MATADOR DE GIGANTES (Bertram A. Chandler)
Publicado en
diciembre 02, 2012
Shrick debería de haber muerto antes de que sus ojos de bebé se abrieran a este mundo. Shrick debería de haber muerto, pero Weena, su madre, había determinado que él, de entre todos sus hijos, debería vivir. Tres veces antes, desde que se había emparejado con Skreer, había parido, y, en cada ocasión, el viejo y gris Sterret, Juez de los Recién Nacidos, había condenado a sus retoños como Diferentes.
Weena no tenía ninguna objeción que hacer a la Ley cuando no la afectaba a ella o a los suyos. Ella, tanto como cualquier otro miembro de la Tribu, disfrutaba los festines de carne fresca y sabrosa que seguían a la ritual matanza de los Diferentes. Pero si aquellos sacrificios eran el fruto de su propio vientre, ya no sentía lo mismo.
La cueva donde Weena esperaba la llegada de su señor permanecía en silencio. En silencio, si se exceptúa el sonido de su respiración y un ocasional llanto quejumbroso a cargo del recién nacido. E incluso esos sonidos quedaban engullidos por las paredes suaves y esponjosas y por el techo.
Sintió la llegada de Skreer mucho antes de que éste apareciera. Anticipó su primera pregunta y, mientras él entraba en la cueva, dijo en voz baja:
—Uno. Un macho.
—¿Un macho? —Skreer irradió su aprobación. Entonces, ella sintió que su talante cambiaba y se volvía dubitativo
—¿Es, es... ?
—Sí. Skreer cogió en sus brazos al cálido y diminuto ser. No había luz, pero él, como toda su raza, estaba habituado a la oscuridad. Sus dedos le dijeron todo lo que necesitaba saber. El recién nacido carecía de pelo. Las piernas eran demasiado rectas. y, lo peor de todo, tenía una masa grande y abultada por cabeza.
—¡Skreer! —la voz de Weena era ansiosa.¿Crees que... ?
—No hay duda alguna. Sterret le condenará por Diferente. —Pero...
—No hay esperanza —Weena sintió que su compañero temblaba, y oyó el leve y satinado rumor de su piel al hacerlo
—¡Su cabeza es como la de los gigantes!
La madre suspiró. Resultaba muy duro, pero conocía la Ley. Sin embargo. ..Era su cuarto parto, y tal vez nunca conocería lo que era observar y esperar, con una mezcla de orgullo y terror, cuando sus hijos salían con los otros machos jóvenes para hacer una incursión en el territorio de los Gigantes y traer despojos de la gran Cueva—de—Comida, el Lugar—delas—cosas—verdes o, incluso, los preciosos fragmentos de brillante metal del Lugar—de—vida—que—no—es—vida. Se aferró a una leve esperanza. —¿Su cabeza es como la de los gigantes? ¿Crees que podría ocurrir que los gigantes sean Diferentes? Lo he oído decir .
—Y si lo son, ¿qué? —Sólo esto. Tal vez crezca y se convierta en un gigante. Tal vez combata contra los otros gigantes por nosotros, su pueblo. Tal vez, ..
—Tal vez Sterret le deje vivir, eso es lo que quieres decir —Skreer emitió el sonido breve y desagradable que entre su pueblo hacía las veces de risa. No, Weena. Debe morir. y ha pasado mucho tiempo desde que comimos. ..
—Pero... —Ya basta. ¿ O quieres que proporcionemos comida también para la Tribu? ¡Tal vez yo quiera una compañera que me dé hijos sanos, no monstruos!
El Lugar—de—Reunión estaba casi desierto cuando Skreer y Weena entraron, ella agarraba a Shrick con fuerza entre sus brazos. Había otras dos parejas más, cada una con recién nacidos. Una de las madres sujetaba a dos bebés que parecían normales. La otra llevaba tres, y su compañero tenía a uno de ellos.
Weena la reconoció como Teeza, y le dirigió una media sonrisa de simpatía cuando vio que el recién nacido que el compañero de Teeza llevaba sería condenado, con toda certeza, por Sterret cuando decidiera aparecer. Pues era tal vez incluso más repugnante que su propio hijo Diferente, ya que tenía dos manos que surgían de los extremos de cada brazo.
Skreer se aproximó a uno de los otros machos, el que no sujetaba a ninguna criatura.
—¿Cuánto lleváis esperando? —preguntó. —Muchos latidos. Nosotros...
El guardia apostado en la puerta por la que entraba la luz del Interior siseó una advertencia:
—¡Silencio! ¡Un gigante se acerca! Las madres abrazaron a sus hijos con más fuerza aún, cl pelaje erizado lleno de supersticioso temor. Sabían que no habría peligro si permanecían en silencio, y que, aunque se traicionaran con algún leve ruido, no había ningún peligro inmediato. No sólo era el tamaño lo que hacía temibles a los gigantes, sino los poderes sobrenaturales que poseían. La comida—que—mata había acabado con muchos miembros de la Tribu, igual que sus astutos aparatos que aplastaban y mutilaban a cualquiera que fuera la bastante poco inteligente como para coger con ansia los sabrosos bocados que dejaban expuestos en una especie de plataforma pequeña. Aunque había quien sostenía que, en el último caso, el riesgo bien merecía la pena, pues los granos amarillos de las bolsas de la Cueva—de—Comida eran tan monótonos como nutritivos.
—¡EI gigante ha pasado! Antes de que pudieran reanudar su charla, Sterret salió de su cueva. Llevaba en la mano derecha una vara de mando, un bastón recto del material duro, aunque suave, que dividía el territorio del Pueblo del de los gigantes, rematado por una brillante punta de metal.
Era viejo. Sterret. Aquellos que tenían nietos ya habían oído a sus abuelos hablar de él. Durante generaciones sobrevivió a ataques de los jóvenes machos celosos de sus prerrogativas como jefe, y los asaltos más raros de los padres descontentos con sus determinaciones como Juez de los Recién Nacidos. En esta última situación, sin embargo, no tenía nada que temer , pues en aquellos casos aislados, la Tribu se había alzado como un solo individuo y hecho pedazos a los atacantes.
Tras Sterret iba su guardia personal, y, después, surgiendo de las muchas entradas de la cueva, la masa de la Tribu. No había necesidad de convocarles; la «sabían».
El jefe, deliberado y parsimonioso, tomó posición en el centro del Lugar—de—Reunión. Sin esperar órdenes, la multitud se dirigió hacia los padres y los recién nacidos. Weena retrocedió al ver sus brillantes ojos fijos en la falta de pelo de Shrick, en su cráneo deforme. Sabía cuál sería el veredicto.
Esperaba que los recién nacidos de las otras parejas fueran juzgados antes que el suyo, aunque aquello sólo retrasaría la muerte de la criatura unos pocos latidos. Esperaba...
—¡Weena! ¡Tráeme a tu hijo para que pueda verle y juzgar) El jefe extendió sus huesudos brazos y cogió al niño de las reluctantes manos de la madre. Sus ojos, pequeños y profundos, brillaron mientras pensaba en la rica sangre roja que pronto disfrutaría. Sin embargo, sentía reluctancia de perder el sabor de un solo latido de la agonía de la madre. Tal vez pudiera provocarla para que le atacase...
—¡Nos insultas al traernos «esto»! —dijo con lentitud y alzó a Shrick, que lloraba débilmente—. ¡Mira, oh, Pueblo, esta «cosa» que la miserable Weena ha traído para que yo le juzgue!
—Tiene cabeza de gigante. —La tímida voz de Weena era apenas audible—. Tal vez... su padre fue un gigante. Una risa hiriente recorrió el Lugar—de—Reunión.
—No. Pero he oído decir que tal vez loS gigantes, o sus padres y madres, fueron Diferentes. Y...
—¿Quién ha dicho eso? —Strela.
—Sí, Strela el Sabio. ¡Quién, en su sabiduría, comió copiosamente la comida—que—mata!
Una vez más, la odiosa risa resonó en la asamblea. Sterret alzó la mano que sostenía la lanza, acortando su tenaza en el puño. Su cara se arrugó en anticipación del brillante borbotón de sangre que pronto brotaría de la garganta del Diferente. Weena gritó. Con una mano arrancó a su hijo de la odiosa tenaza del jefe, y Con la otra le quitó la lanza.
Sterret era viejo, y generaciones de autoridad le habían vuelto descuidado. Sin embargo, pese a su edad, esquivó el sañudo empujón que la madre le propinó. No tuvo necesidad de gritar orden alguna. De todas partes, el Pueblo convergió hacia la rebelde.
Horrorizada ya por su acción, Weena supo que no podía esperar piedad. Sin embargo, la vida, aun dentro de la tribu, era dulce. Tomó carrerilla en el gris y esponjoso suelo del Lugar—de—Reunión, y saltó. El ímpetu de su salto la llevó a la puerta por la que fluía la luz del Interior . El guardia que estaba allí desarmado (¿qué defensa podía suponer una débil lanza contra los gigantes?) cayó hacia atrás ante la amenaza de la brillante hoja de Weena y sus dientes desnudos. Entonces, Weena se encontró en el Interior .
Sabía que podía defender indefinidamente la puerta contra sus perseguidores. Pero se hallaba en territorio gigante. En una agonía de indecisión, se aferró al borde de la puerta Con una mano, la otra sujetando aún la lanza. Una cara apareció en la abertura, y luego desapareció, manchada de sangre. Sólo un momento después, se dio cuenta de que se trataba de Skreer .
Fue consciente de la fiera luz que lo iluminaba todo a su alrededor , de loS vastos espacios por todas partes para un cuerpo que estaba habituado a la estrechez de las cuevas y loS túneles. Se sintió desnuda y, a pesar de su miedo, indefensa por completo.
Entonces, sucedió lo que más temía.
Tras ella, sintió que dos gigantes se aproximaban. Pudo oír su respiración y el rumor bajo e infinitamente amenazador de sus voces mientras hablaban entre ellos. No la habían visto, de—eso estaba segura, pero sólo era cuestión de unos latidos que lo hicieran. La puerta abierta, con la certeza de muerte que anunciaba detrás, parecía preferible al terror de lo desconocido. Si hubiera sido su vida sólo lo que estaba en juego, habría regresado para enfrentarse a la justa ira de su jefe, su compañero y su Tribu.
En lucha con su ciego pánico, se obligó a adoptar una claridad de pensamiento que, por lo general, era ajena a su naturaleza. Si gritaba según su instinto, si huía alocada ante los gigantes que se acercaban, la verían. Su única esperanza era permanecer en completo silencio. Skreer y los otros machos que habían hecho incursiones al Interior le habían dicho que los gigantes, descuidados por su tamaño y su poder, no solían advertir a los miembros del Pueblo a menos que hicieran algún movimiento que les delatara.
Los gigantes se hallaban muy cerca. Lenta, cautelosa, Weena volvió la cabeza. Ahora pudo verles, dos enormes figuras que flotaban en el aire con tranquila arrogancia. No la habían visto, y sabía que seguirían así a menos que ella hiciera algún movimiento súbito que atrajera su atención. No obstante, fue difícil no rendirse al impulso de retroceder hacia la puerta que conducía al Lugar—de—Reunión y encontrar allí una muerte segura a manos de la furiosa Tribu. Aún fue más difícil combatir la urgencia de soltar su presa del borde de la puerta y huir gritando, hacia cualquier parte. llevada por el pánico.
Pero aguantó. Los gigantes pasaron. El sordo rumor de sus voces se perdió en la distancia, así como su acre y desagradable olor, del que tanto había oído hablar, pero que nunca había experimentado. Weena se atrevió a alzar la cabeza una vez más.
Una idea sobresalía con mortífera claridad en el confuso y aterrorizado cieno de sus pensamientos. Su única esperanza de supervivencia, por dolorosamente pequeña que fuera, residía en seguir a los gigantes. No tenía tiempo que perder, pues ya podía oír el insistente clamor de voces cuando los habitantes de las cuevas detectaron que los gigantes habían pasado. Soltó su presa de la puerta y flotó lentamente hacia arriba.
Weena gritó cuando su cabeza entró en contacto con algo duro. Durante largos segundos esperó, con los ojos cerrados de terror, la condenación que seguramente caería sobre ella. Pero no sucedió nada. La presión en la parte superior de su cráneo no aumentó ni disminuyó.
Abrió los ojos con timidez. Hasta donde podía ver, en dos direcciones, se extendía una larga columna o barra recta. Tenía el grosor de su propio cuerpo, y estaba hecha o recubierta con un material que no le resultaba extraño del todo. Se parecía a las cuerdas tejidas por las hembras con fibras del Lugar—de—Ias—cosas—verdes, pero mucho más fina. A veces, los machos traían ese tipo de material de sus expediciones. Durante un tiempo, se creyó que era el pelaje de los gigantes, pero ahora se pensaba que ellos los hacían para sus propios propósitos.
La columna estaba rodeada por tres lados del resplandeciente vacío que tanto aterrorizaba al pueblo de las cuevas. En el cuarto, había una superficie plana y brillante. Weena descubrió que podía introducirse sin problemas en el espacio entre las dos. También descubrió que, con la reconfortante solidez a su espalda y bajo su vientre, podía avanzar con razonable rapidez por la columna. Pero descubrió que, si miraba a los lados, sentía vértigo. Pronto aprendió a no mirar .
Es difícil estimar el tiempo que requirió su viaje en un mundo donde el tiempo carece de significado. Tuvo que detenerse dos veces y alimentar a Shrick, temerosa de que sus hambrientos sollozos traicionaran su presencia a los gigantes o a cualquier miembro del Pueblo que pudiera haberla seguido, aunque eso era bastante improbable. Una vez, sintió que la columna vibraba, y se quedó inmóvil, pegada a su oscura superficie, llena de terror. Un gigante pasó, impulsándole rápidamente hacia adelante con sus dos manos. Si alguna de aquellas manos hubiera caído sobre Weena, habría sido el final. Durante muchos latidos después de que el gigante pasara, permaneció en el mismo lugar, aturdida e indefensa, sin apenas atreverse a respirar .
Le pareció que atravesaba lugares de los que había oído hablar a los machos. Podría ser...; pero no tenía forma de saberlo. Pues el mundo del Pueblo, con sus cuevas y túneles, era el territorio familiar, mientras que, el de los gigantes, sólo era conocido en relación a las puertas por las que podía entrar un explorador atrevido.
