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    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:
    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Si cambias en la publicación no afecta a la página de INICIO, y viceversa.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    EL TIEMPO INCIERTO (Michel Jeury)

    Publicado el sábado, febrero 06, 2016

    La cronólisis es inquietante. Es incluso peligrosa. Principalmente para un hombre de 1966 que se sumerge, sin quererlo siquiera, en el Tiempo incierto, allí donde nada es real ni coherente. Y cuando empiezan a surgir las fisuras en el futuro de las posibilidades, cuando aparece el imperio fantasma de Harry Krupp Hitler I, emperador de lo indeterminado, cuando uno no puede esperar más que la ayuda y las indicaciones de los fords de Garichankar y su equipo de cronautas... en un tiempo en que la cronolítica aun no ha sido inventada, cuando la realidad cotidiana se desdobla y se contradice... ¿dónde se encuentran la verdad y la razón? ¿En la mente de Daniel Diersant, psicronauta involuntario? ¿En las argumentaciones del doctor Holzach, venido de un lejano futuro? ¿O tal vez en el lejano paraíso idílico de la Perte en Ruaba y la personalidad de Renato, el marino de la mano mutilada?

    Tengo la profunda sensación de que en cierta medida hay casi tantos universos como personas, de que cada individuo vive hasta cierto punto en un universo de su propia creación: es un producto de su ser, una obra personal de la cual tal vez podría estar orgulloso.
    PHILIP K. DICK


    1


    Robert Holzach se levantó y el decorado de la habitación empezó a vivir, semejante a un tranquilo paisaje de antaño. Una vaca rojiza pacía eternamente en un verde prado. Debajo podía leerse un koan zen: Después de andar cuatro mil días, la vaca llega al final del universo; ¿qué hace? En el Hospital, todo el mundo tenía su opinión con respecto a aquella importante pregunta, salvo los hepáticos y los cartesianos, que pretendían que el universo no tiene límite. La vaca decidirá regresar a su casa, pensó Rob. Pero cuatro mil días son más de diez años, y otros tantos para el regreso... Sin duda morirá en el camino de vuelta. Nosotros haremos lo mismo que ella. ¿Para qué marchar, pues? Sin embargo, se estaba preparando para un viaje largo, muy largo...

    Se acercó al tablero mural para observar a un topo a punto de levantar un pequeño montón de tierra. El montículo se movía, se agrandaba, pero la diminuta cabeza gris y ciega se negaba siempre a aparecer. La vaca se volvió y miró gravemente al doctor Holzach. Al menos así hubiera podido creerse. La ilusión era perfecta. Una obra maestra. ¡El decorado no valdría menos de dos mil monks!

    Tomó una ducha, se hizo afeitar y dar masaje, y se puso un quimono blanco. Estaba preparado. La voz lenta y un poco fría del centroford Michael se elevó del TIC: "Red fordal del Hospital Garichankar. Son las siete horas quince minutos. Su cuenta atrás empezó hace treinta minutos, doctor Holzach. Todo marcha bien. Su diagrama fisiológico es normal. Tiene usted que absorber inmediatamente dos grageas número uno. Conteste."

    —Son las siete y cuarto. Tomo dos grageas número uno. Todo marcha bien.

    Red fordal del Hospital Garichankar. Respuesta anotada. Le deseamos buena suerte.

    Dos frascos transparentes se encontraban sobre su mesilla de noche. Con una presión del pulgar abrió el que llevaba por toda señal distintiva la cifra uno en clave, y deslizó en su mano dos grageas de color blanco con reflejos malva. Se las puso en la boca sin tragarlas. Los cronolíticos eran absorbidos generalmente por vía sublingual. Más tarde recibiría una inyección intravenosa de alta presión, pero apenas la notaría, no sólo porque era indolora, sino porque estaría ya más o menos en cronólisis. Las grageas tenían como objetivo preparar la primera fase de la operación. Su condicionamiento duraba desde hacía cuatro mil días... no, desde hacía ochenta días. Desde hacía setenta y dos horas se hallaba en un aislamiento total a treinta metros por debajo de la superficie... Hizo una breve visita a los lavabos. Desde hacía cuarenta y ocho horas no tenía derecho a ningún alimento sólido, y desde hacía veinticuatro horas sólo bebía agua. Volvió a tenderse sobre su cama. Estaba tranquilo. Tal como había dicho Michael, todo marchaba bien. Se sabía bajo la vigilancia continua de los fords (ordenadores fotónicos) del Hospital. Resultaba algo desagradable, pero garantizaba en principio su seguridad.

    Cruzó las manos debajo de su nuca, con la mirada fija en el techo, su postura favorita para la meditación. Las dos grageas se disolvían lentamente en su boca. Se concentró en un calambre estomacal y logró hacerlo desaparecer en unos minutos. En su prado, la vaca se convertía en algo desvaído. Tuvo que realizar un esfuerzo imprevisto para inclinarse sobre el teclado de mandos general instalado cerca del lecho. Puso una luz más suave y llamó a la red.

    Son las siete horas y veintitrés minutos —respondió Michael—. Su diagrama es normal. Todo marcha bien. Cuenta atrás ciento doce minutos. Conteste.

    —Aquí el doctor Holzach. Todo marcha bien.

    Rob sabía que iba a perder rápidamente la clara noción del tiempo. Este era su noveno viaje cronolítico, los dos últimos con una misión concreta al pasado. Al principio, su experiencia le ayudaría un poco. Muy poco. Y en el curso del viaje menos aún. Cada expedición a lo Indeterminado era una nueva aventura. Y al integrarse en una personalidad extraña —si lo lograba— perdería su autonomía e incluso la mayor parte de sus recuerdos. A veces, los exploradores del Tiempo incierto regresaban locos, sucumbían al regreso o permanecían sumidos hasta la muerte en un estado de coma que ni siquiera los fords podían explicar. Se ignoraban las causas de aquellos accidentes. Tal vez los desdichados permanecían "prisioneros del pasado". O habían llegado demasiado lejos —al final del universo— y caían fatigados en el camino de regreso, como la vaca.

    La cronólisis, que algunos consideraban como un medio de prolongar la duración subjetiva de la vida humana, es decir, un modo de acceder a la inmortalidad, provocaba de hecho un rápido desgaste de los viajeros. En el Hospital Garichankar nadie había intentado más de catorce viajes (cifra del Dr. Guair Norlan) y el récord del mundo debía situarse por debajo de los veinte. Y a partir de cierta edad, se perdía la aptitud para las misiones en el tiempo, no por incapacidad física, sino por bloqueo psicológico: no se percibían ya los "sueños densos".

    Robert Holzach no estaba demasiado ansioso. Su preparación, como siempre, se revelaba muy eficaz. A mediados del siglo XXI se dominaban perfectamente las técnicas psicológicas. Se ponía en ellas el empeño necesario, y de todos modos resultaba menos caro que una expedición hacia Alfa del Centauro. Además, las drogas cronolíticas a pequeñas dosis eran unos tranquilizantes excelentes. La ansiedad parecía ir naturalmente unida a la consciencia del tiempo. Cuando esta última se atenuaba o se alteraba, la primera daba paso a una especie de indiferencia, de pasividad sonriente, apreciadas por los aficionados que no apuntaban más allá de un nirvana de baja categoría. Y esa acción secundaria se revelaba útil, ya que el viaje al pasado y la integración más o menos completa en una personalidad extraña constituían unas pruebas terribles.

    Rob examinó con divertido interés la pequeña estancia redonda en la que le tenían encerrado desde hacía cinco días. Tal vez no volvería a verla nunca. Empezaba a hundirse en una tenue neblina, levemente sonrosada. Parecía menos una celda de bonzo de la secta del Elefante azul y más la habitación infantil de Rob en Arizio. Su mirada se detuvo con nostalgia y humor sobre la triple pantalla del TIC (Transmisión-Información-Comunicación), unida a la memoria-auxiliar y a la red fordal, sobre el teclado de mandos y el tablero mural con la vaca rojiza, el topo atareado y el koan zen. Tenía prisa por partir, ahora. Empezaba a detestar aquel prado fértil y aquel animal plácido y gordo que nunca iría hasta el fin del mundo. Desde luego, hubiera preferido el mar como en su habitación del Parque Europa IV cuando tenía diez años. En aquella época, deseaba que el bergantín La Superbe, que navegaba desde hacía siglos sobre un mar de aceite, se acercara finalmente a tierra. Con preferencia en una de las islas del Caribe. Deseaba también que un segundo personaje se reuniera con el hombre del timón. Con preferencia una mujer rubia, vestida con una larga túnica roja con corpiño de blonda. Pasajera clandestina, invitada o prisionera... Pero los técnicos que construían los más bien sumarios tableros para la administración del Parque eran seguramente incapaces de imaginar una situación tan romántica... "Cuenta atrás una hora treinta minutos —pronunció Michael con una voz lejana que era la de Jean Holzach, guardia principal en el Parque Europa IV, el padre del doctor Holzach—. Diagrama normal. Situación sin cambios. Conteste."

    Una hora y media... Rob intentó calcular. ¿Qué hora es en este momento? Las ocho, las nueve... Se echó a reír. En Aislamiento A no había ningún reloj, naturalmente, y el tiempo empezaba a parecerle una invención ridícula. Era un buen síntoma.

    —Cuenta atrás una hora y media —gruñó, bostezando—. ¡Y ahora, dejadme en paz!

    Empezó a quitarse el quimono, cuyo contacto se le hacía insoportable. Otro efecto de los cronolíticos: el deseo de desnudarse. ¡Nada entre mi piel y el universo! Luego, el deseo de estar en otra parte, de convertirse en otra cosa: una vaca o un bergantín pirata, una montaña o una estrella, un topo o una dama vestida de rojo... Ni siquiera sabía si el centro le había hablado por mediación del TIC o si el mensaje había sido transmitido directamente a su cerebro, gracias a los elementos transistorizados implantados en sus lóbulos frontales. Era una especie de cyborg... aunque la palabra había adquirido una resonancia siniestra a raíz de algunos experimentos fallidos y apenas era utilizada. La implantación de elementos fijos en el cerebro, incluso por razones médicas, estaba prohibida por la mayoría de los gobiernos. Apenas se toleraban ciertas prótesis móviles. Las investigaciones cronolíticas se realizaban más o menos secretamente en los niveles profundos de los Hospitales Autónomos. Los dirigentes de Auriga observaban a los psicronautas con una desconfianza especial, a pesar de que el presidente Ben Barka había sido un gran viajero. Y Europa llevaba diez años de retraso con respecto a la Unión chino-americana. El Hospital Garichankar, es cierto, estaba algo más adelantado que el resto del Occidente cristiano-musulmán. Rob iba a intentar hacerlo tan bien como los investigadores de la República de California (Utopía 01)... siempre en cabeza del progreso en psicología y en cronáutica.

    Se sentía despegar, y aquella impresión le producía un placer inconfesable. Sí, era feliz al partir. El mundo en el cual vivía era sin duda el menos malo posible, teniendo en cuenta los errores del pasado. La sociedad del medio-siglo había imaginado un compromiso entre la tolerancia y la justicia; había liberado al hombre de la esclavitud industrial. La ración de arroz y de trigo era la misma en Los Ángeles, en Garichankar y en Calcuta. El futuro de la especie parecía asegurado. A Rob le gustaba su profesión, y tenía la suerte de ejercerla en el Hospital Garichankar, aquella ciudadela de audacia. Sin embargo, se aburría. Peor aún: se ahogaba. Y apreciaba al Hospital sobre todo porque mantenía abierta la puerta a lo Indeterminado, el universo en el que todo era —quizá— posible. Entre dos misiones, soñaba secretamente en el océano Oradak y en el continente de la Perte en Ruaba, país misterioso que los exploradores californianos creían haber descubierto al otro lado del Tiempo incierto. Algún día, ¿quién sabe?, abordaría las tierras f antásticas...

    Allá arriba, en la superficie, no se apreciaba el gusto por la evasión: ¡hay que estar loco para desear escapar del paraíso! Pero tal vez el hombre había merecido por fin el derecho a mirar un poco más lejos que al pan cotidiano y al cielo azul... o a lo que quedaba de él. Mejor o peor resueltos los problemas económicos, cada uno se encontraba sólo frente a la angustia y a la muerte. En espera de la eternidad, el universo interior ofrecía la única salida posible.


    Cuenta atrás cincuenta y nueve minutos —dijo el centro—. Diagrama normal. Situación sin cambios.

    La red fordal había utilizado los implantes. Para Rob, el tiempo se convertía en un caos. Todo marchaba bien. Notó que una furiosa alegría penetraba a través de su lasitud. El viaje... ¡Se marchaba, se marchaba! Con un último esfuerzo se libró de su quimono. Ahora estaba desnudo y experimentaba una intensa excitación sexual. Un rictus contrajo su rostro. Trató de recordar. Cuando el tiempo estalla... se produce una profunda distensión psicológica... los controles cerebrales se relajan... es la fiesta del cuerpo... Pensó en Ellen, que debía acompañarle. No, me estoy haciendo un lío. Nada de acompañarme, ayudarme a la salida y a la llegada, o algo por el estilo... La veía en la sala contigua. Era una imagen transmitida por conexión cerebro-fordal. Ellen Laumer se encontraba ya en cronólisis media. Tendida sobre un diván, daba la mano derecha al doctor Lauris Nortrigen, sentado junto a ella. Robert Holzach admiró su hombro desnudo, su rostro muy pálido bajo una cascada de cabellos negros, sus senos erguidos, su vientre liso, sus amplias caderas y la mancha oscura que dibujaba el vello de su pubis bajo el tejido transparente. Le dirigió un saludo amistoso. Luego tuvo diez años y se transportó a su cuarto de Arizio. El bergantín La Superbe se acercaba por fin a una orilla desconocida. Empezaba a distinguirse una playa de arena y unos cocoteros. Tal vez era la Perte en Ruaba. Desde hacía años el pequeño velero navegaba sobre la pared, y era justo que tocara tierra. Y luego una mujer vestida de rojo se había reunido en el castillo de popa con el marinero de la mano mutilada. Rob se mantenía cerca del tablero para seguir mejor la escena. El bergantín aumentaba de tamaño al mismo tiempo que la isla. Rob descubrió una tortuga gigante sobre la playa. Veía claramente a la joven. Era hermosa como Ziti, con un aire de soberana que recordaba a la reina de Fomalhaut. Su falda hinchada por el viento llenaba todo el tablero. Y súbitamente la joven estuvo en la habitación, de pie cerca de Rob. Se parecía menos a Ziti. En el rostro de la reina no se veía nunca la sonriente dulzura que iluminaba los ojos y las facciones de la visitante desconocida. Sus cabellos rubio-rojizos anudados en moño enmarcaban un rostro ovalado y un esbelto cuello. Tenía la nariz pequeña y recta, la boca ancha, los pómulos altos y la frente abombada. Su corpiño de blonda apretado en la cintura se entreabría sobre el surco de su garganta. Levantaba con un gesto lleno de gracia la parte inferior de la ancha falda de raso escarlata, dejando al descubierto un tobillo envainado en negro. Mantenía el brazo derecho semilevantado, con la muñeca doblada a la altura del corazón, y sus dedos esbozaban un gesto discreto de amistad. Aspiró profundamente su perfume cálido de pimienta y limón mezclados. Iba desnudo, y le hubiese gustado que la dama de rojo se desvistiera también: hubiera resultado más divertido que una lección de placer con unas muchachas cuya anatomía se conocía de memoria.

    —Buenos días, Rob —dijo ella—. Me llamo Serellen.

    Recordó. Serellen era un personaje de historieta, como la reina Ziti, Pépin-de-Pomme la chiquilla de Próxima, el capitán Gaybada y Spar, el gato del espacio. Serellen, la viajera del tiempo... Yo también, decidió él, viajaré en el tiempo. Regresaré a la época de los piratas y de los vestidos largos... Ella le cogió de la mano y echaron a andar por la playa, seguidos por la tortuga gigante.

    —¿Cómo te las arreglas para viajar en el tiempo, Serellen?—preguntó Rob.
    —Tengo una máquina para viajar en el tiempo, querido.

    El la admiró gravemente. Tenía unas cejas altas, unas pestañas largas, dos ojos luminosos. Su mirada hacía pensar en el espacio, en el infinito, en la eternidad. Sonreía con un aire enigmático. Ahora olía a flor marchita y a suelo de bosque en otoño: el olor del pasado. Un hombre les esperaba a la sombra de un cocotero: era el marinero de la mano mutilada.

    —Ese es Renato, mi amante —le dijo Serellen a Rob.

    Se sentó junto al hombre, que la besó largamente en la boca y luego empezó a acariciarla con su mano derecha, a la cual le faltaban dos dedos... "Cuenta atrás cuarenta minutos —dijo el centro con voz maternal, arrastrando un poco las erres. Era la voz de Serellen—. Cronólisis ligeramente acelerada. ¿Me oye, doctor Holzach?"

    —¿Me oye, doctor Holzach?—repitió Rob sin comprender.

    Cronólisis ligeramente acelerada.

    —Cronólisis ligeramente acelerada...

    Piense fríamente.

    —Piense fríamente...

    ¿Me oye usted, doctor Holzach?

    —Sí, le oigo. Déjeme en paz de una vez, Michael. "Doctor Holzach, su entrada en cronólisis es ligeramente demasiado rápida. ¿Me ha entendido?"
    —Ligeramente demasiado rápida...
    —Ligeramente demasiado rápida...
    —¡Ligeramente demasiado rápida!

    Piense fríamente.

    —Fríamente...

    ...Tenía diez años, y era Navidad en el Parque Europa IV. Cada año, en la dirección regional de la que dependía su padre daban una fiesta para los hijos del personal. El mundo entero quería su parte de nieve y un poco más que su parte. Los servicios meteorológicos estaban desbordados. En la llanura, algunos pequeños copos semifundidos se arrastraban bajo el cielo gris, pero ¡qué alegría para los niños cuando el lesobus los depositaba en Neufont! Una capa blanca le subía a uno hasta media pantorrilla, el viento helado se abatía sobre su cara y sus manos. Unos esquiadores se deslizaban a lo largo de las pendientes dejando tras ellos interminables volutas de colores...

    Los edificios de la dirección regional se erguían en medio de los abetos, y unos chalets de madera los rodeaban por todas partes. Los niños saltaban a los trineos arrastrados por perros. Se reía, se cantaba: "Pobre marinero — Tú que vas hacia el extremo sur — Cazador de quimeras — ¿No temes la cólera — De los reyes, de los valientes, de los capitanes?"

    La nieve caía como si nunca fuera a detenerse. Un gran leso meteorológico giraba en el cielo. Luego los niños se precipitaban al vestíbulo iluminado, en el que verdaderos abetos del bosque parecían plantados en el suelo cubierto de nieve cuajada. Encima de los abetos flotaban unos hologlobos llenos de imágenes, como los que pasan por el aire y se escuchan con una antena especial. Pero aquellos estaban muy cerca. Casi hubieran podido tocarse los personajes que se animaban en el interior: el Tío Tib, la Reina Ziti, el Capitán Gaybada, Spar-el-Gato, y muchos otros.

    Sobre los abetos había unas guirnaldas inalcanzables por las cuales discurrían arroyos de luz, y todos los regalos de los niños, juguetes, pasteles, frutas, objetos útiles tales como faustos, sweeties, y por supuesto animales adaptados para la recuperación de las basuras domésticas, como los ratones con antenas del planeta Berg: un planeta imaginario. Y también maravillosas bolitas multicolores que volaban suavemente por la sala. Debían contener un gas muy ligero o algo por el estilo. Desde los últimos años del Imperio Industrial Leso, se sabían crear incluso campos de antigravedad. Las bolas se escapaban saltando cuando alguien trataba de atraparlas. Los niños mayores lograban capturar una de cuando en cuando por encima de la cabeza de los demás, pero los pequeños no tenían ninguna posibilidad, ya que en el hormiguero del vestíbulo se movían demasiadas personas.

    Súbitamente, Rob vio una bola azul que caía sobre la nieve y se arrodilló para cogerla. Tenía una hendidura en forma de estrella y ya no podía flotar, pero era todavía muy hermosa. Las azules eran las más hermosas de todas. Mientras admiraba su tesoro, no vio llegar el puño que se la arrancó. La bola volvió a caer y fue pisoteada. Rob se puso a cuatro patas y se hizo aplastar los dedos inútilmente. Se incorporó desesperado. Deseaba poseer una de aquellas cosas más que nada en el mundo. Sin duda le hubieran dado una si se hubiese atrevido a pedirla. Pero no había querido confesar aquel deseo pueril y se había encerrado en un sombrío silencio. Pensó que no se lo perdonaría nunca. Deseó apasionadamente irse muy lejos... El mar, arena blanca, los cocoteros, y un cangrejo algo loco que subía de cuando en cuando a los árboles para cortar una nuez: ¿Hay en ese planeta o en otro cangrejos que trepen a los árboles? Rob deseó de todo corazón que existiera. En caso contrario, la vida no valdría la pena de ser vivida...

    Piense fríamente.

    —Michael...

    Cuenta atrás treinta y ocho minutos. Cronólisis ligeramente acelerada. ¿Me oye usted, doctor Holzach?

    —Déjeme en paz, Michael. ¿Ellen?
    —¿Rob?
    —¿Cómo estás?
    —Me aburro un poco. Tú te permites darte una vuelta, y yo me quedo en casa.
    —Tu papel es muy importante, y tú lo sabes.
    —Sí... y tú, ¿cómo estás?
    —Crono rápida, como de costumbre. Siempre con adelanto a las citas...
    —No es preciso.
    —Necesito frío.

    Le llegó una sensación de risa, ampliada por el complejo cerebro-fordal: fue un vuelo de palomas, luego un galope de centauros y un orgasmo de virgen desamparada.

    —Yo no soy frígida, doctor Holzach.
    —Pero das muy bien el frío, doctora Laumer.
    —Prepárate, chico: va a doler.
    —Lo sé. Cuando tú dices que la vida es fea, le entran a uno ganas de llorar.
    —¡Vamos allá!

    Rob hizo una mueca, con la respiración cortada por un dolor vasto y sin forma. Semejaba la desesperación que le oprimía a veces en medio de la noche, cuando pensaba en su vida frustrada —ya que toda vida es siempre frustrada—, en la vejez y en la muerte. Pero peor: mil veces peor. Era la proximidad inmediata de la muerte, la presencia helada de la nada. Una tristeza monstruosa inundaba sus nervios, los sumergía. Las lágrimas que retenía desde sus diez años asomaron bruscamente a sus ojos, su garganta se apretó, su corazón le pareció apresado en un torno. Los colores desaparecieron de su mente. No vio más que un gris sucio y sin fin: la lluvia sobre el mar, la niebla bajo los abedules. Se preguntó cómo habían podido olvidar los hombres desde hacía milenios su cercana muerte para ocuparse de sobrevivir. No había esperanza. Por otra parte, había que matar la esperanza. Vienes del frío y volverás al frío. Un calambre le retorció el estómago, el corazón, el vientre. Sintió que iba a ponerse a aullar como un lobo solitario muriéndose de hambre sobre la nieve. Y aquello terminó súbitamente, tan bruscamente como había empezado. Gracias, doctora Laumer.

    Cuenta atrás treinta y seis minutos —dijo el centro—. Cronólisis intensamente frenada. Todo marcha bien. El presidente Ben Barka le desea una feliz estancia en 1966... ¿Me oye usted, doctor Holzach? El presidente Ben Barka..."

    —¡Dígale al presidente Ben Barka que le deseo que se muera de hambre en la nieve... o de sed en el desierto... solo como un perro!

    Siempre se está solo: para vivir y para morir. Su mensaje será transmitido. —Rob, ¿cómo va eso?

    —Querida, deseo que te ahogues en...
    —Tranquilízate, ya ha terminado.
    —...demasiados dientes de sierra en este diagrama.
    —El doctor Holzach no tiene por qué saber...
    —La fecha de 1966 ha sido elegida por los fords.
    —Todo marcha bien, en conjunto.
    —Holzach y Laumer no son precisamente unos novatos, doctor Carson.
    —...Ben Barka sabe lo que se dice.

    Doctor Holzach —dijo el centro—, su diagrama es ahora normal. ¿Me oye usted?

    —Le oigo, Michael.

    Dentro de treinta minutos exactamente entrará usted en cronólisis profunda. Siendo su destino general el período 1950-1975, hemos podido aislar en 1966 un contacto que responde a sus características más importantes. Es un hombre. Su idioma materno es el francés, pero conoce también el alemán. Tiene aproximadamente la edad de usted. Posee una formación científica media y trabaja en un laboratorio en París. Se llama Daniel Diersant. ¿Me oye usted, doctor Holzach?

    —Recuérdeme lo que se supone que debo hacer en 1966.

    Es demasiado tarde para recordarle las consignas generales. Actuará usted de acuerdo con sus posibilidades, como de costumbre.

    —Tengo la impresión de desembarcar del planeta Berg.

    ¿Se siente usted un poco perdido? Es normal. En cronólisis profunda, todos sus recuerdos desaparecerán. Se desvanecerá ante la personalidad de su contacto. Es preciso que se convierta usted en Daniel Diersant, aunque sólo sea por unos instantes. He aquí lo que le proponemos para ayudarle... Daniel Diersant ha sido víctima de un accidente... o de una tentativa criminal. Probablemente también está drogado, lo cual nos ha ayudado a establecer un enlace cronolítico con él, pero no conocemos ni la naturaleza de la droga ni las circunstancias en las cuales la ha absorbido. Tal vez sus agresores —si se trata de una agresión— se la han inyectado. Lo ignoramos. Usted tratará de descubrir lo que ha pasado. Será difícil, no lo dude. Una investigación en lo Indeterminado nunca resulta fácil.

    —¿Quiere convertirme en una especie de polizonte, Michael?¿Un agente temporal o algo por el estilo?¿Está seguro de que no mira demasiado las historias de los globos?
    —Por favor, doctor Holzach. Esto es muy serio. Y estoy obligado a darme prisa. Se encuentra usted actualmente en una zona-rellano, antes de entrar en cronólisis profunda. Dentro de unos minutos, dejará usted de comprenderme... Su investigación será el hilo de Ariadna que le guiará por el Tiempo incierto. Recordará usted más o menos conscientemente que debe tratar de descubrir lo que le ha sucedido. Es posible que se le escape la verdad, pero aprenderá muchas cosas sobre la época que va a visitar, sobre el mundo de Daniel Diersant, sobre la vida, el pensamiento y las costumbres de 1966. Y si llega usted a la verdad, será un resultado concreto, casi traducible en cifras, que situará exactamente su hazaña en el plano mundial... y la situará en primera fila. Es el favor que le piden los fords de Garichankar.
    —Ahora, recuerde: tal vez han intentado matar a Daniel Diersant. De matarle a usted. A menos que se trate de un accidente... o de una tentativa de suicidio. Usted tratará de averiguar la verdad. No olvide..."
    —¡...querían matarme, los cerdos! Pero estoy vivo, soy... ¡Ellen!
    —Estaré siempre cerca de ti de un modo u otro, Rob. Buen viaje.
    —No ha sido un accidente. Los muy canallas han... "Cuenta atrás veintisiete minutos. ¿Me oye usted, doctor Holzach? —Los asesinos de HKH...

    Cuenta atrás...

    —Estoy en la autopista. ¡Vete a hacer puñetas, asqueroso!

    ...entrado en cronólisis profunda dentro de veintiséis minutos quince segundos. Diagrama normal.

    —¡Bienvenido a la Perte en Ruaba!
    —Vale más que te enteres en seguida: ¡mi paraíso está poblado de desgraciados y de putas!
    —Giramos en redondo.
    —Le esperamos, Diersant.
    —¿Tiene usted su tarjeta?
    —Quisiera estar a bordo del mar contigo Renato querido mío una playa de arena blanca un océano muy azul te amo.
    —¡Relájese, cierre los ojos, duerma!
    —He sufrido un accidente.
    —¿Estás seguro?
    —No, pero creo que la impresión me ha sumido en cronólisis.
    —Te han sumido en estado de cronólisis los fords de Garichankar.
    —En 1966 no existía la cronolítica.
    —HKH existe, y se lo demostraremos.
    —Diersant ha muerto. Lo intuyo. Lo sé. Algo ha sucedido en el momento del regreso. Un accidente. ¡Otro más!
    —¡Renato! Por primera vez en la historia de la humanidad ha podido establecerse un lazo entre dos mundos indeciblemente alejados...
    —Buenos días, doctor, la huida no es una solución, ¿no es cierto? ¡Estoy harto de verle, asqueroso polizonte! ¡HKH existe y se lo demostraremos! Ven a dar una vuelta por aquí, te guardaré un saco oscuro... es preciso que telefonee es el reglamento se cree usted en la autopista pero yo estoy en la autopista asqueroso polizonte por lo tanto viene usted del futuro admitamos que yo iba demasiado aprisa Renato Rizzi juegas tu última carta...


    Cuenta atrás diez segundos...

    El mensaje que trato de dirigirle le llega en realidad de un modo mucho más complejo y puede ser deformado durante la transmisión. Yo no soy tal como me ve...

    Nueve...

    Doctor Holzach una desagradable sorpresa le espera en Garichankar trate de alcanzar el mar gong pizzicato y címbalos imposible creer que sucedería realmente algo si yo diera...

    Ocho...

    ...un pequeño golpe de volante a la derecha tú te estrellas contra un árbol te matas te despiertas en la carretera un golpe de volante te estrellas contra un árbol te...

    Siete...

    matas te despiertas en la carretera un golpe de volante eres un desgraciado que no pertenece a la historia HKH me río de la ciencia amigo mío ya nada

    Seis...

    realmente en peligro imperio industrial fascista puede usted venir a casa de Monika Gersten Forestier vete a hacer puñetas asqueroso estoy harto de verte Renato marinero ingeniero mal trajeado y manco eres

    Cinco... mi único amor Renato de Garichankar pasando un mal cuarto de hora en el espacio cronolítico no te hagas el listo Diersant marino de la mano mutilada la falsificación más burda que he visto nunca

    Cuatro...

    mes de mayo de 1988 terminado en la confusión y la confusión en el tiempo incierto dieciocho meses de paro forzoso mi mujer pobrecilla he terminado con todo a causa de

    Tres...

    no debe dormir después del pinchazo peligroso no en el mismo plano de la realidad que esa concha azul mira si es el médico jefe le reclama tarjeta HKH patrón mi antiguo teléfono de Garichankar

    Dos...

    Soy Monika Hospital Garichankar a punto de desmoronarse los fords no podrán HKH va a cerrarte los ojos te espera allá abajo polizonte casa laboratorio eternidad subjetiva

    Uno...

    doctora Laumer nunca Renato quién son esos mundos totalmente dominados por Ellen recuérdeme yo me niego subestima a HKH no escapará y Garichankar está atrapado le deseo larga vida en el mebsital océano Oradak.

    ¡CERO!


    2


    —Diersant, ¿me oye?

    Daniel no tuvo tiempo de contestar. Acababa de dar un salto de varios días en su pasado... aunque, desde luego, no se daba cuenta de ello. Iba en automóvil por la carretera de Chartres. Caía el crepúsculo. Unas bandadas de palomas se columpiaban sobre la enlutada llanura. Esculpidas en negro por las últimas claridades del poniente, las torres de la catedral tenían el aire de casi gemelas. Una bruma gris redondeaba los ángulos del campanario norte y borraba la punta de su flecha... Daniel encendió las luces de cruce. Un relámpago danzó sobre los trigales. Rodaba sin objetivo concreto. Era una de aquellas salidas en el curso de las cuales sólo buscaba la libertad y la soledad. Se pararía quizá en un albergue del lado de Nogent-le-Rotrou, comería sin prisas y regresaría a París... Por un instante creyó que no se encontraba ya en la Nacional 10. Una flecha indicaba: La Perte en Ruaba. No conocía aquel extraño nombre. Pero unos minutos después llegó a los suburbios de Chartres. ¿Por qué has rechazado la propuesta de Defner, imbécil?, se preguntó. Volver a Cerba y, después, pasar a Nerek: era la oportunidad de tu vida. Ellen habrá tenido que intervenir por mí. Va a reprochármelo. Una ocasión de abandonar por las buenas el burdel de la Seac, y la he dejado escapar. ¡Salir de allí, Dios mío! ¡Ya no saldré nunca más de allí!

    En la Seac se libraba una batalla feroz en las altas esferas del poder, para ocupar el puesto del general Desmaines que se jubilaba. Se enfrentaban varios clanes. En principio, el cargo de Administrador delegado en la dirección de los programas (de investigación y de fabricación) representaba la antecámara de la presidencia: Max Roland, titular del cargo, debía lógicamente suceder al general. Pero otros muchos candidatos movían discretamente sus peones: Parelli, Lagerdier, Colin, Dumoulin y sobre todo Robert Sarthès, director de la fábrica de Choisy... Sin olvidar el lado Cerba. Heinrich Defner, codirector alemán de Cerba, ¿podía convertirse en presidente de la Seac? Sólo Dios lo sabía... suponiendo que se interesara por la ropa sucia capitalista... Destacado en Cerba, Daniel seguía perteneciendo a la Oficina de Documentación Técnica de la Seac y dependía del Servicio Central de Documentación y de Investigación del administrador Max Roland, ya que el Centro Europeo de Investigación en Bioquímica Aplicada (Cerba) era una filial común de la Sociedad de Estudios y Aplicaciones Combinadas de Química y Física (Seac) y de Nerek & Frobacher, departamento farmacéutico de la Nerek Algemeine Cheniikalien. Su simpatía y sus votos eran para Robert Sarthès, su antiguo patrón de Choisy, al que sus colaboradores llamaban afectuosa o irónicamente el Gran Dragón. Si Max Roland triunfaba, su posición en el BID se haría precaria. Pero abandonar la Seac en el momento en que se entablaba la guerra de sucesión de los tramposos habría sido desertar. Sin embargo, él tenía derecho a escapar de aquel cesto de cangrejos. Resulta demasiado peligroso moverse entre los crustáceos cuando no se tiene caparazón... Otra versión: cuando no se tienen garras, hay que mantenerse a distancia como las gacelas. Las grandes fieras empezaban a disputarse una presa viva, Y él era un animal demasiado insignificante para tomar parte en la lucha. Según el desenlace del combate, recibiría una dentellada o un trozo de despojos. Pero tenía que confesarse que aún estaba sediento de éxito social. Estaba dispuesto a arriesgarse a un mordisco con tal de desempeñar un papel, por pequeño y mediocre que fuera. Y estaba un poco avergonzado de sí mismo.

    Avanzaba en medio de la oscuridad. Usaba mucho su viejo Volkswagen. Pasaba muchas horas en automóvil, la mejor manera de procurarse un poco de soledad sin atraerse la desconfianza de las personas decentes. Le gustaba recorrer varias decenas de kilómetros, a veces varios centenares, alrededor de París, hacia Sologne, Anjou, Normandía... Se aturdía, aunque sin perder ninguno de sus reflejos, los nervios tranquilos y vigilantes, la mente libre si no lúcida. En el Volkswagen, aquella burbuja que flotaba en medio de la eternidad, no podía ocurrir nada. El tiempo se hacía pastoso y el mundo inofensivo. Una envoltura protectora de naturaleza misteriosa se formaba en torno a él. Imposible creer que sucedería realmente algo si diera un pequeño golpe de volante a la derecha, eso sería fácil, todo parece irreal, ruptura de fase con la materia, no un suicidio sino una experiencia. Te estrellas contra un árbol te matas te despiertas en la carretera un golpe de volante te estrellas contra un árbol te matas te despiertas en la carretera un golpe de volante te estrellas contra un árbol te matas te despiertas en la carretera un golpe de volante te estrellas.

    El Volks avanzaba en medio de la oscuridad. Las luces de las ciudades y de los pueblos se desparramaban sobre sus lentas trayectorias. El tiempo estaba como inmovilizado. Daniel saboreaba la ilusión de vivir un momento eterno. Unas lejanas colinas se inscribían en recamado azul sobre el horizonte bañado de claro de luna. El rugido del motor semejaba un rumor de caracola marina. Daniel flotaba entre dos aguas, en el interior de un gran bivalvo, y la superficie, por encima de él, se iluminaba a veces con un cortante resplandor. Se dejaba ganar por un vértigo tranquilo. La impresión de ver animarse el mundo en torno a él que permanecía inmóvil se hacía cada vez más intensa y turbadora. Por un instante, aceptó la idea de que el espacio era algo sin forma girando alrededor de Daniel Diersant...

    El espacio giró y Daniel se encontró rodando hacia Choisy por la orilla derecha. Tomó la avenida de Villeneuve y se paró delante de la fábrica. Hizo sonar el claxon dos veces. El vigilante nocturno dejó ver su gorra negra pero no se movió. Era un ex gendarme muy consciente de su importancia. Daniel esperó unos segundos y luego se resignó a apearse para contestar al ritual ¿qué quiere usted a estas horas?

    —Ver al patrón, desde luego.

    Tendió su tarjeta de la Seac, amarilla con dos franjas de color marrón.

    —Ah, sí, Diersant, ya ha estado usted aquí...
    —Más de una vez.
    —Voy a telefonear.
    —No vale la pena. El Gran Dragón me espera.
    —Es el reglamento. Son más de las nueve.
    —De acuerdo.

    Daniel volvió a subir al Volkswagen, dejando la portezuela abierta para releer la carta de Ellen a la luz de la lamparilla del techo.

    Querido Daniel:
    Circunstancias que conocerás más tarde me obligan a volver a Alemania. Monika tiene que enviarme algunos objetos, lo demás no tiene importancia. No te preocupes, nunca estaré muy lejos de ti. Estoy segura de que saldrás adelante y de que volveremos a vernos. Has hecho bien al no aceptar la propuesta de Defner. Creo que era una trampa de nuestros enemigos. A propósito del mebsital, puedo tranquilizarte. La cronólisis era una invención mía. Tal vez exista algún día, pero no antes de mucho tiempo...


    Daniel quedó cegado por un pálido relámpago. Tuvo la impresión de dar un salto y la carta resbaló entre sus dedos. La cogió firmemente y reanudó la lectura.

    ...No te preocupes por nada. Lamento que nuestros proyectos no puedan realizarse de momento, pero sin duda has cometido un error al no aceptar la propuesta de Defner: era una oportunidad que no volverá a presentarse... ¿Has destruido el frasco de mebsital? Los cronolíticos son sumamente peligrosos, y no tienes por qué conservar ese frasco.


    Daniel dobló la carta y la guardó en su bolsillo. Algo no encajaba. Pero, ¿qué? Tenía intención de interrogar a Robert Sarthès acerca del mebsital y de la cronólisis. En todo caso, no destruiría el frasco de comprimidos. Tal vez incluso podría realizar algún experimento, según lo que dijera Sarthès.

    El vigilante le hizo una seña, indicándole que podía pasar, y empezó a abrir la verja. Daniel sonrió. Sí, todo marchaba bien, saldría adelante. Se adentró en la avenida central, un poco distraído, con el pie derecho demasiado apoyado sobre el acelerador. Los macizos edificios amurallaban contra el cielo el inmenso patio rectangular. Uno creía ver lentos icebergs cruzando un fabuloso decorado de hielo: el polo Norte de Julio Verne con un oasis en medio, en el que florecían los naranjos. Súbitamente, una forma negra embistió. Daniel dio un golpe de freno y dos golpes de volante. Los neumáticos gimieron.

    Los dos automóviles se habían rozado y sus parachoques habían tropezado ligeramente. El 404 gris metalizado había surgido por la derecha, de una avenida perpendicular. Con todas las luces apagadas. Su conductor se había precipitado sobre el camino principal cerrándose todo lo posible a la derecha, y luego había saltado del vehículo para rodar sobre el césped. El 404 tenía una sola rueda en la avenida principal. El hombre —si se trataba de un hombre— había demostrado poseer mucha sangre fría... o haber preparado el golpe cuidadosamente. Pero, ¿con qué finalidad?

    Daniel tenía consciencia de haber vivido ya aquella escena. Estaba más irritado que asombrado. Conocía muy bien aquella impresión de "dejà vu déjà vécu". Corresponde a un determinado movimiento del influjo nervioso en las células cerebrales y no a un fenómeno objetivo, desde luego... a menos que el tiempo no sea en sí mismo un fenómeno mental.

    Una portezuela se cerró de golpe. Daniel se apeó, con una mano en el bolsillo de su chaqueta. En aquellos casos, siempre lamentaba no fumar. Encender un cigarrillo le habría tranquilizado y le habría infundido un poco de seguridad. Se sentía molesto y extraño en su propia vida... Un individuo alto tocado con un sombrero de fieltro se había plantado delante del Volkswagen. Daniel no podía ver su rostro, pero reconoció inmediatamente aquella silueta alta y desgarbada: era Forestier, el jefe de los gorilas de la Seac. Esbozó el gesto de tirar el cigarrillo que no fumaba. ¿Qué diablos hace ahí Forestier, santo Dios, Forestier, santo Dios Forestier santo Dios Forestier santo Dios...?

    —¿Qué diablos hace usted ahí?—gritó Forestier—. ¿Cree que está en la autopista?
    —Estoy en la autopista —respondió Daniel tranquilamente.

    Recordaba haber estado tranquilo la otra vez y esto le ayudaba. Forestier se echó a reír.

    —¡Me está usted tomando el pelo, amigo mío! Daniel inquirió, en tono cortés pero frío: —¿Ha sufrido algún desperfecto su automóvil?
    —Creo que no, aunque no ha sido gracias a usted. Una espesa media luna se hundía en el cielo violeta como un botón pasado a medias por un ojal. Las puertas vidrieras de los laboratorios desprendían resplandores sospechosos. Daniel luchó contra la angustia que le oprimía. Forestier era un mal encuentro, pero presentía otros motivos para su malestar.
    —Admitamos que yo iba demasiado aprisa —dijo—. Admitamos también que usted llevaba las luces apagadas. Creo que es lo correcto. Y no hablemos más del asunto. Buenas noches.
    —Un momento, Diersant. Supongo que viene usted a ver al Gran Dragón.
    —Naturalmente.
    —¿Cuestión de trabajo?
    —Sí, traigo unas traducciones.
    —¿A esta hora?¿Unas traducciones?¡Por lo visto, le han ascendido a chico de los recados!
    —Necesito ver a Sarthès en relación con este trabajo. Y no tiene tiempo de recibirme durante el día.
    —Creí que había pasado usted a Cerba... ¿Cómo se explica que continúe haciendo traducciones para Sarthès?
    —Sigo perteneciendo al BTD.
    —¿Sabe Max Roland que trabaja usted para Sarthès?
    —Supongo que no le interesa. Yo no trabajo para fulano ni para mengano: trabajo para la Seac.
    —Porque considera usted que Sarthès es la Seac.
    —¿Acaso no es verdad?
    —Yo me entiendo. ¿Cree usted que Sarthès va a suceder al general?
    —Me importa un pimiento: eso no tiene que ver nada con mi trabajo.
    —En fin, buenas noches.

    Daniel se encogió de hombros y subió a su automóvil. De modo que la guerra continuaba en la Seac, larvada y discreta. Cada uno vigilaba las posiciones de los demás y empujaba sus peones. Daniel pensó que el Gran Dragón había tenido en una época determinada ciertos proyectos para él. Pero esos indeseables se las han arreglado para hacerme abandonar Choisy. El BTD era, mientras no se demostrara lo contrario, un feudo de Max Roland. Tal vez han querido ponerme bajo vigilancia y neutralizarme... Suponiendo que no se trate de una maniobra tortuosa de Sarthès intentando introducir a uno de sus leales en casa del enemigo... Llegado el momento, yo hubiese podido desempeñar un papel, con tal de que Max Roland no se hubiera olido la trampa.

    Daniel estacionó su Volkswagen al lado del BMW de Sarthès. Dio la vuelta a un macizo de rosales y el perfume de las rosas aceleró los latidos de su corazón. Pulsó el timbre de una estrecha puerta de madera rústica, sin pomo ni cerradura visibles. Luego pronunció su nombre en voz baja. Forestier no podía introducirse en las oficinas para sorprender la conversación entre Daniel y el Gran Dragón... lo cual era seguramente su objetivo. Sí, ha debido seguirme, y luego ha tratado de llegar antes que yo al patio, con la intención de ocultarse, tal vez detrás de los rosales, bloquear el cierre de la puerta cuando entrara yo y penetrar en casa de Sarthès unos segundos después... Sí, eso tiene sentido. Pero, ¿por qué me seguía ese cerdo? ¿A causa de Ellen?

    La puerta se abrió silenciosamente. Daniel se aseguró de que volvía a quedar bien cerrada. ¡Forestier había fallado el golpe! Dio media docena de pasos andando de espaldas y se detuvo para recobrar el aliento. ¡Salvado! Cerró los ojos y se sumió unos instantes en una leve somnolencia. Algo golpeó su nuca. Notó un chorro líquido punzante y frío sobre su nariz y su boca. Alguien le rociaba con un aerosol. Había tenido la intuición de que le tendían una trampa, pero una parte de sí mismo, razonable y escéptica, no había querido tomar en cuenta la advertencia... Fue despertado por una intensa sensación de frío en un pie. Estaba tendido sobre una banqueta o un canapé. Su pie se apoyaba sobre una baldosa helada. Una bombilla sin pantalla colgaba encima de él. Estaba completamente desnudo. Un hombre vestido con un impermeable metía su camisa y su traje en un saco de yute. La habitación estaba casi vacía. Una mesa en el centro, dos o tres sillas, una alacena con varias chucherías. Entró una joven rubia con un pote de agua humeante que depositó sobre la mesa. Se oyó un ruido metálico.

    Daniel se irguió sobre un codo y vio que había un hombre tras él, con el sombrero caído sobre los ojos. Surgió un cuarto personaje, con un paquete de ropa bajo el brazo. Un tipo alto, delgado y musculoso, de cabellos que empezaban a grisear, rostro demacrado, con un enorme mentón y una profunda depresión que partía del ojo, cruzaba la mejilla y trazaba una coma en la comisura de los labios. ¡Forestier!

    —¡Vamos, Diersant, no ponga esa cara!

    El eco repitió el final de la frase en el fondo del pasillo. El jefe de Seguridad bajó instintivamente la voz.

    —¡Hay que saber perder, qué diablos! No se puede ganar siempre.

    Daniel dominó su deseo de replicar que él no había ganado nunca. Pero tal vez había ganado en alguna ocasión, sin saberlo. La idea resultó reconfortante. Temblaba de frío. Forestier arrojó a sus pies las ropas que llevaba bajo el brazo. La joven se volvió. Sostenía en su mano una jeringuilla hipodérmica y un paquete de algodón. Daniel percibió un olor a alcohol y trató de levantarse. El hombre que estaba detrás de la banqueta le golpeó en el hombro con el filo de la mano, y Daniel volvió a caer.

    —¿Le doy otro trompazo en la nariz, jefe?
    —No —intervino la mujer—. Ahora no conviene que duerma. Tengo que vigilar el efecto de la inyección.
    —¡Dejadme en paz! —gritó Daniel.
    —No haga el imbécil —dijo Forestier—. No vamos a matarle. Le atontaremos un poco, simplemente.
    —Bueno, ¿qué es lo que quieren de mí?

    Entonces, el tiempo estalló. Daniel tendió la mano con un gesto prudente, acarició a Babar, el elefante rosa, apoyado contra la mesilla de noche, y se sintió completamente tranquilo. Estaba en su cama, en su habitación de la calle Verneuil. ¿Cómo había podido creer otra cosa? Dedicó un vago pensamiento de agradecimiento a la civilización. Una suave voz de mujer canturreó: ¡Pobre marinero — pobre marinero — tú que marchas — hacia la Perte — hacia la Perte en Ruaba!

    Su infancia refluyó en él con una excitante dulzura y recordó.


    3


    Tenía diez años y era el primer día de las vacaciones de verano. La arena caía grano a grano de un arenal más alto que las montañas de color violeta de los países imaginarios. Hubiera podido dar diez veces la vuelta a la Tierra, detenerse en cada brizna de hierba, contar los peces del mar, y el momento de volver a la escuela no hubiese estado todavía allí. Las mañanas se arrastraban por grandes extensiones de tiempo. Las tardes no acababan de morir en la luz del ocaso. Las noches discurrían con las fauces abiertas sobre insondables misterios. Daniel luchaba por arrancarse al mundo. No quería entregarse a la noche. Luchaba desde hacía siglos contra el sueño que finalmente se cerraba sobre él como una mordaza y le vomitaba, asombrado y ebrio, sobre la orilla de un nuevo día. Después de haber chapoteado en las playas del infierno, reencontraba el paraíso con una alegría confiada e incrédula. Se escapaba gritando que iba a ver las truchas en el arroyo, los jabalíes en el bosque o los murciélagos en una cueva. Corría hacia la luz y los sueños del día, en completo acuerdo con el universo y con la cabeza llena de preguntas. Eso ocurría mil siglos antes. Ahora, Daniel tenía treinta y cuatro años y se despertaba para el primer día de las vacaciones. Le habían puesto de patitas en la calle después de pagarle su indemnización. Era libre, y esperaba que todo sería como antaño.

    Emergió lentamente de un sueño poblado de pesadillas. No sabía ya si había soñado tan absurdas y angustiosas peripecias o si sólo había soñado que las soñaba. Además, ¿qué diferencia había?

    Estaba aún muy cansado y al mismo tiempo se sentía como liberado. Una tonadilla popular que cantaba su padre en otros tiempos empezó a flotar en su memoria:

    Tú que vas hacia el extremo sur,
    pobre marinero, cazador de quimeras,
    ¿no temes la cólera
    de los reyes, de los valientes, de los capitanes?


