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    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU; el cual dispone de 22:

    Este ícono aparece en todo el blog y te permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la pantalla.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminaran todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: puedes eliminar del registro de publicaciones guardadas por selección. Cuando presionas esta opción, según la velocidad de proceso de tu celular o tablet, toma unos segundos en aparecer la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Esta opción sólo aparecerá si tienes como mínimo 2 publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y la misma desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto. Opción sólo en las publicaciones.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos que has guardado en esa publicación.

    Ultima Lectura: puedes acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones.

    Ver Imagen Principal. permite ver la imagen de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y aparece sólo en las publicaciones.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog, y te permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:
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    En la lista 'Por Categoría' no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, en la imagen o en '...más'.
    Las listas "Por Autor" y "Alfabético de todo", según la fuerza del wifi, se vuelven un poco lentas al cargar, debes tener paciencia.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.


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    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente.


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    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto en que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto en que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto en que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto de retorno funcione, debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog: la primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono ; y la segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación. Este último método sólo te permite ver la categoría de esa publicación.


    OBSERVACIONES

    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres mes, o a su defecto, cada 100 publicaciones.
    ● Esta versión no dispone de todas las opciones disponibles para PC.

    EL BULLDOZER ASESINO (Theodore Sturgeon)

    Publicado el martes, febrero 16, 2016
    Había una guerra entre cierta raza, que había habitado la Tierra, y otra forma de vida. La otra era verdaderamente extraña, una especie de ser sensible en forma de nube. Se había engendrado en potentes máquinas, por algún accidente de una ciencia que iba más allá de nuestra aborigen concepción de la tecnología. Y entonces, las máquinas, servidoras de la gente, se convirtieron en sus amos, y grandes fueron las batallas que se produjeron a continuación. Los seres electrones tenían el poder de deformar los delicados equilibrios de la estructura del átomo, y su medio de vida era el metal, al que penetraban y usaban para sus propios fines. Cada una de las armas que el hombre desarrollaba era poseída y utilizada contra él, hasta el día en que los pocos supervivientes de aquella civilización hallaron una defensa... un aislante. El producto final de toda la investigación energética: el neutrino.

    Con su ayuda, la gente, un día, construyó un arma. Nunca sabremos qué era, pero sí sabemos que nada escapaba a su alcance, nada de lo que conocemos como vida, y nada de la pseudovida que había evolucionado en los misteriosos campos de fuerza de sus incomprensibles máquinas, excepto un fuerte mutante.

    El mutante era un descendiente de los seres electrones.

    Era un campo electrónico organizado, con inteligencia, movilidad y capacidad destructiva, y poca cosa más. Aturdido por el holocausto, quedó a la deriva, y en un intervalo de calma, en medio de la violencia de las fuerzas que se habían vuelto salvajes en la Tierra, se hundió en el suelo húmedo, exhausto y semiinconsciente. Allí se sintió a salvo. Era un refugio contra los mortales enemigos que habían construido ellos mismos. Una estructura para almacenar neutrino. Se adentró en el refugio y finalmente perdió la conciencia. Y allí permaneció tendido mientras el neutrino, con su extraño y constante flujo, su interminable afán de lograr un equilibrio perfecto, se extendió a su vez y cerró la abertura.

    Las eras se sucedieron y, una vez más, volvió a haber vida y evolución. Una tribu encontró la masa de neutrino, que no es una sustancia sino una fuerza estática, y sus componentes quedaron pasmados ante su aura y su brillo indescriptible. Y lo adoraron y edificaron un templo a su alrededor para ofrecerle sacrificios. Y los mares fueron y vinieron, y la tierra asomó y quedó cubierta con los años, hasta que las ruinas del templo formaron un montículo, y el montículo fue una isla. Y entonces, en algún lugar del Pacífico, al este del archipiélago de las Islas Revillagigedo, había una isla deshabitada. Y un día...

    Chub Horton y Tom Jeager estaban mirando el remolcador Sprite y las tres barcazas de carga achatadas, que parecían cada vez más pequeñas, sobre el mar cristalino.

    —Tenemos para tres semanas —dijo Chub— ¿Qué se siente al ser conejillo de indias?
    —Lo conseguiremos. —Tom tenía pequeñas arrugas alrededor de los ángulos de sus ojos. Era un palmo más alto que Chub y robusto. Y no muy fuerte, y era un verdadero operador de tractores. Había sido un acierto elegirle como capataz para el experimento, porque era competente e inspiraba respeto. La aplicación de la teoría para construir un campo de aviación reclamaba su presencia con objeto de que no hubiera encargados, ni inspectores del gobierno, ni cronometradores, ni informes. El gobierno había hecho una concesión temporal a la compañía, y la idea era aplicar técnicas de producción en cadena para la planificación y el desarrollo del proyecto. Había seis operarios de tractores y dos mecánicos, y más de un millón de dólares, lo que equivalía al valor del mejor equipo que pudiera comprarse.
    —Cuando esa pandilla de negros bárbaros vengan, creo que ya estaremos listos para recibirlos —dijo Tom.

    Se volvió y escrutó la isla con unos anteojos, y la vio tal y como iba a ser cuando estuviera terminada, con quinientos pies de pista seca y limpia, bien asentada, cuatro acres de aparcamiento para los aeroplanos, la carretera de acceso y la estrecha vía para los taxis.

    Miró la posición de cada peñasco que el poder de la excavadora haría desaparecer, y las ruinas que les proporcionarían roca para derribar la capa de sal y desplazarla hacia el pantano del otro lado con las excavadoras.

    —Tenemos tiempo de subir la excavadora al peñasco antes de que oscurezca.

    Bajaron hacia la playa, hacia un paraje con vegetación, donde el equipo estaba instalado, rodeado de cajones y bidones de repuesto. Los tres tractores marchaban silenciosamente, los Dieseis de dos tiempos bufando a través de sus silenciadores, y el gran D-7 produciendo un estruendo a cada una de sus metronómicas compresiones. Los Dumptrucks estaban alineados y permanecían silenciosos, porque no iban a comenzar su trabajo hasta que la excavadora pudiera llevarlos a su lugar. Parecían una interpretación mecánica del «Pushme-pullyou» del Dr. Dolittle, ese animal fantástico con cara por delante y por detrás. La gran excavadora se coló en medio de las otras con su enorme casco sobresaliendo por encima de ellos, encorvada, con su brazo posterior hacia abajo y su pala de hierro apoyada contra el suelo, como un dinosaurio cansado.

    Rivera, el mecánico puertorriqueño, sonrió a Tom y Chub que descendían.

    —Ella ha dicho «Sígalo» —dijo, con sus dientes blancos reluciendo por entre la capa de grasa que rodeaba su boca—. Ha dicho que quiere arrojar basura sobre esas pinturas.

    Tom dejó de sonreír, siempre había algo sorprendente en su rostro grave.

    —Ese Siete va a tener oportunidad de satisfacer sus deseos, y va a costarle trabajo acabar con todo lo que tiene que hacer antes de que nosotros entremos en acción. Sube al sillín, Goony. Haznos una rampa que nos permita llegar a ese alto, y reduce algunos de esos montículos.

    Antes de que Tom hubiera terminado, el puertorriqueño ya estaba en el asiento, y lanzando un estruendo, el Siete giró totalmente y retrocedió a lo largo de todo el campamento hacia el interior de la isla. Rivera hizo descender la pala y la marga arenosa se retorció y se apiló delante de la excavadora, provocando un movimiento de la máquina hacia delante e, incluso, llegando a levantar la parte trasera del aparato.

    —Esa máquina es un trasto —dijo Tom.
    —Y ese operario, para ser un mecánico, también —dijo Chub.
    —El muchacho lo hace bien —dijo Kelly. Estaba allí, junto a ellos, en pie, mirando cómo el puertorriqueño manejaba la excavadora. Era alto y delgado, y se movía con el sigilo de un gato. Dijo:
    —Nunca creí que iba a ver el día en que el equipo estuviera adiestrado para funcionar así. Me parece que nadie se lo hubiera imaginado.
    —En ocasiones, el equipo pesado tiene que ser desplazado con esta prisa, a esta velocidad. Son cosas de estos tiempos —dijo Tom—. Si se puede hacer con tanques, igualmente puede hacerse con equipos de construcción. Además, lo estamos haciendo para construir, en lugar de destruir. Kelly, dale la vuelta a la manivela. Está engrasada. Vamos hacia el peñón.

    Kelly subió a la cabina y el Murphy Diésel dio un bufido y ralentizó su marcha hasta que sólo se oyó un murmullo sordo. Kelly ocupó el sillín, pisó un poco el acelerador, y comenzó a subir.

    —Sigo sin poder asimilarlo —dijo Chub—. Hace un año habríamos empleado doscientos hombres en un trabajo como éste.

    Tom sonrió:

    —Sí, y lo primero que habríamos tenido que hacer hubiera sido construir un edificio para oficinas, y barracones para los trabajadores. Yo prefiero esto. Sin cronometradores, sin relaciones del uso del equipamiento, sin sumarios de avance y de medición, sólo con ocho hombres, un millón de pavos en equipamiento, y tres semanas. Una excavadora y un montón de cajones de herramientas nos van a preservar de la lluvia, y las raciones de rancho de la armada nos van a mantener el estómago lleno. Vamos a hacerlo, vamos a terminarlo, y vamos a cobrar.

    Rivera terminó la rampa, hizo girar el Siete y le hizo subir la nueva cuesta. En la cima dejó caer la pala, la colocó en posición adecuada, y volvió a descender la rampa igualando el terreno. A una señal de Tom, se desvió por la playa y se dirigió en ángulo hacia el peñasco. Mientras trabajaba, cantaba, sintiendo el latir del potente motor, la micrométrica obediencia de aquella vasta e implacable máquina.

    — ¿Cómo es que ese mono no está pegado a sus grasientas armas? —preguntó una voz.

    Tom no dijo nada, porque ya hacía algún tiempo que intentaba adquirir el hábito de no decirle nada a Joe Dennis. Dennis era un ex contable, que había salido de una oficina con el último suspiro de un difunto proyecto en las Indias Occidentales. Se había convertido en operario de tractores porque ellos necesitaban tractoristas a toda costa. Había sido liberado de la oficina con presteza, debido a su propensión a los pequeños politiqueos. Era un juego que seguía practicando. Tom, intentando concentrarse en su trabajo, tuvo que admitir que la peor de las cualidades de Dennis era la de ser uno de los mejores operarios que podía haber encontrado, y nadie podía negarlo.

    —Recuerdo los días en que, si alguien pillaba a uno de esos gorilas, aunque sólo fuera sentado sobre una máquina, le rompía el cuello —gruñó Dennis—. Ahora les dan trabajos de hombre, y pagas de hombre.
    —Haciendo un trabajo de hombre, ¿no? —dijo Tom.
    — ¡Es un maldito puertorriqueño!

    Tom se volvió y se alejó dando un bufido. Miró hacia la rampa e hizo señas a Kelly. Kelly movió una palanca de modo que la excavadora no pudiera cambiar de dirección, la puso en velocidad de crucero y empujó hacia delante la pala. Con el chirriar de las cadenas contra una masa compacta de arena coralina, la excavadora era desplazada arriba y abajo de la rampa por sus inmensas orugas. Cuando llegaba a la cima de la rampa, la pesada cuba de hierro y manganeso se abría y se cerraba como una boca hambrienta.

    Peebles estaba en pie junto a una de las excavadoras, fumando su pipa y mirando al mar. Era grueso y tenía el cabello cano, y, debajo de sus cejas grises, miraba con ojos sosegados. Peebles nunca se había enfadado con una máquina —extraño detalle en un mecánico nato— y en más de cincuenta años de profesión había aprendido que aún era peor enfadarse con un hombre.

    —Espero que me devolverá a mi chico —dijo Peebles.

    Los labios de Tom se torcieron en una leve mueca. Desde el momento en que se conocieron, hubo un malentendido entre él y el viejo Peebles.

    — ¿Rivera? —preguntó Tom—. Lo mandaré de vuelta tan pronto como termine esta carretera de servicio para empalmar con la montaña. ¿Por qué? ¿Hay algún problema?
    —No gran cosa. Quiero sacar ese arco de unión y después limpiarlo, y hacer un drenaje por si sus muchachos mojan.
    —Por el momento lo necesito, Peeby. Entretanto, si quiere alguna ayuda, coja a Dennis.

    Peebles no dijo nada. Escupió al suelo. No dijo una sola palabra.

    — ¿Qué pasa con Dennis? —dijo Tom.

    Peebles comenzó a decir algo, después se encogió de hombros.

    —Le mandaré a Rivera —dijo Tom, mientras subía a la cabina del tractor y lo ponía en marcha—.

    Como una inmensa dínamo eléctrica, el motor de dos tiempos emitió un silbido creciente. Arrancó y dispuso la parte trasera de la niveladora, de modo que cualquier cosa con la que se topase sería expulsada a un lado en lugar de ser absorbida por la máquina. Arrancó y dispuso la parte trasera de la niveladora, de modo que cualquier cosa con la que se topase sería expulsada a un lado en lugar de ser absorbida por la máquina. Puso la sexta velocidad y se dirigió silbante hacia la excavadora Murphy, rodeándola mientras ésta se arrastraba, socavando netamente la base del montículo y avanzando con su pala excavadora tocando el suelo, hasta llegar a una reducida grada que Rivera había hecho.

    Dennis, que seguía resentido por el desdén de Tom, estaba hablando con Chub.

    —Ese Tom es una especie de Hitler —dijo—. Hacemos lo que él dice y como lo dice, especialmente si cree que no nos va a gustar. Usted no actuaría así, Chub. Al, ¿crees que Chub actuaría así si fuera capataz?
    —Seguro que no —dijo Al, creyendo que aquélla era la respuesta que esperaba de él.
    — ¡Ca! —dijo Chub, complacido pero incómodo—. Tom es el tipo adecuado para este trabajo, Dennis. Hemos de cumplir una labor... dejémonos de pequeñeces y quejas. Un hombre puede aguantar cualquier cosa durante seis ridículas semanas.
    —Oh, sí —dijo Al.
    — ¿Por qué ponen al mando a un hombre así, Chub? ¿No sabe usted tanto de drenar y excavar como Tom? ¿Puede Tom acotar la ladera de una colina como usted?
    —Sí, sí, pero, ¿qué importa si conseguimos construir el campo? Y, además, por nada del mundo desearía ser un jefe. ¿Quién se las carga si las cosas no funcionan bien?
    —Chub, puede contar con Al y conmigo para eso —dijo Dennis.
    — ¿Para eso? —preguntó Chub, perplejo.
    —Tal como dijo usted. Si el trabajo va mal, el jefe se las carga. Si el jefe no se comporta adecuadamente, el trabajo va mal.

    Chub se sintió molesto y enfadado porque la conversación había comenzado a escapársele de las manos:

    — ¡Nunca dije semejante cosa! Este trabajo va a realizarse, ¡no importa cómo! —dijo.

    Rivera, contento en su puesto, controlando los mandos, ascendió por el camino que acababa de abrir, hacia el peñón, hizo girar a la Siete, quitó el contacto y descendió de la cabina. En aquel momento, Tom estaba pasando con su aparato, y mientras se acercaba, Rivera había saltado de su asiento y, colocándose en la parte posterior de su tractor, tendido debajo de las cadenas de tracción y la caja de cambios, comprobaba si algo se había recalentado.

    Tom retrocedió y le ayudó a subir a su tractor.

    — ¿Qué pasa, Goony? ¿Algo anda mal?

    Rivera meneó la cabeza y sonrió.

    Nada va mal. Esta «de siete» está perfecta.

    — ¿Está qué? ¿Daisy Etta?
    —De siete. En español, D-7. ¿Significa algo en inglés?
    —Daisy Etta es un nombre de chica en inglés —respondió Tom.

    Puso el tractor en punto muerto y, después de pararlo, lo abandonó de un salto. Luego, los dos hombres subieron al Siete, y Tom se hizo cargo de los mandos.

