Publicado en
octubre 03, 2010
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MARTIN BECK 2
Esta edición de la versión traducida por Enrique de Obregón
ha sido revisada y, en algún caso en que se requería,
retraducida por Martin Lexell y Manuel Abella
Título original: Mannen som gick upp i rök
Autores: Maj Sjöwall y Per Walhöö
Diseño de cubierta: Opalworks
Composición: David Anglès
© 1966, Maj Sjöwall y Per Walhöö
© traducción, 1978, Enrique de Obregón
© de esta edición: 2007, RBA Libros, S.A.
Santa Perpetua, 12 - 08012 Barcelona
rba-libros@rba.es / www.rbalibros.com
Primera edición: octubre 2007
Ref.: OAF1238
ISBN: 978-84-89662-49-0
Depósito legal: B-47.994-2007
Impreso por Novagràfik (Barcelona)
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RECOMENDACIÓN
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y la siguiente…
PETICIÓN
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INTRODUCCIÓN
La primera vez que fui a Estados Unidos, en 1979, tuve que comprar otra maleta para traerme todos los libros a casa. Descubrir que había libreros especializados en literatura de misterio fue, de alguna manera, como ir al cielo sin tener que morir primero. Había numerosos autores de literatura negra cuyos libros sólo podían adquirirse allí —irónicamente, algunos de ellos británicos— y, en aquellos días anteriores a Internet, la única manera de conseguirlos consistía, al parecer, en ir allí físicamente y comprarlos. Cosa que hice. En cantidades industriales.
Entre los libros de la bolsa de viaje había diez paperbacks, editados en el formato negro de Vintage Press. Se trataba del decálogo de novelas policíacas escritas por el matrimonio sueco formado por Maj Sjöwall y Per Wahlöö.
Habían estado en mi lista de libros de lectura obligada desde el momento en que supe de ellos gracias a Bloody Murder, el libro en el que Julian Symonds ofrece una insuperable visión panorámica del género negro. Dice allí: «Se les podría clasificar de novelas policíacas, pero los autores se interesan más por las implicaciones filosóficas del crimen que por el mero procedimiento policial... Tienen un carácter marcadamente individual y son muy buenas». Supongo que fue una jugada un tanto arriesgada comprar las diez novelas sin más recomendación que ésa. Pero es una jugada de la que nunca me he arrepentido.
Cuando se lee la serie de Martin Beck con ojos del siglo XXI, es casi imposible advertir lo revolucionarios que resultaban en el momento de su primera aparición, hace más de cuarenta años. Son muchos los elementos que aparecen por primera vez en estas novelas que luego se han hecho esenciales, hasta el punto de convertirse en lugares comunes del subgénero del procedimiento policial. Numerosos componentes que damos por descontados y que nos hacen incluso suspirar de tedio, tienen sus raíces en la obra de una pareja de periodistas metidos a escritores de novela negra.
A mediados de la década de 1960, cuando Sjöwall y Wahlöö comenzaron a escribir, eran ya numerosos los ejemplos de novela de procedimiento policial. Si retrocedemos hasta la época dorada de la década de 1930, encontramos, entre los pioneros, al inspector Alleyn de Ngaio Marsh y al inspector French, de Freeman Wills Crofts. Tras ellos vinieron, en rápida sucesión, personajes como el Gideon de J. J. Marric y, al otro lado del Atlántico, Ed McBain.
Común a todos estos ejemplos de roman policier es su compromiso con el statu quo. Su mundo se divide en negro y blanco, el bien y el mal, la razón y la sinrazón, sin perturbadoras áreas grises intermedias. Hombres malos —y, excepcionalmente, mujeres malas— hacen cosas malas y, con ello, quedan necesariamente abocados a un mal fin. Los oficiales de policía son honrados y respetables padres de familia que creen en el imperio de la ley y en la justicia administrada por su propia mano. Un policía corrupto es casi impensable. Un policía incompetente, sólo un poco menos.
El protagonista de la serie puede tener un compañero, invariablemente de menos talento y a menudo más fornido, pero apenas se hace mención del resto de la brigada, cuya labor rutinaria pasa, en su mayor parte, desapercibida (MacBain, más adelante, se convirtió en una excepción a esta regla, pero en las primeras novelas de la serie sobre el Distrito 87, Steve Carella ocupa invariablemente el centro de la escena). El procedimiento policial era siempre patrimonio de un héroe particular. No había espacio para compartir el candelero.
Los libros de Sjöwall and Wahlöö son diferentes. Aunque generalmente conocidos como las novelas de Martin Beck, en realidad no tratan de un individuo. Son piezas de coral.
Beck no es una especie de inconformista solitario que actúa enteramente al margen de las reglas y con mal disimulado desprecio hacia los pobres mortales que le rodean. Y tampoco es un genio portentoso dotado de un talento extraordinario, ante el cual los mortales retroceden estupefactos, contemplando cómo inexorablemente los conduce a la resolución del desconcertante misterio. Tampoco tiene glamour. Ni es vástago de familia noble, ni marido de una famosa retratista, ni un personaje extravagante que resuelve misterios incomprensibles arqueando una de las dos cejas.
No, Martin Beck no es ninguna de estas cosas. Es un hombre incansable, de mediana edad, con problemas de estómago, cuyo matrimonio se va desintegrando lentamente a lo largo de la serie. Y no por una turbulenta infidelidad o por un choque de los sistemas de creencias, sino más bien por la especie de callada desesperación que surge entre dos personas que una vez se amaron pero que de repente ya no tienen nada en común, además de los hijos y el domicilio.
Es también una especie de idealista, obligado por su oficio a afrontar el abismo entre lo que realmente existe y lo que debería existir en un mundo ideal. Su vida está impregnada por la conciencia de este abismo, que le lleva a deprimirse y, en ocasiones, al fatalismo sobre si lo que hace sirve, en realidad, de algo.
Además, forma parte de un equipo cuyos miembros son personajes plenamente caracterizados. Sus fuerzas y flaquezas quedan contrapesadas por las de sus colegas. Él se apoya en ellos de la misma manera que ellos en él. Se trata de un mundo en el que las ideas se ponen en común, en el que ningún individuo tiene el monopolio de la perspicacia, de la ocurrencia brillante. Las tareas monótonas, tediosas, no se realizan fuera de escena, encomendadas a subalternos irrelevantes. Martin Beck y sus subordinados comparten la acción y la rutina. A lo largo de las diez novelas, se ponen a prueba tanto las amistades como las enemistades, y todos los personajes quedan retratados como individuos dotados de virtudes y vicios, en distinta medida.
Todo esto sería, por sí mismo, suficiente para distinguir estos libros, diferenciándolos del montón. Pero Sjöwall y Wahlöö añaden además otros elementos que ponen de manifiesto la singularidad de su visión.
Las tramas, por ejemplo, no tienen nada que envidiar a las de nadie, tanto en temática como en estructura. A veces es el punto de partida lo que resulta sorprendente: una situación aparentemente anómala que conduce, sutilmente, al corazón de algo mucho más tenebroso. Otras veces, en cambio, es la elección de la cuestión de fondo lo que nos desconcierta: somos inducidos a creer que estamos ante un determinado tipo de historia, pero, de repente, nos hallamos en un lugar completamente distinto. Sea cual sea el rumbo que tome la historia, Sjöwall y Wahlöö siempre encuentran maneras para coger desprevenido al lector, obligándonos a revisar nuestra forma de ver el mundo.
Y luego está ese aspecto que Julian Symonds captó tan sagazmente: su interés por los aspectos filosóficos del crimen. Actualmente, se da por hecho que la novela negra es capaz de analizar la sociedad, de arrojar luz sobre nosotros mismos. La mejor novela negra contemporánea nos enseña cómo funciona nuestra sociedad, poniendo de manifiesto los estratos y patrones sociales. Puede retirar la superficie, dejando al descubierto lo bueno y lo malo, y puede valerse tanto de los personajes como de las tramas para fustigarnos por nuestros pecados.
Pero en los tiempos en que Sjöwall y Wahlöö comenzaron a escribir, todas estas tareas estaban encomendadas a los novelistas de la literatura de prestigio. De los escritores de género negro sólo se esperaba entretenimiento. El dúo sueco demostró así que había una forma distinta de escribir sobre el crimen. La mirada de Martin Beck y sus colegas es un espejo en el que se refleja la sociedad sueca de la época, en la que los ideales del estado de bienestar comenzaban a ceder bajo el peso de la realidad de la vida diaria. Tratan incansable e inquebrantablemente sobre lacras y problemas sociales, aunque sin olvidar nunca que están escribiendo novelas, no panfletos. Saben revestir sus preocupaciones sociales en tramas de acción trepidante, sin perder nunca de vista la necesidad de mantener enganchado al lector.
El resultado final, aunque serio en sus pretensiones, dista mucho de ser lúgubre. Sjöwall y Wahlöö tienen el don del humor. Éste se pone de manifiesto en el ingenio de Beck, negro y malicioso, pero también en la farsa disparatada que estalla de vez en cuando, generalmente protagonizada por Kristiansson y Kvant, un par de agentes tan estúpidos como desafortunados. Sus interludios bufonescos resultan tan divertidos para el lector como frustrantes para los detectives. Antes de Sjöwall y Wahlöö, una pareja semejante de «Keystone Kops» hubiera sido impensable, pues vienen a minar la seriedad de la investigación policial, trasladándola directamente al ámbito de la conducta humana normal.
En muchos aspectos, no obstante, El hombre que se esfumó constituye una excepción respecto de las otras novelas. En su mayor parte, la acción se desarrolla fuera de Suecia, en Budapest, en un momento en que la Guerra Fría seguía siendo un inquietante rumor de fondo en la vida de todo el mundo. En buena parte del libro, Beck está solo en un país extraño, sin apoyo y sin una comprensión visceral de la sociedad en la que intenta operar. Su investigación sobre la desaparición de un periodista sueco parece estrellarse a cada momento contra un muro, y se hace cada vez más desconcertante a medida que se producen nuevas revelaciones.
Pronto caemos en la cuenta de que Beck no va a poder resolver el caso por sí mismo. Y para conseguir que las piezas encajen, revelando una verdad que consigue ser a la vez banal y original, se ve obligado a recurrir a la ayuda de sus colegas en Suecia y de fuentes inesperadas en la propia Budapest.
En 1971, con El alegre policía, Sjöwall y Wahlöö ganaron el premio Edgar a la mejor novela, concedido por la Asociación de Escritores de Misterio de EE. UU. Sigue siendo, todavía hoy, la única novela traducida que ha obtenido este galardón. Para mí, esto no es particularmente sorprendente. Y les puedo asegurar que, si leen sus libros, acabarán dándome la razón. A mí, y a los demás escritores de serie negra, que somos plenamente conscientes de cuánto le debemos a esta pareja de periodistas suecos, metidos a novelistas.
VAL MCDERMID
1
La habitación era pequeña y estaba destartalada. La ventana carecía de cortinas, y fuera se veía una pared contra incendios, gris, con armazones oxidados y un anuncio de margarina Pellerin, ya descolorido. El cristal de la mitad izquierda de la ventana había desaparecido, sustituido por un trozo de cartón mal cortado. El empapelado tenía un dibujo floral, pero tan desvaído por el hollín y las manchas de humedad que apenas era visible. En algunos sitios estaba despegado, y habían intentado repararlo con cinta adhesiva y papel de envolver.
En la habitación había una estufa, seis piezas de mobiliario y un cuadro. Frente a la estufa, una caja de cartón llena de cenizas y una cafetera de aluminio abollada. El extremo del lecho daba a la estufa, y la ropa de cama se limitaba a una gruesa capa de periódicos viejos, un edredón andrajoso y una almohada a rayas. El cuadro representaba a una rubia desnuda, de pie ante una balaustrada de mármol, y colgaba a la derecha de la estufa, de modo que cualquiera que se acostase en la cama podía verla antes de quedarse dormido e inmediatamente después de despertar. Por lo visto, alguien había agrandado los pezones y los genitales de la mujer con un lápiz.
En la otra parte de la habitación, cerca de la ventana, había una mesa redonda y dos sillas de madera, una de las cuales había perdido el respaldo. Sobre la mesa se veían tres botellas de vermú vacías, una botella de refresco y dos tazas de café, entre otras cosas. El cenicero estaba boca abajo, y entre las colillas, los tapones y las cerillas apagadas, había algunos sucios terrones de azúcar, un pequeño cortaplumas abierto y un trozo de embutido. Una tercera taza de café había caído al suelo, rompiéndose. De bruces, sobre el gastado linóleo, entre la mesa y la cama, había un cadáver.
Sin duda, se trataba de la misma persona que había retocado el cuadro e intentado remendar el empapelado con cinta adhesiva y papel de envolver. Era un hombre y yacía con las piernas juntas, los codos apretados contra las costillas y las manos alzadas hacia la cabeza, como en un esfuerzo por protegerse. Llevaba una camiseta de malla y pantalones raídos. Cubrían sus pies rotos calcetines de lana. Sobre él habían volcado un gran aparador que le ocultaba la cabeza y el pecho. La tercera silla de madera estaba tirada junto al cadáver. El asiento tenía manchas de sangre y en la parte superior del respaldo había, claramente visibles, huellas de manos. El suelo estaba plagado de trozos de cristal. Algunos procedían de la puerta del aparador, otros de una semidestrozada botella de vino, arrojada sobre un montón de ropa interior sucia junto a la pared. Lo que quedaba de la botella estaba cubierto con una fina capa de sangre reseca. Alguien había trazado un círculo blanco a su alrededor.
La foto era casi perfecta en su clase, tomada con el mejor objetivo gran angular de que disponía la policía, con una luz artificial que resaltaba los detalles.
Martin Beck soltó la fotografía y la lupa, se levantó y se dirigió a la ventana. Fuera reinaba el verano sueco. Es más, hacía calor. Sobre el césped del parque Kristineberg dos chicas tomaban el sol en bikini. Tumbadas de espaldas, con las piernas separadas y los brazos abiertos. Eran jóvenes y delgadas, o esbeltas como se dice ahora, y podían hacerlo con cierta gracia. Fijándose bien en ellas, consiguió incluso reconocerlas: dos oficinistas de su propio departamento. Esto significaba que eran las doce pasadas. Por la mañana se ponían el traje de baño, un vestido de algodón, sandalias... y se iban a trabajar. A la hora del almuerzo se quitaban el vestido y se tumbaban en el parque. Práctico.
Con desánimo recordó que pronto tendría que abandonar todo esto y trasladarse a la Jefatura Sur de Policía, en el conflictivo barrio en torno a Västberga Allé.
A sus espaldas, oyó cómo alguien abría la puerta de golpe y entraba en la habitación. No tuvo que volverse para saber quién era. Stenström. Stenström seguía siendo el más joven del departamento. Era de suponer que, tras él, vendría toda una generación de policías que ya ni siquiera llamarían a la puerta. Pensó Martin Beck.
—¿Cómo va? —le preguntó.
—No muy bien, contestó Stenström. Estuve allí hace un cuarto de hora y seguía negándolo todo.
Martin Beck dio media vuelta, se acercó al escritorio y miró de nuevo la foto del lugar del crimen. En el techo, por encima del colchón de los periódicos, el edredón andrajoso y el almohadón a rayas, se veían los contornos de una vieja mancha de humedad. Parecía un caballito marino o, con un poco de buena voluntad, una sirena. Se preguntó si el hombre que yacía en el suelo le habría echado tanta imaginación.
—No importa —siguió Stenström oficiosamente—. Acabará cayendo con las pruebas técnicas.
Martin Beck no respondió. En cambio, señaló hacia el grueso informe que Stenström había dejado caer sobre su mesa y preguntó:
—¿Qué es eso?
—Las actas del interrogatorio de Sundbyberg.
—¡Quita esa basura de ahí! Mañana empiezo mis vacaciones. Dáselo a Kollberg. O a quien quieras.
Martin Beck tomó la fotografía y subió un tramo de escaleras, abrió una puerta y se encontró con Kollberg y Melander.
Allí hacía mucho más calor que en su despacho, seguramente porque las ventanas estaban cerradas y las cortinas corridas. Kollberg y el sospechoso estaban sentados frente a frente, uno a cada lado de la mesa, completamente quietos. Melander, un hombre alto, se hallaba de pie junto a la ventana, con la pipa en la boca y los brazos cruzados. Miraba fijamente al sospechoso. En una silla junto a la puerta se sentaba un agente con pantalones de uniforme y camisa azul claro, que balanceaba la gorra sobre su rodilla derecha. Nadie hablaba y lo único que se movía era la cinta de la grabadora. Martin Beck se situó a un lado, justo detrás de Kollberg, uniéndose al silencio general. Se oía a una avispa estrellarse contra la ventana, tras las cortinas. Kollberg se había quitado la chaqueta y desabotonado el cuello de la camisa que, aun así, aparecía empapada de sudor entre los gruesos omóplatos. La mancha húmeda cambiaba lentamente de forma y se extendía hacia abajo, en paralelo a la espina dorsal.
El hombre al otro lado de la mesa era bajo y ligeramente calvo. Vestía con desaliño y sus dedos, aferrados a los brazos de la butaca, estaban descuidados, con las uñas sucias y mordidas. Su rostro era delgado y enfermizo, de líneas débiles y evasivas alrededor de la boca. La barbilla le temblaba ligeramente y sus ojos parecían nublados y acuosos. Hipó y dos lágrimas corrieron por sus mejillas.
—Bueno —dijo Kollberg sombríamente—. ¿Así que le diste en el cráneo con la botella hasta romperla?
El hombre asintió.
—¿Y luego seguiste golpeándole con la silla cuando estaba ya en el suelo? ¿Cuántas veces?
—No sé. No muchas. Pero bastantes.
—Ya lo creo. Y luego volcaste el aparador sobre él y saliste de la habitación. Y mientras tanto, ¿qué hizo el tercero de vosotros, el tal Ragnar Larsson? ¿No trató de intervenir, de detenerte?
—No hizo nada. Pasaba.
—No empieces a mentir otra vez.
—Estaba dormido. Era el que más borracho estaba.
—Procura hablar un poco más alto, ¿vale?
—Estaba echado sobre la cama, dormido. No se dio cuenta de nada.
—No. Pero luego se despertó y se fue a la policía. Bueno, hasta ahí todo está claro. Pero hay algo que aún no comprendo. ¿Por qué terminó así la cosa? No os habíais visto nunca, antes de conoceros en aquella cervecería...
—Me llamó maldito nazi.
—A cualquier policía le llaman nazi varias veces a la semana. Centenares de personas me han llamado nazi, esbirro de la Gestapo y cosas todavía peores; pero nunca he matado a nadie por ello.
—Me lo dijo una y otra vez, maldito nazi, maldito nazi, maldito nazi, cochino nazi, oink, oink. Era lo único que decía. Y se puso a cantar.
—¿A cantar?
—Sí, para cabrearme. Para fastidiarme. Sobre Hitler.
—Vaya, ¿le habías dado motivos para hablar así?
—Le dije que mi vieja era alemana. Pero eso fue antes.
—¿Antes de empezar a beber?
—Sí, y entonces me dijo que no importaba qué fuera la vieja de uno.
—¿Y cuando iba a la cocina agarraste la botella y le diste por detrás?
—Sí.
—¿Cayó?
—Bueno, cayó de rodillas. Y empezó a echar sangre. Entonces me dijo: «Puto nazi de mierda, ahora vas a ver».
—¿Y seguiste golpeándole?
—Tuve... miedo. Era más alto que yo y... usted no sabe cómo se siente uno... todo empieza a dar vueltas y más vueltas y se pone al rojo vivo... no sabía lo que hacía.
El hombre se estremeció violentamente.
—Ya basta —dijo Kollberg y apagó la grabadora—. Dale de comer y pregúntale al médico si le puede suministrar algo para dormir.
El agente que estaba junto a la puerta se levantó, se puso la gorra y se llevó al homicida, agarrándolo del brazo.
—Adiós, por ahora. Te veré mañana —dijo Kollberg ensimismado.
Al mismo tiempo escribía mecánicamente en el papel que tenía delante: «Confesó llorando».
—¡Menudo elemento! —exclamó.
—Cinco condenas anteriores por agresión —explicó Melander—. Lo negó todas las veces. Lo recuerdo bien.
—Ya habló nuestra computadora viviente —comentó Kollberg.
Se levantó pesadamente y se quedó mirando con fijeza a Martin Beck.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó—. Vete ya de vacaciones y deja en nuestras manos las tendencias criminales de las clases inferiores. Por cierto, ¿adónde vas? ¿Al archipiélago?
Martin Beck asintió.
—Buena decisión —comentó Kollberg—. Yo fui primero a Rumania y me achicharré en la playa de Mamaia. Y luego volví aquí y me cocí. ¡Un plan perfecto! ¿No tienes teléfono allí?
—No.
—¡Excelente! Bueno, voy a darme una ducha. Anda, ¡lárgate ya!
Martin Beck reflexionó. La sugerencia tenía sus ventajas.
Entre otras cosas se iría un día antes. Se encogió de hombros.
—Vale, me voy. Hasta la vista, colegas. Nos vemos dentro de un mes.
2
Las vacaciones habían terminado ya para la mayoría, y las calles de Estocolmo, abrasadas bajo el calor de agosto, empezaban a llenarse de gente que volvía de pasar un par de lluviosas semanas de julio metida en tiendas, caravanas y hoteles rurales. En los últimos días el metro volvía a estar repleto pero ahora, en plena jornada laboral, Martin Beck viajaba casi solo en el vagón. Se sentó mirando hacia el verdor polvoriento de fuera y se alegró de que sus ansiadas vacaciones hubieran empezado al fin.
Hacía ya un mes que su familia estaba fuera, en el archipiélago. Este verano habían tenido la buena suerte de alquilar, a un pariente lejano de su esposa, una casa solitaria situada en un islote de la parte central del archipiélago. El familiar se había ido al extranjero, dejando la casa en sus manos hasta que los niños volvieran a la escuela.
Martin Beck entró en su piso vacío, fue derecho a la cocina y sacó una cerveza de la nevera. Echó unos tragos de pie junto al fregadero y luego se fue con la botella hacia el dormitorio. Se desvistió y salió al balcón en calzoncillos. Estuvo sentado un rato al sol con los pies sobre la barandilla mientras se terminaba la cerveza. El calor resultaba casi insoportable. Cuando la botella quedó vacía, se levantó y volvió al relativo frescor del piso.
Miró el reloj. El barco saldría dentro de dos horas. La isla estaba situada en una zona del archipiélago unida a la ciudad por uno de los últimos barcos de vapor que todavía seguían funcionando. Esto, pensó Martin Beck, era casi lo mejor de las vacaciones.
Volvió a la cocina y dejó la botella vacía en el suelo de la despensa. Ya se habían llevado todos los alimentos perecederos pero, por si acaso, antes de cerrar la puerta de la despensa, echó un vistazo para ver si habían olvidado algo. Luego desenchufó la nevera, metió las bandejas de hielo en el fregadero y recorrió la cocina con la mirada antes de cerrar la puerta camino del dormitorio, para hacer la maleta.
La mayoría de las cosas que necesitaba se las había llevado ya a la isla el fin de semana que pasó allí. Su mujer le había dado una lista de cosas que ella y los niños querían tener. Tras meterlo todo, las dos maletas están llenas. Como también debía recoger una caja de cartón con provisiones en el supermercado, decidió tomar un taxi hasta el barco.
Había mucho sitio a bordo. Tras quitarse de encima las maletas, Martin Beck subió a cubierta y se sentó.
El calor caía a plomo sobre la ciudad y apenas corría el aire. En la plaza de Carlos XII el verdor había perdido su frescura y las banderas en lo alto del Grand Hotel caían abatidas. Martin Beck miró su reloj y esperó impacientemente a que los operarios levantaran la pasarela.
Cuando sintió las primeras vibraciones de la máquina, se levantó y se dirigió a popa. El barco se iba apartando del muelle y Martin Beck, apoyado sobre la barandilla, contemplaba cómo las hélices batían el agua hasta convertirla en una espuma blanquiverde. La sirena sonó roncamente. El barco empezaba a girar hacia Saltsjön, estremecido todo el casco, y Martin Beck permanecía junto a la barandilla, dando la cara a la fresca brisa. De repente se sintió libre y descargado de inquietudes; por un momento, le pareció revivir la sensación que había tenido en su infancia el primer día de vacaciones.
Cenó en el comedor y luego salió a sentarse de nuevo en cubierta. Antes de aproximarse a su embarcadero, el barco bordeó el islote. Martin Beck vio la casa, varias sillas de jardín en colores alegres y a su mujer en la orilla. Estaba inclinada en el borde del agua, probablemente lavando patatas. Se levantó y le saludó con la mano; pero no estaba seguro de que ella le hubiese visto a esa distancia, con el sol de la tarde dándole en los ojos.
Los niños salieron a recibirle con la barca. A Martin Beck le gustaba remar, y desoyendo las protestas de sus hijos, él mismo cogió los remos y cruzó la bahía entre el malecón y la isla. Su hija, que se llamaba Ingrid aunque la apodaban «La peque» —a pesar de que cumpliría quince años al cabo de unos días—, se sentó en la popa y empezó a contarle algo sobre un baile en un granero. Rolf, que tenía once años y despreciaba a las chicas, hablaba de un lucio que había pescado. Martin Beck les escuchaba abstraído, disfrutaba remando.
Tras quitarse la ropa de calle, antes de ponerse los vaqueros y un jersey, se dio un chapuzón junto a las rocas. Después de la cena se sentaba fuera con su mujer, viendo cómo el sol se ponía tras las islas al otro lado de la bahía, con el agua lisa como un espejo. Se fue a la cama temprano, tras poner algunas redes con su hijo.
Por primera vez en mucho tiempo se quedó dormido inmediatamente.
Al despertarse, el sol aún estaba bajo y había rocío sobre la hierba cuando salió a dar una vuelta y se sentó en una roca. Parecía que el día iba a ser tan bueno como el anterior, pero el sol aún no había empezado a calentar y sintió frío en su pijama. Al cabo de un rato entró de nuevo en la casa y se sentó en el porche con una taza de café. A las siete se vistió y despertó a su hijo, que se levantó de mala gana. Fueron remando a sacar las redes, en las que no había nada más que un montón de algas y plantas acuáticas. Cuando regresaron, las otras dos se habían levantado ya y el desayuno estaba servido.
Tras desayunar, Martin Beck bajó al cobertizo y empezó a colgar y limpiar las redes. Era un trabajo que ponía a prueba su paciencia. Decidió que, en el futuro, debía encomendar al hijo la tarea de proporcionar pescado a la familia.
Casi había terminado con la última red cuando oyó a sus espaldas el sonido de una lancha motora. Un pequeño barco de pesca dobló la punta y se dirigió hacia él. Reconoció enseguida al hombre que iba en el barco. Era Nygren, propietario de un pequeño astillero en la isla cercana y su vecino más próximo. Como en la isla de Beck no había agua potable, tenían que ir a buscarla a la suya. Nygren, además, tenía teléfono.
Nygren paró el motor y gritó:
—¡Teléfono! ¡Señor Beck, quieren que llame cuanto antes! ¡He apuntado el número en un trozo de papel!
—¿No ha dicho quién era? —preguntó Martin Beck, aunque ya se lo imaginaba.
—También lo he apuntado en el bloc. Ahora tengo que ir a Skärholmen, Elsa está recolectando fresas pero la puerta de la cocina está abierta.
Nygren encendió de nuevo el motor y, de pie en la popa, puso rumbo hacia la bahía. Antes de desaparecer tras la punta, alzó la mano en ademán de adiós.
Martin Beck se lo quedó mirando durante un rato. Luego bajó hacia el embarcadero, soltó la barca y empezó a remar hacia el astillero de Nygren. Mientras remaba pensó: «¡Maldito Kollberg! ¡Justo cuando estaba a punto de olvidar su existencia!».
En el bloc de notas que había debajo del teléfono en la cocina de Nygren, éste había escrito de modo casi ilegible: Hammar 54 10 60.
Martin Beck marcó el número y hasta que no le dieron comunicación, no empezó a sentir alarma.
—Hammar al habla —contestó Hammar.
—Bueno, ¿qué ha ocurrido?
—Lo siento mucho, Martin, pero he de pedirte que vengas cuanto antes. Puede que tengas que sacrificar el resto de tus vacaciones. Bueno, retrasarlas.
Hammar guardó silencio durante unos segundos. Luego añadió:
—Si quieres.
—¿El resto de mis vacaciones? Pero si no he disfrutado ni un día de ellas.
—Lo siento muchísimo, Martin, pero no te lo pediría si no fuera necesario. ¿Puedes venir hoy?
—¿Hoy? ¿Qué ha sucedido?
—Si puedes venir hoy, genial. Es importante, de verdad. Te diré más cuando estés aquí.
—Sale un barco dentro de una hora —dijo mirando hacia el sol reluciente de la bahía a través de la ventana, manchada de restos de moscas—. ¿Qué es eso tan importante? ¿No pueden Kollberg o Melander...?
—No, tienes que encargarte tú. Parece que alguien ha desaparecido.
3
Cuando Martin Beck abrió la puerta del despacho del jefe era la una menos diez. Había estado de vacaciones exactamente veinticuatro horas.
El inspector jefe Hammar era un hombre robusto, de cuello de toro y espeso cabello gris. Estaba sentado en su sillón giratorio, completamente inmóvil, con los brazos apoyados sobre su mesa de trabajo, absorto en lo que lenguas maliciosas decían era su ocupación favorita: no hacer nada.
—¡Vaya! ¡Ahora llegas! —dijo con acritud—. En el último momento. Debes estar en Asuntos Exteriores dentro de media hora.
—¿En el Ministerio de Asuntos Exteriores?
—Eso es. Tienes que ver a este hombre.
Hammar le entregó una tarjeta de visita, sujetándola por una esquina, entre el pulgar y el índice, como si fuera una hoja de lechuga con una oruga. Martin Beck leyó el nombre. No le dijo nada.
—Es una persona de las altas esferas —explicó Hammar—. Al parecer, muy próximo al ministro.
Hizo una breve pausa, y luego añadió:
—Yo tampoco he oído hablar de este tipo.
Hammar tenía cincuenta y nueve años, y era policía desde 1927. No le gustaban los políticos.
—No pareces estar tan enfadado como deberías —dijo.
Martin Beck meditó un rato al respecto. Llegó a la conclusión de que estaba demasiado confuso para enfadarse.
—Bueno, ¿a qué viene todo esto?
—Ya hablaremos más tarde. Después de haberte reunido con ese tipo.
—Comentaste algo sobre una desaparición.
Hammar miró fijamente, como atormentado, a través de la ventana. Luego se encogió de hombros y dijo:
—Todo este asunto es de lo más idiota. Si he de confesarte la verdad, he recibido... instrucciones de no darte lo que denominan «información más detallada» hasta que vuelvas del Ministerio de Asuntos Exteriores.
—¿Es que ahora también vamos a recibir órdenes de ellos?
—Como sabes, hay varios ministerios —respondió Hammar como adormilado.
Su mirada pareció perderse en alguna parte del verdor veraniego. Siguió:
—Desde que empecé a trabajar aquí hemos tenido un regimiento de ministros de interior y asuntos sociales. La gran mayoría sabían tanto de la policía como yo del piojo de la naranja. O sea, que existe.
—Hasta luego —concluyó abruptamente.
—Adiós —contestó Martin Beck.
Cuando Martin Beck llegó a la puerta, Hammar volvió a la realidad:
—Martin.
—¿sí?
—Una cosa sí te puedo decir: no estás obligado a aceptar este encargo, si no quieres.
El hombre próximo al ministro era alto, anguloso y pelirrojo. Se quedó mirando fijamente a Martin Beck con ojos azules, acuosos. Luego, con gestos ampulosos, se precipitó rodeando el escritorio con la mano ya extendida.
—¡Espléndido! —exclamó—. ¡Es espléndido que haya venido!
Se estrecharon las manos con gran entusiasmo. Martin Beck no dijo nada.
El hombre volvió al sillón giratorio, tomó su pipa apagada y mordió el cañón con sus grandes dientes amarillentos, de caballo. Luego se acomodó en el sillón, metió un pulgar en la cazoleta de la pipa, encendió una cerilla y, de un modo frío y apreciativo, se quedó mirando con fijeza a su visitante por entre la nubécula de humo.
—¿Nos tuteamos, no? —le sugirió—. Siempre empiezo una conversación seria de este modo. Escupiendo en la cara del otro. Las cosas salen luego con más facilidad. Me llamo Martin.
—Yo también —contestó Martin Beck sombrío. Un instante después añadió:
—¡Lo siento! A lo mejor, esto complica las cosas...
Al parecer, el comentario dejó confundido al hombre. Miró a Martin Beck con agudeza como si presintiera alguna traición. Luego se echó a reír estrepitosamente.
—¡Pues claro! ¡Divertido! ¡Ja, ja, ja!
De repente se calló y se inclinó sobre el interfono. Apretando los botones nerviosamente musitó:
—Sí, maldita la gracia.
No había ni el menor acento de humor en su voz.
—Tráiganme la carpeta del caso Alf Matsson —gritó.
Una señora de mediana edad entró con una carpeta y la dejó sobre el escritorio, delante de él. Ni siquiera se dignó a mirarla. Cuando la mujer cerró la puerta, miró a Martin Beck con sus ojos fríos e impersonales, como de pez, y abrió lentamente la carpeta. Contenía una sola hoja de papel, cubierta con notas garabateadas a lápiz.
—Ésta es una historia delicada... y tremendamente desagradable —exclamó.
—¿De verdad? —dijo Martin Beck—. ¿En qué sentido?
—¿Conoces a Matsson?
Martin Beck negó con la cabeza.
—¿No? Es muy conocido, de veras. Periodista. Trabaja principalmente en revistas y en la televisión. En el cine. Un escritor muy inteligente. Aquí tiene.
Abrió un cajón y buscó en él. Luego en otro. Por último, levantó su cartapacio y halló el objeto que buscaba.
—Odio el descuido —refunfuñó, echando una mirada de rencor hacia la puerta.
Martin Beck estudió el objeto, que resultó ser una ficha cuidadosamente mecanografiada con ciertos datos sobre una persona llamada Alf Matsson. Parecía tratarse, efectivamente, de un periodista, empleado por uno de los principales semanarios, uno que Martin Beck nunca había leído pero que a veces veía con resignada amargura y disgusto en manos de sus hijos. Se decía, además, que Alf Sixten Matsson nació en Gotemburgo en 1934. Sujeta con un clip a la ficha había también una fotografía normal y corriente de pasaporte. Martin Beck inclinó la cabeza y se quedó mirando al joven rubio con bigote, barba corta y bien recortada, y gafas redondas con montura de acero. A juzgar por su rostro, completamente inexpresivo, la foto debía proceder de un fotomatón. Martin Beck dejó la ficha y se quedó mirando inquisitivamente al hombre pelirrojo.
—Alf Matsson ha desaparecido —dijo el hombre con gran énfasis.
—¿Ah, sí? ¿Y sus requerimientos no han dado resultado?
—No se han hecho requerimientos. Ni nadie va a hacerlos —replicó el hombre, mirando como un maníaco.
Martin Beck, que no se dio cuenta de que aquellos ojos acuosos manifestaban una voluntad de hierro, arqueó levemente las cejas.
—¿Cuánto tiempo hace que desapareció?
—Diez días.
La respuesta no le sorprendió demasiado. Si aquel hombre hubiera dicho diez minutos o diez años, tampoco le habría conmovido particularmente. Lo único que sorprendía a Martin Beck en aquel momento era el hecho de estar sentado allí y no en una barca de remos frente a una isla. Miró su reloj. Sin duda tendría tiempo de tomar el barco de la tarde.
—Diez días no es mucho —replicó con voz suave.
Entró otro funcionario procedente de una habitación cercana, y se metió directamente en la conversación. Tenía que haber estado escuchando detrás de la puerta. Debía de ser una especie de guardián, pensó Martin Beck.
—En este caso concreto es más que suficiente —explicó el recién llegado—. Las circunstancias son muy excepcionales. Alf Matsson partió en vuelo a Budapest el 22 de julio, enviado allí por su revista para escribir un par de artículos. El lunes siguiente iba a llamar a su oficina, aquí en Estocolmo, para dictar el texto de la columna que escribe regularmente cada semana. Pero no lo hizo. Hay que advertir que Matsson entrega siempre a tiempo, como dicen los periodistas. Dicho de otro modo, nunca se retrasa en entregar sus originales. Dos días más tarde, desde la redacción telefonearon al hotel de Budapest donde contestaron que, efectivamente, se alojaba allí pero que no estaba en aquel momento. El secretario de redacción dejó recado de que Matsson llamase inmediatamente a Estocolmo en cuanto regresara. Esperaron dos días más, pero no tuvieron noticias. Entonces llamaron a su mujer, aquí en Estocolmo. Tampoco ella sabía nada. Esto, en sí, no tiene por qué significar nada, pues están en trámites de divorcio. El pasado sábado nos telefoneó el redactor jefe. Habían vuelto a llamar al hotel y les dijeron que nadie había visto a Matsson desde su última llamada pero sus pertenencias seguían en la habitación y su pasaporte en recepción. El lunes pasado, 1 de agosto, nos pusimos en contacto con nuestra embajada. No sabían nada de Matsson. Sin embargo, alargaron un tentáculo, como ellos dicen, hacia la policía húngara, que pareció «no interesada». El martes recibimos la visita del director de la revista. Fue un encuentro muy desagradable.
El pelirrojo, decididamente, había perdido el papel protagonista. Mordió descontento la pipa y dijo:
—Sí, exacto. Tremendamente desagradable —confirmó. Un instante después añadió a modo de explicación:
—Éste es mi secretario.
—Bueno —siguió el secretario—, el resultado de esa conversación fue que ayer nos pusimos en contacto con la policía, de modo no oficial, al más alto nivel, lo cual a su vez ha propiciado que usted venga hoy aquí. Por cierto, bienvenido.
Se estrecharon las manos. Martin Beck aún no veía claro en el asunto. Con aire pensativo se frotó el puente de la nariz.
—Temo no comprender —dijo—. ¿Por qué la dirección del periódico no ha denunciado el asunto por el cauce ordinario?
—Comprenderá eso en un momento. El redactor jefe y responsable editorial del semanario —por cierto, la misma persona— no quiso dar parte a la policía ni pedir una investigación oficial porque, en tal caso, el asunto adquiriría notoriedad inmediatamente, llegando al conocimiento del resto de la prensa. Matsson es colaborador de la revista y ha desaparecido en un viaje informativo al extranjero, así que, con razón o sin ella, el semanario considera esta noticia como exclusiva suya. El redactor jefe parece bastante preocupado por Matsson, mas, por otra parte, no podía disimular que barruntaba un notición, una de esas noticias que hacen crecer la tirada de una publicación, quizás, en cien mil ejemplares. Si usted está enterado de la línea general que sigue esa revista, debe saber... Bueno, lo cierto es que uno de sus corresponsales ha desaparecido y el hecho de que haya ocurrido precisamente en Hungría hace que la noticia sea más interesante.
—Tras el Telón de Acero —constató el pelirrojo solemnemente.
—Nosotros no usamos expresiones de ésas —replicó el otro hombre—. Bueno, espero que se dé cuenta de lo que todo esto significa. Si este asunto se denuncia y salta a los periódicos, mal asunto, aunque en tal caso cabe confiar en que el relato guardará las debidas proporciones y se limitará a contar los meros hechos. Pero si la revista se lo guarda todo para sí y lo emplea según sus propios fines, para crear una corriente de opinión, entonces sólo Dios sabe qué... Bueno, dañaría relaciones importantes, a las que nosotros y otras personas hemos dedicado mucho tiempo y esfuerzo. El redactor jefe trajo la copia de un artículo cuando estuvo aquí el lunes. Tuvimos el dudoso placer de leerlo. Si se publica, significará un desastre total en algunos aspectos. Y querían publicarlo en el número de esta semana. Tuvimos que emplear todos nuestros poderes de persuasión y apelar a todos los medios éticos para impedir su publicación. La cosa terminó con un ultimátum del redactor. Si antes de la próxima semana Matsson no da señales de vida, o si nosotros no logramos encontrarlo... Bueno, entonces va a arder Troya.
Martin Beck se frotó las raíces de los cabellos.
—Supongo que la revista está haciendo investigaciones por su cuenta —comentó.
El secretario miró con aire ausente a su superior, quien ahora estaba dando furiosas caladas a su pipa.
—Tengo la impresión de que los esfuerzos de la revista en este sentido son más bien modestos. Creo que sus actividades, en lo tocante a este punto, han quedado congeladas hasta nuevo aviso. La verdad es que no tienen la menor duda de dónde está Matsson.
—Indudablemente, ese hombre parece haber desaparecido —constató Martin Beck.
—Sí, exacto. Es algo muy preocupante.
—Pero no puede haberse esfumado —replicó el hombre pelirrojo.
Martin Beck apoyó el codo izquierdo sobre el borde de la mesa, cerró la mano y apretó los nudillos contra el puente de su nariz. La imagen de la isla, el vapor y el embarcadero se fue haciendo cada vez más lejana y difusa.
—¿Y dónde entro yo en escena? —preguntó.
—Fue idea nuestra pero, naturalmente, no sabíamos que iba a ser precisamente usted. Nosotros no podemos resolver todo esto, y menos en diez días. Sea lo que sea que haya ocurrido, si el hombre por alguna razón se esconde, se ha suicidado, ha sufrido un accidente o... alguna otra cosa, entonces es asunto de la policía. Quiero decir que el trabajo sólo puede hacerlo un profesional. Así que, de modo no oficial, nos pusimos en contacto con la policía al más alto nivel. Y parece que alguien le ha recomendado a usted. Ahora, en buena medida, todo depende de que usted quiera hacerse cargo del caso. El hecho de que haya venido aquí ya indica que ha sido relevado de sus otros deberes, supongo.
Martin Beck ahogó las ganas de reír. Ambos funcionarios se le quedaron mirando con severidad. Probablemente, hallaban su comportamiento inapropiado.
—Sí, es posible que pueda ser relevado —dijo pensando en sus redes y en su barca de remos—. Pero, exactamente, ¿qué creen que puedo hacer yo?
El funcionario se encogió de hombros.
—Ir allí, supongo. Encontrarlo. Puede salir mañana por la mañana si quiere. Todo está ya preparado, a través de nuestros canales. Será traspasado temporalmente a nuestra nómina pero usted no tiene ningún cometido oficial. Ni que decir tiene que le ayudaremos de todos los modos posibles. Por ejemplo, si quiere puede ponerse en contacto con la policía de allí, o no. Y, como le he dicho, puede partir mañana.
Martin Beck reflexionó.
—Llegado el caso, pasado mañana.
—Está bien.
—Se lo comunicaré a usted esta tarde.
—Pero no lo piense demasiado.
—Le llamaré dentro de una hora. Adiós.
El hombre pelirrojo se apresuró a levantarse y dio la vuelta a su escritorio. Con la mano izquierda dio unas palmadas a Martin Beck en la espalda y con la derecha estrechó su mano.
—Bueno, entonces adiós. Hasta la vista, Martin. Y haga todo lo posible. Es importante.
—Realmente lo es —añadió el otro hombre.
—Sí —confirmó el pelirrojo—, podríamos hallarnos ante un nuevo caso Wallenberg.
—Teníamos orden de no mencionar ese nombre —se lamentó el otro hombre con cara de cansada desesperación.
Martin Beck saludó con un movimiento de cabeza y se marchó.
—¿Piensas ir? —le preguntó Hammar.
—No lo sé todavía. Ni siquiera conozco el idioma.
—En el cuerpo no hay nadie que lo hable. Ya lo hemos comprobado, puedes estar seguro. Pero dicen que uno se puede arreglar con alemán e inglés.
—Extraña historia.
—Estúpida historia —replicó Hammar—; pero yo sé algo que los de Asuntos Exteriores no saben. Tenemos un expediente sobre él.
—¿Sobre Alf Matsson?
—Sí. Lo tiene la antigua Tercera Sección. En el archivo secreto.
—¿Contraespionaje?
—Exacto. El Departamento de Seguridad de la Dirección General de Policía. Hace cosa de tres meses se hizo una investigación sobre ese tipo.
