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    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

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    Imágenes para el Header o Cabecera
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    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
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    B4
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    B6
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    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...más" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre en otra ventana.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en '+' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema o en '...más'. Dando click en la imagen la publicación se abre en otra ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color del todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color sólo del tema.
    ● Cambiar el color sólo de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    UN MARIDO PARA BERTA (Corín Tellado)

    Publicado el domingo, octubre 06, 2013

    Lo primero que apetece preguntar a Corín Tellado es dónde demonios se encuentra un hombre parecido a los 5.000 que ella ha inventado, uno por novela y por semana, si no más, en los últimos 50años, todos altos, guapos y genéticamente dotados con las virtudes que se suponen propias de la virilidad mejor entendida. A saber: fuerza, determinación, inteligencia, ambición, anchas espaldas, prometedora cuenta corriente y asombrosa facilidad para el amor eterno, una vez localizada la mujer adecuada y superadas las dificultades que empiezan en la primera página y se resuelven en la última.


    Capitulo 1


    Pero ya tiene veintitrés años.

    —Julio. por el amor de Dios, hijo mío, hoy en día una muchacha, a los veintetrés años, es una jovencita.
    — Te digo, madre.
    —Y yo te digo, hijo, que Berta no es una solterona.

    Julio Torralba descargó un fuerte puñetazo sobre la mesa y vociferó con voz espasmódica:

    — A este paso lo será muy pronto, y yo te digo que no quiero tener una hija solterona. ¡Mi única hija! Por mil demonios que no.

    Dora Aguirre, viuda de Torralba, no pareció inmutarse. Era una mujer de más de setenta y cinco años, pero se mantenía erguida y firme, y su blanca y venerable cabeza se alzaba con arrogancia.

    —Siéntate, Julio, y hablemos de esto con calma. Cierto es que todas sus amigas se han casado, cierto asimismo que en este pueblo quedar soltera es una humillación; cierto también que Berta no parece muy dispuesta a pescar novio. Pero no hay que tomarlo por la tremenda. Tiene tiempo, no resulta nada fea, y es, a la vez, una chica de posición, lo que indica que terminará casándose. ¿Cuándo has visto tú que una muchacha con una dote espléndida se quede para vestir santos...?
    —De todos modos yo te digo...
    — No me digas nada. Ten un poco de calma.
    — ¿Calma? ¿Me pides calma cuando estoy al cabo de mis tuerzas? Desde que Berta dejó el colegio madrileño y se enterró aquí, estoy luchando con el casorio. Has de saber que me gasté mis buenas pesetas por educar a Berta, y esperaba que ésta se casara con un hombre rico. Pero ya no me importa que sea rico o pobre. Lo que deseo es que se case...
    — Siéntate frente a mí, Julio, y tratemos este asunto con calma. Hazme caso. No tomes tan a pecho algo que carece de importancia, a mí entender.

    Julio lo hizo. Era un hombre de unos cincuenta y cinco años. Fuerte, arrogante aún y gallardo. Poseía una fábrica de embutidos, dos tiendas del mismo ramo, y la casa más hermosa del pueblo era la suya. Tenía además una hija llamada Berta, y ésta era, a no dudar, la gran pesadilla del comerciante. El era un tipo apasionado, luchador, hasta el extremo de haber hecho de un cuchitril con pretensiones de fábrica de embutidos, una auténtica fortuna. Claro que le tocaron los tiempos fructíferos de la contienda, y vendió chorizos de perro por auténticos chorizos de cerdo. Esto lo consideraba Julio Torralba como una hazaña de suprema inteligencia, olvidando, al parecer, que no es preciso guerra para que hoy en día lo hagan muchos choriceros. Pero esto no viene al caso. Julio Torralba era un tipo listo, y el hecho de que su hija fuera o pareciera... todo lo contrario, le sacaba de quicio dos o tres veces al día.

    — Para mí no carece de importancia — bramó —. Nunca ha tenido novio. Nunca la vi pasear con un hombre... ¿No es esto humillante?
    — ¿Y por qué ha de serlo? Berta no es una chica apasionada. Se pasa muy bien sin novio.
    — Eso es lo que me desquicia — exclamó el fabricante con desesperación ¿Sabes tú los comentarios que hay respecto a eso?
    — Ninguno. Son figuraciones tuyas.
    — Maldita sea; nada. ¿Es que te has entontecido de repente?
    —Más respeto, Julio.
    — Perdona — y pasó su mano por la frente con agitación —Estoy acabando, ¿sabes? No era mi intención ofenderte. Pero es que...
    —Sí, sí; ya sé lo que te ocurre. ¿Quieres que hable con Berta?
    — ¡Bah! Ya lo hice yo miles de veces. Se limita a sonreír y dice, con esa vocecilla educada que no soporto, que tiene tiempo. ¿Sabes lo que te digo? Nunca debí educarla de ese modo. Fue la única chica del pueblo que se educó fuera de aquí. Y las demás se casaron, y ella, que es una señorita, ahí la tienes...
    — Yo hablaré con ella. Nunca lo hice al respecto, pero deseo conocer su parecer.
    — Te dirá lo que a mí.
    — Ya lo veremos.


    * * *

    — Hola, niña. Buenos días.
    — Buenos días, abuelita. Tenemos un día pésimo, ¿eh?
    — ¿Y cuándo hace un buen día en invierno? Mi reuma... Voy a sentarme, querida. ¿Te estorbo?
    — En modo alguno.

    Berta se acercó a la abuelita y la ayudó a sentarse. Se hallaban en su habitación. Era ésta muy bonita y cómoda, y sobre todo muy femenina. Como Berta misma.

    — ¿Qué hacías? — preguntó la dama.
    — Trataba de reconcentrar mi atención en un libro.
    — ¿Qué lees?
    — A Tolstoi. Ana Karenina.
    — ¡Hum! ¡Qué lectura más difícil! Hay otros libros más fáciles.
    — Me gustan éstos.
    —Ya lo veo — miró a un lado y a otro, como si fuera a abordar un tema y no supiera por dónde empezar —. Se está aquí muy cómoda.

    Berta se echó a reír divertida.

    — Parece, abuelita, que es la primera vez que vienes a mi alcoba.
    —No vengo muchas veces, querida mía. Mis piernas me privan con frecuencia.
    — ¿Qué vas a decirme, abuelita? — preguntó la joven de pronto.

    La anciana agitó su bastón.

    — ¿Cómo? ¿Es que iba a decirte algo?
    — Por eso has venido, ¿no?
    — ¡Oh! — y se quedó con la boca abierta, reaccionando al pronto —. Claro que no.
    — ¿Te ayudo?
    — ¿Qué? ¿Cómo?
    — Te pregunto si te ayudo a abordar el tema.
    — Pero, Berta...

    Y la miraba suspensa. Era una linda joven, de esbelto talle, caderas redondeadas y finas piernas, duras, de deportista. Era morena, y su negro pelo de breve ondulación, estaba muy corto y ahuecado en lo alto de la cabeza, muy a la moda de las estampas de las revistas que ella veía por doquier. Tenía los ojos raros, un poco oblicuos y de un color indefinido. Tan pronto eran verdes, como grises, como azules. Cambiaban según el estado de ánimo de su dueña. Doña Dora nunca había sabido definir el color exacto. Su boca era más bien grande y los dientes muy blancos, pero un poco salientes, lo que daba a su cara un nuevo y casi agresivo encanto. Vestía bien y con gusto, y sus ropas tenían el sello de la ciudad.

    — ¿Cuántas veces has hecho mi examen físico? — preguntó de pronto la joven.

    Doña Dora parpadeó.

    — Eres muy bonita — dijo por toda respuesta. — ¿Te has enterado ahora?
    —Ya hace mucho tiempo. Pero cuanto más te miro... Ya sabes.
    — Claro que sé. Bien, abuelita. ¿De qué se trata esta vez? Recuerdo — añadió cariñosamente irónica — que la última vez que subiste a mi alcoba fue para decirme que hacía muy mal rechazando la invitación de la junta del casino.
    —Y, pese a mi sermón, no fuiste — reprochó la anciana.
    — Detesto esa clase de fiestas.
    — Esto no es Madrid, Berta.
    — Sé muy bien dónde vivo.
    —Pero, querida...
    —Aquello ya pasó, abuelita. Dime de qué se trata ahora.
    — Pero si no se trata de nada determinado...

    Y es que no se atrevía a abordar aquel tema. Tenía Berta un aplomo y hablaba tan claro y tan bien, y era su mirada tan resuelta y firme, que le producía un poco de miedo turbar la indiferencia juvenil. Además, y esto era lo peor, Berta no se alteraba jamás, pero empezaba a hablar, y sus frases eran justas, razonadoras, y ella tenía que ir con la negativa a su hijo, y Julio empezaba a dar puñetazos alarmantes sobre la mesa.

    — Venía a ver simplemente — dijo — y ya me voy pues Eladia, la cocinera, me está esperando para disponer la comida.
    — Trabajas demasiado, abuelita.
    — Si dejara de ocuparme en algo, me moriría.

    La nieta la besó, y doña Dora se alejó muy despacito apoyada en su bastón de ébano.


    * * *

    —Hoy está usted en contra de la suerte — apuntó Joaquín Salazar moviendo las cartas.
    —Pues sí — tronó don Julio, bufando —. Si fuera un perro, diría que estoy que muerdo.

    Joaquín sonrió. Era su sonrisa una simple mueca indefinible. Las sonrisas de Joaquín no eran como las de todo el mundo. Eran muecas que nacían en los oscuros y quietos ojos y bajaban indiferentemente hasta la boca. Ya no era un niño. Tenía treinta y cuatro años, y hacía más de siete que trabajaba de químico en la fábrica de embutidos de Julio Torralba. Se conocían de siempre. El padre de Joaquín había sido, en un tiempo ya muy lejano, socio de Julio. Más tarde, cuando el señor Salazar falleció, la viuda solicitó su parte para dar carrera a su hijo, y cuando éste hubo poseído el título, don Julio le pidió que se ocupara de la dirección de la fábrica y de todo lo demás. Joaquín deseaba trabajar en una ciudad importante, pero su madre le pidió que se quedara con ella en el pueblo, y como el sueldo era espléndido, Joaquín se quedó. Y allí estaba, trabajando todo el día y jugando la partida por las noches con su jefe, oyendo los improperios de don Julio, y a veces, sus lamentaciones. Muchas noches él pasaba por el chalet de su jefe y jugaban la partida en el saloncito acogedor, donde la anciana abuela los contemplaba, y Berta leía, indiferente a todo lo que ocurría en torno.

    — ¿Le ocurre algo grave?
    — ¿Grave...? Ejem..., lo de siempre.

    Joaquín ignoraba qué era lo que agitaba a su jefe «siempre». Y se quedó con las cartas en la mano, mirando a don Julio interrogante. Este rezongó entre dientes:

    —Bueno, ya sé que nunca te hablé de esto... Pero es que si hoy no hablo en voz alta, voy a reventar. — Y de pronto se quedó mirando a Joaquín, como si lo viera en aquel instante por primera vez —. Oye... ¿Tú por qué no te casas?

    El químico se sobresaltó. Que su madre y la de Julio fueran muy amigas pese a la diferencia de edad... Que él estimara a don Julio y... Bueno, y aquello, era una cosa. Y que don Julio hiciera preguntas impertinentes era otra cosa muy distinta.

    —Di, hombre: ¿por qué no te casas? Tu posición es desahogada. Tienes una carrera brillante, y tu madre no va a vivir siempre.
    —Mire, don Julio...

    Este hizo un gesto con la mano y dejó las cartas a un lado, lo cual hizo temblar a Joaquín, porque intuyó que su jefe deseaba hablar más del asunto, y a él, francamente, le fastidiaba que nadie, ni siquiera don Julio, a quien estimaba de veras, se inmiscuyera en sus intimidades.

    — Nunca pensé en ello hasta este instante, diantre — exclamó satisfecho, al pensar de pronto, al fin —. Y es muy interesante.

    Cruzó los brazos sobre el tablero de la mesa y se quedó mirando a Joaquín en espera de una respuesta. El químico dijo evasivo:

    — No tengo madera de casado.
    —Ta, ta, eso lo dicen todos los hombres, pero al fin se casan.
    — Pues yo, posiblemente, no lo haga nunca.
    —Muchacho, cometes un error, un tremendo error. ¿Sabes lo que estoy pensando? ¿Y sabes, asimismo, por qué estoy que muerdo? Pues porque Berta no acaba de pensar en el matrimonio.

    Fue entonces cuando Joaquín parpadeó. Sus inmóviles ojos se agitaron dentro de las órbitas, y su flaco cuerpo tuvo una imperceptible sacudida.

    Era moreno y tenía los ojos azules, de quieta expresión. Una boca suave que parecía besar continuamente y que gustaba mucho a las chicas solteras del pueblo. Pero Joaquín, al parecer, no reparaba en ninguna. Su cuerpo era muy delgado y alto, y a veces daba la impresión de que de un momento a otro iba a romperse. Pero no se rompía, no había cuidado. Joaquín era un hombre de mucho nervio, y de mucha vida interior, muy distinta a la superficial que todos veían.

    — Berta necesita casarse — siguió don Julio, sin reparar en lo que ocurría en el rostro de Joaquín —. Ya tiene veintitrés años. Hace cinco que dejó el pensionado y desde entonces estoy esperando todos los días que me diga que tiene novio, y nada.
    — Tiene tiempo — dijo Joaquín a lo simple.

    Del puñetazo que don Julio propinó a la mesa, todos los del salón volvieron la cabeza. Al ver que se trataba de don Julio, todos volvieron a sus juegos y copas. Estaban habituados a los enojos del caballero cuando éste perdía.

    —Te digo que eso no es una razón — bramó —. ¿Y sabes lo que pienso? Que sería bueno que tú te casaras con ella. ¿Qué te parece?

    El parpadeo de Joaquín fue rapidísimo.

    — Hecho— exclamó el fabricante —. Esta misma noche le diré a Berta que me pediste su mano.
    — No, eso no — saltó Joaquín al fin —. Yo... Bueno, yo...
    — ¿Es que no la quieres?
    —Es que ella no me quiere a mí. Y además...

    Don Julio se levantó con violencia y exclamó:

    — Está bien. Pues te aseguro que Berta tiene que casarse. Y se casará. Ya le buscaré un novio si es que ella no lo hace por sí misma.

    Y se marchó. Joaquín se le quedó mirando con expresión ausente.


    Capitulo 2


    Siéntate, Berta.

    —Papá...
    —Siéntate.
    —Es que iba a misa.
    —Luego.
    —Si no hay más que una los días laborables...
    — Pues reza el rosario en casa.

    La joven se impacientó.

    —Papá, por favor...
    — He dicho que te sientes.
    — ¿No puedes decirme lo que sea cuando regrese de misa?
    — No. Ha de ser ahora para que le pidas un novio ese santo que os escucha de vez en cuando. ¿Cómo se llama el santo?
    —San Antonio — dijo Berta con mucha calma.
    — Pues ve pidiéndole un novio. Es... humillante que los veintitrés años sigas soltera.
    — ¿Otra vez, papá?
    — Y siempre, hasta que te vea salir del altar del brazo de tu marido.
    — Te dije muchas veces, papá
    —No sé lo que me has dicho ni me importa. Pero si tu no tratas de buscar un marido, yo te lo buscaré.
    — ¡Papá!
    — Ya lo sabes. Y ahora ve a misa. En cuanto regreses, vuelve por aquí.
    — ¡Ay, papá! ¡Qué pesado te pones con eso del novio...!
    — Marido, ¿te enteras? Es marido lo que yo deseo para ti. Hala, vete y vuelve tan pronto termine la misa.

    Berta salió a paso ligero, y atravesó la plaza que se extendía ante su chalecito. Eran las ocho de la mañana y hacía un frío imponente. Levantó el cuello del abrigo y pisó con rabia el asfalto. ¡Qué manía le entraba a su padre! Ella no tenía prisa por casarse. Casarse por tener marido ni pensarlo. Tenía que amar mucho y... Bueno, de aquello era mejor no hablar.

    — Buenos días, Berta.

    Se detuvo y miró con rapidez.

    — ¡Ah! Buenos días.
    — ¿A misa?
    — Sí.
    — Yo voy para el trabajo. Hace un día infernal.
    —Sí.

    Caminaban al paso. Berta era una buena moza, pero Joaquín le llevaba la cabeza.

    — ¿Te aburres mucho, ¿ verdad? — preguntó él de pronto.
    — ¡Bah! Como todos los inviernos.
    —A mí me aburren los veraneantes. Tanta gente veraneando en un pueblo pequeño, llega uno a pensar que no le pertenece.

    Llegaban junto a la iglesia. Ella no lo miraba de frente. Hacía mucho tiempo, ¿cuánto?, cinco años exactamente, que no lo miraba de frente.

    — Hasta otro momento, Joaquín — dijo. Y se adentró en la iglesia.

    Joaquín quedóse allí como ausente. Después, muy poco a poco, empinó la cuesta, la bajó y minutos después entraba en el muelle junto a la fábrica de embutidos y harinas.

    Don Julio llegaba en su «Ford» color azul desvaído. ¿Cuánto tiempo tendría aquel coche? Casi tanto como don Julio. Y Joaquín se preguntaba muchas veces cómo don Julio no se compraría un coche nuevo y tiraba aquel trasto al mar.

    — Hola, muchacho. Ven a mi despacho.

    Joaquín lo siguió en silencio. Este no era un hombre hablador, trabajaba mucho y se entregaba de lleno a su ocupación. Las chicas casaderas que suspiraban por un novio (a excepción de Berta, claro) decían de él: «Es un pavo. No le gustan las mujeres.» Se equivocaban. A Joaquín le gustaban las mujeres. Y, si no, que lo dijeran algunas chicas con las que se podía practicar el amor, sin comprometerse...

    —Siéntate — invitó don Julio, cuando hubieron entrado los dos dentro del despacho.

    Joaquín se sentó.

    — Oye, muchacho, ayer dejamos una conversación interrumpida.
    — ¿Interrumpida? Yo creo, don Julio...
    — Fuma. Hemos de hablar con calma.

    Y le alargó la pitillera. Joaquín tomó un cigarrillo y lo encendió. Su rostro en aquel instante parecía más inexpresivo que nunca. Y, no obstante, sentía como jamás sintió, excepto cuando...


    * * *

    —Se trata de mi hija.
    — Ya... me lo dijo usted ayer.
    — ¿Y qué? Sería un matrimonio espléndido. Os conocéis de toda la vida. Tú eres un hombre excelente, mi hija es muy guapa y muy rica...
    — No se trata de dinero, don Julio. — Y pensó en lo que diría Berta si supiera que su padre estaba tratando con él su matrimonio, de forma tan poco diplomática.
    — Entonces, ¿de qué se trata?
    — Pues...
    — Mi hija ha de casarse. Y me gustas para yerno.
    — Señor, yo...
    — ¿Cuándo os casáis?

    Joaquín se agitó en la silla. Decirle a don Julio lo sucedido no lo creía propio, puesto que a las claras se veía que a ella no le interesaba decirlo. Rechazar a Berta era... Bueno, de eso no pensaba hablar. Aquello había pasado y él no volvería a cometer semejante estupidez.

