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    Slide 1     Slide 2     Slide 3










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    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
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    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    UNA BODA IMPREVISTA (Jacquie D'Alessandro)

    Publicado el domingo, julio 13, 2014

    Austin Randolph Jamison, flamante duque de Bradford, pasea por las espesuras de sus ajardinadas posesiones con la mirada cansada mientras dentro de la mansión familiar los invitados disfrutan de una animada fiesta. No parece existir la celebración capaz de devolverle el honor de su hermano William: un héroe caído en la guerra de Waterloo a quien un vergonzoso anónimo tilda de traidor. Cuando la advenediza Elizabeth Matthews, una norteamericana recién desembarcada en el Londres de 1816, aparece en los jardines de su opulenta residencia, Austin apenas sospecha que los labios escarlata de esa mujer contienen la respuesta a todos los secretos que el la moral de la época pretende disimular.

    Elizabeth y William emprenderán el ardiente camino de sus labios, perturbados por las visiones que convulsionan el frágil cuerpo de ella cada vez que acaricia una mano entre las suyas. Elizabeth ha nacido con el don de observar el futuro y antes de que Austin la desprecie por bruja, sus predicciones sembrarán de incógnitas y misterios el dulce camino de la pareja hacia exaltar. Pese a que Elizabeth distingue el resplandor de las guadañas bajo la luna, Austin no se amedrentará en su cruzada por averiguar el auténtico paradero de su presunto hermano muerto. Para entonces, Elizabeth habrá renunciado al amor de su príncipe, convencida de que después del matrimonio el destino sólo existe para depararle un hijo muerto. Sólo el yugo ardiente del deseo podrá desafiar el fatalismo de las premoniciones.


    Este libro está dedicado, con todo mi cariño y mi más profunda gratitud, a Deborah Smith, Sandra Chastain, Anne Busyhead y Ann Howard White por lanzarme una cuerda de salvamento cuando me hallaba a la deriva y a punto de irme a pique.

    También lo dedico a mis críticas colegas Donna Fejes, Susan Goggins y Carina Rock por amansar las aguas procelosas e izarme de nuevo a bordo cada vez que he querido abandonar el barco.

    Y, como siempre, dedico el libro a mi increíble y maravilloso esposo Joe, el capitán de mi corazón, que tanto me ha apoyado, y a mi estupendo hijo Christopher, alias capitán Junior, de quien estoy tan orgullosa.


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    Inglaterra, 1816


    Austin Randolph Jamison, noveno duque de Bradford, observaba a sus invitados desde un recoveco sombrío. Las parejas daban vueltas sobre la pista de baile: un arco iris de mujeres que lucían joyas y atuendos caros acompañadas por caballeros impecablemente vestidos. Cientos de velas de cera de abeja titilaban en las arañas de luces, bañando en un cálido brillo el salón donde se celebraba la fiesta. Más de doscientos miembros de la alta sociedad se habían reunido en aquella casa, y a Austin le habría bastado con extender el brazo para tocar a una docena de personas.

    Pero nunca se había sentido tan solo.

    Salió de la sombra, cogió una copa de brandy de la bandeja de plata de un criado que pasaba por allí y se la llevó a los labios.

    —Ah, por fin lo encuentro, Bradford. He estado buscándolo por todas partes.

    Austin se quedó paralizado, reprimiendo un exabrupto. No sabía con certeza quién le había hablado, pero no importaba. Sabía, en cambio, por qué la persona que se encontraba detrás de él lo había estado buscando, por lo que se le hizo un nudo en el estómago. No tenía escapatoria, así que se bebió la mitad de su brandy de un trago, se preparó mentalmente y se volvió.

    Lord Digby se encontraba ante él.

    —Acabo de visitar la galería, Bradford —dijo Digby—. El nuevo retrato de William con su uniforme militar es magnífico. Me parece un homenaje muy adecuado. —El redondo rostro adoptó una expresión ceñuda mientras sacudía la cabeza—. Qué espantosa tragedia, morir en su última misión.

    Austin se obligó a hacer un cortés gesto de asentimiento.

    —Estoy de acuerdo.
    —Aun así, es un honor morir como un héroe de guerra.

    Austin notó una presión creciente en el pecho. Héroe de guerra. Ojalá fuese cierto. Sin embargo, la carta que guardaba bajo llave en el cajón de su escritorio había confirmado sus sospechas de que no lo era.

    De pronto le vino a la mente una fugaz imagen de William, esa última imagen desgarradora que ya nada podría borrar. Un sentimiento de culpa y arrepentimiento se apoderó de él, y sus dedos apretaron con fuerza la copa de brandy.

    Aire. Necesitaba desesperadamente respirar aire fresco para aclarar sus pensamientos. Tras ofrecer una disculpa, se encaminó hacia las puertas vidrieras.

    Caroline, su hermana, sonrió al verlo, y él le devolvió una sonrisa forzada. Aunque las reuniones sociales lo aterrorizaban, le complacía ver a Caroline tan contenta. Hacía demasiado tiempo que esa chispa de alegría despreocupada no le iluminaba el hermoso rostro, y si para hacerla feliz él tenía que desempeñar el papel de anfitrión en ese maldito baile, eso era precisamente lo que haría. A pesar de todo, hubiera deseado que Robert estuviese allí y no viajando por el continente. Su jovial hermano menor se desenvolvía mucho mejor que él en ese papel.

    Haciendo caso omiso de las miradas de curiosidad que se habían posado en él, Austin salió del salón en dirección a los jardines. Ni el dulce perfume de las fragantes rosas en el aire veraniego ni la luna llena, cuya luz teñía de plata el paisaje, lo pusieron de mejor humor ni relajaron sus agarrotados músculos. Algunas parejas paseaban por allí, conversando en voz baja, pero Austin, resuelto a disfrutar de unos minutos de paz, no les prestó atención.

    No obstante, incluso mientras enfilaba un sendero muy bien cuidado, sabía en el fondo que esa paz estaba fuera de su alcance.

    ¿Adivinaría alguien la verdad? No, se respondió con decisión. Todos —Caroline, Robert, su madre, el condenado país entero— creían que William había muerto como un héroe, y Austin estaba dispuesto a pagar cualquier precio por mantener viva esa ilusión, por proteger a su familia y la memoria de su hermano del desastre.

    Pronto llegó a su destino, una zona privada rodeada por setos altos, en el borde exterior de los jardines. La visión del banco de piedra desocupado era la más reconfortante que había tenido esa noche. Un refugio.

    Con un suspiro de alivio, se sentó y estiró las piernas, dispuesto a disfrutar de ese remanso de paz. Se llevó la mano al bolsillo para sacar su cigarrera dorada, pero se detuvo al oír un ruido procedente de los setos.

    Los arbustos se separaron y Austin vio a una joven que intentaba abrirse paso entre ellos. Resollando y murmurando para sí, trataba en vano de liberarse de las ramas que se le habían enredado en el cabello y enganchado en el vestido.

    Austin apretó los dientes y reprimió un juramento. Sabía que de nada serviría rezar para que ella se marchase. Últimamente sus plegarias no habían sido escuchadas muy a menudo.

    La joven no cesaba de revolverse y barbotar en los arbustos. Debía de ser una mocosa que se había escabullido del baile para encontrarse clandestinamente con su amante. O tal vez se tratara de otra insensata en busca de un título y empeñada en llevarlo al altar. Incluso era posible que lo hubiese seguido hasta el jardín. Presa de la frustración, se levantó para marcharse.

    —¡Maldición! —exclamó la joven, desesperada.

    Tiró del vestido con impaciencia para desengancharlo del matorral, pero no lo logró. Entonces aferró la falda con las dos manos y estiró con todas sus fuerzas. Se oyó el inconfundible sonido de la tela al rasgarse.

    Liberada repentinamente del aprisionamiento de los arbustos, salió disparada hacia delante y cayó de bruces sobre la hierba húmeda. A causa de la violencia de la caída, sus pulmones expulsaron todo el aire de golpe.

    —Estos malditos vestidos de baile... —masculló, sacudiendo la cabeza como para aclararse la vista—. Acabaré matándome por su culpa.

    Austin apretó los puños. Su primer impulso fue el de escapar antes de que ella reparase en su presencia, pero vaciló al verla en el suelo, inmóvil. Tal vez estuviese herida. Por mucho que lo sedujese la idea de dejarla ahí tirada para que se pudriese, no podía hacerlo. Esperaba que, si Caroline se hiciese daño, alguien la ayudara... Aunque, por supuesto, su hermana jamás se pondría en una situación tan ridícula.

    Tras maldecir su falta de determinación para marcharse, preguntó:

    —¿Se encuentra bien?

    La joven jadeó y alzó la cabeza. Fijó la mirada en los formales pantalones negros de él durante varios segundos antes de volver a descansar la cabeza sobre la hierba.

    —Oh, Dios, ¿por qué ha tenido alguien que verme así?
    —¿Se encuentra bien? —repitió él, esforzándose por contener la impaciencia.
    —Sí, por supuesto. Siempre he gozado de una salud envidiable. Gracias por preguntar.
    —¿Puedo ayudarla en algo?
    —No, gracias. El orgullo me exige que salga por mi propio pie de esta situación que se suma a una larga lista de humillaciones.

    Pero no se movió, y se hizo un silencio tenso.

    —¿No piensa levantarse?
    —No, creo que no. Pero de nuevo le agradezco que me lo pregunte.

    Austin apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas, preguntándose cuánto champán habría trasegado la mocosa.

    —¿Está achispada?

    Ella alzó la cabeza unos centímetros.

    —No lo sé. Pero supongo que es posible. ¿Qué quiere decir «achispada»?

    Su peculiar acento le llamó la atención a pesar de su enfado.

    —¿Americana?
    —¡Oh, por el amor de Dios! Juro que si alguien vuelve a preguntarme eso... —Se interrumpió y clavó la vista, irritada, en las rodillas de él—. Es evidente que soy americana. Todo el mundo sabe que una inglesa jamás se dejaría sorprender tendida en la hierba en una postura tan indecorosa. Faltaría más.
    —De hecho, no es su postura sobre la hierba sino su acento lo que la ha delatado —dijo Austin, mirándole la coronilla con una mezcla de sorpresa y fastidio. La mocosa era de lo más impertinente—. Para aquellos que están familiarizados con la jerga inglesa, «achispado» es alguien que se ha excedido levemente en su consumo de bebidas alcohólicas.
    —¿Excedido? —repitió ella, subiendo la voz. Realizando una serie de movimientos poco femeninos pero eficaces, logró ponerse en pie. Con los brazos en jarras, adelantó la barbilla en un gesto inconfundible de agresividad—. No me he excedido, ni levemente ni de ninguna otra manera, señor. Sólo he tropezado.

    La réplica de Austin se extinguió en sus labios en cuanto se fijó en el aspecto de la joven.

    Era extraordinariamente atractiva. Y estaba hecha un asco.

    Su peinado, que originalmente debió de haber sido un moño, se había escorado de forma precaria hacia la izquierda. Tenía hojas y ramitas adheridas a los brillantes mechones de color castaño rojizo y varios rizos le sobresalían de la cabellera en ángulos extraños. El conjunto parecía un nido torcido.

    Tenía el mentón manchado de tierra, y una brizna de hierba le colgaba del labio inferior..., un labio carnoso, según notó él. Austin bajó la mirada lentamente y observó que su vestido de tonos pastel estaba hecho un lamentable amasijo de pliegues decorado con manchas de hierba y pegotes de tierra. El arrugado volante del dobladillo le colgaba por la parte de atrás de la falda, sin duda como resultado del desgarrón que se había oído hacía unos momentos. Y, por lo visto, le faltaba un zapato.

    Austin no sabía si su aspecto lo escandalizaba o le hacía gracia. ¿Quién demonios era esa mujer desmelenada y cómo había conseguido entrar en su casa? Caroline y su madre habían confeccionado la lista de invitados para la fiesta, de modo que con toda seguridad la conocían. ¿Por qué él no?

    Por otro lado, el hecho de que la muchacha lo tratase de «señor» parecía indicar que ella tampoco lo conocía a él, cosa que le sorprendía, pues tenía la impresión de que toda mujer viviente de Inglaterra iba tras él, decidida a conquistarlo.

    Pero aparentemente esta mujer no. Lo contemplaba con una expresión que le decía claramente: «Quiero que se vaya usted de aquí», cosa que lo irritaba y al mismo tiempo avivaba su curiosidad.

    —¿Le importaría explicarme qué hacía usted acechando entre los arbustos, señorita...? —preguntó, todavía algo receloso por su súbita aparición.

    ¿Se disponía la madre de la joven, con un séquito de damas indignadas, a emerger del seto y a acusado a gritos de haberla deshonrado?

    —Matthews. Elizabeth Matthews. —Ejecutó una torpe reverencia que hizo que varios terrones se le desprendieran del vestido—. No estaba acechando. Estaba andando cuando oí maullar un gato. El pobrecillo estaba atrapado en los arbustos. He logrado liberado, pero no sin acabar atrapada entre las mismas ramas.
    —¿Dónde está su dama de compañía?
    —Bueno... —titubeó ella, avergonzada—, la verdad es que me he escabullido mientras ella bailaba.
    —¿No estará acechando entre las matas?

    La pregunta pareció desconcertarla hasta tal punto que Austin supo que o estaba sola o era una de las mejores actrices con las que había topado. En realidad, sospechaba que la interpretación no era lo suyo; tenía unos ojos demasiado expresivos.

    —¿Cree usted que todo el mundo acecha entre los arbustos? Mi tía es una dama y no se dedica a espiar por ahí. —Observó a Austin achicando los ojos—. Santo cielo, debo de estar horrible. Me mira usted con una cara muy extraña. Como si hubiese probado algo muy ácido.
    —No, no, tiene usted... buen aspecto.

    Ella rompió a reír.

    —Señor, es usted increíblemente caballeroso o extremadamente miope. O tal vez un poco de ambas cosas. Aunque agradezco el esfuerzo que hace por no herir mis sentimientos, le aseguro que no es necesario. Después de pasar tres meses a bordo de un barco zarandeado por el viento con rumbo a Inglaterra, me he acostumbrado a estar horrible. —Se inclinó hacia él, como disponiéndose a confiarle un importante secreto, y su aroma invadió los sentidos de Austin. Olía a lilas, una fragancia que él conocía bien, pues las flores moradas abundaban en los jardines—. Una inglesa que viajaba con nosotros era muy dada a hablar de los «advenedizos de las colonias». Gracias a Dios que no está aquí para presenciar esta debacle. —Levantó un pie, examinó las manchas de hierba en el zapatito que le quedaba y exhaló un suspiro—. Cielo santo. Soy todo un espectáculo. Me...

    Un maullido la interrumpió. Al bajar la vista, Austin vio que un gatito gris salía de detrás del seto y se abalanzaba sobre el volante que la señorita Matthews arrastraba detrás de sí.

    —¡Ah, estás aquí! —Ella se agachó para recoger aquella bola peluda y le rascó detrás de las orejas—. ¿No has visto mi zapato en uno de tus viajes, diablillo? —le murmuró al gato—. Debe de haberse quedado enganchado en alguno de esos arbustos. —Se volvió hacia Austin—. ¿Le importaría mucho echar un vistazo?

    Austin le clavó la mirada, intentando disimular su asombro. Si alguien le hubiese dicho que su búsqueda de soledad se convertiría en una misión de rescate del calzado de una chiflada, no lo habría creído. Una chiflada que le pedía que encontrase su zapato como si fuese un humilde lacayo. Hubiera debido indignarse y, tan pronto como se le pasaran esas ganas inexplicables de reír, sin duda se indignaría. Se acuclilló y se puso a examinar el seto del que había salido la señorita Matthews. Avistó el zapato perdido y lo sacó de los arbustos. Acto seguido se levantó y se lo entregó.

    —Aquí lo tiene. —Gracias, señor.

    Se levantó la falda unas pulgadas y deslizó el pie dentro del zapatito. Tenía unos tobillos hermosos y esbeltos, y unos pies sorprendentemente pequeños para una mujer que debía de medir metro setenta. No estaba de moda que las mujeres fueran tan altas, pero aun así su estatura era muy adecuada. Austin fijó la vista en su rostro. Su cabeza encajaría a la perfección en el hombro de él, y podría acceder con facilidad a esa boca increíblemente carnosa...

    Una oleada de calor le recorrió el cuerpo. Maldita sea, ¿es que había perdido el juicio? Un vistazo a ese tobillo había bastado para ponerlo fuera de sí. Se obligó a apartar la mirada de sus labios y la posó sobre el satisfecho gatito que ella acunaba en sus brazos. El animal abrió la boca en un espectacular bostezo.

    —Parece que Diantre está listo para la siesta —comentó Austin.
    —¿Diantre?
    —Sí. Una de las gatas parió hace diez semanas. Cuando Mortlin, el mozo de cuadra, encontró la camada en el establo, exclamó: «¡Diantre, fíjate en todos esos gatitos!». —A su pesar, una sonrisa se dibujó en sus labios—. En realidad, deberíamos sentimos afortunados. La vez anterior, la gata parió en la cama de Mortlin, y los nombres con que bautizó a las bestezuelas fueron mucho más... floridos.

    Se formó un hoyuelo a cada lado de la boca de la señorita Matthews.

    —Vaya, por lo visto la gata está siempre muy ocupada.
    —Así es, en efecto.
    —Parece saber mucho sobre Diantre y su mamá. ¿Vive usted cerca de aquí?

    Austin la miró fijamente, perplejo. Debía de ser la única mujer en todo el condenado reino que no lo conocía.

    —Pues sí, vivo muy cerca.
    —Me alegro por usted. Es un lugar precioso. —Instaló a Diantre más cómodamente en sus brazos—. Bueno, ha sido un placer charlar con usted, pero debo irme. ¿Podría indicarme dónde quedan las caballerizas?
    —¿Las caballerizas?
    —Sí. —Sus ojos centellearon—. Para aquellos que no están familiarizados con la jerga americana, significa «lugar donde se guardan los caballos». Si Diantre vive allí, su madre debe de estar buscándolo.
    —¿Me permite acompañarla? —preguntó él, divertido.

    El rostro de la señorita Matthews reflejó cierta sorpresa.

    —Es muy amable de su parte, señor —titubeó—, pero no es necesario. Seguro que desea quedarse aquí para disfrutar de la soledad.

    Sí, sin duda eso era lo que deseaba, ¿o no? Por otro lado, la idea de quedarse a solas con sus pensamientos no le parecía demasiado atractiva.

    —¿O quizá prefiere volver a la fiesta? —añadió ella al ver que él no le contestaba.

    Austin reprimió un estremecimiento.

    —Puesto que me he escapado de la fiesta hace sólo un rato, todavía no me muero por regresar.
    —¿De verdad? ¿Acaso no estaba pasándolo bien?

    Austin contempló la posibilidad de responderle con una mentira cortés, pero decidió no hacerlo.

    —Lo cierto es que no. Detesto estas soirées.
    —Cielo santo —dijo ella, boquiabierta—, pensaba que eso sólo me ocurría a mí.

    Él no pudo disimular su asombro. Todas las mujeres que conocía se desvivían por los bailes.

    —¿No estaba usted disfrutando con la fiesta?

    Una expresión sombría asomó a los ojos de Elizabeth, que enseguida bajó la vista.

    —No, me temo que no.

    Resultaba evidente que alguien había tratado con poca amabilidad a la joven, alguno de los invitados que habían acudido a ese absurdo baile. No le costaba imaginar a las bellezas de la alta sociedad cuchicheando tras sus abanicos sobre la «advenediza de las colonias».

    Las normas de cortesía dictaban que volviese a la casa y ejerciese su papel de anfitrión, pero no tenía ningunas ganas de hacerlo. Sospechaba que en ese preciso momento su madre estaría mirando a su alrededor con exasperación, preguntándose dónde estaba y cuánto tiempo pretendía seguir escondido. El hecho de saber que había por lo menos dos docenas de jóvenes casaderas que su madre estaba anhelando presentarle reforzaba su decisión de mantenerse alejado de la sala de baile.

    —Está claro que ambos necesitábamos algo de aire fresco —dijo con una sonrisa—. Venga. La acompañaré a las cuadras, y en el camino podrá contarme su aventura con Diantre.

    Elizabeth vaciló. Si tía Joanna se enteraba de que se encontraba en el jardín a solas con un caballero, a buen seguro que le dedicaría un sermón. Sin embargo, regresar a la fiesta se le antojaba de todo punto imposible considerando el aspecto lamentable que presentaba. Además, ya había sufrido bastante esa noche. Estaba harta de ser el centro de las miradas y de las críticas por el hecho de que le gustara conversar sobre otros temas que no fueran la moda y el tiempo. Y no era culpa suya que estuviese tan mal dotada para el baile ni que fuese más alta de lo que se consideraba apropiado. No sabía si ese caballero estaba al corriente de las bromas que circulaban sobre su nacionalidad y su modo de ser, pero en todo caso era lo bastante cortés para no demostrarlo.

    —Soy consciente de que no cuenta en este momento con una señora de compañía —dijo él en un tono desenfadado—, pero le doy mi palabra de que no me fugaré con usted.

    Elizabeth se convenció al fin de que no había nada malo en aceptar su propuesta.

    —Por supuesto —respondió—. En marcha.

    Arrastrando el volante detrás de sí y con Diantre en brazos, Elizabeth echó una ojeada furtiva a su acompañante. Menos mal que ella no era proclive a exhalar suspiros soñadores y románticos, pues éste era a todas luces un hombre capaz de arrancados. Su cabello, abundante y de un negro azabache, enmarcaba un rostro extremadamente apuesto, al que las sombras proyectadas por la luz de la luna daban un aire misterioso. Tenía una mirada penetrante e intensa, y cuando la había posado en ella hacía unos instantes, los dedos de los pies se le habían contraído involuntariamente dentro de los zapatos de baile. El caballero tenía los pómulos altos, la nariz recta y afilada, y una boca firme y sensual que Elizabeth había visto curvarse con ironía y que debía de resultar temible crispada en un gesto de ira.

    A decir verdad, todo en él era atractivo. Pero no tenía sentido encandilarse con ese desconocido; en cuanto se percatase de lo mal que ella se desenvolvía en sociedad sin duda la rechazaría, como habían hecho tantos otros.

    —Dígame, señorita Matthews, ¿con quién ha venido a este baile?
    —Con mi tía, la condesa de Penbroke.

    Los ojos de él reflejaron su extrañeza.

    —¿Ah sí? comentó—. Conocí a su difunto esposo, pero ignoraba que tuviesen una sobrina americana.
    —Mi madre era la hermana de tía Joanna. Se estableció en Estados Unidos cuando se casó con mi padre, un médico americano. —Lo miró de reojo—. Mi madre nació y se crió en Inglaterra, de modo que soy medio inglesa.
    —Entonces —dijo él, esbozando una sonrisa—, usted sólo es advenediza a medias.
    —Oh, no —se rió ella—. Me temo que sigo siendo una advenediza de pies a cabeza.
    —¿Es su primera visita a Inglaterra?
    —Sí.

    Habría sido inútil decirle que no se trataba de una mera visita, que nunca volvería a su ciudad natal.

    —¿Y lo está pasando bien?

    Ella titubeó, pero decidió decide la verdad pura y dura.

    —Me gusta su país, pero la sociedad inglesa y sus normas me parecen un poco opresivas. Crecí en una zona rural donde gozaba de mucha libertad. No es fácil adaptarse.

    Austin observó su atuendo.

    —Está claro que le está costando abandonar la costumbre americana de arrastrarse entre las matas con su traje de noche.

    Una risita brotó de los labios de Elizabeth.

    —Sí, eso parece.

    Las cuadras se alzaban ante ellos. Cuando ya se hallaban muy cerca, un gato tremendamente gordo salió por la puerta, emitiendo un fuerte maullido.

    El caballero se inclinó para acariciar al animal.

    —Hola, George. ¿Cómo está mi chica esta noche? ¿Echas de menos a tu bebé?

    Elizabeth depositó a Diantre en el suelo y el gatito saltó de inmediato sobre George.

    —¿La madre de Diantre se llama George?

    Todavía agachado, Austin alzó la vista hacia ella y sonrió.

    —Sí. Mi mozo de cuadra le puso el nombre. No se enteró de que era una gata hasta que la vio parir. Mortlin sabe mucho de caballos, pero me temo que sus conocimientos sobre gatos son más bien escasos.

    La sonrisa de Elizabeth se desvaneció cuando reparó en las implicaciones de estas palabras.

    —¿Su mozo de cuadra? ¿Estos gatos son suyos?

    Austin se enderezó lentamente, maldiciéndose para sus adentros por ser tan descuidado. Ahora este agradable paréntesis estaba a punto de terminar.

    —Sí, son míos.
    —Cielo santo. —Elizabeth abrió mucho los ojos—. Entonces ¿ésta es su casa?

    Austin se volvió hacia la mansión que se alzaba a lo lejos. Era allí donde vivía, pero desde hacía más de un año no la consideraba su hogar.

    —Sí, Bradford Hall me pertenece.
    —Entonces usted debe de ser... —Se inclinó en una torpe reverencia—. Perdonadme, excelencia. No me había dado cuenta de quién erais. Debéis de pensar que soy increíblemente grosera.

    Él la observó enderezarse, esperando ver cómo sus ojos se achicaban en un gesto calculador, brillaban con codicia o centelleaban con el afán de sacar el máximo provecho de su encuentro inesperado con el «soltero más cotizado de Inglaterra».

    No vio nada de eso.

    Por el contrario, ella pareció auténticamente consternada y ansiosa por alejarse de él.

    Qué interesante.

    —Siento mucho no haber sabido apreciar vuestra fiesta —se disculpó la joven, retrocediendo unos pasos—. Es una fiesta encantadora. Encantadora. La comida, la música, los invitados, todos son...
    —¿Encantadores? —aventuró él, servicialmente.

    Ella asintió con la cabeza y retrocedió unos pasos más. Él no despegó la mirada de su rostro. Los expresivos ojos de Elizabeth mostraron una sucesión de emociones: vergüenza, desánimo, sorpresa... Sin embargo, él no detectó en ellos el menor asomo de timidez afectada o de cálculo interesado. Tampoco parecía especialmente impresionada por su ilustre título. No obstante, lo que lo fascinó fue la absoluta ausencia de coquetería en su comportamiento.

    Ella no estaba flirteando con él.

    Tampoco había coqueteado con él antes, cuando aún no sabía quién era, pero ahora...

    Pues sí, resultaba muy, muy interesante.

    —Gracias por acompañarme, excelencia. Creo que ahora volveré a la casa. —Retrocedió varios pasos más.
    —¿Y qué me dice de su vestido, señorita Matthews? Ni siquiera una advenediza de las colonias osaría mostrarse en el salón de baile en ese estado.

    Elizabeth se detuvo y se miró.

    —Supongo que no hay esperanza de que nadie lo note.
    —No hay la menor esperanza. ¿Pasarán la noche aquí su tía y usted?
    —Sí. De hecho, nos quedaremos varias semanas en Bradford Hall como invitadas de la duquesa viuda... —sus ojos brillaron con súbita comprensión—, que es vuestra madre.
    —En efecto, lo es.

    Austin se preguntó por un momento si su madre había concertado la visita con la esperanza de emparejado con Elizabeth, pero desechó la idea de inmediato. Le parecía inconcebible que a su madre, tan convencional, se le pasase por la cabeza la idea de que una americana pudiera ser una duquesa aceptable. No, Austin sabía demasiado bien que su progenitora había puesto el ojo en varias jóvenes de rancio abolengo británico.

    —Como usted se aloja en esta casa, creo que puedo resolver su problema —dijo—. Le indicaré el camino de una entrada lateral poco usada que conduce directamente a las habitaciones de los invitados.

    Ella le dirigió una mirada de gratitud inconfundible.

    —Eso me salvaría sin duda del desastre social que veo cernerse sobre el horizonte.
    —Vamos, pues.

    Mientras caminaban hacia la mansión, Elizabeth preguntó:

    —Detesto abusar más aún de vuestra bondad, excelencia, pero ¿os importaría disculpar mi ausencia ante mi tía cuando volváis a la sala de baile?
    —Pierda cuidado; así lo haré.
    —Eh... —Se aclaró la garganta—. ¿Y qué excusa pensáis darle? —¿Excusa? Ah, supongo que le diré que ha sufrido usted un leve vahído.
    —¡Vahído! —exclamó indignada—. ¡Qué tontería! Yo jamás caería víctima de algo tan frívolo. Además, tía Joanna no se lo creería. Sabe que soy de constitución fuerte. Deberíais pensar en otra cosa.
    —De acuerdo. ¿Y qué me dice de una jaqueca?
    —Jamás sufro de eso.
    —¿Y la dispepsia?
    —Mi estómago funciona sin problemas.

    Austin reprimió un gesto de desesperación.

    —¿Acaso nunca está usted indispuesta?

    Elizabeth negó con la cabeza.

    —Os olvidáis de que soy...
    —De constitución robusta, sí, ya lo veo. Sin embargo, me temo que cualquier otra excusa, como la de un ataque de fiebre, causaría una preocupación innecesaria a su tía.
    —Hum. Supongo que tenéis razón. No quisiera asustarla. De hecho, lo de la jaqueca no está tan lejos de la realidad. La mera idea de regresar al salón de baile hace que me palpiten las sienes. Muy bien —dijo, asintiendo con la cabeza—, podéis comunicarle que he sucumbido a la jaqueca.

    Austin reprimió una sonrisa.

    —Gracias.
    —De nada —le respondió ella con una sonrisa radiante.

    Unos minutos después llegaron a la mansión, y Austin la guió entre las sombras hasta una puerta lateral prácticamente oculta por la hiedra. Buscó el pomo a tientas y abrió la puerta.

    —Ahí tiene. Los aposentos de los invitados están en lo alto de las escaleras. Tenga cuidado con los escalones.
    —Lo tendré. Gracias de nuevo por vuestra amabilidad. —Ha sido un placer.

    La mirada de Austin se posó en su rostro, débilmente iluminado. Incluso despeinada como estaba le parecía preciosa. Y divertida. No podía recordar la última vez que se había sentido de tan buen humor. Aunque le esperaban asuntos acuciantes en casa, no podía resistirse a prolongar aquel agradable paréntesis un poco más. Con suma delicadeza, le tomó la mano y se la llevó alas labios. Notó que tenía la mano caliente y suave, y los dedos largos y finos. De pronto, el aroma a lilas lo asaltó de nuevo.

    Sus miradas se encontraron, y Austin se quedó sin aliento. Maldición, ella tenía un aspecto tan deliciosamente desarreglado..., como si las manos de un hombre le hubiesen desordenado el cabello y la ropa. Bajó la vista hacia su boca..., una boca incitante, increíblemente tentadora, y se preguntó a qué sabría. Imaginó que se inclinaba hacia delante, que le rozaba los labios con los suyos una vez y luego otra, antes de profundizar el beso, deslizando la lengua dentro de la seductora calidez de su boca. Tendría un sabor delicioso, como el de...

    —Oh, Dios mío...

    Los dedos de ella se cerraron con fuerza en torno a los suyos mientras lo contemplaba con los ojos muy abiertos. Mantuvo la mirada fija en los labios de él durante varios segundos y luego la apartó, visiblemente turbada. Austin se sorprendió al advertir que una sensación de calor le recorría el cuerpo. De no haber sido imposible, creería que ella le había leído el pensamiento.

    Se disponía a soltarle la mano cuando la joven profirió un grito ahogado. Se miraron a los ojos y Austin se percató de que ella había palidecido de repente. Intentó apartar su mano de la de Elizabeth, pero ella se la apretó con más fuerza.

    —¿Qué ocurre? —preguntó, alarmado ante su lividez, nervioso por la concentración con que lo observaba—. Parece que haya visto un fantasma.
    —William.

    Austin se quedó paralizado.

    —¿Cómo ha dicho?

    Los ojos de ella buscaron desesperadamente los suyos.

    —¿Conocéis a alguien llamado William?

    Todos los músculos del cuerpo de Austin se tensaron.

    —¿A qué cree que está jugando?

    Por toda respuesta, ella le estrujó la mano entre las suyas y cerró los párpados.

    —Es vuestro hermano —musitó—. Os han dicho que murió sirviendo a su país. —Abrió los ojos, y su expresión produjo en él la espeluznante sensación de que podía verle el alma—. No es verdad.

    A Austin se le heló la sangre. Retiró la mano bruscamente y retrocedió un paso, conmocionado por sus palabras. ¿Acaso conocía esa mujer su secreto más oscuro? Y en caso afirmativo, ¿cómo lo sabía?

    Todas las imágenes que había intentado borrar de su mente durante un año lo asaltaron de golpe. Un callejón lóbrego. El encuentro de William con un francés llamado Gaspard. Cajas llenas de armas. Dinero que cambia de manos. Preguntas insistentes. Un amargo enfrentamiento entre hermanos. Y después, sólo unas semanas después, la noticia de que William había muerto en Waterloo, convertido en héroe de guerra.

    El corazón le latía con fuerza mientras intentaba conservar lo calma. ¿Había algo más en esa mujer de lo que parecía? ¿Sabría algo de la carta que había recibido hacía poco o de los tratos de William con el francés? ¿Sería ella la clave que él había posado un año buscando?

    Entornó los ojos sin apartarlos de la cara pálida de ella, y repitió la mentira que había dicho en incontables ocasiones:

    —William murió luchando por su país. Es un héroe.
    —No, excelencia.
    —¿Me está diciendo que mi hermano no era un héroe?
    —No. Os estoy diciendo que no murió. Vuestro hermano William está vivo.


    2


    Elizabeth sintió el cansancio abrumador que a veces la invadía después de sus visiones. Necesitaba sentarse, pero la suspicacia que destilaban los ojos del duque la mantuvo inmovilizada.

    —Quiero que me diga todo lo que sabe sobre mi hermano y por qué asegura que está vivo —dijo él.

    «Dios santo, ¿por qué no me habré quedado callada?», se preguntó Elizabeth, aunque ya conocía la respuesta. Le vino a la mente el rostro de una joven..., la querida amiga a la que nunca volvería a ver... Y todo porque Elizabeth no se había decidido a manifestar su presentimiento. Era un error que había jurado no cometer de nuevo.

    Además, el hecho de que el tal William siguiese con vida... ¿no debería ser motivo de alegría? Pero al ver la hostilidad y la desconfianza en la mirada del duque supo que se había precipitado. Aun así, seguramente habría algún modo de convencerlo de que le había dicho la verdad.

    —Sé que vuestro hermano está vivo porque lo he visto...
    —¿Dónde? ¿Cuándo?
    —Lo he visto hace un momento. —Su voz se convirtió en un susurro—. En mi mente.

    Él achicó los ojos hasta que quedaron reducidos a rendijas.

    —¿En su mente? ¿Qué tonterías son ésas? ¿Está usted loca?
    —No, excelencia. Yo... tengo el don de ver cosas. Mentalmente. Supongo que algunos lo llamarían una segunda visión. Me temo que no puedo explicarlo con claridad.
    —Y sostiene que ha visto a mi hermano... vivo.
    —Sí.
    —Si eso es verdad, ¿dónde está?

    Ella frunció el entrecejo.

    —No lo sé. Mis visiones suelen ser bastante vagas. Sólo sé que no murió, como todo el mundo cree.
    —¿Y espera que me crea eso?

    Su tono de incredulidad glacial le heló la sangre en las venas.

    —Comprendo vuestras dudas. Muchos tachan de fabulación todo lo que no tiene una explicación científica. Sólo puedo aseguraros que lo que os digo es cierto.
    —¿Qué aspecto tenía ese hombre que según usted era mi hermano?

    Elizabeth cerró los ojos y respiró profundamente, esforzándose por poner la mente en blanco para concentrarse en lo que había visto.

    —Alto. Ancho de espaldas. Cabello negro.
    —Qué casualidad. Acaba de describir a la mitad de los hombres de Inglaterra, incluido el propio regente, quien, como usted bien sabe, está vivo. Y no debe de resultar muy difícil describir a mi hermano cuando hay un retrato suyo de considerable tamaño colgado en la galería.
    —No he visto el retrato —replicó ella, abriendo los ojos—. El hombre que he visto se parecía a vos, y tenía una cicatriz.

    Él se quedó muy quieto y ella advirtió que su cuerpo se tensaba.

    —¿Una cicatriz? ¿Dónde?
    —En el brazo derecho.
    —Muchos hombres tienen cicatrices. —El duque apretó los dientes—. Si cree que va a convencerme con sus artimañas de que tiene poderes mágicos o algo así, se ha equivocado de persona. Los ladrones gitanos han vagado por Europa desde hace siglos mintiendo, afirmando que tienen poderes de esa clase con la esperanza de sacarle dinero a la gente con sus embustes, y robando si no lo consiguen.

    La ira se apoderó de ella.

    —No soy una gitana, una embustera, una ladrona o una mentirosa.
    —¿Ah no? Supongo que ahora me dirá que puede leer el pensamiento.
    —Sólo de vez en cuando. —Bajó la vista a la boca de él, torcida en un gesto desdeñoso—. He leído vuestros pensamientos cuando me habéis tocado la mano.
    —¿De verdad? ¿Y qué estaba pensando?
    —Queríais... besarme.

    El duque se limitó a arquear las cejas.

    —No le hacían falta poderes especiales para adivinar eso. Su boca había captado mi atención momentáneamente.

    Sin embargo, a pesar de esta respuesta indiferente, ella notó su tensión, su recelo y su suspicacia, actitudes que estaba acostumbrada a distinguir. Pero por debajo de todo ello percibió algo más, algo que, a pesar de su enfado, despertó su interés.

    Soledad.

    Tristeza.

    Remordimientos.

    Lo envolvían como una capa oscura, y a Elizabeth la compasión le encogió el corazón. Conocía demasiado bien esos sentimientos que atormentaban el espíritu y reconcomían el alma.