    Abrió los ojos, apartó la sábana y se incorporó sobre un codo. Contuvo la respiración y escuchó. Era como un tam-tam sordo y lejano. Luego se produjo una especie de roce metálico, semejante a esos breves clamores del viento que preceden a veces a las tormentas. Ora dominaba el tam-tam, ora el roce se imponía y parecía acercarse un instante para alejarse de nuevo muy de prisa.

    Escrutó ansiosamente la oscuridad. La pared frente al lecho emitía una leve fosforescencia azulada. Alargó la mano izquierda para alcanzar el interruptor de la lamparilla de la mesilla de noche, pero no pudo coger el hilo. Volvió a dejarse caer contra la almohada, respirando fatigosamente. Aquel ruido debía estar en su cabeza. Entonces, ¿qué? ¿Trastornos del oído interno, lesión coclear, tumor cerebral? Desesperado, deseó dormir de nuevo, hundirse en otro sueño para escapar de una realidad insoportable.

    ...El Volkswagen atravesaba un pueblo bajo la mirada lúgubre y fría de las farolas. Surgió un surtidor de gasolina, rojo centinela contra la noche. Luego la carretera se hundió en el bosque como una lanza en el cuerpo de un monstruo postrado. La luna desapareció. La luz de los faros refluyó contra el parabrisas. Los troncos formaban a cada lado de la carretera una barrera compacta, de color más claro que el follaje. El automóvil se adentraba en un túnel frondoso, como absorbido por el haz de sus faros.

    Luego los árboles se apartaron bruscamente en un viraje. El cielo cayó como un relámpago. A la izquierda se alzaba un acantilado brillante, a la derecha, en pendiente, aparecía la masa confusa de los árboles bordeando un río. Un montón de grava centelleó, luego Daniel percibió el techo blanco de un vehículo aparcado en un refugio, del lado del agua: una ambulancia con un faro azul delante y unas cortinillas azules detrás de los cristales laterales.

    Junto al vehículo había dos hombres completamente inmóviles, como si montaran guardia. Bajo la fría claridad de la luna, sus atuendos de nylon blanco despedían unos reflejos metálicos y siniestros. Unas largas botas blancas envainaban sus piernas, y un globo transparente cubría su cabeza. Daniel detuvo el Volkswagen, se apeó y avanzó hacia ellos. De pronto, vio la inscripción en letras rojas en la ambulancia: Hospital Garichankar. Curioso nombre. ¿Y aquellos enfermeros —o aquellos médicos— que llevaban cascos de cosmonautas? Aquello no era más que la continuación de su interminable pesadilla. Sin embargo, Daniel tenía la certeza de que debía representar su papel hasta el final. Era muy importante, aunque ignoraba por qué.

    Avanzó lentamente hacia los hombres vestidos de blanco. Tal vez iba a descubrir la verdad. Y se preguntó: ¿qué verdad?

    —¿Puedo ayudarles en algo, caballeros?

    El más alto, que tenía el aire de ser el jefe, salió al encuentro de Daniel. Cabellos grises, rostro huesudo, mentón poderoso: es Forestier, desde luego. Pero, ¿qué diablos está haciendo aquí Forestier, Dios mío?

    —Le estábamos esperando, Diersant.

    Daniel se encogió de hombros. ¡Unos polizontes disfrazados de enfermeros! No podría escapar nunca... Los dos hombres le habían rodeado ya.

    —¿Tiene usted su tarjeta?
    —Naturalmente.

    Tendió el rectángulo marrón, barrado de amarillo y con una antigua fotografía, que Forestier le devolvió inmediatamente.

    —¿Se está burlando de mí, Diersant?¿Me toma por un imbécil, o acaso se ha vuelto loco?

    Daniel no supo qué contestar. Miró la tarjeta. En vez de la sigla de la. Seac, había solamente tres letras mayúsculas cuyo sentido le resultaba desconocido: HKH...

    Cerró los ojos y escuchó. Cada tres o cuatro segundos, un choque sordo se superponía a un fragor monótono y lejano. Un golpe de gong, luego otro y otro. Y más débilmente un ruido de címbalos y una especie de pizzicato tenue y burlón. El conjunto constituía un rumor angustioso. Sin soltar la tarjeta marcada HKH, Daniel se tapó los oídos con las manos. El fragor y los címbalos se apagaron, pero el gong persistió.

    —Tiene usted mucho atrevimiento, Diersant. ¡Presentarme, a mí, una tarjeta HKH falsificada!

    Daniel abrió los ojos y bajó lentamente los brazos. Forestier le miraba con una expresión a la vez estupefacta, admirativa, despectiva y furiosa.

    —¿Por qué está falsificada esta tarjeta?
    —Porque lleva la firma Huber Hagen Hess. HHH... ¡Es la falsificación más burda que he visto nunca!

    Daniel tiró la tarjeta. Forestier hizo una seña a su compañero. El segundo hombre llevaba un largo cilindro, que entreabrieron y se convirtió inmediatamente en una camilla. Forestier cogió a Daniel por el hombro. Evidentemente, querían obligarle a tenderse sobre su aparato, el cual permanecía inmóvil en el aire, sin apoyarse en nada. Pero él no estaba enfermo ni herido, y no tenía el menor deseo de subir a su maldita ambulancia. Se desasió, retrocedió de un salto y corrió hacia su automóvil. Avanzó apenas diez pasos y se detuvo, aterrorizado: el Volks no era más que un montón de chatarra. La parte delantera y el lado derecho estaban completamente aplastados. Pensó: ¡Dios mío, si hubiera estado al volante...! El accidente explicaba quizá la presencia de los hombres vestidos de blanco y su equivocación. Pero no, rectificó, no se trata de una equivocación; es una trampa...

    Con una mano, Forestier empujó la camilla, que se deslizó por el aire como un globo infantil empujado por el viento. Daniel se preguntó si valía la pena decirles a aquellos exaltados que no se encontraba en su automóvil en el momento del choque y que ni siquiera estaba herido. No, no querrían saberlo. Dio un nuevo salto en el tiempo. Se despertó con la cabeza entre sus brazos y los codos apoyados sobre el volante del Volks. ¡Dios mío, y mi cita!

    Le espero esta noche a partir de las nueve y media, en mi oficina —había dicho el Gran Dragón—. Estaré allí hasta medianoche. Podrá contarme su historia. Robert Sarthès era el hombre del secreto, de la noche, del trabajo solitario en la sombra. ¿Esta noche... esta noche?¿Hoy, 20 de noviembre de 1966?

    Las luces de la ciudad lloraban sus pequeñas lágrimas grasientas e irisadas a través de la niebla. De cuando en cuando, el Volks se echaba sobre un monstruo con cuerpo de ectoplasma, se dejaba tragar y luego, inmediatamente escupido, surgía a la noche de invierno desnudo, metálico y helado. Daniel tuvo que aminorar la marcha. Había puesto la calefacción y se sentía de nuevo preso de una leve somnolencia. Llegó a Choisy por la orilla derecha y enfiló la avenida de Villeneuve un poco antes de la fábrica. ¿Qué le voy a contar a Sarthès? De todos modos, llegaba muy temprano. Paró el coche, se apeó y dio unos pasos por la acera para desvelarse. El cielo estaba muy claro. Vio a Orión delante de él, a su izquierda, inmediatamente encima de las casas. Normal, a finales de noviembre. Se preguntó si no sería una buena idea ir a comer un huevo y un filete en una taberna. Pero no tenía hambre ni sed. En cambio, temblaba en su traje de verano. Levantó de nuevo los ojos hacia Orión. Rigel quedaba oculta, pero veía claramente el tahalí y Betelgeuse, Aldebarán más alta a la derecha, Cástor y Pólux a la izquierda... Todo aquello correspondía a la estación... pero el Volks sólo había recorrido cuatrocientos kilómetros desde el 18 de julio, fecha del último repaso del motor. Pues bien, estamos a 31. Max Roland me recibió el 30 —ayer—, para comunicarme mi despido. Al regresar a casa tomé dos o tres comprimidos de mebsital, y al día siguiente, es decir, esta mañana, estaba lo bastante lúcido como para telefonear a Sarthès y pedirle una cita. El efecto cronolítico se manifiesta pues con unas horas de retraso. La carta de Nerek, la bofetada de Monika, la niebla del 20 de noviembre y Orión: ¡fantasmas! Subió de nuevo a su automóvil y se dirigió hacia la fábrica.

    Un refuerzo del muro formaba una especie de túnel al fondo del cual se abría la verja. Daniel avanzó por él e hizo sonar el claxon dos veces. El vigilante nocturno se dejó ver, hizo un gesto y se acercó a la puerta. Era un ex gendarme muy consciente de su importancia: con toda seguridad un hombre de Forestier y de Max Roland. Daniel se resignó a apearse y avanzó hasta la verja.

    —¿Qué desea usted a esta hora?

    Daniel tendió su tarjeta de la Seac.

    —Estoy citado con el Gran Dragón.
    —Ah, sí, Diersant. Ya le he visto por aquí.
    —Más de una vez.
    —Bien, voy a telefonear.
    —No es necesario, Sarthès me espera.
    —Es el reglamento. Son más de las nueve.
    —Como quiera.

    Sarthès confirmó la cita y un minuto más tarde Daniel rodaba por la avenida principal. Los edificios de la fábrica amurallaban contra el cielo el inmenso patio rectangular. Un amplio decorado de hielo y la claridad de la luna resbalando sobre los icebergs. Vienes del frío y... ¡siniestro! Súbitamente, una masa oscura apareció delante de él, cortando la carretera. Un automóvil, con todas las luces apagadas. Daniel lo evitó dando un golpe de volante y frenó muy a tiempo. Los dos vehículos se habían rozado y sus parachoques habían tropezado ligeramente uno contra otro. El 404 gris metalizado venía de los garajes por la avenida perpendicular. Su conductor se había lanzado sobre la avenida principal, muy cerrado a la derecha. Luego había saltado del coche y rodado sobre el césped. ¡Sí, ese canalla ha preparado bien el golpe para que yo aparezca como culpable! Era Forestier: no podía ser nadie más que él. Un tipo alto que llevaba una chaqueta a cuadros y un sombrero de fieltro caído sobre los ojos: el jefe de los polizontes de la Seac. ¿Qué diablos hace aquí, Dios mío? Ha debido seguirme. Eso es, me ha seguido, y cuando se ha dado cuenta de que me dirigía a la fábrica ha tratado de llegar antes que yo. Ha entrado por los garajes, pero ha perdido tiempo y...

    —¿Qué diablos hace usted aquí?—gritó Forestier—. ¿Cree que está en la autopista?
    —Estoy en la autopista —respondió Daniel tranquilamente. Una tranquilidad engañosa. En realidad, estaba al borde del pánico.

    Forestier se echó a reír brutalmente.

    —¡Me está tomando el pelo!
    —No puedo permitirme ese lujo. ¿Ha sufrido algún desperfecto su automóvil?
    —No, creo que no. Aunque no habrá sido gracias a usted.

    Una espesa media luna esparcía una claridad grasienta. Se había hecho un relativo vacío en el lugar de Orión. Cástor y Pólux habían desaparecido también. Más arriba, Daniel observó el triángulo Altair-Deneb-Vega, esta última muy pálida a causa de la luna y casi en el cenit. La posición de las estrellas correspondía a la época veraniega. La temperatura era tibia. Las cosas habían vuelto a su lugar por sí mismas. En otras palabras, la crisis se alejaba, tal vez se disipaba el efecto del mebsital... suponiendo que fuera el mebsital.

    Una luz brillaba en el primer piso de un pequeño edificio situado al fondo del patio. Sarthès velaba. Daniel alzó la mirada, suspiró. Algo de la serenidad celeste penetró en él. La calma era extraordinaria. Veamos, ¿qué día es hoy?

    Se volvió hacia Forestier.

    —Admitamos que yo iba demasiado aprisa —dijo, en tono conciliador—. Pero usted llevaba todas las luces apagadas. Es lo menos que se puede decir. Ahora estamos a la par. Buenas noches.
    —Un momento, Diersant. ¿Qué hace usted aquí?
    —¿Y usted?
    —Yo estoy cumpliendo con mi obligación. Y le advierto que si su respuesta no es satisfactoria, haré un informe acerca de usted.
    —Traigo unas traducciones.
    —Traigo unas traducciones.
    —Traigo unas traducciones.
    —Traigo unas traducciones. ...distinguió al claro de luna algunas rosas de un blanco casi malva. No conocía su nombre y lo lamentó: uno debería conocer siempre el nombre de las flores que encuentra en su camino.

    Pulsó nerviosamente el timbre de una puerta de madera rústica y se anunció en voz baja. Ese cerdo de Forestier ha adivinado que me dirigía a casa del Gran Dragón. Ha debido tratar de llegar antes que yo al patio de la fábrica, con la intención de ocultarse para observarme, y luego bloquear la cerradura de la puerta detrás de mí y entrar inmediatamente después. Sí, eso tiene sentido. Pero, ¿por qué me seguía?

    La puerta se abrió silenciosamente. Daniel dio unos pasos andando de espaldas para asegurarse de que volvía a cerrarse completamente. Estaba a salvo. Se detuvo en la escalera para recobrar el aliento y dominar su emoción. Ninguna amenaza podía alcanzarle aquí, en el antro del Gran Dragón.

    —Entre, Diersant. Le estaba esperando.

    La estancia, en la que dominaban el rojo de las alfombras, el negro de los sillones y el caoba de los escritorios y de las mesas, no era muy grande, pero media docena de personas podrían haberse sentido a sus anchas en ella. Esto era debido a los amplios ventanales, a la altura del techo y al reducido tamaño de los muebles esparcidos en un sabio desorden. Decorado y ambiente prefabricados...

    —¡Me alegro de verle!

    En Sarthès, se observaba en seguida lo macizo de la silueta y del rostro. Luego se descubría la anchura del torso, la potencia de la cabeza y del cuello, la fisonomía cuadrada bajo una espesa cabellera gris. Finalmente, la estatura: un metro ochenta y cinco, al menos. El Gran Dragón llevaba una chaqueta de estar por casa a cuadros y un pantalón de franela arrugado. Sus ojos chispeaban detrás de las gafas de gruesos cristales. Tenía el aire de un pez de los abismos.

    Sobre su escritorio, un Hermes de yeso (rostro desconocido de Daniel con un aire vagamente futurista, una novedad...) compartía la superficie con una máquina de calcular Dunn 101, el interfono, los dos teléfonos tradicionales y un terminal de ordenador. Sobre una mesa baja, una Biblia moderna en dos tomos y la Memoria de la Seac (obra del propio Sarthès). En las paredes, varios diagramas y gráficos que Daniel no recordaba haber visto y cuyo sentido se le escapaba por completo, y un desnudo figurativo: una joven escultural y musculada que ofrecía a los visitantes el espectáculo de su espléndida anatomía.

    Sarthès golpeó la esquina de la mesa con la cazoleta de su pipa.

    —¿Un whisky?
    —Seco, por favor.

    El Gran Dragón estaba retrepado en su sillón y parecía invadido por cierta somnolencia, pero Daniel le sabía atento y lúcido. En la pared había un pequeño calendario en un marco de madera. 31 de julio de 1966. Todo marchaba bien. Todo marchaba bien. Todo marchaba bien.

    —Hoy mismo he establecido contacto con mis amigos de Nerek —dijo Sarthès—. Desde luego, podrán encontrarle algo. Pero con una condición: que acepte usted abandonar Francia por cinco años, como mínimo. ¿Es posible?
    —¿Abandonar Francia para ir a dónde?
    —A América, desde luego. A los Estados Unidos.

    Daniel suspiró. América, aquel engañabobos, aquel falso paraíso, aquella trampa... Struggle for life: que gane el mejor... ¡o el más granuja! Feroz competencia a todos los niveles, sin tregua y sin piedad.... Pero los oasis de paz y de felicidad sólo existen en las novelas de ciencia ficción... con reparos. A menos que uno sea multimillonario, claro está. Hay que resignarse, América, ¿por qué no? Daniel tenía la sensación de que todas las decisiones importantes para él eran tomadas en otra parte, no sabía dónde. En el Pentágono, en la caverna de la Agharta o en algún misterioso consejo de administración.

    —Creo que debe ser posible —dijo prudentemente.
    —Hay otra solución —dijo el Gran Dragón.

    De cuando en cuando, daba una chupada a su pipa y expelía lentamente el humo. Hablaba con una voz sorda y algo cantarina, en la cual persistía el acento de los Pirineos... Daniel percibió una franja de cielo azul-negro, entre dos cortinajes. La fábrica, la ciudad y el mundo estaban al otro lado de la pared, inofensivos, como exorcizados.

    —¿Ha oído hablar de HKH?—preguntó Sarthès?

    Una mancha clara se redondeaba en medio de la ventana: el halo de un farol tamizado por la bruma o una simple ilusión óptica. Daniel centró su mirada en aquella pálida nebulosa que tal vez no existía más que en su imaginación. Cambiaba de forma y parecía girar sobre sí misma. No tardó en ser perforada por dos agujeros oscuros, y luego por un tercero debajo, y Daniel reconoció una calavera esquematizada como las que dibujaba en su infancia, en la época de su pasión por los piratas. Una advertencia. Una especie de premonición... ¡HKH! He caído en una trampa. Se puso en pie.

    Sarthès se echó a reír.

    —Creo que conoce usted a HKH.

    ¡Ese cerdo me ha traicionado! ¡Todos están contra mí! Notó que sus rodillas se doblaban y cayó hacia adelante. Fue despertado por una sensación de frío muy localizada pero muy viva. Su pie descalzo se apoyaba sobre una baldosa helada. Estaba tendido sobre una banqueta o un canapé. Una bombilla sin pantalla colgaba encima de él. Se dio cuenta de que estaba desnudo. Un hombre con impermeable metía sus ropas en un saco. La habitación estaba casi vacía: una mesa, algunas sillas, una especie de alacena... Debía oler a humedad, pero Daniel tenía aún en la nariz y en la garganta un fuerte olor químico. Le habían dormido con un generador de micronieblas. Entró una joven rubia con un pote de agua humeante que depositó sobre la mesa. Se oyó un ruido de metal y de vidrio entrechocando. La mujer volvió la espalda, ocultando sus manos. Daniel se incorporó sobre un codo y vio que había un hombre detrás de la banqueta. Volvió a dejarse caer.

    Llegó un cuarto personaje con un paquete de ropa bajo el brazo: un tipo alto, flaco y musculado, cabellos grises, rostro cuadrado, mentón duro, con una arruga profunda como una cicatriz partiendo del ojo y cruzando su mejilla. El jefe de Seguridad de la Seac, Forestier.

    —Vamos, Diersant, hay que saber perder, qué diablos. ¡No se puede ganar siempre!
    —¿Qué quiere decir eso?
    —Se cree usted muy fuerte, ¿eh?

    Forestier tiró las ropas al suelo delante de Daniel. La joven se volvió. Sostenía en su mano una jeringuilla hipodérmica y un trozo de algodón. Daniel intentó levantarse. El hombre que estaba detrás de él le golpeó en el hombro con el filo de la mano.

    Daniel volvió a caer sobre la banqueta.

    —¿Le doy otro trompazo en la jeta, jefe?
    —No —intervino la mujer—. No conviene que duerma. Tengo que vigilar el efecto de la inyección.
    —¡Déjenme en paz! —gritó Daniel.
    —No haga el imbécil —dijo Forestier—. No vamos a matarle. Le atontaremos un poco, simplemente.
    —Bueno, ¿qué es lo que quieren de mí?

    El jefe de la Seguridad miró a la joven. —¿Se lo digo?

    —Como quiera. De todos modos, no lo recordará.
    —Se trata de eso, amigo. No recordará usted nada. Olvidará incluso su nombre. Al menos durante algún tiempo. Después se acordará poco a poco, excepto de lo que ha pasado esta noche. Las últimas horas antes de serle inyectado ese producto: nada más. Le soltaremos en el campo, a unos centenares de kilómetros de París. Y antes de que sepa quién es y pueda demostrarlo, pasarán varios meses. Usted debe conocer este producto: procede de sus amigos de Nerek & Frobacher. El NF 7009: un amnésico. Se encuentra en fase experimental... y vamos a experimentarlo. Lo peor que le puede ocurrir es que tenga que pasar un par de años en un asilo. Cosa e a mí no me haría llorar. Adelante.
    —Ahora, si no se está quieto, tendremos que dormirle con un aerosol —dijo la joven—. Y eso aumentará los riesgos, porque debo vigilar su corazón y darle otra inyección en caso de desfallecimiento. Y yo no soy médico. Sería preferible que pudiera usted decirme lo que siente durante los primeros minutos.

    La joven se obligó a sonreír. Sus cejas redondas y altas daban a sus ojos un aire desencajado. Sus mejillas hundidas, su nariz ligeramente achatada y su boca contraída traicionaban su ansiedad. Tenía miedo. Sus facciones se grababan en la memoria de Daniel. Tal vez no volvería a ver nunca otro rostro inclinado sobre el suyo. Tendió su brazo. Las manos de la joven temblaban ligeramente. Daniel cerró los ojos. Apenas notó el pinchazo. Un suave calor invadió progresivamente su brazo y luego el fondo de su garganta.

    —Muy bien —dijo Forestier—, ya está. Vístase.

    Daniel se puso en pie y empezó a vestirse: una ropa interior usada y un traje de color azul petróleo que tenía más de diez años de vida. Cuando se disponía a ponerse la chaqueta, la mujer le interrumpió:

    —No, la chaqueta aún no, por si es necesario que le dé rápidamente otra inyección.
    —La chaqueta no me hace falta. Estamos a 31 de julio, ¿no?

    Los otros no hicieron ninguna observación. Era el 31 de julio. O le engañaban a sabiendas.

    —Las noches son frescas —dijo Forestier—. Este es el peor de los veranos que recuerdo.

    Daniel volvió a sentarse, sumergido por una ola de aquel fatalismo que era sin duda el fondo de su carácter. Finalmente, se reencontraba a sí mismo: un hombre entregado totalmente al destino. Y, por ese mismo hecho, liberado.

    —¿Cuánto tiempo tenemos que esperar?—preguntó el hombre del impermeable.
    —Media hora, aproximadamente —respondió Forestier.

    La joven agitó la cabeza. Abrió una ampolla y preparó otra jeringuilla. Daniel se sentía débil y febril. La mujer se sentó a su lado en el canapé y le cogió la muñeca.

    —¿Cómo se siente?
    —Bien, pero tengo frío.

    Forestier cogió la chaqueta azul y la echó por encima de los hombros de Daniel. Los dos comparsas observaban la escena con visible inquietud. Daniel apoyó la cabeza en el respaldo de la banqueta y cerró de nuevo los ojos.

    —¿Qué es lo que pasa?—preguntó Forestier a la joven—. ¿Se ha dormido?
    —No, creo que no. Tiene el pulso débil. Sí, estaba previsto, pero estoy un poco preocupada.
    —Dele esa inyección.
    —Supongo que tendré que dársela. Pero creo que lo mejor sería llamar a un médico.
    —¿Se ha vuelto loca? —Un médico amigo. Podríamos avisar a...
    —¡Nada de nombres! —gritó Forestier.
    —Espero que no nos veremos metidos en ningún jaleo —dijo uno de los hombres.
    —Quisiera dormir —dijo Daniel—. Hasta ahora he llevado una vida completamente idiota y estoy muy cansado. Quisiera dormir mucho tiempo... y despertarme a orillas del mar... en una playa de arena blanca y...
    —Voy a darle la inyección —decidió la mujer.

    Se arrodilló delante de Daniel.

    —Si sucede algo, el único responsable será usted —le dijo a Forestier.
    —No se preocupe, HKH nos cubre.
    —De todos modos, insisto en que sería preferible llamar a un médico.
    —¡No! Confío únicamente en que ese producto responda a lo que se espera de él.
    —¿Se refiere al NF 7009?
    —Sí. No se trata de un simple amnésico. Es un cronolítico, ¿no es cierto?
    —Y nosotros, ¿qué hacemos?—preguntó uno de los hombres.


    4


    Vivía en un estudio en la calle Verneuil, en el quinto piso. En aquella habitación, un poco oscura, amontonaba recuerdos de su infancia, las tarjetas postales de sus amigos y las invitaciones a viajar de las oficinas de turismo. Un solo lujo, el teléfono. La fotografía de un chiquillo de cabellos cortos y ojos demasiado brillantes: Daniel Diersant a la edad en la que soñaba con piratas y con indios. Había escrito su nombre al dorso de la fotografía, con esta dedicatoria a sí mismo: "Soy un gran jefe del país frío, conduzco mi trineo más rápido que el viento. Hasta pronto."

    Sobre la cómoda, un muñeco de goma: Mickey Mouse cosmonauta. Y sobre la cama, la alfombra, una butaca o en otra parte, un elefante rosa como los que ven cuando están ebrios ciertos caballeros falsamente ampulosos y un poco cabezas de huevo que Daniel había admirado siempre en la literatura anglosajona. Era un prototipo de los plásticos especiales que la Seac fabricaba en Choisy: flexibles, resistentes, incombustibles, etc. Como único cuadro, una vaca rojiza en un verde prado, con un koan zen debajo: "Después de andar cuatro mil días, la vaca llega al final del universo; ¿qué hace?"

    Daniel se levantó bostezando y frotándose sus doloridas sienes. ¡Asquerosa pesadilla! ¿Qué mal se ocultaba en su cerebro? No le gustaban esos calores precoces de junio que abren el verano con una fogosidad brutal. Necesitaba suaves transiciones en la vida. La vida entera tal vez sea una transición, se decía sin creer en ello. Sí, imbécil, una suave transición entre nada y nada. ¡Y no tan suave! Se arrastró hasta el cuarto de baño. De todos modos, lo que le molestaba no era el tiempo que h ce, sino el tiempo que pasa. ¿Podía desquiciarse también este último? Absurdo. Se miró con curiosidad en el espejo del lavabo. Tenía los ojos ligeramente asiáticos los labios gruesos, el mentón algo huidizo, la nariz un poco achatada. Sus cabellos claros avanzaban en desorden sobre su frente cruzada por dos arrugas muy finas que le conferían el aire de un niño ocupado en resolver un problema demasiado arduo para su edad. Resultaba curioso: si hubiera visto aquella cabeza sobre los hombros de un sosia, sin duda no la hubiese reconocido.

    Tomó un comprimido de alcasogyl Cerba (una especie de aspirina) con un sorbo de agua y abrió distraídamente un tubo de mebsital Nerek. Hizo rodar en su mano izquierda una gragea de un blanco casi malva. Todas las drogas le atraían sin que tuviera realmente el deseo de usarlas. Coleccionaba las muestras de productos farmacéuticos, empezando desde luego por los de Nerek y Cerba. Las jóvenes que llevaba a su casa quedaban fascinadas por los pequeños frascos multicolores. Y algunas no resistían a la tentación de deslizar un tubo de somnífero en su bolso. Por algunos barbitúricos, aquellas bellas nerviosas de cuerpo tarifado hubieran dado su alma. Olfateaban también con envidia y desconfianza las píldoras azules de nidopan, el anticonceptivo Cerba.

    Pero el frasco de mebsital estaba oculto. Daniel sólo tenía uno y no quería exponerse a que le robasen aquella pieza rara. Además, Ellen le había dicho que iban a retirar el producto de la circulación, a causa de los efectos secundarios, que superaban todo lo que se había imaginado. Los investigadores de Nerek habían querido reunir en un solo compuesto los medios del narco-análisis, de la anfetamina y del oniro-análisis. Se afirmaba que el mebsital hacía más permeable la barrera del inconsciente admitiendo que existiera un inconsciente y una barrera—, y de ahí la aparición de sueños de un rico contenido simbólico... admitiendo que existieran unos sueños y os símbolos. Pero el Ministerio de Sanidad francés había negado su visto bueno. A causa de los efectos cronolíticos, pretendía Ellen.

    —¿Qué es la cronólisis?
    —Una perturbación profunda del tiempo.
    —¿En la mente del sujeto?
    —Naturalmente, pero si se tiene predisposición o si la dosis es excesiva, el tiempo termina por no existir para el enfermo. Entonces, el sueño puede prolongarse indefinidamente. Sustituye a la realidad, y de ahí que en algunos casos resulte imposible el retorno al estado de vigilia. Y unos minutos le parecen a veces días o meses al soñador. Se han producido ya accidentes muy graves: la locura o la muerte...
    —Es curioso que oiga hablar de ello por primera vez.
    —Los laboratorios se esfuerzan en mantener el secreto sobre ese fenómeno...

    Daniel se tumbó en la cama, dejó el tubo sobre la mesilla de noche y cruzó las manos detrás de la nuca, su postura favorita para la meditación. No podía creer enteramente en aquella historia de cronólisis. ¿Por qué no probarlo?¿Una gragea o dos?¿O medio tubo? No acababa de decidirse.

    Viajar... ¿Es cierto que no se llega a ninguna parte? Tal vez existe algún modo de salir, alguna puerta cuyo secreto se transmiten los privilegiados de siglo en siglo. No, ya no hay islas vírgenes ni superiores desconocidos. A menos que...

    ¿Por qué tomar el camino del sur? El sur es la muerte. El futuro se dibujaba en gris. Daniel se decía que hubiera preferido un verdadero fracaso, con sus consecuencias: la lucha por la vida y no únicamente por los mejores puestos. Por encima de las lamentaciones, una vaga cólera crecía en él. ¡Me las pagarán!

    Pero, ¿contra quién volverse? No hay nada más estúpido que odiar al mundo entero. O tal vez no hay nada más juicioso...

    Dio un salto en el espacio y el tiempo. Había franqueado la doble puerta del santuario. Se detuvo, deslumbrado, como un prisionero que acaba de salir de un oscuro calabozo. Había vivido o soñado aquella escena centenares de veces. De repente adquiría una dimensión simbólica y resumía su suerte subalterna, sus sentimientos de culpabilidad, su miedo secreto al juicio de Dios y de los hombres.

    Muebles de época, tapices firmados y cuadros de maestros: cosas que él apenas apreciaba y que en realidad detestaba. Y se reprochaba a sí mismo el dejarse impresionar por aquellos signos externos del poder. Alto, imperioso, discretamente elegante, el Administrador delegado Max Roland le esperaba, al abrigo de un lujoso escritorio, separado de las butacas de alto respaldo, destinadas a los visitantes, por un no man's land de tres o cuatro metros.

    —Siéntese, Diersant.

    El Administrador delegado se mantenía al acecho detrás de su ciudadela cincelada. Sus gafas de cristales alargados y sin montura le daban, cuando sonreía, el aire de un intelectual norteamericano de los años cincuenta: mitad anuncio de dentífrico, mitad animal harto. Gran patrono. Semidiós. Un pato salvaje que se considera el cisne blanco del jardín eterno, decía Sarthès. Una corriente de aire casi fresco barría silenciosamente el escritorio. Max Roland hojeaba un expediente, al parecer de un modo maquinal, aunque quizá no había que confiar en aquel aire aburrido y distraído, camuflaje demasiado clásico del carnicero que se dispone a saltar sobre su presa. De pronto, alzó los ojos y apoyó las palmas de las manos sobre la mesa.

    —Antes de ingresar en la Seac estaba usted en la empresa Laurent-Duvernois, ¿no es cierto? —Sí.
    — Incluso trabajó en la puesta a punto de su famoso D-aminogel...
    —Sí.
    —Por lo tanto, los Laboratorios Laurent-Duvernois le habían empleado como químico...
    —En efecto.
    —¿A qué se debe que sea usted ahora traductor? Es una evolución curiosa.
    —Esa evolución, como usted la llama, ha sido decidida por la Seac.
    —Explíquese.
    —No soy yo quién tiene que explicarse, señor. Supongo que en un momento determinado había demasiados químicos, e insuficientes traductores técnicos. Yo había hecho siempre traducciones... a menos que me hayan atraído a una trampa.
    —Además, tiene usted treinta y cuatro años y no está casado.

    Daniel se encogió de hombros. Max Roland continuó:

    —Ya sabe usted que los psicólogos atribuyen mucha importancia a esos detalles. Podrían sospechar que permanece usted soltero porque a la edad de dos años y medio soñó que asesinaba a su padre a hachazos para casarse con su madre. Pero supongo que no es ese el caso.

    Un helado resplandor brilló por un instante en la mirada de Max Roland. Daniel no se tomó la molestia de añadir un comentario a aquella broma bastante siniestra.

    —Y ahora, ¿cuáles son sus proyectos?

    Daniel vaciló. Siempre hay que fingir amor al dinero, para no resultar sospechoso en un mundo en el que el dinero es dios. Daniel se creía capaz de engañar a cualquiera. Se esforzó en admirar el horrible péndulo de bronce que le ocultaba los papeles colocados delante del administrador.

    —Naturalmente, me gustaría mejorar mi situación.
    —¿Y podría decirme lo que significa esto?

    Es mi destino, pensó Daniel. Por una vez que estaba dispuesto a seguir el juego, tiene que ocurrir esto... Max Roland le tendió una hoja de papel que Daniel cogió con una mano un poco temblorosa. Como si supiera ya de qué se trataba... Era una carta, y vio que estaba dirigida a él. Los Laboratorios Nerek & Frobacher al señor Daniel Diersant.

    ¿Cómo había caído en manos de Max Roland? ¿Otra hazaña de Forestier?

    Leyó:

    Muy Sr. nuestro:
    Por mediación del Sr. Robert Sarthès nos hemos enterado de que quedará usted libre a partir del 1 de octubre de 1966. Al parecer, la experiencia profesional que ha adquirido en la Oficina de Documentación Técnica de la Seac, y en el Centro Europeo de Bioquímica Aplicada (C.E.R.B.A.), así como su doble formación técnica y lingüística, corresponden a las calificaciones exigidas para un cargo a proveer en Wilmington (Delaware), en la sede de nuestra filial común con Du Pont de Nemours.


    Daniel cerró los ojos. ¡Es una falsedad, no tiene ningún sentido! ¿Por qué han inventado eso? Al mismo tiempo, no podía evitar el esperar que la carta procediera efectivamente de Nerek y que hubiera sido misteriosamente intervenida por Forestier, los tipos de la Seac o de Cerba. Y se avergonzó de aquella esperanza pueril. ¡Idiota! ¿Así que crees aún en ello?¡Lo que te faltaba! Volvió a abrir los ojos y se fijó en la fecha: 19 de septiembre de 1966. Una trampa. ¡Era una trampa cronolítica! Estamos a 30 de julio, sin duda alguna. Anoche me dejé localizar por Forestier en la fábrica de Choisy... Miró a su alrededor, pero no vio ningún calendario.

    —La fecha...
    —¿Qué pasa con la fecha?

    Daniel renunció a continuar para no evidenciar su angustia. Sí, son fuertes. ¿Para qué discutir? Siempre tienen razón. Devolvió la carta con un gesto de cansancio. Tal vez tendría que habérsela quedado, puesto que iba dirigida a él. Pero estaba demasiado cansado. Deseaba acabar de una vez con todo aquello.

    —No entiendo nada —dijo—. Si esa carta me hubiese sido enviada por Nerek, estaría en mi poder y no en el suyo. ¿A qué día estamos?

    Max Roland le miró fríamente.

    —Estamos en el último día de su colaboración con la Seac. Pase por Caja esta tarde para cobrar su liquidación.

    Daniel volvió a encontrarse en la calle después de haberse cruzado con Forestier en los pasillos de la sede. El jefe de Seguridad exhibía una sonrisa victoriosa. ¿Están tratando de volverme loco, o qué? ¿Qué es lo que no encaja? Se detuvo en un bar. Nunca había tenido tendencia a buscar en el alcohol la solución de sus problemas, y no podía permitirse aún el lujo de la embriaguez. Necesitaba más que nunca toda su lucidez. Se concedió un solo vaso y bebió lentamente, evitando mirar el calendario colgado de la pared al lado del teléfono. El tiempo era gris, el sol tenía un aspecto de leche cuajada. A las cuatro y cuarto, la noche parecía ya a punto de caer. Daniel temblaba en su traje de verano. A su alrededor, los hombres llevaban gabardinas o pellizas, las mujeres abrigos o impermeables. Vio un quiosco de periódicos y pensó que tenía que enfrentarse con la verdad ahora o nunca. Compró el France-Soir, pero no encontró el valor suficiente para mirar la fecha hasta que entró en el refugio de su automóvil. Al abrigo del mundo y del tiempo. Y sin embargo tenía frío, tenía miedo. El periódico era del 20 de noviembre. Recordó la advertencia de Ellen. El mebsital producía tal efecto cronolítico que Nerek había tenido que retirarlo del mercado. ¡Dios mío! ¿Qué es lo que he hecho?¿Un experimento?¿O he intentado suicidarme con esa porquería? Y ahora lo he olvidado todo... ¡Pero eso no tiene sentido!

    No importa cómo, había perdido la clara noción del tiempo. Un vacío de varios meses se abría en su memoria. Era algo más que una simple amnesia. O algo menos. Recobró poco a poco la calma. Se sentía lúcido. Pero su lucidez no le devolvería los tres meses escamoteados, del mismo modo que no le hubiese ayudado a sanar de una enfermedad de hígado o de un tumor en el cerebro. Cuanto más trataba de recordar, más le invadía la cólera. ¡Esos cerdos me las pagarán! Apretó los puños contra sus sienes. ¡Es preciso que yo haya vivido durante ese tiempo! He trabajado, pues... en la Seac, en Cerba o Dios sabe dónde. Sacó su cartera del bolsillo interior de su chaqueta, la abrió. Tenía dinero: un fajo entero de billetes de quinientos francos. Mi liquidación... intacta, Dios mío. ¿Y la carta? Bueno, la carta no existía. Era una pesadilla cronolítica. Lo que temía o lo que esperaba se mezclaba en su mente con lo que realmente le sucedía. Pero, ¿qué puedo hacer? ¿Regresar a mi casa y pedir ayuda? No tenía el menor deseo de confiarse a los psiquiatras. Tal vez podría arreglárselas solo, sobre todo si no había cambiado de empleo ni de alojamiento. Veamos, las llaves. Sí, aquí están. Las llaves de su casa, en la calle Verneuil. Se enterneció un poco pensando en Babar, su elefante rosa. Pero no tenía ganas de regresar. O tal vez tenía miedo. La idea de volver a encontrarse solo en su habitación le aterraba.

    Cruzó los brazos sobre el volante, apoyó la frente sobre el dorso de su mano para reflexionar. Tal vez Ellen se había marchado ya de Francia. No lo recordaba.

    Cuando la había conocido, vivía en un hotel cerca de la estación del Este, pero él la encontraba casi siempre en casa de su amiga Monika Gersten, en Montmartre. Aquello parecía muy lejano en el espacio y el tiempo. Decidió arriesgarse a la expedición, aunque sin gran esperanza.. Tercer piso. Señorita Monika Gersten, periodista... Sí, Monika se decía corresponsal de varios periódicos alemanes. Daniel sintió vértigo y tuvo que apoyarse contra la pared. Por esta vez, amigo mío, estás salvado. Esperó unos segundos antes de llamar. Tal vez Ellen estaría allí. Por otra parte, no tenía importancia. Monika sabría cómo advertir a su amiga.

    Tocó con la mano un radiador ardiente. La calefacción central funcionaba. Normal, un veinte de noviembre. Su angustia se disipó un poco. Llamó. Con tal de que Monika estuviera en casa. Reconoció el paso ligero y ruidoso de la joven. El alivio que experimentó entonces le hizo medir la intensidad de su confusión. Monika abrió la puerta con un gesto brusco y miró fríamente a Daniel. Casi como Max Roland le había mirado unas horas o unos meses antes. Llevaba un vestido de noche de color rojo. El corpiño ajustado en la cintura se entreabría en el pecho realzando sus senos. Sus cabellos rubio-rojizos dejaban al descubierto su frente y sus orejas. Su rostro era de un óvalo muy alargado, su nariz pequeña y recta, sus labios de trazo firme. Daniel sonrió. Por un instante temió haberse equivocado. Era Monika Gersten, desde luego. La admiró, asaltado por recuerdos inciertos, luchando entre el deseo y una angustia indefinida.

    —Hola, Monika —dijo—. He vuelto.

    Pero la alemana no se apartó para dejarle entrar, y su mirada no se suavizó. Daniel dio un paso hacia ella. Entonces, ella le abofeteó con todas sus fuerzas, por dos veces, izquierda y derecha, sin un grito ni una palabra. Daniel retrocedió, y Monika aprovechó la ocasión para cerrar violentamente la puerta.

    Daniel volvió a descender a la calle, desconcertado. Ni siquiera trataba de comprender. Monika era ahora su enemiga. Ellen también, quizá. Habían pasado más de cien días desde su último encuentro, al menos del último que recordaba. A no ser que... Se le ocurrió una idea. Abrió el capó del Volks para examinar la etiqueta de repaso del motor. La fecha: 18 de julio de 1966. El kilometraje: 74650. Saltó hacia la parte delantera para ver la cifra del cuentakilómetros: 75072. Volvió a cerrar el capó, se sentó al volante, tiró de la portezuela, cerró los ojos. Dormir. Aquella esperanza llenó su cabeza, se esparció por todos sus nervios, por todo su cuerpo: dormir.

    Dios

    mío

    qué

    cansado

    estoy

    me

    parece

    que

    dormiré

    durante

    todo

    un

    siglo, y durmió un par o tres de horas con un sueño febril, enfermizo, extraño. Al despertar, se acordó de su entrevista con Sarthès en la fábrica de Choisy. Bostezó y se frotó los ojos. Esos cerdos me han echado a la calle y podré descansar. El tiempo era bueno y la noche llena de estrellas. Altair, Deneb, Vega... ¿He soñado que había visto Orión? Consultó su reloj. Es la hora, tengo que ponerme en marcha. Esa enfermedad de dormir no importa cuándo y no importa dónde empieza a fastidiarme. Giró antes de llegar a la fábrica y tomó la avenida de Villeneuve. ¿Qué es lo que voy a contarle a Sarthès?¿Que me marcho a América? Bah, ya veremos... Hizo sonar dos veces el claxon y el vigilante nocturno en uniforme azul o negro se acercó a la verja.

    —¿Qué desea?
    —Quiero ver al patrón.
    —¿Qué patrón?
    —¿Cómo que qué patrón?¿Acaso tiene usted varios?
    —Montones. Es lo malo de la Seac. ¿Quiere usted ver al Gran Dragón?
    —Desde luego.
    —Voy a telefonear.
    —¿Lo cree usted necesario?
    —Después de las nueve de la noche, es el reglamento.

    Daniel subió de nuevo al Volks, dejando la portezuela entreabierta para releer la carta de Ellen a la luz de la lamparilla del techo.

    Querido Daniel:
    No creas que me he olvidado de ti. Desde el accidente temporal del 29 (o del 31) de julio no he dejado de estar contigo. Y volveremos a vernos sin tardanza. No te digo dónde ni cuándo. Estas palabras, lo has comprendido ya, no tienen ningún sentido en el mundo en que ahora vivimos.
    Debo tranquilizarte a propósito del mebsital. Ese producto no es más peligroso que cualquier otro barbitúrico. La cronólisis era una invención mía. Invención o profecía: sin duda existirá algún día. Incluso debe existir hasta cierto punto, ya que el tiempo parece haber estallado. Pero no es apenas posible que sea por efecto del mebsital. En 1966 no se había puesto a punto ninguna droga cronolítica, y yo no he tomado grageas de color malva...


    Unos segundos más tarde, Daniel cruzaba velozmente el patio de la fábrica, bajo un cielo claro en el que las constelaciones del verano brillaban débilmente. Decorado de luna, de hielo y de hormigón, con extraños reflejos deslizándose sobre los icebergs. Aminoró la velocidad, contemplando las estrellas. Su cansancio volvió de golpe. Apretó los dientes. Sí, saldría de esto, lo juraba. Ya no estaba solo. Encontraría de nuevo a Ellen, y ella lucharía a su lado. Súbitamente, el automóvil de Forestier cargó contra el suyo, primero a la derecha, luego a la izquierda. Por los dos lados, era el mismo 404 gris metalizado. Daniel dio un salto hacia adelante de siete u ocho segundos. El Volks y el 404 de la derecha se habían detenido uno detrás del otro, casi sobre la misma línea. El segundo 404 había cruzado la plaza y se había situado en la avenida que descendía hacia los garajes. ¿Forestier? Sin duda. Pero, ¿por qué dos Forestier, en dos automóviles idénticos, encarnizados en aplastar el Volkswagen?

    Los edificios se erguían muy altos por todas partes. Los ventanales proyectaban unos reflejos azulados. Aquel decorado futurista no era el que conocía Daniel... Forestier se apeó del automóvil vestido con una especie de uniforme negro. ¿Pesadilla, accidente temporal o cronólisis? No se ha inventado aún ninguna droga cronolítica y, por otra parte, es probable que ni siquiera exista la cronólisis. Pero, si se ha producido un accidente temporal, no estoy ya en 1966. Daniel cerró los ojos. Se había convertido en un reflejo. No ceder al pánico. Este no es el mundo en el que he vivido —o creído vivir— treinta y cuatro años. Pero tampoco es una pesadilla. No una simple pesadilla. Los acontecimientos obedecen a unas leyes obscuras y sin embargo lógicas. Estoy seguro de ello... Como un niño, tenía que aprender a vivir en un universo misterioso.

    Esperaba a Forestier. Una vez más. Y nunca había experimentado de modo tan agudo aquella angustiosa impresión de libertad y de impotencia a partes iguales. No podía influir ya realmente sobre el futuro, tal vez porque el futuro, en el sentido habitual de la palabra, había desaparecido.

    —¿Qué diablos hace usted aquí?—gritó el jefe de Seguridad—. ¿Cree que está en la autopista?
    —Estoy en la autopista —dijo Daniel tranquilamente. Una tranquilidad engañosa. En realidad, oscilaba entre el furor y el pánico. Y, sin embargo, recordaba haber estado tranquilo cien mil veces en unas circunstancias casi iguales.

    Forestier estalló en una risa brutal.

    —¿Pretende tomarme el pelo?

    Era el Forestier que Daniel conocía, con su rostro huesudo, sus ojos hundidos bajo unas espesas cejas, una arruga profunda como una cicatriz cruzando su mejilla, su enorme mentón. Pero llevaba un extraño atuendo negro y se tocaba con una extravagante gorra de visera. Parecía un hombre-rana.

    Daniel experimentó una sensación de disgusto: la cosa volvía a empezar, las mismas palabras acudían a su boca y no podía evitar el pronunciarlas.

    —Admitamos que yo iba demasiado aprisa. Y usted llevaba todas las luces apagadas, ¿no es cierto? Estamos a la par. No hablemos más del asunto. Buenas noches.
    —Un momento, Diersant. No se haga el listo. ¿Ha venido a ver al Gran Dragón?
    —Tengo derecho a ello.
    —Se equivoca. Ayer le despidieron de la Seac, amigo. No tiene nada que hacer aquí.

    ¡Cerdo! Bruscamente, Daniel se sublevó: contra el tiempo, contra la vida, el destino, la fuerza de las cosas y el peso del pasado. Doblaba el espinazo desde hacía siglos, pero aquello iba a cambiar. ¡Salir adelante, Dios mío, quería salir adelante!

    —¡Asqueroso polizonte! Sus historias me importan un pimiento. La Seac es un cesto de cangrejos, y usted un montón de basura. Adiós.
    —¡Bravo, Diersant! —exclamó una voz detrás de él.

    Daniel se volvió. El conductor del segundo 404 se acercaba tranquilamente. Daniel reconoció al ingeniero del traje raído al que había encontrado... ¿Dónde había encontrado al individuo de alrededor de cuarenta y cinco años, simpático, mal vestido, sonriente, con las manos en los bolsillos, una corbata grasienta y unos zapatos desfondados?

    —Soy yo, Larcher —dijo—. ¿Me reconoces? Saltó sobre el césped.
    —Llego a tiempo, ¿eh?
    —¿A tiempo para qué?
    —¡Para sacarte de entre las garras de ese granuja!
    —Te agradezco que hayas venido, pero creo que me las arreglaré solo.
    —¡Oh, eso es algo que me asombraría! Tu aspecto da a entender otra cosa...

    Daniel distinguía claramente los rasgos cincelados del ingeniero. Era casi plenilunio. Se estrecharon la mano. Forestier se echó a reír y retrocedió dos o tres pasos.

    —¡Con sus compinches o sin sus compinches, no saldrá usted bien librado, Diersant!

    Larcher apoyó una mano en el hombro de Daniel.

    —Ven a mi despacho.
    —¿Tienes un despacho?
    —¡Y vaya despacho!

    Cruzaron el césped: alfombras orientales auténticas sobre las cuales se borraban inmediatamente las huellas de los pasos, muebles de caoba, sillones de cuero rojo... Daniel encontraba de nuevo poco a poco una agradable impresión de seguridad. Se dejó caer en un sillón amplio como un sueño infantil. El ingeniero del traje raído contemplaba fijamente la pared con las cejas fruncidas. Una T mayúscula se dibujaba entre sus ojos, un poco alta. Su labio inferior recubría ligeramente al otro y le trazaba una sonrisa inquisitiva. Se distraía manipulando una bola azul, brillante, como las que se cuelgan de los árboles de Navidad.

    —Bueno, amigo, ¿qué opinas de todo esto?

    Daniel se encogió de hombros. Acababa de darse cuenta de que seguía llevando aquel traje azul petróleo pasado de moda y no demasiado limpio que Forestier y sus cómplices le habían obligado a ponerse. Su aspecto no era mejor que el del ingeniero. Dos miserables parados en el lujoso despacho de un P.- D.G., uno de ellos riendo, el otro asustado. Curiosa historia. ¡Ah! Ahora me acuerdo, conocí a este individuo en la oficina de colocación.