    —Joaquín... ¿Cuándo os casáis?

    Se puso en pie. Su rostro parecía de piedra.

    —Creo, don Julio, que es Berta, y no usted, quien ha de buscar marido.
    —Pero mi hija es tonta. Y yo soy hombre práctico.
    — Si Berta no quiere casarse, de poco ha de servirle a usted ser hombre práctico.
    — Dios de Dios, muchacho, no acabes con mi paciencia. Tú dices sí o no y de lo demás me encargo yo.
    — Don Julio...
    —De lo demás me encargo yo — bramó tajante.
    — Pues no.
    — ¿Cómo?
    — Que no.
    — Pero...
    — Lo siento, señor.
    — ¡Maldita sea mi estampa! ¿Cómo te atreves a decir que no?
    —Porque su hija no me quiere.
    — ¿Y tú a ella?
    — ¿Yo...?
    —Sí, sí. ¿Qué pasa?

    Joaquín buscó un lugar donde posar los ojos. No lo encontró. Al fin retrocedió hacia la puerta.

    —Espera, condenado. Te estoy preguntando si te…
    — Yo tampoco — dijo con súbita fiereza.
    — ¡Ah!
    — Y perdone usted.

    El fabricante dio un puñetazo sobre la mesa de forma que saltaron la carpeta marrón, el pisapapeles, la pluma y algunos objetos más, que Joaquín recogió con mucha calma.

    — De modo que tú no — replicó don Julio como si no lo creyera.

    Joaquín asintió con un simple movimiento de cabeza. Y don Julio volvió a aporrear la mesa de tal modo que todo cayó al suelo. Joaquín lo recogió nuevamente y lo puso sobre una silla, interpretando que un nuevo puñetazo de su jefe lo derribaría otra vez, y no estaba dispuesto a volverlo a recoger.

    — Siéntate, Joaquín. Hemos de aclarar eso.

    El químico no estaba dispuesto a aclarar nada. Y no se sentó.

    — Tengo mucho trabajo — arguyó.
    — Ahora estás aquí y has de contestar. ¿Por qué tú no?
    — ¿No puede ser porque su hija no me guste?
    — ¡Cómo! Berta es una chica guapa.
    — No pienso discutirlo.
    — Pues si es guapa, joven y rica... ¿Qué pegas le pones?
    —Es usted su padre.
    — Naturalmente. ¿Y qué tiene eso que ver?
    — Pues... ¿Me permite que salga?
    — ¡No!
    — Don Julio, por favor...
    —He dicho que no. A mi hija no tiene por qué desdeñarla un pintamonas...
    —Oiga...
    —Bueno, perdóname si puedes. He dicho...

    Joaquín atajó con frialdad:

    — Tiene usted razón. Yo soy un pintamonas para ella. Ahí tiene usted el motivo. Soy muy poco para Berta.
    —Bueno, bueno — trató de calmarlo—. Lo mejor será que olvides eso. Si yo te considerara poca cosa, no te pediría que te casaras con ella. Y te lo estoy pidiendo.
    — Don Julio, admito la disculpa, pero yo sigo pensando que soy muy poco para Berta. Permítame salir.

    Y no esperó respuesta. Salió, y el fabricante propinó dos soberbios puñetazos a la mesa. Astilló ésta y se hizo una herida en la mano. La contempló con rabia y rezongó:

    — Toda la culpa la tiene Berta. Va a oírme hoy.


    * * *

    Y allí estaba, dando gritos que Berta escuchaba imperturbable y doña Dora regocijada.

    —Y ya lo sabes. Si para el verano no tienes novio, te mando lejos. A mí no me haces tú pasar la humillación de verte otro verano sin novio.
    — ¿Qué es para ti el amor, papá? — preguntó la joven serenamente.
    — ¿El amor? — hizo un gesto desdeñoso —. Paparruchas y sólo paparruchas. Tantas novelas lees, que crees ser la protagonista de todas ellas.
    —El amor, para mí — atajó Berta muy segura de sí misma —, es lo más importante. Y mientras...
    —Nunca has tenido novio. Nunca has pensado en casarte. Nunca te vi con un hombre...

    La joven se sentó y dijo de modo raro, logrando impresionar a su abuela y a su padre:

    — Hace cinco años, cuando regresé del pensionado, conocí a un hombre...
    — ¿Sólo uno en cinco años? — preguntó don Julio deseando darle un puñetazo.

    La hija se levantó, y serena se aproximó hacia la mesa del centro. La acercó hacia su padre y dijo:

    — Aquí, papá. Ten cuidado no te hagas daño con el mármol.
    — ¿Cómo? ¿Qué?

    Y se propinó un soberbio puñetazo en la rodilla. Abuela y nieta sonrieron comprensivas. Su padre era así. Lo sería mientras viviera.

    —Papá — dijo con ternura —. He conocido a muchos otros, pero ninguno me llamó la atención.
    — ¿Y qué pasó con el primero?
    —Pues, sencillamente, que se me declaró.
    — ¡Ah, ah! De modo que hubo declaración.
    —Sí — admitió haciendo caso omiso de la burla de su padre —. Se me declaró. Me dijo lo mucho que me amaba. Añadió que me adoraba desde que yo era una niña.
    — ¿Y bien?
    — Yo no le quería.
    — ¿Y...?
    — Pues se lo dije.
    — ¿Y después?
    — Nada. Nunca más me habló de ello. Yo lo conocí mejor y...
    — ¿Y qué?
    — Nada — se agitó.

    Y salió de la estancia.

    Don Julio miró a su madre, y ésta hizo un ademán, como diciendo: «Comprendí tan poco como tú.»

    —No lo entiendo — dijo el fabricante —. ¿Qué quiso decir?
    — No lo sé — repuso.
    — Voy tras ella.
    — Julio, no vayas

    Se detuvo en seco.

    — ¿Por qué no?
    —Porque Berta necesita estar sola.
    — Bobadas.
    —Hijo, tú sabes mucho de embutir carne de perro en vez de embutir vaca y todo eso, pero de sensibilidad femenina no entiendes ni pizca.
    —Oye, oye, es mi hija y quiero saber...
    — Ya sabrás. Y ten paciencia. Berta no se quedará soltera. No es de esa madera.
    — Es de hielo, ¿te enteras?
    — Eso te lo crees tú...
    — Madre. Te lo digo...
    — Pues cállatelo. Hazme el favor de dejar a tu hija en paz.
    — Pues ve tú y cuéntame luego lo que te dijo. Las mujeres entendéis más de eso.

    Fue. Berta se hallaba sentada en el borde de la cama con la vista fija en la alfombra de colorines.

    —Berta, hijita...
    — ¿Quieres que termine el cuento? — preguntó sin levantar la cabeza.
    — Sí. A eso he venido.
    — Nunca más me dijo nada. Me trató como a otra chica cualquiera, y yo...
    — Tú...
    — Yo empecé a pensar en aquella declaración...
    — ¿Y te enamoraste?
    —Sí.

    La miró. Y la abuela vio la incertidumbre en los bellos ojos un poco oblicuos.

    — Díselo.
    — ¿Estás loca, abuelita? El no volverá a mí nunca... El ya no me quiere. Se ha vuelto frío e indiferente. ¡Es tan distinto al hombre que me declaró su amor! — Y bajando la voz añadió pensativamente Creyó firmemente que yo iba a aceptarlo.
    — ¿Quién es él? ¿Le conozco?
    —Nunca te diré quién es. Y, por favor, no le cuentes esto a papá.
    — Es un gran problema, querida.

    La anciana la besó en la frente y salió de nuevo apoyada en el bastón de ébano.

    — ¿Qué? — preguntó el padre ansiosamente.

    Doña Dora lo miró como ausente.

    — ¡Bah! —exclamó —. No pude sacarle nada. Lo mejor es que la dejemos en paz.
    — ¿Y el matrimonio?
    — Cállate ya, hombre de Dios. Ya se casará, cuando encuentre un hombre que le guste.

    Don Julio buscó dónde propinar un puñetazo, y como no encontró un sitio apropiado, salió del saloncito y agitó los puños en el aire.


    Capitulo 3


    Pareces disgustado, Joaquín.

    El químico se hundió más en el sillón y cruzó las largas piernas. Tenía un cigarrillo prendido entre los labios, y hablaba sin sacarlo de la boca.

    —Pues no lo estoy — dijo —. Vivo muy bien.
    — Eso es una ironía. Tú te has quedado en este pueblo por mí. No eres tú hombre que se adapte a esto.
    — ¡Bah!
    — ¿Y sabes lo que pienso, Joaquín?
    —No tengo ni la menor idea.
    — Debieras casarte.

    Se sobresaltó.

    — ¿Tú también?
    — ¿Quién más desea que te cases?

    Con ironía, que en el fondo resultaba dolorosa, Joaquín exclamó:

    —Esta tarde don Julio me pidió la mano para su hija.

    Doña Gloria saltó en la silla, para quedar luego muy quieta.

    — ¿Qué dices, muchacho?
    —Te parece grotesco, ¿verdad? Don Julio debe pensar — añadió con frío acento — que todos los hombres están deseando desposar a su hija.
    — ¿Tú... no lo estás?

    No se alteró lo más mínimo. Joaquín era un hombre de nervios, pero sabía disciplinarios. Sin inmutarse, replicó:

    — Yo no.
    — ¡Ah!

    Hubo un silencio. La dama hacía punto y las agujas se movían rápidamente en aquel instante. Joaquín fumaba en silencio.

    —De modo que Julio quiere...
    — Pretende...
    — Ya, casarte con Berta. — Suspiró y prosiguió cautelosa —: Berta es una buena y bella muchacha.

    Joaquín masculló algo entre dientes que su madre no comprendió.

    — ¿Decías, hijo?

    Levantó la cabeza y puso expresión de inocente:

    — No decía nada, mamá.
    —Bueno..., de modo que...
    — No.
    — No, ¿qué?
    —No habrá boda. Al menos por mi parte. — Se quedó en pie y añadió irritado —. Que la rife si quiere deshacerse de ella. Es Berta mucha Berta. Tiene un orgullo desmedido. ¿Bella? — Alzóse de hombros —. Sí, ¿por qué negarlo? Lo es, pero está cargada de estupideces.
    — Yo siempre creí que te gustaba.
    — ¿Y qué? También me gusta el violín y no puedo tocarlo.
    — ¡Ah!
    — ¿Qué pasa que dices ¡ah!?
    — Nada, nada, estoy pensando.
    — Pues no me interesan tus pensamientos.
    — Lo sé, hijo, lo sé.
    — ¿En qué pensabas? — estalló de pronto.

    La dama curvó los labios en una sonrisa comprensiva.

    — Pensaba que si pudieras comprar un violín lo comprarías.
    —Bueno, eso es otra cosa. — Se aproximó a la puerta —. Hasta luego, mamá. Voy a dar una vuelta hasta la hora de la cena. Si tardo es que encontré a don Julio y me estará dando la lata. Llámame por teléfono al bar Mario.
    — Así lo haré. Pero te aconsejo que no seas descortés con Julio. Es una excelente persona. Y me pregunto — añadió de súbito — si sabrá la hija lo que el padre te dijo.

    Joaquín echóse a reír con desenfado. Había algo de cruel en su sonrisa.

    — No creo que lo sepa. Si lo supiera... Menuda rabieta.
    — ¿Sabes, Joaquín...?
    —Sé mucho, pero no creo que sepa lo que estás pensando.
    — En ti y en Berta. Siempre creí que te gustaba...demasiado.
    —Son figuraciones tuyas.
    — Lo serán, pero...
    —No hay peros, mamá — bramó —. ¿Te enteras? No hay peros.
    —Pues los hay — intervino enérgica la dama —. Recuerdo muy bien cuando ella llegó al pueblo después de tanto tiempo de internado. De eso hace cinco años. Eras como su sombra, y de pronto...
    —Bah, bah...

    Y salió casi corriendo. Doña Gloria quedó preocupada.


    * * *

    — Oye, Berta.

    La joven entraba en la casa en aquel momento. Parecía malhumorada. No deseaba oír a su padre con la misma cantinela. Bastante tenía ella sin necesidad de eso.

    — Si es para hablarme de matrimonio...
    —Entra aquí. Para lo que sea, obedéceme. Eres tú — añadió irritado, al tiempo de empujarla al interior de la salita — muy independiente. No hice bien educándote en uno de esos colegios donde tanto remilgo usan para educar a las hijas, hasta que luego éstas se avergüenzan de sus sencillos padres.
    — Eso no, papá.
    —Bueno, bueno. Siéntate.

    Hubo de hacerlo, a menos que quisiera desafiar su ira. Y la verdad es que Berta quería mucho a su padre y sufría mucho cuando le veía disgustado. Y, por supuesto, no se sentía humillada por ser su hija, muy al contrario.

    — Berta — empezó, sentándose frente a ella —, siento tener que volver sobre lo mismo. No puedo dormir ni descansar pensando en tu vida.
    —Pero si yo soy feliz, papá.
    —A tu modo, pero estás equivocada. Una mujer nunca es feliz hasta que se casa.
    —Eso son suposiciones tuyas y de muchos otros hombres. Pero no son ciertas. Una muchacha puede ser feliz sin casarse jamás.
    —En modo alguno. Dios os trajo al mundo para tentar a Adán.
    —Pero, papá... — exclamó alarmada.

    El fabricante hizo caso omiso de la interrogación.

    — Si pasáis por la vida sin haber logrado la tentación, ¿qué objeto fue el vuestro?
    —Nos apartamos de la cuestión, papá — apuntó con acento cansado.
    — Muy al contrario. La tenemos sobre el tapete. Es tu boda.
    — ¿Otra vez?
    — Y siempre. He pensado en todos los chicos del pueblo. No hay muchos. Ese médico paliducho que parece sufrir diabetes, el veterinario que apesta a burro, el boticario, que parece tener la escarlatina continuamente, y... Joaquín.

    Berta, al pronto, se sobresaltó, pero en seguida recuperó su compostura, sin que su padre notara el sobresalto. Hay que decir que Julio Torralba conocía los ingredientes necesarios para hacer un sabroso embutido, e incluso la forma de conservar el atún y venderlo a precio alto cuando él lo había adquirido a dos duros la arroba, pero de mujeres..., y menos de psicología femenina, la de su hija en particular, lo ignoraba todo. Por esa razón le pasó por alto el sobresalto juvenil.

    — Y Joaquín es un hombre que te conviene, si bien se me antoja que es tan tozudo como tú…
    — Deja a Joaquín en paz.
    — En modo alguno. Pienso convencerlo para que se case contigo.

    De un salto, Berta se puso en pie.

    — ¿Qué dices, papá?

    Y casi lloraba.

    Don Julio tampoco se percató de ello. Obsesionado con la idea, añadió tranquilamente:

    — Espero que entre en razón. Es un tío terco, pero ya caerá.
    — ¿Qué..., qué..., qué dices?
    — Vaya, ¿por qué te pones así? De todos los chicos casaderos del pueblo, Joaquín es el único aceptable. Por eso se lo he dicho.

    Berta se estremeció de pies a cabeza.

    — Papá..., habla más claro — pidió temblando—. No acabo de comprenderte. Dices que le has pedido a Joaquín...
    — Eso es — cortó satisfecho —. Pero dice que no. Ya dirá que sí.
    — ¡Papá!
    — ¿Qué te pasa, niña?— se alarmó —. ¿Por qué gritas de ese modo?

    Berta hacía inauditos esfuerzos por no llorar. Apretó los puños y exclamó tratando de serenarse y razonar:

    — Dices que has pedido a Joaquín...
    —Claro. Le pedí su mano para ti, sencillamente. ¿Tiene eso algo de malo?
    — ¡Dios mío!

    Y salió corriendo. Don Julio se quedó mirando la puerta como asustado. Al fin alzóse de hombros y rezongó:

    —No hay quien entienda a las mujeres. ¿Por qué no habré tenido un chico en vez de una chica?

    Entró su madre apoyada en el bastón de ébano.

    — ¿Qué le has hecho a la niña? — preguntó alterada.

    Julio puso cara de bobo.

    — ¿Yo? Por Dios que no le hice nada.
    — Pues parecía enloquecida.
    —Estas chicas...
    —Julio, creo que te excedes. Tu hija es de muy fina sensibilidad, y tú no sabes tratarla.
    — Hombre — exclamó alzando los brazos —, era lo que me faltaba por oír. Ahora resulta que no sé tratar a mi hija.
    — Pues claro que no. La sensibilidad de Berta...
    — ¿La sen... eso, ni qué nariz? Creo, madre, que lees muchas novelas. Berta es una chica, ¿no? Pues claro. Una chica como otra cualquiera, y eso de la..., ¿qué? — Sensibilidad.
    — Bueno, pues eso, son paparruchas.
    — Muy al contrario...
    — ¿Sabes lo que te digo? — explotó al fin —. Estoy harto de tratar con mujeres. ¿Por qué no serán todos hombres en el mundo?
    — ¿Y qué iba a ser de vosotros si os faltaran las mujeres?
    — Viviríamos en paz y en gracia de Dios.

    Y salió dando un portazo. La dama suspiró resignadamente. Julio siempre había sido así.


    * * *

    Se hizo la encontradiza. Llovía y se protegía bajo el paraguas. Joaquín atravesaba la calle. Vestía traje oscuro, fuertes botas y una gabardina clara. Le chorreaba el agua por la cabeza. Al verla se detuvo.

    —Hola, Berta.
    —Hola — y con voz suave —: ¿Quieres protegerte bajo mi paraguas?
    — Gracias, pero llegaré pronto a casa.
    —Es que... quiero hablarte.
    — ¡Ah! — titubeó —. Entramos aquí? Tomaremos café. Yo bien lo necesito.

    Así lo hicieron. La ayudó a quitarse la gabardina y él se quitó la suya. Pidió dos cafés.

    — Hace un frío condenado — exclamó—. ¿Cuándo dejará de llover en esta tierra? En el verano también llueve. Es una lata. Me gustaría vivir en Andalucía. Allí, al menos, luce el sol.

    No le prestaba ninguna atención al hablar. Berta se sintió nerviosa. Y en aquel momento lo detestó.

    — Oye — dijo cuando les hubieron servido el café y al tiempo de azucararlo —, mi padre me dijo... — le falló un poco la voz, y como él la mirara interrogante, sin interés alguno, añadió con sequedad —: Parece ser que mi padre te propuso que te casaras conmigo.

    Esperaba que él se apurara. Pero ni eso. Soltó una de sus odiosas risitas y alzóse de hombros. Y fue aquella indiferencia más ofensiva para Berta que unas frases despectivas. Quiso lastimarlo y dijo:

    — Papá es absurdo.
    — Eso digo yo.

    Le temblaron las piernas de indignación, pero no lo exteriorizó.

    — Pretender que me case contigo lo considero…
    — Absurdo, ya lo has dicho.
    — Eso es.
    — Mira — dijo acompañando sus palabras de la risita odiosa —, aquel, tipo tan pintoresco es...