Se oyó un ruido ensordecedor en la puerta y Kollberg asomó la cabeza. Se quedó mirando asombrado a Martin Beck.
—¿Qué haces tú aquí?
—Pasando mis vacaciones.
—¿Qué es ese cuchicheo que os traéis entre los dos? ¿Queréis que me vaya? ¿Tan silenciosamente como entré, sin que nadie se dé cuenta?
—Sí —contestó Hammar—. No, no te vayas. Estoy harto de secretos. Entra y cierra la puerta.
Sacó un fichero de un cajón del escritorio.
—Fue una investigación de rutina —explicó—, que no dio origen a ninguna acción. Pero partes de ella podrían interesar a cualquiera que esté pensando intervenir en el caso.
—¿En qué demonios andas metido? —preguntó Kollberg—. ¿Has abierto una agencia secreta o algo así?
—Si no te callas, vete —le replicó Martin Beck—. ¿Por qué se interesó por Matsson el contraespionaje?
—Los funcionarios de pasaportes tienen sus pequeñas excentricidades. En el aeropuerto de Arlanda, por ejemplo, apuntan los nombres de quienes van a países europeos que exigen visado. A algún tipo listo, mirando sus libros, se le debió de ocurrir que el tal Matsson viaja demasiado a menudo: Varsovia, Praga, Budapest, Sofía, Bucarest, Constanza, Belgrado. Gran aficionado al pasaporte. Así que el Departamento de Seguridad hizo una pequeña investigación secreta. Fueron, por ejemplo, a la revista donde trabaja e hicieron preguntas.
—¿Y qué les contestaron?
—Que todo era correcto. Alf Matsson es un gran aficionado al pasaporte, dijeron. ¿Por qué no iba a serlo? Es nuestro experto en Europa del Este. No consiguieron mucho más que eso. Pero hay alguna que otra cosa. Toma esta basura y léela. Puedes sentarte aquí. Porque ahora yo me largo a casa. Y esta noche me voy a ver una película de James Bond. ¡Hasta luego!
Martin Beck tomó el informe y empezó a leer. Acabada la primera página, se la alargó a Kollberg, quien la tomó entre las puntas de los dedos y la colocó ante él. Martin Beck se lo quedó mirando interrogativamente.
—Sudo mucho —dijo Kollberg—. No quiero manchar estos documentos secretos.
Martin Beck asintió. Él nunca sudaba, excepto cuando estaba resfriado.
No se dijeron nada durante la siguiente media hora.
El expediente no ofrecía gran cosa de interés inmediato pero estaba hecho a conciencia. Alf Matsson no había nacido en Gotemburgo en 1934, sino en Mölndal en 1933. Empezó como periodista en provincias en 1952 y luego fue reportero de varios diarios antes de venir a Estocolmo como redactor de deportes, en 1955. Como periodista deportivo hizo varios viajes al extranjero, entre ellos a la Olimpíada de Melbourne en 1956 y a la de Roma en 1960. Toda una serie de jefes anteriores daba fe de que era un periodista diestro: «...hábil, de pluma rápida». Dejó la prensa diaria en 1961, cuando lo contrató el semanario para el que aún trabajaba. Durante los últimos cuatro años había ido dedicando cada vez más tiempo a los reportajes internacionales sobre una amplia gama de temas, desde la política y la economía al deporte y los artistas de música pop. Tenía el título de bachillerato y hablaba con fluidez inglés y alemán, un español pasable, y algo de francés y ruso. Ganaba más de cuarenta mil coronas al año y había estado casado dos veces. Su primer matrimonio se celebró en 1954 y se disolvió al año siguiente. Volvió a casarse en 1961. Tenía dos hijos, una niña de su primer matrimonio y un niño del segundo.
Con una diligencia encomiable, el investigador pasaba luego a los aspectos menos admirables de aquel hombre. En algunas ocasiones había descuidado pagar la manutención de su hija mayor. Su primera esposa lo calificaba de «borracho y bestia brutal». Entre paréntesis se indicaba que este testigo no parecía ser fiable del todo. Había, sin embargo, algunas vagas insinuaciones sobre su afición a la bebida, entre ellas una declaración de un ex compañero de trabajo, que decía que era «buena persona, pero se convertía en un cabrón cuando se emborrachaba». Sólo uno de estos testimonios se apoyaba en pruebas. En la víspera de Reyes de 1966, un coche patrulla de Malmö lo llevó a la sala de emergencias del Hospital General tras resultar apuñalado en la mano durante una reyerta en casa de un tal Bengt Jönsson, donde casualmente se hallaba de visita. El caso fue investigado por la policía criminal pero no se llevó ante los tribunales, ya que Matsson no quiso presentar querella. Sin embargo, dos policías llamados Kristiansson y Kvant afirmaron que tanto Matsson como Jönsson estaban bajo la influencia del alcohol, por lo cual el asunto quedó registrado en la Comisión de Lucha contra el Alcoholismo.
La declaración de su jefe actual, un tal Eriksson, tenía un tono desafiante. Matsson era el «experto en Europa del este» (fuera cual fuese el uso que de tal persona pudiera hacer una publicación de este cariz) y la dirección de la revista no halló motivos para dar a la policía más informaciones sobre sus actividades periodísticas. Matsson, decían, estaba muy interesado y bien informado en asuntos de Europa del Este. A menudo presentaba proyectos propios y en varias ocasiones demostraba una ambición fuera de lo común renunciando a vacaciones y días libres para, sin percibir paga adicional, llevar a cabo ciertos reportajes que le interesaban especialmente.
Algún lector previo también había demostrado ambición, subrayando en rojo esta frase. Difícilmente podía haber sido Hammar, que nunca garabateaba en los informes de otros.
Un relato detallado de los artículos publicados por Matsson mostraba que consistían casi exclusivamente en entrevistas con atletas famosos y reportajes sobre deportes, estrellas de cine y otros temas de ocio.
El expediente contenía varias cosas por el estilo. Tras acabar de leer, Kollberg dijo:
—Una persona excepcionalmente aburrida.
—Hay un detalle peculiar.
—¿Te refieres a que ha desaparecido?
—Exacto —contestó Martin Beck.
Un minuto más tarde, marcó el número del Ministerio de Asuntos Exteriores, y Kollberg, para su sorpresa, le oyó decir:
—¿Martin? Sí, ¡hola, Martin! Soy Martin.
Martin Beck pareció escuchar por un momento, con expresión torturada en su rostro. Luego dijo:
—Sí, iré.
4
El edificio era viejo y no tenía ascensor. El nombre de Matsson figuraba en la parte superior de la lista de residentes que había en el portal. Tras subir los cinco tramos de la empinada escalera de piedra, Martin Beck jadeaba y el corazón le latía con celeridad. Esperó un momento antes de llamar al timbre.
La mujer que abrió la puerta era menuda y rubia. Llevaba pantalones y un jersey de punto de algodón; en las comisuras de su boca había líneas duras. Martin Beck calculó que tendría unos treinta años.
—Entre —le dijo la mujer, abriendo la puerta.
Reconoció su voz por la conversación telefónica que habían mantenido una hora antes.
El vestíbulo era grande y carecía de muebles, exceptuando un taburete sin pintar situado junto a la pared. Un niño de unos dos o tres años salió de la cocina. Llevaba en la mano un bollo mordisqueado, avanzó directamente hasta Martin Beck, se paró delante de él y alargó un puño pringoso.
—¡Hola! —exclamó.
Luego dio media vuelta y echó a correr hacia el salón. La mujer lo siguió y levantó al niño, que con un glu-glú de satisfacción se había sentado en el único sillón cómodo de la habitación. Entonces, el chiquillo empezó a gritar y ella lo llevó a la habitación de al lado y cerró la puerta. Luego volvió, se sentó en el sofá y encendió un cigarrillo.
—Quiere hacerme preguntas sobre Alf. ¿Es que le ha ocurrido algo?
Tras un momento de vacilación, Martin Beck se sentó en el sillón.
—Que nosotros sepamos, no. Pero, al parecer, lleva un par de semanas sin dar señales de vida. No se ha puesto en contacto con la revista, ni tampoco, que nosotros sepamos, con usted. ¿No se le ocurre dónde puede estar?
—Ni idea. Además, tampoco tiene nada de raro que no me haya dicho nada. La última vez que estuvo aquí fue hace un mes. Y, entonces, ya llevábamos un mes sin saber nada de él.
Martin Beck se quedó mirando hacia la puerta cerrada.
—¿Y el niño? No suele...
—Desde que nos separamos no parece muy interesado por su hijo —contestó ella, con cierta amargura—. Nos envía dinero cada mes, pero es su obligación, ¿no cree?
—¿Gana mucho dinero en la revista?
—Sí, no sé cuánto pero siempre tiene mucho dinero. Y no es tacaño. A mí nunca me faltó nada, aunque él sólo, por su cuenta, gasta mucho. En restaurantes, taxis y cosas por el estilo. Ahora tengo un empleo, así que gano un poco.
—¿Llevan mucho tiempo divorciados?
—No estamos divorciados. Aún no nos hemos puesto a ello. Él se fue de aquí hace casi ocho meses. Se buscó un piso. Pero ya antes pasaba tanto tiempo fuera de casa que apenas noté la diferencia.
—Supongo que usted conoce sus costumbres: a quién ve, a dónde suele ir...
—Ya no. Si he de hablarle con franqueza, no sé en qué anda metido. Antes solía estar con sus colegas. Periodistas y gente así. Se veían en un restaurante llamado Tennstopet. Pero ahora no sé. Quizá tenga otro garito. Además, ese sitio se ha trasladado o lo han derribado, ¿no es así?
Apagó el cigarrillo en el cenicero y se acercó a la puerta para escuchar. Luego la abrió con precaución. Entró. Salió un instante después, cerrando la puerta con igual cuidado.
—Se ha dormido —dijo.
—Es un niño muy guapo —comentó Martin Beck.
—Sí, muy guapo.
Permanecieron callados un instante; luego, ella dijo:
—Pero Alf había ido a cumplir una misión en Budapest, ¿no es cierto? Por lo menos, eso es lo que me han dicho. ¿No se habrá quedado allí? ¿O es que se ha ido a otro sitio?
—¿Acostumbraba a hacer eso cuando salía en viaje de trabajo?
—No —contestó ella con cierta vacilación—. No, no solía hacerlo. No es un hombre especialmente formal y bebe mucho, pero mientras vivimos juntos nunca descuidó su trabajo. Por ejemplo, era terriblemente escrupuloso en lo de entregar sus originales en la fecha prometida. Cuando vivía aquí, a menudo se quedaba trabajando hasta altas horas de la noche para terminar a tiempo sus artículos.
Se quedó mirando a Martin Beck. Por primera vez durante la conversación advirtió una vaga inquietud en sus ojos.
—La verdad, parece raro que no se haya puesto en contacto con la revista, ¿no? ¿Y si le ha ocurrido algo?
—¿Tiene alguna idea de qué puede haberle sucedido?
Ella negó con la cabeza.
—Ninguna.
—Dijo usted antes que bebe. ¿Bebe mucho?
—Sí, en algunas ocasiones. En los últimos meses en que vivió aquí, a menudo volvía a casa borracho. Eso, cuando llegaba.
En las comisuras de su boca apareció de nuevo la mueca amarga.
—Pero ¿afectó eso a su trabajo?
—No, realmente no. O al menos no mucho. Cuando empezó a trabajar para ese semanario, le hacían encargos especiales. Reportajes de viajes y cosas así. Entretanto no tenía mucho que hacer y estaba libre a menudo. No tenía que pasar mucho rato en la redacción. Entonces bebía. A veces se pasaba días y días sentado en aquel bar.
—Entiendo —dijo Martin Beck—. ¿Puede darme los nombres de los que solían estar con él?
Le dio los nombres de tres periodistas, desconocidos para él. Martin Beck los apuntó en un recibo de taxi que encontró en su bolsillo. Ella lo miró y dijo:
—Creía que los policías llevaban siempre pequeños cuadernos de notas con tapa negra en los que apuntaban todo. Pero quizás eso ocurra sólo en las novelas y las películas.
Martin Beck se levantó.
—Si tiene alguna noticia de él, tenga la amabilidad de llamarme —dijo ella.
—Por supuesto —respondió Martin Beck.
Ya en el vestíbulo, le preguntó:
—¿Dónde dijo usted que vivía ahora?
—En Fleminggatan, número 34. Pero no se lo he dicho.
—¿Tiene usted llave?
—Pues no. Ni siquiera he estado allí.
Sobre la puerta había un pedazo de cartón en el que estaba escrito MATSSON con rotulador. La cerradura era ordinaria y Martin no tuvo ningún problema en abrirla. Consciente de hacer algo contrario a las normas, entró en el piso. Sobre la alfombrilla había correspondencia —propaganda, una postal desde Madrid firmada por alguien llamado Bibban, una revista inglesa de coches de carreras y una factura de luz por un importe de 28,45 coronas.
El piso constaba de dos grandes habitaciones, una cocina, vestíbulo y retrete. No tenía baño, pero sí dos grandes armarios empotrados. Se respiraba un aire denso y enrarecido.
En la habitación más grande, que daba a la calle, había una cama, una mesilla de noche, estanterías, una mesita baja circular con superficie de cristal, un par de sillones, un escritorio y dos sillas. Sobre la mesilla de noche había un tocadiscos y en el estante de abajo un montón de elepés. Martin Beck leyó en inglés sobre la tapa superior: Blue Monk. No le dijo nada. Sobre el escritorio había una pila de folios, un diario con fecha del 20 de julio, una factura de taxi por un importe de seis cincuenta, fechada el 18 de julio, un diccionario alemán-sueco, una lupa y una hoja de multicopista con propaganda de un club juvenil. Había teléfono, listines telefónicos y dos ceniceros. En los cajones vio revistas viejas, fotografías de revistas, recibos, algunas cartas y tarjetas, y cierto número de copias de originales en papel carbón.
En la habitación posterior no había ningún mueble, salvo un estrecho diván con una colcha roja y descolorida, una silla y un taburete que servía de mesita de noche. No había cortinas.
Martin Beck abrió las puertas de ambos armarios. En uno de ellos había una bolsa de lavandería casi vacía y sobre los estantes, camisas, jerseys y ropa interior. Algunas de estas prendas tenían todavía intactas las cintas de papel de la lavandería. De las perchas del otro armario colgaban dos americanas de lana, un traje de franela marrón oscuro, tres pares de pantalones y un abrigo de invierno. Tres perchas estaban vacías. En el suelo había un par de recios zapatos color marrón oscuro, con suelas de goma, otro par negro más fino, un par de botas y otro de chanclos altos. En la parte alta de uno de los armarios, una gran maleta. En la del otro, nada.
Martin Beck se dirigió a la cocina. No había platos sucios en el fregadero; pero en el escurreplatos vio dos vasos y una jarra. En la despensa sólo había un par botellas de vino vacías y dos latas de conserva. Martin Beck pensó en su propia despensa, que había limpiado tan a conciencia y completamente en vano.
Recorrió el piso una vez más. La cama estaba hecha, los ceniceros vacíos y no había pasaporte, ni dinero, ni talonarios de banco ni nada de valor en el escritorio. En conjunto, nada indicaba que Alf Matsson hubiera pasado por el piso tras salir para Budapest, dos semanas atrás.
Martin Beck salió de la casa de Alf Matsson y esperó un momento en la desierta parada de taxis de Fleminggatan. Pero, como solía ocurrir a la hora del almuerzo, no había taxis libres y tuvo que tomar un tranvía en la parada de Sankt Eriksgatan.
Pasaba de la una cuando entró en el comedor del Tennstopet. Todas las mesas estaban ocupadas y las atareadas camareras ni se fijaron en él. No había maître a la vista. Se dirigió al bar, situado al otro lado del vestíbulo de entrada. Un hombre gordo con chaqueta de pana recogió sus papeles y se levantó de una mesa redonda en el rincón cercano a la puerta. Martin Beck ocupó su lugar. También aquí todas las mesas se hallaban ocupadas pero algunos de los clientes habían pedido ya la cuenta. Pidió al maître un sándwich y le preguntó si alguno de los tres periodistas se encontraba en el local.
—El redactor Molin está allí sentado. A los otros no los he visto hoy. Probablemente vendrán más tarde.
Martin Beck siguió la mirada del maître hasta una mesa ante la que cinco hombres de mediana edad conversaban sentados delante de grandes jarras de cerveza.
—¿Cuál de esos caballeros es el señor Molin?
—El señor de la barba —señaló el maître, y se marchó.
Confundido, Martin Beck miró a los cinco hombres. Tres de ellos tenían barba.
Llegó la camarera con el sándwich y la cerveza. Martin Beck aprovechó la ocasión para preguntarle:
—¿Sabe cuál de aquellos caballeros es el señor Molin?
—Claro, el de la barba.
Advirtió su mirada de desánimo y aclaró:
—El que está junto a la ventana.
Martin Beck se comió despacio el sándwich. El hombre llamado Molin pidió otra jarra de cerveza. Martin Beck aguardó. El lugar empezó a vaciarse. Al cabo de un rato Molin terminó su cerveza y le sirvieron otra. Martin Beck acabó su sándwich, pidió café y esperó.
Finalmente, el hombre de la barba se levantó de su sitio junto a la ventana y se dirigió hacia la entrada. Cuando pasaba por su lado, Martin Beck le dijo:
—¿El señor Molin?
El hombre se detuvo.
—Un momento —dijo y continuó su marcha.
Un instante después regresó, respiró pesadamente por encima de Martin Beck y preguntó:
—¿Nos conocemos?
—No, aún no. Tal vez quiera sentarse un momento y tomar una cerveza conmigo. Hay algo que deseo preguntarle.
Se dio cuenta de que sus palabras no sonaban demasiado bien. Olían a policía a mil leguas. De todos modos, dieron resultado. Molin se sentó. Tenía el pelo rubio, ondulado y peinado hacia adelante, sobre la frente. Lucía una barba rojiza y bien cuidada. Aparentaba tener unos treinta y cinco años y estaba bastante gordo. Llamó a una camarera.
—Oye, Stina, tráeme una ronda.
La camarera asintió. Luego miró a Martin Beck.
—Lo mismo.
Una ronda resultó ser una jarra bulbosa y mucho más grande que la cilíndrica, ya de por sí bastante grande, que él se había bebido con su sándwich.
Molin tomó un buen trago y se limpió el bigote con el pañuelo.
—¡Bueno! ¿De qué quería usted hablarme? ¿De la mona y sus consecuencias?
—De Alf Matsson —dijo Martin Beck—. Ustedes son buenos amigos, ¿no?
Como aquello seguía sin sonar particularmente bien, trató de mejorarlo añadiendo:
—Compañeros, ¿verdad?
—¡Claro! ¿Qué tiene usted contra él? ¿Le debe dinero?
Molin miró con suspicacia y altivez a Martin Beck.
—En tal caso, ante todo debo advertir que yo no soy una agencia de cobros.
Estaba claro que tendría que cuidar lo que decía. Además aquel hombre era un periodista.
—No, nada de eso —replicó Martin Beck.
—Entonces, ¿para qué quiere a Affe?
—Affe y yo nos conocimos hace tiempo. Trabajamos en la misma... bueno, trabajamos juntos hace años. Me encontré con él por casualidad hace unas semanas y prometió hacerme un trabajo; pero no he vuelto a tener noticias suyas. Él habló mucho de usted, así que pensé que quizá sabría dónde está.
Algo exhausto por su esfuerzo oratorio, Martin Beck tomó un trago de cerveza. El otro hombre siguió su ejemplo.
—¡Anda! ¿Así que eres un viejo amigo de Affe? La verdad es que yo también he estado preguntándome dónde puede haberse metido. Supongo que se habrá quedado en Hungría. Desde luego no está en la ciudad. Si no, lo habríamos visto por aquí.
—¿En Hungría? ¿Qué hace allí?
—Está haciendo un curro para su revista. Pero ya debería estar de vuelta en casa. Cuando se marchó, dijo que iba a estar fuera sólo dos o tres días.
—¿Lo has visto antes de que se marchara?
—Sí, claro. La noche antes. Estuvimos aquí durante el día y luego fuimos a un par de sitios por la noche.
—¿Tú y él?
—Sí, y algunos de los otros. No recuerdo exactamente quién. Creo que Per Kronkvist y Stickan Lund. Nos emborrachamos, pero bien. Sí, Åke y Pia estaban también. Por cierto, ¿conoces a Åke?
Matin Beck reflexionó. Le pareció que no merecía la pena:
—¿Åke? No sé. ¿Qué Åke?
—Åke Gunnarsson —contestó Molin, volviéndose hacia la mesa en la que había estado sentado antes. Dos de los hombres se habían marchado durante su conversación. Los dos que quedaban permanecían sentados en silencio ante sus cervezas.
—Está sentado allí —señaló Molin—. Es el tipo de la barba.
Uno de los barbas se había ido, así que no quedaba duda de quién era Gunnarsson. El hombre parecía simpático.
—No —dijo Martin Beck—. Creo que no lo conozco. ¿Dónde trabaja?
Molin le dio el nombre de una publicación de la que Martin Beck no había oído hablar jamás, pero que sonaba a revista de automovilismo.
—Åke es un tío cojonudo. También bebió muchísimo aquella noche, si no recuerdo mal. Pero no suele emborracharse. Por más que beba...
—¿No has visto a Affe desde entonces?
—¡Joder! ¡Cuántas preguntas haces! ¿No vas a preguntarme también cómo me encuentro?
—¡Claro! ¿Cómo te encuentras?
—Mal. De puta pena. Tengo una resaca jodida.
La cara de Molin se ensombreció. Y como para borrar los últimos jirones de placer en su existencia, se bebió de un enorme trago el resto de su cerveza. Sacó su pañuelo, y con ojos melancólicos, se secó el bigote lleno de espuma.
—Debían servir la cerveza en tazas para bigotudos —comentó—. No hay buen servicio en estos tiempos.
Tras una breve pausa siguió:
—No, no he visto a Affe desde que se marchó. La última vez que lo vi estaba vertiendo su cubata sobre una chica en el bar de la Ópera. Se fue a Budapest a la mañana siguiente. ¡Pobre diablo! Cruzar media Europa con una resaca como ésa. Espero que no volara con SAS.
—¿Y no has vuelto a tener noticias de él?
—No solemos escribirnos cuando salimos fuera a hacer reportajes —contestó Molin con altivez—. ¿Para qué clase de revistucha trabajas? ¿El Jesusito? Bueno, ¿qué te parece otra ronda?
Al cabo de media hora y dos rondas más, Martin Beck logró escapar del señor Molin, tras haberle prestado diez coronas. Al marcharse, oyó tras él la voz de aquel hombre:
—Fia, tráeme otra ronda.
5
El avión era un Ilyushin 18 turborreactor de las CSA. Despegó describiendo un arco cerrado sobre Copenhague, Saltholm y un Öresund resplandeciente de sol.
Martin Beck se sentó junto a la ventanilla y vio debajo la isla de Ven, con los acantilados de Backafall, la iglesia y el pequeño puerto. Tuvo el tiempo justo de ver un remolcador dando la vuelta al malecón mientras el avión tomaba rumbo sur.
Le gustaba viajar pero esta vez el placer del viaje quedaba en su mayor parte ensombrecido por la desilusión de haber echado a perder sus vacaciones. Además, su mujer no parecía comprender que sus posibilidades de elección no habían sido precisamente muy grandes. Había hablado con ella por teléfono la noche anterior, para intentar explicárselo, pero no tuvo mucho éxito.
—No te importamos un pimiento ni yo ni los niños —le dijo ella.
Y un momento después:
—Debe de haber otros policías además de ti. ¿Es que tienes que aceptar cualquier misión?
Trató de convencerla de que habría preferido ir a la isla, pero ella siguió mostrándose poco razonable. Es más, en algún momento evidenció incluso falta de lógica:
—Así que te vas a Budapest a divertirte, mientras que los niños y yo nos quedamos encerrados en esta isla.
—No voy a divertirme.
—Lo que tú digas.
Al final, ella colgó en mitad de una frase. Él sabía que acabaría calmándose pero no intentó volver a llamarla.
Ahora, a una altitud de 5.000 metros, abatió el respaldo de su asiento, encendió un cigarrillo y dejó que sus pensamientos sobre la isla y su familia se hundieran hasta el fondo de la mente.
Durante la escala en el aeropuerto de Schönefeld se bebió una cerveza en la sala de tránsito. Observó que la cerveza se llamaba Radeberger. Era excelente pero no creyó tener motivo para recordar su nombre. El camarero le dio conversación en alemán de Berlín. No lo entendió demasiado bien y se preguntó, sombrío, cómo iba a arreglárselas de aquí en adelante.
En una cesta junto a la entrada había algunos folletos en alemán. Tomó uno al azar, para leer algo durante la espera. Por lo visto, necesitaba practicar su alemán.
El folleto había sido publicado por el sindicato de periodistas de la RDA y trataba del Grupo Springer, una de las principales editoras de diarios y revistas de la Alemania Occidental, y de su jefe, Axel Springer, que había trabajado previamente como colaborador de Goebbels. Daba ejemplos de la amenazadora política fascista de la empresa y citaba a varios de sus colaboradores principales, que tenían también un pasado nazi.
Cuando anunciaron su vuelo, Martin Beck constató que había leído la práctica totalidad del folleto casi sin dificultad. Se lo metió en el bolsillo y subió al avión.
Tras una hora de vuelo, el avión aterrizó de nuevo, esta vez en Praga, una ciudad que Martin Beck siempre había querido visitar. Ahora tuvo que contentarse con echar un breve vistazo desde el aire a sus muchas torres y puentes, y al Moldava; la escala era demasiado breve para acercarse a la ciudad desde el aeropuerto.
Su homónimo pelirrojo de Asuntos Exteriores había deplorado que las conexiones entre Estocolmo y Budapest no fueran especialmente rápidas; pero Martin Beck no tenía nada en contra de las escalas, por más que de Berlín Este o Praga no pudiera ver otra cosa que salas de tránsito y pistas de aterrizaje.
Martin Beck no había estado nunca en Budapest, y cuando el avión despegó de nuevo, se leyó de cabo a rabo un par de folletos que le había dado el secretario pelirrojo. En uno, referente a la geografía de Hungría, leyó que Budapest tenía dos millones de habitantes. Se preguntó cómo iba a encontrar a Alf Matsson si había tenido a bien desaparecer en esta metrópoli.
Repasó mentalmente todo lo que sabía de Alf Matsson. No era demasiado, y se preguntó si realmente había mucho más que saber. Recordó el comentario de Kollberg: «una persona excepcionalmente aburrida». ¿Por qué querría desaparecer un hombre como Alf Matsson? Eso, en el caso de que hubiese desaparecido por voluntad propia. ¿Una mujer? No tenía mucho sentido pensar que por algo semejante fuera a sacrificar un empleo bien pagado, que además le gustaba. Aún estaba casado, cierto, pero era completamente libre de hacer lo que le viniera en gana. Tenía un hogar, trabajo, dinero y amigos. Resultaba difícil hallar una razón plausible que le hubiera movido a dejar todo eso voluntariamente.
Martin Beck sacó la copia del expediente personal del Departamento de Seguridad. Alf Matsson se había convertido en objeto de interés para la policía sólo porque hacía muchos y frecuentes viajes a lugares de la Europa del Este. «Tras el Telón de Acero», había dicho el pelirrojo. Bueno, aquel hombre era periodista y si prefería aceptar misiones en la Europa del Este, eso, en sí, no tenía nada de raro. Y aun suponiendo que hubiese algo sobre su conciencia, ¿por qué desaparecer? El Departamento de Seguridad había archivado el caso tras una investigación de rutina. «Un nuevo caso Wallenberg», había comentado el hombre de Asuntos Exteriores: «Quitado de en medio por los comunistas». «Ves demasiadas películas de James Bond», habría dicho Kollberg, de estar allí.
Martin Beck dobló la copia y la metió en su cartera de mano. Miró por la ventanilla. Ahora había oscurecido del todo; pero brillaban las estrellas, y allá abajo se veían los puntos luminosos de pueblos y ciudades, e hileras de luz allí donde las carreteras estaban iluminadas.
Cabía la posibilidad de que Matsson se hubiese puesto a beber, olvidándose de la revista y de todo, y que, una vez sobrio, arrepentido y sin un céntimo, se viese obligado a dar señales de vida. Pero tampoco parecía muy convincente. Es verdad que abusaba del alcohol de vez en cuando, pero no se abandonaba a la bebida ni tampoco solía dejar colgado su trabajo.
Quizá se hubiera suicidado, o sufrido un accidente. Tal vez hubiera caído al Danubio, ahogándose. O a lo mejor le robaron y mataron. ¿Era esto último más probable? Difícilmente. Martin Beck había leído en alguna parte que, de todas las capitales del mundo, Budapest era la que tenía el promedio más bajo de delincuencia.
Quizá en ese instante estuviera sentado en el comedor de su hotel, cenando, y Martin Beck podría tomar el avión al día siguiente para regresar y seguir sus vacaciones.
Los pilotos se encendieron. No smoking. Please, fasten seatbelts. Luego lo repitieron en ruso.
Cuando el avión dejó de rodar, Martin Beck tomó la cartera de mano y recorrió a pie el corto trecho que le separaba del edificio del aeropuerto. Corría un aire suave y cálido, aunque ya era tarde.
Tuvo que esperar largo rato hasta que apareció su única maleta, pero las formalidades del pasaporte y aduana fueron despachadas con rapidez. Atravesó un enorme vestíbulo, con tiendas a lo largo de las paredes, y luego bajó la escalera que conducía fuera del edificio. El aeropuerto parecía estar muy lejos de la ciudad, pues no se divisaban más luces que las del propio recinto. De pie, observó cómo dos ancianas tomaban el único taxi que había en la parada frente a la escalera.
Pasó bastante tiempo hasta la llegada del siguiente taxi, y mientras éste le conducía por barrios periféricos y oscuras zonas industriales, Martin Beck sintió hambre. No sabía nada del hotel en el que iba a alojarse, aparte de su nombre y el hecho de que Alf Matsson había estado allí antes de desaparecer, pero esperaba poder comer algo allí.
El taxi entró en lo que parecía ser el centro de la ciudad, atravesando anchas avenidas y grandes plazas abiertas. No había mucha gente fuera y la mayor parte de las calles estaban vacías y más bien oscuras. Durante un rato recorrieron una ancha vía comercial, con escaparates iluminados, para luego continuar por calles más estrechas y peor iluminadas. Martin Beck no tenía la menor idea de en qué parte de la ciudad se hallaba, pero se pasó todo el tiempo intentando descubrir el río.
El taxi se detuvo ante la entrada iluminada del hotel. Martin Beck se inclinó hacia delante y, antes de pagar al conductor, leyó la cifra que marcaba en rojo el taxímetro. Le pareció caro, más de cien en la moneda del país. Había olvidado lo que valía un florín en su propia moneda pero comprendió que no podía ser mucho.
Un hombre ya mayor con bigote gris, uniforme verde y gorra de visera, abrió la puerta del taxi y se hizo cargo de su maleta. Martin Beck lo siguió, atravesando la puerta giratoria. El vestíbulo era espacioso, de techos altos, y el mostrador de recepción formaba ángulo en el rincón del ala izquierda del vestíbulo. El portero de noche hablaba inglés. Martin Beck le entregó su pasaporte y le preguntó si podía cenar. El portero le señaló una puerta de cristales, al fondo del vestíbulo, y le indicó que el comedor estaba abierto hasta medianoche. Luego le dio la llave al ascensorista, que tomó la maleta de Martin Beck y marchó delante de él hasta el ascensor. Éste fue subiendo trabajosamente, entre chirridos, hasta alcanzar el primer piso. El ascensorista le pareció al menos tan viejo como el ascensor y Martin Beck trató en vano de aliviarle del peso de la maleta. Recorrieron un largo pasillo, doblaron a la izquierda dos veces y, finalmente, el anciano abrió con llave una enorme puerta doble y metió dentro la maleta.
La habitación tendría, como mínimo, cuatro metros de altura y le parecía muy grande. El mobiliario, de caoba, era oscuro y enorme. Martin Beck abrió la puerta del baño. Había una bañera espaciosa, con grifos grandes y anticuados y una ducha. Se tumbó en la cama. La encontró cómoda, pero chirriaba espantosamente.
Las ventanas eran altas, con postigos en el interior. Delante del hueco de la ventana colgaban pesadas cortinas blancas de encaje. Abrió los postigos de una de las ventanas y miró hacia fuera. Debajo había un farol de gas, que daba una luz entre verde y amarilla. Más allá se veían luces. Le llevó su tiempo darse cuenta de que, entre él y esas luces, pasaba el río.
Abrió la ventana y se asomó. Debajo había una balaustrada de piedra con grandes macetas de flores; por dentro, mesas y sillas. La luz caía a raudales sobre la terraza y se oía una pequeña orquesta que tocaba un vals de Strauss. Entre el hotel y el río había una calle con árboles y farolas de gas, vías de tranvía y un ancho muelle con bancos y grandes macetones con flores. Dos puentes, uno a la derecha y otro a la izquierda, salvaban el río.
Dejó la ventana abierta y bajó a cenar. Al abrir la puerta acristalada del vestíbulo, entró en un salón con sillones profundos, mesas bajas y espejos en una pared. Dos escalones llevaban al comedor, en el extremo opuesto se hallaba instalada la pequeña orquesta que había oído desde su habitación.
El comedor era colosal, con dos enormes pilares de caoba y un balcón corrido a gran altura sobre tres de las paredes, bajo el techo. Tres camareros, con chaquetas de color burdeos y solapas negras, permanecían de pie tras la puerta. Se inclinaron y lo saludaron a coro, mientras que un cuarto se adelantó y lo condujo hasta una mesa junto a la ventana y la orquesta.
Martin Beck miró la carta durante un buen rato hasta encontrar la columna escrita en alemán, y empezó a leer. Pasado un rato, un camarero encanecido con fisonomía de boxeador bonachón se inclinó hacia él y le dijo:
—Very gut fischsuppe, gentleman.
Martin Beck se decidió enseguida por la sopa de pescado.
—¿Barack? —sugirió el camarero.
—¿Qué es eso? —replicó Martin Beck, primero en alemán, luego en inglés.
—Very gut aperitif —contestó el camarero.
Martin Beck se bebió el aperitivo llamado Barack. El Barack palinka, explicó el camarero, era un aguardiente húngaro de albaricoque.
Se tomó la sopa de pescado, rojiza, muy cargada de pimentón y realmente muy rica.
Comió un filete de ternera con patatas en una salsa fuerte de pimentón y bebió cerveza checa.
Acabado el café, muy cargado, y otro Barack adicional, sintió sueño y se fue directamente a su habitación.
Cerró la ventana, echó los postigos y se acostó. La cama chirriaba. Un chirrido amistoso, pensó, y se quedó dormido.
6
Le despertó un alarido ronco e interminable. Mientras intentaba orientarse, parpadeando en la penumbra, el ruido se repitió dos veces. Se volvió de lado y tomó de la mesita de noche su reloj de pulsera. Eran las nueve menos diez. La enorme cama chirriaba solemnemente. Martin Beck pensó que acaso alguna vez habría chirriado con la misma majestuosidad bajo el peso de Conrad von Hötzendorff. La luz del día se filtraba a través de los postigos. En la habitación hacía ya mucho calor.
Se levantó, se dirigió al cuarto de baño y tosió durante un rato, cosa que solía hacer por las mañanas. Se bebió un trago de agua mineral, se puso la bata, alzó los postigos y abrió la ventana. El contraste entre la penumbra de la habitación y la luz del sol, clara, intensa, resultaba casi abrumador. Igual que las vistas.
El Danubio discurría ante él con curso pausado y regular, de norte a sur, no muy azul, pero sí amplio y majestuoso, muy bello. Al otro lado del río se elevaban dos colinas de suave pendiente, coronadas por un monumento y una fortaleza amurallada. Las casas trepaban vacilantes por las laderas de las colinas y más allá se vislumbraban nuevas colinas, sembradas de chalés. Ahí estaba, pues, la famosa Buda, en el corazón mismo de la cultura centroeuropea. Martin Beck dejó vagar su mirada por la vista panorámica, escuchando distraídamente el rumor de la historia. Allí fundaron los romanos su poderoso asentamiento de Aquincum, desde allí la artillería de los Habsburgo bombardeó Pest hasta reducirla a ruinas durante la guerra de Liberación de 1849, y allí también los fascistas de la Cruz y la Flecha de Szálasi y las tropas de las SS del teniente guerrillero Pfeffer-Wildenbruch resistieron durante un mes entero hacia finales del invierno de 1945, con un heroísmo absurdo y destructivo (los viejos fascistas que había conocido en Suecia aún hablaban de ello con orgullo).
Más abajo vio un pequeño vapor de ruedas blanco, atracado en el muelle, con la bandera checoslovaca roja, blanca y azul, desplomada bajo el calor, y turistas tomando el sol en las tumbonas de cubierta. Lo que le había despertado era un remolcador yugoslavo, que avanzaba lentamente río arriba. Era grande y viejo, con dos altas chimeneas asimétricamente inclinadas, y arrastraba seis barcazas sobrecargadas. En la última había una cuerda tendida entre la caseta del timonel y la grúa baja de carga entre los escotillones. Una joven con un pañuelo en la cabeza y mono de trabajo recogía despreocupadamente la colada de una cesta y tendía con meticulosidad prendas infantiles, impasible ante la belleza de las márgenes del río. A la izquierda, un largo puente, airoso y esbelto, se combaba sobre el río. Parecía conducir directamente a la colina del monumento, que representaba en bronce a una mujer alta con una hoja de palmera sobre la cabeza. El puente era un hervidero de coches, autobuses, tranvías y peatones. A la derecha, hacia el norte, el remolcador había alcanzado el siguiente puente. De nuevo lanzó tres roncos alaridos para anunciar el número de barcazas que arrastraba, abatió sus chimeneas hacia proa y popa y se deslizó bajo el arco del puente. Justo enfrente de la ventana un vapor muy pequeño giró hacia la orilla, avanzó más de cincuenta metros de través a la corriente y completó la maniobra con perfección milimétrica, atracando en el pontón de un malecón. Desembarcó una cantidad disparatada de gente, y subió a bordo un número igual de grande.
El aire resultaba seco y cálido. El sol estaba alto. Martin Beck se asomó por la ventana, dejando que su mirada vagase de norte a sur, mientras consideraba algunos datos extraídos de los folletos que había leído en el avión.
«Budapest es la capital de la República Popular de Hungría. Se considera que fue fundada en 1873, cuando las tres ciudades de Buda, Pest y Obuda se unieron en una sola; pero las excavaciones han descubierto la existencia de asentimientos de varios miles de años de antigüedad, y Aquincum, la capital de la provincia romana de Panonia, estuvo situada en este lugar. Hoy la ciudad tiene casi dos millones de habitantes y está dividida en veintitrés distritos.»
Indudablemente, una ciudad muy grande. Le vino a la cabeza la frase célebre del legendario Gustaf Lidberg, cuando desembarcó en Nueva York en 1890, a la caza de Skog, el falsificador de moneda: «En este hormiguero está el señor ¿Quién?, dirección: ¿Dónde?».
Es cierto que, incluso entonces, Nueva York era más grande pero, por otra parte, el detective jefe Lidberg tenía un ilimitado tiempo a su disposición. Y él disponía sólo de una semana.
Martin Beck dejó la historia y el tráfico del río a sus respectivos destinos y fue a darse una ducha. Se puso unos pantalones de tergal color gris claro, una camisa suelta y sandalias. Mientras observaba en el espejo del armario cuán poco convencional resultaba su ropa de trabajo, las puertas de caoba se abrieron de repente, lenta y fatídicamente, con un crujido, como en las primeras películas de Arne Mattsson. Cuando el teléfono empezó a sonar, con timbrazos breves pero porfiados, su ritmo cardíaco no estaba todavía del todo controlado.
—Un caballero quiere verle. Le espera en el vestíbulo. Un caballero sueco.
—¿Es el señor Matsson?
—Sí, seguro que sí —respondió alegremente la recepcionista.
Por supuesto que sí, pensó Martin Beck mientras bajaba las escaleras. En tal caso, esta extraña misión tendría un final muy digno.
No se trataba de Alf Matsson, sino de un joven de la embajada, correctamente vestido con traje oscuro, zapatos negros, camisa blanca y corbata de seda gris claro. El hombre recorrió con la mirada a Martin Beck. Había curiosidad en sus ojos, pero sólo un asomo, no más.
—Como usted comprenderá, estamos enterados de la naturaleza de su misión. Quizá deberíamos hablar del asunto.
Se sentaron en el vestíbulo y hablaron del caso.
—Hay hoteles mejores que éste —dijo el hombre de la embajada.
—¿De veras?
—Sí, más modernos. De más categoría. Con piscina.
—¿Ah, sí?
—La sala de fiestas tampoco es nada del otro mundo.
—¿Ah, no?
—Con respecto a ese Alf Matsson...
El hombre bajó la voz y miró a su alrededor. El vestíbulo estaba vacío a excepción de un africano que dormía en el rincón del otro extremo.
—Sí, ¿han tenido noticias de él?
—No, ninguna. Lo único que sabemos a ciencia cierta es que aterrizó en Ferihegyi, el aeropuerto de aquí, la tarde del día 22. Pasó la noche en una especie de albergue juvenil llamado Ifjuság, en la parte de Buda. A la mañana siguiente se trasladó aquí. Cosa de media hora más tarde, salió y se llevó consigo la llave de su habitación. Desde entonces, nadie lo ha visto.
—¿Qué dice la policía?
—Nada.
—¿Nada?
—Los que he contactado no parecen interesados. Oficialmente hablando, esa actitud es comprensible. Matsson tenía un visado válido y se registró como residente en este hotel. La policía no tiene razones para preocuparse por él hasta que deje el país, mientras no supere el período de su permiso de residencia.
—¿No puede haber salido del país?
—Completamente impensable. Aunque lograra cruzar la frontera ilegalmente, ¿a dónde iría? ¿Sin pasaporte? De todos modos hemos hecho averiguaciones en las embajadas de Praga, Belgrado, Bucarest y Viena. Incluso en Moscú, por si acaso. Nadie sabe nada.
—El redactor jefe de Matsson creía recordar que venía a hacer dos cosas. Una entrevista con Laszlo Papp, el boxeador, y un artículo sobre el Museo Judío.
—No ha estado en ninguno de los dos sitios. Hemos hecho algunas pesquisas. Al director del museo, un tal doctor Sos, le escribió una carta desde Suecia; pero luego no se presentó. También hemos hablado con la madre de Papp. Nunca ha oído mencionar el nombre de Matsson, y el propio Papp ni siquiera está en la ciudad.
—¿Sigue su equipaje en la habitación de este hotel?
—Sus efectos personales permanecen en el hotel, pero no en su cuarto. Había reservado habitación sólo por tres noches. La dirección del hotel la retuvo a petición nuestra, y luego trasladó su equipaje a la oficina. Allí, tras el mostrador de recepción. Dicho sea de paso, ni siquiera llegó a abrirlo. Nosotros pagamos la factura.
El hombre guardó silencio durante un rato, como si estuviera pensando en algo. Luego añadió, con solemnidad:
—Ni que decir tiene que vamos a reclamarle esa cantidad a su jefe.
—O a sus herederos.
—Sí, si las cosas llegaran a tal extremo.
—¿Dónde está su pasaporte?
—Lo tengo yo —contestó el de la embajada.
Abrió la cremallera de su fino portafolios, sacó el pasaporte y se lo entregó, a la vez que extraía su estilográfica de un bolsillo interior.
—Aquí tiene. ¿Quiere hacer el favor de firmar el recibo, por favor?
Martin Beck firmó. El hombre guardó la pluma y el recibo.
—Muy bien, ¿hay algo más? Sí, claro, la factura del hotel. No tiene usted que preocuparse. Hemos recibido instrucciones de cubrir sus gastos. Aunque lo considero poco ortodoxo. Naturalmente, usted debería haber recibido dietas según el procedimiento habitual. Bueno, si necesita dinero en efectivo, puede retirarlo en la embajada.
—Gracias.
—Creo que ya está todo. Puede registrar sus objetos personales cuando quiera. Ya están sobre aviso.
El hombre se levantó.
