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    Header

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    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    AZTECAS (Vonda N. McIntyre)

    Publicado el domingo, marzo 30, 2014
    Renunció a su corazón muy gustosamente

    Después de la operación, Laenea Trevelyan sobrevivió a lo que dio la impresión de ser un tiempo inmenso de semiconciencia, drogada para no sentir dolor, mantenida casi insensible mientras se iniciaba su curación. Los que la observaban no sabían que ella habría preferido la conciencia y un fin a su incertidumbre. Por eso durmió, poco profundamente, flotando hacia la conciencia, retrocediendo, existiendo en un mundo de pesadilla. Su mente entumecida sospechaba el peligro pero no podía hacer nada para protegerla. Había sido forzada con demasiada frecuencia a dormir en medio del peligro. Habría preferido el dolor.

    En cierta ocasión Laenea casi despertó: tuvo una vislumbre del techo y las paredes blancas y estériles, borrosamente, y poco a poco fue reconociendo lo que veía. El destello verde de las pantallas de observación fluyó por su hombro, por las sábanas irritantes. Aseguradas con cintas, las agujas arañaron nervios de su brazo. Se hizo consciente de los sonidos, y oyó el batacazo rítmico de un corazón que latía.

    Trató de gritar, iracunda y desesperada. Su mano izquierda estaba pesada, aletargada, insensible a las órdenes, pero ella la movió. La mano reptó como una araña hasta su muñeca derecha y tanteó torpemente las agujas y tubos.

    El aire exigió el silencio de la habitación cuando la puerta se abrió. Una voz y un toque amable reprobaron a Laenea, aumentó el flujo de sedante, y la devolvió cruelmente al sueño.

    Una lágrima resbaló por la comisura de un ojo y goteó sobre su cabello mientras Laenea volvía a entrar en sus pesadillas, acompañada por el contrapunto de un ritmo humano básico, el latido de un corazón, que ella había esperado no volver a oír jamás.

    Una luz pastel fue la primera seguridad de que ella viviría. Eso no le dio ningún alivio. Cuidados intensivos era un blanco austero, de olor astringente, pero amarillos y verdes abrillantaban la habitación privada. El sedante se disipó y Laenea supo que por fin le permitirían despertar. Ella no combatía la continua somnolencia, pero la depresión evitaba la anticipación del retorno de sus sentidos. Sólo quería vivir dentro de su mente, haciendo caso omiso del cuerpo, ignorando el fracaso. Ni siquiera sabía qué haría en el futuro; tal vez ya no tuviera ningún futuro.

    Con todo, el mundo se hizo impacto en ella conforme se iba aburriendo de yacer inmóvil, sudorosa y compadeciéndose de sí misma. Jamás había sido capaz de hacer absolutamente nada. Mantuvo los ojos cerrados de forma obstinada, pero no pudo evitar los sonidos, las vibraciones, porque atravesaban su cuerpo en ondas, como estremecimientos de frío y miedo.

    Esa era mi oportunidad, pensó Laenea. Pero sabía que podía fallar. Podría haber sido peor, o mejor; podría haber muerto.

    Deslizó una mano por su cuerpo, desde el estómago hasta las costillas, a lo largo de una cinta adhesiva y los vendajes y el extremo de la nueva cicatriz entre sus senos, hasta el cuello. Sus dedos descansaron en la punta de su mentón, justo por encima de la arteria carótida.

    No podía percibir el pulso.

    Laenea se incorporó bruscamente, pasando por alto punzadas de dolor. La vibración del latido de un corazón continuaba bajo sus palmas, pero ahora podía afirmar que no procedía de su cuerpo.

    El amplificador se apoyaba en la mesita al lado de la cama, enviando ruidos sordos de baja frecuencia con un ritmo constante. Laenea sintió que la risa burbujeaba para salir; ella sabía que reír le haría daño, pero eso no le preocupaba. Alzó el altavoz: una cosa tan pequeña, para causarle tanta zozobra. El cordón del aparato se desgarró en la pared cuando ella lo lanzó en la habitación, y lo aplastó en el rincón con un estruendo satisfactorio.

    Echó a un lado las rígidas sábanas almidonadas; se levantó, se tambaleó, se agarró. Su respiración era estridente por culpa del fluido de sus pulmones. Tosió, contuvo el aliento, tosió de nuevo. El tiempo era un misterio, medido sólo por debilidad: Laenea pensó que los doctores eran necios, por forzar el sueño en ella, por arriesgarla a una neumonía, por hacer funcionar corazones grabados en vez de permitirle despertar, actuar y ajustarse a su nuevo estado.

    El embaldosado apretaba el frío contra sus pies descalzos. Laenea caminó lentamente hasta un cálido trozo de luz solar, amarilla sobre el suelo color crema de mantequilla, y miró por la ventana. El día era abigarrado, gris y dorado. Las nubes avanzaban desde el oeste, entre las montañas y el Canal, mientras el sol aún se derramaba sobre la ciudad. Las sombras se movían a lo largo del agua, transformándola de plata quebrantada en pizarra.

    Blancas a consecuencia de la espesa nevada invernal, las montañas Olímpicas yacían entre Laenea y el puerto. La lluvia que se aproximaba cubría incluso las señales de naves espaciales que escapaban de la tierra, y los brillantes fulgores de lanzadores que regresaban a su objetivo en el mar. Pero Laenea las vería pronto. Rió en voz alta, estirándose contra la angustia en su pecho y el dolor de sus costillas, echando hacia atrás su cabello enmarañado y ondulado. El pelo cosquilleó en su nuca, su espinazo, en la brecha entre los cordones de la bata del hospital.

    El aire pasó a su lado al abrirse la puerta, como si la habitación respirara. Laenea se volvió y se encaró con el cirujano, una mujer menuda, de aspecto frágil, con fuerza igual que cables de acero. La doctora echó un vistazo al amplificador destrozado y sacudió la cabeza.

    —¿Era eso necesario?
    —Sí —dijo Laenea—. Para mi paz mental.
    —Estaba aquí para su paz mental.
    —Me hace el efecto contrario.
    —Mencionaré eso en mi informe —dijo la cirujana—. Lo hicieron para los primeros pilotos.
    —Los administradores son famosos por insistir en malos consejos. La doctora se echó a reír.
    —Bien, Piloto. Pronto podrá diseñar su propio ambiente.
    —¿Cuándo?
    —Pronto. No pretendo ser misteriosa... Yo solamente determino si usted está en condiciones de salir del hospital, pero no si puede hacerlo. El tejido de la cicatriz necesita tiempo para reforzarse. ¿Quiere irse ya? He roto sus costillas de un modo más bien minucioso.

    Laenea hizo una mueca.

    —Lo sé —estaba estrecha y correctamente vendada, pero sentía hasta la última articulación de los extremos de las costillas y los cartílagos.
    —Serán algunos días como mínimo.
    —¿Cuánto tiempo ha sido?
    —La mantuvimos dormida casi tres días.
    —Parecieron semanas.
    —Bueno..., adaptarse a todos los cambios de golpe hubiese podido ponerla en shock.
    —Soy un experimento —dijo Laenea—. Todos nosotros lo somos. Con experimentos, ustedes tienen que experimentar.
    —Tal vez. Pero preferimos mantenerlos con nosotros.

    El cabello de la doctora era corto y gris de hierro, pero cuando sonreía, su cara era la de una niña. Tenía dedos largos, fuertes, músculos y tendones perfectamente definidos, uñas muy cortadas, buenas manos para hacer cualquier trabajo. Laenea extendió los brazos, y ambas mujeres se tocaron las muñecas muy suavemente.

    —Cuando escuché el latido del corazón —dijo Laenea—, pensé que usted había tenido que volverme a la normalidad.
    —Está diseñado para ser un sonido tranquilizador.
    —¿Nadie más se ha quejado alguna vez?
    —No tan... vigorosamente.

    Habrían sido amigas, si hubieran tenido tiempo. Pero Laenea tenía impaciencia por progresar, como había tenido desde su primer tránsito, para que la vida pasara sin su conocimiento.

    —¿Cuándo podré irme? —el hospital era otra estación más, de la que estaba ansiosa por escapar.
    —De momento, vuelva a la cama. La mañana es bastante temprano para hablar del futuro.

    Laenea se volvió sin responder. Las ventanas, las paredes, el aire filtrado, la aislaban de las nubes grises y la ciudad. La lluvia resbalaba por el vidrio. Laenea no quería dormir más.

    —Piloto...

    Laenea no respondió. La doctora suspiró.

    —Haga algo por mí, Piloto. Laenea se encogió de hombros.
    —Quiero comprobar su control.

    Laenea consintió con malhumorado silencio.

    —Acelere su corazón lentamente, y preste atención a los resultados. Laenea intensificó la excitación del nervio.
    —¿Qué siente?
    —Nada —dijo Laenea, aunque la sangre se precipitó a través de lo que habían sido sus puntos de pulsación: sienes, garganta, muñecas. La cirujana arrugó la frente a su lado.
    —Aumente un poco más, pero muy lentamente.

    Laenea obedeció, respondiendo al abundante suministro de oxígeno hacia su cerebro. Luces brillantes destellaron justo detrás de su visión. La cabeza empezó a doler en una línea que iba por encima de su ojo derecho hasta la parte posterior de su cráneo. Se sentía exaltada y excitada.

    —¿Puedo irme ahora?

    La cirujana tocó su brazo por la muñeca; Laenea casi se echó a reír en voz alta ante la idea de que le palparan su pulso. La doctora la llevó a una silla junto a la ventana.

    —Siéntese, Piloto.

    Pero Laenea creía que podía trepar la hélice de su mareo: no sentía necesidad de reposar.

    —Siéntese —la voz fue susurrante, blanda arena que resbalaba sobre piedra, y Laenea obedeció—. Recuerde el resto de su instrucción, Piloto. Recuéstese. Relájese. Laenea volvió a requerir su biocontrol. Fue consciente por primera vez de una presencia en lugar de una ausencia. Su pulso había desaparecido, pero en su lugar percibía el zumbido silencioso y constante de una máquina rotatoria perfectamente equilibrada. Impulsaba la sangre por su cuerpo de un modo tan eficiente que la presión la destruiría, si ella lo permitía. Laenea se relajó y aminoró el ritmo de la bomba, extendió y contrajo los minúsculos músculos arteriales, una vez, dos veces, otra vez. El dolor de cabeza, los destellos, el timbre en sus oídos, todo se desvaneció y cesó.

    Laenea inspiró profundamente una vez, y dejó salir el aire poco a poco.

    —Eso está mejor —dijo la cirujana—. No olvide esa sensación. No puede ir a velocidad elevada mucho tiempo, pues convertiría en queso a su cerebro. Puede sentirse perfectamente bien durante un rato, puede sentirse intoxicada. Pero la resaca es más de lo que yo me atrevería a superar —dio un golpecito en la mano de Laenea—. Queremos retenerla aquí hasta asegurarnos de que puede regular la máquina. No me gusta hacer trasplantes de riñón.

    Laenea sonrió.

    —Puedo controlarla —empezó a inducir un cambio lento, arrítmico, de acuerdo con la nueva bomba, en su presión arterial. Descubrió que podía hacerlo sin pensar, tal como era preciso para equilibrar el flujo—. ¿Puedo disponer de las cenizas de mi corazón?
    —Aún no. Asegurémonos, primero.
    —Estoy segura.

    En alguna parte del sinuoso laberinto de hormigón del hospital, su corazón seguía latiendo, bañado en una templada solución salina y nutriente. Mientras existiera, mientras viviera, Laenea se sentiría amenazada en sus ambiciones. No podía ser piloto y seguir siendo un ser humano normal, con ritmos humanos normales. Su organismo todavía podía rechazar el corazón artificial; entonces la harían normal otra vez. Suponiendo que pudiera trabajar, tendría que continuar siendo un miembro de la tripulación, anestesiada e inconsciente desde el principio al fin de todos los trayectos. Creía que no podría soportar eso por más tiempo.

    —Estoy segura, no volveré.

    Pruebas, preguntas y exámenes devoraron varios días a grandes bocados y mordiscos. Aunque se sentía con fuerza suficiente para andar, Laenea era empujada por los pasillos en una silla de ruedas. El hastío fue haciéndose más y más agotador. Los dolores habían desaparecido, y Laenea sólo veía doctores, asistentes y máquinas: sus amigos no se presentarían. Se trataba de un rito de la transición ante el que debía sobrevivir a solas y sin guía.

    Pasó un día en que ni siquiera vio que la lluvia cesaba y la bruma oscurecía la puesta de sol. Preguntó otra vez cuándo podría abandonar el hospital, pero nadie le contestó. Se permitió enojarse, pero nada.

    Avanzada la tarde, de vuelta en su habitación, Laenea estaba muy despierta. Yacía en la cama, deslizando sus dedos por la clavícula hasta el esternón, a lo largo de la línea rojo brillante de la cicatriz. Todavía estaba tierna, cubierta con piel sintética translúcida, cruzada justo por debajo de sus senos con una amplia tira de cinta adhesiva para dar alivio a sus costillas rotas.

    El nuevo y eficiente corazón la intrigaba. Se obligó conscientemente a disminuir su marcha, después ejecutó el ejercicio de constreñir y dilatar las arterias y capilares. Su biocontrol era excelente. Tenía que serlo, o ella no habría sido aceptada para una operación quirúrgica.

    Aminorar el ritmo de la bomba debería haber producido un letargo placentero y sueño a la larga, pero la adrenalina del enojo de Laenea persistía, y ella no quería descansar. Como tampoco quería un somnífero, no tomaría más drogas. El reposo sin sueño mediante drogas era el peor tipo de todos. El miedo se desarrollaba sin que la fantasía lo removiera, produciendo una tensión enorme y amorfa.

    La textura del crepúsculo fue de un gris moaré opaco e irregular. Los colores pastel del hospital se volvieron fríos y misteriosos. Laenea se deshizo de la sábana. Era fuerte otra vez; estaba curada. Había sufrido meses de instrucción, cirugía especializada, y como remate esos últimos días de aburrimiento para librarse por completo de los ritmos biológicos. No había razón en el mundo por la que debiera morir, igual que otros, cuando caía la noche.

    Era un hospital civilizado; su ropa estaba en el armario empotrado, y no enjaulada en alguna habitación cerrada con llave. Se puso unos pantalones negros, blandas botas de cuero y una chaquetilla de cuero brillante que cerraba con lazos sobre el pecho, dejando desnudos brazos y cuello. La aguda punta de la cicatriz se revelaba en la garganta de Laenea y entre los brazos.

    Para evitar discusiones, Laenea esperó a que el pasillo estuviera desierto. La pintura verde, que debía ser tranquilizante, se había vuelto descolorida y fea con la edad. Las botas de Laenea fueron silenciosas en el embaldosado murmurante, pero en el hueco pozo de la escalera de incendios los talones matraquearon contra el cemento, resonantes cerca de Laenea y alejándose. Sus piernas estaban fatigadas cuando llegó a la parte inferior. Aceleró el flujo sanguíneo.

    Afuera, la niebla oscurecía las estrellas. La luna, recién salida, era llena y estaba aureolada. En el remolino del tráfico del hospital, las luces de la calle extendieron la sombra de Laenea a su alrededor como los radios de una rueda.

    Una fila de coches eléctricos aguardaba en la esquina, trabados como caballos de una película antigua. Laenea deslizó su llave de crédito en una cerradura para liberar un vehículo pintado como una tortuga, una analogía apta. Entró y condujo el coche hacia la zona portuaria. La pequeña bestia rodó lentamente, su motor zumbando suavemente sobre el piso, extremándose un poco en primera velocidad en las pendientes pronunciadas. Laenea se relajó en el asiento bajo y cóncavo y deseó estar en una nave estelar, aunque su imaginación no iba a extenderse hasta tan lejos. La varilla de mando de una tortuga no podía convertirse en una pared de información y control; y la ciudad, si bien agradable, era de una ordinariez monótona comparada con los lugares que Laenea había visto. Ella era incapaz, naturalmente, de imaginar un tránsito, porque eso estaba más allá de la imaginación. El lenguaje o la mente eran insuficientes. El tránsito no había sido descrito nunca.

    La zona portuaria era mezquina, sucia, magnética. Laenea sabía que allí podría encontrar conocidos, pero no deseaba quedarse en la ciudad. Devolvió la tortuga en un poste y recuperó la llave de crédito para interrumpir la cuenta de su factura.

    La noche se había hecho fría; Laenea advirtió el cambio periféricamente en forma de bruma y adoquines resbaladizos por la condensación. El mercado público, destartalado y apuntalado, con verduras marchitas esparcidas por aquí y por allá, estaba desierto. La gente pasaba igual que sombras.

    Un hombre se puso detrás de Laenea mientras se encontraba en la oscura región entre dos farolas.

    — ¡Eh! —dijo el individuo—. ¿Qué tal si...?

    Su tono fue belicoso por inexperiencia, inseguridad, miedo. Al mirarlo, sorprendida, Laenea se echó a reír.

    —Pobre necio...

    El tipo se escabulló como un cangrejo. Después de un instante de diversión y pena vaga, Laenea lo olvidó. Se estremeció. Sus oídos zumbaban y el pecho le dolía a causa del frío.

    Pequeños establecimientos comerciales anidaban entre bares y restaurantes baratos. Laenea entró en uno de ellos en busca de calor. Era muy oscuro, más que la calle, y profundo, de techo alto y tan estrecho que ella habría podido tocar ambas paredes laterales con los brazos extendidos. Pero no lo hizo. Encogió los hombros y el dolor retrocedió ligeramente.

    —¿Puedo servirle en algo?