    Ella también se arrepentía de cosas que había hecho y deseaba reparar. ¿Sería capaz de ayudarlo? ¿Lograría aplacar con ello su propio sentimiento de culpa?

    Resuelta a convencerlo de que no estaba loca y de que él la había deseado de verdad hacía unos instantes, musitó:

    —Queríais besarme. Os preguntabais a qué sabría mi boca. Os imaginabais que os inclinabais hacia delante y me rozabais los labios con los vuestros una vez, y otra. Después hacíais más profundo el beso...

    Austin pestañeó, su mirada se ensombreció y se posó en la boca de ella.

    —Continúe.

    Una oleada de calor la recorrió al representarse lo que él había pensado a continuación... Acariciarle la lengua con la suya.

    —Creo que ya he demostrado lo que quería.
    —¿Eso cree?

    Austin la observó con los ojos entornados. Una cosa era adivinar que había fantaseado con besarla y otra muy distinta que sus palabras reflejasen fielmente lo que él había pensado.

    Cielo santo, ¿y si ella estaba en lo cierto? ¿Y si William estaba vivo? Una esperanza absurda lo acometió con tanta fuerza que estuvo a punto de tambalearse, pero no tardó en recuperar la cordura. Varios soldados habían presenciado cómo William caía en combate. Aunque la bala le había destrozado la cara, lo habían identificado por la inscripción del reloj que encontraron debajo de su cuerpo.

    No había lugar a dudas. William estaba muerto. De lo contrario, se habría puesto en contacto con su familia y habría regresado a casa.

    A menos que fuese un traidor a la Corona.

    La cabeza le daba vueltas. Resultaba de lo más sospechoso que la señorita Matthews le dijese aquello poco después de que él recibiese una nota inquietante, hacía unos quince días; una nota que confirmaba sus peores temores sobre la lealtad de William a la Corona. ¿Sabría ella algo de esa carta o de las actividades de William durante la guerra? ¿Sabría algo acerca del francés al que él había visto con William?

    ¿Cómo se habría enterado de lo de la cicatriz? William tenía una pequeña señal en la parte superior del brazo derecho, recuerdo de un percance que había sufrido al cabalgar en su infancia. ¿Era posible que ella hubiese estado con él de un modo lo bastante íntimo como para conocer su cuerpo?

    A la tenue luz de la luna, mientras la brisa jugueteaba con su cabellera despeinada, la joven no presentaba en absoluto el aspecto de una espía, una asesina o una seductora, pero él sabía bien que las apariencias engañan. Algunas de las mujeres más hermosas que conocía eran maliciosas, maquinadoras y despiadadas. ¿Qué clase de persona habría detrás de su fachada de inocencia? No sabía a qué estaba jugando, pero estaba decidido a averiguarlo. Y si para ello había que seguirle la corriente y fingir que creía en sus «visiones», lo haría.

    Abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiese pronunciar una palabra, ella dijo:

    —No estoy fingiendo, excelencia. Lo que quiero es ayudaros.

    Maldición. Tendría que andarse con sumo cuidado delante de esa mujer. Aunque descartaba la posibilidad de que sus visiones fuesen reales —¿y qué hombre cuerdo no la descartaría?—, no cabía duda de que era asombrosamente perceptiva.

    Si no extremaba las precauciones, quizás ella descubriría sus secretos, lo que podía acabar por hundir a su familia.

    —Dígame qué sabe de mi hermano —le pidió.
    —No sé nada de él, excelencia. Hasta que he tocado vuestras manos, ni siquiera conocía su existencia.
    —¿En serio? ¿Cuánto lleva usted en Inglaterra?
    —Seis meses.
    —¿Y espera que crea que en todo ese tiempo nadie ha mencionado a mi hermano? —Austin soltó una carcajada amarga.

    Tras vacilar unos instantes, ella dijo en voz baja:

    —Me temo que no soy el gran éxito social de la temporada. Por lo general, la gente habla más sobre mí que dirigiéndose a mí.
    —Pero sin duda su tía la mantiene al corriente de los cotilleos.

    Ella esbozó una sonrisa irónica.

    —Para ser sincera, excelencia, debo deciros que mi tía prácticamente no habla de otra cosa que de la alta sociedad de Londres. La quiero mucho, pero después de cinco minutos de ese tipo de charla me temo que mis oídos dejan de escuchar.
    —Entiendo. Hábleme más de esa, eh, esa visión que ha tenido de William.
    —He visto a un joven vestido con un uniforme militar. Estaba herido, pero vivo. Sólo sé que se llama William y que es muy importante para vos. —Clavó sus atribulados ojos en él—. Creéis que está muerto, pero no lo está. De eso estoy segura.
    —Mantiene usted esa teoría descabellada, pero no me aporta pruebas.
    —No... Por el momento.
    —¿Y eso qué significa?
    —Si pasamos un tiempo juntos, quizá pueda deciros más. Mis visiones son imprevisibles y por lo general sólo consisten en breves destellos, pero normalmente las tengo cuando toco algo, en especial las manos de una persona.

    Austin enarcó las cejas.

    —En otras palabras, si vamos por ahí de la manita, tal vez usted consiga ver algo más.

    La mirada de Elizabeth se enturbió ante el sarcástico comentario.

    —Comprendo vuestro escepticismo, y es por eso por lo que no suelo revelar mis premoniciones.
    —Y sin embargo, ha revelado ésta.
    —Sí, porque la última vez que me quedé callada lo pagué muy caro. —Frunció el entrecejo—. ¿Acaso no os alegráis de saber que vuestro hermano está vivo?
    —Por lo que yo sé, mi hermano está muerto. Y no toleraré que mencione esta absurda visión a nadie más, y menos aún a mi madre o a mi hermana. Sería terriblemente cruel darles esperanzas cuando en realidad no hay motivo para albergadas. ¿Está claro?

    Ella lo miró con fijeza durante varios segundos. Su tono duro y amenazador no dejaba lugar a dudas.

    —Respetaré vuestra voluntad, excelencia. Como sabéis, mi tía y yo seremos vuestras invitadas durante unas semanas. Si cambiáis de opinión y aceptáis mi ayuda, no os costará encontrarme. Ahora estoy muy cansada y desearía retirarme. Buenas noches, excelencia.

    Él la siguió con la vista mientras ella subía las escaleras hacia las habitaciones de los invitados. «Desde luego que me ayudará, señorita Matthews. Si de verdad sabe algo de William, no tendrá elección.»


    Austin tardó varios minutos en localizar a Miles Avery en la atestada sala de baile. Cuando finalmente avistó a su amigo, no le sorprendió que el gallardo conde estuviese rodeado de mujeres. Maldita sea, esperaba no tener que arrastrar a Miles de los pelos para apartado de ese grupo que a todas luces lo admiraba.

    Sin embargo, pudo ahorrarse esa tarea tan desagradable, pues Miles advirtió que Austin se aproximaba. Éste dirigió una mirada significativa a su amigo y señaló con un movimiento de la cabeza el pasillo que conducía a su estudio; acto seguido se encaminó hacia allí, seguro de que Miles llegaría poco después que él. Tras más de dos décadas de amistad, se entendían bien.

    Apenas había terminado de servir dos copas de brandy cuando oyó que alguien llamaba discretamente a la puerta.

    —Adelante.

    Miles entró en el estudio y cerró la puerta a su espalda. Sonreía de un modo algo forzado.

    —Ya era hora de que reaparecieras. He estado buscándote por todas partes. ¿Dónde te ocultabas?
    —He dado un paseo por el jardín.
    —¿Ah sí? ¿Has estado admirando las flores? —Los ojos de Miles destellaron con malicia—. ¿O quizá disfrutabas de las delicias de la naturaleza de un modo más... sensual, por así decido?
    —Ninguna de las dos cosas. Simplemente he salido en busca de algo de paz y tranquilidad.
    —¿Y has tenido éxito en tu búsqueda?

    La imagen de la señorita Matthews le vino a Austin a la mente.

    —Me temo que no. ¿Por qué querías verme?

    El brillo burlón en los ojos de Miles se intensificó.

    —Para cantarte las cuarenta. ¿Qué clase de amigo eres que me has abandonado así, sin más? Casi nunca asistes a las fiestas ni sufres el acoso de vírgenes sedientas de matrimonio, e incluso cuando el baile se celebra en tu casa te pierdes de vista. Lady Digby y su pelotón de hijas me han arrinconado detrás de una maceta con una palmera. Aprovechándose de tu ausencia, lady Digby me ha endilgado a las mocosas, unas cabezas de chorlito bastante tontas que encima bailaban pésimamente. Mis pobres y machacados dedos de los pies no volverán a ser lo que eran. —Con el semblante impasible, Miles prosiguió—. Por otra parte, ese grupo del que me acabas de arrancar parecía mucho más prometedor. Las señoritas estaban pendientes de mis palabras. ¿Has visto las perlas de sabiduría que desgranaban mis labios?

    Austin lo observó por encima del borde de su copa.

    —No logro comprender por qué te divierte tanto la falsa adoración de unas cabezas huecas. ¿Nunca llega a hartarte?
    —Por supuesto. Sabes cuánto detesto que unas féminas núbiles de cuerpos lozanos y curvas sinuosas se abalancen sobre mí. Me estremezco de horror sólo con pensar en ello. —Miles se disponía a beber un sorbo de su brandy, pero detuvo su mano a medio camino—. Oye, Austin, ¿te encuentras bien? Tienes un aspecto un tanto paliducho.
    —Gracias, Miles. Tus halagos siempre suponen un gran consuelo para mí. —Tomó un trago largo de brandy, intentando encontrar las palabras adecuadas—. En respuesta a tu pregunta, estoy un poco nervioso. Ha ocurrido algo y necesito que me hagas un favor.

    La expresión humorística se borró al instante del rostro de Miles.

    —Sabes que no tienes más que pedírmelo.

    A Austin se le escapó un suspiro que había estado reprimiendo sin darse cuenta. Desde luego que podría contar con Miles, como siempre. El hecho de ocultarle secretos a ese hombre que había sido su mejor amigo desde la infancia lo hacía sentir culpable. «Es por su propio bien por lo que no le he contado las circunstancias en que se desarrollaban las actividades de William durante la guerra», se dijo.

    —Necesito que hagas unas indagaciones discretas.

    Un brillo de interés se encendió en los negros ojos de Miles.

    —¿Sobre qué?
    —Sobre cierta dama.
    —Ah, entiendo. ¿Ansioso por atarte al yugo matrimonial? —Antes de que Austin pudiese contradecirlo, Miles continuó, imparable—. La verdad es que no te envidio. No hay una sola mujer en el mundo con la que yo quiera compartir la mesa a diario. Sólo de oír las palabras «hasta que la muerte os separe» me dan escalofríos de espanto. Pero supongo que debes atender a las obligaciones inherentes a tu título, y ya no eres un jovencito. Cada día doy gracias a Dios por el hecho de que mi primo Gerald pueda heredar mi título. Por supuesto, Robert puede heredar el tuyo, pero ambos sabemos que tu hermano pequeño tiene tantas ganas de ser duque como de contraer la viruela. De hecho...
    —Miles. —Esa única palabra, pronunciada con brusquedad, interrumpió el flujo de palabras.
    —¿Sí?
    —No me refiero a ese tipo de dama.

    Una sonrisa de complicidad se dibujó en los labios de Miles.

    —Ajá. No digas más. Necesitas información sobre alguien que no es precisamente... una candidata virtuosa apropiada para ti. Entiendo. —Le guiñó el ojo a Austin—. Ésas son las más divertidas.

    La frustración comenzó a apoderarse de Austin, pero hizo un esfuerzo por mantener la compostura.

    —La dama a quien quiero que investigues es la señorita Elizabeth Matthews.

    Miles arqueó las cejas.

    —¿La sobrina americana de lady Penbroke?

    Austin intentó mostrar una indiferencia que no sentía.

    —¿La conoces?
    —He coincidido con ella en varias ocasiones. A diferencia de algunos insociales que todos conocemos, yo he asistido a varios bailes esta temporada..., bailes a los que también asistieron lady Penbroke y la señorita Matthews. ¿Quieres que te la presente?
    —Nos hemos conocido hace un rato, en el jardín.
    —Ah. —Aunque una docena de interrogantes brillaron en los ojos de Miles, se limitó a preguntar—: ¿Qué quieres saber sobre ella?

    Austin quería saberlo todo sobre ella.

    —Puesto que ya la conoces, dime qué impresión te causó.

    Miles se tomó tiempo para contestar, arrellanándose en un mullido sillón de orejas al calor del fuego y removiendo su copa de brandy con tal parsimonia que a Austin le rechinaban los dientes de impaciencia.

    —Opino —dijo Miles finalmente— que es una joven encantadora, inteligente e ingeniosa. Por desgracia, no se desenvuelve del todo bien en los actos sociales; tan pronto se muestra cohibida y tímida como parlanchina y descarada. A decir verdad, me pareció un soplo de aire fresco pero, a juzgar por los chismes que he oído, nadie comparte mi opinión.
    —¿Qué chismes? ¿Algo escandaloso?

    Miles agitó la mano como para restar importancia al asunto.

    —No, nada por el estilo. De hecho, no logro imaginar cómo podría esa buena muchacha enredarse en un escándalo, teniendo en cuenta que todo el mundo la rehúye.

    A Austin le vino a la mente la imagen de una joven desmelenada y sonriente.

    —¿Por qué la rehúyen?

    Miles se encogió de hombros.

    —¿Quién sabe cómo empiezan esas cosas? Las mujeres cuchichean tras sus abanicos comentando su torpeza en la pista de baile y sus escasas dotes para la conversación. Algunos la tacharon de marisabidilla después de que se enzarzara en una discusión con un grupo de lores acerca de las propiedades curativas de las hierbas. Basta con que una sola persona la juzgue inaceptable para que todos los demás opinen lo mismo.
    —¿Y lady Penbroke no apoya a su sobrina?
    —No he prestado demasiada atención al tema, pero sin duda los peores desaires se le hacen lejos de la aguda vista de la condesa. Sin embargo, ni siquiera el inapreciable apoyo de su tía es suficiente para asegurarle el favor de la gente de buen tono.
    —¿Sabes si lleva mucho tiempo en Inglaterra?

    Miles se acarició la barbilla.

    —Creo que llegó poco después del día de Navidad, así que debe de llevar unos seis meses.
    —Quiero que averigües exactamente cuándo llegó y en qué barco. También me interesa saber si se trata de su primer viaje a Inglaterra.
    —¿Por qué no se lo preguntas tú mismo?
    —Se lo he preguntado. Asegura que llegó hace seis meses y que es su primera visita a las islas.

    Miles achicó los ojos, intrigado.

    —¿Y tú no la crees? ¿Puedo preguntarte por qué?
    —Es posible que haya tenido tratos con William –contestó Austin en tono despreocupado—. Quiero saberlo con certeza. Si se conocieron, quiero saber cómo, cuándo y dónde.
    —Tal vez deberías contratar a un alguacil de Bow Street. Ellos...
    —No. —La palabra, cortante como navaja de afeitar, truncó la sugerencia de Miles. Hacía quince días ya le había encargado a un agente que localizara al francés llamado Gaspard, el hombre al que había visto con William aquella última vez..., el hombre que Austin sospechaba que sabía algo de la carta que ahora estaba guardada bajo llave en un cajón de su escritorio. No tenía el menor deseo de implicar a Bow Street en ese asunto—. Necesito discreción total por parte de alguien en quien pueda confiar. Bueno, ¿harás las indagaciones que te pido? Con toda seguridad tendrás que viajar a Londres.

    Miles lo escrutó durante largo rato.

    —Veo que esto es importante para ti.

    Una imagen de William acudió a la mente de Austin.

    —Sí.

    En silencio intercambiaron una larga mirada que reflejaba los años de amistad que los unían.

    —Me marcharé por la mañana —dijo Miles—. Mientras tanto, me pondré a investigar inmediatamente tanteando a algunos de los invitados a la fiesta respecto a la dama en cuestión.
    —Excelente idea. Huelga decir que quiero que me transmitas cuanto antes toda la información que logres recabar.
    —Entendido. —Miles apuró la copa de brandy y se puso de pie—. Supongo que sabes que la señorita Matthews y lady Penbroke se alojarán aquí durante las siguientes semanas en calidad de invitadas de tu madre.
    —Sí. Enviarte a ti a Londres me deja las manos libres para quedarme aquí y no quitarle el ojo de encima a la señorita Matthews.

    Miles enarcó una ceja.

    —¿Es eso lo único que quieres ponerle encima? ¿El ojo?

    Austin endureció más aún su gélido semblante y le preguntó con severidad:

    —¿Has terminado?

    Miles, sabiamente, tomó nota de los aires árticos que empezaban a soplar.

    —He terminado del todo. —Su expresión se serenó y, en un gesto amigable, puso una mano sobre el hombro de Austin—. No te preocupes, amigo mío. Entre los dos lo averiguaremos todo sobre la señorita Elizabeth Matthews.

    Una vez que la puerta se hubo cerrado a la espalda de Miles, Austin sacó una llave plateada del bolsillo del chaleco y abrió con ella el cajón inferior de su escritorio. Extrajo la carta que había recibido hacía dos semanas y releyó las palabras que ya tenía grabadas a fuego en el cerebro:

    Vuestro hermano William fue un traidor a Inglaterra. Tengo en mi poder la prueba, firmada de su puño y letra. Guardaré silencio, pero eso os costará dinero. Debéis viajar a Londres el día primero de julio. Allí recibiréis nuevas instrucciones.


    3


    Poco antes del amanecer del día siguiente, Elizabeth salió de puntillas de su habitación con una bolsa.

    —¿Adónde vas tan temprano, Elizabeth?

    Ésta por poco se desmaya del sobresalto.

    —Cielo santo, tía. Joanna, me has asustado. —Le sonrió a la mujer que le había abierto sin reservas su corazón y su hogar—. Pensaba dar un paseo por los jardines y hacer algunos bosquejos. ¿Quieres acompañarme?

    Una expresión de horror asomó al rostro rechoncho de su tía.

    —No, gracias, querida. El rocío de la madrugada me arrugaría las plumas. —Y acarició tiernamente las plumas de avestruz que sobresalían de su turbante de color verde pálido—. Me iré a leer a la biblioteca hasta la hora del desayuno. —Tía Joanna ladeó la cabeza y Elizabeth se inclinó hacia atrás para evitar el roce de las plumas—. ¿Te encuentras mejor?
    —¿Cómo dices?
    —Su excelencia me informó anoche de que te habías retirado debido a un dolor de cabeza.

    Elizabeth notó que se ruborizaba.

    —¡Ah, sí! Me siento mucho mejor.

    Su tía la observó con franca curiosidad.

    —Obviamente tuviste oportunidad de hablar con el duque. ¿Qué impresión te causó?

    «Que es arrebatadoramente atractivo. Y solitario. Y cree que soy una mentirosa.»

    —Me pareció... encantador. ¿Te divertiste en la fiesta, tía Joanna?

    Un resoplido impropio de una dama brotó de los labios de su tía.

    —Estaba pasándolo bien hasta que lady Digby y sus espantosas hijas me rodearon y no me dejaron escapar. Nunca en la vida me había topado con semejante hatajo de atolondradas cotorras. Me sorprendería mucho que lograse casar a una sola de esas pécoras aduladoras. —Alargó el brazo y acarició la mejilla de Elizabeth—. Está verde de envidia porque mi sobrina es tan guapa. No nos costará mucho conseguirte un marido.
    —Por si no lo has notado, tía Joanna, apenas podemos encontrar algún caballero dispuesto a bailar conmigo.
    —¡Pamplinas! —exclamó tía Joanna, quitándole importancia con un ademán—. Lo que ocurre es que casi no te conocen. Sin duda el hecho de que seas americana provoca cierta reacción de rechazo en algunos caballeros, por aquello de la rebelión del siglo pasado y las escaramuzas que se han producido allí hace poco. Pero las casas han vuelto a la calma, así que ahora sólo es cuestión de tiempo.
    —¿Qué es cuestión de tiempo?
    —Mujer, pues que algún joven se fije en ti...

    Elizabeth se abstuvo de señalar que hasta el momento prácticamente todos los que se habían fijado en ella le habían encontrado alguna falta.

    —He preparado un tentempié —dijo, levantando la bolsa en alto—, así que te veré después del desayuno.

    Su tía frunció el entrecejo.

    —Tal vez deba pedirle a un criado que te acompañe. —Antes de que Elizabeth pudiera protestar, su tía se apresuró a añadir—: Bueno, supongo que no será necesario. Ve, querida, y diviértete. Después de todo, nadie más está despierto. ¿Con quién podrías encontrarte a estas horas intempestivas?


    Elizabeth caminaba plácidamente, disfrutando de un silencio que sólo se veía interrumpido por el susurro del viento entre las hojas y los graznidos de los cuervos. Elegía los senderos al azar, sin importarle adónde la condujesen, contenta de estar al aire libre. Un poco más adelante, el bosque se hacía menos denso hasta acabar en un extenso claro donde las abejas zumbaban en torno a fragantes madreselvas. Mariposas de colores vivos revoloteaban alrededor de flores silvestres rojas y amarillas.

    Pronto llegó a la orilla de un lago pintoresco. Pálidos rayos de luz trémula y dorada se colaban por entre las frondosas ramas de unos árboles que formaban un refugio umbrío acariciado por el resplandor del alba. Sacó su cuaderno de dibujo y se sentó en la mullida hierba, con la espalda apoyada en el tronco de un enorme roble.

    Una ardilla juguetona la miraba desde una rama cercana, y Elizabeth trazó un rápido bosquejo de ella. Una familia de tímidos conejos le sirvió de modelo antes de alejarse brincando para refugiarse entre las hierbas altas. Hizo un dibujo detallado de Parche, su querido perro, con el corazón encogido al pensar en él. Había deseado desesperadamente llevárselo a Inglaterra consigo, pero era viejo y enfermizo, y ella sabía que no sobreviviría a la rigurosa travesía del océano. Lo había dejado atrás, junto con un pedazo de su corazón, a cargo de personas que lo querían casi tanto como ella.

    Apartó los pensamientos melancólicos que le evocaba el recuerdo de Parche y trazó un retrato de Diantre. Sin embargo, cuando hubo terminado, se apresuró a borrar al gatito de su mente. Si pensaba en el peludo animalillo se acordaría de lo que ocurrió en el jardín... y del hombre al que había conocido allí. El hombre cuya tristeza y soledad ocultas la habían conmovido, un hombre que guardaba secretos que le corroían el alma.

    Ella se había ofrecido a ayudarlo, pero luego había pasado media noche preguntándose si no se habría precipitado. El duque de Bradford obviamente no creía en su don de clarividencia.

    ¿Habría algún modo de convencerlo? Después de lo sucedido la noche anterior parecía que no, pero ella quería, ansiaba ayudarlo. Deseaba ahuyentar las sombras que ella había notado que empañaban su felicidad. Y Elizabeth necesitaba, por su propio bien, resarcirse del lío que había armado en Estados Unidos. Sin duda su sentimiento de culpabilidad remitiría si conseguía de alguna manera volver a unir al duque con el hermano al que creía muerto.

    No, no se había precipitado al ofrecerle su ayuda. De hecho, estaba resuelta a brindársela, tanto si él la quería como si no. Todo lo que ella tenía que hacer era conseguir alguna prueba concluyente de que su hermano estaba vivo en realidad. Para eso, no obstante, debería tocarlo de nuevo.

    Notó que la recorría una ola de calor. Apenas había podido dormir pensando en él, en su hermoso rostro, su mirada intensa, su cuerpo musculoso. Por unos breves instantes ella había deseado inútilmente presentar un aspecto elegante y atractivo, a fin de que un hombre como él pudiera sentir interés por ella durante más de un momento fugaz.

    Y, de hecho, él se había sentido interesado, como Elizabeth descubrió cuando le tocó la mano.

    Había deseado besada.

    Ella había leído sus pensamientos con tanta claridad y de forma tan inesperada... Se le cortó el aliento al imaginar sus labios en contacto con los de ella, sus fuertes brazos atrayéndola hacia sí, apretándola contra su cuerpo. ¿Qué sentiría si un hombre semejante la besara? ¿Si la tocara y la estrechase en sus brazos? Sería... como estar en el cielo.

    Se le escapó un suspiro, el tipo de suspiro femenino que nunca se habría creído capaz de exhalar. Se removió para colocarse en una postura más cómoda y se dejó llevar por su fantasía. Con los ojos cerrados, se imaginó cómo sería la sensación de besarlo.


    Austin avistó una falda amarilla agitada por la brisa y tiró de las riendas de Myst para frenarlo. Maldita sea, ¿es que nunca lo dejarían estar a solas?

    Habría dado media vuelta, pero había estado galopando sobre Myst durante una hora y el caballo necesitaba descansar y beber agua.

    Resignado a entablar una conversación superficial y breve con una de las invitadas de su madre, se acercó al lago. Rodeó el grueso roble y se paró en seco.

    Era ella. La mujer que había perturbado su sueño e invadido su mente desde que despertó. La mujer sobre la que necesitaba informarse. Estaba sentada bajo el umbroso árbol con los ojos cerrados y una media sonrisa en los labios.

    Desmontó y se acercó silenciosamente, sin apartar la vista de ella. Unos rizos de color castaño rojizo, despeinados por el viento, le enmarcaban el rostro. La observó sin prisas, admirando su piel de porcelana, sus largas pestañas y sus labios extraordinarios y tentadores.

    Su mirada descendió atraída por su esbelto cuello y la nívea piel que asomaba de su recatado corpiño. Sus piernas parecían increíblemente largas bajo el vestido de muselina.

    Otro rizo, movido por el viento, se soltó de su moño desarreglado y le rozó la boca. Sus labios se contrajeron varias veces y sus ojos se entreabrieron mientras se apartaba el molesto mechón de la cara.

    Austin supo exactamente en qué momento ella vio las botas de montar negras que tenía delante. Se puso tensa y parpadeó. Luego alzó la vista y reprimió un grito de sorpresa.

    —¡Excelencia!

    Se levantó de un salto y ejecutó una reverencia que muchos habrían considerado poco elegante, pero que a Austin le pareció encantadora.

    —Buenos días, señorita Matthews. Por lo visto tenía usted razón cuando predijo que no me costaría demasiado encontrarla. Me tropiezo con usted por todas partes.

    Las mejillas de Elizabeth enrojecieron. Cuán desconcertante resultaba fantasear con que un hombre la besaba y abrir los ojos para descubrir que ese mismo hombre estaba ahí delante, mirándola. Un hombre de lo más atractivo, por cierto.

    La luz matinal que se filtraba por entre las hojas hacía brillar su cabello negro como el azabache. Un solitario mechón, agitado por el viento, le caía sobre la frente, confiriéndole un atractivo casi juvenil que contrastaba de manera chocante con la imponente intensidad de sus ojos grises. Su figura alta y robusta, de porte aristocrático, destilaba fuerza masculina.

    Una camisa blanca y lisa le cubría el ancho torso. Al llevar desabrochados los botones superiores, la firme y bronceada columna de su cuello se elevaba desde la abertura en la fina batista. Los latidos del corazón de Elizabeth se aceleraron cuando atisbó el vello negro que asomaba por ese fascinante resquicio, si bien la camisa le impedía ver más.

    El amplio pecho de Austin se estrechaba hacia las esbeltas caderas formando una V perfecta, y sus largas y musculosas piernas estaban enfundadas en pantalones de montar de color beige que desaparecían en el interior de sus lustrosas botas negras. Ella supuso que las calles de Londres debían de estar repletas de damiselas con el corazón roto por su causa. Desde luego, él sería un modelo maravilloso para un dibujo.

    —¿Y bien? ¿He pasado la inspección? —preguntó Austin, divertido.
    —¿La inspección?
    —Sí. —Esbozó una sonrisa—. Es una palabra inglesa que significa «examinar a fondo».

    Aunque saltaba a la vista que estaba tomándole el pelo, Elizabeth se sintió abochornada. Cielo santo, había estado contemplándolo como una muerta de hambre ante un banquete. Pero al menos él ya no parecía disgustado con ella.

    —Perdonadme, excelencia. Es sólo que me ha sorprendido veros aquí. —Achicó los ojos al fijarse en una marca de su mejilla—. ¿Os habéis hecho daño?

    Él se tocó la marca con cuidado.

    —Un arañazo de una rama. No es más que un rasguño.

    Un suave relincho llamó la atención de Elizabeth, que se volvió para observar el magnífico corcel negro que abrevaba en el lago.

    —¿Estáis disfrutando con vuestro paseo a caballo? —preguntó.
    —Sí, mucho. —Él se dio la vuelta—. ¿Dónde está su montura?
    —He venido a pie. Es una mañana estupen...

    Una imagen le vino a la mente e interrumpió sus palabras.

    Era la imagen de un caballo encabritado, un caballo negro muy parecido al que bebía junto al lago.

    —¿Se encuentra bien, señorita Matthews?

    La imagen se desvaneció y ella desechó aquella vaga impresión.

    —Sí, estoy bien. De hecho, estoy...
    —Como un roble.
    —Bueno, sí, lo estoy —contestó ella con una sonrisa—, pero lo que iba a decir es que estoy hambrienta. ¿Os gustaría compartir conmigo mi almuerzo? He traído más que suficiente.

    Se arrodilló y empezó a sacar comida de su bolsa.

    —¿Se ha traído el desayuno?
    —Bueno, no exactamente. Sólo unas zanahorias crudas, manzanas, pan y queso.

    Austin la observaba, intrigado. Nunca lo habían invitado a un picnic tan informal. Era una oportunidad ideal para pasar algo de tiempo con ella. ¿Qué mejor manera de sonsacarle sus secretos y averiguar lo que sabía de William y de la carta de chantaje? Se acomodó en el suelo a su lado, y aceptó una rebanada de pan y un trozo de queso.

    —¿Quién os ha preparado la bolsa?
    —Yo misma. Ayer por la mañana, antes de salir de Londres, ayudé a la cocinera de tía Joanna, que había tenido un percance. En señal de gratitud, me invitó a servirme lo que quisiera.

    Le sacó brillo a una manzana frotándola contra su falda. Austin hincó el diente en el queso, y le sorprendió que algo tan sencillo supiese tan bien. Nada de salsas elaboradas, ni del entrechocar de los cubiertos de plata, ni de sirvientes revoloteando alrededor..

    —¿Cómo fue que ayudó usted a la cocinera?
    —Se había hecho una herida en el dedo que necesitaba varios puntos. Yo estaba en la cocina buscando algo de sidra cuando ocurrió el accidente. Naturalmente, le ofrecí mi ayuda.
    —¿Mandó llamar a un médico?

    Ella arqueó las cejas, con un brillo de diversión en los ojos.

    —Le curé la herida y se la suturé yo misma.

    Austin por poco se atraganta con el queso.

    —¿Usted le suturó la herida?
    —Sí. No había por qué molestar a un médico cuando yo era perfectamente capaz de ocuparme de ella. Creo haber mencionado anoche que mi padre era médico. A menudo me pedía que lo ayudara.
    —¿Y usted llegó a realizar tareas... propias de un médico?
    —Pues sí. Papá era muy buen profesor. Os aseguro que la cocinera estuvo bien atendida.

    Le dedicó una sonrisa y acto seguido dio un mordisco a la manzana.

    La mirada de Austin se posó en los labios carnosos de ella, brillantes de jugo de manzana. Su boca tenía un aspecto húmedo y dulce. E increíblemente tentador. Él no creía en realidad que ella pudiera leerle el pensamiento, pero, en vista de su extraña perspicacia, decidió apartar su atención de aquellos labios.

    —Qué mañana tan hermosa —comentó ella—. Me encantaría ser capaz de reproducir esos colores, pero no tengo talento para las acuarelas. Sólo se me da bien el carboncillo, y me temo que viene en un único color.

    Austin señalo con un movimiento de la cabeza el cuaderno de dibujo que estaba junto a ella.

    —¿Me permite?
    —Por supuesto —respondió ella, alargándole el cuaderno.

    Austin examinó cada uno de los esbozos y comprobó enseguida que ella tenía mucho talento. Sus trazos vigorosos componían imágenes tan vívidas, tan llamativas, que parecían salirse del papel.

    —¿Habéis reconocido a Diantre? —preguntó ella, mirando por encima de su hombro.

    El suave aroma a lilas lo envolvió de repente.

    —Sí, es un retrato muy fiel de la bestezuela.

    Levantó la vista del dibujo, y los curiosos destellos dorados en los ojos de Elizabeth captaron su atención. Eran unos ojos enormes, de color ámbar con toques dorados, como el brandy. Sus miradas se encontraron, y él quedó cautivo durante un rato largo. Una chispa le recorrió el cuerpo, acelerándole el pulso. Aunque estaba sentado en el suelo, de pronto se sintió como si hubiese corrido un kilómetro. Esta mujer producía un efecto de lo más extraño en sus sentidos. Y en su respiración.

    Se aclaró la garganta.

    —¿Ha tenido la oportunidad de conocer a la familia de Diantre?
    —Sólo a su madre, George.
    —Entonces debe pasarse por los establos para conocer a Recórcholis, Caramba, Por Júpiter y a todos los demás.

    Ella prorrumpió en carcajadas.

    —Os estáis inventando esos nombres, excelencia.
    —No, son auténticos. Mortlin iba bautizando a las bestias conforme nacían... y nacían... y nacían. Fue una camada de diez gatitos en total, y Mortlin les ponía nombres cada vez más... eh, floridos a medida que su madre los paría. La decencia me impide mencionar algunos de ellos. —Haciendo un gran esfuerzo, logró bajar de nuevo la vista hacia el cuaderno de dibujo—. ¿De quién es este perro?

    La alegría desapareció del rostro de Elizabeth.

    —Es mi perro, Parche.

    La profunda melancolía con que ella miraba el bosquejo lo impulsó a preguntar:

    —¿Y dónde está Parche?
    —Es demasiado viejo para hacer la travesía hasta Inglaterra, así que lo dejé en manos de personas que lo quieren. —Alargó el brazo y pasó cariñosamente el dedo sobre el dibujo—. Yo tenía cinco años cuando mis padres me lo regalaron. Parche era muy pequeñito, pero al cabo de pocos meses había crecido y ya era más grande que yo. —Apartó la mano lentamente y agregó—: Lo echo mucho de menos. Aunque es totalmente irremplazable, espero tener otro perro algún día.
    —Dibuja usted muy bien, señorita Matthews —le aseguró Austin, devolviéndole el cuaderno.
    —Gracias. —Ladeó la cabeza—. ¿Sabéis, excelencia? Seríais un buen modelo.
    —¿Yo?
    —Sin duda alguna. Vuestro rostro es...

    Hizo una pausa para estudiado durante un largo rato, inclinando la cabeza a un lado y al otro.

    —Horrendo, ¿verdad?
    —Cielo santo, no —replicó ella—. Tenéis un rostro de lo más interesante. Lleno de carácter. ¿Os importaría que os dibujara?
    —En absoluto.

    ¿«Interesante»? ¿«Lleno de carácter»? No sabía muy bien si eso era bueno o malo, pero de una cosa estaba seguro: ésos no eran los piropos que le lanzaban habitualmente las mujeres de buen tono. Parecía que, al menos en lo tocante a los hombres, la señorita. Matthews actuaba sin malicia ni intenciones ocultas. «Es difícil de creer —pensó—. Y sumamente improbable. Pero pronto descubriré a qué está jugando.»

    —¿Os parece bien posar sentado debajo del árbol? —preguntó ella, escudriñando la zona circundante—. Apoyad la espalda en el tronco y poneos cómodo.

    Juntó sus enseres, y Austin, sintiéndose un poco tonto, hizo lo que le pedía.

    —¿Así está bien? —preguntó cuando encontró un sitio cómodo.
    —Parecéis un poco tenso, excelencia —observó ella, arrodillándose enfrente de él—. Procurad relajaros. Esto no os dolerá, os lo prometo.

    Austin cambió de posición e inspiró a fondo.

    —Eso está mucho mejor. —Ella recorrió su rostro con la mida—. Y ahora quiero que rememoréis algo.
    —¿Que rememore algo?
    —Sí. —Un brillo travieso asomó a los ojos de Elizabeth—. Rememorar es una palabra americana que significa «evocar sucesos del pasado».

    Lo asaltó la súbita sospecha de que ella quizás intentara extraerle información. Esforzándose por mantener el semblante inexpresivo, preguntó:

    —¿Qué es lo que quiere saber?
    —Oh, nada, excelencia. Me basta con que penséis en uno de vuestros recuerdos más gratos mientras os dibujo. Me ayudará a captar vuestra expresión correctamente.
    —Ah, entiendo.

    Pero no entendía en absoluto. ¿Un recuerdo grato? ¿De qué? Había posado para varios retratos, todos los cuales estaban ahora expuestos en la galería de Bradford Hall, y no había tenido que hacer nada excepto permanecer sentado e inmóvil durante horas interminables. Rebuscó en su mente, pero se quedó totalmente en blanco.

    —Sin duda guardáis algún recuerdo grato en algún rincón de vuestro cerebro, excelencia.

    Muy improbable. Pero Austin no estaba dispuesto a dejar que ella lo supiera. Decidido a desenterrar algún pensamiento alegre, se concentró mientras la joven no le quitaba ojo.

    —Dejad vagar vuestra mente... y relajaos —le indicó ella en voz baja.

    Austin dirigió su mirada más allá de ella y la posó en Myst, que pacía no muy lejos de allí. Una imagen de William le vino a la memoria de repente... William, a los trece años, corriendo hacia las cuadras en pos de Austin, mientras Robert seguía de cerca a sus hermanos mayores...

    —Observo una sonrisa de lo más intrigante —dijo ella—. ¿Compartiríais vuestros pensamientos conmigo?

