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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que el header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación en el blog
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o solo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), simplemente da click en LECTURAS, por ejemplo, y seguido en GUARDAR POST.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Si has agregado una publicación desde el SIDEBAR, automáticamente aparece este caracter ۩ en el menú, indicando que se ha guardado una publicación desde el SIDEBAR, y para poder agregar la publicación actual debes darle click a ese caracter, seguido eliges si lo deseas guardar en MIS LECTURAS o en alguno del MENU PERSONAL.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.
    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.
    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo básico.


    PRIORIDAD DE LOS ESTILOS: De izquierda a derecha, siendo el de la izquierda superior; la prioridad es la siguiente:
    PREDEFINIDO - LY, LL, P1 a P16 - G3 - G2 - G1 - POR POST - POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3 - ESTILOS 1 a 9 o BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha, o presiona "intro" en cualquier otro tema de la lista en texto; y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    LA CATEDRAL (César Mallorquí)

    Publicado el lunes, noviembre 24, 2014

    Prólogo
    1281 Anno Domini


    EN el interior de la cripta reinaban las tinieblas, la humedad y el miedo. El hombre que yacía en la oscuridad, sentado en el suelo con los brazos rodeando las encogidas piernas, era un anciano de pelo canoso y piel curtida por la vida al aire libre. Hasta hacía muy poco había sido alguien importante, un maestro de su oficio, pero ahora sólo era un fugitivo. En realidad, un condenado a muerte.

    Fue precisamente el temor a la muerte lo que le había movido a ocultarse en la cripta secreta. ¿Cuánto tiempo llevaba escondido allí? No lo sabía; los minutos discurren muy lentamente en la oscuridad, pero debían de haber pasado tres o cuatro horas desde que fue testigo de la matanza.

    Se estremeció. La imagen de sus compañeros atrozmente asesinados parecía habérsele grabado a fuego en las pupilas, y cada vez que la evocaba, cada vez que pensaba que él podría haber estado allí, compartiendo la terrible suerte de sus amigos, un intenso pánico le embargaba. Se había salvado de milagro, por llegar tarde a la reunión; un simple retraso, ésa era la diferencia entre la vida y la muerte. Cuando llegó, la matanza ya había comenzado y los gritos de las víctimas torturaban la quietud de la noche.

    Luego, ellos le descubrieron, y el anciano tuvo que huir para salvar la vida. Pero ¿dónde ocultarse? Lo cierto es que sólo dispuso de dos opciones: o arrojarse al mar por los acantilados, o —como finalmente hizo— buscar refugio en el templo.

    Y por eso estaba allí, preguntándose cuánto tardarían sus perseguidores en encontrar la cripta secreta, acurrucado entre las tinieblas con el corazón encogido de miedo. La culpa era suya, se dijo una vez más; cuando comenzó a abrigar sospechas sobre la auténtica naturaleza de su trabajo, debió compartirlas con los demás. Y cuando el viejo guerrero le confesó sus planes..., entonces debía haber huido, a toda prisa, sin mirar atrás. Pero no lo hizo; pretendiendo mantenerse al margen, se mintió a sí mismo diciéndose que no hacía otra cosa que ejercer su oficio, cuando lo cierto es que estaba colaborando con el mal más abyecto.

    Pero ya era tarde para lamentaciones. Ahora debía plantearse el modo de salir de ahí. Aún faltaban unas horas para el amanecer y, amparándose en las sombras, quizá pudiera alcanzar el bosque y, más allá, la libertad.

    El anciano se incorporó y estiró los miembros para desentumecer los músculos. Tanteando en la oscuridad, alcanzó la escalera de piedra y subió por ella. Se detuvo frente a la puerta oculta y permaneció unos instantes con el oído atento, pendiente de cualquier ruido que pudiera delatar la presencia de sus perseguidores, mas sólo escuchó el atropellado latir de su corazón.

    Finalmente, aferró con ambas manos la palanca que había en el dintel y tiró de ella. La puerta se deslizó lentamente, acompañada de un chirrido que al anciano se le antojó estruendoso, y dibujó un rectángulo de tinieblas algo menos opacas que las reinantes en la cripta.

    Tras una breve indecisión, el anciano cruzó el umbral y se encaminó sigilosamente a la salida del templo. Pero no había recorrido más de cinco o seis pasos cuando, de pronto, una silueta surgió de entre las sombras y se interpuso en su camino. Era un hombre alto, cubierto con negros ropajes, y en la mano portaba una espada. El anciano se detuvo y profirió un ahogado gemido de pánico.

    —De modo que estabais aquí, ¿eh, maestro? —dijo el hombre oscuro en tono burlón—. ¿Os habíais olvidado de la cita que teníais con nosotros?

    El anciano, acicateado por un intenso y ciego terror, retrocedió apresuradamente hacia la cripta, como si allí pudiera todavía encontrar cobijo, mas el hombre de la espada reaccionó con extraordinaria rapidez: dando tres veloces zancadas, alcanzó al anciano y, fríamente, le atravesó el vientre con un vertiginoso tajo de su acero.

    El anciano, herido de muerte, parpadeó incrédulo. Se llevó las manos al estómago, retrocedió un par de vacilantes pasos, tropezó, cayó por la escalera y quedó tendido sobre el gélido suelo de la cripta.

    Durante unos instantes no sintió nada, ni frío, ni dolor, ni miedo. Luego comprendió que la vida se le escapaba, y entonces, queriendo dejar algún testimonio de lo que había ocurrido, tendió una mano hacia el muro y, justo antes de morir, usando su propia sangre como pintura, dibujó una extraña marca en la pared:




    Capítulo 1


    Han transcurrido muchos años desde que sucedió lo que ahora voy a relatar y, sin embargo, el recuerdo de aquellos hechos permanece nítido en mi memoria. No es extraño; uno nunca olvida la primera vez que se enfrentó a la muerte.

    Mi historia aconteció en una época violenta, si es que alguna no lo ha sido, mas la clase de violencia que tuve que afrontar fue muy distinta a lo que, incluso en aquellos tiempos, se tenía por normal. Podría decirse que bailé con el diablo y sobreviví para contarlo.

    Ahora, cuando me dispongo a poner por escrito la memoria de aquellos acontecimientos terribles, sólo me resta decidir el comienzo. Aunque, bien pensado, la elección es sencilla; soy constructor, mi trabajo consiste en erigir edificios, templos, fortalezas, de modo que por ahí debe iniciarse mi historia.

    Todo comenzó, pues, el día que me convertí en francmasón...


    * * *

    Nunca olvidaré el día en que padre me llevó por primera vez a una reunión de la logia. Ocurrió el doce de mayo del año de nuestro Señor de 1282, la fecha de mi decimocuarto cumpleaños. Hasta entonces había sido un niño, pero ese día me convertí en hombre. En hombre libre, la única clase de persona que, según mi padre, valía la pena ser.

    Por aquel entonces llevábamos varios años instalados en Estella, una villa del reino de Navarra así llamada en honor a la estrella de Compostela, pues se encuentra situada en la ruta de los peregrinos. Mi padre, León Yáñez, era cantero; maestro constructor, en realidad, pues estaba instruido en los secretos de Salomón y era ducho en el arte de erigir templos, puentes y fortalezas.

    Vivíamos en una casa de piedra con techumbre de paja situada a no mucha distancia de Santo Domingo, la iglesia cuyas obras dirigía mi padre. Como era un lathomus —maestro de obras, según la lengua de los romanos—, la más elevada condición entre los masones, el hogar que el Cabildo nos había asignado gozaba de ciertos lujos que el común de los mortales no suele disfrutar: contraventanas para protegernos de los vientos invernales, lechos de madera con jergones de paja, candiles de hierro y una abundante provisión de sebo para alimentarlos.

    Margarita, mi madre, que había nacido en el país de los francos, solía adornar nuestra morada con artemisa y madreselva, en primavera; y con muérdago y acebo al llegar el invierno. También se ocupaba de cocinar en el hogar situado en el centro de la casa, y de aventar el humo para secar bien la paja del techo antes de las lluvias, y de remendar nuestras ropas, y de asear la estancia, y de alimentar a las gallinas, y de ordeñar a las dos cabras que nos permitían disfrutar de leche fresca. Sin duda, mi madre era una mujer muy atareada.

    Entre tanto, mi padre y yo trabajábamos en la construcción de la iglesia, de sol a sol, con un descanso para el desayuno y otro para el almuerzo. El se ocupaba de dirigir a los albañiles y de tallar las estatuas de los pórticos, pues además de lathomus era un experto imaginero. Yo, por mi parte, ayudaba en la obra transportando piedras sillares con la carretilla, o mezclando agua, arena y cal para preparar el mortero. Aún no había sido aceptado como masón, ni siquiera alcanzaba el grado de aprendiz. No era nada, apenas uno más entre los muchos peones que sólo aportaban a la construcción del templo la fuerza de sus músculos; aunque, a decir verdad, ni siquiera de músculos podía presumir, pues por aquel entonces sólo era un muchacho no muy desarrollado. Sin embargo, mientras sudaba bajo un sol de plomo fundido, transportando pesados bloques de arenisca de un lado a otro, mi corazón abrigaba la esperanza de ser pronto aceptado en la logia, donde recibiría la instrucción necesaria para dominar los secretos de la piedra.

    Aquella mañana, la mañana de mi decimocuarto cumpleaños, la monotonía de mis quehaceres diarios se vio gratamente quebrada. Cuando madre me despertó ya había amanecido y padre se encontraba desde hacía rato en la obra.

    —Feliz aniversario, Telmo —dijo ella con una sonrisa—. Tu padre te ha dado el día libre, así que puedes hacer lo que se te antoje. Pero ahora levántate, pues tienes listo el desayuno.

    ¡Un día de asueto! Salté del jergón y corrí a sentarme en un taburete frente a la mesa, donde me esperaba un tazón de gachas con leche, endulzadas con miel para la ocasión. Las devoré en un santiamén, me puse las calzas y el jubón y salí a toda prisa de la casa. Mientras cruzaba la puerta, madre me gritó que fuera al río a bañarme, pero no hacía ni una semana que me había lavado por última vez, de modo que hice oídos sordos y corrí al patio trasero, a la pequeña casamata donde padre guardaba sus utensilios de trabajo. Allí, oculta en un arcón y envuelta en arpillera, había una pequeña talla de Nuestra Señora a medio terminar.

    Aquella figura de caliza blanca era mi máximo orgullo, mi bien más preciado. Yo era su autor, yo la había esculpido, pues, aunque ni siquiera era un aprendiz de cantero, padre me instruyó en el arte de la imaginería desde mi más tierna infancia. Nací con un buril y un mazo entre las manos, por mis venas corría polvo de piedra, y aquella escultura era el resultado de largos años de aprendizaje.

    Saqué la talla del arcón y desenvolví la arpillera; el risueño rostro de la Virgen pareció saludarme al surgir de entre los pliegues de la tela. Me detuve unos segundos para examinar la imagen con mirada apreciativa: medía tres palmos de altura y representaba a Nuestra Señora en estado de buena esperanza, con una mano apoyada en la cadera derecha, la otra descansando sobre el abultado vientre y el rostro iluminado por una sonrisa.

    Deposité la talla sobre el banco de trabajo, tomé prestadas, de entre las herramientas de mi padre, una gubia fina y un mazo de madera y comencé a perfilar los pliegues del inacabado manto de la Virgen. Llevaba dos meses trabajando en aquella imagen, aprovechando mis escasos momentos de asueto para esculpirla. Jamás ornamentaría ninguna iglesia, ni siquiera presidiría el altarcillo de una humilde ermita, pues su único objetivo era servirme de práctica; pero eso poco importaba. Era mi obra.

    Pasé toda la mañana trabajando en la talla, labor que sólo interrumpí a la hora de comer. Con motivo de mi aniversario, madre había matado una gallina y la había guisado con rábanos y vainas. Fue todo un banquete, sólo ensombrecido por la ausencia de mi padre, que aquel día había decidido almorzar a pie de obra. Reconozco que eso me entristeció; a fin de cuentas, yo acababa de cumplir catorce años y confiaba en que él me acompañara en un día tan señalado.

    Después de comer regresé al cobertizo y me puse de nuevo a esculpir la imagen de Nuestra Señora. Las horas de la tarde pasaron con la ligereza de una nube arrastrada por la brisa y pronto llegó el atardecer. Y con las sombras del ocaso vino también mi padre. Abstraído como estaba en mi labor, no le oí acercarse, pero supongo que permaneció un rato en silencio a mis espaldas, contemplándome trabajar, antes de interrumpirme con un carraspeo.

    —Telmo —dijo—, coge esa imagen y acompáñame.
    —¿Adonde vamos, padre? —pregunté con sorpresa.
    —A la logia. Quiero que los compañeros conozcan tu trabajo.

    Permanecí unos segundos desconcertado, con la boca abierta, y de pronto comprendí el significado de sus palabras. Iba a ser propuesto como aprendiz de masón. ¡Por fin! Entonces me entró un miedo terrible, miedo a que mis esfuerzos fueran objeto de burla, miedo a fracasar, a no ser aceptado.

    —Pero la imagen no está acabada... —protesté.
    —Tonterías —padre rechazó la excusa con un ademán y comenzó a alejarse—. Vámonos ya, Telmo, que nos están esperando.

    ¿Qué podía hacer? Tragué saliva, envolví la escultura en la arpillera, me la eché al hombro y fui en pos de mi padre.


    * * *

    Recorrimos en silencio las estrechas callejas de Estella, por entre casas de madera que parecían encorvarse las unas sobre las otras, como un baile de jorobados. La noche se avecinaba y los habitantes de la villa comenzaban a prepararse para la inminente oscuridad. Los artesanos recogían sus enseres, los labriegos estabulaban el ganado, las mujeres llamaban a gritos a sus hijos y los hombres acarreaban haces de leña para alimentar la lumbre del hogar. Mientras atravesábamos el río Ega por el puente de la Cárcel, nos cruzamos con los lanceros que se dirigían a la muralla para cumplir su guardia.

    Las obras de la iglesia de Santo Domingo se encontraban cerca de la judería. Aunque el templo estaba prácticamente concluido, todavía se hallaba cubierto de andamios, grúas de madera y cabrestantes. El lugar estaba desierto, como era de esperar dado lo tardío de la hora. Al llegar, padre se detuvo frente a la logia y me advirtió:

    —Hoy serás propuesto como aprendiz, Telmo. No soy yo quien ha de aceptarte, sino los compañeros. Si respondes con sinceridad a sus preguntas y te muestras humilde, nada debes temer, así que borra esa cara de susto, hijo.

    Me tranquilizó con una fugaz sonrisa, abrió la puerta y entró en la logia. Pese a que había estado allí cientos de veces, las piernas me temblaban cuando crucé el umbral. La logia no era más que un cobertizo de madera situado junto a la obra, el lugar donde se guardaban las herramientas y se trazaban los planos, donde los constructores almorzaban y donde realizaban los trabajos más delicados. Pero también era el recinto donde los francmasones se reunían para discutir cuestiones relacionadas con la hermandad, y a aquellos cónclaves yo jamás había sido invitado. Hasta entonces.

    En el interior de la logia, reunidos bajo la temblorosa luz de las lámparas de aceite, cinco constructores aguardaban sentados en torno al banco de trabajo. Conocía sus nombres: Jorge de Burgos, Otto el germano, Eutimio de Tolosa, Nicefas el cojo y Perdigotto el genovés. Todos ellos trabajaban en las obras de Santo Domingo, nos conocíamos de sobra, pues convivíamos cada día, pero ninguno me saludó al verme entrar.

    —Compañeros masones —dijo padre, con solemnidad, una vez que la puerta se hubo cerrado—: el aquí presente, Telmo Yáñez, desea ingresar como aprendiz en esta logia. Estamos, pues, reunidos para decidir si es o no aceptado; examinaremos su trabajo y después votaremos.

    Padre no era hombre de muchas palabras, así que concluyó su breve discurso y me invitó con un gesto a adelantarme y presentar mi obra. Yo estaba aterrorizado; sabía que el resto de mi existencia dependía de lo que ocurriese en aquel momento y el peso de la responsabilidad paralizaba mis músculos y sellaba mis labios. Tragué saliva, deposité la talla de la Virgen sobre el banco de trabajo y aparté la arpillera que la mantenía oculta.

    Durante lo que a mí se me antojó una eternidad, nadie dijo nada. Todas las miradas convergían en la escultura, que de pronto me pareció torpe y desmañada, pero las bocas permanecían mudas y los rostros inexpresivos. Supuse que aquel silencio era el preludio de mi fracaso y a punto estuve de echarme a llorar; entonces Perdigotto dijo en voz baja:

    —La Madonna no está erguida, ladea el cuerpo hacia la diestra. ¿Por qué?

    Tardé unos segundos en comprender que me lo estaba preguntando a mí. De modo que aquél era mi error, pensé con desánimo: alejarme de los cánones y dejar volar la imaginación. Me estaba bien empleado, por presuntuoso.

    —Porque está embarazada —contesté con un hilo de voz—. Me he fijado en que las comadres del pueblo, cuando se hallan grávidas y próximas al parto, suelen reposar descargando el peso del cuerpo sobre un pie... Yo sólo quería imitar el gesto.

    Perdigotto contempló de nuevo la talla y alzó las cejas.

    —Pues es un gesto gracioso —comentó en tono aprobador—. Incluso gentil, yo diría.

    Como si las palabras del genovés hubieran desatado las lenguas, todos se pusieron a hablar a la vez.

    —¡Es bellísima! —exclamó Eutimio.
    —No puedo creerlo —terció Nicefas, asombrado—; tan joven y tan hábil...
    —Semper ingenia summa in occulto latent —apuntó Otto, que presumía de ser ducho en latines.

    Jorge se volvió hacia mi padre y, con los brazos en jarras, le espetó:

    —Demasiada destreza para un crío. ¿No le habrás ayudado tú?

    Padre profirió una carcajada y señaló la talla con un ademán.

    —¿Crees que yo sabría hacer algo así? —sacudió la cabeza—. No tengo tanto talento, Jorge.

    A duras penas podía creer lo que estaba oyendo: ¡mi trabajo les gustaba! Me sentía como en una nube y cada lisonja que brotaba de sus labios contribuía a alzarme un palmo más sobre el suelo, tal era el alborozo que me embargaba. Fue padre el que me devolvió a la realidad al decir:

    —Basta de charlas. Ahora debemos votar la aceptación de Telmo Yáñez como aprendiz.

    El sistema de votación era sencillo. Cada masón disponía de dos piedras: una blanca, que significaba «sí», y otra negra, cuyo significado era «no». Padre puso una arqueta sobre el banco de trabajo y, uno a uno, los compañeros introdujeron en ella la piedra de su elección. Luego, padre procedió al recuento de los votos. Abrió la arqueta, examinó su contenido y acto seguido, sin poder ocultar del todo una sonrisa de orgullo, dejó caer las piedras sobre la madera del banco.

    Las seis eran blancas.

    A punto estuve de proferir un grito de alborozo, pero padre me contuvo con un gesto, al tiempo que me entregaba un crucifijo de madera labrada.

    —Has sido aceptado en esta logia, Telmo Yáñez —dijo con gravedad—, de modo que debes realizar tus juramentos. ¿Juras, sobre la cruz, aplicarte en dominar los principios de la construcción y realizar tus labores con empeño y provecho, y acatar las instrucciones y órdenes del maestro de obras, así como las de tus compañeros superiores en rango, y mantener en secreto las enseñanzas que recibas, al igual que el contenido de nuestras reuniones?
    —Lo juro —musité.
    —En tal caso, ya perteneces a la fraternidad de los constructores, Telmo Yáñez. Eres un francmasón, te felicito —frunció el ceño—. Pero ¿sabes lo que significa ser francmasón?

    No supe qué contestar. Mi padre, aunque no era aficionado a los discursos, se inclinó hacia mí y me habló largamente, y a juzgar por la seriedad con que pronunciaba sus palabras, comprendí que pretendía transmitirme algo de gran importancia.

    —En la cristiandad —dijo— hay tres poderes: la nobleza, los guerreros y la Iglesia. Sin embargo, ninguna de esas castas es realmente libre. El Rey y sus nobles dependen de los ejércitos, y éstos, del dinero que obtienen de la aristocracia. La Iglesia, por su parte, depende de Roma, donde el Papa, a su vez, está a merced de los poderes temporales. Nadie es libre, y menos aún los siervos, que ocupan el lugar más bajo en el orden social. Existe una cuarta clase: los artesanos. Mas tampoco ellos son libres, pues se hallan bajo el poder del señor del feudo.

    Hizo una pausa y prosiguió:

    —Hay, no obstante, una clase de artesanos que son diferentes a los demás: los constructores. «Francmasón» significa albañil libre. Libre, Telmo, porque un masón no está sujeto a poder alguno. Cierto es que tenemos patrones, aquellos que nos encargan las obras y aportan el capital, pero se trata de una relación libremente aceptada por ambas partes, en virtud de un contrato que concluirá una vez finalizado el trabajo. Luego, el masón será libre para ejercer su oficio donde le plazca. Tal es nuestro tesoro, la libertad, pero también nuestro yugo, pues debemos ejercerla con prudencia y buen juicio —padre concluyó su discurso y puso sobre el banco de trabajo un pergamino virgen, un cuenco de pintura negra y un pincel—. Puesto que ya eres aprendiz —dijo—, deberás trazar en este pergamino tu marca para que sea conocida por todos.

    La «marca de cantero» es la firma personal de cada masón. Se graba a golpe de cincel en las piedras talladas, sea para establecer la paga de los operarios cuando se trabaja a destajo, o simplemente como proclamación de autoría. Hacía muchos años que yo había decidido cuál sería mi signo: inscribiría las iniciales de mi nombre, la T y la Y superpuestas. Tomé el pincel, lo mojé en pintura y tracé mi marca sobre el amarillento pergamino:




    —Ese signo contiene la pata de oca de los canteros occitanos y la cruz de los cristianos —comentó Jorge—. Es una buena marca, Telmo, te dará suerte.

    Estaba equivocado; no era precisamente buena suerte lo que me deparaba el destino, pero eso entonces nadie podía saberlo.

    Al parecer, la ceremonia de aceptación ya había concluido, pues los compañeros se arremolinaron en torno a mí y me felicitaron con vigorosas palmadas en la espalda. Nicefas sugirió que, en lo sucesivo, yo podría ocuparme de tallar la ornamentación de los capiteles, mas Perdigotto adujo que, dado mi arte, debería esculpir la imaginería del pórtico.

    —¡No! —exclamó de repente mi padre—. No se empieza a construir una casa por el tejado. Telmo ha sido aceptado como aprendiz, y propios de un aprendiz serán sus trabajos. Tallará sillares y columnas, y con el tiempo quizá pueda ocuparse de las filigranas de la arquivolta. Pero la imaginería es tarea de compañeros, no de aprendices.

    Un silencio sepulcral siguió a sus palabras. Padre cogió entonces un odre de vino que había comprado en el pueblo y, recuperando la sonrisa, dijo en tono jovial:

    —Ahora, amigos, bebamos para celebrar que mi hijo se ha convertido en un hombre libre.


    * * *

    Tras dar buena cuenta de las primeras jarras, entre chanzas y bromas, comenzamos a entonar con escasa armonía, pero gran entusiasmo, cantos juglarescos que pronto, a medida que el vino corría por nuestras gargantas, se convirtieron en obscenas tonadas tabernarias. Luego, los compañeros se enzarzaron en una animada partida de dados y el vino siguió corriendo. No era la primera vez que bebía, pero nunca lo había hecho tan profusamente, de modo que no tardé en sentirme un poco mareado. Dado que no tenía dinero para jugar, ni ánimo para hacerlo, me acomodé en el suelo contra unas losas. Sin pretenderlo, debí de quedarme dormido, pues me sobresalté al oír una voz diciéndome:

    —¿Estás cansado, Telmo?

    Parpadeé para espantar el sueño y descubrí que padre se había sentado a mi lado; tenía en el regazo una bolsa de cuero que sujetaba con ambas manos, como si fuera algo muy valioso. Los compañeros, entre tanto, seguían enfrascados en la partida y el sonido de los dados corriendo por el tablero se mezclaba con las exclamaciones de los jugadores.

    —El vino me ha dado sueño, padre —respondí—. Pero estoy bien.
    —A beber también se aprende. Por ejemplo, nunca bebas en el trabajo, sobre todo si has de subir a un andamio —padre esbozó una sonrisa, mas no tardó en recuperar la seriedad—. Ahora que has sido aceptado como masón —prosiguió—, quiero preguntarte algo: ¿hasta dónde quieres llegar? ¿Cuál es tu meta?
    —Quiero ser maestro constructor —repuse con presteza—. Un lathomus, como vos.
    —Entonces debes comprender algo: posees un prodigioso talento para la escultura, pero lo importante de un edificio no son las imágenes que lo adornan, sino su estructura y sus proporciones. El secreto de la construcción reside en la armonía, y para desentrañar tal secreto es preciso dominar el álgebra, la geometría, el dibujo, la perspectiva, la forma en que se distribuyen los empujes y las cargas... —se encogió de hombros—. Aún te queda mucho por aprender, Telmo, y si te dejas encandilar por tu habilidad con la talla jamás lograrás ser un lathomus. ¿Lo comprendes?

    Pese a mi embriaguez, supe que padre tenía razón. Él siempre decía que la paciencia es la mayor virtud de un constructor, pues sólo con paciencia puede la débil carne dominar a la piedra. Asentí con la cabeza y padre sonrió, satisfecho. Luego, tras un breve silencio, me tendió la bolsa de cuero.

    —Toma, es un regalo; por tu aniversario.

    La bolsa, que pesaba mucho, produjo un tintineo metálico cuando cambió de manos. Al abrirla me quedé con la boca abierta, pues en su interior había un juego completo de herramientas. Cinceles, gradinas, gubias, punzones, mazos, una cresta de gallo para alisar la piedra, una escuadra, un compás, una plomada y un nivel, todos recién forjados, nuevos y resplandecientes. A padre debían de haberle costado una fortuna.

    —Gracias... —musité, sin apartar los ojos de aquel tesoro.
    —Es todo lo que necesita un francmasón para ejercer su oficio —padre me revolvió los cabellos—. Qué rápido has crecido —dijo con expresión soñadora—; parece que fuera ayer cuando te daba de comer sobre mis rodillas... —suspiró—. Hay algo de lo que no te he hablado, Telmo. ¿Sabes lo que es el Tour?
    —No, ¿qué es?
    —Una costumbre de nuestro gremio. Llegado el momento, los aprendices deben, durante al menos cinco años, ejercer su oficio en obras de diversas regiones y países. Los canteros francos, por ejemplo, han de trabajar en Lyon, Marsella, Burdeos, Nantes y Orleans antes de ser aceptados como compañeros.
    —¿Por qué, padre?
    —Porque ese periplo, el Tour, permite conocer variados estilos y técnicas, y aprender de grandes maestros.
    —¿Vos lo realizasteis?
    —Claro. Fue en Lyon donde conocí a tu madre. Precisamente allí trabajé a las órdenes del maestro Thibaud de Orly, el hombre del que lo aprendí todo.

    Reflexioné unos instantes.

    —¿Cuándo deberé emprender ese viaje? —pregunté.
    —Todavía eres muy joven —padre se incorporó en busca de una jarra de vino y agregó mientras se alejaba—: Dentro de unos años, ya veremos...

    De modo que debería abandonar a mis padres y llevar una vida itinerante en el país de los francos... Con eso no había contado, mas, según mi padre, aún faltaban años para ello. Una eternidad, tal y como yo lo veía entonces. Así que acaricié mis nuevas herramientas y me olvidé por completo del Tour.

    Lo que en aquel momento ignoraba es que no habría de transcurrir ni un año y medio antes de que me viera obligado a abandonar el reino de Navarra camino de Bretaña, para acudir a una cita en la que correría peligro no sólo mi vida, sino también la salvación de mi alma.


    Capítulo 2


    Mi aventura se inició con la llegada de un misterioso jinete procedente de Francia... Pero no, me estoy adelantando, pues hubieron de transcurrir nueve meses entre el día de mi ingreso en la logia y ese momento. Tras ser aceptado como aprendiz, mi trabajo en las obras de Santo Domingo varió sensiblemente. Dejé de transportar piedras y de preparar mortero y pasé a levantar muretes y cincelar sillares. A los pocos meses, mi padre me permitió tallar las filigranas del pórtico; labor tediosa, pero sin duda más acorde con mi pasión por la imaginería. Todos los días, al acabar la dura jornada de trabajo, me encerraba con mi padre en la logia y allí él se afanaba en instruirme en la ciencia de la construcción. Me enseñó que los edificios pueden diseñarse ad triangulum o ad quadratum, que el equilibrio entre las partes de una estructura se consigue aplicando la sección áurea, que el trazado de una iglesia está ligado a las proporciones del cuerpo humano, y otras mil cuestiones más que yo debía esforzarme en memorizar. Otto el germano, por su parte, me enseñaba latín y un poco de griego, y Perdigotto contribuyó a mi educación instruyéndome en el manejo de grúas y cabrias. Entre tanto, yo no había abandonado, ni muchísimo menos, la práctica de la imaginería y dedicaba todo mi tiempo libre a esculpir pequeñas imágenes religiosas, sobre todo del apóstol Santiago, pues al encontrarse Estella en la ruta de peregrinos, lograba venderlas con facilidad en el mercado.

