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noviembre 14, 2010

Titulo original: The Gateway Trip
PRIMERA PARTE - LA VISITA Hace mucho tiempo, quinientos mil años o así, unos nuevos vecinos se instalaron en las cercanías del sistema solar terrestre. Deseaban agradar a toda costa, en el caso de que lograran encontrar a alguien a quien agradar. De modo que un día se dejaron caer por el tercer planeta del sistema, el que actualmente conocemos como la Tierra, para ver si había alguien en casa.
No escogieron el momento más oportuno para hacer una visita. Bueno, en la Tierra había vida por doquier, de eso no cabe duda. El planeta rebosaba vida. Había osos cavernícolas y tigres dientes de sable, animales parecidos a elefantes y otros similares a ciervos. Había serpientes, peces, pájaros y cocodrilos, así como gérmenes nocivos y carroñeros. También encontraron bosques, sabanas y todo tipo de vegetación. Sin embargo, saltaba a la vista que algo faltaba en aquel catálogo de vida terrestre; una auténtica lástima, pues era la única cualidad que los visitantes deseaban hallar a toda costa.
Lo que no encontraron por ninguna parte fue inteligencia. Aún no había hecho su aparición, sencillamente.
La buscaron a conciencia. Lo más semejante a un ser dotado de aquel tesoro singular fue un animalillo peludo que no conocía el lenguaje, el fuego ni las instituciones sociales, pero que al menos poseía algunas habilidades prometedoras. (Por ejemplo, se las ingeniaba para fabricar herramientas machacando una piedra cualquiera.) Cuando aparecieron los seres humanos modernos y la evolución empezó a enraizar, aquel género humano fue bautizado como Australopithecus. Los visitantes no lo llamaron de ninguna forma, sino que se limitaron a considerarlo un nuevo fracaso de su exploración espacial en busca de compañía civilizada.
Los animalillos no eran muy altos (más o menos del tamaño de un niño de seis años actual), pero los visitantes no se lo echaron en cara. No tenían seres humanos modernos para comparar, y de todas formas, ellos tampoco destacaban por su estatura.
Corría el incierto Pleistoceno, la época en que el hielo avanzaba y se retiraba en zonas de Europa y Norteamérica, los ciclos lluviosos sucedían a las sequías en África, y la capacidad de adaptación era crucial para la supervivencia de las especies. En el momento de la visita, el paraje donde encontraron aquella tribu de animalillos era una sabana ondulada y árida, cubierta de hierbajos y alguna que otra flor silvestre. Los australopitecos habían acampado en un prado, a orillas de una corriente tranquila y pequeña que desembocaba en un enorme lago salado situado a pocos kilómetros de allí. Al oeste se extendía una cordillera hasta perderse de vista en el horizonte. Las montañas más cercanas despedían un ligero vapor. Todos los montes eran volcanes, aunque, lógicamente, los australopitecos no tenían ni idea de lo que era un volcán. Conocían el fuego, eso sí, habían alcanzado ese grado de sofisticación tecnológica, o como mínimo contaban con él la mayor parte del tiempo, cuando los rayos prendían la hierba (o incluso cuando algo de lava procedente de una erupción incendiaba algún objeto cercano, aunque, afortunadamente para la tranquilidad de aquellos hombrecillos, la cosa no sucedía a menudo). El fuego no les servía de mucho. Por ejemplo, aún no habían considerado la posibilidad de usarlo para cocinar. Les parecía útil para mantener alejados a los grandes depredadores nocturnos, lo que lograban de vez en cuando.
De día se las arreglaban bastante bien. Empuñaban «hachas de mano» de piedra (no muy trabajadas, apenas unas piedras desbastadas que recordaban a una almeja gorda) y unos garrotes de aspecto aún menos imponente: eran los huesos de la pata trasera de los venados parecidos a ciervos que solían comer. Aquellas armas jamás detendrían a un tigre dientes de sable. Sin embargo, unas cuantas, blandidas por un puñado de aquellos hombres mono chillones, normalmente lograban ahuyentar a las hienas, el depredador más feroz de la sabana, sobre todo si primero los hombrecillos habían espantado a la manada arrojándole piedras a cierta distancia. Por lo general no conseguían matar a las hienas, pero la mayor parte de las veces lograban convencer a los animales de que aprovecharían mejor el tiempo atacando a presas más indefensas.
Los hombrecillos se habían resignado a que un carnívoro les arrebatase un bebé de vez en cuando, claro, o algún que otro anciano, cuya vida de todos modos empezaba a peligrar por falta de dientes. Podían permitírselo. Casi nunca perdían a nadie importante para el bienestar de la tribu, excepto cuando salían de caza, como es natural. Pero no les quedaba más remedio que aceptar los riesgos de la cacería. Tenían que cazar para comer.
Aunque los australopitecos eran pequeños, poseían una fuerza considerable. Solían tener buenas panzas, pero sus glúteos no alcanzaban grandes proporciones. Ni siquiera las hembras exhibían unas caderas dignas de mención. Sus caras no recordaban mucho al rostro humano: barbilla insignificante, nariz ancha, orejas diminutas medio ocultas por el pelaje de la cabeza (aún no se podía hablar de pelo). En el cráneo de un australopiteco medio no había espacio para mucho cerebro. Si se hubieran vertido en una jarra de cerveza de medio litro los sesos que contenía aquel cráneo exiguo, seguramente apenas la habrían desbordado.
Por supuesto, ningún bebedor de cerveza actual haría algo así, pero uno de aquellos hombrecillos peludos lo habría hecho encantado. En su dieta, los sesos constituían una exquisitez. Incluso los del prójimo.
Los visitantes no prestaron mucha atención a los hábitos alimentarios de aquellos seres peludos. Sin embargo, las criaturas poseían una característica anatómica que les pareció muy singular, una cosa muy graciosa con connotaciones sexuales. Al igual que los visitantes, los australopitecos eran bípedos, pero a diferencia de los visitantes tenían las piernas tan juntas que literalmente se frotaban los muslos al caminar. Los visitantes pensaron que, al menos para los machos, aquello debía de suponer un auténtico problema, pues los órganos sexuales masculinos colgaban entre los muslos.
(Algunos cientos de miles de años más tarde, los habitantes más importantes de la Tierra, los humanos, se harían preguntas parecidas acerca de aquellos remotos visitantes... y tampoco ellos sabrían responderlas.)
Así que los visitantes del espacio dedicaron un tiempo a observar a las criaturillas peludas. Después se chirriaron su desilusión mutuamente, regresaron a sus naves espaciales y se alejaron desanimados.
La visita no había sido del todo inútil. Cualquier planeta que albergara alguna clase de vida constituía una joya singular en la galaxia. No obstante, confiaban en encontrar algo más sofisticado: alguien a quien conocer y con quien entablar amistad, gente para charlar e intercambiar puntos de vista. Estaba claro que aquellos animalillos peludos no reunían las condiciones necesarias. Sin embargo, no se limitaron a dejarlos tal cual. Los visitantes habían aprendido, por amarga experiencia, que las especies mínimamente prometedoras podían extinguirse con mucha facilidad, o tomar un giro equivocado en algún momento del proceso evolutivo y malograr las esperanzas. Por si las moscas, tenían la costumbre de instalar una especie de... llamémoslo «zoológico». De modo que al marchar se llevaron unos cuantos australopitecos en las naves espaciales. Dejaron a los animalillos en un lugar seguro con la esperanza de que finalmente llegaran a algo. A continuación partieron.
Pasó el tiempo... mucho tiempo.
Los australopitecos no prosperaron en la Tierra. Después aparecieron sus parientes cercanos: el género Homo, más conocido como tú y yo y todos nuestros amigos. Las gentes del género Homo se desenvolvieron mucho mejor. De hecho, en el transcurso de unos quinientos mil años hicieron realidad casi todas las esperanzas que los visitantes habían depositado en los australopitecos.
A aquellos «humanos», como se autodenominaban, se les daba muy bien el inventar. Con el paso de las eras crearon un montón de cosas ingeniosas: la rueda, la agricultura, los animales de tiro, las ciudades, la palanca, los veleros y el motor de combustión interna, las tarjetas de crédito, el radar y las naves espaciales. No lo inventaron todo a la vez, claro está. Además, no todos sus inventos jugaron enteramente a su favor, porque durante el proceso crearon también porras y espadas, arcos y catapultas, cañones y misiles nucleares. Aquellos humanos eran especialistas en ponerlo todo patas arriba. Por ejemplo, muchos de sus inventos, que en principio parecían de gran utilidad, a la hora de la verdad actuaban de un modo muy distinto. Tal era el caso de los chismes «para mantener la paz», ninguno de los cuales mantenía paz alguna. En cuanto a la «medicina», tres cuartos de lo mismo. Aquello que llamaban medicina hizo su aparición bastante pronto, pero en realidad lo que inventaron fue la práctica de hacer todo tipo de atrocidades a la gente que tenía la mala suerte de ponerse enferma. Al parecer, hacían todo aquello para que el enfermo mejorase, pero muy a menudo lograban el efecto contrario. En el mejor de los casos, no servía de nada. El hombre que se estaba muriendo de malaria tal vez agradeciese que el médico de la zona se pusiera una máscara diabólica y bailase alrededor de la cama, pero moría de todas formas. Para cuando la medicina humana progresó tanto como para que las posibilidades de curación de un enfermo fueran mayores con un médico que sin él —lo que requirió 499.900 de esos 500.000 años—, los humanos se las habían ingeniado para encontrar sistemas más eficaces de fastidiar las cosas. Habían inventado el dinero. La medicina humana se convirtió en un buen método para curar muchas enfermedades, pero a la raza humana le resultaba cada vez más difícil conseguir el dinero para costeársela.
Casi al mismo tiempo, los humanos que vivían en aquel planeta pequeño y verde llamado Tierra alcanzaron tal grado de desarrollo que por primera vez les fue posible largarse del mismo. Había empezado la era de la exploración espacial humana.
En cierto sentido fue una coincidencia afortunada. Por fin los seres humanos podían lanzar naves al espacio, y quizás hubiese llegado el momento de plantearse en serio la idea de abandonar el planeta. La Tierra era un lugar fantástico para vivir si se era rico, pero horroroso si se era pobre.
Como ya sabemos, las gentes que pasaron por allí en la época de los australopitecos habían desaparecido hacía mucho tiempo.
Durante su búsqueda anhelante de otra raza inteligente con la que charlar, habían inspeccionado más de la mitad de la galaxia. La verdad es que su esfuerzo se vio recompensado, o casi recompensado. Encontraron unas cuantas especies prometedoras; bueno, al menos tan prometedoras como los pobres y bobos australopitecos.
Probablemente, la raza más parecida a lo que estaban buscando fue la que denominaron los «nadadores lentos». Aquellas personas (no, no se parecían en nada a las personas, pero en justicia eran eso, más o menos) vivían en la atmósfera líquido-gaseosa de un planeta viscoso. Los Nadadores Lentos, al menos, habían desarrollado un lenguaje. De hecho, cantaban unas canciones preciosas e interminables en su lengua. Los visitantes acabaron por desentrañarla, al menos lo suficiente para comprenderla. En el mundo de los Nadadores Lentos había incluso ciudades, o algo que se le parecía. En realidad había domicilios y estructuras públicas que flotaban en el caldo viscoso en que vivían. Hablar con los Nadadores Lentos no era muy divertido, sobre todo porque se lo tomaban todo con una calma increíble. Quien intentara hablar con ellos tenía que esperar una semana para que pronunciasen una palabra, un año para que acabasen el compás de una canción y un par de vidas, por lo menos, para mantener una auténtica conversación. No era culpa suya. Vivían a tan bajas temperaturas que todos sus actos eran infinitamente más lentos que las acciones de los seres de sangre caliente, que respiran oxígeno, como los humanos o los mismos visitantes del espacio.
Después, los visitantes encontraron algo más... totalmente distinto, además de terrorífico. Tras eso, dejaron de buscar.
Cuando los seres humanos viajaron al espacio tuvieron sus prioridades, que no coincidían exactamente con las de sus antiguos visitantes. En realidad los humanos no estaban buscando otras razas inteligentes, al menos no del mismo modo. Hacía mucho tiempo que los telescopios humanos y los cohetes radar les habían informado de que no iban a encontrar extraterrestres inteligentes, al menos en su sistema solar, y tenían pocas esperanzas de llegar más lejos.
Los humanos podrían haber buscado a sus remotos visitantes si hubieran sospechado de su existencia, pero, claro está, no la sospechaban.
Quizás el hallazgo de otra raza inteligente dependa más de la suerte que de la voluntad. Cuando los seres humanos llegaron al planeta Venus, no les pareció muy prometedor. Los primeros que lo miraron —no lo vieron, pues nadie alcanzaba a ver demasiado a través de aquel aire denso y turbio— se limitaron a girar en órbita alrededor de él, tanteando las características de la superficie con el radar. El examen no resultó muy alentador. Sin duda, cuando los primeros cohetes humanos aterrizaron junto al Rift Valley de Afrodita Terra y las primeras partidas empezaron a explorar la inhóspita superficie de Venus, no tenían ninguna esperanza de encontrar vida allí.
Y no la encontraron, desde luego. Sin embargo, más tarde, en una zona de Venus llamada Aino Planitia, un geólogo hizo un descubrimiento. Había una fisura —podríamos llamarla túnel, aunque a primera vista pensaron que se trataba de una burbuja de lava— bajo la superficie del planeta; era larga y regular... y allí no pintaba nada.
Los exploradores, inesperadamente, habían encontrado los primeros indicios de una visita que se había producido hacía medio millón de años...
SEGUNDA PARTE - LOS MERCADERES DE VENUS1 Me llamo Audee Walthers, trabajo de taxista aéreo, vivo en Venus, en el Huso o en una choza Heechee la mayor parte del tiempo. El resto, en el primer sitio que pillo cuando me entra sueño.
Hasta los veinticinco años viví en la Tierra, en Amarillo Central. Mi padre fue vicegobernador de Tejas. Murió cuando yo aún estaba en la universidad, pero me dejó bastante en fideicomiso como para que terminara los estudios, me sacara un máster de empresariales y pasara el examen oficial para funcionario. De modo que estaba colocado de por vida, o eso habría pensado la mayoría de la gente.
Tras intentarlo unos cuantos años, descubrí una cosa: no me gustaba la vida que me había sido destinada, y no por las razones que todo el mundo habría supuesto. Amarillo Central no estaba mal. No me importa llevar traje anticontaminación, puedo soportar a los vecinos, aunque haya ochocientos en algo más de un kilómetro cuadrado, aguanto el ruido, sé defenderme de las pandillas juveniles. No, no era Tejas lo que me agobiaba sino el rumbo que tomaba mi vida en Tejas y, ya puestos, el que habría tomado en cualquier otro lugar de la Tierra.
De modo que me largué.
Vendí mi carnet de trabajador de la UOPWA a una mujer que tuvo que hipotecar el piso de sus padres para pagarlo; yo hipotequé la renta acumulada de mi fideicomiso, saqué del banco el poco dinero que tenía ahorrado... y compré un billete de ida a Venus.
Aquella decisión no era nada del otro mundo. Todos los muchachos deciden que harán lo mismo cuando sean mayores. La diferencia es que yo lo hice.
Supongo que si hubiera tenido dinero de verdad a mi alcance, las cosas habrían sido distintas. Si mi padre hubiera sido gobernador de pleno derecho, con acceso a sobornos y donaciones, en lugar de ser un simple funcionario... Si el fideicomiso que me legó hubiese incluido el Certificado Médico Completo... Si yo hubiera estado en el pico del montón en lugar de encontrarme atascado en el medio, agobiado, estrujado por todas partes...
No fue así, de modo que tomé la ruta de los pioneros e intenté ganarme la vida sacándoles la pasta a los turistas terrestres en el Huso, el paraje principal de Venus.
Todo el mundo ha visto fotografías del Huso, como las ha visto del Coliseo y de las cataratas del Niágara. La diferencia es que el Huso sólo se puede ver desde dentro. Está situado bajo la superficie de Venus, en un lugar llamado Alfa Regio.
El Huso, como todas las cosas que merecen la pena en Venus, es un legado de los Heechees. Nadie ha logrado adivinar qué pretendían exactamente éstos cuando construyeron una cámara subterránea de trescientos metros de largo en forma de huso, pero ahí estaba. De modo que la utilizábamos. Era lo más parecido que había en Venus a Times Square o a los Campos Elíseos. Todos los turistas Terry pasaban por el Huso antes que nada, así que era allí donde empezábamos a desplumarlos.
Mi negocio de taxista aéreo es legal dentro de lo que cabe, comparado con otros negocios turísticos de Venus; al menos si no tenemos en cuenta que en realidad no hay mucho que ver en el planeta, aparte de lo que los Heechees dejaron allí, bajo la superficie. Los demás timos turísticos del Huso son bastante chuscos. A los Terry no parece importarles, aunque sin duda saben que los están enredando. Se cargan de molinillos de oraciones Heechees y de cabezas de muñecas, y de esos pisapapeles transparentes de plástico con un globo de Venus con curvas de nivel nadando en una especie de tormenta de nieve rojiza cuyos copos son diamantes de sangre, perlas de fuego y cenizas color ala de mosca, todo de pega. Ninguno de los recuerdos vale el impuesto por su transporte a la Tierra, pero a un turista que puede pagar el precio de un pasaje interplanetario no creo que le importe. A la gente como yo, que apenas estamos en condiciones de pagar el precio de nada, los timos turísticos nos importan mucho. Vivimos de ellos.
No quiero decir que les saquemos el dinero para extras. Me refiero a que gracias a ellos podemos pagar lo que cuesta la comida y el dormir, y si no podemos pagarlo, morimos.
No hay muchos sistemas legales de ganar dinero en Venus. Está el ejército, si es que se le puede llamar legal. El resto se basa en el turismo y en la suerte del bobo. Las posibilidades de topar con la suerte del bobo —ya sabéis, como ganar a la lotería, hacer un gran descubrimiento en los yacimientos Heechees o dar con un trabajo bien pagado en una de las expediciones científicas— son muy escasas. Para conseguir el pan y la mantequilla, casi toda la gente que vive en Venus depende de los turistas Terry, y si no los exprimimos al máximo lo tenemos claro.
Hay tres tipos de turistas. La diferencia entre ellos reside en la mecánica celeste.
La clase III es la más harapienta y fugaz. En la Tierra son gente bien, a secas. Los de la clase III acuden a Venus cada veintiséis meses, en fase de órbita Hohmann, aprovechando el mínimo circuito energético desde la Tierra. Debido a las ventanas del momento crítico de las órbitas Hohmann, nunca pueden quedarse en Venus más de tres semanas. Así que aparecen en viajes organizados, decididos a sacar el máximo partido de los doscientos cincuenta mil dólares —la tarifa mínima de una cabina— que sus abuelos ricos les han dado como regalo al graduarse, o que han ahorrado para una segunda luna de miel, o lo que sea. Lo malo es que normalmente no llevan mucho dinero para gastos, porque se lo han pulido todo en el viaje. Y lo bueno es que son muchos. Durante la estancia de las naves turísticas, todas las habitaciones de alquiler de Venus están ocupadas. A veces seis parejas comparten un único cubículo dividido, dos parejas por tanda, calentando la cama en turnos de ocho horas seguidas. Entonces la gente como yo se refugia en cabañas Heechees, en la superficie, y alquila sus habitaciones subterráneas. Con suerte se gana dinero suficiente para vivir unos cuantos meses.
Sin embargo, los de la clase III no dan para subsistir hasta la siguiente órbita Hohmann, así que cuando llegan los turistas de la clase II nos los disputamos con uñas y dientes.
Los de la clase II son más o menos ricos, lo que podríamos llamar millonarios pobres, gente cuya renta anual se sitúa al principio de las siete cifras. Pueden permitirse venir en órbitas de alto consumo energético, un viaje que dura unos cien días, en lugar de aprovechar la larga y lenta deriva Hohmann. El precio asciende a un millón de dólares como mínimo, así que no abundan los turistas de la clase II, ni mucho menos. Pese a todo, casi cada mes se dejan caer unos cuantos, cuando las conjunciones orbitales son mínimamente favorables. Además, cuando llegan a Venus tienen dinero para gastar. Lo mismo sucede con otros turistas de la clase II, también bastante ricos, que esperan las cuatro o cinco ocasiones en una década en que la balística de los planetas propicia una configuración de baja energía que les permite alcanzar tres planetas mediante una órbita cuyo coste energético no es mucho mayor que el del viaje directo de la Tierra a Venus. Si tenemos suerte, primero vienen a Venus y después continúan hacia Marte (¡como si en Marte hubiera algo que hacer!). En caso de que viajen en sentido contrario, nos llegan las sobras de las colonias marcianas. Mal asunto, porque las sobras nunca son gran cosa.
En cambio, los ricos de verdad... ¡Ah, los ricos de verdad! ¡La clase I es una maravilla! Vienen cuando quieren, estemos en fase orbital o no, y ésos sí que gastan.
Cuando mi contacto en la plataforma de aterrizajes me informó de la llegada de la Yuri Gagarin en vuelo privado, empecé a olfatear la pasta.
Quienquiera que viajase en ella ofrecía buenas perspectivas. La temporada había acabado para todo el mundo excepto para los ricos de verdad. La única duda que me asaltó fue cuántos de mis competidores intentarían rebanarme el pescuezo para hacerse con los pasajeros de la Gagarin antes que yo... mientras yo hacía lo posible por rebanarles el suyo.
Me resultaba vital, porque precisamente entonces tenía un problema de fondos muy feo.
El negocio de taxista aéreo requiere mucho más capital que, pongamos por caso, abrir un puesto de molinillos de oración. Tuve la suerte de poder comprar mi aerotaxi por poco dinero cuando murió el tipo para el que trabajaba. No tenía mucha competencia: un par de los que habrían estado en condiciones de rivalizar conmigo estaban fuera de servicio por reparación, y un par más se habían ido a buscar yacimientos Heechees por su cuenta.
Así pues, no me iba a costar mucho quedarme casi para mí solo con los pasajeros de la Gagarin, quienesquiera que fuesen... suponiendo que les apeteciese salir del laberinto de túneles Heechees y dar una vuelta por los alrededores del Huso.
Quería creer que les apetecería porque necesitaba el dinero con urgencia. Veréis, padecía una pequeña afección hepática y la cosa iba de mal en peor. Por lo que me habían explicado los médicos, tenía tres opciones: volver a la Tierra y vivir un tiempo gracias a la diálisis, sacar de donde fuese el dinero para un trasplante o morir.
2 El tipo que había alquilado la Gagarin se llamaba Boyce Cochenour. Aparentaba unos cuarenta años, medía unos dos metros y era de ascendencia americana-franco-irlandesa.
Enseguida adiviné que se trataba de uno de esos hombres acostumbrados a mandar dondequiera que estén. Lo vi acercarse al Huso con actitud de ser el dueño del lugar y de cuanto éste contenía, y de estar pensando en liquidar sus propiedades. Se sentó en el café de Sub Vastra, que recordaba a una mezcla de bulevar parisiense y paseo Heechee.
—Un escocés —pidió sin mirar siquiera si alguien lo atendía. Pero sí. Vastra se apresuró a verter John Begg sobre el hielo superrefrigerado y se lo tendió, crepitante de frío y adormecedor para los labios—. Un pitillo —añadió. La chica que lo acompañaba encendió un cigarrillo al instante y se lo pasó—. Qué tugurio de mala muerte —comentó mientras echaba un vistazo alrededor, y Vastra se desvivió por demostrarle que estaba de acuerdo.
Me senté junto a ellos... bueno, no en la misma mesa. Ni siquiera miré en su dirección. Sin embargo, desde la mesa de al lado alcanzaba a oír la conversación. Vastra tampoco me miró, aunque, como es lógico, me había visto llegar y sabía que había echado el ojo a aquellos objetivos tan prometedores. Dejé que su esposa número tres me atendiera en lugar del propio Vastra, porque estaba claro que él no iba a perder el tiempo con una rata de túnel, teniendo una nave Terry en la mesa.
—Lo de siempre —dije, lo que significaba una bebida suave, puro álcali—. Y una copia de tus informes —agregué en voz más baja. Sus ojos centellearon por encima del velo de coqueteo, indicándome que había comprendido. Qué zorrita más mona. Le di unas palmaditas en la mano con gesto amistoso y le puse en la misma un billete enrollado; a continuación se fue.
El Terry estaba echando un vistazo al entorno, yo incluido. Lo miré, educado pero distante. Él me saludó con un ligero movimiento de la cabeza y se volvió hacia Subhash Vastra.
—Ya que estoy aquí —dijo en un perfecto tono de turista hastiado—, ¿por qué no buscar un poco de diversión? ¿Qué se puede hacer?
Sub Vastra sonrió de oreja a oreja, como una rana larguirucha.
—¡Lo que usted quiera, sah! ¿Diversión? En nuestras salas privadas actúan los mejores artistas de los tres planetas, bayaderas, músicos, magníficos cómicos...
—He visto esas cosas mil veces en Cincinnati. No he venido a Venus para ver un número de cabaret.
Cochenour no podía saberlo, claro, pero había tomado la decisión correcta. Las salas privadas de Sub ocupaban los últimos puestos en las listas de locales nocturnos venusianos, aunque los favoritos tampoco eran nada del otro mundo.
—¡Claro, sah! En ese caso, quizá le apetezca dar una vuelta por los alrededores.
—Psé. —Cochenour sacudió la cabeza—. ¿Qué sentido tiene andar de un lado a otro? ¿En alguna zona del planeta hay un panorama distinto del de la plataforma espacial donde hemos aterrizado, aquí arriba?
Vastra titubeó. Advertí que efectuaba rápidos cálculos mentales, sopesando las posibilidades de convencer al Terry de que hiciese una excursión por la superficie, y cotejando los beneficios que eso le reportaría con lo que me sacaría de comisión por algo de mayor envergadura. No miró en mi dirección. La honradez ganó la partida, es decir, la honradez apoyada por la presunción de que Cochenour era una presa fácil.
—No, sah, todo es más o menos lo mismo —reconoció—. En la superficie no hay más que paisajes áridos y calor por todas partes... pero no estaba pensando en la superficie.
—¿Y en qué pensaba entonces?
—¡En los laberintos Heechees, sah! Hay kilómetros y kilómetros aquí abajo. Podría buscarles un guía de confianza...
—Ni hablar —gruñó Cochenour—. Si están tan cerca, no me interesan.
—¿Y por qué no?
—Si los guías los conocen —explicó Cochenour—, eso significa que ya han sido explorados, y que por tanto ya se habrán llevado todo lo que valga la pena. ¿Qué gracia tiene eso?
—¡Claro! —exclamó Vastra al instante—. Entiendo lo que quiere decir, sah. —Su alegría saltaba a la vista, y noté cómo extendía el radar para asegurarse de que yo estaba escuchando, aunque en ningún momento volvió la vista hacia mí—. Desde luego —prosiguió con conocimiento de causa, como un experto puntualizando ante un cliente distinguido—, siempre existe la posibilidad de encontrar nuevos yacimientos, suponiendo que uno sepa dónde buscar. ¿Me equivoco al suponer que eso sí le interesaría?
La tercera de la casa Vastra me había traído la bebida y un papel de fax.
—Treinta por ciento —le susurré—. Díselo a Sub. Siempre que no regatee ni se lo ofrezca a nadie más.
Ella asintió y me guiñó el ojo. También había seguido la conversación, claro, y estaba tan segura como yo de que el Terry había mordido el anzuelo.
Me había propuesto alargar la bebida tanto como pudiese, mientras el objetivo maduraba bajo los hábiles manejos de Vastra, pero al parecer se avecinaban momentos de prosperidad. Ya podía celebrarlo, así que le di un largo trago a la bebida.
Por desgracia, al anzuelo estaba defectuoso. Inexplicablemente, el Terry se encogió de hombros.
—Me juego algo a que es una pérdida de tiempo —rezongó—. Si alguien supiera dónde buscar, ya habría inspeccionado el lugar por su cuenta, ¿o no?
—¡Le aseguro que quedan cientos de túneles por explorar! —exclamó Vastra, al borde del pánico—. ¡Miles, sah! Y, quién sabe, alguno de ellos bien podría contener tesoros valiosísimos.
Cochenour sacudió la cabeza.
—Vamos a dejarlo —dijo—. Tráiganos otra bebida. Y a ver si esta vez se las arregla para que el hielo esté frío de verdad.
Aquello me dejó pasmado. Mi olfato para el dinero rara vez fallaba.
Dejé la bebida y me volví un poco para que los Terrys no vieran lo que hacía. Eché un vistazo al fax de Sub con el informe de los visitantes. Quizás así averiguase por qué el Terry había perdido tan rápidamente el interés.
Aunque el informe no me aclaró la cuestión, me proporcionó muchos datos. La mujer que acompañaba a Cochenour se llamaba Dorotha Keefer. Llevaba un par de años viajando con él, según sus pasaportes, aunque era la primera vez que salían de la Tierra. No ponía que estuviesen casados, ni que tuviesen la menor intención de hacerlo, al menos por lo que a Cochenour concernía. Dorotha Keefer tenía veintipocos años —de edad real, no simulada mediante drogas ni trasplantes— mientras que Cochenour pasaba de los noventa.
Como es natural, no los aparentaba en absoluto. Le había observado cuando se acercaba a la mesa y, pese a su corpulencia, se movía con agilidad. Su dinero procedía de terrenos y del petroalimento. Según el resumen referido a él, había sido uno de los primeros millonarios que había dejado de vender el petróleo como combustible para coches y lo había utilizado como materia prima para la producción de alimentos, cultivando algas en el crudo que salía de sus pozos y vendiéndolas, una vez tratadas, para el consumo humano. Así que ya no era un millonario normal y corriente, sino algo mucho más importante.
Aquello explicaba su aspecto. Había sobrevivido gracias al Certificado Médico Completo y a unos cuantos repuestos. El informe decía que su corazón era de titanio y plástico. Le habían trasplantado los pulmones de un muchacho de veinte años muerto en un accidente de helicóptero. Su piel, músculos y grasa, por no hablar de los diversos sistemas glandulares, se sustentaban gracias a hormonas y generadores de células que debían de costarle varios miles de dólares diarios.
A juzgar por el modo en que acariciaba el muslo de la chica que estaba sentada a su lado, sabía sacar partido a su dinero. Se comportaba como alguien que no llegase a los cuarenta, y su aspecto no lo desmentía; quizá lo traicionaran los ojos, azul claro, brillantes como diamantes, fatigados y desilusionados.
Constituía, en suma, una presa maravillosa.
No podía permitirme perderlo. Me tragué el resto de la bebida e hice un gesto a la tercera de Vastra de que me trajera otra. Sin duda habría un modo de enredarlo para que se diese una vuelta en mi aerotaxi. Bastaba con encontrarlo.
Como es natural, al otro lado de la barandilla que separaba el café de Vastra del resto del Huso, la mitad de las ratas de túnel venusianas pensaban lo mismo que yo. Estábamos en el peor momento de la temporada baja. Las hordas Hohmann aún se harían esperar tres meses, y todos empezábamos a ir mal de dinero. Mi necesidad de un trasplante de hígado constituía sólo un pequeño incentivo más. De los cien guías de laberinto que alcanzaba a ver con el rabillo del ojo, noventa y nueve necesitaban echar mano a la fortuna de aquel turista tanto como yo, sólo para seguir viviendo.
No había para todos. Estaba bastante gordo, pero nadie habría pesado tanto como para alimentar a todo el mundo. Un par o tres de nosotros, quizá media docena, arañaríamos lo suficiente para notar la diferencia. Nada más.
Yo tenía que ser uno de los escogidos.
Di un buen trago a mi segunda copa, le entregué una generosa propina a la tercera de la Casa Vastra, a la vista de todo el mundo, y me volví tranquilamente hasta quedar de cara a los Terrys.
La chica estaba regateando con el corro de vendedores de recuerdos que se asomaban por encima de la balaustrada.
—Boyce —dijo por encima del hombro—, ¿para qué sirve esta cosa?
Él se inclinó hacia la barandilla y escudriñó el objeto.
—Parece un molinillo —respondió.
—¡Un molinillo de oraciones Heechee, eso es! —exclamó el vendedor. Yo lo conocía: era Booker Allemang, un veterano del Huso—. ¡Yo mismo lo encontré, señorita! Le concederá todos sus deseos. Cada día recibo cartas de gente que ha obtenido resultados milagrosos...
—Es un timo —farfulló Cochenour—. Cómpralo si quieres.
—Pero ¿para qué sirve? —preguntó ella.
Cochenour tenía una risa desagradable, y lo demostró.
—Para lo mismo que todos los molinillos. Te refresca. ¿Para qué lo quieres? —añadió con mezquindad, e hizo una mueca en mi dirección.
Mi entrada.
Apuré la copa y le hice un gesto con la cabeza. Me levanté y me dirigí hacia su mesa.
—Bienvenidos a Venus —dije—. ¿Puedo ayudarles en algo?
La chica miró a Cochenour como pidiendo permiso antes de decir:
—Esa especie de molinillo me ha parecido bonito.
—Es muy bonito —asentí—. ¿Conoce la historia de los Heechees?
Miré la silla vacía con ademán inquisitivo, y como Cochenour no dijo que me largase, me senté y proseguí:
—Los Heechees abrieron estos túneles hace mucho tiempo, quizá doscientos cincuenta mil años. Puede que más. Al parecer, vivieron en ellos una buena temporada, algo así como un par de siglos, con mucho margen de error. Después volvieron a marcharse. Dejaron mucha basura aquí, pero también algunos objetos aprovechables. Entre otras cosas, abandonaron cientos de molinillos como ése. A algún timador del lugar (no a B.G., aquí presente, que yo sepa, pero sí a alguno de su calaña) se le ocurrió llamarlos «molinillos de oraciones» y vendérselos a los turistas para que pidan deseos.
Allemang estaba pendiente de cada una de mis palabras, intentando adivinar adonde quería ir a parar.
—En parte, es cierto —reconoció.
—Es la pura verdad, pero ustedes son demasiado listos para picar. Aún así —añadí—, miren los molinillos. Son tan bonitos que vale la pena comprarlos, incluso sin la historia.
—¡Claro que sí! —exclamó Allemang—. ¡Mire cómo brilla éste, señorita! ¡Y el cristal negro y gris queda la mar de bien con su pelo rubio!
La chica desplegó el molinillo negro y gris. Estaba enrollado como un cucurucho. Bastaba una mínima presión del pulgar para desplegarlo y, cuando la muchacha lo agitó con delicadeza, lanzó unos hermosos destellos. Como todos los molinillos Heechees, sólo pesaba unos diez gramos, sin contar los mangos de madera de imitación que la gente como B.G. Allemang les ponía. El calado cristalino atrapaba las luces de las luminosas paredes de metal Heechees, al igual que el destello de los fluorescentes y tubos de gas que los guías de laberinto habíamos instalado, y las reflejaba como chispas iridiscentes y trémulas.
—Este tipo se llama Booker Garey Allemang —dije a los Terrys—. Les venderá las mismas cosas que los demás, pero no los timará tanto como la mayoría... sobre todo si estoy yo delante.
Cochenour me miró con severidad y a continuación hizo señas a Sub Vastra para que trajera otra ronda.
—Muy bien —dijo—. Si compramos uno de esos objetos, se los compraremos a usted, Booker Garey Allemang; pero no ahora. —Se volvió hacia mí—. Ahora quiero saber qué me va a ofrecer usted.
—Mi aerotaxi y a mí mismo —respondí sin rodeos—. Si quiere buscar túneles nuevos, somos lo mejor que podrá encontrar.
No titubeó.
—¿Cuánto?
—Un millón de dólares —respondí al instante—. Un viaje de tres semanas, todo incluido.
Esta vez no contestó enseguida, aunque me alegró comprobar que el precio no lo asustaba. Parecía tan receptivo, o al menos tan aburrido, como siempre.
—Beba —dijo cuando Vastra y su tercera mujer nos sirvieron. A continuación hizo un gesto vago con el vaso, abarcando todo el Huso—. ¿Sabe qué es esto? —preguntó.
—¿Se refiere a si sé para qué lo construyeron los Heechees? No. Los Heechees no eran más altos que nosotros, así que su tamaño no explica las proporciones de este lugar. Por otra parte, estaba completamente vacío cuando lo descubrieron.
Miró la bulliciosa escena que nos rodeaba, sin expresar ninguna emoción. En el Huso, el movimiento era constante. Había palcos excavados en las laderas de la cueva que albergaban tabernas como la de Vastra, y filas de puestos de recuerdos, la mayor parte de los cuales, como es natural en temporada baja, estaban vacíos. Sin embargo, unas doscientas ratas de laberinto vivían aún en los alrededores del Huso, y la cantidad de las que nos rondaban había ido creciendo sigilosamente desde que Cochenour y la chica se habían sentado allí.
—Aquí no hay mucho que ver, ¿verdad? —dijo el tipo. No se lo discutí—. Sólo es una ratonera llena de gente que intenta sacarme la calderilla. —Me encogí de hombros y él me sonrió, esta vez más amablemente, o eso me pareció—. ¿Y por qué he venido a Venus, si pienso así? Ésa es una buena pregunta, desde luego, pero como nadie me la ha formulado, no hace falta que responda.
Me miró para ver si tenía intención de insistir en la cuestión. No lo hice.
—Así que limitémonos a hablar de negocios —prosiguió—. Usted quiere un millón de dólares. Veamos qué costearé con eso. Unos cien de los grandes por el alquiler del aerotaxi. Ciento ochenta por el equipo para una semana, multiplicado por tres semanas. Comida, provisiones, permisos, otros cincuenta. Así que andamos por los setecientos mil, sin contar su sueldo ni la tajada que se lleva nuestro anfitrión por no echarle del local. ¿He hecho bien las cuentas, Walthers?
No me esperaba que se le dieran tan bien los números. Me costó un poco tragar el líquido que tenía en la boca, pero me las arreglé para decir:
—Bastante bien, señor Cochenour. —No había razón para decirle que yo ya tenía el aerotaxi y también casi todo el equipo necesario. Era el único modo de que me quedase algo después de pagar todo lo demás, aunque no me habría asombrado descubrir que también estaba enterado de eso.
Entonces me sorprendió.
—Me parece un buen precio —dijo con indiferencia—. Trato hecho. Me gustaría partir lo antes posible, digamos que mañana a esta misma hora.
—De acuerdo —dije al tiempo que me levantaba—. Nos veremos entonces.
Me fui sin hacer caso de la expresión estupefacta de Sub Vastra. Tenía trabajo pendiente y debía pensar un poco. Cochenour me había pillado desprevenido, y eso le deja a uno en mala posición cuando no se puede permitir ningún error. Sin duda habría reparado en que lo había llamado por su nombre. Eso no me inquietaba. No le costaría adivinar que había hecho indagaciones sobre él de inmediato y su nombre era lo más fácil de averiguar.
Sin embargo, me había sorprendido un poco que él supiese el mío.
3 Tenía tres asuntos pendientes. Ante todo, debía examinar a fondo mi equipo para asegurarme de que resistiría todos los horrores que Venus es capaz de infligir a una máquina... o a una persona. Lo segundo era ir a la oficina del sindicato para validar el contrato con Boyce Cochenour, que incluiría una cláusula con la comisión de Vastra.
En tercer lugar tenía que ir al médico. Últimamente, el hígado me había dejado en paz, pero sólo porque llevaba un tiempo en que casi no bebía alcohol de grano.
El equipo estaba bien. Tardé una hora en hacer todas las comprobaciones, pero transcurrido ese tiempo llegué a la conclusión de que tenía herramientas y piezas de repuesto suficientes para que no nos quedásemos tirados. Los matasanos quedaban de camino a la oficina del sindicato, así que antes de ir pasé a ver al doctor Morius. No tardé mucho. Las noticias no eran peores de lo que esperaba. El médico utilizó todo su instrumental para examinarme y estudió los resultados con atención (con una atención por valor de cincuenta dólares).
Después manifestó sus esperanzas, aunque con reservas, de que sobreviviría tres semanas lejos de su consulta, suponiendo que me tomara todos los medicamentos que me daba y que no me desviara más de lo acostumbrado de la dieta recomendada.
—¿Y cuando vuelva? —pregunté.
—Lo mismo de siempre, Audee —respondió alegremente—. Esté preparado para un coma hepático dentro de, bueno, pongamos noventa días. —Unió las yemas de los dedos, al tiempo que me miraba con optimismo—. Sin embargo, he oído que tiene un hígado muy fresco en perspectiva. ¿Quiere que le haga la reserva para el trasplante?
—¿Le han dicho también a cuánto asciende la perspectiva?
Se encogió de hombros.
—A usted le costará lo mismo, en cualquier caso —me dijo sonriendo afablemente—. Doscientos de los grandes por el hígado nuevo, más el hospital, el anestesista, el psiquiatra preoperatorio, los fármacos, mis honorarios... ya tiene los números.
Los tenía, y había calculado que con lo que le sacaría a Cochenour más todos mis ahorros, aparte de un préstamo a cuenta del aerotaxi, me llegaría justo para pagarlo todo. Me quedaría pelado, sí, pero seguiría vivo.
—Resulta que tengo disponible uno justo de su talla —dijo el doctor Morius medio en broma.
No lo ponía en duda. Los matasanos siempre tienen un montón de órganos disponibles. La gente no para de palmarla, de un modo u otro, y sus herederos hacen lo posible por engrosar el patrimonio vendiendo las tripas. Salí con una doctora un par de veces. Habíamos estado bebiendo y me llevó al departamento de fiambres, donde me enseñó un montón de corazones congelados, además de pulmones, intestinos y vejigas, todos atiborrados de inmunosupresores para evitar el rechazo, etiquetados y envasados, listos para ser trasplantados a un cliente con pasta. Lástima que yo no entrara en esa categoría, porque, de haber sido así, el doctor Morius habría podido sacar uno, haberlo calentado en el microondas y habérmelo emplastado. Aquel día, cuando bromeé con la idea de afanar un higadito para mí, la historia se fue al garete. Poco después de aquello, la chica lo plantó todo y volvió a la Tierra.
Me decidí.
—Haga la reserva —dije—. Para dentro de tres semanas.
Tras eso me marché, y él se quedó con una expresión de plácida satisfacción, como el dueño birmano de una plantación de arroz hidropónico que mira cómo las máquinas se calientan antes de recoger otra cosecha. Querido papá, ¿por qué no me mandaste a la escuela de medicina en lugar de proporcionarme una formación?
Ojalá los Heechees hubieran sido del mismo tamaño que los seres humanos en lugar de medir un poco menos. Su estatura quedaba patente en los túneles. En los más pequeños, como el que conducía a la oficina del sindicato de la Zona 88, me tocaba andar encorvado todo el camino.
El adjunto me estaba esperando. Tenía uno de los pocos trabajos decentes de Venus que no dependían del turismo, al menos no directamente.
—Ha llamado Subhash Vastra —dijo—. Dice que ha acordado con usted un treinta por ciento y que se ha ido sin pagar la cuenta a la tercera de su casa.
—Correcto, tanto lo uno como lo otro.
Anotó algo.
—Y a mí también me debe algo, Audee. Trescientos por la copia del fax de mi informe sobre el pájaro. Cien por validar su contrato con Vastra. Y necesitará un nuevo permiso de guía; serán seiscientos más.
Le di mi tarjeta monedero y él se cobró el total a mi cuenta. A continuación firmé y sellé el contrato. El treinta por ciento de Vastra no se descontaría del millón de dólares, sino de mi parte. Aun así, seguramente sacaría tanto como yo, al menos en dinero líquido, pues yo tendría que pagar las letras pendientes del equipo. Los bancos esperaban hasta que volvías a dar un buen golpe, pero entonces exigían cobrarlo todo... porque sabían que pasaría mucho tiempo antes de que tus números volviesen a cuadrar.
El adjunto examinó el contrato firmado.
—Pues ya está. ¿Necesita algo más?
—A estos precios, no —le dije.
Me miró con perspicacia y una pizca de envidia.
—Me toma el pelo, Audee. «Boyce Cochenour y Dorotha Keefer, de viaje en la nave espacial Yuri Gagarin, registro Odessa, sin otros pasajeros a bordo» —citó del informe que había interceptado para nosotros—. ¡Sin otros pasajeros a bordo! Caray, Audee, si maneja bien a este cliente se hará rico.
—Hacerme rico es más de lo que pido —le dije—. Me conformo con seguir vivo.
No era del todo verdad. Tenía cierta esperanza (en realidad no mucha, pues jamás se la habría mencionado a nadie) de terminar aquella aventura en bastante mejor situación que simplemente vivo.
Pero había un problema.
El problema era que si encontrábamos algo, Boyce Cochenour se lo quedaría casi todo. Si un turista como Cochenour contrata a un guía para salir en busca de nuevos túneles Heechees y por casualidad encuentra alguna pieza de valor (no sucede muy a menudo, pero con la suficiente frecuencia como para mantener viva la esperanza), será el patrocinador quien se quede con la mejor parte. El guía saca un pellizco, nada más. Nos limitamos a trabajar para el tipo que paga las facturas.
Claro que podía salir solo cuando quisiese y explorar por mi cuenta. En ese caso, yo me quedaría con todo. Pero habría sido una mala idea. Si apostaba y perdía, no sólo habría malgastado el tiempo y cincuenta o cien de los grandes en materiales y desgaste de la nave. Si perdía, la palmaría al cabo de poco tiempo, cuando mi viejo y cascado hígado se negase a seguir funcionando.
Para continuar con vida necesitaba hasta el último centavo de lo que Cochenour me pagase. Hubiese o no un tesoro esperando, mis honorarios se encargarían de eso.
Por desgracia para mi tranquilidad, tenía la sensación de que sabía dónde encontrar algo muy interesante. El problema era que mientras el contrato estándar de arrendamiento con Cochenour estuviese vigente, no podía permitirme encontrarlo.
Después pasé por mi dormitorio. Debajo de la cama, escondida en la roca, tenía una caja fuerte garantizada a prueba de ladrones donde guardaba algunos papeles que deseaba llevar en el bolsillo a partir de aquel momento.
Veréis, no fue el paisaje lo que me impulsó a venir a Venus. Quería hacerme rico.
Apenas vi nada de la superficie planetaria por aquel entonces, ni durante los dos años siguientes. El tipo de nave capaz de aterrizar en Venus no permite ver gran cosa. Sobrevivir a una presión de noventa mil milibares en superficie requiere un casco algo más resistente que el de las cápsulas que van a la Luna, a Marte o incluso más lejos. No ponen ventanas innecesarias en las naves que aterrizan en Venus. La verdad es que da igual, porque en la superficie del planeta no hay mucho que ver. Todas las cosas de interés turístico se encuentran en el interior, y hasta el último fragmento perteneció en otro tiempo a los Heechees.
