Publicado en
octubre 31, 2010
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Una extraña concatenación de suicidios y accidentes acaba con la vida de los miembros de una banda de vulgares ladrones de coche. Uno de ellos yace muerto sobre la cama, hecha y limpia. Dos policías rompen la cerradura y penetran en la casa. Tan sólo hay dos palabras escritas junto al teléfono: Martin Beck. El inspector-jefe de la Brigada de Homicidios de Estocolmo ignora qué hace esa anotación con su nombre en aquella habitación.
A pocos kilómetros, uno de sus hombres está a punto de convertirse en héroe, Gunvald Larsson. A medianoche el edificio que vigila salta por los aires. Cuatro muertos y un sinfín de heridos que saca del fuego con sus propias manos. Dos ladrones y dos prostitutas han fallecido. Uno ya lo estaba mucho antes de las llamas. Otro suicidio. ¿Qué está pasando? El rastro de uno de los fallecidos le conduce hasta una banda internacional de tráfico de coches robados. Pero, ¿qué tiene que ver Martin Beck? ¿Quién es el exterminador?
Título original:
THE FIRE ENGINE THAT DISAPPEARED
Traducción: Basi Mira de Maragall
1 edición: julio, 1983
La presente edición es propiedad de Editorial Bruguera, S. A.
Camps y Fabrés, 5. Barcelona (España)
© 1967 by Maj Sjwall and Per Wahlöö Traducción:
© 1983 by Editorial Bruguera, S. A.
Ilustraciones interiores: Edmon Diseño de colección: Neslé Soulé
Printed in Spain
ISBN 84-02-09578-X / Depósito legal: B. 20. 304 - 1983
Impreso en los Talleres Gráficos de Editorial Bruguera, S. A.
Carret. Nacional 152, km 21,650. Parets del Vallès (Barcelona) - 1983
1
El hombre yacía muerto sobre la cama, hecha y limpia. Antes de echarse se había quitado la chaqueta y la corbata, y las había colgado en el respaldo de la silla junto a la puerta. Se había desatado los zapatos, los había colocado bajo la silla y se había puesto unas zapatillas de piel negra. Había fumado tres cigarrillos con filtro, y había aplastado luego las colillas en el cenicero que estaba encima de la mesilla de noche. Después se había echado en la cama, boca arriba, y se había disparado un tiro en la boca.
Aquello ya no tenía un aspecto tan pulcro.
El vecino más próximo era un capitán prematuramente retirado del ejército, que el año anterior se había herido en la cadera durante una cacería de alces. Desde el accidente padecía insomnio y solía sentarse a hacer solitarios durante la noche. Estaba precisamente cogiendo la baraja de cartas cuando oyó el disparo al otro lado de la pared y llamó en el acto a la policía.
Eran las cuatro menos veinte de la mañana del día siete de marzo cuando dos policías de radio patrulla rompieron la cerradura y entraron en el apartamento en el que treinta y dos minutos antes había muerto el hombre tendido en la cama. No les costó mucho tiempo constatar que se trataba, casi con toda seguridad, de un suicidio. Antes de volver al coche para informar de la muerte a través de la radio examinaron el apartamento, cosa que, por otra parte, no debían haber hecho. Además del dormitorio, constaba de una sala de estar, una cocina, un vestíbulo, un cuarto de baño y un guardarropa. No encontraron ningún mensaje ni una carta de despedida. La única indicación que pudieron hallar fueron dos palabras escritas en la libreta colocada junto al teléfono. Las dos palabras componían un nombre. Un nombre que los dos policías conocían bien.
Martin Beck.
Era el día de santa Otilia.
Poco después de las once de la mañana, Martin Beck abandonó la comisaría Sur y se dirigió hacia la tienda estatal de venta de licores, en Karusellpan. Se puso en la cola y compró una botella de Nutty Solera. Camino del metro, compró también una docena de tulipanes rojos y una lata de galletas de queso inglesas. Uno de los seis nombres que su madre recibió en el bautismo era el de Otilia y él iba a felicitarla.