Weena se sentía marcada y débil por el hambre y la sed cuando, por fin, la larga barra la llevó a un lugar donde pudo oler el tentador aroma de la comida. Se detuvo y miró en todas direcciones. Pero allí, al igual que en todas partes de ese extraño país, la luz resultaba demasiado deslumbrante para sus desentrenados ojos. Podía ver tenues formas enormes más allá de su limitada comprensión. No podía ver a ningún gigante, ni nada que se moviera.
Con cautela, aferrada con fuerza a la áspera superficie de la columna, se apartó de la superficie plana y pulida por la que había estado viajando. Movió la cabeza adelante y atrás, dilatando su sensible nariz. l—a brillante luz la confundía, así que cerró los ojos. Una vez más, su nariz buscó la fuente del sabroso olor, avanzando cada vez con más lentitud a medida que la posición quedaba determinada con razonable precisión.
Odiaba abandonar la seguridad de su columna, pero el hambre anulaba todas las demás consideraciones. Tras orientar su cuerpo, saltó. Con un golpe sordo, chocó contra otra superficie plana. Su mano libre encontró una proyección a la que se aferró. Casi tuvo que soltarla, pues giró. Entonces, con desconcertante brusquedad, una rendija, que fue ensanchándose rápidamente, apareció ante sus ojos. Tras la abertura había una oscuridad, negra y bienvenida. Weena se deslizó dentro, agradecida por apartarse de la deslumbrante luz del Interior. Después, advirtió que era una puerta como la que su propio Pueblo construía en la Barrera, aunque sus proporciones eran gigantescas. Pero, al principio, lo único que importó fue la fría y refrescante sombra.
Entonces, estudió cuanto la rodeaba. A través de la puerta entreabierta se filtraba suficiente luz para hacerle ver que estaba en una cueva. Cierto que no era una cueva muy apropiada, pues tenía paredes, suelo y techo perfectamente regulares. Al fondo, en cada uno de su pequeño compartimiento, había enormes globos brillantes. De allí procedía un olor que casi la volvió loca.
Sin embargo, se contuvo. Conocía aquel olor. Era el de los fragmentos de comida que llevaban a las cuevas, robados a fuerza de sacrificio de las plataformas asesinas de los gigantes. ¿Era esto una plataforma asesina? Se devanó los sesos por recordar la pobre descripción que los machos habían hecho de aquellos aparatos, y decidió que ese sitio, después de todo, tenía que ser una Cueva—de—Comida. Soltó su presa de Shrick y la lanza de Sterret, y se acercó al globo más cercano.
Al principio trató de soltarlo de su compartimiento, pero parecía estar sujeto. No importaba. Colocó la cara contra la superficie de la esfera, y enterró los dientes en su fina piel. Había carne bajo la piel, y sangre. .., un jugo dulce, algo ácido. En ocasiones, Skreer le había prometido una parte de esta comida la siguiente vez que consiguiera algo de una plataforma asesina, pero nunca cumplió su promesa. Y, ahora, Weena tenía toda una cueva de esa misma comida sólo para ella.
Saciada, regresó para recoger a Shrick, que se quejaba en voz alta. Había jugueteado con la lanza y se había cortado con la punta. Pero lo que Weena agarró fue la lanza, girándose rápidamente para defenderse. Porque una voz, comprensible aunque con una entonación levemente pastosa, preguntó:
—¿ Quién eres? ¿ Qué haces en nuestro país?
Era uno del Pueblo, un macho. Iba desarmado, pues, de lo contrario, nunca le habría preguntado. Incluso así, Weena sabía que la más leve relajación de vigilancia por su parte provocaría un salvaje ataque.
Agarró la lanza con más fuerza, de forma que su punta se dirigiera hacia el desconocido.
—Soy Weena, de la tribu de Sterret.
—¿De la tribu de Sterret? Pero la tribu de Sessa es dueña del paso entre nuestros países.
—Vine al Interior. ¿ Quién eres tú?
—Tekka. Pertenezco al pueblo de Skarro. Eres una espía.
—Y por eso traigo a mi hijo conmigo. Tekka miró a Shrick.
—Ya veo —dijo por fin—. Un Diferente. ¿Cómo has atravesado el país de Sessa?
—No he venido por él, sino al Interior.
Estaba claro que Tekka se negaba a creer su historia.
—Debes venir conmigo a ver a Skarro —dijo. Él juzgará.
—¿ Qué ocurrirá si voy?
—Muerte para el Diferente. Para ti, no lo sé. Pero tenemos demasiadas hembras en nuestra tribu.
—Esto te dice que no iré —Weena blandió su lanza.
Nunca se habría atrevido a desafiar así a un macho de su tribu, pero ese Tekka no era uno de los suyos, y siempre la habían hecho creer que una hembra de la tribu de Starret era superior a un macho de cualquier comunidad extraña incluso un jefe.
—Los gigantes te encontrarán aquí. —La voz de Tekka mostraba una elaborada falta de preocupación. ¡Qué bonita lanza!.
—Sí. Pertenecía a Sterret. He herido a mi compañero con ella. Tal vez esté muerto.
El macho la miró con nuevo respeto. Si su historia era cierta... tenía que tratarla con cautela. Además. ..
—¿Me la darías? —Sí.
Weena emitió una desagradable risita. No había confusión posible en su significado.
—Así que no. Escucha. No hace mucho, en nuestra tribu, muchas madres, dos manos completas de madres con Diferentes, desafiaron al Juez de los Recién Nacidos. Huyeron por los túneles, y viven fuera del Lugar—de—pequeñas—Iuces. Skarro no ha dirigido aún una partida de guerra contra ellas. No sé por qué, pero siempre hay un gigante en ese sitio. Es probable que Skarro tema que una lucha tras la Barrera advierta a los gigantes de nuestra presencia.
—¿Me guiarás hasta allí?
—Sí. A cambio de la lanza.
Weena guardó silencio durante el espacio de varios latidos. Mientras que Tekka la precediera, estaría a salvo. No se le ocurrió que podría dejar que el otro cumpliera su parte del trato y, que luego ella se negara a pagar la suya. Su pueblo era una raza muy primitiva.
—Iré contigo —dijo. —Está bien.
Los ojos de Tekka se posaron, amorosos, sobre la hermosa lanza. Skarro no sería jefe durante mucho tiempo.
—Primero —dijo, hemos de empujar lo que has dejado de la bola—buena—para—comer hasta nuestro túnel. Después debo cerrar la puerta, no sea que un gigante aparezca...
Juntos, cortaron la esfera en pedazos. Había una puerta en la parte trasera de uno de los compartimientos que estaba vacío. Empujaron a través de ésta su olorosa carga. Weena entró primero en el túnel, con Shrick y la lanza entre sus brazos; luego, Tekka. Éste colocó la puerta redonda en su sitio, donde encajaba sin mostrar ningún signo de que la Barrera había sido rota. Corrió dos rudos cerrojos.
—Sígueme —ordenó a la madre.
El largo viaje a través de las cuevas y túneles fue el cielo después del Interior. En ellos no había ninguna luz... o, como mucho, sólo un débil destello procedente de los agujeros y rendijas de la Barrera. Parecía que Tekka la conducía a lo largo de los caminos y túneles menos frecuentados, pues no se encontraron con ningún miembro de su pueblo. Sin embargo, las percepciones de Weena le dijeron que se hallaba en un territorio con una densa población. Las cálidas y confortables olas de la vida rutinaria del Pueblo latían a su alrededor. Sabía que, en las abrigadas cuevas, los machos, hembras y retoños vivían en acogedora intimidad. Durante un instante, lamentó haber cambiado todo aquello por el feo bulto sin pelo que llevaba en brazos. Ya nunca podría regresar a su propia tribu, y aunque quisiera alojarse con esa comunidad extraña, las alternativas serían la muerte o la esclavitud.
—¡Con cuidado! —susurró Tekka—. Nos aproximamos a su territorio.
—¿Me... ? —Yo no. Me matarían. Sigue tú sola, recto por este túnel, y los encontrarás. Ahora, dame la lanza.
—Pero... —Estás a salvo. Ahí está tu pase —palmeó levemente a Shrick, que se rebullía, incómodo. Dame la lanza y me iré.
Reluctante, Weena le tendió el arma. Tekka la cogió sin decir palabra. Luego, se marchó. La madre le vio durante un instante en la tenue luz que, en esa parte del túnel, se filtraba a través de la Barrera: una figura gris y sombría perdiéndose con rapidez en la penumbra. Se sintió perdida, solitaria y asustada. Pero la suerte estaba echada. Lenta, con cautela, empezó a arrastrarse por el túnel.
Gritó cuando la encontraron. Durante muchos latidos, había notado su odiosa presencia, y sentido que seres, más extraños aún que los gigantes, la rodeaban. Gritó una o dos veces, para decir que iba en paz, que era la madre de un Diferente. Pero ni siquiera un eco le contestó, pues las suaves y esponjosas paredes del túnel ensordecían el agudo sonido de su voz, y el silencio, que no era tal silencio, resultaba aún más amenazador que antes si eso era posible.
El terror clandestino la atacó sin advertencia. Weena luchó con el coraje de la desesperación, pero fue vencida por la pura fuerza del número. Arrancaron a Shrick de su frenética tenaza. Unas manos, demasiadas para el número de sus asaltantes, le colocaron los brazos a los costados, y retuvieron sus tobillos en una presa irrompible. Incapaz de seguir debatiéndose, miró a sus captores. Entonces volvió a gritar. Por fortuna, la tenue luz le ahorró ver el horror completo del aspecto de aquellos, pero lo que vio hubiera bastado para aterrorizar sus sueños hasta el día de su muerte... si pudiera escapar.
Suavemente, casi con ternura, las odiosas manos recorrieron su cuerpo con desagradable intimidad.
—Es una Diferente.
Weena se permitió sentir esperanza. —¿y la criatura?
—Dos—Colas tiene un recién nacido. Podrá alimentar a éste, y mientras la aguda hoja encontraba su garganta, Weena tuvo tiempo de lamentar, con más amargura que nunca, él haber dejado su abrigado y familiar mundo. No era tanto el temor por su propia vida, que había sacrificado al desafiar a Sterret, sino el conocimiento de que Shrick, en vez de encontrar una muerte limpia a manos de su propio pueblo, viviría entre aquellas sucias monstruosidades.
Entonces hubo un brusco dolor y una sensación de absoluta indefensión cuando la marea de su vida menguaba rápidamente... y la oscuridad que Weena había amado tanto se cerró sobre ella para siempre.
Sin—Pelo (que, al nacer, fue llamado Shrick), impaciente, esperaba en su puesto, a mitad de camino de lo que su pueblo conocía como Túnel de Skarro. Ya era hora de que Nariz—Larga viniera a relevarle. Habían pasado muchos latidos desde que oyó los sonidos, al otro lado de la Barrera, que proclamaban que el gigante del Lugar—de—pequeñas—luces había sido reemplazado por otro de su especie. Lo que los gigantes hacían en aquel sitio era un misterio, pero el Nuevo Pueblo había llegado a reconocer una extraña regularidad en las acciones de los monstruosos seres y a regular su tiempo en consecuencia.
Sin—Pelo tensó su tenaza sobre la lanza, hecha del material de la Barrera, burdamente afilada en un extremo, al oír que alguien se acercaba por el túnel desde la dirección del país de Tekka. Podía tratarse de una Diferente con un hijo, el cual se convertiría en miembro del Nuevo Pueblo, o tal vez era un ataque. Sin embargo, de alguna manera, las impresiones confusas que su mente recibía no implicaban ninguna de las dos cosas.
Sin—Pelo se apretó contra la pared del túnel, hundiendo profundamente su cuerpo contra el material esponjoso. Ahora podía vislumbrar al intruso: una forma solitaria que corría, furtiva, a través de las sombras. Su sentido del olor le dijo que era una hembra. Se tensó para atacar en cuanto la desconocida pasara junto a su escondite.
Sorprendentemente, ella se detuvo. —Vengo en son de paz —dijo—. Soy una de los vuestros. Soy... —una breve pausa, una del Nuevo Pueblo.
Shrick no respondió, ni hizo movimiento alguno que pudiera traicionarle. Sabía que había una remota posibilidad de que esa hembra poseyera una visión anormalmente aguda. Y, aún más probable, que le hubiera olido, Pero, entonces... , ¿cómo sabía el nombre por el que el Nuevo Pueblo se llamaba a sí mismo? Para el mundo exterior, eran Diferentes. ..y si la desconocida se hubiera llamado así de inmediato se habría proclamado una extranjera cuya vida estaba perdida.
—No sabes por qué me he referido a mí misma con el nombre adecuado —continuó la voz. En mi propia tribu me llaman Diferente.
—Entonces, ¿cómo te permitieron vivir? —preguntó Sin—Pelo con voz triunfante.
—¡Ven hacia mí! No, suelta tu lanza. ¡Ahora, ven! Sin—Pelo depositó su lanza en la suave pared de la caverna. Lentamente, casi con temor, avanzó hacia el lugar donde la hembra esperaba. Entonces pudo verla mejor: no parecía diferente de las madres fugitivas de los Diferentes a cuyas muertes había asistido tan a menudo. Tenía el cuerpo bien proporcionado y cubierto de hermoso pelo sedoso. La cabeza estaba bien formada. En lo físico era lo bastante normal como para resultar repugnante al Nuevo Pueblo.
Y, sin embargo. .., Sin—Pelo se encontró comparándola con las hembras de su propia tribu, para desventaja de estas últimas. La emoción, más que la razón, le dijo que el odio inspirado por la visión de un cuerpo tan ordinario era el resultado de una profunda sensación de inferioridad más que otra cosa y quería a esa desconocida.
—No —dijo ella con lentitud—, no es mi cuerpo. Lo que resulta diferente está en mi cabeza. Yo misma no lo supe hasta hace poco, unas dos manos de comida. Pero ahora puedo decir lo que pasa dentro de tu cabeza, o en la cabeza de cualquier miembro del Pueblo. ..
