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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura en línea con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y la lectura sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada, desde libros completos hasta revistas Selecciones. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 30 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura, Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de las Revistas muestras todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la páigna de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones.

    A FUEGO LENTO (Emilio Bobadilla)

    Publicado el domingo, marzo 04, 2012

    Primera parte
    – I –


    Llovía, como llueve en los trópicos: torrencial y frenéticamente, con mucho trueno y mucho rayo. La atmósfera, sofocante, gelatinosa, podía mascarse. El agua barría las calles que eran de arena. Para pasar de una acera a otra se tendían tablones, a guisa de puentes, o se tiraban piedras de trecho en trecho, por donde saltaban los transeúntes, no sin empaparse hasta las rodillas, riendo los unos, malhumorados los otros. Los paraguas para maldito lo que servían, como no fuera de estorbo.



    A pesar del aguacero, el cielo seguía inmóvil, gacho, uniforme y plomizo. La gente sudaba a mares, como si tuviera dentro una gran esponja que, oprimida a cada movimiento peristáltico, chorrease al través de los poros. Hasta los negros, de suyo resistentes a los grandes calores, se abanicaban con la mano, quitándose a menudo el sudor de la frente con el índice que sacudían luego en el aire a modo de látigo.

    En las aceras se veían grupos abigarrados y rotos que buscaban ávidamente donde poner el pie para atravesar la calle. El río, color de pus, rodaba impetuoso hacia el mar, con una capa flotante de hojas y ramas secas. Tres gallinazos, con las alas abiertas, picoteaban el cadáver hinchado de un burro que tan pronto daba vueltas, cuando se metía en un remolino, como se deslizaba sobre la superficie fugitiva del río.

    Ganga era un villorrio compuesto, en parte, de chozas y, en parte, de casas de mampostería, por más que sus habitantes –que pasaban de treinta mil–, negros, indios y mulatos en su mayoría, se empeñasen en elevarle a la categoría de ciudad. Lo cual acaso respondiese a que en ciertos barrios ya empezaban a construirse casas de dos pisos, al estilo tropical, muy grandes, con amplias habitaciones, patio y traspatio, y a que en las afueras de la ciudad no faltaban algunas quintas con jardines, de palacetes de madera que iban, ya hechos, de Nueva York y en las cuales quintas vivían los comerciantes ricos.

    Ganga no era una ciudad, mal que pesara a los gangueños, que se jactaban de haber nacido en ella como puede jactarse un inglés de haber nacido en Londres.

    –«Yo soy gangueño y a mucha honra» –decían con énfasis, y cuidado quién se atrevía a hablar mal de Ganga.

    Tenían un teatro. ¿Y qué? ¡Para lo que servía! De higos a brevas aparecían unos cuantos acróbatas muertos de hambre, que daban dos o tres funciones a las cuales no asistían sino contadas familias con sus chicos. Se cuenta de una compañía de cómicos de la legua, que acabó por robar las legumbres en el mercado. Tan famélicos estaban. Al gangueño no le divertía el teatro. Lo que, en rigor, le gustaba, amén de las riñas de gallos, era empinar el codo. No se dio el caso de que ninguna taberna quebrase. ¡Cuidado si bebían aguardiente! Ajumarse, entre ellos, era una gracia, una prueba de virilidad. –«Hoy me la he amarrado» –decían dando tumbos.

    Ganga, con todo, era el puerto más importante de la república. Cuanto iba al interior y a la capital, pasaba por allí. A menudo anclaban en el muelle enormes trasatlánticos que luego de llenarse el vientre de canela, cacao, quina, café y otros productos naturales, se volvían a Europa.

    Las mercancías se transportaban al interior en vaporcitos, por el río y después en mulas y bueyes, al través de las corcovas de las montañas, por despeñaderos inverosímiles. A lo mejor las infelices bestias reventaban de cansancio en el camino, de lo cual daban testimonio sus cadáveres, ya frescos, ya corrompidos o en estado esquelético, esparcidos aquí y allá, mal encubiertos por ramas secas o recién cortadas. Horrorizaba verlas el lomo desgarrado por anchas llagas carmesíes. De sus ojos de vidrio se exhalaba como un sollozo.

    Al cabo de tres horas escampó, pero no del todo. Una llovizna monótona, violácea, desesperante, empañaba como un vaho pegadizo la atmósfera. El calor, lejos de menguar, aumentaba. De todas partes brotaban, por generación espontánea, bichos de todas clases y tamaños, que chirriaban a reventar, sapos ampulosos que se metían en las casas y, saltando por la escalera, peldaño a peldaño, se alojaban tranquilamente en los catres. A la caída de la tarde empezaban a croar en los lagunatos de la calle, y aquello parecía un extraño concierto de eructos. Los granujas les tiraban piedras o les sacudían palos y puntapiés, que ellos devolvían hinchándose de rabia y escupiendo un líquido lechoso. El aire se poblaba de zancudos, que picaban a través de la ropa, y de chicharras estridentes que giraban en torno de las lámparas. Del alero de los tejados salían negras legiones de murciélagos que se bifurcaban chillando en vertiginosas curvas. A lo lejos rebuznaban asmáticamente los pollinos.

    Ganga no difería cosa de los demás puertos tropicales. Muchas cocinas humeaban al aire libre, y de las carnicerías y los puestos de frutas emanaba un olor a sudadero y droguería.


    – II –


    La casa del general don Olimpio Díaz andaba aquella tarde manga por hombro. Era un caserón mal construido, sin asomo de estética y simetría, vestigio arquitectónico de la dominación española. Dos grandes ventanas con gruesos barrotes negros y una puerta medioeval, de cuadra, daban a la calle. El aldabón era de hierro, en forma de herradura. Desde el zaguán se veía de un golpe todo el interior: cuartos de dormir, atravesados de hamacas, sala, comedor, patio y cocina. Lo tórrido del clima era la causa de la desfachatez de semejantes viviendas. En las ventanas no había cortinas ni visillos que dulcificasen el insolente desparpajo del sol del mediodía. Casi, casi se vivía a la intemperie. Las señoras no usaban corsé ni falda, a no ser que repicasen gordo, sino la camisa interior, unas enaguas de olán y un saquito de muselina, al través del cual se transparentaba el seno, por lo común exuberante y fofo. Se pasaban parte del día en las hamacas, con el cabello suelto, o en las mecedoras, haciéndose aire con el abanico, sin pensar en nada.



    Las mujeres del pueblo, indias, negras y mulatas, no gastaban jubón; mostraban el pecho, el sobaco, las espaldas, los hombros y los brazos desnudos. Tampoco usaban medias, y muchas, ni siquiera zapatos o chanclos.

    Los chiquillos andorreaban en pelota por las calles, comiéndose los mocos o hurgándose en el ombligo, tamaño de un huevo de paloma, cuando no jugaban a los mates o al trompo en medio de una grita ensordecedora. Otras veces formaban guerrillas entre los de uno y otro barrio y se apedreaban entre sí, levantando nubes de polvo, hasta que la policía, indios con cascos yanquis, ponían paz entre los beligerantes, a palo limpio. ¡Qué beligerantes! Al través de la piel asomaban los omoplatos y las costillas; la barriga les caía como una papada hasta las ingles; las piernas y los brazos eran de alambre, y la cabeza, hidrocefálica, se les ladeaba sobre un cuello raquítico mordido por la escrófula, tumefacido por la clorosis.

    –¡Ven acá, Newton! ¿Por qué lloras?
    –Porque Epaminondas me pegó.

    Todos ostentaban nombres históricos, más o menos rimbombantes, matrimoniados con los apellidos más comunes.

    El general tenía, pared en medio de su casa, una tienda mixta en que vendía al por mayor vino, tasajo, arroz, bacalao, patatas, café, aguardiente, velas, zapatos, cigarrillos, no siempre de la mejor calidad. Se graduó de general como otros muchos, en una escaramuza civil en la que probablemente no hizo sino correr. En Ganga los generales y los doctores pululaban como las moscas. Todo el mundo era general cuando no doctor, o ambas cosas en una sola pieza, lo que no les impedía ser horteras y mercachifles a la vez. Uno de los indios que tenía a su servicio don Olimpio Díaz, era coronel; pero como su partido fue derrotado en uno de los últimos carnavalescos motines, nadie le llamaba sino Ciriaco a secas, salvo los suyos. Cualquier curandero se titulaba médico; cualquier rábula, abogado. Para el ejercicio de ambas profesiones bastaban uno o dos años de práctica hospitalicia o forense. Hasta cierto charlatán que había inventado un contraveneno, para las mordeduras de las serpientes, Euforbina, como rezaban los carteles y prospectos, se llamaba a sí propio doctor, con la mayor frescura. Andaba por las calles, de casa en casa, con un arrapiezo arrimadizo a quien había picado una culebra, y al que obligaba a cada paso a quitarse el vendaje para mostrar los estragos de la mordedura del reptil juntamente con la eficacia maravillosa de su remedio. A no larga distancia suya iba un indio con una caja llena de víboras desdentadas que alargaban las cabezas, sacando la lengua fina y vibrátil por los alambres de la tapa. En los grandes carteles fijos en las esquinas, ahítos de términos técnicos, se exhibía el doctor, retratado de cuerpo entero, con patillas de boca de hacha, rodeado de boas, de culebras de cascabel, coralillos, etc. Sobre la frente le caían dos mechones en forma de patas de cangrejo.

    Los habitantes de Ganga se distinguían además por lo tramposos. No pagaban de contado ni por equivocación. De suerte que para cobrarles una cuenta, costaba lo que no es decible. Como buenos trapacistas, todo se les volvía firmar contratos que cumplían tarde, mal o nunca, que era lo corriente.

    Los vecinos se pedían prestado unos a otros hasta el jabón.

    –Dice misia Rebeca que si le puede emprestá la escoba y mandarle un huevo porque los que trajo esta mañana del meicao estaban toos podrío.
    –Don Severiano, aquí le traigo esta letra a la vista.
    –Bueno, viejo, vente dentro de dos o tres días, porque hoy no tengo plata.

    Y se guardaba la letra en el bolsillo, tan campante. Don Severiano era banquero.

    El fanatismo religioso, entre las mujeres principalmente, excedía a toda hipérbole. En un cestito, entre flores, colocaban un Corazón de Jesús, de palo, que se pasaban de familia en familia para rezarle. –«Hoy me toca a mí», decía misia Tecla; y se estaba horas y horas de rodillas, mascullando oraciones delante del fetiche de madera, color de almagre. Don Olimpio, a su vez, confesaba a menudo para cohonestar, sin duda, a los ojos del populacho, sus muchas picardías, la de dar gato por liebre, como decía Petronio Jiménez, la lengua más viperina de Ganga.

    Los indios creían en brujas y duendes, en lo cual no dejaba de influir la lobreguez nocturna de las calles. A partir de las diez de la noche, la ciudad, malamente alumbrada en ciertos barrios, quedaba del todo a oscuras, en términos de que muchos, para dar con sus casas y no perniquebrarse, se veían obligados a encender fósforos o cabos de vela que llevaban con ese fin en los bolsillos.

    La vida, durante la noche, se concentraba en la plaza de la Catedral, donde estaba, de un lado, el Círculo del Comercio, y del otro, El Café Americano. Las familias tertuliaban en las aceras o en medio del arroyo hasta las once. En el silencio sofocante de la noche, la salmodia de las ranas alternaba con el rodar de las bolas cascadas sobre el paño de los billares y el ruido de las fichas sobre el mármol de las mesas. La calma era profunda y bochornosa. El cielo, a pedazos de tinta, anunciaba el aguacero de la madrugada o tal vez el de la media noche.


    * * *

    La casa de don Olimpio andaba manga por hombro. Misia Tecla, su mujer, gritaba a los sirvientes, que iban y venían atolondrados como hormiguero que ha perdido el rumbo. Una marimonda, que estaba en el patio, atada por la cintura con una cuerda, chillaba y saltaba que era un gusto enseñando los dientes y moviendo el cuero cabelludo.

    –¡Maldita mona! –gruñía misia Tecla–. ¿Qué tienes? –Y acababa abrazándola y besándola en la boca como si fuera un niño.

    La mona, que respondía por Cuca, se rascaba entonces epilépticamente la barriga y las piernas, reventando luego con los dientes las pulgas que se cogía. Por último se sentaba abrazándose a la cola que se alargaba eréctil hasta la cabeza, sugiriendo la imagen de un centinela descansando. No se estaba quieta un segundo. Tan pronto se subía al palo, al cual estaba atada la cuerda, quedándose en el aire, prendida del rabo, como se mordía las uñas, frunciendo el entrecejo, mirando a un lado y a otro con rápidos visajes, o atrapaba con astucia humana las moscas que se posaban junto a ella.

    Un loro viejo, casi implume, que trepaba por un aro de hojalata, gritaba gangosamente: «¡Abajo la república! ¡Viva la monarquía! ¿Lorito? Dame la pata».

    La servidumbre era de lo más abigarrado desde el punto de vista étnico: indios, cholos, negros, mulatos, viejos y jóvenes. La vejez se les conocía, no en lo cano del pelo, que nunca les blanqueaba, sino en el andar, algo simiano, y en las arrugas. Algunos de ellos, los indios, generalmente taciturnos, parecían de mazapán. Tenían, como todos los indígenas, aspecto de convalecientes. No todos estaban al servicio del general: los más eran sirvientes improvisados, recogidos en el arroyo.

    Misia Tecla, que nunca se vio en tal aprieto, lloraba de angustia, invocando la corte celestial.

    –¡Virgen Santísima, ten piedad de mí! ¡Si me sacas con bien de ésta, te prometo vestirme de listao durante un año! –Y corría de la cocina al comedor, y del comedor a la cocina, empujando al uno, gruñendo al otro, hostigando a todos, entre lágrimas y quejas.
    –¡Ay, Tecla, mi hija, cómo tienes los nervios! –exclamaba don Olimpio.

    Las gallinas se paseaban por el comedor, subiéndose a los muebles, y algunas ponían en las camas, saliendo luego disparadas, cacareando por toda la casa, con las alas abiertas.

    –Ciriaco, mi hijo, espanta esas gallinas y échale un ojito al sancocho.
    –Bueno, mi ama.
    –Y tú, Alicia, ten cuidado con la mazamorra, no vaya a quemarse –decía atropelladamente misia Tecla.

    Alicia era una india, delgada, esbelta, de regular estatura, de ojos de culebra, pequeños, maliciosos y vivos, de cejas horizontales, frente estrecha, de contornos rectilíneos, boca grande, de labios someramente carnosos. De perfil parecía una egipcia. Su energía descollaba entre la indolente ineptitud de aquellos neurasténicos, botos por el alcohol, la ignorancia y la superstición, como pino entre sauces. Huérfana desde niña, de padres desconocidos, misia Tecla la prohijó, aunque no legalmente, lo cual no era óbice para que don Olimpio la persiguiese con el santo fin de gozarla. Alicia se defendía de los accesos de lujuria del viejo que la manoseaba siempre que podía, llegando una vez a amenazarle con contárselo todo a misia Tecla si persistía en molestarla. Cierta noche, cuando todo el mundo dormía, se atrevió a empujar la puerta de su cuarto. –«¡Si entra, grito!» –Y don Olimpio tuvo a bien retirarse, todo febricitante y tembloroso, con los calzoncillos medio caídos y el gorro hasta el cogote.

    Don Olimpio debía repugnarla con aquella cara terrosa, llena de arrugas y surcos como las circunvoluciones de un cerebro de barro, aquella calva color de ocre ceñida por un cerquillo de fraile y aquella boca sembrada de dientes negros, amarillos y verdes, encaramados unos sobre otros.

    Alicia no sabía leer ni escribir; pero era inteligente, observadora y ladina y se asimilaba cuanto oía con una rapidez prodigiosa. Con frecuencia se enfadaba o afligía sin justificación aparente, al menos. La menor contrariedad la irritaba, encerrándola durante horas en una reserva sombría. Tenía diez y ocho años y nunca se la conoció un novio, y cuenta que no faltaban señoritos que la acechaban a cada salida suya a la calle con fin análogo al de don Olimpio. De tarde en tarde, a raíz de algún disgusto, padecía como de ataques histéricos, pero nunca se supo a punto fijo lo que la aquejaba porque el diagnóstico de los médicos de Ganga, que eran tan médicos como don Olimpio general, se reducía a decir que todo aquello «era nervioso y no valía la pena». La recetaban un poco de bromuro, y andando. La vida monótona de Ganga la aburría y la persecución de don Olimpio la sacaba de quicio, hasta el punto de que un día pensó seriamente en tornar la puerta.

    Ella, en rigor, no gozaba sino cuando iban al campo, a una hacienda que don Olimpio arrendó, por no poder atenderla, a unos judíos, ¡Con qué placer se subía a los árboles, corría por el bosque y se bañaba en el río, como una nueva Cloe! Se levantaba con la aurora para dar de comer a las gallinas y los gorrinillos que ya la conocían. Estaba pendiente de las cabras recién paridas y de las cluecas que empollaban. Así había crecido, suelta, independiente y rústica.


    – III –


    En la farmacia del doctor Portocarrero, semillero de chismes donde se reunía por las tardes el elemento liberal de Ganga. Petronio Jiménez, un cuarterón, comentaba a voz en cuello, como de costumbre, el banquete que le preparaba don Olimpio al doctor Eustaquio Baranda, médico y conspirador que acababa de llegar de Santo, huyendo de las guerras del Presidente de aquella república ilusoria. El doctor Baranda se había educado y vivido en París, donde cursó con brillantez la medicina. Había publicado varias monografías científicas, una, singularmente, muy notable, sobre la neurastenia, de la que hablaron las revistas francesas con elogio. Enamorado de la libertad y enemigo de toda tiranía, volvió a su tierra tras una ausencia de años y a instancias del partido liberal, con objeto de tumbar la dictadura. Como no era, ni con mucho, hombre de acción, sino un idealista, un soñador que creía que los pueblos cambian de hábitos mentales con una sangría colectiva, como si la calentura estuviese en la ropa (palabras de un adversario suyo), la conspiración urdida por él desde París, abortó y a pique estuvo de perder en ella el pescuezo. Los conspiradores se emborracharon una noche y fueron con el soplo de lo que se tramaba al dictador que, en pago del servicio que le hacían, les mandó fusilar a todos sin más ni más. El presidente era un negro que concordaba, física y moralmente, con el tipo del criminal congénito, de Lombroso. Mientras comía mandaba torturar a alguien; a varias señoras que se negaron a concederle sus favores, las obligó a prostituirse a sus soldados; a un periodista de quien le contaron que en una conversación privada le llamó animal, le tuvo atado un mes al pesebre, obligándole a no comer sino paja. Cuantas veces entraba en la cuadra, le decía tocándole en el hombro:



    –¿Quién es el animal: tú o yo?

    El Nerón negro le llamaban a causa de sus muchos crímenes.

    Bajo aquel diluvio llegó el doctor a Ganga. En el muelle, que distaba una hora del villorrio, le aguardaba lo más selecto de la sociedad gangueña, con una charanga.

    Un tren Decauville subía y bajaba por una cuesta pedregosa, y ocurría a menudo que, desatándose los vagones, llegaba la máquina sola a la estación mientras aquéllos rodaban por su propio impulso, pendientes abajo, hacia el punto de partida. Los viajeros iban en pie, entre fardos y baúles, en coches indecentísimos, atestados de indios churriosos que fumaban y escupían a diestro y siniestro. A medio camino se paraba el tren, como un tranvía, para recoger a algún viajero, cuando no descarrilaba, cosa que a diario sucedía, debido, sin duda, no sólo a lo malo de la vía férrea, sino a las borracheras consecutivas del maquinista y el fogonero.

    –No se olvide de entregarle esa carta al compadre Sacramento.
    –Pierda cuidado.
    –Oye, no dejes de mandarme con el conductor el purgante que te pedí el otro día. Mira que tengo el estómago muy sucio.
    –En cuanto llegue.

    Diálogos análogos, sostenidos entre los que quedaban en los apeaderos y los que subían al tren, se oían a cada paso. De suerte que la demora originada por este palique a nadie impacientaba.

    –¡Nosotros, nosotros somos los llamados a festejar al doctor Baranda y no ese godo de don Olimpio que, por pura vanidad, para que le llamen filántropo y no por otra cosa, nos ha cogido la delantera! –exclamaba Petronio Jiménez–. Cosas de Ganga, hombre, cosas de Ganga. Un godo como ése ¡alojando en su casa a un agitador nada menos! ¡Cuando les digo a ustedes que tenemos que dar mucho jierro todavía! Los pueblos no merecen la libertad sino cuando la pelean. Lo demás ¡cagarrutas de chivo!
    –Tú siempre tan exaltado –repuso el doctor Virgilio Zapote, famoso picapleitos de ojos oblicuos y tez cetrina, muy entendido, según decían, en derecho penal, y que había dejado por puertas a medio Ganga.
    –¡Exaltado, porque soy el único que tiene vergüenza y no teme decir la verdad al Sursum Corda! Porque no soy pastelero como tú, que siempre te arrimas al sol que más calienta...
    –Petronio, no me insultes.
    –No te insulto, Zapote. ¿Acaso no sabemos todos que el que te cae entre las uñas suelta el pellejo? A mí ¿que me cuentas tú? Te conozco, hombre, te conozco.
    –Vamos, caballeros, un trago y que haya paz –promedió el doctor Portocarrero, alargándoles sendas copas de brandi.

    Petronio se subió los calzones que llevaba siempre arrastrando. No usaba tirantes, corbata ni chaleco, sino una americana de dril, un casco yanqui y chancletas que dejaban ver unos calcetines de lana agujereados y amarillentos. Parecía un invertebrado. Hablaba contoneándose, moviendo los brazos en todas direcciones, abriendo la boca, echando la cabeza hacia atrás, singularmente cuando reía, enseñando unos dientes blanquísimos.

    A menudo, apoyándose contra la pared en una pierna doblada en forma de número cuatro, ponía a su interlocutor ambas manos sobre los hombros o le torcía con los dedos los botones del chaleco. A los amigos, cuando les hablaba en tono confidencial, les atusaba el bigote o les hacía el nudo de la corbata. Tenía mucho de panadero por lo que manoseaba, en las efusiones, falsas y grotescas, de su repentino y fugaz afecto. A la media hora de haber conocido a alguien, ya estaba tuteándole. Esta confianza canallesca le captó la simpatía popular. Colaboraba en varios periódicos, sobre política y moral, sobre moral preferentemente, con distintos pseudónimos, sobriqués, como él decía pavoneándose. Tan pronto se firmaba Juan de Serrallonga como Enrique Rochefort o Ciro el Grande. Su periódico predilecto era La Tenaza, cuyo director, un mestizo, Garibaldi Fernández, ex maestro de escuela, gozaba entre los suyos fama de erudito y de hombre de mundo. Había publicado un libro por entregas plagado de citas de segunda y tercera mano, y de anécdotas históricas, titulado El buen gusto o arte de conducirse en sociedad. Se gastaba un dineral en sellos de correo, pues no hubo bicho viviente, fuera y dentro de Ganga, a quien no hubiese enviado un ejemplar.

    El tal tratado de urbanidad era graciosísimo. ¡Hablar de buena educación en Ganga! ¡Recomendar el uso del fraque, de la corbata blanca, de la gardenia en el ojal, del zapato de charol, del calcetín de seda, donde todo el mundo, a causa del calor, andaba poco menos que en porreta! A mayor abundamiento, el autor de El buen gusto ostentaba las uñas largas y negras, el cuello grasiento, los pantalones con rodilleras y los botines empolvados.

    –Esta noche –voceaba colérico Petronio– escribo un artículo para La Tenaza en que voy a poner verde a don Olimpio. Como suena.
    –No te metas con don Olimpio –repuso Portocarrero–. Otro trago. Es mal enemigo.
    –Y a mí ¿qué? Hay que moralizar este país –dijo sorbiéndose de un golpe la copa de brandi.

    En esto pasó por la botica la Caliente, mulata de rompe y rasga, conocidísima en el pueblo. Vestía tilla bata color de rosa y un pañuelo de seda rojo atado en el cuello a modo de corbata. Sobre el moño de luciente y abundante pasa, resaltaba la púrpura de un clavel.

    –¿Adónde vas, negra? –la preguntó Petronio plantándola familiarmente una mano en el hombro.
    –¡Figúrate!
    –Espérame esta noche. ¡Qué sabrosa estás!
    –¿Esta noche? Bueno; pero poco relajo, y no te me vayas a aparecer ajumao, como el otro día.
    –Tú sabes que yo nunca me ajumo, vida.
    –¡Siá! ¡Que no se ajuma, que no se ajuma!... –exclamó la Caliente prosiguiendo su camino con sandunga provocativa y riendo a carcajadas.

    La farmacia no tenía más que un piso, como casi todo el caserío de Ganga. De modo que, desde las puertas abiertas de par en par, se podía hablar con todo el que pasaba. Así se explica que la farmacia se llenase a menudo de cuantos ociosos transitaban por allí. Entre el escándalo de las discusiones que se armaban a diario, a propósito de todo, política, literatura y ciencias, apenas si se oía la voz del parroquiano:

    –¡Un real de ungüento amarillo!
    –¡Medio de alcanfor y un cuartillo de árnica!
    –Una caja de pastillas de clorato de potasa. Y la contra de caramelos. Despácheme pronto, dotol, que tengo prisa.
    –Aquí vengo, dotol, a que me recete una purga. Dende hace días tengo una penita en el estógamo que no me deja vivil.

    En la botica no sólo se vendían drogas, sino ropa hecha, zapatos y sombreros de paja. La división del trabajo no se conocía en Ganga.


    – IV –


    Don Olimpio adornó el comedor lo más suntuosamente que pudo. En el centro de la pared, ornado con ramas, flores y banderas, colocó el retrato de Bolívar, y a cada uno de los lados, reproducciones borrosas de fotografías de Washington y Páez. Esmaltaban la mesa, que era de tijera, jarrones de flores inodoras, de un amarillo y escarlata lesivos a los ojos. La vajilla, de lo más heterogéneo, se componía de platos y copas de todos tamaños y colores. Gran parte era prestada. Los cubiertos, unos eran de plata Meneses, y otros de plomo con cabos de hueso.



    Los sirvientes, aturdidos, no daban pie con bola. Al doctor Baranda le quitaron el plato de sopa cuando aún no la había probado, y en lugar de tenedor, cuchillo y cuchara, ponían a unos tres cucharas y a otros tres cuchillos o tres tenedores. Doña Tecla les hablaba sigilosamente al oído, y se quejaba en voz alta del servicio, suplicando al doctor «que dispensase». Alumbraban el comedor lámparas de petróleo, al través de cuyas bombas polvorientas bostezaba una luz enfermiza alargando de tiempo en tiempo su lengua humosa por la boca del tubo. Una nube de insectos revoloteaba zumbando alrededor de las luces, muchos de los cuales caían sin alas sobre el mantel.

    No lejos del doctor estaba Alicia, a quien miraba de hito en hito con sus ojos de árabe, tristes y hondos, orlados de círculos color de pasa. La mesa remedaba un museo antropológico; había cráneos de todas hechuras: chatos, puntiagudos, lisos y protuberantes; caras anémicas y huesudas y falsamente sanguíneas y carnosas; cuellos espirales de flamenco y rechonchos de rana. Las fisonomías respiraban fatiga fisiológica de libertinos, modorra intelectual de alcohólicos y estupidez de caimanes dormidos. Lo que no impedía que cada cual aspirase, más o menos en secreto, a la Presidencia de la república.

    De pronto se oyó en la cocina un ruido descomunal como de loza que rueda. Doña Tecla se levantó precipitadamente sin pedir permiso a los comensales. Ciriaco, que ya estaba chispo, había roto media docena de platos.

    –Lárgate en seguida de aquí, sinvergüenza, borracho! –gritó misia Tecla.
    –Sí, borracho, borracho –tartamudeó el indio yendo de aquí para allá, como hiena enjaulada y rascándose la cabeza.
    –¡Ah, qué servicio, qué servicio! –añadió doña Tecla volviendo a ocupar su sitio.

    En el zaguán tocaba una orquesta, cuyos acordes perezosos y aburridos predisponían al sueño. Casi todos los instrumentos eran de cuerda. El violín hipaba como un pollo al que se le retuerce el pescuezo; el sacabuche tosía como un tísico, y el violón sonaba con flatulencia gemebunda. En las ventanas de la calle se arremolinaba el populacho, a pesar de la lluvia que seguía cayendo lenta y fastidiosa. Algunos pilluelos se habían trepado por los barrotes hasta dominar el comedor, cuya luz proyectaba sobre la oscuridad de la calle una mancha amarillenta.

    Entre los comensales figuraba el doctor Zapote, cazurro si les hubo, que pronunció un brindis anodino, aprendido horas antes de memoria, y en que no soltaba prenda. Don Olimpio, que ya andaba a medios pelos, se puso en pie, copa en mano, la cual, a cada movimiento del brazo, se derramaba mojándole la cabeza al doctor Baranda. «Brindo, dijo, por el honol que sentimos todos los aquí presentes, mi familia, sobre todo, por el honol de tenel entre nosotros al cospicuo cirujuano que eclipsó en París la fama de Galeno y del dotol Paster, el inventor del virus rábico para matar los perros rabiosos sin necesidad de etrinina. Sí, señores, ya podemos pasearnos impunemente por las calles sin temol a los perros.

    Misia Tecla sonreía con benevolencia. El cuerpo de don Olimpio se bamboleaba y a sus pupilas, de párpados membranosos, asomaban como ganas de vomitar. –«Brindo, continuó, brindo...» –y soltando un regüeldo tronante se sentó, dejando caer la copa, con champaña y todo, sobre la mesa.