El asilo de ancianos era una casa grande y vieja. Demasiado vieja e incómoda, al decir de los que trabajaban en ella. La madre de Martin Beck no se había instalado allí porque se sintiera incapaz de arreglárselas sola. A pesar de sus setenta y ocho años estaba todavía bastante bien, pero no quería ser una carga para su único hijo. Por eso se había asegurado con tiempo una plaza en el asilo, y cuando quedó una habitación libre en buenas condiciones, es decir, cuando murió el ocupante anterior, se deshizo de buena parte de sus cosas y se trasladó allí. Desde la muerte de su padre, diecinueve años atrás, Martin Beck había sido su único apoyo, y de vez en cuando sentía remordimientos por no ser él quien cuidara personalmente de ella. En su interior, agradecía íntimamente a su madre que hubiera decidido por sí sola su situación sin pedirle ni siquiera consejo. Atravesó una de las salitas de estar, tristes y pequeñas, en las que nunca había visto a nadie sentado, continuó a lo largo del pasillo sombrío y llamó a la puerta de su madre. Cuando entró, su madre le miró sorprendida; estaba un poco sorda y no había oído sus golpes discretos. Su cara se iluminó, dejó el libro que tenía en las manos e hizo ademán de levantarse. Martin Beck se acercó rápidamente a ella, la besó en la mejilla y la obligó con suavidad a sentarse de nuevo.
—No empieces a moverte de un lado para otro por mí —dijo él.
Dejó las flores en su regazo y puso la botella y la lata de galletas sobre la mesa.
—Felicidades, querida madre.
Ella quitó el papel que envolvía las flores y exclamó:
—¡Qué flores tan preciosas! Y las galletas. Y vino, o... ¿qué es esto? ¡Ay, jerez, Dios mío!
Se levantó, y a pesar de las protestas de Martin Beck, fue hasta la alacena y cogió un jarro de plata que llenó con agua del lavabo.
—No estoy tan vieja y decrépita como para no poder andar —dijo—. Siéntate tú en cambio. ¿Qué vamos a tomar, jerez o café?
El colgó el sombrero y el abrigo, y se sentó.
—Lo que tú prefieras —contestó.
—Entonces haré café —dijo ella—. Así podré ahorrar el jerez, ofrecérselo alguna vez a mis viejas amigas y presumir de buen hijo. Hay que aprovechar los temas alegres.
Martin se sentó en silencio, observándola mientras encendía el hornillo eléctrico y medía el agua y el café. Era menuda y frágil y cada vez que la veía de nuevo parecía haberse vuelto más pequeña.
—¿Te aburres aquí, madre?
—Yo no me aburro nunca.
La contestación le sonó demasiado rápida y desenfadada para creerla. Antes de sentarse, puso el pote de café sobre el hornillo y el jarro de flores encima de la mesa.
—No te preocupes por mí —dijo la anciana—. Tengo muchas cosas que hacer. Leo, hablo con mis amigas y hago punto. Algunas veces me llego hasta la ciudad sólo para echar un vistazo, aunque es horrible ver cómo lo están echando todo abajo. ¿Has visto cómo han derrumbado el edificio donde tu padre tenía su negocio?
Martin Beck asintió. Su padre había tenido una pequeña empresa de transportes en Klara, y en su lugar había ahora un centro comercial de cristal y hormigón. Miró la fotografía de su padre, colocada sobre la cómoda al lado de la cama. La fotografía había sido tomada a mediados de siglo, cuando él sólo tenía unos pocos años y su padre era todavía un hombre joven de ojos claros, pelo brillante y peinado con raya al lado, y con una barbilla prominente. La gente solía decir que Martin Beck se parecía a su padre, parecido que él nunca había sido capaz de ver y que si existía se limitaba, en todo caso, a la apariencia física. Recordaba a su padre como un hombre franco, alegre, que se ganaba fácilmente la simpatía de la gente y que se reía y bromeaba a menudo. Martin Beck se hubiera descrito a sí mismo como una persona más bien tímida y bastante aburrida. En la época en que se hizo la fotografía, su padre trabajaba como obrero de la construcción, pero años más tarde llegó la depresión y se quedó sin trabajo durante un par de años. Martin Beck sospechaba que su madre no había podido olvidar aquellos tiempos de pobreza y de inseguridad. Y aunque más tarde consiguieron una situación económica más confortable, nunca había dejado de preocuparse por el dinero. Todavía se resistía a comprar algo nuevo si no era absolutamente necesario, y tanto sus ropas como los pocos muebles procedentes de su antigua casa, acusaban el paso de los años.
Martin Beck intentaba darle algún dinero de vez en cuando, y a menudo se ofrecía a pagarle el alquiler del asilo, pero ella era obstinada y orgullosa y quería ser independiente.