    Como si una de las masas difusas de la trastienda cobrara vida, un anciano menudo hizo su aparición en escena. Vestía ropas raídas que no armonizaban unas con otras, ni con la mercancía: Laenea se hallaba en una casa de empeños o en un almacén de ropa de segunda mano. Colgados como trofeos, sombreros anchos, plumas y abalorios cubrían las paredes. Laenea avanzó.

    —Ah, Piloto —dijo el anciano—. Usted me honra.

    El deleite de Laenea fue infantil en su intensidad. Sólo la cirujana la había llamado ‘piloto’; para los otros del hospital, ella había sido meramente otro paciente, algo más problemático que la mayoría.

    —Hace frío con la lluvia —dijo Laenea. Era apropiado cierta gentileza o disculpa, pues ella no tenía intención alguna de comprar nada.
    —¿Una chaqueta? ¡No, una capa...! Una capa resaltaría mucho con una persona de su índole.

    El vendedor se volvió; su forma oscura desapareció entre los montones e hileras de ropa. Laenea vio bolitas y lentejuelas brillantes, un rápido destello de lamé dorado, y se preguntó sin benevolencia qué espantoso vestuario de utilería elegiría el viejo. Pero la prenda que el hombrecillo sacó era oscura. El vendedor la desplegó: una larga tira de negro, revestida de escarlata. Laenea había planeado darle las gracias y poner reparos; muy a su pesar, extendió la mano. Un exterior de terciopelo sedoso forrado con satén de seda acariciaron los dedos de Laenea. La capa tenía una sola pieza para la espalda y un broche de azabache tallado. Aunque pesada, se plegaba con facilidad y elegancia. Laenea lanzó la capa sobre sus hombros, y la prenda fluyó a su alrededor casi hasta sus tobillos.

    —Exquisita —dijo el vendedor.

    El anciano le hizo una seña, y Laenea se acercó. Un espejo de cuerpo entero, empañado y agujereado, se levantaba contra la pared detrás del hombre. Zonas bronceadas desfiguraban la faz plateada irregular del espejo donde el revestimiento se había desprendido. A Laenea le gustó el aspecto de la capa. Plegó los bordes para que el forro escarlata apareciera, para que su cuello, la curva superior de sus senos y la punta de la cicatriz quedaran en descubierto. Echó atrás el pelo.

    —No tan exquisita —dijo, sonriente. Era demasiado alta y huesuda para finuras de ese tipo. Tenía un pico de pelo en la frente y pómulos altos, pero su mentón era fuerte y cuadrado. Su rostro reía bien pero no servía para modestia.
    —No la complace —el anciano parecía afligido, y Laenea no pudo situar correctamente su débil acento.
    —Sí —dijo—. Me la quedaré.

    El hombre inclinó la cabeza para señalarle la parte delantera de la tienda, y Laenea sacó su llave de crédito.

    —No, no, Piloto —dijo el vendedor—. Eso no.

    Laenea alzó una ceja. Algunas tiendas de la zona portuaria sólo aceptaban metálico, y así conservaban un sabor ilícito en una época en que casi cualquier actividad era legal. Pero pocos establecimientos, aun aquellos tan selectos como el del viejo, rechazarían el crédito de un tripulante o piloto.

    —No tengo efectivo —dijo Laenea; hacía años que había perdido la costumbre de llevar dinero encima, desde una vez que encontró en varios bolsillos tres monedas metálicas, una de plástico, una de madera, una garra de animal (o una excelente copia) agradablemente atávica y una caja con una porción de materia orgánica que habría estado prohibida en tierra cincuenta años antes. Laenea no esperaba volver a visitar jamás al menos tres de los mundos que las monedas representaban.
    —No tiene efectivo —dijo el vendedor—. La capa es suya, Piloto. Sólo que... Dígame, ¿cómo es eso? —alzó la mirada para encontrarse por primera vez con los ojos de Laenea; los de él eran muy oscuros y profundos, esperanzados, expectantes—. ¿Qué se ve?

    Laenea respingó, sorprendida. Sabía que la gente hacía la pregunta a menudo. Ella misma se la había hecho, sin palabras tras las primeras veces de silencio y pacientes sacudidas de cabeza. Los pilotos jamás respondían. Las máquinas no podían responder, los pilotos no podían responder. O no respondían. La pregunta sólo era contestable a nivel individual. Laenea se compadeció del tendero y se dispuso a decir que ella aún no había estado despierta en un tránsito, que era nueva, que sólo había viajado con la tripulación, drogada casi muerta para seguir viva. Pero, finalmente, ni siquiera pudo decir eso. Era demasiado fácil; sería algo muy parecido a una traición. Era una verdad falsa. Implicaba que ella lo explicaría al anciano si lo supiera, en tanto que no sabía si podía o querría hacerlo. Sacudió la cabeza, sonrió tan afablemente como pudo.

    —Lo lamento.

    El vendedor asintió tristemente.

    —No debí preguntar...
    —No tiene importancia.
    —Soy demasiado viejo, ¿comprende? Demasiado viejo para aventuras. Llegué aquí hace tanto tiempo... Pero el tiempo, el tiempo desapareció. Nunca supe qué sucedió. He soñado sobre eso. Sueños malos...
    —Comprendo. Yo fui tripulante durante diez años. Tampoco nosotros sabíamos nunca lo que sucedía.
    —Eso sería peor, sí... Una y otra vez, sin tiempo intermedio. Pero ahora ya lo sabe.
    —Los pilotos lo saben —convino Laenea. Le entregó la llave de crédito. Aunque el hombre insistió en su intención de rechazarla, Laenea insistió igualmente en pagar.

    Abrazando la capa que la rodeaba, Laenea se adentró en la bruma al salir. Fantaseó que la tienda desaparecería en aquel momento, como todas las tiendas legendarias que dispensan magia y mantos de invisibilidad. Pero no miró atrás, pues todo se disolvía en color gris a pocos pasos de distancia. En un pequeño espacio en torno a todas las farolas bajas, el calor formaba remolinos de bruma que subían en jirones hacia el cielo.

    El transbordador de medianoche traqueteó a través del agua, cabalgando sobre las olas en su ruidoso cojín de aire. Envuelta en su capa, Laenea era anónima. Después de las paradas insulares, fue la única pasajera que quedaba. Con los mostradores de alimentos cerrados, los conductores de la cubierta de vehículos permanecían en sus camiones, dormitando o bebiendo café de sus termos. Laenea puso los pies en el banco de enfrente, se estiró y miró por la ventana hacia la oscuridad. La luz del transbordador fluctuaba a través de las partes superiores de ondulaciones prolongadas y de poca altura. Laenea veía el agua y su reflejo, muy pálido. Al cabo de un rato se adormeció.

    El espaciopuerto era una isla inmensa, flotante, artificial, anclada lejos de la costa continental. Centelleaba con sus propias luces. Los espejos solares parabólicos parecían los ojos múltiples y compuestos de un insecto acuático gigantesco. Excepto por los espejos y las torres de lanzamiento, la superficie del puerto era casi plana, con escasos componentes que se elevaran más de un piso, o dos. Las estructuras elevadas presentarían facetas similares a velas en las tormentas del noroeste.

    Bajo la plataforma, bajo un estrato inferior que aislaba las vibraciones, bajo el mar, yacía la ciudad tripartita. El rugido de lanzaderas que despegaban y el estruendo de su regreso volvería loco a cualquier individuo que permaneciera en la superficie. Así, el espaciopuerto del noroeste se hallaba en alta mar, lejos de las ciudades, aunque una ciudad en sí mismo, autoprotegido dentro de los pozos estabilizadores submarinos.

    El transbordador ascendió una rampa baja fuera del agua y se posó en la plataforma de carga. El zumbido de los camiones eléctricos reemplazó al retumbo de hélices enormes. Laenea bajó rígidamente las escaleras. Era demasiado alta para dormir confortablemente en bancos de dos asientos. Se detuvo un momento junto a la pasarela, observando los camiones que rodaban, se concentró un instante y notó el incremento de su presión arterial. Bien comprendía lo peligroso que podía ser eso y lo fácilmente viciante que podía resultar el ritmo más acelerado, excitándola hasta que su cuerpo se consumiera cual una máquina. Pero por el momento, su energía empezaba a volver y la rigidez de sus piernas y espalda la invadían lentamente.

    Excepto por los camiones, que zumbaron rápidamente alrededor de los perímetros de la isla y desaparecieron, el puerto estaba silencioso a esa hora tan tardía. La lanzadera de pasajeros aguardaba vacía en su raíl central. El aparato percibió la presencia de Laenea al entrar, deslizó las puertas para cerrarlas, y aceleró. Una orden mediante botón de presión detuvo la lanzadera sobre Estabilizador Tres, que contenía los locales de cuarentena, administración y tripulantes. Laenea se sentía bien, acalorada, y su visión chispeaba, brillante y clara. Dejó que la capa de terciopelo fluyera por sus hombros y resbalara, pasada ya la necesidad de su protección. Estaba encendida ante la expectativa de ver a sus amigos, en su nuevo avatar.

    El ascensor atravesó el centro del estabilizador en dirección a la ciudad submarina. Laenea hizo en él todo el recorrido hasta el fondo del pozo, uno de los tres proyectados en el océano muy por debajo de la turbulencia superficial para mantener firme la plataforma aun durante las tormentas más violentas. Los pozos mantenían también el nivel de flotación de la isla, absorbiendo o expulsando agua del mar con sus bombas en los estanques de lastre cuando una lanzadera despegaba o aterrizaba o un transbordador llegaba o salía.

    Las puertas del ascensor se abrieron en el vestíbulo donde una escalera de caracol llegaba al nivel inferior, una burbuja en el extremo del pozo principal. El salón era una confortable habitación cilíndrica, las paredes transparentes en su totalidad, mirando hacia afuera como un ojo continuo en aguas profundas. Los reflectores despedían haces a través del agua clara y fría, poniendo de relieve las veloces formas brillantes de los peces, grandes predadores oscuros, tiburones con bocas-guadaña, la ocasional y graciosa reverencia de algún delfín, la elegante presencia blanca y negra de una orca.

    Conforme aumentaba el radio de visibilidad, la luz se filtraba más y más azul hasta que, finalmente en violeta, formas vagas se movían lentamente de un lado a otro con tímida curiosidad entre tenue iluminación y completa oscuridad. El salón, esculpido con espuma plástica y alfombrado, ofrecía la ilusión de estar bajo el agua, en el mismo lecho del océano, una parte del mar. Originalmente no era un salón exclusivo para tripulantes, pero así fue siendo adoptado mediante acuerdo tácito entre la gente de las naves estelares. Los extraños no eran rechazados, sino ignorados amablemente. Mal acogidos como se sentían, pronto se marchaban. Los periodistas acudían con poca frecuencia, en atención a algún suceso o desastre. Los pilotos humanos habían sido un suceso, pero Laenea estaba en el segundo grupo de pilotos; la novedad se había gastado. A ella no le importaba nada.

    Laenea se quitó las botas y las dejó junto a la caja de la escalera. Reconoció uno de los pares, allí; habría estado en aprietos si no hubiera reconocido esas botas después de haberlas visto una vez. El cuero escarlata estaba abrillantado de un modo estupendo, adornado con joyas e incrustado de diminutos discos llenos de cristal líquido que cambiaban de color con la temperatura. Laenea sonrió. Los miembros de las tripulaciones se resarcían del tiempo muerto del tránsito en numerosas formas diferentes; una era excederse en todos los demás aspectos de sus vidas, y el más llamativo del grupo era Minoru.

    Caminar descalza por la honda alfombra, entre los altillos y huecos de los fosos de conversación, era igual que caminar en el suelo del mar idealizado. Laenea pensaba que la atracción del salón era su relación con el misterio del mar, pues el mar aún contenía misterios quizá tan profundos como cualquiera que ella pudiera encontrar en el espacio o en tránsito. Nadie sino los pilotos podía conjeturar tan sólo en cuanto a la verdad de su suposición, pero Laenea había estado muchas veces contemplando el agua ensombrecida, soñando.

    Ella lo sabría también, muy pronto; ya no tendría que imaginar más.

    Avanzó entre pequeños grupos de personas medio ocultas en las cavidades de los fosos de conversación. Laenea vio a Minoru cerca de la pared marina transparente, el pelo negro del hombre, trenzado en escarlata y plata hasta la cintura; la alta Alannai, encorvada para estar mas cerca de los demás, la luz en su piel igual que el ópalo oscuro, fulgurante en su cabeza pelada al rape como polvo de diamante; y la pálida, silenciosa Ruth, cuyo destello era raro pero brillante como una nova. Sosteniendo copas o jarras, conversaban soñolientamente, y Laenea sintió el bienestar de una escena familiar.

    Minoru frente a Laenea alzó los ojos. Ella sonrió y esperó que él gritara su nombre y abriera los brazos, como hacía siempre, con su saludo efervescente, exhibiéndose para lucir el fleco y el ornamento de cuentas de su chaqueta. Pero Minoru la miró, inmóvil, silencioso, con una expresión tan hueca que sólo la duradera juventud de su cara sin arrugas podía contener. Minoru musitó el nombre de Laenea. Ruth miró por encima del hombro y sonrió tentativamente, como si tuviera miedo. Alannai volvió a erguirse y, cabeza y hombros por encima de los otros, alzó solemnemente su vaso hacia Laenea.

    —Piloto —dijo, y bebió, y volvió a acuclillarse con los codos sobre sus afiladas rodillas. Laenea descollaba entre sus amigos, fuera de su círculo, y bajó la mirada hacia tres personas de las que se había despedido con un beso. Los tripulantes siempre se despedían, ya que durante sus viajes dormían sin seguridad alguna de volver a despertar. Vivían en la cruel plegaria infantil: “Si yo muriera antes de despertarme...”

    Laenea bajó con los otros. El círculo se abrió, pero ella no entró. Estaba tan abrumada por la incertidumbre como sus amigos.

    —Siéntate con nosotros —dijo finalmente Ruth.

    Alannai y Minoru parecían intranquilos pero no objetaron. Laenea tomó asiento. El triángulo entre Ruth, Alannai y Minoru no se alteró. Cada uno de ellos estaba cerca del otro; ella no estaba junto a ninguno de ellos.

    Ruth extendió el brazo, pero su mano temblaba. Todos aguardaban, y Laenea intentó pensar palabras que les dieran confianza, que afirmaran que ella no había cambiado. Pero había cambiado. Se había dado cuenta de que la cirujana había cortado más que piel, músculo y hueso.

    —He venido...

    Pero nada de lo que sentía parecía apropiado para explicarlo a los demás. No iba a ridiculizarlos con su libertad. Cogió la mano extendida de

    Ruth.

    —He venido para decir adiós.

    Los abrazó y besó y ascendió al nivel principal. Todos habían sido amigos, pero ya no podían aceptarse por más tiempo.

    Los primeros pilotos y tripulantes no se asociaban porque la responsabilidad era grande, las tensiones mayores. Pero Laenea todavía estaba preocupada por Ruth, Minoru y Alannai. Su preocupación permanecería cuando los viera dormir y los transportara de una isla de luz a la siguiente. Ella comprendía por qué estaba perpetuando la separación incluso menos que entendía la reserva de sus amigos.

    Las conversaciones decayeron y fluyeron a su alrededor como las mareas mientras Laenea cruzaba el salón. Al ver a gente que conocía, la rehuyó, y trató de no unirse a un grupo ajeno. Su orgullo excedía con mucho su soledad.

    Desechó el dolor de su rechazo. Se sentía autónoma y segura de sí misma. Al reconocer a dos pilotos, sentados juntos, aislados, se acercó a ellos directamente. Había volado con ambos, pero jamás había hablado demasiado con ninguno. La aceptarían o no; de momento, no le importaba. Retiró la capa para que la conocieran, y comprendió muy repentinamente —con un impacto de divertida sorpresa ante lo que nunca antes había notado de modo consciente— que todos los pilotos vestían como ella se había vestido. Chaquetillas con lazos o batas con cortes profundos, camisas transparentes, corpiños, revelando de una forma u otra la cicatriz alargada indicadora de sus cambios.

    Miikala y Ramona Teresa estaban cara a cara, codos en las rodillas, conversando privadamente en silencio. Incluso los ritmos de la conversación parecieron extraños a Laenea, pese a no oír sus palabras. Igual que otras personas, se comunicaban tanto con cuerpos y manos como con el habla, pero los cabeceos y gestos eran estruendos.

    Laenea se preguntó de qué hablarían los pilotos. Ciertamente no serían las conversaciones ordinarias de personas ordinarias: la lavandería, las compras, un lugar para residir, una persona, tal vez, con la que vivir. Hablarían de... las experiencias que solamente ellos tenían; hablarían de lo que veían cuando todos los demás debían dormir próximos a la muerte o morir.

    Los pilotos humanos soportaban el tránsito mejor que la inteligencia de una máquina, pero también se perdían pilotos humanos a veces. Miikala y Ramona Teresa eran el diez por ciento de la totalidad de pilotos sobrevivientes de la primera generación, el diez por ciento de su sociedad única, en evolución, casi autónoma. Cuando Laenea se detuvo al borde del foso por encima de ellos, ambos la miraron solemnemente y en silencio.

    Ramona Teresa, una mujer menuda, gruesa, con cabello negro como un cuervo encaneciéndose a roano, sonrió y alzó su vaso.

    —¡Piloto!

    Miikala, cuyos ojos estaban ensombrecidos por los gruesos bordes de las cejas y una indócil greña de pelo castaño oscuro, duplicó el saludo y bebió con ella.