    —¿Que opino de qué?
    —Del decorado. Es el cuchitril en el que trabajaba antes. Ocupo las oficinas. Al menos cuando están vacías. Es lo único que puedo hacer. ¿Imaginas lo que representan dieciocho meses de paro forzoso?
    —¿Tanto tiempo? Sin embargo, tú eres ingeniero...
    —¿Y qué?¿No te has dado cuenta aún de que su sociedad empezaba a descarrilar? Exactamente dieciocho meses, y hubiese podido durar mucho más. Pero hace dieciocho meses que me harté, eso es todo.
    —Y te equivocaste.
    —Bueno, eso parece. De todos modos, no me arrepiento de nada. Aquí, las cosas no serían tan malas si no fuera por los granujas de HKH. Pero saldré adelante.
    —¿Quiénes son los granujas de HKH?

    Larcher se tumbó cómodamente de lado, con las piernas cruzadas por encima del brazo de su sillón y la barbilla en su mano.

    —¡Acabas de salir de entre sus garras, amigo!

    La postura daba a su voz un tono sibilante, cortado, confidencial.

    —No me preguntes qué es HKH. No sé absolutamente nada. Pero los granujas están siempre ahí tratando de atraparte, al menos al principio. Con un poco de experiencia, acabas por despistarles. Resulta incluso divertido. ¡Todo un arte, ya lo verás! Nunca ponen los pies aquí, por ejemplo. Ahora, empiezo a creer que saldré adelante.

    Daniel sonrió melancólicamente.

    —Hay algo que no comprendo.
    —Hay un montón de cosas que yo no comprendo. Anda, dilo.
    —¿A qué día estamos hoy?
    —Bueno, será el día que tú quieras... No, espera, la cosa no es tan sencilla. No se trata de una cuestión de voluntad. Requiere cierta práctica. Al principio, se dan vueltas y más vueltas en redondo. De todos modos, nada demuestra que la fecha sea la misma para ti y para mí. El tiempo está enfermo...
    —¿Qué es lo que ha pasado?¿Un accidente temporal?
    —¿Accidente temporal? Eso no quiere decir nada.
    —¿Qué, entonces?
    —Las cosas han sido siempre así, pero en términos generales nadie se da cuenta. A ti y a mí, y sin duda a otros muchos, nos ha ocurrido algo que nos ha abierto los ojos. Algo que nos ha permitido tener acceso al mundo real. Estoy seguro de ello: el mundo real es este, no el otro, no el de antes.
    —Entonces, ¿he sufrido un accidente?
    —Es probable.
    —Y a ti, ¿qué te ocurrió? —Dieciocho meses de paro forzoso: ¿no te basta como explicación? Bueno, tal vez tengas razón. En realidad, empecé a vivir al quedar en paro forzoso. Y no me arrepiento de nada. Pero cuando era joven me habían atiborrado el cráneo de conceptos tales como trabajo, familia, patria, etcétera. Me quedé sin trabajo, mi mujer se largó con un joven ejecutivo, y en cuanto a la patria estaba del lado de los patronos: es normal después de todo, tienen la misma etimología, la patria de los patronos, sería incluso un bonito slogan... Bueno, me estoy saliendo del tema. No tiene nada de raro, aquí se pierde uno continuamente, ya lo verás. Lo cierto es que me sentí completamente fracasado. Era un desgraciado, un don nadie. Un día me dije: vale más acabar con todo. Caí en la trampa. O tal vez no era una trampa, amigo mío, lo ignoro. Me disparé un tiro en la cabeza y, desde luego, fallé el golpe. ¡Nunca fui capaz de acertar en nada en aquel cochino mundo! Pero, desde que estoy aquí, la cosa va mejor. No lamento nada.
    —Fallaste... ¿y después?
    —Prefiero no pensar en ello.
    —¿No se te ha ocurrido la idea de que puedes estar muerto?
    —¡Ja, ja!

    Larcher emitió una risa forzada y un poco chirriante.

    —¿Crees en esas tonterías? No estoy muerto, no. ¡Precisamente acabo de nacer!

    El teléfono vibró a su derecha, mientras se encendía una lucecita. Larcher descolgó.

    —¿Te das cuenta? Incluso me llaman por teléfono... ¡Sólo me falta una atractiva secretaria!

    Unos ventiladores invisibles barrían la estancia con chorros de aire fresco. Las persianas echadas creaban una penumbra móvil, en la cual se recortaba un lago de luz, exactamente en medio del escritorio principal. Larcher paseaba sobre aquella mancha su basta mano que sostenía la boquilla como un arma. Estamos en agosto, pensó Daniel. Por eso están vacíos los despachos, naturalmente. Larcher se las ha arreglado para volver a poner en marcha el sistema acondicionador de aire, simplemente...

    Un amplio ventanal se abría sobre un cielo de porcelana japonesa. Hubiérase dicho que la civilización contenía por un instante su aliento deletéreo. Daniel se puso en pie para observar una pequeña nube de color rosa a lo lejos sobre la ciudad. El despacho de Larcher estaba situado cerca de los Campos Eliseos. Era fácil comprobarlo desde las ventanas. Pero normalmente no había nubes de color de rosa encima de París... Daniel supo súbitamente lo que deseaba: una playa desierta, lejos del mundo, el mar, la arena blanca, los cocoteros, una nube de color rosa en el cielo y un cangrejo un poco chiflado que treparía a los árboles, de cuando en cuando, para cortar una nuez... ¿Hay en este planeta o en alguna otra parte cangrejos que trepen a los árboles?

    —¿HKH?—aulló Larcher al teléfono—. ¡Nunca he oído hablar de eso! ¡Deje de tomarme el pelo! ¿Eh?¡Explíqueme qué es su KHH o HKH o lo que sea!

    Pero no esperó la respuesta y colgó bruscamente.

    —Eh, Diersant, escucha un poco.

    Daniel volvió a sentarse. ¡Dios mío, qué cansado estoy! Era mejor que el Volks: el confort tiene sus ventajas.

    —Dime, Diersant, ¿acaso estás en contacto con el Hospital Garichankar?
    —En contacto es mucho decir.

    Según Ellen, la ambulancia marcada Hospital Garichankar era una trampa. Una trampa de HKH. ¿Y qué pensar de los hombres vestidos de blanco llegados a Choisy en el 404 n.° 2? Además, tenía la carta de Ellen en su bolsillo, a menos que... a menos que ya no estuviera allí o de que nunca hubiese estado allí. Daniel se sintió más solo que nunca... ¡Oh! No precisamente solo, era una cuestión de punto de vista. Dos identidades coexistían en él. Había un Daniel Diersant que miraba al otro, aunque eso no era un remedio para la soledad. Cogió su cartera, sacó de ella su tarjeta de la Seac que llevaba ahora el famoso signo, K negra entre dos H marrón oscuro... Tendió a Forestier el rectángulo con una antigua fotografía, que el jefe de Seguridad rechazó preguntando en tono frío:

    —¿Me está tomando el pelo, Diersant, o se ha vuelto loco?

    Daniel apretó los dientes para disimular su furor. No era el momento de confesar que ignoraba el sentido de aquel extraño signo. Cerró los ojos y escuchó los golpes de gong que se superponían al lejano redoble de los tambores. Luego estallaron los címbalos. Un rumor angustioso pero ya familiar. Peligro. Sí, aquello debía ser una advertencia. El camino del futuro estaba cerrado por aquel lado. Cuando volvió a abrir los ojos, Forestier le miraba con una expresión de odio. Luego, el segundo personaje le dirigió lo que él interpretó como una señal de connivencia. ¡Ah! Había visto ya antes aquella cabeza...

    —Su tarjeta HKH es falsa —dijo el jefe de Seguridad—. ¿Quién se la ha dado?¿El Hospital Garichankar?

    Unos enfermeros tocados con un casco de astronauta... Eso no existe, no puede existir...

    —Mi pobre Forestier, está usted ridículo con ese atuendo —dijo Daniel despectivamente—. Vaya a vestirse como es debido y déjeme en paz. ¡No creo en el Hospital Garichankar, ni en HKH, y su mascarada no me divierte!

    Forestier se encogió de hombros.

    —Mire su automóvil, Diersant.

    Daniel se volvió. El Volkswagen no era más que un montón de chatarra, con la parte delantera y el lado derecho completamente hundidos. Si hubiese ido al volante, hubiera quedado aplastado. Sí, déjà vu-déjà vécu. ¡Salir adelante!

    —Vamos, no se haga más el tonto.
    —De acuerdo, es un golpe preparado, pero no me cogerá...

    Un leve roce advirtió a Daniel que el segundo enfermero había deslizado algo en el bolsillo de su chaqueta, tal vez un mensaje. Le reconoció. Era el ingeniero del traje raído que Ellen le había presentado. ¿Un aliado en el Tiempo incierto? Lo necesitaba. Leería el mensaje más tarde. Los golpes de gong, los redobles de tambor y la algazara de los címbalos le impedían concentrarse. Y Forestier le observaba.

    El jefe de Seguridad empujó con una mano la camilla antigravedad, que se deslizó hacia Daniel. Este se desasió y retrocedió de un salto. Ni enfermo ni herido. No tengo el menor deseo de subir a tu ambulancia, asqueroso polizonte. Yo no estaba en mi automóvil en el momento del accidente. ¡Una afortunada casualidad! Se volvió hacia el Volks. Y, no obstante... El claro de luna iluminaba los restos del coche. En la parte delantera o lo que quedaba de ella, una masa oscura yacía entre los asientos retorcidos y el parabrisas destrozado. Un cadáver... ¡Salir adelante! Se había evadido ya de aquella secuencia-trampa abriendo un camino que debía poder tomar de nuevo. Hizo sonar el claxon dos veces y se apeó del automóvil. El vigilante nocturno en uniforme de color oscuro se acercó, al otro lado de la verja. Sostenía en la mano un objeto corto y brillante que podía ser un arma o un generador portátil de micronieblas.

    —¿Qué quiere usted, a esta hora?
    —Estoy citado con el Gran Dragón.
    —¿Tiene usted su tarjeta?

    Daniel tendió su tarjeta HKH a través de la verja, sujetándola fuertemente por una esquina.

    —Sí, parece en orden. Voy a telefonear.
    —¿Es realmente necesario? —Bueno, ya sabe, los Vodrans andan por ahí...
    —¿Los qué?
    —Los Vodrans. Y es casi medianoche.

    ¡Tan tarde ya! Daniel experimentaba una confusa sensación de expectativa y de ansiedad. Y de impaciencia. Había vivido aquella escena diez o cien veces, pero cada secuencia era sutilmente distinta de las otras. Además, el vigilante nocturno no le había hablado nunca de los Vodrans. ¿Quiénes eran los Vodrans?

    No lamentaba haber venido. El camino del futuro pasaba por el camino de Choisy. No podría arrancarse a los escombros del tiempo sin franquear el obstáculo de la fábrica.

    Dejó la portezuela izquierda entreabierta para leer a la luz de la lamparilla del techo, mientras esperaba al vigilante, la carta que le había entregado el compañero de Forestier, el ex ingeniero del traje raído. Con un leve sobresalto de placer y de inquietud, reconoció la escritura vivaz, tensa y regular de Ellen.

    Querido Daniel:
    Se me ha hecho difícil comunicar contigo. Después del accidente temporal del 29 (o del 31) de julio, el mundo obedece a otras leyes, ya te habrás dado cuenta. Tengo la oportunidad de enviarte esta carta por medio del ingeniero Larcher que es, creo, un amigo... aunque en lo Indeterminado no se puede estar seguro de nada ni de nadie. Volveremos a vernos muy pronto, pero no puedo decirte dónde ni cuándo: eso no tendría ningún sentido en el espacio y el tiempo en los que vivimos.
    Sabes que en 1966 no existían aún cronolíticos. Hay que descartar, pues, la hipótesis mebsital. Tal vez el mebsital ha desempeñado un cierto papel. Ignoro cuál. De todos modos, no es el esencial. Trataremos de establecer contacto con el Hospital Garichankar para pedir una explicación... Sobre todo, desconfía: la ambulancia de Forestier no pertenece al Hospital. Es una trampa.
    Hasta pronto. Ellen.


    Unos minutos más tarde, el Volks corría por la avenida principal de la fábrica, bajo un cielo claro en el que la luna llena hacía casi invisibles las estrellas. El decorado era grandioso: oasis polar o circo ultraterreno en la noche hierática. Las constelaciones temblaban ligeramente. Daniel aminoró la velocidad para observarlas. Todo marchaba bien. Tenía que intentarlo una vez más. Imposible salir adelante sin pasar por allí. Luchó contra la somnolencia que le invadía y retuvo su pie derecho que se hacía pesado. El 404 de Forestier apareció primero a la izquierda, luego a la derecha, luego en frente. Tres automóviles grises exactamente iguales. Sólo uno de ellos pertenecía realmente a Forestier. En teoría, el de la derecha. Si todo ocurría como la última vez, Larcher debía de encontrarse en el de la izquierda. Pero, ¿quién ocupaba el tercero, el que llegaba del fondo de la fábrica? El Volks rodaba a quince por hora. Los tres 404 seguían avanzando. Daniel vaciló. Necesitaba conocer mejor las leyes de aquel mundo. Por consiguiente, tenía que realizar algunos experimentos, aunque calculaba mal los riesgos. ¿Qué pasará si me precipito contra el automóvil de Forestier... o contra otro? Su pie derecho apretó ligeramente el acelerador. El tiempo pareció inmovilizarse. El Volks empezó a vibrar. Los 404 oscilaron como si patinaran sobre una capa de hielo. Daban la impresión de estar lanzados a toda velocidad, pero apenas se movían. Daniel no estaba seguro de haber deseado aquello. Si podía actuar así sobre el tiempo, aquel universo no era más que una ilusión, una proyección mental. O era el acto la ilusión... y no el mundo. ¿Cómo podía saberlo? Su pie se movió sobre el acelerador, sin apretar. Los automóviles grises se balancearon airosamente. Aumentó un poco la presión. Los 404 retrocedieron mientras el Volks avanzaba. ¿Había que continuar el experimento; o tratar de pasar a cualquier precio? La tentación de lanzarse contra el vehículo de Forestier para ver lo que ocurriría era fuerte. Finalmente, se decidió. Pisó el acelerador a fondo. Durante unas décimas de segundos experimentó una impresión de cataclismo. Luego, todo volvió a la normalidad. El Volks y el 404 estaban parados uno detrás del otro, casi tocándose. Los 404 números 2 y 3 se hallaban a corta distancia, uno en la avenida de los garajes, el otro en la avenida principal, enmarcando a los dos primeros.

    Daniel abrió la portezuela del Volks... y resistió al impulso que le ordenaba saltar al encuentro de Forestier tal como había hecho las otras veces. Permaneció en su asiento completamente inmóvil, apretando el volante con una mano, tenso, esforzándose en dominar su miedo. Cuatro hombres descendieron del primer automóvil, encabezados por Forestier. El jefe de Seguridad hizo un vago gesto de amenaza en dirección a Daniel. Inmediatamente después salieron otros tres personajes del 404 que se había detenido en la avenida principal. Todos llevaban unos conjuntos negros con rayas rojas. Podía habérseles tomado por unos héroes de historietas infantiles. Se reunieron en el centro de la plazoleta. No parecían interesarse por Daniel. Las puertas del automóvil número 3 se cerraron de golpe simultáneamente. Daniel se sobresaltó. Cuatro hombres vestidos con batas y pantalones blancos se desplegaron en frente de los otros siete. Sobre su pecho se veía una inscripción en letras rojas: Hospital Garichankar. Los dos grupos se inmovilizaron a unos pasos de distancia el uno del otro, perfectamente alineados. Luego, una voz profirió una especie de grito de guerra, en medio de un silencio mineral: ¡HKH! ¿Procedía de los blancos, o de los negros? Más bien de los negros, aunque eso era una simple impresión. ¿Cuáles eran los amigos?¿Cuáles los enemigos? Tal vez todos eran enemigos. Daniel volvió a cerrar suavemente la portezuela, puso el motor en marcha y arrancó. El Volks se deslizó con todas las luces apagadas entre el 404 número 1 y el 404 número 3, rozó a Forestier y a los hombres vestidos de negro y se adentró en la avenida principal.


    5


    Giró a la izquierda antes de llegar a la fábrica y tomó la avenida Villeneuve. Un refuerzo del muro formaba una especie de túnel al fondo del cual se hallaba la pesada puerta blindada. Daniel hizo sonar el claxon dos veces. Se encendió una luz y apareció por un instante la gorra del vigilante. Daniel descendió y se acercó a la mirilla. Una voz ruda —pero ligeramente temblorosa— le preguntó qué deseaba. Una voz que Daniel reconoció con desagrado. El vigilante de servicio era un hombre de Forestier. Algo no encaja. El Gran Dragón no debió citarme esta noche.

    —Quiero ver al patrón —dijo.
    —¿Es usted de la casa?
    —Naturalmente.
    —Su tarjeta.

    Daniel tendió el rectángulo amarillo, barrado en marrón, con una antigua fotografía y el signo HKH. —Diersant, no le había reconocido. Está bien.

    —¿Puedo entrar?
    —Espere a que telefonee.
    —¿Para qué?
    —Es el reglamento. Faltan tres minutos para las doce.
    —De acuerdo. Adelante.

    Daniel volvió a subir al Volks, dejando la portezuela entreabierta para leer la carta de Ellen a la luz de la lamparilla del techo.

    Querido Daniel:
    Te felicito por la sangre fría con la que te enfrentas a una situación terriblemente complicada y angustiosa. Cuando nos encontramos por primera vez me produjiste inmediatamente una impresión de solidez, de madurez: tu mirada, tus gestos, tu manera de hablar, de mantenerte erguido, una especie de equilibrio... Y ahora veo que no me equivoqué.
    No, esto no es una pesadilla. Estás en el universo cronolítico. El camino del futuro pasa para ti por los acontecimientos que precedieron al accidente temporal del 29 (o del 31) de julio. Por tanto, tendrás que descubrir lo que ocurrió en aquel momento, es muy importante.
    ¡Cuidado! Los asesinos HKH están sobre tu pista. Te acechan en los parajes del accidente temporal y buscan una ocasión de pasar sobre el mismo plano de la realidad que tú para atacarte. Procura permanecer en fase con Garichankar. Yo estoy siempre allí y te ayudaré. Buena suerte. Ellen.


    Daniel dobló cuidadosamente la carta y la metió en su cartera, entre la fotografía de una joven morena y su cheque de liquidación.

    —¡Le llaman al teléfono! —gritó el vigilante.
    —¿Quién?
    —Un médico, creo. No he entendido su nombre. Entre... Tiene que ser algo importante para que hayan pasado la comunicación aquí. Daniel entró en una sala gris acero, de techo bajo, con muebles metálicos, un cuadro de mandos y un standard telefónico de color verde. El aparato tenía el aspecto de un pequeño monstruo acuático dispuesto a morder. ¿Un médico? ¿Qué es lo que quiere de mí?
    —¿Si?—dijo, con voz enronquecida por la angustia.
    —Buenos días; ¿cómo está usted?
    —¿Le conozco acaso?
    —Soy el doctor Robert Holzach. Creo que Ellen le ha hablado de mí.
    —Ah, es posible.
    —¿Se acuerda usted de Ellen?
    —Sí.
    —Y además nos hemos encontrado ya en el Tiempo incierto...
    —¿A qué llama usted el Tiempo incierto?
    —Al universo cronolítico o Indeterminado.
    —Entonces, ¿la cronólisis es una perturbación del tiempo?
    —Es una verdadera destrucción del tiempo. Una lisis del tiempo.
    —¿Y por qué soy víctima de ese fenómeno?¿O se trata de un accidente temporal?
    —Fue usted proyectado a lo Indeterminado a raíz de un acontecimiento... sí, un accidente. A usted le corresponde descubrir lo que realmente le ocurrió. En eso apenas puedo ayudarle. De todos modos, voy a intentarlo... Lo que se ha producido ya en el Tiempo incierto se reproduce sistemáticamente, con más o menos exactitud. Es una ley de la cronólisis. El pasado se repite sin cesar y bloquea en cierto modo el camino del futuro. Eso puede ayudarle, pero tenga cuidado con las trampas. Además, su personalidad corre el peligro de estallar, y sus angustias pueden materializarse y asaltarle de un modo subrepticio y feroz... Yo no puedo intervenir, porque no estoy en el mismo plano que usted en el universo cronolítico. Procedo de otra época.
    —¿Quiere decir que pertenece al futuro?
    —Soy un psicronauta del Hospital de Garichankar. Pertenezco a su futuro, es cierto. Nací en 2025 y tengo treinta y cinco años. Me han encargado la misión de entrar en contacto con usted...
    —¿Por qué conmigo?
    —Vamos a encontrarnos. Se lo explicaré. ¿Dónde está usted ahora?
    —Lo sabe muy bien, puesto que me ha llamado. —No. El teléfono no es más que una convención mental.
    —Pero en el universo cronolítico no existen ya el tiempo ni el espacio. ¿Qué importa dónde esté?
    —El tiempo y el espacio se han desintegrado. Pero continúan existiendo para nosotros. La hora, la fecha y el lugar son unos puntos de referencia mentales a menudo muy importantes. Ya se enterará. ¿Puede reunirse conmigo en casa de Monika Gersten?
    —¿Por qué tendría que reunirme con usted?—Porque está perdido. Porque me necesita. ¡Porque quiere saber algo más sobre este mundo!
    —De acuerdo. ¿Cuándo?
    —En seguida. O no importa cuándo. En lo Indeterminado, es casi lo mismo. Le espero. ¡Buena suerte!

    Inmediatamente, y sin haberlo deseado expresamente, Daniel se encontró en un pasillo oscuro de suelo desigual. La luz de la escalera acababa de apagarse. Notó un ligero vértigo y se apoyó contra la pared. ¿Por qué estaba aquí? Ah, sí, el accidente temporal, la cronólisis, Ellen, el doctor Holzach, Monika Gersten... periodista. Se echó a reír. Monika era una prostituta. Lo sabía desde hacía mucho tiempo. La había conocido en Hamburgo cuando navegaba... ¿Qué clase de historia es esa?¿Cuando yo navegaba? En primer lugar, no era Monika con k sino Mónica con c, y la había conocido en Génova antes de perder los dos dedos de su mano derecha... ¡Dios mío! ¿Qué historia de dedos es esa?¿Me estoy volviendo loco? Se frotó ansiosamente las palmas de las manos, contó las falanges. Las tenía todas. Soy un estúpido. Es la cronólisis. Mi personalidad que se desintegra. La luz volvió a encenderse. Daniel miró sus manos. Evidentemente, pertenecían a un empleado de oficina y no a un marinero. Déjalo correr, amigo mío. Ya veremos lo que pasa. Avanzó hasta la puerta del estudio de Monika llamó. Tal vez Ellen estaría también allí. ¿Qué lazo existía entre las dos mujeres? Lo había olvidado. El mismo, quizá. Recordó que Ellen le había dicho que fuese a ver al doctor Holzach si tenía problemas serios. (Pero, ¿por qué había de tener él problemas serios?). Holzach... el nombre le recordaba no sabía qué. El médico de Garichankar pretendía que ya se habían encontrado... Apoyó la mano izquierda en un radiador. Ardía. Normal, el veinte de noviembre... si era el veinte de noviembre. Su angustia refluyó, sin motivo. Respiró profundamente. Terminaría por salir del laberinto.

    Monika abrió la puerta, como la otra vez... o las otras veces. Y no sonrió al ver a Daniel. Sin embargo, la expresión de sus ojos demostró que le reconocía. Sus cabellos rubios caían en cascada sobre su jersey negro. Bajo una falda corta, sus piernas surgían con un orgullo manifiesto de las botas negras que las cubrían hasta las rodillas. Le miró fríamente, con una mano en la cadera y la otra jugueteando con la cadena dorada que llevaba alrededor del cuello.

    —Hola, Monika —dijo Daniel—. ¿Puedo entrar?
    —No. Sabes muy bien que todo ha terminado entre nosotros.
    —¿Por qué?
    —¡Porque eres un sinvergüenza, Renato!

    Daniel retrocedió un paso.

    —Yo no soy Renato. ¡Dios mío! Mírame: soy Daniel Diersant.
    —Y yo la reina de Inglaterra. ¡Y estoy harta de verte!
    —Escucha, Monika, me ha sucedido algo grave. No creo que pueda explicártelo ahora. Pero tienes que ayudarme. Por favor: déjame entrar.
    —No. Juré que Renato Rizzi no volvería a poner los pies en mi casa.
    —Por el amor de Dios, Monika, puedes ver que no soy Renato Rizzi. Es la primera vez que oigo ese nombre.
    —Y además, te burlas de mí.
    —Monika, yo...

    Paseó lentamente su mano sobre su frente y sus ojos.

    —Algo no encaja. Discúlpame. No entiendo lo que pasa. ¿Conoces al doctor Holzach?
    —No. ¡Háblame de los Vodrans del mar!
    —Los Vodrans de... ¿Qué historia es ésa?
    —¿Acaso padeces amnesia, mi pequeño Renato?

    Daniel avanzó un par de pasos y se encontró muy junto a Monika. Le sonrió y aspiró su aroma a especias cálidas. Entonces, ella retrocedió y le abofeteó dos veces, muy aprisa, con todas sus fuerzas, a derecha e izquierda, gritando:

    —¡Eso es para refrescarte la memoria, sinvergüenza! —y cerró violentamente la puerta.

    Daniel se encontró de nuevo en el oscuro pasillo y volvió a apoyarse en la pared. ¡Una ley de la cronólisis! El pasado bloquea el camino del futuro... Pero, ¿qué pasado? No sólo el de Daniel Diersant, sino también el de Renato Rizzi, el marinero desconocido. ¿Quién es ese Renato? ¿Y qué le ha hecho a Monika? ¿Un granuja? Pero, ¿quién no se comporta alguna vez como un granuja?¿Y el doctor Holzach? Tengo que buscar otro camino... La luz de la escalera. Bien. La luz inundó el pasillo y Daniel vio una placa de latón en la puerta contigua: Doctor Robert Holzach, neuropsiquiatra, Hospital Garichankar. ¿El enviado del futuro vivía, pues, en el mismo inmueble que Monika Gersten?¿O se trataba de una señal de reconocimiento, una proyección mental? Pulsó rabiosamente el timbre y alzó los ojos hacia las estrellas. Orión había desaparecido. Cástor y Pólux también. Localizó fácilmente el triángulo Altar-Deneb-Vega, esta última casi en el cenit. La luna esparcía una claridad oleosa que hacía palidecer las constelaciones. La posición de estas correspondía a la normal a mediados del verano. Julio-agosto. Y debían ser casi las diez de la noche. La temperatura era suave. Una luz brillaba en el tercer piso de una especie de torre, al final de la avenida principal. Daniel no recordaba haber visto aquella torre. Estacionó el Volks en un espacio de parking vacío. El BMW de Sarthès no se encontraba allí. Dio la vuelta en torno a un macizo de rosales cuyo perfume le pareció insólito. Se detuvo, inquieto. Al claro de luna distinguió algunas rosas de un color malva casi violeta. Continuó su camino. ¡Eran unas simples rosas! Llegó cerca de una puerta metálica muy estrecha, sin pomo ni cerradura visibles, y pronunció su nombre con una voz enronquecida por la emoción. A pesar de todo, había logrado llegar a la guarida del Gran Dragón. Iba a salir del laberinto.

    La puerta se abrió silenciosamente. Avanzó de espaldas por el pasillo para asegurarse de que quedaba completamente cerrada. Bueno, esto marcha, nadie me sigue. Se paró en la escalera, jadeando brevemente. Reanudó la ascensión. En el rellano del segundo piso buscó con la mirada la puerta de la antecámara que daba acceso al despacho de Sarthès. Pero nada estaba ya como en sus recuerdos. Una luz azulada iluminaba un largo pasillo gris pálido, estrecho y desierto. Daniel lo siguió y desembocó en un vestíbulo de techo bajo, lleno de bombillas blancas parpadeantes. Súbitamente resonó un siseo musical. Luego un ruido seco. El siseo se interrumpió. Un hombre salió del ascensor, vestido con una especie de quimono blanco. Se acercó a Daniel y le tendió la mano con una sonrisa triste pero calurosa. Bastante joven, más bien bajo, tenía los cabellos largos, de color castaño oscuro, y unas facciones angulosas. Una mueca algo sardónica contraía su boca de labios gruesos, casi negroides, prolongando su sonrisa. Podía tener treinta y cinco años.

    —Soy Robert Holzach. Usted es Daniel Diersant, ¿no es cierto? Encantado de conocerle. Me ha costado mucho alcanzarle: son las incertidumbres del Tiempo incierto. Soy el ayudante del doctor Carson, médico-jefe de Garichankar, encargado especialmente de las investigaciones cronolíticas. Esta es mi décima estancia en lo Indeterminado. ¿Quiere usted seguirme?
    —¿A dónde?
    —Vamos a simular una visita al Hospital Garichankar y una entrevista con el doctor Carson. Entre en la cabina.
    —¿Por qué simular?
    —Es una técnica que se emplea en psicronáutica, a fin de establecer contactos estables entre sujetos en cronólisis profunda. Necesito su colaboración: la cosa sólo dará resultado si está usted de acuerdo y si no se deja distraer. Tiene usted mucho que aprender acerca de este universo, prácticamente todo.
    —Bien. ¿Dónde estamos ahora?
    —Aquí, no importa dónde, en otra parte, por doquier. Este decorado no es estable. Es un simple compromiso entre sus representaciones y las mías.
    —Admitámoslo. Va usted a conducirme a Garichankar.
    —No será precisamente Garichankar, sino una simple simulación. Y no sé si llegaremos. Ha sido establecido entre nosotros un lazo mental por los fords del Hospital, pero a veces se relaja y nosotros nos perdemos. Quisiera intentar un experimento para estrecharlo. Todo esto es bastante desacostumbrado. En varias ocasiones he experimentado la sensación de que una fuerza, una inteligencia extraña trataba de separarnos.
    —¿Cuál es el objetivo de su misión?
    —Es preferible que no lo conozca.
    —¿Y si me niego a colaborar?
    —Entonces, quedará usted entregado a sí mismo —o a no sé qué— en lo Indeterminado, y tal vez no saldrá nunca de él. Entre en la cabina.

    Daniel obedeció, y se encontró en un cuarto circular de unos dos metros de diámetro. No era un ascensor. El doctor Holzach entró y la puerta volvió a cerrarse silenciosamente. Un resplandor verde pálido brotaba de las paredes. Muy futurista. El siseo musical volvió a resonar y se interrumpió.

    —No acabo de creerle —dijo Daniel—. Pero... cuando haya usted... estrechado el lazo mental que nos une, ¿qué pasará?
    —Entraré en la inconsciencia. Mi personalidad se fundirá en la de usted. No seré más que un testigo vigilante de su experiencia. Mis recuerdos desaparecerán temporalmente. Pero me liberaré cuando sea necesario para ayudarle... Tenemos un enemigo común: HKH.
    —¿Quién es HKH?
    —Un imperio industrial privado que existió en Europa a finales del siglo pasado, que fue destruido, y que lleva una existencia fantasmagórica y larval en el universo cronolítico. Esos fantasmas tienen un emperador mítico, Harry Krupp Hitler I, que ha nacido de los sueños paranoicos de un magnate del siglo XX, cuyas iniciales eran también HKH: Hans Karl Hauser. Ignoro por qué HKH le ataca a usted. Lo comprendería mejor si dispusiera de todos mis medios y de todos mis recuerdos. Pero sólo tengo breves momentos de consciencia y mi memoria se embrolla. Ignoro por qué la conexión cerebro-fordal establecida entre nosotros se ha aflojado bruscamente y por qué he sido despertado. Hay dos hipótesis: o HKH trata de separarnos, o Garichankar trata de llamarme... No estoy delante de usted, y el decorado que usted percibe es una convención. Lo mismo que nuestro encuentro. Y el mensaje que le dirijo puede ser deformado durante su transmisión, sea por la intervención de nuestros enemigos, sea por azar. Siempre resulta difícil comunicar en el universo cronolítico. Aquí, nada debe darse nunca por definitivamente adquirido.
    —¿Y cuándo vamos a llegar al Hospital?
    —No lo sé. No importa cuándo o nunca. Tal vez ya estamos en él. Tal vez no lo hemos abandonado nunca. Tal vez no vamos hacia él. Tal vez...

    Daniel no experimentaba ninguna impresión de movimiento. Robert Holzach se mantenía inmóvil, con las facciones petrificadas y los miembros rígidos. Permaneció silencioso largo rato, y luego murmuró:

    —Estoy en comunicación con los fords de Garichankar. Todo marcha bien.

    Daniel trató de reflexionar acerca de su extraña situación. A medida que el pasado se deshacía mientras iba repitiéndose, toda clase de acontecimientos se ordenaban alrededor de aquellos dos polos: HKH y el Hospital Garichankar. ¿Eran creaciones de su mente, proyecciones mentales extrañas, símbolos vagando a medio camino entre el día y la noche, o auténticas realidades del futuro? Quizá todo a la vez. ¡Todo, no importa qué o nada! Y Dios sabe qué todavía... Daniel siempre había tenido más tendencia al ensueño y a la especulación que a la acción, y aquel universo loco de incertidumbre no le parecía del todo ajeno. Lo aceptaba como había aceptado la sociedad en la cual vivía desde que era adulto, con una mezcla de fatalismo y de desprecio, de altivez y de ausencia. Obedecía a nuevas leyes que no le parecían más absurdas ni más apremiantes que las de la civilización. Se sentía perdido, pero apenas más que antes. Sin duda había cambiado de amos. Al parecer, los antiguos señores ya no contaban. Daniel no lo lamentaba. A menos que se hubieran limitado a disfrazarse... La presión se ejercía ahora de un modo más brutal y más insidioso al mismo tiempo, en todo caso más angustioso, y eso sólo era quizá una cuestión de costumbre.

    Se asfixiaba, desde luego. Pero siempre había experimentado aquella sensación de estar encerrado en un laberinto. Como si le hubieran robado el horizonte. A pesar de todo, conservaba la esperanza de salir de él, y sabía que no la perdería nunca. Antes del accidente temporal, había tenido a menudo la impresión de que su vida era un sueño: así a raíz de sus correrías nocturnas alrededor de París. El hecho de que a causa de un brusco giro el sueño fuese ahora su vida apenas le sorprendía. Sin embargo, su experiencia actual parecía situarse mucho más allá del sueño. Aunque la idea que uno se hace del sueño en estado de vigilia es probablemente falsa. ¿Qué piensa uno del sueño al soñar? No importa qué, o absolutamente nada...

    Lúcido, se veía tal como había sido siempre. Por otra parte, ¿por qué habría cambiado? Quería salir adelante, pero no sabía más que antes romper la argolla que le mantenía prisionero, y el hecho de que la argolla fuese ahora mental no la hacía más fácil de destruir. Daniel no se atrevía a sublevarse contra la ilusión, del mismo modo que no se había atrevido a sublevarse contra la realidad. Regateaba, huía, trampeaba un poco, con la esperanza de ser más fuerte algún día, de tener acceso a más consciencia, más libertad y más poder, y luchar entonces de igual a igual con la sociedad o el universo. Pero la droga —si era una droga—, o el estallido del tiempo —si era un estallido del tiempo—, no le habían aportado aún la fuerza, la consciencia y la libertad.

    Tal vez había llegado el momento de sublevarse y de luchar... Paseó su mano derecha ante su rostro, lo que tuvo por efecto confundir su visión, dar al aire en torno a él un aspecto vidrioso y ahogar a Robert Holzach en una bruma temblorosa, en tanto que su propio cuerpo parecía desdoblarse. Se inmovilizó y todo volvió a ser normal... o casi. Únicamente el doctor Holzach estaba un poco desvaído. Daniel consideró que podía expulsar a aquel personaje con un esfuerzo de voluntad. Eliminarlo de la secuencia. Obligarle a desaparecer. Pero, ¿sería una buena táctica? Si hubiese sido un hombre de acción, hubiera ensayado todas las posibilidades de acción que se le ofrecían. Hubiera tratado por todos los medios de destruir la ilusión y de interrumpir la pesadilla, a riesgo de hundirse más adelante en el horror, si no era ni una ilusión ni una pesadilla. Pero él no era un hombre de acción, y rehuía el entablar una lucha frontal; tenía miedo a lo que podría descubrir al otro lado de la ilusión o de la pesadilla. Instintivamente, escogió —una vez más— la huida. Cuando la tensión se hizo insoportable en la cabina inmóvil, junto a un desconocido convertido en estatua de sal, dio un leve salto en el tiempo como los varios que había logrado dar con el Volkswagen. Siempre había deseado aquel poder. Ahora lo poseía. Todo marchaba bien.

    La cabina desapareció. Daniel empezó a ascender. Se encontraba bien. Experimentaba la sensación de abandonar simple y limpiamente aquel espacio asfixiante al cual le había remachado el destino desde hacía mil años. Echó de menos el Hospital Garichankar. No conocería al doctor Carson. Nunca sabría la verdad sobre HKH. Lástima. De todos modos, lo esencial era salir adelante, y aquel misterioso hospital tenía el aire de ser una nueva trampa, un medio hábil de retenerle en el laberinto... Ascendía. Todo marchaba bien. Luego notó que su impulso se debilitaba y que su cuerpo volvía a adquirir peso. La angustia crispó sus músculos y por un instante le rozó la desesperación. Caía de nuevo. Fue despertado por una intensa sensación de frío. Su pie descalzo se apoyaba sobre una baldosa helada. Estaba tendido sobre una especie de banqueta o de canapé bajo y duro. Una gran bombilla sin pantalla colgaba encima de él. Se dio cuenta de que le habían quitado sus ropas. Un hombre que llevaba un conjunto negro las introducía en un saco. La habitación estaba casi vacía: una mesa redonda en el centro, algunas sillas, un armario destartalado, una repisa con un antiguo y polvoriento aparato de televisión. La atmósfera era mohosa, a pesar del olor del aerosol que Daniel tenía aún en las fosas nasales. Entró una joven rubia, portando una bandeja sobre la cual había un cofrecillo de ebonita o de metal. Se produjo un ruido confuso, semejante al escupiteo de un receptor de radio mal sintonizado. La mujer volvía la espalda a Daniel, ocultando sus manos. Daniel se incorporó sobre un codo y vio que había un hombre vestido de negro detrás de él, contra el respaldo del canapé. Se estiró, respiró profundamente, trató de relajarse.

    Déjà vu, déjà vécu. Una trampa del pasado. Pero tal vez era necesario seguir aquella frecuencia hasta el final para saber lo que había pasado. Forestier surgió en el instante previsto. Llevaba como en Choisy un conjunto negro con rayas rojas y una especie de casco flexible pegado a su cráneo huesudo. Sobre su pecho, un círculo rojo rodeaba las tres letras HKH. Aparte de eso, era el Forestier que Daniel conocía, alto, descarnado, con los cabellos grises, un rostro alargado, la nariz afilada y dos surcos que parecían cicatrices partiendo de los ojos y cruzando la mejilla hasta las comisuras de los labios. Ataviado de aquel modo, tenía un aire vagamente satánico.

    —Vamos, Diersant, amigo mío, no ponga esa cara —dijo con voz casi amistosa.

    Un eco lejano repitió las últimas palabras. Aquella casa era una verdadera caja de resonancia. Forestier cerró la puerta del pasillo y añadió, sonriendo:

    —Hay que saber jugar, amigo. Ha perdido usted. No se puede ganar siempre.

    El eco repitió, ahora del lado del techo:

    ...siempre!

    ...siempre!

    —No me ha cogido aún, Forestier.
    —Desde luego que sí. Está usted atrapado. Y va a decirme lo que hacía en la fábrica de Choisy.
    —Ya veremos —dijo Daniel.

    Decidió no precipitar nada, llegar hasta el final de la secuencia, comportarse en la medida de lo posible como si estuviera en el mundo real.

    Forestier tiró delante de él la ropa interior usada y el traje azul petróleo que ya conocía. No se explicaba aquel detalle. Se estremeció. Como las otras veces. La temperatura no tenía nada de estival. No era seguramente el mes de julio. Tal vez el 20 de noviembre. O el 32 de diciembre.

    La joven se volvió. Vestida con un pantalón blanco ajustado a los tobillos y una larga túnica blanca, llevaba en el pecho, entre el seno izquierdo y el hombro, una especie de placa con una inscripción en letras rojas: Hospital Garichankar. Sostenía en la mano el cofrecillo de ebonita o de metal. Avanzó hacia Daniel, se detuvo frente a él y le miró a los ojos, como para transmitirle una misteriosa advertencia.

    —Lo que dice es verdad. Está usted en peligro y es preferible obedecer. Sobre todo, no intente huir de ningún modo. No se escapa al Ejecutivo imperial. Vea, yo misma estoy prisionera.
    —¡Me importa un pimiento! —dijo Daniel.

    ...un pimiento!, repitió ásperamente el eco.

    Daniel intentó levantarse. Sin convicción. Sabía lo que le iba a pasar. En efecto, el hombre que estaba detrás de él le golpeó violentamente entre el cuello y el hombro. Volvió a caer sobre el canapé. Empezó a preguntarse de nuevo si valía la pena seguir aquella secuencia hasta el final. Aquella secuencia absurda. Tenía ganas de salirse de ella. Se estiró, cerró los ojos.

    —Déjenme en paz —dijo—. Déjenme dormir, o reventar, o no importa qué.

    Forestier se echó a reír.

    —No te canses. Estate quieto, es lo único que te pedimos.

    La joven intervino ansiosamente.

    —No crea que esto es un sueño. Puede usted morir.
    —Pero será razonable —dijo Forestier—. No lo parece, desde luego, pero comprende perfectamente lo que le conviene. No se divertirá poniendo dificultades. No se atreverá, ni siquiera en sueños.
    —Tal vez me atreva —dijo Daniel muy suavemente.
    —En tal caso, me gustará verlo...
    —Escuche —dijo la joven—. Escuche bien. Los ruidos, las voces. Se dará cuenta de que no está soñando. HKH y el Hospital Garichankar existen en su futuro. El universo cronolítico también es real. No tardará en tener la prueba de ello. En consecuencia, no se exponga.
    —Bueno —interrumpió Forestier—, basta de charla y ponle la inyección en seguida.

    En aquel momento se abrió la puerta del pasillo. Daniel abrió los ojos. Un hombre apareció, uno de los compañeros de Forestier: conjunto negro, gorra de plato.

    —Jefe —inquirió—, ¿qué hacemos con el automóvil de usted?¿Lo llevamos también a la Nacional 20?
    —¿Has perdido el seso? Hay que esconderlo en París, desde luego. Después veremos lo que se puede hacer. De todos modos, yo me ocuparé de mi automóvil. No tiene casi nada. Ocupaos del Volkswagen.
    —¡Ese cacharro está hecho polvo! De acuerdo, jefe.

    El hombre se marchó, cerrando la puerta tras él, y el eco de sus pasos resonó largamente. Daniel intentó levantarse de nuevo.

    —¿Le pego otro trompazo?—preguntó el hombre que estaba detrás del canapé.
    —No, no —dijo la joven—. No conviene que duerma después de la inyección. Es demasiado peligroso.
    —¿Qué inyección?—gritó Daniel—. ¿Qué es ese aparato?¿Qué van a hacer conmigo?
    —Van a ponerle una inyección completamente indolora...
    —¿Y después?
    —No recordará nada —dijo Forestier—. Olvidará incluso su nombre. Al menos durante algún tiempo. Luego recobrará la memoria poco a poco, salvo en lo que respecta a lo que ha pasado esta noche. Las últimas horas anteriores a la inyección de ese producto... y nada más. Entonces le darán otra identidad, otras ropas, y le transportarán a HKH. Antes de saber quién es y de demostrarlo, pasarán algunos meses. El producto que le van a inyectar procede del Hospital Garichankar. Una garantía, ¿no es cierto? No es un cronolítico importante, pero tiene efectos cronolíticos secundarios, naturalmente.

    Daniel preguntó, obligándose a permanecer tranquilo:

    —¿Regresaré?

    Forestier se echó a reír.

    —Depende de lo que usted entienda por regresar.

    La joven se volvió hacia él.

    —Por favor, no se lo diga.
    —Quiero saber la verdad... si hay una verdad —dijo Daniel.
    —No está usted preparado —dijo la joven. —Bueno, basta de charla, póngale la inyección de una vez —ordenó Forestier.

    Daniel se levantó bruscamente. El hombre que le vigilaba no pudo retenerle.

    —¿Me jura usted que ese producto procede de Garichankar?
    —Se lo juro. Es inofensivo con tal de que usted permanezca tranquilo. Yo estoy obligada a obedecer —añadió la joven—. No puedo hacer nada para ayudarle.
    —Puedo escapar de aquí cuando quiera —dijo Daniel.
    —Pero si intenta huir, le adormecerán y eso aumentará los riesgos. Tengo que vigilar su corazón y ponerle otra inyección para reanimarle en caso de desfallecimiento. Y como no soy médico, es preciso que usted pueda decirme lo que siente. Permanezca tranquilo. Tenga confianza.

    ¿Tener confianza? No, Daniel no tenía ya confianza en nada ni en nadie en aquel mundo insensato.

    —Adelante —dijo, encogiéndose de hombros.

    ¿Dónde estaba la realidad?¿Y el sueño?¿Quién soñaba?¿Daniel Diersant o el universo entero?

    Retrocedió, se sentó en la banqueta y ofreció su brazo derecho a la joven. Esta le cogió la muñeca y ajustó el cofrecillo de ebonita o de metal contra su codo. Daniel aspiró su perfume frutado y ácido: olía a vitamina C. Algo cosquilleó su piel y, poco a poco, una sensación de intenso frío ascendió hasta su hombro, se extendió a su cuello, penetró en su laringe, sus pulmones y todo su torso.

    —Tengo frío —dijo.
    —Es normal —dijo la joven.
    —Vístase —dijo Forestier.

    Daniel se deslizó torpemente en el pantalón azul petróleo que Forestier había tirado al pie del diván.

    —No se ponga aún la chaqueta —rogó la joven—. Por si tengo que ponerle otra inyección.
    —De acuerdo. ¿Estamos a 31 de julio?

    Forestier contempló a su prisionero con una mueca de perplejidad.

    —¿A 31 de julio?¡Corre usted demasiado, amigo mío! Que yo sepa —echó una ojeada a su reloj—, faltan todavía unos minutos para que termine el 20 de junio.
    —¿El 20 de junio de 1966?

    El jefe de Seguridad se encogió de hombros.

    —¡No, desde luego, de 1914 antes de Jesucristo!
    —Supongo que esa es una manera espiritual de decir que estamos en 1966.
    —Una manera espiritual de decirlo, sí.

    El 20 de junio... Daniel se sentía ahora demasiado fatigado —e indiferente— para analizar todas las consecuencias de aquella hipótesis. Una hipótesis bastante espantosa. Estaba cansado, débil y febril. Hundido en la banqueta, no tenía ya fuerzas ni deseos de levantarse.

    —¡Vamos, Diersant, deje de hacerse el tonto!

    La joven se sentó al lado de Daniel.

    —Todo saldrá bien —dijo—. No tiene usted otra solución que no sea la de colaborar con HKH. Yo pertenezco a Garichankar y he aceptado el trabajar para el Ejecutivo imperial. Tiene sus ventajas, ¿sabe? Puedo decírselo francamente: antes, yo no sabía lo que era el amor. No tenía vida sexual. No lamentará usted nada, se lo juro. Sí, en el terreno sexual, HKH le ofrecerá todo lo que pueda desear, todo lo que pueda imaginar. Y más allá. Además, tendrá usted una posibilidad de acceder a... a la eternidad subjetiva. Si muere usted en cronólisis, resulta posible multiplicar por diez elevado a la doceava potencia la duración subjetiva de sus últimos segundos de vida. HKH tiene ese poder. Porque el Imperio pertenece al universo cronolítico.
    —No —intervino Forestier—, todo lo contrario. El universo cronolítico pertenece a HKH. Y estarnos en nuestro derecho cuando lo defendemos contra los médicos de Garichankar y sus asquerosos experimentos... Por lo demás, Diersant, ella tiene razón. Pero yo no te hubiera hablado de ello. No te darán eso a cambio de nada. Tendrás que ganártelo a pulso. Y entretanto... mira lo que hago con tu tarjeta falsificada.

    El jefe de Seguridad agitó en alto el pequeño rectángulo marrón con la antigua fotografía y lo acercó a la llama de su encendedor.

    —Si esos matasanos creen poder engañarnos con trucos como este, se equivocan. Un trabajo de aficionado. ¿Ha visto esa fotografía?¡Ni siquiera un parecido elemental! La cabeza es más alargada, las facciones más pronunciadas, los ojos más hundidos, la frente despejada, con un largo mechón castaño oscuro... Ese individuo tiene que ser italiano o español. ¡Han metido la pata hasta el corvejón!

    Daniel notó que se le encogía el corazón. Había debido atribuir un valor sentimental a su salvoconducto. Casi se había sentido orgulloso de poseer aquella tarjeta. Gracias a ella, había tenido la impresión de pertenecer un poco a la raza de los amos...

    —¡Mire lo que hago con ella, amigo! —repitió Forestier. Luego cogió la carta de Nerek, la leyó y se la tendió bruscamente a Daniel—: Explíqueme esa fecha: 19 de septiembre de 1966. ¿Qué significa eso?¿Qué clase de comedia está representando?¿Qué es lo que intenta hacerme creer?¿Me está tomando el pelo?
    —¿Me está tomando el pelo?—preguntó el eco.
    —¿Me está tomando el pelo?
    —¿Me está tomando el pelo?
    —¿Me está tomando el pelo? Diersant, ¿qué clase de comedia está representando?¡19 de septiembre de 1966!

    Daniel cogió maquinalmente la carta. Le costó un gran esfuerzo fijar la atención en aquellas líneas que, por otra parte, tenía la impresión de saberse de memoria.