—Por cierto, ocupa usted la misma habitación que Matsson —comentó de pasada—. Es la 105, ¿verdad? Si no hubiéramos insistido en que la habitación siguiera a nombre de Matsson, sin duda habría tenido que alojarse en otro hotel. Estamos en plena temporada.
Antes de separarse, Martin Beck le preguntó:
—¿Qué opina usted de todo esto? ¿Adónde cree que habrá ido?
El hombre de la embajada se le quedó mirando sin expresión.
—En caso de tener opinión al respecto, preferiría guardármela.
Un momento después añadió:
—Este asunto es muy desagradable.
Martin Beck subió a su habitación. Ya la habían limpiado. Miró a su alrededor. O sea que Alf Matsson se había alojado aquí. Pero durante una hora, como máximo. Esperar pistas de sus actividades en tan breve período sería, desde luego, pedir demasiado. ¿Qué había hecho Alf Matsson durante aquella hora? ¿Se asomó a la ventana, a mirar los barcos? Quizá. ¿Vio algo o a alguien que le hizo abandonar el hotel con tal premura que incluso olvidó entregar la llave? Posiblemente. Pero, en tal caso, ¿qué había sido? Imposible saberlo. Si lo hubiesen atropellado en la calle, les habrían avisado enseguida. Si hubiera pensado en saltar al río, tendría que haber esperado a que anocheciera. Si hubiese tratado de curarse la resaca con aguardiente de albaricoque y hubiera pillado, como resultado, otra borrachera devastadora, habría tenido dieciséis días para recobrar la sobriedad. Mucho tiempo, demasiado. Además, él no solía beber mientras estaba cumpliendo una misión. Era el tipo de periodista moderno, según se decía en alguna parte del informe de la Tercera Sección: rápido, eficiente y directo. La clase de persona que primero hace su trabajo y luego se divierte.
Desagradable. Muy desagradable. Sumamente desagradable. Puñeteramente desagradable. Jodidamente desagradable. Una vergüenza.
Martin Beck se tumbó en la cama. Chirrió poderosamente. Ya se había olvidado de Conrad von Hötzendorff pero ¿habría chirriado bajo Alf Matsson? Sin duda. ¿Hay alguien capaz de entrar en una habitación de hotel sin probar inmediatamente la cama? Así que Matsson había estado tumbado allí, contemplando el techo, cuatro metros por encima. Luego se largó, sin abrir las maletas ni entregar su llave. Y desapareció. ¿Había sonado el teléfono? ¿Con algún mensaje sorprendente?
Martín Beck desplegó su plano de Budapest y lo estudió un buen rato. Luego sintió la necesidad imperiosa de hacer algo, así que se levantó, se metió el plano y el pasaporte en el bolsillo y bajó a inspeccionar el equipaje.
El conserje era un hombre mayor, obeso, amable, digno, un modelo de orden.
No, nadie había telefoneado a Mr. Matsson mientras estuvo en el hotel. Luego, cuando Mr. Matsson se marchó, hubo varias llamadas que se repitieron en días subsiguientes. ¿Era la misma persona la que había telefoneado? No, varias personas diferentes, la telefonista estaba segura de eso. ¿Hombres? Tanto hombres como mujeres, por lo menos una mujer. Las personas que habían telefoneado, ¿dejaron recados o números de teléfono? No, no dejaron recados. Tampoco dieron sus números de teléfono. Después recibieron llamadas de Estocolmo y de la embajada sueca. En esa ocasión sí que dejaron mensajes y números de teléfono. Aún estaban allí. ¿El señor Beck quería verlos? No, el señor Beck no quería verlos.
Efectivamente, el equipaje se hallaba en una habitación tras el mostrador de recepción. Fue muy fácil inspeccionarlo. Una máquina de escribir portátil marca Erika y una maleta de piel de cerdo color marrón amarillento rodeada de una correa. En el tarjetero de cuero que colgaba del asa había una tarjeta de visita en la que se leía: Alf Matsson, periodista, Fleminggatan 34, Estocolmo K. La llave estaba en la cerradura.
Martin Beck sacó la máquina de escribir de su estuche y la estuvo examinando un buen rato. Tras llegar a la conclusión de que era una máquina portátil marca Erika, se ocupó de la maleta.
La maleta había sido hecha con orden y esmero; pero, aun así, tuvo la sensación de que alguien con mucha práctica la había registrado, volviendo a colocar después todas las cosas en su sitio. Contenía una camisa a cuadros, una camisa suelta marrón, una camisa blanca de popelín con la etiqueta de la lavandería aún puesta, unos pantalones color azul claro recién planchados, una especie de chaqueta de lana azul, tres pañuelos, cuatro pares de calcetines, dos pares de calzoncillos de colores, una camiseta de las llamadas de malla, y un par de zapatos de ante color marrón claro. Todo estaba limpio. Además, un neceser, un paquete de cuartillas, un borrador de escritura a máquina, una afeitadora eléctrica, una novela y una cartera de plástico azul oscuro, de la clase que las agencias de viaje suelen regalar y que no son lo bastante grandes para guardar billetes. En el neceser había loción de afeitar, una pastilla de jabón sin abrir, un tubo de pasta de dientes abierto, un cepillo de dientes, una botella de elixir dentífrico, un tubo de aspirinas y un paquete de preservativos. En la cartera de plástico azul oscuro había quinientos dólares en billetes y seis billetes suecos de cien coronas. Una suma asombrosa para gastos de viaje, pero Alf Matsson parecía acostumbrado a vivir a lo grande.
Martín Beck volvió a dejarlo todo del modo más ordenado y pulcro posible y regresó al mostrador de recepción. Ya era mediodía y hora de salir. Si bien no sabía qué iba a hacer, por lo menos podía hacerlo al aire libre, por ejemplo, al sol, en el muelle. Sacó del bolsillo la llave de su habitación y se quedó mirándola. Parecía tan antigua, recia y venerable como el propio hotel. La dejó en el mostrador. Enseguida, el conserje alargó la mano para guardarla.
—¿Esta llave es un duplicado, verdad?
—No comprendo —respondió el conserje.
—Tengo entendido que el huésped anterior se llevó la llave.
—Cierto, pero nos la devolvieron al día siguiente.
—¿La devolvieron? ¿Quién?
—La policía, sir.
—¿La policía? ¿Qué policía?
El conserje se encogió de hombros, aturdido.
—Pues la policía normal, claro. ¿Quién, si no? Un policía entregó la llave al portero. Al señor Matsson debió de caérsele en algún sitio.
—¿Dónde?
—No lo sé, sir.
Martin Beck hizo una pregunta más.
—¿Alguien más ha registrado el equipaje del señor Matsson?
El conserje vaciló por un instante antes de contestar.
—No creo, sir.
Martin Beck salió por la puerta giratoria. El hombre del bigote gris y la gorra con visera estaba de pie en la sombra, debajo del dosel, completamente inmóvil con las manos a la espalda, como un monumento viviente de Emil Jannings.
—¿Recuerda haber recibido una llave de habitación entregada por un policía hace dos semanas?
El anciano se le quedó mirando inquisitivamente.
—Claro.
—¿Era un policía uniformado?
—Sí, sí... Un coche patrulla se detuvo aquí y uno de los policías bajó y entregó la llave.
—¿Qué dijo?
El hombre pensó.
—Dijo: «Objetos perdidos». Creo que nada más.
Martin Beck dio media vuelta y se alejó caminando. A los tres pasos se dio cuenta de que no le había dado propina. Retrocedió y colocó unas cuantas monedas en la mano del hombre, de las de metal ligero que le resultaban poco familiares. El portero se llevó la mano a la gorra, retocó la visera con la punta de dos dedos y dijo:
—Gracias, pero no es necesario.
—Habla usted un alemán excelente —le dijo Martin Beck—. Mucho mejor que yo, desde luego.
—Lo aprendí en el frente del Isonzo en 1916.
Tras doblar la esquina, sacó el plano y lo examinó. Siguió caminando, con el plano aún en la mano, descendiendo hacia el muelle. Un gran vapor de ruedas, blanco, con dos chimeneas, se abría camino río arriba. Lo miró sin experimentar alegría.
En todo esto algo iba mal. Algo que, definitivamente, no era como debía ser. Pero aún no sabía qué.
7
Era domingo y hacía calor. Una ligera calina temblaba sobre la ladera de las colinas. El muelle estaba lleno de gente que paseaba o se sentaba a tomar el sol en los escalones que bajaban hasta el río. Personas vestidas con ropas veraniegas se apretujaban en los pequeños vapores y lanchas a motor que iban y venían por el río, de camino hacia las zonas de baño y ocio. En la parada de barcos se formaban largas colas.
Martin Beck había olvidado que era domingo, y al principio le sorprendió ver tal marea de gente. Siguió la corriente de paseantes a lo largo del muelle, contemplando el animado tráfico fluvial. Había pensado empezar el día con un paseo cruzando el puente hasta la isla Margit, en medio del río, pero cambió de idea cuando imaginó la muchedumbre de ciudadanos de Budapest que seguramente pasaba allí el domingo.
Se sintió ligeramente irritado por el bullicio y el espectáculo de toda aquella gente, disfrutando de su domingo libre, despertó en él un afán de actividad. Decidió visitar el hotel en el que Alf Matsson pasó su primera y quizás única noche en Budapest, un albergue juvenil en la ribera de Buda, según dijo el hombre de la embajada.
Se abrió paso entre la muchedumbre y subió a la calle que pasaba por encima del muelle. Al abrigo de la sombra de una casa, se puso a estudiar el plano. Estuvo buscando un buen rato; pero no pudo encontrar un hotel llamado Ifjuság, y por último prescindió del plano y echó a andar hacia el puente que cruzaba a la isla y, desde ella, a Buda. Miró a su alrededor en busca de un agente de policía, pero no encontró ninguno. En la cabecera del puente había una parada de taxis con un coche libre.
El conductor sólo hablaba húngaro y no entendió ni una palabra hasta que Martin Beck le enseñó el papel con el nombre del albergue.
Cruzaron el puente, dejando atrás la isla verde, donde se entreveía un enorme surtidor entre los árboles. Luego pasaron por una calle comercial, subieron por calles estrechas y empinadas hasta llegar a una plaza con cuadros de césped y un monumento modernista en bronce, que representaba a un hombre y una mujer sentados, mirándose fijamente.
El taxi paró allí y Martin Beck pagó, probablemente demasiado porque el taxista se desvivió dándole las gracias en su incomprensible idioma.
El albergue era un edificio de escasa altura, que se extendía a un lado de la plaza. Ésta era más bien un ensanchamiento de la calle, con arriates y zonas de aparcamiento. La casa parecía ser de construcción reciente, en contraste con las otras que rodeaban la plaza. La arquitectura era moderna y toda la fachada estaba cubierta de balcones. Una escalera ancha y breve conducía hasta la entrada.
La puerta de cristales daba a un vestíbulo alargado y luminoso, con un puesto de venta de recuerdos cerrado, puertas de ascensores, tresillos y un mostrador de recepción, detrás del cual no había nadie. En la entrada tampoco se veía un alma.
Junto al vestíbulo había un gran salón con sillones y mesas bajas, y grandes ventanales en la pared opuesta. Esta habitación también estaba desierta.
Martin Beck se acercó a la pared de los ventanales y miró hacia el exterior.
Sobre el césped, chicos y chicas jóvenes tomaban el sol en bañador.
El albergue se ubicaba en lo alto de una colina, con una gran vista panorámica hacia Pest. Las casas de la ladera entre el albergue y el río parecían viejas y destartaladas. Desde el taxi, Martin Beck había visto impactos de metralla en la mayoría de las fachadas; en algunas casas, el enlucido había sido borrado a balazos casi por completo.
Volvió la mirada hacia el vestíbulo, que seguía desierto, y se sentó en uno de los sillones del salón. No esperaba mucho de su visita al Ifjuság. Alf Matsson había pasado allí una sola noche. Durante el verano, el alojamiento en Budapest escaseaba, y el hecho de que en este albergue hubiera una habitación libre se debía, probablemente, a una pura casualidad. Era difícil que alguien recordara a un huésped que llegó a última hora de la noche y se fue a la mañana siguiente, en plena temporada veraniega.
Apagó su último cigarrillo Florida y miró con desgana a los jóvenes bronceados tendidos en el césped. De repente le pareció ridículo esto de ir y venir por Budapest, buscando a una persona que le resultaba perfectamente indiferente. No podía recordar que le hubieran encargado nunca una misión tan desesperada, tan sin sentido.
Se oyeron pasos en el vestíbulo, y Martin Beck se levantó y se dirigió hacia allí. Tras el mostrador de recepción, había un joven con un teléfono en la mano, mirando al techo y mordiéndose la uña del pulgar mientras escuchaba. Luego empezó a hablar. Al principio, Martin Beck creyó que el hombre hablaba en finés pero luego recordó que el finés y el húngaro eran idiomas emparentados.
El joven colgó y miró inquisitivamente a Martin Beck, que vacilaba, intentando decidir en qué lengua hablar.
—¿En qué puedo servirle? —preguntó el joven en perfecto inglés, para alivio de Martin Beck.
—Querría hacerle unas preguntas sobre un huésped que se alojó en este albergue el 22 de julio. ¿Tiene usted idea de quién estaba de servicio aquella noche?
El joven consultó el almanaque de pared.
—No me acuerdo —dijo—. Ya hace más de dos semanas. Un momento, echaré un vistazo.
Buscó en un estante bajo el mostrador, sacó un librito negro y lo hojeó. Luego dijo:
—Fui yo. La noche del viernes, sí... ¿Qué clase de persona? ¿Se quedó sólo una noche?
—Que yo sepa, sí —contestó Martin Beck—. Pudo quedarse más, claro. Un periodista sueco llamado Alf Matsson.
El joven miraba fijamente al techo, mordiéndose la uña. Luego negó con la cabeza.
—No recuerdo a ningún sueco. Aquí vienen pocos suecos. ¿Qué aspecto tenía?
Martin Beck le enseñó la fotografía del pasaporte de Alf Matsson. El joven la examinó un momento y dijo vacilante:
—No sé. Quizá lo haya visto antes. No me acuerdo.
—¿No lleva usted un libro de registro? ¿El registro de huéspedes?
El joven sacó un cajón con un fichero y empezó a mirarlo. Martin Beck aguardó. Tenía ganas de fumar y buscó en sus bolsillos, pero se había quedado sin tabaco, irrevocablemente.
—Aquí está —exclamó el joven, sacando una tarjeta del cajón—. Alf Matsson. Sueco. Sí. Pasó aquí la noche del 22 de julio, como usted dice.
—¿Y no se quedó después de aquella noche?
—No, después no. Pero se alojó aquí unos días a finales de mayo. Antes de que yo viniera aquí, estaba de exámenes entonces.
Martin Beck tomó la tarjeta y la examinó. Alf Matsson se había alojado en el albergue desde el 25 al 28 de mayo.
—¿Quién estaba de turno entonces?
El joven trató de recordar. Luego contestó:
—Debió de ser Stefi. O quizás el que trabajaba aquí antes que yo. Realmente no puedo recordar cómo se llama.
—Stefi —repitió Martin Beck—. ¿Y él sigue trabajando aquí?
—Ella —corrigió el joven— es una chica. Stefania. Sí, ella y yo trabajamos por turnos.
—¿Cuándo viene?
—Debe de estar aquí. Quiero decir, en su habitación. Vive aquí en el albergue, ¿sabe? Pero esta semana tiene turno de noche, así que probablemente estará durmiendo.
—¿Podría averiguarlo? —preguntó Martin Beck—. Si está despierta, me gustaría hablar con ella.
Alzó la puerta del mostrador y salió.
—Veré si está por aquí —dijo—. Un momento.
Subió en uno de los ascensores y Martin Beck vio por el indicador luminoso que se detenía en el primer piso. Pasado un rato, bajó.
—Su compañera de cuarto dice que está fuera tomando el sol. Espere un momento, iré a buscarla.
Desapareció en el salón y regresó un momento después con una joven. Era bajita y rolliza, calzaba sandalias y llevaba un albornoz a cuadros sobre el bikini. Mientras se acercaba a Martin Beck, se iba atando el albornoz.
—Siento molestarla —dijo.
—No importa —contestó la chica llamada Stefi—. ¿En qué puedo servirle?
Martin Beck le preguntó si había estado de servicio durante aquellos días de mayo. La joven pasó al otro lado del mostrador, miró en el libro negro y asintió.
—Sí —dijo—, pero sólo de día.
Martin Beck le mostró el pasaporte de Alf Matsson.
—¿Sueco? —preguntó ella sin alzar la mirada.
—Sí —respondió Martin Beck—. Periodista.
Y aguardó sin dejar de mirarla. Ella echó un vistazo a la fotografía del pasaporte e inclinó la cabeza.
—Sí —dijo con vacilación—. Sí, creo recordarle. Al principio estaba solo en una habitación de tres camas; pero luego llegó un grupo ruso, así que necesité la habitación y tuve que trasladarle. Se enfadó muchísimo porque en la nueva habitación no había teléfono. No tenemos teléfono en todas. Armó tal escándalo que me vi obligada a cambiarle la habitación con alguien que no necesitaba teléfono.
Cerró el pasaporte y lo dejó sobre el mostrador.
—Sí es que es él —añadió ella—, porque la foto no es muy buena.
—¿Recuerda si recibió visitas? —preguntó Martin Beck.
—No. No creo. Al menos, que yo recuerde.
—¿Usó mucho el teléfono? ¿O recibió alguna llamada que usted pueda recordar?
—Me parece que una mujer le llamó varias veces pero no estoy segura —contestó Stefi.
Martin Beck se quedó pensativo un rato y luego le preguntó:
—¿Recuerda algo más sobre él?
La chica negó con la cabeza.
—Creo que llevaba una máquina de escribir. Y que iba muy bien vestido. Aparte de eso no me acuerdo de nada en particular.
Martin Beck se guardó el pasaporte en el bolsillo y recordó que se le había acabado el tabaco.
—¿Puedo comprar un paquete de cigarrillos? —le preguntó.
La chica se inclinó y miró en un cajón.
—Sí, claro —contestó—, pero sólo tengo Terv.
—Está bien —comentó Martin Beck, y cogió el paquete, de papel gris con el dibujo de una fábrica de altas chimeneas. Pagó con un billete y dijo a la joven que se guardara el cambio. Luego tomó un bolígrafo y un bloc de notas del mostrador, apuntó su nombre y el de su hotel, arrancó la hoja y se la entregó a Stefi.
—Si recuerda algo más, ¿tendría la amabilidad de telefonearme?
Stefi miró al trozo de papel y frunció el ceño.
—Se me acaba de ocurrir algo, ahora mismo mientras usted escribía esa nota —dijo—. Creo que fue ese sueco quien preguntó cómo se podía ir a una dirección en Ujpest. Puede que no fuera él, no estoy segura. Quizá fuera otro huésped. Le dibujé un pequeño plano.
Calló y Martin Beck aguardó.
—Recuerdo la calle por la que preguntaba pero no el número. Mi tía vive en esa calle, por eso la recuerdo.
Martin Beck empujó el bloc hacia ella.
—¿Sería tan amable de apuntarme el nombre de la calle?
Cuando Martin Beck salió del hotel, miró el papel. Venetianer út.
Se metió el papel en el bolsillo, encendió un Terv y echó a andar hacia el río.
8
El lunes 8 de agosto, a Martin Beck le despertó el teléfono. Adormilado, se incorporó apoyándose en el codo y buscó el receptor a tientas. Oyó decir a la telefonista algo que no entendía. Luego una voz familiar le dijo:
—¡Hola!
De puro asombro, Martin Beck olvidó contestar.
—¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
Se podía oír a Kollberg tan claramente como si estuviera en la habitación de al lado.
—¿Dónde estás?
—Pues en el despacho, ¡dónde voy a estar! Ya son las nueve y cuarto. No me digas que aún estás tirado en la cama, sobando.
—¿Qué tiempo tenéis...? —preguntó Martin Beck pero se interrumpió, paralizado por lo idiota que era su pregunta.
—Está lloviendo —contestó Kollberg con recelo— pero no te llamo por eso. ¿Estás enfermo o te pasa algo?
Martin Beck logró sentarse al borde de la cama y encendió uno de aquellos cigarrillos húngaros, tan poco familiares, del paquete con el dibujo de la fábrica.
—No. ¿Qué quieres?
—He estado husmeando un poco por aquí arriba. Alf Matsson no parece ser un tipo muy legal.
—¿Y eso?
—Bueno, es la impresión que me da. Debe de ser un cabrón de mucho cuidado.
—¿Y has llamado para decirme eso?
—Pues no. Pero hay una cosa que creo que deberías saber. El sábado, como no tenía nada que hacer, fui a sentarme un rato al bar ese, el Tennstopet.
—Escucha. No vayas por ahí metiendo la nariz demasiado. Oficialmente, no has oído hablar nunca de este asunto. Y tampoco sabes que yo estoy aquí.
Kollberg replicó, claramente ofendido:
—¿Crees que soy un idiota?
—Sólo a veces —le respondió Martin Beck con amabilidad.
—No he hablado con nadie. Lo único que hice fue sentarme junto a la mesa del grupito aquel, y escuchar la conversación. Eso, durante cinco horas. ¡Vaya cómo bebían aquellos tipos!
La telefonista interrumpió el diálogo para decir algo incomprensible.
—Vas a arruinar al Estado —dijo Martin Beck—. ¿De qué se trata? Desembucha.
—Estuvieron hablando todo el tiempo que si Affe esto, que si Affe aquello, que si Affe lo de más allá, como ellos le llaman. Son tíos de esos que te ponen a parir a tus espaldas. Se levanta uno a mear y los demás empiezan a ponerlo verde.
—Ve al grano.
—El tal Molin parece el peor. Fue él quien comentó lo que te voy a contar. Hablaba con maldad, pero algo de verdad habrá, digo yo.
—Anda, vamos, suelta, Lennart.
—¡Mira quién fue a hablar! En fin, resulta que Matsson está todo el tiempo yendo y viniendo de Hungría porque tiene allí una chica. Algo así como una deportista de segunda fila que conoció aquí en Estocolmo cuando era periodista deportivo, en una competición internacional o algo por el estilo. Mientras todavía vivía con su esposa.
—¿Ah, sí?
—También comentaron que organizaba sus viajes a otras ciudades, Praga, Berlín, etcétera, para poder verla cuando participaba en competiciones.
—Eso no me convence. Las deportistas suelen estar muy bien vigiladas.
—Bueno, por si te sirve de algo.
—Gracias —contestó Martin Beck, sin asomo de entusiasmo—. Hasta luego.
—Espera un momento. Aún no he terminado. No llegaron a mencionar el nombre de ella, ni siquiera creo que lo sepan, pero me dieron los suficientes detalles como para... Ayer también llovió.
—Lennart —dijo Martin Beck, resignado.
—Ayer me obligué a entrar en la Biblioteca Real y estuve todo el día sentado mirando números atrasados de la revista. Por lo que pude averiguar, sólo puede ser una chica llamada... Te lo voy a deletrear.
Martin Beck encendió la lámpara de la mesita de noche y escribió las letras al margen del plano de Budapest: A-R-I-B-Ö-K-K.
—¿Lo has apuntado? —preguntó Kollberg.
—Pues claro.
—Parece ser que, en realidad, es alemana; pero ciudadana húngara. No sé dónde vive, ni si las letras que te he deletreado son totalmente exactas. Tampoco es muy famosa. No pude encontrar ningún nombre que me recordara al suyo, en relación con nada ocurrido desde mayo del pasado año. Por lo visto no era más que una especie de suplente. En el segundo equipo.
—¿Ya has terminado?
—Una cosa más. El coche de él está donde debería. En el aparcamiento del aeropuerto de Arlanda, aquí en Estocolmo. Un Opel Rekord. No hay nada de especial en él.
—¿Has terminado ya, de veras?
—Sí.
—Hasta luego.
—Adiós.
Martin Beck se quedó mirando, abatido, las letras que había apuntado. Ari Bökk. Ni siquiera parecía el nombre de una persona. Sin duda, el dato no era correcto y la información completamente inútil.
Se levantó, abrió los postigos y dejó entrar el verano. La vista sobre el río y la ribera de Buda seguía siendo tan fascinante como veinticuatro horas antes. El vapor checoslovaco de ruedas ya se había marchado, dejando sitio a un buque de hélice con dos chimeneas bajas, también checoslovaco, que se llamaba Druzba. En las terrazas situadas delante del hotel, estaba sentada gente vestida de verano desayunando. Eran ya las nueve y media. Se sentía inútil, pensó que estaba descuidando sus deberes, así que se aseó rápidamente, guardó el plano en el bolsillo y bajó apresuradamente al vestíbulo. Una vez abajo, se quedó parado. Apresurarse no tiene mucho sentido, cuando uno no sabe qué hacer al llegar. Meditó sobre esto un momento, luego entró en el comedor, se sentó junto a una de las ventanas abiertas e hizo que le sirvieran el desayuno. Barcos de todos los tamaños pasaban ante él. Un gran remolcador soviético, que tiraba de tres grandes barcazas petroleras, pasó corriente arriba. Vendría, probablemente, de Batum. Eso quedaba muy lejos. El capitán llevaba una gorra blanca. Los camareros pululaban alrededor de la mesa de Martin Beck, como si fuera Rockefeller. En la calle unos críos daban patadas a un balón. Un perro grande quiso unirse al juego y a punto estuvo de echar por tierra a la señora bien vestida que sujetaba la correa, y que tuvo que agarrarse a uno de los pilares de piedra de la balaustrada para eludir la caída. Pasado un rato soltó el pilar, pero no la correa, y echó a correr tras el perro con el cuerpo muy inclinado hacia atrás. Hacía ya mucho calor. El río refulgía.
Era obvio que carecía de ideas constructivas. Martin Beck volvió la cabeza y vio a una persona que le estaba mirando fijamente: un hombre bronceado, de su misma edad, pelo canoso, nariz recta, ojos castaños, traje gris, zapatos negros, camisa blanca y corbata gris. Llevaba un gran sello en el dedo meñique de la mano izquierda y tenía al lado, sobre la mesa, un sombrero verde moteado con ala muy estrecha y una plumita con pelusa en la cinta. El hombre regresó a su café doble expreso.
Martin Beck desvió la mirada y descubrió ahora a una mujer, que lo miraba con fijeza. Era africana, joven y muy hermosa, de rasgos puros, ojos grandes y brillantes, dientes blancos, piernas largas y esbeltas y altos empeines. Llevaba sandalias plateadas y un vestido azul claro, ceñido, de tela brillante.
Era de suponer que los dos miraban a Martin Beck por su apostura: el hombre con envidia, la mujer con deseo mal disimulado.
Martin Beck estornudó y tres camareros le dijeron: «¡Salud!». Les dio las gracias, salió al vestíbulo, sacó el plano de su bolsillo y mostró al conserje las letras que había escrito.
—¿Conoce usted a alguien que se llame así?
—No, sir.
—Parece ser una deportista muy famosa.
—¿De veras?
Por cortesía, el conserje aparentó interés. Naturalmente, el cliente siempre tiene razón.
—Quizá no sea muy conocida, sir.
—¿Es nombre de hombre o de mujer?
—Ari es nombre de mujer, más bien un apodo. Un diminutivo infantil de Aranka.
El conserje torció la cabeza y miró las palabras.
—Pero el apellido, sir, ¿es realmente un apellido?
—¿Puede dejarme el listín telefónico?
Naturalmente no había nadie que se llamara Bökk, por lo menos ningún ser humano. Pero él no se rendía tan fácilmente. Virtud fácil, cuando uno no sabe qué hacer. Probó otras posibilidades. El resultado fue como sigue: BOECK ESZTER penzió XII Venetianer út 6 292-173.
Surgió entonces, en su cabeza, la primera idea de la mañana y sacó la hoja de papel que le había dado la chica en el albergue. Venetianer út. No podía tratarse de una coincidencia.
En el mostrador de recepción una joven ocupaba el lugar del venerable conserje.
—¿Qué significa esto?
—Penzió, pensión. ¿Quiere que llame a este número?
Él negó con la cabeza.
—¿Dónde está esta calle?
—En el distrito 12, en Ujpest.
—¿Cómo se va allí?
—Lo más rápido es en taxi, claro. Si no, la línea tres del tranvía desde la plaza Marx. Pero es más cómodo tomar uno de los barcos que amarran ahí fuera. Dirección norte.
El barco se llamaba Uttörö y era una alegría para la vista. Un pequeño vapor con caldera de carbón, una chimenea alta y recta, y cubiertas al aire libre. Mientras traqueteaba río arriba, tranquila y plácidamente, pasando ante el edificio del Parlamento y la verde isla Margit, Martin Beck se apoyó en la barandilla, filosofando sobre la maldición del motor. Se dirigió hacia la sala de máquinas y echó un vistazo. El calor subía como una columna de la sala de calderas. El fogonero estaba en bañador, y su espalda musculosa brillaba de sudor. La pala del carbón no paraba un momento. ¿En qué estaría pensando aquel hombre, bajo ese calor infernal? Sin duda, en la bendición del motor: se imaginaría a sí mismo sentado y leyendo el periódico al lado de un motor diesel, con un trapo de estopa y una lata de aceite al alcance de la mano. Martin Beck volvió a examinar el barco; pero el fogonero le había quitado a su gozo buena parte de su bouquet. Pasaba lo mismo con la mayoría de las cosas. No se puede nadar y guardar la ropa.
El barco dejó atrás parques espaciosos y balnearios, se abrió camino entre un enjambre de canoas y veleros de recreo, pasó bajo dos puentes y continuó a través de un canal angosto, entrando en un pequeño brazo del río. Lanzó un ronco y triunfal silbido de sirena y atracó en Ujpest.
Tras desembarcar, Martin Beck se volvió y se quedó mirando al vapor, de líneas tan delicadas y tan funcional... en los viejos tiempos. El fogonero subió a cubierta, se echó a reír contra el sol, y se zambulló en el agua.
Este barrio tenía un carácter distinto al de los sectores de Budapest que había visto hasta ahora. Cruzó en sentido diagonal la amplia y pelada plaza, e hizo algunos vanos intentos de preguntar por el camino; pero no pudo hacerse comprender. A pesar del plano, se extravió y fue a parar a un patio detrás de una sinagoga, evidentemente un hogar para judíos ancianos. Frágiles supervivientes del gran terror le saludaron con animosos movimientos de cabeza desde sus sillas de mimbre en la estrecha banda de sombra a lo largo de las paredes.
Cinco minutos más tarde se detuvo frente al edificio número 6 de la Venetianer út. Era una construcción de dos alturas y nada en su exterior hacía suponer que se trataba de una pensión, pero en la calle había un par de coches con matrícula extranjera. Se encontró con la casera en cuanto entró en el vestíbulo.
—¿Frau Boeck?
—Lo siento. Está todo completo.
Era una mujer corpulenta, de unos cincuenta años. Su alemán parecía sumamente fluido.
—Busco a una señorita llamada Ari Boeck.
—Es mi sobrina. Primer piso. Segunda puerta a la derecha.
Y dicho esto, se marchó. Así de sencillo. Martin Beck se detuvo un momento delante de la puerta pintada de blanco, y oyó a alguien que se movía en la habitación. Luego, llamó a la puerta, no muy fuerte. Se abrió enseguida.
—¿Fräulein Boeck?
La mujer pareció completamente desconcertada. Lo más probable era que estuviese esperando a otro. Llevaba un traje de baño de dos piezas, azul oscuro, y tenía en la mano derecha unas gafas de bucear de goma verde, con el correspondiente tubo de respiración. Con los pies muy separados, y la mano izquierda aún sobre la cerradura, parecía como paralizada en pleno movimiento. Su cabello era oscuro y corto, y sus rasgos pronunciados. Tenía espesas pestañas negras, nariz ancha y recta, labios gruesos. Su dentadura era buena, aunque algo desigual. Miraba a Martin Beck con la boca medio abierta y la punta de la lengua apoyada en los dientes de abajo, como si estuviera a punto de decir algo. A duras penas podría medir más de uno cincuenta y cinco, pero era de constitución fuerte y proporcionada, con hombros bien desarrollados, anchas caderas y cintura muy estrecha. Sus piernas eran musculosas y sus pies cortos y anchos, con dedos rectos. Lucía un bronceado muy intenso, y su piel parecía suave y elástica, especialmente sobre el diafragma y el estómago. Tenía las axilas afeitadas. Pechos grandes y estómago arqueado, con vello tupido, que resultaba muy claro sobre la piel morena. Algún que otro pelo negro, largo y crespo, asomaba bajo el elástico, en sus ingles. Podría tener, como mucho, veintidós o veintitrés años. No era guapa en el sentido habitual del término, pero sí un ejemplar altamente funcional de la raza humana.
Sus ojos grandes, de color castaño oscuro, le miraron inquisitivamente. Finalmente contestó:
—Sí, soy yo. ¿Me buscaba usted?
Su alemán no era tan fluido como el de su tía, pero casi.
—Busco a Alf Matsson.
—¿Quién es?
Su actitud general, de una niña en estado de shock, hizo que Martin Beck fuera incapaz de descubrir ninguna reacción concreta cuando la chica oyó el nombre. Posiblemente, resultaba totalmente nuevo para ella.
—Un periodista sueco. De Estocolmo.
—¿Se supone que vive aquí? Ahora mismo no tenemos ningún sueco. Debe de haberse equivocado usted.
Permaneció pensativa un momento, arqueando las cejas.
— Pero ¿cómo conocía usted mi nombre?
La habitación, tras ella, era un cuarto corriente de pensión. Había ropa tirada sobre los muebles. Por lo que pudo ver, sólo ropa de mujer.
—Él me dio esta dirección. Matsson es amigo mío.
Ella lo miró con suspicacia y respondió:
—¡Pues qué raro!
Sacó el pasaporte de su bolsillo y abrió por la página en que estaba la foto de Matsson. Ella la observaba con atención.
—No, nunca lo he visto antes.
Al cabo de un rato ella preguntó:
—¿Es que le ha perdido usted?
Antes de que Martin Beck tuviera tiempo de contestar, oyó detrás de sí un ruido como de alguien que camina sigilosamente. Un hombre de unos treinta y tantos años pasó a su lado y entró en la habitación. Llevaba bañador. Era de estatura inferior a la media, rubio y de constitución muy robusta, lucía un bronceado igual de magnífico que el de la chica. El hombre se paró al lado de ella y miró con curiosidad el pasaporte.
—¿Quién es? —preguntó en alemán.
—No lo sé. El caballero le ha perdido, y pensó que se había mudado aquí.
—Perdido —dijo el hombre rubio—. Mal asunto. Y sin pasaporte. Sé muy bien lo que eso puede llegar a ser. Trabajo en eso.
En son de broma, tiró del elástico del bañador de la chica todo lo que pudo, soltándolo luego de golpe. Ella le echó una rápida mirada de descontento.
—¿No vamos a nadar? —preguntó el hombre.
—Sí, ya estoy.
—Ari Boeck —dijo Martin Beck—. Ahora recuerdo el nombre. ¿No es usted la nadadora?
Por primera vez, la chica esquivó la mirada de Martin Beck.
—Ya no compito.
—¿No ha ido usted a nadar a Suecia?
—Sí, una vez. Hace dos años. Quedé la última. Tiene gracia que él le diera mi dirección.
El hombre rubio la miró inquisitivamente. Nadie dijo nada. Martin Beck se guardó el pasaporte.
—Bueno, pues, adiós. Siento haberla molestado.
—Adiós —contestó la mujer, sonriendo por primera vez.
—Espero que encuentre a su amigo —dijo el rubio—. ¿Ha probado en el camping que hay junto a los baños romanos? Está por ahí, al otro lado del río. Allí hay mucha gente. Puede ir en barco.
—Usted es alemán, ¿no?
—Sí, de Hamburgo.
El hombre alborotó con la mano el cabello corto y oscuro de la chica. Ella pasó el dorso de su mano izquierda por el pecho de él. Martin Beck dio media vuelta y se marchó.
El vestíbulo estaba vacío. En un estante, tras la mesa que servía de mostrador de recepción, había un pequeño montón de pasaportes. El de arriba era finlandés; pero debajo de él había dos con el típico color verde musgo. Al pasar, alargó la mano y tomó uno de ellos. Lo abrió y se topó con la mirada vidriosa del hombre al que acababa de conocer en el umbral de la habitación de Ari Boeck. Tetz Radeberger, empleado de agencia de viajes, nacido en Hamburgo en 1935. Al parecer, no se había tomado la molestia de mentirle.
Tuvo mala suerte en su viaje de regreso, y acabó en un moderno y rápido trasbordador con cubierta techada y rugientes motores diesel. Sólo había unos pocos pasajeros a bordo; dos ancianas con toquillas multicolores y vestidos abigarrados estaban sentadas cerca de él. Llevaban grandes bultos blancos, y es de suponer que venían del campo. Más allá, en el salón, sentado también, un hombre de mediana edad, muy serio, con sombrero marrón de fieltro, cartera de mano y gesto de funcionario. Un hombre alto, que vestía traje azul, tallaba perezosamente un palo de madera. De pie, junto a la plataforma de desembarco, un policía uniformado comía rosquillas, que sacaba de un cartucho de papel, y de vez en cuando hablaba con un hombre bajito, bien vestido, de cabeza calva y fino bigote negro. Una pareja joven, con dos niños lindos como muñecos, completaba el lote.
Martin Beck observó con aire sombrío a los otros pasajeros. Su expedición había sido un fracaso. Nada hacía suponer que Ari Boeck no hubiese dicho la verdad.
En su interior maldijo el extraño impulso que le había hecho aceptar esta absurda misión. Sus posibilidades de resolver el caso se le antojaban cada vez más remotas. Estaba solo y sin ideas. Por lo demás, aunque hubiera tenido alguna, tampoco habría dispuesto de recursos para ponerla en práctica.
Lo peor era que, en lo más profundo de su alma, sabía que no había actuado guiado por impulso alguno. Era sólo su alma de policía, o como quiera que se llamase, que se había puesto a funcionar. El mismo instinto que había llevado a Kollberg a sacrificar su tiempo libre, una especie de enfermedad profesional que le forzaba a aceptar todos los casos y a hacer lo posible por resolverlos.
Cuando regresó al hotel eran ya las cuatro y cuarto y el comedor estaba cerrado. Se había quedado sin almuerzo. Subió a su habitación, se duchó y se puso la bata. Tomó un trago de güisqui de la botella que compró en el avión. Tenía un sabor fuerte y repulsivo, y fue al baño a cepillarse los dientes. Luego se asomó a la ventana, con los codos apoyados sobre el alféizar, y se puso a mirar los barcos. Pero ni siquiera esto logró divertirle. Abajo, en una de las mesas de la terraza, estaba sentado uno de los pasajeros del barco: el hombre del traje azul. Tenía un vaso de cerveza en la mesa y seguía tallando su palito.
Martin Beck arqueó las cejas y se tumbó en la cama chirriante. De nuevo pensó en la situación. Más tarde o más temprano se vería obligado a ponerse en contacto con la policía. Era una medida cuestionable que no gustaría a nadie, a estas alturas ni siquiera a él.
Pasó el rato que quedaba hasta la cena sentado perezosamente en un sillón del salón. Al otro lado de la habitación un hombre canoso con un anillo de sello leía un diario húngaro. Era el mismo hombre que lo había mirado fijamente a la hora del desayuno. Martin Beck lo examinó un buen rato; pero el hombre siguió bebiendo tranquilamente su café, ajeno a lo que le rodeaba.
Martin Beck cenó sopa de champiñones y un pescado parecido a una perca, procedente del lago Balatón, que regó felizmente con vino blanco. La pequeña orquesta tocó piezas de Liszt, Strauss y otras obras de categoría. La cena fue soberbia, pero no logró levantarle los ánimos. Los camareros pululaban alrededor del lúgubre huésped como catedráticos de medicina alrededor del lecho de un dictador enfermo.
Tomó café y coñac en el salón. El hombre del anillo seguía leyendo su periódico, al otro lado de la estancia. De nuevo tenía una taza de café delante. Al cabo de unos minutos, el hombre miró su reloj, echó una mirada fugaz a Martin Beck, dobló el periódico, se levantó y cruzó la sala.
Martin Beck se iba a ahorrar el problema de ponerse en contacto con la policía. Ésta se presentaba espontáneamente. Veintitrés años de experiencia le habían enseñado a reconocer a un policía por su modo de andar.
9
El hombre del traje gris sacó una tarjeta de visita del bolsillo y la colocó al borde de la mesa. Martin Beck la miró de reojo mientras se levantaba. Sólo un nombre, Vilmos Szluka.
—¿Me permite usted sentarme?
El hombre hablaba inglés. Martin Beck asintió.
—Soy de la policía.
—Yo también —contestó Martin Beck.
—Ya lo había advertido. ¿Café?
Martin Beck volvió a asentir. El policía alargó dos dedos y casi inmediatamente un camarero se acercó apresuradamente con dos vasos. Ésta era evidentemente una nación de bebedores de café.
—También he advertido que usted está aquí para hacer ciertas investigaciones.
Martin Beck no respondió enseguida.
Se frotó la nariz y pensó. Evidentemente éste era el momento justo de decir: «En absoluto. Estoy aquí como turista; pero estoy tratando de ponerme en contacto con un amigo a quien me gustaría ver». Eso era sin duda lo que se esperaba de él.
Szluka no parecía tener mucha prisa. Con manifiesto placer tomó un sorbito de su exprés doble. Martin Beck le había visto tomar al menos tres durante el día. Aquel hombre se estaba portando de modo cortés, pero formal. Su mirada era amistosa, pero muy profesional.
Martin Beck siguió reflexionando. No cabía duda de que el hombre era policía pero, que él supiera, no había ninguna ley en todo el mundo que obligara al ciudadano de a pie decir la verdad a la policía. Por desgracia.
—Sí —contestó Martin Beck—. Correcto.
—Entonces, ¿no habría sido más lógico dirigirse primero a nosotros?
Martin Beck prefirió no responder a eso. Tras una pausa de unos segundos, el otro continuó desarrollando la idea por su cuenta.
—En caso de que haya ocurrido algo que requiera una investigación —siguió.
—No he venido en misión oficial.
—Y nosotros no hemos recibido ninguna notificación. Sólo una petición en términos muy vagos. Dicho de otro modo, parece que no ha sucedido nada.
Martin Beck se bebió de un trago el café, que estaba muy cargado. La conversación se tornaba más desagradable de lo esperado. Pero bajo ninguna circunstancia había razones para dejarse sermonear en un salón de hotel por un policía que ni siquiera se tomaba la molestia de identificarse.
—Sin embargo, la policía ha considerado que existían motivos para registrar el equipaje de Alf Matsson —replicó.
Fue un comentario al azar pero dio en la diana.
—Yo no sé nada de eso —contestó Szluka con rigidez—. Y a propósito, ¿puede usted identificarse?
—¿Y usted?
Vio un rápido cambio en los ojos castaños. Aquel hombre no era ni mucho menos inofensivo. Szluka metió la mano en el bolsillo, sacó la cartera y la abrió, de modo rápido y como si nada. Martin Beck no se molestó en mirar pero sacó su chapa de servicio sujeta al llavero.
—Eso no es una identificación válida —dijo Szluka—. En nuestro país se pueden comprar emblemas así en las jugueterías.
Este punto de vista no carecía enteramente de justificación, y Martin Beck consideró que el asunto no merecía más discusión. Sacó su carné de identidad.
—Tenga. Mi pasaporte está en recepción.
El hombre examinó con atención el carné durante un buen rato. Al devolvérselo, preguntó:
—¿Cuánto tiempo piensa usted permanecer aquí?
—Mi visado es válido hasta finales de mes.
Por primera vez durante la conversación, Szluka sonrió. Difícilmente podía tratarse de una sonrisa cordial. Tampoco costaba mucho esfuerzo imaginar su significado. El húngaro apuró su café hasta la última gota, se abotonó la chaqueta y dijo:
—No deseo ponerle trabas, aunque, naturalmente, podría hacerlo. Por lo que veo, sus actividades son más o menos de naturaleza privada. Supongo que seguirán siendo así y que no perjudicarán los intereses públicos, ni tampoco los de ningún ciudadano particular.
—Puede hacerme seguir, si quiere.
Szluka no replicó. Su mirada era fría y hostil.