    Pasaron los meses y llegó la festividad de Todos los Santos, iniciándose así el obligado descanso invernal de los constructores. Era costumbre que las obras se interrumpieran entre el uno de noviembre y el dos de febrero, Purificación de la Virgen, pues las heladas impiden que el mortero fragüe debidamente, haciendo imposible la labor de albañilería. No obstante, la inactividad no era completa, pues durante el invierno proseguían los trabajos de escultura que podían realizarse a cubierto. En contra de lo dicho por mi padre, siete meses después de ser aceptado en la logia comencé a tallar capiteles, primero los más sencillos, más tarde aquellos que, por estar ornados con imágenes, ofrecían mayor complejidad. Era una labor impropia de un aprendiz, pero ningún compañero me acusó de recibir trato de favor por ser hijo del maestro de obra, pues todos reconocían mi habilidad como imaginero.

    Fue entonces cuando, a mediados de enero, llegó a Estella un jinete procedente de Francia. Entró en el burgo al atardecer y, sin detenerse a descansar, se presentó en nuestra casa y habló largamente con mi padre. Ignoro qué le dijo, pues se entrevistaron a solas y con mucho secreto, pero aquella misma noche tuvo lugar una solemne reunión de todas las logias de la villa a la que yo, por ser un simple aprendiz, no fui invitado.

    Reconozco que me intrigaba tanto misterio, pues ni mi padre ni los compañeros quisieron contarme nada, pero el jinete, que al parecer era un cantero de Burdeos, partió de regreso a Francia dos días después, así que no tardé en olvidar el incidente. Sin embargo, una semana más tarde, mientras cenábamos, padre nos sorprendió al anunciar:

    —Debo ir a Compostela. Por asuntos del gremio.

    Madre le miró con expresión preocupada.

    —Es un viaje muy peligroso, León —protestó.
    —¡Bah! He pasado media vida en los caminos.
    —¿Y las obras? —pregunté—. Dentro de poco será la Purificación y habrá que reanudarlas.
    —Este invierno está siendo muy frío; no creo que podamos volver al trabajo hasta bien entrado marzo. Además, a lo sumo estaré fuera un mes y medio. Entre tanto, Jorge me sustituirá.

    Sobrevino un largo silencio.

    —Es por el compañero de Burdeos que vino hace unos días, ¿verdad? —dijo finalmente mi madre.
    —Sí...
    —¿Qué sucede, padre? —pregunté con alarma.

    Él intentó tranquilizarme fingiendo una sonrisa.

    —Nada que deba importarte, Telmo —contestó.

    Pero sí que debía importarme, pues estaba escrito en el libro del destino que, de entre todos nosotros, yo fuera el que más iba a padecer las consecuencias de aquellos acontecimientos.


    * * *

    Padre partió hacia Compostela cuatro días después. Debería haber comprendido la relevancia de aquel viaje cuando supe que el Cabildo no sólo no había puesto ninguna traba a que su maestro de obras abandonara el trabajo, sino que además había aportado el caballo y corrido con todos los gastos, pero entonces no le di importancia.

    Seis semanas más tarde, padre regresó a Estella. Aún recuerdo su rostro cansado y serio cuando bajó de la montura frente a nuestro hogar. Besó a madre y me dio un abrazo, pero no nos contó nada de lo que había hecho. Aquella misma noche hubo una reunión en la logia a la que, como venía siendo costumbre, no pude asistir. Dos días después, los compañeros enviaron un emisario a Burdeos. Y ahí pareció acabar todo; aunque, en realidad, no había hecho más que comenzar.

    Durante unos meses, las cosas volvieron a la normalidad. Las obras de Santo Domingo se reanudaron y padre pareció olvidar sus preocupaciones. Sin embargo, a comienzos de junio recibimos una nueva y sorprendente visita: el obispo de Pamplona se presentó en Estella escoltado por ocho soldados del Rey, sin séquito alguno. Pero lo más sorprendente fue que, en vez de entrevistarse con los miembros del Cabildo, con quien habló, y muy en secreto, fue... ¡con mi padre! Yo no sabía qué pensar. La vida en una villa, cuando no hay plagas ni guerra, suele ser muy monótona, pero últimamente estaban sucediendo demasiadas cosas extrañas. La última ocurrió al día siguiente, cuando Martín, el hijo menor de Nicefas, se presentó en la obra gritando:

    —¡Vikingos, vikingos!

    Según nos contó una vez que logró calmarse, había visto a tres feroces piratas vikingos entrando en la taberna de Yago. Supuse que eran invenciones de chiquillo, pues difícilmente podrían llegar vikingos a Estella, a menos que lograran remontar el río Ega con sus largos navíos drakkar —algo a todas luces improbable—; pero tanto insistió Martín que acabé por acompañarle a la taberna. Debo confesar que, cuando llegamos, me llevé la sorpresa de mi vida. Eran tres y estaban sentados a una mesa, bebiendo vino con rudos modales. Vestían jubones y calzas de cuero pardo, botas de caña alta y negras capas de lino. Todos portaban cuchillos al cinto.

    Uno de los forasteros era enorme, el hombre más grande que jamás he visto. Mediría por lo menos cinco codos de altura, tenía los hombros anchos como un oso y debía de pesar once arrobas de puro músculo. Su pelo era casi blanco de tan rubio y lo llevaba recogido en una larga trenza. De su barba pendían numerosos aretes de hierro, que tintineaban con cada movimiento de cabeza. El hombre que se sentaba a su izquierda era exactamente todo lo contrario: bajo de estatura, delgado y moreno, llevaba el pelo corto y lucía una afilada perilla. Pese a su menudo tamaño, parecía fibroso y tenso, como un cepo a punto de saltar, y en la intensidad de su mirada se adivinaba una gran astucia. El tercer forastero era alto y fornido, aunque no tanto como el gigante de la trenza; tenía el pelo castaño, casi totalmente rapado, y una frondosa barba cortada en rectángulo. Una cicatriz le cruzaba el rostro en diagonal, desde la frente hasta el pómulo derecho.

    Quizá no fueran vikingos, pero desde luego eran hombres del Norte —algo muy raro de ver por las tierras de Navarra— y, aunque se mostraban pacíficos, su apariencia era tan feroz que los parroquianos habían huido del establecimiento; e incluso Yago, el tabernero, servía a tan temibles clientes con palmario temor. Abandoné la taberna llevándome de la mano a Martín, que estaba convencido de que se avecinaba una matanza y no quería perdérsela, y regresé a la obra a tiempo de enterarme de que se había convocado, para después del atardecer, una nueva reunión de todas las logias del feudo. ¡Una reunión a la que asistiría el mismísimo obispo! Pero no los aprendices, por supuesto.

    Aquella noche me quedé despierto hasta muy tarde, aguardando el regreso de mi padre, pues ya no me cabía la menor duda de que algo terrible estaba sucediendo; pero el sueño acabó por vencerme. Al día siguiente, cuando desperté, padre aún no había regresado a casa. Madre parecía preocupada, mas no hizo ningún comentario, así que me dirigí a la obra después del desayuno, para descubrir que tampoco en Santo Domingo había rastro de mi padre. Entré en la logia, me senté frente al banco de trabajo y comencé a tallar los ángeles que adornaban un capitel, aunque debo reconocer que mi mente estaba muy alejada de la labor que realizaban mis manos. Padre apareció en la obra poco antes del mediodía. Estaba tan serio y parecía tan cansado que no me atreví a preguntarle nada; pero no hizo falta, pues él mismo se aproximó a mí y, tras acariciarme la cabeza, me dijo:

    —Acompáñame, Telmo. Debemos hablar.

    Le seguí al exterior y me detuve a su lado cuando él se paró para contemplar el trabajo de los compañeros. Aparentemente abstraído en la labor de Perdigotto, que, subido a un andamio, estaba instalando un modillón en la cornisa del templo, padre me dijo:

    —¿Recuerdas que te hablé del Tour, ese periplo que deben cumplir los aprendices francmasones?
    —Sí...
    —Pues ha llegado el momento de que lo realices, Telmo.

    Durante unos segundos no pude articular palabra, tal era mi estupor.

    —¿Debo irme? —logré musitar al fin—. ¿Cuándo?

    Padre me contempló entonces largamente, con preocupación y tristeza, y anunció:

    —Mañana mismo, antes de que despunte el sol.


    * * *

    Recuerdo que, tras la sorpresa inicial, sentí como si el suelo se venciera bajo mis pies y un abismo me tragara. De repente, de la noche a la mañana, debía dejar a mis padres y amigos, abandonar mi hogar y dirigirme, sin saber cómo ni por qué, a un destino incierto.

    —¿Adonde iré? —inquirí con un hilo de voz.
    —Al ducado de Bretaña, la antigua Armórica —repuso mi padre—. Se encuentra al noroeste de Francia. En Kerloc'h, una villa de la costa, están erigiendo una catedral y precisan constructores. El maestro de obras es Hugo de Gascuña, un buen amigo mío. Cuidará bien de ti.
    —Pero... pero... —vacilé, sin saber qué decir—. ¿Por qué tan de repente?
    —El viaje es largo y más vale emprenderlo ahora, en verano —hizo una pausa—. No obstante, Telmo, puedes negarte a ir.

    ¿Podía negarme? Con eso no había contado; mas estaba confuso y no lograba aclararme las ideas, así que repuse:

    —Haré lo que vos digáis...
    —No, Telmo, debes decidirlo tú —padre se acomodó sobre una pila de sillares y me invitó con un gesto a imitarle—. Tengo que contarte algo —prosiguió—. ¿Recuerdas que te hablé de Thibaud de Orly, mi maestro?
    —Sí.
    —Fue él quien comenzó la construcción de la catedral de Kerloc'h.
    —¿No habíais dicho que el maestro se llamaba Hugo de Gascuña?

    Mi padre sacudió la cabeza.

    —Al parecer, Thibaud abandonó la construcción de la catedral hace año y medio, y propuso a Hugo, que también fue discípulo suyo, como su sucesor —hizo una larga pausa—. El problema es que desde entonces no se ha vuelto a saber nada del maestro Thibaud. Ha desaparecido.
    —¿Desaparecido? —repetí tontamente.
    —Sí, además de once compañeros francmasones —asintió padre—. Por lo visto, al dejar las obras de la catedral, Thibaud dijo que pensaban dirigirse a Compostela.
    —¡Por eso fuisteis allí! —exclamé, comprendiendo al fin el motivo de aquel viaje—. ¡Buscabais a vuestro maestro!
    —Así es. Pero en Compostela nadie ha sabido de él desde hace muchos años. Por otra parte, si Thibaud viajó de Bretaña a Compostela, tuvo que pasar por Estella, en cuyo caso me habría visitado.
    —Quizá fue por mar —aventuré—. Y hubo un naufragio.
    —De ser así, Thibaud debería de haberse embarcado en San Nazaire o en La Rochelle, pero allí tampoco fue visto. No, Telmo, ha desaparecido.

    Alcé las cejas, perplejo, y me encogí de hombros.

    —¿Y qué tiene eso que ver conmigo, padre? —pregunté.

    Él bajo la mirada y se frotó la nuca con gesto cansado.

    —El maestro Thibaud es un hombre muy respetado dentro de nuestra fraternidad, Telmo, y ya hace casi un año que los francmasones le andamos buscando, sin dar con el menor rastro de su paradero. De hecho, pensamos que en realidad Thibaud nunca abandonó Bretaña, de modo que será preciso indagar allí. Ése es el auténtico motivo de tu viaje.

    Sacudí la cabeza, sintiéndome cada vez más desconcertado.

    —Pero ¿por qué yo, padre?
    —No estarás solo, hijo; otros muchos, entre ellos Hugo de Gascuña, se encuentran ya en Bretaña buscando cualquier pista que pueda conducir al maestro. Pero tú posees una cualidad que puede permitirte llegar a donde otros no han podido —me miró con fijeza y agregó—: En Kerloc'h están buscando imagineros, Telmo; quieren a los mejores tallistas de la cristiandad.

    Confieso que aquella revelación me llenó de orgullo, pues, aunque confiaba en mis habilidades, ignoraba que mi padre me incluyera entre los mejores de mi oficio. Sintiendo cada vez más entusiasmo ante la idea de emprender aquel largo viaje y embarcarme en la aventura de buscar al perdido maestro Thibaud, me puse en pie de un salto y proclamé:

    —¡Contad conmigo, padre! ¡Iré a Bretaña!

    Él, ajeno a mi alborozado optimismo, prosiguió:

    —Aguarda, Telmo, que aún no te lo he contado todo. Hay alguien más interesado en Kerloc'h y en su catedral: el Papa.
    —¿El Papa? —repetí, sorprendido—. ¿Qué interés puede tener el Papa en un masón perdido?
    —Ninguno. No es la desaparición del maestro Thibaud lo que preocupa a Roma, sino lo que está sucediendo en Kerloc'h.
    —¿Y qué está sucediendo?

    Mi padre se encogió de hombros.

    —Ya sabes que el obispo se encuentra en Estella y que ayer hablé con él. Según el monseñor me reveló, en esa villa de la Bretaña vienen sucediendo desde hace tiempo cosas insólitas. No contó mucho, pero me dejó ver que se trata de algo relacionado con la construcción de la catedral —respiró profundamente—. Sospecho, Telmo, que si vas a Kerloc'h puedes correr peligro.

    Desvié la mirada y contemplé el trajín de los compañeros en torno al templo de Santo Domingo. Lo que me había contado mi padre era extraño, pero también impreciso. Hablaba de amenazas indefinidas e inciertas desapariciones, mas todo resultaba vago y yo no advertía en sus palabras ningún peligro concreto. Por otro lado, la promesa del viaje y la aventura se había instalado en mi ánimo como un huésped caprichoso, inundándome de un entusiasmo al que yo no podía resistirme.

    —Iré a Kerloc'h, padre —dije con decisión—, e intentaré averiguar qué le pasó al maestro Thibaud. En cuanto a mi seguridad no os preocupéis, pues ya soy mayor y sé cuidar de mí mismo.

    Padre me miró con tristeza y preocupación, como si en el fondo de su corazón siguiera viendo en mí a un niño y no me creyera capaz de sobrevivir más allá de su tutela. Se incorporó con cansancio, suspiró y me dijo:

    —Como quieras, Telmo; pero recuerda que puedes cambiar de idea en cualquier momento. Como te dije antes, partirás mañana al amanecer, pero no lo harás solo. Han llegado a Estella unos compañeros francmasones, procedentes de la frontera con al-Andalus, que también se dirigen a Bretaña. Viajarás con ellos. Ahora sígueme, pues quiero presentártelos.

    Mi padre echó a andar hacia la villa y yo fui tras él. Recorrimos en silencio las ahora bulliciosas calles, sorteando los puestos de alimentos, cacharrería y ropas que salpicaban la plaza mayor. Olía intensamente a heno y a estiércol. A lo lejos sonaban los acordes de una cítara y la voz de un juglar entonando una vieja canción. Un grupo de peregrinos, todos adornados con las veneras de Santiago, combatían los rigores del estío refrescándose en una fuente. Creo, aunque no estoy seguro, que durante aquel trayecto contemplé las familiares calles de Estella como si jamás fuera a volver a verlas.

    Rodeamos la iglesia de San Juan Bautista y nos dirigimos a la casa del párroco, situada justo detrás del templo. Cruzamos la puerta sin llamar y entramos resueltamente. Entonces, mi padre se echó a un lado y, señalando con un ademán a los tres hombres que se encontraban en el interior, dijo:

    —Éstos serán tus compañeros de viaje, Telmo.

    Exhalé una bocanada de aire y no sé qué abrí más, si la boca o los ojos, porque aquellos nombres eran los tres vikingos que el día anterior había visto en la taberna de Yago.


    * * *

    Aunque, finalmente, los forasteros resultaron no ser vikingos. Ah, sí, eran hombres del Norte, su aspecto no dejaba lugar a dudas; procedían de Dinamarca y, según dijo mi padre, llevaban varios años en Castilla y Portugal, construyendo fortalezas para las guerras contra los árabes.

    El gigante de los aretes de hierro se llamaba Gunnar Aggensen y, aparte de su lengua natal, apenas hablaba un poco de castellano y francés. Su compañero, el forastero menudo de ojos vivaces, era natural de Islandia y dijo llamarse Loki. El tercer normando tenía por nombre Erik de Viborg y, aunque nadie le presentó como tal, parecía el jefe de los otros dos. Se expresaba con fluidez en lengua franca y, pese a la terrible cicatriz que le sesgaba el rostro, era un hombre amable. En conjunto, aquellos tres daneses, más allá de su fiero aspecto, parecían amistosos. Lo que no parecían en modo alguno es constructores.

    —¿Estáis seguro de que son francmasones? —le pregunté a padre en un aparte.

    Se encogió de hombros y arqueó las cejas, como si en el fondo abrigara tantas dudas como yo.

    —Eso afirman —dijo—. En cualquier caso, me habló de ellos el obispo, así que supongo que son de confianza.

    Conversamos un rato, sobre todo con Erik, pues Gunnar y Loki no tardaron en desentenderse de nosotros. Tras unos minutos de charla intranscendente, mi padre le preguntó por las obras en que habían trabajado. El danés dijo vagamente que habían estado en Toledo, en Andújar, en Alcobaça y en otros muchos lugares, pero enseguida cambió de tema, pasando bruscamente a comentar los planes para nuestro viaje.

    —Seguiremos la ruta de los peregrinos hasta Burdeos —dijo—, pasando por Roncesvalles y Ostabat. Luego tomaremos el camino de la costa, y al llegar a Nantes giraremos hacia el noroeste, adentrándonos en Bretaña. Si no surgen complicaciones, tardaremos menos de un mes en llegar a Kerloc'h.
    —¿Iremos a caballo? —dije, sorprendido.
    —Claro —respondió el danés, como si fuera la cosa más natural del mundo.

    Me pregunté interiormente cómo era posible que unos simples canteros pudieran permitirse el lujo de poseer monturas, pero en vez de plantear tal cuestión inquirí:

    —¿Habrá peligro? Durante el viaje, quiero decir...

    Inesperadamente, al oír mis palabras, Erik y Loki prorrumpieron en un estruendoso acceso de carcajadas. Gunnar dijo algo en su idioma y ellos le contestaron igualmente en danés, imagino que traduciéndole mi pregunta. El gigante rompió a reír entonces, batiendo con el puño la mesa de madera frente a la que estaba sentado —que crujía ante cada golpe como si fuera a saltar en pedazos—, y los tres estuvieron un rato riéndose a mandíbula batiente.

    —Verás, muchacho —dijo al fin Erik, mientras sorbía por la nariz y se secaba las lágrimas con el dorso de la mano—; teniendo en cuenta que el camino está infestado de bandidos, y que al ir por la costa es muy probable que tropecemos con piratas, y que cruzaremos zonas donde se producen continuas escaramuzas entre ingleses y francos, teniendo en cuenta todo eso, sí, correremos ciertos riesgos. Pero si además piensas que Bretaña es una zona muy boscosa y salvaje en la que, según las habladurías, abundan los trasgos y los demonios, comprenderás que nuestro viaje no será, precisamente, un camino de rosas. No obstante, estoy seguro de que la Divina Providencia nos permitirá llegar a Kerloc'h sanos y salvos.

    Mi padre frunció el ceño, molesto quizá por la excesiva franqueza del danés, y me pasó un brazo por los hombros.

    —No te preocupes —dijo en tono tranquilizador—; ellos cuidarán de ti.

    El rostro de Erik se tomó repentinamente serio.

    —Así es, maese Yáñez —dijo—; cuidaremos de Telmo como si fuera nuestro propio hijo —sonrió de nuevo—. Ahora debemos ocuparnos de adquirir las vituallas necesarias para el viaje. Nos reuniremos mañana frente a la iglesia de San Juan Bautista, una hora antes del amanecer.


    Capítulo 3


    Madre pasó toda la noche llorando a causa de mi partida. Lo sé porque yo tampoco pude conciliar el sueño —excitado como estaba por la inesperada aventura en que me iba a embarcar—, y en la oscuridad de nuestro hogar podía escuchar sus sollozos y las quedas palabras de consuelo que le dirigía padre.

    Nos despertamos un par de horas antes del amanecer. Madre sirvió el desayuno sin dejar de llorar, y llorando me entregó un chaquetón de cuero forrado de lana que había comprado para mí en el mercado, pues, según dijo, los rigores del invierno eran en Bretaña muy intensos. Luego me abrazó y me besó, me suplicó que tuviera mucho cuidado y me aseguró que mantendría constantemente encendido un cirio en el altar de san Nicolás, patrón de los viajeros, para que iluminara con su luz mi caminar.

    Padre había ensillado mi montura —el mismo caballo que usó para su viaje a Compostela—, y yo guardé en las alforjas mis escasas pertenencias: algo de ropa, una manta y, por supuesto, mis herramientas de masón, la más preciada de mis posesiones. Luego, tras besar de nuevo a mi desolada madre, partí junto a padre en dirección a la iglesia de San Juan Bautista y, aunque llegamos con veinte minutos de antelación a la cita, allí encontramos a los tres daneses aguardándonos.

    —Buenos días, maese Yáñez e hijo —nos saludó Erik.

    Apenas logré responderle, pues al ver sus monturas me había quedado sin habla. No eran corceles vulgares como el mío, sin raza ni apenas brío, sino tres enormes caballos sajones cuya talla hasta la cruz era la de un hombre alto: unos animales increíblemente musculosos y de pesados cascos. Una vez más me pregunté qué clase de canteros eran esos hombres del Norte.

    —Ya que le hemos hurtado horas al sueño madrugando tanto —terció Loki—, mejor será que nos pongamos en marcha cuanto antes, ¿no os parece?

    Asentí distraído, con la mirada todavía fija en los inmensos caballos, pero entonces padre nos interrumpió con un gesto y, tomándome del brazo, se alejó unos pasos de los daneses, hasta detenerse junto al cerrado pórtico de la iglesia. Durante unos segundos guardó silencio, como si le costara encontrar las palabras adecuadas para hablarme; luego, puso una mano sobre mi hombro y me dijo:

    —Quería mantenerte alejado de la escultura para que esa habilidad tuya no estorbara tu aprendizaje, y ahora yo mismo te estoy animando a que ejerzas de imaginero en un remoto lugar —suspiró—. Pero supongo que un hombre no puede escapar a su destino, y que si la naturaleza te dotó de un don tan prodigioso ha de ser por alguna razón —guardó unos segundos de silencio y agregó—: Además, debes saber que el obispo insistió mucho en que fueras a Kerloc'h.
    —Pero si no me conoce —repuse sorprendido—. ¿Por qué quiere el obispo que yo vaya a Bretaña?
    —No lo sé, pero ten por seguro que puso mucho empeño en ello —padre sacó del bolsillo un pequeño rollo de pergamino y me lo entregó—. Esto es una carta de presentación para Hugo de Gascuña —explicó—, el maestro constructor de la catedral de Kerloc'h, un buen hombre y viejo amigo mío; te tratará bien —vaciló unos instantes—. Hay algo más, hijo: en Kerloc'h deberás encontrarte con cierta persona que, secretamente, actúa en nombre del Papa.

    ¿Iba a tener tratos con un enviado del Papa? Aquello era cada vez más desconcertante.

    —¿Quién es? —pregunté.
    —No lo sé. En su momento, él se identificará ante ti con una palabra clave: «Trismegistos».
    —Trismegistos —repetí, memorizando el extraño vocablo.

    Padre asintió y, tras desprender del cinto una bolsa llena de monedas, me la entregó.

    —Esto es para tus gastos —dijo—, hasta que llegues a Bretaña y cobres el primer salario —vaciló brevemente y luego me abrazó con fuerza al tiempo que me susurraba al oído—: Cuídate mucho, Telmo, y recuerda que eres un hombre libre y puedes regresar con nosotros cuando quieras.

    Dicho lo cual, se apartó bruscamente —turbado quizá por el sentimentalismo de su gesto— y me indicó con un cabeceo que partiera. Los tres daneses habían subido ya a sus enormes monturas y me aguardaban con aire paciente, de modo que monté en mi caballo y me uní a ellos. Erik de Viborg se despidió de mi padre asegurándole que cuidarían de mí y espoleó a su corcel, que, con un nervioso relincho, se puso en marcha hacia la salida de la villa. Mientras nos alejábamos, me volví para despedirme de padre agitando la mano. Él me devolvió el saludo con tristeza, y siguió haciéndolo mientras su figura se empequeñecía en la distancia hasta fundirse con la oscuridad de la noche.

    Marchábamos en fila, ocupando yo el último lugar; el batir de los cascos de nuestras monturas poblaba de ecos el silencio reinante en las casi desiertas calles de Estella. Los escasos viandantes que encontramos a nuestro paso nos contemplaron con perplejidad y recelo, como si fuéramos una aparición, e idéntica mirada nos dedicaron los centinelas cuando cruzamos la muralla. Poco después, alcanzamos el camino de peregrinos y viramos hacia el noreste, en dirección a Puente la Reina.

    El cielo comenzaba a clarear en el horizonte, preludiando el amanecer, y una fresca brisa me acariciaba el rostro. Haber comenzado ya aquel largo viaje me causaba una gran excitación, pues aunque desde mi más tierna infancia había estado deambulando por los caminos, según las contratas de padre, jamás traspasé las fronteras de Castilla y Navarra, de modo que aquel periplo hacia el lejano ducado de Bretaña se me antojaba lo más lejos que podía llegar en mi vida; y no estaba muy errado, pues en aquel lejano país se hallaba, como en Galicia, el final de la tierra conocida.


    * * *

    Mis compañeros de viaje no hablaban mucho y cuando lo hacían solía ser entre ellos, en su incomprensible idioma. Erik marchaba en cabeza, silencioso, con la mirada siempre fija en las lindes del camino, como si sospechara que algún peligro pudiera acechamos entre las frondas. Gunnar, por su parte, canturreaba con frecuencia vigorosas baladas de su tierra y, aunque yo no podía entender la letra, me sorprendió descubrir que el gigante, pese a su tosco aspecto, poseía una bien entonada voz. En cuanto a Loki, mantenía una actitud distante y socarrona, como si la vida fuese para él una broma que no hay que tomar muy en serio.

    —¿Hasta dónde llegaremos hoy? —le pregunté a Erik.
    —Haremos noche en Pamplona —respondió.

    Pamplona quedaba a ocho leguas de Estella; iba a ser una larga jornada. Dado que estaríamos mucho tiempo juntos, decidí mostrarme amigable y, de paso, averiguar algo más acerca de aquellos hombres.

    —Me preguntaba, señor de Viborg —dije en tono casual—, cuál sería vuestra especialidad. ¿Os dedicáis a la cantería, a la albañilería, o quizá...?
    —Apea el tratamiento, Telmo —me interrumpió—. Puedes llamarme por mi nombre.
    —Bien, Erik; entonces tu especialidad...
    —Somos compañeros, ¿no es cierto? —prosiguió él sin hacerme caso—, y entre compañeros las formalidades sobran.
    —Claro, pero...

    Gunnar comenzó entonces a cantar a voz en cuello, no tardando en sumarse Erik y Loki a la canción. Refrené mi montura y, resignado, volví a situarme en el último lugar de la fila.

    Al mediodía atravesamos Puente la Reina, la villa donde se unían las dos vertientes del camino: la aragonesa, que pasaba por Jaca, y la navarra, que fue la que tomamos al dirigirnos hacia Pamplona. Durante el estío, la afluencia de peregrinos se incrementaba mucho, y constantemente nos cruzábamos con grupos de caminantes, algunos muy numerosos, que se dirigían a Compostela bajo un sol abrasador. Aquella gente procedía de mil lugares distintos —Italia, Francia, Inglaterra, Bohemia, Hungría, la cristiandad entera estaba representada en el camino—, y yo me dije que hacía falta mucha fe para abandonar el hogar y recorrer cientos de leguas, mas luego caí en la cuenta de que yo mismo me había embarcado en una especie de peregrinación al revés, alejándome con cada paso de la tumba del apóstol. Pero si la recompensa por viajar a Compostela era obtener la gracia de Dios, ¿cuál sería el premio de una peregrinación inversa?

    Llegamos a Pamplona al atardecer. La ciudad parecía un hervidero de gente, pues era día de mercado y los puestos de venta abarrotaban las calles que rodeaban la catedral. Un titiritero, rodeado por una multitud de curiosos, hacía volatines, mientras que los mercaderes ofertaban sus productos a gritos y las prostitutas tentaban a los forasteros desde los ventanales de las mancebías. Decenas de peregrinos pugnaban por obtener amparo en la repleta hospedería de San Miguel. La atmósfera estaba impregnada de un fuerte hedor a orín y a estiércol, a sudor y vino barato.

    Conforme nos adentrábamos en la ciudad, la muchedumbre se abría ante nosotros con presteza, esquivando los poderosos cascos de los caballos sajones, de modo que no tardamos en llegar a la plaza, lugar donde descabalgamos para aprovisionarnos de pan, vino y queso fresco. Pamplona estaba dividida en tres barrios: la Navarrería y los Burgos de San Cernín y San Nicolás, cuyos habitantes eran inmigrantes francos. Al parecer, las relaciones entre francos y navarros no eran todo lo amistosas que sería deseable, y constantemente surgían conflictos. Durante el escaso tiempo que pasé en la plaza fui testigo de tres peleas, una de ellas a garrotazos, y percibí un gran resquemor entre nativos y recién llegados. Según había oído decir, seis años antes tuvo lugar una gran matanza, y las cosas no parecían haber mejorado mucho desde entonces.

    Una vez adquiridas las vituallas, volvimos a montar en nuestros caballos y, tras bordear la muralla y cruzar el río Arga, abandonamos Pamplona por el camino que conducía a Roncesvalles. El sol comenzaba a ocultarse en el horizonte.