    Alicia se burlaba con los ojos. El doctor Baranda se concretó a dar las gracias, en dos palabras irónicas y secas, pero corteses. Después habló el alcalde, tipo apoplético, de cuello adiposo y ancho, dedos de butifarra, occipucio de toro, párpados caídos hasta la mitad del globo ocular, vientre voluminoso y de carácter irritable, por la vecindad, sin duda, del cerebro y el corazón. Apenas se entendió lo que dijo. Cuando todo el mundo se preparaba a levantarse, de un extremo de la mesa surgió, como por escotillón, un joven escuchimizado color ladrillo, melenudo, que con voz temblorosa y estridente empezó a leer una oda:

    «Al egregio doctor Baranda.
    El sol viborezno del trópico rojo
    Te canta ¡oh Galeno! con ímpetu azul;
    Y el Titán airado, con arcaico arrojo,
    Sobre ti desciñe su invisible tul.»


    Un trueno de aplausos interrumpió al poeta. El doctor Zapote, alcohólicamente conmovido, le dio un abrazo.

    –¡Eso es un poeta! ¿Verdad, doctor?

    Los comensales, incluso las mujeres, a duras penas podían levantarse de puro ebrios. Sudorosos, verdinegros, con el pelo pegado a las sienes, miraban sin saber adónde. Don Olimpio roncaba repantigado en su silla.


    * * *

    Acabado el banquete, el doctor Baranda se retiró a su cuarto, desde cuyo balcón se divisaba, de un lado el río, y del otro, el mar. Una luna enorme asomaba su cara de idiota al través de cenicientos celajes. El cielo, cuajado de rayas, semejaba la piel de una cebra. El río se deslizaba en la soledad de la noche con solemne rumor que moría en la desembocadura bajo el escándalo del mar. Un gallo cantaba a lo lejos y otro, más cerca, le respondía. El doctor, ya en paños menores, se sentó en una mecedora junto al balcón, a saborear la melancolía caliente y húmeda de la noche.

    Estaba, triste, muy triste. Había llegado por la mañana y no le habían dejado un momento de reposo. ¡A qué hoyo había venido a dar!

    Pensó primero en su conspiración abortada y luego en Rosa, la querida que dejó en París, la compañera de su época de escolar. Recordaba sus años de estudiante en el Barrio Latino, bullicioso y alegre. Sí, la amaba, en términos de haber pensado en hacerla su mujer legítima. ¿Por qué no? No era el primer caso. La conoció virgen, le guardó fidelidad, compartiendo con él las estrecheces de la vida estudiantil. Revivía el pasado con los ojos fijos en la luna, en aquella luna que amenazaba lluvia, sanguinolenta como un tumor.

    ¿Y Alicia? ¿Qué impresión le había producido? La de poseerla y nada más.

    –¡Oh, en la cama debe de ser deliciosa!

    El doctor, sin dejar de dar a los rasgos anatómicos de la fisonomía la debida importancia, se fijaba, sobre todo, en la mímica. Observaba los ojos, su expresión, su forma, la disposición de las cejas y las pestañas, el aleteo de los párpados. El ojo, por su movilidad y por su brillo, todo lo dice. Tiene una vida autónoma. Su iris se modifica según los estados de conciencia. ¡Cuán diferente es el ojo fulgurante del que piensa con intensidad, del ojo estático del que sueña despierto! Varía según su convexidad y la estructura de la córnea al influjo de los músculos oculares, de los humores que segrega, del velo cristalino que flota en su superficie. Las cejas y las pestañas, aunque elementos secundarios, dan un sello típico al semblante. Las cejas, por su instabilidad, están unidas al ojo y al pensamiento. La nariz, aunque fija, desempeña un gran papel estético: es fea la nariz roma o arremangada; es bella y graciosa la nariz aquilina. El ojo es el centro anímico de la inteligencia, especie de foco que recoge y difunde la luz interior. La boca es el centro comunicativo de las pasiones: del amor, del odio, de la lascivia, de la ternura, de la cólera; el laboratorio de la risa, de los besos, de los mohínes, de las perversiones impúdicas, de las palabras que hieren o acarician, que impulsan al crimen o al perdón... Con todo, no hay que fiarse–seguía discurriendo–de la expresión facial, porque no todos los sentimientos y las emociones tienen una mímica peculiar: la expresión del placer olfativo se confunde con la de la voluptuosidad; la del placer y el dolor afectivos; la mímica de la lujuria concuerda con la de la crueldad; la del frío y el calor con la de la cólera; la del dolor estético con la del mal olor o la repugnancia...

    La cara de Alicia le había revelado, a medias, su carácter. Las miradas furtivas, pero intensas, que le dirigía de cuando en cuando, denunciaban un temperamento nervioso, un carácter tenaz, centrípeto, autoritario. Sus labios se contraían ligeramente en la comisura con un rictus de cólera contenida, y las alas de la nariz se dilataban temblando como el hocico de una liebre asustada. No reía sino a medias y, más que con la boca, con los ojos, cuyo iris se recogía con irisaciones de reflejos sobre el agua.


    * * *

    El doctor no podía conciliar el sueño, a causa de la excitación nerviosa producida por el viaje, por el cambio de medio ambiente, y, sobre todo, por lo mucho que le obligaron a beber durante la comida, amén de los descabellados brindis que tuvo que oír. Sobre su mesa encontró un ejemplar dedicado de El buen gusto. Se puso a hojearle.

    «Si venís por una calle y os encontráis con el sagrado Viático, detened vuestra marcha, quitaos el sombrero y doblad humildemente la rodilla.»

    –¡Éramos pocos y parió mi abuela! Y quien esto escribe, alardea de liberal. Liberalismo de los trópicos. Sigamos.

    «No des la mano al hombre que se muerda las uñas o que las tiene sucias, que se lleva los dedos a la boca, que se sacude con el meñique el oído, que se humedece el índice con la lengua para volver la hoja de un libro y que encorvando el mismo índice se quita con él el sudor de la frente».

    El doctor sonreía recordando las uñas de Garibaldi Fernández, y reflexionaba en lo difícil que se le iba a hacer, de seguir los consejos del autor, el dar la mano a los gangueños. ¿Cómo averiguar, continuaba, que un hombre se ha humedecido el índice para volver las páginas de un libro? Habría que pillarle in fraganti.

    Después, saltando con displicencia algunas hojas, siguió leyendo al azar:

    «Una de las muchas manifestaciones de la decencia es sin duda la de tener limpio el calzado, exageradamente limpio».

    De donde se deduce que en Ganga no hay decencia, porque quién más, quién menos, lleva los zapatos sucios, empezando por el autor de El buen gusto; los zapatos y las uñas. Y... todo lo demás.

    El libro se le antojaba reidero y continuó leyéndole. ¿Cómo no divertirle si todo él resultaba una sátira contra el autor, que ni hecha aposta?

    «Procurad tener siempre las uñas relucientes de limpias; de lo contrario, pasaréis por gente puerca y mal educada».

    –Dale con las uñas y... aplícate el cuento, ¡oh saladísimo Garibaldi!

    Aquí, por lo visto, se mete a filósofo.

    Veamos: «Grande cosa es el hábito: constituye una segunda naturaleza».

    –¡Originalísimo!

    «Use almost can change the stamp of nature. (Shakespeare, Hamlet).» ¡Anda! En inglés, para mayor claridad.

    «L'habitude est une seconde nature», dicen los franceses.

    –No, que serán los chinos.

    «Usus est optimus magister (Columella)».

    «L'abito e una seconda natura».

    –Ahora me explico la fama de erudito y poliglota, como dicen por ahí, de Garibaldi. A ver cuántas lenguas sabe: español, inglés, francés, latín e italiano. ¡Ni el cardenal Mezzofantti!

    «Dadles a vuestros huéspedes habitaciones cómodas, alegres y aireadas». –Esto debió leerlo don Olimpio antes de mi llegada. No sabe el homónimo del célebre general italiano el rato de solaz que me está dando su libro. Adelante.

    «Los caballeros deben ser corteses con las señoras que entren a los ómnibus y tranvías, aunque sea la primera vez que las vean.»

    –Pero ¡si en Ganga no hay ómnibus ni tranvías! Pura broma.

    «No estiréis vuestros miembros, no bostecéis, no salivéis, no estornudéis metiendo ruido y sin cubrir muy bien con el pañuelo nariz y boca, haciendo además la cabeza a un lado. Si estáis acatarrados quedaos en casa».

    –Este Garibaldi ¿escribe en serio? Así son estos pueblos degenerados. Tienen las palabras, pero les falta la cosa... Son mentirosos e hipócritas. En lo privado, la barragana–generalmente mulata o negra–y los hijos naturales casi enfrente del hogar legítimo, sin contar con los otros hijos naturales abandonados; la ausencia de solidaridad, la envidia, la calumnia, el chisme, el peculado, el enjuague, la porquería corporal. En público, el aspaviento, el bombo mutuo, la bambolla, la arenga resonante y ventosa en que se preconiza el heroísmo, la libertad, el honor, la pureza de las costumbres, la piedad, la religión y la patria...

    La pereza intelectual les impide observar los hechos, no creen sino en las palabras a fuerza de repetirlas, y por puro verbalismo se enredan en trágicas discordias civiles.

    «Esopo fue un manumiso. Cervantes, un soldado. Colón, hijo de un tejedor. Cromwell, hijo de un cervecero. Ben Jonson, hijo de un albañil. Luciano, hijo de un tendero. Virgilio, hijo de un mozo de cordel». Y tú ¿de quién eres hijo, Garibaldi?

    –¿Qué tiene que ver todo esto con la urbanidad? Nada.

    Este género de biografías homeopáticas, copiadas, como son y tienen que ser todas las biografías, por lo que toca a la cronología y a los hechos, no era, ni con mucho, para Baranda, el fuerte de Garibaldi. Vasari pudo ser original hasta cierto punto porque conoció personalmente a casi todos sus biografiados. Lo chistoso para el doctor, del libro de Garibaldi, residía en el palmario desacuerdo entre lo que en él se recomendaba y las costumbres gangueñas y la persona del moralista.

    Tiró el libro sobre la mesa y se puso a inspeccionar el cuarto. Había un catre de tijeras con un mosquitero azul; en un rincón, una butaca coja; una mesa de pino sin tapete, en el centro, y, sobre una cómoda desvencijada, muy vieja, un San Jerónimo pilongo, pegado a la pared (desdichada reproducción de Ribera), contaba por la millonésima vez la historia de sus ayunos y penitencias.

    Luego se asomó al balcón. En el tejado de enfrente una gata negra bufaba cada vez que se le acercaba uno de los muchos gatos que la rondaban requiriéndola. En la calle desierta, un perro ladraba pertinaz a la luna.

    Al cerrar las maderas vio un rimero de gatos rodar por las tejas, arañándose, mordiéndose y maullando, mientras la hembra inmóvil les miraba impasible con sus ojos fosforescentes. Cerrado el balcón, oyó un alarido desgarrador y lúgubre que se prolongó en el silencio de la noche como el grito de un dolor súbito y hondo. El alarido se fue convirtiendo en un a modo de llanto infantil, en un maullido voluptuoso, gutural, caliente y carraspeño, acabando por un nuevo alarido desgarrador y lúgubre, acompañado de carreras y bufidos...

    El doctor sacudió el mosquitero, apagó la luz y se metió en el catre que crujía como si fuera a astillarse.

    El calor sofocante y él zumbar de los mosquitos le desvelaron. Daba vueltas y vueltas, a cada una de las cuales respondía el catre rechinando. Su pensamiento, indeciso y nervioso, terminó por fijarse.

    –¡Los hombres, los hombres! ¡Qué poco valen! En rigor, no merecen que se sacrifique uno por ellos. Los períodos revolucionarios sólo sirven para poner de manifiesto lo ruin de sus pasiones. ¡Triste experiencia la mía! Pero ¿acaso lucho yo por los hombres? No, he combatido y seguiré combatiendo por los principios, por las ideas. ¿Quién sabe adónde va a dar la piedra arrojada a la ventura? Trabajemos por las generaciones venideras. Ellas son las que se aprovechan siempre de los esfuerzos de las generaciones pasadas. El hombre... ¿qué es el hombre? ¡Nada! La especie, la especie... ¡Hay que pelear por la especie!

    Y sus ojos, entornándose gradualmente, se hundieron en el limbo del sueño.

    El borborigmo monótono del río alternaba con el terco ladrar del perro que seguía contando a la luna vaya usted a saber qué tristezas...


    – V –


    El grupo liberal que se reunía en la farmacia de Portocarrero, no quería ser menos que el grupo conservador.



    Para él era cuestión de honra banquetear a Baranda. Con efecto, le banquetearon en el patio del Café Cosmopolita, cubierto por un enorme emparrado de bejucos. Los cuartos contiguos estaban llenos de commis voyageurs, de marcado tipo judío. Un agente de seguros perseguía a todo bicho viviente proponiéndole una póliza con reembolso de premios. Un mulato paseaba de mesa en mesa una caja, pendiente del cuello por unas correas, que abría para mostrar plegaderas y peines de carey, caimancitos elaborados con colmillos de ese reptil y otras baratijas.

    La comida duró hasta las tres de la mañana, en que cada cual tiró por su lado, sin despedirse. La borrachera fue general. Hasta el dueño del café cogió su pítima. El calor había fermentado los vinos. Petronio Jiménez estuvo elocuentísimo. Colmó al gobierno de insultos, entre los cuales el más benigno era el de ladrón; apologó la anarquía, el socialismo, sin orden ni sindéresis, y bebiéndose en un relámpago incontables copas de coñac.

    Los ojos cavernosos le centelleaban a través del sudor que le bajaba de la frente a chorros; tenía la cabeza empapada, la corbata torcida, el cuello de la camisa hecho un chicharrón y los pantalones a medio abrochar, caídos hasta más abajo del ombligo. Sus apóstrofes se oían a una legua, viéndosele por las ventanas abiertas agitar los brazos, convulsivo, frenético. Habló de todo, menos de Baranda: de la Revolución francesa, del Dos de Mayo, de Calígula, de Napoleón I, de la batalla de Rompehuesos, en que, según decía, se batió como un tigre.

    –¡Ah, señores! ¡Cuánto jierro di yo aquel día! ¡Aquello sí que fue pelear! A mí me mataron tres veces el caballo, que lo diga, si no, Garibaldi Fernández, nuestro ilustre sabio.

    Baranda miraba socarrón a Garibaldi y apenas podía contener la risa al comparar sus máximas de moral e higiene con sus uñas de luto, sus dientes sarrosos, sus botas sin lustre, el cuello de la camisa arrugado y los pantalones con rodilleras y roídos por debajo.

    –¡Bravo, Petronio! ¡Eres el Castelar de Ganga! –le dijo tambaleándose el dueño del café–. Y bien podías, viejo –añadió cariñosamente por lo bajo–, pagarme la cuentecita que me debes.

    Petronio hacía un siglo que no iba por el Café Cosmopolita. De suerte que el recordatorio no era del todo intempestivo.

    El doctor Baranda, aprovechando una coyuntura, tomó las de Villadiego, sin que nadie advirtiese su ausencia, aparentemente al menos.

    –¡Vaya que si me acuerdo de la batalla de Rompehuesos! –dijo Garibaldi a Petronio–. Estaba yo ese día más borracho que tú ahora. Cuando caí prisionero de los godos me preguntó un sargento: –«¿No tienes cápsulas?» –Sí, le respondí; pero son de copaiba. –Y no mentía.
    –Déjense de batallas, caballeros. Sí, todos peleamos cuando llega la ocasión –interrumpió Portocarrero, haciendo eses–. ¿Adónde vamos ahora? Porque hay que acabarla en alguna parte.
    –¡Sí, hasta el amanecer! –añadió Petronio.
    –¡Vamos a casa de la Caliente!
    –¡Eso, a casa de la Caliente! –gritaron todos a una.
    –¡Eh, cochero, al callejón de San Juan de Dios! Ya sabes dónde. Pero pronto.
    –Hay que llevar, caballeros –observó Garibaldi–, unas botellas de brandi, porque una juerga sin aguardiente no tiene incentivo.

    Y se metieron hasta seis en el arrastrapanzas cantando y empinando con avidez las botellas. El coche, crujiendo, ladeándose como un barco de vela, se arrastraba enterrándose en la arena hasta los cubos o en los tremedales formados por las crecidas del río.

    Las calles estaban desiertas, silenciosas y oscuras. Los ranchos de los barrios pobres levantaban en la penumbra sus melancólicos ángulos de paja, algunos tenebrosamente alumbrados.

    La catedral, de estilo hispano–colonial, proyectaba su pesada sombra sobre la plaza en que se erguían algunas palmeras sin que un hálito de brisa agitase sus petrificados abanicos. En los cortijos distantes cantaban los gallos, y los perros noctámbulos ladraban al coche que corría derrengándose.

    La Caliente dormía a pierna suelta, echada sobre una estera, en el suelo. A los golpes que sonaron con estrépito en su puerta, repercutiendo por la llanura dormida, despertó asustada.

    –¿Quién es?
    –Nosotros.
    –No, si vienen ajumaos, no abro. Es muy tarde.
    –¡Abre, grandísima pelleja!
    –Con insultos, menos.
    –Si no abres ¡te tumbamos la puerta! –rugió Petronio redoblando las patadas y los empujones.

    Y la Caliente abrió. Estaba del todo desnuda, en su cálida y hermosa desnudez de bronce. Con una toalla se tapaba el vientre. Su ancha y tupida pasa, partida en dos por una raya central, la caía sobre las orejas y la nuca con excitante dejadez. Su cuerpo exhalaba un olor penetrante, mitad a ámbar quemado, mitad a pachulí.

    Atropelladamente empezaron todos a manosearla.

    El uno la cogió las nalgas; el otro las tetas; el de más allá la mordía en los brazos o en la nuca.

    –¡Que me vuelven loca! –exclamó riendo al través de una boca elástica y grande, de dientes largos, blanquísimos y sólidos–. ¡Jesús, qué sofoco! Siéntense, siéntense, que me voy a poner la camisa.
    –¡No, qué camisa! –gritó Petronio echándola los brazos sobre los hombros.
    –El que más y el que menos te ha visto encuera. Además, hace mucho calor. Tómate un trago.
    –¡A la salud de la Caliente! –silabearon todos al mismo tiempo.
    –¡Ah! ¡Esto es aguarrás! –exclamó la Caliente escupiendo–. ¿Dónde han comprado ustedes esto? ¡Uf!...
    –¿Qué te parece, vieja? –murmuró Petronio a su oído.
    –¡Cochino! ¡Cuidao que la has cogido gorda! ¡Nunca te he visto tan borracho, mi hijo!
    –¿Qué quieres, mi negra? ¡La política!

    En un santiamén se vaciaron varias botellas consecutivas. Los más se quitaron la ropa; uno de ellos, Garibaldi, se quedó en calzoncillos, unos gruesos calzoncillos de algodón, bombachos, salpicados de manchas sospechosas.

    –Oye, Porto (así llamaban al farmacéutico en la intimidad), arráncate con un pasillo, que lo vamos a bailar esta negra y yo –propuso Petronio.
    –¡Ya verás, mulata, cómo nos vamos a remenear!

    Empezó el guitarreo, un guitarreo áspero y tembloroso, sollozante, lúbrico y enfermizo, como una danza oriental. La vela de sebo que ardía entre largos canelones en la boca de una botella, alumbraba con claridad fúnebre el interior de la choza, donde se veía una grande cazuela, sobre el fogón ceniciento, con relieves de harina de maíz y frijoles pastosos, una mesa mugrienta, varios cromos pegados a la pared, que representaban al Emperador de Alemania con su familia, los unos, y los otros, carátulas de almanaques viejísimos. En el patio había dos o tres arbolillos polvorosos y secos, al parecer pintados. Junto a la batea, atestada de trapos sucios, dormía un perro que, de cuando en cuando, levantaba la cabeza, abría los ojos y volvía a dormirse como si tal cosa.

    En el bohío de al lado, que se comunicaba por el patio con el de la Caliente, lloraba y tosía, con tos cavernosa, un chiquillo. Una negra vieja, en camisa, con las pasas tiesas como piña de ratón, salió al patio en busca de algo, no sin asomar la gaita por encima de la cerca para husmear lo que pasaba en el patio vecino. Andaba muy despacio, arrastrando los pies, con la cabeza gacha y trémula. La seguía un gato con la mirada fija.

    –¿Quieres agua? Toma.

    Y se oía el lengüeteo del animal en una vasija de barro. El chiquillo seguía tosiendo y llorando. La negra, gruñendo a través de su boca desdentada algo incomprensible, desapareció como un espectro.


    * * *

    –¡Menéate, mi negra! –sollozaba Petronio ciñéndose a la Caliente como una hiedra. La mulata se movía con ritmo ofidiano, volteando los ojos y mordiéndose los bembos. Y la guitarra sonaba, sonaba quejumbrosa y lasciva. Garibaldi, con una mano en salva sea la parte, llevaba el compás con todo el cuerpo.

    De pronto cayó la Caliente boca arriba sobre la estera, abriendo las piernas y los brazos sombreados en ciertos sitios por una vedija selvática.

    Petronio, de rodillas, la besó con frenesí en el cuello, luego la mordió en la boca y la chupó los pezones.

    –¡Dame tu lengua, mi negro! –suspiraba acariciándole la cabeza con los dedos.

    Y Petronio, congestionado, medio loco, la acarició luego en el vientre, después en las caderas, hundiéndose, por último, como quien se chapuza, entre aquellos remos que casi le estrangulaban... La Caliente se retorcía, se arqueaba, poniendo los ojos en blanco, suspirando, empapada en sudor, como devorada por un cáncer.

    –¡No te quites, mi vida, no te quites!

    Los orgasmos venéreos se repetían como un hipo y aquella bestia no daba señales de cansancio.

    –¡No te quites, mi vida, no te quites! ¡Ah, cuanto gozo! ¡Me muero! ¡Me muero! –Y se ponía rígida y su cara, alargándose, enflaquecía. Porto, si saber lo que hacía, le metió a Petronio el índice en salva sea la parte–. ¡Que me quitas la respiración! –gritaba.

    De puro borracho acabó por vomitarse en la cocina sobre el perro, que salió despavorido. La guitarra enmudeció entre los brazos del guitarrista dormido.

    El sol entró de pronto–una mañana sin crepúsculo, sin aurora, agresivo y procaz, que ardía con ira incendiando a los borrachos que yacían unos en el suelo, abrazados a las botellas, otros sobre el catre o de bruces en la mesa, desgreñados, desnudos, sudorosos...

    Aquello parecía un desastroso campo de batalla, y para que la ilusión fuese completa, en la cerca del patio y sobre uno de los arbolillos abrían sus alas de betún repugnantes gallinazos, de corvos picos, redondas pupilas y cabezas grises y arrugadas que recordaban a su modo las de los eunucos de un bajo–relieve asirio.


    – VI –


    Los socios del Círculo del Comercio acordaron dar un baile en honor de Baranda, no sin pocas y acaloradas discusiones. Rivalidades de partido y rencillas personales. El presidente era liberal y los vocales de la junta, conservadores.



    –No es al político –decía gravemente en la junta extraordinaria–a quien vamos a agasajar, no. Es al hombre de ciencia.
    –No me parece bien –argüía un vocal– que festejemos a un sabio con un baile.
    –¿Sabe S. S. de otro modo de festejarle? –repuso el presidente.
    –Podíamos darle una velada literaria, una función teatral...
    –¡Como no represente S. S.! ¿Dónde están los cómicos?
    –Si hay alguien aquí que represente –gritó atufado el vocal– no soy yo sin duda.
    –¿Qué quiere decir S. S.? ¿Que soy un farsante? ¡Hable claro S. S.!

    Y la discusión tomó un sesgo personal. De todo se habló menos de lo importante, y, claro, se vaciaron algunas botellas.

    El edificio, sucio y destartalado, daba sobre el Parque. En la planta baja había una tienda mixta con una gran muestra en que rezaba: «Máquinas de coser. Soda cáustica. Coronas fúnebres. Queso fresco». Se entraba por un zaguán lóbrego que conducía, subiendo una escalera de pino, ancha y crujiente, al Círculo.

    Lindaban casi con la biblioteca la cocina y el común, sin duda para desmentir la tradición española de que estudio y hambre son hermanos. En las primeras tablas del armario –el único que había– un Larousse, al que faltaban dos tomos, mostraba su dorso polvoriento y desteñido junto a una colección trunca también pero empastada, de la Revista de Ambos Mundos. Seguían otros libros.

    Un volumen II de History of United States, con láminas; dos tomos de Les françois peints par eux memes, comidos de polilla; un Diccionario de la Academia (primera edición); una Historia del Descubrimiento de América, en varios tomos, editada en Barcelona, y La vida de los animales, de Brehm, traducida en español e incompleta. En los demás tableros se amontonaban desordenadamente viejas ilustraciones a la rústica, folletos políticos y monografías en castellano y en francés sobre la tuberculosis, la sífilis, el uso del le y el lo, el alcoholismo y la lepra.

    La llave del armario la tenía el cocinero. En el centro de la sala había una mesa con los periódicos del día, locales y de la capital, tinteros y plumas despuntadas.

    El salón principal estaba amueblado con muebles de mimbre. En la pared central, sobre una consola, un gran espejo manchado devolvía las imágenes envueltas en una neblina azulosa. Del techo pendía una gran araña de cristal con adornos de bronce, acribillada de moscas. En un ángulo, un piano de cola enseñaba su dentadura amarilla y negra. No lejos estaba la sala de juntas, con su gran mesa ministro, encima de la cual, y en ancho lienzo, se pavoneaba, vestido de general, el Presidente de la República.

    A la entrada, una cantina, provista de brandi, ginebra, anís del mono, cerveza, champaña y otros licores, exhalaba un tufo ácido de alambique. Era del general Diógenes Ruiz, un héroe que se había distinguido en la acción de El Guayabo. En el fondo del Círculo había un billar y no lejos varias mesitas para jugar a las cartas, al dominó, a las damas y al ajedrez.

    Se adornaron los balcones de la calle con palmas y gallardetes, al través de los cuales brillaba una hilera de farolillos multicoloros.

    A eso de las diez empezó a llegar la gente. Dona Tecla, adormilada, con su expresión de idiota, entró, pisándose las faldas, del brazo de don Olimpio, penosamente embutido en una levita color de pasa, del año uno. Delante de ellos iba Alicia vestida con gracia y sencillez, escotada, con una flor roja en el seno. Sus ojos se habían agrandado y ensombrecido; su seno y sus caderas flotaban en una desenvoltura de hembra que ya conoce el amor. Su boca, más húmeda, sonreía de otro modo, con cierta sonrisa enigmática y maliciosa.

    Garibaldi se había cortado las uñas, y mostraba una camisa pulquérrima, aunque de mangas cortas.

    Petronio, de americana, lucía una esponjosa flor de púrpura que acentuaba lo cetrino de su faz hepática. Portocarrero iba también de americana con zapatos amarillos muy chillones.

    Se hubiera creído que todos, por lo macilentos, terrosos y sombríos –la risa fisiológica no se conocía en Ganga–, acababan de salir del fondo de una mina de cobre.

    Las señoritas, muy anémicas y encascarilladas, y en general muy cursis, con peinados caprichosos y trajes estrafalarios, hechos en casa por manos inexpertas, parecían unas momias rebozadas.

    En la colonia extranjera, compuesta de hebreos, alemanes y holandeses, no faltaban garbosas mujeres, de exuberantes redondeces y cutis blanco levemente encendido por el calor. Los judíos, fuera de los indígenas, eran los únicos que se adaptaban a aquel clima sin estaciones, de un estío perenne. La esbeltez de Baranda, vestido de fraque, contrastaba con el desgaire nativo de los gangueños.

    A las once en punto rompió la orquesta: el piano, una flauta y un violín. Las parejas se movían lentas y melancólicas, muy ceñidas, al son de la danza, no menos melancólica y lenta.

    Petronio –el árbitro de la elegancia gangeña, como su tocayo lo fue de la Roma neroniana– contaba al doctor la vida y milagros de cada concurrente.

    –Esa es la viuda del general Borona, que murió en la batalla de Tente–tieso. Se deja querer. Aquélla... ¡Ah, si usted supiera su vida! Que se la cuente Porto. ¿Porto? ¡ven acá! –gritó cogiéndole por el saco en una de las vueltas que dio junto a él–. Cuéntale al doctor la historia de Anacleta.
    –¡Oh, no! ¡La pobre!
    –¡Qué pobre ni qué niño muerto!
    –Déjame acabar esta pieza y vuelvo.

    Y continuó bailando sin protesta de su compañera que permaneció sola, recibiendo empellones y codazos, en medio de la sala, mientras él departía con Petronio.

    –¿Doctor? ¡Un trago! –le dijo Garibaldi, cogiéndole por el brazo y llevándosele a la cantina.
    –¿General? ¡Dos ginebras! A no ser que el doctor quiera otra cosa.
    –Ya usted sabe que yo no bebo. El alcohol me hace daño.
    –Bueno. Entonces tomaremos champaña. ¡Y de la viuda nada menos! Una copa de champaña no me la rehusará usted, doctor.

    Alicia seguía de lejos con la mirada fija y ardiente al médico.

    –¡Ah, sinvergüenza! ¿Conque vienes a amarrártela y no me avisas? –exclamó Petronio, apareciéndose en la cantina–. A ver, general Diógenes, un anís del mono, para empezar.

    Mientras le servían echó a Baranda una mirada aviesa de envidia.

    –Perdone, mi querido doctor, si no hemos podido hacer algo digno de usted. En estos pueblos todo se dificulta. Usted, habituado a la vida de París... –le dijo el Presidente llevándosele del brazo a la sala.
    –¡Oh, no! Me parece bien. A la guerre comme à la guerre –frase esta última de la que el Presidente se quedó en ayunas, no sin enrojecérsele el rostro de vergüenza. El Presidente no sabía francés y, temeroso de que Baranda fuese a entablar toda una conversación con él en aquel idioma, se escabulló sin más ni más.

    El cielo se ennegreció de pronto y al cuarto de hora llovía a cántaros. La lluvia reventaba en la calle sonante y copiosa. Y el baile seguía, seguía, fastidioso, igual, soñoliento.