Cuando el café acabó de hervir, Martin le acercó el pote y dejó que ella lo sirviera. Su madre había sido siempre muy solícita con él y de pequeño nunca le había permitido que la ayudara a fregar los platos ni siquiera que se hiciera su propia cama. Martin no se percató de los efectos negativos de la excesiva solicitud de su madre hasta que descubrió su propia incapacidad para realizar cualquier tarea doméstica, por sencilla que fuese.
La miraba divertido mientras ella se ponía un terrón de azúcar en la boca antes de sorber un poco de café; nunca la había visto tomar el café con un terrón de azúcar. Ella advirtió que la estaba mirando y le dijo:
—Bueno, uno puede tomarse ciertas libertades cuando se llega a mi edad —dejó su taza y se inclinó hacia atrás, con las manos delgadas y pecosas cruzadas sobre el regazo—. Y ahora —dijo—, cuéntame qué hacen mis nietos.
Martin Beck tenía especial cuidado en no referirse nunca a sus hijos, delante de su madre, en términos que no fueran elogiosos. Para ella, sus nietos eran los niños más guapos, más listos y brillantes que existían. Martin creía que él veía a sus hijos de un modo objetivo y presumía que eran bastante parecidos a la mayoría de los niños. Sus relaciones eran muy buenas con su hija Ingrid, de dieciséis años, una chica vivaz, inteligente, que no tenía dificultades en la escuela y era sociable. Rolf iba a cumplir los trece años y era un niño más difícil. Perezoso e introvertido, totalmente desinteresado por todo lo relacionado con la escuela, no parecía tener, tampoco, otros intereses o aptitudes especiales. A Martin Beck le preocupaba la apatía de su hijo, pero confiaba en que era debido a la edad y en que el chico acabaría por vencer su indiferencia. Como en aquel momento no podía decir nada favorable de Rolf, y su madre no le hubiera creída si le hubiese dicho la verdad, evitó el tema. Mientras le explicaba los últimos progresos de Ingrid en la escuela, su madre le preguntó inesperadamente:
—¿Y Rolf? No irá a meterse en el cuerpo de policía cuando deje la escuela, ¿verdad?
—No lo creo. De todos modos tiene sólo trece años. Es un poco pronto para empezar a preocuparse por estas cosas.
—Porque si lo intentase —prosiguió— debes impedírselo. Nunca he comprendido tu empeño en ser policía. Y ahora debe ser una profesión aún peor que cuando tú empezaste. Dime la verdad, Martin, ¿por qué entraste en el cuerpo de policía?
Martin se quedó mirándola asombrado. Era cierto que su madre se había opuesto a su elección cuando él decidió tomar esa profesión, hacía ya veinticuatro años, pero le sorprendió que sacara a relucir el tema a estas alturas. Había accedido al cargo de inspector jefe en la Sección de Homicidios hacía menos de un año, y las condiciones de su trabajo distaban mucho de ser las mismas que cuando era un joven policía de patrulla.
Se inclinó hacia adelante y le dio unas palmaditas cariñosas en la mano.
—Ahora estoy bien, madre. La mayor parte del tiempo lo paso sentado a mi mesa de trabajo. Pero, claro está, también yo me he hecho a menudo la misma pregunta.
Era cierto. Más de una vez se había preguntado qué motivo le había impulsado a convertirse en policía. Hubiera podido contestar, naturalmente, que en aquellos dos años de guerra era una buena manera de evadirse del servicio militar. Después de dos años de baja a causa de una dolencia pulmonar, le habían declarado apto para el servicio. Esta era una razón de peso. En 1944 no se toleraba a los objetores de conciencia. Muchos de los que escaparon del servicio militar por el mismo procedimiento que él, habían cambiado luego de profesión, pero él había continuado en el cuerpo y al cabo de unos años había ascendido al cargo de inspector jefe. Esto parecía indicar que era un buen policía, pero no estaba seguro del todo. Conocía varios ejemplos de altos cargos en la policía desempeñados por policías mediocres. Y. además, tampoco estaba seguro de querer ser un buen policía si el serlo implicaba una conducta rigurosa que le impidiera desviarse ni un ápice del reglamento estricto. Recordaba lo que Lennart Kollberg había dicho en cierta ocasión, hacía ya tiempo: «Tenemos cantidad de buenos polis entre nosotros. Chicos algo tontos, que son buenos agentes: inflexibles, obtusos, duros, satisfechos de sí mismos, pero buenos agentes. Sería preferible que tuviéramos algunos que, además de buenos policías, fueran buenos chicos. »
Su madre salió fuera con él y dieron una vuelta por el parque. La nieve blanda y fangosa hacía difícil andar y el aire helado silbaba entre las ramas de los altos árboles desnudos. Después de deslizarse de un lado a otro con cierta dificultad durante unos diez minutos, la acompañó de nuevo a la entrada y le dio un beso en la mejilla. Se volvió a mirarla mientras descendía por el camino y la vio de pie, diciéndole adiós desde la puerta. Pequeña, encogida y gris.