    «Nuestros amigos, los señores Defner y Robert Sarthès, nos informan que quedará usted libre a partir del 30 de septiembre de 1966. Nos indican igualmente que su experiencia profesional, adquirida en la Oficina de Documentación Técnica de la S.E.A.C. y en los laboratorios C.E.R.B.A., así como su doble formación literaria y científica, corresponden de un modo bastante concreto a las calificaciones exigidas para un puesto a proveer en Wilmington (Delaware), en la sede de nuestra filial común con Du Pont de Nemours...»


    ¡Imbécil! Esa es la clase de sueños que te ofreces... ya que, naturalmente, esta carta no existe. Nerek & Frobacher no han podido escribirte nunca para ofrecerte un empleo en América. Y no te escribirán nunca. En el mundo real no ocurren estas cosas... Alzó la mirada para comprobar la fecha... aquella fecha absurda e inexplicable. Pero leyó con sorpresa: 29-31 de julio, Hospital Garichankar.

    Cuidado, Daniel Diersant. Ha caído usted en una trampa de HKH. Imaginamos que está usted en peligro. Intentan hacerle creer que el accidente temporal se produjo el 20 de junio para perturbar su juicio y arruinar su moral. Su nivel de consciencia desciende ya dramáticamente. Se repliega usted en la incredulidad, tal como desea HKH: necesitan que permanezca usted pasivo... No tardaremos en liberarle. No se excite. De momento, procure no dormir. Es muy importante. Es preciso que permanezca usted consciente para que podamos alcanzarle. No se mueva. No manifieste ninguna sorpresa. ¡Atención, estamos llegando!
    Su nacionalidad no es un obstáculo, con tal de que acepte fijar su residencia en los Estados Unidos por un período mínimo de cinco años.
    ¡Atención, estamos llegando!
    Si le interesa nuestra proposición, sírvase establecer contacto con el Sr. Distelbarth, cuya dirección incluimos...


    Muy rara, aquella advertencia del Hospital Garichankar deslizada en la carta de Nerek. Daniel se preguntó si debía devolverle la hoja de papel a Forestier, que le observaba con expresión furiosa. Los Laboratorios Nerek & Frobacher al Sr. Daniel Diersant. El mensaje del Hospital había desaparecido. Quedaba la carta. Estaba cansado de todo aquello. Tenía ganas de dormir o de despertar. Era casi lo mismo. Significaba salirse de aquello. Pero, ¿cómo salir de un sueño que no terminaba?

    —¡Es la falsificación más burda que he visto nunca! —dijo Forestier cogiendo la hoja de papel.

    Daniel distinguía al jefe de Seguridad, a la joven rubia y a sus compañeros a través de una niebla febril, ligeramente sonrosada. Le escocían los ojos. Su debilidad iba en aumento. Sin embargo, intentó resistir al sueño, no tanto a causa del mensaje de Garichankar, en el cual no creía, como porque tenía miedo. ¿Qué era el sueño más allá del sueño?¿La muerte?

    Súbitamente, una horda de fantasmas blancos, cubiertos con mascarillas de cirujanos y armados con generadores portátiles de micronieblas, surgió a través de las paredes y el techo y rodeó a Forestier y a sus cómplices. Sin duda alguna, los enviados del Hospital Garichankar. Daniel reconoció al doctor Robert Holzach, que parecía conducir la pequeña tropa, y a Larcher, el ex ingeniero del traje raído.

    —¡Diersant, amigo Diersant, estamos salvados! —gritó este último.

    Forestier y sus amigos habían desaparecido desde los primeros segundos del ataque. La joven les había seguido. O se la habían llevado. ¿Salvados? Estaría salvado si esto fuera cierto, pensó Daniel. Pero no es más que otro sueño. Larcher le palmeaba la espalda riendo y estrechaba frenéticamente su mano.

    —¡Qué aventura, amigo mío! Dieciocho meses de paro forzoso, y luego esto... En el fondo, ha sido una suerte para mí no encontrar trabajo. Si hubiese tenido un empleo cualquiera, hubiera continuado siendo un desgraciado...

    Paseó sus dedos de uñas rotas por los cabellos que caían en mechones grises en torno a su rostro mal afeitado. Daniel dejó de escuchar una vez más. Dos enviados de Garichankar le ayudaron a levantarse. Sostenido por ellos, avanzó por un pasillo interminable y cada vez más ancho, que se perdía en el corazón de un desierto de nieve... ¡Volverás al frío! Luego dejó de mirar, de escuchar, de esperar. Deseó desvanecerse, desaparecer, salirse de aquello de cualquier modo...


    6


    Hizo sonar el claxon dos veces, y el vigilante nocturno en uniforme gris metalizado dejó ver su gorra de visera, sus anchos hombros y un largo brazo simiesco al extremo del cual colgaba una brillante arma.

    —¿Qué quiere usted a esta hora?
    —Ver al patrón, amigo.
    —¿Qué patrón?
    —¡Oh, vamos! Déjese de historias. Aquí está mi tarjeta.

    El vigilante salió de su garita y tomó el rectángulo de cartulina que Daniel le tendía a través de la verja.

    —No sé si es válida.

    Encendió una linterna y acercó la tarjeta a sus ojos.

    —¿Qué es lo que pasa?
    —Bueno, esta fotografía no se le parece mucho.
    —Soy Daniel Diersant.
    —En la fotografía está usted más delgado y un poco calvo.
    —¡Un poco calvo! ¿Bromea usted?
    —La frente está más despejada...
    —Porque he cambiado de peinado.
    —Y no es solamente eso. La frente, la nariz, la barbilla... no son las de usted.
    —La fotografía quedó un poco velada.
    —Es raro, porque a pesar de eso parece usted más viejo en la fotografía que al natural.
    —Oiga, aquí apenas hay luz. ¿Puedo pasar?
    —Un momento, voy a telefonear.
    —El Gran Dragón me espera.
    —Es más de medianoche. Tengo que telefonear. Es el reglamento.

    ¡Más de medianoche! Imposible que sea tan tarde... Daniel experimentaba una confusa sensación de fatiga y de disgusto. No era aún la sublevación: estaba demasiado cansado para sublevarse ahora. Algún día, más tarde, se sublevaría, lo sabía... lo había sabido siempre... Con la portezuela del Volks entreabierta, leyó una vez más la carta de Ellen a la luz de la lamparilla del techo.

    Querido Daniel:
    Me alegra poder anunciarte que pronto vamos a reunirnos. Como comprenderás, un encuentro de ese tipo no resulta fácil de organizar. Pero todo marcha bien. Sólo es preciso que te prepares para una fuerte impresión. El decorado y las circunstancias te sorprenderán. Esto era inevitable por motivos que más tarde conocerás. Te ruego que permanezcas tranquilo pase lo que pase. El universo cronolítico puede reservarnos aún muchas sorpresas... Buena suerte y hasta muy pronto. Ellen.


    —¡Señor Diersant, venga en seguida! —gritó el vigilante abriendo la puerta de la verja—. Le llaman al teléfono. Tiene que ser algo muy importante para que le llamen aquí y los fords hayan pasado la comunicación...

    Daniel arrugó rabiosamente la carta y la metió en el bolsillo de su chaqueta azul petróleo. Saltó del automóvil, tropezó contra la pared. Sus piernas apenas le sostenían. Su brazo izquierdo seguía estando helado y tenía cristales de sal en los labios.

    —Está usted cansado, ¿eh?—dijo el vigilante, sosteniéndole—. Le pido disculpas por lo de la tarjeta. No creí que fuera usted alguien tan importante.
    —¿Por qué tan importante?
    —Bueno, porque le telefonean aquí.
    —¿Quién me llama?
    —La oficina del médico-jefe, creo.

    La garita del vigilante era un diminuto cuarto cuadrado, con muebles de metal verdes y un standard telefónico imponente. Daniel se apoyó contra una mesa y tomó el aparato descolgado.

    —¿Diersant? Aquí, Holzach. ¿Dónde está usted?

    Daniel paseó a su alrededor una mirada cansada y ausente. ¡Dios mío, no lograré escapar nunca!

    —Me gustaría saberlo. En alguna parte... en lo Indeterminado, evidentemente.
    —¿No está en la fábrica de Choisy?
    —Es posible. Estoy en un lugar que parece la fábrica de Choisy.
    —Cuidado. La fábrica de Choisy se encuentra en una zona cronolítica más o menos controlada por HKH. Los hombres del Imperio tratan de acorralarle. Van a bloquear todos los caminos del futuro y después estará usted a su merced.
    —Pero, ¿qué diablos puede importarles que yo esté aquí o en otra parte?¿Qué es lo que quieren de mí, santo cielo?
    —Lo ignoro.
    —¿No se lo han explicado los fords de Garichankar?
    —Ya no estoy en contacto con los fords de Garichankar.
    —Entonces, no puede usted hacer gran cosa para ayudarme.
    —Conozco el universo cronolítico y sus trampas.
    —Y yo empiezo a acostumbrarme a ellas. ¿Fue usted quién me envió ese mensaje en la carta de Nerek?
    —No ceso de enviarle mensajes. Conscientemente o no. Es posible que sólo llegue uno de cada ciento.
    —Supongo que es una ley del universo cronolítico.
    —En lo Indeterminado, las comunicaciones son difíciles y poco seguras. HKH se aprovecha de ello para embrollarlo todo, para sembrar la duda y la sospecha por doquier.
    —Quisiera saber el papel que represento en todo esto.
    —Creo que es un papel importante.
    —Pero, ¿soy un peón, o un jugador?
    —Tal vez sea usted un peón que debe convertirse en jugador. En todo caso, no puedo ayudarle si se escurre de entre mis dedos sin cesar. Quisiera establecer un contacto permanente con usted, pero usted se mueve continuamente. Yo...
    —En realidad, usted intenta servirse de mí, ¿no es cierto?
    —No. Se lo juro. Somos aliados. Forzosamente. Tiene que comprender esto, Diersant.
    —Déjeme en paz. Déjeme reventar con tranquilidad.

    Robert Holzach dejó oír una risa aguda, exasperada. —Nadie revienta nunca con tranquilidad, amigo mío. No, ni siquiera eso, lo siento... Vamos a intentar una vez más simular un contacto con Garichankar.

    Daniel respiró profundamente. Le zumbaban los oídos.

    —Empiezo a estar cansado de sus trucos —dijo—, y me pregunto si HKH no tendrá razón. ¿Qué es lo que tengo que hacer?
    —Nada. Absolutamente nada. Continuar juiciosamente esta secuencia. No se mueva, no tome ninguna iniciativa. Voy a llegar y le demostraré que HKH es su enemigo.
    —De acuerdo. Le espero.

    Daniel dio un leve salto hacia adelante y se encontró rodando con deliberada lentitud en medio de la avenida central. Seguía estando cansado y distraído. Apenas pisaba el acelerador, pero cuando el control de sus músculos se le escapaba un poco el Volks daba un salto hacia adelante. Un golpe de freno volvía a ponerlo al paso. El claro de luna anegaba el patio bajo una polvareda resplandeciente. Los gigantescos edificios de la fábrica erguían sus sombras contra el cielo como acantilados de plomo. Despacio. Una masa gris apareció a la derecha. Tres al frente. Dos directamente a la izquierda. Dos a la derecha, tres, cuatro... En total, ocho o nueve automóviles iguales que el de Forestier. Y otro detrás. Simbólico, aquello: los polizontes que se multiplican para bloquear el camino del futuro. Esperar. No intentar huir. Los 404 avanzaban al ralentí... Súbitamente, el ruido misterioso se dejó oír: pizzicato burlón sobre redoble de tambor. Y de cuando en cuando la risa chirriante de los címbalos. Aquel ruido rememoraba en Daniel un recuerdo inalcanzable. Algo había sucedido en el fondo del tiempo sobre aquella música. ¡Dios mío! ¿Y si hubiese sufrido el accidente en Choisy?¿Si me hubiese hecho atropellar por ese cerdo al ir a ver al Gran Dragón? Y el otro, el maldito matasanos, ¿a qué espera para dejarse ver?

    Ahora, el 404 que llegaba en cabeza se dirigía recto sobre el Volks con una lentitud aterradora. Instintivamente, y a pesar de sus resoluciones, Daniel frenó y giró ligeramente. Sus gestos tuvieron un efecto en el tiempo tal como esperaba. El Volks y el 404 se apartaron un poco el uno del otro sin desviarse de su trayectoria. Los otros 404 retrocedieron al mismo tiempo. Daniel soltó el freno. Y, de nuevo, la arremetida. El 404 procedente del fondo del patio parecía a punto de volar y caer en picado sobre el Volks. Un pálido resplandor reveló dos cabezas difuminadas detrás del parabrisas. Una de ellas llevaba un sombrero caído sobre los ojos, la otra una gorra de visera. Los dos vehículos estaban a unos metros de distancia el uno del otro, a unos centímetros... Daniel volvió a pisar el freno y se produjo inmediatamente la separación a treinta o cuarenta metros. Resopló ruidosamente. Sus manos y sus rodillas temblaban. Su presión sobre el pedal era cada vez más irregular. Los diez 404 y el Volkswagen se balanceaban de un lado a otro, acercándose a veces peligrosamente.

    Daniel estaba ebrio de fatiga. Su extrema debilidad anestesiaba en él todo temor. Se decía: no es más que un mal momento que hay que pasar. De un modo u otro, terminaré por salir adelante. ¡Despertar, Dios mío, despertar! Ahora sólo deseaba una cosa: despertar. Cruzó los brazos delante de su rostro, dejó caer la cabeza sobre el volante con un suspiro y abandonó bruscamente el freno. No vio el 404 echándose sobre el Volks. El impacto le echó hacia atrás violentamente, le aplastó contra su asiento. Resonó un golpe de gong y el pizzicato se hizo feroz a través de los címbalos. Daniel separó los brazos, levantó la cabeza. Al otro lado del parabrisas destrozado apuntaba el morro torturado del 404 gris. Se asombró de no estar muerto, de no haberse desvanecido siquiera. Un dolor extraño, casi agradable, palpitaba suavemente en su pecho. Animal familiar, tierno compañero. Estás en mí, amor mío, como la vida, como la muerte. Quiso levantar la mano para acariciar al animal que le lamía cariñosamente el corazón, pero nada se produjo: ni sensación ni movimiento. Sus músculos no obedecían ya. Bueno, estoy paralizado. Había que esperarlo.

    Unos fantasmas blancos danzaban en torno a los automóviles accidentados: los hombres de Garichankar. Todo marchaba bien. Daniel pensó: esta vez he salido adelante. Un licor tibio se deslizaba por su garganta. ¿Sangre? Pero no estoy herido... Era delicioso. Nunca hubiese creído que la sangre pudiera tener tan buen sabor. Un emocionante olor a pan caliente flotaba en el Volks. Daniel sonrió. Los fantasmas blancos le rodearon, se inclinaron sobre él. Se desvaneció lentamente.


    Andaba por la calle. Era una calle estrecha, iluminada débilmente por unos extraños faroles de formas barrocas. El aire era húmedo y cálido. Daniel tenía la piel pegajosa; sus cabellos mojados se pegaban a su frente y a su cuello. Llevaba la chaqueta bajo el brazo. Su camisa estaba empapada. Sin embargo, no tenía calor. Alzó los ojos, pero el cielo nublado no dejaba ver ninguna estrella. Entre las luces, una especie de humareda o de niebla se extendía a ras del suelo. Por el olor, juzgó que era huma. Un velo plomizo parecía cubrir la ciudad. Una nube espesa, interminable, había devorado el cielo. ¿Era verano? ¿El 29 o el 31 de julio? Se apoyó contra un farol. Se asfixiaba. Salir de allí, Dios mío, salir de allí. ¿Qué ciudad era aquella?¿Qué diablos hago aquí? Recordó unas palabras de Forestier: "Le darán otra identidad, otras ropas, y le transportarán a HKH. Antes de saber quién es y de demostrarlo, habrán pasado algunos meses..." Pero había algo que no había salido de acuerdo con el plan de aquellos cerdos. El era Daniel Diersant y lo sabía. A menos de que también esto sea una ilusión. Tal vez no soy Daniel Diersant. Tal vez soy Renato Rizzi, el marinero de la mano mutilada. O Jean Larcher, el ingeniero del traje raído. O Robert Holzach, el psicronauta de Garichankar... Y estoy perdido en una ciudad del imperio industrial. ¿Es esto el futuro, pues? Este aire casi irrespirable, esta humedad, este calor bochornoso acompañado de una especie de frío en el interior... Esta ciudad desierta, miserablemente iluminada... No, es una pesadilla. Estoy enfermo o herido. Deliro. Súbitamente, recordó: la fábrica de Choisy, los 404 grises, el accidente. No se atrevió a llevar la mano a su pecho, donde debía encontrarse la herida. Estaba, pues, soñando en un lecho de hospital. Saldría adelante. Todo marchaba bien. La ciudad desconocida, con sus calles estrechas y sus faroles barrocos, no existía. Daniel la rechazó. HKH y Garichankar no existían. Deliberadamente, los rechazó.


    Iba vestido con un viejo chaquetón y una abud de Fara. Llevaba por todo equipaje una antena a globo. Viajaba en el gratfer, el ferrocarril de los pobres y de los vagabundos: no iba muy aprisa, pero no costaba nada. Estaba sentado sobre una estera grasienta y veía desfilar la llanura casi desértica a través del cristal roto del vagón. Cerca de él había un grupo de bienaventurados, completamente desnudos, que tocaban el nagoam y fumaban cáñamo de Berg. (Berg era aquel planeta imaginario que vengaba a los hombres de sus fracasos espaciales). Había también algunos campesinos armados —lo cual era ilegal—, y un buhonero que llevaba sus mercancías en una maleta transparente. Los ventiladores soplaban un aire pestilente y apenas fresco. La temperatura en el interior del vagón debía aproximarse a los treinta grados. En el exterior, un sol de acero cocía el campo muerto. La Europa industrial retornaba al desierto. Era justo.

    Rob se levantó y echó a andar por el pasillo. Una joven le abordó y le ofreció una gragea de mebsital. Era muy alta y sus amplios vestidos no ocultaban del todo su extrema delgadez. Una especie de cuello muy alto y semivuelto cubría su nuca y disimulaba la mayor parte de su rostro. Apenas se distinguían sus ojos brillantes, alargados, verdiazules. Sus cabellos cobrizos caían sobre su frente y se esparcían sobre su cuello. Rob veía apenas sus cejas, el nacimiento de la nariz, y adivinaba a duras penas la forma de su cuerpo. Sin embargo, estaba seguro de que era muy bella. Su atuendo era el de una prostituta de Estado, y esas muchachas son siempre soberbias. Rob aceptó la gragea que ella le entregaba.

    —Kanashiwa —dijo la joven.
    —Choisy —respondió Rob.

    Era el santo y seña convenido. La joven le rogó que la acompañara y él obedeció. La joven le conduciría junto a Ellen, en alguna parte del gratfer. Hubiese preferido un emisario menos llamativo, pero conocía los extraños gustos de la doctora Laumer. Siguió a la joven a través de cinco o seis vagones. Ella le dijo que se llamaba Monika. El preguntó: ¿Monika con k? Sí, con k, dijo ella. Llegaron a un compartimiento que ocupaban un grupo de sectarios del Elefante azul, de una delgadez cadavérica, y cuatro milicianos andrajosos, agachados en torno a una escudilla de arroz. Una mujer sentada en un rincón, detrás de los fantis, se ocultaba a medias bajo una nube de humo blanco. Moldeada en un corto vestido de color malva, pequeña, delgada, engañosamente frágil, tenía un rostro claro, casi blanco, bajo una cabellera de jade y unos ojos inmensos, visiblemente asiáticos, con largas pestañas aterciopeladas. Ellen.

    Rob se dejó caer junto a ella, sobre la estera. Estaba muy cansado. Se había metido en el bolsillo la gragea de mebsital: necesitaría toda su lucidez para aquella entrevista. Monika levantó su vestido de raso rojo y se instaló entre ellos en una postura vagamente yóguica (aunque no se veían sus piernas). ¿Iba, pues, a tomar parte en la conversación, o al menos a escucharla? Tal vez se acostaba con Ellen. El doctor Holzach suspiró. El Hospital Garichankar tendría que exigir una vida más austera a sus psicronautas. Ellen le hizo una seña a Rob para que se acercara, y cambió de posición para hacerle sitio. Su falda de color malva quedó ligeramente doblada, dejando al descubierto la carne dorada de sus muslos. Luego empezó a desabotonar la abud de Rob.

    —Esto es por si Seguridad nos sorprende —dijo, sonriendo.

    Ya que existía Seguridad. Aquí y en todas partes. Rob casi lo había olvidado. Y tal vez Forestier le seguía.

    —De acuerdo, no me importa seguir el juego —dijo—. Pero no abuses demasiado. Estoy molido. Y tú, ¿te quedas aquí?—inquirió, dirigiéndose a Monika.
    —Está previsto. Soy una fisgona profesional. Puedo enseñarte mi carnet.
    —Confío en ti —dijo Rob.

    Ella esbozó una caricia discreta. En sus ojos de color castaño claro brillaba una lucecita de preocupación. Rob pensó que estaba asustada. Pero, ¿de qué? Ella frotó sus botas una contra la otra y anudó las piernas con una gracia provocativa. Luego acentuó la caricia que había iniciado un momento antes. ¿Está fingiendo, o se divierte a mi costa?, pensó Rob. Se desprendió de sus manos con firmeza y suavidad. El perfume de las dos mujeres le asaltaba cruelmente. El de Ellen, cálido, especiado, un poco exótico, ácido, y el de Monika: olor a carne, a leche, a flores desaparecidas...

    —Puedes hablar delante de Monika, es una amiga de Garichankar —dijo Ellen en voz baja.

    Posó su manita de uñas doradas sobre el muslo de Rob, allí donde la ropa desgarrada dejaba la piel al desnudo. Monika repartió unos cigarrillos de Berg. Ellen paseó a lo largo de su mejilla su dedo índice libre, con aire serio y pensativo.

    —Bueno, Rob, te escuchamos.
    —Te escuchamos...
    —¡Te escuchamos!
    —Te escuchamos... Rob la miró. Unos pequeños bucles aéreos escapaban de su cabellera aplastada, subrayando el óvalo muy alargado de su rostro. Y aquel rostro despertaba en él misteriosos recuerdos de otros tiempos, que no lograba concretar.
    —Tú has querido este encuentro —dijo—. Por lo tanto a ti te toca empezar.
    —Me gustaría que antes hablaras tú. Creo que eso me ayudaría para lo que tengo que decirte.
    —Ayúdame —suplicó Rob—. Recuérdame lo que se supone que tengo que hacer aquí.
    —¿Quieres decir que has olvidado tu misión?
    —Mis recuerdos son borrosos. Ni siquiera estoy seguro de mi identidad.
    —Eres el doctor Holzach, del Hospital Garichankar. Los fords te han encomendado una misión de estudio en 1966. Nuestro encuentro, pues, tiene lugar en el Tiempo incierto. Estás en cronólisis profunda, y yo solamente en cronólisis media. Nos reunimos a medio camino.
    —¿Por qué 1966?
    —1966 no ha sido elegido especialmente. Se trata de un programa sistemático de exploración del período 19601985, un período crucial de nuestra historia. El siguiente, 1985-1998, todavía más importante, más decisivo, es también un período mucho mejor conocido.
    —Sí, recuerdo eso. Pero... ¿tiene algo que ver mi misión con HKH?
    —Indirectamente, tal vez. Se cree que los imperios industriales estaban en germen en la sociedad de 19651970.
    —Había olvidado la historia de HKH. Para mí, fue una completa sorpresa cuando me... cuando Daniel Diersant se encontró con los hombres del Imperio en lo Indeterminado.
    —Es normal. En aquel momento, tus recuerdos y tus representaciones eran los de Daniel Diersant.
    —Pero nunca he llegado a comprender lo que querían los fantasmas de Hans Karl Hauser y de Harry Krupp Hitler.
    —Yo también lo ignoro. Pasaré mi informe a la red fordal. Al principio, tu misión no afectaba especialmente a HKH, pero posteriormente se han producido ciertos acontecimientos que pueden haber modificado la situación. Te hablaré de ellos más tarde.
    —¿Acaso ha sido HKH quien ha intentado varias veces separarme de Daniel Diersant... y que lo ha conseguido?¿O era Garichankar el que trataba de despertarme para establecer contacto conmigo?¿Para organizar nuestro encuentro?
    —Hemos establecido este contacto a la primera tentativa. No somos nosotros los que te hemos molestado. Pero la ruptura de conexión entre Diersant y tú ha podido producirse de un modo fortuito. No es infrecuente.
    —Pero, ¿y mi semivigilia?
    —Sí... En efecto, tal vez sea una intervención de HKH. Presentaré mi informe.
    —Recuérdame las fechas del Imperio.
    —1985-1998. Como sabes, los acontecimientos de 1998 condujeron a la desaparición de todos los imperios privados en Europa y en América. Sólo sobrevivió el Imperio Leso, que dominaba el Japón.
    —¿Cómo se formaron esos imperios?
    —Hacia 1980, los países llamados desarrollados se encontraban ante el siguiente dilema: interrumpir el crecimiento industrial o destruir el planeta. Se había previsto desde 1970, pero la opinión pública estaba a favor del crecimiento. Se inclinó por lo contrario a partir de 1980. Entonces, las grandes sociedades capitalistas, y con ellas los fanáticos de la industrialización salvaje, quedaron en minoría. Siguió una reacción de tipo fascista. Para mantenerse, las sociedades tuvieron que romper con los Estados que se mostraban cada vez más reluctantes, bajo la presión de las masas. Eso debía conducir entre 1985 y 1990 al nacimiento de los imperios industriales privados. En Europa, HKH era el más importante y no tardó en absorber a todos los demás, de acuerdo con la ley de los monopolios. Hasta el levantamiento de mil ochocientos noventa...

    Ellen miraba a Rob con sus ojos color avellana de mirada tranquila pero apasionada. Y Rob se sintió invadido por una oleada de ardiente deseo. Hasta pronto, Ellen.

    —Ahora, te escuchamos —dijo ella.

    Rob suspiró, decepcionado.

    —No hay nada más difícil que contar una experiencia psicronáutica. ¿Qué ha pasado en Garichankar?
    —No sólo en Garichankar. Te lo contaré después.
    —Algo grave?
    —Sí.
    —¿Que me concierne?
    —Que nos concierne a todos. Pero, antes, te escuchamos.
    —Bien... Yo... voy a hablar en nombre de Daniel Diersant. Estoy... muy cansado. Experimento un montón de impresiones raras. Supongo que es normal. La mezcla de las personalidades. Es como si tuviera la certeza de que voy a morir pronto. Algo no funciona. Aquella época segrega una atmósfera asfixiante. Sobre todo moralmente, ya que el aire es aún casi respirable, a pesar de los automóviles y de las fábricas. Nada irreversible en 1966. Pero la gente no sospecha nada. Es enloquecedor. Y sus automóviles... increíble. Están en todas partes. Ya en 1966. Y también los polizontes. Se presiente lo que será el período siguiente 1970-1980: polución y represión... Los automóviles, los medicamentos, los polizontes, el dinero: estas son las cuatro columnas de su civilización. Y por encima de eso, una administración nimia, inadaptada, irracional. Mas el poder de las grandes sociedades, que se ejerce a veces abiertamente, a veces secretamente, pero que supera ya el de los Estados.
    —Sabemos todo eso, Rob. Y tú también lo sabías antes de transportarte a 1966. Es una confirmación útil. Ahora quisiéramos que nos dieras detalles concretos.
    —Todo se embrolla en mi memoria. Formúlame preguntas.
    —¿Es muy duro?
    —No... no es muy duro. Al menos para mí. No estoy en los escalones más bajos. Es decir, no lo estaba... porque me han despedido. En los escalones más bajos es muy duro, desde luego. No hay nada más horrible que la miseria en medio de la opulencia de las sociedades industriales. Los investigadores de California lo han demostrado perfectamente. A mí, lo que más me ha impresionado en este mundo (la Francia de 1966) es la extrema desigualdad, la distancia existente entre las clases elevadas y las más bajas. Teniéndolo todo en cuenta, me pregunto si ha sido nunca mayor en el curso de la historia. Y además hay esta tristeza, este cansancio, este... este sabor a muerte que no logro definir. La desigualdad es uno de los mecanismos de su sociedad. Pero la tristeza y el cansancio no proceden únicamente de la injusticia. A menudo se tiene la impresión de que HKH se anuncia ya. Tal vez es una idea preconcebida. No lo sé... Yo experimentaba la vaga sensación de que mi vida no valía la pena de ser vivida. Ni siquiera estaba seguro de vivir. Es posible que haya intentado suicidarme.
    —¿Cómo?
    —Tal vez tragando un tubo de mebsital. O tal vez estrellando mi automóvil contra un árbol. Medicamento o automóvil. No lo sé. Atravieso unas fases de delirio cronolítico bastante penosas, y me resulta difícil reencontrarme en mis recuerdos. —¿Te despidieron de tu empleo?¿Por qué motivo?¿Era una cosa frecuente en aquella época?
    —Sí, era muy corriente. Me despidieron, y no comprendo exactamente por qué. No llego a reconstruir la sucesión de los acontecimientos. Trabajaba en la rama farmacéutica de una empresa química, la Seac. El presidente de la empresa está a punto de jubilarse y los altos dirigentes se hacen la guerra para ocupar su puesto. Hay una situación compleja que estoy muy lejos de conocer a fondo. Es posible que haya estado mezclado sin querer —o queriendo— en un episodio de esa guerra. Una noche me dirigí a la fábrica de Choisy para entrevistarme con el director, Robert Sarthès, llamado el Gran Dragón (ignoro por qué). Parece ser que Sarthès se queda en su despacho hasta muy tarde, a veces hasta medianoche. Tal vez eso sea una simple alegoría cronolítica. Lo ignoro. Me dirijo, pues, a Choisy caída la noche (estamos a finales d julio, entre las nueve y las nueve y media). Soy portador de unas traducciones. Ya que ejerzo de traductor técnico en la Seac, y mi jefe, el administrador Max Roland, me lo ha reprochado diciéndome que quedaba despedido (aunque dudo que esa escena sea real). Yo era químico, pero como poseía también una buena formación literaria, me empujaron discretamente por el camino de la documentación y de la traducción. Y ahora, utilizan ese pretexto para eliminarme. Eso es lo que he creído comprender. De modo que vuelvo a la fábrica de Choisy. El vigilante nocturno responde a mi llamada con el claxon. Le entrego mi tarjeta de la Seac... En la versión cronolítica de aquella escena, la tarjeta de la Seac tiende a convertirse en una "tarjeta HKH".
    —Entonces, ¿asimilas HKH con la Seac?
    —Más o menos. Y Forestier, el jefe de Seguridad de la Seac, me dice que aquella tarjeta es una burda falsificación. En resumen, paso al interior. Entro en el patio de la fábrica. Allí surge Forestier. Su 404 embiste a mi Volkswagen, evito el accidente por muy poco. Pero el jefe de los polizontes presenta su informe, y al día siguiente soy convocado a la sede de la empresa donde me dicen que estoy despedido. Cuidado, esto no es un hecho cierto: es una línea de probabilidad. A propósito, ¿cuál es la fiabilidad de las informaciones que tú me das?
    —Muy elevada. Nuestra entrevista es una operación completamente desacostumbrada puesta a punto por los fords de Garichankar y controlada por ellos. No creo que pueda contener más de un veinte por ciento de errores. Es la fiabilidad más elevada que se ha alcanzado nunca en lo Indeterminado. Al menos, eso creo yo.
    —¿Y por qué una operación excepcional en beneficio mío?
    —No sólo en beneficio tuyo. Se decidió alertar a todos los psicronautas en misión en todo el planeta sin llamarles.
    —Entonces, la cosa es grave.
    —Es demasiado pronto aún para medir la gravedad del acontecimiento. Te ruego que continúes.
    —Hace unos días fui convocado por el director de los Laboratorios Cerba. Cerba es una filial común de la Seac y del grupo alemán Nerek & Frobacher. Me destinaron allí provisionalmente, tal vez para librarse de mí. Pero Defner, el director, me propuso que me quedara en Cerba de un modo definitivo y, por diversos motivos, me negué. Además, el administrador Max Roland posee una carta que me fue dirigida por Neker y, en aquella carta, los alemanes me ofrecen un cargo en América. Eso me parece poco verosímil. En otra versión cronolítica, la carta la tengo yo. No hay humo sin fuego. Por lo tanto, es otra línea de probabilidad.
    —Te recuerdo que has sufrido un accidente... o que han intentado matarte... o que has querido suicidarte. Es preciso que descubras lo que en realidad te ocurrió. Es un aspecto importante de tu misión, o al menos lo era al principio. Los últimos acontecimientos han relegado ese ejercicio al segundo plano. Sin embargo, te aconsejo que continúes tu investigación en ese sentido. Quisiera también formularte algunas preguntas.
    —Te escucho.
    —¿Cómo te han llegado mis mensajes?
    —Son unas cartas que leo en mi automóvil delante de la fábrica de Choisy, mientras espero que el vigilante nocturno me abra la puerta. En conjunto, contienen muchos errores e inexactitudes, pero me siento feliz al leerlas y eso me ayuda mucho moralmente.
    —Me has citado dos líneas de probabilidades. ¿Hay otras?
    —Sí, al menos otras dos.
    —¿Cómo explicas la presencia de HKH en esta zona cronolítica?
    —Yo no explico nada.
    —¿Crees que te buscan?
    —¿A mí... a Robert Holzach?¿O a Daniel Diersant?
    —Bueno, al uno o al otro.
    —Tal vez han descubierto que el doctor Holzach se oculta bajo la personalidad de Daniel Diersant. Y tratan de establecer contacto conmigo a través de Diersant.
    —Y es difícil para ellos, que no poseen los fords de Garichankar.
    —Sí, pero el Indeterminado es su universo.

    La creciente penumbra ocultaba a Rob la mirada de Ellen. Sin embargo, parecía que la joven observaba a su compañero con cierta desconfianza. Como si hubiese podido contraer una enfermedad sospechosa en el Tiempo incierto... ¡o como si se hubiese convertido en un agente de HKH! El jade brillante de su cabellera inundaba su rostro de mármol claro. Era hermosa, un poco más que en la realidad, quizá, tal como él la había amado, tal como ella se veía o tal como los fords de Garichankar se la representaban en sus fríos corazones... Una zona de sombra cronolítica se extendía ahora alrededor de ellos. El decorado simulado se difuminaba poco a poco bajo un gris brumoso. Los sonidos se atenuaban: el jadeo de la locomotora, los chirridos del vagón, los cantos de los fantis... Los milicianos habían desaparecido por completo. A través del cristal roto sólo se distinguía una mancha rojiza. Los largos cabellos rubios de Monika flotaban contra el hombro de Ellen, pero la niebla había devorado su rostro.

    —Tengo elementos suficientes para mi informe —dijo Ellen—. Espero que no nos desfasaremos con demasiada rapidez. Es preciso que sepas lo que ha pasado.

    Su voz era baja pero perfectamente clara. Un débil eco desdoblaba algunas sílabas. Rob pensó que el contacto iba a romperse. Buscó la mano de Ellen, la encontró, la apretó fuerte y tiernamente entre las suyas. ¡Ellen, Dios mío, no me abandones!

    —Todo empezó en California, sin duda mucho antes de tu partida. En Palo Alto, San Luis... Un fenómeno que se creía absolutamente imposible. Tal vez por eso se ha tardado tanto tiempo en comprenderlo. Ahora los Hospitales autónomos están afectados en Pekín, en Oslo, en Lusaka, en Lausana, en Argel... y en Garichankar. Se han formulado toda clase de hipótesis. Se ha hablado de un deslizamiento del universo cronolítico, de invasión, es decir de agresión. Algunos han pensado en una tentativa de HKH para invadir la Tierra. Se acusa a los psicronautas. Nos acusan a nosotros. Se dice que esto ha ocurrido a causa de nuestros experimentos. Un accidente... ¿Lo que ha pasado? Un gran número de personas, en los hospitales del mundo entero —e incluso en ciertas ciudades de Utopía 0—1 han quedado sumidas en estado de cronólisis más o menos profunda. No se sabe si han absorbido accidentalmente cronolíticos, o si la cronólisis se ha hecho súbitamente contagiosa... o natural. Al principio se había decidido llamar a todos los psicronautas, pero los fords se opusieron a ello. Entonces se intentó establecer un enlace lo más seguro posible con vosotros. Por eso nos hemos encontrado. Y actualmente están en curso otros muchos contactos de esta clase... Parece ser que el mal se extiende a toda California. ¿Intoxicación, epidemia? Se ignora. En Garichankar, la situación es mucho menos grave. La crisis no ha desbordado el Hospital. Incluso está circunscrita, con muy pocas excepciones, a los niveles profundos. Una enfermedad... O un ataque. Sí, eso parece un ataque. Pero nosotros somos capaces de defendernos. Tenemos los fords, y unas drogas cronostáticas sumamente poderosas, como tú sabes. Lo esencial ahora es identificar al enemigo, si realmente se trata de una agresión. La red fordal cuenta con los psicronautas en misión para que nos ayuden. No, de momento no hay nada que temer. Salvo en California. Se han producido ya algunas víctimas en las poblaciones. En Palo Alto, tres personas murieron en un ascensor... el único ascensor del pueblo. Los pasajeros se sumieron en cronólisis y debieron efectuar una falsa maniobra. Afortunadamente, en Utopía 01 no hay muchas máquinas ni mucho tráfico. Esperemos que el fenómeno no se extenderá a las ciudades altamente mecanizadas. En Pekín, en Argel, en Lusaka, sería terrible. Temo que se consideren responsables a los Hospitales autónomos y que nos obliguen a interrumpir nuestras investigaciones. Sí, la psicronáutica corre el peligro de verse perjudicada... o, por el contrario, puede verse beneficiada, ¿quién sabe?, puesto que todo el mundo puede convertirse en psicronauta defendiendo su cuerpo. Lo sabremos más tarde. De todos modos, el Comité de Urgencia de los Hospitales autónomos ha estimado necesario que todos los viajeros en misión sean advertidos. Si la situación se agravara, seríais llamados en seguida. Pero no ignoras que una llamada prematura es sumamente peligrosa. En todo caso, la red fordal en Garichankar puede funcionar sin ninguna ayuda humana, si es necesario. En la peor de las eventualidades, a tu regreso podrías encontrar un Hospital completamente desorganizado. Y como existe la posibilidad de que entonces seas inmune al contagio, tendrás que trabajar por nuestra propia salvación con la ayuda de los fords... No obstante, las posibilidades de que se llegue a ese extremo son inferiores a una entre mil.

    Para ti, ningún cambio hasta nueva orden. Continúas tu investigación sobre los acontecimientos de 1968. Y la investigación psicronáutica sigue con más intensidad que nunca. Seguramente van a atacarnos, tal vez intentarán destruirnos. Debemos obtener el máximo de resultados probatorios, y lo más rápidamente posible.

    Dentro de unos instantes quedará roto el contacto entre nosotros. He podido transmitirte casi íntegramente mi mensaje. Ahora, lo olvidarás en gran parte. No tiene importancia. Te acordarás en el momento de ser amado. Y era una experiencia apasionante... Nuestro encuentro ha tenido que ser una prueba penosa para ti. Has de saber que también para mí ha sido dura. Pero he tenido la dicha de volver a verte. Creo que todo marchará bien y que los fords podrán dejarte llegar hasta el final de la operación. Entonces nos reuniremos con toda certeza y será para mucho tiempo.

    ¡Buena suerte, doctor Holzach!

    —¡Ellen, escúchame!
    —Rob, yo no...
    —A...


    7


    La calle formaba una leve pendiente. La acera era viscosa y resbaladiza. Todas las casas eran parecidas: altas, compactas, grises, severas, con unos portales estrechos, unos postigos metálicos, sin escaparates ni balcones. A causa del humo o de la niebla, no se veía nada a más de quince metros. Daniel desembocó en una plazoleta sin haberlo previsto. La glorieta estaba algo más iluminada que las calles. En el centro se erguía una especie de tablero indicador con cuatro flechas. Daniel bajó de la acera, chapoteó en las inmundicias y se acercó al poste. La flecha de la izquierda —mirando en el sentido de la pendiente— indicaba: Hospital Garichankar. La de la derecha: HKH. En frente: La Perte en Ruaba. La cuarta, vuelta en la dirección de la que llegaba Daniel: Fábrica de Choisy.

    ¿Cómo romper el curso de la pesadilla? Daniel no estaba ya seguro de seguir deseándolo. La realidad era probablemente su cuerpo herido y ensangrentado sobre un lecho de hospital... el Hospital Garichankar, quizá, si existía, o cualquier otro. Al fin y al cabo, la pesadilla, incluso asfixiante y siniestra, era preferible a aquello. Desde luego, existía un peligro. No olvidaba la advertencia de Ellen: unos minutos pueden parecer días o meses al durmiente, y el sueño puede sustituir a la realidad hasta el punto de hacer imposible el retorno al estado de vigilia... ¿Cómo sabía eso Ellen? Tal vez sirve de intermediaria, como Renato, Larcher y Robert Holzach, de esos seres misteriosos que intentan hablarme. Puesto que intentan hablarme, estoy seguro de ello, en el fondo de mi sueño. Tal vez terminaré por encontrarles, sean quienes sean.

    Empezó a dar vueltas en torno al poste indicador, con la chaqueta bajo el brazo. Seguía teniendo el mismo calor de antes. Y respiraba con la misma dificultad. ¿Qué estoy haciendo aquí, Dios mío? ¿En esta ciudad desierta, oscura, maloliente? ¿Era una imagen del futuro, o un fantasma segregado por su inconsciente? Parecía imposible salir del sueño. Entonces, ¿qué dirección escoger? ¿El Hospital o el Imperio? ¿La fábrica de Choisy o la Perte en Ruaba? (pero, ¿qué era la Perte en Ruaba?). Decidió reinsertar su mente en su cuerpo, es decir, regresar al Hospital en el que sin duda se encontraba realmente. Echaba de menos lo desconocido —la Perte en Ruaba—, pero le faltaba valor para lanzarse a la aventura. Igual que antes de la pesadilla: daba vueltas en el laberinto soñando en la salida, pero no intentaba realmente salir. Su vida era ya una pesadilla. Se decía: estoy soñando. Pero no realizaba ningún esfuerzo para despertar. Sabía que al despertar tendría que elegir. En consecuencia, aceptaba el sueño.

    Tomó, pues, el camino de la derecha, el que conducía al hospital. Sus pasos resonaban sobre la acera y sin embargo se sentía ligero, aéreo, como aspirado hacia adelante. Tenía que resistir el impulso de saltar. Sí, esa debía ser la buena dirección. Se felicitó por su elección. Seguía teniendo consciencia de su fatiga, pero su peso disminuía a medida que avanzaba hacia el hospital. ¡Dios, qué ligero era! Casi hubiera podido volar. En el fondo, esto no le complacía demasiado. Quería regresar, reintegrar su cuerpo, pero no tenía prisa. No estaba impaciente por encontrar de nuevo la soledad y el sufrimiento. Ya que seguramente tendría que sufrir, y tal vez había inventado aquellas peregrinaciones sólo para escapar al dolor. Sí, regresaría pronto... más tarde. Deseaba una diversión, un acontecimiento imprevisto, imposible, algo que le retuviera lejos de la realidad un momento más. (Bueno, no es nada nuevo: siempre he esperado eso...) Se sentía incapaz de provocar aquel acontecimiento, de crearlo. Lo esperaba de los demás, de la sociedad, del mundo o de Dios.

    Observó la calle con esperanza. Tenía sed. Buscó con la mirada una fuente, una toma de agua, no importaba qué: un lugar en el que pudiera beber. ¿Apagaría su sed el agua que bebiera en su sueño? Era poco probable... Siguió avanzando entre la niebla o el humo o Dios sabe qué, hacia lo desconocido, el futuro o algún misterioso universo interior. El cielo permanecía oscuro, la noche densa, el aire semejante a un jarabe ardiente. Tenía la impresión de respirar unos vapores azucarados. Un olor a ponche. No. Rectificó: un olor a manzanas aplastadas. De pronto, vio una fachada iluminada a su derecha. ¿Un bar abierto? Cruzó la calle. Tal vez era el acontecimiento deseado. Lamentó no haber encontrado algo mejor. Se paró delante de la puerta, preguntándose si no desandaría el camino hacia Choisy, HKH o la Perte en Ruaba. Su mano se pegó al viscoso pomo. Finalmente se decidió, empujó la puerta y entró en el bar. De buenas a primeras detestó su decoración exótica, anticuada e ingenua: biombos de bambú, esteras, collares, lanzas, pieles, mesas de estilo colonial. Y, al mismo tiempo, se sintió atraído a pesar suyo, invadido por una nostalgia desalentada, hecha de cansancio y de renunciación. Luego, la atmósfera de la sala le gustó por su silencio tórrido, pesado de experiencia y de complicidad. Algunos clientes jugaban a cartas con gestos lentos y un poco temblorosos. Se oían conversaciones en voz baja. Unos susurros agonizantes flotaban en medio de los secos bambúes. Joven y robusto, el camarero estaba detrás del mostrador, con un trapo en una mano y un vaso en la otra.

    —Bueno, ¿qué noticias hay?

    Daniel se encogió de hombros. Muchas noticias, pero las he olvidado. Algo ha pasado en California: no lo recuerdo. Por otra parte, nunca he estado en California.

    —Dígame, ¿le gustaría ser una rata en un laberinto?
    —¡Oh! Todos somos ratas, se lo decía hace cinco minutos a una chica completamente perdida —dijo el camarero con aire sentencioso—. ¡Todos somos ratas! Parece que eso va a cambiar...
    —¿Va a cambiar?
    —Bueno, ¿no ha mirado usted el calendario? Mayo del noventa y ocho: es el momento, ¿no?
    —No estoy al corriente —dijo Daniel.
    —Comprendo: acaba de desembarcar. Los acontecimientos del noventa y ocho: ¿no le recuerda nada eso?
    —No, yo llego del sesenta y seis.
    —Disculpe, amigo. Mayo de 1998, el fin de HKH. ¡Todos los imperios industriales barridos por la historia!
    —Yo creía que HKH había resistido hasta 2021.
    —Bueno, eso demuestra únicamente que está usted mal informado.
    —Es posible. Entonces, ¿qué diablos estás haciendo detrás de este mostrador con tu trapo grasiento?¿Esperas la revolución?
    —Estoy en tránsito, amigo. Yo... bueno, espero un pasaje para la Perte. Si sabes de algún barco...
    —No sé de ningún barco —dijo Daniel.

    Encargó un whisky, se lo bebió, pidió otro. Le gustaba aquella euforia discreta, secreta, que alcanzaba después de dos o tres vasos. Sus preocupaciones y sus dudas se disolvían en humo. Las veía por así decirlo disolverse delante de él. Deseaba disolverse del mismo modo en moléculas libres de gas y conocer el nirvana según la ley de Mariotte. Una calma espumeante le invadía. Su sangre se hacía más rica. ¡Dios mío! ¡Estar siempre así! ¿Por qué era imposible? Bebió: nada había cambiado y todo había cambiado. Se sentía plenamente él mismo y completamente otro. Oleadas de energía recorrían su cuerpo. Acudían a él nervio y músculos y a veces un nuevo rostro. Escuchaba en su cabeza la resaca de una dicha tranquila y demencial. La dicha, la paz y la fuerza eran unos artificios que se producían en su cerebro; eso no dependía de las condiciones objetivas de la vida. Bastaba con excitar de un modo determinado los centros nerviosos. La alegría cálida, el punto de vista optimista y desesperado, cínico y benévolo, que proporcionaba el alcohol debía de ser el estado normal del hombre. El estado de gracia que los antepasados perdieron por el pecado original. Adán y Eva vivían sin duda en el universo cronolítico. Como eran inocentes, no tenían pesadillas, sólo sueños agradables que hacían de lo Indeterminado un paraíso... Extraña idea para un descreído como yo, se dijo Daniel. De todos modos, el alcohol le acercaba a Dios. Medio embriagado, se veía tal como era: un desgraciado y un cochino... en suma, un pecador. Y sentía al mismo tiempo la magnanimidad de Dios hacia el pecador que era él. Dios está del lado de los pobres, de los oprimidos, de los vencidos. Ama también a los desgraciados y a los cochinos. Los triunfadores y los seres perfectos no pueden interesarle. Pero los desgraciados y los cochinos son la sal del universo. Gracias por haberme hecho lo uno y lo otro.

    —¡Camarero! Un whisky. Seco.

    Emergió de aquella meditación agridulce para admirar a una joven alta y rubia que acababa de sentarse en el taburete más próximo al suyo. Rió para sus adentros. Por lo visto, no se le sería ahorrada ninguna tentación... La joven había dejado que su estrecha falda de color marrón claro se abriera sobre sus largos muslos, y sus senos se movían libremente bajo la blusa verde que moldeaba su busto. Aquella imagen, u otra muy semejante, la encontraba en cien ejemplares en su memoria. Se imponía por su sencillez sobre los sueños eróticos más sofisticados. Sonrió maquinalmente a la joven y apoyó sobre el mostrador su mano derecha mutilada. Le faltaban los dedos medio y anular. Los ojos de la desconocida parpadearon y huyeron, y luego regresaron, atraídos invenciblemente por aquella mano. Por un instante, pareció un animalito escapado del nido y fascinado por una serpiente. Se volvió hacia Daniel, separando las rodillas. Sus cabellos rubio-rojizos —o tal vez castaño-dorados— aplastados sobre su cabeza y anudados en moño bajo sobre su nuca, dejaban ampliamente al descubierto su frente y sus orejas. Su rostro era de un óvalo perfecto, con una nariz pequeña y recta, unos ojos azules de expresión algo fría, unos pómulos altos, un leve hoyuelo en las mejillas y unos labios de trazo increíblemente sensual. Su cuello esbelto y firme se alzaba graciosamente sobre unos hombros redondos y mórbidos.