    Ni siquiera miró. Tomó el café y se puso en pie.

    —Bueno, me voy.
    — ¡Ah! Creí que ibas a decirme algo.
    — Ya te lo he dicho.

    El también estaba de pie. Le ayudó a ponerse la gabardina. Se encontraron sus ojos. El dijo:

    —No debiste preocuparte.

    Se agitó perceptiblemente.

    — Me preocupé por ti — dijo sin poder dominar su ira —. Ha de resultar violento para un hombre... ser rotundamente rechazado por una chica a quien... dijo amar.
    —Ahora — apuntó Joaquín sin alterarse lo más mínimo — eres tú la que me parece absurda — y con desenfado, alzando los hombros —: Los hombres, Berta, tomamos filosóficamente las cosas de los ancianos.
    — Mi padre no es un anciano.
    —Admitamos que su proposición — de nuevo la sonrisa odiosa que crispaba los nervios femeninos— fue más propia de un anciano chocho que de un padre consciente. Y, por supuesto, querida Berta, no me humilló la proposición de tu padre, muy al contrario, me halagó. Eres una guapa chica y…
    —Me has querido — saltó sin poderse contener. Joaquín alzó una ceja.
    — ¡Oh! ¡Ha pasado tanto tiempo desde entonces! Por otra parte, amiga mía, hemos de admitir que fue..., ¿cómo diría?, un deslumbramiento.

    Berta giró en redondo y salió del local con unos atroces deseos de gritar.

    El muy... Apretó los puños y sin preocuparse de abrir el paraguas se lanzó a la calle, atravesando ésta casi corriendo.

    Cuando llegó a casa subió de dos en dos las escalinatas y empujó la puerta.

    — ¡Pero, hija! — dijo la dama—. Vienes como una sopa. ¿Para qué quieres el paraguas?

    No contestó. Atravesó el vestíbulo y corrió hacia su alcoba.

    «¿Qué le pasa a esta criatura?», se preguntó la gran dama.

    Y la siguió.

    —Berta...

    No contestó.

    —Berta... — exclamó más fuerte.

    Berta corrió el cerrojo y se hundió en un sillón junto al ventanal.

    Cuando bajó al comedor, parecía sonriente y La dama se aproximó a ella y dijo:

    — ¿Te sucedía algo, querida?
    — Nada, abuelita. Me gusta la lluvia.
    — ¡Qué gentes más raras! — rezongó don Julio—. Esta juventud... También encontré a Joaquín mojándose como una sopa y él parecía no enterarse.

    Berta parpadeó y hubo una muda interrogación en su mirada. ¿Por qué se mojaba Joaquín sin enterarse?


    Capitulo 4


    Berta paseaba muchas tardes en compañía de doña Gloria Salazar. Era doña Gloria una dama de espíritu joven, con la cual se entendía muy bien la hija de don Julio Torralba. Hay que advertir que Berta iba a casa de Gloria siempre que estaba segura de no encontrarse con Joaquín. Y extrañó mucho a Gloria el que Berta no fuera a pasar una tarde con ella en toda aquella semana.

    Lo comentó con su hijo aquel anochecer, y Joaquín dijo sin piedad:

    — Es una maniática.

    La madre alzó extrañada sus ojos.

    — ¿Maniática Berta? Estás equivocado, hijo. Berta es una chica muy sensata, nada frívola y absolutamente responsable de sus actos.

    Joaquín alzóse de hombros.

    — Yo creí que erais amigos. Y supongo que el hecho de que Julio te haya pedido que te cases con ella, no es motivo para juzgar a la hija tan severamente.
    — La juzgo como es. ¿Y quieres que te diga por qué no viene a verte? Pues porque vino a mí, a disculpar a su padre por lo que había dicho...
    — Lo sabe.
    —Eso parece.
    — ¿Y tú que le has dicho?
    — Sencillamente lo que me pareció. Que su padre es absurdo y ella una orgullosa.

    Gloria no contestó al pronto. Contempló a su hijo con expresión indefinible y, de súbito, dijo:

    —Yo creí que la amabas.
    — Tienes una imaginación sorprendente.
    — Recuerdo cuando hace cinco años...

    Joaquín se levantó con violencia, y el ruido que hizo la butaca al ponerse él en pie, sobresalió a la dama.

    —Joaquín, hijo.
    —Hace cinco años yo era un estúpido.

    Y salió sin dar más explicaciones.

    Gloria se encontró al día siguiente con Berta. Era fácil encontrarse en el pequeño pueblo costero. Berta salía de una pequeña librería, Gloria entraba con intención de comprar un figurín.

    — Querida Berta — exclamó como si el encuentro la llenara de gozo —, hace muchos días que no te veo...
    —Estoy tan ocupada...
    — ¿Sí?
    —Me voy de viaje...

    Gloria no lo esperaba. Y acogió la noticia con sobresalto.

    — ¡Ah! —exclamó simulando sorpresa— Te vas de viaje... ¿Cuándo?
    —Pues... mañana, en el tren de la noche.
    — ¿A Madrid otra vez?
    —No. Voy a Valencia a pasar una temporada con tía Eulalia.
    — Ya. Bueno — pareció indecisa —. ¿Entras conmigo? Estoy buscando un figurín infantil. Una amiga mía ha tenido un niño y quiero hacer una chaquetita.

    Compraron el figurín y volvieron a salir. Caminaban juntas calle abajo. Gloria dijo de pronto:

    — Te echaré de menos. ¡Hay tan pocos con quienes hablar en este pueblo! A veces pienso que Joaquín tenía razón al querer marcharse de aquí.
    — ¿Quiere Joaquín marchar? — preguntó como al descuido.
    — Antes de aceptar el empleo de tu padre, sí quería. Ahora sólo añora la ciudad de vez en cuando. Yo soy vieja y no me importa. Pero la juventud en estos pueblos se muere un poco todos los días.
    — No me aburro aquí — dijo Berta con sencillez —Y si marcho es por hacerme un poco de ropa.
    — ¿Que no te aburres? Pero, querida, si casi me aburro yo.
    —Me gusta esta quietud.

    Llegaban ante la casa de Gloria. Esta se detuvo.

    — ¿No entras, Berta?
    — Imposible. Tengo aún mucho que hacer hasta mañana.
    — Vendrás a despedirte, ¿no?
    — Desde luego.
    —Bueno, pues adiós.
    — Hasta mañana.

    Se sonrieron, y ambas giraron en redondo. Gloria pensativa. Berta triste


    * * *

    No se lo dijo aquel día. Sabía que le daría un disgusto, aunque tratara él de aparentar una indiferencia que no existía. Pero se lo dijo al día siguiente. Esperó durante toda la jornada que Berta fuera a despedirse. Era casi anochecido, llegaba la hora de la salida del tren y aquélla no había llegado, lo que indicaba que no pensaba despedirse. Consideraba el hecho como una descortesía por parte de Berta. Ella siempre quiso bien a la joven y jamás dejó de acariciar la idea de que Berta y Joaquín... En fin, era mejor ahuyentar aquella esperanza. ¿Para qué continuar alimentándola?

    Por eso se lo dijo a Joaquín. Porque deseaba leer en la expresión de éste su reacción.

    — Berta marcha en el expreso de esta noche.

    La reacción fue visible y brusca. Levantó la cabeza, sus ojos parpadearon y preguntó de modo raro:

    — ¿Por qué?
    — ¿Por qué, qué?
    — Por qué marcha.
    — No sé por qué marcha. Sólo puedo decirte que lo hace esta noche. Y me extraña que marche sin despedirse, porque quedó en venir y es casi la hora de tomar el tren. — Miró el reloj —. Faltan justamente treinta y cinco minutos, y el expreso es puntual por esta zona.

    Se acercó a la ventana. De espaldas a su madre parecía más alto y más flaco. Vestía de oscuro, y la morena cabeza se alzaba como desafiante.

    Gloria esperó una pregunta de Joaquín o un comentario. Algo... No llegó nada. Se quedó allí unos minutos, al cabo de los cuales giró en redondo y dijo:

    —Voy a dar una vuelta hasta la hora de la cena.
    — ¿No piensas despedirte de Berta?
    — ¿Yo? — arrugó el ceño —. ¿A qué fin?
    —Que te haya rechazado en una ocasión, no es motivo para que la consideres tu enemiga.

    Joaquín se agitó y lanzó una sorda exclamación, pero se calmó de pronto. Diríase que le molestaba que su madre penetrara en su verdadero «yo».

    — ¿Quién..., quién te ha dicho eso?
    — ¡Oh, hijo! A una madre no es preciso que le digan ciertas cosas.
    —Nunca tomé en serio a Berta — dijo. Y a paso ligero desapareció tras la puerta.

    La traspuso justamente cuando entraba Berta. Venía muy guapa, endiabladamente guapa, pensó Joaquín, sin mover un músculo. Ambos se quedaron frente a frente silenciosos, midiéndose con la mirada.

    —Ya me ha dicho mamá que marchas esta noche.
    —Ahora. En seguida.
    — Que tengas feliz viaje.
    —Gracias.
    — ¿Por mucho tiempo? — preguntó él indiferentemente.
    —No lo sé.
    — Tal vez vengas casada, como desea tu padre — apuntó mordaz.

    Ella replicó con quieta sonrisa:

    — Puede.
    —Te desearé mucha felicidad.
    — Gracias. Seguramente tú también te casarás.
    —Puede — replicó enigmático, sin parpadear.
    — ¿Es que... tienes novia?
    — Eso se busca en seguida.
    — Ya — titubeó —. Voy a despedirme de tu madre.
    — ¿Te acompaño a la estación? Veo que vas sola.
    — Papá quedó en ir a la estación a la hora de pasar tren, pero seguro que se olvida.
    — Si me lo permites, te acompaño.
    — Eres muy amable, pero no deseo que te esfuerces por mí.
    — Y no me esfuerzo — observó rudo, con aquella rudeza que no existía hacía cinco años, cuando le declaró su amor —. Salía en este momento a comprar el periódico. Siempre voy a comprarlo a la estación.

    Berta no contestó. Entró a saludar a Gloria y salió segundos después. Ambos, en silencio, echaron a andar calle abajo. La estación no se hallaba muy lejos.


    * * *

    Las maletas estaban acomodadas en la red; faltaba un cuarto de hora para la salida del tren. Este se detenía en aquella estación casi diecisiete minutos, y don Julio no aparecía por parte alguna. Los dos paseaban el andén arriba y abajo con pasos monótonos, sin decirse nada. De pronto exclamó ella impaciente:

    — Apuesto a que a papá se le olvida que me, marcho hoy, en este instante.
    — Tu padre tiene muchos asuntos pendientes.
    —Pero soy su hija y me voy de viaje.
    —Eres mujer que desea desdeñar a todo el mundo y a cambio exigir que ese «todo el mundo» esté pendiente de ti.
    — Se ve que me conoces muy poco.
    —Lo bastante para no equivocarme.
    — ¿Siempre te consideras tan justo en tus apreciaciones?
    — Me equivoco pocas veces.
    — Y crees acertar conmigo.
    — Estoy seguro.
    — Lo cual indica que tienes un pésimo concepto de mí. Y todo porque...
    —No te detengas, mujer. No van a ofenderme tus palabras.
    — Me odias mucho, ¿verdad? — preguntó alzando la cabeza y mirándolo frente a frente.
    — En absoluto.

    Y mantuvo firmemente la mirada femenina.

    —Me gustaría saber qué hay detrás de tu pelo.
    — Piel.
    — Debajo de tu piel.
    — Sesos — rió cachazudo.

    En aquel momento el viejo «Ford» de don Julio llegaba jadeando a la estación. Corrió hacia su hija.

    — ¡Ah! — exclamó casi sin aliento —. Se me había olvidado, hija. Pero... — miró a Joaquín — menos mal que estás tú aquí, muchacho.
    — No debes aturdirte tanto, papá reconvino la joven suavemente —, tu corazón ya no es joven.
    — ¡Oh, oh! Lo tengo como el motor de un «Pegaso» nuevo. Bueno — exclamó poniendo una mano en el hombro de su hija —, veremos si vienes con novio. En Valencia hay muchos hombres.
    — ¡Papá! — susurró aturdida, roja por la vergüenza.

    Don Julio, como siempre, desconociendo la psicología femenina, añadió imperturbable, e importándole un ardite que Joaquín le oyera:

    — Las mujeres solteras hacen mal papel en todas partes. Los hombres se creen con derecho a mirarlas descaradamente y los niños les tiran piedras.
    — ¡Papá!
    —Hay que casarse. ¿No es verdad, Joaquín?

    Este sonrió sin responder, y su, sonrisa crispó los nervios de la joven.

    —Tú qué vas a decir — siguió don Julio — si tampoco pones fecha de casarte... No me explico por qué ese amor a la soltería, Berta...
    —Cállate ya, papá.
    — ¿Por qué, hija? Estoy deseando tener nietos. Primero — rió cachazudo —, deseé casarme yo. Lo hice. Luego pensé en mejorar mi posición. La mejoré. Más tarde, deseé una hija. La tuve. Ahora lo que deseo es que ésta se case. ¿Son absurdos mis deseos? ¡Pardiez!, claro que no. — Los miró a los dos. Estaban callados y serios. don Julio rió y dijo colocando sus dos manos en los hombros de ambos jóvenes —. Hacéis una buena pareja no sé por qué no os casáis.
    —Papá...
    — Sería un matrimonio acertado — apuntó el caballero radiante —. ¿Por qué nos os unís, jóvenes?
    — Es una buena idea, don Julio, pero...
    — Tú te callas — casi chilló Berta.
    — Pero, hija, déjale hablar.
    —Ya va a salir el tren. Dame un beso, papá.
    — Espera, mujer.
    — Adiós, papá — lo miró a él un momento —. Adiós, Joaquín

    Ni uno ni otro contestaron. La miraban. Estaba Berta bellísima en aquel instante.

    — Os he dicho adiós.
    — ¡Ah, es verdad! — exclamó Joaquín. Y alargó la mano. Berta le entregó la suya, y el químico se la apretó hasta hacerle daño. Luego la soltó y dijo —: Que tengas feliz viaje.

    Y giró en redondo.

    Berta, nerviosa, se abrazó a su padre y le reprochó al oído:

    — Siempre has de ruborizarme.
    — ¡Querida! —exclamó el caballero sin preocuparse de comprenderla.
    —Adiós, papá. Volveré pronto.
    — ¿Me lo prometes?

    Lo miró y asintió con los ojos.

    Subió al tren, y éste, como si estuviera esperando por ella, se puso en movimiento.

    ¡Don Julio se aproximó a Joaquín y dijo emocionado por la marcha:

    — No es porque sea mi hija, pero he de reconocer que es encantadora.

    Joaquín no replicó. Seguía, con los ojos entornados, la gran mole de acero que se alejaba.

    — ¿No es verdad, muchacho?

    Y Joaquín replicó lacónicamente:

    — Lo es.


    Capitulo 5


    Órdago a la grande...

    — Claro.
    — ¿Juegas o no?
    — ¿Qué tal Berta?

    Jugó. Don Julio perdía. Estaba de un humor de todos los demonios.

    — Diantre muchacho... — y de repente —: ¿Preguntabas por Berta?
    — Sí.

    Don Julio dejó las cartas, sobre la mesa dando por finalizado el juego. Tomó un sorbo de vino y exclamó:

    — Este demonio de Mario cada día bendice más el vino. Pues Berta — añadió sin transición — se lo pasa de lo más bien. ¿Cuánto tiempo hace que marchó? — Contó con los dedos —. Tres meses... No me encuentro sin ella ¿sabes? Y mi madre le pasa otro tanto. Cuando se tiene una hija sola se pasa mal sin ella.
    —Quiere usted casarla — apuntó Joaquín maldiciendo la divagación del fabricante, pues él deseaba saber de Berta —. Y cuando lo haga se irá de su lado.
    — Se lo pregunto en todas las cartas, pero como si nada. Ni siquiera contesta a ello. Cuenta todo lo que hace, pero de hombres, ni media palabra. — Y con ansiedad —: ¿Crees que mi hija tiene vocación de monja?
    —Tal vez.
    —Pues no me gustaría, muchacho. No tengo más que esa hija, y espero nietos de ella. — Miró a Joaquín fijamente —. No me explico por qué tú no le haces la corte.
    —Berta es muy exigente.
    —Ta... ta. Todas las mujeres parecen que lo son, pero al final... sus ambiciones se quedan en nada — consultó el reloj —. Tengo que marchar.

    Se pusieron en pie y juntos salieron del café. Joaquín rezongó:

    — Para el mes que viene, perderemos la propiedad del pueblo. Es un fastidio, ¿no?
    — ¡Qué disparate! ¿Sabes cuántos embutidos se venden en el verano? El triple que en invierno. Los pedidos se suceden que es un encanto.
    —Usted vende el alma con tal de ganar dinero.
    —No, diantre. Pero no soy un indiferente al vil metal. Además, muchacho, los veraneantes son alegres. Falta te hace a ti, que pareces un funeral. ¿Sabes lo que estoy pensando?

    Joaquín no deseaba saberlo. Los pensamientos de su jefe le asustaban.

    Don Julio añadió:

    —Debieras casarte. Hay señoritas monísimas. ¿Qué mujer pides a la vida?
    —Una bien sencilla. Y, desde luego — rezongó —, no necesito que sea monísima. Me basta con que sea mujer, que me quiera y yo a ella.
    — Mi hija era que ni pintada.
    — Su hija no se conformará jamás con un químico.
    — ¿Crees a Berta ambiciosa?
    — ¡Yo qué sé!

    Se despidieron frente a la casa de Joaquín.

    —Pues debieras casarte — repitió el fabricante, machacón —. Es lo que debe hacer todo hombre que tenga edad para ello.

    Joaquín no contestó. Y don Julio decía a su madre aquella noche:

    — Este hijo de Gloria es muy especial.
    — ¿Por qué?
    — Ya tiene edad para casarse. Nunca le conocí novia. Al principio de llegar Berta del colegio, parecía interesado por ella, y de pronto... En fin, hubiera sido un matrimonio estupendo, ¿verdad?

    La anciana no respondió. Reflexionó. De modo que era Joaquín el hombre que se le declaró a Berta, y ésta rechazó. ¿Cómo no se le había ocurrido hasta entonces?

    — ¿No te parece, madre?
    — ¿Qué?
    — Ni que estuvieras en las nubes.
    — Lo estaba un poco — dijo. Y no mencionó el descubrimiento que acababa de hacer.

    Empezaban a llegar los veraneantes. Se organizaron fiestas en el pequeño casino, que permanecía cerrado todo el invierno. Se atestó la playa. Don Julio vendía más embutidos. Joaquín se aburría.

