Publicado en
noviembre 21, 2010

TÍTULO ORIGINAL: THE ORCHARD BEEPER
TRADUCCIÓN: LUIS MURILLO FORT
EDITORIAL DESTINO – LITERATURA
BARCELONA – NOVIEMBRE 2000
El árbol estaba destroncado, y los trozos desparramados de cualquier manera sobre la hierba. Había allí un hombre rechoncho con tres dedos entablillados y envueltos en un vendaje sucio. Le acompañaban un negro y un hombre joven, los tres en corro alrededor del tocón del árbol. El hombre rechoncho dejó a un lado la sierra y él y el negro agarraron la estaca de cercado y se afanaron entre gruñidos y resoplidos hasta conseguir darle la vuelta al leño. El hombre hincó una rodilla y examinó el tajo. Habrá que intentarlo por este lado, dijo. El negro cogió el tronzador y él y el hombre se aplicaron a serrar otra vez. Después de un rato el hombre dijo: alto. Maldita sea, ya estamos otra vez. Levantaron la sierra y examinaron el corte. Es verdad, dijo el negro. Otra vez igual.
El joven se acercó. Ven, dijo el hombre. Mira por este lado. ¿Lo ves? El joven miró. ¿Hasta aquí arriba?, dijo. Sí, respondió el hombre. Agarró el retorcido pedazo de hierro, fragmento magullado de la cerca, y lo sacudió. No se movió de sitio. Se ha extendido a lo largo del árbol, dijo el hombre. No podemos seguir cortando. Este maldito olmo podría cargarse la sierra.
El negro asintió de una cabezada. Sí señor, dijo. Tiene usted razón. Se ha metido hasta arriba del todo de ese árbol.
I Desde hacía un rato la carretera estaba desierta, blanca y abrasadora aún, pero el sol teñía ya de rojo el cielo de poniente. Caminaba despacio por el polvo, deteniéndose de vez en cuando y saltando a la pata coja como un ave desgarbada para examinar la pelota de esparadrapo que le salía por la suela del zapato. Volvió una vez más la cabeza. A lo lejos, una pequeña masa informe había aparecido en la llameante franja de asfalto y se aproximaba a marchas forzadas. La cosa fue agrandándose, palpitante y grotesca como un objeto que se mira a través de un cristal empañado, cobró brevemente la hechura y solidez de una camioneta, pasó rápidamente de largo y recuperó la misma forma líquida con que había surgido.
Hizo un gesto vago con el pulgar a vehículo pasado. Pequeños abanicos de polvo se elevaron del arcén para posarse en las vueltas de su pantalón.
Corre, capullo, dijo al efímero espejismo. Sacó sus cigarrillos y los contó, los guardó de nuevo. Levantó la cabeza al sol. En cuanto oscurezca no habrá nada que hacer, dijo. Silencio sin viento, ni un susurro de los papeles de periódico y envoltorios de caramelo furtivamente empotrados en la pared de maleza marrón que bordeaba la carretera.
Más adelante distinguió las luces de una gasolinera, varios edificios. Quizá un cruce donde el tráfico aminoraba la marcha. Hizo señas a un gemebundo camión que arrastraba a su paso una nube de polvo y papeles, lo vio encrespar los árboles carretera abajo.
Tú no cogerías ni al mismo Cristo, verdad, le gritó mientras se pasaba la mano por el pelo.
Al llegar a la gasolinera echó un buen trago de agua y se fumó un cigarrillo. Entró en la tienda de comestibles que había al lado y recorrió con un sonido resbaladizo los pasillos llenos de cajas y latas, llenando sus bolsillos de pequeños artículos: chocolatinas, un lápiz, un rollo de cinta adhesiva... Al rebasar unos paquetes de papel higiénico se topó con el dueño que le miraba de arriba abajo.
Oiga, dijo, no tendrá usted por casualidad... -hizo un rápido inventario con la mirada- una bomba de neumáticos, ¿verdad?
No en la sección de bollería, dijo el hombre.
Dirigió la vista hacia un revoltijo de galletas y bollos, mortales de necesidad en sus celofanes con cagadas de mosca.
Por aquí, le estaba diciendo el dueño. En una caja al fondo del mostrador había gatos, bombas, desmontadores de neumáticos, una extraña barrena para hoyos de poste.
Ah sí, dijo. Ya la veo. Fue hacia allá y estuvo revolviendo durante unos minutos.
No es el modelo que yo buscaba, le dijo al dueño yendo hacia la salida.
¿Y cómo es el que buscaba?, preguntó el hombre. Yo creía que sólo las había de una clase.
Pues no, dijo él, a un paso de la puerta, frotándose el labio inferior. Estaba inventando un nuevo tipo de bomba para neumáticos. Verá, dijo, con las que fabrican ahora ya no hace falta bombear arriba y abajo (haciendo ademán de bombear), tienen una especie de manubrio y sólo hay que darle a una palanca (bombeando con una sola mano).
No me diga, dijo el dueño.
Se lo juro. Así resulta mucho más fácil.
¿Qué clase de coche lleva usted?, quiso saber el dueño.
¿Yo? Pues un Ford, un treinta y cuatro recién salido de fábrica, motor de ocho cilindros en V. Acojona con sólo meterse en él.
Pero los neumáticos le dan problemas, ¿eh?
Bueno... no, en realidad nunca he tenido problemas con los neumáticos... Bien, será mejor que... oiga, ¿a cuánto está Atlanta?
A veintisiete kilómetros.
Será mejor que me ponga en camino. Hasta la vista.
Cuando guste, dijo el dueño. Espero que pueda hinchar ese neumático. Con una bomba le sería mucho más fácil.
Pero la puerta mosquitera se había cerrado ya, con él fuera. Desde el porche de la tienda trató de adivinar la hora. El sol se había puesto. Sonó un grillo, un escuadrón de murciélagos salió del poniente inflamado agitando sus alas puntiagudas, hostigando el crepúsculo.
Había un coche aparcado junto a la gasolinera. Después de maldecir al dueño de la tienda, fue a beber un poco más de agua. Sacó una chocolatina del bolsillo y empezó a masticar.
Pocos minutos después un hombre salió del servicio y pasó junto a él, camino del coche.
Oiga, dijo. ¿Va hacia la ciudad?
El hombre se detuvo y miró en derredor, reparó en él acodado en un barril de petróleo. Sí, dijo. ¿Quieres que te lleve?
Vaya, se lo agradecería mucho, dijo, yendo hacia él. Tengo a mi hija en el hospital y he de ir a veda esta noche...
¿Hospital? ¿Qué hospital?, preguntó el hombre.
El que hay en Atlanta. Uno grande...
Ah, dijo el hombre. Bueno, yo sólo voy hasta Austell. ¿Está lejos?
A quince kilómetros.
Bueno, no le importa que le acompañe hasta allí, ¿verdad?
Será un placer llevarte a Austell, dijo el hombre.
Entrando en Atlanta vio en lo alto de una valla de señalizaciones un rótulo que decía KNOXVILLE 197 millas. El nombre de la ciudad a la que se dirigía. Si le hubieran preguntado cómo se llamaba él, habría dicho cualquier cosa menos Kenneth Rattner, que era su nombre.
Al este de Knoxville (Tennessee) empiezan las montañas, pequeñas lomas y agujas de los pliegues de los Apalaches que deforman a su antojo las carreteras que parten de allí. La primera de ellas es Red Mountain; en días despejados se ve desde su cresta la fresca línea azul de la cuenca como una promesa lejana.
A finales del verano la montaña hierve bajo un implacable cielo azul. El polvo que cubre la carretera del vergel es rojo como el de un horno de ladrillos, e imposible de retener en la mano. Desde el valle suben por la pendiente vientos cálidos como un aliento rancio, con efluvios de algodoncillo, de porqueriza, de vegetación corrompida. Los terraplenes de arcilla roja que bordean la carretera están coronados de madreselva marchita, de arvejo seco y encamisado de polvo. Hacia finales de julio las parcelas de maíz se ven apergaminadas y mustias, con los tallos sesgados en señal de derrota. Todos los verdes son pálidos y secos. La arcilla se agrieta y se parte en un perpetuo microcataclismo y los bloques de caliza yacen en la tierra erosionada como bancos de delfines tomando el sol, encorvados los grises lomos hacia un cielo de infierno.
En el relativo frescor de los rodales florece con cínica fecundidad la uva moscatel, y el lecho del bosque -cubierto de troncos musgosos, poblado de setas venenosas, solemnes entre los helechos y las enredaderas e inclinadas como para mostrar sus delicadas laminillas biliosas- tiene algo de primitivo, humoso pantano carbonífero donde acechan vetustos saurios fingiéndose dormidos.
Arriba en la montaña la caliza forma declives o levanta escarpas dentadas entre las apretadas raíces de nogal, roble y tulipero que incluso aquí se previenen contra el precario declinar que les asigna la fortuita caída de una semilla.
Al pie de la pared occidental hay una comunidad llamada Red Branch. Era un lugar muy diferente en 1913 cuando nació allí Marion Sylder, o cuando en 1929 dejó los estudios para trabajar brevemente como aprendiz de carpintero para Increase Tipton, patriarca de un clan cuya prosperidad se extendía a una docena de cabañas de pacotilla esparcidas por el valle en lugares inverosímiles, medio escondidas entre los barrancos de las inmediaciones como enormes rumiantes aquejados de estreñimiento, y sin embargo dotadas de un aire transitorio y adventicio como si las hubiera dejado allí el retroceso de una riada. Ni siquiera la rapidez con que habían sido construidas podía despojarlas de la podredumbre a la que tan afines eran. Mohos gangrenosos asaltaban los cimientos antes de que la techumbre estuviera debidamente colocada. El barro trepaba por los costados y la pintura se desprendía a grandes tiras blancas. Una plaga terrible parecía cebarse sucesivamente en ellas.
Las alquilaban a familias de gente demacrada, morena de piel y de ojos hundidos, ni mellungeons* ni exactamente ninguna otra cosa, cuya aterradora proliferación hacía que su vida entera pareciese consagrada a la producción de un linaje de descendientes que se pasaban horas y horas sentados en los porches, descalzos y andrajosos como víctimas de alguna catástrofe, contemplando la tierra incandescente con expresiones que no eran de esperanza ni de asombro ni de desesperación. Iban y venían, libres como aves migratorias, cada nueva familia una réplica de la anterior, y lo único que cambiaba era el nuevo propietario del buzón, cuyo nombre aparecía toscamente escrito sobre capas sucesivas de pintura que devolvían a los anteriores inquilinos al anonimato del cual procedían.
Marion Sylder trabajó con el martillo y la sierra hasta finales de septiembre y luego partió, entendido en viguetas y cerchas, y con sus ahorros se compró ropa y unas botas de treinta dólares encargadas por correo a Minesota y desapareció. Estuvo ausente cinco años. Fuera cual fuese su oficio en el exilio, no llevó ropa de faena ni empuñó martillo alguno.
Por esa época había en el paso de la montaña un establecimiento llamado Green Fly Inn. Tenía forma de caja, una fachada alta y un tejado de chapa metálica inclinado de delante atrás, y todo él descansaba sobre un andamiaje de postes al borde de un precipicio. La puerta principal daba directamente a la carretera. Uno de los ángulos estaba claveteado a un pino que se erguía majestuoso de la hondonada (una hondonada que en noches de viento era como un humero que aspiraba las corrientes aéreas que ascendían del valle). En noches como aquellas la clientela tenía bajo sus pies un suelo que bailaba ebrio, un suelo que se agitaba y cabriolaba entre grandes gemidos. A veces el edificio entero se decantaba como si fuera a caer derecho al vacío. Los que estaban bebiendo se quedaban quietos con el vaso en la mano, inclinado el líquido en su interior, toda la estructura se estremecía con violencia, caía una escoba, una botella, y el local recuperaba lentamente la horizontalidad y su tambaleante equilibrio normal. Los que bebían brindaban otra vez, la charla se reanudaba. Nadie comentaba sobre las rarezas del local más que cuando estaba fuera de él. Para sus parroquianos era un objeto tan animado como cualquier barco viejo para su tripulación, y generaba una atmósfera de la que muy pocos locales podían presumir, una solidaridad debida en gran parte a su precariedad misma. El balanceo, los incesantes lamentos de la martirizada madera, creaban una ilusión enteramente náutica; después de una violenta sacudida casi se esperaba ver a un barbudo segundo de a bordo asomando la cabeza por la escotilla para informar de que el velamen estaba bien asegurado.
El local contaba con una genuina barra, supuestamente de caoba, que había sido rescatada de un saloon de Knoxville en 1919, pasando después por una lavandería, una tienda de helados y, esto por poco tiempo, un local cavernoso a varios kilómetros de Red Branch en la carretera de Knoxville que fracasó a poco de abrirse debido a un intento de compromiso entre marrullería y mangoneo. Con la salvedad de dos columnas dóricas de mármol blanco colocadas a cada extremo, la barra era de lo más rústico. No tenía taburetes, y a todo lo largo de la parte delantera había un rodapié de madera metido entre sendos cubos de rueda de carro. Esparcidas por la estancia había cuatro o cinco mesas con un variado surtido de sillas desvencijadas, cajas de leche y una traicionera banqueta plegable. Por la noche, después de cerrar el local, el dueño abría la puerta de atrás y empujaba las barreduras al abismo, pendiente del posterior entrechocar de vidrios. La basura allí acumulada iba cayendo montaña abajo hasta una profundidad insospechada, proliferando, de una indescriptible variedad y riqueza.
Una tarde a finales de marzo los parroquianos pestañearon al barrido de unos faros en la curva, y vieron un Ford negro y reluciente que se detenía al otro lado de la carretera. Era un flamante coche deportivo. Pocos minutos después Marion Sylder cruzaba la puerta del establecimiento luciendo su gabardina gris, la raya del pantalón fina como una cuchilla, la camisa con tres dobleces en la espalda a la usanza militar y a la cintura una correa de cuero no más ancha que el extremo de un látigo. Apretaba un veguero fino entre los dientes. Su nuca dejó ver una brecha entre la piel tostada y la raíz del pelo mientras se dirigía a la barra.
Una vez allí apoyó en el rodapié un zapato de cuero abollonado, sacó del bolsillo un puñado de dólares de plata y los ordenó en montones. Cabe estaba sentado en un taburete alto cerca de la caja registradora. Sylder examinó brevemente las monedas y luego alzó la vista.
Vamos, Cabe, dijo. ¿Aquí se bebe o no?
Sí señor, dijo Cabe, descendiendo de su taburete. Entonces pensó: Cabe. Observó al recién llegado. Como un fantasma, la cara del muchacho errante fue perfilándose en los rasgos del hombre que estaba frente a la barra. ¿No serás Sylder?, dijo. El Sylder que... Tú eres Marion Sylder, ¿verdad?
¿Y quién pensabas que era?, preguntó Sylder.
Vaya vaya, dijo Cabe, que me aspen si... ¿Dónde te habías metido? ¡Eh, Bud! Mira quién hay aquí. A ver si te acuerdas de éste. Vaya vaya. Qué te parece.
Bud se acercó sin prisa y le miró de arriba abajo, sonrió y asintió con la cabeza.
Toma, dijo Sylder, invita a un trago a esos borrachines.
Eso está hecho, dijo Cabe. ¿Qué borrachines?
Sylder señaló hacia el saloncito lleno de humo y pobre de luz. Todos empinan el codo, ¿no?
Hombre, pues claro. Cabe miró a su alrededor sin saber a qué atenerse; y, de repente, gritó hacia el saloncito: ¡eh! Los borrachines de ahí dentro, hay una ronda gratis a cuenta de Marion Sylder. El que quiera beber que levante el culo del asiento.
Rattner se detuvo al llegar a la carretera y encendió un fósforo para examinarse la espinilla. El pequeño brote de luz iluminó el corte que tenía en la pierna: parecía una ampolla de alquitrán. Tres riachuelos de sangre partían de la mancha negra que le había dejado el pantalón, se abrían en delta, empalmaban más abajo; una línea fina bajaba directa al calcetín. Soltó el fósforo y se chupó el pulgar chamuscado.
Aparte de la magulladura en la pierna, tenía el codo despellejado y le dolía horrores. Un ramal de alambrada a ras de suelo había sido su ruina. Arrancó un puñado de hierba seca, hizo una pelota con él y le prendió fuego con una cerilla. La hierba crepitó en la llama rápida, Rattner volvió a remangarse el pantalón. Secándose la sangre con la palma de la mano observó la velocidad del flujo. Satisfecho, aplicó de nuevo a la herida el paño pegajoso y sacó la cartera que llevaba en el bolsillo frontal. Extrajo un pequeño fajo de billetes doblados y procedió a contarlos. Abrió entonces la cartera y esparció tarjetas y fotografías. Examinó ambas cosas con detenimiento, así como el interior del billetero inservible, y luego lo dispersó todo a puntapiés y se guardó el dinero en el bolsillo. El puñado de hierba se había convertido en una bola de pavesas espigadas, ardiendo aún como finos alambres al rojo. De una patada levantó toda una nube de chispas moribundas. Un pálido resplandor flotaba en la noche al fondo de la carretera como un primer atisbo de autora. Había salido de Atlanta a las diez... no podía ser más de medianoche. Se palmeó la pierna una vez más, se chupó el pulgar y encaminó sus pasos hacia las luces.
Jim's Hot Spot, rezaba el neón verde lima. Rodeó furtivo los pocos coches estacionados, atisbando en sus oscuros interiores sin dejar de mirar de soslayo hacia la puerta, donde un continuo torbellino de insectos se arracimaba en una cúpula de luz amarilla. Rebasó el último coche vacío antes de llegar a la puerta y aprovechando la luz se examinó una vez más la pierna acartonada y entró.
El pequeño deportivo solía entrar y salir de casa de los Sylder a horas extrañas, cuando no estaba aparcado delante en la hora de más calor, esplendoroso e intempestivo, atlético y con el aire fogoso de un pura sangre maneado. Los sábados por la tarde recogía muchachos que iban a la ciudad con sus monos nuevos andando por la cuneta como quien reúne la jauría después de una batida; muchachos que montaban torpemente en el coche, que viajaban solemnes o susurrando entre sí con voz ronca hasta que el coche ganaba velocidad. Sylder notaba su aliento en el cogote -los que iban en el asiento trasero, apretujados como gallinas- cuando miraban por encima de su hombro. Un gran silencio mientras la aguja describía un lento arco vencedor sobre los números del salpicadero para detenerse brevemente en 120 durante el último y largo tramo recto a punto de llegar a la ciudad. A veces alguno de ellos se aventuraba a preguntar. Él siempre les mentía. Ni el propio fabricante sabe qué velocidad puede alcanzar, decía. Piensan llevar uno de éstos al desierto del Sahara para averiguarlo.
En Gay o en Market se arrimaba al bordillo y chillaba: ¡final! y los veía salir del coche como payasos de circo: cinco, seis, hasta ocho muchachos, todos camino del espectáculo, granjeros sin más granja que unas tomateras marchitas y un par de cerdos famélicos. Por el retrovisor los veía fijarse en el coche que se alejaba, meneándose en la acera como una bandada de pájaros muertos de curiosidad.
Las cervecerías de Knoxville cerraban los domingos, oscuras y mudas de sabática quietud sus fachadas de cristal, y Sylder se dirigía a las montañas para reunirse con la gente que iba hacia allá, lejos del alcance de la legislación, civil o espiritual.
Jack the Runner tenía la boca azul, la lengua entre azul y negra como la de un chow-chow. Sentado a la mesa contigua a la puerta del Green Fly Inn bebía licor de zarzamora de un frasco de linimento.
¿Dónde las has dejado?, le estaba preguntando Sylder. Ahh, gorgoteó Jack. Arriba en la montaña.
Esto es la montaña, dijo Sylder.
He dicho arriba. En la carretera de Henderson Valley. ¿Henderson Valley? ¿Dónde está eso?
Ya te lo he dicho. En lo alto de la montaña...
¿Tú crees que nos dice la verdad?, preguntó June.
Sylder le miró y volvió a mirar a Jack. Éste examinó un cigarro de aspecto nauseabundo que había encontrado en el bolsillo de su camisa y procedió a darle vueltas contra su lengua con ebria constancia. Sí, dijo Sylder. Es lo más seguro.
Muy suspicaz, estaba diciendo Jack, que ahora sostenía el puro con el brazo extendido. De su cara inferior pendía un moco de saliva. Muy suspicaz.
El reverbero amarillo de los faros atrapó la expresión transitoriamente inmovilizada de unos animales, ciervos tal vez, congelados en posturas de sorpresa que proclamaban una huida inminente. Sylder pasó de largo y siguió montaña arriba.
¿No piensas parar?, preguntó June.
A la vuelta, dijo Sylder. Haré como si lleváramos la misma dirección. No pensaba que pudieran equivocarse de camino. Si es que van a ir por Sevierville, son casi cincuenta kilómetros.
En el hueco del asiento delantero había un tarro de vidrio lleno de whisky. Sylder oyó el sonido metálico de la tapa al ser desenroscada y alargó el brazo para que June le pasara el tarro. De vez en cuando aparecían polillas frente al parabrisas, se inflamaban, salpicaban de mica el cristal. Una amotinada compañía de mosquitos viajaba en el sendero de los faros. Echó un trago y devolvió el tarro a June. Bajo la capota negra el motor emitía roncas combustiones.
Sylder se acordó del viejo Tipton cuando decía que ni al mayor imbécil se le escapaba que con los pistones terciados de aquella manera -sacando el culo, decía- seguro que se gastaban completamente de un lado. Los pistones estaban hechos para moverse de arriba abajo. Los hay a montones por la calle, decía, si es que te consuela saber que no eres el único que se deja engañar.
Torcieron al llegar a la cantera y volvieron a bajar llaneando silenciosamente. Los neumáticos producían un sonido líquido sobre las grietas del asfalto. Al verse alcanzadas por las luces ellas empezaron a moverse tímidamente hacia la cuneta como harían las vacas. Sylder fue frenando hasta llegar a su altura.
Hola, dijo June al oído de la chica que estaba más próxima. ¿Os llevamos a alguna parte?
La otra estaba ya a su lado. Intercambiaron una mirada y la primera dijo: gracias, pero creo que no hace falta. El chico se había quedado a unos pasos de ellas. Sylder volvió la cabeza y pudo ver que no les miraba ni tampoco a las chicas, sino al coche.
¿Adónde vais?, quiso saber June.
Las chicas se miraron de nuevo. Esta vez habló la más alta.
Sólo vamos a dos pasos de aquí, explicó.
Dile que podemos ir juntos, sugirió Sylder.
¿Qué?, dijo la más baja. En ese momento el muchacho levantó la voz y ambas lo fulminaron con la mirada.
¿Cuánto falta para Knoxville?, fue su pregunta.
¿Para Knoxville? June no se lo podía creer. ¿Has dicho Knoxville? Estáis locos si pretendéis llegar a Krioxville andando. Por lo menos son treinta kilómetros, ¿verdad, Marion?
Se oyó gruñir a las excursionistas. Sylder le estaba haciendo señas de que saliera del coche.
Vamos, dijo June, apeándose. Ya podéis subir. Nosotros vamos a Knoxville, será un placer dejaros allí.
Sylder les ofreció una sonrisa de bienvenida una vez que estuvieron dentro y estudió sus caras bajo la luz cenital.
Bajó hacia el Hopper -la empinada carretera en forma de tolva que iba a la bifurcación- sin pisar el freno. La chica que iba entre él y Tipton chilló una sola vez y luego se tapó la boca con la mano mientras viraban para cruzar la carretera principal y salían disparados hacia la negrura, lamiendo con sus faros los primeros grupos de árboles que se erguían en el flanco de la hondonada. El deportivo aflojó la marcha, quedó un momento posado en la grava de la carretera de abajo, brincó de nuevo y se deslizó en diagonal rugiendo a escape libre y ametrallando de grava la maleza.
La que iba detrás prorrumpió en sollozos. Nadie dijo nada durante unos minutos y luego la más baja dijo: ¿adónde se va por aquí?
Se va al picade...
A la ciudad, cortó June. Se va a la ciudad. Es un atajo. Le pareció que la chica se había arrimado un poco a Sylder, aunque en realidad se había vuelto hacia él para hablarle. Vio que la mano de Sylder, de un verde fosforescente a la luz del salpicadero, sacaba el estárter.
Llegaron al primer puente antes de que el motor empezara a renquear suficientemente para que ella lo notara. A partir de allí la carretera empezaba a subir de nuevo y Sylder dejó brincar el coche un par de veces antes de cambiar a segunda. Ella no movió la pierna. Sylder la observaba por el rabillo del ojo, iba sentada hacia adelante y escrutaba la noche desconocida. Una polilla se coló por debajo del parabrisas y le rozó la cara. Sylder giró la manivela para cerrar el cristal. Cuando el coche corveteó otra vez la chica dio un respingo y preguntó qué pasaba.
Sylder empezó a decir que el generador se había quedado sin agua pero pensó en el chico que iba en el asiento de atrás. No abría la boca para nada. La más alta había adelantado el cuerpo y respiraba ahora en el cogote de Tipton, con la mirada fija en el parabrisas y una expresión lúgubre y atormentada, como si planeara dar un salto desesperado al negro paisaje de la noche.
Se ha trabado por el vapor, dijo al fin. Con tanta subida el motor se recalienta y hay que dejar que se enfríe un poco.
Ella le miró y luego desvió la vista, sin decir palabra. Un conejo fantasma quedó congelado en la luz de los faros, derramó un solitario ojo blanco, desapareció. June estaba hablando con ella en voz baja mientras la chica seguía mirando al frente, callada. La que iba en el asiento trasero se había retrepado. No decía nada. Sylder pudo ver la silueta de media cabeza oscura y tupida, como de oso, por el espejo retrovisor. Fue entonces cuando reconoció el olor. Una tibia emanación de orina, húmeda y empalagosa, flotó en el aire del coche mientras iban frenando.
Rebasaron la última curva al pie del pinar y pararon delante de la iglesia de una secta baptista de negros. Sylder cerró el contacto. Hasta aquí hemos llegado, dijo
Abrió la puerta y se disponía a salir cuando notó la mano de la chica en su pierna. Volvió la cabeza.
Él no, dijo ella. El otro no.
De acuerdo, dijo. Vamos.
Apagó las luces y un momento después eran anulados por una súbita oscuridad.
Marion, susurró June con voz ronca. ¿Marion...?
Arthur Ownby los había visto pasar desde el porche de su casa y acababa de oír cerrarse la puerta del coche, carretera arriba. Había empezado a llover. Una neblina amarilla se extinguió en el bosque. Oyó voces apagadas, apenas audibles en el cálido aire de la noche. Marcó con un pie el compás de una vieja balada en el poste esquinero del porche. Al abrigo del alero estudió el movimiento de las estrellas. Era noche de meteoritos. Bombardeaban la imponente joroba de Red Mountain. La lluvia caía de un cielo impecable. Una risa femenina en la carretera. Se acordó de ella sentada en el pescante un domingo por la mañana que la mula le había ventoseado en la oreja mientras él desenganchaba el balancín y le hundió dos dedos en una costilla y la mula ni siquiera pestañeó. Se hacía tarde para un viejo. Archur Ownby había estado mirando desde el porche. Dormitó.
Al pasar por la carretera el chico miró hacia la casa situada a medio repecho, oscura y como abandonada. No pudo ver al viejo y el viejo estaba dormido.
Era casi de día cuando salieron de Knoxville, un gris frío y pálido apuntando por el este.
¿Adónde la llevaste?, preguntó Sylder.
June alcanzó los cigarrillos que había en la visera. Es fea de narices, exclamó. ¿Sabes lo que me dijo?
No. Qué, dijo Sylder sonriendo.
Que era el chico más guapo con quien se había acoplado jamás. ¡Acoplado!, no veas.
Dime dónde.
¿Cómo?
Que adónde la llevaste. Te vi bajar de la iglesia pero no oí que fueras hacia allá. ¿Dónde estabais?
Ah. En el excusado.
¿Excusado?
El cagadero, hombre.
Sylder lo miraba con pasmada incredulidad -aceptación y fe momentáneamente en suspenso-, incapaz de imaginar la situación. Aún preguntó una cosa más:
¿De pie?
Qué va, bueno... ella se sentó allí como si dijéramos y se echó hacia atrás y entonces yo... Ella... Pero su capacidad descriptiva no daba para tanto, como tampoco la imaginación de Sylder.
Quieres decir que... -Sylder hizo una pausa en un intento de resumir los hechos- que te la fallaste en un cagadero de negros sentado en el...
Maldita sea, al menos no me la tiré en una jodida iglesia, le interrumpió June.
El deportivo paró junto al arcén y Sylder se recostó en la puerta, epiléptico de risa. Al rato consiguió decir:
¿Fue ella la que...?
Sí, imbécil, fue ella.
¡La leche! Sylder lanzó un silbido y salió rodando por la puerta para caer sobre la hierba húmeda de rocío, donde quedó convulsionándose en silencio.
El local estaba mal iluminado y parecía un establo. Una pista de baile encerada sobre cuyo extremo caía el reflejo de las luces del jukebox y de la barra. Detrás de ésta un espejo alargado en el que le sorprendió verse, una silueta en el marco de la puerta, hábilmente colocado sobre un montón de vasos. Cruzó la pista cojeando un poco y se subió al taburete que había en la esquina.
El cantinero estaba sentado en una silla de caderas leyendo una revista. La dobló con esmero y se llegó despacio adonde estaba el hombre.
Cerveza, dijo Rattner. Su lengua barrió con anticipada fruición el labio inferior. El cantinero fue hasta el barril y escanció una jarra, luego retiró la espuma sobrante con un palo y se la llevó. Rattner inclinó la jarra sobre el mostrador y acercó la cara; sus labios buscaron el canto y se aplicaron blancos y gruesos como sanguijuelas mientras bajo la piel gris amarillenta los tendones de su garganta saltaban espasmódicos, engullendo la cerveza. Levantando finalmente la jarra para apurada, terminó de beber y la deslizó hacia el cantinero, que le había estado observando entre fascinado y asqueado, como quien mira copular unos cerdos.
Oiga, estaba buena de verdad. Sí señor, creo que tomaré otra.
Diez centavos, dijo el cantinero.
Hurgó en su bolsillo y sacó una moneda de a diez. Aquí tiene, dijo.
El cantinero cogió la jarra, con precaución, y la volvió a llenar.
Rattner había estado fuera todo un año. Había ido de Maryville a Red Branch, tomado alojamiento en un caserón de troncos con su mujer y su hijo y partido cuatro días después con veintiséis dólares en el bolsillo, solo y rumbo al sur en un vagón frigorífico vacío de la L & N. Un incidente en el Green Fly Inn había sido su inesperado golpe de suerte:
La puerta trasera por la que Cabe sacaba cada noche la basura había dado antaño a un porche que ocupaba todo el ancho del edificio, sostenido por jácenas que eran extensiones de los maderos del piso y asegurado frugalmente con tablones dispuestos al sesgo debajo de aquéllos. Allí se reunían en verano los parroquianos, trayendo con ellos sus sillas o cajas o encaramándose peligrosamente al estrecho barandal como aves en su percha. La intemperie y las termitas conspiraron contra este refugio y acabaron arruinándolo. Corría el año 1933 cuando, una calurosa noche de verano, Ef Hobie llegó al Green Fly Inn. El regreso del hijo pródigo (penitenciaría de Petros -Brushy Mountain- dieciocho meses por posesión de alcohol ilegal) atrajo a un gran número de adeptos. Uno a uno salieron por la puerta posterior para tomar posiciones en el porche. Hobie era muy admirado y les dedicó un continuo monólogo de anécdotas. Estaba contando que su parienta le prestaba el hueso de la sopa familiar a la señora Fenner; que lo había malogrado cociendo guisantes con él, cuando un ruido seco y penetrante surgió de algún punto del suelo. Era una noche de calma, sin viento, saturada de calor, y el ruido les pareció a todos funesto. La charla se reanudó después de una pausa.
Cruzó la puerta y salió al porche, circunspecto, saludando apocado con la cabeza a todo el mundo, como si algún conocido suyo pudiera estar más allá de la baranda y misteriosamente suspendido en la oscuridad, se apoyó en la jamba y se llevó la botella a la boca, sus ojos moviéndose entre los presentes o cerrándose y buscando de nuevo a ese ser de la oscuridad exterior con quien sólo él estaba en contacto, sonriendo apenas para sus adentros, al espectador, al extraño. La conversación fue languideciendo, pero él no contribuyó con comentarios o preguntas y al poco rato ya nadie le hizo caso. Abandonó la puerta y fue a sentarse en la parte de la baranda más próxima al porche.
Oyeron un largo crujido como si alguien arrancara un clavo y de nuevo la brusca detonación de madera que cedía. A ello siguió un silencio exánime y absoluto durante el cual los rostros se miraran entre sí con incertidumbre. Algunos empezaran a levantarse y mirar en derredor, todavía sin decir nada. Habían empezado ya a contemplar la angosta puerta, única vía de salida, sopesando mentalmente no tanto el número de hombres cuanto el tonelaje y la carga, calculando velocidad y aglomeración con una minuciosidad de expertos en tráfico.
Al tercer estampido, una sección de suelo se escoró visiblemente. Señores, empezó El, poniéndose de pie, yo creo que esto... Pero ahí acabó la cosa, al menos eso fue todo cuanto pudieron oír. Siguió una riada de otras tantas marionetas en una misma cuerda siendo atraídas en violenta aceleración hacia la puerta mientras por encima del ruido de su retirada las jácenas reventaban en una festiva sucesión de escopetazos, en la estela de los cuales el suelo se inclinó animado por largas y progresivas ondulaciones.
Ganaron la puerta en masa y allí quedaron clavados en el instante mismo en que el extremo más alejado del porche cedía para desprenderse del edificio describiendo un largo arco en picado, no exento de gracia.
Del amasijo de hombres que se aferraban a la puerta varios individuos fueron succionados uno a uno en actitudes de muda impetración hacia la rampa inclinada del porche, ganando impulso entre latas y botellas que saltaban, y cayendo finalmente al vacío entre gritos frenéticos. Unos pocos se aferraron a la baranda y quedaron allí colgados mirando víctimas del pánico a los compañeros que caían vertiginosamente a la noche.
Desde el interior del edificio Cabe y unos pocos más trataban desesperadamente de deshacer la masa que se debatía en el vano de la puerta, recurriendo a agarrar el primer brazo o pierna que aparecía y tirando hasta que algo parecía ceder. Así, los supervivientes acabaron desprovistos ora de un zapato, ora de ambos, ora sin pantalones, ora como el mismo Hobie desnudo a excepción de media camisa. Hasta que el marco de la puerta explotó hacia adentro llevándose consigo un buen pedazo de pared y la gente irrumpió en un tropel de cuerpos y madera resquebrajada.
El porche se había desencajado y basculaba hacia abajo y durante unos instantes se bamboleó en virtud de un único madero antes de que éste se partiera también y todo se hundiera con gran ruido de astillas. Los que estaban agarrados a la baranda empezaron a soltarse, de uno en uno y de dos en dos como escarabajos cayendo de una rama, y los pecios descendieron despacio cual cuadro vivo de un naufragio para precipitarse estruendosamente en la hondonada.
Dentro se respiraba una atmósfera de violencia incipiente. Hombres asustados, magullados, desnudos y arañados, jadeando a boca abierta y sudando como se suda cuando mengua el pánico, cuando crece la indignación. Los caídos iban entrando uno a uno por la puerta, rojos de sangre y arcilla como vencidos de un combate definitivo librado a sable y sin cuartel. A medida que su fuerza numérica aumentaba se vio que había dos bandos opuestos, los cuales se trabaron en una pelea a muerte que duró hasta la madrugada.
Kenneth Rattner se acarició el corte que tenia en una mano mientras permanecía tras unas zarzas bajo el local y escuchó divertido las zurras y los insultos de las víctimas. Alguien habla prendido una luz; a través de la zarzamora distinguió su parpadeo y cómo se movía de un lado a otro. Sacó un pañuelo del bolsillo y se envolvió la mano, tirando del nudo con los dientes. Luego subió con mucho cuidado hasta la carretera y se encaminó a su casa. Grupos de hombres corrían montaña arriba hacia la escena del desastre portando fanales y exclamándose con voces roncas.
Tengo un empleo, le dijo.
Alabado sea Dios, dijo ella. ¿Dónde?
En Greenville, Carolina del Sur. Le enseñó el dinero. Para el billete de tren, dijo. Pero le entregó cinco de los treinta y un dólares y fueron al almacén. Le compró una naranjada al chaval y lo subió a la caja, y allí se quedó observando, con el refresco entre las manos. La señora Eller lo estaba contando.
Ese Coy Tipton apareció aquí esta mañana con pinta de haberse caído en una trilladora. Dijo que tres o cuatro de ellos hablan perdido los pantalones (ya me gustaría saber cómo) y que al bajar a por ellos a la hondonada alguien les habla golpeado y les habla robado los portamonedas. Estaba sentada de lado en su mecedora, abanicándose lentamente con un folleto de la iglesia. Ladrones y borrachos: tal para cual, dijo. Unos y otros se han llevado su merecido.
Mildred Rattner pellizcó una por una todas las hogazas de pan. Cuando esos tipejos, esos pecadores, creen que van a salirse con la suya, dijo, es cuando Él descarga su santa ira. Dios sólo espera el momento propicio.
Kenneth Rattner se acarició la pierna dolorida, flexionó el tobillo. Era más de medianoche y empezaba a entrar gente. El cantinero había dejado su revista e iba de una lado al otro de la barra atendiendo nervioso a los recién llegados.
Apuró lo que le quedaba de cerveza y dejó la jarra encima del mostrador. Eh, amigo, llamó. Póngame otra. Eh, abuelo.
Los sábados por la tarde Marion Sylder entraba en el almacén fresco como una rosa en pantalones de peto o caquis almidonados y se dirigía a la vitrina para señalarle los calcetines al señor Eller. Eller ponía la caja encima del mostrador y Sylder cogía un par y decía: ¿cuánto valen éstos?
Cuarto de dólar, decía el señor Eller. Siguen valiendo lo mismo, el precio no ha cambiado. Todos a veinticinco centavos, no tengo de otra clase.
Sylder hacía rodar una moneda sobre el cristal, cogía los calcetines y se sentaba en una caja de leche frente a la estufa. Lo hacía por partes, primero se quitaba un zapato y un calcetín y agitaba el pie descalzo mientras se inclinaba para abrir la puerta de la estufa y arrojaba en su interior, sosteniéndolo con delicadeza, el calcetín viejo. Después se ponía el calcetín nuevo, se abrochaba el zapato y repetía el proceso con el otro pie, el del dedo gordo truncado y sin uña. Ahora trabajaba en la planta de fertilizantes. Solía ir a almorzar a la cafetería: el plato especial de treinta centavos con aquel pan esponjoso que se adhería al paladar, tres rebanadas con una huella dactilar en el centro servidas en un pedazo de papel parafinado; judías aceitosas y chuletas con más grasa que carne en la grasienta salsa que a su vez exudaban las patatas, un cuajarón de grasa también en el café, en realidad todo estaba lubricado como si los que allí iban a comer padecieran una atrofia de los músculos de la deglución que les impidiera tragar. Al atardecer volvía, aparcaba el deportivo y cruzaba la arcilla arroyada del patio donde un neumático viejo colgaba todavía de un nudoso roble sin hojas, y entraba así en la casa que nadie se había molestado en pintar.
Salía antes de una hora, lavado y peinado, despedazando el apacible chirrido de los grillos con el escape abierto, guiando cuidadosamente por el desgastado camino particular hasta llegar a la carretera y perderse de vista.
A sitios como Happy Hollow o McAnally Flats; Mead's Quarry o Pennyroyal. Humeantes cabañas, amarillas a la luz de parafina y con la mohosa pestilencia de los alambiques de matarratas.
Bebiendo, cortejando con indecente guasa a las mujerzuelas de la región que pululaban por los confines de la ciudad como expósitos perdidos; sus favoritas las mal formadas: Wretha, uniforme de hilo blanco de Escocia, muslos como toneles de aceite. Las demasiado flacas. Una que no tenía nombre, con una rabadilla que se le clavaba en la pierna. A modo de ensayo se humedecía un dedo y le abría una franja blanca en la mugre del cogote.
Algunas noches se llegaba al Green Fly Inn y tomaba algo en compañía de aquellos viejos beodos, él, el muchacho pudiente que había vuelto a la comunidad no con una rama de olivo sino con monedas de plata y buenos billetes, marcando el inicio de una era de prosperidad, una utopía de rondas gratis.
Ahora tenía que arreglárselas con dieciocho dólares semanales, él que había gastado eso mismo en una sola noche. En agosto cumplía veintiún años.
El viernes siguiente perdió su empleo en la planta de fertilizantes. Aaron Conatser le retó a una pelea y él peleó, no porque Conatser le cayera especialmente mal ni porque estuviera furioso, sino tan sólo para dejar las cosas claras y acabar de una vez. Conatser era el único empleado de su talla en toda la planta y hacía tiempo que le buscaba las cosquillas.
Tenía una rodilla en tierra y los brazos alrededor del cuello de Conatser cuando dejó de oír la resollante respiración del otro. En la sala de embarque no se oía una mosca y al levantar la cabeza vio que los hombres que había a su alrededor miraban algo que había más allá, y antes de volver la cabeza supo que el señor Petree se había sumado al corro. No el capataz, ni siquiera el supervisor, tanto el uno como el otro habrían dicho Basta. Soltó a Conatser y se puso de pie. Conatser hizo otro tanto, estirando el cuello como un gallo mudo, y se metió las manos en los bolsillos traseros con garbosa indiferencia.
Sylder lamió el hilillo de sangre, salobre y metálica, que le salía de la nariz y se dio la vuelta para ver lo que el viejo tenía que decir. Pero Petree giró sobre sus talones de cuero y desfiló nave abajo a grandes trancos, mientras en la sala de embarque resonaban huecas sus pisadas entre las montañas de sacos.
Los tres o cuatro trabajadores que se habían congregado para presenciar la pelea se dispersaron en silencio, se difuminaron o se escabulleron en las oscuras naves malolientes, menos descarados que las ratas que anidaban bajo las tarimas de carga. Conatser y él se miraron con ira durante apenas un minuto, jadeantes. Conatser se volvió para escupir, le miró una sola vez de soslayo y se alejó camino del hangar.
El capataz fue a verle un momento antes de la hora de salida y se lo dijo. He intentado hablar en tu favor, afirmó, pero el viejo no ha querido saber nada.
Sylder desconfiaba de él pero murmuró un gracias y se encaminó al despacho.
¿Adónde vas?, preguntó el capataz.
A buscar mi paga.
Toma, dijo. Sylder dio media vuelta. Le estaba tendiendo un sobre.
Sylder estuvo tomando cerveza en Monk's hasta las seis o las siete y luego se fue a casa. A eso de las ocho había metido un poco de ropa en un viejo bártulo de cartón y se hallaba ya al volante del pequeño deportivo, perforando la noche con sus faros y una estrecha tira de asfalto con el número 129 deslizándose bajo sus pies como cinta de un carrete. Paró una sola vez en un restaurante a las afueras de Chote, se bebió dos cervezas calientes en vasos de café y compró tabaco. En la montaña la carretera era mala, pura gravilla, y el coche tomaba las curvas derrapando. En un momento dado apareció en la carretera un gato montés, alto de patas y con ojos como linternas, se agazapó y salió disparado hacia la cuneta salvando unos alambres invisibles. El monte fue transitando sin luz y despoblado durante muchos kilómetros, mientras la carretera zigzagueaba entre oscuros bosques poblados de lechuzas, murciélagos, brujas.
Fumaba sin parar, cerrando el parabrisas con la manivela para encender un nuevo cigarrillo de la colilla anterior y estudiando en el resplandor de su conjunción el relieve naranja de su semblante sombreado en el cristal, viendo extinguirse la punta de luz cuando exhalaba y trepar despacio por el espejo oscuro como un sol que saliera inexplicablemente en plena noche cuando bajaba de nuevo el cristal para que entrara una nueva bocanada de aire húmedo, mientras la colilla saltaba por encima del capó siendo barrida en una fugaz curva colorada. Llenó el depósito en Blairsville y ya no hizo más paradas. Al otro lado del llano vio serpentear la luna sobre el río amparado en el manto negro de la montaña, cincelar pechinas en los rabiones, una turba de serpientes luminosas que corrían aguas arriba sobre las resonantes rocas. El aire se colaba fresco y húmedo bajo el parabrisas.
Llegó a Atlanta pasada la medianoche pero no entró en la ciudad. Se detuvo en un motel situado casi en el límite municipal y permaneció un rato dentro del coche flexionando los párpados. Había tres o cuatro coches aparcados frente al motel, débilmente lustrosos a la luz del neón.
Atravesó un abanico de polillas bajo la luz ambarina del portal y entró. Por sobre las cabezas de los que bailaban se vio a sí mismo ojeroso y siniestro en el espejo de la barra y entonces comprendió que estaba atrozmente cansado. Pasando junto a las mesas contiguas a la pared fue hasta la barra y pidió y bebió cuatro whiskies seguidos. Empezaba a sentirse mejor. Estaba sentado con el quinto trago delante de él cuando de la pista de baile le llegó un ruido de cristales rotos, y al volver la cabeza vio a dos hombres que giraban cautelosamente empuñando sendas botellas. Una figura voluminosa apareció al fondo de la barra y abriéndose paso entre los espectadores agarró del cinturón a los contendientes, uno con cada mano, y se los llevó hasta la puerta, pedaleando los dos sin protestar, con las botellas colgando flojas a los lados.
¡Eh, mirad cómo bailan esos cretinos!, gritó uno que estaba al fondo de la barra. El forzudo volvió cansinamente por la pista, sin sonreír, y se perdió de nuevo en las sombras. Sylder apuró el whisky de un trago y observó la confusión de caras durante unos minutos, apenas colocado por el alcohol, sintiendo solamente que la fatiga le iba abandonando a marchas forzadas. Ya no pensaba que estuviera loco. Partió al poco rato, preguntándose vagamente al salir al aire libre por qué había venido a este local y adónde se suponía que iba. A Luisiana o a cualquier otra parte, se había quedado sin empleo el 5 de diciembre de 1933.
Caminó por la callada oscuridad y cruzó el trecho de grava cojeando un poco en el terreno irregular. Fue hasta el coche y abrió la puerta.
Al resplandor fosforescente, más una emanación de la cara del hombre que de la luz cenital, Sylder se quedó de piedra agitando la mano en el aire que la puerta había removido al abrirse. La cara le miró con una expresión hueca e insensata y Sylder buscó, no alguna causa o explicación, sino una relación con la experiencia racional que le ayudara a asimilar el hecho de que un hombre estuviera sentado en su coche como si hubiera aparecido de repente al conjuro de la luz por el acto mismo de abrir la puerta.
La boca se estiró en la parte baja del rostro en un rictus blando, y una voz dijo: ¿vas hacia Knoxville? Una octava por encima de lo normal, el tono forzado de la súplica.
La mano de Sylder encontró la puerta y entonces soltó el aire. ¿Qué diablos hace en mi coche?, graznó. Había algo detestable en aquel tipo sentado allí que le impidió echarle la mano con violencia, del mismo modo que uno no echa mano a una cagada de pájaro que tiene en el hombro.
La boca, abierta todavía, dijo: he visto tu matrícula, Blount County; yo soy de allí, de Maryville. He pensado que tal vez ibas en esa dirección. Necesito que me alguien me lleve... soy un hombre enfermo. El tono empalagoso, la vista fija en el cinturón de Sylder como si le estuviera hablando a su barriga. No era un presentimiento lo que aconsejaba a Sylder librarse del intruso sino un profundo y firme conocimiento de la presencia del mal, de saberse a ciencia cierta llamado a defender cuando menos el coche del hombre que se había instalado ya a su volante.
Es un enferma, de eso no hay duda, dijo Sylder. Saque el culo del asiento.
Gracias, amigo, dijo el hombre, arrimándose a la otra puerta sin emplear aparentemente ningún apéndice locomotor sino como algo que se desliza cuesta abajo sobre patines. Y allí se quedó sentado.
Sylder apoyó cansinamente la cabeza contra el techo del vehículo. Le constaba que el hombre le había entendido bien.
Sabía que no defraudarías a un paisano, dijo la voz. ¿Tú eres de Maryville? Yo vivo muy cerca de allí, por el camino de Floridy...