    Este brindis era un tributo y una bienvenida, no un adiós. Laenea formaba parte de la segunda ola de pilotos, era uno de los que seguirían el experimento original y lo desarrollarían en la práctica, ahora que Miikala, Ramona Teresa y los demás habían demostrado con éxito la independencia del tiempo mediante el ejemplo. Laenea sonrió y descendió al foso. Miikala tocó su muñeca izquierda, Ramona Teresa su muñeca derecha.

    Laenea sentía que de su interior manaba una risa entrecortada, burbujeante. No pudo contenerla; estalló en libertad como si estuviera llena de helio, igual que un globo.

    —Hola —dijo, y hasta su voz mostró alegría.

    Podía estar en un Medio Ambiente en el lecho del mar, respirando helio oxigenado y hablando como el Pato Donald. Sintió que la sangre se precipitaba a través de las venas de sus sienes y garganta. Miikala sonreía, y algo decía en una lengua con tantas vocales líquidas como su nombre; Laenea no comprendió una palabra, pero supo todo lo que él decía. Ramona Teresa la abrazó.

    —Bienvenida, niña.

    Laenea no podía creer que estas personas excelsas, misteriosas, la aceptaran con tanta alegría. Se daba cuenta de que había esperado, como mucho, un saludo frío y condescendiente no demasiado destructivo para su orgullo. La embarazosa risita ascendió y se deslizó al exterior otra vez, pero en esta ocasión no intentó ahogarla. Los tres pilotos rieron juntos. Laenea se sentía excitada, ligera, mareada; la excitación bombeaba adrenalina por su cuerpo. Tenía calor y notaba que minúsculas bolitas de sudor se reunían en su frente, justo en el perfil del cuero cabelludo.

    De pronto, el constante dolor sordo en su pecho se convirtió en una angustia dislocante, como si estuvieran arrancándole su nuevo corazón, igual que el viejo. No podía respirar. Se dobló hacía adelante, debatiéndose en busca de aire, sin recordar a los pilotos y los bellísimos alrededores. En cuanto intentaba inhalar, el dolor volvía a llevarse el aíre.

    Poco a poco, la voz tranquila de Miikala se deslizó por detrás del pánico de Laenea, y las manos de Ramona Teresa la calmaron.

    —Relájate, relájate, recuerda tu instrucción...

    Sí: disminuir el flujo sanguíneo, dilatar las arterias, dilatar los diminutos capilares, sentir que los músculos involuntarios responden al control voluntario. Disminuir el ritmo de la bomba. Alguien bañó la frente de Laenea con una servilleta de cóctel mojada en ginebra. Ella acogió bien la frialdad y hasta el dejo amargo del olor. El dolor se disolvió gradualmente hasta que Ramona Teresa pudo acomodar la espalda de Laenea en la cama para sentarse, sobre el tapiz acolchado, librándose de una posición defensiva casi fetal. El broche de la capa cayó de su cuello y el piloto de más edad aflojó los lazos de su chaquetilla.

    —Todo va bien —dijo Ramona Teresa—. La adrenalina actúa tan bien como siempre. Todos tenemos que aprender más control del que ellos creen que necesitan enseñarnos.

    Sentándose sobre los talones junto a Laenea, Miikala observó la brillante cicatriz en descubierto.

    —Has salido muy pronto —dijo—. ¿Cambiaste el procedimiento?

    Laenea palideció; había olvidado que su despedida del hospital fue algo menos que oficial y aprobada.

    —No la fastidies, Miikala —dijo rudamente Ramona Teresa—. ¿O no te acuerdas cómo fue cuando tú despertaste? Las gruesas cejas de Miikala se juntaron en un fruncimiento.
    —Lo recuerdo.
    —¿Me harán regresar? —preguntó Laenea —. Estoy muy bien, sólo que necesito acostumbrarme a esto.
    —Posiblemente lo intentarán —dijo Ramona Teresa—. Así se preocupan por el dinero que gastan con nosotros. Quizá ya no están tan preocupados. Actuamos tan bien por nuestra cuenta como encerrados en sus feos hospitales y escuchando corazones grabados... ¿Todavía lo hacen?

    Laenea se estremeció.

    —Dio resultado con vosotros, ellos me lo dijeron... Pero yo rompí el altavoz. Miikala rió con deleite.
    —Y provocaste que el resto de aparatos hiciera ruidos frenéticos como ratoncillos asustados.
    —Pensé que no habían hecho la operación. Quería ser uno de los vuestros desde hacía tanto tiempo... Sintiéndose más fuerte, Laenea se incorporó. Dejó abierta la chaquetilla, contenta por el aire frío contra su piel.
    —Nosotros observábamos —dijo Miikala—. Os observamos a todos, pero algunos sois especiales. Sabíamos que tú vendrías con nosotros.

    ¿Recuerdas a ésta, Ramona?

    —Sí —cogió un vaso, lo llenó de cóctel y lo ofreció a Laenea—. Tú siempre combatías el sueño, querida mía. Hasta pensé que podrías despertarte.
    —Ah, Ramona, no asustes a la niña.
    —¿Asustar a esta tigresa?

    Extrañamente, Laenea no se inquietó al enterarse de que había estado a punto de despertarse en tránsito. No estaría allí, viva, si lo hubiera hecho; habría muerto rápidamente de senectud, su cuerpo atado al tiempo normal y al espacio normal, a la relación entre dilatación del tiempo y velocidad y distancia, por millones de años de evolución, ritmos planetarios, lunares, solares, biológicos..., subatómicos, por lo que Laenea o cualquier otra persona sabía. Ahora estaba libre de todo eso.

    Bebió la mitad de su cóctel de un solo trago. Notaba el aire frío en sus brazos desnudos y pecho, por lo que envolvió sus hombros con la capa y esperó a que el satén se calentara en contacto con su cuerpo.

    —¿Cuándo consigues tu nave?
    —No durante un mes —el tiempo parecía una vasta extensión de vacuidad. Ella había terminado el estudio y la instrucción; sólo su cuerpo mortal la mantenía ahora apegada a la tierra.
    —Te quieren completamente curada.
    —Es demasiado tiempo... ¿Cómo pueden pretender que yo espere hasta entonces?
    —Por la necesidad.
    —Quiero saber qué sucede, tengo que averiguarlo. ¿Cuándo es vuestro próximo vuelo?
    —Pronto —dijo Ramona Teresa.
    —¡Llevadme con vosotros!
    —No, querida mía. No sería conveniente.
    —¡Conveniente! Tenemos que hacer nuestras propias reglas, no seguir las de ellos. No saben lo que está bien para nosotros. Miikala y Ramona Teresa se miraron largo rato. Quizá se hablaron con los ojos y expresiones, pero Laenea no pudo entenderlo.
    —No —el tono de Ramona no invitaba a discusión alguna.
    —Al menos podríais decirme...

    Vio al momento que había dicho palabras indebidas. Las expresiones de los pilotos se cerraron en silencio. Pero Laenea no experimentó culpa o contrición, sólo enojo.

    —¡No es porque no podéis! Habláis de eso unos con otros, ahora al menos lo sé. No podéis decirme que no lo hacéis.
    —No —dijo Miikala—, no diremos que nunca hablamos de eso.
    —Sois egoístas y crueles.

    Laenea se levantó, temerosa por momentos de volver a tambalearse y tener que aceptar la ayuda de los otros. Pero cuando Ramona y Miikala subieron y bajaron la cabeza con sonrisas tenues, irritantes, Laenea sintió que la liviandad y los timbrazos silenciosos se apoderaban de ella.

    —Ella tiene la necesidad —dijo uno de los dos; Laenea no supo quién. Les dio la espalda, salió del foso de conversación y se alejó airadamente.

    El lugar que eligió para sentarse la anidó en una empinada pendiente muy cerca de la pared marina. Notó la frialdad del vidrio, como si fuera frío y no calor lo que irradiaba. Criaturas grotescas flotaban a la luz de los reflectores. Laenea se tranquilizó, dejando que su pulso fluido sufriera altibajos. Se preguntaba si sería capaz de detectar las mareas reales si permanecía sentada el tiempo suficiente en ese agradable lugar, si las mismas criaturas vegetales que flotaban pasarían una y otra vez barridas de un lado a otro ante la ventana del estabilizador por las fuerzas del sol y la luna.

    Su intimidad era echada a perder sólo ligeramente por un hombre que dormía o yacía inconsciente en las proximidades. No lo reconoció, pero tenía que ser tripulante. Sus ropas oscuras, bien ajustadas, eran tan poco notablemente distintas en diseño y tejido, que tal vez procediera de otro mundo. Debía ser nuevo. La Tierra era el eje comercial; ninguna nave volaba mucho tiempo sin orbitarla. Los tripulantes nuevos siempre la visitaban una vez al menos. Visitaban todos los mundos que sus naves alcanzaban por primera vez, si disponían de tiempo para la cuarentena. Laenea había hecho lo mismo. Pero las cuarentenas eran tan severas y tan necesarias que ella, igual que la mayoría del resto de veteranos, acabó por aclimatarse a un solo mundo, permaneciendo en la nave durante otros aterrizajes planetarios, y adaptando su plan para visitar su hogar tantas veces como pudiera.

    El hombre durmiente era algo más joven que Laenea. Pensó que sería tan alto como ella, pero la estimación era difícil. Era una de esas personas poco comunes tan maravillosamente proporcionadas que, desde cualquier distancia, sólo por comparación podía determinarse su altura. Ningún detalle relacionado con el hombre era exagerado o menguado; daba la impresión de fuerza, pero se trataba de la fuerza de la agilidad y flexibilidad, no de la violencia. Se afirmó en la idea de que no estaba borracho ni drogado sino dormido. Su rostro, aunque relajado, no mostraba disipación alguna. Su cabello era oscuro y desgreñado, un poco más claro que su grueso bigote. Estaba lejos de ser apuesto; sus facciones eran regulares, distintivas, pero sin belleza. Bajo los pómulos, su piel curtida mostraba cicatrices y agujeros, como si hubiera padecido cierta enfermedad infantil virulenta. Algunos mundos exteriores aún no habían conquistado sus epidemias.

    Laenea apartó la mirada del joven. Miró fijamente la oscura pared marina al límite de la luz, dejando que su visión se desenfocara y duplicara. Tocó su clavícula y deslizó los dedos hasta la punta de la lisa cicatriz. La sensación pareció refinada a través del tejido, como si una herida en ese punto tuviera que doler más agudamente. Aunque estaba cansada y empezaba a tener hambre, no quiso esforzarse en abandonar las distracciones. Durante un rato, su energía volvería lenta y naturalmente. Ya se había esforzado demasiado por esa noche.

    Un mes sería una eternidad; la espera parecería equivalente a todos los años que había pasado como tripulante. Todavía estaba enfadada con los otros pilotos. Creía que había actuado como un cachorrillo, brincando ante ellos para ser acogida con cariño y caricias; luego, cuando ellos se aburrieron, la habían echado a patadas igual que si se hubiera meado en el suelo. Y estaba enfadada consigo misma; se sentía como una tonta, y tenía necesidad de ponerse a prueba.

    Apreciaba por primera vez la destrucción del tiempo durante el tránsito. Dormir por un mes: conveniente, imposible. Primero debía abordar su nueva existencia, su nuevo cuerpo; después se ocuparía de hallar un medio ambiente nuevo.

    Quizá dormitó. El mar profundo no admitía tiempo, las luces perforaban la misma oscuridad índigo noche o día. El tiempo era la dimensión menos real de todas para la gente de Laenea, y ella estaba libre de sus dictados, aislada de sus estabilidades.

    Cuando abrió los ojos de nuevo no tenía idea alguna de cuánto tiempo estuvieron cerrados, un segundo... o una hora.

    El tiempo debió de ser de algunos minutos, como mínimo, pues el hombre joven que dormía se encontraba ahora sentado, contemplando a Laenea. Sus ojos eran azul oscuro, salpicados de negro, un color como el mar. Durante un momento no se dio cuenta de que Laenea estaba despierta, después las miradas de ambos se encontraron y él la desvió rápidamente, sonrojándose, avergonzado de que lo sorprendieran mirando.

    —Yo también miraba —dijo Laenea.

    Confundido, el joven se volvió lentamente, no muy seguro de que ella le hubiera hablado a él.

    —¿Qué?
    —Cuando yo estaba en tierra, miraba a los tripulantes, y cuando fui tripulante, miraba a los pilotos.
    —Yo soy tripulante —dijo él defensivamente.
    —¿De...?
    —Crepúsculo.

    Laenea sabía que ella había estado allá hacía mucho tiempo; imágenes de Crepúsculo flotaron ante ella. Era un mundo nuevo, un lugar oscuro y misterioso de montañas elevadas y selvas negras, en incubación, un mundo joven, sus picos apenas formados. Estaba espesamente enguirnaldado por nubes que traslucían buena parte de la luz visible pero que admitían la ultravioleta. Crepúsculo: ocaso, en ese mundo. Nunca amanecer. Nadie que hubiera visitado Crepúsculo pensaría que su oscuridad no pregonaba más que noche. Las personas que vivían allá eran fuertes y solemnes, incluso frente al desastre. En Crepúsculo, Laenea había visto pesar, muerte, pérdida, pero jamás pánico o desesperación.

    Laenea se presentó y ofreció al joven un lugar cerca del de ella. El se acercó, reservado.

    —Soy Radu Dracul —dijo.

    El nombre pulsó una nota débil en la memoria de Laenea, que fue aumentando hasta que finalmente logró identificarla. Miró por encima del hombro del joven, como si buscara a alguien.

    —Entonces..., ¿dónde está Vlad?

    Radu se echó a reír, y por primera vez dejó su expresión sombría. Tenía una buena dentadura, y profundas arrugas de sonrisa que corrían paralelas a los lados descendentes de su bigote.

    —Esté donde esté, espero que se quede allí. Los dos sonrieron a la vez.
    —¿Es tu primer viaje?
    —¿Tan obvio es que soy novato?
    —Estás solo —dijo Laenea—. Y dormías.
    —No conozco a nadie aquí. Estaba cansado —dijo Radu, muy razonablemente.
    —Al cabo de un tiempo... —Laenea señaló con la cabeza un grupo cercano, hipertenso y chillón gracias a excitadores y represores de sueño
    —. No se duerme estando en tierra cuando hay gente con que hablar y cuando hay otras cosas que hacer. Uno acaba enfermo de dormir, el sueño asusta.

    Radu miró en dirección al atrevido grupo que se dirigía tambaleante hacia el ascensor.

    —¿Todos nos volvemos como ellos? —mantuvo sin emoción su voz grave.
    —La mayoría.
    —Las drogas para dormir hacen muy mal. Son necesarias, todo el mundo lo dice. Pero eso... —Radu sacudió la cabeza lentamente. Su frente era lisa excepto por dos líneas verticales paralelas que aparecieron entre sus cejas cuando frunció el ceño; su piel estaba marcada con cicatrices por debajo de los pómulos, hasta la punta cuadrada de su mandíbula.
    —Nadie te forzará —dijo Laenea.

    Se sintió tentada de extender la mano y tocar a Radu; le habría gustado acariciar su cara desde la sien hasta el mentón, y alisar un mechón de cabello desgreñado por el sueño. Pero él era diferente de otros hombres que Laenea había conocido, a los que podía tocar y abrazar, con los que podía irse a la cama después de un breve trato y por capricho mutuo. En Radu había cierto rasgo de introversión y protección, algo casi misterioso, una pared invisible que sólo se reforzaría ante la tentativa de horadarla, por muy suavemente que fuera. Hablaba, se comportaba, de un modo defensivo.

    —Pero tú piensas que yo mismo elegiré eso.
    —No siempre sucede —dijo Laenea al notar que él necesitaba seguridad; pero también sentía la necesidad de defenderse y defender a sus ex colegas—. Dormimos tanto en tránsito, y es un tiempo tan oscuro, tan vacío...
    —¿Vacío? ¿Y los sueños?
    —Yo nunca soñaba.
    —Yo siempre sueño —dijo Radu—. Siempre.
    —A mí, el tiempo de tránsito no me habría preocupado tanto si alguna vez hubiera soñado. La comprensión apartó a Radu de su reserva.
    —Puedo ver cómo habrá sido.

    Laenea pensó en todas las conversaciones que había mantenido con los otros tripulantes que había conocido. El vacío silencioso de su sueño era la única constante de la totalidad de sus experiencias.

    —No conozco a nadie como tú. Eres muy afortunado.

    Un diminuto pez luminoso husmeó la pared marina. Laenea extendió la mano y dio golpecitos en el vidrio, guiando al pez en un dibujo sencillo trazado con la punta del dedo.

    —Tengo hambre —dijo bruscamente—. Hay un buen restaurante en el Estabilizador del Promontorio. ¿Vienes?
    —¿... un restaurante... donde la gente... compra comida?
    —Sí.
    —No tengo hambre.

    Era un pobre mentiroso; había dudado antes de la negativa, y no hizo frente a la mirada de Laenea.

    —¿Qué problema hay?
    —Ninguno —Radu volvió a mirarla, sonriendo ligeramente; al menos eso era cierto, que él no estaba preocupado.
    —¿Vas a quedarte aquí toda la noche?
    —No es la noche, casi es la mañana.
    —Una habitación es más cómoda... Estabas durmiendo. Radu se encogió de hombros; Laenea pudo ver que lo estaba intranquilizando. Se dio cuenta de que él no tenía dinero.
    —¿No ha llegado tu crédito? Eso sucede siempre. Creo que los que escriben los programas de contabilidad son chimpancés —Laenea había pasado varias veces por el papeleo y el fastidio de un crédito de urgencia cuando sus transferencias iban a un lugar equivocado o estaban mal codificadas—. Todo lo que tienes que hacer...
    —En mi caso no es un error de administración.

