molestado. Pero la ruptura de conexión entre Diersant y tú ha podido producirse de un modo fortuito. No es infrecuente.
    —Pero, ¿y mi semivigilia?
    —Sí... En efecto, tal vez sea una intervención de HKH. Presentaré mi informe.
    —Recuérdame las fechas del Imperio.
    —1985-1998. Como sabes, los acontecimientos de 1998 condujeron a la desaparición de todos los imperios privados en Europa y en América. Sólo sobrevivió el Imperio Leso, que dominaba el Japón.
    —¿Cómo se formaron esos imperios?
    —Hacia 1980, los países llamados desarrollados se encontraban ante el siguiente dilema: interrumpir el crecimiento industrial o destruir el planeta. Se había previsto desde 1970, pero la opinión pública estaba a favor del crecimiento. Se inclinó por lo contrario a partir de 1980. Entonces, las grandes sociedades capitalistas, y con ellas los fanáticos de la industrialización salvaje, quedaron en minoría. Siguió una reacción de tipo fascista. Para mantenerse, las sociedades tuvieron que romper con los Estados que se mostraban cada vez más reluctantes, bajo la presión de las masas. Eso debía conducir entre 1985 y 1990 al nacimiento de los imperios industriales privados. En Europa, HKH era el más importante y no tardó en absorber a todos los demás, de acuerdo con la ley de los monopolios. Hasta el levantamiento de mil ochocientos noventa...

    Ellen miraba a Rob con sus ojos color avellana de mirada tranquila pero apasionada. Y Rob se sintió invadido por una oleada de ardiente deseo. Hasta pronto, Ellen.

    —Ahora, te escuchamos —dijo ella.

    Rob suspiró, decepcionado.

    —No hay nada más difícil que contar una experiencia psicronáutica. ¿Qué ha pasado en Garichankar?
    —No sólo en Garichankar. Te lo contaré después.
    —Algo grave?
    —Sí.
    —¿Que me concierne?
    —Que nos concierne a todos. Pero, antes, te escuchamos.
    —Bien... Yo... voy a hablar en nombre de Daniel Diersant. Estoy... muy cansado. Experimento un montón de impresiones raras. Supongo que es normal. La mezcla de las personalidades. Es como si tuviera la certeza de que voy a morir pronto. Algo no funciona. Aquella época segrega una atmósfera asfixiante. Sobre todo moralmente, ya que el aire es aún casi respirable, a pesar de los automóviles y de las fábricas. Nada irreversible en 1966. Pero la gente no sospecha nada. Es enloquecedor. Y sus automóviles... increíble. Están en todas partes. Ya en 1966. Y también los polizontes. Se presiente lo que será el período siguiente 1970-1980: polución y represión... Los automóviles, los medicamentos, los polizontes, el dinero: estas son las cuatro columnas de su civilización. Y por encima de eso, una administración nimia, inadaptada, irracional. Mas el poder de las grandes sociedades, que se ejerce a veces abiertamente, a veces secretamente, pero que supera ya el de los Estados.
    —Sabemos todo eso, Rob. Y tú también lo sabías antes de transportarte a 1966. Es una confirmación útil. Ahora quisiéramos que nos dieras detalles concretos.
    —Todo se embrolla en mi memoria. Formúlame preguntas.
    —¿Es muy duro?
    —No... no es muy duro. Al menos para mí. No estoy en los escalones más bajos. Es decir, no lo estaba... porque me han despedido. En los escalones más bajos es muy duro, desde luego. No hay nada más horrible que la miseria en medio de la opulencia de las sociedades industriales. Los investigadores de California lo han demostrado perfectamente. A mí, lo que más me ha impresionado en este mundo (la Francia de 1966) es la extrema desigualdad, la distancia existente entre las clases elevadas y las más bajas. Teniéndolo todo en cuenta, me pregunto si ha sido nunca mayor en el curso de la historia. Y además hay esta tristeza, este cansancio, este... este sabor a muerte que no logro definir. La desigualdad es uno de los mecanismos de su sociedad. Pero la tristeza y el cansancio no proceden únicamente de la injusticia. A menudo se tiene la impresión de que HKH se anuncia ya. Tal vez es una idea preconcebida. No lo sé... Yo experimentaba la vaga sensación de que mi vida no valía la pena de ser vivida. Ni siquiera estaba seguro de vivir. Es posible que haya intentado suicidarme.
    —¿Cómo?
    —Tal vez tragando un tubo de mebsital. O tal vez estrellando mi automóvil contra un árbol. Medicamento o automóvil. No lo sé. Atravieso unas fases de delirio cronolítico bastante penosas, y me resulta difícil reencontrarme en mis recuerdos. —¿Te despidieron de tu empleo?¿Por qué motivo?¿Era una cosa frecuente en aquella época?
    —Sí, era muy corriente. Me despidieron, y no comprendo exactamente por qué. No llego a reconstruir la sucesión de los acontecimientos. Trabajaba en la rama farmacéutica de una empresa química, la Seac. El presidente de la empresa está a punto de jubilarse y los altos dirigentes se hacen la guerra para ocupar su puesto. Hay una situación compleja que estoy muy lejos de conocer a fondo. Es posible que haya estado mezclado sin querer —o queriendo— en un episodio de esa guerra. Una noche me dirigí a la fábrica de Choisy para entrevistarme con el director, Robert Sarthès, llamado el Gran Dragón (ignoro por qué). Parece ser que Sarthès se queda en su despacho hasta muy tarde, a veces hasta medianoche. Tal vez eso sea una simple alegoría cronolítica. Lo ignoro. Me dirijo, pues, a Choisy caída la noche (estamos a finales d julio, entre las nueve y las nueve y media). Soy portador de unas traducciones. Ya que ejerzo de traductor técnico en la Seac, y mi jefe, el administrador Max Roland, me lo ha reprochado diciéndome que quedaba despedido (aunque dudo que esa escena sea real). Yo era químico, pero como poseía también una buena formación literaria, me empujaron discretamente por el camino de la documentación y de la traducción. Y ahora, utilizan ese pretexto para eliminarme. Eso es lo que he creído comprender. De modo que vuelvo a la fábrica de Choisy. El vigilante nocturno responde a mi llamada con el claxon. Le entrego mi tarjeta de la Seac... En la versión cronolítica de aquella escena, la tarjeta de la Seac tiende a convertirse en una "tarjeta HKH".
    —Entonces, ¿asimilas HKH con la Seac?
    —Más o menos. Y Forestier, el jefe de Seguridad de la Seac, me dice que aquella tarjeta es una burda falsificación. En resumen, paso al interior. Entro en el patio de la fábrica. Allí surge Forestier. Su 404 embiste a mi Volkswagen, evito el accidente por muy poco. Pero el jefe de los polizontes presenta su informe, y al día siguiente soy convocado a la sede de la empresa donde me dicen que estoy despedido. Cuidado, esto no es un hecho cierto: es una línea de probabilidad. A propósito, ¿cuál es la fiabilidad de las informaciones que tú me das?
    —Muy elevada. Nuestra entrevista es una operación completamente desacostumbrada puesta a punto por los fords de Garichankar y controlada por ellos. No creo que pueda contener más de un veinte por ciento de errores. Es la fiabilidad más elevada que se ha alcanzado nunca en lo Indeterminado. Al menos, eso creo yo.
    —¿Y por qué una operación excepcional en beneficio mío?
    —No sólo en beneficio tuyo. Se decidió alertar a todos los psicronautas en misión en todo el planeta sin llamarles.
    —Entonces, la cosa es grave.
    —Es demasiado pronto aún para medir la gravedad del acontecimiento. Te ruego que continúes.
    —Hace unos días fui convocado por el director de los Laboratorios Cerba. Cerba es una filial común de la Seac y del grupo alemán Nerek & Frobacher. Me destinaron allí provisionalmente, tal vez para librarse de mí. Pero Defner, el director, me propuso que me quedara en Cerba de un modo definitivo y, por diversos motivos, me negué. Además, el administrador Max Roland posee una carta que me fue dirigida por Neker y, en aquella carta, los alemanes me ofrecen un cargo en América. Eso me parece poco verosímil. En otra versión cronolítica, la carta la tengo yo. No hay humo sin fuego. Por lo tanto, es otra línea de probabilidad.
    —Te recuerdo que has sufrido un accidente... o que han intentado matarte... o que has querido suicidarte. Es preciso que descubras lo que en realidad te ocurrió. Es un aspecto importante de tu misión, o al menos lo era al principio. Los últimos acontecimientos han relegado ese ejercicio al segundo plano. Sin embargo, te aconsejo que continúes tu investigación en ese sentido. Quisiera también formularte algunas preguntas.
    —Te escucho.
    —¿Cómo te han llegado mis mensajes?
    —Son unas cartas que leo en mi automóvil delante de la fábrica de Choisy, mientras espero que el vigilante nocturno me abra la puerta. En conjunto, contienen muchos errores e inexactitudes, pero me siento feliz al leerlas y eso me ayuda mucho moralmente.
    —Me has citado dos líneas de probabilidades. ¿Hay otras?
    —Sí, al menos otras dos.
    —¿Cómo explicas la presencia de HKH en esta zona cronolítica?
    —Yo no explico nada.
    —¿Crees que te buscan?
    —¿A mí... a Robert Holzach?¿O a Daniel Diersant?
    —Bueno, al uno o al otro.
    —Tal vez han descubierto que el doctor Holzach se oculta bajo la personalidad de Daniel Diersant. Y tratan de establecer contacto conmigo a través de Diersant.
    —Y es difícil para ellos, que no poseen los fords de Garichankar.
    —Sí, pero el Indeterminado es su universo.

