UN CUENTO CHINO (Antonio J. Cebrián Berruga)
Publicado en
octubre 22, 2015

Ling Wei apoyó las manos en el asidero de la cinta transportadora. Avanzaba lentamente a través del inmenso centro comercial “Dragón de Invierno”, donde cientos de establecimientos se congregaban para ofrecer al público chino una orgía de consumo al más puro estilo capitalista. Ling dirigió una mirada cargada de veneno al enorme emblema dorado flanqueado de banderas desde el cual, el rostro del presidente de la República Popular Renovada, Chang Yu, contemplaba con sonrisa indulgente pero firme actitud —en el más puro estilo comunista— el resultado de su importante e históricamente imprescindible labor. Wei odiaba a aquel embaucador; había engañado al pueblo chino de la forma más burda. Tras la crisis involucionista de los años treinta, Yu se había presentado como el gran reformista liberal, introduciendo cambios en la economía, suavizando las presiones políticas y vendiendo ciertas apariencias de libertad de expresión en el campo personal. Pero, básicamente, lo que había hecho era volver al punto de partida. En lo fundamental, todo seguía como siempre: el régimen se mantenía intacto y las fronteras permanecían cerradas, sometidas al sistema de visados inaccesibles tras toneladas de burocracia, tráfico de influencias y corrupción funcionarial. Al menos, él lo veía así. A sus veinticuatro años, aún conservaba intacto el espíritu rebelde y transgresor de la adolescencia. Cada día se enfundaba en sus vaqueros importados “Sanches Jeans” y su camiseta “Poul Bresse” y salía a la calle, paseándose retador ante los policías del régimen que solían seguirlo con la mirada, quizá más por curiosidad que por otra cosa. Bien era cierto que los productos del mercado negro habían perdido mucho de su encanto y el matiz de desafío político que tuvieran antaño, pues la mayoría de ellos se podían adquirir en mercados legales, aunque a precios mucho más elevados.
Encendió un cigarrillo rubio americano —los mismos que en Estados Unidos dejaron de fumarse hacía décadas por imperativo legal— y abandonó la cinta transportadora dirigiéndose hacia la cafetería. Pidió un té helado y se sentó en la barra. Entre la clientela, le llamó la atención un individuo sentado unos metros más allá. Cogió la bebida y se acercó hasta él, colocándose a su lado en la barra. En efecto, tal y como le había parecido, aquel hombre no tenía rasgos orientales; debía tratarse de uno de los numerosos visitantes que, gracias a los nuevos aires libertarios, podían encontrarse aquí y allá instalados de forma indefinida y viviendo como reyes en un lugar donde su dinero, al cambio, se revalorizaba considerablemente.
—Sorry, you not chinesse. Yes? —dijo Ling en un inglés bastante torpe.
—¿Cómo dice? —respondió el otro en chino apartando la vista del periódico.
—Usted es extranjero, ¿verdad?
—Ah, es por mis rasgos, ¿no? No lo soy. Provengo de la provincia de Kat-Mensay, en el Bajo Oeste. En esa zona predominan los rasgos occidentales, dicen que como consecuencia del mestizaje con los colonos americanos de Oriente Medio, a mediados de siglo. ¿Quién sabe?
Y continuó leyendo indiferente.
—¿Realmente todo el mundo tiene rasgos occidentales allí? — interrumpió nuevamente Ling.
El tipo cerró el periódico definitivamente.
—No. Ciertamente no toda la población los tiene, aunque sí una gran mayoría. Hay un subconjunto mixto notable y una minoría con rasgos totalmente orientales. Debe tratarse de un gen dominante —sonrió con un ligero matiz de impertinencia.
De pronto, una chica joven con apariencia de estudiante se acercó hasta ellos y les entregó sendas octavillas de aspecto propagandístico. La chica se esfumó sin mediar palabra ante la presencia de una pareja de policías.
El contertulio de Ling arrugó el papel y lo arrojó disimuladamente al suelo mientras sonreía azorado a los policías.
—No sé lo que es pero estoy seguro de que es ilegal —masculló entre dientes.
Ling, por el contrario, alzó la hoja más de lo necesario y se puso a leerla justo cuando los policías pasaban junto a ellos. Los agentes se limitaron a observar con cierto estupor la falsa sonrisa de su compañero y uno de ellos le devolvió un saludo dubitativo, mientras continuaban caminando.
Cuando se alejaron, el tipo se dirigió a Ling con aire reprobador.
—Oye, ¿Qué pretendes? ¿Buscas problemas?
—¡Bah! Son sólo funcionarios —aquella era su expresión peyorativa favorita.
—Y ¿qué ponía en la dichosa hoja, si puede saberse?
Ling se dio cuenta de que, después de todo, no había llegado a leerla. Colocó la octavilla en la barra y leyó:
—No os dejéis embaucar por “La Gran Mentira”. Su final está próximo.
—Y ¿eso qué quiere decir?
—Pues eso... que vivimos en una mentira. Toda esta apertura y progreso económico son sólo maniobras de los de arriba, que siguen nadando en la corrupción y llenándose los bolsillos a costa nuestra —respondió Ling.
—Bueno, bueno... Yo... preferiría no hablar de política. Además, tengo que marcharme ya —e hizo un gesto a la camarera del estrambótico uniforme de colores.
—Déjalo, te invito yo.
—Gracias; ha sido un placer —respondió el otro mientras hacía una leve reverencia y se marchaba.
Ling pagó dejando una propina inusual y salió del centro comercial. Contempló la ciudad, aquella que lo vio nacer. Tan cambiada y a la vez tan familiar, tan... enorme, deshumanizada, peligrosa… y a la vez acogedora y hogareña. Siempre había sido y seguiría siendo su ciudad, su casa. Incluso después de que se marchara de allí para siempre.
Había salido esa mañana sin un propósito fijo, sin una dirección concreta, ningún sitio al que ir. Y había sido al final de su errático deambular cuando había comprendido lo que hacía: se estaba despidiendo. Quería ver una vez más todos aquellos lugares que lo habían acompañado a lo largo de su vida, retenerlos en su mente para poder llevarlos con él. No su simple imagen —no le sería difícil conseguir toda clase de fotografías y vídeos—, sino la sensación de su presencia en ellos, el viento, el aroma, el peso sobre sus pies en aquel suelo...
Jamás antes se había sentido tan susceptible ni tan emotivo respecto a una cosa así. No hasta que decidió marcharse. Llevaba mucho tiempo planeando la fuga junto a su amigo kuei-abta, quien le había asegurado que tenía un contacto especializado en pasar gente al otro lado. La idea era cruzar al Bajo Oeste (cuyos dominios comenzaban en la antigua Sinkiang) y desde allí, con la ayuda de las correspondientes autorizaciones digitales (semiauténticas), cruzarían la frontera hasta Afganistán, situado ya en plena zona occidental. “Pasar la frontera con las provincias del Oeste es mucho más difícil que salir desde ellas fuera del país —le había oído repetir con frecuencia—, allí no se controlan exhaustivamente las autorizaciones porque hay demasiado movimiento de viajeros. El gobierno, prácticamente ha desistido en la lucha por impedir la occidentalización de esa zona”.
A partir de ahí probarían fortuna en la tierra de las oportunidades, y si por alguna inexplicable causa no pudieran salir adelante, siempre podrían recurrir al tío Tshen, o mejor dicho, François, como él prefería que lo llamaran. Había elegido aquel original nombre al nacionalizarse como ciudadano francés, después de regentar durante años un acreditado restaurante chino junto al Sena.
Ling subió a un Boo-Kei, uno de aquellos “ahuevados” taxis eléctricos de color amarillo limón que dominaban las calles en todas las ciudades, sustituyendo en gran medida a las tradicionales bicicletas, y se dirigió a casa.