Sylder se metió en el coche con los pelos de punta. Miró al hombre. Tendría que echarte con mis propias manos, dijo para sus adentros, pero no se decidía a tocarlo. Introdujo la llave en el contacto y arrancó. Sentía unas ganas tremendas de estar limpio.
Es un automóvil precioso, estaba diciendo el hombre.
Mientras conducía sorteando los baches del camino particular y salía a la calzada, pensó: éste tiene cuerda para rato, el muy cabrón. Seguro que no parará de hablar.
Como si le hubiera leído el pensamiento el hombre empezó: me haces un gran favor, amigo. No sabes lo difícil que es hacer autostop de noche.
De madrugada, murmuró Sylder bajo el vehemente cambio a segunda.
...Sobre todo habiendo poco tráfico y encima la gente ni se molesta en mirarte al pasar...
Ah, pensó Sylder, ojalá no hubiera rebasado el límite de velocidad. Pudo ver la rodilla por el rabillo del ojo, doblada sobre el asiento, el hombre observándole con medio cuerpo vuelto hacia él.
...Mi madre también ha estado muy enferma...
La mano de Sylder pasó furtivamente del volante a la palanca de cambio, se posó allí como un pájaro. La manija del contador de velocidad subió al compás del motor.
...La factura del médico es cada vez más...
Pisó el embrague con el pie izquierdo. Ahora. Bajo la palma ahuecada de su mano el cambio de marchas salió disparado hacia abajo, vibrando donde momentos antes había estado la rodilla del otro.
...Así que te lo agradezco mucho... El hombre siguió hablando en tono monótono, ahora con las piernas cruzadas en un gesto de hogareño confort, meciéndose ligeramente.
Sylder apoyó el codo en el hueco de la ventanilla y ladeó la cabeza para oír el viento, el ritmo del tubo de escape y la carretera negra sonando aceitosa bajo las ruedas, en un intento de perder la voz del intruso.
No pasaban coches. Conducía casi en trance, sumido a causa de la ineludible voz en una especie de olvido, un titubeo de los sentidos que parecía preceder a... ¿a qué? Se irguió un poco en el asiento. El hombre no le quitaba ojo de encima, pero en ningún momento le miraba directamente.
Qué cabrón, pensó Sylder. Empezaba a creer que había viajado hasta Atlanta con el único propósito de hacer subir a aquel tipo y llevarlo a Maryville. Le dolía la espalda. Debo de estar loco, se dijo, buscando el tabaco en sus bolsillos. Y si no, me volverá loco este hijo de puta. Sacó un cigarrillo, se lo llevó lentamente a los labios con el índice y el pulgar. Sostenía la cajetilla en la otra mano, apoyada en lo alto del volante. Apuesto a que no lo consigo, pensó. Su mano derecha, tras haber dejado el cigarrillo entre sus labios, estaba acercándose a la cajetilla para guardada. Estaba ya a medio camino del volante cuando la voz, repentinamente clara, esperanzada, dijo:
Oye, ¿podrías pasarme uno...? (inclinándose al frente, tendiendo la mano)...me he quedado sin hace un rato y no...
Sylder reprimió una risa y alargó el brazo para dárselos. Cómo no, dijo. Usted mismo. Esperó unos segundos, escuchando el rumor del papel, el hombre que sacaba un cigarrillo. Se dio cuenta de que dudaba, mirándolo a él. Entonces la cajetilla volvió.
Gracias, amigo, dijo el hombre.
Sylder aguardó. El hombre no dijo más. También estaba a la espera. Sylder sacó los fósforos con dolorosa lentitud. Aplicando la rodilla a la parte baja del volante condujo de esa forma y con estudiada lentitud extrajo un fósforo de la caja y lo prendió. Protegiendo la llama con las manos encendió el pitillo, lanzó el fósforo por encima de su codo hacia el torbellino que azotaba la ventanilla cortavientos y asió nuevamente el volante, exhalando a placer y guardándose de nuevo la caja de cerillas. Esperó.
Oye, amigo, y si me pasas un... Vaya, muchas gracias.
El fósforo prendió. Sylder aprovechó el momento para examinar en el parabrisas la cara del hombre ahora naranja y negra sobre el fulgor de la llama como el rostro caído de párpados de un icono de cobre, una máscara quizá, ni ambigua ni inescrutable sino simplemente desguarnecida de su significado, de expresión. Durante el momento fugaz en que la mirada de Sylder fue y volvió de la carretera, los ojos del hombre le estudiaron en el cristal de forma que cuando Sylder volvió a mirar quedaron cara a cara como caciques enemigos a ambos lados de la hoguera apenas un instante antes de que el hombre frunciera los labios como una carpa, sin soltar el cigarrillo, y apagara la llama.
Fumaron en el calor de la noche, cuyo aire flotaba entre ellos denso como la melaza. En el oscuro cristal donde se agolpaba la carretera sus cigarrillos subían y bajaban como lejanos semáforos sobre el amanecer verde de las luces del tablero de a bordo.
Paró en Gainesville a echar una gasolina que no necesitaba y entró en el aseo de caballeros llevándose las llaves consigo. El hombre esperó en el coche. Una vez dentro, Sylder encendió un cigarrillo, fumó a caladas largas y lanzó la colilla a la taza del váter. Se refrescó la cara en el lavabo y volvió a salir, pagó al soñoliento encargado y montó en el coche. El hombre estaba tal como lo había dejado. Un inconfundible rastro de humo reciente flotaba en el aire húmedo.
Amanecer. Los campos humeando donde la niebla empezaba a levantar, árboles blancos como huesos. Los matorrales grises y duros como el metal en la humedad matutina. Gotas de agua perlaban el cristal y Sylder accionó el limpiaparabrisas, observando el lento descenso de los brazos en un ademán de bendición, y estaba limpiando el cristal con el dorso de la mano cuando el neumático posterior derecho soltó una brusca detonación y el coche se detuvo junto el arcén entre sacudidas.
Después, Sylder comprendió que el hombre había dejado escapar una oportunidad con el manubrio del gato, había esperado a que él sacara el gato de debajo del coche y se lo pasara a él mismo para que lo guardara en el portaequipaje. Y comprendió también que el hombre había errado por una fracción de segundo al calcular el tiempo que Sylder tardaría en inclinarse para encajar el tapacubo en la llanta con el canto de la mano. De modo que si bien no lo llegó a ver, si bien no hubo previo aviso, ya había girado para levantarse cuando el gato le machacó el hombro y lo mandó de cabeza contra el coche. Algo había impactado en el panel lateral; eso lo recordaba también, pero hasta más tarde no pudo saber que se trataba de la base del gato. No amagó tampoco la segunda vez, sino que se deslizó bajo la puerta del coche cuando el hombre golpeó lateralmente (ahora le estaba observando), abollando y perforando el metal. Luego estaba en el suelo con la cabeza apoyada en la puerta, mirando, no enfurecido todavía pero sí atónito, al hombre que estaba de pie ante él, con el brazo caído como si fuera un ala magullada. Pero cuando el hombre arrancó la herramienta que se había clavado en la puerta, Sylder estiró el brazo -lentamente, pensó él- y apoyó la mano en el gato y con igual lentitud cerró los dedos a su alrededor. El hombre le miró, y en la gradual afluencia de luz que acumulándose entre el brillo del esmalte del coche y el polvo ahora más pálido de la carretera vio el terror grabado y moldeado en aquel rostro como una deformidad física. Así estuvieron varios segundos, él sentado, el hombre de pie, sosteniendo cada cual un extremo del gato como suspendidos en el acto de pasárselo el uno al otro. Sylder se puso de pie, moviéndose todavía como un sonámbulo como si al mismo tiempo se le estuviera acabando la cuerda, y vio que el hombre giraba como si se debatiera no bajo el agua sino en un líquido más viscoso, con truculenta lentitud, y el propio gato cayó sesgado por la acción de una gravedad moribunda, abandonando la mano de Sylder y rebotando despacio en la calzada mientras el brazo herido y pesado como el plomo se proyectaba tenso y sus dedos se erguían cual zarpas de gato recién desenvainadas y se hundían en el blando cogote del hombre, que trataba de huir sin ímpetu aparente como en una pesadilla.
No supo si cayó él hacia adelante o si fue el hombre quien dio con ambos en tierra. Estaban tirados en la calzada, el hombre boca abajo y Sylder encima de él, por un momento inmóviles como amantes en reposo. Algo que Sylder tenía en el hombro viajaba oblicuamente hasta sus pulmones cada vez que tomaba aire, dejándolo sin respiración. Con la mano aferrada aún al cuello del hombre se inclinó ligeramente hacia él y le susurró:
¿Por qué no dices algo, cabrón? ¿Se te ha comido la lengua el gato?
Le estaba sacudiendo la cabeza, pero el hombre tenía ambas manos encima de ella y parecía abismado en la contemplación de los guijarros de la carretera. Sylder dejó que su mano aflojara la presa y se perdiera entre los pliegues del cuello hasta llegar a la garganta. El hombre aguantó unos minutos, de pronto se meneó hacia un lado, escupió a la cara de Sylder y trató de zafarse. Sylder rodó con él y consiguió inmovilizarlo, de espaldas en la carretera y él sentado a horcajadas, todavía con un brazo colgando inerte del hombro como un cabo de cuerda. Se adelantó un poco para poner la pierna detrás de la cabeza del hombre, elevándola ligeramente, como una enfermera corpulenta atendiendo a un herido. Empujó la cabeza hacia el pliegue de su pierna, enderezó el brazo y presionó el cuello del hombre con todo su peso y todas sus fuerzas. La cara fofa se contorsionó varias veces, pero aparte de eso no manifestó otro cambio, la misma expresión elástica de temor, muda y estupefacta, de la que Sylder no se sentía causante, el hombre siempre ponía la misma cara. Y la mandíbula siguió aflojándose no sobre articulaciones detectables sino más como una masa de menudillos, obscena materia de deshecho desmoronándose en lentos pliegues sobre el tejido de su mano. Se percató entonces de que el hombre intentaba morderle, y eso le resultó tan ridículo que un resoplido de risa se le escapó de la nariz. Finalmente, las manos del hombre fueron a apoyarse en su brazo, y los dedos regordetes que se paseaban por su muñeca le recordaron unos cachorros de opósum que había visto una vez, ciegos y sonrosados.
Sylder lo tuvo agarrado así un buen rato. Como si apretara un divieso, pensó. Minutos después el hombre trató de decir algo pero no articuló palabras, sólo fue un borboteo. Sylder lo observaba con una suerte de hipnotizada fascinación, reparando en el guiño del ojo, el caer de la lengua. Entonces aflojó la presión y los ojos del hombre se ensancharon.
Por el amor de Dios, jadeó. Suéltame ya.
Sylder acercó la cara a la del hombre y en voz baja dijo: será mejor que llames a otro, Dios está muy lejos. Entonces se vio el hombro, vio que el otro lo miraba. Le hundió el pulgar en la tráquea y notó que aquello cedía como un junco reseco. El hombre consiguió levantar la mano y empezó a pegar a Sylder en la cara y el pecho con los ojos cerrados. Sylder cerró los suyos y escondió la cara en el hombro para protegerse. Los golpes cobraron violencia, menguaron y finalmente cesaron. Cuando Sylder abrió los ojos de nuevo el hombre le miraba con una expresión de búho, asomada apenas entre los labios la punta de la lengua. Aflojó su presa y los dedos del hombre se contrajeron formando una garra, como una araña muerta. Trató de abrir la mano pero no pudo. Volvió a mirar al hombre y el tiempo regresaba ya, acelerando, de manera que todos los relojes funcionaran bien.
El hombre llevaba muerto como un cuarto de hora. Sylder fue tambaleándose hasta el coche, se sentó en el estribo y se quedó mirando sin pestañear el ojo metálico del sol irreal y voluminoso sobre las colinas rojas hasta que perdió el conocimiento.
Mañana. Tendido con la mejilla en el polvo de la carretera tuvo una visión infantil, el gato cual árbol caído y más allá el hombre boca arriba como un pacífico gigante entregado al sueño. Las rocas de la carretera dibujaban sombras alargadas y los primeros pájaros hacían su aparición.
Sylder había empezado a arrastrar el pesado cuerpo hacia el sorgo y los zumaques cuando oyó a sus espaldas el sonido de un motor en una de las curvas. Se quedó quieto, luego dio media vuelta y regresó hacia el coche intentando correr y arrastrar el cadáver con una sola mano, tropezándose, sabiendo casi que no lo lograría, que había cometido un error. De modo que ni siquiera abrió la puerta sino que soltó el cuerpo al llegar al coche, se agachó y, agarrándose a la parte inferior del estribo, metió los pies bajo las axilas del muerto y consiguió levantarlo un poco y arrastrarlo hasta que tres cuartas partes del cuerpo quedaron bajo el vehículo justo cuando un camión doblaba la curva y le pillaba en el acto de ponerse en pie.
El sol estaba alto. En campo abierto, donde el lomo del pinar despedía chalinas de niebla como gases de pantano alzándose en el aire vaporoso, unos cuervos graznaban sus gritos matinales. Sylder salió de detrás del coche, y estaba borrando con la punta del pie las señales de haber arrastrado el cuerpo cuando el camión se detuvo a su lado. Sabía que iban a parar y ya estaba pensando que había hecho lo más acertado, que ellos habrían visto al hombre dentro, que insistirían en ayudar cuando le vieran el... El brazo: giró bruscamente la cabeza y dos caras que miraban desde el camión se volvieron borrosas y entonces bajó la vista y reparó en la gran mancha de sangre que tenía en el brazo, seca y renegrida en la pechera de la camisa, y estaba mirando aún medio mareado cuando una voz dijo desde el camión:
¿Algún problema?
No alzó los ojos en seguida, sorprendido por el dolor en su hombro que ahora le torturaba como si la voz salida de la cabina lo hubiera desencadenado, pero sin dejar de reparar en lo irónico de la pregunta. Miró hacia los ojos que le observaban compasivos y curiosos con una serenidad que ni siquiera el espectáculo de la sangre parecía perturbar.
Estaban parados en el otro carril, él mirándolos por encima del portón alomado del maletero, de suerte que mientras empezaba a hablar pensó: no pueden verlo. Sin embargo, fue incapaz de obrar en consecuencia, e incluso después le fue del todo imposible calibrar los posibles efectos de cada eventualidad. Se conformó pensando lo siguiente: que no había manera de impedir que salieran del camión. Y dijo: hemos tenido un pequeño accidente, y luego pensó: sí, de todos modos bajarán del camión. Esos cerdos no podrán aguantar las ganas de verlo de cerca.
Las puertas del camión se abrieron simultáneamente como alas ruginosas dejando escapar un traqueteo de cristal que no amortiguó tapizado de ninguna clase. Eran un hombre y su hijo, el primero grueso y colorado, con arrugas en la piel, el segundo un duplicado más alto y más flaco. Rodearon el coche por la parte de atrás con aire de infinita paciencia. Sylder giró despacio, peinando la escena con la mirada y tratando de imaginar qué pensarían: los pies que asomaban solemnes por debajo del coche, el coche mismo con el boquete en el panel lateral y en la puerta, la abolladura que había dejado la base del gato y el gato tirado en la carretera...
¿Se han hecho daño?, preguntó el hombre.
Poca cosa, rezongó Sylder. El hombre estaba mirando más allá.
¿Cómo ha sido?
Me ha caído el coche encima. Esa mierda de gato se soltó cuando yo estaba debajo. Dio un puntapié al manubrio.
El hombre miró el gato tirado en la calzada. Sí, ¿eh?, dijo. Demonios. Esos trastos son más peligrosos que una escopeta cargada. Siempre lo he dicho. ¿Y qué le ha pasado a su amigo? Señaló con la cabeza hacia los pies que apuntaban al cielo.
Sí, pensó Sylder. Y él, qué. Y le dijo al hombre: no tiene nada. Al caer el coche se ha partido el silenciador. En cuanto consiga conectar los cables otra vez nos podremos ir. El hombre fue hacia él; Sylder le cortó el paso. Oiga, dijo, ya sé lo que pueden hacer.
¿Qué?
Largarse cagando leches, pensó Sylder. Pero dijo: podrían llevarme hasta Topton, a ver a un médico. El brazo me sangra de mala manera...
Seguro, dijo el hombre, creo que eso será lo mejor. No tiene buen aspecto. Vamos.
Echaron a andar hacia el camión, Sylder detrás de los otros dos. Fue hasta la cabina, esperó a que el padre hubo montado, se apoyó en una rodilla y dirigiéndose en voz alta al cadáver, dijo: oye, esta gente va a llevarme a Topton. Tú ven cuando estés listo... ¿Has terminado ya? Se enderezó y volviéndose al hombre, sentado ya en el camión con el motor en marcha, dijo: mire, casi ha terminado. Pueden irse, no se preocupen por nosotros... mientras pensaba: ¿os iréis de una puta vez? ¿Os iréis?
Bueno, dijo el hombre, inclinándose hacia el chico (ojos de par en par, callado todavía, subiendo al camión), ¿seguro que estarán bien?
Descuide, dijo Sylder, despidiéndose ya con el brazo. Gracias por todo.
De nada, hombre, dijo el otro. Volvió la cabeza, el muchacho asintió. La primera marcha entró con un chirrido y el motor dijo aquí me paro, súbitamente mudo en la quietud azul del nuevo día.
Sylder oyó los atormentados síncopes del estárter, pensando:
Dios. Era de esperar. Ese camión de mierda no va a...
Pero sí. El motor tosió unas cuantas veces antes de emitir un rugido grave. Con un chirrido de engranajes el camión echó a andar despidiendo espolones de polvo de las ruedas traseras, y desapareció casi al momento tras la primera curva.
No han visto el boquete, dijo Sylder. Seguro que no se han fijado. Entonces pensó: y si lo hubieran visto, ¿cómo diantre habrían sabido si era reciente o no?
Dio media vuelta y fue hacia el coche escorándose peligrosamente, dando traspiés, topó con el parachoques posterior y se dejó caer en el portaequipaje golpeándose el hombro malo con la rueda de recambio. Permaneció allí aturdido varios minutos, al borde de perder otra vez el conocimiento.
He de largarme de aquí, se dijo, agitando la cabeza y poniéndose trabajosamente de pie. Mantuvo el equilibrio apoyando una mano en la piel fresca del deportivo, fue a duras penas hasta el otro lado y se acuclilló junto a los zapatos. Los maldijo repetidas veces, luego agarró un gastado talón y apuntalando un pie contra el estribo del coche empezó a tirar del muerto. Cuando apareció la cabeza trató de no mirar, pero luego decidió echar un buen vistazo. Tenía los ojos salidos de las cuencas, una expresión de cadavérica sorpresa, la lengua asomada aún. Sylder lo arrastró hasta la parte posterior, y agarrándolo del cuello de la camisa lo levantó en vilo y consiguió meterlo en el portaequipaje. Las piernas quedaron colgando sobre el parachoques y tuvo que doblárselas después. Finalmente, recogió el gato; lo arrojó al interior, dejó caer la tapa, fue a por las llaves que estaban en el contacto y cerró el maletero.
Noche. Las quebradas de la montaña ululaban con voz de perro, un canto fúnebre en el aire ahora más fresco. Ardillas voladoras saltaban de árbol a árbol en liviano silencio por encima del viejo sentado en un leño de yesca, pisoteando inquieto con los pies el zumaque venenoso, pendiente de oír a Scout y Buster allá abajo en la oscuridad del llano, un rápido chip chap cuando vadeaban como espectros el arroyo, crujir de ramas o rumor de hojas que le llegaban enigmáticamente hasta los oídos -estaban a casi quinientos metros- y de nuevo el prolongado grito gutural de la batida.
Cuando Sylder hizo girar la llave, y la manija, y levantó la tapa, no se esperaba el hedor que surgió de dentro desbordándole con un aliento pútrido. No le dio tiempo a echarse atrás: la espuma del vómito le subió por el esófago y Sylder corrió hacia las matas, tambaleándose a golpes de arcada, para caer finalmente de rodillas y devolver en secos y atormentados paroxismos. La cosa duró un buen rato. Se quedó allí sentado con el agrio sabor verde de la bilis en la boca, mareado, tratando de convencerse de que podía volver al coche y hacer lo que tenía que hacer. Se levantó y encendió un cigarrillo.
Venía de la montaña un olor a madreselva, en volandas de las frescas corrientes que subían del valle. Cantaban grillos y ranas arbóreas. Un chotacabras. De repente, el gañido de unos perros mateando. Le dolía otra vez el hombro y el vendaje había empezado a rozarle la axila. Aún no podía respirar hondo. Echó a andar hacia el Ford, recortado entre las siluetas de troncos y ramas parecía un animal nocturno paciendo, una forma imponente y bovina. Al llegar al parachoques olfateó a modo de prueba antes de meter la mano en la hedionda oscuridad. Asió una pierna con decisión. Giró la cabeza y se apartó, oyendo el desapacible roce subsiguiente y el golpe seco y el estridor cuando aquello cayó al suelo. Lo arrastró lejos del coche, paralelo a la pantalla de arbustos, una treintena de metros antes de tomarse un respiro. El cadáver parecía más liviano. Volvió a tirar de él sin detenerse hasta llegar al hoyo y luego sintió que ya no podía respirar. Se tumbó en la hierba esperando a que el hombro dejara de dolerle, sin soltar la pierna por temor a que si lo hacía no sería capaz de tocarla otra vez. Recuperó el resuello y se incorporó un poco, más tranquilo, consciente sólo de su mano asida a la carne purulenta. Luego se levantó, acercó el cuerpo al borde del hoyo en tres zancadas, hablando en un tono próximo a la histeria: hijo de puta. Hijo de la gran pura.
Soltó la pierna, apoyó un pie en las costillas del hombre y lo empujó con violencia al agujero; los brazos aletearon brevemente en simulada protesta antes de que el cuerpo fuera a dar en el agua mohosa del fondo.
Al bajar de la montaña se desvió en dos ocasiones, atajando la segunda vez por un zumacal, una de cuyas matas quedó prendida del parachoques, a guisa de banderola. Un gajo se coló por la ventana y le abrió la mejilla. No advirtió que el maletero estaba abierto hasta que en la carretera principal le adelantó un coche -se había forzado a reducir la velocidad- y se dio cuenta de que no había visto luces por el retrovisor.
Desde el leño en que estaba sentado el viejo vio alejarse los faros entre los árboles. Cuando los hubo perdido de vista sacó una pipa de su chaqueta, la llenó y la encendió. Los perros habían acorralado ya a su presa y sus ladridos eran ahora menos apremiantes. Terminó de fumar la pipa, la golpeó contra el tronco para vaciarla de ceniza y se levantó con dificultad, palpando el rugoso cuerno que llevaba al cuello colgado de un cordel. Por el este empezaba a asomar una luna roja, una sonrisa artera entre las nubes, fragmento de arete de concha en la oreja de un gitano. Empuñó el cuerno. Su sonido resonó entre las laderas acallando a las lechuzas, conminando al silencio a las ranas del arroyo, y su eco se perdió valle abajo, fino y claro como un tañido, segundos antes de que la noche se poblara con el clamor de los perros ladrando en rondalla, dolientes aullidos de perros fantasma apenados por su propio fallecimiento. Desde la cabecera de la hondonada, Scout y Buster lanzaron gritos agudos y regresaron siguiendo el arroyo. El viejo bajó el cuerno y rió entre dientes, luego se encaminó hacia el lecho del barranco tomando las hoyas bordeadas de palos como si bajara por una escalera, con sumo cuidado, girando según sus pies descendían alternativamente. Había cortado una vara de nogal y le había dado forma de octaedro, adornando la mitad superior con tallas brujescas: lunas narigudas, estrellas, peces de aspecto extraño y pleistocénico. En la claridad que aumentaba por momentos el bastón brilló blanco y nuevo como la faz de una manzana abierta por la mitad.
A pesar del frío y la avanzada hora, el incendio del Green Fly Inn el 21 de diciembre de 1936 congregó a un numeroso público. Cabe pudo escapar con la caja y en el último momento permitió que los parroquianos arramblaran en su huida con todo lo que pudieran sacar, de modo que entre el calor de las llamas y el trasiego de botellas y jarras aquello adquirió trazas de fiesta. En cuestión de minutos la pared posterior del edificio se vino completamente abajo, precipitándose a la hondonada en medio de un gran estruendo. Cayó después la parhilera, y la techumbre cedió hacia adentro mientras los bordes se arrollaban como hojuelas separándose de las paredes. El edificio entero estaba envuelto en llamas que salían despedidas hacia la noche con bufidos de locomotora, succionando verticalmente con rabiosa y tremenda velocidad tablones medio chamuscados que caían girando sobre sí mismos, trazando brillantes cintas rojas en la noche para estrellarse en el cañón o en la carretera, de forma que los espectadores quedaron divididos en dos bandos agrupados en lugar seguro al norte y al sur, con los rostros lacados de naranja como farolillos de calabaza en el círculo de calor. Hasta los pilotes acabaron cediendo y el paramento del lado de la carretera cayó con un silbido, hizo una lenta guiñada alrededor del pino que hacía de ancla, rebasó los postes reventados y saltó por encima de ellos en dirección al cañón, justo antes de que el piso se pandeara y toda la estructura, techo, paredes, se doblara sobre un imprevisto eje y cayera verticalmente al hoyo.
Allí continuó ardiendo, y tal fue el calor generado que la acumulación de cristales que había debajo se escurrió fundida en una sola capa adornada de ondulaciones y pliegues, incrustada de duros escombros renegridos, como copas múrrinas engastadas de chapas de botella. Y allí sigue todavía, reliquia de aquel afamado edificio, asentándose en el pronunciado pliegue del valle como un imponderable fenómeno arqueológico.
II Acurrucado en la rama baja de un melocotonero el viejo observó el sol de media mañana que se reflejaba cegador en el depósito metálico cuya forma chata coronaba la montaña. Había encontrado unos cuantos melocotones, aunque el vergel estaba abandonado desde hacía veinte años cuando las ramas sobrecargadas de fruta, sin nadie que la recogiera, se partían de noche con un sonido que vibraba en el valle como una tormenta descargando en lontananza. Así lo recordaba el viejo, puesto que adoraba las tormentas.
El depósito se sostenía sobre unas patas largas y tenía alrededor una cerca con rótulos rojos que en numerosas ocasiones, no sólo hoy, le habían hecho reflexionar. De vez en cuando cortaba un pedazo de melocotón. Eran pequeños y duros, pero el viejo tenía buenos dientes. Apoyó un pie en la rama y procedió a asentar lentamente la navaja en la gastada puntera de su bota. Luego se humedeció el vello del brazo y probó el filo. Satisfecho, alcanzó otro melocotón y empezó a pelarlo.
Cuando hubo terminado limpió la hoja del cuchillo en la vuelta de su pantalón, lo guardó una vez doblado, se pasó la manga suelta por la boca. Luego bajó de la rama y echó a andar por el desolado vergel, abriéndose camino entre las viejas ramas grises y deteniéndose de vez en cuando para contemplar valle abajo los negros campos y los tejados que guiñaban a la luz del sol. Torció a la derecha al llegar a la carretera; sus zapatos produjeron un leve sonido acolchado en el polvo rojo, sus enormes pantalones de nudosas rodilleras parecían viajar solos y con cierto apremio, como investidos de una voluntad y un empeño propios.
Era la carretera del vergel, roja y callada bajo el primer sol, que serpenteaba desde la arista de la montaña entre manzanos que le daban sombra, árboles nudosos y carcomidos pero que aún conservaban un aspecto cuidado, desprovistos de maleza al pie de los troncos. Un poco más arriba había una pista que penetraba en la arboleda, moteada de sombras y la hierba fina como cabellos en los carriles. La pista llevaba a la hoya, un depósito de hormigón empotrado en tierra que antaño se utilizaba para mezclar los herbicidas. Desde hacía seis años se había convertido en una cripta que el viejo custodiaba y atendía personalmente. Al pasar por allí recordó el día en que estaba subiendo de la hondonada con un cubo grande cuando un niño y una niña, que apenas le llegaban a la cintura, habían aparecido al doblar la curva. Se detuvieron al verle y el viejo tardó un poco, yendo hacia ellos con el balde en la mano, en percatarse de que estaban asustados, los ojos abiertos de par en par y sin resuello después de una carrera. Parecían a punto de apretar a correr así que sonrió y les dijo hola, que hacía un día muy bonito. Y ellos allá en la calzada, en la postura idónea para salir huyendo como dos animales salvajes, la niña con las piernas relucientes de arañazos de rosal silvestre y ambos con la boca azul de comer moras. Cuando el viejo pasó por su lado la niña empezó a lloriquear y el niño, cogiéndole la mano, tiró de ella para hacerla callar, muy tieso él con sus calzones largos y un jersey a rayas. Se arrimaron al borde de la carretera y volvieron la cabeza para verlo alejarse.
El viejo pasó de largo y luego se volvió a medias diciendo: ¿habéis encontrado el sito de las moras buenas?
El niño alzó los ojos como si no le hubiera estado mirando todo el tiempo y dijo algo que se le quebró en la voz y que el hombre no pudo descifrar. La niña rompió a llorar a lágrima viva. Así que dijo:
Bueno, ¿qué le pasa a la hermanita? ¿Estás bien, pequeña? ¿No habréis perdido el cubo de los moras? Así les habló. Al rato, el niño se echó a llorar también y empezó a hablarle de lo del foso. Durante unos minutos el viejo no acertó a entender a qué sitio se refería, hasta que cayó en la cuenta y dijo:
Bien, enseñadme dónde está. No creo que la cosa sea tan grave. Echaron a andar carretera arriba aunque estaba muy claro que ellos no querían ir, y cuando torcieron hacia la hoya el niño se detuvo, sin soltar la mano de la niña y ya sin llorar, pero con la vista fija en el hombre. Dijo que no quería ir, pero que fuera él solo a echar un vistazo. Y el viejo les aseguró que no pasaba nada, que esperaran allí.
Lo primero que vio fueron los cubos con las moras, uno de ellos volcado y con la fruta esparcida en la hierba. El depósito de hormigón estaba a menos de dos metros y antes incluso de llegar a él percibió un rastro de olor acre, como a leche pasada. Desde el borde cuarteado de la hoya miró hacia el agua, cuya sarruda superficie verde aparecía quieta y salpicada de luz. De una esquina asomaban palos y zarzas. El olor era más fuerte, pero aparte de eso no había nada. Rodeó la hoya. Unos arrendajos pasaron como relámpagos entre las ramas de unos manzanos. La mañana estaba avanzada y empezaba a hacer calor. Dio otra vez la vuelta, midiendo sus pasos en el reducido trecho de hormigón arenoso. Miró de nuevo al agua. La cosa pareció saltar hacia él, aquella cara verde de expresión socarrona subiendo de entre la luminosa agua putrefacta con las órbitas desprovistas de ojos y una sonrisa verde y descarnada, los cabellos negros y flotando como algas.
Vaciló un momento al borde de la hoya y luego retrocedió emitiendo un gruñido y se aferró a un tronco tratando de paliar las náuseas. No volvió para mirar otra vez. Cogió los baldes llenos de moras y regresó a la carretera, pero los niños ya no estaban allí y no se le ocurrió cómo llamarlos. Al cabo de un rato dijo en voz alta: ¡eh, os traigo los cubos...!
El viento agitó las hojas de los manzanos, una sombra de buitre patinó por la calzada y se quebró en el seto de escaramujo. Se habían ido. Anduvo un trecho por la carretera, en los dos sentidos, pero no vio rastro de los niños.
Cuando volvió tres días después todavía estaba allí, nadie había acudido. Cortó un pequeño cedro con la navaja para tapar lo que había en la hoya.
Y aún estaba allí, lo que había resistido al paso de las estaciones y de los años. El viejo siguió carretera arriba, deambulando en el polvo calcinado.
El sol ya estaba alto, todos los verdes de la mañana inyectados en luz, plancton sobre un mar de oro. Incluso la tardía primavera no había podido secar otra cosa que el polvo de la carretera, y el follaje que se proyectaba a ambos lados no había adoptado aún su capa estival de talco rojo. En la quietud de la mañana todos los sonidos eran claros y equidistantes: un perro ladrando en el valle, el silbido agudo de un halcón encumbrado, un lagarto escabulléndose entre las hojas secas de la cuneta. Un arbusto de zumaque girando en el viento repentino con un susurro débil, en el bosque un zorzal de voz líquida...
El viejo tomó la trocha que bordeaba un espolón de la montaña, cortando de pasada un junquillo a fin de abrirse camino donde unas telas enormes tendidas de árbol a árbol se atravesaban en el camino cubiertas de rocío y relucientes como hebras de vidrio estirado, abatiéndolas con un cuchicheo pegajoso mientras las arañas huían por la despedazada borra colgante. Salió a un otero pelado que daba sobre el valle y se detuvo allí para estudiarlo como se haría al coronar una colina y ver por primera vez un paisaje extraño. Pinos y cedros se amontonaban a la izquierda en franjas verde oscuro montaña abajo hasta donde pasaba la carretera. Al otro lado había un campo y un chiquero hecho de troncos, visibles las bardas en el tejado roto, como las tuinas de una diminuta cabaña de colonos. Por entre las hojas de las frondosas distinguió el tejado color de cinc de la iglesia, y un trecho de tablazón de forro que los años y la intemperie habían dejado grisáceo como un nido de avispas. Y allá a lo lejos los costurones morados de las Great Smokies.
Si yo fuera más joven, se dijo, me mudaría a esas montañas. Buscaría un arroyo claro y me construiría una casa de troncos con chimenea. Y mis abejas darían miel negra de montaña. Y que me dejaran tranquilo.
Empezó a bajar la fuerte pendiente. Y así ningún vecino me acusaría de ser antipático, añadió.
El sendero bordeaba la falda sur e iba a dar a la carretera principal; a mano izquierda una pista de tierra terminaba en una vaguada profunda. El viejo tomó ese camino, siguiendo la pendiente arbolada donde goteaba agua y hacía fresco. Medio kilómetro más adelante la pista trepaba colina arriba, saliendo del bosque para meterse en un campo de maíz donde un par de palomas alzaron repentinamente el vuelo dirigiéndose hacia el riachuelo con un silbido de alas. Al otro lado del campo y apartada de la carretera había una pequeña cabaña de tablas cuyos listones se encrespaban como cabellos enmarañados, la madera de un gris metálico. Era allí adonde se dirigía el viejo, con sus manos colgando ociosamente por encima del palo que llevaba sobre los hombros a modo de balancín para transportar agua.
La falda de la colina opuesta a la casa estaba atestada de toda suerte de desechos: aros de barril, un hacha rota, fragmentos de tela metálica, una vasija astillada... Pequeños artículos de anticuario incrustados en el fango. Había un barreño negro que antiguamente había utilizado para los cerdos; estaba veteado de óxido. Al porche le faltaba el primer peldaño y hubo de subir apoyándose en el bastón. La parte delantera de la casa bajo la sombra del porche estaba verde de hongos. El viejo se sentó fatigado en el suelo y se recostó en la pared y luego estiró las piernas y se desabrochó el cuello. El aire era húmedo y fresco. La casa miraba al norte, había detrás un talud arbolado, y la nieve duraba más en su patio que en casi cualquier otro sitio.
En primavera la montaña se teñía de un verde violento que ondulaba bajo el cielo. Nunca llegaba despacio. Un buen día aparecía allí de repente y el aire se volvía lozano. El viejo aspiró los suculentos olores de la tierra recordando otras primaveras, otros años. Se preguntó de qué manera recordaba uno los olores... No como algo que se ve. Todavía recordaba el olor a castor almizclero, y eso que no lo olía desde hacía cuarenta años. Recordaba incluso la primera vez que había percibido aquel peculiar olor dulzón; bajando de Short Creek una mañana hacía mucho más de cuarenta años, los chopos blancos y fríos y el riachuelo humeando. Fue a principios de la primavera, a punto de finalizar la temporada de caza, y había atrapado un viejo castor de piel anaranjada, grande como un gato doméstico. El aire estaba impregnado de olor a almizcle y en aquel momento le había hecho pensar en otra cosa, pero nunca llegó a saber qué.
Dormitó, durmió luego, durante un buen rato. A media tarde aparecieron nubes en la brecha de la montaña y una brisa fresca orilló la esquina del porche, meciendo suavemente las calabazas que colgaban del alero.
Despertó antes de que empezara a llover. La brisa cada vez más fresca abanicó su cara y el sudor que le perlaba la frente. Se incorporó y se frotó la nuca. Dos sinsontes que hacían girandulas entre las ramas altas de los arces se quedaban quietos; y entonces, como sorprendidas ellas mismas en el calor verde dorado de la tarde, las primeras gotas de lluvia salpicaron oscuras el barro acumulado al pie de la casa. Una sombra plana ondeó sobre el patio, sobre la carretera, y trepó por el talud como si le hubiera entrado prisa; la lluvia arreció, medrando con el viento en la distancia y pintando de un verde plateado, casi amarillo, los árboles de junto al arroyo. El viejo observó la lluvia avanzar por los campos, la hierba que se agitaba, las piedras del camino que se volvían negras y después el lodo en el patio. Oyó bailar los tejemaniles al tiempo que una ráfaga le rociaba la mejilla.
Cuando el único canalón amarrado al porche empezó a rebosar, el agua cayó en un abanico translúcido y el paisaje se empañó. La lluvia siguió salpicando hasta que el porche quedó rodeado de una frontera oscura. Sacó su tabaco y lió un cigarrillo, pulcro y perfecto, con manos temblorosas. Ya no hacía viento, y el viejo recostó la cabeza en el entablado verde para contemplar el humo que flotaba muy azul en el aire saturado de humedad. Al rato, la lluvia empezó a menguar y ya oscurecía, sobre la montaña el cielo estaba negro a excepción de un fino escollo de gris desmayado, y luego eso desapareció y la noche cayó, punteada a lo lejos por los relámpagos. El viejo empezó a sentir frío y ya se disponía a entrar cuando algo crepitó en la montaña. Levantó los ojos a tiempo de ver iluminarse el depósito metálico que había en la cima, agitándose en una súbita aureola de luz. Hubo un ruido como de uñas arañando pizarra y el viejo se estremeció y parpadeó un momento, incandescente todavía la imagen en sus gafas, y cuando abrió de nuevo los ojos había desaparecido y se quedó a oscuras con el sonido de la lluvia resbalando entre los árboles y el agua que goteaba flojamente del techo yendo a salpicar a un charco que se había formado debajo. Agitó la mano delante de su cara y ni siquiera pudo verla.
Se puso de pie y pestañeó. Más allá de la montaña un relámpago fino como un alambre centelleó apenas un momento. El poste esquinero y el porche empezaron a materializarse en la oscuridad, y entonces vio al perro que asomaba el morro por la orilla del porche, venteando, agitando las orejas y el cuello para sacudirse la lluvia de su apestoso pellejo. Subió con un repique de uñas en el armazón de tablas y husmeó el pantalón del viejo.
¿Dónde te habías metido?, dijo él. El perro empezó a frotarse contra su pierna y él lo apartó con el pie, diciendo vete, Scout. Scout se alejó un poco y se tumbó en el suelo. El hombre se rascó la nuca, se desperezó y entró en la cabaña.
La casa olía a moho y humedad, a bodega. Buscó a tientas la mesa del rincón y encendió una lámpara de parafina, cuya luz amarilla hizo saltar de las sombras el desvencijado mobiliario. Entró en la cocina y encendió la lámpara de allí, cogió un plato de judías y una torta seca de maíz que había en el calentador de sobre el hornillo. Se lo comió todo frío sentado a la mesa, y cuando hubo terminado salió al porche con un puñado de galletas y se las tiró al perro. Casi había dejado de llover. El perro se zampó las galletas y levantó los ojos buscando al viejo. La mosquitera dio un golpe, el cuadrado de luz en el piso del porche se estrechó y desapareció con el ruido del pestillo en la cerradura. El viejo no volvió a salir. El perro apoyó la cabeza en las patas delanteras y escrutó la noche con ojos achicados y tristones.
El viejo soñaba con gatos y ya no dormía bien. Temía que llegaran en la noche y le sorbieran la poca vida que le quedaba. Una vez había despertado sintiendo que uno le vigilaba desde la ventana. Antiguamente, dejaba la escopeta cargada en el suelo al lado de la cama, pero ahora se limitaba a escucharlos sin levantarse. Por regla general no aparecían hasta muy tarde y él aún estaba despierto, los oídos le zumbaban de haber estado tanto rato escuchando. De algún barranco perdido en la montaña sonaba entonces un aúllo trémulo. Otras veces se llegaba a la ventana y escudriñaba las colinas, la inmensa catedral de agujas góticas que la silueta de los pinos dibujaba en el collado de Forked Creek... Ahora se quedaba tumbado bajo la colcha gris y escuchaba. Dormía poco por la noche y le dolían los huesos de sestear en una silla, recostado en troncos y árboles, arrellanado en el porche.
Siendo él un muchacho había en Tuckaleechee una mujer de color que vivía en una cabaña y que había sido esclava. Se había mudado allí porque, decía, no había más negros que ella y porque percibía los movimientos y los significados de aquel lugar. Llevaba al cuello un saquito de eléboro y una vez la había visto en la carretera y no le había tenido miedo -entonces él era muy joven-, razón por la cual ella quiso ponerle tres gotas de aquilea debajo de la lengua y recitar un ensalmo para hacerle clarividente. Le dijo que en las montañas rondaban de noche felinos gigantescos de grandes ojos fulgurantes, y que no dejaban huellas ni siquiera en la nieve, aunque se los oía chillar con claridad en las noches de estío.
De esos gatos no hay indicios, le dijo, pero con clarividencia puedes interpretar lo que los otros no ven nunca.
Cuando se lo contó a su madre, ella le puso un crucifijo en la frente y se aplicó a rezar con mucho fervor.
El viejo estaba tumbado de espaldas escuchando el bombeo de su corazón entre las costillas, respirando a lentos y regulares resuellos. El otoño anterior a aquel último invierno lo había visto por segunda vez al despertar en plena noche, negro contra el cuadrado pálido de la ventana, en la cara una marca blanca como ala de gaviota invertida. La ventana se volvió negra y la habitación pareció invadida por aquella marca blanca que se aproximaba amenazadora. Estiró el brazo y agarró la escopeta por el cañón, se la llevó al pecho y accionó el percusor con el pulgar y lo dejó caer. La habitación reventó... Recordaba el desgarro naranja de la llama saliendo de la boca del arma y el olor acre de la pólvora quemada, que le zumbaron los oídos y que el brazo le dolió al encajar el retroceso. Se levantó y trastabilló hasta la mesa, arrastrando la escopeta por el cañón caliente, buscó y prendió un fósforo y encendió el farol. Al llegarse a la ventana, las sombras fluctuaron delgadas en la pared mientras la luz jugueteaba en el techo y blanqueaba las telarañas. Sostuvo el farol en alto. Sobre la ventana las tablas estaban reventadas, astilladas, y del color de la miel. Ya no volvió a dejar la escopeta junto a la cama sino en el rincón, detrás de la mesa.
El viejo permaneció despierto un buen rato. En un momento dado creyó oír un grito, apenas audible, del otro lado del arroyo y del campo, pero no estuvo seguro. Pasó un coche por la carretera y eso le intrigó pero al poco rato se adormiló y los grillos ya habían dejado de cantar.
Un surco profundo entre los tendones de su cuello, azul humo. Escalonadas formas óseas bajo la piel de pergamino como filas de pespuntes bajando hacia la pechera del vestido. La mirada concentrada en su labor, pestañea cada vez que traga, como haría un sapo. Párpados arrugados como cáscaras de nuez. El cabello apelmazado y canoso, prieto, un casco de alambre galvanizado. Meciéndose, meciéndose lentamente. La falda drapeada, suspendida como un telón sobre un lado de la silla, barría suavemente el suelo. Estaba sentada frente al infecundo hogar zurciendo ojales en una camisa de retazos de lana. Desde su marco con volutas doradas el capitán Kenneth Rattner, carnoso de cara y gallardo con gorra de marino cayéndole sobre la ceja derecha, la insignia de de doble barra ceñida ahora de luz, soldado, padre, fantasma, los observaba.
Con una lámpara a cada lado, ella tenía una expresión ritual, como una monja rezando el rosario. Después se puso a observar desde el alpende porque tenía un tejadillo de hojalata y soplaba viento que abatía la lluvia de través con crujidos de seda desgarrada. Hojeaba su revista pero la había leído tantas veces que apenas si miraba las páginas; se fijó sobre todo en el temblor de la llama dentro de la lámpara y en el hierro bruñido del hornillo, bronce y cobre en tonos de pavo real, azules y violetas, dibujos cambiantes que iban de la espira a la lengua de fuego. Agitó la mano encima del cristal y los botes azules que había sobre el hornillo se alabearon.
En la cocina, el hombre tampoco podía vede ya desde la repisa de la chimenea. Al cabo de un rato dejó la revista, giró en la silla, se sentó apoyando los codos en el respaldo y miró por la ventana. Finas grietas a lo lejos sobre Winkle Hollow como relámpagos de calor. No se oía tronar, sólo la lluvia y el viento.
El muchacho pensaba que podía acordarse de su padre. O quizá a su madre hablándole de él... Recordaba a un hombre, pero no estaba seguro de si era su padre o simplemente otro hombre. Su padre no volvió después de que se mudaran a Maryville. De eso sí se acordaba, del traslado.
Era una casa de troncos, esquinada a mano y calafateada con arcilla, asegurados con estaquillas de madera los pesados cabios del desván. Había habido un telar en el desván pero con el tiempo se había convertido pieza por pieza en leña para el hogar. Era una cosa enorme de madera desbastada que bajo el polvo acumulado había conservado incluso entonces un lustre de madera nueva. Los cabios aún tenían ese aspecto. En verano anidaban avispas encima de las tablas, utilizando los barrenos donde las clavijas se habían contraído un poco en tiempos de sequía y caído al suelo, para aparecer en el sofocante desván y pasar zumbando junto a su cama buscando el hueco de la ventana donde faltaba un trozo de vidrio y así salir al sol. También había nidos de avispas en el barro apilado en los tablones más anchos pero su madre los había rastrillado todos un buen día y aparte de las avispas sólo quedaban barrenillos y carcomas, que él no veía nunca pero que conocía por los conos de serrín blando que se formaban en el suelo, en la cumbrera de bajo el alero, o que se descolgaban por las telarañas en forma de gruesas láminas amarillas opacas de polvo y con textura de muselina.
La casa era alta y de aspecto austero por sus escasas ventanas. Se decía que era la más vieja del condado. Tenía una techumbre de tejemaniles que parecían ser la única parte de la casa permeable al clima o los años, pues estaban negros y partidos, y en su actual estado ruinoso parecían víctimas de un incendio antiguo del que la casa hubiera podido salir indemne, ya que era firme y los troncos estaban bien aclimatados. Se combaban y pandeaban y parecían sostenerse únicamente en las chimeneas de arcilla y piedras de río que había a cada extremo, pero por lo demás era una casa recia y asentada y el viento no conseguía hacerla crujir.
No pagaban impuestos por ella pues no constaba en los registros de la propiedad del condado, y tampoco por el terreno porque no era suyo. No pagaban arriendo ni por la casa ni por la tierra, pues en ambos casos los acreedores de dominio eran tan inexistentes a efectos legales como la propia finca. Pagaban a Oliver Henderson, que les llevaba agua tres veces por semana cuando hacía el reparto de la leche.
El pozo escondido tras la maleza y el sorgo que crecían exuberantes en el patio se había desprendido hacía tiempo de su muro de piedras, las cuales se amontonaban por capas en el fondo seco sirviendo de sepultura improvisada a los huesos de conejos, gatos, opósum y demás cuadrúpedos desafortunados.
Él no lo sabía, únicamente lo suponía porque una primavera había encontrado un gazapo dentro del pozo y le había dado miedo bajar a por él. Diariamente, le llevaba algo verde y se lo tiraba al pozo y un día dejó caer un puñado de hojas de lechuga al agujero y vio que algunas quedaban posadas encima del animal y este no se movía. Pasaron los días y el gazapo seguía en el fondo del pozo, entre las piedras, con la lengua encima.