    La creciente penumbra ocultaba a Rob la mirada de Ellen. Sin embargo, parecía que la joven observaba a su compañero con cierta desconfianza. Como si hubiese podido contraer una enfermedad sospechosa en el Tiempo incierto... ¡o como si se hubiese convertido en un agente de HKH! El jade brillante de su cabellera inundaba su rostro de mármol claro. Era hermosa, un poco más que en la realidad, quizá, tal como él la había amado, tal como ella se veía o tal como los fords de Garichankar se la representaban en sus fríos corazones... Una zona de sombra cronolítica se extendía ahora alrededor de ellos. El decorado simulado se difuminaba poco a poco bajo un gris brumoso. Los sonidos se atenuaban: el jadeo de la locomotora, los chirridos del vagón, los cantos de los fantis... Los milicianos habían desaparecido por completo. A través del cristal roto sólo se distinguía una mancha rojiza. Los largos cabellos rubios de Monika flotaban contra el hombro de Ellen, pero la niebla había devorado su rostro.

    —Tengo elementos suficientes para mi informe —dijo Ellen—. Espero que no nos desfasaremos con demasiada rapidez. Es preciso que sepas lo que ha pasado.

    Su voz era baja pero perfectamente clara. Un débil eco desdoblaba algunas sílabas. Rob pensó que el contacto iba a romperse. Buscó la mano de Ellen, la encontró, la apretó fuerte y tiernamente entre las suyas. ¡Ellen, Dios mío, no me abandones!

    —Todo empezó en California, sin duda mucho antes de tu partida. En Palo Alto, San Luis... Un fenómeno que se creía absolutamente imposible. Tal vez por eso se ha tardado tanto tiempo en comprenderlo. Ahora los Hospitales autónomos están afectados en Pekín, en Oslo, en Lusaka, en Lausana, en Argel... y en Garichankar. Se han formulado toda clase de hipótesis. Se ha hablado de un deslizamiento del universo cronolítico, de invasión, es decir de agresión. Algunos han pensado en una tentativa de HKH para invadir la Tierra. Se acusa a los psicronautas. Nos acusan a nosotros. Se dice que esto ha ocurrido a causa de nuestros experimentos. Un accidente... ¿Lo que ha pasado? Un gran número de personas, en los hospitales del mundo entero —e incluso en ciertas ciudades de Utopía 0—1 han quedado sumidas en estado de cronólisis más o menos profunda. No se sabe si han absorbido accidentalmente cronolíticos, o si la cronólisis se ha hecho súbitamente contagiosa... o natural. Al principio se había decidido llamar a todos los psicronautas, pero los fords se opusieron a ello. Entonces se intentó establecer un enlace lo más seguro posible con vosotros. Por eso nos hemos encontrado. Y actualmente están en curso otros muchos contactos de esta clase... Parece ser que el mal se extiende a toda California. ¿Intoxicación, epidemia? Se ignora. En Garichankar, la situación es mucho menos grave. La crisis no ha desbordado el Hospital. Incluso está circunscrita, con muy pocas excepciones, a los niveles profundos. Una enfermedad... O un ataque. Sí, eso parece un ataque. Pero nosotros somos capaces de defendernos. Tenemos los fords, y unas drogas cronostáticas sumamente poderosas, como tú sabes. Lo esencial ahora es identificar al enemigo, si realmente se trata de una agresión. La red fordal cuenta con los psicronautas en misión para que nos ayuden. No, de momento no hay nada que temer. Salvo en California. Se han producido ya algunas víctimas en las poblaciones. En Palo Alto, tres personas murieron en un ascensor... el único ascensor del pueblo. Los pasajeros se sumieron en cronólisis y debieron efectuar una falsa maniobra. Afortunadamente, en Utopía 01 no hay muchas máquinas ni mucho tráfico. Esperemos que el fenómeno no se extenderá a las ciudades altamente mecanizadas. En Pekín, en Argel, en Lusaka, sería terrible. Temo que se consideren responsables a los Hospitales autónomos y que nos obliguen a interrumpir nuestras investigaciones. Sí, la psicronáutica corre el peligro de verse perjudicada... o, por el contrario, puede verse beneficiada, ¿quién sabe?, puesto que todo el mundo puede convertirse en psicronauta defendiendo su cuerpo. Lo sabremos más tarde. De todos modos, el Comité de Urgencia de los Hospitales autónomos ha estimado necesario que todos los viajeros en misión sean advertidos. Si la situación se agravara, seríais llamados en seguida. Pero no ignoras que una llamada prematura es sumamente peligrosa. En todo caso, la red fordal en Garichankar puede funcionar sin ninguna ayuda humana, si es necesario. En la peor de las eventualidades, a tu regreso podrías encontrar un Hospital completamente desorganizado. Y como existe la posibilidad de que entonces seas inmune al contagio, tendrás que trabajar por nuestra propia salvación con la ayuda de los fords... No obstante, las posibilidades de que se llegue a ese extremo son inferiores a una entre mil.

    Para ti, ningún cambio hasta nueva orden. Continúas tu investigación sobre los acontecimientos de 1968. Y la investigación psicronáutica sigue con más intensidad que nunca. Seguramente van a atacarnos, tal vez intentarán destruirnos. Debemos obtener el máximo de resultados probatorios, y lo más rápidamente posible.

    Dentro de unos instantes quedará roto el contacto entre nosotros. He podido transmitirte casi íntegramente mi mensaje. Ahora, lo olvidarás en gran parte. No tiene importancia. Te acordarás en el momento de ser amado. Y era una experiencia apasionante... Nuestro encuentro ha tenido que ser una prueba penosa para ti. Has de saber que también para mí ha sido dura. Pero he tenido la dicha de volver a verte. Creo que todo marchará bien y que los fords podrán dejarte llegar hasta el final de la operación. Entonces nos reuniremos con toda certeza y será para mucho tiempo.

    ¡Buena suerte, doctor Holzach!

    —¡Ellen, escúchame!
    —Rob, yo no...
    —A...


    7


    La calle formaba una leve pendiente. La acera era viscosa y resbaladiza. Todas las casas eran parecidas: altas, compactas, grises, severas, con unos portales estrechos, unos postigos metálicos, sin escaparates ni balcones. A causa del humo o de la niebla, no se veía nada a más de quince metros. Daniel desembocó en una plazoleta sin haberlo previsto. La glorieta estaba algo más iluminada que las calles. En el centro se erguía una especie de tablero indicador con cuatro flechas. Daniel bajó de la acera, chapoteó en las inmundicias y se acercó al poste. La flecha de la izquierda —mirando en el sentido de la pendiente— indicaba: Hospital Garichankar. La de la derecha: HKH. En frente: La Perte en Ruaba. La cuarta, vuelta en la dirección de la que llegaba Daniel: Fábrica de Choisy.

    ¿Cómo romper el curso de la pesadilla? Daniel no estaba ya seguro de seguir deseándolo. La realidad era probablemente su cuerpo herido y ensangrentado sobre un lecho de hospital... el Hospital Garichankar, quizá, si existía, o cualquier otro. Al fin y al cabo, la pesadilla, incluso asfixiante y siniestra, era preferible a aquello. Desde luego, existía un peligro. No olvidaba la advertencia de Ellen: unos minutos pueden parecer días o meses al durmiente, y el sueño puede sustituir a la realidad hasta el punto de hacer imposible el retorno al estado de vigilia... ¿Cómo sabía eso Ellen? Tal vez sirve de intermediaria, como Renato, Larcher y Robert Holzach, de esos seres misteriosos que intentan hablarme. Puesto que intentan hablarme, estoy seguro de ello, en el fondo de mi sueño. Tal vez terminaré por encontrarles, sean quienes sean.

    Empezó a dar vueltas en torno al poste indicador, con la chaqueta bajo el brazo. Seguía teniendo el mismo calor de antes. Y respiraba con la misma dificultad. ¿Qué estoy haciendo aquí, Dios mío? ¿En esta ciudad desierta, oscura, maloliente? ¿Era una imagen del futuro, o un fantasma segregado por su inconsciente? Parecía imposible salir del sueño. Entonces, ¿qué dirección escoger? ¿El Hospital o el Imperio? ¿La fábrica de Choisy o la Perte en Ruaba? (pero, ¿qué era la Perte en Ruaba?). Decidió reinsertar su mente en su cuerpo, es decir, regresar al Hospital en el que sin duda se encontraba realmente. Echaba de menos lo desconocido —la Perte en Ruaba—, pero le faltaba valor para lanzarse a la aventura. Igual que antes de la pesadilla: daba vueltas en el laberinto soñando en la salida, pero no intentaba realmente salir. Su vida era ya una pesadilla. Se decía: estoy soñando. Pero no realizaba ningún esfuerzo para despertar. Sabía que al despertar tendría que elegir. En consecuencia, aceptaba el sueño.

    Tomó, pues, el camino de la derecha, el que conducía al hospital. Sus pasos resonaban sobre la acera y sin embargo se sentía ligero, aéreo, como aspirado hacia adelante. Tenía que resistir el impulso de saltar. Sí, esa debía ser la buena dirección. Se felicitó por su elección. Seguía teniendo consciencia de su fatiga, pero su peso disminuía a medida que avanzaba hacia el hospital. ¡Dios, qué ligero era! Casi hubiera podido volar. En el fondo, esto no le complacía demasiado. Quería regresar, reintegrar su cuerpo, pero no tenía prisa. No estaba impaciente por encontrar de nuevo la soledad y el sufrimiento. Ya que seguramente tendría que sufrir, y tal vez había inventado aquellas peregrinaciones sólo para escapar al dolor. Sí, regresaría pronto... más tarde. Deseaba una diversión, un acontecimiento imprevisto, imposible, algo que le retuviera lejos de la realidad un momento más. (Bueno, no es nada nuevo: siempre he esperado eso...) Se sentía incapaz de provocar aquel acontecimiento, de crearlo. Lo esperaba de los demás, de la sociedad, del mundo o de Dios.