Debido a la escasez de vehículos particulares —muy costosos de adquirir— y la gratuidad de los Boo-Kei —mantenidos por el estado—, se habían convertido en el sistema de transporte más usado, dando trabajo a millones de funcionarios, aunque un trabajo poco valorado socialmente y peor pagado.
El huevo lo dejó a un par de manzanas de casa.
—Por esta calle no puedo llegar hasta allí y no voy a dar toda la vuelta para dejarte en la puerta. Tú tienes buenos pies, así que ¡andando! —le dijo el taxista de malos modos.
Hubiera marcado su código y anotado un mal servicio de no ser porque eso constituía una forma de colaboración con el Estado en el control y represión de los ciudadanos e iba contra sus propios principios libertarios. “La gente debe tener libertad, aunque use esa libertad para ser un mal nacido” —era una de sus máximas.
Su casa —la de sus padres— estaba ya en las afueras, casi en medio del campo, donde la ciudad comienza a devorar el paisaje y las parcelas sin edificar se convierten en islotes de naturaleza agreste atrapada por sorpresa entre paredes de hormigón y alfombras de asfalto.
El terreno anejo a la casa era considerable. Durante toda una vida, su valor había sido insignificante, hasta que la ciudad lo engulló, convirtiéndolo en una posesión de valor incalculable, que incluía una zona boscosa y una pequeña casa de madera en la que seguía viviendo el abuelo Kwen.
Entró en casa. Sus padres estaban en el trabajo. A lo lejos escuchó el murmullo dulzón del violonchelo de su hermana Leico-nu. Habitualmente, ella tenía una forma de tocar exquisitamente delicada —en opinión del profesorado de la escuela donde estudiaba—, aunque traducida al idioma de Ling, podría quedar como “dulzor empalagosamente azucarado”, y por ende, carente de sal y pimienta. Aunque en aquella ocasión le llamó la atención la melodía que estaba interpretando. Entró en el cuarto sin llamar sobresaltando a la chica.
—¿Estás tocando blues?
—¡Que susto me has dado! Podías llamar, ¿no?
—¿Qué hace una aspirante a funcionaria estatal tocando música norteamericana?
—No es blues, idiota. Es una escala pentatónica extendida del alto Oeste. Además, la música está por encima de la política, las fronteras y todas esas mezquindades que sólo interesan a los improductivos como tú.
—Tú sí que eres productiva. Mírate ahí con ese violonchelo que ni siquiera es tuyo. En el momento en que te descuides y bajes el nivel, el Estado te lo quitará. Vives de prestado.
—Por lo menos tengo ocasión de hacer lo que quiero, y si dejo de tocar al nivel que debo, entonces no lo merezco. Otra persona tendrá más interés que yo —respondió despechada Leico mientras se le hacía un nudo en el estómago ante la espantosa idea de que le pudieran confiscar su instrumento.
—Pues yo quiero que las cosas sean mías; sólo mías. Y poder romperlas si me da la gana sin tener que dar explicaciones a nadie.
—Si sólo es eso lo que te importa, poseer por poseer, entonces no mereces tener nada.
—Mira, no he venido a discutir. Sólo quería decirte algo.
—¡Vaya! Esto sí que es una novedad.
El semblante de Wei había cambiado. Ya no mostraba la expresión arrogante y prepotente que le caracterizaba.
—Me voy.
—Sí, ya sé que te vas a ese viaje de estudios que organizasteis irregularmente antes de tiempo para saltaros unas semanas de clase. Tampoco vamos a hacer un drama por eso. ¿Verdad?
—El viaje de estudios es una mentira. Me voy... del país.
Leico se quedó muda. Sus ojos, como platos lo miraban sin parpadear. Tardó un buen rato en articular palabra.
—Y... ¿A dónde piensas ir?
—Iré a Francia, con el tío François y luego, ¿quién sabe? Quizá a América.
Leico empezaba a reaccionar y a ponerse cada vez más nerviosa.
—Pero... ¿Con qué dinero? ¿Y... y los visados? ¿Cómo vas a salir del país?
—Tranquila. Lo tengo todo perfectamente planificado, además, no estoy sólo. Cuando llegue os mandaré un correo cifrado.
Y, por primera vez, desde que eran niños, la cogió por los brazos y la besó en la frente.
—¿Y nuestros padres? ¿Qué vas a decirles? No te dejarán.
—¡No seas estúpida! Ya no soy un niño. No tengo que pedir permiso a nadie.
El rostro de Ling volvió a adquirir su dureza habitual.
—He puesto toda mi confianza en ti al decirte esto. Quería despedirme sin mentiras. Ahora espero que tú demuestres que la merecías. Ni una palabra de esto a los padres ni a nadie, ¿OK?
Leico miró en silencio con una extraña mezcla de miedo y pena en la mirada. Estaba a punto de echarse a llorar. Ling le acarició la mejilla y se fue de la habitación.
Salió al patio de atrás —si se puede llamar así a aquella enorme extensión de terreno agreste que incluía un pequeño bosque y media montaña—. Respiró hondo, saboreando el aroma de las flores y el bambú, más intenso al ponerse el Sol, cuando la vista no distrae tanto la atención y los demás sentidos cobran preponderancia. Tenía pendiente una obligación más: despedirse de su centenario abuelo Kwen. El anciano vivía recluido, no se sabe por qué arcano voto o promesa, en una vieja casucha de madera que constaba de una sola pieza, sin más estancia ni instalación sanitaria para higiene o evacuación. Nadie sabía cuándo ni cómo se las arreglaba el abuelo para hacer sus necesidades; lo cierto era que a cualquier hora del día o de la noche que uno empujara la desvencijada puerta, lo encontraba allí, sentado en posición de Buda como un oráculo a la espera de una interminable procesión de fieles, prestos a recibir los infinitamente valiosos consejos del maestro.
Pero nadie entraba allí.
Nadie a excepción de la madre de Ling que, puntualmente, le llevaba la comida y retiraba los platos sucios.
Entró en la cabaña.
El abuelo le dirigió una fugaz mirada y siguió atareado intentando encender su pipa de bambú.
—Grandes acontecimientos deben estremecer el Mundo para que el pájaro anide bajo tierra —dijo.
—¿Cómo estás, abuelo? —dijo Ling, mientras se sentaba en el suelo frente a él.
—Bastante viejo.
—No pierdes el sentido del humor. Eso es bueno.
—Tengo ya poco que perder.
—¿No piensas salir de esta cabaña nunca?
—“Nunca” es demasiado tiempo. Tardaré poco en salir de aquí.
—Quiero decir... ¿No sientes curiosidad por ver lo que hay afuera; cómo ha cambiado el Mundo?
—Dime sinceramente. ¿Crees que lo que pudiera ver es mejor que lo que ya he visto? ¿Ha mejorado el Mundo en estos últimos años?
—No lo sé. Pero... vivir aquí encerrado, sin nada que hacer, sólo esperando la muerte...
—Quien menos tiene puede tejer sueños y esperanzas mucho más grandes, porque tiene más cosas que desear. La vida está hecha de sueños y esperanzas. Ellos son el futuro. Las cosas que se consiguen pertenecen ya al pasado y pierden su valor. El que desea todo es más rico y tiene más razones para vivir que el que todo lo tiene y no puede desear nada.
—Proverbios chinos. Una forma de resignarse y someterse al poder sin perder la dignidad. Hacer creer a los pobres que su miseria tiene más valor que la riqueza de su Amo y Señor.
—La riqueza material no es nada, parcelas de agua en mitad del río. Tienen el valor que las personas quieren darle. Los ricos son ricos porque los demás pensamos que lo son, pero una moneda sólo es un trozo de metal.