—Pero ¿cómo supieron. ..? —preguntó el macho. —Me emparejé con Trillo, el hijo de Tekka, el jefe y en nuestra cueva le dije cosas que sólo él sabía. Pensé que aquello le complacería, que le gustaría tener una compañera con poderes mágicos que pudiera utilizar para su provecho. Con mi ayuda, él podría haberse convertido en jefe. Pero se enfadó. .., y se asustó mucho. Corrió a contárselo a Tekka, que me declaró Diferente. Iban a matarme, pero pude escapar. No se atrevieron a seguirme a este país. ..
Hizo una pausa. —Me quieres.
Era una declaración más que una pregunta. —Sí. Pero...
—¿Sin—Cola? Ella puede morir. Si lucho con ella y venzo, me convertiré en tu compañera.
Brevemente, casi lamentándolo, Sin—Pelo pensó en su hembra. Había sido paciente, y leal. Pero vio que, con esa extranjera por compañera, no habría límites para su avance. No es que fuera más listo que Trillo, sino que, como miembro del Nuevo Pueblo, consideraba que la anormalidad era la norma.
—Entonces, me aceptarás. —Una vez más, no hubo ningún atisbo de pregunta en sus palabras. Me llamo Wesel.
La llegada de Sin—Pelo al Lugar—de—Reunión seguido de Wesel no pudo estar mejor coordinada. Había un juicio en marcha, un joven macho, llamado Orejas—Grandes, había sido sorprendido robando una pie.za de tal de la cueva de Cuatro—Brazos. Nariz—Larga, que debería haber revelado a Sin—Pelo, había encontrado que el espectáculo de un juicio y la perspectiva de un festín resultaban mucho más atractivas que una guardia solitaria.
Él fue el primero que advirtió a los recién llegados. —Oh, Gran—Colmillo —llamó—. ¡Sin—Pelo ha desertado de su puesto! El jefe estaba depuesto a ser indulgente.
—Trae una prisionera —dijo—. Una Diferente. Tendremos un buen festín.
—Te tiene miedo —susurró Wesel. ¡Desafíale! —No se trata de ninguna prisionera. —La voz de Sin—Pelo sonó arrogante—. Es mi nueva compañera, y tú, Nariz—Larga, ve al túnel de inmediato.
—Ve, Nariz—Larga. Mi país no debe permanecer sin vigilancia. SinPelo, entrega a esa extraña hembra a los guardias para que sea sacrificada.
Sin—Pelo sintió que su resolución flaqueaba bajo la dura mirada del jefe. Cuando dos de los matones de Gran—Colmillo se acercaron, aflojó su tenaza sobre el brazo de Wesel. Ella se volvió hacia él, suplicante, con los ojos llenos de desesperación.
—No, no. Te digo que te tiene miedo. No cedas ante él. Juntos podemos...
Irónicamente, la intervención de Sin—Cola fue la que invirtió la balanza. Se enfrentó a su pareja, la preocupación escrita en su fea cara, y comenzó a emplear su maliciosa lengua, tan temida por todo el Nuevo Pueblo, incluido el propio jefe.
—Así que prefieres a esta hembra corriente antes que a mí —dijo. Entrégala para que pueda, al menos, llenar nuestros vientres, ¡y en cuanto a ti, me pagarás este insulto!
Sin—Pelo miró la forma grotesca y distorsionada de Sin—Cola, y luego a la esbelta y ágil Wesel. Habló casi sin querer .
—Wesel es mi compañera. ¡Forma parte del Nuevo Pueblo! Gran—Colmillo carecía de vocabulario para expresar la burla adecuada hacia el insolente rebelde. Se esforzó en buscar palabras, mas no pudo encontrar ninguna que se ajustara a la situación. Sus ojillos resplandecieron rojizos, y sus colmillos ocultos se desplegaron en una mueca maligna.
—¡Ahora! —instó la extranjera. Su cabeza está confusa. Se apresurará. Su deseo por romper y rasgar nublará su juicio. ¡Ataca!
Sin—Pelo se entregó a la pelea con frialdad, a sabiendas de q4e saldría victorioso si conservaba la cabeza. Alzó la lanza para detener la primera acometida del furioso jefe. Gran—Colmillo vio justo a tiempo la burda punta y, usando su cola como timón, la esquivó. Aunque no fue lo bastante rápido, su acción apenas le salvó de una muerte segura. La lanza le alcanzó en el hombro, se quebró, y la punta se quedó clavada en "la herida. Enloquecido de furia y dolor, el jefe era ahora un enemigo peligroso...y, sin embargo, al mismo tiempo, era carne fácil para un adversario que conservara la frialdad.
Sin—Pelo la conservó, al principio. Pero su autocontrol se descomponía con rapidez. Por mucho que lo intentara, no podía combatir las oleadas cada vez mayores de histérico miedo, de su pura ansia de sangre animal. Cuando sus enemigos se acercaban para embestirle, y él con su arma casi inútil mientras que Gran—Colmillo lo estaba con una hermosa lanza con punta de metal, le hizo falta todo el poder de su voluntad para no huir o enzarzarse en un cuerpo a cuerpo con su más peligroso antagonista. Su razón le decía que ambas acciones resultarían desastrosas. .., la primera le serviría para acabar cazado y masacrado por la Tribu; la segunda le pondría dentro del alcance de los dientes grandes y mortíferos que habían dado su nombre a Gran—Colmillo.
Así que atacó y esquivó, atacó y esquivó, hasta que la fina punta de la hoja del jefe le arañó el brazo. El punzante dolor le convirtió en un animal, y, con un agudo chillido de furia, se abalanzó contra el otro.
Pero si la naturaleza había dotado a Gran—Colmillo de unas buenas defensas, no había escatimado tampoco el equipo defensivo del rebelde. Cierto, Sin—Pelo no tenía nada sobresaliente en el campo de los dientes o las zarpas, ni tenía los miembros extra que tantos compañeros del Nuevo Pueblo poseían. Su cerebro tal vez era un poco sagaz, pero, a esas alturas de la pelea, no contaba para nada. Lo que le salvó la vida fue su piel sin pelo.
Una y otra vez, el jefe trató de atraerle a su alcance, y, una y otra vez, él escapó. Su piel resbaladiza estaba surcada por una docena de arañazos, muchos de ellos profundos, pero carecían de importancia. Todo el tiempo, él arañaba y empujaba con manos y pies, mordía y arrancaba.
Gran—Colmillo parecía cansarse, pero también Sin—Pelo se cansaba, y el otro había aprendido que resultaba inútil tratar de agarrar un puñado de pelo, que debía de intentar capturar a su enemigo en un abrazo irrompible. Lo consiguió en una ocasión. Sin—Pelo fue atraído más y más hacia los esclavizadores colmillos, sintió el fétido aliento del otro en su cara, supo que era cuestión de un latido que le abriera la garganta. Gritó, alzó las piernas y golpeó con saña el vientre de Gran—Colmillo. Sintió que sus pies se hundían en la blanda carne, pero el jefe gruñó y no relajó su presión. Peor... el fracaso de su desesperado contraataque había acercado a Sin—Pelo aún más a la muerte.
Con el brazo derecho, empujó desesperadamente el pecho del otro. Trató de alzar las rodillas para descargar un golpe, pero las musculosas piernas de Gran—Colmillo las sujetaban en una fuerte tenaza. Se debatió con el brazo libre, pero igual podría haber estado luchando contra la mismísima Barrera.
El pueblo, ahora que el resultado de la batalla estaba decidido; animaba al vencedor. Entre los vítores, Sin—Pelo oyó la voz de Sin—Cola, su compañera. El frío rincón de su cerebro donde la razón latía aún le dijo que no podía culparla. Si vociferara a favor de él, sólo podía esperar la muerte a manos del jefe triunfante. Pero olvidó que le había insultado y humillado, y sólo recordó que era su compañera. La amargura le hizo proseguir la lucha donde otros habrían soltado su tenaza a una vida que ya estaba perdida.
El canto de su mano chocó con fuerza en el lugar donde el grueso cuello de Gran—Colmillo se unía a su hombro. Apenas fue consciente de que el otro daba un respingo, que un gemido de dolor seguía al golpe. Entonces, oyó el agudo grito de Wesel.
—¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Ese es su punto débil! A ciegas, buscó el mismo sitio. Gran—Colmillo tenía miedo, de eso no cabía duda. Su cabeza se retorció, en un intento de cubrir su vulnerabilidad. Otra vez el gemido, y Sin—Pelo supo que la batalla era suya. Sus dedos, finos y fuertes con sus afiladas uñas, se hundieron y rasgaron. No había pelaje allí, y la carne era blanda. Sintió la cálida sangre manar bajo su mano mientras el jefe lanzaba un grito terrible. Entonces, la tenaza de hierro le soltó con brusquedad. Antes de que GranColmillo pudiera usar las manos o los pies para apartar de sí a su enemigo, Sin—Pelo se retorció, agarró piel y pelaje con cada mano y enterró sus dientes en el cuello de su adversario, hasta encontrar la yugular . Casi de inmediato, los últimos y desesperados movimientos del jefe cesaron,
Sin—Pelo bebió larga y copiosamente. Entonces, con la sangre manando aún de su hocico, observó cansado al Pueblo.
—Soy el jefe —dijo. —¡Eres el jefe! —respondieron a coro. —y Wesel es mi compañera.
Esta vez, el Pueblo vaciló. El nuevo jefe oyó los murmullos. —El festín... Gran—Colmillo es viejo y duro..., ¿vamos a contentarnos...?
—Wesel es mi compañera —repitió—. Ahí tenéis vuestro festín... En la altura de su poder recordó los ojos cargados de odio de Sin
Cola, la temible sensación de que con sus palabras se había colocado por encima de toda costumbre, de toda ley.
—Por encima de la Ley —le susurró Wesel. Él reafirmó su corazón.
—Ahí tenéis vuestro festín —repitió. Orejas—Grandes agarró una lanza de uno de los guardias y despachó de un rápido golpe a la temblorosa Sin—Cola.
—Soy tu compañera —dijo Wesel.
Sin—Pelo la cogió entre sus brazos. Se frotaron la nariz. No fue la sangre del viejo jefe lo que hizo que ella temblara levemente, sino la sensación de aquel repelente cuerpo sin pelo contra el suyo.
El Pueblo despedazaba y dividía ya los dos cadáveres y se preparaba a repartir los suculentos despojos.
Había una hembra entre el Nuevo Pueblo que, si sus diferencias del bloque racial hubieran sido sólo psicológicas, la habrían sacrificado mucho tiempo antes. A pesar de sus tres ojos, el ejercicio imprudente de Su don le habría proporcionado una muerte segura. Pero, al igual que sus hermanas en comunidades mucho más civilizadas, cuidaba de decirle a aquellos que acudían a verla lo que deseaban oír. Incluso, entonces, se contenía. La experiencia le había enseñado que, a menudo, el conocimiento previo de los sucesos por venir provocaba resultados completamente imprevistos. Eso la molestaba. Mejor desgracia en la corriente principal del tiempo que bienestar en una de sus ramas.
Sin—Pelo y Wesel acudieron a ver a Tres—Ojos.
Antes de que el jefe pudiera hacerle sus preguntas, la vidente alzó una mano enflaquecida.
—Eres Shrick —dijo —.Así te llamaba tu madre, Shrick, el Matador de Gigantes.
—Pero...
—Espera. Has venido a preguntarme sobre tu guerra contra el pueblo de Tekka. Continúa con tus planes. Vencerás. Luego pelearás contra la tribu de Skerret el Viejo, y vencerás de nuevo. Serás Señor del Exterior. Y, entonces. ..
—Y, entonces, ¿qué?
—Los gigantes sabrán del Pueblo. Muchos miembros del Pueblo morirán, pero no todos. Combatirás contra los gigantes, y matarás al último de ellos, pero convertirá este mundo en... ¡Oh, si pudiera hacerte ver! Pero no tengo palabras.
—¿Qué?
—No, no puedes saberlo. Nunca lo sabrás hasta que tu final llegue. .. Pero esto sí puedo decírtelo: El Pueblo está condenado. Nada que tú o ellos puedan hacer les salvará. Pero tú matarás a aquellos que nos maten, yeso es bueno.
Sin—Pelo pidió otra vez una aclaración. De repente sus peticiones se convirtieron en amenazas. Se sumergía rápidamente en uno de sus temidos accesos de furia ciega, Pero Tres—Ojos ignoraba su presencia. Sus dos ojos exteriores estaban fuertemente cerrados y aquel otro ojo interior , extraño y temido, miraba «algo», fuera de los límites de la cueva, fuera del marco de las cosas como tales.
El jefe gruñó.
Alzó la fina lanza que era el símbolo de su poder y la hundió profundamente en el cuerpo de la vieja hembra. El ojo interior se cerró y los dos exteriores se abrieron por última vez.
—Me he librado del final... —murmuró.
Fuera de la pequeña caverna, el fiel Orejas—Grandes esperaba. —Tres—Ojos está muerta —dijo su amo—. Coge lo que quieras, y dale el resto al Pueblo.
Durante un momento, permanecieron en silencio.
—Me alegro de que la hayas matado —dijo Wesel. Me ha asustado. Entré en su cabeza... ¡Y me perdí! —Su voz tenía un tono de histeria. ¡Me perdí! Era enloquecedor, enloquecedor «Lo que era un lugar, un LUGAR, y AHORA, lo que será". He visto el Final.
—¿Qué has visto?
—Una gran luz, mucho más brillante que las luces de tos gigantes del Interior, y calor, más fuerte que el calor de los suelos de las cuevas Y túneles del Lejano Exterior, y al Pueblo que gritaba Y moría; Y la gran luz quemaba nuestro mundo Y lo devoraba. ...
—¿ y los gigantes?
—No les he visto. Estaba perdida. Lo único que he presenciado ha sido el Final.
Sin—Pelo guardó silencio. Su mente, activa Y sagaz, examinaba el panorama abierto por la profetisa muerta. Matador de Gigantes, Matador de Gigantes. Ni siquiera en sus sueños más grandiosos se había visto así, ¿y cuál era su nombre? ¿Shrick? Lo repitió para sí. Shrick, el Matador de Gigantes. Tenía un sonido hermoso, y en cuanto al resto, el Final, si podía matar a los gigantes, seguro que podría impedir la condenación que esperaba al Pueblo. Shrick, el Matador de Gigantes.