    Observó la calle con esperanza. Tenía sed. Buscó con la mirada una fuente, una toma de agua, no importaba qué: un lugar en el que pudiera beber. ¿Apagaría su sed el agua que bebiera en su sueño? Era poco probable... Siguió avanzando entre la niebla o el humo o Dios sabe qué, hacia lo desconocido, el futuro o algún misterioso universo interior. El cielo permanecía oscuro, la noche densa, el aire semejante a un jarabe ardiente. Tenía la impresión de respirar unos vapores azucarados. Un olor a ponche. No. Rectificó: un olor a manzanas aplastadas. De pronto, vio una fachada iluminada a su derecha. ¿Un bar abierto? Cruzó la calle. Tal vez era el acontecimiento deseado. Lamentó no haber encontrado algo mejor. Se paró delante de la puerta, preguntándose si no desandaría el camino hacia Choisy, HKH o la Perte en Ruaba. Su mano se pegó al viscoso pomo. Finalmente se decidió, empujó la puerta y entró en el bar. De buenas a primeras detestó su decoración exótica, anticuada e ingenua: biombos de bambú, esteras, collares, lanzas, pieles, mesas de estilo colonial. Y, al mismo tiempo, se sintió atraído a pesar suyo, invadido por una nostalgia desalentada, hecha de cansancio y de renunciación. Luego, la atmósfera de la sala le gustó por su silencio tórrido, pesado de experiencia y de complicidad. Algunos clientes jugaban a cartas con gestos lentos y un poco temblorosos. Se oían conversaciones en voz baja. Unos susurros agonizantes flotaban en medio de los secos bambúes. Joven y robusto, el camarero estaba detrás del mostrador, con un trapo en una mano y un vaso en la otra.

    —Bueno, ¿qué noticias hay?

    Daniel se encogió de hombros. Muchas noticias, pero las he olvidado. Algo ha pasado en California: no lo recuerdo. Por otra parte, nunca he estado en California.

    —Dígame, ¿le gustaría ser una rata en un laberinto?
    —¡Oh! Todos somos ratas, se lo decía hace cinco minutos a una chica completamente perdida —dijo el camarero con aire sentencioso—. ¡Todos somos ratas! Parece que eso va a cambiar...
    —¿Va a cambiar?
    —Bueno, ¿no ha mirado usted el calendario? Mayo del noventa y ocho: es el momento, ¿no?
    —No estoy al corriente —dijo Daniel.
    —Comprendo: acaba de desembarcar. Los acontecimientos del noventa y ocho: ¿no le recuerda nada eso?
    —No, yo llego del sesenta y seis.
    —Disculpe, amigo. Mayo de 1998, el fin de HKH. ¡Todos los imperios industriales barridos por la historia!
    —Yo creía que HKH había resistido hasta 2021.
    —Bueno, eso demuestra únicamente que está usted mal informado.
    —Es posible. Entonces, ¿qué diablos estás haciendo detrás de este mostrador con tu trapo grasiento?¿Esperas la revolución?
    —Estoy en tránsito, amigo. Yo... bueno, espero un pasaje para la Perte. Si sabes de algún barco...
    —No sé de ningún barco —dijo Daniel.

    Encargó un whisky, se lo bebió, pidió otro. Le gustaba aquella euforia discreta, secreta, que alcanzaba después de dos o tres vasos. Sus preocupaciones y sus dudas se disolvían en humo. Las veía por así decirlo disolverse delante de él. Deseaba disolverse del mismo modo en moléculas libres de gas y conocer el nirvana según la ley de Mariotte. Una calma espumeante le invadía. Su sangre se hacía más rica. ¡Dios mío! ¡Estar siempre así! ¿Por qué era imposible? Bebió: nada había cambiado y todo había cambiado. Se sentía plenamente él mismo y completamente otro. Oleadas de energía recorrían su cuerpo. Acudían a él nervio y músculos y a veces un nuevo rostro. Escuchaba en su cabeza la resaca de una dicha tranquila y demencial. La dicha, la paz y la fuerza eran unos artificios que se producían en su cerebro; eso no dependía de las condiciones objetivas de la vida. Bastaba con excitar de un modo determinado los centros nerviosos. La alegría cálida, el punto de vista optimista y desesperado, cínico y benévolo, que proporcionaba el alcohol debía de ser el estado normal del hombre. El estado de gracia que los antepasados perdieron por el pecado original. Adán y Eva vivían sin duda en el universo cronolítico. Como eran inocentes, no tenían pesadillas, sólo sueños agradables que hacían de lo Indeterminado un paraíso... Extraña idea para un descreído como yo, se dijo Daniel. De todos modos, el alcohol le acercaba a Dios. Medio embriagado, se veía tal como era: un desgraciado y un cochino... en suma, un pecador. Y sentía al mismo tiempo la magnanimidad de Dios hacia el pecador que era él. Dios está del lado de los pobres, de los oprimidos, de los vencidos. Ama también a los desgraciados y a los cochinos. Los triunfadores y los seres perfectos no pueden interesarle. Pero los desgraciados y los cochinos son la sal del universo. Gracias por haberme hecho lo uno y lo otro.

    —¡Camarero! Un whisky. Seco.

    Emergió de aquella meditación agridulce para admirar a una joven alta y rubia que acababa de sentarse en el taburete más próximo al suyo. Rió para sus adentros. Por lo visto, no se le sería ahorrada ninguna tentación... La joven había dejado que su estrecha falda de color marrón claro se abriera sobre sus largos muslos, y sus senos se movían libremente bajo la blusa verde que moldeaba su busto. Aquella imagen, u otra muy semejante, la encontraba en cien ejemplares en su memoria. Se imponía por su sencillez sobre los sueños eróticos más sofisticados. Sonrió maquinalmente a la joven y apoyó sobre el mostrador su mano derecha mutilada. Le faltaban los dedos medio y anular. Los ojos de la desconocida parpadearon y huyeron, y luego regresaron, atraídos invenciblemente por aquella mano. Por un instante, pareció un animalito escapado del nido y fascinado por una serpiente. Se volvió hacia Daniel, separando las rodillas. Sus cabellos rubio-rojizos —o tal vez castaño-dorados— aplastados sobre su cabeza y anudados en moño bajo sobre su nuca, dejaban ampliamente al descubierto su frente y sus orejas. Su rostro era de un óvalo perfecto, con una nariz pequeña y recta, unos ojos azules de expresión algo fría, unos pómulos altos, un leve hoyuelo en las mejillas y unos labios de trazo increíblemente sensual. Su cuello esbelto y firme se alzaba graciosamente sobre unos hombros redondos y mórbidos.

    —¿No es usted de aquí?—preguntó ella en voz baja.
    —¿Yo? Soy de ninguna parte.
    —Sí, es usted marinero.
    —Es posible: ¿tanto se nota?
    —Para mí, sí. Quiero mucho a los marineros.

    Su voz tenía el aterciopelado tono ronco del acento nórdico.

    —Conocí a un marinero que se llamaba Renato. Se parecía un poco a ti. El me habló por primera vez del Océano Oradak y de los Vodrans del mar...
    —¿Los Vodrans del mar?¿Qué significa eso?
    —¡Oh! Son unos extraños aventureros. Renato decía que los había encontrado al sur del Pacífico, pero que procedían de otro universo. Y habían querido convencerle para que se convirtiera en uno de ellos y les siguiera allá abajo, del lado del océano Oradak. Al principio, yo creía que se lo inventaba todo, pero a pesar de ello me gustaba oírlo. Necesito una musiquilla nocturna para acompañar el placer. En esos momentos sufro claustrofobia. Necesito que me cuenten historias un poco absurdas. Entonces, es como si los muros de mi prisión se derrumbaran.
    —¿Qué es lo que hacías antes?

    La joven se echó a reír. Vació el contenido de su vaso antes de contestar.

    —Me licencié en letras, y luego no encontré empleo. Entonces decidí establecerme por mi cuenta. ¡En Hamburgo, con un estudio con teléfono!
    —¿Qué te ocurrió?¿Por qué estás aquí?
    —Asistía a muchas fiestas. A título profesional, desde luego. En cierta ocasión, una pandilla de individuos me pidieron algo que no me gustó. Dije que no. Me hicieron tragar no sé qué clase de porquería, y dije que sí. Al parecer, me divertí de lo lindo. Sin embargo, tenía la impresión de que estaba durmiendo. Recuerdo que un joven guapo y rubio, completamente desnudo y muy bien formado, vino a hablarme durante mi sueño. Me dijo: "Soy un dios." " ¡Ah! ¿Un dios?" "El dios de los Pescadores". "¿Y bien?" "He venido a pescarte..." Escucha, marinero, no me caes mal y...
    —Pero, ¿has visto esto?—dijo Daniel, y mostró su mano.

    Ella hinchó el pecho, estiró sus musculadas piernas y sacudió la cabeza con aire indulgente, soberano, soberbio y glotón.

    —¿Tu mano? Eso no impide hacer el amor. Renato también...
    —¡Déjame en paz con tu Renato!