    Baranda, sentado junto a Alicia que no quiso bailar en toda la noche, observó que de todos los ojos convergían hacia él, como hilos invisibles de araña, miradas aviesas, interrogativas, recelosas o francamente hostiles.

    De todos quien le miraba con más insidia era don Olimpio, que ya andaba a medios pelos.

    La inapetencia de aquellos borrachos crónicos repugnaba cuanto oliese a comida. Así es que cuando el doctor preguntó al Presidente por el buffet, éste hubo de decirle, todo confuso, que le harían, si lo deseaba, unos pericos (huevos revueltos) o una taza de chocolate, porque buffet no le había. A lo cual, a eso de las tres, accedió Baranda.

    Una ráfaga de viento, colándose por el balcón, apagó las lámparas. Y aprovechándose de la confusión general, Petronio, Garibaldi y Portocarrero, que ya estaban ebrios, empezaron a pellizcar en los muslos a las mujeres que gritaban sobresaltadas y risueñas. La broma, por lo visto, no las desagradaba del todo.

    A las cinco terminó el baile. En el zaguán se arremolinaba una muchedumbre heterogénea de curiosos. A don Olimpio tuvieron que llevarle casi a rastras a su domicilio. Tan gorda fue la papalina. Petronio y comparsa salieron dando voces y tumbos, sin despedirse de nadie.

    Ya en la calle, y camino de la farmacia de Portocarrero, a donde se dirigían para empalmarla, iban dando de puntapiés y pedradas a los sapos que, con la lluvia, habían salido de sus charcos para pasearse por la ciudad. No llovía. Una luna pálida, sin vida, clorótica como los gangueños, difundía sobre el villorrio dormido y mojado una luz espectral.


    – VII –


    Al día siguiente leía doña Tecla en La Tenaza la crónica de la fiesta, firmada por Ciro el Grande (a) Petronio. A todo el mundo, menos al doctor, adjetivaba hiperbólicamente, inclusa doña Tecla. «La amable y bondadosa misia Tecla.»



    «Fue una fiesta brillante que dejará grato e imperecedero recuerdo en la memoria de cuantos tuvieron la dicha de asistir a ella. Se bailó, a los dulces sones de una orquesta deliciosa, hasta las cinco, en que la rosada aurora abrió con sus dedos de púrpura las puertas deslumbradoras del Oriente. Se repartieron con profusión dulces y helados, y a eso de las cuatro se sirvió un espléndido buffet (esto lo puso por recomendación del Presidente) que por lo desapacible del tiempo y lo avanzado de la hora en que las damas sólo deseaban el mullido lecho, volvió íntegro al Café Cosmopolita, cuyo magnífico repostero bien puede competir con los más afamados de París.» (Así solía pagar Petronio sus cuentas: con bombos).

    Luego describía por lo menudo los trajes femeninos, trajes ilusorios, calcando su descripción en una crónica parisiense traducida y publicada en un viejo periódico de modas. Nadie llevó ninguno de los vestidos de que hablaba.

    –«El mayor orden y compostura –siguió mascullando doña Tecla– reinaron entre los asistentes, que se retiraron altamente satisfechos, haciendo votos por la prosperidad del Círculo y por que se repitan a menudo tan encantadoras fiestas. ¡Viva Ganga!

    Todas las madres de familia eran «matronas respetables»; todas las señoritas –aquellas enharinadas esculturas etruscas–, eran «bellas, seductoras, irresistibles». A don Olimpio le llamaba «bizarro»; a Garibaldi, «erudito y gentleman»; a Portocarrero, «popular y gracioso»; al Presidente, «ilustrado y correcto», y a la sociedad gangueña, «culta y distinguida».

    Estaban en el patio, bajo un toldo. Don Olimpio, la expresión de cuya cara, de borracho y libertino, evocaba al pseudo Sócrates del Museo de Nápores, dormitaba en una mecedora, en mangas de camisa. El doctor apenas si puso atención a la trapajosa lectura de doña Tecla. Le interesaba más la mona con sus saltos y sus gestos.

    –No cabe duda –meditaba–. El hombre viene del mono, e instintivamente miró a don Olimpio. No sólo tienen semejanza anatómica y fisiológica, sino también psíquica. ¿Qué diferencia existe entre esa mona que da brincos y hace muecas y Petronio y Garibaldi? El orangután asiático y el gorila africano están más cerca de ellos, sin duda, que de los demás cinopitecos. La conclusión de Hartmann y Haeckel, de que entre los monos antropoideos y el hombre hay un parentesco íntimo, nunca le pareció tan evidente a Baranda como ahora.

    En estas reflexiones estaba, cuando llegaron Petronio y Garibaldi –los dos antropomorfos, como en aquel momento se le antojó llamarles mentalmente– que le habían invitado a dar un paseo por las afueras de la ciudad.

    El día era espléndido. Sobre el caudal de escamas argentinas del río, el sol reverberaba calenturiento y ofensivo. Negros zarrapastrosos y chinos escuálidos charlaban en su media lengua en las esquinas de callejones pantanosos. Los chinos tenían tiendas de sedas, abanicos, opio y té. De inmundas barracas salía un hedor de cochiquera. En cada una de ellas vivían promiscuamente hasta ocho personas. Dentro se movían, lavando o planchando, negras y mestizas casi desnudas, con las pasas desgreñadas o tejidas a modo de longanizas, mientras sus queridos, tirados en el suelo o a horcajadas en sendos taburetes, dormían la siesta. En la calle los negritos, en cueros y embadurnados, jugaban con los perros. Ni el menor indicio de infantil alegría en sus caras entecas.

    Los policías, indios y negros con cascos de fieltro hundidos hasta el occipucio, se paseaban desgalichados, de dos en dos, con dejadez de neurasténicos. Nadie les hacía caso y siempre salían molidos de las reyertas con los jóvenes de «la buena sociedad». Los gallinazos, esparcidos por las calles y los techos de las casas, levantaban su tardo vuelo de tinta al paso del transeúnte.

    Petronio y Garibaldi se arrastraban taciturnos, como sumidos en un sopor comatoso. Así llegaron a la Calzada, que estaba fuera de la ciudad. Una jorobada idiota, en harapos, bizca, de colgantes y largos brazos de gibón, con la caja torácica rota, chapoteaba en los charcos de la calle.

    De pronto, al ver al doctor, se quedó mirándole de hito en hito con las manos metidas entre las piernas y haciendo enigmáticas muecas. Después, acercándose a él con andar sigiloso y moviendo la flácida cabeza de trapo, le dijo:

    –¡Dame un reá!
    –¡Anda, lárgate! ¡No friegues! –la contestó Garibaldi dándola un puntapié. Ese era su pan diario: puntapiés y empujones, cuando no la ponían en pelota, pintándola de negro y embutiéndola un cucurucho de papel hasta los ojos.
    –Ahora va usted a ver, doctor, algo típico de Ganga; la cumbia –agregó Petronio.

    En medio de la calle, entre barracas de huano y bejuco, bullía un círculo de negros. En el centro, desnudo de medio cuerpo arriba, un gigante de ébano tocaba con las manos un tambor largo y cilíndrico que sostenía entre las piernas.

    El círculo se componía de negras escotadas, con pañuelos rojos a la cabeza, que iban girando en torno del tambor, con erótico serpenteo, llevando cada una en ambas manos un trinomio de velas de sebo.

    En el centro, tropezando casi con el tambor, un negro, meneando las nalgas, entre bruscos desplantes que simulaban ataques y defensas, seguía las ondulaciones, cada vez más rápidas y lujuriosas, de las negras. Un canto monótono y salvaje acompañaba las sordas oquedades del tambor.

    –¿Qué le parece, doctor? ¿Ha visto usted nada más... africano?–le preguntó Garibaldi.
    –En efecto, es muy africano –repuso Baranda, alejándose de aquella muchedumbre que apestaba a macho cabrío.

    El sol, aquel sol colérico, capaz de derretir las piedras, y el aguardiente no hacían mella, en los cerebros de aquella manada de chimpancés invulnerables.

    –El negro –advertía el doctor– es el único que puede vivir en estos países y el único que puede cultivar estos campos llameantes.
    –Ya que andamos por aquí, ¿quiere usted, doctor, que veamos la cárcel? –propuso Petronio.
    –Es algo muy típico también.
    –Como ustedes quieran.
    –Y usted, doctor, ¿cuándo piensa volverse a Santo? –interrogó Petronio tras un largo silencio.
    –A Santo, nunca. A París, muy pronto. Nada tengo que hacer allí. Ya usted sabe que la revolución fracasó, que me traicionaron cobardemente... En París me aguarda mi clientela que dejé abandonada para ir a ayudar a mis paisanos en su obra de redención...

    ¡Le envidio, doctor, le envidio! ¡París! Ese es mi sueño dorado. Pero, ¡quién sabe! Si suben los míos y me nombran cónsul, puede que nos veamos por allá algún día. Y aunque no suban los míos. Ya me aburre Ganga. Aquí no prosperan más que los godos y los judíos. Ya usted ve: lo monopolizan todo. Ellos son los exportadores, los ganaderos, los banqueros, los que sacan al gobierno de apuros... A nosotros no nos queda más que... emborracharnos.

    Y estas últimas palabras irónicas y tristes, le reconciliaron un momento con Baranda.

    –Inteligencia no nos falta –agregó Garibaldi–. Pero ¿de qué nos sirve? ¿Usted cree que con este sol podemos hacer algo de provecho? Y no cuento el alcohol... París debe de ser una maravilla, ¿verdad, doctor? –se interrumpió bruscamente.
    –Parece mentira que hagas esa pregunta. ¿Quién no sabe que París es la Babilonia moderna, el cerebro del mundo? ¿Verdad, doctor?
    –Sí –contestó con desabrimiento.
    –Usted debe de aburrirse de muerte aquí, doctor –dijo Garibaldi.

    Petronio, guiñando un ojo con malicia, añadió:

    –Y en la compañía de doña Tecla y de don Olimpio, ese par de acémilas...
    –Bizarro le llamó usted en su crónica.
    –¡Ah! ¿Ha leído usted mi crónica?
    –Nos la leyó doña Tecla a don Olimpio y a mí.
    –Como aquí se vive en familia, tenemos que mentir... o suicidarnos. Ese bizarro es una broma. ¡Si es más gallina!
    –¡Y más hipócrita! –agregó Garibaldi–. No se fíe usted, doctor. No se fíe usted. La única que vale en la casa es Alicia.

    Petronio le tiró del saco sin que el médico se percatase.

    –¿Usted no conoce su historia?
    –No.
    –Dicen que es hija de don Olimpio y la cocinera. Lo que no impide que el padre...
    –No seas mala lengua –le interrumpió Petronio–. Chismes, doctor, chismes.

    Baranda parecía no oír.

    En esto llegaron a las prisiones, cuevas, como las llamaban los gangueños. Saludaron al alcaide –un mestizo– que se brindó gustoso a enseñarles el interior de la cárcel. Se dividía en dos partes: una, la de los detenidos provisionalmente y condenados a presidio correccional, y otra, la de los condenados a cadena perpetua. La cárcel de los primeros era una sala cuya superficie no excedía de cincuenta metros cuadrados, con una reja de hierro al frente, que daba a un patio tapizado de hierba, y a la cual se asomaban los reclusos. A lo largo se extendían los dormitorios, una tarima pringosa sin lienzos ni almohadas. Sobre la tarima se veían platos de hojalata, cucharas de palo, líos de ropa mugrienta y peroles humosos. Al entrar se percibía un hedor de pocilga, disuelto en una atmósfera lóbrega y húmeda. Cuando la baldeaban, los presos se trepaban a la reja, agarrándose unos de otros como una ristra de monos.

    Allí se hacinaban en calzoncillos y sin camisa, mostrando sin escrúpulos el sexo, blancos, negros, chinos y cholos. Todos tenían el sello típico del prisionero, originado por la promiscuidad, la atmósfera enrarecida, la monotonía del ocio, la mala nutrición, el silencio obligatorio, hasta por la misma luz opaca que daba a sus pupilas como a sus ideas un tinte violáceo.

    Abajo, en un subterráneo, estaban los calabozos, tétricamente alumbrados por claraboyas que miraban al río. Eran sepulcrales, angustiosos, dolientes. El arrastre de los grillos salía por los intersticios de las puertas, cerradas con gruesos cerrojos, como el desperezo de perros encadenados. Las paredes chorreaban agua. Al abrir el alcaide una de aquellas mazmorras, se incorporó un mulato, tuberculoso, en cueros vivos, que yacía en el suelo, aherrojado. Tosía y la cueva devolvía su tos.

    –¡Ni los pozos de Venecia! ¡Ni las cárceles de Marruecos! –gritó Baranda horripilado–. ¡Esto es infame! ¡Esto es inicuo!
    –Para esos canallas –repuso fríamente el alcaide– ¡aún es poco!

    Petronio y Garibaldi sonrieron con escepticismo. Estaban habituados desde niños al espectáculo del atropello humano. Por otra parte, el gangueño no tenía la menor idea del bienestar y de la higiene.

    –Si los libres –reflexionaba luego el doctor–, los que nada tienen que ver con la justicia, viven como cerdos, ¿con qué derecho cabe exigírseles que sean más humanitarios con los delincuentes?
    –¿No es usted partidario de las cárceles? –le preguntó Garibaldi con cierta sorna.
    –No. Son escuelas de corrupción. No devuelven a un solo arrepentido, a un solo hombre apto para la vida social. Cuando se les ha acabado de embrutecer y encanallar, se les abren las puertas. ¿Para qué? Para que reincidan. Una vez que conocen la prisión, no la temen.
    –¿Es usted partidario entonces del régimen celular?
    –Menos. Si la promiscuidad envilece, el régimen celular idiotiza. La soledad voluntaria puede ser fecunda al filósofo y al poeta. La soledad impuesta a seres inferiores, entregados a sí mismos, concluye por secarles el cerebro.
    –Y a pesar de todo –dijo el alcaide– no falta quien se escape.
    –¿Cómo? –exclamó Baranda.
    –Cierta vez un negro –continuó el alcaide– se evadió perforando el muro del calabozo con una lima. Andando, andando, se internó en el bosque. Allí derribó un árbol sobre cuyo tronco se arrojó al agua. De pronto se oyeron gritos lastimeros. Era que un caimán le había llevado una pierna. Mutilado y desangrándose permaneció agarrado al tronco hasta que vino una canoa y le salvó. No duró más que un día. El caimán le había tronchado la pierna con grillo y todo.

    No lejos de la cárcel de detenidos estaba la de mujeres. Era un a modo de solar con barracas de madera, sembrado aquí y allá de anafes con planchas, catres de tijera abiertos al sol, bateas y hamacas. Unas lavaban y, al enjabonar la ropa, la camisa se las rodaba hasta el antebrazo, dejando ver unas tetas flacas semejantes al escroto de un buey viejo. Otras planchaban o daban de mamar a su mísera prole o preparaban el rancho de los presos. Algunas, las menos, canturreaban, mientras se peinaban delante de un pedazo de espejo. Muchas eran queridas de los empleados del penal. En el centro del solar una palmera solitaria bosquejaba su sombra de cangrejo suspendido en el aire.

    Atravesando un terreno baldío se llegaba al manicomio. Le componían cuatro cuevas inmundas y tenebrosas, separadas entre sí por barrotes de hierro. De las dos más grandes, una la ocupaban las mujeres, y otra los hombres. Una negra, en camisa, con las pasas en revolución, se acercó automáticamente a la reja del patio.

    –Dame un cigarro –le dijo al doctor.

    Luego se acercó otra, con andar de gato, y se le quedó mirando con la boca abierta, sin decir palabra. En un rincón, sentada en el suelo, la cabeza contra la pared, cotorreaba consigo misma una mulata vieja. Hablaba, hablaba sin tregua.

    En el centro de la celda, una mestiza haraposa rezaba de rodillas, con las manos juntas y los ojos extáticos. Otra lloraba paseándose y dándole vueltas a un pañuelo hecho trizas. De súbito se apareció una blanca, color de aceituna, consumida por la fiebre, de perfil de parca y ojos fulgurantes. Apenas vio a los hombres se levantó las enaguas mostrando unas piernas cartilaginosas y un vientre de sapo. Luego se puso a frotarse contra la reja...

    –Es una ninfomaníaca –dijo el doctor volviéndose a Petronio que la tiraba irónicos besos con la mano.

    En una celda aparte llamaba la atención un negro echado boca abajo, como su madre le parió, a lo largo de una tarima. Era un jamaiqueño curvilíneo rico y robusto, un discóbolo de antracita, de músculos de acero y piel lustrosa como el charol. Tenía la cabeza de perfil apoyada en un brazo que le servía de almohada y en el que resaltaba un tatuaje.

    Sus ojos duros, metálicos, ausentes del mundo exterior, parecían seguir el curso de una idea fija.

    –Ese es más malo que la quina –dijo el alcaide. Ha mandado más gente al otro barrio que el cólera.
    –Nadie lo diría al verle tan inmóvil –observó Garibaldi.
    –¿Inmóvil? Cuando hace mal tiempo hay que ponerle la camisa de fuerza. Se tira contra las paredes y se muerde.
    –Un epiléptico –dijo Baranda.
    –¿En qué consiste la epilepsia, doctor? –preguntó Petronio.
    –En una irritación de la corteza cerebral, acompañada de convulsiones y de amnesia. Según Lombroso, lo mismo produce el crimen que crea lo genial.
    –¿Cómo, doctor? –preguntó Garibaldi asombrado.
    –Que en todo genio, como en todo criminal, late un epiléptico.
    –¡Qué raro!

    En otra celda, un austriaco, sentado en un taburete, en calzoncillos, de profética barba de oro y cinabrio, cara pomulosa, cejas selváticas, frente espaciosa y pensativa, mirada azul y puntiaguda –vivo retrato de Tolstoï–, amasaba picadura de tabaco con los dedos. De cuando en cuando gruñía y blasfemaba. Era un ingeniero que –según contaba el alcaide–,vuelto loco por el calor y el aguardiente, la pegó fuego a una iglesia.

    Cuatro centinelas, que apenas podían con los fusiles, se paseaban a lo largo de la parte exterior de la penitenciaría.

    En lontananza el sol –inmenso erizo rubicundo– se hundía en el mar abriendo una estela de sangre en el agua. El río, también purpúreo, corría gargarizando en el silencio de la tarde. De la calma soñolienta de las llanuras distantes llegaban hasta la costa indefinidos susurros y piar de pájaros. En los charcos cantaban las ranas y un pollino rebuznaba a lo lejos.

    Cuando los visitantes se disponían a regresar al pueblo, se encontraron de manos a boca con el doctor Zapote que había ido a la cárcel a ver a un preso, acusado de homicidio, y de cuya defensa se había encargado. Llevaba un panamá de anchas alas echado sobre los ojos.

    –¿Usted por aquí, doctor? ¡Cuánto gusto! Triste opinión formará usted de nosotros...
    –Tristísima. Precisamente hace un momento le manifestaba al alcaide mi indignación... Usted, que es abogado, ¿por qué no gestiona para hacer menos aflictiva la situación de esos infelices?
    –¿Infelices? Aquí, el que más y el que menos merece la horca. Son una cáfila de bandidos.
    –Lo serán o... no lo serán. Eso no justifica el régimen medioeval a que viven sometidos.
    –¿Cree usted entonces que se les debía soltar?
    –Soltar, no; pero sí ponerles a trabajar al aire libre. ¿Qué gana la sociedad con tener encerrados e inactivos a esos hombres que pueden ser útiles a la agricultura? Lejos de ganar, pierde, porque gasta en darles de comer.
    –La pena es un castigo, doctor. No hay que ser piadoso con el que delinque.
    –¿Y usted presume de cristiano?
    –¿No es usted partidario de la responsabilidad?
    –Sí, pero no de la responsabilidad moral como la entiende la escuela clásica. El hombre geométrico de los idealistas, regido por una voluntad libre, ¿dónde está?
    –¿Niega usted el libre albedrío? –preguntó entre irónico y sorprendido Zapote.
    –Le niego. El libre arbitrio es una ilusión. La conciencia –ha dicho Maudsley– puede revelar el acto psíquico del momento, pero no la serie de antecedentes que le determinan. El hombre que se cree libre –ha dicho a su vez Espinosa– sueña despierto. Cada individuo reacciona a su modo, según su temperamento. Por otra parte, hay principios morales y jurídicos absolutos. La moral, el derecho y la religión varían según los períodos históricos, la raza, el medio y los individuos. Entre los chinos, por ejemplo, es una señal de buena educación eructar después de comer, y entre los europeos, una grosería.
    –Que no le oiga don Olimpio –interrumpió Petronio.
    –Ustedes, los de la antigua escuela, no estudian al delincuente, sino el delito, y le estudian como una entidad abstracta. Y al estimar un delito urge estudiar desde luego antropológicamente al culpable, puesto que no todos obran del mismo modo, y después, los factores sociales y físicos.
    –Si el hombre –arguyó Zapote esponjándose–, es una máquina que obra, no por propia y espontánea deliberación, sino impulsado por causas ajenas a su voluntad, ¿en qué se funda usted entonces para exigirle responsabilidad de sus actos?
    –A eso le contesto con los modernos criminalistas. La pena es una reacción social contra el delito. El organismo social se defiende, por un movimiento que equivale a la acción refleja de los seres vivos, del individuo que le daña; sin preocuparse de que el criminal sea consciente o no, cuerdo o loco.
    –Eso es rebajar al hombre equiparándole a los brutos. Y si hay algo realmente grande sobre la tierra es el hombre; el hombre, que esclaviza el rayo, que surca los mares procelosos, que interroga a los astros, que arranca a la naturaleza sus más recónditos secretos; el hombre, con justicia llamado «el rey de la creación»...
    –Y que está expuesto, como acabamos de verlo, a podrirse en un calabazo, o a reventar de una indigestión...
    –Esos no son hombres. Son fieras.
    –Pues si son fieras ¿por qué no se les mata?
    –¡Y me tilda usted de anticristiano!
    –Al criminal nato, al criminal incorregible, debe eliminársele por selección artificial, como creo que opina Haeckel.
    –Nosotros hemos abolido la pena de muerte –exclamó Zapote ahuecando la voz.
    –Sí, para los delitos comunes; pero no para los políticos. En épocas de guerra, ¡cuidado si fusilan ustedes!
    –Pues su escuela de usted es enemiga de la pena de muerte.
    –No hay tal cosa. Lombroso...
    –¡No me cite usted a Lombroso! Lombroso ¿no es ese italiano lunático que sostiene que todo el mundo es loco?–El crimen, salvo los casos en que concurren las circunstancias eximentes y atenuantes previstas por el Código, es un producto deliberado de la voluntad del agente, y no hay que darle vueltas.
    –Pero, usted ¿ha leído a Lombroso?
    –Yo, no, ni quiero.
    –Entonces ¿cómo se atreve usted a juzgarle?
    –Es decir, he leído algo suyo o sobre su doctrina, y eso me basta. ¿Cómo voy yo a creer que se nace criminal como se nace chato o narigudo? ¿Qué tiene que ver la forma del cráneo con el acto delictuoso? ¡Eso es absurdo! ¡Eso sólo se le ocurre a un cerebro delirante!
    –¡Oh, qué maravilla!

    Petronio y Garibaldi que, durante el trayecto, se iban atizando copas y copas de ginebra en los diversos tabernuchos que salpicaban el camino, aplaudían con el gesto a Zapote cuyos ojos se iluminaban de regocijo. –Es lástima –pensaba para sí– que esta discusión no fuera en el Círculo del Comercio, delante de un público numeroso. ¡Qué revolcones se está llevando!

    –Vamos, doctor, continúe –añadió Zapote en voz alta.
    –¡Pero si usted no me deja hablar!
    –¡Vamos, doctor, no sea pendejo!–intervino Garibaldi ya a medios pelos– Siga, siga.
    –Entre usted y yo –dijo Baranda a Zapote– no hay discusión posible. Usted no ha saludado un solo libro de antropología criminal.
    –¡Si en París sólo se lee! –exclamó Zapote con ironía.
    –Estoy seguro de que ignora usted hasta lo que significa la palabra antropología.

    Zapote sacudía la cabeza arqueando las cejas y sonriendo con fingido desdén.

    –Usted es uno de tantos abogadillos tropicales...
    –Eso no es discutir –le interrumpió Petronio.
    –Eso es insultar –agregó Zapote.
    –Tómelo usted como quiera –continuó Baranda clavándole a este último los ojos.
    –Ea, doctor, no se caliente –repuso Zapote echándolo a broma–. Usted sabe que se le aprecia.
    –No necesito su protección. Y se equivocan ustedes si creen que me pueden tomar el pelo –añadió en tono seco y agresivo.

    La luna brillaba como el día, diafanizando los más lejanos términos. Las ranas seguían cantando y de tarde en tarde resonaba el ladrido de los perros.

    –De suerte, doctor –rompió el silencio Zapote– que, según usted, la responsabilidad moral...
    –No existe. Y como yo opinan los más calificados antropólogos.
    –¿Usted cree lo que dicen los libros? Se miente mucho. Créame, doctor. Mire usted: yo, pobre abogadillo tropical, sin haber leído esos autores, que serán probablemente unos farsantes (usted sabe que en Europa se escribe por lucro, por llamar la atención...), sé más que todos ellos juntos. Yo tengo práctica. Me basta ver a un hombre una vez para saber de lo que es capaz.
    –Eso es instinto –dijo tambaleándose Petronio.
    –No, práctica.

    Baranda no respondió. ¿A que seguir discutiendo –se decía– con semejante bodoque?

    A medida que entraban en el pueblo, Zapote iba alzando la voz.

    –¡Qué teorías las de usted, doctor! ¡Usted es un ateo, un hombre sin creencias!

    Baranda comprendió la intención aviesa de Zapote, de echarle encima a aquel pueblo de supersticiosos y fanáticos.

    Por fortuna no había un bicho en la calle. Todos comían o estaban ya durmiendo. En esto una lechuza atravesó el aire graznando. Petronio y Garibaldi, estremecidos, exclamaron a una:

    –¡Sola vayas!


    * * *

    –¿Dónde ha pasado usted el día, mi querido doctor? –le preguntó misia Tecla.
    –He estado en la cárcel.
    –¿En la cárcel?
    –Pero no preso. He ido a verla.
    –Una pocilga –dijo desdeñoso don Olimpio–. ¿Quién ha tenido el mal gusto de llevarle allí? ¿Por qué no le llevaron a ver las haciendas?... A la mía, por ejemplo. Hubiera usted visto campo.
    –Unos campos –añadió doña Tecla– ¡tan bonitos, tan verdes!

    Alicia venía del baño y su pelo suelto, sedoso y húmedo brillaba con reflejos de azabache. Ella y el doctor se cruzaron una mirada rápida y ardiente.

    La mona, atada siempre por la cintura, dormía a pierna suelta en su garita, mientras el loro, insomne, subía y bajaba por su aro, agarrándose con las patas y el pico.


    – VIII –


    No dejó de preocupar a Baranda la carta que acababa de recibir. –¿Quién podrá ser este anónimo admirador y amigo sincero que me ha salido sin que yo le busque? «A las ocho de la noche –volvió a leer– en el Café Cosmopolita.»



    –La cosa no puede ser más clara. ¿Será una broma? «Se trata –siguió leyendo– de algo muy grave que le conviene saber.»

    ¿De algo muy grave? ¿Qué podrá ser? En fin, con ir, saldremos de dudas.

    A Baranda no le sorprendía, después de todo, este procedimiento. Estaba habituado en su tierra a recibir anónimos de todo linaje. ¡Cuántas veces le insultaron en cartas sin firma, escritas con letras de imprenta, recortadas de periódicos! Cuando volvió de Francia le tildaban, en uno de aquellos anónimos, de mal patriota, de hijo desnaturalizado, de parisiense corrompido... ¡hasta de que usaba el pelo largo para darse tono!

    –¡Pobres! –pensaba–. ¡Es tan humana la envidia! Apenas llegó al Café Cosmopolita, salió a su encuentro un joven muy moreno, delgado y esbelto, que dijo llamarse Plutarco Álvarez.
    –Yo soy, doctor, quien le ha escrito la carta. Conviene que no nos vean aquí. Salgamos. Yo soy de la capital, doctor; estoy aquí de paso, como quien dice. De modo que no le sorprenda que le diga pestes de Ganga.

    Echaron a andar hacia el Parque que estaba desierto. Sólo se veía concurrido en noches de retreta. Al son de la banda municipal las familias daban vueltas y vueltas, como mulos de noria, hasta las diez.

    Sentados en un banco, bajo un árbol, al través de cuyo ramaje penetraba suavemente la luz de un farol, dijo Baranda:

    –A ver, a ver. ¿Qué es eso grave que tiene usted que decirme?
    –Pues bien, doctor, por conversaciones que he oído en la farmacia de Portocarrero y en el Camellón, se trata de dar a usted un mal rato.
    –¿A mí? ¿Por qué?
    –Verá usted. Se cuenta que usted ha seducido a Alicia. Los criados de don Olimpio juran y perjuran haberle visto entrar una noche en su cuarto. Petronio está que trina. Lo menos que dice es que usted ha faltado a los deberes de la hospitalidad y a la decencia, que se ha burlado usted miserablemente de la culta ciudad de Ganga. Zapote, resentido por algo ofensivo que hubo usted de decirle en la discusión que tuvo con él, viniendo de la cárcel, pide la cabeza de usted o poco menos. «¡Tenía que suceder! –gritaba–. Un hombre que no cree en Dios, que sostiene que el hombre es una máquina, tiene que ser un canalla!» –Se lo cuento a usted todo, sin añadir ni quitar, para que pueda usted darse cuenta exacta.
    –Sí, sí; continúe.
    –Pero el principal fautor de lo que contra usted se trama, es ese zarracatín de don Olimpio.
    –¿Don Olimpio?
    –Sí, don Olimpio. ¿Usted no sabe que desde hace tiempo anda detrás de Alicia, aunque sin éxito? En parte por celos, en parte porque le detesta cordialmente a causa de que las ideas políticas y religiosas de usted no compaginan con las suyas, y acaso y sin acaso porque usted es guapo y él es feísimo, ello es que, a las mátalas callando, porque de frente no se atreve, le está formando una atmósfera, que si usted no sale del país... Además, está lastimado por que usted al contestar al brindis que le dirigió en el banquete de marras, se mostró muy seco y hasta desdeñoso con él...
    –Fíese usted de los borrachos.
    –Lo mismo cuenta Petronio. «No sé qué se habrá figurado ese tipo –gritaba la otra noche en la farmacia–.¿Pues no se fue a la inglesa sin decirnos buenas noches siquiera?»
    –¡Pero si estaban todos borrachos perdidos!
    –Doctor, esta gente es así. Puntillosa y necia hasta los pelos.