    Laenea se quedó esperando a que él explicara. De repente, Radu sonrió divertido consigo mismo, sin menospreciarse. Parecía incluso más joven de lo que en realidad sería cuando sonreía así.

    —No estoy acostumbrado a usar dinero como no sea para cosas... innecesarias.
    —¿Lujos?
    —Sí, cosas que no solemos usar en Crepúsculo, cosas que no necesito. Pero comida, un sitio para dormir... Eso siempre se da gratis en los mundos coloniales —explicó, encogiéndose de hombros—. Cuando llegué a la Tierra, olvidé arreglar una transferencia de crédito —se sonrojó tenuemente—. No volveré a olvidarlo. Me falta una comida y una noche de sueño. He perdido más en Crepúsculo, cuando trabajaba de verdad. Corregiré mi error en unas horas.
    —No es necesario pasar hambre ahora —dijo Laenea—. Puedes...
    —Respeto vuestras costumbres —dijo Radu—. Pero los míos nunca piden prestado, y nunca aceptamos nada que se dé de mala gana. Laenea se levantó y extendió la mano.
    —Yo nunca ofrezco nada de mala gana. Vamos.

    La mano de Radu era cálida y dura, como madera pulida.

    En la parte superior del pozo del ascensor, Laenea y Radu salieron al final de la noche. Había bruma y luminosidad, cielo y mar mezclándose en un gris uniforme. Ningún viento dejaba revelar la superficie marina o los límites de la bruma, pero el aire era frío. Laenea tendió la capa sobre los dos. Una lluvia ligera, casi invisible caía flotando y adornaba el terciopelo negro y el cabello de Radu con diminutas gotas brillantes.

    El hombre era plata y oro con la luz artificial.

    —Ahora es como en Crepúsculo... Llueve así en invierno.

    Extendió el brazo, y el terciopelo negro pareció un ala en reposo. Abrió la palma a la lluvia, y contempló las minúsculas gotitas que tocaban las puntas de sus dedos. Laenea intuyó por el ansia, por el anhelo de la voz de Radu, que él estaba penosa, desesperadamente nostálgico. No dijo nada, pues sabia por experiencia que nada había por decir para ayudar. El dolor se desvanecía con el tiempo y el afecto por otros lugares. La Tierra todavía no había ofrecido a Radu causa alguna de afecto. Pero ahora Radu seguía contemplando la bruma, como si pudiera ver continentes o estrellas. Laenea deslizó el brazo en torno a los hombros de Radu en un gesto de consuelo.

    —Iremos andando hasta el Promontorio.

    Laenea había estado encerrada en salas de pruebas e instrucción y hospitales igual que él había estado confinado en naves y la cuarentena; también ella sentía la necesidad de aire puro, lluvia, y las palabras murmurantes del océano.

    La acera bordeaba la orilla del puerto; sólo una barandilla la separaba de un declive de diez metros hasta el mar. Olas incipientes acariciaban oblicuamente el risco metálico, deslizándose en la oscuridad. Laenea y Radu siguieron caminando lentamente, igualando sus zancadas. De paso en paso sus caderas se rozaban. Laenea miraba ocasionalmente a Radu y se preguntaba cómo podría pensar que él no fuera más que guapo. Su corazón giraba lentamente en su pecho, con tono grave, calmándose, y sus percepciones se oscurecieron a partir de una claridad febril en una oscuridad nebulosa y sosegante. Un velo parecía rodear y proteger a Laenea. Se dio cuenta de que Radu la miraba, más de lo que ella lo miraba a él. El frío los alcanzaba a través de la capa, y se acercaron más; parecía simplemente razonable que Radu también la rodeara con su brazo, y así caminaron, unidos.

    —Trabajo de verdad —dijo Laenea, meditabunda.
    —Sí..., trabajo duro con manos o mentes —Radu escogió la segunda ramificación, como si la charla no hubiera ido nunca en otra dirección—. Nosotros mismos hacemos el trabajo. Crepúsculo es demasiado nuevo para máquinas... Han evolucionado aquí, y no son tan adaptables como las personas.

    Laenea, que había padecido situaciones desagradables en que las máquinas no habían actuado como se pretendía, entendía lo que eso significaba. Los métodos más antiguos que la automatización eran más económicos en mundos nuevos donde las máquinas habían de diseñarse desde el principio y que la gente sólo tenía que aprender. La evolución era una analogía tan buena como cualquiera.

    —Hacer de tripulante es trabajo. Tal vez no fuerce tus músculos pero es trabajo.
    —Uno nunca se cansa. Física o mentalmente. La tarea no tiene retos.
    —¿No te bastan los riesgos?
    —No son riesgos casuales —dijo Radu—. Es como jugar.

    Su procedencia le convertía en un juez severo, severísimo consigo mismo. Laenea notó un matiz de presunción en las palabras de Radu, una sombra gris sobre su independencia.

    —No es un trabajo de esclavos, ya lo sabes. Puedes renunciar y volver a casa.
    —Yo deseaba llegar... —Radu interrumpió su protesta—. Yo pensaba que sería diferente.
    —Lo sé —dijo Laenea—. Piensas que es excitante, pero al cabo de un tiempo lo único que queda es una vaga especie de peligro.
    —Quería visitar otros lugares. Ser como... En eso he sido egoísta.
    —Ah, basta. ¿Egoísta? Nadie lo haría de otro modo.
    —Quizá. Pero yo tenía una visión distinta. Recordaba... —y de nuevo, Radu se interrumpió en mitad de la frase.
    —¿Qué?

    Radu sacudió la cabeza.

    —Nada —Laenea había pensado que las reservas del hombre se estaban disolviendo, pero todos los contornos de Radu se endurecían otra vez—. Pasamos la mayor parte de nuestro tiempo transportando cargamentos triviales por razones triviales para gente trivial.
    —Los cargamentos triviales pagan las emergencias. Radu sacudió la cabeza.
    —Eso no está bien.
    —Así ha sido siempre.
    —En Crepúsculo... —no prosiguió; el tono cauteloso había desaparecido.
    —Estás nostálgico —dijo Laenea—. Más que cualquiera que yo haya conocido. Debe ser un consuelo amar tanto un lugar.

    Radu se puso tenso al principio, como si temiera que ella se burlara o lo increpara por su debilidad, o se riera de él. Los músculos tensos se aflojaron poco a poco.

    —Me siento mejor después de los vuelos, cuando sueño con el hogar.

    El soñador afortunado: si Laenea fuese todavía tripulante, lo habría envidiado.

    —¿Echas de menos a tu familia?
    —No tengo familia... Aún los echo de menos a veces, pero han muerto. —Lo siento.
    —No podías saberlo —dijo rápidamente Radu, casi con excesiva rapidez, como si él pudiera haber herido a Laenea y no al revés—. Eran buenas personas, mi clan. La epidemia los mató.

    Laenea apretó ligeramente el brazo en torno al hombro de Radu en un consuelo silencioso.

    —No sé qué tiene Crepúsculo que nos ata a todos —dijo Radu—. Supongo que será la combinación..., el reto y el resultado. Todo es nuevo. Intentamos tocar con suavidad este mundo. Tantas cosas podrían ir mal...

    Radu la miró, sus ojos profundos como el lago de una montaña, su semblante solemne en su vigor, formulando sin palabras una pregunta que

    Laenea no comprendió.

    El ambiente era frío. Entraba en los pulmones de Laenea y se esparcía por su pecho, estómago, brazos, piernas... Ella imaginó que la máquina era metal frío, que absorbía su calor mientras giraba silenciosamente cumpliendo sus funciones. Estaba cansada.

    —¿Qué es eso?

    Laenea alzó los ojos. Se encontraban cerca del punto medio de la orilla del puerto, con luces que se aproximaban y relucían vagamente entre la bruma. El amorfo resplandor rosado se resolvió en globos y antorchas separados. Laenea reparó en un agudo zumbido metálico. El aire se despejó al cabo de dos pasos.

    Las elevadas estructuras de unos captores de bruma se alzaban allí, avanzando por el interior hacia las luces en círculos concéntricos. Los alargados cables, tocados por el viento, vibraban de un modo musical. La bruma se condensaba en los cables por contacto. El agua goteaba en los extremos hasta la plataforma, y el sonido intermitente de gotas pesadas sobre metal, igual que lluvia, confería un ritmo irregular a la débil música.

    —Sólo una fiesta —dijo Laenea.

    Los cables cantores, relucientes, formaban una cortina de múltiples capas, todas transparentes pero en combinaciones translúcidas y fulgurantes. Laenea avanzó entre los cables, pero Radu la detuvo, quedándose atrás.

    —¿Qué ocurre?
    —No deseo ir adonde no me han invitado.
    —Estás invitado. Todos estamos invitados. ¿Dejarías de ir a una fiesta en tu propia casa?

    Radu arrugó la frente, sin comprender. Laenea recordó sus días como novata de la tripulación; acostumbrarse a la nueva situación costaba tiempo.

    —Vienen aquí por nosotros —dijo ella—. Esperan que al menos nos paremos, que hablemos con ellos, comamos su comida y bebamos su licor. ¿Para qué más vendrían aquí? —señaló con un gesto que pretendía ser un movimiento de barrido la fiesta, luces y mesas, un pabellón adornado con borlas, los captores de bruma, la gente con trajes de noche, criados y máquinas..., pero detuvo su mano antes del ápice del arco, retrocediendo ante la presión sobre sus costillas rotas—. ¿Para qué si no traer todo esto aquí? Podrían estar en una isla tropical o bajo las secoyas. Podrían estar en la cima de una montaña o en un desierto al amanecer. Pero están aquí, y te aseguro que nos darán la bienvenida.
    —Tú conoces las costumbres —dijo Radu, un poco dubitativo.

    Cuando cruzaron el último anillo de captores de bruma, la temperatura empezó a subir. El calor fue un gran alivio. Laenea dejó que la húmeda capa de terciopelo cayera de sus hombros y Radu hizo lo mismo. Un hombre muy joven, casi un muchacho todavía, con pómulos lisos y grandes ojos, apareció para recoger la capa; miró a ambos, curioso, sin habla; distinguió la punta de la cicatriz entre los senos de Laenea y la observó con asombro y admiración.

    —Piloto... Bienvenida, Piloto —dijo.
    —Gracias. ¿De quién es esta tertulia?

    El chico, enmudecido, miró por encima del hombro e hizo un gesto. Kathell Stafford se deslizaba hacia ellos, las manos extendidas hacia

    Laenea. El tigre blanco la seguía.

    El gris veteaba el cabello de Kathell, igual que la fibra plateada tejida en su vestido de seda azul, pero sus ojos eran tan oscuros y jóvenes como siempre. Laenea no la veía desde hacía varios años, muchos viajes. Estrecharon ambas las manos, Laenea asombrada como siempre por la delicadeza de los huesos de Kathell. Las venas relucían azules bajo su piel castaño claro. No había forma de conocer su edad. Excepto por las rayas de gris, la mujer era exactamente la misma.

    —Querida, me enteré de que estabas de instrucción. Debes estar muy satisfecha.
    —Aliviada —dijo Laenea—. Nunca se sabe con seguridad si dará resultado, hasta después.
    —Ven y únete a nosotros. Tú y tu amigo.
    —Es Radu Dracul, de Crepúsculo.

    Kathell lo saludó. Laenea veía que el joven se tranquilizaba, cada vez más cómodo en presencia de la menuda mujer, tan dueña de sí misma. Incluso una fiesta en el paseo del puerto más grande del mundo podía ser el hogar de Kathell, el lugar donde acogía e invitaba.

    Los demás, raudos en percibir la novedad, empezaron a aflorar más cerca; la mayoría daba la impresión de no llevar en mente una dirección particular. Laenea había visto todas las formas de abordar a tripulantes o pilotos: la timidez, jactancia o admiración respetuosa y franca de los niños, la familiaridad untuosa de algunos adultos; la indiferencia sofisticada de los ricos. Luego estaban las personas que ella conocía poco, que la miraban, la veían del otro lado de una calle o de un recinto, cuyas expresiones decían en voz alta: Ella ha caminado en otros mundos; ella ha viajado por un lugar al que jamás me acercaré siquiera. Esas personas observaban, y apartaban la mirada de mala gana, y regresaban a sus asuntos permitiendo que Laenea y los suyos prosiguieran sin ser molestados. Algunos miembros de tripulaciones jamás llegaban a saber que esas personas existían. Los individuos más interesantes, los sensibles, inteligentes, no entrometidos, eran los que raramente se encontraban.

    Kathell era una de las personas que Laenea no habría conocido nunca, excepto porque la mujer tenía primos jóvenes en la tripulación. Aparte de eso, Kathell era inclasificable. Rica, pródiga con su riqueza en entretener a sus amigos, como en esa ocasión, también se prodigaba con ella misma. Pero eso no era todo en ella. El dinero que usaba para divertirse no era nada comparado con la totalidad de sus recursos. Era estudiante, además de mecenas, y la energía que podía dedicar al trabajo le proporcionaba resistencia y concentración en medidas superiores que las de cualquier otra persona que Laenea conociera. No existía servilismo alguno en ninguna dirección respecto al afecto mutuo que se tenían.

    Laenea reconoció a pocas de las personas que se apiñaban detrás de Kathell. Permaneció mirándolas, y casi ansió haber guiado a Radu en torno a los captores de niebla en lugar de ir entre ellos. No se sentía dispuesta para los saludos efusivos debidos a los pilotos; no creía merecerlos. Los invitados brillaban más que ella en todos los aspectos: belleza, vestimenta, conocimientos..., pero querían a Laenea, la necesitaban para tocar lo que les era negado.

    Laenea pudo ver el paso del tiempo, segundo tras segundo, veloz en sus rostros. De pronto, la pena la conquistó.

    Kathell le presentó a la gente. Sabía que no recordaría más de un nombre de cada diez, pero inclinaba la cabeza y sonreía. Cerca, Radu daba respuestas corteses y adecuadas. Alguien extendió a Laenea una copa de champán. La gente se arracimó a su alrededor, esperando que hablara. Ella descubrió que no tenía más que decirles que lo dicho a los que había dejado atrás en la tripulación.

    Un hombre se acercó sonriente, y sacudió la cabeza.

    —Siempre he deseado conocer a un azteca...

    Su voz se interrumpió ante el aspecto ceñudo de Laenea. Ella no quería mostrarse grosera con los invitados de una amiga, así que disimuló su fastidio.

    —Sólo ‘piloto’, por favor.
    —Pero los aztecas...
    —Los aztecas sacrificaban los corazones de sus cautivos. No creo que nosotros hayamos hecho sacrificio alguno... —Laenea sonrió y se alejó dando por finalizada la conversación antes de que él pudiera arremeter con cualquier comentario ingenioso. La multitud era densa detrás de Laenea; estrujaba. Todos, seres humanos ricos, libres, atrapados. Laenea se estremeció, deseaba que se alejaran. Deseaba silencio y soledad.

    Kathell se acercó de repente, extendiendo una mano. Laenea la cogió. Los invitados se separaron como el agua en favor de Kathell, de Kathell y su tigre. Pero Kathell estaba delante. Laenea sonrió y siguió la honda de su amiga. Vio a Radu y lo llamó. El asintió con la cabeza; al cabo de un instante estuvo junto a ella y cruzaron regiones de fragancias: menta, clavel, pino, almizcle, azahar. Las fronteras entre los aromas eran nítidas.

    Dentro del pabellón, los tres quedaron a solas. Laenea se sintió de inmediato más acalorada, aunque sabía que la temperatura sería probablemente la misma que fuera, en la fiesta al aire libre. Pero las paredes de la tienda, aunque luminiscentes y laboriosamente adornadas, la hacían sentirse encerrada y protegida de las frías y largas ráfagas del mar.

    Se sentó en una silla blanda, agradecida. El tigre blanco puso su barba en la rodilla de Laenea y ella acarició su enorme cabeza.

    —Pareces agotada, querida —dijo Kathell, poniendo un vaso en la mano de su amiga.

    Laenea dio un sorbo: ponche de leche caliente, una insinuación de que debería estar en la cama.

    —Acabo de salir del hospital —dijo—. Creo que me he agotado un poco. No estoy acostumbrada a... —con un gesto de su mano libre quiso dar a entender: todo; mi cuerpo nuevo, estar fuera y libre otra vez, este hombre a mi lado... Cerró los ojos contra la visión que se emborronaba.
    —Quédate un rato —dijo Kathell, como siempre comprendiendo mucho más de lo que se hablaba. Laenea trató de no responder; estaba demasiado cómoda, demasiado soñolienta.
    —¿Habéis comido? —la voz de Kathell sonó muy lejana. Las palabras, dirigidas a otra parte, existían solas y separadas, sin sentido.

    Laenea redujo el ritmo de su corazón y aflojó los músculos constrictores arteriales. La sangre que fluía por los vasos capilares dilatados hizo que se sonrojara, y se sintió más caliente.

    —Ella iba a llevarme a... un restaurante —dijo Radu.
    —¿Nunca ha estado en uno? —la diversión de Kathell nunca era dañina. Emergía con mucha claridad del buen humor y la capacidad para aceptar más que para temer diferencias.
    —No hay nada así en Crepúsculo.

    Laenea los oyó decir más cosas, pero las palabras se ahogaban en .el murmullo de voces de los invitados, el viento y el mar. Sólo notaba la blandura de los cojines, debajo de ella, el aire cálido y fragante, y el pelaje del tigre blanco.