Tomó el metro de regreso a la comisaría Sur, en Västberga Alle. De camino hacia su despacho echó una ojeada a la habitación de Kollberg. Kollberg era inspector y al mismo tiempo su ayudante y uno de sus mejores amigos. La habitación estaba vacía. Miró su reloj de pulsera. Era la una y media de un jueves. No era necesario pensar mucho para adivinar dónde podía estar Kollberg. Por un momento Martin Beck pensó en reunirse con él y compartir su sopa de guisantes, pero después se acordó de su estómago y desistió. Ya lo tenía bastante revuelto a causa de las repetidas tazas de café que su madre le había instado a tomar.
En su bloc de notas había un breve mensaje sobre el hombre que se había suicidado aquella misma mañana.
Su nombre era Ernst Sigurd Karlsson y tenía cuarenta años. Era soltero y su familiar más próximo era una tía anciana que vivía en Boras. Trabajaba en una compañía de seguros y faltaba a su trabajo desde el lunes. Una gripe, se creía. Según sus compañeros de trabajo era un solitario, y por lo que sabían de él, no creían que tuviera amigos íntimos. Sus vecinos decían que era tranquilo e inofensivo, iba y venía con regularidad y recibía muy pocas visitas. Los tests que se habían hecho de su escritura demostraron que era él, en efecto, quien había escrito el nombre de Martin Beck en el bloc del teléfono. El hecho de su suicidio no ofrecía dudas.
No quedaba, pues, nada que añadir sobre el caso. Ernst Sigurd Karlsson se había quitado la vida y, como el suicidio no se consideraba un delito en Suecia, a la policía no le quedaba gran cosa que hacer. Todas las preguntas habían sido resueltas. Excepto una. Quienquiera que hubiese escrito el informe había formulado también una pregunta: ¿tenía el inspector jefe alguna relación con el hombre en cuestión y podía añadir algo más? Martin Beck, de hecho, no podía. Nunca había oído hablar de Ernst Sigurd Karlsson.
2
Cuando Gunvald Larsson dejó su despacho de la comisaría de Kungsholmsgatan eran las diez y media de la noche y no abrigaba la más ligera intención de convertirse en un héroe, si no se considera como una hazaña ir a su casa de Bollmora, tomar una ducha, ponerse el pijama y meterse en la cama. Gunvald Larsson pensó en su pijama con verdadero placer. Era nuevo, comprado aquel mismo día, y la mayoría de sus colegas no habrían dado crédito a sus oídos si hubieran oído lo que le había costado. Camino de su casa tenía que cumplir un deber de poca importancia que no le retrasaría más de cinco minutos, a más tardar. Mientras iba pensando en su pijama, se puso, forcejeando, el chaquetón búlgaro de piel de cordero, apagó la luz, cerró la puerta de golpe y se fue. El viejo ascensor que subía hasta su apartamento funcionaba mal como de costumbre y tuvo que dar dos patadas en el suelo antes de que se decidiera a ponerse en marcha. Gunvald Larsson era un hombre fornido, que medía un metro ochenta y ocho y pesaba más de noventa kilos, así que cuando golpeaba el suelo con sus pies era imposible dejar de oírlo.
Fuera, hacía frío y viento, con ráfagas de nieve seca y arremolinada, pero sólo le separaban de su coche unos pocos pasos, de modo que no tenía por qué preocuparse del tiempo.
Gunvald Larsson condujo a través del puente de Väster mientras miraba con indiferencia a su izquierda. Vio el Ayuntamiento con la luz amarilla reflejándose en las tres coronas doradas de la aguja de la torre y miles y miles de luces que no podía identificar. Desde el puente continuó directamente hasta Hornsplan, y después hacia la derecha, junto a la estación del metro en Zinkensdamm. Recorrió unos quinientos metros en dirección sur a lo largo de Ringvägen, luego frenó y se detuvo.