    Plutarco hablaba muy quedo, silbando las eses como un mejicano. Su voz insinuante y melosa y sus maneras felinas delataban al mestizo de tierra adentro, tan distinto en todo y por todo del costeño. El sólo había aprendído el francés, que traducía corrientemente. Había leído mucho y deseaba saber de todo.

    –Bueno. ¿Y es qué lo que se trama contra mí? ¿Un asesinato? –preguntó Baranda cruzando las piernas.
    –Punto menos. Por de pronto, pagar a unos cuantos pillos para que le griten y le tiren piedras cada vez que salga usted a la calle. Usted no sabe quién es esta gente. Por eso quiero irme cuanto antes de aquí. Además, doctor, ya se han cansado de usted. Le han visto de cerca y eso basta para que ya no le estimen. El hombre superior se diferencia del hombre inferior en eso: en que el primero, a medida que trata a una persona, va descubriendo en ella sus buenas cualidades y su aprecio aumenta, y en que el segundo nunca estima las buenas prendas; sólo ve los defectos, y por los vicios precisamente y no por las virtudes todos nos parecemos. Yo le admiro a usted, doctor, y siento por usted gran simpatía. Le vi en el baile del Círculo y estuve tentado de hacerme presentar a usted. «Pero –me dije– ¿qué títulos puedo ofrecer a su consideración?» Conozco su estudio de usted sobre la neurastenia, que me parece admirable. Sólo disiento de en usted en una cosa –y usted perdone el atrevimiento–: yo no creo que la neurastenia sea una enfermedad aparte, idiopática, como si dijéramos. Es un agotamiento nervioso que aparece, por lo común, como una secuela de otras enfermedades.
    –¿Ha leído usted –le respondió distraído Baranda– el libro de Bouveret?
    –No.
    –Pues léale usted.
    –¿Cómo se titula?
    –La Neurasthénie. Está bien hecho.

    Al cabo de un rato de silencio y cambiando de conversación, repuso:

    –Bien; usted, que es del país, ¿qué me aconseja?
    –Pues, doctor, que se vaya.
    –Eso lo tengo resuelto desde hace días. No sé si usted sabe que vine a Ganga por chiripa, como si dijéramos. Obligado a huir de Santo tomé el primer vapor que salía, y el primer vapor salía para Ganga. No sé qué amigo oficioso cablegrafió a don Olimpio que yo venía para acá. Aprovecho la ocasión para decirle que yo no estoy de bóbilis bóbilis en casa de ese señor. Pago mi hospedaje.
    –¿Cómo?
    –A los dos días de mi llegada empezó misia Tecla a llorar miserias, a decirme que los negocios de su marido iban de mal en peor. Me apresuré a contestarla que no temiese que me les echara encima, que yo tenía dinero y que pagaría mi nutrición y mi alojamiento.
    –De seguro que cuando usted se vaya, saldrá diciendo por ahí que le ha llenado la tripa. (Así hablan los gangueños). D. Olimpio es avaro. Tiene dinero. ¿Sabe usted lo que gana con la tienda?
    –Volvamos a lo principal –le interrumpió Baranda.
    –Puede usted hacer lo siguiente: tomar el vapor que sube el río hasta Guámbaro y aguardar allí el trasatlántico que le lleve a Europa.

    Baranda quedó pensativo.

    –No desconfíe usted de mí, doctor. No le miento –añadió Plutarco tras larga pausa–. ¡Ojalá pudiera irme con usted a fin de acabar en Francia mi carrera de médico!
    –Usted ¿estudia medicina?
    –La estudié, doctor, hasta el segundo año; pero por falta de recursos no he podido terminarla. ¡Ojalá pudiera irme, ojalá! ¡En estos pueblos la vida es tan triste, doctor! No hay aliciente de ningún género ni estímulo para nada. La vida social... usted la conoce. No hay vida social. Y en cuanto a lo físico, ¡aquí se muere uno a fuego lento! ¡Qué temperatura! La capital es otra cosa. Allí hace frío y se puede estudiar. Allí hay personas cultas, hombres de letras ingeniosos, con quienes se pasan ratos instructivos y de solaz. Pero ¡en esta costa inmunda! ¡Uf, qué asco!
    –Bueno –dijo el doctor poniéndose en pie– mañana, a la misma hora, aguárdeme usted aquí. Déjeme tiempo para reflexionar. Le advierto que si me engaña...
    –¡Oh no, doctor! Créame, no le engaño.
    –Adiós.
    –Adiós. Hasta mañana.

    En el reloj de la catedral dieron las diez. El cielo empezó a anubarrarse y un viento cálido, levantando remolinos de polvo y arena, aullaba por las calles solitarias y dormidas.

    Los gatos se paseaban por las aceras y los tejados, llamándose los unos a los otros con trémulos maullidos.


    * * *

    Con efecto, el doctor y Alicia se entendían aunque clandestinamente. –¿Cómo han podido vernos –se preguntaba– si mi cuarto está separado del resto de la casa y ella no viene sino de noche, cuando todo el mundo duerme? –Luego añadía:

    –Sí, sí, ahora que recapacito: D. Olimpio está serio conmigo desde hace días. Apenas si me saluda. Puede que ese joven diga verdad. ¿Por qué no? ¿Y cómo justifico mi partida –seguía hablando consigo propio– y dejo a Alicia, después de lo ocurrido?

    ¿Sentía amor por ella? Casi, casi. Lo cual no le impedía pensar a menudo en su «pobre Rosa». Y la culpa en gran parte era suya, por meterse a seductor.

    Era joven y guapo. Gustaba a las mujeres, no tanto por su belleza como por cierta melancolía insinuante que le caracterizaba. A su ternura ingénita unía la adquirida en el ejercicio de su profesión, la que comunica a las almas buenas el espectáculo de la miseria humana. Alicia era el amor nuevo, la sensación fresca de la carne joven. Rosa estaba unida a él por un recuerdo voluptuoso, por un sentimiento de gratitud, por lazos de simpatía intelectual. ¿Por cuál de las dos optaría? No era resuelto. Su voluntad fluctuaba siempre y sólo cuando la fuerza de las circunstancias le ponía entre la espada y la pared, obraba, aunque nunca quedaba satisfecho de sus actos. Era más emotivo que intelectual, sin dejar de ser analítico. Había en su alma mucho del indio; la tristeza que se asomaba, como un dolor íntimo, a su fisonomía elegíaca, era la de las razas vencidas que se extinguen poco a poco. Su voz era dulce, algo descolorida; su andar recto, pero lánguido, acompañado de cierto gracioso meneo de cabeza.

    Alicia le dominaba sin que él se percatase. En los momentos de febril abandono, ¡le abrazaba con tal intensidad, se apoderaba de él tan por entero! Sentía que su voluntad era más enérgica que la suya. Vagos presentimientos, que no acertaba a concretar, le preocupaban. Presentimientos ¿de qué? De algo funesto, aunque lejano; de algo así como lo que debe de sentir el ratón cuando huele al gato. No era de esos seres intrépidos que se imponen al medio ambiente, sino de esos espíritus pusilánimes que se dejan arrollar por él.

    Tenía que salir de Ganga, no le quedaba otro recurso. Para él no había enemigo pequeño. Un microbio se ingiere en la sangre y acaba con el más pujante organismo. Don Olimpio era un porro, convenido; pero no por eso dejaba de tenerle. Se figuraba ya apedreado y coreado por los granujas en la calle. Temía por instinto al escándalo como los perros a las piedras. Dejarse apedrear en Ganga era el colmo del escarnio. ¡Y dejarse apedrear por aquellos indios degenerados y alcohólicos! De súbito se enfurecía.

    –Bueno; que me apedreen. ¡Les entro a tiros! ¡Para acabar –reflexionaba luego irónicamente– en una de aquellas mazmorras mefíticas. Porque ¡cuidado si me verían con placer morir a pedazos en uno de esos hoyos infectos!

    ¡Cómo goza la canalla con la caída del hombre inteligente que no comulga con el rebaño!

    Llegó la hora de la cita con Plutarco a la noche siguiente.

    –Nada, amigo, haré lo que usted me indicó. Me parece lo más racional. Pero ¿cómo dejamos a Alicia?
    –¡Ah, doctor! Usted dirá. Si quiere, yo me encargo de todo. Hablaré con ella. La cocinera de don Olimpio es amiga de mi querida, y usted perdone.
    –Y a don Olimpio, ¿qué le decimos?
    –Pues que le llaman a usted con urgencia de Guámbaro para una consulta y que dentro de unos días está usted de vuelta. Como él ni nadie sospecha lo que usted y yo maquinamos, la cosa parecerá lo más natural del mundo. Hasta puedo, si no lo toma a mal, fingirme enemigo de usted y hacer que pospongan hasta su regreso una manifestación hostil en que tomaré parte. ¿Le parece?

    Después de una pausa, añadió:

    –¿Tiene usted mucho equipaje?
    –Una maleta con lo puramente necesario.
    –¡Magnífico! Cosa hecha.

    Baranda sintió en aquel momento viva simpatía por Plutarco, movido por la cual le propuso llevársele a París.

    Plutarco, casi de rodillas, con los ojos húmedos y la voz trémula, besándole las manos, exclamó:

    –¡Oh doctor, qué bueno, pero qué bueno es usted! ¡Usted es mi salvador!
    –La dificultad estriba en que no tengo sino casi lo estricto para el viaje. Con todo, veamos: tan pronto como llegue a París, le giro por cable el importe de su pasaje y del de Alicia. Allí tengo algún dinero y no me faltan amigos políticos que me ayuden. ¿Puede usted aguardar hasta entonces?
    –Puedo aguardar, doctor.
    –¿No surgirán dificultades que impidan la escapatoria de Alicia? Por lo que potest contingere yo hablaré con ella esta noche y trataré de convencerla. Lo que temo es que nos sorprendan. Tal vez nos espían.
    –Es preferible que no la diga usted nada. Puede recelar que pretende usted engañarla. ¡No olvide, doctor, que, como buena india, desconfía hasta de su sombra!
    –Entonces ¿cuento con usted?
    –Sí, doctor. Cuente usted conmigo. Lo que deploro es no poder servirle como yo quisiera. Soy muy pobre...

    Baranda le estrechó ambas manos con efusión.


    * * *

    Acababan de comer. Misia Tecla acariciaba entre sus brazos a Cuca, y don Olimpio, en mangas de camisa, parloteaba con el loro.

    –Guámbaro ¿está lejos de Ganga? –le preguntó Baranda a don Olimpio.
    –¿Qué, piensa usted dar un viajecito? Estará... unos dos días escasos, por el río.
    –He recibido hoy una carta en que me llaman con urgencia para ver a un enfermo.
    –Le pagarán bien, porque esa es gente rica.
    –Todos son ganaderos –contestó con naturalidad don Olimpio, sin separarse del loro.
    –¿Y piensa usted ir, doctor? –agregó misia Tecla.
    –La ida por la vuelta. ¿Cuándo hay vapor, don Olimpio?
    –Mañana precisamente sale uno.

    Alicia se puso pálida e interrogando con la mirada al doctor, se fue a dormir.

    Misia Tecla seguía haciendo mimos a la mona.

    –¡Qué animalito más inteligente, doctor! Es como una persona. ¿Verdad, Cuca mía? –y la besaba en el hocico.
    –Los monos son muy inteligentes. Tienen casi todas nuestras malas pasiones. Son celosos...
    –¿Que si son celosos? –interrumpió misia Tecla–. ¡Si viera usted cómo se pone Cuca cuando acaricio al loro!
    –¡Y cómo se pone el loro –añadió don Olimpio– cuando acaricias a la mona!
    –¡No la llames mona! ¿Verdad que tú no eres mona, Cuquita?
    –De los monos se cuentan cosas extraordinarias –prosiguió el doctor–. Relata cierto viajero que en la India un cazador mató a una mona, llevando luego el cadáver a su tienda. Pronto se vio la tienda rodeada de monos que gritaban amenazando al agresor. Este les espantaba metiéndoles por las narices la escopeta. Uno de los monos, más obstinado y atrevido que los demás, logró introducirse en la tienda, apoderándose, entre lágrimas y gemidos, del cadáver, que mostraba gesticulando a sus compañeros. Los testigos de esta escena –añade el viajero– juraron no volver a matar monos.
    –Nada, como las personas –observó misia Tecla.
    –Darwin, el célebre naturalista inglés –continuó Baranda– cuenta en su Descendencia del hombre...
    –Ese Darwin ¿no es el que dice que venimos del mono? –preguntó don Olimpio sentándose a horcajadas en una silla, dispuesto a seguir más atentamente la conversación.
    –¿Cómo que venimos del mono?–añadió misia Tecla asombrada–. Del mono vendrá él. Lo que se le ocurre a un inglés, no se le ocurre a nadie.
    –Cuenta Darwin –continuó Baranda sin hacer caso de las objeciones de aquéllos– que las hembras de ciertos monos antropoides mueren de tristeza cuando pierden a sus hijos.
    –Lo mismito que las personas –interrumpió de nuevo misia Tecla–. ¿Verdad, Cuquita, que cuando yo me muera tú te morirás también de tristeza?
    –Y algo más estupendo todavía: que los monos adoptan a los huérfanos, prodigándoles todo género de cuidados y atenciones.
    –¿A los niños huérfanos? –preguntó misia Tecla.
    –¡No, mi hija! A los monitos huérfanos. ¿No es cierto, doctor?
    –Lo que no les impide –continuó Baranda como si hablase consigo propio– que, llegado el caso, sepan castigar corporalmente a sus hijos. He leído en Romanes –otro autor inglés– que una mona, después de haber dado de mamar y limpiado a su prole, se sentó a verla jugar. Los monitos brincaban y corrían persiguiéndose los unos a los otros pero como viese que uno de ellos daba señales de maldad, se levantó y, cogiéndole por la cola, le administró una buena tunda.

    En esto Cuca empezó a mostrarse inquieta, dando saltos y gritos, y misia Tecla a dar cabezadas.

    –¿Y cuándo vuelve usted de Guámbaro, doctor? –preguntó don Olimpio bostezando.
    –Será cosa de dos días, supongo yo. Bueno, pues hasta mañana.
    –Descansar, doctor.
    –Buenas noches, misia Tecla.
    –Doctor, buenas noches.


    * * *

    Baranda no volvía en sí de su asombro. Ni misia Tecla ni don Olimpio habían estado nunca tan locuaces. ¿Mentiría Plutarco? ¿Con qué objeto? Su locuacidad tal vez obedecía a la excitación nerviosa que produce todo cambio. Estaba en vísperas de un viaje que rompía el monótono sucederse de aquella vida en común. Ese viaje, por otro lado, no podía menos de alegrar a don Olimpio que se veía libre de un rival, al que de fijo preparaba alguna jugarreta a su regreso. La idea de no verle, aunque fuese por unos días, alejaba de su corazón, por el pronto, todo sentimiento de mezquina venganza. Don Olimpio, en rigor, no amaba a Alicia. Sentía por ella lujuria. Cuando la veía andar, con el pelo suelto, el cuello desnudo y aquellas dos pomas eréctiles que temblaban como si fueran de mercurio, la sangre, la poca que tenía, se le alborotaba, sus ojos llameaban y una corriente febril pespunteaba su medula.

    Misia Tecla le era físicamente repulsiva. Había perdido con los años y el influjo del clima, de aquel clima enemigo de toda lozanía, lo poco que pudo hacerla simpática en su ya lejana juventud. Contribuía a exacerbar su sensualismo el desdén de Alicia, a cada una de cuyas repulsas, sentía enardecerse y redoblarse su deseo. Recurrió a proponerla todo linaje de perversiones seniles para vencerla; pero Alicia apenas si oía sus proposiciones calenturientas. ¡Cuántas noches pasó en claro don Olimpio, revolviéndose entre tentaciones abrasadoras, como un cenobita en su cabaña!

    –¿Sabes que has pasado muy mala noche? –le decía a veces misia Tecla–. Eso debe de ser el estómago. No te vendría mal una purga.
    –¡O un tiro! –contestaba él furioso.
    –¡Ay, hijo, de qué mal humor has amanecido! –replicaba ella, sin volver sobre el asunto.


    – IX –


    El vapor subía penoso por el río, cuyas márgenes, exuberantes de vegetación virgen y espesa, resplandecían a los rayos del sol con verdor apoplético.



    En los catres y las hamacas de los camarotes que estaban sobre cubierta, continuaban algunos viajeros su sueño interrumpido por el madrugón. Por el alcázar, bajo la toldilla, entre baules y maletas, se paseaban los pasajeros de segunda clase, y abajo, hacia la popa, iban los de tercera, confundidos con la tripulación, las bestias y la carga.

    Se hubiera afirmado que eran las doce del día y eran las siete de la mañana. El río llameaba bajo el incendio matutino que envolvía el paisaje. En los remansos, sobre manchas de arena, enormes caimanes, color de granito, tomaban el sol con el hocico abierto. Parecían muertos o esculpidos. De una margen a la otra volaban gritando cotorras, loros y pericos, y las lianas que se enredaban a los árboles crujían con las cabriolas y piruetas de los monos que, a lo mejor, quedaban colgando en el aire, prendidos de la cola.

    El calor ahogaba y las reverberaciones solares sobre el agua obligaban a cerrar los ojos.

    Los bogas huían delante del buque en canoas y piraguas tubiformes o en balsas repletas de frutas y hojarasca, que hacían andar empujándolas con un palo que metían en el agua, al modo de las góndolas de Venecia.

    El espectáculo para el doctor sobre nuevo era deslumbrante.

    –Estas márgenes –se decía– bien cultivadas podrían rendir ríos de oro. ¡Qué plétora de savia! ¡Qué desbordamiento de vida vegetal!

    A medida que el vapor avanzaba, se sucedían atropellándose y reventando de lujuria, bosques de cedros y caobas, de palisandros, guayacanes y cocoteros, de palos de rosa, de membrillos de flores de púrpura, de gutíferos lacrimosos, de plátanos de anchas hojas, de palmeras, mangos, ceibas, naranjos, sándalos ambarinos, enlazados los unos a los otros por mallas de bejucos, orquídeas y helechos como una danza báquica de troncos y de frondas. Turpiales, tórtolas, cardenales y colibríes saltaban de rama en rama y nubes de insectos –zafiros, esmeraldas y rubíes alados– y de mariposas quiméricas temblaban en el aire como agitadas por abanico invisible. En una diminuta isla de verdura, una garza, rígida, hierática, apoyada en uno solo de sus zancos, dormía con la cabeza bajo el ala, y más allá una grulla escarbaba con el pico en el cieno mucilaginoso de la ribera.

    De noche no andaba el buque por temor a los troncos que arrastraba la corriente. Se le ataba a los leñateos, parajes donde se proveía de leña para la máquina.

    –Oiga usted, capitán –preguntó Baranda–, esos caimanes ¿no atacan al hombre?
    –En el agua, sí; en tierra son muy cobardes. Verdad es que en tierra no andan, patalean. Hay que ver un caimán sorprendido por un indio. Se queda quieto, inmóvil, como muerto, con el hocico pegado a la tierra. No mueve más que los ojos, con una rapidez increíble, para seguir los movimientos del enemigo. Sin duda tiene conciencia de que no puede huir y no hace el menor esfuerzo. Eso sí, cuando le hostigan mucho, bufa sacudiendo cada coletazo que da miedo.
    –¿Y usted les ha visto reproducirse?
    –Sí; la hembra deposita sus huevos en un hoyo abierto por ella misma en la arena y luego de taparle con hojas, le abandona a los rayos del sol. El caimancito, apenas rompe el cascarón, se echa al agua donde le acechan, para devorarle, los caimanes viejos o las aves de rapiña. Cuando el río está revuelto, yo he visto a los grandes llevarles en el lomo.
    –¿Y son muy voraces? –preguntó un viajero.
    –¡Comen hasta piedras! –exclamó riendo el capitán–. En eso se parecen a nuestros políticos.
    –¿Y cómo les cazan? –continuó Baranda.
    –Pues a tiros. Los indios les suelen cazar con un palo puntiagudo atado, a modo de anzuelo, a una cuerda, y en el que ponen un pedazo de carne. El caimán muerde y se queda clavado.
    –¿Y qué hacen de la piel?
    –Aquí, doctor, hay mucha incuria. Nada se explota, nada se aprovecha. ¿Usted ve esos bosques? Pues nadie sabe lo que hay en ellos. ¡Y figúrese usted lo que producirían medianamente cultivados! Pero ¿quién entra en ellos? El calor es horrible. Además, están llenos de culebras, de jaguares, de toda clase de bichos venenosos.
    –La selva primitiva –observó Baranda.
    –Usted lo ha dicho, doctor: la selva primitiva.
    –¿Cómo no se le ha ocurrido al gobierno tender un ferrocarril de la capital a la costa por esas márgenes? Se llegaría más pronto.
    –¡Vaya si se le ha ocurrido! ¿Sabe usted los millones que se han despilfarrado en ese ferrocarril ilusorio? Pero, amigo, lo de siempre: después de mucho discutir en las Cámaras, de mucho plano, de mucho consultar a ingenieros, estamos peor que antes. Vea usted, doctor, vea usted.

    En una de las márgenes se amontonaban rotos y enmohecidos pedazos de locomotoras, de rieles, toda una ferretería inservible.

    –¡Cuidado si todo eso representa dinero! –prosiguió el capitán–. Para justificar el empréstito, que ascendió no sé a cuántos millones y que se repartieron todos esos... caimanes, compraron esas máquinas que ve usted ahí... Somos ingobernables. Créame usted, doctor.
    –¡No exagere usted, capitán! –exclamó un mulato de cara de perro de presa, con gafas.
    –Amigo –alegó el capitán–, como ya le han dado a usted lo que buscaba, un empleo, ya no les tira usted a los godos.
    –Si me han nombrado cónsul en Burdeos, es porque han querido. Yo sigo siendo liberal.
    –Pero come con los clericales.

    El mulato respondía por Cándido Mestizo y era autor de una novela titulada ¡Jierro, mucho jierro! que empezaba así: «En el alba cárdena piaban las mariposas...»

    –Le advierto a usted –respondió Mestizo, ajustándose las gafas– que yo vivo de mi pluma y que no necesito del gobierno.
    –¡De su pluma! –exclamó desdeñosamente el capitán–. De su pluma aquí nadie vive. Empiece usted porque aquí todos escribimos. ¡Yo mismo hago versos! Entre nosotros la literatura no es un medio, es un fin. En cuanto sale cualquier pelafustán con una novelita o unos versos simbolistas de esos que nadie entiende, ya se sabe, le nombran cónsul o secretario de embajada. ¡Y sucede a menudo que no saben más lengua que la propia! Imagínese usted, doctor, un diplomático que no conoce más idioma que el materno. ¡No en balde se ríen de nosotros en el extranjero! En todas partes la diplomacia es una carrera que requiere ciertos estudios. Aquí cualquiera es diplomático.

    Mestizo echaba espuma por la boca, por aquella boca belfuda y cenicienta.

    Conocía la historia del capitán, y no se atrevía con él. Don Jesús del Arco, así se llamaba el capitán, había estudiado en Nueva York y era hombre enérgico, valiente y leído. En la última revolución combatió en las filas liberales con un coraje y una pericia sorprendentes. Fiel a sus ideas políticas prefirió pasarse la vida tragando miasmas sobre el puente –como él decía–, a transigir con un enemigo que había arruinado y envilecido a su país. Mestizo, como otros muchos, era un liberal de pega, un estomacal, que cambiaba de casaca en cuanto veía la posibilidad de un empleo. Como buen fanfarrón, gritaba mucho, y se cuenta que sacó cierta vez el revólver en medio de una de esas discusiones en que el aguardiente y el calor de los trópicos gradúan de oradores a los verbosos y atrevidos. Había estado unos cuantos días en Madrid y en París, y se jactaba de haber colaborado en los principales periódicos de la corte y de haber dormido con las horizontales parisienses más en boga. En su alma envidiosa de mulato latían las ambiciones del blanco y las groserías del negro. Para él no había nada noble ni grande. Decía pestes de todo el que brillaba, singularmente si era blanco.

    La conversación con el capitán fue acalorándose en términos de que Baranda tuvo a bien intervenir.

    –¿Sabe usted –gritaba el capitán dirigiéndose al médico– lo que tiene perdidos a estos países? ¿Sabe usted por qué siempre andarnos a la greña? ¿Sabe usted por qué? ¡Por el mulato y el indio! ¡Por esos dos factores sociales refractarios a toda disciplina, a todo orden, a toda moralidad!
    –No olvidemos la herencia –observó Baranda sonriendo–. Los conquistadores nos legaron su espíritu de rebeldía.
    –No lo dudo –continuó don Jesús–; pero, crea usted, doctor, que en aquellos países donde el mulato y el indio no toman una parte tan activa en la vida social y política como entre nosotros, hay menos revueltas. Y se explica. Hay más unidad étnica. Me atrevería a afimar que las luchas intestinas de un país responden en la mayoría de los casos a lo heterogéneo de su población. La disparidad de sentimientos engendra odios y rivalidades invencibles. ¿Por qué Alemania e Inglaterra –para citar un ejemplo– no dan casi nunca el espectáculo de los vergonzosos motines que se repiten en pueblos de abigarrada constitución mental? Le advierto, doctor, que yo no creo en las razas puras; yo creo en las razas históricas: las que, formándose por fusión de otras razas similares, adquieren, al través de su historia, una fisonomía nacional.
    –De acuerdo. En lo que me parece que usted exagera es en lo relativo al mulato. Alejandro Dumas...
    –Ya sé lo que va usted a decirme. Claro que no hay regla sin excepción. Los tres Dumas fueron célebres: el abuelo simbolizaba la acción; el hijo, la fantasía, y el nieto, el análisis. También Maceo fue una personalidad, aunque por otro estilo. Yo he hablado del mestizo en general y desde el punto de vista colectivo y ético más que desde el intelectual y artístico. Para que vea usted que procuro no ser exclusivista, le concedo que los mulatos suelen ser músicos admirables, gente valerosa y lúbrica, si la hubo.

    Cándido Mestizo se comía los hígados. Ya no estaba pálido, sino azul, verde, amarillo, violáceo,, aceituno... Lo único que se le ocurría para vengarse era cavilar cómo podría conseguir que quitaran a don Jesús la capitanía del barco. Le escribiría al presidente de la República que don Jesús conspiraba contra él; intrigaría para echarle encima a los negros y a los indios; diría que era un mal patriota...


    – X –


    Eran las cinco de la tarde. El vapor arribó a un leñateo. Algunos pasajeros, entre los cuales figuraba el doctor, bajaron a tierra por una gruesa tabla tendida, a manera de puente, entre el buque y la ribera. La tripulación, amasijo de indios y negros sin camisa, con unos sacos en forma de capuchones en la cabeza, descargaba sobre el barco, silenciosamente y empapados en sudor, pesados haces de leña que, al caer, sonaban como truenos. Algunos, al atravesar el puente, perdían el equilibrio cayendo al agua, con leña y todo, entre la risa general.



    Al poner el pie en tierra, el dioctor oyó como una rúbrica trazada con un palo en la hojarasca.

    –¿Qué es eso? –preguntó un poco asustado.
    –Una culebra –le contestó como si tal cosa uno de los indios que ayudaban a cargar la leña.

    En el suelo, lleno de ceñiglo, de una choza pestilente y lúgubre, sobre un jergón agonizaba un mulatito de seis a siete años, consumido por la sífilis. En una rinconera, atada a la pared por una cabuya, ardían dos velas de sebo en torno de una estampa de la Virgen, manchada por la humedad. Una negra flaca, en andrajos, entraba trayendo en la mano una poción confeccionada con ojos de caimán, orejas de mono y plumas de cotorra. El chiquillo exhalaba de tiempo en tiempo un ronquido sordo o volvía la cabeza, lacrada de costra rubicunda, abriendo unos ojos fuera de las órbitas, sin pestañas ni cejas, nadando en un humor sanguinolento. La madre en cuclillas, con la cabeza entre las piernas, rezaba confusamente, devorada por la fiebre. Otra negra, apoyada contra el marco de la puerta, fumaba una tagarnina apestosa, escupiendo de cuando en cuando como un pato que evacua.

    –¿Por qué no llaman a un médico? –preguntó entristecido Baranda.
    –Señor –respondió una de las negras– porque por aquí no hay médicos. El señor cura ha venido, un cura que aquí cerca y misia Pánfila que sabe mucho de melesina.

    El doctor, sacando un papel del bolsillo, escribió con un lápiz.

    –A esa mujer hay que darla quinina. Tiene fiebre.
    –Por aquí todo el mundo la tiene siempre, señor. Es el río.
    –Y a ese niño, Mercurio.

    Las negras no entendieron. Una de ellas, tomando el papel y luego de mirarle al derecho y al revés, añadió:

    –¿Y qué hacemos con esto, señor?
    –Pues ir a la botica.
    –Aquí no hay botica, señor.
    –Y ustedes ¿cómo se curan?
    –¡Ah, señor! Confiando siempre en la Virgen Santísima. No nos desampara nunca, señor.
    –¡Nunca! –exclamó la otra.

    Poco a poco la curiosidad atrajo hacia la choza una turba de negras héticas encinta, con cuellos de pelícano, de mulatitos hidrópicos, de blancas histéricas e indias momias que vivían de cortar leña.