    Pasó el tiempo; cuánto o a qué ritmo, Laenea no pudo hacerse la idea. Durmió agradecidamente y sin temor, profundamente, soñando y agitándose apenas cuando la movieron. Murmuró algo y la tranquilizaron, las palabras se perdieron, sólo el tono se mantuvo con ella. Viento y frío tocaron su cuerpo y fueron desalojados; notó una ligera aceleración. Después volvió a dormir.

    Laenea despertó a medias, cálida, cálida hasta la médula. Un sueño reciente se zambulló en su conciencia y salió de nuevo sin dejar más rastro que el recuerdo de su paso. Cerró los ojos y se tranquilizó para recordar el sueño, si se presentaba. Pero sólo pudo recordar que pilotaba una nave en tránsito. Por el momento, ningún otro detalle se le hizo presente, y quedó con una excitación desoladora que trastornó su somnolencia. La máquina de su pecho zumbó deprisa y pareció despedir calor, aunque eso era tan imposible como que pudiera helarle la sangre.

    La habitación estaba a oscuras; no sabía dónde se encontraba excepto que no era el hospital, muy otros serían los olores. Nada de antisépticos astringentes o drogas empalagosas, sino un perfume suave. Su piel no percibía el toque de productos sintéticos ásperos sino el de algodón sedoso. Entre sus pestañas, algunos reflejos destellaban procedentes del techo. Y entonces comprendió que estaba en el apartamento de Kathell, en el Estabilizador del Promontorio.

    Se apoyó sobre los codos para incorporarse, y sus costillas crujieron como el antiguo suelo de parquet. Profundos dolores musculares recorrieron su cuerpo desde el centro hasta los hombros, brazos y piernas. Emitió un sonido agudo, más de sorpresa que de dolor. Se había conducido con demasiada dureza: necesitaba descanso, nada de actividad. Se dejó hundir lentamente otra vez en la gran cama roja, flotando de nuevo hacia el sueño, los ojos cerrados. Escuchó el susurro y el deslizamiento de dos tejidos diferentes frotados uno contra otro, pero no reaccionó al sonido.

    —¿Estás bien?

    La voz la habría sobresaltado de no haber estado casi dormida de nuevo. Abrió los ojos y encontró a Radu de pie cerca de ella, su chaqueta desabrochada, un tenue viso de sudor en la frente y el pecho desnudo. La preocupación en su rostro se igualaba con la inquietud de su voz. Laenea sonrió.

    —Sigues aquí —había supuesto que él se habría ido por su cuenta, para ver y hacer todo lo interesante que suele atraer a los visitantes en su primer viaje a la Tierra.
    —Sí —dijo Radu—. Naturalmente.
    —No era preciso que te quedaras —pero ella tampoco quería que se marchara; la mano de Radu en su frente era refrescante.
    —Creo que tienes fiebre. ¿Hay alguien a quien deba llamar?

    Laenea pensó un momento, o más bien se quedó inmóvil y perceptiva a las señales de su organismo. Su corazón giraba demasiado aprisa; lo calmó y redujo su ritmo, al tiempo que volvía a preguntarse qué aventura había tenido en su sueño. Ninguna otra cosa estaba mal; sus pulmones, despejados; su oído, agudo. Deslizó la mano por el esternón para tocar la cicatriz: lisa y a temperatura corporal, ninguna infección.

    —Me he fatigado demasiado —dijo Laenea—. Eso es todo... ¿Por qué te has quedado? —el sueño volvía a cogerla, pero la curiosidad inquietaba su reposo.
    —Pues... porque quería estar contigo —dijo Radu lentamente, su voz sonaba muy lejana—. Te recuerdo...

    Laenea ansiaba saber de qué hablaba Radu, pero el calor y la somnolencia vencieron finalmente a su curiosidad.

    Cuando volvió a despertar, lo hizo por completo. Los dolores y malestares se habían esfumado en la noche... o en el día; ella no tenía idea alguna de cuánto tiempo había dormido ni aun, siquiera, de a qué hora de la noche o de la madrugada había visitado la fiesta de Kathell.

    Se encontraba en su habitación favorita del apartamento de Kathell, una que era más llamativa que el resto. Pese a que Laenea no era excesivamente afecta en lo personal a la ornamentación, gustaba del escarlata y oro de la habitación, su energía entremetida, su sabor dionisíaco. Incluso los acuarios empotrados estaban habitados por peces dorados con escamas y engalanados con luminiscencia. Sintió el júbilo honesto de formas y colores apremiantes. Se sentó y apartó las mantas, estirándose y bostezando con puro placer animal. Luego, viendo que Radu dormía repantigado en el sillón con cojines de terciopelo rojo, guardó silencio, sorprendida; no deseaba despertarlo.

    Se deslizó silenciosamente fuera de la cama, sacó una bata del armario y fue de puntillas al cuarto de baño.

    Limpia, cómoda y capaz de respirar adecuadamente por primera vez desde su operación, Laenea regresó al dormitorio. Se había quitado el vendaje para ducharse; puesto que sus costillas rotas no dolían más libres que vendadas, no se molestó en reemplazar la gasa.

    Radu estaba despierto.

    —Buenos días.
    —Aún no es medianoche —dijo él, sonriendo.
    —¿De qué día?
    —Has dormido lo que quedaba de la noche pasada y el día entero. Los otros se fueron en el zeppelín de Kathell Stafford, pero ella te ha deseado lo mejor y dijo que dispusieras de este lugar todo el tiempo que quieras.

    Aunque Kathell estaba tan fascinada por la gente rara como por los animales raros, su curiosidad no estaba manchada con un carácter dominante, para realzar su posición. Ofrecía su patrocinio con afecto y amistad, no como una adquisición tácita. Laenea reflexionó que Kathell conocía personas que habrían hecho casi cualquier cosa por ella, aunque no sabía de nadie a quien Kathell hubiera pedido un favor.

    —No imagino cómo me trajisteis aquí... ¿Vine caminando?
    —No queríamos despertarte. Uno de esos grandes carretones de servicio estaba vacío, así que te subimos en él y empujamos hasta aquí. Laenea se echó a reír.
    —Debiste haber enlazado una flor en mis manos y fingir que era mi funeral.
    —Alguien hizo esa sugerencia.
    —Ojala no hubiera estado dormida... Me habría gustado ver las expresiones del personal de tierra cuando pasábamos.
    —Si hubieses estado despierta habrías estropeado la ilusión —dijo Radu. Laenea rió de nuevo, y esta vez Radu se unió a ella.

    Como de costumbre, ropa de todo estilo y tamaño colgaba en los grandes armarios. Laenea pasó la mano por una hilera de vestidos y se detuvo al tocar una textura agradable.

    La primera camisa que encontró apropiada a su tamaño era de terciopelo verde subido con mangas de blusa. Se la puso y abotonó hasta el esternón, no más.

    —Todavía te debo una comida en un restaurante.
    —No me debes nada de nada —dijo él, con excesiva seriedad.

    Laenea abrochó el cinto de un tirón y empujó los pies en las botas, molesta.

    —Ni siquiera me conoces, pero te has quedado conmigo y me has cuidado durante todo el primer día de tu primer viaje a la Tierra... ¿No crees que yo debería..., que sería amistoso por mi parte ofrecerte una comida? —Laenea lo miró con furia—. ¿...de buena gana?

    Radu vaciló, sorprendido por el enfado de Laenea.

    —Sería un gran placer aceptar ese obsequio —dijo, articulando cada palabra.

    Radu hizo frente a la mirada de Laenea, y cuando la mirada se suavizó, volvió a sonreír, tentativamente. La exasperación de Laenea se diluyó completamente.

    —Vamos entonces —dijo a Radu por segunda vez.

    Radu se levantó del sillón con cojines, rápida y torpemente. Nada del mobiliario de Kathell estaba diseñado para personas de la altura de ellos. Laenea extendió el brazo para ayudarle. Juntaron sus manos.

    El Estabilizador del Promontorio era en sí una ciudad completa en dos partes; una, un mundo turístico vocinglero, la segunda una sociedad de soporte permanente e interesante. Laenea solía experimentar con los restaurantes aquí, pero esta vez fue a uno que conocía bien. Los experimentos en el Promontorio no siempre tenían éxito. La calidad desplegaba un espectro tan amplio como la cultura.

    El restaurante de Marc había estado de moda hacía unos años y ahora no lo estaba, pero su propietario parecía imperturbable ante los ciclos de la moda. Pilotos o príncipes, tripulantes o diplomáticos podían llegar y marcharse; a Marc no le preocupaba. Laenea condujo a Radu hasta el sombrío vestíbulo del restaurante y tocó el botón señalizador. Al instante, una pantalla delante de ellos se encendió en una figura igual que pintura al óleo sobre agua.

    —Hola, Marc —dijo Laenea—. No tuve oportunidad de hacer una reserva, lamentablemente...

    La voz que respondió fue mecánica y bronca, inicialmente desagradable, difícil de entender sin experiencia. Laenea ya no la encontraba horrible o indescifrable. La pantalla se iluminó en amarillo con el placer que Marc no podía expresar de un modo verbal.

    —No se me ocurre ningún castigo bastante terrible para tal pecado, así que deberé fingir que llamaste.
    —Gracias, Marc.
    —Me alegra verte otra vez después de tanto tiempo. Y un Piloto, ahora.
    —Es estupendo haber vuelto —arrastró a Radu un paso más dentro de los límites de la reducida sala—. Es Radu Dracul, de Crepúsculo, en su primer aterrizaje en la Tierra.
    —Hola, Radu Dracul. Espero que no nos encuentres ni demasiado depravados ni demasiado obtusos.
    —Ninguna de las dos cosas —dijo Radu.

    El jefe de camareros apareció para llevarlos a la mesa.

    —Bienvenidos —dijo Marc, en lugar de adiós, y la pantalla se oscureció progresivamente a partir de azules y verdes flotantes.

    La mesa estaba iluminada por el resplandor de reflejos azules que venían del mar, y los peces los observaron como chiquillos curiosos. —¿Quién es Marc?

    —No lo sé —dijo Laenea—. Nunca sale, nadie entra con él. Algunos dicen que quedó desfigurado, otros que tiene una enfermedad incurable y ya no puede estar con nadie. Siempre hay nuevos rumores. Pero él nunca habla de sí mismo y nadie invadiría su intimidad haciendo preguntas.
    —En la Tierra, la gente debe tener una consideración por la intimidad mayor que en cualquier otro lugar —dijo secamente Radu, como si él fuera demasiado experimentado en cuestiones de fisgoneo.

    Laenea también conocía gente grosera, pero jamás había pensado en su posible efecto sobre Marc. Se dio cuenta de que sus amistades más imprudentes rara vez acudían aquí, y que ella nunca se había topado con la voz de Marc hasta la tercera o cuarta vez de presentarse.

    —No es nada relativo a la gente. El se protege —dijo Laenea, con certidumbre. Tendió un menú a Radu, y abrió el suyo—. ¿Qué te gustaría comer?
    —¿He de elegir de esta lista?
    —Sí.
    —¿Y después?
    —Después alguien lo cocina, y luego alguien distinto te lo trae.

    Radu bajó la mirada hacia el menú. Sacudía un poco la cabeza, pero sin hacer comentarios.

    —¿Desea pedir, Piloto? —junto al codo de Laenea, Andrew hizo una ligera reverencia.

    La mujer pidió por los dos, ya que Radu no estaba familiarizado con los platos que se ofrecían. Cató el vino; era excelente. Dejó que Andrew llenara su vaso. Radu contemplaba el líquido escarlata que ascendía en el cristal, con la mirada fija, absorto.

    —Debí de preguntarte si bebes vino —dijo Laenea—. Pero al menos pruébalo.

    Radu alzó la mirada rápidamente y enfocó su visión; no era el vino lo que contemplaba, quizá, sino la nada. Cogió el vaso, lo sostuvo de un modo ausente, lo olió, dio un trago.

    —Ahora veo por qué usamos el vino con tan poca frecuencia en casa. Laenea bebió otra vez, y de nuevo no pudo encontrar un fallo.
    —No importa, si no te gusta... Pero Radu sonreía.
    —Lo que nunca me he atrevido a beber es lo que tenemos en Crepúsculo. Es agua del mar comparado con esto.

    Laenea tenía tanta hambre que medio vaso de vino la hizo sentirse mareada; se mostró agradecida cuando Andrew trajo tazones de sopa espesa y aromática. Radu también tenía mucha hambre, o era demasiado sensible al alcohol; sus defensas empezaron a aflojarse. Se tranquilizó; dejó de dar la impresión de estar listo para saltar, coger el brazo a Andrew y preguntar al silencioso anciano por qué estaba ahí, dando servicios triviales por razones triviales para personas triviales. Y aunque continuó observando con insistencia a Laenea, casi contemplándola, ya no volvió a apartar la vista cuando sus miradas se encontraron.

    Laenea no encontraba fastidiosa la atención del hombre, sólo inexplicable. Se había sentido atraída por hombres, y los hombres se habían sentido atraídos por ella en numerosas ocasiones, a menudo coincidentes. Radu era extremadamente atractivo. Pero lo que él sentía por ella era algo claramente mucho más fuerte; lo que fuera que quisiese, era algo mucho más allá del sexo. Laenea comió en silencio un rato, sin encontrar nada, ninguna respuesta, en las profundidades del vino. La tensión fue aumentando hasta que Laenea, un poco superficialmente al principio, luego clara y marcadamente, se dio cuenta. Era casi como un discreto punto que la separaba de Radu. El estaba sentado, aparentaba calma; un brazo apoyado en la mesa, la sopa intacta, su mano apretada en un puño.

    —Tú... —dijo finalmente Laenea.
    —Yo... —empezó a decir él, al mismo tiempo.

    Ambos se interrumpieron. Radu parecía aliviado. Laenea continuó después de un momento.

    —Has venido a conocer la Tierra, y ni siquiera has salido del puerto. Seguramente tenías planes más interesantes que ver dormir a la gente... Radu desvió la mirada hacia atrás, abrió lentamente su puño y tocó el borde de su copa con la punta de un dedo.
    —Es una pregunta intrusa, pero creo tener el derecho a formulártela.
    —Quería estar contigo —dijo Radu lentamente, y Laenea recordó esas palabras en la voz de él, cuando se despertó entre sueños.
    —“Te recuerdo...”, dijiste.

    Radu se sonrojó; manchas de color vehemente en sus pómulos.

    —Esperaba que no recordarías eso.
    —Explícame qué pretendías decir.
    —Todo parece tonto, infantil y romántico.

    Laenea levantó una ceja con gesto interrogativo.

    —El último día he creído vivir en una especie de sueño increíble...
    —Sueño, en vez de pesadilla, espero.
    —Me has obsequiado con algo que he deseado durante años.
    —¿Un obsequio? ¿Qué?
    —Tu mano. Tu sonrisa. Tu tiempo... —su voz había vuelto a hacerse muy suave y vacilante. Respiró profundamente—. Cuando las plagas se presentaron en Crepúsculo, todo mi clan murió; ocho adultos más los cuatro niños. Yo casi fallecí, también... Pero llegó el suero, y las vacunas — sus dedos frotaron su cicatrizada mejilla, y Laenea pensó que él era inconsciente del hábito—. Me recuperé. La tripulación de socorro...
    —Estuvimos varias semanas —dijo Laenea, que ahora recordaba más detalles de su única visita a Crepúsculo: la colonia casi hundida, los enfermos desesperados que intentaban atender a los moribundos.
    —Tú fuiste la primera tripulante que yo vi, la primera persona de un mundo exterior. Salvaste a mi gente, salvaste mi vida.
    —Radu, no fui yo sola.
    —Lo sé. Incluso entonces lo sabía. No importaba. Yo había estado enfermo mucho tiempo, y cuando volví en mí y supe que viviría, apenas me importó. Estaba asustado, lleno de pena, perdido, solo. Necesitaba... alguien... a quien admirar. Y tú estabas allí. Eras la única estabilidad en nuestro caos, un héroe... —su voz se quebró en incertidumbre ante la sonrisa de Laenea, aunque ella no se estaba riendo de él—. No es fácil para mí decir esto.
    —Cuando me uní a la tripulación no creo haber pensado en conocerte. Me alisté porque era lo que siempre había querido hacer, después de... Nunca pensé que pudiera conocerte de verdad. Pero te vi, y comprendí que yo quería... ser algo en tu vida. Un amigo, como mucho..., eso esperaba. Un compañero de nave, si acaso... Pero te has convertido en piloto, y todo el mundo sabe que pilotos y tripulantes permanecen apartados.
    —Los primeros se enorgullecen de su soledad —dijo Laenea, sintiendo que el rechazo de Ramona Teresa aún punzaba. Pero pronto se aplacó, pues jamás habría conocido a Radu Dracul, tal vez, si ellos la hubieran aceptado por completo—. Quizá la necesitaban.
    —He conocido a pocos pilotos, antes que a ti. Eres la única que me ha hablado o que siquiera me ha mirado. Creo que... —observó la mano de Laenea sobre la suya, y volvió a tocar su cicatrizada mejilla, como si pudiera limpiar las marcas frotándolas—. Creo que te he amado desde el día que llegaste a Crepúsculo —se levantó bruscamente, aunque retiró la mano con suavidad—. Nunca debí...

    Laenea se levantó también.

    —¿Por qué no?
    —No tengo derecho a...
    —¿... a qué?
    —A pedir nada de ti. A esperar... —acobardado, Radu interrumpió la frase—. A agobiarte con mis esperanzas.
    —¿Y las mías?

    Radu guardó un silencio de incomprensión. Laenea acarició su rugosa mejilla cuando él retrocedió como un potro nervioso, y otra vez las arrugas de tensión se atenuaron de forma casi imperceptible.

    Ella apartó el errante mechón de pelo rubio oscuro.