    Rivera dijo «Daisy Etta» y esbozó una amplia sonrisa. Se sorprendió alargando la mano hacia una de las palancas de arranque y encogió el brazo. Tom se echó a reír.

    —Eso es una maravilla —dijo—. El aparato con el circular más fácil que se ha construido jamás. Embrague y freno hidráulicos que permiten frenar en seco en cualquier momento. Pala delantera y pala trasera, y todas las velocidades para la marcha adelante y para la marcha atrás. Bastante distinto de los viejos aparatos. Quisiera echar una ojeada al peñasco, a esa piedra de allí arriba— añadió.

    Subieron la cuesta en zigzag. Tom sentía el suelo bajo la máquina.

    El peñasco se elevaba al extremo de una sierra de bajas colinas que recorría casi totalmente la pequeña isla, como una columna vertebral sesgada. Hacia el centro, se elevaba abruptamente y se ramificaba hacia la zona rocosa que añoraba junto a la playa donde habían depositado su equipamiento, y después se volvía a elevar hacia una pequeña plataforma cuadrada, media milla más allá. Exactamente en el centro, había un pequeño túmulo. Tom pisó el embrague y redujo la velocidad.

    —El informe de inspección decía que allí arriba había una roca. Vamos a echar un vistazo —dijo Tom.

    Se dirigieron hacia el montículo. Mientras avanzaban, Tom escudriñaba con los ojos muy abiertos.

    Se detuvo, se inclinó sobre la hierba y cogió un trozo de roca, azul grisáceo, dura y quebradiza.

    —Mira eso. Eso es de lo que hablaba el informe. Ahí hay más. Todo está en pequeños pedazos. Tenemos que encontrar un trozo grande para el pantano.
    — ¿Es buena roca? —preguntó Rivera.
    —Sí, muchacho... pero no es de aquí. Toda la arena de la isla, toda la gravilla y toda la marga están en aquel afloramiento de allá abajo. Esto es una roca azul. Más dura y resplandeciente. Nunca había visto nada parecido en una colina de marga. Miremos por ahí; hemos de encontrar un trozo grande.

    Se pusieron a caminar. De repente, Rivera se agachó y arrancó unas hierbas.

    —Tom, aquí hay una grande. Tom se acercó para mirar.
    —Sí. Goony, tráete a tu novia y la arrancaremos. Rivera salió corriendo hacia su adorada excavadora y subió a la cabina. Condujo la máquina hasta donde le esperaba Tom, paró, se puso en pie y miró atentamente hacia delante para localizar la roca.
    —Acércate despacio; con la pala hacia ella; levántala, no la golpees. Cógela por el medio de tu pala, no por la esquina, carga el peso sobre los dos cilindros hidráulicos — dijo Tom.

    Rivera comenzó a acercarse a la roca, y ajustó con cuidado la pala contra ella. Cogiendo la carga, la potente máquina tensó audiblemente todos sus músculos; Rivera abrió un poco la válvula y empezó a elevar su pala. La Siete bajó el morro como un buey tirando de un arado; las llantas de las orugas se hundieron en el suelo y la pala levantó una pulgada la roca. La piedra se movió, y en seguida surgió de entre la tierra que la cubría.

    Dio marcha atrás, y luego Rivera volvió a dirigir la pala hacia ella, sacándola por fin a la luz del día.

    Tom, rascándose el pescuezo, se la quedó mirando. Rivera abandonó la máquina y permaneció en pie junto a él.

    La piedra era brutalmente rectangular, con forma de ladrillo y con un corte final de un ángulo de treinta grados.

    —Eso —dijo Tom—, no se ha hecho aquí, y si se hizo aquí no se formó de este modo.
    —Una piedra de una casa —dijo Rivera—. Tom, aquí había un edificio, ¿no?

    Permanecieron allí, bajo la luz cada vez más oscura del atardecer, mirando perplejos la piedra; y entonces les sobrevino un sentimiento de opresión, como si allí no soplara el viento y no se produjera ningún sonido. No obstante, el viento soplaba y, detrás de ellos, Daisy Etta golpeaba con su habitual murmullo, y nada había cambiado y... ¿era realmente así? ¿Nada había cambiado?

    Tom abrió dos veces la boca para hablar, y no pudo, o no quiso... no sabía por qué. Súbitamente, Rivera cayó de hinojos, con el torso erguido, y con los ojos muy abiertos.

    Comenzó a hacer mucho frío.

    —Hace frio —dijo Tom. Soplaba un viento cálido hacia ellos, el suelo estaba caliente debajo de las rodillas de Rivera. El frío era la carencia de algo: ¿tal vez el calor específico de la fuerza vital? Sintieron que crecía la opresión.

    Rivera dijo algo en voz baja y en español.

    — ¿Qué estás mirando? —preguntó Tom. Rivera comenzó a hablar violentamente, extendiendo un brazo, como para protegerse del estallido de la voz de Tom.
    —Yo... no hay nada que ver, Tom. Ya me sentí así en otra ocasión. No sé... —Sacudió la cabeza, con los ojos en blanco y muy abiertos—. Y después se produjo una infernal tormenta de truenos... Creo que estoy asustado, Tom... —su voz quedó ahogada.

    Tom le agarró por el hombro y, de un tirón, lo puso en pie bruscamente.

    —Vuelve a subirte a ese gato y ponte a trabajar —espetó. Y, luego, con más sosiego, añadió—: Sé que aquí hay algo extraño, Goony, pero no voy a abandonar la pista. Ahora, recorre el montículo y mira si no hay una gran piedra escondida por ahí. Allí abajo tenemos una marisma que hay que llenar.

    Rivera dudó, comenzó a hablar, tragó saliva, y después se dirigió lentamente hacia la Siete. Tom permaneció inmóvil observándolo, concentrando su mente en la impalpable presión de algo que le retorcía las tripas.

    La excavadora asomó su morro por encima del túmulo, gruñendo, y aquello le hizo recordar a Tom que el nombre de la máquina en argot español era puerco —cerdo, cochino—. Rivera atacó el borde del túmulo con la esquina cortante de la pala. Levantó porquería y broza, bajó por la ladera del montículo y la arrastró desde el terraplén a lo largo del borde mohoso.

    Diez minutos más tarde, Rivera tocó roca; la hoja de manganeso chirriaba a lo largo de su superficie y la esquina cortante de la pala hacía saltar un polvo gris. Cuando hubo pasado la máquina, Tom se arrodilló y examinó la roca. Era la misma clase de roca que habían encontrado antes, y tenía la misma configuración. Pero en esta ocasión se trataba de un muro, las caras angulares de los extremos del bloque estaban desgastadas y, al mismo tiempo, presentaban estrías.

    —Frío, frío como...

    Tom respiró profundamente y se secó el sudor que le caía sobre los ojos.

    —Tengo que conseguir esa piedra —susurró—. Tengo que llenar la marisma —e indicó a Rivera que dirigiese la pala hacia la hendidura abierta en el muro enterrado.

    La Siete giró y atacó el muro; luego se detuvo, mientras Rivera ponía la primera, redujo la marcha, y luego bajó su pala. Tom le miró a la cara. Los labios del muchacho estaban pálidos. Pisó el embrague, la pala bajó y la esquina de la misma se introdujo limpiamente dentro de la hendidura.

    La excavadora comenzó a pivotar sobre el extremo de la pala, bufando a manera de protesta y empujando impotente. Tom subió al lugar, dio la vuelta por detrás de la máquina, que ya estaba casi paralela al muro, y se situó en el claro con los ojos fijos en la pala. Y entonces, todo ocurrió de repente.

    Con un chasquido, el bloque comenzó a moverse y se desprendió, pivotando sobre su extremo en ángulo recto hacia fuera, y arrastrando consigo el bloque colindante. El bloque de encima cayó, y todo el túmulo pareció precipitarse. Y algo salió ruidosamente del negro agujero en el que habían estado las piedras. Algo así como una niebla, pero no era una niebla que pudiera verse, algo enorme que no podía determinarse. Con ella surgió una ráfaga de aquel frío que no era frío, y un olor a ozono, y el punzante crepitar de una potente descarga estática.

    Tom se hallaba a cincuenta pies del muro cuando pudo darse cuenta de que se había movido. Se detuvo y vio que la Siete se encorvaba de repente como un caballo salvaje, y a Rivera dando dos volteretas en el aire. Tom gritó y corrió precipitadamente hacia el muchacho, que estaba tendido sobre la corta hierba, lo cogió en sus brazos, y salió corriendo. Sólo entonces se dio cuenta de que huía de la máquina.

    Era como una criatura enloquecida. Su pala se levantaba y caía. Se curvaba alejándose del túmulo, bramando, sin control. La pala se metía repentinamente en la tierra, excavando grandes pedazos de terreno entre los que se introducía, descendiendo, furiosa, con terrible estrépito metálico. Retrocedió describiendo un arco irregular, giró y volvió a arremeter contra el túmulo, donde golpeó contra el muro enterrado, viró, se revolvió y rugió Tom alcanzó el borde del terraplén resollando y subiendo a trompicones, y depositó con cuidado al muchacho sobre la hierba.

    —Goony, muchacho... ¡eh!...

    Sus largas pestañas se movieron ligeramente, sus párpados se levantaron un poco. Al ver sus ojos, algo se sacudió en Tom; aquellos ojos, vueltos hacia atrás, mostrando sólo el blanco de los globos. Rivera lanzó un largo y tembloroso suspiro que quedó cortado de repente. Tosió dos veces, volvió la cabeza de un lado para otro con tanta violencia que Tom se vio obligado a cogerla entre sus manos y sujetarla con fuerza.

    —Ay... María madre... qué me ha pasado. Tom... ¿qué me ha ocurrido?
    —Caíste de la Siete, estúpido. Tú... ¿cómo te encuentras?

    Rivera escarbó en la tierra, se incorporó un poco apoyándose en los codos, y se dejó caer de nuevo.

    —Estoy bien. Un dolor de cabeza de todos los diablos. ¿Qué me ha sucedido en los pies?
    — ¿Los pies? ¿Estás herido?
    —No son heridas... —El rostro del joven se volvió gris, sus labios permanecían apretados con esfuerzo—. No es nada, Tom.
    — ¿Puedes moverlos?

    Rivera meneó la cabeza mientras seguía intentándolo. Tom se levantó.

    —Estate tranquilo. Voy a buscar a Kelly. En seguida vuelvo.

    Se fue andando de prisa. Ya había visto antes a un hombre con la espina dorsal rota.

    Al otro extremo del terraplén, Tom se detuvo y escuchó. En la penumbra del anochecer pudo distinguir la excavadora sobre el túmulo. El motor zumbaba; no se había parado a sí misma, sino girando arriba y abajo como si una mano impaciente manejara el acelerador. Tom caminó rápidamente hacia la Siete, con el cabello enmarañado azotándole el rostro. No había ninguna explicación para justificar que una máquina se comportara de aquel modo, yendo arriba y abajo, correteando, girando, y levantando y bajando su pala. Evidentemente no tenía sentido.

    El motor se desaceleró cuando él se acercó, y finalmente quedó zumbando, produciendo una especie de murmullo ralentizado y regular. Tom tuvo la repentina y descabellada impresión de que la máquina lo estaba mirando. Sin darle mayor importancia a aquella sensación, se aproximó y posó su mano sobre el guardabarros.

    La Siete reaccionó como un potro salvaje. El gran Diésel rugió, y Tom vio claramente cómo la palanca de embrague se movía hacia el centro dando un chasquido. Se apartó de un salto, esperando que la máquina se lanzara hacia delante, pero, al parecer, estaba en una velocidad invertida, porque se abalanzó hacia atrás, como una oruga bloqueada, y el extremo más cercano de la pala describió velozmente un círculo, y pasó rozándole la cadera a menos de una fracción de pulgada mientras él se apartaba de un brinco.

    Y, como si hubiese rebotado en un muro, el tractor había cambiado de dirección y se abalanzaba sobre él exhibiendo la pala de doce pies, y enfocándole con los dos faros desde el extremo de sus soportes arqueados, como si fueran los ojos saltones de algún sapo poderoso. Tom no tenía otra opción que saltar y agarrarse con las dos manos a la parte superior de la pala, inclinándose hacia atrás para apoyar los pies contra el borde de la misma. La pala descendió y se posó sobre la superficie del suelo, abriendo una pequeña brecha en la tierra. La tierra que se iba acumulando en la pala subía de nivel y se revolvía alrededor de las piernas de Tom, que pateó ferozmente, tratando de mantenerlas libres de aquella masa. Entonces, la pala se elevó hasta cuatro pies por encima del borde del hoyo; el tractor corrió arriba y abajo siguiendo sus propias huellas, que ascendían más a medida que iban escalando el montón de escombros. Se produjo un rápido impulso y contraimpulso cuando la máquina sufrió una sacudida hacia delante y hacia arriba, como una motocicleta saltando una rampa, y luego se produjo un terrible estruendo cuando las cuarenta toneladas de metal de la pala fueron a estrellarse contra el suelo.

    Parte de la dura piel de las palmas de las manos de Tom quedó pegada a la pala cuando él se tiró al suelo. Cayó sobre la parte posterior de sus talones, pero pudo mantener el equilibrio y brincar tan pronto como tocó el suelo. Saltó de nuevo a la pala, se agarró con una mano a la tapa del radiador y después saltó al capó, sujetándose al tubo de toma de aire. Apenas si pudo asirse a él, cuando la excavadora ya se había liberado a sí misma y se lanzaba marcha atrás hacia el montículo. De nuevo se produjo aquel resoplido y el ruido metálico de las orugas aplastando cosas mientras la máquina corría, esta vez casi plana sobre el suelo.

    La sacudida hizo que Tom soltara el tubo de entrada de aire, y, al resbalar por encima del capó, el pliegue de su codo atrapó la exhausta chimenea, penetrando el pálido metal rojo en su carne. Él gruñó y lo abrazó. Su ímpetu lo arrastró consigo, y sus pies fueron a dar contra las palancas de dirección. Con el impulso, de espaldas, fue a estrellarse contra el metal plano, y luego reculó frenéticamente hasta que por fin cayó pesadamente sobre el asiento.

    —Ahora —dijo entre dientes, a través de una opaca capa de pena—, vas a ser manejada.

    Desembragó y soltó el acelerador. Empujó la palanca hacia delante para cortar el fuel. No se cortaba.

    —Hay una cosa que no podrás hacer sin compresión —murmuró él.

    Se levantó y buscó por la cabina la palanca de compresión. Cuando se levantaba del asiento, la máquina se aceleró de nuevo. Se volvió hacia la palanca del acelerador que se había desplazado hasta la posición de «abierto». Cuando lo tocó, la palanca de embrague saltó de su posición y la máquina se abalanzó hacia delante chirriando y bramando. El repentino golpeteo de las palancas de mando le alcanzó en la ingle antes de que pudiera pasar entre ellas.

    Cegado por el dolor, Tom se pegó, jadeando, al cuadro de mandos. El indicador de presión de aceite cayó a su derecha con el tintineo de cristal roto, y del trozo de cristal roto brotó aceite hirviendo dirigido a él. El sobresalto que esto le produjo le avivó la conciencia. Inclinándose sobre la parte izquierda del cuadro de mandos, tiró de la palanca de compresión. El tractor se abalanzó hacia delante y giró frenéticamente, y Tom comprendió que salía disparado. Pero, mientras se sentía lanzado fuera de la cabina, empujó hacia abajo la palanca de compresión. Las grandes válvulas y las cabezas de los cilindros se abrieron y así quedaron bloqueados; fuel atomizado y vapor de agua salieron expulsados de la máquina y, mientras Tom iba a dar con la cabeza y la espalda en el suelo, la gran excavadora salvaje iba deteniéndose; luego quedó en silencio, excepto por el rumor de agua hirviendo en el sistema de refrigeración.