    El doctor, realmente atribulado, se volvió al buque. Aquellas desgraciadas le siguieron con los ojos, unos ojos sin miradas, fijos y vidriosos.

    Una vieja decrépita, asexual, toda hueso y pellejo, apoyándose en un palo se arrastró hasta la margen del río. Sentándose en una piedra, no sin haber dado antes algunas vueltas, como perro que va a echarse, tendió la mano; pero en vista de que nadie la socorría, se puso a arrascarse una pierna elefanciaca, pletórica de pústulas. Un chiquillo esquelético y malévolo la tiró una piedra, echando luego a correr. Ella levantó la temblorosa cabeza, miró a un lado y otro, sin ver, y siguió rascándose las llagas.

    No tenía un diente. Los músculos del pergamino de su cara se movían con la elasticidad del caucho. Las manos, venosas, veteadas de tendones a flor de piel, como los sarmientos de una viña, no parecían manos de mujer ni de hombre, sino las garras momificadas de un lagarto.

    –¿Qué hace ahí, misia Cleopatra? –le preguntó un boga, tocándola con el pie.

    La vieja no contestó. Le miró con una mirada aviesa que parecía salir del fondo de todo un siglo de hambre.

    Un vapor sofocante, húmedo y miasmático, difundidor del tifus, de la viruela y del paludismo, brotaba de las márgenes, entre cuyo boscaje chirriaban miríadas de insectos. Negras nubes de cénzalos picaban zumbando al través de la ropa.

    Ya en el buque, y sobre la cubierta, notó Baranda que, desde la orilla, una mulata zarrapastrosa, con los ojos muy abiertos, le tiraba besos con las manos.

    –Es loca –le dijo el capitán.
    –¿Y cuál es su locura?
    –Como ha sido siempre muy fea –intervino el contador del buque– desde que nació, nadie la dijo qué lindos ojos tienes. Dicen que tiene el diablo en el cuerpo. Ahí donde usted la ve, raya en los sesenta y como ha perdido toda esperanza de que se enamoren de ella, canta para atraer a los hombres y llora cuando no vienen.
    –Tuvo una fiebre cerebral y la encerraron. Hace poco que ha salido –dijo el capitán.

    La loca cantaba llevándose las manos al vientre con expresión obscena.

    –Por aquí hay mucho loco, doctor –añadió el capitán.
    –Efecto del clima. El sol, por un lado, este sol rabioso, las emanaciones pútridas de la ribera, la falta de alimentación, la monotonía e insipidez de las emociones y el abuso del aguardiente, por otro lado, tiene que calcinar el cráneo a esos infelices, originando todo linaje de neurosis: desde la simple irritabilidad de las meninges hasta la locura furiosa.

    El sol expiraba, agarrándose a los tupidos follajes, deshilachándose sobre el río. Ciertos boscajes parecían incendiados por luces de bengala y algunos pedazos del horizonte se sumergían en un mar de oro lánguido y soñoliento. La corriente arrastraba enormes troncos negros que, a cierta distancia, daban la ilusión de cadáveres de rinocerontes sin cabeza. Gigantescos sauces, de retorcidas y rotas raíces, metían la desgreñada melena en el agua. A lo lejos se dibujaba la fantástica silueta de un boga, en pie, sobre una canoa.

    El inmenso bosque virgen, en que las plantas, sofocadas por la atmósfera densa y caliente, trepaban unas sobre otras, estrujándose, enredándose, estrangulándose, en lucha frenética por la vida, iba tomando, a la luz del crepúsculo vencido, el aspecto de una mancha oscura colosal que el ojo no avisado hubiera confundido con una cordillera.

    Millones de luciérnagas puntuaban la marea de sombra que se tragaba el paisaje en medio de un silencio casi prehistórico, parecido al que debió de envolver las primitivas edades del planeta.


    – XI –


    Al cabo de dos días de navegación fluvial arribaron a Guámbaro, el segundo puerto de importancia de la república. El vapor no atracaba al muelle. Se desembarcaba en canoas que serpenteaban lentamente entre los caños, varando a lo mejor. Una turba de indios descamisados se arremolinaba gritando alrededor de las lanchas cargadas de frutas, de costales de huevos, de jaulas llenas de cotorras y papagayos. Por el palo de una de las lanchas subía y bajaba un enorme mono negro, amaestrado por la tripulación. Le habían enseñado a fumar y a emborracharse.



    Guámbaro era una vetusta ciudad silenciosa, de aspecto conventual, rodeada de antiquísimas murallas, con una hermosa bahía que recordaba por lo azul la bahía de Tánger. Sus calles eran rectas y polvorosas y las casas de mampostería, de dos pisos, con calizas fachadas, deslumbrantes. Palmeros y plátanos asomaban por encima de los patios sus hojas de un verde inmarcesible. No había coches ni ómnibus.

    Baranda creyó morir de asco. ¡Todo un pueblo de leprosos paseándose en pleno día por las calles! Algunos padecían de hidrocele, pero tan hiperbólica, que hubiera creído que andaban montados sobre globos. Las mujeres del pueblo, porque las familias pudientes no salían nunca de la casa, ostentaban con orgullo el coto, repugnante bolsa gutural análoga a la del marabú de saco.

    –¡Ah, mira cómo tiene ese señor el cuello! –dijo un muchacho a su madre, señalando con el dedo al doctor.
    –¡Ay, hijo, no le mires, no sea que Dios te castigue!

    El coto, por lo visto, era en Guámbaro, no sólo natural, sino estético. Tener el cuello como le tiene la gente sana, se les antojaba ridículo.

    –¡Cuánto siento, doctor, que no le podamos tener por aquí sino unas horas! –le dijo el médico municipal de Guámbaro que había ido a recibirle a bordo.
    –Yo también lo siento, porque hay algo aquí cuyo estudio me atrae: la lepra. Pero a usted ve, y esta misma tarde sale un vapor para Europa y no puedo permanecer más tiempo alejado de mi clientela de París.

    El médico municipal, don Eleuterio Gutiérrez, era inteligente y culto.

    –¡Ah, la lepra! Es mi especialidad y nuestra mayor desgracia.

    Echaron a andar hacia el mercado, no lejos del cual estaba el hotel en que iba hospedarse Baranda. En los alrededores, en tabucos infectos, se agazapaban turcos astrosos que vendían todo género de baratijas y cachivaches. Vestían chaqueta de un rojo desteñido, calzones muy anchos, como refajos cosidos por el medio, y gorro encarnado, caído hacia atrás. Las mujeres llevaban cequines sobre la frente y grandes arracadas de coral en las orejas.

    Las más de las verdilleras estaban lazarinas.

    Primero pasó una negra de enorme papo, con un cesto de patatas, a la que faltaban los dedos de una mano y el labio superior. Luego, una india con la boca hinchada y sangrienta como un tomate reventado. Más tarde, otra, llena de pápulas, de ojos redondos, glaucos y viscosos de sapo. Su nariz era carnosa y rayaban sus mejillas estrías bermejas. Su cabeza terminaba en punta. De sus párpados manaba un pus verdoso. Después pasó un indio, de cabeza salpicada de islas de pelos, calva por el occipucio y los parietales. Y así fueron pasando y pasando, los unos con escrófula; éstos con herpes, tumores y excrecencias policromas; aquellos con liquen vesicular, legañosos, cojos, tuertos, con sólo los muñones, y otros que se arrastraban sobre las posaderas enseñando una pierna como un jamón podrido o un brazo pálido, de cera, con filamentos azules y negruzcos. A un mulato le faltaba la mandíbula inferior. Parecía un pavo...

    –¡Y no hay modo de aislarles, doctor! –exclamó don Eleuterio ante aquel desfile macabro–. No tenemos dónde. Además, ¡son tantos!

    La elefancia griega, usted lo sabe, no se cura. Hasta hoy, que yo sepa, no ha descubierto la ciencia el modo de combatir el bacillus leprae. Sin negar que se transmita por herencia, opino –y perdóneme Virchow– que se difunde principalmente por contagio, el sexual, sobre todo.

    ¿Cómo explicarse la propagación de la lepra en Roma por las tropas de Pompeyo después de la guerra de Oriente y la propagación de la lepra en Europa por los cruzados?

    Ese bacillus que se ha hallado en el tejido celular de los lepromas y en las células nerviosas, pero pocas veces en la sangre, se elimina por las mucosas y la piel. La única medida salvadora que recomienda la higiene es aislar a los enfermos en hospitales ad hoc. En esos lazaretos se les puede cuidar y asearles, evitando así las muchas complicaciones a que están expuestos y dulcificando de paso, en lo posible, sus horrorosos padecimientos.

    –Como usted, opina –le interrumpió Baranda– el Congreso de Leprólogos que se reunió en Berlín hace dos o tres años. Sus conclusiones eran las siguientes, palabra más o menos: –«La lepra es una enfermedad pegadiza, y todo lazarino, una amenaza constante para las personas que le rodean. La teoría de la lepra hereditaria cuenta cada día con menos prosélitos.»
    –Exacto, exacto. La gran dificultad con que tropezarnos es la de no tener vías de comunicación con el interior del país. ¿Cómo trasladar a esos infelices de un lugar a otro en lomos de mula, durante días y días, y al través de senderos escabrosos donde, por no haber, no hay ni posadas, obligándoles a dormir a la intemperie? Sería matarles de hambre y de fatiga. Hace años intentó el gobierno confinar a esos pobres en una isla medio desierta, entre las protestas y lágrimas de sus familias. ¡Si hubiera usted visto aquel fúnebre convoy arrastrado en balsas por el río!

    Así se explicaba el doctor que en los campos no hubiera labradores. No se veía un arado, un molino, una chimenea.

    Todo respiraba la desolación de los pueblos arrasados por la peste o la guerra. ¡Qué contraste entre aquella vida de la naturaleza y aquella muerte a pedazos de sus míseros habitadores!


    – XII –


    La desaparición de Baranda, primero, y la de Alicia, después, produjeron en Ganga escándalo formidable. Petronio Jiménez publicó en una hoja suelta, con el pseudónimo de Alejandro Dumas, un artículo furibundo. La publicación de las hojas sueltas era una epidemia entre los gangueños.



    Por un quítame esas pajas, estaban durante días y días disparándose hojas volanderas en que se ponían de oro y azul.

    Cuando la polémica, agriándose, amenazaba pasar a vías de hecho, la policía citaba a los contendientes, exigiéndoles una fianza personal que prestaba verbalmente cualquier amigo con residencia fija. Por manera que el duelo era punto menos que imposible.

    En Ganga, según un chusco, no se batía más... que el chocolate.

    «La hospitalaria y generosa Ganga –decía Petronio en su pasquín– ha sido víctima de la perfidia de un extranjero advenedizo, para quien los gangueños no tuvieron sino alabanzas, obsequios y distinciones. ¿Qué nos traen esos aventureros que vienen de París de Francia sino los vicios de aquella inmunda Babilonia? ¡En guardia, gangueños! ¡Ojo con los intrusos que se introducen hipócritamente en nuestros hogares para profanar el tálamo de la esposa inmaculada, para seducir a nuestras puras e inocentes hijas, para contarnos cuentos verdes que la decencia y la moral de todos los tiempos reprueban y condenan, digan lo que digan esos espíritus superficiales encenagados en la crápula. Los pueblos no pueden vivir sin moral y sin religión, y ¡ay de aquellos que las olvidan o menosprecian! Roma cayó por sus vicios, como Nínive, Venecia, Palmira y Napoleón I.

    A nosotros nunca nos engañó el doctor Baranda. Al través de su fisonomía dulce escondía un alma doble y pequeña. El hombre que sostenía que el cerebro humano es una máquina; que no hay responsabilidad moral –y ahí está el ilustre doctor Zapote que puede testificarlo–, no podía haber obrado de otro modo. El árbol se conoce por sus frutos...»

    Don Olimpio felicitó al libelista que se pavoneaba en e sos días por el Camellón, borracho, con los pantalones caídos, sin corbata ni chaleco, y el casco embutido hasta el cogote. Zapote publicó a su vez en La Tenaza otro artículo no menos declamatorio y ofensivo.

    Se trató de elevar al gobierno francés, por iniciativa de don Olimpio, una instancia o cosa así escrita en un francés patibulario por un marsellés, expulsado de todas partes por anarquista, y firmada por todos los vecinos, a fin de que entregase a Baranda los tribunales «de la república hispano–latina».

    Zapote les llamó la atención sobre lo descabellado y ridículo de pretensión semejante.

    En la farmacia, en el parque, en los cafés, en todas partes se formaban corros que discutían a gritos, con vehemencia tropical, la conducta infame del doctor. Algunos de esos altercados, verdaderas justas oratorias, acababan en palos, y todos en borrachera.

    –¡Sí, ha sido un canalla! –voceaba el dueño del Café Cosmopolita, repitiendo los argumentos de Petronio–. ¡Ha faltado a los deberes de la hospitalidad, a la decencia, a la moral!
    –Canalla ¿por qué? –objetaba un parroquiano escéptico–. Después de todo, ¿quién es Alicia? Además, caballeros, en un país como el nuestro donde las madres venden a sus hijas al mejor postor, no hay derecho para alarmarse por tan poca cosa. Con un catre, una máquina de coser y un techo de paja, ¡no hay virgo que resista entre nosotros!
    –¡Eso es mentira!
    –¿Mentira? No nos hagamos los pudibundos. ¿Quién de nosotros, casado o soltero, no tiene por ahí un chorro de hijos naturales? No me refiero a las señoras, a las damas, que suelen ser virtuosas porque no las queda otro remedio. Todos en Ganga nos conocemos y espiamos.
    –¡No calumnies a Ganga! –gruñía Garibaldi–. Y en París y en Londres, ¿no pasa lo mismo? ¿No hay allí trata de blancas? La sociedad es igual en todas partes.
    –Sí, pero en Europa se persigue y castiga al traficante de carne humana, al paso que aquí... ¿Cuántas indias y negras de esas que venden a sus hijas están en la cárcel? Yo no sé de ninguna...

    Las señoras, a su vez, comentaban por lo bajo el suceso.

    –¿Qué te parece, hija mía? –murmuraba misia Tecla–. ¿Habrá sinvelgüensa?
    –Y la peladita no era fea. ¡Tenía unos ojos! Nadie lo hubiera creído.
    –No, y lo que es el doctor, tampoco era feo. ¡Qué simpático! ¿Verdad?

    Y cada una envidiaba interiormente a Alicia, no pudiendo menos de admirar su audacia. Este sentimiento era acaso el único real que latía en el fondo de todo aquel barullo.

    –Es verdad. ¡Quién lo hubiera creído! Si parecía que no rompía un plato...
    –Mi hija –agregaba misia Tecla– ¡es india!

    Don Olimpio rumiaba en silencio la carta que Alicia, momentos antes de partir, le había escrito, por mano de Plutarco, diciéndole por qué les abandonaba. Aspiraba a una vida mejor, y la posición social que Baranda la ofrecía no era para desdeñarla. Rumiaba a la vez su despecho de lujurioso burlado. Y cerrando los ojos la veía con el pelo suelto, meneando las caderas, tembloroso el pecho, fresca la boca, pasar junto a él siempre desdeñosa y altiva.

    Entristecido, casi lloroso, iba a su cuarto donde todo estaba lo mismo, y allí permanecía largo rato, mirando a la cama vacía que aún conservaba el olor de su cuerpo... ¿En qué pensaba? No pensaba, sentía.


    * * *

    La Cuaresma se venía encima. Misia Tecla bordaba un manto para la Virgen de los Dolores y las beatas no se daban punto de reposo, metidas a toda hora en la sacristía, ayudando a los curas y monaguillos a limpiar la iglesia y guarnecer las imágenes. En un rincón de la Catedral colgaban de la pared piececitos, narices, piernas, manos y ombligos de cera, mechones de pasa cerdosa, alpargatas y estampas de santos.

    Todo esto servía como de marco a un San José desmedrado y amarillento, que temblaba en una urna de cristal a la luz polvorienta de varias lamparillas de aceite.

    Desde muy temprano el clamor de las campanas alternaba con el estrépito de las charangas que recorrían las calles bajo un sol de justicia. Todo ardía entre espesas oleadas de polvo.

    Detrás de los soldados, indios y cholos canijos que marchaban en pintoresco desorden, agobiados por el peso de los máusers, de los morriones y las mochilas y por la saña canicular, iba una legión de pillos, medio en porreta, armados de palos de escoba y tocando en latas de petróleo.

    El orgullo de Ganga era el ejército, el cual, según don Olimpio, podía rivalizar con los mejores de Europa en punto de valor, disciplina y equipo. El uniforme no podía ser más adecuado al clima. Vestían como los soldados rusos.

    Don Olimpio iba a la cabeza del batallón, sable en mano, caballero en reluciente mulo. Su aspecto tenía de todo, menos de marcial.

    La ciudad entera se echó a la calle ese día. Las negras, escotadas, con pañuelos de yerbas en la cabeza y en el cuello, y quitasoles rojos y verdes en las manos, se preguntaban de una acera a otra, gritando, por su salud y la de sus familias. Por algunas aceras se alargaban, como cordones de ovejas blancas, anémicas jovencitas que acababan de hacer la primera comunión. Negros gigantescos, vestidos como verdugos inquisitoriales, con el capuchón caído sobre la nuca, pasaban de prisa con gruesos cirios apagados en las manos. Eran los sayones o nazarenos, quienes habían de pasear en andas las imágenes por la ciudad. De pronto reventaba en pleno arroyo, con susto del transeúnte, un racimo de cohetes o caían del cielo, disueltos en lágrimas multicoloras, voladores con dinamita.

    Los perros ladraban o fornicaban entre las piernas de la muchedumbre, sin el menor respeto a la solemnidad del día.

    Al salir de la iglesia la procesión, se armó el gran remolino: palos, carreras, llantos y quejidos. ¿Qué ocurría?

    Que el populacho intentó despachar al otro barrio al anarquista marsellés por no haberse quitado el sombrero al paso de la Virgen. El más furioso de todos era un negro.

    –Sí, que se lo lleven a la cáice, po hereje. ¡Sinvegüensa! ¿Po qué no se quitó e sombrero cuando pasó la santísima Vingen?

    Hubo mujeres desmayadas, cabezas rotas y hurtos de relojes y carteras.

    La policía tuvo que arrancar a viva fuerza de las garras de aquellos salvajes borrachos al marsellés que gritaba colérico: Tas de cochons!

    A un lado y otro de los ídolos de palo se extendían hileras de negras y mulatas viejas con hachones que movían sus lenguas rubicundas. Petronio, Garibaldi, Zapote y Portocarrero, llevaban los cordones de la Virgen, cuya corona de laca con lentejuelas azules y amarillas temblaba rítmicamente a compás del paso de los sayones. Todo el mundo se descubrió, poniéndose de rodillas con fanatismo búdico. Los chiquillos se trepaban a los árboles, a las ventanas y a los faroles para ver bien el cortejo. Curas panzudos y hepáticos, de fisonomía mongólica, iban a la cabeza hisopeando al gentío y gruñendo latines. Las campanas volteaban sin descanso los cohetes estallaban horrísonos, los perros ladraban y la charanga tocaba pasillos y danzones.

    Del abigarrado oleaje popular se exhalaba un olor acre a ginebra, a ganado lanar y agua de Florida.

    De súbito se oyó un grito desgarrador, como de un cerdo a quien degüellan. Era el negro de marras a quien el marsellés acababa de dar una puñalada.

    Las imágenes se quedaron abandonadas en medio de la calle. Los curas huyeron; las puertas se cerraron brusca y estrepitosamente. Los soldados repartían culatazos a diestro y siniestro sobre la multitud que corría atropellándose, maldiciendo y quejándose, poseída de un miedo contagioso. Muchos, que habían subido a las ventanas y los faroles, recibían a patada limpia a los que agarrándose a sus piernas querían trepar también. A una mulata la habían desgarrado el corpiño y mostraba el torso desnudo. Una chinita, a quien su madre llevaba en vilo, se había prendido, como un cangrejo, de las pasas de una negra. Dando alaridos rodaba por el suelo, bajo los pies de los que huían, un amasijo de niños y viejas.

    Por una de las bocacalles desaguaba un torrente oscuro agitando los brazos y retorciéndose como los posesos de un grabado de Hondius.

    Al través del lenguaje mímico de aquellos ojos abiertos, de aquellas bocas contraídas y de aquellas manos crispadas, se leía el efecto mecánico de un miedo invencible. Las caras menos expresivas eran las de los indios, y las más grotescas las de los negros.

    Don Olimpio, empujado y envuelto por la marea humana, subido al atrio de la catedral, se metió a medias en el templo, a imitación del Raimundo Lulio, de Núñez de Arce.

    En la noche propincua, las nubes de polvo caliente y asfixiante, agujereadas por las luces rojizas de los cohetes y las bengalas, fingían un incendio entre cuyas llamas se debatían gritando centenares de víctimas.



    Segunda parte
    – I –


    Alicia, convertida en madame Baranda, recibía los jueves en su elegante aparteman, como ella decía, de la rue de la Pepinière.



    A la entrada del recibimiento, separado de la sala por una cortina de raso color de malva, había un biombo chino. El mobiliario era de estilo de Luis XVI. Junto a un piano de cola, que casi nunca se erguía, como un avestruz en una pata, una gran lámpara japonesa con su pantalla pajiza. La alfombra, que cubría todo el piso, era azul. En los ángulos, palmeras y otras plantas de estufa abrían sus hojas finas y verdes. Un retrato, de cuerpo entero, del doctor ocupaba el hueco entre los dos balcones de la calle. De las otras paredes pendían, en trípticos de marcos dorados y verdes, reproducciones de Filippo Lippi, de Ghirlandajo y Botticelli. Sobre la chimenea, a cuyo pie ardía una salamandra, se destacaba un reloj de bronce entre dos candelabros de Sajonia. En el centro del salón, sobre una columna de ónix, se veía otra lámpara, estilo Imperio, de ónix también; no lejos, una mesa de marquetería y esparcidos aquí y allá, en caprichoso desorden, veladores de malaquita y mosaicos, cuajados de bibelots de toda clase. En el pasillo, a pocos pasos de la entrada del piso, se extendía una chaise–longue con cojines, y a cierta distancia, un gran cofre que hacía veces de sofá y de cama. El gabinete de consultas, muy espacioso, estaba unido a la alcoba del médico. En el centro había una mesa, para los reconocimientos y las operaciones, con un colchón y una almohada de cuero; junto al escritorio, atestado de papeles y revistas, una biblioteca giratoria sobre la cual resaltaba un lindo busto de mujer, de Julia, la primera novia que tuvo Baranda en Santo, muerta a los diez y ocho años; un diván y dos armarios, con puertas de cristal, repletos de libros, los más de medicina: pegado a la chimenea, un chubesqui; en las paredes, dos acuarelas de Gustavo Moreau, una cabeza de árabe, de Delacroix, y dos copias perfectas, la una, del Cristo de Velázquez, y la otra, de la parte inferior de la maravillosa muerte del duque de Orgaz, del Greco. También había una gran butaca de cuero rojo, y en la pared una especie de vasar con frascos rotulados e instrumentos de cirugía cuidadosamente colocados en un gran estuche de terciopelo.

    Mientras el doctor permanecía en su consultorio, Alicia charlaba, en el salón o en el saloncito, en un francés roto, mezcla de español y patois, con una serie de señoras extravagantes y cursis, entre las cuales figuraba madame Diáz, esposa de don Olimpio –monsieur Diáz–. En parte por imitación, y en parte por seguir a Alicia, don Olimpio, no queriendo ser menos que los demás compatriotas suyos, se vino a París donde radicaba, no sin haber dejado sus negocios en regla. Empezó por vender la tienda y colocar parte de su dinero al diez por ciento, en Ganga y el resto en New York, al tres. No era rico. Todo aquel papel moneda convertido en oro le rentaba lo suficiente para vivir con holgura.

    El amor, o lo que a él se le antojaba amor, que sentía por Alicia, se evaporó tan pronto como puso el pie en París. Alicia le parecía tan fea, tan india, al lado de estas mujeres que, si bien costaban un ojo de la cara –un oeil de la figura, como él decía–, ¡eran tan seductoras, tan elegantes, tan lascivas y complacientes! Pero no por eso olvidaba «la trastada» del doctor. Le detestaba hipócritamente, movido por una envidia inconfesable. No podía admitir el hecho de que un hombre con quien había vivido en su casa, con quien había comido a diario, fuese superior a él. No admitía otra superioridad que la del hombre inaccesible, soberbio y desdeñoso.

    Don Olimpio solía venir los jueves: tomaba una taza de té y se iba sin ver muchas veces al doctor. Si estaba madame de Yerbas, entonces se quedaba.

    –¡Ay, hija mía! –exclamaba Alicia perezosamente echada en el sofá sobre una montaña de cojines–. El matrimonio es una estupidez. Lo mejor es vivir sola, sin hombres, porque los hombres son todos unos canallas, unos canallas sin excepción.. N'est ce pas, madame la marquise?
    –C'est vrai –contestaba la marquesa de Kostof, una polaca venida muy a menos en dinero y en belleza. De puro pintada, parecía un cadáver. Pasaba de los cincuenta; pero ella aseguraba no tener sino cuarenta cumplidos. Se apretaba el corsé que daba grima, logrando disimular el vientre, pero no las caderas, que se desbordaban montuosas. Olía a persona que no se asea y a vaselina rancia. Al pronto se la tomaba por una prestamista o una alcahueta.

    Doña Tecla recurría a cada triquitraque a Alicia para que la tradujese lo que se hablaba.

    –Por eso hacen bien las parisienses –continuaba Alicia– en amarse entre sí, porque los hombres ¡son si rosses! ¡Para lo que sirven los hombres! N'est ce pas, madame la marquise?
    –C'est vrai –apoyaba la marquesa con sus ojos de cordero agónico.
    –Pues, hija, yo no soy de tu opinión –objetaba Nicasia, una cubana viuda, inteligente y honesta, que la profesaba sincero afecto. Yo quise mucho a mi marido...
    –Lo de todas las viudas –repuso Alicia riendo.
    –Que resucitase y veríamos. No, no; todos, sin excepción, son unos granujas. Convéncete.
    –Pues si alguien no debe quejarse eres tú. Mira que el marido que tienes...
    –¡Ma... rido!
    –¿Sabes, mi hija –dijo doña Tecla–, que mi pobre marimonda se me muere?
    –Claro. ¿A quién se le ocurre traer monos a París? ¿No ve usted que son de tierra caliente?
    –El frío les mata –añadió Nicasia.
    –¿Y cómo no nos mata a nosotras? –preguntó cándidamente doña Tecla.
    –Porque no somos monos. ¡Mire usted qué gracia! –exclamó Alicia.

    En esto tocaron a la puerta. Era Plutarco. Alicia le saludó con marcada frialdad, echándole una mirada de sordo rencor así que se dirigía hacia el gabinete, en busca de Baranda.

    Luego, guiñando un ojo a doña Tecla, hizo un mohín desdeñoso.

    –Parece que quiere mucho al doctor... –dijo doña Tecla subrayando la tercera palabra.

    Así parece –contestó con desabrimiento Alicia–; pero yo no me fío –agregó por lo bajo–. Sabrás que Eustaquio le costea los estudios. En fin, que le ha hecho gente.

    –A lo menos es agradecido –siguió doña Tecla con malignidad.

    Alicia se levantó desperezándose. Vestía con elegancia llamativa, de mal gusto. Se peinaba a la griega colocándose en un lado un clavel rojo, su color predilecto.

    –¡Qué frío hace! –exclamó.
    –Tú siempre tienes frío –dijo Nicasia.
    –¡Siempre! Cada día echo más de menos el clima de mi tierra. No sabes cuánto daría por un rayito de aquel sol –y empezó a pasearse frotándose las manos–. Este clima de París, este cielo siempre gris, me producen una tristeza indecible...
    –Y a mí –agregó doña Tecla.
    –¿Quién te hizo esa falda? –la preguntó Nicasia tocando la tela.
    –Paquín, que es quien me viste siempre.
    –Ya te habrá costado.
    –¿A mí? ¡Ni un sou! El doctor paga. Es para lo único que sirven los hombres. Pero siempre se están quejando de lo mucho que gastamos... las mujeres legítimas. N'est–ce pas, ma chère?
    –C'est vrai –contestó la marquesa, pensando en otra cosa.
    –¿Dónde compras este té? Es excelente –preguntó Nicasia acabando la taza.
    –En la rue Cambon. ¿Verdad que es delicioso?
    –Bueno, querida, yo me voy –dijo doña Tecla levantándose–. Nos veremos mañana en la Capilla española.
    –Y por la noche en la Comedia Francesa –agregó Alicia.
    –¿Qué dan?
    –No lo sé. Creo que Le Passé, de Porto–Riche. Madame de Yerbas me dijo ayer que iba. Iremos todos.

    Ya en la puerta, hasta donde la acompañó Alicia, hubo de decirla al oído, después de plantarla en las mejillas dos ruidosos besos:

    –Ten cuidado con Plutarco, mi hija.
    –¡A quién se lo dices! Adiós.

    La marquesa también se disponía a irse; pero volvió a sentarse, visiblemente preocupada. Cuando el salón quedó vacío, se puso a mirar los cuadros uno por uno.

    –¿Sabe usted, Alicia, que tiene usted aquí obras de mucho mérito? –tartamudeó, con el pensamiento en otra parte.
    –Ni me he fijado.

    Luego, volviéndose de pronto, añadió:

    –Alicia, ¿me puede usted hacer un favor?
    –Usted dirá, ma chère.
    –¿Me puede usted prestar, hasta la semana próxima, doscientos francos?
    –Eso y más –contestó Alicia sin poder disimular su sorpresa.

    Doña Tecla, al llegar a su casa, tuvo una disputa con el cochero. Se empeñaba siempre en pagar un franco por la carrera.

    –En Ganga nadie paga más –decía.
    –Espèce d'imbécile!–gruñía el automedonte furioso–. Salope, va!

    Doña Tecla no entendía.


    – II –


    ¿Qué te parece la marquesa? –dijo Alicia a Baranda, metiéndosele de rondón, como solía, en el gabinete de consultas.