    —He tenido menos tiempo para pensar en ti que tú para pensar en mí —dijo—, pero creo que eres guapo, y un hombre admirable. Radu sonrió con poco humor.
    —En Crepúsculo no me tienen por guapo.
    —Entonces Crepúsculo tiene tantos necios como cualquier otro mundo humano.
    —¿Quieres...? ¿Quieres que me quede?
    —Sí.

    Radu volvió a sentarse igual que un hombre en un sueño. Tampoco habló. Andrew apareció, para quitar los tazones de sopa y servir el plato principal; se mostró diplomáticamente inalterable, aunque algo atento a Laenea en el conato de abandono por parte de Radu.

    —¿Va todo bien?
    —Muchísimo, Andrew. Gracias.

    El camarero hizo una reverencia, sonrió y empujó el carrito del servicio.

    —¿Has firmado contrato para algún próximo tránsito?
    —Aún no —dijo Radu.
    —Tengo un mes antes de mis vuelos de prueba —pensó en lugares a los que llevar a Radu, vistas que ella pudiera mostrarle—. Creí que tendría que limitarme a soportar el tiempo...

    Laenea guardó silencio; Ramona Teresa estaba de pie en la entrada del restaurante, escrutando la sala. Vio a Laenea y fue a su encuentro. Laenea aguardó, ceñuda. Radu se volvió y quedó paralizado. La presencia apremiante de Ramona lo impresionó: serenidad, energía, determinación. Laenea se preguntaba si la piloto mayor se habría ablandado, aunque ya no estaba tan ansiosa por ser obsequiada con revelaciones; prefería ser ella misma quien las descubriera.

    Ramona Teresa se detuvo ante la mesa, haciendo caso omiso de Radu o más bien, dándole un vistazo algo despreciativo en el mismo instante de dirigirse a Laenea:

    —Quieren que vuelvas.

    Laenea casi había olvidado a los médicos y administradores, que difícilmente podían tomar su partida con tanta calma como los otros pilotos.

    —¿Les dijiste donde estaba? —al momento se dio cuenta de lo impropio de su pregunta—. Lo siento.
    —Ellos quieren demostrar que siempre están al mando. A veces es más fácil dejar que se lo crean...
    —Gracias —dijo Laenea—, pero ya tuve bastantes exámenes y tubos de plástico. Se sentía muy libre, pues cualquier cosa que hiciera, no la destinaría a tierra: ella valía demasiado. Nadie la cuestionaría siquiera por su irresponsabilidad, ya que todos sabían que los pilotos estaban completamente locos.
    —No uses tu llave de crédito.
    —De acuerdo —vio lo fácil que sería seguir su pista, y deseó haber mantenido el hábito de llevar efectivo encima—. Eh, préstame dinero, Ramona.

    Ramona miraba ahora a Radu de un modo crítico.

    —Sería mejor que volvieras con los demás.

    Radu se ruborizó; era demasiado obvio que Ramona no hablaba con él.

    —No, no lo sería —el tono de Laenea fue chillón.

    La tenue luz azul arrancó destellos plateados en el cabello cano de Ramona mientras daba la espalda a Laenea y metía la mano en un bolsillo interior. Le extendió un fajo de billetes plegados.

    —Vosotros, los jóvenes, nunca planeáis.

    Laenea no pudo entender con certeza a qué se había referido, ni tuvo oportunidad de preguntar pues Ramona Teresa dio media vuelta y se fue. Ella apretó el dinero en el bolsillo de sus pantalones, no tan molesta por haber tenido que pedirlo como por lo segura que había estado Ramona Teresa de su apremio.

    —Ella puede estar en lo cierto —dijo lentamente Radu—. Pilotos y tripulantes...

    Laenea tocó otra vez la mano de Radu, acariciando su dorso y siguiendo hasta la muñeca de huesos finos y fuertes.

    —Ella no debió haber sido tan presuntuosa. Nosotros no somos de su incumbencia.
    —Ella era... Nunca había conocido a nadie como ella. Me sentí como en presencia de alguien tan distinto a mí..., tan lejano..., que no podríamos hablar juntos —Radu sonrió, un rápido destello de dientes blancos y vigorosos detrás de su bigote hirsuto, profundas arrugas de sonrisa en sus mejillas—. Aunque ella lo hubiera querido.

    Con su mano libre, Radu acarició la manga de terciopelo verde. Laenea sintió el latido de su pulso, rápido e inquieto. Como si él hubiera cerrado un circuito eléctrico, un escalofrío grato se extendió por el brazo de Laenea.

    —Radu, ¿alguna vez has conocido un piloto o un tripulante distinto de cualquier otro conocido? Yo, no. Todos empezamos así. El tránsito no ha cambiado a Ramona.

    Radu asintió sólo con el silencio, no estaba más seguro que Laenea de la validez de la aseveración.

    —De momento no tiene importancia —dijo Laenea.

    La desdicha resbaló de la expresión de Radu, y su alegría volvió aunque la incertidumbre persistía.

    Acabaron rápidamente la cena, con expectación, con esperanzas, poco atentos a la excelente comida. Aunque fastidiada de tener que preocuparse por el tema, Laenea examinó formas asequibles de preservar su libertad. Ansió que Kathell Stafford siguiera en la isla, pues era la única persona que podría ayudarle. Ya lo había hecho, como de costumbre, sin pretenderlo siquiera.

    Pero la situación era apenas grave; evadir a los administradores tanto como fuera posible era cuestión de orgullo y deleite personal.

    —Necios... —murmuró.
    —Tal vez tengan una razón especial para querer que vuelvas —dijo Radu; la expectativa del mes por delante flotaba en las mentes de ambos
    —. Algún problema, algún peligro...
    —Lo habrían dicho.
    —Entonces, ¿qué quieren?
    —Ramona lo ha dicho: quieren demostrar que nos controlan —bebió las últimas gotas de su coñac, y Radu la imitó. Se levantaron y caminaron juntos hacia el vestíbulo.
    —Quieren mantenerme envuelta en espuma de estireno igual que una máquina costosa hasta que pueda ocupar mi nave.

    Andrew los aguardaba, pero cuando Laenea buscó el dinero de Ramona Teresa, la pantalla de Marc resplandeció brillantemente.

    —Vuestra cena es mi obsequio —dijo—. Como celebración.

    Laenea se preguntó si Ramona le habría contado su problema. Marc podía saberlo también por sus fuentes personales, o tal vez la cena gratis fuera una demostración más de su frecuente generosidad.

    —Me extraña cómo piensas hacer beneficios, amigo mío —dijo Laenea—. Pero gracias.
    —Recargo el precio a los turistas —dijo Marc, la voz mecánica tan insulsa que resultaba imposible saber si hablaba cínica o sardónicamente, o simplemente si bromeaba.
    —No sé a dónde iré la próxima vez —explicó Laenea—, pero ¿estás buscando alguna cosa?
    —Nada en particular —respondió Marc—. Cosas bonitas...

    En la pantalla remolineó el color plata.

    —Comprendo.

    Los pasillos eran deslumbrantes después del oscuro restaurante; Laenea anhelaba noches apacibles y luz lunar. Entre frías paredes metálicas, ella y Radu caminaron muy juntos, abrigados, los brazos entornándose mutuamente.

    —Marc colecciona —dijo Laenea—. Todos le traemos cosas.
    —Cosas bonitas.
    —Sí... Creo que intenta hacerse con los bocados más exquisitos de todos los mundos. Crea su realidad personal.
    —Una realidad que no tiene nada que ver con nosotros.
    —Exacto.
    —Eso es lo que harían en el hospital —dijo Radu—. Aislarte de lo que tú tendrás que encargarte sin estar de acuerdo con el valor que se le da.
    —Tal vez para Marc, sí. Pero no para mí. Radu asintió.
    —¿… y ahora?
    —Volvamos a casa de Kathell por un rato al menos —Laenea extendió la mano y frotó la nuca de Radu. El pelo hizo cosquillas en su mano—. La regla que más he aborrecido mientras me encontraba en instrucción era la que me prohibía por completo el acto sexual.

    Las arrugas de sonrisa aparecieron otra vez, encuadrando su boca, paralelas a su bigote descendente, encrespando la piel en tomo a los ojos de Radu.

    —Comprendo perfectamente tus ansias de no volver.

    Al entrar en su habitación en el apartamento de Kathell, Laenea encendió las luces. Los espejos reflejaron el fulgor, nichos brillantes entre felpa roja y adornos dorados. Laenea y Radu permanecieron juntos en las superficies plateadas, manos agarradas, tan vacilantes como niños durante un momento. Después Laenea se volvió hacia Radu, y él hacia ella; no hicieron caso de las acciones de las figuras reflejadas. Las manos de Laenea, en los lados de la cara de Radu, tocaron las mejillas cicatrizadas; ella lo besó ligeramente, otra vez, más fuerte. El bigote del hombre era blando y cerdoso en sus labios, en su lengua. Las manos de Radu se estrecharon sobre los omoplatos de Laenea, y descendieron. Radu la abrazó con suavidad. Laenea deslizó una mano entre los cuerpos, bajo la chaqueta de Radu; acarició su piel desnuda delineando los tensos músculos de la espalda, la cintura, la cadera. La respiración de Radu se aceleró.

    Nada fue distinto al principio... Pero nada fue igual. Lo nuevo era más importante que movimientos, posiciones, caricias; Laenea había experimentado estas cosas en todas sus combinaciones, contenta con la relación por un placer de unos instantes. Eso siempre había sido satisfactorio y suficiente; ella jamás había sospechado el potencial evolutivo que yacía en los compañeros. Inclinada sobre Radu, con su cabello rizándose en torno a las caras, mirando los ojos azules y sonrientes del joven, se sintió tan cerca de él como para sorberle los pensamientos y percibir su alma. Se acariciaron pausadamente, concentrados en las sensaciones que se cambiaban. Los pezones de Laenea se endurecieron, pero le produjeron picazón en lugar de palpitar. Radu se movió apretado contra ella, y la excitación de Laenea se intensificó de pronto, descontroladamente, capturándola, haciéndole temblar. Abrió la boca pero no logró emitir sonido alguno. Radu le besó el hombro, la base del cuello, acarició su estómago, arrastró la mano por su costado y la ahuecó para abarcar su seno.

    —Radu...

    El clímax de Laenea fue repentino y violento, una onda estrechante que se contrajo por todo su cuerpo mientras su acometida individual apretaba las caderas de Radu contra el colchón. Radu se sobresaltó al entrar en su propio clímax en tanto Laenea se estremecía involuntariamente, atiesándose contra él, aferrándolo, incapaz de seguirle el ritmo. Pero ninguno de los dos se preocupó.

    Quedaron tumbados juntos, jadeantes y sudorosos.

    —¿Eso es parte del cambio? —la voz de Radu era insegura.
    —Supongo que sí —Laenea, igualmente, mostraba en su voz los efectos de la sorpresa—. No me extraña que estén tan silenciosos al respecto.
    —¿Eso te hace...? ¿Ha disminuido tu placer? —Radu estaba dispuesto a enfadarse por Laenea.
    —No, no es eso, es... —iba a decir que el placer era diez veces mayor, pero recordó el principio de su juego amoroso, antes de tomar conciencia de cuántos ritmos habían sido cambiados. El principio no había tenido nada que ver con el hecho de ser piloto—. Ha sido magnífico — un adjetivo pobre—. Simplemente inesperado. ¿Y tú?

    Radu sonrió.

    —Como tú dices: inesperado. Sorprendente. Un poco... alarmante.
    —Alarmante...
    —Todas las experiencias nuevas son un poco alarmantes. Hasta las muy gratas. O quizás éstas más que las otras. Laenea rió blandamente.

    Yacían envueltos uno en los brazos del otro. El pelo de Laenea se doblaba hasta tocar un lado de la mandíbula de Radu, y su talón estaba encorvado sobre la pantorrilla del tripulante. Laenea se contentaba de momento con silencio, inmovilidad, contacto. La plaga no había marcado el cuerpo de Radu.

    En los acuarios, los peces flotaban de un lado a otro ante luces mortecinas, extendiendo sombras azules a lo largo de la cama. Laenea respiró profundamente, contando para que la respiración fuera uniforme. La respiración es una respuesta, no un ritmo, una reacción a los niveles de dióxido de carbono en sangre y cerebro; la respiración de Laenea debía ser alterada únicamente durante el mismo tránsito. De momento la usaba como un ritmo artificial de concentración. Su corazón se desbocaba por la excitación y la adrenalina, de modo que ella empezó a frenarlo, a calmarse. Pero algo turbaba su control: la velocidad y la presión sanguínea bajaban un poco, luego volvían a subir lentamente. Laenea no oía nada más que un timbrazo sordo en sus oídos internos. El sudor se formaba en su frente, en sus axilas, a lo largo de su espinazo. Su corazón jamás había fallado en cuanto a responder al control consciente.

    Enfadada, sorprendida, Laenea se incorporó, apartando los pelos de su cara. Radu levantó la cabeza, apretando su mano en el hombro de Laenea.

    —¿Qué...?

    Como si hubiera estado hablando bajo el agua, Laenea alzó la mano para silenciarlo.

    Una inhalación profunda; exhalar, alto. Laenea repitió la secuencia aflojando los músculos voluntarios para reestablecer la calma. Su mano cayó en la cama. Volvió a tenderse. Repitió la secuencia, otra vez. Otra vez. En el hospital y a partir de entonces, su control sobre los músculos involuntarios había sido rápido y seguro. Empezaba a tener miedo, y tuvo que imaginar que el miedo se evaporaba, se disipaba. Los músculos arteriales empezaron a responder al fin. Se alargaron, se aflojaron, se distendieron. Finalmente, la bomba respondió a las órdenes de Laenea mientras ella recobraba y reproducía los indefinibles estados del autocontrol.

    Cuando supo que ya no era probable que su tensión arterial estrujara sus riñones o machacara su cerebro, Laenea abrió los ojos. Arriba, Radu observaba; profundas arrugas de preocupación a lo largo de su frente.

    —¿Estás...? —murmuraba Radu.

    Laenea levantó su pesada mano y acarició la cara de Radu, sus cejas, su cabello.

    —No sé qué ha sucedido. No pude controlarlo durante un minuto. Pero lo he recobrado ahora.

    Arrastró la mano de Radu por su cuerpo, tirando de su compañero para ponerlo junto a ella, y los dos volvieron a relajarse y dormitar.

    Más tarde, Laenea dedicó algún tiempo a considerar su situación. Regresar al hospital sería muy fácil; también era la alternativa menos atractiva. Seguir libre, acomodarse a los cambios sin interferencia, conocer a los otros pilotos, mostrar a Radu lo que había que ver: burlar a los administradores sería más divertido. Kathell les había hecho un gran favor, pues Laenea, sin su apartamento, habría tenido que tomar habitación en un hotel. Los registros habrían estado disponibles, un cortés mensajero habría aparecido para rogarle respetuosamente que fuera con él.

    ¿Debía ella subyugar a un mercenario inocente y desaparecer riendo? Era más probable que se hubiera encogido de hombros y se hubiera marchado. Las peleas jamás le habían proporcionado excitación o placer. Laenea sabía qué cosas no haría, nunca, aunque no sabía qué hacer ahora. Reflexionó.

    —Malditos —dijo.

    Con el cabello tan mojado como toda ella, después de la ducha, Radu se sentó frente a Laenea. Los dos sofás eran, por supuesto, demasiado bajos. Se miraron a través de dos pares de rodillas envueltas en caftanes que desentonaban violentamente.

    Radu volvió a tumbarse en los almohadones, riendo entre dientes.

    —Tienes un aspecto muy indecoroso con el enfado.

    Laenea se inclinó hacia él y le hizo cosquillas en un lugar sensible que había descubierto.

    —Te voy a enseñar qué es indecoroso...

    Radu se retorció para escabullirse y quiso dar un golpe en la mano a Laenea, pero falló. Se echó a reír con desesperación. Cuando Laenea se aplacó, estaba tumbada encima de él sobre el amplio y blando sofá. Radu se desenredó de un retorcimiento defensivo, y miró cautelosamente a Laenea, profundas arrugas de risa en torno a ojos y boca.

    —Paz —dijo Laenea, y levantó las manos. Radu se calmó. Ella cogió un pliegue del material de su caftán junto con otro del de Radu—. ¿Hay algo más indecoroso que estar los dos con unos colores que ninguna alucinación tendría..., y además con risitas?
    —Nada en absoluto —Radu le tocó el pelo, la cara—. ¿Pero qué te ha puesto tan enfadada?
    —Los administradores..., su papeleo burocrático. Sus infernales pruebas —se echó a reír nuevamente, esta vez con amargura—.

    ‘Indecoroso’... Cualquiera de éstas ganaría en eso.

    —¿Son necesarias..., para tu salud?

    Laenea le habló sobre los métodos hipnóticos, los sedantes, el sueño, el tiempo que había pasado siendo obediente.

    —Sus redundancias tienen redundancias. Si yo no estuviera sana, estaría otra vez en la calle llevando mi corazón antiguo. Yo sería... nada.
    —Eso nunca.

    Pero Laenea sabía de gente que había fracasado como piloto, le habían vuelto a implantar su corazón conservado, y ninguna de esas personas había volado otra vez, ni como pilotos, ni como tripulantes, ni como pasajeros.

    —Nada.

    Radu se quedó impresionado por la vehemencia.

    —Pero tú estás bien, ¿no es así? Eres la que deseas ser, y lo que quieres ser...
    —Estoy enfadada por los inconvenientes —admitió—. Quiero ser la que te muestre la Tierra. Ellos querían que yo pasara el mes siguiente yendo y viniendo entre cubículos de ladrillos de cenizas. Y tendré que hacerlo si me encuentran. Mi libertad está limitada.