—Me gusta más ese nombre que Sin—Pelo —dijo Wesel—. Shrick, Señor del Exterior. Shrick, Señor del Mundo. Shrick, el Matador de Gigantes.
—Sí —dijo él, lentamente—. Pero el Final...
—Ya atravesarás esa puerta cuando llegue el momento.
La campaña contra el pueblo de Tekka dio comienzo. Las hordas de pesadilla de Shrick recorrieron las cuevas y túneles. La tenue luz revelaba apenas sus cuerpos deformes, miembros donde no tendría que haber ninguno, cabezas como algo surgido de un mal sueño medio olvidado.
Todos iban armados. Cada macho y cada hembra llevaba una lanza, yeso en sí suponía una sorprendente innovación en las guerras del Pueblo, ya que el metal afilado, del que se hacían las puntas de las armas, resultaba difícil de conseguir. Cierto, se podía afilar un bastón hecho con material de la Barrera, pero era una molestia más que una ventaja en medio de la batalla. COA los primeros golpes, la punta se rompía, y dejaba al luchador con un arma muy inferior a la potencia de sus dientes y zarpas naturales.
El fuego era nuevo para el Pueblo. ..y Shrick fue quien lo proporcionó. Durante largos períodos había espiado a los gigantes en el Lugar—de—pequeñas—luces, les había visto sacar de las bolsas de su piel pequeños brillantes de los que surgía una pequeña luz desnuda cuando presionaban en algún punto del aparato, y les había visto acercar esa luz al extremo de extraños rollitos blancos que ellos parecían chupar. El extremo de aquella barrita brillaba entonces, y de la boca de los gigantes brotaba una nube, como la que surgía de la boca de los miembros del Pueblo en algunas de las cavernas del Lejano Exterior cuando hacía mucho frío. Pero esa nube era olorosa, y parecía ser extrañamente tranquilizadora.
Uno de los gigantes había perdido su lucecita caliente. La había acercado a una de las barritas blancas, y devuelto después a su bolsa, pero su mano falló la abertura. El gigante no se dio cuenta. Estaba haciendo algo que requería toda su atención, y por mucho que Shrick esforzara sus ojos y su imaginación no pudo enterarse de qué era. Había extrañas máquinas brillantes por las que miraba con intensidad a las lucecitas resplandecientes tras su Barrera transparente. ¿O estaban en el interior de la Barrera? Nadie hubiera podido decirlo nunca. Había algo vivo que no estaba vivo y chasqueaba. Había láminas de piel blanca y fina en la que el gigante hacía marcas negras con un palo puntiagudo.
Pero Shrick perdió pronto interés en aquellos extraños ritos que jamás podría comprender. Enfocó toda su atención en el brillante premio que se acercaba con lentitud hacia él, en las alas de algún vago remolino.
Cuando pareció que caería directamente en la puerta donde Shrick esperaba agazapado, giró. Y, por mucho que temía la seudo vida que zumbaba y chasqueaba, Shrick salió. El gigante, atareado con su brujería, no le vio. Un rápido salto le llevó junto al trofeo. Cuando fue suyo, lo agarró con fuerza contra su pecho. Era más grande de lo que pensaba, pues sólo le había parecido pequeño en relación con su anterior dueño, aunque no tanto para que no pudiera atravesar la puerta de la Barrera. Triunfante, Shrick la llevó hasta su cueva.
Fueron muchos los experimentos que ejecutó, ansioso pero torpe. Durante una temporada, tanto Wesel como él soportaron dolorosas quemaduras. Muchos eran los experimentos que pretendía realizar en el futuro. Pero había encontrado una utilidad para la luz caliente que iba a resultar de máxima importancia para sus guerras.
Imitando a los gigantes, se metió una larga lasca del material de la Barrera en la boca. Acercó un extremo de la lucecita. Como esperaba, se produjo una nube. Pero no era olorosa ni tranquilizadora. Cegada, tosiendo, Wesel agarró el palo ardiente y apagó su extraña vida con las manos.
—Es duro —dijo—. Es casi tan duro como el metal... y así Shrick se convirtió e9 el primer productor de armamento en masa que su mundo conocía. El mismo trató las primeras barras afiladas. Dejó el resto a Wesel y el fiel Orejas—Grandes. No se atrevía a confiar su nuevo y maravilloso poder a ninguno que no se hallara entre sus más íntimos.
La otra innovación de Shrick fue una violación directa de todas las reglas de la guerra. Había mandado a las hembras a la línea de combate, aquellas que eran viejas y enfermas, junto con los machos también viejos y enfermos, marchaban en la retaguardia cargando las lanzas producidas en masa. El Nuevo Pueblo se había estado preguntando durante algún tiempo la razón por la que su jefe se había negado a que mataran a aquellos que habían dejado de ser útiles. Entonces lo supieron.
Las cuevas del Nuevo Pueblo quedaron desiertas a excepción de unas pocas hembras con sus recién nacidos, y las hordas de Shrick se esparcieron a través de los túneles.
Hubo pocas consideraciones en la campaña contra el pueblo de; Tekka. Los vigilantes más avanzados fueron masacrados de inmediato; pero no antes de que tuvieran tiempo de advertir a la tribu del ataque.
Tekka envió a un cuerpo de lanceros selectos junto a ellos, en la confianza de que, con mejor acceso a aquellas partes del Interior donde se podía obtener metal, podría aniquilar a la horda de enemigos con la superioridad de sus armas y su número.
Cuando Tekka vio, a la tenue luz, sólo unos cuantos traicioneros destellos de metal esparcidos entre las masas de Shrick, se echó a reír .
—Ese Sin—Pelo está loco ——dijo— y le mataré con esto. —Alzó su propia arma. Su madre me la dio hace muchas, muchas comidas.
—¿Está Wesel...? —Quizá, hijo mío. Te comerás su corazón, te lo prometo. Y, entonces, Shrick atacó.
Su vociferante turba se abalanzó por el ancho túnel. Los lanceros de Tekka esperaron confiados, sabían que las armas del enemigo servían para una sola acometida, y que, casi con toda seguridad, no sería letal.
Tekka frunció el ceño mientras estimaba el número de sus atacantes. No era posible que hubiera tantos machos en el Nuevo Pueblo. No era posible. ..La oleada golpeó.
En un abrir y cerrar de ojos, el túnel quedó cubierto de cuerpos en lucha. No hubo ninguna serie de ordenados combates singulares como siempre se habían caracterizado las guerras del Pueblo en el pasado. Con terror creciente, Tekka advirtió que las lanzas enemigas soportaban el peso de la batalla tan bien, al menos, como las pocas armas con punta de metal de las que ellos disponían.
De manera lenta, pero inexorable, los atacantes fueron presionando, ganando ímpetu de los muchos cadáveres que ahora yacían tras ellos. Jadeante en busca de aire en el efluvio de sudor y sangre recién vertida, Tekka y sus últimos guardias fueron obligados a retroceder cada vez más.
Cuando uno del Nuevo Pueblo quedaba desarmado, acudía a la retaguardia, como por arte de magia un combatiente descansado aparecía para reemplazarle.
—¡Está utilizando hembras! —gritó Trillo—. ¡Está...! Pero Tekka no contestó. Luchaba por su vida contra un monstruo de cuatro brazos. Cada mano sujetaba una lanza, y cada lanza brillaba, manchada de sangre. Durante largos latidos soportó los embates del otro; después, sus nervios se quebraron. Comenzó a gritar y dio la espalda a su enemigo. Fue lo último que hizo.
Y así, los restos del ejército de la tribu de Tekka fueron acorralados contra una pared de su Lugar—de—Reunión. A su alrededor había un sólido hemisferio de miembros del Nuevo Pueblo. Cada rugido era contestado con otro. Trillo y su docena escasa de guardias sabían que no había rendición. Todo lo que podían hacer era vender sus vidas tan caras como les fuera posible.
Con esa idea, esperaron lo inevitable. Reunieron las últimas reservas de su fuerza en ese interludio de la batalla, y saborearon las últimas dulces bocanadas de aire de sus vidas. Desde detrás de la muralla de sus asaltantes podían oír los gritos y chillidos de las hembras y los pequeños de su tribu, que eran perseguidos y masacrados en las cuevas donde se habían ocultado. No podían saber que el magnánimo Shrick respetaba a la mayoría de las hembras, pues esperaba que produjeran nuevos miembros del Nuevo Pueblo para él.
Y Shrick apareció, abriéndose paso hasta la vanguardia de sus fuerzas. Su cuerpo, suave y desnudo, no estaba marcado, excepto por las viejas cicatrices de su batalla con Gran—Colmillo, y con él iba Wesel, sin un pelo de su suave pelaje fuera de sitio, y Orejas—Grandes, aunque él, obviamente, había participado en la batalla. Con ellos acudían más luchadores, descansados y ansiosos.
—¡Acabad con ellos! —ordenó Shrick. —¡Esperad! —La voz de Wesel fue imperativa—. Quiero a Trillo. Se lo señaló a los combatientes elegidos, que alzaron sus lanzas, armas curiosamente delgadas y livianas, demasiado frágiles para el combate cuerpo a cuerpo. Una leve esperanza se agitó en el pecho de los últimos defensores.
—¡Ahora! Trillo y sus guardias se prepararon para la última acometida. Nunca tuvo lugar. En cambio, lanzadas con perfecta puntería, volaron hacia ellos aquellas lanzas, afiladas y pequeñas, y les clavaron de un modo horrible en la pared, gris y esponjosa, del Lugar—de—Reunión.
Salvado de esta última carnicería, Trillo miró a su alrededor con los ojos llenos de pánico. Empezó a gritar. Pero se contuvo al ver a la risueña Wesel. Mas ella se perdió entre las masas apretujadas del Nuevo Pueblo. Ciego a todo, excepto a aquella odiada figura, Trillo trató de seguirla. Pero los miembros del Nuevo Pueblo se apretujaron a su alrededor, ataron sus brazos y piernas con sus fuertes cuerdas, y le arrancaron la lanza antes de que su hoja bebiera sangre.
Entonces, el cautivo volvió a ver a la que había sido su compañera, la cual acariciaba a Shrick con desvergüenza.
—Mi Sin—Pelo —dijo—. Una vez estuve emparejada con «esto». Tendrás tu pelaje para cubrir tu suave cuerpo. ¡Orejas—Grandes! ¡Ya sabes lo que debes hacer!
Con una sonrisa, Orejas—Grandes encontró la afilada hoja de una lanza que se había soltado de su palo. Se puso a trabajar con ella. Trillo empezó a gemir; luego, gritó. Shrick se sintió un poco enfermo.
—¡Alto! —dijo—" No está muerto. Debes de... —¿Qué importa?
Los ojos de Wesel eran ávidos, y su lengüecita rosada asomó para lamer sus finos labios. Orejas—Grandes vaciló en su trabajo, pero continuó a un gesto suyo.
—¿Qué importa? —repitió.
Lo que le sucedió a la tribu de Tekka le ocurrió también a la tribu de Sterret, y una mano o más de comunidades más pequeñas que debían obediencia a aquellas otras dos.
Pero fue en su guerra con Sterret donde Shrick casi encontró el desastre. Algunos supervivientes de la masacre del ejército de Tekka acudieron al astuto viejo. La mayoría sucumbieron a manos de los guardias fronterizos, pero uno o dos consiguieron convencer a sus captores de que tenían noticias de la máxima importancia.
Sterret les escuchó. Ordenó que fueran alimentados y tratados como miembros de su propio pueblo, pues sabía que necesitaría de todas las fuerzas combativas que pudiera reunir .
Reflexionó larga y profundamente sobre sus palabras, y luego envió avanzadilla tras avanzadilla de sus machos jóvenes al Lugar—de—vida—que—no—es—vida. No le importaba que fueran detectados por los gigantes. Estos podrían o no actuar contra él, pero estaba convencido de que, a pesar de su tamaño, eran estúpidos e inofensivos en comparación. Desde luego, en ese momento, no representaban una amenaza tan grande como Shrick, ya autoproclamado Señor del Exterior .
Así, su almacén de agudos fragmentos de metal fue aumentando, mientras que sus armeros trabajaban sin cesar uniéndolos a palos hechos con el material de la Barrera. También él podía hacer innovaciones. Algunos de los fragmentos no servían como cabezas de las lanzas, ya que eran chatos, burdos e irregulares. Pero atados a una vara como la cabeza de una lanza, podían descargar un golpe aniquilador. Sterret se aseguró de ello después de unos pocos experimentos con miembros viejos e indeseados de su propia tribu.
Tal vez más importante, su mente, rica en experiencia, pero no sin cierto regusto juvenil, se ocupaba con problemas de estrategia. En el túnel principal de lo que había sido el país de Tekka, sus hembras arrancaban y rompían la esponjosa pared, y el material conseguido era unido sólidamente y transportado a otro túnel pequeño que no solía ser usado.
Por fin, sus exploradores le trajeron la noticia de que las fuerzas de Shrick habían empezado a moverse. Descuidado por el aplastante peso de su poder militar, Shrick desdeñaba todo aquello que no fuera un ataque frontal directo. Tal vez debería de haber sido advertido de que algo ocurría por el hecho de que todos los orificios que admitían luz del interior habían sido cerrados, y el túnel principal por el que avanzaban estaba sumido en total oscuridad.
No obstante, eso le preocupó sólo un instante. El cuerpo de lanceros que se enfrentaba a él luchaba al estilo convencional, y, después de dejar atrás a sus muertos y heridos, se veían obligados a retroceder poco a poco. Los dos bandos se guiaban por el olor, el oído y una cierta percepción que la mayoría de los miembros del Pueblo poseía, si no todos. En un espacio tan reducido, eso bastaba.
Shrick no tomaba parte en la batalla: aquel honor quedaba reservado a Orejas—Grandes, su general. Si la decisión hubiera sido sólo suya, habría estado en primera línea de batalla, pero Wesel indicó que el líder era mucho más importante que un mero lancero, y debía protegerse de riesgos innecesarios. Shrick accedió, no del todo reticente.