    –¿Qué ha hecho? –preguntó el médico con extrañeza.
    –Pues pedirme doscientos francos.
    –¿Y qué hiciste?
    –¿Qué iba a hacer?
    –Pues decirla rotundamente que no. ¿Te parece bien que yo me pase aquí los días trabajando para que vengan esas perdularias...?
    –No, la marquesa no es una perdularia.
    –El otro día fue la Presidenta. Mañana será misia Tecla. Esto no puede seguir así.
    –Ya empezó el sermón –dijo Alicia.
    –Te he prohibido que recibas a esa gentuza que nadie sabe de dónde viene ni qué hace en París.
    –Pues hace lo que todo el mundo: divertirse.

    ¿Qué hacían, con efecto, en París aquellos idiotas, groseros, chismosos y presumidos? Ir al Prentán o al Lubre, como ellos decían, pasearse en coche por el Bois, visitarse entre sí para comentar las noticias que recibían de sus respectivos países, siempre en guerra, y tijeretearse los unos a los otros sin misericordia; hablar mal de los franceses, calificándoles de adúlteros, falsos y frívolos, y alquilar, por último, durante el verano, villas y châlets en las playas más elegantes.

    Las muchachas olvidaban en seguida el español. Y no hablaban entre sí sino en francés, arrastrando mucho las erres.

    En cambio, los papás no aprendían, ni a palos, a decir bon jour.

    Muchas se echaban a medio–vírgenes; escandalizaban en los bailes con sus meneos tropicales de cintura y su conversación desenvuelta e impúdica. No leían un libro, no iban a un museo, a una conferencia. En suma: no vivían sino la vida superficial y sosa de las soirées familiares, de los cotillones en casa de algún presidente prófugo, de esos que vienen a París a darse tono después de haber robado en su tierra a troche y moche.

    Los jóvenes se enredaban con infelices obreritas o cocotas arruinadas, fin de saison. Usaban corbatas y cuellos carnavalescos; saludaban exagerada y ridículamente con el codo en el aire, como perro que se mea en la pared; jugaban al billar en el Grand Café; iban a las carreras, a los cafés–conciertos; hacían bicicleta.

    A lo mejor estas familias exóticas, adeudadas hasta el pelo, desaparecían de París, yendo a morir oscurecidas e ignoradas a su tierra natal. Se desesperaban, porque, por millonarios que fuesen, no lograban intimar nunca con familias de la buena sociedad parisiense. ¡Qué digo intimar! No lograban ni relacionarse con ellas. Las gentes que trataban eran burgueses de medio pelo, mujeres divorciadas, ratés artísticos, aventureros cosmopolitas, circulados algunos por la policía extranjera. Una vez que se atracaban en sus fiestas salían burlándose de ellos, llamándoles rastás, brasiliens y cosas por el estilo.

    No veían de París sino la parte decorativa, la prostitución dorada y ostentosa.

    Este era el mundo en el cual Alicia se movía, mundo que repugnaba al médico porque él era superior a ellos en inteligencia y cultura. Tenía sus amigos aparte, médicos y periodistas de cierta nota que nunca le visitaban porque él, temeroso de las indiscreciones de Alicia, pretextaba estar siempre ausente.

    A sus oídos habían llegado las acerbas críticas de que era objeto porque apenas salía con Alicia, quien gracias a sus prodigalidades y sus melosas perfidias, se captó las simpatías de aquel mundo estrambótico. La más solapadamente encarnizada de las enemigas del doctor era madame de Yerbas, viuda de un presidente de por allá, mujer astuta y zalamera, con algo de odalisca, de quien se contaba que estuvo presa en Nueva York por hurto de alhajas y ropas, y que se entregaba por dinero a los ministros suramericanos. Tenía un hijo, Marco Aurelio, que vivía en el ocio, siempre currutaco y a quien apodaban, lisonjeándole la vanidad, el futuro presidente.

    Madame de Yerbas, que se figuraba realmente pertenecer a una aristocracia... sin pergaminos ni blasones, de lo cual daban testimonio sus tarjetas con coronas, explotaba la memoria del marido, un abogaducho audaz, intrigante y ambicioso, que plagó los campos de batalla de hijos naturales y hasta se murmuraba que en ellos se casó a la belle étoile, sin ceremonia ni formalidades de ningún género, con la Presidenta. Todos repetían la leyenda del «héroe de la Parra», donde se sabe que el Yerbas corrió como un conejo... delante del enemigo.

    La Presidenta (así la llamaban) vivía con cierto lujo aparente, y cuando daba algún té danzante se las ingeniaba de modo que Le Gaulois y Le Figaro la mencionasen en la journée mondaine. Detestaba al doctor porque no la había hecho caso, a pesar de sus continuas insinuaciones y lagoterías.

    El doctor gustaba mucho a las mujeres y casi todos sus infortunios domésticos nacían de la pasión que las inspiraba. A su despacho acudían a menudo jóvenes y viejas, pretextando quiméricas enfermedades, con el solo objeto de metérsele por los ojos.

    Marco Aurelio de Yerbas era un mozo pálido y canijo, medio rubicundo, que vivía de las horizontales y del juego. Hizo buenas migas con Petronio que, tras no pocas intrigas, logró venir de cónsul a París, donde le dejaron cesante a los seis meses. Lo primero que hizo, apenas desembarcó, fue comprarse un gabán que le llegaba hasta los pies, unos cuellos de payaso, un monóculo y una sortija de brillantes falsos. Marco Aurelio le presentó en el Cercle Voltaire, un círculo cosmopolita, donde se jugaba de firme.

    –Yo no me resigno –le gritaba a Marco Aurelio paseándose con él una tarde por el bulevar Malesherbes–, yo no me resigno a morirme de hambre. Yo me agarro a la primer vieja que encuentre.
    –A propósito –le contestó Marco Aurelio–; en el Grand Hôtel vive una vieja riquísima que anda siempre a caza de jóvenes. ¿Quieres que veamos si está? Suelo verla en el salón de lectura o en la terraza.

    ¡Qué nombres tan extravagantes y tan sucios usan estos franceses! –exclamó Petronio fijándose en los rótulos de algunos establecimientos, a medida que subían hacia la Magdalena–. Bazin y compañía. ¡Ja, ja! Cornou. ¡Ja, ja! Coulon. ¿Por qué no cambiarán de apellido? ¡Mire usted que llamarse Bacín y Culón! –Después, observando la muchedumbre que iba y venía, continuó–: Lo que me admira de este país es el orden. Nadie se mete con nadie. ¡Cualquier día sale en Ganga una mujer sola como sale aquí!

    No le cabía en la cabeza que aquel enjambre humano pudiese circular libremente sin pegarse, sin decirse groserías.

    –¡Oh, qué hembra, chico! –se interrumpió de repente, cogiendo a Marco Aurelio del brazo, al ver pasar junto a ellos a una jamona rubia de macizo nalgatorio–. ¡Qué hembra! Esas son las que me gustan a mí, con mucha cadera y mucho pecho.
    –Eso no es chic –observó Marco Aurelio–. Aquí gusta lo contrario: la mujer delgada, rectilínea y ondulosa. Las hay que por enflaquecer ni comen.
    –¡Porque este es un pueblo degenerado! La mujer para la cama debe ser gorda, con mucha carne donde pueda uno revolverse a su antojo. Una mujer flaca, sin seno, sin caderas, a mí, francamente, no me dice nada. Prefiero una gorda fea a una linda en los huesos. Dame gordura y te daré hermosura, dice un refrán.
    –Tu ideal entonces debe ser la Venus hotentota. ¡Esa sí que tiene nalgas! O la Diana de Efeso. ¡Esa sí que tiene pechos! Cuando lleves aquí algunos años, cambiarás de opinión. Es que vienes de por allá donde predominan las vacas, a causa, sin duda, de la vida sedentaria que hacen. Nuestras mujeres apenas andan. Se pasan el día en las mecedoras o en las hamacas porque el calor las impide salir a la calle. ¿Quién se atreve a pasearse bajo aquellos soles volcánicos?
    –No me convences –contestó Petronio abriendo los brazos a modo de alas–. Según tú, no hay mujeres hermosas por allá.
    –Muchas; pero...

    La vieja de que hablaba Marco Aurelio era una austríaca de más de sesenta años, que usaba peluca y se pintaba con ensañamiento. Tenía una panza hidrópica y unas caderas de yegua normanda, para disimular las cuales usaba unos corsés semejantes al aparejo de un caballo de circo. Su sombrero era un jardín flotante, erizado de plumas y lazos de todos colores. En sus manos cuadradas y rechonchas relampagueaban con profusión los brillantes, los rubíes, las esmeraldas, los topacios y los zafiros.

    El blanco de su cara, unido al rojo de su capa de torero, hacía pensar en una cabeza de yeso pegada a un busto de almagre.

    –¡Vaya un esperpento! –gritó Petronio al verla–. ¿Quién se atreve con eso?
    –Pero tiene cuartos –arguyó Marco Aurelio–. Voilà ton affaire.

    La austríaca era la irrisión de todo el mundo, empezando por la servidumbre del hotel, que no la veía una vez sin echarse a reír en sus narices. Andaba en la punta de los pies, como un pájaro, mirando en torno suyo, al través de sus impertinentes de carey, con insolencia inquisitiva.


    – III –


    A trueque de no disputar, el doctor pasaba por todo. Huía del escándalo como de la peste. Cuando Alicia, en medio de sus repetidas cóleras, le gritaba metiéndole las manos por los ojos, él, tapándose los oídos, corría a esconderse en su cuarto. El medio de que se valía casi siempre para sacarle algo era ese: amenazarle con un alboroto.



    ¡Cuán a menudo se lamentaba con Plutarco!

    –¡No me deja vivir, querido amigo, no me deja vivir! El otro día, desesperado, consulté a un discípulo de Charcot, y me dijo textualmente: «Tiene usted tres caminos: o dejarla o sufrirla o... matarla». –Y he optado por soportarla, ignoro hasta qué punto. Temo que la paciencia me falte. Se encela de los mosquitos. Cada vez que salgo a ver a un enfermo me insulta porque, según ella, no hay tales enfermos, sino mujeres con quienes tengo cita. Hasta hace poco me seguía por todas partes y era cosa de verla corriendo, al través de los coches y los ómnibus, con la cara encendida, hasta darme alcance. Entonces, en plena calle, entre lágrimas y sollozos, me llenaba de injurias, sin respeto a los transeúntes que se paraban a oírla.

    Plutarco callaba meditabundo. Se culpaba de haber intervenido en la fuga de Alicia, de haberla traído a París, sin sospechar lo que estaba sucediendo. Quería a Baranda con cariño filial y padecía con sus dolores como si fueran propios.

    No le ataban a ella ni los hijos, porque Alicia odiaba la maternidad. Al sentirse cierta vez embarazada, se zampó varias purgas seguidas abortando entre agudos dolores. La hemorragia fue tan grande, que estuvo a dos dedos de la muerte. Después usaba preservativos, y cuando sospechaba que podía estar encinta, le preguntaba consternada a su marido tocándose las mamas y el vientre:

    –Di, tú que eres médico: ¿tendré algo? Porque, mira, tengo los pechos muy duros y pesados, y la barriga muy redonda.
    –Empacho –contestaba él para quitársela de encima.
    –¿Te burlas? ¡No, no quiero tener hijos! ¡Y tuyos, menos!

    Al fin, para calmarla, añadía:

    –Es que vas a caer mala.
    –¡Mentira! –gritaba ella.
    –Bueno. Vete y déjame en paz. ¡O me voy yo!
    –¡Lárgate! ¿Si creerás que me asustas?

    Y Baranda, furioso, se echaba a la calle.

    Escenas de este jaez se repetían con frecuencia.

    Alicia no ignoraba que el médico tenía una querida. Era Rosa, la compañera de su vida de escolar. A poco de haber llegado a París, reanudaron sus viejas relaciones amorosas. Cuando Alicia lo supo, tuvo un ataque de nervios. Baranda se mostró duro con ella, llegando en su enojo hasta decirla que era una ignorante, que a su lado se aburría y que él necesitaba una mujer que le comprendiese.

    –Si soy ignorante no es culpa mía– sollozaba ella–. Recuerda que cuando te suplicaba que me enseñases a leer y escribir, me contestabas que así me querías, ignorante; que te cargaban las mujeres leídas. Me llamabas tu salvajita. Eres tornadizo y contradictorio. Como ya no te gusto, me echas en cara lo que fue para ti mi mayor atractivo.

    Y él la dejaba sola en aquella casa, llorando las horas enteras. ¿Adónde iba? A casa de Rosa. Apoyada la cabeza sobre las piernas de su amiga, se lamentaba de sus amarguras.

    –Ya no tengo fuerzas para luchar –la decía–. Por lo más mínimo se enfurece y me colma de dicterios. Trabajo como un minero y no doy abasto para vestirla. Raro es el día en que no se compra un sombrero de ochenta francos. No sale de casa del modisto, cuyas cuentas me estremecen. Toma coches hasta para ir a la esquina y les deja royendo horas y horas a la puerta, mientras charla tan fresca con las amigas. Le presta dinero a todo el mundo. Ignoro si me es infiel y maldito si me importa. Lo que me urge es alejarme de ella para siempre. ¡No verla, no verla!

    Rosa le acariciaba, pasándole los dedos por el pelo y los ojos, y arrullándole como a un niño.

    –La clientela se me va –seguía el médico– porque siente por muchos de ellos invencible antipatía.

    Sin ir más lejos, el otro día se encaró con uno de ellos diciéndole que yo no trabajo de balde y que era preciso que me pagase a toca teja o que de lo contrario no volvería a abrirle la puerta. Me he visto en el caso de tener que mentirla diciéndola que algunos de mis clientes no me pagan, para poner coto a su despilfarro.

    Se queja a menudo de que no la quiero, de que sólo te quiero a ti. Y es cierto, Rosa mía. Tú y sólo tú, eres el consuelo de mis horas tristes, el refugio tibio y apacible de mis tribulaciones. –Y la besaba largamente en las manos.

    Semejantes lamentaciones hallaban eco sincero en el corazón de Rosa. Le amaba, si no con el fuego de antes, con cariño melancólico. En su fisonomía se reflejaban sus sentimientos: era de cara ovalada y algo pomulosa; la frente despejada y noble; los labios gruesos, mezcla de bondad y sensualismo, y sus ojos húmedos, de un azul suplicante, recordaban un cielo de lluvia con sol. Cuando el médico se ausentó, estuvo a pique de meterse monja. La tiraba la vida del claustro. Flotaba en torno suyo una tristeza crepuscular de ser débil y vencido. No pedía ni exigía nada. Era una de esas mujeres que atan de por vida y llegan a dominar insensiblemente a fuerza de no tener voluntad y de plegarse a todo. Discreta y lacónica, no se atrevía a condenar ni a juzgar siquiera; no por falta de criterio, sino por exceso de timidez y delicadeza. ¡Se juzgaba tan infeliz y para poco!

    Con todo, no podía a veces disimular el enojo, si bien pasajero, que en ella despertaba el relato de las iniquidades de Alicia. No osaba aconsejar al médico que la abandonase, temerosa de que en su consejo pudiese vislumbrarse un egoísmo que estaba lejos de abrigar. Al propio tiempo sentía por Alicia una admiración ambigua, la que sienten los débiles por los audaces y los fuertes, sobre todo cuando comparaba su proceder humilde con el proceder rebelde de la otra. Celos silenciosos que dormían en su corazón, brillaban a ratos en sus ojos como relámpagos en noches de estío.

    –¿Por qué persiste en vivir con ella? –se preguntaba muchas veces–. ¿La amará? ¡Quién sabe! Por lo mismo que le martiriza, puede que se sienta ligado a ella por esos amores que alternativamente tienden a unirse y separarse como las aguas del mar.

    El mismo Baranda, cuando se interrogaba a sí propio, no sabía qué contestarse a punto fijo. El médico salía muchas veces, con su tolerancia científica, al encuentro del hombre sentimental.

    –Es una enferma ¡y cuántos casos análogos no he tenido en mi clínica! Mi deber es asistirla, cuidarla; pero no puedo prescindir de que tengo nervios también. ¿Soy acaso un marmolillo? Nuestro escepticismo nace de la contemplación repetida de la miseria humana, de que no hemos podido hallar, en el mármol de disección, al través de los músculos y las vísceras, nada que nos incline a creer en un libre albedrío.

    Cuando el médico pierde todo influjo moral sobre el paciente, está perdido. Es mi caso. Creo más en la terapéutica sugestiva que en las drogas. No puedo tratarla como médico. Además, lo confieso, la odio. La odio cuando la veo tan injusta, tan insurrecta, tan desvergonzada. Entonces, olvidándome del determinismo de los fenómenos psíquicos, siento impulsos de matarla; pero no soy ejecutivo. El análisis, como un ácido, disuelve mis actos, paraliza mi voluntad.

    Nacida en aquel medio social, mosaico étnico en que cada raza dejó su escoria: el indio su indolencia; el negro su lascivia y su inclinación a lo grosero; el conquistador su fanatismo religioso, el desorden administrativo y la falta de respeto a la persona humana; engendrada por padres desconocidos, tal vez borrachos o histéricos, bajo aquel sol que agua los sesos, y trasplantada de pronto, sin preparación mental alguna, a esta civilización europea, tan compleja y decadente, de la cual no se le pega al extranjero vulgar sino lo nocivo y corruptor... Quien sabe explicarse las cosas, las disculpa mentalmente. Cada uno de nosotros se parece al explorador del cuento, que se jactaba de haber civilizado a los salvajes por la persuasión.

    –No he disparado un solo tiro. Soy enemigo de toda violencia –decía–; pero como uno de los circunstantes pusiera en duda la veracidad de su relato, le descargó un bastonazo.

    Alicia ignora que está enferma; es más, se irrita cuando se la dice que su conducta obedece a una diátesis histérica. ¡Maldita neurosis que no exige al paciente que guarde cama! No le impide andar, comer, pensar, aunque sin rigurosa asociación de ideas. El desorden reside en lo afectivo. El enfermo se dispara; carece del poder de dominarse... La mayoría de los procesos célebres, ¿qué son sino cursos de frenopatía viviente?

    La parte de la patología concerniente a los desarreglos nerviosos está envuelta en sombras. Aún no sabemos cómo se combinan las emociones y las ideas; no sabemos dónde ni cómo se forman las pasiones. Hipótesis más o menos admisibles; pero la verdad se nos escapa como agua entre los dedos.

    El verdadero hombre de ciencia no es el que afirma en redondo, porque las verdades de hoy pueden resultar mentiras mañana, sino el que duda, el que mide y pesa el pro y el contra. ¿Sabemos algo, en rigor, del llamado mal comicial por los romanos? ¡Cuántos epilépticos, salvo la convulsión, dan pruebas de una salud cabal!

    Era un domingo de comienzos de Octubre ligeramente frío y gris. Baranda reflexionando así, bajó por la rue Royale hasta la plaza de la Concordia, donde rodaron en otro tiempo, bajo la hoja de la guillotina, tantas cabezas ilustres. En el centro, entre dos grandes fuentes negras, exornadas de nereidas y tritones, se erguía el obelisco monolítico de Luqsor, echando de menos, bajo aquel cielo murrio, en su enigmática lengua jeroglífica, el sol de Egipto. En el fondo, por detrás del Palacio de Borbón, asomaba la cúpula de oro y pizarra de los Inválidos, parecida a las cinceladuras de Eibar. No lejos, a la derecha, se veían un pedazo de la Grande Roue, medio perdida entre el follaje amarillento y verdoso, como una inmensa draga inmóvil. En último término, la tela de araña de la torre Eiffel temblaba en la bruma opalina. A la derecha, la avenida sin fin de los Campos Elíseos huía, entre dos frondosas hileras de cobre bruñido, hasta perderse en la boca de túnel del Arco de Triunfo. Una marea de fiacres, automóviles, ómnibus y bicicletas, subía y bajaba en todas direcciones, entre el hormigueo de burgueses que atravesaban la gran plaza, de mano de sus chicos. El doctor se paró en un refugio a contemplar el vistoso panorama. Luego torció a la izquierda, entrando en los jardines de las Tullerías.

    Un enjambre de chiquillos se divertía alrededor del gran estanque empujando con cañas una flota de barquichuelos que surcaban el agua, a toda vela. Llegó al parterre, entre cuyo césped, esmaltado de estatuas, menudeaban las rosas, los geranios, las margaritas, las begonias y otras flores...

    Un viejo daba de comer en la mano a una nube de gorriones que se posaban familiarmente en su cabeza y en sus hombros. En torno suyo se apiñaba una muchedumbre curiosa y risueña.

    El espectáculo de aquella florescencia, cuyos tonos primaverales contrastaban con la bruma invernal del cielo, comunicó a su espíritu fatigado una sensación campesina agradable y plácida.

    En el fondo de los jardines se levantaba la mole cenicienta del Louvre, con sus techos de pizarra, semejante a un órgano de iglesia, colosal. En una de las alamedas varios jóvenes en mangas de camisa jugaban al foot ball sin la destreza ni la gracia de los sajones, y aquí y allá, niños anémicos, seguidos de sus amas y gouvernantes, latigueaban sus trompos que huían girando sobre la hierba. Entre los árboles, unos cuantos adolescentes sin sombrero cantaban cogidos de las manos, recordando a los angeles cantores que Luca della Robbia agrupó en torno del órgano de Santa María del Fiore.

    ¡Qué ridículo se le antojó el arco del Carroussel, afeminada copia del arco de Septimio Severo, comparado con las solemnes construcciones que le rodean!

    La banda militar alegraba el aire con sus sones impulsivos y viriles. Baranda se sentó en una silla espaciando sus ojos por los tapices de verdura y dejándose acariciar por el fresco incisivo de la tarde, saturado de armonías.


    – IV –


    Salían de la «Comedia francesa».



    –La noche está espléndida –dijo Baranda–. Podemos ir a pie.

    Y echaron a andar por la avenida de la Ópera, hacia los bulevares.

    –¡Qué hermosa avenida! –exclamó doña Tecla–. Parece un salón de baile.

    Sobre el asfalto brillante y terso, como la luna de un espejo bituminoso, resbalaban sin ruido fiacres y automóviles. Por las anchas aceras iban y venían ondulantes mujeres de exquisita elegancia y caballeros de frac. En el fondo de la calle rectilínea y fulgurante se destacaba la fachada sombría de la Gran Ópera.

    Se detuvieron un instante para contemplar la rue de la Paix, iluminada por dos filas de faroles. A lo lejos, la columna Vendôme, imitación de la de Trajano, de Roma, recordaba los triunfos de la Grande Armée.

    –¿Qué te ha parecido Le passé? –preguntó Alicia a Nicasia.
    –Interesantísimo.
    –E inmoralísimo –agregó don Olimpio, que durante la representación no cesó de cuchichear con la Presidenta, mientras doña Tecla dormitaba.
    –Pues a mí –continuó Alicia– el tipo de la Dominique me parece falso. Yo no me explico que se vuelva a recibir, a no ser a tiros, al hombre que, si más ni más, toma la puerta y... ¡ojos que te vieron ir!
    –¿Qué quieres, hija mía? Así aman las francesas. Son mujeres sin pasiones –agregó la Presidenta.
    –El amor, según Stendhal –dijo el doctor– es una fiebre que nace y se extingue sin intervención de la voluntad.
    –No siempre –dijo Nicasia.
    –El único personaje –prosiguió Alicia aludiendo a Baranda– que me parece real, es François Prieur. Es mentiroso, mujeriego y voluble como todos los hombres. No comprendo cómo Dominique puede amarle.
    –¿Quién te ha contado a ti –la arguyó su marido– que el amor le pide su hoja de servicios a nadie? Una mujer inteligente y honesta puede enamorarse de un hombre abyecto, y a la inversa. El amor siente, no analiza.
    –No tan calvo, doctor –dijo la Presidenta–. Pero ese tipo –interrogó Nicasia– ¿por qué planta a una mujer tan buena, tan leal y tan noble?
    –Porque así son los hombres –contestó Alicia.
    –Porque, como dice Schopenhauer –arguyó Plutarco–, una vez satisfecho el deseo, viene la decepción.
    –Nada, hija –repuso la Presidenta, dejando a don Olimpio con un requiebro en la boca–; los hombres son como los animales: después que nos poseen...
    –Os eructan en la cara –agregó Plutarco riendo–; como dice Shakespeare por boca de...
    –Gracias –respondió don Olimpio sin medir el alcance de lo que decía–. Todos se miraron sorprendidos, menos doña Tecla, siempre en Babia.
    –En todo amor –observó Baranda– hay siempre una víctima...
    –Y dilo –recalcó Alicia.
    –Hay siempre uno que ama y otro... que se deja amar.
    –¡Cínico! –exclamó Alicia nerviosa.
    –Ni que decir tiene –indicó Nicasia– que la víctima es siempre la mujer.
    –O el hombre –contestó Baranda.
    –Las mujeres no aman –saltó Petronio que venía detrás con Marco Aurelio, hablando de cocotas y requebrando a cuantas pasaban junto a él. Las mujeres son como nosotros. Ni más ni menos. Usted, doctor, tendrá mucha ciencia; pero usted no conoce a la mujer.

    El doctor no se tomó el trabajo de contestarle.

    –¡Ese Prieur, ese Prieur! –continuó Alicia–. ¡Qué admirablemente pintado! Es una fotografía.
    –¡Cómo miente! –añadió Nicasia.
    –Y miente, como dice Dominique, por el placer de mentir. ¡Qué granuja! –exclamó Alicia echando una mirada de rencor a su marido.
    –Todo hombre –reflexionó Baranda– que gusta a las mujeres, tiene que mentirlas. Y la razón es obvia. La leyenda del casto José no pasa de ser una leyenda. Por otra parte, el hombre, en general, es polígamo.
    –¿Por qué se casa entonces? –rugió Alicia–. Que sea franco, al menos. Pero eso de que nos jure amor y fidelidad ante un juez y un cura para echarse al día siguiente una querida, sin contar las conquistas callejeras, me parece el colmo de la desfachatez.
    –En Oriente –dijo la Presidenta– los hombres son menos hipócritas. Tienen abiertamente sus serrallos y no hablan de matrimonios ni de adulterios. Pero aquí cada hombre tiene un harén escondido y, con todo, no cesa de predicarnos una fidelidad que no practica ni en sueños.
    –Verdad –dijo Nicasia.
    –El matrimonio, al fin, desaparecerá. El divorcio es el primer paso –intervino Baranda–. Y desaparecerá porque está en contradicción con las leyes naturales. Además, la mujer no se resigna con su papel de madre, sino que se obstina en querer, prolongar al través del matrimonio, sepulcro del amor, como dijo el otro, estados de alma que la intimidad y la monotonía de la vida en común hacen imposibles.
    –¿Y los hijos? –preguntó Nicasia.
    –Eso es harina de otro costal –repuso Baranda–. Los padres tienen la presunción de creer que ellos son los únicos capaces de educar a sus hijos. ¡La educación! Ahí es nada. Llaman educar al ceder a sus caprichos o al oponerse a sus inclinaciones. Opino que el hijo debe educarse lejos del regazo materno y de la vigilancia del padre.
    –¡Qué horror! –exclamó la Presidenta.
    –La pedagogía –continuó Baranda– es la ciencia más complicada, la que exige mayor suma de conocimientos de todo linaje, empezando por la antropología y acabando por la estética. ¿Cuántas son las madres que saben de patología, de terapéutica, de higiene...? De los padres no hablemos. Se figuran que con aconsejar autoritariamente a los hijos, intercalándoles alguno que otro bofetón en el texto, están al cabo de la calle. Son los menos llamados a educar porque, aparte de su ignorancia, no pueden seguir paso a paso, a causa de la esclavitud de sus quehaceres, las propensiones del niño, de las que sólo se enteran por lo que les cuentan las madres, que serán todo lo solícitas que se quiera, pero carecen de facultades críticas. Cada padre se jacta de conocer a su hijo como nadie, y resulta que el primer extraño le conoce mejor.
    –¡Música! –le interrumpió Alicia con desdén.
    –Según usted –objetó la Presidenta–, hay que echar los hijos al arroyo como a los gatos. ¡Qué ideas tan originales las suyas!

    Don Olimpio, que no se atrevía a meter baza, sacudía la cabeza sonriendo en señal de no estar concorde con el sentir de Baranda.

    –El problema social –prosiguió Baranda dirigiéndose a Plutarco, sin hacer el menor caso de los demás– reside ante todo en eso. ¿Qué logramos con una buena legislación si desconocemos el organismo individual? Lo primero es estudiar al hombre, puesto que la sociedad se compone de hombres. Las reformas vendrán luego espontáneamente, como una necesidad colectiva, nacidas de la constitución mental del individuo.
    –Conformes, doctor –dijo Plutarco.
    –Ustedes dos siempre están de acuerdo –dijo Alicia con sarcástica risa.
    –¿Quieren ustedes que tomemos algo en la Taverne Royale? –preguntó Marco Aurelio.
    –No, gracias, es muy tarde –contestó Alicia–, y Misia Tecla tiene sueño.
    –No es tanto el sueño, mi hija, como el dolor de los callos –contestó doña Tecla, que se arrastraba cojeando y dormilenta.
    –¿Por qué no llama usted a un pedicuro? –preguntó la Presidenta–. Sufre usted porque quiere.
    –Se lo he dicho muchas veces –añadió don Olimpio–. ¡Como si no!
    –Pues entonces nosotros nos despedimos aquí –dijo Marco Aurelio, sombrero en mano.
    –Sí, puedes irte –contestó la Presidenta–. Don Olimpio me dejará en casa, si no le sirve de molestia.
    –No diga usted eso, mi señora. Para mí es un placer–. Y cambiaron una mirada de inteligencia.

    Mientras Petronio y Marco Aurelio entraban en el Café Americano, los otros tornaban hacia el bulevar Haussmann.