—¿Qué cree usted que está haciendo? —le preguntó.
—¿Y usted qué cree?
—No lo sé. No ha ocurrido nada.
—Sólo que una persona ha desaparecido.
—¿Quién dice eso?
—Yo.
—En ese caso debe dirigirse a las autoridades y pedir que el caso sea investigado de modo ordinario —puntualizó Szluka secamente.
Martin Beck tamborileó con los dedos en la mesa.
—No hay duda de que ese hombre ha desaparecido.
Al parecer, el húngaro estaba a punto de marcharse. Sentado muy erguido en la butaca, tenía la mano derecha en el reposabrazos.
—Con esta afirmación quiere usted decir, por lo que entiendo, que la persona en cuestión no ha sido vista en este hotel durante las dos últimas semanas. Tiene un permiso de residencia válido y puede viajar libremente por el país. En estos momentos hay aquí unos doscientos mil turistas, muchos de ellos pasando las noches en tiendas o durmiendo en sus coches. Este hombre puede estar en Szeged o Debrecen. Puede haber ido al lago Balatón a pasar sus vacaciones bañándose.
—Alf Matsson no vino aquí a nadar.
—¿Seguro? En todo caso, tiene un visado de turista. ¿Por qué había de desaparecer, como dice usted? ¿Había comprado ya su billete de vuelta?
La última pregunta era digna de consideración. El modo en que la planteó daba a entender que aquel hombre ya conocía la respuesta. Szluka se levantó.
—Un momento —dijo Martin Beck—. Me gustaría preguntarle una cosa.
—Por supuesto. ¿Qué quiere saber?
—Cuando Alf Matsson salió del hotel, se llevó la llave de su habitación. Al día siguiente, fue entregada aquí por un policía uniformado. ¿Dónde encontró la llave el policía?
Szluka le clavó una mirada fija durante quince segundos al menos. Luego dijo:
—Por desgracia, no puedo contestarle a esa pregunta. Adiós.
Cruzó rápidamente el vestíbulo, se detuvo ante el guardarropa, recogió su sombrero marrón verdoso, con pluma, y se detuvo con él en la mano, como si estuviera pensando en algo. Luego dio media vuelta y regresó a la mesa de Martin Beck.
—Aquí tiene su pasaporte. Tome.
—Gracias.
—No estaba en recepción, como usted creía. Ha incurrido usted en una apreciación errónea, como se suele decir.
—Sí —dijo Martin Beck.
No encontró nada divertido en la conducta del hombre y ni siquiera se molestó en levantar la vista. Szluka siguió allí de pie, quieto.
—¿Qué piensa usted de la comida de aquí? —preguntó.
—Que es buena.
—Me agrada oírlo.
El húngaro parecía hablar en serio y Martin Beck alzó la cabeza.
—Ya ve —explicó Szluka—, últimamente no ocurre aquí nada dramático ni emocionante. No es como en su país o Londres o Nueva York.
La combinación resultaba asombrosa.
—Tuvimos demasiado de eso en el pasado —añadió Szluka solemnemente—. Ahora queremos paz y tranquilidad, y nos interesamos por otras cosas. La alimentación, por ejemplo. Yo he desayunado cuatro tajadas de tocino entreverado y dos huevos fritos. Y para almorzar me sirvieron sopa de pescado y carpa empanada. Como postre, pastel de hojaldre relleno de manzana.
Hizo una pausa. Luego siguió pensativo:
—A los niños no les gusta el tocino, claro. Suelen tomar cacao y bollos con mantequilla antes de ir a la escuela.
—¿Ah, sí?
—Sí, y esta noche voy a cenar filete de ternera con arroz y salsa de pimentón. No está mal. A propósito, ¿ha probado usted aquí la sopa de pescado?
—No.
La verdad es que había sufrido la tal sopa de pescado ya en su primera noche; pero no vio qué tendría que ver esto con la policía húngara.
—Pues debe usted probarla. Es excelente. Pero está aún mejor en un sitio llamado Matyas, cerca de aquí. Debería buscarse el tiempo para ir allí, como la mayoría de los extranjeros.
—Vale.
—Pero puedo decirle, con toda tranquilidad, que conozco un sitio donde sirven una sopa de pescado aún mejor. La mejor sopa de pescado de todo Budapest. Es un local pequeño, allá en Lajos út. No hay muchos turistas que conozcan el lugar. Para encontrar una sopa como esa, hay que ir a Szeged.
—¿Ah, sí?
Durante su disertación culinaria, Szluka se había ido animando visiblemente. Pero ahora parecía volver en sí. Miró su reloj. Sin duda estaba pensando en su filete empanado.
—¿Ha tenido tiempo de ver algo de Budapest?
—Un poco. Es una ciudad muy bonita.
—¿Verdad que sí? ¿Ha estado usted en los Baños Palatinos?
—No.
—Pues merecen una visita. Yo pienso ir allá mañana. Tal vez quiera acompañarme.
—¿Por qué no?
—Estupendo. En ese caso quedamos a las dos, en la entrada.
—Adiós.
Martin Beck quedó sentado un rato, pensando. La conversación había sido desagradable e inquietante. El repentino cambio de actitud de Szluka, al final, no modificó esa impresión. La sensación de que algo no encajaba se hizo más intensa que nunca. Al tiempo, su propia impotencia resultaba cada vez más evidente.
A eso de las once y media, el salón y el comedor comenzaron a vaciarse y Martin Beck subió a su habitación. Tras desvestirse, permaneció un rato junto a la ventana abierta, aspirando el cálido aire nocturno. Un vapor de ruedas se deslizaba por el río, profusamente iluminado con farolas verdes, rojas y amarillas. Había gente bailando en la cubierta de popa y la música se abría camino, a ráfagas, a través del río.
En la terraza, frente al hotel, estaban aún sentadas algunas personas. Una de ellas era un hombre alto, de treinta y tantos años, pelo negro y ondulado. Tenía delante un vaso de cerveza y, por lo visto, había pasado por casa, cambiándose el traje azul por otro gris claro.
Cerró la ventana y se fue a la cama. Luego permaneció acostado en la oscuridad, pensando: puede que la policía no estuviera interesada en Alf Matsson, en cambio mostraba un gran interés por Martin Beck.
Tardó un buen rato en quedarse dormido.
10
Martin Beck se sentó a la sombra, junto a la balaustrada de piedra frente al hotel, y se tomó un desayuno tardío. Era su tercer día en Budapest y prometía ser tan bello y caluroso como los anteriores.
La hora del desayuno estaba a punto de terminar; él y una pareja de bastante edad, sentada en silencio unas mesas más allá, eran los únicos clientes. Había bastante gente circulando por la calle y en el muelle, en su mayoría madres con niños y cochecitos de niño bajos y aerodinámicos, que parecían pequeños tanques blancos.
No veía al hombre alto y moreno del palito, pero esto no tenía porqué significar que hubiesen dejado de vigilarle. El cuerpo de policía era numeroso y había sustitutos.
Un camarero se acercó y limpió su mesa.
—Frübstück nicht gut?1 —preguntó, mirando tristemente el plato de salami, intacto.
Martin Beck le aseguró que el desayuno estaba muy bueno. Cuando el camarero se marchó, sacó una postal que había comprado en el quiosco del hotel. Representaba un vapor de ruedas remontando el Danubio, con uno de los puentes al fondo. La señora del quiosco le puso el sello. Por un momento, pensó a quién enviaría la postal. Finalmente, la dirigió a Gunnar Ahlberg, comisaría de policía, Motala, escribió unas breves palabras de saludo, y se la volvió a meter en el bolsillo.
Había conocido a Ahlberg hacía dos veranos, cuando apareció el cadáver de una mujer en el canal de Göta, cerca de Motala. Se hicieron muy amigos durante la investigación que duró seis meses, y desde entonces mantenían algún contacto esporádico.
En aquella ocasión, la búsqueda del asesino se convirtió para él en una cuestión personal. Durante meses no pudo pensar en nada más que en aquel caso, y no sólo por su condición de policía.
Pero ahora aquí, en Budapest, le costaba Dios y ayuda movilizar algún interés por el caso.
Martin Beck se sintió estúpidamente inútil, sentado allí. Tenía varias horas a su disposición, antes de su encuentro con Szluka y lo único constructivo que se le ocurrió fue ir a echar la postal de Ahlberg al buzón. Le fastidiaba que Szluka le hubiera preguntado, antes de reparar él mismo en ello, si sabía si Matsson tenía hecha la reserva del billete de vuelta. Sacó su plano y descubrió que, junto a una plaza próxima al hotel, había una sucursal de las líneas aéreas. Se levantó, atravesó el comedor y el salón, y metió la postal en el buzón rojo que había a la entrada del hotel. Luego echó a andar hacia el centro.
La plaza era grande, con tiendas, agencias de viajes y mucho tráfico. Había una terraza llena de gente que tomaba café en las pequeñas mesas. Junto a la terraza vio una escalera, que descendía bajo la calle. Földalatti, decía un letrero, y él supuso que querría decir WC. Se sintió pegajoso y acalorado, y decidió bajar y lavarse un poco antes de visitar la oficina de las líneas aéreas. Cruzó la calle diagonalmente y siguió hasta el subsuelo a dos caballeros con carteras de mano.
Descendió y descubrió el metro más pequeño que había visto en su vida. En el andén había un pequeño quiosco de madera con cristaleras pintado de verde y blanco, y el techo, bajo, se apoyaba en decorativos pilares de hierro forjado. El tren, que estaba ya en el andén, tenía más pinta de ferrocarril diminuto de parque de atracciones que de medio de transporte eficiente. Recordó que este metro era el más antiguo de Europa.
Pagó en el quiosco el importe de su billete y subió al pequeño vagón de madera, ligeramente barnizado, que podía ser el mismo en que el emperador Francisco José viajó cuando inauguró la línea, poco antes de que finalizara el siglo pasado. Pasó un rato hasta que se cerraron las puertas, y cuando el tren arrancó el vagón ya estaba lleno.
En el centro del coche, de pie, iban tres hombres y una mujer. Eran sordomudos y sostenían una animada conversación en el lenguaje de signos. Cuando el tren se detuvo por tercera vez, se apearon, todavía gesticulando con entusiasmo. Antes de que la plataforma volviera a llenarse, Martin Beck tuvo tiempo de entrever a un hombre, sentado en la otra punta del vagón, que casi le volvía la espalda.
Era moreno y estaba bronceado. Martin Beck lo reconoció enseguida. En vez de la chaqueta gris llevaba ahora una camisa verde, con el cuello abierto. Probablemente, ya no quedaba nada del palo que había estado tallando durante el día anterior.
De repente el tren salió del túnel y redujo su marcha. Entró en un parque verde con un gran estanque que resplandecía bajo la luz del sol. Luego se detuvo y el vagón se vació. Al parecer, habían llegado al final de trayecto.
Último en apearse del vagón, Martin Beck miró a su alrededor en busca del hombre moreno. No se le veía en parte alguna.
Un amplio camino llevaba hasta el parque, que parecía fresco e invitaba a entrar, pero Martin Beck decidió no hacer más expediciones. Consultó el horario colocado en el andén y descubrió que no había más líneas que la que hacía el trayecto entre el parque y la plaza donde había subido, y que el tren volvería en un cuarto de hora.
Eran las once y media cuando entró en las oficinas de Malev. Las cinco chicas tras el mostrador estaban atendiendo a clientes, así que Martin Beck se sentó a esperar junto a la ventana que daba a la calle.
No había logrado ver al hombre del pelo negro y ondulado pero supuso que seguiría rondando por las inmediaciones. Se preguntó si le vigilaría también durante su encuentro con Szluka.
Quedó libre una de las sillas junto al mostrador y Martin Beck se levantó, fue hasta ella y se sentó. La chica tras el mostrador tenía el pelo negro, recogido en una especie de moño rizado y aparatoso. Fumaba un cigarrillo de boquilla color escarlata, y parecía eficiente.
Martin Beck le explicó el motivo que le había llevado allí. ¿Había reservado un billete para Estocolmo o para cualquier otro sitio un periodista sueco llamado Alf Matsson después del 23 de julio?
La chica le ofreció un cigarrillo y empezó a hojear sus papeles. Al cabo de un rato tomó el teléfono y habló con alguien, negó con la cabeza y fue a consultar con una de sus colegas.
Cuando las cinco terminaron de revisar sus listas, eran ya más de las doce, y la joven del moño le confirmó que nadie llamado Alf Matsson había reservado billete en ningún avión con salida desde Budapest.
Martin Beck decidió saltarse el almuerzo y subió a su habitación. Abrió la ventana y miró a los comensales en la terraza. No vio a ningún hombre alto con camisa verde.
En una de las mesas estaban sentados seis hombres de treinta y tantos años bebiendo cerveza. Tuvo una idea: se dirigió al teléfono y pidió una conferencia con Estocolmo. Luego se tumbó en la cama, a esperar.
Un cuarto de hora más tarde sonó el teléfono y pudo oír la voz de Kollberg.
—¡Hola! ¿Cómo van las cosas?
—Mal.
—¿Has encontrado a esa tía? ¿Bökk?
—Sí, pero no saqué nada en limpio. Ni siquiera sabía quién era. Estaba con un tío cachas, rubio, que no le quitaba la mano de encima.
—Pues entonces todo debe haber sido una fanfarronada de Matsson. Por lo visto, se le daba bien alardear, según sus supuestos amigos.
—¿Tienes mucho que hacer?
—Nada de nada. Seguiré investigando, si quieres.
—Puedes hacer una cosa por mí. Averiguar cómo se llaman esos tipos del Tennstopet, y qué clase de gente son.
—Está bien. ¿Algo más?
—Ten cuidado. Recuerda que probablemente son todos periodistas. Hasta luego. Me voy a nadar con una persona llamada Szluka.
—¡Vaya nombre para una tía, Martin! Oye, ¿has comprobado si reservó billete de vuelta?
—Adiós —dijo Martin Beck y colgó.
Sacó de su maleta el bañador, lo enrolló dentro de una de las toallas del hotel y bajó a la parada de barcos.
El barco se llamaba Obuda y era de cubierta techada, de los que no gustaban a Martin Beck. Pero iba con retraso y este tipo de barcos tenían la ventaja de ir más deprisa que los de carbón.
Desembarcó al pie de un hotel grande en la isla Margit. Luego siguió la calle que conducía al interior de la isla; caminó apresuradamente bajo la sombra de los árboles, a lo largo de explanadas de césped de un verde exuberante, pasó junto a una cancha de tenis y finalmente llegó al lugar de la cita.
Szluka lo esperaba ante la entrada, con la cartera en la mano. Iba vestido como el día anterior.
—Siento mucho haberle hecho esperar —se excusó Martin Beck.
—Acabo de llegar —contestó Szluka.
Pagaron y entraron en el vestuario. Un anciano calvo con camiseta blanca saludó a Szluka y abrió dos taquillas. Szluka sacó de su cartera un bañador negro, se desnudó deprisa y colgó cuidadosamente sus ropas en una percha. Se pusieron los bañadores al mismo tiempo, aunque Martin Beck tenía mucha menos ropa que quitarse.
Szluka tomó la cartera de mano y salió del vestuario en primer lugar. Martin Beck le siguió con la toalla enrollada.
El lugar estaba lleno de gente bronceada. Delante del vestuario había una piscina redonda con surtidores que arrojaban altos chorros de agua. Los niños entraban y salían de las cascadas a todo correr, chillando. A un lado de la piscina de los surtidores había otra más pequeña con escalones que bajaban hasta el agua en uno de los extremos. Al otro lado había una piscina grande llena de agua clara, verdosa, que se oscurecía hacia el centro. Estaba llena de gente de todas las edades, nadando y chapoteando. La zona entre las piscinas y el césped estaba cubierta con losas de piedra.
Martin Beck siguió a Szluka por el borde de la piscina grande. Frente a ellos, al fondo, se veía una arcada circular, a la que se dirigía Szluka.
Se anunció algo por megafonía. Una avalancha de gente echó a correr hacia la piscina de los escalones. A punto de ser derribado, Martin Beck siguió el ejemplo de Szluka y se hizo a un lado hasta que pasó el gentío. Miró inquisitivo a Szluka, quien explicó:
—Baño de olas.
Martin Beck vio cómo la pequeña piscina se llenaba rápidamente de gente, hasta terminar apretujados como sardinas en lata. Entonces, dos enormes bombas se pusieron a arrojar agua contra los bordes superiores de la piscina y la muchedumbre comenzó a mecerse entre las olas, gritando de placer.
—Tal vez quiera usted balancearse entre las olas también —dijo Szluka.
Martin Beck se lo quedó mirando. Hablaba en serio.
—No, gracias —respondió.
—Yo suelo bañarme en la fuente sulfurosa —le explicó Szluka—. Es muy relajante.
La fuente brotaba de un amontonamiento de piedras en medio de una piscina oval; el agua llegaba allí hasta la rodilla y en su extremo más alejado estaba sombreada por la arcada. La piscina había sido construida a modo de laberinto, con muros que se elevaban unos veinte centímetros sobre el nivel del suelo. Las paredes servían como respaldo de unos sillones de cemento en los que uno podía sentarse con el agua hasta la barbilla.
Szluka se metió en la piscina y echó a andar entre las filas de personas sentadas. Aún seguía con su cartera de mano y Martin Beck se preguntó si habría olvidado dejarla por pura costumbre de llevarla siempre consigo. Pero no dijo nada y echó también a andar, detrás de Szluka, casi pisándole los talones.
El agua estaba muy caliente y el vapor olía a azufre. Szluka fue andando hasta la columnata, dejó la cartera de mano sobre el borde de la pared y se sentó en el agua. Martin Beck se puso a su lado. Se estaba muy cómodo en el espacioso sillón de piedra, cuyos anchos brazos se hundían 20 o 30 centímetros por debajo del agua.
Szluka echó la cabeza hacia atrás, la apoyó en el respaldo y cerró los ojos. Martin Beck no dijo nada y se puso a mirar a los bañistas.
Casi frente a él había un hombre bajito, delgado y pálido, meciendo a una rubia gorda sentada en sus rodillas. Los dos miraban muy serios y abstraídos a una niña que chapoteaba frente a ellos, con un flotador de goma en la cintura.
Un muchacho pálido y pecoso, de bañador blanco, pasó chapoteando despacio. Remolcaba a un joven robusto, al que llevaba agarrado del dedo gordo del pie. El joven, de espaldas, miraba fijamente al cielo con las manos entrelazadas sobre el estómago.
Al borde de la piscina había un hombre alto y bronceado, de pelo negro y ondulado.
Llevaba un bañador azul pálido con amplias perneras, con más pinta de calzoncillos que de bañador. Martin Beck sospechó que, de hecho, debía tratarse de unos calzoncillos. Quizá tendría que haberle advertido de que iba a bañarse, así hubiera podido recoger su bañador.
De pronto, sin abrir los ojos, Szluka dijo:
—La llave estaba en la escalera de la comisaría. Un agente la encontró allí.
Martin Beck se quedó mirando sorprendido a Szluka, tendido a su lado completamente relajado. En su pecho bronceado, el vello se mecía despacio, como algas blancas. El agua tenía un fulgor verdoso.
—¿Cómo llegó hasta allí?
Szluka volvió la cabeza y se quedó mirándolo por debajo de los párpados semicerrados.
—Usted no me creerá, claro, pero la verdad es que no lo sé.
Desde la piscina pequeña llegó un grito de decepción, largo y unánime. El oleaje había terminado por esta vez y la piscina grande volvía a llenarse de gente.
—Ayer no quiso usted decirme dónde se había encontrado la llave. ¿Por qué me lo dice ahora? —le preguntó Martin Beck.
—Pensé que sería mejor que se lo dijera yo, pues parece que usted lo malinterpreta casi todo. Y como es un dato que podría haber conseguido en otra parte...
Al cabo de un rato Martin Beck contestó:
—¿Por qué hace que me sigan?
—No sé de qué me está hablando —respondió Szluka.
—¿Qué ha almorzado usted?
—Sopa de pescado y carpa —contestó Szluka.
—¿Y pastel de hojaldre relleno de manzana?
—No, fresas silvestres con nata, espolvoreadas con azúcar —explicó Szluka—. Estaban deliciosas.
Martin Beck miró a su alrededor. El hombre de los calzoncillos se había ido.
—¿Cuándo apareció la llave? —preguntó.
—El día antes de que fuese entregada en el hotel. La tarde del 23 de julio.
—El mismo día que desapareció Alf Matsson.
Szluka se incorporó y se quedó mirando a Martin Beck. Luego se volvió, abrió la cartera, cogió una toalla y se secó las manos. Acto seguido sacó una carpeta y la ojeó.
—Hemos hecho algunas averiguaciones —le comentó—, a pesar de que nadie ha pedido oficialmente una investigación.
Sacó un papel de la carpeta y siguió:
—Creo que se está tomando usted este asunto más en serio de lo que parece justificado. ¿Es una persona importante, el tal Alf Matsson?
—Ha desaparecido de modo inexplicable. Y consideramos que es motivo suficiente para intentar descubrir qué ha pasado.
—¿Hay algo que indique que le ha pasado algo?
—No, pero el hecho es que ha desaparecido.
Szluka miró su papel.
—Según los funcionarios de pasaportes y aduanas, ningún ciudadano sueco llamado Alf Matsson ha salido de Hungría después del 22 de julio. Además, dejó su pasaporte en el hotel y difícilmente puede haber salido del país sin él. Ninguna persona, conocida o desconocida, que pueda corresponderse con Alf Matsson, ha ingresado en un hospital o depósito de cadáveres de este país durante el período en cuestión. Sin su pasaporte, Matsson no puede ser admitido en ningún otro hotel del país. Así, todo indica que por alguna razón su compatriota ha cambiado de idea y ha decidido quedarse en Hungría más tiempo.
Szluka volvió a meter el papel en el fichero y cerró la cartera de mano.
—Ha estado aquí antes. Quizá tenga amigos y esté con ellos —añadió, acomodándose de nuevo.
—Pero no hay explicación razonable de que se marchara del hotel y no volviese a dar señales de vida.
Szluka se levantó y tomó la cartera.
—Como ya le he comentado, mientras tenga un visado válido no puedo hacer nada más en este asunto —dijo.
Martin Beck se levantó también.
—Quédese —le indicó Szluka—. Lo siento, pero tengo que irme. Quizá volvamos a vernos. Adiós.
Se estrecharon las manos y Martin Beck se lo quedó mirando mientras se alejaba con su cartera. Por su aspecto, nadie hubiera dicho que acostumbraba a desayunar cuatro lonchas de tocino.
Cuando Szluka se fue, Martin Beck se dirigió a la piscina grande. El agua caliente y las emanaciones de azufre lo habían dejado soñoliento, y estuvo nadando un rato en el agua fresca y clara antes de sentarse al sol, en el borde de la piscina, para secarse. Durante un momento contempló a dos hombres de mediana edad, serios como tumbas, de pie en el extremo poco profundo de la piscina, tirándose una pelota roja.
Luego fue a cambiarse. Se sentía perdido y confuso. El encuentro con Szluka no le había aclarado las cosas.
11
Tras el baño, el calor no resultaba ya tan opresivo. Martin Beck no halló motivos para agobiarse. Paseó lentamente por los senderos del espacioso parque, deteniéndose a menudo para mirar a su alrededor. El hombre que le había estado siguiendo no se dejaba ver. Tal vez habían comprendido al fin que era inofensivo, abandonando su seguimiento. Por otra parte, la isla estaba llena de gente y se hacía muy difícil distinguir a nadie entre la multitud, especialmente cuando uno no sabía el aspecto que tenía esa persona. Se dirigió hasta la orilla de la parte oriental de la isla y siguió la ribera hasta un desembarcadero en el que habían atracado todos los barcos en los que había viajado estos días. Creía incluso recordar el nombre de la parada: Casino.
Por encima de la parada, en la cuesta de bajada al río, había una fila de bancos, algunos ocupados por gente que esperaba el barco. En uno de ellos estaba sentada una de las pocas personas que conocía en Budapest: la joven de la casa de Ujpest. La asustadiza Ari Boeck llevaba gafas de sol, sandalias y un vestido blanco de tirantes. Estaba leyendo un libro de bolsillo en alemán y a su lado sobre el banco había una bolsa de nailon. Su primer pensamiento fue pasar de largo pero se arrepintió, se detuvo y dijo:
—Buenas tardes.
Ella levantó la vista del libro y se le quedó mirando, sin comprender. Luego pareció reconocerle y sonrió.
—Ah, es usted. ¿Ha encontrado a su amigo?
—Aún no.
—Estuve pensando en eso cuando usted se fue, ayer. No entiendo porqué le dio mi dirección.
—Yo tampoco.
—También estuve dándole vueltas por la noche —dijo ella frunciendo el ceño—. Apenas pude dormir.
—Es raro.
(No del todo, mi querida niña, hay una explicación bastante sencilla. En primer lugar, él no me dio ninguna dirección. En segundo lugar, lo que ocurrió fue probablemente lo siguiente: él te vio en Estocolmo, cuando fuiste a nadar, y se dijo: ¡qué buena está! No me importaría... Y luego cuando vino aquí seis meses después, se enteró de tu dirección y de la ubicación de tu calle pero no tuvo tiempo de ir.)
—¿No quiere sentarse? Hoy hace demasiado calor para estar de pie.
Él se sentó, echando a un lado la bolsa de nailon. Contenía dos cosas conocidas: el traje de baño azul oscuro y las gafas de bucear de goma verde. Además, una toalla de baño enrollada y un bote de aceite bronceador.
(Martin Beck, detective nato y destacado observador, constantemente ocupado en hacer observaciones inútiles y almacenarlas para su uso posterior. Ni siquiera tenía pájaros en la cabeza; no hubieran podido abrirse paso entre tanta basura.)
—¿También espera usted el barco?
—Sí —contestó él—; pero probablemente vamos en direcciones diferentes.
—Yo no tengo nada especial que hacer. Estaba pensando en irme a casa, claro.
—¿Ha estado usted nadando?
(El arte de la deducción.)
—Sí, por supuesto. ¿Por qué me lo pregunta?
(Ésta sí que es una buena pregunta.)
—¿Dónde se ha dejado usted hoy a su boyfriend?
(¿Y a mí qué me importa? ¡Bah! Es sólo una técnica de interrogatorio.)
—¿Tetz? Se ha ido. Y, además, no es mi novio.
—¡Ah! ¿No?
(Sumamente espiritual.)
—Es sólo un conocido. A veces se aloja en la pensión. Es un buen chico.
Ella se encogió de hombros y se quedó mirando los pies. Seguían siendo cortos y anchos, con dedos rectos.
(Martin Beck, el incorruptible, más interesado en la medida del zapato de una mujer que en el color de sus pezones.)
—¡Bueno! Y ahora va usted a casa, ¿no?
(La táctica del desgaste.)
—Bueno, eso pensé. No tengo nada particular que hacer. Y usted, ¿qué va a hacer?
—No lo sé.
(Al fin, una verdad.)
—¿Ha ido usted a la colina Gellért a ver las vistas? ¿Desde el monumento conmemorativo de la Liberación?
—No.
—Desde allí se ve toda la ciudad, como puesta en una bandeja.
—¿Ah, sí?
—¿Quiere que subamos? Quizá sople un poco de brisa arriba.
—¿Por qué no? —dijo Martin Beck.
(Nunca viene mal echar un vistazo.)
—Entonces tomaremos el barco que viene ahora. Es el que usted tendría que haber cogido, en cualquier caso.
El barco se llamaba Ifjugárda, y probablemente había sido construido según el mismo patrón que el vapor en el que viajó el día anterior. Pero los ventiladores eran diferentes y la chimenea se inclinaba ligeramente hacia popa.
Se pusieron junto a la barandilla. El barco se deslizaba rápidamente corriente abajo, en dirección al puente Margarita. Justo debajo del arco, ella le preguntó:
—A propósito, ¿cómo te llamas?
—Martin.
—Yo me llamo Ari. Pero ya lo sabías, ¿verdad? ¡Vete tú a saber cómo!
Él no respondió a eso, pero al cabo de un rato preguntó:
—¿Qué significa este nombre de Ifjugárda?
—«El joven guardia.»
El panorama que se veía desde el Monumento a la Liberación cumplía lo que la chica había prometido, y con creces. Incluso soplaba una ligera brisa. Habían ido en barco hasta la última escala, frente al famoso hotel Gellért, luego caminaron un rato por una calle que llevaba el nombre de Béla Bártok y finalmente subieron a un autobús que los condujo hasta la cima de la colina, despacio y jadeando.
Estaban ahora en el parapeto de la ciudadela, sobre el monumento. A sus pies se extendía la ciudad, con centenares de miles de ventanas ardiendo bajo los últimos rayos del sol de la tarde. Estaban tan cerca el uno del otro que, cuando ella se volvió, él sintió un ligero roce. Por primera vez en cinco días, se sorprendió a sí mismo pensando en algo distinto de Alf Matsson.
—Allí está el museo en el que trabajo —dijo—. Permanece cerrado durante el verano.
—¿Ah, sí?
—El resto del tiempo, lo paso en la universidad.
Bajaron a pie, por sinuosos senderos cuesta abajo hasta la orilla del río. Luego cruzaron andando el puente nuevo y vinieron a parar cerca del hotel donde se hospedaba él. El sol se había puesto tras las colinas por el noroeste y un suave y cálido crepúsculo había descendido sobre el río.
—Bueno, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Ari Boeck.
Lo tenía ligeramente cogido del brazo y balanceaba alegremente el cuerpo mientras paseaban por el muelle.
—Podríamos hablar de Alf Matsson —sugirió Martin Beck.
La mujer le dirigió una rápida mirada de reproche, pero enseguida sonrió y dijo:
—¿Por qué no? ¿Cómo es? ¿A mí me caería bien, si lo conociera?
—No creo.
—¿Por qué le buscas? ¿Sois muy buenos amigos?
—Conocidos.
En este momento, estaba casi convencido de que ella decía la verdad y de que la vaga idea que le llevó a la casa de Ujpest había sido una pista falsa. Pero no hay mal que por bien no venga. Pensó Martin Beck.
Ahora se apoyaba un poco en su brazo y avanzaba en zigzag, de modo que su cuerpo oscilaba como en torno a un eje vertical, de un lado a otro. Pasaron de largo el hotel y llegaron hasta el vapor de rueda grande e iluminado que él había visto por el río la noche anterior. Justo en ese momento, la gente comenzaba a subir a bordo.
—¿Qué clase de barco es ése? —preguntó él.
—Se llama Szabadság, quiere decir «libertad». Hace un crucero a la luz de la luna, río arriba, luego da la vuelta a la isla Margit y vuelve. Tarda cosa de una hora. Cuesta muy poco. ¿Embarcamos?
Subieron a bordo y poco después el barco zarpó, chapoteando pacíficamente en la oscura corriente. Hasta el momento no se ha logrado construir una embarcación de tracción a máquina que se mueva tan plácidamente como un vapor de ruedas.
Subieron por encima de la caja de la rueda y vieron deslizarse las riberas. Ella se apoyó en él, levemente, y Martin Beck percibió sin duda algo que antes ya había advertido: no llevaba sujetador bajo el vestido.
Una pequeña orquesta tocaba en la cubierta de popa. Algunas personas bailaban.
—¿Quieres bailar? —preguntó ella.
—No —contestó Martin Beck.
—Bueno, a mí tampoco me divierte.
Un momento después ella dijo:
—Pero puedo, llegado el caso.
—También yo —repuso Martin Beck.
El barco pasó la isla Margit y Ujpest para luego dar la vuelta y deslizarse de nuevo rumbo al sur silenciosamente, siguiendo la corriente. Permanecieron un momento tras la chimenea, mirando por los tragaluces. El motor latía con pulso plácido, brillaban las tuberías de cobre y llegaba hasta ellos una cálida corriente de aire con olor a aceite, dándoles en la cara.
—¿Has estado antes en este barco? —preguntó él.
—Sí, muchas veces. Es lo mejor que se puede hacer en esta ciudad una tarde de calor.
No sabía muy bien ni quién era ni qué pensar de ella. Y esto le irritaba, aparte de todo lo demás.
El barco pasó frente al colosal edificio del Parlamento (donde ahora una pequeña estrella roja brillaba discretamente sobre la cúpula central), luego abatió la inclinada chimenea para pasar bajo el puente de los grandes leones de piedra y volvió a atracar en el mismo sitio desde donde habían partido.
Al cruzar la pasarela, Martin Beck recorrió el muelle con la mirada. Bajo el farol, junto a la taquilla de venta de billetes, estaba el hombre alto del pelo negro peinado hacia atrás. Llevaba de nuevo su traje azul y los miraba fijamente. Un momento después el hombre se volvió y, con pasos rápidos, desapareció tras el pabellón de espera. La mujer siguió la mirada de Martin Beck y de repente, pero con cautela, puso su mano izquierda en la derecha de él.
—¿Has visto a ese hombre? —preguntó él.
—Sí —contestó ella.
—¿Sabes quién es?
Ella negó con la cabeza.
—No. ¿Y tú?
—Aún no.
Por raro que parezca, Martin Beck sintió hambre. No había almorzado y la hora de la cena pasaría pronto.
—¿Quieres cenar conmigo?
—¿Dónde?
—En el hotel.
—¿Puedo entrar con estas ropas?
—¡Seguro!
Luego casi añadió: «Ahora no estamos en Suecia».
Aún había mucha gente en el comedor y a lo largo de la balaustrada, frente a los ventanales abiertos. Enjambres de insectos pululaban alrededor de los faroles.
—Son pequeños mosquitos —explicó ella—. No pican. Cuando desaparecen, es que el verano ha terminado. ¿Sabías eso?
La comida era excelente, como siempre, y también el vino. Ella debía de tener hambre, pues comió con sano y juvenil desparpajo. Luego se quedó muy quieta, escuchando la música. Fumaron mientras tomaban café y bebieron una especie de licor de cerezas, que también sabía a chocolate. Al apagar el cigarrillo en el cenicero, ella rozó como por casualidad la mano derecha de él con las puntas de los dedos. Momentos más tarde repitió la maniobra y poco después él sintió el pie de ella tocando su tobillo por debajo de la mesa: se había quitado la sandalia.
Al cabo de un rato, retiró el pie y la mano y se fue al baño de señoras.
Pensativamente, Martin Beck se frotó el nacimiento del pelo con los dedos de la mano derecha. Luego se inclinó sobre la mesa y tomó la bolsa de red que estaba a su lado, sobre la silla. Metió la mano en ella, sacó el traje de baño y lo examinó. Estaba completamente seco, incluso en las costuras y a lo largo del elástico. Tan seco que difícilmente podía haber estado en contacto con el agua en las últimas veinticuatro horas. Volvió a plegarlo y meterlo en la bolsa, dejó ésta cuidadosamente en la silla. Se mordió los nudillos, pensativo. Obviamente, esto no tenía porqué significar nada. Por lo demás, él seguía comportándose como un idiota.
Ella volvió y se sentó, sonriéndole. Cruzó las piernas, encendió otro cigarrillo y se dispuso a escuchar la melodía vienesa.
—¡Qué bien se está aquí! —exclamó.
Él asintió.
El comedor empezó a vaciarse y los camareros se reunían en grupos a charlar. Los músicos dieron fin al concierto interpretando Donauwelle. Ella miró el reloj.
—Debo irme a casa.
Se puso a pensar qué hacer. Un piso más arriba había un pequeño bar, tipo sala de fiestas, con música de jazz. Aborrecía tanto esa clase de lugares que sólo el deber más acuciante podía forzarle a entrar en ellos. Pero... ¿no era éste el caso?
—¿Cómo vas a volver a casa? ¿En barco?
—No. El último ya se ha ido. Iré en tranvía. Además, es más rápido.
Él siguió pensando. La situación, en toda su simpleza, resultaba bastante complicada. Por qué, no lo sabía.
Decidió no hacer ni decir nada. Los músicos se fueron, inclinándose con displicencia. Ella volvió a mirar el reloj.
—Será mejor que me vaya —dijo.
El conserje de noche se inclinó en una reverencia en el vestíbulo. El portero, respetuoso, hizo girar las puertas.
Se detuvieron en la acera, solos en la cálida atmósfera de la noche. Ella dio un corto paso y se plantó ante él, con la pierna derecha entre las suyas. Se puso de puntillas y lo besó. Él notó claramente sus senos, vientre, sexo y muslos a través de la tela de su vestido. Ella apenas podía alcanzarle.
—¡Qué alto eres! —exclamó.
Hizo un pequeño y ágil movimiento y de nuevo se apoyó firmemente sobre el suelo, a unos centímetros de él.
—Gracias por hoy. Te veré pronto. Adiós.
Se alejó caminando, volvió su cabeza y lo saludó con la mano derecha. La bolsa de nailon se balanceaba junto a su pierna izquierda.
—¡Adiós! —le contestó Martin Beck.
Regresó al vestíbulo, recogió la llave y subió a su habitación. Hacía un calor tan sofocante que abrió la ventana enseguida. Se quitó la camisa y los zapatos, se dirigió al cuarto de baño y se mojó cara y pecho con agua fría. Se sintió más idiota que nunca.
—Debo de estar loco —se dijo—. ¡Suerte que nadie me ha visto!
En aquel momento alguien llamó ligeramente a la puerta. Bajó el pestillo y entró ella.
—Me he colado —dijo—. Nadie me ha visto.
Cerró de nuevo la puerta, deprisa y sin hacer ruido, y dio dos pasos dentro de la habitación. Dejó caer la bolsa en el suelo y se quitó las sandalias.
Él la miró fijamente. Sus ojos habían cambiado y parecían turbios, como si hubiera un velo sobre ellos. Ella se inclinó con los brazos cruzados, agarró con ambas manos el vestido por el dobladillo y lo levantó en un solo movimiento ágil. No llevaba nada debajo. Esto, en sí mismo, no tenía nada de sorprendente. Por lo visto, tomaba el sol siempre con el mismo traje de baño porque en sus pechos y pubis se perfilaban zonas claramente delimitadas que, recortándose sobre el resto de la piel bronceada, aparentaban una blancura de yeso. Sus pechos eran suaves, blancos y redondeados, y sus pezones grandes, sonrosados y cilíndricos, como pequeñas balizas ancladas. La zona de su entrepierna, cubierta de vello negro profundo, quedaba también claramente delimitada: un triángulo inscrito que ocupaba un área considerable de la franja rectangular de piel blanca. El vello era crespo, espeso e hirsuto, como electrizado. En torno a sus pezones se extendían áreas circulares de un color moreno claro. Parecía una figurilla geométrica, policromada.
Los años deprimentes que pasó en la Brigada Antivicio le habían inmunizado contra una provocación de este estilo. Y aunque tal vez no se trataba realmente de una provocación, en el sentido estricto del término, consideró esta situación mucho más fácil de manejar que la que le había irritado en el comedor media hora antes. Sin darle tiempo siquiera para quitarse el vestido por encima de la cabeza, le puso la mano en el hombro y le dijo:
—Un momento.
Ella bajó un poco el vestido y lo miró por encima del dobladillo, con velados ojos castaños que no captaban ni comprendían nada. Consiguió liberar el brazo izquierdo del vestido. Agarró la mano derecha de él y tiró lentamente de ella hasta su entrepierna. El sexo estaba hinchado y abierto; la secreción vaginal corrió por sus dedos.
—Tócalo —dijo ella, con una especie de impotencia más allá del bien o del mal.
Martin Beck logró soltar la mano, abrió la puerta que daba al pasillo del hotel y le dijo en su alemán de colegio:
—Por favor, vístete.
Ella permaneció inmóvil un momento, perpleja, como cuando él llamó a su puerta en Ujpest. Luego obedeció.
Él se puso la camisa y los zapatos, tomó la bolsa de plástico y condujo a la joven hasta el vestíbulo agarrándola ligeramente por el brazo.
—Llame a un taxi —dijo al portero de noche.
El taxi acudió casi enseguida. Él abrió la puerta; pero cuando se disponía a ayudarla a entrar, ella se soltó con vehemencia.
—Yo pagaré al conductor —dijo él.
Ella lo miró. Había desaparecido el velo que enturbiaba sus ojos. La paciente se había recobrado. Ahora, su mirada era a la vez clara y oscura, llena de odio.
—¡Y una mierda! —exclamó—. ¡Venga, vámonos!
Cerró de un portazo y el taxi se puso en marcha.
Martin Beck miró a su alrededor. Era ya mucho más de medianoche. Caminó hacia el sur y subió al puente nuevo, desierto a excepción de unos pocos tranvías nocturnos. Se detuvo en medio del puente, se apoyó contra la barandilla y miró abajo, al agua que corría silenciosamente. Hacía calor y le rodeaba una especie de vacío y silencio. Un sitio ideal para pensar, si uno supiera en qué. Al cabo de un rato regresó al hotel. Ari Boeck había dejado caer en el suelo un cigarrillo de boquilla roja. Lo tomó y lo encendió. Sabía mal y lo arrojó por la ventana.
12
Martin Beck estaba metido en la bañera cuando sonó el teléfono.
Se había perdido el desayuno por quedarse dormido. Luego estuvo paseando por el muelle antes de almorzar. El sol quemaba más que nunca, ni siquiera a orillas del río soplaba la más ligera brisa. Cuando regresó al hotel, tenía más necesidad de un baño que de comida y decidió que el almuerzo podía esperar. Estaba metido en el agua tibia cuando oyó sonar el teléfono, con timbrazos cortos y seguidos.
Salió de la bañera, se envolvió en la toalla de baño y contestó.
—¿Señor Beck?
—¿Sí?
—Por favor, disculpe que le apee el tratamiento. Como usted comprenderá, es puramente... bueno, digamos que es una medida de precaución.
Era el joven de la embajada. Martin Beck se preguntó a quién iba dirigida esa medida de precaución, pues tanto el personal del hotel como Szluka sabían que era policía.
—Desde luego.
—¿Cómo van las cosas? ¿Ha hecho usted progresos?
Martin Beck dejó caer la toalla y se sentó en la cama.
—No —respondió.
—¿No ha conseguido pista alguna?
—No —repitió Martin Beck. Al cabo de un breve silencio añadió:
—He hablado con la policía de aquí.
—Pues creo que ha sido una idea sumamente temeraria —dijo el joven de la embajada.
—Posiblemente —le contestó Martin Beck— pero no pude evitarlo. Fui visitado por un caballero llamado Vilmos Szluka.
—El comandante Szluka. ¿Qué quería?
—Nada. Probablemente me dijo a mí más o menos lo que ya le había dicho a usted. Que no tenía motivos para ocuparse del caso.
—Ya veo. ¿Y qué piensa hacer ahora?
—Almorzar —contestó Martin Beck.
—Me refiero al asunto que estamos discutiendo.
—No lo sé.
Hubo otro silencio. Luego el joven dijo:
—Bueno, ya sabe dónde telefonear si hay algo.
—Sí.
—Entonces, adiós.
—Adiós.
Martin Beck colgó y quitó el tapón de la bañera. Luego se vistió y salió, se sentó bajo el toldo delante del comedor y pidió el almuerzo.
El calor resultaba sofocante incluso a la sombra del toldo. Comió lentamente, tomando buenos tragos de cerveza fría. Tuvo la desagradable sensación de ser observado. No había visto al hombre alto de pelo negro, pero de todos modos se sentía continuamente vigilado.
Miró a la gente alrededor. La habitual afluencia de huéspedes a la hora del almuerzo. En su mayoría extranjeros como él; muchos de ellos residentes en el hotel. Oyó fragmentos dispersos de conversación, principalmente en alemán y en húngaro, pero también en inglés y en un idioma que no pudo identificar.
De repente oyó a alguien decir claramente:
—Knäckebröd.
Se volvió y vio a dos señoras, suecas sin lugar a dudas, sentadas junto a la ventana del comedor.
Oyó a una de ellas decir:
—Sí, siempre llevo un poco. Y papel higiénico. Es muy malo en el extranjero. Eso si lo hay.
—Sí —dijo la otra—. Recuerdo una vez en España...
Martin Beck dejó de escuchar esta conversación típicamente sueca e intentó descubrir cuál de las personas que le rodeaban era su vigilante. Durante un buen rato sospechó de un hombre mayor, sentado a cierta distancia dándole la espalda, que de vez en cuando miraba por encima del hombro en su dirección. Pero, pasado un rato, el hombre se levantó, alzó un lanudo perrito con pinta de pelota de trapo que había permanecido oculto en su regazo, y desapareció tras doblar la esquina del hotel, seguido por el perro.