No sabemos mucho de los Heechees. Ni siquiera conocemos su verdadero nombre. «Heechees» no es un nombre, sino el modo en que alguien transcribió en cierta ocasión el sonido que hace una perla de fuego al ser golpeada. Como aquél era el único sonido que se conocía relacionado con aquellas gentes, los llamaron así.
Los «hesperólogos» no tienen ni idea de la procedencia de los Heechees, aunque se han hallado algunas marcas que recuerdan a un mapa estelar (prácticamente irreconocible); si conociésemos la posición exacta de todas las estrellas de la galaxia hace cien mil años, podríamos ubicarlos a partir del mismo. Quizá. Suponiendo que procediesen de esta galaxia.
A veces me pregunto qué se proponían. ¿Escapar de un planeta en extinción? ¿Eran refugiados políticos? ¿Eran turistas cuya nave crucero había sufrido una avería entre dos puntos desconocidos y que se habían visto obligados a quedarse aquí una temporada mientras reparaban su nave, o lo que fuera, antes de ponerse nuevamente en marcha? No lo sé. La verdad es que nadie lo sabe.
Sin embargo, aunque los Heechees se lo llevaron casi todo y sólo dejaron aquí cámaras y túneles vacíos, se habían hallado unos cuantos restos relacionados con ellos; o bien pensaron que no valía la pena llevárselos, o bien los olvidaron. Todos aquellos «molinillos de oración», recipientes vacíos de todo tipo en cantidad suficiente para dar a la zona el aspecto de un merendero al final de un cálido verano, algunas chucherías y baratijas. Supongo que la «chuchería» más famosa es el martillo anisoquinético, un cristal de carbono que transmite el impacto recibido en un ángulo de noventa grados. Alguien se sacó unos cuantos miles de millones, simplemente porque tuvo la suerte de encontrarlo, pero no antes de que alguien más ganara otros tantos por tener la genial idea de analizarlo y reproducirlo. En cualquier caso, es lo mejor del lote. Lo que normalmente encontramos es basura, hablando claro. En otra época debió de haber objetos un millón de veces más valiosos que toda aquella escoria.
¿Se llevaron todas las cosas de valor cuando se fueron?
Otra incógnita. Yo tampoco lo sabía, pero creía haber descubierto algo relacionado con la cuestión.
Me parecía conocer un sitio donde, hacía mucho tiempo, un túnel Heechee debió de albergar algo muy interesante, y aquel túnel no estaba cerca de ninguno de los yacimientos explorados.
No me engañaba a mí mismo. Sabía que aquello no constituía ninguna garantía. Sin embargo, la esperanza me impulsaba a continuar. Quizá cuando partieron las últimas naves, los Heechees empezaran a andar cortos de tiempo y, con las prisas del momento, se olvidaron de hacer limpieza. Aquél era el sentido de la vida en Venus. ¿Qué otro motivo podía haber para seguir allí? La vida de una rata de laberinto en el mejor de los casos, era poco rentable. Costaba cincuenta mil al año sobrevivir: impuestos aéreos, impuestos per cápita, tasación del agua, impuestos de mantenimiento... Si querías comer carne más de una vez al mes o pedías un cubículo privado para dormir solo, el precio se disparaba.
Los papeles para emprender una expedición costaban los gastos de una semana. Cuando alguno de nosotros compraba un juego de impresos, estaba apostando el coste de vida de aquella semana contra la probabilidad de dar un golpe tan bueno —ya fuera a costa de los turistas Terry o de un hallazgo importante— como para poder regresar a la Tierra, donde nadie moría por falta de aire y no te arrojaban al incinerador de alta presión que es la atmósfera de Venus. No hablo de volver sencillamente a la Tierra, sino de regresar con el nivel de vida que toda rata de laberinto persigue cuando viaja en dirección al Sol por primera vez: con dinero suficiente para llevar una vida digna y adquirir un Certificado Médico Completo.
Eso buscaba yo: el premio gordo.
4 Lo último que hice aquella noche fue pasar por la Sala de los Descubrimientos, y no por un capricho del momento. Había quedado así con la tercera de la casa Vastra.
La tercera me guiñó el ojo por encima del velo de flirteo y se volvió hacia la mujer que la acompañaba, quien me buscó con la mirada y me reconoció.
—Hola, señor Walthers —me saludó.
—Pensé que la encontraría aquí —dije, lo cual era cierto. No sabía cómo llamar a la mujer. Mi madre, mujer anticuada, adoptó el nombre de mi padre cuando se casó, pero las cosas habían cambiado. «Señorita Keefer» me parecía muy explícito; «señora Cochenour», demasiado diplomático.
—Como vamos a pasar mucho tiempo juntos, ¿qué le parece si empezamos a llamarnos por el nombre? —propuse, para zafarme del problema.
—Audee, ¿verdad?
La obsequié con una amplia sonrisa.
—Sueco por parte de madre, del viejo Tejas por parte de padre. El nombre lleva mucho tiempo en la familia, supongo... Dorotha.
La tercera de Vastra se había retirado discretamente y me dispuse a mostrarle a la tal Dorotha Keefer en qué consistía la Sala de los Descubrimientos.
Está pensada para animar a turistas y exploradores a que se gasten el dinero buscando excavaciones Heechees por ahí. Hay un poco de todo, desde gráficos de las excavaciones ya explotadas o un mapa Mercator de Venus a gran escala hasta muestras de los principales descubrimientos. Le enseñé la copia del martillo anisoquinético y el piezófono en su estado sólido original, un objeto que hizo a su descubridor casi tan rico como el martillo a los muchachos que lo comercializaron. Vimos alrededor de una docena de perlas de fuego, unos trabajitos de medio centímetro colocados detrás de un cristal blindado, sobre cojines, que brillaban con luz fría y lechosa.
—Estos objetos hacen posible el piezófono —le dije—. La máquina es un invento humano, pero funciona gracias a las perlas de fuego. Convierten la presión en electricidad, y viceversa.
—Son muy bonitas —comentó—, ¿pero es precisa tanta protección? He visto algunas más grandes en los mostradores del Huso, y ni siquiera tenían vigilancia.
—Éstas son un poco distintas, Dorotha —le dije—. Son de verdad.
Rió a carcajadas. Me gustó su risa. Ninguna mujer está guapa cuando se ríe con ganas, y las chicas que se preocupan por estar guapas no lo hacen. Dorotha Keefer parecía una mujer bonita y saludable pasando un buen rato. Si uno se para a pensarlo, éste es el mejor aspecto que puede tener una mujer.
Sin embargo, no me impresionó tanto como para apartar de mi pensamiento mi principal preocupación: la necesidad de conseguir dinero para comprar un hígado nuevo; así que fui directo al grano.
—Esas bolitas rojas de allí son diamantes de sangre —le dije—. Son radiactivos. No te harán daño, pero están calientes. Así se distinguen los auténticos diamantes de sangre de las falsificaciones. Cualquiera que supere los tres centímetros es una falsificación. Uno de verdad de ese tamaño genera demasiado calor. Se deshace.
—Entonces los que quería venderme tu amigo...
—Eran falsos, sí.
Asintió sin dejar de sonreír.
—¿Y qué me dices de lo que tú quieres vendernos, Audee? ¿Es auténtico o se trata de un fraude?
A esas alturas, la tercera de la casa Vastra se había retirado discretamente, así que inspiré a fondo y le dije a Dorotha la verdad. Quizá no toda la verdad, pero sí nada más que la verdad.
—Estás viendo todo lo que miles de personas han encontrado después de mucho excavar —dije—. No es gran cosa. El martillo, el piezófono y dos o tres artilugios que hemos aprendido a utilizar, unas cuantas piezas rotas que aún están en proceso de estudio y algunas chucherías. Nada más.
—Eso había oído —contestó ella—. Y otra cosa: ningún descubrimiento data de menos de veinte años atrás.
Era más lista y estaba mejor informada de lo que yo esperaba.
—Dado que últimamente no se ha encontrado nada nuevo, podrías deducir que la riqueza del planeta se ha agotado —convine—. Eso parecen demostrar las pruebas. Los primeros excavadores encontraron todos los objetos de cierta utilidad que han aparecido... hasta ahora.
—Pero tú crees que hay algo más.
—Yo espero que haya algo más. Una cuestión: las paredes de los túneles. Ya las has visto: las paredes azules, totalmente lisas; la luz que despiden, siempre uniforme; su resistencia. ¿Cómo crees que las hicieron los Heechees?
—Pues no tengo ni idea.
—Yo tampoco. Ni nadie. Sin embargo, todos los túneles Heechees son iguales, y si los excavas desde fuera encuentras un idéntico sustrato rocoso, después un estrato de separación que es mitad pared metálica y mitad sustrato, y después el propio tabique. Conclusión: los Heechees no excavaron los túneles y después los recubrieron sino que tenían una máquina que se arrastraba bajo tierra como una lombriz y dejaba esos túneles tras de sí. Y otra cosa: cavaron más de la cuenta. Me refiero a que hicieron montones de túneles innecesarios, que no conducen a ninguna parte y que nunca utilizaron para nada. ¿Eso te sugiere algo?
—¿Que debía de resultarles fácil y económico? —aventuró.
Asentí.
—De modo que probablemente tuvieran una máquina automática y sin duda debe de quedar al menos una en alguna parte del planeta. Siguiente cuestión: el aire. Respiraban oxígeno como nosotros, y debían de extraerlo de alguna parte, pero ¿de dónde?
—Bueno, en la atmósfera hay oxígeno, ¿no?
—Casi nada. Menos de 0,5%. Y en su mayor parte no es oxígeno solo, sino que está mezclado con dióxido de carbono y otras porquerías. Tampoco hay vapor de agua digno de mención. Bueno, un poco, aunque no tanto como dióxido de azufre, por ejemplo. Cuando el agua se filtra por las rocas, en lugar de manar como un manantial de aguas cristalinas se convierte rápidamente en vapor. Se eleva. La molécula del agua es más ligera que la del dióxido de carbono. Cuando llega a un punto donde la luz del Sol puede alcanzarla, se descompone en hidrógeno y oxígeno. El oxígeno y la mitad del hidrógeno principalmente se encargan de convertir el dióxido de azufre en ácido sulfúrico. El resto del hidrógeno sencillamente se pierde en el espacio.
La chica me estaba mirando con expresión burlona.
—Audee —dijo amablemente—, ya veo que conoces Venus al dedillo.
Hice una mueca.
—Pero ¿te haces una idea?
—Me parece que sí. No suena nada bien.
—Es muy desagradable, pero de todas formas los Heechees se las arreglaron para extraer esa pizca de oxígeno, de forma rápida y económica, no olvides que rellenaron túneles de más, además de gases inertes como el nitrógeno, que sólo están presentes en cantidades testimoniales, y consiguieron elaborar una mezcla respirable. ¿Cómo? No lo sé, pero si lo hicieron con una máquina, me gustaría encontrarla. Siguiente cuestión: aeronáutica. Los Heechees volaban a menudo sobre la superficie de Venus.
—¡Tú también, Audee! ¿No eres piloto?
—Piloto de aerotaxi. Sin embargo, fíjate en lo mucho que cuesta hacer volar un aerotaxi. La temperatura de la superficie es de 735 K, y el oxígeno no alcanza ni para mantener encendido un cigarrillo. Así que mi nave necesita dos depósitos, uno para el combustible y otro para la mezcla que lo hace arder. Se necesita algo más que aire y aceite, ¿sabes?
—¿Sí?
—Aquí sí, Dorotha, piensa en la temperatura ambiente. Necesitamos combustibles exóticos para conseguir ese calor. ¿Alguna vez has oído hablar de un tal Carnot?
—¿El científico de la antigüedad? ¿El tipo del ciclo de Carnot?
—Nuevamente correcto. —Advertí con cautela que me había sorprendido por tercera vez—. El rendimiento Carnot de un motor se expresa a partir de su máxima temperatura, digamos el calor de combustión, dividida por la temperatura de escape. Bien, pero la temperatura de escape no puede ser más baja que la temperatura ambiente, porque en ese caso no tienes un motor, sino un refrigerador. Dado que te enfrentas a una temperatura ambiente de 460°C, tu motor es una porquería incluso con combustibles especiales. Todos los motores de combustión de Venus son una porquería. ¿Alguna vez te has preguntado por qué se ven tan pocos aerotaxis? A mí me da igual, así tenemos algo parecido a un monopolio, pero la razón es que cuesta mucho dinero hacerlos volar.
—¿Y los Heechees se las arreglaban mejor?
—Yo creo que sí.
De pronto se echó a reír de nuevo, de aquella forma encantadora.
—Pobrecito —dijo de buen humor—. ¡Crees que un día de éstos vas a encontrar el túnel principal y a hacerte con material Heechee por valor de unos cuantos miles de millones!
No me gustaba el modo con que lo había expresado. En realidad no estaba nada satisfecho de cómo se estaba desarrollando el encuentro que la tercera de Vastra y yo habíamos preparado. Había supuesto que, lejos de su novio, no me costaría sacarle información sobre él a esa tal Dorotha Keefer.
Las cosas no habían salido como yo esperaba. Se las estaba arreglando para que tomara conciencia de ella como persona, algo nada recomendable; es fácil tratar a un objetivo como tal si lo consideras, o la consideras, un ser humano más. Aún peor, me estaba obligando a echarme un buen vistazo a mí mismo.
—Quizá tengas razón, pero te aseguro que voy a intentarlo —me limité a decir.
—Te has enfadado, ¿verdad?
—No —mentí—, sólo estoy un poco cansado. Además, mañana nos espera un largo viaje. Será mejor que la lleve al Huso, señorita Keefer.
5 Mi aerotaxi estaba amarrado al borde de la plataforma espacial y se llegaba a él del mismo modo que se accedía a la plataforma: había que subir en ascensor hasta la antecámara de la superficie y después encerrarse en la cabina hermética del vehículo oruga que cruzaba la superficie de Venus, un terreno seco, rocoso y tortuoso debido a la constante erosión del viento. Normalmente guardaba el aerotaxi bajo una capa de espuma de amarre, por supuesto. En la superficie de Venus no se debe dejar nada al descubierto si quieres encontrarlo intacto a la vuelta, ni siquiera un objeto de acero cromado.
Había retirado la espuma a primera hora de la mañana, cuando había ido a comprobar la nave y a cargar las provisiones. Ahora estaba lista. La veía desde las portillas del vehículo a través de las tinieblas verde amarillentas y rugientes del exterior.
Cochenour y la chica también la habrían visto si hubiesen sabido adonde mirar, pero no la habrían identificado con algo capaz de volar.
—¿Dorrie y usted se han peleado? —me gritó Cochenour al oído.
—No —respondí.
—A mí me da igual. Sólo quería saberlo. No es necesario que se caigan bien, basta con que hagan lo que yo diga. —Guardó un momento de silencio, para no fatigar sus cuerdas vocales—. Dios, qué viento.
—Céfiro —respondí. No le dije nada más, ya lo averiguaría por sí mismo. La zona que rodea la plataforma espacial es una especie de remanso natural, según los cánones venusianos. El impulso orográfico empuja lo peor del viento por encima de la plataforma, y sólo nos llega una especie de remolino farragoso. Eso permite un despegue y un aterrizaje relativamente sencillos. Lo malo es que algunos de los compuestos de metal pesado del aire se precipitan por separado sobre la plataforma. Lo que en Venus llamamos aire posee, en sus capas más bajas, estratos de sulfuro y cloruro de mercurio, y cuando te sitúas sobre ellas y vuelas entre esas nubes suaves y esponjosas que los turistas ven al descender, descubres que algunas de ellas son gotitas de ácido sulfúrico, clorhídrico y fluorhídrico.
No obstante, hay trucos para eludirlas. Para volar sobre Venus se requieren habilidades tridimensionales. Es bastante fácil desplazarse de un punto A a un punto B por la superficie. Los transpondedores te mantienen unido con la frecuencia electromagnética y van indicando tu posición en las cartas de navegación. Lo complicado es acertar con la altitud. Eso requiere experiencia y seguramente también intuición, y por eso mi aerotaxi y yo valíamos un millón de dólares para gente como Boyce Cochenour.
Ya habíamos llegado a la nave, y el morro telescópico del vehículo oruga se estaba asomando a la antecámara. Cochenour miraba por la portilla.
—¡No tiene alas! —gritó, como si le estuviera tomando el pelo.
—Tampoco tiene velas ni cadenas para la nieve —grité en respuesta—. ¡Suba a bordo si quiere hablar! Será más fácil en el aerotaxi.
Trepamos a través del pequeño morro, abrí la entrada y subimos a bordo sin muchos problemas.
Ni siquiera tuvimos el tipo de problemas que yo me estaba temiendo. Veréis, un aerotaxi, en Venus, es un artefacto muy grande. Había tenido una enorme suerte al conseguirlo y, bueno, no me andaré por las ramas, digamos que estaba loco por él. Mi nave podía transportar a diez personas sin equipo adicional. Entre lo que habíamos comprado en la tienda de equipamiento de Vastra y lo que el certificado de la Zona 88 había considerado esencial como material de a bordo, sólo llevaba tres pasajeros y parecía atestada.
Estaba preparado para oír, como mínimo, algún comentario sarcástico. Sin embargo, Cochenour se limitó a echar un vistazo hasta localizar la mejor litera. Acto seguido avanzó hacia ella con decisión y se la apropió. La chica estaba demostrando un gran espíritu deportivo respecto a todos los inconvenientes. O sea que ahí estaba yo, con todas las glándulas a punto para afrontar una crítica hostil y sin nadie que me criticase.
El interior de la nave era mucho más silencioso. Aunque el ruido del viento llegaba hasta nosotros, sólo resultaba algo molesto. Repartí tapones para los oídos y, una vez colocados, casi dejamos de oírlo.
—Siéntense y abróchense los arneses —ordené. Cuando estuvieron sujetos, despegué.
A noventa mil milibares, las alas no son sólo inútiles sino que se convierten en algo letal. Mi aerotaxi poseía toda la fuerza propulsora necesaria incorporada en su casco en forma de valva. Abrí la llave de la doble mezcla de combustible para que alimentara los termorreactores, rebotamos por el terreno, más o menos plano, que bordeaba la plataforma espacial (lo apisonaban semanalmente, por eso se mantenía más o menos plano), y salimos zumbando al salvaje firmamento amarillo verdoso (instantes después, al salvaje firmamento marrón grisáceo) tras una carrera de menos de cincuenta metros.
Cochenour se había dejado el arnés flojo para estar más cómodo. Me hizo gracia oírle gritar cuando empezó a zarandearse debido a un breve período de violentas turbulencias. Aquello no iba a matarlo, y sólo duró unos instantes. A los mil metros localicé parte de la inversión atmosférica semipermanente de Venus, y la turbulencia descendió a un nivel que me permitía desabrocharme el cinturón y ponerme de pie.
Me quité los tapones de los oídos e indiqué por señas a Cochenour y a la chica que hicieran lo mismo.
Él se frotaba la cabeza por donde se había golpeado con el marco de un mapa de navegación, pero sonreía un poco.
—Muy emocionante —admitió mientras hurgaba en el bolsillo—. ¿Pasa algo si fumo?
—Los pulmones son suyos.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Ahora sí —admitió—. Una cosa, ¿por qué no nos ha dado tapones para los oídos cuando íbamos en el tractor?
Los guías solemos adoptar dos actitudes opuestas: o bien dejamos que nos avasallen a preguntas y nos pasamos el rato explicando lo que significa que aquel extraño indicador se ponga rojo... o mantenemos la boca cerrada, hacemos nuestro trabajo y nos embolsamos la pasta. Esto hacía que la cuestión se redujera a una pregunta: ¿estaba dispuesto a mantener una relación cordial con Cochenour y su novia o no?
Si la respuesta era afirmativa, debía procurar portarme bien con ellos. Dado que íbamos a pasar tres semanas juntos en un espacio equiparable a la cocina de un apartamento, tendríamos que esforzarnos al máximo por ser simpáticos con los compañeros de viaje o acabaríamos odiándonos a muerte; y puesto que a mí me pagaban por ser amable, debía ser el primero en dar ejemplo.
Por otra parte, a veces resulta imposible que te caigan bien los Cochenour de turno. Si aquél iba a ser el caso, cuanta menos charla mejor, y más me valdría soslayar las preguntas como aquélla con una respuesta del tipo «se me ha olvidado».
Pese a todo, en realidad el hombre aún no se había esforzado mucho en mostrarse desagradable. La chica incluso había intentado ser amable. De manera que opté por la cortesía.
—Bueno, es una cosa curiosa. Verán, oímos gracias a las diferencias de presión. Mientras el aerotaxi estaba despegando, los tapones rechazaban parte del sonido, las ondas de presión, pero cuando les he gritado que se pusieran el arnés, los tapones han filtrado el exceso de presión de mi voz y me han oído con relativa facilidad. Sin embargo, hay un límite. Por encima de los ciento veinte decibelios, eso es una unidad de sonido...
—Ya sé lo que es un decibelio —gruñó Cochenour.
—Bien. Por encima de los ciento veinte aproximadamente, el tímpano ya no responde. Así que en el tractor había demasiado ruido. El sonido no sólo llegaba hasta nosotros a través del casco, sino que venía del suelo, conducido por las bandas de rodamiento. Si hubieran llevado los tapones puestos, ni siquiera habrían oído... bueno, nada en absoluto —concluí sin convicción.
Dorotha escuchaba mientras se recomponía el maquillaje de los ojos.
—¿Nada como qué? —preguntó.
Decidí considerarlos amigos, al menos por el momento.
—Como la orden de que se pusieran el traje térmico. En caso de accidente, me refiero. Una ráfaga podría haber volcado el vehículo... Y a veces vuelan sobre las colinas objetos sólidos que te golpean antes de que te des cuenta.
La chica sacudió la cabeza, pero estaba riendo.
—Nos has traído a un sitio encantador, Boyce —comentó.
El hombre no prestaba atención. Tenía otra cosa en la cabeza.
—¿Por qué no está pilotando este cacharro? —preguntó.
Me levanté y activé la esfera virtual.
—Bien —dije—. Ya va siendo hora de que hablemos de eso. En este momento el piloto automático conduce el aerotaxi y lo guía hacia ese cuadrante de ahí. Tenemos que determinar el destino concreto.
Dorrie Keefer estaba examinando la esfera. No era de verdad, claro. Se trataba de una imagen tridimensional suspendida en el aire que se podía traspasar con el dedo.
—Venus no es nada del otro mundo —comentó.
—Esas líneas que ven sólo son indicadores de campos electromagnéticos; no los verán si miran por la ventana. Venus no tiene océanos ni está dividido en continentes, por lo que no se puede trazar un mapa del planeta como se haría en la Tierra. ¿Ven ese punto brillante ahí? Somos nosotros. Ahora, miren.
Cubrí el indicador de frecuencias y los cuadrantes de colores con datos geológicos.
—Esos círculos borrosos son señales de mascón. ¿Saben qué es un mascón?
—Una concentración de masa. Un cúmulo de materia pesada —apuntó ella.
—Muy bien. Ahora vean lo que pasa si voy introduciendo la ubicación de los yacimientos Heechees conocidos.
Cuando apreté el mando, los yacimientos aparecieron en forma de trazos dorados, como gusanos que se arrastrasen por el planeta.
—Todos están en mascons —dijo Dorotha al instante.
Cochenour la miró con aprobación, al igual que yo.
—No todos —corregí—, pero casi todos. ¿Por qué? No lo sé. Nadie lo sabe. Los mascons están formados principalmente por rocas más densas y antiguas, basalto y todo eso, y quizá los Heechees se sentían más seguros rodeados de roca sólida.
Cuando me carteaba con el profesor Hegramet, en la época en que no llevaba un hígado moribundo en las entrañas y en que por tanto me hallaba en condiciones de interesarme por el conocimiento abstracto, le habíamos dado vueltas a la posibilidad de que las perforadoras Heechees sólo pudieran funcionar en roca densa o de una composición química concreta. Sin embargo, no tenía ninguna intención de comentar con ellos las ideas que me había dado el profesor Hegramet desde la Tierra.
Alteré ligeramente la posición de la esfera virtual haciendo girar un poco el disco.
—Miren aquí, donde estamos ahora. Esta formación es Alfa Regio. Ahí está la gran excavación de la que acabamos de salir. Pueden ver la forma del Huso. El mascón donde está situado el Huso se llama Serendip. Fue descubierto por un equipo hesperológico...
—¿Hesperológico?
—Por un equipo geológico que estudia Venus, es decir, un equipo hesperológico. Descubrieron la concentración de masa desde la órbita y después, al aterrizar, perforaron para extraer una muestra y dieron con el primer yacimiento Heechee. Esos otros yacimientos que ven en las latitudes más septentrionales pertenecen a este grupo de mascons conectados. Entre ellos hay intromisiones de roca menos densa, y avanzan directamente hasta conectarse, pero casi siempre están justo en los mascons.
—Se encuentran al norte —dijo Cochenour con aspereza—. Vamos en dirección sur. ¿Por qué?
Me pareció curioso que supiera interpretar la esfera virtual, pero no comenté nada.
—Los que están señalados no valen, ya han sido explorados —me limité a decir.
—Algunos parecen aún más grandes que el Huso.
—Son mucho más grandes, sí señor, pero no contienen nada que valga la pena, o como mínimo hay pocas oportunidades de que contengan algo en buen estado. Nadie se molestaría en explorarlos. Los fluidos del subsuelo los inundaron hace cien mil años, quizá más. Un montón de tipos se han quedado sin blanca intentando drenarlos para excavar, y todo para nada. Pueden preguntarme, yo fui uno de ellos.
—No sabía que en Venus hubiese agua líquida —objetó Cochenour.
—Yo no he hablado de agua, aunque en realidad sí había algo, o al menos una especie de lodo. Al parecer, el agua se forma fuera de las rocas y viaja hacia la superficie durante algunos miles de años antes de filtrarse al exterior, evaporarse, descomponerse en hidrógeno y oxígeno y perderse. Por si no lo sabían, hay algo de agua debajo del Huso. Gracias a ello han bebido y respirado mientras estaban allí.
—No respirábamos agua —me corrigió él.
—No, claro que no. Respirábamos el aire que fabricamos. No obstante, a veces los túneles aún conservan su propio aire, quiero decir, el aire original que dejaron los Heechees. Como es lógico, después de unos cientos de miles de años suelen convertirse en hornos y toda la materia orgánica se abrasa. Quizá por eso hayamos encontrado tan pocos restos animales, si se les puede llamar así... Se han incinerado. De modo que... a veces queda aire en los yacimientos, pero no sé de nadie que haya encontrado agua potable.
—Todo esto es muy interesante, Boyce —dijo Dorotha—, pero tengo calor y sed, y toda esta charla sobre el agua me está fastidiando. ¿Podemos cambiar de tema un momento?
Cochenour lanzó una risa que sonó a rugido.
—Una indirecta, Walthers, ¿no cree? Y supongo que también algo de gazmoñería, porque me parece que lo que en realidad tiene Dorrie es ganas de ir al lavabo.
A poco que la chica se hubiera ruborizado, me habría sentido algo turbado por ella, pero sin duda estaba acostumbrada a las maneras de Cochenour.
—Si vamos a vivir en este cacharro durante tres semanas —se limitó a decir—, me gustaría saber con qué contamos.
—Claro, señorita Keefer —dije.
—Dorotha. Dorrie, si te gusta más.
—Claro, Dorrie. Bueno, ya ves lo que tenemos. Hay cinco literas, divididas de modo que puedan dormir diez personas si se quiere, pero nosotros no queremos. Dos compartimientos de ducha. No parecen lo bastante grandes para enjabonarte, pero si te empeñas puedes conseguirlo. Dos lavabos químicos en esos cubículos. La cocina está allí, al menos el fogón y la despensa. Escoge la litera que quieras, Dorrie. Hay una pantalla de separación que puedes bajar cuando vayas a cambiarte y todo eso, o sencillamente cuando quieras perdernos de vista un rato.
—Venga, Dorrie, haz lo que tengas que hacer —dijo Cochenour—. Quiero que Walthers me enseñe a pilotar esta cafetera.
El viaje no había empezado del todo mal. Los había tenido peores. Algunos realmente traumáticos: grupos que subían a bordo borrachos y ya no paraban de beber, parejas que sólo dejaban de pelearse para dormir o cuando formaban un frente común contra mí. Aquel viaje no tenía mala pinta, ni siquiera obviando el hecho de que me iba a salvar la vida, o al menos eso es lo que yo esperaba.
No hace falta ser muy hábil para pilotar un aerotaxi, o al menos no para hacerlo avanzar en la dirección deseada. En la atmósfera de Venus hay impulso de sobra. No te inquietas por cosas como que los motores se paren y, en cualquier caso, el piloto automático casi siempre toma todas las decisiones por ti.
Cochenour aprendía rápido. Resultó que había pilotado cacharros volantes de todo tipo en la Tierra, y que en su juventud había manejado sumergibles monoplaza por las profundidades de las minas petrolíferas oceánicas. En cuanto se lo mencioné, comprendió que lo difícil de pilotar una nave en Venus es escoger el nivel de vuelo adecuado y prever cuándo tienes que cambiarlo. También advirtió que aquello no lo aprendería en un día. Ni siquiera en tres semanas.
—¡Qué demonios, Walthers! —dijo con cierta alegría—. Al menos podré hacerla funcionar si no tengo más remedio. En caso de que usted se quede atrapado en un túnel, o de que un marido celoso le pegue un tiro.
Le obsequié con la discreta sonrisa que merecía aquella pequeña gracia.
—También puedo cocinar —prosiguió—. A menos que a usted se le dé muy bien. No, ya me parecía. Bien, he pagado demasiado por este estómago como para llenarlo de bazofia, así que yo prepararé la comida. Ésa es una pequeña cualidad que Dorrie nunca ha conseguido adquirir. Igual que su abuela. Era la mujer más hermosa del mundo, pero estaba convencida de que le bastaba con ser guapa.
Dejé el comentario a un lado para meditarlo más tarde. Aquel joven atleta de noventa años era un saco de pequeñas sorpresas.
—Muy bien —dijo—. Ahora, mientras Dorrie gasta toda el agua de la ducha...
—No se preocupe. Se recicla.
—Da igual. Mientras se asea, termine su pequeña conferencia y explíqueme cuál es nuestro destino.
—Bien. —Moví un poco la esfera. Mientras hablábamos, el punto brillante que nos representaba había avanzado uniformemente hacia el sur—. ¿Ve ese macizo donde nuestra estela se cruza con esas líneas del cuadrante, a poca distancia de Lise Meitner?
—¿Quién es Lise Meitner?
—Alguien que le dio nombre a esa formación. Es todo lo que sé. ¿Ve hacia dónde señalo?
—Sí. Hacia esos cinco mascons grandes unidos entre sí. No se indica ningún yacimiento. ¿Es allí adonde vamos?
—En general, sí.
—¿En general?
—Bueno —repuse—, hay un detalle que no le he contado. Espero que no se me ponga sarcástico, porque entonces también yo tendré que ponerme sarcástico y decirle que debería haberse tomado la molestia de aprender más cosas sobre Venus antes de decidirse a explorarlo.
Me miró fijamente por unos instantes. Dorrie salió de la ducha en silencio, ataviada con una bata larga, el cabello envuelto en una toalla, y se quedó junto a él, observándome.
—Eso dependerá en gran medida de lo que se haya callado —respondió en tono no muy amable.
—Esa parte es el Área de Seguridad del Polo Sur —dije—. En ese lugar, los muchachos de Defensa tienen el campo de misiles y llevan a cabo la mayor parte del desarrollo armamentístico. Los civiles no tienen permitida la entrada.
Él miraba el mapa con el entrecejo fruncido.
—¡Pero sólo una pequeña parte del mascón queda fuera de los límites!
—Y a esa pequeña parte es a la que vamos —le dije.
6 Para tener más de noventa años, Boyce Cochenour estaba en plena forma. No me refiero sólo a que gozara de buena salud. Eso se consigue gracias al Certificado Médico Completo. Basta con reemplazar lo que se estropea o empieza a fallar. Pero el cerebro no se puede reemplazar, así que cuando ves a un viejo muy rico, normalmente te enfrentas a un hombre bronceado y musculoso que tiembla, duda y deja caer las cosas.
En ese aspecto, Cochenour había tenido mucha suerte.
Iba a ser un compañero duro de pelar en aquel viaje de tres semanas. Ya había insistido en que le enseñara a pilotar el aerotaxi, y había aprendido rápido. Cuando se me ocurrió emplear un rato del vuelo en hacer la comprobación, bastante prematura, de las mil horas del sistema de refrigeración, me ayudó a levantar las cubiertas, comprobar los niveles de refrigeración y limpiar los filtros. A continuación decidió preparar la comida.
Dorrie Keefer hizo de ayudante mientras yo cambiaba de sitio algunos instrumentos y sacaba las sondas autosónicas. Si hablábamos en un tono normal, teniendo en cuenta el nivel de ruido constante que hay en el interior de un aerotaxi, nuestras voces no llegarían hasta Cochenour, que estaba a un par de metros de nosotros, junto al hornillo. Mientras comprobábamos las sondas, pensé en sonsacarle información sobre Cochenour, pero al final decidí no hacerlo. Ya sabía lo principal, concretamente que con un poco de suerte me pagaría un hígado nuevo. No necesitaba saber qué opinión tenían el uno del otro.
Así que hablamos de las sondas. De cómo dispararían cargas sonoras a las rocas de Venus y cronometrarían los ecos de respuesta; de las posibilidades que teníamos de encontrar algo que valiese la pena. («Bueno, ¿cuáles son las probabilidades de ganar en la lotería? Si compras un solo número, pocas. ¡Pero siempre aparece un ganador!»); y de los motivos que me habían impulsado a venir a Venus. Mencioné el nombre de mi padre, pero ella nunca había oído hablar del vicegobernador de Tejas. Sin duda era demasiado joven. Además, había nacido y se había criado en el sur de Ohio, donde Cochenour había trabajado de joven y adonde había regresado ya multimillonario. Me dijo, sin que yo se lo sonsacara, que él había construido un nuevo centro de procesamiento allí, y que aquello le había supuesto muchos dolores de cabeza —problemas con los sindicatos, problemas con los bancos, problemas graves con el Gobierno—, por lo que había decidido pasar una buena temporada haciendo el vago. Eché un vistazo hacia donde él estaba removiendo la salsa.
—Es el holgazán más trabajador que he visto en mi vida —dije.
—Es adicto al trabajo, Audee. Supongo que se hizo rico gracias a eso.
La nave dio una sacudida y yo lo dejé todo y corrí a los mandos. Oí que Cochenour gritaba a mis espaldas, pero yo estaba ocupado buscando un nivel de tránsito mejor. Para cuando logré ascender mil metros y volver a poner el piloto automático, se estaba frotando la muñeca, maldiciendo.
—Lo siento —dije.
—No me importa que me haya escaldado la piel del brazo; siempre puedo comprar más —respondió malhumorado—, pero he estado a punto de derramar la salsa.
Comprobé la esfera virtual. El indicador luminoso de la nave había recorrido dos terceras partes del camino.
—¿La comida está a punto? —pregunté—. Llegaremos dentro de una hora.
Por primera vez, pareció sorprendido.
—¿Tan pronto? Creí que había dicho que este cacharro era subsónico.
—Sí. Está usted en Venus, señor Cochenour. A este nivel, la velocidad del sonido es mucho más rápida que en la Tierra.
Adoptó un ademán pensativo, pero se limitó a decir:
—Bueno, podemos comer cuando queramos.
Más tarde, cuando estábamos terminando, comentó:
—Quizá no sé tantas cosas de este planeta como debiera. Si quiere darnos una charla, le escucharemos.
—Ya conoce lo más importante —le dije—. Caramba, señor Cochenour, es usted un cocinero excelente. Aunque yo me encargué de las provisiones, ni siquiera sé lo que estoy comiendo.
—Si viene usted a mi oficina de Cincinnati —contestó—, puede preguntar por el señor Cochenour, pero mientras vivamos pegados a las axilas de los otros, no me importa que me llame Boyce. Y si le gusta el fricandó, ¿por qué no se lo come?
La respuesta era: porque me mataría. Pero no quería entrar en una conversación que pudiera derivar en los motivos por los que necesitaba aquellos honorarios con tanta urgencia.
—Órdenes del médico —dije—. Tengo que dejar las grasas por un tiempo. Me parece que piensa que estoy engordando demasiado.
Cochenour me sopesó con la mirada, pero se limitó a preguntar:
—¿Y la charla?
—Ah, bien, empecemos por lo más importante —dije al tiempo que servía el café cuidadosamente—. Mientras estemos dentro del aerotaxi podéis hacer lo que queráis: ir de un lado a otro, comer, beber, fumar si tenéis cigarrillos, lo que os apetezca. El sistema de refrigeración está concebido para el triple de pasajeros, incluidos la cocina y los aparatos, con un factor de seguridad de dos. En cuanto al aire y el agua, hay de sobra para dos meses. Combustible suficiente para tres viajes de ida y vuelta, contando las maniobras. Si tuviésemos problemas, gritaríamos pidiendo auxilio, y un par de horas después, como máximo, alguien vendría a rescatarnos. Seguramente serían los muchachos de Defensa, porque son los que están más cerca y además tienen vehículos muy rápidos. Lo peor sería que el casco se agrietase y que toda la atmósfera de Venus intentara colarse aquí dentro. Si esto sucediese con gran rapidez, moriríamos. Sin embargo, suele haber un margen. Tendríamos tiempo de ponernos los trajes, y dentro de ellos podríamos vivir treinta horas. Nos rescatarían mucho antes.
—Suponiendo, claro, que la radio no se estropease al mismo tiempo.
—Sí. Suponiendo eso. Ya sabes que es posible morir en cualquier parte si se producen varios accidentes al mismo tiempo.
Se sirvió otra taza de café y añadió un poco de coñac.
—Continúa.
—Bueno, fuera del aerotaxi la cosa se complica. Dependemos del traje para seguir existiendo, y su vida útil, como ya he dicho, es de treinta horas. Se trata de un problema de refrigeración. Podemos llevar aire y agua en abundancia, y no hay que preocuparse por la comida en ese plazo de tiempo. Pero requiere mucha energía compacta deshacerse de toda la energía difusa que hay alrededor. Para eso hace falta combustible. Los sistemas de refrigeración gastan mucho combustible, y cuando se agota, mejor no estar fuera. El calor no es la peor manera de morir. Pierdes el conocimiento antes de sentir dolor, pero el caso es que mueres de todas formas.
»También es importante que no olvidéis comprobar el traje cada vez que os lo pongáis. Controlad la presión y observad el indicador para ver si hay fugas. Yo también lo comprobaré, pero no os fiéis de mí. Se trata de vuestra vida. Y vigilad la visera. Es muy fuerte, puedes clavarle clavos sin romperla, pero si recibe un golpe fuerte de algo suficientemente duro, se romperá de todas formas. En ese caso, también moriréis.
—¿Alguna vez has perdido a un turista? —preguntó Dorrie en voz baja.
—No —respondí al instante—, aunque otros guías sí. Mueren cinco o seis cada año.
—Me arriesgaré —dijo Cochenour con seriedad—. De todas formas, yo no me refería a este tipo de charla, Audee. Claro que quiero saber cómo seguir vivo, pero supongo que de todas formas nos habrías contado todo esto antes de abandonar la nave. En realidad quería saber por qué has decidido explorar ese mascón en concreto.
Aquel hombre empezaba a preocuparme con su molesta costumbre de hacerme preguntas que yo no quería responder. Claro que tenía mis razones para escoger aquel lugar, relacionadas con cinco años de investigación, mucho trabajo de excavación y una correspondencia por valor de un cuarto de millón de dólares en cuotas de correo espacial con gente como el profesor Hegramet, de la Tierra.
Pero no quería enseñar todas mis cartas. Me había propuesto explorar alrededor de media docena de yacimientos. Si aquél resultaba ser uno de los lugares que valían la pena, él se haría mucho más rico que yo. Los contratos te obligan a ello: 40% para el patrocinador, 5% para el guía, el resto para el Gobierno. En ese caso, él se daría por satisfecho. Si el lugar no merecía la pena, no quería que se buscase otro guía para explorar el resto. Así que me limité a decir:
—Llamémoslo una fundada conjetura. Te prometo una buena batida a un túnel sin explorar y espero cumplir mi promesa. Y ahora será mejor guardar la comida; estamos a diez minutos de nuestro destino.
Con todo el material asegurado y los arneses abrochados, descendimos de las capas relativamente tranquilas hacia los fuertes vientos de la superficie.
Nos encontrábamos encima del gran macizo central, más o menos a la misma altura que las tierras que rodean el Huso. En Venus, casi todo el movimiento tiene lugar a ese nivel. En tierras bajas y en las profundas grietas de los valles, la presión alcanza los ciento veinte mil milibares o más. Mi aerotaxi no la habría soportado mucho tiempo, ni tampoco ningún otro, excepto unas cuantas naves de investigación especial y militares. Por suerte, parece ser que a los Heechees tampoco les interesaban las tierras bajas. Nunca se ha encontrado nada relacionado con ellos por debajo de los noventa bares, aunque eso no significa que no esté ahí, claro.
Sea como fuere, comprobé nuestra posición en la esfera virtual y en los mapas detallados y dejé caer las tres primeras sondas autosónicas. En cuanto abandonaron la nave, los vientos las zarandearon de un lado a otro. Hasta ahí, todo iba bien. No importa demasiado dónde aterricen las sondas; pueden hacerlo dentro de unos márgenes bastante amplios, lo cual es de agradecer. Al principio surcaron el aire como jabalinas, después revolotearon como pajas al viento hasta que asomaron los pequeños cohetes y los controles buscadores de tierra los dispararon a la superficie.
Todas se incrustaron correctamente. No siempre se tiene tanta suerte, así que habíamos empezado con buen pie.
Comprobé las posición de éstas en los mapas detallados. Habían formado algo muy parecido a un triángulo equilátero, que es más o menos lo que se espera que hagan. A continuación me aseguré de que todo el mundo estuviera bien sujeto, encendí el escáner y empecé a volar en círculo.
—¿Y ahora qué? —gritó Cochenour intrigado. Observé que la chica se había vuelto a poner los tapones, pero él no quería perderse ni una palabra.
—Ahora esperaremos a que las sondas tanteen el terreno en la búsqueda de túneles Heechees. Tardarán un par de horas.
Mientras hablaba, guié el aerotaxi hacia los estratos de la superficie. Las rachas de viento nos zarandeaban de un lado a otro. Los golpes eran de lo más molesto, pero encontré lo que estaba buscando, una formación superficial semejante a un arroyo ciego, y encajé la nave en ella. Cochenour lo observaba todo con atención y yo hice una mueca. Aquella maniobra requería un buen pilotaje, a diferencia de la navegación en ruta o por las plataformas dispuestas sobre el Huso. Cuando fuera capaz de hacer lo que yo estaba haciendo, podría pasarse sin alguien como yo. No antes.
Nuestra posición parecía correcta, de modo que disparé cuatro estacas de amarre con cabezas explosivas que se hundieron en el suelo. Tensé las cuerdas con el cabrestante y todas resistieron.
Aquello también era buena señal. Bastante satisfecho de mí mismo, abrí los cierres del arnés y me levanté.
—Estaremos aquí al menos un par de días —les dije—, más si tenemos suerte. ¿Qué tal el paseo?
Dorrie se estaba quitando los tapones; las paredes protectoras de la quebrada habían convertido el estruendo en un mero aullido.
—Me alegro de no marearme en los aviones —respondió.
Cochenour reflexionaba en silencio. Examinaba los mandos del aerotaxi al tiempo que encendía otro cigarrillo.
—Una pregunta, Audee —dijo Dorotha—. ¿Por qué no podemos quedarnos arriba, donde hay más silencio?
—El combustible. Tengo suficiente para ir de un lado a otro, pero no para permanecer varios días en suspensión. ¿Te molesta el ruido?
Hizo una mueca.
—Ya te acostumbrarás —dije—. Es como vivir cerca de un puerto espacial. Al principio te preguntas cómo puede soportar alguien el ruido, aunque sea una hora. Cuando llevas allí una semana, lo echas de menos si cesa.
Avanzó hacia la portilla y contempló el paisaje con expresión pensativa. Nos habíamos trasladado a la zona nocturna y no había mucho que ver, aparte de polvo y pequeños objetos que cruzaban como remolinos los rayos de luz de nuestros faros.
—Lo que me preocupa es la primera semana —apuntó.
Encendí el lector de sondas. Las pequeñas cabezas percursoras estaban disparando sus cargas sonoras y midiendo los ecos de cada una, pero era demasiado pronto para distinguir nada. Apenas se empezaba a entrever una figura borrosa en el monitor. Había más huecos que detalles.
—¿Cuánto tardarás en interpretar lo que aparece en el lector? —inquirió Cochenour por fin. Otra sorpresa: no había preguntado qué era el aparato.
—Depende de lo grande que sea la zona y de lo cerca que estés. Al cabo de una hora puedes aventurarte, pero prefiero obtener toda la información posible. Seis u ocho horas, creo yo. No hay prisa.
—Yo sí tengo prisa, Walthers —protestó.
—¿Qué podemos hacer mientras, Audee? —intervino la chica—. ¿Jugar unas partidas de bridge versión moderna?
—Lo que queráis, pero os recomiendo dormir un poco. Tengo pastillas, si os hacen falta. Si encontramos algo, y recordad que las probabilidades son mínimas al primer intento, querremos permanecer un buen rato con los ojos bien abiertos.
—Muy bien —dijo Dorotha, alargando la mano para tomar los somníferos. Pero Cochenour la detuvo.
—¿Y tú qué vas a hacer? —me preguntó.
—Me meteré en la cama enseguida. Estoy esperando... algo.
No preguntó el qué. Seguramente porque ya lo sabía, pensé. Decidí que cuando me metiese en la cama, esperaría antes de tomar una pastilla para dormir. Aquel Cochenour no sólo era el turista más rico que me había contratado, sino uno de los mejor informados. Quería meditarlo un rato.
De modo que ninguno de nosotros se fue a dormir de inmediato, y lo que yo esperaba tardó al menos una hora en llegar. Los muchachos de la base se estaban volviendo un tanto descuidados; deberían haber tardado menos en pillarnos.
La radio se puso a zumbar, y a continuación sonó a plena potencia.
—Vehículo sin identificar en uno tres cinco, cero siete, cuatro ocho y siete dos, cinco uno, cinco cuatro. Por favor, identifíquense y comuniquen por qué motivo están aquí.