    Luego de dar una vuelta por el café, subieron al restaurante donde tocaba una orquesta de zíngaros. Allí estaba todo el cocotismo de los cafés conciertos. Mujeres provocativas, relampagueantes de joyas, casi en cueros, se paseaban de mesa en mesa pidiendo que las invitasen a cenar. Petronio pidió un cognac; Marco Aurelio, un jerez. El desfile de ancas y senos, multiplicado por los espejos, en aquella atmósfera afrodisíaca, impregnada de perfumes y de olor a carne limpia, ligeramente entenebrecida por el humo de los cigarrillos, fue encalabrinando a Petronio, que miraba a todos lados aturdido y anhelante.

    –¡Qué lata nos ha dado el doctor! –exclamó a la segunda copa– ¡Cuidado que es pedante!
    –Pero sabe. Le tienes tirria porque te desdeña.
    –¡Qué ha de saber! Di tú que lleva muchos años en París y algo se pega. Y en cuanto a desdeñarme... –Monsieur? monsieur?
    –¿A quién llamas, hombre?
    –Al mozo.
    –Pero al mozo no se le dice monsieur. Se le dice garçon.
    –Bueno. Es igual. Otro cognac. Esta noche me la amarro –contestó llevándose la copa a los labios con mano temblorosa.
    –Como todas las noches.

    Chispo ya, tuteaba manoseando a todas las prostitutas.

    –Il ne se gène pas –exclamó una de ellas a quien plantó un sonoro beso en la nuca–. De quel pays êtes vous? Du Brésil? Espèce de rastá...! –y le volvió la espalda.
    –¿Cómo se dice –le preguntó a Marco Aurelio– acostarse de balde?
    –A l'oeil.
    –Oye, tú; tu veux coucher avec moi a l'oeil?
    –Tout de suite –respondió la horizontal en tono de burla–. Tu est si joli garçon! Et surtout tu est si bien élevé!
    –¿Qué dice? ¡Tradúcemelo! –preguntó Petronio casi seguro ya de haber hecho una conquista.
    –¡Que te vayas a la porra!
    –¡Ah grandísima tía! –Y se levantó dispuesto a pegarla. Marco Aurelio intervino sacándole por un brazo del café.
    –París no es Ganga, querido. Aquí no se puede levantar la mano. Y menos a las mujeres. Además, cada una de esas tiene su macró que la defiende.
    –Yo me jutro en París y en los macrós. Le pego un tiro a uno y en paz. –Y se llevaba la mano al revólver que portaba siempre consigo. Bajo el imperio del alcohol era capaz de eso y mucho más. No pocas veces tuvo que ver con la policía, porque, cuando se embriagaba, se volvía pendenciero y procaz.
    –Bueno –dijo Marco Aurelio, cambiando la conversación–. ¿Cuánto tienes encima?
    –Tres luises –contestó Petronio tambaleándose.
    –Yo tengo seis que me dio don Olimpio. ¿Quieres que probemos fortuna?
    –Andando.
    –Y se fueron al Cercle Voltaire.

    Por los bulevares subían y bajaban cocotas de todo pelaje, atacando a los transeúntes: una mulata de la Martinica, gorda y desfachatada; una vieja rubia, con un perro, maestra en sabias pornografías; otra vieja, de bracero con una niña al parecer de diez años: pálida, con el pelo suelto y las piernas al aire; unos mozalbetes muy pintados, de andares ambiguos, subían y bajaban, parándose en las esquinas, mientras los gendarmes les seguían a distancia con los ojos. Algunos tipos patibularios simulaban recoger colillas mirando aviesamente bajo la visera de la gorra embutida hasta el cogote. Los coches rodaban muy despacio. En las esquinas, tiritando de frío, con uno o dos números bajo el brazo, zarrapastrosos granujas voceaban La Presse y Le Soir. El mundo noctámbulo de la crápula, del hambre y el crimen, se desparramaba por el bulevar Montmartre, husmeándolo todo, como perros, con andar tortuoso y vacilante, parándose aquí y allá. Eran souteneurs, rateros, mendigos, ladrones y asesinos: la triste legión de degenerados que nutren la crónica diaria de las miserias de las ciudades populosas.

    –El souteneur –dijo Marco Aurelio– vive de la prostituta, a quien apalea y asesina cuando no le da dinero. Pues ese souteneur, cuando trabaja, es decir, cuando mata y roba, colma de regalos a su querida. Si ha ganado en el cabaret, la obsequia con un ramo de violetas de diez céntimos. Ya ves que no le falta su nota sentimental.
    –¡Qué curioso! –dijo Petronio.


    – V –


    A los gritos de Alicia subió la portera consternada, temiendo encontrar algún cadáver en el descanso de la escalera. Baranda salió a abrirla en calzoncillos.



    –¿Qué ocurre? –balbuceó la portera–. ¿La señora está enferma?
    –¿Qué quiere usted que ocurra? Lo de siempre. Los malditos nervios.
    –Era lo único que te faltaba –voceó Alicia saliendo de su cuarto–: chismear con la portera.

    Y encarándose con ésta, a medio desnudarse, la dijo:

    –No hay tales nervios. Es que me ha pegado.

    Después, volviéndose a Baranda, y cerrando bruscamente la puerta, añadió:

    –¡Cobarde, cobarde! En la calle te haces el sabio, el analítico y aquí me insultas como el último souteneur.
    –Pero ¿no comprendes –respondió el médico– que esta vida es imposible?
    –¿Y a ti te parece bien lo que haces conmigo? Yo entré muy tranquila, sin decirte palabra, y de pronto, sin motivo alguno, empezaste a llamarme imbécil.
    –Y tú ¿por qué me llamaste cínico y mentiroso delante de esa gente que sabes que me odia?
    –Porque lo eres. Hace más de un año que no vives maritalmente conmigo, pretextando que estás enfermo.
    –Y lo estoy, de los riñones.
    –Sí; pero para ver a la otra no estás enfermo ¡Farsante!
    –¿Es que yo no puedo tener una amiga?
    –Una amiga, sí; pero esa es tu querida. Tu querida. ¡Niégalo!
    –Es la huérfana de un amigo a quien quise mucho. Mi deber es atenderla.
    –¡La hija de un amigo! ¡Si eres otro François Prieur! ¿Quién te hace caso? Tan pronto dices que es la hija de un amigo como que es tu amante. Después de todo, nada se opone a que sea la hija de un amigo y al propio tiempo tu querida. ¡Ah, hipócrita!

    Después de una pausa, continuó:

    –Lo que quiero que me digas es por qué me sedujiste. ¿Por qué te casaste conmigo? Yo estaba tranquila en mi pueblo hasta que tuve la desdicha de conocerte. Tu fama, tu figura, tu aire melancólico y dulce..., todo contribuyó a fascinarme. Me conociste virgen. Yo no había tenido un solo novio. Me entregué a ti desde la primera noche, sin la menor resistencia. ¡Lo que lloré cuando te fuiste! Pensé que no volvería a verte.

    Recuerdo que, a poco de casados, me engañaste. Me dejabas sola en el hotel, en un país extraño cuya lengua yo no hablaba, y te ibas con las cocotas. Y yo te suplicaba llorando que no me abandonases. Temblando de frío y de sueño te esperaba hasta el amanecer, y tú te aparecías diciéndome que habías pasado la noche con un enfermo. ¡Y yo lo creía! Claro, era una infeliz sin mundo ni malicia. Y saltándote al cuello te besaba, te besaba, loca de amor y de angustia. Y ahora que vuelvo los ojos atrás, recuerdo que volvías la cabeza y me rechazabas. ¡Como que venías harto!

    Y el médico se paseaba nervioso, medio afligido, pero sin dar su brazo a torcer. –Sí, harto... de ver miserias y oír lamentos.

    –Y ahora –continuaba Alicia– porque me rebelo, porque no quiero ser plato de segunda mesa, ¡me insultas y me ultrajas! Yo seré una histérica, como tú dices, pero tú eres un miserable. Yo no he leído en los libros; pero he leído en la vida y ya nadie me engaña. ¿Y quién es más digno de censura: yo, pobre lugareña, sin principios ni cultura intelectual, o tú, sabio, educado en París, hecho a la vida del refinamiento, como llaman los parisienses a todas esas porquerías de alcoba? Asígname una renta con que poder vivir y verás qué pronto se acaba todo. ¡Yo no quiero vivir así, no quiero! –Y pateaba en el suelo furiosa, dando vueltas de aquí para allá, desgreñada y en camisa.

    El médico, en jarras, la miraba fijamente, meneando el busto con mal reprimida cólera.

    –Habla sin gritar –la decía.

    Ella continuaba, poseída de un deseo irresistible de hablar sin tregua.

    –Me echas en cara que no quiero tener hijos. No, no les quiero. ¿Para qué? ¿Para darles el triste espectáculo de nuestra vida? ¡Oh, no! Tú eres uno de tantos maridos a la francesa, sin escrúpulos, sin corazón, para quienes la mujer legitima no cuenta. ¡Eres de la madera de los cornudos!
    –¿Qué me quieres decir con eso? ¿Que me la pegas? ¿A mí qué? Cuando no hay amor...
    –Soy más decente de lo que imaginas. Tú lo que merecías era eso: una mujer que te la pegara hasta con los mosquitos. Pero yo, sin saber leer ni escribir, tengo más sentido moral que tú. ¡Verdad es que más sentido moral que tú le tiene un perro!
    –¡Pero no grites, pero no grites! –la dijo, tapándola la boca con la mano.
    –¡Canalla! ¡Canalla! –gritaba ella ahogadamente, pugnando por desasirse.

    Cada uno dormía en su cuarto. Baranda entró en el suyo cerrando la puerta con estrépito.

    –¡Ah, qué harto estoy! –suspiraba–. ¿Cuándo tendré el valor de abandonarla?

    En el silencio de la noche, mientras todo dormía, los sollozos de Alicia sonaban conto el maullido lastimero de un gato que se queda en la calle bajo la lluvia.


    – VI –


    La mañana era fría y brumosa. Un atisbo de sol que pugnaba por abrirse paso al través de la neblina, arrojaba sobre el piso húmedo y pegajoso de los bulevares y las masas oscuras de los edificios una claridad incierta de crepúsculo invernal. De los árboles, que aún conservaban sus follajes, caían a manta las hojas secas y amarillas. Eran las once de la mañana y parecían las cinco.



    Una muchedumbre heterogénea circulaba apresuradamente atravesando las calles atiborradas de coches, bicicletas, automóviles, ómnibus y carros. Se veían hombres de chistera y levita, con sus serviettes bajo el brazo; tipos sepulcrales de alborotadas cabezas; empleados de comercio, garçons livreurs del Louvre y el Bon Marché con sus libreas y sus tricornios de ministros en días de gala; obreros de blusa con herramientas de carpintería y cubos de pintura; obreritas con cajas de sombreros y negros líos de ropa; vendedores ambulantes con sus carretitas llenas de frutas, legumbres y flores; infelices que tiraban, jadeantes, como bestias, de diminutos vehículos cargados de baúles, muebles y sacos. Alrededor de los kioscos se paraban algunos curiosos a ver los grabados de las ilustraciones y las caricaturas obscenas de los semanarios satíricos. Escandalizaban el aire el graznar de gansos de las trompetas de los automóviles, el cascabeleo de los carros y los fiacres y el trote hueco y sonoro de los percherones de los ómnibus sobre el asfalto. Pasaban carros de todas formas y dimensiones: unos largos, como escaleras horizontales con ruedas, atestados de barricas o de barras de hierro que cogían medio bulevar; otros cuadrados, de macizas ruedas, con cantos ciclópeos, tirados por una teoría de caballos gigantescos que iban paso a paso sacudiendo el crinoso cuello.

    Petronio salía del Círculo donde pasó la noche jugando. Andaba lentamente, con los brazos caídos, muerto de fatiga y saturado de alcohol. Cuanto de negro tenía en las venas le había salido a la cara, que era cenicienta, orlada de carnosas ojeras de carbón.

    La niebla fue disipándose; el sol parecía brillar al fin, pero indeciso. No pasaba de un claror violáceo. Petronio echaba de menos el sol de Ganga. Todo se le antojaba de una tristeza fúnebre, penetrante, que le hacía pensar en el suicidio. Siguió andando hasta el Grand Hôtel, frente a cuyas puertas una fila de cocheros leía La Libre Parole y L'Intransigeant. Dio una vuelta por el patio, entró en el Salón de lectura, a ver si estaba la vieja y salió luego hacia la rue Royale.

    –¡Qué bruto he sido! –se decía–. Por ambicioso lo he perdido todo. Debí haberme ido cuando ganaba quinientos francos. ¡Qué bruto he sido! El banquero y la casa son los únicos que ganan, sobre todo, la casa. Esa no pierde nunca. Y ahora, ¿qué me hago sin un céntimo? ¡Qué bruto he sido!

    Ya no tenía a quien pedirle. Le había pedido a Baranda, a Marco Aurelio, a don Olimpio, al dueño de su hotel... ¿A quién recurrir?

    Andando a la ventura llegó hasta el puente de la Concordia. De bruces sobre el muro, contempló largo rato el caudaloso río sobre cuyo lomo se deslizaban vaporcitos, balsas, remolcadores y lanchas de carbón, hacia la parte en que Nôtre Dame levanta sus dos torres chatas de fortaleza medioeval. Abajo, en las márgenes, unos cuantos bobos pescaban á la ligne, inmóviles, con la caña tendida, mientras un hombre esquilaba a un perro y una vieja apaleaba un colchón.

    Petronio se sentía muy solo y muy triste, perdido en la inmensidad de este París que, como la naturaleza, se traga con igual indiferencia al genio que al imbécil, a la virtud oscura que al vicio ostentoso, al luchador que al vencido, a la riqueza insolente que a la mendicidad haraposa...

    –¡Quién sabe –pensó– si acabaré por echarme al Sena!

    De pronto brilló el sol, un sol artificial que no calentaba, un sol nebuloso como un huevo visto al trasluz, que sólo servía para hacer más desolada la fisonomía de la ciudad enorme.


    – VII –


    No tenían hijos; pero, en cambio, tenían un perrito lanudo que era el niño mimado de la casa. En sus ojillos negros y húmedos y en su cola retorcida se reflejaban las alegrías o las tristezas de su amo. ¿Estaba el doctor de buen talante? El perrito, poniéndose en dos pies, le saltaba encima, le lamía las manos ladrando de puro contento. ¿Estaba abatido y caviloso? Se echaba a sus pies, mirándole larga y sumisamente, como implorándole que le contase sus penas.



    El perrito, que respondía por Mimí, tenía su historia. Perteneció primero a un ciego, a quien guiaba; después a unos gitanos, y por último, a un guitarrista ambulante que, en pago de una cura gratuita que le hizo Baranda, se le regaló. Pasó hambres, fríos y miserias, y recibió palos y puntapiés... Por eso tal vez era sufrido y apenas ladraba a no ser a la gente haraposa, por la que parecía sentir inveterada inquina. No se daba con Alicia en cuyas faldas temblaba de miedo cada vez que le cogía por el pescuezo, de las piernas de Baranda.

    –¡Sinvergüenza, feo, granuja! –le gritaba, sacudiéndole el hocico y dándole azotillos en las ancas. Mimí se acurrucaba silencioso, con las orejas gachas, haciéndose un ovillo en el regazo de Alicia. ¡Cuán otro se mostraba con el médico! Una sola caricia suya le desarticulaba de alegría la columna vertebral.
    –¿No vale más la compañía de un perro que la de un hombre? –solía preguntarse Baranda, pasándole la mano por el lomo.

    El perro nos comprende, a su modo; nos ama con más absoluto desinterés; de la exudación de nuestro cuerpo extrae como el óleo con que unge su cariño inalterable; nos huele a distancia, nos obedece con un gesto, nos oye cuando le hablamos y nos responde meneando la cola y las orejas, chispeantes y parleros los ojos. Llora y enferma cuando enfermamos y hasta muere de dolor cuando morimos. ¡Y el hombre es tan ingrato, que llama cínico a lo desvergonzado y canallesco! ¿Por qué? Porque el perro, profundamente olfativo y lúbrico, no se recata como el elefante, por ejemplo. No hay animal más sociable. Entre los perros hay clases como entre los individuos: les hay aristócratas y plebeyos. Una mirada hosca, un silencio prolongado bastan para hacerles sufrir. Poseen una sensibilidad exquisita y aman con un refinamiento comparable sólo con el del hombre.

    Les hay filántropos y justicieros; egoístas, ladrones, sinceros e hipócritas. Las obras de los naturalistas y los relatos de los viajeros rebosan de anécdotas sorprendentes de sus extraordinarias facultades psicológicas.


    * * *

    Estaba el doctor en su despacho, con Mimí sobre las piernas, cuando entró mistress Campbell, una vieja inglesa extravagante que trajeaba con llamativo lujo, impropio de su edad. Se pirraba por los colores chillones. Su cara era redonda y prognata, a trechos rubicunda; sus ojos, azules e incisivos. No hallaba gato en la calle a quien no le hablase, besuqueándole, con su voz de ventrílocuo: –Tu as fait ta toilette, cheri? –A los perros flacos les compraba ella misma huesos y piltrafas en la carnicería más próxima, con mofa de los granujas que la rodeaban como a un sacamuelas.

    Era una maníaca ambulatoria. Tan pronto estaba en el Cairo o en París como en Nueva York o en Sevilla. No podía permanecer una semana en parte alguna. A pesar de sus sesenta años cumplidos, no hablaba sino de amor –era su idea fija–, y los más de sus viajes obedecían al deseo que la devoraba de hallar un marido o un amante. Pasaba por los países como una exhalación, acordándose sólo de las joyerías, de las tiendas de antigüedades y de ropas. Ver un cuadro o unos zarcillos viejos y querer comprarles en el acto era todo uno. Poco la importaba el mérito de la tela. Lo principal para ella residía en su antigüedad.

    Se apasionó de Baranda, como de otros muchos, y sabedora de sus disensiones con Alicia, trataba hipócritamente de separarles.

    –Mi querido doctor –le decía–, ¡cuánto le compadezco! ¡Pobre amigo, pobre amigo! –Y le atizaba un beso en la frente.

    Baranda no sabía ya cómo quitársela de encima. Ni frialdades, ni desdenes; nada podía con ella. Simulaba no enterarse.

    Iba a su fin y de lo demás se la daba un ardite. Todos los días, como un cronómetro, estaba allí, en su gabinete, so capa de consultarle respecto de su salud.

    –You sweet dear! –decía besuqueando a Mimí, que pugnaba ariscamente por escaparse de sus brazos.
    –Debíamos endilgársela a Petronio –dijo Plutarco–; a él que anda en busca de una vieja rica.

    Mistress Campbell no entendía el castellano, pero adoraba en los españoles. Su leyenda de apasionados y celosos la desconcertaba en términos de que al ver a alguno, se ponía pálida y trémula.

    –¡Oh, los españoles! –exclamaba–. ¡Dicen que son tan ardientes! ¿Es verdad, doctor?

    Jugaba con dos cartas. A la vez que demostraba al doctor la más férvida simpatía por sus contrariedades, aconsejaba a Alicia que se divorciase.

    –¡Oh, dear! No comprendo cómo puede usted seguir viviendo con semejante hombre. Yo que usted, me separaba.

    A menudo salían juntas Alicia y ella. La conversación, por lo común, versaba sobre el mismo tema.

    –Mi matrimonio –decía la inglesa– fue un idilio. ¡Qué amor el que me tuvo aquel hombre! Siempre andábamos unidos. No me dejaba ir sola ni a la esquina. No volvía una vez a casa sin traerme un regalo. He was perfectly charming.

    Y Alicia, ignorante, de que el marido de la inglesa fue un badulaque, un borracho que murió de delirium tremens, exaltándose poco a poco con la pintura de aquel idilio imaginario, antítesis de su revuelta vida conyugal, acababa por contarla sus más recónditas intimidades. La inglesa experimentaba al oírlas un regocijo inefable que salía a sus ojos penetrantes y duros.

    Nunca logró que Baranda se explayase con ella y mucho menos que la demostrase la menor inclinación física. Era una vieja ilusa, cuyo erotismo, unido a su fortuna, la hacía creer en sexuales correspondencias fantásticas. Su vida entera era un tejido de desengaños por el estilo. En el Cairo halló cierta vez a un joven que fingió amarla para cogerla los cuartos. Auto–sugestionándose se forjaba en la fantasía las mis ridículas escenas de amor.

    Iba a ver al médico vestida con lujo, saturada de afrodisíacos perfumes indios. Creía en el poder fascinador de la toilette. –Una mujer –decía– vestida interiormente de seda, pulquérrima y olorosa, por vieja que sea, puede despertar apetitos genésicos en un joven.

    ¡Cuántas veces llegó a aquel gabinete con el propósito deliberado de violar al médico, excitándole con todo género de estímulos libidinosos! ¡Y cuántas veces también salía, desengañada y macilenta, arrastrando su fiebre insaciada de caricias por la vía pública llena de hombres que ignoraban las convulsiones de su carne!


    – VIII –


    ¡Qué mundo tan divertido el que recibía los sábados la Presidenta en su casa! Monsieur Garion, un cornudo; la señora de Páez, una adúltera; Zulema, un turco jugador y corrompido; mademoiselle Lebon, una medio virgen; mistress Galton, una norteamericana que, mientras el marido se mataba trabajando en Nueva York, se divertía en París, gastando como una loca y pegándosela con todo bicho viviente; monsieur Maigre, un peludo poeta decadente, con más grasa en el cuello de la camisa que inspiración en los versos; madame Cartuche, una jamona sáfica, de quien nunca se supo que tuviese que ver con ningún hombre; monsieur Grille, un mulato escuálido y pasudo, diputado por la Martinica, antiguo amigo de Baranda; Collini, un pretenso barón italiano, de inconfesables aficiones; monsieur Lapin, un violinista cuya cabeza parecía una esponja.



    Mistress Galton no hablaba sino de modistas y carreras de caballos. Maigre no decía dos palabras sin citar a «su maestro» Verlaine; Grille se jactaba de sus quiméricos triunfos parlamentarios, y Collini cantaba las bellezas de Nápoles y Capri, saboreando mentalmente un plato de macarrones. El violinista no hablaba; arañaba las tripas.

    Todos se despellejaban a la sordina, sin perjuicio de prodigarse cara a cara las más ridículas lisonjas.

    –¡Oh! –exclamaba la Presidenta–. ¡Monsieur Lapin supera a Sarasate! ¡Qué arco, qué arco!

    Lapin se inclinaba ceremonioso.

    –¡Qué versos, qué versos tan sugestivos, tan armoniosos y penetrantes los de Maigre!

    Maigre se doblaba llevándose la mano derecha al corazón.

    –Para oratoria, la de Grille. ¡Ni Mirabeau!

    Grille sacudía la hirsuta pasa.

    Y todos decían a coro:

    –Pero ¡qué buena es usted! ¡Qué buena y qué inteligente!

    Y por lo bajo:

    –¡Valiente estúpida!

    Una vez que se iban, les ponía de vuelta y media.

    –¿Has visto, hija, nada más pedante, soporífero y sucio que Maigre?
    –¿Y has oído rascatripas más rascatripas que el conejo ése?
    –¿Y mulato con más humos que Grille?
    –¿Y sabes de cornudo más cornudo que Garion?


    * * *

    –¿Qué se ha hecho la inglesa? –preguntó Nicasia.
    –Creo que se ha ido a Pekín –respondió Alicia riendo.
    –Esa mujer –añadió la Presidenta– debe de tener azogue en el cuerpo. No para en ninguna parte. El doctor la echará de menos...

    Alicia sonrió malévola.

    –¿Por qué? –saltó Plutarco.
    –Dicen que... –insinuó con su natural perfidia la dueña de la casa.

    Plutarco, sin dejarla acabar, continuó indignado:

    –¿En qué cabeza cabe suponer que un hombre de su gusto, de su inteligencia y de su instrucción vaya a hacer caso a un vejestorio semejante?
    –¡Misterios del amor! –exclamó la Presidenta volviendo los ojos con picardía a don Olimpio, que bajó los suyos ruborizado–. ¡De cuántas aberraciones por el estilo no están llenas las crónicas mundanas!
    –¡Ah, sí! Y de falsos amores de mujeres que explotan a viejos libidinosos –contestó Plutarco subrayando cada palabra.

    La Presidenta se puso como el papel. Don Olimpio, verde.

    –Lo que no me negará usted –intervino Nicasia echando un capote– es que la inglesa iba con mucha frecuencia al gabinete de Baranda.
    –Como van otras muchas. ¿Qué quiere usted, señora? No todos los hombres tienen el don de fascinar a las mujeres.
    –¡El don! –dijo Alicia despechada–. Para fascinar a esa vieja loca, maldito el don que se requiere. Diga usted que ahí había otra cosa...
    –Lo que puedo afirmar es que el doctor nunca la dijo «por ahí te pudras». Y la prueba la tienen ustedes en que la inglesa ha desaparecido.
    –¡Hum! –gruñó Alicia–. Ya volverá.
    –Hablemos de otra cosa –interrumpió Marco Aurelio–. ¿A que no saben ustedes lo que le ha pasado a Petronio?
    –¿Qué? –preguntó don Olimpio.
    –¡Lo más cómico del mundo! Figúrense ustedes que se fue a Niza con una vieja austriaca...
    –¿Otra vieja? –interrumpió la Presidenta.
    –Con una vieja austriaca que conoció en el Grand Hôtel. Cada vez que le daba dinero le hacía firmar un pagaré.
    –¡Ja, ja! ¡Qué memo! –exclamó Nicasia.
    –Y ella ¡qué tiburón! –añadió Alicia–. Así debíamos ser todas las mujeres.
    –¿Y ese es el moralista de Ganga? ¿El que tronaba contra la corrupción social? –exclamó Plutarco.
    –Y ahora sucede que la vieja –continuó Marco Aurelio– le persigue por todas partes amenazándole con llevarle a los tribunales si no le devuelve lo prestado.
    –¡Ay, qué gracia! –dijo Alicia.
    –Y Petronio ¿qué dice a todo eso? –preguntó don Olimpio.
    –Pues se ríe, aunque no las tiene todas consigo.
    –El caso no es para menos –observó Nicasia.
    –Pero a ese Petronio le falta un tornillo –exclamó doña Tecla.
    –Siempre le faltó –añadió Alicia–. Acuérdese usted de su vida en Ganga. Es medio loco.
    –Y mala persona –agregó Plutarco–. Juega, bebe, es licencioso, camorrista... Acabará mal.
    –¿Por qué le tiene usted esa tirria? –le preguntó Marco Aurelio.
    –¿Tirria? Ninguna. Me es repulsivo. Le creo capaz de todo. Pero usted, Marco Aurelio, ¿no era su amigo?
    –¡Amigo! ¡Psch! Yo no soy amigo de nadie.

    En esto apareció la criada con el té que la Presidenta fue sirviendo taza por taza, empezando por la de don Olimpio.

    –¡Cómo le saquea! –murmuró por lo bajo Nicasia dirigiéndose a Alicia.
    –Le está dejando sin un céntimo. Me alegro, por idiota. Es un sátiro ese viejo.
    –¡Cuidado que se necesita estómago, porque mira, chica, que es feo! –agregó Nicasia–. Quien me parece más idiota que él es doña Tecla.
    –Esa es filósofa... o ciega –dijo Alicia riendo.
    –A veces me figuro que se hace la sueca –añadió Nicasia.
    –No, mi hija. Siempre fue igual. ¿Qué quieres? Hay criaturas así. Son felices.
    –De lo único que se queja –continuó Nicasia, burlándose– es de los callos y de la muerte de Cuca.
    –¡Pobre! –finalizó Alicia.

    Ya en la calle, Plutarco, con tono de dura reconvención, dijo a Alicia:

    –No comprendo cómo se atreve usted a hablar mal del hombre que la ha elevado a una categoría social...
    –¿Y a usted qué le importa? A usted también le ha elevado...
    –Sí, pero yo he sabido pagarle con la más profunda adhesión y el más grande respeto. Al paso que usted... La culpa es mía, porque si yo no hubiera intervenido en el asunto, estaría usted hoy de seguro en Ganga de cocinera o quizá de algo peor.
    –Y sería sin duda menos desgraciada.
    –Lo que hace usted con el doctor –continuó Plutarco, tras un silencio– es infame. Que el doctor tenga una querida, ¿justifica en manera alguna su conducta de usted?
    –Usted ¿qué sabe? A usted ¿quién le mete?
    –¿A mí? Mi deber de amigo. Mi agradecimiento... El doctor está enfermo.
    –Por mí ¡que reviente!
    –¿Que reviente, eh? Reventará usted primero. Porque si el doctor no tiene energía para ponerla a usted en la calle...
    –¿Me pone usted? ¡A ver, repítamelo!


    – IX –


    –¡Era lo único que me faltaba! –exclamó el médico–. ¿Puede usted creer, amigo Plutarco, que Alicia anda diciendo por ahí que la inglesa es mi querida?



    –Lo sé.
    –Lo grave no es eso. Lo grave es que añade que me da dinero. ¡Figúrese usted!
    –Esa mujer ha perdido el juicio.
    –Sí, de puro despecho. Como para mí genésicamente no existe (tengo mis razones), imagina que me acuesto con todas las mujeres que conozco. Es una histérica malévola y obstinada. A diario me dice que me hará todo el daño que pueda y que no estará satisfecha hasta verme en medio de la calle pidiendo limosna.
    –¿Y qué va a ser de ella entonces?
    –¡Figúrese!
    –A mí no me odia menos que a usted, doctor. ¿Sabe usted lo que dice de mí? Que soy su alcahuete de usted, que le busco a usted las mujeres, y hasta insinúa que entre usted y yo hay algo más que una amistad sincera...
    –¿Qué quiere usted? Así son las histéricas. ¿Y qué hacer? ¿Qué hacer? –gemía, llevándose las manos a la cabeza.

    Baranda estaba enfermo, a más de los riñones, de la voluntad.