    —¿No es usted de aquí?—preguntó ella en voz baja.
    —¿Yo? Soy de ninguna parte.
    —Sí, es usted marinero.
    —Es posible: ¿tanto se nota?
    —Para mí, sí. Quiero mucho a los marineros.

    Su voz tenía el aterciopelado tono ronco del acento nórdico.

    —Conocí a un marinero que se llamaba Renato. Se parecía un poco a ti. El me habló por primera vez del Océano Oradak y de los Vodrans del mar...
    —¿Los Vodrans del mar?¿Qué significa eso?
    —¡Oh! Son unos extraños aventureros. Renato decía que los había encontrado al sur del Pacífico, pero que procedían de otro universo. Y habían querido convencerle para que se convirtiera en uno de ellos y les siguiera allá abajo, del lado del océano Oradak. Al principio, yo creía que se lo inventaba todo, pero a pesar de ello me gustaba oírlo. Necesito una musiquilla nocturna para acompañar el placer. En esos momentos sufro claustrofobia. Necesito que me cuenten historias un poco absurdas. Entonces, es como si los muros de mi prisión se derrumbaran.
    —¿Qué es lo que hacías antes?

    La joven se echó a reír. Vació el contenido de su vaso antes de contestar.

    —Me licencié en letras, y luego no encontré empleo. Entonces decidí establecerme por mi cuenta. ¡En Hamburgo, con un estudio con teléfono!
    —¿Qué te ocurrió?¿Por qué estás aquí?
    —Asistía a muchas fiestas. A título profesional, desde luego. En cierta ocasión, una pandilla de individuos me pidieron algo que no me gustó. Dije que no. Me hicieron tragar no sé qué clase de porquería, y dije que sí. Al parecer, me divertí de lo lindo. Sin embargo, tenía la impresión de que estaba durmiendo. Recuerdo que un joven guapo y rubio, completamente desnudo y muy bien formado, vino a hablarme durante mi sueño. Me dijo: "Soy un dios." " ¡Ah! ¿Un dios?" "El dios de los Pescadores". "¿Y bien?" "He venido a pescarte..." Escucha, marinero, no me caes mal y...
    —Pero, ¿has visto esto?—dijo Daniel, y mostró su mano.

    Ella hinchó el pecho, estiró sus musculadas piernas y sacudió la cabeza con aire indulgente, soberano, soberbio y glotón.

    —¿Tu mano? Eso no impide hacer el amor. Renato también...
    —¡Déjame en paz con tu Renato!

    Daniel cruzó el bar. La joven le dirigió un gesto amistoso y le deseó buena suerte. Salió por la puerta del fondo y se encontró en una callejuela oscura, en alguna parte de la ciudad desconocida. No había un solo farol. Dio cincuenta o cien pasos rozando las paredes de rugoso hormigón. Un vago claro de luna revelaba los tejados planos y las troneras en lo alto de las casas. La acera no existía ya en aquella calle. Daniel avanzaba sobre una pendiente resbaladiza pisoteando detritus. Finalmente percibió una plazoleta iluminada, con una silueta humana en la esquina de la calle. Se detuvo, vacilando una vez más. Oyó unos pasos detrás de él y casi inmediatamente una mano se posó sobre su hombro. Se sobresaltó y se volvió. Una silueta rechoncha se mantenía en la sombra cerca de él.

    —¿Eres tú, Diersant?

    Reconoció la voz de Larcher.

    —Sí. ¿Sigues estando parado, viejo?

    El ingeniero del traje raído respondió con énfasis:

    —Nunca volveré a estar parado, querido compañero de miseria. Me he establecido por mi cuenta.

    Daniel se echó a reír.

    —¿Con un estudio con teléfono?
    —¡No, con un universo!

    Dieron algunos pasos juntos. La calle descendía en suave pendiente hacia... ¿hacia el mar? Una pequeña luna rojiza y sucia se alzaba encima del puerto. Entre las casas bajas, macizas, semejantes a fortines, Daniel distinguió algunas manchas brillantes. Parecían grandes charcos de agua. A medida que avanzaban se dieron cuenta de que el mar estaba desecado en gran parte y el puerto abandonado. Unas largas formas oscuras posadas entre los charcos tenían el aire de barcos encallados. La mano de Larcher se posó sobre su brazo.

    —Espérame un momento. No te muevas. Los tipos de HKH merodean aún por estas regiones fronterizas. Hay que ser prudentes...

    Dos siluetas femeninas se habían hecho visibles ahora en la plazoleta, no lejos de un farol en forma de monstruo marino. El ingeniero del traje raído se dirigió hacia ellas y empezó a hablar con la más próxima. Olvidando la consigna, Daniel avanzó unos pasos para tratar de sorprender la conversación. Pero ni siquiera pudo identificar el idioma que hablaba Larcher. Una de las siluetas fue a situarse bajo la luz, como para que la vieran mejor. Llevaba una larga túnica sin mangas, abierta por delante, y un velo cubría la parte inferior de su rostro. Sus cabellos oscuros caían hasta su cintura, de una esbeltez extraordinaria. Su piel parecía ligeramente fosforescente y sus ojos reflejaban la claridad del farol. Unas finas redes de venas cobrizas surcaban la parte superior de su rostro, sus manos, sus brazos y sus piernas visibles a través de la abertura de su túnica. Daniel estaba demasiado lejos para hacerse una idea concreta de sus facciones, por otra parte semiocultas. Pero como era sin duda un fantasma surgido de su cerebro, podía imaginarlo a su antojo: bellamente extraño. Un personaje de ensueño para un sueño fuera de serie.

    Su compañera permanecía inmóvil contra una puerta, algo apartada. Daniel comprendió su maniobra. Larcher y él se encontraban en un puerto desconocido de un mundo incierto, espejismo, proyección mental, pesadilla o Dios sabía qué, poco importaba. Las dos siluetas hieráticas erguidas debajo de un farol eran unas busconas. Y esperaban a unos clientes que no vendrían nunca, porque el mar estaba desecado. Sin embargo, se dijo, la muchacha del bar me ha tomado por un marinero. Se examinó en el claroscuro de la plazoleta que la luna empezaba a bañar. Llevaba un traje color azul petróleo, raído y pasado de moda. Tenía la mano derecha mutilada... Tal vez era un marinero de arribada. Avanzó un poco más para tratar de percibir a la segunda bella de noche. En aquel momento regresó Larcher y le arrastró por el brazo.

    —Perdona que te haya hecho esperar. Creo que podemos seguir. El rincón tiene un aspecto tranquilo.
    —¿Seguir hacia dónde?
    —Ya lo verás. Supongo que estás completamente perdido aquí, ¿eh? Este condenado país es una espuerta de la basura. Es preciso que te lo explique un poco, y no va a resultar fácil. Una verdadera espuerta de la basura, te lo digo yo. Ese brazo de mar está completamente desecado, pero allá abajo (tendió el brazo hacia alta mar) está el océano Oradak. Y al otro lado se encuentra Ruaba, una de cuyas regiones, La Perte en Ruaba, ha sido más o menos explorada por los psicronautas de nuestro universo. Si tú quieres, es el país más allá del espejo. Y de este lado (tendió el brazo izquierdo hacia la ciudad, casi en el sentido de la flecha marcada Choisy en el poste indicador), de este lado se encuentran los mundos subjetivos, las pesadillas cronolíticas o algo por el estilo. Estamos, pues, en una zona fronteriza, con extensiones de sueños e islas de realidad. Hay una especie de basamento más o menos maleable que pertenece quizás al Ruaba Oradak. Está cubierto por un montón de residuos históricos procedentes de la Tierra. Sí, harapos de nuestra historia. Esta zona se vio muy afectada por la crisis de 1980-2020 (año más, año menos). Cada uno lo ve a su manera: el margen subjetivo es importante. Para nosotros que hemos vivido antes de la crisis, resulta un poco borroso, pero lo esencial está ahí: el calor, la falta de agua, la pestilencia, el aire sucio y asfixiante, las barracas que parecen fortalezas, las gentes atrincheradas por la noche y, de día, multitudes hormigueantes, vociferantes y pestilentes, la miseria, la superpoblación, los desperdicios... ¡Y un polizonte detrás de cada montón de mierda! Unos hombres de negro, de rojo, de caqui, de leopardo, de verde... toda la gama de uniformes y los sin uniforme... con pistolas, bombas aerosoles, lasers o puñales envenenados... no importa qué, según las obsesiones de cada uno.
    —Me asombra lo que dices —declaró Daniel—. El paisaje es más bien desértico. Y hace siglos que no he visto un polizonte.
    —Tú, en primer lugar, eres una pieza reservada a la pandilla HKH. Los otros no quieren roces con ellos. Y hay momentos como este en los que las cosas cambian. Por eso he ido a hablar con esas mujeres: parece ser que los Vodrans están de gira en el sector. Y los polizontes-fantasmas tienen un miedo atroz a los hombres de la bandera negra...
    —¿Quienes son los hombres de la bandera negra?
    —Que me aspen si lo sé. Ni siquiera sé si existen. En todo caso, nunca me he encontrado con ellos. Y tampoco con los Vodrans. Tú te informarás. Yo me he labrado un pequeño reino en este burdel. Lo único que pido es que me dejen en paz. En el fondo, he tenido más suerte que tú. Estaba disponible. Tenía muchas más ataduras en aquella cochina vida. Estaba dispuesto a todo. Decidí acabar de una vez y fallé... por muy poco. Lo tuyo fue un accidente de automóvil, ¿no?

    No hay nada más feo que eso. Tratas de acabar con todo, y te encuentras con que el cerebro no deja de funcionar. ¡Machacando, machacando! Si hay que creer al matasanos de Garichankar, es el peor peligro que se corre: dar vueltas perpetuamente en el pasado, como un oso en una jaula. Hay que intentar salir rápidamente. Tal vez te has metido en la cabeza que tenías que saber a toda costa lo que había pasado. Amigo mío, nunca lo sabrás. Un buen consejo: déjalo correr. Y por el mismo precio, te daré otro: desconfía de los tipos de HKH. A mí me dejan en paz ahora. Me he construido una pequeña fortaleza a caballo sobre la frontera y no pueden alcanzarme. Al menos, eso creo. Pero están sobre tu pista. Lo sé.

    —Estoy de acuerdo en que debo desconfiar... ¿Y después?¿Qué quieres que haga?
    —Evitar el girar en redondo en tu pasado, amigo mío. También a mí me costó mucho salirme de él. No te preocupes por lo que ha sucedido. Tienes que decirte a ti mismo que te importa un bledo. Ahora ya no puedes cambiar nada. Si te encierras en una diminuta zona temporal alrededor de tu accidente, no escaparás de ellos. No sé lo que quieren de ti, pero puedes estar seguro de que terminarán por atraparte. Sólo veo una solución: intenta crearte un mundo imaginario en la frontera, y luego te marcharás a la Perte, si puedes.
    —¿Por qué no marchar en seguida a la Perte?
    —Hay que encontrar un paso.
    —¿Qué clase de paso?
    —No puedo decírtelo. Supongo que es una convención mental. Nadie te impide probar suerte. A mí me tiene sin cuidado. Estoy muy bien aquí. Cuando me disparé el tiro, estaba completamente desconectado de la sociedad. Me había hartado de ella, y quería acabar de una vez. En consecuencia, cuando me encontré en cronólisis, no traté de aferrarme a nada...
    —Cuando nos encontramos, te estabas aferrando a algo, ¿no? Ocupabas los despachos de tu empresa.
    —Sí, aquello me divirtió durante algún tiempo, pero no insistí.
    —Hay algo que me intriga. En aquel momento, nos conocíamos ya. Además, fuiste tú quien vino a buscarme a Choisy. Y me pregunto cuándo nos encontramos por primera vez.

    Larcher estalló en una risa un poco amarga.

    —La primera vez, la última vez... En el universo cronolítico, eso no quiere decir gran cosa. Tal vez nos cruzamos en el tiempo. No lo sé. En mi opinión, no vale la pena formularse esa clase de preguntas. No conduce a nada práctico.

    Larcher y Daniel habían salido ahora de la ciudad. Andaban lentamente por la playa. Unos fulgores de reptil danzaban en torno a ellos. La espuma brillaba sobre los guijarros azulados, al borde de una charca fangosa y burbujeante. Un olor a plástico quemado y a humo venía a mezclarse con el hedor a putrefacción que planeaba sobre la ciudad. Daniel se inclinó, recogió un puñado de arena y la dejó deslizar entre sus dedos. Arena suave y crujiente a la vez, húmeda, pesada, intensamente real.

    —Me parece que estás muy bien informado sobre este mundo —dijo Daniel.
    —También tú progresarás rápidamente, con tal de que te salgas de ti mismo. Todo lo que sé sobre lo Indeterminado lo he aprendido aquí, en la zona fronteriza.
    —¿Cuál es el juego del Hospital Garichankar?
    —Los médicos de Garichankar han conseguido la cronólisis artificial —dijo el ingeniero—. Disponen de un método para ponerse en fase, como dicen ellos, con los seres que se encuentran en estado de cronólisis natural, como nosotros, y ayudarles. En principio, son amigos nuestros. Yo los encuentro un poco invasores y desconfío de ellos casi tanto como de los otros.
    —Un momento. ¿Estás seguro de que nuestro estado es natural?
    —Sí y no. La palabra natural no es la más adecuada. Digamos: accidental.
    —¿No estamos bajo el efecto de una droga... algo así como el mebsital, un alucinógeno o Dios sabe qué?
    —Antes de 1980 o de 1985 no existían cronolíticos.
    —Lo sé. Pero... ¿no habremos sido... por así decirlo... pescados por los fords de Garichankar?
    —¿De dónde has sacado esa idea?
    —No lo sé.
    —Sí. Nos dirían que están aquí para ayudarnos, y en realidad se servirían de nosotros para sus experimentos... Es posible. Pero parece ser que todos los heridos graves —o al menos los heridos de la cabeza— se sumen naturalmente en cronólisis.
    —¿Quién lo dice?¿Garichankar?
    —¡Oh! Resulta imposible controlar el origen de las informaciones que circulan en el universo cronolítico. Tal vez Garichankar, tal vez HKH, tal vez no importa quién.
    —¿Una herida en la cabeza podría ser la causa del fenómeno?
    —Sí. Eso parece.
    —Y después de la curación, ¿qué es lo que pasa?¿Se olvida uno de todo?
    —Sin duda. No sé más que tú sobre ese extremo. De todos modos, creo que la intervención de Garichankar ha cambiado las cosas para nosotros. Para bien o para mal, eso está por ver. Los médicos nos han despertado. Aunque tal vez despertado no sea la palabra exacta: nos han ayudado a adquirir consciencia de nuestro estado. Nos han hecho perder una especie de inocencia que debía ser bastante agradable... Sin embargo, creo que podemos extraer de ello ciertos beneficios.
    —Para ellos, ¿se trata de un simple experimento?
    —Digamos que forma parte de sus investigaciones.
    —¿Dónde se encuentra el Hospital Garichankar?
    —En 2021-2100, que yo sepa. Estamos en fase con el período 2060.
    —En el futuro... Intento comprender —dijo Daniel, deteniéndose.

    Dio una vuelta completa sobre sí mismo, observó el cielo negro, el mar desecado, la playa gris, alfombrada de porquerías, la ciudad semejante a una fortaleza bajo el claro de luna rojizo. Escuchó. Aspiró el aire acre y tibio.

    —Es algo menos sofocante que en la ciudad.
    —Ven a mi casa: tengo aire acondicionado.

    Daniel se echó a reír.

    —De todos modos, este mundo es una ilusión.
    —No digo que no. Sin embargo, para nosotros, de momento, es la realidad. Tendrás que habituarte a él.
    —En realidad, estoy en el Hospital y sueño. —Bueno, también yo. Supongo. Pero a mí me tiene sin cuidado.

    Habían llegado junto a una casa baja de reluciente tejado, con la fachada iluminada por luces azules y rojas. Daniel descendió dos o tres peldaños detrás de Larcher. El ingeniero empujó una puerta de madera tallada que parecía completamente erizada de cabezas de reptiles y zarpas de animales. Les envolvió un intenso perfume de jazmín y de violeta. Entraron en un largo pasillo mal iluminado al final del cual permanecía, indiferente, una joven con un vestido abierto por delante y los senos al aire.

    —No debes sorprenderte por nada que veas —dijo Larcher gravemente—. Mi pequeño reino está lleno de prostitutas, de monstruos y de desgraciados. Las prostitutas son cosa mía: es lo único que puedo llevarme a la boca. Después de dieciocho meses de paro forzoso... ¡Y mi mujer se largó! Al fin y al cabo, hizo bien en largarse. No puedes imaginarte lo estúpida que era. Claro que tampoco yo era demasiado listo. A los desgraciados también los aprecio mucho. Aquí vas a ver algunos. Ahí está el camarero... ¡Hola, lacayo!

    El hombre colocó sobre el mostrador dos manos enormes. Una boba sonrisa distendía su rostro caballuno, y su bigote caído le daba un aire triste y limitado. El ingeniero se instaló en un taburete.

    —¿Te gusta este trabajo, cretino?—le preguntó al camarero. Luego se volvió hacia Daniel—: No te preocupes. Si ese tipo existiera realmente, no le hablaría así. No soy un cerdo.
    —¿Qué quiere usted, señor Larcher?—dijo el camarero—. Hay que vivir.
    —¡Maldita sea! —exclamó el ingeniero—. Sabía que iba a decirme eso. No es seguro que hay que vivir, imbécil. Yo hubiese podido ser camarero, barrendero, chófer, ayuda de cámara o no importa qué. Preferí liquidarme, ¿te enteras?¡Preferí liquidarme! Soy todo un hombre. Sí, fallé el golpe, es cierto. Pero por muy poco, amigo mío, por muy poco... Y si te diera un buen montón de pasta, ¿acaso te marcharías de aquí?

    El camarero soltó el trapo que llevaba en la mano y pareció súbitamente interesado.

    —Depende de la cantidad, señor Larcher.
    —Vamos a ver.

    El ingeniero sacó varios fajos de billetes de sus bolsillos y los depositó sobre el mostrador.

    —Bueno, no está mal, ¿eh? Si yo hubiese tenido eso allá abajo, menuda vida me habría dado, con buenas mujeres y vacaciones en las Baleares... Pero hay una condición.
    —¿Sí, señor?
    —Tienes que venir a lamerme los zapatos llamándome señor director. ¿Te molesta eso?
    —¡Sí, señor! ¡No, señor! ¡Ni pensarlo, por todo ese dinero! ¡Voy en seguida!
    —Yo le haría algo más por ese dinero —dijo una joven, sentándose a su lado.

    Su blusa se entreabrió, mostrando el nacimiento de sus senos. Levantó con un gesto elegante los bajos de su amplia falda de raso escarlata, descubriendo la punta de un zapato negro. Daniel la reconoció con cierta vacilación. Era la muchacha rubia que le había tomado por un marinero. Pero en aquel otro momento llevaba una falda corta de color marrón y una blusa verde. Lentamente, Daniel alzó su puño cerrado que la mutilación hacía parecer un trozo de madera tallada. La muchacha le sonrió.

    —¡Hola, marinero!
    —Te presento a Monika —dijo el ingeniero—. Mi obra maestra. Un verdadero trabajo de ingeniero. Incluso diría de artista. ¿Eh? Me pregunto cómo lo conseguí. Pocas veces he tenido ocasión de hacer un trabajo de creación. Ya era hora de que me decidiera. ¿Te das cuenta? El paro forzoso me ha sido favorable. ¡Mira la pechuga de esa pequeña, Diersant! —Es un ángel —convino Daniel.
    —Y una verdadera cerda, al mismo tiempo. Díselo, Monika, dile al caballero que eres una verdadera cerda.

    Monika mantenía el brazo izquierdo semilevantado, con la muñeca doblada a la altura del corazón, y sus dedos parecían esbozar un gesto de amistad.

    —Soy una cerda —dijo, en tono convencido—. ¡Dame el dinero!

    El ingeniero apoyó la mano sobre los fajos de billetes y los acarició voluptuosamente.

    —Desde luego, cariño. El dinero está hecho para las cerdas.
    —Señor Larcher, usted me ha dicho... —empezó el camarero.
    —¡Cierra el pico, cretino! ¿No habrás creído que iba a darle todo este dinero a una larva como tú?¿Sabes que eres una larva? En primer lugar, si te diera esto, ¿qué harías con ello?¿Tienes alguna idea?¿A dónde irías, babosa? No tendrías adonde ir. No hay lugar para ti fuera de aquí. Y tú no eres capaz de imaginar un universo, ¿no es cierto, cretino?
    —Sí, señor. No, señor —dijo el camarero—. Todo lo que usted dice es verdad. Le pido perdón. De todos modos le lameré los pies, si quiere.
    —No le hagas caso, querido —le dijo Monika a Larcher.

    Metió los billetes en su bolso, y el ingeniero se tapó la cara con las manos.

    —¡Y pensar que me liquidé a causa de esto! ¡Ah! Me había jurado a mí mismo crear un mundo sin dinero, pero no lo he conseguido. Es algo más fuerte que yo. Estoy marcado. No ceso de fabricar billetes de cincuenta mil, y mujeres dispuestas a venderse por la mitad de uno, o la cuarta parte, o no importa qué. ¿Qué quieres? Eso me divierte. Está mal, lo reconozco. No hay nada que me excite tanto como imaginar a una hermosa muchacha dispuesta a hacer el amor por una moneda de diez francos. ¡Qué revancha, amigo mío! O todo lo contrario: imaginar millones y echárselos a una prostituta pensando en todos los miserables que se parten el espinazo por menos de nada. Es algo nauseabundo, de acuerdo. En todo caso, no lamento haberme liquidado,

    Acarició distraídamente la cabeza de una especie de monstruo, mitad fiera mitad galápago, que recordaba un poco a Woola, el perro marciano de John Carter. Rio con una risa entrecortada. Daniel bebió su whisky observando el decorado. El interior del bar recreado por Larcher era de una vulgaridad repulsiva. Vulgar a pesar de los biombos, las cortinas, los tapices y las muchachas que circulaban por la sala, unas vestidas con lujosos trajes de noche, otras completamente desnudas. Vulgar a pesar de los desgraciados y de las rameras de ínfima categoría, del esplendor provocativo de Monika y de la lengua bífida de Woola. Daniel se dijo que él aportaba quizás una nota personal —negativa— en su modo de ver la obra de Larcher. O tal vez inventaba todo aquello él mismo, incluido el ingeniero del traje raído. Era el nuevo teatro de Clara Gazul, obra de una Clara Gazul que habría creado a Mérimée antes de ser soñada por él.

    Daniel oscilaba entre dos impresiones contradictorias. Por un lado, una aguda sensación de verdad. Todo era sólido, claro, concreto. Tenía consciencia de su cuerpo y deseaba a Monika. La carne era carne, la madera era madera, la tela era tela. Se consideraba lúcido (pero estaba casi seguro de no saber o de no poder formular las preguntas correctas, y por otra parte siempre había creído que formulando a no importa quién una pregunta muy sencilla, habría podido conocer la palabra final de la historia y el secreto del universo: sólo que no encontraba la pregunta). El estaba presente. Sus sentidos le prohibían dudarlo. Evidentemente, su aventura no era un sueño. Como máximo, le parecía que una leve embriaguez unida a una gran fatiga interponían entre la realidad y él una especie de pantalla. Y por otra parte tenía el convencimiento puramente intelectual de soñar, cuando el universo real estaba muy próximo, con una proximidad fantástica, imposible de medir ni siquiera en angstroms o en pico-segundos, medidas demasiado groseras para aquella distancia. Próximo, muy próximo, y sin embargo inaccesible (y aquello había ocurrido siempre en el sentido de que siempre había vagado sobre una asíntota del mundo real). Sí, el mundo tenía que estar aquí, muy cerca, y resultaba enloquecedor no poder romper de un golpe la ilusión para encontrar de nuevo la realidad. Tal vez lo conseguiría cuando lo deseara con la intensidad suficiente. Tenía que existir un medio, un medio muy sencillo que no se le ocurría. Y no se le ocurría porque estaba durmiendo. Esto es el sueño: un estado en el cual se tienen las preguntas y las respuestas, pero en el cual no pueden adaptarse ya las unas a las otras. La vida que Daniel había vivido hasta ahora se parecía también al sueño, y tal vez existía para los muertos vivientes del mundo un medio para despertar que no se le ocurría a nadie.

    Se concentró para recoger el mayor número posible de sensaciones. Aspiró el perfume de Monika, ácido, ligeramente amargo: un olor a naranjas restregadas sobre su piel. Escuchó el agrio arrullo de los tocadiscos automáticos y las voces agudas y cascadas de las muchachas. Luego acarició la muñeca de Monika, entre la palma de la mano y el puño de la blusa. El ingeniero del traje raído se volvió entonces hacia él con una mirada brillante, amistosa y cruel.

    —¿Dudas, Diersant, muchacho?¿Te han contado que nunca había nada seguro en el Indeterminado, que todo era mitad ilusión y mitad mentira? Es falso, amigo mío. HKH pretende eso. Pero los embusteros son ellos, esa pandilla de fósiles. No hay que escucharles. Aquí, las cosas son reales a su manera. Echarás de menos todo esto cuando salgas del hospital... si es que sales. Tal vez es una ilusión, y lo que nosotros consideramos como la realidad tal vez sea otra ilusión. ¿Qué puede importarnos? Para vivir hay que confiar en las apariencias porque no existe nada más. Hace mucho tiempo que he dejado de hacerme preguntas. Lo que cuenta es la experiencia. Vas a verlo. Monika, levántate el vestido.

    La joven abandonó dócilmente su taburete, se situó entre Larcher y Daniel, cogió con las dos manos los bajos de su larga falda roja y la alzó con un primer movimiento hasta sus rodillas. Luego, con un segundo movimiento, la levantó hasta sus caderas. Entonces, la música de un tocadiscos automático empezó a sonar y estallaron unas risas en cadencia, como orquestadas por la soberana mirada de Larcher.

    —Bueno, acaríciala —dijo el ingeniero con una especie de rabia.

    Daniel extendió su mano derecha mutilada. Una mano grande, fuerte y dura, en la cual faltaban los dedos corazón y anular. Era espantoso. La retiró y extendió la izquierda. Sus dedos se posaron sobre la piel desnuda, encima de una media negra sujeta con una liga de encaje. Monika inclinó la cabeza para seguir sus gestos.

    —¡Vamos, tócala! —gritó el ingeniero—. ¿De qué tienes miedo? ¡Tu madre no puede verte!

    La carne de la joven era tibia, satinada, elástica, exactamente coincidente con el recuerdo que conservaba de la carne de las jóvenes. Luego paseó la palma de su mano sobre la media, encima de la rodilla. Recibió una impresión imprevista. Aquel contacto de seda áspera y de fibra tensa, a la vez lisa y crujiente, provocaba una sensación que Daniel casi había olvidado. Un mensaje en el cual se mezclaban una loca alegría y una aterrada desesperación recorrió todo su brazo, desencadenó una vibración en su columna vertebral y se enquistó en su cerebro, taladrándole la nuca. El placer y el miedo se mezclaron furiosamente. Vivo, pensó Daniel, y algo ha pasado. Esa era tal vez la causa de aquel miedo. Uno no sabe que vive, y no hay nada más aterrador que darse cuenta de ello, ya que sólo la proximidad de la muerte hace posible esa toma de consciencia. ¡Voy a morir! Y siguió paseando su mano sobre el nylon negro de la media, penetrándose con avidez y maravillado asombro de una sensación más aguda y más turbadora que cualquier otra que pudiera recordar. El mensaje recogido por las terminales nerviosas de sus dedos aullaba en alguna parte de su cuerpo: ¡Vivo! ¡Vivo! Luego: Algo ha pasado, pero yo vivo. Y finalmente: ¡Algo ha pasado, y yo muero!

    —Creo que nuestros sentidos estaban embotados —dijo el ingeniero con una voz extrañamente tranquila—. Diríase que la cronólisis los ha agudizado un poco, ¿no te parece? ¡Esto no es un sueño, muchacho, es un despertar!

    Daniel alzó la cabeza. El rostro enrojecido de Monika reflejaba una incomparable dulzura. Los ojos azules de la joven eran los más luminosos que Daniel había visto nunca.

    Se le hizo un nudo en la garganta y creyó que su corazón dejaba de latir. Creyó que su sangre dejaba de circular. Se transformaba en arena de oro, en platino líquido, en pura luz. Estaba sin aliento, sin fuerzas, sin esperanza...

    —Quiero volver al hospital —dijo.


    8


    El Hospital, refugio secreto, inviolable. Daniel dio media vuelta sobre sí mismo, colocándose boca arriba, y abrió los ojos. La luz se hizo en la habitación; no de golpe, como si hubiesen conectado la electricidad, abierto un postigo o levantado una persiana, sino de un modo progresivo, como si una gran masa de nubes se hubiera retirado, dejando al descubierto el sol. Era la luz del día o algo muy parecido. Daniel fijó por unos instantes su mirada en el techo curiosamente bajo, de un color metálico. La estancia era muy amplia, y sin embargo se encontraba solo en ella. Era una clínica de lujo más bien que un hospital. Pero Garichankar no era con toda seguridad un hospital como los demás. No, esto no tenía sentido. Garichankar formaba parte del sueño que acababa de terminar. Tratemos de ver claro, se dijo.

    Estaba cansado, tenía sed, pero no sufría y se sentía capaz de mover normalmente sus miembros. Alzó su mano derecha y vio con alivio que había recobrado su aspecto normal. La mutilación pertenecía a la pesadilla y no a la realidad. Sí, debí resultar herido en la cabeza. Eso explica la cronólisis y todas esas alucinaciones que parecen tan reales... Hizo un esfuerzo por recordar. Vio con precisión la embestida de los 404 en el patio de Choisy, el choque que le había aplastado contra su asiento mientras estallaban los gongs y los címbalos y aparecían los fantasmas blancos surgidos del universo cronolítico. Se acordaba del sueño y había olvidado la realidad. También la escena de la ambulancia estaba intacta en su memoria: Forestier y sus compañeros disfrazados de enfermeros, cubierta la cabeza con un casco transparente, y el Volks aplastado a unos metros de distancia. Golpes de gong y címbalos... ¡Mire su automóvil, Diersant! El accidente había podido producirse en alguna parte de la Nacional 20... pero él lo había olvidado.

    Volvió a cerrar los ojos para concentrarse. ¿Tenían algún sentido las pesadillas y las alucinaciones? Se preguntó si no había captado más o menos claramente una conversación de médicos en la cabecera de su cama, extrayendo de ella materiales para su sueño. Esto parecía plausible. La cronólisis era sin duda un fenómeno conocido en 1966, que un médico había mencionado delante de él a propósito de su estado. Esto, desde luego, no lo explicaba todo. Volvió a sentirse invadido por el miedo. Su caso debía ser más grave de lo que las apariencias dejaban suponer. Había sufrido un traumatismo craneano, y algo raro ocurría en su cerebro. Un traumatismo seguido de una especie de amnesia que le impedía distinguir los recuerdos del sueño de los recuerdos de la vida. ¿Quién era el ingeniero del traje raído? ¿Había conocido a Ellen o la había imaginado? ¿Mandaba Forestier la policía privada de la Seac o pertenecía únicamente al reino de los fantasmas? ¿Y lo que ocurre normalmente en el cerebro no es, de todos modos, muy extraño?

    Pronunció su nombre en voz alta:

    —Soy Daniel Diersant.

    Levantó un brazo y golpeó con los nudillos la pared detrás de él. El sonido le llegó claramente. No estaba sordo. Estudió sus otras sensaciones. Ningún dolor. Resultaba estimulante y también un poco inquietante. Un leve sabor a metal en la boca. Y, aparte esto, nada anormal. Si, tal vez: cierta rigidez en la nuca. Pero siempre había tenido tendencia a la anquilosis de las vértebras cervicales. Y... un bienestar mezclado con náuseas, como el que se experimenta al acostarse con una gran fatiga o un principio de fiebre. ¿Bienestar, o malestar difuso? El límite entre los dos parecía muy impreciso. Recordó haber experimentado algo análogo durante su infancia. Su madre decía entonces que incubaba una bronquitis, la rubéola o no importa qué. La amenaza que presentía estaba en él, pero no podía nombrarla ni comprenderla. Ni siquiera podía hacerle frente con sangre fría. En cuanto trataba de concentrar su mente en aquel tema, el deseo de dormir aniquilaba su esfuerzo. Se refugiaba en la frontera del sueño, aunque sin sumirse por completo en la inconsciencia. Y no se atrevía a hacer un gesto decisivo, por ejemplo levantarse y llamar. Se decía: es ridículo. Pero tenía miedo.

    Estaba solo e impotente. La vida le había dejado siempre cierta ilusión de poder y de libertad. Y esa ilusión no se prolongaba en un cuarto de hospital. El hospital es el lugar en el que el hombre debe enfrentarse normalmente con la impotencia y la soledad —a veces incluso en la promiscuidad—, pero puede ser también un puerto de gracia, una fortaleza apacible, un lugar en el que, habiendo consentido en ser únicamente un cuerpo enfermo, aislado, protegido, defendido por todas partes, el ser humano vuelve a encontrar la seguridad del seno materno. Pero Daniel no se sentía seguro en aquella amplia estancia desconocida. Tenía miedo a lo que se ocultaba en él, y miedo al mundo que le rodeaba. Le parecía que un lazo lógico, seguro y sólido, que había existido siempre entre el mundo y él, se había roto misteriosamente. De ahí esa sensación de amenaza inminente.

    Tenía que actuar. Al menos, comprobar si era posible actuar. Y, ¿qué hacer? Bien, puesto que tenía sed, intentar levantarse para beber. Tomada aquella decisión, una súbita debilidad invadió sus piernas como para prohibirle llevarla a la práctica. Es el miedo, pensó. Pero, ¿miedo a qué? ¿A cometer una imprudencia peligrosa? Sí, sin duda. Y también el miedo a descubrir... a descubrir no sabía qué... y prefería no saberlo. Abrió los ojos y contempló fijamente el techo metalizado, y luego el ventanal situado frente a la cama, a su izquierda.

    Estaba casi seguro de que aquella ventana se abría sobre un lago rodeado de montañas. ¿Cómo lo sabía? De un modo u otro, conocía el paraje. Un lago de montaña... lo cual significaba que se encontraba muy lejos de París. ¿El Macizo Central o los Alpes? Pero, ¿qué hacía en los Alpes, el Macizo Central o cualquier otra parte? Las especulaciones no servían para nada. Suspiró ruidosamente, casi un gemido. Tenía que levantarse. En primer lugar, tenía sed. Le parecía morirse de sed desde hacía siglos. Se apoyó sobre los codos, levantó las piernas y escuchó los precipitados latidos de su corazón. Tenía que poder mantenerse de pie. Apartó la sábana azul celeste y la manta a cuadros. Llevaba un pijama blanco con rayas rojas, sobre el cual buscó en vano una marca. Se sentó en la cama, con las piernas colgando, y examinó la estancia. Era muy amplia y estaba vacía en sus tres cuartas partes, con unas paredes azul-grises, un armario, una mesa, dos sillas, un estante, todos estos muebles de metal y madera pintada con colores bastante chillones. En el estante, unos libros. Sobre la mesa, un ramo de flores artificiales, bastante mal imitadas. En un rincón, un diminuto radiador de calefacción central, y junto a la cama una mesilla de noche bastante grande con una lámpara y el teléfono. Frente a la ventana, una puerta se entreabría sobre un decorado de cerámica: el cuarto de baño. ¡Un cuarto de hospital con baño y teléfono! Daniel se echó a reír. ¡Estoy bajo la trigésimosexta República! ¿Y si se encontrara simplemente en un hotel? No estaba herido, no había ningún motivo para que estuviera en el hospital... Alzó la mano y observó su muñeca desnuda, sobre la cual no pudo distinguir ni siquiera la marca del reloj de pulsera. Saber la hora no le hubiera servido de mucho, puesto que ignoraba la fecha. Y no había ningún calendario a la vista. Se puso prudentemente en pie y sometió a prueba la solidez d sus piernas. No vaciló. Buscó sus ropas con la mirada nos las vio. Probablemente las habían guardado en el armario. Dio un par de pasos y se paró, vacilante. Podía ir hacia el armario y asegurarse de que sus ropas estaban allí. O podía ir al cuarto de baño para beber. Algo no encajaba en el decorado. No sabía el qué. No llegaba a situar la anomalía. Aparte del teléfono, que no era realmente una anomalía. Cambió de idea y avanzó decididamente hacia la ventana. Un lago rodeado de altas montañas. ¡Lo sabía! No se había equivocado. Un paisaje típicamente alpino. Y la habitación se encontraba en un piso alto de un amplio edificio que tenía aspecto de hospital. Renunció a comprender; renunció a toda prudencia. Volvió la espalda a la ventana y se dirigió al cuarto de baño. ¡Dios mío, qué sediento estoy! Encontró un vaso de plástico grueso y opaco y abrió el grifo a fondo hacia la izquierda, luego hacia la derecha y de nuevo hacia la izquierda. Le invadió una angustia desmesurada. No había agua. Probó con el otro grifo con el mismo resultado negativo. Se sintió aterrado. ¡No había agua!

    Luego, un chorro de vapor silbó del lado izquierdo y un hilillo líquido empezó a manar del lado derecho. Daniel tuvo que esperar dos o tres minutos para llenar su vaso. Notaba el sudor helándose en su nuca. Había tenido calor. Volvió a cerrar el grifo de la izquierda que silbaba de un modo horrible. Y acercó el vaso a sus labios. Bebió un sorbo que tuvo que escupir inmediatamente. El agua estaba tibia y tenía un gusto muy pronunciado a metal. ¡Dios mío!, murmuró, cerrando los ojos. ¡Tenía tanta sed! Dominó su repulsión, se bebió la cuarta parte del contenido del vaso, suspiró ruidosamente y se estremeció. Le pareció que la temperatura del cuarto de baño había descendido. Regresó a la habitación y encontró nuevamente el suelo tibio baja sus pies descalzos. Seguía teniendo la impresión de masticar limaduras de hierro. Se detuvo delante del armario y no vio nada para abrirlo, ni llave ni pomo. Posó la mano sobre el metal liso y frío, buscando una aspereza en la que pudiera introducir las uñas para tirar de la puerta. Inútilmente. Por otro lado, no veía ranura alguna. Hubiérase dicho que ni siquiera había puerta. Desalentado, se acercó de nuevo a la ventana, la cual no tenía tampoco tirador ni cerrojo. Sólo había cuatro grandes cristales enmarcados en metal. Imposible abrirla. Daniel contempló el lago. La luz era mate. El sol, invisible, debía encontrarse al otro lado del hospital. Era casi seguramente la tarde, poco antes del crepúsculo. A lo lejos se percibían unas cumbres nevadas. ¿Nieves eternas? ¿O era el invierno? Comprobó que la calefacción central no funcionaba. Lógicamente, la época del año tenía que ser pleno verano, entre finales de junio y primeros de agosto. En los alrededores del lago, el campo parecía desierto. Desde luego, la ventana era un puesto de observación bastante mediocre. Daniel permaneció unos instantes con la frente apoyada contra el cristal, esperando distinguir una figura humana en el paisaje. Sin éxito. Había una amplia explanada al pie de los edificios: ni vehículos ni peatones la cruzaban nunca. De mala gana, se alejó y recorrió la estancia, lentamente, tocando los objetos. El radiador estaba apagado y la temperatura parecía muy baja para un cuarto de hospital. Se detuvo delante de una estantería llena de libros: novelas policíacas inglesas. Abrió una. Ficticia: un simple cartón vacío. Volvió a sentarse en su cama. No se veía la menor inscripción en ninguna parte. Ni siquiera una marca de fábrica o un número de orden.

    Daniel se perdió un momento en la contemplación del teléfono: un aparato blanco sobre un zócalo sin disco. Y súbitamente su angustia se convirtió en terror. Ahora sabía lo que faltaba en el decorado. La habitación no tenía puerta. Se levantó de un salto, corrió hasta la pared más próxima y empezó a martillearla con los puños, gimiendo. El dolor le sentó bien. Tuvo el reflejo de llevar a sus labios sus falanges lastimadas. Sufro, luego existo. Reflexión semiconsciente que tal vez hubiera negado, puesto que no dudaba ya de su existencia. Tanteó las paredes de la habitación y del cuarto de baño.

    Tenía que haber una abertura, pero nada revelaba su emplazamiento. Por otra parte, la ventana cerraba de un modo hermético y no se veía ni rastro de un orificio de ventilación.

    Daniel se dejó caer sobre una silla y resopló largamente. El aire parecía bastante fresco, bastante puro, con un perfume que Daniel reconoció pero que tardó un poco en identificar exactamente: un olor a manzanas aplastadas. Un olor que evocaba poderosamente la infancia, el otoño y los huertos del terruño natal. Luego se sublevó. Tenía que equivocarse. ¿Por qué olería a manzanas un cuarto de hospital? ¿Y por qué no? ¡Otro milagro de la bomba Air-Wick! En fin, cualesquiera que fuesen la naturaleza y el origen del perfume, había forzosamente una entrada de aire en la estancia. Colocó los codos sobre la mesa y se sujetó la cabeza con las manos, apoyando las puntas de los dedos en sus orejas. Otra particularidad anormal le golpeó y se levantó bruscamente, entrecortada la respiración. ¡El silencio! ¡Un espantoso silencio! Además del aire acondicionado, una insonorización casi perfecta. No, este no era un hospital corriente. El paisaje alpino evocaba naturalmente Suiza, y sin duda existían en aquel país algunas clínicas experimentales bastante misteriosas. Garichankar. Este nombre de consonancia vagamente hindú podría ser, también, alemán. Y esta habitación sin puerta visible dependía quizá de un servicio de investigación, de una sección de alta vigilancia... Pero, ¿por qué me han metido aquí? ¿Qué es lo que tengo? ¿Una herida en la cabeza? Paseó sus dos manos por su cráneo. Sus cabellos le parecieron mucho más largos de lo que solía llevarlos, y su frente, por el contrario, algo más despoblada. Ningún rastro de cicatriz, ningún punto particularmente doloroso. Se levantó de nuevo, con la intención de mirarse al espejo del cuarto de baño. El olor a manzanas, aquel maravilloso perfume de infancia y de felicidad, había ejercido sobre él el efecto de un tranquilizante específico y dosificado a la perfección. Se dijo: todo marcha bien, todo marcha bien. Y, al mismo tiempo, empezó a aceptar la idea de que lo peor no estaba excluido. Lo peor... fuera lo que fuese. El espanto volvía de cuando en cuando y secaba su boca. Luego se imponía el olor a manzanas, barriendo todo lo que era el recuerdo y la esperanza. Cambió de opinión antes de entrar en el cuarto de baño. Regresó junto a la cama y descolgó el teléfono. El auricular murmuró suavemente en su oído. Varias conversaciones lejanas se entrecruzaban en la red. Diez conversaciones o cien. Una multitud. Daniel cerró los ojos y escuchó con alivio sin entender una sola palabra. Estaba salvado. El hospital vivía. ¿Cómo había podido dudarlo, por otra parte? Rió nerviosamente. ¿Qué decían aquellas voces? Eran demasiado lejanas y demasiado numerosas. Pero Daniel se sintió completamente tranquilizado e invadido incluso por una alegría infantil. No se atrevía a interrumpir aquel extraño concierto de susurros, de exclamaciones, de suspiros y de llamadas. Después de varios minutos de espera, pronunció en e

    l aparato un ¿sí? tímido y ronco. Bruscamente, todas las voces se callaron. Tal vez en la centralita del hospital había una conmutación automática por medio de un ordenador o algo por el estilo. Daniel repitió en el silencio, en un tono casi suplicante:

    —¿Sí?¿Sí?¿Sí?

    Pero, ¿por qué no contestan, Dios mío? Añadió, asaltado de nuevo por la angustia:

    —Me llamo Daniel Diersant. Creo que resulté herido en un accidente de automóvil. Estoy encerrado en una habitación en el... no sé en qué piso... esto parece muy alto... No comprendo lo que e ha ocurrido.

    El silencio se prolongó un p de minutos más, y luego las voces volvieron a susurrar con indiferencia. Daniel llamó tres veces más sin ningún resultado. Y cada vez su convicción y su esperanza disminuían. Un mechón empapado en sudor caía sobre su frente. Lo rechazó con un gesto maquinal. El cuello de su pijama estaba mojado. Daniel se estremeció de frío y de disgusto. Ahora, una corriente helada parecía llegar desde el cuarto de baño. Examinó atentamente aquella pequeña estancia blanca, más estrecha y más alta que la habitación. ¿Por qué más alta? Era absurdo. Al principio, había creído que el cuarto de baño sólo estaba iluminado por la ventana de la habitación. Pero al cerrar la puerta de comunicación se dio cuenta de que un aplique redondo brillaba en el techo, inmediatamente encima de la bañera. Proyectaba una claridad idéntica a la luz diurna. Asombroso. Nunca había visto una iluminación que imitara tan bien la luz del sol.

    Sin embargo, no pudo localizar el ventilador ni el origen de la corriente de aire. Luego, su atención fue atraída por un pequeño armario incrustado en la pared. No lo había visto la primera vez. La puerta se abría fácilmente con un botón. Era un botiquín. Insólito en una habitación de hospital. Daniel contó una docena de medicamentos, todos ellos conocidos. Todos... menos uno. Un simple frasco de grageas con el número 1 en una diminuta etiqueta. Los otros procedían de Cerba, Nerek y Laurent-Duvernois. Nostalgia y horror. Allí estaban el D-aminogel, el euquietal, la equigina, el nidopan, el mebsital... ¡La pequeña caja gris de mebsital Nerek! Pero, ¿por qué, Dios mío ?¿Por qué el mebsital aquí? Trató de considerar fríamente las hipótesis más espantosas. La locura, por ejemplo. Algunos locos trasponen al mundo el trastorno que hay en su mente... Sin embargo, él se sentía lúcido. Lúcido hasta el punto de considerar con interés, casi con esperanza, la idea de que podía estar loco. Y lo peor no era la locura, sino la soledad. ¿No había estado siempre solo? Pensó en su extraño compañero de pesadilla, el ingeniero del traje raído. ¿Dónde estaban, pues, Larcher y la bella Monika?¿Y Ellen Laumer?¿Y la otra Monika: Monika Gersten?¿Existían realmente todos esos seres? No estaba seguro de nada. El sueño había roído el pasado.

    Decidió enfrentarse con la verdad... o al menos con lo que sus sentidos querían presentarle como verdadero. Se miró en el espejo del lavabo. Su imagen le pareció anormalmente desvaída. Tal vez era un efecto de aquella misteriosa iluminación. Cuanto más la miraba, menos clara era. A no ser que la anormalidad estuviera en su vista o en su cerebro. Resultaba tranquilizador: existían buenos motivos para que estuviera en el hospital. Pero había algo peor. En el espejo, un rostro desconocido se superponía al suyo. Luego, los dos rostros se mezclaban para componer un tercero. ¿Psicosis alucinatoria, desdoblamiento de la personalidad o lesión cerebral? Era un síntoma bastante horrible, pero de todos modos Daniel prefería estar enfermo en un universo sano que sano en un universo enfermo.

    Rechazó el largo mechón húmedo que caía sobre su frente y su gesto fue reproducido exactamente por sus dobles del espejo. Sólo que el primer personaje, el que se parecía a Daniel, tenía los cabellos cortos, y el mechón negro, cruzando una ancha frente despoblada, pertenecía al segundo. Tenía que admitirlo: lo peor era cierto. Padecía trastornos mentales profundos que le hacían deformar completamente la realidad. El testimonio de sus sentidos carecía de valor, puesto que llegaba falseado a su cerebro, a menos de que el autor de la falsificación fuese el cerebro. Sus facultades de raciocinio le parecían intactas, pero sin duda se trataba también de una ilusión. Una más. No podía creer en lo correcto de sus pensamientos más que en la exactitud de sus percepciones. Estaba, pues, completamente desconectado del mundo. Imposible imaginar una forma más radical de esquizofrenia... y de soledad.

    Regresó lentamente a la habitación. Una habitación que sin duda no existía. Tal vez se encontraba en realidad en alguna sala común sórdida y sofocante. Y para escapar a la promiscuidad, había inventado esta fortaleza interior... Se acercó a la ventana y contempló el lago. Creía ver un paisaje de montaña donde en realidad no existía más que un patio de hospital, amurallado, oscuro, angosto, siniestro, con un ejército de polizontes-enfermeros detrás de las desbordantes espuertas de la basura. Nadie venía nunca a la explanada, porque la explanada no existía.

    Y por el mismo motivo, ningún vehículo pasaba por la carretera que bordeaba el lago. En un sentido, Daniel podía considerarse afortunado: era preferible el silencio al tumulto, la soledad a la promiscuidad.

    Empezó a dar vueltas por la habitación, propinando de cuando en cuando un puñetazo a la pared, tropezando con un mueble, acariciando el espacio con una mano que buscaba no sabía qué verdad negada a sus ojos. Descolgó de nuevo el teléfono y escuchó. Una voz emergió súbitamente del eterno concierto de susurros. Una voz angustiada y casi suplicante:

    —¡Dios mío! ¿Por qué me retienen prisionero aquí?¿Qué es lo que quieren de mí?