Cochenour alzó la vista inquisitivamente. Estaba jugando al gin rummy con la chica. Esbocé una sonrisa tranquilizadora.
—Mientras digan «por favor», no hay problema —dije, y abrí el transmisor.
—Aquí el piloto Audee Walthers, aerotaxi Papá Tara Nueve Uno procedente del Huso. Tenemos autorización y nuestros planes de vuelo están registrados y aprobados. Llevo a dos turistas Terry a bordo para una exploración de recreo.
—Recibido. Por favor, esperen —bramó la radio. Los militares siempre emiten a toda potencia. Reminiscencias de los días en que debían soportar al sargento de instrucción, sin duda.
Desconecté el micrófono.
—Están comprobando nuestro plan de vuelo —les dije a mis pasajeros—. Todo va bien.
Al cabo de un momento volvió el radiooperador de Defensa, tan escandaloso como siempre.
—Están ustedes a once coma cuatro kilómetros dirección dos ocho tres grados de los límites de un área restringida. Prosigan con cuidado, conforme a las normas militares uno siete y uno ocho, secciones...
—Conozco el reglamento —lo interrumpí—. Tengo el permiso en regla y he explicado las restricciones a los pasajeros.
—Recibido —bramó la radio—. Los mantendremos vigilados. Si observa vehículos o patrullas en la superficie, son nuestros equipos de perímetro. No interfieran bajo ningún concepto. Respondan de inmediato a cualquier petición de identificación o información que se les requiera.
Cesó el zumbido de la línea.
—Parecen nerviosos —dijo Cochenour.
—No. Son así. No es algo nuevo para ellos ver gente como nosotros por aquí. Están aburridos, eso es todo.
—Audee —dijo Dorrie con voz insegura—, les ha dicho que ya nos habías explicado las restricciones, pero yo no recuerdo esa parte de la conversación.
—Oh, sí os las he explicado. Nos quedaremos fuera de la zona restringida, porque si no lo hacemos abrirán fuego. Toda la ley consiste en eso.
7 Dispuse las cosas para despertar cuatro horas más tarde, y cuando me oyeron moverme se levantaron también. Dorrie puso café a calentar y lo tomamos de pie, mirando los gráficos que habían aparecido en el monitor.
Los estuve examinando durante varios minutos, aunque los gráficos parecían muy claros a simple vista. Mostraban ocho grandes anomalías que tal vez fueran galerías Heechees. Una estaba prácticamente al lado de la nave. No tendríamos que mover el aerotaxi para excavar.
Les mostré las anomalías una a una. Cochenour se limitó a contemplarlas con gesto pensativo.
—¿Quieres decir que todos esos borrones son túneles sin explorar? —preguntó Dorotha.
—Ojalá lo fueran, pero incluso en ese caso no podríamos cantar victoria. En primer lugar, alguno de esos túneles, o todos, podrían haber sido explorados por alguien que no se molestó en registrarlos. En segundo lugar, quizá no se trate de túneles. Podrían ser fracturas de fallas, o canales, o rieras formadas a partir de algún material fundido que escapó de alguna parte, se endureció y quedó enterrado hace mil millones de años. De momento, sólo estamos seguros de que no puede existir ningún túnel sin explorar a excepción de estos ocho puntos.
—¿Y qué vamos a hacer entonces?
—Excavar. Ya veremos lo que encontramos.
—¿Y dónde excavamos? —preguntó Cochenour.
Señalé justo al lado de los brillantes contornos del delta de nuestro aerotaxi.
—Aquí.
—¿Es el lugar que ofrece más posibilidades?
—Bueno, no necesariamente.
Consideré cómo aclarárselo y decidí probar con la verdad.
—En total hay tres señales que parecen más prometedoras que el resto... Las indicaré. —Tecleé los mandos del ordenador y las tres señales quedaron marcadas de inmediato con las letras A, B y C—. El punto A es el que pasa justo por debajo de la quebrada donde nos hemos posado, así que lo excavaremos en primer lugar.
—Los más brillantes son los mejores, ¿no es eso?
Asentí.
—Pero el C es el más brillante de todos. ¿Por qué no empezamos por él?
Escogí las palabras con cuidado.
—En parte porque tendríamos que mover el aerotaxi. Y en parte porque queda fuera del perímetro de la zona sondeada; eso quiere decir que los resultados no son tan fiables como los que se refieren a los puntos situados alrededor de la nave. Pero ésas no son las razones principales. La razón de peso es que el punto C está rozando la línea de la reserva y nuestros quisquillosos amigos de Defensa quieren que nos mantengamos alejados.
Cochenour soltó una risita de incredulidad.
—¿Me estás diciendo que si encontrases un auténtico túnel Heechee intacto, harías caso omiso de él sólo para no importunar a unos cuantos soldados?
—Ese problema no se ha planteado —respondí—. Tenemos siete anomalías legales para investigar. Además, los militares nos echarán un vistazo de vez en cuando. Sobre todo durante los primeros días.
—Bueno —insistió Cochenour—, supongamos que excavamos los túneles legales y salimos con las manos vacías. ¿Qué pasará entonces?
—Cada cosa a su tiempo.
—Hipotéticamente.
—¡Maldita sea, Boyce! ¿Y yo qué sé?
Me dejó en paz, pero le guiñó un ojo a Dorrie y rió por lo bajo.
—¿Qué te había dicho, cariño? ¡Es más bandido que yo!
Ella, que me estaba mirando, se limitó a preguntar:
—¿Por qué te has puesto de ese color?
Le contesté lo primero que se me ocurrió, pero al mirarme en el espejo advertí que hasta el blanco de mis ojos estaba adquiriendo un tono amarillento.
Durante las horas siguientes estuvimos demasiado ocupados para plantear hipótesis. Teníamos problemas concretos a los que enfrentarnos. El más importante era evitar que un montón de gas a una temperatura y una presión terribles acabase con nosotros. Para eso servían los trajes térmicos. El mío estaba hecho a medida, por supuesto, y sólo había que comprobar los accesorios y los depósitos. Boyce y la chica llevaban unidades de alquiler.
Había pagado un dineral por ellos y eran buenos, pero ni siquiera lo bueno es perfecto. Les hice ponerse y quitarse los trajes una docena de veces, comprobando la adaptación y haciendo ajustes, antes de darme por satisfecho. Los trajes estaban compuestos de doce láminas y tenían sus propias baterías. Además, contaban con nueve posiciones en las articulaciones principales para facilitar la libertad de movimientos. No fallarían. En realidad no me preocupaban los fallos sino la comodidad, porque el mínimo roce o picor se puede convertir en algo muy grave cuando no tienes posibilidad de aliviarlo.
Por fin estuvieron listos para un ensayo. Nos apiñamos los tres en la antecámara y abrimos la escotilla que conducía a la superficie de Venus.
Aún era de noche, pero el sol brilla tan fuerte en Venus que la oscuridad nunca es completa. Les hice andar alrededor de la nave para practicar, inclinándose contra el viento, sujetándose en los amarres y en el costado de la nave, mientras yo me preparaba para excavar.
Saqué el primer iglú instantáneo, lo arrastré hasta ponerlo en su lugar y le prendí fuego. A medida que ardía iba hinchándose al tiempo que despedía una ceniza ligera pero sólida que crecía alrededor del yacimiento como una cúpula perfecta. Yo ya había colocado la linterna de excavación y el pasadizo de la antecámara. Cuando creció la ceniza, puse la antecámara a pulso para unirla al máximo, y por primera vez me las arreglé para lograr un acoplamiento perfecto.
Dorrie y Cochenour se mantuvieron al margen, junto a la nave, observando por la visera de sus trajes. Encendí la radio.
—¿Queréis entrar y ver cómo empiezo? —grité. Desde el interior de los cascos, ambos asintieron con la cabeza. Yo sólo alcanzaba a ver el gesto de asentimiento a través de sus viseras—. Pues venid —chillé, y me arrastré contoneándome por la gatera. Les hice señales de que la dejaran abierta mientras me seguían al interior.
Con nosotros tres y el equipo de excavación en el interior, el iglú estaba aún más atestado que el aerotaxi. Se alejaron de mí tanto como pudieron, inclinados contra la pared combada del iglú, mientras yo ponía en marcha los barrenos, comprobaba que estuvieran verticales y observaba cómo las primeras virutas empezaban a salir por la abertura.
El iglú de espuma rechaza gran cantidad de sonido y absorbe aún más. El estrépito en su interior era mucho peor que los aullidos del viento del exterior; las barrenas son ruidosas.
Cuando me pareció que habían visto suficiente para darse por satisfechos de momento, les hice señales de que despejaran la gatera, los seguí, la precinté a nuestras espaldas y los conduje de regreso al aerotaxi.
—De momento todo va bien —dije mientras me desenroscaba el casco y aflojaba el traje—. Habrá que perforar unos cuarenta metros, creo. Da igual esperar aquí que ahí fuera.
—¿Tendremos que esperar mucho?
—Quizás una hora. Podéis hacer lo que queráis. En cuanto a mí, voy a ducharme. Después comprobaremos cuánto hemos avanzado.
Aquélla era una de las ventajas de que sólo fuésemos tres personas a bordo: no teníamos que preocuparnos por ahorrar agua. Es sorprendente lo rápido que te reanima una ducha cuando te quitas el traje térmico. Cuando terminé, me sentía dispuesto a todo.
Incluso me habría comido una de las exquisiteces culinarias de tres mil calorías de Cochenour, pero por suerte no fue necesario. Dorrie se había hecho cargo de la cocina y había preparado algo sencillo, ligero y no muy tóxico. Con una cocina así, podría sobrevivir el tiempo suficiente para cobrar mis honorarios. Se me ocurrió preguntarme por qué le preocupaba tanto el tema de la salud, pero enseguida pensé que, evidentemente, quería que Cochenour siguiese con vida. Con tanto repuesto, sin duda tenía problemas dietéticos peores que los míos. Bueno, no exactamente «peores». Al menos no tenía tantas probabilidades como yo de que acabaran con él.
En aquel lugar, la superficie de Venus era poco más que arena cenicienta. Las barrenas la trituraban rápidamente. En realidad, con demasiada rapidez. Cuando volví al iglú descubrí que estaba lleno de escombros. Me costó un trabajo de mil demonios llegar a las máquinas para hacer girar las barrenas de modo que bombeasen las virutas al exterior por la gatera.
Era un trabajo sucio, pero no tardé mucho.
No me molesté en volver a la nave. Informé por radio a Boyce y a la chica, a quienes veía mirándome por los portillos. Les dije que nos estábamos acercando, pero no especifiqué cuánto.
En realidad nos encontrábamos a un metro aproximadamente de la profundidad indicada de la anomalía, tan cerca que no me molesté en bombear al exterior todas los desechos. Me limité a hacer sitio suficiente para moverme por el interior del iglú.
A continuación volví a cambiar la dirección de las barrenas. Al cabo de cinco minutos, las virutas empezaron a salir con el brillo azulado del metal Heechee, indicio de que realmente había un túnel.
8 Unos cinco minutos después, encendí el transmisor del casco y grité:
—¡Boyce! ¡Dorrie! ¡Hemos dado con un túnel!
O ya llevaban los trajes puestos, o se vistieron más rápido que cualquier rata de laberinto. Desprecinté la gatera y me arrastré hasta el exterior para ayudarlos... Ya estaban saliendo del aerotaxi, tirando el uno del otro para vencer la resistencia del viento.
Ambos proferían preguntas y felicitaciones, pero los interrumpí.
—¡Adentro! —ordené—. Miradlo vosotros mismos.
De hecho, no tuvieron que llegar tan lejos. En cuanto se arrodillaron para entrar en la gatera, distinguieron el color azul.
Los seguí y precinté el paso exterior de la gatera desde dentro. El motivo es muy simple. Mientras el túnel está intacto, da igual lo que uno haga; pero en el interior de un túnel Heechee que ha permanecido inviolado, la presión sólo supera ligeramente a la de la Tierra. Sin la cúpula precintada del iglú, en cuanto se agrietase la cubierta se colaría la atmósfera de noventa mil milibares de Venus: calor, abrasión, sustancias químicas corrosivas... todo. Si el túnel está vacío o en su interior hay material simple y resistente, quizá no pase nada. No obstante, en los museos he visto dos docenas de cacharros misteriosos que podrían haber sido máquinas muy interesantes... si su descubridor hubiera impedido que la atmósfera los estrujase hasta convertirlos en chatarra. Cuando te toca el gordo, puedes cargarte en un segundo lo que llevaba cientos de miles de años esperando.
Nos apiñamos alrededor del pozo y señalé hacia abajo. Las barrenas habían abierto una boca limpia de unos setenta centímetros por algo más de un metro, con los bordes redondeados. Al fondo se veía el brillo azul y frío de la parte exterior del túnel, algo picado por las barrenas y sucio de las virutas sueltas que no me había molestado en quitar.
—¿Y ahora qué? —preguntó Cochenour, con la voz ronca por la emoción...
—Ahora lo fundiremos para abrirnos paso.
Hice retroceder a mis clientes tanto como fue posible en el interior del iglú, apretados contra el montón de escombros que quedaban. Entonces solté los cohetes de ignición. Ya había colocado el cabrestante sobre el pozo. Los reactores se deslizaron por el cable hasta quedar a pocos centímetros del arco del túnel. Entonces los encendí.
Nadie diría que algo fabricado por el ser humano puede superar las altas temperaturas de Venus, pero los cohetes son algo especial. El calor estalló en el espacio reducido del iglú y nos inundó. Al cabo de un instante, el sistema de refrigeración del traje térmico no daba abasto.
—¡Oh! Cre-creo que me voy a... —jadeó Dorrie.
Cochenour la agarró del brazo.
—Desmáyate si quieres —dijo con vehemencia—, pero no vomites en el interior del traje. ¡Walthers! ¿Cuánto va a durar esto?
Para mí estaba resultando tan duro como para ellos. No hay práctica que valga cuando te toca estar plantado ante un horno a plena potencia cuyas puertas han sido arrancadas.
—Más o menos un minuto. —Jadeé—. Aguantad... todo va bien.
En realidad tuvimos que esperar más, unos noventa segundos. Los chivatos de mi traje estuvieron soltando aullidos de alarma por sobrecarga más de la mitad del tiempo, pero los trajes estaban hechos para soportar aquellos excesos temporales. Mientras no nos cociésemos en el interior, los trajes resistirían.
Entonces terminó aquel infierno. Una sección circular de medio metro de metal se hundió, se rompió por un lado y se quedó allí, colgando del techo del túnel.
Apagué los cohetes. Todos respiramos con fuerza durante un par de minutos, mientras los refrigeradores de los trajes restablecían los niveles adecuados.
—¡Uf! —exclamó Dorotha—. Ha sido brutal.
A la luz que salía del pozo, advertí que Cochenour tenía el ceño fruncido. No dije nada. Me limité a encender los cohetes durante cinco segundos más para completar la sección circular. Cayó a plomo al interior del túnel. A continuación encendí la radio de mi casco.
—No se advierte diferencial de presión —dije.
Cochenour siguió con el ceño fruncido, sin decir nada.
—Eso significa que este túnel ya ha sido abierto —proseguí—. Alguien entró en él (seguramente lo limpió, si es que alguna vez hubo algo aquí) y no informó del hallazgo. Volvamos a la nave y aseémonos.
—Pero ¿qué dices, Audee? ¡Quiero bajar y ver qué hay ahí dentro!
—Cállate, Dorrie —le espetó Cochenour—. ¿No le has oído? Es un fiasco.
Bueno, siempre existe la posibilidad de que un movimiento sísmico haya abierto el túnel, y no una rata de laberinto con un soplete. De ser así, podría contener algo que valiese la pena, y además me daba pena acabar de golpe con todas las ilusiones de Dorotha. Así que nos columpiamos cable abajo, uno tras otro, hasta el yacimiento Heechee. Miramos alrededor. Como la mayor parte de los túneles, estaba totalmente vacío hasta donde alcanzaba la vista, aunque en realidad eso no significa nada. Los túneles abiertos conllevan un problema adicional: necesitas equipo especial para explorarlos. Después de la sobrecarga que habían sufrido, nuestros trajes aguantarían bien unas cuantas horas, pero no mucho más.
De modo que marchamos túnel abajo por espacio de un kilómetro y sólo encontramos paredes desnudas, puntales tronchados que tal vez en otro tiempo sujetasen algo a aquellos tabiques azules y brillantes, y nada que pudiéramos llevarnos, ni siquiera chatarra.
A esas alturas, ambos estaban deseando volver al aerotaxi. Cochenour subió solo. También Dorrie, aunque yo estaba debajo para ayudarla. Trepó sin ayuda, usando los estribos distribuidos por el cable.
Nos aseamos y preparamos la comida. Cochenour no estaba de humor para mostrar sus habilidades culinarias, de modo que Dorotha arrojó en silencio unas tabletas a la olla y nos alimentamos de esa triste manera.
—Bueno, sólo era el primero —dijo por fin, decidida a tomárselo bien—, y es nuestro segundo día.
—Cállate, Dorrie —replicó Cochenour—. Yo no soy un buen perdedor. —Observaba fijamente el gráfico de las sondas, que aún aparecía en el monitor—. Walthers, ¿hay muchos túneles como éste, sin identificar pero vacíos?
—¿Cómo voy a saberlo? Si nadie los ha registrado, no existe documentación.
—Entonces esas señales no significan nada, ¿verdad? Podríamos abrir los ocho y descubrir que no ha valido la pena.
Asentí.
—Desde luego, Boyce.
Me miró con expresión alerta.
—¿Y?
—Y eso no es lo peor. Al menos esta señal era un túnel de verdad. He acompañado a grupos que se habrían vuelto locos de alegría si hubieran abierto aunque fuera un túnel ya explorado, tras dos semanas desenterrando canales e intrusiones. Es muy posible que los otros siete no sean nada en absoluto. No te cabrees, Boyce. Al menos has conseguido un poco de diversión a cambio de tu dinero.
No me hizo ni caso.
—Tú has escogido este sitio, Walthers. ¿Sabías lo que estabas haciendo?
¿Lo sabía? El único modo de demostrárselo sería encontrar un túnel con sorpresa, claro. Podría haberle hablado de los meses que había pasado examinando los documentos referentes a los primeros aterrizajes. Podría haberle mencionado cuántas molestias me había tomado y cuántas normas había quebrantado para echar un vistazo a los documentos de inspección militares, o haberle contado lo lejos que había viajado para hablar con los equipos de Defensa que se encargaron de explorar los primeros yacimientos. Podría haberle informado de lo mucho que me había costado localizar al viejo Jorolemon Hegramet, que a la sazón enseñaba arqueología exótica en Tennessee, pero me limité a decir:
—El hecho de que haya encontrado un túnel demuestra que conozco mi oficio. Sólo has pagado por eso. De ti depende que sigamos buscando o no.
Se miró la uña del pulgar, meditando mis palabras.
—Anímate, Boyce —dijo Dorrie alegremente—. Piensa que aún quedan muchas posibilidades. Y aunque no lo consigamos, será divertido contarlo en Cincinnati.
Ni siquiera la miró.
—¿Hay algún modo de saber si un túnel ha sido abierto o no sin necesidad de entrar en él? —preguntó.
—Claro. Golpeando la cubierta exterior. Se advierte la diferencia de sonido.
—Pero ¿hay que excavarlo primero?
—Exacto.
No insistió. Volví a ponerme el traje para retirar el iglú, ya inútil, y mover las barrenas.
La verdad es que no quería seguir hablando del tema. No deseaba escuchar una pregunta porque tendría que responder con una mentira. Procuraba ceñirme al máximo a la verdad, así sería más fácil recordar lo que había dicho.
Por otra parte, nunca me he tomado demasiado a pecho esa clase de cosas. No creo que sea asunto mío sacar a nadie de su error. Por ejemplo, Cochenour debía de suponer que no me había molestado en comprobar el sonido del túnel antes de avisarles, pero, como es natural, lo había hecho en cuanto la barrena había tocado túnel. Al oír el sonido característico de la alta presión, se me había partido el alma. Había tenido que esperar un par de minutos antes de llamarlos para decirles que habíamos alcanzado la cubierta exterior.
Aún no me había enfrentado a la cuestión de qué habría hecho si el túnel hubiera estado intacto.
9 Boyce Cochenour y Dorrie Keefer constituían el decimoquinto o decimosexto grupo que acompañaba a un yacimiento Heechee. No me sorprendió que estuvieran dispuestos a trabajar como culis. Me da igual que los turistas Terry se muestren perezosos y desganados, al principio, porque cuando entrevén la posibilidad de encontrar algo que en otro tiempo perteneció a una raza extraterrestre prácticamente desconocida, abandonado allí cuando lo más parecido a un ser humano que había en la Tierra era un animal peludo de frente huidiza, cuya máxima habilidad era matar a otros animales golpeándolos en la cabeza con huesos de antílope, les ataca la fiebre del explorador.
Así que ambos trabajaban duro. Me exigían mucho, y eso que yo estaba tan impaciente como ellos. Quizá más, pues a medida que pasaban los días me sorprendía a mí mismo frotándome el costado derecho, justo debajo de las costillas.
Vimos un par de veces a los muchachos de Defensa. Los primeros días, pasaron con sus naves de alta velocidad media docena de veces. No decían gran cosa, se limitaban a radiar peticiones formales de identificación. La normativa dice que si encuentras algo debes informar de inmediato. A pesar de las objeciones de Cochenour, informé del hallazgo de aquel primer túnel, y me pareció que se quedaban algo sorprendidos.
No había nada más de lo que informar.
El emplazamiento B era un dique de pegmatita. Los otros dos puntos brillantes, denominados D y E, no contenían nada en absoluto; en consecuencia, los ecos debían de haber sido provocados por algo tan trivial como superficies de contacto invisibles en la roca, o quizá ceniza o grava.
Veté la excavación del emplazamiento C, el que tenía mejor pinta de todos. Cochenour intentó convencerme por todos los medios, pero yo seguí en mis trece. Los militares venían a echarnos un vistazo de vez en cuando, y yo no quería acercarme aún más a su perímetro. Dije que si fracasábamos en los demás quizá consiguiéramos hacer una excavación rápida en el punto C antes de volver al Huso, y lo dejamos así.
Pusimos en marcha el aerotaxi, nos colocamos en una nueva posición e iniciamos otro sondeo.
Al final de la segunda semana habíamos hecho nueve excavaciones, y de todas habíamos salido con las manos vacías. Estábamos quedándonos sin iglús y sin percutores. Además, nuestra tolerancia mutua se había agotado.
Cochenour se había vuelto hosco y violento. Cuando lo conocí, no pensé que llegaríamos a ser grandes amigos, pero tampoco imaginé que acabaría por considerarlo una compañía tan desagradable. No tenía ningún derecho a tomárselo de ese modo: para él, evidentemente, sólo era un juego. Con el dinero que tenía, lo que pudiera obtener del descubrimiento de algún artefacto Heechee no le supondría gran cosa, tan sólo unos puntos más en el marcador, pero jugaba como si le fuera la vida en ello.
En realidad yo tampoco era la amabilidad en persona. La verdad es que las pastillas del médico no me hacían tanto efecto como debieran. Tenía tan mal sabor de boca como si las ratas hubieran anidado en ella, me dolía la cabeza y a veces estaba tan grogui que se me caían las cosas.
Veréis, lo que hace el hígado es algo así como regular la nutrición interna. Filtra los venenos. Transforma los carbohidratos en otros carbohidratos asimilables. Reajusta los aminoácidos para convertirlos en proteínas. Si no funciona, te mueres.
El médico me lo había explicado con detalle. Las ratas de laberinto padecen mucho del hígado; sucede cuando, para ahorrarte problemas, dejas que aumente la presión interna del traje; es como si te comprimieran el gas de las tripas y te estrujaran el hígado. Me había enseñado dibujos. Pude ver lo que me estaba sucediendo por dentro: las células rojo caoba del hígado estaban muriendo y eran remplazadas por grumos de grasa y materia amarillenta. Una imagen desagradable. Pero lo más desagradable era que yo no podía hacer nada. Sólo seguir tomando pastillas... y no harían efecto por mucho más tiempo. Contaba los días hasta el «adiós, hígado; hola, coma hepático».
Así que no formábamos un buen equipo. Yo me portaba como un cabrón porque empezaba a encontrarme mal y estaba desesperado. Cochenour se portaba como un cabrón porque era así de nacimiento. El único ser humano decente a bordo era la chica.
Dorrie se esforzaba al máximo, en serio. A veces era encantadora (y a menudo incluso bonita), y siempre estaba dispuesta a actuar de mediadora entre los poderes en conflicto, Cochenour y yo.
Evidentemente, le costaba lo suyo. Dorotha Keefer no era más que una niña. Por mucho que se comportase como un adulto, no había vivido el tiempo suficiente para desarrollar defensas contra la intensa y prolongada mezquindad. Si a eso añadimos el hecho de que todos empezábamos a odiar la presencia, el sonido y el olor del otro (y en un aerotaxi acabas por saber mucho de olores corporales), enseguida se comprenderá que aquel viaje de recreo por Venus no estaba resultando una fiesta para Dorotha Keefer.
Ni para ninguno de nosotros... Sobre todo cuando les di la noticia de que sólo nos quedaba un iglú.
Cochenour carraspeó. No fue un sonido educado, sino el principio de un grito de guerra, como el torpedero de un caza preparándose para el combate. Dorotha intentó distraerlo para que no estallase.
—Audee —dijo alegremente—, ¿sabes qué se me ha ocurrido? Podríamos volver al punto C, ese que parecía tan bueno, cerca de la reserva militar.
Una maniobra de distracción poco oportuna. Meneé la cabeza.
—No.
—¿Qué demonios significa «no»? —tronó Cochenour, tomando carrerilla para entrar en batalla.
—Lo que he dicho. No. Está demasiado cerca de los muchachos de Defensa. Si hay un túnel, pasará por debajo de la base y nos interceptarán. —Intenté sonar convincente—. Eso sería actuar a la desesperada, y yo no estoy tan desesperado.
—Walthers —gruñó—, estarás desesperado si yo me empeño. Puedo impedir que te paguen el cheque.
—No, no puedes —lo corregí—. El sindicato no te lo permitirá. Las normas son muy claras al respecto. Debes pagar, a menos que yo desobedezca alguna solicitud legal. Lo que tú quieres no es legal. Entrar en la base militar va contra la ley.
Decidió pasar a la guerra fría.
—No —dijo en tono tranquilo—. En eso te equivocas. Irá contra la ley en caso de que el tribunal lo diga, cuando ya esté hecho. Sólo tendrás razón si tus abogados son más listos que los míos. Y eso no sucederá, Walthers. Pago a mis abogados para que sean los más listos de todos.
Yo estaba en mala posición para negociar, y no sólo porque Cochenour tuviera algo de razón sino porque él contaba con un poderoso aliado. Mi hígado estaba de su parte. Realmente no podía perder tiempo sometiéndome a un arbitraje, porque si el pago no llegaba a tiempo para el trasplante, estaba perdido.
Dorrie nos escuchaba con aire de amistoso interés, como un pajarito. Se interpuso entre ambos.
—Pero bueno, ¿a qué viene todo esto? Acabamos de llegar aquí. ¿Por qué no esperamos a ver qué dicen las sondas? Quizá demos con algo aún mejor que el punto C.
—Aquí no encontraremos nada bueno —dijo él sin apartar los ojos de mí.
—¿Y tú cómo lo sabes, Boyce? Ni siquiera hemos acabado los sondeos.
—Mira, Dorotha, escucha atentamente por una vez y luego cierra el pico. Walthers está jugando conmigo. ¿Ves dónde hemos aterrizado?
Me apartó al pasar y tecleó los mandos para que el monitor mostrase un mapa completo. Aquello me sorprendió; no tenía ni idea de que supiese hacerlo. Aparecieron los gráficos, con las imágenes virtuales de nuestra posición y de los pozos ya explorados, además de los irregulares límites de la reserva militar. Las señales de los mascons y las indicaciones de navegación estaban superpuestas.
—¿Ves la imagen? Ahora ni siquiera estamos en las zonas de concentración de masa de alta densidad. ¿No es verdad, Walthers? ¿Me estás diciendo que hemos probado en todos los emplazamientos buenos de por aquí y hemos salido con las manos vacías?
—No —dije—. O sea, tienes razón en parte, Cochenour. Sólo en parte; no estoy jugando contigo. Este lugar ofrece buenas posibilidades. Compruébalo en el mapa. Es verdad que no estamos justo encima de ningún mascón, pero nos encontramos entre esos dos de ahí, que están muy juntos. Eso es buena señal. A veces se descubren yacimientos que conectan dos complejos, y se sabe que el pasadizo de conexión está más cerca de la superficie que ninguna otra parte del sistema. Aunque no puedo garantizarte que vayamos a dar en el blanco, vale la pena intentarlo.
—Pero es muy improbable, ¿no?
—Bueno, no más improbable que en cualquier otra parte. Te lo dije hace una semana: amortizaste tu dinero el primer día al dar con un túnel Heechee, a pesar de que había sido expoliado. En el Huso hay ratas de laberinto que han tardado cinco años en encontrar algo así. —Medité por unos instantes—. Hagamos un trato —propuse.
—Te escucho.
—Ya hemos aterrizado aquí. Existe una posibilidad como mínimo de encontrar algo. Intentémoslo. Lanzaremos las sondas y veremos qué pasa. Si las perspectivas son buenas, excavaremos. Si no... bueno, entonces reconsideraremos la idea de volver al punto C.
—¿Reconsiderarla? —gritó.
—No me presiones, Cochenour. No sabes dónde te metes. Con los militares no se juega. Esos muchachos disparan primero y preguntan después, y no hay policías por aquí para pedir socorro.
—No sé —dijo, ceñudo, tras un instante de cavilación.
—No —le dije—, no lo sabes, Cochenour. Yo sí. Para eso me pagas.
Asintió.
—Sí, seguramente lo sabes, Walthers; lo que no está tan claro es si me estás diciendo la verdad. Hegramet nunca habló de excavar entre mascons.
Él me miró con una expresión absolutamente inescrutable, intentando averiguar si yo había captado lo que acababa de decir. No respondí. Le devolví una mirada igual de enigmática, en silencio. Sólo esperé a ver con qué me salía a continuación. Estaba seguro de que no me diría a santo de qué conocía el nombre del profesor Hegramet, ni me aclararía qué tratos había tenido con la mayor autoridad terrestre en yacimientos Heechees. Acerté.
—Lanza las sondas —dijo al fin—. Volveremos a intentarlo a tu manera.
Solté las sondas. Conseguí una buena penetración de todas y empecé a disparar los percusores. A continuación me senté a mirar cómo iban apareciendo en el escáner las primeras señales, como si pudieran revelar alguna información útil. Tardarían un rato, pero quería pasar unos momentos a solas, pensando.
Necesitaba reflexionar sobre Cochenour. No había venido a Venus de paseo. Tenía pensado excavar túneles Heechees ya antes de abandonar la Tierra. Se había tomado la molestia de informarse incluso de los instrumentos que hallaría a bordo de un aerotaxi.
Había malgastado mi perorata sobre los tesoros Heechees con un cliente que había decidido comprar el producto seis meses atrás como mínimo y a millones de kilómetros de distancia.
Todo eso lo veía claro. Pero cuantos más cabos ataba, menos lo entendía. Me habría gustado pasarle unos dólares a Cochenour y enviarlo un rato a un salón de juegos, para poder hablar a solas con la chica. Pero por desgracia no había ningún sitio adonde enviarlo. Me obligué a bostezar, me quejé de lo aburrido que era esperar a que concluyera el sondeo y propuse que durmiésemos un rato. No tenía muchas esperanzas de que él se acostara el primero, pero ni siquiera me prestó atención. Con mi estratagema sólo conseguí que Dorrie se ofreciese a vigilar el monitor y a despertarme si aparecía algo interesante.
Así que lo mandé todo al cuerno y me metí en la cama.
No dormí bien, porque mientras estaba allí tendido, esperando el sueño, me dio tiempo a reparar en lo mal que me encontraba. Notaba un regusto a bilis en el fondo de la boca, no como si tuviera ganas de vomitar sino más bien como si ya lo hubiera hecho. Me dolía la cabeza. La vista me jugaba malas pasadas; empezaba a ver imágenes fantasmales vagando borrosas ante mis ojos.
Me levanté para tomar un par de pastillas. No conté cuántas me quedaban. Prefería no saberlo.
Programé el despertar para tres horas más tarde, pensando que quizás a Cochenour le entraría sueño en el intervalo y se metería en la cama, y que tal vez Dorrie se quedase levantada y tuviese ganas de conversación. Sin embargo, cuando desperté, ahí estaba el viejo, totalmente despabilado, preparando una tortilla de hierbas con los últimos huevos estériles.
—Tenías razón, Walthers —dijo con una sonrisa—. Me he echado una siestecita de una hora. Ahora estoy preparado para cualquier cosa. ¿Te apetecen unos huevos?
Me apetecían, desde luego, pero como no me atrevía a comerlos, me tragué resignado los nutrientes y la bazofia que el departamento dietético de los matasanos me había prescrito y lo miré mientras se daba un atracón. Era injusto que un hombre de noventa años gozara de tan buena salud como para no tener que pensar en su digestión mientras que yo...
Pero aquellas ideas no llevaban a ninguna parte, así que propuse escuchar música para pasar el rato. Dorrie escogió El lago de los cisnes, y yo lo puse.
En aquel momento tuve una idea. Me dirigí a los compartimientos de las herramientas. En realidad no precisaban de ninguna comprobación.
Pronto habría que cambiar las cabezas de las barrenas, pero no pensaba reemplazarlas; íbamos cortos de repuestos. Había ido allí por una razón: los compartimientos estaban tan lejos de la cocina como era posible, sin salir de la nave.
Tenía la esperanza de que Dorrie me siguiese, como así fue.
—¿Te ayudo, Audee?
—Encantado —le dije—. Mira, sujétame esto. No te manches la ropa de grasa.
No esperaba que me preguntase para qué tenía que sujetarlo, y no lo hizo. Se limitó a reír ante la idea de mancharse la ropa de grasa.
—No creo que notase un poco más de grasa, con lo sucia que voy. Creo que me alegraré de volver a la civilización.
Cochenour estaba concentrado en los gráficos de las sondas y no nos prestaba atención.
—¿A qué civilización te refieres? —pregunté—. ¿Al Huso o a la lejana Tierra?
Mi intención era hacerla hablar de la Tierra, pero ella tiró por el otro lado.
—Oh, al Huso —dijo—. Jamás soñé que llegaría a ver este planeta. El Huso me encantó, Audee. Pensé que era fascinante lo bien que se llevaban todos, aunque la verdad es que no vimos casi nada. Sobre todo la gente, como aquel indio del restaurante. La cajera era su mujer, ¿verdad?
—Una de ellas, sí. Es la esposa número uno de Vastra. La camarera era la número tres, y tiene otra en casa con los niños. En total, tienen cinco hijos. —Pero yo quería cambiar de tema, así que dije—: No es tan distinto de la Tierra. Vastra tendría una trampa para turistas en Benarés si no la tuviera aquí, y no habría venido si no se hubiera enrolado en el ejército. Su contrato finalizó en Venus. Supongo que si yo no viviera en este planeta trabajaría de guía en Tejas. Si es que queda campo por donde guiar a los cazadores... quizá en la parte alta del río Canadian. ¿Y qué me dices de ti?
Yo estaba tomando las mismas herramientas una y otra vez, cinco o seis; examinaba los números de serie y las devolvía a su sitio. No se dio cuenta.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, ¿qué hacías en la Tierra antes de venir aquí?
—Pues trabajé durante un tiempo en la oficina de Boyce.
Aquello me animó. Quizá supiese cuál era la relación de Cochenour con el profesor Hegramet.
—¿De qué, de secretaria?
Hizo una mueca.
—Algo así —dijo.
Me sentí violento. La chica pensaba que me estaba entrometiendo —tenía razón, claro—, pero yo no pretendía sonsacarle detalles escabrosos de por qué una chica guapa como ella se había dejado seducir por un vejestorio hasta el punto de compartir su cama. Ni mucho menos, porque Cochenour, aunque fuera viejo y muy desagradable cuando se lo proponía, sin duda resultaba atractivo para las mujeres.
—No es asunto mío, desde luego —dije, intentando apaciguarla.
—Desde luego —contestó ella. Y a continuación añadió—: ¿Qué es eso?
Era una llamada de la radio.
—Contesta —gruñó Cochenour desde el otro lado del aerotaxi, alzando la vista del plato.
Me alegré mucho de la interrupción. La llamada no incluía imagen, lo que me sorprendió un poco. La dejé así. De hecho, la recibí por los auriculares, pues para ciertas cosas soy precavido. De todas formas, en un aerotaxi no hay mucha intimidad, y suelo aprovechar hasta la última migaja de la misma.
Llamaban de la base. Era una conocida mía, una sargento de comunicaciones llamada Rodillitas. Marqué la señal de entrada de mala manera, viendo cómo Dorrie volvía a sentarse junto a Boyce Cochenour con ademán protector.
—Información privada, Audee —dijo la sargento Rodillitas—. ¿Está tu sahib rondando?
Rodillitas y yo charlábamos por radio desde hacía tiempo.
Algo en el tono risueño de su voz me inquietó. Le di la espalda a Cochenour. Sabía que estaba escuchando, pero, gracias a los auriculares, sólo oía mi parte de la conversación.
—Está por aquí, pero en este momento no sintoniza —dije—. ¿Qué tienes para mí?
—Un pequeño boletín de noticias —susurró la sargento—. Ha llegado por el synsat hace un par de minutos, sólo información por lo que a nosotros concierne. Eso significa que no tenemos que hacer nada al respecto, pero quizá tu sí, cariño.
—Adelante —dije examinando la cubierta de plástico de la radio.
La sargento soltó una risita.
—Al capitán del vuelo de tu sahib le gustaría hablar muy en serio con él cuando lo encuentre. Es bastante urgente, porque el capitán está muy cabreado, y con razón.
—Sí, base —dije—. Recibo sus señales, potencia diez.
La sargento Amanda Rodillitas volvió a emitir un ruidito divertido, pero esta vez no fue una risita. Fue una risa sin más.
—La cuestión es que le han devuelto el cheque con el que se pagó el viaje de la Yuri Gagarin. ¿Quieres saber qué ha dicho el banco? Nunca lo adivinarías. «Por falta de fondos», eso ha dicho.
Aunque el dolor que sentía debajo de las costillas del lado derecho no había cesado en ningún momento, me pareció que empeoraba.
—Sargento —dije con voz ronca—, ¿puede comprobar ese cálculo?
—Lo siento, cariño —zumbó en mi oído—, pero no hay ninguna duda. El capitán pidió un informe del saldo de tu Boyce Cochenour y está en números rojos. Cuando tu cliente vuelva al Huso, habrá una orden de arresto esperándole.
—Gracias por el cálculo sinóptico —dije con sarcasmo—. Informaré de la hora de partida antes de despegar.
Apagué la radio y me quedé mirando a mi cliente multimillonario.
—¿Qué demonios te pasa, Walthers? —gruñó.
Yo no oía su voz. Sólo oía lo que los simpáticos matasanos me habían dicho. No podía borrar las ecuaciones de mi pensamiento. Dinero = hígado nuevo + feliz supervivencia. Falta de dinero = coma hepático + muerte. Y mi efectivo se acababa de agotar.
10 Cuando te enteras de una noticia realmente importante tienes que empaparte de ella hasta absorberla por completo antes de hacer nada al respecto. No se trata de asumir las consecuencias. Ya las había asumido, os lo aseguro. Se trata de recuperar el equilibrio.
Así que me pasé unos minutos sin hacer nada. Escuché a los cazadores del cisne de Chaikovski hacer los preparativos para ver a la reina. Me aseguré de haber apagado la radio para no consumir electricidad. Comprobé el gráfico que los percutores estaban construyendo.
Me habría encantado entrever algo maravilloso en la pantalla, pero tal como iban las cosas, aquello no sucedería, ni mucho menos. No sucedió. Unos cuantos ecos débiles empezaban a dejar huella, pero nada que recordase a un túnel Heechee, ni tampoco ninguna señal demasiado brillante. Los datos seguían entrando, pero era imposible que aquellas señales tan débiles acabaran por revelar las presencia del filón madre que podría salvarnos a todos, incluido a aquel hijo de puta de Cochenour, que encima era pobre como una rata.
Miré el cielo, todo el trozo que podía abarcar desde las portillas, para ver qué tiempo hacía. Daba igual, pero algunas nubes grandes y blancas de calomelanos se deslizaban entre los púrpuras y amarillos de otros haloideos de mercurio. Pronto saldría el Sol por el oeste.
El panorama era hermoso, y aquello me enfureció aún más.
Cochenour había liquidado su última tortilla y me observaba con expresión pensativa. Dorrie hacía lo mismo. Seguía junto al compartimiento de las herramientas y sujetaba las barrenas envueltas en papel de engrase. Le dediqué una sonrisa triste.
—Qué bonito —dije, refiriéndome a la música. La filarmónica de Auckland estaba llegando a la parte donde las crías de cisne salen del brazo y hacen un pas de quatre rápido y saltarín por el escenario. Siempre ha sido una de mis partes favoritas de El lago de los cisnes... pero no en aquel momento—. Escucharemos el resto más tarde —dije, y apagué el reproductor.
—Muy bien, Walthers. ¿Qué pasa? —me espetó Cochenour.
Me senté en un paquete de iglú vacío y encendí un cigarrillo, porque uno de los ajustes llevados a cabo en mi estructura interna había sido aceptar que ya no tenía sentido que me preocupara por la reserva de oxígeno.
—He estado dándole vueltas a unas cuantas cuestiones, Cochenour. En primer lugar, ¿cómo es que te pusiste en contacto con el profesor Hegramet?
Sonrió, relajado.
—Oh, ¿es eso lo que te preocupa? No tiene sentido ocultártelo. Hice muchas averiguaciones sobre Venus antes de venir. ¿Por qué no?
—No tiene sentido, pero me hiciste creer que no sabías ni una palabra.
Cochenour se encogió de hombros.
—Si tuvieras algo de seso sabrías que no me hice rico comportándome como un necio. ¿Crees que viajaría millones de kilómetros sin saber qué me iba a encontrar al llegar?
—No, no lo harías, pero intentaste hacerme creer que sí. Da igual. De modo que alguien te proporcionó información sobre las cosas que se podían afanar en Venus, y esa persona te llevó hasta Hegramet. ¿Y luego qué? ¿Te dijo Hegramet que yo era el primo que necesitabas?
Cochenour ya no parecía tan tranquilo, pero tampoco se mostraba enfadado.
—Hegramet mencionó tu nombre, sí. Me dijo que tú serías tan buen guía como el que más a la hora de buscar túneles vírgenes. Después me contó muchas cosas sobre los Heechees y todo eso. Así que, en efecto, sabía quién eras. Si no te hubieras acercado a nosotros, yo te habría buscado. Simplemente me ahorraste la molestia.
—Creo que me dices la verdad, pero has omitido un detalle —repuse sorprendido de mis propias palabras.
—¿Cuál?
—Tú no viniste por la diversión de ganar más dinero del que tenías, ¿verdad? Viniste sencillamente para ganar dinero a secas, ¿no? Un dinero que necesitabas con urgencia. —Me volví hacia Dorotha, que se había quedado de piedra, con las barrenas en la mano—. ¿Qué te parece, Dorotha? ¿Sabías que el viejo estaba arruinado?
No fue muy inteligente por mi parte soltárselo a bocajarro. Vi lo que estaba a punto de hacer justo antes de que lo hiciera, y salté de la caja del iglú. Llegué un poco tarde. Dejó caer las barrenas antes de que se las pudiera quitar, pero por suerte aterrizaron planas y las hojas no se mellaron. Las recogí y las puse en su sitio.
—Ya veo que no te lo había dicho —proseguí—. Esto debe de ser duro para ti. El cheque que le dio al capitán de la Gagarin no tenía fondos, y supongo que el mío no será mucho mejor. Espero que lo tengas todo invertido en pieles y joyas, Dorrie. Te aconsejo que lo escondas antes de que los acreedores empiecen a reclamarlo.
Ni siquiera me miró. Tenía la vista fija en Cochenour, cuya expresión bastaba para confirmarle mis palabras.
No sé qué me esperaba, si rabia, reproches o lágrimas, pero lo cierto es que Dorrie se limitó a susurrar:
—Oh, Boyce, querido, cuánto lo siento.
Se acercó a él y lo rodeó con los brazos.
Les di la espalda, porque no me hacía ninguna gracia ver el aspecto que ofrecía Cochenour. El fornido ricachón de noventa años con Certificado Médico Completo acababa de convertirse en un anciano derrotado. Por primera vez desde que entrara con tantos humos en el Huso, aparentaba toda su edad e incluso algo más. Tenía la boca entreabierta y temblorosa; su espalda, antes erguida, se había encorvado; los brillantes ojos azules estaban llorosos. Dorrie lo acariciaba mientras me miraba con expresión acongojada.
Nunca se me había ocurrido que realmente le tuviera cariño a aquel tipo.
A falta de algo mejor que hacer, volví a examinar aquella maraña de líneas. Más o menos, el gráfico ya aportaba todos los datos que podía proporcionar, y no había nada. Se había producido una pequeña superposición con uno de los sondeos anteriores, y ya sabía que aquellas marcas de aspecto interesante que se veían a un lado no significaban nada. Las habíamos comprobado. Sólo eran fantasmas.
Allí no encontraríamos la salvación de última hora.
Es curioso, pero me sentía relajado. Cuando aceptas que ya no tienes mucho que perder, te tranquilizas. Ves las cosas bajo una perspectiva distinta.
No quiero decir que me hubiera rendido. Aún podía hacer unas cuantas cosas. Ya no estaban muy relacionadas con la duración de mi vida —ése era uno de los ajustes sufridos por mi estructura interna—, y de todos modos el mal sabor de boca y el dolor de tripas no me iban a dejar disfrutar mucho de ella.
De momento sólo me quedaba una cosa por hacer: dar por perdido al bueno de Audee Walthers. Dado que sólo un milagro podía evitar el famoso coma hepático anunciado para dentro de un par de semanas, debía aceptar el hecho de que no iba a vivir mucho más. Así que podía emplear el tiempo restante en algo más constructivo.
¿En qué? Bueno, Dorrie no estaba mal. Podía volver al Huso en el aerotaxi, entregar a Cochenour a los gendarmes y pasar mis últimos días presentando a Dorrie a la gente que la podría ayudar. Vastra o B.G. quizás estuvieran dispuestos a echarle una mano. Tal vez ni siquiera tuviera que meterse en la prostitución ni en el espectáculo. Faltaba poco para la temporada alta, y con su personalidad se le daría bien vender molinillos de oración y objetos de la suerte Heechees a los turistas Terry.