—Sí, pero con ese trozo de metal, con muchos trozos de metal, puedes conseguir todo lo que desees.
—Por las personas como tú que hay ahí fuera es por lo que no salgo de aquí.
—No te enfades abuelo. No he venido aquí después de... — repentinamente sintió un sofoco que le hizo ruborizar al darse cuenta de que no había entrado allí desde hacía muchos meses—... después de tanto tiempo para discutir contigo.
—Supongo que no. Pero todavía no me has dicho a qué has venido.
Ling bajó la cabeza, intentó varias veces articular una frase coherente pero no podía.
No sabía qué hacer. No podía correr el riesgo de decírselo. ¿Sería el abuelo capaz —con toda esa carga de filosofía— de guardar su secreto? ¿O se lo contaría a su madre en la primera ocasión con ánimo de evitar que se metiera en líos?
—Sólo quería saludarte... Ver cómo estabas.... Decirte que lamento haberme olvidado de ti tanto tiempo... Ya sabes, los exámenes y esas cosas...
Ahora lo procedente sería decir “a partir de ahora vendré a visitarte más a menudo”, pero en realidad lo que tendría que decir es que no volvería a visitarlo más. En ese instante se dio cuenta de que era la última vez que iba a ver con vida a su abuelo y experimentó tal opresión en el pecho y en la garganta que a punto estuvo de echarse a llorar. Sintió deseos de abrazarlo, o al menos de acariciar aquellos largos y ajados cabellos canosos pero le dio vergüenza, como si fuera a poner la mano sobre una reliquia sagrada que no debe tocarse.
—Ten —dijo el anciano—, enciéndeme la pipa si no te importa. Yo apenas tengo aliento para avivar la llama.
—No deberías fumar. A tu edad esto no puede ser bueno.
Y de pronto se sintió absolutamente ridículo a sus veinticuatro años dando consejos a un hombre que pasaba de los cien sobre lo que debía o no debía hacer para conservar la salud.
—A mi edad todo es bueno. Todo es infinitamente mejor, porque lo saboreas como si fuera la última vez.
Wei le pasó la pipa y en unos instantes, el abuelo Kwen se transformó en una silueta envuelta en espesas volutas de humo blanco. Sin razón aparente dijo:
—Es bueno tener deseos, pero no seas tan necio como para cumplirlos todos.
Ling se sintió como desnudo. ¿Era solo una frase resultona como las de los horóscopos o el abuelo Kwen le estaba leyendo el pensamiento?
—Cuídate, abuelo. Dentro de poco batirás un record y serás famoso.
—Bah, tonterías. Mi tía abuela vivió ciento cuarenta y dos años y no salió en ningún libro.
—Me tengo que marchar. Ya sabes que mi padre es muy estricto en lo de sentarse todo el mundo a la mesa con puntualidad.
—Sí, los estrictos. Los necios que creen que una norma es tanto más valiosa cuanto más gente consigan obligar a cumplirla.
Ling sonrió. Notó cierta antipatía del abuelo hacia su yerno. ¿De dónde vendría? Cuántas historias perdidas, apiladas y cubiertas de polvo albergarían el recuerdo de aquel hombre centenario y que él podría haber conocido con solo acercarse a aquella desvencijada cabaña y pasar unos minutos allí, preguntándole, charlando tranquilamente...
—Y ahora, si no te importa, dale un abrazo a este pobre viejo... sólo para asegurarnos de que no dejamos ninguna tarea pendiente. A mi edad no se puede planear más allá de los próximos minutos.
Ling se abrazó al anciano y éste le dijo en voz baja, como si la susurrara un secreto que ninguno de los dos debiera oír:
—Tú eres el que debe cuidarse. No vayamos a invertir el orden natural de los acontecimientos.
Ling abandonó la cabaña tapándose la cara disimuladamente con la mano para que el viejo no pudiera ver sus ojos. Al salir, mientras caminaba hacia la casa, pensó: “Hasta ahora no me había dado cuenta de que me marcho dejando tantas cosas pendientes aquí”.
—Bien. ¿A qué se debe el magnánimo privilegio de que hoy no discutáis en la cena? —preguntó la madre.
Estaban los tres sentados a la mesa.
—La última vez que discutimos, Leico dijo que no volvería a hablarme y esta vez creo que va a cumplirlo, para variar —dijo Ling.
Su hermana se limitó a hacer una mueca, como una sonrisa burlona, pero no abrió la boca. Probablemente, el hilo de voz que consiguiera extraer de su garganta la delataría instantáneamente ante su perspicaz madre. Ling aún tuvo que hacer en varias ocasiones, gestos furtivos a su hermana para que volviera en sí, cada vez que ella se quedaba pasmada demasiado tiempo mirándole con ojos de tragedia.
—¿Qué le ha pasado hoy al funcionario? —dijo Wei intentando distraer la atención de la madre.
—¡Xiao1 Ling! Sabes que no me gusta que hables así de tu padre. Está haciendo horas extras para que tú tengas todos esos caprichos que llevas encima.
—¿Qué pasa? ¿Acaso no es funcionario?
—Claro que lo es. Pero en tu boca, esa palabra se convierte en un insulto. No sé de qué esperas vivir, ya has rechazado dos ofertas de trabajo aceptable.
—¿Yo funcionario? Antes me pongo a mendigar.
Su madre lo miró algo confusa.
—Aquí no hay mendigos.
—Claro que no. El estado se encarga de limpiar las calles para guardar las apariencias.
—Mira, lo último que quiero ahora es empezar a hablar de política. Que el estado haga lo que quiera. Tú olvídalo y preocúpate de ti mismo.
—Eso es lo que voy a hacer —sentenció Ling.
Bajó la cabeza y siguió comiendo.
La madre parecía sorprendida de que la discusión terminara justo antes de empezar. Miró a Ling algo intrigada y después se volvió hacia Leico.
—¿Y tú qué haces ahí pasmada? ¿Es que no piensas empezar a cenar?
Mientras caminaban por el vestíbulo de la estación, Wei parecía nervioso.
—No hacía falta que me acompañarais hasta el mismo tren. He quedado con Kuei por aquí.
—¿Te da vergüenza que Kuei te vea con nosotras? —dijo su madre.
—¡Qué tontería! ¿Por qué dices eso?
—Sólo porque has dicho que no era necesario que te acompañásemos unas cinco o seis veces desde que salimos de casa.
Escuchó a alguien gritar su nombre a lo lejos. Era Kuei-abta, que avanzaba hacia ellos rezongando entre la multitud.
—¡Pero tú! ¿Qué pata de rana haces aquí? ¿No habíamos quedado en... en... encantado de saludarla, señora Ling!
—Hola Kuei —dijo ella—. ¿Qué era lo que ibas a decir?
—No, sólo que... habíamos quedado en... en la puerta. Sí, en la puerta. Es difícil encontrarse con tanta gente aquí dentro. Leico —dijo haciendo una pequeña reverencia hacia la chica.
—Bien. ¿Cuál es nuestro monorraíl? —preguntó Ling dirigiéndose a Kuei.
El otro lo miró con cierta estupefacción, pero inmediatamente reaccionó y examinó la veintena de trenes alineados en los dos niveles de la estación, señalando hacia uno en el que se veía movimiento de viajeros.
—Aquel, en el raíl 12.
—Bien, vamos allá —dijo Ling mientras en el interior de su cabeza gritaba con todas sus fuerzas, como si así pudiera conseguir que Kuei lo oyera: “que no lo diga, que no lo diga”.
Se refería a la frase que Kuei pronunció acto seguido:
—No es necesario que nos acompañen, señora Ling. Ya nos arreglamos solos.