    Margarita, una veraneante muy bonita y muy coqueta, decía aquella mañana a Fina, otra veraneante no menos atractiva que la primera:

    —Ese químico, llamado Joaquín Salazar, es el hombre más potable del pueblo, y no es mal partido. ¿Sabes lo que estoy pensando?
    —Me lo imagino.
    —Pues lo conquistaré. Tiene expresión de ogro, pero no será tan difícil derribar la plaza. Me gustan los hombres herméticos.
    — No lo conseguirás. Es de los hombres que no dan gran importancia a las mujeres y al amor.
    —Eso te lo crees tú. Ese es peor que otros vocingleros que andan contando a voz en grito sus conquistas. Me gusta el químico. Empezaré esta misma tarde a encontrarme con él.
    — ¿Por casualidad?
    —Claro. — Y burlona —. Las casualidades impresionan a los hombres.

    Ambas rieron. Se hallaban tumbadas en la arena, bajo los candentes rayos del sol. Era aquél un pueblo muy concurrido en verano. Se comía barato. El hospedaje en el único hotel decente, resultaba económico, y no era preciso vestir emperingotadamente para acudir a las veladas del casino. Había muchas casitas alquiladas todo el invierno en espera de sus moradores veraniegos. Familias enteras acudían al pueblo costero a pasar los tres meses estivales. Margarita era hija de un médico. Pasaban el invierno en la ciudad, a doscientos kilómetros del pueblo, y en el verano toda la familia acudía al mar. Eran tres hermanas todas casaderas y con locos deseos de cambiar de estado. Y el médico y su mujer lo deseaban tanto como ellas, pues no es nada fácil, para un médico anónimo, vestir a tres jóvenes, darles educación y alimentarlas, con los tiempos tan difíciles que corrían. Fina era hija de un contratista, tenía dos hermanas y tres hermanos, y el contratista se veía y se deseaba, y engañaba de continuo a sus clientes para mantener decorosamente a su rebaño. Así pues, no es de extrañar que ambas jóvenes desearan casarse. Y Joaquín, a quien ya conocían de otros veranos, les parecía presa fácil. Se lo rifaron entre las dos amigas, y quedó decidido que sería Margarita la que lo abordara, mientras la otra se dedicaba al farmacéutico, que dicho de paso, no era un hombre despreciable, aunque tenía aspecto de olerle muy mal los pies. Cuando surgía este irónico comentario, Fina decía sin rubor:

    —Ya se los lavará cuando nos casemos.

    De este modo quedó acordado y bien definido el deseo de los dos hombres, si bien era preciso que ambos respondiesen al disparo que iba a serles lanzado dese aquel momento. Ellas confiaban en que todo saldría bien.

    El encuentro de Margarita y Joaquín tuvo lugar aquella tarde por casualidad, y hemos de advertir que Joaquín no creía en las casualidades.

    — Joaquín, chico, cuánto tiempo sin verte.
    —Hola, Margarita. ¿Cómo estás?
    — Estupendamente. Ya veo que tú sigues como siempre. ¿No te aburres jugando a las cartas con don Julio? Y a propósito de don Julio, ¿qué es de su hija? Creí que encontraríamos aquí a Berta.
    — Está en Valencia.
    — ¿No viene este verano?
    — No lo sé.

    Caminaban a la par, Margarita era muy atractiva Joaquín un hombre como todos, o tal vez más apasionado que muchos, aunque lo disimulaba. Así pues, no le resultó difícil advertir el sutil coqueteo y seguirla hasta el casino. La invitó a una copa y se sentaron juntos ante una mesa, cerca de la pista.

    — ¿No te aburres aquí? — preguntó ella.
    — No mucho.
    — En verano puede pasar, pero en invierno este pueblo tiene que ser insoportable.
    — No tanto. Uno se distrae con el trabajo.
    — ¿Nunca sales de aquí?
    — Nunca.
    — ¿Y no lo deseas?
    — No.

    Una conversación pueril, pero que sacó a Joaquín de su monotonía. Si le gustó la chica lo ignoramos. Bailó con ella, la acompañó a casa, y Margarita se las arregló para quedar citada con él para el día siguiente. ¿Era un triunfo de Margarita? Ella así lo creyó. Joaquín no estaría de acuerdo si lo supiera.


    * * *

    — Llegó sin avisar, muchacho.

    Joaquín se sobresaltó. No le fue preciso que su jefe diera nombres, sabía bien quién había llegado.

    —Mi hija es así. Llega cuando menos se la espera. Está muy guapa, sabes? — añadió embelesado —. Diantre, yo diría que más guapa que nunca.
    — ¿Sin... novio?
    — No me lo dijo. Ahora caigo en la cuenta de que se lo pregunté, y no me contestó a eso. Todo fue preguntar. Quiere saber cosas de aquí. ¿Sabes? También me preguntó si el ogro de Joaquín tenía novia…
    —Dígale que sí.

    Don Julio abrió una boca de un palmo.

    — Pardiez. ¿Es que la tienes?
    —Tal vez.
    — ¡Ah, ah! Muy interesante, ¿eh?
    — Lo bastante para distraerme.
    — Muchacho, eres difícil de comprender. Si fuera mujer tendría miedo.
    — ¿Miedo?
    —De tu..., ¿cómo diría? De tu carácter.
    —Los empleados — ironizó Joaquín — dicen que soy excelente.
    —Sí, sí, y yo también lo digo. Pero no son mujeres con deseos de casarse. Mi hija — añadió con su volubilidad habitual — está muy morena. Parece diferente. Hasta le mejoró el carácter.
    —Falta le hacía.
    — ¿Cómo?
    — Estaba pensando en una composición química.
    — ¡Ah!

    La vio aquella misma tarde. El encuentro fue casual. Y, esta vez, Joaquín creyó en la casualidad. El salía de casa y ella entraba a saludar a Gloria. Se quedaron frente a frente. Joaquín no pestañeó, pero se dijo que tenía razón don Julio. Estaba endiabladamente bella, y el moreno de su piel daba a sus ojos diferente oblicuosidad, una expresión distinta. Más..., ¿cómo diría? Más fascinante.

    — ¿Cómo estás? — preguntó inexpresivamente. Joaquín le estrechó la mano. Apenas si se la rozó.
    —Bien. ¿Y tú? Indudablemente, Valencia tiene múltiples encantos para retenerte tanto tiempo.
    — Sí que los tiene. ¿Está tu madre?
    —La encontrarás en la salita. Me alegro de verte — dijo a renglón seguido.
    —Gracias. Igual digo.

    Y siguió adelante. Joaquín se volvió para mirarla. El breve talle se balanceaba, y las perfectas piernas sostenían un cuerpo maravilloso, enfundado en ropas deportivas de firma cara.

    «Es distinta a todas», rezongó. Y salió pisando fuerte, sin añadir si aquella diferencia le satisfacía o le disgustaba.

    Berta saludó a Gloria, conversó con ella un rato y después se despidió. Gloria la acompañó hasta la puerta.

    —Estás muy guapa — dijo.
    —Usted me piropea y sin embargo su señor hijo...
    — ¡Oh, Joaquín es especial. ¿No te has echado novio por Valencia?

    La joven emitió una risita.

    — Fue la pregunta que me hizo papá nada más verme. Y la abuelita, y ahora usted.
    — ¿Y qué?
    — Pues nada.
    — No me has dicho si lo tienes o no.
    —No lo tengo.
    —Berta, voy a decir como mi hijo. Eres demasiado exigente.
    — ¿Dice eso Joaquín? — preguntó sin parpadear.
    —Lo dice, y voy a creer que tiene razón.
    — No la tiene. Hasta luego.

    Y se alejó agitando la mano. En medio de la plaza se quedó pensando: «¿Adónde ir? ¿Al casino? Pues sí, al casino.» Conocía a todos los veraneantes. Siempre eran los mismos, y si había alguno nuevo, ya se lo presentarían. Encontró a Fina en la puerta del casino.

    — Chica, si no sabía que habías vuelto.
    — Llegué ayer noche.
    — ¿Qué tal por Valencia?
    — Estupendo. ¿Y por aquí?
    — ¡Bah!
    — ¿No te diviertes?
    —Hay poco elemento masculino. Una se pasa todo el invierno soñando en el verano, y cuando llega éste... ¡Puaff! ¿Vamos a sentarnos?
    — ¿Y Margarita?
    — ¡Oh! Esa ya se apañó para pasarlo bien. Ya te contaré. Luego vendrá, ¿sabes? Yo me adelanté. Este verano — rió con picardía — pienso conquistar al farmacéutico.
    — ¿Isidoro?
    — ¿Es que hay otro?
    — No — rió —, pero Isidoro es insoportable.
    —No tanto. Posee una farmacia propia y una casa de dos pisos, y además no es viejo.
    —Querida Fina, no me seas loca.
    — Te aseguro que tanto Margarita como yo hemos decidido comprometernos este verano. A Margarita le salió mejor. Parece ser que Joaquín es presa fácil.

    Berta parpadeó.

    — ¿Joaquín?


    Capitulo 6


    Fina no reparó en el asombro de Berta. Con naturalidad dijo:

    — Sí, Joaquín, el químico. Creía que era plaza inalcanzable, pero Margarita acordó ayer conquistarlo y empezó con buena mano. Estuvo con ella toda la tarde y se citaron para hoy.
    — ¡Extraordinario! — fue lo único que pudo decir Berta.
    — ¿Verdad que sí? — Bajó la voz y añadió—: Además, Joaquín es un hombre magnífico. Es de los que les gustan a las chicas. Tiene aspecto de indiferente, pero yo, la verdad, no creo que lo sea.

    No contestó. Quedóse ensimismada. Fina continuó, con su vehemencia habitual:

    —Margarita es una chica atractiva y tiene muchas ganas de casarse. Si caza a Joaquín, y lo cazará, menuda suerte.
    — Para vosotras — explotó al fin Berta — sólo cuenta el matrimonio. Que éste se efectúe con un energúmeno, poco importa, ¿no?
    — Chica, qué fiera.

    Se apaciguó como por encanto. Trató de esbozar una sonrisa y lo consiguió.

    — Es que me fastidia lo poco que consideráis el amor.
    — Berta, querida — se burló Fina —. ¿Qué tiene el amor que ver con esto?
    — Amor y matrimonio van unidos, ¿no?
    —Mujer, eso era antes. Hoy lo que interesa es hallar un hombre que nos mantenga decorosamente.
    — Me asqueas.
    — ¡Qué remilgada!

    Se les aproximó un grupo, y Berta no pudo contestar. Estuvo distraída toda la tarde, y esperó con ansiedad que Margarita y Joaquín aparecieran en el salón. No fue así. Cuando a las diez regresaban a casa, Fina se le acercó.

    —El estúpido del farmacéutico no vino. Pero peor para él. Se pierde una gran chica.

    Berta no comprendió. La otra siguió diciendo:

    —A Joaquín debe gustarle el romance a la luz de la luna.
    — ¿Por qué lo dices?
    —Mujer, no aparecieron por el casino. Y Margarita es de las chicas a las que gusta exhibir a sus pretendientes.
    —Lo cual indica...
    —Que Joaquín gusta de las soledades. ¿Adónde crees que habrán ido? Igual salieron en bote hasta el acantilado.
    — Sin compañía.
    — Desde luego. Eso se sobreentiende, ¿no? — La miró de pronto —. ¿Sabes que hoy estás insoportable? ¿Te pasa algo?
    — ¿A mí?
    — Sí, a ti. Lo parece.
    —No me pasa nada.

    Pues estás agresiva.

    —Me fastidia lo que piensas y dices del amor.
    — Mujer, yo no tengo la culpa de que tú seas una sentimental. Lo que me extraña es que, siéndolo, aún estés soltera.

    Berta no contestó. Por toda respuesta, dijo:

    —Veo a papá en el bar de Mario. Voy a buscarlo.
    —Hasta mañana, pues. — Y con ironía —: Procura dejar tu mal humor en casa.

    Se alejó riendo, y Berta se prometió a sí misma ponerse máscara en la cara desde aquel instante.

    Cruzó la plaza y se encontró con su padre, que salía del bar. Se colgó de su brazo y dijo:

    —Iba a buscarte.
    — ¿Qué tal lo pasaste, hijita?
    — ¡Bah!
    — ¿Sólo así?
    — Una se cansa de todo.
    — ¿A tus años diciendo eso? Yo creo, Berta querida, que lo que tú necesitas es un novio.
    — ¿Otra vez, papá?
    — Perdona, hijita. Es algo que no puedo apartar de mi mente. ¿Y sabes lo que te digo? Vienen estas señoritas y se llevan los pocos chicos decentes que hay.
    — ¿Lo dices... por Joaquín?
    — Pues sí. Lo he visto alejarse hacia el muelle con esa rubia llamada... no sé cómo diablos se llama.
    —Margarita.
    — Eso es.
    — Igual lo pesca — apuntó Berta con deje extraño. Don Julio rezongó:
    —Igual. Los hombres somos idiotas muchas veces.


    * * *

    Nunca iba a la fábrica. Pero aquel día fue, y su padre se alegró de ello. Enternecido, la acompañó por todas las dependencias, y Berta lo miraba todo con entusiasmo. Vestía pantalones negros, largos hasta el tobillo y muy estrechos en éste. Un suéter blanco, y calzaba mocasines. Estaba muy bonita, y la ropa masculina, lejos de restarle femineidad, se la acentuaba. Saludó a obreros y empleados con sonrisa gentil, y don Julio le dijo al oído:

    — Sigue sola o busca a Joaquín en su oficina. Yo tengo que atender a unos clientes que llegan en este instante.

    Era lo que ella deseaba.

    —Vete, papá, y no te preocupes por mí.

    Atravesó la nave y entró sin llamar en el despacho e Joaquín. Este, al verla, se puso en pie y frunció el ceño. Berta hizo como si no lo notara y exclamó con sencillez:

    — Siento molestarte, pero he decidido ver todo esto y papá hubo de atender a unos clientes.
    — Esto tiene poco que ver — dijo áspero —. No es nada divertido.
    —Positivo, sí lo es, y yo vivo del producto de todo esto.
    —Me parece que a ti te importa un bledo el dinero.
    — ¿De veras? Pues me gusta mucho. Sin él no se consigue gran cosa.
    — Bueno, creo que no has venido aquí a decirme eso. ¿Qué deseas?

    Se le quedó mirando asombrada.

    — Cada día — dijo — eres más descortés.
    — Soy como soy, y no voy a cambiarme por darte gusto.
    — No seas vanidoso, Joaquín, que yo no pretendo que cambies.

    Cerró la puerta tras de sí y avanzó mirándolo todo.

    — Es un despacho acogedor. ¿Qué haces?
    —Tengo mucho trabajo pendiente, Berta, y no puedo retrasarlo.
    —Ya. Puedes seguir trabajando. Yo he de ver esto.

    Joaquín, malhumorado, se sentó de nuevo y continuó su trabajo. Ella iba de un lado a otro haciendo notar su presencia, y su perfume tan personal hacía daño en los sentidos de Joaquín, quien trataba por todos los medios de conservar la serenidad, lo que consideraba bastante difícil.

    — ¿Cuándo te casas? — preguntó ella de pronto, de espaldas a él.
    — Ya lo veremos.

    Se volvió en redondo y se le quedó mirando interrogante. Joaquín escribía a máquina y parecía hallarse solo en la oficina.

    — ¿Margarita?

    No respondió. Tecleaba con brío.

    Berta se aproximó a la mesa y se quedó en pie junto a ella.

    —Oye, te estoy hablando.
    — Tengo mucho que hacer.
    — ¿Crees que Margarita te ama?

    Joaquín levantó la cabeza con presteza.

    — ¿Y a ti qué te importa?
    —Me importa. Eres un buen amigo.

    Sostuvo valientemente la mirada centelleante de Joaquín. Ella no pestañeó.

    —Pues no temas por el amigo del alma. Sabe muy bien defenderse solo.
    — Ella desea casarse.
    — ¿Y qué mujer no lo desea?
    —Yo — replicó fríamente —. Y tú lo sabes.
    — No estoy muy seguro — y volvió a teclear.

    Berta perdió un poco la paciencia, y aplastó su bella mano en las teclas.

    — ¿Qué haces?
    —Te estoy hablando.
    —Y yo te contesto. Quita la mano de la máquina.
    — Margarita...
    — ¿Otra vez Margarita? ¿Se puede saber qué te importa a ti? No soy un crío, y Margarita — recalcó — me gusta mucho.
    — Es una aprovechada.
    — Tanto peor para ella.
    — Oye, Joaquín...
    — Quita la mano de ahí y vete. Tengo mucho trabajo pendiente.
    —Mucho me odias.
    — En absoluto.
    — No puedes perdonarme, ¿verdad?

    La miró taladrante.

    — ¿Te importa mucho mi perdón? Pues puedes vivir tranquila. Ni te odio, ni te guardo rencor.
    — Pero tampoco me amas.
    —Tanto como tú a mí.
    — Eso no es una respuesta.

    Se puso en pie de un salto y gritó fuera de sí:

    —O te marchas tú o me marcho yo. No te puedo sufrir, ¿te enteras?

    Berta fue retrocediendo, como anonadada, y de pronto salió casi corriendo. Joaquín se pasó una mano por la frente y rezongó:

    — Maldita sea...

    Después cayó como descorazonado en el sillón y ocultó la cara entre las manos. Un frío sudor le invadía, y aquel perfume... ¡Sí, sí, aquel perfume que agitaba cuanto de sensible había en su ser!


    * * *

    —Berta estuvo aquí.
    — ¡Ah!
    — Dijo que tienes novia. ¿Es cierto?
    — ¡Bah!
    —Añadió que era Margarita. Esa chica rubia y llamativa.
    — Bueno, ¿y si lo fuera, qué?
    — ¡Oh! No creo que tú..., tan sensato. ¡Una veraneante...!
    —Es una chica como otra cualquiera, ¿no, mamá?
    —Sí, hijo, pero..., al fin y al cabo no pasa de ser una extraña. ¿No es cierto?
    —Yo qué sé. Y te digo que Berta se meta en sus cosas,
    — Berta te aprecia.
    —Me río yo de su aprecio. ¿Sabes lo que le pasa a Berta? Es de las que piensan que lo que ella no quiere, no deben desearlo los demás. Hala, que se pudra por ahí.
    — ¿Se pudra, qué...?
    —Lo que ella no quiere.
    — Joaquín, ven acá. ¿Es que Berta no te quiso?

    Joaquín estaba al cabo de su paciencia y exclamó fuera de sí:

    — No me quiso, no. ¿Te enteras? Me rechazó con todas las letras. Así, como si yo fuera un apestado.
    — ¿Cuándo?
    — ¡Qué sé yo! Hace cinco años por lo menos. — Se volvió hacia la asombrada dama y gritó —: Y que me deje en paz. Si Margarita me gusta lo bastante, me caso con ella y en paz.
    —Pero tú amas a Berta.
    —Maldita sea ella.
    — Joaquín...
    — Sí, sí, maldita sea.
    — Pero, hijo...

    Joaquín giró en redondo y se alejó a grandes pasos. Doña Gloria quedó muy preocupada.

    Joaquín entró aquel atardecer en el casino en compañía de Margarita. Saludó aquí y allá, pero no se mezcló con ningún grupo. Se fue con Margarita a un rincón del salón, se sentaron y parecieron muy enfrascados en una charla íntima. Al otro extremo del salón, Berta y Fina y un grupo de amigos veraneantes los miraron con curiosidad.