Tal vez aquello no fuese gran cosa, se mire como se mire, pero sin duda el capitán de la Gagarin no iba a llevarla a Cincinnati a cambio de nada, y vivir de los turistas en el Huso sería mejor que morirse de hambre. Algo es algo.
Además, quizás aún hubiese una posibilidad de salvación para mí. Lo consideré por un momento. Podía suplicar de rodillas la caridad de los matasanos. Cabía la posibilidad de que me permitieran comprar a crédito un hígado nuevo. ¿Por qué no?
¿Por qué no? Había un buen motivo: que yo supiese, nunca lo habían hecho.
O podía abrir las dos válvulas de combustible y dejar que se mezclasen durante unos diez minutos antes de darle al encendido. Después de la explosión no quedaría mucho del aerotaxi —ni de nosotros—, y, desde luego, nuestros problemas habrían terminado. O...
Suspiré.
—No te preocupes, Cochenour —dije—. Aún no estamos muertos.
Me miró por un momento para comprobar si me había vuelto loco. Después le dio unas palmaditas a Dorrie en el hombro y la alejó de sí con suavidad.
—A mí me queda poco. Siento mucho todo esto, Dorotha, y siento lo de tu cheque, Walthers. Supongo que necesitabas el dinero.
—No sabes cuánto.
—¿Quieres que intente explicártelo? —preguntó con cierta dificultad.
—No creo que eso cambie las cosas... pero sí —acepté—, por curiosidad.
No tardó mucho. Una vez que hubo empezado, fue claro y conciso y no omitió ningún detalle importante. En realidad yo lo podría haber adivinado casi todo. (Pero no lo había hecho. A posteriori es mucho más fácil.)
El quid de la cuestión era que un hombre de la edad de Cochenour tiene dos opciones: o es muy rico, pero mucho, o está muerto. Él se enfrentaba a un problema: sólo era relativamente rico. Había hecho todo lo posible por mantener en marcha sus industrias con el reducido capital que había quedado después de desviar los importes de trasplantes y tratamientos, calcifilaxis y prótesis, regeneración proteínica por aquí, vaciado de colesterol por allá, un millón por esto, cien de los grandes por lo otro... Sí, la pasta había volado rápido. Me daba cuenta.
—Nadie se imagina lo que cuesta mantener vivo a un hombre de cien años hasta que lo intenta —dijo sin autocompasión, sólo constatando un hecho.
No, claro, precisamente yo no me lo imagino, pensé. Le dejé continuar la historia de cómo los accionistas minoritarios empezaron a preguntar más de la cuenta y los inspectores federales estrecharon el cerco... así que se largó de la Tierra para volver a hacer fortuna en Venus.
Hacia el final de la historia, ya no escuchaba atentamente. Ni siquiera le mencioné que había mentido acerca de su edad. ¡Qué vanidoso! ¡Sólo confesaba noventa años!
Tenía pendientes asuntos más importantes que seguir torturando a Cochenour. En lugar de escuchar, estaba escribiendo en el dorso de un formulario de navegación. Cuando hube terminado, se lo pasé al viejo.
—Fírmalo —dije.
—¿Qué es?
—¿Qué más da? Que yo sepa, no tienes elección, pero es una revisión de nuestro contrato. Reconoces que el alquiler es nulo, que no puedes reclamar nada, que tu cheque no tenía fondos, y que voluntariamente renuncias en mi favor a la propiedad de cualquier cosa que encontremos.
Frunció el entrecejo.
—¿Qué es esa cláusula del final?
—Ahí accedo a darte un diez por ciento de los beneficios, en caso de que encontremos algo que tenga valor en metálico.
—Es una limosna —dijo alzando la vista hacia mí, pero ya estaba firmando—. No me importa aceptar una pequeña limosna, sobre todo porque, como tú bien has dicho, no tengo elección. Sin embargo, puedo interpretar ese gráfico tan bien como tú, Walthers. Ahí no hay nada.
—No, es verdad —convine al tiempo que doblaba el papel y me lo metía en el bolsillo—. Ese sector está tan vacío como tu cuenta del banco, pero no vamos a excavar allí. Vamos a retroceder y a excavar en el punto C.
Encendí otro cigarrillo —el cáncer de pulmón constituía la menor de mis preocupaciones en aquel momento— y reflexioné un instante mientras ellos aguardaban, observándome. Estaba considerando hasta qué punto podía hablarles de cinco años de averiguaciones y deducciones, conteniéndome para no proporcionar a nadie la menor pista. Sabía que ya daba exactamente igual lo que contase, pero aun así tenía muy arraigados los hábitos que había mantenido durante aquellos años. Las palabras no querían salir. Me costó un enorme esfuerzo arrancar.
—¿Recordáis a Subhash Vastra, el dueño del garito donde os conocí? Sub llegó a Venus durante su estancia en el ejército. Era un experto en armas. Esos especialistas tienen pocas salidas en el mundo civil, sobre todo en Venus, así que cuando finalizó su contrato usó casi toda la indemnización para montar el negocio. Con el resto se trajo a sus esposas. Sin embargo, en el ejército había aprendido mucho sobre armas.
—¿Qué estás diciendo, Audee? —preguntó Dorrie—. Nunca he oído hablar de armas Heechees.
—No. Nadie ha hallado jamás un arma Heechee, pero Sub cree que encontraron blancos.
Experimenté auténticas dificultades físicas para obligar a mis labios a proseguir, pero lo conseguí.
—Al menos, Sub Vastra pensó que eran blancos. Dijo que el mandamás no lo creyó, y me parece que ahora el asunto está enterrado en los archivos de la reserva. Lo que encontraron fueron piezas triangulares de metal Heechee, esa sustancia azul y luminiscente con la que recubrían los túneles. Los objetos se contaban por docenas. En todos había un dibujo de líneas radiales. Sub dice que a él le parecían blancos. Además, estaban perforados, y algo había dejado los agujeros tan blancos como el polvo de talco. ¿Sabéis de algo que pueda dejar así el metal Heechee?
Dorrie estuvo a punto de decir que no, pero Cochenour se anticipó.
—Pero eso es imposible —dijo con voz monocorde.
—Claro, eso es lo que el mandamás le dijo a Sub Vastra. Decidieron que los agujeros habían sido realizados en el proceso de fabricación con un propósito Heechee desconocido. Vastra no se lo cree. El dice que eran algo parecido a los muñecos de cartón que se utilizan de blanco en las galerías de tiro. Los agujeros no estaban todos en el mismo sitio. Las líneas le parecieron marcadores de puntuación. Todo parece indicar que Vastra tiene razón. Nada lo demuestra. Ni siquiera Vastra pudo demostrarlo. Pero, en cualquier caso, es evidente.
—¿Y crees que en el punto C encontrarás la pistola que hizo esos agujeros? —preguntó Cochenour.
—Yo no lo afirmaría tan rotundamente —respondí titubeando—. Digamos que tengo la esperanza. Quizás incluso una esperanza muy remota. Sin embargo, hay algo más. Esos blancos, o lo que sean, los encontró un explorador hace casi cuarenta años. En aquel entonces no había ninguna base militar. Los registró por si alguien se los compraba, pero nadie demostró mucho interés. Después salió en busca de algo mejor, y al cabo de un tiempo lo mataron. En aquellos tiempos sucedía a menudo. Nadie prestaba mucha atención a las cosas hasta que algún militar se fijaba en ellas, y entonces alguien tuvo la misma idea que Vastra tendría años más tarde. Se tomaron en serio el asunto y registraron el lugar donde habían aparecido los blancos, cerca del Polo Sur, según el informe. Lo cercaron todo en un espacio de mil kilómetros a la redonda y prohibieron el paso: así llegó la reserva adonde está. Excavaron y excavaron. Desenterraron alrededor de una docena de túneles Heechees, pero la mayoría estaban vacíos y el resto aparecieron agrietados y estropeados. No encontraron nada parecido a un arma.
—Entonces allí no hay nada —gruñó Cochenour, desconcertado.
—Ellos no encontraron nada —lo corregí—. Recuerda que todo aquello sucedió hace cuarenta años.
Cochenour me observó unos instantes confundido, y después se hizo la luz en su mirada.
—Ah —dijo—. La ubicación del hallazgo.
—Exacto —asentí—. En aquellos tiempos los exploradores mentían mucho. Si encontraban algo bueno, no querían que nadie mis metiese las narices allí. Así que daban una ubicación falsa del túnel. El explorador vivía con una joven que más tarde se casó con un hombre llamado Allemang. Su hijo, Booker, es amigo mío. B.G. Lo conocisteis. El se hizo con un mapa.
Cochenour adoptó una expresión de total escepticismo.
—Ya, claro —dijo con tono agrio—. El famoso mapa del tesoro. Te lo dio por amistad, ¿no?
—Me lo vendió —dije.
—Estupendo. ¿Cuántas copias crees que vendió a otros incautos?
—No muchas. —No culpaba a Cochenour por dudar de la historia, pero me estaba sacando de quicio—. Salió a buscarlo por su cuenta y yo lo pillé cuando acababa de llegar. No tuvo tiempo de vendérselo a nadie más. —Vi que Cochenour abría la boca y me anticipé a su pregunta—. No, no encontró nada. Pensó que había seguido las indicaciones correctamente, y por eso no tuve que pagar mucho. Sin embargo, creo que se equivocó de lugar. Según el mapa, por cuanto me puedo imaginar, pues los sistemas de navegación de entonces no eran como los de ahora, el túnel quedaría más o menos por donde aterrizamos la primera vez, con cierto margen de error. Vi señales de un par de excavaciones. Parecían muy antiguas. —Mientras hablaba, me saqué del bolsillo la pequeña magnetoficha privada y la introduje en el monitor del mapa virtual. En el centro apareció una marca, una X anaranjada—. Creo que ahí encontraremos el túnel, en alguna parte cerca de esa X. Como veis, queda muy cerca del punto C.
Se produjo un minuto de silencio. Escuché el rumor sordo y distante de los vientos del exterior, mientras esperaba a que dijeran algo.
Dorrie parecía inquieta.
—No me acaba de gustar la idea de buscar un arma —dijo—. Es como traer de vuelta los malos tiempos.
Me encogí de hombros.
Cochenour estaba empezando a recobrar el dominio de sí mismo.
—La cuestión no es si queremos encontrar un arma, ¿verdad? La cuestión es que deseamos encontrar un yacimiento Heechee intacto, haya lo que haya en su interior. Sin embargo, los soldados creen que podría haber un arma en algún lugar de la zona, así que no nos dejarán excavar, ¿es eso?
—No lo creen. Lo creían. Dudo que ninguno lo piense ya.
—Da igual, dispararán primero y preguntarán después. ¿No habías dicho eso?
—Sí, eso dije. Nadie puede entrar en la base sin acreditación. No por las armas Heechees, sino porque tienen un montón de armas propias que quieren mantener ocultas.
Asintió.
—¿Y cómo te propones solventar ese problemilla? —preguntó.
Si fuera un hombre del todo sincero, habría respondido que no las tenía todas conmigo. Considerando la cuestión fríamente, las posibilidades estaban en nuestra contra. Probablemente nos pescarían y era bastante más probable que nos disparasen, aunque tampoco no me habría atrevido a afirmarlo.
Pero teníamos tan poco que perder, al menos Cochenour y yo, que no me pareció necesario mencionarlo.
—Intentaremos engañarlos —me limité a decir—. Enviaremos el aerotaxi a otra parte. Tú y yo nos quedaremos atrás para excavar. Si creen que nos hemos ido, no nos tendrán controlados. Habrá que andarse con cuidado con la patrulla de perímetro, pero no suelen tomarse muy en serio las inspecciones rutinarias. Espero.
—¡Audee! —exclamó la chica—. ¿De qué estás hablando? Si Boyce y tú os quedáis aquí, ¿quién va a pilotar el aerotaxi? ¡Yo no sé hacerlo!
—No —reconocí—, no sabes, o al menos no muy bien, aunque yo te dé un par de clases, pero el cacharro puede volar solo. Bueno, gastarás bastante combustible y tendrás que soportar unas cuantas sacudidas, pero llegarás a tu destino gracias al piloto automático. La nave incluso aterrizará por sí sola.
—Tú no has aterrizado así —señaló Cochenour.
—No he dicho que vaya a ser un buen aterrizaje. Será mejor que te sujetes bien.
Desde luego, más que un aterrizaje sería un accidente controlado. Alejé de mi mente la imagen de cómo quedaría mi único aerotaxi tras un aterrizaje de esas características. Pero Dorrie sobreviviría. Tenía un noventa y nueve por ciento de posibilidades.
—¿Y luego qué hago? —preguntó Dorrie.
En mi plan había grandes lagunas al respecto, pero también me las arreglé para llenarlas.
—Depende de adonde vayas. Creo que lo mejor será que te dirijas directamente al Huso.
—¿Y dejaros aquí? —exclamó, presa de una súbita rebeldía.
—No será para siempre. En el Huso buscas a mi amigo B.G. Allemang y le cuentas lo que pasa. Querrá una parte del botín, claro, pero no hay problema. Le daremos un veinticinco por ciento, y con eso tendrá más que suficiente. Te entregaré una nota para él con las coordenadas y todo eso, y él volará directamente hacia aquí para recogernos. Digamos veinticuatro horas más tarde.
—¿Tendremos tiempo de hacerlo todo en un día? —quiso saber Cochenour.
—Claro que sí. Debemos hacerlo.
—¿Y si Dorrie no encuentra a tu amigo, o se pierde, o le pasa algo?
—Lo encontrará, y no se perderá. Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que surja algún problema —admití—. Hay un pequeño margen de error. Nos quedaremos depósitos de aire y electricidad de reserva; debería bastar con una cantidad suficiente para cuarenta y ocho horas. Nada más. Será arriesgado, pero creo que habrá tiempo de sobra. Lo que de verdad me preocupa es excavar el túnel y no encontrar nada. Entonces habremos perdido el tiempo. Ahora bien, si encontramos algo...
—Parece muy arriesgado —comentó Cochenour, pero estaba mirando a Dorrie, no a mí. Ella se encogió de hombros.
—No hay ninguna garantía de que la cosa vaya a salir bien —señalé—. Sólo he dicho que es una posibilidad.
Empezaba a tener muy buena opinión de Dorotha Keefer. Era una persona encantadora, además de fuerte e inteligente, teniendo en cuenta su edad y la posición en que se hallaba. Pero carecía de confianza en sí misma. No había aprendido a desarrollarla, simplemente. La extraía de los demás. Supuse que últimamente era Cochenour quien se la proporcionaba, y antes de él quienquiera que lo hubiese precedido, su padre tal vez, pues aún era joven. Parecía como si hubiera vivido mucho tiempo rodeada de personas dominantes.
Aquél fue el mayor problema: convencer a Dorrie de que sería capaz de llevar a cabo su cometido.
—No funcionará —repetía una y otra vez mientras yo repasaba con ella los controles de la nave—. Lo siento. No es que no quiera ayudar. Lo intento, pero no puedo. Sé que no funcionará.
Pues sí que funcionaría. O, al menos, eso creía yo. Llegado el momento, las cosas salieron de otro modo.
Finalmente, entre Cochenour y yo logramos convencer a Dorrie de que lo intentase. Primero guardamos el poco equipo aprovechable que habíamos sacado. Después volamos de regreso a la quebrada, aterrizamos y empezamos a preparar las cosas para la excavación. Sin embargo, yo me encontraba mal —pesado, torpe, dolorido— y supongo que Cochenour tampoco estaba muy fino, aunque debo reconocer que no se quejó. Entre los dos nos las arreglamos para encajar el cajón de la taladradora en la escotilla al tiempo que intentábamos descargarlo.
Mientras yo lo empujaba desde arriba, tratando de desatascarlo, Cochenour tiraba de él por abajo... y entones aquel objeto duro y pesado le cayó encima.
No lo mató. Sólo le desgarró el traje, le rompió la pierna y lo dejó inconsciente, y el accidente lo eximió por completo de tener que ayudarme a excavar en el emplazamiento C.
11 Lo primero que hice fue comprobar si la taladradora no había sufrido daños. Estaba bien. En segundo lugar, llevé a pulso a Cochenour hasta la escotilla del aerotaxi.
La suma del peso de los trajes y los cuerpos de ambos, el esfuerzo de quitar de en medio la taladradora y mi estado físico general me dejaron agotado. No obstante, lo conseguí.
Dorrie estuvo maravillosa. Nada de histeria ni de preguntas estúpidas. Le quitamos el traje y lo examinamos.
Se habían roto una decena de láminas de la pernera del traje, pero habían quedado unas cuantas, suficientes para que no se colase el aire, aunque sí algo de presión. Estaba vivo. Inconsciente, sí, pero respiraba. La fractura de la pierna era múltiple y el hueso asomaba entre la carne ensangrentada. También sangraba por la boca y la nariz, y había vomitado en el interior del casco.
Era el hombre de cien años (o los que fueran) de peor aspecto que había visto en mi vida; quiero decir vivo. Pero no parecía haber soportado tanto calor como para que se le cocieran los sesos. Su corazón —bueno, el corazón de quienquiera que hubiese sido su propietario original— seguía funcionando. Era una buena inversión, porque no dejó de latir ni por un momento. Le aplicamos compresas hechas de todo lo que pudimos encontrar, y casi todas las heridas dejaron de sangrar, excepto la de la pierna.
Para ésa necesitábamos la ayuda de un experto. Dorrie me hizo el favor de llamar a la reserva militar. Atendió la llamada Amanda Rodillitas, que la puso en comunicación con la cirujana de la base, la coronela Eve Marcuse. La doctora Marcuse era amiga de mi matasanos. La había visto un par de veces y sabía desenvolverse en casos como ése.
Al principio la coronela Marcuse se empeñó en que llevase a Cochenour a la base. Me negué. Le di motivos convincentes: yo no me encontraba en condiciones de pilotar, y Cochenour no estaba para tantos trotes. Como es lógico, me callé el verdadero motivo, concretamente que no quería meterme en la reserva para no tener que explicar mi marcha después. Al final, aceptó indicarme paso a paso cómo curar al herido.
Las instrucciones eran sencillas, e hice lo que me indicó: reduje la fractura, recorté el tajo, le inyecté a Cochenour antibióticos de amplio espectro, cerré la herida con Velero quirúrgico y pegamento de carne, pulvericé el vendaje y vertí el yeso. Aquello redujo considerablemente las existencias de nuestro botiquín. En total, tardé una hora. Cochenour habría recuperado el conocimiento durante la cura si no le hubiera inyectado también un somnífero.
Tras eso, se estabilizó. Ya sólo era cuestión de tomarle el pulso y controlarle la respiración y la presión sanguínea para tener contenta a la cirujana. También le prometimos que lo trasladaríamos al Huso tan pronto como nos fuera posible. Cuando la doctora Marcuse se dio por satisfecha, aunque seguía enfadada conmigo porque no le había llevado a Cochenour para que jugara con él —creo que le habría encantado hurgar las entrañas de un hombre reconstruido casi por completo a partir de los órganos de otras personas—, la sargento Rodillitas volvió a entrar en el circuito.
—Oye, cariño... ¿cómo ha sucedido exactamente?
—Un enorme Heechee ha salido de bajo tierra y le ha mordido justo en la pierna —repuse—. Ya sé lo que estás pensando. Tienes una imaginación perversa. Sólo ha sido un accidente.
—Ya, claro —dijo—. Sólo quería que supieses que no te culpo, en absoluto.
Tras estas palabras, cortó la transmisión.
Dorrie estaba limpiando al anciano lo mejor que podía (con gran derroche de sábanas y toallas limpias, pensé, teniendo en cuenta que a bordo del aerotaxi no había lavadora). La dejé ocupada en eso mientras yo me preparaba un café, encendía otro cigarrillo y me sentaba dispuesto a pensar otro plan.
La muchacha terminó de asear a Cochenour, limpió lo peor del desastre y se enfrascó en tareas tan importantes como recomponerse el maquillaje de los ojos. Para entonces, ya se me había ocurrido todo un señor plan.
Como primer paso, le puse a Cochenour una inyección para reanimarlo.
Mientras volvía en sí, Dorrie le daba palmaditas y yo le hablaba. La chica no era rencorosa. En cambio, yo sí, un poco. No soy tan bondadoso como ella. En cuanto pareció recuperado, lo obligué a levantarse y a probar el funcionamiento de sus músculos, mucho antes de lo que él habría querido. Su expresión daba a entender que le dolía todo el cuerpo. Sin embargo, la musculatura respondió, y consiguió tambalearse de un lado a otro.
Incluso fue capaz de sonreír.
—Estos viejos huesos —dijo—. Sabía que tenía que hacerme otra recalcificación. Esto me pasa por querer ahorrarme unos dólares. —Se sentó pesadamente, crispado de dolor, con la pierna extendida ante sí. Arrugó la nariz como si percibiese el olor que despedía su cuerpo—. Siento haber dejado tu precioso aerotaxi hecho unos zorros —añadió.
—Otras veces ha estado peor. ¿Quieres acabar de lavarte?
Pareció sorprendido.
—Bueno, supongo que debería; ahora iré...
—Hazlo sin tardanza. Quiero hablar con vosotros.
No discutió. Se limitó a tender la mano, y Dorrie se la tomó. Con su ayuda avanzó hacia el aseo a trompicones, casi a la pata coja. En realidad Dorrie ya le había limpiado lo peor antes de que se despertase, pero se echó un poco de agua en la cara y se enjuagó la boca. Cuando se volvió para mirarme, parecía bastante repuesto.
—Muy bien, Walthers, ¿de qué se trata? ¿Renunciamos y volvemos ahora mismo?
—No —dije—. Tengo otra idea.
—¡No puede hacer nada, Audee! —exclamó Dorrie—. Míralo. Además, su traje se encuentra en muy mal estado. Ahí fuera no dudaría ni una hora. ¿Cómo quieres que te ayude a excavar?
—Ya lo sé, tendremos que cambiar de planes. Excavaré yo sólo. Vosotros dos os quedaréis en el aerotaxi.
—Vaya, qué valiente —dijo Cochenour en tono de hastío—. ¿Estás loco? Supongo que estarás hablando en broma. Para eso hacen falta dos hombres.
—La primera vez lo hice yo solo, Cochenour.
—Claro, y venías a la nave cada dos por tres para refrescarte. Eso cambia mucho las cosas.
Titubeé.
—Será duro —admití—, pero no imposible. Exploradores solitarios han excavado túneles antes que yo, aunque sus problemas eran otros. Sé que será difícil hacerlo en cuarenta y ocho horas, pero debo intentarlo. No tenemos alternativa.
—Eso no es verdad —dijo Cochenour. Le dio una palmada a Dorrie en el culo—. Esta chica es todo músculo. No es muy corpulenta, pero está fuerte. Ha salido a su abuela. No discutas, Walthers. Piénsalo por un momento. Yo pilotaré la nave y ella se quedará aquí para ayudarte. La tarea será tan arriesgada para ella como para ti, y si estáis los dos para cuidaros mutuamente, tal vez lo consigas antes de palmarla por exceso de calor. ¿Qué posibilidades tienes si lo intentas tú solo?
No respondí. Por algún motivo, su actitud me puso de mal humor.
—Hablas como si ella no tuviera nada que decir al respecto.
—Bueno —apuntó Dorrie con amabilidad—, si nos ponemos así, tú también haces lo mismo, Audee. Boyce tiene razón. Te agradezco tu caballerosidad y el que intentes ponerme las cosas fáciles, pero creo sinceramente que me necesitas. He aprendido mucho. Además, si quieres que te diga la verdad, tienes mucho peor aspecto que yo.
—Olvídalo —dije, con toda la desdeñosa autoridad que logré infundir a mi voz—. Lo haremos a mi modo. Podéis ayudarme los dos durante una hora aproximadamente, mientras hago los preparativos. Después os vais. Sin discusión. En marcha.
Pero cometí dos errores.
El primero fue que los preparativos no duraron una hora, sino más de dos, y yo estaba sudando la gota gorda —un sudor grasiento y pernicioso— mucho antes de terminar. Me encontraba fatal. Ya había dejado de preocuparme por mi estado, sencillamente me sentía asombrado —y bastante agradecido— cada vez que reparaba en que mi corazón seguía latiendo.
Dorrie trabajó tan duro y con tantas ganas como había prometido. Llevó a cabo más actividad muscular que yo; prendió el iglú y colocó el equipo en su lugar. Entretanto Cochenour revisaba los instrumentos y se aseguraba de conocer los pasos necesarios para poner en marcha el aerotaxi. No obstante, se había negado en redondo a volver al Huso. Dijo que no quería correr el riesgo de retrasarse pudiendo pasar veinticuatro horas en tierra a unos cientos de kilómetros de allí.
Después me tomé dos tazas de café muy cargado con un chorro de mi provisión privada de ginebra, me fumé un último cigarrillo (de momento) y establecí comunicación con la reserva militar.
Amanda Rodillitas coqueteó como siempre pero pareció un poco sorprendida cuando le dije que abandonábamos la zona, sin especificar el destino; no obstante, no discutió.
Después, Dorrie y yo nos dejamos caer por la escotilla y la cerramos a nuestras espaldas. Cochenour se quedó dentro, bien asegurado en el asiento del piloto.
Aquél fue mi segundo error. A pesar de lo mucho que yo había insistido, al final Cochenour se salió con la suya. A mí seguía sin parecerme bien. Simplemente las cosas sucedieron así.
Dorrie se quedó unos instantes parada bajo el cielo ceniciento, con aspecto desamparado, pero enseguida me tomó de la mano y nos abrimos paso entre el aire denso y turbulento hacia el abrigo de nuestro último iglú. Ella no había olvidado mis recomendaciones; sabía que debía mantenerse alejada de los gases del reactor. Ya dentro, se arrojó al suelo y no se movió.
Yo fui menos precavido. No pude evitarlo. Tenía que mirar. Así que, en cuanto calculé por el resplandor que el ángulo de los reactores quedaba bastante alejado de nosotros, asomé la cabeza y vi que Cochenour despegaba entre un aguanieve de ceniza.
No fue un mal despegue. Dadas las circunstancias, cuando digo «malo» estoy hablando de la destrucción total del aerotaxi y de la muerte o mutilación de una o más personas. Se libró de aquello, pero en cuanto abandonó el exiguo refugio de la quebrada, las rachas de viento lo atraparon y el aerotaxi empezó a dar bandazos de mala manera. Iba a pasar un mal rato recorriendo los pocos cientos de kilómetros que lo llevarían fuera del alcance de los sistemas de detección.
Toqué a Dorrie con el pie y ella se levantó pesadamente. Enchufé el cordón intercomunicador a su casco (habíamos apagado la radio para evitar posibles escuchas por parte de las patrullas de perímetro, puesto que no podríamos verlas).
—¿Aún no has cambiado de idea? —inquirí.
Era una pregunta de muy mal gusto, pero se la tomó bien. Soltó una risilla. Lo supe porque estábamos visera contra visera y veía la sombra de su rostro en el interior del casco. Sin embargo, no oí lo que me decía hasta que se acordó de darle al interruptor de la voz, y entonces pude escuchar:
—...romántico, tú y yo solos.
Bueno, no teníamos tiempo para aquel tipo de charla. Enfadado, repliqué:
—No perdamos tiempo. Recuerda lo que te he dicho. Tenemos aire, agua y electricidad para cuarenta y ocho horas, nada más. No cuentes con ningún margen. El agua quizá dure un poco más, pero necesitarás las otras cosas para seguir viva. Procura no hacer muchos esfuerzos. Cuanto menos metabolices, menos tendrá que trabajar tu sistema de evacuación. Si encontramos un túnel y entramos, quizá podamos comer allí alguna ración de emergencia, suponiendo que el túnel esté intacto y no se haya calentado demasiado durante los últimos doscientos mil años. De no ser así, olvídate de la comida. En cuanto a dormir, ni lo sueñes; mientras estén en marcha las barrenas, tal vez podamos echar una siesta, pero...
—¿Y ahora quién está perdiendo tiempo? Todo eso ya me lo has explicado. —Pese a sus palabras, seguía utilizando un tono jovial.
Tenía razón. Entré en el iglú y me puse a trabajar.
En primer lugar, tenía que retirar parte de los escombros que se habían empezado a acumular junto a la barrena. Normalmente, basta con cambiar la dirección de las barrenas, pero para hacerlo habríamos tenido que dejar de excavar, y no podíamos perder tiempo de perforación gratuitamente. Nos iba a tocar hacerlo de la manera más complicada, esto es, a mano.
Fue muy duro, desde luego. Los trajes térmicos siempre son incómodos, pero cuando tienes que trabajar con ellos puestos se convierten en una tortura. Si el trabajo, además de ser duro físicamente, se complica porque lo estás llevando a cabo en el interior de un iglú donde hay dos personas moviéndose de un lado a otro y una barrena en marcha, resulta poco menos que imposible. De todos modos, lo hicimos.
Cochenour no había mentido al hablar de Dorrie. Valía tanto como cualquier hombre con el que hubiera trabajado. Lo que quedaba por ver era si yo estaría a la altura, porque había algo que cada vez me tenía más preocupado: no sabía cuánto podría aguantar.
Dios diría, porque no me encontraba nada bien. El dolor de cabeza me estaba matando, y cuando me movía demasiado deprisa, me sentía al borde del desmayo.
Mi estado empezaba a recordar sospechosamente al pronóstico de los matasanos. Me habían garantizado tres semanas de tranquilidad antes de la insuficiencia hepática aguda, pero no contaban con que iba a deslomarme trabajando. Según mis cálculos, ya estaba viviendo de prestado. Una apreciación desconcertante. Sobre todo cuando transcurrieron las primeras diez horas... Comprendí que ya habíamos sobrepasado la profundidad a la cual, según la sonda, se encontraba el túnel... y no se veían por ninguna parte las virutas de azul luminoso.
Estábamos perforando un pozo vacío.
Si nos hubiera sobrado el tiempo y el aerotaxi hubiese estado cerca, aquello habría resultado sencillamente molesto. Quizá muy molesto, desde luego, pero no un desastre. Habría bastado con regresar a la nave, asearnos, echar un sueño reparador, comer algo y volver a comprobar la señal. Seguramente nos habríamos equivocado de emplazamiento, y el siguiente paso sería excavar en el correcto. Estudiar el terreno, escoger un punto, disponer otro iglú, poner en marcha la barrena y volver a intentarlo. Eso es lo que habríamos hecho. Pero todo aquello quedaba fuera de nuestro alcance. No teníamos el aerotaxi. Nos resultaba imposible conseguir comida o echar un sueño decente. Se nos habían acabado los iglús. No podíamos consultar los gráficos. El tiempo se nos echaba encima, y yo me encontraba cada vez peor.
Salí a gatas del iglú, me senté en lo primero que encontré situado al abrigo del viento y me quedé mirando aquel cielo revuelto, de un amarillo verdoso.
Tenía que haber alguna solución. Bastaba con encontrarla.
Me obligué a pensar.
¿Podría arrancar el iglú y trasladarlo a otro sitio?
No. Por ahí no iba a ninguna parte. Podría desenganchar el iglú con ayuda de las barrenas, pero en cuanto lo hubiese soltado, los vientos lo atraparían y nunca volvería a verlo. Además, ¿cómo me las arreglaría para volver a cerrarlo herméticamente?
En ese caso, ¿qué tal excavar sin iglú?
Consideré que sería posible, pero inútil. Supongamos que daba con el sitio y excavaba. Sin un iglú hermético para dejar fuera aquellos noventa mil milibares de aire caliente y destructivo, nos cargaríamos cualquier objeto frágil que hubiese en el interior, sin tener tiempo siquiera de echarle un vistazo.
Noté un golpe suave en el hombro y descubrí que Dorrie estaba sentada a mi lado. No preguntó nada, no hizo ningún comentario. Supongo que todo estaba bastante claro sin necesidad de hablar de ello.
Según el cronómetro de mi traje, habían pasado trece horas. Aquello nos dejaba treinta y pico más antes de que Cochenour regresara a buscarnos. Era una tontería malgastarlas allí sentados. Por otra parte, ¿qué sentido tenía hacer otra cosa? Bueno, siempre podía echar una cabezada, pensé... y al despertar me di cuenta de que llevaba un rato durmiendo.
Dorrie estaba acurrucada a mi lado, también dormida.
Quizás os preguntéis cómo alguien, expuesto a un vendaval térmico polar, puede dormir. Pero no es tan difícil como parece. Basta con que estés hecho polvo y totalmente desesperado. Dormir no sólo consiste en tejer el viejo y enredado ovillo del descanso, sino que es un buen modo de perder de vista la realidad cuando se convierte en algo demasiado asqueroso para enfrentarse a ella. Como entonces.
Pese a todo, quizá Venus sea el último reducto de la ética puritana. En Venus se trabaja. Los que no lo aceptan pronto quedan fuera de juego, porque no sobreviven.
Era una locura, desde luego. Se mire como se mire, estaba acabado, pero tenía la sensación de que debía hacer algo. Me aparté de Dorrie, me aseguré de que su traje estuviese sujeto a la anilla de amarre del iglú y me levanté.
Advertí que precisaba un gran esfuerzo de concentración para mantenerme en pie. No me importó. Era casi tan útil como el sueño para mantener alejados los pensamientos sobre la realidad.
Se me ocurrió —reconozco que aun entonces sólo me pareció una posibilidad remota— que mientras Dorrie y yo dormíamos tal vez hubiese sucedido un milagro. Algo como... bueno, digamos... que quedasen ocho o diez Heechees vivos en el túnel... y tal vez nos hubiesen oído llamar y hubieran abierto el fondo del pozo. Así que entré a gastas en el iglú para comprobarlo.
Nada de nada. Escudriñé el pozo para asegurarme, pero seguía siendo un agujero ciego que desaparecía en una oscuridad polvorienta al final de la luz de la linterna. Maldije a aquellos Heechees tan poco hospitalarios —por no existir, supongo— y de una patada arrojé algunos desechos al agujero, sobre sus cabezas ausentes.
La ética puritana no me dejaba en paz. Consideré qué debería estar haciendo. No se me ocurrían muchas posibilidades. ¿Morirme? Sí, claro, pero eso iba a suceder de todos modos. ¿Qué tal algo más constructivo?
La ética puritana me recordó que siempre hay que dejar los sitios como los has encontrado. Así que subí las barrenas con el cabrestante y las dejé allí colgando mientras arrojaba a patadas más escombros en el interior de aquel hueco inútil. Cuando hube hecho espacio suficiente, me senté a reflexionar.
Consideré qué habíamos hecho mal, y no con la intención de hacerlo bien la próxima vez, sino más bien como si tratase de desentrañar una vieja jugada de ajedrez. ¿Por qué no habíamos dado con el túnel?
Tras un rato de confusa cavilación, creí encontrar la respuesta.
Estaba relacionada con las características del gráfico autosónico. La gente como Dorrie y Cochenour cree que una representación sísmica es como uno de esos mapas subterráneos del centro de Dallas, que muestra todas las alcantarillas, los conductos, las tuberías y los túneles del metro, indicados de modo que si tienes que meterte en alguno basta con cavar en el lugar señalado para encontrarlo.
No es así exactamente. El gráfico se basa más en las probabilidades. Muestra una vaga aproximación. La señal se va construyendo, minuto a minuto, a partir de los ecos del resonador. Recuerda a una de telaraña en sombras y es mucho más extensa de lo que en realidad sería ningún túnel con los bordes encrespados. Cuando miras la señal sabes que, como mucho, te está informando de que algo proyecta la sombra. Quizá sea una superficie de contacto de las rocas o una bolsa de grava. Con suerte, será un túnel Heechee. Sea lo que fuere, hay algo, pero tú no sabes dónde exactamente. Si un túnel mide diez metros, lo que constituye una buena media para un enlace Heechee, la señal de la sombra parecerá de cincuenta, quizá de cien. De modo que ¿dónde excavar? Ahí interviene el arte de la exploración. Tienes que basarte en una suposición fundada.
Puedes excavar justo en el centro geométrico, si aciertas a descubrir dónde está el centro. Es el sistema más sencillo. O puedes perforar en el punto donde las sombras son más densas; así lo hacen la mayoría de exploradores experimentados. Se trata de un método tan bueno como cualquier otro.
Sin embargo, el hábil e inteligente Audee Walthers ha ideado un sistema más efectivo. Yo lo hago a mi manera. Intento pensar como un Heechee. Contemplo la señal como un conjunto e intento descubrir qué dos puntos pretendían unir los Heechees. A continuación trazo un recorrido imaginario entre ambos, discurro dónde habría colocado el túnel si yo fuera el ingeniero en jefe Heechee y empiezo excavando en ese punto.
Eso había hecho. Obviamente, me había equivocado.
Algo muy sencillo podía haberme inducido a error, desde luego: que la señal fuese una bolsa de grava.
Aquella explicación era perfectamente plausible, pero no muy útil. Si desde el principio nos habíamos equivocado y allí no había ningún túnel, lo teníamos mal. Yo buscaba una respuesta más constructiva, y entre las brumas de mi mente me pareció atisbar una.
Visualicé el aspecto de la señal en el monitor. Había acercado el aerotaxi tanto como había podido al emplazamiento indicado. Como no había podido excavar allí, porque la nave estaba justo encima, había montado el iglú a unos dos metros, ladera arriba. Empezaba a pensar que aquellos pocos metros constituían la clave del error.
Esa vaga conjetura complació a mi torpe cerebro. Resultaba admirable por mi parte, me dije, haberlo discurrido todo en el estado en que me hallaba. A efectos prácticos, aquello no cambiaba las cosas, desde luego. Si hubiera tenido otro iglú, habría regresado encantado al aerotaxi y habría vuelto a intentarlo, suponiendo que hubiese sobrevivido el tiempo suficiente. Sin embargo, era absurdo darle vueltas a la idea, porque no tenía otro iglú.
Así que me senté al borde de aquel pozo oscuro con las piernas colgando y asentí complacido, felicitándome por mi perspicacia en la resolución del problema; de vez en cuando tiraba algo de escoria al interior. Creo que mi actitud se debía a un deseo inconsciente de morir, porque de vez en cuando se me ocurría que lo mejor que podía hacer era saltar al pozo y arrastrar todos aquellos escombros tras de mí.
No obstante, la ética puritana no veía con buenos ojos la solución.
De todas formas, haciendo eso sólo habría resuelto mis problemas personales. A la joven Dorotha Keefer, que roncaba expuesta al vendaval térmico del exterior, no le habría servido de nada. Le deseaba algo mejor que una vida sórdida e insegura viviendo de los turistas en el Huso. Era demasiado mona, amable y...
Me asaltó la idea de que si Boyce Cochenour me caía tan mal era, en parte, porque él tenía a Dorrie Keefer y yo no.
Aquella idea también resultaba interesante. Supongamos, pensé al tiempo que reparaba en el mal sabor de boca y en el insoportable dolor de cabeza, supongamos que el traje de Cochenour se hubiera roto cuando le cayó la barrena encima y que hubiera muerto allí mismo. Supongamos, puestos a ello, que hubiéramos encontrado el túnel y el premio del interior. Habríamos vuelto al Huso, nos habríamos hecho ricos, y Dorrie y yo...
Pasé un buen rato pensando en lo que Dorrie y yo habríamos hecho si las cosas hubieran salido de otro modo y todas mis fantasías fuesen realidad; pero no lo eran, y la situación no podía ser peor.
Arrojé más escombros al pozo de un puntapié. Cada vez estaba más convencido de que el túnel se hallaba a pocos metros de donde habíamos excavado. Se me ocurrió saltar al fondo y escarbar con las manos.
En aquel momento me pareció buena idea. No estoy seguro de hasta qué punto me dejé llevar por la fantasía o por los desvaríos de un hombre muy enfermo. No hacía más que pensar en cosas raras. Se me ocurrió algo maravilloso: tal vez aún hubiera Heechees dentro y cuando saltara al fondo para abrirme paso escarbando, golpearía el primer trozo de pared azul que encontrase y ellos abrirían el túnel para dejarme entrar.
Eso habría sido fantástico. Incluso imaginé su aspecto, entre afable y majestuoso. Quizá llevaran togas y me ofrecieran vinos especiados y frutas exóticas. Tal vez supiesen hablar inglés y pudiese comunicarme con ellos, hacerles unas cuantas preguntas que me venían rondando. «Oye, Heechee, ¿para qué servían en realidad los molinillos de oraciones?», habría preguntado. O bien: «Heechee, perdona que te moleste, pero ¿tienes algo en tu botiquín que me pueda salvar de la muerte?» O quizás: «Heechee, siento haberte dejado el jardín hecho un desastre, procuraré adecentarlo.»
Tal vez fue aquel último pensamiento el que me impulsó a seguir echando escombros al pozo. No tenía nada mejor que hacer y, quién sabe, quizá me lo agradeciesen.
Al cabo de un rato el pozo estaba medio lleno y ya no quedaba basura, aparte de la que se había salido del iglú, pero no tenía fuerzas para ir a buscarla. Quise hacer algo más. Volví a engastar las barrenas, remplacé las hojas romas con las últimas afiladas que nos quedaban, varié el ángulo de perforación en veinte grados y las puse en marcha ladera abajo.
Hasta que Dorrie estuvo a mi lado ayudándome a estabilizar las barrenas durante la perforación del primer par de metros, no me di cuenta de que tenía un plan. No me acordaba. Ni siquiera recordaba que Dorrie se hubiera despertado y hubiese entrado en el iglú.
Debía de tratarse de un buen plan, pensé. ¿Por qué no compensar el ángulo de perforación? ¿Teníamos algún modo mejor de pasar el rato?
No, de modo que empezamos a excavar.
Cuando las barrenas dejaron de ejercer presión en nuestras manos y comenzaron a perforar la roca sin ayuda, despejé un espacio junto al iglú y pasé un rato empujando escombros al exterior.
A continuación nos quedamos allí sentados, mirando cómo las barrenas escupían trozos de roca del nuevo agujero, sin hablar. Enseguida me quedé dormido.
No me desperté hasta que Dorrie me aporreó el casco. Los escombros nos inundaban. Resplandecían azules, tan brillantes que casi me dañaban la vista.
Las barrenas debían de haber estado arañando el material de la pared Heechee durante una hora o más. En realidad ya le habían hecho algunos agujeros.
Cuando miramos hacia abajo, vimos el ojo redondo, brillante y azul del túnel, que nos devolvía la mirada. Era una hermosura, desde luego. No dijimos nada.
No sé cómo conseguí abrirme paso entre el montón de escombros hasta la gatera. Tras sacar a patadas un par de metros cúbicos de restos, cerré la antecámara y la precinté. A continuación me puse a revolver por la pila de desechos buscando los cohetes. Por fin los encontré, aún no me explico cómo, y conseguí sacarlos y cebarlos.
Cuando los disparé, nos apartamos rápidamente. Vi el rayo de luz brillante salir del pozo proyectado en el techo del iglú. Después se oyó un silbido de gas corto y súbito, y un estruendo cuando cayeron los fragmentos sueltos del fondo del pozo. Habíamos abierto un túnel Heechee.
Estaba intacto y nos aguardaba. Nuestra hermosa conquista era una virgen. Le arrebatamos la virginidad con infinito amor y respeto, y entramos en su interior.
12 Debí de quedarme inconsciente una vez más, porque de repente me di cuenta de que me hallaba en el suelo del túnel. Tenía el casco abierto, así como las cremalleras laterales del traje. Estaba respirando un aire viciado y estancado que tenía doscientos cincuenta mil años de antigüedad y cuyo olor delataba hasta el último minuto. Pese a todo, era aire.
Me pareció más denso que el de la Tierra y mucho menos húmedo, pero la presión parcial de oxígeno se aproximaba bastante a la terrestre. Yo mismo constituía una prueba de ello, porque lo había respirado sin morir.
A mi lado, en el suelo, estaba Dorrie Keefer.
También llevaba el casco abierto. La luz azul de la pared Heechee no la favorecía y tenía tan mala cara como pueda tenerla una chica guapa. Al principio dudé de si respiraba. No obstante, a pesar de su aspecto, tenía pulso y le funcionaban los pulmones. Cuando notó que la palpaba, abrió los ojos.
—Dios, estoy hecha polvo —dijo—. ¡Pero lo hemos conseguido!
Yo no respondí. Dorrie Keefer había hablado por los dos. Nos quedamos allí sentados, sonriendo como un par de bobos, como dos caretas de Halloween recortadas contra el resplandor azul Heechee.
En aquellos momentos no me sentía capaz de hacer nada más. Estaba muy aturdido. Me bastaba con el hecho de tener conciencia de que seguía vivo. No quería poner en peligro aquella realidad precaria e inverosímil moviéndome de un lado a otro.
Pero estaba incómodo, y al cabo de un momento advertí que tenía mucho calor. Cerré el casco para resguardarme, pero el olor era tan insoportable que volví a abrirlo, imaginando que el aire sería mejor.
En aquel momento se me ocurrió cuestionarme por qué el calor sólo resultaba incómodo y no fatal, como sería lógico.
El material de las paredes Heechees conduce la energía lentamente, pero no tanto como para que se demore cientos de miles de años. Mi enfermo y agotado cerebro rumió aquello un rato y por fin, a trancas y barrancas, llegó a la conclusión de que hasta hacía poco, quizás algunos siglos o unos miles de años como máximo, aquel túnel se había mantenido fresco de manera artificial. De modo que me dije sabiamente: tiene que haber algún tipo de maquinaria automática. Aunque sólo encontrásemos eso, ya valdría la pena. Estropeada o no, ésas son las cosas que te hacen rico... Aquel pensamiento me hizo recordar a qué habíamos ido. Recorrí el pasillo con la mirada, ansioso por descubrir el emplazamiento del botín Heechee gracias al cual las cosas se arreglarían.
Cuando iba al colegio en Amarillo Central, mi maestra favorita era una mujer minusválida llamada Stevenson. Solía contarnos historias de Bulfinch y Hornero.
La señorita Stevenson me amargó todo un fin de semana con la triste historia de un griego cuya mayor ambición era convertirse en un dios. Deduje que debía de tratarse de un objetivo muy normal para los griegos jóvenes e inteligentes de aquellos tiempos, aunque no estoy seguro de que lo alcanzasen con mucha frecuencia. Cuando se hizo el propósito, aquel hombre ya ocupaba una buena posición —era rey de alguna parte de Lidia—, pero no le bastaba. Aspiraba a la divinidad. Los dioses incluso le dejaron ir al Olimpo, y todo indicaba que lo había conseguido... hasta que metió la pata.