Cuando Martin Beck terminó su comida y se bebió la taza de café, la tarde estaba ya muy entrada. Hacía un calor que cortaba la respiración, pero caminó por la ciudad un rato, procurando mantenerse todo el tiempo a la sombra. Había descubierto que la comisaría de policía estaba sólo a unas manzanas de distancia y no tuvo dificultad en encontrarla. En la escalera, donde según Szluka habían encontrado la llave, había un agente de uniforme azul grisáceo que se enjugaba el sudor de la frente.
Martin Beck dio la vuelta a la comisaría y regresó por otro camino, siempre con la desagradable sensación de estar siendo vigilado. Algo completamente nuevo para él. Durante los veintitrés años que llevaba en la policía, tuvo que vigilar y seguir a personas sospechosas muchas veces. Pero ahora, por primera vez, comprendía qué siente uno al ser vigilado. Tener conciencia de que en todo momento estás siendo observado y vigilado, que cada movimiento que haces queda registrado y hay alguien que continuamente permanece oculto en algún lugar cercano, siguiendo cada paso que das.
Martin Beck subió a su habitación y pasó allí el resto del día, en un relativo frescor. Se sentó a la mesa con un papel ante él y un bolígrafo en la mano, tratando de hacer una especie de resumen de lo que sabía sobre el caso de Alf Matsson.
Al final rompió el papel y lo arrojó al retrete. Sus conocimientos eran tan mínimos que le parecía una tontería apuntarlo. Recordarlo tampoco supondría esfuerzo alguno; en realidad, pensó Martin Beck, todo lo que sabía cabía perfectamente en el cerebro de una gamba.
El sol se puso, tiñendo el río de rojo. El breve crepúsculo dio paso imperceptiblemente a una oscuridad aterciopelada, y con ella llegaron las primeras brisas frescas de las colinas del otro lado del río.
Martin Beck permaneció junto a la ventana observando el agua rizada por la ligera brisa vespertina. Justo debajo de su ventana había un hombre, de pie junto a un árbol. Brilló la punta de un cigarrillo y Martin Beck creyó reconocer al tipo alto y moreno. En cierto modo era un alivio verlo allí, escapar a esa vaga y lenta sensación de su invisible presencia.
Se puso un traje, bajó al comedor y cenó. Comió lo más despacio posible y se bebió dos Barack palinka antes de subir a su habitación.
La brisa vespertina había cesado, el río estaba negro y brillante y el calor resultaba tan sofocante afuera como dentro de la habitación.
Martin Beck dejó la ventana y los postigos abiertos, y descorrió las cortinas. Luego se desnudó y se metió en la cama chirriante.
13
El calor realmente intenso casi siempre se hace más duro de soportar tras la puesta del sol. Quienes están familiarizados con el calor y saben lo que se debe hacer, cierran ventanas y postigos y corren las cortinas. Pero como la mayoría de los escandinavos, Martin Beck carecía de tales conocimientos. Había descorrido la cortina y abierto la ventana de par en par, y tumbado de espaldas en la oscuridad esperaba el aire fresco que no llegaba. Encendió la lámpara de la mesilla de noche y trató de leer. Tampoco le dio resultado. Tenía un frasco con pastillas para dormir en el cuarto de baño, pero no se mostraba muy partidario de recurrir a este recurso. El día anterior había transcurrido sin resultados por su parte y, en consecuencia, tenía toda clase de razones para permanecer alerta y, como fuera, conseguir resultados al día siguiente. Si ahora se tomaba un somnífero, luego estaría amodorrado toda la mañana. Lo sabía por experiencia.
Se levantó y se sentó junto a la ventana abierta. La diferencia era nula: no corría el más ligero soplo, ni siquiera la brisa cálida de la pusta, que vaya a saber dónde estaba. Parecía como si la ciudad tuviera dificultades para respirar, como si hubiera entrado en coma y perdido la conciencia a causa del calor. Al cabo de un rato, un solitario tranvía amarillo apareció al otro lado del río y atravesó lentamente el puente de Isabel. El ruido provocado por la fricción de las ruedas contra los raíles retumbó, magnificándose bajo el arco del puente, antes de alejarse por el agua. Pese a la distancia, Martín Beck pudo ver que iba vacío. Veintitrés horas antes él había estado allí en el puente, reflexionando sobre su extraño encuentro con la mujer de Ujpest. Como sitio, no estaba mal.
Se puso los pantalones y la camisa y salió. En el mostrador de conserjería no había nadie. En la calle, se puso en marcha un Skoda verde y lentamente, como de mala gana, dio la vuelta a la esquina. Las parejas de amantes dentro de los coches son iguales en todo el mundo. Martin Beck echó a andar por el borde del muelle; pasó junto a unos barcos adormilados, dejó a un lado el monumento a Petöfi, y entró en el puente. Estaba silencioso y solitario como la noche anterior, pero muy bien iluminado, en contraste con muchas otras calles de la ciudad. Martin Beck se detuvo en mitad del puente, apoyó los codos en el pretil y miró fijamente al agua. Por debajo de él pasó un remolcador. Mucho después llegó su carga: cuatro grandes barcazas atadas de dos en dos. Deslizándose sin hacer ruido, con todas las luces apagadas, sólo un pequeño matiz más oscuro que la noche.
Tras avanzar un par de metros le pareció que sus propios pasos despertaban un débil eco en alguna parte del puente silencioso. Anduvo un poco más y de nuevo oyó el eco. Era como si el sonido se prolongara un poco más allá de lo justo. Permaneció quieto durante un rato, escuchando, pero no pudo oír nada. Luego echó a andar unos veinte metros y se paró en seco. El sonido volvió a oírse, esta vez le pareció que llegaba demasiado tarde para ser verdaderamente un eco. Caminó tan sigilosamente como pudo, atravesando la calzada hasta alcanzar el otro lado del puente y miró hacia atrás. Ahora le rodeaba un silencio absoluto. Nada se movía. Entró en el puente un tranvía procedente del lado de Pest, haciendo imposible cualquier observación. Martin Beck continuó su paseo a lo largo del puente. Quizás era víctima de una manía persecutoria. Si alguien tenía energía y bastantes recursos para vigilarlo a esta hora de la noche, no podía ser sino la policía. Con ello, en buena medida quedaba resuelto el problema. A no ser que...
Martin Beck casi había alcanzado el extremo del puente, por debajo de la colina Gellért, cuando el tranvía pasó traqueteando a su lado. Apoyado contra la ventanilla, un pasajero solitario dormía con la boca abierta.
Llegó a los escalones que descendían hasta el muelle desde el lado sur del puente y empezó a bajar. Entre el traqueteo del tranvía, perdiéndose en la distancia, creyó oír el rumor de un coche que se detenía en algún lugar próximo, pero no pudo calcular a qué distancia ni en qué dirección.
Martin Beck había llegado al muelle. Rápida y silenciosamente se dirigió hacia el sur, alejándose del puente, y se detuvo donde la oscuridad era más densa. Se volvió, permaneció inmóvil y escuchó. No se oía ni veía nada. Con toda probabilidad no había nadie en el puente. Pero esto, en sí, no probaba nada. Si alguien le hubiese seguido desde la otra orilla, ese alguien podría perfectamente haber alcanzado el extremo del puente, bajando luego al muelle por la escalera del lado norte. Estaba seguro de que nadie más que él había bajado por los escalones del lado sur.
Los ligeros rumores que podía oír procedían de un tráfico lejano. Había un silencio total a su alrededor. Martin Beck sonrió en la oscuridad. Ahora estaba casi convencido de que nadie le había seguido; pero el juego le divertía y en lo más profundo de su ser deseaba que, en la oscuridad del lado opuesto del puente, hubiese otro individuo desconcertado. Él mismo conocía el procedimiento de cabo a rabo y sabía que quienquiera hubiese bajado por el otro lado no podía correr el riesgo de regresar por el mismo sitio, cruzar el puente y bajar por los escalones del lado sur. Bajo el puente, a lo largo del muelle, corrían dos calles paralelas. La interior era unos dos metros más alta que el propio muelle, que a su vez descendía escalonadamente hacia el río. Un muro bajo separaba ambas calles. Más allá había también un túnel peatonal que atravesaba los cimientos del puente. Pero ninguna de estas vías era accesible a su eventual perseguidor, suponiendo que dicha persona conociera su trabajo. Todo intento de pasar bajo el puente significaría que el hombre tendría la luz detrás, corriendo el riesgo de ser inmediatamente descubierto. En consecuencia, sólo quedaba una alternativa: dar la vuelta a todo el contrafuerte del puente en un amplio semicírculo, cruzar varias rampas de aproximación y bajar hasta el muelle lo más al sur posible. Pero esto llevaría un rato, por más que el hombre se aventurase a correr. Mientras tanto la persona vigilada, en ese caso el subinspector primero Martin Beck de Estocolmo, tendría tiempo de desaparecer prácticamente en cualquier dirección.
Ahora bien, era improbable que hubiese nadie siguiéndole; además, Martin Beck, desde el primer momento, se había propuesto caminar a lo largo del río en dirección norte, regresando al hotel por el siguiente puente. En consecuencia, dejó su puesto de observación al abrigo de la oscuridad y, con paso tranquilo, tomó la dirección norte. Escogió la interior de las dos calles, pasó bajo el puente y continuó a lo largo del muro de piedra, a dos metros de altura sobre el muelle. El hotel estaba a oscuras a excepción de dos estrechos rectángulos verticales de luz: las ventanas de su propia habitación. Se sentó en el muro bajo de piedra y encendió un cigarrillo. Bordeaban la calle grandes bloques de viviendas, de estilo fin de siècle. Frente a ellas había coches aparcados. Todas las ventanas estaban cerradas a cal y canto. Martin Beck permaneció callado y quieto, escuchando el silencio. Seguía estando en guardia pero sin ser consciente de ello.
Al otro lado de la calle se puso en marcha el motor de un coche. Martin Beck recorrió con la mirada la fila de vehículos aparcados pero no pudo localizar el ruido. El motor estaba en punto muerto, ronroneando, y continuó así durante unos treinta segundos. Luego oyó cómo alguien metió la primera. Se encendieron dos luces de estacionamiento. Delante, a más de cincuenta metros, un coche salió de entre las sombras alejándose del borde de la acera. Avanzó en dirección a él, pero por el otro lado de la calle, extremadamente despacio. Era un Skoda de color verde oscuro y tuvo la impresión de haberlo visto antes. El coche se iba acercando. Martin Beck permaneció inmóvil, sentado en el muro de piedra, siguiéndolo con la mirada. Casi a su altura, el coche empezó a girar hacia la izquierda, como si el conductor fuera a dar media vuelta en plena calle. Pero el giro no fue completo y ahora se movía casi más lentamente que antes, directo hacia él. Al parecer alguien quería salirle al paso pero el procedimiento resultaba desconcertante. A esa velocidad, la intención difícilmente sería atropellarle. Además, llegado el caso, podía ponerse a salvo en un segundo detrás del muro. En el coche sólo viajaba una persona, a menos que alguien estuviera oculto en el asiento trasero.
Martin Beck apagó el cigarrillo. No estaba asustado lo más mínimo pero sentía gran curiosidad por saber qué iba a pasar.
El Skoda verde se detuvo a tres escasos metros de él, con el motor en punto muerto y la rueda delantera derecha pegada al bordillo. El conductor encendió los faros y todo quedó inundado en luz, pero sólo por unos segundos, luego se apagó. La puerta del coche se abrió y un hombre salió a la acera.
Martin Beck lo había visto lo bastante a menudo para reconocerlo enseguida, pese al efecto cegador de la luz. El hombre alto de pelo negro peinado hacia atrás. No llevaba nada en las manos. Dio un paso hacia adelante. El motor del coche ronroneaba lentamente. De pronto percibió algo. No una sombra, ni siquiera un sonido, sólo un pequeño movimiento en el aire, justo detrás de él. Tan débil que sólo la quietud de la noche lo hizo perceptible.
Martin Beck se dio cuenta de que ya no se hallaba sólo junto al muro, que el único objetivo del coche había sido desviar su atención mientras alguien se aproximaba sigilosamente desde el muelle, abajo, subiendo por el muro de piedra, detrás de él.
Y en el mismo segundo también se dio cuenta, con total claridad, de que no se trataba de una vigilancia, ni de un juego, sino de algo muy serio. Peor que eso. Era la muerte que esta vez venía en su busca y no casualmente, sino de una manera fría, calculada y premeditada.
Martin Beck era un mal luchador pero tenía una notable capacidad de reacción. En el momento exacto en que sintió la ligera corriente de aire, encogió la cabeza entre los hombros, puso el pie derecho sobre el borde del muro, buscó apoyo, giró la parte superior del cuerpo y se echó hacia atrás, todo en un mismo instante, como un relámpago. El brazo que se disponía ya a rodear su garganta, apretó duramente su nariz y cejas antes de resbalar por encima de su frente. Sintió un resuello cálido de asombro contra su mejilla y percibió el rápido fulgor de la hoja de un cuchillo que se alejaba de él tras fallar el blanco. Cayó hacia atrás sobre el muelle, golpeando el hombro izquierdo contra el pavimento de piedra y rodó sobre sí mismo para darse tiempo y, si fuera posible, recobrar el equilibrio y ponerse de pie. Sobre el muro vio dos figuras, recortadas contra el cielo estrellado. Luego sólo quedó una y mientras él seguía con una rodilla sobre el pavimento de piedra, el hombre del cuchillo se abalanzó de nuevo sobre él. Su brazo izquierdo estaba temporalmente paralizado a consecuencia de la caída en el muelle, pero durante un par de segundos la iluminación le favorecía: él, sumido en la oscuridad; el otro, perfilándose contra el fondo. Su atacante falló y acto seguido Martin Beck logró agarrarle la muñeca derecha. No logró engancharle bien; además, la muñeca era excepcionalmente gruesa. Pero siguió aferrado a ella, consciente de que era su única oportunidad. Por una décima de segundo, ambos se incorporaron y Martin Beck notó que el hombre era más bajo que él, pero mucho más robusto. Aplicó mecánicamente una de las viejas y apolilladas técnicas de control aprendidas en la escuela de policía, logrando derribar a su adversario. Su único error fue que no se atrevió a soltar la mano que portaba el cuchillo, con lo que se vio arrastrado en la caída. Los dos rodaron por el suelo hasta llegar muy cerca del borde del muelle, donde empezaban los escalones que descendían hasta el agua. La parálisis de su brazo izquierdo había cesado, por lo que pudo agarrar la otra muñeca del hombre. Pero su adversario era más fuerte y poco a poco logró colocarse por encima de él. Una fuerte patada en la cabeza le recordó que su inferioridad no sólo era física, sino también numérica. Ahora yacía de espaldas, tan cerca de la escalera que tocó el primer escalón con el pie. El hombre del cuchillo jadeaba pesadamente en su cara oliendo a sudor, loción de afeitado y pastillas para la garganta. De modo lento, pero implacable, fue soltándose la mano derecha.
Martin Beck comprendió que todo había terminado, o al menos que estaba muy próximo a terminar. Creyó ver relámpagos cruzándose en una bruma palpitante y su corazón pareció ensancharse más y más, como un tumor púrpura a punto de reventar. Sentía como si le martillearan la cabeza. Le pareció oír rugidos terribles, tiros, gritos penetrantes y vio que el mundo se ahogaba en un flujo de blanca luz cegadora que borraba todas las formas y toda vida. Su último pensamiento consciente fue que iba a morir allí, en el muelle de una ciudad extranjera, como probablemente le había sucedido a Alf Matsson, y sin saber por qué.
Con un último esfuerzo reflejo, Martin Beck agarró con ambas manos la muñeca derecha del otro mientras hacía contrapeso con el pie y volteó sobre el borde del muelle, arrastrando al otro consigo. Su cabeza dio contra el segundo escalón y perdió el conocimiento.
Tras un lapso de tiempo que se le antojó ilimitado, y que en cualquier caso debió de ser muy largo, Martin Beck abrió los ojos. Todo estaba bañado en una luz blanca. Yacía de espaldas, con la cabeza y la oreja derecha vueltas contra el pavimento de piedra. Lo primero que vio fue un par de zapatos negros bien lustrados, que casi llenaban su campo perceptivo. Volvió la cabeza y alzó la mirada.
Szluka, con traje gris y aquel ridículo sombrero de cazador en la cabeza, se inclinó sobre él y le dijo:
—Buenas noches.
Martin Beck se apoyó en el codo. La luz intensa venía de dos coches de la policía, uno en el muelle y el otro junto a la pared de piedra en la calle de arriba. A unos tres metros de distancia de Szluka había un policía con gorra de visera, botas negras de cuero y uniforme azul gris claro. Llevaba una porra negra en la mano derecha y miraba pensativamente a la persona que yacía a sus pies. El caído era Tetz Radeberger, el hombre que jugueteaba con el elástico del bañador de Ari Boeck en la casa de Ujpest. Ahora estaba de espaldas, profundamente inconsciente, con sangre en la frente y en el pelo rubio.
—¿Dónde está el otro? —preguntó Martin Beck.
—Herido. Por precaución, se entiende. En la pantorrilla.
En las casas se habían abierto algunas ventanas y la gente miraba hacia el muelle.
—Quédese quieto —dijo Szluka—. La ambulancia llegará pronto.
—No es necesario —repuso Martin Beck empezando a levantarse.
Habían pasado exactamente tres minutos y quince segundos desde que, sentado sobre el muro de piedra, había percibido aquella ligera corriente de aire en la nuca.
14
El coche era un Warszawa azul y blanco, modelo 1962. Tenía una luz azul intermitente sobre el techo y la sirena aullaba discreta y melancólicamente a lo largo de las vacías calles nocturnas. La palabra RENDÖRSEG, escrita con mayúsculas en la banda blanca cruzaba horizontalmente la puerta delantera. Significaba « policía ».
Martin Beck estaba en el asiento de atrás. A su lado iba un policía de uniforme. Szluka se había sentado en el asiento delantero, a la derecha del conductor.
—Lo hizo usted muy bien —dijo Szluka—. Esos dos jóvenes son muy peligrosos.
—¿Quién puso a Radeberger fuera de combate?
—Está sentado al lado de usted —le informó Szluka. Martin Beck volvió la cabeza. El policía tenía un fino bigote negro y ojos castaños de mirada simpática.
—Sólo habla húngaro —explicó Szluka.
—¿Cómo se llama?
—Foti.
Martin Beck alargó su mano.
—Gracias, Foti —dijo.
—Tuvo que darle fuerte —explicó Szluka—. No había tiempo que perder.
—Suerte que estabais a mano —comentó Martin Beck.
—Nosotros solemos estar a mano —replicó Szluka—. Excepto en las películas.
—Tienen su guarida en Ujpest —dijo Martin Beck—. En una pensión de Venetianer út.
—Ya lo sabemos.
Szluka permaneció callado un momento. Luego le preguntó:
—¿Cómo entró en contacto con ellos?
—A través de una mujer llamada Boek. Matsson preguntó por su dirección. Y ella había estado en Estocolmo, compitiendo como nadadora. Podía haber una conexión. Por eso la busqué.
—Y ¿qué le dijo ella?
—Que estaba estudiando en la universidad y trabajando en un museo. Y que nunca había oído hablar de Matsson.
Llegaron a la comisaría de policía de Deák Ferenc Tér. El coche entró de un giro en un patio de cemento, donde se detuvo. Martin Beck acompañó a Szluka hasta su despacho. Era muy espacioso y una pared estaba cubierta con un gran plano de Budapest, pero por lo demás le recordaba a su propio despacho en Estocolmo. Szluka colgó de una percha su sombrero de cazador y señaló una silla. Abrió la boca, pero antes de que tuviera tiempo de decir nada, sonó el teléfono. Fue a su escritorio y contestó. Martin Beck creyó percibir un torrente de palabras, que se prolongó durante un rato. De vez en cuando, Szluka replicaba con monosílabos. Pasado un tiempo miró su reloj, prorrumpió en una rápida e irritada arenga y colgó el receptor.
—Mi mujer —explicó.
Se dirigió al mapa y estudió la parte norte de la ciudad, dando la espalda a su visitante.
—Ser policía —se lamentó Szluka— no es una profesión. Ni una vocación. Es una maldición.
Al cabo de un rato, se volvió y añadió:
—No lo he dicho en serio, claro está. Pero a veces lo pienso. ¿Está cansado?
—Sí.
—Entonces ya lo sabe.
Entró un policía de uniforme y dejó sobre la mesa una bandeja con dos tazas de café. Bebieron. Szluka miró su reloj.
—En estos momentos estamos registrando la casa. El informe nos llegará pronto.
—¿Cómo se las arreglaron para estar allí? —preguntó Martin Beck.
Szluka replicó con la misma frase que dijo en el coche patrulla:
—Nosotros solemos estar a mano.
Luego sonrió y añadió:
—Fue por lo que usted comentó, de que le seguían. Naturalmente, no éramos nosotros. ¿Por qué habríamos de hacerlo?
Martin Beck se frotó la nariz, con un poco de remordimiento de conciencia.
—La gente se imagina tantas cosas —exclamó Szluka—. Pero, claro, usted es policía y los policías raramente se las imaginan. Así que empezamos a vigilar al hombre que le estaba siguiendo. Backtailing, como dicen los norteamericanos, si mal no recuerdo. Esta tarde nuestro hombre vio que dos tipos iban detrás de usted. Le pareció raro y dio la alarma. Así de sencillo.
Martin Beck asintió. Szluka se lo quedó mirando pensativamente.
—Aun así, todo ocurrió tan rápido que por poco no llegamos a tiempo.
Terminó su café y dejó la taza con cuidado en la mesa.
—Backtailing —repitió, como si saborease la palabra—. ¿Ha estado usted alguna vez en América?
—No.
—Yo tampoco.
—Trabajé con ellos en un caso, hace dos años. Con un tal Kafka.
—Eso suena a checo.
—Se trataba de una turista americana, asesinada en Suecia. Muy fea, la historia. Y una investigación complicada.
Szluka permaneció silencioso un momento. Luego preguntó de pronto:
—¿Y cómo salió todo?
—Bien —contestó Martin Beck.
—Sobre la policía norteamericana sólo sé lo que he leído. Tienen una organización peculiar. Difícil de comprender.
Martin Beck asintió.
—Y mucho que hacer —añadió Szluka—. Tienen tantos asesinatos en Nueva York en una semana como nosotros en todo el país durante un año.
Un oficial uniformado, con dos estrellas en cada hombrera, entró en la habitación. Comentó algo con Szluka, saludó militarmente a Martin Beck y se marchó. Mientras la puerta permanecía abierta, Ari Boeck cruzó el pasillo, acompañada de una guardiana. Llevaba el mismo vestido blanco y las mismas sandalias que el día anterior pero se había puesto un chal sobre los hombros. Echó una mirada vacía y evasiva a Martin Beck.
—Nada de importancia en Ujpest —informó Szluka—. Ahora estamos desmontando el coche. Cuando Radeberger vuelva en sí y el otro esté curado, los interrogaremos. Hay muchas cosas que aún no comprendemos.
Se calló, indeciso.
—Pero se aclararán pronto.
Sonó el teléfono, que le tuvo ocupado un rato. Martin Beck no entendió nada de la conversación exceptuando, de vez en cuando, las palabras Svéd y Svédország que sabía significaban sueco y Suecia. Szluka colgó y dijo:
—Esto tiene que estar relacionado con su compatriota Matsson.
—Sí, claro.
—Por cierto, la chica le mintió. Ni estudia en la universidad ni trabaja en un museo. Al parecer, no hace nada. Fue expulsada del equipo de natación por mala conducta.
—Debe de haber alguna relación.
—Sí, ¿pero dónde? Bueno, ya veremos.
Szluka se encogió de hombros. Martin Beck se volvió en la silla intentando desentumecer su cuerpo magullado. Le dolían los hombros y los brazos, y el estado de su cabeza dejaba mucho que desear. Se sentía muy cansado y le costaba trabajo pensar. Aun así, no quería regresar al hotel y acostarse.
El teléfono volvió a sonar. Szluka escuchaba con el ceño fruncido, luego su mirada se aclaró.
—Las cosas empiezan a moverse —dijo—. Hemos encontrado algo. Y uno de ellos, el alto, ya está aquí. A propósito, se llama Fröbe. Ahora veremos. ¿Quiere venir?
Martin Beck hizo ademán de levantarse.
—Aunque quizá debería descansar un rato.
—No, gracias —contestó Martin Beck.
15
Szluka se sentó tras el escritorio, las manos ligeramente entrelazadas. Junto a su codo derecho había un pasaporte de tapas verdes.
En la silla de enfrente, el hombre alto tenía manchas oscuras bajo los ojos. Martin Beck sabía que no había dormido mucho en las últimas veinticuatro horas. El hombre estaba sentado muy erguido en la silla, mirándose las manos.
Szluka hizo un ademán a la taquígrafa y empezó.
El hombre alzó la vista y miró a Szluka.
Sz: ¿Su nombre?
F: Theodor Fröbe.
Sz: ¿Cuándo nació usted?
F: El veintiuno de abril de 1936, en Hannover.
Sz: ¿Así que usted es ciudadano de Alemania Occidental? ¿Dónde vive?
F: En Hamburgo, Hermannstrasse, doce.
Sz: ¿Cuál es su profesión?
F: Guía turístico. Mejor dicho, empleado de una agencia de viajes.
Sz: ¿Dónde está empleado?
F: En la agencia de viajes Winkler.
Sz: ¿Dónde vive en Budapest?
F: En una pensión en Ujpest. Venetianer út, seis.
Sz: Y ¿por qué está en Budapest?
F: Represento a la agencia de viajes y me ocupo de los grupos que llegan y salen de Budapest.
Sz: Esta noche, a primera hora, usted y un hombre llamado Tetz Radeberger fueron sorprendidos en el acto de atacar a un hombre en Groza Peter Rakpart. Iban los dos armados y su intención de herir o matar al hombre resultaba evidente. ¿Conoce usted a este hombre?
F: No.
Sz: ¿Lo había visto antes?
.....
Sz: ¡Contésteme!
F: No.
Sz: ¿Sabe usted quién es?
F: No.
Sz: No lo conoce, no lo había visto nunca antes, y no sabe quién es. ¿Por qué lo atacó?
.....
Sz: ¡Explique por qué lo atacó!
F: Necesitábamos dinero, y...
Sz: ¿Y?
F: Lo vimos allí en el muelle, y...
Sz: Está mintiendo. Le ruego que no me mienta. No le va a servir de nada. El ataque fue planeado y ustedes iban armados. Además, es mentira que no lo había visto antes. Llevan siguiéndolo durante dos días. ¿Por qué? ¡Contésteme!
F: Creíamos que era otra persona.
Sz: ¿Que era quién?
F: Alguien que... que...
Sz: ¿Qué?
F: Que nos debía dinero.
Sz: ¿Y por eso lo siguieron y atacaron?
F: Sí.
Sz: Ya se lo he advertido una vez. Es muy poco inteligente mentirnos. Sé exactamente cuándo miente. ¿Conoce a un sueco llamado Alf Matsson?
F: No.
Sz: Sus amigos, Radeberger y Boeck, ya nos han dicho que usted lo conocía.
F: Lo conocía un poco. No me acordaba de que se llamara así.
Sz: ¿Cuándo vio usted por última vez a Alf Matsson?
F: Creo que fue en mayo.
Sz: ¿Dónde lo vio?
F: Aquí en Budapest.
Sz: ¿Y no lo ha visto desde entonces?
F: No.
Sz: Hace tres días este hombre estuvo en la pensión donde usted se aloja, preguntando por Alf Matsson. Desde entonces lo han seguido y esta noche trataron de matarlo. ¿Por qué?
F: ¡Matarlo, no!
Sz: ¿Por qué?
F: ¡No hemos intentado matarlo!
Sz: Pero le atacaron, ¿no? Y usted iba armado con un cuchillo.
F: Sí, pero fue un error. No le ha ocurrido nada, ¿verdad? No ha resultado herido, ¿no es cierto? Usted no tiene derecho a interrogarme de esta manera.
Sz: ¿Cuánto tiempo hace que conoce a Alf Matsson?
F: Cosa de un año. No lo recuerdo exactamente.
Sz: ¿Cómo se conocieron?
F: En casa de una amiga común, aquí, en Budapest.
Sz: ¿Cómo se llama la amiga?
F: Ari Boeck.
Sz: ¿Se vio con él varias veces desde entonces?
F: Algunas veces, no muchas.
Sz: ¿Se vieron siempre aquí en Budapest?
F: También en Praga y en Varsovia.
Sz: ¿Y en Bratislava?
F: Sí.
Sz: ¿Y en Constanza?
.....
Sz: ¿A que sí?
F: Sí.
Sz: ¿Y por qué? ¿Cómo es que se encontraban en todas estas ciudades en las que no vivía ninguno de ustedes dos?
F: Yo viajo mucho. Es mi trabajo. Y él viajaba mucho también. Daba la casualidad de que nos encontrábamos allí.
Sz: ¿Por qué se reunían allí?
F: Simplemente nos veíamos. Éramos buenos amigos.
Sz: Ahora está usted diciendo que ha estado encontrándose con él en cinco ciudades diferentes en el último año porque eran buenos amigos. Hace un rato dijo que lo conocía sólo un poco. ¿Por qué no quiere reconocer que lo conocía?
F: Estaba nervioso porque estoy sentado aquí, y me interrogan. Y estoy muy cansado. Además, me duele la pierna.
Sz: ¿Ah, sí? Se encuentra usted muy cansado. ¿Estaba Tetz Radeberger cuando se veía con Alf Matsson en esos sitios?
F: Sí, trabajamos para la misma agencia y viajamos juntos.
Sz: ¿Por qué cree que tampoco Radeberger quiso reconocer al principio que conocía a Alf Matsson? ¿Acaso estaba también él muy cansado?
F: No sé nada.
Sz: ¿Sabe dónde está ahora Alf Matsson?
F: No tengo la menor idea.
Sz: ¿Quiere que se lo diga yo?
F: Sí.
Sz: Pues no se lo voy a decir. ¿Cuánto tiempo lleva usted empleado en la agencia de viajes Winkler?
F: Seis años.
Sz: ¿Es un trabajo bien pagado?
F: No mucho. Pero tengo los gastos pagados cuando voy de viaje: alojamiento, comidas y desplazamientos.
Sz: El salario no es alto, ¿verdad?
F: No, pero me arreglo.
Sz: Eso parece. Tiene tanto que puede arreglárselas muy bien.
F: ¿Qué quiere decir con eso?
Sz: Que tiene mil quinientos dólares, ochocientas treinta libras esterlinas y diez mil marcos. Eso es mucho dinero. ¿Dónde lo consiguió?
F: Eso a usted no le importa.
Sz: Contésteme y no emplee ese tono de voz.
F: No es asunto suyo de dónde saco yo el dinero.
Sz: Es posible y hasta muy probable que no tenga usted ni la mitad del sentido común que yo le atribuía; pero incluso una capacidad mínima de comprensión debería permitirle darse cuenta de que lo más conveniente para usted es contestar a mis preguntas. Bueno, ¿dónde consiguió el dinero?
F: Hice trabajos extra y me lo he ganado en un largo período.
Sz: ¿Qué clase de trabajos?
F: Cosas diferentes.
Szluka se quedó mirando a Fröbe y abrió un cajón de su escritorio. Del cajón sacó un paquete envuelto en plástico. Tendría unos veinte centímetros de largo y unos diez de ancho y estaba envuelto con cinta adhesiva. Szluka dejó el paquete sobre el escritorio, entre él y Fröbe. Ni un instante dejó de mirar a Fröbe, cuya mirada vagaba errante, eludiendo el paquete. Szluka lo miró fijamente y Fröbe se secó el sudor que había aparecido en pequeñas gotitas alrededor de su nariz. Entonces Szluka añadió:
Sz: ¡Vaya, vaya! Cosas diferentes. Como por ejemplo, contrabando y tráfico de hachís. Una ocupación muy provechosa, aunque no a la larga, Herr Fröbe.
F: No sé de qué me habla.
Sz: ¿No? ¿Y tampoco reconoce este paquetito?
F: No. ¿Por qué debería reconocerlo?
Sz: ¿Ni tampoco los quince paquetes similares que hemos encontrado escondidos en las puertas y la tapicería del coche de Radeberger?
.....
Sz: Hay mucho hachís en un paquetito como éste. No estamos acostumbrados a estas cosas aquí, de manera que no sé a qué precio se paga actualmente. Vendiendo esta pequeña remesa, ¿por cuánto habría multiplicado su capital?
F: Sigo sin comprender de qué está usted hablando.
Sz: Veo por su pasaporte que viaja a menudo a Turquía. Sólo este año ha estado siete veces.
F: Winkler organiza viajes a Turquía. Como guía de grupo tengo que ir allí muy a menudo.
Sz: Sí, y esto le viene de perlas, ¿verdad? En Turquía el hachís es relativamente barato y muy fácil de conseguir. ¿No es cierto, señor Fröbe?
.....
Sz: Si prefiere no decir nada, peor para usted. Ya tenemos bastantes pruebas, y hasta un testigo.
F: ¡Ese puto cabrón acabó por chivarse!
Sz: Exacto.
F: ¡El sueco hijo de puta!
Sz: Comprenderá ahora que no le sirve de nada prolongar esto. ¡Empiece a hablar ya, Fröbe! Quiero oír una confesión completa, con todos los detalles que pueda recordar, nombres, fechas y cifras. Puede empezar diciéndome cuándo empezó a introducir drogas de contrabando.
Fröbe cerró los ojos y cayó de un lado de la silla. Martin Beck vio que paró la caída con la mano antes de quedar tumbado en el suelo, completamente inmóvil.
Szluka se levantó e hizo un gesto con la cabeza a la taquígrafa, que cerró el cuaderno de notas y abandonó el despacho. Szluka se quedó mirando al hombre que yacía en el suelo.
—Está fingiendo —dijo Martin Beck—. No se ha desmayado.
—Ya lo sé —contestó Szluka—, pero le dejaré que descanse un rato antes de proseguir.
Se dirigió hasta donde estaba Fröbe y le tanteó con la punta del zapato.
—Arriba, Fröbe.
Fröbe no se movió pero sus párpados se estremecieron. Szluka se dirigió a la puerta, la abrió y gritó algo en el pasillo. Entró un policía y Szluka le habló. El policía agarró a Fröbe por el brazo y Szluka dijo:
—No te quedes ahí tirado, Fröbe. Te vamos a llevar a una litera para que te acuestes. Será más cómodo.
Fröbe se levantó y miró ofendido a Szluka. Luego acompañó al policía cojeando. Martin Beck le siguió con la mirada.
—¿Cómo tiene la pierna?
—No es nada —contestó Szluka—. Sólo una herida que no llega al hueso. No nos vemos obligados a disparar muy a menudo pero cuando es necesario tenemos puntería.
—Así que se dedicaba a introducir hachís de contrabando —dijo Martin Beck—. Me pregunto qué habrán hecho con él.
—¿Con Alf Matsson? Espero sacárselo. Pero es mejor dejarles descansar un poco. Usted también debe de estar fatigado —dijo Szluka, sentándose tras la mesa.
Martin Beck se encontraba verdaderamente cansado. La mañana estaba ya muy entrada. Se sentía magullado y vapuleado.
—Vuelva al hotel y duerma unas horas —dijo Szluka—. Le llamaré más tarde. Si baja a la entrada haré que pongan un coche a su disposición.
Martin Beck no tenía nada que objetar. Estrechó la mano de Szluka y se despidió. Al cerrar la puerta, oyó a Szluka hablar por teléfono.
Cuando llegó a la puerta de la calle, el coche ya le estaba esperando.
16
La mujer de la limpieza había pasado ya por su habitación, apagando la luz y cerrando los postigos. No se molestó en abrirlos de nuevo. Ahora sabía que no habría un hombre alto y moreno fuera vigilando su ventana.
Martin Beck encendió la lámpara del techo y se desvistió. Le dolían la cabeza y el brazo izquierdo. Se miró en el largo espejo del armario. Tenía una gran magulladura encima de la rodilla derecha y el hombro izquierdo estaba hinchado y amoratado. Se pasó la mano por la cabeza y descubrió un gran chichón en la parte de atrás. No pudo encontrar más lesiones.
La cama aparecía suave, fresca y tentadora. Apagó la luz y se metió entre las sábanas. Permaneció un rato boca arriba, intentando pensar mientras miraba fijamente en la penumbra. Luego se volvió de lado y se quedó dormido.
Ya eran casi las dos cuando le despertó el ruido del teléfono. Era Szluka.
—¿Ha dormido?
—Sí.
—Estupendo. ¿Puede venir?
—Sí. ¿Ahora?
—Le enviaré un coche. Estará ahí dentro de media hora. ¿De acuerdo?
—Sí. Estaré abajo en media hora.
Se duchó, se vistió y abrió los postigos. La luz del sol corría a raudales. Su intenso fulgor le hacía daño en los ojos. Miró hacia el muelle del otro lado del río. La noche pasada se le antojó irreal y remota.
El coche estaba esperando, con el mismo conductor que antes. Sin ayuda encontró el camino hasta el despacho de Szluka; llamó antes de abrir la puerta y entrar.
Szluka estaba solo, sentado tras su escritorio con un montón de papeles y la inevitable taza de café delante. Saludó y señaló la silla en la que había estado Fröbe. Luego cogió el teléfono, dijo algo y volvió a colgar.
—¿Cómo se siente? —preguntó mirando a Martin Beck.
—Bien. He dormido. ¿Y usted? ¿Qué tal van las cosas?
Entró un policía y colocó dos tazas de café en la mesa.
Luego recogió la taza vacía de Szluka y se marchó.
—Ya ha terminado el asunto. Lo tengo todo aquí —dijo Szluka, tomando un montón de papeles.
—¿Y Alf Matsson? —preguntó Martin Beck.
—Bueno —dijo Szluka—. Ése es el único punto que sigue sin aclararse. No he conseguido sacarles nada. Insisten en que no saben dónde está.
—Pero formaba parte de la banda.
—Sí, en cierto sentido. Era uno de los intermediarios. Todo fue organizado por Fröbe y Radeberger. A la chica la utilizaban sólo como una especie de terminal. La tal Boeck, ¿cuál era su nombre?
Szluka buscó en los papeles.
—Ari —le dijo Martín Beck—. De Aranka.
—Sí, Ari Boeck. Fröbe y Radeberger llevaban ya un tiempo traficando con hachís desde Turquía, antes de conocerla. Parece que los dos han tenido relaciones con ella. Luego se dieron cuenta de que la podían utilizar de otro modo y le contaron lo del contrabando de drogas. Le pareció bien trabajar con ellos en el negocio. Luego, cuando se mudó a Ujpest, los dos se fueron a vivir con ella. Por lo visto, se trata de una mujer de vida ligera.
—Sí —dijo Martin Beck—. Supongo.
—Radeberger y Fröbe viajaban a Turquía como guías de turismo. En Turquía compraban el hachís, bastante barato y fácil de obtener allí, y luego lo introducían de contrabando en Hungría. No arriesgaban mucho, teniendo en cuenta que eran guías y se ocupaban de todo el equipaje de los turistas. Ari Boeck se ponía en contacto con los intermediarios y ayudaba a vender las drogas aquí, en Budapest. Radeberger y Fröbe viajaban también a otros países como Polonia, Checoslovaquia, Rumania y Bulgaria, con hachís para sus revendedores.
—¿Y Alf Matsson era uno de ellos? —preguntó Martin Beck.
—Alf Matsson era uno de esos intermediarios —explicó Szluka—. Tenían otros que venían de Inglaterra, Alemania y Holanda, para encontrarse con Fröbe y Radeberger aquí o en cualquier otro país de la Europa del Este. Les pagaban en divisas occidentales —libras esterlinas, dólares o marcos— y recibían el hachís que transportaban a sus países de origen, donde lo vendían.
—Así que todo el mundo sacaba buen provecho del negocio, menos la gente que al final compraba esa basura para uso propio —dijo Martin Beck—. Es extraño que pudieran continuar tanto tiempo sin ser descubiertos.
Szluka se levantó y se dirigió hacia la ventana. Permaneció allí un rato, con las manos a la espalda, mirando a la calle. Luego regresó y se sentó de nuevo.
—No —dijo—. No es tan raro. Mientras la droga no se vendiese aquí ni en ningún otro país socialista, menos a los intermediarios, no tenían grandes dificultades. En los países capitalistas implicados se cree que no hay nada que valga la pena sacar de contrabando de los países del bloque del Este, así que apenas existe control de aduanas para los viajeros procedentes de esos países. Por otra parte, si hubieran intentado encontrar aquí un mercado para su mercancía, les habríamos cogido enseguida. Tampoco les habría valido la pena: sólo querían divisas occidentales.
—Deben de haber ganado mucho dinero —comentó Martin Beck.
—Sí —contestó Szluka—. Pero los intermediarios también ganaban mucho. Estaba organizado de modo muy inteligente, la verdad. Si usted no hubiera venido aquí buscando a Alf Matsson, habríamos tardado mucho tiempo en descubrirlo.
—¿Y qué dicen de Alf Matsson?
—Reconocen que era su revendedor en Suecia. Durante el período de un año les compró mucho hachís. Pero insisten en que no lo han visto desde el mes de mayo, cuando estuvo aquí para recoger una entrega. Entonces no consiguió tanta cantidad como quería, así que poco tiempo después se puso en contacto con Ari Boeck. Dicen que acordaron verse con él aquí en Budapest hace casi tres semanas, pero que no dio señales de vida. Afirman que el género escondido en el coche lo tenían reservado para él.
Martin Beck permaneció callado un momento. Luego dijo:
—Puede que se hayan peleado por algún motivo y él amenazara con denunciarles. Y ellos se asustaron y lo liquidaron. Del mismo modo que trataron de librarse de mí la pasada noche.
Szluka guardó silencio. Al cabo de un rato Martin Beck siguió en voz baja, como si hablara consigo mismo:
—Eso es lo que debe de haber sucedido.
Szluka se levantó, dio unos pasos por la habitación y luego dijo:
—Yo también pensé que había sucedido así.
De nuevo guardó silencio y se detuvo ante el plano.
—¿Y ahora qué cree? —preguntó Martin Beck.
Szluka se volvió y se quedó mirándolo.
—No lo sé —respondió—. Quizá le gustaría hablar a usted mismo con uno de ellos. Con Radeberger. El que peleó con usted anoche. Es parlanchín y me da la impresión de que es demasiado tonto para mentir bien. ¿Le gustaría interrogarle? Tal vez lo haga mejor que yo.
—Sí, por favor —contestó Martin Beck—. No me importaría hacerlo.
17
Tetz Radeberger entró en la habitación. Iba vestido igual que la noche anterior, un jersey ceñido, pantalones finos de tergal con elástico en la cintura y zapatillas de lona con suela de goma. Vestido para matar. Se detuvo al cruzar la puerta e hizo una inclinación. El policía que lo escoltaba lo empujaba ligeramente por la espalda.
Martin Beck señaló la silla al otro lado de la mesa y el alemán se sentó. Sus ojos, azules y superficiales, tenían una expresión insegura y expectante. Llevaba un esparadrapo sobre la frente y lucía un chichón amoratado en el nacimiento del pelo rubio. Por lo demás, daba la impresión de estar repuesto, en buena forma y bastante impasible.
—Vamos a hablar de Alf Matsson —dijo Martin Beck.
—No sé dónde está —le contestó Radeberger inmediatamente.
—Es posible. Pero de todos modos vamos a hablar de él.
Szluka había sacado una grabadora, que estaba a la derecha de la mesa, y Martin Beck alargó el brazo y la puso en funcionamiento. El alemán seguía sus movimientos con atención.
—¿Cuándo conoció usted a Matsson?
—Hace dos años.
—¿Dónde?
—Aquí, en Budapest. En un sitio llamado Ifjuság. Una especie de albergue juvenil.
—¿Cómo lo conoció?
—Por medio de Ari Boeck. Ella trabajaba allí. Eso fue mucho antes de que Ari se mudara a Ujpest.
—¿Qué ocurrió entonces?