    —Parece que el ogro — dijo una — se humaniza este verano.

    Berta apretó los labios. No se encontró con los ojos de Joaquín ni una sola vez, y cuando llegó la hora de marchar fue la primera en despedirse. En el grupo hubo un silencio. De pronto dijo un chico rubio, muy atildado:

    — Esta Berta es extraordinariamente guapa y tiene tanto de desdeñosa como de bonita.
    —Pose—dijo Fina burlona —. Sólo pose.
    — No. Es natural. Me declaré mil veces y siempre da la misma respuesta.
    — ¿Cuál?
    —Cree en el amor.
    — Tú se lo puedes proporcionar.
    — Pero parece ser que ella no me ama — dijo con sencillez.

    En su casa, a la hora de la cena, Berta decía a su padre y a su abuela:

    —Parece ser que Joaquín se echó novia.

    La anciana se sobresaltó. Don Julio dio un puñetazo sobre la mesa.

    —El memo ese te rechaza a ti, y se pone con una rubia desconocida. Es imbécil.

    Berta se alteró.

    —A mí no me rechazó — dijo irritada.
    — ¿Que no? Yo le pedí que se casara contigo.
    — Sin contar con mi opinión.
    —Tonterías. Joaquín es un chico que gusta a todas las mujeres, sensato.
    —A mí no — exclamó con fiereza.
    — ¿Que no? Pues entonces no sé por qué te interesa tanto lo que diga o haga nuestro amigo.

    Berta quedó con la boca abierta. Era la primera vez que su padre se mostraba como buen psicólogo.

    Se levantó de la mesa y salió del comedor a paso ligero, sin responder.

    — ¿Dije alguna tontería? — preguntó perplejo el caballero.
    —Creo que muy grande.
    —¡Vaya por Dios!

    Y se quedó tan tranquilo. Había acertado por casualidad, pero él no lo supo.


    Capitulo 7


    Quiero trabajar en la oficina, papá.

    Don Julio puso cara de bobo.

    — ¿Has dicho...?
    —Sí, en la oficina.
    — ¿Cómo?

    Berta dio una patada en el suelo.

    — En la o-fi-ci-na — deletreó impaciente.
    — Sí, ahora entendí.
    —Pues ya lo sabes.
    — No.
    — ¿Por qué?
    —Que no trabajarás en la oficina.
    —Si no me dejas trabajar me iré de nuevo a Valencia.
    —Eso no — bramó el fabricante —. Tengo una hija y deseo disfrutar de ella.
    —Pues yo no me aburro más.
    —Pues no te aburras, hija. Hay una pandilla de chicos muy divertidos. Me refiero a esos veraneantes.
    — Parásitos.
    —Hola. ¿Y qué has sido tú hasta ahora?
    — Pues se acabó. Deseo trabajar. Sé escribir a máquina, sé redactar cartas comerciales, los números no tienen secreto para mí. Seré una buena secretaria.
    — Allí no queremos mujeres.
    —Si las tienes a docenas.
    — He dicho más mujeres.
    —Ya te digo que si no me dejas…
    — ¡A Valencia no! ¿Está claro? — Y con irritación—Busca un novio que te entretenga.
    — Como si los novios se rifaran.
    —Eres guapa y tienes dote.
    —El hombre que se case conmigo no ha de ser egoísta.
    — Entonces tendremos que esperar a la hora del juicio final, pues entonces todo el mundo querrá despojarse de sus pecados y…
    — ¡Papá!
    — Hija.
    — Te digo...
    —Y yo te digo a ti que no.

    Y salió pisando fuerte.

    En el despacho, mientras fumaba un cigarrillo sentado frente a Joaquín, el caballero decía:

    —Y nada, que mi hija se ha vuelto loca.
    — ¿Qué? ¿Qué le pasa? ¿No se echó novio en Valencia?

    El tono no gustó a don Julio, quien replicó irritado.

    — ¿Y a ti qué demonios te importa?
    — ¡Oh! — rió Joaquín —. Nada. Simple curiosidad.
    — ¡Ejem!
    — ¿Le ocurre algo a Berta?
    —Naturalmente. Quiere venir a trabajar.

    Joaquín dio un salto y bramó:

    — Eso no.
    — ¿Cómo que no? Aquí soy yo el amo.
    —Bueno, ya lo sé. Pero...
    — Y si Berta quiere venir a trabajar, hala, que lo haga.

    Joaquín pensó en los hermosos ojos fríos. En sus líneas escultóricas y en su perfume. No, no. Berta allí, y él hombre muerto de impotencia era todo uno. Sabía cómo vencer a don Julio y trató de hacerlo, aunque no muy seguro de lograrlo.

    —Bueno, pues que venga.
    — ¿Cómo?
    —He dicho que venga — apuntó mirando de reojo. Sabía que a don Julio no había que llevarle la contraria, pero aquella vez falló su psicología.
    —Tienes razón. Mejor es que se entretenga en algo.
    — ¿Qué?
    —He dicho en algo.
    — Ya.

    El fabricante se puso en pie.

    — Le diré que puede empezar mañana.
    — Prepararé mi funeral.
    — ¿Cómo? ¿Quién piensa morirse?

    Joaquín rió a lo tonto, de dientes para afuera.

    —Era un decir.
    —Ya me parecía. Voy a mi despacho a firmar unas cartas. Hasta luego, muchacho.
    —Hum...
    — ¿Te duelen las muletas?
    — ¿Las...? ¿Por qué?
    —Lo digo por tu gruñido.
    — No me duele nada.
    —Me alegro.

    Y don Julio salió riendo a lo zorro. El no era ningún lince para entender de psicología, pero... era un hombre viejo y había sido joven, y conocía la juventud. Acababa de comprender algo. Sí, y aquel algo le regocijaba.


    * * *

    — ¿Puedo pasar?
    —Claro, muchacho.

    Joaquín pasó y se quedó de pie junto a la puerta. Tenía expresión de mártir. El se conocía. Durante cinco años había llevado máscara en la cara, pero no era una persona para poder seguirla llevando la vida entera. Y si Berta trabajaba a su lado... Bueno, él no respondía. El día menos pensado la besaba, porque, ¡ay!, lo estaba deseando, y después, ¿qué? El no iba a consentir que una mujer se riera de él, aunque fuera Berta. Así pues, la besaría, y luego de saciar su ansiedad, se reiría de su arrebato para hacerle daño. Y Berta se lo diría a su padre y vendría todo lo demás. Despido, malos antecedentes, disgusto para su madre, pérdida de un buen porvenir. Y, hala, todo por un beso.

    Suspiró.

    — ¿Qué diablos te ocurre, muchacho? — preguntó don Julio con acento inocente.
    —Pues..., ¿puedo sentarme?
    —Claro, claro. Y perdona que no te haya invitado antes. Siéntate cómodo y fuma uno de mis cigarrillos.

    Se sentó, pero no fumó. Por su mente pasaron cinco años. Berta llegaba del colegio. Era menos mujer, pero casi tan guapa como ahora. El era un sentímental, y los ojos de Berta le penetraron como una llama. El no había tenido novia nunca, amoríos, amigas. Bueno, todo eso que tienen los hombres jóvenes y de lo que no se enteran las madres ni los vecinos. Llegó Berta y él se enamoró como un cadete. Se lo dijo así, y Berta se rió de su declaración. Aquello no podría olvidarlo jamás. Nunca le volvió a hablar de ello. Al contrario, hizo como si fuera un deslumbramiento de hombre joven. ¡Un deslumbramiento! Era, sí, un deslumbramiento, pero no de joven inocente. De hombre, y aquel deslumbramiento se iba haciendo más insoportable cada día.

    —Estoy esperando que me digas algo — observó don Julio —, pero veo que tus pensamientos son más interesantes.
    — ¿Mis...?
    —Tus pensamientos, hombre.
    — ¡Ah!
    — ¿Qué es ello?
    — Pues... estoy pensando que una mujer... en la oficina...
    — ¿Era eso? Comprendo. La necesitas, ¿no?
    — Pues... yo creo...
    — Ya. No te preocupes. Le diré a Berta que te ayude en cuanto sea posible.
    —Es...
    —Sí, sí. Es muy lista.
    — Yo...
    —Ya sé que también lo eres.
    —Le iba a decir...
    — ¿Que me lo agradeces?
    — Don Julio...
    — No es preciso, muchacho. Lo comprendo.
    — Pero...
    — ¿Estas cartas que habéis puesto aquí son para firmar? Ajá. Las firmaré — se caló los lentes —. Estos ojos... — se echó a reír con desenfado —. Uno llega a viejo y no se da cuenta. Ya llegarás tú también. Todos llegamos, y pobre del que se detiene a mitad del camino…
    —Iba a decirle.
    — Ya me lo has dicho.

    Dobló las cartas y se las entregó a Joaquín.

    —Que las lleven al correo — se puso en pie —. Ya me voy. Quedé en jugar una partidita con el veterinario.
    —Don Julio...
    —Sí, sí, que las echen al correo. — Se puso el sombrero —. Hasta mañana, muchacho.

    Se marchó apretando el fino bastón de bambú, y Joaquín se mordió los labios. Iba a decirle a don Julio que no enviara a su hija a la oficina, y hete aquí que no había podido lograrlo. Bueno, que fuera lo que Dios quisiese.


    * * *

    La encontró a la salida. Berta conducía el destartalado «Ford», y el ruido que éste producía parecía divertirla mucho.

    Vestía pantalones azul celeste, suéter rojo vivo y su carne morena y prieta brillaba bajo los últimos rayos de sol. Al verlo, detuvo el coche con gran ruido de frenos y hierros y asomó la hermosa cabeza por la ventanilla.

    — Eh, tú, Joaquín. ¿Quieres dar una vuelta?

    Joaquín se detuvo en seco y no pestañeó. Claro que daría la vuelta con ella y la disuadiría. Sí, ¿por qué no? La irritaría, la sacaría de quicio, y Berta, al día siguiente, no pensaría en ir a la oficina. De un salto quedó encaramado a su lado.

    —Esto parece una grillera — comentó ella. Lo miró breve —. ¿Qué hay? Pareces de mal humor. ¿Te rechazó Margarita?
    —Margarita es una mujer de corazón.

    Berta puso el cacharro en marcha y lo condujo a través de las empedradas calles. El «Ford» saltaba como un acróbata, pero esto, lejos de disgustar a Berta, la hacía reír.

    — Por lo visto los demás tenemos en lugar de corazón una lechuga.
    — No tanto. Una lechuga es sabrosa. Y el corazón de alguna chica es repulsivo.
    —Si va por mí...
    —Una de ellas.
    — ¡Qué amable!
    — Gracias.
    — ¿Sales ahora de la fábrica?
    — Eso es. Dice tu padre que mañana empiezas tú a trabajar.

    Berta se echó a reír.

    — ¿Lo ha dicho?
    —Sí, lo ha dicho.
    —Chico — lo miró breve —. Cualquiera diría que ello te desquicia.
    — No. Te equivocas. Me emociona.
    — ¿Te... emociona?
    — Eso es. Nunca pensé que me amaras tanto.

    Berta dejó de reír. Lanzó una breve mirada sobre su acompañante y de súbito su rostro se puso tenso.

    — ¿Yo...? ¿Qué es lo que dices? ¿Que yo te...?
    — Creo...
    — Tú estás soñando.
    —Estoy despierto, y no soy hombre que sueñe ni durmiendo ni en vigilia. Y te advierto que pierdes el tiempo.

    Berta apretó los dedos en el volante. Estuvo a punto de lanzar un alarido de furor, pero era muy orgullosa, y además, ciertamente, amaba a Joaquín con desesperación. Pero no se ablandaba Berta tan fácilmente ante un hombre que no la amaba y además aseguraba que era amado por ella.

    — Creo que ves visiones — rió —. Si te amara — y esto recalcó — te habría aceptado cuando me declaraste u amor.
    — Siempre haces alusión a algo que está pasado de moda.
    — ¿Cinco años y pasado de moda? Me amaste mucho, Joaquín. Recuerdo aún...
    — ¿Te quieres callar? Déjame aquí.
    — Pero, hombre, si la conversación era muy amena.

    Vencía ella. No quería herirla. Le gustaban los ojos alegres de Berta. Verlos enfurecidos sería... desagradable.

    — Si vas mañana a la oficina — dijo áspero — atente las consecuencias.
    — ¿Vas... a comerme?
    — Voy a besarte.

    El «Ford» se tambaleó. Berta simuló un sobresalto. ¿Cómo besaría Joaquín? Sería conmovedor privarlo de aquella frialdad escalofriante.

    — ¿Besarme? — preguntó burlona —.¿Y eso?
    — Eres una mujer guapa.
    — ¡Ah! Y tú sientes esa necesidad ante todas las mujeres guapas.
    —No soy un muñeco de cartón. Soy un hombre de carne y hueso.
    —Voy a tomarte miedo.
    —Pues tómamelo, porque tendrás motivos.
    —Bien, Joaquín. Acepto el reto aunque luego me tire de los pelos Margarita.

    Y detuvo el auto.

    Joaquín saltó al suelo y se alejó calle abajo sin mirarla de nuevo. Berta se quedó muy triste y pensativa.

    Cuando se sentó a la mesa aquella noche, su padre lijo:

    — Puedes ir mañana a la oficina. Trabajarás en el despacho de Joaquín. No tiene secretaria, y tú ayuda le será muy útil.
    — Estupendo, papá.

    Se retiró temprano. Don Julio miró a su madre y se frotó las manos.

    —Hoy hice un negocio magnífico.
    — ¿Sí? ¿De qué se trata?
    — De la boda de Berta.
    — ¿La...?
    — Con Joaquín. Se aman, ¿sabes?
    — ¡Ah!

    Se le quedó mirando boquiabierta.

    — ¡Caray! —exclamó— ¿No te coge de sorpresa?
    — ¡Oh!
    — ¿No te coge?
    —Pues... no mucho.
    —Es una novedad.
    — Para ti, sí, que vives en las nubes. Pero para quien, como yo, pisa tierra firme y además se apoya en un bastón...
    — ¡Diantre, diantre! ¿Lo sabías?

    La anciana hizo un ademán elocuente con ojos y hombros, y don Julio se echó a reír nerviosamente.

    — Soy un idiota dijo.
    — Creí que ya lo sabías.
    — ¿Cómo?
    —Eso.
    — ¡Ay, madre! — exclamó el caballero inocentemente —. ¡Qué ladinas sois las mujeres!
    — Creí que eso también lo sabías.


    Capitulo 8


    Creyó que desistiría, pero a las nueve en punto de la mañana, Berta, gentil, sonriente, fascinadora, entró en el despacho de Joaquín dando los buenos días. El perfume tan personal llegó al olfato de Joaquín produciéndole un sobresalto. Aquel perfume que él conocía desde que Berta regresó del colegio y empezó a amarla. Ver a Berta, olfatear su perfume y vivir de nuevo todo aquello era una misma cosa.

    —Bueno — dijo plantándose delante de él —. ¿Qué es lo que tengo que hacer?

    Joaquín decidió no alterarse. Con frialdad, dijo extendiendo el dedo:

    —Salir de nuevo por esa puerta y dejarme en paz.
    — He sido nombrada tu secretaria.

    Sentóse a medias en el brazo del sillón y balanceó tranquilamente una pierna.

    — Mira, Berta, te voy a decir algo que espero comprendas.
    —Te escucho — admitió solemne.
    — Hace muchos años que trabajo con tu padre. Este está satisfecho de mi colaboración. Yo estoy satisfecho con él. Dirijo esta fábrica con mano segura, los obreros y empleados me aprecian.
    — ¿Adónde vas a parar?
    —Cuando necesité ayuda de una mecanógrafa — siguió, haciendo caso omiso de la interrupción — la solicité. ¿Vas entendiendo?

    Berta agitó el pequeño pie con desenfado. Alzóse de hombros y dijo:

    — Sigo sin entenderte.
    — Pues está bien claro. Esta vez no solicité mecanógrafa.
    —Pero yo estoy aquí porque me envió mi padre, y mi padre es tu jefe. Comprenderás eso, ¿no?
    —No. Y me gustaría saber qué te propones.
    — ¿Proponerme? — exclamó con expresión inocente —. Hacer algo, ocuparme en algo, no morirme de tedio en este pueblo.
    —Te has propuesto fastidiarme y acepto tu colaboración; pero ten en cuenta esto y no lo olvides: Si bien eres la hija del jefe, aquí eres sólo mi secretaria, y el día que no hagas lo que yo mando, te despediré, y si interviene tu padre me despido yo. ¿Está claro?
    —Clarísimo.
    —Pues toma posesión de aquella mesa — ordenó extendiendo el dedo —. Desenfunda la máquina y disponte a escribir lo que yo te dicte.

    Obedeció encantada. Desenfundó la máquina y pasó los finos dedos por el teclado.

    Joaquín empezó a dictar. Eran las nueve y veinte. A las once terminó de dictar y Berta suspiró aliviada, creyendo que podría conversar con Joaquín hasta la hora de salida, mas cuál no sería su sorpresa cuando Joaquín se puso en pie, abrió un cajón, sacó de él un montón de papeles y se lo puso delante.

    —Haz todas esas facturas y comprueba si las sumas están correctas.
    — ¿Cómo?
    —Ahí tienes papel de facturas. En ese cajón. — Puso el dedo sobre las copias, las golpeó por dos veces y ordenó con frío acento —: Que estén correctas. Yo tengo que salir a dar la vuelta de costumbre.
    — Oye...
    — Espero que a mi regreso todo esté listo.

    Se mordió los labios. Decidió no protestar. Si lo hacía, él podía adivinar el objeto de su estancia allí. Con deseos de matar a Joaquín, y a su padre, se dispuso a cumplir con su deber. Cuando Joaquín reapareció, la campana ya había zonado dando fin a la jornada, y Berta tenía los dedos doloridos, los ojos cansados y le dolía la espalda.

    — Ya terminé.

    Muy serio, muy en su papel de jefe inabordable, Joaquín con una risita, le dijo:

    — Hasta luego, Berta. Tengo la moto aquí y me voy la playa a darme un baño. Margarita me espera.

    La dejó sin que ella respondiera.


    * * *

    — ¿Qué tal, hijita?

    Aun seguía allí, de pie ante la carretera. La moto de Joaquín, con éste a la grupa, se perdía veloz en dirección a la playa. El corazón de Berta latía fuertemente en el pecho.

    «El muy cretino...», pensó.

    La mano de su padre le cayó sobre el hombro, y de nuevo sonó la voz cariñosa:

    — ¿Qué tal, hijita? ¿Qué te pasa? Parece como si te hubieran asestado un puñetazo en el cráneo.

    Se volvió y esbozó una sonrisa forzada.

    — Hola, papá.
    — Creí que no me veías.
    — Estaba distraída.
    — Ya, ya...
    — ¿Ya qué? — se engalló.
    — ¡Oh, nada! Decía que ya es hora de comer. ¿Vienes conmigo? El «Ford» no hace hoy tanto ruido. Parece que por ahora le pasó el constipado.
    — Vamos.

    Subieron a la par uno por cada lado. Don Julio se al volante y ella a su lado, como anonadada.