    —Oscurece —observé—. ¿No íbamos a pasar la noche en Pamplona?
    —Nos instalaremos en esos cerros de ahí delante —señaló Erik con un cabeceo.
    —Pero en la ciudad podríamos dormir en una fonda...
    —No me gustan las ciudades —dijo el danés, zanjando así la cuestión, y agregó—: Están llenas de ratas y ladrones, apestan y son ruidosas. Prefiero dormir al aire libre.

    De modo que emplazamos el vivaque bajo un enorme roble, extramuros de Pamplona, y prendimos una pequeña fogata en la que tostamos el pan, y en torno a la cual procedimos a compartir nuestra cena. Loki se había sentado a mi lado y mordisqueaba con aire distraído un trozo de queso. Le miré de reojo y pregunté:

    —¿Sólo te llamas Loki? ¿No usas segundo nombre?
    —En realidad me llamo Skjalag Snaefjöll —contestó—. Lo de Loki es un apodo.
    —¿Skja...? —me trabuqué con tanta consonante junta y comprendí que jamás lograría pronunciar aquel nombre—. Bueno, Loki —proseguí—, ¿a qué trabajos te dedicas? Los canteros suelen ser más fornidos, así que tu especialidad debe de ser la carpintería o la talla, ¿me equivoco?

    Loki me dedicó una sonrisa zorruna e, ignorando mis preguntas, inquirió a su vez:

    —¿Sabes por qué me llaman Loki?

    Negué con la cabeza, comprendiendo que una vez más fracasaban mis intentos de averiguar algo sobre aquellos hombres.

    —En la vieja religión de nuestros antepasados —prosiguió el pequeño danés—, el dios supremo era Odín, el cual tenía dos hijos. Uno se llamaba Thor, el dios del trueno, y era grande, fuerte, pesado y lento —sonrió con ironía—. Como Gunnar. El otro se llamaba Loki y carecía del tamaño y la musculatura de su hermano, pero era mucho más inteligente y astuto, y siempre lograba vencer a Thor. Por eso me llaman Loki, porque soy tan rápido, listo y artero como él.
    —Y no mucho mayor que una cagada suya —terció Gunnar con torpe acento.

    El gigante comenzó a proferir grandes risotadas. Loki lo contempló con el ceño fruncido, cogió del suelo un guijarro del tamaño de un huevo, lo sopesó en la mano y dijo:

    —Pero tan certero como una de sus meadas.

    Acto seguido, lanzó la piedra contra Gunnar, con tal puntería que le alcanzó justo en medio de la frente, provocándole una pequeña brecha. El gigante enmudeció, se llevó una de sus grandes manazas a la cabeza y contempló con incredulidad la sangre que le enrojecía los dedos. Por un instante pensé que Gunnar iba a desatar su ira, algo muy preocupante tratándose de un hombre de su tamaño y fuerza, pero en vez de ello se echó a reír alegremente, mezclando sus carcajadas con las de Loki. Incluso Erik, que se había mantenido al margen, dio rienda suelta a su hilaridad.

    Suspiré. Entre aquellos normandos existía una gran camaradería, pero su sentido del humor era un tanto tosco. En cualquier caso, de nuevo no había podido sonsacarles nada, y una vez más me pregunté quiénes eran en realidad.

    Aquella noche ni siquiera podía sospechar que la respuesta a esa pregunta habría de llegarme tan sólo dos días más tarde, de una forma terrible y sangrienta.


    Capítulo 4


    Reanudamos la marcha mucho antes del amanecer y viajamos sin apenas descansos durante todo el día. Nos aproximábamos a las montañas y el terreno se volvía cada vez más escarpado, lo cual tornaba penoso nuestro avance y extenuaba a los caballos. Casi había oscurecido cuando llegamos a una posada llamada Venta del Puerto —aunque no se encontraba en lo alto del monte Cize, sino en sus faldas—, que debió de parecerle a Erik suficientemente limpia y tranquila para su gusto, pues no puso objeciones a pasar la noche allí.

    Aneja al edificio principal, la posada contaba con una taberna donde se servían bebidas y comida, y allí nos dirigimos tras dejar nuestras monturas en las cuadras. Se trataba de un barracón de madera tan torpemente construido que el viento se colaba por entre las junturas de las tablas como si no hubiera paredes. En el interior, bajo la luz de los candiles de sebo, podían verse varias mesas rodeadas de taburetes, un mostrador donde el tabernero servía vino, sidra o cerveza, y un hogar sobre el que pendía un caldero de hierro, dentro del cual bullía un potaje de berzas con carne que una criada revolvía parsimoniosamente.

    Nos sentamos a una mesa y la posadera sirvió con diligencia unos cuencos de potaje, pan y cerveza. Mientras daba cuenta de la cena, observé a los parroquianos que me rodeaban: cuatro hombres, peregrinos a juzgar por las veneras que ornaban sus capas, comían en silencio a mi derecha; un poco más allá compartían mesa dos tratantes de ganado y un mercader de paños, y a mi izquierda se situaba el grupo más ruidoso y alborotador, una cuadrilla de diez segadores cuyo jefe, un tipo sucio y mal encarado, decía llamarse Folco.

    Sucedió que, tras la cena, los tratantes y el mercader comenzaron a jugar a los dados, no tardando en sumarse el pendenciero Folco a la partida. Loki observó durante un rato a los jugadores y luego, con una sonrisa aviesa en los labios, se aproximó a ellos, solicitando participar en el juego. Advertí que Erik torcía el gesto, pero no dijo nada, así que nos dedicamos a beber en silencio unas jarras de vino caliente, para entonar el cuerpo.

    —Deberíamos recogernos —comentó Erik al cabo de un rato—. Mañana hay que levantarse temprano.
    —Viajamos muy rápido —dije—. ¿Tanta prisa tenemos por llegar a Bretaña?
    —Sí, la tenemos.
    —¿Por qué? Las obras de Kerloc'h no concluirán antes de nuestra llegada. Una catedral no se construye en un día.

    El danés contempló distraído el discurrir de la partida de dados. Al parecer, Loki estaba ganando la mayor parte de las apuestas, lo cual provocaba un silencioso desánimo en los comerciantes y una ruidosa irritación en el tipo llamado Folco.

    —Hay muchas razones para llegar lo antes posible a Kerloc'h —dijo al fin Erik—. Pero sobre todo pretendo cruzar los Pirineos rápido. Las montañas están llenas de peligros y...

    Un repentino grito interrumpió sus palabras:

    —¡Estás haciendo trampas!

    Volví la mirada. Folco se había puesto en pie y, con el rostro congestionado de ira, se enfrentaba a Loki, que permanecía tranquilamente sentado en su taburete. Me di cuenta de que Folco llevaba una espada corta al cinto y, lo que era aún peor, que sus nueve compañeros se habían incorporado a su vez, prestos a entrar en acción.

    —Loki tiene problemas —susurré.

    Erik sacudió la cabeza.

    —No, quien tiene problemas es ese tipo tan ruidoso.
    —Pero son diez contra uno... —protesté.
    —Diez contra uno no lucha muy desigual —tercio Gunnar, sonriente.
    —No para Loki —asintió Erik mientras daba un distraído sorbo a su bebida.

    Me sorprendió la indiferencia que los daneses mostraban hacia la comprometida situación de su amigo, así que guardé silencio y presté atención a la escena que tenía lugar en la mesa de juego. Folco, puesto en pie, se inclinaba amenazador sobre Loki, que parecía tremendamente pequeño y frágil al lado del pendenciero jefe de los segadores, si es que realmente eran segadores, cosa que empezaba a dudar.

    —¡Devuélveme mi dinero, bastardo! —gritó Folco.

    Loki sonrió con desenfado.

    —Ese dinero te lo he ganado en buena lid —repuso tranquilamente—. Si quieres recuperarlo, habrá de ser probando suerte con los dados, no a base de gritos e insultos.
    —¡Dame lo que me has robado! —berreó Folco, un tanto desconcertado al advertir que su adversario, pese a ser mucho más pequeño que él, no mostraba ningún temor—. ¡Eres un maldito tramposo!

    Loki negó con la cabeza.

    —No he hecho trampas —dijo lentamente—, ¿y sabes por qué? —una sonrisa burlona se dibujó en sus labios—. Porque no necesito hacerlas para ganar a un gañán tan estúpido como tú.

    Folco abrió desmesuradamente los ojos al encajar el insulto. Los comerciantes se apartaron raudos de la mesa de juego y los nueve supuestos segadores avanzaron unos pasos, prestos a entablar pelea. De repente, Folco profirió un bramido, volcó la mesa de un manotazo, desenvainó su espada y la descargó contra Loki. Todo esto sucedió con inusitada rapidez, pero aún más veloz fue el pequeño danés, quien se incorporó de un salto, dio un paso atrás para eludir el tajo y, simultáneamente, trabó con un pie el taburete sobre el que había estado sentado, lanzándolo de una patada contra el rostro de su atacante. Folco alzó instintivamente los brazos para protegerse del golpe y ese descuido bastó para que Loki se abalanzara sobre él, al tiempo que en su mano derecha centelleaba un brilló metálico.

    La acción duró apenas un parpadeo, demasiado poco para poder describirla con detalle, y de pronto advertí, anonadado, que Folco se hallaba inmóvil, los ojos transidos de terror y la espada suspendida en el aire, contemplando con incredulidad el enorme cuchillo cuyo filo Loki mantenía apretado contra su garganta. Los nueve compinches de Folco, entretanto, permanecían petrificados, estupefactos por el desenlace del enfrentamiento. Un silencio de piedra se había abatido sobre la taberna.

    —Suelta la espada —susurró Loki con una voz tan gélida que incluso a mí me dio miedo.

    El arma produjo un tintineo metálico al rebotar contra el suelo.

    —Buen chico —prosiguió el danés—. Y ahora diles a tus amigos que se larguen.

    Folco tragó saliva y gritó:

    —¡Marchaos!

    Sus compinches se miraron entre sí y, tras unos segundos de desconcierto, obedecieron la orden de su jefe. Una vez que el último de ellos hubo cruzado la puerta, Loki apartó a Folco de un empujón y enfundó su cuchillo.

    —Lárgate —le dijo—. Apestas.

    Demudado, Folco abandonó a toda prisa la taberna. Los parroquianos, repuestos del sobresalto, regresaron a sus asientos y se pusieron a comentar en tono animado el incidente. Loki recogió del suelo su dinero y regresó a nuestro lado.

    —¿Tenías que llamar de ese modo la atención? —le espetó Erik con enfado—. Se supone que debemos pasar inadvertidos.
    —Él ha comenzado —se encogió de hombros Loki—. Además, no le he matado.
    —Mal hecho —sentenció Gunnar—. Debiste rebanar garganta suya. Enemigo perdonado, doble enemigo.

    Erik dio un palmetazo sobre la mesa y comenzó a hablar en su idioma. Ignoro lo que dijo, pero, por el tono que empleó, deduje que estaba reprendiendo severamente a sus compañeros. Al terminar el incomprensible discurso, vació de un trago su jarra de vino, se incorporó y dijo:

    —No quiero más líos; vámonos a dormir.

    Pese a lo cansado que estaba, aquella noche me costó mucho conciliar el sueño. Los sucesos acaecidos en la taberna me habían impresionado tanto que no podía dejar de repasarlos en mi memoria. Loki se había enfrentado a diez hombres y había salido airoso del combate. Aunque, en realidad, no hubo combate alguno, pues el pequeño danés parecía haber controlado la situación en todo momento. ¿Qué clase de constructor podía hacer algo así? Pero no era eso lo que más me intrigaba, sino las palabras que pronunció Erik al concluir la pelea: «Se supone que debemos pasar inadvertidos». Era desconcertante.

    ¿Por qué unos simples canteros querían pasar inadvertidos?


    * * *

    Al día siguiente nos levantamos al amanecer, lo cual no dejó de extrañarme, pues hasta entonces siempre habíamos reanudado la marcha antes del alba. Le pregunté la razón a Erik y él, lacónico, me contestó que prefería atravesar las montañas con luz. No obstante, la seriedad de su expresión reveló que algo le preocupaba.

    Tras desayunar gachas y cerveza, ensillamos los caballos y cargamos en ellos nuestra impedimenta. Los tres normandos llevaban grandes alforjas, muy pesadas, y unos largos bultos envueltos en arpillera que portaban a ambos lados de las sillas. Partimos con las primeras luces del alba, rodeados por una fría neblina que fue disipándose conforme el sol se alzaba en el cielo. El camino serpenteaba por la montaña, siempre hacia arriba, sorteando barrancos y simas, lo cual nos obligaba a marchar despacio, dosificando las fuerzas de nuestras monturas. Viajábamos en total soledad, pues los peregrinos debían de estar en aquel momento remontando el puerto por la otra vertiente, y nadie hablaba, ya que había algo opresivo en aquel profundo silencio, como si una amenaza imprecisa se cerniese sobre nosotros. Una amenaza que se materializó cuando apenas faltaban un par de leguas para llegar a Roncesvalles.

    Ocurrió mientras atravesábamos un bosquecillo de abetos. El sendero, rodeado por una frondosa vegetación, describía una pronunciada curva a la izquierda, para convertirse acto seguido en una cuesta muy empinada. Justo cuando empezábamos a subirla nos sobresaltó el aleteo de unas urracas; de pronto, diez hombres surgieron de las frondas y se interpusieron en nuestro camino. Eran Folco y sus compinches. Siete de ellos portaban hachas y garrotes; los otros tres empuñaban arcos de caza, con las cuerdas tensas y las flechas apuntando a los daneses.

    —Vaya, vaya —comentó Folco con aire arrogante—. Parece que volvemos a encontrarnos.

    Erik hizo que su montura avanzara unos pasos y adoptó una expresión amistosa.

    —No queremos problemas —anunció—. Si lo que deseas es recuperar el dinero que te ganó mi amigo, descuida, te lo entregaré yo mismo.

    Folco rió por lo bajo, tan satisfecho como seguro de sí mismo.

    —Resulta que anoche, en la taberna —dijo—, vuestro amigo me ofendió gravemente, y eso exige una compensación. Digamos que quiero mi dinero, sí, pero también el vuestro, y vuestras pertenencias, y vuestras monturas. Todo lo que tengáis.

    Erik suspiró con pesadumbre.

    —Mucho me temo —respondió— que pedís demasiado.
    —Ya me barruntaba que no os mostraríais razonables —Folco sonrió de oreja a oreja y, como de pasada, le ordenó a los arqueros—: Matadlos.

    Supongo que ser un inofensivo muchacho me salvó la vida, pues ninguno de aquellos bribones me prestaba la menor atención, preocupándose tan sólo de los adultos que me acompañaban. Nada más oír la orden de Folco, los arqueros dispararon sus arcos y las tres flechas surcaron vertiginosamente el aire, buscando los corazones de los daneses... Y entonces sucedió algo increíble: en vez de hincarse en la carne, las saetas rebotaron contra sus cuerpos y cayeron inofensivamente al suelo. Me quedé con la boca abierta, e igualmente asombrados se mostraron Folco y los demás asaltantes, inmóviles como piedras mientras intentaban asimilar aquel portento.

    Por el contrario, los tres daneses no tardaron ni un segundo en reaccionar. Loki, repentinamente, hizo aparecer en sus manos sendas dagas de doble filo —ignoro de dónde las sacó— y las arrojó a la vez contra dos de los arqueros, que se derrumbaron heridos de muerte. Gunnar, entre tanto, había sacado de su equipaje un hacha de guerra y cargó contra el tercer arquero, que intentaba apresuradamente montar otra flecha en el arco. Gritando a pleno pulmón ¡Baussant!, el gigante descargó su arma y prácticamente partió por la mitad el torso del hombre. Al mismo tiempo, Erik extraía de uno de los largos bultos que portaba en la silla una enorme espada y, esgrimiéndola, espoleó su caballo contra los bandidos. El primer tajo cercenó limpiamente la cabeza del desconcertado Folco; el segundo abrió en canal a su compinche más cercano.

    Y ahí finalizó todo. Los restantes ladrones, advirtiendo que no sólo habían perdido a su jefe, sino que además sus fuerzas se habían visto reducidas a la mitad en apenas unos segundos, dieron media vuelta y huyeron a la carrera, desapareciendo a toda prisa entre las frondas.

    Los daneses descendieron en silencio de sus monturas. Loki se aproximó a los dos arqueros que había matado y recuperó sus dagas, arrancándolas con brusquedad de los cadáveres. Gunnar limpiaba, entre tanto, el filo de su hacha en la túnica de uno de los bandidos muertos, e igual hacía Erik con la sangre que bañaba la hoja de su espada. Yo bajé lentamente de mi montura y contemplé, anonadado, el escenario de la pelea, y vi con horror los ensangrentados cadáveres, las vísceras humeando al sol, los yertos ojos, la carne rasgada..., y de pronto mis pupilas se centraron en la decapitada cabeza de Folco, que allí, sobre la tierra, aún mostraba un rictus de confusión e incredulidad. Súbitamente, una arcada me sacudió el cuerpo y comencé a vomitar a la orilla del camino. Erik se aproximó rápidamente y me sujetó por los hombros.

    —Pobre muchacho —murmuró—. Nunca has contemplado algo así, ¿verdad?

    En fin, yo había visto más de un cadáver: personas muertas por accidente o enfermedad, e incluso había presenciado un par de ahorcamientos; pero jamás en toda mi vida fui testigo de una carnicería semejante. Me limpié los labios con la manga del jubón y volví la mirada hacia Erik.

    —No... no sois francmasones... —balbucí.

    Sin decir nada, Erik me condujo frente a un roble que se alzaba unos pasos más allá. Advertí que todavía llevaba su arma en la diestra y durante unos instantes temí que fuera a matarme, pero en vez de hacer tal cosa el danés clavó la espada en el suelo y se arrodilló frente a ella, invitándome con un ademán a imitarle.

    —Recemos, Telmo —dijo—. Reguemos a nuestro señor Jesucristo por la salvación de esos bandidos, y oremos también por nuestras almas, pues hoy hemos vertido sangre humana, aunque no inocente.

    Arrodillados frente a la cruz de la espada, desgranamos un quedo padrenuestro, Erik con enérgico fervor y yo mecánicamente, la voz temblorosa y el ánimo amedrentado. Al concluir la oración, el danés dijo:

    —Cuando Dios expulsó a Adán y Eva del Paraíso, nos condenó a vivir en un mundo regido por la violencia y el dolor—hizo una pausa—. Eran ellos o nosotros, Telmo. No hemos tenido más remedio que responder a su agresión.

    Tragué saliva.

    —¿Sois magos?... —pregunté, tembloroso.
    —¿Magos? —Erik alzó las cejas, sorprendido—. Claro que no. ¿Cómo se te ocurre tal cosa?
    —Las flechas... —respondí—. No os atravesaron...

    El danés sonrió y luego se levantó el jubón, mostrándome la cota de malla que llevaba debajo, sobre una camisa de blanco lino. De repente, lo comprendí todo.

    —Sois guerreros... —musité. Entonces me vino a la memoria el grito que había proferido Gunnar al entrar en acción y la luz se hizo en mi cerebro—. ¡Sois caballeros templarios!—exclamé.

    Erik me contempló largamente en silencio y luego asintió con la cabeza.


    * * *

    Deseaba formular un sinfín de preguntas, pero Erik me silenció con un gesto y dijo que debíamos partir inmediatamente y que ya hablaríamos al llegar a Roncesvalles. Supongo que era nuestro deber dar sepultura a los cinco cadáveres que yacían en el camino, mas el danés afirmó que no había tiempo y que ya se ocuparían de ello los compinches del malogrado Folco, así que Gunnar ocultó los cuerpos tras unos arbustos y partimos con prontitud.

    Recorrimos en silencio las escasas millas que nos separaban de Roncesvalles y, al llegar allí, nos detuvimos junto a una fuente de agua clara, a unos doscientos pasos de la hospedería. Desde allí podían verse las capillas del Santo Espíritu y de Santiago, la Cruz de Carlomagno y el monasterio de San Salvador de Ibañeta. Desde la lejanía, un grupo de cinco monjes nos contempló con curiosidad durante unos segundos, desentendiéndose acto seguido de nosotros para dirigirse al templo. La campana de la iglesia colegial comenzó a sonar llamando a misa.

    Tras refrescarnos con el agua de la fuente, tomamos asiento en unas piedras, bajo la sombra de un roble. Erik se aclaró la garganta con un carraspeo y me preguntó:

    —¿Cómo has descubierto que somos templarios?
    —Gunnar gritó Baussant durante la pelea —repuse.

    Todo el mundo sabía que Baussant era el estandarte blanco y negro de la Orden del Temple, y también su grito de guerra. Erik le dirigió a Gunnar una reprobadora mirada y suspiró con cansada resignación.

    —En efecto —dijo—, soy un caballero del Temple. Gunnar y Loki también están al servicio de la Orden, aunque no han profesado votos; son sargentos de tropa. Pero nada de eso ha de saberse, Telmo. A los ojos de los demás debemos seguir siendo unos simples albañiles.
    —¿Por qué? —pregunté, cansado de tanto misterio—. ¿Por qué queréis ocultar vuestra identidad?
    —Porque la misión que nos ha encomendado Guillermo de Beaujeu, maestre del Temple, ha de permanecer en secreto.
    —¿Y qué misión es ésa?

    Erik intercambió una mirada con sus compañeros y luego meditó unos instantes.

    —De acuerdo —dijo al fin—. Supongo que tarde o temprano habrías de saberlo —se reclinó contra el tronco del roble—. Todo comenzó hace once años, muy lejos de aquí, en San Juan de Acre.

    Alcé las cejas, sorprendido. Acre era una ciudadela fortificada situada en la costa de Siria, el último bastión de la cristiandad en Tierra Santa tras la caída de Jerusalén.

    —¿Habéis estado en Acre? —pregunté.
    —Así es. Por aquel entonces yo formaba parte de las fuerzas templarías destacadas en Siria, y tanto Gunnar como Loki me acompañaban. La pérdida de las posesiones cristianas en Jerusalén había causado una desbandada general hacia las fortalezas de la costa. Miles de personas buscaban refugio en Acre, entre ellos un buen puñado de nobles que, además de sus vidas, deseaban poner a salvo sus fortunas. Para ello, confiaban sus tesoros al Temple, pues la Orden, a cambio de una comisión, se ocupaba de transportarlos a Occidente en su flota de guerra. Por tal razón, durante la primavera de 1272, la cripta de la fortaleza templaría de Acre guardaba en su interior una inmensa fortuna. Tal era el valor del tesoro acumulado que se dispuso un destacamento de guardia para ocuparse exclusivamente de su custodia. Al frente de dicho destacamento había dos oficiales: uno de ellos era yo, el otro se llamaba Simón de Valaquia —su mirada se oscureció—. Simón era un caballero de incierto origen, creo que hijo de un conde caído en desgracia. Tenía cuatro o cinco años más que yo y, en aquel tiempo, mucha más experiencia en combate. De hecho, se le consideraba el espadachín más hábil de Tierra Santa...

    Desde la lejana iglesia nos llegaban los apagados cánticos de los monjes. La expresión de Erik se había tornado circunspecta, como si hablar del pasado le produjera una gran aflicción.

    —Una noche —prosiguió sin mirarme—, desperté de madrugada. Quizá fue una premonición, o puede que algún ruido me desvelara, no lo sé; pese a no estar de servicio, me vestí y salí al exterior. Una densa neblina cubría la costa y no había luna, así que tomé una antorcha y comencé a recorrer la fortaleza. Me extrañó el inusitado silencio que reinaba, y mayor fue mi sorpresa al descubrir que los puestos de guardia estaban desiertos. Me dirigí a la sala de armas y allí, ocultos, encontré los cadáveres degollados de los ocho centinelas que aquella noche se ocupaban de vigilar la cripta. De Simón, que estaba al mando de la guardia, no había ni rastro —suspiró pesadamente—. Debí dar la voz de alarma, pero no lo hice. Justo en aquel momento oí un rumor de voces en el patio y fui a ver qué sucedía. Nada más cruzar la puerta los vi: eran una docena de mercenarios turcos que, amparándose en la niebla, estaban sacando de la cripta los cofres del tesoro. Los mandaba Simón de Valaquia.
    —¿Pero no era un caballero templario?...
    —Lo era. Y también un traidor, y el mayor canalla que jamás ha existido. Supongo que llevaba tiempo planeando aquel robo; durante la madrugada asesinó a sus propios soldados y luego facilitó la entrada en la fortaleza a un grupo de mercenarios cuyo objetivo era saquear la cripta del tesoro.
    —¿Y qué ocurrió? —le animé a proseguir.
    —Desenvainé la espada y les di el alto. Yo era joven e impetuoso y creía que, si Dios estaba de mi lado, bastarían mis fuerzas para imponer su justicia. Simón no pensaba así, pues me miró con desdén y ordenó a sus hombres que ignoraran mi presencia y siguieran con su tarea. Luego desenfundó el acero y me dijo: «Vamos, muchacho; averigüemos si ya eres un hombre o si continuas siendo un crío».

    Un largo silencio siguió a sus palabras.

    —¿Y...? —pregunté.
    —Luchamos y yo perdí —el danés sonrió con amargura y rozó con los dedos la cicatriz que le cruzaba el rostro—. Primero me hizo esto y luego me desarmó, con toda facilidad. Ni siquiera le hice sudar. Entonces, Simón se dispuso a matarme y yo... yo eché a correr.
    —Cuando no hay alternativa, la mejor táctica es la huida —sentenció Loki, como queriendo quitarle hierro al asunto.

    Erik sacudió la cabeza con desánimo.

    —Ni siquiera huir se me dio bien —confesó—. Trepé por la muralla y Simón fue tras de mí. Recorrí el adarve a la carrera y, al poco, tropecé con una puerta cerrada que bloqueaba el paso. Entonces, Simón se aproximó a mí lentamente, con una sonrisa de triunfo en el rostro y la espada alzada para asestarme el tajo final. Yo estaba acorralado, no tenía escapatoria, así que... me arrojé al vacío. Fueron casi treinta pies de una caída que apenas pude frenar intentando asirme a un saliente del muro. Me rompí una pierna y perdí el conocimiento. Los compañeros templarios me encontraron horas después, al amanecer. Para entonces, habían desaparecido de Acre tanto el tesoro como Simón de Valaquia.
    —¿Era muy valioso ese tesoro? —pregunté.
    —Más de cinco millones de besantes de oro —contestó, inexpresivo, el danés.

    Exhalé una bocanada de aire; aquella suma era desmesurada, inabarcable para un pobre artesano como yo. Sobrevino un nuevo silencio. Al parecer, Erik había concluido su relato, pero yo no acababa de comprender qué relación existía entre sus revelaciones y el misterio de aquel viaje a Bretaña que habíamos emprendido. Así se lo dije y él, cómo si le costara gran esfuerzo seguir hablando, me contestó:

    —Por aquel entonces, no solo estábamos los templarios en Acre. Había otras órdenes de caballería, como los hospitalarios, los teutónicos o... o una pequeña congregación llamada Orden de los Caballeros del Águila de San Juan de los Siete Sellos. Sus miembros, los aquilanos, no eran muchos, poco más de una treintena, y aunque solían mostrarse reservados y adustos, eran muy apreciados en combate, pues luchaban con pericia y arrojo —hizo una pausa y, cambiando bruscamente de tema, prosiguió—: ¿Recuerdas que, tras robar el tesoro del Temple, Simón de Valaquia desapareció? Lo hizo sin dejar rastro, pero la pregunta es: ¿cómo?... Si entrar en Acre es difícil, salir de la ciudadela resulta casi imposible, sobre todo si hay que cargar con ocho pesados cofres repletos de oro. De hecho, no existe más que una vía de escape: el mar. Pues bien, durante la madrugada en que Simón de Valaquia robó el tesoro, sólo un barco zarpó del puerto de Acre, y ese buque pertenecía a los caballeros del Águila de San Juan.
    —¿Creéis que esa orden tuvo algo que ver con el robo?

    Erik se encogió de hombros.

    —Lo ignoro —dijo—. Pero fueron los aquilanos quienes sacaron de Acre a Simón y el tesoro, de eso estoy seguro; no cabe otra alternativa. Además, desde ese día la orden desapareció de Tierra Santa y no volvió a saberse de ella.
    —¿Desapareció?...
    —Así es. Los hemos buscado por doquier, en Inglaterra, en Francia, en España, en Bizancio, al norte y al sur, en oriente y occidente, y durante diez años no hemos sabido nada de ellos —hizo una pausa y agregó—: Hasta que, recientemente, nos enteramos de la desaparición en Bretaña de ese maestro de tu gremio, Thibaud de Orly.
    —No lo entiendo —musité—. ¿Qué relación puede haber entre el maestro Thibaud y el robo del tesoro?

    El danés suspiró con cansancio, se desperezó y, tras ponerse en pie, señaló:

    —Es tarde, debemos reanudar el viaje —Erik aferró las riendas de su caballo y se dispuso a montar, pero antes de hacerlo se volvió hacia mí y me dijo—: En Kerloc'h están construyendo una catedral, ¿verdad? Pero ¿quién corre con los gastos, quién paga los salarios y costea los materiales?
    —Lo ignoro... —repuse, desconcertado.

    Con deliberada lentitud, Erik declaró:

    —La construcción de la catedral de Kerloc'h está siendo financiada por la tan largo tiempo desaparecida Orden del Águila de San Juan.