    Unos minutos más tarde, Tom, aturdido, se puso en pie y comenzó sistemáticamente a paralizar la máquina, al menos para toda la noche.

    Abrió la espita de debajo del depósito de fuel y dejó fluir el cálido líquido amarillo, que empapaba la tierra. Abrió el desagüe de la reserva con la bomba de inyección. Encontró un trozo de alambre en la caja de herramientas y con él trabó hacia abajo la palanca de compresión. Subió a la máquina, arrancó el capó y el filtro de aire, sacó el filtro y con él obturó el tubo. Empujó el acelerador hasta el fondo y lo bloqueó con un perno. Y cortó la entrada de fuel del depósito a la bomba.

    Luego, con pesadez, bajó al suelo y miró hacia atrás, hacia el borde del terraplén, donde había dejado a Rivera.

    No supieron que Tom estaba herido hasta una hora y media después; habían estado demasiado ocupados construyendo una camilla para el puertorriqueño y un lugar para cobijarlo. Sacaron el botiquín y los libros de medicina, e hicieron lo que pudieron: le vendaron, le entablillaron y le inyectaron una dosis de opiáceos. Tom estaba agarrando el tubo de escape, aparecía desollado. Entonces lo curaron; el viejo Peebles manejaba los polvos de sulfa y las vendas como una experta enfermera. Y sólo entonces comenzaron a conversar.

    —Una vez vi a un hombre que salía disparado de una excavadora —dijo Dennis, cuando estuvieron sentados alrededor de la cafetera mascando raciones C—. Estaba sentado en el borde de la cabina mirando hacia atrás. La máquina topó con una roca y levantó su parte trasera. Lo lanzó a tierra. Lo expulsó a más de diez pies.

    Sorbió un poco de café para disolver la comida que le llenaba la boca y que, por hablar, no había tragado, y masticó ruidosamente.

    —Los hombres están locos si se suben ahí, al borde de la cabina, aunque sea sobre un tractor. No puedo comprender por qué el mico lo hizo sobre una excavadora.
    —No iba montado así —dijo Tom.

    Kelly torció la boca.

    —¿Estaba sentado en su asiento y fue expulsado?
    —Eso es.

    Tras un silencio increíble, Dennis dijo:

    — ¿Qué estaba haciendo? ¿Iba a más de sesenta? Tom miró alrededor, a los rostros iluminados con el brillo artificial de una linterna de gas, y se preguntó cuál iba a ser la reacción si contaba las cosas tal y como habían ocurrido. Tenía que decir algo, y no parecía que resultara verosímil.
    —Él estaba trabajando —dijo por fin—. Sacando piedra del muro de un viejo edificio, situado encima de aquel altiplano. Uno de los muros se derrumbó y entonces los mandos se embarullaron como enloquecidos. La máquina se encabritó como un caballo salvaje y salió disparada.
    — ¿Salió disparada?

    Tom asintió.

    —Reconozca que esto es lo que ocurre cuando se pone a un mecánico en el puesto de un maquinista —dijo Dennis.
    —Eso no tiene nada que ver con este asunto —atajó Tom.

    Peebles intervino rápidamente.

    —Tom... ¿Qué ocurre con la Siete? ¿Tiene algo averiado?
    —Algunas —dijo Tom—. Hay que revisar los mandos. Y estaba caliente.
    —La cabeza está rota —dijo Harris, un notable bebedor y un hombre corpulento con unos hombros como un búfalo.
    — ¿Cómo lo sabe?
    —Lo vi cuando fui con Al a buscar al muchacho, con la camilla. Caía agua hirviendo por un lado del bloque.
    — ¿Quiere decir que anduvo hasta el túmulo para ver el tractor mientras el muchacho estaba allí tendido? ¡Les dije dónde estaba!
    — ¡Fuera del túmulo! —dijo Al Knowles con los ojos fuera de las órbitas—. ¡Encontramos a esa excavadora a veinte pies de donde estaba el chico!
    — ¿Qué?
    —Lo que está oyendo, Tom —dijo Harris—. ¿Qué le ocurre? ¿Dónde la dejó usted?
    —Ya se lo dije... junto al túmulo... en el viejo edificio que estábamos excavando.
    — ¿Dejó el motor en marcha?
    — ¿El motor en marcha? —la mente de Tom se representó el pequeño aparato de dos cilindros atornillado al lado del cigüeñal del gran Diésel, unido por un engranaje Bendix y sujeto al volante del Diésel para bloquearlo. Recordó que había echado una última ojeada a la máquina, y que ésta estaba en completo silencio, a excepción del ruido producido por el agua hirviendo—. ¡Diablos, no!

    Al y Harris intercambiaron una mirada.

    —Me parece, Tom, que usted se despreocupó bastante —dijo Harris, no sin crueldad— . Cuando estábamos a medio camino de la colina, la oímos, y ya sabe que es imposible confundir ese traqueteo. Sonaba como si estuviera bajo algún peso.

    Tom se golpeó los oídos con los puños cerrados.

    —Yo dejé la máquina parada e inutilizada —dijo pausadamente—. E incluso vacié el depósito. Pero... no toqué el motor de arranque —su voz se fue apagando. Luego, añadió—: Harris... ¿dice que encontró el motor en marcha cuando llegaron ustedes allá arriba?
    —No... estaba parada. Y caliente... terriblemente caliente. Hubiera dicho que el motor de arranque estaba agarrotado. Debía de ocurrirle eso, Tom. Usted dejó el motor de arranque en marcha y de alguna manera se pusieron en funcionamiento el embrague y el Bendix. —Su voz perdió convicción mientras lo decía... hay que hacer diecisiete movimientos para poner en marcha un tractor de ese tipo—. De todos modos, estaba en marcha y se arrastraba con el pequeño motor.

    No sin sarcasmo, Dennis dijo:

    —Me parece que la Siete había salido en busca del mico. Primero lo dejó un poco fastidiado y después iba a terminar su trabajo.

    Al Knowles se carcajeó de un modo extravagante.

    Tom se levantó, moviendo la cabeza, y se dirigió, entre las cajas de herramientas, al hospital que habían improvisado para el muchacho. Una luz tenue brillaba en el interior, y Rivera yacía muy quieto, con los ojos cerrados. Tom se asomó a la entrada y lo miró por un instante. Rivera abrió los ojos.

    — ¡Tom... Tom! —gritó.
    —Está bien, Goony... ¿qué pasa?
    — ¡Vuelve... Tom!
    — ¿Quién?
    —La de siete.
    —Daisy Etta... No vuelve, no volverá, muchacho. Ya no estás en el altiplano.

    Los oscuros y narcotizados ojos de Rivera le miraron inexpresivos. Tom retrocedió y los ojos seguían mirándole. No veían nada.

    —Vaya a dormir —susurró. Sus ojos se cerraron instantáneamente.

    Kelly decía que nunca nadie se había herido en un trabajo de construcción a menos que se tratara de un estúpido.

    —La estupidez fue poner a un muchacho, y no a un operador, encima de esa máquina —dijo Dennis con su voz presuntuosa.
    —Ya le he oído ese soniquete otras veces —dijo el viejo Peebles sosegadamente—. Me disgusta tener que puntualizarlo, porque las comparaciones son odiosas, pero yo he trabajado mucho tiempo con ese muchacho, Rivera, y siempre me pareció tan buen operador como el mejor. Usted debe de quedar muy bien sobre un tractor, pero ese muchacho podría darle sopa con ondas y hacerle parecer un aprendiz sobre una excavadora.

    Dennis se incorporó y murmuró alguna obscenidad. Miró a Al Knowles en busca de apoyo y éste se aproximó a él. Miró alrededor pero nadie del círculo se sumó a Al para apoyarle. Peebles estaba repanchigado, fumando su pipa, mirando por debajo de sus espesas cejas. Dennis volvió a sentarse y atacó por otro punto.

    — ¿Y bien? Si es tan bueno como usted dice, menos motivo hay para que se cayera de la excavadora y se lastimara.
    —Todavía no lo veo claro —dijo Chub, con un tono de voz que indicaba «me disgusta admitirlo, pero...»

    Por entonces, Tom había regresado como un sonámbulo y permanecía de pie con su linterna encendida ante él y Dennis siguió hablando confusamente, sin saber que Tom estaba cerca.

    —Hay una cosa que nunca averiguarán. Ese puertorriqueño es un muchacho muy fornido. Tal vez Tom le dijo algo que no le gustó y trató de clavarle un cuchillo en la espalda. Todos ellos lo hacen. Tom se libró deteniendo la máquina. Entonces debieron de rodar por el suelo durante un rato, luchando, y entonces el mico se rompió la espalda. Tom dispuso la excavadora para que aplastara al muchacho, bajó aquí y trató de explicarnos...

    Su voz quedó cortada cuando Tom se inclinó sobre él.

    —Tom lo agarró por la pechera de su camisa con su brazo herido y lo sacudió como si fuese un saco vacío.
    — ¡Canalla! —gruñó. Puso a Dennis en pie y le cruzó la cara con un revés. Dennis cayó, acobardado.
    —Oh, Tom, yo sólo estaba hablando. Sólo bromeaba, Tom, yo únicamente...
    —Fuera de mi vista —rugió el capataz—. ¡Largo! Dennis se marchó. Al Knowles dijo vagamente:
    —Ahora, Tom, proteste...
    — ¡Tú, habichuela estrábica! —gritó Tom, con la voz áspera y tensa—. ¡Lárgate con tu hermano gemelo!
    —O. K., O. K. —dijo Al, pálido, y desapareció en la oscuridad tras Dennis.
    —Al diablo —dijo Chub—. Yo me acuesto. —Y se fue sin decir ni una palabra más.

    Harris y Kelly, que estaban de pie, se volvieron a sentar. El viejo Peebles no se había movido.

    Tom permaneció de pie escudriñando en la oscuridad, con sus brazos tensos a sus costados y los puños cerrados.

    —Siéntese —dijo Peebles suavemente. Tom se volvió y le miró.
    —Siéntese. Así no puedo cambiarle ese vendaje tan desaliñado como se ha dejado — dijo señalando al vendaje que Tom tenía alrededor del codo. Tenía una amplia mancha roja y los tejidos se habían separado cuando el corpulento capataz había golpeado con sus enfurecidos músculos. Se sentó.

    Cuando Peebles hubo terminado de cambiarle el vendaje, Tom se levantó y examinó el nuevo, girando su brazo delante de la linterna.

    —Todos ustedes pueden pensar lo que quieran acerca de lo que sucedió esta tarde en el altiplano —dijo—, pero, ¿es necesario que diga que la idea de Dennis al respecto es un disparate?

    Harris dijo una palabrota que calificaba completamente a Dennis y todo lo que había dicho y podía decir. Peebles dijo:

    —Todo irá bien. Dennis y su compañero de los ojos saltones se aliarán, pero no valen para nada. Chub hará cualquier cosa por ser consecuente consigo mismo y trabajará por lo que ha defendido.

    Tom se encogió de hombros.

    —Sí, pero, ¿lograremos construir el aeródromo?
    —Lo lograremos —dijo Peebles—. Sólo que... Tom, vaya con cuidado con las brusquedades después de esto. Resultan muy perjudiciales.
    —Lo haré si puedo —dijo Tom malhumorado. Finalmente, se acostaron.

    Peebles tenía razón. Las brusquedades resultaron perjudiciales. Dennis utilizó la palabra «asesinato» cuando descubrieron, a la mañana siguiente, que Rivera había muerto durante la noche.

    El trabajo progresaba a pesar de todo lo que había ocurrido. Con un equipo semejante es difícil ralentizar las cosas. Kelly excavaba dos metros cúbicos de roca del peñasco a cada embestida de la gran excavadora, y las Dumptrucks son las removedoras de tierra más rápidas que jamás se han visto. Dennis se encargaba del servicio de limpieza del camino con su tractor, y Tom y Chub se daban explicaciones mutuas sobre la aplanadora que habían separado de su tractor para paliar la falta del Siete. Peebles estaba ocupado en preparar su taller, manteniendo el refrigerador del agua y los cargadores de batería en funcionamiento, y preparando su fragua y su instrumental para soldar.

    Cuando lo tuvo todo a punto, Peebles subió a la colina para hacerse cargo de la Siete. Al llegar junto a él, se quedó un instante mirándolo y rascándose la cabeza, y, luego, volvió a bajar la colina y fue en busca de Tom.

    —He estado echándole un vistazo al Siete —dijo, cuando estuvo cerca del dos-cilindros y Tom hubo bajado de ahí.
    — ¿Qué le encontró?

    Peebles extendió su brazo.

    —Una lista de cosas así de larga —sacudió la cabeza—. Tom, ¿qué pasó realmente allí arriba?
    —El mando se volvió loco y la máquina se puso a andar —dijo Tom con presteza, inexpresivamente.
    —Sí, pero... —Durante un instante prolongado miró fijamente a los ojos de Tom. Luego suspiró—. De acuerdo, Tom. De todos modos, no puedo hacer nada allá arriba. Tenernos que bajarla y me hará falta este tractor.
    — ¿Por qué nos vamos a meter en líos?
    — ¿Qué?
    —Nos podemos apañar sin esa excavadora —dijo de pronto Tom—. Dejémosla donde está. Usted tiene muchas más cosas que hacer.
    —Pero, ¿por qué?
    —Bueno, no es necesario embrollarse con eso. Peebles se rascó la nariz y dijo:
    —Tengo otra culata nueva, pernos para las orugas... incluso un motor de arranque de repuesto. Y tengo herramientas para reparar las piezas que me falten. De ese modo podrá parar un par de esos Dumptrucks.
    —Me di cuenta de ello tan pronto abrí la boca —dijo Tom de pronto—. Vamos.

    Subieron al tractor y se pusieron en marcha. Luego se detuvieron un momento en el campamento de la playa para coger un cable y algunas herramientas.

    Daisy Etta estaba en el borde del terraplén, haciendo brillar sus faros. Su aspecto general era de angustia. Aunque el suelo era plano y estaba nivelado, ella no lo estaba, porque a su oruga derecha le faltaban las ruedas inferiores, y estaba ligeramente inclinada, como un hombre que se hubiera roto una cadera. Y cualquier cosa la hacía reflexionar acerca de la paradoja de la aplanadora por la que tiene que pasar todo operador mientras está aprendiendo a manejar su propia máquina.

    Esta paradoja es una de las cosas más difíciles de comprender para un principiante. Una aplanadora es una central de fuerza y energía arrastrándose. El principiante, temeroso y con la imagen de los invencibles tanques de la armada grabada en su mente, se lo toma tranquilamente sin esforzarse y con una sensación de poder ilimitado desprecia todos los obstáculos, ignorando la fragilidad del núcleo de un radiador de hierro, la mortalidad del manganeso templado y, sobre todo, la facilidad con que un tractor puede enterrarse en el fango. Asomándose a mirar la máquina que él había reducido en treinta segundos a una mole inútil, o que medio minuto antes corría por el terreno del que habían desaparecido sus huellas, el principiante tenía esa sensación de desasosiego y culpabilidad que tiene cualquier hombre al haber incurrido en un error de juicio.

    Así pues, Daisy Etta permanecía allí estropeada e inutilizada, Había una lección que aprender. Y había sido aprendida. Daisy Etta quería ser reparada, y la próxima vez... bueno, al menos sabría sus propios puntos flacos.

    Peebles desenrolló veinte pies de cable de media pulgada que estaba sujeto a la parte trasera de la pequeña excavadora, cavó un hoyo en el suelo debajo de la pala de la máquina grande e hizo pasar por él el extremo del cable. Subiéndose a la pala deslizó el cabo por dentro del gancho de remolque que estaba sujeto a la parte inferior del chasis. Dejó el otro extremo del cable en el suelo, delante de la máquina. Tom se montó en la otra excavadora y la hizo girar para colocarla en posición adecuada, listo para remolcar. Peebles enganchó el cable en la barra de tiro, y subió al Siete. Puso punto muerto, desbloqueó el embrague, puso la llave de control de la pala en posición de «flote», y luego levantó un brazo e hizo una señal.