En esta zona, a pesar de hallarse en el centro de Estocolmo, apenas hay edificios. En la parte oeste de la calle se extiende Tantolunden, un parque de pequeñas colinas; hacia el este hay un montículo rocoso, un parking y un puesto de gasolina. Se llama Sköldgatan, y en realidad no es una calle sino más bien un trozo de carretera que por alguna absurda razón se ha quedado así, desde que los planificadores urbanos, con un celo dudoso, devastaron este distrito de la ciudad del mismo modo que muchos otros, privándolos de su valor original y destruyendo su carácter peculiar.
Sköldgatan es un trozo de carretera de unos trescientos metros de longitud que enlaza Ringvägen y Rosenlundsgatan, y que sólo utilizan algunos taxistas o, a veces, coches de policía perdidos. En verano, es una especie de oasis con una vegetación exuberante junto a la carretera, y a pesar del abundante tráfico de Ringvägen y del ruido atronador de los trenes que pasan a una distancia de sólo cincuenta metros, la generación mayor de los infelices niños del distrito, con botellas de vino, trozos de embutido y una baraja grasienta de cartas, pueden instalarse con relativa tranquilidad entre los matorrales. En invierno nadie suele ir allí voluntariamente.
En este concreto anochecer, sin embargo, 7 de marzo de 1968, un hombre se hallaba allí, helándose, entre los arbustos de la parte sur de la carretera. No prestaba toda la atención necesaria; la dirigía sólo en parte hacia la única vivienda de la calle, un viejo edificio de madera, de dos pisos. Poco antes, las luces de dos de las ventanas del segundo piso estaban encendidas y de vez en cuando se oía música, gritos y risotadas. Pero ahora todas las luces de la casa estaban apagadas y lo único que se oía era el viento y el zumbido lejano del tráfico. El hombre que estaba entre los matorrales no se encontraba allí por propia decisión. Era un policía llamado Zachrisson y lo que más deseaba en aquel momento era poder marcharse cuanto antes.
Gunvald Larsson bajó del coche, se subió el cuello del abrigo y se encasquetó el gorro de piel hasta cubrirse las orejas. Luego atravesó a grandes zancadas la carretera más allá de la estación de gasolina y siguió avanzando con esfuerzo a través de la nieve fangosa. Era evidente que las autoridades encargadas del cuidado de las carreteras no consideraban necesario gastar sal para carreteras como aquélla, pequeñas e inútiles. La casa estaba situada a una distancia de unos 75 metros aproximadamente, a un nivel ligeramente más alto que la carretera y en ángulo recto con ella. Se detuvo frente a la casa, miró alrededor y dijo en voz baja:
—¿Zachrisson?
El hombre escondido entre los matorrales se estremeció y se dirigió hacia él.
—Malas noticias —anunció Gunvald Larsson—. Tienes que quedarte dos horas más aquí. Isaksson está enfermo.
—¡Diablos! —exclamó Zachrisson.
Gunvald Larsson inspeccionó el panorama. Luego hizo una mueca de disgusto y dijo:
—Sería mejor que te situaras en lo alto de la loma.
—Sí, si quiero que se me hiele el trasero —replicó con tono resentido Zachrisson.
—Si quieres tener un buen punto de observación. ¿Ha ocurrido algo?
El otro sacudió la cabeza.
—¡Nada, maldita sea! —exclamó—. Debían de estar celebrando alguna fiesta allá arriba hace un rato. Ahora parece que están tumbados durmiendo la mona.
—¿Y Malm?
—También él hace tres horas que apagó la luz.
—¿Ha estado solo durante todo este tiempo?
—Han entrado tres personas desde que llegué. Un chico y dos chicas. Vinieron en taxi. Creo que iban también a esa fiesta.
—¿Crees? —dijo Gunvald Larsson en tono inquisitivo.
—Bueno, qué demonios va a pensar uno. Yo no tengo...
Los dientes de Zachrisson castañeteaban de frío y le impedían hablar claro. Gunvald Larsson le examinó críticamente y le preguntó:
—¿Qué es lo que no tienes?
—Ojos con rayos equis —contestó Zachrisson desalentado.
Gunvald Larsson tendía a ser severo y poco comprensivo con las debilidades humanas. Como oficial de policía no era muy popular y mucha gente le temía. Si Zachrisson le hubiera conocido mejor, no se hubiera atrevido a comportarse como lo había hecho, es decir, con naturalidad, pero ni siquiera Gunvald Larsson podía dejar de ver que estaba exhausto y helado, y que su condición y su capacidad de observador difícilmente iban a mejorar durante las próximas horas.