    — Creí — dijo el padre haciéndose el inocente — que irías con Joaquín en la moto.
    — Ni siquiera me invitó — saltó estallando.

    El fabricante hizo como si no diera importancia al mal humor de su hija. Con suavidad, dijo:

    — No se puede decir que Joaquín sea un chico descortés.
    —Lo es.
    — ¡Ah, lo es! Pues mira, hija, no lo parece. — Y con rápida transición —: ¿Qué tal tu debut como secretaria?

    Berta estaba muy bella, el moreno de su piel coloreado por la indignación. Con fiereza, dijo:

    — Me explotó de lo lindo.
    — ¿Si? ¡Qué raro!
    — ¿Raro por qué?
    — Joaquín es un jefe muy justo.
    —Me duelen los dedos, ¿te enteras, papá? Y las costillas y los ojos...
    — ¡Oh, oh! Lo comprendo, lo comprendo. No volverás a la oficina, ¿verdad? Tú no eres una secretaria profesional.
    — ¡Volveré!—casi chilló —. Y veremos quién se cansa antes. El de mandar o yo de obedecer.
    — Bueno, bueno.

    Lo miró ceñuda.

    — ¿Te has quedado tonto de pronto, papá?
    — ¿Qué?
    — Si te has quedado tonto, que no sabes más que lanzar exclamaciones.
    —Más respeto, niña.
    —Perdona.
    — Estás perdonada — concedió muy serio y con vocecilla cariñosamente inocente —. Lo mejor de todo es que dejes todo eso. ¿Qué necesidad tienes tú de pasarte las mañanas y las tardes en la oficina? Además, Joaquín es un exigente en el trabajo. Te exprimirá como un limón.
    —Veremos quién aguanta más.

    Don Julio movió los ojos y la boca en señal de asentimiento y al llegar ante el bar de Mario, exclamó:

    —Voy a tomar el vermut. ¿Me acompañas?
    —No. Si me dejases el auto, iba a casa a buscar el traje de baño y luego a la playa.
    —Claro, querida.

    La besó en la frente y descendió.

    —No nades mucho. Ten en cuenta que estás ya muy cansada.

    Berta rezongó algo entre dientes y puso el auto en marcha.

    Un cuarto de hora después, Joaquín la vio avanzar por la playa, envuelta en un vistoso maillot amarillo. Parpadeó. A su lado estaba Margarita. Esta era suave, cariñosa y simpática, pero su cuerpo se escurría dentro del maillot color canela.

    En cambio la muy... coqueta de Berta, avanzaba balanceando su cuerpo de perfectísimas líneas, atrayendo sobre sí todas las miradas de los hombres.

    Margarita comentó:

    — Esta Berta es muy provocadora.

    No supo por qué, pero la defendió con calor.

    —Es una chica muy correcta.
    — ¿Correcta y atraviesa la playa de ese modo? Todas lo hacen.
    —De acuerdo, pero muy pocas tienen esa perfección líneas.

    Era verdad. Nadie como ella, y Joaquín pensó que algo excitante, como un licor embriagador, se volcaba por sus venas, Berta ya pasaba a su altura.

    — Adiós, pareja — saludó con la mayor naturalidad.

    Joaquín tuvo deseos de ir tras ella y darle dos azotes. Margarita comentó:

    —Hasta su sonrisa es excitante. Esta Berta cambió mucho de un tiempo a esta parte. Antes era más modosita.
    — ¡Ah!

    La esbelta figura se perdía playa abajo, y los ojos de Joaquín parpadeaban de continuo. Margarita no se enteró de nada.


    * * *

    —Hola.
    —Hum...
    — ¿Cuándo has salido del zoo?

    Joaquín dio un respingo.

    — ¿Qué dices?
    — Lo digo por lo del gruñido.

    Y como si no hubiera dicho nada, se aproximó a su mesa de trabajo, abrió la máquina y preguntó:

    — ¿Qué he de hacer?
    — Ahí tienes esas copias. Escríbelas correctamente. Y luego repasa esa cuenta. Y más tarde escribe a máquina la relación de clientes que figuran a lápiz en esa cuartilla.

    Berta había decidido tomar las cosas filosóficamente, y sonrió.

    — Por lo visto — dijo —, he de permanecer aquí hasta la noche. ¿Tú no piensas hacer nada?
    — Tengo otras ocupaciones.
    — Me gustaría saber quién hacía esto cuando yo no estaba.
    —Un empleado.
    — Ya.

    Y se dispuso a trabajar. Joaquín tenía las narices dilatadas a causa de aquel maldito perfume femenino. Cuánto le costaría a don Julio aquel caprichoso perfume francés de su heredera? ¿Y qué importaba? Lo que importaba era su excitación y aquel deseo voluptuoso insufrible que no iba a poder contener. Se acercó a la ventana y la abrió de par en par. Respiró y exclamó furioso:

    — ¡Qué peste!
    — ¿Sí? — rió sin levantar los ojos de las cuartillas que preparaba.

    Joaquín se volvió en redondo. Sus ojos centelleaban.

    — Sí, sí, apesta — gritó —. ¿Qué manía tenéis las mujeres de perfumaros de ese modo con la esencia que...?
    — ¿Que qué, mi buen amigo?
    — Que... — dio un puñetazo sobre el brazo del sillón.

    Berta dijo con flema:

    — Yo creí que los puñetazos sólo los daba papá. Y en cuanto a mi perfume...
    —Cállate — ordenó.

    Ella se le quedó mirando boquiabierta. Nunca había visto a Joaquín tan alterado. ¡Curioso en verdad!

    —Chico, parece que estás loco.

    Se calmó como por encanto. Y calmado dijo, sabiendo que iba a herirla:

    —Eres una provocadora.
    — ¿Sí?

    Y le irritó que le tomara a broma, pero ya no volvió a alterarse.

    —Tu aparición espectacular en la playa fue... Bueno, a sabes cómo fue.
    —Te equivocas. No lo sé.
    — Eres una coqueta.
    — De acuerdo. ¿Y a ti qué te importa después de todo? No soy tu amiga ni tu novia. Pues te toca ver y callar.
    — Soy amigo de tu padre y me sentí avergonzado. ¡Qué modo de mover el cuerpo, qué modo de andar, qué...!
    — Chico — rió divertida —, cuánto me has mirado.

    Joaquín iba a seguir, pero se quedó como una piedra. Giró en redondo y se aproximó a la puerta. Antes de abrirla, Berta exclamó burlona:

    — Y has de saber que mi perfume no apesta. Recuerdo muy bien que a cierto chico le gustó tanto, que, debido a ello, precipitó su declaración de amor.

    Se volvió como si lo pincharan. Estaba pálido, y sus ojos centellantes. Con rencor dijo:

    — No eres buena. No lo eres.
    — ¿Porque recuerdo cosas que te hacen daño? ¿Que humillan tu inconmensurable masculinidad?
    —Si no te callas, Berta... — bramó —. Si no te callas...
    — Pienso responder a todos tus insultos. Ni soy coqueta ni me exhibí hoy en la playa. Había muchas otras muchachas como yo. No tengo la culpó de que tú te hayas fijado sólo en mí.

    El se estremeció de impotencia. Berta añadió, impertérrita:

    — No me explico cómo odiándome tanto, te molestas en mirarme. Eso es muy extraño, ¿no?

    Joaquín salió casi corriendo para no matarla. Berta, al verse sola, no se echó a reír. Al contrario, una sombra de pesar y melancolía enturbió su mirada.


    Capitulo 9


    Joaquín frunció el ceño. Siempre estuvo esperando aquello, pero ya había pensado que no ocurriría. Y hete aquí que de pronto…

    — ¿Quién es ése?

    Margarita miró con indolencia al punto señalado. Berta entraba en el casino junto a un hombre rubio, alto, bien parecido, de unos treinta y tantos años.

    — ¿El que acompaña a Berta?
    — Sí — gruñó Joaquín.
    —Es un militar. Creo que capitán de Artillería. Es nieto de una señora que veranea aquí. No sé si sabrás a quién me refiero. Doña Serafina Quirós.
    —Ya.
    —Pues ha venido a pasar con ella sus vacaciones. A mí me lo presentó ayer doña Serafina. Por cierto que Berta estaba en el grupo y se la presentaron cuando a mí. A Leonardo pareció interesarle Berta en seguida.
    — Comprendo.

    La pareja pasaba a su altura en aquel instante, y Berta los saludó sonriendo encantadoramente.

    — Esa lo conquista — apuntó Margarita con sequedad —. Berta es demasiado guapa y tiene mucho dinero.
    — ¿Y él...? — gruñó de nuevo Joaquín.
    — ¿El? ¡Ah, pues no sé! Doña Serafina es rica y dijo que era su único nieto. Dios los da y ellos se juntan. Me refiero a los capitalistas. — Y sin transición —: ¿Bailamos?

    Joaquín no estaba para bailar aquella tarde. Ni para bailar ni para aguantar los comentarios vulgares de Margarita. Iba él cansándose de aquel juego que no conducía a nada. ¿Para qué seguir engañando a una pobre muchacha con la cual no se casaría jamás? Era de villanos, y él, la verdad, no era un villano. Era un hombre honrado que había cometido la estupidez de enamorarse de una joven desdeñosa hacía ya cinco años. Con brusquedad, dijo:

    — Margarita, yo creo que debemos aclarar esta situación.

    Ella lo miró extrañada, y Joaquín no tuvo valor para decirle lo que pensaba.

    —Joaquín... ¿Qué vas a decirme?
    — Nada.
    — Ibas a decirme algo.
    — Lo he pensado mejor. Vamos a bailar.

    Y bailaron hasta las diez, hora en que cesaba la orquesta y todos los veraneantes con sus parejas se iban a sus casas. Berta no bailó. Estuvo sentada junto al militar, hablando con éste animadamente, y fueron los últimos en levantarse.

    Joaquín dejó a Margarita en su casa y se dirigió a la suya a paso corto. Iba ensimismado, melancólico. Había cometido una locura enamorándose de Berta. Berta era una coqueta presumida, le gustaba jugar con los hombres, y... Bueno, y se casaría un día cualquiera... Ante este pensamiento, Joaquín se estremeció. Y entró en su casa con una rara sensación de vacío. Cenó casi en silencio, y a los postres dijo su madre:

    — A ti te ocurre algo.
    — ¿A mí?
    —Sí. Pareces...
    — Como siempre, mamá.
    —Ojalá fuera verdad — apuntó doña Gloria disgustada —. Te conozco demasíado, Joaquín. ¿Es por esa chica?
    —Valiente coqueta — gruñó.

    La dama se le quedó mirando preocupada.

    —Ya se sabe — dijo como siguiendo el curso de pensamientos —. Una forastera.

    Joaquín levantó vivamente la cabeza.

    — ¿Una forastera?
    — ¿Acaso no lo es?
    — Cielos, claro que no. Toda mi vida la he visto en pueblo, excepto cuando ella se fue a un colegio.
    — ¡Ah, te refieres a Berta!
    — Claro.

    Se quedaron uno frente a otro, mirándose como sus manos. De pronto dijo la dama:

    — Yo... me refería a Margarita...
    — Comprendo.

    Y se puso en pie.

    —Voy a dar una vuelta.
    — ¿Qué te hizo Berta?
    — ¡Bah!

    Y salió sin dar explicaciones.


    * * *

    Hacía una espléndida noche. Joaquín sintió que la brisa era consoladora. Atravesó la calle y miró a lo alto.

    «¿Adónde voy?», parecían preguntar sus ojos. Y de súbito pensó que antes iba a jugar la partida con don Julio a su casa. ¿Por qué no reanudar aquellas visitas nocturnas? Don Julio siempre lo estaba invitando. Iría, por qué no? Era hurgar en la llaga, pero como hurgaba igual modo...

    Se decidió y atravesó las calles a grandes pasos. Una doncella le franqueó la entrada.

    — Están en el salón, don Joaquín.
    — Gracias, Herminia.

    Y allí se dirigió. Se detuvo en el hall. Doña Dora se hallaba sentada en su sillón, con el gato de angora en regazo. Don Julio, sentado ante una mesa, llenaba parsimonioso su pipa. Y ella... Joaquín parpadeó. Ella, aquella endemoniada coqueta que además de rechazarlo jugaba con él, estaba tendida en el diván, tenía un cigarrillo entre los labios, vestía pantalones negros y canturreaba.

    —Buenas noches — saludó.

    Doña Dora lo contempló satisfecha, Don Julio lanzó una exclamación de gozo, y Berta, de un salto, quedó sentada en el diván, mirándolo con expresión idiota.

    — Muchacho… — exclamó la anciana —. ¡Cuánto tiempo sin verte! Pasa, pasa.

    Don Julio alzó los naipes.

    — Ven, joven. Precisamente estaba pensando en jugar solo. Porque Berta detesta las cartas y mi madre no sabe jugar.

    Berta volvió a su posturita nada correcta y siguió fumando y canturreando. Joaquín se sentó junto a su jefe y empezaron a jugar. Doña Dora se puso en pie, y apoyada en el bastón se acercó a ellos para sentarse frente a Joaquín.

    Berta como si nada. Siguió balanceando un pie y fumando, cantando una cancioncilla de moda de un gusto pésimo. Joaquín perdió todas las jugadas, y cuando a las once y media se puso en pie, don Julio dijo:

    — Berta, acompaña a Joaquín.
    —No, no es preciso.
    — ¿Cómo que no? Los criados tienen bastante trabajo y hay que cerrar la verja. Hala, niña.

    Berta se puso en pie con pereza, alisó su impecable pantalón y pasó indiferente delante de Joaquín.

    —Buenas noches — dijo éste a la anciana y a su hijo.
    —Buenas, muchacho — contestaron a una.

    Salió siguiendo la esbelta figura femenina. En la terraza se detuvieron, pero Berta continuó casi inmediatamente en dirección al jardín.

    — ¿Cuándo tenemos boda? — preguntó él de pronto.

    Berta siguió caminando.

    — ¿Te interesa mucho?
    —Mujer, un poco sí, aunque sólo sea por curiosidad. Una chica que tiene fama de inconquistable, cegada de pronto por unos galones.
    —Parece que te molesta.

    Y se detuvo junto a la verja. El lo hizo trente a ella. Se midieron con la mirada.

    — ¿Molestarme? A qué fin?
    — Eso digo yo. No eres tú hombre que se inquiete
    — ¡Qué sabes tú!
    — Eres un tipo indiferente, Joaquín — dijo como si lo creyera.
    —Ten cuidado, porque tal vez te equivoques.

    Ella, impertinente, replicó:

    — Tendrás que demostrármelo, y no sabes.
    — Berta, que estás provocando a un hombre.
    — ¿Hombre? ¿Estás seguro?

    Joaquín era hombre de mucha paciencia, pero no era de piedra ni mucho menos, y aquella niña venía provocándolo casi a raíz de haberlo rechazado. Dio un paso al frente. Berta se asustó, pues el brillo de la mirada masculina la inquietó de súbito. Joaquín alargó un brazo y con brusquedad le rodeó el talle. Fue algo tan inesperado que Berta no tuvo tiempo de reaccionar los labios de Joaquín buscaron los suyos con tenacidad y los encontró y los besó con intensidad, hasta hacerle laño. Una y otra vez, con ansiedad febril, con rabia, con placer, con ternura. Todo se entremezclaba en aquel beso. Ella sólo intentó separarse al principio. Luego quedo inerte y rendida en sus brazos, y sus labios recibieron el beso con ansiedad. Repentinamente él la soltó. No pronunciaron palabra alguna. Se quedaron un instante frente a frente, y de pronto ella echó a correr y Joaquín se dirigió a su casa muy lentamente.


    * * *

    Creyó que no iría al despacho. Y estaba ya allí cuando él llegó. Sentada tras la pequeña mesa escribía a máquina, y en su semblante apacible (por fuera tan sólo), no se apreciaba vestigio alguno de lo sucedido la noche anterior.

    — Buenos días — saludó él con semblante adusto.
    — ¡Ah, eres tú! — dijo ella distraídamente —. Hola, buenos días. ¿Crees que esto está bien?

    Y le mostraba la carta recién escrita.

    Joaquín parpadeó. Y sin abrir los labios leyó:

    «.Eres un cretino y un imbécil. Y por mucho que hagas o digas seguiré pensando que eres un indiferente, un ser desapasionado y sin nervios.
    »Yo.»

    Arrugó el papel y lo depositó sobre la mesa de ella, sin decir palabra. Berta lo miró interrogante, y Joaquín dijo con frialdad:

    —Tienes las facturas en ese cajón. Cógelas. Hay que enviarlas hoy. Y toma nota de las facturas que se han enviado ayer. La relación está en la carpeta verde.

    Una bofetada en plena cara hubiera sido para Berta más liviana que aquel frío desdén ofensivo. Pero no se alteró. ¡Oh, no! Si era eso lo que deseaba Joaquín, estaba lamentablemente equivocado.

    El salió momentos después, y ella se quedó trabajando, hasta realizar todos aquellos trabajos que tenía pendientes.

    Cuando él reapareció de nuevo, Berta doblaba la última factura.

    — Ya está.

    El estaba de pié en medio del despacho, con las manos introducidas en los bolsillos del pantalón. Tenía las piernas un poco abiertas y el ceño fruncido. Indudablemente parecía más masculino que nunca. Ella bien lo sabía, pero deseaba ofenderlo y dijo desdeñosa:

    — No me das miedo, Joaquín.
    —Ya lo vi. Por lo visto estás habituada a los besos de los hombres.

    Todo vibró en ella de indignación, pero no lo exteriorizó. Con sequedad, dijo:

    — ¿Y te importa mucho?
    —En absoluto. Pero ten cuidado, porque pudo agradarme la primera experiencia.
    —Te considero muy poca cosa.
    — ¿Quién fue el primero?

    Alzóse de hombros.

    —Fueron tantos... — rió provocadora — que ya no recuerdo el primero.

    El primero había sido él. Sí, aquella noche pasada, y a ella aún le parecía vivir bajo los efectos de aquellos apretados besos que le descubrieron un mundo nuevo que hasta entonces había desconocido. Pero quiso herirlo y sabía que lo estaba consiguiendo. No por la cara impasible de él, que no denotaba emoción alguna, sino porque se lo decía su instinto.

    —Puedo asegurarte, Joaquín, que fuiste el menos emocionante.
    — Voy a hacerlo otra vez — exclamó con raro acento.

    Y avanzó un paso hacia ella.

    Berta se puso en pie y a causa de la brusquedad, derribó la silla. Con voz breve dijo:

    — Si das un paso te abofetearé.
    — Me pregunto, y esta pregunta me tiene perplejo, por qué nos odiamos de este modo.
    — Ni siquiera te concedo eso. No te odio. Me eres indiferente.
    —Eso creí, pero..., ¿por qué me ofendes? ¿Por qué me provocas?

    En aquel momento sonó la campana anunciando el final de la jornada. Berta agarró la chaqueta, se la puso con precipitación y se dirigió a la puerta.

    — Eres un fatuo — dijo —. Eso es lo que eres.