    –No le queda, doctor, más que un camino, o esa mujer acabará con usted a la postre: dejarla.
    –¿Y la casa? ¿Cómo saco de aquí mis libros y mis muebles? Porque lo que es la casa no se la dejo. Imagínese usted el espectáculo que me daría si viese sacar una sola silla. ¡Ah, no! Todo lo prefiero al escándalo.

    Tras una pausa continuó:

    –¡Si viera usted cómo tira el dinero! «¡Ah, miserable! (así me llama). ¿Quieres que ahorre lo que. te has de gastar con la otra? ¡Qué mal me conoces!» He llegado a cogerla miedo. ¡Ah, si mis nervios motores respondiesen a mis deseos! Pero es inútil. Pienso una cosa y hago otra.

    Después de otra pausa, prosiguió:

    –¡Si asistiera usted a nuestras comidas, a nuestros fúnebres tête–à–tête! Yo no la miro; pero ella me devora con los ojos como si se tratase de auscultarme el cráneo. La criada nos sirve como una sonámbula, temerosa de que a lo mejor estalle aquel silencio en un Niágara de improperios. Por supuesto que la pobre Rosa es su pesadilla sempiterna. ¡La infeliz, tan buena, tan humilde! Es ella, usted lo sabe, quien me ayuda cuando tengo algún trabajo urgente. Va a la Biblioteca Nacional y me toma las notas que necesito, la que me pone en limpio los originales para la revistas, la que me escribe las cartas y quien me consuela en mis horas de angustia... De la una no recibo sino insultos, amenazas y asperezas; de la otra, sólo palabras de cariño y simpatía...

    Plutarco se paseaba por el gabinete, preocupado y nervioso. Miró a la calle al través de los cristales del balcón.

    –¡Qué hermoso día, doctor! ¿Quiere usted que demos un paseo a pie por los Campos Elíseos hasta el Bosque?
    –No me vendría mal un poco de sol, ya que soy todo sombra por dentro.


    – X –


    Bajo los castaños, en bancos y sillas, se agrupaban charlando familias burguesas, entretenidas en ver el flujo y reflujo de landós, victorias, tílburis, fiacres, cupés, carretelas y automóviles que rodaban por la gran avenida, camino del Bosque de Bolonia o de la Plaza de la Concordia, envueltos en el oro chispeante de aquella tarde diáfana y tibia, de límpido azul.



    En lujosos trenes, tirados por caballos que piafaban orgullosos enarcando el cuello, mostraban su belleza arrogantes mujeres tocadas de caprichosos sombreros multiformes.

    –En días como éste –observó Plutarco– en que la primavera vuelve, si no a las ramas de los árboles, ya casi mustias, al cielo y al aire, es un placer indecible pasearse por París. ¡Cómo goza el ojo con el espectáculo de tanta mujer elegante y seductora, con el relampagueo del sol en el barniz y los metales de los vehículos, con el ancho cielo azul y la perspectiva de estos paseos poblados de árboles, jardines y fuentes, que dan la sensación simultánea de la clausura de la ciudad y de la libertad sin límites del campo! En nuestros países no disfrutamos de esta alegría luminosa de la naturaleza, porque no tenemos estaciones. Pero aquí, después de las brumas y las crudezas del invierno, ¡con qué inefable delicia saboreamos esta dulce resurrección primaveral!

    Se detuvieron ante el Palace Hôtel, a cuya puerta se apiñaba una muchedumbre que aguardaba impaciente la salida del Sha de Persia.

    –¿Puede usted creer, doctor, que no sé una palabra de los persas?

    En esto salió el autócrata con su gorro de astrakán y su levita negra. Sus ojos, a flor de tête, revelaban una tristeza de lúbrico aburrido y enfermo. Sus grandes bigotes grises, adheridos en parte a las mejillas terrosas, parecían un rabo de zorra.

    –Vive le Sha! –gritaron algunos, y el landó, custodiado por la guardia republicana y seguido por los del séquito imperial, echó a andar hacia el Bosque, paseo predilecto del monarca.
    –Prepárese usted –dijo el doctor con cierta jovialidad– a oír toda una conferencia (usted la ha pedido) geográfico–histórica sobre la Persia.
    –Je ne demande pas mieux –contestó Plutarco sonriendo.
    –El antiguo imperio medo–persa –dijo el médico– estaba situado en la parte occidental del Asia. Le limitaban, por el Norte, la cordillera del Cáucaso, el mar Caspio y la Partia; por el Este, los montes de la India; por el Sur, el mar Eritreo, el golfo Pérsico y la Arabia; y por el Oeste, el desierto de Libia, el Mediterráneo, el mar Egeo y el Ponto–Euxino. El Éufrates dividía el imperio en dos porciones desiguales: la una, al occidente de dicho río, comprendía la península del Asia Menor, la Siria, Fenicia y Egipto; la otra abarcaba las comarcas que se extienden entre el Éufrates y el Indo. Al paso que la Media era llana y fértil, la Persia antigua era muy caliente y árida y estaba cubierta de arcilla dura y de pantanos pestíferos. A esta inclemencia del medio obedecía, sin duda, la sobriedad y el vigor indomable de los persas. Según Herodoto, el, persa no enseñaba a sus hijos sino tres cosas: «montar a caballo, tirar el arco y decir la verdad». Las más célebres ciudades de este imperio –el más grande de la antigüedad– eran Persépolis, Susa y Ecbátana. Sabemos de las costumbres de los persas por los escritores griegos Estrabón, Herodoto y Jenofonte. La organización política de aquella inmensa monarquía recuerda, por lo sólida y vasta, la de los antiguos romanos y la de los ingleses. Dejaban a cada país sus costumbres, su lengua, sus magistrados y cierta autonomía. Así proceden los anglosajones en la India. Hubiera sido imposible imponer la homogeneidad a dominios tan abigarrados en que se hablaba lo menos veinte lenguas distintas. Darío no exigía de sus súbditos sino impuestos regulares en proporción con los recursos de cada territorio. Dividió sus Estados en veinte satrapías, La provincia de Persia, que comprendía a Persépolis y Pasagarda, estaba exenta de todo tributo. Estas contribuciones se pagaban en numerario o en caballos y carneros. Babilonia, por ejemplo, pagaba en jóvenes eunucos. El sátrapa era espiado por un secretario regio y un general que ejercía la autoridad militar.

    El imperio fue desmembrado en diferentes épocas. Bajo los Sasanidas quedó reducido al Asia Menor. A partir de la conquista de los árabes, Persia cambió su nombre por el de Irán. Devorada por un sol tórrido, pobremente regada por ríos que se pierden en los arenales, es hoy casi un yermo. Contiene, sin embargo, algunos valles fértiles y bosques de pinos, álamos y robles verdean en las faldas de sus montes, en cuyas entrañas abundan el cobre, el plomo, el mármol y las piedras preciosas. Perales, olivares, cerezos y melocotoneros pueblan sus jardines. Sus caballos, dromedarios y camellos eran famosos; rebaños de búfalos y cabras pacían en sus llanuras, y el oso, el león y el leopardo llenaban sus selvas. Sólo dos razas, de origen ario, los medas y los persas, dominaban en el Irán. La Media, el país de las llanuras, ocupaba la región que se alarga desde la frontera de Asiria hasta la Ecbátana. Persia ocupaba la parte montañosa.

    –Continúe, doctor. Le escucho extasiado.
    –Los persas fundaron un imperio colosal, pero no inventaron nada nuevo, ni en ciencias, ni en arte, ni en industria. Hasta su advenimiento, el viejo mundo oriental había sido gobernado por semitas como los asirios o medio semitas como los egipcios. Con el persa, el genio ario aparece por vez primera en la historia. Rejuveneció la savia de las razas decrépitas y, agrandándose poco a poco, llegó a su auge con los griegos, herederos de la civilización asiática. Al hundirse la monarquía babilónica, al empuje de los persas dirigidos por Darío, la misión de los semitas parece terminada. Mil años más tarde, con los árabes, pudo creerse que los persas marchaban a la cabeza del progreso; pero su influjo en el desenvolvimiento humano fue casi nulo. El persa era asimilador, pero no original. Con el roce de los pueblos sojuzgados, su carácter se corrompió. Imitaron a los caldeos en el uso de las joyas, de la orfebrería y del adorno, y a las babilonios en el de los amuletos. Se pirraban por las sortijas, los collares, los brazaletes, los vidrios de colores, las copas de plata y los muebles incrustados de oro y marfil. Contra este lujo fastuoso tronaron vanamente los retóricos griegos. Eran admirables jinetes, no superados ni por los partos ni por los árabes, sus discípulos. La caballería persa caía sobre el enemigo como una tromba y desaparecía lo mismo. Su procedimiento consistía en provocar y fatigar al adversario. El soldado persa, montado al revés, con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo, mientras el caballo corría, disparaba sus flechas. La infantería no era menos aguerrida. Su equipo se componía de una tiara de fieltro, de una túnica con mangas, de una coraza de hierro, de largos pantalones y de altas botas atadas con cordones. Sus armas eran un escudo de mimbre, un dardo arrojadizo, un arco, flechas y un puñal pendiente de la cintura. Cada legión, vestida a la usanza nacional, marchaba aisladamente. El incontable ejército de Jerjes debió de ofrecer la más brillante y multicolora perspectiva.

    Los asirios ostentaban cascos con cimera y corazas de lino acolchado; los escitas, bonetes puntiagudos; los indios, túnicas blancas; los caspianos, sayones de pelo de cabra; los árabes, larga ropa talar remangada; los etíopes, pieles de leopardo; los tracios, tocas de zorra, y los pobladores de la Cólquida, cascos de madera. En medio de este deslumbrador desfile iba el monarca en su carro, tirado por dos caballos nisanos, según la descripción de Herodoto. Cuando se cansaba de ir en el carro, manos femeninas le trasladaban a una litera.

    Del lujo de los persas nos hablan los griegos que encontraron en el campo de Mordonius, después del triunfo de Platea, tiendas tejidas de oro y plata, lechos dorados, cráteras, copas y vasos de oro.

    Quitaron a los muertos los brazaletes, los collares y las cimitarras, que eran también de oro.

    En general, el persa se mostraba clemente con el vencido, sobre todo si se recuerda la crueldad de los asirios. Sólo la rebelión era castigada sin piedad. Con todo, su historia está plagada de escenas de sangre. El epiléptico Cambises y Jerjes cometieron no pocas iniquidades. El persa se sometía sin protesta a la voluntad del soberano. Soportaba, sin quejarse, los mayores suplicios. Cambises, antes de casarse con su hermana, de quien se enamoró perdidamente, convocó a los jueces reales para consultarles si había alguna ley que permitiera el matrimonio entre hermanos. Los jueces –muertos de miedo– le contestaron que no existía ninguna ley aplicable al caso; pero que sí había una que autorizaba al «rey de los reyes» obrar como se le antojase.

    Los hábitos sanguinarios y sensuales de Oriente están contados con riqueza de pormenores en los primeros capítulos del Libro de Ester. Fíjese en cómo se describe el boato de Artajerjes, el Asuero bíblico:

    «Se habían tendido por todas partes toldos de color azul celeste y blanco y de jacinto. sostenidos de cordones de finísimo lino y de púrpura que pasaban por sortijas de marfil, y se ataban a unas columnas de mármol. Estaban también dispuestos canapés o tarimas de oro y plata, sobre el pavimento enlosado de piedra de color de esmeralda o de pórfido y de mármol de Paros, formando varias figuras, a lo mosaico, con admirable variedad. Bebían los convidados en vasos de oro y los manjares se servían en vajilla siempre diferente; presentábase asimismo el vino en abundancia y de exquisita calidad, como correspondía a la magnificencia del Rey».

    –Pero ¡qué memoria tan admirable tiene usted! –exclamó Plutarco.
    –Es lo único que me queda –contestó Baranda.
    –¿Y cuál es la religión de los persas, doctor?
    –El estudio de los Vedas (código religioso, en vigor todavía entre los Brahamanes) ha demostrado que la religión persa nació del naturalismo. Los magos persas (mago, en pehlvi, significa sacerdote) tomaron sus doctrinas a los gimnosofistas indios (Diógenes Laercio). El persa cree en un Dios bueno –Ormuzd– (equivalente al Indra védico) y en un Dios malo –Ahrimán–, eternos rivales. Formaban la corte celestial, como si dijéramos, de estos dioses, personificaciones de los fenómenos naturales y genios que representaban las fuerzas vivas del Cosmos, especie de hipóstasis de todo lo que tiene inteligencia y cuyo origen debe buscarse en la adoración de las almas. El mazdeismo simbolizaba la lucha entre el bien y el mal, la luz y las tinieblas, la vida y la muerte. Para conjurar al espíritu maligno inventaron plegarias, ritos y ceremonias, toda una ciencia de sortilegios y evocaciones. El gran profeta de esta religión fue Zarathustra, Zoroastro o Zerdusch. Mítico o real, pues nada se sabe de su vida, se considera como el legislador religioso de los persas. Se le atribuyen libros sagrados, de los que sólo se conservan fragmentos en el Avesta. Para los griegos y los romanos fue el fundador de la magia, dígase taumaturgo.

    Según Estrabón, Gregorio Nazianceno, Amiano Marcelino y otros, el tipo clásico del mago y del encantador en Occidente fue el persa. Una planta que los arios empleaban en sus libaciones –aclepsia acida– se convirtió entre los persas en un símbolo, que, al decir del Avesta, daba la muerte, la vida, la salud y la belleza. Para ellos personificaba el genio de la victoria y de la salud, que se dejaba beber y comer de sus adoradores.

    Con el nombre de Avesta se designa el conjunto de los textos mazdeístas o «libros sagrados de los antiguos persas», que se hallan hoy en Bombay, en poder de los Parsis, y en Persia, en poder de los Guebres.

    El Avesta, libro litúrgico, tal como ha llegado hasta nosotros, representa los ritos del Gran Avesta primitivo, cuya destrucción parcial se atribuye a Alejandro. Según la tradición parsi, el Avesta se componía primitivamente de veintiún nasks o libros, de los cuales se poseían fragmentos en tiempo de los Sasanidas. De estos libros sólo se conserva uno completo: el Vendidad, de carácter civil y religioso, en que se tratan cuestiones cosmogónicas. Está redactado en forma de diálogos entre Ormuzd y Zoroastro. La antigüedad conoció el Avesta; pero la Edad Media y el Renacimiento le ignoraron. El Vendidad recuerda la Ley mosaica.

    La limpieza fue siempre la principal preocupación de las religiones orientales. Casi todas las leyes judaicas obedecen a la higiene. Se proscribe el cerdo porque el cerdo es nauseabundo. En el Avesta el objeto impuro por excelencia es el cadáver porque engendra la corrupción y la peste.

    El fin de la purificación es evitar el contagio que pasa del muerto al vivo. De donde viene la prohibición de arrojar los cadáveres al agua. El líquido –la ciencia moderna lo ha confirmado– es el conductor principal de la impureza. El gran purificador es el fuego.

    Toda la religión del Avesta descansa en esta mezcla de misticismo y de previsiones higiénicas. El perro, a quien la mayoría de los pueblos orientales mira con desprecio, es muy estimado de los mazdeístas, lo cual puede que responda a que el perro es el amigo y el protector del hombre, el adversario siempre vigilante de sus enemigos y el guardián de sus rebaños.

    El Vendidad consagra todo un capítulo a las leyes que tiran a protegerle. «Cincuenta palos al que maltrate a un perro de caza; setenta, a un perro vagabundo; doscientos, a un perro de pastor; de quinientos a ochocientos al que mate a un perro. Mil palos al que mate a un erizo...»

    Sin proclamar como el budismo la piedad universal, el mazdeísmo proclamó los deberes del hombre para con el animal, particularmente para con el buey que le ayuda en su labor, le da su carne y le viste con su piel. Según Darmesteter (cuya traducción francesa de los libros del Irán le recomiendo), el advenimiento de la religión de Zoroastro representa el advenimiento de la justicia para los animales. «El alma del buey lloraba. ¿Por qué me has creado? Heme aquí víctima de los malvados que me maltratan. No tengo más protector que tú. Asegúrame un buen pasto...»

    La nota predominante de esta religión, que no excluye los tormentos del infierno, es una dulzura penetrante. Zoroastro triunfa del mal por la santidad y la plegaria. Muchas páginas del Avesta exhalan un inefable perfume evangélico.

    –¡Qué hermoso es el estudio! –exclamó Plutarco, perdida la mirada a lo lejos de la Avenida del Bosque, que tenía algo de fantástico.
    –Gracias al estudio –prosiguió Baranda–, hemos podido penetrar en el alma de aquellas arcaicas civilizaciones. Champollion descifra los jeroglíficos egipcios: Botta y Layard hacen surgir de los desiertos de Asiria suntuosos palacios; Rawlinson y Oppert leen en los libros que dormían entre el polvo de las ruinas de Nínive... La arqueología, que ha pulverizado tantas leyendas, la bíblica inclusive, hace hablar a la esfinge que parecía eternamente muda; obliga a las pirámides a contar sus secretos seculares, y da vida y movimiento a los laberintos, los obeliscos y las necrópolis. Del suelo de la Mesopotamia brotan capitales enteras, dueñas un tiempo del Asia, que nos revelan, con los extraños caracteres de sus muros, su idiosincrasia mental... La historia, de simple relato novelesco, se ha transformado en ciencia. Hasta poco ha se creía que los griegos habían sido los iniciadores de toda cultura, que eran originales y que nada debían a las civilizaciones que les habían precedido. Mientras los helenos vivían en la barbarie, en las orillas del Nilo y en las llanuras de Caldea florecían magníficos imperios.
    –Quisiera saber algo de la Persia moderna, doctor. Por ejemplo, cómo vive el Sha –preguntó Plutarco, cada vez más anheloso de instruirse–. ¡Es tan interesante todo eso!
    –Precisamente he leído en estos días la relación de un viaje a Teheran de cierto diplomático francés.

    El palacio real –dice– consta, como toda casa persa, de dos partes: una destinada a los hombres, y otra, al harén. Está rodeado de jardines de rosas, sombreados por cipreses, pinos, plátanos y sauces, arrullados por el rumor de fuentes de porcelana azul. Al este del jardín de las Rosas, el sol de los palacios levanta sus dos torres cuadradas con belvederes exornados de arabescos amarillos y azules. Desde estas torres, las odaliscas observan la entrada populosa de los bazares. Al pie de las torres se abre una galería cubierta de tapices de Gobelinos que representan El coronamiento del Fauno y El triunfo de Venus. En la parte norte está el museo, una sala sin fin, de riqueza incomparable. El suelo desaparece bajo las alfombras persas más caprichosas, magistrales modelos del arte antiguo. Allí se yergue el trono de los Pavos reales, deslumbrante de oro y esmaltes preciosos, cuajado de pájaros fantásticos y de quimeras que se eclipsan ante las fulguraciones del diamante–sol, evaluado en ciento cincuenta millones.

    Luego viene el Cuarto de los Diamantes, tapizado de espejos y de cristales que cuelgan del techo en irisadas estalactitas.

    Después, la Biblioteca, tesoro de viejos manuscritos con inestimables miniaturas. Después viene la Puerta de las Voluptuosidades que conduce al harén y que sólo pueden franquear el Sha y los eunucos.

    Al salir de las habitaciones reales, se atraviesa una galería que da sobre un patio redondo. Allí está el Ministerio de relaciones extranjeras. Una serie de ventanas de madera y una reja le separan de un jardín sembrado de plátanos. En el centro del jardín corre una fuente. Un gran vano se abre en la fachada: es la Sala del Trono. Las columnas de alabastro sostienen el entablamento. En las paredes una serie de retratos de reyes arrojan una nota grave atenuada por la vecindad de múltiples espejitos de brillantes facetas. En el fondo una arcada sombría se ilumina de súbito: son los cambiantes de los vidrios floridos que se reflejan en el agua de un estanque.

    En primer término está el Trono. Es de mármol blanco, transparente, con incrustaciones de oro. Está sostenido, en el centro, por columnas cortas, con leones sentados en la base. A los lados ostenta pequeñas estatuas de pajes vestidos a la persa. El respaldo, especie de encaje cincelado, se extiende entre dos columnitas, que conducen a una galería baja, recargada de inscripciones, que completa esta magnífica tribuna imperial.

    En torno del estanque rectangular se mueven los dignatarios, con sus grandes turbantes de tela blanca, sus amplias y largas túnicas, en que enormes grapas incrustan sus raros botones, de los que penden cadenitas de perlas.

    Un silencio repentino acalla el rumor de esta multitud inquieta y parlanchina; las cabezas se doblan, las actitudes se tornan humildes y suplicantes. El rey de los reyes acaba de entrar. Atraviesa lentamente los jardines, sube al trono donde se sienta a la usanza oriental, apoyado en cojines recamados de perlas. Su levita negra, cerrada con botones de diamantes, se esfuma ante el relampagueo de las piedras.

    La cresta, insignia del Poder, se abre como un abanico de fuego sobre un rostro melancólico y dulce. Con gesto rítmico e inconsciente acaricia sus largos bigotes, mirando en torno suyo con mirada misteriosa que sale como de un sueño, mientras su poeta favorito canta las glorias de la tribu de los Kadjors. Cada vez que suena el nombre de Mouzaffer–ed–Din, la muchedumbre se prosterna. De los labios del Sha caen algunas palabras benévolas. Después se le presenta la taza de café y el Kalian de oro y por último empieza el desfile de tropas y funcionarios al trueno tempestuoso de las músicas militares...

    –¿Verdad que el cuadro tiene vida y color? –agregó Baranda terminando su conferencia.
    –¡Admirable, admirable! –exclamó Plutarco viendo con la imaginación, a la luz de aquella puesta del sol parisiense, el fausto y la opulencia de la corte oriental.


    – XI –


    Alicia recibió furiosa al médico.



    –¿Te parece bien que me haya pasado el día, este día tan hermoso, encerrada?
    –Porque has querido.
    –No. Porque no has querido tú acompañarme. Me aburro de andar sola por esas calles como perro sin amo. ¡Con qué placer hubiera dado un paseo por el Bosque!
    –¿Y por qué me niego a acompañarte? Porque el salir contigo es un eterno disputar. Apenas ponemos los pies en la calle, empiezan las recriminaciones y los insultos, y todo a gritos para que se enteren hasta las piedras. Comprenderás que pocas ganas han de quedarme luego para volver a salir contigo.
    –¿Y acaso te calumnio? ¿No eres un hombre sin pudor? ¿Cómo llamas a eso de vivir públicamente con una mujer que no es la tuya legítima?
    –Yo no vivo públicamente con mujer alguna. Esa mujer –te lo he dicho mil veces– es una amiga.
    –¡Mientes!
    –Una amiga que me ayuda en lo que tú no puedes ayudarme. ¿Puedes tú copiarme los artículos, tomarme notas?...
    –¡Si no sé leer! ¿Por qué me lo repites? ¡Para humillarme!
    –Bueno. ¡Déjame en paz!
    –¡Qué he de dejarte en paz! ¿Por qué no me hablabas así en Ganga? ¡Hipócrita!
    –¡No me nombres tu tierra! ¿Hipócrita yo? ¿En qué? ¿Qué diré de ti? Recuerda lo que fueron nuestros amores en Ganga. Puramente epidérmicos.
    –¡Ah, si me hubiera entregado del todo, no te hubieras casado conmigo! Me hubieras plantado como has hecho con otras. Pero, claro, el deseo de poseerme...
    –¡Valiente posesión! Cuando empleas preservativos, te estás quejando una hora de la matriz porque el agua fría te daña; y cuando no les empleas, me obligas a realizar el acto a medias. ¡Y quieres que me acueste contigo!
    –¡No, no quiero tener hijos! ¡Soy más honrada que tú!
    –Si tanto miedo tienes a los dolores del alumbramiento, ¿por qué no te casaste con el Espíritu Santo? Hubieras concebido por obra y gracia suya...
    –¡No te burles!
    –Pero eso me tiene sin cuidado. Después de todo, puede que tengas razón. ¿A qué engendrar más infelices? A mí lo que me importa es la paz.
    –¿Cómo quieres que la haya después de tus continuas infidelidades? ¡Qué inmundicia es la vida conyugal! Por un matrimonio honrado y puro, ¡cuántos como los que describe Octavio Mirbeau en Le journal d'une femme de chambre!
    –¿Cómo has podido leerle?
    –¡Me le ha leído Nicasia, hombre! No me fastidies más. Después que me has corrompido...
    –¡Corromper! ¡Corromper! Todos, hombres y mujeres, nacemos corrompidos. ¡Cuán otro hubiera sido contigo si me hubieses tratado con más ternura!
    –¿Que no he sido tierna contigo? ¡Qué descaro! ¡A ver, mírame de frente!
    –Suponiendo que fuesen ciertas todas esas traiciones sentimentales de que me acusas...
    –Al fin, confiesas.
    –¿No tengo otros méritos a tu consideración? Pero a la mujer ¿qué la importan los méritos intelectuales del hombre? Ya puede ser un canalla, un inepto, que con tal de que la ame y la sea fiel, todo se lo perdona. Y ya puede ser un genio, que si no se pliega a sus caprichos y no la rinde parias, no la merecerá el más mínimo respeto.
    –Tú ¿inspirarme respeto? ¿Porque tienes los ojos melancólicos y sabes unas cuantas paparruchas?...
    –Ya que no por lo que valgo mentalmente –eso eres incapaz de apreciarlo– por haberte al menos sacado de la oscuridad en que vivías. ¿Quién eras tú? Una miserable inclusera...
    –En Ganga no hay inclusa. ¡Mientes!
    –Una india...
    –¿Y tú? ¡Quién sabe de qué huevo saliste!
    –¡Alicia!
    –Tú puedes ofenderme; pero yo no.

    Toda conversación era inútil. El médico no la amaba y ella sentía por él la sorda inquina que sucede a los amores contrariados y la envidia tácita que inspira a todo ser inferior–sea mujer u hombre– la superioridad desdeñosa.

    Tratar de convencerla era machacar en hierro frío. Nadie podía alejarla de su delirio lúcido. Aquel hombre, a quien ella juzgó honrado –para la hembra la honradez masculina se reduce a la monogamia–, aparecía a sus ojos despechados como un libertino despreciable. No abrigaba otro designio que vengarse infernándole la vida. Su salud, cada vez más quebrantada, sus pérdidas de dinero, sus cavilaciones, sus disgustos, maldito lo que le preocupaban. Él, con toda su instrucción y su talento, no había parado mientes en que la mujer todo lo soporta, golpes e injurias inclusive, menos la indiferencia amorosa. Una mujer, desdeñada corporalmente por el hombre a quien ama, es capaz del crimen. Ser imaginativo y sentimental, no puede menos de representarse por modo plástico el desdén como la prueba más palmaria de una traición. Y entonces ve, al través del vidrio de aumento de los celos, al hombre, a un tiempo querido y odiado, prodigar a una rival las lúbricas caricias que ella se figuraba haber monopolizado de por vida.


    – XII –


    Alicia se levantó aquella mañana más irritable que de costumbre. Empezó a trasladar los muebles, como solía, de un lugar a otro, dando gritos a la femme de chambre. Dormía poco y comía menos. Después de almorzar se echaba en el canapé, entre cojines, y allí permanecía adormilada una o dos horas.



    –¡Es usted más cerrada que una mula! –decía a la sirvienta, que no sabía dónde meterse–. ¿A quién se le ocurre poner el biombo en el pasillo? A ver, déme usted acá ese gueridon. ¡Y lárguese! No sirve usted más que de estorbo. ¡Bestia! –Y con una actividad de ardilla se ponía a revolverlo todo, tan pronto subiéndose en una silla como tendiéndose en el suelo para ver si había polvo bajo los muebles.

    No eran las seis de la mañana. Una luz borrosa que entraba por los cristales del balcón dejaba ver la silueta de la femme de ménage que barría la sala.

    –¡Pase usted la escoba por aquí! –la gritaba Alicia–. ¡Por allí! Vea usted cómo está eso de polvo.

    No pudiendo dominar su impaciencia, tomaba ella misma la escoba.

    –Pero, señora...
    –¡Qué señora, ni qué señora! ¡Lárguese usted también! ¡No he visto gente más inepta!

    Luego, pasando al pasillo donde estaba un gran armario de ropa, se ponía a contar los manteles, las servilletas, las toallas...

    –¡Aquí faltan dos fundas de almohada! ¡Y tres sábanas!

    A los gritos despertaba el médico.

    –Ya empezó Cristo a padecer –gemía–. A ver, que me preparen el baño. Tengo que salir en seguida.
    –¡Aguarda, si quieres! Lo primero es arreglar la casa, que está hecha una inmundicia.
    –¡Cuándo acabarás! No hay día en que no se te ocurra algún nuevo cambió. Deja los muebles. Los vas a gastar con tanto llevarles de un lado para otro.
    –¡No me da la gana! ¿Me meto yo con tus enfermos? No te faltaba más que eso: que te metieras en las interioridades de la casa.

    A cada olvido o equivocación de las criadas, respondían nuevos gritos, lamentaciones y lágrimas.

    –¡Estas burras van a acabar conmigo!
    –¡Y tú vas a acabar con todos! –exclamaba el doctor desesperado.

    Daban las once y Alicia, desgreñada y polvorienta, continuaba trajinando locuaz y febricitante.

    El médico por no oírla se largaba a la calle.

    –¡Es lo mejor que puedes hacer! –aullaba Alicia tirándole la puerta.

    Cambiaba de sirvienta todos los meses. ¿Quién podía soportar aquel delirio locomotor acompañado de apóstrofes?


    – XIII –


    El Círculo Voltaire estaba en la rue Laffite. Desde lejos se le distinguía por los dos grandes faroles que esclarecían la entrada. A la izquierda de la puerta principal había una sala de recibo que se poblaba, al caer la tarde, de cocotas que iban en busca de sus amantes o de jugadores gananciosos.



    Traspuesto el vestíbulo y empujando una mampara de cristales, se llegaba a un salón oriental tapizado de rojo y rodeado de columnas. En el centro se erguía, sobre empinado pedestal, una estatua de bronce con un candelabro de cinco bujías, ceñida en la base por un diván circular de cue