    Tom movió despacio su máquina hacia delante. El cable se estiró y, mientras se tensaba, hizo subir la pala de la Siete. Peebles trataba de evitarlo y puso el control de la pala en la posición de «bloqueada».

    —Retrocede y tuerce a la derecha —gritó a Tom, mientras éste desaceleraba—. Trataremos de hacerlo mover marcha atrás.

    Tom retrocedió y giró en seco hacia la derecha, y arrastró el cable casi en ángulo recto hacia la otra máquina. Peebles retuvo la oruga derecha de la Siete con el freno y soltó las dos palancas de dirección. La oruga izquierda pudo entonces girar libremente, pero la derecha no. Tom, moviéndose despacio, logró tensar el cable. La Siete se balanceó suavemente y comenzó a pivotar sobre su oruga derecha. Peebles soltó el freno derecho y volvió a aplicarlo, y repitió con destreza la operación de modo que se iban produciendo pequeñas sacudidas. La oruga se movió unas pocas pulgadas y volvió a pararse. Le aplicaban fuerzas hacia delante y hacia los lados alternativamente, produciendo impulsos que hacían retroceder poco a poco la oruga. Entonces, una pequeña sacudida y ya estaba sobre sus ruedas.

    Tom paró su máquina y se acercó al Siete.

    — ¿Cree que andará? —preguntó. —Andará —dijo Peebles—. Nunca vi a un aparato de estos que, en estas condiciones, retrocediera tan fácilmente. ¡Por Dios, es como si tratara de ayudar!
    —Lo hacen a veces —dijo Tom, escuetamente—. Será mejor que usted coja el remolcador; yo iré en éste.
    —Lo que usted diga.

    Cuidadosamente, descendieron la escarpada cuesta. Tom apenas tocaba los frenos, y así permitía que la otra máquina pudiera tirar con más facilidad. Y, por fin, llegaron al taller de Peebles con Daisy Etta. Allí le sacaron la culata, el motor de arranque y el transmisor de una palanca, que estaba quemado, y la dejaron prácticamente desmontada...

    Y la volvieron a montar.

    —Le digo que fue un asesinato a sangre fría —dijo Dennis enardecido—. Y nosotros estamos recibiendo órdenes de un tipo así. ¿Qué vamos a hacer?

    Estaban de pie junto al refrigerador; Dennis había llevado allí su máquina para hablar con Chub.

    El cigarro de Chub Horton subía y bajaba como un semáforo con un corto circuito.

    —Lo dejaremos, de momento. Dentro de dos semanas volverá el jefe de personal y le podremos hacer un informe. Además, yo no sé lo que ocurrió allá arriba y usted tampoco. Entretanto, tenemos que construir una pista.

    ¿Usted no sabe lo que ocurrió allá arriba? Chub, usted es un hombre listo, usted seguramente es lo bastante listo como para no creer todo ese cuento del tractor saliendo disparado escapando al control de ese mono grasiento. Oiga... él dijo que fue el regulador. Yo he visto el regulador con mis propios ojos y además oí decir al viejo Peebles que no le ocurría nada anormal. El mando de control del acelerador se había saltado de su junta, sí... pero usted ya sabe qué le ocurrirá a un tractor si se le estropea el control de aceleración. Se para. En ningún caso se echa a andar.

    —Bien, quizá, pero...
    — ¡Pero nada! Un tipo que comete un asesinato no está cuerdo. Si lo hizo una vez, puede hacerlo de nuevo y yo no estoy dispuesto a que me ocurra a mí.
    — ¿Qué quiere hacer?... ¿Llamar al sheriff?

    Dennis rio abiertamente.

    —Voy a decirle qué podemos hacer. Mientras usted esté aquí, él no es el único que conoce el trabajo. Si dejamos de obedecer sus órdenes, usted puede darlas tan buenas o mejores. Y él no podrá hacer nada.
    —Olvídelo, Dennis —dijo Chub, con una repentina exasperación—. ¿Qué cree que está haciendo?..., ¿cree usted que me está ofreciendo las Llaves del Reino? —y se levantó—. Suponga que hacemos lo que usted dice. ¿Irían más rápidas las obras? ¿Yo ganaría más dinero? ¿Qué cree usted que quiero... gloria? Ya perdí una oportunidad para formar parte del consejo de trabajadores. ¿Cree usted que voy a mover un dedo para decirles a una pandilla de bobos lo que tienen que hacer... si lo hacen igualmente?
    —Chub... si no hacemos algo con respecto a ese tipo, no estamos a salvo. ¿No puede meterse esto en la cabeza?
    —Escuche, atolondrado. Si un hombre está suficientemente ocupado no puede crear problemas. Esto vale para Tom... y para usted también. Vuelva a ese aparto y regrese al hoyo de la marga.

    Dennis, pillado totalmente por sorpresa, volvió a su máquina.

    —Es una lástima que usted no pueda mover tierra con la boca —dijo Chub, mientras se alejaba—. Podrían haberle dejado hacer este trabajo solo.

    Chub caminó despacio hacia el peñón, golpeando guijarros de la playa con un palo y maldiciéndose a sí mismo. Era, esencialmente, un hombre simple y creía en la posibilidad de aproximarse a todas las cosas con simplicidad. Le gustaba tener un empleo en el que pudiera hacer todo lo que se le pidiera y en el que nada complicase las cosas.

    Estaba molesto y preocupado pensando en las puñaladas traperas que había recibido en varios empleos. Era lo bastante estúpido como para que su honestidad natural se manifestara en su conversación y en sus acciones, y había aprendido que la completa honestidad en el trato con los hombres, tanto si eran sus superiores como si eran sus subordinados, resultaba casi invariablemente lamentable para todos aquellos a quienes concernía el asunto en cuestión, pero no le era posible actuar de otro modo, y ya no lo intentaba siquiera. En esa ocasión, no tuvo ninguna duda en elegir un tipo de acción.

    —Sólo que... ¿cómo va uno a preguntarle a un hombre si es un asesino?

    Encontró al capataz con una enorme llave inglesa en la mano, ajustando el nuevo perno que habían instalado en la oruga del Siete.

    — ¡Hola, Chub! Me alegro de verle. Tráigame un pedazo de tubo y ya verá si esto queda bien.
    —Chub fue en busca del trozo de tubo, y lo colocaron atravesando el mango de la llave inglesa de metro veinte, y luego tiraron de él hasta que el sudor bañó sus espaldas. Tom comprobó con una palanca el espacio que dejaba la oruga. Finalmente consideró que estaba correcto y ambos permanecieron de pie bajo el sol recuperando aliento.
    —Tom —dijo Chub jadeando—, ¿mató usted a ese puertorriqueño?

    Tom levantó la cabeza como si alguien le hubiera quemado el pescuezo con un cigarrillo.

    —Porque, si lo hizo —dijo Chub—, no puede seguir en este trabajo.
    —No es asunto para bromear —dijo Tom. —Usted sabe que no estoy bromeando. ¿Lo hizo o no?
    — ¡No! —Tom se sentó sobre un barril y se secó el sudor del rostro con una venda— ¿Qué le pasa?
    —Sólo quería saber. Algunos de los chicos le tienen miedo.

    Tom frunció el ceño.

    —Oiga, Chub. A Rivera lo mató esa máquina. —Señaló por encima de su hombro a la Siete, que ya estaba lista, esperando que le reparasen un extremo de la hoja cortante que estaba roto. Peebles estaba aventando la fragua mientras él hablaba.
    —Si quiere decir que yo lo hice subir a la máquina antes de que saliera despedido, la respuesta es sí. Eso es lo que tuve que ver con su muerte, y no crea que no lo siento. Me olía que allí había algo que no andaba bien, pero no podía adivinar qué era, y, por supuesto, no creía que nadie pudiera resultar herido.
    — ¿Y qué era lo que no andaba bien?
    —Sigo sin saberlo —dijo Tom levantándose—. Estoy cansado de darle vueltas al asunto, Chub, y no me importa lo que piense nadie. Hay algo extraño en esa Siete, algo que no forma parte de su estructura. No se fabrican tractores mejores que éste, pero, sea lo que fuere, lo que ocurrió allá arriba en el altiplano lo volvió extraño. Ahora váyase y piense lo que quiera, e invéntese usted la historia que desee para contársela a los chicos. Pero, de momento, ya puede ir diciendo que nadie más que yo montará esta máquina, ¿comprendido? ¡Nadie!
    —Tom...

    La paciencia de Tom se agotó.

    — ¡Eso es todo lo que tengo que decir! Si alguien más ha de resultar herido, voy a ser yo, ¿comprendido? ¿Qué más quiere? Se volvió y se alejó encendido. Chub lo siguió con la mirada.
    — ¿Cómo va eso, Peeby?

    Peebles miró desde detrás de la máquina de soldar.

    —Hola, Chub, la tendrá usted lista en veinte minutos —dijo mientras calculaba la distancia entre la máquina de soldar y el gran tractor—. Necesitaré cuarenta pies de cable —añadió, mirando los festones de arco y los cables que colgaban de los ganchos de almacenaje que estaban en la parte de atrás de la soldadora—. No quiero traer un tractor para mover ese bicho, y no me veo con ánimos de arrancar a la Siete con la manivela. Sólo necesito acercarme lo justo.

    Separó el cable arqueado y lo lanzó a un lado; luego se dirigió hacia el tractor con los cables de superficie colgando de su brazo. Extendió el último trozo de cable y agarró la abrazadera cuando estaba a ocho pies de la máquina. La cogió con la mano izquierda, tiró con fuerza, tratando de alcanzar con la derecha la parte baja de la pala de la Siete, intentando llegar lo bastante lejos como para sujetar con ella la máquina.

    Chub estaba allí mirándole, jugueteando distraídamente con los controles del arco voltaico. Apretó el botón de puesta en marcha, y el motor de seis cilindros respondió con un ronroneo. Hizo girar el selector de ondas, conectó el generador de...

    Una increíble descarga de energía, fina, abrasadora, azul-pálido, surgió de la palanca hasta sus pies y le impulsó a través de una distancia de cincuenta pies hacia Peebles, cuyos dedos acababan de alcanzar la base de la pala de la excavadora.

    La cabeza y los hombros de Peebles quedaron envueltos durante un instante en un nimbo violáceo; luego se dobló y acabó desplomándose. En el tablero del soldador chasqueó un interruptor, pero ya era demasiado tarde. La Siete retrocedió lentamente, moviéndose en terreno llano, hasta topar con una apisonadora.

    Los ojos de Chub parecían ir a saltársele de las órbitas. Se acurrucó allá mismo y quedó temblando, enloquecido de pavor, mientras contemplaba el cuerpo achicharrado del viejo Peebles, seccionado en dos mitades.

    Lo enterraron junto al cadáver de Rivera. Después, nadie habló más de lo estrictamente indispensable. Hasta entonces no se dieron cuenta de lo mucho que todos apreciaban al pobre viejo. Harris estaba silencioso y muy serio, cosa rara en un hombre tan frívolo. Los andares de Kelly parecían haber perdido parte de su anterior ligereza. Dennis estuvo farfullando sonidos ininteligibles durante horas, mientras se mordía el labio inferior hasta dejarlo tierno e hinchado. Al Knowles daba la sensación de no encontrarse demasiado afectado, lo cual era de esperar en alguien con tan poco seso como él. Chub Horton se sobrepuso en cuestión de un par de horas, y ya casi volvía a ser el de siempre. Pero en Tom se agitaba un furor loco contra la maldición incognoscible que se había abatido sobre el campamento.

    Siguieron trabajando, porque no podían hacer otra cosa. La pala continuó con sus rítmicos movimientos de carga y descarga; los volquetes iban y venían chirriando entre la excavadora y lo poco que ya quedaba de la ciénaga. Se eliminaron los hierbajos del extremo superior de la pista de aterrizaje. Chub y Tom clavaron estacas graduadas y Dennis comenzó la prolija tarea de rebaje y rellenado de la superficie con su traílla. Harris le seguía con la segunda traílla, completando la labor iniciada por su compañero. Poco a poco fue tomando cuerpo la pista de aterrizaje, y luego la de rodadura, que discurría paralelamente a la primera. Así pasaron tres días. Al perder su inmediatez, la muerte de Peebles también perdió parte de su carácter trágico y ya pudieron comentar sus detalles, aunque de poco les sirvió hacerlo. Tom trabajaba un rato en esto y otro en lo de más allá, turnándose con Kelly en el manejo de la excavadora, empleando de vez en cuando una traílla, haciendo horas con algún volquete. Su brazo iba sanando con lentitud aunque sin infectarse, pese a lo cual Tom no perdía su expresión severa y malhumorada. Todos cuidaban de sus máquinas respectivas con el mimo de una primeriza hacia su pequeño, porque cualquier avería grave podía resultar desastrosa, ahora que estaban sin mecánico.

    La única concesión que Tom se hizo en cuanto a la muerte de Peebles fue salir al paso de Kelly, una tarde, para interrogarle sobre la máquina de soldar. Parte del accidentado historial de Kelly había transcurrido en una escuela técnica, dedicado al estudio de la ingeniería y sobre todo de las mujeres. Pensando en la remota posibilidad de que supiera algo sobre el extraño comportamiento del arco voltaico, Tom le planteó la cuestión.

    Kelly se despojó de sus largos guantes y los utilizó para ahuyentar los insectos.

    — ¿Qué clase de arco era? Amigo, no sabría qué decirte. ¿Alguna vez se ha visto que una máquina de soldar haga cosas así?
    —Yo no lo he visto nunca. Lo raro es que ninguna máquina de soldar tiene esa potencia. Recuerdo a uno que recibió la sacudida de un soldador de 40 amperios. Lo dejó sentado, pero eso fue todo.
    —No es el amperaje lo que mata a la gente —explicó Kelly—, sino el voltaje. El voltaje es como si dijéramos la presión de una corriente, ¿comprendes? Imagínate una cantidad determinada de agua, y llamémosla «amperaje». Si te la echo a la cara, no te hará ningún daño; pero si empleo una manguera de poco diámetro, entonces sí que la notarás. Y si la bombeo por esos agujeritos tan finos que hay en las boquillas de los inyectores, a una presión de digamos 1.200 libras, te haría sangrar. Ahora bien, el generador de esas máquinas no está hecho para alcanzar semejante voltaje. Y si todo ha sido a consecuencia de un cortocircuito del armazón o de los cables, todavía lo entiendo menos.
    —Por lo que dijo Chub, sabemos que había estado maniobrando con el selector. Creo que después del accidente nadie habrá tocado los mandos. El dial de selección estaba en «Corriente Baja», y el control no señalaba más allá de media potencia. Con eso no basta para matar a una persona... ni para que un tractor retroceda treinta pies, aunque sea en terreno llano.
    —Ni para saltar cincuenta pies —observó Kelly.
    —Harían falta miles de voltios para generar un arco de esa potencia.

    ¿Podría ser que algo escondido en el interior de la Siete hubiera producido ese arco? Vamos a ver: Supongamos que la máquina no lo produjo, sino que lo recibió. Recuerda que todavía estaba caliente cuatro horas después.

    —Nunca he visto cosa parecida —repuso Kelly, sacudiendo la cabeza—. Mira, por darles un nombre llamamos «positivo» y «negativo» a los terminales de corriente; y sólo porque teóricamente es así, decimos que la corriente pasa del electrodo negativo al positivo. En un electrodo no puede darse una atracción positiva superior al impulso negativo del otro. No sé si me sigues...
    — ¿No podría existir alguna circunstancia anómala que produjera una especie de campo positivo extraordinario? O sea, un campo capaz de absorber súbitamente todo el flujo negativo, canalizándolo a una presión muy alta. Ése sería el ejemplo que tú me dabas antes, del agua lanzada por la boquilla de un inyector.
    —No, Tom. En fin, no sé... Es que la electricidad está tica tiene cosas que todavía no se entienden. Sólo puedo decirte que lo sucedido es imposible, pero que si efectiva mente ocurrió, no habría bastado para matar a Peebles. Y la respuesta a este imposible ya la conoces de sobras.