No recuerdo qué hizo, pero tenía algo que ver con un perro y la broma pesada que le gastó a un dios haciendo que éste devorara a su propio hijo. (Supongo que aquellos griegos tenían un humor bastante primitivo.) Fuera lo que fuere, lo castigaron. Acabó confinado en el infierno, solo, condenado a permanecer por toda la eternidad en un lago gélido con el agua hasta el cuello, pero sin poder beber. Cuando abría la boca, el agua se apartaba. El tipo se llamaba Tántalo... y en aquel túnel Heechee pensé que yo tenía mucho en común con él.
Habíamos encontrado el cofre del tesoro, sí, pero no podíamos alcanzarlo.
Por lo visto, al final no habíamos dado con el túnel principal. Era una especie de desvío secundario situado en ángulo de noventa grados a la derecha, y estaba cerrado en ambos extremos.
—¿Qué crees que es? —preguntó Dorrie ilusionada mientras atisbaba por entre las rendijas de aquella pared hecha de bloques de metal Heechee que pesarían diez toneladas—. ¿Podría ser el arma de la que hablabas?
Parpadeé para enfocar la vista. Allí había todo tipo de máquinas y también pilas de cosas que recordaban a recipientes, así como otros objetos que parecían haberse descompuesto, derramando su contenido, también podrido, en el suelo. Sin embargo, no teníamos fuerzas para llegar hasta ellos.
Allí estaba yo, apretando la visera contra el costado de un bloque, sintiéndome como Alicia cuando se asoma a su diminuto jardín y se da cuenta de que no tiene el bebedizo.
—Sea lo que fuere, yo sólo sé que hay más de lo que nadie ha encontrado jamás —dije.
Me dejé caer en el suelo, exhausto y mareado, aunque muy satisfecho a pesar de todo. Dorrie se sentó a mi lado, ante la reja que nos cerraba el paso al Edén. Descansamos un momento.
—A Nana le habría encantado —murmuró.
—Sí, claro —convine, sintiéndome como borracho—. ¿A Nana?
—A mi abuela —aclaró. Creo que entonces perdí el sentido por enésima vez. Cuando volví en mí, hablaba de que su abuela había rechazado a Cochenour hacía mucho, mucho tiempo. Dorotha Keefer parecía afectada, así que intenté prestar atención, aunque no acababa de entenderlo.
—Espera un momento —dije—. ¿Lo rechazó porque era pobre?
—¡No, no! No porque fuera pobre, aunque lo era. Lo rechazó porque él se iba a marchar a los yacimientos petrolíferos y ella deseaba una relación más regular. Como la que le ofreció mi abuelo. Después, cuando Boyce vino a visitarme hace un año...
—Te dio trabajo de novia —dije, asintiendo para que viera que la escuchaba.
—¡No! —dijo enfadada—. En su oficina. El resto vino después... Nos enamoramos.
—Ah, bueno —dije. No quería discutir.
—Es un hombre encantador, Audee, de verdad —dijo ella con frialdad—. Fuera del trabajo, quiero decir. Y haría cualquier cosa por mí.
—Podía haberse casado contigo —señalé, sólo por decir algo.
—No, Audee —dijo muy seria—, no podía. Él se habría casado. Fui yo quien no quiso.
¿Había rechazado toda aquella pasta? La miré directamente a los ojos. No tuve que decir nada; ella ya sabía cuál era la pregunta.
—Cuando me case —dijo—, quiero tener hijos, y Boyce no quiere ni oír hablar de ello. Dice que si nos hubiéramos conocido cuando él era mucho más joven, quizá con setenta y cinco u ochenta años, se lo habría pensado, pero ahora es demasiado viejo para tener una familia.
—En ese caso, tendrías que ir pensando en reemplazarlo, ¿no?
Me miró al resplandor azul del túnel.
—Me necesita —se limitó a decir—. Ahora más que nunca.
Medité sus palabras unos instantes. Entonces se me ocurrió mirar la hora. Habían pasado casi cuarenta y seis horas desde la partida de Cochenour, así que debía de estar al llegar.
Claro que si volvía mientras nosotros aún andábamos por el túnel, comprendí con gran esfuerzo mental, poco a poco... noventa mil milibares de gas venenoso nos embestirían. Si llevábamos el traje abierto, moriríamos. Aparte de eso, nuestro túnel virgen se estropearía. La erosión corrosiva de aquella implosión de gas destrozaría en un momento todas las maravillas que había al otro lado de la barrera.
—Tenemos que irnos —le dije a Dorrie, mostrándole la hora.
Sonrió.
—De momento —dijo. Nos levantamos, dirigimos un último vistazo a los tesoros de Tántalo y echamos a andar hacia el pozo que conducía al iglú.
Tras el alegre resplandor azul del túnel Heechee, el iglú se veía más atestado y menos acogedor que nunca.
Además, mi torpe cerebro no dejaba de recordarme que tampoco nos podíamos quedar allí dentro. Cochenour tal vez se acordase de cerrar los dos extremos de la gatera cuando entrase —lo que sucedería de un momento a otro—, o tal vez no. No podía arriesgarme a que el martillo al rojo del aire golpease nuestras joyas.
Traté de idear un modo de sellar bien el pozo, quizá devolviendo todos los escombros al interior, pero aunque no estaba muy lúcido comprendí que era una tontería. Sólo había una solución: esperar fuera, expuestos al ventoso clima venusiano. Sólo nos quedaba el consuelo de que no tendríamos que aguardar mucho. Y además, tampoco estábamos equipados para una espera muy larga; ésa era la parte peliaguda. La pequeña esfera del reloj, situada junto a los contadores del suministro vital —todos los cuales ya marcaban la reserva— mostraba que Cochenour no podía tardar.
Sin embargo, no aparecía.
Me arrastré por la gatera con Dorrie. Nos encerramos allí y aguardamos.
Noté un arañazo en el casco y advertí que Dorrie estaba hurgando en el enchufe.
—Audee, estoy muy cansada, de verdad.
No sonó a queja. Sólo estaba constatando una realidad que creía necesario hacerme saber.
—¿Por qué no duermes un rato? —le dije—. Yo me quedaré vigilando. Cochenour llegará enseguida y te despertaré.
Supongo que siguió mi consejo porque se dejó caer, deteniéndose un momento para que yo desenchufase el intercomunicador. A continuación se tendió junto a los ganchos de sujeción, dejándome para que yo pudiera pensar con tranquilidad.
No se lo agradecí. No me gustaba nada lo que se me acababa de ocurrir.
Cochenour no llegaba.
Intenté descifrar el significado de aquello. Desde luego, infinidad de motivos podían justificar su retraso. A lo mejor se había perdido. Tal vez los militares le habían dado el alto. Quizás el aerotaxi se había estrellado.
Existía, no obstante, una posibilidad mucho más desagradable, y cuanto más pensaba en ella, más probable me parecía.
La esfera me informó de que ya llevaba casi cinco horas de retraso y los contadores del suministro vital indicaban que la energía eléctrica se había «agotado», que apenas quedaba aire y que el agua se había terminado hacía rato. De no ser por los gases del túnel, gracias a los cuales habíamos ahorrado aire de los depósitos, ya haría tiempo que habríamos muerto.
Sin duda Cochenour no había supuesto que encontraríamos aire respirable en el túnel Heechee. Debía de creernos muertos.
El tipo no había mentido. Me había dicho que era un mal perdedor, y por lo visto no se había resignado. A pesar de mi embotamiento mental, comprendí qué mecanismos se habían desatado en la mente de Cochenour. Al verse entre la espada y la pared, el cabrón que había en él había ganado la partida. Había discurrido una maniobra final para arrancar una victoria de todas sus derrotas.
Podía imaginarlo a la perfección, tan claramente como si estuviera en el aerotaxi con él. Mirando los relojes mientras calculaba cómo se consumían nuestras vidas segundo a segundo. Preparándose una deliciosa comida. Escuchando el resto del ballet de Chaikovski, quizá, mientras aguardaba a que cruzásemos el umbral.
La idea no me puso los pelos de punta. Estaba demasiado cerca de la muerte como para que la diferencia constituyese algo más que un tecnicismo... y lo bastante harto de aquel estúpido traje térmico como para dar la bienvenida a cualquier liberación, incluso la definitiva. Pero yo no era el único afectado.
La chica también estaba involucrada. El último resto de pensamiento racional que perduraba en mi cerebro emponzoñado era la injusticia que Cochenour cometía al dejarnos morir a ambos. A mí, bueno, visto desde su punto de vista, comprendía que pudiese prescindir de mí fácilmente. Pero ¿y ella?
Consideré que debía hacer algo y, tras meditarlo un rato, di unos golpes en el traje de la chica hasta que se revolvió. Lo hablé con ella por el intercomunicador y conseguí hacerla entender que tenía que volver al túnel, donde al menos podría respirar.
A continuación me preparé para el regreso de Cochenour.
Él ignoraba dos cosas: que habíamos encontrado aire respirable y que podíamos sacar las pilas de las barrenas para conseguir más electricidad.
A pesar de la ira que se había desatado en mí, aún era capaz de hilvanar las ideas. Podía sorprenderle, en el caso de que no se hiciera esperar demasiado. Aún viviría unas cuantas horas... Y cuando apareciese tan tranquilo, confiando en hallarnos muertos, dispuesto a quedarse con el premio, me encontraría esperando.
Así fue.
Debió de llevarse un gran susto cuando entró en la gatera del iglú con la llave inglesa en la mano, se inclinó hacia mí esperando hallar solamente un asado de carne muy hecho y descubrió no sólo que estaba vivo, sino que podía moverme.
Si me hubiera quedado alguna duda de sus intenciones, se habría disipado cuando se abalanzó sobre mí. Su avanzada edad, la pierna rota y la sorpresa no mermaron sus reflejos ni un ápice, pero tuvo que cambiar de posición para tomar impulso en el exiguo espacio de la gatera y, dado que yo no sólo estaba vivo sino casi del todo consciente, conseguí esquivarlo a tiempo. Además, yo ya tenía la perforadora en las manos y estaba preparado para ponerla en marcha.
Se la clavé en medio del pecho. No pude verle la cara, pero imagino cuál debió de ser su expresión.
Tras eso, sólo era cuestión de hacer cinco o seis cosas irrealizables lo antes posible. Cosas como despertar a Dorrie para que saliera del túnel y se metiera en el aerotaxi. Como meterme yo, precintarlo y programar el rumbo.
Cosas todas imposibles... al igual que la última, más dura que las demás, pero muy importante para mí. Dorrie no sabía por qué me empeñaba en llevarme el cadáver de Cochenour. Creo que lo consideró un gesto de respeto a los muertos por mi parte, y yo preferí no sacarla de su error en aquel momento.
13 Tuvieron que reconstituirme e hidratarme durante tres días antes de pensar siquiera en trasplantarme el hígado. Era increíble que el órgano hubiese sobrevivido a aquella odisea, pero lo extrajeron rápidamente y empezaron a bombearle nutrientes en cuanto le pusieron las manos encima. Cuando estuve listo para la operación, ya habían dominado sus tendencias alergénicas. Era un hígado tan bueno como el que más; o al menos lo bastante bueno como para mantenerme vivo.
Pasé sedado la mayor parte del tiempo. Los matasanos me despabilaban cada dos horas para repasar conmigo cómo debía controlar mis fluidos hepáticos —dijeron que no tenía sentido proporcionarme un hígado nuevo si yo no sabía usarlo—, y también otras personas me iban despertando para hacerme preguntas, pero yo lo viví todo como en sueños. En aquellos momentos no tenía muchas ganas de estar despierto. La vigilia equivalía a mareo, dolor y molestias, y casi deseé volver a los viejos tiempos, en que se habrían limitado a dejarme inconsciente con anestesia hasta que hubiesen terminado, sólo que en los viejos tiempos ya habría muerto, claro está.
Pese a todo, el cuarto día ya casi no sentía dolor —menos cuando me movía— y empezaron a dejarme ingerir líquidos por la boca en lugar de administrármelos por la otra vía.
Comprendí que, de momento, estaba salvado.
Eran buenas noticias, y en cuanto las hube asimilado empecé a interesarme por lo que sucedía a mi alrededor.
En la curandería reinaba un ambiente primaveral, lo cual agradecí. Como es natural, en el Huso no hay nada semejante a estaciones, pero a los matasanos les gusta mantener la tradición y los vínculos con el planeta materno, de modo que imitan las de la Tierra. Habían traído la primavera mediante un decorado a base de nubes de lana blancas colgadas de la pared y un aroma a lilas y a brotes de hojas procedente del aire acondicionado.
—Feliz primavera —le dije al doctor Morius mientras me examinaba.
—Cállese —contestó. Arrancó un par de las agujas del alfiletero en que se había convertido mi abdomen y estudió mis funciones vitales en el chivato—. Hum —musitó.
—Me alegro de que piense eso.
Pasó por alto mi comentario. Al doctor Morius no le gustaban nada las gracias, a menos que las hiciera él. Torció el gesto y sacó un par de agujas más.
—Bueno, Walthers. Hemos retirado la sepsia esplénica. Su hígado nuevo funciona, no hay señales de rechazo, pero no está usted eliminando los desechos tan rápidamente como debiera. Tendrá que esforzarse con eso. Hemos conseguido estabilizar su nivel de iones y las mayoría de sus tejidos han recuperado algo de humedad. En general... —añadió mientras se rascaba la cabeza con ademán pensativo—, sí, en general podemos decir que está usted vivo. De modo que supongo que la operación ha sido un éxito.
—Muy gracioso.
—Lo están esperando unas personas —prosiguió—. La tercera de Vastra y su amiga. Le han traído ropa.
Aquello me interesó.
—¿Eso significa que puedo marcharme? —pregunté.
—Cuanto antes —repuso—. Tendrá que guardar cama por un tiempo, pero su renta se ha agotado. Necesitamos el sitio para los clientes de pago.
En fin, una de las ventajas de tener sangre limpia en los sesos en lugar del caldo ponzoñoso del que había estado viviendo los últimos días era que podía empezar a pensar con cierta claridad, y al instante comprendí que el chistoso doctor Morius me estaba tomando el pelo. «Clientes de pago.» No habría estado allí si no hubiese sido un paciente de pago. No acertaba a imaginar con qué se pagaban mis facturas, pero estaba decidido a guardarme la curiosidad para mí, al menos hasta que hubiera salido del hospital.
No tardé mucho. Los matasanos me envolvieron en sábanas mojadas, y Dorrie y la tercera de la casa Vastra me acompañaron mientras avanzaba con paso vacilante por el Huso hacia la casa de Sub Vastra. A Dorrie aún se la veía pálida y fatigada —las últimas dos semanas ninguno de los dos había estado de vacaciones precisamente—, pero, según dijo, sólo necesitaba un poco de descanso. La primera de Sub había echado de una cabina a unos cuantos niños y la había arreglado para nosotros, y la tercera trajinó alrededor de nosotros, dándonos de comer caldo de cordero y ese pan plano y duro que tanto les gusta, antes de arroparnos para que durmiéramos largo y tendido. Sólo había una cama, pero a Dorrie no pareció importarle. De todas formas, aquel detalle era meramente formal. Más tarde, ya no fue tan formal. Al cabo de un par de días estaba de pie y tan en forma como siempre.
Fue entonces cuando descubrí quién había pagado mi cuenta del hospital.
Por unos instantes tuve la esperanza de haber sido yo, que me había hecho asquerosamente rico gracias al botín del túnel, pero pronto se desvanecieron mis ilusiones. El túnel se encontraba dentro de la reserva militar. Nadie se iba a quedar con nada, salvo los militares.
De habernos sentido animados habríamos conseguido escamotear algo mediante alguna mentira ingeniosa. Podríamos haber transportado unas cuantas cosas a otro túnel y haberlas declarado, y probablemente nos habríamos salido con la nuestra... pero no en aquel estado. La muerte nos había pasado rozando, y no estábamos en condiciones de tramar nada.
De manera que los militares se quedaron con todo.
No obstante, demostraron poseer algo que yo jamás habría sospechado. Por lo visto tenían algo parecido a un corazón. Duro y atrofiado, sí, pero un corazón al fin y al cabo. Entraron en el yacimiento mientras yo seguía recibiendo enemas de glucosa en sueños y les gustó lo que encontraron. Decidieron pagarme una especie de recompensa por el descubrimiento. No mucho, ciertamente, pero sí lo bastante para que siguiera con vida. Suficiente para hacer frente a la factura del hospital por todos los apaños que los matasanos habían llevado a cabo en mi interior, e incluso quedó un remanente para meterlo en el banco y pagar el alquiler atrasado de mi cubículo, al que Dorrie y yo nos trasladaríamos cuando la casa Vastra decidiese que estábamos en condiciones de vivir solos.
En cuanto al hígado nuevo, nadie tuvo que pagarlo, porque no había costado nada.
Durante un tiempo me preocupó que los militares se callasen lo que habían encontrado. Hice lo posible por averiguarlo. Incluso intenté emborrachar a la sargento Rodillitas para sonsacárselo, cuando vino al Huso de permiso. No funcionó. Dorrie estaba allí, y ¿cómo se hace para emborrachar a una chica cuando hay otra delante que no te quita la vista de encima? De todas formas, no creo que Amanda Rodillitas lo supiese. Seguramente nadie lo sabía, salvo unos pocos especialistas.
No obstante, a juzgar por la recompensa, debía de tratarse de algo importante, sobre todo si se tiene en cuenta que no nos procesaron por haber traspasado los límites de la reserva militar.
De modo que salimos adelante sin problemas, los dos. O los tres.
A Dorrie se le dio muy bien vender molinillos de oración falsos y perlas de fuego de imitación a los turistas Terry, sobre todo cuando se le empezó a notar el embarazo. Ambos éramos una especie de celebridades. Ella fue la encargada de traer a casa el dinero para comer hasta que empezó la temporada alta. Para entonces, yo ya había descubierto que mi estatus de famoso descubridor de túneles tenía cierto valor, así que pedí un crédito a cuenta del mismo y me compré un aerotaxi nuevo. Para ser ratas de túnel, las cosas nos iban muy bien. Le he prometido que si tenemos un hijo varón me casaré con ella, pero lo cierto es que pienso hacerlo de todas formas. En el yacimiento se portó de maravilla.
Sobre todo cuando me ayudó a llevar a cabo mi plan privado.
Aunque Dorrie no podía imaginar por qué quería llevarme el cadáver de Cochenour, no puso objeciones. Pese a hallarse enferma y exhausta, me ayudó a arrastrar el cadáver por la antecámara del aerotaxi antes de regresar al Huso.
La verdad es que yo necesitaba aquel cuerpo desesperadamente. Al menos una parte de él.
El hígado que me han trasplantado no es nuevo, ni mucho menos. Seguramente, ni siquiera de segunda mano. Sabe Dios dónde lo compraría Cochenour, pero estoy seguro de que no se trataba de una pieza original. No obstante, funciona. Y por muy cabrón que fuese, en parte me caía bien, y no me importa nada tener que llevar siempre a cuestas una parte de él.
TERCERA PARTE - EL ASTEROIDE PÓRTICO El mayor tesoro que contenían los túneles Heechees de Venus ya había sido descubierto, aunque los primeros descubridores no lo supieron. En realidad no lo supo nadie, salvo Sylvester Macklin, una solitaria rata de túnel, y no estaba en situación de contarle a nadie lo que había encontrado.
Sylvester Macklin había descubierto una nave espacial Heechee.
Si Macklin hubiera informado de su hallazgo se habría convertido en el hombre más rico del sistema solar. También habría vivido para disfrutar de su riqueza. Sin embargo, Macklin era un solitario, tan cascarrabias como todas las ratas de túnel, e hizo algo completamente distinto.
Advirtió que la nave parecía en buen estado, y pensó que quizá consiguiese ponerla en marcha. Por desgracia para él, lo consiguió.
La nave de Macklin hizo exactamente lo que debía, esto es, aquello para lo que habían sido diseñadas las naves Heechees, y los Heechees eran unos diseñadores magníficos. Nadie sabe qué proceso mental, experimental y deductivo siguió Macklin cuando se enfrentó, con tan mala pata, al maravilloso hallazgo. No sobrevivió para contarlo. Sin embargo, es evidente que en algún momento se metió en la nave, cerró la escotilla y empezó a toquetear los aparatos que parecían los mandos.
Como la gente sabría más tarde, a bordo de cualquier nave Heechee hay un objeto en forma de teta de vaca. Se trata del mecanismo que la pone en marcha. Cuando lo aprietas, es como cuando colocas el cambio automático de un coche en posición de «avanzar». La nave echa a volar. El rumbo que tome dependerá del destino marcado en los sistemas de navegación automática.
Como es natural, Macklin no indicó un rumbo concreto, ya que no sabía hacerlo.
Así que la nave hizo lo que los ingenieros Heechees habían programado para tales contingencias: se limitó a volver al lugar de donde había venido cuando su piloto Heechee la abandonó, hacía de eso medio millón de años.
Resultó que aquel lugar era un asteroide.
Se trataba de un asteroide peculiar en muchos aspectos. Astronómicamente, era singular, porque su órbita quedaba en ángulo recto respecto al plano de la eclíptica. Por aquella razón, aunque era un pedazo de roca de buen tamaño y en ocasiones pasaba bastante cerca de la órbita terrestre, los astrónomos humanos no lo habían descubierto.
Tenía otra rareza: los Heechees lo habían convertido en una especie de aparcamiento para sus naves espaciales. En total había allí cerca de un millar de ellas.
Sin embargo, el asteroide carecía por completo de agua y comida, de manera que Sylvester Macklin, que podría haberse convertido en el hombre más rico de la historia, acabó como cualquier otro: muerto de inanición.
No obstante, antes de morir consiguió mandar una señal a la Tierra. No fue un grito de auxilio. Nadie podría llegar hasta él a tiempo para salvarle la vida, y Macklin lo sabía. Se resignó a morir; sólo quería que la gente se enterase de la existencia de aquel lugar tan maravilloso e insospechado en que iba a morir. Al cabo de un tiempo, otros astronautas, volando en los burdos cohetes humanos de la época, acudieron a investigar.
Durante la década siguiente, el asteroide Pórtico se convirtió en la capital de la industria más importante de la humanidad: la exploración de la galaxia.
El asteroide no pertenecía a Macklin, por mucho que lo hubiera descubierto. No tuvo tanta suerte. Como estaba muerto, se quedó sin nada.
De todas formas, pronto se hizo evidente que Pórtico era demasiado importante como para pertenecer a un solo individuo, ni siquiera a una única, nación. Las Naciones Unidas se pasaron varios años debatiendo la cuestión en el Consejo de Seguridad y en la Asamblea General; más de una vez los gobiernos estuvieron a punto de pasar a las armas, al margen de las Naciones Unidas. Las grandes potencias mundiales acabaron por crear la Corporación Pórtico, un consorcio de cinco poderes fundado para controlar el asteroide.
Pórtico no era un lugar muy agradable para vivir, cosa lógica por otra parte, pues no había sido proyectado para los seres humanos, sino para los Heechees, y éstos se lo habían llevado todo al marcharse. Consistía en un pedazo de roca del tamaño de Manhattan, traspasado por un sinfín de túneles, cámaras y poco más. Ni siquiera era redondo. Un explorador de Pórtico describió su forma como «la de una pera deformada, picoteada por los pájaros». Su estructura interna recordaba las capas de una cebolla. Las naves Heechees estaban acopladas a la capa exterior, en unos hangares enclavados en cámaras con trampillas. (Aquellas cámaras, desde el exterior, parecían picotazos de pájaro.) En el interior había grandes recintos que los humanos utilizaban para almacenar suministros y repuestos, y el gran embalse de agua al que llamaban Lago Superior. Cerca del centro estaban los túneles de viviendas, flanqueados de cuartos semejantes a celdas de monasterio, donde vivían los humanos mientras aguardaban a embarcarse en una nave. En el corazón del asteroide se encontraba la caverna en forma de huso. Por lo visto, a los Heechees les gustaban los espacios en forma de huso, aunque nadie sabía por qué. Los inquilinos de Pórtico lo usaban como centro de reunión, un lugar para beber, jugar y olvidar lo que les aguardaba.
Pórtico no olía bien. El aire era escaso. Tampoco causaba buena impresión, al menos a los exploradores recién llegados de la Tierra. El asteroide giraba lentamente, por lo que poseía una especie de microgravedad, pero no servía de mucho. Cualquiera que hiciese un movimiento repentino en cualquier parte de Pórtico se arriesgaba a salir flotando.
Evidentemente, nadie consideraba Pórtico un centro turístico paradisíaco. Sólo existía una razón por la que un ser humano se mostraba dispuesto a soportar el gasto, la inaccesibilidad, las incomodidades y el hedor del asteroide: las naves espaciales Heechees.
Pilotar naves Heechees requería mucho valor y poco más. Todas eran idénticas a las de su tipo. En las más grandes, las Cinco, apenas había espacio: más o menos el mismo que en un cuarto de baño de hotel a compartir entre cinco personas. Las naves llamadas Uno (porque sólo podían albergar a una persona en cada viaje) no eran mucho mayores que una bañera. Cada nave contenía un mínimo de accesorios, cuya importancia se desconocía en la mayoría de los casos. Siempre había una espiral dorada que parecía relacionada con la conducción de la nave, porque se había observado que su color variaba al principio y al final de cada viaje, así como cuando se producía un cambio de posición. Siempre había también una caja dorada en forma de diamante del tamaño de un ataúd. Algunas naves contenían un aparato aún más misterioso que recordaba a una varilla retorcida de cristal sobre una base ébano negro; se ignoraba para qué servía (aunque más tarde descubrirían que era capaz de algunas proezas asombrosas). Nadie sabía con exactitud qué había en el interior de esas cosas, porque cada vez que alguien intentaba abrirlas explotaban. Por último estaba el cuadro de mandos, ante el cual se sentaba el piloto, en un banco ahorquillado, incómodo y extraño. Tiradores retorcidos, luces parpadeantes, la palanca de avance; todo eso ponía la nave en funcionamiento.
Como es lógico, las naves carecían de muchas cosas necesarias para los seres humanos: la gente que finalmente consiguió pilotarlas añadió algún mobiliario humano, como congeladores, asientos cómodos, hamacas... y una amplia colección de cámaras, antenas de radio e instrumentos científicos de todo tipo.
Pilotar una nave Heechee no era nada difícil. Cualquiera podía aprender todo lo que se sabía en medida hora: jugueteabas con ruedas del selector de rumbo, más o menos al azar porque nadie tenía ni idea de qué indicaba cada posición. En realidad (se supo mucho más tarde y hubo que pagar un precio muy alto), había 14.922 destinos distintos preprogramados en las 731 naves útiles del asteroide; unas doscientas no funcionaban, simplemente. No obstante, hizo falta mucho tiempo, y muchas vidas, para descubrir cuáles eran algunos de aquellos destinos.
Después, tras seleccionar alguna combinación (y después de cruzar los dedos o santiguarte) pulsabas la palanca de avance. Una vez hecho eso, estabas en camino. No tenía más misterio.
Cualquiera podía convertirse en explorador, es decir, cualquiera que estuviese dispuesto a pagar el viaje a Pórtico y los abusivos precios del aire, el agua y el espacio vital mientras estaba en el asteroide... y que fuera tan valiente o estuviera tan desesperado como para correr el riesgo de enfrentarse a una muerte casi segura, y a menudo muy desagradable.
Con los años, gran cantidad de seres humanos escapó de la pobreza en la Tierra para probar suerte con una nave de Pórtico. En aquellos años inciertos, antes de que fuera posible pilotar correctamente las naves Heechees y se suspendiera el programa de exploración al azar, hubo 13.842 exploradores.
Muy pocos sobrevivieron. Bastantes se hicieron famosos. Un puñado ganó una fortuna. Y nadie recuerda a los otros.
CUARTA PARTE - LOS EXPLORADORES ESTELARES Cuando uno de aquellos primeros exploradores, audaces y bastante chiflados, iniciaba un viaje en una nave espacial Heechee, no esperaba que ésta fuese exactamente a donde le habría gustado ir. Él (o, casi con idéntica frecuencia, ella) no podía confiar en que así fuese por muchas razones, sobre todo porque ninguno de aquellos primeros exploradores tenía la menor noción de cuáles eran los destinos que merecían la pena. No obstante, aquella ignorancia no jugaba en su contra. Como ningún explorador de Pórtico sabía pilotar una nave Heechee, tomaban el rumbo que mucho tiempo atrás había dejado programado el último piloto Heechee.
Teniendo en cuenta los riesgos, aquellos primeros exploradores de Pórtico tuvieron suerte de que los Heechees se pareciesen a los humanos en algunos aspectos esenciales. Por ejemplo, los Heechees, al igual que los primates-humanos, poseían el instinto de la curiosidad; de hecho, eran muy curiosos. Debido a eso, muchos de los destinos pre-programados despertaban también el interés de los seres humanos. Resultaban tan apasionantes para los terrestres como lo habían sido para los antiguos Heechees, y el grupo de la raza humana que más se entusiasmó con los hallazgos de las primeras oleadas de exploradores fueron los astrónomos. Los astrónomos de aquel entonces se las ingeniaban para sacar información de cualquier fotón que fuese a parar a sus instrumentos, ya fuera luz visible, rayos X o infrarrojos, cualquier cosa. Sin embargo, los fotones no les daban toda la información deseada. Los astrónomos humanos suspiraban al enfrentarse a la certeza de que el espacio estaba lleno de materia que no irradiaba en absoluto; agujeros negros, planetas... ¡Dios sabía qué! Sólo podían especular sobre aquellas cosas.
En cambio, con las naves Heechees era posible viajar al espacio y verlo de primera mano.
Los astrónomos tuvieron una suerte increíble... aunque con frecuencia no se pudo decir lo mismo de los hombres y mujeres que viajaron al espacio.
El problema de la astronomía, desde el punto de vista de un explorador que se había jugado la vida a bordo de una nave Heechee, era que una estrella de neutrones no se podía vender. Los exploradores iban detrás del dinero. Con algo de suerte, tal vez encontrasen algún artilugio Heechee de alta tecnología que pudieran llevarse a casa para ser examinado, copiado y convertido en una fortuna. No había mercado para un remanente de supernova ni para una nube de gas interestelar; con aquellas cosas no se pagaban las facturas.
Para solucionar ese problema, la Corporación Pórtico puso en marcha un programa por el cual se daban recompensas científicas a los exploradores que regresaban con imágenes y datos magníficos pero sin nada que ofrecer al mercado.
Ese pago por el conocimiento puro y duro fue un gesto noble por parte de la Corporación Pórtico. También constituyó un buen sistema para convencer a más humanos hambrientos de que se embarcaran en aquellas navecillas espeluznantes y a menudo mortales.
Para cuando la Corporación Pórtico llevaba dos años enteros en funcionamiento, se habían emprendido más de cien viajes, y 62 naves habían regresado sanas y salvas. Más o menos. (Sin contar los exploradores que llegaron muertos, agonizantes o locos perdidos.)
Las naves habían visitado al menos cuarenta astros distintos; toda clase de estrellas: gigantes azules, inmensas y muy jóvenes, como Régulus, Spica y Altair; estrellas amarillas de secuencia normal, como Procyon A y sus homologas enanas, como Procyon B; estrellas estables tipo G, como el Sol y sus parientes gigantes, de color amarillo, como Capella. Las gigantes rojas, al estilo de Aldebarán y Arturo, y sus homologas supergigantes, como Betelgeuse y Antares... y sus parientes enanas rojas, como Próxima Centauri y Lobo 359.
Los astrónomos no cabían en sí de gozo. La cosecha de cada viaje corroboraba triunfalmente muchas de las cosas que creían saber sobre el nacimiento y la muerte de las estrellas; y también exigía rápidas modificaciones de muchas otras cosas que creían saber, pero que en realidad no sabían. Los mandamases de la Corporación no compartían su alegría. Estaba muy bien ampliar los horizontes de la astronomía, pero las imágenes de la vigésima enana blanca se parecían mucho a las de la primera. Los miles de millones de pobres de la Tierra no podían alimentarse de fotografías astronómicas. Ya había una buena cantidad de observatorios en órbita. No les gustaba que su tesoro sin igual se convirtiera en uno más.
No obstante, incluso la Corporación se mostraría satisfecha ante algunos de los tesoros hallados por los exploradores.
MISIÓN PULSAR Un hombre llamado Chou Yengbo fue el primero en recibir una recompensa científica, y no la habría conseguido si no se le hubiese ocurrido hacer unos cuantos cursos de ciencia elemental antes de descubrir que, en aquellos tiempos, ni siquiera una licenciatura le proporcionaba a uno un trabajo decente en la provincia de Shensi.
Cuando la nave de Chou salió al espacio normal, al piloto no le costó adivinar por qué los Heechees habían programado aquel rumbo en el selector.
En realidad había tres objetos a la vista. Muy raros. El primero era totalmente distinto de cualquier cosa que Chou hubiera visto jamás, ni siquiera en los hologramas de su curso de astronomía. Tampoco se parecía a nada que otro ser humano hubiera visto nunca, salvo en su imaginación. El objeto era una mancha de luz irregular, en forma de cono, cuyos colores le hacían daño en los ojos incluso al mirarla en la pantalla.
El objeto recordaba a un rayo de reflector proyectado entre jirones de bruma. Cuando Chou lo miró con mayor atención, ampliando la imagen, descubrió otro rayo igual al primero pero más rudimentario y débil que se proyectaba en la dirección opuesta. Entre los dos vértices de los conos formados por aquellos rayos había un tercer objeto, tan minúsculo que apenas se distinguía.
Cuando amplió la imagen al máximo, vio que aquel cuerpo era una estrella pequeña, de color macilento y aspecto raquítico.
Le pareció demasiado pequeña para tratarse de una estrella normal. Aquello reducía las posibilidades. Aun así, Chou tardó un tiempo en comprender que estaba en presencia de un pulsar.
En aquel momento, las 101 clases de astronomía volvieron a su memoria. A mediados del siglo XX, Subrahmanyan Chandrasekhar había calculado la génesis de las estrellas de neutrones. Las bases eran simples. Una estrella grande, dijo Chandrasekhar, consume el hidrógeno disponible y se desintegra. Se deshace de la mayor parte de sus capas exteriores al modo de una supernova. Lo que queda cae hacia el centro de la estrella, casi a la velocidad de la luz, y prácticamente toda la masa de la estrella se condensa en un volumen menor que el de un planeta; en realidad menor que el de algunas montañas. Este tipo de desmoronamiento sólo les puede suceder a las estrellas grandes, calculó Chandrasekhar. Su tamaño debe ser 1,4 veces mayor que el del Sol de la Tierra, como mínimo. Aquella cifra recibió el nombre del «límite de Chandrasekhar».
Tras la explosión de la supernova y el desmoronamiento, lo que queda —pesado como una estrella y del tamaño de un asteroide— es una «estrella de neutrones». Debido a su inmensa gravitación, se ha comprimido tanto que los electrones de sus átomos se precipitan hacia los protones y aparecen las partículas sin carga llamadas neutrones. Su sustancia es tan densa que tres centímetros cúbicos de la misma pesan unos dos millones de toneladas; equivaldría a comprimir el mayor de los antiguos petroleros terrestres en algo del tamaño de una moneda. Los objetos no abandonan una estrella de neutrones fácilmente; con esa masa, inmensa y concentrada, atrayendo las cosas hacia su centro, la velocidad de escape es de unos ciento ochenta mil kilómetros por segundo. Lo que es más: su energía de rotación también ha quedado «comprimida». La gigante azul que antes giraba sobre su eje una vez por semana se ha convertido en un objeto superpesado del tamaño de un asteroide que gira muchas veces por segundo.
Chou sabía que debía realizar una serie de observaciones: magnética, de rayos X, de rayos infrarrojos y muchas más. Las lecturas del magnetómetro eran las más importantes. Las estrellas de neutrones poseen un núcleo superfluido, y en consecuencia al girar generan intensos campos magnéticos, igual que la Tierra. Bueno, no exactamente igual, porque el campo magnético de la estrella de neutrones también está comprimido. Es un billón de veces más fuerte que el de la Tierra, y cuando gira genera radiación. Ésta no puede limitarse a fluir desde toda la estrella al mismo tiempo porque los campos de fuerza magnética se lo impiden. Sólo puede escapar por los polos magnéticos norte y sur de la estrella de neutrones.
Los polos magnéticos de cualquier objeto no se encuentran indefectiblemente en el mismo lugar que los polos de rotación. (El polo norte magnético de la Tierra se halla a cientos de kilómetros del lugar donde se encuentran los meridianos de longitud.) De modo que toda la energía emitida por una estrella de neutrones surge en forma de rayo, que gira sin cesar, y cuyo vértice se halla un poco alejado, a veces muy alejado, de sus polos de rotación.
Aquello explicaba lo que Chou estaba viendo. Los conos eran los dos rayos polares, norte y sur, emitidos por la estrella situada entre ambos y proyectados desde los polos. Como es lógico, Chou no veía los propios rayos, sino aquellas zonas donde éstos, al propagarse, iluminaban tenues nubes de gas y polvo.
Lo importante para Chou era que ningún astrónomo terrestre lo había visto desde aquella perspectiva. Para ver el rayo de una estrella de neutrones desde la Tierra tenía que darse la contingencia de que alguien se hallase en algún punto situado a lo largo del borde de la forma cónica que los rayos trazaban al girar. En ese caso, sólo se veía un vertiginoso parpadeo, tan rápido y regular que el primero en observarlo lo tomó por una señal de inteligencia extraterrestre. A la señal la llamaron HV (por «hombrecillos verdes») hasta que dedujeron lo que causaba aquel tipo de fenómeno estelar.
Esos cuerpos recibieron el nombre de «pulsares».
El descubrimiento le reportó a Chou una recompensa científica por valor de cuatrocientos mil dólares. No era un hombre codicioso. Tomó el dinero y volvió a la Tierra, donde se abrió camino dando conferencias en clubes femeninos y universidades sobre la vida del buscador de tesoros Heechees. Tuvo mucha suerte, porque fue uno de los primeros exploradores que regresó a casa con vida. Viajeros posteriores no fueron tan afortunados. Por ejemplo, los que emprendieron la...
MISIÓN HALO En cierto sentido, la misión Halo resultó la más triste así como la más hermosa de todas. Fue considerada un fracaso, pero la apreciación resultó incorrecta. La nave no se perdió, sólo su tripulación. Se trataba de una Tres y no era acorazada. Su regreso pilló a todo el mundo por sorpresa. Llevaba tres años en el espacio. Se sabía con seguridad que nadie podía sobrevivir a un viaje tan largo. De hecho, nadie había sobrevivido. Cuando el personal de Pórtico abrió las escotillas, retrocediendo por el hedor que surgía del interior, descubrieron que Jan Mariekiewicz, Rolph Stret y Lech Szelikowitz habían dejado un informe detallando de sus experiencias. Los demás exploradores lo leyeron con compasión; los astrónomos, con júbilo.
«Cuando llevábamos doscientos días de viaje sin cambiar de posición —había escrito Stret en su diario—, comprendimos que estábamos perdidos. Lo echamos a suertes y gané yo. Quizá debería decir que perdí, pero en cualquier caso Jan y Lech se tomaron sus pastillas de suicidio y yo metí sus cuerpos en el congelador.
»El cambio de posición llegó al fin a los 271 días. Sabía que yo tampoco iba a conseguirlo, aunque tuviera la nave para mí solo. Así que he intentado disponerlo todo de modo automático. Espero que funcione. Si la nave regresa, transmitan nuestros mensajes, por favor.»
Los mensajes no llegaron a ser entregados. No había nadie a quien entregárselos. Todos los mensajes iban dirigidos a otros exploradores de Pórtico que habían formado parte de la misma remesa centroeuropea, que no fue una de las afortunadas. Todos y cada uno se perdieron con sus naves. No obstante, las fotografías que trajo la nave pertenecían al mundo entero.
El apaño de Stret había funcionado. La nave se había detenido en su destino. Los instrumentos habían registrado a conciencia todo cuanto había a la vista. A continuación, el mecanismo del regreso se había disparado automáticamente, mientras el cadáver de Stret se abotargaba bajo los mandos.
Los datos demostraban que la nave había abandonado la Vía Láctea.
Trajo las primeras fotografías de nuestra galaxia vista desde fuera. En éstas aparecían un par de estrellas bastante cercanas y un gran conglomerado lejano —las estrellas y los conglomerados del halo esférico que rodea nuestra galaxia—, pero, por encima de todo, mostraban nuestra propia galaxia, la Vía Láctea, desde el núcleo hasta la última voluta en espiral, con sus grandes y famosos brazos: el brazo de Perseo, el brazo del Cisne, el de Sagitario-Carina —así como el pequeño brazo de Orion, la pequeña espuela que alberga la Tierra—, y también un brazo grande y lejano que los astrónomos terrestres nunca habían visto. Al principio lo llamaron sencillamente el «brazo lejano», pero después lo rebautizaron como el brazo Stret-Mariekiewicz-Szelikowitz en honor de los difuntos descubridores. En el centro estaba el barrigudo cuerpo del pulpo, la masa central de estrellas envuelta en nubes de gas y polvo donde se apreciaban los nacimientos de otras estructuras en espiral que tal vez, al cabo de otros cien millones de años, se convertirían en nuevos brazos.
También mostraban las impresiones de una estructura aún más interesante, aunque no con suficiente detalle como para que fuera reconocida en aquel momento; sino cuando otros acontecimientos hubieran indicado a los seres humanos qué debían buscar en el núcleo. En cualquier caso, eran unas imágenes hermosas.
Como nadie regresó con vida de la misión Halo, no sería necesario pagar la recompensa científica, pero la Corporación Pórtico decidió hacer una excepción y entregar cinco millones de dólares a los herederos de Mariekiewicz, Szelikowitz y Stret.
Fue un gesto generoso y a la vez muy rentable, como se vería después. Nadie reclamó la recompensa. Como tantos otros exploradores de Pórtico, los tres tripulantes de la nave no tenían familia conocida, de modo que el administrador de la Corporación Pórtico devolvió rápidamente el dinero a las arcas de la misma.
La principal esperanza de cualquier explorador, aquello que éste deseaba por encima de todo, era encontrar un planeta maravilloso en el que hubiera increíbles tesoros. Algunos lo consiguieron finalmente, pero aún habría de pasar un tiempo. Desde el inicio del programa de exploración sistemático, durante una buena cantidad de órbitas, las tripulaciones fueron y volvieron sin nada a excepción de imágenes e historias lacrimógenas, si es que volvían.
Sin embargo, siempre veían alguna cosa maravillosa. Volya Shadchuk fue con una nave tipo Uno al corazón de una nebulosa planetaria con un matiz verde debido a la radiación de los átomos de oxígeno y consiguió cincuenta mil dólares. Bill Merrian vio una nova recurrente, una enana blanca que aspiraba los gases de una gigante roja; por suerte, mientras estaba allí no se había acumulado tanta materia como para que la nova estallase, pero consiguió los cincuenta mil y un diez por ciento más en concepto de «plus de peligrosidad». Y también hay que hablar de los Grantland.
Los Grantland eran cinco: dos hermanos, sus esposas y el hijo mayor de una de las parejas. Llegaron a un conglomerado globular: diez mil estrellas viejas, la mayoría rojas, que se deslizaban hacia el crepúsculo por la parte inferior derecha del diagrama Hertzspung-Russell conforme envejecían. El conglomerado estaba situado en el halo galáctico y, como es lógico, fue un viaje largo. Ninguno sobrevivió. Surcaron el espacio durante 314 días y todos estaban vivos cuando llegaron a su destino (pero habían subsistido racionando al máximo los alimentos). Tomaron imágenes. Una joven, la segunda esposa de uno de los hermanos, murió a los treinta y tres días del viaje de regreso; pero las imágenes llegaron sanas y salvas.
Las tres hermanas Schoen no tuvieron más suerte. Tampoco regresaron. Una vez más, la nave sí volvió, pero chamuscada y abollada, y, como es natural, los cuerpos de las hermanas apenas eran reconocibles.
Sin embargo, también ellas habían tomado unas cuantas imágenes antes de morir. Habían viajado a una nebulosa de reflexión. Tras los análisis se determinó que se trataba de la Gran Nebulosa de Orion, apreciable a simple vista desde la Tierra. (Los indios americanos la llamaban «la estrella humeante».) Las hermanas Schoen debieron de comprender que tenían problemas en cuanto salieron del hiperespacio, porque habían abandonado el espacio. Al parecer habían entrado en algo muy parecido al vacío —según los cánones terrestres—, pero en realidad había nada más y nada menos que trescientos átomos por centímetro cúbico, cientos de veces más de los que debería haber en el espacio interestelar.
Pese a todo, echaron un vistazo y pusieron en marcha los aparatos, por los pelos. Apenas les dio tiempo.
Hay cuatro estrellas jóvenes y brillantes en la nebulosa de Orion, las llamadas Trapecio; en dicha nebulosa es donde las nubes de gas se precipitan y nacen como estrellas. Los astrónomos supusieron que los Heechees lo sabían, y si habían programado aquel destino en la nave era porque les interesaba estudiar las condiciones que propiciaban el nacimiento de una estrella.
Sin embargo, los Heechees habían programado la nave hacía medio millón de años.
En aquel intervalo habían pasado muchas cosas. Existía un quinto cuerpo en la nebulosa de Orion, una estrella «casi» formada, nacida después de que los Heechees hubieran echado un vistazo a la zona por última vez. El nuevo cuerpo fue bautizado como el objeto Becklin-Neugebauer; se hallaba en su estadio temprano de hidrógeno incandescente, con menos de cien mil años de edad, y parece ser que las hermanas Schoen tuvieron la mala suerte de meterse casi dentro de él.
MISIÓN AGUJERO NEGRO AL DESCUBIERTO La tripulación estaba formada por William Sakyetsu, Marianna Morse, Hal M'Buna, Richard Smith e Irina Malatesta. Todos ellos habían salido al espacio anteriormente —Malatesta en cinco ocasiones—, pero la suerte nunca les había sonreído. Ninguno de ellos se había marcado un tanto lo bastante importante como para pagar las facturas de Pórtico.
De modo que para aquella misión eligieron una Cinco acorazada que ostentaba un récord de éxitos. La tripulación anterior había ganado una recompensa científica por «nova» con aquella nave, pues se habían aproximado mucho a una nova recurrente y habían logrado imágenes excelentes sin que la aventura acabase con ellos. Habían conseguido un total de siete millones y medio de dólares en recompensas y habían regresado contentísimos a la Tierra. Antes de irse, bautizaron a la nave con el nombre de Victoria.