—Sí, desde luego es algo que me ha quedado muy claro hoy —dijo ella—. Que no es necesario que os acompañemos, por eso me quedaré mucho más tranquila cuando os vea subir a ese tren.
Mientras echaban a andar, Kuei miró a Ling con cara de “póker” y éste le devolvió dos dardos incandescentes. “¿Y qué sabía yo? —trataba de decirle Kuei con el pensamiento.”
Llegados a la puerta del tren, Wei, tras un instante de duda, se acercó a su madre y le dio un beso.
—Tranquila, sabemos cuidarnos.
—¿Y esto? ¿Intentas presumir de hijo modelo delante de tu amigo?
—Somos un poco brutos, pero también tenemos nuestro corazoncito —dijo Kuei.
—No sé si decirte a ti que cuides de este cabeza hueca o decirle a él que cuide de ti. Entre los dos no sumáis un dedo de frente, pero ya sois mayorcitos, así que hacedme el favor de tener cuidado.
Ling se volvió hacia Leico para darle otro beso, pero el leve titilar en el brillo de sus húmedos ojos le aconsejó sustituirlo por una rápida palmada cariñosa en la mejilla.
—Que siga sonando ese blues —le dijo.
Y ambos subieron al tren.
Cuando las mujeres se marcharon, Ling y Kuei salieron del monorraíl magnético por la parte de atrás.
—¿¡Como se te ocurre venir con la familia!? —protestaba Kuei— ¡Habíamos quedado en la parada de Boo-Kei! Milagrosamente te he visto pasar a la estación. ¡Y encima te metes en la estación de monorraíl, donde hay que pagar los billetes!
—¡No me mojes la leña! Por más que lo he intentado, no he podido quitármelas de encima. ¿Qué hacemos ahora? Puede que estén en alguna cafetería de la estación, o se entretengan en los comercios.
—No podemos salir por allí. Vamos a buscar otra salida y daremos un rodeo hasta la parada.
Tras una larga caminata y avanzando medio a escondidas, alcanzaron la estación de Boo-Key y subieron a un “huevo amarillo”.
—Vamos a Ghäz Köl.
—¿Ghäz Köl? —dijo el taxista— ¿El Ghäz Köl de la frontera con el bajo Oeste?
—Sí, ése.
Tras echar una rápida mirada y comprobar que no se trataba de una broma, el taxista respondió.
—¡Que te lleve la marrana madre de tu linaje! Yo tengo que estar en mi casa a la hora de comer. ¡Fuera del coche!
—¡Estás obligado a llevarnos! Es tu trabajo —protestó Kuei—. Si no lo haces te voy a marcar un mal servicio.
—Espera, que te voy a cortar la espalda en cinco trozos y así me marcas dos servicios malos...
Ling empujo a kuei fuera del taxi antes de que la cosa fuera a mayores.
—¡Vaya impresentable! Le voy a marcar un rojo —dijo Kuei—abta mientras manipulaba su teléfono de muñeca.
—Deja eso. ¿No ves que es una forma de colaborar con el control estatal? Vamos a probar con ese otro.
—Deberíamos usar un tren convencional, son gratuitos —protestó Kuei.
—Sí, además de lentos, cochambrosos y plagados de policías buscando vagabundos y haciendo preguntas a todo el mundo. Vamos a probar con ese, pero ahora déjame a mí. Voy a negociar este asunto.
Ling se acercó a la ventanilla y dijo:
—¿Cuánto por ir a Ghäz Köl?
El conductor le miró de arriba a abajo y se frotó la barbilla.
—Bueno... son quinientos kilómetros... Vamos a tener que parar a cambiar de batería por lo menos dos veces... y vamos a tardar muchas horas... tres mil podría estar bien.
—Te doy dos mil más propina si llegamos antes de que anochezca.
—No hay trato. En todo ese tiempo saco más con las propinas sin tener que salir de la ciudad. Ahora, si me perdonáis, tengo un servicio.
—Espera, espera. Te daremos lo que pides pero, hemos de llegar antes de las ocho.
—¿Los dos? Bien, son seis mil.
—¿Qué? ¡Eso es el doble de lo que has dicho!
—No me habías dicho que erais dos. Los “ajustes” se hacen siempre por persona.
—¿Pero qué dices? ¡No eres más que un corrupto y un mafioso! — intervino Kuei.
— Mira, ojo de pato —dijo el taxista con una calma amenazadora—, meestás hiriendo el yin. Como baje del coche te voy a cocer la cabeza. Y mostró una amplia sonrisa con dientes relucientes. Después en tono conciliador añadió:
—Venga, dame cinco mil y subid al coche… ¡o largaos de aquí!
Entraron en el taxi y se pusieron en marcha. Kuei no paraba de protestar cuchicheando para que el conductor no pudiera oírle.
—Conque ibas a negociar esto tú. No sé si te has percatado de que nos ha costado más que los billetes del monorraíl.
—¿Sí?
— …habríamos llegado antes…—Vale.
— …y más cómodo y espacioso que esto…—Está bien, pero ya no tiene remedio.
—Hemos tenido que gastar parte de la reserva de emergencia que teníamos para el mundo libre…
—¡Déjame en paz! ¡Te pagaré tu parte si así te quedas conforme!
Y permanecieron en silencio mirando cada uno por su ventanilla... hasta que Kuei intervino nuevamente:
—En el monorraíl daban bebidas.
—¡La marrana madre…! ¡A ver si te enteras: vamos al mundo libre! Allí lo importante no es el dinero. ¡Lo importante es la facultad de decidir lo que quieres hacer!
Kuei—abta lo miró perplejo.
—Bueno... visto así... Quizá tengas razón.
Y continuaron el viaje en silencio, absortos cada uno en sus propias fantasías y cavilaciones acerca del inminente y prometedor futuro en el “Nuevo Mundo”.
El viaje hasta Ghäz Köl, junto a la zona occidental de la Pequeña Muralla —que trazaba gran parte de la frontera con las provincias del oeste desde que fuera descubierta y desenterrada hacía más de veinte años— fue largo y estresante, siempre pendientes de que la policía detuviera el vehículo y los interrogara o registraran sus (sospechosas) pertenencias.
Al fin, tras cientos de kilómetros entre crestas rocosas y desiertos, muchas cabezadas, intercambios de batería y protestas del conductor; alcanzaron su destino: un pequeño hotel rural apartado de la ciudad y ubicado en un bucólico paraje desde el que se divisaba, a lo lejos, el contorno de los parapetos de la parte superior de la muralla que, desde esa posición, aparecían a ras del suelo. En realidad, estaban situados a más de veinte metros de altura respecto al fondo del pequeño valle excavado a lo largo de la construcción. Realmente, el nombre de “Pequeña Muralla” —asignado como contraposición y para distinguirla de la tradicional “Gran Muralla”— no hacía justicia a sus verdaderas dimensiones que no tenían nada que envidiar a las de su hermana mayor.
Esperaron en la pequeña habitación del hotel hasta la hora acordada. La hora pasó y nadie apareció. Ling caminaba de un lado a otro como una fiera enjaulada y empezaba ya a dar muestras de desesperación cuando llamaron a la puerta. Pasaban más de dos horas de lo acordado cuando el contacto entró en el cuarto. Tras reconocer a Kuei exigió ver el dinero antes de continuar. Satisfecha la condición, insertó cuidadosamente mediante un lector de mano, las autorizaciones en sus tarjetas de identificación. Las autorizaciones electrónicas fijaban origen en el Bajo Oeste y destino Francia.
—Necesitamos también autorizaciones para pasar desde aquí al Bajo Oeste —dijo Ling.
—El paso al Oeste lo haremos clandestinamente.