    Consideró la posibilidad de negarse, pero decidió que no perdería nada contándoselo.

    —Estoy pensando en una gran aventura que viví con mis hermanos. —Una sensación cálida se apoderó de él conforme evocaba aquel día con todo detalle—. Tuvimos que huir y refugiarnos en las cuadras después de confabularnos para conseguir que la avinagrada institutriz de Caroline renunciase a su puesto. Habíamos colocado un barril de harina y un cubo de agua sobre la puerta de su dormitorio. Cuando la abrió, sus chillidos de indignación hicieron temblar las vigas del techo. Nos escondimos en el pajar, carcajeándonos hasta quedarnos sin respiración.
    —¿Qué edad teníais?
    —Yo, catorce. William, trece, y Robert, diez.

    El recuerdo se desvaneció lentamente, como una voluta de humo a merced de una leve brisa.

    —¿Qué otras travesuras hicisteis?

    Otra imagen acudió de inmediato a su mente y su garganta dejó escapar una risita.

    —Un día, ese mismo verano, los tres caminábamos junto al lago cuando Robert, que ha sido un diablo desde el día en que nació, desafió a William a que se quitara la ropa y se diese un chapuzón, actividad que nuestro padre nos había prohibido terminantemente. Para no ser menos, yo a mi vez lo desafié a que hiciese lo mismo. Poco después estábamos los tres desnudos como vinimos al mundo, chapoteando y zambulléndonos, divirtiéndonos como nunca. Pero de pronto nos percatamos de que no estábamos solos.
    —¡Huy! ¿Acaso os sorprendió vuestro padre?
    —No, eso habría sido mejor. Fue nuestro amigo Miles, hoy conde de Eddington. Estaba de pie en la orilla, con toda nuestra ropa entre las manos y una expresión inconfundible en los ojos. Arrancamos a correr detrás de él, pero Miles era demasiado rápido para nosotros. Nos vimos obligados a colarnos en la casa, en cueros, por la puerta de la cocina. —Sacudió la cabeza y se echó a reír—. Logramos eludir a nuestro padre, pero dimos mucho que hablar al personal de la cocina durante varios meses.

    Su risa se apagó mientras una rápida sucesión de recuerdos desfilaba por su mente: William y él nadando juntos, pescando juntos; el día en que le explicó a William las complejidades de cómo se hacen los niños para luego estallar en carcajadas al ver su expresión horrorizada. Luego, ya mayores, las ocasiones en que comían juntos en el club, jugaban al faraón o echaban una carrera a caballo. Habían compartido tantos momentos... momentos que se habían marchado para siempre. «Dios, cómo te hecho de menos, William.»

    —He terminado.

    La dulce voz arrancó a Austin de su ensueño.

    —¿Cómo dice?
    —He dicho que he terminado con vuestro dibujo. —Le alargó el cuaderno—. ¿Os gustaría verlo?

    Austin tomó el bosquejo y lo estudió con detenimiento. El retrato lo mostraba muy diferente de cómo él estaba acostumbrado a verse. El hombre del dibujo parecía del todo relajado, con la espalda reclinada en el tronco del árbol, una pierna doblada y los dedos enlazados con naturalidad sobre la rodilla levantada. Sus ojos despedían un brillo juguetón y una leve sonrisa se insinuaba en las comisuras de sus labios, como si estuviese pensando en algo divertido y alegre.

    —¿Os gusta? —preguntó ella, inclinándose sobre su hombro para examinar su obra.

    Su tenue fragancia a lilas invadió de nuevo los sentidos de Austin. El cabello brillante y desmelenado de Elizabeth enmarcaba su hermoso rostro. Un largo rizo castaño rojizo rozó el brazo de Austin y él se quedó mirándolo, un borrón rojo oscuro sobre su manga blanca, luchando contra el impulso de alargar la mano para tocarlo.

    —Sí —respondió con un carraspeo—. Me gusta mucho. Ha plasmado usted perfectamente mi estado de ánimo.
    —Habéis mencionado a un hermano menor llamado Robert.
    —Sí. Ahora está de viaje por el continente.

    Ella lo escrutó con la mirada.

    —Y a William... vos lo queréis mucho.
    —Sí —contestó él con un nudo en la garganta.

    No hizo ningún comentario sobre el hecho de que ella empleara el presente del verbo «querer». Dios, sí, había querido mucho a William. Incluso al final, cuando había asegurado que él no..., cuando había sido testigo, con sus propios ojos y sus propios oídos, de la impensable traición de su hermano.

    —Sí, lo quería. —Le devolvió el cuaderno.

    Elizabeth posó la vista sobre su mejilla.

    —¿Os duele mucho la herida?
    —Escuece un poco.
    —En ese caso, insisto en preparar un bálsamo para vos. —Extrajo una bolsa de su saco.
    —¿Qué es eso?
    —Mi bolsa de medicinas.
    —¿Lleva usted consigo su bolsa de medicinas incluso cuando va de paseo?

    Ella asintió con la cabeza.

    —A pie o a caballo. De niña, siempre me despellejaba los codos y las rodillas. —Sus ojos centellearon con socarronería—. Como ya conocéis mi afición a arrastrarme entre las matas, estoy segura de que esto no os sorprenderá. Al final, papá preparó una bolsa para que la llevase siempre que saliese de casa. Prácticamente he agotado las reservas, de modo que la bolsa no pesa mucho.
    —¿Cómo lo hacía para despellejarse las rodillas? ¿No la protegían sus faldas?

    Las mejillas de Elizabeth se sonrojaron.

    —Me temo que solía..., bueno, levantarme un poco las faldas. —Ante la evidente estupefacción de Austin, se apresuró a añadir—: Pero sólo para trepar a los árboles.
    —¿Trepar a los árboles?

    Se la imaginó con la falda levantada y las largas piernas al aire, riendo, y notó que le subía la temperatura corporal.

    —No temáis, excelencia —le dijo ella con una sonrisa burlona—. Dejé de trepar hace ya varias semanas. Pero aún llevo conmigo la bolsa de medicinas. Nunca se sabe cuándo puede una toparse con un apuesto caballero que necesite cuidados médicos. Más vale estar siempre preparada.
    —Supongo que tiene razón —murmuró Austin, complacido en cierto modo de que lo considerase apuesto, pero sorprendido de que sus palabras no le sonasen insinuantes, sino sencillamente amistosas.

    La observó con interés mientras ella extraía varios saquitos y pequeños cuencos de madera de la bolsa. Luego la joven se disculpó y se dirigió hacia el lago, para volver con una vasija llena de agua. Después de disponer estos objetos en torno a sí, se puso manos a la obra, con una inequívoca expresión de concentración en el rostro.

    —¿Qué está mezclando? —preguntó Austin, fascinado por su insólita actividad.
    —Nada más que hierbas secas, raíces yagua.

    Aunque él no entendía cómo unas cuantas hierbas con agua podrían aliviar el dolor de su mejilla, guardó silencio y se limitó mirarla, consciente de que cuanto más la observara más averiguaría sobre ella.

    Cuando ella terminó, se arrodilló frente a él y mojó los dedos el cuenco de bálsamo.

    —Quizás esto os duela un poco al principio, pero sólo será un momento.

    Austin ojeó el mejunje cremoso con desconfianza.

    —¿Está segura de que eso me hará algún bien?
    —Ya lo veréis. ¿Puedo proceder?

    Al ver que él vacilaba, ella arqueó las cejas con un brillo travieso en los ojos.

    —¿No tendréis miedo de un poco de bálsamo, excelencia?
    —Por supuesto que no —refunfuñó, irritado por el hecho de que ella aventurase cosa semejante, incluso en broma—. Aplique usted el bálsamo, sin más demora.

    Ella se inclinó hacia delante y frotó suavemente la mejilla herida con la crema. Escocía como el demonio, y él tuvo que contenerse para no recular y quitarse aquel ridículo remedio de la cara.

    En un intento de distraerse del picor de su piel, centró su atención en Elizabeth. Ella frunció el entrecejo con preocupación mientras le ponía un poco más de bálsamo. Haces de luz matinal se colaban por entre los árboles, arrancando destellos rojizos y dorados a su cabello. Por primera vez él reparó en las pecas que salpicaban la nariz de Elizabeth.

    —Sólo un poquito más, excelencia, y habré terminado.

    Él notó su cálido aliento en la cara. Bajó la mirada hacia su boca, y la garganta se le oprimió todavía más. Maldita sea, ella poseía la boca más increíble que hubiese visto. De pronto se percató no sólo de que la mejilla ya no le dolía, sino también de que el suave contacto de la mano de la joven le provocaba oleadas de placer que lo recorrían de la cabeza a los pies.

    Su cuerpo entero palpitaba, lleno de vida. El deseo de besarla, de sentir aquellos labios extraordinarios contra los suyos, de tocarle la lengua con la suya, se apoderó de él de manera incontenible. Si se inclinaba hacia adelante sólo un poquito...

    Ella se echó para atrás de repente.

    —¿Escuece todavía?

    Austin parpadeó varias veces. Se había quedado aturdido. Pero sin beso.

    —Hum, no. ¿Por qué lo pregunta?
    —Os he oído gemir. O quizá fuera más bien un gruñido.

    Lo invadió una gran irritación, hacia ella y hacia sí mismo. Allí estaba él, fantaseando con besarla, con una incomodidad creciente en los pantalones, gimiendo —¿o gruñendo?—, y ella salía con esa pregunta sobre si se encontraba bien.

    Prácticamente lo estaba matando.

    Estaba perdiendo el juicio. Necesitaba concentrarse en los asuntos que se traía entre manos, pero eso resultaba de lo más difícil teniendo aquella tentación tan cerca. «Concéntrate en William —se dijo—. En la nota de chantaje. En lo que ella pueda saber sobre eso.»

    —Gracias, señorita Matthews. Me siento mucho mejor. ¿Ha terminado?

    Ella frunció el ceño y luego asintió con la cabeza, limpiándose los dedos con un trapo. Austin se preguntó en qué estaría pensando. El silencio y la expresión preocupada de Elizabeth despertaron su curiosidad.

    —¿Ocurre algo malo, señorita Matthews?
    —No estoy segura. ¿Me permitís... tocaros la mano?

    Esta petición hizo que una sensación de calor le recorriese la columna vertebral. Sin una palabra, levantó la mano.

    Ella la apretó ligeramente entre las suyas y cerró los párpados. Después de lo que pareció una eternidad, sus ojos se abrieron lentamente. Austin leyó en ellos un temor y una inquietud ostensibles.

    —¿Hay algún problema?
    —Eso me temo, excelencia.
    —¿Ha vuelto a..., ejem, a ver a William?
    —No. Os he visto... a vos.
    —¿A mí?

    Ella asintió con la cabeza, consternada.

    —Os he visto. Lo he percibido.
    —¿Qué ha percibido?
    —El peligro, excelencia. Me temo que corréis un grave peligro.


    4


    Austin se quedó mirándola. Evidentemente la joven sufría alucinaciones, pero su mirada de horror le heló la sangre en las venas. «Demonios —se dijo—, si no voy con cuidado, acabará por convencerme de que hay duendes acechando detrás de todos los árboles.» Trató de retirar la mano delicadamente de entre las suyas, pero ella la apretó con fuerza.

    —Pronto —susurró—. Veo árboles, la luna. Vais a caballo, por un bosque. Está a punto de llover. Ojalá supiese más, pero eso es todo lo que he visto. No puedo deciros qué forma adoptará ese peligro, pero os juro que pesa sobre vos una amenaza auténtica. E inminente. —Su voz sonaba desesperada, implorante—. No debéis cabalgar en el bosque por la noche, bajo la lluvia.

    Enfadado consigo mismo por haberse puesto un poco nervioso, Austin se soltó bruscamente.

    —Soy perfectamente capaz de cuidar de mí mismo, señorita Matthews. No se preocupe.

    La mirada de ella expresó frustración.

    —Pues estoy preocupada, excelencia, y vos deberíais estarlo también. Aunque comprendo vuestro escepticismo, os aseguro que lo que digo es cierto. ¿Qué motivos podría tener para mentiros?
    —Ya me he hecho esa misma pregunta, señorita Matthews. Y me interesa mucho conocer la respuesta.
    —No hay respuesta. No estoy mintiendo. Cielo santo, ¿sois siempre tan testarudo? —Achicó los ojos, sin apartados de los suyos—. ¿O es que quizás estáis sahumado?

    ¿Lo había llamado testarudo? ¿Y qué demonios significaba «sahumado»?

    —¿Cómo?
    —Sí. ¿Os habéis excedido en el consumo de bebidas alcohólicas?

    La fulminó con la mirada.

    —Achispado. Quiere usted decir achispado. Pues no, desde luego que no lo estoy. ¡Por Dios, son sólo las siete de la mañana! —Se inclinó hacia ella, y su irritación alcanzó su punto culminante cuando vio que ella se mantenía firme y le sostenía la mirada—. Tampoco soy testarudo.

    Un resoplido impropio de una dama escapó de los labios de Elizabeth.

    —Estoy convencida de que os encanta creer que no lo sois. —Reunió sus enseres y se puso en pie—. Debo marcharme. Tía Joanna se estará preguntando qué ha sido de mí.

    Sin una palabra más, dio media vuelta y enfiló a paso ligero el sendero que conducía a la casa.

    Austin la siguió con la mirada hasta que desapareció; reprimió su enfado. «Qué mujer tan impertinente —pensó—. Que Dios ayude al pobre idiota que acabe encadenándose a esa americana maleducada.»

    Sin embargo, una vez que su ira remitió, una palabra comenzó a rondarle por la cabeza: peligro.

    Lo asaltó cierta inquietud, pero él se la sacudió de encima resueltamente. Estaba en su propia finca, a millas de distancia de cualquier lugar poblado. ¿Qué podría pasarle allí? ¿Que una ardilla hambrienta le mordiese la pierna? ¿Que una cabra le propinase un topetazo en el trasero? Se rió para sus adentros ni imaginar a unos animalitos peludos persiguiéndolo por la finca.

    Su diversión se cortó súbitamente cuando pensó en la carta de chantaje. ¿Tendría el chantajista la intención de hacerle daño? Sacudió la cabeza, desechando la idea. El chantajista quería dinero, y no lo conseguiría si hacía daño a su fuente de ingresos.

    Por otro lado, ¿con qué objeto le habría advertido ella del peligro? ¿Estaría conchabada con el chantajista? ¿Estaba intentando meterle miedo para que pagase al desgraciado del chantajista? ¿O acaso era otra de las víctimas del chantajista y simplemente quería ayudarlo? ¿O es que, sencillamente, estaba chiflada?

    No lo sabía, pero no concedió el menor crédito a esas tonterías sobre visiones.

    No, no estaba en peligro.

    En absoluto.

    Y tampoco era testarudo.


    Dos horas después, Austin entró en el comedor con la intención de tomarse una taza de café en paz, y tuvo que reprimir un gruñido. Dos docenas de pares de ojos lo contemplaban. Maldición. Se había olvidado del resto de las visitas de su madre que, en rigor, eran también invitados suyos.

    —Buenos días, Austin —lo saludó su madre en un tono que conocía muy bien y que equivalía a: «Gracias a Dios que has aparecido, porque alguien está aburriéndonos a muerte»—. Lord Digby estaba explicándonos con todo detalle las virtudes de los nuevos sistemas de riego. Si no recuerdo mal, ése es uno de tus temas predilectos.

    A Austin casi se le escapó una carcajada al ver la mirada de desesperación que ella le dirigía, una mirada que ni siquiera el hombre más despiadado podría pasar por alto. Adivinó que su madre quería que acaparase la atención de lord Digby, por lo que se sentó a la cabecera de la mesa y dedicó al caballero un gesto alentador.

    —¿Sistemas de riego? Fascinante.

    La conversación prosiguió, y, después de que un criado le sirviese café, Austin fingió escuchar a lord Digby mientras su mirada vagaba por la mesa.

    Caroline le sonrió y, tras echar con disimulo un vistazo a derecha e izquierda, puso los ojos en blanco. Él respondió con un guiño, complacido de que ella estuviese tan alegre y de que se las hubiese ingeniado para conservar el sentido del humor a lo largo de lo que prometía convertirse en un desayuno mortalmente aburrido.

    Paseó la vista por los otros invitados, asintiendo distraídamente con la cabeza en respuesta al discurso de lord Digby. Lady Digby estaba sentada en medio de sus numerosas hijas. Dios santo, ¿cuántas eran? Hizo un cálculo rápido y contó cinco. Todas ellas lo miraban pestañeando con coquetería.

    Apenas logró reprimir un escalofrío. ¿Cómo había llamado Miles a esas mocosas? Ah, sí: cabezas de chorlito bastante tontas. Tomó nota mentalmente de que debía hacer caso de las recomendaciones de Miles y permanecer lo más alejado posible de las hermanas Digby. Si les prestaba la menor atención, sin duda lady Digby correría a llamar a un sacerdote.

    La condesa de Penbroke estaba sentada junto a la madre de Austin, y ambas conversaban animadamente sobre algo que él no alcanzó a oír. Lady Penbroke lucía otra muestra de su inacabable reserva de tocados extravagantes. Austin observó fascinado cómo un criado esquivaba ágilmente las largas plumas de avestruz que sobresalían de su turbante de color verde pálido y amenazaban con sacarle el ojo a alguien cada vez que ella movía la cabeza.

    Austin estuvo a punto de atragantarse con el café cuando vio a lady Penbroke echarse al hombro despreocupadamente su boa de plumas, otro de sus accesorios favoritos. En lugar de depositarse sobre sus hombros rechonchos, la prenda cayó de lleno en medio del plato de una de las hermanas Digby. La chiquilla, que contemplaba a Austin con una sonrisa embobada, ensartó sin darse cuenta la boa con el tenedor. Antes de que Austin pudiera avisarla, el mismo criado de pies ligeros que había evitado las plumas de lady Penbroke soltó la boa del tenedor, envolvió con ella a lady Penbroke con un preciso movimiento de la muñeca y prosiguió su camino en torno n la mesa sin pestañear. Impresionado, Austin decidió subirle el sueldo.

    Se reclinó en su silla y continuó con su examen de los comensales. Advirtió que su madre parecía bastante contenta, serena y sorprendentemente fresca, pese a que probablemente se había ido a dormir al alba. Llevaba la dorada cabellera recogida en un moño que la favorecía mucho, y su vestido azul oscuro hacía juego con sus ojos. Caroline se le parecía tanto que Austin sabía exactamente qué aspecto tendría su hermana veinticinco años después: sería absolutamente hermosa.

    La mirada de Austin continuó recorriendo a los invitados. Arqueó las cejas cuando vio a Miles hacerle una señal con la cabeza por encima de su taza de café. ¿Acaso el hecho de que su amigo no hubiese partido todavía a Londres significaba que ya tenía algún informe que comunicarle respecto de la señorita Matthews?

    Frunció el entrecejo y de nuevo repasó con la vista a los comensales. ¿Dónde estaba la señorita Matthews? Había una silla a todas luces desocupada en la mesa.

    En realidad no estaba ansioso por ver a aquella jovencita impertinente. En absoluto. De hecho, de no ser porque necesitaba averiguar qué conexión tenía con William, la habría borrado de su mente por completo.

    Sí; se olvidaría de aquellos grandes ojos marrón dorado que podían cambiar de alegres a serios en un santiamén, y de su espesa y rizada cabellera de color castaño rojizo, que parecía invitado a acariciada con los dedos. No volvería a pensar en su boca. Hmm... su boca. Esos encantadores, carnosos y enfurruñados labios...

    —Caracoles, excelencia, ¿os encontráis bien? —La voz de lord Digby devolvió a Austin a la realidad.
    —Perdón, ¿cómo dice?
    —Os he preguntado por vuestra salud. Habéis soltado un quejido.
    —¿Ah sí?

    «¡Maldita sea! Esa mujer representaba un engorro, incluso cuando no estaba presente.»

    —Sí. Los arenques ahumados también me producen ese efecto. Y las cebollas. —Lord Digby se inclinó hacia él y añadió en voz baja—: Lady Digby siempre se da cuenta cuando me permito algún capricho a la hora de la comida. La condenada sabe exactamente qué me he llevado a la boca y cierra con llave su alcoba si pruebo a escondidas un solo bocado de cebolla. Quizás os interese tener eso en consideración cuando estéis preparado para elegir esposa.

    Cielo santo. La mera idea de estar encadenado a una de las hermanas Digby le quitó el poco apetito que le quedaba. Lanzando una mirada significativa a Miles, Austin se disculpó con lord Digby y se puso en pie.

    —¿Adónde vas? —le preguntó su madre.

    Austin se le acercó, se colocó tras el respaldo de su silla y le plantó un beso en la sien.

    —Tengo unos asuntos que tratar con Miles.

    Ella se volvió, escrutándole el rostro con una mirada de inquietud, sin duda buscando los signos de fatiga que a menudo percibía en sus ojos. Consciente de que ella se preocupaba por él, su hijo le sonrió forzadamente y le dedicó una reverencia formal.

    —Tienes un aspecto maravilloso esta mañana, madre. Como siempre.
    —Gracias. Tú tienes un aspecto... —bajó la voz hasta un tono confidencial— distraído. ¿Ocurre algo malo?
    —En absoluto. De hecho, me propongo tomar el té contigo esta tarde.

    Una expresión de sorpresa se reflejó en el semblante de su madre.

    —Ahora estoy convencida de que algo va mal.

    Con una risita, Austin se excusó y se encaminó a su estudio privado para esperar a Miles.


    Austin apoyó la cadera en su escritorio de caoba y observó a MiIes, arrellanado en el sillón granate de cuero, el preferido de Austin.

    —¿Estás completamente seguro de que nunca había estado en Inglaterra antes de que desembarcase hace seis meses? —preguntó Austin.
    —Tan seguro como puedo estado sin leerme montañas de listas de pasajeros de los barcos. —Al advertir que Austin fruncía el ceño, Miles se apresuró a agregar—: Que es justo lo que haré en cuanto llegue a Londres, pero hasta entonces sólo puedo trasmitirte lo que me contó la condesa de Penbroke. Anoche mantuvimos una larga conversación que por poco dio como resultado la pérdida de uno de mis ojos a causa del objeto puntiagudo que llevaba puesto en la cabeza. Fíjate. —Señaló un pequeño arañazo en la sien—. Probablemente llevaré esta cicatriz el resto de mi vida.
    —Nunca dije que esta misión fuera a estar desprovista de peligro —comentó Austin, imperturbable.
    —Pues está cargada de peligros, en mi opinión —masculló Miles—. El caso es que, mientras le iba a buscar una taza de ponche tras otra y esquivaba sus plumas, ella me aseguró, de forma bastante rotunda, que ésta es la primera visita de su sobrina a Inglaterra. Creo que sus palabras exactas fueron: «Y ya era hora».
    —¿Sabes cuánto tiempo piensa quedarse la señorita Matthews?
    —Cuando se lo pregunté a lady Penbroke, clavó en mí una mirada acerada y me informó de que, puesto que la muchacha acaba de llegar, no ha hecho planes todavía para mandarla de regreso a América.
    —¿Y qué hay de su familia?
    —Ambos padres están muertos. Su madre, la hermana de lady Penbroke, murió hace ocho años. El padre falleció hace dos.
    —¿Tiene hermanos?
    —No.

    Austin enarcó las cejas.

    —¿Qué hizo cuando murió su padre? No debía de contar más de veinte años. No habrá vivido sola, ¿verdad?
    —Ahora tiene veintidós. Me quedé con la impresión de que el padre de la señorita Matthews la dejó en una posición desahogada, pero no le legó una fortuna. Después de poner en orden los asuntos de su padre, ella se fue a vivir con unos parientes cercanos de la rama paterna que residían en la misma ciudad. Por lo visto dichos parientes tienen una hija de la misma edad que la señorita Matthews, y ambas son muy amigas.
    —¿Averiguaste alguna cosa más?

    Miles asintió con la cabeza.

    —Cuando la señorita Matthews hizo la travesía a Inglaterra, llegó con una compañera de viaje contratada, una tal señora Loretta Thomkins. Cuando el barco atracó se separaron. Lady Penbroke tenía entendido que la señora Thomkins pensaba quedarse en Londres con unos parientes. En ese caso, no resultará muy difícil localizarla.
    —Excelente. Muchas gracias, Miles.
    —De nada, pero me debes un favor. Varios, de hecho.
    —A juzgar por tu tono, no estoy seguro de querer saber por qué.
    —Le he hecho tantas preguntas sobre su sobrina que creo que a lady Penbroke se le ha metido en la cabeza que voy detrás de la chiquilla.
    —¿Ah sí? —Austin se puso rígido—. Supongo que la habrás desengañado rápidamente.

    Miles se encogió de hombros y se sacudió una pelusa de la manga.

    —No exactamente. Antes de hablar con lady Penbroke, toqué el tema de la señorita Matthews ante varias damas bien relacionadas. La mera mención de su nombre bastaba para suscitar risitas, parloteos y expresiones de desaprobación. Si lady Penbroke hace correr la voz de que he mostrado interés por su sobrina, quizá se acallen los parloteos. La señorita Matthews me parece una joven agradable que no merece que la den de lado. De hecho, ahora que lo pienso, es encantadora, ¿no te parece?
    —No me he fijado demasiado en ella.

    Las cejas de Miles se alzaron hasta casi desaparecer bajo su flequillo.

    —¿Tú? ¿Tú no te has fijado en una hembra atractiva? ¿Estás enfermo? ¿Tienes fiebre?
    —No.

    «Maldita sea, ¿cuándo se había convertido Miles en un tipo tan fastidioso?»

    —Bueno, pues permíteme que te ilustre. La falta de aptitudes sociales de la señorita Matthews queda sobradamente compensada con su hermoso rostro, su terso cutis y los hoyuelos que se le forman cuando sonríe. Posee una belleza serena, poco llamativa, que requiere de un segundo y detenido vistazo para ser apreciada. Aunque en la alta sociedad su estatura se considera poco elegante, yo la encuentro fascinante. —Se dio unos golpecitos en la barbilla con el dedo, pensativo—. Me pregunto cómo sería besar a una mujer tan alta..., sobre todo a una con una boca tan sensual como la de la señorita Matthews. Sus labios son verdaderamente extraordinarios...
    —Miles.
    —¿Sí?

    Austin obligó a sus músculos contraídos a relajarse.

    —Estás divagando.

    MiIes adoptó una expresión de pura inocencia.

    —Pensé que estábamos hablando de la señorita Matthews.
    —Exactamente. Pero no es necesario repasar la lista de sus... atributos.

    Los ojos de Miles centellearon.

    —Ah. De modo que sí te habías fijado.
    —¿Fijado en qué?
    —En sus... atributos.

    Resuelto a poner fin a esa conversación, Austin dijo:

    —No estoy ciego, Miles. La señorita Matthews, como bien dices, es encantadora. Pero no pienso permitir que eso influya en mí mientras busco información. —Clavó una mirada penetrante en su amigo—. Confío en que tú tampoco lo permitas.
    —Por supuesto. Te recuerdo que no soy yo quien está interesado en esa mujer.
    —Yo no estoy interesado en ella.
    —¿Ah no? —Con una risita, Miles se puso en pie, atravesó la alfombra de Axminster y posó una mano sobre el hombro de Austin—. Me tienes de acá para allá por todo el reino recabando información sobre ella por razones que aún no me has revelado pese a que sabes que me devora la curiosidad, y he notado que ponías una cara muy lúgubre cuando me deshacía en elogios de sus extraordinarios labios.
    —Estoy seguro de que no he puesto ninguna cara.
    —Una cara lúgubre —repitió Miles—, como si te dispusieses a propinar una patada en mi elegante trasero.

    Muy a su pesar, Austin enrojeció. Antes de que pudiera contestar, Miles prosiguió:

    —Pareces un volcán a punto de entrar en erupción. Resulta de lo más... interesante. Y dicho esto, partiré hacia Londres. Sabrás de mí en cuanto descubra algún dato de interés. —Cruzó la habitación pero se detuvo ante la puerta—. Buena suerte con la señorita Matthews, Austin. Tengo la sensación de que vas a necesitarla.


    5


    Austin pasó casi toda la tarde recluido en su estudio, repasando las cuentas de sus propiedades de Cornualles. Por desgracia, su mente no estaba por la labor y confundía una y otra vez las hileras de números, negándose a sumarIos correctamente. Las preguntas se agolpaban en su cerebro. ¿Era posible que el chantajista guardase alguna relación con el francés llamado Gaspard? Quizás el chantajista era el propio Gaspard. Austin casi estaba convencido de ello y, si no se equivocaba, era probable que el tipo estuviese en Inglaterra, en cuyo caso Austin esperaba que su alguacil de Bow Street diese con él. «Ponte en contacto conmigo de nuevo, desgraciado. Tengo ganas de encontrarme contigo. Planeas escribirme de nuevo a Londres después del primero de julio... pero quizá yo te encuentre a ti antes.» Quería zanjar este asunto y acabar con la amenaza que pesaba sobre su familia. Y tenía que descubrir cómo encajaba la señorita Matthews en esa ecuación.

    Necesitaba tomarse un respiro, de modo que se desperezó y se acercó a las ventanas. Al pasear la vista por los jardines, divisó a Caroline y a la señorita Matthews, que jugaban con Diantre y otros tres gatitos que, si no se equivocaba, eran Recórcholis, Paparruchas y Cáspita, aunque a veces costaba distinguir a los animalillos entre sí. Era muy posible que se tratase de Mecachis en la mar, Jolines y Que me aspen.

    Sacudió la cabeza pensando que si la señorita Matthews y Caroline iban a entretenerse con los gatos, tendría que pedirle a Mortlin que les pusiese nombres un poco más apropiados.

    Abrió ligeramente la ventana, y el sonido de risas femeninas llegó hasta sus oídos. Se enterneció al escuchar las dulces carcajadas de Caroline. Era un sonido que había echado de menos durante muchos meses después de la muerte de William. Su mirada se posó en la señorita Matthews, y el corazón le dio un vuelco. Una sonrisa aniñada le adornaba el rostro, y la brillante luz del sol arrancaba destellos a su cabello. Parecía joven, despreocupada, inocente e increíblemente hermosa.

    Además, hacía reír a su hermana.

    Una cálida sensación de gratitud se apoderó de él, pillándolo por sorpresa. Tenía que recordar que la señorita Matthews no era, evidentemente, sólo lo que parecía. Sí, divertía a Caroline, pero ¿qué más le estaría diciendo? Esperaba que no estuviese propagando el rumor de que William seguía con vida ni soltando tonterías sobre sus visiones.

    Por otro lado, si Caroline se granjeaba su amistad, quizá podría proporcionarle a él información clave sobre la personalidad de Elizabeth. Sí, definitivamente tenía que hablar con Caroline. Cuanto antes.


    La primera oportunidad de mantener una conversación privada con Caroline se presentó en el salón, esa tarde antes de la cena. La apartó a un rincón y comentó con fingida indiferencia.

    —Parece que has hecho una nueva amiga.

    Caroline aceptó la copa de jerez que le ofrecía un criado.

    —¿Te refieres a Elizabeth? —Como Austin asintió con la cabeza, ella añadió—: Hemos pasado la mayor parte del día juntas. Me cae muy bien. Es muy diferente de todas las personas que conozco.
    —¿Ah sí? ¿Qué tiene de extraordinario?
    —Todo —contestó Caroline sin dudado—. Sus conocimientos de medicina, su cariño por los animales. Tiene sentido del humor, pero nunca hace bromas a costa de otros. No la he oído hablar mal de nadie en todo el día.
    —Eso no es extraordinario —murmuró Austin, aliviado por el hecho de que la señorita Matthews no hubiese dicho nada que inquietase a Caroline—. Eso es un milagro.

    Sobre todo considerando el modo en que la había tratado la gente de buen tono.

    —Tienes toda la razón. Se conduce con una interesante mezcla de tímida torpeza y de inteligencia descarada, pero percibo algo de tristeza en ella. Echa de menos su hogar.
    —¿La conocías ya antes de ayer noche?
    —Nos habían presentado, pero no había tenido la oportunidad de cruzar más de dos palabras con ella.
    —¿Habías oído algún chisme sobre ella?
    —Sólo que deja mucho que desear como bailarina y que muchos la consideran una especie de marisabidilla. He notado que la mayoría de los caballeros no le hace el menor caso, pero creo que he resuelto ese problema.

    Austin se puso rígido.

    —¿A qué te refieres?

    Caroline agitó la mano en un gesto de despreocupación.

    —Simplemente le he dado algunos consejos sobre cómo arreglarse y le he enviado a mi doncella para que la peine. —Sus azules ojos brillaron con súbito interés—. ¿Por qué preguntas por Elizabeth?
    —Por curiosidad. Te he observado con ella hoy, jugando con los gatitos. —Le sonrió—. Me ha gustado oírte reír.
    —No logro recordar la última vez que lo pasé tan bien. Creo que Elizabeth y yo seremos grandes amigas. ¿Has tenido la ocasión de hablar con ella?

    Austin trató de dar a su rostro la mayor inexpresividad posible.

    —Sí.
    —¿Y qué opinas de ella?
    —Opino que es... —Su voz se apagó cuando la vio entrar en el salón. Estaba exquisita.

    Ese ser deslumbrante no podía ser la misma mujer a la que los caballeros de buen tono no hacían el menor caso. ¿Cómo no iba a desearla todo aquel que la contemplase? Ataviada con un sencillo vestido de seda de color marfil, semejaba una larga columna de alabastro desprovista de adornos y hacía que el atuendo de todas las demás mujeres de la estancia pareciera recargado y chillón.

    Llevaba la cabellera castaño rojizo recogida en un elegante moño. Un único y poblado bucle le caía sobre el hombro y le llegaba a la cintura, un tentador mechón de color brillante contra un fondo claro. Austin no se imaginaba que tuviese el pelo tan largo, y se preguntó cómo se vería con la cabellera suelta cayéndole por la espalda. Exquisita.

    Ella se detuvo en la puerta, recorriendo ansiosamente a los invitados con la mirada hasta que localizó a Caroline. Una sonrisa iluminó sus ojos marrón dorado, pero su alegría se empañó ligeramente cuando avistó a Austin, de pie junto a su hermana.

    —¿No está deslumbrante? —exclamó Caroline—. Sabía que con el vestido y el peinado adecuados estaría arrebatadora. ¡La he convertido en un cisne! —Se volvió hacia él y susurró—: No arrugues el ceño, Austin. Le he dicho a Elizabeth que se reuniese conmigo junto a la chimenea, y la vas a asustar.
    —No estoy arrugando el ceño.

    Caroline le dirigió una mirada maliciosa.

    —Tienes una expresión sombría. ¿Quieres que vaya a buscar un espejo?

    Austin se esforzó por relajar sus músculos faciales.

    —No.
    —Eso está mejor. No has terminado de decirme qué impresión te causó Elizabeth.

    Austin observó a la joven mientras ésta se abría paso por el salón y se detenía a charlar con su tía. Apretó los puños cuando se percató de que todos los hombres de la habitación la contemplaban también. Ella volvió la vista en dirección a él y sus miradas se encontraron durante unos momentos hasta que ella alzó levemente la barbilla y apartó los ojos.

    Austin sintió que le hervía la sangre a causa de ese evidente desaire. Sin apartar la mirada de ella, dijo:

    —La señorita Matthews me pareció una persona poco corriente, sin duda debido a que se crió en las colonias.
    —¿Poco corriente? —repitió Caroline en voz baja—. Sí, supongo que eso lo explica todo.
    —¿Qué es lo que explica?
    —Por qué no has sido capaz de quitarle ojo desde que ha entrado por esa puerta.

    Austin volvió la cabeza bruscamente y vio la expresión irónica de Caroline. Le clavó la mirada más gélida que pudo.

    —¿Cómo dices?
    —Austin, cariño —le dijo ella, acariciándole afectuosamente la mejilla—, sabes que esa cara no me asusta. Y ahora, si me disculpas, creo que me reuniré con Elizabeth y lady Penbroke.

    Y se alejó con aire despreocupado.

    Austin apuró su copa de champán de un trago. Volvió a fijar la vista en la señorita Matthews, que saludó a Caroline con una sonrisa acogedora, y él se preguntó qué sentiría si ella lo recibiese a él con semejante calidez. Sólo con pensado lo recorrió un estremecimiento que aumentó su irritación.

    Las palabras de Caroline resonaron en su mente: «No has sido capaz de quitarle ojo desde que ha entrado por esa puerta». ¿Incapaz de quitarle ojo? ¡Tonterías! Por supuesto que era capaz. Y lo haría. En cuanto ella se volviese hacia otro lado y él ya no pudiese ver esa sonrisa. O esa boca. O ese fascinante rizo que le caía por el vestido.

    Mientras eso no ocurriese, necesitaba mirarla, observarla, averiguar todo cuanto pudiese sobre ella.

    Sólo para el propósito de su investigación, naturalmente.


    A la hora de la cena, Elizabeth se sentó entre su tía y lord Digby. Para su sorpresa, éste conversó con ella largo y tendido acerca de las técnicas agrícolas americanas. Ella no sabía prácticamente nada sobre el tema, pero lo escuchó educadamente, asintiendo con la cabeza para animado mientras saboreaba el banquete de diez platos y esquivaba las plumas de pavo real que adornaban el tocado de su tía.

    Mientras lord Digby le comentaba en tono lírico los procedimientos del esquile o de ovejas, la joven dirigió su atención hacia la cabecera de la mesa, donde estaba sentado el duque. Resplandeciente en su traje negro, por poco la deja sin aliento, lo cual la irritó considerablemente. Se negaba a encontrar atractivo a ese hombre tan testarudo.

    Austin conversaba con soltura con los invitados situados a su vera, pero ella advirtió que rara vez sonreía. Este detalle hizo que olvidara su irritación y se le encogiera el corazón.