    Daniel cruzó el bar. La joven le dirigió un gesto amistoso y le deseó buena suerte. Salió por la puerta del fondo y se encontró en una callejuela oscura, en alguna parte de la ciudad desconocida. No había un solo farol. Dio cincuenta o cien pasos rozando las paredes de rugoso hormigón. Un vago claro de luna revelaba los tejados planos y las troneras en lo alto de las casas. La acera no existía ya en aquella calle. Daniel avanzaba sobre una pendiente resbaladiza pisoteando detritus. Finalmente percibió una plazoleta iluminada, con una silueta humana en la esquina de la calle. Se detuvo, vacilando una vez más. Oyó unos pasos detrás de él y casi inmediatamente una mano se posó sobre su hombro. Se sobresaltó y se volvió. Una silueta rechoncha se mantenía en la sombra cerca de él.

    —¿Eres tú, Diersant?

    Reconoció la voz de Larcher.

    —Sí. ¿Sigues estando parado, viejo?

    El ingeniero del traje raído respondió con énfasis:

    —Nunca volveré a estar parado, querido compañero de miseria. Me he establecido por mi cuenta.

    Daniel se echó a reír.

    —¿Con un estudio con teléfono?
    —¡No, con un universo!

    Dieron algunos pasos juntos. La calle descendía en suave pendiente hacia... ¿hacia el mar? Una pequeña luna rojiza y sucia se alzaba encima del puerto. Entre las casas bajas, macizas, semejantes a fortines, Daniel distinguió algunas manchas brillantes. Parecían grandes charcos de agua. A medida que avanzaban se dieron cuenta de que el mar estaba desecado en gran parte y el puerto abandonado. Unas largas formas oscuras posadas entre los charcos tenían el aire de barcos encallados. La mano de Larcher se posó sobre su brazo.

    —Espérame un momento. No te muevas. Los tipos de HKH merodean aún por estas regiones fronterizas. Hay que ser prudentes...

    Dos siluetas femeninas se habían hecho visibles ahora en la plazoleta, no lejos de un farol en forma de monstruo marino. El ingeniero del traje raído se dirigió hacia ellas y empezó a hablar con la más próxima. Olvidando la consigna, Daniel avanzó unos pasos para tratar de sorprender la conversación. Pero ni siquiera pudo identificar el idioma que hablaba Larcher. Una de las siluetas fue a situarse bajo la luz, como para que la vieran mejor. Llevaba una larga túnica sin mangas, abierta por delante, y un velo cubría la parte inferior de su rostro. Sus cabellos oscuros caían hasta su cintura, de una esbeltez extraordinaria. Su piel parecía ligeramente fosforescente y sus ojos reflejaban la claridad del farol. Unas finas redes de venas cobrizas surcaban la parte superior de su rostro, sus manos, sus brazos y sus piernas visibles a través de la abertura de su túnica. Daniel estaba demasiado lejos para hacerse una idea concreta de sus facciones, por otra parte semiocultas. Pero como era sin duda un fantasma surgido de su cerebro, podía imaginarlo a su antojo: bellamente extraño. Un personaje de ensueño para un sueño fuera de serie.

    Su compañera permanecía inmóvil contra una puerta, algo apartada. Daniel comprendió su maniobra. Larcher y él se encontraban en un puerto desconocido de un mundo incierto, espejismo, proyección mental, pesadilla o Dios sabía qué, poco importaba. Las dos siluetas hieráticas erguidas debajo de un farol eran unas busconas. Y esperaban a unos clientes que no vendrían nunca, porque el mar estaba desecado. Sin embargo, se dijo, la muchacha del bar me ha tomado por un marinero. Se examinó en el claroscuro de la plazoleta que la luna empezaba a bañar. Llevaba un traje color azul petróleo, raído y pasado de moda. Tenía la mano derecha mutilada... Tal vez era un marinero de arribada. Avanzó un poco más para tratar de percibir a la segunda bella de noche. En aquel momento regresó Larcher y le arrastró por el brazo.

    —Perdona que te haya hecho esperar. Creo que podemos seguir. El rincón tiene un aspecto tranquilo.
    —¿Seguir hacia dónde?
    —Ya lo verás. Supongo que estás completamente perdido aquí, ¿eh? Este condenado país es una espuerta de la basura. Es preciso que te lo explique un poco, y no va a resultar fácil. Una verdadera espuerta de la basura, te lo digo yo. Ese brazo de mar está completamente desecado, pero allá abajo (tendió el brazo hacia alta mar) está el océano Oradak. Y al otro lado se encuentra Ruaba, una de cuyas regiones, La Perte en Ruaba, ha sido más o menos explorada por los psicronautas de nuestro universo. Si tú quieres, es el país más allá del espejo. Y de este lado (tendió el brazo izquierdo hacia la ciudad, casi en el sentido de la flecha marcada Choisy en el poste indicador), de este lado se encuentran los mundos subjetivos, las pesadillas cronolíticas o algo por el estilo. Estamos, pues, en una zona fronteriza, con extensiones de sueños e islas de realidad. Hay una especie de basamento más o menos maleable que pertenece quizás al Ruaba Oradak. Está cubierto por un montón de residuos históricos procedentes de la Tierra. Sí, harapos de nuestra historia. Esta zona se vio muy afectada por la crisis de 1980-2020 (año más, año menos). Cada uno lo ve a su manera: el margen subjetivo es importante. Para nosotros que hemos vivido antes de la crisis, resulta un poco borroso, pero lo esencial está ahí: el calor, la falta de agua, la pestilencia, el aire sucio y asfixiante, las barracas que parecen fortalezas, las gentes atrincheradas por la noche y, de día, multitudes hormigueantes, vociferantes y pestilentes, la miseria, la superpoblación, los desperdicios... ¡Y un polizonte detrás de cada montón de mierda! Unos hombres de negro, de rojo, de caqui, de leopardo, de verde... toda la gama de uniformes y los sin uniforme... con pistolas, bombas aerosoles, lasers o puñales envenenados... no importa qué, según las obsesiones de cada uno.
    —Me asombra lo que dices —declaró Daniel—. El paisaje es más bien desértico. Y hace siglos que no he visto un polizonte.
    —Tú, en primer lugar, eres una pieza reservada a la pandilla HKH. Los otros no quieren roces con ellos. Y hay momentos como este en los que las cosas cambian. Por eso he ido a hablar con esas mujeres: parece ser que los Vodrans están de gira en el sector. Y los polizontes-fantasmas tienen un miedo atroz a los hombres de la bandera negra...
    —¿Quienes son los hombres de la bandera negra?
    —Que me aspen si lo sé. Ni siquiera sé si existen. En todo caso, nunca me he encontrado con ellos. Y tampoco con los Vodrans. Tú te informarás. Yo me he labrado un pequeño reino en este burdel. Lo único que pido es que me dejen en paz. En el fondo, he tenido más suerte que tú. Estaba disponible. Tenía muchas más ataduras en aquella cochina vida. Estaba dispuesto a todo. Decidí acabar de una vez y fallé... por muy poco. Lo tuyo fue un accidente de automóvil, ¿no?

    No hay nada más feo que eso. Tratas de acabar con todo, y te encuentras con que el cerebro no deja de funcionar. ¡Machacando, machacando! Si hay que creer al matasanos de Garichankar, es el peor peligro que se corre: dar vueltas perpetuamente en el pasado, como un oso en una jaula. Hay que intentar salir rápidamente. Tal vez te has metido en la cabeza que tenías que saber a toda costa lo que había pasado. Amigo mío, nunca lo sabrás. Un buen consejo: déjalo correr. Y por el mismo precio, te daré otro: desconfía de los tipos de HKH. A mí me dejan en paz ahora. Me he construido una pequeña fortaleza a caballo sobre la frontera y no pueden alcanzarme. Al menos, eso creo. Pero están sobre tu pista. Lo sé.

    —Estoy de acuerdo en que debo desconfiar... ¿Y después?¿Qué quieres que haga?
    —Evitar el girar en redondo en tu pasado, amigo mío. También a mí me costó mucho salirme de él. No te preocupes por lo que ha sucedido. Tienes que decirte a ti mismo que te importa un bledo. Ahora ya no puedes cambiar nada. Si te encierras en una diminuta zona temporal alrededor de tu accidente, no escaparás de ellos. No sé lo que quieren de ti, pero puedes estar seguro de que terminarán por atraparte. Sólo veo una solución: intenta crearte un mundo imaginario en la frontera, y luego te marcharás a la Perte, si puedes.
    —¿Por qué no marchar en seguida a la Perte?
    —Hay que encontrar un paso.
    —¿Qué clase de paso?
    —No puedo decírtelo. Supongo que es una convención mental. Nadie te impide probar suerte. A mí me tiene sin cuidado. Estoy muy bien aquí. Cuando me disparé el tiro, estaba completamente desconectado de la sociedad. Me había hartado de ella, y quería acabar de una vez. En consecuencia, cuando me encontré en cronólisis, no traté de aferrarme a nada...
    —Cuando nos encontramos, te estabas aferrando a algo, ¿no? Ocupabas los despachos de tu empresa.
    —Sí, aquello me divirtió durante algún tiempo, pero no insistí.
    —Hay algo que me intriga. En aquel momento, nos conocíamos ya. Además, fuiste tú quien vino a buscarme a Choisy. Y me pregunto cuándo nos encontramos por primera vez.

    Larcher estalló en una risa un poco amarga.

    —La primera vez, la última vez... En el universo cronolítico, eso no quiere decir gran cosa. Tal vez nos cruzamos en el tiempo. No lo sé. En mi opinión, no vale la pena formularse esa clase de preguntas. No conduce a nada práctico.