—Nada especial. Theo y yo acabábamos de volver de Turquía. Organizábamos excursiones allí, desde las playas de Rumania y Bulgaria. Nos trajimos de Estambul un poco de costo.
—¿Ya habían empezado a traficar con drogas?
—Sólo un poco. Para uso propio, por así decirlo. Pero no tomábamos mucha. Ahora nada.
Hizo una breve pausa, y luego añadió:
—No es sano.
—Entonces, ¿para qué la quería?
—Bueno, pues, para las tías, y así. Funciona con ellas. Se vuelven más... fáciles.
—¿Y Matsson? ¿Qué pinta él en todo esto?
—Le ofrecimos costo. Pero tampoco mostró mucho interés. Prefería el alcohol.
Se quedó pensativo un momento y luego añadió ingenuamente:
—Eso tampoco es bueno para el cuerpo.
—¿Vendió usted estupefacientes a Matsson esa vez?
—No, pero le dimos un poco. No teníamos mucho. Mostró mayor interés cuando se enteró de lo fácil que era comprar en Estambul.
—¿Habían pensado entonces en dedicarse al contrabando a gran escala?
—Hablamos de ello. La dificultad consistía en introducir el género en los países donde la venta es rentable.
—¿Dónde, por ejemplo?
—Escandinavia, Holanda, en mi país, Alemania Occidental. Las aduanas y la policía están muy encima allí, especialmente cuando uno viene de países como Turquía. O de África del Norte. De España, incluso.
—¿Se ofreció Matsson para actuar como intermediario?
—Sí, dijo que viniendo de Europa del Este, los aduaneros no se interesaban por el equipaje, especialmente en los aeropuertos. No nos resultaba difícil sacar el género de Turquía y traerlo aquí, por ejemplo. Al fin y al cabo, éramos guías de turismo. Pero no podíamos llevarlo mucho más lejos. Los riesgos eran demasiado grandes. Y aquí no se puede vender. Enseguida te pillan. Además, no es rentable.
Se quedó pensativo un momento.
—No queríamos que nos cogieran —reconoció.
—Ya me lo imagino. Entonces llegaron a un acuerdo con Matsson, ¿no es eso?
—Sí, él tuvo una buena idea: nos encontraríamos en distintos lugares, los que nos venían bien a Theo y a mí. Se lo hacíamos saber y él iba allí representando a la revista. Una buena tapadera. Parecía una cosa inocente.
—¿Cómo les pagaba?
—En dólares, en efectivo. El plan era bueno y aquel verano montamos nuestra organización. Conseguimos más intermediarios, un alemán al que conocimos en Praga y...
Eso era cosa de Szluka. Martin Beck preguntó:
—¿Dónde vieron a Matsson la siguiente vez?
—En Constanza, Rumania, tres semanas más tarde. Todo iba sobre ruedas.
—¿También estaba metida entonces la señorita Boeck?
—¿Ari? No, ¿de qué nos habría servido?
—Pero, ¿estaba al tanto de lo que hacían?
—Sí, en parte.
—¿Cuántas veces se vieron, en total, ustedes y Matsson?
—Diez, quince. Todo funcionaba de maravilla. Siempre pagaba lo que le pedíamos y también debió de ganar mucho.
—¿Cuánto?
—No lo sé, pero siempre tenía mucho dinero.
—¿Dónde está ahora?
—No lo sé.
—¿De veras?
—Sí, es cierto. Nos vimos aquí en mayo, cuando Ari se mudó a Ujpest. Él se alojó en aquel albergue juvenil. Allí recibió una remesa. Dijo que tenía mucha demanda, y acordamos volver a reunimos aquí, el 23 de julio.
—¿Y?
—Llegamos el 21. Un jueves. Pero no se presentó.
—Estaba aquí, en Budapest. Vino el 22 por la tarde y se marchó del hotel el 23 por la mañana. ¿Dónde tenían que encontrarse?
—En Ujpest, en casa de Ari.
—Así que él fue allí el 23 por la mañana.
—No, le digo que no. No se presentó. Esperamos, pero no apareció. Luego llamamos al hotel pero no estaba.
—¿Quién llamó?
—Theo y yo, y Ari. Por turnos.
—¿Desde Ujpest?
—No, desde sitios diferentes. Él no apareció, se lo aseguro. Le estábamos esperando.
—¿Afirma usted que no lo vio desde que vino aquí?
—Sí.
—Supongamos que le creo. Usted no ha visto a Matsson. Pero eso no impide que Fröbe o la señorita Boeck se hayan puesto en contacto con él, ¿verdad?
—Sé que no lo hicieron.
—¿Cómo lo sabe?
La expresión de Radeberger empezó a volverse desesperada. Sudaba copiosamente. Hacía mucho calor en la habitación.
—Ahora escuche —dijo—. No sé lo que piensa usted pero el otro parece creer que nos deshicimos de él. ¿Por qué íbamos a hacerlo? Con él ganábamos dinero, mucho dinero.
—¿También daban dinero a la señorita Boeck?
—Sí. Ella ayudaba y le dábamos su parte. Lo suficiente para que no tuviera que trabajar.
Martin Beck miró fijamente al hombre un buen rato. Al final le preguntó:
—¿Lo mató usted?
—No, ya se lo he dicho. De haberlo hecho, ¿habríamos estado aquí durante tres semanas con toda la remesa?
Su voz se había vuelto aguda y tensa.
—¿Le caía bien Alf Matsson?
La mirada del hombre se tornó evasiva.
—Por favor, conteste cuando le pregunte —insistió Martin Beck muy serio.
—Claro.
—Parece ser que la señorita Boeck afirmó en su interrogatorio que ni usted ni Theo Fröbe sentían mucha simpatía por Matsson.
—Se volvía muy antipático cuando se emborrachaba. Nos... despreciaba por ser alemanes.
Dirigió una mirada azul, de súplica, a Martin Beck y le preguntó:
—Y eso no es justo, ¿a que no?
Durante un minuto reinó el silencio. No le gustó nada a Tetz Radeberger, se agitó y tiró nerviosamente de las coyunturas de sus dedos.
—No hemos matado a nadie —dijo—. No somos de esa clase.
—Usted intentó matarme la pasada noche.
—Eso fue diferente.
El hombre lo musitó con un tono de voz tan bajo que sus palabras apenas resultaron perceptibles.
—¿Por qué?
—Era nuestra única oportunidad.
—¿Oportunidad de qué? ¿De ser ahorcados? ¿De que les caiga una cadena perpetua?
El alemán se lo quedó mirando con gesto abatido.
—Probablemente se la ganarán de todos modos —siguió Martin Beck en un tono amistoso—. ¿Ha estado antes en la cárcel?
—Sí, en mi país.
—Bueno, ¿qué ha querido decir con eso de que matarme era su única oportunidad?
—¿Es que no lo ve? Cuando usted fue a Ujpest llevando el pasaporte de él... de Matsson, pensamos al principio que no había podido venir y que le había enviado a usted en su lugar. Pero usted no dijo nada, y además no daba el tipo. Así que pensamos que Matsson había sido atrapado, y que se había ido de la lengua. Pero no sabíamos quién era usted. Ya llevábamos veinte días aquí con toda esa mercancía en nuestro poder y empezábamos a ponernos nerviosos. Pasadas tres semanas, hay que prorrogar el visado. Así que Theo se puso a seguir sus pasos y...
—Siga.
—Yo desmonté el coche y oculté la mercancía. Theo no tenía la menor idea de quién podía ser usted, así que decidimos que Ari lo descubriera. Al día siguiente, Theo le siguió hasta los baños, llamó a Ari desde allí y ella le esperó fuera. Luego, Theo le vio junto a aquel tipo en la piscina. Siguió al hombre y vio que entraba en la comisaría. Así que estaba claro. Esperamos toda aquella tarde y toda la noche y no sucedió nada. Dedujimos que usted no había dicho nada todavía, porque, de haberlo hecho, la policía se habría pasado por allí. Por la noche, Theo volvió al centro y confirmó que usted estaba con Ari. Los vio en la parada del barco delante del hotel. Luego, por la noche, Ari volvió.
—Y, ¿qué había descubierto ella?
—No lo sé pero algo debió de ser. No dijo más que: «Encargaos de ese cerdo, y rápido». Estaba de muy mal humor. Luego se fue a su habitación y cerró de un portazo.
—¿Ah, sí?
—Al día siguiente estuvimos vigilándole todo el tiempo. Nuestra situación era desesperada. Había que hacerle callar antes de que fuera a la policía. Pero no tuvimos ninguna oportunidad y casi habíamos abandonado toda esperanza cuando usted salió en plena noche. Theo le siguió por el puente y yo fui con el coche por el otro, el de Lanchíd. Luego cambiamos los papeles. Theo no se atrevía a hacerlo, además yo soy el más fuerte. Siempre procuro mantenerme en forma.
Calló un momento, luego añadió con tono suplicante, a modo de excusa:
—No sabíamos que usted era de la policía.
Martin Beck no replicó.
—¿Es usted policía?
—Sí, soy policía. Pero volvamos a Alf Matsson. Ha dicho que lo conoció por mediación de la señorita Boeck. ¿Ellos se conocían desde hacía mucho?
—Sí, algún tiempo. Ari viajó a Suecia con un equipo de natación y lo conoció allí. Luego la echaron del equipo. Pero él la buscó cuando vino.
—Matsson y la señorita Boeck, ¿son buenos amigos?
—Bastante.
—¿Suelen mantener relaciones íntimas?
—¿Quiere decir que si se acostaban juntos? Pues claro.
—¿Usted también se ha acostado con la señorita Boeck?
—Claro. Cuando tengo ganas. Y Theo también. Ari es una ninfómana. Qué se le va a hacer. Ni que decir tiene que Matsson dormía con ella cuando estaba aquí. Una vez nos la tiramos los tres en la misma habitación. Ari te hace todo lo que le pidas. Aparte de eso, es buena persona.
—¿Buena?
—Sí, hace lo que se le dice. Con tal de que te la folles de vez en cuando. Ahora yo no lo hago mucho. No es bueno hacerlo demasiado. Pero Theo siempre está dispuesto. Y luego no tiene energía para nada.
—¿Se peleó usted alguna vez con Matsson?
—¿Por Ari? No vale la pena pelearse por ella.
—¿Y por otras cosas?
—Por negocios no. Uno podía fiarse de él.
—¿Y por otros motivos?
—Una vez se puso tan pesado que tuve que darle un puñetazo. Estaba borracho, claro. Luego, Ari se ocupó de él y lo tranquilizó. Pero de eso hace mucho tiempo.
—¿Dónde cree que está Matsson ahora?
Radeberger negó con la cabeza con gesto de impotencia.
—No lo sé. Aquí, en alguna parte.
—¿No solía relacionarse con otras personas aquí?
—Él sólo venía, recogía su mercancía y pagaba. Luego escribía algún artículo para la revista, como coartada. Pasados tres o cuatro días, se largaba.
Martin Beck permaneció callado durante un rato, mirando al hombre que había intentado matarle.
—Bueno, creo que es suficiente —dijo, desconectando la grabadora.
Al parecer, el alemán aún tenía algo que decir.
—Oiga, por ese asunto de ayer... ¿no puede perdonarme?
—No, no puedo. Adiós.
Hizo una señal al policía que se levantó, tomó a Radeberger del brazo y lo llevó hacia la puerta. Martin Beck miró pensativo al rubio teutón. Luego puntualizó:
—Un momento, Herr Radeberger. No se trata de nada personal. Ayer trató de asesinar a una persona para salvar su propio pellejo. Planeó el asesinato lo mejor que pudo y si no tuvo éxito no fue mérito suyo. Además de ser ilegal, quebranta una regla básica de la vida, un principio importante. Por eso es imperdonable. Es todo. Piénselo.
Martin Beck rebobinó la cinta, la metió en el casete y volvió al despacho de Szluka.
—Creo que probablemente tiene razón. Tal vez no le hayan matado.
—No —convino Szluka—. No lo parece. Ahora es el momento de que demos orden de búsqueda, utilizando todos los medios.
—Nosotros también.
—¿Su misión no se ha hecho oficial todavía?
—Que yo sepa, no.
Szluka se rascó la nuca.
—Curioso —dijo.
—¿El qué?
—Que no podamos localizarlo.
Media hora más tarde, Martin Beck regresó a su hotel. Ya era hora de cenar. El crepúsculo caía sobre el Danubio y en la otra orilla del río vio el muelle, el muro de piedra y los escalones.
18
Martin Beck acababa de cambiarse de ropa y se dirigía hacia el comedor cuando sonó el teléfono.
—Es de Estocolmo —comentó la telefonista—. El señor Eriksson.
El nombre le era familiar: era el jefe de Alf Matsson, el jefe de redacción del semanario progresista.
Una voz pomposa le llegó por la línea.
—El comisario Beck, supongo. Soy Eriksson, el redactor jefe.
—Subinspector Beck.
El hombre, ignorando la corrección, siguió:
—Bueno, señor comisario, como usted probablemente sabrá, estoy al tanto de todo lo referente a su misión. Yo fui el que le puso en la pista. También tengo buenas relaciones en el Ministerio de Asuntos Exteriores.
Así que su horrible homónimo, como era de esperar, no había podido mantener la boca cerrada.
—¿Sigue ahí?
—Sí.
—Será mejor que vayamos con un poco de cuidado en lo que decimos, no sé si me entiende. Pero primero debo preguntarle: ¿ha encontrado usted al hombre que está buscando?
—¿Matsson? No, todavía no.
—¿Ninguna pista?
—No.
—¡Es algo inaudito!
—Sí.
—Bueno, ¿cómo puedo decírselo...? ¿Cómo está la atmósfera por ahí?
—Calurosa. Un poco de niebla por las mañanas.
—¿Qué dice? ¿Niebla por la mañana? Sí, creo comprender. Sí, exactamente. No obstante, en conciencia, hemos llegado a un punto en que este asunto no se puede mantener oculto por más tiempo. Lo que ha ocurrido es increíble, puede conducir a cosas terribles. Personalmente, tenemos también una gran responsabilidad por Matsson. Es uno de nuestros mejores colaboradores, un hombre excelente, muy honrado y leal. Lo tengo en mi equipo desde hace dos años, y sé lo que le digo.
—¿Dónde?
—¿Qué?
—¿Dónde lo tiene usted?
—¡Ah, sí! En mi equipo. Solemos llamarlo así: el equipo editorial. Sé lo que me digo. Apostaría mi vida por ese hombre y eso hace que mi responsabilidad sea aún mayor.
Martin Beck estaba ya pensando en otra cosa. Intentaba imaginarse el aspecto de Eriksson. Probablemente se trataba de un hombrecillo gordo y orondo, con ojos de cerdo y barba rojiza.
—Así que hoy he decidido publicar nuestro primer artículo sobre el caso de Alf Matsson que saldrá en el número de la semana que viene. El próximo lunes, sin más demoras. Ya ha llegado el momento de atraer la atención del público sobre esta historia. Sólo quería saber si usted había encontrado algún rastro de él, como le comentaba.
—Creo que usted debería coger su artículo y...
Martin Beck se detuvo justo a tiempo y añadió:
—... arrojarlo a la papelera.
—¿Cómo? ¿Qué ha dicho? No comprendo.
—Lea la prensa de la mañana —comentó Martin Beck y colgó.
La conversación le había hecho perder el apetito. Sacó la botella y se sirvió un trago de güisqui. Luego se sentó a reflexionar. Estaba de mal humor y tenía dolor de cabeza, además, había sido descortés. Pero ahora no estaba pensando en ello.
Alf Matsson había llegado a Budapest el 22 de julio. Fue visto en el control de pasaportes. Tomó un taxi hasta el hotel Ifjuság y pasó allí la noche. Alguien en recepción tuvo que tratar con él. A la mañana siguiente, sábado 23, de nuevo en taxi, se trasladó al hotel Duna y permaneció allí media hora. A eso de las diez de la mañana salió. El personal de recepción se fijó en él.
Después, al menos que se supiera, nadie había visto a Alf Matsson ni hablado con él. Había dejado una sola pista tras él: la llave de la habitación de su hotel que, según Szluka, fue hallada en la escalera de la comisaría de policía.
Suponiendo que Fröbe y Radeberger dijeran la verdad, Matsson no se presentó en el lugar de encuentro en Ujpest, por lo tanto, no podían haberlo secuestrado ni asesinado.
Así que, por alguna extraña razón, Alf Matsson se había esfumado.
El material existente era muy escaso, pero lo único disponible para trabajar.
Cinco personas, con toda seguridad, habían tenido contacto con Alf Matsson en suelo húngaro y podían ser consideradas testigos.
Un funcionario de pasaportes, dos taxistas y dos recepcionistas de hotel.
Sus testimonios serían inútiles en caso de que le hubiera sucedido algo totalmente inesperado, por ejemplo, de haber sido atacado o secuestrado, o si hubiera sufrido enajenación mental o un accidente. Por el contrario, si se había esfumado por propia voluntad, estas personas podrían haber observado en su aspecto o conducta algún detalle importante para la investigación.
Martin Beck había estado en contacto con dos de estos hipotéticos testigos. Sin embargo, considerando las dificultades del idioma, resultaba dudoso que sus indagaciones fuesen plenamente satisfactorias. Además, no podía localizar ni a los taxistas ni a los funcionarios de pasaportes. Y, aunque los encontrase, lo más probable es que no consiguiese hablar con ellos.
El único material relevante que estaba a su disposición era el pasaporte y el equipaje de Matsson. Pero ni una cosa ni la otra le decían nada.
Éste era el resumen del caso Alf Matsson. Extremadamente deprimente, porque mostraba que la investigación se hallaba completamente bloqueada. Y si, a fin de cuentas, la desaparición de Matsson estaba relacionada con una banda de contrabandistas —pues resultaba difícil pensar lo contrario—, entonces Szluka aclararía el asunto antes o después. En tal caso, el mejor servicio que podría hacer a la policía húngara consistía en regresar a su país, presentarse en la Brigada de Narcóticos y ayudar a desenredar el lado sueco de la trama.
Martin Beck tomó una decisión, que puso inmediatamente en práctica mediante dos llamadas telefónicas.
La primera, al joven bien vestido de la embajada sueca.
—¿Ha logrado encontrarle?
—No.
—Nada nuevo, dicho con otras palabras.
—Matsson era traficante de drogas. La policía húngara lo está buscando. Por nuestra parte, enviaremos una descripción a través de la Interpol.
—¡Qué desagradable!
—Sí.
—Y ¿qué supone esto para usted?
—Que me vuelvo a casa. Mañana, si puedo arreglarlo. Me gustaría que usted me ayudase.
—Puede ser difícil, pero haré lo que pueda.
—Sí, hágalo, es muy importante para mí.
—Le llamaré mañana temprano.
—Gracias.
—Adiós. Espero que a pesar de todo lo haya pasado bien estos días.
—Sí, muy bien. Adiós.
Después llamó a Szluka. Estaba en la Jefatura.
—Me vuelvo a Suecia mañana.
—¿Ah, sí? Que tenga buen viaje.
—Ya le mandaré un informe.
—Y ya recibirá el nuestro. Aún no hemos encontrado a Matsson.
—¿Le sorprende?
—Mucho, francamente. Nunca vi cosa igual. Pero lo encontraremos pronto.
—¿Ha mirado en los campings?
—Estamos en ello. Lleva su tiempo. Por cierto, Fröbe intentó suicidarse.
—¿Y?
—No lo logró, claro. Se arrojó de cabeza contra una pared. Se ha hecho un gran chichón. He ordenado que lo trasladen al departamento psiquiátrico. El doctor dice que es un maníaco depresivo. La cuestión es si no deberíamos mandar a la chica al mismo sitio.
—¿Y Radeberger?
—Se pondrá bien. Ha preguntado si hay gimnasio en la prisión. Lo hay.
—¿Puedo pedirle algo?
—Adelante.
—Sabemos que Matsson se puso en contacto con cinco personas aquí en Budapest desde la noche del viernes a la mañana del sábado.
—Dos recepcionistas de hotel y dos taxistas. ¿De dónde has sacado el quinto?
—De la policía de pasaportes.
—Mi única excusa es que llevo 36 horas fuera de casa. O sea, ¿quiere que les interroguemos?
—Sí. Todo lo que puedan recordar: qué dijo, cómo se comportó, qué llevaba puesto.
—De acuerdo.
—¿Puede hacer que traduzcan el informe al alemán o al inglés y que me lo envíen por correo aéreo a Estocolmo?
—Mejor por télex. A lo mejor nos da tiempo a entregárselo a usted antes de que se marche.
—Lo dudo, probablemente me iré sobre las once.
—Somos famosos por nuestra velocidad. A la esposa del ministro de Comercio le robaron el bolso en el estadio Nap, el otoño pasado. Cogió un taxi para venir a hacer la denuncia. Cuando llegó le entregamos su bolso en el mostrador de abajo. Hemos estado viviendo de esto durante un buen tiempo. En fin, ya veremos.
—Bueno, gracias y adiós.
—Adiós. Lástima que no tengamos tiempo de conocernos mejor.
Martin Beck hizo una pausa para reflexionar. Luego pidió una conferencia con Estocolmo. La llamada le llegó pasados diez minutos.
—Lennart está fuera —comentó la esposa de Kollberg—. Como siempre, no me ha dicho adónde iba. «Trabajo. Vuelvo el domingo. Cuídate.» Se llevó el coche. ¡Estoy hasta el moño de policías!
El siguiente fue Melander. Esta vez tardaron sólo cinco minutos.
—¡Hola! ¿Llamo en mal momento?
—Acababa de acostarme.
Melander era famoso por su memoria, sus diez horas de sueño nocturno y por una singular capacidad para estar siempre en el baño.
—¿Estás enterado del caso Matsson?
—Sí.
—Averigua qué hizo la noche antes de marcharse. En detalle. Cómo se comportó, qué dijo, qué llevaba puesto.
—¿Para esta noche?
—Mañana valdrá.
—¡Vale!
—Adiós.
Martin Beck había terminado con sus llamadas. Cogió un bolígrafo y papel, y bajó la escalera.
El equipaje de Alf Matsson seguía aún en la habitación, tras el mostrador de recepción.
Quitó la tapa de la máquina de escribir, la colocó sobre la mesa, metió una hoja de papel en la máquina y mecanografió:
Máquina de escribir portátil Erika, con estuche.
Maleta de piel de cerdo, color marrón amarillento con correa, bastante nueva.
Abrió la maleta y puso su contenido sobre la mesa. Siguió mecanografiando:
Camisa a cuadros gris y negra.
Camisa de sport marrón.
Camisa blanca de popelín, recién lavada en la lavandería Metro, Hagagatan.
Pantalones de gabardina gris claro, bien planchados.
Tres pañuelos blancos.
Cuatro pares de calcetines, marrón, azul oscuro, gris claro y rojo burdeos.
Dos pares de calzoncillos de color, a cuadros verdiblancos.
Una camiseta de malla.
Un par de zapatos de ante marrón claro.
Miró con gesto sombrío una cosa parecida a una chaqueta de punto, la cogió y salió en busca de la chica que estaba en el mostrador de recepción. Era muy bonita, de un modo dulce y familiar. Más bien bajita, bien formada, dedos largos, bonitas pantorrillas, finos tobillos, unos pelillos negros en las pantorrillas, largos muslos bajo la falda. Nada de anillos. Se la quedó mirando fijamente, con sus pensamientos muy lejos de allí.
—¿Cómo se llama esto?
—Un blazer —dijo.
Él no se movió; estaba pensando en algo. La chica se sonrojó y se fue al otro extremo del mostrador de recepción, ajustándose la falda y tirando de su sostén y faja. Él no comprendía porqué. Regresó, se sentó a la mesa y escribió:
Blazer azul oscuro.
50 hojas de papel de escribir, tamaño A4. Un borrador para máquina de escribir.
Afeitadora eléctrica Remington.
El merodeador nocturno, de Kurt Salomonson.
Un neceser.
En el neceser:
Loción de afeitado Tabac.
Jabón, sin abrir.
Tubo de pasta dentífrica Squibb, abierto.
Cepillo de dientes.
Elixir bucal Vademecum.
Aspirina con codeína, envase sin abrir.
Un paquete de preservativos Venus, sin abrir.
Carpeta de plástico azul oscuro.
500 dólares en billetes de a 20 dólares.
600 coronas suecas en billetes de 100, tipo nuevo.
Mecanografiado en la máquina de escribir de Alf Matsson.
Volvió a dejar en su sitio todas las cosas, dobló la lista y se marchó. La chica del mostrador de recepción se lo quedó mirando, confundida. Le pareció más guapa que nunca.
Martin Beck entró en el comedor y tomó una cena tardía con el mismo gesto ausente.
El camarero puso una bandera sueca ante él. El violinista se acercó a su mesa e interpretó Ack Värmeland du sköna en su oído izquierdo. Él no parecía advertirlo.
Se tomó el café de un solo trago, dejó un billete rojo de cien florines sobre la mesa sin esperar siquiera la cuenta y subió escaleras arriba para acostarse.
19
Pocos minutos después de las nueve llamó el joven de la embajada.
—Tiene suerte —le dijo—. He logrado reservarle una plaza en el avión que sale de Budapest a las doce. Llega a Praga a las dos menos diez. Una vez allí, tiene cinco minutos para tomar el avión de la SAS para Copenhague.
—Gracias —dijo Martin Beck.
—No ha sido fácil conseguirlo con tan poco tiempo. ¿Querrá hacer el favor de recoger usted mismo los billetes en la oficina de Malev? Ya me he ocupado del pago, sólo tiene que pasar a buscarlos.
—Por supuesto —contestó Martin Beck—. Muchas gracias.
—Que tenga un buen vuelo, señor Beck. Ha sido muy agradable tenerle aquí.
—Gracias —repitió Martin Beck—. Adiós.
Efectivamente, los billetes ya estaban reservados. Los tenía la beldad de pelo moreno, rizado, con la que había hablado tres días antes.
Volvió a su habitación, hizo la maleta y se sentó un momento en la ventana, fumando y mirando el río. Luego dejó la habitación —en la que había permanecido cinco días y Alf Matsson, media hora— bajó a recepción y pidió un taxi. Al descender la escalera, vio un coche blanquiazul de la policía que se acercaba a gran velocidad. Frenó ante el hotel y un policía uniformado, al que no conocía de antes, se apeó de un salto y cruzó precipitadamente la puerta giratoria. Martin Beck vio que llevaba un sobre en la mano.
Su taxi dio media vuelta y paró detrás del coche de la policía. El portero del bigote gris abrió la puerta trasera. Martin Beck rogó al taxista que esperase y regresó a la puerta giratoria. En ese mismo momento, el policía entraba en ella por el otro lado, seguido de cerca por el recepcionista. Cuando éste vio a Martin Beck, hizo un ademán con la mano y señaló con el dedo al policía. Tras un par de giros en la puerta, los tres se juntaron finalmente en la escalera del hotel, y Martin Beck recibió el sobre. Volvió al taxi, tras repartir sus últimas monedas de aluminio entre el recepcionista y el portero.
En el avión, lo sentaron al lado de un inglés jactancioso y vociferante que se le echaba encima bañando su cara de saliva mientras contaba historias, totalmente desprovistas de interés, sobre sus actividades como viajante de comercio.
En Praga, Martin Beck tuvo el tiempo justo para cruzar a escape el vestíbulo de tránsito y subir al siguiente avión, a punto de despegar. Para alivio suyo, no vio por ninguna parte al inglés que arrojaba saliva. Una vez en el aire, abrió el sobre.
Szluka y sus hombres habían hecho todo lo posible por conservar su reputación de celeridad. Habían interrogado a seis testigos y redactado un informe en inglés. Martin Beck leyó:
Resumen del interrogatorio realizado a aquellas personas de quienes la policía tiene constancia que mantuvieron contacto con el ciudadano sueco Alf Sixten Matsson, desde el momento de su llegada al aeropuerto de Ferihegyi, Budapest, a las 22:15 de la noche del 22 de julio de 1966, hasta su desaparición del hotel Duna, de Budapest, en hora desconocida entre las 10:00 y las 11:00 de la mañana del 23 de julio del mismo año.
Ferenc Hayas, funcionario del control de pasaportes, que estaba de servicio, solo, en el puesto de control de pasaportes de Ferihegyi en la noche entre el 22 y el 23 de julio de 1966, afirma que no recuerda haber visto a Alf Matsson.
János Lucacs, taxista, dice recordar que en la noche del 22 al 23 de julio condujo a un pasajero desde Ferihegyi al hotel Ifjuság. Según Lucacs, el pasajero era un hombre de 25 a 30 años de edad, llevaba barba y hablaba alemán. Lucacs, que no habla alemán, entendió sólo que aquel hombre quería que lo llevaran al Ifjuság. A Lucacs le parece recordar que el hombre llevaba una maleta, que dejó a su lado en el asiento trasero.
Léo Szabo, estudiante de medicina, portero de noche en el hotel Ifjuság, el 22-23 de julio, recuerda a un hombre que llegó tarde al hotel una noche entre el 17 y el 24 de julio. Todo indica que este hombre era Alf Matsson, aunque Szabo no recuerda la hora exacta de la llegada de ese hombre, ni el nombre ni la nacionalidad. Según Szabo, tendría de 30 a 35 años de edad, hablaba un buen inglés y llevaba barba. Vestía pantalones de color claro, chaqueta azul, probablemente una camisa blanca con corbata y llevaba un equipaje ligero, una o dos maletas. Szabo no recuerda haber visto a este hombre en ninguna otra ocasión.
Béla Péter, taxista, llevó a Alf Matsson del hotel Ifjuság al hotel Duna en la mañana del 23 de julio. Recuerda a un hombre joven con barba de color castaño y gafas, cuyo equipaje consistía en una maleta grande y otra pequeña, esta última seguramente conteniendo una máquina de escribir.
Béla Kovacs, recepcionista del hotel Duna, recibió el pasaporte de Matsson y le entregó la llave de la habitación 105 en la mañana del 23 de julio. Según Kovacs, Matsson vestía entonces unos pantalones claros, probablemente grises, camisa blanca, chaqueta azul y una corbata lisa. Llevaba al brazo un abrigo ligero de color claro.
Eva Petrovich, conserje del mismo hotel, vio a Matsson cuando llegó al hotel poco antes de las 10 de la mañana del 23 de julio, y cuando se marchó media hora más tarde. Ha dado la descripción más extensa de Matsson y afirma que está segura de todos los detalles, excepto el color de su corbata. Según la señorita Petrovich, el atuendo de Matsson era el mismo en ambas ocasiones. Matsson era de estatura mediana, tenía ojos azules, pelo castaño oscuro, barba y bigote, y gafas con montura metálica. Llevaba pantalones gris claro, blazer veraniego de color azul oscuro, camisa blanca, corbata azul o roja, y zapatos beige. Al brazo llevaba un abrigo de popelín, color beige claro.
Szluka había añadido algo:
Como usted puede ver, no hemos descubierto mucho más de lo que ya sabíamos. Ninguno de los testigos puede recordar nada especial de lo que Matsson hizo o dijo. La descripción de las ropas que llevaba en el momento de su desaparición la he añadido a las señas de identidad que hemos enviado por todo el país. De salir a la luz otros detalles, se los haría saber inmediatamente. ¡Que tenga un buen viaje!
VILMOS SZLUKA
Martin Beck volvió a leer el resumen de Szluka. Se preguntó si Eva Petrovich era la misma chica que le había ayudado a identificar el objeto parecido a una chaqueta de punto de la maleta de Alf Matsson. En el dorso de la carta de Szluka escribió:
Pantalones gris claro.
Camisa blanca.
Blazer azul oscuro.
Corbata azul o roja.
Zapatos beige.
Abrigo de popelín, color beige claro.
Luego sacó la lista que él había hecho sobre el contenido de la maleta de Matsson y la leyó antes de volver a meterlo todo en la cartera y cerrarla.
Se acomodó en el asiento y cerró los ojos. Sin dormir, permaneció recostado hasta que el avión empezó a descender sobre Copenhague, atravesando una fina capa de nubes.
El aeropuerto de Kastrup estaba como siempre. Tuvo que hacer una larga cola antes de poder acceder al vestíbulo de tránsito, donde gente de todas las nacionalidades se apretujaba ante los mostradores. Se tomó una Tuborg en el bar, para reunir fuerzas antes de emprender la ardua tarea de recoger su equipaje.
Eran más de las tres cuando finalmente salió con su maleta del aeropuerto. Una fila de taxis aguardaba en la parada, y él metió su maleta en el primero, se sentó en el asiento delantero y dio al conductor la dirección del puerto en Dragør.
El trasbordador, que estaba ya en posición y daba la impresión de encontrarse a punto de zarpar, se llamaba Drogden y era una criatura inusitadamente fea. Martin Beck dejó la maleta y la cartera en la cafetería y subió a cubierta, mientras el trasbordador salía del puerto y ponía rumbo a Suecia.
Tras el calor de los últimos días en Budapest, la brisa del Sund le resultaba fría y al cabo de un rato Martin Beck entró y se sentó en la cafetería. Había mucha gente a bordo, en su mayor parte amas de casa que habían ido a Dragør a comprar la comida del fin de semana.
El viaje duró apenas una hora. En Limhamn consiguió rápidamente un taxi, que le llevó hasta Malmö. El taxista era muy parlanchín y hablaba el dialecto de Escania con un deje que para Martin Beck resultaba casi tan incomprensible como el húngaro.
20
El taxi se detuvo ante la comisaría de policía de la plaza de Davidhall. Martin Beck bajó, subió los amplios escalones y dejó su maleta en la acristalada cabina del agente de guardia. Llevaba un par de años sin pasar por allí pero quedó impresionado, como siempre, por la mole y la majestuosa solemnidad del edificio, de pomposos vestíbulos y amplios corredores. Dos pisos más arriba se detuvo ante una puerta en la que se leía: comisario, llamó y entró. Alguien había dicho una vez que Martin Beck dominaba el arte de estar dentro de una habitación, con la puerta ya cerrada a sus espaldas, al mismo tiempo que llamaba desde fuera. Había algo de verdad en esto.
—¡Qué hay! —saludó.
En el despacho había dos individuos. Uno estaba de pie apoyado contra la ventana, mascando un palillo de dientes. Era muy corpulento. El otro, sentado ante el escritorio, era alto y delgado, con el pelo peinado hacia atrás y mirada vivaz. Los dos iban de paisano. El hombre del escritorio se quedó mirando críticamente a Martin Beck y dijo:
—Hace un cuarto de hora leí en un periódico que estabas en el extranjero, desmantelando redes internacionales de tráfico de drogas. Y ahora mismo acabas de entrar aquí saludándonos. ¿Es forma de comportarse? ¿Quieres algo?
—¿Recuerdas una reyerta que sucedió aquí la víspera de Reyes? ¿Un tipo llamado Matsson?
—No. ¿Debería?
—Yo sí lo recuerdo —dijo el hombre junto a la ventana, apáticamente.
—Este es Månsson —dijo el inspector—. Se dedica... bueno, ¿en realidad a qué te dedicas, Månsson?
—A nada. Pensaba irme a casa.
—Exacto. No hace nada y pensaba irse a casa. Venga, ¿qué recuerdas?
—Lo he olvidado.
—¿Puedes sernos de alguna otra utilidad?
—Hasta el lunes, no. A partir de ahora estoy libre.
—¿Es necesario que des esos chasquidos?
—Estoy intentando dejar de fumar.
—¿Qué recuerdas de aquella reyerta?
—Nada.
—¿Nada de nada?
—No. Eso lo llevaba Backlund.
—Y él, ¿qué pensaba?
—No sé. Trabajó duro en el caso durante días. Estuvo muy reservado.
—Tienes suerte —dijo a Martin Beck el hombre del escritorio.
—¿Por qué?
—Bueno, pues porque vas a conocer a Backlund —dijo Månsson.
—Exacto. Es muy popular. Llega en media hora. Despacho 312. ¡Coge número!
—Gracias.
—¿Ese Matsson es el mismo tipo que andas buscando?
—Sí.
—¿Está aquí en Malmö?
—No creo.
—No tiene gracia —dijo Månsson sombríamente.
—¿Qué?
—Lo del palillo de dientes.
—Pues fuma, hombre, fuma. ¡Maldita sea! Nadie te ha pedido que te comas los palillos de dientes.
—Dicen que los hay con sabores —comentó Månsson.
Martin Beck conocía de sobra este tipo de conversaciones. Probablemente, algo les habría estropeado el día. Luego, sus mujeres les habrían llamado para hacerles saber que la cena se echaba a perder, preguntándoles si no había más policías...
Los dejó con sus preocupaciones, subió a la cafetería y se tomó una taza de té. Sacó del bolsillo el papel de Szluka y leyó de nuevo aquellos parcos testimonios. En algún sitio, detrás de él, tenía lugar la siguiente conversación:
—Perdone que le pregunte, pero ¿esto es un pastel mazarin?
—¿Y qué otra cosa podría ser?
—Pues patrimonio gastronómico de la humanidad. Casi da lástima comérselo. Quizá pueda estar interesado el Museo de Repostería...
—Mire, si no le gusta, puede irse a otra parte.
—Dos pisos más abajo, por ejemplo, y presentar una denuncia contra usted por esgrimir armas peligrosas. Pido un pastel mazarin y usted me trae un engendro fosilizado que ni siquiera los ferrocarriles estatales suecos se atreverían a servir sin que se ruborizara la locomotora... Soy una persona sensible.
—Sensible... ¡anda ya! Usted mismo lo ha cogido del mostrador.
Martin Beck se volvió y se quedó mirando a Kollberg.
—¡Hola! —le dijo.
—¡Hola!
Ninguno de los dos pareció especialmente sorprendido. Kollberg apartó a un lado el indeseable pastel y le preguntó:
—¿Cuándo has vuelto?
—Ahora mismo. Y tú, ¿qué estás haciendo aquí?
—He venido a hablar con alguien llamado Backlund.
—Yo también.
—Bueno, en realidad tenía otra cosa que hacer aquí —dijo Kollberg como excusándose.
Pasados diez minutos, dieron las cinco. Bajaron juntos. Backlund resultó ser un hombre mayor, de apariencia amable y cotidiana. Dijo:
—¡Vaya! ¡Gente de Estocolmo!
Les ofreció dos sillas, se sentó y añadió:
—Bueno, ¿a qué debo el honor?
—Te ocupaste de una reyerta la víspera de Reyes —dijo Kollberg—. Un tal Matsson.
—Sí, así es. Recuerdo el caso. Ya está cerrado. El fiscal decidió no presentar cargos.
—¿Qué sucedió realmente? —preguntó Martin Beck.
—Bueno, tanto como suceder... Esperen un momento y traeré el expediente.
El hombre llamado Backlund salió y regresó unos diez minutos más tarde con la copia grapada de un informe mecanografiado. Llamaba la atención por su extensión. Hojeó el mamotreto durante un rato. Por lo visto, reencontrarse con él le causaba alegría y orgullo.
—Lo mejor será comenzar por el principio.
—Sólo queremos hacernos una idea general de lo que sucedió —comentó Kollberg.
—Comprendo. A la 01.23 de la madrugada del 6 de enero de este año, un coche patrulla en el que viajaban los agentes Kristiansson y Kvant, que se encontraba por la zona de Linnégatan en esta ciudad, recibió por radio la orden de dirigirse al número 26 de Sveagatan en Limhamn donde, al parecer, alguien había sido apuñalado. Los agentes Kristiansson y Kvant pusieron rumbo inmediatamente a dicha dirección, adonde llegaron a eso de la 01.29 de la madrugada. Allí se hicieron cargo de una persona que declaró ser periodista, un tal Alf Sixten Matsson, procedente de Estocolmo y residente en el inmueble Fleminggatan 34. Matsson declaró que había sido atacado y apuñalado por el periodista Bengt Eilert Jönsson, afincado en Malmö, y residente en el inmueble Sveagatan 26 en Limhamn. Matsson, que tenía una herida de aproximadamente cinco centímetros de largo en la parte exterior de su muñeca izquierda, fue trasladado al pabellón de urgencias del Hospital General por los agentes Kristiansson y Kvant, en tanto Bengt Eilert Jönsson era detenido y conducido a la jefatura superior de policía de Malmö por los agentes Elofsson y Borglund, quienes habían sido avisados por los agentes Kristiansson y Kvant. Los dos hombres se hallaban bajo los efectos del alcohol.
—¿Kristiansson y Kvant?
Backlund lanzó a Kollberg una mirada de reproche y siguió:
—Tras ser asistido en el pabellón de urgencias del Hospital General, Matsson fue conducido a prestar declaración a la Jefatura de Policía de Malmö. Matsson declaró haber nacido el 5 de agosto de 1933 en Mölndal, así como estar empadronado y afincado en...
—¡Un momento! —interrumpió Martin Beck—. No necesitamos todos los detalles.
—¡Ah, no! Pues debo decirles que no resulta fácil llegar a hacerse una idea clara si no se recapitula todo...
—¿Ofrece ese informe una idea clara?
—A esa pregunta puedo contestar sí y no. Los relatos difieren considerablemente. Las horas, también. Los testimonios son muy vagos. Ésa fue la razón por la que el fiscal no halló fundamento para presentar cargos.
—¿Quién interrogó a Matsson?
—Le interrogué yo en persona. Y muy detalladamente.
—¿Estaba borracho?
Backlund hojeó el informe.
—¡Un momento! Sí, aquí está. Reconoció haber ingerido alcohol. Pero negó haberlo hecho de manera desmedida.
—¿Cómo se comportó?
—No tomé nota de eso. Pero Kristiansson y Kvant declararon —aquí está, un momento— que su paso era vacilante y su voz tranquila pero balbuciente.
Martin Beck se rindió. Kollberg fue más obstinado.
—¿Qué aspecto tenía?
—No tomé nota de eso pero creo que su vestimenta era aseada.
—¿Qué ocurrió cuando fue apuñalado?
—Puede afirmarse que resulta difícil hacerse una imagen precisa del curso de los acontecimientos. Sus historias difieren. Si recuerdo bien, sí, eso es, Matsson declaró que la herida le había sido infligida a eso de medianoche. Jönsson, en cambio, declaró que el incidente no ocurrió hasta pasada la una. Fue muy difícil aclarar este punto.
—¿Fue realmente agredido?
—Aquí tengo la declaración de Jönsson. Bengt Eilert Jönsson declara que él y Matsson, a quien conoció por ser de la misma profesión, se habían tratado durante casi tres años y que en la mañana del 5 de enero se encontró con Matsson, que se alojaba en el hotel Savoy y estaba solo, así que Jönsson lo invitó a su casa, a la cena, que debía comenzar a las...
—Sí, pero ¿qué dijo del ataque en sí?
Ahora, Backlund comenzaba a irritarse un poco. Volvió unas páginas más.
—Jönsson niega que lo atacara premeditadamente, aunque reconoce que a la una y cuarto dio un empujón a Matsson, por lo cual éste pudo caerse con un vaso que tenía en la mano.
—Pero ¿fue apuñalado?
—Bueno, ese asunto lo trato en un apartado anterior. Echaré un vistazo. Aquí está. Matsson declara que poco antes de las veintitrés horas vino a las manos con Bengt Jönsson y que, probablemente con un cuchillo que con anterioridad había visto en casa de Jönsson, se le infligió una herida en el brazo izquierdo. ¡Ya veis! ¡Poco antes de las once de la noche! ¡A la una y cuarto! ¡Una diferencia de dos horas y veinte minutos! También recibimos un certificado del médico del Hospital General. Describe la herida como un corte de unos cinco centímetros que sangraba abundantemente. Los bordes de la herida...
Kollberg se inclinó hacia adelante y miró fijamente al hombre que leía el informe.
—Todo eso no nos interesa. ¿Tú qué opinas? Algo tuvo que ocurrir. ¿Por qué? Y ¿cómo sucedió?
El otro hombre era ya incapaz de disimular su irritación. Se quitó las gafas y las limpió febrilmente.
—Bueno, bueno, bueno —dijo—. ¿Qué sucedió? En esta investigación preliminar queda todo pormenorizadamente elucidado. Pero, si no me permitís hacer la exposición del informe, no veo cómo podré explicaros el caso con claridad. Podéis leer el informe vosotros mismos, si lo preferís.