—Por el dinero que hemos pagado bien podíais habernos dado otros dos visados.
—Nuestros recursos son limitados y hay mucha gente esperando. Además, el control del paso desde la zona centro al Oeste es mucho más minucioso y podrían descubrir las autorizaciones falsas. El paso al Oeste podemos resolverlo sin necesidad de visados. ¿Habéis traído la cuerda y el resto del equipo?
—Sí. Tenemos las linternas, provisiones y los localizadores de pulsera.
—Bien. Es importante que no anotéis en ningún sitio las coordenadas de destino. Simplemente debéis memorizarlas y moveros sin perder de vista los localizadores. Ahora os explicaré el plan a seguir...
Ling apenas pudo dormir aquella noche. En su cabeza contaba repetidamente una por una todas las cosas que podían salir mal en el estrafalario plan que el contacto les había expuesto. Kuei, a juzgar por las vueltas que daba bajo las sábanas, no corrió mejor suerte.
El día amaneció fresco y con una ligera neblina que impregnaba el paisaje y la piel con una imperceptible capa formada por miles de gotas diminutas.
Caminaban inquietos con el grupo de estudiantes al que se habían unido para visitar la parte occidental de la Pequeña Muralla. Las grandes mochilas a la espalda ponían nervioso a Kuei, que no paraba de lamentarse y lloriquear afirmando que en cualquier momento, los policías los registrarían y les preguntarían por qué llevaban un equipamiento como para escalar el Himalaya cuando aquello no era más que una pequeña excursión turística.
Por fortuna, tal y como había previsto el contacto, los policías no subieron a lo alto de la muralla, ahorrando las extenuantes escaleras de piedra, sino que hicieron el camino por abajo hasta el punto de salida, conscientes de que no era posible escapar desde allí arriba. Desde donde ellos iban precisamente a hacerlo, según lo planeado.
Se habían rezagado del grupo y todo indicaba que habían alcanzado el punto acordado, pero allí no pasaba nada.
De pronto, alguien vino desde atrás y, tras tocar a Kuei en el hombro — lo que le causó un sobresalto mayúsculo—, les hizo una señal en dirección a uno de los antepechos de piedra y continuó avanzando hasta introducirse en el grupo de turistas.
Poco después se escucharon algunos gritos entre la gente. Ling pudo entrever entre las piernas de la muchedumbre al chico que les había hecho la señal. Estaba en el suelo y la gente se agolpaba a su alrededor tratando de ayudarle. Nadie prestaba atención a otra cosa.
Se asomaron sobre el pequeño muro y descubrieron en su parte exterior la argolla. Estaba oxidada y la sujeción a la piedra no parecía muy fiable. Ling tragó saliva al ver tras el oxidado asidero, según miraba hacia abajo, el suelo allá a lo lejos. Con el corazón acelerado, sacó la cuerda de la mochila y la pasó por la argolla. Tenía que pasarla hasta la marca que habían hecho en la mitad, pero la marca no llegaba.
—¡No teníamos que haber usado una cuerda tan larga! Mira a ver si alguien nos ve.
Kuei contemplaba al grupo mientras intentaba tapar con su cuerpo a Ling.
Por fin la cuerda estuvo preparada y Ling se descolgó por el muro. A pesar de su arrojo y convicción, no pudo evitar encomendar su alma a los espíritus del Más Allá cuando se soltó de la pared y el peso de su cuerpo bamboleante pendió sólo de la corroída argolla.
Pero resistió y ambos pudieron deslizarse, uno tras otro, hasta el suelo. Tras recoger la cuerda —deslizándola por la argolla—, abandonaron la hondonada de la excavación a través de una rambla cercana que les condujo a un pequeño bosque. Corrieron entre los árboles separados una decena de metros uno del otro y pendientes de los localizadores de mano.
Alcanzaron las coordenadas previstas pero la entrada del túnel no estaba allí. Buscaron y buscaron abriendo progresivamente el radio de la zona, pero no encontraron nada.
—Es mentira. ¡Todo es una maldita mentira! —gritó Ling—. Ese mamón de contacto tuyo nos ha estafado el dinero y nos ha dejado tirados. ¡Esa mierda de túnel ni siquiera existe!
Kuei—abta no se daba por vencido y continuó buscando frenéticamente, hasta que, de pronto, llamó nervioso a Ling:
—¡Wei! ¡Mira! ¡Creo que está aquí!
Cuando Ling lo alcanzó, Kuei se estaba deslizando por una rendija rodeada de maleza, entre las piedras a ras de suelo.
Una vez hubieron entrado ambos, aún tuvieron que arrastrarse muchos metros tragando polvo y magullándose entre rocas y salientes mientras atravesaban zonas claustrofóbicas, donde suelo y techo apenas distaban dos palmos uno de otro; hasta que al fin pudieron ponerse en pie. Avanzaron por un estrecho túnel excavado en la roca viva hasta desembocar en una gran caverna natural.
Para su desgracia, había innumerables oquedades, grietas y túneles que partían desde allí en todas direcciones. Anduvieron perdidos muchas horas recorriendo galerías, simas y pasadizos que, o bien terminaban sin salida o conducían nuevamente al punto de partida.
—¡Esto es un maldito laberinto! —protestaba Kuei—. ¡No vamos a salir nunca de aquí!
—Calma. Hagamos un recuento de las salidas que hemos intentado ya.
Tras hacer un pequeño esquema mental de las galerías que ya habían atravesado y tratando de tener en cuenta aquellas que a su vez se ramificaban, iniciaron un proceso sistemático basado en la simple regla: “si esta no sirve, probar la inmediata siguiente a su derecha”.
Por fin, en una de las galerías, un nuevo túnel excavado artificialmenteen la roca viva les recondujo al itinerario correcto. Éste era bastante más amplio que el primero y en algunos tramos se observaban bajorrelieves tallados en la roca representando signos y caracteres extraños.
—¿Qué crees que será todo esto? —preguntó Ling.
—¿Y a quién le importa? —respondió Kuei, que encabezaba la marcha a paso ligero—. Esta es la última batería que me quedaba para la linterna. Cuando se apague, no sé cómo vamos a buscar la salida.
—¡Espera! —gritó Ling—. Vuelve aquí; creo que he visto algo.
Kuei retrocedió e iluminó una abertura lateral que daba paso a otra caverna natural de grandes dimensiones.
—¡Ahí! ¡Mira eso!
—Parece... una calavera —dijo Kuei.
Se acercaron hasta los pequeños montículos que resultaron ser los restos de un esqueleto humano cubiertos por el polvo de siglos de quietud en aquella oscura sima.
—¡Allí hay más! —exclamó Kuei acercándose hasta otro montón. ¡Y otro, y allí...! ¡Por Buda, está todo lleno de cuerpos, creo que hay docenas... o cientos...!
—¿Cuánto tiempo crees que llevan aquí?
—Mira esas armaduras. Parecen samuráis japoneses o algo así. Deben llevar aquí más de mil años... ¿Qué digo mil? ¡Por lo menos cuatro mil!
—¿Crees que murieron atrapados en esta especie de laberinto? — preguntó Ling inquieto.
—¿Qué sé yo? Probablemente intentaban sortear la Muralla por debajo. Ahora vámonos. No quiero acabar como ellos, en un futuro yacimiento arqueológico.
—Espera... Mira esto. Parece un estandarte.
Ling elevó la frágil tela, que se partió entre sus manos, desecada por el paso de los años. El diseño que la coloreaba consistía en barras blancas horizontales alternadas con otras de un granate desvaído. A un lado era azul con varias estrellas blancas de cinco puntas.