    Creía con mucha fuerza que necesitaba pasar el mes siguiente en el mundo real, sin ser estorbada por expertos que no sabían nada en realidad, ni mal enfocada mediante ambientes controlados. Desconocía cómo explicar la sensación, pensaba que esa debía ser una de las cosas de las que los pilotos intentaban hablar durante sus conversaciones vacilantes, no sincopadas, con sus vocabularios insuficientes.

    —Pero tu libertad no está limitada, ¿sabes? —dijo Laenea.
    —¿A qué te refieres?
    —A veces regreso a la Tierra y nunca salgo del puerto. Es como mi hogar. Tiene todo lo que necesito o quiero. Es fácil que me quede un mes y ni vea jamás un administrador ni tenga que admitir que he recibido un mensaje que no quiero —las yemas de sus dedos se movieron de un lado a otro a lo largo del borde de la nueva cicatriz sobre el esternón. En cierta forma era un alivio, aunque la cicatriz era el símbolo de lo que la había separado de sus antiguos amigos. Ahora necesitaba nuevas amistades, pero creía que sería estúpido e injusto pedir a Radu que pasara su primer viaje a la Tierra en una isla artificial—. Voy a quedarme aquí. Pero tú no lo harás. La Tierra tiene infinidad de cosas dignas de ver.

    Radu no respondió. Laenea levantó la cabeza para mirarlo. El estaba atento y turbado.

    —¿Te ofendería si te dijera —dijo Radu— que no estoy muy interesado en espectáculos históricos?
    —¿Eso es lo que quieres de verdad? ¿Quedarte conmigo?
    —Sí. Lo deseo muchísimo.

    Laenea condujo a Radu por el vasto apartamento hasta la piscina. Las baldosas recubrían las paredes interiores con un intrincado mosaico que destellaba con la débil luz. Era una gruta más que un lugar para pruebas atléticas o ruidosos juegos infantiles con pelotas de playa.

    Radu suspiró; Laenea pasó la mano por la parte superior del hombro de su compañero, interrogativa.

    —Alguien invirtió mucho tiempo y cuidados aquí —dijo Radu.
    —Eso es cierto.

    Laenea jamás había pensado en una piscina como el trabajo de las manos de alguien, de unas manos particulares y esmeradas, aunque desde luego era exactamente así. Pero la estructura económica de su mundo se basaba en el servicio, no en la producción, y ella siempre había aceptado los resultados de un modo natural.

    Se quitaron los caftanes y vadearon en el agua templada con el cuerpo sumergido hasta los hombros. El líquido fue ascendiendo suave y calmante en torno al dolor persistente de las costillas de Laenea.

    —Me remojaré un rato.

    Laenea se tendió de espaldas y flotó, su cabello suelto sobre el agua y rozando ocasionalmente sus hombros, la parte superior del espinazo. La voz de Radu murmuraba dentro del agua, incomprensible, pero ella miró y lo vio agitando las manos en el oscuro extremo opuesto de la piscina. Radu se hundió y sacudió brazos y piernas con energía, y se alejó en medio de un constante ruido de fondo. Todos los sonidos menguaron; fueron adquiriendo la misma cualidad de lejanía, como un sistema de audio ralentizado. Algo era extraño, algo iba mal... Laenea empezó a ponerse otra vez en tensión. Cambió su atención a la calidez y comodidad del agua con el propósito de que la tensión abandonara su cuerpo por los hombros, por los brazos estirados, por las yemas de los dedos extendidos. Pero cuando reparó nuevamente, aún había algo que iba mal. Rastreando la intranquilidad, lenta y minuciosamente, yendo atrás tan lejos en el recuerdo que ella ya no era piloto (parecía muchísimo tiempo), se dio cuenta de que a pesar de haberse acostumbrado bien y con facilidad al silencio de su corazón nuevo, a la falta de pulso, había estado prestando atención de un modo inconsciente al eco del latido, las reverberaciones dobles o triples de garganta y muñecas, de la arteria femoral, todas relacionadas con el mismo latido cardiaco, todas percibidas en un tiempo ligeramente distinto durante momentos de silencio.

    Laenea pensó que podría pasar por alto eso, sólo un poco, durante un rato.

    Radu concluyó su circunnavegación de la piscina; nadó por debajo de Laenea y la suave turbulencia acarició la espalda de la mujer. Ella dejó que sus pies se hundieran hasta el suelo de la piscina y se levantó mientras Radu irrumpía fuera del agua, un delfín muy aficionado, los pelos goteando en sus ojos, riendo. Vadearon para acercarse con la demorante agua hasta el pecho y se abrazaron. Radu besó el cuello de Laenea justo en el extremo de la quijada; ella echó atrás la cabeza como un gato que se estira para prolongar el placer, desplazando las manos por los costados de Radu.

    —Tenemos suerte de estar aquí tan temprano —dijo Radu en voz baja—, solos antes de que venga alguien más.
    —No creo que haya nadie alojado en casa de Kathell en este mismo momento —dijo Laenea—. Tenemos la piscina para nosotros todo el rato.
    —¿Esto es...? ¿Pertenece a ella?
    —Todo el apartamento.

    Radu no dijo nada, turbado por su error.

    —No tiene importancia —dijo Laenea—. Es un error que se comete de modo natural —pero no, por supuesto, en la Tierra.

    Laenea había visitado suficientes mundos nuevos como para comprender por qué Radu se sentía incómodo en medio de las posesiones privadas y servicios personales disponibles en la Tierra. A Radu le impresionaba el consumo de tiempo, por cuanto el tiempo era el producto valioso en su estructura de referencia. En Crepúsculo, todo el mundo tendría dos o tres trabajos necesarios, y ninguno consistiría en componer intrincados mosaicos. Todo era distinto en la Tierra.

    Chapotearon en el extremo somero de la piscina, se reclinaron en los escalones, se salpicaron con la rociada reluciente. Laenea deseaba a Radu de nuevo. Estaba completamente libre de dolor por primera vez desde la operación, y ese hecho empezaba a superar cierta renuencia que sentía, una ambivalencia hacia sus nuevas reacciones. El cambio violento en sus respuestas sexuales la inquietaba más de lo que deseaba admitir.

    Y se preguntó si Radu sentiría lo mismo; descubrió que era así, tal como lo había temido.

    Junto a él en el agua poco profunda, Laenea se acercó y lo besó. Mientras Radu la rodeaba con sus brazos, Laenea deslizó la mano por el estómago de él hasta sus genitales, menos temerosa de alguna indicación física de disgusto que de una indicación verbal. Pero Radu respondió afirmativamente, su pene endurecido, trazando círculos en el pecho de Laenea con las yemas de los dedos, acariciando los labios de ella con la lengua. Laenea lo acarició desde la parte interior de la rodilla hasta el hombro. El cuerpo de Radu tenía mil texturas, suavizadas y matizadas por el agua templada y el aire vaporoso. Laenea lo atrajo más, al lado del escalón de mosaico, agarrándolo con las piernas. Se unieron fácilmente. Radu penetró con poca fricción. Esta vez Laenea esperó un incremento prolongado, lento, de la excitación.

    —¿Qué te gustaría? —musitó Radu.
    —Yo... Me gustaría... ehm —sus palabras se alteraron bruscamente ante un jadeo.

    La imaginación no exageró nada: el clímax llegó de nuevo de golpe en una potente y solitaria oleada. Los dedos de Radu se hundieron en los hombros de Laenea, y aunque ella sabía que sus propias uñas, cortas, estaban cortando la espalda de su compañero, no pudo aflojar los músculos rígidos como el alambre de sus manos. Radu debió de haber esperado la intensidad y fuerza del orgasmo de Laenea, pero el cuerpo es más lento que la mente para aprender. El la siguió hasta el clímax casi al instante, en un ritmo solitario que continuó, se redujo, cesó finalmente. Temblando apretada contra él, Laenea exhaló con un prolongado temblor. Notó que los músculos abdominales de Radu trepidaban. El agua que los rodeaba, que había parecido más caliente que sus cuerpos, ahora era fría.

    Laenea gustaba de emplear más tiempo con el sexo, y sospechaba que a Radu le pasaba lo mismo. Pero se sentía regocijada. Sus pensamientos sobre Radu eran brillantes en su mente, y no tenía palabras para expresarlos. En lugar de hablar, puso una mano en la mejilla de Radu, las yemas de los dedos en la sien, la palma apoyada en cicatrices profundas. Radu ya no respingó cuando ella tocó ahí, sino que cubrió la mano de Laenea con la suya.

    Radu tenía una cualidad personal de constancia, de responsabilidad y calma, que Laenea no había encontrado antes. La admiración que Radu le demostraba era de un tipo totalmente diferente al que Laenea estaba acostumbrada: la avidez del personal de tierra por el nivel social y la excitación indirecta. Radu había visto a Laenea y se había quedado con ella cuando estaba desvalida, cuando era ordinaria e indecorosa como puede serlo un ser humano; eso no había cambiado los sentimientos del tripulante. Ella aún no lo comprendía bien en ese aspecto.

    Se secaron con las toallas uno al otro. La cadera de Radu tenía un rasguño hecho en un escalón de la piscina, y en su espalda había largas marcas superficiales de uñas.

    —No creía ser capaz de hacer algo así —dijo Laenea mirándose las manos, las uñas más cortas que las yemas de los dedos, cortadas justo por encima de la carne—. Lo siento.

    Radu extendió la mano para secarle la espalda.

    —Yo te he hecho lo mismo.
    —¿De verdad? —Laenea miró por encima de su hombro. El ángulo era inadecuado para ver algo, pero notaba lugares que le picaban—. Estamos empatados entonces —hizo una mueca—. Nunca había hecho sangrar.
    —Ni yo.

    Se vistieron con ropa limpia de los guardarropas de Kathell y salieron a pasear por la ciudad de múltiples niveles. Era muy temprano, tal como había dicho Radu. Por encima del mar estaría casi amaneciendo. Abajo, sólo los que limpiaban las calles y los conductores de las carretillas de suministro se movían por aquí y por allá a lo largo de un paseo. Laenea estaba más acostumbrada a la ciudad de veinticuatro horas de los tripulantes en el segundo estabilizador.

    Laenea estaba haciendo hambre suficiente para sugerir algo en viaje en lanzadera hasta el Estabilizador Dos, donde todo estaría abierto, cuando vieron enfrente a unos camareros que disponían las sillas de un café del paseo, preparándose para trabajar.

    —Las siete en punto —dijo Radu—. Es temprano para que abran por aquí, al parecer.
    —¿Cómo sabes la hora que es? Radu se encogió de hombros.
    —No sé cómo, pero siempre lo sé.
    —El día de Crepúsculo ni siquiera es de norma.
    —Tuve que hacer conversiones durante algún tiempo, pero ahora tengo ambos horarios.

    Un camarero inclinó la cabeza y los condujo hasta una mesa. Desayunaron y hablaron, explicándose cosas de sus mundos natales respectivos y sobre lugares que habían visitado. Radu había estado en tres planetas antes de llegar a la Tierra. Laenea conocía dos, desde hacía varios años. Eran mundos coloniales, que habían crecido y cambiado desde su visita.

    Laenea y Radu compararon sus impresiones como tripulantes, ella todavía fascinada por el hecho de que él soñara. Se encontró estirando el brazo para tocar la mano de su compañero, para recalcar un detalle o por el simple y puro placer del contacto. Y él hizo lo mismo, pero ambos usaban la mano derecha habitualmente y en medio de la mesa tenían un florero. Hasta que Laenea lo cogió para apartarlo y poder tomarse ambos con sus correspondientes manos izquierdas.

    —¿A dónde quieres ir después?
    —No lo sé. No he pensado en eso. Tengo que ir adonde me dicen que vaya, todavía, cuando es necesario.
    —Yo sólo... —la voz de Laenea se interrumpió. Radu la miró inquisitivamente, y ella sacudió la cabeza—. Suena ridículo hablar de mañana, la semana que viene o el mes próximo..., pero me parece que es lo apropiado, no sé...
    —Yo creo... lo mismo.

    Permanecieron sentados en silencio, bebiendo café. La mano de Radu apretó la de Laenea.

    —¿Qué vamos a hacer? —por un momento fue como un joven perdido—. No me he ganado el derecho a hacer mis propios programas.
    —Yo sí —dijo Laenea—. Excepto por las urgencias. Eso servirá. El no estaba más satisfecho que ella.
    —Tenemos un mes —dijo Laenea—. Un mes para despreocuparnos.

    Laenea bostezó al entrar en la sala de estar del apartamento de Kathell. —No sé por qué estoy tan soñolienta —bostezó otra vez, sin conseguir reprimirse—. Dormí el día entero, y ahora quiero dormir otra vez...

    ¿Después de cuándo? ¿Medio día? —sacudió los pies para quitarse las botas.

    —Ocho horas y media —dijo Radu—. Horas algo alteradas, sin embargo. Laenea sonrió.
    —Cierto —bostezó una tercera vez; las coyunturas maxilares crujieron—. Tengo que dormir un rato.

    Radu la siguió mientras ella caminaba pesadamente por los pasillos y bajaba las escaleras hasta su habitación. La cama estaba hecha, plegada a ambos lados. La ropa con que ambos habían llegado estaba limpia y planchada. La colgaron en la trasalcoba junto con la capa, que ya no olía a humedad. Laenea pasó los dedos por el terciopelo. Radu miró a su alrededor.

    —¿Quién ha hecho esto?
    —¿Qué? ¿La habitación? La gente que Kathell contrata. Se preocupan de cualquier persona que se aloja aquí.
    —¿Se esconden? Laenea se echó a reír.
    —No... Vendrán si los llamamos. ¿Necesitas algo?
    —No —dijo vivamente Radu—. No —con más suavidad—. Nada. Aún bostezando, Laenea se desnudó.
    —¿Y tú? ¿Estás bien despierto?

    Radu se estaba mirando en un espejo; se sobresaltó cuando ella habló, y no la miró directamente sino a su reflejo.

    —Normalmente no puedo dormir durante el día —dijo—. Pero estoy más bien cansado. El reflejo de Radu dio media vuelta; él, sonriente, se volvió hacia Laenea.

    Ambos estaban demasiado soñolientos para hacer el amor una tercera vez. La cantidad de energía que Laenea había consumido le asombraba; pensó que tal vez todavía necesitaba tiempo para recuperarse del hospital. Ella y Radu se encogieron juntos en la oscuridad, entre sábanas escarlatas.

    —Ahora me siento muy depravado.
    —¿Depravado? ¿Por qué?
    —Dormir a las nueve en punto de la mañana... Eso es insólito en Crepúsculo.

    Radu sacudió la cabeza; su bigote rozó el hombro de su compañera. Laenea tiró un poco más del brazo con que Radu la rodeaba, sosteniendo su mano con las de ella.

    —Tendré que pensar en otras costumbres terribles y depravadas de la Tierra para tentarte con ellas —dijo perezosamente, con una risita, pero no pudo pensar en ninguna en ese mismo momento.

    Más tarde (sin medio alguno de saber cuánto más tarde) algo hizo que Laenea despertara sobresaltada. Ella era una persona de sueño profundo y no pudo pensar qué ruido o movimiento había podido despertarla cuando aún se sentía tan cansada. Se quedó muy quieta para prestar atención, tanteando en busca de estímulos con todos sus sentidos. Las luces de los acuarios estaban apagadas, la habitación estaba a oscuras excepto por las espirales color naranja brillante de los serpentines calefactores. Las burbujas del purificador ambiental, inundadas de luz por el resplandor ámbar, ascendían igual que diminutas medias lunas a través del agua.

    Un corazón latía violentamente en su cuerpo.

    En pleno sueño, Radu mantenía un brazo en torno a Laenea. La mano, dedos medio encogidos en reposo, rozaba el seno izquierdo de Laenea. Ella acarició el dorso de su mano pero se apartó silenciosamente de él, del sonido de su pulso, pues formaba los eslabones de una cadena que largo tiempo, duramente, Laenea había ansiado quebrar, se había esforzado en romper.

    La segunda vez que se despertó dejó de dormir asustada, confundida, desplazada. Pensó durante un instante que estaba escapando de una pesadilla. Le dolía fuertemente la cabeza por culpa del timbrazo en sus oídos, pero entre el estruendo y el fragor metálico oyó resollar a Radu en busca de aire; se debatía como si quisiera librarse de ciertas restricciones. Laenea tendió la mano hacia él, pasando por alto su corazón desbocado. Sus dedos resbalaron en el sudor del hombre. Sacudiéndose, Radu apartó bruscamente a Laenea. Cada respiración producía agonía sólo de escucharla. Laenea cogió el brazo de Radu cuando su compañero volvió a retorcerse, sostuvo una muñeca, agarró la mano que se sacudía, lo inmovilizó en parte, se puso a horcajadas en sus caderas, lo aferró.

    —¡Radu!

    El no respondió. Laenea gritó su nombre de nuevo. Notó el pulso de Radu en ambas muñecas, su corazón mientras latía, demasiado deprisa, demasiado activo, irregular, violento.

    —¡Radu!

    Radu chilló, un grito desgarrador y falto de palabras.

    Laenea musitó su nombre, ya ni siquiera esperando una respuesta, desesperada. Radu se estremeció bajo las manos de Laenea. Abrió los ojos.

    —¿Qué...?

    Laenea permaneció quieta, inclinada sobre él. Radu intentó levantar la mano y ella se dio cuenta de que aún estaba apretando sus brazos contra la cama. Lo soltó y se sentó sobre los talones a su lado. También a ella le faltaba el aliento, hipertensa hasta un grado peligroso.