    Larcher y Daniel habían salido ahora de la ciudad. Andaban lentamente por la playa. Unos fulgores de reptil danzaban en torno a ellos. La espuma brillaba sobre los guijarros azulados, al borde de una charca fangosa y burbujeante. Un olor a plástico quemado y a humo venía a mezclarse con el hedor a putrefacción que planeaba sobre la ciudad. Daniel se inclinó, recogió un puñado de arena y la dejó deslizar entre sus dedos. Arena suave y crujiente a la vez, húmeda, pesada, intensamente real.

    —Me parece que estás muy bien informado sobre este mundo —dijo Daniel.
    —También tú progresarás rápidamente, con tal de que te salgas de ti mismo. Todo lo que sé sobre lo Indeterminado lo he aprendido aquí, en la zona fronteriza.
    —¿Cuál es el juego del Hospital Garichankar?
    —Los médicos de Garichankar han conseguido la cronólisis artificial —dijo el ingeniero—. Disponen de un método para ponerse en fase, como dicen ellos, con los seres que se encuentran en estado de cronólisis natural, como nosotros, y ayudarles. En principio, son amigos nuestros. Yo los encuentro un poco invasores y desconfío de ellos casi tanto como de los otros.
    —Un momento. ¿Estás seguro de que nuestro estado es natural?
    —Sí y no. La palabra natural no es la más adecuada. Digamos: accidental.
    —¿No estamos bajo el efecto de una droga... algo así como el mebsital, un alucinógeno o Dios sabe qué?
    —Antes de 1980 o de 1985 no existían cronolíticos.
    —Lo sé. Pero... ¿no habremos sido... por así decirlo... pescados por los fords de Garichankar?
    —¿De dónde has sacado esa idea?
    —No lo sé.
    —Sí. Nos dirían que están aquí para ayudarnos, y en realidad se servirían de nosotros para sus experimentos... Es posible. Pero parece ser que todos los heridos graves —o al menos los heridos de la cabeza— se sumen naturalmente en cronólisis.
    —¿Quién lo dice?¿Garichankar?
    —¡Oh! Resulta imposible controlar el origen de las informaciones que circulan en el universo cronolítico. Tal vez Garichankar, tal vez HKH, tal vez no importa quién.
    —¿Una herida en la cabeza podría ser la causa del fenómeno?
    —Sí. Eso parece.
    —Y después de la curación, ¿qué es lo que pasa?¿Se olvida uno de todo?
    —Sin duda. No sé más que tú sobre ese extremo. De todos modos, creo que la intervención de Garichankar ha cambiado las cosas para nosotros. Para bien o para mal, eso está por ver. Los médicos nos han despertado. Aunque tal vez despertado no sea la palabra exacta: nos han ayudado a adquirir consciencia de nuestro estado. Nos han hecho perder una especie de inocencia que debía ser bastante agradable... Sin embargo, creo que podemos extraer de ello ciertos beneficios.
    —Para ellos, ¿se trata de un simple experimento?
    —Digamos que forma parte de sus investigaciones.
    —¿Dónde se encuentra el Hospital Garichankar?
    —En 2021-2100, que yo sepa. Estamos en fase con el período 2060.
    —En el futuro... Intento comprender —dijo Daniel, deteniéndose.

    Dio una vuelta completa sobre sí mismo, observó el cielo negro, el mar desecado, la playa gris, alfombrada de porquerías, la ciudad semejante a una fortaleza bajo el claro de luna rojizo. Escuchó. Aspiró el aire acre y tibio.

    —Es algo menos sofocante que en la ciudad.
    —Ven a mi casa: tengo aire acondicionado.

    Daniel se echó a reír.

    —De todos modos, este mundo es una ilusión.
    —No digo que no. Sin embargo, para nosotros, de momento, es la realidad. Tendrás que habituarte a él.
    —En realidad, estoy en el Hospital y sueño. —Bueno, también yo. Supongo. Pero a mí me tiene sin cuidado.

    Habían llegado junto a una casa baja de reluciente tejado, con la fachada iluminada por luces azules y rojas. Daniel descendió dos o tres peldaños detrás de Larcher. El ingeniero empujó una puerta de madera tallada que parecía completamente erizada de cabezas de reptiles y zarpas de animales. Les envolvió un intenso perfume de jazmín y de violeta. Entraron en un largo pasillo mal iluminado al final del cual permanecía, indiferente, una joven con un vestido abierto por delante y los senos al aire.

    —No debes sorprenderte por nada que veas —dijo Larcher gravemente—. Mi pequeño reino está lleno de prostitutas, de monstruos y de desgraciados. Las prostitutas son cosa mía: es lo único que puedo llevarme a la boca. Después de dieciocho meses de paro forzoso... ¡Y mi mujer se largó! Al fin y al cabo, hizo bien en largarse. No puedes imaginarte lo estúpida que era. Claro que tampoco yo era demasiado listo. A los desgraciados también los aprecio mucho. Aquí vas a ver algunos. Ahí está el camarero... ¡Hola, lacayo!

    El hombre colocó sobre el mostrador dos manos enormes. Una boba sonrisa distendía su rostro caballuno, y su bigote caído le daba un aire triste y limitado. El ingeniero se instaló en un taburete.

    —¿Te gusta este trabajo, cretino?—le preguntó al camarero. Luego se volvió hacia Daniel—: No te preocupes. Si ese tipo existiera realmente, no le hablaría así. No soy un cerdo.
    —¿Qué quiere usted, señor Larcher?—dijo el camarero—. Hay que vivir.
    —¡Maldita sea! —exclamó el ingeniero—. Sabía que iba a decirme eso. No es seguro que hay que vivir, imbécil. Yo hubiese podido ser camarero, barrendero, chófer, ayuda de cámara o no importa qué. Preferí liquidarme, ¿te enteras?¡Preferí liquidarme! Soy todo un hombre. Sí, fallé el golpe, es cierto. Pero por muy poco, amigo mío, por muy poco... Y si te diera un buen montón de pasta, ¿acaso te marcharías de aquí?

    El camarero soltó el trapo que llevaba en la mano y pareció súbitamente interesado.

    —Depende de la cantidad, señor Larcher.
    —Vamos a ver.

    El ingeniero sacó varios fajos de billetes de sus bolsillos y los depositó sobre el mostrador.

    —Bueno, no está mal, ¿eh? Si yo hubiese tenido eso allá abajo, menuda vida me habría dado, con buenas mujeres y vacaciones en las Baleares... Pero hay una condición.
    —¿Sí, señor?
    —Tienes que venir a lamerme los zapatos llamándome señor director. ¿Te molesta eso?
    —¡Sí, señor! ¡No, señor! ¡Ni pensarlo, por todo ese dinero! ¡Voy en seguida!
    —Yo le haría algo más por ese dinero —dijo una joven, sentándose a su lado.

    Su blusa se entreabrió, mostrando el nacimiento de sus senos. Levantó con un gesto elegante los bajos de su amplia falda de raso escarlata, descubriendo la punta de un zapato negro. Daniel la reconoció con cierta vacilación. Era la muchacha rubia que le había tomado por un marinero. Pero en aquel otro momento llevaba una falda corta de color marrón y una blusa verde. Lentamente, Daniel alzó su puño cerrado que la mutilación hacía parecer un trozo de madera tallada. La muchacha le sonrió.

    —¡Hola, marinero!
    —Te presento a Monika —dijo el ingeniero—. Mi obra maestra. Un verdadero trabajo de ingeniero. Incluso diría de artista. ¿Eh? Me pregunto cómo lo conseguí. Pocas veces he tenido ocasión de hacer un trabajo de creación. Ya era hora de que me decidiera. ¿Te das cuenta? El paro forzoso me ha sido favorable. ¡Mira la pechuga de esa pequeña, Diersant! —Es un ángel —convino Daniel.
    —Y una verdadera cerda, al mismo tiempo. Díselo, Monika, dile al caballero que eres una verdadera cerda.

    Monika mantenía el brazo izquierdo semilevantado, con la muñeca doblada a la altura del corazón, y sus dedos parecían esbozar un gesto de amistad.

    —Soy una cerda —dijo, en tono convencido—. ¡Dame el dinero!

    El ingeniero apoyó la mano sobre los fajos de billetes y los acarició voluptuosamente.

    —Desde luego, cariño. El dinero está hecho para las cerdas.
    —Señor Larcher, usted me ha dicho... —empezó el camarero.
    —¡Cierra el pico, cretino! ¿No habrás creído que iba a darle todo este dinero a una larva como tú?¿Sabes que eres una larva? En primer lugar, si te diera esto, ¿qué harías con ello?¿Tienes alguna idea?¿A dónde irías, babosa? No tendrías adonde ir. No hay lugar para ti fuera de aquí. Y tú no eres capaz de imaginar un universo, ¿no es cierto, cretino?
    —Sí, señor. No, señor —dijo el camarero—. Todo lo que usted dice es verdad. Le pido perdón. De todos modos le lameré los pies, si quiere.
    —No le hagas caso, querido —le dijo Monika a Larcher.

    Metió los billetes en su bolso, y el ingeniero se tapó la cara con las manos.