Ella había terminado y estaba mirando la lámpara que había dejado sobre la repisa de la chimenea, sosteniendo la camisa delante de ella con una mano. Estuvo así unos minutos y luego se dio la vuelta y vio que él la estaba observando con la cabeza ladeada, ambos bañados de luz y oscuro el espacio entre los dos a través de la puerta angosta. Él no podía verle los ojos y supuso que estaba mirando otra cosa y finalmente se acercó a la ventana y contempló la lluvia.
Hijo, dijo ella.
Sí señora.
Vete a la cama.
Sí señora, repitió él. No se movió de sitio.
La cama no está húmeda, ¿verdad?
No señora.
Estaría mojada, siempre lo estaba cuando llovía aunque no hiciera viento. Entonces olía a humedad y olía bien, y estaba bastante fresca para echarse una manta encima. Este año, este verano, se había trasladado al porche, junto a la cocina. Un domingo había bajado la cama mientras ella estaba en la iglesia y cuando regresó ya se había acostado, respirando profundamente cuando ella se detuvo en la puerta antes de entrar. Luego la oyó trajinar con los platos en la cocina, tarareando flojito, y no hizo el menor comentario aunque sí le mandó sacar las dos cajas de botellas y latas que él había desalojado del rincón. El alpende estaba protegido por un mosquitero en su mitad superior; cuando ya llevaba un rato en la cama podía ver incluso los amentos en los robles del patio. Algunas noches un perro grande y flaco venía a mirarlo desde el mosquitero y él le decía cosas mientras el perro aguardaba patilargo y abatido, sin moverse, y luego el perro se marchaba y él podía oír el tintineo de su collar cuando se alejaba por el patio.
Retiró la cama del rincón, dobló la colcha y alisó la almohada. Luego la puso del revés y cogió la manta que llevaba bajo el brazo, la extendió sobre la cama y se acostó. Era la última noche de aquel verano. Se durmió arrullado por el sonido acuoso y metálico de la lluvia que se escurría tejado abajo, canalón abajo, azotes de lluvia en el viento racheado y la neblina rociándole la cara a través de la mampara hinchada. Los robles se agitaban inquietos, advertencias en voz queda, ¡chitón!...
A la mañana siguiente había dejado de llover y el aire era frío y humeaba. Eso le hizo sonreír, porque estaba a la espera y el tiempo y las estaciones eran ahora su reloj particular. No le importaba que todavía hiciera calor. Los arrendajos estaban en los robles por la mañana y los estorninos habían vuelto en grandes bandadas que combaban las ramas, relucientes sus plumas de oscuros colores metálicos, sus cantos una áspera melodía de ritmo herrumbroso. O bien estaban en tierra, inundando el patio de olas negruzcas, y él salía corriendo y daba una palmada y los veía salir disparados hacia el sol en ruidosa horda que levantaba hojas y desperdicios en la corriente ascendente producida por sus aleteos.
Las primeras semanas de septiembre pasaron sin que cambiara el tiempo ni hubiera helada. Las venas se hinchaban en sus brazos y él las apretaba y luego levantaba el puño y sentía latir la sangre en los pequeños vasos.
Ahora luchaba contra el tiempo y lo sentía ceder poco a poco. Ella había invertido dos días metiendo en tarros el resto del jardín y no dejaba de insistirle para que subiera de nuevo la cama al desván antes de que pillara un catarro. Llovía y el estanque se puso rojo como la sangre, y una tarde pescó un róbalo desde los sauces en apenas un palmo de agua y después de limpiarlo sostuvo en la mano aquel pequeño corazón, que seguía latiendo.
Su cama aún estaba en el porche. En noches así no soportaba estar dentro de casa. Salía después de cenar y volvía a la hora de acostarse... y salía de nuevo tan pronto ella se quedaba dormida, caminaba por la carretera a oscuras dejando atrás casas y cabañas, cuyos habitantes de ademanes mudos y enigmáticos adquirían un tono amarillo a la luz de las ventanas...
Una noche al atajar por un sembrado se topó con dos cuerpos que forcejeaban en la hierba, desnudos, blancos y fogosos como peces varados bajo el claro de un cuarto de luna. Siguió caminando. Ellos no le vieron. Cuando llegó a la carretera se puso a correr; sus zapatos sonaron como palmetazos en el asfalto hasta que notó que los pies le quemaban. Corrió hasta abrasarse los pulmones. Cerca de la bifurcación en el corral de los Stiefel había un tulipero grande. Reptó por el bancal de hierba y se agazapó en las sombras del tronco como un malhechor en su guarida, respirando un aire colmado de ascuas.
Estuvo allí un buen rato, viendo extinguirse las luces en el valle. Sonido de voces próximas y apremiantes en el aire acústico de la noche, puertas que se cerraban, risas... Un campamento aprestándose a descansar, fogatas que se apagaban... Un congreso de demonios y hechiceras encuevados a la luz de las antorchas sonando con avidez siniestra viejos huesos resecos.
Un día le descubrirás. Cuando seas mayor. Encontrarás al hombre que se llevó por delante a tu padre. (Recuerda: un rostro fiero y ya marchito pegado al de él, un aliento agridulce...)
¿Pero cómo? Había empezado a llorar.
Tu padre habría sabido cómo. Era un hombre temeroso de Dios, aunque no visitara la iglesia muy a menudo... El Señor te dirá cómo, muchacho. Él no abandona a los que tienen fe. Reza y el camino te será mostrado. Él... Júralo, muchacho.
Tenía el brazo entumecido de dolor... La notaba temblar... Lo juro, dijo.
No lo olvidarás jamás.
No.
Mientras vivas.
Mientras viva.
Sí, dijo ella.
Mientras...
Yo tampoco lo olvidaré, dijo, apretándole de nuevo el brazo por un momento, acercando su cara enorme. Y, masculló, él tampoco lo olvidará.
Mientras viva...
No lo olvidó nunca. De la oscuridad le llegó el sonido de un banjo, acordes de prueba... un mensaje... ¿qué noticias? Viejos amores nuevamente consumados, enfermedad, el llanto de un niño. Las casas ahora en silencio. Reposo. Incluso para aquellos a los que ni la noche más larga podría aportar descanso. Y silencio, la música se pierde en el calor ambarino de innumerables sueños puestos a morir en la lumbre, espectral y callada... La mañana apenas empieza a dejarse ver en la lejanía, y él está cansado. Haciendo inclinarse la hierba bajo pareja tristeza el rocío le siguió a casa y selló su puerta.
El tiempo aguantaba, y también la lluvia. Los días eran grises y brumosos y por la noche los árboles no dejaban de gotear. El estanque se había llenado de botellas y una mañana se dedicó a verlas pasar mientras pescaba al acecho desde un resalto calcáreo que había en el borde superior. Más tarde apareció una barca entre la niebla y vio que el hombre paraba las botellas que flotaban a la deriva y tiraba de los sedales para sacar el pescado. El hombre le vio y le saludó con la cabeza y él hizo otro tanto, La barca viró al llegar al fondo del estanque y regresó sin otro sonido que el golpe sordo de la pértiga en la regala de popa.
Ahora iba a marchas forzadas y los días menguaban y llegó el frío. Su catre seguía en el porche y día tras día comprobaba la decadencia de los árboles en el patio, despertaba a un mundo rojo con el sol enorme anclado a ras de desfiladero y los arces en llamas. Echado bajo su manta mohosa tentaba el aire con la nariz. Una brisa limpia templada al humo y fraguada en agua ceceaba a través de la mampara sin aportar noticias todavía..
Esperaba. En el lento, sangrante mes de octubre observaba, aletargado y soñoliento como un sapo, con los nervios a flor de piel cual gato a la expectativa.
Volviendo una tarde del almacén la vio en la carretera y ella le sonrió y le dijo hola. Él saludó con la cabeza y siguió su camino, oyendo que se reían a su espalda. No la veía desde finales del verano.
Cruzaba el campo de los Saunders camino del riachuelo, llevando al hombro cual zurrón de trampero una redaya casera hecha con tela de saco. No reparó en ella hasta que la oyó hablar, estaba apoyada en un poste con la manos ahuecadas en lo alto de éste y la barbilla sobre las manos. Como si llevara varios días allí esperando con una paciencia inconmensurable a que él pasara.
Bueno, pensó, no es bastante mayor para ser dueña del terreno o hacer que me largue incluso si tiene edad suficiente para eso. Así pues le dijo: qué tal.
Te llamas John Wesley, ¿verdad?
Iba a decir sí señora, pero lo cambió por sí, ése soy yo.
Ella bajó del poste y se le acercó sin prisas, contoneándose. Llevaba un vestido estampado de algodón que se abrochaba como una bata, y allí donde le ceñía el vientre o se tensaba para cubrir sus pechos rollizos la carne blanca y la seda rosa formaban frunces entre los botones. Arrancó un tallo de hierba y empezó a mordisquearlo, mirándole de soslayo, parada delante de él y adelantando una pierna de forma que su cadera sobresalía lateralmente. ¿Qué haces?, preguntó.
Pasar el rato, dijo él.
Ya. Y nada más.
Ella golpeó una piedra con la puntera del zapato. ¿Con quién pasas el rato?
Pues con nadie. Yo solo.
Las puntas de sus senos eran como monedas grabadas en la tela del vestido. Ella se dio cuenta de que la miraba. No deberías andar por ahí tú solo, le dijo, con media sonrisa en las comisuras de la boca y una mirada maliciosa.
¿Quién lo dice?, preguntó él.
Yo. Y también lo dice el predicador.
He de irme, dijo.
¿Vas a seguir pasando el rato tú solo?
Echó a andar y ella se puso a su altura. ¿Adónde vas?, preguntó.
Al estanque, dijo él.
¿A hacer qué?
A pescar.
¿Pescar? No llevas caña.
Tengo una allí, le dijo. Escondida.
¿Nunca llevas la caña contigo?
No.
Ella se rió.
Caminaron despacio, mucho más de lo que él solía. Al cabo de un rato, como ella no decía nada, él le preguntó adónde iba.
¿Yo?, dijo ella. A ninguna parte. Sólo estoy pasando el rato.
¿Y con quién?
Ella rió. Te gustaría saberlo, ¿eh?
No. Me da igual con quién pasas el rato.
Siguió andando, miró hacia los árboles, al cielo.
¿Metes lo que pescas ahí dentro?
¿Dentro de dónde?
Ella señalaba la red aya de tela de saco. De ahí, dijo.
Ah. No, eso es una redaya. Antes de ir al estanque he de atrapar unos pececillos.
La chica no se marchó. Mientras vadeaba el arroyo hurgando bajo la orilla con la vara de la redaya la veía andar o mirarle quieta. En un punto donde la madreselva era menos tupida se aproximó a la orilla y se quitó los zapatos y dio puntapiés al agua mientras él pasaba. Cuando la volvió a mirar estaba con el agua por las rodillas y la falda remangada en la cintura de sus bombachos, y los muslos destacaron increíblemente blancos contra el oleaje de agua marrón al adentrarse insegura en la corriente, con un vaivén de pechos. Llegó adonde estaba él y le salpicó de agua.
No sabes cómo me llamo, ¿verdad?, preguntó.
Está bien, dijo él. ¿Cómo te llamas?
¿Qué te importa?
Si no me importa, pero tú...
Entonces ¿por qué me lo preguntas?
Es que... Si yo no... Calló. Has sido tú la que me ha preguntado si...
Wanita, dijo ella. Por si quieres saberlo. Wanita Tipton. Vivo allá abajo. Señaló vagamente hacía el otro lado del arroyo, más allá de los restos de un campo de maíz, un grupo de nogales que circundaban una casa sucia con un tejado verde de hojalata. Él asintió y se puso a pescar otra vez. No tenía suficientes corchos y los pececillos se le escapaban todo el tiempo. Pero tenía ya seis o siete metidos en una lata que llevaba al cinto.
¿Te gusta hacer eso?, preguntó ella a su espalda.
Se dio vuelta para mirarla. Estaba subida a una roca con las piernas muy juntas. La parte posterior de su vestido estaba mojada y oscura. Tienes una sanguijuela, dijo él.
¿Una qué?
Una sanguijuela. Tienes una en la pierna.
Miró hacia abajo; no le costó mucho encontrarla, una sanguijuela gorda y terrosa justo debajo de su rodilla con una fina cinta de sangre que en la humedad de su espinilla se volvía rosa. Se llevó una mano a la boca y siguió mirando el bicho sin hacer nada. La sanguijuela era bastante grande para ser del arroyo aunque las del estanque eran mucho más gordas. Se la quedó mirando y al cabo de un rato él dijo:
¿No piensas arrancártela?
Eso la impresionó. Levantó los ojos y se puso colorada. Maldito seas, le dijo. Maldito seas por... por... Bueno, maldito seas.
Oye, que yo no la he puesto ahí.
¡Arráncala! ¡Vamos! Santo Dios... ¿es que no me la vas a quitar?
Se acercó a ella chapoteando. Tal como estaba con el agua por la cintura y ella subida a la roca podía verle los muslos hasta donde la falda se metía en los bombachos. Agarró la sanguijuela, intentando mirar y no mirar hacia arriba, sintiendo mareo, temblores, la arrancó y la lanzó a la orilla. Dijo: no deberías vadear descalza.
Por un momento había notado que ya ni siquiera le tenía miedo y todo lo que recordaba era que se marchó corriendo. La enorme extensión de carne y los bombachos y ella agarrada a él por el cuello de la camisa con los pies más o menos en el agua a ambos lados hasta que él se soltó con un ruido de tela rasgada y retrocedió por el agua hasta la orilla y atravesó a la carrera el campo de los Saunders, agua y pececillos saltando del cubo, con aquella tontería de redaya todavía en la mano y el agua removiéndose en sus zapatos, corriendo sin parar.
Ella le dijo algo a la otra y ambas se rieron otra vez. El chico siguió andando hacia casa con el pan, inflamada la cara en el frío del tímido sol de octubre. Cuando llegó al porche vio que su cama no estaba. Ella estaba en la cocina. Depositó el pan sobre la mesa y dejando un eco de pasos en los peldaños subió al desván, a la lobreguez poblado de telarañas del alero inclinado bajo el cual estaba ahora la cama, hecha y con sábanas limpias.
Por esta época, de madrugada el estanque estaba inmerso en niebla, una niebla espesa y arremolinada de la que surgía el parloteo de ánades fantasmas. Cuando salía el sol el valle entero era como un cristal blanco y el aire humeaba y picaba en la garganta por culpa de los hornillos y más tarde de las fogatas donde las mujeres removían sus peroles con largas paletas de madera; chales y tocas les daban aspecto de duendes, y mientras tanto los gnomos esperaban a que estuviera lista la poción. Primeros días de escarcha, días fríos y humeantes con cerdos gruñones y de vez en cuando los aullidos lejanos de gansos volando hacia el sur en «uves» que mudaban en una línea hasta perderse de vista en el horizonte. Cortaba leña, se dirigía temprano a los montones cada vez más grandes de troncos de pino nuevo que relucían en la escarcha matutina como tajadas de miel helada. Se aplicaba a ello con ahínco y los días pasaban. En todo ese tiempo podría haber llenado el patio de leña hasta el techo de la casa.
Si él viviera, le dijo ella un día, a ti no te faltaría de nada. Y él, mutilado de guerra con esa placa de platino en la cabeza y tal, pues no quiso saber nada cuando le declararon incapacitado. Menudo orgullo tenía. No aceptaba limosna de nadie, ni siquiera del gobierno. Era capaz de mantener a la familia él solito, sí señor, que el buen Jesús le tenga en su gloria.
Sí, añadió, mirándolo recelosa, con que seas la mitad de hombre que él seguro que llegarás a algo.
El fuego chisporroteaba en el hornillo, tiñendo de color cereza un costado hasta que las grietas del hierro viejo se metamorfosearon en despatarradas arañas finas.
Balanceándose calladamente en su mecedora tenía la apariencia de alguien empeñado en una lúgubre y tenaz tarea cuya única herramienta verosímil era la esperanza. Ni siquiera la paciencia. Como si tal vez en un futuro incierto la propia mecedora pudiera levantarse y llevársela a la gloria, con ella allí sentada totalmente serena y los pies metidos quizá bajo el travesaño, la falda desplegada a su alrededor. Estaba tarareando algo en aquella su voz nasal, que evocaba ligeramente un zumbido de abejas en verano las brasas cacarearon para asentarse con suaves sonidos de tamiz. Se mecía. Y así llegó el invierno aquel año.
Entre el agua escupida hacia los lados por el cansino vaivén del limpiaparabrisas, Sylder vio bailar la lluvia en el haz de los faros, refulgir en la calzada negra. Volvió a oír la sirena detrás de él, ahora más estridente y perentoria. Nunca lo he probado lloviendo, pensó. Con el acelerador pisado a fondo vio la aguja subir hasta 90 antes de levantar el pie para tomar la siguiente curva. He de hacerlo antes de llegar a la montaña, se dijo a sí mismo, o soy hombre muerto. Tendrá que ser en la bifurcación.
Los relámpagos descargaban en amenazadoras ilusiones de proximidad y formas veloces aparecieron en la carretera, saltando de la cuneta o de un árbol bajo configuraciones grotescas, estrafalarias. Fantasmas de niebla se elevaban tristones del pavimento y estallaban en fragmentos cimbreños sobre la capota, sobre el parabrisas. Sólo una curva más. La ventanilla posterior se oscureció un instante, luego los faros llegaron lentos e inexorables trepando como dedos por la ladera que tenía a su izquierda, dibujando sartas de roca caliza como hileras de ovejas soñolientas a lo largo de un sendero amarillo. Cuando ganó la cresta de la colina las luces se borraron y la sirena volvió a sonar.
Puedo tomar la curva muy abierta, se dijo esperanzado. La carretera parecía una mancha de petróleo. Se le acabó el tiempo, ya estaba allí, nervios y músculos actuando por su propia cuenta y él solamente mirando. La tomó a 60 según el contador, vio parpadear los ojos cuadrados del almacén, giró el volante hacia la izquierda tirando apenas un momento del freno de mano.
No pudo ver nada más. Enderezó el volante, una vez aflojado el freno. Salvo que no pudo sujetarlo suficiente y el morro estaba patinando y el coche no giraba. Al final, el freno cedió y un rebaño de árboles pasó en tromba frente a los faros como si se lanzaran de cabeza desde el borde mismo de la tierra, y el almacén apareció de nuevo, vidriado contra el friso verde, rodando veloz, blanco y deslumbrante e inverosímilmente alargado. Y otra vez los árboles y el edificio en una larga imagen borrosa, entonces notó detrás la sacudida de un golpe sordo y pudo oír que algo se partía como un palo seco seguido de una rociada de cristales rotos. Las luces se habían quedado quietas carretera abajo y había puesto ya la palanca en segunda con un rechinar de neumáticos, avanzando, cuando el coche patrulla coronó la loma y apareció delante de él. Chillaron los neumáticos y arrancó rayando en su huida con pausada pericia un parachoques del otro vehículo. A su espalda el almacén parpadeó con medio poste asomando por una ventana y una esquina del porche medio combada, abyecto y humilde bajo el aguacero.
Sylder prendió un fósforo y encendió un cigarrillo. Adiós*, John, dijo. Y canturreó en voz baja: «Qué suerte la suya, haber podido marcharse de Kentucky hace tiempo...», meciéndose al compás del coche a medida que iba sorteando las curvas.
Era en agosto que había encontrado aquel gavilán en la carretera de la montaña, acurrucado en el polvo con una de sus pequeñas alas desplegada y flácida, mirándole sin temor ni malicia; algo duro en sus ojos, implacable y sin concesiones. El gavilán observó sus movimientos y luego volvió la cabeza cuando el chico alargó la mano hacia él, lo recogió del suelo, sintiéndolo tibio y palpitante en la palma de su mano, sin vigilarlo, sin moverse, tan sólo mirando con sus ojos fríos y brillantes de accípitre hacia el fondo del valle, las plumas del cuello agitadas por el viento. Se lo llevó a casa y lo metió en una caja en el desván y lo alimentó de carne y saltamontes durante tres días hasta que el pájaro murió.
El sábado por la mañana fue a la ciudad con el señor Eller, con la bolsa en una mano y sentado muy tieso él en la cabina del viejo camión viendo pasar los campos y luego casas y más casas y finalmente tiendas y gasolineras, el puente sobre el río y del otro lado el perfil de la ciudad con el cielo abrasador de fondo.
¿Cómo vas a volver?, preguntó el señor Eller.
Me las apañaré, dijo. Tengo cosas que hacer.
Estaba subido al estribo, con un pie en la calle en la esquina de Gay y Main. Toma, dijo el señor Eller inclinándose sobre el asiento, alargando la mano hacia él.
¿Qué?
Toma.
Tengo dinero, dijo. No se preocupe.
Vamos, maldita sea, dijo el hombre. Estaba agitando la moneda de veinticinco centavos. Una bocina sonó detrás de ellos.
De acuerdo, dijo. Cogió la moneda. Gracias, ya nos veremos.
Cerró la puerta y el camión arrancó; el señor Eller levantó una vez la mano a modo de despedida; él devolvió el saludo a la nuca que se veía por el cristal de la parte posterior, cruzó la calle y recorrió el paseo hasta los juzgados, subió la escalera de mármol y entró.
Había una mujer sentada a un pequeño escritorio junto a la entrada, abanicándose con un fajo de formularios. Estuvo unos minutos en el vestíbulo leyendo los rótulos que había encima de las puertas y finalmente ella le preguntó si se le ofrecía algo.
Le mostró la bolsa que llevaba. Traigo un gavilán, dijo.
Ah, dijo ella. Creo que es allá abajo.
¿Dónde?
Al fondo. La mujer señaló hacia un pasillo.
Muchas gracias, dijo él.
Había un mostrador largo y detrás de éste más mujeres y más escritorios. Esperó un momento y luego una de ellas se levantó y se le acercó diciendo: ¿sí?
Dejó la astrosa bolsa encima del mostrador. De la parte superior emanaba un olor potente y pútrido que superaba el rancio olor a humedad del propio edificio. La mujer miró la bolsa primero con recelo y luego alarmada cuando los efluvios llegaron a su nariz. Con dos dedos tocó delicadamente la abertura de la bolsa, los retiró. Él la puso boca abajo y dejó caer sobre la madera el maloliente contenido en medio de una explosión de plumas. La mujer se echó hacia atrás y lo miró. Luego dijo, no suspicaz ni inquisitiva, sino sólo para establecer su condición de empleada pública:
¿Es un halcón gallinero?
Sí señora, dijo él. Y joven.
Ya.
Dio media vuelta y desapareció taconeando tras una montaña de archivadores verdes. Pocos minutos después volvía con un paquete de formularios, deteniéndose al fondo del mostrador para escribir con una pluma entre una colección de tinteros. Él esperó. Cuando hubo terminado, la mujer arrancó el papel y volvió y se lo entregó. Firma donde está la cruz, le dijo. Luego lo llevas al despacho del cajero. Al fondo del vestíbulo: señaló pasillo abajo. Firmó las dos líneas con la pluma, se la devolvió y ya se alejaba cuando ella le llamó:
Supongo que no te importará, dijo, arrugando la nariz y tocando el pequeño pájaro con un dedo remilgado, meterlo tú mismo en la bolsa. Lo hizo. Sosteniendo en una mano el papel y agitándolo para que se secara la tinta, fue a recoger su presa.
Salió por la puerta con el viento que se colaba aullando en el vestíbulo en plena escaramuza con los papeles del tablón de anuncios, un viento cálido de mañana estival impregnado de aroma a castaño de Indias, remolinos de hollín en los peldaños de piedra. Llevaba el dólar en la mano, pulcramente doblado en dos. Cuando estuvo fuera lo dobló otra vez, haciendo un cuadrado con él, y lo guardó entre los roblones de cobre en la faltriquera de su pantalón de mono. Alisó el bolsillo y echó a andar dejando atrás los árboles tiznados, los monumentos, la estatua en escorzo siempre mirando al vacío, y embocó la calle.
Tocaba una banda y en el calor de la ciudad flotaban viejos himnos marciales, estridentes en la distancia. Hileras de coches centelleaban soñolientos bajo un vapor de tubos de escape y en el cruce había un policía en posición de descanso.
Al cruzar la calle la música sonó más fuerte como si alguien hubiera abierto una puerta. Cuando llegó a la esquina los vio venir, de ocho y diez en fondo, una solemne legión de granate descolorido, el dril gastado y lustroso incluso de lejos, y sus instrumentos de un brillo opaco al sol. En un pequeño corro al frente de la procesión iba el director de la banda, con chistera y batuta, acompañado de los cuatro portabanderolas con sus astas en alto, lánguidamente aferrados los colores. Dos tubas que iban en el grupo de atrás oscilaban como globos, saltaban ridículamente por encima de las cabezas de los músicos vomitando sus notas de rana en contrapunto con el jaleo asfixiado de los otros instrumentos. Detrás del desfile iba una lenta caravana de autocares a través de cuyas ventanas ondeaban al viento bandadas de banderines.
Se sumó a la multitud La gente sudaba en sus delgadas prendas de verano, un laberinto de formas y colores sin otra cosa en común que los trechos oscuros en las axilas, todos estirando el cuello, poniéndose de puntillas, sosteniendo niños en alto. El desfile se desarrollaba bajo un palio de calor, sus componentes sudorosos y como abatidos. Vio a uno de los que tocaba la tuba, estaba colorado y daba la impresión de haber sido obligado a soplar su instrumento para que no se desinflara sobre las cabezas de sus compañeros. Pasaron con un inmenso estrépito sonoro y llegaron los autocares, renqueantes en marcha corta, despidiendo pelotas de un humo tenue y azulado, con las ventanillas rebosantes de serpentinas, banderines, pancartas, rostros menudos. Largas banderas de papel iban de punta a punta de los vehículos proclamando a Cristo en grandes letras rojas, y la templanza, invitando a votar contra el diablo siempre y cuando éste se presentara candidato a algo. Uno a uno fueron pasando y de nuevo las coloreadas banderas en las manitas de los niños que las agitaban hacia los espectadores, los cuales a su vez se secaban apáticos el cuello y la cara con pañuelos de mano. Una pancarta azul y amarilla que terminaba con la frase «No hagáis un borracho de mi papá» cayó a la calle como un pájaro herido, dejando una mano vacía en la ventanilla. El siguiente autocar hizo trizas y pulverizó el asta y grabó huellas de neumático en la inscripción.
La música cesó de repente y sólo se oyó el incómodo moverse de la multitud, el rumor grave de los motores. Los banderines y los carteles fueron quedando quietos para engorro colectivo, como si alguien hubiera muerto, y siguieron así hasta que el último autocar -los rostros menudos mirando solemnes como refugiados- hubo rebasado el puente y por tanto la ciudad. La multitud se fue dispersando en las calles y el tráfico se reanudó, coches y tranvías yendo de acá para allá.
Estaba aún en la acera y contemplaba la ciudad, espejismo bajo el calor humeante, y elevándose sobre las fachadas nuevas de cristal y azulejo los estrafalarios edificios desnudos, impresionantes y abigarradas columnas de ladrillo adornadas con toda fantasía: arcos, dinteles, arabescos, columnas floridas y muros piñón con redientes, miradores sobre ménsulas con tallas de pies, cabezas de animales sin nombre, figuras pompeyanas... aquí y allá, ornamentadas de ganchos y gárgolas, fechas que conmemoraban la perpetración del edificio. Hileras de palomas dormitaban en las cornisas altas y el calor se elevaba en olas visibles desde la calzada. Volvió a tocarse el bolsillo donde guardaba el dólar y subió por Gay Street. Cuando llegó al Strand se detuvo para examinar las fotografías que anunciaban los dibujos animados del sábado y palpó sus veinticinco centavos. Torció a la izquierda y llegó a Market Square. Un hombre gritaba en la esquina cosas incoherentes blandiendo una Biblia manoseada. Junto a él había una anciana atada a un acordeón, muda y paciente como un caballo de tiro. Cruzó la calle por detrás del corro de espectadores. Cesaron los gritos y sonó el acordeón, el hombre y la anciana cantaron con sendas voces roncas y agudas en triste imitación del trémolo del instrumento, que rechinaba como un órgano de fuelle.
Siguió hasta el lado opuesto de la plaza bajo la sombra del mercado, pasando frente a rostros morenos y rústicos que le miraban entre carros y camiones, subidos a cajas, frente a mujeres viejas con la cara como fruta marchita bajo la gorra de visera, caras velludas, estriadas y desdentadas, frente a pobres diablos que traficaban con los artículos de la tierra, liquidando sus mercancías desde una fila de vehículos vetustos aparcados oblicuamente con la parte posterior contra el bordillo y cargados de frutas y verduras, huevos y bayas, miel en tarros y cajas de nueces, hatos de raíces y hierbas desde azafrán hasta consuelda, todo un burdel de plantas y flores en maceta. Pasó frente a zapaterías donde se apilaban polvorientos zapatos de ínfima calidad, almacenes de ropa en cuyos vestíbulos había percheros de hierro repletos de prendas usadas, arcones con medias y calcetines, un mercado de carne donde jamones y costillares colgaban como bellacos en la horca y en las vitrinas bandejas cuadradas de porcelana repletas de carne manchada de blanco y pletórica de triquinela, con trozos de hígado del color de la arcilla bamboleándose en fosos de sangre acuosa, una fuente de sesos, inidentificables pedazos de carne esparcidos aquí y allá.
Entre hombres en ropa de faena y ciegos y amputados en carritos o muletas, sacos de harina y forraje amontonados en la acera y vendedores de lápices con sus incansables brazos, más allá de las casetas y tugurios y cuchitriles que vendían tabaco en picadura o tableta, labor o bolsa, y rapé, dulce o seco, en latas pequeñas, pipas y encendedores y toda una colección de artículos esotéricos incluidos libros de imágenes pornográficas. Cafeterías que apestaban a café quemado, un efluvio de fritanga, una indistinguible promiscuidad de olores.
Bajo las bombillas de la marquesina del Crystal un grupo de aldeanos se esforzaba por ver más allá de la taquilla donde estaba sentada una mujer de aspecto cansado debajo de un rótulo: Adultos 25-Niños 11, para mirar la película a través de un trozo de cortina que faltaba. El ruido de cascos y de tiroteo salía hasta la calle. Como no alcanzaba a ver pasó de largo y siguió recorriendo la plaza hasta detenerse frente a un escaparate aderezado de objetos de madera y metal entre los que sólo reconoció algunas herramientas corrientes. Se tapó un ojo con la mano para anular el resplandor de la luz en el cristal y pudo verlos en la penumbra del interior, colgados de un clavo en la pared. Comprobó que tenía el dólar y entró. Sus pasos, débiles en el oscuro piso lubricado, le condujeron por una atmósfera cargada de olor a cuero y hierro, a aceite de máquina, a semillas, bajo extraños objetos que colgaban del techo y pasados unos barriles de clavos, hasta el mostrador. Colgaban de sus cadenas y se los veía fieros y antiguos entre ronzales y guarniciones, sierras de ballesta y palas de hacha. Detrás del mostrador un empleado esperaba a un hombre que hacía girar perezosamente en su mano un picaporte de latón. Agachando la cabeza bajo un fleco de cintas de cuero, se perdieron en la oscuridad de la trastienda. Pocos minutos después un hombre de pelo entrecano llegó por el pasillo y se acodó en el mostrador mirando al chico.
¿En qué puedo servirte, hijo?, preguntó.
¿Cuánto valen? Señaló vagamente, como si en toda la tienda no hubiera otro artículo. Las trampas... esas de ahí.
El hombre se giró. ¿Trampas? Ah, los cepos de acero.
Sí señor.
Bueno, dijo, vamos a ver... ¿de qué medida?
Esos. Señaló. Del número uno.
El hombre estudió los armadijos como sise percatara por primera vez de su existencia, aparentemente perplejo no tanto acerca de su precio cuanto del hecho de que estuvieran allí. Entonces dijo: vamos a ver. Bajó uno y lo situó estratégicamente delante del muchacho, enderezando la cadena, como quien enseña un reloj o una joya.
El chico acarició la lisura de sus componentes: cazoleta, calzo, mandíbulas, resorte. ¿Cuánto vale?, preguntó de nuevo.
Treinta centavos.
Treinta, repitió el muchacho.
A no ser que compres una docena. Van a tres dólares la docena.
El muchacho lo meditó. Así saldría a veinticinco centavos la pieza, ¿no?
Bien, dijo el hombre, doce y tres... cuatro por un dólar... exacto, veinticinco centavos.
Bueno, dijo, quisiera quedarme una docena pero no puedo comprarlos todos de una vez, ¿No podría llevarme cuatro hoy y el resto más adelante...?
El hombre le miró un minuto entero y luego sonrió. Supongo que sí, dijo al fin. Eso sí, tendrás que firmarme una fianza comprometiéndote a comprar la docena para que yo te pueda vender los cuatro al precio de oferta.
El chico asintió.
Alargó el brazo y descolgó tres cepos más y los dejó encima del mostrador entre un airado traqueteo de cadenas, y de bajo la caja registradora sacó un libro talonario de formularios de pedido. Escribió algo en el libro, arrancó dos copias y le pasó una al muchacho. Firma esto, dijo. Le estaba ofreciendo la pluma.
El chico la cogió y empezó a escribir.
Es mejor que lo leas primero, le previno el hombre.
Lo leyó, descifrando la caligrafía espigada y fina:
Yo, el abajo firmante, accedo por la presente a comprar 8 (ocho) cepos Victor núm. 1 a Farm & Home Supply Store de aquí al 1 de enero de 1941. A razón de 25 centavos la pieza. Firmado……………………………………….
Puso su nombre al pie del documento y le devolvió la pluma.
El hombre cogió el papel firmado y le pasó el otro, la copia al carbón. Aquí tienes, le dijo. El muchacho cogió la copia y la dobló, sacó el dólar de su faltriquera y lo alisó sobre el mostrador. El hombre depositó el dólar en la caja. Espera, dijo, te prepararé una bolsa.
De un rollo de papel marrón cortó un trozo largo y envolvió los cepos y ató el paquete con cordel. El chico sopesó el bulto con las manos. Volveré a por los otros dentro de unas semanas, le dijo al hombre.
Y salió al sol cegador, mezclándose con la multitud demasiado alta para él, acompañado por el parabién de una sonrisa de viejo.
Aún estaban envueltos en el papel marrón y remetidos detrás del cabio. El 15 de noviembre se levantó muy de mañana y cruzó el frío suelo del desván, alargó el brazo y los sacó de allí y fue a sentarse en la cama, palpando sus formas a través del envoltorio polvoriento. Luego retiró el cordel y los depositó en la manta. Los colocó uno al lado del otro y presionó con el dedo gordo la mandíbula inferior y los cepos saltaron en su mano y se cerraron cruelmente. Después los colgó de un clavo encima de la cama y bajó a desayunar.
Pasó todo el día en el riachuelo chapoteando en el agua cortante, hurgando entre la madreselva seca, estudiando huellas y excrementos, derrumbes y madrigueras. Se le había mojado una manga por encima del codo al sumergir el brazo para palpar un agujero y los dedos de los pies se le dormían de frío porque sus botas altas hacían agua. Cuando llegó a casa estaba helado y temblaba como una hoja pero había colocado las cuatro trampas.
Cuando a la mañana siguiente salió de la casa, de puntillas por el alpende, procurando que la puerta se cerrara sin ruido, clareaba por el este sobre los cerros grises y una luna fría pendía aún arriba de la montaña. Los robles se veían negros y austeros y las hojas del patio estaban cubiertas de escarcha, partiéndose bajo sus pies con delgados sonidos de cristal. Atajó por el bosque hasta el campo de los Saunders, canescente y pálido en el frío brumoso de la primera luz, la hierba seca envainada en hielo y tiesa, los peñascos arrebujados de niebla y los cuervos andando patitiesos allí donde los sauces señalaban el curso del arroyo. Al cruzar la cerca sintió como un corte en el pulgar al contacto del alambre helado. Los cuervos fueron a esconderse con alas enarcadas a un grupo de cedros. Atravesó el campo, cruzó otra cerca a la altura ya del arroyo, al pie de la montaña, pasado el maíz que yacía en mudas y maltratadas ristras donde las palomas habían estado comiendo hasta bien entrada la estación. Oyendo ya el susurro impetuoso del agua, salió a la margen alta donde estaba el deslizadero -un tajo de arcilla cementado de escarcha donde se apreciaban claramente las uñas de las ratas almizcladas- y dentro del agua el cepo esperando su presa. Siguió arroyo arriba, cruzó un estrato de roca caliza donde abundaba la hierba doncella y los berros se mecían en la corriente. Juncos y hierbas aparecían pisoteados en un túnel de madreselva y un manojo de tallos blancos de maleza flotaba sobre el segundo cepo. Los otros dos estaban muy juntos al pie del puente de la carretera y tampoco en ellos había ratas. El riachuelo bajaba ruidoso entre grutas de piedra verde, saltando rocas, serpenteando, remolineando por entre las blancas raíces de los chopos donde cangrejos de río miraban hacia arriba con ojos saltones. Y el sol acaballado rojo sobre la montaña, un cernícalo volando alto y abatiéndose sobre su presa en una trayectoria de bumerán, arañas matutinas tejiendo su estambre. Pero ni una sola rata almizclada se debatía en sus trampas.
Transcurridos cinco días arrancó uno de los cepos y lo llevó al puente. Había en el limo un rastro reciente y colocó su cepo en el trecho de agua poco profunda que las huellas atravesaban. Dos mañanas más tarde el cepo estaba fuera de su sitio, y aprisionada en la parte inferior de las mandíbulas había una uña de pie. El chico volvió a colocar el cepo y regresó al arroyo una hora antes de que amaneciera, provisto de una linterna.
Una luz lechosa guió los pasos del viejo por el campo hasta el arroyo y de allí hasta la montaña. Penetró en el negro muro de sombras del pinar y ascendió por las primeras cuestas hasta salir a las frondosas, barbudos nogales ataviados de parras, robles y retorcidos chopos sedientos, a medio kilómetro ya del arroyo, pasado el blanco tocón de un tilo recientemente cortado, pasado el ganchudo cedro enano, y subiendo silencioso y felino cuesta arriba en la oscuridad bajo una celosía de hojas que correteaban contra el telón del cielo impulsadas por una brisa. La luz le ayudó a atravesar la espesa hiedra estival, a no pisar la fruta caída. Más allá de la hoyada donde en lo alto de un farallón entre trilobitas y espinas de pescado, conchas de osificados crustáceos de un mar antiguo, sobresalía un gran colmillo de piedra.
El viejo siguió un sendero empinado que torcía a la derecha y atravesando los últimos matorrales espesos ganó la pista de montaña, respirando a boca abierta. Se detuvo apoyado en su bastón para recuperar el resuello y la luz sesgada de la luna coronó la montaña por la parte más alejada, de forma que la cresta quedó recubierta de un gris plata acuoso y el polvo de la carretera brilló como la mica. Medio kilómetro a su izquierda estaba la rotonda donde terminaba la carretera y más allá la cerca y la instalación. La pista para ir a la hoya de los herbicidas quedaba apenas unos metros a la derecha de donde ahora se encontraba, jadeante en el silencio de la carretera. Miró, como quien lo hace desde una enorme altura, el cielo que yacía inconmensurable a sus pies cual oropel centelleante a la media luz, iluminando sin convicción la sombra próxima a los árboles.
En lejanas noches de estío había recorrido con otros muchachos del vecindario los tres kilómetros hasta el almacén para comprar caramelos y cigarros puros. Regresaban por las calientes y desiertas carreteras charlando y fumando. Una noche, al tomar un atajo, pasaron junto a una casa en cuya ventana vieron a una mujer que se desnudaba para acostarse. Los demás habían vuelto para echar una segunda ojeada pero él no quiso ir y ellos se rieron. El viejo lo recordó ahora con cierto pesar, y recordó las noches en que el aire era cálido como el aliento y la luna no era una cosa inane. Empezó a bajar hacia el vergel y hacia la hoya para echar esa otra ojeada.
Cuando entró en el vergel por el lado de la zarzaparrilla la luna estaba más alta. Las ramas casi negras de los árboles se atravesaban en el sendero planas como papel y el charco rojo de la luna se movía al ritmo de sus pasos, deslizándose hinchado y grumoso de rama en rama, copiosamente furtivo, observándole como observaba él. Sus pies llevaban la delantera, incorpóreos y extraños, flotando entre sombras acintadas, y la hierba color de lima crujía y se combaba, mostrando su cara inferior irisada como vidrio que se resquebraja poco a poco, captando la pálida luz para correr a esconderse en la oscuridad. No había más sonido que el contrapunto de los grillos.
El viejo se detuvo donde la carretera torcía dejando a la vista el claro, el contorno borroso de la hoya. El calvero parecía dotado de un halo de antigüedad, sumido en un silencio a la vez espectral y reverente. Notó una cosa fría que le surgía de dentro y a punto estuvo de volverse atrás. Agarrado con fuerza a su bastón permaneció así un rato más y luego penetró en el claro y se acercó a la hoya, empujando su propia presencia pequeña e infantil hasta el borde grisáceo de hormigón que se extendía en la hierba como un monumento caído. Se situó encima y miró hacia el cuadrado negro del foso tallado geométricamente en la tierra.
El viejo había estado aquí antiguamente pero nunca de noche. Cada invierno cortaba un cedro para que sirviera de cobertura; los lustrosos vástagos ciliados conservaban el verdor hasta bien entrada la primavera antes de ser achicharrados por el calor e incluso entonces conservaban su forma, como reproducciones en cobre mate. Tenía que pasar un año entero para convertirlos en el humus aromático que impregnaba el agua de lluvia que caía a la hoya y de ese modo se convertían en un licor tánico, oscuro como la pecblenda, que según el viejo habría ido ensuciando los huesos corroídos que allí yacían. Observaba estas cosas porque sabía observar las estaciones y sus efectos. Cuando llegara la próxima Navidad habría cortado su séptimo cedro y pensó que esto pondría punto final a su largo velorio.
Así estaba, mirando hacia abajo, y le resultó menos enigmático de lo que hasta ahora había imaginado: la semioscuridad que le rodeaba parecía casi ampararlo. Al comprobar que su campo visual se extendía al menos parcialmente hacia lo hondo se sentó en el borde de hormigón y dejó los pies colgando. Extrajo una pipa de los pliegues de su mono, la llenó de tabaco que guardaba en un saquito y la encendió, pálido el humo contra el fondo de la noche a la luz de la llama. Luego acercó el fósforo a la hoya y miró hacia abajo, pero ni siquiera pudo ver las puntas herrumbrosas de los cedros, y consumido el fósforo lo tiró al pozo.
Allí no había nada. El muerto había resucitado; ningún aparecido venía a llorar los restos desenterrados. En el marco de luz que había en la pared más cercana pudo ver manchas de musgo y hongos en el pálido hormigón como continentes de un viejo atlas. Pero eso era todo. Entonces, en medio del silencio, le llegó de lo hondo un momentáneo sonido a agua, muy suave, un leve y casi provisorio chapoteo.
Se puso de pie y retrocedió, luego dio media vuelta y desandó el camino a paso vivo con su extraño arrastrar de pies, ni corriendo ni andando, mientras con el bastón tanteaba nervioso a su alrededor.
De vuelta en la carretera aminoró el paso; jadeaba y el pecho le dolía al respirar.
Siguió carretera arriba y llegó a un claro donde pudo ver entre los árboles larguiruchos encarados a la luz el declive del terreno derramándose como una cascada para caer más abajo, y los pequeños alfileres amarillos, luces de cabañas y de casas, calor y vida, ardiendo tenaces entre los intermitentes bichos de luz. Un perro ladró. Echó una rodilla al suelo y se apoyó el bastón en el hombro, tamizó entre sus dedos un puñado del polvo caliente de la calzada. Una ligera brisa subía del valle.
A su derecha, pasada la última muestra negra de los árboles silueteados en lo alto del otero, pudo oír un quejido largo de neumáticos en las curvas, y poco después el sonido de un motor rasgando la noche. El coche atravesó el collado, aullando intermitentemente en el desfiladero. Finos lápices de luz aparecieron más abajo, describiendo un arco, apresuradas las sombras en los árboles iluminados y enfilando luego la carretera, y el coche hizo irrupción ante sus ojos, pequeño y negro, empujando la luz de sus faros. Bajó como un rayo por el declive y con un fino aullido decreciente de caucho entró de nuevo en lo oscuro donde la carretera torcía al pie de la montaña.
El viejo notó que las piernas se le entumecían de frío y se levantó para tratar de paliar la rigidez que las atenazaba. Apoyado en una de ellas se dobló por la rodilla arriba y abajo. Luego se agachó del todo e intentó erguirse, un viejo haciendo ejercicio a medianoche en plena montaña; demasiado viejo para levantarse así y eso que era la pierna buena. Hacía años que no podía hacerlo con la otra, le crujía como un arnés reseco. Aún tenía dentro los perdigones, sobre la rodilla y más arriba, casi (todavía recordaba al médico señalando el último de los orificios azules) donde ningún hombre querría ser herido. Años más tarde la pierna había empezado a perder fuerza. La cabeza también, se dijo a sí mismo, y se levantó para contemplar el valle una vez más antes de ponerse en camino.
Hacia Red Branch un perro ladró de nuevo. Le respondió otro, y luego otro más, gañidos y ladridos extendiéndose por todo el valle hasta que el último sonido se perdió en lontananza como un eco. Ni en el Hopper ni en la zona de Forked Creek donde él vivía ladraban perros. Pensó en Scout acostado debajo de la casa, viejo y tullido con su maltrecho pellejo apenas provisto de pelo, apelmazados y escamosos los trechos desnudos, como un lagarto. Scout con su barriga cosida a mano y sus orejas hechas jirones, partidas a todo lo largo en algunos sitios, y cuyas cejas se doblaban tanto sobre los ojos que sólo podía ver si levantaba la cabeza, lo que le daba un aire inquisitivo al andar, como si siempre estuviera rastreando un maravilloso olor suspendido unos pasos por delante de él. Grande incluso para ser un redbone*, un perro fuerte en su mejor época, pero Scout tenía ya diecisiete años. El viejo lo había comprado cuando era un cachorro a cambio de una escopeta rota.
Anduvo y rumió y removió ensimismado el polvo con su bastón hasta llegar a la rotonda al final de la carretera y luego al otero donde los árboles habían sido arrancados del suelo y ni siquiera crecían malas hierbas. Un lugar árido, brillante al claro de luna, mercurial y luminiscente como un mar, los huecos de donde habían sido extirpados los árboles oscuros como cráteres lunares en el bulbo pelado de la montaña. Y en el vértice de este paisaje lunar el depósito como enorme cono de plata, gordo y calvo y siniestro. Cuando llegó a la cerca se detuvo y apoyó el bastón y engarzó los dedos en el alambre de espino. Dentro del recinto no se apreciaba ningún movimiento. La cúpula se veía inmensa y satisfecha de sí misma, más vieja que la propia tierra, que las rocas, como si las hubiera engendrado ella misma y ahora supervisara el trabajo, rutilando limpia y fría, capaz de un desdén infinito.
Estuvo un buen rato agarrado a la cerca, tal vez una hora. No se movió salvo para, de vez en cuando, lamer con su lengua los fríos losanges de la alambrada.
Cuando el viejo llegó a su casa la luna se había puesto. No recordaba haber bajado de la montaña. Pero allí estaba la casa, cobrando forma a medida que él se acercaba, y le pareció haber recorrido una gran distancia como un sonámbulo que hubiera salvado enormes y peligrosos terrenos ileso y sin saberlo.
Al encaminar sus pasos por el sendero una sombra pasó a la altura de sus rodillas y huyó silenciosamente hacia la noche.
En un rincón del aposento principal había un pequeño baúl de madera. El viejo apartó los papeles y la ropa que había encima y puso la lámpara en el suelo, cerca del baúl. Luego descorrió la aldaba deteriorada y lo abrió. Rebuscó en su interior, deteniéndose para examinar algún que otro objeto: un reloj de latón que pesaría unos cien gramos; unos espolones de acero para gallos de pelea, un revólver de fuego anular del calibre 32 con culata de cabeza de lechuza y cuyo tambor giraba sobre sí mismo como un barril en el agua. Resmas y fajos de viejos catálogos y listas. Un casquillo de escopeta del calibre 8. Finalmente, encontró una cajita cuadrada decorada con ánades en vuelo y la dejó en el piso junto a la lámpara. Cerró la tapa del baúl. La luz de la lámpara vaciló: en la pared un demonio negro se cernía sobre un féretro.