Se percataba de lo que debía hacerse, pero no por eso pensó en abandonar la cuestión. Con un gruñido de irritación dijo:
—¿Tienes frío?
Zachrisson soltó una falsa carcajada y trató de arrancarse los carámbanos de las pestañas.
—¿Frío? —dijo con una ironía torpe—. Me siento como los tres mártires metidos en el horno ardiente.
—No estás aquí para hacer bromas —le señaló Gunvald Larsson—. Estás aquí para hacer tu trabajo.
—Sí, lo siento, pero...
—Y parte de este trabajo consiste en mantenerte caliente, bien abrigado y mover tus pies planos de vez en cuando. Y ten cuidado, pues quizás esto no sea tan divertido... más adelante.
Zachrisson empezó a sospechar algo. Reprimió a medias un escalofrío y dijo en tono de disculpa:
—Sí, claro, eso está muy bien, pero...
—No está muy bien —le atajó Gunvald Larsson irritado—. Ocurre que tengo la responsabilidad de este asunto y prefiero que no lo estropee un torpe policía novato.
Zachrisson sólo tenía veintitrés años y era un simple policía. En aquel momento pertenecía a la Sección de Protección en el Distrito Segundo. Gunvald Larsson tenía veinte años más, y era inspector en el Departamento de Homicidios de Estocolmo. Cuando Zachrisson abrió la boca para replicar, Gunvald Larsson levantó su manaza derecha y dijo con aspereza:
—No más charla, gracias. Vete a la estación de Rosenlunsgatan y toma una taza de café o alguna cosa. Dentro de media hora en punto tienes que estar de vuelta, fresco y alerta, así que lárgate de prisa.
Zachrisson se fue. Gunvald miró su reloj de pulsera, suspiró y rezongó para sí: «Novato».
Luego se volvió, anduvo a través de los matorrales y empezó a subir la cuesta, murmurando y diciendo tacos por lo bajo; pues las suelas de goma de sus zapatos italianos de invierno resbalaban en las piedras heladas.
Zachrisson tenía razón al decir que el promontorio no ofrecía ninguna protección contra él helado y cortante viento del norte, y también él la tenía cuando le contestó que éste era el mejor punto de observación. La casa estaba situada directamente enfrente y ligeramente más abajo del lugar que él ocupaba. Nada le impedía observar todo lo que ocurría en el edificio y en sus alrededores inmediatos. Las ventanas estaban completa o parcialmente cubiertas de hielo y no se veían luces tras ellas. La única señal de vida era el humo de la chimenea que apenas tenía tiempo de colorearse con el frío antes de deshacerse en jirones empujados por el viento y alejarse en grandes burbujas algodonosas por el cielo sin estrellas.
El hombre situado en lo alto del montículo movió automáticamente los pies de un lado a otro y flexionó los dedos metidos en sus guantes forrados de piel de cordero. Antes de ser policía, Gunvald Larsson había sido marino, primero como simple marinero de la armada, y más tarde en buques de carga en el Atlántico Norte; las frecuentes guardias sobre los puentes descubiertos le habían enseñado el arte de mantenerse caliente. Era también un experto en esta clase de tareas, aunque ahora prefería organizarías y de hecho solía limitarse a ello. Al cabo de un rato de estar en su puesto de vigilancia discernió una luz temblorosa, como si alguien hubiera prendido una cerilla para encender un cigarrillo o mirar la hora. Automáticamente echó una ojeada a su reloj. Eran las once y once minutos. Diecisiete minutos desde que Zachrisson había dejado su puesto. Probablemente ahora debía de estar sentado en la cantina de la comisaría de policía de Maria, hartándose de café y lamentándose ante los policías libres de servicio; un placer muy breve, ya que dentro de siete minutos tenía que estar otra vez de regreso en su puesto, si no quería recibir una reprimenda de las que hacen época.