Rodeado por su guardia, con Wesel a su lado, el líder siguió el ruido de la pelea. Se sorprendió al oír los informes referidos al aparente número del enemigo, mas supuso que sólo se trataba de una simple acción disuasoria y que Sterret plantaría su última batalla en el Lugar—de reunión. En su arrogancia, no se le ocurrió que los demás también podían hacer innovaciones.
De repente, Wesel le agarró el brazo. —¡Shrick! ¡Peligro... en los flancos!
—¿En los flancos? Pero. ..
Hubo un grito agudo, y una gran sección de la pared del túnel cayó hacia adentro. El esponjoso material, formado por finas planchas, se hallaba entre los guardias, y entorpecía todos sus movimientos. Entonces, los defensores salieron, guiados por el propio Sterret. Estaban atados unos con otros, como montañeros, pues, en esa batalla en la oscuridad, su mejor esperanza residía en mantenerse en un cuerpo único y compacto. Separados, caerían con facilidad ante el superior número de las hordas de Shrick.
Cargaron contra ellos con lanzas y mazas. El primer latido de la contienda podría haber visto el final de Shrick, y sólo fue la piel sin curtir de Trillo, tensa y apestosa, la que le salvó la vida. Aun así, la hoja de Sterret penetró la burda armadura, y Shrick, malherido, se apartó de la batalla.
Por delante, Orejas—Grandes no controlaba ya los acontecimientos. Habían aparecido refuerzos a lo largo del túnel, y él no se atrevía a regresar junto a su jefe. Las mazas de Sterret hacían su efecto. El Pueblo comprendió que era acuchillar y cortar, pero un golpe aplastante era, para ellos, algo infinitamente horrible.
Wesel fue la que salvó el día. Había llevado la pequeña luz caliente consigo. Tenía la intención de probar sus efectos en los prisioneros que pudieran hacer en el curso de la campaña: era demasiado lista para experimentar en ningún miembro del Nuevo Pueblo, ni siquiera en aquellos que habían incurrido en su disgusto o el de su compañero.
Sin apenas saber lo que hacía, presionó la palanca. Con un súbito destello, la escena de la matanza se hizo borrosa. De todas partes surgieron gritos de miedo.
—¡Atrás! —gritó Wesel—. ¡Atrás! ¡Haced sitio! El Nuevo Pueblo se retiró en dos direcciones.
Cegadas, pero tenaces, las falanges de Sterret trataron de seguirles, en un intento de convertir en una estampida lo que era una retirada más o menos ordenada. Pero las cuerdas, que al principio les habían servido tan bien, les entorpecían ahora. Algunos trataron de perseguir a los que se retiraban hacia el Lugar—de—Reunión; otros, a los que volvían a su propio territorio. Rugiendo con saña, la sangre manando de una docena de heridas menores, Sterret consiguió reagrupar sus fuerzas en una semblanza de orden. Intentó lanzar una carga hacia el lugar donde Wesel, todavía con la lucecita caliente en la mano, se retiraba entre las hembras de su guardia personal.
Pero, otra vez, las cuerdas astutas (demasiado astutas) derrotaron sus intenciones. Unos cuantos cadáveres entorpecían sus movimientos, y casi ninguno de sus luchadores tenía la inteligencia necesaria para soltarse.
Los arrojadores de lanzas de Shrick se adelantaron y, uno a uno, el pueblo de Sterret quedó clavado a las paredes del túnel merced a las mortíferas varillas. No todos murieron en el acto. Unos pocos desgraciados gemían y se rebullían, mientras tiraban de las lanzas sin conseguir efecto alguno.
Entre éstos se encontraba Sterret. Shrick avanzó, lanza en mano, para administrar el golpe de gracia. El viejo jefe le observó con expresión salvaje.
—¡EI Sin—Pelo de Weena! "'——exclamó. . Irónicamente, fue su propia lanza (el arma que, por turnos, había pertenecido a Weena ya Tekka) la que le abrió la garganta.
Por todo ello, envió sus espías al Interior para vigilar a los gigantes en sus misteriosas idas y venidas, tratando de encontrar una pauta para su incomprensible conducta. Él mismo acompañaba a menudo a esos espías, y contemplaba con ávida avaricia la enorme cantidad de cosas hermosas y brillantes que los gigantes poseían. Más que nada, deseaba otra lucecita caliente, pues la suya había dejado de funcionar, y todos los torpes intentos realizados por su parte y la de Wesel para repararla, no producían más que una débil chispita, casi carente de calor.
También parecía que los gigantes eran ahora conscientes de la fecunda vida que les rodeaba. Desde luego, sus trampas aumentaron en número e ingenuidad, y la comida—que—mata aparecía con un disfraz nuevo y terrible. No sólo morían aquellos que la comían, sino también sus compañeros... e incluso los que tenían contacto con ellos.
Parecía cosa de brujería, pero Shrick había aprendido a asociar causa y efecto. Hizo que los que estaban enfermos transportaran a los muertos a un pequeño túnel. Uno o dos de ellos se rebelaron, pero los arrojadores de lanzas les rodearon, con sus finas y mortíferas armas dispuestas, y los que trataron de romper el cordón de guardias fueron eliminados antes de que pudieran poner sus manos sobre alguno de los miembros del Pueblo que estaban sanos.
Orejas—Grandes se encontraba entre los enfermos. No hizo ningún intento de rebelarse contra su destino. Antes de penetrar en el túnel que iba a ser su tumba, se volvió y miró a su jefe. Shrick trató de llamarle a su lado, aunque sabía que la vida de su amigo no podía ser salvada, y que si estaba cerca de él, perdería la suya propia casi con toda certeza.
Pero Wesel se hallaba junto a él. Se dirigió a los arrojadores de lanzas, y dos manos enteras de dardos traspasaron al enfermo Orejas—Grandes.
—Así sufrirá menos —mintió ella. Pero, de alguna manera, la última mirada de su seguidor más leal le recordó a Sin—Cola. Con el corazón compungido, Shrick ordenó a su pueblo que sellara el túnel. Grandes tiras de material esponjoso fueron introducidas en la entrada. Los gritos de los que se encontraban en el interior se hicieron más y más débiles. Entonces, imperó el silencio. Shrick ordenó a loS guardias que se apostaran en los lugares donde era presumible que los prisioneros condenados intentaran escapar. Regresó a su cueva. Wesel le dejó solo, mientras que otra que no poseyera su don le habría consolado. Pronto, ella desearía de nuevo.
Desde hacía mucho tiempo, el ansia de Wesel era poder entrar en las mentes de los gigantes igual que podía entrar en las del Pueblo. Si pudiera. .., ¿quién sabía qué premios podrían ser suyos? Echaba de menos a Shrick, inaccesible y apenado aún por su amigo, más de }o que estaba dispuesto a admitir. El último prisionero de la pasada campaña había sido eliminado, ingenuamente, hacía muchas comidas. Aunque no tenía medios para medir el tiempo, éste le pesaba en las manos.
Así, acompañada por dos de sus ayudantes personales, recorrió los corredores y túneles junto a la Barrera. Se asomó a un agujero tras otro, y observó, maravillada, el uso que se podría hacer de la vida rica y variada del Interior .
Por fin encontró lo que buscaba: un gigante, solo y dormido. La experiencia con el Pueblo le había enseñado que podía leer los pensamientos más secretos de una mente dormida.
Durante un latido, vaciló. —Cuatro—Brazos, Cabeza—Pequeña, esperad me aquí. Esperad y observad.
Cabeza—Pequeña gruñó afirmativamente, pero Cuatro—Brazos dudó. —Señora Wesel, ¿y si el gigante se despierta? ¿Y sí...?
—¿ y si regresarais al Señor del Exterior sin mí? Sin duda, se quedaría con vuestras pieles. La que ahora usa está vieja, y el pelo se le cae. Haced lo que os ordeno.
Había una puerta en la Barrera, una puerta que apenas se usaba. Wesel la atravesó. Con la facilidad que todos los miembros del Pueblo adquirían con sus incursiones cada vez más frecuentes al Interior, se acercó al gigante dormido. Unos lazos le ataban a una especie de marco, y Wesel se preguntó si sus semejantes le habían hecho prisionero por alguna clase de ofensa. Pronto lo sabría.
En ese momento, un objeto resplandeciente llamó su atención. Era una de las lucecitas calientes, y su cubierta de metal pulido pareció la cosa más hermosa del mundo a los ojos ansiosos de Wesel. Rápidamente tomó una decisión. Podía coger el brillante premio, entregárselo a sus dos compañeros, y volver para ejecutar sus intenciones originales.
En su ansia, no vio que la lucecita caliente estaba suspendida en medio de un entramado de finas barras de metal, o no le importó. Mientras sus manos agarraban la presa, algo no demasiado lejano empezó a emitir un chirrido metálico, no musical. El gigante se agitó y despertó. Lo que Wesel había interpretado por ataduras cayeron de su cuerpo. Loca de pánico, se volvió para huir hacia su propio mundo. Pero, de alguna manera, más barras de metal cayeron, y quedó prisionera.
Empezó a gritar .
Para sorpresa suya, Cuatro—Brazos y Cabeza—Pequeña acudieron en su ayuda. Hubiera sido agradable pensar que actuaban por devoción hacia su señora. ..; pero Cuatro—Brazos sabía que su vida estaba condenada, y había visto que quienes enojaban a Shrick o a Wesel eran despellejados vivos. Cabeza—Pequeña obedeció ciegamente las órdenes de la otra, pues razonar no era lo suyo. ,
Asaltaron al gigante con sus lanzas. Este se rió, o así interpretó Wesel el sonido grave y profundo que salió de su garganta. Se hizo con Cuatro—Brazos. Agarró su cuerpo con una mano, y su cabeza con la otra. Retorció, y aquello fue el final de Cuatro—Brazos.
Cualquier otro, menos Cabeza—Pequeña, hubiera dado media vuelta y huido. Pero su escasa mente rehusaba reconocer lo que había visto. Tal vez una comida completa después del suceso haría que captara el horror y acusara su impacto, tal vez no. Fuera como fuese, continuó su ataque. A ciegas, movida por el instinto, se dirigió a la garganta del gigante. Wesel sintió que éste se encontraba terriblemente asustado. Pero, tras una leve pugna, una de sus manos agarró a la aterrorizada Cabeza—Pequeña, que gritaba. La arrojó con un gesto violento. Wesel oyó el golpe sordo cuando el cuerpo de su ayudante golpeó algo duro, y las impresiones que su mente recibía de la otra cesaron de pronto.
Incluso con su pánico, advirtió que el gigante no había salido ileso del combate. Una de sus manos presentaba unos arañazos, y sangraba. También había profundos arañazos en la cara, repulsivamente desnuda. Eso significaba que los gigantes eran vulnerables. Podría haber algún atisbo de verdad en los locos farfulleos de Tres—Ojos.
Entonces, Wesel olvidó su pugna contra los barrotes de su jaula. Con enfermizo horror contempló lo que el gigante hacía. Había recogido el blando cuerpo de Cuatro—Brazos y lo colocaba sobre una superficie plana. De alguna parte sacó un conjunto de brillantes instrumentos. Cogió uno de éstos y lo pasó por el cuerpo de arriba abajo. La piel cayó a cada lado de la afilada hoja, dejando la carne al descubierto, y lo peor de todo era que no lo hacía por odio o furia, ni dividía a la desafortunada Cuatro—Brazos para poder comérsela. Había una cualidad impersonal en todo el asunto que enfermaba a Wesel, pues había conseguido ganar cierto acceso limitado a la mente del otro,
El gigante se detuvo. Otro de su especie acababa de llegar, y, durante muchos latidos, hablaron juntos. Examinaron la carcasa mutilada de Cuatro—Brazos, el cuerpo aplastado de Cabeza—Pequeña. Juntos, se asomaron a la jaula donde Wesel rugía, impotente.
Pero, a pesar de su histérico miedo, parte de su mente conservaba una mortífera calma, y recibía y almacenaba impresiones que arrojaban a la parte desinhibida y animal de su ser a un pánico aún mayor. Mientras los gigantes hablaban, las impresiones eran claras, y cuando sus cabezas, grandes y desgarbadas, colgaban sobre la: jaula, a escasa distancia de sus manos, tenían una fuerza casi abrumadora. Wesel supo quién era ella y su Pueblo, cuál era su mundo. No tenía la habilidad para expresarlo con palabras..., pero lo «supo» y vio la condena que los gigantes preparaban para el Pueblo.
El segundo gigante se marchó tras dirigir unas palabras de despedida a su compañero. El primero reemprendió su tarea de desmembrar a Cuatro—Brazos. Cuando hubo terminado, guardó lo que quedaba de su cuerpo en unos contenedores transparentes.
El gigante alzó a Cabeza—Pequeña. La examinó durante muchos latidos, mientras le daba vueltas entre sus grandes manazas. Wesel pensó que iba a colocar el cuerpo sobre la superficie plana y hacer con ella lo mismo que con Cuatro—Brazos. Pero, por fin, el gigante la apartó. Colocó sobre sus manos algo que parecía una piel gruesa y adicional. De repente, las barras metálicas de un extremo de la jaula cayeron, y una de aquellas enormes manos se cernió sobre Wesel.
Después de la muerte de Orejas—Grandes, Shrick dormía muy poco. Era la única forma en que podía deshacerse de la sensación de pérdida, de la impresión de que había traicionado a su más fiel seguidor. Sus sueños eran preocupados, atormentados por los fantasmas de su pasado. Orejas—Grandes aparecía en ellos, y Gran—Colmillo, y una hembra desconocida hacia la que experimentaba una sensación de unidad. Sabía que era Wesel, su madre.
Después, todos aquellos fantasmas desaparecían, y dejaban sólo la imagen de Wesel. No era la Wesel que él había conocido siempre, fría, segura de sí, ambiciosa; era una Wesel aterrorizada, descendiendo a un negro abismo de dolor y tortura aún peor que el que ella había vertido tan a menudo sobre los demás, y le llamaba.
Shrick se despertó, asustado por su sueño. Pero sabía que los fantasmas jamás habían dañado a nadie, y que, por tanto, no podrían dañarle a él, el Señor del Exterior. Se sacudió, gimiendo un poco, y luego trató de volver a dormir .
Pero la imagen de Wesel persistía. Por fin, Shrick abandonó sus intentos de buscar el olvido y, frotándose los ojos, salió de su cueva.