—Qué curioso... —dijo Kuei—, pero no es lo que imaginas. Estos tipos llevan aquí miles de años. Los diseños de las banderas a veces se parecen, o se inspiran unos en otros. Continuaron por el corredor principal siempre pendientes de los localizadores, aunque la inquietud había hecho mella en el ánimo de Ling. “¿Y si ahora empezamos a encontrar los restos de los que nos han precedido? Todos muertos, atrapados en este laberinto...” —pensó—.
Quizá no existía ninguna otra salida. ¿Quién podía asegurarlo? Perono. Tío François había pasado. Él y mucha otra gente también... Aunque no sabía por qué medios... Tal vez no lo hicieron por los túneles.
Y estaba el asunto de la bandera, con ese parecido más que sospechoso con la bandera estadounidense. ¿Pero qué sentido tenía? América como nación occidental no existiría hasta miles de años después de que toda esa gente muriera. Era tan sumamente extraño.
Ling caminaba absorto en éstos y otros funestos pensamientos cuando Kuei apagó la luz y exclamó:
—Mira allí...
—¿Qué? No veo nada.
Tras unos segundos de intensa oscuridad. Al fondo, una tenue claridad azulada se fue abriendo paso, deslizándose por las paredes de roca gris y perfilando siluetas oscuras.
—¡Luz! ¡Es luz natural! —gritó Kuei mientras corría hacia ella.
Alcanzaron la zona iluminada y treparon dificultosamente por los montones de peñascos desprendidos de la entrada. La salida daba a una cornisa rocosa en el exterior situada a bastante altura y prácticamente inaccesible desde abajo. Por fortuna conservaban la cuerda y gracias a ella consiguieron bajar hasta el suelo.
—Kat-Mensay, en el Bajo Oeste. La puerta de entrada a Occidente — dijo Kuei—. Queda inaugurado este suelo que pisamos por primera y probablemente última vez en nuestra vida.
La frase fue dicha con ánimo de chanza, pero ninguno de los dos sonrió. Se diría que Kuei lamentaba haber abierto la boca.
Pronto empezaría a anochecer. No habían comido nada desde la salida del hotel por la mañana, quizá porque inconscientemente deseaban poder hacerlo en algún establecimiento de Kat-Mensai, ya en lugar seguro, pero no se avistaba desde los oteros de los alrededores ninguna ciudad ni pueblo cercano, de manera que acamparon y llenaron el estómago en previsión de una larga caminata hasta la población más próxima.
Sin perder demasiado tiempo se pusieron en camino dirigiéndose hacia una lejana columna de humo, única señal de vida que parecía apreciarse en las inmediaciones.
Alcanzaron lo que parecía ser una gran zona industrial cuando el sol se acomodaba ya tras la línea de horizonte. Aunque podían escuchar ruido y signos de actividad en el interior de las naves, resultaba extraño que las calles estuvieran completamente desiertas. Sólo tras un rato de deambular por ellas buscando algún bar o restaurante donde descansar, vieron aparecer a lo lejos las siluetas de dos personas que caminaban por su misma acera.
—Bien, vamos a preguntar —dijo Kuei.
Su paso decidido se tornó vacilante y casi se detuvo al reconocer en las figuras que se aproximaban el tono oscuro de los uniformes policiales. El rostro de Kuei era el espejo de su alma, en ese momento de pétreo mármol blanco pero, para creciente inquietud de Ling, la cara de los policías era asimismo de absoluta perplejidad ante la presencia de los dos muchachos en aquel lugar.
Cuando el encuentro era ya inevitable, Ling habló.
—Perdonen. ¿Podrían ayudarnos? —dijo, intentando aportar algo de espontaneidad al encuentro.
—¿Qué demonios creéis que estáis haciendo vosotros aquí a estas horas? —fue la respuesta.
—Calma, sólo estamos aquí de paso. Tenemos autorizaciones en regla para Francia.
Y buscó atropelladamente por todos sus bolsillos las tarjetas de identificación que, como era habitual en esos casos, no parecían estar en ningún sitio. Temió lo peor: que se hubieran perdido en el polvo de la cueva en alguno de los tramos en que se arrastraron y rodaron por el suelo.
En todo el tiempo Kuei no movió ni un músculo. Probablemente necesitaba toda la energía y hasta la última caloría de su cuerpo para mantener en funcionamiento su encogido corazón. Pero al fin, las tarjetas aparecieron y Ling las entregó con un leve temblor de mano que contradecía la apariencia de seguridad y autosuficiencia que enmascaraba su rostro.
Los policías casi entrechocaron las cabezas en pugna por ver la pantalla del lector donde habían introducido las tarjetas, sin que de sus caras desapareciera la expresión de estupor y asombro que mantenían desde el primer instante del encuentro.
Uno de ellos, tras leer repetidamente el texto, esgrimió una sonrisa que dio paso a una risa contenida y luego a una carcajada.
—¿Has visto? —exclamó.
El otro comenzó a reír también.
—¡Ésta es de pata de rana! Para Francia, pone…
—Fíjate en el certificado digital. ¡Te juro que a éste le pongo un marco!
Tras un buen rato de risas y comentarios jocosos que Ling no acertaba a comprender, se dirigieron a ellos.
—Realmente habéis hecho un buen trabajo llegando hasta aquí, xiao Ling y xiao Kuei. Ahora vais a obtener la recompensa a vuestros esfuerzos —ambos rieron de nuevo por lo bajo.
Después de cachearlos e inspeccionar las mochilas, uno de ellos, con un gesto de la mano les indicó que caminaran delante.
—Supongo que no haréis necesario que saque este trozo de hierro, ¿Verdad? —dijo poniendo la mano sobre la cartuchera—, pesa mucho y hoy no tengo ganas de trabajar. Con el alma en los pies, Ling y Kuei se pusieron en camino seguidos por los dos policías. Caminaron entre grandes naves industriales y barracones metálicos. Al pasar frente a un gran portón de acero, Ling se fijó en un pequeño cartel en el que se leía: “SANCHES JEANS”.
Siguieron caminando hasta dejar atrás la zona industrial y llegaron hasta una pequeña estación de monorraíl. Allí los policías entregaron su custodia a otra pareja de agentes que salieron del tren. Ling no pudo escuchar la conversación entre los dos agentes de mayor rango, el otro policía lo obligó a tumbarse boca abajo y le esposó las manos atrás. Los introdujeron en el tren y, tras subir los agentes, se pusieron en marcha.
El viaje fue largo, pero nadie pronunció una palabra. La zona de destino no parecía demasiado diferente de la otra: más naves y factorías, aunque contra la azulada claridad del cielo nocturno se perfilaba la silueta de grandes bloques de edificios, probablemente viviendas u oficinas. A través de un acceso directo desde la estación, penetraron en los sótanos de uno de ellos y caminaron por un sinfín de asépticos corredores desiertos, utilizaron distintos ascensores en varias ocasiones siempre en sentido ascendente. El edificio tenía una estructura enorme y compleja, probablemente fruto de múltiples ampliaciones que habrían terminado por fusionarlo con los bloques circundantes.
Por fin se detuvieron en una amplia y suntuosa antesala donde un subordinado susurró algo en un comunicador y procedió a abrir la gran puerta de doble hoja que les condujo a un impresionante despacho.
Su ocupante, al que alguien se dirigió como “el Secretario”—persona de gran influencia y posición, sin duda—, instalado tras una mesa al fondo, hizo un leve gesto con la mano señalando dos sillas frente a él. Los policías los condujeron a empujones hasta allí. Se sentaron con dificultad, pues seguían esposados con las manos a la espalda.
Ling empezó a hablar atropelladamente, a tartamudear excusas respecto a sus pases para Francia, pero el funcionario le hizo detenerse en seco con un simple gesto de la mano.