    Bajo su aspecto distinguido, Austin albergaba un alma atribulada, pero lo disimulaba bien. De no ser porque Elizabeth le había tocado la mano, ella sólo habría visto la faceta que él presentaba. No sabría nada de su tristeza, su soledad y su sentimiento de culpa. Tampoco intuiría el peligro que lo amenazaba.

    No se dio cuenta de que él la observaba hasta que sus miradas se encontraron. Aquellos ojos plateados se clavaron en los suyos y se le puso la carne de gallina ante la intensidad de su mirada, que la encendió por dentro. Sabía que debía apartar la vista, pero no podía. ¡Tenía tantas ganas de ayudarlo! Ojalá él quisiera escuchada...

    Santo Dios, cómo deseaba que aquella visión que había tenido hubiese sido más clara, para saber qué amenaza se cernía sobre él y cuándo sobrevendría la desgracia. ¿Ocurriría esa misma noche? En ese caso, ¿qué podía hacer ella para evitarlo?

    La mirada de Austin la penetró, enardeciéndola como si la hubiese tocado. Ella se obligó a desviar su atención de esa mirada perturbadora y a centrada de nuevo en lord Digby, pero ya había tomado una decisión. Haría cuanto estuviese en su mano para garantizar la seguridad del duque.


    Austin se acercó a las cuadras poco después de medianoche, inquieto, agitado, sin otro deseo que el de cabalgar sobre Myst y desahogar la irritante y vaga frustración que lo atormentaba.

    Esa sensación se había originado en el momento en que la había visto en la puerta del salón, dolorosamente bella, sonriendo a todos... a todos menos a él. Por mucho que le fastidiase reconocerlo, no había sido capaz de despegar la vista de ella durante toda la cena. Incluso cuando consiguió centrar su atención en otra cosa, había sido consciente de ella en todo momento, sabía con quién estaba hablando y qué comía. Y cuando sus miradas se encontraron de un extremo a otro de la mesa del comedor, se sintió como si alguien le hubiese asestado un puñetazo en el corazón.

    La presencia de Elizabeth lo había distraído durante buena parte de la noche, y él había suspirado aliviado cuando ella se retiró, poco después de las once. Pero su alivio duró poco, pues no conseguía borrar a esa dichosa mujer —sus ojos, su sonrisa, su boca seductora— de su mente. Le daba rabia tener que recordarse continuamente que ella sabía cosas que no debía —ni podía— saber, que sólo podía justificar mediante las «visiones» que aseguraba tener.

    Pero cada vez que intentaba convencerse de que ella maquinaba algo al aducir que poseía dotes de vidente, que quizás estuviese implicada en la trama del chantaje y que no era de fiar, su instinto se rebelaba contra él. Ella irradiaba una gentileza, una inocencia y, maldita sea, una honradez que debilitaba sus sospechas cada vez que le venían a la cabeza.

    ¿Y no era posible que Elizabeth simplemente confiara tanto en su innegable intuición que hubiese llegado a considerarla clarividencia? ¿Y si sus palabras y sus actos sólo estaban encaminados a ayudarlo, como ella aseguraba?

    Entró en el establo y se acercó a la casilla de Myst, pero se detuvo en seco cuando percibió un sutil aroma, una fragancia que no casaba en absoluto con el olor a cuero y a caballo. Un aroma a lilas.

    Antes de que pudiese reaccionar, ella emergió de las sombras y quedó iluminada por la luna.

    —Buenas noches, excelencia.

    Muy a su pesar, Austin sintió que un estremecimiento de expectación le recorría la espalda. La joven llevaba todavía el vestido de seda color crema que se había puesto para la cena, y ese rizo largo, tentador y castaño rojizo atrajo de nuevo su mirada.

    —Volvemos a vernos, señorita Matthews.

    Ella dio un paso hacia Austin y éste se fijó en su expresión. Parecía ostensiblemente irritada.

    —¿Por qué estáis aquí, excelencia?
    —Yo podría preguntarle lo mismo, señorita Matthews.
    —Estoy aquí por vos.

    «Y yo estoy aquí por ti..., porque no logro dejar de pensar en ti.» Cruzándose de brazos, la contempló con indiferencia estudiada. Maldición, sólo deseaba saber qué podía esperar de esa mujer.

    —¿Y qué es lo que hay en mí que la trae al establo a estas horas?
    —Imaginaba que quizá se os ocurriría montar a caballo. —AIzó la barbilla en un gesto ligeramente altanero—. He venido para impedíroslo.
    —¿Ah sí? —soltó Austin con un resoplido de incredulidad—. ¿Y cómo piensa hacer eso?
    —No lo sé —respondió ella achicando los ojos—. Supongo que esperaba que fueseis lo bastante inteligente para hacer caso de mi advertencia de que correríais peligro si salíais a cabalgar de noche. Evidentemente, estaba equivocada.

    Demonios, ¿quién se creía que era esa mujer? Se acercó a ella muy despacio y se detuvo a escasa distancia. Ella no retrocedió un ápice; por el contrario, se mantuvo firme, observándolo con una ceja arqueada, un gesto que lo encrespó aún más.

    —Creo que nadie se ha atrevido a poner en tela de juicio mi inteligencia, señorita Matthews.
    —¿Ah no? Pues quizá no me habéis escuchado con atención, porque eso es precisamente lo que acabo de hacer.

    La ira lo acometió con la fuerza de una bofetada. Esa maldita mujer había agotado su paciencia. Sin embargo, antes de que pudiera soltarle la réplica mordaz que se merecía, ella extendió el brazo y le apretó la mano entre las suyas.

    Un cosquilleo le subió por el antebrazo, dejando en suspenso sus palabras airadas.

    —Todavía lo veo —musitó ella con los ojos muy abiertos, clavados en los suyos—. Peligro. Os duele. —Le soltó la mano y le posó la palma en la mejilla—. Por favor. Por favor, no salgáis a cabalgar esta noche.

    El tacto suave de su mano contra su rostro le encendió la piel, inundándolo con el deseo de girar la cabeza y rozarle la palma con los labios. En lugar de ello, le agarró la muñeca y apartó con brusquedad su mano.

    —No tengo idea de a qué está jugando...
    —¡No estoy jugando con vos! ¿Qué puedo hacer o decir para convenceros?
    —¿Por qué no empieza por contarme qué sabe de mi hermano y cómo se enteró de ello? ¿Dónde lo conoció?
    —No lo conozco.
    —Y a pesar de eso sabe lo de su cicatriz. —La repasó con la mirada en un gesto inconfundiblemente insultante—. ¿Era su amante?

    Los ojos desorbitados de Elizabeth demostraron una sorpresa y una indignación demasiado reales como para ser fingidas. Él se sintió aliviado, una reacción que no se molestó en explicarse.

    —¡Amantes? ¿Estáis loco? Tuve una visión de él. Yo...
    —Sí, sí, eso ya me lo ha dicho. Y también sabe leer el pensamiento. Dígame, señorita Matthews, ¿en qué estoy pensando ahora mismo?

    Ella titubeó, escrutándole el rostro con la vista.

    —No siempre lo percibo con claridad. Además, necesito... tocaros.

    Él le tendió la mano.

    —Pues tóqueme. Convénzame.

    Ella contempló su mano por unos instantes y luego asintió con la cabeza.

    —Lo intentaré.

    Cuando tuvo la mano firmemente sujeta entre las de ella, Austin cerró los ojos y se concentró a propósito en una imagen provocativa. La imaginó en su alcoba, su silueta recortada contra las doradas llamas que danzaban en la chimenea. Él alargaba el brazo para desabrocharle el prendedor incrustado de perlas que le sujetaba el pelo. Unos mechones sedosos se derramaron sobre las manos de él y se deslizaron por los hombros de la joven, cayendo, cayendo...

    —Estáis pensando en mi cabello. Queréis tocarlo.

    Austin se encendió por dentro y abrió los párpados de golpe. Lo primero que vio fue su boca..., esa boca increíble, que parecía invitarlo a que la besara. Si se inclinaba hacia delante sólo un poco, podría probarla...

    —Queréis besarme —dijo ella, soltándole la mano.

    Sus palabras, pronunciadas en un susurro, le acariciaron el oído y le aceleraron el pulso. Sí, maldita sea, quería besarla. Necesitaba hacerlo. Tenía que hacerlo. Sin duda un solo beso saciaría su inexplicable sed de probarla.

    Cediendo a un ansia que no era capaz de explicar o contener ya más, se inclinó.

    Ella retrocedió.

    Austin redujo la distancia que los separaba, pero ella dio otro paso atrás, con una mirada de incertidumbre en sus expresivos ojos. Demonios, la mujer nunca antes había retrocedido ante él, ante su ira, su sarcasmo ni su suspicacia. Sin embargo, la mera idea de que la besara la arredraba.

    —¿Hay algo fuera de lugar? —preguntó él en voz baja, aproximándose un poco más.
    —¿Fuera de... lugar?

    Reculó otro paso y estuvo a punto de pisarse el dobladillo.

    —Sí. Es una expresión que usamos los ingleses y que significa que algo va mal. Parece... nerviosa.
    —Por supuesto que no —repuso ella, retirándose hasta topar con la pared de madera—. Lo que ocurre es que... tengo calor.
    —Sí, hace bastante calor aquí.

    Con dos zancadas largas y pausadas, él se plantó justo delante de ella. Apoyó las manos en la pared a cada lado de sus hombros, arrinconándola.

    Ella alzó la cabeza ligeramente y le sostuvo la mirada en lo que a él le pareció un valiente gesto de bravuconería, pero que quedaba desvirtuado por lo agitado de su respiración.

    —Si intentáis asustarme, excelencia...
    —Intento besarla, y me resultará mucho más fácil ahora que ha dejado de desplazarse de aquí para allá.
    —No quiero que me beséis.
    —Sí que quiere. —Se acercó más aún, hasta encontrarse a sólo unos centímetros de ella. El aroma a lilas le embargaba los sentidos—. ¿La han besado alguna vez?
    —Por supuesto, miles de veces.

    Al recordar la estupefacción con que ella había reaccionado cuando le había preguntado si había sido amante de William, Austin enarcó una ceja.

    —Me refiero a un hombre.
    —Ah. Bueno, pues cientos de veces, entonces.
    —A un hombre que no sea su padre.
    —Ah. En ese caso..., una vez.

    Una irritación inesperada se apoderó de él.

    —¿Ah sí? ¿Y disfrutó usted con ello?
    —De hecho, no. Fue un beso más bien... seco.
    —Ah. Entonces no la besaron como es debido.
    —¿Y vos queréis besarme como es debido?
    —No. —Se agachó y le susurró al oído—: Pretendo besarla de una forma bastante indebida.

    La atrajo hacia sí y le cubrió los labios con los suyos. Dios santo, eran exquisitos. Suaves, carnosos, cálidos y deliciosos.

    Cuando recorrió con la lengua el borde de sus labios, ella fue a soltar una exclamación de asombro y naturalmente los entreabrió, de modo que él pudo introducir la lengua en la sensual calidez de su boca. Fresas. Ella sabía a fresas. Dulce, deliciosa, seductora.

    La estrechó con más fuerza, apretando el largo y voluptuoso cuerpo de Elizabeth contra el suyo, y se maravilló de la sensación incomparable de besar a una mujer tan alta.

    Su sentido común le exigía que se detuviese, pero no podía. Maldición, debería horrorizarse por estar besando a aquella mocosa ingenua en lugar de mostrarse indiferente y aburrido ante su inocencia.

    En cambio, estaba fascinado, lleno de deseo y encendido. Cuando ella le tocó tímidamente la lengua con la suya, un gemido se alzó en la garganta de Austin, que ahondó en su boca, probando, embistiendo, bebiéndose sus jadeos. Perdió toda noción de tiempo y de lugar, incapaz de pensar en otra cosa que en la mujer que tenía entre sus brazos, su tacto cálido y suave, su sabor dulce y adictivo, su tenue fragancia floral.

    El deseo le producía una excitación tan dolorosa que acabó por arrancado de aquella bruma sensual. Tenía que parar. Ahora mismo. De lo contrario, acabaría con ella en el suelo del establo.

    Haciendo un esfuerzo titánico por dominarse, dejó de besarla. Ella abrió los ojos lentamente.

    —Madre mía.

    Madre mía, en efecto. Austin no sabía qué había esperado, pero desde luego no había previsto que esa mujer liberase toda lo lujuria contenida que lo dominaba. El corazón le latía con fuerza contra las costillas, y las manos le temblaban. En lugar de satisfacer su curiosidad, el beso no había hecho más que avivar su apetito, un apetito que amenazaba con consumirlo..., después de quemarlo vivo.

    Los suaves senos de ella estaban apretados contra su pecho, lo que le encendía la piel. Sentía un ardor doloroso, y sólo el control que había ejercido sobre sí mismo durante toda su vida le infundió la fuerza necesaria para bajar los brazos y apartarse de ella.

    Elizabeth lanzó una larga y estremecida espiración, y él advirtió con gravedad que estaba tan agitada como él.

    —Santo cielo —exclamó ella con voz temblorosa—. No tenía idea de que besar de forma indebida fuese tan...
    —¿Tan... qué?
    —Tan... poco seco. —Respiró un poco más y luego carraspeó—. ¿He conseguido convenceros de que soy capaz de leer el pensamiento?
    —No.

    Las mejillas de Elizabeth se pusieron coloradas y sus ojos centellearon con rabia.

    —¿Estáis negando que deseabais besarme?

    Austin bajó la vista por unos instantes hacia su boca.

    —No. Pero cualquier hombre querría besarla.

    Y, maldita sea, se sentía capaz de matar a cualquier hombre que lo hiciese.

    —¿Todavía tiene la intención de montar a caballo esta noche?
    —Eso no es de su incumbencia.

    Ella se quedó mirándolo un momento y luego sacudió la cabeza.

    —Si eso piensa, sólo me queda esperar que recapacite y haga caso de mi advertencia. Y rezar por que no sufra ningún daño. Al menos no llueve como en mi visión, así que quizá no corra peligro. Por esta vez. Buenas noches, excelencia, no volveré a molestaros con mis visiones.

    Austin la siguió con la vista hasta que desapareció en la oscuridad, reprimiendo el impulso de salir tras ella. El tono en el que había pronunciado esas palabras le sentó como un puñetazo en el estómago. Se pasó los dedos por el pelo y comenzó a ir y venir por la cuadra. Maldita sea, ¿cómo podía ella esperar que él —que cualquiera— diese crédito a sus afirmaciones de que tenía premoniciones y leía el pensamiento? Era demasiado inverosímil, demasiado ilógico como para tomárselo en serio.

    Aun así, por mucho que le doliera reconocerlo, ella estaba en lo cierto respecto a una cosa. Había deseado besarla. Con un ansia que lo desconcertaba. Y ahora que la había probado, deseaba hacerlo otra vez.

    Y otra.


    6


    Elizabeth se dirigió a los establos a la mañana siguiente, muy temprano, ansiosa por salir de la casa después de pasar la noche en blanco tratando de olvidar su perturbador encuentro con el duque. ¿Habría montado éste a caballo finalmente? Ella había permanecido despierta toda la noche, atenta a cualquier sonido que indicase lluvia, pero afortunadamente el tiempo no había empeorado. Esperaba que un poco de aire fresco y un paseo a caballo a paso ligero la ayudasen a desechar sus preocupaciones, por no hablar de la desilusión y el dolor que sintió al darse cuenta de que nunca llegaría a convencerlo de su clarividencia.

    Sin embargo, sabía que el ejercicio por sí solo nunca borraría el recuerdo de aquel beso. Aquel beso increíble, conmovedor e inolvidable que la había emocionado hasta lo más hondo y había despertado en ella una pasión cuya existencia desconocía. También había encendido sentimientos..., anhelos que no se atrevía a analizar.

    Deseaba, necesitaba desesperadamente olvidar su exquisito tacto, su sabor celestial, pero su corazón se negaba a cooperar.

    Entró en las cuadras y Mortlin la saludó con una sonrisa.

    —¿Viene a ver los gatos, señorita Matthews? ¿O desea montar a caballo?

    Elizabeth hizo un esfuerzo por dejar a un lado su agitación y le devolvió la sonrisa al mozo. Luego se agachó para rascar a George detrás de la oreja.

    —Las dos cosas. ¿Qué le parece si voy a ver los gatitos mientras ensilla un caballo para mí?
    —Buena idea —dijo Mortlin—. Mire, hay dos que usted no conoce escondidos junto a ese almiar.

    Elizabeth echó un vistazo a las dos bolitas de pelo con manchas.

    —Son adorables. ¿Cómo se llaman? —Le dedicó una mirada pícara—. ¿O es mejor que no pregunte?

    A Mortlin se le subieron los colores al rostro enjuto, mientras frotaba incómodo los pies en el suelo.

    —Bueno, el más grande se llama Ostras...
    —Eso no es tan terrible.
    —Y el otro es, eh... —Se sonrojó hasta las puntas de las prominentes orejas—. No puedo decir eso enfrente de una dama.
    —Entiendo —contestó ella apretando mucho los labios para disimular su diversión.
    —Supongo que tendré que cambiarles el nombre a los animalitos, pero fue lo primero que salió de mi boca cuando nacieron. —Sacudió la cabeza, ostensiblemente perplejo—. Los gatitos no paraban de salir. No había forma de detenerlos. Me dejaron pasmado.
    —Sí, me lo imagino. —Le acarició la cálida barriga a George y se quedó quieta. Después de apretarle suavemente la panza peluda unas cuantas veces más, reprimió una sonrisa—. El periodo de gestación de una gata dura unos sesenta días. Me temo que ya no estaré aquí cuando George alumbre a su siguiente camada. De lo contrario, le ofrecería mi ayuda. Se me dan bastante bien estas cosas.
    —Estoy seguro de que sí, pero... —Su voz se apagó y sus ojos se abrieron como platos—. ¿La próxima camada?
    —Sí. Predigo que George volverá a ser mamá más o menos dentro de un mes.

    Los ojos de Mortlin parecían a punto de salirse de sus órbitas.

    —¡Seguro que lo que le pasa a la gata es que ha engordado! ¡Pero si los gatitos no llegan a los tres meses de edad! ¿Cómo demonios ha pasado esto?

    Ella tuvo que morderse las mejillas por dentro para no romper a reír al ver la expresión atónita del caballerizo.

    —Del modo habitual, supongo. —Acarició una última vez la panza de George, se puso de pie y le dio unas palmaditas al hombre en el brazo—. No se preocupe, Mortlin. George estará bien, y usted dispondrá de un nuevo equipo de cazarratones.
    —Ya hay más cazarratones por aquí de los que necesito —gruñó él—. Caramba, se supone que esto es un establo. Soy un mozo de cuadra, no un médico de gatos. Más vale que ensille un caballo para usted antes de que la condenada gata empiece a echar gatitos otra vez.

    Conteniendo su hilaridad, Elizabeth se entretuvo con los gatitos mientras Mortlin realizaba sus tareas. Poco después él se le acercó llevando de las riendas a una hermosa yegua marrón llamada Rosamunde y se ofreció a auparla. Ella cayó sobre la silla con un golpe seco que le sacudió todos los huesos. En América solía montar a horcajadas cuando daba un paseo a caballo, pero no se atrevía a hacer lo mismo en Inglaterra, por más que le disgustara montar a mujeriegas. El complicado atuendo de amazona inglesa que se veía obligada a ponerse también le crispaba los nervios. Metros y metros de tela y multitud de bullones y volantes. Recordaba con nostalgia el traje de montar sencillo y ligero que había confeccionado ella misma y que usaba en Estados Unidos. Tía Joanna le había echado una ojeada y casi se había desmayado. «Totalmente inapropiado, querida —había declarado—. Tenemos que hacer algo con tu vestuario de inmediato.»

    Acomodó la pesada falda en torno a sí lo mejor que pudo y se puso en camino. Cuando llegó al final del sendero que conducía a las cuadras, se detuvo y miró atrás. Mortlin estaba acuclillado, con una expresión tierna en el curtido rostro, acariciando cariñosamente la barriga de George. Sin duda creía que ella ya no alcanzaba a oírlo, porque dijo:

    —Tendremos que pensar en unos nombres un poco más decentes para los nuevos gatitos. No puede haber otro llamado Tócate los cordones.

    Elizabeth sonrió para sí y guió a su montura hacia el bosque. Avanzó junto a la orilla del arroyo, disfrutando del aire limpio y del sol que le calentaba la cara. Sin embargo, no le complacía en absoluto la silla de montar de mujer ni el condenado atuendo que le aprisionaba las piernas.

    Cuando llegó a la zona donde el arroyo se ensanchaba y desembocaba en el lago, tiró de las riendas de Rosamunde. Se removió de un lado a otro, desesperada por desembarazar sus piernas de los metros de tela incómoda que las envolvían, y de pronto notó que resbalaba de la silla. Soltó un chillido de susto e intentó agarrarse de la perilla, pero no fue lo bastante rápida, Cayó ignominiosamente del caballo, golpeándose el trasero.

    Por desgracia el suelo estaba cubierto de lodo. Y, lo que es peor, era una pendiente. Ella rodó por el terraplén sin dejar de gritar y se dio un chapuzón en el arroyo. Se quedó sentada, inmóvil y sin habla debido a la impresión. Tenía las botas completamente sumergidas en el agua cenagosa, un agua fría que casi le lamía la cintura.

    —¿Un accidente? —preguntó una voz familiar a su espalda. Elizabeth apretó con fuerza los dientes. Era evidente que él estaba ileso, gracias al cielo, pero a ella no le entusiasmaba la idea de que presenciara su humillación.
    —Pues sí, ya lo ve. Y no es el primero.

    Quizá si no le hacía caso, él se marcharía. Su esperanza resultó ser vana.

    —Caray —exclamó el duque, chascando la lengua comprensivamente. Ella lo oyó desmontar y acercarse al borde del agua—. Al parecer se ha metido en un buen aprieto.

    Ella volvió la cabeza y lo fulminó con la mirada.

    —No me he metido en un aprieto, excelencia. Sólo estoy un poco mojada.
    —Y ha perdido su montura.
    —Tonterías. Mi montura está...

    Su voz se extinguió mientras recorría la zona con la vista. La yegua se había esfumado.

    —Camino de las cuadras, seguramente. La habrán espantado esos gritos que ha pegado al caer. Algunos caballos son un poco asustadizos. Por lo visto Rosamunde es así. Qué pena. —Sus ojos grisáceo s despidieron un brillo travieso—. Le preguntaría si se encuentra bien, pero creo recordar que posee una complexión asaz robusta.
    —Así es.
    —¿Le duele algo?

    Ella intentó levantar las piernas y no lo consiguió.

    —No estoy segura. Mi traje de montar está empapado y pesa tanto que casi no puedo moverme. —Su irritación se triplicó cuando se percató de que, en efecto, necesitaba que le echaran una mano—. ¿Os dignaríais prestarme vuestra ayuda?

    Él se acarició la barbilla como si estuviese reflexionando seriamente.

    —No estoy seguro de que deba ayudarla. Detestaría acabar mojado y sucio. Quizá deba dejarla ahí e ir en busca de ayuda. Volvería al cabo de una hora, más o menos. —La miró con las cejas enarcadas—. ¿Qué opina?

    Elizabeth no tenía opinión alguna al respecto. De hecho, estaba bastante harta de que él se divirtiese a sus expensas. Había pasado la noche en vela preocupándose por él y ahora allí estaba, sano y salvo, prácticamente riéndose de ella. Ese hombre arrogante merecía que le borrasen esa expresión petulante de la cara. Pero ella apenas podía moverse.

    Austin dio media vuelta, como si de verdad pretendiese dejarla ahí tirada, y Elizabeth al fin explotó. Agarró un puñado de lodo y lo arrojó con la intención de hacer ruido y llamar su atención.

    Desafortunadamente, él eligió ese preciso instante para volverse.

    Peor aún, ella había lanzado el barro con más fuerza de la que pretendía.

    La pella grande y viscosa se le estampó al duque en pleno pecho, salpicando su prístina camisa blanca. La masa pegajosa le resbaló por el cuerpo, manchándole los pantalones de color beige, antes inmaculados, y fue a caer en la punta de una de sus lustrosas botas de montar.

    Elizabeth se quedó paralizada. No tenía la intención de acertarle... ¿o sí? Dios santo, no se le veía muy contento. Una risilla horrorizada pugnaba por brotarle a Elizabeth de la garganta, y tuvo que luchar por contenerla. La expresión de Austin denotaba claramente que reírse no era lo que más convenía en esos momentos.

    Él no se movió. Siguió con la vista la estela lodosa que la pella le había dejado en la ropa y luego miró a la joven.

    —Ya no tenéis que preocuparas por acabar mojado y sucio, excelencia —le dijo Elizabeth con una sonrisa radiante—. Al parecer, ya tenéis una mancha bastante horrible en vuestro atuendo.
    —Se arrepentirá de haber hecho eso —murmuró él en un tono claramente amenazador y lanzándole una mirada hostil—. Vaya si se arrepentirá.
    —Bah —se mofó ella—. No me asustáis.

    Austin dio un paso al frente.

    —Pues debería estar asustada.
    —¿Por qué? ¿Qué pensáis hacer? ¿Arrojarme al agua?

    Él avanzó otro paso.

    —No. Creo que la pondré sobre mis rodillas y le propinaré unos buenos azotes.
    —¿Unos azotes? —preguntó ella, enarcando las cejas—. ¿En serio?
    —En serio.
    —Vaya. Bueno, si voy a recibir unos azotes, más vale que me los gane primero. —Y le arrojó otro puñado de lodo, que le dio de lleno en el estómago.

    Austin se quedó petrificado. Contempló anonadado su camisa estropeada. Pocos hombres se habrían atrevido a provocarlo de esa manera. No podía creer que ella tuviese la osadía de mancharlo de barro una vez, y menos aún dos veces. Lo pagaría caro. Muy, muy caro.

    Sus cavilaciones se vieron interrumpidas por una bola de lodo que le pasó rozando la oreja. Faltó muy poco para que le impactara en plena cara.

    Ésa fue la gota que colmó el vaso. Se metió en el agua provocando grandes salpicaduras, la agarró de los brazos y la puso en pie de un tirón.

    —Supongo que es usted consciente de que esto es la guerra —farfulló, con la vista clavada en su rostro enrojecido... y sonriente.
    —Por supuesto. Pero no olvidéis quién venció la última vez que los americanos y los ingleses se enzarzaron en una batalla.
    —Confío plenamente en su derrota, señorita Matthews.
    —Y yo confío plenamente en la vuestra, excelencia.

    Austin se detuvo al oír estas palabras y fijó la vista en el barro que salpicaba la naricilla respingona de la joven. Los ojos de color ámbar de Elizabeth se encontraron desafiantes con los suyos, pero una sonrisa se asomaba a las comisuras de su boca, y sus hoyuelos aparecieron. La atención de Austin se desvió hacia sus labios carnosos y sensuales. Un cosquilleo le recorrió el espinazo cuando le vino a la memoria lo que sintió al tener esos labios contra los suyos. Se obligó a levantar la mirada y se topó de nuevo con sus ojos: luceros de color marrón dorado que lo contemplaban risueños.

    Aquella mujer era un caso perdido. Impertinente a más no poder. Le había desgraciado la indumentaria, y él estaba allí, en medio del maldito lago. Mojado, incómodo y... furioso.

    ¿Acaso no estaba furioso?

    Frunció el entrecejo. Sí, por supuesto que lo estaba. Furioso. La situación no le resultaba divertida. En absoluto. No era graciosa, en modo alguno. Y él no estaba pasándolo bien. Ni un ápice.

    —Prepárese para recibir unos azotes —le advirtió, volviéndose hacia la orilla y arrastrándola tras de sí.
    —¡Primero tendréis que atraparme!

    Elizabeth se soltó de golpe de la mano con que él la sujetaba, se recogió hasta la rodilla la falda empapada y se adentró aún más en el lago.

    —Vuelva aquí. Ahora mismo.
    —¿Así que os pensabais que podíais darme unos azotes? ¡Ja! ¡Pues me parece que no! —Retrocedió varios pasos más, hasta que el agua le llegó a la cintura. De pronto, su melodiosa risa estalló—. ¡Dios santo! ¡Deberíais veros! ¡Estáis graciosísimo!

    Austin miró hacia abajo. Tenía la camisa mojada y mugrienta pegada al pecho como una segunda piel, y unos manchurrones alargados, negros y fangosos en los pantalones de montar. Llevaba varias hojas secas adheridas a sus botas estropeadas.

    —Apuesto a que nunca habíais tenido un aspecto tan desastrado en toda vuestra aristocrática vida —rió ella—. Debo deciros que vuestra apariencia en estos momentos resulta escandalosamente impropia de un duque.
    —Venga aquí.
    —No.
    —Ahora mismo.

    Ella negó con la cabeza sin dejar de sonreír. Austin avanzó hacia ella, abriéndose paso en el agua helada, lleno de determinación y arreglándoselas para disimular el repentino e indeseado regocijo que estaba sintiendo. Maldita mujer. No era más que una plaga para la cordura de un hombre. Suponía que ella trataría de huir, pero se mantuvo firme, aguardándolo con una sonrisa esplendorosa en su hermosa cara. Austin se detuvo a un paso de ella y esperó.

    —Me he levantado esta mañana de bastante mal humor, pero este episodio me ha animado considerablemente —dijo ella, y sus hoyuelos parecían hacerle guiños—. Tenéis que reconocer que esto resulta bastante gracioso.
    —¿Ah sí?

    Ella bizqueó exageradamente y lo miró a la cara. A pesar suyo, a Austin se le escapó una sonrisa.

    —¡Ajá! —exclamó ella—. Os he visto sonreír.

    Por más que lo intentaba, Austin no acertaba a explicarse por qué encontraba divertida esa debacle. El célebre duque de Bradford, el soltero más codiciado de Inglaterra, cubierto de lodo, metido en el lago hasta las caderas, conversando con una mujer cuya deslumbrante sonrisa no mostraba la menor señal de remordimiento, sólo diversión. Muchos miembros destacados de la alta sociedad quedarían postrados de la impresión si lo viesen ahora, completamente sucio y empapado, en compañía de una americana no menos sucia y empapada.

    Ella bajó la vista hacia la camisa mojada de Austin.

    —Era una camisa preciosa. Siento haberla estropeado, excelencia, de verdad. —Alargó el brazo y pasó la mano sobre la manga mojada. Lo miró a los ojos—. Al principio no tenía la intención de mancharos con el lodo, pero una vez que lo hice, bueno, me pareció una pena no aprovechar la oportunidad. Para ser del todo sincera, creo que necesitabais que alguien os hiciera reír. Por lo que a mí respecta, esta aventura es lo más divertido que me ha ocurrido en muchos meses.

    Los músculos de Austin se contrajeron involuntariamente al notar su contacto. Escrutó los ojos de Elizabeth en busca de algún signo de engaño o falsedad y no vio más que inocencia y calidez. Era lo más divertido que a ella le había ocurrido en muchos meses. Diablos, él podría decir lo mismo. Por supuesto, no era necesario que ella lo supiese.

    Tras exhalar un suspiro de resignación, preguntó:

    —¿Acaso la calamidad la sigue allí adonde va, señorita Matthews? Es la segunda vez que prácticamente cae a mis pies.
    —Me temo que este tipo de caídas son corrientes en mi familia.
    —¿A qué se refiere?
    —Así se conocieron mis padres. Mamá salía de una tienda de sombreros de señora cuando tropezó y cayó a los pies de papá. Se torció el tobillo al caer y papá le curó la lesión.
    —Entiendo. Al menos reconoce con sinceridad su desafortunada propensión a rodar por los suelos.
    —Sí, pero yo no la consideraría desafortunada.
    —¿Ah no? ¿Y eso por qué?

    Ella titubeó y él quedó fascinado por la repentina seriedad de sus ojos castaños.

    —Aunque sois algo arrogante y más que un poco testarudo, resulta que..., bueno, que me caéis bien.

    Austin se quedó mirándola, atónito.

    —¿Le caigo bien?
    —Sí. Sois un hombre afectuoso y cordial. Por supuesto —añadió en un tono seco—, lo disimuláis bastante bien a veces.
    —¿Afectuoso y cordial? —repitió él, desconcertado—. ¿Cómo ha llegado a esa conclusión?
    —Lo sé porque os he tocado. Pero aun cuando no lo hubiese hecho, lo habría notado de todos modos. —Su vista se posó en la camisa lodosa de Austin—. Os habéis tomado todo esto con extraordinaria deportividad. Apuesto a que nunca habíais hecho nada parecido, ¿me equivoco?
    —No, nunca.
    —Me lo figuraba. Y a pesar de todo le veis el lado gracioso a esta situación, si bien vuestra conmoción inicial era evidente. —Adoptó una expresión especulativa—. Guardáis las distancias con la gente y cultiváis una imagen fría y circunspecta. Sin embargo, tratáis a vuestra hermana con cariño y a vuestra madre con cordialidad y cortesía. He pasado con vos el tiempo suficiente y os he observado relacionaros con bastantes personas como para saber qué clase de hombre sois en realidad..., un hombre bueno y decente.

    Estas palabras le produjeron una tensión en lo más hondo del pecho y lo dejaron confuso y desorientado. Se sorprendió aún más cuando una cálida oleada de placer le subió a la cara. Le costó apartar de su mente la asombrosa revelación de que esa mujer lo consideraba afectuoso y cordial. Decente. Y bueno con su familia. «Si supieras cómo le fallé a William, te darías cuenta de lo equivocada que estás.»

    Antes de que pudiese discurrir una respuesta, ella dijo:

    —Soy consciente de que nuestro encuentro de anoche terminó de un modo un poco violento, pero ¿no podríamos comenzar de cero?
    —¿De cero?
    —Sí, es una expresión americana que significa «desde el principio». He pensado que quizá si hacemos un esfuerzo muy, muy grande, podemos ser... amigos. Y, como muestra de nuestra naciente amistad, quisiera que me tutearais y me llamaseis Elizabeth.

    ¿Naciente amistad? Maldita sea, lo que le faltaba por oír. ¿Ser amigo de una mujer? ¿Y, más concretamente, de esta mujer? Imposible. Sólo había un puñado de hombres a los que consideraba sus amigos. Las mujeres podían ser madres, hermanas, tías o amantes, pero no amigas. ¿O sí?

    Le escudriñó el rostro y le chocó lo diferente que le parecía de todas las mujeres que había conocido. ¿Cómo era posible que, a pesar de sus extrañas historias sobre visiones y a pesar del hecho evidente de que guardaba secretos, le causara la impresión de ser digna de confianza? Fuera lo que fuese, no podía negar, ni siquiera para sí, que se sentía atraído por ella como una polilla por una llama.

    Si ella se empeñaba en creer que eran amigos, .él no movería un dedo para desengañarla, al menos hasta que averiguase todo lo que necesitaba saber de ella.

    Sin embargo, cada vez le costaba más creer que estuviera implicada de alguna manera en una trama de chantajes o de cualquier otro tipo.

    Carraspeó y dijo:

    —Estaré encantado de llamarte Elizabeth. Gracias.
    —De nada. —Sus ojos despidieron un brillo travieso—. Excelencia.

    A Austin casi se le escapa la risa al percibir el tono descarado con el que lo invitaba a devolverle el honor. ¿Es que esa muchacha no veía lo impertinente que era insinuarle que podría darle otro tratamiento que no fuera el de excelencia? Semejantes confianzas, semejante intimidad estaban totalmente fuera de lugar.

    Intimidad. De pronto, lo asaltó un deseo irrefrenable de oír esos labios extraordinarios pronunciar su nombre.

    —Algunos me llaman Bradford.
    —Bradford —repitió ella lentamente, arrastrando las sílabas con una voz suave y ronca que le hizo apretar los dientes. ¿Qué efecto produciría en él oída pronunciar su nombre de pila?— y unos pocos me llaman por mi nombre, Austin.
    —Austin —dijo ella en voz baja, encendiéndolo por dentro—. Es un nombre estupendo: fuerte, imponente, noble. Te sienta de maravilla.
    —Gracias —dijo él, sorprendido no por el elogio sino por la calidez que le recorrió el cuerpo al oírlo—. Mis amigos me llaman Austin. Puedes hacerlo tú también si así lo deseas.

    Gruñó para sus adentros, estupefacto por su oferta sin precedentes. Debía de estar perdiendo la razón. ¿Qué demonios pensaría la gente de ella si la oyese llamarle Austin? Tendría que advertirle de que no lo hiciese delante de nadie..., que sólo le llamase así cuando estuviesen los dos a solas.

    Los dos a solas. ¡Maldita sea, no había duda de que estaba perdiendo la razón!

    —Vaya, gracias... Austin. Entonces, ¿me perdonas?

    Él volvió a poner los pies en la tierra.

    —¿Perdonarte?
    —Sí, por... esto... —dijo ella señalando con los ojos su ropa estropeada.

    Él siguió su mirada.

    —Ah, sí. El lastimoso estado de mi atuendo. ¿Lo lamentas de verdad?
    —Oh, sí —afirmó ella, asintiendo vigorosamente con la cabeza.
    —¿Prometes no volver a cometer un acto tan ruin?
    —Hum... ¿Quieres decir nunca..., como en «nunca jamás en toda mi vida»?
    —A grandes rasgos, sí.
    —Vaya. —Frunció los labios, pero los ojos le centellearon con malicia—. Me temo que no puedo hacer una promesa a tan largo plazo.
    —Entiendo. —Soltó un suspiro de resignación—. Bueno, en ese caso, ¿podrías hacer un esfuerzo por comportarte al menos durante el camino de regreso a la casa?
    —Oh, sí —accedió ella con una sonrisa de oreja a oreja—. Eso puedo prometértelo.
    —Gracias a Dios. Siendo así, supongo que tendré que perdonarte. Salgamos del agua antes de que nos quedemos arrugados. —Se dio la vuelta y echó a andar hacia la orilla—. ¿Vienes? —preguntó al percatarse de que ella no lo seguía.
    —Ojalá pudiera —contestó, pugnando por moverse—. Los pies se me han hundido en el cieno y las faldas me pesan demasiado. —Sus hoyuelos se hicieron más profundos—. ¿Os dignaríais prestarme vuestra ayuda?