En la semipenumbra del Lugar—de—reunión había corrillos hablando en voz baja. Shrick llamó a los guardias. Un hosco silencio le respondió. Llamó de nuevo. Por fin, uno de ellos contestó.
—¿Dónde está Wesel? —No lo sé..., señor.
La última palabra apareció a regañadientes. Entonces, uno de los otros le proporcionó la información de que la habían visto, en compañía de Cuatro—Brazos y Cabeza—Pequeña, en los túneles que conducían a aquella parte del Exterior, en el camino del Lugar—de—las—cosas—verdes .
Shrick vaciló. Rara vez se aventuraba a salir sin sus guardias personales, pero Orejas—Grandes había sido siempre uno de ellos, y Orejas—Grandes estaba muerto.
Miró a su alrededor, decidió que no podía confiar en ninguno de los presentes en el Lugar—de—Reunión. El Pueblo había quedado aturdido y horrorizado por sus actos, necesarios, en el asunto de aquellos que habían probado la comida—que—mata y sabía que le consideraban un monstruo, aún peor que los gigantes. Sus memorias eran cortas, pero hasta que lo olvidaran, tendría que andar con cautela.
—Wesel es mi compañera. Iré solo —anunció.
Sintió que sus palabras provocaban un cambio de humor, y estuvo tentado de demandar una escolta. Pero el instinto que, junto con su superioridad mental, le había mantenido en su autoridad, le advirtió contra aquello No podía perder su ventaja.
—Iré solo —repitió. Un tal Cola—Corta, más audaz que sus compañeros, habló: —¿ y si no regresas, Señor del Exterior? ¿ Quién va a ser. ..? —Regresaré —dijo Shrick con firmeza, desplegando en su voz una confianza que no sentía.
En las regiones más pobladas, el claro olor de Wesel se había perdido con el de muchos otros. En los túneles poco frecuentados era fuerte y apremiante, pero ya no necesitaba usar sus poderes olfativos. Pues la aterrorizada vocecita en el interior de su cerebro..., procedente del exterior de él decía «apresúrate». APRESÚRATE, y un poder más allá de su alcance le guiaba sin error hacia el lugar donde su compañera le necesitaba con tanta desesperación.
La puerta en la Barrera por donde Wesel había penetrado al Interior había quedado abierta. Por ella surgía una lanzada de luz. La natural cautela de Shrick se reafirmó. La voz en el interior de su cerebro no sonaba menos urgente; pero el instinto de autoconservación era fuerte. Casi con temor, se asomó a la puerta.
Olió a muerte. Al principio, temió que fuera demasiado tarde; pero luego identificó los olores personales de Cuatro—Brazos y Cabeza—Pequeña. El de Wesel estaba también allí, mezclado con el acre aroma del terror y la agonía. Pero todavía vivía.
Olvidada la cautela, se abalanzó hacia adelante con todo el poder de los músculos de sus piernas. y encontró a Wesel, atada boca arriba a una superficie plana, resbaladiza de sangre. En su mayor parte pertenecía a Cuatro—Brazos; aunque también la había suya.
—¡Shrick! —gritó ella—. ¡El gigante! Apartó la mirada de su compañera y vio, gravitando sobre él, pálida y enorme, la cara del gigante. Gritó, pero hubo más furia que terror en el sonido. Vio, no lejos del lugar donde se encontraba junto a Wesel, una gran hoja de metal resplandeciente. Observó que su borde era afilado. El mango había sido hecho para una mano más grande que la suya, mas pudo agarrarlo. Parecía seguro. Rodeando con los pies el cuerpo de Wesel para maniobrar, tiró a la desesperada.
En el instante en que la mano del gigante caía sobre él con los dedos extendidos para capturarle, la hoja se liberó. Las piernas de Shrick se enderezaron, súbita e involuntariamente, y le impulsaron lejos de Wesel. El gigante trató de aferrar aquella forma voladora, y aulló de agonía cuando Shrick hizo girar la hoja y le cortó un dedo.
Oyó la voz de Wesel: —¡Eres el Matador de Gigantes!
Se encontraba al nivel de la cabeza del gigante. Giró, y con los pies, cogió un pliegue de la piel artificial que cubría el enorme cuerpo. ;y allí se quedó colgado; con las dos manos hacía oscilar el arma, cortando y desgarrando. Unas manos gigantescas se agitaron salvajemente y resultó magullado y abofeteado. Pero ni una vez el gigante consiguió agarrarle. Entonces se produjo aquel horrible borboteo de sangre y las salvajes sacudidas de los poderosos miembros. El gigante cesó de moverse, y sólo la voz de Wesel apartó a Shrick de la furia de su sed de muerte.
Regresó j unto a ella, aún extendida para ser sacrificada a los oscuros dioses de los gigantes, todavía atada a aquella superficie manchada con su sangre y la de su ayudante. Pero le sonrió, ya sus ojos asomó el respeto teñido de admiración.
—¿Estás herida? —preguntó él, con un agudo tono de ansiedad en la voz.
—Sólo un poco. Pero Cuatro—Brazos ha sido cortada en pedazos... A mí me habría sucedido lo mismo si no hubieras venido. Y... —Su voz era un himno de alabanza. ¡Has matado al gigante!
—Estaba predicho. Además —por una vez fue sincero—, no lo hubiera conseguido sin el arma del gigante.
Cortó con su filo las ataduras de Wesel. Poco a poco, ella se apartó del lugar de sacrificio.
—¡No puedo mover las piernas! —Su voz estaba llena de terror—. ¡No puedo moverlas!
Shrick adivinó lo que ocurría. Sabía un poco de anatomía (sus conocimientos eran los propios de un guerrero que debía inmovilizar a su enemigo antes de matarle), y vio que la afilada hoja del gigante había provocado ese daño. La furia hirvió en su interior contra aquellos seres, crueles y monstruosos, y había algo más que furia. Estaba la sensación, rara entre su pueblo, de una abrumadora compasión por su lisiada compañera.
—La hoja... es muy afilada..., no sentiré nada. Pero Shrick no pudo hacerlo.
Flotaron hacia arriba, contra la gran masa del gigante muerto. Con una mano. Shrick agarró a Wesel por el hombro (con la otra aún aferraba su nueva arma), y pisotearon la gigantesca carcasa. Después ayudó a Wesel a atravesar la puerta de la Barrera, y sintió gran alivio cuando se encontró una vez más en territorio familiar. La siguió, y cerró cuidadosamente la puerta.
Durante unos cuantos latidos, Wesel se entretuvo en alisar su revuelto pelaje. Shrick no dejó de advertir que ella no se atrevía a posar las manos en la parte inferior de su cuerpo, donde tenía las heridas, pequeñas pero letales, que la habían privado del uso de sus miembros. Tenuemente, sintió que debería haber hecho algo, pero sabía que estaba más allá de sus poderes, y la furia contra los gigantes regresó de nuevo, hasta amenazar con ahogarle debido a su intensidad.
—¡Shrik! — la voz de Wesel era grave—. Debemos regresar de inmediato al Pueblo. Tenemos que avisarles. Los gigantes van a hacer una brujería para propiciar el Final.
—¿La gran luz caliente ?
—No. ¡Espera! Primero debo contarte lo que he aprendido. De otro modo, no lo creerías. He aprendido lo que somos, lo que es el mundo, y todo resulta extraño y maravilloso, más allá de nuestra comprensión. ¿Qué es el Exterior? —No esperó la respuesta, pues leyó la mente de Shrick antes de que éste pudiera dar forma a las palabras. El mundo es una burbuja de vacío en medio de una enorme pieza de metal, más grande de lo que la mente puede imaginar. ¡Pero no es así! Fuera del metal que se extiende más allá del Exterior no hay nada. ¡Nada! No hay aire.
—Pero debe de haber aire, al menos.
—Te digo que no. No hay «nada», y el mundo... ¿Cómo puedo encontrar las palabras. ..? El nombre que usan para el mundo es. ..«nave», y parece significar algo grande que va de un lugar a otro, y todos nosotros, los gigantes y el Pueblo, estamos dentro de la nave. Los gigantes la construyeron.
—Entonces, ¿no está viva?
—No puedo decírtelo. «Ellos» parecen pensar que es una hembra. Debe de tener alguna especie de vida que no es vida, y va de un mundo a otro.
—Y esos otros mundos? —Vi destellos. Son terribles, terribles. «Nosotros» encontramos aterradores los espacios abiertos del Interior...; pero esos otros mundos son «todo» espacio abierto, excepto por un lado.
—Pero ¿qué somos nosotros? A su pesar, Shrick medio creía la fantástica historia de Wesel. Tal vez ella poseía, en algún leve grado, el poder de proyectar sus propios pensamientos en la mente de otro ser con el que fuera íntima.
—¿Qué somos? —insistió. Ella guardó silencio durante muchos latidos. —El nombre que nos dan es «mutantes». La imagen no era clara del todo. Significa que nosotros, el Pueblo, hemos cambiado. Sin embargo, su imagen del Pueblo antes del cambio era como la de los Diferentes antes de que les matáramos a todos.
»Hace mucho, mucho tiempo, muchas manos de comida, los primeros miembros del Pueblo, los padres de los padres de nuestros padres, llegaron al mundo. Venían de ese mundo mayor, el mundo de los temibles espacios abiertos. Vinieron en bus.ca de la comida de la gran Cueva. de—Comida'. .., que transportan hacia otro mundo.
»Ahora bien, en el horrible espacio vacío de fuera del Exterior hay... luz que no es luz, y esa luz nos hace cambiar. No, no cambia al adulto o al retoño, sino antes del nacimiento. Igual que los jefes muertos del Pueblo, los gigantes temen el cambio en sí mismos. Por eso han mantenido la luz que no es luz fuera del Interior .
» Y es por esto: entre la Barrera y el Lejano Exterior llenaron el espacio con el material en el que hemos hecho nuestras cuevas y túneles. Los primeros miembros del Pueblo dejaron la gran Cueva—de—Comida, e hicieron túneles hasta la Barrera y hasta la materia del Interior. Era su naturaleza, y algunos de ellos se aparearon en las cuevas del Lejano Exterior. Sus hijos fueron. ..«Diferentes».
—Eso es cierto —dijo Shrick—. Siempre se ha creído que los hijos nacidos en el Lejano Exterior no eran como sus padres, y que los nacidos cerca de la Barrera eran. ..
—Sí. Ahora bien, los gigantes siempre han sabido que el Pueblo estaba aquí, pero no nos temían. No conocían nuestro número, y nos consideraban seres mucho más inferiores que ellos. Se contentaban con mantenernos a raya con sus trampas y la comida—que—mata. De alguna manera, descubrieron que habíamos cambiado. Entonces nos temieron como los jefes muertos... y como los jefes muertos tratarán de matarnos a todos antes de que les conquistemos.
—¿ y el Final? —Sí, el Final. —Ella volvió a guardar silencio, mirando con sus grandes ojos más allá de Shrick, a algo infinitamente terrible. Sí —repitió, el Final. Ellos lo harán, y escaparán. Se pondrán las pieles artificiales que cubren todo su cuerpo, incluso su cabeza, y abrirán grandes puertas en la ...piel de la nave, y el aire saldrá al terrible espacio más allá del Exterior, y todo el Pueblo morirá.
—Debo ir —dijo Shrick—. Debo matar a los gigantes antes de que eso suceda.
—¡No! Había una mano de gigantes..., ahora que has acabado con Vientre—Gordo quedan cuatro, y ahora saben que podemos matarles. Te estarán esperando.
»¿Te acuerdas de cuando enterramos a los que estaban enfermos? Eso es lo que debemos de hacer con todo el Pueblo, y cuando los gigantes vuelvan a llenar el mundo con aire de su almacén, podremos salir .
Shrick permaneció un rato en silencio. Tuvo que admitir que ella tenía razón. Un gigante desprevenido había caído ante su hoja...; pero no podría manejar a cuatro de ellos, furiosos y sobre aviso. En cualquier caso, no había forma de saber cuándo iban a quitar los gigantes el aire del mundo. El Pueblo tenía que ser advertido. ..y rápido.
Juntos en el Lugar—de—Reunión, Shrick y Wesel se enfrentaron al Pueblo. Les contaron su historia, sólo para ser respondidos con neutra incredulidad. Cierto, hubo algunos que, al ver la brillante hoja que Shrick había traído del Interior, se sintieron inclinados a creer 1 Pero fueron anulados por la mayoría. Cuando Shrick trató de emparedarlos para evitar el Final, se topó con serias oposiciones. El hecho de que hubiera tratado de aquella manera a los enfermos rebullía aún en la memoria de la turba.
Fue Cola—Corta quien precipitó la crisis. —¡Quiere el mundo para él! —gritó—. Ha matado a Gran—Colmillo ya Sin—Cola, ha matado a todos los diferentes, ya Orejas—Grandes porque se habría convertido en jefe. ¡EI y su fea y estéril compañera quieren el mundo para sí!
Shrick trató de discutir; pero los seguidores de Orejas—Grandes le hicieron callar. Gritó de furia y, alzando su hoja con las dos manos, se precipitó hacia el rebelde. Cola—Corta echó a correr y se puso fuera de su alcance. Desde algún lugar en la distancia, oyó a Wesel que gritaba su nombre. Aturdido, sacudió la cabeza, y, entonces, la bruma roja se aclaró ante sus ojos.
Los arrojadores de lanzas le rodeaban, con sus finas armas preparadas. El mismo les había entrenado, había creado su especializado arte de la guerra. y ahora. ..
—¡Shrick! —decía Wesel—. ¡No luches! Te matarán, y me quedaré sola. Tendré el mundo para mí. Deja que hagan lo que quieran con nosotros, y sobreviviremos al Final.
Una risa burlona corrió por la muchedumbre al oír sus palabras. —j Sobrevivirán al Final! ¡Morirán como lo hicieron Orejas—Grandes y sus amigos!