Dejó el informe sobre la mesa. Martin Beck lo hojeó con indiferencia y examinó las fotografías del lugar de autos, que habían sido agregadas al dorso. Las fotos mostraban una cocina, una sala de estar y unas escaleras de piedra. Todo limpio y ordenado. En la escalera había algunas manchas negras, poco mayores que una moneda de un céntimo. De no haber estado señaladas con flechas blancas apenas habrían sido visibles. Dio el informe a Kollberg, tamborileó con los dedos sobre el brazo de la silla y preguntó:
—¿Fue Matsson interrogado aquí?
—Sí, en este despacho.
—Debisteis de hablar un buen rato.
—Sí, tuvo que hacer una declaración detallada.
—¿Y qué impresión daba? Como persona, quiero decir.
Backlund estaba ahora tan irritado que no podía permanecer quieto. Movía una y otra vez los pocos objetos colocados sobre la desnuda superficie barnizada del escritorio, para luego volver a dejarlos exactamente en el mismo orden ejemplar.
—¡Impresión! ¡Impresión! —exclamó—. Todo queda pormenorizadamente elucidado en la investigación preliminar. Ya os lo he dicho. De todos modos, el incidente ocurrió en un domicilio particular y, a la hora de la verdad, Matsson no quiso presentar acusación. No comprendo qué queréis saber.
Kollberg dejó el informe sin haberlo abierto siquiera. Luego hizo un último intento.
—Queremos saber tu opinión personal de Alf Matsson.
—No tengo ninguna —contestó el hombre, en tono de rechazo.
Cuando lo dejaron, seguía sentado leyendo el informe de la investigación preliminar. Su cara mostraba rigidez y desaprobación.
—¡Hay cada tipo! —exclamó Kollberg en el ascensor.
La casa de Bengt Jönsson era un pequeño chalé de una sola planta, con porche y jardín. La puerta de la verja estaba abierta, y en el camino de grava que conducía hacia el interior había un hombre rubio y bronceado en cuclillas frente a una bicicleta infantil. Con las manos manchadas de grasa, trataba de ajustar la cadena, que se había salido. Un chiquillo de unos cinco años estaba de pie al lado, mirándole, con una llave inglesa en la mano.
Cuando Kollberg y Martin Beck atravesaron la verja, el hombre se levantó y se limpió las manos en la parte posterior de sus pantalones. Tendría unos treinta años y llevaba camisa a cuadros, sucios pantalones caqui y zuecos de suela de madera.
—¿Bengt Jönsson? —preguntó Kollberg.
—Sí, soy yo.
Los miró con suspicacia.
—Somos de la policía de Estocolmo —explicó Martin Beck—. Hemos venido a pedirle cierta información sobre un amigo suyo... Alf Matsson.
—¿Amigo? —replicó el hombre—. No le puedo llamar así. ¿Es por lo que ocurrió el pasado invierno? Creí que todo eso estaba muerto y enterrado hacía tiempo.
—Y lo está. El caso está cerrado y no se abrirá otra vez. No nos interesamos por la parte que usted tuvo en el asunto, sino por la de Alf Matsson —le tranquilizó Martín Beck.
—Ya leí en los periódicos que había desaparecido —comentó Bengt Jönsson—. Estaba metido en una red de traficantes de droga, según la prensa. No sabía que tomaba drogas.
—Puede que no las tomara pero las vendía.
—¡Qué cabrón! —exclamó Bengt Jönsson—. ¿Qué clase de información quieren ustedes? Yo no sé nada del negocio de drogas.
—Puede ayudarnos a hacernos una idea de cómo era —dijo Martin Beck.
—¿Qué quieren saber? —preguntó el rubio.
—Todo lo que usted sepa acerca de Alf Matsson —replicó Kollberg.
—No es mucho —dijo Jönsson—. Apenas lo conocía, aunque nos tratamos durante tres años. Lo había visto sólo unas pocas veces, antes del altercado del invierno pasado. Yo también soy periodista y nos encontrábamos cuando hacíamos algún trabajo juntos.
—¿Quiere contarnos qué sucedió realmente el pasado invierno? —preguntó Martin Beck.
—Vamos a sentarnos —propuso Jönsson, subiendo hacia el porche. Martin Beck y Kollberg le siguieron. Había una mesa y cuatro sillas de mimbre. Martin Beck se sentó y ofreció a Jönsson un cigarrillo. Kollberg miró su silla con suspicacia antes de tomar asiento. Bajo su peso, la silla crujió de forma inquietante.
—Como comprenderá, lo que nos diga nos interesa sólo como testimonio sobre la personalidad de Matsson. Ni nosotros ni la policía de Malmö tenemos motivo alguno para reabrir el caso —explicó Martin Beck—. ¿Qué sucedió?
—Me encontré con Alf Matsson en la calle por casualidad. Se alojaba en un hotel de Malmö y yo le invité a casa a cenar. La verdad es que no me caía muy bien pero estaba solo en la ciudad y quería que saliésemos a tomar algo, así que pensé que sería mejor que viniera a mi casa. Llegó en taxi. Creo que entonces estaba sobrio. O casi sobrio, digámoslo así. Cenamos, le ofrecí unos chupitos y bebimos los dos bastante. Después de la cena charlamos, escuchamos discos y tomamos combinados. Al poco rato estaba borracho y se puso bastante borde. Estaban mi mujer y una amiga suya, y de repente Affe va y le dice a la amiga: Oye, ¿follamos?
Bengt Jönsson guardó silencio. Martin Beck hizo un movimiento de cabeza animándole a seguir y dijo:
—Siga.
—Bueno, es lo que dijo. La amiga de mi mujer se molestó mucho, no está acostumbrada a que le hablen así, claro. Mi esposa se enfadó y le dijo que era un cerdo, y él entonces llamó puta a mi mujer y se puso tremendamente borde. Me cabreé y le advertí que tuviera mucho cuidado con lo que decía. Las mujeres se fueron a otra habitación.
Calló de nuevo y Kollberg preguntó:
—¿Solía ser así de desagradable cuando se emborrachaba?
—No lo sé. No lo había visto borracho antes.
—¿Qué pasó luego? —inquirió Martin Beck.
—Bueno, seguimos bebiendo. La verdad es que yo no bebí tanto, no me sentía borracho. Pero Affe se fue emborrachando cada vez más, sentado ahí hipando, eructando y cantando, hasta que, de pronto, lo vomitó todo en el suelo. Lo llevé al cuarto de baño y al cabo de un rato se sintió bien y pareció un poco más sobrio. Cuando le dije que deberíamos tratar de limpiar toda aquella porquería me contestó: «Que lo haga esa puta con la que estás casado». Entonces me cabreé en serio y le grité que se fuera, que no lo quería en mi casa. Pero él no hacía más que reír y eructar sin moverse de la silla. Cuando le advertí que iba a llamar a un taxi para que viniera a recogerlo, me contestó que se iba a quedar para acostarse con mi mujer. Entonces le pegué un puñetazo, pero al levantarse volvió a decir algo obsceno sobre ella así que le golpeé una vez más, de modo que cayó sobre la mesa y rompió dos vasos. Luego seguí intentando echarlo de casa, pero él se negó. Al final, mi esposa llamó a la policía, era la única manera de librarse de él.
—Se hizo una herida en la mano, según tengo entendido —dijo Kollberg—. ¿Cómo sucedió?
—Lo vi sangrar, pero no pensé que fuera grave. Yo estaba furioso. Además, no me importaba. Se cortó con un vaso al caer. Luego pretendió que yo le había apuñalado. Mentira. No tengo navaja. Luego tuve que pasar el resto de la noche en la comisaría de policía. Joder, qué lío.
—¿Ha vuelto usted a ver a Matsson después de aquella noche? —preguntó Kollberg.
—¡Qué va! ¡Claro que no! No he vuelto a verlo desde aquella mañana en la comisaría. Estaba sentado en el pasillo cuando salí de hablar con el madero, perdón, policía que me estaba interrogando. Y el muy cabrón tuvo todavía la cara de decirme: «¡Oye! Todavía te quedaba un poco, ¿no? Luego vamos a tu casa y lo terminamos». Yo ni siquiera le contesté y desde entonces, gracias a Dios, no le he vuelto a ver.
Bengt Jönsson se levantó y bajó hasta donde estaba el crío, golpeando la bicicleta con la llave inglesa. Se agachó y siguió trabajando con la cadena.
—No tengo nada más que decirles. Eso fue exactamente lo que sucedió —dijo por encima del hombro.
Martin Beck y Kollberg se levantaron, y él les saludó con un movimiento de cabeza mientras salían por la puerta de la verja.
De camino hacia Malmö, Kollberg comentó:
—¡Un tío majete, nuestro Matsson! Si es verdad que le ha pasado algo, no creo que la humanidad haya sufrido una gran pérdida. De ser así, lo único que sale perjudicado son tus vacaciones.
21
Kollberg se alojaba en el hotel St. Jörgen de la plaza de Gustavo Adolfo y, tras recoger la maleta de Martin Beck en la comisaría de policía, se fueron hacia allí. El hotel estaba lleno, pero Kollberg utilizó sus dotes de persuasión y no tardó mucho en conseguir una habitación.
Martin Beck no se molestó en deshacer la maleta. Por un momento consideró la posibilidad de llamar a su mujer a la isla, pero miró el reloj y vio que era demasiado tarde. A ella no le agradaría mucho tener que cruzar remando el estrecho, en plena oscuridad, sólo para oírle decir que no sabía cuándo podría volver.
Se desnudó y entró en el cuarto de baño. Bajo la ducha oyó los característicos golpetazos de Kollberg contra la puerta del pasillo. Como había olvidado sacar la llave del lado de fuera, Kollberg no tardó ni un segundo en irrumpir en la habitación, llamándolo a voces.
Martin Beck cerró el grifo de la ducha, se envolvió en una toalla de baño y salió a ver qué quería.
—Me acaba de venir a la cabeza un pensamiento terrible —dijo Kollberg—. Hace ya cinco días que se levantó la veda del cangrejo. Pero tú, me imagino, no has tenido todavía ocasión de celebrar la cangrejada. ¿O es que tienen cangrejos en Hungría?
—Que yo sepa, no —contestó Martin Beck—. No vi ninguno.
—Pues vístete. He reservado una mesa.
El comedor estaba atestado pero en un rincón les habían reservado una mesa, dispuesta para una cangrejada. Sobre cada plato habían colocado un babero, con un verso impreso en rojo y una gorra de papel.
Se sentaron y Martin Beck miró con desaliento su gorro, hecho de papel azul crespón, con una visera brillante, también de papel, y la palabra policía escrita en letras doradas por encima de la visera.
Los cangrejos estaban deliciosos y comieron sin apenas pronunciar palabra. Al acabar, Kollberg no estaba todavía lleno, raramente le pasaba, así que pidió un tournedos. Mientras esperaba su filete, dijo:
—La noche antes de irse estuvo con cuatro tipos y una tía. Tengo los nombres apuntados. Están arriba, en mi habitación.
—Bien —contestó Martin Beck—. ¿Te fue difícil?
—No especialmente. Melander me ayudó algo.
—¡Ay, sí! Melander ¿Qué hora es?
—Las nueve y media.
Martin Beck se levantó y dejó solo a Kollberg con su tournedos.
Melander, por supuesto, ya se había ido a la cama, y Martin Beck tuvo que esperar un rato hasta que cogió el teléfono.
—¿Estabas dormido?
—Sí, pero no importa. ¿Ya has vuelto?
—Estoy en Malmö. ¿Qué tal va el asunto de Alf Matsson?
—Descubrí lo que me pediste. ¿Quieres saberlo ahora?
—Sí, por favor.
—Espera un momento.
Melander se fue, pero regresó al poco rato.
—He hecho un informe pero está en la oficina. Quizá pueda decírtelo de memoria —dijo.
—Seguro que sí —respondió Martin Beck.
—Se refiere al jueves 21 de julio. Por la mañana Alf Matsson fue primero a la revista, a recoger los billetes y cuatrocientas coronas de la caja. Se marchó al momento y recogió su pasaporte y visado en la embajada húngara. Después volvió a Fleminggatan, y debió de estar haciendo la maleta. Se cambió de ropa. Por la mañana había llevado unos pantalones grises, un jersey gris, un blazer azul de punto, sin solapas, y zapatos de ante color beige. Por la tarde y noche llevó un traje ligero de franela color gris plomo, camisa blanca, corbata negra de punto, zapatos negros y un abrigo de popelín, de color gris beige.
En la cabina telefónica hacía calor. Martin Beck había sacado un pedazo de papel de su bolsillo y garabateaba algunas notas mientras Melander hablaba.
—Sí, sigue —dijo.
—A las doce y cuarto, tomó un taxi en Fleminggatan para ir al Tennstopet, donde almorzó con Sven-Erik Molin, Per Kronkvist y Pia Bolt. Su verdadero nombre es Ingrid pero la llaman Pia. Matsson bebió varias jarras de cerveza durante y después de la comida. A las tres de la tarde, Pia Bolt se marchó y se quedaron los tres hombres. Cosa de una hora después llegaron Stig Lund y Åke Gunnarsson, que se sentaron a su mesa. A partir de ese momento bebieron combinados. Alf Matsson bebió güisqui y agua. Hablaban en la jerga del oficio pero la camarera recuerda que Alf Matsson dijo que se iba de viaje. Sin embargo, no advirtió adónde.
—¿Estaba borracho? —preguntó Martin Beck.
—Un poco sí debía de estarlo, aunque no se le notaba mucho. Al menos, entonces.
Melander volvió a desaparecer y Martin Beck abrió de par en par la puerta de la cabina, para dejar entrar un poco de aire mientras esperaba. Luego, Melander volvió.
—Es que he ido a ponerme la bata. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí, claro! En el Tennstopet. A eso de las seis, ellos se marcharon, es decir Kronkvist, Lund, Gunnarsson, Molin y Matsson, y tomaron un taxi hasta el Gyldene Freden, donde cenaron y siguieron bebiendo. La conversación giró principalmente sobre conocidos en común, alcohol y mujeres. Alf Matsson empezaba a estar borracho de verdad, soltando comentarios en voz alta sobre la clientela femenina. Entre otras cosas, parece que se dirigió a una pintora, de mediana edad, sentada al otro lado del local, y le espetó algo así como: «¡Vaya par de melones tienes! ¿Puedo recostar mi cabeza ahí?». A las nueve y media se fueron los cinco en taxi al bar de la Ópera. Allí siguieron tomando combinados. Alf Matsson estuvo bebiendo güisqui con soda. Pia Bolt, que estaba ya allí, se cambió a la mesa de Matsson y los otros cuatro. A eso de la medianoche, Kronkvist y Lund salieron del restaurante y poco antes de la una Pia Bolt se marchó con Molin. Todos estaban como cubas. Matsson y Gunnarsson se quedaron hasta que el establecimiento cerró y salieron los dos hasta arriba de alcohol. Matsson, que tenía dificultades para caminar en línea recta, acosó a varias mujeres. No he logrado descubrir qué pasó después, pero supongo que se fue a casa en taxi.
—¿Nadie lo vio irse?
—No, ninguno de los que he entrevistado. La mayoría de los clientes que se marcharon a esa hora estaban más o menos entonados, y el personal tenía prisa por irse a casa.
—Gracias —le dijo Martín Beck—. ¿Quieres hacerme otro favor? Ve al piso de Matsson mañana a primera hora y mira a ver si puedes encontrar el traje gris plomo que llevaba aquella noche.
—¿No estuviste tú allí? —preguntó Melander—. ¿Antes de ir a Hungría?
—Sí —contestó Martin Beck— pero no tengo memoria de elefante, como tú. Ahora vete a la cama y duerme. Te llamaré mañana por la mañana.
Regresó adonde estaba Kollberg. Éste había despachado ya el tournedos y también algún tipo de postre que había dejado un rastro rosado, pegajoso, en el platito que tenía ante sí.
—¿Ha descubierto algo?
—No sé —respondió Martin Beck—. Tal vez.
Tomaron café y Martin Beck habló de Budapest y Szluka, y contó lo de Ari Boeck y sus amigos alemanes. Luego subieron en el ascensor y, antes de meterse en su habitación, Martin Beck pasó a recoger el informe mecanografiado de Kollberg.
Se desvistió, encendió la lámpara de la cama y apagó la luz del techo. Luego se metió en la cama y empezó a leer.
Ingrid (Pia) Bolt, nacida en 1939, en Norrköping, soltera, secretaria, con piso propio en Strindbergsgatan 51.
Forma parte de la panda de Matsson, aunque éste no le gusta mucho y probablemente nunca ha tenido relaciones con él. Ha estado saliendo con Stig Lund durante un año, hasta hace muy poco. Ahora parece que está con Molin. Secretaria en la casa de modas Studio 45.
Per Kronkvist, nacido en 1936, en Luleå, divorciado, reportero en un diario vespertino. Comparte un piso con Lund en Sveavägen 88.
Es también de la panda, pero no gran amigo de Matsson. Se divorció en 1963 en Luleå y desde entonces reside en Estocolmo. Gran amigo de empinar el codo, nervioso e inquieto. Parece tonto pero amable. En 1965 cumplió condena en Bogesund por conducir en estado de embriaguez.
Stig Lund, nacido en 1932, en Gotemburgo, soltero, fotógrafo en el mismo periódico que Kronkvist. Vive en Sveavägen. El piso es propiedad del periódico.
Llegó a Estocolmo en 1960 y conoce a Matsson desde entonces. Antes pasaban mucho tiempo juntos pero en los últimos dos años se ven sólo porque frecuentan los mismos bares. Callado y apacible, bebe mucho y suele quedarse dormido en la mesa cuando está borracho. Ex atleta, entre 1945 y 1951 compitió en carreras de fondo.
Åke Gunnarsson, nació en 1932, en Jakobstad, Finlandia. Soltero, periodista especializado en temas de motor. Tiene piso propio en Svartensgatan 6.
Vino a Suecia en 1950. Periodista de varias revistas de automovilismo y de la prensa diaria desde 1959. Anteriormente ejerció otros trabajos, entre otras cosas mecánico de coches. Habla sueco casi sin acento finlandés. Se mudó a un piso en Svartensgatan el 1 de julio de este año; antes vivía en Hagalund. Piensa casarse a principios de septiembre con una chica de Uppsala que no pertenece al grupo. No es más amigo de Matsson que los antes mencionados. Bebe lo suyo, pero cuando está borracho no lo aparenta. Se le conoce por ello. Parece bastante espabilado.
Sven-Erik Molin, nacido en 1933 en Estocolmo, divorciado, periodista, con un chalé en Enskede.
Es el «mejor amigo» de Alf Matsson. Es decir, finge que lo es pero habla mal de Matsson a sus espaldas. Se divorció en Estocolmo hace cuatro años. Cumple con la manutención, y ve a su hijo de vez en cuando. Es un fanfarrón. Su actitud es dura y altanera, especialmente cuando está bebido, cosa que sucede a menudo. Sancionado en Estocolmo en dos ocasiones por faltas cometidas en estado de embriaguez, en 1962 y 1965. La relación con Pia Bolt no es muy seria por su parte.
Hay otros más que forman parte de la panda: Krister Sjöberg, dibujante; Bror Forsgren, publicitario; Lena Rosén, periodista; Bengt Fors, periodista; Jack Meredith, cámara de cine, junto con otros, más o menos en segundo plano. Ninguno de ellos estaba presente el día y la noche en cuestión.
Martin Beck se levantó a coger el papel en el que había tomado notas durante su conversación con Melander.
Volvió a la cama con él.
Antes de apagar la luz, leyó todo de nuevo, el informe de Kollberg y sus propias notas, descuidadamente garabateadas.
22
El sábado 13 de agosto fue un día ventoso y gris, y el avión de Metropolitan que volaba en dirección a Estocolmo tardó mucho tiempo, debido al viento en contra.
El regusto a cangrejo resultaba poco agradable a esa hora de la mañana y el vaso de papel con café malo, suministrado por la compañía aérea, no vino a mejorar las cosas. Martin Beck apoyó su cabeza en la ventanilla, que vibraba, y se puso a mirar las nubes.
Pasado un rato intentó fumar, pero le supo a rayos. Kollberg leía el Sydsvenskan y miraba de reojo el cigarrillo, con cara de reproche. Sin duda, tampoco se sentía muy bien.
En cuanto a Alf Matsson, se cumplían ahora justo tres semanas desde que, supuestamente, fuera visto por última vez en el vestíbulo del Hotel Duna, de Budapest.
El piloto les comunicó que estaba nublado, que en Estocolmo la temperatura era de 15 grados y que lloviznaba.
Martin Beck apagó su cigarrillo en el cenicero y le preguntó:
—Ese homicidio del que te ocupabas hace diez días, ¿está ya aclarado?
—¡Desde luego!
—¿No quedan flecos sueltos?
—No. Desde el punto de vista psicológico, resultó de lo menos interesante, si es eso a lo que te refieres. Los dos estaban borrachos como cubas. El tipo que vivía en el piso no hacía más que meterse con el otro, hasta que éste se hartó y le dio un botellazo. Luego se asustó y le asestó veinte golpes más. Pero tú ya sabías todo eso.
—Y luego, ¿trató de escapar?
—Claro. Se fue a su casa y envolvió todas sus ropas manchadas en sangre. Luego se agenció medio litro de alcohol metílico y fue a sentarse bajo el puente de Skanstull. Lo único que tuvimos que hacer fue ir allí y cogerle. Estuvo negándolo todo en redondo durante un rato, y luego se puso a lloriquear.
Tras una breve pausa, sin levantar la mirada, añadió:
—Menudo retrasado mental. Vamos, que irse al puente de Skanstull. Pensó que la policía no iba a mirar allí, según dijo. Pero, en fin, hizo lo que pudo.
Kollberg dejó de leer el periódico, se quedó mirando a Martin Beck y puntualizó:
—Eso es. El pobre hizo lo que pudo.
Volvió a su periódico.
Martin Beck frunció el ceño, tomó la lista que había recibido la noche anterior y la leyó de nuevo de arriba abajo. Una y otra vez, hasta que llegaron. Guardó el papel en el bolsillo y se abrochó el cinturón de seguridad. Luego vinieron los consabidos minutos de malestar, mientras el avión oscilaba en el viento y se deslizaba por su tobogán invisible. Jardines, tejados, dos saltos sobre el cemento y, ¡por fin!, un respiro de alivio.
Intercambiaron unas palabras en la sala de vuelos nacionales, mientras aguardaban su equipaje.
—¿Vas a ir a la isla esta noche?
—No, esperaré un poco.
—Hay algo que huele a podrido en este caso Matsson.
—Sí.
—Es extremadamente irritante.
En medio del puente de Traneberg, Kollberg se lamentó: —Y es todavía más irritante que no podamos dejar de pensar en este maldito asunto. Matsson era un cerdo. Si de verdad ha desaparecido, ¡bendito sea! Si se ha dado a la fuga, antes o después le cogerán. No es asunto nuestro. Y si se ha muerto allí por casualidad, tampoco nos incumbe. ¿No?
—Así es.
—Pero supón que simplemente continúa desaparecido. Entonces tendremos que estar pensando en él durante diez años. ¡Joder!
—No estás siendo muy lógico que digamos.
—No —reconoció Kollberg.
La comisaría de policía parecía sorprendentemente tranquila, aunque había que tener en cuenta que era sábado y que, pese a todo, seguía siendo verano. Sobre la mesa de Martin Beck había algunas cartas sin interés y una nota de Melander: «Un par de zapatos negros en el piso. Viejos. No usados durante mucho tiempo. Ningún traje gris oscuro».
Al otro lado de la ventana, el viento zarandeaba las copas de los árboles y arremolinaba la llovizna contra los cristales. Pensaba en el Danubio, en los barcos de vapor y en la brisa de las colinas soleadas. Los valses vieneses. El aire nocturno, suave y cálido. El puente. El muelle. Martin Beck se palpó con cuidado el chichón que tenía en la zona de la coronilla, volvió a su escritorio y se sentó.
Kollberg entró, miró el mensaje de Melander, se rascó la barriga y dijo:
—Esto sí que nos incumbe a nosotros, de todas formas.
—Sí, eso creo.
Martin Beck reflexionó por un momento.
—Cuando estuviste en Rumania, ¿entregaste tu pasaporte?
—Sí, la policía recogió nuestros pasaportes en el aeropuerto. Luego nos los devolvieron en el hotel, una semana después. Yo vi el mío en mi casillero varios días antes de que me lo entregaran. Era un hotel grande. La policía entregaba montones de pasaportes cada noche.
Martin Beck acercó el teléfono.
—Budapest 298-317, llamada personal para el comandante Vilmos Szluka. Sí, comandante s-z-l-u-k-a. No, es en Hungría.
Regresó a la ventana y contempló fijamente la lluvia, sin pronunciar palabra. Kollberg se sentó en la silla de los visitantes, mirándose las uñas. No se movieron ni hablaron hasta que sonó el teléfono.
Alguien dijo en un alemán muy malo:
—Sí, el comandante Szluka vendrá enseguida.
Se oyó el eco de pasos en la Jefatura de Policía de Deák Ferenc Tér. Luego la voz de Szluka:
—Buenos días. ¿Cómo van las cosas en Estocolmo?
—Lluvia y viento. Frío.
—¡Vaya! Pues aquí estamos a más de treinta grados. Casi demasiado calor. Estaba pensando en ir a los Baños Palatinos. ¿Algo nuevo?
—Aún no.
—Lo mismo aquí. Aún no lo hemos encontrado. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Ahora, durante la temporada turística, debe ser bastante frecuente que los turistas pierdan sus pasaportes, ¿no...?
—Sí, por desgracia. Eso siempre es una molestia. Por suerte, no forma parte de mis responsabilidades.
—¿Querría averiguar si algún extranjero notificó la pérdida de su pasaporte en el Ifjuság o el Duna después del 21 de julio?
—Claro. Pero eso no corresponde a mi departamento, como ya le he dicho. ¿Basta que le envíe la respuesta hacia las cinco?
—Puede telefonearme cuando quiera. Y una cosa más.
—¿Sí?
—En caso de que alguien hubiera notificado la pérdida de su pasaporte, ¿cree que podrá averiguar qué aspecto tenía la persona? Sólo una breve descripción.
—Le llamaré a las cinco. Adiós.
—Adiós. Espero que esto no le impida ir a los baños.
Colgó. Kollberg le miraba con desconfianza.
—¿Qué es eso de los baños? ¿De qué coño estás tú hablando?
—Unos baños sulfurosos. Uno se sienta en sillones de mármol por debajo del agua.
—¿De verdad?
Permanecieron callados un rato. Luego, Kollberg se rascó la cabeza y dijo:
—O sea, que en Budapest llevaba un blazer azul, pantalón gris y zapatos marrones.
—Sí, y la gabardina.
—Y en su maleta había un blazer azul.
—Sí.
—Y un pantalón gris.
—Sí.
—Y un par de zapatos marrones.
—Sí.
—Y la noche antes de marcharse llevaba un traje oscuro y zapatos negros.
—Sí, y la gabardina.
—Y ni los zapatos ni el traje están en su piso.
—No.
—¡Qué cabrón! —exclamó Kollberg de pronto.
—Sí.
La atmósfera en la habitación cambió y pareció hacerse menos tensa. Martin Beck buscó en su cajón, halló un Florida viejo y seco, y lo encendió. Igual que el hombre de Malmö, estaba tratando de dejar de fumar pero con mucho menos entusiasmo.
Kollberg bostezó y miró su reloj.
—¿Vamos a comer a algún sitio?
—Sí, ¿por qué no?
—¿Al Tennstopet?
—De acuerdo.
23
El viento había cesado, y en el parque Vasa la ligera lluvia destilaba pacíficamente sobre dos filas de tómbolas, un carrusel y dos policías con impermeable negro. El tiovivo estaba dando vueltas y una niña solitaria montaba uno de los caballitos pintados: una chiquilla con impermeable rojo de plástico y capucha. No paraba de dar vueltas y vueltas bajo la lluvia, con gesto solemne y sin dejar de mirar hacia adelante. Sus padres se hallaban a cierta distancia, de pie bajo un paraguas, contemplando con ojos melancólicos las instalaciones. Desde el parque llegaba un fresco olor a follaje y verde mojado. Era sábado por la tarde y, pese a todo, verano.
El restaurante, enfrente del parque, estaba casi vacío. El único rumor audible en el lugar era el débil y plácido crujir de los periódicos vespertinos, que leían un par de viejos parroquianos, y el ruido entrecortado de los dardos, golpeando contra la diana en la sala de tiro. Martin Beck y Kollberg tomaron asiento en el bar, a unos tres metros de la mesa que era el refugio favorito de Alf Matsson y sus compañeros periodistas. En este momento no había nadie, pero en medio de la mesa había un vaso con una tarjeta roja de reserva. Probablemente estaba ahí siempre.
—La hora punta del almuerzo ya ha terminado —dijo Kollberg—. Dentro de una hora empezará a venir la clientela y por la noche esto estará tan petado de gente, salpicándose cerveza unos a otros, que será difícil poner el pie en ninguna parte.
El ambiente no invitaba a prolijas conversaciones. Comieron un almuerzo tardío en silencio. Fuera, el verano sueco se deshacía a chorros. Kollberg se bebió una jarra de cerveza, dobló su servilleta, se secó la boca y preguntó.
—¿Es difícil cruzar la frontera sin pasaporte?
—Bastante. Dicen que las fronteras están bien vigiladas. Un extranjero que no conozca el camino difícilmente podría pasar.
—¿Y si uno va por las rutas ordinarias, tiene que llevar el visado con el pasaporte?
—Sí, y además un permiso de salida. Es un papel que le dan a uno al entrar, y que hay que conservar con el pasaporte hasta que se sale del país. Luego los funcionarios del control de pasaportes se quedan con él. La policía sella también la fecha de salida junto con el visado del pasaporte. Mira.
Martin Beck sacó el pasaporte del bolsillo y lo puso sobre la mesa. Kollberg estudió los sellos y preguntó:
—Y suponiendo que uno tenga visado y permiso de salida, ¿puede cruzar la frontera que quiera?
—Sí, tienes cinco países a escoger: Checoslovaquia, Unión Soviética, Rumania, Yugoslavia y Austria. Y puedes ir como quieras, en avión, tren, automóvil o barco.
—¿En barco? ¿Desde Hungría?
—Sí, por el Danubio. Desde Budapest se puede llegar a Viena o Bratislava en pocas horas por aerodeslizador.
—¿Y también se puede ir en bicicleta, andando, nadando, a caballo o arrastrándose?
—Sí, siempre que se salga por un puesto fronterizo.
—¿Y se puede ir a Austria o Yugoslavia sin visado?
—Eso depende de la clase de pasaporte que tengas. Si es sueco, por ejemplo, o alemán o italiano, entonces no hace falta. Con un pasaporte húngaro sólo se puede ir sin visado a Checoslovaquia o Yugoslavia.
—Pero no parece probable que haya hecho eso, ¿no?
—Pues no.
Siguieron con el café. Kollberg continuaba mirando los sellos del pasaporte.
—Los daneses no te lo sellaron cuando llegaste a Kastrup —dijo.
—No.
—Dicho de otro modo, no hay pruebas de que hayas regresado a Suecia.
—No —contestó Martin Beck. Un momento más tarde añadió—: Pero, por otra parte, aquí estoy.
En la última media hora habían empezado a dejarse caer bastantes clientes y empezaban a escasear las mesas. Un hombre de unos treinta y cinco años entró y se sentó ante la mesa con la tarjeta roja de reserva. Le sirvieron una jarra de cerveza y empezó a hojear el periódico de la tarde, al parecer aburrido. De vez en cuando miraba nerviosamente hacia la puerta, como si esperase a alguien. Llevaba barba y gafas redondas de montura gruesa, una chaqueta de lana marrón a cuadros, camisa blanca, pantalón marrón y zapatos negros.
—¿Quién es ése? —preguntó Martin Beck.
—No lo sé. Todos se parecen. Además, hay unos cuantos que sólo vienen de vez en cuando.
—No es Molin, de todos modos, porque a ese le habría reconocido.
Kollberg miró al hombre.
—Gunnarsson tal vez —dijo.
Martin Beck pensó.
—No, también le he visto.
Entró una mujer. Era pelirroja y muy joven, vestida con un jersey color rojo ladrillo, falda de lana y medias verdes. Se movía con desenvoltura y, tras recorrer el local con la mirada, se hurgó la nariz. Se sentó ante la mesa de la tarjeta roja, y dijo:
—¡Qué hay, Pelle!
—¡Qué hay, tía!
—Pelle —dijo Kollberg—. Ése es Kronkvist. Y ella es Pia Bolt.
—¿Por qué se han dejado todos barba?
Martin Beck lo dijo pensativo, como si hubiera considerado la cuestión durante largo tiempo.
—Quizá sean falsas —replicó Kollberg solemnemente.
Miró su reloj.
—Sólo para fastidiarnos —comentó.
—Será mejor que volvamos —dijo Martin Beck—. ¿Le dijiste a Stenström que viniera?
Kollberg asintió. Al marcharse oyeron al individuo llamado Per Kronkvist, que gritaba a la camarera:
—¡Más birra, esbirra!
Unas cuantas personas le rieron la gracia.
En la comisaría de policía reinaba el silencio. Stenström estaba sentado en la oficina de la planta baja, haciendo solitarios.
Kollberg se lo quedó mirando de modo crítico y le preguntó:
—¿Ya te dedicas a eso? ¿Qué vas a hacer cuando seas viejo?
—Sentarme a pensar lo mismo que ahora: «¿Por qué estoy sentado aquí?».
—Vas a comprobar unas coartadas —dijo Martin Beck—. Dale la lista, Lennart.
Le dio la lista a Stenström y éste le echó un rápido vistazo.
—¿Ahora?
—Sí, esta noche.
—Molin, Lund, Kronkvist, Gunnarsson, Bengtsfors, Pia Bolt. ¿Quién es Bengtsfors?
—Eso es un error —le comentó Kollberg con tono sombrío—. Se supone que es Bengt Fors. La t de mi máquina de escribir se agarra a la s.
—¿Interrogo también a la chica?
—Sí, si eso te divierte —contestó Martin Beck—. Está en el Tennstopet.
—¿Puedo hablar con ellos directamente?
—¿Por qué no? Es investigación de rutina en el caso de Alf Matsson. A estas alturas, todo el mundo sabe de qué va. Por cierto, ¿qué tal con la Brigada de Narcóticos?
—Hablé con Jacobsson —contestó Stenström—. No tardarán en desenredar el asunto. En cuanto los drogatas se enterasen de que han pillado a Matsson, empezaban a cantar... Matsson vendía directamente a unos cuantos que están realmente mal, y les cobraba un precio desorbitado.
Calló.
—¿En qué piensas? —dijo Kollberg.
—¿No podría ser que alguno de los pobres diablos a los que desplumaba, que alguno de sus clientes se cansara de él, por decirlo de alguna manera?
—Cabe la posibilidad —respondió Martin Beck, solemnemente.
—Como pasa en las películas —comentó Kollberg—. Y en América.
Stenström se metió el papel en el bolsillo y se levantó. En la puerta se detuvo y dijo, un poco molesto:
—En ocasiones, también aquí pueden ocurrir cosas nuevas.
—Posiblemente —respondió Kollberg—. Pero se te olvida que Matsson desapareció en Hungría, cuando iba a recoger más género para sus pobres clientes. Y ahora, lárgate.
Stenström se marchó.
—Le has tratado muy mal —dijo Martin Beck.
—También podría pensar un poco por su cuenta —repuso Kollberg.
—Eso es lo que estaba haciendo.
—¡Bah!
Martin Beck salió al pasillo. Stenström se estaba poniendo la chaqueta.
—Mira sus pasaportes.
Stenström asintió.
—No vayas solo.
—¿Son peligrosos? —le preguntó Stenström sarcásticamente.
—Pura rutina —replicó Martin Beck.
Regresó con Kollberg. Permanecieron sentados en silencio hasta que sonó el teléfono. Martin Beck tomó el receptor.
—Su conferencia con Budapest será a las 19:00 en lugar de a las 17:00 —dijo la telefonista.
Durante un momento, reflexionaron sobre el aviso. Luego Kollberg exclamó:
—¡Uf! ¡Esto no tiene nada de divertido!
—No —convino Martin Beck—. No será divertido.
Sin necesidad de discutir más detenidamente el asunto entre ellos, ya sabían aproximadamente, cada uno por su lado, qué había pasado y qué iba a suceder.
—Dos horas —dijo Kollberg—. ¿Salimos a dar una vuelta y a ver algo?
Cruzaron en coche el puente del Oeste. El tráfico del sábado había disminuido y el puente estaba prácticamente desierto. Pasaron junto a un autocar de turistas alemanes detenido en medio del puente. Martin Beck vio a los pasajeros de pie, mirando la plateada bahía de Riddarfjärden y la brumosa silueta de la ciudad bajo la lluvia.
—Molin es el único que vive fuera de la ciudad —dijo Kollberg—. Vayamos por él primero.
Cruzaron el puente, pasaron luego los campos de Årsta, donde la neblina se cernía pesadamente sobre las tierras, y enfilaron la alameda de Sockenvägen. Kollberg se metió entre los chalés y estuvo un rato dando vueltas por las estrechas calles, antes de dar con la correcta. Dejaba que el coche avanzara lentamente a lo largo de setos y cercos, mientras iba leyendo los nombres en las verjas.
—Aquí es —dijo—. Molin vive a la izquierda. Allí puedes ver su porche. La casa debió de estar ocupada antes por una sola familia, pero ahora está dividida. La otra entrada está en la parte de atrás.
—¿Quién vive en la otra parte de la casa? —le preguntó Martin Beck.
—Un funcionario de Aduanas retirado y su mujer.
Frente a la casa había un jardín grande y descuidado, con nudosos manzanos y groselleros enmarañados. Pero los setos estaban bien recortados y la cerca blanca parecía recién pintada.
—Es grande el jardín —comentó Kollberg—. Y muy abrigado. ¿Quieres ver algo más?
—No, sigue conduciendo.
—Entonces vamos a Svartensgatan —dijo Kollberg—. Gunnarsson.
Tomaron Nynäsvägen, rumbo a Söder, y aparcaron el coche en la plaza Mosebacke.
El número 6 de Svartensgatan estaba junto a la plaza. Era un viejo edificio con un gran patio empedrado. Gunnarsson vivía en el tercer piso, con vistas a la calle.
—No lleva mucho tiempo viviendo aquí —dijo Martin Beck más tarde, en el coche.
—Desde el 1 de julio.
—Y antes vivió en Hagalund. ¿Sabes dónde?
Kollberg se detuvo ante un semáforo en rojo, junto a la iglesia parroquial de Jakob.
Señaló con la cabeza la gran ventana angular del bar de la Ópera.
—Quizás estén sentados ahí dentro, dijo. Todos, excepto Matsson. ¿En Hagalund? Sí, tengo la dirección.
—Entonces luego iremos allí —comentó Martin Beck—. Sigue por Strandvägen. Me gustaría echar un vistazo a los barcos.
Fueron por Strandvägen y Martin Beck miró los barcos. En un muelle había un gran trasatlántico con la bandera norteamericana izada en popa; más allá, junto al puente de Djurgården, flanqueada por dos veleros de Aland, vio una lancha motora polaca.
Ante el portal del edificio donde vivía Pia Bolt en Strindbergsgatan, un chiquillo con gorro impermeable y peto a cuadros empujaba hacia adelante y hacia atrás un autobús de juguete, imitando el ronco sonido de su motor. El ruido se hizo ahogado y desigual cuando frenó el autobús, para dejar paso a Kollberg y Martin Beck.
En el portal estaba Stenström, mirando de modo sombrío la lista de Kollberg.
—¿Qué se te ha perdido aquí? —le preguntó Kollberg.
—Ella no está en casa. Y tampoco en el Tennstopet. Me preguntaba adónde ir ahora. Pero si estáis pensando en encargaros de ello, puedo irme a casa.
—Prueba en el bar de la Ópera —le sugirió Kollberg.
—Y a propósito, ¿por qué vas solo? —preguntó Martin Beck.
—Rönn ha estado conmigo. Volverá dentro de un minuto. Ha ido a casa de su tía con unas flores. Es su cumpleaños, y vive justo a la vuelta de la esquina.
—¿Cómo va? —preguntó Martin Beck.
—Hemos comprobado las coartadas de Lund y Kronkvist. Los dos salieron del bar de la Ópera a eso de la medianoche, y se fueron directos al Hamburger Börs. Allí se encontraron con dos conocidas, y a eso de las tres regresaron a casa con una de ellas.
Miró la lista.
—La chica se llama Svensson y vive en Sagavägen, Lidingö. Permanecieron allí hasta las ocho de la mañana del viernes y luego fueron juntos en taxi a trabajar. A la una se dirigieron al Tennstopet y estuvieron allí hasta las cinco, cuando salieron para Karlstad a hacer un reportaje. No me ha dado tiempo de comprobar lo de los otros.
—Lo comprendo —dijo Martin Beck—. Bueno, sigue. Estaremos en la comisaría a partir de las siete. Si no acabas muy tarde, llámame.
Mientras iban camino de Hagalund, la lluvia arreciaba. Cuando Kollberg frenó ante el bloque de apartamentos en que Gunnarsson había vivido hasta hacía dos meses, el agua caía a chorros por los cristales de las ventanillas, y su golpeteo sobre el techo del coche resultaba ensordecedor.
Se subieron los cuellos de los abrigos y cruzaron corriendo la acera hasta alcanzar el portal.
El edificio tenía tres plantas y en una de las puertas del segundo piso había una tarjeta de visita clavada con una chincheta. El nombre escrito en la tarjeta de visita figuraba también en la lista de residentes colocada en el portal. Sus letras de plástico resultaban más blancas y nuevas que las otras.
Regresaron al coche, dieron la vuelta a la manzana y se detuvieron ante el edificio. El piso en el que supuestamente había vivido Gunnarsson tenía sólo dos ventanas y daba la impresión de ser un estudio.
—Debe de ser un apartamento muy pequeño —le comentó Kollberg—. Ahora que tiene uno mucho más grande, va a casarse.
Martin Beck miró a través de la lluvia. Tenía ganas de fumar y sentía frío. Al otro lado de la calle se extendían un solar y una ladera boscosa. En un extremo del solar había un edificio alto y, al lado, otro en construcción. Probablemente se proponían edificar en todo aquel terreno una fila de idénticos edificios altos. El deprimente bloque de viviendas en el que había vivido Gunnarsson tenía, por lo menos, vistas abiertas al campo. Pero ahora, incluso eso iba a desaparecer.
En medio del campo se veían los restos calcinados de una casa.
—¿Un incendio? —preguntó señalando con el dedo.
Kollberg se inclinó y miró a través de la lluvia.
—Era una granja antigua —explicó—. Recuerdo haberla visto el verano pasado. Una vieja casa de madera muy bonita, pero no vivía nadie en ella. Creo que fueron los bomberos los que la incendiaron. Bueno, para hacer prácticas. Le prendieron fuego y luego lo apagaron; después le prendieron fuego de nuevo y lo apagaron otra vez, y siguieron así hasta que no quedó nada. ¡Una verdadera lástima, lo que hicieron con esa casa antigua, tan bonita! Pero probablemente se necesita terreno para construir.
Miró su reloj y puso en marcha el motor.
—Si quieres llegar a tiempo a tu conferencia, tendremos que darnos prisa —dijo.
El agua chorreaba por el parabrisas y Kollberg tuvo que conducir con cuidado. Durante el viaje de regreso a Kristineberg permanecieron callados. Cuando bajaron del coche, eran las siete menos cinco y ya había oscurecido.
El teléfono sonó a las siete, con tanta puntualidad que casi pareció anormal. Y, efectivamente, lo era.
—¿Dónde demonios se ha metido Lennart? —preguntó la mujer de Kollberg.
Martin Beck le pasó el teléfono y procuró no escuchar las réplicas de Kollberg en el diálogo que siguió.
—Sí, voy enseguida... Sí, poco rato, ya te he dicho... ¿Mañana? Será difícil, espero...
Martin Beck se retiró al cuarto de baño y no volvió hasta que oyó colgar el receptor.
—Deberíamos tener hijos —dijo Kollberg—. Pobrecilla, sentada y sola, esperándome.
Sólo llevaban casados seis meses, así que las cosas saldrían bien, seguro.