    Austin alzó los ojos al cielo.

    —La última vez que me preguntaste eso acabé recibiendo un baño de lodo. —La miró fijamente—. Confío en que cumplirás tu promesa de comportarte. Podría abandonarte aquí, ¿sabes?
    —Te lo prometo —aseguró ella, poniéndose la mano sobre el corazón.

    Él regresó chapoteando hacia ella, mascullando palabras poco halagadoras sobre las mujeres en general.

    —Sujétate a mi cuello.

    Elizabeth obedeció y él la levantó en brazos, a punto de tambalearse bajo el peso combinado de ella y su ropa empapada. De todas sus prendas chorreaba un agua fría que se le escurría a Austin por todo el cuerpo, y sus botas rezumaban barro. Ella recostó la cara en su hombro y los músculos de él se tensaron al sentir el cuerpo mojado de ella acurrucado contra su pecho. Agachó la cabeza y aspiró la fragancia floral de su cabello. Maldición, hasta cubierta de lodo olía a lilas.

    Una vez en la orilla, la bajó muy despacio hasta que sus pies tocaron el suelo. La ropa mojada se pegaba a su cuerpo, resaltando las curvas de su figura, y él reprimió un gemido. La tela empapada resaltaba claramente los pezones erectos de Elizabeth, y sus piernas parecían interminables. Dios, era increíble. Incluso embadurnada de barro, él la deseaba.

    Todo su físico se inundó de ímpetu vital y, cuando ella intentó apartarse, las manos de Austin se apretaron en torno a su cintura. Que Dios lo ayudase: nunca había deseado tanto a una mujer. Aunque las campanas tocaban a rebato en su cabeza, acercó lentamente la boca a la de ella. Tenía que saborearla de nuevo... sólo una vez.

    Ella le palmeó el pecho.

    —¿Qué estás haciendo?
    —Disponiéndome a cobrarme lo que me debes.
    —¿Lo que te debo?
    —Por estropearme el traje.
    —¿Y pretendías cobrártelo con un beso?
    —Por supuesto. Es una antigua y noble tradición inglesa. Un beso por llenar de lodo una camisa y unos pantalones. ¿Nadie te lo había dicho?
    —Me temo que nunca había salido el tema.
    —Bueno, pues ahora que lo sabes, más vale que saldes tu deuda. De lo contrario, irás a la cárcel de morosos.

    Ella arqueó las cejas.

    —¿Un solo beso?
    —Con gusto te cobraré con dos. De hecho...
    —Ah no —replicó ella apresuradamente—. Con uno basta.
    —Bueno, ya que insistes... —La atrajo hacia sí, hasta sentir sus senos contra su pecho, y luego le cubrió la boca con la suya.

    En el instante en que sus labios se juntaron, él se perdió irremisiblemente. Se perdió en el tacto sedoso de ella, en su cálido sabor, en su aroma suave y floral. Todo pensamiento racional se borró de su mente mientras sus manos se deslizaban por los costados de ella y le cubrían los pechos. Jugueteó con sus pezones hasta ponérselos turgentes, y ella emitió un jadeo, dejando caer la cabeza hacia atrás. Él se aprovechó de ello rápidamente y recorrió con sus labios su largo cuello, adentrándose cada vez más en un tórrido frenesí en el que no existía otra cosa que la mujer que estrechaba en sus brazos.

    —Austin —susurró ella—. Por favor. Debemos detenernos.

    Haciendo un esfuerzo descomunal que casi acaba con él, Austin levantó la cabeza y la miró a los ojos, unos ojos aturdidos y llenos de deseo. La lujuria lo embistió con tal fuerza que las rodillas estuvieron a punto de fallarle. Nada le habría gustado más que arrancarle el vestido mojado y hacerle el amor. Y si ella no se apartaba de él en ese mismo instante, tal vez lo hiciera.

    Retrocedió un paso e inmediatamente echó en falta el sentirla apretada contra sí. Incapaz de resistir el impulso de tocarla, extendió el brazo, la tomó de las manos y entrelazó los dedos con los suyos.

    Elizabeth trató de despejarse la mente. Por segunda vez, este hombre la había dejado sin aliento, sin sentido, con un beso. Había conseguido que nada le importase excepto él.

    Pero era imperativo que le parase los pies. Había permitido que se tomase más libertades de las que habría tolerado cualquier mujer decente. Pero había tenido que echar mano de toda su fuerza de voluntad, porque deseaba con todas sus fuerzas que él continuase besándola, tocándola, encendiéndole la piel, colmándole los sentidos con su sabor celestial y su olor a bosque.

    En ese instante él le apretó las manos y los pensamientos de Austin irrumpieron en la mente de ella con una nitidez sobrecogedora.

    Quería hacerle el amor.

    Arrancarle el vestido empapado y tocarla por todas partes. Hacer el amor. Amor. Sintió que se abrasaba y que el corazón iba a salírsele del pecho. ¿Era ése el sentimiento que se había apoderado de ella, que le derretía los huesos, que no la dejaba respirar, que le impedía dejar de pensar en él, que la hacía desear que ese beso no acabara nunca? ¿Por eso sentía esa necesidad imperiosa de ayudarlo y protegerlo?

    Dios bendito, ¿estaba enamorándose de Austin?


    7


    No dijeron palabra durante el trayecto de regreso a la casa. Elizabeth iba a lomos de Myst, sentada delante de Austin, que la rodeaba con sus fuertes brazos y la envolvía con el calor que despedía su cuerpo.

    «¿Estaré enamorándome de él?»

    Su mente rechazó inmediatamente esa posibilidad. No. Amar a ese hombre acabaría rompiéndole el corazón. Aunque obviamente él la encontraba lo bastante atractiva como para besarla, no se fiaba de ella ni creía en sus visiones.

    Y aunque no fuera así, ese amor no tenía futuro. Él no era un hombre cualquiera. Era un duque, y sería muy tonta si imaginaba que pudiese albergar un sentimiento profundo hacia una mujer tan poco refinada como ella. No le cabía la menor duda de que a él le bastaba con levantar un dedo para que docenas de mujeres hermosas y ricas acudiesen corriendo a su lado, ansiosas por ponerse a su disposición. Su rango le exigía que se casara con una mujer de posición social elevada..., y Elizabeth no era una de ellas.

    Se le hizo un nudo en la garganta y la invadió un gran pesar. Intentó convencerse desesperadamente de que sólo se sentía atraída hacia él, que estaba encaprichada, pero su corazón, obstinado, se negaba a escucharla. No importaba que él no correspondiese a sus sentimientos. Tampoco importaba que se conociesen desde hacía poco tiempo. Después de todo, ¿cuánto tiempo hacía falta para enamorarse? ¿Un día? ¿Un mes? ¿Un año? Sus padres se habían enamorado perdidamente a primera vista, y el autor de sus días le había propuesto matrimonio a su madre antes de que transcurriesen dos semanas. Ésta siempre decía: «De algún modo, el corazón sabe cuándo llega el momento». A hora Elizabeth entendía a qué se refería.

    Pero el descubrimiento era agridulce.

    Exhalando un suspiro, se reclinó contra Austin y, una vez más, su soledad, el vacío que lo acosaba, aparecieron de golpe en la mente de Elizabeth. Ella percibía claramente que guardaba un secreto que lo atormentaba, pero no alcanzaba a discernir en qué consistía. Sentía una pena muy honda por él. Tenía que ayudarlo. Curarle las heridas.

    Y si para ello era necesario exponerse a que le rompiese el corazón, ella estaba dispuesta a pagar ese precio.


    Llegaron a las cuadras varios minutos después. Austin se apeó y ayudó a Elizabeth a desmontar mientras Mortlin se acercaba a toda prisa.

    —¡Madre mía! ¿Se ha hecho daño, señorita Elizabeth? Rosamunde acaba de regresar a la caballeriza justo ahora sin usted. Me ha dado un susto de muerte, si quiere que le diga la verdad.
    —Estoy bien, Mortlin. Sólo un poco sucia.

    Mortlin la miró de arriba abajo.

    —¿Un poco? Pero si parecéis... —Su voz se extinguió cuando se fijó en Austin. El mozo de cuadra quedó boquiabierto—. ¡Dios nos asista! ¿Qué ha pasado, excelencia? ¡Estáis hecho un desastre!
    —Los dos estamos bien, Mortlin. Hemos sufrido un ligero resbalón en el lago, nada más.
    —¿Os habéis caído de Myst?

    Mortlin no atinaba a imaginar que tal cosa fuese posible.

    —No.

    Clavando una mirada reprensora al mozo, que tenía los ojos desorbitados, Austin le entregó en silencio las riendas de Myst. Mortlin reconoció de inmediato la expresión de «no más preguntas» y cerró la boca tan bruscamente que le castañetearon los dientes.

    Austin enlazó su mugriento brazo con el de Elizabeth y la acompañó hasta la casa. La joven estaba singularmente callada, por lo que él se preguntó en qué estaría pensando. Se obligó a mantener su propia mente en blanco..., por si acaso. Por supuesto, toda esa historia sobre su clarividencia le parecía ridícula, pero lo cierto era que ella estaba dotada de una perspicacia excepcional.

    Elizabeth señaló la terraza con un movimiento de cabeza.

    —Cielo santo, allí está Caroline. Acaba de vemos y nos está mirando de forma muy parecida a cómo nos miró Mortlin. ¡Rápido! Fulmínala con una mirada glacial como la que le echaste a él —le sugirió en voz baja y risueña.
    —Por desgracia, Caroline es inmune incluso a la más glacial de mis miradas —le susurró él al oído.
    —Qué pena —musitó ella.
    —En efecto. De pronto me veo rodeado de mujeres que no me encuentran demasiado amedrentador. Debo de estar perdiendo facultades.
    —En absoluto. Tus facultades están...

    Su voz se apagó y él hizo una pausa, obligándola a detenerse a su lado. Un sonrojo que la favorecía mucho le teñía las mejillas.

    —Mis facultades están ¿qué?

    Ella arqueó una ceja.

    —¿Buscáis siempre el elogio de una manera tan desvergonzada, excelencia?
    —Sólo cuando parezco un andrajo sacado del lago.

    En la terraza, Caroline no acababa de decidir qué la asombraba más, si el aspecto inusitadamente mugriento que presenta su hermano o verlo sonreír y cuchichearle a Elizabeth al oído. Advirtió con interés que iban del brazo y que el rostro de la joven resplandecía con un rubor muy atractivo mientras se reía de algo que él decía.

    La pareja dejó de caminar, y Caroline observó con emocionado interés la larga e intensa mirada que intercambiaban. Nunca había visto a Austin mirar a nadie de esa manera.

    El corazón le brincaba dentro del pecho. ¡Qué maravilloso era ver a su hermano sonreír y divertirse! Era una imagen a la que no estaba acostumbrada desde hacía demasiado tiempo.

    —¿Un accidente? —preguntó Caroline cuando los dos llegaron la terraza.
    —Pues sí, en efecto, hemos sufrido uno —replicó Austin en un tono inexpresivo, y siguió caminando, acompañando a Elizabeth al interior de la casa, como si nada hubiese pasado.

    Caroline los observó entrar y una sonrisa le curvó los labios.

    Esa reunión social de varios días empezaba a resultar de lo más interesante.


    Después de dejar a Elizabeth a la puerta de su alcoba, Austin entró en la suya y contuvo una carcajada cuando su ayuda de cámara, normalmente imperturbable, se quedó mirando su sucio atuendo con expresión atónita.

    —Empiezo a acostumbrarme a esa mirada, Kingsbury —comentó, quitándose la camisa estropeada.
    —Os prepararé un baño de inmediato, excelencia —dijo Kingsbury, sosteniendo con extremo cuidado las prendas fangosas de Austin lo más lejos posible de sí.

    Unos minutos más tarde, Austin se acomodó en una enorme tina de agua humeante y cerró los ojos con un suspiro de satisfacción. De pronto le vino a la mente una imagen de Elizabeth, que sin duda debía de estar tomando a su vez un baño aromático, con su magnífica cabellera cayéndole por la espalda en una cascada de gloriosos rizos.

    Imaginó que se metía con ella en la tina, que deslizaba sus manos mojadas sobre sus pechos turgentes, que jugueteaba con sus pezones hasta ponérselos duros. «Austin...», jadearía ella con esa voz excitada y ronca. Se vio a sí mismo inclinándose hacia delante, rodeando uno de esos pezones erectos con los labios y chupándolo hasta que ella gemía de placer.

    —¿Estáis bien, excelencia? —preguntó Kingsbury desde el otro lado de la puerta.

    Arrancado de su fantasía sexual, Austin se percató con no poca desazón de que era él quien había estado gimiendo, una molesta costumbre que por lo visto estaba adquiriendo.

    —Sí, Kingsbury, estoy bien —respondió con sequedad.

    Maldición.

    Esa reunión social de varios días empezaba a resultar de lo más irritante.


    Más tarde, a la hora de la cena, Austin, sentado a la cabecera de la mesa, observaba a Elizabeth subrepticiamente. Ella estaba situada en el otro extremo, junto a un joven vizconde que la miraba con admiración creciente conforme transcurría la cena. Austin no sabía si aplaudir a Caroline o maldecirla por desplegar sus conocimientos sobre moda en beneficio de Elizabeth. Para el quinto plato, el maldito vizconde no le quitaba los ojos de encima.

    ¿Y quién podía culparlo por ello? Ella estaba impresionante con el vestido escotado de color cobrizo que resaltaba sus redondos pechos y su nívea piel. Austin notó, cada vez más malhumorado, que la mirada admirativa del vizconde se desviaba a menudo hacia la tentadora carne que asomaba sobre el corpiño.

    Y ese cabello... ¡Dios! Un solo prendedor sujetaba la masa de pelo desordenado que apenas llevaba recogido sobre la cabeza. Unos mechones sueltos le acariciaban el rostro y los hombros, y el resto de la cabellera le caía por la espalda como una brillante cortina de tirabuzones satinados. Sin duda el seductor peinado también era obra de la doncella de Caroline. Austin no sabía si despedirla o triplicarle el salario.

    Se había propuesto evitar a Elizabeth en el salón antes de la cena, pero no había sido capaz de evitar seguir cada uno de sus movimientos, lo cual le había crispado los nervios. Tenía que acabar con ese..., con lo que fuera que estuviese haciendo con ella. Besarla y tocarla eran errores garrafales que su buen sentido normalmente no le habría permitido cometer. Y eran errores que no podía darse el lujo de repetir.

    Después de pasar buena parte de la tarde meditando, había decidido no tomar otra medida que esperar. Esperar a que Miles regresara de Londres, a recibir informes del alguacil de Bow Street y nuevas instrucciones del chantajista. Le irritaba la inevitabilidad de todo ello, pero no tenía alternativa.

    Después de aquel rato que pasaron juntos en el lago, le resultaba casi imposible creer que ella estuviese confabulada con el chantajista o incluso que supiese algo sobre la carta que éste le había mandado. De hecho, cuanto más pensaba sobre ello más claro le parecía que ella sencillamente poseía una intuición asombrosa a la que concedía demasiado crédito. Elizabeth creía que sus visiones eran reales y le había hablado de ellas con la Intención de ayudarlo. No albergaba malas intenciones ni el deseo de hacerle daño. Sólo estaba... confundida.

    Estaba confundida... y era insoportablemente atractiva. Le hacía hervir la sangre y él no conseguía apartarla de su mente. Y n hora, ese condenado vizconde sentado junto a ella se la estaba comiendo con los ojos descaradamente.

    Con cada nuevo plato que le servían, el humor de Austin se volvía más lúgubre, y cada vez le costaba más concentrarse en las conversaciones inanes que se mantenían alrededor de él.

    —Parecéis ensimismado, excelencia —comentó una voz femenina en un susurro incitante.

    Una mano enguantada se deslizó sobre la suya y él se esforzó por volver a prestar atención a su entorno inmediato. La mujer que estaba sentada a su izquierda, la condesa de Millham, le dedicó una sonrisa coquetona. Desde la oportuna muerte de su marido, acaecida hacía dos años, la condesa había tenido varias aventuras, pero aún no había conseguido llevarse a Austin a la cama. A Austin le dio la clara impresión de que ella pretendía remediar esa situación esa misma noche.

    La viuda se inclinó hacia él, ofreciéndole una visión ostentosa de sus pechos, que sobresalían de su corpiño en un espectacular escote que, por lo que Austin sabía, aturdía a la mayoría de los hombres. Ella le escrutó el rostro con sus ojos color esmeralda, que despedían un brillo lujurioso. Eran exactamente el tipo de mirada y el tipo de mujer en que él debería concentrarse.

    Sin despegar la vista de él, ella deslizó discretamente la mano por debajo de la mesa y le acarició el muslo.

    —Debe de haber algo que una mujer pueda hacer para llamar vuestra atención, excelencia —murmuró con un susurro sugerente que sólo él alcanzó a oír.

    Él no hizo nada para detenerla ni para animarla a seguir adelante; se limitó a mirarla y a esperar que su cuerpo reaccionara a su contacto. Ella sacó ligeramente la lengua y se humedeció el labio superior, mientras sus ojos le daban a entender el uso que en realidad deseaba dar a su lengua. Sus dedos continuaron explorando, subiendo por su pierna.

    Pero en lugar de excitarse, Austin no sintió nada. Absolutamente nada. Esa hermosa mujer, con su cuerpo voluptuoso y su promesa de deleites sexuales, no le provocaba el menor deseo. Deslizó la mano debajo de la mesa para atajar sus caricias. En ese preciso instante, su madre se puso de pie en señal de que la cena había terminado.

    La condesa de Millham, interpretando erróneamente la razón por la que él había puesto la mano debajo de la mesa, desplegó una sonrisa pícara, mientras se levantaba como todos los demás.

    —Hasta después —le susurró al oído mientras las damas se marchaban en dirección al salón y dejaban a los caballeros con sus cigarros.

    Austin se reclinó en su silla, encendió un puro y exhaló una larga voluta de humo aromático. La condesa de Millham le había proporcionado una oportunidad perfecta y muy necesaria para aliviar el dolor incesante que atormentaba sus partes bajas. Entonces ¿por qué demonios no estaba contento?

    Porque ella no era la mujer que deseaba. Profundamente disgustado consigo mismo, le pidió a un criado con un gesto que le sirviese un brandy, y apuró de un trago la copa del fuerce licor.

    Sospechaba que sería una noche espantosamente larga.


    Elizabeth entró en su alcoba y apoyó la espalda en la puerta cerrada, aliviada por haber logrado escapar del salón y del parloteo de las mujeres. Tanto tía Joanna como Caroline se habían mostrado preocupadas cuando ella, alegando dolor de cabeza, le había excusado para retirarse temprano, pero no se veía capaz de permanecer más tiempo en compañía de los invitados. Había demasiada gente, demasiadas imágenes inconexas que se agolpaban en su mente. Sentía como si tuviese un cuerpo de tambores martilleándole la cabeza.

    Además, estaba él. Resultaba dolorosamente evidente que Austin hacía lo posible por evitarla. Apenas había dado muestras de reparar en su presencia antes de la cena, y durante el banquete, cada vez que ella miraba en su dirección desde su extremo de la mesa parecía absorto en la hermosa mujer de pechos grandes que estaba sentada a su lado.

    Ella había dispensado entonces su atención al vizconde de Farrington y descubierto que compartía su afición por el dibujo. Para su sorpresa, él le dirigió varios elogios floridos y le manifestó su deseo de retratarla. Sin embargo, por más que ella intentara estar pendiente de él, las imágenes vagas e inquietantes que acudían a su mente, así como la presencia del hombre sentado a la cabecera de la mesa, la distraían constantemente.

    Después de ponerse el camisón, preparó un remedio para la jaqueca y se metió en la cama. Figuras indistintas se arremolinaban en su cerebro, sin que pudiera reconocerlas. Cerró los ojos, esforzándose por ahuyentar esos fantasmas, pero ellos se negaban a marcharse. De pronto le vino a la mente la imagen del rostro de Austin, quien curvaba muy despacio las comisuras de la boca hasta desplegar una sonrisa devastadora. También intentó apartarlo de su mente sin ningún éxito.

    ¿Qué estaría haciendo él en esos momentos? ¿Estaría con la mujer que había acaparado su atención durante toda la cena? ¿Estaría tocándola? ¿Besándola?

    Un gemido escapó de sus labios. La imagen de Austin acariciando a otra mujer le produjo tal dolor que le cortó la respiración, un dolor agravado por el hecho de que no podía hacer nada para remediado. Lo que sentía por él era irremediable.

    Del todo irremediable.


    A su pesar, Austin echó en falta a Elizabeth en el momento en que entró en el salón. Aunque unas dos docenas de personas pululaban por ahí, era fácil localizada por su elevada estatura. Repasó la estancia con la mirada y confirmó que ella no estaba presente. Debía de haberse retirado para ocuparse de sus necesidades personales. Austin se dirigió hacia la mesa con las licoreras y logró persuadirse de que su ausencia lo alegraba.

    Sin embargo, cuando veinte minutos más tarde ella seguía sin aparecer, empezó a preocuparse. Se acercó a Caroline y le preguntó como de pasada por el paradero de Elizabeth.

    —No se sentía bien, así que se ha recogido justo después de la cena —le respondió Caroline, estudiándolo con sus azules ojos, llena de interés—. ¿Por qué lo preguntas?
    —Por curiosidad, nada más. ¿Está enferma?
    —Le dolía la cabeza. Estoy segura de que se encontrará mejor por la mañana, aunque el vizconde .de Farrington está destrozado por su ausencia.

    Los dedos de Austin apretaron la copa con fuerza.

    —¿Ah sí?
    —Sí. Está totalmente abatido. Tengo entendido que le ha pedido permiso a lady Penbroke para venir a visitar a Elizabeth.

    Un músculo de la mandíbula de Austin se contrajo, y tuvo que reprimir un deseo repentino e irrefrenable de infligir daño corporal al vizconde de Farrington.

    La curiosidad centelleó en los ojos vivarachos de Caroline.

    —Espero que el dolor de cabeza de Elizabeth no sea consecuencia de la aventura que habéis vivido juntos esta mañana, fuera cual fuese. No me habéis contado qué ocurrió.
    —Por nada del mundo querría aburrirte con los detalles.
    —Tonterías. Me encantan los detalles.

    «Me hizo reír. La estreché entre mis brazos. La toqué. La besé. Quiero hacerlo otra vez. Ahora mismo.»

    —No hay nada que contar, Caroline.
    —Me habría gustado que Robert estuviese aquí para verte cubierto de barro.

    Austin se alegraba enormemente de que su hermano menor no hubiese estado presente. Sin duda Robert se habría descoyuntado de risa y después lo habría acribillado a preguntas burlonas.

    —¿Cuándo tiene previsto regresar de sus viajes?
    —Dentro de unos días —respondió Caroline.

    Un criado se acercó con una bandeja de plata sobre la que descansaba una nota lacrada.

    —Un mensaje para vos, excelencia.

    Agradecido por la interrupción, Austin tomó la nota. Cuando vio la marca distintiva en la cera, se quedó petrificado.

    —¿Ocurre algo malo, Austin? —le preguntó Caroline.
    —Todo va bien —le aseguró él con una sonrisa forzada—. Se trata sólo de una minucia de la que debo ocuparme. Te ruego me disculpes.

    Salió del salón y se dirigió a su estudio. Una vez allí, cerró la puerta. Las manos le temblaban mientras deslizaba los dedos debajo del sello fácilmente reconocible del agente de Bow Street cuyos servicios había contratado. ¿Habría localizado a Gaspard?

    Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos por unos instantes. Lo que estaba a punto de leer quizá le proporcionaría las respuestas que había estado buscando durante tanto tiempo. Con los dientes tan apretados que le dolían, desplegó la nota y le echó un vistazo, ansioso.

    Excelencia: Tengo información para vos. Con arreglo a nuestro acuerdo, os esperaré junto a las ruinas situadas en el límite norte de vuestra finca.
    JAMES KINNEY


    Austin releyó la breve misiva, sujetando el papel de vitela con tanta fuerza que le extrañó que no se arrugara. Kinney era el mejor profesional de Bow Street. No habría viajado hasta Bradford Hall de noche si no tuviese algo importante que comunicarle.

    Austin guardó la nota en el cajón bajo llave, salió de su estudio y descendió a toda prisa la escalera trasera. Se escabulló de la casa y se encaminó a las cuadras, ocultándose en todo momento en las sombras. Cuando le indicó a Mortlin que ensillase a Myst, el mozo alzó la vista al cielo y se rascó la cabeza.

    —¿Estáis seguro de que queréis montar a caballo, excelencia? Se avecina una tormenta. El dolor de las articulaciones nunca me engaña.

    Austin miró hacia arriba y no vio más que la luna brillante. Si se estuviese fraguando una tormenta tardaría horas en desatarse. Pero daba igual. Nada impediría que se encontrase con Kinney.

    —Deseo dar un paseo a caballo. No hace falta que esperes a que regrese. Yo mismo desensillaré a Myst cuando vuelva.
    —Sí, excelencia.

    Poco después, Austin montó de un salto. Hincó los talones en los ijares de Myst y el corcel echó a andar en dirección a las rumas.

    Mortlin lo miró alejarse, frotándose distraídamente los codos doloridos. La rigidez de sus articulaciones había empeorado a lo largo de la tarde, lo que le indicaba que la tormenta en ciernes no tardaría en llegar, probablemente en menos de una hora. Seguro que el duque se había citado con una de sus enamoradas en las ruinas para un achuchón nocturno, aunque Mortlin no acertaba a comprender por qué habrían elegido un escenario tan incómodo para sus escarceos cuando tenía a su disposición todo el lujo de Bradford Hall. Sin duda a la dama en cuestión le gustaban las emociones fuertes. Uno nunca podía predecir las acciones de la gente de alcurnia. Se le escapó una risita mientras le deseaba mentalmente a su patrón un feliz revolcón.

    Elizabeth despertó sobresaltada, con el corazón golpeándole el pecho.

    Estaba empapada en sudor, y sus ruidosos jadeos resonaban en la silenciosa habitación.

    «Peligro. Él está en peligro.»

    Pataleó para liberar las sudadas piernas del amasijo de sábanas húmedas. Notaba en su interior una sensación de apremio, y el terror le aguijoneaba la piel como mil abejas.

    «Austin. Herido. Sangrando.»

    El pánico se apoderó de ella y tuvo que obligarse a respirar hondo para tranquilizarse. Se sentó al borde de la cama, cerró los ojos y se concentró, intentando sacar algo en claro de las vagas imágenes que se arremolinaban en su cabeza.

    Una torre de piedra, rodeada por muros en ruinas. Un tiro. Un caballo negro encabritado. Austin cayendo, herido. Sangrando. Muerte. Un relámpago, seguido de un trueno ensordecedor, la arrancó de sus pensamientos. Tenía que encontrado. Intuía que no se hallaba demasiado lejos... pero ¿dónde? Se quitó el camisón con manos temblorosas y se vistió lo más deprisa posible. Agarró su bolsa de medicamentos, bajó rápidamente las escaleras posteriores y echó a correr hacia las cuadras.

    James Kinney iba y venía entre las sombras, cerca de las ruinas, esperando la llegada del duque, ansioso por revelarle sus increíbles y sensacionales descubrimientos. Oyó unas pisadas sobre las piedras que tenía justo detrás y se volvió.

    —Excelencia, yo... —Se quedó petrificado, mirando con ceño al hombre que emergía de las sombras—. ¿Quién eres?

    Por toda respuesta el desconocido apuntó con una pistola a la sien de James.

    —Se le da bien lo de hacer preguntas, especialmente sobre mí, monsieur —dijo el desconocido con un inconfundible acento francés—. Ha estado haciéndolas por todo Londres. Ahora quiero que me responda a una: ¿qué información le trae al duque de Bradford?
    —Usted es Gaspard.

    El francés dio otro paso al frente.

    —El duque es un insensato. Debería habérselo pensado dos veces antes de contratar a un alguacil para dar conmigo. Vuelvo preguntarle, monsieur: ¿de qué información dispone? O me lo dice, o lo mato. —Sonrió, y James vio la locura en sus ojos.

    Y James supo que, incluso si hablaba, había llegado su hora.


    8


    Un trueno retumbó, tan fuerte y tan repentino como un disparo.

    Sin aliento y al borde del pánico, Elizabeth llegó a las cuadras poco después de la medianoche. Evidentemente Mortlin se había retirado, pues no lo encontró por ningún sitio. Sin vacilar, recogió la primera silla de montar que vio, gimiendo al levantar tanto peso, y ensilló a Rosamunde. Sólo cuando hubo conducido la yegua al exterior se percató de que le había puesto una silla de caballero. Sin detenerse a pensar por un segundo en lo impropio de sus actos, hizo algo que no había hecho desde que llegara a Inglaterra. Se levantó las faldas hasta los muslos y montó sobre el caballo a horcajadas. Los músculos de las piernas le dolieron, pero hizo caso omiso de la incomodidad.

    Hizo girar a Rosamunde en círculo para estudiar los distintos senderos que se adentraban en el bosque. ¿Cuál de ellos la llevaría a Austin? Cerró los ojos y vació su mente, esforzándose por concentrarse. «El de la izquierda. Toma el de la izquierda.» Sin dudarlo, enfiló el camino de la izquierda, escrutando la oscuridad mientras el corazón le latía con fuerza. Rosamunde siguió el sendero de tierra, y Elizabeth continuó concentrándose, evocando la imagen de Austin en su ojo interior. Estaba acercándose..., lo intuía. Pero ¿llegaría a tiempo?

    Otro trueno desgarró el silencio. Un relámpago surcó el negro cielo e iluminó por un instante el sombrío entorno.

    Y entonces ella la vislumbró a lo lejos.

    Era la torre que aparecía en sus visiones. Espoleó a Rosamunde y se lanzó al galope hacia allí. Varias ramitas le golpearon la cara y una rama más grande chocó contra su hombro, pero apenas percibió el dolor punzante. Empezó a chispear, y pronto la llovizna cedió el paso a un aguacero de gotas menudas y frías que la pinchaban como agujas. Llegó a la linde del bosque y cabalgó a toda velocidad a través del prado. La silueta de la torre se alzaba ante ella, recortada contra el fulgor de los relámpagos.

    Cuando se hallaba a sólo unos diez metros, tiró de las riendas de Rosamunde hasta que la yegua se detuvo por completo y escudriñó la oscuridad, aguzando la vista. «¿Dónde estás, Austin?» Otro rayo iluminó el terreno. La torre se erguía frente a ella. Un caballo negro sin jinete pacía junto a un murete de piedra.

    Una figura yacía despatarrada boca abajo en el suelo.

    —¡Austin!

    El corazón le dio un vuelco de alivio y de miedo. Gracias a Dios, lo había encontrado... Pero ¿era demasiado tarde?

    Se deslizó de la silla y corrió hacia él, dando traspiés sobre el suelo resbaladizo. Sin preocuparse por el barro, se arrodilló junto a él. Con el corazón en un puño y una oración en los labios, le posó la mano en el cuello.

    Notó el latido en la punta de sus dedos.

    Reprimió con firmeza el sollozo de alivio que iba a escapársele. No era el momento de dejarse llevar por la emoción. Tenía que determinar la gravedad de sus heridas.

    Le dio la vuelta con sumo cuidado, escudándolo lo más posible con su propio cuerpo para resguardarlo de la intensa lluvia. El olor metálico de la sangre penetró en sus fosas nasales y el terror le formó un nudo en el estómago.

    Parpadeando para sacudirse las gotas de lluvia de los ojos, Elizabeth lo miró a la cara. Tenía los ojos cerrados y le manaba sangre de un profundo corte cerca de la sien.

    Le palpó todo el cuerpo rápidamente, buscando otras heridas, rezando porque no hubiese caído víctima del disparo que ella había oído en sus visiones. Pronto comprobó que no presentaba heridas de bala, pero sus dedos descubrieron un bulto del tamaño de un huevo en la parte posterior de su cabeza.

    Le acarició el rostro con suavidad.

    —Austin, ¿me oyes?

    Él permaneció totalmente inmóvil y en un silencio aterrador.

    Otro relámpago se dibujó en el cielo. Al alzar la vista, Elizabeth vio una abertura arqueada en la base de la torre. Tenía que ponerlo a cubierto para curarlo. Se puso de pie, lo sujetó por debajo de los brazos y tiró de él. Dios santo, el hombre pesaba una tonelada. Gracias al cielo que no tenía que llevarlo muy lejos.

    Se le encogió el corazón cuando él emitió un quejido. Aunque se esforzaba lo indecible por no hacerle daño; sabía que las piedras puntiagudas lo raspaban. Le dolía la espalda de soportar tanto peso. Resbaló una vez y dio con el trasero en tierra. Apretando los dientes, acabó de arrastrado el corto trecho que faltaba hasta el refugio de la torre. Luego salió corriendo bajo la lluvia para desligar su bolsa de medicamentos de la silla de Rosamunde. La yegua y Myst se habían acercado a la torre. Decidió no atarlos por si se asustaban y se desbocaban, en cuyo caso seguramente se dirigirían de regreso a los establos.

    Una vez dentro de la torre, Elizabeth se hincó de rodillas junto al cuerpo inerte de Austin y acto seguido abrió la bolsa y se puso manos a la obra. Primero extrajo un farol pequeño y lo encendió. Lo colocó junto a la cabeza de Austin y le examinó la herida. Enseguida advirtió que necesitaría puntos, pero le preocupaba más que no hubiese recuperado la conciencia. Si tenía una hemorragia interna...

    Ahuyentó ese pensamiento sin contemplaciones y se concentró en la tarea que tenía entre manos. La invadió una tranquilidad controlada. Sabía exactamente qué había que hacer para curarle la herida. Y había que hacerlo de inmediato.

    Sacó dos cuencos pequeños de madera de la bolsa, corrió al exterior y rápidamente los llenó de agua de lluvia. Se arrodilló de nuevo junto a Austin y se puso a mezclar raíces y hierbas con silenciosa concentración.

    Después de lavar la herida, la suturó con una serie de puntos diminutos y precisos, y luego le vendó cuidadosamente la cabeza con una larga tira de gasa limpia.

    Le posó la mano en la cara y suspiró aliviada al notar que no le ardía la piel y que su respiración se mantenía pausada y estable, señal de que tenía los pulmones despejados y las costillas intactas.

    Ya no le restaba más que esperar a que despertase.

    Y rezar porque eso ocurriese.

    Después de guardar meticulosamente sus pertrechos, se levantó para friccionarse los tensos y doloridos músculos de los hombros. Un profundo cansancio se apoderó de ella y estiró los brazos sobre la cabeza para aliviar la tensión de la parte inferior de la espalda.

    —Elizabeth.

    La voz de Austin era apenas un susurro áspero, pero a Elizabeth el corazón le dio un brinco en el pecho al oírla. Gracias a Dios. Olvidó su agotamiento de inmediato, se puso de rodillas junto a él y le dedicó una sonrisa a su rostro pálido y agraciado.

    —Aquí estoy, Austin.

    Él movió la cabeza e hizo un gesto de dolor.

    —Me duele la cabeza.

    Austin no estaba demasiado contento de haber despertado. Una punzada aguda en el cráneo le hizo aspirar de golpe una bocanada de aire. Maldición, se sentía como si alguien le hubiese abierto la cabeza con una piedra. De hecho, le habría costado mencionar una parte del cuerpo que no le doliese de un modo u otro. ¿Y por qué diablos estaba mojado?

    Fijó la mirada en Elizabeth. Tenía un aspecto desastrado, cosa que no le sorprendió demasiado.

    —¿Dónde estamos? —preguntó, paseando la vista por el recinto.
    —En una especie de ruina. En la planta baja de una torre.

    La miró fijamente, con la mente en blanco.

    —¿Por qué?
    —¿No recuerdas lo que te ha pasado?

    Se obligó a concentrarse y de pronto recordó lo sucedido. La nota de Kinney. Información. Las ruinas. Pero Kinney nunca llegó..., sin duda a causa de la lluvia. Él había emprendido el camino de regreso a la casa. Un rayo había caído muy cerca. Un trueno. Myst encabritado. Una caída...

    —Los rayos y relámpagos espantaron a Myst. Se empinó y me arrojó de la silla. —Levantó la mano y se estremeció de dolor cuando rozó con los dedos la venda que le cubría la frente—. ¿Qué es esto?
    —Te hiciste un corte profundo en la frente. Te lo he limpiado, cosido y vendado. También tienes un chichón considerable en el cogote.

    Maldita sea, con razón le dolía tanto el cráneo. Se había golpeado la cabeza contra una piedra.

    —¿Myst está bien?
    —Sí. Está fuera, con Rosamunde. Ahora que estás despierto, iré a echarles un vistazo. Vuelvo enseguida.

    Elizabeth salió por la puerta en forma de arco y regresó unos minutos después conduciendo a ambos caballos por las riendas. Los llevó al fondo del recinto y dedicó un buen rato a acariciarlos y hablarles en un tono reconfortante. Austin cerró los ojos mientras la escuchaba. No alcanzaba a distinguir sus palabras, pero su voz sonaba suave y relajante.

    Ella volvió a su lado y se puso de hinojos junto a él.

    —Los dos están bien. ¿Cómo te sientes?
    —Dolorido, y la cabeza me martille a como si una legión de demonios le estuviesen dando mazazos. Aparte de eso, creo que estoy bien.

    Intentó incorporarse, pero le entró un fuerte mareo.