    Y salió. Joaquín llevóse la mano a la frente y de súbito se preguntó:

    «¿Qué ocurriría si yo volviera a declararle mi amor esta muchacha?»

    Se estremeció presintiendo el resultado. Y había sido suficiente un fracaso Mas no; no podía intentarlo.


    Capitulo 10


    Ayer noche, Joaquín, me dijiste que Berta era una coqueta.

    —Olvídalo, mamá.
    —No puedo, hijo. Porque he de ser justa y reconocer que Berta siempre tuvo en el pueblo fama de muchacha seria.
    —Las jóvenes se cansan de ser serias alguna vez.
    — ¿Qué daño te hizo?

    El químico se agitó. Y con sequedad dijo:

    —Me lo está haciendo desde que llegó convertida en una mujer. ¿Acaso crees que yo soy hombre que me aferro a mi soltería por amor a ésta? Pues, no. He probado a querer a otras mujeres y sólo he conseguido desesperarme.
    — Y esa Margarita...

    Cortó escuetamente:

    — Como todas. Una más que se irá y luego vendrá otra. Y así... — se agitó de nuevo —. ¿Hasta cuándo?
    —Yo creo, Joaquín, que si le hablaras claro a Berta.
    — ¿Otra vez?
    — Los hombres tienen el deber de insistir. De ellos es la iniciativa, hijo.
    —Por supuesto. Pero yo no puedo olvidar que le hablé bien claro hace cinco años.
    —Entonces era una niña.
    — Si te digo la verdad, me parece más niña hoy que entonces.
    —Así no vas a vivir toda la vida.
    —Es cierto. ¿Sabes lo que haré? Escribiré a un amigo que tengo en Madrid y le pediré que me busque colocación.
    —Joaquín, eso no.
    —Pues sería la única solución. Tierra por medio y luego olvidado.
    — Destrozarás sin piedad tu porvenir.
    — ¿Y qué importa?
    — ¿Cómo que qué importa? No encontrarás en Madrid empleo como el que tienes. Ni estarás tan bien considerado como aquí.
    — Pero viviré tranquilo. — Se puso en pie y consultó su reloj —. Ya es hora de volver a la fábrica. ¿No sabes que ahora ella se deja acompañar por un petimetre llamado Leonardo? Es el nieto de doña Serafina.
    — Eso es lo que te enciende la sangre.
    —Puede. E imagínate que un día cualquiera su padre me anuncie la boda de su hija. Y eso para mí...

    Se pasó una mano por la frente, y bruscamente giró en redondo y salió del comedor. Subió a la moto y la puso en marcha. De su casa a la fábrica casi había medio kilómetro; un medio kilómetro de carretera hasta la pendiente que conducía al muelle.

    A mitad del camino vio a Berta. El corazón le dio un vuelco. ¿Qué hacer? ¿Detenerse e invitarla a subir a su lado? Seguiría. Y así lo hizo. Berta quedó erguida en medio de la carretera.

    — Mal educado — rezongó —. Grosero.

    Y sintió que algo humedecía sus ojos. Los secó de un manotazo y siguió su camino. Cuando llegó al despacho, ya Joaquín revolvía en los papeles.

    — Que me odies — dijo ella serenamente — no puedo reprochártelo. Pero que seas un grosero mal educado, tengo que decírtelo.
    — Me disculpo si te he faltado.

    Aquella serena indiferencia descomponía a Berta, pero no lo demostró.

    — Me pregunto, Joaquín, qué entiendes tú por cortesía.
    — ¿No te parece que sería mejor discutir eso en otra ocasión? Ahora tienes pendiente mucho trabajo.

    Lo miró y fue su mirada tan despectiva que Joaquín se estremeció. Pero no hizo objeciones. Retrocedió hacia su mesa, abrió la carpeta y empezó a dictar una carta que Berta escuchó casi sin pestañear.

    —«Te ruego, te suplico si quieres humildemente — decía la voz monótona de Joaquín — que no vuelvas a esta oficina. Y te digo también que no soy un cretino ni un descortés. Quiero vivir tranquilo y he de lograrlo, y para ello necesito saberte lejos de mí. Si quieres de mí más sinceridad..., entonces tendré que ponerme de rodillas para que me escuches.»

    Calló. Ella, con un hilo de voz, dijo bajo:

    — Nada más.

    No preguntaba. Joaquín afirmó con la cabeza.

    — Algo más, sí. Que perdones si te he faltado.

    Por toda respuesta Berta se puso en pie, agarró la chaqueta y salió.


    * * *

    — ¿Cómo? No has ido a la oficina?
    —No vuelvo, papá — dijo alzando los hombros con estudiada indiferencia —. Me he cansado.
    — ¡Ah!
    — Lo siento, papá.
    —No lo sientas. Aquello ha de marchar igual sin ti. Ya se lo has dicho a Joaquín?
    — Sí.
    — ¿Y qué contestó?
    —Nada.
    — ¿Y adónde vas ahora?
    —Hasta el casino.
    — Tienes aspecto de aburrida.
    — Oye, papá.
    —Dime, hijita.

    La mano fina se posó en el brazo de don Julio, pero éste era demasiado distraído para fijarse en aquellos dedos que temblaban perceptiblemente en su brazo.

    — ¿Qué ibas a decirme?
    — Pues... Cuando finalice el verano, me gustaría volver a Valencia. ¿Me lo permitirás?
    — ¡Oh! Si yo creí que te casabas.
    — ¿Casarme?
    — Claro.
    — ¿Con quién?
    —Con Joaquín, naturalmente. .

    Berta se estremeció perceptiblemente y soltó el brazo le su padre. Pasado el primer instante, se recuperó y lijo con despreocupación:

    — ¡Qué cosas más raras piensas, papá!

    Y el inocente de don Julio, exclamó:

    —Si yo creí que os amabais... Y tu abuela también o creyó así.
    — No sé a qué fin lo habéis pensado.
    —Todo lo indicaba así.
    —Pues no es cierto, papá — dijo con energía.

    Y el solo pensamiento de que Joaquín supiera hasta qué punto lo amaba, la estremecía de impotencia. No, Joaquín no lo sabría nunca. Jamás.

    — Lo siento, hijita — dijo el bueno de don Julio con pesar —. Es un hombre que ni pintado para ti y para tu seguridad económica el día que yo falte. Joaquín vale mucho, ¿sabes? Y yo pensé que él te amaba y tú le correspondías.
    — ¿Que pensaste que él me amaba?
    —Sí. Y tu abuela también.
    —Joaquín es incapaz de amar a nadie que no sea él mismo.
    — ¿Y tú a él?

    Conocía a su padre y sabía que, de conocer su amor, se lo diría a Joaquín sin rubor alguno. Por eso replicó con energía e indiferencia a la vez:

    —Es el último hombre que elegiría para marido.
    —Pues es hora de que vayas pensando en casarte.
    —Tal vez lo haga con el nieto de doña Serafina.
    — Es un tanto atildado.
    — Es un caballero.
    — Por supuesto que no se moverá haciendo ruido ni sorberá al comer, y cogerá el cubierto delicadamente, pero — y aquí la voz del fabricante se alzó desdeñosa — no sabe cómo embutir carne de perro en vez de vaca, y has de saber...
    — ¡Papá!
    — Y has de saber — bramó don Julio haciendo caso omiso del espanto de su hija — que a costa de eso te has enriquecido. De eso y de cobrar un chorizo malo a seis pesetas al por menor y cinco al por mayor, dejando un beneficio de cinco uno, y cuatro otro, gracias a la raza canina y a la astucia de Joaquín y mía. ¿Está claro?
    — Me horrorizáis.
    — Pues ya lo sabes. Ahora no vuelvas a hablarme de ese militar que sabrá mucho de estrategia guerrera, pero desconoce cómo embutir una simple tripa.

    Y don Julio, muy digno, giró en redondo y dejó a su hija plantada en medio del jardín.


    * * *

    — De modo que Berta se cansó, ¿eh? Ya me lo figuraba. ¡Estas niñas caprichosas! ...

    Y el fabricante se dejó caer pesadamente frente a la mesa de Joaquín, que lo escuchó sin parpadear.

    — ¿Quién..., quién se lo dijo?
    —Ella.
    —Y le dijo...
    — Que se había cansado.
    —Ya.
    —Siento que se haya cansado, muchacho.
    — ¡Oh! — dijo distraído —. No tiene importancia.
    — La tiene, diantre. Yo creí..., en fin. Tanto desea uno una cosa que termina por creerla.
    — ¿A qué se refiere?

    Lo miró distraído.

    —A tu boda con ella—dijo con sencillez —. Entiendo poco de cosas de juventud. Antes la juventud era más... ¿cómo diría? Más sencilla. Pues, sí, creí que os amabais.

    Joaquín empequeñeció los ojos.

    — ¿Y quién le sacó de su error?
    — Ella, Berta. Casi se escandaliza.
    — ¿Sí?
    —Sí, diantre. Y me pregunto: ¿Qué haces que no la conquistas?
    — ¿Yo?
    —Bueno, es inútil. Yo creí que tú también la amabas, y resulta que no es así. Ya voy para viejo.

    Se puso en pie con fiereza.

    —Mis riñones — y como si recordara algo desagradable, descargó un puñetazo sobre la mesa y exclamó —: Maldita sea! ¿Sabes lo que dijo? Que tal vez se casara con ese petimetre de tres estrellas.

    Joaquín sólo parpadeó.

    — No nos faltaba más que eso — bramó don Julio sin esperar respuesta —. Ni más ni menos que eso.
    — Si ella es feliz y le quiere...
    — ¿Cómo? ¿También tú?
    —Bueno, perdone usted...
    — Perdone, perdone... Muy delicados os habéis vuelto todos. Yo no entiendo de tanta delicadeza — farfulló propinando otro puñetazo en la mesa —. Yo soy claro. ¿Qué pasa aquí? ¿Qué tiene mi hija para que tú no la ames?
    — ¿Y qué tengo yo para que ella no me ame a mí?
    — Tú eres idiota.
    —Gracias — replicó tranquilamente.
    — ¿No es cierto o qué? A buena hora hubiera yo tenido tu edad y se me hubiera llevado otro la muchacha más guapa del pueblo.

    Joaquín no contestó. Limitóse a curvar los labios en una apacible sonrisa.

    —Bueno, ahí te dejo.

    Y allí quedó Joaquín solo y desconcertado. Aún flotaba el perfume femenino, y Joaquín apretó los labios, y miró obstinadamente hacia la mesa tras la que ella se había sentado aquellos días.

    Por la tarde, le dijo su madre:

    — Estuvo Berta aquí.

    Se volvió en redondo. Se ponía ante el espejo la corbata, y sus ojos quedaron fijos en el semblante preocupado de la dama.

    — ¿Y... qué te dijo?
    — Me extrañó que no fuera a la oficina, y se lo dije. Ella me explicó que se había cansado.
    — Te engañó, mamá.
    — ¿Me...?
    —Sí.
    — No te entiendo.
    — Fui yo quien le pedí que no volviera.
    — ¿Y qué motivos adujiste? — preguntó asombrada.
    — Pues ni lo recuerdo. Se lo pedí y ella se marchó.
    —No debiste hacerlo, Joaquín.
    —Ya lo sé. Pero lo hice. Y ahora que ya está hecho, no pienso rectificar.
    —Ella parecía triste y preocupada. Y me pregunto, Joaquín... ¿No estará enamorada de ti? ¿No habrá un malentendido entre los dos?
    — Pues claro que no... ¡Malentendido! No sueñes, mamá. Berta se propuso fastidiarme y es lo que está haciendo. Eso únicamente.

    Terminó de hacerse el nudo y miró a su madre.

    — Sentiría que estuvieses equivocado.
    —No lo estoy.

    Y salió tras besarla rápidamente en el pelo.

    En plena calle se encontró con Berta. El iba a buscar a Margarita. Berta caminaba sola, con el devocionario en la mano, lo cual indicaba que iba al rosario. Se detuvo frente a ella y dijo fríamente:

    — ¿Te gusta ser la víctima? ¿O lo haces para que te admiren?
    —No te entiendo.
    — Pudiste decir a tu padre y a mi madre que fui yo, y no tú quien se cansó.
    — ¡Ah!

    Y siguió su camino. No la retuvo. Pero giró en redondo y la miró alejarse. Una rabia infinita bullía dentro de sí. Y en vez de ir a buscar a Margarita, dobló la calle y se fue lentamente hacia el muelle. No estaba él aquel día para soportar la charla insulsa de Margarita.

    En la iglesia, Berta lloraba en silencio acurrucada en un rincón.


    Capitulo 11


    Desde aquel día, Leonardo y Berta eran inseparables, hasta el punto que don Julio se alarmó.

    Aquella noche Joaquín había ido a jugar la partida con él. Doña Dora se hallaba sentada junto a ellos. Y Berta no había bajado al salón, lo que indicaba que, o bien no estaba en casa, o se había retirado ya a sus habitaciones.

    Y como don Julio no podía guardar mucho tiempo lo que sentía, exclamó de súbito:

    — ¡Es imposible!

    Joaquín ni siquiera levantó los ojos. Sabía, como lo sabía todo el pueblo, que Berta y Leonardo, si no estaban prometidos, les faltaba poco. Pero él había decidido ser un mudo espectador.

    Doña Dora miró a su hijo y preguntó:

    — ¿Qué es imposible, Julio?
    — Eso.
    — ¿Y qué es eso?
    — El petimetre ese.

    Joaquín dijo con flema:

    — Usted deseaba un marido para Berta. ¿Qué importa que éste sea Leonardo u otro cualquiera?
    — ¿Cómo que qué importa? Yo deseo para Berta un hombre, no un muñeco de salón.
    — Si ella lo quiere — apuntó la dama.

    Don Julio descargó un puñetazo sobre la mesa. Las cartas danzaron solas, Joaquín no pestañeó. La anciana refunfuñó:

    — No seas tan bruto, hijo.
    — Es que me revienta, ¿te enteras? Me revienta, sí, señor, que un guapo mozo con tres estrellas deslumbre a una chica como Berta.
    — Te he dicho que si lo ama...
    — ¡Amor, amor! — rezongó —. Esos niños presumidos son incapaces de querer a nadie. Además..., a mi muerte, ¿quién se ocupará de los embutidos?

    Joaquín esbozó una sonrisa. Y doña Dora dijo malhumorada:

    — Lo importante es la felicidad de la niña. Ya habrá quien se ocupe de tus embutidos.

    Don Julio no estaba conforme. Movió las cartas con nerviosismo y rezongó:

    — Además, la esposa de un militar nunca tiene un hogar fijo. Yo perderé a mi hija y ésta será..., será... Bueno — se impacientó porque la palabra no le salía será como una gaviota sin nido.
    —Yo creí — intervino Joaquín — que la cosa no estaba aún decidida.
    —Y no lo está — apuntó la anciana.
    —Claro que lo está — vociferó don Julio —. No se pasearía Berta con un hombre a todas horas, si no pensara sin duda casarse con él. Conozco a mi hija.
    —Creo que la conoces menos de lo que piensas.
    —Te digo, madre...
    — Bueno — apaciguó ésta con una suave sonrisa —. ¿Por qué no seguís jugando y olvidas a tu hija? Si levantas la voz te oirá. Hace un momento, antes de llegar Joaquín, la vi desaparecer hacia la biblioteca.

    Don Julio se calló como por ensalmo. Y Joaquín aspiró hondo, como si le faltase el aire. La tenía cerca. Ni estaba lejos de casa ni en su alcoba.

    Continuó la partida y a las doce Joaquín se puso en pie. La anciana, con una risita indefinible, pulsó un timbre y apareció una doncella.

    — ¿Se ha retirado la señorita? — preguntó.
    —No, señora. Está en la biblioteca.
    — Por favor, dígale que venga. — Y mirando a Joaquín —: Es para que te acompañe hasta la verja, hijo.

    Joaquín sintió una cosa muy rara por todo el cuerpo. Con precipitación, dijo:

    —No es preciso que Berta se moleste. Sé el camino, doña Dora.
    —Hay que cerrar la verja, y siempre lo hace Berta.
    —Por mí...

    Una gentil figura, vestida con pantalones y chaqueta negros, apareció en el umbral.

    — ¿Me llamabas, abu...?

    Se calló, con los ojos fijos en Joaquín.

    —Es para que acompañes a Joaquín—dijo la anciana con estudiada naturalidad.
    —No te preocupes, Berta.
    — Vamos — dijo ella fríamente.

    Y salió delante.

    Doña Dora sonrió de un modo raro. Don Julio, como siempre, no se enteró de nada.


    * * *

    Caminaban uno al lado de otro hacia la verja. La luna, despejada aquella noche, iluminaba todo el jardín y las dos mudas figuras.

    De pronto dijo él:

    — ¿Puedo felicitarte?
    — ¿Cómo?
    —Si puedo felicitarte.
    — ¿Por...?
    — Tu noviazgo.
    — ¡Ah!
    — ¿Puedo?

    Alzóse de hombros y ni afirmó ni negó.

    — Me parece — dijo él bajo, como dando por sentado el noviazgo — que no vas a ser feliz.
    — ¿Eres profeta?
    —Soy un hombre que te conoce.
    — ¿Y bien?
    — Leonardo no es el hombre que encaja en ti.
    —Caray, Joaquín, voy a creer que eres un...
    — No me insultes, Berta.

    Lo miró breve. Quiso leer una súplica en el acento de aquella voz, pero las facciones de Joaquín no denotaban ni ansiedad ni dolor ni súplica. Parecían talladas en piedra.

    —Te crees — dijo ella en voz baja, deteniéndose ante la verja y mirándolo de frente — un gran observador, y no lo eres, Joaquín. Y, por supuesto, no me conoces como aseguras.
    — Sé que Leonardo no te hará feliz.
    — Aún no te he dicho que piense casarme con él.
    — Dice tu padre, y yo lo creo así también, que no eres tú mujer que se pasee con un hombre, para luego no casarse con él.
    — ¿Me halagas con ello?
    —No lo sé.
    — El otro día te dije que los hombres no tenían secretos para mí.
    —No te he creído, Berta.

    Ella se desconcertó.

    — ¡Ah! — exclamó tan sólo.

    Joaquín abrió la verja y salió. La cerró de nuevo y quedó al otro lado, frente a ella, que seguía erguida y quieta por la parte interior.

    —Y tú — dijo de pronto —. ¿Cuándo te casas? Margarita es una gran chica.
    — No pienso casarme con Margarita — dijo frío. Y girando en redondo, se perdió por la carretera en dirección a la plaza.


    * * *

    En el salón decía don Julio:

    — Tendré que hablar claro con Berta.
    — No lo creo conveniente.
    — Soy su padre.
    —Nadie lo duda. Pero, ¿qué le vas a decir?
    — Que no quiero que se case con ése...

    No le digas nada.

    — Es mi hija — y alzó el puño con ademán amenazador.
    —Sí, sí, hijo. Eso ya lo has dicho. En efecto, es tu hija, pero yo recuerdo que cuando decidiste casarte, no me pediste parecer, y también era tu madre.
    —Yo me casé con una mujer excelente.
    — ¿Sabes acaso si este hombre no lo es?
    — ¡Un militar! — desdeñó —. Ella tiene que casarse con quien entienda de embutidos.
    — ¡Qué razón más poco convincente, hijo!
    —Pues te digo que no se casará con él. Lo impediré como sea.