    —¡Y pensar que me liquidé a causa de esto! ¡Ah! Me había jurado a mí mismo crear un mundo sin dinero, pero no lo he conseguido. Es algo más fuerte que yo. Estoy marcado. No ceso de fabricar billetes de cincuenta mil, y mujeres dispuestas a venderse por la mitad de uno, o la cuarta parte, o no importa qué. ¿Qué quieres? Eso me divierte. Está mal, lo reconozco. No hay nada que me excite tanto como imaginar a una hermosa muchacha dispuesta a hacer el amor por una moneda de diez francos. ¡Qué revancha, amigo mío! O todo lo contrario: imaginar millones y echárselos a una prostituta pensando en todos los miserables que se parten el espinazo por menos de nada. Es algo nauseabundo, de acuerdo. En todo caso, no lamento haberme liquidado,

    Acarició distraídamente la cabeza de una especie de monstruo, mitad fiera mitad galápago, que recordaba un poco a Woola, el perro marciano de John Carter. Rio con una risa entrecortada. Daniel bebió su whisky observando el decorado. El interior del bar recreado por Larcher era de una vulgaridad repulsiva. Vulgar a pesar de los biombos, las cortinas, los tapices y las muchachas que circulaban por la sala, unas vestidas con lujosos trajes de noche, otras completamente desnudas. Vulgar a pesar de los desgraciados y de las rameras de ínfima categoría, del esplendor provocativo de Monika y de la lengua bífida de Woola. Daniel se dijo que él aportaba quizás una nota personal —negativa— en su modo de ver la obra de Larcher. O tal vez inventaba todo aquello él mismo, incluido el ingeniero del traje raído. Era el nuevo teatro de Clara Gazul, obra de una Clara Gazul que habría creado a Mérimée antes de ser soñada por él.

    Daniel oscilaba entre dos impresiones contradictorias. Por un lado, una aguda sensación de verdad. Todo era sólido, claro, concreto. Tenía consciencia de su cuerpo y deseaba a Monika. La carne era carne, la madera era madera, la tela era tela. Se consideraba lúcido (pero estaba casi seguro de no saber o de no poder formular las preguntas correctas, y por otra parte siempre había creído que formulando a no importa quién una pregunta muy sencilla, habría podido conocer la palabra final de la historia y el secreto del universo: sólo que no encontraba la pregunta). El estaba presente. Sus sentidos le prohibían dudarlo. Evidentemente, su aventura no era un sueño. Como máximo, le parecía que una leve embriaguez unida a una gran fatiga interponían entre la realidad y él una especie de pantalla. Y por otra parte tenía el convencimiento puramente intelectual de soñar, cuando el universo real estaba muy próximo, con una proximidad fantástica, imposible de medir ni siquiera en angstroms o en pico-segundos, medidas demasiado groseras para aquella distancia. Próximo, muy próximo, y sin embargo inaccesible (y aquello había ocurrido siempre en el sentido de que siempre había vagado sobre una asíntota del mundo real). Sí, el mundo tenía que estar aquí, muy cerca, y resultaba enloquecedor no poder romper de un golpe la ilusión para encontrar de nuevo la realidad. Tal vez lo conseguiría cuando lo deseara con la intensidad suficiente. Tenía que existir un medio, un medio muy sencillo que no se le ocurría. Y no se le ocurría porque estaba durmiendo. Esto es el sueño: un estado en el cual se tienen las preguntas y las respuestas, pero en el cual no pueden adaptarse ya las unas a las otras. La vida que Daniel había vivido hasta ahora se parecía también al sueño, y tal vez existía para los muertos vivientes del mundo un medio para despertar que no se le ocurría a nadie.

    Se concentró para recoger el mayor número posible de sensaciones. Aspiró el perfume de Monika, ácido, ligeramente amargo: un olor a naranjas restregadas sobre su piel. Escuchó el agrio arrullo de los tocadiscos automáticos y las voces agudas y cascadas de las muchachas. Luego acarició la muñeca de Monika, entre la palma de la mano y el puño de la blusa. El ingeniero del traje raído se volvió entonces hacia él con una mirada brillante, amistosa y cruel.

    —¿Dudas, Diersant, muchacho?¿Te han contado que nunca había nada seguro en el Indeterminado, que todo era mitad ilusión y mitad mentira? Es falso, amigo mío. HKH pretende eso. Pero los embusteros son ellos, esa pandilla de fósiles. No hay que escucharles. Aquí, las cosas son reales a su manera. Echarás de menos todo esto cuando salgas del hospital... si es que sales. Tal vez es una ilusión, y lo que nosotros consideramos como la realidad tal vez sea otra ilusión. ¿Qué puede importarnos? Para vivir hay que confiar en las apariencias porque no existe nada más. Hace mucho tiempo que he dejado de hacerme preguntas. Lo que cuenta es la experiencia. Vas a verlo. Monika, levántate el vestido.

    La joven abandonó dócilmente su taburete, se situó entre Larcher y Daniel, cogió con las dos manos los bajos de su larga falda roja y la alzó con un primer movimiento hasta sus rodillas. Luego, con un segundo movimiento, la levantó hasta sus caderas. Entonces, la música de un tocadiscos automático empezó a sonar y estallaron unas risas en cadencia, como orquestadas por la soberana mirada de Larcher.

    —Bueno, acaríciala —dijo el ingeniero con una especie de rabia.

    Daniel extendió su mano derecha mutilada. Una mano grande, fuerte y dura, en la cual faltaban los dedos corazón y anular. Era espantoso. La retiró y extendió la izquierda. Sus dedos se posaron sobre la piel desnuda, encima de una media negra sujeta con una liga de encaje. Monika inclinó la cabeza para seguir sus gestos.

    —¡Vamos, tócala! —gritó el ingeniero—. ¿De qué tienes miedo? ¡Tu madre no puede verte!

    La carne de la joven era tibia, satinada, elástica, exactamente coincidente con el recuerdo que conservaba de la carne de las jóvenes. Luego paseó la palma de su mano sobre la media, encima de la rodilla. Recibió una impresión imprevista. Aquel contacto de seda áspera y de fibra tensa, a la vez lisa y crujiente, provocaba una sensación que Daniel casi había olvidado. Un mensaje en el cual se mezclaban una loca alegría y una aterrada desesperación recorrió todo su brazo, desencadenó una vibración en su columna vertebral y se enquistó en su cerebro, taladrándole la nuca. El placer y el miedo se mezclaron furiosamente. Vivo, pensó Daniel, y algo ha pasado. Esa era tal vez la causa de aquel miedo. Uno no sabe que vive, y no hay nada más aterrador que darse cuenta de ello, ya que sólo la proximidad de la muerte hace posible esa toma de consciencia. ¡Voy a morir! Y siguió paseando su mano sobre el nylon negro de la media, penetrándose con avidez y maravillado asombro de una sensación más aguda y más turbadora que cualquier otra que pudiera recordar. El mensaje recogido por las terminales nerviosas de sus dedos aullaba en alguna parte de su cuerpo: ¡Vivo! ¡Vivo! Luego: Algo ha pasado, pero yo vivo. Y finalmente: ¡Algo ha pasado, y yo muero!

    —Creo que nuestros sentidos estaban embotados —dijo el ingeniero con una voz extrañamente tranquila—. Diríase que la cronólisis los ha agudizado un poco, ¿no te parece? ¡Esto no es un sueño, muchacho, es un despertar!

    Daniel alzó la cabeza. El rostro enrojecido de Monika reflejaba una incomparable dulzura. Los ojos azules de la joven eran los más luminosos que Daniel había visto nunca.

    Se le hizo un nudo en la garganta y creyó que su corazón dejaba de latir. Creyó que su sangre dejaba de circular. Se transformaba en arena de oro, en platino líquido, en pura luz. Estaba sin aliento, sin fuerzas, sin esperanza...

    —Quiero volver al hospital —dijo.


    8


    El Hospital, refugio secreto, inviolable. Daniel dio media vuelta sobre sí mismo, colocándose boca arriba, y abrió los ojos. La luz se hizo en la habitación; no de golpe, como si hubiesen conectado la electricidad, abierto un postigo o levantado una persiana, sino de un modo progresivo, como si una gran masa de nubes se hubiera retirado, dejando al descubierto el sol. Era la luz del día o algo muy parecido. Daniel fijó por unos instantes su mirada en el techo curiosamente bajo, de un color metálico. La estancia era muy amplia, y sin embargo se encontraba solo en ella. Era una clínica de lujo más bien que un hospital. Pero Garichankar no era con toda seguridad un hospital como los demás. No, esto no tenía sentido. Garichankar formaba parte del sueño que acababa de terminar. Tratemos de ver claro, se dijo.

    Estaba cansado, tenía sed, pero no sufría y se sentía capaz de mover normalmente sus miembros. Alzó su mano derecha y vio con alivio que había recobrado su aspecto normal. La mutilación pertenecía a la pesadilla y no a la realidad. Sí, debí resultar herido en la cabeza. Eso explica la cronólisis y todas esas alucinaciones que parecen tan reales... Hizo un esfuerzo por recordar. Vio con precisión la embestida de los 404 en el patio de Choisy, el choque que le había aplastado contra su asiento mientras estallaban los gongs y los címbalos y aparecían los fantasmas blancos surgidos del universo cronolítico. Se acordaba del sueño y había olvidado la realidad. También la escena de la ambulancia estaba intacta en su memoria: Forestier y sus compañeros disfrazados de enfermeros, cubierta la cabeza con un casco transparente, y el Volks aplastado a unos metros de distancia. Golpes de gong y címbalos... ¡Mire su automóvil, Diersant! El accidente había podido producirse en alguna parte de la Nacional 20... pero él lo había olvidado.