    Capítulo 5


    No volvimos a sufrir ningún percance durante el resto del viaje. Mis compañeros normandos habían decidido dejar de aparentar ser unos inofensivos artesanos, para adoptar una apariencia más acorde con su auténtica naturaleza. Poco después de abandonar Roncesvalles, sacaron de las alforjas sus enseres de combate y se pusieron unos pectorales de duro cuero revestido con placas metálicas, así como yelmos de hierro y guanteletes. A la cintura llevaban espadas y puñales, y portaban a la espalda unos redondos escudos de madera reforzados con acero. Gunnar, cuya hacha de combate reflejaba el sol al balancearse colgada de la silla, se había pintado la cara de azul y rojo, asemejándose a un terrible diablo. Al no portar ningún tipo de enseña, parecían un grupo de mercenarios en busca de acción, y su aspecto era tan amenazador que quienes se cruzaban con nosotros huían despavoridos, lo cual nos granjeó un viaje solitario y tranquilo.

    Supongo que más de un caminante debió de preguntarse qué hacía un muchacho en tan feroz compañía, y, si he de ser sincero, yo mismo me planteaba esa cuestión. Ahora sabía que lo que estaba en juego no era sólo la suerte de unos compañeros francmasones desaparecidos, sino un grave asunto relacionado con la Orden del Temple; pero me resultaba imposible adivinar cuál era mi papel en aquella misión. ¿Por qué yo, un simple aprendiz de cantero, debía dirigirme a Bretaña? Al poco de reanudar el viaje, se lo pregunté a Erik.

    —No lo sé, Telmo —contestó encogiéndose de hombros—; también yo me lo pregunto. Pero el obispo de Pamplona insistió mucho en que debías llegar sano y salvo a Kerloc'h, pues según él tu vida es mucho más valiosa que las nuestras; así que la tuya debe de ser una misión muy importante.

    Aquello no me aclaró las cosas y, si he de ser sincero, tampoco me tranquilizó en demasía, ya que no me hacía ninguna gracia estar en el centro de un extraño conflicto e ignorar por qué.

    Dejamos atrás los Pirineos y, ya en tierra franca, viramos hacia el noroeste, en dirección a la villa de Dax, y luego hacia el norte, siguiendo a la inversa la ruta de peregrinos que corría paralela a la costa. Aunque marchábamos muy cerca del océano, en ningún momento estuvo al alcance de nuestros ojos, lo cual me produjo cierta decepción, pues jamás había visto el mar y sentía gran curiosidad por contemplarlo.

    Al poco de abandonar el montañoso país de los vascones, el terreno se volvió suave y llano; las zonas boscosas alternaban con dorados campos de cereales a cuya vera se asentaban pequeñas aldeas habitadas por humildes campesinos. De cuando en cuando, tropezábamos con castillos y fortalezas que mis compañeros daneses procuraban sortear, igual que eludíamos las grandes ciudades. De ese modo sorteamos la gran villa de Burdeos, que pudimos contemplar en la lejanía —las altas agujas de la catedral alzándose sobre una multitud de casas— mientras cruzábamos el ancho río Carona en la balsa que Erik había alquilado. Y dejamos atrás Saintes, y —pese a que era un puerto templario— también La Rochelle, y Niort, y San Nazaire...

    Diecinueve días después de nuestra partida, cuando nos encontrábamos cerca de una ciudad llamada Vannes, los daneses volvieron a ocultar las armas y los pertrechos de combate, adoptando de nuevo el disfraz de artesanos. Cuando reanudamos la marcha, les pregunté al respecto y Erik me contestó:

    —No queremos que nadie descubra quiénes somos en realidad, Telmo. Hace dos días que estamos en Bretaña.

    Miré en derredor, como si el paisaje hubiera adquirido de repente un nuevo significado, mas lo cierto es que aquellos bosques me parecieron iguales a los que había visto a lo largo del camino. Como si adivinara mis pensamientos, el danés dijo:

    —Dios creó la tierra que habitamos, pero no las fronteras. Eso lo inventaron los hombres, no son más que mentiras comúnmente aceptadas. De todas formas, a medida que nos adentremos en Bretaña verás que la vegetación se torna más frondosa y el terreno más escarpado.
    —¿Has estado antes en Bretaña? —pregunté.
    —Pasé una temporada en Rennes durante mi juventud.
    —¿Y conoces Kerloc'h?

    Erik sacudió la cabeza.

    —Eso queda en lo más profundo de Bretaña —dijo.
    —En el más remoto estercolero del orbe —apuntó Loki.
    —Así es; Kerloc'h está en el confín de la tierra conocida —Erik se encogió de hombros—. Nadie va jamás allí.

    Aquella noche pernoctamos a la orilla de un bosque situado al norte de Vannes, y al amanecer partimos hacia el oeste. Recuerdo que poco después del mediodía, mientras sorteábamos la villa de Auray, la brisa me trajo un aroma extraño que no pude identificar.

    —¿A qué huele? —pregunté.
    —A mar —contestó Erik.

    Supuse que debíamos de estar muy cerca de la costa y pregunté de nuevo:

    —¿Cómo es el mar?
    —¿No lo has visto nunca, Telmo?

    Sacudí la cabeza. El danés meditó unos instantes y luego sofrenó su caballo.

    —Viajamos con cierto adelanto sobre lo previsto —les dijo a sus compañeros—; creo que podemos dar un pequeño rodeo para mostrarle algo a nuestro joven amigo.

    Dicho esto, volvió grupas y tomamos un camino que se dirigía hacia el suroeste. El cielo estaba nublado y no tardó en caer una intensa lluvia, mas el viento arrastró las nubes, regalándonos un azulado atardecer. Horas después, llegamos a una minúscula aldea llamada Karnaj; al poco de atravesarla, Erik bajó del caballo y me invitó con un gesto a imitarle. Le seguí hasta un claro cubierto con grandes piedras y allí nos detuvimos.

    —Mira —dijo el danés, señalando con un ademán en derredor.

    Hice lo que me pedía, pero nada vi y así se lo dije. Tomándome del brazo, Erik me condujo a lo alto de una cercana colina, desde la que se divisaba el claro en su entera amplitud, e insistió:

    —Mira bien; fíjate en esas piedras.

    De nuevo volví la mirada hacia el pedregal. Al principio seguía sin ver nada, pero entonces advertí que las enormes piedras no sólo estaban erguidas de manera poco natural, sino que además se hallaban dispuestas formando larguísimas hileras que se perdían en el horizonte. ¡Aquello era obra del hombre!

    —Pero ¿quién ha hecho esto?... —pregunté, asombrado.

    Erik se encogió de hombros.

    —Ya estaban aquí en época de los romanos, e incluso antes de que llegaran los celtas. Por lo que sé, estas rocas llevan en pie desde el principio de los tiempos.

    Observé aquellos inmensos alineamientos de piedras, intentando evaluar la ingente tarea que había supuesto erigirlos.

    —Debe de ser obra de gigantes... —musité.
    —No, Telmo; las levantaron hombres normales y corrientes —Erik sonrió—. Bien pensado, debieron de ser muy parecidos a ti, pues se dedicaban a erigir grandes piedras, igual que hacéis los de tu oficio.

    Me sorprendió el comentario, pero al contemplar de nuevo las largas hileras de piedras comprendí que Erik tenía razón, y que en realidad no había tanta diferencia entre esas burdas rocas sin desbastar y una catedral, pues el propósito de ambas construcciones era conmover el alma humana.

    Volvimos a montar en los caballos y nos alejamos de aquellas antiquísimas piedras, aunque lo cierto es que no dejamos de verlas, pues constantemente encontrábamos a nuestro paso grandes rocas erguidas, túmulos y enormes mesas de granito. Era como atravesar un bosque encantado, y no me hubiera sorprendido ver aparecer un hada en cualquier momento; pero no fue un hada lo que vi, sino algo aún más extraordinario. Apenas media hora después, tras remontar una colina, ante mis asombrados ojos apareció una inmensa franja azul sobre la que flotaba el anaranjado círculo del sol. Era el mar.

    Desmontamos y, llevando de las riendas a los caballos, nos aproximamos lentamente a la playa de arena que, a no mucha distancia, las olas batían con un cadencioso murmullo. Yo estaba sobrecogido, pues jamás hubiera imaginado que pudiese existir tal cantidad de agua.

    —Es enorme... —murmuré—. ¿Qué hay al otro lado?
    —Unos dicen que el océano no se acaba nunca —repuso Erik—; otros aseguran que al final del horizonte se encuentra la mágica isla de Hy Brasil, y hay quien afirma que la Tierra es redonda como una naranja y que más allá del mar se encuentran las Indias, Catay y Cipango. Pero lo único cierto es que nadie lo sabe, porque nadie ha ido allí para comprobarlo.

    Sonreí ante la absurda idea de que la Tierra fuera redonda —de ser así, los que están abajo se caerían, ¿no es cierto?— y contemplé en silencio aquella pasmosa infinitud azul. Era lo más asombroso que había visto en mi vida.

    —¡Vamos a bañarnos! —exclamó Erik de buen humor.

    Y de improviso, tanto él como Gunnar se despojaron de sus ropas y, cubiertos tan sólo por unos calzones de lino, echaron a correr hacia la orilla. Loki torció el gesto, se dejó caer sobre la arena y, señalando el mar, me dijo:

    —Allí mean y cagan los peces. Es un asco.

    Observé de reojo a los dos daneses que, riendo como niños, saltaban entre las olas, y de pronto sentí muchas ganas de unirme a ellos, así que, ante la desaprobadora mirada de Loki, me desnudé y corrí hacia la orilla. El agua estaba muy fría, aunque no más que la de un río de montaña, y se me puso carne de gallina al sumergirme en ella, pero lo que realmente me sorprendió fue su raro y fuerte sabor. Así se lo dije a Erik y él, echándose a reír, me contestó:

    —El agua de mar tiene mucha sal, Telmo. No la bebas, o enfermarás.

    Mientras jugaba con las olas descubrí, maravillado, que Erik y Gunnar sabían flotar sobre el agua y desplazarse por ella moviendo las piernas y los brazos. Al advertir que yo no me apartaba de la orilla, Gunnar me gritó:

    —¿No nadas, Telmo?
    —No sé nadar —respondí.
    —Oh, cosa fácil es —replicó el gigante.

    Luego, aproximándose a mí, me agarró por los brazos, me llevó en volandas mar adentro e, ignorando mis protestas, me obligó a tumbarme boca arriba sobre el agua.

    —Ahora, tú quieto —dijo—. Tranquilo.

    Y me soltó. Durante unos segundos sentí una oleada de pánico, pero al instante descubrí, maravillado, que flotaba como un corcho arrojado a un estanque.

    —¡Sé nadar! —exclamé.

    Entonces, una ola se abatió sobre mí y me precipitó dando vueltas hacia el fondo marino, y a buen seguro me hubiera ahogado de no ser por Gunnar, que me sacó del agua cogido por los pies, boca abajo, y me palmeó la espalda para ayudarme a expulsar el líquido que había tragado.

    —Todavía no buen nadador —comentó—. Algo más de práctica precisas.

    Hoy, con la perspectiva que brinda el paso del tiempo, creo que aquél fue el último día en que disfruté de la vida como un niño, con total despreocupación. Lo que habría de suceder después, todo el terror y el infortunio que no tardarían en abatirse sobre nosotros, me hizo madurar prematuramente, pero durante aquel atardecer de verano, mientras retozaba en las aguas de un mar que era nuevo para mí, me sentía libre, inocente y feliz.


    * * *
    Tres días más tarde llegamos a Quimper, la última gran ciudad que habríamos de encontrar en nuestro periplo. Como ya era habitual, la dejamos atrás sin entrar en ella y pusimos rumbo al norte durante una jornada, al final de la cual acampamos cerca de una pequeña aldea, apenas un puñado de cabañas circulares con techos cónicos de paja. Ese lugar, me dijo Erik, estaba muy cerca de una península a la que llamaban Crozon, en cuyo extremo más occidental se encontraba la villa de Kerloc'h, adonde llegaríamos al día siguiente.

    Como ya había comprobado desde que entramos en Bretaña, allí casi nadie hablaba francés, sino una lengua dura y extraña que, según Erik, se parecía mucho a los idiomas de Irlanda y Escocia. Los lugareños, gente muy pobre, nos recibieron con una actitud reservada y huidiza. Al principio pensé que ése era el trato usual que dispensaban a los forasteros, pero luego me di cuenta de que era a Gunnar a quien temían, y que no dejaban de contemplar con recelo los aros de hierro que llevaba prendidos en su barba. Le pregunté a Erik el significado de esos aretes y él me contestó:

    —Cada uno de ellos representa un enemigo muerto. En combate singular, por supuesto, no en batalla.

    Contemplé de soslayo la barba del gigante y me estremecí al comprobar que de ella pendían más de veinte aros.

    —Pues si pretendéis pasar inadvertidos —dije—, mejor sería que se los quitara, pues le delatan como hombre de armas.

    Erik me dio la razón y comentó que llevaba tanto tiempo viéndolos que ya ni siquiera se fijaba en ellos. Luego habló en su idioma con Gunnar, ordenándole, supongo, que se quitara los aretes. El gigante frunció el ceño y, con vigorosas sacudidas de cabeza, se negó a hacerlo, tan obstinadamente que Erik tuvo que obligarle recurriendo a su autoridad —al menos, eso deduje del tono empleado—. Finalmente, de mal humor y a regañadientes, Gunnar se dirigió al riachuelo que corría cerca del poblado, y allí no sólo se quitó los aretes, sino que además se rasuró la barba, dejándose tan sólo unos largos mostachos rubios. Cuando el gigante regresó a nuestro lado, Loki estalló en carcajadas, al tiempo que comparaba el rostro de su compañero con el sonrosado culito de un bebé. Gunnar se puso rojo de ira y, de no ser por Erik, creo que se hubiera desatado una terrible pelea.

    Un pastor de la aldea, que hablaba un poco de francés, nos vendió las provisiones que precisábamos, unas insípidas tortas de trigo sarraceno que se tomaban acompañadas con queso fresco de cabra. Además de las viandas, el pastor nos proporcionó algo de información. Al parecer, hacía algo más de diez años que los Caballeros del Águila de San Juan se habían establecido en Kerloc'h, justo el tiempo que llevaba construyéndose allí una catedral. El pastor nos dijo que, hasta entonces, la zona había sido un nido de piratas y ladrones, pero que desde su llegada los aquilanos habían impuesto la ley y el orden, convirtiendo en seguros unos caminos que antes nadie se atrevía a recorrer en solitario.

    Pese a que aquella labor era evidentemente benéfica, me sorprendió percibir cierta inquietud en la voz del pastor, como si le desagradara hablar de Kerloc'h, de los aquilanos y de su catedral. De hecho, en cuanto la charla tomó esos derroteros, el buen hombre comenzó a contestar con monosílabos, encerrándose finalmente en un mutismo del que no hubo manera de sacarle.

    Al día siguiente partimos hacia el oeste, adentrándonos en un bosque inconcebiblemente frondoso. El terreno se tornó más abrupto, con bajos montes y pequeños valles, y escasamente poblado. Ocasionalmente encontrábamos campos sembrados, pequeños huertos a cuya vera se alzaban humildes chozas de madera, siempre circulares y con techumbres cónicas, pero rara vez veíamos a sus habitantes, pues éstos se ocultaban de nosotros como si fuéramos apestados.

    Por la tarde cruzamos una zona pantanosa; el camino estaba tan anegado que se había reforzado el firme con tablas de madera. Mientras atravesábamos aquel tramo del sendero descubrí que, a mi derecha, un poste sustentaba una figura de extraña apariencia —medio humana, medio animal—, a cuyo pie había un pequeño montón de piedras. Le pregunté a Erik qué era y él me contestó:

    —Es un ídolo protector del camino. La gente le ofrenda una piedra al pasar, para obtener su protección.
    —¿Un ídolo? —repetí, sorprendido—. ¿Es que los bretones no son cristianos?
    —Lo son, sí..., pero también son otras cosas. Por ejemplo, son celtas y, además de a Cristo, veneran a las antiguas deidades de sus antepasados y siguen practicando las viejas tradiciones. Recuerda que pagano viene de pagus, que en latín significa «aldea». Aquí la gente es muy supersticiosa.

    La visión de aquel ídolo me había producido una rara inquietud. Sólo se trataba de una figura de madera torpemente tallada, mas era precisamente la tosquedad de su apariencia lo que le confería un carácter salvaje y amenazador. No iba, sin embargo, a durarme mucho la desazón, pues apenas una hora más tarde, cuando el sol declinaba ya en el cielo, remontamos una loma y ante nuestros ojos, en la lejanía, se desplegó un panorama sobrecogedor.

    Era un bahía muy ancha que parecía estrechar entre sus brazos a un mar tranquilo e intensamente azul. A la izquierda, en la cima de unos acantilados, se alzaba una fortaleza muy antigua, con grandes muros de negro basalto. En lo alto de la torre ondeaba una bandera blanca con la roja silueta de un águila.

    —Es la enseña de los Caballeros del Águila de San Juan —comentó Erik, el ceño fruncido.

    Al pie de los acantilados había una playa de arena dorada que, conforme se extendía hacia la derecha, acababa convirtiéndose en un pedregal batido por las olas. A unos quinientos pasos de la orilla, en el otro extremo de la bahía, encaramado sobre la falda de una colina, se alzaba un poblado en el que reinaba una intensa actividad.

    Al instante tuve la certeza de que aquel lugar era nuestro destino. Y lo supe porque, un poco más allá de la aldea, en una verde franja de tierra que penetraba en el mar encaramada sobre unos acantilados, se alzaba la construcción más extraordinaria que jamás he contemplado. Era un templo, una catedral.

    La catedral de Kerloc'h.


    Capítulo 6


    Desde la distancia pude comprobar que la construcción de la catedral de Kerloc'h prácticamente había finalizado, al menos en lo que a su estructura se refiere. Quedaban por rematar las bóvedas y la techumbre, así como la torre del campanario, pero todo lo demás parecía acabado.

    Aunque me encontraba demasiado lejos para apreciar los detalles, aquel templo me produjo una gran impresión. Estaba construido en piedra caliza gris y la fachada principal, orientada hacia el oeste, mostraba un gran pórtico ojival sobre el que se abría un enorme rosetón de cristales coloreados. A ambos lados del edificio surgían una serie de arcos arbotantes que acababan descansando sobre puntiagudos pináculos de carga. En el extremo este del edificio, justo sobre el coro, se alzaba la torre del campanario. Pese a no estar aún concluida, y aunque los andamios que la rodeaban me impedían verla con claridad, advertí al instante que aquella torre era enorme. Debía de medir unas ciento cuarenta varas en su actual estado, y aún mayor sería su altura cuando estuviera concluida.

    Al principio, la catedral me pareció fea y desproporcionada, pero luego, tras contemplarla con más atención, comencé a descubrir en ella una rara belleza que nada tenía que ver con la armonía, sino más bien al contrario, con la desmesura y el desequilibrio.

    Nos pusimos en marcha de nuevo y comenzamos a recorrer en silencio el camino que descendía hacia la playa y acababa conduciendo a Kerloc'h. Entre el mar y el bosque se extendía una amplia franja de terreno despejado y allí, a la orilla del camino, había un patíbulo del que pendían, colgados por el cuello, dos cadáveres ya muy descompuestos. Al pie de la horca, un cartel rezaba: voleurs (ladrones). Un cuervo se había posado sobre uno de los ennegrecidos cuerpos y picoteaba nerviosamente jirones de carne putrefacta. Reprimí una arcada y aparté la vista.

    —Los aquilanos no se andan con chiquitas —comentó Loki, contemplando con una sonrisa los cadáveres.
    —Ese cadalso es un aviso para forasteros —dijo Erik—: si te portas mal, ya sabes lo que el destino te depara —hizo una pausa y agregó en tono repentinamente tenso—: Atención, vienen a recibirnos...

    Alcé los ojos y vi que, en efecto, cinco jinetes se aproximaban a nosotros desde el pueblo. Marchaba en cabeza un hombre enjuto que vestía jubón negro, guantes negros, calzas y botas negras y una ondeante capa tan oscura como el azabache. La única nota de color que le ornaba era el águila roja que llevaba bordada en la pechera. Se trataba de un caballero del Águila de San Juan y detrás de él marchaban cuatro mercenarios turcos de temible aspecto.

    —¿Quiénes sois? —preguntó el aquilano cuando llegó a nuestra altura, al tiempo que apoyaba la diestra sobre el pomo de la espada, como si este gesto contuviera una velada amenaza.
    —Unos pobres artesanos —contestó Erik en tono humilde—. Venimos de Navarra, pues el maestro Hugo de Gascuña nos ha convocado para trabajar en las obras del templo.

    El aquilano nos contempló en silencio durante largo rato; luego, cabeceó levemente y dijo:

    —Podéis seguir. Encontraréis al maestro constructor en la catedral.

    Erik le dio las gracias con deferencia y, acto seguido, partimos en dirección a las obras. Mientras nos alejábamos, podía sentir la fría mirada del caballero del Águila clavada en nuestras espaldas.


    * * *

    En las obras de la catedral de Kerloc'h trabajaban más de ochenta artesanos, entre albañiles, carpinteros, fundidores, herreros, plomeros y vidrieros, así como un número similar de peones, eso sin contar con quienes faenaban en la cantera, que estaba situada a dos leguas del pueblo. Cuando llegamos, la jornada tocaba a su fin, de modo que los trabajadores se dedicaban a recoger sus herramientas y a cubrir con paja las labores que habían quedado inacabadas.

    Encontramos al maestro Hugo de Gascuña cerca de la logia, un gran cobertizo de madera anejo al muro sur de la catedral. Hugo era un hombre de mediana edad, calvo y bajo de estatura, cuyos nerviosos ademanes le asemejaban a un pájaro. Al saber quiénes éramos, nos recibió con profundo alivio, como si llevara tiempo esperando nuestra llegada. Llamó a gritos a un tal Helmut, que era el maestro albañil y su ayudante en la dirección de la obra, y los seis nos encerramos en la logia.

    —Vosotros debéis de ser los templarios cuya llegada me anunciaron, ¿no es cierto? —le preguntó Hugo a Erik nada más cerrar la puerta.
    —¿Tanto se nota? —sonrió el danés.
    —Lo cierto es que no parecéis canteros... —Hugo carraspeó con nerviosismo—. Tengo entendido que venís de Navarra. ¿Hablasteis con el maestro León Yáñez en Estella?

    Erik asintió y me señaló con un gesto.

    —Telmo, el muchacho que nos acompaña, es hijo de maese Yáñez.

    Hugo me dirigió una rápida mirada.

    —El hijo de León, bien, bien... Bueno, ¿dónde está el imaginero?
    —¿Qué imaginero? —preguntó Erik.
    —El maestro escultor que iba a enviarme León Yáñez. ¿No ha venido con vosotros?

    Erik negó con la cabeza. Reconozco que me sentí un poco irritado, pues nadie parecía prestarme la menor atención, así que tosí un par de veces y dije:

    —Yo soy el imaginero.

    Hugo giró la cabeza y me contempló como si yo fuera un saco de bellotas que de pronto se hubiera puesto a hablar.

    —¿Qué dices, hijo? —preguntó.
    —Que soy ese tallista que estáis esperando.

    Le entregué la carta de presentación que me había dado padre y Hugo la leyó lentamente, moviendo los labios en silencio conforme desentrañaba el escrito. Cuando acabó, se dejó caer en un taburete y dijo con desánimo:

    —Le pido a León que me mande al mejor escultor que pueda encontrar, y él me envía a un muchacho —sacudió la cabeza—. No sé en qué estaría pensando maese Yáñez...
    —Soy un buen imaginero —protesté.
    —Puede que sí, hijo; pero aquí no necesitamos a un buen imaginero, sino al mejor tallista de la cristiandad —suspiró con resignación—. En fin, al menos ya se encuentran aquí Berenguer de Occitania y Luis de Limoges, que son magníficos escultores, y está al llegar el gran Rambaldo de Siena...

    Yo había oído hablar de Rambaldo, y su fama afirmaba que era un tallista prodigioso, un maestro entre los maestros, pero eso no me importó. La displicencia que me dispensaba Hugo de Gascuña me había enfadado seriamente, de modo que le espeté:

    —Podéis estar seguro de que jamás tendréis delante de vos a un imaginero tan bueno como yo.

    Mis palabras, debo reconocerlo, sonaron como la fatua jactancia de un jovenzuelo, y así se lo tomó el maestro Hugo.

    —¿Sí? —dijo, mirándome con ironía—. Bueno, ya tendrás oportunidad de demostrarlo en el concurso. Arqueé las cejas.
    —¿Qué concurso?
    —¿No lo sabes? —Hugo se echó a reír—. Para eso has venido, muchacho: para participar en una competición.

    Me disponía a preguntarle acerca de esa misteriosa competición, cuando Erik nos interrumpió:

    —Disculpadme. Podréis hablar de vuestros asuntos más adelante. Ahora, maese Hugo, quisiera que me contaseis cómo están las cosas aquí.
    —¿Cómo están las cosas en Kerloc'h? —el maestro constructor se encogió de hombros—. La verdad es que no sé por dónde empezar...
    —Probad por el principio —sugirió Loki.

    Hugo se rascó la calva cabeza y, tras meditar unos instantes, comenzó a hablar:

    —Pues, en fin, las obras de la catedral se iniciaron hace algo más de diez años, bajo la dirección del maestro Thibaud de Orly. La construcción del templo siguió un ritmo endiablado, vos mismos podéis comprobar que la obra está casi concluida. Aquí llegó a haber más de doscientos cincuenta trabajadores...
    —Intuyo que eso supone un gran desembolso de dinero —le interrumpió Erik—. ¿La Orden del Águila financia enteramente el proyecto?
    —Claro, ellos son los promotores...
    —¿Y qué tal pagan?
    —Oh, espléndidamente. Un albañil cobra aquí cincuenta maravedíes por jornada de trabajo, veinte un argamasero y quince un peón.

    Parpadeé, sorprendido, pues esas cifras casi doblaban los salarios habituales.

    —Proseguid... —murmuró Erik con el ceño fruncido.
    —Como decía —continuó Hugo—, las obras de la catedral avanzaron a gran velocidad hasta que, hace cosa de dos años, se interrumpieron inesperadamente, siendo despedidos todos los obreros, salvo el maestro Thibaud y once compañeros. Seis meses después, por razones que desconozco, Thibaud de Orly y sus once trabajadores abandonaron la obra.
    —Entonces os llamaron a vos para proseguirla.
    —Así es. Llevo más de un año al frente de la construcción y aún quedan unos tres meses para concluirla.
    —Sin embargo —apuntó Erik—, Thibaud de Orly ha desaparecido. ¿Habéis buscado algún rastro suyo por aquí?

    Helmut, el maestro albañil, un joven germano de Colonia, alto y de expresión decidida, dio un paso al frente.

    —Yo me ocupo de eso —dijo.
    —¿Y has obtenido algún resultado?
    —No, pero sigo buscando.

    Erik dejó escapar un suspiro y se volvió hacia Hugo.

    —Habladme ahora de la Orden del Águila.
    —Poco hay que decir. Estuvieron en Tierra Santa, ¿lo sabíais? —Erik asintió con un deje de ironía y Hugo prosiguió—: El maestre de la Orden es Corberán de Carcassonne, y él mismo se ocupa de supervisar las obras de la catedral. A mi modo de ver, es un patrón exigente, pero justo.
    —¿Cuántos caballeros del Águila hay en la fortaleza?
    —Oh, no creo que haya muchos más de veinte.
    —Pero cuentan con mercenarios —terció Loki.
    —Sí, deben de ser más o menos cuarenta, todos turcos. Unos guerreros terribles, terribles... Afortunadamente, Corvus los controla con mano férrea.
    —¿Corvus? —repitió Erik, alzando una ceja.
    —Así llaman al capitán de los mercenarios, porque siempre viste de negro, supongo.

    Aquel apodo, Corvus, me recordó al cuervo que había visto picoteando la carne del ahorcado y noté que un escalofrío me recorría la espalda. Erik respiró hondo y se levantó de la pila de maderos donde había estado sentado.

    —¿Sabéis que el Papa ha mandado a uno de sus hombres de confianza a Kerloc'h? —preguntó.
    —Sí. Se identificará con una palabra muy extraña, «Trismegistos» creo que es... —Hugo sacudió la cabeza—. No lo entiendo. ¿Qué interés tienen Roma y el Temple en esta catedral?

    Erik le tranquilizó con una sonrisa.

    —Eso no debe importaros. Ahora, escuchadme: dentro de poco llegarán quince hombres. Son templarios, aunque vendrán en secreto. Quiero que trabajen en la cantera.
    —¡Quince hombres! —exclamó Hugo, escandalizado—. ¡Pero si no preciso más mano de obra!
    —Da igual, no hace falta que les paguéis. Sólo deseo que parezcan trabajadores, no que trabajen de verdad —el danés echó a andar hacia la salida de la logia—. En cuanto a mis compañeros y a mí, trabajaremos en las obras de la catedral.

    Hugo boqueó un par de veces.

    —Pero, pero... —balbuceó—. ¿Qué sabéis hacer?...

    Erik ya había abandonado el cobertizo, de modo que fue Loki quien le contestó:

    —Nada —dijo con una aviesa sonrisa—, salvo manejar la espada, masacrar, mutilar y destruir.

    A juzgar por la horrorizada expresión que ensombreció el rostro del maestro Hugo, la respuesta no fue enteramente de su agrado.


    * * *

    Tras la reunión en la logia, me dirigí al poblado en compañía de Hugo de Gascuña, pues mi padre le había pedido en su carta que se ocupara de mi tutela y me brindara cobijo.