Llevó la cajita y la lámpara a la cocina y las puso encima de la mesa. Del cajón sacó un pequeño cuchillo de carne y probó el filo en el pulgar, luego retiró un poco más el cajón y extrajo del fondo un pedazo gris y gastado de jaboncillo. Con esto afiló el cuchillo, probándolo de vez en cuando en el vello de su brazo hasta que estuvo satisfecho, guardó el jaboncillo y abrió la caja. Dentro había doce tubos encerados de color rojo que dispuso encima de la mesa uno al lado del otro, sus bases de latón mate brillando anaranjadas a la luz de la lámpara. Seleccionó uno y con el cuchillo practicó un corte en torno a la parte inferior del cartón del envoltorio. La examinó detenidamente y luego ahondó el corte, girando la cápsula contra la hoja del cuchillo. Lo verificó de nuevo, asintiendo a su sombra que asentía, y devolvió el casquillo a la caja. Repitió la misma operación en los once tubos restantes, devolviéndolos después a su sitio. Cuando hubo terminado guardó el cuchillo en el cajón y volvió a la habitación principal donde procedió a sacar de uno en uno los doce casquillos circucidados, y los depositó en el bolsillo de su chaquetón.
El padre de Ef Hobie llevaba demasiados años muerto para que la gente que admiraba a Ef se acordara de él. La familia fabricaba whisky antes de que fabricarlo fuera ilegal, una familia con una historia mítica, sin anales y legendaria. No habían aumentado ni prosperado, y ahora Garland era el último varón de la estirpe. Ef había muerto en accidente de coche en 1937, menos de un año después de regresar de Brushy Mountain. No en el accidente mismo: vivió tres semanas e incluso consiguió tenerse en pie, en sitios donde se suponía que no debía estar, y en el almacén donde la clientela observaba con inquietud su cuerpo enjuto, que había llegado a pesar casi ciento treinta kilos. Había salido despedido del coche y luego el coche le había pasado por encima y en el proceso de devolverle la salud habían tenido que extirparle buena parte de sus entrañas. Ef solía enseñar la reluciente cicatriz roja que le atravesaba en diagonal la tripa arrugada mientras daba largos sorbos a un refresco de naranja.
Me hicieron una autopsia y salí con vida, les dijo. Luego se echó a reír, bajó de la caja de los refrescos, apuró su naranjada y la dejó en el estante. El frasco cayó ruidosamente al suelo, Ef se tambaleó como si fuera a caer, se derrumbó sobre la repisa del pan y rodó al suelo en medio de una cascada de pastelillos.
Así que sólo quedaban dos Hobie, Garland y su madre, y la mala suerte les perseguía. Un mes más tarde Jack the Runner fue arrestado y enviado a Brushy con una condena de tres años, y los ayudantes del sheriff del condado entraron a saco en el ahumadero y se llevaron todo el whisky; no sólo eso, se llevaron también a la señora Hobie, que contaba setenta y ocho años, y no la dejaron en libertad hasta que se supo que sufría un cáncer de duodeno.
Ahora Garland tenía que llevar el whisky a la montaña, a un escondite entre las madreselvas justo al pie de la rotonda, dejarlo allí para que Marion Sylder lo recogiera y lo transportara a Knoxville. Desde que habían montado la instalación en la montaña una verja atravesaba la carretera del vergel, y sólo se permitía el acceso a transportes oficiales, camiones pintados de verde oliva con emblemas dorados en las puertas, cuyos tripulantes en traje de faena de tela gruesa cerraban y abrían con diligencia la cadena de la verja. Igual esmero empleaba Sylder para desatornillar y reatornillar la chapa a la que iba fijada la argolla de la cadena cuando entraba y salía en el viejo Plymourh. Pero los dos grupos que hacían uso de la carretera tenían horarios diferentes y no coincidían nunca.
Eran las cuatro de la mañana cuando Sylder oyó al viejo haciendo el primer agujero de bala en el depósito. A punto estuvo de soltar la caja de whisky que cargaba, y cuando oyó el segundo disparo, casi pegado al primero, dejó la caja en el suelo y se quedó inmóvil, esperando gritos, órdenes: una explicación. Todo estaba en silencio. Los pájaros habían interrumpido sus primeros trinos quejumbrosos. Por el este y más allá de la ciudad un alba gris y desangelada empezaba a dibujar el horizonte. Se preparó para otra descarga, conteniendo la respiración, oyendo el eco del atronador rebufo en su oído interno antes de que se produjera: dos disparos más, espaciados con deliberada exactitud. Sylder bordeó con sigilo la jungla de madreselva y cruzó un espacio abierto, brazo del vergel, en dirección al lugar de donde procedían los disparos.
Cuando llegó a la linde del claro donde estaba la instalación pudo ver al hombre con la boca del arma asomada a la cerca de alambre. Hizo fuego y el cañón se levantó un poco, haciendo ondear la trama del cercado. El hombre dio una sacudida con el retroceso y el humo salió a chorro y se reagrupó en el aire húmedo. Había seis limpios orificios negros en la bruñida piel del depósito, cruzándolos en ángulo en una línea titubeante. El hombre dobló el cañón e hizo saltar los casquillos. Sylder vio que los inspeccionaba brevemente en su mano antes de tirarlas, y los vio bailar en la luz que iba en aumento y supo qué era aquella: sólo las bases de latón de las cartuchos, rodando en su caída como monedas echadas al aire.
El hombre estaba poniendo dos casquillos más en la recámara; Sylder las vio perfectamente, y también el rojo pálido de los tubos de cartón encerado que faltaban de las vainas extraídas. El hombre no vaciló; de un rápido movimiento levantó el arma y la amartilló de nuevo. Dos nuevas estampidos rasgaron el silencio y en la esquina inferior aparecieron sendos agujeros. Estaba dibujando una enorme X en la cara frontal del depósito. Una vez más examinó las trocitos de latón antes de volver a cargar.
Sylder observaba con ojos como platos desde su escondite en las matas. Pudo oír el golpe sólida de los cartuchos incrustándose en el depósito, depósito que pareció tambalearse como si fuera un ser vivo. En todo aquello había algo terrorífico y Sylder tuvo la impresión de que aquella especie de gnomo viejo había traído consiga un inagotable acopio de cartuchos, y que sólo pondría fin al cañoneo cuando se cansara de sostener el arma. Salió de su escondrijo y regresó al coche. Era casi de día y le preocupaba que los tiros del viejo pudieran llamar la atención. De todas modos se le hacía tarde, y lo único que sabía era que los transportes legales, los oficiales, no dejarían de utilizar la carretera a esta hora porque un viejo chiflado estuviera haciendo agujeros en su jurisdicción con una escopeta y cartuchos cortados. Se apresuró a sacar de la madreselva las seis cajas de whisky que quedaban, llevándolas de dos en dos y a medio correr. El tiroteo había cesado. Terminó de cargar el maletero, montó y puso el motor en marcha. Al salir de las matas y enfilar la carretera volvió la cabeza y vio al viejo en lo alto de la colina más arriba de la curva, con la escopeta en una mano y un bastón en la otra. Sylder agachó la cabeza y pisó a fondo el acelerador.
Cuando creyó estar a salvo tras la primera curva se relajó y condujo despacio hasta la verja a fin de dejar las mínimas señales posibles. Volvió a asegurar la chapa donde iba fijada la argolla de la cadena, subió de nueva al coche y puso rumbo a la carretera principal. Pasado el riachuelo adelantó un camión color verde oliva en cuya cabina viajaban el conductor y otro hombre, de aspecto serio y oficial pero un poco amodorrados y como si no tuvieran demasiada prisa. Jovial, extraoficial y despierto, Marion Sylder se dirigió a Knoxville.
Su linterna jugueteaba con las raíces y cepas del húmedo lodazal, un matojo de madreselva medio caído y arrastrado en el agua como una cabellera castaña. Sus botas produjeron un sonido de succión cuando vadeó la ligera corriente y recorrió con cuidada el lecho cenagoso del arrollo. Pudo oír un coche que bajaba de la montaña, rugiendo por el tubo de escape en los toboganes de la pista. Llegó al puente y vadeó hasta la lengua de greda acumulada junto a la pared de hormigón. Dirigiendo la luz hacia la trampa vio el cepo con las mandíbulas montadas y la cazoleta, todo de un color marrón bajo el agua y arrugándose en el leve ir y venir. Guardó la linterna en su bolsillo y se acuclilló en la arena entre huellas de patas y rabos, meneando los dedos de los pies para desentumecerlos, arrebujado en su zamarra a cuadras y respirando despacio en sus manos abocinadas, atento al agua que se enredaba a sus pies con leves y apagados sonidos acuáticos, escuchando su tos que reverberaba hueca entre las jácenas del puente.
Volvió a oír los neumáticos, ahora más cerca, y el motor acelerando entre embragar y embragar y el sonido explosivo del cambio al pasar a directa mientras el coche salía de la última curva al pie ya de la montaña. Acompañó con sus músculos el empuje hacia abajo de la palanca, afianzó la marcha con el brazo y el hombro. El coche estaba en el tramo recto próximo al arroyo, y mientras notaba sus vibraciones esperó a que pasara por encima de su cabeza. No fue así. Oyó que el motor ganaba velocidad y de pronto hubo un estrépito, un aullido perruno, y en seguida una suspensión de todo sonido, un momentáneo eclipse de toda animación incluso en el agua y en su mismo respirar.
Los árboles que había a su izquierda cobraron vida, súbitamente iluminados, y se apagaron de nuevo. Hubo después una especie de erupción de ramas que se partían, se astillaban, de metal retorcido chillando como una pizarra, un último y contundente rebufo como si se hubiera reventado un bidón. El silencio nuevo filtró una breve lluvia fina de cristales. Por el empuje del agua en torno a sus pies supo que era en el arroyo; sacó la linterna y dirigió el haz hacia el puente, hacia la orilla del riachuelo donde pimpollos partidos y troncos pelados destacaban blancuzcos como postes indicadores, hasta que alumbró el bruñido flanco negro del coche, volcado en el arroyo con la capota apuntando al agua y la rueda exterior girando todavía fútilmente. La ventanilla lateral era un apretado encaje de grietas brillando a la luz de la linterna como telarañas cubiertas de rocío, y no pudo ver el interior. La línea de flotación formaba ángulo con la ventanilla, desde el salpicadero al pilar central, dándole un aspecto enfurruñado de cosa vista del revés.
Estaba otra vez en el arroyo, bajo el solado del puente y tragando agua por las botas con suaves chapoteos cada vez que tenía que salvar un obstáculo, agachándose demasiado bajo la bóveda de los zumaques desmoronados en la ribera, y el agua en su trasero helada como el alcohol. Pensaba: tendré que tirar de la manija hacia arriba. Y tras abrirse paso entre los arbustos que había arrastrado en su caída llegó al coche, asió la manija, empujó con fuerza hacia arriba y tiró hacia él con todo el peso de su cuerpo.
La puerta se catapultó hacia fuera, como si algo hubiera despertado violentamente en el interior, y lo lanzó de espaldas al arroyo por entre una maraña de ramas abatidas. El agua le ciñó espesa como una marea negra, dejándole sin respiración, saturando su nariz. Consiguió ponerse de pie, chorreante y aturdido, expectorando agua del arroyo. Después de secarse los ojos echó un vistazo y vio la linterna, todavía encendida, yendo aguas abajo por el lecho del arroyo como una incandescente criatura marina empeñada en huir. Vadeó en su busca, abriendo una vía en el agua gélida con las botas incómodas y pesadas como el plomo, la alcanzó con la mano puesta cual sombra de murciélago sobre el arco de luz, y entonces, inexplicablemente, la linterna desapareció entre el fango y los sedimentos y el chico quedó a oscuras balanceándose sobre un pie, con un brazo totalmente metido en el agua. Después de tantear en lo hondo dio finalmente con la linterna y la sacudió en el aire. El cilindro de metal soltó un poco de agua por entre las pilas. Se la guardó en el bolsillo y regresó aguas arriba chapoteando ruidosamente.
Advirtió ahora por primera vez un olor empalagoso, ligeramente putrescente, que cuando llegó adonde estaba el coche impregnaba ya todo el aire, y sin haberlo olido nunca adivinó que era whisky. Fue entonces cuando distinguió entre las tinieblas la forma del hombre, adosado contra el techo, con medio cuerpo fuera del coche y un brazo colgando en el agua. El olor acre del whisky, el moho de la vieja tapicería del coche y lo que supuso era sangre en la cara del hombre: todo ello creó en su cabeza tal imagen de muerte que, presa del pánico, se apresuró hacia la orilla aferrándose como un loco a la maleza, hacia el campo donde el día apuntaba ya en frágiles escollos rosáceos sobre un mundo irreal.
Pero el hombre no estaba muerto. El chico había ganado ya la ribera, tragando aire a bocanadas y estremeciéndose con los ronroneos de su estómago vacío, cuando oyó una voz que surgía de la nada, hueca y casi perdida entre el murmullo del agua.
Eh tú, dijo la voz.
Se volvió, agarrado a un arbolillo arruinado, y vio moverse algo entre las sombras del siniestro, una cara pálida destacándose contra el interior oscuro del coche, el hombre parado de manos mirando hacia él. Eh, dijo.
El chico se lo quedó mirando. Unos faros barrieron las sombras de la montaña y un coche hizo temblar el puente levantando el eco de su tránsito en el arroyo. Finalmente dijo: ¿qué quiere?
El hombre gimió y tras un breve silencio dijo: tú qué crees; prueba a echarme una mano, hombre.
Bueno, dijo él. Ya no tenía miedo, solamente frío, cuando resbaló por el barro para meterse de nuevo en el agua y agacharse delante del accidentado, sin saber qué decir. Ahora le veía con claridad, tenía una mancha de sangre oscura en un lado de la cara. El hombre le miró, y un amago de sonrisa apareció forzada en su boca. Estoy hecho una pena, ¿no?, dijo.
¿Está herido? Sus palabras sonaron a balines disparados desde un castañeteo de dientes. Iba a decir algo más pero la tiritona le impedía articular palabras, tiesa la mandíbula y con un tembleque de idiota.
No estoy muy seguro, estaba diciendo el hombre. Sí. Aquí... Alargó la mano y el muchacho la afianzó en su hombro mientras el otro levantaba una rodilla y ponía el pie en el agua. Sacó la otra pierna, con un gesto de dolor, y quedó de pie en el arroyo con la mano todavía en el hombro del chico en actitud de paternal consejo. Cuando hizo ademán de acercarse a la orilla, la mano retrocedió un momento, medio paso titubeante, luego volvió rauda donde estaba para asirse como la garra de un ave rapaz. Uf, dijo el hombre. Creo que tengo la pata reventada.
Les costó lo suyo remontar la orilla, el chico tratando de izarlo y el otro ayudándose en árboles, raíces, puñados de hierba seca, sosteniéndose la pierna al avanzar. Se sentaron en la maleza que había al borde del campo exhalando blancos penachos al frío de la mañana. En la semioscuridad los campos parecían de agua, llanos y grises. El chico estaba empapado, aterido. El hombre se pasó la mano por la pierna intentando esclarecer si la tenía rota. Los pantalones se le pegaban a la piel. El chico estaba frente a él tiritando abrazado a sus propios hombros, con los pies sin vida y chapaleando dentro de las botas cuando movía los dedos, llenos los calcetines de arena y cascajos. Le sangra la cabeza, dijo.
El hombre se pasó la mano por la mejilla.
En el otro lado.
Probó allí y la mano le salió pegajosa y se secó la sangre en la pernera del pantalón. ¿Quieres hacer algo por mí?, le preguntó al muchacho.
Claro, dijo él.
Entonces baja a por las llaves y larguémonos de aquí.
El chico desapareció orilla abajo; el hombre pudo oírle chapotear en el agua. Al cabo; volvió y le entregó las llaves.
Gracias, dijo el hombre. Déjame ver. Le cogió la mano y se la puso hacia arriba. ¿Qué tienes ahí?
El chico se miró la palma de la mano. Había una línea negra, irregular.
¿Te lo has hecho ahora?, preguntó el hombre.
El chico se miró la mano. Creo que no, dijo. Me lo habré hecho al caer al arroyo. Antes...
El hombre se guardó las llaves en el bolsillo y se puso de pie. Bueno, vamos, dijo. Habrá que ir a curarse. Por aquí, añadió, viendo que el chico iba hacia la carretera. Señaló hacia el campo y echó a andar a la pata coja, murmurando Ay, madre mía, por lo bajo.
El chico le siguió unos pasos y luego atajó hacia el arroyo y el hombre le vio alejarse, desaparecer sus piernas en la niebla y luego el resto de él, como si se deslizara hacia la línea de sauces que señalaban el curso del riachuelo como un fantasma huyendo en el amanecer hasta que el hombre no estuvo seguro de si el chico era una presencia real. Al rato, volvió con una vara y se la pasó al hombre.
Gracias; dijo.
Avanzaron por el campo entre vapores de niebla y jirones de luz; rumbo al este, como si fueran los últimos supervivientes del Armagedón.
El camino los condujo arroyo arriba; siguiendo las lindes de los campos que terminaban allí; una curva de campos y el arroyo y la pendiente cóncava de la montaña elevándose a su derecha a lo largo de la cual unos rayos de luz aparecieron lateralmente entre los árboles grises como fantasmas. Salvaron la última cerca, el chico aguantando la alambrada y tratando de ayudarle y él maldiciendo, cruzaron un puente de tablas en el horcajo del arroyo y salieron a la carretera, la de Henderson Valley, tras cruzar una verja para ganado.
El chico aseguró la verja después de pasar y el hombre dijo: hemos de dejar esta carretera. Puede que con la luz del día y eso ya lo hayan descubierto.
Cruzaron la calzada y tomaron una empinada pista de tierra que había al otro lado. Podemos descansar aquí, dijo el hombre. El chico lo veía mejor ahora. Iba sin afeitar y la sangre apelmazada en su mejilla se quebraba en finas grietas como de cerámica vieja cada vez que daba un respingo de dolor mientras avanzaba despacio, apoyándose pesadamente en la vara y sofocándose al respirar. Era de caderas estrechas y bastante alto y su chaqueta de popelín le venía grande. El chico pensó que debía de tener mucho frío vestido de esa manera y encima mojado hasta las rodillas. Él mismo ya no notaba los pies; eran como pezuñas dentro de sus botas. No había dejado de tiritar en todo el rato. El camino ascendía y torcía y luego apareció una casa.
Acudió a la puerta un hombre mayor, con una tremenda barriga en cabestrillo de una camiseta gris y harapienta que pendía sobre la cintura de su pantalón como un cadáver de gorrino metido en un saco. De una cara mofletuda, con papada y salpicada de barba entrecana, dos ojos porcinos los observaron, parpadeando. Qué espectáculo, dijo, despacio y sin alterarse. Y luego: bueno, entrad si es que podéis. Así lo hicieron, el hombre sobre una pierna y la vara y el chico detrás. La habitación estaba caldeada e impregnada de aroma a carne en plena cocción.
Eh, parienta, llamó su anfitrión, aquí hay dos que acaban de caerse de un avión.
Por una puerta que había al fondo apareció una mujer y los miró. Santo Dios, dijo. Parecía que iba a decir algo más, pero luego cerró la boca y desapareció con cierta presteza.
La pieza tenía el aire confortable de esa nueva prosperidad de catálogo que le daban sus lámparas de porcelana, su piso de linóleo, la estufa Warm Morning en frente de la cual se instaló el chico mientras los dos hombres hablaban en pie. No le hacían mucho caso y él se limitó a observarlos, el herido haciendo gestos mientras contaba la historia, el otro rascándose alternativamente la tripa y la cabeza y diciendo de vez en cuando Dios Santo en voz baja por todo comentario. Al rato, la mujer reapareció en la puerta y los llamó para que fueran a tomar café.
Al ir hacia la cocina el accidentado le hizo señas. Este es... señaló con la cabeza al chico.
John Wesley, dijo él.
John Wesley. Te presento a June Tipton... y aquí su mujer.
La señora Tipton le dedicó una inclinación de cabeza cuando entraron en la cocina. Qué tal, John Wesley, dijo.
Se sentaron a la mesa y June le dijo a la mujer: John Wesley es el que ha sacado a Marion del arroyo.
Ella miró a su marido y luego al chico y sonrió atentamente. El tal Marion estaba registrando sus bolsillos en busca de tabaco. Pues sí, dijo. Por poco no me ahogo.
La mujer sonrió de nuevo. Al rato, le preguntó a su marido: ¿y qué hacía él en el arroyo?
Pasaba por allí, dijo June Tipton. Tuvo un pinchazo y el coche cayó por el talud.
Ella volvió a mirar al muchacho y sonrió y siguió tomando café con disimulada coquetería. El chico bajó la vista al humeante tazón que tenía enfrente. Pequeñas gotas de agua resbalaban de sus cabellos, caían de los lóbulos de sus orejas. Seguía envuelto en su empapada zamarra y un charco de agua se iba formando bajo la silla. Al levantar los ojos por encima de la taza vio que la mujer le estaba observando, inclinada al frente. Estiró el brazo y le estrujó la zamarra, que produjo un curioso chapaleo.
Dios mío, dijo la mujer, este chico está calado hasta los huesos. Vas a pillar una pulmonía. Dejó su taza sobre la mesa y empezó a tirar de la chaqueta tratando de ayudarle a quitársela. El muchacho parecía a punto de caer bajo el peso de la ropa.
Consiguieron despojarle de la zamarra y para entonces el hombre había terminado ya su café y se levantó diciendo que él estaba listo si a June no le importaba acompañados.
Dieron las gracias a la mujer, declinando dos o tres veces su invitación a desayunar, y cruzaron la puerta uno detrás de otra, él con la zamarra en los brazos como si llevara un gran fardo de colada, y subieron a una camioneta que estaba aparcada detrás de la casa mirando hacia el camino particular. June dio sendos puntapiés a los calzos que frenaban las ruedas delanteras y montó y se deslizaron en silencio, ganando velocidad. Luego soltó el embrague y el motor respondió airado y salieron catapultados carretera abajo, torciendo a la izquierda rumbo a la montaña entre toses y sacudidas de la camioneta mientras la cabina era invadida por una vorágine azulada. El chico iba sentado en medio de los otros dos, procurando que sus rodillas no tocaran el cambio de marchas. Por una tablilla que faltaba en el piso podía ver deslizarse la carretera gris y un aire cortante se le metía por una pernera del pantalón tejano.
Después de recorrer un par de kilómetros montaña arriba embocaron un camino particular parecido al que habían dejado momentos antes. June hizo media vuelta en el patio, luego paró el motor. Marion abrió la puerta y bajó haciendo esfuerzos. El chico esperó.
Es mejor que entres, dijo Marion. El chico se volvió para decir algo y entonces June, que estaba detrás de él, dijo:
Creo que será mejor que vuelva.
Bien, dijo Marion, te estoy muy agradecido. John Wesley, entra en la casa y sécate un poco; tu madre te va a desollar vivo.
Así pues se bajó de la camioneta y cerró la puerta; momentos después June arrancaba y les decía adiós y él y el hombre fueron hacia la casa. Se había hecho de día, el aire era frío y humoso. En la puerta había una mujer cruzada de brazos, aguantándose los hombros. Les franqueó el paso y entró cerrando la puerta.
Hola, dijo alegremente el hombre.
¿Te has hecho daño?, preguntó ella. Era menuda y rubia y traía cara de pocos amigos.
¿Está el desayuno?, quiso saber Marion.
Ella parecía a punto de echarse a llorar, la cara un poco arrugada y la barbilla temblorosa. Eres un imbécil, dijo. No pararás hasta que te mates, ¿verdad? No sé cómo estás vivo todavía, es un misterio para mí y para Dios también, supongo, y no entiendo por qué razón ha de velar por tipos como tú si... Calló de repente y miró al chico, que estaba allí de pie con la zamarra en los brazos y goteando agua todavía. Y ése qué, dijo la mujer. ¿Se ha hecho daño tu... salvador?
El muchacho se miró, empapado y sucio de barro, los tejanos oscurecidos de agua y llenos de cadillos como si fueran un extraño jardín botánico, se miró las botas altas de goma de las que salían ramitas y hierbajos, notando las ampollas que habían levantado y los tendones de sus tobillos salidos de tanto andar. Tenía un calcetín completamente fuera y remetido en la puntera de la bota. Yo no soy su salvador, dijo. Le he encontrado y nada más.
Miró de reojo al hombre, que estaba sonriendo. No te dejes engañar, dijo. El que conducía era él. Pero no creo que esté herido. Yo tampoco, sólo me he magullado un poco la pierna contra el salpicadero.
La sesera, eso es lo que tienes magullado, dijo la mujer. Quítate la ropa. Vamos, siéntate. Le llevó hasta un sofá y empezó a desabrocharle los zaparos.
El chico se quedó de pie, intranquilo, preguntándose qué tenía que hacer. La mujer le quitó los zapatos y los calcetines al hombre. Ahora le estaba desabrochando el cinturón, mientras el otro permanecía sentado, en silencio y sin resistirse, como abismado en profundas cavilaciones. Ella no paraba de decir imbécil, imbécil, en un tono a la vez impotente y solícito.
Le estaba quitando los pantalones. El chico empezó a mirar violento hacia otro lado.
¿Pero qué haces?, dijo el hombre fingiendo indignación. ¡Levanta, maldita sea!
¡Alto!, dijo él. Hoy no estoy de humor para jueguecitos.
Marion Sylder, no pienso aguantar tonterías, ¿me oyes? Quítate esos pantalones, y a la voz de ya. Que Dios tenga en su gloria a tu pobre madre, no sé cómo no ha muerto ya teniendo que aguantarte tanto tiempo... Levanta los pies... Espera. Te traeré unos zapatos. Desapareció tras una puerta y el hombre guiñó ostensiblemente el ojo al chico mientras permanecía sentado con los pies encima del pantalón.
Al volver ella y dejarle sobre el regazo varias prendas de ropa vio la magulladura que tenía en la pantorrilla, un muestrario de rojos y morados junto al blanco puro de sus piernas desnudas. Se arrodilló para tocársela, gimiendo por lo bajo. Salió otra vez y regresó con un paño y una jofaina llena de agua y le lavó la herida con cuidado, mientras el hombre gritaba de vez en cuando simulando un dolor agudo. Pero ella no volvió a maldecirle. Cuando hubo terminado se volvió al chico. Y tú, ¿qué?, dijo.
¿Sí señora?
¿Sí señora? Desvió la mirada hacia el hombre y de vuelta al chico. Vas a diñarla como sigas ahí de pie. Sí señora. Achicó los ojos. Empieza a despelotarte, dijo.
¿Cómo?
Desde el sofá, el hombre sofocó una risa. Estaba poniéndose una camisa limpia.
Vamos, dijo ella, métete ahí dentro. Señaló a su espalda. Ahora mismo te traigo ropa.
El chico pasó por su lado entre chapoteos.
Primero vacía las botas, le dijo ella.
El chico se detuvo.
Fuera.
Dijo sí señora otra vez, se llegó a la puerta y volvió con un calcetín puesto y otro no, dejando extrañas pisadas desparejas en el entablado de pino sin pulir.
La puerta que le habían señalado daba a un dormitorio. Había un hogar provisto de una parrilla que despedía un ligero calor. Estuvo un rato de pie en la alfombra pequeña y encarrujada que había delante y luego fue a ajustar la puerta.
Coge esa manta, le gritó la mujer.
Se quitó la ropa mojada, dejándola en un montón encima de la zamarra a cuadros que había depositado con esmero en el suelo, cogió la manta arrollada a los pies de la cama y se envolvió en ella.
Se hallaba junto a la ventana contemplando la mañana gris cuando ella entró con la camisa y los pantalones y se los pasó. Luego recogió sus cosas del suelo y salió del dormitorio. El chico se desprendió de la manta y se vistió con la ropa seca. Había también unos calcetines del ejército y después de ponérselos se sentó en la cama, preguntándose si sería correcto andar con ellos por el suelo. Pero la mujer no le traía zapatos que ponerse, y al cabo de un rato se arriesgó a salir a la habitación principal. El hombre se había vestido del todo, tenía la cabeza vendada y estaba sentado con los pies en un perol de agua leyendo una revista. Alzó los ojos y vio al muchacho allí de pie con la camisa suelta y los pantalones remangados y recogidos en la cintura mediante el recurso de abrochar en el ojal delantero un botón de tirante que había en un lado.
Te queda un poco grande, ¿verdad?, dijo el hombre. Sí señor.
Marion.
¿Qué?
Marion. Sylder. Así me llamo. Marion Sylder.
Ah, dijo.
Tanto gusto.
Sí señor.
En fin, dijo el hombre, acerca una silla.
Arrimó una mecedora de caña que había junto a la estufa y se sentó con las manos en las rodillas. El hombre se retrepó en el sofá, un mueble monstruoso cubierto con una funda floreada. Detrás de él, en la pared, un marco ovalado contenía una foto de los dos, él y su esposa, mirando hacia la habitación con sonrisas inseguras y precarias. Había alfombras pequeñas esparcidas por el suelo, algunos muebles: un aparador, una mesa, sillas. En un rincón, sobre un armario pequeño, había un trofeo en madera de nogal con un pequeño automóvil de bronce en lo alto.
¿Sabes lo que había en el coche?
El chico le miró. Sí señor... Marion.
Bien, dijo el hombre. Volvió a su revista, pasó una página lentamente, le miró de nuevo. Sonrió. Era del bueno, dijo. Había más de doscientos litros.
La mujer los llamó a desayunar y el hombre dejó la revista y alcanzó una toalla para secarse los pies. El muchacho se fijó en que le faltaba parte del dedo pulgar del pie izquierdo. Era raro, no tenía uña, parecía una nariz. El hombre se calzó las zapatillas y se levantó, apoyándose en el sofá. Ven, dijo, vamos a comer algo. Y fue cojeando hacia la cocina. El chico le siguió.
Desayunaron huevos y gachas, bizcochos y lomo de cerdo y grandes tazones de café. El café era fuerte y amargo y no había leche ni azúcar en la mesa. El chico sorbió despacio, observando al hombre. La mujer no comió con ellos. Reponía huevos y bizcocho en sus respectivos platos, les llenaba las tazas. El hombre no dijo nada hasta que hubo terminado, aunque de vez en cuando empujaba un plato hacia el chico y gruñía ceñudo, instándole a comer más. Terminó con bollos y una miel muy oscura y se levantó de la mesa. Pocos minutos después volvía con chaquetas y botas y le pasó un juego al muchacho. Vamos, le dijo, he de enseñarte algo que tal vez te gustará. El chico se puso la chaqueta, se calzó aquellas cavernosas botas y salieron por la cocina al exterior, donde el aire era limpio y frío como el agua en primavera, y allá arriba unos jirones de niebla abandonaban la montaña mientras la luz entraba por el desfiladero como si fuera un saetín. El hombre cojeó delante de él hasta un ahumadero de donde sacó un clavo torcido y abrió la puerta de un solo ademán, gozne, aldaba, cerradura y todo, y entró. Vamos, dijo. El chico le siguió al húmedo interior. Hola, chica, dijo el hombre. El aire apestaba a perro. Sonido de hocicos husmeando. Débiles maullidos procedentes de un rincón. Una perra pequeña asomó la cara junto a las rodillas del hombre y le miró. Esta es Lady, dijo el hombre. Lady le olisqueó los pantalones.
Ahora podía ver: un farol roto colgando de una viga, un montón de herramientas, una piedra de amolar, un yunque hecho de una sección de riel... El hombre estaba agachado en el rincón mientras la perra se movía nerviosa a su espalda, metiendo el morro por debajo de su brazo. Luego rodeó al hombre y se instaló en una pila de sacos de harpillera y entonces el chico pudo ver los cachorros. Se subieron unos encima de otros y se pusieron a mamar. Lady parpadeó con sus mansos ojos perrunos y miró al techo.
El hombre cogió un cachorro y se lo pasó al chico: la pequeña tripa resbaladiza ocupaba la palma de su mano con las patas colgando por fuera. Lo sostuvo y miró los ojos tranquilos y ya tristes, la carita arrugada con sus orejas ridículas.
Tiene cuatro semanas, estaba diciendo el hombre. Ese es el mejor, pero puedes escoger el que más te guste.
¿Yo?
El padre es un bluetick de pura sangre; los cachorros mitad bluetick mitad walkers*. Serán buenos perros de busca. ¿Te gusta éste?
Sí señor, dijo.
Entonces es tuyo. Podrás llevártelo a casa dentro de... pongamos un mes.
Jefferson Gifford se ajustó los tirantes con los pulgares respectivos, tomó un último trago del tazón de loza todavía lleno y atravesó a grandes trancos de sus botas el abarquillado linóleo de la cocina hasta el vestíbulo posterior, de donde cogió su sombrero y su chaqueta que colgaban de un gancho.
¿Un Plymourh?, repitió.
Legwater estaba abotonándose la chaqueta. Eso es lo que dijo.
Yo no he estado allí. Lo único que sé es que dijo que era un Plymouth. Vino directo a mi casa porque le pillaba de camino en su reparto y me pidió que te lo dijera. Por eso he venido. Él dijo que era un Plymourh.
Gifford se ajustó el sombrero y abrió la puerta. Bueno, vamos, dijo. Es la primera vez que oigo decir que alguien transporta whisky en un Plymouth.
¿No piensas llamar al sheriff?
Creo que prefiero echar un vistazo antes de avisado, dijo Gifford.
Aparcaron el coche al lado del arroyo y saltaron la cerca de alambre y echaron a andar, despacio, estudiando la senda que el coche había abierto entre las matas y los pimpollos. Había dejado la cerca intacta, pelando una rama de un chopo que crecía junto al puente, y había aterrizado a unos diez metros de la carretera. Estaba volcado en la orilla opuesta del riachuelo, mirando en la dirección por la que había venido. De momento Gifford sólo podía verle el chasis, pero ya sabía que no era un Ford por las dos ballestas semi elípticas del eje trasero. Tuvieron que volver a la carretera y cruzar el puente para llegar hasta el coche. Estaba en la ribera, destrozado entre unas raíces, y vieron el vidrio que se colaba por la tapa del portaequipaje.
Cuando más tarde hicieron bajar un camión y sacaron el coche de allí la tapa se desprendió y cayeron cristales al arroyo (durante casi media hora, se dijo después) durante un buen rato cuando menos. Había incluso dos o tres frascos intactos, cosa que fue del agrado de Gifford: según él, aquello eran pruebas...
Era un cupé Plymouth del 33; el neumático frontal derecho mostraba un agujero donde cabían tres dedos. Aparte de eso no tenía nada de extraordinario salvo que estaba accidentado en Red Branch con los restos de un cargamento de whisky.
Gifford examinó minuciosamente el terreno, yendo y viniendo por la orilla como si hubiera perdido alguna cosa. Había anotado el número de matrícula en un pedazo de papel, pero al fijarse bien comprobó que eran placas del año anterior repintadas y tiró el papel, asqueado.
Yo creo que está herido, le decía Legwater.
Están.
¿Cómo que están?
Son dos, dijo Gifford.
¿Dos rastros? Serán las huellas de Oliver; vino a ver si alguien se había hecho daño...
Sólo que no llegó a bajar al arroyo para... ¿Lo ves? Fíjate... Gifford se detuvo con la vista clavada en el suelo. Tras un largo minuto miró a Legwater. Ead, dijo, me parece que tienes razón.
Es lo que yo suponía.
Sí. El otro no iba en el coche. Sólo vino hasta aquí y sacó al que estaba dentro.
Oliver no fue, insistió Legwater. Él ni siquiera vio a nadie cuando estuvo aquí...
No me refería a él, dijo el alguacil. Vámonos, si ya estás listo.
Había empezado a llover un poco.
Creo que va a cambiar el tiempo, dijo Gifford. Si es que no nieva.
Los viejos se reunían en el almacén, ocupando durante horas y horas las inestables cajas de leche y hablando con lentitud y convicción de asuntos de profunda intrascendencia, fija su vista acuosa en la empañada bombilla roja de la estufa. Amortajados en sus chaquetas oscuras tenían aire de buitres, sus rostros gastados y flacos, su piel seca como de lagarto. John Shell, que parecía ni más ni menos que un maniquí de huesos mal montados del que la ropa colgaba en miserables pliegues polvorientos, asomadas a la intemperie las muñecas como palos desde sus amplias mangas de prelado, John Shell desencajó con esfuerzo su mandíbula desdentada, un crujido leve pero audible, para pronunciar su sentencia: no es que sea eso pero sí que es una cosa u otra.
Conformidad general expresada a cabezazos. En las vitrinas corrían cucarachas, un sonido seco y estridente mientras se paseaban por los dulces en filas irregulares, raspaban el cristal con las patas pegajosas de orozuz, amarillos y chatos sus vientres segmentados. Invierno y verano patrullaban la vitrina de los dulces, inspeccionaban pañuelos, calcetines, cigarros. De cuando en cuando invadían también el cajón de la carne, una especie de botiquín blanco y oxidado allí donde se ensamblaba el canto inferior del cristal, de manera que unas manchas oscuras como saliva de tabaco o algo peor resbalaban por el esmalte, pero aquí perecían en seguida por culpa del frío. Sus cuerpos quedaban en posición de reposo a lo largo del pequeño imbornal hasta la parte delantera del cajón.
Recostado en el cajón John Wesley pudo ver el coche que aparcaba al lado del herrumbroso surtidor de gasolina y dos hombres saliendo de él. El parloteo nasal cesó en cuanto cruzaron la puerta, y el coro de abuelos levantó la mirada, la bajó, volvió a fijarla en la estufa. Algunos sacaron cuchillos de sus pantalones y se pusieron a mondar ociosamente sus cajas de leche. John Shell se levantó con esfuerzo, abrió la puerta de la estufa con la mano empañolada e introdujo un trozo pequeño del carbón que había en el cubo. Una ráfaga de chispas salió disparada hacia arriba. Escupió asertivo sobre ellas y cerró la puerta de hierro, que iba floja.
Los dos hombres fueron hasta la caja de los refrescos en formación cerrada, sus pasos ominosos y marciales en el piso de madera sin desbastar. Decidieron lo que iban a beber y el más alto de los dos se llegó al mostrador e hizo rodar sobre él una moneda. El otro cerró la tapa y se subió de un salto a la caja, dedicándose a dar pequeños sorbos y sonreír con extraña presunción a los ancianos.
John Shell giró hacia el que estaba ante el mostrador y dijo: hola, Gif.
Hola, dijo Gifford con un gesto de cabeza en dirección a todo el grupo. Bebió un poco.
El señor Eller se levantó de su silla junto al tajón de la carne y metió la moneda en la caja registradora. Gifford le saludó también y Eller gruñó y volvió a su asiento llevando consigo un periódico que había encima del mostrador.
Está cambiando el tiempo, dijo Gifford. Afuera había dejado de llover y un viento fresco agitaba los charcos de agua colorada enfrente del almacén. Inclinó la cabeza y echó otro trago. Una mosca vibró eléctrica en el ventanal delantero. El fuego crepitaba y gemía en la estufa.
Gifford levantó su refresco a la altura de los ojos, lo examinó y frunció la boca como si tragara, removiendo lentamente el líquido en la botella, estudiando viscosidad y espuma como si recelara de una presencia extraña. En los pliegues de carne de su papada la nuez de Adán subió y volvió a bajar.
Parece que alguien ha olvidado un viejo Plymouth allá en el arroyo, dijo.
Algunos levantaron la cabeza. ¡De veras!, dijo alguien.
Sí, dijo Gifford. Una verdadera pena.
Legwater, el bondadoso policía del condado, apuró su bebida y se inclinó al frente con las palmas de la mano hacia abajo, sentado sobre sus dedos: una postura de sapo de no ser por su delgadez y las piernas que le colgaban zanquivanas a los costados. Las estaba columpiando y sus talones golpeaban la caja de las bebidas. Bueno, un sapo laguirucho y demacrado. Persistía en su mirada socarrona y fatua pero nadie le hacía el menor caso. La mayoría de los viejos había estado presente el día en que Legwater mató dos perros detrás del almacén con un rifle del calibre 22, a uno le disparó hasta siete veces, el perro gritando y arrastrándose junto al cercado del campo que había más allá, observado por un grupo de niños que al cabo empezaron a gritar también.
Desde luego, dijo muy animado, divirtiéndose.
Gifford le miró de soslayo con malos ojos y el otro calló y se dedicó a contemplarse los talones.
Supongo que nadie sabe de quién es el coche, verdad, prosiguió Gifford.
Varios de los viejos parecían estar dormitando. La mosca zumbaba frente al cristal.
He mandado un camión grúa para que se lo lleve a la ciudad. Me encantaría devolver el coche a su dueño.
¿Qué clase de coche ha dicho que era? El que había hablado era el chico que estaba apoyado en el cajón de la carne.
Gifford apuró su refresco con estudiada indiferencia. Miró al chico y luego se fijó en sus pies.
¿Siempre llevas esos zapatos, hijo?
El chico no bajó la vista. Empezó a decir algo, pero notó que tenía un nudo en la garganta. Tosió y se aclaró la voz ruidosamente. Los pies le pesaban horrores.
No son buenos para la lluvia esos zapatos, dijo Gifford. Luego cruzó la estancia. Legwater se bajó de la caja de bebidas y le siguió. Una vez en la puerta Gif se detuvo, a medio salir, examinando algo más arriba de su cabeza. Sí señor, dijo, parece que va a despejar. Legwater acechaba detrás de él como un pájaro negro y siniestro.
Bien, ya nos veremos, dijo Gifford.
Junto al tajón de la carne el señor Eller se había dormido con el periódico en las manos. No había levantado la vista ni lo hizo ahora. Hasta la vista, dijo.
Se fueron. La mosca volvió a vibrar en la ventana. El congreso de ancianos agrupado en torno a la estufa empezó a moverse. El chico permanecía junto al cajón de la carne, intranquilo. Varios viejos estaban liando cigarrillos con manos apergaminadas. Reinaba el silencio. El chico fue hasta la puerta y esperó un rato. Luego partió.
El primer gañido de la perra fue tenue y diáfano como el aire mismo. Sus débiles ecos menguantes resonaron en los valles y las hondonadas, atiplados como la última nota lánguida de un carillón. Oyó a su lado el jadeo del chico en la oscuridad, trataba de respirar quedo, aguzando los oídos. La perra ladró otra vez y él se levantó y tocó ligeramente el hombro del muchacho. Vamos, dijo.
Los sonoros gañidos llegaron escalonados como una salva de escopeta. El chico se había puesto de pie. ¿Lo tiene acorralado ya en el árbol?, preguntó.
No. Acaba de llegar. Y añadió: pero le falta poco, muy poco. Empezó a bajar del montecillo donde habían estado descansando, entre un laberinto de pinos pequeños cuyas agujas esparcidas abundantemente por el suelo convertían el descenso en una serie de precarios patinazos de árbol en árbol, hasta que llegaron al badén que había al pie, una faja negra en la tierra más allá de la cual no pudo ver nada aunque sabía que había un campo que descendía en pronunciado declive hasta el arroyo un centenar de metros más adelante. Saltó al badén, oyó la avenida de cascajos producida por el muchacho que bajaba detrás de él, trepó al otro lado y echó a andar por el campo al trote corto, oyendo partirse la maleza bajo sus pies al tiempo que su pantalón de pana producía un rítmico zip, zip.
Los chopos del arroyo surgieron tiesos y pálidos en la oscuridad; atravesó una cerca de alambre medio rota, oyó de nuevo el crujir de las armellas oxidadas en el hendido poste de cedro cuando el chico cruzaba el badén. Estaban ya en el bosque pasado el arroyo, pisando la rígida broza escarchada.
Los gritos penetrantes de Lady hostigando a su presa volvían a sonar nerviosos a la derecha de donde se encontraban. Avanzaron bajo los árboles oscuros, cruzando un grupo de cedros jóvenes en torno a un claro, figuras vespertinas, rotundas y druídicas en su negra solemnidad. Cuando el hombre llegó al fondo, otra vez al bosque, se detuvo y el muchacho le dio alcance.
¿Hacia dónde va? Procuraba no parecer agotado.
El hombre esperó un instante más. Luego dijo: hacia donde va la presa, señalando vagamente con la mano. Su espalda se fundió en la oscuridad. El chico fue tras él, levantando mucho los pies y siguiendo el sonido de las hojas al partirse. El camino torcía hacia el arroyo y a intervalos se oía el correr del agua, crecida después de las lluvias, como el rumor de un mercancías pasando en la distancia.
Ojo con el tronco, le gritó el hombre. Saltó justo a tiempo, trastabillando por encima del árbol abatido, perdió el equilibrio, rebotó en un arbolillo, siguió adelante con la cabeza gacha, esforzándose por ver. Aparecieron árboles, pasaron con lenta gravedad antes de plegarse de nuevo a las tinieblas. Ahora estaban subiendo, la cuesta era larga, y cuando llegó arriba vislumbró la figura que iba delante de él, confusamente enmarcada apenas un instante en el cielo glauco. Pudo distinguir allá abajo el curso del riachuelo. Bajaron por una garganta metida en la sierra, subieron otra vez, y de pronto el hombre había desaparecido. La voz clara de Lady llegó acompañada de otra, más grave y menos insistente. La perra se había acercado mucho, atajando camino de bajada. El chico pudo seguir su avance aguzando el oído entre las explosiones de su respiración agitada. Entonces la perra se detuvo.
Se hizo el silencio y luego el otro perro volvió a ladrar. Sonido de matas partiéndose. Dos gañidos angustiosos justo a su derecha y luego una explosión de agua. Una voz grave dijo a su lado: la tiene en el arroyo, vamos. El hombre empezó a descender la ladera con el chico detrás, salieron a un pequeño llano situado en la última cuesta antes del arroyo y dominado por un haya gruesa. Algo estaba bajando del cerro. Se detuvieron. Una sombra alargada pasó en dirección a la orilla entre un susurro de hojas. Se oyó un ladrido corto y luego un chapoteo. Siguieron adelante, bajando furtivos la cuesta y paralelos a la orilla donde el agua reflejaba una fina luz membranosa que les permitió ver, entre ruido de olas y gruñidos intermitentes, un atisbo de siluetas forcejeando allí, y el otro perro yendo hacia ellos desde el agua. La pelea siguió más abajo, en el agua y bajo las sombras de la orilla opuesta. Cesaron los gruñidos y ya sólo oyeron la desesperada arrebatiña del agua.
A su derecha una luz parpadeó entre los árboles, se extinguió, apareció de nuevo, saltando, libre y misteriosa en la negrura. Oyeron el seco crujir de astillas y matojos helados, unas voces apagadas. La luz emergió de nuevo, los barrió de repente desplazándose por el borde del arroyo.
Hola, dijo una voz.
¿Cas?
Sí... ¿eres tú, Marion?
Trae la linterna; están en el arroyo.
Bajaron la cuesta, cuatro piernas desmembradas cojeando en el haz de luz mientras descendían.
Apaga la luz, dijo Sylder.
Llegaron a su altura, dispensando una emanación de humo de pipa y pelo de perro a más bajo estaba iluminando lentamente el arroyo. ¿Por dónde?, dijo.
Más abajo. Qué tal, Bill.
Bien, dijo el otro. Al resplandor que irradiaba la linterna su aliento era un humo blanco que se enroscaba y flotaba sobre sus cabezas como un dosel vaporoso. El óvalo de la luz corrió por el agua hasta la orilla opuesta, pasó de largo, volvió, se detuvo en los combatientes trabados en el gélido arroyo, los ojos del mapache como puntas rojas de alfiler, el pelaje mojado y revuelto y la cola meciéndose en precaria flotación sobre la corriente. El perro grande lo rodeaba con cautela, pateando en el agua con más cansancio que entusiasmo. Vieron asomar la oreja de Lady por debajo de la pata delantera del mapache, y luego sus cuartos traseros brotaron del agua y surcaron la superficie con un rápido destello de la cola para volver a hundirse en un remolino silencioso.
Cas iluminó la orilla, agarró un puñado de piedras y le pasó la linterna al otro hombre. Enfócalo, dijo. Lanzó una al mapache. La piedra describió un arco lento en el haz de la linterna y desapareció de la vista con un apagado ruido de succión. El perro grande se precipitó hacia la orilla y la cola de Lady había hecho una nueva aparición desesperada cuando la segunda piedra, una sombra fugaz sobre la trayectoria curva, percutió en el agua bajo la cara del mapache.