—Quiero tu hoja —dijo Cola—Corta. —Dásela —chilló Wesel—. ¡La recuperarás después del Final! Shrick vaciló. El otro hizo un gesto. Una de las lanzas arrojadizas se enterró en la parte carnosa de su brazo. Si no hubiera sido por la voz suplicante e insistente de Wesel, habría cargado contra sus atormentadores y encontrado su fin en menos de un solo latido. Reluctante, soltó su arma. Poco a poco, como repudiando soltar a su auténtico dueño, la lanza flotó alejándose de él. En ese momento, todo el Pueblo le rodeó, casi sofocándole con la presión de sus cuerpos.
La cueva en la que Shrick y Wesel fueron obligados a entrar era su propia morada. Cuando la muchedumbre se retiró a la entrada, los dos se hallaban en un estado lamentable: las heridas de Wesel habían vuelto a abrirse, y el brazo de Shrick sangraba copiosamente. Alguien le había arrancado la lanza, pero la cabeza se había roto y la tenía dentro.
Fuera, Cola—Corta blandía la afilada hoja que había quitado a su jefe. Bajo sus golpes, grandes masas del material esponjoso del Exterior se liberaban, y muchas manos dispuestas lo colocaban en la boca de la cueva.
—¡Os dejaremos salir después del Final! —gritó alguien . Hubo un abucheo de burla.
—Me pregunto quién se comerá al otro primero —dijo alguien más.
—No importa —susurró Wesel. Nosotros reiremos los últimos. —Tal vez. Pero..., el Pueblo. «Mi» Pueblo... y tú eres estéril. Los gigantes han ganado.
Wesel permaneció en silencio. Entonces él volvió a oír su voz. Gemía para sí en la oscuridad. Shrick pudo adivinar sus pensamientos. Todos sus grandiosos sueños de dominio mundial habían terminado en eso: un diminuto espacio en el que apenas había sitio para mover un dedo.
Dejaron de oír las voces del Pueblo fuera de su prisión. Shrick se preguntó si los gigantes habrían atacado ya. Después se reafirmó con el recuerdo de cómo las voces de los que sufrían de la enfermedad se habían vuelto más y más débiles, y cómo, al fin, cesaron por completo. Se preguntó cómo iban a saber Wesel y él que el Final había llegado, y cómo sabrían que no corrían peligro si salían excavando. Sería una tarea larga y lenta sólo con sus dientes y zarpas para trabajar .
Pero tenía una herramienta. Los dedos de la mano de su brazo ileso se dirigieron a la punta de la lanza que permanecía aún enterrada en el otro brazo. Sabía que la mejor manera de extraerla sería de un rápido tirón, pero no pudo hacerlo. Lenta, dolorosamente, fue sacando el agudo fragmento de metal.
—Déjame hacerlo por ti. —No. —Su voz fue áspera—. Además no hay prisa. Con lentitud y paciencia, se entretuvo en la herida. Gemía un poco, aunque no era consciente de ello y, entonces, de súbito. Wesel gritó. El sonido fue tan inesperado, tan terrible en ese lugar confinado, que Shrick dio un violento respingo. Apartó la mano de su brazo, sacando al mismo tiempo la punta de la lanza.
Su primer pensamiento fue que Wesel, telépata como era, había escogido ese camino para ayudarle. Pero no sintió ninguna gratitud hacia ella, sólo un sombrío resentimiento.
—¿Por qué has hecho eso? —demandó, enfadado. Ella no respondió a su pregunta. Ignoraba su presencia. —El Pueblo... —susurró—. El Pueblo... Puedo sentir sus pensamientos... Puedo sentir lo que hacen. Boquean en busca de aire..., jadean y mueren... y la cueva de Pelos—Largos, el hacedor de lanzas... Pero están muriendo, y la sangre brota de sus bocas, narices y oídos. .. No puedo soportarlo..., no puedo...
Y, en ese mismo instante, algo aterrador sucedió. Las paredes de la cueva presionaron sobre ellos. A lo largo del mundo, a lo largo de la nave, el aire se expandía en el esponjoso aislamiento a medida que su presión caía hasta cero. Esto fue 10 que salvó a Shrick y Wesel, aunque nunca 10 sabrían. El burdo tapón que sellaba su cueva, que de otro modo habría volado, se hinchó para rellenar las paredes expansibles de la entrada, haciendo una unión hermética casi perfecta.
Pero los prisioneros no se encontraban en un estado de apreciar eso, aunque se hubieran hallado en posesión del conocimiento necesario. El pánico se había apoderado de ambos. La claustrofobia era desconocida entre el Pueblo...; pero las paredes que se cerraban sobre ellos estaban más allá de su experiencia. ,
Tal vez Wesel era la que tenía más autocontrol de los dos. Intentó refrenar a su compañero cuando éste comenzó a arañar y morder salvaje, locamente, las paredes, hinchadas y distendidas. No sabía qué había fuera de la cueva, y aunque lo hubiera sabido, no habría significado diferencia alguna. Su único deseo era salir de allí.
—¡Detente! ¡Te digo que te detengas! Fuera de la cueva no hay más que muerte por asfixia. ¡Nos matarás a los dos!
Pero Shrick no le hizo caso, y continuó apuñalando y rasgando. Poco a poco, pudo agrandar el hueco original que había hecho. A medida que las superficies hinchadas se rompían bajo su hoja, sé' hinchaban y combaban en lugares sin tocar .
—¡Detente ! —volvió a gritar Wesel. Se impulsó con los brazos, arrastrando sus inútiles piernas tras de sí y se acercó a su compañero. Se aferró a él; la desesperación guiaba su fuerza. Pelearon durante muchos latidos, en silencio, de un modo salvaje, olvidados de todo lo que se debían uno al otro, Sin embargo, tal vez Wesel no llegó a olvidarlo del todo, Durante todo su ciego y frenético deseo de vivir, sus poderes telepáticos no la abandonaron por completo. Ya su pesar, como siempre, compartió la mente del otro. Ese factor psicológico le dio una ventaja que anulaba la parálisis de la mitad inferior de su cuerpo... y, al mismo tiempo, la inhibía de apurar aquella ventaja hasta su conclusión lógica.
Pero no la salvó cuando, sin darse cuenta, sus dedos se hundieron en la herida del brazo de Shrick. El resonante grito de respuesta fue una mezcla de dolor y furia, y él recurrió a reservas de fuerza que Wesel jamás había pensado que poseyera. La mano que agarraba la hoja cayó con fuerza irresistible.
Wesel sintió un latido de dolor; de compasión, por ella y por Shrick; de ciega ira contra los gigantes que, de manera indirecta, habían hecho que esto sucediera,
Y, entonces, los latidos de su corazón se detuvieron para siempre.
Con la muerte de Wesel, el frenesí abandonó a Shrick. Allí , en la oscuridad, pasó sus sensibles dedos sobre la forma sin movimiento, buscando, sin esperanza, el menor atisbo de vida. Pronunció su nombre, la sacudió con fuerza, por fin, la idea de que ella estaba muerta penetró en su cerebro, y se albergó en él. En su corta vida, Shrick había conocido muchas veces esa sensación de pérdida, pero nunca con tanta intensidad, y lo peor de todo era el conocimiento de que «él» la había matado. Trató de aliviar la carga de la culpa. Se dijo que Wesel habría muerto de todas formas, a causa de las heridas recibidas a manos de los gigantes.
Trató de convencerse de que, con heridas o sin ellas, los gigantes habían sido responsables directos de su muerte, y supo que él era el asesino de Wesel, igual que sabía que lo único que le restaba por hacer en su vida era conseguir que los esclavizado res de su pueblo pagaran por ello.
Esa idea le volvió cauteloso. Durante muchos latidos, permaneció tendido en la densa oscuridad, sin atreverse a renovar el asalto a las paredes de su prisión. Se dijo que, de alguna manera, notaría el momento en que los gigantes volverían a dejar entrar el aire en el mundo. No podía afirmar por qué lo sabría, pero la convicción subsistía.
Y, cuando, por fin, con el regreso de la presión, el aislamiento recuperó su consistencia normal, Shrick 10 interpretó como signo de que ya podía salir. Atacó de nuevo el material esponjoso, pero se detuvo. Volvió junto al cuerpo de Wesel. Susurró su nombre una sola vez, y pasó sus manos sobre la forma estirada y silenciosa en una última caricia.
No regresó. Al entrar la tenue luz del Lugar—de—Reunión, ella quedó profundamente enterrada bajo los restos que él había ido arrojando a su espalda mientras trabajaba.
Después de la atmósfera viciada de la cueva, el aire le supo bien. Durante unos cuantos latidos, Shrick se sintió mareado debido al brusco incremento de la presión, pues gran parte del aire de su prisión había escapado antes de que el tapón se expandiera para sellar la entrada. Era probable que si no hubiera sido por el aire liberado de las celdas de aislamiento, se hubiese asfixiado hacía tiempo.
Pero él no podía saber eso... y, de haberlo sabido, no le hubiera preocupado en absoluto. Estaba vivo, mientras que Wesel y todo el Pueblo habían muerto. Cuando la bruma de sus ojos se aclaró, pudo ver sus cuerpos, retorcidos en las tortuosas actitudes de su última agonía, muda evidencia del horrible poder de los gigantes.
Una vez los hubo visto, no sintió la abrumadora pena que sabía debería sentir, sino una especie de furia. Al negarse a oír su advertencia, le habían privado de su reino. Ninguno podría disputarle su dominio del Exterior. .., aunque sin súbditos, complacientes o no, el amplio territorio bajo su férula carecía de valor .
Si Wesel viviera, todo sería diferente. ¿Qué había dicho? «... y la cueva de Pelos—Largos el hacedor de lanzas, ..» .
Le pareció oír su voz mientras lo decía «...y la cueva del Pelos—Largos el hacedor de lanzas. ..».
Tal vez. ..Sólo había una manera de asegurarse . Encontró la cueva y observó que su entrada había sido tapiada. Sintió un salvaje escalofrío de esperanza. Frenéticamente, con zarpas y uñas, atacó el aislamiento. La fina hoja que había ganado en el Interior brillaba a una docena de manos de distancia del lugar donde trabajaba, pero su prisa era tan ciega e irrazonable que ignoró la herramienta que podría haber acortado su faena de una forma inconmensurable. Por fin, la entrada quedó despejada. Un débil llanto saludó la entrada de aire y luz. Durante un instante. Shrick no pudo ver quién se encontraba dentro; después, estuvo a punto de gritar de decepción.
Allí no había machos duros y luchadores, ni hembras fértiles y vigorosas, sino dos manos de recién nacidos que lloraban débilmente. Sus madres se habían dado cuenta justo a tiempo. De que Wesel y él tenían razón. Y aquélla era la única manera de impedir la muerte asfixiante. Pero no habían podido salvarse a sí mismas.
«Pero crecerán —se dijo Shrick. No pasará mucho tiempo antes de que puedan empuñar una lanza para el Señor del Exterior, antes de que las hembras puedan parir a sus hijos.»
Venciendo su repugnancia, les sacó. Había una mano de pequeñas hembras, todas vivas, y una mano de machos. Tres de éstos habían muerto. Pero sabía que allí se hallaba el núcleo del ejército con e1 que restablecería su dominio sobre el mundo, tanto en el Interior como en cl Exterior .
Sin embargo, primero, tenía que alimentarles. Entonces vio su fina hoja, y tras agarrarla con fuerza, empezó a despedazar los cuerpos de los tres machos sin vida. El olor de su sangre le advirtió que tenía hambre. Pero hasta que los pequeños, ahora tranquilizados, no comieron, felices, no cortó una porción de carne para sí.
Cuando terminó, se sintió mucho mejor .
Transcurrió algún tiempo antes de que Shrick reemprendiera sus visitas al interior .Tenía que cuidar los penosos restos de su pueblo hasta que alcanzaran la madurez, y además, no había necesidad de hacer incursiones en busca de los almacenes de comida de los gigantes. Ellos mismos le habían proporcionado un sustento que sus poderes no podían reconocer. También sabía que no sería inteligente permitir que sus enemigos se enteraran de que había supervivientes del cataclismo que habían propiciado. El hecho de que no hubieran caído ante la muerte por asfixia no significaba que aquélla fuera la única arma que los gigantes tenían a su alcance .
Pero a medida que el tiempo fue pasando, sintió un intenso deseo de observar una vez más la extraña vida más allá de la Barrera. Ahora que había matado a un gigante experimentaba una extraña sensación de parentesco con los monstruosos seres. Pensaba en el Delgado, Voz alta, Cabeza—Calva y el Pequeño Gigante casi como en viejos amigos. A veces, incluso se sorprendía a sí mismo lamentando tener que matarles a todos. Sin embargo, sabía que en ese acto estribaba la única esperanza para su supervivencia y la de su pueblo.
Por fin, llegó cl momento en que los pequeños se alimentaban por sí mismos. Podrían hacerlo aunque él no regresara del Interior. Sin—Dedos, la mayor de las hembras, ya había demostrado ser una enfermera capaz.
Y, así, recorrió una vez más el laberinto de cuevas y túneles fuera de la Barrera. A través de puertas y agujeros, espió la brillante y fascinante vida del Mundo Interior. Llegó desde la Cueva—de—los—Truenos (aunque ningún miembro del Pueblo sabía a qué se debía aquel nombre), hasta el Lugar—de—pequeñas—luces. Pasaron muchas comidas, pero no se sintió obligado a regresar a su propio almacén de alimento, pues los cadáveres del Pueblo estaban por todas partes. Cierto que empezaban a apestar un poco, pero, como todos los de su raza, Shrick no era escrupuloso, y observó a los gigantes reemprender la extraña y ordenada rutina de sus vidas. A menudo, se sintió tentado de dejarse ver, para gritar su desafío. Pero esa acción hubo de permanecer oculta en el reino de los deseos. ..Sabía muy bien que, con ella, sólo conseguiría despertar una calamidad rápida y segura.
Un día, por fin, llegó la oportunidad que había estado esperando. Se encontraba en el Lugar—de—pequeñas—luces, y observaba al Pequeño Gigante ejecutar sus misteriosas y absorbentes tareas. Siempre había deseado entender su propósito; poder preguntarle al Pequeño Gigante, en su propia lengua, qué hacía. Pues, desde la muerte de Wesel, no había nadie con quien fuera posible una comunión de mentes. Suspiró tan fuerte, que el gigante le oyó.