    Kerloc'h era una aldea muy pequeña, y aún más lo había sido en el pasado, antes de iniciarse la construcción del templo. El primitivo poblamiento apenas constaba de una docena de chozas, que se distinguían claramente en razón de su forma circular y del cono de sus techumbres. Mas a su alrededor había brotado una infinidad de nuevas casas de madera, propiedad de los artesanos que trabajaban en la catedral y de los comerciantes que habían llegado al pueblo atraídos por la prosperidad de las obras. Las casas erigidas durante los últimos años multiplicaban por diez el número de las chozas antiguas, pero lo más sorprendente era que los primitivos habitantes de Kerloc'h se habían ido de la aldea nada más iniciarse los trabajos de construcción, una actitud que se me antojaba absurda, pues aquella gente tan humilde perdía así la oportunidad de beneficiarse de los elevados salarios que allí se pagaban.

    El maestro Hugo vivía en la única casa de piedra que había en el pueblo, en compañía de su esposa María, una mujer discreta y silenciosa, y de su hija Valentina, una muchacha de trece años de edad, muy bonita aunque, como pude comprobar al poco, un tanto descarada. La casa tenía dos habitaciones; ocupaban la más pequeña el maestro y su mujer, y en la sala dormíamos, sobre unos jergones de lana, Valentina y yo. Recuerdo que aquella noche, mientras intentaba conciliar el sueño, notaba los ojos de la muchacha fijos en mí, lo cual me puso bastante nervioso.

    Además, no podía quitarme de la cabeza el extraño concurso del que había hablado el maestro Hugo. ¿Qué competición era ésa y por qué tenía yo que participar en ella?


    * * *

    María, la mujer del maestro, nos despertó poco antes del amanecer y luego se dirigió al corral, que estaba detrás de la casa, para ordeñar a las ovejas. Mientras me vestía, observé que Valentina había dormido con una camisola de lino que tenía los botones del escote desabrochados. A la muchacha debían de haberle crecido hacía poco los senos, pues mantenía muy erguido el busto, con los hombros hacia atrás, como si estuviera sumamente orgullosa de aquellos nuevos atributos femeninos. En fin, reconozco que la estaba contemplando de reojo cuando ella, de repente, volvió la cabeza hacia mí. Aparté la mirada y fingí examinar un roto de mi jubón, pero no logré engañarla.

    —Me estabas mirando los pechos —dijo ella con una sonrisa picara.
    —¡No! —repuse, rojo como la cresta de un gallo.
    —Claro que sí; te he pillado mirándome. Pero no te preocupes, muchos hombres lo hacen —arqueó las cejas y agregó con picardía—: ¿Te gustaría vérmelos?

    De tener un pozo cerca, me hubiera arrojado a él, tal era mi turbación.

    —¡No! —aullé, temiendo que el maestro o su esposa pudieran sorprender aquella comprometida charla.
    —¿No?... —Valentina pareció decepcionada, mas la sonrisa no tardó en retornar a sus labios—. Pero yo te gusto, ¿verdad? Lo he visto en tu mirada.

    Respiré hondo y me volví hacia ella, intentando convertir en severidad mi azoramiento.

    —Sólo eres una cría —dije—, y no deberías...
    —Tengo trece años —me interrumpió ella airadamente—. No soy ninguna cría. Además, ¿cuántos tienes tú? ¿Catorce?
    —Casi dieciséis —repliqué con dignidad.
    —Vaya, sí que eres todo un hombre —se burló Valentina—. Pues has de saber que dentro de uno o dos años me casaré, y no será contigo, Telmo Yáñez, sino con un caballero de verdad.

    Estaba a punto de contestarle algo ingenioso: «Me quitas un peso de encima», o cosa similar, cuando María, su madre, regresó a la casa con un balde lleno de leche, poniendo fin, para alivio mío, a tan embarazosa situación. Poco después apareció maese Hugo, todavía adormilado, y dimos cuenta en silencio de las tortas con queso y miel que había preparado su mujer. Al acabar el desayuno, recogí mi bolsa de herramientas y partí, en compañía del maestro, hacia las obras de la catedral. Durante el camino intenté entablar conversación, pero maese Hugo seguía muy amodorrado y se limitaba a contestar con monosílabos.

    Cuando llegamos a la obra encontramos a Erik, Gunnar y Loki esperándonos, pero el maestro nos dijo que aguardáramos unos minutos y fue en busca de Helmut para organizar la jornada de los trabajadores. Entre tanto, los daneses y yo dimos una vuelta por los alrededores.

    La luz del amanecer se nublaba por el humo de las hogueras donde los argamaseros quemaban cal, y a mis oídos llegaba el martilleo de los herreros y las voces de los artesanos. Un carro cargado de piedras llegaba desde el este y, en lo alto de la catedral, tres peones corrían dentro de la gran rueda de madera de una grúa, con el fin de subir al tejado una pesada carga de losas.

    Después de un viaje tan largo y extraño, aquello era como estar en casa otra vez. Salvo por el mar, claro. Desde donde me encontraba podía ver el extremo más alejado de la bahía, una prolongada franja rocosa que se adentraba en las aguas hasta transformarse en un enorme arco natural de piedra que descansaba contra un peñón, como si fueran arbotante y contrafuerte. Volví la mirada hacia la izquierda y observé los altos acantilados que las olas lamían mansamente y, sobre ellos, el baluarte de los Caballeros del Águila. A pesar de que sus murallas habían sido reconstruidas y reforzadas, se notaba que era una fortaleza muy antigua, quizá del tiempo de los romanos, o puede que incluso anterior.

    Nos aproximamos a la catedral y observé el pórtico de entrada. El tímpano estaba profusamente adornado con altorrelieves que mostraban imágenes monstruosas: aves de tres cabezas, corderos con siete cuernos y siete ojos, enormes langostas, escorpiones, dragones, demonios, salamandras y esqueletos. El imaginero que los había tallado poseía, sin duda, un gran talento; pero, aunque era normal adornar los templos con imágenes terroríficas, me pareció que se le había ido un poco la mano con tanto espanto. En el dintel, por el contrario, había siete ángeles, y otros cuatro, mucho mayores, a ambos lados del portal, dos a izquierda y dos a derecha.

    Al entrar en la catedral nos recibió el ruido que hacían los carpinteros con sus martillos mientras reforzaban los andamios que ocupaban la mayor parte de la iglesia. Erik señaló hacia el techo y me preguntó:

    —¿Qué son esas estructuras de madera?
    —Cimbras —respondí—. Sobre ellas descansan los arcos de la bóveda hasta que fragua la argamasa.

    El interior del templo era inmenso y su disposición muy extraña. De entrada, los brazos del transepto estaban situados cerca de la entrada, en vez de junto al altar mayor, como era lo usual. Además, la torre del campanario se encontraba justo encima del coro, quedando su oquedad interna a la vista cuando uno se situaba debajo. Era como una descomunal chimenea, aunque supuse que aquel enorme vano sería cegado con una bóveda de madera en algún momento. Giré la cabeza hacia el lado norte de la nave y contemplé el inmenso órgano que allí se alzaba; era el más grande que jamás había visto, con sus grandes tubos metálicos, agrupados como haces de cañas, elevándose hasta una altura de sesenta pies por encima del suelo.

    Había mucho trajín en la catedral y estábamos molestando a los trabajadores, así que les indiqué a los daneses que nos fuéramos. Nada más salir al exterior descubrimos que alguien nos aguardaba. Era un hombre delgado, de unos cuarenta años de edad, rostro afilado y larga barba de chivo. Vestía un guardapolvo negro de buen paño y se cubría la cabeza con un pequeño bonete, detalle que revelaba su condición de judío.

    —Buenos días, ilustres caballeros —nos saludó nada más vernos—. Permitidme que me presente: soy Abraham Ben Mossé, vuestro cumplido servidor. No, no hace falta que os presentéis; ya sé quiénes sois. Erik, Gunnar y Loki, de las frías y lejanas tierras del Norte —se volvió hacia mí—. Y el joven es Telmo Yáñez, un notable imaginero castellano. Venís de Hispania, ¿no es cierto? Yo estuve en Toledo hace unos años...

    Aquel judío hablaba mucho, no cabía duda, y mucho más hubiera hablado de no ser por Hugo de Gascuña, que llegó en ese mismo momento, y no de muy buen humor precisamente.

    —¿Qué haces aquí, Ben Mossé? —bramó el maestro constructor—. ¿No te he dicho mil veces que esto es un lugar sagrado y no quiero que haya paganos rondado por aquí?

    Abraham sonrió plácidamente.

    —Ah, maestro Hugo —dijo—, os sorprendería saber cuántas iglesias cristianas se han levantado con dinero judío. Además, el mes pasado, cuando me pedisteis un préstamo, no pareció importaros mucho ni mi raza ni mi religión.

    Hugo enrojeció, quién sabe si de vergüenza o de ira, y balbució unas incomprensibles palabras que el judío interrumpió al decir:

    —Tranquilo, amigo mío, ya me voy —se volvió hacia nosotros y agregó—: Sed bienvenidos, ilustres señores. Y recordad que, si necesitáis algo, siempre podéis recurrir a Abraham Ben Mossé.

    Dicho esto, se largó de las obras tarareando por lo bajo una alegre tonada.

    —¿Quién es? —le pregunté a Hugo.
    —Un maldito prestamista —contestó éste—. Llegó aquí hace unos meses y ya le deben dinero la mitad de los trabajadores —resopló, malhumorado—. Con razón el Papa condena la usura. Sólo un hebreo se aprovecharía así del prójimo...
    —¿Qué intereses cobra Ben Mossé? —le interrumpió Erik.
    —Un cinco por ciento...
    —No es mucho —señaló el danés con ironía—. He conocido a caballeros que exigían hasta un veinticinco por ciento de interés por sus préstamos, y eran muy cristianos.

    Hugo permaneció unos instantes perplejo y luego, con una sacudida de cabeza, cambió bruscamente de tema, pidiéndole a los normandos que se reunieran con Helmut, pues él se encargaría de asignarles alguna ocupación. Luego me indicó con un gesto que le siguiera y juntos echamos a andar hacia la logia. Mientras nos dirigíamos allí, le pregunté:

    —¿Qué concurso es ese del que habló ayer, maestro?

    Hugo demoró unos segundos la respuesta y finalmente, con el ceño fruncido, dijo:

    —Corberán de Carcassonne, el maestre de los aquilanos, se muestra, por lo general, razonable y justo, pero es muy duro de mollera en lo que atañe a las esculturas. Ninguna de las que hacemos resulta de su agrado.
    —Pues he visto los altorrelieves del pórtico —dije—, y son magníficos.
    —Ah, sí, lo son. Pero ésos los talló el maestro Thibaud, y ahora él no está aquí para proseguir la tarea. El caso es que Corberán se ha empeñado en que el altar mayor esté presidido por la más bella imagen del orbe y, para conseguirlo, ha decidido convocar una competición de talla. Participarán Berenguer de Occitania, Luis de Limoges, Rambaldo de Siena y tú. El que salga triunfante se ocupará de tallar la imagen del altar mayor.
    —¿Y cuándo será eso?

    Hugo se encogió de hombros.

    —En cuanto se presente Rambaldo —dijo.

    Llegamos a la logia y entramos en ella. En su interior, sentados frente al banco de trabajo, cuatro imagineros tallaban los capiteles que más tarde adornarían la arquería del ábside. El maestro Hugo me entregó un boceto con la ornamentación de un capitel y me ordenó que lo reprodujera en un bloque de piedra que descansaba sobre el banco. Ante la despectiva mirada de los demás tallistas —que debían de considerar un insulto que un aprendiz se sentara a su lado, de igual a igual—, me acomodé en un taburete, saqué de la bolsa de herramientas un mazo y el escoplo de orejas y me dispuse a desbastar la piedra.

    Antes de iniciar la tarea, le eché un vistazo al boceto que me había dado el maestro. Era una ornamentación muy sencilla a base de espirales y volutas, lo que me hizo suponer que maese Hugo desconfiaba de mi capacidad. Suspiré. Esculpir aquellos adornos sería de lo más aburrido, a menos que...

    A menos que lo hiciera a mi modo.

    Sonreí y empuñé las herramientas. Era agradable notarlas otra vez entre los dedos, como si fueran una prolongación de mis manos. Descargué el mazo con decisión y la dentada punta del escoplo arrancó unas esquirlas al bloque de piedra.

    «Sí», pensé; «lo haré a mi modo».


    * * *

    Más adelante, conocí a alguien muy extraño; se llamaba Korrigan y estaba loco. Era el único lugareño empleado en las obras, pues, por razones que entonces desconocía, los moradores de la zona no sólo se negaban a trabajar en Kerloc'h, sino que procuraban mantenerse lo más alejados posible de la catedral. Korrigan, pese a haber nacido en la aldea, no tuvo reparos en trabajar en las obras, quizá a causa del extravío de su mente.

    Era un tullido; tenía la pierna izquierda mucho más corta y delgada que la derecha. Sin embargo, compensaba aquel defecto con unos brazos extremadamente musculosos que le permitían trepar por los andamios y desplazarse de un lado a otro colgando de las cuerdas con gran agilidad. En tierra, Korrigan renqueaba, pero en las alturas parecía volar. Y ésa era su ocupación en la obra: volar. Cuando un artesano que trabajaba en el tejado necesitaba alguna herramienta, le gritaba a Korrigan que se la trajera, y éste se la llevaba con prontitud, andamios arriba, como un ave emprendiendo el vuelo.

    Hablé con él por primera vez dos días después de nuestra llegada. Me hallaba frente a la logia, almorzando las tortas de trigo y el queso que me había preparado María, la mujer del maestro, cuando Korrigan se aproximó a mí, bamboleándose a causa de su cojera como una barca en un temporal.

    —Tu iuvenis sculptor de Hispania venitum —me espetó al llegar a mi altura—. Veritas est?
    —¿Qué dices? —pregunté, sin comprender aquella absurda jerigonza.
    —Ego parlare lingua latina —contestó con cómico orgullo—. Ego sapientisimus nomine.

    Me eché a reír.

    —¡Eso no es latín! —exclamé.

    Korrigan pareció ofenderse, mas no tardó en recuperar su extraviada sonrisa y, señalando mi almuerzo, preguntó:

    —Bonus est alimentus tuus? Eh, bonus est?
    —¿Quieres un poco?

    Asintió rápidamente, igual que un perro esperando unas migajas, así que partí el queso y le ofrecí la mitad junto con una torta de trigo. Korrigan cogió la comida como si fuera un inesperado tesoro y luego me contempló fijamente. Durante apenas un segundo, su mirada pareció recobrar la cordura.

    —Gracias... —musitó—. Tu amicus mei.

    Luego, profirió una loca carcajada y se alejó renqueando a toda prisa.

    Durante la primera semana de nuestra estancia en Bretaña no sucedió nada digno de mención. Helmut, el maestro albañil, había adjudicado diversas tareas a los normandos. Gunnar se ocupaba del transporte de materiales, y debo reconocer que era impresionante verle cargar con grandes piedras sillares como si no pesaran nada. A Loki le fue asignado el trabajo de ayudante de argamasero, pero el pequeño danés solía desaparecer de las obras nada más iniciarse la jornada y no volvía a vérsele hasta el día siguiente.

    Ignoro a ciencia cierta cuál era la labor de Erik, pues se dedicaba a deambular de un lado a otro sin hacer nada en concreto. Yo sabía que le inquietaba la ausencia del enviado del Papa, pues mientras éste no llegara tenía las manos atadas, y también le preocupaba lo que hacían los Caballeros del Águila. O, mejor dicho, lo que no hacían, pues los aquilanos permanecían encerrados en su fortaleza y sólo unos pocos la abandonaban para patrullar por los alrededores del poblado. En realidad, lo que ocurría es que Erik era un guerrero, un hombre de acción, y no llevaba nada bien la inactividad.

    Por lo demás, de vez en cuando aparecía en las obras Abraham Ben Mossé (para ser inmediatamente expulsado por el iracundo maestro Hugo), y ocasionalmente nos visitaba Valentina. Cuando esto último ocurría, solían producirse muchos accidentes, pues la muchacha, que era muy bonita y llevaba a gala su recién estrenada femineidad, distraía a los trabajadores al pasear entre ellos, y no era raro que un carpintero se machacara un dedo con el martillo, o que a un albañil le saliera torcido un murete. Pero como Valentina resultaba agradable de contemplar, y además era la hija del jefe, nadie protestaba.

    Y, mientras tanto, la catedral crecía.

    Yo, por mi parte, me dedicaba a tallar el capitel que me había asignado el maestro Hugo. No lo hacía según el boceto, sino a mi manera, de modo que había convertido las espirales en un amasijo de serpientes entrelazadas y las volutas en hojas de parra. Al principio, los demás imagineros me ignoraron abiertamente, pero a los pocos días comenzaron a fijarse en mi trabajo, y me pareció adivinar en sus miradas una mezcla de sorpresa y envidia. Finalmente, seis días más tarde, maese Hugo se presentó en la logia y examinó por encima de mi hombro el capitel a medio esculpir.

    —No estás siguiendo el boceto —dijo en tono neutro tras un largo silencio.
    —Así es, maestro —bajé la mirada, arrepentido de mi osadía—. Pensé que de este modo quedaría mejor...

    Maese Hugo se rascó, pensativo, el mentón y después la calva cabeza.

    —Tienes razón —dijo—; es mejor así —sonrió—. Puede que tu padre no estuviera tan loco al enviarte, Telmo. Eres un imaginero condenadamente bueno.

    Huelga decir que las alabanzas del maestro fueron como un bálsamo para mi ánimo, mas el gozo no tardó en transformarse en inquietud, pues justo aquel mismo sábado llegó a Kerloc'h Rambaldo de Siena, el imaginero que faltaba para dar comienzo a la extraña competición de talla en que yo iba a participar.

    Y así fue como, al día siguiente, se celebró el concurso.


    Capítulo 7


    Habían levantado cuatro marquesinas frente a la catedral, cerca de la logia. En realidad, sólo se trataba de unos tenderetes de tela y madera cuyo objetivo era proteger del sol a los concursantes. Bajo los toldos había cuatro bancos de trabajo y, sobre ellos, cuatro bloques de piedra de similar tamaño y forma.

    Era domingo, día de descanso, pero todos los trabajadores se habían reunido allí desde primeras horas de la mañana para presenciar la competición. Los participantes también nos presentamos temprano, y paseábamos nerviosos en espera de que diera comienzo el concurso, salvo Rambaldo de Siena, un hombre de aire altanero y ricas vestiduras, que permanecía tranquilamente sentado en su tenderete, contemplando con desdén a Berenguer de Occitania y Luis de Limoges, sus contrincantes. A mí ni siquiera se molestó en dirigirme una mirada.

    Debían de ser las nueve cuando una pequeña comitiva abandonó la fortaleza de los aquilanos y se dirigió a la catedral. Eran seis jinetes, enteramente vestidos de negro —salvo por las rojas enseñas de la Orden del Águila de San Juan—, a cuyo frente cabalgaba un hombre maduro, de blancos cabellos y rostro noble. Al instante supe que era Corberán, el gran maestre de los aquilanos.

    —¿Cuál de ellos es Corvus? —le preguntó Erik a Hugo cuando los jinetes llegaron a nuestra altura.

    El maestro sacudió la cabeza.

    —Ninguno —susurró—. El capitán de los mercenarios no suele abandonar la fortaleza. Salvo que haya un ajusticiamiento, claro.

    Sobrevino un profundo silencio. Corberán de Carcassonne bajó del caballo, se aproximó con tranquilo caminar a Hugo de Gascuña y, tras saludarle con una sonrisa, se volvió hacia nosotros, los imagineros.

    —Ya sabéis para qué estáis aquí —dijo; su voz era grave y armoniosa—. El vencedor de este certamen será quien se encargue de tallar la imagen que ha de presidir el altar mayor de la catedral. Será un gran honor, sin duda, pero también una inmensa responsabilidad, pues el destino de esa obra es agradar a Dios —hizo una pausa y prosiguió—: La prueba que vais a pasar es muy sencilla; deberéis esculpir una imagen del arcángel san Miguel, el guerrero celestial que habrá de enfrentarse a los ejércitos de Satanás cuando llegue el Harmagedón. Comenzaréis ahora mismo a tallar y luego, al atardecer, volveré para decidir cuál es la escultura más bella.
    —Pero no podremos acabar, señor —protestó Berenguer—. Una jornada es poco tiempo para concluir una talla.

    El gran maestre Corberán sonrió bondadosamente.

    —Descuidad, creo que podré apreciar vuestro arte aunque el trabajo no esté concluso —dio una palmada—. Podéis comenzar la tarea; el certamen queda abierto.

    Dicho esto, Corberán de Carcassonne montó de nuevo en su caballo y, seguido de su séquito, partió al galope de regreso a la fortaleza. Berenguer y Luis empuñaron sus herramientas y permanecieron pensativos frente a los bancos de trabajo, considerando el modo de encarar su labor; mas Rambaldo de Siena parecía haber decidido al instante cómo tallar la imagen de san Miguel, pues se puso a la tarea de inmediato.

    En cuanto a mí, me aproximé al bloque de piedra y reflexioné unos instantes. San Miguel era el más poderoso de los ángeles, y la forma usual de representar la fuerza en una escultura es poniendo en tensión los músculos del modelo. «Sin embargo», me dije, «¿no hay más poder en una fuerza contenida que en otra desatada?». Entonces, ¿cómo tallaría ese san Miguel? ¿Del modo usual o a mi manera?

    Apenas tardé unos segundos en decidirlo: a mi manera, por supuesto. Descargué el mazo y la punta del cincel levantó una pequeña lluvia de esquirlas. La piedra era arenisca, pensé, un material blando y fácil de labrar. Luego, ya no pensé en nada más y me concentré tanto en mi tarea que pronto olvidé a mis competidores, y al centenar de personas que observaban nuestro trabajo, y al maestro Hugo, y a su hija Valentina, que no me quitaba ojo de encima, y a Erik, que parecía querer prestarme seguridad con su sonrisa. Lo olvidé todo, sí, salvo la imagen que estaba esculpiendo.

    Y esculpí, esculpí y esculpí, durante horas, sin descanso, con el sudor corriéndome a raudales por la espalda y el brazo derecho dolorido de tanto golpear el cincel.

    Y sin que me diera cuenta, el sol describió un arco en el cielo y comenzó a declinar sobre el mar. Fue entonces cuando regresó el gran maestre para decidir quién era el ganador del concurso.


    * * *

    Bajo la amarillenta luz del atardecer, Corberán de Carcassonne examinaba atentamente las cuatro tallas que debía juzgar. Ninguna de ellas estaba conclusa, pero todas se hallaban lo suficientemente avanzadas como para apreciar el enfoque que cada uno de los imagineros le habíamos dado a nuestros respectivos trabajos.

    Berenguer de Occitania y Luis de Limoges habían tallado sus imágenes de modo similar. En ambas esculturas, el arcángel adoptaba una pose estática, con los brazos caídos a lo largo; del torso y la espada, en posición vertical, sujeta entre las manos. Eran trabajos correctos, de notable ejecución, pero demasiado convencionales para mi gusto. El san Miguel de Rambaldo de Siena, por el contrario, mostraba una intensa fuerza, con el brazo derecho levantado blandiendo la espada, las piernas abiertas y los músculos en tensión. Era una escultura llena de expresividad y genio, una obra, me temí, muy superior a la mía.

    Porque mi san Miguel era justamente lo opuesto al de Rambaldo. Lo había tallado en postura de descanso, reclinado sobre una roca, con la mano derecha descansando sobre la espada y la izquierda apoyada en una rodilla. Sus músculos estaban relajados, pero mantenía la mirada atenta, como si en cualquier instante fuera a incorporarse para descargar su furia. Lo que yo pretendía mostrar es la fuerza que se esconde tras la calma, pero ahora, en el momento de la verdad, las dudas me atenazaban.

    Corberán de Carcassonne examinó en silencio las tallas de Luis y de Berenguer, se detuvo largo rato a contemplar la de Rambaldo y, finalmente, llegó frente a mi escultura. Al principio la miró con sorpresa, como si no acabara de comprender lo que estaba viendo, mas luego la curiosidad se instaló en sus pupilas.

    —¿Lo has hecho tú? —me preguntó. Asentí con la cabeza y él agregó—: ¿No eres demasiado joven para ser imaginero?
    —Quizá yo sea joven, señor, pero mi trabajo no tiene edad.

    Al instante me arrepentí de haberle contestado de ese modo, pues era una respuesta fatua y altanera, mas el gran maestre la acogió con una sonrisa. Luego, sin otro comentario, se aproximó de nuevo a Rambaldo de Siena.

    —Gracias por participar en este certamen, maese Rambaldo —le dijo—. Vuestro san Miguel es extraordinario.

    Sentí un gran desánimo al comprender que el italiano había ganado. Rambaldo hinchó el pecho como un palomo y nos miró a todos con orgulloso desdén. Corberán de Carcassonne se acercó entonces al maestro Hugo y le dijo algo al oído. Hugo frunció el ceño y, tras una breve vacilación, se dirigió en voz alta a los presentes.

    —El gran maestre Corberán ha tomado ya una decisión —hizo una larga pausa, como si quisiera saborear la expectación que estaba despertando, y finalmente anunció—: El triunfador del certamen es... ¡Telmo Yáñez!

    ¿Telmo Yáñez? ¿Era mi nombre el que había pronunciado?

    La sorpresa fue tan grande que apenas pude reaccionar. Recuerdo el clamor que siguió al fallo del certamen, y a los compañeros masones felicitándome, y recuerdo la cara de incredulidad de Rambaldo de Siena, pero luego todo se vuelve fragmentario en mi memoria. En algún momento, el maestro Hugo me abrazó y me dijo que se alegraba de mi triunfo como si yo fuera su hijo. Luego, Valentina me plantó dos sonoros besos en la mejillas, y yo me sonrojé, y entonces Corberán de Carcassonne se aproximó a mí, me puso una mano en el hombro y dijo:

    —Felicidades, Telmo. Estabas en lo cierto: tu trabajo no tiene edad.

    Musité unas torpes palabras de agradecimiento, mas de pronto el gran maestre se volvió hacia Valentina y le preguntó:

    —¿Quién eres tú, muchacha?
    —Mi hija, señor —contestó Hugo—. Se llama Valentina.
    —Valentina... —Corberán la contempló paternalmente—. ¿Cuántos años tienes, Valentina?
    —Trece, señor.
    —¿Trece? Estás muy desarrollada para ser tan joven. Dime, Valentina, ¿eres casta?
    —Claro, señor; no estoy casada.

    Corberán dejó escapar una alegre carcajada.

    —¡Inocente criatura! —exclamó, divertido—. Por desgracia, muchacha, la soltería no basta para garantizar la castidad —le acarició la cabeza—. Bien, Valentina, recuerda que tu virginidad es el mejor regalo que puedes ofrecer a Dios.
    —Lo tendré presente, señor.

    El gran maestre asintió un par de veces, pensativo. Luego se aproximó a su caballo y montó en él, pero antes de partir con su séquito hacia la fortaleza me señaló con un dedo y dijo:

    —Telmo Yáñez: ven a verme mañana, a primera hora de la tarde. Debemos hablar largo y tendido acerca de la imagen que vas a tallar para el altar mayor de mi catedral.


    * * *

    Tras la partida de Corberán de Carcassonne celebramos una fiesta, allí mismo, frente a la catedral. Se prendieron hogueras y sobre ellas comenzaron a asarse unos cabritos que, según supe, habían sido un regalo del gran maestre de los aquilanos. Hugo, por su parte, aportó unos odres de vino y un par de barriles de cerveza, y tres compañeros masones sacaron sus instrumentos musicales —una mandolina, un rabel y una flauta— y comenzaron a tocar alegres tonadas.

    Al caer la noche todo el mundo bebía, comía, reía o bailaba, y yo era el rey del festejo. Me sentía como en una nube, feliz y confuso al tiempo, mientras la gente me felicitaba una y otra vez. Incluso los templarios daneses me mostraron sus respetos. Gunnar dijo algo en su incomprensible idioma y luego me palmeó la espalda, con tanta fuerza que casi me desnuca. Loki me dedicó una burlona reverencia y luego me guiñó un ojo. Y Erik... Erik me felicitó también, sí, pero me pareció adivinar en su mirada cierta reserva, como si no acabara de satisfacerle del todo mi triunfo. Precisamente estaba charlando con él cuando hizo acto de presencia Abraham Ben Mossé. El judío se aproximó a mí, sonriente, y me saludó con un cabeceo.

    —Felicidades, Telmo Yáñez —dijo—. Al parecer, la catedral de Kerloc'h ya ha encontrado un imaginero a su altura.
    —Gracias, Abraham —repuse, con la voz algo turbia por el vino—. Y sed bienvenido. Hay mucha comida y bebida, tomad lo que gustéis.
    —Te lo agradezco, pero mi religión no me permite... En ese momento apareció el maestro Hugo, muy bebido y dando gritos.
    —¡Largo de aquí, hebreo! —bramó mientras se aproximaba—. ¡Los usureros no sois bien recibidos en este lugar!

    Ben Mossé dejó escapar un suspiro.

    —Ah, maese Hugo; no sé si la hostilidad que mostráis por mi persona se debe al dinero que me debéis, a que soy judío o a ambas cosas.

    El maestro se puso rojo de ira.

    —¡Fuera, vete ahora mismo! —gritó.
    —Me iré, me iré —sonrió el judío—. Pero antes debo deciros algo extraordinariamente importante. A vos, maese Hugo, y a vos, Erik de Viborg... —se volvió hacia mí—. Y a ti, Telmo. También tú debes oírme.
    —¡Pero qué...! —comenzó a protestar Hugo, indignado; luego, la curiosidad pareció triunfar sobre el enojo y, con los brazos en jarras, preguntó—: Bueno, ¿qué es eso tan importante que quieres decirnos?

    Ben Mossé miró a un lado y a otro para asegurarse de que nadie nos escuchaba.