    Volvió a cerrar los ojos para concentrarse. ¿Tenían algún sentido las pesadillas y las alucinaciones? Se preguntó si no había captado más o menos claramente una conversación de médicos en la cabecera de su cama, extrayendo de ella materiales para su sueño. Esto parecía plausible. La cronólisis era sin duda un fenómeno conocido en 1966, que un médico había mencionado delante de él a propósito de su estado. Esto, desde luego, no lo explicaba todo. Volvió a sentirse invadido por el miedo. Su caso debía ser más grave de lo que las apariencias dejaban suponer. Había sufrido un traumatismo craneano, y algo raro ocurría en su cerebro. Un traumatismo seguido de una especie de amnesia que le impedía distinguir los recuerdos del sueño de los recuerdos de la vida. ¿Quién era el ingeniero del traje raído? ¿Había conocido a Ellen o la había imaginado? ¿Mandaba Forestier la policía privada de la Seac o pertenecía únicamente al reino de los fantasmas? ¿Y lo que ocurre normalmente en el cerebro no es, de todos modos, muy extraño?

    Pronunció su nombre en voz alta:

    —Soy Daniel Diersant.

    Levantó un brazo y golpeó con los nudillos la pared detrás de él. El sonido le llegó claramente. No estaba sordo. Estudió sus otras sensaciones. Ningún dolor. Resultaba estimulante y también un poco inquietante. Un leve sabor a metal en la boca. Y, aparte esto, nada anormal. Si, tal vez: cierta rigidez en la nuca. Pero siempre había tenido tendencia a la anquilosis de las vértebras cervicales. Y... un bienestar mezclado con náuseas, como el que se experimenta al acostarse con una gran fatiga o un principio de fiebre. ¿Bienestar, o malestar difuso? El límite entre los dos parecía muy impreciso. Recordó haber experimentado algo análogo durante su infancia. Su madre decía entonces que incubaba una bronquitis, la rubéola o no importa qué. La amenaza que presentía estaba en él, pero no podía nombrarla ni comprenderla. Ni siquiera podía hacerle frente con sangre fría. En cuanto trataba de concentrar su mente en aquel tema, el deseo de dormir aniquilaba su esfuerzo. Se refugiaba en la frontera del sueño, aunque sin sumirse por completo en la inconsciencia. Y no se atrevía a hacer un gesto decisivo, por ejemplo levantarse y llamar. Se decía: es ridículo. Pero tenía miedo.

    Estaba solo e impotente. La vida le había dejado siempre cierta ilusión de poder y de libertad. Y esa ilusión no se prolongaba en un cuarto de hospital. El hospital es el lugar en el que el hombre debe enfrentarse normalmente con la impotencia y la soledad —a veces incluso en la promiscuidad—, pero puede ser también un puerto de gracia, una fortaleza apacible, un lugar en el que, habiendo consentido en ser únicamente un cuerpo enfermo, aislado, protegido, defendido por todas partes, el ser humano vuelve a encontrar la seguridad del seno materno. Pero Daniel no se sentía seguro en aquella amplia estancia desconocida. Tenía miedo a lo que se ocultaba en él, y miedo al mundo que le rodeaba. Le parecía que un lazo lógico, seguro y sólido, que había existido siempre entre el mundo y él, se había roto misteriosamente. De ahí esa sensación de amenaza inminente.

    Tenía que actuar. Al menos, comprobar si era posible actuar. Y, ¿qué hacer? Bien, puesto que tenía sed, intentar levantarse para beber. Tomada aquella decisión, una súbita debilidad invadió sus piernas como para prohibirle llevarla a la práctica. Es el miedo, pensó. Pero, ¿miedo a qué? ¿A cometer una imprudencia peligrosa? Sí, sin duda. Y también el miedo a descubrir... a descubrir no sabía qué... y prefería no saberlo. Abrió los ojos y contempló fijamente el techo metalizado, y luego el ventanal situado frente a la cama, a su izquierda.

    Estaba casi seguro de que aquella ventana se abría sobre un lago rodeado de montañas. ¿Cómo lo sabía? De un modo u otro, conocía el paraje. Un lago de montaña... lo cual significaba que se encontraba muy lejos de París. ¿El Macizo Central o los Alpes? Pero, ¿qué hacía en los Alpes, el Macizo Central o cualquier otra parte? Las especulaciones no servían para nada. Suspiró ruidosamente, casi un gemido. Tenía que levantarse. En primer lugar, tenía sed. Le parecía morirse de sed desde hacía siglos. Se apoyó sobre los codos, levantó las piernas y escuchó los precipitados latidos de su corazón. Tenía que poder mantenerse de pie. Apartó la sábana azul celeste y la manta a cuadros. Llevaba un pijama blanco con rayas rojas, sobre el cual buscó en vano una marca. Se sentó en la cama, con las piernas colgando, y examinó la estancia. Era muy amplia y estaba vacía en sus tres cuartas partes, con unas paredes azul-grises, un armario, una mesa, dos sillas, un estante, todos estos muebles de metal y madera pintada con colores bastante chillones. En el estante, unos libros. Sobre la mesa, un ramo de flores artificiales, bastante mal imitadas. En un rincón, un diminuto radiador de calefacción central, y junto a la cama una mesilla de noche bastante grande con una lámpara y el teléfono. Frente a la ventana, una puerta se entreabría sobre un decorado de cerámica: el cuarto de baño. ¡Un cuarto de hospital con baño y teléfono! Daniel se echó a reír. ¡Estoy bajo la trigésimosexta República! ¿Y si se encontrara simplemente en un hotel? No estaba herido, no había ningún motivo para que estuviera en el hospital... Alzó la mano y observó su muñeca desnuda, sobre la cual no pudo distinguir ni siquiera la marca del reloj de pulsera. Saber la hora no le hubiera servido de mucho, puesto que ignoraba la fecha. Y no había ningún calendario a la vista. Se puso prudentemente en pie y sometió a prueba la solidez d sus piernas. No vaciló. Buscó sus ropas con la mirada nos las vio. Probablemente las habían guardado en el armario. Dio un par de pasos y se paró, vacilante. Podía ir hacia el armario y asegurarse de que sus ropas estaban allí. O podía ir al cuarto de baño para beber. Algo no encajaba en el decorado. No sabía el qué. No llegaba a situar la anomalía. Aparte del teléfono, que no era realmente una anomalía. Cambió de idea y avanzó decididamente hacia la ventana. Un lago rodeado de altas montañas. ¡Lo sabía! No se había equivocado. Un paisaje típicamente alpino. Y la habitación se encontraba en un piso alto de un amplio edificio que tenía aspecto de hospital. Renunció a comprender; renunció a toda prudencia. Volvió la espalda a la ventana y se dirigió al cuarto de baño. ¡Dios mío, qué sediento estoy! Encontró un vaso de plástico grueso y opaco y abrió el grifo a fondo hacia la izquierda, luego hacia la derecha y de nuevo hacia la izquierda. Le invadió una angustia desmesurada. No había agua. Probó con el otro grifo con el mismo resultado negativo. Se sintió aterrado. ¡No había agua!

    Luego, un chorro de vapor silbó del lado izquierdo y un hilillo líquido empezó a manar del lado derecho. Daniel tuvo que esperar dos o tres minutos para llenar su vaso. Notaba el sudor helándose en su nuca. Había tenido calor. Volvió a cerrar el grifo de la izquierda que silbaba de un modo horrible. Y acercó el vaso a sus labios. Bebió un sorbo que tuvo que escupir inmediatamente. El agua estaba tibia y tenía un gusto muy pronunciado a metal. ¡Dios mío!, murmuró, cerrando los ojos. ¡Tenía tanta sed! Dominó su repulsión, se bebió la cuarta parte del contenido del vaso, suspiró ruidosamente y se estremeció. Le pareció que la temperatura del cuarto de baño había descendido. Regresó a la habitación y encontró nuevamente el suelo tibio baja sus pies descalzos. Seguía teniendo la impresión de masticar limaduras de hierro. Se detuvo delante del armario y no vio nada para abrirlo, ni llave ni pomo. Posó la mano sobre el metal liso y frío, buscando una aspereza en la que pudiera introducir las uñas para tirar de la puerta. Inútilmente. Por otro lado, no veía ranura alguna. Hubiérase dicho que ni siquiera había puerta. Desalentado, se acercó de nuevo a la ventana, la cual no tenía tampoco tirador ni cerrojo. Sólo había cuatro grandes cristales enmarcados en metal. Imposible abrirla. Daniel contempló el lago. La luz era mate. El sol, invisible, debía encontrarse al otro lado del hospital. Era casi seguramente la tarde, poco antes del crepúsculo. A lo lejos se percibían unas cumbres nevadas. ¿Nieves eternas? ¿O era el invierno? Comprobó que la calefacción central no funcionaba. Lógicamente, la época del año tenía que ser pleno verano, entre finales de junio y primeros de agosto. En los alrededores del lago, el campo parecía desierto. Desde luego, la ventana era un puesto de observación bastante mediocre. Daniel permaneció unos instantes con la frente apoyada contra el cristal, esperando distinguir una figura humana en el paisaje. Sin éxito. Había una amplia explanada al pie de los edificios: ni vehículos ni peatones la cruzaban nunca. De mala gana, se alejó y recorrió la estancia, lentamente, tocando los objetos. El radiador estaba apagado y la temperatura parecía muy baja para un cuarto de hospital. Se detuvo delante de una estantería llena de libros: novelas policíacas inglesas. Abrió una. Ficticia: un simple cartón vacío. Volvió a sentarse en su cama. No se veía la menor inscripción en ninguna parte. Ni siquiera una marca de fábrica o un número de orden.