    Alguien llamó suavemente a la puerta del dormitorio.

    —¡Entre!

    Una de las asistentes entró de modo vacilante.

    —¿Piloto? Creía que... Perdóneme —inclinó la cabeza y retrocedió.
    —Espere... Ha hecho bien. Llame a un médico inmediatamente, por favor.

    Radu se incorporó apoyado en los codos.

    —No, no lo haga. Nada va mal.

    La joven asistente miró a Laenea, a Radu, al piloto nuevamente.

    —¿Estás seguro...? —preguntó Laenea.
    —Sí —se sentó, el sudor corrió en gruesas gotas por sus sienes hasta el borde del mentón. Laenea se estremeció ante la frialdad de su propio sudor que se evaporaba.
    —Entonces no importa —dijo Laenea—. Pero gracias. La asistente se fue.
    —Dioses, pensaba que tenías un ataque cardiaco.

    El corazón de Laenea estaba empezando a calmarse en una rotación que variaba rítmicamente. Notó que la sangre reducía y aumentaba su ritmo en las sienes, en la garganta. Apretó los puños en forma refleja y sintió las uñas clavadas en sus palmas.

    Radu meneó la cabeza.

    —Era una pesadilla —su expresión sombría cambió de repente a una sonrisa rápida aunque temblorosa—. No es una enfermedad. Como has dicho, nunca se nos permitiría este trabajo si no estuviéramos sanos —se recostó, manos detrás de la cabeza, ojos cerrados—. Yo estaba trepando, no recuerdo..., un risco o un árbol. Se desplomó o se rompió y yo caí... un buen trecho. Sabía que estaba soñando y pensé que despertaría antes de llegar al suelo, pero caí en un río. Laenea lo escuchó, memorizando lo que decía; sabía que más tarde tendría que dar un sentido a esas palabras. Permaneció arrodillada y abrió las manos lentamente. La sangre se precipitaba por su cuerpo como una marea encauzada, deprisa, después despacio, y vuelta a empezar.
    —El río tenía una corriente muy fuerte que me arrastró y me hundió. No alcanzaba a ver las orillas..., ni siquiera desde donde había caído. Troncos y hojarasca se precipitaban junto a mí y me pasaban, pero todas las veces que intentaba agarrarme de algo, casi acababa aplastado. Me fui agotando más y más y el agua me tiraba hacia abajo... Necesitaba respirar una vez pero no podía. ¿Has notado la forma en que el cuerpo trata de respirar cuando te es imposible hacerlo?

    Laenea no respondió, pero sus pulmones ardían, sus músculos se contraían convulsivamente, intentando despejar un camino para que el aire se abriera paso.

    —Laenea...

    Notó que Radu la asía por los hombros: ella quería acercarlo, ella quería apartarlo. Entonces el cambio quebró la compulsión de las palabras de Radu y Laenea respiró profunda, ardientemente.

    —¿Qué...?
    —Un... momento...

    Laenea logró por fin moderar la velocidad sinusoidal de la bomba que había en su interior: temblaba. Radu la cubrió con una manta. El control de Laenea regresó poco a poco, más lentamente que cualquier otra vez anterior. Apretó la manta contra su cuerpo buscando más estabilidad que calor. Ella no debería descarriarse así; hasta el momento, su biocontrol había estado siempre tan próximo a la perfección como podía estar cualquier cosa asociada a un sistema biológico. Pero en ese momento se sentía mareada y excitada, con hiperventilación, por culpa de la innecesaria precipitación de la sangre en su cerebro. Se preguntó cuántos millones de células nerviosas habrían sido destruidas.

    Ella y Radu se miraron en silencio.

    —Laenea... —Radu todavía pronunciaba su nombre como si no estuviera seguro de tener derecho de usarlo—. ¿Qué nos está sucediendo?
    —Excitación... Una pesadilla ordinaria —dijo ella y se calló; nunca había intentado engañarse, y descubrió que ahora no podía empezar a hacerlo.
    —No fue una pesadilla ordinaria. Uno siempre sabe que no le pasará nada, por asustado que esté. Pero esta vez, hasta que oí que me llamabas y noté que tirabas de mí hacia la superficie, sabía que iba a morir.

    La tensión aumentaba: él tenía miedo de extender la mano hacia ella igual que Laenea temía extender la mano hacia Radu. Laenea apartó la manta y cogió la mano de Radu. El se sobresaltó, pero devolvió la presión. Se sentaron con las piernas cruzadas, cara a cara, manos enlazadas.

    —Es posible... Es posible —Laenea buscaba una forma de explicar esto que fuera dulce para ambos— que exista una razón, una razón real, de que pilotos y tripulantes no se mezclen.

    Laenea supo por la expresión de Radu que él también había pensado en esa explicación, y lo único que esperaba ella era poder pensar otra distinta.

    —Podría ser temporal... Quizá sólo necesitemos aclimatarnos.
    —¿De veras piensas así?

    Laenea frotó la yema de su pulgar en los nudillos de Radu. El pulso del tripulante palpitaba a través de los dedos de Laenea.

    —No —dijo ella, casi susurrando.

    Su sistema y el de cualquier ser humano normal no engranarían ya. Su cambio era demasiado perturbador, a niveles psicológicos y subliminales, en tanto que los biorritmos normales eran tan apremiantes que interferían y acabarían por destruir la nueva integridad biológica de Laenea. Ella no habría creído esos hechos antes de ese momento.

    —No pienso eso, ¡maldita sea! No...

    Agotados, ya no pudieron dormir. Se levantaron en miserable silencio y se vistieron navegando uno alrededor del otro igual que veleros con viento fuerte. Laenea quería tocar a Radu, abrazarlo, deslizar la mano por su brazo, besarlo y sentir las cosquillas de su bigote. Se negó todas esas cosas, no tanto por miedo como por renuencia, sin deseos de arriesgar su estabilidad personal o poner a Radu en medio de otra pesadilla; ella comprendía por primera vez la importancia del contacto sencillo, incidental, dirigido a nada más importante que el contacto momentáneo, la seguridad momentánea.

    —¿Tienes hambre? —el aislamiento, además con silencio, era excesivo para soportarlo.
    —Sí... Creo que sí.

    Pero en el desayuno (era la tarde, dijo Radu), el silencio volvió. Laenea no sabía conversar trivialmente, y no pudo imaginar en qué consistiría una conversación trivial en tal situación, en el caso de que la hubiera. Radu extendió la comida en el plato y no miró a Laenea; su mirada saltó de la pared marina a la mesa, a cierto detalle de la talla del mobiliario, y así indefinidamente.

    Laenea comió trozos de fruta con los dedos. Todas las preocupaciones previas como arreglar programas para pasar el tiempo juntos, desarmar la desaprobación de sus conocidos, parecían triviales y frívolas. La única solución ahora era drástica, una solución que Laenea era incapaz siquiera de sugerírsela. Radu parecía estar pensando en lo mismo; que no dijera nada significaba quizá que ofrecerse voluntario como piloto era para él una imposibilidad tan grande como volver a ser normal para Laenea. Pilotar era una decisión de toda una vida, no un trabajo que se acepta por algunos años de viaje y aventura. Por la forma que Radu hablaba de su mundo natal, Laenea creía que él deseaba regresar a un hogar permanente, no a un punto de reposo.

    Radu se levantó. Su silla rascó el suelo y cayó. Laenea alzó la mirada, sorprendida. Ruborizado, Radu se volvió, cogió la silla y la colocó otra vez sobre sus patas silenciosamente.

    —No puedo pensar aquí abajo —dijo—. Esto nunca cambia.

    Radu miró la pared marina, azul perpetuo que se apagaba hasta la oscuridad.

    —Voy a ir a cubierta. Necesito estar fuera —se volvió hacia ella—. ¿Quieres...?
    —Creo que... —viento, rociada salada en la cara: tentador—. Creo que será mejor que los dos estemos solos un rato.
    —Sí —dijo él con gratitud—. Supongo que... —su voz se llenó de desilusión—. Tienes razón. Sus pisadas fueron mudas sobre la gruesa alfombra.
    —Radu... —él se volvió sin hablar, como si sus barreras se estuvieran formando de nuevo a su alrededor, aún tan débiles que una palabra podría destrozarlas—. No es nada... Sólo..., oh, llévate mi capa si quieres, hace frío arriba a esta hora del día.

    Radu bajó y subió la cabeza una vez, todavía silencioso, y se fue.

    Laenea nadó intensamente en la piscina, pese a que las costillas empezaron a dolerle otra vez. Se sentía atrapada y enojada, sin parte alguna adonde escapar, sin conocer a nadie que mereciera su cólera. Radu no, ciertamente; ni los otros pilotos, que le habían advertido. Ni siquiera los administradores, que a su descaminada manera habían tratado de que la transición de Laenea estuviera lo más protegida posible. La ira podía estar dirigida hacia ella misma, hacia su carácter obstinado y resuelto. Pero también eso era absurdo. Durante toda su vida había cometido sus propios errores y había logrado sus propios éxitos, en ambos casos y por lo general intentando hacer lo que otros le habían dicho que no hiciera.

    Salió de la piscina sin haberse fatigado en lo más mínimo. La calidez había calmado los dolores y malestares que quedaban, y la energía estaba volviendo, poniéndola inquieta y arisca. Se puso la ropa y salió del apartamento para eliminar su tensión andando hasta que pudiera considerar tranquilamente el problema. Pero ni siquiera vislumbraba nada parecido a una solución; y menos aún una solución que fuera feliz.

    Horas después, cuando la ciudad del personal de tierra se había silenciado en la noche otra vez, Laenea se permitió volver al apartamento de Kathell. También el interior estaba oscuro y silencioso. Apenas podía preguntarse dónde estaría Radu; recordaba muy poco de lo que ella misma había hecho desde aquella tarde. Recordaba haber sido vagamente cortés con la gente que la había parado, saludado, invitado a sus fiestas, pedido su autógrafo. Recordaba haber sido menos que cortés con alguien que le preguntó cómo se sentía siendo azteca. Pero ella no recordaba qué incidente había precedido al otro o cuándo habían ocurrido ambos o qué había dicho entonces. No se encontraba más cerca que antes de una respuesta. Con las manos apretadas en los bolsillos, Laenea entró en la sala de estar, sólo para sentarse, contemplar el océano y tratar de pensar. Se hallaba a medio camino de la pared marina antes de ver a Radu, de pie y perfilado contra la ventana, oscuro y misterioso con la capa de Laenea, la luz azul reluciendo espectralmente en su cabello.

    —Radu...

    El no se volvió. Con los ojos ya más acostumbrados a la penumbra, Laenea vio que la respiración de Radu empañaba el vidrio.

    —He solicitado instrucción de piloto —dijo Radu en voz baja, su tono extremadamente neutro.

    Laenea sintió un rápido destello de gozo, después incertidumbre, luego miedo por él. Se exaltó cuando los administradores lo aceptaron para la instrucción.

    Radu ni siquiera sonreía; cometer un error en esta alternativa lo heriría más, mucho más que incluso romper sus relaciones para siempre.

    —¿Y qué me dices de Crepúsculo?
    —No importa —dijo Radu con voz insegura—. Ellos me... —se atragantó con las palabras y las forzó a salir—. Ellos me rechazaron.

    Laenea se acercó, puso los brazos alrededor de Radu, lo hizo girar hacia ella. Las finas arrugas que rodeaban sus ojos azules eran más profundas, grabadas al aguafuerte por la zozobra y el fracaso. Laenea le tocó la mejilla. Al abrazarla, Radu apoyaba la frente en el hombro de ella.

    —Han dicho que estoy atado a nuestras cuatro dimensiones. Estoy demasiado subordinado..., a la noche, el día, el tiempo... Mis ritmos circadianos son demasiado potentes. Han dicho que... —sus palabras apagadas se hicieron más y más inseguras, en equilibrio sobre un borde tembloroso.

    Laenea acariciaba el pelo de Radu, la nuca, una y otra vez. Era lo único que quedaba por hacer. No había ya nada que decir.

    —Si sobreviviera a la operación, moriría en tránsito...

    La visión de Laenea se volvió borrosa, y las cálidas lágrimas resbalaron por su cara. No recordaba la última vez que había llorado. Un sollozo convulsivo estremeció a Radu y las lágrimas del tripulante cayeron, frías, en el hombro de Laenea, empapando su blusa.

    —Te amo —musitó Radu—. Laenea, te amo.
    —Radu querido, yo también te amo —no podía decir, no diría, lo que estaba pensando: Eso no bastará para nosotros. Ni siquiera eso nos servirá.

    Laenea lo guió hasta un gran cojín bajo que estaba de cara al océano; lo sentó junto a ella, ninguno de los dos prestaba verdadera atención a lo que hacían, a los cojines demasiado bajos para ambos, a nada que no fuera ellos. Laenea se apretó contra Radu. El dijo algo que ella no pudo entender.

    —¿Qué?

    Radu se echó atrás y rápidamente recorrió con la mirada la cara de Laenea.

    —¿Cómo puedes amarme? Sólo podíamos estar juntos de una forma, pero he fracasado —la última palabra se quebró en su boca; no había querido pronunciarla, no era capaz de hacerlo.

    Laenea deslizó las manos por los hombros de Radu, por sus brazos, y asió sus manos.

    —Es imposible fracasar en esto, Radu. La palabra no significa nada. Puedes tolerar lo que te hacen, o no tolerarlo. Pero no hay deshonra. Radu sacudió la cabeza y desvió la mirada: él nunca ha fracasado, pensó Laenea, en algo importante de su vida, en cualquier cosa real que haya deseado desesperadamente. Radu era tan joven... Demasiado joven para haber aprendido a no culparse por lo que estaba fuera de su control. Laenea lo atrajo de nuevo hacia ella y besó la curva exterior de su ceja, su pómulo saliente. La sal ardió en los labios de Laenea.
    —No podemos... —Radu se echó atrás, pero ella lo sostuvo.
    —Me arriesgaré, si tú lo deseas.

    Laenea deslizó su mano por el cuello de la camisa de Radu, le frotó los músculos de la nuca agarrotados por la tensión, con el pulgar sobre el punto palpitante de la garganta, sintiéndola latir en su cuerpo.

    Sabiendo a qué atenerse, y sabiendo qué temer, hicieron el amor una tercera, final, desesperada vez, agotados uno sobre el otro junto al frío mar azul.

    Radu estaba casi dormido cuando Laenea lo besó y lo dejó, fingiendo calma de manera forzada. Se tendió sobre su cama en su habitación escarlata y oro y alejó toda preocupación que no fuera combatir su corazón revuelto y aminorar su respiración. Laenea no deseaba asustar de nuevo a Radu, y él no podía ayudarla; su lucha requería de paz y concentración. Lo poco que le quedaba de paz y concentración huyó una y otra vez antes de que pudiera asirlo y fijarlo. Se alejaban flotando por los canales del dolor, someros y rápidos en su cabeza, profundos y lentos en su región lumbar, por encima de los riñones, completamente expandidos por sus pulmones. Cerca del pánico, Laenea apretó la parte inferior de las palmas contra sus ojos hasta que centellearon luces rojas como la sangre; estimuló la adrenalina hasta que la excitación la empujó más allá del dolor, por encima del dolor.

    Al instante, Laenea forzó una calma artificial, frágil, que enrieló por su cuerpo igual que chispas.

    Su corazón deceleró, aceleró, deceleró, aceleró (no tanto en esa ocasión), deceleró, aceleró, deceleró.

    Temerosa de dormir e incapaz de permanecer despierta, Laenea dejó que sus manos cayeran de los ojos, y flotó lejos del mundo.


    Por la mañana, Laenea salió de la cama dando tumbos, adolorida como si hubiera reñido contra un luchador más experto que ella. En el cuarto de baño, salpicó agua helada en su cara; no sirvió de nada. Su orina estaba teñida, aunque no espesa, con sangre. Laenea no prestó atención.

    Radu se había ido. Había explicado a la asistente que no podía dormir, pero no había dejado mensaje alguno para ella. Ni había dejado nada detrás de él, como si limpiando las huellas de su persona pudiera haber limpiado la pérdida y el dolor de su ruptura; ella no conocía nada que pudiera hacer eso. Quería hablar con él, tocarlo —sólo una vez más— e intentar demostrarle, insistir en que comprendiera, que no podía etiquetarse con el fracaso de la calificación. Radu no podía exigir de sí mismo algo que él podía romper —su corazón— en el intento.

    Laenea llamó al salón de tripulantes, pero Radu no respondió al encargado. No había dejado mensaje alguno. La operadora volvió a comprobarlo, y dijo a Laenea que Radu Dracul se hallaba en el compartimiento de tripulantes de A-28493, ya preparado para el tránsito.

    Una nave automatizada en un trayecto monótono, el primer trabajo que Radu podía obtener: nada que hubiera dicho o hecho habría indicado con más claridad a Laenea que él no deseaba verla, tocarla o hablarle otra vez.

    Laenea no podía quedarse por más tiempo en el apartamento de Kathell. Se puso la ropa con que había llegado; dejó la chaquetilla abierta, de modo desafiante, fluyendo por debajo de su esternón, sin preocuparse de que la reconocieran, de que la hicieran volver al hospital, de nada.

    En la parte superior del pozo del ascensor el viento fustigó el cabello de Laenea e hizo restallar la capa a su espalda. Apretó el terciopelo negro y aguardó. Al llegar la lanzadera, Laenea subió a bordo para volver a su ciudad y con los suyos, los pilotos, para vivir aparte en su compañía y no contar nunca sus secretos.


    * Supuesto animal del sudoeste de América, similar al yeti. (N. del T.)

    Fin