Este se dio la vuelta, intranquilo, y abandonó su trabajo. Shrick se retiró a su túnel rápidamente. Permaneció allí durante muchos latidos, asomándose de vez en cuando. Pero el otro seguía alerta; de algún modo, sabía que no se encontraba solo. Y, así, finalmente, Shrick hubo de retirarse para no incurrir, una vez más, en la potente ira de los gigantes.
Su retirada le llevó a una puerta que rara vez era usada. Al otro lado había una amplia caverna donde no vio nada de auténtico interés y valor. En ella, por norma, dormía uno de los gigantes, mientras los otros se dedicaban a sus incomprensibles pasatiempos.
Esa vez no había ningún murmullo de conversación, ni ningún tipo de movimiento. Los agudos oídos de Shrick distinguieron la respiración de tres durmientes distintos. El Delgado se encontraba aquí. Su respiración, como él mismo, tenía una magra cualidad. Voz—Alta tronaba, incluso, durante el sueño. y Cabeza—Calva, el jefe de los gigantes, respiraba con tranquila autoridad. El Pequeño Gigante, el único alerta y despierto de todo su pueblo, se encontraba en el Lugar—de—pequeñas—luces.
Shrick supo que era ahora o nunca. Cualquier intento de tratar con los gigantes uno a uno provocaría la gran luz caliente predicha por Tres—Ojos. Ahora, con un poco de suerte, podría encargarse de los tres durmientes, y esperar al Pequeño Gigante. Sin que sospecharan nada, sin estar preparados, sería tan fácil de tratar como Vientre—Gordo.
Sin embargo. .., no quería hacerlo. No era miedo, sino aquella indefinible sensación de igualdad, el conocimiento de que, a pesar de las grandes disparidades físicas, los gigantes y el Pueblo eran como uno solo. Pues la historia del Hombre, aunque. Shrick no podía saberlo, no es más que la historia de un animal que produce fuego y utiliza herramientas.
Entonces se obligó a recordar a Wesel, ya Orejas—Grandes, y al asesinato en masa de casi toda su raza. Recordó las palabras de Tres—Ojos: «Esto sí puedo decírtelo: El Pueblo está condenado. Nada que tú o ellos podáis hacer les salvará. Pero tú matarás a aquellos que nos matarán, y eso es bueno». «Pero tú matarás a aquellos que nos matarán. ..» «Pero si mato a todos los gigantes antes de que nos maten —pensó, entonces, el mundo, todo el mundo, pertenecerá al Pueblo. ..»
Sin embargo, se resistía. Shrick no cruzó la puerta hasta que el Delgado, que debía de experimentar la angustia de una pesadilla, murmuró y se revolvió en su sueño.
Con las dos manos, agarró la fina hoja que le había servido para matar a Vientre—Gordo. Se abalanzó sobre el intranquilo durmiente. Su arma descargó una sola vez (con cuánta frecuencia había hecho eso en su imaginación!), y la pesadilla acabó para el Delgado.
El olor de la sangre fresca, como siempre, le excitó. Necesitó de todo su poder para abstenerse de acuchillar y tajar al gigante muerto. Aunque se prometió que eso vendría más tarde, y saltó del cuerpo del Delgado hasta el lugar donde Voz—Alta roncaba ruidosamente.
La brusca interrupción de aquel sonido, demasiado familiar, debió de despertar a Cabeza—Calva. Shrick vio cómo se volvía y cómo sus manos se aprestaban a soltar las ataduras que le sujetaban a su lugar de dormir. Y, cuando el Matador de Gigantes aterrizó sobre su pecho, él estaba preparado. Entonces, gritó con voz potente, de modo que Shrick supo que era cuestión de latidos el que el Pequeño Gigante acudiera en su ayuda.
Vientre—Gordo fue cogido por sorpresa; el Delgado y Voz—Alta habían muerto mientras dormían. Pero, ahora, el Matador de Gigantes no tenía fácil la victoria.
Durante un momento, pareció que el jefe de los gigantes iba a ganar. Cesó de gritar y combatió con torva y silenciosa desesperación. Una vez, una de sus grandes manos agarró a Shrick como una tenaza aplastante, y pareció que la batalla estaba decidida. Shrick sintió la sangre que resonaba en su cabeza, y los ojos casi saliéndose le de las órbitas. Fue necesaria toda la resolución que poseía para que no soltara la hoja y arañara frenéticamente la muñeca del gigante con sus inefectivas manos.
Algo cedió, sus costillas, y en un breve instante de relajada presión se retorció para volverse y acuchillar la monstruosa muñeca peluda. La sangre caliente salió a borbotones y el gigante gritó. Shrick descargó su hoja una y otra vez, hasta que quedó claro que el gigante no volvería a usar aquella mano jamás.
Sólo le quedaba una mano para combatir a un enemigo que aún, en lo referente a sus miembros, estaba ileso. Cada movimiento de la parte superior de su cuerpo arrojaba lanzazos de dolor a través de su cuerpo, pero Shrick podía moverse, golpear. .., y matar .
Cabeza—Calva se debilitó a medida que la sangre manaba de sus heridas. Ya no pudo esquivar los ataques a su cara y cuello. Sin embargo, luchó, como su raza había luchado siempre, hasta el último aliento. Su enemigo, estaba claro, no le habría dado cuartel, pero él hubiera podido buscar refugio junto al Pequeño Gigante, en el Lugar—de—pequeñas luces.
Hacia el final, empezó a gritar de nuevo.
Y, cuando moría, el Pequeño Gigante entró en la cueva,
El Matador de Gigantes se salvó por pura suerte de una muerte rápida a manos del intruso. Si el Pequeño Gigante hubiera sabido lo penosas que eran las fuerzas que le atacaban, Shrick lo habría tenido difícil. Pero Sin—Dedos se había aburrido de cuidar a los otros en el Lugar—de—Reunión. Había oído a Shrick hablar de las maravillas del Interior; y ahora era su oportunidad de verlas por sí misma.
Seguida por los más pequeños, vagabundeó sin rumbo por los túneles del exterior de la Barrera. No conocía la localización de las puertas al Interior, y el panorama que veía a través de las mirillas ocasionales era muy reducido.
Entonces llegó a la puerta que Shrick había dejado abierta cuando atacó a los gigantes dormidos. Una brillante luz fluía a través de la abertura. .., una luz más brillante que nada de lo que Sin—Dedos hubiera visto en su corta vida, y la atrajo como un faro.
No vaciló cuando llegó a la abertura. Al contrario de sus padres, no había sido educada para pensar en los gigantes con supersticioso terror . Shrick era el único adulto que recordaba haber conocido, y, a pesar de que él hablaba de los gigantes, se vanagloriaba de haber matado a uno en singular combate. También decía que, en un momento u otro, mataría a todos los gigantes.
A pesar de su falta de edad y experiencia, Sin—Dedos no era tonta. Como algo propio de su sexo, había evaluado a Shrick. Descartó mucho de su charla, por considerarla simples baladronadas, pero nunca había encontrado motivo alguno para no creer sus historias de las muertes de Gran—Colmillo, Sterret, Tekka, Vientre—Gordo..., y de todas las miríadas de miembros del Pueblo que habían perecido con ellos.
Así que, atrevida en su ignorancia, atravesó la puerta. Tras ella, marchaban los más pequeños, con gritos de excitación. Incluso si el Pequeño Gigante no la hubiera visto al principio, no habría dejado de oír el agudo tumulto de su interrupción.
Sólo había una interpretación posible a la evidencia de sus ojos. El plan para sofocar al Pueblo había fracasado. Acababan de salir de sus cuevas y túneles para masacrar a sus compañeros. .., y ahora acudían nuevos refuerzos para encargarse de él.
El Pequeño Gigante dio media vuelta y huyó. Shrick recuperó sus fuerzas, y saltó desde la monstruosa carcasa de Cabeza—Calva. Pero, en mitad del vuelo, una dura y pulida superficie se interpuso entre él y el gigante que escapaba. Aturdido, se aferró a ella durante muchos latidos, hasta que se dio cuenta de que se trataba de una gran puerta que se había cerrado, en su cara.
Sabía que el Pequeño Gigante no sólo buscaba refugio en la huida, pues ¿qué esperanza tenía de que pudiera escapar a la ira del Pueblo? Había ido, tal vez, a buscar armas de alguna clase. O... (y la sangre se le congeló a Shrick en las venas al pensarlo) había ido a soltar la condenación final que Tres—Ojos había predicho. Ahora que sus planes empezaban a fallar, recordó la profecía completa, y no pudo seguir ignorando aquellas partes que, en su arrogancia, había encontrado desagradables.
Entonces, Sin—Dedos, su vuelo torpe e inexperto en esos vastos espacios, y para ella extraños, se colocó a su lado.
—¿Estás herido? —preguntó—. Son tan grandes... ¡Y has peleado contra ellos!
Mientras hablaba, el mundo se llenó de un profundo zumbido. Shrick ignoró a la hembra. Aquel ruido podía significar sólo una cosa. El Pequeño Gigante había regresado al Lugar—de—pequeñas—luces Y ponía en marcha las enormes e incomprensibles fuerzas que provocarían la irrevocable destrucción del Pueblo,
Apoyó los pies contra la gran puerta, y se impulsó llegando rápidamente al hueco abierto en la Barrera. Extendió la mano para detener el impacto de su aterrizaje, y gritó con fuerza cuando éste envió una enfermiza ola de dolor a través de su pecho. Empezó a toser, y al ver la brillante sangre que manaba de su boca se asustó mucho.
Sin—Dedos le alcanzó otra vez. —Estás herido, sangras. ¿Puedo. ..? —¡No1 —Se volvió hacia ella, rugiendo.¡No! ¡Déjame en paz! —¿ Qué vas a hacer?
Shrick hizo una pausa. —Salvar el mundo —dijo entonces lentamente. Saboreó el efecto de sus palabras. Hicieron que se sintiera mejor, que se acrecentara en su propia mente, que se volviera, incluso, más grande que los gigantes. Voy a salvaros a todos.
—Pero ¿cómo? Era demasiado para el Matador de Gigantes. Gritó de nuevo, pero esta vez con furia. Abofeteó a la joven hembra con el dorso de la mano.
—¡Quédate aquí! –ordenó, y se marchó a través del túnel. Los giroscopios cantaban aún su suave canción de energía cuando Shrick llegó a la Sala de Control, Atado a su silla, el navegante estaba ocupado con su máquina. Más allá de las portillas, las estrellas giraban en ordenada sucesión, y Shrick se asustó.
Nunca había creído del todo la versión de Wesel sobre la naturaleza del mundo. ,Hasta ese momento, Pero pudo ver, por fin, que la nave se movía. La fantástica maravilla de todo aquello le mantuvo hechizado hasta que un fino borde de intolerable resplandor se hizo visible más allá de una de las portillas. El navegante tocó algo y, de súbito, pantallas de cristal azul oscuro mitigaron el fulgor. Pero aún brillaba, demasiado, y el borde se convertía rápidamente en un óvalo que se ensanchaba hasta quedar convertido en un disco.
El zumbido de los giroscopios se apagó. Antes de que tuviera tiempo de advertir el silencio, un sonido fresco asaltó los oídos de Shrick. Era el rugido del conducto principal.
Una fuerza aterradora le agarró e hizo que se golpeara contra la cubierta. Sintió que sus huesos se rompían bajo la aceleración. Un auténtico hijo de la caída libre como él era, y todo esto le causaba terror hacia lo sobrenatural. Permaneció un rato allí tendido, gritando débilmente, gimiendo un poco. El navegante le miró y se rió. Fue el sonido de su risa lo que acicateó a Shrick para realizar su último esfuerzo supremo. No quería moverse; sólo quedarse allí tendido en la cubierta, tosiendo y muriendo poco a poco. Pero la burla del Pequeño Gigante desató insospechadas reservas de energía, morales y físicas.
El navegante continuó con sus cálculos; manejaba los instrumentos por última vez con una especie de desesperado goce. Sabía que la nave nunca llegaría a su destino, ni su cargamento de semillas de grano. Pero no vagaría durante toda la eternidad entre las estrellas con las simientes de la destrucción del hombre y sus obras en su casco.
Sabía que, si no adoptaba esa salida, se dormiría por fin, y su muerte a manos de los mutantes sería inevitable, y con los mutantes al mando, cualquier cosa podría suceder .
El camino que había escogido era el mejor . Sin que el gigante le viera, Shrick se arrastró, centímetro a centímetro, por la cubierta. Pudo extender su mano libre y tocar el pie del gigante. En la otra, aún sujetaba su hoja, a la que se aferraba como la Única cosa segura y cierta en ese mundo, enloquecido de repente.
Entonces, se agarró a la piel artificial que cubría la pierna del gigante. Empezó a escalar, aunque cada movimiento era pura agonía. No vio al otro llevarse la mano a la boca y tragar la píldora que sostenía.
Así que, cuando por fin alcanzó el blanco cuello del gigante, éste estaba muerto.
Era un veneno muy rápido. Se quedó aferrado allí durante un rato. Debería de haberse alegrado ante la muerte del último de sus enemigos; sin embargo, se sintió engañado. Había tanto que él quería saber, tantas cosas que sólo los gigantes podrían haberle dicho. ..Además, era su hoja la que debería haber ganado la victoria final. Sabía que, en alguna parte, el Pequeño Gigante se reía aún de él.
A través de las portillas cubiertas por la pantalla azul destellaba el sol. Incluso desde esa distancia, pese a los filtros, su poder y calor resultaban demasiado evidentes. A popa, los motores rugían, y seguirían Rugiendo hasta que el último gramo de combustible hubiera sido introducido en el hambriento conducto principal.
Shrick se aferró al cuello del hombre muerto, miró durante largo rato los resplandecientes instrumentos, los brillantes interruptores y palancas cuya función nunca comprendería, cuya inercia habría derrotado cualquier intento de sus fuerzas, cada vez más débiles, por moverlos. Miró la ardiente condenación que tenía delante, y supo que eso era lo que había sido predicho.
Si hubiera existido la metáfora en su lenguaje, se habría dicho que él y los pocos supervivientes del Pueblo estaban atrapados como ratas.
Pero ni siquiera los gigantes habrían usado esa frase en su sentido metafórico.
Pues el Pueblo no era otra cosa que ratas en una trampa.
Fin