    Tom apartó la mirada, dirigiéndola al extremo superior de la pista de aterrizaje, donde se encontraban las dos tumbas. Por sus ojos pasó un relámpago de ira amarga y turbulenta.

    Después dio media vuelta y se alejó sin pronunciar palabra. Cuando llegó al lugar donde estaba la máquina de soldar, comprobó que Daisy Etta había desaparecido.

    Al Knowles y Harris se acurrucaron junto al refrigerador de agua.

    —Mala cosa —sentenció Harris.
    —Nunca he visto nada parecido —aseguró Al—. El viejo Tom vuelve del depósito y arma una de mil demonios: « ¿Dónde habéis metido la Siete?» « ¿Dónde habéis metido la Siete?» En mi vida había visto un lío igual.
    — ¿Así que se la llevó Dennis, eh?

    Claro que sí —repuso Harris—. Me vino hace un rato con no sé qué rollo. Por lo visto se enteró por Chub de que Tom no quería ver a nadie cerca de esa máquina. Dennis estaba furioso. Según él, la Siete tenía algo que Tom quería guardarse para él, algún secreto. Dennis está seguro de que Tom mató al chico.

    — ¿Y tú piensas lo mismo, Harris? —Hace demasiado tiempo que conozco a Tom para pensar una cosa así —negó Harris, sacudiendo la cabeza—. Pero, ¿por qué se llevó Dennis la excavadora?
    —Se le pinchó una rueda del tractor de traíllas. Volvió a por otra máquina, tal vez a por un volquete. Vio que la Siete estaba ahí, lista para funcionar, se puso a mirarla y empezó a echar pestes de Tom. Dijo que estaba harto de partirse los riñones con las otras máquinas, y por su padre que iba a llevarse algo que funcionara como Dios manda. Cuando le advertí que el viejo Tom se pon dría hecho un basilisco, hizo algunas observaciones sobre él y su parentela.
    —No le hacía yo con agallas para llevarse la máquina sin permiso. —Bueno, es que se enfureció tanto que acabó con venciéndose de que tenía arrestos para hacerlo. —Los dos hombres alzaron la vista. Chub Horton llegaba a la carrera, casi sin aliento.
    — ¡Eh, vosotros! —gritó Chub—. ¡Venid conmigo adonde está Dennis!
    — ¿Qué pasa? —preguntó Harris, incorporándose de un salto.

    Tom pasó junto a mí hace un minuto. Parecía el ángel exterminador y además iba como una flecha hacia la ciénaga que están rellenando. Le pregunté qué pasaba y me gritó que Dennis se había llevado la Siete sin permiso. Dijo que siempre estaba hablando de asesinatos, y que le iba a dar hasta cansarse por andar con la máquina...

    — ¡Caramba, caramba! —comentó Harris con voz tranquila—. No es éste el mejor momento para decir esas cosas...
    — ¿No pensarás que él...?
    — ¡En marcha!

    Divisaron a Tom cuando aún les faltaba medio camino por recorrer hasta la ciénaga. Andaba con lentitud, la cabeza gacha. Harris le llamó a voces. Alzando el rostro, Tom se detuvo y quedó aguardándoles en una postura extraña, como si llevara un gran peso sobre los hombros.

    — ¿Dónde está Dennis? —preguntó Chub a gritos. Tom esperó hasta que los recién llegados estuvieron a su altura. Alzó lentamente un brazo e indicó con el pulgar, hacia su espalda. Sus facciones habían cobrado una tonalidad verdosa.
    — ¡Tom! ¿Está...?

    Tom asintió con la cabeza y se tambaleó un poco. Su granítica mandíbula estaba fláccida, muerta.

    —Al, quédate con él. No se encuentra bien. Vámonos, Harris...

    En aquel momento Tom comenzó a vomitar ante un Al boquiabierto, fascinado por aquel espectáculo. Chub y Harris descubrieron los doce pies cuadrados de masa sanguinolenta que habían sido Dennis. Su cuerpo estaba destrozado y aplanado, pero de Daisy Etta no se veía ni rastro.

    De vuelta en el afloramiento rocoso, se sentaron todos en torno a Tom mientras Al Knowles partía con un volquete en busca de Kelly.

    — ¿Le has visto? —preguntó Tom con voz inexpresiva, tras un prolongado silencio.
    —Sí —respondió Harris.

    El chirrido del volquete y una nube de polvo anunciaron la llegada de Kelly, que venía al volante del vehículo, mientras Al se agarraba fuertemente de sus guardas. Kelly abandonó la cabina de un salto y llegó corriendo hasta Tom.

    —Tom, ¿qué es todo esto? ¿Dennis muerto? Y tú... Tú...

    La cabeza de Tom se alzó lentamente, su alargado rostro perdió la laxitud y en sus ojos brilló un destello de comprensión. Hasta aquel mismo instante no había sospechado lo que pensaban los otros.

    —Yo... ¿qué? —Dice Al que tú le mataste. Los ojos de Tom se posaron fugazmente en Al, obligándole a retroceder, asustado.
    — ¿Tienes algo que explicar, Tom? —exigió Harris.
    —No tengo nada que explicar. Lo mató la Siete. Tú mismo has visto cómo lo dejó.
    —Desde el principio estuve de tu parte —dijo Harris, hablando con extrema lentitud— Acepté lo que me decías porque siempre me pareciste sincero.
    — ¿Qué pasa ahora, esto ya es demasiado para ti? —preguntó Tom.
    —Demasiado —respondió Harris, afirmando con la cabeza.

    Tom paseó la mirada por los graves rostros de sus compañeros, y de repente soltó una carcajada.

    — ¿Y cómo pensáis resolverlo? —les preguntó tras incorporarse y apoyar pesadamente la espalda en un cajón de embalaje. Nadie le respondió.
    — ¿Creéis —siguió interrogando a los rostros silenciosos— que tiré a aquel bocazas de la máquina, y luego se la pasé por encima?

    Tampoco esta vez se oyó el más mínimo comentario.

    —Escuchadme. Cuando llegué allá, vi lo mismo que vosotros. Ya estaba muerto. ¿Tampoco os vale esta explicación?

    Hizo una pausa y se pasó la lengua por los labios resecos.

    —O sea, que después de matarlo me subí al tractor y lo llevé hasta donde no pudierais verlo ni oírlo. ¿Es eso lo que pensáis? ¡Claro, me salieron alas y volví volando! Por eso me encontrasteis a mitad de camino... ¡precisa mente diez minutos después de hablar con Chub!
    — ¿Tractor? —preguntó Kelly, como distraído.
    — ¡Díselo tú! —exigió Tom abruptamente, dirigiéndose a Harris—. Diles si el tractor estaba allá cuando Chub y tú visteis el cuerpo de Dennis.
    —No... Chub se golpeó súbitamente un muslo.
    —Tom —observó—: Pudiste haberlo hundido en la ciénaga.
    — ¡Ya lo tenéis todo pensado! —les gritó Tom, dejándose llevar por la ira—. Si es así, ¿por qué perder el tiempo haciéndome preguntas?
    —Vamos, vamos, no te pongas así —le apaciguó Kelly—. Sólo queremos saber qué ha ocurrido, la verdad. Si no estoy equivocado, pasaste junto a Chub y le dijiste que ibas a hacer no sé qué con Dennis, por andar con la máquina. ¿Es verdad o no es verdad?
    —Lo es.
    — ¿Y bien?
    — ¿Y bien? ¡Pues que la máquina lo mató!

    Chub intervino para preguntar, con un exagerado tono de paciencia:

    — ¿Recuerdas el día en que murió Peebles? ¿A qué te referías cuando dijiste que algo había estropeado la Siete, allá en la meseta?
    — ¡Pues lo dije bien claro! —gritó Tom, furioso—. Queréis crucificarme por lo de hoy y yo no puedo evitarlo. Pero antes escuchadme. Algo se ha metido en la Siete. No sé qué es y me parece que nunca llegará a saberlo. Pensé que después de hacerse migas ella misma, todo habría terminado. Me pareció que si se había inutilizado, más valía dejarla como estaba. Yo tenía razón, pero ya es tarde para lamentarse. Ha matado a Rivera y Dennis, y estoy seguro de que también tuvo parte en lo de Peebles. Para mí que no parará hasta acabar con todos los humanos de esta isla.
    —Claro que sí, Tom, claro que sí —dijo Kelly, en tono de apaciguamiento—. Ese tractor se propone matarnos a todos, pero no te preocupes: nosotros lo atrapa remos y ahí acabará la cosa. Sólo te pido que dejes de preocuparte, y ya verás como todo sale bien.
    —Eso digo yo también, Tom —intervino Harris—. No te excites. Te quedas en el campamento un par de días, y después como nuevo.
    — ¡Menudo hatajo de inútiles! —exclamó Tom entre dientes—. Si queréis seguir viviendo —les gritó airada mente—, ¡id tras esa máquina desmandada y acabad con ella!
    —Esa máquina desmandada estará a estas horas en el fondo de la ciénaga, donde tú la metiste —gruñó Chub, quien bajando la cabeza comenzó a aproximarse a Tom—. ¡Claro que queremos seguir viviendo! El modo de lograrlo es metiéndote donde no puedas hacer más daño. ¡Todos a por él, muchachos!

    La refriega duró pocos minutos. Pese a ser un hombretón de cuidado, Tom no podía vencer al grupo. Un breve tumulto, un golpe certero en la nuca propinado con una llave inglesa, y se desplomó inconsciente.

    Aunque ya era bien entrada la noche, nadie tenía ganas de acostarse. Se sentaron en derredor del farol, charlando para pasar el rato. Chub y Kelly jugaban a las cartas sin ánimo de ganar y olvidándose de recoger sus puntos. Al Knowles estaba acurrucado cerca de la luz, observando a los demás con ojos muy abiertos...

    —Deberíamos haberle matado —afirmó—. Habría que matarlo.
    — ¡Cállate! —ordenó Chub—. Ya está bien de muertes.
    — ¿Cuándo llegarán los asfaltadores? —preguntó Al Knowles con voz temblorosa.
    —Faltan doce días —respondió Harris—. Espero que traigan bebida.
    — ¡Eh, muchachos! —llamó una voz. Todos enmudecieron.
    — ¡Eh!
    —Es Tom —explicó Kelly.
    —Le voy a machacar las costillas —anunció Knowles, aunque no hizo el menor movimiento.
    —Te he oído —dijo la voz que surgía de las tinieblas—. Si no estuviera atado...
    —Ya sabemos qué harías —le cortó Chub—. ¿Crees que necesitamos más pruebas?
    — ¡Chub, déjale ya en paz de una vez! —intervino Kelly—. ¡Tom! ¿Quieres agua?
    —Sí.

    Kelly llenó una taza de agua y se la llevó a Tom. El gigantesco capataz estaba maniatado a conciencia: las muñecas unidas, una soga tensa entre codo y codo por detrás de la espalda, rodillas y tobillos firmemente sujetos.

    —Gracias, Kelly. Tom bebió con ansia, mientras Kelly le sostenía la cabeza.
    — ¡Qué sed tenía! ¿Quién me golpeó?
    —Uno de los muchachos, más o menos cuando dijiste que la máquina estaba encantada...
    — ¡Ah, sí! —Tom hizo girar la cabeza, ejercitando los músculos del cuello, y presa de intensos dolores cerró los ojos un momento.
    — ¿No te parece que tuvimos suficientes razones para dejarte así?
    —Kelly: ¿Hace falta otra muerte para que se os abran los ojos?
    —Estamos seguros de que ahora no habrá más muertes.

    Los demás se fueron aproximando lentamente.

    — ¿Ya está dispuesto a hablar con sensatez? —quiso saber Chub, dirigiéndose a Kelly.
    — ¿Por qué no me dejáis en paz? —pidió Tom, asqueado.
    —Ponte en pie y oblíganos —le retó Al.

    Fue Harris quien se levantó, pero fue para propinar a Al un revés en plena boca. El atacado dejó escapar un chillido, retrocedió tres pasos y fue a tropezar con un bidón de grasa.

    —Te lo advertí, Al —se justificó Harris en tono lastimero—. No dirás que no te lo advertí. Tom hizo cesar los murmullos del grupo.
    — ¡Silencio! —ordenó con voz sibilante, y repitió con un rugido—: ¡SILENCIO!

    Todos callaron.

    —Chub —dijo Tom en tono apacible, y prosiguió preguntando con rapidez—: ¿Qué crees tú que hice con la Siete?
    —La metiste en la ciénaga.
    — ¿Sí? Pues escucha...

    El grupo volvió a guardar un silencio absoluto. Era una noche tranquila, sin viento, iluminada por una fina luna creciente que alteraba engañosamente las formas de un paisaje negro y plata. Desde la playa llegaba el susurro apenas audible del oleaje, y de la ciénaga, muy lejos a la derecha, se alzaba el insistente croar de una rana. Pero el sonido que les heló la sangre en las venas llegaba claramente desde la elevación situada a espaldas del campamento.

    —Era el inconfundible golpeteo de un motor que se pone en marcha.
    — ¡La Siete!
    —Exacto, Chub —afirmó Tom.
    — ¿Qui... Quién la está poniendo en marcha?
    — ¿Falta alguien?
    —Estamos todos, menos Peebles, Dermis y Rivera —aseguró Tom.
    —Es el fantasma de Dennis —dijo Al, quejumbroso.
    — ¡Cállate la boca, cabeza de chorlito! —atajó Tom.
    —Ahora ha puesto en marcha el motor Diésel —informó Kelly, que seguía escuchando.
    —La tendremos aquí en un santiamén —advirtió Tom—. ¿Sabéis una cosa, muchachos? No puede ser que todos estemos locos, pero os ya a costar Dios y ayuda convenceros de que no habéis perdido un tornillo. Rivera llamaba Daisy Etta a esa máquina, porque se parece a su nombre en español, D-7, de siete. Y ahora Daisy Etta quiere a su hombre.
    —Tom —le interrumpió Harris—: ¿Por qué no dejas de decir tonterías?
    —Porque algo tengo que hacer —explicó Tom, hablando lenta y pesadamente—. No puedo echar a correr...
    —Iremos a echar un vistazo —resolvió Chub—. Si la máquina funciona sola, te soltaremos.
    —Te lo agradezco infinito. Si no es mucho preguntar: ¿Crees que estaréis de vuelta antes de que ella llegue?
    —No te preocupes, volveremos antes. Harris, acompáñame. Iremos en un tractor de traíllas. Son más rápidos que la Siete.
    —Que haya suerte en la cacería, Chub.
    —Me parece —dijo Chub, inclinándose junto a Tom— que voy a tener que pedirte perdón.
    —No hay nada que perdonar. Yo habría hecho lo mismo. Vete ya y vuelve en seguida.
    —Descuida, volveré en seguida.
    —Y tú no te muevas de aquí —recomendó Harris con socarronería.
    —Tom correspondió a su sonrisa, y un instante después los dos hombres se alejaban.

    No volvieron en seguida, como habían prometido. En realidad, no volvieron nunca. Fue Kelly quien llegó corriendo pesadamente, seguido de Al Knowles, cosa de media hora después.