El mapache se zafó y se lanzó aguas abajo deslizándose en la corriente. El perro grande, ahora en la otra orilla, había soltado un gemido lastimero mientras el hombre que sostenía la linterna le llamaba con voz ronca y perentoria. Vamos, muchacho, ve a por él. Se volvió a los otros. Le dan miedo las piedras, explicó.
Calla un momento, dijo Sylder cogiéndole la linterna. La perra estaba unos treinta metros más abajo. Cuando el rayo de luz la alcanzó, la perra volteó la cabeza y mostró un par de ojos anaranjados, las orejas desplegadas a ras de agua, mientras chapoteaba con cansada y sombría determinación. Las comisuras de su boca estaban vueltas hacia arriba en una macabra y ridícula sonrisa, como para evitar que le entrara agua.
Vamos, chica, vamos, gritó Sylder. Bajaban también pegados al arroyo, transitando entre los arbustos. Esa se va a ahogar, dijo uno de ellos.
Vamos, chica, vamos...
Ni siquiera sintió el agua. Ya no podía oírlos, no les había oído desde que les perdiera el rastro en algún punto arroyo arriba cuando topó de cara con las zarzas, sin sentir eso tampoco, sólo consciente de que unas pequeñas manos le tiraban de la chaqueta y de las piernas como si quisieran detenerle. Después había llegado a la orilla, tratando de anclar los pies en alguna parte y patinando al fin en el barro resbaladizo, siendo catapultado talud abajo en una parábola tirante, con mucho agitar de brazos, pero sin caer todavía, no hasta que se hubo detenido, titubeando con el agua por los muslos, y dado un primer paso en la corriente para luego desplomarse como una garza herida de bala.
Pero ni siquiera la notó. Al levantarse de nuevo tenía el agua por la cintura y el blando lecho del arroyo se escurría bajo sus pies como si estuviera andando sobre una populosa colonia de animales submarinos. Ahora podía ver un poco mejor. No había luces en la ribera y pensó: he bajado demasiado. Y ninguna voz, sólo el envolvente parloteo del arroyo. Se zambulló de nuevo, esta vez con la cabeza por delante, y salió chorreando agua y con algo duro empujando contra su pecho. Metió los brazos y tiró hacia arriba. Era la cabeza de Lady, que le miró con una expresión estúpida. El chico la agarró del collar en el momento en que el lecho del arroyo se escurría bajo sus pies, cayendo de espaldas con la perra que rodaba sobre él y empezaba a forcejear, hasta que su pierna topó con una roca y alargó el brazo, se afianzó en ella para incorporarse y empezó a vadear hacia la orilla remolcando a la perra.
Llegaron con la linterna y Sylder le miró acurrucado en los sauces, agarrando todavía a la perra. No dijo nada, desapareció en el bosque y volvió a los pocos minutos con un montón de ramas secas y matojos.
Uno de los hombres estaba arrodillado frente a él y acariciaba a Lady, examinándola. No parece que esté mal, ¿verdad, hijo?
No consiguió abrir la boca, de modo que afirmó con la cabeza. Más que frío, estaba paralizado.
El otro hombre dijo: a este paso vas a acabar mal. Será mejor que volvamos a casa antes de que te quedes congelado aquí mismo.
Asintió de nuevo. Quería levantarse pero no podía soportar el roce de la ropa cuando se movía.
Sylder había encendido un fuego que crepitó ruidosamente al prender los matojos, y una luz naranja pirueteó entre los árboles. El chico le veía en silueta mientras el otro atizaba la hoguera. Vino después para llevarse a la perra que temblequeaba y le hizo señas al chico. Vamos, ven aquí, dijo. Y quítate la ropa.
Logró levantarse y los siguió a duras penas.
Sylder dejó al perro junto al fuego y se volvió al muchacho. Pásame la chaqueta, dijo.
El chico se despojó de la zamarra empapada y se la dio. Sylder anudó la prenda al tronco de un arbolillo, cogió las puntas con las manos y estrujó de la lana casi cuatro litros de agua. Luego colgó la zamarra de un arbusto. Cuando volvió la cabeza el chico seguía allí de pie.
Quítate la ropa, dijo.
El chico obedeció mientras el hombre le iba cogiendo la camisa y el pantalón, los calcetines y el calzoncillo, estrujándolos y colgándolos de una vara suspendida sobre el fuego. El chico se quedó desnudo, blanco como una babosa a la luz de la fogata. Sylder le lanzó su chaqueta.
Ponte eso, dijo. Y ven aquí de una vez.
Los dos hombres estaban en el bosque, a sus espaldas; los oía pisar la hojarasca, vio el parpadeo de la linterna. Uno de ellos volvió con un tronco enorme y lo echó encima del fuego. Subieron chispas, llamearon, se perdieron en el humo que se aferraba a las ramas bajas, regresaron trazando en rojo su lenta caída entre la oscuridad de los árboles a favor del viento.
Se sentó sobre una alfombra de enredadera pisoteada con la larga chaqueta cubriéndole apenas las nalgas. Sylder ajustó un poco la vara del tendedero y se le acercó. Encendió un cigarrillo y se lo quedó mirando.
Hace frío, ¿eh?, dijo.
El chico levantó los ojos. Bastante, dijo.
La ropa había empezado a vahear, parecía un trofeo de caza esotérico, descuartizado y humeando sobre el espetón.
Entonces dijo: ¿qué vas a hacer con el mapache?
¿El mapache?
Sí. El mapache.
Mierda, dijo el chico, si ni siquiera lo he visto.
Ah, dijo Sylder. Pero su tono de voz lo delataba. Caray, pensaba que tú también lo habías encontrado.
Qué va, dijo el chico. La luz de la hoguera se reflejó en sus dientes y bailó.
Los dos hombres estaban calentándose las manos frente a la lumbre, el más bajo sonreía de buen grado mirando al chico. El otro perro había aparecido de repente al borde del círculo de luz, olisqueando la lana que humeaba y pasando de largo con inquieta indiferencia, la gracia remisa del perro de caza, hacia donde Lady yacía tranquila mirando al fuego con la cabeza apoyada en las patas delanteras. El perro la acarició con el hocico y ella levantó la cabeza para mirado con sus tristes ojos encarnados. Él se quedó así un momento, mirando al vacío, y luego saltó por encima de ella y se fundió silenciosamente en el negro encañado del matorral. El otro hombre se acercó a Lady y le palmeó la cabeza. Tenía una oreja destrozada, incrustada de sangre.
El mapache es un duro hueso para un walker, dijo. El walker tiene demasiado buen corazón. Un redbone viejo como ese -señaló hacia la negrura que los rodeaba- lo deja correr cuando la cosa se pone demasiado fea. Pero una vieja walker -se dirigió a la perra- se lo toma todo muy a pecho, ¿verdad, pequeña?
Cuando Sylder le hizo salir del coche su ropa estaba todavía húmeda. Será mejor que entres a toda velocidad, le dijo. ¿Tu madre te va a reñir?
No, dijo él, seguro que está durmiendo.
Bien, dijo Sylder. Probaremos otro día. Pero tienes que vigilar fuera del arroyo. Bueno, he de irme. Mi parienta me estará esperando levantada.
Muy bien, ya nos veremos. Y cerró la puerta.
Buenas noches, dijo Sylder. El coche arrancó dejando una estela de penachos de humo donde bailaba la solitaria luz de cola. Se dirigió a la casa, sin luz y arcaica entre los robles desmoronados, cruzó el patio cubierto de escarcha. Su sombra subió hasta la cubierta del alpende, pendió de un gajo, siguió trepando, entretejida de ramas, quedó repentinamente enhiesta en el tejado. El chico se deslizó alero abajo y desapareció por el cuadrado negro de la ventana de gablete.
III El 21 de diciembre, poco después de la medianoche, empezó a nevar. Por la mañana los campos estaban mortalmente pálidos a la luz gris y fantasmal de un breve y velado sol de invierno, pintados de un resplandor fosfóreo como si produjeran su propia iluminación, y la nieve seguía cayendo a copiosos jirones que atenuaban los árboles del otro lado del arroyo y la montaña misma, cayendo muy queda en el inmenso silencio blanco.
Aquella mañana el viejo se levantó temprano y se dedicó a contemplar el pequeño valle. Todo estaba quieto. No cesaba de nevar. Cuando fue a abrirlo, el mosquitero se hundió a duras penas en la nieve que el viento había amontonado en el porche y contra la casa. Se quedó allí en mangas de camisa viendo escorarse las obleas de nieve, esquivar los postes esquineros. El frío era intenso. Al oír el siseo de la cafetera que hervía en el hornillo volvió a entrar en la casa.
Estuvo tan oscuro todo el día que cuando llegó la noche nadie sabía cómo había anochecido. Y la nieve caía y caía, con la misma insistencia. Sin viento, acolchada en el silencio, desde el tamiz del cielo... No se veía un alma. Los perros estaban callados. En su casa el viejo encendió una lámpara y fue a sentarse en una robusta mecedora cerca de la estufa. Cogió una revista del estante que había al lado, un número antiguo de Field & Stream, muy gastado ya, con las páginas suaves como la gamuza, la abrió sobre sus rodillas y empezó a hojearla aunque se la sabía ya casi de memoria: artículos, fotos, anuncios. De vez en cuando le llegaban de abajo sonidos como de refriega, arañazos en la oscuridad debajo del suelo donde Scout se rebullía inquieto en su jergón de sacos podridos.
Siguió hojeando un rato más y luego se levantó y fue a la cocina, donde de un armario alto sobre el fregadero sin grifo bajó un tarro de melaza lleno de un viscoso líquido de color ladrillo y opaco como la arcilla. Desenroscó la tapa, cogió un tarro de mermelada limpio del aparador y lo llenó. Volvió a la mecedora, apoyó la bebida en el amplio brazo, colocó la revista sobre su falda y empezó a mecerse despacio, haciendo que el líquido se bamboleara perezosamente dentro del recipiente. De vez en cuando tomaba un sorbo y se manchaba de marrón oscuro los cuatro pelos blancos que crecían bajo sus labios. La lámpara estaba inmersa en su propio halo sereno, una corola blanda, inflamando la luna negra de la ventana donde una araña ajada pendía de un hilo polvoriento.
El viejo siguió columpiándose, enano dentro de su enorme mecedora. Parecía meditar algún sesudo problema planteado en las amarilleadas páginas de su revista.
A media mañana cantó un gallo y la ventana se riñó de un rosa suave. El viejo se quedó dormido y el color fue abandonando el cristal, y el este se tornó pálido como la ceniza. Cantó otra vez el gallo, inquisitivamente, y momentos después el viejo despertó volcando el tarro de mermelada, que rodó estoicamente por el suelo.
Achicó los ojos en la brumosa luz de la habitación. Era de día, la lámpara se había apagado y la estufa igual, se sintió rígido y aterido y empezó a frotarse los ojos, la espalda. Luego se levantó con cautela y abrió la puerta de la estufa para atizar las pavesas. Fue a la ventana, miró al exterior. Ya no nevaba. Scout estaba contemplando el sorprendente paisaje con ojos legañosos y la nieve por la barriga. Al fondo del patio, brillando como una gota de sangre en la fachada de pinos que había más allá, un cardenal pasó como una bala.
Eran tres los que iban por la carretera que pasaba frente a la casa, y dos perros. Uno de ellos llevaba de las patas traseras un conejo cuya cabeza iba dando bandazos. Los otros dos portaban armas y el muchacho conocía a uno de ellos. No le veía desde que se habían reanudado las clases en septiembre.
Iban hablando y gesticulando y no advirtieron que él estaba en el patio, así que fue derecho hacia el buzón, metiendo los pies en los trechos de nieve virgen y resplandeciente. El que sostenía el conejo llevaba los pies protegidos: vendados y envueltos en sacos de harpillera casi hasta la rodilla y sujetados con bramante. Le vio acercarse y entonces Warn se volvió y le vio también.
Hola, John Wesley. Saludó con el brazo. Qué hay, dijo él patinando terraplén abajo.
Había conocido a Warn Pulliam en verano, camino del estanque una tarde cuando vio volar al buitre en círculos bajos sobre el campo de los Tipton y se fijó en que le colgaba un cordel de la pata. Cruzó el campo hasta la cresta de la colina y allí estaba Warn con el otro cabo del cordel mientras el ave lo sobrevolaba con perezosa despreocupación.
Hola, dijo Warn.
Hola. Estaba mirando hacia el cielo. ¿Qué haces?
Bah, volar un poco al buitre. Es incapaz de remontar a menos que sople un poco de viento. Y cuando no sopla, pues lo hago volar yo un poquito.
¿De dónde lo has sacado?, preguntó. Empezaba a dolerle la nuca de mirar al pájaro dando vueltas.
Lo atrapé con un cepo. ¿Quieres verlo?
Claro.
Lo hizo bajar del cielo por la fuerza, estirando la cuerda mientras las enormes alas se resistían en lo alto, haciéndolo descender en círculos lentos hasta que se posó en tierra. El buitre aleteó un poco sobre su única pata buena y quedó en descanso mirándolos de manera truculenta con aquellos ojos incapaces de parpadear en el cráneo desnudo y casi obsceno.
Es un aura, explicó Warn. Son los buitres que tienen el cuello rojo.
¿Y dónde lo guardas?
Lo tengo metido en el ahumadero, dijo.
¿Nadie te dice nada por que lo tengas en casa?
No. La vieja me armó un escándalo pero le dije que lo iba a llevar a casa y que le enseñaría a sentarse en la mesa y eso la tranquilizó un poco.
Oye, no te acerques mucho o te va a vomitar encima. Se lo hizo a Rock y Rock no ha podido superarlo, ya no ha querido saber nada más de él. Creo que soy el único que piensa en el bicho. Me gusta porque es un hijo de la gran puta y más feo que pifio. ¿Tú cómo te llamas?
Los dos perros, beagles paticortos e impetuosos, iban saltando entre la nevada que llegaba a la altura del pecho o metían el hocico y tiraban la nieve hacia lo alto o hacia atrás, con las colas en torbellino, alzando luego la cabeza con la frente y el bigote blancos, cara de viejos gnomos venerables.
¿Adónde vais?, les preguntó.
Hacia la cantera, dijo Warn. Ven con nosotros. He de sacar una mofeta que tengo metida en un agujero. Este es Johnny Romines -señalando al muchacho alto con la escopeta- y ese de ahí Boog.
Qué tal, dijo. Le saludaron con un gesto de cabeza.
Hemos cazado un conejo, dijo Boog, sosteniendo en alto la presa espolvoreada de nieve, tiesa ya. Johnny le ha pegado un tiro en ese campo de allá.
Los perros le rodearon, olisqueando sus pantalones. Son los perros de Johnny, añadió Boog. Son bugles, conejeros.
Beagles, idiota, dijo Warn.
Bueno, dijo Boog. Pues beagles.
¿Dónde está Rock?, preguntó el chico.
Tirado junto a la casa lamiéndose la pata. Esta mañana resbaló en la nieve. No he conseguido hacer que se mueva. Además, él no caza conejos. Lo suyo son los osos.
Yo también tengo un perro, les dijo. Mitad bluetick y mitad walker. Es lo mejor que hay para matear. Siguieron carretera arriba, escoltados por los beagles, que iban haciendo cabriolas.
¿Lo has adiestrado tú?, preguntó Boog.
No, si es un cachorro. Lo guardo en casa de un tipo que cría perros en la carretera de Henderson Valley. Él me lo regaló.
No necesitas más excusas para zanganear por ahí en plena noche. Eso fue lo que ella le dijo en la cocina cuando le vio con el cachorro debajo del brazo. Debe de ser de armas tomar, dijo Sylder cuando el chico volvió con el perro, avergonzado, explicando por qué no podía tenerlo en casa. Pero eso no cambia las cosas. El perro es tuyo; puedes tenerlo aquí y venir a buscarlo cuando te venga en gana.
En casa guardo un mosquetón que era de mi bisabuelo, dijo Boog. Es casi tan largo como yo de alto.
Dejaron la carretera y cruzaron un campo salpicado de cedros esmirriados, con los beagles en plena carrera y Johnny Romines azuzándolos sin parar. Él y Warn patullaron los arbustos amontonados en un arroyo pedregoso y registraron las heladas zanjas de desagüe, pero no salió ningún conejo. Saltando un vallado salieron a la vía del tren y continuaron hacia el sur por los campos acolchados de blanco, mientras el tímido sol empezaba a dispersar los últimos vestigios de neblina poblando el aire resplandeciente de una miríada de cristales azules.
Pararon al llegar a la dolina y se dejaron caer por el terraplén para comprobar el hielo; era negro y feo y estaba lleno de ramas y hierbajos. Los beagles llegaron al borde y gimieron indecisos. Al cabo de un rato se arriesgaron también y rodaron y se deslizaron como si jugaran a la peste, derrapando con las patas traseras cada vez que giraban. Boog no podía patinar porque tenía el pie vendado, de modo que se sentó en el terraplén y los observó con el conejo en brazos. Más tarde encendió fuego haciendo una plataforma con corteza de nogal y amontonando ramas secas de cedro encima. Los otros llegaron y se sentaron en corro.
Aquí es donde Johnny atrapó una rana toro, dijo Warn. Un poco más allá de donde está ese tronco. Por el culo, en una ratonera.
¿Y cómo lo hizo?, preguntó John Wesley.
Se apostó un refresco conmigo. Le vi llegar a casa con la ratonera y un pedazo de alambre para zunchar. Me dijo que pensaba cazar una rana toro. Cuando llegamos puso la ratonera al final de ese tronco de ahí y luego nos fuimos al almacén. Yo pensé que el pobre se había chiflado del todo...
Johnny Romines sonrió. Así se lo contó a toda la gente que había en el almacén, dijo.
Sí, todos nos partíamos de risa. Y va el hijoputa y se apuesta un refresco conmigo a que cuando volviéramos habría una rana de esas en la trampa y así fue. Pillada por el mismísimo culo. Yo es que no lo acababa de entender. Y luego se empeñó en volver directamente al almacén con rana, ratonera y todo y que le invitara allí mismo a un refresco.
Es un viejo truco indio, dijo Boog.
¿El qué?
Poner la corteza así. Para encender fuego.
Cuando llegó a la cerca descansó otra vez, se quitó los guantes y sopló en el hueco de sus manos. En la ladera y el lecho del valle sonaban disparos que resonaban en menguante reiteración. Los árboles estaban incrustados de hielo, erguidos sus negros troncos bajo aureolas de encaje como si estuvieran desprovistos de ramas, brillantes abanicos de mar que rielaban al viento y producían una suerte de interminable campanilleo, un carillón en miniatura, mientras fragmentos de hielo caían como granizo esporádico por todo el bosque, salpicando la nieve de runas incomprensibles. Algo pasó como un suspiro, casi invisible, y fue a dar con un sonido blando en la corteza de un álamo que había más arriba. Le siguió el chasquido y el gemir de un rifle.
El viejo no hizo caso. Se puso los guantes, juntó los alambres con una mano y cruzó la cerca; los postes de cuesta abajo zangolotearon balanceándose como palitos en una tela de araña, pues la tierra se había escurrido hacía tiempo de sus amarres. Varios perros seguían un rastro y al poco rato los vio más abajo, donde la última hilera de árboles adustos descendía hasta un tajo lindante con los campos áridos, los perros saliendo de detrás del monte, lentos y minúsculos, sus voces menudas como trompetillas de juguete, dos de ellos. Se metieron por el tajo y salieron al otro lado, cruzando los campos, y sus figuras blancas y marrones fueron perdiendo definición en el paisaje confitado de nieve y lodo aterronado hasta convertirse en dos puntos que se movían, parte integrante del suelo mismo propagando los primeros indicios de una hecatombe.
Anduvo despacio. La nieve, ahora más espesa, ondeaba en las madreselvas y las hacía caer al camino de forma que a ratos tenía que agacharse para pasar, salvando el declive a pies de plomo, descubriendo a su paso húmedos tramos de hojas negras como agua de pantano, ni siquiera heladas. Cuando llegó a la cumbre donde la carretera describía una curva blanca perdiéndose entre los árboles, se detuvo a cepillarse la nieve de los hombros y sacudirse los terrones de hielo que se le habían formado en las vueltas del pantalón. Recorrió a duras penas un centenar de metros de nieve acumulada y penetró de nuevo en el bosque por el otro lado, llevando ahora en la mano el enorme cuchillo sin mango que había fabricado con una vieja lima de sierra, alejándose entre los árboles pequeños con su andar encorvado y lerdo, fantasmagórico, un extraño asesino navideño.
Quince minutos después volvió a salir a la carretera llevando todavía el cuchillo y arrastrando tras él un pequeño cedro. En la curva que había al pie del huerto se detuvo para mirar atrás, introdujo el cuchillo entre los profundos pliegues de su chaqueta y se echó el árbol al hombro. Un poco más adelante entró de nuevo en el bosque por lo que parecía un sendero o pista a mano izquierda. Esta vez sólo tardó unos minutos. Al salir, ahora sin el árbol, siguió sus propias huellas hasta el sitio por donde había llegado a la carretera y desapareció una vez más en la espesura, montaña abajo por el camino que había tomado al subir.
Sortearon la maraña de rocas de la cantera, Warn en cabeza, hasta llegar a la cueva.
No parece muy grande, comentó Johnny Romines.
Dentro se ensancha, dijo Warn. Esperad que deje a éste aquí colgado y os la enseñaré. Dejó la mofeta en el horcajo de un árbol joven y luego se metió en la cueva, a cuatro patas por un pequeño agujero que había bajo las rocas. Le siguieron de uno en uno; las tiesas ortigas de invierno que había en la entrada vibraron viperinas al contacto con las perneras de sus tejanos. Una vez dentro encendieron fósforos y Warn cogió un cabo de vela de una grieta y lo encendió: la roca calcinada cobró forma, techo tonsilar y concavidad movediza, como algo que se hubiera licuado en parte y hubiera vuelto a petrificarse, afeado y oblicuo, mientras sus sombras trepaban amenazadoras por las paredes entre montones de excrementos secos de murciélago. Examinaron las inscripciones grabadas en la blanda piedra de color de requesón, corazones y nombres, fechas arcaicas, jeroglíficos de un erotismo obsceno: el falo bulboso y la extraña vulva-ciempiés productos de la imaginación infantil.
Siguieron la franja de arcilla roja en el lecho de la cueva hacia una sala más grande, jugaron a gritos con su propio eco, recibiendo a cambio unas risas convertidas en burla hueca. Goteaba agua de todas partes, ruido de salpicaduras en la piedra. Los dos perros iban pegados a ellos, andando nerviosos.
Esta de aquí es la habitación más grande, dijo Warn. Al fondo tengo una sala secreta con una roca delante para que no podáis verla. Luego hay un túnel, pero nunca he ido hasta el final. No tengo ni idea de adónde lleva.
Boog llegó arrastrando unas ramas secas y momentos después había un fuego en mitad de la gran habitación. Así es como lo hacían los hombres de las cavernas, dijo Boog.
Por aquí los había, dijo Warn. Y también animales prehistóricos. Al otro lado de la montaña hay un colmillo tan largo como tu pierna. Sale de unas rocas, y no hay modo de subirse allí como no sea con cuerdas o algo.
Johnny Romines sacó un paquete de tabaco y lió un cigarrillo. Boog lió otro y estuvieron fumando a largas y constantes chupadas. Tú que prefieres ser, John Wesley, preguntó Boog, ¿indio o blanco?
No lo sé, dijo el chico. Supongo que blanco. Siempre ganaban a los indios.
Boog hizo caer la ceniza de su pitillo con el dedo meñique. ¿Ah sí?, dijo. Es algo que no había pensado nunca.
Yo tengo algo de indio, dijo Johnny Romines.
Boog es medio negro, dijo Warn.
No es culpa mía, dijo Boog.
Decías que los negros eran tan buenos como los blancos.
¿Yo? Qué va. Lo que dije es que algunos negros son tan buenos como algunos blancos.
¿Eso fue lo que dijiste?
Sí.
Yo tenía un tío que era whitecap*, dijo Johnny Romines. Si le hubierais oído hablar de los negros. Decía que son descendientes de los monos.
John Wesley no abría la boca. Nunca había conocido a un negro.
Cuéntale a John Wesley lo de la dinamita, dijo Warn. Eso fue las navidades pasadas, explicó. Su padre le compró una vez un tren eléctrico y lo habían sacado para regalárselo a su hermano pequeño.
Johnny Romines pasó a relatarlo, con calma, sonriendo de vez en cuando. Habían empalmado el transformador del tren a un cartucho de dinamita robada de la cantera y enterraron el cartucho en la nieve.
Conseguimos un pedazo largo de cable eléctrico, dijo, y nos metimos en el garaje con el transformador enchufado. Warn decía que no iba a funcionar. Esparcimos migas de pan alrededor de donde habíamos enterrado el detonador y todo el patio estaba negro de pájaros. Entonces le dije a Warn que le diera al interruptor.
Menuda explosión, dijo Warn. Le di al interruptor y entonces ¡BUUUM! La nieve saltó como cuando tiras una piedra al estanque y los pájaros se largan en todas direcciones, sobre todo hacia arriba. Recuerdo que salimos corriendo y vimos trozos de pájaro por todas partes, en el suelo y en los árboles. Y muchas plumas. Jo, nunca he visto tantas juntas. Aún seguían cayendo al día siguiente.
Vaya, susurró Boog, me gustaría haberlo visto.
John Wesley había empezado a toser. ¿No os parece que hay demasiado humo aquí dentro?, preguntó. El humo se había acumulado sobre sus cabezas y ya no podían ver las paredes de la cueva.
Me parece que sí, dijo Warn. Se puso de pie y el humo lo envolvió hasta ocultarlo por completo. Larguémonos de aquí, dijo. Así es como lo hacían los hombres de las cavernas, dijo Boog. Que les den morcilla, si nos quedamos nos vamos a asar.
Corrieron a trancas y barrancas hacia la boca de la cueva –un oscilante trecho de luz tenebrosa se movía al fondo de las encrespadas olas de humo- y salieron de su cripta enrojecidos y llorosos, con las chaquetas incrustadas de reluciente barro colorado. Después de secarse los ojos y recuperar la visión se encontraron en una región volcánica e infernal, el bosque de la cantera envuelto en niebla y el humo elevándose de todas las grietas y fisuras del terreno pedregoso.
El señor Eller estaba frente al mostrador y los veía entrar, los hombres con las ropas humeantes mientras zapateaban para quitarse el lodo de los zapatos y se acercaban a la estufa, liando cigarrillos con los dedos congelados, la estufa silbando y crepitando con el carbón húmedo de nieve y las mujeres alteradas por el frío, haciendo sus compras con pausa, algunas con niños pegados a los pliegues de sus faldas, partiendo después, jóvenes con escopetas y rifles comprando cartuchos no a cajas sino de cuatro en cuatro y de seis en seis en un bullicio que tenía mucho de intencionado, de militante incluso. El señor Eller metía el dinero en la caja registradora o anotaba la compra en sus libros de crédito.
Olor a humo y a frío, a ropa húmeda y carne asándose. La nieve caía de nuevo y todos la miraban. Santo Dios, dijo el señor Eller, parece que no va a acabar nunca.
Boog y Johnny Romines entraron con un conejo y pidieron cada uno un refresco.
¿Dónde lo has cazado, Johnny?, preguntó el señor Eller.
En el arroyo.
Warn Pulliam tiene una mofeta atrapada en un agujero, dijo Boog.
¿De veras? ¿Y cómo huele?
No demasiado mal.
Los hombres rieron. Es bastante gordo, dijo uno, señalando el conejo. ¿Qué tal esos cachorros? ¿Se han portado bien?
Son buenos conejeras, dijo Johnny. Han levantado a otros dos, pero no he podido apuntar bien.
Son beagles, dijo Boog.
El viejo salió a la carretera principal a la altura del desfiladero donde había estado en tiempos el Green Fly Inn. No quedaba de éste otro rastro que el negro y desnudo tronco de pino que había en la hondonada. La nieve, que había empezado a caer otra vez, formaba un velo sobre el valle o viajaba en el viento por el desfiladero, pinchándole un poco la cara. Siguió andando hasta llegar a la carretera de Twin Fork y torció por el Hopper rumbo a su casa. Colgado cabeza abajo y ahuecado bajo el peso de sus plumas cenicientas y sus huesos endebles, un búho pequeño se aferraba con las garras acartonadas a un cable del tendido eléctrico en actitud de desamparada exhortación. Miraba hacia abajo desde sus cuencas vacías y oscuras, pendulando suavemente en el frío agudo.
En la cabecera de la hondonada había una fuente y allí pararon a beber el agua que salía de las rocas a borbotones verdes, donde un ondulado fleco de hielo sobresalía por encima del caño.
Había pensado poner las trampas aquí, dijo Warn, pero viene demasiada gente y te las roban. Ven y te enseñaré la que puse en la cloaca. Bebió con las manos otro trago de aquella agua helada, cogió el rifle y el cepo y le pasó la mofeta al otro chico. A la intemperie no huele tan mal, dijo. Pero la vieja va a poner mala cara cuando me huela a mí.
Salieron a la carretera y cruzaron al lado del arroyo. Warn se agachó para atisbar bajo la calzada en la cloaca por donde goteaba el arroyuelo.
Aquí dentro no hiela nunca, dijo. Una vez cacé una rata almizclada, pero yo busco un visón. ¿Ves? Tengo el cepo ahí metido para que nadie pueda verlo.
El muchacho miró hacia el túnel; el agua corría despacio por el metal acanalado y centelleaba al pasar por encima del cepo.
Aquí he visto huellas de visón en otoño y más tarde incluso, dijo Warn. En Stock Creek también hay visones. Los había en Red Branch pero ahora no hay y es por eso que ya no cazo ninguno. ¿Estás listo?
Ya ves, todavía no ha pasado ningún coche, dijo. Aquí en la hondonada vive muy poca gente y la mayoría no tiene coche. ¿Ves esa casa que hay allí?
Miró hacia donde le señalaba Warn. Apartado de la carretera había un edificio bajo con una cubierta a dos aguas, de cuya chimenea salía una delgada espiral de humo.
Ahí es donde vive Garland Hobie, le dijo. El que se acerca a esa casa sale con el culo perdigonado.
¿Y eso?
Es porque fabrica whisky, dijo Warn. Él y su parienta. Ven. Te vaya enseñar una cosa.
Pasada la primera curva había una vieja iglesia de madera y Warn señaló hacia allí. ¿Ves esa iglesia? Pues era de negros. Antes vivía un montón de negros en la hondonada, construyeron esta iglesia y se liaban a cantar y chillar toda la noche hasta que el viejo Hobie, que ya murió, los echó a todos de aquí. Lleva muerto desde antes de que tú y yo naciéramos y todavía no ha vuelto ni un solo negro. Figúrate cómo los trataba. Dicen que Ef era más malo aún que el viejo Hobie. Murió estando en el almacén hace bastantes años. Acababa de salir de Brushy Mountain. Y Garland, ese es más malo que el diablo. Una vez los acorralaron aquí y él les entregó a la vieja para que se la llevaran a la cárcel. A su propia madre, imagínate. Y luego está el tío Ather, que vive ahí arriba -señaló hacia el frente-, es la mar de simpático.
¿Es tío tuyo?
No. Él y el abuelo Pulliam trabajaban juntos cortando traviesas para la K S &E. Por eso el abuelo siempre le llamaba tío. Es más viejo que matusalén. Y tiene un perro casi tan viejo como tú y yo juntos.
Pues sí que son años, dijo el chico. ¿Cuántos tiene el tío...?
¿Tío Arher? Por lo menos noventa. Es más viejo que el abuelo Pulliam y el padre del abuelo Pulliam peleó .en la guerra civil. Tenía muchas tierras en Knox County y cuando terminó la guerra se las quitaron porque había sido confederado. El abuelo Pulliam dice que sólo dejaban votar a los negros y a los yanquis.
¿Y porqué?
Supongo que porque entonces esto era el Norte.
A media tarde el viejo estaba barriendo la nieve del porche delantero cuando los vio subir por la carretera, dos pequeñas siluetas oscuras contra el manto blanco, abriéndose paso en los ventisqueros. Uno de ellos llevaba una mofeta muerta. Pasaron por delante de su buzón y el más alto levantó un brazo. Eh, tío Ather, llamó.
El viejo pestañeó con sus ojos azul lechoso al sol cegador. El nieto de Hiram Pulliam. Sonrió y saludó con el brazo y los chicos subieron la cuesta penosamente, arqueando las piernas para afianzarse en la nieve, el chico de los Pulliam apoyado en su rifle y el otro agitando la mofeta en el aire sin dejar de resbalar.
Estaban sentados junto a la estufa, descalzos y con los calcetines echando vapor. El viejo arrugó la nariz y se rió.
Cualquiera diría que os habéis revolcado con ese zorrillo, dijo. ¿Se nota el olor?, dijo Warn. Yo no lo huelo.
Warn tuvo que meterse en un agujero para sacarlo, dijo John Wesley.
Me lo pasé de largo, dijo Warn. Creí que estaba más al fondo y luego he visto el alambre y había un pequeño agujero lateral, pero ya me lo había pasado de largo. Estaba metido allí y apenas podía dar media vuelta, pero al final fui hasta donde podía hurgar en el agujero con mi palo y entonces le vi los ojos. Alcancé el rifle a duras penas y apunté lo mejor que pude y cuando disparé fue como si se me reventaran los oídos.
Le oímos disparar, dijo John Wesley. Desde fuera sonó como una pistola de aire comprimido o algo así.
Cuando disparé, bueno, aquello se llenó de humo. Yo salí de culo a toda pastilla y esperamos un rato. Después volví a entrar y agarré el alambre y empecé a tirar y cuando estuvo fuera vi que el pobre bicho tenía un boquete entre los ojos.
El viejo rió. Eso me recuerda una vez que fui a cazar mapaches, dijo. El tipo que iba con nosotros disparó a uno que estaba subido a un árbol y el mapache había quedado colgando de una rama. Yo lo enfoqué con la linterna y mi amigo subió a por él. Cuando llegó a la rama donde estaba el mapache el animal resucitó y se le echó encima. Él comprendió en seguida que era mejor no tocarlo, pero en lugar de bajar trepó a otra rama y allí se quedó. Cada vez que hacía como que iba a bajar el mapache le amenazaba rugiendo como un oso. Al final, se puso tan nervioso que decidió bajar fuera como fuese. Y allá que fue. Nos gritó desde arriba que iba a echarlo de la rama a patadas. Nosotros lo veíamos bien porque estábamos enfocando con la linterna. Hizo dos intentos de atizarle al mapache y en el último el mal bicho se le agarró al pie. Jamás había oído gritar así. El tipo empezó a menear el pie mientras el mapache le hincaba el diente, y tan metido estaba en faena que sin querer se soltó del árbol. Al poco rato uno de nosotros gritó ¡cuidado!, y van y se caen los dos del árbol. Quedó en el suelo como un saco de harina y los perros se lanzaron encima del mapache y empezaron a pisarle la cara al pobre chaval hasta que los ahuyentamos a patadas. Pensamos que estaba muerto, pero al final empezó a respirar un poco y sus ojos a parpadear algo y vimos que no estaba malherido, sólo se había quedado sin resuello y estaba cagado de miedo. A todos nos entró la risa y él nos mentaba la madre, pero era un muchacho muy bueno y creo que nunca nos lo tuvo en cuenta. Recuerdo que muchos años después él mismo contaba la anécdota y se reía como todos los demás.
El viejo suspiró y dijo: este era un buen sitio para cazar mapaches.
¿Y pumas?, preguntó Warn. ¿Era o no era un puma lo que se oyó rugir por aquí hace años?
El viejo se retrepó en la mecedora con una sonrisa de sabia prudencia entre mollete y mollete. Ah, sí, dijo. Ahora lo recuerdo. De eso hará unos diez años, creo. Se quedó en silencio como si estuviera contemplando una vieja hazaña con satírico placer. Luego puso una rodilla sobre la otra y se inclinó hacia adelante. Claro, repitió, fue la comidilla. Aquello tuvo a la gente asustada durante todo un verano. Sí señor, la gente se devanó los sesos hasta hartarse.
¿Cómo sonaba?, preguntó el chico.
Oh, daba escalofríos.
¿Y usted cree que era un puma?
Yo no, dijo el viejo.
Pasó un minuto y Warn dijo: ¿qué era entonces?
El viejo había empezado a mecerse suavemente, y su rostro tenía una expresión benévola, sabia y serena, un viejo hierofante paladeando una verdad privilegiada... Se quedó quieto y les miró. Os lo voy a decir: era un autillo.
Estudió sus caras de decepción, la esperanzada incredulidad. Sí, dijo, un autillo. Uno de los grandes, en verano ululaba y rugía cada tarde en esta montaña. Había unos que decían que era un puma, otros que no lo era. Pero yo lo supe en seguida, con que los dejé discutiendo y dándole vueltas al asunto... Recuerdo que una tarde estaba yo en el almacén comprando unas cosas, era a finales de verano y estaba muy oscuro, serían cerca de las ocho, cuando empezó a gritar. Yo no dije nada. Al cabo de un rato empezó otra vez. Si os digo que se hizo tal silencio en el almacén que hasta se oían las hormigas dentro del tarro de los caramelos. Pero yo, erre que erre, y al rato Bob Kirby, que estaba allí, me gritó y me dijo: ¡eh!, tío Ather. ¿Piensa cruzar la montaña esta noche?
Yo me di la vuelta como si no supiera de qué me hablaba y dije: pues claro. Uno tiene que acostarse tarde o temprano, y mejor en casa que en ninguna parte. ¿Por qué lo preguntas?'
Se me quedó mirando un buen rato, entonces sonrió o algo parecido y dijo: ¿es que no oye ese felino?
Vaya que si lo oigo, dijo. Cualquiera que no sea sordo puede oírlo.
Kírby pensó que me había pillado y va y me dice: ¿no le dan miedo los pumas, tío Ather?
Pues claro, dije yo. Sólo un tonto no le tendría miedo a un puma, sobre todo a uno ya adulto.
No dije nada más, fui a la caja de los refrescos y me serví y me puse a beber y de vez en cuando miraba mi reloj. Vi que Kirby estaba muy perplejo, hacía intentos de sonreír a los otros pero ellos no sonreían para nada y yo creo que estaban más perplejos que él. Y Kirby tampoco decía nada, pero al cabo de un rato un joven que había allí levantó la voz para preguntarme si no era un puma adulto el que estaba armando aquel escándalo allá afuera. Pues bien, en ese mismo instante volvió a aullar, y yo miré al joven y dije: Señor, Señor, no sé qué harías tú si oyeras rugir un puma adulto. Esto no es nada. Hace cincuenta o sesenta años se los oía por estas montañas todos los veranos, y al final uno no podía dormirse oyéndolos maullar. Pero para armar ese alboroto hace falta un puma viejo de verdad. Eso que oyes no es nada. No bien había acabado de decirlo cuando el autillo soltó otro chirrido a menos de cien metros del almacén y pude ver que al chico se le erizaba la nuca, lo mismo que a Bob Kirby.
Apuré la bebida, dejé el vaso y ya me disponía a marchar cuando Kirby, todavía con la media sonrisa en los labios, dice: entonces, tío Ather, ¿tú eres capaz de distinguir un puma de otro por la forma de chillar?
Bueno, dije, ya no se me da tan bien. Él sonrió de oreja a oreja al oído.
Pero a éste lo vi la otra noche, proseguí, y no creo que sea para preocuparse.
Todos empezaron a hacer preguntas, que cómo era de grande y todo eso. Yo ya estaba en la puerta, pero pensé que les daría materia para reflexionar mientras se decidían a volver a casa, así que les dije: bah, no es más que un cachorrillo. Fue ahí mismo en el desfiladero, no era aún noche cerrada, cuando le vi cruzar la carretera. El bueno de Scout estaba tumbado en el asfalto. Ahora ha menguado un poco pero antes me llegaba más arriba de la rodilla, justo lo suficiente para montarlo, y pesaba casi cincuenta kilos. Total que me di la vuelta y lo vi allí y lo señalé y dije: pues no es mucho más grande que Scout, y me despedí de ellos y salí.
En el cristal de los ventanucos, detrás de la mecedora, el sol se ponía dibujando la cabeza del viejo en silueta, dando a su pelo blanco una diafanidad de profeta. Poco después se levantó, fue hasta la mesa y encendió la lámpara.
Os apetece un poco de... esperad un momento. Se disculpó y fue a la cocina arrastrando los pies. Oyeron ruido de armarios y de vajilla. Cuando volvió traía dos vasos y una taza, un pote de vidrio lleno de un líquido rojo oscuro. Tomad, dijo, tendiéndoles un vaso a cada uno. Desenroscó la tapa del pote y escanció una poción espesa y de mal aspecto que olía a yodo. Es vino de almizcle, dijo. Apuesto a que no lo habéis probado nunca.
Brillaba negro y siniestro a la suave luz de la lámpara. El viejo se aposentó en la mecedora y llenó su taza, mirando cómo lo probaban.
Buenísimo, dijo Warn.
Sí señor, dijo el chico.
Bebieron con el aire solemne de los comulgantes, trogloditas en una caverna a la luz de la fogata. Una ráfaga de viento hizo fluctuar la llama y sus sombras, voluminosas y osunas en la pared, bailaron al unísono.
Tío Ather, dijo el chico, ¿de verdad había pumas en esa época? La cara de Warn, máscara de arlequín grabada en negro y naranja por la luz de la lámpara, se volvió hacia el viejo. Cuéntaselo, tío Ather. Háblale de aquel puma que tuviste.
Tío Ather ya había empezado a hablar. Pues sí, dijo, disipando las dudas con un ademán de la barbilla. Los había, pero hace mucho tiempo. Cuando yo era joven y trabajaba construyendo la carretera, una vez cacé un puma.
¿Lo cazó?
Sí. Sonrió misteriosamente. Desde luego. Y con las manos, tengo las cicatrices que lo demuestran. Alargó la mano para que le examinaran el dedo pulgar. El chico se adelantó en su silla y se inclinó para inspeccionarlo.
Aquí mismo, dijo el viejo indicando un lugar encima de la membrana. ¿Lo ves?
Sí, dijo. La piel estaba arrugada como un bolso viejo; en aquella inmensidad de sombras cualquier línea podía haber sido una cicatriz. Se sentó otra vez y el viejo rió con voz ronca.
Sí señor, dijo. Una auténtica fiera. Debía de pesar casi tres kilos.
Warn rió por lo bajo. El chico levantó la cabeza. El viejo se veía complacido y malicioso en su mecedora, sus ojos bailaban de contento.
Esto es lo que pasó, dijo. Había un lugar llamado Goose Gap, está yendo hacia Wears Valley. Bien, ocurrió cuando colocábamos los explosivos. Bill Munroe, que ya murió, fue hacia allí cuando las rocas dejaron de caer y entonces me gritó que subiera a echar un vistazo. Había mucho humo y polvo y no pude distinguirlo bien pero seguí subiendo y al final vi que sostenía algo en la mano. Parecía un perro viejo o una marmota. Cuando llegué a él adiviné de qué se trataba. Era la primera vez que veía uno de ésos y estaba destrozado y sucio de sangre, pero en seguida supe qué era. Bill no tenía ni idea, pero aquel animal era un cachorro de puma.
Echamos a andar entre las rocas y al final encontramos otro. No estaba tan destrozado como el primero y Bill pensó que no podía haber ido a parar tan lejos debido a la explosión, lo cual quería decir que íbamos por buen camino. El caso es que él tenía razón porque al poco rato encontramos la guarida. Estaba reventada. En un radio de casi dos metros todo eran huesos rotos, y más al fondo debajo de unas rocas encontramos al tercero, estaba vivo y maullaba como un minino.
El pobre Bill retrocedió un poco, dijo que la madre debía de rondar por allí. Yo era más joven que él y seguramente tenía menos sentido común, así que agarré al pequeño puma por el pescuezo. Fue entonces cuando me clavó los colmillos en el pulgar. Yo lo solté en seguida, cómo no. Después de recapacitar, me quité la camisa, lo envolví en ella y así me lo traje a casa.
El viejo hizo una pausa y se sirvió un poco de tabaco de una enorme bolsa de papel. Yo entonces vivía a ocho kilómetros de Sevierville, continuó. Chicos... vosotros no mascáis tabaco, ¿verdad? No, claro. Le había comprado unas tierras a un tal Delozier, veinte acres, casi todo en pendiente y sin una casa digna de tal nombre, era una especie de granero... Entonces estaba casado y aquel era mi primer hogar, supongo que se podría decir que estaba orgulloso de él. En fin, tenía unos cuantos cerdos y gallinas y más adelante me compré una vaca y una mula vieja, planté un poco de maíz... Nunca tuve nada, tampoco lo tengo ahora, pero pensé que por algo había que empezar. No era mucho mayor que vosotros ahora, diecinueve años tendría. Pero bueno, a lo que iba. Me traje el puma a casa y se lo di a Ellen. Ella lo cogió sin pensarlo dos veces, lo metió en una caja y empezó a darle leche y tal. Al poco tiempo el pequeño puma la seguía por toda la casa como un gato cualquiera. De hecho, no abultaba mucho más que un gato... Recuerdo que tenía manchas como de gato montés. Pues bien, se presentó incluso un tipo del periódico y luego escribió un artículo explicando que teníamos un puma en la casa; la gente venía de todas partes a verlo.
Haría dos semanas que lo teníamos cuando una noche oí chillar uno de los cerdos. Agarré la linterna y salí pero no vi nada extraño y volví a la casa y ya no pensé más en ello. A la mañana siguiente faltaba un cerdo. Yo no sabía de nadie que robara cerdos pero pensé que igual que había ladrones de otras cosas podía haberlos de cerdos, igual en Sevier County que como ocurría por esa época en todo el país. Pero yo no podía hacer nada, ni siquiera sabía por dónde empezar a buscar. Dos noches después desapareció otro. Bueno, me dije, esta vez lo han hecho mejor. El segundo cerdo ni siquiera llegó a chillar.
La noche siguiente me subí al tejado de la casa con la escopeta, una muy vieja de un solo cañón que se cargaba por la boca, yo que ni siquiera tenía dinero para comprar fulminantes (utilizaba cabezas de fósforo y vainas de algodón), y hete aquí que alguien me roba los cerdos. Estuve allí arriba toda la noche, no más lejos de la porqueriza que lo estoy ahora del porche. No vi nada ni oí nada. Amaneció y ni siquiera había visto los cerdos. Y después cuando ella, Ellen, salió a cebarlos volvió a entrar y me dijo: Ather, falta otro cerdo.
Yo estaba medio dormido en una silla y me levanté para echar un vistazo. No recuerdo cuántos cerdos teníamos pero creo que serían siete u ocho; los fui contando y me faltaba otro. Si antes estaba furioso ahora tenía miedo.
El viejo vio que tenía la taza en la mano y la miró un momento con cierta sorpresa, la levantó y bebió un poco. Cerró los ojos un momento,
la carreta alta y ellos acercándose a la casa, carreta y casa propiedad de su tío, y él sin otra cosa que lo que podía llevar con las dos manos, las cosas de ella metidas en un viejo baúl de piel atado a la parte de atrás del pescante.
¿Es ella?, preguntó.
Sí señor.
Rodeó lentamente la carreta, mirando a la chica tomo quien examina un caballo. Entonces dijo: bueno, baja.
Él se apeó y ella seguía sentada.
¿Qué hace ella?, ¿se va a cuidar de la mula?
No señor, dijo. Ven, Ellen.
Le tomó la mano, ella se bajó de la carreta.
Ve con tío Whitney, dijo él. Yo llevaré las cosas.
Helen.
Me llamo Ellen, dijo. La carreta se alejó un poco.
Ellen.
Papá ha dicho que él le mataría, dijo ella.
Aquí nadie va a matar a nadie, dijo él. Ojo con el fango.
Ellen dijo algo más. Él los vio entrar en la casa.
¿Qué pasó después, tío Ather?, dijo Warn.
¿Mmm? Oh, bueno, Creo que entonces eran tres los cerdos que faltaban. Eran tres más de los que yo estaba dispuesto a perder y dos más de los que pensaba perder antes de atrapar al ladrón. Aparte de eso parecía que yo iba a perder tantos cerdos como aquel que me los robaba estuviera dispuesto a quitarme, lo que probablemente quería decir todos ellos. En fin, que estaba furioso y asustado. Ellen pretendía que yo durmiera en el tejado, pero se me había ocurrido una idea.