    —En realidad —dijo en voz baja—, es algo muy simple. Tan sólo una palabra —hizo una pausa y, pronunciando lentamente, agregó—: Trismegistos.

    Al principio no entendí lo que había dicho, o quizá la sorpresa me impidió entenderlo, pero al cabo de unos segundos caí en la cuenta de que «Trismegistos» era la palabra con que se identificaría el enviado secreto del Papa, y entonces me quedé con la boca abierta.

    —¿Vos sois el enviado del Papa? —preguntó Erik, perplejo.
    —Así es, caballero de Viborg; soy la humilde persona que el papa Martín IV ha designado como su representante aquí, en Kerloc'h.
    —Pe-pe-pero eso es imposible —tartamudeó el maestro Hugo—. Eres judío...
    —De eso se trata —rió Ben Mossé—. Siendo judío, nadie sospechará jamás que trabajo para Roma. En esta misión el secreto es primordial.
    —Pero ¿qué misión? —preguntó Hugo, patéticamente desconcertado—. Ha desaparecido un maestro constructor, eso es todo lo que ha sucedido...

    Ben Mossé sacudió la cabeza.

    —Os equivocáis. Han sucedido muchas cosas y no tardarán en suceder muchas más. Pero no es momento para hablar de ello. ¿Conocéis la cabaña que se encuentra en un claro del bosque, hacia el este, a un cuarto de legua del pueblo? Pues os espero allí, mañana por la mañana. Y huelga señalar que esa reunión debe permanecer en secreto.

    El judío se despidió de nosotros con una breve reverencia y echó a andar de regreso al pueblo, pero no había dado más de diez pasos cuando se volvió hacia mí y, señalándome, dijo:

    —Tú también debes acudir a la cita, Telmo. De hecho, eres el más importante de todos nosotros.


    Capítulo 8


    Al día siguiente, por la mañana, maese Hugo dejó a Helmut, el maestro albañil, al cuidado de las obras y, tras reunirse con Erik y conmigo, nos dirigimos juntos a la cabaña de Ben Mossé. Ninguno de nosotros abrió la boca durante el camino, en parte a causa de la resaca, pero también porque descubrir quién era el enviado de Roma nos había llenado de confusión.

    Dejamos atrás el poblado y nos adentramos en el bosque siguiendo un sendero flanqueado de zarzas y espinos. Caminamos en silencio durante quince minutos, al cabo de los cuales llegamos a un amplio claro rodeado de castaños en cuyo centro se alzaba una pequeña construcción. Era un choza de adobe, con un techo de madera a dos aguas del que sobresalía una pequeña chimenea. Nos detuvimos un instante al borde del claro y miramos en derredor. El lugar parecía desierto, salvo por el humo que brotaba de la chimenea, de modo que echamos a andar hacia la cabaña.

    Entonces, justo en ese momento, la puerta se abrió bruscamente y Abraham Ben Mossé cruzó el umbral a toda prisa. Al vernos, dio un grito de sorpresa y echó a correr hacia nosotros.

    —¡Al suelo! —gritó mientras se aproximaba a la carrera. Nos detuvimos en seco, totalmente desconcertados.
    —Pero ¿qué sucede?... —masculló Hugo.
    —¡Arrojaos al suelo! —volvió a gritar Ben Mossé.

    Y, como si quisiera dar ejemplo, se arrojó a nuestros pies y se cubrió la cabeza con los brazos. Erik, quizá por su entrenamiento militar, fue el único que supo reaccionar y, aunque ignoraba la naturaleza del peligro, imitó prontamente al judío y se lanzó al suelo. Hugo se limitó a arquear las cejas y yo parpadeé, confundido.

    Entonces sucedió.

    De repente, en medio de un estampido ensordecedor, la cabaña reventó en mil pedazos, y yo sentí como si un gigante me diera un manotazo y me lanzara por los aires, y rodé por la hierba hasta tropezar con un árbol, mientras que una lluvia de tierra y cascotes se abatía sobre mí. La brutal detonación se desvaneció en una miríada de ecos, dejándome como recuerdo un desagradable zumbido en los oídos. Alcé, aturdido, la cabeza y vi que Ben Mossé estaba ya en pie, sacudiéndose el polvo de las ropas.

    —¿Os encontráis bien? —preguntó—. ¿Ningún hueso roto?

    Nos incorporamos y, tras estirar los miembros y tantearnos la carnes, decidimos que, aunque un tanto magullados, estábamos en buen estado. El maestro Hugo, atónito, volvió la mirada hacia el amasijo de humeantes minas en que había quedado convertida la cabaña.

    —¿Qué ha pasado?... —musitó.
    —Oh, un pequeño accidente —Ben Mossé contempló las ruinas de su choza y su mirada se iluminó—. Es maravilloso, ¿verdad? ¡Maravilloso!

    Parecía feliz como un niño, lo cual se me antojó del todo absurdo, dada la catástrofe que se había abatido sobre su hogar.

    —Vuestra casa está destruida, Abraham... —observé sin mucho sentido, pues aquello era evidente.
    —¿Mi casa? —el judío me miró con perplejidad—. Ah, no, mi hogar está en Kerloc'h —señaló con un cabeceo las ruinas de la choza y agregó—: Esa cabaña la utilizaba para practicar ciertos experimentos. De hecho, os había convocado en este lugar para mostraros algo... Aunque ya lo habéis visto, ¿no es cierto? Una explosión muy hermosa, bellísima. Pero ya nada tenemos que hacer aquí, así que seguidme.

    Ben Mossé, de muy buen humor, echó a andar de regreso al poblado y nosotros, después de intercambiar unas miradas de perplejidad, fuimos tras él. Un cuarto de hora más tarde llegamos a la casa del judío, una espaciosa construcción de madera situada a las afueras de Kerloc'h. Ben Mossé abrió la puerta con una voluminosa llave de hierro —debía de ser la única casa del poblado que tenía cerradura— y nos franqueó el paso. Al entrar, vimos que la vivienda estaba abarrotada de extraños artefactos y que en el centro de la estancia, sobre una gran mesa, se amontonaban retortas, matraces, frascos y alambiques.

    —Sois alquimista, ¿verdad, Abraham? —comentó Erik, contemplando el raro instrumental.
    —Lo soy, lo soy —rió el judío—. De hecho, nuestro santo y seña, Trismegistos, que significa «tres veces grande», es uno de los atributos de Hermes, el legendario fundador de la alquimia; aunque sólo son leyendas, claro.

    ¿Alquimista? Eso sonaba muy parecido a mago, así que me santigüé para espantar la mala suerte. Ben Mossé advirtió mi gesto y, tras una nueva carcajada, declaró:

    —La alquimia no es magia, Telmo. Cierto es que la practican los árabes y los chinos, pero también los cristianos, incluso los obispos, como ese dominico llamado Alberto Magno. Lo que la alquimia hace es intentar comprender la naturaleza. Por ejemplo, antes visteis que mi choza del bosque saltaba por los aires, ¿verdad? Pues bien, ¿cómo ha sido posible?

    Sin esperar respuesta, el judío abrió un frasco de cristal lleno de un polvo negruzco, cogió un puñado, se aproximó al hogar, donde ardían débilmente unos leños medio consumidos, y arrojó a las llamas la extraña sustancia. Instantáneamente, un intenso fogonazo brotó del hogar y la estancia se llenó de un humo acre que me hizo toser.

    —Pulvis Nigrum —dijo Ben Mossé, sacudiéndose las manos—, también llamado Pulvis Catapultarius. Una sustancia que explota, ¿qué os parece?
    —Oí hablar de ella en España —comentó Erik—. Ahí la llaman «pólvora».
    —Pólvora, sí. La inventó un sabio chino, Sun Simao, hace setecientos años y ha llegado hasta nosotros gracias a los alquimistas árabes. Pero ¿cómo se consigue? ¿Hay que realizar extraños sortilegios y raros conjuros? Nada de eso. Tomamos dos medidas de salitre, una de azufre y otra de carbón de sauce, lo mezclamos todo en un matraz y ya está, obtenemos Pulvis Nigrum.
    —¿Para qué necesitáis pólvora, Abraham? —preguntó Erik.

    Ben Mossé guardó unos instantes de silencio.

    —Ahora hay otros temas que tratar —dijo finalmente—. Ya hablaremos de eso. Sin embargo, ¿para qué quiero pólvora?... Para destruir algo, por supuesto.


    * * *

    Abraham Ben Mossé despejó unos taburetes —que se hallaban atestados de pergaminos y libros— y nos invitó a tomar asiento.

    —Bien, amigos míos —dijo mientras se acomodaba sobre un arcón de madera—, ¿por dónde empezamos? ¿Quizá por la Orden del Águila de San Juan de los Siete Sellos?

    Erik contempló al judío con curiosidad, como si estuviera evaluándole y no le desagradara lo que veía en él.

    —Buena ida —asintió—. Comencemos por los aquilanos. El interior de la casa estaba iluminado por el débil resplandor que se filtraba a través de las láminas traslúcidas de cuerno de carnero que cubrían las ventanas. Ben Mossé, con la mitad del rostro en sombras, se cruzó de brazos y apoyó la espalda contra el muro.
    —La Orden del Águila de San Juan —dijo— apareció en Tierra Santa hará cosa de veinte años. Fue fundada por el noble occitano Corberán de Carcassonne; ya le conocéis: un barón arruinado que se sumó tardíamente a las cruzadas, quizá en busca de fortuna. El caso es que la Orden, aunque poco numerosa, luchó durante muchos años contra los sarracenos, y lo hizo con valor y coraje, nada puede objetárseles en tal sentido. Pero... —Ben Mossé hizo una breve pausa y prosiguió—: Pero la Orden nunca ha sido aceptada por Roma. ¿Y sabéis por qué? Pues porque el gran maestre Corberán jamás le ha solicitado al Papa dicha aceptación.
    —¿Y por eso está interesado el Papa en Kerloc'h? —preguntó el maestro Hugo.
    —Entre otras razones. Tened presente que todas las órdenes militares deben someterse a la autoridad pontificia —Ben Mossé le dedicó una sonrisa a Erik—. Incluso los poderosos templarios. Pero no es ése el único motivo. Se dice que, en Tierra Santa, los aquilanos mantuvieron contactos con ciertas sectas secretas musulmanas, como por ejemplo los seguidores del Viejo de la Montaña, los assissini. Por otro lado, tenemos la misteriosa desaparición de la Orden, hace once años. Y, por supuesto, el robo del tesoro templario de Acre —dudó unos instantes—. Aunque no podemos asegurar a ciencia cierta que los aquilanos estuvieran implicados, claro.

    Erik, cuyo rostro se había ensombrecido al tratar el tema del robo, preguntó:

    —¿Se encuentra Simón de Valaquia en Kerloc'h?
    —¿Simón de Valaquia?... Ah, el templario traidor que se apoderó del tesoro... —Ben Mossé sacudió la cabeza—. Que yo sepa, ningún miembro de la Orden lleva ese nombre, pero es difícil asegurarlo, pues los aquilanos casi nunca abandonan su fortaleza —alzó un dedo, como si quisiera llamar la atención sobre un punto importante—. Y eso —prosiguió— nos conduce a la pregunta clave: ¿Qué están haciendo los aquilanos en Kerloc'h? Veamos, la Orden llegó a Bretaña hace poco más de diez años, y lo primero que hizo Corberán fue donar una cuantiosa suma al gran duque Jean Le Roux. En otras palabras: compró su favor. El duque otorgó a la Orden la encomienda de Kerloc'h, unas tierras incultas y salvajes de muy escaso valor, y se olvidó del asunto. Luego, tras instalarse aquí, los aquilanos iniciaron la construcción de una catedral...
    —¿Y de dónde sale todo ese oro? —le interrumpió Erik—. Los aquilanos carecen de encomiendas y donaciones, pero sobornar a un duque supone mucho dinero, y mucho más cuesta construir una catedral. ¿Cómo pueden afrontar tales gastos?

    Ben Mossé se encogió de hombros.

    —Lo ignoro, señor de Viborg. Vos pensáis que ese dinero procede del tesoro robado, y es muy posible que así sea, mas carecemos de pruebas. Pero eso ahora no importa. Lo que debemos plantearnos es por qué la Orden del Águila está construyendo una catedral aquí, en un remoto lugar muy alejado de las principales rutas y por el que nadie pasa jamás.

    La pregunta quedó suspendida en el aire, como un negro nubarrón que amenazara tormenta. El maestro Hugo se removió inquieto sobre su taburete. Parecía cohibido, cosa que no era de extrañar, pues llevaba mucho tiempo tratando desabridamente a una persona, el judío Ben Mossé, que de pronto se había convertido en el mismísimo representante del Papa.

    —¿Por qué no os identificasteis antes, Abraham? —preguntó el maestro en tono compungido.
    —Quería esperar al resultado del certamen de escultura —respondió Ben Mossé—. Era muy importante que Telmo resultara vencedor.

    Di un respingo al advertir que mi nombre entraba repentinamente en la conversación, y me disponía a formular una pregunta cuando el maestro Hugo se adelantó:

    —No lo entiendo. ¿Qué importancia tiene el concurso?

    Una amplia sonrisa se dibujó en el rostro del judío.

    —¿Habéis estado alguna vez en la fortaleza de los aquilanos, maese Hugo? —preguntó.
    —No...
    —Ni vos ni nadie. Ninguna persona ajena a la Orden ha cruzado jamás las puertas de esa fortaleza. Sin embargo, ahora, esta misma tarde, nuestro joven amigo Telmo entrará en ella para entrevistarse con Corberán. Y, de paso, quizá pueda averiguar qué está ocurriendo tras esos muros.

    Todas las miradas convergieron en mí, lo cual, unido al papel de espía que inesperadamente me tocaba interpretar, me puso muy nervioso.

    —¿Y el maestro Thibaud? —intervine por primera vez, quizá para espantar el silencio que se había abatido sobre nosotros—. ¿No os importa su desaparición?
    —Oh, sí, claro que me importa —repuso Ben Mossé—. Es un elemento más de esta trama, aunque todavía ignoro su significado. Ya veremos...

    Erik se puso en pie y estiró los brazos, como si tanta quietud le hubiera entumecido los miembros.

    —¿Qué nos decís de la explosión que destruyó vuestra cabaña, Abraham? —preguntó.
    —Fue un desafortunado accidente. Sin querer, derramé un candil de aceite sobre un barril de pólvora...
    —¿Y por qué estáis haciendo pólvora?

    Ben Mossé suspiró.

    —Quizá sea preciso destruir lo que se está construyendo.

    El maestro Hugo abrió desmesuradamente los ojos.

    —¿Os proponéis destruir mi catedral? —exclamó, consternado.
    —Confío en que no sea necesario, pero... —el judío volvió a suspirar y completó la frase—: quién sabe.
    —Una cuestión más, Abraham —terció Erik—. Ya sabemos por qué el Papa está interesado en este asunto, y también conocemos los motivos del Temple y de los francmasones. Pero ¿y vos? Sois judío, en nada os atañe lo que aquí pueda suceder. ¿Qué interés tienen los judíos en Kerloc'h?

    Todo atisbo de sonrisa desapareció del rostro de Ben Mossé. Desvió la mirada, cobijándola entre las sombras, y guardó un prolongado silencio.

    —Algunos sabios de mi pueblo practican un arte místico al que llaman cábala —dijo al fin con voz neutra—. La cábala consiste en examinar, según ciertas reglas, los textos sagrados, buscando en ellos nuevas revelaciones. A veces, esas revelaciones adoptan la forma de profecías y el estudioso logra percibir retazos del futuro —hizo una larga pausa—. Hay un hombre sabio, un hebreo llamado Moisés de León, que escribió el Sefer ha-Zohar, el Libro del Esplendor, un tratado sobre la cábala. Hace dos años, cuando se hallaba inmerso en el estudio de las palabras sagradas, Moisés tuvo una visión profética. ¿Sabéis lo que vio? Vio Kerloc'h, vio su catedral, y supo que aquí se dirimiría el destino del orbe, pues el mayor horror que pueda concebirse, la más atroz maldad que podamos imaginar, pronto sentaría sus reales en este remoto rincón de Bretaña —bajó la voz y agregó con un susurro—: Según dicen, su visión fue tan terrible que, de la noche a la mañana, los cabellos de Moisés se volvieron blancos como la nieve.

    Las palabras murieron en sus labios igual que se diluye en la lejanía el eco de un trueno. Sentí que un escalofrío me recorría la espalda, pero mayor aún fue mi sobresalto cuando Ben Mossé clavó en mí su mirada y me señaló con un dedo.

    —Pero Moisés de León vio algo más —dijo en voz muy queda—: Te vio a ti, Telmo, te vio a ti...


    * * *

    No me agradaba lo más mínimo estar en los sueños de un desconocido hebreo. Aquello se me antojaba muy parecido a la hechicería y yo no deseaba enredarme en esa clase de asuntos. Pero debía hacerlo. Tampoco me gustaba verme convertido en espía, mas ¿qué otra alternativa me quedaba?

    Tras la reunión en casa de Ben Mossé, regresamos a las obras de la catedral, aunque lo cierto es que apenas pude concentrarme en el trabajo, pues mi inquietud crecía conforme se aproximaba el momento de encontrarme con el gran maestre Corberán. Después de comer, con escaso apetito y ánimo sombrío, hice de tripas corazón y me dirigí a la fortaleza. Estaba muy cerca del pueblo; bastaba con seguir el sendero que bordeaba la playa y remontar la cuesta hasta lo alto de los acantilados. No serían más de mil pasos, apenas cinco minutos de tranquilo caminar, pero a mí se me antojaron interminables.

    Cuando llegué a la fortaleza, descubrí que el rastrillo del portalón de entrada se hallaba subido, dejando franco el paso, pero tres mercenarios turcos lo custodiaban. Debían de estar advertidos de mi llegada, pues ni siquiera tuve que presentarme; uno de los centinelas, un tipo de grandes mostachos y rostro ceñudo, prendió una antorcha y me indicó por señas que le siguiera. Cruzamos el portal y nos adentramos en un oscuro corredor cuyos muros, de piedra sin desbastar, eran muy viejos y olían a humedad y a moho. De vez en cuando se oían voces en la lejanía, mas el lugar parecía desierto y no nos cruzamos con nadie en todo el trayecto.

    Finalmente, después de dar muchas vueltas por aquellos ominosos pasillos, el turco se detuvo frente a una puerta de madera, la abrió y, con un brusco ademán, me invitó a pasar. Lo hice y me encontré en una espaciosa sala con el techo muy alto y varias ventanas en sus muros. La estancia estaba vacía de todo mueble o adorno, salvo por un banco de trabajo sobre el que descansaba el san Miguel que había tallado para el certamen. A la derecha se alzaba un bloque de mármol rojizo de unas dos varas y media de altura, y entre la talla y la piedra, vestido con una sencilla túnica negra, se encontraba el gran maestre Corberán de Carcassonne.

    —Buenas tardes, Telmo Yáñez —me saludó con una sonrisa. Luego volvió la mirada hacia la talla y dijo—: ¿Sabes? Llevo todo el día preguntándome por qué esculpiste a san Miguel de esta manera.

    Tragué saliva y me aclaré la garganta con un carraspeo. Estaba muy nervioso.

    —Me he fijado en las persona fuertes, señor —musité—. No suelen mostrar tensión, sino tranquilidad, porque están seguras de sí mismas. Eso es lo que quise reflejar en mi escultura.
    —Y a fe mía que lo conseguiste —Corberán apartó la mirada de la escultura y la volvió hacia mí—. Eres un excelente imaginero, muchacho, y además no sigues los patrones tradicionales, haces las cosas a tu manera. Tus esculturas parecen vivas, y ésa es la cualidad que deseo para la imagen que ha de presidir el altar mayor de mi catedral.
    —Procuraré no defraudaros, señor —murmuré.

    Corberán se aproximó a mí y me contempló largamente. Era un hombre fornido, de rostro noble y armonioso, y, aunque debía de rondar los cincuenta años de edad, estaba lleno de energía y determinación. Mas en sus ojos, intensamente azules, se percibía una intensa paz, lo que, unido a la blancura de sus cortos cabellos, le confería una apariencia bondadosa.

    —Estoy seguro de que no me defraudarás —dijo con suavidad—. Y yo te recompensaré generosamente por ello —se aproximó al bloque de piedra—. He mandado traer este mármol del país de los belgas. ¿Crees que te servirá?
    —Depende de lo que queráis que talle, señor...

    Corberán comenzó a pasear de un lado a otro de la sala, como si el movimiento le prestara elocuencia. A medida que hablaba, agitaba las manos con cada vez más entusiasmo.

    —Quiero que esculpas la imagen de un ser angelical. Deseo que des forma a un espíritu luminoso transmutado en humano, que talles una figura llena de poder y de esplendor, el más bello y vigoroso de todos los ángeles, el preferido de Dios. ¿Me comprendes?
    —¿Os referís a san Miguel, señor?

    El gran maestre asintió.

    —Por supuesto; el arcángel Miguel es el favorito de Dios, pues él comandará sus ejércitos cuando llegue la batalla final contra Satanás —su mirada se iluminó—. Al san Miguel que vas a tallar, Telmo, me lo imagino con esa energía contenida que reflejaste en tu talla, pero también desafiante, con la mirada vuelta hacia el cielo, como si retase a un dragón. ¿Entiendes lo que quiero decir, Telmo?
    —Haré unos bocetos y os los mostraré, señor.

    Corberán acogió con un aprobador cabeceo mi propuesta y luego abarcó con un amplio ademán la sala donde estábamos.

    —Trabajarás aquí —anunció—. Vendrás todas las mañanas, a primera hora, y te retirarás al mediodía, para que puedas proseguir con tu trabajo en la catedral. El maestro Hugo asegura que las obras quedarán concluidas en dos meses. ¿Estará acabada la imagen para entonces?

    Me acerqué al bloque de mármol y lo rocé con la yema de los dedos para comprobar su dureza.

    —Creo que sí, señor —repuse—. Al menos, lo intentaré...

    Corberán me regaló una luminosa sonrisa y luego pasó un brazo por mis hombros.

    —Te acompañaré a la salida —dijo mientras me conducía a la puerta—. Los corredores de este viejo castillo son muy sinuosos y resulta fácil perderse —me palmeó amistosamente la espalda—. Tengo muchas esperanzas puestas en ti, Telmo. Estoy seguro de que la imagen que vas a tallar será una obra prodigiosa...

    El gran maestre tenía razón; la escultura en que yo iba a trabajar durante las siguientes semanas sería prodigiosa, pero de un modo muy diferente al que pensaba.


    Capítulo 9


    Ningún suceso de importancia acaeció hasta que Helmut, el maestro albañil, encontró la cripta secreta de la catedral; pero no debo narrar tal incidente ahora, pues hacerlo prestaría a mi relato una falsa impresión de premura, ya que tal cosa tardaría más de un mes en suceder. Lo cierto es que las semanas que siguieron a mi entrevista con el gran maestre estuvieron presididas por una plácida monotonía, como la calma que precede a la tormenta.

    Poco pude decirles a Erik y Ben Mossé sobre la fortaleza de los aquilanos. ¿Qué había visto? Nada. ¿Cabía alguna posibilidad de descubrir algo en el futuro? Ninguna. Ben Mossé mostró mucho interés en la estatua del altar mayor, pero pareció decepcionarse cuando le dije que sería una imagen del arcángel Miguel.

    —¿Por qué san Miguel? —se preguntó a sí mismo en voz alta—. Suponía que la catedral estaría consagrada a san Juan... —torció el gesto—. ¿El arcángel Miguel, dices? Pero si ya tiene un santuario no muy lejos de aquí... —se encogió de hombros y luego me preguntó—: ¿Qué opinas del gran maestre, Telmo?
    —A mi modo de ver —le dije—, Corberán de Carcassonne es un hombre bondadoso y amable, un viejo monje guerrero al que la edad y la experiencia han conferido una singular paz interior.

    A Erik no parecieron convencerle mucho mis argumentos y, en tono impaciente, le preguntó a Ben Mossé qué planes tenía. El judío, tras unos segundos de reflexión, contestó: «Esperar». Y así quedó la cosa.

    Desde aquel día, cada mañana me dirigía a la fortaleza para comentar con Corberán de Carcassonne los diversos bocetos que realizaba, hasta que, tres jornadas más tarde, el gran maestre quedó conforme con uno de ellos. Entonces comencé a esculpir. La primera parte del trabajo era la más pesada y aburrida, pues consistía en eliminar la piedra sobrante del bloque de mármol hasta conseguir las líneas generales de la forma. Para ello utilizaba un pesado martillo de desbastar y, al acabar la mañana, tenía el brazo tan cansado y dolorido de tanto martillear, que a duras penas lograba afrontar las labores que por la tarde me esperaban en la catedral.

    Con frecuencia, mientras trabajaba en la imagen del altar mayor, el gran maestre Corberán me visitaba. Por lo general se limitaba a observarme en silencio, pero a veces charlaba conmigo sobre las técnicas de mi oficio, o me leía pasajes de la Biblia, pues sostenía la opinión de que la palabra de Dios tendría la virtud de inspirar mi trabajo.


    * * *

    Poco después de iniciar el tallado de la estatua tuvo lugar un encuentro muy inquietante. Por lo usual, cada mediodía, al concluir mi jornada de trabajo, venía a buscarme uno de los centinelas turcos y me conducía a través del dédalo de corredores hasta la salida de la fortaleza. Sin embargo, cierto día no fue así: dieron las doce de la mañana y nadie vino a buscarme. Una hora más tarde, cuando mi vacío estómago comenzaba a protestar, me asomé por la puerta y di unas voces, pero nadie contestó. Al cabo de otra media hora quedó claro que se habían olvidado de mí, de modo que prendí un candil de aceite y abandoné el taller por mi cuenta.

    Pensaba que, después de haber recorrido varias veces los pasillos de la fortaleza, me resultaría fácil encontrar la salida, pero estaba equivocado; aquello era un laberinto en el que no tardé en perderme. Pasé mucho rato dando vueltas y más vueltas, siempre en total soledad, lo cual me dejó perplejo, pues se suponía que en aquel baluarte, entre aquilanos y mercenarios, debía de haber unos sesenta hombres; mas no encontré ni rastro de ellos.

    Finalmente, unos diez minutos más tarde, acabé desembocando en un largo corredor, al final del cual podía verse la luz del sol filtrándose por una estrecha ventana. No sabía dónde estaba, pero sí que no había pasado antes por ahí, de modo que eché a andar pasillo adelante. Y entonces, una figura surgió de las sombras y se detuvo a unos veinte pasos de donde yo me encontraba.

    Era un hombre muy alto, enteramente vestido de negro. No podían distinguirse bien sus rasgos, pues el resplandor de la ventana apenas incidía sobre él, pero advertí que su mirada era negra e intensa —con las pupilas como agujas candentes clavadas en mí—, y que tenía la nariz larga y curvada, como... ¿como el pico de un cuervo?

    —¿Qué haces aquí, niño? —preguntó con voz carente de inflexiones.

    Me detuve en el acto y tragué saliva. La voz de aquel hombre, sin ser del todo amenazadora, le helaba a uno la sangre en las venas, y su estampa, negra como una sombra, con la mano diestra descansando sobre el pomo de la espada, no contribuía tampoco a tranquilizarme.

    —Yo... yo... —balbucí—. Soy... Telmo Yáñez y...
    —¿Qué haces aquí? —repitió él en tono helado.
    —Pues... estaba esculpiendo y... bueno, no han venido a buscarme y he buscado la salida... y me he perdido...

    Una sonrisa de hielo brilló entre las sombras.

    —Vaya, vaya; así que tú eres el amiguito de Corberán, el que le está construyendo su preciosa estatua —la sonrisa se disolvió en la oscuridad—. No vuelvas a abandonar el taller sin compañía. ¿Me has entendido?
    —Sí, señor...
    —Aguarda aquí y no se te ocurra moverte de donde estás. Enviaré a uno de mis hombres a buscarte.

    La negra silueta desapareció entre las sombras y yo me quedé en medio del corredor, muerto de miedo sin saber por qué. Poco después llegó uno de los mercenarios turcos y me condujo a la salida.

    Mientras me dirigía al poblado, bajo un sol cuyo resplandor jamás se me había antojado tan reconfortante, me juré a mí mismo que nunca, por ningún motivo, volvería a internarme yo solo en la laberíntica fortaleza de los aquilanos.


    * * *

    Entre tanto, las obras de la catedral de Kerloc'h se aproximaban a su fin. El verano estaba siendo inusitadamente seco y la ausencia de lluvia permitía que las labores de construcción se desarrollaran a buen ritmo. Las bóvedas estaban prácticamente concluidas y sólo llevaba algo de retraso la torre del campanario, pues su altura era inmensa.

    A finales de julio llegó a Kerloc'h la gran campana que ocuparía la cúspide de la torre cuando ésta quedara concluida. Había sido forjada en una fundición de Quimper y era tan grande y pesada que para su traslado fue preciso emplear un gran carro tirado por seis bueyes. La descomunal campana, protegida por balas de paja, se guardó en un cobertizo, a la espera de que llegara el momento de izarla a la torre.

    Por lo demás, la vida en el poblado seguía su curso. El maestro Hugo dirigía las obras con mano firme, afanándose en cumplir los plazos comprometidos con el gran maestre. A principios de agosto se presentaron, procedentes de la encomienda normanda de Renneville, los quince templarios cuya llegada Erik había anunciado. Vinieron en secreto, simulando ser trabajadores de la piedra, aunque estoy seguro de que llevaban un buen número de armas ocultas en sus alforjas. Hugo, para su infortunio, tuvo que ocuparlos en la cantera, y pronto nos encontramos con más material de construcción del que jamás podríamos hacer uso.