    —Al... Dame tu navaja. Se puso a cortar las cuerdas. Tenía el rostro demudado.
    —He visto parte de lo que pasó —dijo Tom en un susurro—. Chub y Harris, ¿están...?
    —Kelly movió afirmativamente la cabeza.
    —Tal como tú dijiste, no había nadie en la Siete. Habló como si no tuviera nada más en la mente, como si precisara de una voluntad férrea para no repetirlo una y otra vez.
    —Hicieron falta dos muertes más para demostrar que yo tenía razón —dijo Tom, rechinando los dientes—. Vámonos de aquí.
    — ¿Adónde podemos ir?
    — ¿No habrá ningún punto inaccesible para la Siete?
    —Eso es mucho preguntar. No sé, quizás algún peñasco muy alto...
    —No hay ninguno por aquí —rechazó Tom.
    — ¡En la última zanja que abrí con mi pala! —exclamó Kelly, chasqueando los dedos tras un momento de concentración—. Quedaron unos treinta pies de tierra fuera del terraplén. Es una prolongación que en su parte más estrecha no tendrá más allá de cuatro pies. Si Daisy Etta trata de llegar hasta nosotros desde arriba, pasará por ese estrechamiento y ella sola se pondrá fuera de combate. Si pretende llegar desde abajo no tendrá potencia para escalar la pared, que es demasiado empinada y consiste en tierras muy sueltas.
    — ¿Y qué hacemos si se prepara una rampa?
    —Desapareceremos antes de que llegue.
    —De acuerdo. ¡En marcha!
    —Al propuso que tomaran un volquete porque era más rápido, pero nadie le hizo caso.

    Tom quería una máquina no expuesta a los pinchazos y que sólo se pudiera volcar con mucha potencia. Tomaron el tractor de traíllas dotado de pala, que fuera la máquina de Dennis, y se internaron en las tinieblas.

    Daisy Etta les despertó unas seis horas después. La noche retrocedía ante las primeras luces del alba y del océano soplaba una brisa fresca. Un débil gruñido del potente Diésel bastó para que Al Knowles se incorporara de un salto. Tambaleándose en el borde del alto pasadizo de tierra donde se echaran a dormir, dio un grito mientras se esforzaba por recobrar el equilibrio.

    — ¿Qué pasa? —preguntó Kelly, completamente despejado.
    —Viene para aquí —explicó Al, lloriqueando—. ¡Dios mío! ¡Dios mío!

    Avanzaba por la pista de aterrizaje sin asfaltar, marchando pesadamente sobre el terreno humedecido por el rocío. Cruzando la línea del arcén, superó con habilidad la zona más escabrosa, esquivando los baches y pedruscos que de vez en cuando le salían al paso. Avanzaba como conducida por un tractorista experto. Era la primera vez que Tom la veía marchar sola con toda claridad, y el espectáculo le puso la carne de gallina.

    — ¿Qué vamos a hacer? —gimió Al Knowles.
    —Esperaremos a ver qué pasa —sugirió Kelly—, y tú vas a cerrar esa bocaza. Faltan unos cinco minutos para saber exactamente si intenta atacar desde abajo o desde aquí arriba.
    —Si prefieres marcharte —observó Tom con dulzura—, por nosotros no te detengas.

    Al decidió sentarse en el suelo.

    Pensativo, Kelly se puso a contemplar su querida pala mecánica, estacionada en la zanja que quedaba a sus pies, aunque algo alejada hacia la derecha.

    — ¿Crees que la Siete resistiría un ataque con mi pala?

    Si las dos llegaran a enfrentarse —opinó Tom—, tengo la impresión de que Daisy Etta lo pasaría mal. El problema está en cómo acercar la pala a una distancia que te permita actuar.

    — ¡Ha desaparecido la Siete! —gimoteó Al.
    —Tom miró hacia el lugar donde poco antes estuviera la máquina.
    —Se ha decidido por escalar el terraplén. Va a probar un ataque desde aquí arriba.

    Esperemos a ver si es tan estúpida que intenta cruzar el pasadizo. Si lo hace, que dará detenida sobre la panza, y las llantas le colgarán por los lados. Seguramente volcará tratando de salir del paso.

    La espera se hizo interminable. Oían el rugido del motor, procedente de allende la colina. En un par de ocasiones les llegó el inconfundible sonido del Diésel que cambiaba de velocidades. Hubo un momento en que se miraron esperanzados, mientras el estruendo se trocaba en una sucesión de rugidos, como si la máquina retrocediera; pero en seguida comprendieron que estaría escalando alguna parte muy empinada de la ladera y le costaba acumular la potencia necesaria. De todos modos lo consiguió. El motor trepidó al coronar el borde de la colina, mientras la máquina pasaba a la cuarta velocidad y salía pesadamente a terreno despejado. Llegó dando sacudidas hasta el límite de la zanja y se detuvo. Redujo las revoluciones del motor, dejó caer la pala hasta tocar el suelo y quedó con el Diésel al ralentí. Al Knowles retrocedió hasta el mismo borde del terraplén que les servía de refugio, los ojos como platos.

    — ¡Muy bien! ¡Pelea o cállate! —gritó Kelly a la máquina.
    —Está estudiando la situación —observó Tom—. No se dejará engañar por ese paso tan estrecho.
    —La pala de Daisy Etta empezó a elevarse y se detuvo a escasa distancia del suelo. Cambiando de velocidad, comenzó a retroceder lentamente sin revolucionar apenas el motor.
    — ¡Va a saltar! —gritó Al—. ¡Yo me voy de aquí!
    — ¡No te muevas, estúpido! —ordenó Kelly—. ¿No ves que aquí no puede atacarnos? Si bajas te atrapará como a un conejillo...

    La explosión del motor de la Siete colmó la paciencia de Al. Con un quejido se lanzó sobre la brecha, para bajar deslizándose por la pared casi vertical de la zanja. Llegó al fondo corriendo.

    Daisy Etta bajó la pala y avanzó con un rugido, acumulando ante sí la tierra mientras se aproximaba al borde. La pala mordió el angosto pasadizo del terraplén, formado por marga blanda y blancuzca. Entrándole de frente, la máquina derramó por ambos lados su colosal cargamento.

    — ¡Va a enterrarse! —gritó Kelly.
    — ¡No, espera! —Tom le agarró un brazo—. Está girando... ¡Se está haciendo una rampa!
    — ¡Es verdad! ¡Y nos ha cortado el paso hacia el terraplén!

    Extendida la pala hasta su máxima altura, libre ya de los últimos residuos de su colosal cargamento, la Siete viró en redondo y ascendió en marcha atrás, hundiendo de nuevo la pala. Hizo una pasada más entre los hombres y el terraplén, excavando una zanja demasiado ancha para que pudieran salvarla de un salto. De nuevo abajo, viró hasta situarse con el morro frente al refugio que ahora se había transformado en una columna aislada de marga. Desaceleró el motor y se puso a esperar.

    — ¿Y ahora qué hacemos? —inquirió Tom—. ¿Esperamos aquí arriba hasta que se le agote el combustible, o nos morimos de hambre?
    —Vamos, Tom, no te preocupes. Esto no va a ser un asedio. La máquina le ha cogido gusto a eso de matar gente. ¿Dónde está Al? ¿Crees que tendrá redaños para acercarse con el otro tractor, a ver si atrae a la máquina?
    —Sólo los tuvo para largarse llevándose nuestro tractor —repuso Tom—. ¿No lo sabías?
    —Se llevó... ¿qué? —preguntó Kelly, atónito—. ¡El muy desgraciado!
    — ¿De qué sirve insultarle? —interrumpió Tom—. ¿Qué otra cosa podía esperarse de él?

    En aquel momento Daisy Etta pareció haber resuelto el problema de cómo acabar con el espléndido aislamiento de sus enemigos. Hincando una esquina de su pala en la columna de marga, abrió un enorme boquete que hizo desplomarse los estratos superiores. Del flanco del refugio desaparecieron ocho pulgadas de terreno.

    — ¡Vaya, vaya! Esto se pone feo —sentenció Tom.
    —En cuestión de veinte minutos nos dejará sin nada —afirmó Kelly, inexorable—. Tom, creo que nos conviene salir por piernas, ahora mismo.

    Con una nueva pasada de la Siete, la pequeña plataforma perdió otro pie de anchura.

    —Tienes razón —reconoció Tom—. Atiende. Espera remos a que vuelva a cargar. Necesitará un segundo para librarse de la carga, en cuanto vea que nos hemos ido. Separémonos... No puede atraparnos a los dos a la vez. Tú te vas hacia terreno despejado, das un rodeo y regresas al terraplén. Allá arriba estarás seguro. Yo procuraré llegar hasta la pala, o por lo menos la haré correr un rato.

    La espera fue tensa. Daisy Etta reanudó sus maniobras. Mientras el motor trepidaba bajo la pesada carga, Tom dio una voz y los dos hombres saltaron. Apenas habían tocado el suelo cuando la proa metálica asomó por el terraplén. Al instante la máquina puso su quinta velocidad y se lanzó contra ellos. Kelly se desvió rápidamente por la izquierda, mientras Tom lo hacía por la derecha. Daisy Etta se detuvo unos instantes, calculó que Tom era el más lento y viró en su dirección. Aquel instante de vacilación permitió a Tom ganar una ligera ventaja. Echando a correr hacia la pala, se zambulló entre sus llantas.

    Caía al suelo cuando la enorme vertedera de Daisy Etta golpeaba la llanta derecha de la pala mecánica, con un impacto que hizo temblar las cuarenta y siete toneladas de la gran máquina. Sin arredrarse, Tom gateó bajo la pala, se incorporó al llegar al otro lado, dio un salto y agarró el marco de la ventanilla trasera. Izándose a pulso logró meterse a trompicones en la cabina. Allá estaba a salvo; las enormes llantas metálicas tenían una altura superior al alcance máximo de la pala con que iba provista la Siete, y el piso de la cabina quedaba por lo menos un pie y medio por encima de las llantas. Tom cruzó hasta el extremo opuesto de la cabina y echó un vistazo desde la portezuela. Daisy Etta había retrocedido y aguardaba con el motor al ralentí.

    —Ya puedes rumiar lo que quieras —murmuró Tom, aproximándose al motor. Sin prisas, comprobó su funcionamiento, quedó satisfecho, situó el regulador a media potencia y tiró de la palanca de encendido. El motor arrancó al primer intento. Deslizándose en el sillín, pisó el pedal del embrague y de un manotazo aumentó las revoluciones del motor.

    Mientras el Diésel se aceleraba, Tom echó un vistazo por la portezuela y comprobó que la Siete seguía en el mismo lugar. Hizo girar violentamente su máquina hacia la derecha, levantó la cuchara y la extendió al máximo que daban de sí sus brazos. El talón de la cuchara pasó sobre la capota de la Siete, arrancándole el tubo de escape y el filtro del aire. Tom soltó una maldición: había contado con que la Siete diera un salto hacia atrás, para hacerle pedazos el radiador. Pero se quedó inmóvil, adoptando en décimas de segundo una decisión correcta.

    Fue entonces cuando se movió, y lo hizo con presteza. Cambiando de marchas a una velocidad endiablada, retrocedió de un salto para burlar a su rival. Tom detuvo el balanceo de la pala y situó la cuchara en posición intermedia, dejándola dispuesta para cualquier maniobra. El sol arrancó destellos de sus cuatro dientes metálicos. La gigantesca máquina aguardó con potencia contenida, presta y totalmente sumisa a pesar de su espantosa fuerza bruta.

    Tom examinó atentamente la destrozada capota del motor de la Siete. Con su gran ojo ciego, el negro orificio del tubo del aire le devolvió la mirada.

    — ¡Aja! —exclamó, regocijado—. Unas cuantas tacitas de buena marga seca en ese agujero te darán algo que rumiar.

    Sin perder de vista el tractor, giró la máquina hacia el banco de tierra y hundió la cuchara en la marga. Cuando ya la tenía cargada, una sacudida terrible le hizo tambalearse en el sillín. Mirando sobre su hombro vio que la Siete retrocedía: se le había aproximado velozmente, propinándole un golpe tremebundo en el contrapeso situado tras la cabina. Tom sonrió. La Siete tendría que pensar en algo más efectivo. En el contrapeso no había nada frágil, y sí tan sólo ocho o diez toneladas de acero macizo.

    Viró nuevamente su máquina, con la cuchara repleta de marga blanca que se derramaba por ambos lados. Manejando con presteza la palanca del giro, siguió el lento baile iniciado por la Siete, que retrocedía y avanzaba como el boxeador que espera su oportunidad de llegar a la mandíbula del contrincante.

    Súbitamente, Daisy Etta emitió un rugido y avanzó a toda velocidad. Tom dio un manotazo a una palanca y la cuchara se elevó, dejando pasar bajo ella al tractor. Un puñetazo al mando de la cuchara y la gran mandíbula de acero se abrió, derramando su cascada de marga sobre la destrozada capota de la Siete. El ventilador de la excavadora formó de inmediato una nube de tierra y polvo. Sin perder un segundo, Tom dejó caer el aguilón con ánimo de aplastar los tubos de inyección situados sobre el bloque del motor; pero ya Daisy Etta había retrocedido, abandonando su arriesgada posición.

    Al despejarse la nube de polvo, el tractor volvió al ataque con renovada energía y lanzó su pala contra la cuchara de Tom, que en aquel momento la tenía casi a ras de suelo. Tom viró para salirle al paso. Cuchara y pala chocaron provocando una lluvia de chispas y un estruendo metálico audible en media milla a la redonda. Daisy Etta había embestido con su pala en alto, y Tom dejó escapar un grito contrariado al ver que le tenía trabados dos dientes de la cuchara. Golpeó la palanca de elevación y la cuchara comenzó a levantarse, arrastrando tras sí el morro de la excavadora.

    Daisy Etta se debatió furiosamente, sus llantas metálicas se hincaron con violencia en el suelo mientras subía y bajaba la pala, tratando en vano de zafarse. Tom se esforzó por aproximar más el tractor a su máquina, pues el aguilón quedaba demasiado bajo para levantar un peso tan grande. Además, aquello no bastaba para acabar con la Siete.

    Tom la levantó ligeramente. La llanta exterior de Daisy Etta se alzó un palmo del suelo. Soltando una maldición, Tom dejó caer la cuchara y al instante la excavadora se había zafado. Volvió al ataque, describiendo una amplia curva. Tom viró su máquina para salirle al encuentro, propinándole un golpe terrible en la pala. Pero esta vez la Siete no se retiró tras el encontronazo, sino que siguió empujando, llevándose por delante la cuchara. Antes de que Tom se diera cuenta de la maniobra, tenía la cuchara entre las llantas metálicas de su vehículo. Había sido una jugada inteligente, porque mientras la Siete siguiera sujetando la cuchara, Tom quedaba incapacitado para girar a derecha o izquierda.

    Profiriendo un juramento, el hombre se inclinó para manipular las pequeñas palancas de desplazamiento normal, situadas a su izquierda. Conectó el control de avance, pisó el acelerador y empujó violentamente la palanca de oscilación. Con un estrépito ensordecedor, las grandes llantas comenzaron a girar.

    Daisy Etta iba provista de mallas metálicas muy aguzadas; sus placas medían veinte pulgadas de anchura y la longitud de las llantas era de catorce pies; en tojal sostenían catorce toneladas de acero. Las grandes placas planas de la pala mecánica tenían tres pies de anchura, veinte de longitud y arrastraban un peso de cuarenta y siete toneladas. Había demasiada desigualdad entre ambas máquinas. El Diésel de la pala mecánica reconoció con un bramido la dureza del empeño, pero no dio señales de ir a calarse. Por su parte, Daisy Etta realizó la increíble hazaña de pasar a una velocidad de avance mientras retrocedía empujada por su contrincante; pero de nada le sirvió. Sus llantas giraron como locas, tratando de impulsarla hacia delante; lenta e inexorablemente, su rival fue empujándola hacia la pared de la zanja.

    Tom oyó un sonido completamente ajeno al estruendo de una máquina forzada al máximo de su potencia. Echó un vistazo al exterior y vio a Kelly sentado en el borde de la zanja, con un cigarrillo entre los labios, dando manotazos en el aire como si estuviera presenciando un combate sensacional.

    No andaba descaminado.

    Con su maniobra, Tom había arrinconado a la máquina asesina, que de no girar hacia un costado se vería oprimida contra el banco de tierra, con riesgo de perder el depósito de carburante. Por otra parte, al tenerla arrinconada Tom podía disponer de tiempo para izar su cuchara y hacerla pedazos. Y si viraba antes de retroceder hasta la pared de tierra, no le quedaba más remedio que soltar la cuchara de su enemigo. Daisy Etta optó por esto último.