Cuando Sakyetsu y el resto de la tripulación llegaron a su destino, buscaron el planeta —o la estrella, artefacto Heechee u objeto de interés— que pudiera constituir su objetivo.
Sufrieron una decepción. No se veía nada por allí que respondiese a aquellas características. Había estrellas a la vista, sí, pero la más cercana estaba a casi ocho años luz de distancia. Todo parecía indicar que habían aterrizado en una de las zonas más insulsas de todo el espacio interestelar de la galaxia. Ni siquiera se veía una nube de gas en las cercanías.
No se rindieron. Tenían experiencia como exploradores. Dedicaron una semana a descartar todas las posibilidades. En primer lugar, se aseguraron de no haber pasado por alto ninguna estrella cercana: mediante interferometría midieron el diámetro aparente de algunas de las estrellas más brillantes; analizando el espectro determinaron su tipo; la combinación de ambos sistemas les proporcionó un cálculo de la distancia.
Su primera impresión quedó corroborada. Habían aterrizado en un trozo de cielo totalmente vacío.
En realidad había un cuerpo realmente espectacular —la palabra empleada por Marianna fue «glorioso»— a la vista, un conglomerado globular, con miles de estrellas brillantes de órbitas entrecruzadas en un volumen de unos cientos de años luz. Verdaderamente espectacular. Predominaba sobre todo lo demás y se hallaba mucho más próximo de lo que cualquier cuerpo de semejantes características hubiera estado nunca del ojo humano, aunque de todos modos quedaba a miles de años luz.
Un conglomerado globular constituye un panorama sin igual. Se encontraba muy alejado de Sakyetsu y su nave Victoria, pero aquella distancia era insignificante para los parámetros de los astrónomos terrestres. Los conglomerados globulares viven en la periferia de la galaxia. No se ven en las espirales más atestadas, como en los alrededores de la Tierra, y no hay casi ninguno a menos de veinte mil años luz de la Tierra. Sin embargo, tenían uno a una vigésima parte de aquella distancia y, en consecuencia, por la ley de cuadrados inversos, se veía cuatrocientas veces más brillante. No se trataba de un espécimen excepcionalmente grande, comparado con otros conglomerados globulares; los grandes reúnen más de un millón de estrellas, y en aquél no había tantas ni de lejos. De todas formas, ofrecía un espectáculo imponente.
No obstante, ni era tan grande ni estaba tan cerca como para que los instrumentos de la Victoria desvelasen más información que la obtenida hacía ya mucho tiempo por los observatorios espaciales, con sus sofisticados sistemas ópticos.
De modo que los instrumentos de la Victoria difícilmente iban a proporcionarles alguna recompensa decente. Aun así, aquellos aparatos eran todo lo que tenían, y la tripulación, obstinada, los puso en funcionamiento. Fotografiaron el conglomerado con luz roja, luz azul, rayos ultravioletas y diversas frecuencias de infrarrojos. Midieron su flujo de radiación en un millar de frecuencias, aparte de sus rayos gamma y X. Más tarde, durante el período de descanso, cuando sólo Hal M'Buna estaba despierto vigilando los instrumentos, vio algo que dio sentido al viaje.
—¡Algo se está comiendo el conglomerado! —gritó, despertando a toda la tripulación.
Marianna Morse fue la primera en llegar a las pantallas, pero enseguida todos acudieron también a mirar. El círculo encrespado del conglomerado ya no era un círculo. Había perdido un arco en el borde inferior. Parecía una galleta mordida por un niño.
Pero no se trataba de un mordisco.
Mientras miraban, apreciaron la diferencia. Las estrellas no estaban desapareciendo. Sólo se estaban apartando, despacio, del camino de... algo.
—Dios mío —susurró Marianna—. Estamos en órbita alrededor de un agujero negro.
En aquel momento maldijeron la semana malgastada, porque sabían lo que aquello significaba. ¡Mucho dinero! Tenían ante sí uno de los cuerpos más extraños del universo observable (y, en consecuencia, uno de los que merecían mayor recompensa por méritos científicos); porque los agujeros negros son, intrínsecamente, inobservables.
Un agujero negro no es «negro», como pueda serlo un esmoquin o la tinta en un papel. Un agujero negro es mucho más negro que eso. Ningún ser humano ha visto la auténtica «negrura», porque la negrura es la ausencia total de luz. No se puede observar porque no hay nada que ver. El negro, como color, refleja un poco de luz; un agujero negro espacial no refleja nada en absoluto. Si intentásemos iluminarlo con el reflector más potente del universo —si concentrásemos toda la luz de un cuásar en un único rayo— seguiríamos sin ver nada. La tremenda fuerza gravitacional del agujero negro absorbería toda esa luz, que no volvería a salir. Es imposible.
El fenómeno se debe a la velocidad de escape. La velocidad de escape de la Tierra es de 11,2 kilómetros por segundo; en una estrella de neutrones alcanza los 192.000 kilómetros por segundo. Sin embargo, la velocidad de escape de un agujero negro supera la velocidad de la luz. La luz no «cae» (como una piedra arrojada desde la Tierra a una velocidad menor que la de escape caerá al suelo). Los rayos de luz se desvían a causa del tirón de la gravedad. La radiación se limita a girar alrededor del agujero negro, en una espiral eterna, sin llegar a liberarse nunca.
Cuando un agujero negro pasa por delante de un conglomerado globular, pongamos por caso, no lo tapa. Simplemente desvía la luz del conglomerado a su alrededor.
La tripulación de la Victoria había perdido siete días, pero aún le quedaban suministros para otros cinco antes de ponerse en marcha hacia Pórtico. Los agotaron. Efectuaron observaciones del agujero negro incluso cuando no podían verlo... y cuando por fin regresaron a Pórtico descubrieron que sólo una de sus imágenes, sólo una valía la pena.
Compartieron una recompensa de quinientos mil dólares sólo por las imágenes de la agrupación globular. Sin embargo, aquella única imagen en la que ni siquiera habían reparado —un cuadro de una fracción de segundo, tomado automáticamente en un momento en que nadie miraba la pantalla— mostraba lo que sucedía cuando el agujero negro ocluía una brillante estrella B-4, situada a unos pocos cientos de años luz. La estrella no se había desplazado por arriba ni por abajo. Casualmente, había pasado casi por detrás del mismo agujero negro. Su luz se había propagado y había rodeado el agujero como un halo; y aquello les había permitido calcular el tamaño del mismo...
Así, mucho después de que hubieran regresado a Pórtico, los equipos de investigación que estudiaron sus resultados los recompensaron con medio millón más y les comunicaron que habían tenido mucha suerte.
A Marianna Morse le había quedado una duda: ¿por qué los Heechees usaron una Cinco acorazada para inspeccionar un cuerpo inofensivo? Respuesta: no siempre había sido inofensivo.
La mayoría de agujeros negros son peligrosos. Atraen gases en forma de anillos y la aceleración de éstos al caer provoca una radiación terrible. Aquél sin duda había constituido una amenaza en otro tiempo, pero ya había devorado todos los gases de los alrededores. Nada podía caer generando el flujo de energía sincrotrón capaz de freír incluso a una Cinco blindada si se quedaba demasiado tiempo en las cercanías... de modo que la tripulación de la Victoria, sin saberlo entonces, había tenido un inesperado golpe de suerte. Llegaron a las cercanías del agujero negro cuando el afán letal de éste de devorarlo todo se había extinguido, y gracias a ello lograron regresar con vida.
Durante los primeros años, la Corporación Pórtico entregó más de doscientas recompensas de ciencia astronómica por un total de casi mil millones de dólares. Las entregaban por las estrellas dobles y los remanentes de supernova; los pagaban, como mínimo, por los primeros ejemplares de todos los tipos de estrella existentes.
Las estrellas están clasificadas en nueve tipos, que se recuerdan fácilmente gracias al truco mnemotécnico Pretty Woman, Oh, Be A Fine Girl, Kiss Me («Guapa, oh, sé buena, bésame»), el cual abarca todo el espectro, desde la más joven hasta la más antigua de las estrellas vivas. Las estrellas clasificadas de la A a la M, esta última oscura, pequeña y fría, no se recompensaban a menos que poseyeran alguna característica singular, porque abundaban.
La gran mayoría de las estrellas son oscuras, pequeñas y frías. Por el contrario, las estrellas tipo O y B eran jóvenes y calientes, y siempre proporcionaban recompensa porque escaseaban. No obstante, la Corporación Pórtico ofrecía una recompensa doble por las del tipo P y W: las P eran nubes de gas que, empezaban a condensarse como estrella; las W, terroríficas estrellas con espectro de emisión a rayas. Se trataba de estrellas jóvenes, a menudo inmensas, a las que sólo era posible aproximarse con un margen de seguridad de miles de millones de kilómetros.
Todos aquellos exploradores afortunados consiguieron recompensas científicas, así como esos otros que tuvieron la suerte de aproximarse en primer lugar a cuerpos ya conocidos. Wolfgang Arretov fue el primero en llegar al sistema de Sirio, y los astrónomos de la Tierra estaban encantados. Las estrellas Sirio A y B («satélite de Bessel») llevaban siglos en intensa observación, porque la estrella primaria destaca mucho en el cielo terrestre. Los datos de Arretov confirmaron sus deducciones: Sirio A de 2,3 masas solares, B sólo de una (pero se trataba de una enana blanca con una temperatura en superficie de más de veinte mil grados). Arretov consiguió un millón sólo por informar a los astrónomos de que siempre habían estado en lo cierto. Más tarde, Sally Kissendorf consiguió cien mil por la primera foto en condiciones de la minúscula (bueno, tres masas solares, lo que no es exactamente minúscula, pero casi invisible al lado de su enorme estrella primaria) compañera de Auriga Zeta. Habría conseguido más si a la compañera se le hubiera ocurrido estallar mientras ella andaba por allí cerca, pero tal vez fuera mejor así, porque, muy probablemente, no habría sobrevivido. En cambio, la imagen de Matt Polofsky de la pequeña Cisne A sólo le supuso cincuenta mil dólares; las enanas rojas no se consideraban demasiado interesantes. Ni siquiera las más cercanas, ya estudiadas. Rachel Morgenstern compartió con su marido y sus tres hijos adultos medio millón por las tomas de la Cefeo Delta. Las cefeidas no son demasiado raras, pero los Morgenstern tuvieron la suerte de estar allí justo cuando las capas superficiales de la estrella perdían transparencia debido a la condensación.
Hay que hablar por último de todas las misiones que acabaron en nubes de Oort.
Las nubes de Oort son masas de cometas que giran en órbita alrededor de una estrella muy lejana; el Oort del sistema terrestre no empieza a verse hasta que te encuentras a medio año luz del Sol. Hay montones de cometas en una nube de Oort media. Billones. Por lo general, se concentran tanto como el total de planetas de una estrella, y casi cada estrella tiene un Oort.
Al parecer fascinaban a los Heechees.
Durante los primeros veinte años de operaciones, al menos ochenta y cinco misiones de Pórtico fueron a parar a una nube de Oort y volvieron para contarlo.
Semejante abundancia supuso un gran desencanto para los exploradores implicados, porque a la décima la Corporación Pórtico dejó de pagar recompensas por la información referente a las nubes de Oort. Los exploradores que regresaban de un Oort se quejaban mucho. No entendían por qué los Heechees habían programado tantos viajes a un objetivo tan insulso.
Naturalmente, no podían imaginar la suerte que en realidad tenían, porque mucho tiempo antes de que se realizasen todos aquellos descubrimientos, por motivos increíbles, casi ninguna tripulación con destino a una nube de Oort regresaba al asteroide Pórtico.
Aquellos mil millones de dólares en gratificaciones fueron muy bien recibidos por parte de quienes arañaron algo, pero en realidad sólo suponían una pequeña cantidad. La Corporación Pórtico fue fundada con ánimo de lucro. Los exploradores habían acudido al asteroide por la misma razón, y los grandes beneficios no se obtenían efectuando observaciones de algo situado a millones de kilómetros de distancia. El dinero se conseguía descubriendo un planeta, aterrizando en él... y llevando a la Tierra algo que diese dinero.
Ni la Corporación Pórtico ni los exploradores tenían mucha elección. El lucro era la regla básica de la supervivencia, y ni los exploradores ni la Corporación habían inventado las reglas. Las reglas formaban parte intrínseca del mundo del cual procedían.
QUINTA PARTE - EL PLANETA NATAL El homo sapiens evolucionó en el planeta Tierra, y el proceso evolutivo dejó claro que todos los rasgos humanos encajaban en las condiciones de la Tierra como anillo al dedo. Después de tres mil millones de años de selección darwiniana, que acabó de pulir la evolución, la vida en la Tierra debería haber sido algo muy parecido al paraíso para sus habitantes humanos.
Pero no lo era, porque la Tierra, pese a tanta riqueza, estaba a punto de declararse en bancarrota. Había malgastado su fortuna.
Es cierto que había muchos millonarios en la Tierra, y también multimillonarios, gente con más dinero del que podía gastar, con fortuna suficiente para contratar cien criados, para tener todo un país como patio trasero, para pagar un Certificado Médico Completo y así, durante toda su larga vida, tener a mano la octava maravilla de las técnicas médicas, farmacéuticas y quirúrgicas para mantenerse en forma y alargar aún más sus vidas.
Había cientos de miles de personas muy ricas y muchos millones de individuos más o menos acomodados...
Aparte de los diez mil millones restantes.
Unos subsistían a duras penas cultivando las llanuras asiáticas o las sabanas africanas; podían contar con la cosecha siempre que llegasen las lluvias, que las guerras no los afectasen y que las plagas de insectos no devorasen los campos, y cuando se quedaban sin cosecha morían. Otros vivían en las chabolas enquistadas en las grandes ciudades (la palabra «gheto» ya no era una metáfora), en los barrios de las afueras de las metrópolis de Sudamérica o en los ingentes cuchitriles de las zonas urbanas de Oriente. Aquella gente trabajaba cuando podía. Vivían de la caridad cuando alguien se la ofrecía. Se alimentaban de lo más bajo de la cadena alimenticia: arroz y judías, ñame y cebada; o, si podían pagarlas, de proteínas unicelulares de los derivados del carbón procedentes de las minas de alimentos. Tenían muchas probabilidades de pasar hambre hasta la última hora de cada día de sus vidas. Cortas. Los pobres no se podían permitir un Certificado Médico Completo. Si tenían mucha suerte tal vez encontrasen un hospital gratuito o un médico barato que les diese unas pastillas o les extirpase el apéndice. Sin embargo, cuando uno de sus órganos dejaba de funcionar, sólo tenían dos opciones: ir tirando sin él o morir. Los pobres no estaban en condiciones de pagarse un transplante de órgano. Podían considerarse afortunados si no los pillaban una noche cualquiera en un callejón oscuro y acababan convertidos en el transplante de alguien más rico, o de alguien más desesperado.
De modo que había dos clases de seres humanos en la Tierra. Si uno poseía unos cuantos miles de acciones de petroalimentos o Chemways no le faltaba casi de nada, ni siquiera salud, porque entonces podía pagar el Certificado Médico Completo; pero si no...
Si no, lo mejor era tener un trabajo. Cualquier trabajo.
Trabajar era una utopía para los miles de millones de personas que no tenían acceso al mismo. Para los que trabajaban, el empleo era una especie de esclavitud denigrante que asfixiaba el espíritu y acababa con la salud. Las minas de alimento proporcionaban mucho trabajo. Había que extraer el carbón de la tierra y criar seres unicelulares comestibles, ricos en proteínas, en sus hidrocarburos. Sin embargo, cuando uno trabajaba en una mina de alimentos respiraba aquellos mismos hidrocarburos cada día (era como vivir en un garaje cerrado, con los motores en marcha todo el tiempo) y probablemente muriese joven. Los que trabajaban en fábricas tenían más suerte, no mucha, porque las máquinas solían encargarse de las tareas más seguras e interesantes por razones económicas: eran más caras de adquirir y reemplazar que las personas. Existía incluso la posibilidad de trabajar en el servicio doméstico, pero ser un sirviente en casa de los ricos suponía convertirse en un esclavo, convivir con el lujo y la abundancia en condiciones de opresión y sumirse en la desesperación creciente por conseguir aquellas cosas para uno mismo.
Aun así, incluso los que tenían esos trabajos podían considerarse afortunados pues la agricultura familiar sólo constituía un modo de retrasar la muerte por inanición, y en el mundo desarrollado el paro era altísimo. Sobre todo en las ciudades, y especialmente entre los jóvenes. Si uno formaba parte del grupo de los muy ricos, o sencillamente de los acomodados, y se daba el lujo de hacer un viaje a Nueva York, París o Beijing, normalmente sólo veía a los pobres cuando salía del hotel y se metía en el taxi, entre las barricadas de la policía.
No era necesario proceder así. Las barricadas de la policía estaban dispuestas en un solo sentido. Si uno prefería cruzarlas, allá él. Tal vez un poli canoso y bonachón le advirtiese que era una mala idea internarse en la muchedumbre, si por casualidad se compadecía, pero nadie lo detendría si se empeñaba en hacerlo.
A partir de aquel momento, se las arreglaba por su cuenta. De inmediato se veía sumido en una especie de zoo sin barrotes, ruidoso, apestoso y sucio, donde lo asaltaba una multitud de vendedores vociferantes. De todo tipo: vendedores de drogas, de reproducciones en plástico de la Gran Muralla, de la torre Eiffel, de la burbuja de Nueva York, de amuletos de la suerte y todo tipo de baratijas, de servicios de guía o de cupones de descuento para las discotecas y, muy a menudo, de sí mismos. Muchos miembros de la clase privilegiada se morían de miedo al ver aquello por primera vez. Sin embargo, no siempre era peligroso. La policía no iba a dejar que te asesinasen ni que te robasen la cartera, a menos que te perdieran de vista.
Bastante a menudo, aquellas hordas de pobres ni siquiera te hacían daño cuando conseguían alejarte de los cordones policiales, sobre todo si les ofrecías algún modo menos arriesgado de sacarte la pasta. Claro que nada te lo garantizaba. La mayor parte de esa gente estaba desesperada.
Para los ricos, el mundo era totalmente distinto, desde luego. Siempre lo es. Los ricos llevaban vidas largas y saludables gracias a que los órganos de otras personas remplazaban los suyos cuando éstos dejaban de funcionar. Pasaban la mayor parte del tiempo en los climas templados que proporcionaban las cúpulas de las principales ciudades, si así lo querían, o navegando por los cálidos mares del Sur, aún sin contaminar. Cuando había guerras (y las había a menudo, no muy importantes, salvo para la gente que moría en ellas), los ricos se largaban a otra parte hasta que el conflicto había terminado. Pensaban que estaban en su derecho. Al fin y al cabo eran ellos los que pagaban los impuestos, al menos mientras no pudieran evitarlo.
El problema principal de ser rico era que no todos los pobres se resignaban a su condición. Unos pocos se esforzaban por medrar a toda costa, y a veces empleaban sistemas muy violentos.
El secuestro volvió a convertirse en un negocio próspero en Estados Unidos, al igual que la extorsión. Si no pagabas lo que pedían, aparecía alguien de improviso y te pegaba un tiro en las piernas (o prendía fuego a tu casa, te ponía una bomba en el autovolante o envenenaba a tu perro). Pocos miembros de la clase pudiente mandaban a sus hijos al colegio sin guardaespaldas. La situación produjo un beneficioso efecto secundario: ayudó a reducir la tasa de desempleo, aunque sólo un poco, puesto que unos cuantos millones de extorsionadores se vistieron de uniforme y empezaron a ganarse la vida protegiendo a sus patronos de la extorsión.
Además, como es de suponer, resurgió el terror político. Prosperó en el mismo terreno que había avivado el secuestro y la extorsión, y era aún más abundante. Entre la apática mayoría de los sin tierra y los hambrientos, había siempre unos cuantos que se aliaban para vengarse de los ricos. Tomaban rehenes, tendían emboscadas a los funcionarios y les disparaban, hacían estallar a los aviones en pleno vuelo, envenenaban las presas, contaminaban los almacenes de comida... En fin, a los terroristas se les ocurrían un millar de trampas ingeniosas y nocivas, todas ellas demoledoras; al menos para aquellos que, en principio, tenían algo que perder. No obstante, pese al temor y a los inconvenientes, los ricos lo tenían todo hecho. En cuanto al resto, que era la gran mayoría, ni siquiera les quedaba esperanza.
Entonces, en la vida de aquel planeta superpoblado y conflictivo, apareció Pórtico.
Para la práctica totalidad de los diez mil millones de personas que habitaban el deteriorado planeta Tierra, Pórtico constituía la esperanza inesperada de un paraíso. Como los buscadores de oro del 49, como los irlandeses famélicos que escapaban de la hambruna de la patata en las bodegas de los barcos, como los pioneros del Oeste americano y los emigrantes de cualquier parte a lo largo de toda la historia, los miles de millones de seres humanos azotados por la pobreza estaban dispuestos a correr cualquier riesgo a cambio de... bueno, de hacerse ricos si era posible, o como mínimo a cambio de la oportunidad de dar de comer a sus hijos, vestirlos y proporcionarles un hogar.
Incluso los magnates comprendieron que aquel inesperado acontecimiento les brindaba una buena oportunidad de hacerse aún más ricos. Los gobiernos de las naciones que habían fabricado los cohetes espaciales para viajar a otros planetas, y que por supuesto apoyaron la operación Pórtico, pensaron que tenían todo el derecho del mundo a quedarse los beneficios que los descubrimientos del asteroide pudieran reportar. Los magnates propietarios del gobierno se mostraron de acuerdo. Sin embargo, habría que repartirlo de algún modo.
Así que hubo cierto tira y afloja (y también ciertos trapicheos feroces, dada la importancia de las apuestas) y al final se llegó a un acuerdo. Se cerraron los tratos, y de las codicias en conflicto de todos los pretendientes a la riqueza ilimitada que prometía la galaxia surgió la imparcial (o más o menos imparcial) Corporación Pórtico.
¿Sacarían algún provecho los pobres de la Tierra del asteroide Pórtico?
Al principio, no mucho. Les otorgó una pequeña esperanza, la misma que proporciona un billete de lotería, aunque pocos de ellos podrían reunir siquiera el dinero para comprar el billete de ida a Pórtico que les diera derecho a jugar. Sin embargo, pasaría mucho tiempo antes de que un sencillo campesino o un habitante de los barrios bajos se hiciera un céntimo o una comida más rica gracias a algún artilugio Heechee.
De hecho, la idea de la existencia de planetas ricos y deshabitados resultaba más seductora que práctica para los miles de millones de personas que atestaban el planeta Tierra. Los planetas habitables estaban demasiado lejos. Sólo se podía llegar a ellos viajando por el hiperespacio. Aunque los seres humanos consiguieron mejorar algunas técnicas Heechees del viaje interestelar (usando los bucles Lofstrom para entrar en órbita en lugar de los módulos de aterrizaje Heechee, por ejemplo, con lo que se evitaban mayores daños a la capa de ozono y a los lagos afectados de lluvia ácida), nadie tenía la menor idea de cómo construir una nave Heechee. Por desgracia, las naves Heechees eran demasiado escasas y pequeñas para transportar una población considerable a otros planetas.
De modo que unos pocos exploradores se hicieron ricos, y en cambio otros murieron. Algunas personas acaudaladas vieron aumentar sus riquezas rápidamente. No obstante, la mísera mayoría se quedó en la Tierra.
En las ciudades como Calcuta, con sus doscientos millones de indigentes, y en las míseras granjas y arrozales de África y Oriente, el hambre siguió formando parte de la vida cotidiana, y el terrorismo y la pobreza fueron a peor en lugar de a mejor.
SEXTA PARTE - OTROS MUNDOS Como los maestros no se cansan de repetirnos, hasta el viaje más largo empieza con el primer paso. En lo concerniente al asteroide Pórtico, el primer paso (el primer viaje de exploración emprendido por un ser humano en una nave Heechee) no estaba planeado, ni siquiera autorizado, y, desde luego, adoleció de imprudencia.
El hombre que realizó aquel primer viaje a lo desconocido fue un teniente llamado Ernest T. Kaplan. Era un oficial del crucero Roanoke de la armada espacial de Estados Unidos. Kaplan no era un científico. Sabía tan poco de temas científicos que le ordenaron que no tocase nada, absolutamente nada, del asteroide Pórtico. En principio, sólo estaba allí para montar guardia e impedir que se acercase alguien mientras los científicos que habían acudido a toda prisa intentaban averiguar qué demonios había en aquel lugar.
Sin embargo, Kaplan era curioso por naturaleza, y además tenía acceso a las naves aparcadas. Un día, a falta de algo mejor que hacer, se sentó en una nave que resultó estar provista de armarios con comida y depósitos de aire y agua, por si alguien se quedaba encerrado dentro. Kaplan estuvo pensando un rato en el viejo Sylvester Macklin. Sólo por entretenerse, abrió y cerró las escotillas unas cuantas veces. A continuación jugueteó por unos instantes con aquellas ruedas retorcidas, observando cómo cambiaban de color.
Después apretó el extraño cachivache que había en la base.
Aquel objeto era lo que pilotos más expertos llamarían después «la palanca de lanzamiento». En cuanto la pulsó el teniente Kaplan fue convirtiéndose en el segundo ser humano que había pilotado una nave Heechee.
Noventa y siete días después regresó al asteroide Pórtico.
Fue un milagro que consiguiese volver, y un prodigio aún mayor que llegase vivo. La nave llevaba provisiones para unos días, no para varios meses. En cuanto al agua, se había limitado a recoger las gotas de su sudor y las emanaciones que se condensaban en la escotilla del módulo. No había comido absolutamente nada durante las últimas cinco semanas. Estaba en los huesos, hecho un asco y medio desquiciado...
No obstante, había estado allí. La nave había girado en órbita alrededor de un planeta situado a buena distancia de una estrella pequeña y roja; un planeta con tan poca luz que parecía grisáceo, y en cuyo cielo se arremolinaban nubes amarillentas; algo parecido al aspecto que tendrían Júpiter, Saturno o Urano si sus órbitas estuvieran tan alejadas del Sol como la del sombrío Plutón.
La primera reacción del gobierno de Estados Unidos fue formarle consejo de guerra. Se lo merecía, desde luego. Incluso se lo esperaba. Sin embargo, antes de que el consejo fuera convocado, los servicios de inteligencia informaron de que el parlamento brasileño, llevado por la idea de tomar parte en la explotación de la galaxia, había decidido entregar a Kaplan una recompensa por valor de un millón de dólares. A continuación los soviéticos no sólo lo nombraron ciudadano de honor, sino que lo invitaron a Moscú para hacerle entrega de la Orden de Lenin. La bomba había estallado. Los programas de variedades de todas las cadenas de televisión le pedían que acudiera como invitado.
No se puede formar un consejo de guerra a un héroe.
Así que el presidente norteamericano ascendió al teniente Kaplan a coronel, y después a general, y su ascenso se debió a los mismos méritos que lo mantendrían apartado de sus funciones para siempre. Después el presidente convocó una reunión con todas las naciones que tenían proyectos espaciales en marcha para decidir cómo manejar aquella situación.
El resultado fue la Corporación Pórtico.
Al igual que su antecesor, el teniente Kaplan no había caído en la cuenta de algo esencial: cada una de las naves Heechees era, en realidad, dos naves. Una parte funcionaba como navío interestelar capaz de viajar más rápido que la luz a un destino programado. La otra era un módulo de aterrizaje, más pequeño y sencillo, acoplado a la base de la propia nave.
Los mismos navíos interestelares y sus irreproducibles viajes por el hiperespacio escapaban totalmente a la comprensión de los científicos humanos. Transcurrió mucho tiempo antes de que ningún terrestre supiera cómo funcionaban aquellas naves. Los que se esforzaban demasiado en averiguarlo solían acabar muertos, porque los motores estallaban. Las módulos de aterrizaje eran mucho más sencillos. A grandes rasgos, se parecían a un cohete normal y corriente. Claro que funcionaban mediante sistema de teledirección Heechee, pero, por suerte para los exploradores de Pórtico, el manejo de los mandos resultaba aún más sencillo que el de los navíos interestelares. Los exploradores podían pilotar el módulo de aterrizaje sin problemas, aunque no acabaran de entender su funcionamiento, igual que cualquier persona de diecisiete años puede aprender a conducir un coche sin tener la mínima noción de cómo funcionan los mecanismos de la dirección o los engranajes del cambio de marchas.
De modo que cuando un explorador de Pórtico abandonaba el hiperespacio y llegaba a las cercanías de un planeta prometedor, podía usar el módulo de aterrizaje de acuerdo con su función: bajar a la superficie del planeta y ver qué podía ofrecerle.
Para eso existía Pórtico.
Se trataba de visitar planetas, porque eran los lugares más apropiados para buscar la clase de tesoros que los exploradores podían llevarse a casa y cambiar por dinero contante y sonante, aparte, claro está, de sumarlos al patrimonio de la Corporación.
Es fácil describir el tipo de planetas que andaban buscando. Iban detrás de una segunda Tierra, o al menos de algo tan parecido a ésta como para albergar alguna forma de vida orgánica, porque los procesos inorgánicos casi nunca acarreaban nada que valiera la pena llevarse a casa.
Los planetas más decepcionantes resultaron ser los más cercanos. Cuando los Heechees llegaron al sistema solar de la Tierra echaron un buen vistazo, como reflejaban algunas de las naves de Pórtico. Aún quedaban códigos de navegación programados a destinos tan próximos que los seres humanos podrían haberlos visitado por su cuenta... si hubieran querido. De hecho, los rudimentarios cohetes humanos ya habían viajado a varios de aquellos lugares, como Venus, la Luna, el casquete polar sur de Marte. Algunos, como Dione, una de las lunas de Saturno, ni siquiera merecían la pena.
Los exploradores apuntaban más alto. Querían viajar a planetas que ningún hombre ni mujer hubiera visto anteriormente, y su deseo se vio satisfecho.
En su alucinante viaje particular encontraron planetas de todas las formas y tamaños. Podríamos hablar de dos tipos básicos: las rocas en órbita (como la Tierra, sólidos, que permitían el aterrizaje) y las estrellas en potencia (como Júpiter, gigantes gaseosos, no tan grandes como para que en sus núcleos se desatase una fusión nuclear que los convirtiese en soles). Ningún explorador de Pórtico había aterrizado nunca en un gigante gaseoso, desde luego, porque en ellos no había nada sólido donde posarse, (lo que era una pena, porque a pesar de todo, algunos resultaban muy interesantes... pero eso es otra historia).
Las rocas en órbita fueron exploradas con tanto anhelo como sólo unos cientos de seres humanos asustados y acuciados podían hacerlo. Había planetas sólidos a montones. Desgraciadamente, la mayoría no albergaba ninguna clase de vida. Se hallaban muy lejos de su sol, por lo que vivían cubiertos de hielos perpetuos, o demasiado cerca, por lo que estaban tan requemados como Mercurio. Muchos tenían una atmósfera insuficiente (o ninguna en absoluto), como Marte (o la Luna). Algunos poseían su propio satélite, como la Luna de la Tierra. En ocasiones los exploradores viajaban a satélites, aunque siempre se trataba de cuerpos grandes, tan grandes como para retener una atmósfera y permitir un aterrizaje.
Había algo más de doscientos mil millones de estrellas en nuestra propia galaxia, y un número alucinante de éstas poseía planetas de un tipo u otro. Las naves Heechees ni siquiera tenían programados rumbos para todos los planetas susceptibles de exploración. De hecho, las posiciones del selector de rumbos apenas comprendían un planeta de cada cien mil. Aun así, había de sobra para todos los exploradores de Pórtico, muchos más de los que unos millares de hombres y mujeres podrían abarcar en el transcurso de unas pocas décadas.
Lo primero que descubrieron los exploradores de Pórtico fue que había un montón de planetas para escoger. Los astrónomos humanos se alegraron de saberlo, porque siempre habían tenido la duda, y la Corporación ni siquiera se vio obligada a pagar una recompensa por averiguarlo: bastaba con ir registrando los nuevos hallazgos de los exploradores que regresaban. Se estableció que las estrellas binarias generalmente no poseían planetas; en cambio las estrellas solitarias solían tenerlos. Los astrónomos pensaron que aquel fenómeno seguramente estaba relacionado con la conservación de la velocidad de rotación. Al parecer, cuando dos estrellas se condensaban juntas a partir de una única nube de gas, cada una de ellas se ocupaba del exceso de energía de rotación de la otra. Las estrellas sin pareja tendían a dispersarla en satélites más pequeños.
Sin embargo, casi ninguno de los planetas se parecía mucho a la Tierra.
Se podían realizar muchas pruebas al respecto desde una distancia considerable. Medir la temperatura, por lo pronto. Al parecer, la vida orgánica sólo se desarrollaba allá donde el agua existía en estado líquido, lo que equivale a decir en la estrecha franja que va de los 270 K a los 370 K. A temperaturas más bajas, el elemento se convertía en hielo estéril. Y a temperaturas más altas, solía desaparecer, porque el calor la evaporaba y los rayos del sol —de cualquier sol que hubiera por allí cerca— desprendía el hidrógeno de la molécula del agua y éste se perdía en el espacio.
En consecuencia, las estrellas poseían una zona bastante limitada de posibles órbitas planetarias que valiese la pena investigar. Dado que a los planetas, cuando se condensaban a partir de los gases interestelares, les daba igual si sus condiciones iban a permitir o no el desarrollo de la vida, casi todos establecían su órbita o bien demasiado cerca del sol o bien en los fríos espacios que quedaban más allá de aquella zona susceptible de desarrollar vida.
Casi toda la vida extraterrestre, como ocurría con la terrestre, se basaba en la química del carbono. El carbono es ideal a la hora de formar cadenas de elementos compuestos, y afortunadamente está presente con tanta frecuencia que se considera el cuarto elemento más común del universo. Además, casi toda la vida extraterrestre tenía algo parecido al ADN, no por panspermia sino porque los sistemas como el ADN proporcionaban a los organismos un modo económico y eficaz de reproducirse.
Casi todos los seres presentaban ciertas coincidencias, seguramente porque su origen era más o menos el mismo, pues existe un patrón en el desarrollo de la vida. El primer paso es meramente químico: sustancias químicas inorgánicas que reaccionan con otras estimuladas por una fuente de energía exterior, normalmente los rayos de su estrella cercana. Entonces aparecen unas criaturillas unicelulares y rudimentarias, meras fábricas cuyas materias primas son el resto de sustancias químicas inorgánicas del caldo que las rodea. También usan la energía del sol (o la que sea) para procesar las sustancias inorgánicas y convertirlas en otras como ellas, y más o menos en eso consiste su vida. Dado que son fotosintéticas, las podemos llamar plantas.
Resulta que esas «plantas» primitivas constituyen una fuente muy rica de sustancias químicas asimilables. Dado que se han tomado la molestia de concentrar los componentes inorgánicos más apetitosos y darles una forma preprocesada, sólo es cuestión de tiempo que algunas de ellas aprendan a alimentarse de otro modo. Las nuevas no comen la materia prima del medio ambiente, sino que se comen a sus parientes, más débiles y primitivas. Llamemos a esta nueva tanda de criaturas «animales». Los primeros animales no suelen ser gran cosa. Consisten en una boca a un extremo, un ano al otro y algún tipo de sistema de asimilación en medio. Eso es todo. Claro que no necesitan nada más para zamparse a sus vecinos.
Después, la cosa se complica.
Empieza la evolución. Los mejor adaptados sobreviven, más o menos tal como Charles Darwin dedujo mientras acariciaba sus pinzones cautivos a bordo del Beagle. Las plantas siguen fabricando sustancias químicas apetitosas para que los animales se las zampen, y los animales siguen zampándose las plantas y los unos a los otros... pero algunas plantas desarrollan de forma fortuita atributos que suponen una dificultad para los depredadores, y esas plantas sobreviven; y algunos animales aprenden trucos para burlar dichas defensas. Posteriores generaciones de animales desarrollan sentidos para localizar a sus presas más fácilmente, musculaturas para capturarlas y, a la larga, comportamientos complejos (como la tela de la araña o el acecho del tigre) que les facilitará la caza. (Más tarde, las plantas, los herbívoros o los depredadores menos avezados empezarán a desarrollar sus propios mecanismos de defensa: el veneno de una hoja de arbusto, las espinas del puercoespín, las patas ligeras de la gacela.) La competición resulta cada vez más dura y sofisticada... hasta que por fin algunas de las criaturas se vuelven «inteligentes». No obstante, la evolución aún se hará esperar... y los exploradores de Pórtico tuvieron que esperar aún más para encontrar a uno solo de aquellos seres.
En la miríada de mundos que los Heechees habían explorado —y adonde los rastreadores humanos de Pórtico los habían seguido cientos de miles de años más tarde—, todo aquel proceso evolutivo se había producido un millar de veces, de mil maneras distintas. En ocasiones las variantes resultaban de lo más sorprendentes. Por ejemplo, las plantas terrestres poseen una característica singular en común: no se mueven. No obstante, aquella característica no tenía por qué ser universal, y, de hecho, no lo era. Los exploradores de Pórtico encontraron arbustos que se movían de un sitio a otro, apoyando las raíces por un lado y estirándose por el otro, como plantas rodadoras que avanzasen a cámara lenta buscando los terrenos más fértiles, los mejores accesos al agua y la luz solar más apropiada. Otro ejemplo: los animales terrestres no se molestan en hacer la fotosíntesis. En cambio, en los mares de otros mundos había cosas parecidas a medusas que de día flotaban en la superficie para generar sus propios hidrocarburos a partir del sol y el aire y después se sumergían para comer algas por la noche. Los corales terrestres permanecen siempre en el mismo sitio. Los exploradores encontraron corales extraterrestres —o unas cosas muy parecidas a corales— cuyas pequeñas criaturas se disgregaban cuando la costa estaba despejada para comer y emparejarse, y después volvían a formar fortalezas colectivas duras como piedras cuando los depredadores marinos empezaban a merodear.
Los exploradores, cuyo mayor interés era hacerse ricos, consideraban inútiles la mayoría de aquellos seres. Aunque no todos. Encontrar un organismo de cierto valor tenía una ventaja: era fácil importarlo. No era necesario transportar toneladas de material al volver a Pórtico. Bastaba con llevar plantas o animales suficientes para que criasen en la Tierra, pues casi todos los seres vivos le hacían a uno el favor de reproducirse encantados en cualquier parte.
Los zoos de la Tierra empezaron a crecer, y también los acuarios y las tiendas de animales. Para estar a la última, había que tener un terrario de helechos extraterrestres o un animal peludo procedente de otro planeta.
Sin embargo, antes de que los exploradores de Pórtico pudieran ganar un solo dólar limpio gracias a la venta de animales, tenían que empezar por encontrar seres vivos, y no resultaba fácil. Tal vez todo apuntase a la presencia de vida, pero a veces estaba ahí y a veces no. El sistema para comprobarlo era buscar alteraciones químicas en la atmósfera. (Bueno, sí, el planeta en el que se habían depositado las esperanzas debía poseer una atmósfera, pero eso no era difícil de encontrar.) Si resultaba que la atmósfera contenía gases reactivos que no habían reaccionado —por ejemplo, si contenía oxígeno libre y había sustancias como carbono o hierro por alguna parte—, cabía suponer que algo debía de estar reponiendo aquellos gases sin cesar. Probablemente aquel algo estuviese vivo, en algún sentido.
(Más tarde los exploradores descubrieron que aquellas reglas tan sencillas tenían excepciones... aunque no muchas.)
El primer planeta en el que se descubrió algún tipo de vida parecía perfecto observado desde la órbita. Lo tenía casi todo: cielo y mar azules, nubes algodonosas y mucho oxígeno, lo cual implicaba que algo antientrópico (por ejemplo, vida) lo mantenía así.
Los exploradores Anatol y Sherba Mirsky y su compañero Leonie Tilden se palmeaban la espalda de contentos mientras se preparaban para aterrizar. Era su primera misión y les había tocado el gordo, así sin más.
Lo celebraron, por supuesto. Abrieron la única botella de vino que se habían llevado. Hicieron una ceremoniosa grabación anunciando el descubrimiento y la rubricaron con el taponazo de la botella. Llamaron al planeta «Nueva Tierra».
Todo iba viento en popa. Incluso creyeron posible calcular en qué lugar de la galaxia se encontraban (algo que, por lo general, ignoraban los exploradores de Pórtico, porque el camino no estaba señalizado). Pero habían localizado las nubes de Magallanes en un sentido y la nebulosa de Andrómeda en el otro, e incluso en una tercera dirección había una aglomeración densa y brillante que identificaron como las Pléyades.
La celebración fue algo precipitada. No habían reparado en que faltaba un color importante en el panorama de la Nueva Tierra vista desde el espacio, el verde.
Cuando Sherba Mirsky y Leonie Tilden bajaron a la superficie de Nueva Tierra en el módulo, aterrizaron en roca desnuda. Allí no crecía nada. Nada se movía. Nada surcaba el cielo. No había flores, ni siquiera plantas a aquella altitud, porque carecían de tierra donde crecer. La tierra aún no había llegado a aquellas partes del mundo.
Descubrir que el oxígeno tampoco abundaba sólo constituyó una decepción más; había bastante para una determinación cualitativa desde la órbita, pero ni de lejos suficiente para respirar. Nueva Tierra tenía vida, sí, sólo que no mucha. Casi todos los seres vivían en las aguas superficiales de la costa y unos pocos aventureros empezaban a colonizar las orillas; simples moradores procarióticos y eucarióticos del lodo marino, criaturas escuálidas y musgosas que a duras penas habían llegado al litoral.
Nueva Tierra tenía un problema, su extrema juventud. Tardaría unos mil millones de años en convertirse en algo realmente interesante (o en compensar a Tilden, a los Mirsky y a la Corporación Pórtico por las molestias de haberla explorado).
Los planetas eran los que reportaban mayores beneficios, pero también los lugares donde se podía morir más fácilmente. Mientras un explorador de Pórtico permaneciese a bordo de su nave estaba a salvo de casi todos los peligros de la aventura espacial. En cambio, cuando aterrizaba, tenía que enfrentarse a medios desconocidos... y a menudo hostiles.
Por ejemplo, en la...
MISIÓN VENENO BONITO El primer explorador de Pórtico que descubrió un planeta de aspecto maravilloso fue un venezolano de cincuenta años llamado Juan Mendoza Santamaría. Había viajado durante cuarenta y tres días, completamente solo, en una nave tipo Uno. Tenía margen de sobra. No se quedaría sin aire, comida ni agua. Su preocupación era encontrarse sin dinero. Mendoza se había gastado sus últimos créditos en una fiesta de despedida antes de abandonar el asteroide. Si volvía con las manos vacías a Pórtico, le aguardaba un futuro sombrío. Así que se santiguó y susurró una oración de gracias mientras abandonaba el módulo de aterrizaje y pisaba el suelo extraterrestre.
Estaba agradecido, pero no era idiota, por lo que actuó con prudencia. Mendoza tenía muy claro que si algo iba mal tendría graves problemas. No había nadie en muchos años luz que pudiera ayudarle; en realidad no había nadie en ninguna parte que supiera ni siquiera dónde estaba. De modo que mientras permaneció en la superficie del planeta, no se quitó el traje espacial en ningún momento, lo que acabó por ser una gran suerte para él.
En principio, el planeta presentaba un aspecto nada amenazador. Las plantas eran de un extraño tono anaranjado, los árboles lejanos (¿o sólo eran hierbas altas?) parecían inofensivos y a simple vista no se veían animales peligrosos. Por otra parte, tampoco se veía nada que pudiera resultar rentable a corto plazo. No se advertía signo alguno de civilización; ni grandes ciudades abandonadas, ni amistosas inteligencias extraterrestres dándole la bienvenida, ni artefactos Heechees desperdigados. En la superficie, no había ninguna estructura metálica, ni natural ni de otro tipo, tan grande como para que los sensores del módulo la hubieran detectado al aterrizar. Sin embargo, se tranquilizó Mendoza, el hecho de que hubiera alguna clase de vida bastaría para reportarle al menos una recompensa científica. Localizó vida tanto «vegetal» como «animal»; al menos, algunas cosas se movían y otras estaban firmemente enraizadas en el suelo.
Tomó algunas muestras de las plantas, aunque no eran gran cosa. Caminó lentamente hasta lo que había tomado por árboles y descubrió que eran blandos, como setas. No había grandes helechos ni hierba propiamente dicha, pero se veía una especie de musgo encrespado que cubría la mayor parte del suelo, y cosas que se movían por su superficie. Ninguno de aquellos seres impresionaba por su tamaño. La forma de vida más grande que encontró Mendoza fue un «artrópodo» de un palmo. Los animalillos iban de un lado a otro en pequeñas manadas, se alimentaban de bichos parecidos a escarabajos y estaban cubiertos por un espeso pelaje blanco y vítreo que les hacían parecer rebaños de ovejas minúsculas. Mendoza casi se sintió culpable cuando capturó unas cuantas de aquellas bonitas criaturas, las mató y las metió en los recipientes esterilizados donde las transportaría a Pórtico junto con muestras de los seres más pequeños que éstas cazaban.
No valía la pena llevarse nada más. Lo verdaderamente espectacular de aquel planeta era su belleza. Derrochaba hermosura.
Bastante cerca —Mendoza calculó que a unos treinta o cuarenta años luz— había una nube de gas activa y brillante que creyó identificar con la nebulosa de Orion. (No lo era, pero al igual que la de Orion se trataba de un vivero de estrellas jóvenes.) Mendoza tuvo la suerte de aterrizar en la mejor estación del año para apreciar la nebulosa en todo su esplendor, pues mientras el sol del planeta se ponía por un horizonte, ésta salía por el otro. Acababa por ocupar todo el cielo nocturno como un luminoso tapiz de color verde mar tachonado de diamantes y ribeteado de un granate majestuoso. Los «diamantes» —las estrellas más brillantes del interior de la nebulosa— parecían de primera magnitud, más luminosos aún que Venus o Júpiter vistos desde la Tierra, casi tanto como la Luna llena. No obstante, se trataba de fuentes puntuales, no de discos como ésta y casi hacían daño a la vista.
Fue la belleza lo que impresionó a Mendoza. No tenía mucha facilidad de palabra. Cuando volvió y redactó un informe, se refirió al planeta como «un sitio bonito», y así quedó registrado en los atlas de Pórtico, como «Sitio Bonito».
Mendoza consiguió lo que quería: una recompensa científica de dos millones de dólares por dar con el planeta, y la promesa de una participación en los derechos de cualquier cosa que descubriesen misiones posteriores a Sitio Bonito. Gracias a aquello podría haber ganado un montón de dinero.