    En cuanto a mis compañeros daneses, a Loki apenas le veía y Gunnar parecía feliz transportando piedras en la obra —supongo que lo consideraba un buen ejercicio para sus ya de por sí enormes músculos—; pero Erik llevaba mal la inactividad. Su ánimo se tornó taciturno y solía pasear de un lado a otro, como una fiera enjaulada. Ben Mossé, por su parte, se tomaba las cosas con gran tranquilidad, aunque andaba un tanto preocupado, pues le costaba encontrar el azufre que precisaba para fabricar su tan preciada pólvora.

    Muchas tardes, mientras yo estaba en la logia tallando modillones o capiteles, me visitaba el loco Korrigan y se quedaba unos minutos a mi lado, viéndome trabajar. Al cabo de un rato solía decir en su falso latín:

    —Tu magnificus sculptor —luego se alejaba renqueando, mientras proclamaba a voz en cuello—: Magister est Telmo Yáñez! Summus magister est!

    Al parecer, desde que compartí con él mi almuerzo, aquel pobre tullido me había tomado gran aprecio, profesándome un afecto al que, si he de ser sincero, yo correspondía, pues me agradaba su bondadosa inocencia. También me visitaba con frecuencia Valentina, la hija de Hugo. Llegaba a la logia a media tarde y se pasaba las horas observándome trabajar, en silencio, con curiosidad y —creo yo— un punto de embeleso. Y es que Valentina, desde el momento en que gané el certamen de escultura, cambió por completo su actitud hacia mí, pasando de la altanera indiferencia que me mostraba en un principio a la admiración, y de ésta a un interés que, pese a su juventud, nada tenía de infantil.

    Yo me repetía una y otra vez que sólo era una niña y me forzaba a no mirarla siquiera, lo cual resultaba de lo más incómodo, pues seguíamos compartiendo dormitorio en la casa del maestro. Una tarde, no recuerdo cuándo, me hallaba en la logia tallando un capitel cuando apareció Valentina. Estábamos solos, así que la muchacha, aprovechando la intimidad, se aproximó a mí y me preguntó:

    —Telmo, ¿quieres ser maestro constructor, como mi padre?
    —Así es —contesté sin mirarla—. Pero si las mocosas como tú no dejan de distraerme, nunca llegaré a serlo.

    Valentina ignoró el comentario y se quedó mirándome muy seria.

    —Pues si te propones ser un lathomus, lo conseguirás —dijo con determinación—. Y entonces serás rico y afamado, vivirás entre la nobleza y te codearás con los obispos —meditó unos instantes y concluyó—: Por eso, Telmo, he decidido que me casaré contigo.

    Dejé caer el martillo y el cincel sobre el banco y me quedé mirando a la muchacha de hito en hito.

    —¿Te has vuelto loca? —exclamé—. ¡No pienso casarme contigo!
    —Sí que lo harás —replicó ella con firmeza.
    —No, no lo haré. ¿Y sabes por qué? Porque no me gustas; eres demasiado joven y descarada.

    Valentina sonrió, totalmente segura de sí misma.

    —Sí que te gusto —dijo con picardía—. Pero piensas que todavía soy una niña y eso te incomoda —se encogió de hombros—. No importa, puedo esperar —irguió el busto y agitó un dedo delante de mi nariz—. Pero escucha una cosa, Telmo Yáñez: no te quepa la menor duda de que, tarde o temprano, tú y yo nos casaremos.

    Dicho esto, Valentina se dio la vuelta y abandonó la logia con la dignidad de una gran dama. Debo reconocer que la determinación de aquella muchacha daba un poco de miedo.

    Y, en fin, así fue pasando el tiempo en Kerloc'h, sin sobresaltos, sosegadamente... Hasta que un día, poco antes de la Virgen de Agosto, Helmut descubrió uno de los secretos de la catedral. Aquel día, yo me había demorado más de lo usual en la fortaleza, porque, tras concluir la forma general de la escultura, había comenzado a trabajar los detalles, labor ésta que me absorbía hasta el punto de hacerme olvidar las exigencias de mi estómago. Llegué, pues, a las obras de la catedral un par de horas después del almuerzo y me encontré al maestro Hugo esperándome muy agitado.

    —¿Cómo es que llegas tan tarde? —me preguntó; y sin esperar respuesta, prosiguió nerviosamente—: Tenemos que reunimos. Ahora mismo. Helmut ha descubierto algo en la catedral, algo muy importante. Pero no logro encontrar a ese templario, el de Viborg. ¿Sabes dónde está?

    Últimamente, Erik y Gunnar solían dirigirse al bosque por las tardes, aunque ignoraba exactamente adonde. Así se lo dije al maestro y él me contestó:

    —Ve a buscarle, Telmo; es muy urgente. Yo iré a por Ben Mossé y nos encontraremos en la catedral. ¿De acuerdo? ¡Vamos, date prisa!

    Eché a correr hacia el bosque y estuve un rato recorriendo las arboledas cercanas al poblado. Al cabo de media hora, mientras seguía un sendero paralelo al cauce seco de un arroyo, escuché el sonido de un entrechocar metálico que parecía provenir de un calvero situado detrás de unos castaños, cerca de donde yo estaba. Me dirigí allí, sorteando las zarzas y los espinos que cubrían esa zona del bosque, mas cuando finalmente llegué casi me caigo del sobresalto.

    Porque, en efecto, eran Gunnar y Erik quienes estaban en medio del claro; pero lo que hacían era blandir sus espadas el uno contra el otro, en lo que me pareció un duelo a muerte.


    * * *

    Al principio creí que iban a matarse, tal era la ferocidad de sus golpes, pero luego advertí que Loki también se encontraba allí, sentado sobre una piedra, contemplando tranquilamente el enfrentamiento. Me aproximé a él y le pregunté alarmado qué pasaba.

    —Nada —contestó—. Practican.

    Volví la mirada hacia la escena del combate. Reconozco que en aquel momento, fascinado por la pericia con que ambos contrincantes esgrimían sus armas, me olvidé del maestro Hugo y de nuestra urgente cita en la catedral. Fijándome bien, me di cuenta de que los golpes no los descargaban con el filo, sino con el plano de las espadas, pero aun así la lid era terrible. De hecho, el que parecía llevar la peor parte era Erik, pues apenas podía hacer otra cosa que contener los ataques de Gunnar, mucho más alto y fuerte que él.

    Durante un buen rato, el gigantesco normando no cesó de descargar su pesada espada contra Erik, que a duras penas lograba bloquear los golpes con el escudo, y que sólo de vez en cuando contraatacaba con alguna tímida finta. Gunnar era un contrincante temible, y eso quedó patente cuando, al poco, Erik se vio obligado a retroceder, primero lentamente, luego a zancadas, esquivando por escasas pulgadas los brutales mandobles que le dirigía el gigante. De pronto, como colofón a una salvaje acometida, Gunnar descargó su espada de derecha a izquierda, asestando un golpe tan potente que le arrancó a Erik el escudo de las manos.

    El templario, viéndose indefenso, retrocedió un par de pasos, hasta que su espalda tropezó con uno de los castaños que bordeaban el claro. Durante un par de interminables segundos, los contendientes permanecieron inmóviles, mirándose fijamente, como si el tiempo se hubiera suspendido.

    De pronto, Erik enarboló la espada con ambas manos y, profiriendo un grito, se abalanzó contra Gunnar. Hasta yo, que no sé nada de esgrima, me di cuenta de que, atacando a pecho descubierto, Erik quedaba al alcance del arma de su rival, e igualmente lo supo Gunnar, que, con una sonrisa de triunfo, lanzó el plano de su espada contra el costado de Erik. Pensé que ahí se acababa el combate, y así fue, pero no del modo que había supuesto.

    Porque un instante antes de que el arma de Gunnar le alcanzara, Erik se arrojó al suelo, dio una voltereta y quedó de rodillas frente al gigante, el brazo derecho extendido y la punta de su espada suspendida justo a una pulgada del estómago de su contrincante. Al comprender que, si Erik no hubiese contenido su inesperado ataque, aquella finta habría sido mortal, Gunnar profirió una seca maldición, arrojó su arma al suelo y se alejó unos pasos mascullando quién sabe qué en su indescifrable idioma. Loki comenzó a aplaudir y Erik, sin hacer alarde de su victoria, se secó el sudor que le perlaba la frente y recogió el caído escudo. Entonces se percató de mi presencia.

    —¿Qué haces aquí? —me preguntó, todavía jadeante. De pronto, recordé el encargo del maestro Hugo.
    —Helmut ha encontrado algo en la catedral —repuse apresuradamente—. Maese Hugo dice que debemos reunimos con él y con Abraham ahora mismo.

    Sin perder un instante, Erik le entregó sus armas a Loki y juntos nos dirigimos a Kerloc'h. Encontramos al maestro en compañía de Helmut y Ben Mossé, aguardándonos en el pórtico de la catedral.

    —¿Dónde estabais? —preguntó Hugo con los brazos en jarras—. Llevamos una eternidad esperándoos...
    —Telmo dice que habéis hallado algo —le interrumpió Erik—. ¿El qué?

    Hugo le dirigió una mirada de soslayo a Helmut. El maestro albañil, cuyo rostro mostraba una seriedad más extrema de lo usual, nos indicó con un gesto que le siguiéramos, abrió el portalón de entrada y se introdujo en el templo. El sol del atardecer se filtraba por los coloreados cristales del rosetón, proyectando sobre las losas del suelo la roja silueta de un águila. Nuestros pasos despertaron un enjambre de ecos mientras cruzábamos la nave central. Helmut se detuvo junto al muro norte y nos dijo:

    —Llevo semanas registrando la catedral, pero hasta ayer no se me ocurrió buscar pasajes ocultos, así que pasé toda la noche golpeando las paredes. Hasta que llegué aquí —señaló un paño del muro— y descubrí que sonaba a hueco.

    Había una gruesa argolla de hierro encastrada en la pared. Helmut la cogió con ambas manos y tiró de ella con fuerza. Mientras lo hacía, una parte del muro comenzó a descorrerse, mostrando el oscuro pasadizo secreto que había detrás.


    * * *

    El pasadizo oculto era en realidad una pequeña escalera que se adentraba siete u ocho varas en el subsuelo, hasta desembocar en una cripta. Helmut prendió una antorcha y comenzamos a bajar los escalones, adentrándonos en una oscuridad que el tenue resplandor de la tea no lograba disipar del todo.

    El interior de la cripta parecía enteramente vacío, salvo por las cuatro gruesas columnas que sustentaban la bóveda; sin embargo, cuando Helmut avanzó unos pasos, la luz de la antorcha nos reveló que en el centro de la estancia había... algo, no sé muy bien cómo llamarlo. Eran cinco grandes lajas de piedra hincadas verticalmente en el suelo, formando un semicírculo; frente a ellas se alzaba una especie de lecho de piedra con varias acanaladuras talladas en su superficie.

    —¿Qué es esto?... —musitó Erik.
    —Un altar pagano —repuso Ben Mossé.
    —¿Aquí, en una catedral? —pregunté, sorprendido.
    —No debería extrañarte, Telmo. Muchos templos se erigen sobre lugares que han sido considerados sagrados por otras religiones. Una catedral puede muy bien construirse sobre los cimientos de una ermita, que a su vez fue edificada sobre un templo romano, y éste pudo alzarse encima de los restos de un santuario muy anterior, como el que ahora tenemos delante, que es celta —el hebreo señaló el lecho de piedra—. Fijaos en esos canalillos; sirven para recoger la sangre de las víctimas —sonrió al ver mi cara de espanto—. Oh, sí, Telmo, los celtas realizaban sacrificios humanos, y creo que ésta es una de sus aras.

    Me estremecí al pensar en las macabras ceremonias que allí debían de haberse celebrado, pero la rudeza primitiva de aquel altar me repelía y fascinaba al tiempo, como el ídolo de madera que vi en el camino a Kerloc'h. Entonces advertí que sobre una de las losas que formaban el semicírculo, la central, había un extraño dibujo toscamente cincelado. Era una figura humana de cuyo cráneo surgían unos cuernos de ciervo.

    —Es Cernunos —me informó Ben Mossé—, el dios celta de la fertilidad y las cosechas.
    —Pues parece un diablo...
    —Los dioses de los vencidos son los demonios de los vencedores —sentenció el hebreo; luego, volviéndose hacia Hugo, le dijo—: Este descubrimiento es muy interesante, maestro, pero no parece conducirnos a parte alguna.
    —Hay algo más —terció Helmut—. También encontré esto...

    El germano se aproximó a uno de los muros de la cripta y bajó la antorcha hasta iluminar algo que había en la pared, a poco más de un palmo del suelo. Era una marca trazada con pintura de color pardo rojizo.




    Se produjo un largo silencio. Erik se arrodilló frente al extraño signo y preguntó:

    —¿Qué es?
    —Una marca de cantero —respondí sin dejar de mirarla.
    —Pero no una cualquiera —dijo Helmut— Es la marca de Thibaud de Orly, el maestro desaparecido.
    —Lo que no entiendo —terció Hugo— es qué motivo pudo tener el maestro Thibaud para pintar aquí su marca...

    Erik rascó con una uña el signo del muro y luego, tras olfatear el pardo pigmento, dijo:

    —Esto no es pintura. Es sangre. Sangre seca.


    * * *

    Después de que abandonáramos la cripta secreta, Helmut presionó la argolla del muro y el pasadizo volvió a cerrarse: La catedral seguía desierta, pues el maestro Hugo había ordenado que nadie entrase en ella, pero hasta nosotros llegaban con nitidez las voces de los operarios que trabajaban en lo alto de la torre.

    —Esa cripta no está en los planos —dijo Hugo—. Hablaré con el gran maestre Corberán y...
    —¡No! —le cortó, tajante, Ben Mossé—. Nadie debe saber que hemos descubierto la cripta, pues eso nos pondría en evidencia.
    —¿Qué haremos entonces? —preguntó Erik.
    —Esperar.

    El danés resopló con impaciencia.

    —Es absurdo estar mano sobre mano. La marca de Thibaud de Orly trazada con sangre en esa cripta revela que aquí sucedió algo terrible. En tal caso, ¿por qué no actuamos de una condenada vez? Somos casi veinte los templarios que estamos en Kerloc'h; podríamos apoderarnos de Corberán de Carcassonne y obligarle a hablar.

    Ben Mossé sacudió la cabeza.

    —Pero si hiciéramos eso —objetó—, los aquilanos correrían a quejarse al duque Juan y éste, como protector suyo, no sólo enviaría soldados a Kerloc'h, sino que además formularía serias quejas ante Roma por haber permitido que el Temple mandara en secreto tropas a Bretaña. No, no, no, eso no es inteligente. Sean cuales sean los planes de los aquilanos, no los llevarán a cabo hasta que la catedral esté concluida. De modo que aguardaremos a que las obras finalicen —se volvió hacia Hugo—. Y, hablando de la catedral, ¿qué me decís de ella? Vos conocéis la obra de Thibaud de Orly.
    —El maestro Thibaud no diseñó el edificio —replicó Hugo—; sólo se ocupó de dirigir las obras. Quien dibujó los planos de la catedral fue el propio Corberán.
    —¿Y qué os parece el resultado?

    Hugo se encogió de hombros e hizo un vago ademán que parecía abarcar la iglesia entera.

    —Que este templo no va a durar mucho —dijo—. Se ha construido demasiado deprisa, sin permitir que la argamasa fraguase adecuadamente. Ya han aparecido muchas grietas, y puedo asegurar que, en no más de medio siglo, la catedral de Kerloc'h será una ruina —volvió a encogerse de hombros—. Pero de esto ya le advertí al gran maestre Corberán, y no pareció importarle lo más mínimo.

    Ben Mossé reflexionó unos instantes.

    —Si los aquilanos tienen tanta prisa por acabar su catedral —dijo—, ¿por qué pararon las obras hace dos años?
    —Quizá se les acabó el dinero —sugirió Hugo.
    —Lo dudo —terció Erik de mal humor—; dinero tienen de sobra.
    —En efecto, nunca les faltó el oro —convino Ben Mossé—. Entonces, ¿por qué pararon las obras y despidieron a los trabajadores?
    —Pues no lo sé —reconoció Hugo—; pero lo cierto es que las obras no estuvieron detenidas más de cinco o seis meses. Poco después de desaparecer el maestro Thibaud, llegué yo y contraté nuevos obreros.

    Se produjo un largo silencio, aunque no un silencio auténtico, pues los ruidos provocados por los albañiles que trabajaban en lo alto de la torre del campanario, el martilleo de sus herramientas, sus comentarios y conversaciones, llegaban a nosotros tan claramente como si estuvieran a nuestro lado. Ben Mossé pareció darse cuenta de este extraño fenómeno, pues se dirigió hacia la cabecera del templo y alzó la mirada para otear a través del hueco de la torre. Luego, mesándose pensativo la barba, se volvió hacia nosotros.

    —Es curioso —dijo—; la torre actúa como una bocina y amplifica los sonidos que se producen en su cúspide —alzó las cejas con perplejidad—. Y eso significa que cuando la campana esté en lo alto, y suene, se oirá mucho más dentro de la catedral que fuera de ella...


    Capítulo 10


    El templo fue coronado veinte días más tarde. En la jerga de nuestro gremio, «coronar un edificio» significa terminar la techumbre, y eso había ocurrido en la catedral de Kerloc'h. Los albañiles concluyeron las bóvedas y los carpinteros instalaron sobre ellas un tejado a dos aguas. Luego, retiraron las cimbras y los andamios del interior, y la catedral, a falta de instalarse el altar mayor, quedó lista para su uso.

    Por lo general, las coronaciones se celebraban con una fiesta, pero aquella vez no fue así, pues en realidad las obras todavía no habían concluido, ya que faltaba por rematar la torre del campanario. Con todo, muchos artesanos finalizaron sus contratos y poco a poco comenzaron a abandonar Kerloc'h. Se fueron en primer lugar los vidrieros y los plomeros; luego partieron los canteros, la mitad de los albañiles y gran parte de los carpinteros. A finales de agosto, de los ochenta y tres artesanos que había en la obra cuando llegué, sólo quedábamos veintiséis. Pero, mientras esto sucedía, Korrigan el loco, el tullido, me visitó cierto anochecer para revelarme un secreto y plantearme un enigma.

    Como mi presencia en las obras ya no era necesaria, solía pasar mañana y tarde en la fortaleza, esculpiendo la estatua de san Miguel. Por tal motivo, el tallado de la imagen avanzaba a buen ritmo; ya había concluido la forma de la escultura y los detalles del busto, y ahora sólo me faltaba rematar la parte inferior. Cuando terminaba la jornada me dirigía a la playa, pues los baños de mar tenían la virtud de distender mis cansados músculos. Sin embargo, a finales de agosto el tiempo comenzó a empeorar; cayeron varios chubascos, preludio del otoño, y las noches se tornaron más frías. Fue precisamente durante el atardecer de mi último baño en el mar cuando tuvo lugar aquel extraño encuentro.

    El sol era una rojiza esfera flotando sobre el horizonte marino. Salí temblando del agua y me sequé con premura, pues el frescor de la brisa parecía clavarme agujas en la piel. Tras vestirme, me dirigí a la catedral en busca del maestro Hugo, pero la jornada había terminado y la obra estaba desierta. Recuerdo que me quedé unos instantes contemplando el templo, ya prácticamente acabado, y pensé que me recordaba algo, aunque no supe precisar qué. Entonces, alguien me llamó:

    —¡Telmo!

    Di un respingo. A mi derecha, al pie de los andamios que cubrían el campanario, se encontraba Korrigan, indicándome por señas que me acercara a él. Lo hice y el loco bretón me recibió con los brazos abiertos.

    —Tú eres amigo mío, Telmo, ¿verdad?
    —Claro que sí, Korrigan...
    —Yo también soy tu amigo, y por eso te voy a contar un secreto.

    De pronto, me di cuenta de que Korrigan no hablaba empleando su habitual jerga latina. Además, en aquel momento parecía completamente cuerdo. Fui a decir algo, pero él me interrumpió:

    —No hables, Telmo, y escucha: hace dos semanas descubristeis la cripta oculta. ¿Sí?
    —¿Cómo lo sabes?

    Korrigan esbozó una taimada sonrisa.

    —Yo estaba allí, oculto entre la sombras, espiando —se inclinó hacia mí y susurró—: Hace dos años también estaba en la catedral, escondido, la noche que mataron al maestro Thibaud.
    —¡Qué dices! —exclamé, sorprendido.
    —¡Shhh!... —siseó, indicándome por señas que bajara la voz—. Al maestro Thibaud lo mataron en la cripta, yo lo vi.
    —¿Quién lo mató?
    —Ellos —el rostro de Korrigan se frunció en una mueca de terror—. Ellos lo mataron, y también mataron a los once masones que se quedaron con el maestro. A espada y cuchillo, así los mataron.
    —Pero ¿quiénes fueron?
    —Ellos —repitió Korrigan, como si la identidad de los asesinos fuera evidente—. Demonios con forma humana.

    Me pasé una mano por los cabellos, todavía húmedos, y reflexioné unos instantes. Probablemente, aquella historia no era más que la fantasía de un loco, pero...

    —¿Por qué los mataron? —pregunté.
    —Porque sabían cosas que no debían saber. Porque construyeron un lugar oculto en la catedral.
    —La cripta.
    —No, no, no; la cripta no. Otro lugar secreto. Había muchos trabajadores, pero los despidieron para que nadie viese lo que iban a construir maese Thibaud y los que se quedaron con él —abrió mucho los ojos—. Construyeron el infierno, Telmo, el infierno. Ésa es la cámara secreta que no habéis encontrado todavía. Yo la vi sólo una vez, pero luego se llevaron al maestro y a los once artesanos al infierno y nunca más me atreví a entrar. Mas ahora, porque eres mi amigo, lo haré otra vez. Entraré en el infierno.
    —¿Dónde está ese lugar?

    La mirada de Korrigan, que hasta entonces se había mostrado totalmente cuerda, pareció extraviarse de nuevo.

    —Yo creía que el infierno estaba abajo, Telmo, en las cavernas —murmuró—. Pero está arriba —profirió una loca risotada y, volviendo a su acostumbrada jerga, exclamó—: Inter ut et sol porta infernorum est! —echó a correr de repente y, mientras se perdía en la oscuridad, agregó—: ¡Volaré al infierno por ti, Telmo!

    Aquella noche, cuando regresé al poblado, le conté a mis amigos lo que me había dicho Korrigan, pero ni el maestro Hugo, ni Helmut, ni Ben Mossé parecieron tomarse demasiado en serio lo que probablemente sólo eran los delirios de un loco. No obstante, Ben Mossé me pidió que volviera a hablar con el bretón e intentara averiguar si había algún sentido en su historia. Pero no pude hacerlo.


    * * *

    Porque al día siguiente, al comenzar la jornada de trabajo, los compañeros encontraron el cadáver de Korrigan en la catedral.

    El cuerpo apareció bajo el hueco de la torre, reventado contra las losas del suelo. El maestro Hugo dijo que Korrigan debía de haber subido al campanario por los andamios y, quizá a causa de la oscuridad, se precipitó al interior del templo. Ciento cincuenta varas de caída. Un desgraciado accidente.

    Mas yo no me lo creí. Había visto muchas veces a Korrigan trepar por los andamios y era demasiado ágil como para dejarse caer. Además, ¿qué hacía de noche en la torre? Por otro lado, resultaba muy sospechoso que Korrigan sufriese un percance justo al día siguiente de hablar conmigo y revelarme algo que quizá no fuera tan absurdo como al principio parecía.

    Comencé a sentir miedo.

    Lo enterramos aquel atardecer, en el pequeño cementerio de Kerloc'h, rodeados por una densa niebla que impedía ver el mar, bajo el vuelo de las gaviotas. Ni siquiera sabíamos cómo se llamaba aquel desdichado, pues «Korrigan» era un apodo, el nombre que en Bretaña se da a los duendes. De modo que eso pusimos en la sencilla cruz de madera que presidía su tumba: Korrigan. El duende.

    Recuerdo que, mientras maese Hugo rezaba unas oraciones por su alma, no pude evitar que dos lágrimas se deslizaran por mis mejillas, pues aquel pobre demente, cuya inocencia le hacía tan noble como un rey, me había honrado con su amistad.

    Mas el tiempo de la pena pasó como un suspiro, pues tan sólo dos días más tarde tuvo lugar la ejecución. Y con ella se abrió la antesala del terror.


    * * *

    Se llamaba Perraud y había trabajado hasta hacía poco en las obras de la catedral. Yo no le conocía, jamás había reparado en él; era uno más entre otros mucho peones. Pero fue sorprendido robando.

    Una gallina, eso fue lo que robó. Ya no había trabajo para él en la obra, no tenía dinero, pero sí mucha hambre, de modo que robó una miserable gallina. Por desgracia para él, el dueño del animal le sorprendió con las manos en la masa. Primero le molió a palos, después le llevó a la fortaleza para que los Caballeros del Águila le juzgaran. Fue hallado culpable y condenado a muerte. En aquellos tiempos, el robo, como casi cualquier otro delito, estaba castigado con la horca, y no sólo en Kerloc'h, sino en toda la cristiandad.

    El gran maestre proclamó un bando por el que se convocaba a todo el pueblo frente al patíbulo para asistir al castigo. Por aquel entonces, con las obras de la catedral a punto de finalizar, Kerloc'h contaba con poco más de cien habitantes, y todos sin excepción, hombres, mujeres y niños, nos reunimos al amanecer frente al patíbulo para presenciar la ejecución. Los dos ahorcados que había visto cuando llegué al poblado seguían colgando de las cuerdas, convertidos ahora en pálidos esqueletos.

    Media hora después de despuntar el alba, un destacamento formado por quince mercenarios turcos abandonó la fortaleza y se aproximó al lugar donde nos encontrábamos. Con ellos llevaban al condenado a muerte, un hombre enflaquecido y tembloroso que tenía las manos atadas a la espalda y una expresión de pavor en el rostro.

    Los turcos se detuvieron frente al cadalso y adoptaron una actitud de espera. Perraud, el condenado, dirigió una patética mirada al gentío que le rodeaba en silencio, como buscando entre aquellos rostros un gesto de amistad o de consuelo, mas sólo encontró indiferencia y expectación, así que desvió la vista y, sin pretenderlo, sus ojos se toparon con los dos esqueletos que pendían de las cuerdas. Entonces se echó a llorar.

    Hay gente, la mayoría, que disfruta con las ejecuciones, pero yo no me cuento entre ellos. El espectáculo de la muerte siempre me ha parecido triste y desagradable, así que aparté la mirada de aquel pobre hombre y la volví hacia Erik y Hugo, que se encontraban a mi lado. El maestro parecía impaciente, pues la ejecución suponía una indeseada interrupción de las obras; el templario, por su parte, no mostraba expresión alguna.

    Al cabo de un buen rato de tensa espera, un jinete partió de la fortaleza montando un corcel azabache. Al principio apenas pude distinguirlo, pues la neblina del amanecer le envolvía como un blanco sudario de gasa, pero luego, conforme se fue aproximando, advertí que se trataba de un individuo alto, vestido de negro, con el rostro alargado y una prominente nariz aguileña. ¡Era el hombre con el que me había topado cuando me extravié en la fortaleza!

    —Es Corvus —susurró Hugo—, el capitán de la tropa.

    De modo que ése era el jefe de los mercenarios turcos. Había oído hablar de él muchas veces, y siempre con temor, pero a causa del encierro en que se mantenían los aquilanos jamás le había visto en público. Corvus llegó a nuestra altura y bajó del caballo. El silencio era tan profundo que, mientras se acercaba pausadamente a sus mercenarios, sólo se percibía el tintineo de sus armas. Se detuvo frente a Perraud y, con aparente indiferencia, sacó de entre los pliegues de su capa un pequeño rollo de pergamino al que echó un rápido vistazo.

    —Perraud de Bourges —proclamó—: has sido encontrado culpable de latrocinio y condenado a la pena de muerte. En mis manos tengo un edicto rubricado por el gran maestre en el que se ordena tu ejecución en la horca —hizo una larga pausa y luego, señalando con un indolente ademán a los esqueletos que pendían de las cuerdas, prosiguió—: Por desgracia, el patíbulo está ocupado, de modo que no podrás ser ahorcado —se volvió hacia los mercenarios y ordenó—: Soltadle.

    Sonó un murmullo de sorpresa. Uno de los turcos cortó las ligaduras de Perraud y éste, entre dichoso y anonadado, comenzó a balbucear una torpe ristra de agradecimientos mientras se frotaba las muñecas. Corvus le interrumpió con un brusco gesto.

    —Que no vayas a morir en la horca no significa que estés libre. Eso deberás ganártelo —señaló al mercenario que había cortado las ligaduras y le ordenó—: Dale tu arma.

    El turco desenvainó su espada y se la entregó al estupefacto Perraud: que la cogió entre sus temblorosas manos como si no supiera qué era aquello ni para qué servía.

    —Te voy a dar una oportunidad, Perraud —prosiguió Corvus—; lucharemos y, si me vences, quedarás libre. Para ser justos, y como sé que no eres hombre de armas, contaré hasta treinta. Mientras lo haga, no empuñaré mi espada ni me defenderé, pero tú podrás hacer lo que quieras. ¿Está claro? —esbozó una fría sonrisa, se cruzó de brazos y comenzó a contar muy despacio—: Uno... dos... tres... cuatro...

    Perraud estaba paralizado. Sostenía flojamente la espada entre las manos, con la hoja caída, y había una patética expresión de terror en su rostro. Al llegar a diez, Corvus dejó de contar y le espetó:

    —Más vale que aproveches tu ventaja, estúpido. ¿O crees que tendrás alguna oportunidad cuando empuñe mi arma?