    El Diésel de Tom le avisó, pero no con tiempo suficiente. El motor canturreó al perder carga y entonces supo el hombre que la excavadora ponía marcha atrás. Reaccionó propinando un manotazo a la palanca de elevación y la cuchara se alzó mientras la excavadora retrocedía, alejándose. Tom extendió el brazo de la cuchara, la dejó caer de golpe... y falló: el tractor se había hecho a un lado. Entonces embistió Daisy Etta, metiendo una llanta en el costado de la zanja para quedar inclinado y elevar al máximo el brazo extensible de su pala. Tom no esperaba una maniobra tan arriesgada. El tractor se lanzó sobre su cuchara, y el borde cortante de la pala cayó sobre los dientes de ataque. Esta vez la Siete contaba con todo su peso para sujetarla. Ella no podía zafarse, pero a cambio de esta desventaja había trabado la cuchara con el brazo tan extendido que Tom no podría izarla sin poner en peligro la estabilidad de su máquina.

    De momento quedaban en tablas. Daisy Etta se había colgado de la cuchara, inmovilizándola. Tom intentó una maniobra de elevación, pero el tractor había enterrado un extremo de su pala en el costado de la zanja y su anclaje era demasiado firme. Trató de oscilar, de elevar la cuchara. La fricción de metal contra metal sólo le sirvió para producir humo. Gruñendo, Tom puso el motor al ralentí.

    Asomó la cabeza por la ventanilla y comprobó que Daisy Etta había hecho lo mismo.

    — ¡Fuera de combate por partida doble! —gritó Kelly desde su privilegiada posición.
    —Eso parece. ¿Crees que podríamos acercarnos lo suficiente para tranquilizarla un poco?
    — ¿Tranquilizarla? ¿Cómo?

    Arrancándole los tubos con una barra de hierro.

    Tom se refería a los tubos de latón por donde circulaba el carburante a presión, desde la bomba hasta los inyectores. Había muchos pies de tubería, dispuesta en espiras sobre el cilindro. El ralentí de Daisy Etta se trocó en una aceleración furiosa.

    — ¿Será posible? —se asombró Tom, gritando para superar el ruido del motor—. Pues, ¿no nos estaba es piando, la muy chismosa?

    Tomó una barra metálica de la caja de herramientas y saltó al suelo. Kelly se le unió deslizándose por el costado de la zanja. Los dos hombres se aproximaron con precaución al tractor, que aceleró bruscamente sus revoluciones y comenzó a vibrar.

    —Ten cuidado —recomendó Kelly, mientras su compañero empuñaba la barra y ponía la otra mano en con tacto con la carrocería de la Siete.

    Con un estremecimiento, Daisy Etta eligió aquel momento para lanzar un chorro de agua caliente por el tubo de goma situado en la parte alta del radiador. El abanico líquido alcanzó a los dos hombres en pleno rostro. Retrocedieron tambaleándose y profiriendo maldiciones.

    — ¿Estás bien, Tom? —inquirió Kelly con voz entre cortada. Había recibido casi toda la descarga en la boca y en una mejilla. Tom estaba arrodillado, secándose el rostro con un faldón de la camisa.
    — ¡Mis ojos! ¡Mis ojos!
    — ¡Déjame ver! Kelly cayó junto a él y le tomó las muñecas, apartando suavemente las manos con que Tom se cubría la cara. No pudo contener un silbido.
    —Vamos —dijo entre dientes. Ayudó a incorporarse a su compañero y lo condujo más allá de un recodo de la zanja.
    —Siéntate. Vuelvo en seguida.
    — ¿Adónde vas? Kelly... ¡ten cuidado!
    — ¿Cuidado? ¿Cómo?

    Echando a correr hacia la pala mecánica, Kelly saltó ágilmente a la cabina, se inclinó sobre el motor y conectó la palanca maestra. Acomodándose en el sillín, maniobró con los mandos y el motor emitió un rugido. Luego tiró de la palanca de elevación hasta dejarla bien trabada, giró e hizo pegar un salto a la máquina, todo ello en un solo movimiento de desenganche.

    Giró el tambor de la grúa, haciendo que su cable quedara en tensión. La cuchara se agitó bajo el peso muerto de la Siete. Entonces, lentamente, los extremos posteriores de las grandes llantas planas comenzaron a despegarse del suelo. Obedeciendo las órdenes del hombre, la gigantesca máquina osciló hacia delante sobre los extremos de sus llantas, y el Diésel perdió revoluciones bajo su colosal cargamento, pero soportó el esfuerzo. Un ramal del cable de elevación se rompió y salió despedido como un látigo, silbando al contacto con el aire.

    La Siete quedó en posición vertical, cayendo al suelo con un estruendo infernal. Las ocho toneladas de acero macizo del aguilón se desplomaron con una explosión metálica sobre la pala de la Siete, que quedó totalmente inmovilizada.

    Daisy Etta aceleró su motor en una reacción de impotencia. Kelly pasó junto a ella, contoneándose, tocándose la nariz con gesto irónico, y volvió junto a Tom.

    — ¡Kelly! ¡Pensé que no volverías nunca! ¿Qué ha pasado?

    La pala ha hincado el morro en el suelo.

    — ¡Buen chico! ¿Te echaste encima de ella?
    —No, pero el aguilón ha quedado sobre la pala. Está como un ratón en la trampa.
    —No te fíes de ese ratón, no sea que vaya a roerse una pata para salir de la trampa — advirtió Tom con acidez—. Todavía funciona, ¿verdad?
    —Sí, pero eso lo soluciono yo en un santiamén.
    —Claro, claro... Y ¿cómo piensas hacerlo?
    — ¿Cómo? Pues, no sé... Tal vez con dinamita. A propósito, ¿qué tal tus ojos?

    Tom trató de separar los párpados y soltó un gruñido.

    —Mal, aunque ya veo algo. Se me están formando ampollas en los párpados. ¿Dinamita, dices? Creo que antes debemos recapacitar.

    Tom se sentó en el suelo, apoyó la espalda en el banco de marga y estiró las piernas.

    —Escúchame, Kelly. Debemos examinar todas las facetas de este asunto antes de tomar una decisión. Ordenemos los datos que conocemos. Todo empezó en la me seta, cuando Rivera iba a derribar un edificio viejo. Esta cosa, sea lo que sea, salió de allá. Sabemos que es algo dotado de inteligencia, capaz de meterse en esa máquina, pero no en un ser humano...
    — ¿Qué dices? ¿Cómo sabes que no es capaz de meter se en un ser humano?
    —Porque ha tenido oportunidad de hacerlo y no lo ha hecho. Yo estaba junto al lugar cuando salió a la superficie, y Rivera conducía la máquina. No nos hizo daño directamente. Se metió en el tractor y fue éste el que nos atacó. Por eso deduzco que para dañar a las personas tiene que meterse en una máquina. Y cuando lo hace, no para hasta matar. ¿De acuerdo hasta aquí?

    Tras una pausa breve, Tom prosiguió exponiendo su punto de vista:

    —En cuanto se mete en una máquina, ya no puede salir. Esto lo sabemos porque ha tenido muchas oportunidades de hacerlo y no las ha aprovechado. Esta última refriega, por ejemplo: Yo ahora tendría la cara como un tomate si se hubiera apoderado de la pala mecánica. Y te apuesto lo que quieras a que, si pudiera, lo haría.
    —Ya entiendo. Pero, ¿qué podemos hacer?
    —Ahí está el problema. Me parece que no bastaría con destrozar el tractor, ¿comprendes? Podríamos incendiarlo, o volarlo, y tal vez no consiguiéramos dañar a esa cosa que se metió en él cuando lo de Rivera.
    —Bien, bien... pero, ¿qué podemos hacer? Seguimos sin saber qué diablos es esa cosa...
    —Creo que sí lo sabemos, o al menos tenemos ya una pista. Recuerda que cuando murió Peebles pasó algo muy raro. La Siete retrocedió unos treinta pies en línea recta. Lo raro es que lo hizo sin recurrir al motor de arranque, y además con las válvulas de compresión abiertas.
    —Ahora bien —prosiguió Tom—: Si lo piensas, verás que esa cosa no tiene unos poderes tan extraordinarios como parece a primera vista. Después de su excursión por la meseta, no pudo repararse a sí misma. Tampoco puede obligar a la Siete a que realice maniobras mucho más complejas de lo normal. Hasta ahora, lo máximo que ha hecho es retroceder ante la máquina de soldar. ¿Por qué crees que retrocedió, y precisamente entonces?
    —Supongo que no le hizo gracia el arco voltaico —aventuró Kelly.
    — ¡Exacto! Mira, Kelly... Esa cosa siente y piensa. Y si es capaz de todo eso, ¡se deduce que también puede sentir miedo!
    — ¿Miedo? ¿Por qué ha de sentir miedo?
    —Atiende. A esa cosa le pasó algo cuando recibió la descarga del arco voltaico. Recuerda que cuatro horas después la máquina seguía estando caliente, pero de una manera rara: no sólo donde recibió la descarga del arco, sino por todas partes. Por todas partes.

    Tom se iba entusiasmando a medida que sus palabras cristalizaban las ideas que hervían en su mente.

    —Y fíjate en una cosa —siguió explicando—: La máquina se asustó tanto que retrocedió ante el soldador, haciendo un esfuerzo máximo por alejarse del peligro. Y después se puso enferma. Como lo oyes, se puso enferma, porque desde que tiene ese nosé-qué en su interior, siempre que ha estado cerca de alguna persona ha buscado la manera de matar. La única excepción es el par de días después de recibir la descarga del arco voltaico.
    — ¿Por qué no hizo pedazos el soldador cuando Dennis la puso en marcha?
    —Sólo veo dos explicaciones posibles: Se sabía in capaz de hacerlo, porque estaba débil; o de lo contrario no tuvo agallas. Tal vez estuviera atemorizada y sólo pensó en alejarse.
    — ¡Pero tuvo toda una noche para volver a por la máquina de soldar!
    —Seguiría asustada, digo yo. O bien... O bien... ¡Claro! Tenía otras cosas que hacer. Su obsesión es matar... No hay otra manera de explicarlo. Para eso la crearon. No me refiero a la máquina, sino a la cosa que se ha posesionado de ella.
    — ¡Al diablo con ella! —exclamó Kelly, poniéndose en pie—. Sea como sea, llevamos ya demasiado tiempo dándole a la lengua. Lo que tú dices me parece tan sensato que quiero probar algo absurdo, y no sé si me entiendes. Si ese soldador puede darle un disgusto a la Siete, yo me apunto. Especialmente si lo hacemos a una distancia de cincuenta pies. Por aquí tiene que haber algún volquete. No perdamos más tiempo. ¿Estás en condiciones de circular?
    —Creo que sí, un poco.

    Tom se puso en pie y los dos hombres avanzaron por la zanja hasta el lugar donde se encontraba el volquete. Subieron al vehículo, lo pusieron en marcha y se dirigieron hacia el campamento.

    A mitad de camino Kelly echó un vistazo atrás. Ahogó una exclamación de sorpresa y, aproximando su boca al oído de Tom para poder superar el estruendo del motor, gritó:

    — ¡Tom! ¿Recuerdas lo que dijiste sobre el ratón que se roe la pata para salir de una trampa? ¡Eso es lo que ha hecho Daisy! ¡Ha abandonado la pala y los brazos extensibles, y nos viene siguiendo!

    Entraron como una tromba en el campamento, respirando con dificultad en la nube de polvo que se formó al detener el volquete junto a la máquina de soldar.

    — ¡ízala hasta la caja del volquete! —ordenó Kelly—. Yo voy a por algo de agua y comida.

    Tom avanzó a tientas hasta una caja de herramientas, atisbando por las estrechas rendijas de sus párpados hinchados. Tomó una cadena, regresó a la cabina del volquete, lo hizo girar y retrocedió hasta dejarlo junto al soldador. Pasó la cadena por la anilla situada en el extremo de la barra de enganche del soldador, atornilló el perno como pudo y dejó caer la cadena sobre el gancho de arrastre del volquete.

    Kelly llegó corriendo, casi sin aliento.

    — ¿Todo dispuesto? ¡Estupendo! Daisy se acerca rápidamente. Vámonos a la playa. Nos ocultaremos hasta sacarle un buen trecho de ventaja. Esperemos que este armatoste no se nos hunda en la arena.

    —De acuerdo —accedió Tom—. Sólo te pido que conduzcas con cuidado. Una sacudida demasiado brusca y el soldador se nos quedaría por el camino. No sabría decirte el porqué, pero ahora mismo no me gustaría nada perderlo.

    Partieron hacia la playa. Cuando llevaban recorrido un cuarto de milla, avistaron a la Siete que atravesaba el llano. La máquina modificó de inmediato su dirección, para interceptarlos.

    — ¡Ahí viene! —gritó Kelly mientras pisaba a fondo el acelerador. Tom se volvió en su asiento y se puso a vigilar la preciosa carga que remolcaban.
    — ¡Eh! ¡No corras tanto! ¡Cuidado!

    Demasiado tarde. La cadena se desprendió de su enganche y el soldador dio una sacudida, inclinándose peligrosamente hacia la izquierda. Su barra direccional se hundió en la arena, cual pértiga sobre la que pasó la máquina para ir a caer de costado. Por un verdadero milagro no dio la vuelta de campana.

    Kelly pisó con fuerza el pedal del freno. En cuanto se detuvo el volquete, los dos hombres saltaron de la cabina y echaron a correr hacia el soldador. Estaba intacto, pero ya no podía pensarse en remolcarlo.

    —Si hemos de vernos las caras con la Siete, tendrá que ser aquí.

    En aquel sector la playa tenía unas treinta yardas de anchura. La superficie arenosa, uniforme en su práctica totalidad, se extendía hasta una sucesión de montículos cubiertos de hierba que formaban el límite entre la costa y el interior. Mientras Tom comprobaba el funcionamiento del encendido y del generador de la máquina de soldar, Kelly escalaba un montículo para observar el sector de playa por donde habían llegado. De repente comenzó a gritar y a hacer señas con los brazos.

    — ¡Es Al! ¡Viene con un tractor de traíllas!

    Tom abandonó lo que estaba haciendo y se reunió con Kelly.

    — ¿Dónde está la Siete? No la veo.
    —Nos sigue la pista. ¡Al! ¡Al! ¡Eh, sinvergüenza, vente para aquí!

    Ahora Tom ya divisaba confusamente el tractor de traíllas que se dirigía a ellos en derechura.

    —Seguro que no ha visto a Daisy Etta —observó Kelly con repugnancia—, porque se habría ido en dirección contraria. Al detuvo el vehículo a unas cincuenta yardas de distancia y dejó el motor al ralentí. Kelly le llamó a gritos, indicándole por gestos que se acercara.
    — ¡Tráete ese tractor!

    Al permaneció donde estaba. Profiriendo una maldición, Kelly echó a correr hacia él.

    — ¡No te me acerques! —advirtió Al, cuando Kelly se aproximaba.
    — ¡Baja con ese tractor a la playa!
    — ¿Dónde está Daisy Etta? —En la voz de Al se ad vertía una extraña tensión.
    —Nos viene persiguiendo.

    Los ojos saltones de Al se abrieron aún más, con un movimiento casi audible. Saltó de la máquina y echó a correr. Kelly se subió de un brinco al sillín del vehículo.

    — ¡Eh! —gritó hacia la figura de Al, que disminuía con rapidez—. ¡Te vas a meter en la boca del lobo!

    El otro no debió oírle, porque siguió corriendo como un loco, playa adelante.

    Kelly metió la quinta velocidad y pisó a fondo el acelerador. Encabritándose y dando tumbos por el desigual terreno, la máquina descendió a toda velocidad hacia la playa. Tom caminaba a tientas en dirección al soldador cuando Kelly le alcanzó con su vehículo.