    —No trates de moverte, Austin —le dijo ella, posándole una mano en el hombro para impedírselo—. Es demasiado pronto para eso.
    —Tal vez tengas razón.

    Cerró los párpados, tragó saliva y esperó, ansioso por recuperar el equilibrio. Después de aspirar a fondo varias veces, la náusea remitió y él se atrevió a abrir los ojos.

    Ella lo observaba, arrodillada a su lado, y Austin escrutó su rostro en la penumbra. El cabello de Elizabeth era una maraña de rizos mojados que le caían sobre los hombros. Tenía los ojos muy abiertos a causa de su evidente preocupación, pero una sospecha asaltó a Austin, corroyéndolo por dentro. ¿Cómo lo había encontrado? ¿Lo había seguido? Nadie sabía que él se había dirigido a las ruinas. La única persona que él había visto era Mortlin, y le había dado permiso para retirarse. ¿Le habría indicado el mozo la dirección en la que se había marchado?

    —¿Cómo me has encontrado?

    Ella titubeó y luego respiró hondo.

    —Me ha despertado una visión de ti. Sabía que estabas en peligro. Te he visto. Herido. Sangrando. Junto a una especie de torre de piedra. Me he vestido, he ensillado a Rosamunde y he dejado que mi instinto me guiase... hasta ti.

    El gruñido de incredulidad que Austin debería haber soltado se ahogó en su garganta. Los ojos de Elizabeth relucían con sinceridad y preocupación, como almenaras en una tormenta. Por muy desquiciadas que sonaran sus palabras, él no podía desecharlas. Aun así, seguro que había otra explicación..., una explicación lógica.

    —¿Has visto a Mortlin en las cuadras?
    —No. Era pasada la medianoche. Debía de haberse retirado ya.

    ¿Pasada la medianoche? Austin había salido de la casa justo antes de las diez, y, según Caroline, Elizabeth se había recogido media hora antes de eso. Si se había quedado en la cama... ¿cómo podía saber dónde estaba él o qué le había sucedido? Si de veras ella poseyera el don de ver cosas con la mente... Pero no, sencillamente él no podía dar crédito a semejante disparate. Lo que ocurría era que Elizabeth era extraordinariamente intuitiva, como su madre cuando él era pequeño, pues siempre adivinaba cuándo sus hijos habían cometido alguna travesura. Además, Rosamunde estaba familiarizada con los senderos que conducían a las ruinas...

    Pero tendría que pensar sobre todo eso más tarde, cuando se sintiese un poco mejor y su cabeza no amenazara con desprenderse de sus hombros. En todo caso, de una cosa estaba seguro: Elizabeth le había salvado la vida, indudablemente. Sólo Dios sabía cuánto tiempo habría pasado tirado en el suelo, desangrándose, si ella no hubiera aparecido por allí. No sólo lo había encontrado, sino que le había curado la herida.

    —Estoy en deuda contigo y mereces todo mi agradecimiento, Elizabeth.

    Ella frunció el entrecejo y sus ojos centellearon con lo que parecía enfado.

    —No hay de qué. Pero si hubieras escuchado mi advertencia de que no montaras a caballo por la noche, esto no habría ocurrido.

    Él se quedó callado. Cielo santo, era verdad: ella se lo había advertido..., le había advertido del peligro. «Maldita sea, contrólate, hombre —se dijo—. No es más que una coincidencia. Siempre existe el riesgo de hacerse daño cuando uno monta a caballo en la oscuridad.»

    —¿Cómo se te ocurrió salir a cabalgar de noche? —preguntó ella.

    Austin estuvo dudando si debía contarle la verdad, y decidió hacerlo para evaluar su reacción. Observándola atentamente, le dijo:

    —Contraté a un alguacil de Bow Street para que investigase a un francés que vi con William poco antes de su muerte. El alguacil había descubierto algo y supuestamente iba a encontrarse conmigo en estas ruinas.
    —¿Supuestamente?
    —No se presentó. Supongo que se retrasó debido a la tormenta, pero estoy seguro de que se pondrá en contacto conmigo lo antes posible.

    Con toda probabilidad, si ella sabía algo de Gaspard o de su relación con William, se pondría nerviosa, se sentiría culpable o se mostraría recelosa. Seguramente no se mostraría enfadada.

    —Por todos los santos —le espetó ella con ira—. ¿Podrías explicarme por qué era necesario que fueses a encontrarte con ese hombre en el exterior? ¿A caballo? ¿Durante una tormenta? ¿Es que nunca has oído hablar de un salón? —Agitó las manos en un gesto de resignación—. Da igual. No te molestes en explicármelo. Es una suerte que tengas una cabeza tan dura. De lo contrario, podrías haberte matado.

    Maldición, tendría que enseñarle a esa mujer a tratarlo con un poco de respeto. Abrió la boca para cantarle las cuarenta, pero antes de que pudiese pronunciar una palabra, ella dijo:

    —Al menos no te han pegado un tiro.

    Él la miró fijamente.

    —¿Un tiro?
    —Sí. En mi visión oí claramente un disparo, pero supongo que se trataba de un trueno... Y, sin embargo, percibí la cercanía de la muerte. La percibí con mucha intensidad. —Su expresión se tornó grave—. ¿Estás seguro de que fue un trueno lo que espantó a Myst? ¿No pudo ser un disparo?

    Estaba a punto de contestar con un «no», pero algo en el semblante de Elizabeth le hizo detenerse a reflexionar sobre su pregunta.

    —Todo sucedió muy deprisa. Recuerdo los rayos, truenos ensordecedores... y después que me caí. Me parece de lo más improbable que alguien haya salido a pegar tiros durante una tormenta.
    —Sí, supongo que tienes razón. Obviamente me he equivocado.
    —Obviamente. —Carraspeó—. Y no tengo la cabeza dura.

    Ella arqueó una ceja en señal de incredulidad.

    —Creo que el hecho de que estés aquí herido es prueba más que suficiente de que la tienes. Sin embargo, si prefieres que te llame testarudo, no tengo inconveniente en hacerlo.
    —No lo prefiero. De hecho...
    —Me niego a discutir con un hombre herido —le interrumpió ella con brusquedad—. ¿Tienes frío?
    —¿Frío?
    —Sí. Es una palabra que usamos en América y que significa «ausencia de calor». Estás calado hasta los huesos, pero no tengo con qué taparte.

    Austin tardó varios segundos en recordar que efectivamente estaba empapado. Miró a Elizabeth de arriba abajo y se dio cuenta de que ella también estaba mojada y tenía el vestido pegado a sus suaves curvas como si lo llevase pintado sobre la piel. Centró la mirada en sus redondos pechos y en sus pezones, visiblemente erectos. Lo recorrió una oleada ardiente.

    —No, no tengo frío.

    De hecho, cada vez tenía más calor.

    Contempló, fascinado, cómo el pecho de la joven subía y bajaba con cada respiración. Se obligó a levantar la vista, y lo que vio le dejó sin aliento. El tenue y parpadeante resplandor del farol iluminaba la gloriosa cabellera, cuyos rizos mojados se derramaban sobre los hombros y la espalda de Elizabeth como una cortina de satén, y las puntas rozaban el suelo de piedra donde estaba arrodillada. Al instante se la imaginó en su cama, sin otro atavío que ese increíble cabello y una sonrisa en su sensual boca.

    Su sensual boca... Clavó los ojos en esos labios, y a pesar de sus numerosos dolores y del incesante martilleo en la cabeza, la lujuria y el deseo se apoderaron de él. Se le escapó un gemido de agonía.

    —¿Te duele mucho?

    Apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza.

    —No te lo imaginas.

    Ella se alejó, y Austin la oyó moverse de un lado a otro. Aprovechó la oportunidad para intentar conseguir que se le pasara la erección. Se imaginó que Elizabeth era fea. Intentó desesperadamente persuadirse de que detestaba las lilas.

    Pero nada de eso funcionó. Su miembro excitado palpitaba bajo el pantalón, haciéndolo gemir de nuevo.

    —¿Quieres beberte esto? —le dijo ella.

    Austin abrió los ojos. Estaba sentada junto a él, tendiéndole una taza de madera.

    —¿Qué es eso?
    —Sólo es una mezcla de hierbas, raíces yagua de lluvia. —Le levantó la cabeza suavemente para que pudiese beber—. Te aliviará el dolor. Intentar volver a la casa mientras no amaine la tormenta es demasiado peligroso. Mientras esperamos, debes descansar y recuperar las fuerzas.

    Sólo había una cosa capaz de aliviarle el dolor y desde luego no estaba en esa taza, pero como la mirada de Elizabeth indicaba con toda claridad que no toleraría una negativa y él estaba demasiado cansado para discutir, bebió.

    —Puaj —protestó con una mueca mientras ella le bajaba la cabeza con suavidad—. Es el brebaje más repulsivo que he probado jamás.
    —No es para que lo paladees. Es para que te sientas mejor.

    El sabor amargo del elixir le provocó un estremecimiento en todo el cuerpo.

    —Es imposible que algo tan repugnante me haga sentir bien.

    No obstante, incluso mientras pronunciaba estas palabras, una extraña languidez se adueñó de él, relajándole los músculos y mitigando su dolor.

    Alzó la mirada hacia ella, encandilado por la calidez y la preocupación inconfundibles que reflejaban sus ojos. No recordaba haber visto una expresión tan tierna en otra mujer, salvo en Caroline y en su madre. Incapaz de resistir la tentación de tocarla, levantó la mano y pasó los dedos por entre sus rizos húmedos. Las hebras de color castaño rojizo le rozaron la piel como una caricia sedosa.

    —Tienes un cabello precioso. —La cara de extrañeza de Elizabeth lo impulsó a añadir—: Seguro que mucha gente te lo habrá dicho ya.
    —En realidad no. Me temo que la palabra «precioso» y mi nombre no suelen aparecer juntos en la misma oración.
    —Precioso —repitió él—. Suave. —Enrolló un bucle en torno a su dedo, se lo acercó a la cara y aspiró su aroma—. Lilas.

    A ella se le cortó el aliento, y él se preguntó cómo reaccionaría si le tocase algo más que el cabello. ¿Se le entrecortaría la respiración de esa manera si deslizase las manos por su cuerpo?

    —Destilo mi propia agua de lilas —susurró Elizabeth, con los ojos muy abiertos, fijos en los suyos.

    Él aspiró de nuevo, dejando que su fragancia le inundara los pulmones.

    —En los jardines de Bradford Hall florecen muchas lilas. Te ruego que recojas las que desees con toda libertad para preparar esa agua.
    —Gracias. Eres muy amable.

    «No, no lo soy —pensó—. Un hombre amable no estaría calculando cuánto tardaría en despojarte de ese vestido mojado. Un hombre amable no te imaginaría desnuda, temblando de deseo por él.»

    Cerró los párpados con fuerza para erradicar sus pensamientos lujuriosos. Un hombre amable se obligaría a levantarse y a acompañarla de regreso a la casa antes de que alguien reparase en su ausencia, en lugar de dejarse llevar por el deseo que ardía en su interior como una hoguera.

    No, no era un hombre amable.

    Tiró suavemente del rizo enrollado en su dedo.

    —Ven aquí.

    Elizabeth se aproximó a él.

    —Acércate más.

    Ella se arrimó un poco más, hasta que sus piernas, envueltas en la falda, se apretaron contra su costado.

    —Más.

    Un brillo de diversión asomó a los ojos de Elizabeth.

    —Si me acerco más, Austin, te traspasaré.

    Él enredó los dedos en su cabello y lentamente atrajo su cabeza hacia sí.

    —La boca. Más cerca. Así.

    La expresión divertida se esfumó del semblante de la joven, que inspiró bruscamente.

    —Quieres besarme.

    La mano de Austin se inmovilizó mientras él la miraba a los ojos..., unos ojos llenos de preocupación y anhelo. «Quiero hacer el amor contigo. Desesperadamente.»

    —Sí, Elizabeth, quiero besarte.
    —Debes descansar. Y no quiero hacerte daño.
    —Entonces, ven aquí.

    De nuevo la atrajo hacia sí hasta que sus labios se tocaron. El pulso se le aceleró y estuvo a punto de reírse de su propia e intensa reacción. Maldición, apenas la había tocado y el corazón ya le latía tres veces más deprisa que de costumbre. ¿Qué demonios le ocurriría si alguna vez llegaba a verla desnuda? «Le haría el amor muy despacio, durante horas, y luego le haría el amor otra vez. Y otra.»

    —Austin —musitó ella.

    Él sintió su aliento cálido en los labios y reprimió un gemido. Le hundió más los dedos en la espesa cabellera y apretó los labios con más fuerza contra los suyos.

    Cuando su lengua intentó penetrar en la boca de Elizabeth, los labios de la joven se abrieron con un leve suspiro que lo llenó de un sutil sabor a fresas. Nunca había besado a una mujer que tuviese un sabor tan dulce, cuya piel resultase tan suave al tacto, que lo hiciese desear estar muy cerca de ella para no perderse ni uno solo de los tenues efluvios que despedía su piel.

    Ella le posó las manos en los hombros y le tocó la lengua con la suya, encendiéndolo por dentro. Rodeándole firmemente el talle con el brazo que tenía libre, Austin la atrajo hacia sí hasta que la parte superior de su cuerpo descansó sobre él. Sus suaves senos se apretaron contra su pecho, abrasándole la piel a través de varias capas de ropa.

    El beso se convirtió en una profusión inacabable de suspiros apasionados y gemidos de placer. «Sólo uno más... uno solo bastará... Quedaré satisfecho.»

    Pero no era suficiente. Por más que la estrechaba entre sus brazos, la sentía y la saboreaba, no era suficiente. Sus manos se deslizaban incansables por su espalda, abriéndose camino entre su sedoso cabello, luego abarcándole la cintura y palpándole el redondo trasero, estrechándola contra él. Quería cambiar de posición y colocarse encima de ella, pero la languidez que se había apoderado de él aumentaba por momentos, y le dejaba sin fuerzas en los brazos, hasta que se sintió tan débil como un recién nacido.

    Ella emitió un suave quejido y se apartó de él con delicadeza. Los párpados le pesaban a Austin y pugnó por mantenerlos abiertos, pero era una batalla perdida.

    —Estoy tan cansado... —susurró.
    —Descansa. Seguiré aquí cuando despiertes.

    Austin intentó responder, pero ni siquiera pudo mover los labios. La inconsciencia lo cubrió como una sábana de terciopelo.

    Elizabeth lo observó mientras él se abandonaba al sueño. Sabía que ese reposo le era necesario, pero ella tendría que vigilarlo y despertarlo periódicamente para asegurarse de que dormía normalmente y de que aquel sopor no significaba una pérdida de sentido debido a la herida. Escuchó el rítmico sonido de su profunda respiración y, al ponerle la mano en la frente, advirtió que tenía la piel seca y fresca, indicio de que su sueño era del todo natural.

    Aliviada, le pasó los dedos suavemente sobre el rostro. Austin tenía los músculos de la cara perfectamente relajados y sus oscuras pestañas proyectaban sombras sobre sus mejillas. Sin el menor rastro de tristeza o amargura en los labios, parecía libre de preocupaciones. Ella le apartó un mechón de pelo que tenía sobre la frente. Su aspecto le recordaba al de un muchacho vulnerable.

    Recorrió su fornido cuerpo con la mirada y estuvo a punto de soltar una carcajada: ese hombre no tenía nada de muchacho.

    Su amplio pecho subía y bajaba pausadamente, atrayendo su mirada hacia el intrigante vello negro que asomaba por el cuello de la camisa. La acometió un deseo de tocarlo tan incontenible, tan tentador...

    Incapaz de aguantarse, le abrió la camisa manchada de tierra y le colocó la palma de la mano en el pecho. El corazón de Austin latía contra los dedos de Elizabeth, y un escalofrío la estremeció hasta las puntas de los pies. De pronto, los ojos se le arrasaron en lágrimas.

    —Dios mío, he estado a punto de fracasar de nuevo. A punto de perderte. —La funesta imagen de Austin inconsciente en el suelo le vino a la mente—. Mis visiones... Siempre he considerado que no eran más que un engorro, algo que me impedía ser como los demás. Pero esta noche doy gracias a Dios por ese don, pues me ha ayudado a encontrarte. No dejaré que nada te haga daño otra vez. Lo juro.

    Mientras fuera continuaba diluviando, ella veló a Austin: le miraba dormir y le acariciaba la cara cada cuarto de hora hasta que él abría los ojos para comprobar que no hubiese perdido el sentido. Despuntaba el alba cuando ella finalmente quedó por completo convencida de que él dormía con normalidad; la fatiga la invadió y se permitió el lujo de recostarse..., sólo por un momento. El suelo de piedra estaba muy frío, de modo que se acurrucó junto a Austin para entrar en calor.

    «Sólo echaré una cabezada», se dijo, pero menos de un minuto después se estaba adormilando. Un pensamiento le hizo arrugar el ceño e impidió que se entregase al sueño. Algo... algo no marchaba bien. En su visión... estaba segura de que había oído un disparo...

    Pero su cerebro cansado no fue capaz de determinar la causa de su inquietud, y el agotamiento la venció.


    9


    Caroline descendió por las escaleras poco después del amanecer. Normalmente no se levantaba tan temprano, pero el gorjeo incesante de los pájaros junto a su ventana la había despertado y tenía demasiadas cosas en la cabeza como para volverse a dormir. Un largo y solitario paseo era justo lo que necesitaba para aclararse las ideas. En cuanto salió a la terraza camino de los jardines, oyó una voz a su espalda.

    —Vaya, Caroline, qué sorpresa verte levantada tan temprano.

    Caroline se mordió la lengua para reprimir una exclamación de fastidio. ¡Qué lata! Era una de las infernales hermanas Digby..., Penélope o Prudence, a juzgar por su voz chillona. Apretando los dientes, se volvió.

    Cielo santo, era peor de lo que esperaba. Ahí, delante de ella, estaban las dos. Penélope la observaba forzando la vista tras unas gruesas gafas que aumentaban el tamaño de sus ojos. A Caroline le recordaba un bicho, un bicho de dientes largos, con tres docenas de tirabuzones que se encogían como resortes y un sombrerito recargado.

    Prudence, de pie junto a su hermana, tenía una expresión malhumorada en su estrecha cara. Como era su costumbre, abría y cerraba la boca sin hablar, gesto desafortunado que la hacía parecer una carpa.

    —Buenos días, Penélope, Prudence —saludó Caroline con una sonrisa forzada.
    —¿Vas de paseo? —preguntó Penélope, ladeando la cabeza, con lo que ahora semejaba un bicho torcido.
    —Sí. —Caroline comprendió que no tenía otro remedio que invitadas a pasear con ella, pues de todas maneras ellas se invitarían solas. Esforzándose por no suspirar, les preguntó—: ¿Os gustaría acompañarme?
    —Encantadas —respondió Penélope.

    Prudence abrió la boca y la palabra «sí» brotó de su interior.

    —Qué suerte que nos hayamos despertado temprano y podamos hacerte compañía —comentó Penélope—, ya que por lo visto estás sola.
    —En efecto —farfulló Caroline—. Es justo lo que estaba pensando: «Qué suerte».

    Bajaron los escalones y Caroline enfiló un sendero que conducía a la torre en ruinas. Penélope se enfrascó en una descripción insoportablemente detallada de su nuevo guardarropa mientras Prudence, por fortuna, guardaba silencio. Caroline asentía con la cabeza de vez en cuando y emitía sonidos vagos, pero por lo demás se esforzaba por creer que estaba sola.

    Cuando la torre apareció ante ellas, Caroline se acordó de las numerosas ocasiones en que antaño había subido los ruinosos escalones de piedra y luego fingía ser una damisela en apuros para que William o Austin acudiesen a rescatada. A veces Robert y Miles se unían también a sus juegos, y en esas ocasiones ella tenía a su servicio a cuatro caballeros que la salvaban de la amenaza del mal.

    Miles. Un suspiro escapó de sus labios. Más valía que no pensara en Miles. Él era el motivo de que ella quisiera salir a pasear a solas, para ahuyentado de su mente. Pero eso era del todo imposible, a pesar de la distracción que suponía la cháchara inacabable de Penélope. Ese hombre ocupaba todos y cada uno de sus pensamientos, y cada vez que ella se encontraba en la misma habitación que él, su corazón amenazaba con dejar de latir.

    Lo quería desde que eran niños, pero había una diferencia abismal entre quererlo y estar enamorada de él. Y, sin duda alguna, lo estaba.

    Eso le daba rabia, pues sabía que no podía abrigar esperanzas de que un hombre que la veía únicamente como a la hermanita de su mejor amigo llegase a fijarse en ella, pero por más que se repetía que era una tonta su corazón no la escuchaba.

    El sendero salió del bosque y ante ellas vieron alzarse la torre en ruinas. Caminaron con cuidado sobre las piedras, y cuando estaban a punto de llegar a la torre se oyó un suave relincho.

    Prudence abrió la boca, y la palabra «caballo» brotó de su interior.

    —Sí —convino Penélope—. Ha sonado como si estuviese dentro de la torre.
    —Por lo visto alguien más ha salido de paseo esta mañana —murmuró Caroline, preguntándose por qué ese alguien querría traer su montura a la torre.
    —¡Qué divertido! —exclamó Penélope—. ¡Ooooh, quizá sea tu hermano, Caroline! ¡Vamos a saludarlo!

    Caroline apenas logró reprimir un quejido. Dios santo, si Austin realmente estaba dentro de la torre y ella le endilgaba a las hermanas Digby, seguro que al pobre le daría una apoplejía. Se disponía a decides algo para convencerlas de que tomasen otra dirección, pero la posibilidad de encontrarse con el duque les había dado alas. Trepaban por las rocas como experimentadas cabras monteses.

    Recogiéndose la falda de un modo que habría horrorizado a su madre, Caroline corrió tras ellas, pero las hermanas alcanzaron la puerta mucho antes. Ya desde diez pasos de distancia, oyó el grito ahogado de Penélope, y Prudence debió de abrir y cerrar la boca un par de veces, pues dijo: «Dios bendito».

    Apartándolas a empujones, Caroline entró por la puerta en forma de arco. Sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la penumbra. Entonces, ella también soltó un grito ahogado.

    Austin yacía en el suelo de piedra, abrazado a Elizabeth, que estaba acostada junto a él con la cabeza apoyada en su hombro y la mano sobre su pecho.

    Cielo santo, claramente los habían descubierto en pleno encuentro amoroso. Caroline hubiera debido sentirse escandalizada, indignada, al borde del desmayo.

    En cambio, la euforia se apoderó de ella. No le cabía la menor duda de que Elizabeth y Austin estaban hechos el uno para el otro y, a juzgar por el cuadro que ofrecían, ellos mismos lo habían descubierto.

    Otro relincho suave captó su atención. Caroline apartó la vista de la pareja durmiente y vio a Myst y Rosamunde en la sombra.

    Retrocedió unos pasos, decidida a marcharse lo más discretamente posible, y tropezó con alguien.

    —Ay —se quejó Prudence.

    Por Dios, se había olvidado de las hermanas Digby.

    Penélope se abrió paso a codazos y señaló:

    —¿Eso que lleva su excelencia en la cabeza es una venda? ¡Vaya, apostaría a que la advenediza de las colonias concertó este encuentro y luego le dio un porrazo a su excelencia para que pareciera que él la había deshonrado!

    Murmuró algo más, que sonó sospechosamente a «¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí?», pero la atención de Caroline estaba centrada en Austin.

    —Quedaos aquí —les indicó a las hermanas, y se acercó a la pareja con toda cautela.

    Sí, no había duda de que Austin tenía la cabeza vendada. Por todos los santos, ¿qué le había pasado? Evidentemente estaba herido. ¿Estaría herida Elizabeth también?

    Dejando a un lado la posible situación embarazosa, se arrodilló junto a Elizabeth y la sacudió por el hombro.

    —Elizabeth, despierta.

    Elizabeth volvió en sí, y poco a poco fue cobrando conciencia de una voz que repetía su nombre con apremio. Entreabrió un ápice los pesados párpados. Tenía los músculos entumecidos y sentía como si unas piedras se le clavaran en la piel.

    Su confusión desapareció al instante cuando se percató de dos cosas al mismo tiempo: estaba enroscada junto al cuerpo cálido de Austin y un par de ojos azules muy abiertos la contemplaban.

    Sus párpados se abrieron de golpe y ella se incorporó como un rayo, apartándose el pelo enredado de la cara.

    —¡Caroline!
    —Elizabeth, ¿qué ha pasado? ¿Estás bien? ¿Por qué tiene Austin la cabeza vendada?
    —Se cayó del caballo.

    Se oyó una risa desdeñosa en la puerta. Al volverse, Elizabeth vio a dos de las hermanas Digby —no estaba segura de cuáles— de pie bajo el arco. Una la miraba achicando los ojos; la otra, boquiabierta.

    Caroline le tocó el brazo para captar su atención.

    —¿Está muy malherido?
    —Se golpeó la cabeza y se hizo un corte que necesitó varios puntos. Hasta donde he sido capaz de comprobar, no tiene huesos rotos.

    El rostro de Caroline palideció visiblemente.

    —Dios mío. ¿Y tú? ¿Estás herida?
    —No.

    Elizabeth alargó el brazo y le tocó la frente a Austin. Suspiró aliviada al comprobar que no presentaba signos de fiebre.

    —Se pondrá bien, ¿verdad? —preguntó Caroline con expresión de ansiedad.
    —Sí. —Elizabeth le sonrió, intentando tranquilizada—. Tu hermano tiene una cabeza excepcionalmente dura.
    —Y tanto. —Caroline la abrazó—. Dios mío, Elizabeth, has salvado la vida de Austin. Siempre estaré en deuda contigo. ¿Puedo ayudar de alguna manera?
    —Para empezar, podrías quitar la rodilla de encima de mis dedos —dijo la voz áspera de Austin—. Lo que menos necesito ahora es que me duela otra parte del cuerpo.

    Caroline dio un gritito de sorpresa e inmediatamente se apartó.

    —Austin, ¿estás bien?

    Lo tomó de la mano y se la llevó a la mejilla.

    —Me duele casi todo, pero, por lo demás, estoy bien.

    Miró a Elizabeth.

    —Tienes mejor aspecto —aseguró ella con una sonrisa cariñosa.
    —Me siento mejor. Gracias a ti.

    Sus miradas se encontraron, y ninguno de los dos fue capaz de apartar los ojos. Elizabeth deseaba estirar la mano y tocarlo, pero controló ese impulso ya que estaban delante de Caroline y las hermanas Digby. Había algo intenso e imperioso en los ojos de Austin, pero ella no fue capaz de interpretar esa expresión. Despegó la vista de él, se puso en pie e intentó sacudirse las ramitas y la tierra del arrugado vestido.

    —¿Te encuentras en condiciones de hacer el trayecto de regreso a la casa, o voy a pedir ayuda? —preguntó Caroline.

    Austin se obligó a prestarle atención a Caroline. Cuando lo hizo, tomó conciencia de repente de las implicaciones de su pregunta.

    —¿Ayuda? Cielo santo, no. —Se incorporó con un gran esfuerzo y se quedó un rato sentado, con los ojos cerrados, esperando a que se le pasara el mareo. Después de unos segundos y de varias respiraciones cortas, se sintió considerablemente me—. Comprenderás, Caroline, que no puedes traer a nadie aquí. La reputación de Elizabeth quedaría gravemente perjudicada. Ella debe regresar a la casa antes de que alguien la eche en falta o la vea tan desarreglada. Ahora mismo. Antes de que sea demasiado tarde.

    Caroline se tapó la boca para emitir una tosecilla y luego hizo un gesto significativo con la cabeza en dirección a la puerta.

    Austin, horrorizado, se dio la vuelta. Dos mujeres jóvenes, una semejante a un bicho con un sombrerito, y otra parecida a una carpa boquiabierta, lo observaban atónitas.

    Él cerró los ojos y soltó un gruñido. Además de sus otros defectos, las hermanas Digby eran de lo más inoportunas.


    Iba a casarse.

    Austin, sentado en su estudio privado, vio cerrarse la puerta detrás de su madre y lady Penbroke. Ésta estaba eufórica, y las plumas bailaban alegremente alrededor de su cabeza. La reacción de su madre al oír la noticia fue un poco más reservada, pero Austin sabía que ella comprendía su responsabilidad para con Elizabeth y respetaba su decisión. Naturalmente, habría preferido que su hijo contrajese matrimonio con una joven inglesa de alcurnia, pero a Austin no le cabía la menor duda de que sabría sobrellevar la situación y haría todo cuanto estuviese en su mano para facilitar el ascenso de Elizabeth a su nueva posición social. Su madre se había puesto de acuerdo con lady Penbroke para encargarse entre las dos de los preparativos de la boda. La única petición de Austin fue que no revelasen a nadie sus planes hasta que él hablase con Elizabeth y anunciase formalmente el compromiso.

    Se pasó la mano por la cara y se reclinó en el asiento. Matrimonio. Desde el instante en que vio a las hermanas Digby en la torre supo que tendría que casarse con Elizabeth; ella le había salvado la vida y, con ello, había dañado su propia reputación. Por supuesto, ambas hermanas Digby habían jurado ad náuseam que no saldría de sus labios una sola palabra sobre lo que habían visto, y Austin creía que eso no era del todo imposible. Después de todo, a esas mocosas tontorronas no les interesaba que él desapareciera del mercado de solteros codiciados..., a menos que fuera para encadenarse a una de ellas, perspectiva que le causó un estremecimiento y lo impulsó a tomar un trago de brandy. Aun así, su promesa de guardar silencio no le inspiraba mucha confianza.

    Matrimonio. Lo había evitado durante años y, sin embargo, por causas que no lograba discernir, la idea no lo angustiaba demasiado. Sabía que algunos desaprobarían que eligiera a una americana para convertirla en duquesa, pero, como era sobrina de un conde, la tormenta pasaría rápidamente.

    De hecho, sabía perfectamente que una vez que anunciara el compromiso, las mismas personas que ahora menospreciaban a la señorita Elizabeth Matthews, la advenediza de las colonias, intentarían ganarse el favor de la futura duquesa de Bradford. Aunque esa idea lo asqueaba, no podía reprimir la malsana satisfacción que le producía en el fondo. Nadie se atrevería a hacer un solo comentario hiriente sobre ella, so pena de incurrir en la ira del duque.

    Una serie de imágenes de Elizabeth desfilaron por su mente: emergiendo de los arbustos, dando traspiés. Durmiendo bajo el gigantesco roble. Bosquejando un retrato de él. Cayéndose del caballo. Cubierta de lodo. Sonriente. Carcajeándose. Tomándole el pelo.

    Una sonrisa se dibujó en sus labios. Aunque no intentaba negar que se trataba de un matrimonio de conveniencia para salvar a Elizabeth de la deshonra, intuía que la vida de casado no le resultaría aburrida.

    Y, por supuesto, el matrimonio le permitiría llevársela a la cama. El pulso se le aceleraba sólo con pensarlo. La imagen de ella en el lecho, con su hermosa cabellera desparramada alrededor, alargando los brazos hacia él. Esa parte de su matrimonio sería sumamente... placentera.

    Ahora lo único que faltaba era proponerle matrimonio.

    Cuando Elizabeth entró en el estudio al atardecer en respuesta a su llamada, a Austin le hizo gracia la inspección visual a la que lo sometió.

    —¿Cómo te encuentras? —preguntó ella, con aire preocupado—. Deberías estar descansando.
    —Estoy bien, gracias a ti.

    Le sonrió y se vio recompensado por su delicado sonrojo.

    —¿Te causa alguna incomodidad esa herida? Puedo prepararte un remedio si hace falta.

    Austin se acordó del repugnante mejunje que ella le había hecho beber y contuvo un escalofrío.

    —Ya casi no me duele. Ese bálsamo tuyo obró maravillas.
    —Me alegro. —Le escrutó el rostro con la mirada y luego se fijó en la venda que le cubría la sien—. En realidad es una suerte que yo posea una constitución robusta. De lo contrario, me habrías dado un susto de muerte. —Mirándolo de nuevo a los ojos, añadió rápidamente—: Pero ya hemos discutido sobre eso. Tengo entendido que querías hablar conmigo.

    Austin titubeó, inseguro respecto a cómo debía abordar el tema. Por lo general nunca le faltaban palabras, sobre todo delante de una mujer, pero, por otro lado, nunca le había propuesto matrimonio a nadie. Se aclaró la garganta.

    —Confío en que serás consciente de que, a causa de lo sucedido anoche y del hecho de que nos sorprendiesen juntos esta mañana, tu reputación está en peligro.

    Ella enarcó las cejas.

    —¿Han estado chismorreando por ahí las hermanas Digby a pesar de que han prometido no hacerlo? Caroline prácticamente me ha tenido prisionera en su habitación desde que hemos regresado a la casa esta mañana, y se ha negado a hablar del asunto conmigo hasta que tú y yo mantengamos una conversación al respecto. Si se está cociendo un escándalo, debe de haber algo que podamos hacer para acallar los rumores. Después de todo, nada ocurrió entre nosotros.
    —¿Ah no? —Extendió el brazo y con la punta del dedo le acarició la nariz cubierta de pálidas pecas—. Nos besamos. —Bajó la voz hasta hablar en un ronco susurro—. Pasamos la noche juntos a solas. Nos descubrieron al uno en brazos del otro.

    Las mejillas de Elizabeth se pusieron coloradas.

    —Estabas herido y yo te ayudé. Eso de que pasamos la noche juntos no viene a cuento en absoluto, y, además, era inevitable. Seguro que cualquiera lo comprendería.
    —Nadie lo comprendería, Elizabeth. Y menos aún tu tía.
    —Madre mía, ¿ha estallado un escándalo?
    —No.
    —Entonces tía Joanna no...
    —Ella lo sabe.
    —¿Ah sí? ¿Y tú cómo lo sabes?
    —Porque se lo he dicho yo.

    Elizabeth se puso en jarras y lo fulminó con la mirada.

    —Por lo visto no era la indiscreción de las Digby lo que teníamos que temer. ¿Qué le has dicho exactamente?
    —La verdad. Que mis heridas, junto con la tormenta, nos obligaron a pasar la noche juntos y sin vigilancia.
    —¿Se mostró muy disgustada tía Joanna?
    —No cuando le hube asegurado que tú no saldrías perjudicada por ningún escándalo. En realidad, se ha mostrado bastante conforme con mi solución.
    —¿Qué solución?
    —Que tú y yo nos casemos.

    Elizabeth se quedó inmóvil, el asombro personificado. Lo miró fijamente durante un minuto entero, en el silencio más absoluto que él hubiese oído jamás. Con cada segundo que pasaba, el corazón de Austin latía más despacio y más fuerte, hasta que sintió que tenía el pecho a punto de estallar. Finalmente, Elizabeth carraspeó y habló.

    —Debes de estar bromeando.

    Esta vez fue Austin quien se quedó estupefacto. No sabía muy bien qué reacción esperaba, pero no se le había ocurrido que ella pudiese tomárselo a broma.

    —Te aseguro que hablo muy en serio —dijo con sequedad—. Cuando seas mi esposa, nadie se atreverá a decir una sola palabra contra ti. Cualquier desliz que hayamos cometido antes de los esponsales se nos perdonará, considerando que íbamos a casarnos en el futuro inmediato.

    Ella entrelazó las manos y comenzó a retorcerse los dedos.

    —Austin, te agradezco mucho tu noble gesto, pero no creo que estas medidas tan drásticas sean necesarias.
    —Estas medidas son absolutamente necesarias. Aunque tú decidieras cargar con una reputación dañada, el escándalo alcanzaría a lady Penbroke. No querrás verla relegada al ostracismo social, ¿verdad?
    —¡Por supuesto que no! Tía Joanna ha sido de lo más amable conmigo.
    —¿Y quieres corresponder a su amabilidad poniendo en peligro su posición en la alta sociedad?

    Ella abrió mucho los ojos, angustiada.

    —¡No! Pero...
    —Entonces el matrimonio es la única manera de protegerte y protegerla a ella —aseveró, asombrado (y, maldita sea, irritado) ante la evidente renuencia de Elizabeth a convertirse en su esposa.

    Sus ojos castaños con reflejos dorados destilaban tanta preocupación que él se preguntó si le había propuesto matrimonio o cubrirla de brea y plumas. Pese a la irritación que se había adueñado de él, sintió unas leves e inesperadas ganas de reírse. No de ella, sino de él mismo y su propio engreimiento. Nunca se había imaginado que algún día tendría que convencer a una mujer para que se casara con él.

    Con sólo mirarla a la cara, supo que eso era justo lo que tendría que hacer.

    —Infiero de tu expresión, que no puedo calificar sino de atribulada —le dijo en un tono ligeramente burlón—, que no has tenido en cuenta los beneficios que podría conllevar el casarte conmigo.

    Su orgullo se llevó otro golpe al ver la expresión confundida que asomaba al rostro de Elizabeth.

    —¿Ventajas?
    —Sí, es una palabra que usamos en Inglaterra para referirnos a «cosas buenas». Por ejemplo, serías una duquesa.

    Ella palideció por completo.

    —¡No quiero ser una duquesa!

    Hasta ese momento, Austin habría apostado la vida a que nunca oiría semejantes palabras de boca de una mujer. Antes de que pudiese discurrir una respuesta, ella echó a andar de un lado a otro de la estancia.

    —¿No ves que soy un fracaso social y sería una duquesa pésima? —dijo ella—. La gente se reiría a mis espaldas. Soy torpe. No sé nada sobre la moda. Soy un desastre como bailarina. Y, por si no lo habías notado, mi estatura es grotesca.

    Austin apretó las mandíbulas.

    —Nadie se reirá de la duquesa de Bradford. —«No si quieren conservar todos sus dientes», pensó—. En cuanto a lo demás, no te costará aprender lo que haga falta sobre moda y baile. Tu tía, mi madre y Caroline te enseñarán todo lo que quieras y más.