    El condenado dudó unos instantes y luego, profiriendo un alarido, descargó su espada contra el capitán de los mercenarios. Mas la acometida fue tan torpe que éste logró esquivarla con toda facilidad. Perraud intentó de nuevo herir al aquilano, sin conseguirlo, y siguió haciéndolo una y otra vez. Mientras el condenado descargaba inútiles golpes, Corvus proseguía la siniestra cuenta: diecinueve... veinte... veintiuno...

    El gentío parecía disfrutar con el espectáculo y reía ante las patéticas acometidas del condenado, y aclamaba los ágiles movimientos de Corvus, pero a mí se me antojaba una escena innecesariamente cruel. Estaba claro que Perraud no tenía la menor oportunidad de salir con vida, de modo que ese juego siniestro nada tenía de divertido.

    Finalmente, como era inevitable, la cuenta llegó a su término y Corvus, tras pronunciar «treinta» con toda lentitud, desenvainó su acero y se enfrentó al condenado. Con los ojos desorbitados de pavor, Perraud intentó echar a correr, pero los mercenarios turcos habían formado un corro en torno a los combatientes y le impidieron la huida, de modo que se vio obligado a enfrentarse a Corvus, que se le acercaba con una cruel sonrisa en los labios.

    Presintiendo el final del combate, la gente había enmudecido. Acorralado, Perraud lanzó un grito, alzó su arma con ambas manos y acometió a la desesperada contra Corvus. Éste, con estudiada indiferencia, esquivó el ataque y descargó una vertiginosa estocada. La afilada hoja atravesó el estómago del condenado y surgió, tinta en sangre, por su espalda. Perraud bajó lentamente la mirada y contempló con incredulidad la mortal herida que le sesgaba el cuerpo. Entonces, repentinamente, Corvus desclavó su arma, giró sobre sí mismo haciendo un molinete y descargó el filo de la espada contra el cuello de su víctima. La cabeza de Perraud rodó por el suelo.

    Cerré los ojos y me mordí los labios. Giré la cabeza al tiempo que intentaba contener una arcada. La multitud rugía a mi alrededor. Cuando abrí de nuevo los ojos, me encontré contemplando el rostro de Erik. El danés se había calado la capucha, como si quisiera ocultar el rostro, y en su mirada había una expresión de ira tan intensa que me sobresalté. Tenía la mandíbula encajada y los labios apretados en un rictus de furia. La cicatriz que le cruzaba el rostro había adquirido un tinte rabiosamente rojizo.

    —¿Qué sucede, Erik? —musité.
    —Es él... —masculló entre dientes, con la vista fija en un punto situado más allá de mí; y agregó—: Es Simón de Valaquia...

    Tardé unos segundos en recordar que Simón de Valaquia era el templario traidor que había robado el tesoro de Acre. Con un estremecimiento, me giré hacia donde miraba Erik... Y vi a Corvus, el capitán de los mercenarios, que en aquel momento limpiaba la ensangrentada hoja de su espada en las ropas del hombre que acababa de matar.

    Tragué saliva.

    ¿Corvus era Simón de Valaquia?


    * * *

    —Simón de Valaquia trabaja para la Orden del Águila —dijo Erik en tono muy tenso—; es el capitán de sus tropas. ¿Qué más pruebas necesitamos?

    Después de la ejecución, Erik había insistido en que nos reuniéramos en la logia. El maestro Hugo, más preocupado por cumplir los plazos de las obras que por resolver el misterio de Kerloc'h, accedió a regañadientes, pero Ben Mossé mostró mucho interés en la revelación del normando, aunque en el fondo creo que ya sabía, o al menos sospechaba, que Corvus era el templario traidor. Helmut, como siempre, se mantuvo en silencio, a la expectativa.

    —Todavía no ha llegado el momento de actuar —repuso, paciente, Ben Mossé.

    Erik encajó los dientes con mal reprimida furia.

    —Entonces, ¿cuándo? —se puso en pie y comenzó a recorrer la logia a grandes pasos—. Esa maldita catedral ha sido financiada con el tesoro robado al Temple. Antes sólo lo sospechábamos; ahora lo sabemos a ciencia cierta. ¡Prendamos, pues, a Simón! Es un traidor y ni siquiera el duque Juan podrá impedir que le llevemos a París para ser juzgado.

    Ben Mossé se mesó el extremo de su puntiaguda barba. La única autoridad que poseía era la de ser delegado del Papa, pero este rango quedaba debilitado por su condición de judío, de modo que cada vez le costaba más contener la impaciente cólera del danés. Sin embargo, la fuerza del hebreo no procedía de su relativa autoridad, sino de su inteligencia.

    —Permitidme una pregunta, señor de Viborg —dijo tras una larga pausa—: ¿cómo os proponéis llevar a cabo esa acción? Veamos, en la cantera tenéis quince hombres y aquí, en Kerloc'h, sois tres. En total, dieciocho. Pero los aquilanos, que jamás abandonan la protección de su baluarte, son unos sesenta, entre caballeros y mercenarios. ¿Pensáis sitiar con menos de veinte soldados una fortaleza ocupada por el triple de guerreros?

    Erik torció el gesto, incómodo ante la evidente fragilidad de sus planes.

    —Podríamos introducirnos en la fortaleza por sorpresa —objetó con escasa convicción.
    —Es un laberinto —intervine yo—. Al cruzar la entrada del baluarte se entra en un dédalo de corredores en el que a buen seguro os perderíais. Supongo que lo construyeron así para prevenir una incursión enemiga.

    Sobrevino un pesado silencio. Erik, muy malhumorado, comenzó a golpear la palma de su mano izquierda con el puño derecho. Al cabo de un largo minuto, Ben Mossé le preguntó a Hugo:

    —¿Cuándo concluirá la construcción del campanario?
    —Estamos esperando a que fragüe la argamasa. Luego, habrá que subir la campana y coronar la torre con un pináculo —el maestro se encogió de hombros—. Dadas la prisas que tiene Corberán, yo creo que estará concluida en el plazo de tres semanas. Un mes a lo sumo.
    —¿Y la estatua del altar mayor? —me preguntó el hebreo.
    —La acabaré en unos quince días —respondí.

    Ben Mossé reflexionó unos instantes.

    —La Orden del Águila de San Juan le robó una fortuna al Temple, de acuerdo —dijo finalmente, como si intentara ofrecernos una recapitulación de sus pensamientos—. ¿Qué han hecho con el dinero robado? Construir una catedral, aquí, en el más remoto rincón de Occidente. La pregunta es: ¿por qué? Jamás acudirán fieles a este templo, pues los cristianos más cercanos se encuentran a cincuenta millas de distancia. Entonces, ¿para qué derrochar una fortuna construyendo algo que no va a servir para nada? —clavó la mirada en el danés—. Lo que debemos averiguar, señor de Viborg, es qué se proponen los aquilanos, y para responder a eso tenemos que esperar a que concluyan las obras de la catedral.

    Erik respiró hondo y alzó un dedo en gesto de muda advertencia.

    —Un mes —dijo—. Esperaré un mes y, luego, actuaré según crea conveniente.

    Dicho esto, el templario abandonó la logia dando un portazo.


    * * *

    Una semana más tarde, al anochecer, cuando volvía de la fortaleza después de una jornada de trabajo, me encontré a Helmut esperándome a la entrada del pueblo.

    —¿Podemos hablar un momento, Telmo? —me preguntó.
    —Claro.

    El germano se acarició la nuca, pensativo.

    —Llevo tiempo pensando en lo que Korrigan te contó el día anterior a su muerte... Dijo que en la catedral había una estancia oculta, ¿no es cierto?
    —Sí.
    —Pero he registrando el templo de arriba abajo, y lo único que he encontrado ha sido la cripta.
    —Korrigan aseguraba que había otra cámara secreta. La llamaba «el infierno». Pero probablemente sólo eran fantasías.
    —Quizá... —Helmut hizo una pausa—. No obstante, Korrigan te dijo algo más, ¿verdad? En esa jerigonza que solía emplear.
    —Sí, fue algo así como inter ut et sol porta infernorum est.

    Helmut se rascó la cabeza, pensativo.

    —El caso —dijo— es que he estado preguntando por ahí y uno de los albañiles, Raimundo, que de pequeño cantó en el coro de su parroquia, me ha dicho que ut y sol son notas musicales1 ¿Lo sabías?
    —No sé nada de música, pero la frase de Korrigan sigue siendo absurda. ¿Qué es eso de una puerta entre dos notas?

    Helmut guardó un largo silencio. Volví la mirada hacia las aguas del mar, ahora tintadas de rojo por las luces del crepúsculo. El rumor de las olas y los graznidos de las gaviotas se sumaban al susurro de la brisa. Hacía un poco de frío.

    —No, no parece tener mucho sentido —dijo por fin el germano, aunque había un deje de duda en su voz. Se encogió de hombros—. En fin, supongo que no tiene importancia. Buenas noches, Telmo.

    Se despidió de mí con un cabeceo y echó a andar, no en dirección al poblado, sino hacia las obras de la catedral. Fue la última vez que le vi.

    Al día siguiente descubrimos que Helmut de Colonia había desaparecido sin dejar rastro.


    * * *

    1 En el medievo, la actual nota «do» se llamaba «ut».

    Capítulo 11


    Le buscamos por todas partes; recorrimos los bosques y las veredas, los montes cercanos y la quebrada costa, pero no dimos con él. Incluso los aquilanos, avisados por el maestro Hugo, destacaron varias patrullas para rastrear la zona. Nadie encontró la menor huella del germano.

    Algunos sugirieron que Helmut se había ido de Kerloc'h por propia voluntad, mas eso era imposible, pues en la casa donde vivía encontramos todas sus posesiones, incluyendo las herramientas que le eran imprescindibles para la práctica de su oficio. Otros plantearon la posibilidad de que, tras sufrir un accidente en los acantilados, el mar se hubiera tragado su cuerpo. El tiempo demostró que eso tampoco era cierto. Fuera como fuese, la búsqueda se interrumpió al cabo de tres días.

    Pero yo no podía evitar sentirme preocupado. Dos personas muy distintas, Korrigan y Helmut, habían muerto o desaparecido justo después de hablar conmigo. Lo único que tenían en común era su interés por una cámara secreta que, supuestamente, se encontraba oculta en la catedral. ¿Qué clase de estancia era ésa, que mataba a la gente? Si es que existía, pues muy bien pudiera ser que tanto la muerte de Korrigan como la desaparición de Helmut fueran accidentales.

    Mas yo no lo creía así, no, y en el fondo de mi ánimo sentía crecer la trémula llama del desasosiego. Debo reconocer que, a partir de entonces, procuré mantenerme alejado de la catedral, como si temiera que aquel edificio pudiera devorarme. No obstante, las exigencias del trabajo acabaron por imponerse y, del mismo modo que Helmut desapareció, su recuerdo fue difuminándose, hasta convertirse en un enigma en el que sólo de vez en cuando reparábamos.

    A principios de septiembre, para San Gregorio, se procedió a izar la campana hasta la cúspide de la torre. Para ello, el maestro Hugo convocó a los habitantes del poblado, pues la operación precisaba de toda la fuerza muscular disponible.

    El día amaneció nublado y pronto comenzó a caer una fina llovizna que todo lo empapaba. Sacaron la campana del cobertizo donde estaba guardada y, transportándola sobre grandes rodillos, la introdujeron en la catedral, y la colocaron justo bajo el hueco de la torre. Luego, mediante un complejo sistema de sogas y poleas, comenzamos a izarla.

    La campana era enorme; según me dijeron, pesaba casi cuatrocientos cincuenta quintales. Hicieron falta dos troncos de bueyes y medio centenar de hombres para conseguir elevarla, y aun así sólo podíamos alzarla unas pocas varas a cada intento, depositándola sucesivamente en los andamios reforzados que los carpinteros habían dispuesto, a distintas alturas, en el interior del campanario. Era una labor lenta, penosa y delicada, ya que debíamos cuidarnos de evitar que la campana oscilase y se golpeara contra los muros.

    El maestro Hugo dirigía la compleja tarea con el rostro tenso de preocupación, pues estaba convencido de que la argamasa de la torre no había fraguado del todo y temía que la estructura no soportara el tremendo peso de la campana. Además, el gran maestre de los aquilanos se había presentado inesperadamente para supervisar los trabajos y Hugo deseaba causarle buena impresión. A media mañana, mientras se disponían las sogas y las poleas, Corberán se aproximó a mí con una sonrisa en los labios y, tras pasarme afectuosamente un brazo por los hombros, me dijo:

    —Hola, Telmo Yáñez, mi brillante imaginero —señaló con un leve cabeceo la campana y agregó—: Es hermosa, ¿verdad?

    Todavía estaba cubierta de paja, de modo que no podía verla, pero le dije que sí, que era muy bella. Corberán asintió, complacido, y me preguntó:

    —¿Sabes cómo se forja una campana? ¿No? Primero se construye un modelo a tamaño natural, con yeso y arcilla de París, y se recubre con una capa de cera del mismo espesor que el deseado para la campana. A continuación, se cubre todo con una mezcla de yeso y estuco. Luego, se aplica calor al conjunto y la cera derretida cae fuera por unos pequeños agujeros, dejando una cavidad entre los dos elementos de yeso. Por último, se practica un orificio en la parte superior y se llena la cavidad con bronce fundido. Cuando se enfría, rompemos el molde... y ahí está la campana —su expresión se tornó soñadora—. Es maravilloso, ¿verdad? Bronce que clama convocando a los fieles, o dando las horas, o anunciando el advenimiento de un día sagrado. En cierto modo, las campanas son la voz de las iglesias...

    Las palabras murieron en sus labios y, de soslayo, advertí que el gran maestre paseaba la vista por los muros del templo, acariciando con los ojos las vidrieras, los arcos, las columnas y los capiteles. Era la suya una mirada de amante que, en vez de a una mujer, hubiese escogido como objeto de su pasión a un edificio. No pude evitar que me conmoviera su expresión de embeleso, y pensé que si Corberán de Carcassonne estaba detrás del robo del tesoro del Temple, como sostenía Erik, su falta sería un pecado de amor, pues amor era lo que aquel hombre sentía por su catedral.

    La tarea de izado se demoró hasta el atardecer. Cuando finalmente la campana ocupó su lugar en lo alto de la torre, subí por los andamios exteriores y me quedé mirando cómo retiraban las balas de paja que la protegían. Ante mis ojos se desnudó su piel de bronce, y contemplé con asombro, bajo la dorada luz del ocaso, los dragones y los reptiles que la adornaban, tan bellos y delicados como el trabajo de un platero.

    Recuerdo que mientras estaba allí, en lo alto del campanario, uno de los obreros golpeó accidentalmente la campana con un martillo. Fue un toque muy leve, apenas un roce, pero bastó para arrancar del bronce un sonido profundo y claro, un tañido tan sobrecogedor que pareció atravesarme el cuerpo y alcanzar mi alma.


    * * *

    Al día siguiente, los albañiles comenzaron a construir el pináculo de la torre, una bovedilla de piedra rematada por una elevada aguja. La construcción de la catedral estaba llegando a su fin; los carpinteros desmontaron todos los andamios, salvo los que se encontraban en el exterior del campanario, y comenzaron a abandonar las obras, igual que el resto de los artesanos y la casi entera totalidad de los peones, hasta que sólo quedamos allí poco más de una docena de trabajadores.

    A medida que el número de operarios menguaba, Kerloc'h se iba despoblando. Los comerciantes cerraron sus tiendas, los cantineros sus tabernas, y poco a poco, junto a un variopinto grupo de pañeros, sacamuelas, tintoreros, herreros y prostitutas, fueron partiendo en busca de ciudades más prósperas donde ejercer sus oficios. Poco antes de que llegara el otoño, mientras los días se volvían más cortos y las noches más frías, el número de habitantes de Kerloc'h se redujo a medio centenar de personas.

    El trece de septiembre, por San Eulogio, concluí el tallado de la estatua destinada al altar mayor. En realidad, no tenía previsto acabarla ese día, pues aún estaba puliendo su superficie y retocando los detalles, pero el gran maestre Corberán se presentó en el taller a primera hora de la tarde y, tras contemplar unos instantes mi trabajo, dijo:

    —Ya está. Has acabado.

    Sentí que el corazón me daba un vuelco.

    —Pero aún falta mucho por hacer, señor —protesté—. He de corregir algunos detalles y pulir el acabado...
    —No, Telmo; la estatua está terminada —me sonrió paternalmente—. Mírala y comprobarás que tengo razón.

    La miré. Llevaba dos meses mirándola, pero intenté contemplarla como si la viera por primera vez. La escultura representaba a un hombre joven y hermoso, una versión humana del arcángel Miguel desnudo, con los músculos llenos de vigor y potencia, y los largos cabellos rizados ondeando al viento. La había esculpido con la pierna derecha algo adelantada y la mano diestra alzada al cielo formando un puño. Tenía el rostro noble y armonioso, con la enérgica mirada fija en lo alto y una expresión de desafío en ella, como si retara a un dragón. Para esculpirla, no había seguido las normas tradicionales, sino que lo había hecho de acuerdo a los cánones clásicos, al estilo de los romanos, procurando imitar lo mejor posible la realidad de la naturaleza. Tras examinar la talla de ese modo, con ojos nuevos, comprendí que el gran maestre tenía razón: mi trabajo había concluido.

    —Es magnífica, Telmo —dijo Corberán sin dejar de contemplar la estatua—. Parece viva, como si el ángel fuera a moverse en cualquier momento. Y ese rostro hermoso y altivo... Ah, muchacho, en verdad no me has defraudado. Tu recompensa será grande, no lo dudes. Sin embargo, todavía falta un pequeño detalle: quiero que grabes esto en el pedestal de la estatua.

    El gran maestre me entregó un pergamino con unos extraños signos pintados:




    —Es el nombre del arcángel Miguel escrito en letras hebreas —me informó el gran maestre—. ¿Cuánto tardarás en tallarlo?
    —Una hora como mucho.

    Corberán me dedicó una aprobadora sonrisa.

    —Volveré, pues, dentro de una hora —dijo—. Y traeré conmigo el salario que tan justamente te has ganado.

    Grabé la inscripción en el plazo previsto. Cuando regresó, Corberán me entregó una bolsa de cuero en cuyo interior resonaba el tintineo metálico de unas monedas. Al abrirla descubrí que contenía cien besantes de oro, una cantidad muy superior a la que usualmente se pagaba por una escultura.

    —Es demasiado, señor... —musité, contemplando incrédulo el dorado brillo de las monedas.
    —Tonterías —replicó el gran maestre—. Has trabajado mucho y bien; ningún otro imaginero podría haber creado una imagen más bella, y eso no tiene precio.

    Recordé entonces que aquel dinero muy bien podía ser el fruto de un robo, pues, si Erik tenía razón, procedía del tesoro templario de Acre, y sentí una punzada de remordimiento. Pero luego, al contemplar la bondadosa expresión del gran maestre, me dije que era imposible que aquel hombre pudiera ser un ladrón, y que probablemente ignoraba que el capitán de sus tropas, Simón de Valaquia, Corvus o como fuera que se llamase, era en realidad un traidor y un asesino.

    —Mira la estatua —dijo Corberán, interrumpiendo el hilo de mis cavilaciones—; imagínatela en el altar mayor de la catedral. ¿Se te ha ocurrido pensar en toda la devoción que recibirá esa piedra que tú has tallado? —se situó frente a mí, puso sus manos sobre mis hombros y me miró largamente, como lo haría un padre con su hijo—. Te echaré de menos, Telmo; esta fortaleza parecerá más solitaria ahora que ya no escucharemos el martilleo del mazo contra el cincel.


    * * *

    Tras concluir el tallado de la estatua, me encontré repentinamente sin nada que hacer. A falta de terminar el pináculo del campanario, los trabajos de la catedral habían concluido y ya no era necesaria mi presencia en las obras. Por otro lado, a Erik, Gunnar y Loki apenas los veía, pues pasaban la mayor parte de su tiempo en el bosque, supongo que entrenándose, o en la cantera, junto a los quince soldados templarios que allí se ocultaban. El maestro Hugo permanecía todo el día encerrado en la logia, ocupado en cuadrar las cuentas de la obra, y Ben Mossé estaba enfrascado en la tarea de hacer pólvora, aunque solía quejarse de las dificultades que tenía para encontrar el azufre necesario.

    De modo que me hallaba desocupado, aburrido y solo. Es cierto que a veces me reunía con Valentina para jugar a las tabas o a las tres en raya, pero a la muchacha se le había metido en la cabeza que nos íbamos a casar y, a las primeras de cambio, se ponía a hacer planes sobre nuestro matrimonio, algo que a mí me crispaba los nervios. Así que solía dar largos paseos a lo largo de la costa, disfrutando en soledad de la calmada y bella naturaleza bretona.

    Fue en el curso de uno de esos paseos cuando encontré aquel... No sé muy bien cómo llamarlo. Estaba a menos de una milla de Kerloc'h, hacia el sur, medio oculto entre unas zarzas. Era un pequeño montículo de piedras de forma cónica sobre el que alguien había colocado numerosos amuletos confeccionados con huesecillos y piedras coloreadas, así como varias figuras de ídolos paganos toscamente talladas en colmillos de jabalí. Al pie del montículo había un gallo con el cuello cortado, como si fuera un sacrificio ofrecido a un dios desconocido.

    Le hablé a Ben Mossé acerca de mi hallazgo y él, sin darle mucha importancia, dijo que probablemente era un altarcillo levantado por los nativos para ahuyentar los demonios. Aquello me hizo pensar; desde que estaba en Kerloc'h, al único bretón que había visto era Korrigan, pues los restantes moradores de la zona evitaban el poblado hasta el punto de que jamás se veía a nadie por los alrededores. Sin embargo, erigían secretamente altares en las cercanías del pueblo para protegerse de los demonios. ¿A qué le tenía tanto miedo aquella gente?

    Por algún motivo, el descubrimiento del altar pagano me sumió en un estado taciturno y lúgubre, y durante mis paseos no podía dejar de pensar en la extraña desaparición de Helmut y en la cripta secreta que el maestro albañil encontró bajo la catedral. Tampoco lograba quitarme de la cabeza la marca de Thibaud de Orly trazada con sangre en el muro, y me preguntaba cuál podía haber sido la suerte del maestro. Entonces recordaba al loco Korrigan cuando me dijo que Thibaud y los once masones fueron asesinados por demonios con forma humana. Ellos, decía, ellos los mataron...

    Pero ¿quiénes eran «ellos»?

    Lo cierto es que me sentía necio e inútil, pues nada había logrado con mi viaje a Kerloc'h y, tras más de dos meses de estar allí, no había avanzado ni un paso en mi misión de averiguar el paradero del maestro Thibaud. De algún modo, mi sombrío estado de ánimo pareció encontrar reflejo en todo lo que me rodeaba. El clima se tornó frío y desapacible, la niebla era muy densa por las mañanas y solían caer intensos chaparrones a media tarde. Los albañiles que trabajaban en el campanario sufrían un sinnúmero de pequeños accidentes y todos estábamos nerviosos y de mal humor, como si una oscura presencia se cerniese sobre nosotros.

    Una noche, mientras dormía en la casa del maestro Hugo, me despertó un grito ahogado. Abrí los ojos y vi que Valentina se había incorporado sobre su jergón y, con un rictus de terror en el rostro, lloraba desconsoladamente. En la oscuridad de la sala, me aproximé a ella.

    —¿Qué te pasa? —le pregunté alarmado.

    Valentina me miró durante un instante, asustada, como si no me reconociese, y luego se abrazó fuertemente a mí.

    —Estaba en un bosque, Telmo —gimoteó—, un bosque muy raro, con los árboles de piedra..., y entonces apareció una jauría de lobos... Eran espantosos, con los ojos rojizos y espuma en las fauces, y yo quería correr pero no podía moverme... —se estremeció—. Entonces vi a un lobo que caminaba erguido como un hombre... y se acercaba a mí con un cuchillo entre sus garras... y yo sabía que iba a matarme, pero no podía huir...

    Le acaricié la cabeza, intentando tranquilizarla, y musité que sólo había sido una pesadilla. Sin embargo, por alguna razón que no pude discernir, el mal sueño de Valentina me produjo una gran inquietud; tanta, que aquella noche no logré volver a dormirme. Quizá, de un modo u otro, presentía que la auténtica pesadilla estaba a punto de desencadenarse, pues poco después los albañiles remataron el pináculo del campanario, concluyéndose así las obras de la catedral. Por este motivo, el gran maestre Corberán hizo congregar a los últimos habitantes de Kerloc'h para comunicarnos a todos lo que había dispuesto.

    Y sus órdenes no pudieron ser más insólitas.


    * * *

    Fue el diecinueve de septiembre. Los albañiles habían concluido el pináculo de la torre por la mañana y, tras instalar la aguja de hierro que lo coronaba, dieron por finalizadas las obras. Aquella misma tarde, el gran maestre nos convocó frente a la catedral, y ahí nos reunimos después de comer los cincuenta y dos habitantes que le quedaban a Kerloc'h. Constructores y peones, sus familiares y los escasos comerciantes que todavía no se habían marchado, todos aguardábamos expectantes.

    Corberán de Carcassonne no tardó en hacer acto de presencia, acompañado por su usual séquito compuesto por seis caballeros del Águila, severos e inexpresivos, tan semejantes a sombras en virtud de los negros ropajes con que se cubrían. Nada más llegar, el gran maestre bajó de su montura, remontó lentamente las escaleras que conducían al pórtico del templo y allí, desde lo alto, nos dijo:

    —La construcción de la catedral de Kerloc'h ha llegado a su fin en los plazos previstos. Estoy muy complacido por el trabajo realizado y es de justicia felicitar públicamente a los responsables. Por ello, os anuncio que todos los trabajadores recibirán dos meses de salario extra como muestra de mi gratitud.

    Un murmullo de alegre sorpresa se alzó por encima de los congregados; sonaron aplausos y se escucharon no pocos vítores. Corberán aguardó a que se acallaran las voces y prosiguió:

    —Hay algo más. Como sabéis, tanto Kerloc'h como las tierras que lo rodean pertenecen a la Orden del Águila de San Juan y yo, como gran maestre, poseo potestad sobre cuanto ocurra en estos dominios —hizo una pausa—. Por ello, en razón de mi autoridad, ordeno que el pueblo sea totalmente desalojado en el plazo de dos días a partir del presente.

    Aquello nos dejó boquiabiertos. ¿Debíamos abandonar Kerloc'h? ¿En tan sólo dos días? Al cabo de unos segundos de pasmado silencio, el anterior murmullo de sorpresa se trocó en un clamor de consternación. Corberán alzó la voz para hacerse oír:

    —A los constructores y artesanos os aconsejo que os dirijáis a la cercana Quimper. Allí se está erigiendo una catedral y podréis encontrar trabajo hasta que llegue el invierno. En cuanto a los comerciantes, ya que estáis obligados a dejar vuestras tiendas, cada uno recibirá una compensación de dos mil maravedíes. Pero todos, absolutamente todos, deberéis abandonar Kerloc'h antes del veintiuno de septiembre —su expresión se endureció—. Y todo aquel que permanezca en el poblado a partir de esa fecha, deberá atenerse a las consecuencias —hizo una larga pausa y agregó—: Ahora, mis hombres se ocuparán de pagar los salarios y compensaciones.

    Corberán bajó los escalones y se dirigió hacia su caballo. El maestro Hugo, visiblemente agitado, le salió al paso y comenzó a hablarle. Yo estaba demasiado lejos para escuchar lo que le decía, pero advertí que el gran maestre contestaba a las palabras de Hugo con tajantes negativas. A mi alrededor, la gente se miraba entre sí, desconcertada. Por un lado, la orden de abandonar Kerloc'h de forma tan apresurada era preocupante, mas la lluvia de dinero que inesperadamente caía sobre ellos les colmaba de alegría.

    Vi que Erik y Ben Mossé se encontraban medio ocultos tras unas pilas de maderos y me aproximé a ellos. El danés se mantenía silencioso e inexpresivo, aunque la cicatriz del rostro, por lo usual pálida, había adquirido ahora un rabioso tono rojizo, señal ésta de una gran tensión interior. Ben Mossé parecía aturdido y confuso, y sus pupilas iban de un lado a otro como si no supieran dónde posarse.

    Escuché un retumbe de cascos y vi que Corberán de Carcassonne y dos de sus hombres partían al galope camino de la fortaleza. Entre tanto, los cuatro aquilanos restantes habían sacado de sus alforjas unas bolsas llenas de monedas y comenzaban a realizar los pagos establecidos. Haciendo indignados aspavientos, Hugo se acercó a nosotros.

    —¡Ese hombre ha perdido el juicio! —exclamó—. Pero si la catedral no está todavía terminada... ¿Y la imaginería del interior? ¿Y las pinturas? ¡Por amor de Dios, el templo se encuentra vacío y desnudo! —exhaló una bocanada de aire—. Pero el gran maestre Corberán no quiere escucharme. Según él, las obras se han acabado y no hay nada más que hablar. Yo le he dicho que ni siquiera hemos retirado los andamios del exterior de la torre, y él me ha contestado que no importa, que ya los quitarán ellos mismos. ¿Os lo podéis imaginar?... Ni siquiera desea examinar las cuentas de la obra; dice que le importa un bledo si cuadran o no. ¡Es increíble! Además, ¿sabéis lo que ha hecho? ¡Ha cerrado con llave la catedral y nos ha prohibido la entrada en ella! Que nos marchemos, eso es lo único que dice...