    Otra voz, grave, lejana, apenas audible, respondió:

    —Está usted prisionero de los médicos de Garichankar, que quieren utilizarle para sus experimentos de cronólisis. Yo represento al Ejecutivo imperial, enemigo de Garichankar. Intentamos ayudarle a usted. Trate de tener confianza en nosotros: es su única posibilidad. Se encuentra usted en gran peligro...
    —¿Qué Ejecutivo imperial?¿Qué Imperio?—preguntó la primera voz, cada vez más aguda a causa del enervamiento y del pánico.
    —El Imperio industrial HKH. El Hospital Garichankar ha sido declarado fuera de la ley por Su Majestad Hermann Kahn Hindenburg III, soberano del Mundo Libre. Pero nos resulta muy difícil intervenir contra los Hospitales autónomos, que son muy poderosos en su zona y están protegidos por el Tratado de Lausana.
    —¿Acaso van a liberarme?
    —En este momento estamos intentando alcanzarle. Necesitamos su confianza y su colaboración.
    —¿Qué tengo que hacer?
    —Debe comprometerse desde ahora a luchar con nosotros contra los médicos locos.
    —¿Quiénes son los médicos locos?
    —Los psicronautas de los Hospitales autónomos...

    Furioso, Daniel colgó. La pesadilla continuaba. La primera voz se parecía a la suya, tal como la había oído a menudo en el magnetofón. La segunda debía ser la de Sarthès, aunque el acento fuera poco perceptible. ¡No saldría nunca de allí!

    ¿Por qué los médicos —los del universo real, desde luego— no le ayudaban, en vez de abandonarle a sus fantasmas? Se encontraba en una habitación de hospital y un fenómeno monstruoso se desarrollaba en su cerebro. ¿Por qué los médicos no hacían nada?

    Corrió al cuarto de baño, cogió la cajita de mebsital del armario, hizo rodar en la palma de su mano una pequeña gragea de un blanco casi malva y abrió el grifo del lavabo. Un chorro de agua fresca le salpicó. Gimió con alegre sorpresa. Por aquel lado, al menos, las cosas iban mejor. ¡La cañería se había desatrancado! Tal vez el resto se arreglaría también. Temblando de placer, bebió a largos sorbos, con los ojos cerrados, un agua clara, casi fría, con un leve sabor a manzana. Y con las últimas gotas, tragó sin vacilar una gragea de mebsital. La suerte estaba echada.

    Se sintió súbitamente mucho mejor, no sólo porque había apagado su sed, sino también porque depositaba mucha esperanza en la droga. Estaba ya menos tenso y su angustia empezaba a desvanecerse. Tal vez lo mejor que podía hacer era acostarse inmediatamente. Prefirió esperar un poco. Se acercó a la ventana y una brusca cólera le invadió. ¿Por qué no había tirador ni cerrojo?¿Por qué no podía abrir aquella maldita ventana para respirar el aire de la montaña? Naturalmente, pensó, la ventana y la montaña sólo existen en mi cerebro. Es una trampa mental... pero una trampa al fin y al cabo. Levantó el puño en dirección al cristal, y en el momento en que iba a golpear se dio cuenta de que una voluntad extraña gobernaba su gesto. La voluntad de su alter ego, el marinero del mechón negro y la mano mutilada. Quiso bajar el brazo, pero su puño cerrado se le escapó y cayó sobre uno de los cuatro cristales del ventanal.


    9


    El puerto se parecía a todos los puertos del mundo. El mar, oleoso, no aportaba ningún frescor a los muelles. El aire polvoriento y azucarado espesaba la saliva. Uno podía creerse Jonathan Pier en Singapur. ¿O era una ilusión psicológica? El sabor marchito y siruposo que Renato sentía en su lengua, ¿no era el de la alegría y la tristeza mezcladas? ¿Y el calor? Siempre tenía demasiado calor cuando le faltaba el viento de alta mar. Tenía siempre en la boca aquel sabor a tierra quemada. El aire de las ciudades no era nunca suficientemente puro para él.

    Acababa de desembarcar por última vez. Llevaba una maleta en la mano y un saco a la espalda. Vestía un usado traje de color azul petróleo. Fruncía su curvada nariz de meridional olfateando la grasienta atmósfera de la ciudad. Sus ojos parpadeaban de fatiga. Un largo mechón empapado en sudor se pegaba a su frente algo despoblada. Con los tres dedos de su mano derecha lo rechazaba contra su sien. Tenía treinta y cinco años. Confiaba en no parecer demasiado un marinero con licencia ya que regresaba para vivir definitivamente entre las gentes de tierra.

    Odiaba los jerseys a rayas, las gorras de plato, los Vodrans del mar, las historias de tormentas y de arribadas, el acento del Midi que era el suyo, las muchachas de taberna y su mano derecha mutilada. Apenas sabía lo que le gustaba: demasiadas cosas... y tal vez las mismas. Tenía el corazón vivo y el apetito feroz. Y conservaba una ternura dolorosa para todo lo que evocaba la vida que había abandonado y el mundo del que había huido. Nada es nunca sencillo. Filosofía de los cuerpos de guardia, leitmotiv de las guardias tranquilas durante las cuales la meditación se convierte en una especie de pacto con el tiempo, y a veces en una partida de ajedrez con el universo enmascarado.

    Se volvió y dirigió hacia el puente una mirada de despedida. ¡Visión de azur y de mugre! El decorado recordaba un antiguo cartel de la Liga Marítima y Colonial. Los barcos apenas habían cambiado desde hacía veinte años. Parecían sin edad y sin historia. Sin embargo, muchos habían conocido la época casi mitológica de Mar & Colonias y arrastrado su gloria asmática sobre las últimas playas del Imperio, en la época en la que imperaban aún la inocencia y la buena conciencia. Entonces no se oía ya el tronar de los cañoneros. Sobre el puente reluciente de los contratorpederos, la música alegre de las tripulaciones de la flota respondía al tam-tam de las tribus pacificadas, alineadas como Dios manda sobre la playa. Unos jóvenes delgados e imberbes, que llevaban en ellos el deseo de la aventura como un peso en el estómago, iban a comprar un paquete de cigarrillos al lado de los muelles y partían para cien mil años.

    Renato Rizzi había sido uno de ellos. A los dieciocho años, unos meses antes de la guerra, se había alistado en la marina. De origen italiano, había nacido en Francia y había vivido casi siempre entre el Delfinado y el Languedoc. El Mediterráneo le parecía un lago para niños juiciosos. El soñaba en el Snark, en la ballena blanca y en los amotinados del Elseneur. Quería ver el Cabo de Hornos, el pájaro gigante de los montes australes y las bellas mestizas de Panamá. El mar adquiría para él un perfume de libertad y de gloria. Desde 1939 hasta 1945, marinero de puente o de pañol, había navegado en barcos mercantes pacíficos sin encontrar nunca la ocasión de ser un héroe. No había visto la sombra desagradable del acorazado Potemkin, ni había sido torpedeado por un submarino alemán. No había oído los ¡banzai! ¡banzai! de los soldados japoneses lanzándose al asalto. Sin embargo, había aprendido a odiar la guerra. A los veinte años, no tenía ya el deseo de ser un héroe.

    Una sola vez, en un cuchitril de Abluna, le había rozado la aventura en la persona de una muchacha alta y rubia, no demasiado guapa pero asombrosamente escultural, que se decía sueca y se hacía llamar Sigrid. Recordaba aún sus senos fabulosos que se desbordaban por el escote de una blusa roja, y su grupa que su falda apenas contenía. Llevaba unas botas altas, y le había pedido al joven marinero que la ayudara a quitárselas. Un truco tan antiguo como el mundo para hacerle ver que no llevaba nada debajo de la falda... De todos modos, él la había considerado como demasiado astuta para una vulgar chica de puerto. Más tarde debería felicitarse por su olfato, al enterarse de que no era sueca, sino alemana, y que sonsacaba información a los marineros aliados. Por otra parte, no había corrido un gran riesgo: no conocía ningún secreto que valiera la pena mencionar sobre la almohada mugrienta de un catre de un fonducho.

    Saboreaba antiguas nostalgias agridulces. Nostalgias de las aventuras que no había conocido, de los combates que no había librado, de la carrera que tal vez había errado. Es más tarde de lo que crees, Renato Rizzi. Más allá de la nostalgia, una sorda cólera le erguía contra la vida, el mundo, los hombres. ¡Me las pagarán!

    Le gustaban las muchachas rubias de tipo alemán o sueco, pero se había casado con una morena de piel muy pálida, una italiana como él, Mónica. Sabía que le engañaba, pero no se lo tomaba por lo trágico, por cuanto ella no le haría olvidar nunca del todo a las Ingrid, a las Sigrid, a las Greta, a las Olga o a las Mauredane de los burdeles cosmopolitas. Diecisiete años de marina, y pronto diez años con Mónica... Y regresaba a su casa. Iba a lanzarse al comercio, o a la agricultura, o a Dios sabe qué.

    Odiaba el dinero, pero tenía unos ahorros. Todos los meses enviaba su paga al banco. Y a veces algo más que su paga. Se desenvolvía bien. Demasiado bien, incluso. Era uno de los motivos que se daba para abandonar el mar. No quería convertirse en un sucio traficante, contrabandista, Vodran... o algo por el estilo. Podría comprar una pequeña granja sin pedir nada prestado, con tal de que los precios no hubiesen subido demasiado desde la última vez. ¡Con la asquerosa guerra de Argelia! Y para un bar o una fonda —si a fin de cuentas escogía la solución más fácil—, le bastaría con un módico empréstito.

    Mónica prefería un bar, naturalmente. Y él no la imaginaba en el campo: le gustaban demasiado los vestidos llamativos, las medias negras, los tacones altos, los encajes sofisticados, los peinados frágiles, en suma, todo lo que les gusta a los burgueses de las ciudades. Era una lástima. Renato deseaba criar carneros y caballos y vivir cerca de un bosque en el que habría cazado en otoño y cortado leña en invierno. El mar simbolizaba para él un irremediable fracaso. Prefería ir a vivir tierra adentro para no pensar más en lo que había malogrado, en lo que había perdido, para olvidar los sueños desmesurados que nada colmaría jamás. Estaba cansado de vagar y de huir. Una fuerza irresistible le obligaba a detenerse, a establecerse, a hundir sus raíces en el suelo, a hacerse vegetal, después de haber sido durante tanto tiempo un pájaro migratorio.

    El apartamento de los Rizzi se encontraba en un barrio simpático y miserable de Tregabo: algunos cubos grises empavesados de ropa multicolor, en medio de campos baldíos. Entre las casas, unos niños sucios jugaban sin demasiado entusiasmo. Las vacaciones, pensó Renato. Evidentemente. Era el 30 o el 31 de julio. El 31 de julio de 1956. En la escalera, dos muchachas muy jóvenes miraron al hombre con aire burlón. Llevaban unas faldas largas como prescribía la moda, pero las habían abierto discretamente, desabotonado quizá, sobre el vientre. Les bastaba con sentarse separando un poco las piernas para exhibir unas amplias lonchas de piel lechosa y una bella pelambrera oscura. Renato no las conocía. Acogió el espectáculo con la indulgencia natural que tenía para aquellas cosas.

    —Vivo aquí —dijo—. Soy el marido de Mónica y acabo de llegar. Volveremos a vernos.

    Tercer piso sin ascensor. Afortunadamente, Renato no necesitaba ascensor. ¡Yo, un viejo marinero! Reía para inspirarse seguridad a sí mismo, pero tenía la garganta apretada y la boca un poco seca. ¡Mónica!

    Las ventanas daban al solar más o menos transformado en vertedero público. Inclinándose un poco, podían verse los hidroaviones sobre el estanque Lazare. ¡Sueños baratos, y una vista inexpugnable sobre la felicidad de los demás!

    Mónica estaba advertida de la llegada a puerto del paquebote mixto Océanie. Podía haber ido a esperar a su dueño y señor. Pero, bah, Mónica se molestaba raramente. Renato estaba acostumbrado. Dejó su maleta sobre el rellano que parecía una entrada de edículo, con sus olores y sus ruidos ambiguos. Creyó distinguir un rumor de conversación o de disputa procedente de su casa. No cabía esperar ninguna discreción de aquellas jaulas para pobres. Los vecinos debían de estar informados de todo... lo mismo que la policía. En el pasillo, fingió tropezar con una estera de rafia y maldijo en voz alta para llamar la atención de Mónica. Las voces se callaron, pero nadie salió a su encuentro:

    —¡Santo cielo! —exclamó—. ¿Me he equivocado de choza, o qué?

    No. Se echó a reír. Estaba en su casa. Conocía demasiado bien aquel decorado mediocre. Las fotografías de barcos y de puertos lejanos, la negra desnuda de vidrio tallado, y las esteras y las cortinas de rafia que aportaban una nota de exotismo poco convincente. Una mediocridad nauseabunda. Pero aquello iba a cambiar. Se prometió librarse de todos aquellos trastos a la primera ocasión. Dejó en el suelo su maleta y su saco y entró en la cocina. Allí se detuvo, con los puños cerrados, aturdido. Tres hombres en uniforme negro rodeaban a su mujer semidesnuda, con el vestido desgarrado, tendida en el suelo, jadeante. Mónica intentó levantarse, pero uno de los hombres le propinó un puntapié y volvió a caer, gimiendo. El segundo apuntó a Renato con una pistola de cañón largo, diciendo con una voz ruda, extraña:

    —¡No se mueva!

    El cristal no se rompió, pero se hendió, se desgarró como un trozo de papel tenso. Daniel experimentó una sensación de intenso frío y retiró inmediatamente la mano. Una corriente de aire glacial sopló en la habitación, y el cristal se oscureció progresivamente hasta hacerse negro, como una página blanca lamida por las llamas. La ventana empezó a vibrar. Los tres cristales intactos adquirieron un aspecto turbio. El paisaje se borró. Un ruido confuso nació al otro lado del cristal y se transformó en una música a la vez familiar y siniestra: pizzicato chirriante, redoble de tambor y crepitar de címbalos. Daniel contempló con estupor su mano mutilada y aulló.

    Corrió a vomitar al cuarto de baño. No, no quiero. Yo no soy Renato. Yo soy Daniel Diersant. ¡Soy licenciado en Ciencias, y no quiero convertirme en un marinero analfabeto! Recordó haber experimentado una vez, en sueños, aquella mezcla de disgusto y de terror, Estaba gravemente herido y los médicos decían entre ellos: "¡Vamos a hacerle una transfusión de alma!" La fuerza de su rebelión había terminado por despertarle. Pero tal vez tenía verdadera necesidad de una transfusión de alma. Un sudor frío empapaba su rostro, su nuca y sus brazos. La desesperación formaba en él un bloque de hielo. Ninguna soledad le parecía igual a la suya. No era más que una cosa enferma, herida, abandonada de Dios y de los hombres. Se incorporó, huraño y espumeante. La habitación estaba casi completamente a oscuras. La lámpara del cuarto de baño proyectaba una luz crepuscular, devastada por cavernas de sombra. El frío llegaba con la oscuridad. Daniel se apoyó en la pared, temblando. ¡Dios mío, qué es lo que he hecho! Deseó morir, desaparecer, no haber existido nunca. Tuvo un atisbo de consciencia y se encontró arrastrándose hacia su cama en una atmósfera de cueva mohosa. Debajo de su pijama en harapos, su piel se desprendía en trozos grises, sanguinolentos. El suelo se descomponía en una materia oscura y viscosa que se pegaba a sus manos, a su vientre, a sus piernas. La oscuridad era ahora absoluta. Daniel se arrastraba por el suelo porque era incapaz de sostenerse en pie. Luchaba por algo menos que la vida y se sentía horriblemente miserable.

    —¡Socorro! —gimió—. ¡Doctor Holzach, doctor Carson, Larcher, Ellen, Monika! Ayúdenme, por favor. Ayúdeme, doctor. ¿No ve que estoy enfermo?¡Dios mío! ¿No comprende que voy a reventar si no me ayuda?

    Tropezó contra la mesilla de noche, que se tambaleó con un débil ruido, pero pudo coger el teléfono y lo acercó penosamente a su rostro.

    —¡Hospital Garichankar! —dijo—. ¡Doctor Carson, contésteme!

    Tras unos segundos de silencio se oyó una voz tranquila, clara, precisa.

    —Aquí el doctor Kellim Carson. ¿Quién está al aparato?
    —Daniel Diersant. Por favor, doctor. Ayúdeme.
    —¿Qué es lo que marcha mal?
    —Se han olvidado de mí. El doctor Holzach vino a buscarme para conducirme al hospital Garichankar. Y luego se olvidó de mí. Estoy enfermo, doctor. Necesito que me atiendan. Tengo la impresión de que mi cuerpo se descompone y de que todo se descompone a mi alrededor. Es muy penoso. Creo que he cometido una torpeza. Me desperté en una habitación sin puerta. Y sin ningún medio para abrir la ventana. Entonces rompí un cristal y todo se ha hecho negro y frío. Y ahora, mis manos ya no son las mías. La derecha está mutilada. Me faltan tres dedos...

    Se interrumpió y de nuevo se prolongó el silencio, cortado por innumerables susurros.

    —Doctor, ¿me oye?¿Es usted realmente el doctor Carson?

    Silencio.

    —Se trata de una simulación, evidentemente —dijo la voz.
    —Entonces, ¿no estoy en contacto con el Hospital Garichankar?
    —Sí. De un modo muy indirecto. Por mediación de la doctora Laumer y de la red fordal.
    —Doctor... ¿puedo llamarle doctor? Ayúdeme. Quienquiera que sea, ayúdeme.
    —La habitación cerrada, la descomposición de las cosas a su alrededor, de su cuerpo, y su mano mutilada, son unos síntomas clásicos en cronólisis. Se acostumbrará a ellos. Son creaciones de su mente. De su inconsciente, si lo prefiere. Pero algunas de esas creaciones pueden acceder a un nivel de realidad elevada. Y usted no sabe cómo defenderse de ellas. Tiene que realizar todo un aprendizaje, y los propios psicronautas están a menudo desarmados. Es preciso que acepte ese mundo y rechace la ilusión del sueño. Usted no sueña. Mientras esté más o menos convencido de que sueña, será vulnerable a su propia fantasmagoría. En el Tiempo incierto, la ilusión idealista le hace a uno incapaz de enfrentarse con la vida y la historia. Aquí ocurre lo mismo. La materia es una representación, pero hay que ser materialista... Por desgracia, las circunstancias no nos permiten ayudarle como hubiésemos querido. Garichankar y la mayoría de los Hospitales autónomos de nuestra época sufren un ataque procedente del universo cronolítico. Algo que parecía más que improbable y que sin embargo ha sucedido. No niego que tenemos una parte de responsabilidad en esta situación, pero en cualquiera de los casos debemos defender la Tierra. Daniel rió con amargura.
    —¡Por tanto, mis problemas personales ya no tienen ninguna importancia!
    —No crea eso. En primer lugar, usted está probablemente mezclado a esta guerra.
    —¿Yo?
    —Desde luego. Se encuentra usted en simbiosis mental con un psicronauta de Garichankar...
    —¿Por qué no se manifiesta para ayudarme?
    —Se manifiesta como puede. En este preciso instante...
    —Doctor Holzach... Entonces, ¿es usted el que me está hablando?
    —En cierto sentido, el que le habla es el doctor Holzach. Pero no está consciente. Su personalidad se ha borrado por completo detrás de la de usted.
    —¡Se oculta detrás de mí para espiar a sus enemigos!
    —No, no se trata de eso. No es exactamente eso, no. La verdad es que usted está mejor armado que él para resistir a la influencia de HKH.
    —¿Su enemigo es HKH?
    —Y también el de usted.
    —No estoy seguro...
    —Los hombres del Imperio sí que lo están.
    —¿Por qué estoy en el universo cronolítico?
    —Creo que sufrió usted un accidente y, a causa de él, un traumatismo craneano bastante violento.
    —Entonces, ¿no he sido pescado por los fords de Garichankar?
    —¡Desde luego que no! Se hallaba usted en estado de cronólisis profunda cuando los fords entraron en contacto con usted.
    —De todos modos es un experimento... del cual soy el sujeto.
    —No es un experimento. Se trata de una intervención... que debería resultar beneficiosa para usted. Ya que nosotros podemos ayudarle.
    —Y, entretanto, me utilizan.
    —Somos aliados. Su resistencia instintiva demuestra claramente que odia usted a HKH.

    Con la cólera, Daniel recobraba poco a poco su combatividad y su aliento.

    —Conteste a mis preguntas. Después veremos a quién amo y a quién odio... ¿Estoy vivo o muerto?
    —Está vivo. Por eso no pertenece al universo cronolítico. Al menos, no de un modo definitivo. Pero... no es seguro que sane. Por desgracia, existen algunas posibilidades de que quede usted amnésico y paralítico. El despertar sería como una especie de muerte. Le deseo que muera en cronólisis, ya que así accederá a la eternidad subjetiva.
    —HKH me ha prometido ya la eternidad subjetiva.
    —Con HKH, la eternidad subjetiva será el infierno.
    —¿Cómo puedo estar seguro de que me está diciendo la verdad?
    —Bueno, de momento debe ganar tiempo para perfeccionar su conocimiento de las leyes de ese mundo. Pronto será usted capaz de evitar las trampas de HKH. Comprenderá usted quién miente y quién dice la verdad... Prepárese para enfrentarse a lo Indeterminado. Su destino está en juego. Su vida, a partir de ahora, está aquí, en el Tiempo incierto, donde las mejores armas del hombre son la imaginación y la disponibilidad. Procede usted de una época psíquicamente pobre, en la que la existencia no era más que un sueño crispado, poblado de pesadillas, y resultará duro para usted. Pero creo que sabrá salir adelante. Ese mundo es un mundo sin reposo, en el que todas las sensaciones son ampliadas y exasperadas, un mundo de luchas perpetuas, de trampas y de sufrimientos... pero también de locas alegrías y de experiencias desmesuradas... —HKH me ha prometido... locas alegrías y experiencias desmesuradas... o algo por el estilo.
    —...si acepta la lucha y evita las trampas, sobre todo las de HKH. Su primera victoria consistirá en ser absolutamente usted mismo. Tendrá que acoger a las personalidades secundarias que son una parte de usted mismo y que salen de la sombra gracias a la cronólisis, como el marinero de la mano mutilada...
    —¿Conoce usted al marinero de la mano mutilada?
    —Por mediación del doctor Holzach, hemos compartido algunas de sus experiencias. Al rechazarle, se debilitaría usted y se entregaría al poder de HKH.
    —¡Doctor Carson, miente usted! —dijo una voz grave y lenta que parecía la del Gran Dragón.
    —¿Qué es lo que pasa?—gritó Daniel—. ¿Quién habla?¡Doctor Carson, conteste!
    —Daniel Diersant, disculpe que le haya cortado la palabra a ese llamado doctor Carson. Garichankar le engaña.
    —¿Es usted Sarthès?
    —Soy Howard Kennedy Hughes, del Imperio.
    —Sí... ¡HKH! Kennedy y Howard Hughes: una mezcla astuta. ¿Qué quiere usted de mí?
    —Le conviene aliarse con el Imperio, Diersant. Cuando Garichankar no le necesite ya, llamará al doctor Holzach y usted se despertará... por poco tiempo. No se sana de un choque cronolítico. Morirá usted poco después. Y es preciso que esté en cronólisis cuando su corazón deje de latir y cuando su cerebro deje de pensar. Entonces basculará definitivamente en lo Indeterminado, y sus últimos segundos de vida serán fabulosamente multiplicados. ¡Se convertirán en un siglo, o en dos, o en un milenio! Le guste o no, estamos en el mismo campo. Su única posibilidad de sobrevivir estriba en romper inmediatamente todos los lazos que le unen a los fords de Garichankar. ¡Así dejará de ser el conejillo de indias de los médicos locos y se convertirá en un hombre libre en un mundo libre!
    —No le creo.
    —¡Le han engañado! —dijo la voz algo enronquecida del Gran Dragón... de Howard Kennedy Hughes, en tono de sincera desesperación—. ¿Por qué no me cree?
    —El Imperio industrial HKH representa todo lo que odiaba antes de estar aquí.
    —El Imperio industrial ya no existe. Nosotros somos unos supervivientes perdidos en lo Indeterminado.
    —¿Quién habla de Imperio, de Ejecutivo imperial?¿Quién pretende que el universo cronolítico pertenece a HKH?¿Quién miente?
    —Nosotros nos limitamos a perpetuar una tradición. Pero es cierto que aquí estamos en nuestra casa.
    —No lo crea —intervino bruscamente el doctor Carson—. Miente. HKH no es más que una mentira. Y los atacados somos nosotros, la Tierra entera. La guerra no está limitada ya al espacio mental del universo cronolítico. La han traído a nuestra casa, en el espacio físico. Empiezan a invadir nuestro tiempo.
    —¡Es absurdo! No le crea, Diersant. Nosotros somos muy fuertes aquí, en lo Indeterminado. Pero no disponemos de ningún medio para penetrar en el universo entrópico. Si la Tierra es atacada por alguien, los agresores no somos nosotros, desde luego.
    —La Tierra es atacada por HKH, Diersant. ¡Por los fantasmas del Imperio! Y la invasión ha sido preparada cuidadosamente. Desde hace mucho tiempo, HKH imponía su voluntad a nuestros psicronautas sin que sospechásemos nada. Hacía de ellos, de cierto número de ellos, unos esclavos dóciles. Y la influencia mental de los imperiales se mantiene en el cerebro de los hombres hasta mucho después de su retorno al mundo físico. ¡Nuestros propios psicronautas se han convertido en los soldados de HKH!
    —¡Es una locura! —aulló Howard K. Hughes—. Están locos. ¡Son los médicos locos!
    —¡Vosotros sois la lepra del universo y tenéis que ser destruidos!
    —Doctor Carson —dijo Daniel—, deme algunos detalles sobre esa guerra. ¿Qué hacen los psicronautas dominados por HKH?

    Ninguna respuesta. Ni de Garichankar, ni del representante del Imperio. Comunicación cortada. Contacto roto. Simultáneamente, el teléfono se volatilizó en la mano de Daniel. Era evidente que nunca había existido. Pero la comunicación había sido una realidad.

    Daniel decidió refugiarse en su cuarto de la calle Verneuil para ganar tiempo... puesto que era necesario ganar tiempo.

    Se concentró unos segundos —o una eternidad—, situó la puerta, las ventanas, los muebles, Babar, el elefante rosa, y se persuadió de que estaba acostado en su cama, que se despertaba, que todo marchaba bien. Alargó su mano abierta para acariciar a Babar y...


    10


    Volvió a encontrarse al volante del Volks, en alguna parte de la Nacional 20. El motor ronroneaba normalmente. El haz de los faros recortaba estrechas franjas de paisaje en la profunda oscuridad. Detrás de una línea de troncos grises, la llanura resplandecía bajo el cielo nacarado de luna llena. La aguja del indicador de velocidad oscilaba entre noventa y cien. El contador totalizaba 73.444 kilómetros. El depósito de gasolina estaba lleno. Daniel se asombró: acababa de repostar y no se acordaba. Consultó su reloj: las 23,50 horas. Muy cerca de medianoche, pensé distraídamente. No tardaría en llegar... ¿Cómo creer que todo esto era una ilusión? El sueño, por el contrario, eran Garichankar y la cronólisis. Sin embargo, algo no encajaba. No sabía qué. Reflexionó unos instantes sin llegar a concretar su impresión. Olfateó el aire varias veces y notó un leve olor a gasolina. Un olor realmente tenue, casi imperceptible... tal vez imaginario. Bajó el cristal y aspiró una bocanada de aire perfumado, áspero y cálido, casi mediterráneo. Sin embargo, estaba muy lejos del mar. Cruzaba la Sologne y reconocía muy bien el paisaje. Rodaba hacia el sur... e ignoraba el día que era. He aquí lo que no funcionaba. Era, evidentemente, verano. Un día cualquiera de verano, entre el 20 de junio y el 31 de julio. Pero había olvidado la fecha exacta. Esto no demostraba nada, pero resultaba un poco sospechoso. Algo no funcionaba en su memoria, en su cerebro. Dios sabe qué. Era inútil torturarse. Sabía perfectamente que no soñaba. Apretó en sus manos el volante familiar. El Volks se desvió ligeramente de su trayectoria. Todo esto era real, desesperadamente real.

    Su boca se secó, su garganta se crispó, su ritmo cardíaco se aceleró. La angustia se instaló de nuevo en él, anudó sus músculos, inyectó en su carne cristales de hielo y convirtió sus nervios en cuerdas vibrantes. Estaba solo en la carretera. ¡Oh, soledad, vieja compañera! Se echó a reír. Vagaba desde siempre en medio de un desierto superpoblado. De todos modos, era un poco extraño. En aquella noche de verano, la Nacional 20 tendría que haber estado surcada por automóviles y camiones. Pero Daniel estaba casi seguro de no haberse cruzado con nadie, de no haber adelantado ni haber sido adelantado por nadie, desde hacía varios minutos al menos, un cuarto de hora quizá, o más. Rodaba solo por una carretera sin salida que parecía la Nacional 20 pero que no era la Nacional 20... ¿Otro efecto de la cronólisis? La carretera se hundía en el bosque como un cuchillo en un gran cuerpo velludo. El follaje ocultaba la luna. El vehículo avanzaba por un chorro de luz, como aspirado por sus faros. Los troncos se hacían tan espesos que formaban a cada lado de la carretera una pantalla gris, casi sin grietas. Pero se separaron bruscamente en una curva y el cielo cayó como un rayo. A la derecha se erguía un alto talud erizado de rocas resplandecientes. A la izquierda, las copas de los árboles formaban una masa frondosa encima de un río que se oía pero no se veía. Una cascada, probablemente. Daniel frenó bruscamente y se detuvo junto a un montón de grava. Se asfixiaba. Se apeó de un salto del Volks, con la boca abierta. Respiró largamente, alzó los ojos al cielo y, a pesar de la luna, localizó a Vega casi en el cenit. Consultó su reloj. Medianoche. ¡Dios mío, qué tarde es! Los árboles ocultaban Altair al sur. Pero pudo situar la estrella polar y se orientó. Vega estaba ligeramente al este. Salvo error, tenía que ser finales de julio, lo más tarde. Daniel cogió su cartera con la esperanza de encontrar en ella un calendario que señalara las fases de la luna. Se le escapó una sonrisa: no recordaba tener tanto dinero. Aquel fajo de billetes de quinientos francos, por ejemplo... ¿Qué estoy haciendo en la Nacional 20 en plena noche, con quinientos mil francos en los bolsillos?

    Volvió la cabeza y un gran cilindro rojo y blanco atrajo su atención. Restos de un surtidor de gasolina, totem abatido, sobreviviendo a la raza de sus adoradores. Era un modelo antiguo, oxidado, abollado, retorcido, con las medidas de cristal rotas. Su presencia al borde de una carretera de gran circulación no tenía explicación alguna. Es cierto, pensó Daniel, que en materia de circulación todo era posible.

    Guardó su cartera en el bolsillo interior de su chaqueta, donde encontró un sobre que reconoció con sorpresa: la carta de Nerek. Regresó al automóvil para releerla a la luz de la lamparilla del techo. En primer lugar la fecha: 26 de junio de 1966. Era lógico. Respiró más fácilmente. Debía ser del 30 de junio al 1 de julio.

    Bajó los ojos y la continuación le pareció enloquecedora.

    Los Laboratorios Nerek & Frobacher
    a M. Daniel Diersant
    en misión en lo Indeterminado.
    Estimado colaborador y amigo:
    Hemos perdido el contacto con usted desde hace mucho tiempo, pero confiamos en que su viaje cronolítico se cumpla de acuerdo con el plan previsto.
    Le dirigimos este mensaje por mediación de nuestro amigo Larcher. Le recordamos que debe entrar en contacto lo antes posible con HKH. Nuestro representante en el Ejecutivo imperial es, como usted sabe, Heinz Kurt Hofman. Se pondrá usted incondicionalmente a disposición del Imperio hasta que sea llamado de nuevo en 1966. Aprovechará su posición para recoger todas las informaciones útiles sobre nuestros enemigos, los psicronautas de Garichankar.
    Le deseamos...


    Daniel arrugó la carta, la convirtió en una bola y la arrojó lo más lejos posible. ¡Salir de esto, Dios mío, salir de esto!

    El espectáculo de la noche estrellada, de una pureza fantástica, le ayudó a dominar el terror que le invadía. ¡Estaba, pues, al servicio de Nerek y del Imperio!

    No. La presencia de Vega sobre su cabeza le tranquilizó un poco. A condición de negar la carta, era aún posible una explicación razonable. Max Roland le había puesto de patitas en la calle. El había sacado su dinero del banco, había cogido el Volks y había marchado en plena noche hacia el sur y la libertad. Pero, antes de salir, por cansancio o por baladronada, había tragado algunas grageas de mebsital. De pronto, había empezado a confundir el sueño y la realidad... Sí, todo esto era plausible, a pesar de la carretera nacional extrañamente desierta y de aquel absurdo surtidor de gasolina abandonado al borde de la cuneta. Volvió a situarse en el centro de la carretera. Si surgía un automóvil, seguramente tendría tiempo de echarse hacia un lado. De todos modos, vería los faros con la suficiente antelación. Ninguna luz aparecía a lo lejos. Echó a andar. Sus pasos resonaban ruidosamente en el alquitrán endurecido, y el bosque devolvía en el silencio un eco sordo. Llevaba unos gruesos zapatos que no reconocía. La temperatura era tibia, el aire perfumado (con un intenso olor a esencias resinosas que Daniel no se explicaba, ya que a su alrededor sólo veía árboles hojosos: hayas, encinas, abedules...). Anduvo durante cinco minutos y dio media vuelta. Y en aquel preciso instante, sin un motivo absolutamente determinante, renunció a la ilusión tranquilizadora del sueño. Ser adulto es reconocer lo que hay de trágico y de demencial en la condición humana y aceptarlo. Daniel reconoció y aceptó. Apostó por la hipótesis más descabellada. Negó lo que podía pasar aún por la realidad y decidió creer lo increíble. Por otra parte, la existencia y la consciencia no eran en sí unos fenómenos menos fantásticos que la cronólisis. Con la cabeza baja, los puños cerrados y las mandíbulas apretadas, regresó a grandes zancadas. Trataba de hacerse una idea clara de la situación, y necesitaba toda la lucidez del mundo. Y esto no era suficiente, puesto que desconocía numerosos datos indispensables. El (es decir, su cuerpo) se encontraba en alguna parte sobre un lecho de hospital o tal vez aún en los restos aplastados de su automóvil. El golpe que había recibido en la cabeza le había sumido en un estado mental desconocido de la neurofisiología y de la psicología en 1966, pero entrevisto ya más o menos por ciertos sabios: la cronólisis. Una escuela filosófica, y no de las menos importantes, había podido sostener que el mundo existía únicamente como representación. A principios del siglo, el swami Bagavan Das esquematizaba así el pensamiento hinduista: "Brahma soñaba el universo, los dioses, los elefantes, los hombres, el yo separado que era el sabio. Luego, el sabio pensó verdadera y completamente: yo soy Brahma. Inmediatamente, un fragmento del sueño quedó abolido." Y Tío Boo, el astuto personaje de las leyendas de Borneo, le había dicho a Boong, el campesino ingenuo: "Vosotros sólo tenéis vida en mi cerebro. Si me matáis, desapareceréis todos." Y Boong le había creído, ya que el hombre no ha estado nunca seguro de nada. Pero hay que elegir. Daniel había elegido aceptar aquella nueva condición, ni mejor ni peor que la antigua. Tal vez un poco mejor, a fin de cuentas. La vida que llevaba antes no valía la pena, lo admitía. Nunca había tenido el menor poder sobre su destino. En el Tiempo incierto, tal vez podría convertirse en su propio dueño. ¡La eternidad subjetiva! Con tal de que no fuera un error de transmisión o una equivocación del telegrafista... Y siempre planeaba la amenaza de un espantoso despertar. Pero antes acechaba la muerte, emboscada detrás de cada segundo. No perdía nada con el cambio.

    Los médicos psicronautas de Garichankar, ¿eran sus amigos o sus nuevos amos? ¿Qué papel representaban los hombres de HKH, los compañeros de Hermann Kahn Hindenburg, Heinz Kurt Hofman, Howard Kennedy Hughes? Estaba por ver.

    Se detuvo a contemplar el bosque. Le pareció muy oscuro, a pesar del claro de Luna. La luz no penetraba a través del follaje. Con los ojos fruncidos, escrutó en vano la oscuridad. ¿Qué es lo que hacía a aquella sombra tan espesa, viscosa y malsana? Agazapados en el fondo de su memoria, los glaciales terrores de la infancia se despertaron súbitamente. Sintió el deseo de huir aullando para refugiarse bajo las luces de la ciudad. Ridículo. La oscuridad no era más que un reflejo de su propio miedo. Podía hundirse en el bosque: no iría muy lejos. El bosque era un señuelo. Volvería a encontrarse en la fábrica de Choisy, en una calle de la frontera, en casa de Monika, en casa del ingeniero del traje raído o no importa dónde en la carretera. Era preferible explorar en la medida de lo posible la secuencia actual. Tal vez terminaría por descubrir dónde y cómo se había producido el accidente. Se inclinaba por la hipótesis Nacional 20. Alguien (¿Ellen?) le había dicho que su investigación sería peligrosa. Se arriesgaba a dejarse encerrar en una zona estrecha y sin salida, y a no poder escapar de los enviados de HKH que le acechaban. Sin embargo, tenía que saber la verdad. El doctor Holzach se lo había afirmado. ¿Dónde... cuándo... cómo? Conocer el estado de su cuerpo. Saber si estaba amenazado por un despertar brutal o si iba a morir para ser precipitado a aquella eternidad subjetiva de la que hablaba el médico-jefe... ¿A quién debía creer? Cogió su cartea del bolsillo interior de su chaqueta (azul petróleo, el traje del marinero...) y sacó de ella su tarjeta de la Seac que ahora llevaba la sigla HKH.

    EN NOMBRE DE HONEYWELL K. HEYDRICH
    Se autoriza el paso a
    DANIEL DIERSANT
    EN MISIÓN EN LO INDETERMINADO
    El Gran Dragón de HKH: Sarthès


    Tendió la cartulina a Forestier. Pero éste la hizo pedazos con un gesto desdeñoso y dejó caer los trozos al suelo.

    —¿Por quién me toma, Diersant?¡Es la falsificación más burda que he visto nunca! ¿Qué es lo que pretende hacer con esto, amigo?

    Daniel se encogió de hombros. Aquella secuencia era una de las más misteriosas de la pesadilla cronolítica. Ciertos elementos de su pasado debían mezclarse en ella de un modo inextricable con unas representaciones simbólicas y con unos episodios de la guerra entre HKH y el Hospital Garichankar. Tal vez en aquel psicodrama se ocultaban los últimos minutos anteriores al accidente...

    Cerró los ojos y escuchó el ruido extraño en el cual creía reconocer una señal de peligro. Quizá había oído por primera vez el estrépito de los címbalos y el redoble de los tambores en el momento de estrellarse contra un árbol, un surtidor de gasolina o un 404 gris. Aquello parecía un tam-tam, sucesivamente chirriante y sordo. Y había también una especie de roce metálico, semejante a esos clamores del viento que anuncian la tormenta. Finalmente, un pizzicato chispeante y burlón cortaba de cuando en cuando la fría carcajada de los címbalos.

    —No se haga el listo, Diersant —dijo Forestier—. Empezamos a conocerle. ¡Esta vez no escapará usted!

    ¿Cómo evitar que la secuencia se repita de modo servil y estúpido? Era preciso avanzar a toda costa... El jefe de Seguridad le miraba con su expresión habitual, hecha de rabia, desprecio y duda. El segundo hombre —disfrazado igualmente de enfermero de Garichankar apuntaba a Daniel con un generador de micronieblas. El tercero permanecía inmóvil a unos pasos de distancia, entre el surtidor de gasolina derribado y el 404 gris... el 404 gris que reemplazaba a la ambulancia de Garichankar. ¿Tenía algún significado aquel detalle?

    Forestier se echó a reír, proyectando hacia adelante su formidable mentón.

    —Subestima usted a HKH, amigo mío. Sus amigos de Garichankar están a punto de pasar un mal cuarto de hora, y no tengo la impresión de que usted sea capaz de arreglárselas por sí mismo. ¡Sígame!

    Sus dos compañeros cogieron un grueso cilindro de aproximadamente un metro de longitud, situado cerca del 404, y lo abrieron: era una camilla de antigravedad que permaneció inmóvil en el espacio, a unos cincuenta centímetros del suelo. Déjà vu, déjà vécu. Daniel vaciló. La última vez se había dejado ganar por el pánico al ver su automóvil destrozado. Había huido y había cambiado de secuencia. Pero la huida no era una solución.

    Forestier y sus hombres le rodearon, luego se inmovilizaron. Daniel se volvió: el Volks tenía el lado derecho hundido y la parte delantera aplastada. No cabe duda, pensó, si yo estaba al volante... ¿y cómo no habría estado allí? El golpe debió de ser terrible... Pero, por algún motivo desconocido, no llegaba a transportarse al punto concreto del acontecimiento. Tal vez los enviados de HKH le bloqueaban el camino... ¿Cuáles eran sus medios y sus objetivos?

    Los golpes de gong, los redobles de tambor y el estrépito de los címbalos le impedían concentrarse, y unos pensamientos parásitos le importunaban. Como éste: "Es inútil que le explique a ese cerdo que no estaba en el automóvil, que no estoy enfermo ni herido, y que no tengo el menor deseo de subir a su ambulancia... que no es una ambulancia." Reflexión prescrita. Contempló los restos del Volks iluminados por el claro de luna. En la parte delantera —o lo que quedaba de ella— se distinguía una masa confusa, aplastada entre los asientos retorcidos y el parabrisas roto. Un cadáver. Pero la forma oscura no parecía encontrarse del lado del volante. Daniel separó los brazos y rechazó violentamente a Forestier y a su cómplice, que cayeron como maniquíes desequilibrados. Libre, echó a andar con paso resuelto en dirección a su automóvil. Se preguntó si iba a ver su propio cadáver. Esa clase de aventura es frecuente en los cuentos fantásticos y los relatos de magia. Pero el cuerpo se encontraba en el lado derecho. Era un hombre. La luna iluminaba su rostro gris, alargado, inmovilizado por la muerte en una máscara sarcástica. El ingeniero del traje raído, con el tórax dislocado y las piernas atrapadas debajo de la plancha. ¿Qué diablos está haciendo Larcher en mi automóvil?¿Ha venido a traerme un mensaje? En efecto, el muerto tenía una hoja de papel doblada en cuatro en su crispada mano derecha. Una carta. Daniel pasó un brazo por el espacio que quedaba libre entre la portezuela bloqueada y el techo hundido. El cristal estaba roto, naturalmente. Cogió la hoja y tiró de ella. La mano del ingeniero se abrió, dejando escapar el papel. Daniel no podía leer el mensaje ahora. Allí estaba Forestier, y el claro de luna era insuficiente. Se guardó la hoja en el bolsillo. Cuando se volvió, el jefe de Seguridad estaba junto al Volks, con los puños en las caderas.

    —¡Está usted atrapado, Diersant!

    Daniel hizo sonar el claxon dos veces y el vigilante nocturno en uniforme blanco abrió la verja y avanzó hasta el automóvil.

    —¿Viene usted a ver al doctor Carson?
    —Sí.

    Sin descender del vehículo, Daniel tendió su tarjeta:

    COMITÉ DE GUERRA DE LOS HOSPITALES AUTÓNOMOS
    SALVOCONDUCTO
    DANIEL DIERSANT
    NUESTRO AGENTE EN MISIÓN
    EN EL UNIVERSO CRONOLÍTICO
    Doctor Carson, médico-jefe de Garichankar


    El vigilante echó una simple ojeada al rectángulo con rayas rojas y una antigua fotografía.

    —Sí, está en regla. Pero no sé si el doctor Carson podrá recibirle a esta hora.

    Maquinalmente, Daniel consultó su reloj: las doce y media. ¡Dios mío, nunca había sido tan tarde!

    —Después de todo, estamos en guerra —dijo—. A falta del doctor Carson, me gustaría ver al doctor Holzach o a la doctora Laumer.
    —Voy a telefonear.
    —¿Es necesario? Como ha podido ver, estoy en misión.
    —Disculpe. Desde el principio de la guerra, se adoptan ciertas precauciones con los psicronautas. La invasión procede del universo cronolítico y, por lo tanto...
    —Bien. Le espero.

    Daniel dejó la portezuela del Volks entreabierta para leer a la luz de la lamparilla del techo el mensaje que había encontrado en la mano de Larcher. Ellen...

    Querido Daniel: Estamos todos movilizados para la defensa del Hospital y de su zona cronolítica. Casi todos los Autónomos son atacados simultáneamente. En California, la invasión alcanza incluso las ciudades y los campos. La guerra se desarrolla en dos planos. En primer lugar en el espacio geográfico o físico. En todas partes, hombres, mujeres y niños se han encontrado sumidos en cronólisis de un modo inexplicable. Un gran número de ellos se han convertido inmediatamente en enemigos de la sociedad y han empezado a sabotear nuestras instalaciones. Algunos se han organizado en comandos bajo la bandera de HKH y gracias al efecto de sorpresa han logrado apoderarse de algunas bases. Y la guerra continúa a ciegas en lo Indeterminado, donde las fuerzas del Imperio se han revelado muy superiores a nuestros cálculos.
    Ahora estamos todos en peligro y no estoy segura de poder ayudarte. Por motivos que comprenderás más tarde, los hombres de HKH tratarán sin duda de apoderarse de ti para obligarte a servirles. Es vital que escapes de ellos. Tienes el deber de permanecer libre. Te aconsejo que huyas lo más lejos posible de la zona subjetiva en la que actualmente te encuentras. Y lo más lejos posible de la frontera. El Tiempo incierto es vasto. Buena suerte. Ellen.


    Había una posdata en la parte inferior de la página:

    ¡Cuidado! Eso no es el Hospital Garichankar: es una nueva trampa de HKH. Abandona esa secuencia inmediatamente.


    Daniel experimentó un malestar familiar. Unos pensamientos caducos surgían a cada instante de su memoria y sumergían su mente. La fábrica de Choisy, el ciclo infernal del tiempo, el camino del futuro, El Gran Dragón, HKH, Garichankar, el accidente, cuidado con la trampa, libertad e impotencia, ninguna droga cronolítica en 1966, volver a aprender a vivir, Henry Krupp Hitler I, no era más peligroso que un barbitúrico cualquiera...

    Un minuto más tarde, sin haberlo querido, avanzaba por la avenida principal de la fábrica. Estaba tranquilo y distraído. Vivía en varios planos a la vez... Las constelaciones del verano, con Vega en el cenit, brillaban débilmente en el cielo claro de luna llena. 29 o 31 de julio, ya no lo sé. En todo caso, las vacaciones llegarán pronto. Y vaciló aún entre el bosque y el mar. Padecemos una especie de estallido del tiempo. La cronólisis no existe, pero existirá algún día... Se esforzaba en no apretar el acelerador, pero a veces se le escapaba el control de sus músculos. Entonces, el Volks daba un salto hacia adelante.

    La noche difuminaba apenas la línea geométrica de los edificios erguidos contra el cielo como unos acantilados de acero. Despacio, despacio. Tal vez tenía una posibilidad de huir en el momento del accidente. Huir a un universo imaginario, si era capaz de imaginar uno y de creer en él con la suficiente intensidad. O bien llegar al océano Oradak y a la Perte en Ruaba, si el océano Oradak y la Perte en Ruaba existían. Pero, ¿cómo encontrar un paso? Tal vez Renato lo conocía... De todos modos, saldría adelante.

    Dio un pequeño golpe de acelerador y el Volks saltó. Una masa gris apareció en el retrovisor exterior. Otra surgió a la derecha. Una a la izquierda, una en frente. Cuatro automóviles tan sólo, contra nueve o diez, la última vez. Quizá los hombres de HKH eran menos numerosos a causa de la guerra... La guerra que les obligaba a luchar en varios frentes. No frenar, no acelerar. Todavía no. No hacer nada para evitar el accidente. Y arrancarse de la secuencia en el momento del choque. Inventar un universo...

    Los 404 se mantenían a distancia. Seguían avanzando en un ralentí impresionante. El Volks apenas avanzaba, pero toda su carrocería vibraba con un ruido de metal demasiado tenso. Y un ruido de címbalos. A lo lejos crecía un fragor de tormenta. Un relámpago zigzagueó por encima de los tejados. El 404 que procedía de enfrente se dirigía rectamente hacia el Volks, acercándose centímetro a centímetro. Daniel mantenía las dos manos crispadas sobre la parte superior del volante y no se desviaba de su trayectoria. Los otros tres 404 parecían piafar, aterradores en su casi inmovilidad.

    Daniel sonrió. Tenía un mundo a crear. Apretó un poco más el acelerador.

    —¡Dadme el mar! —dijo.


    11


    Se levantó y dio algunos pasos por la arena. El cielo era luminoso. El sol poniente derramaba sus resplandores en alta mar. El Océano Oradak, pensó Daniel. La Perte en Ruaba.

    Oyó que le llamaban detrás de él.

    —¡Renato! ¡Renato!

    Se volvió. Mónica le miraba, burlona y provocativa. La joven levantó un brazo para arreglar sus cabellos que caían en desorden alrededor de su rostro. Su busto se tensó, su vientre se ahuecó. Estaba desnuda. El también. ¡Qué suerte haberse librado de aquel maldito traje azul! Se sonrieron.

    —¿Vienes a bañarte?—dijo ella.
    —No lo sé... Más tarde.

    Ella se echó a reír.

    —¿Tienes miedo... tú, Renato?
    —Esta región tiene un aspecto salvaje.
    —¡Oh! Es Italia.
    —No. Sólo estoy seguro de una cosa: esto no es Italia.

    Mónica sacudió la cabeza. Sus ojos húmedos y graves brillaban en su rostro ovalado, de una pureza clásica, como dos diamantes negros sobre una máscara de raso.