Fue a finales del verano. Yo trabajaba aún en la carretera doce y catorce horas al día y solía llegar por la noche a casa y me sentaba a pasar la noche rodeado de cerdos. Pasó una semana y no perdimos ninguno más. Pero una noche Ellen salió a la puerta para tirar un balde de agua y la oí gritar. Salí corriendo y ella se me agarró como si hubiera visto un fantasma o algo así. Le pregunté qué pasaba pero Ellen se quedó allí muda de espanto y temblando de pies a cabeza. La hice entrar en casa y salí a investigar, pero como no vi nada cogí el balde y entré. Algo la había asustado y de qué manera, pero Ellen no era capaz de decirme qué. Pasado un rato sólo acertaba a decir: no sé, o no sabría decir qué era.
El viejo hizo otra pausa, deteniéndose el tiempo suficiente para acompasar la respiración, permitir que sus mandíbulas rotaran mecánicamente, y luego miró hacia arriba: la imagen de la llama en el techo, el alero partido de la cornisa, un huevo de dos yemas, como la partenogénesis de la luz primordial.
Así siguió una semana, volviendo todas las noches a la oscura casa vacía. Luego dejó de ir al trabajo. Aquella mañana cogió las pocas cosas que ella había dejado -una bata, cachivaches- y las puso sobre la cama. Se sentó a mirarlas durante un buen rato. Cuando se levantó había anochecido.
Aún estuvo allí cinco días más, rondando por la casa o sentado sin moverse, dormitando en las sillas, comiendo lo que encontraba hasta que no quedó nada y luego sin comer. Mientras las gallinas perdían peso y el ganado clamaba su sed, mientras los cerdos iban muriendo hasta el último gorrino. La pestilencia era general, un hedor a podredumbre que flotaba en el aire, dentro y fuera de la casa.
Al sexto día salió y separó un larguero de la pared posterior del establo con el cotillo del hacha e hizo dos listones de él. En uno grabó el nombre de ella con la punta de su navaja. Luego cortó el otro a modo de estaca y los clavó formando una cruz. Llevó la cruz y la ropa de ella y una pala hasta un rincón del establo y allí practicó un agujero donde enterrar la ropa, y con el mango de la pala afianzó la cruz en el suelo. Luego pasó por dentro de la casa y cruzando el patio salió a la carretera y puso rumbo a Sevierville. Había andado casi un kilómetro cuando vio que llevaba la pala en la mano. La arrojó a la maleza.
Sé que no puedes, dijo.
No pienso volver.
Iré mañana. Vamos, lávate y come un poco.
¿Qué?
Y descansa, duerme un rato. Iré mañana.
Tú puedes. Yo no.
Pensaba ir de todos modos. Ayer por la mañana vino R. L. para ver si tú pensabas volver. ¿Volverás?
No sé... Me da igual.
Pues a mí no.
Le miró por primera vez, la cara envejecida, oscura y dura como una nuez. ¿Por qué?, preguntó.
Sobre todo porque me debes doscientos dólares.
Ah. Pensó un momento y entonces dijo: sí. Bueno, tengo que asearme.
El viejo se columpiaba despacio en la mecedora sosteniendo la taza con las dos manos como si fuera un copón. Al cabo de un rato, Warn dijo: ¿llegaste a descubrir lo que era?
El viejo volvió la cabeza y escupió a una lata de café.
Fue ese vendedor de biblias de las narices, ¿no?
No digas nada más.
Nadie se ha muerto de eso.
He dicho que no hables más.
Sí señor, dijo. Era la hembra vieja, que venía a por el cachorro. ¿Queréis más vino?
Todavía les quedaba un poco. El viejo se levantó con dificultad y fue a la mesa donde había dejado el vino, se sirvió otra vez.
Sí, dijo, eso debió de ser lo que vio.
¿Le disparó usted?, preguntó el chico.
No. Ni siquiera la pude ver. Perdí otro cerdo y entonces me rendí. Dejé suelto al cachorro y ya no volví a verlo, como tampoco perdí más gorrinos. Es que, dijo despacio, sombrío, hay pumas y pumas. Algunos son sólo eso pero hay otros que son muy raros. Esa hembra vieja no dejó ni una sola huella. No era un puma corriente.
De buena mañana el viejo salió de casa y empezó a subir la montaña siguiendo las huellas de los dos muchachos. Había mucha nieve acumulada y en algunos sitios resultaba difícil avanzar. Se detuvo a menudo para recuperar el resuello, apoyado en su escopeta, hundida limpiamente la culata hasta el guardamonte. Cuando llegó a la carretera estaba agotado y le pesaban las piernas. Desde allí pudo ver el valle a través de los árboles que se destacaban tenebrosos en un éter blanco de leche derramada, vidrioso y cristalino como hielo astillado allí donde el sol lo sondeaba con su luz, cubiertos de nieve los tejados y pálidos zarcillos de humo elevándose grisáceos en el aire quieto.
Notó que olía a humo, pero no pensó más en ello hasta que se le ocurrió que tenía un tufo acre y penetrante y entonces se dio cuenta de que lo que quemaba era cedro -madera de poste, no de leña-, olor escurridizo en el aire frío, en su olfato, ligeramente antiséptico.
Tomó la carretera y caminó sin parar hasta que llegó al atajo para ir a la hoya. La nieve salpicaba seca como polvo de mármol las perneras de su pantalón. Pudo ver el tenue manto de humo entre los árboles. La pista se dividía en dos senderos ebrios que torcían hacia el bosque. Los siguió, trastabillando en los hoyos de la nieve, inquieto por un mal presentimiento, y llegó al claro.
Al ver la humareda que salía de la hoya se detuvo unos instantes y sintió el rabioso aflujo de sangre de los momentos de poderío y desesperación, el latir del acto irrevocable. No había nada que hacer, lo que pudiera haber de alma en las cenizas se perdía para siempre en el anonimato, lejos de su alcance. Observó agachado en la nieve. Su cara tenía una expresión de júbilo y también de angustia: algo primitivo y semioculto. Los pálidos ojos ardían fríos y remotos en sus cuencas como bolsas de gas humeando sin llama.
Se enderezó y desandó el camino hasta llegar a la carretera. Las ascuas ambarinas brillaban fundidas en el lecho de la hoya bajo el esqueleto carbonizado de los cedros.
Y como el coche estaba parado más arriba en la carretera yo no pude verlo desde el arroyo. Él no estaba en el puente cuando bajé pero después de vadear hasta la otra orilla lo vi allí parado mirando hacia mí y entonces me dijo: ven.
Y te quitó los cepos.
Todos menos uno, dijo el chico. Habría tenido que vadear para encontrarlo con que no le dije nada. Se me llevó tres. Yo sólo tenía cuatro.
Hijo de la gran puta, murmuró Sylder. ¿Y tú qué le dijiste? ¿Yo? Nada. Él dijo que me iba a meter en la cárcel por poner trampas sin licencia y liarme con delincuentes. Yo le respondí que no sabía nada de delincuentes.
¿Y qué te dijo Legwater?
Poca cosa. Sólo hacía muecas como un opósum. Bueno sí, dijo que yo lo tendría mucho más fácil si les echaba una mano. Que ayudar a un delincuente era lo mismo que ser uno mismo delincuente. Entonces Gifford dijo que eso era verdad, que me caerían de tres a cinco años, pero que si les ayudaba quizá podría salir con la condicional.
Pero no se te llevaron...
No. Me dejaron libre al llegar al almacén. Dijo que en cuanto tuvieran más pruebas vendrían a por mí y que ojo con tratar de escapar.
Terminado su relato se retrepó en la silla a la espera de instrucciones, empezando a perder un poco el miedo.
Sylder se inclinó hacia él. Escucha, dijo. Tú sabes muy bien que eso son chorradas. ¿Te imaginas el ridículo que haría arrastrando a un chaval de catorce años a la cárcel? Aunque fuera por ayudar a un fugitivo de la justicia, no digamos ya por poner trampas sin licencia. Gifford trata de asustarte. Le conozco. No puede demostrar que me ayudaste y si me pillaran tendría que ser con las manos en la masa, en cuyo caso no les haría ninguna falta que testificara nadie, y mucho menos tú, y aunque eso ocurriera yo juraría que no te había visto nunca y tú harías lo mismo, o sea que no pueden meterse contigo. Se han tirado un farol, tratan de acoquinarte para que les ayudes a meter las narices donde no deben. Si Gifford te molesta otra vez tú no le digas nada, amenázale con denunciarlo por arresto injustificado. Aunque no creo que vuelva a molestarte.
Dijo que antes o después te pescaría.
Ese no pesca ni una cagada de vaca en una bañera. Además, no sé por qué se mete; él no es la A.T.U. Sea como fuere no dejes que te moleste. Ya me encargo yo de tocarle los cojones. Él sabía que eres huérfano, si ha ido a por ti es porque sabe que nadie puede salir en tu defensa. Es un hijo de la gran puta, y encima vago. Ven a echarle una ojeada a tu cachorro. No lo vas a conocer de gordo que está. Vamos, los tengo en el porche de atrás por el frío que hace.
Habían despejado la carretera principal por la tarde, de modo que no necesitó cadenas cuando salió de la carretera del vergel, ya oscuro, serían poco más de las seis, con la trasera del coche a tope y rozando casi la calzada incluso con los amortiguadores bien apretados. El frío era intenso y todavía no se le habían calentado los pies pese a la calefacción. Pensó en el hiperestésico muñón de dedo que tenía en el pie izquierdo, recordando una vez más cómo las luces del guardacostas barrieron los puntales del puente, la vítrea y cegadora mirada del reflector cuando lo sorprendió, de pie en la cubierta de proa bajo un dosel de mangles con el pie encima de la cornamusa y sujetando el cabo del ancla con la mano. Cuando la luz se detuvo en él lanzó un grito de advertencia hacia la cabina y empezó a halar el cabo. El arranque soltó un zumbido y el motor emitió una tos gutural en el agua, al tiempo que el barco se sacudía, empezaba a moverse. Recogió el ancla y observó las luces del guardacostas. Aun con los aullidos de su propio motor alcanzó a oír los acelerones del doble motor Gray mientras el guardacostas cambiaba de bordada, y luego voces, órdenes, sin vínculo ni origen en la vaporosa calma del golfo. Los perseguía el reflector, inundándolos de luz mientras salían del agua de remanso. Y él allí en cubierta como una bailarina haciendo piruetas. El doble resplandor que salía de la proa del guardacostas se elevó a medida que éste ganaba velocidad, y las luces empezaron a dar saltos en el remolino negro del tajamar. Oyó también los disparos, pero no los asoció en ningún momento a su propia persona. En realidad, no se le ocurrió que le estaban disparando a él hasta que se produjo una verdadera ráfaga y pudo ver los destellos, diminutos e intermitentes como puntas de cigarrillo, y oír el zop zop de las balas picando el agua como piedras. Entonces dio un brinco y fue hacia la cabina. Al instante oyó ruido de madera astillada y luego algo le machacó el pie y lo hizo caer a cubierta. Se arrastró hasta la escalerilla y se dejó caer boca abajo por los peldaños.
Jimmy, dijo en un susurro ronco como si alguien pudiera oírlos. Eh, Jimmy.
En el compartimiento no había otra luz que el barrido del reflector, pasando y volviendo a pasar por las portillas, la silueta de las cuales iba de un lado a otro de la pared del fondo dibujando sombras luminosas.
Qué quieres, chaval.
Jiménez de pie en el pasadizo. El timón momentáneamente abandonado, el barco escorándose a todo gas, el slap slap del agua vibrando bajo la quilla.
Estoy herido, dijo.
Jiménez sosteniendo la linterna mientras él se quitaba el zapato hecho trizas, el calcetín pegajoso de sangre, se examinaba el dedo gordo convertido en un amasijo fofo.
¿Dónde más, Mario?
Creo que eso es todo, dijo.
Jimmy palmeándole la espalda compasivo. Es jodido cuando te dan en el pie, dijo.
Fueron a proa y él se envolvió el dedo gordo en un pedazo de tela arrancado de su camisa y allí se quedo sentado, viendo la cara de Jiménez verde y seria al resplandor de las luces de tablero.
Condujo despacio, embocando la cañada con la luna baja sobre los pinos que bordeaban el largo y árido tajo de blanco al pie del tendido eléctrico, una densa niebla de invierno subiendo de la hondonada, chispeante a la luz de los faros. Aquí, donde había estado el Green Fly Inn, el ambiente de feria con los escasos coches parados a lo largo de la carretera, el calor palpitando sobre ellos y los hombres allí de pie pasándose las últimas botellas que quedaban, hablando ahora en voz más baja, rostros joviales, sofocados. Los últimos en llegar dijeron que las llamas se veían desde Vestal. Alguien diciendo: lo que te has perdido, Marion. ¿Tan bien estuvo?
El mejor que has visto nunca.
Nada que hacer. Un trago de whisky, a hurtadillas ya que Gifford acaba de llegar. Gifford hurgando con un palo largo en el humeante crisol de vidrios rotos. Glup glup. Alquitrán vítreo. No he visto nada igual. La puntera de uno de sus zapatos empezó a ennegrecerse e instantes después saltaba a la pata coja para deshacerse el nudo. Mierda. Uf. Apoyado en un árbol acunando en sus manos el pie descalzo cual pájaro herido, aún tuvo ganas de reír burlón con sus ojos fieros.
Y dos días después el carbonizado tallo del pino echaba humo todavía, la pez ampollaba ligeramente el caparazón de la corteza y pequeñas llamas de un azul eléctrico rezumaban y se abarquillaban a lo largo del tronco, erguida la espira de humo en el aire inmóvil como una prolongación del árbol mismo.
Las ruedas traseras patinaron un poco en la curva pasado el desfiladero y se dio cuenta de que había una fina capa de hielo en la carretera. Se incorporó sobre el volante y limpió el cristal con un trapo. Pasó la casa de los Tipton, sus luces cálidas y acogedoras entre los árboles. Viejos hombres casados. Sylder se rió y alcanzó los cigarrillos. Era un chico tan simpático... La lluvia que martillea sin cesar el tejado de la iglesia, obeliscos de luz cayendo sesgados de los ventanales como contrafuertes. Tras el crujido de la puerta nada salvo el enorme silencio, el olor a humedad, el paciente y callado abandono, sillas, bancos, el púlpito, todo en su sitio y todavía cubierto de polvo, un aire de relativa sorpresa en todo dio por la tardía visita. Sus pasos fantasmales sobre las tablas alabeadas, sacando a un búho de las vigas, el búho que pasa sobre ellos aleteando en silencio, sombra que sube hasta el campanario como ceniza succionada por un humero e igual de silenciosa. Ella se aferró a su brazo. Juntos hasta el banco de los afligidos. Oh Señor, oh Señor. Y por testigo un ave nocturna.
Al coronar la colina más arriba del arroyo se topó con un camión de media tonelada que transportaba un caballo. La apacible cara alargada del animal le observó desde la compuerta de cola con ojos luminosos y redondos como culos de botella a la luz de los faros. El camión se afanaba cuesta arriba con la industriosidad de una abeja, roncando por lo bajo cuando cambiaba de marcha. Observó cómo se arremolinaba la nieve a su paso, serpentina, volutas de humo blanco en el cristal, cambió de velocidad para adelantarlos, el ojo derecho del caballo en blanco y el conductor dentro suavemente iluminado, fumando un cigarro puro, mirándole desde la cabina.
Dejen paso al contrabandista, dijo Sylder. Ya llega el whisky de Año Nuevo. A diez cogorzas por galón, son en total... mil... unas mil doscientas resacas de las buenas. ¿Qué me dices, viejales? El viejo chupó del cigarro, rezagándose poco a poco, sus faros convertidos en un solo globo naranja y mortecino.
Condujo sin parar hasta Gay Street, deteniéndose obediente en los semáforos y mirando a los entumecidos agentes de tráfico con insolente perplejidad.
Qué tal, muchacho. ¿Te apetece un trago?
Una vez en el lado oeste de la ciudad se metió por un camino particular y rodeó una vieja y mal conservada casa de madera. Hizo marcha atrás hasta el garaje y bajó del cupé, desperezándose un poco. Dos hombres salieron de la casa, de la cocina, donde había un ventanuco iluminado. Otro hombre acudió a la puerta y se quedó apoyado en la jamba con los faldones de la camisa por fuera, fumando un pitillo y tomando el aire. Una voz de mujer, menuda y estridente en alguna parte de la casa: cierra la puerta, idiota. ¿Te has criado en un establo? Él no se movió.
Hola, Sylder, dijo el primero, yendo hacia el garaje sin mirarle siquiera.
Hola, dijo Sylder.
El otro se detuvo. ¿Qué tal el coche nuevo?, preguntó. Muy bien.
Ward dice que viene de Cosby.
Es posible.
Ward dice que es muy rápido. Que si no hubieran bloqueado la carretera de Newport no lo habrían cazado, eso es lo que dice él.
Vamos, Tiny, dijo el otro desde el garaje.
Sylder fue a abrir la puerta trasera del coche. Empezaron a descargar, llevando las cajas al garaje mientras el coche crujía y se levantaba poco a poco hasta que terminaron y quedó con la parte posterior levantada en el aire como un gato en celo.
Sylder sacó una linterna y una llave de tuerca de la guantera, se agachó para bajar alternativamente las ruedas de atrás. Luego desenganchó las cadenas, montó en el coche y arrancó para soltarlas, volvió y las guardó en el maletero. El motor seguía en marcha y mientras se sentaba de nuevo al volante Tiny fue a apoyarse en la puerta.
Pues yo creo que suena bien, dijo.
Sylder le miró. ¿Eso ha dicho Ward?
Tiny sonrió. No, dijo. Yo creo que eso lo dijo McCrary, cuando Ward le prestó el dinero para comprado.
Dile a Ward que los coches buenos cuestan mucho dinero. Aunque sea en una subasta oficial. O incluso si ya pagaste una vez por ellos.
Entró una marcha, le dio al gas una vez y Tiny se enderezó.
Hasta pronto, dijo.
Sylder estaba subiendo la ventanilla. Ya nos veremos, dijo, encendió los faros y se alejó camino abajo.
Condujo despacio de vuelta a la montaña, dejando atrás la bifurcación y el almacén, los postes de cuyo porche se veían blanquecinos como vaciados en yeso de aquellas varas sin desbastar, la enorme cabeza de león un camafeo fiero sobre la puerta, la aldaba de latón pendiendo brillante de sus narices, y los cristales barrados combándose a la luz como agua de cascada, pasando del resplandor a la oscuridad en láminas cimbreantes, tiesos y estables otra vez. Pasó frente a su casa, únicamente iluminada por la luz del porche, y siguió hacia la montaña, siempre despacio, venciendo sin dificultad las pendientes.
La carretera estaba cubierta de hielo en el carril izquierdo y se divirtió derrapando en las curvas como un barco dando bordadas. Al pie de la montaña dejó la carretera de Henderson Valley y torció a la derecha por la de Bay's Mountain, ahora sobre grava, reduciendo la marcha a quince o veinticinco por hora, y al final apagó los faros. Condujo así unos quinientos metros, rodando como un fantasma motorizado por la carretera, negra y silenciosa en la nevada. Luego se desvió por un camino particular, dejó el coche mirando hacia la carretera y se apeó.
Anduvo un rato y luego se desvió por el siguiente camino, abriéndose paso entre la nieve acumulada hasta la casa a oscuras que parecía meditar en un soto de árboles, solitaria entre los campos vacíos, desnudas las ramas a su alrededor como enmarañada carpintería de hierro.
Rodeó la casa dos veces. No ladró ningún perro. De nuevo en la parte de atrás probó una ventana, la levantó, las pesas resbalando en los bastidores, y se metió. Estaba en una zona contigua a la cocina, tenía dos puertas delante de él, una daba a una habitación grande y la otra estaba cerrada.
Hola, Jeffo, llamó, o más bien susurró, parodiando un inaudible saludo. ¿Duermes? Con pies de plomo salvó los tres peldaños de la puerta cerrada y cerró la mano sobre el tirador. Oh, Jeffo, susurró. Es muy malo que no tengas un perro*. Giró el tirador y abrió la puerta.
La habitación tenía una sola ventana alta, un cuadrado gris que destacaba en la oscuridad, y aparte de eso no pudo ver nada.
Se quedó junto a la puerta unos minutos escuchando la ruidosa respiración del hombre que dormía. Al cabo de un rato distinguió la forma de la cama, justo delante de él.
Hacía calor, notaba transpiración en sus axilas, pero el hombre estaba envuelto en mantas. La mano agarrada a ellas... aquí la forma de un brazo, un hombro, el pecho... Dormido boca abajo. Gifford resopló por la nariz. Un párpado viscoso se despegó de su sitio mientras las mantas eran retiradas de su barbilla con maternal solicitud.
Levantó incluso la cabeza, sólo un poco, como sorprendido, despertando en oleadas despaciosas y reticentes, dando la impresión de querer ir a su encuentro, el puño viajando como el rayo entre la oscuridad para dar en su cara con un sonido pulposo, como un melón que estalla al caer al suelo.
Cuando llegó a casa era más de medianoche y el frío arreciaba. Aparcó el deportivo en la parte de atrás, engalgó la rueda y entró por la cocina. Cogió unas galletas y un tarro de confitura de la nevera y comió, andando un poco de acá para allá, flexionando los nudillos. Cuando hubo terminado guardó el tarro, echó un largo trago de una botella de suero de leche y luego entró en la alcoba. Tenía la mano derecha hinchada y se desabotonó la chaqueta con gran precaución.
¿Marion...?
Sí, dijo.
Oh... ¿qué hora es?
Tarde, me parece. He estado muy ocupado.
¿Te encuentras bien?
Sí.
Se quitó el pantalón y se metió en la cama.
Ella notó que estaba riendo en silencio. ¿Qué pasa?, dijo.
No paraba de preguntar quién era.
¿Cómo? A quién te refieres.
¿Mmm? Oh, nada. Un tipo. Duérmete.
Ella se dio la vuelta y le puso la mana en el pecho. Calla, dijo. Estaba tumbado de espaldas con la mano sobre la de ella, la otra cada vez más rígida. De pronto, amarga como la bilis, tuvo una premonición. ¿Por qué estaba ese viejo en la montaña, haciendo agujeros en la cisterna del gobierno?
Tienes la carne de gallina, dijo ella.
Sylder miró hacia el techo. ¿Yo? Faltaría más, dijo para sus adentros.
IV Un viento cálido en la montaña y el cielo cada vez más oscuro, las nubes armadas de panzas negras hasta que una úlcera enorme aglutina aquella masa y un retumbo como si el núcleo de la tierra se resquebrajara hace trepidar las ventanas de Winkle Hollow hasta Bay's Mountain. Y el viento arreciando cada vez más frío hasta que los árboles se doblan como propulsados por una violenta aceleración de la rotación terrestre y luego eso concluye también y el cielo inmóvil vomita una sibilante plaga de hielo.
El viejo miró desde el velo de agua que guarnecía como un fleco el ala de su sombrero, abalorios danzantes cada vez que giraba la cabeza. Había dejado de granizar y el viento redoblaba a la par que la lluvia. Había salido de su refugio bajo el terraplén de arcilla y ya estaba calado hasta los huesos. La carretera donde antes bailaba el polvo en oscuras burbujas de agua era ahora una sucesión de géiseres de lodo en erupción, un flujo indolente que brotaba de las roderas ampollándose bajo la lluvia. El viejo echó a correr estevado de piernas entre la cortina de agua que batía la carretera a espesas rachas impulsadas por el viento. El aire iba lleno de ramiza y de follaje y los árboles chirriaban sin dejar de sacudirse. Cuando abandonó la carretera y se adentró en el bosque empezaban ya a caer troncos muertos y desprovistos de hoja aferrándose con frágiles dedos grises e inclinándose sobre la tierra con el fragor amortiguado de su caída tapado a medias por la tronada. El viejo mantenía el rumbo pisando las hojas del año anterior, resbaladizas de agua, saltando y bailando como un demente en el maelstrom de verdor bullicioso como un trasgo de la lluvia, surgiendo grotesco e ígneo de la casi total oscuridad en la rápida eclosión de un relámpago. Mientras así avanzaba, un castaño teñido de plata bajo el aguacero hizo explosión y lo dejó cubierto de serrín y ratones chamuscados. Un costero cayó a tierra con un silbido largo, como un mástil en llamas inclinándose hacia el mar. El viejo cae. Tras un vibrante entrechocar de escudos unas valquirias descienden con gritos gatunos para llevárselo. Un reguero ha empezado a acumular arcilla en una de las vueltas de su pantalón y el copete de pelo blanco que adorna su frente queda teñido de rojo por el lodo.
La lluvia se filtró entre las porosas tablas del cobertizo hasta que las hojas agavilladas en el rincón quedaron negras e inertes y la gata salió por la puerta escorada en busca de otro refugio. Charcos de agua negra se formaban en el sendero, removiendo lentamente algas de paja y maleza, escarabajos coriáceos enroscados como balines, flotando de manera curiosa. Los esquivó con pies huraños, soportó con aprensión el húmedo alud de la maleza legamosa del año anterior.
El perro de Arthur Ownby, hecho una pelota en su montón de sacos podridos, dormía de nuevo, pegada la cola a su vientre desprovisto de pelo. No vio que la gata llegaba a la puerta de su cueva y se quedaba parada sobre tres patas.
La poca luz que anunciaba el día nuevo se filtraba fina por entre la llovizna y remarcaba la borra de pelaje pardogrisáceo metida en un tronco de árbol en la pendiente meridional de Red Mountain. El hambre la hacía salir a media tarde, cautelosa, furtiva, polvorienta.
Y la lluvia no cesaba, comiéndose los bordes de las carreteras, abriendo torrenteras en las colinas hasta volverlas rojas y lívidas como heridas abiertas. El arroyo iba muy crecido, un río de barro que rastreaba entre las madreselvas. Las estacas de las cercas desfilaban como soldados faraónicos perdiéndose de vista en la riada.
En el campo de los Saunders un marjal poco profundo, sereno y dócil bajo la lluvia que hacía hoyuelos en su superficie. Y no paraba de llover. ¿En qué lugar bajo no había agua? Al extremo del estanque de McCall el agua caía con estrépito en el desagüe que lo drenaba. Junto a Little River el llano estaba inundado hasta la maleza de un agua color de hígado punteada de bardas de madera de deriva y espuma que giraban casi imperceptiblemente, o se mecía en los rabiones que pasaban por debajo. De día aparecieron bandadas de rascones. Una pareja de avetoros acechaba las fértiles vaguadas con ojos como barrenas. De noche las marismas se poblaban de ranas cantando ásperamente a coro. Invadían la llanura grandes lucios escamosos, de aspecto fiero y primitivo con sus bocas armadas de dientes, peces antiquísimos que habían sobrevivido inalterables desde los pantanos mesozoicos. Sus amarillentos esqueletos desmembrados adornarían los lechos de arcilla avanzada ya la estación allí donde el agua los dejaría a merced de la arpía, el cuervo pescador o el ratonero que quisiera darse un atracón, maravilla olfativa de los niños.
Masas de hojas descendían en el caudal de la carretera de Henderson Valley, encarrujada y transparente el agua sobre el asfalto negro. Las torrenteras atragantadas de lodo rebosaban de agua de un rojo violento que rodaba como loca y caía a las cunetas entre sonoros eructos. El felino caminaba por el centro elevado de la calzada, menudo y sucio, con aire de bestia perseguida.
Un sol bajo incendió los nudos de la madera de pino del ahumadero hasta hacerlos brillar como rubíes, ojos con venas y pupila fijos en las tinieblas donde el felino roía un resto de costillas de cerdo. La sal le hacía tensar la boca pero la gata no cejaba más que para escuchar el silencio de vez en cuando. Las chinelas de Mildred Rattner sortearon los trechos malos del fango, prefiriendo aventurarse en la humedad de la hierba áspera que crecía a lo largo del camino. A excepción del golpeteo de la lluvia sobre el cartón embetunado, el felino no oyó nada hasta que las llaves campanillearon del otro lado de la puerta y el cerrojo traqueteó. Se encaramó de un brinco a un estante alto, quedó allí suspendida, saltó de nuevo hacia el ventiladero que había bajo el tejado a dos vertientes. En el momento en que se abrió la puerta colgaba por una uña de dicha abertura, buscando desesperadamente con las patas traseras un punto de apoyo, y entonces una astilla de la moldura se desprendió y el felino se vino abajo.
Cuando Mildred Rattner abrió la puerta del todo y entró en el ahumadero vio caer de algún lugar del techo un gato enorme, oyó su chillido de angustia al aterrizar despatarrado y le vio lanzarse sobre ella, dientes centelleantes en la penumbra y una incandescencia de locura en los ojos. Mildred gritó y cayó de espaldas y el felino pasó por encima de ella como una exhalación y con un gemido largo se perdió de vista.
En el campo de los Tipton había cuatro cuervos posadas en una acacia negra, dispuestos en las ramas desnudas con la cabeza recogida entre las alas, examinando la desolación gris, el silencioso llover. Vieron a la gata cruzar el campo al galope corto, ejecutando una danza errática en su intento de no apartarse del terreno seco y desigual. Las voces de los cuervos en la quietud de la tarde tenían un aire de sombría soledad, el rasgo doliente del silbido de un mercancías. Abandonaron sus perchas y desfilaron a ras de suelo, calándose sobre la cabeza del felino. El felino se agazapó sobre sus cuartos traseros, les plantó cara. Los cuervos lo echaron del campo y a cada embestida el felino se detenía y arañaba el aire a su paso, obligado a conservar la dignidad, mientras los pájaros se encolerizaban, giraban, atacándolo nuevamente de muy mal humor. Lo dejaron al llegar al arroyo para ir a posarse en las ramas de la acacia. El felino los observó, achicados de desprecio sus ojos, giró río abajo y siguió el arroyo hasta llegar al puente. Lo cruzó y siguió adelante por el terreno arbolado de la orilla sur, parando aquí y allá, con instintiva curiosidad, en agujeros y troncos huecos para olfatear, sacudirse o lamerse el agua del pecho, hasta que un penetrante olor a almizcle de visón lo llevó de nuevo al arroyo propiamente dicho.
El visón estaba muerto, se mecía en las corrientes de la orilla entre la hierba empantanada y resplandeciente. Se acercó al visón con las patas replegadas, saltó a un montecillo de fango y le dio un golpe rápido de arriba abajo. Se enderezó y lo observó. El visón se agitó inerte. La cadena estaba colgada de una estaca que había en el agua, y cuando clavó sus zarpas en el visón para atraerlo el animal no se movió. Finalmente, se decidió a meter una pata en el agua y mordió al visón en el pescuezo. La mugre impregnada en su pelaje la impulsó a atacarlo salvajemente, luego se detuvo de pronto como si su atención hubiera sido atraída por algo importante que había olvidado. Dejó el visón y puso rumbo a la carretera principal cruzando los campos.
La lluvia había apelmazado su pelaje y el felino se veía muy flaco y desamparado. De camino iba arrancando bardana y abarquilladas hojas cárdenas de hierba conejera; un tallo seco de zarzamora colgaba de una pata de atrás. A poca distancia de la carretera se detuvo, se estremeció, planas las orejas contra su cabeza. Chilló una vez, el vientre pegado al suelo, vueltos los ojos al cielo incoloro, a la lluvia que caía con persistencia.
La tarde del tercer día la lluvia empezó a menguar y a través del alto palio gris haces de luz como de un faro lejano cortaban los desgajados bordes de las nubes, encaje astroso o remolino de niebla marítima. Oscureció temprano y mientras yacía tapado con la colcha y despierto en su oscuro desván le pareció que el silencio del tejado, ahora sin lluvia, medía el tiempo, que algo se preparaba. Había decidido ya ir al arroyo por la mañana. Podía ser que la crecida hubiera bajado un poco.
Así que hasta la mañana del cuarto día no pudo ir a ver sus cepos. Pasó por el estanque bordeando su extremo inferior donde el agua se adentraba en el campo y donde la maleza se erguía como arroz en el agua, bajó por los salientes de caliza, dejando atrás las balsas de lirios de agua castigados por el granizo y los médanos de nuevas hojas verdes, campo traviesa hasta llegar a la carretera.
Antes de alcanzar el puente se desvió de la carretera, bajó por un empinado terraplén y cruzó una cerca, siguiendo un sendero de barro hasta llegar a la orilla del arroyo. No había bajado nada. Canales de agua arcillosa surcaban el campo que había en el extremo opuesto, bullendo en la apelmazada madreselva y haciendo estremecerse a su paso las copas de los sauces y los algodoncillos. El arroyo mismo era un afeado torrente fangoso que más parecía tierra compacta en movimiento que un líquido cualquiera, rompiendo frente a él, cada rabión, cada remolino, cada deslizamiento, la rosca de un cabo desatándose inmóvil e inalterable con sólo la leve agitación oleosa del agua y el ruido que producía para dar fe de que hubiera movimiento. A menos que apareciera una rama, un palo, o incluso así: una cinta de agua estriada curvándose hacia arriba en un largo movimiento de cuchara cual labio rezongón repentinamente rota por una rama de árbol desprendida de la opacidad perfecta, rápida y diestra como una serpiente al ataque, sumergiéndose de nuevo e invisible sin un solo círculo o rizo con que seguir su rastro. Estuvo unos minutos observándolo todo. Un reyezuelo sobrevoló el arroyo evolucionando en el aire, vio al chico y se alejó, viró sobre los campos anegados dejando en la quietud de la mañana el staccato agudo de su canto.
Se levantó y tomó el sendero que pasaba entre el arroyo y la montaña por la planicie arbolada, pasando junto a nogales envueltos en niebla, a chopos fríamente esqueléticos aun con todo el verdor nuevo de la primavera. Empezó a trepar, anunciado su avance por la caída de unas cáscaras, el movimiento de una rama, correría de patas menudas sobre la corteza. Cruzó la arista de la loma y empezó a descender -a lo lejos, la curva en herradura del arroyo con ampollas de agua marrón desbordando en los campos-, cuesta abajo otra vez hacia al arroyo: había tomado un atajo, él que sólo medía distancias en horizontal.
No lo pudo encontrar. El arroyo no se parecía en nada al que él conocía, y cuando le dio la espalda en un sitio que le resultaba familiar le sorprendió ver un barranco, una esquina de cercado, un grupito de acacias dispuestas extrañamente. Pasó de largo y regresó. Había bajado demasiado trecho. Caminó aguas arriba una cincuentena de metros y se detuvo en seco. La roca sobre la que había colocado su cepo estaba sumergida, pero una cúpula de agua bañaba su parte superior y fue entonces cuando vio el alambre que iba hasta el arbolillo de la otra margen. Un poco más arriba el arroyo se estrechaba; él solía cruzar por el largo espigón de piedra musgosa que allí había, perdido ahora bajo la crecida. En los estrechamientos el agua resbalaba como por un tobogán, caía a plomo en la hoya de más abajo formando una espuma oscura de chocolate, y se extendía otra vez, siseante lámina de burbujas, de ramitas, corteza y desperdicios. Un pequeño pájaro desnudo e hinchado mostró brevemente su vientre blanco y se zambulló en el espeso líquido marrón como un ojo cerrándose despacio. Bajo la roca algo emergió a la superficie, se hundió de nuevo como si forcejeara con un atacante invisible. El chico observó. Momentos después apareció de nuevo y pudo verlo mejor el pelo que ondulaba como hierba negra anegada en los remolinos. Buscó un palo en la ribera, volvió y se puso de puntillas al borde del agua, hurgando en el fondo. Tanteó con el palo el contorno de la repisa de roca y entonces notó que se le hundía un pie y le entró pánico. Estaba a horcajadas con un pie en la orilla y el otro en el agua, el agua pasando voraginosa entre sus piernas, ciñéndole más arriba de la pantorrilla. Bajó el otro pie y se dio la vuelta con cuidado, mirando río arriba, las finas alas marrones del agua acariciando sus espinillas con un sonido cortante y él allí de pie con la sensación de moverse en un mundo fantástico. Avanzó como los cangrejos hasta un metro de la otra orilla, donde las rocas formaban un canal, y se lanzó con decisión hacia el último trecho de agua. Quedó sumergido de cintura para abajo, maltratando con sus pies el fango resbaladizo y bien asentado, agitando desesperadamente el palo hasta que pudo encontrar un punto de apoyo. Finalmente, trepó a la orilla agarrándose a las raíces o hierbas que pudieran aguantar su peso, helado y babeando cieno.
Fue hasta donde estaba el arbolillo y se descolgó terraplén abajo, un pie apuntalado en el tronco esbelto, asió el alambre, lo desató, un zumbido eléctrico en su mano, lo agarró con fuerza y trepó de nuevo a la orilla tirando del alambre. Cuando estuvo arriba y se dio la vuelta pudo ver su botín flotando en la hierba, y antes incluso de atraerlo hacia sí vio las manchas blancas como sanguijuelas pertinaces. La presa ya en su mano, palpó el pelaje incrustado de lodo; la cúspide del hueso que sobresalía de su pata delantera maltrecha entre las mandíbulas del cepo, el babero blanco manchado de arcilla y los buenos dientes amarillos enseñando una sonrisa fiera. Y lo examinó con detenimiento, fijándose en los feos cortes limpios, blancos y lívidos. Heridas, sí, pero como párpados sin ceja o bocas en la agonía final.
Lo sacó del cepo y se lo metió en el bolsillo, arrolló el alambre al cepo y se guardó las dos cosas en el otro bolsillo. El sol estaba alto, pero la luz prometida estaba ya asfixiada por una faja de nubes húmedas que auguraban tormenta por el sureste. En vez de vadear el arroyo se encaminó hacia el campo. Antes de llegar al bosque las primeras gotas habían empezado a salpicarle los hombros. Cuando llegó a la carretera la encontró negra y lustrosa de agua y encorvó la espalda contra el aguacero, tiritando un poco. La lluvia batía a ráfagas la calzada humosa y la tierra embalsada donde las casas se veían grises y sombrías, una promesa de desolación final como si a la cola del último invierno terrestre brotara lentamente del mismísimo universo un manantial de agua.
Cuando Marion Sylder abandonó finalmente la casa llevaba seis días lloviendo sin parar. Bajó por el camino de lado, levantando lodazales con las ruedas que hacían corvetas, consiguió enderezar el coche al llegar a la carretera y siguió hasta la bifurcación. Delante del almacén se había formado un pequeño estanque y los clientes tenían que cruzar una pasarela para acceder al porche. Caía una paciente llovizna y los de Red Branch se quedaban junto a las estufas, se asomaban de vez en cuando a mirar la región húmeda y gris y meneaban la cabeza. Sylder hizo marcha atrás hasta el surtidor de gasolina, bajó del coche, se limpió el barro de las botas, vadeó hasta el porche y entró en el almacén. Delante de las ventanas había ahora una malla hecha de varillas para soldar y eso le hizo sonreír un poco.
El señor Eller estaba en su silla junto al tajón de la carne. Vaya, dijo al levantar la vista, hacía tiempo que no te veíamos el pelo. ¿Has traído dinero?
Sylder no quiso oír esto último. Gasolina, dijo. ¿Dónde están las llaves del surtidor?
El señor Eller suspiró y se levantó de la silla, fue hasta la caja, abrió el cajón del dinero y deslizó las llaves por el mostrador.
Supongo que no te importará mojarte los pies, dijo.
Sylder salió con las llaves. Llegado al surtidor abrió el cerrojo y empezó a accionar la palanca para bombear gasolina a la cuba de cristal que había en lo alto del oxidado tanque color naranja. Cuando la hubo llenado desenroscó el tapón del depósito del coche, introdujo la manguera y bajó la palanca. El carburante burbujeó dentro de la cuba, escurriéndose hacia el depósito. Una vez vacía, la cuba quedó perlada por dentro, con un aspecto grasoso. Sylder no se percató. Dejó la manguera en su gancho y cerró la bomba, volvió hacia el porche por la pasarela y entró para devolverle las llaves al señor Eller. Una camada de mininos huidos de su caja llegó bamboleándose a la deriva por el piso del almacén, sin dejar de maullar. Tenían los ojos cerrados y plagados de mucosidad como si todos ellos hubieran sido afectados simultáneamente por una plaga bíblica.
Son los gatos más feos que he visto en mi vida, dijo Sylder.
Eso mismo ha dicho la señora Fenner, murmuró el tendero. El hijo de los Pulliam le aconsejó que fuera a ver los que hay en la parte de atrás que andan con muletas.
Recogió las llaves del mostrador y volvió a guardarlas en la caja registradora.
Póngalo en la cuenta, dijo Sylder.
Vaya, creo que tendré que colgar una pancarta con esa frase, dijo el señor Eller. Igual que Hola o Adiós. Aquí en este local nos ahorraríamos mucha saliva.
Si tuviera tanto dinero como usted me jubilaría ahora mismo.
La pancarta serviría igual.
Desde luego, dijo Sylder.
Yo creo que... empezó el señor Eller.
Déjelo, dijo Sylder. He de irme. Los pobres diablos no podemos estar de palique todo el santo día.
Se despidió con la mano y al salir se detuvo en la puerta para mirar atrás. Oiga, dijo en voz alta.
¿Qué?
Un buen cristiano los habría ahogado a todos.
¿Qué?, preguntó de nuevo el señor Eller.
Apoyado en la jamba, Sylder señaló sonriente los gatos que saltaban por el suelo como pelusa a merced del viento.
El señor Eller le echó con un gesto de la mano y Sylder dejó el almacén.
El hombre estuvo un buen rato tamborileando con las uñas sobre la repisa de mármol de la caja. Luego regresó a su silla. Hacía poco que estaba descansando cuando el reloj que había encima de los alimentos envasados prorrumpió en ruidos laboriosos como si estuviera a punto de expirar violentamente en un fárrago de ruedas y muelles sueltos, calló, tocó cuatro campanadas siniestras que evocaron una oriental llamada a la oración y luego enmudeció por completo.
El señor Eller se levantó de su silla, fue hasta el reloj y le dio cuerda con una llave que colgaba de un cordel. Luego lo levantó del anaquel y lo depositó de nuevo con un golpe seco. El reloj reanudó su grave tictac inexpresivo.
Uno de los gatos se había aventurado hasta el tajón de la carne y el señor Eller tuvo que pasarle por encima con cuidado para volver a su asiento. El gato se alejó a paso de borracho, rebotó cual bola de billar en la cubeta de la carne, siguió su camino. Iban como perdidos por el suelo, entrecruzándose, sin ver. Uno trastabilló al pasar junto a una lata de café que había cerca de la estufa, patinó, cayó en el charco de esputos de tabaco que la rodeaba. Consiguió levantarse, lomo y costado teñidos de marrón y mucilaginosos, trotó hasta la pared y se quedó mirando con sus ojos ciegos supurantes mientras ofrecía al mundo sus débiles gemidos.
El señor Eller dormitaba y la cabeza le iba bajando a pequeños intervalos, primero hasta el hombro, luego hasta el pecho. Al cabo de un rato, una chiquilla con un vestido sucio y fino cruzó la puerta que había tras el mostrador y agrupó a los mininos, que ahora gemían en ruidoso coro discordante. Los sacó afuera regañándolos con afecto.
El señor Eller dormía, el reloj hacía tictac. El papel atrapamoscas giraba sobre sí mismo en lenta espiral. Se había levantado viento y el agua que caía de los árboles salpicaba el tejado metálico del almacén con un sonido apagado y distante que se filtraba por el cartón del cielo raso.
Sylder cerró la verja al pasar y enfiló la carretera del vergel. Estaba llena de canalones y los innumerables deltas fangosos que surcaban los trechos llanos entre una cuesta y otra todavía rezumaban saetines de agua. El coche derrapó vertiginosamente en las curvas y finalmente se empantanó con rabia resbalando de costado como un caballo nervioso, y las ruedas traseras despidiendo gruesos cabos de barro que se rompían y salían disparados hacia el borde del matorral para dar en los árboles con un sonido extrañamente hueco. Sylder apagó el motor, abrió la puerta y pisó el fango reluciente: estaba a menos de quinientos metros de la rotonda. Echó a andar, hundiéndose un poco en sus botas de piel.
En los árboles había manzanas, del tamaño de una uña y verdes con un verde luminoso y fiero, mortalmente verdes como el vientre de un moscón. Arrancó una al pasar y le dio un mordisco... Una amargazón ponzoñosa le arrasó la boca como un caqui. Si las manzanas verdes hicieran vomitar, reflexionó Sylder, él habría muerto hacía años. La mayoría de sus amigos las podían comer. Tampoco les hacía nada el zumaque. Al chico, a John Wesley, le sentaba fatal el zumaque. Mala sangre.
Terminó el trabajo cuando ya anochecía. Fueron nueve viajes en total, dos cajas cada vez. Cuando hubo apilado las dos últimas en la trasera echó el candado, abrió la puerta del coche y se sentó a quitarse las botas desfiguradas por el barro, dejándolas en el piso detrás del asiento delantero.
Logró sacar el coche del atolladero y hubo de retroceder más de medio kilómetro hasta encontrar un sitio bastante ancho y sólido para dar la vuelta. Cuando por fin salió a la carretera principal el viento arreciaba y la lluvia escupía suavemente en el parabrisas. Apoyó el pie descalzo en el freno de mano y condujo despacio montaña abajo.
Las luces de la ciudad flotaban en una suerte de nimbo y aparecían fracturadas en el río negro, una imagen de colapez, laberinto de formas imperfectas; los faros en amorfo chapoteo a lo largo del puente seguían las elípticas hileras de los postes eléctricos que iban a su encuentro. Adormecido por el rítmico vaivén del limpiaparabrisas en el cristal llaneó hacía el puente, entrando en la ciudad amortajada de lluvia y silencio mientras los coches le adelantaban despacio, empañados sus faros, luces acuosas en lánguida progresión.
El motor escupió y tosió, pareció reanimarse durante unas cuantas revoluciones y finalmente murió con un ruido espástico de succión. Sylder soltó el pedal del embrague y llaneó durante un minuto o dos, embragó de nuevo. El motor dio una sacudida y el coche se estremeció con violencia hasta detenerse del todo.
Permaneció un rato sentado al volante antes de probar el estárter. El motor gruñó alegremente, renqueó una vez o dos sin llegar a responder. Cerró el contacto, alcanzó una linterna de la guantera, inspiró hondo y salió disparado a la lluvia. Metido hasta la cintura en el compartimiento del motor y protegido por el capó como en las fauces de un monstruo benévolo, verificó los cables, las varillas del acelerador. Retiró la boya de la bomba de la gasolina, dirigió la linterna hacia el cubilete y echó un vistazo. El líquido que había dentro era amarillo pálido. Lo tiró, volvió a colocar la boya, bajó el capó y se metió en el coche. Tuvo que forzar varias veces el demarraje para que la boya se llenara de nuevo y luego el motor prendió y pudo engranar la marcha. Condujo con cautela, aguzando el oído. Las farolas pasaban junto a la ventana como legañosos verticilos; apenas se veían coches. Antes de llegar al extremo del puente el motor castañeteó y volvió a calarse.
El viejo despertó ya de noche y el agua chorreaba y corría bajo las hojas, la lluvia muy suave y regular. El perro estaba tumbado mirando hacia él con la cabeza apoyada en las patas delanteras. El viejo alargó la mano para tocarle y el perro se levantó torpemente y se la olisqueó.
No hacia viento, y en la quietud de su somera respiración nocturna el bosque no albergaba otra sonido que el de la lluvia, la trayectoria de las gotas en una rama, su mesurada caída en la rebalsa de una hoja. Con hierba en la boca el viejo se incorporó y miró a su alrededor, oyó la voz mendicante de la lluvia, salmodiando quedamente en esa oscura nigromancia que invita a la tierra a su desposorio.
Tres veces fueron a por el viejo. Primero eran sólo el sheriff y Gifford. Estaban empezando a subir los peldaños del porche cuando él abrió la puerta y les apuntó y ellos vieron entonces las orejas de mulo de la vieja escopeta de caza echadas amenazadoramente hacia atrás contra la llave. Dieron media vuelta y se alejaron por el patio, sin decir palabra ni volver siquiera la vista atrás, y el viejo les cerró la puerta.