    La anciana dijo serenamente:

    —No te metas en nada.
    —Soy su padre.
    — ¿Otra vez? Yo soy su abuela y te digo que jamás se casará con ese hombre.

    Don Julio puso cara de bobo.

    — ¿Dices que...?
    —Eso he dicho.
    — Todo indica que Berta...
    —Al contrario. Y no me preguntes más porque no te lo diré. Tú sabes mucho de embutidos, de engañar a la gente y todo eso. Pero de psicología femenina, ni palabra. Y si te digo lo que pienso, mañana mismo metes la pata.

    Un puñetazo sobre la mesa, y doña Dora exclamó:

    — ¡Qué bruto eres, hijo!
    — ¿Qué os pasa? — preguntó Berta entrando.
    — Tu abuela, que habla en un lenguaje que no comprendo.
    —Y tu padre, que se empeña en decir necedades.
    — ¿ A cuál he de creer?
    — Ven acá, hija — pidió don Julio, furioso.
    — Tengo mucho sueño, papá.
    — Espera. ¿Qué hay de ese noviazgo?
    — ¿Qué noviazgo?
    — No le hagas caso, Berta.
    —Tú te callas, madre.
    — No hay noviazgo, papá — dijo la joven, y salió del salón con la cabeza erguida.
    —No lo entiendo. Que me aspen si lo entiendo.
    — Exceptuando los embutidos, ¿qué entiendes tú, hijo?

    Don Julio bufó, pero no descargó el puño en parte alguna. Lo alzó, y bruscamente lo metió en el bolsillo.


    * * *

    Las cosas continuaron así durante todo aquel mes de agosto. Joaquín con Margarita y Berta con Leonardo. Apenas si se veían. A solas no volvieron a encontrarse, lo cual era una suerte para ambos, pues tantas veces se encontraban, tantas terminaban hiriéndose mutuamente. A mediados de septiembre empezaron a desfilar los veraneantes. Los últimos fueron Margarita y Leonardo. A los dos, por motivos parecidos, les convenía alargar el veraneo.

    Aquella tarde Joaquín se hallaba en la estación despidiendo a Margarita, y no muy lejos Berta despedía a Leonardo. La conversación de Leonardo y Berta se desarrollaba en estos términos:

    —Por última vez, Berta...
    — Ya te lo he dicho, Leo.
    —Te quiero, Berta. Y tú lo olvidarte.
    — Lo siento por ti, Leo. Créeme que sería feliz si pudiera quererte, pero...
    —Estás enamorada de otro. Siempre me lo pareció.
    — Sí, estoy muy enamorada — confesó con sencillez —. Que consiga o no ser correspondida, no lo sé. Pero nunca me casaré con otro hombre.
    —Quieres decir que si no te casas con él te quedarás soltera.
    — Sí, eso quise decir.
    —Y si yo insistiera. No serías tú la primera mujer que olvidaba...
    — Es que no quiero olvidar, Leo.
    — ¿Hace... mucho... que amas a ese hombre? ¿No puedo saber quién es?
    — Hace... un sinfín de años. Y lo curioso es que se me declaró, y yo entonces no lo amaba y lo rechacé.
    — Absurdo.
    —Tal vez, pero es así.
    — ¿Quién es él?
    — No te lo puedo decir.

    La conversación entre Joaquín y Margarita era más simple.

    — Llevas una espléndida noche. Será un viaje plácido.
    — ¿Irás algún día por Madrid, Joaquín? Si vas, detente a medio camino y visítame.
    — Iré.
    —Joaquín...
    —Dime, Margarita.
    —No te comprendo.
    — Lo sé.
    — ¿Siempre eres así?
    —No. Es que... ¿Qué puedo decirte? ¿Prometerte lo que sé que no voy a cumplir?
    —Estás enamorado, ¿verdad?

    Asintió en silencio.

    —Y ella es...

    Alzó la mano y la puso en el hombro. de Margarita.

    —Si lo sabes, no lo digas. Si no lo sabes, no me lo preguntes. Despídeme como a un buen amigo.
    —Está bien, Joaquín.

    El tren se preparaba para salir. Leonardo apretó las manos de Berta, se las besó y salió al andén. Joaquín hizo otro tanto con Margarita, y ésta desapareció en la gran mole de acero.

    El tren se puso en movimiento. Leonardo y Margarita decían adiós asomados a las ventanillas. Joaquín fue caminando por el andén tras el tren, y de pronto se encontró junto a Berta.

    —Otro invierno — dijo a lo simple.
    — Otro — contestó ella del mismo modo.

    El tren había desaparecido y ambos dieron la vuelta.

    — ¿Qué ocurrirá hasta que llegue otro verano?
    — Vete tú a saber. Tú pensarás en Margarita.
    —Y tú en Leonardo.
    — Tal vez.

    Salían de la estación.

    — Esto sin veraneantes se queda muy triste.
    —Sí.
    — ¿Irás a Valencia este año?
    — Por supuesto.
    —Ni siquiera tendré con quién regañar.

    Berta hubo de sonreír. Joaquín añadió:

    — ¿Hacemos un pacto, Berta?

    Ella pareció ponerse en guardia.

    — ¿Qué clase de pacto?
    — Decidamos vernos todos los días. No regañemos. Somos los únicos jóvenes solteros del pueblo, y si...
    — Te olvidas del farmacéutico...
    — Ese no se casa. Cuando no le cazó Fina, podemos ponerlo en el grupo de los solterones.
    — Tú no eres un solterón.
    —No — dijo rotundo —. Yo pienso casarme. No sé cuándo ni con quién, pero terminaré casándome.
    — ¿Y en qué consiste el pacto?
    — En ser buenos amigos y entretenemos el uno con el otro.
    —Ahí va mi mano— dijo Berta con súbita decisión.
    — ¿Pactado? —y Joaquín apretó los dedos femeninos de un modo que turbó a la joven.
    —Pactado — susurró ella con tenue voz un poco temblona —. Pero sin zaherirme.
    —Ni tú a mí.
    —De acuerdo.
    — ¿Empezamos yendo ahora al casino? Estaremos casi solos, dos o tres matrimonios, los mirones y nosotros. Nunca hemos bailado juntos. ¿Lo hacemos hoy?

    Berta sintió que le palpitaban los pulsos y las sienes. Con voz muy baja, dijo:

    —Vamos.

    Y fueron...


    Capitulo 12


    Bailaban seis parejas en total. No tocaba la orquesta. Un tocadiscos funcionaba desde el bar, y las seis parejas (cinco matrimonios y ellos dos), se movían en medio de la pista. El veterinario y el farmacéutico contemplaban a los bailarines desde un rincón del salón, preguntándose el farmacéutico si había hecho bien en despreciar a Fina, y el veterinario lamentando no haber admitido el coqueteo de aquella morena veraneante de expresión juvenil.

    — ¿Tú sabías — preguntó el farmacéutico — que Joaquín y Berta se amaban?

    El veterinario puso cara de bobo.

    — ¿Pues se aman? — preguntó con no menos bobería.

    El boticario alzóse de hombros y señaló con un gesto a la pareja.

    —Salta a la vista, ¿no?

    Los redondos ojos del veterinario miraron hacia el punto indicado. Con voz inexpresiva filosofó:

    — Hoy todas las parejas bailan así.
    —Hay diferencias.

    Las había. En aquel instante Joaquín y Berta no hablaban ni se miraban al bailar, pero daba la sensación de que habían estado toda la vida buscándose uno al otro y no se habían encontrado hasta entonces. Joaquín la rodeaba por la espalda y la apretaba contra sí de modo un poco escandaloso, a juicio del veterinario, que era de los que, cuando no les toca la miel, desprecian lo que paladean los demás... Ella, Berta, se dejaba apresar y parecía en los brazos de Joaquín una pequeña cosa indefensa, sin orgullo ni mal humor. Simplemente una muchacha enamorada, muy..., muy enamorada.

    Bailaron sin hablarse, entregándose al súbito placer de estar juntos, una y otra vez, hasta que el tocadiscos dejó de funcionar y las demás parejas se detuvieron y se pusieron sus abrigos para regresar a casa. Ellos, como autómatas, también lo hicieron, y cuando se vieron en la calle, bajo la luz de la luna, aún no habían cruzado una palabra. Y como ocurre siempre que no se habla, embargados por la emoción, no acertaban a decirse nada. Y si en esas circunstancias se dice algo, es de lo más ajeno a las distintas emociones que agitan a cada uno.

    — Hace una noche espléndida — apuntó Joaquín de modo simple.

    La voz temblona de Berta replicó:

    —No parece que estemos en septiembre.
    — A veces este mes es el mejor del año.
    —Ocurre alguna vez, sí.

    De esta forma atravesaron la plaza, y se quedaron quietos junto a la verja. La casa de Berta estaba iluminada, y un rayo de luz caía sobre el rostro de Joaquín, iluminándolo también. Berta se mantenía en la penumbra y podía disimular la gran ansiedad que la embargaba.

    —Bueno — empezó Joaquín, como buscando una frase adecuada —, ya somos amigos.
    —Sí.
    — ¿Lo has pasado bien?
    —Si.

    Se miraron de hito en hito. Ella dijo sofocada:

    — Es tarde.
    —Es verdad...

    Otro silencio. No se movían, evitaban mirarse... Parecían, más que un hombre y una mujer conscientes, dos colegiales ante el primer amor. De súbito dijo él:

    —Cuando te cases lo sentiré.

    A juicio de Berta era una salida de tono, y se ofendió. Pero no lo dijo. Con breve movimiento giró en redondo y. dijo:

    —Hasta mañana. Me están esperando para cenar.
    — Berta...
    — ¿Qué quieres? — preguntó de espaldas a él.
    — ¿Te ofende que venga a jugar la partida con tu padre?

    Se volvió en redondo.

    —Nunca me lo has preguntado.
    —Lo sé... pero... te lo pregunto hoy.
    —No me ofende.

    Dio de nuevo la vuelta. Inició el paso hacia la casa. Joaquín apretó los dedos en los fríos hierros de la verja.

    — ¿Te casarás con el militar?

    Los pasos de Berta se detuvieron. Sin volverse preguntó de modo raro:

    — ¿Por qué lo preguntas? Te importa mucho?
    —Me... importa, sí.

    Ella dio un paso al frente, sin responder.

    —Berta...

    Y desapareció. Llevóse los dedos a la frente y pensativo, impresionado sin saber por qué, giró en redondo y se encaminó muy despacio a su casa.


    * * *

    Cuando entró en la salita ya estaba don Julio allí. Los miró a todos en general, pero sus ojos se detuvieron de modo raro en los de Joaquín, y éste le correspondió de igual modo. El gato de Angora que reposaba en el regazo de la anciana, saltó al suelo con un maullido.

    — ¿Qué le pasa a ese gato? — preguntó don Julio.

    La anciana llamó al gato con suave acento, pero sus ojos continuaban fijos en la pareja. Don Julio, sin enterarse de nada, bramó:

    —Juega, muchacho.
    — ¡Oh, perdone!

    Contra lo que tenía por costumbre, la gentil figura juvenil, se sentó frente a los jugadores y siguió el juego con atención, si bien al mirar a Joaquín sus pupilas tenían algo desacostumbrado. Y Joaquín, aturdido, perdió todas las jugadas.

    Y cuando se levantó para marchar, don Julio exclamó restregándose las manos:

    — Hoy estás de malas, muchacho.

    Joaquín sonrió apaciblemente.

    —Desgraciado en el juego — dijo el fabricante inocentemente — afortunado en amores. ¿Te casas, pues, con la muchacha llamada Margarita?

    Joaquín no pestañeó. Dijo únicamente:

    — No.
    — ¡Ah, no te casas! A ti te pasará como a mi hija — y pasó un brazo por los hombros de Berta —. Seréis los únicos solteros del pueblo. ¿No es una vergüenza? Claro que — añadió, sin notar que los dos jóvenes se miraban de modo diferente — prefiero que Berta se quede soltera a que se case con ese militar de dos al cuarto. Berta acababa de decirme que no se casará con él. Y lo gracioso es que hoy recordé que Berta está enamorada hace mucho tiempo.
    — Papá...
    — ¿Qué importa que Joaquín lo sepa, niña? Pues, como te iba diciendo, Joaquín...

    El gato de Angora salió disparado, y don Julio rezongó:

    — ¿Qué le pasa hoy a ese gato? — miró de nuevo a Joaquín —. Berta recibió hace cinco años una...
    —Papá — se sofocó —, Joaquín quiere marcharse.
    —No te preocupes, Berta. Las viejas historias me gustan.
    — Es tan tarde...

    Don Julio dijo regocijado:

    — Berta recibió una declaración de amor, la rechazó y sintió que después, casi inmediatamente, se enamoraba del sujeto de la declaración. Absurdo, ¿no?

    Berta estaba roja como la grana, y los ojos de Joaquín parecían cegar. Eran... brillantes como luces deslumbradoras.

    —Y aquí nos tienes a todos pendientes de ese mequetrefe que nunca volvió a decirle a Berta...
    — ¡Papá...!
    — Se lo dirá, don Julio — afirmó Joaquín hinchado el pecho —. Le aseguro a usted que se lo volverá a decir. El no sabía... No, por mil demonios. Pues si lo llega a saber... ¿Me acompañas, Berta? ¿No eres tú quien cierra la verja todas las noches?
    — Sí..., sí...
    — Vamos, pues.

    Salieron uno tras otro. El gato de Angora volvió a saltar del regazo anciano.

    — ¿Qué le pasa hoy a ese gato?
    — Está nervioso — dijo la anciana apaciblemente.


    * * *

    Desde la puerta principal a la verja, Berta y Joaquín no cambiaron una palabra. Se detuvieron frente a frente. El la miró.

    —Berta — dijo muy bajo —, me gustaría volver a repetir aquella... declaración. Pero creo que no es preciso.

    Ella no replicó. Tenía entre los dedos una rama de pino y la estrujaba con nerviosismo.

    De pronto, él se inclinó hacia ella.

    —Berta...
    — Sí — dijo bajísimo —. Debiste..., debiste... suponerlo.
    — ¡Cielo santo! ¿Cómo iba a saberlo si me has tiranizado con saña? Si he sido para ti... el último mono.
    — Eso..., no.

    Ya la tenía en sus brazos. Fue fácil encontrar sus labios. Eran cálidos y suaves, y besaban ingenuamente. Sonrió sobre la boca suave y dijo:

    — Te adoro, Berta. Nunca dejé de adorarte. Debiste suponerlo así.
    — También tú me has tiranizado.
    — Me hiciste mucho daño aquel día, cuando me rechazaste. Yo estaba loco por ti.

    La besaba otra vez. Eran besos hondos, tiempos, apasionados. Sucedía como si estuviera hambriento y de pronto pudiera saciar su hambre en los labios femeninos que, ingenuos, se perdían cándidos, dóciles, entre los suyos.

    — Berta...

    Y era aquel nombre como una caricia suavísima, Berta se apretó contra él y le pasó tímidamente primero, audaz después, el dogal de sus brazos por el cuello.

    — Tanto tiempo — susurró — esperando este momento. Y padeciendo las penas del infierno temiendo que te llevara Margarita.
    — Sólo tú podías llevarme. Dios de los cielos, Berta. ¿Estoy soñando o es todo cierto?
    —Lo es.

    Y para demostrárselo, ella misma, empinándose sobre la punta de los pies, buscó y halló la boca de Joaquín, que hizo suya por un instante delicioso.

    Muchos minutos después entró en el salón. La anciana dormitaba. El gato de Angora bullía en su regazo. Don Julio fumaba el último cigarrillo de la noche.

    — Papá..., abuelita, me caso.

    Del salto, don. Julio quedó sentado en el brazo del sillón. La anciana sólo abrió los ojos y sonrió beatíficamente.

    — ¿Que te casas?
    —Sí, con Joaquín.
    — ¿Joa...?
    — Sí, sí — gritó radiante —. Es el hombre que quise siempre. El único hombre.
    — Que me aspen si lo entiendo — miró a su madre —. ¿Lo entiendes tú?
    —Claro.
    — ¿Lo entiendes?
    — Sí, hombre, sí. Lo entendí desde el primer momento.
    — Entonces — vociferó don Julio, perplejo —, yo fui un idiota.
    — ¿Quién lo duda, hijo?
    — ¡Madre!
    — Si fueras tan listo para los negocios, Julio — rió la dama —, estarías en la miseria.
    — Hijita mía. ¿Has dicho con Joaquín?
    — Sí, papá.
    — ¡Cielo santo, que reviento de felicidad!
    — No, papá — dijo Berta casi llorando —. No mueras; tienes que apadrinar mi boda, y conocer a tus nietos, a quienes adiestraremos en el arte de embutir perro en vez de ternera.
    — Lo haré, diantre. ¡Claro que lo haré!


    * * *

    El viejo «Ford» rodaba por una carretera. ¿Qué carretera era aquélla? Cualquiera. ¿A qué lugar conducía? A cualquiera. Dónde se detendría? En cualquier sitio.

    — ¿Aquí?
    —Sí, aquí.

    Y se detuvo. Era un parador. La pareja entró. Pidió una habitación. Parecían naturales. Los tomaron por un matrimonio veterano. Y se habían casado aquel día. Estaban solos. No miraron la habitación. Cualquiera servía. Joaquín fue hacia ella y ella fue hacia Joaquín.

    —Eres mía, Berta. El sueño de toda mi vida.
    —Desde que me viste convertida en una mujer.
    —Sí, desde entonces.

    La doblaba contra sí. La besaba. Y eran sus besos como suspiros de ansiedad incontenibles.

    Una, dos, muchas frases. Y el viejo «Ford» esperaba de nuevo. Entró él en la alcoba. Ella se ruborizó y bajó su mirada.

    — Berta...

    Caminó hacia él. Ocultó la cara en su hombro.

    —Joaquín, vida mía...
    —Pequeña ingenua, bonita. Y presumías de haber sido besada por los hombres.
    — Sólo tú — dijo bajo.
    — Lo sé.

    Y lo hacía de nuevo. Era infinitamente consolador sentir los besos de Joaquín. De aquel Joaquín nuevo que no conoció verdaderamente hasta la noche anterior.

    — El viejo «Ford» nos espera — le dijo al oído —. Seguiremos a la ventura. Nos detendremos donde quieras y volveremos a seguir. Y después...
    —A casa — susurró ella —. A querernos y a embutir...

    Los dos se echaron a reír. Y de pronto ella exclamó:

    — Cinco años perdidos, Joaquín. ¿Te das cuenta?
    —Nos estamos resarciendo, querida testaruda.

    El «Ford» volvió a rodar. Y nunca amor tan sincero y auténtico rodó sobre un coche tan viejo.


    FIN



    CORIN TELLADO
    UN MARIDO PARA BERTA
    Colección: GRANDES ÉXITOS
    EDITORIAL BRUGUERA, S. A BARCELONA