Luego se puso a pensar durante unos minutos en el número de personas que en aquel momento podría haber en la casa. El viejo edificio constaba de cuatro apartamentos; dos en la planta baja y otros dos en el primer piso. En el piso de arriba, a la izquierda, vivía una mujer soltera de unos treinta años, con tres niños, todos ellos de padres diferentes. Esto era todo lo que sabía de la mujer y le parecía suficiente. En la planta baja, debajo de ella y a la izquierda, vivía un matrimonio anciano. Tenían alrededor de setenta años y habían vivido allí casi medio siglo, en contraste con los apartamentos del piso superior, en el que los inquilinos cambiaban continuamente. El marido bebía, y a pesar de su venerable edad era un cliente habitual de las celdas de la comisaría de Maria. En el primer piso, a la derecha, vivía un hombre también conocido, pero más bien por razones criminales que por simples borracheras de sábado por la noche. Tenía veintisiete años y arrastraba tras él seis sentencias de diferente duración. Sus delitos variaban desde el de allanamiento de morada hasta verdaderos atracos. Se llamaba Roth y era él quien había organizado la fiesta para sus tres compinches, uno masculino y dos femeninos. Ahora habían parado el tocadiscos y apagado la luz, bien para dormir o bien para continuar sus diversiones de otra manera. Y era en este apartamento donde alguien había encendido una cerilla.
Debajo de él, en el ala derecha de la planta baja, vivía la persona que Gunvald Larsson estaba vigilando. Sabía cómo se llamaba y cómo era. Pero, curiosamente, no tenía la menor idea del motivo por el que le habían ordenado vigilarle.
Las cosas habían ocurrido más o menos de la siguiente manera: Gunvald Larsson era el tipo de persona a quien los periódicos califican en sus momentos de exaltación de «investigador nato del asesinato», y como en esa ocasión no había ningún crimen especial que investigar, además de sus ocupaciones habituales, le habían destinado a otro departamento como responsable de este asunto. Le habían adjudicado un grupo de cuatro hombres, elegidos al azar, y le habían dado unas instrucciones concretas: no perder de vista al hombre en cuestión, vigilar que no le ocurriera nada y tomar nota de las personas con las que pudiera tener algún contacto.
No se había molestado en averiguar de qué se trataba todo aquel asunto. Probablemente de drogas. Todo parecía relacionarse con las drogas actualmente.
La guardia duraba ya diez días y la única cosa que había podido observar respecto al hombre en cuestión era que había recibido una tarta y unas cuantas botellas de licor.
Gunvald Larsson miró su reloj. Eran las once y nueve minutos. Faltaban ocho minutos.
Bostezó y levantó los brazos para golpearse el cuerpo y entrar en calor.
En aquel preciso momento la casa explotó.
3
El fuego empezó con una explosión ensordecedora. Las ventanas del apartamento de la planta baja a la derecha volaron, y gran parte del gablete pareció ser arrancado de la casa, mientras por las vidrieras rotas se escapaban grandes llamas de un azul blanquecino. Gunvald Larsson se quedó en lo alto de la colina con los brazos extendidos como una estatua del Salvador, mirando fijamente, inmóvil, lo que ocurría al otro lado de la carretera. Pero sólo durante un instante. Luego se precipitó, resbalando cuesta abajo, maldiciendo, atravesó la calle y se dirigió hacia la casa. Mientras corría, las llamas fueron cambiando de color y de forma: se tiñeron de color anaranjado y empezaron a lamer con avidez hacia arriba, a lo largo de las tablas. Tuvo la impresión de que también el tejado había empezado a ceder sobre el lado derecho de la casa, como si parte de los mismos cimientos hubieran sido sacudidos violentamente. El apartamento de la planta baja llevaba varios segundos ardiendo, y antes de que él llegase a los escalones exteriores, delante de la puerta de entrada, en la habitación de encima prendieron también las llamas.
Abrió la puerta de golpe y vio en seguida que era demasiado tarde. La puerta de la derecha del vestíbulo se había desprendido de sus goznes y bloqueaba el paso de la escalera. Ardía como un leño gigantesco, y el fuego empezaba a extenderse hacia arriba por la escalera de madera. Una ola de intenso calor le alcanzó y retrocedió tambaleándose, chamuscado y cegado, hasta los escalones exteriores. Del interior de la casa llegaban gritos desesperados de seres humanos aterrorizados y dolientes. Según sus noticias, en el edificio se hallaban por lo menos once personas, atrapadas sin esperanza en aquella trampa mortal. Probablemente algunos de ellos estaban ya muertos. Lenguas de fuego salían disparadas de las ventanas del primer piso como de un soplete.
Gunvald Larsson miró rápidamente a su alrededor para ver si había alguna escalera o alguna otra cosa que pudiera ayudarle. No se veía nada.