La segunda vez aparcaron en la curva de la carretera con tres ayudantes y un policía del condado. El viejo los vio desde la ventana; corrían ocultándose entre los arbustos, pasando de árbol a árbol como niños que juegan a indios. Al cabo de un rato, cuando todos estuvieron en sus puestos, el sheriff gritó desde su posición bajo el terraplén:
Salga con las manos en alto, Ownby. Le tenemos rodeado. El viejo ni siquiera volvió la cabeza. Estaba en la cocina con la escopeta apoyada en el respaldo de la silla y vio a uno de los ayudantes acurrucado tras una mata de lilas en la esquina occidental del recinto. El viejo le seguía mirando y entonces el sheriff volvió a gritar que se rindiera y alguien disparó contra un cristal de la habitación delantera, así que sin esperar más se echó la culata al hombro y disparó contra el ayudante. El hombre salió de los arbustos como un conejo y corrió hacia la carretera con un curioso galope corto, aguantándose la pierna. El viejo esperaba oír gritos pero el ayudante no gritó, y entonces recordó que él mismo no había gritado tampoco.
El cristal de la cocina explotó de pronto y el viejo se colocó detrás de la estufa. Hubo una ráfaga procedente del bosque y él se quedó en el suelo oyendo los disparos y el pat pat de las balas atravesando la casa. Pequeños brotes de madera amarilla saltaban de los maderos y casi al mismo tiempo se oía el sonido de la bala en las tablas del otro lado del aposento. No gemían al pasar. El viejo se quedó muy quieto. Un disparo rozó la estufa y rebotó con un sonido metálico y airado, llevándose el cristal de la lámpara de sobre la mesa. Era como estar en una habitación llena de invisibles espíritus maléficos.
Tenía la escopeta sobre las rodillas; con el cañón doblado, el casquillo vacío todavía en la mano. El tiroteo concluyó a los pocos minutos y el viejo reptó junto al aparador y cogió los cartuchos de encima de la mesa y volvió a cargar la recámara vacía. Luego lió un cigarrillo. Oyó que se llamaban unos a otros. Alguien quiso saber si había algún herido. Entonces el sheriff les dijo que esperaran un momento, que el maldito viejo no había vuelto a disparar desde la primera vez, y aulló, como si alguien no pudiera oírle, queriendo saber si Ownby estaba dispuesto a salir.
El viejo encendió el cigarrillo y dio una calada. Afuera reinaba el silencio.
Ownby, llamó el sheriff, salga de ahí si puede.
Más silencio. Finalmente, oyó voces y poco después volvieron a disparar varias salvas. El bastón que sobresalía de la ventana sin cristal cayó al suelo y la ventana se cerró de golpe. Pudo oír los trocitos de plomo que saltaban en la habitación principal, astillando los muebles y escurriéndose como sabandijas a través de las paredes y los cabios.
El sheriff volvió a hablar. Dispersaos, estaba diciendo. Manteneos a cubierto mientras sea posible y recordad: entramos todos a la vez.
El viejo no entendió qué quería decir con eso. Dio un par de caladas más y apagó el cigarrillo y se agazapó detrás de la estufa. Por una tabla partida vio que se acercaban, agachados sobre la hierba como enanos. Dos ayudantes venían del lado sur con las pistolas desenfundadas. Uno de ellos vestía de caqui y tenía aspecto de agente de la A.T.U. El viejo observó sus posiciones, salió de detrás de la estufa, volvió a situarse junto a la ventana y les disparó a ambos en rápida sucesión, apuntando hacia abajo. Se puso luego a cubierto, dobló el cañón de la escopeta, extrajo los cartuchos y volvió a cargar. Afuera todo era silencio. El sheriff no gritó más y al cabo de un rato, al oír que los coches arrancaban, se levantó y fue a la habitación principal para ver los desperfectos.
A media tarde empezó a llover otra vez pero el viejo no pudo esperar más. Negras nubes sobrevolaban la montaña, tamizando el verde de la vegetación, y en los vallejos el viento hacía oscilar la cola de caballo de la niebla, que se ensortijaba melancólica, se quebraba y arrastraba en las pendientes inferiores. Un pájaro carpintero cruzó el patio -sus alas bañadas por debajo de pigmento de cromo- hasta su agujero en la copa mellada de un pino hendido por el rayo.
El viejo sacó el resto de sus cosas, las apiló sobre el trineo y las aseguró con las cinchas que había claveteado bajo los costados. Entró en la casa una vez más y echó un vistazo. Qué más podía llevarse. Salió al fin con una pequeña alfombra deshilachada, le sacudió el polvo y la puso encima del trineo. Agarró la cuerda, llevó el trineo a la carretera y llamó a Scout. El perro salió de debajo del porche, mirando con azules ojos reumáticos el confuso mundo de su dueño. El viejo lo llamó otra vez y Scout se le acercó, cojeando de mala manera, y partieron juntos rumbo al sur hasta que no fueron más que dos formas pálidas y borrosas bajo la lluvia.
Fue por esa razón que cuando llegaron por tercera vez no encontraron al viejo en la casa. Lanzaron bombas lacrimógenas por las ventanas y asaltaron la casa desde tres lados a la vez y la casa se sacudió y estremeció visiblemente bajo el tiroteo. Un policía del condado resultó herido en el cuello. Sentado en el suelo embarrado con la sangre cayéndole por la pechera de la camisa, llorando mientras les gritaba a los otros que sacaran a aquel hijoputa de allí. Cuando salieron de la casa nadie quiso mirarle. Por último, el sheriff y otro hombre se acercaron adonde estaba el herido, le ayudaron a levantarse y lo llevaron al coche.
No, dijo el sheriff. Se ha ido.
¿Cómo que se ha ido? Eso es imposible. El hombre lo preguntó dos o tres veces más pero el sheriff se limitó a menear la cabeza y después de eso el otro ya no preguntó más. Partieron los cuatro coches entre una lluvia de barro, con las sirenas sonando.
Cuando el viejo llegó a la vía del tren la lluvia se había alejado de la montaña y la última luz le permitió ver bajo el filo de las nubes los largos cerros puntiagudos como perros enjutos bajando a todo correr hacia los confines de poniente, al sol ya muy sesgado. Les dio la espalda yendo hacia el este por el lecho de la vía con el trineo meciéndose en las mohosas traviesas. Llovía aún y oscurecía rápidamente. De vez en cuando se detenía para comprobar su carga y ajustar las cinchas. Siguió los rieles durante un par de horas, saliendo de los campos en penumbra por atajos donde la noche caía sobre los terraplenes y caía sobre la madreselva dibujando sombras, formas grotescas de criaturas míticas o extintas que tomaban silenciosa nota de su paso. El viejo torció al este sin dejar la vía, inclinado tirando de la cuerda hacia el crepúsculo morado.
Era ya de noche cuando se apartó de la vía y penetró en el bosque más al sur, tanteando el camino con los pies, tiritando un poco en sus prendas mojadas. Pasaron la vieja cantera, los insulsos monolitos de roca en apiñadas ringleras, enajenados de la tierra y reducidos por los barrenos a una pesada simetría, inclinados, sus rostros estriados pálidos entre los árboles, como ruinas de templos antiguos. Siguieron en silencio el trazado de la pista de la cantera -susurraba el trineo, correteaba el perro como mejor podía-, dejando atrás las vaporosas aguas verdes de la pedrera para adentrarse de nuevo en el bosque, blanca la caliza contra la tierra oscura, un populacho de babosas gigantescas inactivas en un bosque de carbono. Grupos de árboles giraban lentamente como caballos de tiovivo, combinando sombras y dividiéndose en la oscuridad y lo portentoso. Dejó de llover. Se alejaron dejando entre las hojas húmedas un rastro de fuegos fosforescentes como estrellas surcadas por la estela de un barco.
El despuntar del día los encontró en la cara meridional de Chilhowee Mountain, el perro atado ahora encima del trineo y el viejo tirando de ellos árbol tras árbol por la última y empinada cuesta. Desde aquel punto elevado pudo contemplar la primera luz pajiza y sin origen aparente más allá de la curva de la tierra, envuelto el horizonte en una bruma verdemar. Una hora más tarde habían ganado la cresta de la montaña y estaban en un campo de juncia y retama que brillaba como el trigo, sin más árboles que algún castaño hendido del color de la piedra.
El sol ya estaba alto y el viejo descansó apoyado en el árbol. Poco después se quedó dormido con la boza del trineo en la mano ampollada. El perro se tumbó al sol, sacudiéndose las moscas del áspero pellejo. Sombras de nubes subían del valle como agua en movimiento, oscurecían las acolchadas lindes del bosque, seguían adelante; la tierra cepillada volvía a ser verde y ocre oscuro. Las nubes chocaron con la montaña, combándose con ribetes de coral hacia la bóveda azul del cielo. Una mariposa se afanaba entre rayos de luz, descendiendo sobre las copas doradas y glaucas de los árboles...
El viejo despertó a media tarde y comió un poco de torta de maíz fría, que compartió con el perro. No comía mucho y la torta fue suficiente. Luego empezó a bajar la montaña remolcando sus míseras posesiones por un camino abierto entre árboles pequeños y junglas de rododendro. Poco después de medianoche salió a una carretera y torció por ella hacia el sur, cruzó un puente de piedra, un arroyo susurrante de aguas claras, subió de nuevo hacia las montañas con el trineo deslizándose detrás de él y el perro caminando pesadamente.
La luz de la casa a la que llegó aquella mañana pudo verla el viejo un buen trecho antes de llegar a ella. La había entrevisto un par de veces en algún punto del cerro mientras cruzaba un prado, una enorme charca barrida por las sombras de las aves nocturnas al pasar por encima, pero no tenía modo de saber que la carretera lo conduciría a la casa. No volvió a ver la luz hasta que coronó la colina donde se encontraba la casa y donde una parte de la carretera emergía de la noche en un pasadizo de faros de automóvil. Había gente hablando y pudo oír el sonido de un motor en marcha.
Siguió andando hacia la luz. Las voces cesaron. El viejo los miró, dos hombres apoyados en el costado del coche, otro sentado dentro. No se detuvo. Se perdieron tras el resplandor de los faros, reaparecieron apenas, sin moverse, mirándole. Cuando la luz de los faros quedó atrás el viejo se detuvo y los saludó. Hola, dijo.
No se habrá perdido, ¿verdad?
Creo que no, dijo.
Uno de ellos dijo algo. El coche empezó a bajar por el camino con los dos hombres andando a su lado. El que iba dentro asomó la cabeza a la ventanilla. Esta carretera no cruza la montaña, dijo. Sólo da la vuelta.
¿Cuánto falta para el Harrykin?, quiso saber el viejo.
El hombre apagó las luces. Los otros dos habían llegado a su altura y le saludaron por turnos. Scout se subió al trineo y los miró funesto.
Quiere saber cuánto falta para el Harrykin, dijo el conductor.
¿Y para qué?
El otro dio un paso al frente y observó al viejo con inexpresiva curiosidad, observó el trineo cargado con aquella inútil parafernalia y el perro flaco echado encima. No creo que llegue desde aquí, dijo. Debería ir por Sunshine y cruzar el río una vez allí... No es fácil llegar de ninguna manera pero así se ataja bastante. ¿Qué piensa hacer en el Harrykin, cortar leña?
No, dijo el viejo. Sólo pensaba construir una especie de casa y quedarme a vivir allí.
¿En el Harrykin?
Sí señor.
¿De dónde es usted?, quiso saber el que estaba dentro del coche.
De la parte de Knoxville.
El del coche guardó silencio durante un rato. Luego dijo: yo voy hacia Sevierville. Puedo llevarle hasta allí si no le importa viajar en un cacharro como este.
Se lo agradezco mucho, dijo el viejo, pero creo que iré tirando.
Bueno, dijo el hombre. Luego se volvió a los otros dos. He de irme, dijo. Ya nos veremos.
Asintieron con la cabeza. Hasta la vista. El coche Se alejó despacio, los faros otra vez encendidos, y se perdió carretera abajo. El viejo tenía la cuerda del trineo en la mano y estaba despidiéndose de los hombres.
Será mejor que entre y desayune algo con nosotros, dijo uno de ellos.
Muchas gracias, dijo el viejo, pero creo que seguiré mi camino.
Coma algo con nosotros, dijo el otro. Íbamos a hacerlo ahora mismo.
Bueno, dijo el viejo. Si a ustedes no les importa.
La casa donde el viejo estuvo aquella mañana no era una cabaña de cazadores sino un sólido chalé de troncos sin alabeo profundamente agrietados por la intemperie y rellenados de arcilla. Era un edificio largo en fuste de silla, dividido en dos aposentos de igual tamaño, y al fondo de uno de ellos había un hogar hecho de piedras de río, lisas como huevos y más antiguas que el propio río. Una mujer asomó la cabeza por una puerta y los miró furtivamente; el más alto de los hombres indicó al viejo que se sentara a una silla hecha de un barreño para mantequilla y forrada con un gastado cuero de vaca. Sacaron tabaco y librillos y se los pasaron al viejo no ceremoniosamente sino con ese modesto ademán de humildad que la gente de campo confiere a una mirada, un levantar la mano. El viejo empezaba a sentirse como en casa.
¿Dice que es de la parte de Knoxville?, preguntó el más alto. Sí señor, respondió, dando unos golpecitos a su cigarrillo.
Yo tengo una hermana que vive por allí. Sus críos son más malos que la tiña. Se casó con uno de Mead's Quarry, ¿sabe dónde está eso?
Claro, dijo el viejo. Yo he nacido en Red Mountain. Muchos domingos por la tarde íbamos a zurrar a los chicos de Mead's Quarry sólo para mantenernos en forma.
El hombre sonrió. Eso me contó él de la gente de allí, dijo. Ahora fue el viejo el que sonrió.
Habló el otro hombre. ¿Cree que le vendría bien un trago a esta hora de la mañana?
Eso si es que ustedes van a tomar uno.
El hombre cruzó la puerta hacia el alpende y regresó al momento con un tarro de conservas. A ver si es éste el que yo quería, dijo, inclinando el pote y observando el lento peregrinar de las gotas. Quitó el tapón, echó un trago al gollete de su cuello tendinoso, tragó con fuerza, ladeó un poco la cabeza como para escuchar y le pasó el frasco al viejo. Sí, es éste, dijo. Whisky de verdad.
El viejo aceptó la invitación y bebió a placer. Empezaba a notar las piernas un poco cansadas y levantó primero una luego la otra, ligeramente, cotejando su paso. Echó otro trago y devolvió el tarro al hombre. Sí señor, dijo, un buen whisky.
Los dos hombres se lo pasaron entre ellos y luego volvieron a taparlo y lo dejaron en el suelo. El más bajo estaba mirando por el ventanuco. Ya clarea, dijo.
Se volvió hacia el viejo. Habrá salido usted temprano, ¿verdad?
El viejo volvió a cruzar las piernas y echó también un vistazo al exterior.
Pues sí, dijo, de buena mañana.
Imagino que habrá salido de Walland.
No, dijo el viejo. De Knoxville.
Quiero decir andando, por la montaña...
He venido directo, dijo el viejo.
Los otros se miraron. El alto dudó un poco y luego preguntó: ¿y dice usted que va al Harrykin?
Esa es la idea, dijo el viejo.
No parece que sea un sitio como para ir de visita, dijo. He conocido a un par de personas que estuvieron allí y que habrían dado cualquier cosa por no haber ido nunca. Recuerdo que mi padre prefería dejar los perros allí toda una noche antes que ir a buscarlos. Decía que había sitios donde podías andar un buen trecho sin llegar a pisar el suelo, todo eran lauredales y troncos abatidos, y alguna que otra serpiente metida entre los leños... Yo nunca he estado allí.
¿Piensa quedarse mucho tiempo?, preguntó el otro.
Pero antes de que el viejo pudiera responder, la mujer asomó a la puerta para anunciar que el desayuno estaba listo. Los dos hombres se levantaron de inmediato y fueron hacia la cocina, pero luego, acordándose del viejo allí sentado con las lentas palabras formándose en sus labios, se detuvieron. Parecían dos niños que fueran a la mesa con las manos sucias. El viejo se puso de pie y los siguió, mientras el más bajo sonreía a medias diciendo: creo que ya no sabemos cómo comportamos.
Bah, dijo el viejo.
Al llegar al pie de la montaña el viejo se encontró en un calvero grande repleto de junqueras, con un arroyuelo que serpenteaba plácidamente entre la arena graneada de sombras de albur, y las estrellas de seis puntas de las nerviosas arañas de agua yendo a la deriva como frágiles medusas. Se acuclilló y se llevó agua a la boca con la palma de la mano, vio alejarse los albures, brillando en la corriente. Scout vadeó detrás de él con el agua por los codos, chapoteando con ruido. Tiras de tierra rojiza se desprendían de sus cada vez más pelados jarretes, jaspeando el agua como de sangre. Los albures se escabulleron por el canal y una culebra de agua se desenroscó de una roca en la otra orilla y se deslizó por la ligera corriente sin más exhibición de esfuerzo o movimiento que una nota de flauta.
El viejo bebió y luego apoyó la espalda en el trineo. El claro zumbaba suavemente. Una becada cantó en el bosque de la montaña y con ese ruido de todos los días de retiro y paz estivales el viejo se quedó dormido.
Sí señor, dijo el tendero. Sí, creo que ya sé a quién se refiere. ¿Son ustedes parientes o algo?
No, dijo el hombre, no somos parientes. Sólo quiero hablar con él de un asunto.
Vestía unos chinos pulcros de color gris y un pulcro sombrero de fieltro terciado hacia atrás. Huffaker miró con el rabillo del ojo hacia el lado del porche donde estaba aparcado el automóvil, un Ford negro, modelo antiguo.
El hombre se dio cuenta y advirtió un brillo de suspicacia en los ojos achicados del tendero.
Pues ahora mismo, dijo Huffaker, no sabría decide dónde puede encontrarlo. Vive por allá arriba, un gesto vago en dirección a las colinas que amparaban el valle.
¿Es cliente suyo?, quiso saber el hombre.
Mentiría si le dijera que sí. No suele venir mucho. Sólo le he visto dos o tres veces en la tienda y de eso hace varias semanas.
Un viejo muy curioso, y que yo sepa no tiene un centavo.
¿Qué fue lo que compró?
Un poco de tabaco y un paquete de harina de maíz. Y la última vez creo que un poco de tocino.
¿Le fiaba usted?
Pues no. No suelo dar a crédito. El viejo me trae raíces de ginseng. Trajo también un poco de botón de oro pero eso no vale gran cosa, la verdad. Lo que hacemos es un canje.
¿Ha dicho raíces?
Sí señor. Las envío a St. Louis, al mismo sitio donde mando las pieles.
El hombre parecía perplejo pero no hizo más preguntas al respecto.
¿Es usted de por aquí?, preguntó Huffaker.
De la parte de Maryville.
Ah, dijo Huffaker. Yo tengo parientes allí.
¿Aún conserva ese perro?
¿Quién?
El viejo ese... el que...
Oh. Sí señor, le acompañaba un perro. Un viejo redbone que parecía a punto de estirar la pata o que se hubiera dado un baño de lejía. No le quedaba un solo pelo en su sitio. Daba pena verlo, sí señor.
Bueno, dijo el otro, y dice que no sabe dónde vive...
No señor.
Ya. Bien, muchas gracias.
De nada. Hasta pronta.
y pronta fue. Se presentó todos los días durante una semana entera.
Allí estaba a la mañana siguiente junto con otros huidos de la visita dominical a la iglesia, interrumpiendo con su presencia la jovialidad de los que se habían sentado alrededor de la estufa apagada, hasta el punto de que casi parecían refugiados esperando cabizbajos los boletines de alguna catástrofe, noticias de una inundación o un incendio o una plaga. De vez en cuando cogía un refresco de la caja y se quedaba allí de pie bebiendo con una mano apoyada en la cadera, contemplando la fantasmagoría de productos colgados de las vigas del techo. O miraba con expresión solemne por la ventana, más allá del río y del pequeño puente donde una verde y amplia hondonada subía y subía hacia las montañas.
El lunes cuando Huffaker bajó él no había llegado aún, pero media hora más tarde cuando salió para desbloquear el surtidor de la gasolina el coche estaba aparcado en la rampa de gravilla y el hombre apoyado en un guardabarros con la misma ropa planchada e inarrugable, sorbiendo café de un vaso de plástico. El sol empezaba a subir detrás de él y por el este la niebla estaba levantando de las pendientes, dejando los rododendros a merced de la furiosa luz verde de la mañana. El hombre observaba una vez más los picos del otro lado del río, como si aquellos ojos gris pizarra pudieran divisar a un viejo y un perro en mitad de la ladera a casi siete kilómetros de distancia.
Cuando Huffaker soltó la puerta el hombre se volvió. Levantó una mano a modo de saludo, a lo que el hombre respondió con un gesto de cabeza. Huffaker fue al surtidor y retiró el candado.
Parece que va a hacer buen día, ¿verdad?, dijo en voz alta.
Sí, eso parece, dijo el hombre. Apuró su café y tiró el vaso, se bajó del guardabarros y caminó un poco por la grava, desperezándose. Huffaker volvió al almacén.
El hombre entró a eso de las once saludando al tendero con un gesto de cabeza. Compró un paquete de galletas de soda y un poco de queso, se demoró un rato en el estante de los bollos y finalmente eligió una empanadilla. Fue a dejar las cosas sobre el mostrador y Huffaker procedió a hacer la cuenta en un bloc de papel, sumando las cifras en voz alta.
Y un cuarto de leche fresca, dijo el hombre.
Lo anotó también, fue a la nevera y trajo la leche en un pote de cuarto. El hombre lo miró y lo remiró girándolo sobre el mostrador.
Es leche de la señora Walker, le dijo Huffaker. No probará otra igual, se lo garantizo.
El hombre asintió y extrajo un fajo de billetes del bolsillo. Cuarenta y cinco centavos, dijo el tendero.
Pagó y fue a sentarse al porche con la espalda apoyada en uno de sus postes. Cuando hubo terminado de comer pasó un buen rato fumando cigarrillos. Luego volvió a entrar y dejó el pote de leche en el mostrador. Huffaker lo sacó otra vez para lavado bajo el grifo que había en un lado del almacén. Se acercaban unos clientes y los saludó antes de volver a entrar.
Por la tarde el hombre se presentó de nuevo y tomó una Coca-Cola. Antes de ir hacia el coche le preguntó a Huffaker a qué hora solía acudir el viejo.
¿El viejo?
Ya sabe quién quiero decir.
Oh, pues a veces viene de buena mañana. Pero como no viene muy a menudo no sabría decirle cuándo se puede presentar.
Despuntaba el día sobre los picos más altos, y en la quietud del amanecer los primeros cantos de los pájaros sonaron como agua sobre piedra. En el bosque la niebla empezaba a dispersarse cual fantasma gris y avejentado, la tierra oscura se agitaba bajo cubrecamas de musgo y las flores silvestres recogidas durante la noche desperezaban sus mustias frondas a lo largo del camino por donde el mísero perro iba andando a paso lerdo en un halo de incredibilidad, mientras el viejo sorteaba las crestas de cuarzo y esquisto, apoyado en el hombro su bastón de brujo, portando una grasienta bolsa de papel llena de las curiosas raíces con que hacía sus trueques. Cruzaron un amplio deslizamiento de rocas engalanado de sol y surcado por un reguero de agua oscura como cobre oxidado. El viejo se detuvo para bajar por un trecho pizarroso hasta la garganta repleta de árboles partidos. El perro miró hacia abajo, levantó intrigado la vista hacia su amo, estudió una vez más la garganta y se alejó mientras el viejo cogía su bastón y seguía adelante. Uno de sus zapatos se había quedado casi sin suela y ahora renqueaba un poco, apoyándose en el otro zapato a fin de no malgastar el cordel con que la había sujetado.
Cruzado el deslizamiento penetraron de nuevo en la espesura con el sol aventado en abanicos entre las puntas de flecha de los troncos, verde y negro en disposición vermicular sobre el lecho del bosque. Con su bastón el viejo abatía regimientos de pipas de indio o removía verdes pedos de lobo para ver salir el humo en una nube de verdor venenoso. El bosque estaba húmedo por el rocío, a cada momento se oía el susurro de una rama tras el salto de una ardilla y las gotas de agua salpicando las hojas. Ahuyentaron por dos veces unos faisanes de monte y Scout los esquivó nervioso al verlas remontar el vuelo en los rododendros.
El sendero que tomó el viejo era una pista cortafuego que había construido el CCC*. Desde el claro donde había establecido ahora su domicilio tenía que trepar casi trescientos metros para llegar arriba, pero una vez en la pista el camino era bueno y habría avanzado a buen paso de no ser por el zapato estropeado. Eran casi diez kilómetros hasta cruzar el río y luego la carretera para llegar al típico almacén que se ve en todas las encrucijadas; con el porche ebrio, los enormes rótulos maltratados a pedradas, los listones alabeados por la intemperie, la madera sin pintar y de talar de piedra; pero el viejo se había puesto en camino muy temprano. Por una brecha entre los árboles divisó el valle por donde corría el río, una caldera a la sombra de la montaña donde bullían el humo y la espuma como si el viejo caos de la tierra hiciera erupción una vez más, negra calina aletargada en los taludes y las zanjas como un flujo de lava y los parapetos de roca sosteniendo la alta cornisa más allá del valle; y más allá del valle; sobre las lejanas cúpulas blanquecinas enhiestas ya en la mañana, el sol, llegado a la cuesta donde descansaba el viejo, alanceaba motas de niebla emblemáticas como copos de nieve y las descomponía en un desorden marcial de lentejuelas, alcanzaba los árboles y los vestía de luz, urdía tramas en los helechos que se desovillaban lentamente: el sol acuñado de nuevo en el agua de una hoja tras su largo descenso.
Zapato y bastón y pisadas caninas chacolotean y resbalan en la roca imbricada y se detienen ante una serpiente enroscada panza arriba con su vientre plano y mortalmente pálido entregado al ajetreo de una silenciosa explosión de mariposas que la abanican con sus pétalos, Scout olfatea cauteloso la serpiente, un tumulto de mariposas sobre su cabeza, florida bendición de sus alas arlequinadas. Con su bastón el viejo gira la serpiente y repara en el dibujo de alfombra polvorienta de su piel opaca, en el negro coágulo de sangre allí donde le han cortado el cascabel.
Siguen adelante -mullidos ahora sus pasos en el humus nauseabundo, tierra con textura de viejo terciopelo verde bajo la coracina de líquenes, o tierra húmeda y esponjosa espigada de raíces, los ganglios lujuriosos de las cosas que crecen- cuesta abajo, persiguiendo la línea de sombra en dirección al valle donde humea el río.
Huffaker habría dicho que estaba mirando casualmente por la ventana en dirección al río la mañana en que llegó el viejo, cuando en realidad había estado tan alerta como el paciente y taciturno visitante de los chinos grises bien planchados. Venía esperándole así desde hacía una semana y allí estaba el viejo en el puente, con su bastón burdamente tallado, una bolsa de papel en la mano, una suerte de inmenso y asqueroso morral atado a la cintura por la parte delantera, y aquella pena de perro pisándole los talones y olfateando de vez en cuando el aire con su hocico lleno de picaduras en una suerte de desesperanzada e indómita afirmación personal, cruzando el asendereado puente bañado por el sol, gallardos pero tristes, como soldados volviendo del combate. Huffaker salió a la puerta y el hombre, viniendo del coche ton un lento crujir de botas sobre la grava, le lanzó una rápida mirada. Huffaker se llegó al termómetro roto del anuncio de rapé que había en la esquina del almacén y fingió comprobar la temperatura, luego miró al sol ya alto y olfateó el aire antes de volver a entrar. El viejo estaba en la carretera y se dirigía al almacén. El hombre tenía un brazo alrededor de un poste del porche y el dedo índice anclado en la faltriquera, y mientras mascaba una pajita le vio acercarse con el sereno desinterés de un asesino profesional.
El viejo subió al porche y el hombre dijo:
Arrhur Ownby.
Los ojos de Arthur Ownby viajaron lentamente de través y se fijaron en él.
Sí señor, dijo.
Suba a ese coche. Vamos.
El viejo se había detenido. Estaba mirando al otro y luego más allá, serenos sus ojos de un azul lechoso, estudiando el descenso en picado de una paloma, y mirando los campos biselados de hierba hacia la montaña verde, hacia los delgados picos azules erguidos en el cielo distante sin forma ni color que los delimitara, ascendiendo perpetuamente.
¿Me ha oído?
El viejo se volvió. No le importa que antes entre a comprar, ¿verdad?, dijo.
Está usted arrestado. No hace falta que compre nada.
El viejo giró hacia la tienda con un gesto desinflado, sosteniendo en la mano el saquito con raíces de ginseng.
Vamos, repitió el hombre.
De modo que empezó a bajar del porche con aire abandonado, y el perro impertérrito, paciente, girando detrás de él con su miope y casi necia habituación, guiados por el tipo de la ropa almidonada y susurrante, hasta que llegaron al coche. El hombre abrió la puerta y el viejo subió con dificultad al asiento delantero. Mientras la puerta se cerraba se le ocurrió pensar que el perro estaba afuera y en principio no arrestado como él y disparando el brazo contra el cristal y el acolchado que giraban hacia él bloqueó la puerta. El hombre le miró intrigado.
No sabía por dónde empezar, de modo que siguió sentado durante casi un minuto sacudiendo la mandíbula como si no pudiera respirar y el hombre dijo: bueno, ¿qué pasa?
El viejo señaló con la cabeza hacia donde el perro aguardaba mirando el automóvil con expresión estupefacta. ¿Y él?, dijo el viejo.
¿Él, qué?
No le importa que suba también, ¿verdad?
Está oponiendo resistencia, Ownby, métase de una vez. El hombre cerró la puerta, pero el viejo tenía el bastón encima del estribo y en una mutua derrota la puerta se volvió a abrir como por un resorte al partirse el bastón. El viejo inspeccionó la parte inferior del bastón, inclinándose para examinar la madera astillada. El hombre volvió a cerrar la puerta, que rebotó cómodamente en el viejo y casi le dejó sin aliento.
Estaba rodeando el coche y no quedaba mucho tiempo así que el viejo tiró de las manijas y encontró la adecuada y abrió de nuevo la puerta y se inclinó para llamar al perro, que estaba a menos de un metro y se mecía de un lado a otro, consternado.
Vamos, Scout, susurró el viejo. Vamos, sube al coche.
¡Eh!, chilló el hombre. ¿Pero qué diablos se ha creído que hace?
El perro se asustó y retrocedió un poco. El hombre se detuvo un momento entre puerta y puerta, volvió. El viejo se incorporó y le vio acercarse.
Se lo he dicho una vez, le advirtió el hombre, llegando en dos zancadas y alargando rápidamente la mano. El viejo reculó, esperando que la puerta le golpeara de nuevo al cerrarse, pero en cambio giró hacia afuera y entonces apareció la cara del hombre, que le miraba con la máscara clásica de la ira. ¿Es que trata de escapar?, quiso saber.
No señor, dijo el viejo. Sólo estaba diciendo a mi perro que suba...
¡Será posible! Se dio la vuelta como si viera al perro por primera vez. Me dijeron que estaba loco. Maldita sea, no puede viajar con el perro...
Él solo no puede apañarse, dijo el viejo. Es demasiado viejo.
Mire, esto no es la perrera, dijo el hombre. Y no me han enviado aquí para que lleve de paseo a un chucho sarnoso. Haga el puñetero favor de subir al coche y quedarse quieto. Lo dijo muy despacio y sin levantar la voz, y el viejo empezó a preocuparse de verdad. Pero aguantó que le cerraran la puerta otra vez y ya no dijo nada hasta que el hombre rodeó el coche y montó a su lado. Tampoco sería tan grave que viajara conmigo, dijo. No puedo dejarlo ahí tirado.
Oiga, abuelo, dijo el hombre, le aconsejo que se esté calladito porque ya tiene bastantes problemas sin eso. Encendió el motor y deslizó la palanca y el viejo se vio propulsado violentamente hacia atrás con un tumulto de polvo retrocediendo ante sus ojos y el perro seguía allí parado en el camino en medió de una nube de grava y luego el coche describió una larga curva y salieron a la carretera alejándose del almacén, y el viejo, aferrado a su bastón roto, sosteniendo entre las rodillas el mugriento saquito de raíces, se volvió para mirar al perro que seguía allí como símbolo atávico o heraldo de todas las preguntas sin respuesta que la humanidad se haya planteado alguna vez, hasta que alzó la cabeza para salvar los pliegues de sobre sus ojos lechosos y echó a trotar bamboleante detrás del coche.
Warn levantó pequeños cardos cónicos al soplar en la piel del visón. No, dijo. Unos diez, quizá, Mira esto. -Sopló otra vez-. Parece algodón. Para sacar veinte dólares hace falta un visón de primera categoría.
El chico asintió con la cabeza.
El pelo se escurre, dijo Warn. Lo ves, Devolvió el visón al chico, Quedó hecho una pena, el pobre.
El chico lo cogió y lo lanzó de volea al estante de sobre la leñera. Se bajó del montón de troncos y salieron juntos. Debajo del alero rondaban unas avispas de largas patas colgantes. Las acacias habían echado ya algunos brotes. Pronto no quedarían más que los huesos, pero él no vendría a verlo. Como cuando desenterró la ardilla voladora que había metido en un tarro y sólo encontró huesos con trocitos de pelo girando como hilachas en el interior del vidrio. Tomaron la carretera para ir a casa de Warn -los campos estaban demasiado mojados- y pasaron frente al almacén.
¿Tienes algo de dinero?, le preguntó Warn,
No, dijo él. Aún no he vendido las pieles. ¿Y tú?
Qué va. Yo he vendido las mías pero ya no me queda nada. Me lo pulo así que lo tengo en la mano. Me compré unos zapatos nuevos para ir a la escuela, nada más.
¿Qué te dan por ellas?
¿Por las pieles? No sé; un par de dólares de promedio. Por la rata grande me dieron tres, creo, pero las otras eran cachorros según el hombre y sólo me quiso dar un dólar por cabeza. Tenía dieciocho pieles y me parece que saqué treinta y un dólares.
Yo debería sacar seis, dijo el chico. Debo dos dólares.
¿A quién?
A Sylder. Me prestó dinero para comprar cepos cuando Gifford me quitó los míos. Yo había firmado un papel conforme los compraría más adelante, fue la única forma de que el hombre de la tienda me vendiera los primeros cepos a precio de saldo.
Como sigas metiéndote en líos con Sylder y firmando papeles y chorradas así vas a acabar pudriéndote en la cárcel. Tienes suerte de que Gifford no te haya pillado aún.
Gifford es un cagueta.
Oh, dijo Warn. No sabía que le hubieras metido miedo.
Warn tenía una habitación propia en la parte posterior de la casa. El chico se sentó en la cama mientras el otro buscaba en el cajón superior de un viejo costurero. Esto fue lo que pescó: una navaja de carey, tres puntas de flecha, una colección de balines teñidos de un gris aterciopelado por la oxidación, un escalpelo, piedras, detonadores, un surtido de avíos para pescar, ginseng seco, un rollo de alambre de cobre... Buscando entre el montón encontró finalmente un folleto muy manoseado en cuya cubierta aparecía un arcaico dibujo a tinta, de dudosas proporciones, de un lince en una trampa. El título aparecía en letras negras en la parte superior Cómo cazar los animales de pelo de Norteamérica. Warn le pasó el tesoro con aire reverente. Me lo regaló tío Ather, dijo. Seguro que ahí pone algo.
En el capítulo titulado «Trampas para lince y gato montés» encontraron un esquema de las intrincadas argucias que tanto les interesaban. El cebo debía estar suspendido de una rama y colgando sobre un tocón de árbol. Había que colocar el cepo encima del tocón de forma que cuando la víctima subiera se irguiera -la ilustración mostraba un lince de abundante pelaje olisqueando el cebo sobre sus patas posteriores- la pata delantera se apoyara en el tocón y por tanto en el cepo: ilustrado también, en línea quebrada, asomando bajo un puñado de hojas.
Warn asintió enfático con la cabeza. Es lo que necesitamos, dijo. El chico estudió detenidamente el cepo y luego Warn guardó el folleto en el costurero.
¿Tú crees que era un gato montés?
No sé qué otra cosa podía ser, dijo Warn. Por aquí, que yo sepa, no hay nada que tenga unas uñas tan afiladas.
Me vendrían muy bien esos diez dólares, dijo el chico.
El sargento de guardia estudió con una expresión dolida la angulosa figura de Marion Sylder, como si éste estuviera abusando de su amabilidad. Sylder le miró a su vez con una sombra de buen humor. El sargento volvió a examinar sus papeles, moviendo los labios en un gesto de resignada repugnancia. Meditó durante un rato, devolvió la carpeta al archivador de su escritorio y alcanzó una pluma. Nombre, dijo, mirando el tintero con hastío y agotamiento.
Fred Long.
Marion Paris Sylder. Profesión.
Metalúrgico...
Ninguna. ¿Casado?
No.
Casado. Dirección.
Red Mountain, Tennessee.
Carretera Nueve, Knoxville. Mmm... Edad.
Veinte. ,
...y ocho más. Condenas previas.
Silencio.
Condenas previas.
El sargento miró a Sylder como si le sorprendiera verlo allí. Condenas previas, repitió, lentamente.
Más silencio. Hacia el fondo del edificio un sonido metálico. El sargento esperó. Luego señaló cansinamente con la cabeza al agente de policía que estaba sentado en una silla junto a la puerta. El hombre se levantó y fue hacia el prisionero con algo de lacónico en su porte. Sylder se volvió para mirarle. Cuando giró de nuevo hacia el sargento de guardia el agente le hundió la porra en las costillas.
¡Ay!, dijo Sylder.
El agente puso cara de ofendido.
Condenas previas, zumbó el sargento, sofocando un bostezo. Parece que ya lo sabe todo, dijo Sylder. ¡Uy!
El agente le miró con expresión ansiosa, dispuesto a usar de nuevo la porra.
Condenas pre…
Ninguna, dijo Sylder.
Ninguna.
El sargento se retrepó con los ojos cerrados, una expresión ensimismada y serena. El agente volvió a su sitio junto a la puerta. De las celdas de la parte posterior del edificio llegaron retazos de una voz cantando melancólica. El sargento revolvió en sus papeles. Por el pasillo exterior se acercaban varios hombres, zapateando en el suelo y sacudiendo sus impermeables, maldiciendo el tiempo. Se oyó el matraqueo de una cañería de caldera.
El sargento volvió a mirar a Sylder. De momento eso es todo, dijo, Se te acusa de posesión ilegal... Por cierto, hay alguien que quiere verte para charlar amigablemente contigo.
¿Quién es?, dijo Sylder.
Un tal Gifford. ¿Te suena?
¡Carcelero!
El chico fue la tercera visita de Sylder. Muy serio él, miraba con ojos como platos al carcelero, que sonreía con presunción,
Ahí tienes a tu tío, dijo el carcelero. Eh tú, ha venido a verte alguien.
El chico contempló al hombre que estaba sentado en la litera metálica. El carcelero siguió la dirección de su mirada. Vaya, dijo, no se le ve muy animado, ¿verdad? Cualquiera diría que ha estado ahogando gatos. Vamos, entra y dile hola, A ver si así consigues que alegre esa cara.
El muchacho entró. Sylder fijó sus ojos en él, esbozó una sonrisa escueta, un breve saludo con la cabeza. Qué tal, Mofletes, dijo. La puerta se cerró con ruido y el carcelero partió: eco de taconeo y llaves en el corredor.
Hola, dijo el chico. ¿Qué te ha pasado?
Parece que ha habido ciertas discrepancias entre estos tipos y yo... en cuanto a si uno puede transportar whisky no sujeto a contribución por carreteras financiadas con el dinero del contribuyente o si el hecho de no pagar contribución por el whisky lo priva a uno del privilegio de conducir por carreteras que no han sido financiadas por ese whisky no gravado y que sería whisky ilegal aunque hubieras pagado la correspondiente contribución. Creo que en esos casos te deportan...
No, dijo el chico, quiero decir... ¿tuviste un topetazo?
Qué va... Me han puesto como un pulpo, pero de topetazo nada. Respingó al tocarse los bultos multicolores que tenía en la mejilla y la frente. Me han jodido a base de bien. El conocimiento mutuo lo hizo todo más llevadero... Fue ese diácono, Gifford. Con otros dos tipos que me sujetaban. Ni siquiera se empleó muy a fondo hasta que le di una patada en los cojones. Ahora tendrán que arreglarme la cara para poder presentarme ante el tribunal. Y todavía no se han enterado de que tengo varias costillas rotas. Digamos que me reservo un as en la manga. Vamos, siéntate. Hizo una mueca al bajar los pies de la cama para dejarle sitio.
El chico no había dicho nada más. Se sentó en la litera sin dejar de mirar a Sylder. Luego dijo:
El hijo de la gran puta...
Ah, dijo Sylder.
¿Y cómo...? Dices que no chocaste ni nada, ¿cómo es que...? ¿Cómo me pillaron? No fue difícil. Claro que yo les facilité un poco las cosas, podía haber saltado del puente. Los hay que sobreviven.
¿Qué?
Agua en la gasolina. Demasiada lluvia, supongo. Demasiada al menos para esa porquería de surtidor de Eller. Lo que está claro es que le va a costar cobrarme esa factura. El motor se jodió en mitad del puente de Henley Street.
Oh.
Sylder se había apoyado nuevamente en la pared de hormigón y estaba sacando un cigarrillo del paquete. No pareces muy sor prendido.
Me lo cargaré.
¿Mmm?
Me voy a cargar a ese cerdo.
¡Qué dices! ¿Al viejo ese? Que me zurzan si... Entonces dijo: oh.
Exacto, dijo el muchacho. Al diácono.
Sylder ya no sonreía. Espera un poco, dijo. Tú no te cargas a nadie.
A él sí, dijo el chico.
No, dijo Sylder. Estaba mirando con dureza al muchacho pero éste sabía que estaba en su derecho.
¿Por qué?, dijo.
Tú no te metas con Jefferson Gifford, ¿me oyes?
Sólo piensas que me buscaré problemas, dijo el chico. Que yo...
Mira que eres terco. Escucha.
Sylder hizo una pausa como si tratara de pensar en algo, tal vez una palabra. Escucha, dijo, lo que haya entre él y yo es cosa suya y mía. De nadie más. Te lo agradezco, chaval, pero no gracias, tú no me debes nada y yo no soy ningún inválido. Ya me ocupo yo de Gifford. ¿Vale?
El chico no respondió, tampoco parecía estar escuchando. Sylder encendió el cigarrillo y le observó. El chico miró una vez a Sylder y luego pareció recordar alguna cosa y buscando en el bolsillo pequeño de sus tejanos sacó dos mugrientos billetes de un dólar y se los pasó.
¿Qué es eso?, preguntó Sylder.
Los dos dólares que te debía. Los que me prestaste para comprar los cepos.
No... empezó a decir Sylder. Luego calló y miró al chico que le tendía los billetes. Está bien, dijo. Cogió el dinero y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. De acuerdo, así estamos en paz.
El chico guardó silencio. Luego dijo:
No.
¿No qué?
Que no estamos en paz. Puede que yo perdiera los cepos por tu culpa pero da igual, y además los recuperé y ya los he pagado y no hay más que hablar... pero a ti te han dado una paliza por mi culpa y puede que te caigan varios años... y es por eso que no estamos en paz del todo.
Sylder hizo ademán de sacarse el dinero del bolsillo, lo pensó mejor y se incorporó aplastando el cigarrillo con el zapato. Miró al chico. Al cuerno con eso, dijo. Te pido que no te acerques a Gifford, eso es todo. ¿Me harás caso?
El chico no dijo nada.
¿Lo juras?, dijo Sylder.
No.
Sylder le observó, el rostro infantil endurecido por una truculenta determinación. Mira, dijo, vas a buscarme más problemas de los que ya tengo...
Yo no voy a...
Calla un momento.
Lo hizo. Se quedaron mirándose el uno al otro, la cara del hombre transformada como si le hubiera picado una abeja, él inclinado hacia el frente y flaco y grande, y el chico posado delicadamente en el borde del jergón metálico como si detestara sentarse a gusto donde tantos otros habían buscado un duro reposo.
Mira, dijo Sylder, inspirando hondo, si quieres hacer las paces, de acuerdo. Yo y Gif estamos en paz.
El chico le miró intrigado.
Sí, dijo. Yo le aticé a él y él me atizó a mí. Es lógico, ¿no? El chico seguía callado, serenamente incrédulo.
No, prosiguió Sylder, me olvidaba de la cárcel. Pensarás que porque me él arrestó me debe una, ¿verdad? Pues no. Es su trabajo. Para eso le pagan. Para arrestar a tipos que se saltan la ley. Y yo no sólo hice eso, es que vivía de eso. Se adelantó para mirar al chico a los ojos. Ganaba más dinero en tres horas que un obrero en una semana. ¿Por qué? ¿Porque el trabajo es más duro? No, porque el que vive de hacer algo que antes o después le puede llevar a la cárcel ha de cobrar por la cárcel, ha de cobrar por adelantado no sólo por el tiempo que ha estado quebrantando la ley sino tiempo que tendrá que pasar en chirona cuando le pesquen. Yo he cobrado, Gifford también. Nadie le debe nada a nadie. De no ser por Gifford, por la justicia, yo no habría tratado de forzar el bloqueo y si yo no hubiera forzado el bloqueo, Gifford no se habría dedicado de arrestar a los que se saltan el bloqueo. ¿Quién algo a quién?
Estaba alzando la voz y su aspecto era casi furioso. Pero tú, continuó, tú te has propuesto hacerte el héroe. Pues te diré una cosa, los héroes ya no existen
El chico pareció encogerse, estaba colorado.
¿Lo has entendido?, dijo Sylder.
Yo nunca he pretendido ser un héroe, dijo el chico de mal humor.
Nadie lo pretende, dijo Sylder. De todos modos yo nunca hice nada por ti, como tú supones. No hago nada que no me apetezca hacer. Si quieres hacerme un favor aléjate de Gifford. Y de paso aléjate de mí. No deberías haber venido. Harás que me acusen de delinquir con un menor. Ahora vete.
Se recostó en la pared mirando al vacío. Al cabo de un rato, el muchacho se levantó, fue hacia la puerta y trató de abrirla; Sylder, sin levantar la vista ni decirle nada al chico, llamó al carcelero. Le oyó llegar, el tintineo de las llaves, la puerta de la celda abriéndose con un chirrido. Luego silencio. Levantó la vista. El chico estaba en el umbral, mirándole con una sonrisa desmayada, perpleja, como quien anhela descreer de un hecho irrefutable. Sylder levantó una mano a modo de despedida. Luego la puerta se cerró.
Sylder se levantó a medias del catre y tuvo ganas de hacerle ver para decir: no es verdad lo que te he dicho. Es mentira hasta la última palabra. Gifford es un bribón y un maleante y ojalá le metas un tiro entre ceja y ceja, ojalá le prendas fuego a su cama, porque además es un traidor y puede que un hombre robe por codicia o asesine llevado de la ira pero él vende a sus propios vecinos por dinero y no hay muchos que hayan caído tan bajo como él y nadie se atreve a tocarlos.
Suavemente y con lenta elegancia sus almohadilladas patas se posaron, la trasera anticipándose a la delantera con precisión propiamente felina, un movimiento sedoso en el girar de sus hombros, en el balanceo de sus ancas. El vientre, flaco pero colgante, se mecía también un poco. La cabeza gacha y desligada de todo movimiento que no fuera lineal, como si siguiera la trayectoria de un riel invisible. Despedía aún cierto olor a moho, olor al cobertizo donde había dormido durante el día, inquieta por el calor y languideciendo entre las hojas polvorientas del rincón, escuchando el seco raspar y deslizarse de las cucarachas, el horadar de la carcoma en los intersticios. Bajaba por el sembrado cubierto de maleza agostada irradiando al rozarla pequeños capullos de polvo tamizado. Emergiendo al crepúsculo de su malogrado habitáculo para avanzar como gato que era por el estrecho sembrado.
Cruzó las madreselvas por un oscuro túnel donde la tierra conservaba la humedad, descendió por el terraplén hasta una alcantarilla por la que pasó bajo la carretera y salió a un campo y a una torrentera seca cuya arcilla agrietada era como un pavimento de crisoles viejos, y se desvió por una arteria del aguazal, poblado en este punto de algodoncillo y bardana, siguiendo un tenue rastro de ratón de agua o musaraña, hasta que llegó a una pequeña madriguera entre la hierba. Arañó los apelmazados verticilos, los hundió y pisoteó, siguió adelante mientras los grillos se escabullían, los saltamontes saltaban de los tallos y se alejaban zumbando. Una sombra pasó silenciosa sobre su cabeza, quizá una bandada de pájaros rezagados.