De acuerdo con las normas de Pórtico, si el planeta podía colonizarse, Mendoza cobraría regalías durante el resto de su vida.
Casi al mismo tiempo, otras dos misiones, ambas en naves Cinco, copiaron sus indicaciones de rumbo e hicieron el mismo viaje.
Fue entonces cuando el planeta fue rebautizado como Veneno Bonito.
Los grupos siguientes no fueron tan prudentes como Mendoza. No se dejaron puestos los trajes espaciales y tampoco poseían las defensas naturales que había desarrollado la fauna de Veneno Bonito. La vida autóctona había evolucionado haciendo frente a un gran reto y aquella felpa de pinchos de silicona no era de adorno: se trataba de una coraza.
Fue una pena que Mendoza no hubiera completado sus pruebas de radiación, porque aquellas estrellas jóvenes y brillantes de la nebulosa no sólo emitían luz visible. Eran poderosas fuentes de radiación ionizante y emitían fuertes rayos ultravioletas. Cuatro de los diez exploradores regresaron a la nave con quemaduras graves antes de empezar a mostrar signos de algo peor. Cuando llegaron a Pórtico, todos precisaron un reemplazo total de sangre y dos murieron a pesar de todo.
Mendoza hacía bien en ser tan prudente. No había gastado los dos millones a lo loco, confiando en todas las regalías que recibiría por la colonización del planeta. Los seres humanos no podían vivir en él, y nunca vería un céntimo por este concepto.
MISIÓN SURMENAGE De las casi mil naves Heechees halladas en Pórtico, sólo unas pocas docenas estaban acorazadas, y la mayoría de las mismas eran del tipo Cinco. Las Tres acorazadas constituían una excepción, y cuando la tripulación formada por Felicia Monsanto, Greg Running Wolf y Daniel Pursy partieron en una, sabían que existía cierto peligro; las indicaciones de rumbo podían llevarlos a un lugar realmente desagradable.
Sin embargo, cuando salieron del hiperespacio y echaron un vistazo, se quedaron extasiados. La estrella a la que se habían aproximado era una G-2 del mismo tamaño que el Sol de la Tierra; estaban girando en órbita alrededor de un planeta situado en la zona propicia para el desarrollo de la vida, ¡y los detectores indicaban metal Heechee en grandes cantidades!
La mayor concentración no se encontraba en el planeta, sino en un asteroide cuya órbita sufría un desfase en la eclíptica (igual que Pórtico). ¡Tenía que ser otro de esos aparcamientos abandonados de naves Heechees! Al acercarse comprobaron que habían acertado...
No obstante, también advirtieron que el asteroide se hallaba vacío. No había naves ni ningún artefacto en él. Estaba lleno de túneles, como Pórtico, pero no contenían nada. Peor aún, el asteroide parecía hallarse en muy mal estado, como si fuera mucho más antiguo y hubiera llevado una existencia mucho más ajetreada que el propio Pórtico.
Aquel enigma se resolvió cuando, como último recurso, dos tripulantes hicieron una incursión en el propio planeta.
En otro tiempo había albergado vida. De hecho, aún la albergaba, pero en cantidad muy escasa y sólo en los mares; estaba formada por algas e invertebrados de las profundidades, nada más. De un modo u otro el planeta había sido arrasado... y el culpable estaba a la vista.
A seis años y medio luz de aquel sistema descubrieron una estrella de neutrones. Era un pulsar, como la mayoría de estrellas de neutrones, pero dado que la nave no quedaba dentro de su eje de radiación, apenas podía detectar las emisiones. No obstante, se trataba de una fuente de radiación y los instrumentos demostraban que estaba ahí, el remanente de una supernova.
Los expertos de Pórtico completaron el resto de la historia cuando regresó la misión. Los Heechees habían visitado aquel sistema solar, pero estaba en mal sitio. Después de que los Heechees se marcharan —seguramente porque sabían lo que estaba a punto de suceder— la supernova estalló. El planeta se había abrasado. Los gases de la atmósfera se disiparon y casi todo el océano se evaporó. Cuando aquel calor infernal cesó, se formó en la corteza del planeta una nueva atmósfera, muy tenue, y el vapor de agua que quedaba cayó como imponentes torrentes de lluvia que arrasaron los valles, inundaron de lodo las llanuras y acabaron con todo... y aquello había sucedido hacía muchos cientos de años.
Monsanto, Running Wolf y Pursy recibieron una recompensa científica por su misión, aunque escasa: ciento sesenta mil dólares a repartir entre los tres.
Para los precios de Pórtico, aquello no representaba mucho dinero. Apenas alcanzaba para pagar las facturas durante unas cuantas semanas. Desde luego, no bastaba para retirarse. Los tres se volvieron a embarcar en cuanto encontraron sitio, y ninguno regresó de aquel nuevo viaje.
Seguramente los exploradores de Pórtico deberían haber dado por sentado que los planetas hospitalarios como la Tierra forzosamente tenían que escasear. Su propio sistema solar lo demostraba. En cualquier caso, después de tantos años escuchando las señales de radio del Proyecto Ozma, ya deben de saberlo.
En cambio, descubrieron que había miríadas de medios hostiles de todo tipo. Tomemos, por ejemplo, Eta Carina Siete; tenía el tamaño adecuado, aire e incluso agua, al menos cuando no estaba congelada. Sin embargo, Eta Carina Siete describía una órbita muy excéntrica. El planeta estaba prácticamente helado, aunque aún no había llegado a su gélido afelio y padecía unas tormentas terribles. Uno de los módulos jamás regresó. En cuanto al resto, tres sufrieron daños o perdieron, como mínimo, a un miembro de su tripulación.
Mendoza no fue el único que encontró un planeta bonito pero letal. Se descubrió un planeta de aspecto apacible con una vegetación frondosa. Sin embargo, ésta estaba compuesta exclusivamente de toxicodendrones, algo mucho peor que la hiedra venenosa de la Tierra. El menor contacto provocaba ampollas, un picor de muerte y shock anafiláctico. En la primera misión al lugar, todos los que aterrizaron en la superficie murieron como consecuencia de reacciones alérgicas, y sólo el tripulante que permaneció en la nave consiguió volver a Pórtico.
No obstante, de vez en cuando —en realidad, muy raramente— daban con uno bueno.
La más afortunada de todas las misiones, durante la primera década del funcionamiento de Pórtico, fue la de Margaret Brisch, Peggy para los amigos.
Peggy Brisch partió en una nave tipo Uno y encontró lo que realmente podríamos llamar una segunda Tierra. De hecho, en algunos aspectos era aún más agradable de lo que jamás había sido la Tierra. No sólo carecía de toxicodendrones que matasen al entrar en contacto con ellos y de estrellas cercanas de radiación fatal, sino que tampoco albergaba animales grandes y peligrosos.
El planeta de Peggy sólo tenía un problema. Habría sido el lugar ideal para hospedar el excedente de población humana si no hubiera estado situado a mil novecientos años luz de distancia.
No había modo de llegar a él si no era a bordo de una nave Heechee, y la nave Heechee más grande sólo podía transportar a cinco personas.
La colonización del planeta de Peggy tendría que esperar.
Los exploradores de Pórtico encontraron más de doscientos planetas con vida digna de mención. Los taxonomistas no cabían en sí de gozo. Varías generaciones de candidatos al doctorado se hicieron con un material para sus tesis que les garantizaba el aprobado y tuvieron que trabajar duro sólo para bautizar a los treinta o cuarenta millones de especies nuevas que los exploradores habían encontrado. No tenían tantos nombres a su alcance, desde luego. Lo más práctico era asignar una numeración y anotar las descripciones. No aspiraban a establecer géneros, ni siquiera familias, aunque todas las descripciones fueron introducidas en el banco de datos y los ordenadores trabajaron a fondo intentando establecer relaciones. Las descripciones genéricas resultaron las más apropiadas; el ADN, o algo parecido, era prácticamente universal. A continuación iban las morfológicas. La mayoría de los seres vivos de la Tierra comparte rasgos anatómicos tan comunes como la barra (indispensable para extremidades y huesos en general) y el cilindro (órganos internos, torso, etc.), porque proporcionan la máxima fuerza y capacidad de transporte que se puede conseguir por ese precio. Por idénticas razones, lo mismo sucedía con la mayor parte del bestiario galáctico. Claro que no siempre. La tripulación de Arcangelo Pelieri descubrió un mundo sordo, lleno de seres de cuerpo blanco que jamás habían desarrollado huesos ni quitina, silenciosos como lombrices o medusas. Opal Cudwallader llegó a un planeta donde, según dedujeron los científicos, repetidas extinciones habían impedido la evolución de los animales terrestres. Su criatura principal, parecida a los pinnipedos y cetáceos de la Tierra, era un antiguo animal terrestre que había regresado al mar, y casi todas las demás estaban emparentadas con éste. Parecía como si los pinzones de Darwin hubieran colonizado un planeta entero.
Y así sucedió con otros muchos, hasta que los exploradores empezaron a pensar que habían encontrado toda la variante de vida posible basada en el agua y que respirase oxígeno.
Quizás estuviesen en lo cierto, o casi.
Porque entonces descubrieron a los Perezosos (la misma raza que los Heechees denominaran los Nadadores Lentos) y echaron otra ojeada a la flora y fauna de los gigantes de gas, hasta entonces consideradas imposibles.
De modo que se habían equivocado al partir de la base de que la vida precisaba los elementos químicos de un planeta sólido para evolucionar. Fue una gran sorpresa para los científicos... pero ni de lejos tan grande como la que se llevarían después, cuando descubrieron que la vida, en realidad, no precisaba de ningún elemento químico.
SÉPTIMA PARTE - TESOROS HEECHEES Los planetas estaban bien y las imágenes de las estrellas eran bonitas, pero lo que en realidad todo el mundo andaba buscando eran más muestras de la tecnología Heechee. A nadie le cabía duda de que quedaban cosas ocultas... en alguna parte. Las naves constituían la prueba y las chucherías halladas en los túneles de Venus lo habían demostrado también. Sin embargo, aquellas muestras sólo azuzaron el apetito humano de hacerse con más maravillas.
Catorce meses después de que se declarara inaugurado el programa, una misión tuvo suerte.
La nave era del tipo conocido como Cinco, pero el sistema de clasificación aún no había empezado a funcionar de manera regular. En esa ocasión sólo partieron cuatro voluntarios. Fueron designados oficialmente por los cuatro poderes terrestres que habían fundado la Corporación Pórtico (los marcianos se interesaron más tarde), de modo que la tripulación estaba formada por un estadounidense, un chino, un soviético y un brasileño. Tuvieron en cuenta la experiencia del teniente Kaplan y de otros que habían viajado en naves Heechees antes que ellos. Llevaron comida, agua y oxígeno suficiente para subsistir al menos seis meses; aquella vez no correrían riesgos.
Al final, no les hicieron falta todas aquellas provisiones. Su nave los trajo de regreso a los cuarenta y nueve días, y no volvieron con las manos vacías.
Resultó que su destino era una órbita alrededor de un planeta de tamaño aproximado al de la Tierra. Se las habían arreglado para poner en marcha el módulo y tres de ellos llegaron a pisar la superficie del planeta.
Por primera vez en la historia de la humanidad, los hombres caminaron por la superficie de un cuerpo celeste ajeno al séquito solar.
La primera impresión fue algo decepcionante. El grupo de los cuatro poderes descubrió enseguida que el planeta había vivido malos momentos. La superficie estaba chamuscada, como por efecto de un calor abrasador, y algunas zonas de la misma hacían aullar a los detectores de radiación. Comprendieron que no podrían quedarse mucho tiempo. Sin embargo, a poco más de un kilómetro del módulo, bajo una de las laderas áridas de la colina en cuya cumbre se habían posado, encontraron roca y formaciones metálicas que parecían artificiales, y al escarbar sacaron tres objetos dignos de ser transportados de vuelta. En un caso se trataba de una losa con un dibujo triangular aún visible en la superficie acristalada. El segundo era un objeto de cerámica, más o menos del tamaño de un puro, con marcas en espiral; ¿un tornillo? El tercero era un cilindro metálico alargado, hecho de cromo y traspasado por dos agujeros; podría haber sido un instrumento musical o la pieza de una máquina... incluso un tubo Hilsch.
Fueran lo que fueren, habían encontrado artefactos.
Cuando la tripulación que representaba a los cuatro poderes mostró sus trofeos en el asteroide Pórtico, se levantó un gran revuelo. Ninguno de los tres parecía un importante avance tecnológico. Sin embargo, si habían hallado aquellas cosas, seguro que habría otras... y sin duda objetos mucho más prácticos.
Fue entonces cuando la rebatiña del oro empezó en serio.
Pasó mucho tiempo antes de que alguien volviera a tener suerte. En términos generales, las estadísticas referidas a las misiones que habían partido del asteroide Pórtico indicaban que cuatro de cada cinco viajes los exploradores volvían sin nada que mostrar salvo imágenes y datos. Un quince por ciento no regresaba. Sólo una nave de cada veinte llevaba a casa alguna pieza tangible de la tecnología Heechee, y la mayoría de aquellos objetos constituía meras curiosidades. Sin embargo, algunos artilugios eran algo más que meras curiosidades y se consideraban tesoros inestimables.
Dichos artefactos escaseaban, tal como había demostrado la exploración de Venus, pues en los cientos de kilómetros de túneles Heechees que acribillaban el subsuelo del planeta Venus no se habían encontrado más que una docena de aparatos.
Eso sí, aquellos que se las ingeniaron para copiarlos ganaron una fortuna. El martillo anisoquinético resultó ser una maravilla. Convertía cualquier impacto en una fuerza igual a la recibida, en cualquier ángulo. Más maravilloso aún era que los científicos hubieran conseguido saber cómo funcionaba, y su principio tenía aplicación en todos los ámbitos de la construcción, la fabricación e incluso las reparaciones domésticas. Las perlas de fuego constituían un misterio, al igual que los conocidos como molinillos de oración.
Más tarde, como ya sabemos, los humanos llegaron al asteroide Pórtico, y aquella flota de naves fue considerada el mayor tesoro de todos. Sin embargo, el asteroide sólo contenía las naves, y en éstas no había nada salvo los dispositivos de manejo. Todo el asteroide estaba vacío, casi quirúrgicamente limpio... como si los Heechees hubieran abandonado las naves a propósito pero se hubieran llevado cualquier otra cosa de valor.
Durante las dos décadas siguientes, los exploradores de Pórtico estuvieron saliendo al espacio a ver qué encontraban. Volvían con imágenes y relatos, pero hallaron muy pocos artefactos Heechees.
Por eso tantos exploradores de Pórtico murieron pobres... o murieron, simplemente.
MISIÓN CAJA DE HERRAMIENTAS Algunos también murieron ricos, sin saber que se habían hecho ricos. Tal fue el caso de los miembros de la misión que realizó uno de los hallazgos más importantes. Por desgracia, a tres de los cinco descubridores no les sirvió de mucho, porque no sobrevivieron al viaje.
En principio iban a emprender el viaje tres austríacos, dos hermanos y un tío, que habían usado lo que les quedaba de herencia para pagar el viaje a Pórtico. Habían decidido embarcarse sólo si podían hacerlo en una nave acorazada. Como la única disponible de ese tipo era una Cinco, en el último momento reclutaron a un sudamericano, Manuel de los Fintas, y a una estadounidense, Sheri Loffat, como acompañantes.
Llegaron a un planeta, aterrizaron en la superficie y no encontraron gran cosa. No obstante, los instrumentos indicaban la presencia de metal Heechee y siguieron la señal.
Era un módulo. Lo habían abandonado allí, Dios sabe por qué. Pero no estaba vacío.
El principal hallazgo fue un montón de cajas de metal Heechee hexagonales, de medio metro de largo y algo menos de alto, que pesaban treinta y tres kilos. Contenían herramientas. Con algunos de los objetos ya estaban familiarizados y, por lo que se sabía, no servían para nada: casi una docena de pequeños molinillos como los que había desperdigados por los túneles Heechees, además de otros artefactos. Sin embargo, también encontraron unos objetos parecidos a destornilladores pero con el mango flexible, otros semejantes a llaves inglesas hechas de un material blando, y unos cuantos que recordaban a sondas eléctricas y que en realidad eran piezas sueltas de otras máquinas Heechees.
Fue considerado un gran éxito. Se hicieron millonarios; al menos los supervivientes.
No habían tenido que buscar mucho para dar con aquel tesoro: los estaba aguardando en la superficie del planeta. Sin embargo, al cabo de poco tiempo los exploradores de Pórtico advirtieron que las superficies planetarias no constituían el lugar más apropiado para buscar muestras de los tesoros Heechee. El subsuelo era muchísimo más rico.
Pronto quedó clara una cosa respecto a los desaparecidos Heechees: les gustaban los túneles. El sinfín de túneles Heechees que acribillaban algunas zonas del planeta Venus no era un caso excepcional. Cuando los exploradores retomaron las viejas rutas interestelares hallaron ejemplares de los mismos en todos los lugares donde los Heechees habían estado. El interior del asteroide Pórtico se hallaba traspasado por un laberinto de túneles, al igual que los «otros Pórticos» que iban apareciendo conforme los exploradores hacían progresos. En casi todos los planetas donde se veían signos de presencia Heechee había túneles excavados, revestidos de metal Heechee. Cuando la superficie ofrecía condiciones adversas (como en Venus), los túneles eran más vastos y complejos, pero aun en un mundo tan favorable como el planeta de Peggy se descubrieron unos cuantos. Los heecheeólogos —científicos con formación antropológica que se esforzaban al máximo por adivinar cuál había sido el aspecto de aquel pueblo desaparecido— suponían que descendían de una raza excavadora, como las ardillas de tierra, más que de una arbórea, como las personas. Al final resultó que los heecheeólogos tenían razón... pero pasó mucho tiempo antes de que llegaran a estar seguros.
Todos los túneles eran más o menos iguales. Estaban revestidos con una sustancia metálica, densa y dura, que brillaba en la oscuridad, conocida como metal Heechee. En los primeros túneles que descubrieron los humanos, ubicados en Venus y en el propio asteroide Pórtico, el metal era de un azul claro resplandeciente. El azul era, con mucho, el color más frecuente del metal Heechee, pero algunas piezas del interior de sus naves estaban hechas de un metal dorado, y más tarde los exploradores encontraron metal Heechee que resplandecía en rojo o en verde.
Nadie sabía a ciencia cierta por qué el metal Heechee adoptaba colores distintos. En ese sentido, los heecheeólogos no servían de mucho. Sobre la ocasional variación del color en el metal Heechee sólo podían decir que, por lo que se había observado, los túneles de metal azulado eran generalmente los más pobres en artefactos Heechee; los dorados, rojos y verdes casi siempre contenían más tesoros.
Como es lógico, hasta que los hombres y mujeres aprendieron a explorar la galaxia en naves Heechees, tuvieron que limitarse a los túneles azulados de Pórtico y Venus. Éstos no se caracterizaban por su abundancia de tesoros, aunque a veces albergaban cosas de gran valor. En los túneles de los planetas más productivos, había resplandecientes paredes de metal azul al principio pero después cambiaban de color, justo donde se localizaban las mayores colecciones de herramientas útiles. Nadie sabía la razón, pero lo cierto es que nadie sabía aún mucho de los Heechees.
MISIÓN CALENTADOR Wu Fengtse había decidido embarcarse en una nave tipo Uno. Aquello tenía sus ventajas y sus inconvenientes. La ventaja principal era que si no encontraba dónde aterrizar y la única recompensa consistía en una bonificación científica por observación, se la podría quedar entera.
Pero las cosas sucedieron de otro modo. Cuando salió del hiperespacio, se encontró girando en órbita alrededor de un planeta tipo Tierra.
Wu tuvo que enfrentarse al problema de todo explorador solitario: si bajaba con el módulo a la superficie del planeta, la nave se quedaría sola y, en caso de que le sucediera algo, no habría nadie allí para rescatarlo. Dependía por completo de sí mismo.
El segundo problema era que «tipo Tierra» constituía una descripción muy vaga del mundo que le había tocado explorar. Significaba que el tamaño del planeta parecía el adecuado, y que la atmósfera y el margen de temperatura permitían la presencia de vapor de agua en el aire, agua líquida en los mares y hielo en las zonas más frías. Pese a todo, no era un paraíso. Las zonas frías abarcaban casi todo el planeta. La parte mejor estaba situada hacia el ecuador, e incluso aquélla recordaba mucho a Labrador.
Si alguna vez había existido algo en otras zonas de la superficie, ahora se encontraba cubierto por metros y metros de hielo. No tenía sentido aterrizar en un glaciar. Aunque hubiese un túnel, a Wu le resultaría imposible excavar para encontrarlo. Tras una inspección exhaustiva, descubrió un afloramiento de roca al descubierto y se posó allí. A esas alturas, ya no tenía muchas esperanzas. El medio no parecía muy prometedor. Pese a todo, sus instrumentos le dieron mejores noticias de lo que esperaba.
Había un túnel.
Wu abrió un pozo de entrada. Incluso llevaba consigo el equipo necesario. El esfuerzo de colocar los grandes taladros eléctricos en su lugar y levantar el refugio burbuja que lo protegería del aire del exterior lo dejó exhausto. Además, tardó tanto que agotó la mayor parte de las provisiones. No obstante, consiguió entrar.
Era un túnel azul.
Al principio sufrió una decepción, pero conforme fue avanzando atisbo otros colores. Cuando llegó a un segmento rojo, encontró una máquina colosal (a partir de su descripción, los expertos deducirían más tarde que se trataba de una excavadora de túneles), pero no tenía fuerzas para moverla, ni el equipo (ni tampoco el valor, ciertamente) para tratar de arrancar alguna pieza de la misma. En la parte verde del túnel había rollos de algo que Wu confundió en un principio con tela; en realidad había encontrado las planchas cristalinas de las que estaban hechos los molinillos de oración. En la parte dorada topó con... el oro.
Había pilas y pilas de pequeñas cajas hexagonales de metal Heechee, todas precintadas y muy pesadas.
Wu no se las podía llevar todas, y se estaba quedando sin fuerzas. Consiguió transportar dos al módulo de aterrizaje, y a continuación despegó, pensando en volver más adelante en una Cinco.
Ya de regreso a Pórtico, sano y salvo, resultó que ninguna Cinco aceptaba el programa que lo había llevado a aquel planeta, ni tampoco ninguna de las Tres o Uno que aguardaban a sus tripulaciones en sus hangares.
Al parecer, sólo la Uno con la que había viajado al planeta volvería a llevarlo allí.
Tampoco tuvo suerte. Antes de que pudiera requisarla y partir de nuevo, alguien se llevó su Uno... e hizo un viaje sólo de ida.
Wu se había quedado con dos cajas pequeñas únicamente, pero gracias al contenido de éstas consiguió volver a su casa de la provincia de Shensi. Una contenía serpentines de calentador. No funcionaban, pero estaban en tan buen estado que bastaron unos pequeños ajustes de los científicos humanos para repararlos. (Más adelante aparecerían serpentines más grandes y mejores en el planeta de Peggy, pero de todas formas Wu fue el descubridor.) La otra caja contenía un juego de contadores de flujo de microondas.
Los científicos se rompieron la cabeza con aquellos aparatos, pero se equivocaron al formular las preguntas. Estaban empeñados en averiguar cómo funcionaban los contadores, pero en aquel entonces a ninguno se le ocurrió preguntarse por qué los Heechees tenían tanto interés en milimetrar el flujo de las microondas. De haberlo hecho, habrían librado a un montón de gente de mucha confusión innecesaria.
En el túnel de un planeta, por lo demás nada interesante, un explorador encontró el primer ejemplar de máquina excavadora de túneles, y en una galería situada en el satélite tipo Luna de un planeta gaseoso gigante, otro encontró la «cámara» cuya «película» eran las llamadas «perlas de fuego». También en un túnel halló Vitaly Klemenkov el pequeño aparato que encendió la chispa de toda una nueva industria (aunque él sólo ganó una miseria).
Klemenkov tuvo muy mala pata. Descubrió un objeto que los científicos humanos acabarían llamando «piezófono». El componente operativo principal del mismo era un diafragma hecho del mismo material que aquellos «diamantes de sangre» que habían aparecido desperdigados por los túneles venusianos y tantos otros.
El material era piezoeléctrico, es decir, al comprimirse producía una corriente eléctrica y viceversa. Como ya sabemos, había muchos diamantes de sangre circulando por ahí, aunque antes de Klemenkov nadie había sabido que constituían la materia prima de artilugios piezoeléctricos. Klemenov ya estaba soñando con riquezas incalculables. Por desgracia, los principales laboratorios de telecomunicación de la Tierra, subsidiarios de las grandes multinacionales del cable, el teléfono y el satélite, transformaron el modelo Heechee en algo que podían fabricar ellos mismos. Klemenkov los demandó, como es natural, pero ¿quién puede vencer a los abogados de las mayores multinacionales del mundo? Así que se conformó con una pequeña regalía, en realidad poco más que los ingresos de un emperador medio.
Entre los distintos lugares donde se podían encontrar tesoros Heechees existía aún otra variedad sumamente productiva. Al principio nadie lo sabía, aunque si hubieran tenido en cuenta el ejemplo del propio Pórtico lo habrían deducido, y desde luego nadie podía imaginar que aquellas vetas tan ricas en realidad fueran trampas. Una mujer llamada Patricia Bover fue la primera exploradora de Pórtico en informar del hallazgo de una y, como tan a menudo sucedía, no le hizo ningún bien.
MISIÓN FACTORÍA ALIMENTARIA Patricia Bover partió en una nave del tipo Uno. No tenía ni idea de adonde iba. Se alegró de comprobar que había sido un viaje relativamente corto —cambio de posición a los siete días, destino a los catorce— y apenas dio crédito a sus ojos cuando los instrumentos le indicaron que aquella estrella diminuta y lejana a la que se había aproximado era el Sol, su viejo conocido.
Se encontraba en la nube de cometas Oort, más allá de la órbita de Plutón, y estaba atracando en un artefacto Heechee. Era grande —calculó que mediría unos doscientos metros de largo—, y no se parecía a ningún hallazgo descrito por nadie con anterioridad.
Cuando Bover se metió en el objeto y miró alrededor, comprendió que acababa de hacerse rica. El lugar estaba atestado de máquinas. No tenía ni idea de para qué servían, pero había tantas que quizá muchas de ellas serían tan valiosas como un calentador, una excavadora de túneles o un martillo anisoquinético.
El espejismo se disipó cuando descubrió que no podía volver a Pórtico. La nave no se movía. Hiciera lo que hiciese con los mandos, permanecía inmóvil. No sólo no la devolvería al puerto de origen, sino que no la llevaría a ninguna parte.
Patricia Bover estaba atrapada a miles de millones de kilómetros de la Tierra.
En realidad el aparato aún funcionaba. Una parte del mismo, que Pat Bover no llegó a ver, seguía fabricando comida, medio millón de años después de que los Heechees la dejaran allí, a partir de materias primas proporcionadas por los propios cometas: carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno, los elementos básicos de la dieta y el cuerpo humanos. Si Pat lo hubiese sabido —si se hubiese molestado en examinar el objeto— quizás hubiera podido sobrevivir allí bastante tiempo (aunque, desde luego, no tanto como para que alguien acudiera a rescatarla).
Pero no lo sabía. Lo que sí sabía era que tenía graves problemas, así que lo que hizo fue mandar por radio un largo mensaje a la Tierra, a veinticinco días luz de allí, explicando dónde estaba y lo que había pasado. Después se metió en el módulo y puso rumbo al Sol. Se tomó una pastilla para dormir, se metió en el hibernador... y murió allí.
Era consciente de que lo tenía complicado. Difícilmente podrían reavivarla, pues el proceso de hibernación no era el más adecuado, y de todos modos había pocas probabilidades de que alguien encontrase su cuerpo congelado e intentase reanimarlo. La verdad es que nadie lo encontró.
La factoría alimentaria no era el único aparato Heechee del espacio que actuaba como una trampa para los incautos. En total había veintinueve objetos similares perdidos por la galaxia (los llamaban «ratoneras»).
El aciago hallazgo de Patricia Bover en la nube de Oort no era el único aparato que los Heechees habían dejado en marcha, y muchos estaban pre-programados en las naves espaciales de Pórtico. Por ejemplo, fue hallado otro aparcamiento para naves espaciales abandonado que giraba en órbita alrededor de otra estrella, en un lugar muy lejano. Era casi tan grande como Pórtico, y los humanos lo llamaron Pórtico Dos.
Y no olvidemos la Casa de Ethel.
La Casa de Ethel la descubrió una mujer en una de las primeras misiones. (La mujer se llamaba Ethel Klock.) Más tarde volvió a descubrirla un grupo de canadienses en una Tres acorazada; y fue descubierta una tercera vez por otra nave tipo Uno, cuyo piloto era un hombre de Cork, Irlanda, llamado Terrance Horran. Los canadienses no sólo encontraron el artefacto, sino también a Ethel Klock, puesto que estaba allí cuando arribaron. Cuando llegó Horran, los encontró a todos, y grupos posteriores fueron descubriendo a los que habían llegado antes, porque nadie se había movido de allí. Igual que le había sucedido a Pat Bover en la factoría alimentaria, para todos ellos aquel viaje sólo fue de ida. No había posibilidad de retorno. Los mandos de todas las naves se desactivaban al llegar.
Resultaba imposible abandonar el artefacto.
Todos lo lamentaban mucho, porque la Casa de Ethel era una maravilla. Se trataba de un aparato del tamaño aproximado de una nave crucero de pasajeros, pero sin motores de ningún tipo, al menos a la vista. Tenía máquinas de alimentos, regeneradores de aire y agua, y también luz. Todo seguía funcionando a pesar de los milenios transcurridos. Las máquinas Heechees estaban hechas para durar. Y no sólo eso: había un montón de instrumentos astronómicos en la Casa de Ethel, y también funcionaban.
Los náufragos tenían todo el tiempo del mundo para investigar su nuevo hogar, a falta de otra cosa que hacer. Las máquinas de comida los alimentaban y sus vidas no corrían peligro. La verdad es que constituían una pequeña colonia totalmente autosuficiente. Incluso podrían haberla convertido en permanente, con varias generaciones de colonizadores, si a Klock no se le hubiera pasado la edad de tener hijos cuando llegaron los canadienses o si la última tripulación hubiera incluido a una mujer.
Pronto se dieron cuenta de que la Casa de Ethel era una especie de observatorio astronómico.
Saltaba a la vista qué objeto constituía el foco de atención de aquel observatorio. La Casa de Ethel giraba en órbita a una distancia de unas mil unidades astronómicas (digamos unos cinco días luz) alrededor de una espectacular estrella doble. Las estrellas binarias no se consideraban especialmente interesantes, pero aquéllas eran únicas. Una pertenecía a un tipo bastante corriente, aunque aquélla en particular presentaba algunas características curiosas: se trataba de un espécimen supergigante, caliente y pulsante de las estrellas jóvenes y brillantes conocidas como tipo F. Sólo por aquello ya habrían merecido una pequeña recompensa (si hubieran tenido modo de pasar los informes), pero su compañera era mucho más llamativa. La estrella tipo F presentaba un anillo de gas inclinado en torno a ella, lo cual indicaba que aún seguía en proceso de completar su estadio final de madurez. En cambio, la compañera era toda gas, y no un gas muy caliente: se trataba de un inmenso disco de materia casi transparente.
Cuanto más la miraban, más extraña les parecía. Se suponía que las estrellas tenían forma de esfera, no de disco. Aquella compañera en forma de disco resultaba difícil de observar incluso con los instrumentos ópticos Heechees. Visualmente recordaba una débil mancha escarlata en el cielo, y era demasiado fría para emitir mucha radiación.
No podían averiguar su temperatura mediante los instrumentos Heechees, porque los Heechees no habían sido tan previsores como para incluir en los mismos tablas de conversión a escala Celsius, Kelvin o Fahrenheit. Klock hizo un cálculo aproximado y aventuró que debía de rondar los 500 K, una temperatura mucho más baja que la de la superficie de Venus, por ejemplo, más incluso que la de un tronco ardiendo en una chimenea en la Tierra.
Descubrieron que el mejor momento para observarla era cuando eclipsaba a su compañera del tipo F. Dado que la Casa de Ethel describía una órbita retrógrada respecto al disco, aquellos eclipses tenían lugar más a menudo que si el artefacto hubiera permanecido estacionario en el cielo. Aun así, no se producían muy a menudo. Ethel Klock había observado un eclipse estando aún sola, poco después de aterrizar. El segundo pudo compartirlo con Horran y los canadienses, pero ya habían transcurrido más de veinte años.
La historia de la Casa de Ethel tuvo un final feliz para sus cautivos, bueno, bastante feliz. Finalmente los seres humanos aprendieron a llevar las naves adonde querían que fueran. Poco después un grupo de exploradores con mejor dominio de su nave que aquellos antiguos exploradores encontró a los cinco náufragos, y por fin fueron rescatados.
Llegaba un poco tarde. A esas alturas, Ethel Klock ya había cumplido los setenta y ocho años, y Horran rozaba los cincuenta. Para colmo, ni siquiera recibieron recompensas científicas. Hacía tiempo que la Corporación Pórtico había dejado de entregarlas, porque ya no existía.
Descubrieron que de todos modos la suerte no les habría favorecido, porque aunque hubiesen regresado antes, no habrían ganado mucho en concepto de recompensa. Por desgracia, aquel sistema binario no era nada nuevo. Resultó que los astrónomos de la Tierra estaban muy familiarizados con él debido a sus características singulares. La estrella se llamaba Auriga Épsilon, y sus misterios no constituían ningún secreto. Los astrónomos humanos los habían desvelado con instrumentos convencionales cuando la órbita del disco binario había pasado entre la Tierra y su estrella primaria tipo F en el eclipse del año 2000 d.C.
Pasaron más de cincuenta años desde que el primer explorador de Pórtico aterrizó en una de aquellas ratoneras hasta que fue descubierta la última. Un total de ocho misiones habían ido a parar a una trampa, cada una por su cuenta. Cuando les sucedía algo así, no podían volver. La mayor parte de las ratoneras albergaba factorías alimentarias, ya fuera en el interior o en un artefacto independiente, desde el cual unas naves automáticas efectuaban el transporte de la comida, así que los náufragos no morían de inanición ni por falta de aire y agua. Unas pocas no contaban con aquellos servicios, al menos, no en funcionamiento. En esos casos los equipos de rescate sólo encontraban naves Heechees abandonadas y unos cuantos cadáveres resecos.
Los heecheeólogos empezaron a sospechar que aquellas «ratoneras» existían con algún propósito concreto; quizá con varios propósitos, aunque no acertaban a adivinar ninguno. Los hipotéticos habitantes de los planetas cercanos no podían acceder a ellas; en esos planetas deshabitados no había túneles ni nada de interés a menos que se contase con una nave espacial.
Parecía una especie de test de inteligencia planteado por aquellos extraterrestres desaparecidos, casi como si los Heechees, cuando partieron hacia un destino desconocido, hubieran dejado adrede pistas para ellos mismos. No obstante, incluso las pistas eran difíciles de encontrar. Ninguna raza inteligente podría dar con ellas si antes no había conseguido dominar por su cuenta el viaje interplanetario más elemental.
En cuanto a los premios más importantes, estaban aún más escondidos.
Oficialmente no podría decirse que un explorador de Pórtico realizase el primer viaje de ida y vuelta a la Factoría Alimentaria. El de Pat Bover sólo fue de ida. La expedición —gracias a la cual el alimento de carbono-hidrógeno-oxígeno-nitrógeno (CHON) ayudó a erradicar el hambre de la Tierra— llegó allí en un cohete químico terrestre cuando se alejaba en espiral por los últimos tramos del sistema solar.
No se limitaron a eso, porque gracias a la Factoría Alimentaria se realizó el segundo gran descubrimiento, que fue bautizado como Paraíso Heechee. Se trataba del mayor artefacto Heechee jamás descubierto, de más de seiscientos metros de largo, dos veces el tamaño de un trasatlántico. Tenía forma de huso (un típico diseño Heechee), y no estaba deshabitado. Albergaba a los descendientes del grupo de cría de australopitecos que los Heechees habían capturado en la superficie de la Tierra hacía medio millón de años y a un único ser humano vivo, el hijo de una pareja de exploradores que habían llegado al Paraíso Heechee en su nave y que habían quedado allí atrapados. También contenía las mentes almacenadas (de cualquier manera, pues las máquinas encargadas del almacenaje no habían sido diseñadas para seres humanos, que aún no habían aparecido cuando aquellos aparatos fueron construidos) de más de veinte exploradores de Pórtico que habían aterrizado allí para no volver.
Todo aquello era maravilloso...
No, más que maravilloso. Por primera vez, la tecnología Heechee no sólo estaba al alcance del ser humano sino que era accesible. Por fin se podía comprender una parte de ella... y copiarla... ¡e incluso mejorarla! Aquellos tesoros no sólo constituían unas gotas de agua para saciar la curiosidad de los científicos, o riqueza para unos cuantos descubridores afortunados. Significaban una vida mejor para todo el mundo.
Paraíso Heechee no era una simple estación espacial. Se trataba de una nave, una nave grande que podía transportar a muchos colonos en cada viaje, tantos como para empezar a hacer mella en la miseria humana: tres mil ochocientos emigrantes cada vez, al destino de su elección, una vez al mes, indefinidamente.
La colonización de la galaxia por parte de la raza humana se había hecho finalmente realidad.
OCTAVA PARTE - EN BUSCA DE COMPAÑÍA En realidad la mayor recompensa «científica» que la Corporación Pórtico ofreció jamás a sus exploradores no era científica sino emocional. Demostraba que incluso la Corporación Pórtico tenía sentimientos. La recompensa estaba esperando a cualquier explorador que encontrara un Heechee vivito y coleando, y la cantidad ofrecida no era moco de pavo. Ascendía a cincuenta millones de dólares.
Todo explorador desesperado soñaba con algo así, aunque casi ninguno tenía esperanzas de llegar a reclamarlo. Quizá los jefes de la Corporación tampoco esperasen llegar a pagarlo. Todo el mundo sabía que cualquier rastro de los Heechees hallado hasta entonces se remontaba a cientos de miles de años. También consideraban poco probable que si un explorador descubría a un Heechee vivo, éste lo dejara volver para contar a la humanidad lo que había encontrado.
Claro que existían otras recompensas pertenecientes al terreno emocional, menores pero también muy sustanciosas. La mayor era una oferta de diez millones de dólares por el descubrimiento de cualquier raza inteligente extraterrestre. Al cabo de un tiempo, simplificaron esa oferta. Se la quedaría quien encontrase cualquier extraterrestre vivo que mostrase un mínimo indicio de inteligencia. Incluso los muertos proporcionaban dinero. Se ofrecía un millón de recompensa a quien descubriese el primer artefacto no Heechee, y medio millón aproximadamente por el descubrimiento de cualquiera de las muchas «rúbricas» posibles, o sea, señales de inteligencia tan inconfundibles como una transmisión de radio codificada o la presencia de gases sintéticos en una atmósfera planetaria.
Era inevitable, comentaban los exploradores cuando tomaban copas en el Infierno Azul de Pórtico, que algún día alguien encontrase algo así en alguna parte. No podía ser de otro modo. Todos coincidían en que tenía que haber otras razas inteligentes por ahí. Era imposible que los Heechees fueran los únicos seres inteligentes del universo aparte de los humanos.
Aquella idea no era nueva. Ya a mediados del siglo XX, los científicos habían buscado señales de otras civilizaciones en el espacio y habían intentado establecer las probabilidades de llegar a recibir alguna. Un tipo llamado Stephen Dole había calculado que debía de haber unos sesenta y tres millones de planetas habitados en la galaxia; científicos posteriores, basándose en suposiciones menos optimistas, habían recortado mucho la cantidad, pero casi ninguno se había atrevido a dejarla en cero.
Prácticamente todo el mundo estaba de acuerdo en que tenía que haber alguien. De hecho, los rastreadores de Pórtico no paraban de dar con planetas habitados; si existía algún tipo de vida, no parecía descabellado pensar que, antes o después, alguna de aquellas formas de vida desarrollase la inteligencia. Pero ¿dónde estaban?
A la larga, y gracias a unos cuantos golpes de suerte, se realizaron algunos descubrimientos interesantes, aunque fueron muy escasos y se hicieron esperar.
Una tripulación compuesta por tres personas originarias de Pasadena, California, Tierra, detectaron las primeras señales concluyentes de inteligencia extraterrestre (sin contar a los propios Heechees, claro). Al salir del hiperespacio, entraron en órbita alrededor de un sol de aspecto prometedor (fue identificado como una G-4, bastante parecida a la primaria de la Tierra en cuanto a tipo y posibilidades de aclimatación), y enseguida descubrieron que había un planeta de buen tamaño, justo en el centro de la zona, susceptible de desarrollar vida.
Sin embargo, el planeta tenía un problema: era un desastre. Casi todo el territorio de uno de sus hemisferios parecía un mosaico de roca viva salpicada de volcanes, y hacía calor. No tenía nada digno de llamarse océano. Ni siquiera nada digno de llamarse atmósfera, aunque su masa y sus características hicieran pensar lo contrario.
Pese a todo, sí tenía una presa, y grande.
La presa se hallaba en la parte menos ruinosa del planeta, pero no estaba en buenas condiciones, ni mucho menos. La verdad es que no era una presa muy sofisticada: medio kilómetro de rocas amontonadas a lo largo del valle. Por aquella cuenca había corrido un río en otro tiempo, pero no quedaba ni gota de agua. En realidad tampoco quedaba mucho de la presa. De todos modos, la estructura no podía ser natural. Alguien había amontonado las rocas en aquel lugar con un objetivo concreto.
Martin Scranton y sus dos hermanas intentaron aterrizar en el planeta. Incluso llegaron a descender, pero los sensores del módulo de aterrizaje empezaron a soltar aullidos de alarma en cuanto se posaron. La superficie, incluso la que rodeaba a la presa, alcanzaba una temperatura superior a la de ebullición del agua. Creyeron ver señales de lo que parecía otra clase de estructuras de piedra en las cimas de algunas montañas, pero nada que pudiesen identificar.
De vuelta al asteroide Pórtico, los científicos dedujeron que aquel planeta había tenido mala suerte, tan mala como para que lo golpease un cuerpo errante, seguramente del tamaño de Callisto. A causa del impacto, los mares habían hervido hasta evaporarse, la mayor parte del planeta había quedado enterrada bajo roca molida, la atmósfera se había perdido en el espacio y... bueno, claro, cualquier ser orgánico que alguna vez lo hubiese habitado había muerto.
De modo que Scranton no había encontrado vida inteligente. Objetó que al menos había dado con un lugar donde había existido vida inteligente en otro tiempo. La Corporación Pórtico no podía considerarlo un éxito en términos de recompensa, pero aun así...
Se lo pensaron durante mucho tiempo y al final le dieron la mitad de la recompensa por haber estado a punto de conseguirlo.
La primera raza inteligente no humana y viva que encontraron los exploradores no cuenta. Tenían algo de humanos y no podía decirse que fueran inteligentes. (En realidad ni siquiera los descubrió una nave de Pórtico; la gente que los encontró andaba medio perdida por los extremos del sistema solar terrestre en un cohete rudimentario fabricado en la Tierra.) Aquellos «extraterrestres» no eran más que los remotos descendientes de una tribu de australopitecos terrícolas, y fueron hallados nada menos que en la gran nave (o artefacto) Heechee que viajaba dentro de la nube de cometas Oort, llamada Paraíso Heechee.
Como ya sabemos, aquellos australopitecos no habían llegado a aquel lugar por su cuenta. Los Heechees los habían dejado allí para que se reprodujeran, tras su visita a la Tierra prehumana, realizada mucho tiempo atrás. Después, durante medio millón de años o más, los habían dejado al cuidado de niñeras automáticas.
Más tarde encontraron una segunda raza de extraterrestres más prometedora. Costó mucho descubrirla, pero al fin era lo que los humanos estaban buscando. Sin duda se trataba de seres inteligentes, como demostraba el hecho de que surcaran el espacio interestelar ellos solos. Aun así, resultaron decepcionantes. No era muy divertido hablar con ellos.
Tampoco los encontró un explorador de Pórtico exactamente; toda la Corporación Pórtico estaba a punto de ser historia cuando aquellos tipos fueron descubiertos. Aunque Pórtico aún existía, ya no era el centro del meollo, pues a aquellas alturas los seres humanos habían aprendido a copiar muchas cosas de la tecnología Heechee y estaban explorando nuevas zonas de la galaxia por sí mismos.
Así estaban las cosas cuando, durante lo que había llegado a ser un crucero rutinario, una nave espacial detectó un objeto que no le resultaba familiar. Resultó que se trataba de un navío impulsado por fotones que avanzaba lentamente entre las estrellas en un viaje de siglos de duración.
¡Aquello, desde luego, no era tecnología Heechee! Ni humana ni de los australopitecos. ¡Al fin habían localizado la anhelada raza extraterrestre! Claro que, en realidad, los mismos Heechees ya los habían descubierto hacía mucho tiempo. Las gentes de la nave eran los descendientes de aquellos a quienes los Heechees llamaron los Nadadores Lentos y que los seres humanos acabaron por denominar Perezosos. Eran extraterrestres, por supuesto, pero no Heechees, y se trataba sin duda de seres inteligentes.
Sin embargo, sus cualidades no pasaban de ahí. Los Perezosos vivían en el lodo. Habitaban arcologías en una papilla semicongelada de metano y otros gases y, aunque sin lugar a dudas se las habían arreglado para lanzar al espacio aquellas naves a fotones, no poseían muchos más rasgos de interés. Lo peor de todo era su lentitud. Sus metabolismos funcionaban al ritmo de las reacciones de los radicales libres en el gélido lodo que habitaban, al igual que sus pensamientos y su habla.
Pasó mucho tiempo antes de que ningún ser humano fuera capaz de establecer algún tipo de comunicación eficaz con los lentos Perezosos... y para entonces, la verdad, ya daba igual.
MISIÓN CHARCO HEDIONDO Las cuatro personas de aquella misión pasaron mucho tiempo y gastaron mucho dinero en los tribunales. Se proponían obligar a la Corporación Pórtico a que les pagase una recompensa por valor de diez millones de dólares. Pensaron que no podían perder el juicio.
Sin embargo, no habían dado con un planeta muy interesante. Desde luego, no tenía nada de atractivo. Su sol era una enana roja situada a sólo un cuarto de UA de distancia, y se trataba de un planeta pequeño, caliente y hediondo. Por eso recibió ese nombre.