—Como comprenderán —dijo—, por aquí pasa mucha gente al cabo del día. No tengo ni ganas ni tiempo para pretextos y coartadas, debería estar ya en mi casa. Para aclarar su actual situación, permítanme que les cuente una pequeña historia: hace muchos miles de años, llegaban a la gran China, viajeros procedentes de lugares remotos. Traían con ellos relatos fascinantes sobre lejanas culturas y pueblos con peculiares tradiciones y costumbres muy distintas a las nuestras. Sus relatos calaban hondo y despertaban la curiosidad y admiración del pueblo chino. Pero, con demasiada frecuencia, los viajeros, con ánimo de acrecentar sus proezas, agrandaban las distancias y situaban aquellos lugares mucho más allá de donde estaban realmente. Eso, unido a las deficientes técnicas de cartografía de la época condujo al establecimiento de una idea del mundo notablemente deformada.
“No tenemos constancia exacta de cuándo esa visión basada en el mito y la leyenda pasó a convertirse en una mentira deliberada, pero sabemos que su primer cronista y reformador, el maestro Xa nsiang nació en el siglo XV, en el año del Dragón y fue el asesor de, al menos dos emperadores en la compleja tarea de estructurar y administrar en beneficio de nuestra comunidad esa, digamos... peculiar visión del Mundo.
“Multitud de guerras asolaron nuestras tierras hasta lograr la unificación de las provincias del Este y las del Alto y Bajo Oeste; y fueron precisamente los ejércitos del Bajo Oeste los que en 1945 culminaron la anexión de la provincia de Cipango y las islas Polinesias; aunque mucho me temo que la versión sobre estos hechos de la que ustedes tienen constancia difiere notablemente...
—¿Qué está diciendo este ojo de…? —susurró, estupefacto, Kuei.
—No tengo ni idea —murmuró Ling entre dientes.
—...Les estoy haciendo partícipes del Conocimiento supremo — continuaba el Secretario—, del Gran secreto, de la Verdad sagrada: Occidente no existe.
Ling y Kuei se miraron atónitos y luego al funcionario intentando encontrar la razón por la que aquel hombre les contaba semejante cúmulo de despropósitos.
—El advenimiento del Comunismo —continuó absorto el Secretario— acogió con Júbilo semejante patrimonio y proyectó para el mismo un propósito nuevo y audaz, cargado de capitales virtudes para con nuestro esforzado pueblo y creciente patria. Aquel occidente imaginario serviría de acicate para la moral de las gentes y de revulsivo para los pusilánimes y los inconformistas, ayudándoles a extraer de donde no las había, las fuerzas y la ilusión necesarias para reconstruir primero y engrandecer después este gran hogar común.
“Había que hacer de aquel Occidente imaginario un lugar detestable, algo que hiciera a nuestro pueblo valorar y amar más que nunca el privilegio de vivir y formar parte de este gran proyecto. Para ello se creó la idea de un Occidente decadente, un lugar donde los pobres mueren de hambre junto a lujosos edificios, donde la gente gana más cuanto más tiene y menos cuanto menos tiene y más lo necesita, donde el valor del dinero y de las cosas está sometido al azar de algo tan peregrino como “la confianza” de alguien desconocido en no se sabe qué. Un lugar en el que el dinero y no el hombre, toma las decisiones... Un lugar, en definitiva, contrario a la Justicia que la dignidad humana merece...
“Y entonces ocurrió lo inesperado, lo inverosímil, lo que nadie hubiera podido calcular ni prever: la gente empezó a amar a Occidente. La gente deseaba aquello. ¡El pueblo chino quería vivir en Occidente! ¿Pueden creerlo? —casi gritó poniéndose en pie—... Sí... supongo que sí... Por eso están aquí.
El secretario volvió a sentarse y recobró la calma. Se enjugó las gotas de sudor de la frente y ordenó levemente algunos papeles que había sobre la mesa.
—Pues muy bien. ¡Enhorabuena! Bienvenidos a Kat—Mensai, capital del Alto y Bajo Oeste y por ende de Occidente. Del verdadero Occidente. Aquí están todos esos lugares con los que ustedes han soñado alguna vez, esas grandes ciudades, mecas de tal o cual industria; las calles de todas esas películas, los grandes monumentos... A partir de ahora tendrán ocasión de trabajar en ésta, la única y auténtica fábrica de sueños, que alimenta las ilusiones de nuestro pueblo. “Encontraremos un trabajo apropiado a sus capacidades, aunque lamento comunicarles que tendrán que renunciar al “Sueño Americano”. El capitalismo no ha existido nunca, excepto en la mente de los maestros creadores del Gran secreto o, como otros gustan en denominar... La Gran Mentira.
Ling y Kuei permanecieron en silencio mirando perplejos al funcionario que había comenzado a escribir y sellar varios documentos. Finalmente Ling intervino.
—Supongo que nos cuenta toda esa sarta de... —sustituyó la palabra “estupideces” en atención a los uniformes situados a su espalda— ... esa sarta de mentiras para que no intentemos escapar y nos dejemos explotar dócilmente en estos... campos de prisioneros.
El secretario hizo un gesto de “alto” con la mano cuya finalidad Ling no comprendió hasta que se percató de que iba dirigido al policía que blandía la porra tras él.
—Les digo esto para que no pierdan el tiempo huyendo hacia el Oeste, donde sólo encontrarán el mar y sobre todo, para que no intenten regresar a la China Central. La frontera se puede cruzar en esta dirección —eso es lo que nos provee de mano de obra—, pero créanme, nadie la cruza en la otra dirección... Quiero decir, no sin nuestro consentimiento. Aún pueden conservar cierta esperanza de volver a casa. El camarada subsecretario de zona les informará a su debido tiempo.
—No puede ser. ¡No me lo trago! No se puede engañar a tantos millones de personas. Alguien lo hubiera descubierto —insistió Ling.
El funcionario sonrió condescendientemente, se diría que con cierta simpatía y un ápice de tristeza.
—La gente cree lo que quiere creer. No es necesario dar grandes razones para que uno acepte lo que necesita o lo que desea fervientemente. Cuando Las provincias del Oeste se saturaron y fueron incapaces de hacer frente a la producción que la China central demandaba, empezamos a instalar fábricas en la propia China central. Fábricas de donde salían los productos que se supone que venían de Occidente. Fabricados por chinos en China. Muchos dijeron que era una locura, que se descubriría el pastel; pero la gente siguió creyendo. ¡Comprando los productos occidentales que ellos mismos fabricaban! ¿No es increíble?... La naturaleza humana es así. Cuando se obceca en algo —y siempre lo hace—, todo parece darle la razón, hasta la más contundente prueba en contra.
Permaneció un rato en silencio con la mirada perdida, absorto en quién sabe qué intricados y enigmáticos pensamientos. Después volvió a la tarea de escribir en los documentos que había sobre su mesa e hizo un gesto con la mano a los policías indicando que la entrevista había terminado.
Caminaron de nuevo por los corredores. Kuei se acercó a Ling y susurró tratando de que los policías no lo escucharan.
—¿Crees que es verdad todo eso que nos ha dicho?
—No… no sé. Hay mucha gente que ha salido. Tío Tshen vive en Francia hace mucho tiempo. ¿Cómo va a ser todo mentira? No puede ser...
Un pequeño grupo de infelices también esposados se les unió y juntos fueron conducidos a través de una gran sala de la que pendía un gigantesco globo terráqueo que giraba lentamente. Por primera vez contempló estupefacto junto a los demás el verdadero aspecto del mundo. Allí estaban China, La India, Japón... La mayoría de los países asiáticos, aunque figuraban como provincias de la Nueva República. Al norte, la gran extensión correspondiente a Rusia figuraba como Alto Oeste. Hacia Occidente, donde debería estar Europa, un gran muñón de tierra etiquetado como Bajo Oeste, se recortaba contra el océano Pacífico; un único océano, el mismo que un lejano día, atravesó un intrépido marino del Bajo Oeste abriendo una ruta alternativa para la comunicación entre las dos costas del mismo continente.