Cerca del centro del campo había un solitario nogal engastado en un afloramiento calcáreo que hasta ahora lo había protegido del hacha y del arado. Entre aquellas rocas hocicó, sinuoso como un hurón en sus pequeños laberintos. Un olor a nueces y ardillas. Pero no encontró nada.
Cuando se hubo apartado de las grandes ramas del árbol, una sombra creció a su alrededor como una mancha de tinta extendiéndose en la oscuridad, un suave sonido de plumas que cesó en el momento en que ella giraba, veía incrédula las inmensas alas desplegadas y cóncavas, giraba de nuevo, chillando ya cuando el búho se abatió sobre su lomo como una piedra caída del cielo.
El señor Eller cerró la puerta con aldaba de león y comprobó que el cerrojo quedara ajustado. Luego verificó la leontina a cuadros de la libreta que llevaba en un bolsillo lateral, se ajustó el sombrero de paja y echó a andar hacia la casa por la carretera. Al llegar al buzón le detuvo el penetrante alarido de un gato que parecía venir de lo alto. Levantó la vista pero allí no había ningún árbol. Meneó la cabeza y siguió adelante, midiendo sus pasos en los baches del camino. Hubo otro chillido, esta vez más lejano y hacia la hilera de pinos que había detrás de la casa. Continuó hacia el porche donde la bombilla amarilla despedía una luz empañada e inamovible, hacia un remanso de paz.
Un joven asistente social contratado recientemente por la oficina del condado de Knox, habiendo sido notificado del arresto y posterior reclusión en espera de juicio (con cargos que iban de «destrucción deliberada de propiedad gubernamental» a «asalto con intento de homicidio») de un señor provecto e indigente, procedió a hacer las investigaciones necesarias a fin de determinar si el caballero en cuestión tenía familia, y en caso contrario, a qué departamento u oficina podía ser asignado. El funcionario, tras acceder a la celda donde estaba confinado el anciano, se dirigió a él con estas palabras:
¿Señor Ownby?
Sí señor.
Represento a la oficina del condado para asistencia social.
¿Asistencia social?
Sí. Verá usted... nosotros ayudamos a la gente.
El viejo sopesó sus palabras. No parecía hacer mucho caso al joven flaco que acababa de entrar por la puerta. Se rascó la mandíbula y luego dijo: yo no tengo nada. Dudo que pueda ayudarle.
El funcionario hizo un fugaz esfuerzo por comprender, luego lo descartó. Lo único que necesitamos, dijo, es cierta información.
El viejo le miró. ¿Usted también es policía?, preguntó.
No, dijo el funcionario. Represento a la oficina para asistencia social... Me han encargado que venga a verle... por si podíamos ayudarle de alguna manera.
Pues lo dudo mucho, dijo el viejo. Soy lo que podríamos decir carne de presidio.
Ya, dijo el funcionario, quiero decir... Verá, señor Ownby, usted podría beneficiarse de ciertos subsidios. Parece ser que nuestro departamento lo ha tenido olvidado durante un tiempo y nos gustaría tener un expediente de su caso, para nuestros archivos, sabe usted. Por eso he traído unos formularios que necesito que me ayude a rellenar.
Mmm, dijo el viejo.
¿Le importa responder a unas preguntas?
No, dijo el viejo. Siéntese usted.
Gracias, dijo el funcionario. Se acomodó con cautela en el catre y procedió a abrir su maletín. Su mano desapareció en el interior y salió con un fajo de formularios impresos intercalados con papel de copia. Bien, dijo más tranquilo, primero su edad.
Pues no estoy muy seguro.
Sí. ¿Cómo dice?
Que no sé seguro cuántos años tengo. Hay cosas que no recuerdo demasiado bien.
Bueno, ¿podría decimos cuándo nació?
El viejo le miró con curiosidad. Si lo supiera, dijo paciente, podría calcular cuántos años tengo. Y decírselo a ustedes.
El funcionario sonrió apenas. Por supuesto. Bien, entonces ¿podría darme una idea? ¿Tiene más de sesenta y cinco?
Bastantes más.
Bueno, ¿más o menos cuánto?
No es más o menos, dijo el hombre, sino esto o lo otro. Ochenta y tres u ochenta y cuatro.
El agente lo anotó en su papel y examinó las cifras con satisfacción. Bien, dijo. ¿Dónde reside usted en estos momentos?
Si tengo ochenta y cuatro viviré hasta los ciento cinco si es que consigo llegar a los ochenta y cinco.
Ya. Su...
¿Y usted cuándo nació?
El funcionario levantó la vista de sus papeles. En mil novecientos trece, dijo, pero nosotros...
¿En qué fecha?
El trece de junio. Oiga señor Ownby...
El viejo levantó los ojos como si reflexionara. Mmm, dijo. Eso fue un viernes. Mal comienzo. ¿Su padre tenía más de veintiocho cuando usted nació?
No, por favor, señor Ownby. Estas preguntas, sabe usted...
El viejo calló y el funcionario se lo quedó mirando un minuto entero. A ver, dijo. ¿Su residencia actual?
Bien, dijo el viejo, yo vivía en Forked Creek, carretera de Twin Fork, pero me mudé a las montañas. Tengo allí una casita.
¿Dónde?
Eso no importa.
Pero necesitamos una dirección, señor Ownby.
Pues ponga carretera de Twin Fork, dijo el viejo.
¿Vive usted solo?
Yo y Scout. Al menos hasta hace poco.
¿Scout?
El perro.
El funcionario siguió escribiendo. Creo entender que no tiene usted familia ni parientes.
Sí señor.
El funcionario levantó la vista. Bien, dijo, entonces necesitamos saber sus nombres.
Quiero decir que sí que no tengo, dijo el viejo.
El funcionario continuó haciendo preguntas y el viejo respondiendo sí o no o dando explicaciones. Su mano derecha, palma arriba sobre las rodillas, se abrió y se cerró con un gesto de amasar, como si intentara ablandar algo que tenía en la mano. Después se incorporó en la silla, cerrado el puño y temblando y con las venas como filamentos azules estampados en la piel de pergamino, se sentó muy erguido e interrumpió al funcionario con una pregunta de su cosecha:
¿Por qué no suelta lo que ha venido a decirme? ¿Por qué no me lo pregunta claramente?
¿Perdón?, dijo el otro.
Por qué hice eso, cortar los cartuchos y dejar el depósito como un colador. Pero ¿de dónde ha salido usted? Habla como un maldito yanqui. ¿Cómo se gana la vida? ¿Haciendo preguntas?
Señor Ownby...
A la mierda con eso. Yo podría explicarle por qué lo hice, y usted ni se enteraría. Muy bien. Siga haciendo preguntas idiotas... Mire, soy un viejo y las he pasado muy moradas, no creo que Brushy Mountain sea peor que muchos sitios que conozco.
Señor Ownby, veo que está usted muy enfadado y le aseguro que...
Dios, dijo el viejo.
Señor Ownby, serán sólo unas preguntas más. Si lo prefiere puedo volver en otra ocasión. Yo... Bueno, la agencia opina que...
Por qué no, dijo el viejo. Yo no me moveré de aquí. Se apoyó de nuevo en la pared y se pasó una mano por los ojos como para borrar alguna imagen. Luego se quedó muy quieto con las manos en las rodillas, la cabeza desgreñada contra los ladrillos, recuperada la paciencia y mirando hacia la hilera de jaulas, un bosque de sudorosos barrotes metálicos, formas humanas en pie o acurrucadas en sus jergones, y sintió que el ciclo de los años se cerraba, que el incremento final de la curva le devolvía a lo rudimentario, al flujo prismático de colores y sonidos en que había ido a la deriva entonces como ahora más allá del mundo de los hombres. Cuando el funcionario hubo recogido sus formularios y los hubo metido en su maletín el viejo ya había cerrado los ojos y el funcionario llamó al carcelero y salió.
El carcelero le acompañó por el corredor. El funcionario había recuperado la compostura. Vaya, dijo más animado, ese tipo es duro de pelar, ¿eh?
¿El viejales? Eso parece. Aquí se porta muy bien, pero creo que para traerle las pasaron canutas.
¿De veras?, dijo el funcionario.
Disparó a cuatro tíos. Luther Boyd todavía va por ahí con muletas.
¿Mató a alguien?, preguntó el funcionario.
No, pero vaya si lo intentó. El viejo ese tiene muy mala leche.
Sí, dijo el funcionario, pensativo. Un tipo raro de verdad, sin duda.
Malo como una víbora, dijo el carcelero. Ojo con la puerta.
El funcionario dio las gracias al sargento de guardia al cruzar la sala exterior. Se pasó el maletín a la mano izquierda y luego el pañuelo por la frente. Sus pisadas eran inaudibles sobre la gastada alfombra que cubría el enlosado del vestíbulo, y el hombre andaba con un porte esbelto y grácil, delicado y felino.
Cada primavera se los puede ver paseando por el recinto o sentados quizá en la estela de los ronroneantes cortacéspedes y recogiendo corolas de margarita blancas y destrozadas, caídas suavemente en la hierba. Se suceden largos monólogos, hablan de grandes hazañas y de hombres y de nobles épocas pasadas. Los cortacéspedes vuelven por el vallado en marcial formación ahogando el parloteo de las voces.
Los edificios de ladrillo que hay en lo alto de la colina son oscuros de tan viejos, formidables y sin embargo tristes, como ruinas de fortalezas antiguas. Los familiares salen de la sala de recepción a un sol pálido, andando a paso lento, charlando, doliéndose de sus calladas penas. Los que no tienen visita van de un lado a otro del recinto como perros de ojeo en plena faena, gesticulantes y a la deriva.
Otros se quedan sentados en la hierba, a solas, observando serenos e infantiles con ojos muy serios. Voces tiernas acarician sus oídos sin cesar, y ellos están por encima de todo pesar. Algunos saludan esperanzados a los coches de excursionistas o bañistas que por allí transitan. El más viejo de todos está un poco aparte, tiene un tallo de hierba entre los dientes amarillentos, recuerda el verano.
La carretera de montaña roja de polvo y surcada por huellas de lagarto, subiendo por el melocotonar, abrasadora, sin viento alguno, claustral en un silencio desprovisto de pájaros a excepción de un buitre flotando en el vacío azulino de la ladera sin sol, meciéndose en las corrientes ascendentes, y la carretera que tuerce taponada por lustrosas zarzas verdes, y la sonrisa del cadáver verde empotrado en las lóbregas aguas de la hoya, el cráneo verde limo con tritones enroscados en las órbitas y una peluca de musgo.
El viejo se detuvo ante la puerta y el ayudante le tomó del brazo para hacerlo entrar en la sala, aparentemente contra su voluntad. Miró al chico por un resquicio de sus párpados, como si le chocara la intensidad de la luz. Parecía más viejo de lo que el chico le recordaba. El ayudante tiró del viejo y éste entró arrastrando sus viejos zapatos de suela fina como el papel, ruido de fricción en el piso de cemento.
Fueron adonde estaba el muchacho. Aquí tiene a su sobrino, dijo el ayudante en voz alta al oído del viejo. ¿Se acuerda de él?
El viejo lanzó un destello azul desde el fondo de sus párpados semicerrados. Creo, dijo.
El ayudante le obligó a sentarse en la silla de mimbre, al lado del chico, y se alejó cruzando la puerta, perdiéndose pasillo abajo con un menguante chirrido de suelas de crepé. El viejo se quedó mirando la monótona extensión de yeso blanqueado.
¿Tío Ather?
Volvió la cabeza. El chico le tendía una bolsa de tabaco de mascar.
Le he comprado un poco de tabaco, dijo. Beech-Nut, como a usted le gusta.
El viejo cogió la bolsa despacio y se la metió por dentro de la camisa. Gracias, hijo. Te lo agradezco mucho.
Guardaron silencio. Los cortacéspedes volvieron a pasar bajo la ventana, zumbando más fuerte y alejándose otra vez. Risas y voces lejanas, alguien llorando, flojito, como un niño que se siente solo.
Parece que el tiempo mejora, ¿eh?, dijo el viejo.
En la montaña nos ha llovido un poco, dijo el chico. Creo que fue el domingo de la semana pasada.
Sí, dijo el viejo. Este año no es que haya llovido mucho. Ha caído todo de una vez. Se acercan días de calor. Nada va a pasar, nada va a durar. Es un año séptimo, eso es lo que pasa.
Miró al suelo entre sus zapatos; de la parte superior abocardada salían sus piernas hirsutas, pálidas y bruñidas como madera de deriva, colándose en las perneras del pantalón. Cuando te haces viejo, dijo, no necesitas contar. Puedes leer los signos. Lo notas en ti mismo. Una vez conocí a un ciego que podía predecir las cosas antes de que ocurrieran. Pero hará mucho calor y habrá sequía. Las heladas a destiempo son un indicio, aunque no conozcas ninguno más. O sea que la gente no va a ganar mucho, pensamos que son las estaciones lo que hace crecer las cosas y no. Crecen según el tiempo que hace. La caza igual, y hasta las personas, sólo que ellas no lo saben. Recuerdo un invierno, yo entonces era un jovenzuelo, que no fue invierno ni nada. No heló ni un solo día. Era todo un espectáculo ver cómo crecía todo. Era un año séptimo y tú serás tan viejo como yo antes de que se dé otro igual.
Hizo una pausa, consultó con un botón de sus pantalones. Luego dijo: yo me temo que este será un mal año. Seguro que habrá una catástrofe antes de que termine.
Como el chico le preguntó por qué el viejo explicó que había un año de vacas flacas y otro de vacas gordas cada siete años. El chico reflexionó. Luego dijo: entonces es cada catorce años, ¿no.
Bueno, dijo el viejo, eso depende de cómo lo cuentes. Si cuentas sólo los de vacas flacas y no los de vacas gordas, o al revés, se puede decir que hay uno cada catorce años. Supongo que algunos lo verán así. Yo digo que es cada siete.
Contempló la pared por encima de la línea de sillas de mimbre. El ayudante pasó por la sala con un joven y una mujer. Ella iba secándose los ojos con un pañuelo amarillo de encaje. Salieron. Al rato, el chico dijo:
Han pescado a Marion Sylder.
El viejo volvió la cabeza, y la seda blanca de sus cabellos se levantó ligeramente con el movimiento como tocada por una brisa. ¿Quién es ese?, dijo.
Sylder. El... el tipo que pasaba whisky para Hobie. Lo cogieron con un cargamento y lo han mandado a Brushy.
Yo creía que se llamaba Jack, dijo el viejo.
No, Sylder. Marion Sylder. Era amigo mío.
Ya, dijo el viejo. Recuerdo que le vi un par de veces en la montaña. Tenía un coche negro. Creo que era un modelo bastante nuevo. Y dices que lo han mandado a Brushy Mountain.
Tres años. Por contrabando de whisky.
Qué lástima, dijo el viejo. Hoy día no te dejan pasar ni una.
Sí, recuerdo al chaval, no sé si alguna vez hablé con él. Bueno, espero que le vaya mejor que a mí. No consigo acostumbrarme a toda esta gente. Pareció que iba a decir algo más pero calló y miró al muchacho, enarcadas sus peludas cejas quién sabe si de dolor o de ira y los ojos vueltos de un azul porcelana con la edad, pero fieros aún, un semblante brujeril y peregrino.
¿Cuánto tiempo va a tener que... estar aquí?
¿Aquí?, dijo, mirando a su alrededor. Creo que bastante, hijo.
No han sido buenos ni para decirme de qué se me acusa, pero lo que pasa es que se creen que me falta un tornillo. Supongo que ya sabes que esto es un sanatorio para locos. Qué van a hacer conmigo cuando descubran que no estoy loco, de eso no tengo ni idea. Se palmeó la pechera de la camisa donde había metido el tabaco. ¿Cómo está el joven Pulliam?, preguntó.
Se ha ido a vivir al norte a casa de su abuela, dijo el chico. Ya no quedamos muchos.
No, dijo el viejo. ¿Al final atrapó un visón?
No. Yo sí cacé uno.
¿De veras? ¿Qué te dieron por él?
No me dieron nada. Resulta que un gato montés o algo así se hizo con él y lo hizo pedazos.
Qué pena, dijo el viejo. ¿Pusiste una trampa para cazar ese gato? .
Sí, yo y Warn. Pero lo único que cayó fue un opósum viejo.
Los gatos son listos, concedió el viejo. Claro que quizá era un gato vulgar y corriente. Son capaces de destrozar lo primero que encuentran. Los gatos domésticos también son listos. Más que un perro o una mula. La gente cree que no porque no se les puede enseñar nada, pero lo que pasa es que no quieren aprender nada: porque son demasiado listos. Una vez conocí a un tipo que tenía un gato que hablaba. El gato y él hablaban el uno con el otro como dos personas. A ése sí que no me acercaba yo. Yo sabía lo que pasaba. Sucede muchas veces, cuando muere el cuerpo el alma va a parar a un gato durante un tiempo. Sobre todo cuando alguien se ahoga o algo así y no lo pueden enterrar como es debido.
Pero no durante más de siete años y así él se habría ido ya y yo no tendría que estar pendiente de él claro está que no habría hecho falta que ardiera, eso no habría tenido que ocurrir y no hay duda de que la culpa es mía por dejar que eso pasara pero ahora ya está hecho y él no está, sin duda era él quien Eller dijo haber oído cuando se preguntaba quién podría ser para berrear de aquella manera, y eso que yo no se lo había contado a nadie; debió de ser él el que abandonó el cuerpo del gato y todo lo demás, sin duda alguna para ir al infierno y espero que nadie más haya oído hablar de él. Y el hombre que lo metió allí si tuvo o no un buen motivo eso es una cosa entre él y Dios porque después de siete años ya nadie puede hacerte una trastada, es lo que me dijo aquel abogado y ya hacía nueve años que yo exploraba el terreno y eso son dos años más de la cuenta pero esta vez era demasiado viejo y me atraparon.
Sí, dijo, hay montones de cosas así que la gente no sabe... Los gatos son un misterio, siempre lo han sido. Calló, se pasó una mano por la cara con gesto soñoliento. Luego miró al chico. Veo que vas creciendo, ¿eh?, dijo.
El chico se pasó la palma de las manos por las rodillas. Eso parece, dijo.
Mmm, dijo el viejo. ¿Tú qué crees que serás?
No sé, dijo. No gran cosa.
Bueno, dijo el viejo, los comienzos siempre son duros cuando se es joven. Claro que hoy día parece que hay muchas maneras de ganar dinero, no como en mi época, que tener dinero en mano costaba lo suyo. Hasta dan una recompensa por encontrar cadáveres, hay un tipo en Knoxville que es un hacha pescándolos cuando se tiran del puente como suele pasar a menudo. Me han contado que va tan rápido que gana a todos los que lo intentan, aunque no tan rápido como para sacados cuando aún respiran. Al menos es lo que dicen.
Pero yo no lo hice para sacar ningún provecho porque sabía que iba a tener que explorar de nuevo el terreno si averiguaban que era yo el que lo había hecho como me temía que acabaría pasando e, incluso, si yo tenía mis razones nadie puede decir que lo hice para sacar algún provecho.
Cuando te haces viejo, dijo, descubres que hay un montón de cosas de las que puedes prescindir y así ya no has de preocuparte de esas cosas como hacen los jóvenes. He trabajado casi toda mi vida y nunca tuve nada. Se diría que uno se merece un descanso cuando llega a viejo pero luego descubres que has de hacer ciertas cosas porque si no es así nadie se ocupa de ellas. Como si eso pudiera hacerlas desaparecer. Y puede que uno crea que son poco importantes pero eso puede llevarte lejos como cuando haces que tu perro persiga un conejo por la cerca de tu casa y acabas recorriendo media región antes de que anochezca. Cosas que un viejo es incapaz de hacer. Se movió ligeramente en la silla y cambió el peso de sitio. Casi todos los hombres aman la paz, dijo, y nadie más que un viejo.
O que sabe que es preciso ocuparse de ello. Pero está claro que yo no lo hice para sacar un provecho. Yo disparé contra esa cosa. Había guardado el secreto durante siete años por respeto a ese hombre al que no conocía de nada y cuya cara no había visto jamás, ni siquiera sabía qué aspecto tenía y hete aquí que me topo con esos sujetos que no pintaban nada allí y si no podía hacer que se largaran sí podía al menos hacerles saber que había alguien que podía cantar que estaba al corriente de lo que se traían entre manos. Pero yo sabía que si habían construido aquella cosa bien podía reconstruirla otra vez y por eso hice lo que hice. Todo el mundo quiere vivir en paz y un viejo más que nadie.
¿Aquí le dejan mascar tabaco?
Lo dudo mucho, dijo el viejo. Claro que yo no tengo intención de preguntarlo. Lo haré cuando vea el momento oportuno. Aquí hay gente que no vacilaría en denunciarte. Los medio locos. Los locos de verdad no lo harían nunca. Hay algunos como yo que no están del todo chiflados, no creo que esos se chivaran.
Es curioso que hayan venido a parar aquí, dijo el muchacho.
El viejo se pasó una mano nervuda y larga por el pelo. Pues no sé qué decir, dijo. La gente de aquí me resulta muy rara. Por cierto, no habrás visto a mi perro, ¿verdad?
No, dijo el chico, no lo he visto. Si quiere puedo ir hasta su casa y buscado.
Bueno, si alguna vez vas por allí llámalo. No sé qué decirte que hagas con él. No tengo dinero para pedirle a nadie que le dé de comer y no podría matarlo aunque fuera incapaz de andar, pero quizá otro sí podría...
Si lo veo me cuidaré de él, dijo el chico. Yo no le cobraría nada.
Bueno, dijo el viejo cruzando otra vez las manos sobre el regazo. Alzaron ambos la vista: un ordenanza cruzaba la sala con paso recatado dejando una estela de olor a desinfectante, el limpiasuelos con perfume de sasafrás con que dos negros fregaban el suelo del corredor reculando el uno hacia el otro. Oyeron el comedido chapoteo de las fregonas en el zócalo por encima del largo y neumático siseo de la puerta hasta que se cerró del todo y de nuevo se hizo el silencio, el sol fuerte y etéreo en la sala.
No fue esa. Él dijo:
¿Y esto qué es? El estetoscopio todavía al cuello y su contacto gomoso cuando el hombre se movía.
Me lo hizo una escopeta, dijo el viejo, sentado medio desnudo y en decorosa rectitud sobre la mesa de reconocimiento con los pies casi rozando el suelo y mirando al frente; así le había colocado el interno con aspereza sin hablar siquiera como se haría con un cataléptico al que los años hubieran dejado en los huesos, hasta que el viejo le preguntó si es que tenía intención de matarle.
¿Qué estaba haciendo, robar un gallinero?
El viejo no respondió. Dijo otra vez:
Sé que está aquí.
Si está no quiere verle.
Pues yo sí quiero verla.
Y luego el cañón del arma más corto ahora y retrayéndose en el pliegue de su hombro, y su cara pegada a la culata y él caminando hacia allá, mientras en torno a la boca del arma se formaba silencioso un negro penacho de humo y luego el disparo en su pierna, audible e indoloro en la carne y él dando otro paso con la misma pierna y lanzándose hacia adelante como si hubiera pisado un agujero y fue entonces cuando oyó el disparo.
¿Cree que regresará a la montaña, dijo el chico, cuando... cuando vuelva?
Oh, dijo el viejo. Sí, probablemente. Supongo que volveré a las montañas donde tengo mi casa nueva, pero no sé si volveré. Uno se siente solo si no está acostumbrado a la soledad. Imagino que volveré si la casa no se ha caído para entonces. Sí.
Movió los pies en el suelo. Una sombra cayó sobre ellos y el viejo levantó los ojos al ver que el chico se ponía de pie. ¿Te marchas ya?, dijo.
Sí, dijo el chico. He de irme.
Bien. Gracias por el tabaco.
De nada.
Bueno.
Vendré otro día.
No, dijo el hombre.
Seguro que sí.
Bueno.
Se detuvo al llegar a la puerta y levantó la mano. El viejo le despidió con un gesto y luego quedó a solas otra vez. Volvían los cortacéspedes. Al poco rato, el ayudante se lo llevó de la sala.
Estaba otra vez en frente de los juzgados, otra vez el calor y la bruma sulfurosa formando una cúpula sofocante encima del tráfico rodado. Sacó el dólar del bolsillo y alisó las arrugas con la palma de la mano. Le quedarían dos dólares y el cambio de los cincuenta centavos, ya que de los cinco y medio que había cobrado por las pieles había pagado los dos que debía a Sylder y ahora este dólar que ni siquiera recordaba que debía devolver. Subió a la acera con el billete en la mano, dejando atrás la arcada y el incansable soldado de bronce, bajo la sombra nueva de los castaños de Indias. Subió en dos zancadas los arenosos peldaños gastados, entró al vestíbulo, torció a su izquierda y se llegó hasta el largo mostrador con los escritorios detrás. Había solamente una mujer, no era la que le había atendido la vez anterior. Estaba sentada a una máquina de escribir y el ruido resonaba en la sala vacía. Se quedó ante el mostrador, mirándola. Al rato tosió. Ella dejó de picar y levantó la vista. ¿Puedo hacer algo por ti?, dijo.
Sí señora.
Siguió sentada con las manos posadas en las teclas. El chico la miró. Ella bajó las manos al regazo y giró en la silla para mirarle de frente. Él no dijo más y ella se levantó y se acercó al mostrador, sin prisas, ajustándose las gafas.
Bien, dijo, ¿en qué puedo ayudarte?
Es por lo de la recompensa. Gavilanes... Ah. Traes uno. Ahora le miraba hacia abajo.
No señora, ya lo traje otro día. Tenía el billete en la mano y lo agitaba flojamente, preguntándose si habría subido el precio. Estaba pensando en recuperarlo, si ustedes no tienen inconveniente, dijo.
Las cejas de la mujer mostraron un frunce de piel. ¿Recuperarlo, dices? ¿Pretendes que te devuelvan el pájaro?
Sí señora, dijo. Si a ustedes no les importa.
¿Cuándo lo trajiste?
El chico miró al techo. Déjeme pensar, dijo, miró de nuevo a la empleada. Creo que en agosto pero es posible que fuera a primeros de septiembre.
Madre de Dios, dijo la mujer, entonces ya no está aquí. ¿El agosto pasado? No me lo puedo creer...
¿Qué es lo que hacen con ellos?, preguntó el chico, figurándose vagamente que debían de guardados, que aparte del hecho de estar muertos tendrían un valor o un uso acorde con el dólar que se pagaba por ellos.
Me parece que los queman en la caldera, dijo la mujer. Aquí no pueden estar. Con el tiempo olerían un poco fuerte, ¿no crees?
¿Los queman?, dijo él. ¿Dice que los queman?
Eso tengo entendido.
El chico miró a su alrededor y de nuevo a ella, sin inclinarse hacia el mostrador ni rozarlo. Y también meten a la gente en la cárcel y les dan palizas.
¿Qué?, dijo ella, adelantando el cuerpo.
Y meten a los viejos en el manicomio.
Mira hijo, estoy ocupada, si no necesitas nada más...
El chico alisó el dólar como mejor pudo y finalmente lo deslizó hacia ella por el mostrador. Está bien, dijo. Tome. No puedo aceptar dinero. Fue una equivocación, mi pájaro no estaba en venta. Y dando media vuelta fue hacia la salida.
Tú, llamó la mujer. ¡Eh! Vuelve ahora mismo, no puedes...
Pero eso fue todo lo que oyó, había salido y estaba corriendo ya por el largo vestíbulo al fondo del cual se agitaban carteles y avisos pegados en la pared debido a una brisa que entraba por la puerta principal abierta de par en par, y pasó de largo y salió de nuevo al candente mediodía de mayo.
El chico había partido ya cuando vinieron de Knoxville, siete años después del entierro y siete meses después de la incineración, y tamizaron las cenizas, convertidas en un caldo por las lluvias de aquella primavera y ahora secas otra vez, acartonadas y duras, las tamizaron y encontraron unos fragmentos cretáceos de hueso blanquecino y frágiles como las propias cenizas, y el cráneo, repleto de gusanos, jaspeado por el tránsito de éstos y vaciado y reducido por el fuego al peso y la dúctil cohesión del cartón reseco, móviles en sus alvéolos los dientes cariados. Y también una cremallera de latón, derretida e informe, recubierta de un engrudo verde pálido.
Eso era todo. Estuvieron allí cuatro horas, los dos policías muy respetuosos con el pesquisidor, quitando el polvo a las piezas con sus pañuelos y pasándoselas a él, que las iba colocando en una bolsa de lona blanca.
El señor Eller mordió con dientes pequeños un pedazo de su tableta de tabaco especiado, volvió a ajustar el celofán y se guardó la tableta en el bolsillo de su americana. Y el cráneo, dijo. Con todos los empastes derretidos.
Vale. Y el cráneo. Johnny Romines hizo una pausa, en su mano izquierda el cigarrillo a medio liar y perdiendo tabaco mientras gesticulaba con él. Lo que yo quiero saber, dijo, es si el chico estaba al corriente o no, y si sabía que era su padre.
No lo sé, dijo el señor Eller. Si él lo sabía a mí nadie me dijo nada. Además, se marchó de aquí en mayo o junio y es el cuarto día de agosto que suben allá arriba. Para mí que el viejo era el único que lo sabía.
¿El viejo Ownby? ¿Fue él quien lo hizo?
No, dijo el señor Eller. Claro que es problable que se lo endiñen a él para no tener que buscar al verdadero culpable.
Pero ¿fue él quién lo dijo o no?
Que yo sepa sí.
Johnny Romines se pasó el papel por la lengua y terminó de liar el cigarrillo. ¿Y usted cree que era él?, dijo.
¿Su padre, quieres decir? Eso también tiene su miga. La señora Rattner asegura que sí y que el chico ha ido, en busca de quienquiera que lo haya encerrado en ese sanatorio. Ella dice que lo vio todo en sueños; una visión, según sus propias palabras.
Ya, me pregunto si también tuvo una visión de que lo buscaban en tres estados, dijo Gifford.
El señor Eller se volvió hacia el alguacil. No, dijo, eso lo dudo. Y no creo que le haga ninguna falta. Es una buena cristiana al margen de con quién estuviera casada o de que fuera corta de entendederas.
El alguacil le miró.
Y el chico tampoco, añadió el señor Eller.
Por el chico no se preocupe, dijo Gifford. De todos modos, él y yo tenemos mucho que hablar de tú a tú.
Para eso tendrá que encontrarlo.
Quién demonios habrá sido, dijo Johnny Romines. Quiero decir el que le metió allí. ¿Creen que fue alguien de esta zona?
No creo que vinieran de Nueva York, dijo el alguacil. Miró al señor Eller. ¿Y qué hay de esa placa que supuestamente tenía en el cráneo, a resultas de la guerra?
Sí. ¿Qué pasa?
Pues que no había ninguna placa. ¿Cómo lo explica ella?
No creo que se le ocurriera preguntarlo. Además, estoy seguro de que nunca dudó que la tuviera. Ni creo que le preguntara si tenía o no una placa en la cabeza, puesto que él decía que sí, O si era él el que estaba en esa bolsa de basura ya que ella había decidido que era así. El señor Eller movió los carrillos y escupió sin ruido hacia la lata de café, por encima del alguacil. De todos modos, tendría que contárselo usted a su compinche, dijo.
¿A quién?
A Legwater.
No es mi compinche, dijo Gifford. Y yo sólo le cuento las cosas a quien me parece conveniente.
El señor Eller observó una mosca que pasaba, como si meditara sobre algún oscuro problema de la dinámica de vuelo. Bien, dijo amablemente, supongo que tiene razón. De todos modos, procure que no haga idioteces.
Gifford achicó los ojos receloso. ¿Cómo qué?
Como acampar en la montaña. Con su pala y esa tela metálica.
Se oyeron algunas toses. Una caja de leche tocó el suelo con un crujido.
Hum, dijo Gifford, separándose del mostrador con estudiada calma. Sacó diestramente los cigarrillos de un bolsillo abultado. Y luego: ¿qué está haciendo allá?
El señor Eller esperó a que el fósforo hubiera volado por encima del mostrador. Luego dijo: buscar platino, creo. A menos que esté cribando las cenizas para hacer jabón.
Antes de que nadie pudiera acercársele suficiente para decirle que no era así, que el hombre nunca había tenido una placa de platino en la cabeza y que aquello era perder el tiempo, que todo era un error, Legwater ya llevaba tres días en la montaña. La primera noche había encendido un fuego y estaba sentado con la escopeta apoyada en un árbol y sorbía café de un vaso de cantimplora cuando el perro apareció en el claro del otro lado de la fogata y se quedó meneando la cabeza ciega como haría un oso, alzando el morro para captar algún posible rastro llevado por el viento.
¡Fuera!, exclamó Legwater, dando un salto, vertiendo el café. ¡Fuera!, repitió, antes de ir hacia el árbol y agarrar su escopeta. Pero momentos después el perro se había esfumado calladamente en la oscuridad. Legwater apuntó hacia la noche e hizo fuego, oyó un buen rato el eco amalgamado del disparo y luego se acercó a la fogata y recogió el vaso y lo llenó hasta arriba, agachándose con la escopeta apoyada en la rodilla. Aguzó el oído pero no oyó nada. Devolvió la cafetera al pequeño círculo de piedras que había construido y acercó a sus labios el borde del vaso. El perro no volvió a asomar. Cuando hubo terminado el café desplegó sus mantas, volvió a cargar la recámara y se dispuso a dormir.
Despertó de madrugada, se incorporó rápidamente y miró a su alrededor. Todavía era de noche y el fuego se había extinguido hacía rato, todavía oscuro y con ese silencio que parece estar escuchando también, una quietud astral donde los planetas chocan aparentemente sin ruido, fuera de toda dimensión auditiva. Escuchó. Sobre las filas negras de los árboles el cielo del verano se arqueaba sin nubes fríamente estrellado. Se tumbó de nuevo y lo contempló y al poco rato se quedó dormido.
Cuando volvió a despertar el sol ya había salido. Estaba tumbado y en el insondable vacío azul vio volar un halcón. Se puso de pie y empezó a andar, rígido y notando que había descansado mal. Se adentró en la espesura y regresó con un hato de ramas secas, las fue partiendo a trozos bajo el pie y al poco rato había encendido fuego y el café se estaba calentando. Se sentó mientras soplaba en un vaso lleno de café, pasándoselo de una mano a otra si le quemaba o si encontraba otra picadura de mosquito que rascarse. Colgado del árbol cerca de las mantas había un macuto del ejército de cuyo bolsillo sacó unos bollos. Después de comérselos se puso a trabajar.
Las cenizas que había en el hoyo tenían más de un palmo de hondo y las había también esparcidas a todo su alrededor. Trabajó sin parar, primero traspalando montones de ceniza y luego fuera del hoyo tamizándolos con su tela metálica. Por la tarde aparecieron unos chicos y estuvieron observándole un rato desde el claro. Legwater siguió con lo suyo, levantando nubes de ceniza desde dentro del hoyo. Los chicos empezaron a hacer comentarios. Él los miraba furioso, sin dejar el trabajo, siempre tamizando, examinando pedazos calcinados de madera de cedro. Pronto empezaron a reír entre ellos. Legwater hizo caso omiso, tratando de adoptar un aire oficial. Fue inútil.
A lo mejor hay dientes de oro, canturreó uno de los chicos. Murmullo de risas disimuladas. Legwater se irguió y los fulminó con la mirada. Eran cinco, estaban justo al borde de los árboles y parecían pasarlo bien. Volvió a bajar al hoyo con la pala. De vez en cuando estiraba el cuello por la parte superior del agujero para ver qué se traían entre manos, pero la tercera vez uno de ellos graznó como un pavo y todos se desternillaron, de modo que procuró no volver a mirados. Siguió dándole a la pala. Al cabo de un rato, oyó un ruido cerca del hoyo. Levantó la vista y los chicos se habían marchado. Entonces vio caer una manzana con un sonido blando en las cenizas que tenía a sus pies. Asomó la cabeza por el hoyo. Cómo no, otra manzana. Siguió su trayectoria, salió rápidamente del agujero y agarrando la escopeta sobre la marcha caminó a paso vivo hacia el lugar de donde había venido el proyectil. Las matas empezaron a crujir. Una voz gritó: ¡corred, corred! Ese os pega un tiro y luego os corta la cabellera. Otra: y pobre de ti que tengas un diente de oro. Legwater se detuvo. Los sonidos se fueron extinguiendo. En la carretera más abajo de la montaña oyó carcajadas, rechiflas. Volvió a su trabajo. Al caer la noche era una efigie plumosa y gris; cara, pelo y ropa de un mismo color. Escupió flemas grises y veteadas. Hasta los árboles próximos al hoyo habían empezado a cobrar un aspecto pálido y marchito.
El perro volvió de anochecida. Lo oyó pisotear las hojas, detenerse, moverse de nuevo. Había comido las últimas provisiones que le quedaban y el ronroneo de su estómago no le dejaba dormir. Cogió la escopeta y esperó a que el perro entrara en el círculo de luz de la fogata. No lo hizo. Finalmente, se puso a dormir con la escopeta atravesada en el regazo. Estaba muy cansado.
Cuando fue al hoyo a la mañana siguiente lo primero que vio fue el cráneo de una cabra con la sesera atiborrada de papel de estaño. Lo arrojó asqueado y se aplicó a echar paladas.
A media tarde no estaba ya tan hambriento y había limpiado el pozo de forma que en uno de sus extremos se veía el hormigón desnudo, negro e incrustado de una indefinible sustancia chamuscada que se escurría bajo la pala y aparecía verde por debajo.
Sus paletadas empezaban a ser más rápidas, casi desesperadas en la medida en que el resto de cenizas por tamizar iba disminuyendo, cuando en éstas apareció Gifford resollando después de la escalada. Legwater dejó de trabajar y le vio acercarse por el claro, cargados de arcilla los zapatos, inflamada y ceñuda la cara. Cuando llegó al pozo Legwater se apoyó en la pala y le miró desde abajo. Supongo que querrás una parte, dijo. En cuanto haya terminado...
Idiota, dijo Gifford. Pero qué idiota eres. Estaba sobre el canto de hormigón mirando al flaco y bondadoso policía del condado fantásticamente espolvoreado de ceniza, y mirando también los grandes montones de ceniza y la tela metálica, el petate, el macuto, la escopeta.
¿Eso crees?, dijo Legwater.
Estoy convencido de ello. El tipo no era ningún héroe de guerra. Ni siquiera estoy seguro de que fuese él, pero si lo fue nunca tuvo ningún... ninguna cosa en la cabeza.
Eso lo decidiré yo, dijo Legwater, inclinándose sobre la pala. Gifford le estuvo observando tras situarse de forma que el viento no le llenara de polvo. A los pocos minutos el bondadoso policía salió del hoyo y empezó a traspalar las cenizas nuevas a la tela metálica, a sacudir ésta de un lado al otro para tamizarlas con una expresión febril, como un nigromántico que tratara de adivinar a toda prisa el destino de galaxias enteras enfrentadas a una inminente destrucción. El alguacil encendió un cigarrillo y se retrepó en el árbol.
Legwater sacó del hoyo otras dos pilas de ceniza y las tamizó y cuando volvió a desaparecer en el interior del agujero Gifford le oyó rascar pero no dar paletadas. Fue a echar un vistazo. Legwater estaba a gatas rebuscando en el arañado lecho del hoyo, rascando aquí y allá con la punta de la pala. Finalmente, levantó los ojos. Ese sinvergüenza ha mentido, dijo. Seguro que se la habrá llevado él, menudo embustero sinvergüenza.
Vámonos, Earl.
A su propio padre, estaba diciendo el bondadoso policía.
Gifford echó a andar hacia la carretera con furiosas zancadas. Cuando llegó a los manzanos se dio la vuelta: Legwater estaba de pie en el hoyo, asomando sólo la cabeza, y miraba al vacío. Bueno qué, dijo el alguacil.
El otro no se inmutó.
¡Eh!, gritó Gifford.
Legwater giró la cabeza para mirarle como aturdido, la expresión incrédula y hueca común a toda víctima de una tragedia, catástrofe o pérdida.
¿Quieres que te lleve o no?
Legwater salió del hoyo y empezó a andar hacia Gifford, pero luego se apresuró, trotando un poco con la pala todavía en la mano y dando botes detrás de él. Gifford dejó que llegara a su altura antes de mandarlo a buscar la escopeta y las cosas de acampar.
Bajaron juntos por la carretera del vergel, amortiguados sus pasos en el polvo rojizo, el alguacil con su acostumbrado andar jactancioso y el bondadoso policía muy demacrado, echando humo por sus ojos negros e insomnes, casi un aparecido con la escopeta y la pala colgando de sus flacas manos como garras. Gifford llevaba el macuto y el petate sin esfuerzo alguno y de vez en cuando miraba de soslayo a Legwater con cierta lástima, si no con desdén. Ninguno de los dos habló hasta que vieron al perro y eso llegando ya a la carretera principal, en la última curva más arriba de la verja. Lo habían adelantado, y en los pocos minutos en que pudo verlo con vida a Gifford le chocó su comportamiento. El perro caminaba por las roderas con exótico melindre, como un perro amaestrado en la maroma y con la cabeza tan echada hacia atrás, la nariz casi perpendicular, que Gifford miró instintivamente hacia arriba para ver qué clase de amenaza se cernía desde el cielo. La pala rebotó en la calzada con un bong opaco, y cuando Gifford se volvió apenas tuvo tiempo de ver a Legwater recular con el retroceso, y de recular él también en el momento en que sus oídos registraban la detonación. Giró sobre sus talones y vio que el perro caía de bruces, la cabeza siempre vuelta hacia arriba, se vencía hacia un lado y quedaba doblado sobre el polvo de la carretera.
Los escasos ventanucos carecían de cristal salvo en alguna esquina mellada que se resistía a desprenderse de los bastidores caseros. Los tejemaniles yacían en hileras sobre las grandes tablas del desván y la casa no albergaba otra cosa que el viento.
Hojas como derviches se agitaban por el patio y los robles se doblaban y crujían al viento, y en ese viento hasta la derrengada casa suspendida entre las chimeneas de piedra parecía ceder un poco. Las puertas estaban abiertas y el viento campaba por el salón, arrufaba las hojas en el piso de la cocina y agitaba las telarañas en las esquinas de las ventanas. No quiso ir al desván. Las habitaciones de abajo estaban llenas de polvo y vacías, y exceptuando unos harapos que no le resultaban desconocidos todo el resto era extraño. Salió de nuevo al patio y estuvo un rato sentado al pie de uno de los árboles. Vio un ave acuática que planeaba bajo la línea de sombra de la montaña, captando la sesgada luz del sol en sus alas abocinadas, para luego describir un barrido a ras de árboles en dirección al estanque y aterrizar por fin en las cálidas aguas negras. La vio posarse. ¿Qué fue lo que abrió sus oídos? El fino y agudo relincha de una pluma, una sombra que pasa, nada. La luz irrumpía en finos escollos por entre las nubes sombríamente arrinconadas en el oeste. Viejas hojas secas crujían frágiles y marchitas como voces viejas, descendían rígidas, meciéndose como erosionadas conchas que se hundieran en el mar, o giraban sobre sí mismas, abarquillados pergaminos antiguos que no portaban ningún mensaje.
El joven Rattner terminó el cigarrillo y salió de nuevo a la carretera. Un negro viejo pasó subido al pescante de una carreta, dormitando al sonido de los cascos mal herrados de su mula en el asfalto alabeado. A ambos lados las ruedas altas giraban y oscilaban en erráticas parábolas de monedas lanzadas al aire de un papirotazo y dibujaban sus circunferencias como si no estuvieran fijadas al carro sino que rodaran en aquella cuádruple simetría por puro azar. Cruzó la carretera para darles libertad de acción y pasaron de largo trabajosamente, como sometidos al peso de una singular e irracional gravedad. La mula desastrada y maltrecha, el carro, el hombre... Carretera arriba iban bamboleándose, traqueteo y chirrido de los camones sueltos en sus rayos... rielaban en las ondas de calor que despedía la calzada, disueltos en una pálida imagen irregular.
Les siguió los pasos, rumbo a la bifurcación. En la cresta de la colina se detuvo un momento para mirar atrás y vio el tejado de la casa de un verde intenso bajo el musgo, o abriéndose negro en los sitios donde se había hundido. Pero aquella nunca había sido su casa.
Tarde. Los muertos amortajados en la corteza terrestre y girando al lento diurnal de la rueda de la tierra, en paz con eclipses, asteroides, novas polvorientas, sus huesos manchados de moho y el tuétano transmutado en frágil piedra, girando, los dedos entrelazados de raíces, siendo uno con Tutankamón y Agamenón, con la simiente y lo nonato.
Es como ver tu nombre escrito en el periódico, se dijo al leer la inscripción:
MILDRED YEARWOOD RATTNER
1906-1945
Si los maltratas,
Y ellos claman a mí,
Yo escucharé su queja.
Éxodo
La lápida arrogándose en aquellos tres cortos años un aspecto gris e inalterable, guarnecida de líquenes y nidos de pequeñas pollas de agua, la argolla de alambre oxidado apoyada de cualquier manera con sus arrugados jirones de hojarasca. Alargó el brazo y acarició suavemente la piedra, un gesto, como si quisiera conjurar alguna imagen, evocar cierta fidelidad con un nombre, un lugar, recuerdos alucinados en que los rostros se fundían incomprensiblemente, y sin embargo verdaderos e inamovibles; la tocó, una lápida labrada y menos real que el olor a humo de leña o que el sabor del vino de un anciano. Ya no le importaba determinar qué cosas eran hechos y qué sueños.
Notó las vueltas del pantalón húmedas y pegajosas. Sentado en el pequeño cuadrado de mármol se quitó un zapato, palpó el calcetín, descansando como haría un viajero. De más allá de la hierba crecida y de las ruinas de la cerca de hierro con púas le llegó el clic del semáforo instalado en el cruce. Un coche emergió de entre los árboles que había a su derecha y se detuvo. Dentro iban un hombre y una mujer. Ella le miró y luego se volvió hacia el hombre. Ambos miraron. El semáforo hizo clic. Los saludó con el brazo y el hombre volvió la cabeza, vio la luz verde y arrancó despacio, mientras la cara blanca y ovalada de la mujer le seguía observando. Y él la saludó de nuevo cuando el coche se perdía ya de vista detrás de un seto vivo, arrancando de la calzada con sus ruedas un fino rocío de grava.
Siguió un rato allí sentado, frotándose distraído el pie, silbando en voz baja. Hacia poniente una sólida franja de nubes metía prisa al anochecer. Las luciérnagas habían hecho su aparición. Se puso el zapato y se levantó y echó a andar hacia el vallado por la hierba mojada. Los trabajadores se habían ido dejando un rastro de serrín y astillas, mientras la cara blanca del tocón de árbol congregaba la última luz presente en el crepúsculo. El sol irrumpió por la última capa de nubes y bañó de sangre unos segundos los árboles que goteaban, tiñó las piedras de una diáfana capa de color, como si el aire mismo se hubiera vuelto vino. Cruzó la verja dejando atrás las gastadas estacas de hierro y salió a la carretera del oeste, lloviznando aún y los promontorios cada vez más oscuros despojándose del día, heráldicos, con llamas por pendón, y las piedrecillas en fuga esparciendo sus sombras en la estela del sol.
Se han ido ya. Huidos, proscritos en la muerte o el exilio, perdidos, arruinados. Sobre la tierra, sol y viento regresan todavía para quemar o mecer los árboles, los pastos. Ningún avatar, ningún vástago, ningún vestigio queda de estas personas. En boca de la extraña raza que allí mora sus nombres son ahora mito, leyenda, polvo.
FIN
* Se aplica a los hijos de blanco e india en la zona oriental del estado de Tennessee, (N. del T.)* En castellano en el original.* Perro americano empleado en la caza de mapaches, osos y pumas. (N. del T.)* Dos castas de perro americano especializadas en la caza del zorro. (N. del T.)* Miembro de una sociedad secreta norteamericana, famosa por su puritanismo y sus métodos violentos. (N. del T.)* En castellano en el original.* Siglas de Civilian Comervation Corps, organismo federal que en los años treinta se ocupaba de proyectos para la conservación de la naturaleza. (N. del T.)