El agua cubría la mayor parte de la superficie, pero no unos mares tropicales y chispeantes, sino un océano espeso donde las burbujas de metano estallaban en una atmósfera ya compuesta principalmente del mismo gas. La atmósfera era irrespirable. En realidad a nadie se le habría ocurrido respirar aunque hubiera podido, debido al hedor, y no había absolutamente nada interesante en ninguna de las pocas superficies secas de aquel planeta.
Malas noticias para los tripulantes de la nave, aunque tampoco era una tragedia. Se dio la circunstancia de que habían llevado a cabo algunos preparativos extraordinarios antes de salir de Pórtico, de modo que iban preparados para hacer algo más que aterrizar y echar un vistazo por encima, como solían hacer las tripulaciones.
Se trataba de una familia originaria de Singapur: Jimmy Oh Kip Fwa, su esposa Daisy Mek Tan Dah y sus dos hijas pequeñas, Jenny Oh Sing Dut y Rosemary Oh Ting Lu. La familia Oh era muy conocida en Singapur. Habían sido muy ricos en otro tiempo y la fortuna familiar procedía de las minas submarinas. Cuando Malasia se apropió de la isla y expropió todas las industrias, los Oh perdieron su riqueza, pero previsoramente habían apartado lo suficiente en Suiza y Yakarta para pagarse los viajes a Pórtico, y aún les quedó bastante para llevarse algún equipo adicional: aparatos para la exploración submarina. Como Jimmy Oh le dijo a su familia:
—Los Oh sacaron mucho dinero del fondo del mar en una ocasión. Quizá nosotros podamos volver a hacerlo.
Como llevaban mucho equipo, sólo cabían cuatro personas en la Cinco, pero de todos modos preferían viajar solos. Cuando vieron el tipo de planeta al que los había conducido la suerte, la señora Mek guardó silencio por una vez, gracias a Dios, y Jenny, una de las hijas, dijo:
—Caray, papá, no eres tan tonto como parecías.
Los Oh no habían llevado los aparatos de inmersión y los instrumentos necesarios para realizar una inspección sistemática de los fondos marinos de Charco Hediondo. Había demasiados fondos para explorar y no tenían mucho tiempo. Sólo contaban con media docena de boyas de retorno con instrumentos incorporados. Las lanzaron al océano en seis puntos aleatorios.
A continuación regresaron a la nave en órbita y aguardaron las transmisiones.
Cuando las boyas regresaron a la superficie, los Oh las interpelaron por turnos para averiguar qué habían encontrado. Se llevaron una desilusión. En cuanto a metal Heechee, los instrumentos no habían detectado absolutamente nada. Y respecto a la presencia de transuránico u otros elementos radiactivos que valiese la pena extraer y transportar a la Tierra, tampoco nada.
Sin embargo, los instrumentos habían recogido cierto potencial eléctrico que no parecía proceder de ninguna fuente identificable. Eran regulares, en el sentido de que su irregularidad resultaba grata al oído. Marcaban ondas redondeadas y agradables en el TRC, y cuando Jenny Oh, que en la escuela se había especializado en etnología de cetáceos, ralentizó las señales y las pasó por un sintetizador de sonidos, parecían... vivas.
¿Eran aquellas señales un lenguaje? En ese caso, ¿procedentes de qué clase de seres vivos?
Así empezaron los litigios.
La familia Oh decía que aquel lenguaje demostraba sin lugar a dudas la existencia de vida inteligente. Los abogados de la Corporación decían que una serie de chirridos no constituía un lenguaje, aunque fuera electromagnética en lugar de acústica. (La verdad es que las señales recordaban más el canto de los grillos o el gorjeo de los pájaros que una lengua articulada.) Los Oh dijeron que los grillos no podían comunicarse por impulsos eléctricos, a no ser que fueran tan inteligentes como para construir algo parecido a un aparato de radio. Los abogados de la Corporación objetaron que no había ninguna radio involucrada, sólo campos magnéticos, y que quizá las criaturas poseían órganos generadores de corriente como las anguilas eléctricas. Aja, dijeron los Oh, entonces admitís que como mínimo nos debéis una recompensa por el descubrimiento de vida extraterrestre, así que ya estáis pagando. Los abogados de la Corporación respondieron: primero enseñadnos los especímenes, o fotografías, algo que demuestre que esas formas de vida extraterrestres son reales.
Como es natural, todo aquel diálogo requirió mucho tiempo. Para cada una de las objeciones fueron precisos seis u ocho meses de aplazamientos, peticiones de audiencia y toma de declaraciones. Después de tres años de litigios, la Corporación aceptó pagar doscientos cincuenta mil dólares, lo justo para que los Oh abonasen las facturas de los abogados.
Años después, alguien repitió el viaje con un equipo mejor. Las nuevas sondas submarinas llevaban luces y cámaras, y al fin descubrieron lo que producía las señales. No eran seres inteligentes, sino unos gusanos de diez metros de largo, ciegos, que se alimentaban de las emanaciones sulfurosas de las bolsas térmicas submarinas. Al diseccionar las criaturas resultó que poseían sistemas eléctricos, tal como los Oh habían defendido, y ningún otro rasgo de interés.
Al fin se reconoció que los Oh tenían derecho a otros doscientos mil dólares, pues se había confirmado que habían encontrado vida, pero no los cobraron. Ya no estaban en posición de recibir más recompensas, porque no habían regresado de su última misión.
No obstante, la recompensa por el hallazgo de inteligencia extraterrestre no desapareció totalmente. De hecho, otros dos grupos de exploradores cobraron diez millones por cabeza. Encontraron algo que la Corporación, con cierta condescendencia, accedió a considerar extraterrestres inteligentes.
Todo el mundo reconoció que la Corporación había actuado con manga ancha en aquel caso. Incluso los afortunados exploradores lo admitieron, aunque no por ello renunciaron al dinero. Los «cerdos hechizados» parecían osos hormigueros de piel azul y, como los cerdos domésticos de la Tierra, se revolcaban en la mugre. Los consideraron inteligentes porque habían desarrollado una forma de arte: hacían estatuillas tallándolas con los dientes (bueno, las cosas que hacían las veces de dientes), y aquello era más de lo que ningún animal terrestre había hecho nunca. Así que la Corporación se lo tomó con filosofía y pagó.
Después aparecieron los Quancis. Habitaban el mar de un planeta remoto. No poseían unas manos de verdad sino unas aletas minúsculas, así que no eran muy hábiles manufacturando y no se les podía considerar industrializados. Sin embargo, sí poseían un lenguaje, más o menos traducible. Sin duda eran más inteligentes que los delfines, las ballenas o cualquier otro ser terrestre, a excepción del hombre. En aquel caso, la Corporación pagó la recompensa. (A esas alturas se había hecho tan rica que se estaba volviendo generosa.)
Hasta aquí, todas las formas vivas.
Se encontraron, eso sí, restos de otras «civilizaciones» desaparecidas. De vez en cuando aparecía un planeta con estructuras metálicas pulidas y no del todo destruidas por el óxido; otros mostraban que alguien, en alguna época, había evolucionado tanto como para contaminar el medio ambiente con sustancias radiactivas.
Nada más.
Y cuantas más cosas encontraban, más crecía la perplejidad de los seres humanos. ¿Dónde estaban las antiguas civilizaciones? ¿Dónde estaban las que habían alcanzado el nivel de desarrollo de la Tierra actual hacía un millón o mil millones de años? ¿Por qué no habían sobrevivido?
Era como si los primeros exploradores de la selva amazónica hubieran encontrado chozas, granjas, pueblos, pero en lugar de habitantes vivos sólo hubieran hallado cadáveres. Los exploradores se habrían preguntado sin duda qué había provocado aquel exterminio.
Lo mismo se preguntaban los rastreadores de Pórtico. Si no hubieran encontrado restos de ninguna otra inteligencia (descontando a los propios Heechees, claro), se habrían resignado. Las personas que se interesaban por esa clase de cosas lo habían aceptado hacía tiempo: los proyectos SETI y los cálculos cosmológicos los habían preparado para enfrentarse a un universo solitario. No obstante, en otro tiempo habían existido seres con una tecnología y unos conocimientos equiparables a los de la raza humana. Aparecieron y desaparecieron.
¿Qué había pasado? Transcurrió mucho tiempo antes de que la raza humana conociese la respuesta a esta pregunta, y cuando al fin la averiguaron, no les hizo ninguna gracia.
NOVENA PARTE - LA EDAD DE ORO Mientras los seres humanos se abrían paso por la inmensidad de la galaxia, el mundo que habían dejado atrás empezaba a cambiar. Hizo falta mucho tiempo, pero al fin las maravillas Heechees que los exploradores de Pórtico habían llevado a casa estaban mejorando realmente las condiciones de vida de los habitantes de la Tierra, incluso las de los más pobres.
Habían dado con la clave que les abriría las puertas a todo el conocimiento Heechee: aprendieron a leer su lengua. Lo más difícil fue encontrar una lengua que interpretar, porque los Heechees no parecían familiarizados con cosas como lápices, papeles o imprentas. Todos los que estaban interesados en el tema compartían la opinión de que debían de tener algún sistema para registrar el conocimiento, pero ¿cuál?
Cuando la duda quedó aclarada, la respuesta pareció obvia: los famosos molinillos de oración, tan misteriosos, en realidad eran «libros» Heechees. A posteriori resultaba evidente, claro está. La trampa radicaba en que aquellos objetos no se podían leer sin ayuda de cierto tipo de alta tecnología. Una vez que los documentos escritos fueron identificados como tales, el resto dependía de los lingüistas. No les costó mucho descifrarlos. Desde luego, no más que la interpretación del Lineal B, llevada a cabo mucho tiempo atrás. Además, el hecho de que en algunos lugares, como Paraíso Heechee y otros, aparecieran textos paralelos en ambos lenguajes facilitó las cosas.
En cuanto fue posible interpretar los molinillos de oración, algunos de los misterios Heechees más inextricables se volvieron claros como el agua. Uno de los mayores enigmas era cómo reproducir el viaje Heechee por el hiperespacio. Resuelto aquel interrogante, la colonización espacial podía comenzar realmente. La gran nave bautizada como Paraíso Heechee fue la primera que utilizaron con este propósito, porque ya la tenían. En un solo viaje transportó a miles de emigrantes sumidos en la miseria a sus nuevos hogares en lugares como el Planeta de Peggy, y aquello sólo fue el principio. En el transcurso de cinco años, otras naves, ahora fabricadas por los humanos, se unieron a la primera, igual de rápidas y aún más grandes.
En cuanto al planeta natal...
En el planeta natal aparecieron las factorías alimentarias CHON, que supusieron la primera gran diferencia.
Dicho sin rodeos, acabaron con el hambre humana de una vez por todas. Los factorías alimentarias CHON de los Heechees giraban en órbita por un espacio cometario; de ahí la desconcertante fascinación Heechee por las nubes de Oort, al fin aclarada. Las copias humanas de aquellas factorías podían ubicarse en cualquier parte, esto es, en cualquier parte donde hubiera suministro de los cuatro elementos básicos. Bastaba añadir un buen aderezo de contaminantes y las necesidades dietéticas quedaban cubiertas.
Al poco tiempo se pudieron ver factorías alimentarias CHON a orillas de los Grandes Lagos de Norteamérica, del lago Victoria de África y en todos aquellos lugares donde el agua y los cuatro elementos estuvieran presentes y la gente quisiera comer. Se erguían a lo largo de todas las playas. Nadie volvió a pasar hambre.
En realidad ya nadie moría por falta de alimentación y al cabo de poco tiempo los seres humanos prácticamente dejaron de morir, una utopía hecha realidad gracias a dos avances fundamentales. El primero tenía que ver con la cirugía y, aunque parezca extraño, también con las mismas factorías alimentarias CHON.
Durante mucho tiempo los humanos se las habían ingeniado para sustituir los órganos que ya no funcionaban con un trasplante. A partir de cierto momento ya no fue necesario despedazar un cadáver para conseguir órganos nuevos. Del sistema empleado para producir alimentos CHON se indujo el método para fabricar órganos humanos a medida, bastante perfeccionado. (Toda una infame industria de asesinatos para la compraventa de órganos se fue al garete de la noche a la mañana.) Ya nadie tenía que morir por mal funcionamiento del corazón, el pulmón, el riñón, los intestinos o la vejiga. Bastaba con que se detallasen sus características a la división de repuestos de la factoría alimentaria CHON, y cuando éstos extraían los órganos nuevos del caldo amniótico, los cirujanos los colocaban en su lugar en un santiamén.
De hecho, las ciencias de la vida estaban prosperando como nunca. Las factorías alimentarías Heechees hicieron posible la identificación —y más tarde la reproducción e incluso la creación— de un millar de agentes biológicos nuevos: antiantígenos, antivirales, enzimas selectivos, sustitución celular. Las enfermedades pasaron de moda, simplemente. Incluso molestias como la caries, el parto o el resfriado pasaron a la historia. (¿Por qué iba a sufrir una mujer durante el parto cuando era posible convencer a otro aparato reproductor —por ejemplo, el de una vaca— de que aceptase el óvulo fertilizado, lo madurase en su interior y lo entregase sano y berreante?)
Sin embargo, aún había otro avance. Si a pesar de todo una persona acababa muriendo de puro deterioro general, no tenía que morir del todo. O, como mínimo, existía otro invento Heechee —fue hallado por primera vez en la nave llamada Paraíso Heechee— que hacía la muerte algo menos desgarradora. Las técnicas Heechees para almacenar mecánicamente la mente de una persona muerta dio lugar a «los Difuntos» en Paraíso Heechee. Más tarde, en la Tierra, se fundó una empresa llamada Vida Nueva, Inc., la cadena mundial de operadores que metía la memoria de tu difunta madre, tu esposa o tu amigo, en un programa informático y te permitía charlar con ella o con él siempre que quisieras, por toda la eternidad. Eso sí, sólo mientras alguien pagase los gastos de almacenaje de su archivo de datos.
Al principio, aquello no era exactamente igual que estar vivo de verdad —aunque sí mucho mejor que estar irremediablemente muerto—, pero conforme la técnica se fue desarrollando —y evolucionó muy rápidamente—, el almacenamiento informático de la inteligencia humana se hizo más sencillo y seguro.
Cuando alcanzó un grado óptimo empezaron a surgir los problemas, y para extrañeza de todos fueron de índole teológica. Las promesas de vida eterna se estaban haciendo realidad por una vía muy distinta de la que siempre habían prometido los líderes religiosos. Por primera vez se podía afirmar que la vida sólo era una especie de entreacto, y que de hecho la muerte constituía el primer paso en el camino de la dicha eterna.
Los moribundos que despertaban convertidos en una serie de bits almacenados en los programas de inmensas redes informáticas, muchas veces se extrañaban de haberse empeñado en mantener sus cuerpos con vida tanto tiempo, pues la máquina posvida era todo ventajas. Al morir, las personas no perdían nada. Aún podían «sentir». Los archivados comían tanto como querían, sin que el precio ni los condimentos influyesen en la elección del menú, y podían excretar si así lo deseaban. (No importaba que la «comida» que consumían los difuntos sólo fuese simbólica, representada por bits de datos, porque ellos también lo eran. No apreciaban la diferencia.) Podían realizar cualquier función biológica; no se privaban de ninguno de los placeres de la carne. Incluso podían hacer el amor con la persona querida, siempre y cuando estuviera almacenada en la misma red, o con tantas personas como quisieran, reales e imaginarias, si les apetecía. Si deseaban la compañía de los amigos que habían dejado atrás al morir, nada les impedía aparecer ante ellos (como un holograma generado por ordenador) para charlar o echar una amistosa partida de cartas.
También podían viajar e incluso dedicarse al trabajo, el entretenimiento que quizá gozase de mayor aceptación entre los difuntos.
Al fin y al cabo, el trabajo humano consiste básicamente en una especie de procesamiento de datos. Los humanos no cavan los cimientos de los rascacielos; son las máquinas las que se encargan de eso. Las personas se limitan a manejar las máquinas, y eso se puede hacer tan bien desde un programa informático como mediante la intervención física directa.
Todos aquellos libros que los difuntos se habían propuesto leer, las obras, las óperas, los ballets, los conciertos... al fin tenían tiempo para disfrutar. Tanto tiempo como quisieran. Cuando quisieran.
Aquello era el Cielo, realmente. La persona muerta podía escoger el estilo de vida que más le gustase. No tenía que preocuparse por si una cosa «estaba bien» o por si algo «le sentaría mal». No existía ningún límite más allá de sus deseos. Si deseaba hacer un crucero por el Egeo o tomar combinados de ron frío en una playa tropical, le bastaba con pedirlo. Los archivos de datos le facilitarían el escenario escogido, tan detallado como pudiera serlo cualquier realidad e igual de gratificante. Era casi como vivir en un videojuego perfecto. La palabra clave es «perfecto», porque las simulaciones no tenían nada que envidiar a la realidad; de hecho, eran mejores. Tahití sin mosquitos, cocina francesa sin riesgo a engordar, el placer del riesgo de la escalada sin el peligro de morir accidentalmente. Los difuntos podían esquiar, nadar, atracarse de comida, darse cualquier gusto... y nunca tenían resaca.
Algunos seres humanos nunca están contentos. Había unos cuantos «muertos» eternamente insatisfechos. Cuando tomaban un aperitivo en el Café de la Paix o bajaban por los rápidos del río Colorado, se fijaban en el sabor del Campari y en la espuma del agua y después preguntaban: «Pero ¿es real?»
Bueno, ¿qué es «real»? Si un hombre susurra palabras de amor a su amada por teléfono, ¿qué oye ella «realmente»? Desde luego, no la voz de su amado, que por otra parte es una mera oscilación de la atmósfera, la cual ha sido analizada, codificada y convertida en una serie de dígitos; lo que el teléfono reconstruye y ella oye es una oscilación de la atmósfera totalmente distinta: una simulación.
En realidad ¿qué oiría ella aunque los labios de su amado se encontrasen a un palmo de su oreja? No es el oído el que percibe las palabras. El oído se limita a registrar cambios de presión que actúan sobre el estribo y los huesos del yunque, igual que el ojo se limita a responder a las variaciones de sus elementos químicos fotosensibles. Los nervios se encargan de informar al cerebro de esos cambios, pero sólo transmiten símbolos codificados de las cosas, no las cosas en sí, pues los nervios no pueden transportar el sonido de una voz ni la imagen del Mont Blanc; se limitan a transmitir impulsos. No son más reales que la voz digitalizada de una persona al teléfono.
La mente se encarga de convertir esos impulsos codificados en información, placer o belleza. Y la mente puede hacerlo igual de bien en el cerebro que en un programa informático.
Así que el placer, cualquier placer, era tan real como siempre lo había sido, y si la mera búsqueda del placer se hacía aburrida, tras un par de milenios (subjetivos), siempre quedaba el recurso del trabajo. Algunas de las obras musicales más importantes de la época fueron compuestas por «fantasmas», y fueron éstos los autores de los mayores avances de la teoría científica.
Resultaba sorprendente que, pese a todo, la gente siguiera aferrándose a su vida orgánica.
Todo aquello dio lugar a una situación muy curiosa, aunque pasó bastante tiempo antes de que alguien reparase en ella.
Cuando los exploradores de Pórtico empezaron a llevar tecnología Heechee aprovechable a la Tierra, la población mundial apenas superaba los diez mil millones, lo que suponía una mínima fracción de todos los seres humanos que habían vivido a lo largo de la historia. En cuanto al censo total de seres humanos, vivos y muertos, el cálculo aproximado sería de unos cien mil millones de personas.
Esa cantidad incluía a todo el mundo. Os incluía a vosotros y a vuestros vecinos y al barbero de vuestro primo. Incluía al presidente de Estados Unidos, al Papa y a la mujer que conducía el autobús escolar cuando teníais nueve años; incluía a todas las víctimas de la guerra civil, de la revolución americana y de las guerras del Peloponeso, y también a los supervivientes; a todos los Romanov, Hohenzollern y Tolomeos, al igual que a los Jukes y a los Kallikak; a Jesucristo, a César Augusto y a los posaderos de Belén; a las primeras tribus que atravesaron el istmo desde Siberia hasta el Nuevo Mundo, y también a las tribus que se quedaron atrás; a Q (nombre arbitrario asignado al primer hombre que empleó el fuego) y a X (nombre arbitrario asignado a su padre), y a la Eva africana original. Incluía a todo el mundo, vivo o muerto, cuya taxonomía fuera humana y hubiera nacido antes de aquel primer año de Pórtico.
Toda aquella gente ascendía, como ya sabemos, a un total de cien mil millones de personas (con mucho margen de error), de las cuales la gran mayoría estaba muerta.
Entonces apareció la medicina Heechee (o la inspirada en la misma) y se invirtió la tendencia.
La cantidad de gente viva en carne y hueso se duplicó, y volvió a duplicarse, y siguió duplicándose. Además, vivían más tiempo. Con la medicina moderna no morían hasta que no lo deseaban. Gracias a los avances médicos y a la desaparición de las gestaciones traumáticas, solían tener hijos, muchos por lo general. Además, cuando morían...
Bueno, cuando «morían» seguían viviendo en archivos informáticos, y entre aquella población electrónica creciente no se producían bajas.
El número de vivos aumentaba sin cesar, mientras que el número de muertos reales permanecía básicamente estático, y todo aquello apuntaba en una dirección muy concreta. Sin embargo, cuando se alcanzó el punto crítico, la gente se sorprendió igualmente. Por primera vez en la historia de la humanidad, los vivos superaban en número a los muertos.
Aquello tuvo curiosas consecuencias. La anciana de ochenta años que escribía sus memorias para adultos contando sus devaneos de juventud ya no podía dejar caer los nombres de estrellas de video, gángsteres y obispos —a menos que los devaneos fueran reales— porque las estrellas de video, los gángsteres y los obispos seguían en danza y podían corregir su relato.
En cambio los más ancianos de la red informática jugaban con ventaja. Cuando contaban sus devaneos de juventud, mencionaban nombres de personas realmente muertas y sin posibilidad de discutir las historias.
Ser una persona de carne y hueso ya no era una desgracia. La pobreza apenas existía. Bueno, al menos la gente ya no era pobre por falta de dinero, ni siquiera en la Tierra, ni tampoco por falta de posesiones. Las fábricas, con sus diligentes robots, fabricaban elegantes electrodomésticos, máquinas de juegos y videoteléfonos para hablar con cualquier parte, y trabajaban sin parar. Las ciudades crecían a pasos agigantados. Detroit iba a la cabeza de los viejos Estados Unidos, con unas megaestructuras de trescientos pisos estilo neorrenancentista que cubrían todo el territorio desde los dormitorios de la universidad de Wayne hasta el río; ciento setenta millones de personas vivían en aquel zigurat de cristal, y todos ellos poseían un televisor personal de trescientos canales y video holográfico por si se cansaban de mirar la tele. En la reserva de los indios navajos (ahora con ochenta millones de habitantes) se erguía la arcología estilo Paolo Soleri; en los cuarenta pisos inferiores se fabricaban alimentos dietéticos congelados, ropa y alfombras tejidas para el comercio turístico. Encima vivían las extensas familias navajo. En las arenas del desierto de Kalahari, los kung iniciaron una vida plácida y dichosa. La población de China alcanzó los veinte mil millones aquel año, cada familia con su propio frigorífico y wok eléctrico. Incluso en Moscú, los estantes del almacén del departamento de GUM estaban repletos de radiorrelojes, naipes y ropa deportiva.
Podían fabricar todo aquello que la gente desease, sin problemas. Tenían energía; las materias primas llovían del espacio. La agricultura se había convertido por fin en algo tan racionalizado como la industria: los robots sembraban los campos y recogían la cosecha (cosechas diseñadas genéticamente, enriquecidas con fertilizantes artificiales no contaminantes y regadas por goteo mediante eficaces válvulas automáticas). Siempre sin olvidar el complemento de las factorías alimentarias CHON.
Y por si fuera poco, si aun así alguien tenía la sensación de que la Tierra no colmaba todos sus deseos, podía recurrir al resto de la galaxia.
La gente de carne y hueso tenía todo aquello, pero los del depósito informático tenían mucho más. Lo tenían todo. Todo cuanto sus habitantes hubieran deseado jamás, y todo cuanto pudiesen imaginar.
En realidad el programa informático postmortem sólo se enfrentaba a un auténtico problema: la relatividad del tiempo.
No había modo de evitarlo. Las máquinas se mueven más rápido que el cuerpo. Cuando los habitantes del depósito informático y las personas de carne y hueso se ponían en contacto, la conversación no era muy fluida; los archivados encontraban a los vivos tremendamente aburridos.
Así pues, los vivos no tenían problema para contactar con sus seres queridos cuando éstos partían (porque en realidad sólo se habían ido al terminal del ordenador más próximo), pero la experiencia no resultaba muy divertida para nadie. En realidad era tan penoso como intentar mantener una charla amistosa con los Perezosos. Mientras la persona de carne y hueso se esforzaba por terminar una sola pregunta, el «difunto» tenía tiempo de comer algo (informatizado), jugar al golf (simulado) y «leer» Guerra y paz.
El ritmo tan vertiginoso al que se desarrollaba la existencia de los archivados también ocasionó algunos trastornos a las viudas de carne y hueso. Resultaba desconcertante, sobre todo, en los momentos inmediatamente posteriores a la muerte. Cuando los funerales habían concluido y el viudo o la viuda se ponía en comunicación con el difunto, éste seguramente ya había tenido tiempo de emprender un relajante (aunque simulado) crucero por los fiordos noruegos, de aprender a tocar el violín (de mentira) y de hacer un centenar de amigos archivados. Cuando las lágrimas de los supervivientes aún no se habían secado, los difuntos ya casi habían olvidado su muerte.
En realidad cuando el difunto recordaba su vida en carne y hueso, tal vez sintiese nostalgia, pero también se alegraba de que todo hubiese acabado (como un anciano que recordase su infancia, llena de confusión, torpezas y agobios).
El almacenamiento informático de los difuntos tenía un pequeño inconveniente: las funerarias se estaban quedando sin trabajo. Los archivados no precisaban un mausoleo para ser recordados. Aún se celebraban ceremonias en honor al difunto, pero parecían más un convite de boda que un velatorio; hacían más negocio los del servicio de comidas que los directores de las funerarias.
El tema tuvo preocupados a los psicólogos durante un tiempo. Con los muertos vivos (más o menos) e incluso al alcance de sus seres queridos, ¿cómo se enfrentaría al dolor la desconsolada familia?
A la hora de la verdad, la cuestión se resolvió por sí sola. La pena no suponía un problema. No había gran cosa que lamentar.
Por desgracia, el estómago lleno y una vida apacible no bastan para hacer buenos a los seres humanos.
Esas cosas ayudan un poco, pero los gusanos de la ambición y la envidia que habitan en todo ser humano no se sacian fácilmente. Ya en el siglo XX se había observado que si un obrero manual conseguía medrar tanto como para cambiar su piso sin calefacción por un rancho con video y un coche deportivo, no por ello dejaría de retorcerse de envidia al saber que su vecino tenía un jacuzzi y un yate de nueve metros de eslora.
La raza humana no cambió por el mero hecho de haber adquirido la tecnología Heechee. Seguía codiciando los bienes ajenos con tanta fuerza como para intentar arrebatárselos.
El robo no desapareció, ni el amor no correspondido, ni la melancolía, ni tampoco los psicópatas de siempre que intentan reparar sus agravios mediante la violación, las agresiones o el asesinato.
En una época anterior, la sociedad se encargaba de esas personas encerrándolas en cárceles (pero resultó que las prisiones no eran más que escuelas de criminales) o condenándolas a la pena de muerte (pero ¿acaso el asesinato estaba más justificado si era el Estado el que lo cometía?).
En la Edad de Oro existían sistemas mejores. Eran menos encarnizados y quizá menos satisfactorios para los defensores del castigo a ultranza, pero el caso es que funcionaban. Por fin la sociedad estaba a salvo de sus renegados. Aunque hubiera prisiones (como era el caso), no se parecían a las antiguas, porque estaban a cargo de guardias-robot controlados por ordenadores que ni dormían ni se dejaban sobornar. Más que de cárceles se trataba de planetas de destierro, a los que se podía deportar a muchos delincuentes. Un criminal relegado a un planeta de baja tecnología seguramente podría alimentarse y seguir viviendo, pero le resultaría imposible fabricar una nave interestelar para volver a la civilización.
Para los casos peores, siempre se podía recurrir a Vida Nueva.
Si la mente estaba a salvo, fielmente reproducida en un programa informático, el cuerpo era lo de menos. Podían deshacerse de ellos sin reparos. Así, la pena capital quedaba desprovista de su aspecto más deprimente: la irreversibilidad. Tras la ejecución de la sentencia, los criminales no estaban muertos. Seguían vivos —de alguna manera, al menos—, pero habían quedado reducidos a un estado de inocuidad permanente. De aquellas prisiones nadie salió jamás en libertad condicional ni consiguió escapar jamás.
Para que todas aquellas maravillas fuesen posibles, aparte de los conocimientos técnicos, sólo se requería energía. Ahí también entraban en juego los Heechees. El secreto de la electricidad Heechee se aclaró gracias al estudio del núcleo de la factoría alimentaria, y era la fusión fría. Se basaba en la misma compresión de dos átomos de hidrógeno en uno de helio que tiene lugar en el núcleo de cualquier estrella, pero no a las mismas temperaturas. El calor generado por la reacción alcanzaba los 900° Celsius —una temperatura casi ideal para generar electricidad— y el proceso era seguro.
Así que la electricidad estaba ahí. Era barata y gracias a ello se pudieron cerrar diez mil centrales eléctricas. Cesó el efecto invernadero, provocado por el dióxido de carbono, y la contaminación del aire desapareció de la noche a la mañana. Los vehículos pequeños quemaban hidrógeno o se movían mediante volantes acumuladores de energía cinética. Todo lo demás funcionaba con la energía de la red.
La Tierra se estaba convirtiendo en un lugar muy agradable para vivir, y la tecnología humana seguía avanzando.
Claro que no toda la prosperidad científica y tecnológica había que agradecérsela a los Heechees. Estaban los ordenadores, por ejemplo.
Los ordenadores humanos eran intrínsecamente mejores y más avanzados que los de los Heechees. A ellos nunca se les había ocurrido conectarlos a un ordenador central para formar una red. Sus métodos de tratamiento de datos eran totalmente distintos y en ciertos aspectos no tan buenos. En cuanto los científicos humanos empezaron a idear modos de añadir mejoras Heechees a la maquinaria humana, ya muy sofisticada, se produjo una explosión de conocimiento que salpicó de nuevas tecnologías todos los ámbitos de la vida humana.
Los aparatos de efecto quantum habían reemplazado hacía mucho a los microchips incrustados con silicona, y la mejora en cuanto a rapidez y eficacia había sido increíble. Ya nadie tenía que teclear un programa en clave. Le decía al ordenador lo que quería y éste lo hacía. Si las instrucciones resultaban inadecuadas, el ordenador le hacía las preguntas pertinentes para aclararlas. Era una comunicación cara a cara, un holograma generado informáticamente que hablaba con su jefe de carne y hueso.
Comida Heechee y electricidad Heechee... ordenadores humanos... bioquímica Heechee unida a la medicina humana...
El mundo humano ofrecía al fin una vida digna a todos cuantos vivían en él. Aun así, si alguien no tenía bastante, había toda una galaxia esperándole.
No obstante, el gran enigma de los mismos Heechees seguía sin respuesta.
Eran esquivos. Su obra estaba por todas partes, pero nadie había visto jamás un Heechee vivo, aunque todos los exploradores de Pórtico se habían esforzado al máximo y casi todos los humanos de la Tierra soñaban (o tenían pesadillas) con su posible aspecto.
Abundaban las especulaciones y también las discusiones, pero nadie conocía las respuestas. La teoría más aceptada era que, por algún motivo, los Heechees se habían extinguido, probablemente de una manera trágica. Quizá se habían matado entre sí en una guerra terrible. Tal vez, por alguna razón desconocida, habían emigrado a una galaxia lejana. Quizás habían padecido una peste universal —o habían regresado a la barbarie— o simplemente se habían cansado de viajar por el espacio interestelar.
En una cosa sí estaban todos de acuerdo: los Heechees habían desaparecido.
Y ahí era justamente donde todos se equivocaban.
DÉCIMA PARTE - EN EL NÚCLEO No era verdad que los Heechees hubiesen desaparecido. Desde luego, no como raza. Y, aunque parezca raro, en un número de casos apabullante ni siquiera habían muerto como individuos.
Los Heechees estaban perfectamente. Si no los encontraban era, sencillamente, porque ellos no deseaban ser vistos. Tenían sus buenas razones para permanecer a cubierto de ojos indiscretos durante unos cientos de miles de años.
Su escondrijo se encontraba en el núcleo de la galaxia, en el interior de un inmenso agujero negro que contenía miles de estrellas, planetas, satélites y asteroides girando en órbita en un espacio tan mínimo que la combinación de todas aquellas masas juntas había atraído el espacio de alrededor. Los Heechees estaban allí, varios millones de ellos, y habían cubierto 350 planetas del interior de aquel núcleo para habitarlos.
Para crear aquel inmenso escondite, los Heechees habían unido 9.733 estrellas individuales, además de su escolta planetaria y otros objetos en órbita, lo que les proporcionaba, entre otras cosas, unos cielos nocturnos realmente espectaculares. Desde la superficie de la Tierra, los seres humanos alcanzan a ver a simple vista, como máximo, unas cuatro mil estrellas, que van desde la ardiente Sirio, de un color blanco azulado, hasta las de sexta magnitud, que se encuentran justo en el límite de la visión directa. Los Heechees podían contemplar el doble de estrellas, y más fácilmente, porque estaban infinitamente más cerca: azules mucho más ardientes que la famosa Sirio, rojas casi tan brillantes como el satélite de la Tierra, asterismos de cien estrellas en un conglomerado, todas extraordinariamente luminosas.
Como es natural, la misma densidad de población estelar impedía a los Heechees disfrutar de noches propiamente dichas. Salvo cuando las nubes eran espesas, no estaban acostumbrados a demasiada oscuridad. En sus planetas, ubicados en el interior del núcleo, apenas había un momento en que la refulgencia estelar no les proporcionase luz suficiente para leer.
Con tantas estrellas, tenían un montón de planetas en los que vivir. Los Heechees sólo ocupaban una pequeña parte de los planetas disponibles, pero en los escogidos reinaba un ambiente muy hogareño. Como es natural, habitaban planetas con una temperatura tirando a cálida, una atmósfera agradable y del tamaño adecuado para el gradiente de gravedad que preferían los Heechees (en realidad muy parecido al de la Tierra). Claro que todo aquello no era casual. Habían escogido la flor y nata de la cosecha para instalar la colonia del núcleo, pues tenían pensado habitarla durante una buena temporada. Allí construyeron sus ciudades y sus fábricas, montaron sus granjas e instalaron sus viveros oceánicos de peces. Ninguna de aquellas cosas era idéntica a sus equivalentes humanos, pero funcionaban igual de bien. Por lo general, incluso mucho mejor. Llevaban a cabo todos aquellos trabajos de construcción, fabricación y cultivo de un modo tan limpio y económico que no tenían que enfrentarse a problemas de contaminación ni de afeamiento del paisaje. Estaban en la gloria.
No todo era perfecto. Claro que nada lo es. Jamaica padece huracanes, el sur de California soporta los vientos de Santa Ana, e incluso Tahití tiene que aguantar las estaciones de lluvias. Los climas más próximos al ideal poseen generalmente unos cuantos fenómenos atmosféricos desagradables. Los Heechees también tenían un problema climático en su escondrijo. El suyo no era la lluvia ni el viento sino la porquería intrínseca de cualquier agujero negro. Los agujeros negros atraen hacia sí todo lo que anda cerca, con mucha fuerza, lo que provoca turbulencias a altas velocidades que se expresan en forma de radiación. Gracias a esa radiación los astrónomos humanos habían podido detectar los primeros agujeros negros, y se trata de una emisión ionizante y mortal.
Todo aquel núcleo sufría por tanto una ducha permanente de partículas cargadas muy perjudiciales, por lo que los Heechees se veían obligados normalmente a cubrir sus mundos. Las esferas de cristal que rodeaban los planetas impedían el paso de las radiaciones más peligrosas procedentes de aquellas fuentes tan repugnantes. Al mismo tiempo, el radio Schwarzchild de su inmenso agujero negro los protegía de algo que temían aún más.
Por eso se habían retirado de la circulación de un modo tan repentino. Después, se habían quedado esperando.
Los Heechees precisaban un sistema para entrar y salir de su gran agujero negro y, como es de suponer, lo tenían. Los seres humanos también lo habían encontrado en algunas de aquellas naves abandonadas, pero no supieron utilizarlo porque ni siquiera conocían su existencia. Ése era el problema de la tecnología Heechee. Cuando los seres humanos daban con algún fragmento de la misma se sumían en una gran confusión. Los Heechees no habían tenido el detalle de dejar manuales de instrucciones para que los humanos los consultasen. Ni siquiera habían puesto etiquetas en las máquinas, al menos que los humanos pudieran leer. El mejor modo que los terrestres conocían de investigar todos aquellos cachivaches era lo que llamaban ingeniería invertida, lo cual consistía, básicamente, en desmontarlos para ver cómo funcionaban.
Pero cuando los ingenieros intentaban desmontarlo, el artilugio Heechee solía explotar. Así que acostumbraban a tratar la maquinaria con mucho tiento y si no sabían para qué servía algo y tampoco se les ocurría un modo de averiguarlo, lo dejaban en paz. Tomemos por ejemplo esa especie de espiral de cristal que constituía un accesorio de algunas naves Heechees, aunque no de todas. Sabían que tenía alguna utilidad pero ignoraban cuál.
Si algún terrestre hubiera sabido dónde vivían los Heechees, antes o después habrían adivinado la función de aquel artilugio... pero nadie lo sabía. La raza humana tuvo en sus manos un instrumento para penetrar en los agujeros negros antes de imaginar siquiera que fuera posible hacer algo así.
En realidad pasó algún tiempo antes de que algún ser humano supiese cuál era el aspecto exacto de un Heechee. No obstante, son fáciles de describir.
La estatura media de un macho Heechee es de un metro cincuenta aproximadamente. La forma de su cabeza coincide con el ideal ario de la cabeza cuadrada nórdica, aunque algo más exagerada. El color del Heechee, sin embargo, no tiene nada de nórdico. Si es un macho, seguramente será de un marrón corteza de roble; si es hembra, de un tono algo más pálido. La piel de los Heechees parece un molde de plástico brillante. Una pelambrera fina y espesa cubre su cráneo, o lo cubriría si no lo llevaran muy corto. A los humanos les parecería que huelen a amoníaco, aunque los propios Heechees no lo advierten. No tienen iris en los ojos, ni siquiera una verdadera pupila, sólo un borrón oscuro que recuerda a una X en medio de un globo ocular rosado. Su lengua es bífida. En cuanto a su complexión...
Bueno, la sensación que da la estructura corporal de un Heechee depende de si se lo mira de frente o de perfil.
Si se agarrara a un ser humano y se lo aplanara quedaría más o menos como un Heechee. Visto de frente, el Heechee tendría un aspecto imponente; de perfil (salvo por una panza rotunda), bastante frágil. A lo que más recordaría (aunque no tan exagerado) sería a los esqueletos de cartón que recortan los niños para decorar las aulas en Halloween. Sobre todo en la zona de la cadera y las articulaciones de las piernas, porque la estructura pélvica de los Heechees es bastante distinta de la humana. Las piernas salen de los lados de la pelvis, como las del cocodrilo, de modo que cuando un Heechee se pone de pie hay un espacio considerable entre sus piernas.
Los Heechees aprovechaban aquel espacio. Les parecía el lugar más cómodo para transportar cosas, de modo que la carga que un humano llevaría en los brazos o a la espalda, el Heechee la transportaba colgada entre las piernas. De hecho, todo Heechee civilizado llevaba allí un morral grande y ahusado. En el mismo guardaban dos objetos fundamentales: los generadores de microondas que precisaban para su comodidad y los dispositivos de conservación de sus «ancianos», cuyas mentes llevaban siempre con ellos igual que un humano llevaría una calculadora de bolsillo, aparte de sus equivalentes a plumas, tarjetas de crédito y fotografías de sus seres queridos. Cuando el Heechee se sentaba, lo hacía encima del morral.
(Esta explicación puso fin de golpe a medio siglo de especulaciones sobre la razón por la cual los asientos de las naves espaciales Heechees eran tan incómodos para los usuarios humanos.)
Aunque dura y brillante, la piel del Heechee no era gruesa. Se veían los movimientos de los huesos a través de la misma; incluso el funcionamiento de los músculos y los tendones, sobre todo cuando estaban nerviosos (era una especie de lenguaje corporal, algo así como un humano haciendo rechinar los dientes). El habla Heechee era algo sibilante y los gestos totalmente distintos de los terrestres. No sacudían la cabeza para negar; sino que agitaban las muñecas.
Los Heechees descendían de una raza de zapadores como los perros de la pradera, más que de arbóreos adaptados a las llanuras, como la personas.
Por eso los Heechees poseían varias características que les había brindado su herencia. Ningún Heechee sufría de claustrofobia. Les gustaba estar en espacios cerrados. (Quizá por eso fuesen tan aficionados a los túneles y sin duda por esa razón preferían dormir en una especie de sacos rellenos de virutas de madera.)
Las familias Heechees no eran idénticas a las humanas, como tampoco sus ocupaciones, ni sus equivalentes a política, moda y religión. Tenían dos sexos, como las personas, y a veces se obsesionaban con el tema (igual que les sucede a las personas), pero podían pasar largos períodos sin apenas prestar atención al asunto (al contrario que la mayoría de los humanos). Aunque parezca raro, no habían desarrollado el equivalente a instituciones propias del hombre como la burocracia gubernamental (ni siquiera tenían un gobierno propiamente dicho) o la economía financiera (tampoco usaban el dinero como principal instrumento de intercambio). Los humanos no comprendían cómo podían funcionar sin esas cosas, pero los Heechees pensaban que los humanos, en lo concerniente a eso, eran mezquinos. Dado que cuando los seres humanos se adentraron tanto en el espacio como para tener alguna oportunidad de encontrar a los Heechees, la mayoría de las personas trabajadoras ocupaban un puesto en el sector administrativo, les sorprendió descubrir que casi todos los Heechees eran, desde el punto de vista terrestre, desempleados.
A los profesores humanos de ciencias políticas y sociología les extrañaba que los Heechees hubieran salido adelante sin reyes, presidentes ni dirigentes. También en la Tierra varias generaciones de anarquistas, libertarios y filósofos minimalistas habían afirmado que los seres humanos no necesitaban de tales líderes. El gran enigma era cómo se las habían arreglado para escapar de ellos.
Un grupo de antropólogos y conductistas culturales dedicó mucho tiempo a elaborar una teoría aclaratoria. Aquel fenómeno también parecía radicar en la evolución. Los preheechees no sapiens —las especies primitivas que se denominaron Heecheeides— habían amadrigado en el campo como el perro de la pradera o la araña nemesia. No formaban tribus. Marcaban sus territorios. En consecuencia, los Heecheeides no padecían guerras tribales ni luchaban por la sucesión al trono; no había ningún trono que disputar. Ningún Heechee había sentido nunca necesidad de enfrentarse a otro, a menos que invadiese su territorio.
Como es lógico, no se puede construir una civilización de alto desarrollo tecnológico y capaz de viajar al espacio a partir de individuos solitarios que no interfieren entre sí. Cuando los Heechees primitivos alcanzaron el grado de desarrollo necesario para plantearse proyectos ambiciosos que requerían la cooperación de varios individuos, los hábitats ya estaban definidos. No habían desarrollado sentimientos patrióticos. No tenían naciones que pudieran impulsarlo. Poseían un código de comportamiento (leyes) e instituciones que lo fomentaban y lo defendían (consejos, tribunales y policía), pero eso era todo. Los gobiernos de la Tierra gastaban casi todas sus energías en defenderse de los ataques de los gobiernos de otras naciones (o en atacarlos ellos). Cuando la amenaza recíproca era física, intervenía el ejército. Cuando era económica, la campaña se manifestaba en forma de subvenciones, aranceles y embargos. Los Heechees no precisaban aquellas iniciativas gubernamentales, porque al no existir naciones no se daba la competencia nacional.
De modo que los Heechees vivían en su atestado núcleo, muy satisfechos, esperando a que los descubrieran.
No se podría decir sin embargo que los Heechees llevaran una vida muy normal allí dentro, visto desde el punto de vista humano. Divergían de la normalidad en un aspecto muy significativo. Los Heechees llevaban medio millón de años viviendo allí —desde poco después de su visita a la Tierra en la que se llevaron unos cuantos australopitecos para ver si aquellos animalillos estúpidos sabían aprovechar la oportunidad que se les brindaba—, pero a ellos no les había parecido tanto tiempo.
Albert Einstein lo habría comprendido de inmediato. De hecho, había hablado de algo parecido. Los Heechees estaban en el interior de un agujero negro. En consecuencia, obedecían a las reglas cosmológicas que gobiernan los agujeros negros, incluido el fenómeno de la dilatación del tiempo. El tiempo que volaba en la galaxia exterior transcurría con una lentitud glacial en el interior del núcleo; la proporción era aproximadamente de 40.000 a 1. Aquello suponía una diferencia tan grande que muchos de los Heechees que dejaron sus naves en Pórtico seguían vivos en el núcleo. Bueno, sí, se habían hecho un poco viejos. El tiempo no se había detenido. No obstante, para ellos sólo habían pasado unas cuantas décadas, no medio millón de años.
Además, cuando los Heechees escaparon y se ocultaron, dejaron centinelas tras de sí. Tenían un plan.
Su plan contaba con un lamentable factor de riesgo. Los Heechees no podían impedir que alguna otra raza inteligente que hubiese desarrollado tecnología espacial encontrase las naves y las utilizase; si aquello sucedía, el plan se iría al garete. Sin embargo, tenían que arriesgarse. En realidad contaban con ello. De modo que los Heechees habían dejado robots centinelas ocultos por la galaxia para descubrir a aquellas nuevas razas en cuanto asomasen la cabeza.
Así, cuando la raza humana empezó a hacer ruido, los vigías Heechees lo oyeron.
Entonces emplearon aquella barra retorcida de cristal y ébano que llamaban el equivalente Heechee a «abrelatas» para salir, comprobar sus «cepos» y ver qué se había cocido en la galaxia durante los últimos siglos (o, desde su punto de vista, durante los últimos días). Como medida rutinaria de precaución, los Heechees enviaron al exterior a una patrulla para investigar...
Pero esa sí que de verdad es otra historia.
FIN