Un funcionario lo apartó del grupo.
—¿Ling Wei? Creo que hay alguien aquí a quien a debe ver. Acompáñeme.
Separado de su amigo Kuei por primera vez, viajó junto a aquel hombre en varios trenes subterráneos. Cuando llegaron a su destino, el hombre le indicó con la mano que entrara en una habitación y él esperó afuera. Ling entró en la estancia indeciso. Una figura se le acercó en la penumbra; a medida que se acercaba, sus rasgos se hicieron más definidos hasta que Ling pudo identificarlo.
—¿Tío... François? —tartamudeó.
—¿Xiao Ling? ¿Q...que... haces tú... aquí?
Permanecieron mirándose en silencio. No hacían falta más preguntas ni más respuestas. Su tío Tshen le dedicó una sonrisa triste y después desvió la mirada hacia el suelo.
Durante las primeras semanas estuvo sólo. Fue asignado a una cadena de inserción de remaches en una fábrica de vaqueros Sanches Jeans — quién hubiera imaginado que acabaría trabajando allí—. Al cabo de un mes, consiguió un permiso de movilidad gracias al cual, podía ver periódicamente a su tío Tshen. Día a día, su tío le fue explicando los pormenores de la vida en el Bajo Oeste.
—Después de todo, la vida en Kat-Mensay no es tan mala —le explicaba Tshen—; tenemos una jornada laboral razonable y, con un buen comportamiento, si aprendes a mentir lo suficientemente bien, te dejarán visitar a tus padres.
—¿Mentir tan bien como tú? —le recriminó Ling.
—Jamás se me ocurrió que pudieras hacer una tontería semejante.
—¡Claro! Sólo tú, el gran François, podía hacerlo. Los demás debíamos conformarnos con nuestra cochambrosa vida y tus visitas periódicas.
—Tienes razón. Ignoré vuestras aspiraciones. Lo siento, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Si filtraba cualquier pista, cualquier indicio, me impedirían volver a veros.
—Nadie tenía por qué saberlo. Yo no hubiera abierto la boca.
—¡Seguro! solo que no hubieras creído una sola palabra y, probablemente te hubieras lanzado a comprobarlo por ti mismo. De todas formas, no dramaticemos. Aún no está todo perdido; con un buen comportamiento, en el plazo de unos años, podremos regresar sometiéndonos a un borrado selectivo de recuerdos. Kuei lo tiene peor en ese aspecto, parece ser que es la segunda vez que llega aquí; ya lo reinsertaron en una ocasión y si vuelve por tercera vez... se acabó.
—¿Olvidarlo todo y volver a vivir otra vez con la frustración y el deseo de huir?
—No parece que haya otra salida..., aunque la gente aquí piensa mucho. Es lo único que se puede hacer en el tiempo libre. Hay grupos y asociaciones clandestinas de todo tipo. Las hay que incluso preparan una revolución para instaurar el capitalismo; después de todo, tenemos las infraestructuras y todo lo demás, sólo falta instituirlo a nivel político y económico, aunque no hay nadie que sepa muy bien cómo hacer algo así. También hay quién afirma que ese modelo de sistema económico es puramente teórico e insostenible en la práctica y en el otro extremo están los alarmistas; los que sostienen que, si se lleva a cabo, nos sumiría en un mundo de esclavitud económica y de brutales injusticias sociales. En cualquier caso, las circunstancias siempre nos empujan sospechosamente a quedarnos con lo malo conocido antes que arriesgarnos en una aventura posiblemente cruenta y con un resultado imprevisible.
Permanecieron en silencio sumidos cada uno en sus propias cavilaciones; hasta que Ling habló de nuevo.
—¿Cuándo crees que podré hablar con mi familia?
—No sé. De momento, debes tratar de acumular tiempo de buen comportamiento. Seguir colaborando en el mantenimiento de este sueño que da sentido a muchas vidas al otro lado de esa frontera. Al fin y al cabo y a pesar de todo, nadie puede negar que es un noble fin...
EPÍLOGO:
Amados padres y hermana:
Como ya habréis leído en la nota que dejé en mi cuarto, me he marchado a Occidente. Preferí no decir nada para evitar que la despedida se convirtiera en una ruptura familiar. Espero que me perdonéis; en el fondo, sabéis tan bien como yo que no había otra forma de hacerlo.
Siento haber tardado tanto en escribiros. Me ha costado localizar un acceso público a la Red con sistema de cifrado y mis condiciones económicas al principio, como podéis imaginar, no eran muy buenas.
La vida aquí, en Occidente, no es nada fácil; hay que trabajar tan duro como allí. Por fortuna, hemos conseguido dar con el tío François y nos ha ofrecido trabajo, provisionalmente en su restaurante, hasta que consigamos dinero suficiente para seguir ruta hacia América.
La gente en este país es hospitalaria y afable y, poco a poco, Kuei y yo hacemos progresos notables con el idioma.
Según me han dicho, no es difícil conseguir un visado como turista para cruzar la frontera. Quién sabe, quizá en el verano pueda ir a visitaros, aunque sea bajo un falso nombre. Hace sólo unas semanas que me marché y ya estoy deseando regresar.
Os mando un beso y un abrazo. Y otro para el abuelo, cuyos consejos deberíamos escuchar más a menudo.
Al fin he logrado alcanzar el mayor de mis sueños, aunque he de reconocer que las cosas no parecen tan grandes cuando consigues tenerlas al alcance de la mano.
Os quiere:
Xiao Ling Wei
Fin
Antonio Cebrián Berruga nace en Albacete en 1964 y desde pequeño muestra una gran inquietud por toda clase de actividades artísticas. Comienza con el dibujo y el cómic y, más tarde, con la música; cursando estudios clásicos de piano, violín y viola que compagina con el estudio autodidacta de la música moderna y la participación en grupos de rock. Cursa estudios de Ingeniero Informático y su pasión por la divulgación científica lo lleva a adentrarse en la literatura de Ciencia Ficción en su vertiente especulativa. Esta vocación literaria, aunque tardía, ha sido fructífera, obteniendo diversos premios y publicaciones como: Primer Premio Vórtice de Ciencia Ficción, Segundo premio del Concurso Axxón de relatos 2006, Ganador del Concurso de Radioteatro Radio Ahijuna 2006, Segundo premio Andrómeda de ficción especulativa 2005 (Historia alternativa) y 2006 (Comunicación y lenguaje). Finalista en los concursos: Pablo Rido (2004 y 2007), Domingo Santos (2003 y 2006), El melocotón mecánico (2006), Coyllur (2005 y 2006), y Terraignota (2002).
Ha publicado relatos en: Fabricantes de Sueños 2006, Visiones2004, Revista literaria Ñ, Sinergia, Axxón y Bem on line.
En la actualidad, trabaja como profesor de Teclado en la EMMA (Escuela de Música Moderna de Albacete) y colabora activamente en la selección y publicación de relatos en la revista digital “Sinergia”.
En su página web personal: www.condeboris.tk puede verse una muestra de los diversos trabajos que ha realizado a lo largo de los años.
El cuento incluido en esta selección constituye una aproximación un tanto especial al género de la Ucronía. No en vano, el título del cuento encierra un triple juego de palabras que hace referencia a varios aspectos del relato y cuya interpretación dejaremos en manos de nuestros perspicaces lectores.