    Ella se detuvo de golpe y se encaró con él, esbozando una sonrisa.

    —Veo que se te da bien lo de solucionar problemas. ¿Qué solución propones para la cuestión de mi estatura?

    Él se acarició la barbilla, fingiendo meditar sobre el asunto.

    —A mí personalmente me gusta la altura tan accesible a la que tienes la boca, y no sé si te has fijado, pero soy más alto que tú.

    Los ojos de Elizabeth se llenaron de ternura.

    —Oh, Austin, es maravilloso que estés dispuesto a sacrificarte de este modo, pero no puedo permitirlo. Lo último que quisiera es causar bochorno o vergüenza a tu familia.

    Austin apenas pudo contener el impulso de sacudir la cabeza con estupor. Ella no estaba pensando en sí misma..., sino en él. Y qué ironía que los rasgos que ella consideraba sus defectos —su torpeza, su escasa habilidad para bailar, su desconocimiento de la moda y su estatura— formasen parte de lo que la hacía tan refrescante, tan especial, tan fascinante. El mero hecho de que fuera capaz de rechazar una oferta de matrimonio por parte del hombre conocido como «el soltero más codiciado de Inglaterra» lo dejaba atónito.

    Y lo reafirmaba en su deseo de salirse con la suya.

    En cuanto a deslucir el nombre de los Bradford, nada de lo que ella pudiera hacer sería peor que los secretos que él conocía..., secretos que podían acarrear la perdición de toda su familia.

    —No quieres avergonzarme, y, sin embargo, si te niegas a aceptar mi propuesta, eso es justo lo que harás —dijo él—. Todos pensarán que soy un libertino despreciable que mancilló tu honra y que luego se negó a proponerte matrimonio. —Apartando a un lado su sentimiento de culpa por manipular el corazón sensible de Elizabeth, añadió—: Yo sería expulsado sumariamente de la sociedad, y sin duda me vería obligado a exiliarme al continente como Brummell.
    —Oh, Austin, yo...

    Él le tapó los labios con un dedo.

    —Cásate conmigo, Elizabeth.

    Para su sorpresa, se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración, aguardando su respuesta con ansia.

    Elizabeth contempló su rostro increíblemente apuesto y serio, y se derritió por dentro. Su propuesta de matrimonio resonaba una y otra vez en su mente. «Cásate conmigo. Cásate conmigo. Cásate conmigo.»

    Dios santo, ¿cómo podía rechazarlo? ¿Cómo podía cualquier mujer rechazar a ese hombre? Incluso si no tuviese en cuenta el perjuicio social que podía causarles a él y a tía Joanna, no podía negar lo que sentía por Austin. Muy a su pesar, lo amaba. Deseaba ayudarlo. Protegerlo. ¿Y si otros peligros pendían sobre él? Aunque él no fuera consciente de ello, la necesitaba.

    Pero no la amaba. No debía engañarse. Simplemente estaba proponiéndole matrimonio para salvar la reputación de ella y proteger su propio honor.

    La tristeza la invadió, pero al mismo tiempo una vocecita en su interior le infundió esperanzas. «Tal vez no me quiera todavía, pero si descubro alguna prueba de que William sigue vivo, o si averiguo algo sobre el francés... Si logro traerle algo de paz a Austin, quizás entonces llegue a quererme. Tanto como le quiero yo a él.»

    ¿Era eso posible? ¿Existía alguna posibilidad de que él se enamorase de ella? Era evidente que Austin podía elegir a cualquiera de las mujeres hermosas y refinadas que se movían en su mundo de la alta sociedad. Ella era dolorosamente consciente de que no les llegaba a la suela del zapato en nada.

    Pero al proponerle matrimonio, él se mostraba claramente dispuesto a hacer un enorme sacrificio por ella. La enormidad de dicho sacrificio la dejaba sin aliento. Dios, él estaba dispuesto a pasar el resto de su vida con ella. Dudaba mucho de que le hubiese hecho esta oferta a la ligera, de modo que obviamente ella le importaba, aunque fuera sólo un poco.

    ¿O no?

    No era una situación ideal, pero era un punto de partida. Sería una tonta si rechazara la propuesta del hombre que amaba, y lo que le faltaba a ella era refinamiento, no inteligencia. Sólo había una respuesta posible. Sin embargo, antes de que ella pudiera abrir la boca, él habló, en un tono inconfundiblemente seco.

    —Debo decirte que tu prolongado silencio resulta un tanto... descorazonador. He esperado veintinueve años para pedir la mano de una mujer, Elizabeth. ¿Vas a negármela ahora?

    Dios santo, parecía realmente... preocupado. Una sonrisa se dibujó en los labios de Elizabeth. Intentó reprimida, pero no lo logró del todo.

    —Bueno, siempre he soñado con hacerle un desaire a un pretendiente apasionado.

    Austin vio asomar sus hoyuelos, oyó su tono travieso y obligó a sus músculos tensos a relajarse. Se acercó a ella, hasta que sólo los separaron unos centímetros. Le recorrió los brazos con las manos hasta entrelazar los dedos con los de ella, luego le rozó la mejilla con los labios.

    —Ya veo. ¿Y qué ocurriría si me volviese apasionado?

    Aspiró la suave fragancia de lilas, y le apretó delicadamente el lóbulo de la oreja entre los dientes.

    —¡Oh! —El jadeo de placer de Elizabeth lo llenó de satisfacción masculina—. Bueno, pues en ese caso, yo...

    La voz se le apagó mientras él bajaba la boca por su esbelto cuello, besándola. Ella echó la cabeza hacia atrás para facilitarle la tarea, y él le tocó con la punta de la lengua la base del cuello, donde le latía el pulso aceleradamente. Su piel era suave como la seda y sabía a flores y a luz del sol. Como ninguna otra mujer.

    Austin alzó la cabeza y estudió su rostro hermoso y arrebolado. Ella tenía los ojos cerrados, los labios húmedos y entreabiertos, y respiraba entrecortadamente.

    —En ese caso, ¿tú...? —la animó a proseguir.

    Ella abrió despacio los párpados y lo miró directamente a los ojos. La calidez y la ternura que irradiaban sus profundos y expresivos ojos de color ámbar con destellos dorados lo sobrecogió. Rebuscó entre sus recuerdos y se dio cuenta de que nadie lo había mirado de ese modo. Su cuerpo se encendió, lleno de vitalidad.

    Ella esbozó una sonrisa trémula.

    —Cedería y me casaría contigo.

    Lo invadió una sensación que sólo podría calificarse de alivio.

    —¿Eso es un sí?
    —Sí.

    Gracias a Dios. Este pensamiento lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. Se negó a analizarlo y estrechó a Elizabeth entre sus brazos. Bajó la boca hasta fundirla con la de ella en un beso abrasador que los dejó a ambos sin aliento. Sus labios la acariciaban con ansia, mientras su lengua se deslizaba en el cálido interior de su boca. Con un suave gemido, ella se apretó contra él Y le devolvió el beso con un fervor que estuvo a punto de hacerle perder por completo el control sobre sí mismo. «Dios, no puedo esperar a que esta mujer sea mía», pensó.

    Susurró el nombre de Elizabeth al tiempo que le pasaba los dedos por el sedoso pelo y devoraba su boca, sumergiendo la lengua, saboreando su dulce calor, hasta que lo embargó un dolor enloquecedor. Maldita sea, la deseaba. Ahora. Quería tenerla debajo, encima, envuelta en torno a sÍ...

    —¿Os interrumpo? —preguntó una voz alegre desde la puerta.

    Austin se quedó inmóvil y reprimió una palabrota que le brotaba de lo más hondo. Maldición, Robert llevaba dos meses fuera. ¿Qué le hubiera costado a su hermano pequeño permanecer fuera dos minutos más?

    Austin levantó la cabeza y contempló el rostro de Elizabeth, trastornado y colorado como un tomate. Miró sus labios, hinchados de tanto besarlo. Robert pagaría muy cara esa interrupción. Muy cara.

    Elizabeth intentó liberarse de su abrazo, pero él la apretó con más fuerza.

    —No pasa nada —le susurró—; sólo es mi hermano. —Rodeándole el talle firmemente con un brazo, se volvió y le echó a Robert una mirada asesina—. Veo que mientras estabas vagabundeando por el continente olvidaste lo que significa una puerta cerrada.
    —En absoluto —replicó Robert, posando la vista en Elizabeth con ávida curiosidad—. De hecho, he llamado varias veces. Al parecer estabas demasiado, eh..., ocupado para oírme. Me disponía a regresar al salón cuando he oído claramente un quejido que venía del interior del estudio. Como es natural, he temido por tu seguridad, de modo que he entrado. —Le dirigió una sonrisa traviesa—. Ahora veo que no había motivo para alarmarse. —Carraspeó—. Bueno, ¿no vas a presentarme a esta preciosa joven?

    Austin habría preferido meterlo de cabeza en el seto de alheñas, pero dejó que prevaleciera la cordura.

    —Elizabeth, te presento a mi hermano Robert, un joven que no se caracteriza por su tacto o don de la oportunidad. Robert, ésta es la señorita Elizabeth Matthews..., mi prometida.
    —Encantado de conocerla... —Robert se interrumpió súbitamente y arqueó las cejas—. ¿Has dicho «prometida»? ¿Te refieres a que es tu novia? ¿A que vais a casaros?

    La rabia contenida de Austin se templó considerablemente al ver la cómica expresión de estupor de Robert.

    —Tu dominio del idioma y tu capacidad de deducción siempre han sido motivo de orgullo para toda la familia, Robert.

    Sin una palabra, Robert cruzó la alfombra e hincó una rodilla ante Elizabeth.

    —Mi querida dama —dijo, poniéndose ambas manos sobre el corazón—. Es un honor para mí conocerla. Siempre contará con mi eterna gratitud por retirar a mi hermano de la lista de solteros. Ahora quizás otro pobre tipo desgraciado, es decir, yo, tenga alguna oportunidad de captar la atención de una mujer hermosa. No habrá otra como usted en su familia, ¿verdad? ¿Una hermana? ¿Una tía, una prima, una abuelita?

    Con las mejillas encendidas, Elizabeth bajó la vista hacia el joven arrodillado ante ella. Unos ojos negros y burlones la miraban desde un rostro que se asemejaba mucho al de Austin. Sin embargo, el semblante de Austin era firme, reservado y adusto, mientras que el de su hermano menor tenía facciones más suaves, era más abierto y sonriente. A pesar del bochorno que estaba pasando, Elizabeth no pudo evitar devolverle la sonrisa.

    —Es un placer conocerle, lord Robert —dijo ella con una torpe reverencia que le costó más trabajo que de costumbre porque Austin no despegaba el brazo de su cintura.

    Robert se puso de pie e hizo una inclinación.

    —Llámame Robert. Y el placer es mío. —Se volvió hacia Austin, tendiéndole la mano—. Enhorabuena, hermano. Te deseo toda la felicidad del mundo.

    Austin aflojó ligeramente la presión de su brazo sobre el talle de Elizabeth y estrechó la mano de Robert.

    —Gracias, Robert. Ya que llegas de un modo tan inesperado, quiero aprovechar la oportunidad para pedirte que seas mi padrino de boda.
    —Acepto encantado. —Robert le dirigió a ella una sonrisa y un guiño—. Austin sabe lo que hace, ahora tendrá un buen padrino. ¿Has dicho algo sobre que tenías una hermana?
    —Me temo que no —respondió ella, divertida.
    —Vaya suerte la mía. —Sacudiendo la cabeza con aire apesadumbrado, atravesó la habitación y se sirvió una copa de brandy—. ¿Cuándo es la boda?

    Elizabeth estaba a punto de contestar que no lo sabía cuando Austin declaró:

    —Pasado mañana.

    Se quedó boquiabierta y se obligó a recuperar la compostura.

    —¿Pasado mañana?

    Robert le dirigió a Austin una mirada maliciosa.

    —Tu prometida parece un poquito, ejem, sorprendida por la noticia. No sé mucho de estas cosas, pero creo que la costumbre dicta que la novia sepa cuándo se celebrará el desposorio.
    —Me disponía a hablar del asunto con ella cuando has irrumpido en el estudio.

    Un brillo malicioso asomó a los ojos de Robert.

    —¿Ah sí? ¿Era eso lo que te disponías a hacer? Más bien parecía...
    —Robert. —El tono en que Austin pronunció esta única palabra era inconfundiblemente gélido.

    Robert depositó la copa en el escritorio y alzó las manos.

    —No se hable más. Aunque sé que te mueres de ganas de que me quede y os obsequie con anécdotas de mi viaje por el extranjero, debo marcharme. Apenas he hablado con madre desde que llegué hace una hora, y he prometido reunirme con ella en el salón antes de la cena.
    —No he anunciado todavía la boda, Robert.
    —Mis labios están sellados. —Cruzó la habitación, tomó la mano de Elizabeth y le plantó un beso en los dedos. Una imagen acudió a la mente de ella y, por un instante, fue como si vislumbrara su alma—. Estoy deseando verte a la hora de la cena —dijo él, con una mirada llena de afecto.
    —Gracias.

    Robert se dirigió a la puerta con un andar elegante y pausado que contrastaba mucho con las zancadas decididas características de Austin. Antes de cerrar la puerta tras de sí, le dedicó a Elizabeth un guiño que la ruborizó.

    Aguardó a que Austin hablara, pero él se había quedado mirando la puerta cerrada como si quisiera prenderle fuego.

    —Tu hermano es muy divertido —dijo ella finalmente.
    —Es un maldito incordio.
    —Te quiere.
    —Él... —Austin se volvió hacia ella—. ¿Cómo dices?
    —Te quiere. Se muere de curiosidad y preocupación por tu decisión de casarte conmigo.
    —¿Preocupación? ¿Qué te hace pensar eso?

    «Me tocó —pensó Elizabeth—. Lo percibí.»

    —A pesar de sus bromas, salta a la vista que teme que puedas haber tomado una decisión equivocada. Ha sido esclarecedor veros juntos a los dos. Me pregunto si os habéis percatado de lo mucho que os parecéis.

    Estas palabras lo sorprendieron.

    —¿Parecemos? Robert y yo no nos parecemos en absoluto.

    «Y tanto que os parecéis. Por dentro. En el alma, que es lo que cuenta», se dijo Elizabeth, pero en vez de discutir inclinó la cabeza.

    —Tal vez tengas razón —dijo—. Después de todo, tú eres un hombre serio, mientras que Robert es bastante animado.
    —No estoy seguro de que «animado» sea la palabra con que lo describiría en estos momentos, pero da igual. Hay otras cosas de las que tenemos que hablar.
    —Así es. Austin, ¿a qué diablos te referías cuando has dicho que la boda se celebraría pasado mañana?
    —Pues a eso exactamente. He pasado casi todo el día poniéndome en contacto con mis abogados y tramitando una licencia especial, que espero recibir mañana por la tarde. Supongo que podríamos programar la ceremonia para la noche de mañana, pero he pensado que querrías disponer de un día para hacer los preparativos necesarios.
    —¡Pero eso no es tiempo suficiente para planear una boda!
    —Mi madre sería capaz de organizar una coronación en la mitad de tiempo. Si además contamos con tu tía y con Caroline, podríamos estar casados antes del desayuno. —Le enmarcó el rostro con las manos y la miró con el ceño fruncido—. No estarás cambiando de idea, ¿verdad?

    A ella se le formó un nudo en la garganta. ¿Cambiar de idea? Ni hablar.

    —Por supuesto que no. —Le sonrió al ver que se suavizaba su expresión ceñuda—. Pero por deferencia hacia tu madre y tía Joanna, opino que es mejor dejado para pasado mañana. —Le puso las manos en los antebrazos y notó la tensión bajo sus dedos—. ¿Puedo preguntarte a qué viene tanta prisa?

    Sus expectativas de que hubiese motivos románticos tras su decisión quedaron inmediatamente truncadas por las palabras de Austin.

    —Por una mera cuestión de logística. Tengo que estar en Londres el día primero de julio, y he planeado quedarme allí durante un tiempo indeterminado. Si celebramos la ceremonia antes de mi marcha podrás acompañarme a Londres y me ahorraré el viaje de regreso hacia aquí o a la finca de lady Penbroke para venir a recogerte.

    Ella intentó disimular su desilusión con una sonrisa.

    —¿Recogerme? Hablas de mí como si yo fuera un par de pantuflas.
    —¿Unas pantuflas? Para nada. —Su mirada se clavó en la boca de Elizabeth, y a ella le dio un vuelco el corazón al pensar que él la besaría otra vez. De nuevo se llevó una decepción, pues él se apartó de ella y se dirigió hacia la mesita que sostenía las licoreras de brandy—. Hay varios asuntos de los que debo ocuparme antes de que hagamos público nuestro compromiso.

    Al darse cuenta de que la estaba despidiendo, Elizabeth asintió con la cabeza.

    —Por supuesto. Si me disculpas, debo arreglarme para la cena.

    Se encaminó hacia la puerta. Antes de cerrarla a su espalda, volvió la vista atrás. Austin la observaba con una expresión intensa y enigmática que por alguna razón la dejó helada y la encendió por dentro al mismo tiempo.


    10


    Elizabeth acababa de vestirse para bajar a cenar cuando alguien llamó a la puerta de su alcoba.

    —Adelante.

    Tía Joanna entró envuelta en un maremágnum de plumas oscilantes y en el frufrú de la seda morada de su vestido.

    —Mi querida niña —le dijo con una enorme sonrisa en medio del rechoncho rostro, y le dio un abrazo repleto de plumas—. ¿No te lo dije?
    —¿No me dijiste qué?

    Su tía se apartó y la contempló con los ojos muy abiertos.

    —Pues que sólo sería cuestión de tiempo antes de que un joven agradable se fijara en ti. —Abrió el abanico con un movimiento rápido de la muñeca y lo agitó, haciendo ondear sus plumas—. Sabía que te encontraríamos un marido, ¡pero ni siquiera yo habría predicho que conseguiríamos un duque! Vamos, cuando Bradford me dijo que quería casarse contigo, por poco me desmayo. No porque me sorprendiese que quisiera casarse contigo, por supuesto. Cualquier hombre se sentiría afortunado con una chica hermosa como tú. Pero ¡un duque! Un duque joven y guapo, además. —Se inclinó hacia delante y le confió—: En su mayoría son viejos decrépitos, ¿sabes?

    Antes de que Elizabeth pudiera contestarle, su tía añadió:

    —Tus padres estarían tan orgullosos de ti... Como yo, querida. Muy orgullosos y muy contentos. —Sus ojos asumieron una expresión soñadora y exhaló un suspiro embelesado—. Vaya, creo que esto es aún más romántico que cuando tu madre se fugó con tu padre. Estaban tan enamorados... —Miró a Elizabeth y frunció el entrecejo—. ¿Qué te ocurre, criatura? Pareces afligida.

    Elizabeth parpadeó para quitarse las lágrimas que comenzaban a escocerle en los ojos.

    —Estaba pensando en papá y mamá..., en lo mucho que se querían. En lo mucho que deseaban que yo tuviese un matrimonio feliz como el suyo.
    —¡Y lo tendrás! ¡Fíjate nada más en el hombre con el que te casas! ¿Cómo puedes dudar un solo instante de que serás inmensamente feliz? —Su tía la observó un momento, y Elizabeth hizo lo posible por mostrarse inmensamente feliz, pero evidentemente fracasó, pues su tía dijo—: Sí, ya veo que lo dudas. —Cerró el abanico de golpe y condujo a Elizabeth al sofá tapizado de brocado que se encontraba junto al fuego. Una vez que se sentaron, tía Joanna dijo—: Cuéntame qué es lo que te preocupa, Elizabeth.

    Elizabeth miró los ojos azules e inquietos de su tía, que tanto le recordaban a los de su querida madre. No tenía el menor deseo de aguar el entusiasmo de tía Joanna, pero no podía fingir que su inminente casamiento sería un matrimonio por amor.

    —Sin duda sabes, tía Joanna, que la única razón por la que el duque quiere casarse conmigo es porque cree que es su deber.

    Tía Joanna soltó un carraspeo estentóreo.

    —Y sin duda tú sabes que nadie puede obligar a Bradford a hacer algo que no quiera hacer.
    —Es un hombre honorable y desea preservar mi reputación...
    —Pamplinas. Si no le agradara la idea de casarse contigo, sencillamente se negaría a hacerla y, dada su posición, saldría bien librado de todas maneras. Está claro que no eres consciente del rango tan elevado que tiene en la sociedad..., rango que te corresponderá también cuando seas su mujer. —Le dio un apretón en la mano—. Alégrate, querida. Nunca te faltará nada.

    Una gran tristeza se adueñó del corazón de Elizabeth.

    —Excepto quizás el amor de mi marido.

    Tía Joanna meneó un dedo enguantado en un gesto de reprensión.

    —Cariño, no dudes ni por un momento de que Bradford está obsesionado por ti. De lo contrario, ni siquiera cien caballos salvajes podrían haberle arrancado una proposición de matrimonio. Una vez que un hombre está obsesionado por una mujer, se convierte en un pez que ha mordido un anzuelo.
    —¿Cómo dices?
    —Has pescado el pez más grande de Inglaterra, querida. Ya se ha encaprichado de ti. Ahora sólo tienes que recoger el sedal para sacado del agua.

    Elizabeth reprimió una risita ante la absurdidad de comparar a Austin con un pez.

    —¿Y eso cómo lo hago?
    —Siendo la Elizabeth maravillosa y única que eres. Y captando su interés ya sabes dónde.

    Su tía subió y bajó las cejas varias veces.

    Cielo santo, esperaba que tía Joanna no se embarcase en una disertación sobre la anatomía de Austin.

    —Hum... Me temo que no sé exactamente a qué te refieres con «ya sabes dónde».

    Tía Joanna se inclinó hacia delante, obligando a Elizabeth a esquivar una pluma de pavo real.

    —Me refiero a la alcoba —respondió en voz baja, y Elizabeth se relajó, aliviada—. Si mantienes a tu marido contento en la alcoba, su encapricha miento se transformará en amor. A mí me funcionó con mi querido Penbroke. Tu tío me fue fiel hasta el último día de su vida. Un marido que tiene un lecho nupcial bien caliente no se busca una querida.

    Elizabeth sintió que las mejillas se le ponían al rojo vivo, pero su tía prosiguió:

    —Como tu madre, que en paz descanse, no está ya entre nosotros, te aleccionaré como creo que ella hubiese querido. Dime, querida, ¿sabes de dónde vienen los niños?

    Elizabeth reprimió el súbito impulso de reír, pues su tía parecía tan seria y tan decidida a cumplir con su deber...

    —Tía Joanna, soy la hija de un médico y me crié entre animales. Estoy familiarizada con las funciones corporales.
    —Excelente. Entonces ya sabes todo lo que hay que saber.
    —¿Ah sí?
    —Sí. —Extendió el brazo y le acarició la mejilla—. Sólo tienes que acordarte de todo lo que te he dicho y todo saldrá estupendamente.

    Elizabeth se quedó mirándola, intentando recordar algo de lo que su tía le había dicho.

    —Y si tienes alguna otra duda —añadió tía Joanna— no vaciles en consultarme. Estaré encantada de ayudarte. —Dicho esto, se puso en pie y se echó la boa al hombro—. Vamos, querida. Es hora de ir abajo. Quiero asegurarme de tener una buena vista de lady Digby y su caballuna prole cuando Bradford anuncie vuestro compromiso. Es un poco rastrero de mi parte, lo sé, pero no ocurre cada día que tu sobrina pesque al «soltero más codiciado de Inglaterra».


    Elizabeth nunca había visto tal variedad de expresiones faciales como esa tarde, durante el anuncio de su compromiso que hicieron en el salón. Caroline y tía Joanna estaban radiantes. La madre de Austin sonreía majestuosamente mientras Robert también sonreía y a la vez guiñaba los ojos. La mayoría de los demás invitados mostraba una gama de emociones que iban desde la sorpresa al pasmo, mientras que lady Digby ponía la misma cara que si se hubiese tragado un insecto. Las hermanas Digby parecían haber comido un limón agrio. Sin embargo, después de la sorpresa inicial, los invitados se arremolinaron alrededor de Elizabeth y Austin para darles la enhorabuena.

    A continuación se celebró una cena de gala, en la que todos alzaron la copa para brindar por los novios. Varios comensales que tenían previsto marcharse a primera hora de la mañana cambiaron sus planes para quedarse en Bradford Hall y asistir a la precipitada boda.

    Elizabeth se percató de que las hermanas Digby ya estaban dirigiendo su atención a otros caballeros disponibles. Contuvo una sonrisa cuando vio a Robert sentado entre dos de ellas, las cuales pugnaban por captar su interés con fría determinación. Robert la sorprendió mirándolo desde el otro lado de la mesa y puso los ojos en blanco. Ella tuvo que toser tapándose la boca para disimular las carcajadas.

    Su alegría fue menguando, no obstante, a medida que la cena avanzaba. Se dio cuenta, con creciente incomodidad, de que todas las personas sentadas a la mesa de caoba cubierta de manjares la observaban. Algunos de los invitados eran menos descarados que otros, pero ella sintió el peso de dos docenas de miradas clavadas en ella. La evaluaban.

    Si antes era objeto de su desprecio, ahora notó que hacían conjeturas sobre ella, que despertaba su curiosidad. Y aunque percibió con toda claridad el escepticismo velado tras muchas de las sonrisas, nadie pronunció una sola palabra hiriente contra ella, como Austin había predicho. De hecho, el caballero que estaba sentado a su lado, en lugar de hacer caso omiso de ella, estaba pendiente de todo lo que decía, como si sus labios desgranaran perlas brillantes. Penélope y Prudence, ninguna de las cuales se había dignado intercambiar más de una docena de palabras con ella, se empeñaban ahora en enredarla en una conversación sobre moda. Por suerte, ellas dos hablaron casi todo el tiempo.

    Mientras el caballero que tenía a su vera parloteaba incesantemente sobre una reciente cacería de zorros, ella echó un vistazo a la cabecera de la mesa, donde estaba sentado Austin. Él se disponía a beber de su copa de vino cuando sus miradas se encontraron. Y ninguno de los dos la apartó.

    La mano de él quedó detenida a medio camino entre la mesa y sus labios, y sus ojos permanecieron fijos en los de ella. Una oleada de calor la recorrió mientras luchaba contra el súbito impulso de abanicarse con la servilleta de lino. La mirada de Austin, la oscura intensidad que parecía penetrar hasta su alma, la ponía nerviosa. Y la excitaba de un modo que no acertaba a describir.

    Haciendo un gran esfuerzo, logró prestar atención de nuevo a sus compañeros de mesa, pero siguió notando un hormigueo en la piel a causa de la mirada de Austin.

    Cuando la cena finalizó, las damas se retiraron al salón para tomar café. Elizabeth no tardó en verse rodeada de media docena de mujeres parlanchinas.

    —Por supuesto, debes hacernos una visita en cuanto te venga bien, querida —dijo lady Digby, que se había abierto paso a codazos hasta llegar a ella. Antes de que Elizabeth pudiera abrir la boca para contestar, lady Digby prosiguió—: De hecho, me gustaría dar una cena en tu honor. —Se volvió hacia sus hijas—. ¿Verdad que sería estupendo, chicas?
    —Estupendo, madre —respondieron a coro las hermanas Digby.

    Con aire resuelto y posesivo, lady Digby tomó a Elizabeth por el brazo.

    —Vamos, querida. Sentémonos y hagamos planes.

    Una voz masculina profunda detuvo a lady Digby.

    —Si no le importa, lady Digby —dijo Austin con suavidad—, necesito hablar con mi prometida.

    Lady Digby renunció de mala gana a acaparar a Elizabeth.

    —Nos disponíamos a hablar de mis planes para la fiesta que quiero dar en su honor.
    —¿De verdad? Tal vez deba usted hablar de los preparativos con mi madre y lady Penbroke. Ellas ayudarán a Elizabeth a organizar sus compromisos sociales para los próximos meses, hasta que se adapte a sus nuevas funciones.
    —Desde luego. Vamos, chicas.

    Lady Digby cruzó la habitación a grandes zancadas, como un barco a toda vela, y su flota de hijas siguió su estela. Austin le sonrió a Elizabeth.

    —Me ha parecido que necesitabas que te rescataran.
    —Creo que lo necesitaba, aunque no estoy convencida de que tu madre o mi tía te lo agradezcan.

    Él le quitó importancia al asunto con un gesto.

    —A madre se le dan muy bien estas cosas. Manejará a lady Digby con una facilidad que me asustaría de no ser porque la admiro tanto. —Le escrutó el rostro con la mirada—. Pareces alterada. ¿Ha dicho alguien algo que te molestara?
    —No, pero me temo que me siento un poco... abrumada.

    Él le ofreció su brazo.

    —Ven conmigo.

    A ella ni se le pasó por la cabeza la posibilidad de negarse. Intentando no mostrarse demasiado ansiosa, lo tomó del brazo y dejó que él la guiara hacia la puerta de la sala.

    —¿Adónde vamos?

    Él enarcó una ceja.

    —¿Importa mucho?
    —En absoluto —respondió ella sin dudarlo—. Me alegro de escapar de los ojos de toda esta gente.

    Austin notó el estremecimiento de Elizabeth. Había estado observándola durante toda la cena y había comprobado lo bien que se desenvolvía frente a su reciente popularidad. Se había mostrado impecablemente cortés con las personas que antes se reían a sus espaldas, encantadora con quienes la habían rechazado y sonriente ante todos los que le habían hecho daño.

    Diablos, estaba orgulloso de ella.

    Cuando llegaron a su estudio privado, abrió la puerta. El fuego crepitaba en la chimenea, proyectando un brillo suave sobre toda la habitación. Cerró la puerta tras de sí, apoyó la espalda contra ella y miró a Elizabeth. Estaba en medio del estudio, con las manos entrelazadas delante de sí, más hermosa que ninguna mujer que él hubiese visto jamás. Lo invadió una gran ternura, junto con el impulso irrefrenable (no, la necesidad) de besarla. Sin embargo, antes de que pudiera ceder a ese impulso, ella habló.

    —¿Puedo preguntarte algo?
    —Por supuesto.
    —Lo que me ha pasado a la hora de la cena... ¿te pasó a ti también? —preguntó con el entrecejo fruncido.
    —¿Cómo dices?
    —Cuando heredaste el título y te convertiste en duque, ¿comenzó la gente a tratarte de manera distinta? Soy la misma que hace una semana, y sin embargo todos se comportan conmigo de otro modo.
    —No te han tratado mal, espero.
    —Al contrario, todo el mundo parece empeñado en ser amigo mío. ¿A ti te ocurrió lo mismo?
    —Sí, aunque antes de convertirme en duque fui marqués, así que ya estaba bastante acostumbrado.

    Ella lo observó durante un buen rato y luego sacudió la cabeza con tristeza.

    —Lo siento mucho. Debe de ser muy duro para ti no saber si la gente te aprecia a ti o a tu título.

    Él respiró hondo. ¿Dejarían alguna vez de sorprenderlo sus palabras? Cruzó la alfombra de Axminster, que amortiguaba el sonido de sus pisadas, y se detuvo frente a Elizabeth. Ella lo miró y el corazón le brincó en el pecho. En sus ojos Incomparables brilló una ternura cálida, sincera, honesta e inconfundible.

    Austin tenía que tocarla. En ese mismo instante.

    Tomó su rostro entre las manos y le rozó los labios con los suyos.

    —Austin —jadeó ella.

    ¿Por qué lo conmovía tanto oír su nombre pronunciado por esa boca? Sólo pretendía darle un beso breve. La había conducido al estudio por una razón totalmente distinta. Pero ahora que tenía tan cerca sus formas curvilíneas y tentadoras, y que la oía suspirar su nombre, olvidó por completo dicha razón. La atrajo hacia sí y le deslizó la punta de la lengua por el carnoso labio inferior. A ella no le hizo falta otra invitación para abrir la boca. Él pronunció su nombre en una mezcla de susurro y jadeo, y la besó más apasionadamente.

    Ladeó la cabeza para abarcar mejor sus labios, y sus sentidos se inflamaron. El calor de aquel cuerpo, el dulce sabor a fresas de su boca, el delicado aroma a lilas, todo ello lo envolvía, encendiéndolo de pies a cabeza con un deseo incontrolable. Cuando finalmente hizo el esfuerzo de levantar la cabeza, respiraba agitadamente y el corazón le latía al doble de su velocidad normal. O quizás al triple.

    —Cielo santo —resolló Elizabeth, aferrándose a sus solapas—. Esto se te da bastante bien.

    Él se apartó ligeramente y contempló su expresión maravillada, henchido de satisfacción masculina.

    —Y a ti también. —Increíble, indescriptiblemente bien.
    —Mi madre me dijo una vez que los besos de papá hacían que se le derritiesen los huesos. En ese entonces yo no tenía idea de a qué se refería.
    —¿Y ahora? —preguntó él, con una sonrisa.

    El rubor tiñó sus mejillas de piel de melocotón.

    —Ahora lo entiendo. Perfectamente. Se refería a que dejas de sentir las rodillas. Debo decir que es una experiencia de lo más agradable.
    —En efecto, lo es.

    Y pronto sería aún más agradable..., cuando estuvieran juntos en la cama, desnudos, haciendo el amor. Decenas de imágenes eróticas se agolparon en su cabeza, pero él las alejó con firmeza. Si permitía que su mente se recrease en esos pensamientos, ella no saldría del estudio con la virtud intacta.

    La soltó de mala gana y se dirigió a su escritorio.

    —Quiero darte algo.

    Aparecieron los hoyuelos a cada lado de la boca de Elizabeth.

    —Creía que eso era justo lo que acababas de hacer.
    —Me refiero a otra cosa. —Abrió con llave el cajón inferior, extrajo lo que quería y volvió a su lado—. Toma. Para ti —dijo, tendiéndole una pequeña caja cubierta de terciopelo.

    Ella enarcó las cejas, sorprendida.

    —¿Qué es?
    —Ábrelo y verás.

    Elizabeth abrió la tapa con bisagras y soltó un grito ahogado. Allí, sobre una base de terciopelo blanco como la nieve, descansaba un topacio tallado en forma ovalada y rodeado de diamantes.

    —Es un anillo —jadeó ella, contemplando con los ojos desorbitados la relumbrante joya—. Cielo santo, es extraordinario.

    «Como tú.» El pensamiento acudió a la mente de Austin, sobresaltándolo, pero no pudo negar que era cierto. Ella era extraordinaria, y no sólo por su belleza física, sino por razones que lo confundían e inquietaban.

    Levantó el anillo de su lecho de terciopelo y lo deslizó en el dedo anular de la mano izquierda de Elizabeth.

    —Pertenece a una colección que obra en poder de la familia desde hace cuatro generaciones. Lo he escogido porque el color me recuerda al de tus ojos.

    «Los ojos más bellos que jamás he visto», pensó.

    Con la vista fija en el anillo, ella movió la mano lentamente, admirando los destellos que las llamas del hogar arrancaban a la piedra preciosa. Acto seguido, alzó esos ojos y los posó en él. Unas lágrimas le brillaban en las pestañas, y él temió que ella se echase a llorar. En lugar de ello, Elizabeth se inclinó hacia delante y le dio un beso leve en la mejilla.

    —Gracias, Austin. Es el anillo más hermoso que he visto nunca. Siempre significará mucho para mí.

    A Austin se le encogió el corazón al percibir la emoción en su voz. Esa calidez que se había acostumbrado a sentir a su lado lo invadió de nuevo. Era una sensación que no podía describir más que como «el efecto Elizabeth».

    Dios. Ella irradiaba una dulzura, una inocencia que a él le parecía imposible en un ser del sexo femenino que tuviera más de diez años.

    Tenía buen corazón. Era generosa y desinteresada.

    Él no era así en absoluto. Su fracaso respecto a William lo demostraba.

    Austin la contempló durante largo rato, y la imaginó como una novia. Su novia. Un pensamiento perturbador lo asaltó, haciéndole poner ceño. Ella estaba acomodándose a todos sus planes sin una pregunta ni una queja, y a él no le había pasado por la cabeza que quizás Elizabeth deseara una boda fastuosa como la que anhelaban las demás mujeres. Se sintió avergonzado de su propio egoísmo.

    —¿Te encuentras bien, Austin?
    —Se me acaba de ocurrir que quizás esta boda informal y precipitada no sea exactamente lo que siempre has soñado.

    Una sonrisa dulce se dibujó en los labios de la joven.

    —La boda de mis sueños siempre ha tenido más que ver con el novio que con el lujo y el boato de la ceremonia. Dos semanas después de que mis padres se conocieran frente a la tienda de sombreros, se fugaron y se casaron en un barco. El capitán ofició la ceremonia. Lo importante no es cómo te casas, sino con quién.

    Austin, sin saber muy bien cómo responder, la estrechó entre sus brazos y hundió el rostro en su fragante cabello, disfrutando su calor por unos instantes. Luego, tras darle un beso rápido en la frente, se apartó de ella.

    —Deberíamos volver con los demás.

    Mientras caminaban despacio hacia el salón, ella dijo:

    —Supongo que eres consciente de que estoy un poco nerviosa ante la perspectiva de convertirme en duquesa.
    —Me temo que eso es inevitable, considerando nuestra intención de casarnos.
    —Las cosas habrían sido mejores, mucho más sencillas, si fueras sólo un jardinero —suspiró ella—. O quizás un comerciante.

    Él se detuvo y se quedó mirándola.

    —¿Cómo dices?
    —Oh, no pretendía ofenderte. Es sólo que nuestras vidas serían mucho menos... complicadas si no tuvieras un título de tanta categoría.
    —¿Preferirías casarte con un comerciante? ¿O con un jardinero?
    —No. Preferiría casarme contigo. Pero eso resultaría más simple si fueras un jardinero.