    —No lo sé —confesó ella—. ¿Crees que nosotros...?

    Daniel rebuscó en su memoria. Algo había ocurrido y él lo había olvidado. ¿Cómo se encontraban allí los dos?

    —Yo no soy Renato —dijo.

    Mónica estalló en una risa que sacudió su pesada cabellera de color castaño oscuro.

    —¡Tú eres Renato, mi hermano querido, mi único amor!

    Empezó a dar vueltas delante de él, agitando el aire con sus brazos. La marea estaba baja. Unos grandes pájaros semejantes a las golondrinas y a las gaviotas volaban sobre la orilla. Una especie de serpentaria de largos hilos constelados de plata brillaba sobre la arena amarilla. Aunque el sol estaba bajo, el cielo parecía claro y profundo.

    —¿Dónde estamos?—preguntó Mónica—. Quiero decir: ¿dónde estamos, según tú, si esto no es Italia?
    —¿Has oído hablar de la Perte en Ruaba?
    —No. Pero no me importa —dijo ella, esbozando un paso de danza clásica.
    —Si esto no es la Perte en Ruaba, es un mundo imaginario. O no sé nada.

    Daniel se volvió del lado de la tierra. Ni un árbol, ni una colina, ni un peñasco. Hasta donde alcanzaba su vista, descubría un extraño desierto llano. No, llano no era la palabra exacta. Le parecía encontrarse en el centro de una jofaina. Aunque la imagen de la jofaina tampoco era exacta. Daniel tenía la impresión de encontrarse en la parte inferior de un plano inclinado que parecía ascender, sin duda por un efecto de perspectiva, hasta el horizonte. Y si se miraba al otro lado, había otro plano que formaba un ángulo muy abierto con el primero. Y así sucesivamente. Todos los planos parecían reunirse a los pies del observador. A medida que sus ojos se acostumbraban al paisaje, la ilusión se atenuaba. Al menos, Daniel lo creyó así. El espacio ascendía. Incluso el mar parecía ascender. Y el horizonte estaba muy alto. No, no existía realmente un horizonte. El cielo se mezclaba insensiblemente con la tierra en una zona brillante y desvaída. Daniel meditó un instante en aquel fenómeno, sin comprender. Se dejó caer al suelo, cogió un puñado de arena y la hizo deslizar por su mano. La gravedad de este mundo debía ser inferior a la normal terrestre. Daniel notó que la fatiga que por un momento había olvidado gravitaba con todo su peso sobre su cuerpo y su cerebro. ¡La gravedad de este mundo debía de ser algo superior a la normal terrestre! Se dijo que trabajaba demasiado. Hacía varias semanas que no se había tomado un descanso. Y una noche con Mónica no era precisamente un descanso. Sí, ahora recordaba haber pasado la noche con Mónica. Ella le había dicho: "Hay algo en ti que me inspira confianza. Tu mirada, tus gestos, tu manera tranquila de hablar, tu serenidad, una especie de equilibrio, de... Inmediatamente pensé que eras el tipo de hombre al que una mujer no renuncia fácilmente. Contigo me siento protegida. Me recuerdas a mi hermano mayor, Renato... ¡Dios sabe a dónde marchó: Renato el marinero! Tal vez no volveré a verle nunca... Daniel, quisiera estar a orillas del mar contigo. Una playa de arena blanca, un océano muy azul. ¡Te quiero!"

    Ella había dicho: "Quisiera estar a orillas del mar contigo." Y alguien, dios o semidiós, había cumplido aquel deseo.

    Súbitamente, tuvo la impresión de encontrarse en un cilindro hueco. El cielo parecía huir por encima de él, como aspirado por un túnel. Conservando una postura casi horizontal, Daniel se situó de cara a poniente. Así, todo un pliegue del cielo, anaranjado y malva, parecía caer a toda velocidad hacia el sol. Experimentó un vértigo brutal con una sensación de asfixia. Cerró los ojos.

    ¡Me he salido de ello, de todos modos! Había abandonado París, la Seac y Cerba. Basta de Defner, de Max Roland y de Forestier. No echaba de menos aquel mundo irrisorio y cruel, aquel mundo absurdo. Era un hombre libre. Se obligó a examinar fríamente el problema. La fatiga le preservaba a la vez de la incredulidad y del pánico. Estaba tan cansado que no tenía fuerzas para dudar ni para temblar. Por su parte, Mónica escapaba a la angustia rechazando la realidad.

    ¿Somos unos peones o unos jugadores? No era la primera vez que Daniel se formulaba esa pregunta. La verdad no era tan sencilla. Todos somos intérpretes e interpretados, pensó. Por un lado, perros de Pavlov o robots de Dios, por el otro demonios o demiurgos... Había sucedido algo. El lo había olvidado, pero empezaba a recordar de nuevo. No tardaría en acordarse de todo. Estaba seguro de ello. Recordaría dónde, cuándo y cómo había encontrado a Mónica... ¿Amnesia? Esto parecía pueril. Seguramente había otra explicación. Tal vez no quería acordarse, en realidad... ¿Tan espantosa era la verdad? En tal caso, era preferible renunciar a buscarla. Al menos provisionalmente.

    Se puso en pie evitando mirar al cielo. Tragó saliva con dificultad. Tenía sed. Normal. Y cuando hubiera bebido —si encontraba algo que beber— tendría hambre. Iban a verse obligados a luchar para sobrevivir, como unos héroes de novela de aventuras. Se obligó a considerar la situación con humor: era preferible esto a la BDT o a una silla de ruedas. Y saldrían adelante.

    —Renato, tengo frío —dijo Mónica.

    ¿Frío? Daniel tardó un poco en encontrar de nuevo el sentido de aquella palabra. Sed, hambre, frío... bueno, era de esperar. Náufragos, exiliados... era preferible eso a la Seac y a Forestier.

    —¡Renato! —dijo Mónica.

    Daniel la miró sonriendo. ¿Para qué repetirle que él no era Renato? Mónica rechazaba una realidad inimaginable. Se refugiaba en el pasado y en el sueño que la liberaban del miedo. Y Daniel no encontraba mejor actitud que la de dejarla en paz.

    El se sentía capaz de adaptarse. Náufrago, exiliado... A pesar de la sed, el hambre, el frío y la angustia, le resultaba difícil contener la alegría que le inundaba. Este mundo era ahora el suyo. La gravedad se acomodaba a sus músculos y respiraba un aire mucho más puro que el de la Tierra. Desde luego, tenía que resolver el problema de la comida y de la bebida, pero estaba seguro de solucionarlo en cuanto hubiera descansado un poco. No echaba de menos la calle Verneuil ni la fábrica de Choisy. No echaba de menos su vida mezquina de mono sabio, su colección de muestras médicas, ni su paga de jubilado que no cobraría nunca. No echaba de menos el viejo planeta sucio y ruidoso, entregado a los complejos industriales y a los trusts, a los mercachifles y a los cerdos con rostro de hombre. Se las arreglaría para vivir en este universo. El aire respirable y una gravedad normal: era ya milagroso. Mejor dicho, significaba que no habían venido a parar a este lugar por casualidad. Una inteligencia, una voluntad, les seguían y les guiaban secretamente.

    Daniel reflexionó. Nunca había tenido verdaderos amigos. Amantes y camaradas, pero no amigos. Se integraba en apariencia y, en el fondo, no se sentía a gusto en ningún medio, en ninguna sociedad. Desde que terminó su infancia, no se encontraba a sus anchas en ninguna parte. Durante siglos había buscado en vano su patria. Tal vez podría crearse una aquí. Pero, al levantar la cabeza, se dio cuenta de lo prematura que era su esperanza. ¡Extranjero!, parecía gritar el cielo saltando por encima de él. El cielo bailaba una danza de muerte y cantaba sus imprecaciones. ¡Extranjero! ¡Vete de aquí, extranjero!

    Una especie de pirámide invertida nacía en el cenit y dividía el espacio en tantos planos como caras tenía, y resultaba imposible contarlos, ya que cada uno de ellos se desdoblaba cuando se intentaba fijarlo. Sobre cada plano, el cielo ascendía hacia el infinito a una velocidad de vértigo. Daniel inclinó la mirada para escapar al mareo. Permaneció plantado en el suelo, con las piernas separadas, como un marinero sobre el puente de un navío sacudido por las olas. Dos problemas se imponían por su urgencia a toda especulación: el vértigo y la sed. En primer lugar aprender a mirar al cielo sin sentir náuseas... Se volvió hacia el océano. El sol parecía posado sobre el mar. Era sin embargo un círculo entero y hubiérase dicho que el mar lo bañaba por todas partes. Ahora, Daniel tenía la impresión de encontrarse en un largo túnel cuyo extremo era la mancha roja de poniente. Las paredes y el techo del túnel se zambullían locamente hacia el sol. Se sentía caer hacia adelante. Levantó las manos para protegerse de una caída brutal. Le zumbaban los oídos: golpes de gong y címbalos. Su caída no terminaba. No caía hacia el sol, sino hacia el mar, hacia el cielo, hacia el horizonte... el horizonte infinitamente lejano, ausente por así decirlo. Caía hacia el espacio, hacia la nada.

    Cerró de nuevo los ojos para reflexionar. El suelo volvió a ser firme bajo sus pies. El vértigo desapareció. Bajó los brazos. No había horizonte; todo procedía de ahí. En primer lugar aceptar la idea. Mónica y él no estaban en la Tierra, ni en ningún planeta conocido. Este mundo, real o imaginario, un detalle que no suponía una gran diferencia para los exiliados, no poseía ninguna curvatura perceptible para los sentidos del hombre. Era plano. Una gravedad de origen artificial reinaba en él. Tal vez una simple convención mental. Una pseudogravedad... Daniel olfateó largo rato el aire del mar y captó en él un olor salino. El agua que babeaba sobre la arena su encaje de espuma no debía ser buena para beber. Dos soluciones acudían a su mente: dirigirse rectamente tierra adentro, o avanzar a lo largo de la playa con la esperanza de encontrar la desembocadura de un río, un estanque o un pantano. En los dos casos, se vería obligado quizá a andar durante mucho tiempo, y Daniel tendría que mantener los ojos inclinados para evitar el vértigo, lo cual no sería muy cómodo. Hubiese sido sin duda más seguro volver la espalda al mar, pero Daniel sabía que no se resignaría fácilmente a abandonar la playa.

    Con prudencia, sin levantar demasiado los ojos, observó a Mónica. Una vez más, el cielo pareció caer sobre su cabeza. Con las mandíbulas apretadas, la frente fruncida por el esfuerzo y las manos en las caderas, resistió. Mónica no parecía tener ningún problema. El vértigo, por lo visto, no la afectaba en lo más mínimo. Podía creerse que había nacido en la Perte en Ruaba... si esto era la Perte en Ruaba... Sus miradas se cruzaron. Ella le sonrió respirando un poco más fuerte. Daniel vio que el pecho de la joven subía y bajaba con mucha rapidez. Luego hizo un gesto de despreocupación. Miraba el cielo y el mar sin manifestar ninguna molestia. De cuando en cuando, se inclinaba a recoger una concha. Giraba lentamente en torno a Daniel. Miraba el cielo como si hubiera sido el de su Italia natal. Se había adaptado a la situación casi instintivamente. Pero, ¿a qué precio? ¿La locura?¿Acaso la locura no es una forma de adaptación a un mundo distinto? Daniel se congratuló de haber sabido conservar su equilibrio mental en tales circunstancias. Quizá. ¿Quién hubiera podido jurarlo? A cambio, apenas se mantenía en pie. Recordó los primeros minutos pasados en la playa. No había notado inmediatamente la ausencia de horizonte (o de un horizonte normal), ni el fenómeno de la "huida del cielo". Al adquirir consciencia de esas particularidades, había experimentado un leve malestar visual. El vértigo, el espantoso vértigo y la náusea, no se habían presentado hasta más tarde. En consecuencia, se trataba sobre todo de reacciones psíquicas. Lograría dominarlas, desde luego. Pero, ¿cómo evitar el mirar al cielo? Un nuevo sol, un sol azul, acababa de aparecer al lado opuesto del rojo, muy por encima de la tierra. No era más que un pequeño círculo pálido, como la luna vista en pleno día, y cuatro o cinco veces más pequeño, pero su luz reveló debajo de él un vago relieve, que había permanecido en la sombra hasta su aparición... El universo semejaba ahora un túnel en forma de V muy abierta, con el observador situado naturalmente en la intersección de los dos brazos y los dos soles simbolizando los extremos.

    Daniel adoptó una decisión heroica: arrastrar una vez más el vértigo. Se irguió, cara al mar y al sol rojo. Este parecía elevarse y disminuir al mismo tiempo. Hubiérase dicho que se alejaba tirando del túnel detrás de él. No había ya pirámide en el cenit. Semejante a un tejado móvil, el cielo se deslizaba hacia el uno o el otro sol, según el lado en el que se situaba el observador. Y la tierra y el mar ascendían también hacia los soles. Por "levante", las montañas violetas aparecidas en la lejanía no alcanzaban del todo al astro azul. Por "poniente", en cambio, el océano parecía dar un asalto victorioso al astro rojo, al cual ceñía con un halo muaré.

    Daniel se sentía arrastrado ora hacia el uno, ora hacia el otro. Tenía la ilusión de estirarse y de crecer. En vez de hacerle titubear, el vértigo le obligaba a mantenerse muy erguido, inmóvil cara al cielo, como John Carter disponiéndose a emprender el vuelo hacia el planeta Marte. Sin embargo, su estómago no había estado sometido a una prueba tan dura desde hacía mucho tiempo. Desde su primer viaje a... No, nunca había... Permaneció así varios minutos, "imitando a John Carter", según la expresión que inventó entonces, y aquellos minutos le parecieron horas. Era la regla del juego en el universo cronolítico. Los segundos eran a veces siglos. Pero, ¿se encontraba aún en el universo cronolítico? Inclinó finalmente la mirada, consciente de un leve dolor de cabeza, pero convencido de que había obtenido su primer éxito.

    De rodillas sobre la arena, a algunos pasos de allí, Mónica buscaba conchas. Cuando vio que Daniel la miraba, se acarició el brazo desnudo, temblando, y gritó que tenía frío. Daniel miró al cielo con inquietud. No había duda: el sol rojo se marchaba. Y al otro lado, el sol azul apenas aumentaba de tamaño. Se desplazaba quizá en una dirección paralela a la costa. Y tal vez no se acercaría más. Una especie de crepúsculo llegaba por el "norte" y por el "sur". Resultaba bastante angustioso. ¿Caía la noche sobre este mundo?¿Y por cuanto tiempo? En caso afirmativo, ¿cuál sería entonces la temperatura?

    —Ven —le dijo a Mónica—. Vamos a ver si el agua del mar es buena para beber.
    —El agua del mar no es nunca buena para beber —dijo Mónica gravemente.
    —Seguramente tienes razón, pero vale la pena probarlo...

    El límite cambiante dibujado por las olas que expiraban sobre la playa parecía situarse a menos de cien metros. Pero retrocedía a medida que ellos avanzaban. Daniel andaba contemplando fijamente sus pies. En lugar de cien metros, tuvieron que recorrer al menos trescientos. El agua estaba tibia, suave al tacto, casi aceitosa. Conservaba un vago tinte azulado en el hueco de la mano. Daniel la probó y la encontró ligeramente salada, un poco amarga, con un sabor que recordaba el aceite de oliva. Tragó un sorbo, que no apagó su sed. Todo lo contrario. Cuando Mónica le interrogó con la mirada, le indicó con un gesto que no bebiera.

    Empezaba a desplazarse con más facilidad. A condición de no levantar demasiado la cabeza ni volverse francamente hacia el uno o el otro sol, no experimentaba ya el vértigo. Al "norte" y al "sur", el cielo casi no se movía. Y el crepúsculo cada vez más intenso hacía soportable el espectáculo. A veces, la ilusión del túnel renacía de golpe. El espacio entero parecía emprender la huida. Daniel inclinaba la mirada y el fenómeno se interrumpía. Sus oídos continuaban zumbando de cuando en cuando, pero era capaz de andar erguido con cierta rapidez. Andar... ¿para ir a dónde? No lo sabía.

    Mónica avanzaba a saltitos a su lado para calentarse. Se inclinaba a menudo a recoger unas conchas que contemplaba unos segundos antes de tirarlas. No hablaban. Existía entre ellos una misteriosa intimidad, situada más allá del lenguaje. A veces se les escapaba una exclamación. Esbozaban un gesto, su boca formaba una palabra que no llegaban a pronunciar. "¡Renato!", suspiraba Mónica. El no era Renato, pero la comprendía. Pensaba que la situación hubiese podido ser peor. La amnesia selectiva de la joven no significaba probablemente que estuvieran condenados a unas relaciones platónicas. Los sentimientos de Mónica eran equívocos, como mínimo. Daniel se preguntaba hasta qué punto de sus recuerdos había retrocedido la joven, si se trataba de una regresión. La idea de hacer el amor representando el papel de un hermano mayor abusivamente tierno le resultaba excitante...

    Pero, con toda evidencia, buscar agua potable era más importante y más urgente. Y la noche caía, el frescor se acentuaba. Tal vez no encontrarían otro medio de calentarse que el dormir el uno en brazos del otro.

    La lógica aconsejaba volver la espalda al mar y andar en dirección al sol azul, hacia las montañas de "levante". Pero, en primer lugar, Daniel no estaba completamente seguro de que fuesen unas montañas. A veces creía observar una cordillera lejana, con picachos, valles, nieves eternas y glaciares. Pero, a veces, creía ver solamente nubes. Y como no podía mirar fijamente durante mucho tiempo aquel lado del cielo, no lograba decidirse entre las dos hipótesis. Además, si existía una cordillera de montañas —con árboles, fuentes, agua... — debía encontrarse terriblemente lejos. Tal vez a decenas o a centenares de kilómetros. En consecuencia, los exiliados avanzaban a lo largo de la playa con una obstinación nostálgica.

    La marea seguía bajando, como si el sol hubiese arrastrado al mar en su huida. Y el sol azul se encontraba sin duda demasiado lejos para poder ejercer su atracción de un modo sensible. Daniel andaba a unos pasos del agua. Aquella presencia familiar y tutelar le infundía valor. Pero no se atrevía —todavía no— a aventurarse tierra adentro y lo admitía humildemente, con tanta más facilidad por cuanto no tenía que rendir cuentas a nadie y Mónica no le exigía nada. Le hubiera gustado permanecer algún tiempo más a orillas del mar. Quizás por aquel lado llegara una ayuda. En el fondo, le hubiera gustado no abandonar nunca aquella playa. Iba desnudo, tenía frío, tenía sed y, paradójicamente, se sentía en seguridad.

    De cuando en cuando, Mónica se detenía y hundía las dos manos en la arena húmeda, en busca de moluscos, de crustáceos o de equinodermos. Daniel no se preocupaba demasiado por su comportamiento un poco pueril. ¿Quién no vuelve a ser niño a orillas del mar? De repente, la vio arrodillarse, permanecer un instante en contemplación delante de su hallazgo, y luego incorporarse con aire triunfal.

    —Mira esto, Renato. Una caracola azul. ¡Qué hermosa es! ¿Habías visto nunca una caracola tan azul?
    —No, nunca —confesó Daniel.
    —Azul por fuera. Y por dentro, mira...

    Le mostró una especie de gran capúlido, semejante por la forma al sombrero de Hungría, un marisco de la costa atlántica, pero de tamaño tres veces mayor. El embudo era de un blanco casi malva. Brillaba vagamente, bajo la grisácea luz del crepúsculo... Daniel sonrió a Mónica.

    —Sí, querida, es realmente un hermoso hallazgo. Aquello significaba quizá que el mar avanzaba mucho durante la marea alta. Decidió vigilar con el rabillo del ojo el movimiento del sol azul. De momento, nada que temer por aquel lado... Siguieron avanzando hacia el sur, a lo largo de la playa. Daniel continuaba con su indecisión. El sol "naciente" se paseaba sobre las cimas de las montañas, que adquirían un aspecto marmóreo. Sí, eran montañas, con toda seguridad: una cordillera rocosa de cumbres nevadas. El sol "poniente" se hundía en un túnel, una especie de chimenea excavada en el cielo. En este universo, todo lo que se alejaba parecía ascender indefinidamente. Al "oeste", el malva se transformaba en azul oscuro, el anaranjado en púrpura, y un oscuro cortinaje se extendía sobre el mar. La noche descendía esparciendo aquí y allá sus toques de sombra. Sería una noche sin estrellas. El espectáculo de su invasión se hacía cada vez más opresivo.

    La playa era ahora de un gris rojizo. El mar reflejaba la luz del sol azul. A veces, una misteriosa claridad surgía de no se sabía dónde, para apagarse inmediatamente. El océano —¿Oradak?— se iluminaba tan lejos como alcanzaba la vista. Era como una aurora boreal, más fugaz. Daniel recordaba la esperanza. Por otra parte, nunca había estado desesperado. Un tercer sol iba a surgir quizá, no importaba dónde en el cielo, aportando luz y calor. Es cierto que este mundo desconocido parecía imitar a la Tierra y que también en él debía reinar la noche. No tardaría en aparecer una luna o algo por el estilo. Y la luna no calentaría a los exiliados desnudos y temblorosos. Para Daniel, sin embargo, la sed era más penosa que el frío, y la fatiga le hacía olvidar a ratos la una y el otro. Poco a poco, Mónica se había acercado a él. Andaban muy juntos. Ella conservaba la caracola azul, que de cuando en cuando acercaba a su oído. Entonces, una sonrisa infantil iluminaba su rostro. Cada vez con más frecuencia, se apoyaba contra Daniel. Su piel era tibia, a pesar de lo fresco del aire. Aquel breve encuentro de sus brazos, de sus caderas, de sus muslos, levantaban en el corazón de los exiliados una feroz y púdica ternura. A veces, Mónica se divertía apretando la caracola azul contra el oído de Daniel. La caracola emitía un extraño sonido. Un sonido que tenía algo de vivo. Intrigado, tomó la caracola de manos de Mónica para escucharla, apoyándola contra su sien. Ve-dem-tes-ta-busandu... Mónica le miraba sonriendo. Daniel tuvo la impresión de que el sonido se hacía más claro, que expresaba una llamada a Dios sabe qué. ¡Ve-te-tes-ta-busandoooo! No, aquello no quería decir nada. Paseó la caracola alrededor de su oído.

    Con un poco de buena voluntad, hubiera podido entenderse: "¡Vete! ¡Te están buscando!" Absurdo. Le devolvió su tesoro a Mónica.

    Pensó que apenas tenían posibilidad de encontrar un refugio y agua antes de que se hiciera de día... ¿y qué día? Andaban sobre la arena. La arena se extendía hasta el infinito. El desierto sucedió a la playa. ¡Si pudieran encontrar unos peñascos con agua dulce y un agujero! Pero, no, solamente arena...

    Daniel inclinó maquinalmente la mirada sobre su muñeca desnuda. ¿En qué se convertía el tiempo en aquella aventura? Los segundos, las horas, ¿transcurrían como allá abajo, en el espacio normal, en el mundo de los hombres, de las ciudades y de los relojes? Formular la pregunta, ¿tenía solamente un sentido? Se tomó el pulso y lo encontró un poco lento. Demasiado lento. Un pulso de campeón de atletismo. Las leyes de la vida eran quizá más flexibles y más inteligentes aquí. Las leyes de la vida y de la muerte. Daniel tenía una confianza completamente nueva en sí mismo, en sus propios recursos. Una confianza que le sorprendía. ¿Era él Daniel Diersant, empleado de oficina, ciudadano tranquilo?¿O bien...?Una nueva idea se abrió paso en su mente. Este universo, al cual no había sido proyectado por casualidad, le proporcionaría tal vez la ocasión de reconocer y dominar a las fuerzas secretas que sentía en él. Pájaro prisionero en una jaula demasiado estrecha, nunca había podido aprender a volar. Ahora, nadie le impediría ya desplegar sus alas y remontar el vuelo en este espacio abierto. Consideró la idea algo pueril, y se esforzó en rechazarla. No había nada que esperar del universo. El universo era un enemigo. Luchar. Era preciso luchar y dejar de lado las esperanzas desmesuradas. Se juró a sí mismo que no se dejaría vencer por el frío, la sed o el miedo. Si era una prueba, la soportaría valerosamente y con sangre fría. ¡Salir adelante, Dios mío! Saldría adelante.


    Mónica le tocó suavemente el hombro.

    —¡Mira!

    Sostenía la caracola en su mano izquierda y, con la mano derecha, señalaba un punto oscuro sobre el mar oscuro a cierta distancia de la playa. Hasta aquel momento no habían visto ningún resto de naufragio encallado en la costa. Daniel alzó los ojos. Era sin duda un trozo de madera o un animal marino que reposaba un momento en la superficie. La luz no era suficiente para hacerse una idea concreta de aquella cosa. Salvo el color: era pardo. Sí, tal vez los restos de una embarcación. Pero la forma evocaba más bien la cabeza o el lomo de un animal cuyo cuerpo estuviera sumergido.

    —Mira, se está acercando —dijo Mónica.

    En efecto, el objeto misterioso parecía derivar hacia la orilla. Anticipándose a Daniel, Mónica entró en el agua. —¡Renato, está tibia! —gritó—. Ven.

    Daniel quedó igualmente sorprendido por la temperatura más que suave del mar. Debía existir una especie de regulador termostático submarino que compensaba de un modo u otro el enfriamiento de la atmósfera... Mónica se hundía ya hasta los muslos, con el cuerpo encorvado y los brazos levantados. Daniel la siguió, consciente de su imprudencia, pero incapaz de resistir a la atracción de un baño caliente. Unas oleadas de placer corrían ya sobre su piel. He aquí un refugio ideal para la noche: el mar... ¡A condición de que la marea no empiece a subir bruscamente! A Mónica el agua le llegaba ahora al vientre. Se inclinó hacia adelante con un grito de alegría y empezó a nadar hacia la mancha parda. Daniel la llamó. La cosa podía ser peligrosa. Oyó reír a la joven. Mónica no hizo el menor caso a su orden o a su súplica, y él se resignó a seguirla. Ella le gritó que aquello debía de ser un pez muerto. Después de describir un círculo en torno a la mancha se alejó nadando hacia el sur, paralelamente a la costa. Daniel andaba sobre el fondo arenoso, pescando con las dos manos unas grandes algas viscosas en forma de tela de araña. Mónica dio súbitamente media vuelta y nadó hacia él. Alcanzaron juntos el objeto flotante. No era un pez muerto. En todo caso, no era un pez corriente. Parecía un saco. Un gran saco de color pardo herméticamente cerrado, y tal vez lleno de aire. Daniel decidió arrastrarlo hasta la playa.

    Entonces se volvió hacia la orilla y vio cuatro siluetas humanas que avanzaban en dirección a él. Cuatro hombres de la misma estatura, vestidos de negro, con cascos y botas altas. Les reconoció.

    ¡Los compañeros de Forestier! ¡Los enviados de HKH! —Renato, ¿quiénes son esos individuos?—preguntó tranquilamente Mónica.

    Daniel no contestó. Estaba demasiado ocupado en recordar todo lo que había querido olvidar hasta el punto de casi conseguirlo: la cronólisis y el Tiempo incierto, HKH y Garichankar, el doctor Holzach y el Gran Dragón, el doctor Carson y Harry Krupp Hitler I, el Hospital contra el Imperio, la invasión de la Tierra y la eternidad subjetiva, un mundo sin reposo... un mundo de luchas perpetuas, de trampas y de sufrimientos... pero también de locas alegrías y de experiencias desmesuradas.

    ¡Vete! ¡Te están buscando!

    La caracola azul le había advertido, evidentemente... Un mensaje de Ellen o del doctor Holzach. Tal vez no se había marchado a un lugar suficientemente lejano. Los hombres de HKH le habían localizado. Tal vez eran capaces de localizarle en cualquier parte. ¿Para qué tratar de huir? Este universo pertenece al Imperio: Forestier lo había dicho.

    Los cuatro hombres uniformados de negro avanzaban a un paso rítmico, con los brazos a lo largo del cuerpo, aparentemente desarmados. Pero no tenían necesidad de armas, siendo como eran simplemente la representación mental de una agresión mental. Daniel empezaba a recordar. Y un leve dolor con el que ya se había familiarizado oprimió su cavidad estomacal. ¡Nunca podría escapar!

    Los enviados de HKH habían alcanzado casi la orilla. Avanzaban lentamente, iluminados por una luz descolorida. Se detuvieron, los cuatro al mismo tiempo. Luego, uno de ellos, que podía ser Forestier, penetró en el agua e hizo un gesto en dirección a Daniel. Un gesto de reconocimiento. Casi de amistad.

    —Ven, acércate —decía su mano levantada, con la palma desnuda y abierta, como fosforescente.

    ¡Cerdo!, pensó Daniel. El doctor Carson no se equivocaba. Sentía un odio instintivo hacia el Imperio.

    Daniel se volvió y no vio a Mónica. La joven había desaparecido. La llamó, y algo se movió bajo el agua.

    ¡Mónica, amor mío!

    Se hizo un remolino. A su vez, Daniel se sumergió. Tenía calor. Estaba bien. Respiraba normalmente. Empezó a flotar entre dos aguas. De repente, se dio cuenta de que ya no tenía sed. Notó que se hundía cada vez más, derivando hacia alta mar.


    12


    Volvió a cerrar bruscamente el capó del Volks, se sentó al volante, cerró de golpe la portezuela y cerró los ojos.

    Dormir.

    Aquella esperanza llenó su cerebro, su cuerpo, se deslizó a lo largo de sus nervios, se hinchó en sus músculos fatigados. Dormir. Pensó: ¡No podré escapar nunca! Luego: Dios mío, ahora voy a poder dormir.

    Y durmió con un sueño febril, incendiado de claridades proféticas. Se despertó con los brazos cruzados sobre el volante, la barbilla dolorida, lo mismo que la frente, y la boca seca. Un farol muy próximo proyectaba una pálida claridad hasta su automóvil. Vio un ejemplar de France-Soir tirado sobre el asiento derecho. 20 de noviembre de 1966. Y un titular: En el frente de la guerra cronolítica. Rechazó el periódico. No quería saber nada. Todavía no. Tenía frío. Debajo de su viejo traje azul petróleo que debía datar de los años cincuenta, llevaba una camisa de nylon de color claro, no demasiado limpia. Calzaba unas sandalias de suela de esparto, sin calcetines. ¡Sin calcetines y con sandalias un 20 de noviembre! ¿Y por qué aquel traje pasado de moda desde hacía diez años? Algo había pasado. ¿En el frente de la guerra cronolítica? ¿Acaso era un combatiente? Sí, era un agente de Nerek en misión en lo Indeterminado. Empezaba a recordar. Estaba citado con el Gran Dragón de HKH en la fábrica de Choisy. Consultó su reloj. Llegaré allí dentro de una hora. ¿Tengo mi tarjeta? Sacó su cartera y encontró un fajo que contenía quinientos mil francos antiguos. ¿Qué significa este dinero? Bah, no tiene importancia. La tarjeta de HKH estaba allí.

    HOWARD K. HUGUES
    ORDEN DE MISIÓN
    DANIEL DIERSANT


    Todo va bien. Dio un salto adelante de varios minutos, hizo sonar el claxon dos veces y una luz se encendió detrás de la verja. Descendió del automóvil y se acercó a la puerta blindada. Una especie de mirilla se abrió con un ruido seco.

    —¿Qué es lo que desea?
    —Estoy citado con el Gran Dragón.
    —Muéstreme su tarjeta.

    Daniel tendió el rectángulo marrón, con una franja negra a la izquierda y su fotografía a la derecha. Una mano enguantada la cogió.

    —Acérquese —dijo el vigilante en tono seco.

    Daniel avanzó un par de pasos. Una luz fue enfocada sobre su rostro.

    —¿Es usted Daniel Diersant?
    —Naturalmente. ¿Qué pasa?
    —La fotografía de su tarjeta no se le parece en nada. —Déjeme ver.
    —No, me quedo con la tarjeta. Voy a telefonear. —Como quiera.

    Daniel regresó a su automóvil. Abrió su cartera y encontró una segunda tarjeta.

    EN NOMBRE DEL EJECUTIVO IMPERIAL
    ORDEN A TODOS LOS AGENTES DE HKH
    DE PRESTAR AYUDA INMEDIATA A
    DANIEL DIERSANT
    EL GRAN DRAGÓN: HANNIBAL K. HIMLER


    Muy bien, dijo. Luego examinó la fotografía. No era la suya. Dios mío, ¿qué es lo que pasa? Conocía aquella cabeza. Aquella nariz curvada, aquella frente despoblada con un mechón negro: era Renato, el marinero de la mano mutilada. Con un gesto furioso, rompió la tarjeta y tiró los pedazos al suelo.

    —¡Diersant! —llamó el vigilante—. Puede usted pasar. Voy a abrir la puerta. Buena suerte.

    Daniel puso el Volks en marcha y avanzó lentamente. La puerta blindada se abrió ante él, e inmediatamente los hombres uniformados de negro le rodearon. Quiso acelerar, pero un choque violento aplastó el lado derecho del automóvil, que volcó. Daniel perdió el sentido. Cuando recobró el conocimiento se encontró tendido en el suelo del cuerpo de guardia, con una manta debajo de la cabeza. De pie ante él, Forestier le miraba.

    —Le presento mis disculpas, Diersant. Pero quiero que me explique por qué la fotografía que hay en la tarjeta no es la de usted.
    —No lo entiendo —dijo Diersant.

    Se incorporó, y escuchó un instante los golpes de gong, el pizzicato burlón y los címbalos furiosos.

    —Mire —dijo Forestier, tendiéndole la tarjeta número uno, la de Howard K. Hughes.
    —¿Y bien?—dijo Daniel.
    —¿Y bien, qué?
    —Es la mía.
    —Entonces, ¿por qué va usted disfrazado?—¿Disfrazado?
    —Dadme un espejo.

    Los hombres rebuscaron en vano en sus bolsillos. Finalmente, el vigilante trajo un retrovisor con la varilla torcida y el cristal rajado. Daniel se miró. Aquella nariz curvada, aquellas mejillas huesudas... Tiró violentamente del mechón negro y ahogó un grito de dolor. Aquel rostro no era el suyo. Cerró los ojos. Enloquecedor. Soy licenciado en ciencias, no quiero ser... Dio un salto hacia adelante... o de costado. Descendió dos o tres peldaños detrás de Larcher. El ingeniero del traje raído empujó una pesada puerta revestida de hierro. Un violento perfume a absenta y a violetas les asaltó en el pasillo, al extremo del cual había una muchacha con una falda abierta por un lado y los senos al aire.

    —Amigo Diersant, vale más que te lo advierta en seguida —dijo Larcher—. Mi paraíso está lleno de desgraciados y de prostitutas.
    —Lo sé, lo sé —dijo Daniel, con un gesto de cansancio—. Ya me has contado eso.
    —Dieciocho meses de paro forzoso, y mi mujer que se ha largado con otro... ¡Hola, camarero!

    Una sonrisa bobalicona arrugó el rostro caballuno del hombre del delantal. El ingeniero se encaramó a un taburete.

    —¡Aquí tienes a un desgraciado!
    —Giramos en círculo —dijo Daniel.
    —¿Qué es lo que no funciona?
    —¿Me reconoces? —¡Desde luego! No es fácil que olvide esa jeta de pirata y esa pata mutilada.
    —¿Tenía yo... esta jeta la primera vez que me viste?
    —Bueno, muchacho, no lo sé. No serías el primero en cambiar de cabeza en este podrido rincón. Sinceramente, no puedo decírtelo. Pero no tienes que preocuparte por eso. Estás bien así. Estoy seguro de que les gustas a las mujeres. Vamos a comprobarlo. ¡Monika!

    Se echó a reír.

    —Vas a ver. Yo, con las prostitutas y los embrutecidos, me he sentido siempre un pequeño dios. ¡Monika!

    Luego, al camarero:

    —Dime, cretino, ¿te gusta este oficio?
    —Qué quiere usted, señor Larcher —dijo el cara de caballo—, hay que vivir.
    —Mira con lo que sale este imbécil... ¡Monika! ¿Qué diablos estará haciendo?

    El camarero se inclinó furtivamente y, cuando se incorporó, sostenía un revólver que apuntaba hacia Daniel.

    —Arriba las manos, Diersant. Y usted también, Larcher.
    —Se dice señor Larcher.
    —¡Y un cuerno!
    —¡Cerdo! ¡Y yo que hubiera jurado que los crápulas de HKH no pondrían nunca los pies en mi casa!
    —Somos los dueños del universo cronolítico —dijo el camarero—. ¡Heil Hitler!

    Daniel se sentó en la banqueta. Estaba desnudo delante de una joven, pero no era para hacer el amor. Ella hundía una aguja en la vena de su brazo. La inyección. Una secuencia clave. Y la más desagradable de todo el ciclo.

    —Muy bien —dijo Forestier—. Vístase, doctor.

    ¿Doctor?¿Qué significaba ese título? Otro error. La cosa no terminaría nunca. Daniel suspiró y renunció a comprender. Una oleada de calor ascendió por su brazo, alcanzó su garganta. Empezó a ponerse sin prisa la ropa interior y el conjunto gris que Forestier había traído para él.

    Luego volvió a sentarse, sumergido por una ola de fatalismo, y se abandonó con todo su ser a su absurdo destino.

    —El Hospital Garichankar está a punto de capitular, doctor Holzach —dijo Forestier.

    Daniel se encogió de hombros. ¿Doctor Holzach?¿Era él el doctor Holzach del Hospital Garichankar?¿Era Jean Larcher, el ingeniero del traje raído?¿O Renato Rizzi, el marinero de la mano mutilada?¿O simplemente Daniel Diersant, traductor de la Sociedad de Estudios y Aplicaciones de Química y Física?¿O todos esos hombres a la vez, y otros muchos?

    —Hemos tenido muchas dificultades para identificarle, doctor Holzach —dijo el jefe de Seguridad en un tono casi amistoso—. Pero al fin le hemos desenmascarado. Es inútil que pretenda jugar al escondite. Este universo nos pertenece. Y lo conocemos demasiado bien para que ni siquiera un psicronauta de Garichankar pueda escapársenos siempre... Ahora se convertirá usted en uno de los nuestros. La guerra ha entrado en una nueva fase. La mayoría de los Hospitales autónomos han caído en nuestras manos y, partiendo de esas bases, no tardaremos en controlar toda la Tierra. Entonces, HKH renacerá en el espacio físico.

    Daniel había renunciado a la lucha y se sentía liberado. La joven se sentó a su lado y le cogió la muñeca. Daniel se preguntó si era realmente una prisionera como él. Lo ponía en duda.

    —¿Cómo se encuentra, doctor? Daniel vaciló. Tal vez no era el doctor Robert Holzach, del Hospital Garichankar. Pero pensó que podía convertirse en él inmediatamente y haberlo sido siempre. Bastaba con desearlo y el universo cronolítico se plegaría a su voluntad.
    —¿Qué pretende hacer conmigo?—inquirió.

    Forestier rió triunfalmente. Daniel reconoció con desagrado la fuerte mandíbula del hombre de acción y los costurones del héroe que cruzaban las mejillas: una hermosa cabeza de mercenario, de polizonte, de espadachín o de robot.

    —Para empezar, vamos a formularle unas preguntas sobre el Hospital Garichankar, doctor Holzach.
    —¿Para qué, si va a capitular?
    —Eso es asunto nuestro. No se preocupe por ello.
    —¿Y si me niego a contestar?
    —No se negará por mucho tiempo. El producto que le acaban de inyectar es un aniquilador de la voluntad. Dentro de unos minutos, será usted completamente dócil y responderá amablemente a las preguntas que le formulen. Después lo olvidará todo. Es posible que ni siquiera recuerde su nombre. Su personalidad quedará completamente destruida y se sentirá muy feliz al poder servir a HKH.
    —Lo dudo. ¿Qué quiere usted saber?
    —Hábleme de Guair Norlan.
    —No conozco ese nombre.
    —No se haga el tonto. Es un médico de Garichankar, uno de sus colegas, y el teórico número uno de la cronólisis en Europa.
    —No.
    —Doctor Holzach, le conviene colaborar con nosotros de buen grado. Si se muestra cooperativo, recibirá un antídoto del aniquilador y las estructuras de su personalidad quedarán a salvo. Usted sabe que el universo cronolítico pertenece a HKH y no a los Hospitales autónomos. Si hemos desencadenado esta operación contra el universo entrópico, ha sido únicamente para defendernos. Ya que los agresores son ustedes, los psicronautas, que han venido a molestarnos en nuestra propia casa. Pero han subestimado ustedes al Imperio...

    El decorado cambió. Daniel se encontró, deslumbrado y vacilante, en la entrada de una sala larga y baja, iluminada por una especie de tragaluces en los lados y unos apliques prismáticos en el techo. Parecía un laboratorio estilizado, en una película barroca y sofisticada. Y, pensó Daniel, el estilo forma parte de la trampa. Las paredes, los muebles y los objetos eran todos de color pardo o bronce viejo. Había colgaduras y asientos de color de hoja muerta. Delante de Daniel, sobre una mesa baja, había tres cuerpos tendidos. Tres jóvenes dormidas, desnudas, con los rostros apacibles, como enmascarados por el sueño. Las reconoció casi sin sorpresa: Monika Gersten, de cabellos rubio ceniza; Monika, la muchacha del bar, de un rubio veneciano; y Mónica, con c, la hermana morena del misterioso Renato.

    Los ojos de Monika Gersten se movían rápidamente. La joven alemana estaba soñando. Soñando quizás que estaba en cronólisis y que soñaba. Daniel recordó la Perte en Ruaba y tuvo miedo. Había fracasado: estaba de nuevo en una prisión mental, en poder de HKH. Pero la misión del doctor Holzach debía tocar a su fin. Escuchó el latir de su sangre en su cerebro. Algo rugía sordamente en él o al lado de él. De cuando en cuando le llegaban los ecos de una melodía lancinante. Respiraba un espeso olor a sótano o a fábrica de electricidad. Cerró los ojos y volvió a abrirlos inmediatamente, un ejercicio completamente inútil, pero convertido en un reflejo para él. La sala parda y bronce seguía estando allí. Y las tres muchachas dormían sobre la mesa. La voz de Forestier le arrancó de su febril meditación. —Doctor Holzach, esas mujeres a las que usted ya conoce serán sus esclavas mientras dure su estancia en HKH, si acepta colaborar con nosotros. Supongo que le gustan: hasta cierto punto, las ha creado usted. Se las presto, se las regalo. Podrá jugar con ellas, humillarlas, violarlas, torturarlas, mutilarlas y matarlas. No importa. Y después de esas tendrá otras. HKH cumple siempre sus promesas. ¡Heil Hitler!

    —¿A qué Hitler se refiere?
    —A Harry Krupp Hitler I, nuestro emperador.
    —¡Que no existe!
    —¡Pero que nosotros vamos a crear para que reine sobre su planeta, doctor! Ahora va a responder usted a mis preguntas. ¿Está preparado?
    —Le escucho —dijo Daniel.
    —El psicopatólogo Guair Norlan, ¿continúa con sus investigaciones sobre la eternidad subjetiva?
    —Es posible. Puede usted preguntárselo a él mismo, cuando tomen el Hospital.
    —Conteste.
    —Todos los investigadores del mundo se interesan en la eternidad subjetiva.
    —¿Es cierto que han sido inyectados cronolíticos a unos agonizantes?
    —Que yo sepa, no. En Garichankar no, desde luego.
    —¿Por qué?
    —Es un riesgo que nadie se atreve a asumir.
    —La eternidad subjetiva justifica cualquier riesgo.
    —Nada demuestra que no sea un destino peor que la muerte. ¡El infierno!
    —¿Creen en Garichankar que el universo cronolítico es un infierno?¿Un infierno del cual nosotros seríamos los demonios?¡Nunca he oído nada más estúpido!
    —Podrá interrogar al doctor Norlan cuando le tenga en su poder.
    —HKH es eterno. ¿Sabe usted por qué?
    —Yo no creo en HKH.
    —Está usted loco, doctor Holzach.
    —HKH no es más que una proyección mental.
    —HKH existe y nosotros se lo demostraremos.
    —HKH ha nacido de mis temores... de los temores de Daniel Diersant al ver el mundo completamente dominado por los monopolios y repartido entre las empresas privadas. Era una evolución previsible en 1966. Pero se produjeron los acontecimientos de 1998 y...

    Tenía de nuevo la boca seca y un gusto a hierro en la lengua. Forestier le miraba, con sus ojos inquisitivos reducidos a dos rendijas oblongas en el mental que cubría su rostro. La maquinaria de su cabeza y de su rostro, visible bajo las chapas transparentes de las mejillas y de los labios, desprendía unas horribles burbujas blanquecinas de gas. ¡El jefe de Seguridad era un cyborg!

    —¿Qué sabe usted de los acontecimientos de 1998?
    —Todos los imperios industriales fueron barridos por la historia.
    —Pero, en 1998, HKH dominaba la mitad de Europa.
    —No le creo.
    —Se produjo, en efecto, el gran levantamiento anarquista del 1 de mayo. Hans K. Hauser y sus nueve colaboradores más íntimos se encontraban encerrados en la Torre Imperial de Leverkusen, asediada por el populacho. Una caricatura de tribunal les condenó a muerte. No aguardaron a ser asesinados por la multitud enfurecida. Se suicidaron con cronolíticos, accediendo así a la eternidad subjetiva. ¡Habían perdido un imperio, pero a cambio conquistaron un universo! Incluso los psicronautas más experimentados se dejaban coger en la trampa. Robert Holzach se había encontrado ya enlodado en la trama de un sueño denso. Y cada vez había tenido la impresión de que no saldría nunca de él. Para todos los viajeros de lo Indeterminado era una experiencia corriente. El no ignoraba nada de las técnicas a utilizar en casos semejantes. Pero al integrarse en una personalidad extraña había perdido su autonomía y no ejercía ya ningún control sobre el espacio cronolítico. Estaba casi seguro de haberse hundido muy lejos, más lejos que cualquier otro psicronauta de Garichankar, en las profundidades del Tiempo incierto. ¡Victoria! Tragó saliva como para saborear mejor su éxito. Inmediatamente se preguntó si, por el contrario, no habría fracasado rotundamente. Si, por su culpa o no, habría perdido todo contacto con Ellen, los fords y el Hospital. Si no estaba reducido a la soledad y a la impotencia y entregado a las fuerzas de la pesadilla. Si los fantasmas que él mismo había suscitado no iban a devorarle ahora. ¡Salir adelante, Dios mío, salir adelante!
    —Ellen —dijo—, llámame, por favor. ¡Estoy al borde de mis fuerzas!

    Se envaró, esperando, pero no ocurrió nada. El cyborg estalló en una risa chirriante.

    —Garichankar no le oye, doctor Holzach. Ese es uno de s efectos de la droga que le ha sido inyectada.
    —No me ha sido inyectada ninguna droga, Forestier. No hay aniquiladores de la voluntad en el universo cronolítico. Era una simple simulación, y sólo podría dar resultado si yo me dejara convencer. De modo que puede dejar hacer comedia.

    Forestier movió los músculos de sus brazos y de sus hombros, dispuestos en haces estrellados sobre una armazón metálica. Hubiérase dicho que una multitud de pequeñas serpientes corrían sobre su lisa epidermis.

    —HKH existe y nosotros se lo demostraremos. Admito que nuestro encuentro es simulación, pero la droga que le han... inyectado es un veneno mental y va usted a experimentar sus efectos. Tenga la valentía de mirar la verdad a la cara. Está usted en nuestro poder, doctor Holzach.

    Daniel apartó con su mano mutilada el mechón negro empapado en sudor que caía sobre su frente. ¡Robert Holzach estaba quizás en poder de HKH, pero no Renato Rizzi!

    Se acercó a las tres jóvenes inconscientes, desnudas, deseables.

    —Vamos, doctor —dijo Forestier—, déjese tentar.
    —En el mundo civilizado del cual procedo, Forestier, las mujeres son seres humanos. No son objetos.
    —Pero usted siente deseos de tratarlas como objetos. Su misión en lo Indeterminado le ha cambiado, doctor Holzach. Ha quedado usted marcado por su simbiosis con Daniel Diersant. Nunca volverá a ser el mismo hombre. Y si Garichankar sobreviviera, no habría en él lugar para usted. Ahora es de los nuestros...

    ¡Ellen, doctor Carson! —pensó Daniel—. Hospital Garichankar, conteste. Soy Robert Holzach. ¡Contéstenme, ayúdenme!

    A pesar suyo, alargó su mano mutilada como para acariciar el pecho de la primera de las tres jóvenes dormidas, Monika Gersten. Luego se acercó a Mónica y posó la otra mano, la izquierda, sobre su hombro. Mónica, la risueña compañera de su vagabundeo por la playa de los dos soles. De hecho, sólo se distinguían por el color de sus cabellos. El parecido de sus facciones era fantástico.

    —Entonces, doctor —preguntó Forestier—, ¿está usted dispuesto a contestar a todas mis preguntas?
    —¡Váyase al diablo! —respondió Daniel con, la voz de Renato.

    Dio un paso adelante y se encontró en la calle. La pequeña calle sucia y resbaladiza que conocía tan bien, con sus raros faroles, velados por el humo o por la niebla. Un calor pegajoso adhería sus ropas a su piel. Se quitó la chaqueta azul y la puso debajo de su brazo. Inmediatamente se estremeció en su camisa empapada. ¡Un podrido rincón, como había dicho Larcher! Era la zona fronteriza, con el puerto abandonado no muy lejos, el mar desecado y, más allá, el océano Oradak y la Perte en Ruaba.

    —¡HKH existe y nosotros se lo demostraremos!