Poco después se recibió la llamada.
—Siento haberle hecho esperar —se disculpó Szluka—. Pero aquí, en sábado, es más difícil ponerse en contacto con la gente. El caso es que tenía usted razón.
—¿En lo del pasaporte?
—Sí, un estudiante belga perdió su pasaporte en el hotel Ifjuság.
—¿Cuándo?
—Esto, de momento, no se ha podido precisar. Llegó al hotel el viernes 22 de julio por la tarde y Alf Matsson la noche del mismo día.
—Así que encaja.
—Sí, ¿verdad que sí? Pero hay una dificultad. Resulta que este hombre, llamado Roederer, visitaba Hungría por primera vez y no sabía cómo se hacen aquí las cosas. Dijo que le había parecido de lo más natural entregar su pasaporte y no recibirlo hasta el momento de marcharse del hotel. Como iba a quedarse tres semanas, no pensó más en el asunto, ni pidió su pasaporte hasta el lunes pasado, día en que usted y yo nos vimos por primera vez. Lo necesitaba para solicitar un visado para Bulgaria. Todo esto, desde luego, según su propio testimonio.
—Podría ser cierto.
—Sí, claro. En la recepción del hotel le contestaron que su pasaporte se lo habían devuelto a la mañana siguiente de que él llegara, es decir el 23, el mismo día que Matsson se trasladó al Hotel Duna... y desapareció. Roederer juró que no le habían devuelto su pasaporte, y el personal del hotel está seguro de que su pasaporte fue puesto en el casillero en la noche del viernes y que, en consecuencia, debió de recibirlo cuando bajó la mañana del sábado. Así es como se hace.
—¿Alguien recuerda si verdaderamente lo recibió?
—No, eso ya sería pedir demasiado. En esa época del año el personal del hotel recibe hasta cincuenta pasaportes al día, y entrega otros tantos. Además, los que distribuyen los pasaportes en los casilleros por la noche no son los mismos que quienes los entregan a la mañana siguiente.
—¿Ha visto usted al tal Roederer?
—Sí, sigue en el hotel. Su embajada le está arreglando el viaje de regreso a su país.
—Y... quiero decir, ¿se parecen?
—Tiene barba. Aparte de eso no se asemejan mucho, a juzgar por las fotos. Pero, por desgracia, la gente no suele parecerse a las fotos de sus viejos pasaportes. Alguien pudo haber robado el pasaporte del casillero durante la noche. Nada más sencillo. El portero de noche está solo y, obviamente, a veces tiene que darse la vuelta o abandonar su puesto. Y los funcionarios que controlan los pasaportes no tienen tiempo para realizar estudios fisonómicos cuando la frontera se inunda de turistas en ambas direcciones. Si trabajamos con la teoría de que su compatriota se apoderó del pasaporte de Roederer, bien pudo utilizarlo para salir del país.
Hubo un breve silencio. Luego Szluka añadió:
—Y, de hecho, alguien lo hizo.
Martin Beck se incorporó.
—¿Está seguro de eso?
—Sí. Lo hemos sabido hace veinte minutos. El permiso de salida de Roederer está en nuestros archivos. Fue entregado a nuestra policía en el puesto fronterizo de Hegyeshalom en la tarde del sábado 23 de julio. Uno de los pasajeros del expreso Budapest-Viena. Y el pasajero no pudo ser Roederer, ya que él sigue aquí.
Szluka hizo de nuevo una pausa. Luego siguió con vacilación:
—Supongo que esto significa que Matsson ha salido de Hungría.
—No —contestó Martin Beck—. Ni siquiera estuvo allí.
24
Martin Beck durmió mal y se levantó temprano. El piso de Bagarmossen estaba desangelado y sin vida, los objetos familiares le parecieron indiferentes y extraños. Se dio una ducha. Se afeitó. Sacó un traje gris recién planchado. Se vistió con cuidado y corrección. Salió al balcón. Ya no llovía. Miró el termómetro. Dieciséis grados. Preparó un lúgubre desayuno de Rodríguez: té y panecillos. Se sentó a esperar.
Kollberg se presentó a las nueve. Stenström venía con él en el coche. Se fueron a la comisaría.
—¿Qué tal? —preguntó Martin Beck.
—Así, así —dijo Stenström.
Hojeó su cuaderno de notas.
—Molin estuvo trabajando aquel sábado. Eso está claro. Estuvo en la redacción desde las ocho de la mañana. El viernes, al parecer, se quedó en casa durmiendo la resaca. Discutimos un poco sobre si durmió o no. Él dijo que no había estado dormido, sino noqueado: «¿Oye mocoso, no sabes lo que es quedarse noqueado y tener la mona sentada junto a ti en la almohada, atosigándote? Pues, ¡entonces vales para policía porque no te enteras de una puta mierda!». Transcribí esta observación palabra por palabra.
—¿Y qué le atosigaba? —preguntó Kollberg.
—Eso no quedó claro. Ni él mismo parecía saberlo. Tampoco se acordaba de lo que había hecho la noche del jueves al viernes. Y daba gracias a Dios por ello. Por lo demás, se mostró tremendamente chulo y descarado.
—Sigue —dijo Martin Beck.
—Bueno, creo que ayer me equivoqué cuando dije que Lund y Kronkvist estaban fuera de sospecha. Resulta que no fue Kronkvist, sino Fors, el que fue con aquellas chicas a Lidingö. Kronkvist, por su parte, acompañó a Lund a Karlstad, no el viernes sino el sábado. Todo esto está muy embrollado pero no creo que Lund mintiera cuando hizo la primera declaración. La verdad es que no se acordaba. Al parecer, él y Kronkvist fueron los más borrachos de todos. Lund bebió mezclando de todo. Fors estuvo más avispado y, cuando pude ponerme en contacto con él, las cosas se aclararon un poco. Lund perdió el conocimiento en cuanto llegaron a casa de aquellas chicas y no pudieron reanimarlo en todo el viernes. Luego, el sábado por la mañana, llamó a Fors para que fueran allí a recogerlo, y se fueron a un bar, no al Tennstopet, como Lund había pensado, sino al de la Ópera. Tras comer algo y tomar un par de cervezas Lund se reanimó, volvió a casa, recogió a Kronkvist y todo el equipo fotográfico. Kronkvist estaba entonces en su casa.
—¿Qué había hecho antes de eso?
—Estar acostado en casa, sintiéndose enfermo y solo, según dijo. Lo único definitivo es que estaba allí a las cuatro y media de la tarde del sábado.
—¿Se ha comprobado eso?
—Sí, llegaron al hotel de Karlstad por la noche. Kronkvist dijo que también tenía una resaca tremenda. Lund, por su parte, afirmó que estaba demasiado borracho como para tener nada. Por cierto, Lund no tiene barba. Tomé nota de eso.
—¿Ah, no?
—Luego fue el turno de Gunnarsson. Su memoria era un poco mejor. El viernes estuvo en casa, escribiendo. El sábado fue a la redacción, primero por la mañana y luego por la tarde, para entregar varios artículos.
—¿Estás seguro?
—No te lo puedo asegurar. La redacción es muy grande y no pude encontrar a nadie que recordara nada especial. Por otra parte, es cierto que entregó un artículo pero lo mismo pudo haber sido por la mañana que por la tarde.
—¿Y los pasaportes?
—Espera un minuto. Pia Bolt estaba también bastante lúcida, pero se negó a decir dónde estuvo la noche del jueves. Mi impresión es que se acostó con alguien y no quiere decir con quién.
—Suena probable —comentó Kollberg—. Era jueves y tocaba.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Stenström.
—Nada. Que quizá el polvo no fue especialmente memorable.
—Sigue —dijo Martin Beck.
—El sábado, en cualquier caso, estuvo con su madre en casa desde las once de la mañana. Comprobé eso con discreción. Es cierto. Bueno, ahora vienen los pasaportes. Molin se negó a mostrar el suyo. Dijo que no tenía por qué identificarse en su propia casa. Lund tenía un pasaporte casi nuevo. El último sello era de Arlanda, del 16 de junio, cuando regresó de Israel. Parecía estar todo en orden.
—¡Se negó a mostrar su pasaporte! —exclamó Kollberg—. ¿Y lo permitiste?
—Pia Bolt, hace dos años, pasó una semana en Mallorca. Eso es todo. Kronkvist tenía un pasaporte viejo. Sus páginas parecían hojas de repollo y todo estaba lleno de notas y garabatos. El último sello era de Gotemburgo, en mayo. De regreso de Inglaterra. Gunnarsson también tenía un pasaporte viejo, casi lleno, pero un poco más limpio. Tenía sellos de Arlanda; salió del país el 7 de mayo y regresó el 10. Fue a visitar las fábricas Renault en Billancourt, según dijo. Por lo visto, en Francia no sellan los pasaportes.
—No, no los sellan —dijo Martin Beck.
—Luego vienen los otros. No tuve tiempo de hablar con todos. Krister Sjöberg estaba en casa con su familia, en Älvsjö. Y el tal Meredith es norteamericano, por cierto de color.
—Entonces de ese nos olvidamos —dijo Kollberg—. De todas formas, no le podríamos coger. Si lo hiciéramos, nos lincharían los mods.
—Ahora sí que has dicho una estupidez.
—Como casi siempre. Por lo demás, no creo que sea necesario que sigas.
—Yo tampoco —corroboró Martin Beck.
—¿Ya sabéis quién es? —preguntó Stenström.
—Al menos, eso creemos.
—¿Quién?
Kollberg se quedó mirando furioso a Stenström.
—¡Piensa tú mismo, hombre! —le dijo—. En primer lugar, ¿fue Alf Matsson el que estuvo en Budapest? ¿Se llevaría Matsson una pequeña fortuna para pagar drogas y luego se olvidaría de ella, abandonándola en la maleta del hotel? ¿Arrojaría Matsson su llave a la entrada de una comisaría? ¿Él, un tipo a quien le convendría dar un rodeo de varios kilómetros en cuanto viese a un policía húngaro? ¿Qué motivos tendría Matsson para desaparecer por propia voluntad, de forma tan imprevista?
—Ya, claro.
—¿Por qué había de viajar Matsson a Hungría vestido con un blazer azul, pantalones grises y zapatos de ante, cuando tenía exactamente la misma clase de ropa metida en su maleta? ¿Qué ocurrió con el traje negro de Matsson? ¿El que llevaba puesto la noche antes y que no estaba ni en su maleta ni en su piso?
—Está bien. No era Matsson. Entonces, ¿quién era?
—Alguien que tenía las gafas y la gabardina de Matsson, alguien con barba. ¿Quién es el último que fue visto con Matsson? ¿Quién no tiene coartada hasta, como muy pronto, el sábado por la noche? ¿Quién de todos ellos estaba lo suficientemente sobrio y era lo bastante inteligente para tramar toda esta pequeña historia? Piensa.
Stenström se puso muy serio.
—También he pensado en otra cosa —siguió Kollberg.
Extendió el plano de Budapest sobre la mesa.
—Mira aquí. Éste es el hotel y ésa la estación central, o como se llame.
—Budapest Nyugati.
—Eso. Si yo tuviera que ir andando del hotel a la estación, iría por aquí. Por tanto, pasaría por delante de la Jefatura de Policía.
—Es cierto, pero en ese caso iría a una estación equivocada. Los trenes para Viena salen de aquí, del viejo Ostbahnhof.
Kollberg no dijo nada. Siguió mirando el plano.
Martin Beck extendió un mapa detallado de la zona de Solna, e hizo un movimiento de cabeza en dirección a Stenström.
—Ve a la policía de Solna —le dijo—. Pídeles que acordonen esta zona. Hay allí ruinas de un incendio.
—¿Ahora mismo?
—Sí.
Stenström se marchó. Martin Beck buscó un cigarrillo y lo encendió. Fumó en silencio. Y se quedó mirando a Kollberg, que estaba sentado, muy quieto. Luego apagó el cigarrillo y dijo:
—Venga, vamos.
Era domingo y Kollberg conducía deprisa por las calles vacías. Tomó la ruta que pasa por el Puente del Oeste. Un destello del sol asomaba entre nubes bajas, que cruzaban a la deriva. La brisa ligera rizaba la bahía de Riddarfjärden. Martin Beck contempló absorto un grupo de esquifes, que doblaban una boya de la bahía, junto a Rålambshov.
Condujeron en silencio y aparcaron en el mismo sitio que el día anterior. Kollberg señaló un Lancia negro, estacionado un poco más allá.
—Es su coche —dijo—. Así que estará en casa.
Atravesaron Svartensgatan y abrieron el portal. La atmósfera era fría y húmeda. Subieron en silencio las gastadas escaleras hasta el cuarto piso.
25
La puerta se abrió inmediatamente.
El hombre estaba en bata y zapatillas. Pareció extremadamente desconcertado.
—Lo siento —dijo—. Creí que era mi novia.
Martin Beck lo reconoció enseguida. Era el mismo hombre que Molin había señalado en el Tennstopet el día antes de salir de viaje para Budapest. Un rostro franco y agradable. Ojos azules y tranquilos. De constitución bastante fuerte. Llevaba barba y era de estatura media pero aquí terminaba su parecido con Matsson, como en el caso del estudiante belga Roederer.
—Somos de la policía. Me llamo Beck. Éste es el subinspector Kollberg.
Se intercambiaron saludos rígidos y corteses.
—Kollberg.
—Gunnarsson.
—¿Podemos entrar un momento? —le preguntó Martin Beck.
—Naturalmente. ¿De qué se trata?
—Nos gustaría hablar sobre Alf Matsson.
—Ya vino ayer un policía a hablar de lo mismo.
—Sí, ya lo sabemos.
Cuando Martin Beck y Kollberg entraron en el piso su comportamiento sufrió una transformación. Les pasó a los dos a la vez y sin que ninguno de ellos lo advirtiera. Toda la tensión, incertidumbre y alerta que llevaban dentro se desvaneció, dejando paso a la calma que otorga la experiencia y, también, a la determinación maquinal de quien sabe lo que va a suceder y ya ha pasado por ello antes.
Atravesaron el piso sin decir nada. Era claro y espacioso y estaba amueblado con cuidado y esmero; pero daba la impresión de que todavía no estaba propiamente habitado. Buena parte del mobiliario era nuevo y parecía hallarse todavía en el escaparate del decorador.
Dos de las habitaciones tenían ventanas hacia la calle, el dormitorio y la cocina daban al patio. La puerta del cuarto de baño estaba abierta, con la luz encendida dentro. Por lo visto, cuando tocaron el timbre el hombre empezaba a arreglarse. El dormitorio tenía dos camas grandes, muy cerca una de otra; en una de ellas acababa de dormir alguien. Sobre la mesita de noche de la cama deshecha había una botella de agua mineral medio vacía, un vaso, dos cajas de pastillas y una fotografía enmarcada. La habitación tenía también una mecedora, dos taburetes y un tocador con cajones y espejo movible. La foto representaba a una mujer joven, rubia, de rasgos limpios y frescos, y ojos muy claros. Nada de maquillaje pero alrededor del cuello una de esas cadenas de plata trenzada denominadas Bismarck. Martin Beck reconoció el modelo. Dieciséis años antes le había regalado a su esposa una idéntica. Finalizado el recorrido, regresaron al estudio.
—Por favor, siéntense —dijo Gunnarsson.
Martin Beck aceptó y se sentó en una de las sillas de mimbre junto al escritorio. Éste tenía cajoneras en ambas direcciones y, al parecer, estaba diseñado para dos personas. El hombre de la bata siguió de pie mirando a Kollberg, que seguía moviéndose por el piso.
Sobre la mesa se veían manuscritos, libros y papeles, dispuestos en orden. En la máquina de escribir había una página ya comenzada, y junto al teléfono otra fotografía enmarcada. Martin Beck reconoció enseguida a la mujer de la cadena de plata y ojos claros. Pero esta foto era al aire libre. La mujer echaba la cabeza hacia atrás y reía al fotógrafo, el viento zarandeaba su revuelto pelo rubio.
—¿En qué puedo servirles? —preguntó cortésmente el hombre de la bata.
Martin Beck atrapó su mirada, que seguía siendo azul, tranquila y firme. En la habitación reinaba el silencio. Se podía oír a Kollberg haciendo algo en otra parte del piso, seguramente en el lavabo o en la cocina.
—Cuénteme lo que ocurrió —dijo Martin Beck.
—¿Cuándo?
—La víspera del 22 de julio, cuando usted y Matsson salieron del bar de la Ópera.
—Ya lo he dicho. Nos separamos en la calle. Yo tomé un taxi y vine a casa. Él no iba en la misma dirección y esperó al siguiente.
Martin Beck apoyó los brazos en la mesa y se quedó mirando a la mujer de la fotografía.
—¿Puedo echar un vistazo a su pasaporte? —preguntó. Gunnarsson se dirigió al escritorio, se sentó y abrió uno de los cajones. El sillón de mimbre crujió amistosamente.
—Aquí tiene —dijo.
Martin Beck fue pasando las páginas del pasaporte, viejo y gastado. El último sello visible era uno de entrada por Arlanda, el 10 de mayo. En la página siguiente, la última del pasaporte, había algunas notas, entre ellas dos números de teléfono y un corto poema en inglés. El dorso de la cubierta también estaba lleno de notas. Parecían ser, en su mayoría, apuntes sobre automóviles y motores, hechos hacía ya tiempo y con gran apresuramiento. El poema estaba escrito de través, con un bolígrafo verde. Giró el pasaporte y leyó:
There was a young man of Dundee
Who said «They can't do without me.
No house is complete
Without me and my seat.
My initials are WC.»2
El hombre al otro lado de la mesa siguió su mirada y dijo:
—Es un limerick.
—Ya lo veo.
—Se refiere a Winston Churchill. Dicen que lo escribió él mismo. Lo oí en el avión de París y pensé que era tan bueno que merecía la pena copiarla.
Martin Beck no dijo nada. Miró fijamente los versos. Bajo la escritura, el papel era ligeramente más fino y había varias manchitas verdes, que no debían de haber estado allí. Podían haber sido perforaciones de un sello verde al otro lado de la página; pero tal sello no existía. Stenström debió haberse fijado en esto.
—Si hubiera dejado usted el avión en Copenhague y regresado a Suecia en trasbordador, se habría ahorrado la molestia —dijo.
—No entiendo a qué se refiere.
Sonó el teléfono. Gunnarsson contestó. Kollberg entró en la habitación.
—Es para ustedes —dijo el hombre de la bata.
Kollberg cogió el teléfono, escuchó y dijo:
—¿Ah, sí? Pues, que empiecen. Sí, espéranos allí. Iremos pronto.
Colgó.
—Era Stenström. Los bomberos quemaron la casa el pasado lunes.
—Tenemos gente registrando los restos de la casa quemada de Hagalund —dijo Martin Beck.
—Bueno, entonces, ¿qué? —preguntó Kollberg.
—Sigo sin entender a qué se refieren.
La mirada del hombre permanecía igual de franca y firme. Hubo un breve silencio. Martin Beck se encogió de hombros y dijo:
—Entre y vístase.
Sin pronunciar palabra, Gunnarsson se dirigió hacia la puerta del dormitorio. Kollberg le siguió.
Martin Beck se quedó donde estaba, inmóvil. Sus ojos se fijaron de nuevo en la fotografía. Aunque el hecho carecía de importancia, por alguna razón le fastidiaba que la conversación terminara así. Tras haber visto el pasaporte, su seguridad era absoluta. Pero la conjetura sobre el solar de prácticas de los bomberos podía resultar equivocada. En tal caso, si el hombre persistía en su actitud, la investigación podría ser muy ardua. Con todo, éste no constituía su principal motivo de insatisfacción.
Gunnarsson volvió cinco minutos más tarde con un jersey gris y pantalones de color marrón. Miró su reloj y dijo:
—Podemos irnos ya. Estoy esperando una visita y les agradecería...
Sonrió y no terminó la frase. Martin Beck siguió sentado.
—No tenemos mucha prisa —dijo.
Kollberg entró procedente del dormitorio.
—Los pantalones y el blazer azul siguen en el guardarropa —anunció.
Martin Beck asintió. Gunnarsson iba por la habitación, de un lado para otro. Ahora se movía con más nerviosismo pero su expresión era tan imperturbable y tranquila como antes.
—Bueno hombre, a lo mejor no es tan malo como parece —dijo Kollberg en tono amistoso—. No tiene por qué mostrarse tan resignado.
Martin Beck dirigió una rápida mirada a su colega, y luego volvió a mirar a Gunnarsson. Por supuesto, Kollberg tenía razón. El hombre se había rendido. Sabía que la partida estaba perdida y lo sabía desde el momento mismo en que cruzaron el umbral. Sin duda ahora estaba envuelto en aquel sentimiento como una crisálida. Pero aun así no era completamente invulnerable. Sin embargo, lo que todavía quedaba por hacer resultaba muy desagradable.
Martin Beck se acomodó en su sillón de mimbre y aguardó. Kollberg permaneció silencioso e inmóvil junto a la puerta del dormitorio. Gunnarsson seguía de pie en medio de la habitación. Miró de nuevo su reloj pero no dijo nada.
Pasó un minuto. Dos. Tres. El hombre volvió a mirar el reloj de pulsera. Probablemente una mera acción refleja y estaba claro que eso le fastidiaba. Volvió a hacerlo pasados dos minutos, pero trató de disimular su maniobra pasándose el dorso de la mano izquierda sobre la cara y mirando de reojo su muñeca. En algún lugar abajo, en la calle, la puerta de un coche se cerró de golpe.
Abrió la boca para decir algo. Sólo le salió una palabra.
—Si...
Luego se arrepintió, dio dos pasos rápidos hacia el teléfono y dijo:
—Perdón. Tengo que llamar a alguien.
Martin Beck asintió y miró insistentemente hacia el teléfono: 018. El prefijo de Uppsala. Todo encajaba. Seis cifras. Contestación al tercer timbrazo.
—¡Buenos días! Soy Åke. ¿Se ha marchado ya Ann-Louise...? ¿Sí? ¿Cuándo?
Martin Beck creyó oír una voz de mujer que decía: «Hace un cuarto de hora».
—¡Vale, gracias! Adiós.
Gunnarsson colgó, miró el reloj y dijo con ligero tono de voz:
—Bueno, ¿nos vamos ahora?
Nadie replicó. Pasaron diez minutos largos. Luego Martin Beck dijo:
—Siéntese.
El hombre obedeció con mucha vacilación. Aunque parecía esforzarse para permanecer quieto, el sillón de mimbre no dejaba de crujir. Cuando volvió a mirar su reloj, Martin Beck vio que las manos le temblaban.
Kollberg bostezó, de una manera demasiado estudiada o quizá por nerviosismo. Era difícil determinar porqué. Dos minutos más tarde, el hombre llamado Gunnarsson le preguntó:
—¿A qué estamos esperando?
Por primera vez hubo un asomo de incertidumbre también en su voz.
Martin Beck lo miró. No dijo nada. Se preguntó qué ocurriría si el hombre al otro lado de la mesa se daba cuenta de repente de que el silencio era tan penoso para ellos como para él. Eso probablemente no le sería de mucha ayuda. En cierto modo ahora estaban todos en el mismo barco.
Gunnarsson miró otra vez su reloj, cogió un bolígrafo que estaba sobre el escritorio y enseguida lo volvió a dejar exactamente en el mismo sitio.
Martín Beck dirigió la mirada a la fotografía y luego echó un vistazo a su reloj. Habían pasado veinte minutos desde la llamada telefónica. En el peor de los casos, tenían menos de media hora a su disposición.
Miró de nuevo a Gunnarsson y se descubrió pensando en las cosas que habían tenido en común: la enorme cama que chirriaba. Las vistas. Los barcos. La llave de la habitación. El calor húmedo del río.
Miró su reloj, esta vez sin ocultarlo. Algo en ello pareció irritar profundamente al otro, tal vez por llamar la atención sobre el hecho de que tenían un interés común.
Martin Beck y Kollberg se miraron el uno al otro por primera vez en más de media hora. Si tenía razón, el fin debería estar muy cerca.
El desenlace se produjo treinta segundos más tarde. Gunnarsson contempló primero a uno y luego a otro y dijo con voz clara:
—Está bien, ¿qué quieren saber?
Nadie contestó.
—Sí, tienen razón, claro, fui yo.
—¿Qué es lo que sucedió?
—No quiero hablar de eso —contestó el hombre con voz ronca.
Ahora miraba terca y fijamente la mesa. Kollberg le observaba frunciendo el ceño, luego echó una mirada a Martin Beck y le hizo una señal con la cabeza.
Martin Beck aspiró profundamente.
—Debe comprender que al final lo descubriremos todo —dijo—. Hay testigos que pueden identificarle. Encontraremos al taxista que lo trajo aquí aquella noche. Recordará si usted estaba solo o no. Su coche y piso serán examinados por expertos. La casa quemada de Hagalund también. Si ha habido un cadáver allí, quedarán restos suficientes de él. Eso no importa ahora. Fuera lo que fuese lo que le ocurrió a Alf Matsson y esté donde esté, le encontraremos. No va a ser capaz de ocultar gran cosa. Desde luego, nada importante.
Gunnarsson le miró a los ojos y le dijo:
—En ese caso, no comprendo a qué viene todo esto.
Martin Beck supo que recordaría esa observación durante años, quizá durante el resto de su vida.
Fue Kollberg quien salvó la situación, diciendo asépticamente:
—Es nuestro deber comunicarle a usted que es sospechoso de homicidio o posiblemente asesinato.
—Naturalmente tiene usted derecho a que se le asigne un abogado, para que esté presente durante los interrogatorios.
—Alf vino conmigo en el taxi. Sabía que yo tenía una botella de güisqui en casa e insistió en que nos la bebiéramos.
—¿Y?
—Ya habíamos bebido mucho. Nos peleamos.
Calló y luego se encogió de hombros.
—Preferiría no hablar de eso.
—¿Por qué se pelearon? —preguntó Kollberg.
—Me... puso furioso.
—¿Por qué?
En sus ojos azules tuvo lugar un cambio rápido. Descontrolado y cualquier cosa menos ofensivo.
—Se comportó como... Bueno, dijo ciertas cosas. Sobre mi novia. Un momento, puedo explicar cómo empezó. Si usted mira en el cajón superior derecho... encontrará unas fotografías.
Martin Beck abrió el cajón y halló las fotografías. Las sostuvo entre las yemas de sus dedos cuidadosamente. Habían sido tomadas en una playa. Y eran justamente el tipo de imágenes que dos enamorados se hacen cuando están solos en una playa. Las hojeó rápidamente, casi sin fijarse en ellas. La de abajo estaba rota y deteriorada. La mujer de los ojos claros sonreía al fotógrafo.
—Yo había ido al cuarto de baño. Cuando volví, él estaba aquí de pie revolviendo en mis cajones. Había encontrado... esas fotos. Trató de guardarse una en el bolsillo. Yo ya estaba enfadado con él, pero entonces me puse... furioso.
El hombre hizo una breve pausa y luego añadió en tono de lamento:
—Lo siento. Por desgracia no puedo recordar estos detalles con mucha claridad.
Martin Beck asintió.
—Le quité la fotografía, aunque él se resistió. Entonces empezó a gritar obscenidades sobre, sí, sobre Ann-Louise. Claro que yo sabía que eran mentiras pero no pude soportar oírlo. Hablaba en voz muy alta, casi gritando. Creo que temí que los vecinos se despertaran.
El hombre volvió a bajar los ojos. Se observó las manos y siguió:
—Bueno, eso no tenía mucha importancia. Pero quizá influyó. No sé. Tengo que intentar recordar...
—Olvide esos detalles de momento —dijo Kollberg—. ¿Qué sucedió?
Gunnarsson contemplaba sus manos insistentemente.
—Lo estrangulé —confesó muy tranquilo.
Martin Beck esperó diez segundos. Luego se pasó el dedo índice por la nariz y preguntó:
—¿Y después?
—De repente me sentí completamente sobrio, o al menos pensé que lo estaba. Él yacía en el suelo. Muerto. Serían las dos. Por supuesto, debí llamar a la policía pero entonces no me pareció tan sencillo.
Reflexionó un momento.
—¿Para qué? Todo se habría echado a perder.
Martin Beck asintió y miró su reloj. Por alguna razón, esto parecía meter prisa al hombre.
—Bueno, me quedé aquí sentado un cuarto de hora aproximadamente, pensando qué hacer. Me negaba a aceptar que la situación fuese desesperada. Todo lo que había ocurrido era tan... sorprendente. Parecía tan absurdo. En realidad no pude darme cuenta de que yo, de repente... bueno, ya hablaremos de eso después.
—Usted sabía que Matsson iba a ir a Budapest —dijo Kollberg.
—Sí, claro. Llevaba encima el pasaporte y los billetes. Sólo tenía que ir a su casa y recoger su maleta. Creo que fueron sus gafas las que me dieron la idea. Se le habían caído al suelo. Eran especiales, en cierto modo cambiaban su aspecto. Entonces me vino a la cabeza la casa aquella. Antes de mudarme había estado sentado en el balcón viendo a los bomberos hacer prácticas, cómo le prendían fuego y luego lo extinguían. Todos los lunes. Tampoco miraban muy detenidamente antes de prenderle fuego. Sabía que muy pronto quemarían lo poco que quedaba. Sin duda resulta más barato que derribar las casas del modo ordinario.
Gunnarsson lanzó una rápida y desesperada mirada a Martin Beck y se apresuró a decir:
—Entonces le quité su pasaporte, los billetes, las llaves del coche y las de su piso. Luego...
Se estremeció pero se recobró enseguida.
—Luego lo bajé hasta el coche. Esto fue la parte más difícil pero... Bueno, iba a decir que tuve suerte. Fui con el coche hasta Hagalund.
—¿Hasta el viejo caserón?
—Sí, allí todo estaba muerto. Subí... a Affe hasta el ático. Fue difícil porque parte de las escaleras casi habían desaparecido. Y allí lo dejé tras una pared suelta, bajo un montón de escombros, para que nadie le encontrara. De todos modos estaba muerto. Así que no tenía mucha importancia. Pensé.
Martin Beck miró su reloj con inquietud.
—Siga —dijo.
—Comenzaba a clarear. Fui a Fleminggatan, recogí su maleta que ya estaba hecha y la metí en el coche de Affe. Luego volví aquí, limpié todo un poco y tomé sus gafas y su abrigo, que aún colgaba en el vestíbulo. Regresé casi enseguida. No me atreví a quedarme y esperar. Así que cogí su coche, fui hasta Arlanda y aparqué allí.
El hombre miró suplicante a Martin Beck y siguió:
—Todo fue sobre ruedas. Me puse las gafas pero el abrigo era demasiado pequeño. Lo llevé al brazo y pasé el control de pasaportes. No recuerdo mucho del viaje pero todo resultó muy fácil.
—¿Cómo pensaba salir de allí?
—Sólo sabía que de alguna forma tendría que ser. Pensé que lo mejor sería tomar el tren hasta la frontera austriaca y tratar de cruzarla ¡legalmente. Llevaba mi propio pasaporte en el bolsillo y podía regresar a Suecia desde Viena con él. Ya había estado allí, así que sabía que no me sellarían la salida. Pero tuve suerte de nuevo. Al menos eso creí.
Martin Beck asintió.
—El alojamiento escaseaba y a Affe le habían reservado habitación en dos hoteles diferentes. La primera noche en uno, que no me acuerdo cómo se llamaba.
—El Ifjuság.
—Sí, quizás. Allí se alojaba un grupo de personas que hablaban francés. Creí entender que habían llegado antes, aquel mismo día. Parecían estudiantes y varios de ellos llevaban barba. Cuando entregué el pasaporte de Affe, de Matsson, el conserje estaba distribuyendo otros en los casilleros. De personas ya registradas. Me quedé un momento en el vestíbulo y cuando el conserje se alejó un instante tuve la oportunidad de apoderarme de uno de aquellos pasaportes. Sólo tuve que mirar tres de ellos hasta hallar uno que me pareció conveniente. Era belga. De un individuo llamado Roederer o algo así. El nombre me recordó una marca de champán.
Martin Beck miró disimuladamente su reloj.
—¿Y a la mañana siguiente?
—Entonces me devolvieron el pasaporte de Affe, el de Matsson y me fui a otro hotel. Grande y elegante. Se llamaba Duna. Entregué el pasaporte de Affe en el mostrador de recepción y dejé su maleta en la habitación. No me quedé más de media hora. Luego me marché. Había conseguido un plano de la ciudad y pude localizar la estación. Por el camino me di cuenta de que aún tenía la llave de la habitación en mi bolsillo. Era grande y un estorbo, así que la arrojé ante una comisaría de policía frente a la que pasé. Me pareció buena idea.
—No especialmente —comentó Kollberg.
Gunnarsson forzó una sonrisa apagada.
—Llegué a tiempo para coger el expreso de Viena, que tardó sólo cuatro horas. Primero me quité las gafas de Affe, claro, y enrollé el abrigo. En la frontera utilicé el pasaporte belga y todo volvió a salir bien. El tren iba atestado y el funcionario de pasaportes tenía prisa. Por cierto, era una chica. En Viena un taxi me llevó desde Ostbahnhof directamente al aeropuerto y subí a bordo del avión de la tarde para Estocolmo.
—¿Qué hizo usted con el pasaporte de Roederer? —preguntó Martin Beck.
—Lo rompí y arrojé los pedacitos en un retrete de Ostbahnhof. Las gafas también. Aplasté los cristales y rompí la montura.
—¿Y el abrigo?
—Lo colgué de un gancho en la cafetería de la estación.
—¿Y por la noche ya estaba de vuelta aquí?
—Sí, fui a la redacción y entregué un par de artículos que había escrito antes.
Reinó el silencio en la habitación. Por último, Martin Beck preguntó:
—¿Probó usted la cama?
—¿Dónde?
—En el Duna.
—Sí, chirriaba.
Gunnarsson volvió a mirarse las manos. Luego dijo con voz apagada:
—Estaba en una situación muy difícil. No sólo por mí mismo.
Miró rápido a la fotografía.
—Si no hubiera ocurrido nada... imprevisto me habría casado el domingo. Dentro de una semana. Y...
—¿Y?
—Realmente fue un accidente. Usted puede comprender...
—Sí —respondió Martin Beck.
Kollberg apenas se había movido en la última hora. Ahora de repente se encogió de hombros y exclamó con irritación:
—Está bien. ¡Vamos!
El hombre que había matado a Alf Matsson gimoteó de repente.
—Sí, claro —musitó con voz espesa—. Lo siento.
Se levantó rápido y se dirigió al cuarto de baño. Ninguno de los otros dos se movió pero Martin Beck observó con cara de poca felicidad la puerta cerrada. Kollberg siguió su mirada y dijo:
—No hay nada ahí con lo que pueda hacerse daño. Incluso he quitado el vaso del cepillo de dientes.
—Había una caja de somníferos sobre la mesita de noche. Por lo menos veinticinco.
Kollberg entró en el dormitorio y volvió.
—Han desaparecido —anunció.
Se quedó mirando la puerta del cuarto de baño.
—¿Debemos...?
—No —contestó Martin Beck—. Esperaremos.
No necesitaron esperar más de treinta segundos. Åke Gunnarsson salió espontáneamente. Sonrió débilmente y preguntó:
—¿Podemos irnos ya?
Nadie le contestó: Kollberg entró en el cuarto de baño, se subió en la taza del retrete, alzó la tapa de la cisterna, metió la mano y sacó la caja de píldoras, vacía. Leyó la etiqueta mientras regresaba hacia el despacho.
—Vesparax —dijo—. Son peligrosas.
Luego miró a Gunnarsson y dijo con voz inquieta:
—Eso era una tontería, ¿no cree? Ahora tendremos que llevarlo al hospital. Le pondrán un babero que le llegará hasta los pies y le meterán un tubo de goma por la garganta. Mañana no podrá comer ni hablar.
Martin Beck llamó por teléfono pidiendo un coche patrulla.
Bajaron rápidamente las escaleras, impulsados todos por el mismo deseo de salir de allí cuanto antes. El coche patrulla ya estaba esperando.
—Es un caso de lavado de estómago —le advirtió Kollberg—. Muy urgente. Les seguiremos.
Cuando Gunnarsson estuvo sentado en el coche, Kollberg pareció recordar algo. Abrió la puerta un instante y preguntó:
—Cuando se dirigió usted del hotel al tren, ¿fue primero a una estación equivocada?
El hombre que había matado a Alf Matsson se le quedó mirando con ojos que ya empezaban a parecer vidriosos y extraños.
—Sí, ¿cómo lo sabía?
Kollberg cerró la puerta. El coche se alejó. El policía que iba al volante hizo sonar la sirena en la primera esquina.
En el solar de los bomberos de Hagalund se movían con cuidado policías con monos grises entre montones de cenizas y vigas chamuscadas. Un pequeño grupo de paseantes domingueros con cochecitos de niño y bandejas de pasteles se había concentrado junto a la zona acordonada y observaba con curiosidad el espectáculo. Eran ya más de las cuatro.
En cuanto Martin Beck y Kollberg salieron del coche, Stenström se apartó de un grupo de policías y se acercó a ellos.
—Tenían razón —dijo—. Está ahí, pero no queda mucho de él.
Una hora más tarde estaban de nuevo de camino hacia el centro de la ciudad. Al pasar junto al Norrtull, Kollberg dijo:
—Dentro de una semana, la empresa que va a construir allí lo hubiera aplastado todo con un bulldozer.
Martin Beck asintió.
—Lo hizo lo mejor que pudo —dijo Kollberg filosóficamente—. Y no lo hizo mal del todo. Si hubiera sabido un poco más de Matsson y se hubiese tomado la molestia de ver lo que había en la maleta, y dejado el avión en Copenhague en vez de correr el riesgo de borrar el sello de su pasaporte...
Dejó la frase sin terminar. Martin Beck lo miró de reojo.
—Entonces, ¿crees que se habría salido con la suya?
—No —replicó Kollberg—. Claro que no.
Pasaron junto a las piscinas Vanadis, llenas de gente a pesar del dudoso tiempo veraniego. Kollberg carraspeó y dijo:
—No veo porqué aún sigues con esto. Se supone que estás de vacaciones.
Martin Beck miró el reloj. Hoy ya no le daría tiempo de ir a la isla.
—Puedes dejarme en Odengatan —dijo.
Kollberg se detuvo ante un cine que había en la esquina.
—Hasta luego.
—Hasta luego.
Ni siquiera se estrecharon las manos. Martin Beck se quedó parado en la acera viendo cómo se alejaba el coche. Luego, cruzó la calle en diagonal, dobló la esquina y entró en un restaurante que había allí, el Metropol. El bar tenía una iluminación velada y agradable y en una de las mesitas del rincón se desarrollaba una conversación en voz baja.
Se sentó ante la barra.
—Whisky —dijo.
El barman era un hombre alto con ojos tranquilos, movimientos rápidos y una chaqueta blanca como la nieve.
—¿Agua con hielo?
—Sí, ¿por qué no?
—De acuerdo —dijo el barman—. Muy bien. Un whisky con hielo. Estupendo.
Martin Beck permaneció en aquel taburete del bar durante cuatro horas. No volvió a hablar, pero de vez en cuando señalaba su vaso con el dedo. El hombre de la chaqueta blanca tampoco dijo nada. Era mejor así.
Martin Beck contemplaba su propio rostro en el espejo ahumado tras la fila de botellas. Cuando la imagen empezó a hacerse borrosa, llamó a un taxi y se fue a casa. Ya en el vestíbulo comenzó a desvestirse.
26
Martin Beck se despertó sobresaltado. Había dormido profundamente y sin sueños. La manta y la sábana se le habían caído al suelo y tenía frío.
Cuando se levantó para cerrar la puerta del balcón, sus ojos centelleaban. Las sienes le palpitaban y tenía el paladar áspero y seco. Se dirigió al cuarto de baño y, con dificultad, se tragó dos aspirinas, que acompañó con un sorbo de agua. Luego se volvió a la cama, se tapó con la sábana y la manta y trató de volver a dormir. Tras un par de horas de semisueño lleno de pesadillas, se levantó y se dio una larga ducha antes de vestirse lentamente. Luego salió al balcón y se quedó allí, con los codos apoyados sobre la barandilla, la barbilla entre las manos.
El cielo estaba alto y claro, el frío aire de la mañana parecía un presagio de otoño. Durante un rato, se quedó mirando a un gordo perro salchicha que se movía con lentitud entre los troncos de los árboles de un pequeño pinar situado frente al edificio. Lo llamaban zona verde, pero no merecía tal nombre. El suelo entre los árboles estaba cubierto de agujas secas de pino y basura, y la poca hierba que había a principios del verano había desaparecido de tanto pisarla.
Martin Beck volvió al dormitorio e hizo la cama. Luego, inquieto, dio vueltas un rato por las habitaciones, recogió varios libros y otras pequeñas cosas, los metió en su maletín y abandonó el piso.
Cogió el metro hasta Slussen. El barco no zarpaba hasta al cabo de una hora, así que dio un paseo por el muelle de Skeppsbron en dirección al puente Strömbron. En el muelle de Blasieholmen estaba atracado su barco con la pasarela bajada; dos hombres de la tripulación amontonaban cajas en la cubierta de proa. Martin Beck no subió a bordo, continuó caminando y se detuvo en la terraza de al Chapman a tomar una taza de té, que le hizo sentirse aún peor.
Cuando quedaba un cuarto de hora para la salida, subió al barco del archipiélago; era de vapor y lanzaba humo blanco por la chimenea. Subió a cubierta y se sentó en el mismo sitio en que había estado al comienzo de sus vacaciones, apenas dos semanas antes. Ahora nadie iba a impedirle terminarlas, pensó. Pero ya no sentía placer ni entusiasmo ante la idea de sus vacaciones en la isla.
La máquina retumbaba, el barco retrocedió apartándose del muelle, la sirena aulló y Martin Beck se apoyó sobre la borda, mirando fijamente los remolinos de espuma que formaba el agua. La agradable sensación de unas vacaciones veraniegas había desaparecido y se sintió desgraciado.
Al cabo de un rato se dirigió al salón y se bebió una botella de agua mineral. Cuando salió de nuevo a cubierta, su sitio había sido ocupado por un hombre gordo de cara colorada, vestido con traje sport y boina. Antes de que Martin Beck tuviera tiempo de retirarse, el hombre gordo se presentó y soltó un torrente de palabras sobre la belleza del archipiélago. Martin Beck escuchó apáticamente mientras el hombre le señalaba y nombraba las islas por las que pasaban. Finalmente, logró cortar el monólogo y huir del experto en el archipiélago bajando al salón de popa.
El resto del viaje lo pasó acostado en la penumbra, en uno de los duros bancos tapizados de felpa, viendo cómo el polvo se arremolinaba en el rayo de luz verdosa de la escotilla.
Nygren le esperaba en el malecón, sentado en su lancha motora.
Al acercarse a la isla, apagó el motor y dejó que la lancha se deslizara a lo largo del pequeño embarcadero, de modo que Martin Beck pudiera saltar a tierra. Luego volvió a poner en marcha el motor, saludó con la mano y desapareció tras doblar la punta.
Martín Beck subió andando hasta la casa. Su mujer estaba tendida en el suelo, a sotavento, detrás de la casa, tomando el sol desnuda sobre una manta.
—¡Hola!
—¡Hola! No te he oído venir.
—¿Dónde están los niños?
—Por ahí, con la barca.
—¿Ah, sí?
—¿Qué tal en Budapest?
—Bueno... muy bonito. ¿No has recibido las postales que te mandé?
—No.
—Ya llegarán, supongo.
Entró en la casa, bebió un poco de agua y se quedó inmóvil, mirando la pared. Pensó en la mujer rubia con la cadena, y se preguntó si habría estado mucho tiempo llamando al timbre sin que nadie abriera la puerta. O si llegó tan tarde que el piso ya estaba lleno de policías con pinzas y botes de polvos.
Oyó a su mujer entrar en la habitación.
—¿Cómo te encuentras?
—No muy bien —contestó Martin Beck.
FIN
1 ¿Desayuno no bueno?, en alemán. (N. del T.)
2 Érase una vez un joven de Dundee
que dijo: «No pueden pasar sin mí.
No hay casa completa
sin mí y mi asiento.
Mis iniciales son WC.» (N. del T.)