    Daniel se perdió un momento en la contemplación del teléfono: un aparato blanco sobre un zócalo sin disco. Y súbitamente su angustia se convirtió en terror. Ahora sabía lo que faltaba en el decorado. La habitación no tenía puerta. Se levantó de un salto, corrió hasta la pared más próxima y empezó a martillearla con los puños, gimiendo. El dolor le sentó bien. Tuvo el reflejo de llevar a sus labios sus falanges lastimadas. Sufro, luego existo. Reflexión semiconsciente que tal vez hubiera negado, puesto que no dudaba ya de su existencia. Tanteó las paredes de la habitación y del cuarto de baño.

    Tenía que haber una abertura, pero nada revelaba su emplazamiento. Por otra parte, la ventana cerraba de un modo hermético y no se veía ni rastro de un orificio de ventilación.

    Daniel se dejó caer sobre una silla y resopló largamente. El aire parecía bastante fresco, bastante puro, con un perfume que Daniel reconoció pero que tardó un poco en identificar exactamente: un olor a manzanas aplastadas. Un olor que evocaba poderosamente la infancia, el otoño y los huertos del terruño natal. Luego se sublevó. Tenía que equivocarse. ¿Por qué olería a manzanas un cuarto de hospital? ¿Y por qué no? ¡Otro milagro de la bomba Air-Wick! En fin, cualesquiera que fuesen la naturaleza y el origen del perfume, había forzosamente una entrada de aire en la estancia. Colocó los codos sobre la mesa y se sujetó la cabeza con las manos, apoyando las puntas de los dedos en sus orejas. Otra particularidad anormal le golpeó y se levantó bruscamente, entrecortada la respiración. ¡El silencio! ¡Un espantoso silencio! Además del aire acondicionado, una insonorización casi perfecta. No, este no era un hospital corriente. El paisaje alpino evocaba naturalmente Suiza, y sin duda existían en aquel país algunas clínicas experimentales bastante misteriosas. Garichankar. Este nombre de consonancia vagamente hindú podría ser, también, alemán. Y esta habitación sin puerta visible dependía quizá de un servicio de investigación, de una sección de alta vigilancia... Pero, ¿por qué me han metido aquí? ¿Qué es lo que tengo? ¿Una herida en la cabeza? Paseó sus dos manos por su cráneo. Sus cabellos le parecieron mucho más largos de lo que solía llevarlos, y su frente, por el contrario, algo más despoblada. Ningún rastro de cicatriz, ningún punto particularmente doloroso. Se levantó de nuevo, con la intención de mirarse al espejo del cuarto de baño. El olor a manzanas, aquel maravilloso perfume de infancia y de felicidad, había ejercido sobre él el efecto de un tranquilizante específico y dosificado a la perfección. Se dijo: todo marcha bien, todo marcha bien. Y, al mismo tiempo, empezó a aceptar la idea de que lo peor no estaba excluido. Lo peor... fuera lo que fuese. El espanto volvía de cuando en cuando y secaba su boca. Luego se imponía el olor a manzanas, barriendo todo lo que era el recuerdo y la esperanza. Cambió de opinión antes de entrar en el cuarto de baño. Regresó junto a la cama y descolgó el teléfono. El auricular murmuró suavemente en su oído. Varias conversaciones lejanas se entrecruzaban en la red. Diez conversaciones o cien. Una multitud. Daniel cerró los ojos y escuchó con alivio sin entender una sola palabra. Estaba salvado. El hospital vivía. ¿Cómo había podido dudarlo, por otra parte? Rió nerviosamente. ¿Qué decían aquellas voces? Eran demasiado lejanas y demasiado numerosas. Pero Daniel se sintió completamente tranquilizado e invadido incluso por una alegría infantil. No se atrevía a interrumpir aquel extraño concierto de susurros, de exclamaciones, de suspiros y de llamadas. Después de varios minutos de espera, pronunció en e

    l aparato un ¿sí? tímido y ronco. Bruscamente, todas las voces se callaron. Tal vez en la centralita del hospital había una conmutación automática por medio de un ordenador o algo por el estilo. Daniel repitió en el silencio, en un tono casi suplicante:

    —¿Sí?¿Sí?¿Sí?

    Pero, ¿por qué no contestan, Dios mío? Añadió, asaltado de nuevo por la angustia:

    —Me llamo Daniel Diersant. Creo que resulté herido en un accidente de automóvil. Estoy encerrado en una habitación en el... no sé en qué piso... esto parece muy alto... No comprendo lo que e ha ocurrido.

    El silencio se prolongó un p de minutos más, y luego las voces volvieron a susurrar con indiferencia. Daniel llamó tres veces más sin ningún resultado. Y cada vez su convicción y su esperanza disminuían. Un mechón empapado en sudor caía sobre su frente. Lo rechazó con un gesto maquinal. El cuello de su pijama estaba mojado. Daniel se estremeció de frío y de disgusto. Ahora, una corriente helada parecía llegar desde el cuarto de baño. Examinó atentamente aquella pequeña estancia blanca, más estrecha y más alta que la habitación. ¿Por qué más alta? Era absurdo. Al principio, había creído que el cuarto de baño sólo estaba iluminado por la ventana de la habitación. Pero al cerrar la puerta de comunicación se dio cuenta de que un aplique redondo brillaba en el techo, inmediatamente encima de la bañera. Proyectaba una claridad idéntica a la luz diurna. Asombroso. Nunca había visto una iluminación que imitara tan bien la luz del sol.

    Sin embargo, no pudo localizar el ventilador ni el origen de la corriente de aire. Luego, su atención fue atraída por un pequeño armario incrustado en la pared. No lo había visto la primera vez. La puerta se abría fácilmente con un botón. Era un botiquín. Insólito en una habitación de hospital. Daniel contó una docena de medicamentos, todos ellos conocidos. Todos... menos uno. Un simple frasco de grageas con el número 1 en una diminuta etiqueta. Los otros procedían de Cerba, Nerek y Laurent-Duvernois. Nostalgia y horror. Allí estaban el D-aminogel, el euquietal, la equigina, el nidopan, el mebsital... ¡La pequeña caja gris de mebsital Nerek! Pero, ¿por qué, Dios mío ?¿Por qué el mebsital aquí? Trató de considerar fríamente las hipótesis más espantosas. La locura, por ejemplo. Algunos locos trasponen al mundo el trastorno que hay en su mente... Sin embargo, él se sentía lúcido. Lúcido hasta el punto de considerar con interés, casi con esperanza, la idea de que podía estar loco. Y lo peor no era la locura, sino la soledad. ¿No había estado siempre solo? Pensó en su extraño compañero de pesadilla, el ingeniero del traje raído. ¿Dónde estaban, pues, Larcher y la bella Monika?¿Y Ellen Laumer?¿Y la otra Monika: Monika Gersten?¿Existían realmente todos esos seres? No estaba seguro de nada. El sueño había roído el pasado.

    Decidió enfrentarse con la verdad... o al menos con lo que sus sentidos querían presentarle como verdadero. Se miró en el espejo del lavabo. Su imagen le pareció anormalmente desvaída. Tal vez era un efecto de aquella misteriosa iluminación. Cuanto más la miraba, menos clara era. A no ser que la anormalidad estuviera en su vista o en su cerebro. Resultaba tranquilizador: existían buenos motivos para que estuviera en el hospital. Pero había algo peor. En el espejo, un rostro desconocido se superponía al suyo. Luego, los dos rostros se mezclaban para componer un tercero. ¿Psicosis alucinatoria, desdoblamiento de la personalidad o lesión cerebral? Era un síntoma bastante horrible, pero de todos modos Daniel prefería estar enfermo en un universo sano que sano en un universo enfermo.

    Rechazó el largo mechón húmedo que caía sobre su frente y su gesto fue reproducido exactamente por sus dobles del espejo. Sólo que el primer personaje, el que se parecía a Daniel, tenía los cabellos cortos, y el mechón negro, cruzando una ancha frente despoblada, pertenecía al segundo. Tenía que admitirlo: lo peor era cierto. Padecía trastornos mentales profundos que le hacían deformar completamente la realidad. El testimonio de sus sentidos carecía de valor, puesto que llegaba falseado a su cerebro, a menos de que el autor de la falsificación fuese el cerebro. Sus facultades de raciocinio le parecían intactas, pero sin duda se trataba también de una ilusión. Una más. No podía creer en lo correcto de sus pensamientos más que en la exactitud de sus percepciones. Estaba, pues, completamente desconectado del mundo. Imposible imaginar una forma más radical de esquizofrenia... y de soledad.

    Regresó lentamente a la habitación. Una habitación que sin duda no existía. Tal vez se encontraba en realidad en alguna sala común sórdida y sofocante. Y para escapar a la promiscuidad, había inventado esta fortaleza interior... Se acercó a la ventana y contempló el lago. Creía ver un paisaje de montaña donde en realidad no existía más que un patio de hospital, amurallado, oscuro, angosto, siniestro, con un ejército de polizontes-enfermeros detrás de las desbordantes espuertas de la basura. Nadie venía nunca a la explanada, porque la explanada no existía.

    Y por el mismo motivo, ningún vehículo pasaba por la carretera que bordeaba el lago. En un sentido, Daniel podía considerarse afortunado: era preferible el silencio al tumulto, la soledad a la promiscuidad.

    Empezó a dar vueltas por la habitación, propinando de cuando en cuando un puñetazo a la pared, tropezando con un mueble, acariciando el espacio con una mano que buscaba no sabía qué verdad negada a sus ojos. Descolgó de nuevo el teléfono y escuchó. Una voz emergió súbitamente del eterno concierto de susurros. Una voz angustiada y casi suplicante:

    —¡Dios mío! ¿Por qué me retienen prisionero aquí?¿Qué es lo que quieren de mí?

    Otra voz, grave,