    — ¡Ponte detrás! —Le espetó Tom—. Atascaré la barra de enganche con la cadena, y mira a ver si puedes llevártelo hasta la depresión que hay entre aquellos dos montículos. Y esta vez no corras, no nos conviene destrozar el generador. ¿Dónde está Al?
    —Ni idea. Se fue corriendo como un loco, playa adelante, en dirección a Daisy.
    — ¿Cómo dices?

    La respuesta de Kelly se perdió en el aullido del motor de dos tiempos. Situó su máquina detrás del soldador y le acercó la pala. Metió una velocidad corta, soltó un poco el embrague y lentamente lo fue empujando hasta el punto indicado por Tom. Era una pequeña depresión situada entre dos bancos que se proyectaban hacia el mar. El oleaje y la marea alta llegaban a pocos pies del lugar.

    Tom alzó un brazo y Kelly detuvo su máquina. Desde allende el banco de arena, todavía fuera de su vista, llegó el ronquido del escape de la Siete. Kelly abandonó de un salto su tractor y fue en ayuda de Tom, que sacaba furiosamente rollos de cable colocados en la rejilla posterior del soldador.

    — ¿Qué vas a hacer?

    Tenemos que preparar una conexión de tierra para la Siete —respondió Tom, jadeante. Comprobó que no hubiera nudos en el cable y se volvió hacia el tablero de mandos.

    — ¿Cómo era? ¿Unos sesenta voltios y el amperaje en «Aplicaciones Especiales»? — Hizo girar los discos y pulsó el botón del encendido. El motor respondió al instante. Kelly recogió la pinza de tierra y la empalmó con el portavarillas. El regulador de solenoide recibió una descarga, haciendo rugir el motor mientras saltaba una buena chispa.
    —Bien —aprobó Tom, desconectando el generador—. Ahora, a ver si se te ocurre algo para que esa máquina des mandada nos haga la conexión de tierra.

    Kelly apretó los labios y sacudió la cabeza.

    —No sé... Como no sea que alguien vaya y le coloque esto...
    —Ni hablar, muchacho. Eso no puede ser. Si uno de nosotros muere...
    — ¡Déjate de historias, Tom! Sabes muy bien que me toca hacerlo a mí, porque tú no ves. Si yo estuviera en tus circunstancias, lo harías sin...

    Calló al advertir un cambio de tono en el rugido de la Siete. Su motor daba estallidos con aquella irregularidad que ya les resultaba familiar.

    — ¿Y ahora qué le pasa?

    Kelly se separó de su compañero para escalar el flanco del terraplén.

    — ¡Tom! —llamó con voz entrecortada—. ¡Sube! Tom le siguió, y los dos hombres se echaron en el suelo, atisbando sobre el borde de la escarpadura.

    Daisy Etta se había detenido en la playa, cerca del agua. Ante ella, a veinte o treinta pies de distancia, Al Knowles hablaba con los brazos extendidos hacia la máquina. El ruido del motor no les permitió captar sus palabras.

    — ¿Crees que tiene valor para distraerla mientras nosotros nos preparamos? — preguntó Tom, dubitativo.
    —Sería lo más increíble que se haya visto nunca en esta vieja isla —repuso Kelly con un susurro—. Y mira que han pasado cosas...

    La Siete aceleró su motor hasta hacer vibrar toda la carrocería. Luego disminuyó las revoluciones y se puso al ralentí. Fue entonces cuando los asombrados espectadores pudieron oír las palabras de Al.

    —He venido a ayudarte —explicaba Al, con voz histérica—. He venido a ayudarte. ¿Me oyes? No me mates y te ayudaré.

    Avanzó un paso. La máquina soltó un bufido y Al cayó de rodillas.

    —Te lavaré. Te engrasaré. Te cambiaré el aceite —prometió, como recitando una letanía—. Déjame ayudarte. Te repararé cuando te estropees. Te ayudaré a acabar con los otros...
    — ¡El muy desgraciado! —gruñó Kelly—. ¡Será asqueroso!

    Se incorporó de un salto y comenzó a gritar:

    — ¡Eh, Al! ¡Basta ya! ¡Obedece, o si ella no te agarra, ya te daré yo tu merecido!
    — ¡Cállate! —respondió Al entre sollozos—. Yo sé quién manda aquí, y tú también lo sabes. ¡Ella —gritó, señalando a la Siete— nos matará a todos si no hacemos lo que nos mande!

    Se volvió hacia Daisy Etta.

    —Yo los ma... los mataré. Te lavaré, y te sacaré brillo, y te arreglaré la capota. Yo te volveré a poner la pala... Kelly se agitaba, enfurecido.
    —No te pongas así —observó Tom—. ¿No ves que está como una cabra? Razonar con él sería como intentar hacerlo con Daisy. Ya se encargará la máquina de él.
    —No es eso. Ya sé que no lo vale, pero no puedo resignarme a ver cómo lo destroza la Siete. ¡No puedo, Tom!

    Su compañero le dio una palmada en la espalda, en muda aunque elocuente expresión de afecto. De súbito se quedó rígido y chasqueó los dedos.

    — ¡Ya tengo la conexión de tierra! —dijo precipitada mente, señalando al mar—. El agua... La arena humedecida por las olas. Si podemos colocar allá la pinza de tierra y la máquina queda cerca de ella...
    —Haz la conexión con el tractor de traíllas. Mételo en el agua. Tiene que alcanzar... Una parte, al menos.
    — ¡Eso es! ¡Manos a la obra! Se deslizaron por el costado del banco, tomaron la pinza y la sujetaron a la carrocería del tractor de traíllas.
    —Yo lo llevaré —anunció Tom, y al ver que Kelly abría la boca para protestar, lo arrinconó contra el soldador.
    —No es éste el momento de discutir —le espetó.

    Subió de un salto al vehículo, metió la marcha y partió sin demora. Kelly dio un paso hacia el tractor y entonces vio una gaza del cable de tierra, que estaba a punto de enredarse con una rueda del soldador. Se agachó y lo separó, extendiendo el resto del cable para que se desenrollara bien. Con la resolución del especialista concienzudo, Tom observó atentamente la oscura línea del cable que se arrastraba tras él por la arena. Se detuvo en cuanto quedó tenso. La parte delantera de las llantas recibía la caricia del suave oleaje. Bajó del sillín por el lado opuesto a la Siete y se esforzó por ver algo. Captó un movimiento y oyó el gruñido del motor, ahora algo acelerado, pero no pudo distinguir gran cosa.

    Tomando el portavarillas, Kelly se asomó por la esquina del terraplén. Sin dejar de producir susurros histéricos, Al se acercaba sumiso a Daisy Etta. Kelly volvió a ocultarse, conectó el generador de arco, escaló el terraplén y avanzó gateando por la hierba en dirección paralela a la playa hasta que el portavarillas dio un tirón. Supo entonces que había alcanzado la longitud máxima del cable.

    Levantó la cabeza para observar la playa, calculó la curva que debería describir al abandonar su posición y, manteniendo tenso el cable, penetró en la zona arenosa. En ningún punto de su recorrido llegaría a setenta pies de la enloquecida Daisy Etta, y mucho menos a cincuenta. Era preciso atraerla para acortar la distancia. Y había que inducirla a meterse en la arena húmeda, o en el agua...

    Animado por la inmovilidad de la máquina, Al Knowles se aproximó a ella sin dejar de hablar.

    —...los mataremos y guardaremos el secreto. Las barcazas vendrán a sacarnos de esta isla y nos iremos a otro trabajo, para que puedas matar a muchos más... Y cuando tus llantas se sequen y chirríen, las mojaremos con sangre, y tú serás la dueña y señora... Daisy Etta, ¿los ves, junto al tractor? Allá los tienes. Mátalos, Daisy. Mátalos, y déjame ayudarte... Escúchame, Daisy, escúchame. Dime que me escuchas...

    El motor de la Siete respondió con un bufido. Tímidamente, Al puso una mano sobre la guarda del radiador, inclinándose mucho para hacerlo. El tractor siguió gruñendo, aunque sin moverse. Al dio un paso atrás, hizo un movimiento con el brazo y echó a andar en dirección al tractor de traíllas. De vez en cuando miraba hacia atrás, como si estuviera adiestrando a un perro.

    —Vamos, vamos... Allá tienes a uno. Mátalo, mátalo, mátalo...

    Con un nuevo bufido, el tractor se aceleró y comenzó a seguirle.

    El enloquecido Al rebasó el escondite de Kelly, dirigiéndose en línea recta al centro de la playa, seguido de una Daisy Etta que ya no disponía de los elementos propios de una excavadora. Deshidratada por el sol, la arena estaba tan seca que parecía polvo. Cuando el tractor le rebasó, Kelly, sujetando el portavarillas, comenzó a gatear por el borde del terraplén hacia la playa y allá quedó, acurrucado.

    —Te quiero, preciosa —susurraba Al—. Te quiero, de verdad...

    Kelly corrió agazapado, como quien trata de burlar a una ametralladora y, aunque procura pasar desapercibido, tiene la sensación de ser más grande que la puerta de un granero. Se detuvo, temiendo acercarse demasiado y que del portavarillas saltara un arco débil, mal conectado a tierra, que sólo serviría para advertir y enfurecer a su enemiga.

    Fue entonces cuando Al le descubrió.

    — ¡Allá! —gritó, y el tractor se detuvo bruscamente—. ¡Detrás de ti! ¡Atrápalo, Daisy! ¡Mátalo, mátalo! Kelly se irguió casi con hastío, indiferente ya a todo sentimiento de furia y frustración.
    — ¡En el agua! —gritó, porque se lo pedía el cuerpo—. ¡Métela en el agua! ¡Al, mójale las llantas!
    — ¡Mátalo, mátalo!

    La Siete comenzaba a girar cuando en el punto donde estaba el tractor de traíllas se produjo una conmoción. Era Tom que daba saltos, gritaba, movía los brazos y profería juramentos. Abandonó la protección de su máquina y echó a correr en derechura hacia la Siete. El motor de Daisy Etta soltó un rugido y la máquina viró para recibirlo, mientras Al apenas tenía tiempo de apartarse de su camino. Tom cambió repentinamente de dirección, provocando un surtidor de arena con los pies, y se fue hacia el agua. Se metió en el mar hasta la cintura y desapareció para emerger un instante después, emitiendo gritos entrecortados. Kelly sujetó firmemente su portavarillas y echó a correr.

    Al seguir la alocada carrera de Tom, Daisy Etta se había situado junto al tractor, apenas separado hasta entonces por una distancia de quince pies; y también ella, ahora, estaba entre las olas. Kelly no podía ver a Tom, y la Siete se había detenido en el agua, moviéndose lentamente a derecha e izquierda, retrocediendo, deseosa de matar. Kelly sostuvo la pinza con su cable y partió como una exhalación directamente hacia la máquina. Entonces llegó aquello... un fino rayo energético, inaudible. Daisy Etta retrocedió de un salto hacia él y el agua que rodeaba sus llantas salió despedida, echando vapor. El sonido de su motor comenzó a elevarse, se interrumpió, adoptó el redoble rítmico de un batería de swing. La máquina osciló, enloquecida. Kelly se aproximó algo más, confiando en que saltara otro rayo de la pinza que llevaba en la mano, pero nada sucedió.

    — ¡El cortocircuito! —exclamó Kelly.

    Arrojó la pinza sobre la plancha de la Siete, delante del sillín, y corrió transversalmente por la pequeña playa hasta llegar al soldador. Metió la mano tras el tablero, conectó el contacto con el pulgar y lo sujetó firmemente.

    Daisy Etta dio un nuevo brinco, y otro, y otro. De repente se le paró el motor. Oleadas de calor oscurecieron el aire que la rodeaba. El pequeño depósito de gasolina para el motor de arranque salió despedido con el estruendo de un cañonazo, seguido por el segundo tanque, el del gasoil, que contenía unos treinta galones de carburante.

    No explotó realmente, sino que se abrió con un bufido, lanzando un gigantesco surtidor flamígero por detrás de la máquina. Con motor o sin él, Kelly vio claramente que Daisy Etta se convulsionaba. La carrocería entera se desplazó hacia delante y se produjo como una oleada de movimiento desde el depósito al morro y entre las llantas y los mandos. Aquel movimiento culminó frente al tapón del radiador. Sus bordes, en una superficie de seis o siete pulgadas cuadradas, quedaron como desdibujados. Durante un segundo volvió a ser todo normal, y por último comenzó a derretirse. El contacto del metal líquido con los restos de la pintura chamuscada produjo una lluvia de chispas.

    Kelly llamó a Tom, pero no obtuvo respuesta. Al fin vio que algo emergía del agua y fue en su busca. Cuando agarraba la camisa del compañero sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Claro, eso era: un hoyo profundo muy cerca de la playa. La Siete había llegado hasta el borde, obligando a Tom a quedarse donde le cubría el agua...

    Se debatió furiosamente, tratando de llegar a una playa tan próxima y a la vez tan lejana. Notó el sabor amargo del agua que le invadía los pulmones, y sólo el grato choque de su rodilla contra el suelo firme le impidió abandonarse por completo. Sollozando por el esfuerzo, arrastró el peso muerto de Tom hacia la playa, alejándose del oleaje. Fue entonces cuando se percató dé un estridente lloriqueo infantil: era Al Knowles, de bruces en la arena, contorsionándose por los sollozos. Durante unos momentos interminables Kelly contempló a aquel despojo humano. Luego, encogiéndose de hombros, se dejó caer de hinojos junto al cuerpo yacente de Tom y sacó fuerzas de flaqueza para reanimarlo.

    Pronto Tom dejó escapar un suspiro y comenzó a vomitar suavemente. Poco después se recuperaba.

    —Ésta es la historia de Daisy Etta, la excavadora que enloqueció y cobró vida propia. Naturalmente, no es la historia de aquel ensayo de un proyectil teledirigido, historia que nadie menciona como no sea para referirse a «la historia del proyectil del que nadie habla». Claro que seguramente el lector ya habrá oído hablar del famoso proyectil. De todos modos, sólo son rumores. Es posible que también Al Knowles conozca el caso, aunque nunca habla de él.

    Ocurrió dos días después de la muerte de Daisy Etta, mientras Tom y Kelly estaban sentados, precisamente en el fresco interior del templo en ruinas. Se hallaban absortos en la ingrata redacción de un informe sobre los sucesos acaecidos en la isla, explicando por qué ellos y su empresa no habían podido cumplir el contrato. Habían encontrado los cadáveres de Chub y Harris, que sepultaron junto a los otros tres. Al Knowles regresó a las sombras, maniatado, porque le oyeron delirar mientras dormía y por lo visto no daba crédito a la muerte de Daisy. Seguía empeñado en ayudarla a acabar con todos los tractoristas que se le pusieran por delante. Sabían que se realizaría una investigación, y también estaban al tanto de lo difícil que iba a ser convencer al mundo.

    Fue entonces cuando intervino la casualidad, y algo salió mal durante un ensayo de proyectiles teledirigidos.

    La cabeza explosiva de un proyectil se estrelló junto al campamento, precisamente entre la pirámide de bidones de carburante y los depósitos de dinamita. La segunda fase cayó un momento después, a un par de millas, cerca de las cinco tumbas. Kelly y Tom llegaron dando traspiés hasta el borde de la meseta y durante largo rato contemplaron el estropicio. Fue Kelly quien aventuró una explicación, y no pudo contener un « ¡Dios bendiga la estupidez!» que le salió del alma. Arrebató a Tom los papeles garabateados y los hizo pedazos.

    Pero Tom sacudió la cabeza, indicando con el pulgar hacia el terraplén donde se encontraba Al Knowles.

    —Estoy seguro de que él hablará.
    — ¿Él? —preguntó Kelly, con tanta elocuencia que evocó claramente la imagen de un Al Knowles balbuceante, baboso y de ojos vidriados.
    — ¡Déjale que diga lo que quiera! —repuso, y volvió a rasgar los papeles.

    Y así fue: Le dejaron decir lo que quiso.


    FIN