    Por primera vez Austin cayó en la cuenta de que a lo mejor ella sería más feliz si se casara con un comerciante. Aunque Elizabeth se mostraba respetuosa con su título, su rango no la impresionaba en absoluto. Pero el mero hecho de imaginarla casada con otro, en brazos de otro hombre, lo hacía enloquecer de celos.

    Con un tono forzado de despreocupación, preguntó:

    —¿Y si yo fuera un comerciante? ¿Te casarías conmigo de todas maneras?

    Ella le posó la mano en la mejilla y le observó con ojos muy serios.

    —Sí, Austin. Me casaría contigo de todas maneras.

    La confusión se apoderó de él. En cierto modo había esperado una respuesta burlona por parte de Elizabeth, pero ella lo había sorprendido, como hacía a menudo. Maldición, ¿cómo se las arreglaba para desconcertarlo siempre?

    —Aunque tu madre, Caroline y tía Joanna han prometido ayudarme, no tengo nada claro qué es lo que hace exactamente una duquesa —declaró ella.

    Austin hizo acopio de fuerzas y le sonrió.

    —Es un trabajo muy sencillo. Su única obligación consiste en mantener contento al duque.

    Ella soltó una carcajada.

    —Qué bonito. Para ti. ¿Y cómo se las ingenia para mantener contento al duque?

    La mirada de Austin la recorrió de arriba abajo.

    —No tendrás ninguna dificultad, te lo aseguro.

    Él iba a enseñarle exactamente el modo de contentar al duque la noche de bodas. Se preguntó cómo demonios se las arreglaría para esperar hasta entonces.


    Al día siguiente, mientras Elizabeth permanecía arrellanada o, según se imaginaba él, atrapada en la soleada biblioteca con su madre, Caroline, lady Penbroke y las costureras, Austin repasaba las cuentas de su finca de Surrey.

    Al atardecer, sus ojos cansados veían borrosas las hileras de números, y cuando oyó llamar a la puerta de su estudio, dejó la pluma de buen grado.

    —Adelante.

    Miles entró y cerró la puerta tras de sí.

    —Bueno, debo decir, Austin, que eres una caja de sorpresas.
    —¿Ah sí? —preguntó él con fingida sorpresa—. Y yo que pensaba que era más bien aburrido y predecible.
    —Todo lo contrario, muchacho. Primero me envías a Londres para recabar información sobre la señorita Matthews. Luego me haces regresar para asistir a tu boda con dicha mujer. —Miles se acercó al escritorio y estudió a Austin con exagerada atención—. Hum. Tienes buen aspecto. No presentas síntomas visibles de demencia, como el impulso de pegar saltos incontrolables o proferir obscenidades a voz en cuello. Por lo tanto, sólo puedo presumir que esta boda precipitada indica, o bien que estás perdido, apasionadamente enamorado... —Su voz se apagó y arqueó las cejas.

    A su pesar, Austin notó que se sonrojaba.

    —El viaje en carruaje claramente te ha zarandeado el cerebro.
    —… o bien —prosiguió Miles como si Austin no hubiese hablado—, que has deshonrado a la chica. —Hizo una pausa y luego asintió con la cabeza—. Entiendo. No has podido resistir la tentación, ¿eh?
    —Ella me salvó la vida.

    Miles se quedó inmóvil.

    —¿Perdona?

    Austin lo puso al corriente de todo lo sucedido en los últimos días. Cuando hubo terminado, Miles sacudió la cabeza.

    —Dios santo, Austin. Tienes suerte de estar sano y salvo. —Miles se inclinó sobre el escritorio y le posó la mano sobre el hombro—. Todos estamos en deuda con la señorita Matthews.
    —Yo desde luego sí lo estoy.

    Un destello perverso brilló en los ojos de Miles.

    —Apuesto a que das gracias al cielo porque no fuera una de las hermanas Digby quien te encontró herido.

    Un escalofrío le recorrió la espalda.

    —Dios, tienes razón.
    —Lo que me lleva a preguntarte... ¿cómo logró encontrarte la señorita Matthews?

    Antes de que Austin pudiese discurrir una explicación verosímil para algo que no la tenía, Miles extendió las manos.

    —Da igual. Está claro que habíais concertado una cita. No hace falta que me des más detalles.
    —Eh..., bueno. —Austin carraspeó—. Y ahora, cuéntame, ¿qué has averiguado sobre la señorita Matthews?

    Miles se repantigó en el cómodo sillón de orejas situado junto al escritorio de Austin. Extrajo de su bolsillo una libreta de piel y echó un vistazo a sus notas.

    —Mis indagaciones confirmaron que llegó a Londres el 3 de enero de este año a bordo del Starseeker. La suerte quiso que ese navío estuviese en reparación en el puerto, de modo que pude entrevistarme con Harold Beacham, su capitán.

    »Según el capitán Beacham, la señorita Matthews era una pasajera encantadora. Nunca se quejaba, aunque hubiese mala mar. Ella y su acompañante solían reunirse con él en cubierta al anochecer para ver las estrellas. Ella tenía amplios conocimientos de astronomía, y él disfrutaba de su compañía. —Le guiñó el ojo a Austin—. Me parece que abrigaba intenciones románticas hacia tu novia.

    Austin apretó los dientes, pero hizo caso omiso del comentario burlón.

    —¿Sabía él si era la primera vez que ella viajaba a Inglaterra?
    —Eso es lo que ella le dijo. Según el capitán, aunque ella tenía muchas ganas de llegar a Inglaterra, tenía un aire melancólico. Él supone que se debía a que echaba de menos su hogar, pero nunca habló de ello. —Pasó varias páginas de la libreta—. También localicé a la señora Loretta Thomkins, su compañera de viaje.

    Austin se enderezó en la silla.

    —¿Y qué te dijo?

    Miles alzó la vista al techo.

    —¿Qué no me dijo? Diantres, la mujer no cesó de parlotear desde el momento en que puso los ojos en mí. —Se tiró del lóbulo de las orejas—. Menos mal que las tengo pegadas a la cabeza, pues de lo contrario se me habrían caído de tanto oírla hablar. Sé más sobre esa mujer que sobre nadie.
    —Confío en que sólo compartirás conmigo los detalles importantes.
    —Como quieras —dijo Miles con expresión desanimada—, pero maldita la gracia que me hace ser el único que conoce la historia de su vida. —Exhaló un suspiro teatral y consultó de nuevo su libreta—. Según la señora Thomkins, la señorita Matthews, a quien se refería como «esa criatura tan dulce y querida para mí», se fue a vivir con unos parientes lejanos por parte de su padre, apellidados Longren, cuando su progenitor murió.
    —¿No tenía dinero?
    —No estaba en la indigencia, pero tampoco quedó en una posición muy boyante. La muerte repentina de su padre le rompió el corazón. La señorita Matthews le dijo a la señora Thomkins que detestaba vivir sola, así que vendió la casita que compartía con su padre y se mudó a la residencia de sus parientes. Al parecer todo marchó sobre ruedas hasta hace nueve meses. Fue entonces cuando la señorita Matthews hizo las maletas y se fue.
    —¿Qué sucedió?
    —La señora Thomkins no lo sabía a ciencia cierta, pero sospechaba que la señorita Matthews había discutido con sus parientes, pues nunca hablaba de ellos y cambiaba de tema cuando ella los mencionaba. Fuera lo que fuese lo ocurrido, causó una gran tristeza a la señorita Matthews y la decidió a abandonar América desesperada, en opinión de la señora Thomkins.
    —¿Desesperada?
    —Desesperada por marcharse sin la menor intención de regresar. —Miles se encogió de hombros—. Si algo se puede decir de la señora Thomkins es que es amante del drama. También dijo que «esa criatura tan dulce y querida» parecía un alma en pena durante las primeras semanas de la travesía y que el verla tan apesadumbrada le partía el corazón. —Cerró la libreta con un gesto contundente y se la guardó en el bolsillo del chaleco—. Eso es lo que llegué a indagar antes de que me mandases llamar.

    Austin meditó sobre esta sorprendente información. ¿Qué había movido a Elizabeth a marcharse de América tan repentinamente y con la intención de no volver? Evidentemente, había otros propósitos detrás de su viaje a Inglaterra además de visitar a su tía. ¿Se habría indispuesto con sus parientes? Le extrañaba que nunca los mencionase, pero quizás era un recuerdo demasiado doloroso para hablar de ello. Él entendía perfectamente lo que era esa situación.

    —Gracias, Miles. Te agradezco tu ayuda.
    —No hay de qué. ¿Necesitarás alguna cosa más de mí?
    —No lo creo. ¿Por qué no te quedas en Bradford Hall durante unos días después de la boda? Robert ha regresado del continente, y a madre le encanta tenerte por aquí. También a Caroline.

    Una expresión extraña asomó al rostro de Miles, y Austin creyó que rechazaría la invitación. Pero Miles asintió con la cabeza.

    —Me gustaría pasar unos días más aquí. Gracias. Y ahora, por favor satisface mi curiosidad. Todo el secretismo que rodea tu petición de información me tiene confundido. La señorita Matthews no es adinerada ni mucho menos, pero a ti no te hace ninguna falta casarte con una rica heredera. Y aunque es americana, es la sobrina de un conde. Si albergabas sentimientos amorosos hacia ella, podrías habérmelo dicho. Yo habría comprendido perfectamente tu deseo de investigar con discreción a una novia en potencia.

    Austin puso ceño. Se disponía a decide a Miles que sus indagaciones no tenían nada que ver con los sentimientos, amorosos o de otro tipo, pero resultaba más fácil dejado en el error. Eso desde luego le ahorraría explicaciones que no tenía ganas de dar.

    —Lamento lo del secretismo —dijo aparentando indiferencia—, pero ya sabes cómo me habrían acosado si alguien se hubiera enterado de mis planes. Gracias por tu discreta ayuda.
    —Me alegro de haberte sido de utilidad. —Una sonrisa maliciosa iluminó el rostro de Miles—. Me alegro por partida doble de no haber descubierto algo espantoso en el pasado de tu prometida.
    —Yo también, aunque supongo que eso no habría cambiado gran cosa. Es mi deber casarme con ella.

    Miles se puso de pie. Una sonrisa pícara jugueteó en las comisuras de su boca.

    —Tu deber. Sí, estoy seguro de que ésa es la única razón.


    11


    La boda se celebró en el salón.

    Las superficies de todos los muebles estaban adornadas con flores frescas, que impregnaban el aire con su fragancia embriagadora. Los treinta y tantos invitados estaban sentados en hileras de sillas colocadas en medio de la estancia, de cara a la chimenea.

    Austin se hallaba de pie entre Robert y el párroco local, a quien habían pedido que oficiara la ceremonia. Cuando Elizabeth apareció en la puerta, todas las miradas se volvieron hacia ella y se levantó un murmullo entre los invitados. A Austin se le cortó la respiración. Elizabeth era el ser más exquisito que jamás hubiese visto. Su vestido de satén color marfil descendía desde un corpiño con escote en U hasta sus pies formando una columna estrecha y lisa. La suave tela se ensanchaba por abajo y terminaba en una breve cola por detrás. Unos guantes blancos y largos, bordados con hilo de oro y perlas, le cubrían los brazos hasta las mangas cortas y abombadas del vestido.

    Llevaba el cabello recogido en un moño sencillo, con cientos de rizos sedosos que le caían por la espalda y le rozaban la cintura. No lucía otra joya que su anillo de pedida y las sartas de diamantes que le centelleaban en el pelo. Eran un regalo de bodas de la madre de Austin.

    Avanzó lentamente hacia él, con sus luminosos ojos castaños de tonos dorados fijos en los suyos. Le dedicó una sonrisa tímida y temblorosa, produciéndole el «efecto Elizabeth».

    —Dios mío, Austin —susurró Robert con evidente admiración—. Es fabulosa.

    Austin, con la atención puesta en Elizabeth, no contestó. Robert le dio un leve codazo en las costillas.

    —¿Sabes? No es demasiado tarde para que cambies de opinión —musitó—. Estoy seguro de que podríamos encontrar a alguien dispuesto a ocupar tu lugar para librarte de los horrores del matrimonio y todo eso. Quizá yo mismo contemplaría la posibilidad de ofrecerme voluntario.

    Austin no despegó por un momento los ojos del rostro de Elizabeth.

    —Otro comentario como ése, hermanito, y acabarás metido de cabeza en los rosales.

    Robert soltó una risita y guardó silencio.

    La ceremonia duró menos de quince minutos. Después de pronunciar los votos matrimoniales que los unían para toda la vida, Austin rozó ligeramente la boca de Elizabeth con los labios, y el corazón estuvo a punto de estallarle en el pecho. «Ella es mía.» No acertaba a abarcar los límites de su euforia. Mientras todo el mundo les daba la enhorabuena y les deseaba lo mejor, él no pudo borrar la sonrisa de satisfacción de su cara.

    Un opíparo banquete de boda siguió a la ceremonia, y Austin se irritó por el retraso que eso suponía para su partida a Londres. Mientras cenaba unas finas rebanadas de cordero asado y rodaballo cocido a fuego lento, tuvo que repetirse varias veces que el motivo por el que estaba tan ansioso por llegar a Londres era porque esperaba recibir noticias del chantajista. El día siguiente sería el primero de julio y, como aún no sabía nada de James Kinney, se imponía una visita a Bow Street. Sí, ésos eran los motivos.

    Pero entonces posaba la vista en su esposa..., su hermosa, enigmática, fascinante esposa, y todos sus pensamientos sobre investigaciones se escurrían de su mente como las gotas de lluvia de los árboles.

    Cuando el largo banquete finalizó por fin, los recién casados se cambiaron los trajes nupciales por ropa de viaje y, entre gestos y palabras de despedida, se pusieron en camino hacia Londres.

    Sentado en el carruaje ducal, Austin observó a Elizabeth agitar la mano hasta que todos los familiares e invitados quedaron reducidos a puntos diminutos. Cuando ella se acomodó, al fin, en el lujoso asiento de terciopelo color burdeos, enfrente de él, le sonrió.

    —Qué carruaje tan espléndido, Austin. Es de lo más confortable. Vaya, casi no se sienten sacudidas.
    —Me alegra que le des tu aprobación.
    —Ha sido una ceremonia preciosa, ¿no crees?
    —Preciosa. —Reparó en un paquete envuelto que ella llevaba sobre el regazo—. ¿Qué es eso?
    —Es un regalo.
    —¿Un regalo?
    —Sí, es una palabra que usamos en América para referimos a algo con que una persona obsequia a otra. —Le tendió el paquete—. Es para ti.
    —¿Para mí? ¿Me has comprado un regalo?
    —No exactamente. Pero lo entenderás cuando lo abras.

    Lleno de curiosidad, Austin deshizo el lazo y retiró con todo cuidado el envoltorio. Descubrió el retrato de él que ella había bosquejado junto al arroyo, cuando le había pedido que rememorase su pasado. Aunque la familia de Austin acostumbraba a intercambiar regalos en ocasiones especiales como los cumpleaños, Austin había olvidado cuándo había sido la última vez que alguien le había hecho un regalo sorpresa.

    Tardó un minuto entero en recuperar la voz.

    —No tengo palabras, Elizabeth.
    —Oh, cielos. No tienes que decir nada —aseguró ella con un hilillo de voz.
    —Pero quiero hacerlo. —Levantó la vista del retrato hacia ella y se extrañó al ver su expresión inquieta—. Supongo que debería decir «gracias», pero me parece de todo punto insuficiente para un regalo como éste. —Le sonrió—. Gracias.
    —¡Ah! No hay de qué. Como no decías nada, pensaba que...
    —¿Qué pensabas?
    —Que era ridículo regalarle mi burdo bosquejo a un hombre que lo tiene todo, incluidas muchas obras de arte de valor incalculable.
    —Mi silencio no se debía a nada parecido, te lo aseguro. Es sólo que no recuerdo haber recibido nunca un regalo tan bonito. Por unos instantes me he quedado sin palabras. —Su propia franqueza lo sorprendió—. ¿Dónde conseguiste el marco?
    —Tu madre tuvo la gentileza de invitarme a rebuscar en el trastero de Bradford Hall, y fue allí donde lo encontré. —Torció la boca en una sonrisa irónica—. No te creerías lo que me costó librarme de las garras de la costurera por unos minutos. A pesar del tiempo que pasé alejada del alfiletero, consiguió confeccionar un vestido de boda magnífico.
    —Estoy de acuerdo. —Volvió a envolver con delicadeza el dibujo y lo depositó al lado de ella, en el asiento—. ¿Te importaría sentarte junto a mí? —le sugirió, dando unas palmaditas al almohadón que tenía junto al muslo.

    Ella se instaló a su lado sin dudado. En cuanto se hubo acomodado, él se inclinó y le dio un beso rápido en los labios.

    —Gracias, Elizabeth.
    —De nada.

    Le dedicó una sonrisa y él tuvo que luchar contra el impulso de tumbarla sobre sus rodillas y besarla hasta que perdiese el sentido. Decidido a no ceder a tentaciones que pudieran dejarlo dolorido para el resto del trayecto, extrajo una baraja de su bolsillo.

    —Tardaremos unas cinco horas en llegar a Londres —dijo, barajando las cartas—. ¿Juegas al piquet?
    —No, pero me encantaría aprender.

    Austin descubrió enseguida que a su flamante esposa se le daban excepcionalmente bien los juegos de naipes. Apenas le había explicado las reglas y ya lo estaba derrotando. Estrepitosamente.

    Aunque él había propuesto que jugasen a las cartas para mantener la mente y las manos apartadas de su esposa, las cosas no marchaban tal como las había planeado. Jugó bastante bien hasta que ella se quitó la chaqueta corta de su conjunto de viaje. Era imposible no fijarse en el modo en que sus generosos pechos se apretaban contra la suave muselina color melocotón de su vestido mientras estudiaba sus cartas, frunciendo el ceño con gran concentración.

    Luego, para colmo, Elizabeth tuvo calor y se quitó la pañoleta, dejando al descubierto su nívea piel y mostrándole ocasional y tentadoramente una parte de los pechos a través del escote. Él se quedó mirándolos, incapaz de concentrarse; en un abrir y cerrar de ojos perdió por dos puntos.

    —¿Estás bien, Austin? ¿Te duele la cabeza?

    Él alzó la mirada hasta posada en su rostro.

    —En realidad me siento un poco, eh, acalorado. —Descorrió la cortina y respiró con alivio el aire fresco—. Pararemos dentro de unos minutos para cambiar de caballos.

    «Gracias a Dios. Necesito aire.»

    Mientras el cochero reemplazaba el tiro, Austin salió a estirar las piernas con placer. Pero no le quitó ojo a Elizabeth, que estaba a cierta distancia, inclinada sobre unas plantas.

    Cuando ella volvió a su lado, la ayudó a subir al carruaje y prosiguieron su camino.

    —Adivina lo que he encontrado —dijo su esposa, acomodándose la falda alrededor.
    —A juzgar por tu sonrisa resplandeciente, supongo que has encontrado diamantes.

    Ella negó con la cabeza y le tendió su sombrero. Estaba lleno de fresas de color rojo subido.

    —Había docenas de ellas. El cochero me ha invitado a recoger todas las que quisiera.

    Metió la mano en el sombrero, tomó una fresa y se la dio.

    —¿Alguna vez has oído hablar del origen de las fresas? —preguntó ella, llevándose una a la boca y masticando con delectación.
    —No. ¿Es una historia americana?
    —En cierta forma, sí. Es un mito de los indios cherokee. Papá me lo contó. ¿Te gustaría oído?
    —Por supuesto —respondió él, recostándose sobre los almohadones de terciopelo.
    —Hace mucho, mucho tiempo, había una pareja que vivía muy feliz. Pero, después de un tiempo, empezaron a discutir. La mujer abandonó al marido y se dirigió a la tierra del Sol, situada muy lejos, al este. Él la siguió, pero la mujer nunca volvió la vista atrás.

    »El Sol se compadeció del hombre y le preguntó si aún estaba enfadado con su esposa. El hombre contestó que no y que quería recuperada. —Hizo una pausa para llevarse otra fresa a la boca.

    —¿Y qué pasó entonces? —preguntó Austin, fascinado por su insólito relato.
    —El Sol hizo crecer un arbusto de arándanos suculentos justo delante de la mujer, pero ella no les prestó la menor atención. Más tarde hizo brotar unas zarzamoras, pero ella volvió a pasar de largo. El Sol interpuso otras frutas en su camino para tentada, pero ella seguía adelante.

    »Entonces ella vio unas fresas, fresas hermosas, maduras, jugosas. Las primeras en el mundo. Después de comer una, volvió a desear a su esposo. Recogió las fresas y emprendió el regreso para dárselas a él. Se encontraron en el camino, se sonrieron y regresaron juntos a casa. —Le dirigió una sonrisa y le ofreció otra—. Ya conoces el origen de las fresas.

    —Una historia muy interesante —comentó él, con los ojos clavados en sus labios, húmedos y teñidos de rosa por el jugo de las frutas.

    El recuerdo del sabor a fresas de su dulce boca se adueñó de él, y de inmediato se obligó a pensar en otra cosa. Maldita sea, ¿por qué resultaba tan difícil?

    Mientras saboreaban las fresas que quedaban, se preguntó qué haría para mantener las manos apartadas de ella durante el resto del viaje. Sin embargo, su esposa resolvió el problema poco después de comerse la última fresa.

    —Cielos —dijo, ahogando un bostezo—. Tengo mucho sueño.

    Le pesaban los párpados, y él exhaló un suspiro de alivio. No le costaría resistir la tentación si ella se quedaba dormida. La atrajo hacia sí y dejó que apoyara la cabeza sobre su hombro.

    —Ven aquí, señorita robusta —bromeó—, antes de que te caigas al suelo, inconsciente.
    —Supongo que eso sería poco digno —dijo ella con voz soñolienta, acurrucándose contra él.
    —Un comportamiento por demás impropio de una duquesa —convino él, pero ella ya no lo oyó. Se había quedado dormida.

    Moviéndose con cuidado para no despertarla, Austin se desperezó y la sostuvo contra su pecho. Embriagado por su aroma a lilas y la sensación de su cuerpo contra el suyo, todos sus sentidos se despertaron. Maldita sea, por lo visto resistir la tentación no resultaría tan sencillo como él creía.

    Mientras a él le palpitaba la entrepierna, ella dormía. Se sentía excitado y ardoroso, pero ella estaba relajada y sumida en un lánguido sopor. Elizabeth suspiró entre sueños y lo abrazó con más fuerza.

    Demonios, iba a ser un viaje insoportablemente largo.


    12


    Elizabeth despertó poco a poco. Lo primero que notó fue que reinaba la oscuridad dentro del carruaje. Lo siguiente en lo que reparó fue en que estaba tendida cuan larga era sobre los suaves almohadones de terciopelo.

    Después se dio cuenta de que Austin yacía a su lado, rodeándola con los brazos. Ella estaba parcialmente encima de él, y tenían las piernas entrelazadas. Intentó apartarse, pero él la abrazó con más fuerza, inmovilizándola donde estaba.

    —¿Adónde vas? —preguntó él con un susurro ronco que le provocó una serie de escalofríos a Elizabeth.
    —Debo de estar aplastándote.
    —En absoluto. De hecho, estoy muy cómodo.

    Tranquilizada por estas palabras se recostó de nuevo, cerró los ojos y aspiró el maravilloso olor de él. Olía a... al paraíso. A sándalo y a límpida luz del sol. Olía a Austin.

    Respiró hondo de nuevo y suspiró.

    —¿Cuándo llegaremos a Londres?
    —Estaremos en casa en menos de una hora. De hecho, aunque me encanta estar aquí acostado, más vale que nos sentemos como es debido y nos recompongamos antes de llegar.

    Ella se incorporó y se puso de nuevo su chaqueta corta.

    —¿En qué parte de Londres está tu casa?
    —Nuestra casa —corrigió Austin— está en Park Lane, la misma calle donde se encuentra la residencia de tu tía. Estamos al lado de Hyde Park, en una zona llamada Mayfair. También estaremos muy cerca de Bond Street, así que podrás ir de compras tan a menudo como quieras.
    —Oh, ir de compras. No puedo esperar.

    Su evidente falta de entusiasmo la delató.

    —¿Ni siquiera te importan las tiendas? —preguntó él, ostensiblemente sorprendido.
    —La verdad es que no. Para mí, ir de tienda en tienda mirando los artículos sin necesidad de comprar nada concreto es una pérdida de tiempo. Sin embargo, si se trata de uno de los deberes de una duquesa, me esforzaré por cumplir con él.
    —Seguro que querrás comprar alguna fruslería o algún artículo personal. Después de todo, en algo tendrás que gastarte tu asignación.
    —¿Asignación?
    —Sí, es una palabra que usamos en Inglaterra para referirnos a sumas de dinero que se dan con regularidad. Recibirás una asignación trimestral que podrás gastar en lo que más te apetezca.
    —¿De qué suma estamos hablando? —inquirió ella, preguntándose qué podría comprar que no tuviese ya. Él le dijo una cifra y ella se quedó boquiabierta—. No hablarás en serio, ¿verdad? —Era imposible que pretendiese darle tanto dinero.

    Incluso en la penumbra, él advirtió que se ponía muy seria.

    —¿Qué ocurre? ¿Te parece insuficiente?

    Ella lo miró, asombrada, parpadeando.

    —¿Insuficiente? Dios santo, Austin, ya me imaginaba que estabas lejos de ser pobre, pero no tenía la menor idea de que pudieras permitirte darme tanto dinero cada diez años, y menos aún cada trimestre. —Extendió el brazo y le tocó la manga—. Agradezco tu oferta, pero no hace falta. Ya tengo todo lo que necesito.

    Esta vez fue Austin quien se quedó boquiabierto. ¿No sabía que pudiera permitírselo? ¿De verdad acababa de decir que no era necesario que le concediera una asignación? ¿Que ya tenía todo lo que necesitaba? Pensó en la legión de mujeres superficiales, avariciosas, intrigantes y maquinadoras que había en la alta sociedad e intentó imaginar a una sola de ellas pronunciando las palabras que acababa de oír de boca de Elizabeth. Sacudió la cabeza. Dios santo. ¿Era su esposa una persona real?

    Continuó mirándola, escrutando sus ojos, y llegó a una conclusión clara: sí. Esa mujer, su esposa, era absolutamente real. Era bondadosa, amable y desinteresada. Aunque él no lo había estado buscando, de hecho había encontrado un auténtico tesoro. «Y yo que creía que ella había reaccionado así porque la asignación le parecía irrisoria», se dijo. Hizo un gesto de contrariedad ante su propia estupidez.

    La suave voz de Elizabeth interrumpió sus cavilaciones.

    —Te he disgustado. Lo siento.
    —No estoy disgustado, Elizabeth. Estoy... asombrado.
    —¿En serio? ¿Por qué?

    Él le tomó la mano y se la llevó a los labios.

    —Porque eres asombrosa. —Mientras le besaba el centro de la palma, el carruaje se detuvo, señal de que habían llegado a su destino—. Continuará —prometió él en un tono lleno de sobreentendidos que encendió las mejillas de Elizabeth.

    Se apearon y él la guió a través de la elaborada verja de hierro forjado. En cada ventana de la elegante casa de ladrillo brillaban velas, inundando el edificio de una luz cálida, acogedora y matizada. Cuando se acercaron, las enormes puertas dobles se abrieron de par en par para recibirlos.

    —Bienvenido a casa, excelencia —dijo el mayordomo, y los acompañó hasta el vestíbulo revestido de mármol.
    —Gracias, Carters. Ésta es la señora de la casa, su excelencia la duquesa de Bradford.

    El mayordomo hizo una profunda reverencia.

    —La servidumbre os expresa su más sincera enhorabuena por vuestro desposorio, excelencia —le dijo a Elizabeth, con una expresión muy seria en el adusto semblante.
    —Gracias, Carters —respondió ella sonriendo.

    Austin siguió su mirada hacia el grupo de criados que estaban colocados en fila detrás de Carters, esperando para saludarlos. No cabía en sí de orgullo cuando ella dio un paso al frente y les sonrió. Carters le presentó uno a uno a todos los componentes del servicio, y todos ellos quedaron encantados con esa nueva patrona que repetía sus nombres y dedicaba a cada uno de ellos una sonrisa amistosa. La esposa de Austin compensaba con creces su falta de refinamiento y sofisticación con su forma de ser afectuosa y espontánea.

    —Es tarde, Carters. Os sugiero a ti y al resto del servicio que os retiréis —le indicó Austin una vez que acabaron las presentaciones—. Yo acompañaré a la duquesa a sus aposentos.
    —Por supuesto, excelencia.

    Carters se inclinó de nuevo y se marchó con los demás, dejando a Austin en el enorme vestíbulo, a solas con su esposa.

    —Carters me intimida un poco —susurró ella—. ¿No sonríe nunca?
    —Nunca, al menos que yo recuerde.
    —¿Dónde diablos encuentras a gente tan terriblemente seria?

    Incapaz de resistirse a tocarla, Austin retorció uno de sus rizos color castaño rojizo entre sus dedos.

    —La familia de Carters ha estado al servicio del duque de Bradford desde hace tres generaciones. Nació serio.

    La tomó del brazo y la condujo a la primera planta por la escalera curva. Ella volvía la cabeza de un lado a otro, inspeccionando su nuevo hogar.

    —Cielos, esto es fabuloso. Como Bradford Hall. ¿Son así de magníficas todas tus residencias? ¿No posees algo más... pequeño?

    Austin reflexionó unos instantes.

    —Hay una casita modesta en Bath.
    —¿Cómo de modesta?
    —De unas veinte habitaciones, más o menos.
    —Una casa de veinte habitaciones difícilmente puede calificarse de modesta —rió ella.
    —Me temo que es lo más sencillo que tengo. Si quieres, puedes comprar una choza o una casucha con tu asignación. —Le dedicó un guiño travieso—. Algo de sólo diez habitaciones. —Hizo una pausa y abrió una puerta—. Hemos llegado.

    Ella cruzó el umbral y dio un grito ahogado. La alcoba estaba decorada con marfil y oro, desde los cortinajes de terciopelo color crema hasta la suntuosa alfombra persa bajo sus pies. Varias lámparas colocadas a baja altura bañaban la estancia entera en una luz suave, y un fuego acogedor ardía en la chimenea de mármol.

    —Qué habitación tan hermosa —exclamó ella, encantada. Deslizó los dedos sobre el brocado de oro del sofá y los sillones a juego. Abriendo los brazos comenzó a girar sobre sí misma, haciendo ondear los pliegues de su falda—. ¿Qué hay ahí? —preguntó, señalando una puerta que se veía al fondo.
    —Un cuarto de baño contiguo a mis aposentos. Forma parte de las reformas que he realizado hace poco y resulta bastante innovador. Tu doncella está preparándote un baño ahora. Te esperaré en mi habitación.

    Le acarició la mejilla y se marchó, cerrando la puerta tras sí. Elizabeth abrió la puerta del baño y se encontró con una joven tímida.

    —Buenas tardes, excelencia. Me llamo Katie. Soy vuestra doncella.

    Gracias a Dios no había nadie más en la habitación, pues de lo contrario Elizabeth habría torcido el cuello en una y otra dirección, buscando a «su excelencia», como había hecho en el vestíbulo cuando Carters le había presentado sus respetos. Sin duda tardaría un tiempo en acostumbrarse al tratamiento.

    Katie la ayudó a desvestirse y a meterse en la bañera, que, para sorpresa de Elizabeth, no sólo estaba empotrada en el suelo, sino que era lo bastante grande para dos o incluso tres personas. Exhaló un suspiro de felicidad mientras se sumergía en el agua con aroma a lilas. Cuando emergió, quince minutos más tarde, la piel le cosquilleaba de placer.

    —Os he preparado vuestro bonito camisón, excelencia —le dijo Katie.
    —Muchas gracias. Es un regalo de mi tía. Estoy deseando verlo.
    —Es increíblemente bonito.

    Elizabeth decidió que «increíble» era, desde luego, una palabra apropiada. La prenda era bonita, sin duda, un modelo diáfano en un tono muy pálido de azul, pero se le pegaba a cada una de sus curvas de un modo que sólo podría describirse como indecente.

    —¡Cielos! ¿En qué diablos estaría pensando tía Joanna? —exclamó, consternada por la extensión de piel que el escote dejaba al descubierto. La tela apenas le cubría los pezones. Por detrás, la prenda no era más recatada: tenía toda la espalda desnuda hasta las caderas—. No puedo ponerme esto.
    —Estáis impresionante, excelencia —le aseguró Katie.
    —Tal vez la bata lo arregle un poco —murmuró Elizabeth. Pero no lo arreglaba en absoluto. La bata a juego sólo consistía en unas mangas largas y una espalda hecha de metros de una tela que colgaba hasta el suelo. Estaba ribeteada con un encaje color crema que únicamente servía para resaltar su piel desnuda.
    —Nunca había visto una bata como ésta —jadeó Elizabeth, intentando en vano juntar ambos lados para cubrirse—. ¿Qué demonios voy a hacer? Y, lo que es más importante, ¿qué va a decir mi marido?
    —Por alguna razón, creo que su excelencia estará encantado.


    Su excelencia, efectivamente, se mostró encantado cuando abrió la puerta de sus aposentos en respuesta a sus golpecitos. De hecho, se quedó sin aliento.

    Ante él se alzaba una visión envuelta en seda de un color azul muy pálido. Una visión de cabello castaño rojizo, cuya nívea piel brillaba bajo un tentador salto de cama que apenas la cubría. Su mirada comenzó a descender desde el rostro arrebolado de ella por su escote atrevido y la prenda que se adhería provocativa mente a su figura. Inmediatamente sintió una presión en la entrepierna.

    —Estás deslumbrante —comentó en voz baja, llevándose una mano de Elizabeth a los labios.

    Ella carraspeó.

    —Me siento bastante... desnuda. No logro entender qué pretendía mi tía al regalarme semejante conjunto.

    Austin se esforzó por no reír y la condujo a su espaciosa alcoba. Sabía exactamente qué pretendía lady Penbroke y se lo agradeció para sus adentros.

    —Deslumbrante —le aseguró de nuevo.
    —De modo que ¿está contento el duque?
    —El duque está muy contento.
    —Entonces supongo que estoy cumpliendo con mi deber de duquesa.
    —¿Lo ves? Te dije que sería sencillo. —Le señaló una mesa pequeña y dispuesta con esmero junto a la chimenea—. ¿Tienes hambre?
    —No.
    —¿Sed?
    —No.
    —¿Estás nerviosa?
    —Hum... —Una sonrisa compungida se dibujó en sus labios—. Sí. Pero estaba haciendo un gran esfuerzo por disimularlo.
    —Me temo que la expresividad de tus ojos te delata..., como también el rubor que tiñe tus mejillas y el hecho de que estás retorciéndote los dedos.

    Elizabeth bajó la vista hacia sus manos y desenlazó los dedos.

    —¿Sabes qué es lo que va a ocurrir entre nosotros, Elizabeth? —preguntó él, deslizándole la punta del dedo por la tersa mejilla.

    Ella alzó los ojos para mirado a la cara.

    —Claro —respondió, sorprendiéndolo con su naturalidad—. Estoy familiarizada con el estudio de la cría de animales y la anatomía humana.
    —Ah..., entiendo. —Se acercó a ella y le posó las manos sobre los hombros—. Bueno, no sé si te servirá de consuelo, pero yo también estoy nervioso.

    Ella abrió los ojos como platos.

    —¿Quieres decir que tampoco has hecho esto nunca?

    Austin ahogó una carcajada.

    —No, no es eso lo que quiero decir.
    —Mi aprensión deriva del miedo a lo desconocido. Si no es éste tu caso, ¿por qué estás nervioso?

    «Porque quiero que esta noche sea perfecta para ti, en todos los sentidos. Nunca imaginé que sería tan importante para mí que tú quedaras satisfecha», pensó él. Además, se sentía inseguro ante la idea de seducir a una inocente. Siempre había evitado a las vírgenes como a la peste, pero ahora debía afrontar la inquietante tarea de desflorar a su esposa.

    —La primera vez que dos personas hacen el amor siempre resulta un poco incómoda —dijo—. No quiero hacerte daño.
    —Y yo no quiero decepcionarte.

    La miró de arriba abajo. Eso no era muy probable. Ofrecía un aspecto maravilloso e increíblemente dulce. Y tan inocente... y atractiva. Además, su atuendo era de lo más provocativo. Su mirada se perdió en su pronunciado escote y vio la rosada parte superior de sus pezones que asomaban por el borde. Su sexo se hinchó inmediatamente, y él tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no soltar un quejido.

    —Tienes el ceño fruncido —observó ella, apartándose intranquila—. ¿Te preocupa algo? Con gusto hablaré contigo de tus problemas.
    —¿En serio?
    —Por supuesto. Es obligación de una esposa aliviar las preocupaciones de su marido, ¿no es cierto?

    Dios todopoderoso, se moría de ganas de que ella aliviase sus preocupaciones.

    —En ese caso, te diré en qué estoy pensando. —« Y te lo mostraré», dijo para sus adentros.

    La atrajo delicadamente hacia sí hasta que sólo los separaban unos centímetros. Ella alzó la barbilla y lo miró con ojos inquisitivos.

    —Estaba pensando —empezó a decir él— que me gustaría que te soltaras el pelo.

    Alargó el brazo y le desabrochó el prendedor incrustado de perlas que le sujetaba el cabello en lo alto de la cabeza. Cientos de rizos largos y suaves se desparramaron cayéndole a Elizabeth por la espalda, hasta que las puntas le rozaron las caderas. Austin hundió los dedos entre los sedosos mechones y se los llevó a la cara.

    —Tienes un cabello increíble —susurró, aspirando la fragancia floral de sus bucles color castaño rojizo—. He deseado tocarlo, deslizar las manos por él, desde la primera vez que te vi.