    La voz de Forestier le perseguía, lejana pero perfectamente audible. ¡Esos cerdos no me dejarán nunca en paz! Alzó los ojos. Hubiérase dicho que una nube de cenizas cubría la ciudad. El cielo tenía un color gris rojizo de metal caliente.

    —¡HKH existe y nosotros se lo demostraremos!

    Adquirió consciencia de la sed que secaba su garganta. Reventaba de sed desde hacía mil años. Abrió del todo el grifo de la derecha. No había agua. Probó inútilmente con el grifo de la izquierda. Un calambre retorció su estómago. ¡No había agua! Aterrado, se preguntó por un instante si no iba a quedar prisionero del Tiempo incierto.

    —¡HKH existe y nosotros se lo demostraremos!

    De repente, un chorro de vapor surgió del lado izquierdo y un hilillo de agua fresca empezó a manar del lado derecho. Daniel tendió sus manos en copa. El sudor helaba su nuca y sus hombros. Acercó las manos a sus labios, pero cuando tuvo delante de sus ojos la horrible mutilación, se sobresaltó hasta el punto de que el agua se le escapó y cayó sobre el reborde del lavabo.

    —¡HKH existe y nosotros se lo demostraremos!

    Puso la cabeza debajo del grifo y aspiró un sorbo que escupió inmediatamente. El agua tenía un áspero sabor a metal. Hizo un gran esfuerzo por resistir a la náusea. ¡Ellen!

    ¿Le oía Ellen? Ni siquiera estaba completamente seguro de su existencia. El Hospital Garichankar, HKH, la cronólisis y el infierno... ¡Sólo el infierno era probable!

    —¡Doctor Carson! ¡Hospital Garichankar! ¡Soy Robert Holzach! ¡Contéstenme!
    —¡HKH existe y nosotros se lo demostraremos!

    Deseó morir, desaparecer, no haber existido nunca.


    13


    Detuvo el Volks delante de la puerta, paró el motor e hizo sonar el claxon dos veces. La voz del vigilante nocturno inquirió por el altavoz:

    —¿Qué desea?
    —Tengo que ver inmediatamente al Gran Dragón. —Baje del automóvil e introduzca su tarjeta en el buzón. Retroceda dos pasos y espere.

    Daniel sacó su tarjeta de su cartera.

    ORDEN DE MISIÓN
    ENTREGADA AL DR. R. HOLZACH
    POR HKH: HAROLD K. HAWKER
    ¡HEIL KRUPP HITLER!


    Avanzó hasta la puerta blindada, introdujo el rectángulo de cartulina en el buzón y retrocedió un par de pasos, tal como le habían indicado. Un proyector le iluminó de pies a cabeza. Al cabo de unos segundos cerró los ojos, deslumbrado.

    —¿Es usted el doctor Holzach?
    —Sí.
    —La fotografía de su tarjeta no coincide con sus señas personales. Tengo que informar al Imperio.
    —El Gran Dragón me conoce.
    —No puedo correr ningún riesgo. La fotografía del pase no es la suya. Voy a telefonear. Puede subir a su automóvil. Pero no ponga el motor en marcha.

    Daniel sacó la carta de Ellen del bolsillo interior de su chaqueta azul petróleo y la leyó a la luz de la lamparilla del techo.

    Querido Daniel:
    Garichankar te agradece la feroz resistencia que has opuesto a las tentativas de HKH para asegurarse del control mental del doctor Holzach, psicronauta de Garichankar. Sin ti, tal vez hubiésemos cedidos los dos, a la fuerza o a la sugestión, y nos hubiésemos convertido, al menos temporalmente, en unos esclavos dóciles al servicio del Imperio. Habríamos engrosado las filas de los comandos de invasión... Tal era el objetivo de HKH.
    La red fordal se dispone a llamar al doctor Holzach. Entonces tendremos que separarnos definitivamente. Deseo verte una vez más y te pido que te reúnas conmigo en el Albergue Gómez antes de la llamada de R.H., el cual te dará la señal. Todos los médicos de Garichankar —y en particular Anne Kellim Carson, Lauris Nortrigen, Guair Norlan y Nadia Ploukov— te reiteran su fraterna amistad. Hasta pronto. Ellen.


    —¡Doctor Holzach! —gritó el vigilante—. ¿Puede usted venir al teléfono? Hablará con el Gran Dragón.

    Daniel se apeó del automóvil, tropezó, y se agarró a la portezuela abierta para no caer. Tenía las manos pegajosas, la espalda helada, los labios resecos por la fiebre. Avanzó titubeando y el vigilante tuvo que sostenerle hasta su garita. Era una sala cuadrada, de paredes grises, con un standard telefónico y varios aparatos del mismo color mate e indeciso. Se dejó caer sobre una silla y cogió el receptor descolgado.

    —Buenos días, doctor —dijo la voz fría de Forestier—. La huida no es una solución, y sus pueriles tretas no sirven de nada. HKH existe y nosotros se lo demostraremos... ... No se mueva de aquí. Llegaremos en seguida. Es su última oportunidad.

    Daniel colgó y dio un salto en el tiempo. Rodó por centésima o cienmilésima vez por la ventana principal de Choisy. Las paredes ocultaban el cielo hasta la altura de Capella, de Altair y de la Osa Mayor. Un siniestro decorado de hormigón, de noche y de muerte. Se obligó a luchar contra la somnolencia que le invadía. Agitó la cabeza. ¡Sí, saldría adelante! Un 404 gris surgió a la derecha, otro al frente. Pronto fueron diez. Fueron cien. Tantos como podía contener el patio de la fábrica. Y, más aún, algunos se encabalgaban, se superponían, se interpenetraban. Centenares de 404 grises, todos iguales al de Forestier. Instintivamente, Daniel frenó y saltó hacia atrás. Un rehundimiento del muro formaba una especie de túnel al final del cual se abría la verja. Se adentró en el pasadizo e hizo sonar el claxon dos veces. El vigilante nocturno de uniforme blanco se dejó ver detrás de la puerta y movió negativamente la cabeza. Daniel se apeó del automóvil y se acercó a la verja.

    —¿Qué es lo que pasa?
    —El Hospital está cerrado.
    —¿Por qué?
    —La guerra, desde luego.
    —Soy un psicronauta en misión. Es absolutamente preciso que vea al doctor Carson.
    —¿Tiene usted su tarjeta?

    Daniel tendió el rectángulo blanco con dos rayas rojas y una fotografía.

    CUARTEL GENERAL DE LAS FUERZAS
    PSICRONAUTICAS
    DR. ROBERT HOLZACH
    EN MISIÓN EN LO INDETERMINADO


    —Bien. Está en regla. Espere un momento. Voy a telefonear.

    Daniel subió de nuevo al Volks para leer la carta de Ellen.

    Querido Daniel:
    La guerra entre HKH y el Hospital Garichankar continúa en el espacio geográfico y en el universo cronolítico. Tú eres el doctor Holzach. Debes evitar a toda costa caer en las trampas de HKH. Las informaciones que posees sobre el Hospital y nuestras investigaciones secretas en el campo de la eternidad subjetiva no deben ser entregadas en ningún caso al Imperio. Es la primera vez que podemos seguir los esfuerzos de HKH para asegurarse el control de uno de los nuestros. Esfuerzos inútiles hasta ahora, y te felicitamos por ello. A partir de ahora, nuestros psicronautas estarán mejor armados para resistir a las tentativas de los imperiales. ¡Cuidado! La fábrica de Choisy no es el Hospital Garichankar. Es una trampa de HKH.
    Hasta pronto. Ellen.


    —¡Doctor Holzach! —gritó el vigilante—. Tiene usted al doctor Carson al teléfono.
    —¡Por fin! —exclamó Daniel. Se preguntó a qué esperaban los fords para llamarle. Estaba más que harto. Mentalmente, suplicaba a Ellen y a la red que pusieran fin a su misión. E inmediatamente después, les rogaba que tuvieran un poco más de paciencia. Robert Holzach tenía prisa por regresar a su casa. Daniel Diersant tenía miedo a lo que sucedería cuando no estuviera ya bajo el control de los fords. ¡Un minuto más, querida Ellen!
    —Hable con el doctor Carson.
    —¿Daniel Diersant?—dijo una voz femenina dulce, tranquila, melodiosa—. Aquí Anne Kellim Carson.

    Una risa leve y un poco burlona brotó del receptor.

    —¿Te sorprende que el médico-jefe del Hospital Garichankar sea una mujer?¿Lo había olvidado Robert Holzach? Bueno, ocurre lo mismo en casi todos los Hospitales autónomos. Pero, si te sirve de consuelo, puedo decirte que los hombres parecen mejor dotados que las mujeres para los viajes cronolíticos. Y el doctor Holzach es uno de nuestros mejores exploradores de lo Indeterminado.
    —Discúlpeme —dijo Daniel—. No sé ya dónde estoy. ¿Están ustedes en guerra contra HKH?
    —Guerra no es la palabra exacta. Los fantasmas del Imperio han logrado sojuzgar a cierto número de psicronautas de nuestro tiempo. A su regreso, esos hombres y esas mujeres se han convertido en agentes inconscientes de HKH. Han introducido cronolíticos en nuestros alimentos, nuestras bebidas, nuestros medicamentos. Un gran número de personas, en los Hospitales y en las ciudades, han sido proyectadas así al Tiempo incierto sin ninguna preparación. La mayoría de ellas han sido presa fácil para los imperiales, que de este modo han podido engrosar rápidamente sus efectivos terrestres. Pero nosotros hemos podido detener la invasión en casi todas partes, utilizando cronostáticos en dosis masivas. En Garichankar, apenas una decena de los nuestros, atrincherados en un laboratorio, se encuentran todavía bajo la influencia de HKH. En cambio, los imperiales son dueños de todo el Hospital de Palo Alto, en Utopía 01, así como de una parte de la ciudad. Desde luego, esa demencial tentativa de restablecer el Imperio industrial no tiene ninguna posibilidad de triunfar. Aunque cayeran decenas de Hospitales, la empresa desembocaría en el caos. La historia no puede enmendarse. Sin embargo, durante mucho tiempo, tal vez a lo largo de toda la eternidad, la Tierra permanecerá bajo la amenaza de un nuevo ataque. Y en lo Indeterminado nada está aún decidido. En adelante tendremos que contar con el absurdo deseo de los muertos de regresar al mundo de los vivos. HKH es muy fuerte en el universo cronolítico, en el que los paranoicos son más capaces de multiplicarse que los demás. La aventura de la eternidad subjetiva no ha hecho más que empezar... Quisiera advertirte que nuestra red fordal se dispone a llamar al doctor Holzach. La operación es inminente. Hemos tenido que acelerarla, ya que la resistencia de vosotros dos podría debilitarse. Dentro de unos instantes serás libre...
    —¿Y qué me ocurrirá después?

    Se produjo un profundo silencio.

    —¿Cómo, después?—inquirió finalmente la doctora Carson con voz asombrada, aunque Daniel llegó a la conclusión de que el asombro era fingido.
    —Cuando me despierte.
    —Creerás haber soñado. Olvidarás muy aprisa, del mismo modo que se olvida un sueño.
    —Pero, ¿en qué estado voy a encontrarme? ¿Tullido, paralítico?
    —No lo sé, Daniel. Pero no te despertarás inmediatamente. Ha ocurrido algo imprevisto. Una concatenación de circunstancias bastante rara. Has sufrido un traumatismo cerebral y a continuación has absorbido una droga psicoléptica en dosis muy elevada. La combinación de esos dos factores ha tenido un efecto casi cronolítico. Y, a causa de esto, has sido arrastrado muy lejos en lo Indeterminado por el doctor Holzach. Un hombre de tu época no había llegado nunca tan cerca de nosotros...
    —Bien —dijo Daniel—. Pero, ¿y después?
    —Serás liberado en el universo cronolítico. Hasta el momento de tu despertar.
    —Sí... y en 1966 no existía aún la cronólisis, ¿no es cierto?
    —Tu época conocía ya unos compuestos capaces de provocar en sujetos dotados cierta liberación mental, que era el primer paso hacia la cronólisis. Los fords de Garichankar han hecho el resto.
    —Tengo la impresión de que no me dice la verdad, Anne Kellim Carson. Al menos, no toda la verdad. No niego el efecto del mebsital... la droga que tomé, sin duda... ni del shock que experimenté a raíz de mi accidente... pero creo que en realidad he sido pescado por los fords de Garichankar, para ser utilizado en uno de sus experimentos de psicronáutica. Y ahora que ya no me necesitan, se libran de mí. ¿Me equivoco?
    —No es completamente exacto...
    —Pero no es completamente falso.
    —No, pero la misión del doctor Holzach ha tenido un desarrollo imprevisto. Y la invasión de HKH nos ha trastornado considerablemente. Pensábamos enviar a otro psicronauta para que reemplazara al doctor Holzach y te guiara un poco más en el Tiempo incierto. Pero todos los viajes cronolíticos han sido suspendidos temporalmente. Más tarde, intentaremos establecer de nuevo contacto contigo.
    —Comprendo. Me han mezclado en su guerra, y ahora van a dejarme cara a cara con sus enemigos. ¿No es eso?
    —HKH te dejará en paz en cuanto hayas perdido contacto con nosotros y estés solo. Los imperiales no se interesan por ti. A través de ti, trataban de alcanzar al doctor Holzach para someterlo a su voluntad y convertirlo en un agente de HKH. Eso es todo.
    —Ellen pretende que mi resistencia personal ha sido decisiva. ¿Es cierto eso?
    —La cosa no es tan sencilla. Digamos que la entidad Diersant-Holzach se ha revelado muy resistente.
    —En otras palabras: Garichankar no me debe nada. Muchas gracias, doctora Carson.
    —Ahora, la red va a proceder a llamar al doctor Holzach. Esta comunicación es muy difícil para nosotros y debemos interrumpirla. ¡Buena suerte, Daniel!
    —¡Váyase al diablo! —replicó Daniel. Pero en su voz había un matiz de amistad y de pesar.


    El Volks rodaba a veinte por hora. La jauría de los 404 estaba casi inmóvil. No frenar, no acelerar. No hacer nada para evitar el accidente. Tal vez sabrás por fin la verdad. En el momento del choque, intentarás transportarte al Albergue Gómez, mientras Robert Holzach regresa a su casa.

    A menos, pensó, de que yo sea realmente Robert Holzach. Tal vez Daniel Diersant no es más que un fantasma cronolítico, un personaje de mi sueño.

    Los 404 seguían manteniéndose a cierta distancia. Sus ruedas parecían girar a toda velocidad, y sin embargo apenas se movían. El Volks vibraba furiosamente: pizzicato, gong y címbalos. Luego estalló la tormenta: relámpagos zigzagueando en el cielo, lluvia chorreando sobre el parabrisas. Las dos columnas de 404 que venían de cara rodaban directamente sobre el Volks... pero no avanzaban. Daniel faltó a su decisión. O dio pruebas de una decisión superior. Aplastó el acelerador. Durante unas décimas de segundo tuvo la impresión de que el mundo estallaba, mientras el Volks saltaba hacia adelante. Luego, todo volvió a la normalidad. Los dos automóviles se habían rozado. Estaban ahora uno detrás del otro, casi en línea. Una portezuela chasqueó secamente. Daniel se apeó, con la mano mutilada hundida en el bolsillo de su chaqueta. Con la otra, cogió su pipa y la colocó entre sus dientes. El gesto le infundió seguridad. Varias personalidades se disputaban su cuerpo, su cerebro, su alma. Allí estaban el doctor Holzach, el marinero de la mano mutilada, el ingeniero del traje raído... ¡y Daniel Diersant! Daniel se sintió incómodo en su piel, que se había hecho demasiado estrecha para todos los hombres que él era.

    Un individuo alto con un traje a cuadros y un sombrero de fieltro de color claro avanzó hacia el Volks con aire indolente. Forestier. Ha debido seguirme cuando comprendió que me dirigía a la fábrica, y ha tratado de ganarme por mano... Déjà vu, déjà vécu. Pensamientos parásitos. Al mismo tiempo, Daniel se sorprendió preparando el informe del doctor Holzach: "...ya que el imperio industrial fascista HKH (1985-1998) estaba en germen en la sociedad de 1966. En aquella época, ya, las policías privadas se multiplicaban en las grandes empresas capitalistas, que tendían a formar poderosos feudalismos autónomos en el seno de los Estados. Los gobiernos, por otra parte, se comportaban como cómplices y como vasallos".

    Y una parte de sí mismo se negaba a creer en HKH. —¿Qué hace usted aquí?—preguntó Forestier—. ¿Cree que está en la autopista?

    Daniel sonrió.

    —Estoy en la autopista, amigo.

    El jefe de los polizontes de la Seac no pudo disimular del todo un gesto de cólera. Sus ojos emitieron un resplandor rojizo. Eran unas simples rendijas oblongas en las chapas metálicas que cubrían su frente y sus pómulos.

    —Doctor Holzach, en Garichankar le aguarda una desagradable sorpresa.

    Daniel se encogió de hombros. El cyborg hizo crujir los dos arcos de metal brillante que le servían de dientes.

    —En cuanto a usted, Diersant, volveremos a vernos. Holzach se marcha, pero usted se queda. No olvide que el universo cronolítico pertenece a HKH. Ya se ha hecho bastante el listo. Le pasaré la cuenta. Me encargaré de darle un pequeño anticipo del infierno. Deseo que permanezca mucho tiempo entre nosotros. Un siglo, o dos, o tres, o diez... Vamos a divertirnos.
    —¡Vete al diablo, cerdo!

    Forestier subió a su automóvil y se alejó en marcha atrás. Daniel abandonó el Volks en el cruce y se dirigió hacia el fondo del patio. ¡Dios mío, si ese cerdo dijera la verdad! Garichankar se desentiende de mí y HKH va a vengarse en mí de un modo u otro... En el momento de romperse, la fusión Diersant-Holzach alcanzaba su máxima armonía. Daniel comprendió que la hora y el minuto habían llegado. Un leve golpe en la espalda que le hizo dar un traspiés. Una mano se posó sobre su hombro para retenerle. El doctor Holzach, vistiendo una blusa blanca y con la cabeza descubierta, surgió a su lado, sonriendo. Daniel reconoció los ojos burlones, hundidos en una órbita profunda, la nariz larga y puntiaguda, la mandíbula un poco desvaída, los labios gruesos, fruncidos en un rictus sardónico. Estrechó la mano que el médico le tendía en silencio. A lo lejos, hacia el sur, apareció una ciudad nimbada por una luz azulada, apenas más viva que el claro de luna.

    —¿Garichankar? No la imaginaba así...

    Robert Holzach movió la cabeza, sin afirmar ni negar. De repente, el cielo empezó a enrojecer. Una claridad móvil se extendió sobre el camino del Hospital. Daniel se volvió. La fábrica de Choisy ardía tras él. Las llamas púrpura ascendían hasta Vega.

    —¿Qué significa eso, doctor?
    —No lo entiendo. Daniel alzó la mirada. Hacia el sur, Orión dibujaba un blasón estrellado encima del Hospital.
    —Diersant —dijo el psicronauta—, vamos a separarnos. Yo... sé lo que sientes. Crees que te hemos utilizado para nuestros experimentos y que ahora vamos a abandonarte.
    —En efecto, así es. No hablemos más de ello. Te deseo un feliz regreso.
    —No, me declaro culpable. Esta es mi última misión en lo Indeterminado. Creo que hay que interrumpir esas investigaciones. En un sentido, la invasión de HKH es algo bueno. Hemos desencadenado el infierno y lo sabemos. Los fantasmas del Imperio no hubiesen podido asumir el control de tantos psicronautas y convertirles en agentes suyos en la Tierra (puesto que eso es lo que ha ocurrido) sin un desfallecimiento grave de los fords. Estábamos demasiado seguros de nosotros mismos y de nuestras máquinas. Y vamos a pagarlo muy caro. Pero será una lección útil... A pesar de todo, trataré de mantener el contacto contigo después de mi regreso. Si es posible. Me gustaría poder ayudarte. HKH continúa siendo, más que nunca, nuestro enemigo común. Y ese extraño incendio no presagia nada bueno. Me pregunto qué pretenden hacer... Espero que saldrás adelante. Ahora, puedes acudir a tu cita. ¿Te acuerdas? El Albergue Gómez... ¡Buena suerte!

    Daniel abrió la puerta vidriera y salió al balcón. Una ola tibia le envolvió. Buscó con la mirada a Altair, Deneb y Vega, perdidas en la noche de verano. El bosque parecía esculpido en bronce bajo un pálido chorro de luna. Un rumor febril ascendía de la tierra. El viento traía un olor a heno seco y a humo. Daniel aspiró profundamente y volvió a entrar en la habitación. Ellen se reunió con él, le dirigió un gesto de amistad discreto, se dejó caer en una butaca, colocó las manos sobre sus rodillas, inclinó los ojos y esperó. Daniel la admiró gravemente. Ella representaba quizá su último lazo con el mundo de los vivos. Su blusa de color naranja armonizaba maravillosamente con su falda de terciopelo marrón. Sus cabellos castaños, aplastados en torno a un rostro oval, le conferían un aspecto casi ibérico. Sus mejillas estaban rojas de emoción, y su mirada brillaba con dulzura detrás de sus gafas de gruesa montura. Pero, aparte de su cabellera y de sus ojos, que recordaba claramente, no era la Ellen Laumer que había conocido en París, en la Seac, en Cerba o en otra parte. Rectificó: nunca conocí a Ellen en París, en la Seac, en Cerba ni en otra parte. Simplemente, los recuerdos de Robert Holzach se han mezclado con los míos... Y, sin embargo, la reconocía con certeza, sin que le rozara la sombra de una duda. Era Ellen.

    Ella se puso en pie, se quitó las gafas y las depositó delicadamente sobre la mesa, cerca de un ramo de gladiolos rojos.

    —¿No encuentras que esto tiene aspecto de burdel de lujo?

    Ellen señaló con un gesto de complicidad la inmensa cama, los espejos en las paredes y en el techo, la moqueta imitación piel, las cortinas rojas y la lámpara gigante de la mesilla de noche. Daniel suspiró. Esta última cita le destrozaba el corazón.

    —A los burgueses de provincias les gusta mucho este estilo —dijo, con la garganta apretada.
    —Supongo que venías aquí con tus amantes ...
    —Creía haber venido también contigo. ¡Una ilusión más!

    Ellen volvió a su butaca. Daniel se sentó a sus pies, y pasó un brazo alrededor de sus piernas, mientras ella le acariciaba la nuca. Daniel encontró de nuevo súbitamente la melancolía exaltada y la sensación de última vez, de última oportunidad, que le eran familiares en su vida pasada.

    —Por desgracia —dijo Ellen—, disponemos de muy poco tiempo. Nuestro encuentro sólo ha sido posible gracias a los fords de Garichankar. Voy a ser llamada al mismo tiempo que Robert Holzach. Y tú quedarás libre.
    —¡Libre! —exclamó Daniel con amargura.
    —Te comprendo —dijo Ellen.
    —Los fords me atrajeron al universo cronolítico para permitiros establecer un contacto con mi época, ¿no es cierto?
    —Más o menos —admitió Ellen—. ¿Para qué negarlo?
    —Quisiera formularte algunas preguntas.
    —Te escucho —dijo Ellen, tomando entre las suyas la mano mutilada de Daniel.
    —¿Acaso no sabré nunca lo que me ha ocurrido? Me refiero a ese accidente misterioso. Y a la droga: no recuerdo haber tomado mebsital... ni otra cosa.
    —Los fords van a analizar el informe de Rob. Pero temo que no podremos comunicarte los resultados.
    —Robert Holzach me ha dicho que intentaría restablecer el contacto conmigo, después de su regreso.
    —Es posible. Quizá te enterarás de la verdad en el Tiempo incierto.
    —Bien. No tiene importancia. ¿Y HKH y HKH?
    —La guerra va a continuar entre el Imperio y los Hospitales... y la Tierra. El mundo de los muertos contra el mundo de los vivos.
    —Entonces, ¿esa historia que me han contado es cierta? Me refiero a Hauser y a sus colaboradores, que se suicidaron en su torre de Leverkusen...
    —No se suicidaron. Habían progresado mucho en sus investigaciones cronolíticas. Se proyectaron deliberadamente al Tiempo incierto, con sus sueños paranoicos. Y crearon un imperio fantasma en lo Indeterminado.
    —Entonces, ¿voy a volver a encontrarme solo en HKH?
    —Sí.
    —¿Solo en país enemigo?
    —Sí.
    —Supongo que va a ser duro...
    —Sí.
    —Me han prometido darme un anticipo del infierno. Durante un siglo o dos. O diez.
    —Daniel, yo...
    —No puedes hacer nada por mí. Lo sé. Según tú, ¿qué es lo que debo esperar?
    —Creo que intentarán bloquearte todos los caminos del futuro. Te obligarán a dar vueltas en redondo en una zona cronolítica limitada.
    —Me convertiré en un caballo amaestrado, en una especie de robot.
    —Algún día podrás evadirte.
    —¡Oh! ¿Cómo?
    —Ya encontrarás un medio.
    —Bueno —dijo Daniel—. Me evadiré. Gracias. ¿Y Renato?
    —¿Quién es Renato?
    —Esta mano... esta mano mutilada no es la mía. Pertenece a un marinero llamado Renato Rizzi. A veces, su personalidad tiende a sustituir a la mía. Y a veces tengo su rostro. Tal vez se trate de un fenómeno normal en cronólisis. Pero los hombres de HKH se han mostrado a menudo desconcertados a causa de esto. ¿Qué es lo que va a pasar ahora?
    —No lo sé, Daniel. Tal vez sea tu oportunidad.
    —¿Mi oportunidad de qué?
    —De escapar de HKH. —Gracias, Ellen —dijo Daniel—. Ahora yo... quisiera que te desvistieras.

    Ellen suspiró.

    —Supongo que no tenemos tiempo para hacer el amor. Ni siquiera en simulación cronolítica.
    —Eres sin duda la última mujer viva que encontraré. Quiero verte desnuda.

    Ellen sonrió y se puso en pie para quitarse la blusa con juguetona lentitud. Luego dejó caer su falda. En aquel momento, una voz grave rompió el silencio:

    —¡Losis I, red fordal de Garichankar!

    Se acercaba el final. Daniel apretó los dientes, con los ojos clavados en Ellen. Y Ellen se balanceó ante él, en slip y sujetador. Esbozó un paso de danza y sus cabellos castaños ondearon. Daniel quiso tomarla en sus brazos. Ellen escapó y se tumbó sobre la moqueta.

    —Operación terminada —continuó la voz que hablaba en nombre de los fords de Garichankar—. Dentro de unos segundos vamos a llamar al doctor Holzach y a la doctora Laumer. En virtud del lazo establecido entre ustedes, Daniel Diersant y la red fordal, deben prepararse para una fuerte impresión. Para reducirla al mínimo, necesitamos su cooperación. ¡Relájense, cierren los ojos, duerman!

    Daniel hizo caso omiso de la recomendación. Se dejó caer al lado de Ellen y le arrancó su ropa interior con una prisa desesperada. Aspiró su perfume especiado mientras el nylon se desgarraba crujiendo bajo sus dedos. Su mano mutilada buscó el sexo que se le ofrecía.

    —¡Relájense, cierren los ojos, duerman! —ordenaron inútilmente los fords.

    La puerta de la habitación se abrió violentamente. El ingeniero Larcher apareció en el umbral, titubeante.

    —¡Daniel!

    Daniel le miró sin verle, tiró de sus pantalones hacia abajo y se tumbó sobre Ellen. El pasillo se desplomó bajo los pies de Larcher, que se hundió hasta medio cuerpo en unos escombros inmateriales. Forestier surgió detrás de él.

    —¡Garichankar, lo mismo que Cartago, será destruido!
    —¡Largo de aquí, estoy harto de verte! —gritó el ingeniero del traje raído.

    Forestier se echó a reír. Dos piezas de acero relucían en el lugar de sus dientes. Levantó su brazo de metal en un impecable saludo hitleriano.

    —HKH vencerá. ¡Hasta muy pronto, Diersant!

    Loco de deseo, de esperanza y de desesperación, Daniel se abismó en Ellen.

    —¡Relájense, cierren los ojos, duerman!

    Pero Daniel no oía ya a los fords.

    —¡Diersant! —gritó el ingeniero del traje raído—. Tienes todavía una oportunidad. Trata de alcanzar la Perte en Ruaba. Recuerda: la playa de los dos soles. Mónica te espera allí. Volveremos a vernos.

    Una ola negra se lo llevó, y todo lo que quedaba del Albergue Gómez desapareció.

    Ellen desapareció.

    Daniel quedó solo en un mundo de color metálico, lleno de sonidos estridentes y de olores químicos.

    —¡Relájense, cierren los ojos, duerman!

    Daniel cayó.


    14


    Hizo sonar el claxon dos veces y se apeó del automóvil. Un enorme hongo rojo se elevaba por encima de la fábrica. Aspiró un olor a azufre y el humo puso escozor en sus ojos. Una oleada de calor le alcanzó súbitamente. Notó que el sudor manaba de su frente y de sus mejillas. Una silueta alta, vestida con un conjunto gris, se dejó ver detrás de la verja.

    —¿Qué es lo que quiere?

    Al resplandor del incendio, Daniel vio que el hombre llevaba una mascarilla y guantes.

    —¿Está ardiendo la fábrica?
    —Salta a la vista, ¿no?
    —¿Hace mucho que se declaró el incendio?
    —No, acaba de empezar. ¡Pero tardará en terminar!
    —¿Por qué?
    —Porque el fuego lo invade todo, y ya no hay bomberos.
    —¿No hay bomberos?
    —¡Murieron en 1998!
    —Tendría que ver al Gran Dragón —dijo Daniel sin convicción.

    Sabía que se había adentrado en un camino sin salida. Pero, ¿cómo salir de la trampa?

    Tendió el rectángulo amarillo, con dos rayas marrón y una fotografía de Renato. El guardián lo cogió con su mano enguantada, a través de la verja. Se lo devolvió inmediatamente.

    —¿Trata de tomarme el pelo?
    —¿Qué pasa? Présteme su linterna.

    Daniel respiró penosamente. Bueno, ya está. Esta vez me han atrapado. ¡Cerdos!

    HARRY KRUPP HITLER I EMPERADOR
    ORDEN DE NO DEJAR PASAR BAJO NINGÚN PRETEXTO
    A DANIEL DIERSANT
    ENEMIGO DE HKH


    —¿Qué significa esa comedia?—rezongó el vigilante bajo su mascarilla.
    —¡Es una broma de mal gusto de tu amo, imbécil!
    —¿Qué hace usted aquí?
    —Espero el final del incendio... o la revolución.
    —¡Lárguese, o llamo a la policía!

    Daniel dio un pequeño salto hacia adelante, hacia atrás o hacia Dios sabe dónde, y volvió a encontrarse en la Nacional 20. Rodaba en dirección al Albergue Gómez... si es que existía aún el Albergue Gómez. El motor funcionaba normalmente. El haz de los faros taladraba en la noche un túnel de luz. La aguja del indicador de velocidad estaba bloqueada en los cien y no oscilaba lo más mínimo. Daniel consultó su reloj: las 11,55. La llanura resplandecía bajo una soberbia luna llena. Bajó el cristal y respiró un leve olor a gasolina... no, a humo. Al mismo tiempo, se dio cuenta de que tenía sed. ¡Dios mío, salir adelante! Apretó a fondo el acelerador, pero la aguja permaneció en los cien.

    Estaba solo en la carretera. Solo. Lejos de Garichankar. Y los fords le habían abandonado. Estaba libre. Libre, pero solo. Y los hombres de HKH le esperaban, lo sabía. El automóvil se hundió en el bosque, tomó una curva sin aminorar la velocidad. Los árboles ocultaban la luna. Los apretados troncos formaban una especie de muralla gris. Se separaron súbitamente y el cielo reapareció. Con la luna, Altair y Vega. Daniel reconoció el talud rocoso, el montón de grava y los abedules que bordeaban el río invisible. Frenó y se detuvo. No podía hacer otra cosa. Su voluntad se le escapaba. Descendió del Volks, oyó el ruido de la cascada y percibió delante de él el surtidor de gasolina derribado. El claro de luna era absolutamente fantástico. Alzó la mirada y comprendió. No era solamente el claro de luna. Un inmenso resplandor rojo ascendía hacia el cielo entre Arturo y Altair. El bosque ardía. El camino del sur estaba bloqueado. ¡El camino del sur y del futuro! El espacio se incendiaba. Unas sombras danzaban. Daniel volvió a sentir el calor sobre su rostro. Era el pequeño anticipo del infierno prometido por Forestier. Empiezo a comprender: dondequiera que vaya ahora encontraré el fuego. El fuego en lugar de los hombres de HKH. Estoy atrapado. ¿Cómo salir de aquí?¿Qué había dicho Larcher? Trata de alcanzar la Perte en Ruaba. Recuerda la playa de los dos soles... ¡La playa de los dos soles era el paraíso! ¿Cómo recordarlo desde las orillas del infierno?

    Evocó el océano Oradak, la caracola azul, el saco de color pardo y el rostro de Monika. Fue proyectado a un pasillo oscuro, en el momento en que se apagaba la luz de la escalera. Se apoyó contra una pared ardiente. Estaba en el inmueble de Monika Gersten. La atmósfera le pareció sofocante. ¿El fuego, también aquí? Lógico. Una trampa sin fallos. Encontró el interruptor de la luz, lo pulsó, corrió hacia la puerta del estudio de Monika y llamó. Nada. Reconoció de nuevo el olor a humo. Golpeó la puerta. Nadie respondió. Apoyó la palma de la mano en la madera. Ardiente. Le envolvió una nube de humo acre. La luz se apagó. Las llamas empezaban a prender en el suelo. Le iluminaron lo suficiente como para llegar a la escalera sin tropezar. El inmueble estaba desierto. El frío le sorprendió. Recordó: era el 20 de noviembre. Unos escasos peatones se apresuraban en un París invernal. Llevaban abrigos, gabardinas o impermeables. Daniel temblaba en su traje azul. Levantó la cabeza y vio numerosas manchas rojas en el cielo de la capital. ¿Eran incendios? Echó a andar sin saber hacia dónde iba. Poco importaba hacia dónde iba. Tropezó, y cayó de rodillas sobre el suelo de su habitación. Se quemó los dedos y tosió, asfixiándose. Algo pegajoso y caliente se adhirió a su piel. Comprendió: Babar se estaba derritiendo. Pudo incorporarse, corrió hacia la puerta y la abrió. La corriente de aire avivó las llamas, que prendieron en toda la habitación. Daniel saltó y volvió a encontrarse al volante del Volks. Vio un periódico tirado sobre el asiento, a su lado. France-Soir, 20 de noviembre de 1966.

    Leyó:

    Ultimas noticias del infierno:
    Rogativa pública en Nuestra Señora de París para implorar la ayuda del dios Ruaba.


    Alzó la mirada. Un inmueble ardía al otro lado de la calle, y las llamas iluminaban el interior del automóvil. ¡Era una trampa mental y Daniel hubiese tenido que sublevarse, negar el infierno! Pero su inconsciente estaba marcado por su educación católica, por el miedo al diablo y al fuego eterno. Y sus enemigos habían descubierto en él aquel terror secreto de su infancia, que la edad adulta no había borrado nunca del todo, y lo utilizaban para torturarle. Resultaba fácil de castigar, ya que tenía un profundo complejo de culpabilidad. ¡Creía en el diablo y no creía en el dios Ruaba! Lástima. Y su castigo duraría quizás lo que durase la eternidad subjetiva. Un siglo o diez. A menos que se despertara en su lecho de hospital o en su silla de ruedas. O en otro infierno, ya que ahora tenía la casi certeza de que estaba muerto.

    Rodaba por la carretera de Choisy entre dos cortinas de llamas. En el automóvil, el calor era cada vez más tórrido. Aminoró la velocidad para quitarse la chaqueta soltó el volante. ¿Qué arriesgaba? La vida no, desde luego. Se preguntó lo que ocurriría si se metía en un brasero. Acabaría por intentarlo cuando estuviera harto de todo, pero ahora no tenía aún el valor suficiente. Bajó el cristal. Era peor. Otro salto en el tiempo. Se encontró delante de la fábrica e hizo sonar el claxon dos veces, como de costumbre. Empezaba a convertirse en un perfecto robot. El hongo rojo se había agrandado en el cielo y el túnel de entrada estaba iluminado como en pleno día.

    Se apeó del automóvil y avanzó, cubriéndose el rostro con un pañuelo. El vigilante, envuelto en un traje de amianto, surgió detrás de la verja. Daniel pensó: tengo que evitar a toda costa que la secuencia se repita exactamente. Debo intentar cambiar algunas palabras, algunos gestos, no importa qué. Es todo lo que me queda de libertad...

    —¿Qué desea?
    —Ver al Gran Dragón, naturalmente. Dígame, ¿hace mucho tiempo que arde la fábrica?
    —Desde 1998 —dijo el vigilante—. ¿Tiene usted su tarjeta?

    Daniel sacó de su cartera el odioso cartón amarillo.

    DANIEL DIERSANT, APRENDIZ DE BRUJO
    ORDEN DE MISIÓN EN EL INFIERNO
    POR EL GRAN DRAGÓN DEL IMPERIO
    Y P. O.: HIMMLER K. HUGHES


    La broma era bastante siniestra. Apretó los dientes. ¡Dios mío, saldré adelante!

    El vigilante sostuvo un momento la tarjeta en su guante abierto.

    —Sí, parece que está en regla. Voy a telefonear.
    —¿Funciona el teléfono?
    —Ya veremos.

    Daniel regresó a su automóvil, se sentó detrás del volante, con la portezuela entreabierta. Hizo inventario de su cartera y rebuscó en todos sus bolsillos. Esperaba vagamente encontrar una carta de Ellen. Ninguna carta. En cambio, conservaba el fajo de quinientos mil francos antiguos. Se echó a reír. Incluso en el infierno, no era una suma demasiado importante. Había algo escrito en el primer billete, con bolígrafo y bastante torpeza. Se inclinó y descifró:

    No todos los italianos


    Ningún sentido. Ningún interés. Resistió al deseo de tirar el fajo, pero el brasero estaba demasiado lejos. Volvió a meterlo en su cartera.

    —¡Señor Diersant! —gritó el vigilante—. Le llaman al teléfono.

    Daniel corrió, invadido por una loca esperanza. Tropezó contra la puerta abierta. En el interior del cuarto, el humo era tan espeso que tuvo que cerrar los ojos.

    —¿Quién me llama?
    —Creo que viene de muy arriba —dijo el vigilante.

    Daniel tosió, se cubrió la boca con el pañuelo y cogió el receptor a tientas. Una voz lejana, ronca, tensa, imperativa y suplicante, gritó su nombre:

    —¡Diersant! —Sí.
    —Aquí Hitler.
    —¿Hitler?
    —¡Harry K. Hitler! ¿Me oye, Diersant? ¿Arde París?

    Una risa demencial resonó en el receptor y Daniel colgó. HKH utilizaba sus recuerdos, sus fantasmas y sus obsesiones para torturarle. Y él entraba inconscientemente en el juego. Esta secuencia no hubiese sido posible sin cierta cooperación por su parte.

    Se volvió y el cuarto desapareció. Dio algunos pasos sobre una especie de escoria, tropezó contra un montón de basura. Luego vio un farol a su derecha y pudo deducir la posición de la acera. Era la ciudad negra y sórdida en la que había encontrado a Larcher. La calle descendía en suave pendiente hacia el mar desecado. Más abajo se encontraba el poste indicador con las cuatro flechas. Del lado del mar, el cielo estaba rojo pero no se veía la luna. Por unos instantes, Daniel confió en que iba a aparecer, a través del humo o la niebla. No, tuvo que rendirse a la evidencia. No había luna. Era un incendio. Y el humo cubría la ciudad. Subió a la acera y anduvo rápidamente hasta la plazoleta en la que se erguía el famoso poste. El poste estaba en su lugar. Daniel se acercó para leer las flechas. Las cuatro indicaban HKH.

    Se encogió de hombros y giró a la izquierda. Creía recordar haber tomado aquella calle, la última vez. Varios inmuebles ardían delante de él. Era una rata en un laberinto trucado. Buscaba una salida que no existía. Imposible. ¡Tiene que haber un medio de salir y yo lo encontraré! Aquí, en la zona fronteriza, tengo tal vez una posibilidad... Cuanto más avanzaba, más numerosos eran los incendios, más crecían las llamas, más penoso era el calor. Pero se obstinó en avanzar. No era el mejor sistema para salir de la trampa, lo sabía. Pero quería asegurarse de que los hombres —o los fantasmas— de HKH no habían olvidado nada, no habían dejado en alguna parte un agujero por el cual pudiera huir. Si ardía realmente todo el universo cronolítico, sería necesario intentar otra cosa... Súbitamente, vio el bar en el que había entrado una vez y en el que había conocido a Monika, la criatura de Larcher. Una luz azul parpadeaba encima de la puerta. Y una casa ardía enfrente. Daniel se dijo que tenía tiempo para comprobar si la muchacha estaba aún allí. Las probabilidades eran una entre mil, pero valía la pena dar un rodeo. Empuñó el pegajoso pomo y empujó la puerta. Reconoció el decorado exótico y el toque colonial que le confería su carácter increíblemente pasado de moda. Tropezó con una piel de tigre apolillada, se agarró a una azagaya, estuvo a punto de derribar un biombo de bambú y llegó al bar.

    Monika le esperaba, sentada en su taburete, con las piernas cruzadas. Llevaba una falda roja, un pullover negro y medias negras. Daniel apoyó sobre el mostrador su mano derecha mutilada.

    —¿No hay nadie en este cuchitril?
    —Todos se han largado a causa del fuego.
    —Pero tú te has quedado...
    —Pensé que volverías. No puedes haberte gastado ya las quinientas sábanas, y por la pasta yo haría cualquier cosa.

    Se volvió hacia Daniel para hacerle admirar sus muslos torneados y sus senos opulentos que el pullover moldeaba a la perfección.

    —¿Puedes prestarme un billete de cien francos, marinero?
    —Desde luego —dijo Daniel.

    Sacó el fajo de su cartera, soltó la goma que lo sujetaba y tendió el primer billete a la joven. No todos los italianos... Notó que la frase continuaba en el borde inferior del segundo billete: ...son católicos. Una estupidez. ¡No todos los italianos son católicos! ¿Qué diablos puede importarme eso?

    —¿Quieres los otros?
    —No —dijo Monika—. Uno sólo. Guarda los otros: pueden servir.
    —¿Para qué?
    —Ya lo verás.
    —Y, ahora, ¿qué hacemos? ¿El amor?

    Monika dejó oír una risa cruel, un poco histérica.

    —No. ¡Haremos fuego!

    Enrolló el billete, sacó un mechero de su bolso e hizo brotar la llama. Luego acercó lentamente la mano que sostenía el billete a la mano que sostenía el mechero.

    Entonces, todo el fondo del bar se incendió. El fuego corrió sobre una estera y vino a lamer los pies de Daniel.

    Dio un salto hacia adelante... un salto hacia atrás. Detuvo el automóvil delante de la verja, hizo sonar el claxon dos veces. Descendió. El hongo rojo ocupaba ahora las tres cuartas partes del cielo. Se veía como en pleno día. Un coche de bomberos pasó por la calle, haciendo aullar su sirena: pizzicato y címbalos. Los golpes de gong habituales resonaron a lo lejos.

    —¿Los bomberos?—dijo Daniel—. ¿Acaso no murieron todos en 1998?

    El vigilante nocturno se echó a reír.

    —¡Esos murieron tratando de apagar un incendio en un laboratorio de cronolíticos!
    —Quiero ver al Gran Dragón.
    —¿Todavía?
    —Estoy en mi derecho, ¿no?
    —No lo sé, pero empieza usted a fastidiarme. Voy a telefonear. Deme su tarjeta.
    —Espero que no la haya perdido. No, aquí está.

    HERCULES KISSINGER HADES
    DEJEN PASAR A DANIEL DIERSANT
    INSPECTOR DEL FUEGO


    ¡Cerdos!

    —Se la devolveré en seguida —dijo el vigilante.

    Daniel regresó al Volks, como de costumbre. Se le ocurrió una idea. Sacó el fajo de su cartera. Cada billete llevaba un fragmento de frase. El conjunto formaba un mensaje completo pero hermético: ...son católicos —No todos los marineros— creen en el diablo— Renato nació—en Francia— y su padre era— comunista— Sólo teme—a los Vodrans del mar.

    Daniel se guardó los billetes y se apretó las sienes con las palmas de las manos. Dios mío, es un mensaje. Pero, ¿quién ha podido enviármelo?¿Ellen?¿Rob? Rob me había prometido restablecer el contacto conmigo, después de su regreso... ¿Qué quiere decir? Un mensaje cifrado... para que los cerdos de HKH no lo entiendan. Es importante, pues.

    Sonrió. Una sola frase era realmente importante: no todos los marineros creen en el diablo. Traducción: Renato Rizzi no cree en el diablo... en el infierno. Si te convirtieras en Renato, te verías liberado de la trampa mental... Daniel contempló su mano mutilada. Tenía la mano de Renato y la memoria de Daniel Diersant. En una ocasión, sin embargo, se había convertido en Renato, por un segundo o por una hora. Había sufrido una completa transfusión de alma. ¿Podría salir de nuevo de su piel? El que había enviado el mensaje le creía sin duda capaz de ello.

    En aquel momento, el vigilante le llamó. —¡Venga en seguida, le llaman al teléfono!

    ¡Vuelta a empezar! Otra vez el otro, el jefe de la banda, que se ríe de mí. Yo... Corrió hacia la garita, oscilando entre la rebeldía y la esperanza. En el pequeño cuarto lleno de humo, la atmósfera era sofocante.

    —¿Quién me llama?
    —No lo sé. Pero debe ser algo importante, para que el Ejecutivo imperial haya transmitido la comunicación.

    Daniel cogió el receptor descolgado, colocó su pañuelo alrededor del micrófono y cerró los ojos.

    —¿Diersant?—dijo una voz familiar—. Aquí, Larcher. ¿Cómo te van las cosas?

    ¡El ingeniero del traje raído! Era una sorpresa, y no precisamente agradable.

    —Entonces, ¿también tú estás con ellos?
    —No tenía elección. El universo cronolítico pertenece a HKH. He babeado tanto contra él antes de estar aquí, que ahora haría cualquier cosa para disfrutar de paz. Yo no he intentado hacer el papel de héroe, muchacho. Tal vez por eso me han permitido llamarte. Quisiera poder ayudarte, pero son demasiado fuertes... No hay ningún medio para apagar los incendios, pero creo que te permitirían provocar algunos.
    —¿Y qué?
    —Bueno, ¿no te gustaría prender fuego a algún lugar determinado?
    —No lo sé. ¿De qué serviría?
    —Te ayudaría moralmente. Y además, tal vez sería un modo elegante de pedir la paz.
    —¿Hablas en nombre de HKH?
    —En absoluto. Es una idea que se me ha ocurrido. Pero vale la pena intentarlo.
    —¿Intentar qué?
    —La sede de la Seac, por ejemplo... A mí, en tu lugar, me gustaría horrores prenderle fuego al antro de esos sinvergüenzas. Sí, me gustaría. ¿Qué opinas tú?
    —No lo sé. No lo sé...

    Hurgó en los bolsillos de su chaqueta y encontró un encendedor. El encendedor de Renato. El marinero de la mano mutilada fumaba en pipa. Con el pulgar izquierdo, hizo brotar una pequeña llama.

    —No me gusta demasiado tu idea —dijo.

    Pero el ingeniero había colgado.

    En la calle Faubourg-Saint-Honoré, las llamas no alcanzaban aún al inmueble de la Seac. Una inmensa nube de humo cubría la ciudad. Daniel consultó su reloj: las dos cuarenta y cinco de la tarde, la hora de su cita con Max Roland. El sol era invisible. El resplandor de los incendios simulaba una especie de crepúsculo rojizo. Larcher debe de tener un buen motivo para enviarme aquí, pensó Daniel. Dio un salto hacia adelante y se encontró en un pasillo del primer piso. Los fantasmas que poblaban la sede de la Seac se dedicaban a sus absurdas tareas como si no pasara nada. Una secretaria con gafas le miró de arriba a abajo con aire indignado. Evidentemente, con su viejo traje azul petróleo, no tenía aspecto de ser un empleado de la empresa. Se sentía terriblemente culpable. No, no lo conseguiré nunca. Sólo tengo que esperar un poco. La Seac terminará por arder por sí misma, al igual que la fábrica de Choisy y todo lo demás. Estaba muy cerca del despacho del Administrador delegado. Anduvo hasta la puerta del santuario. Sacó su encendedor del bolsillo de su chaqueta y lo metió en el de su pantalón. ¿Prender fuego a la casa? No, no podría hacerlo. No él, Daniel Diersant, el empleado fiel, respetuoso con la jerarquía, a pesar de sus sueños quiméricos. Comprendió bruscamente la idea de Larcher. Daniel Diersant era incapaz de prender fuego a la sede de la Seac. Todo en él se oponía a aquel gesto: su carácter, su pasado, su educación. Tal vez si no hubiera nadie en el edificio... Pero Renato no tendría los mismos escrúpulos. Era un rebelde, por no decir un revolucionario. Un aventurero de todos modos. El juego le divertiría mucho. Y Larcher —u otro en su lugar— había imaginado aquella prueba para obligar al marinero a manifestarse y, en caso necesario, expulsar a Daniel Diersant. Una transfusión de alma: era el único medio para escapar del infierno. ¿Pertenecían Renato y Daniel al mismo grupo mental? Existía un peligro. El donante tenía una personalidad más fuerte que el receptor. Y éste se arriesgaba a desaparecer en la operación.

    Daniel no vaciló mucho tiempo. Tengo que entrar en el despacho de Max Roland