Una ventana del primer piso se abrió de repente y a través del humo y de las llamas le pareció entrever una mujer o más bien una niña que estaba chillando histéricamente. Con ambas manos hizo bocina ante la boca y gritó:
—¡Salte! ¡Salte a su derecha!
La joven estaba de pie sobre la repisa de la ventana, vacilante.
—¡Salte! ¡Ahora! ¡Tan lejos como pueda! ¡Yo la cogeré!
La muchacha saltó. Llegó dando vueltas por el aire en dirección hacia él y Gunvald consiguió atrapar el cuerpo que se le venía encima, con su brazo derecho entre las piernas de ella y el izquierdo alrededor de sus hombros. No pesaba demasiado, quizá 45 o 50 kilos, y la cogió hábilmente, sin que llegara a tocar el suelo. En cuanto la tuvo en sus brazos, dio rápidamente media vuelta para protegerla del fuego que seguía rugiendo, avanzó tres pasos y la depositó en tierra. La joven apenas tenía diecisiete años. Estaba desnuda y todo su cuerpo temblaba mientras gritaba y sacudía la cabeza de un lado para otro. Aparte de esto, no parecía haber sufrido ningún daño.
Cuando se volvió de nuevo, había otra persona en la ventana, un hombre envuelto en una especie de sábana. El fuego seguía ardiendo con más fuerza cada vez, el humo brotaba a lo largo del borde del tejado, y en la parte derecha de la casa las llamas habían empezado a salir a través de las tejas. «Si ese maldito departamento de bomberos no acude pronto...», pensó Gunvald Larsson; y se acercó al fuego tanto como pudo. Se oía el crujir y el chirriar de la madera ardiendo, y sobre su cara y su chaqueta de piel de cordero caían chispas ardientes que lentamente iban quemándose y extinguiéndose.
Gritó tan fuerte como pudo para hacerse oír por encima del rugido del fuego.
—¡Salte! ¡Tan lejos como pueda, hacia la derecha!
En el momento en que el hombre saltó, el fuego prendió en el trozo de tela en el que iba envuelto. El hombre lanzó un grito penetrante al caer, y trató de desprenderse de la sábana llameante que le envolvía. Esta vez el descenso no fue tan afortunado. El hombre era mucho más pesado que la joven y se retorció al caer; con su brazo izquierdo golpeó el hombro de Gunvald Larsson y cayó pesadamente, chocando su propio hombro contra los guijarros del suelo. En el último instante, Gunvald Larsson consiguió colocar su enorme mano izquierda bajo la cabeza del hombre, evitando así que se abriera el cráneo. Le dejó en el suelo y apartó la sábana ardiente, quemándose, al hacerlo, los guantes. El hombre también estaba desnudo, exceptuando un anillo de oro de matrimonio. Se quejaba de un modo horrible y murmuraba entre sus quejidos con voz gutural, semejante a la de un chimpancé imbécil. Gunvald Larsson le hizo rodar unos cuantos metros más lejos, y le dejó echado sobre la nieve, más o menos a salvo de las maderas ardientes que seguían cayendo. Al darse la vuelta, una tercera persona, una mujer con un sujetador negro, saltó del apartamento de la derecha que estaba ya en llamas. Su pelo rojizo ardía y cayó demasiado cerca de la pared.
Gunvald Larsson se precipitó en medio de los tablones ardientes y del andamiaje de madera y la arrastró alejándola de la zona más peligrosa, apagó el fuego de su pelo con nieve, y la dejó echada en el suelo. Se dio cuenta de que la mujer se había quemado gravemente y ella continuó chillando y retorciéndose de dolor. Era evidente que también había caído mal, ya que una de sus piernas extendidas formaba con su cuerpo un ángulo enteramente anómalo. Era algo mayor que la otra mujer; quizá tendría unos veinticinco años, y era pelirroja, incluso entre los muslos. La piel de su estómago, pálida y fláccida, estaba curiosamente intacta; la cara, las piernas y la espalda eran las partes más dañadas, y también la piel entre sus senos, donde el sostén, al arder, había producido una quemadura profunda.
Cuando por última vez levantó los ojos hacia el apartamento del primer piso, vio una figura fantasmagórica que, ardiendo como una antorcha, en una patética espiral, desapareció con los brazos levantados por encima de la cabeza. Gunvald Larsson supuso que era el cuarto miembro de la reunión y comprendió que ya no había ayuda humana capaz de salvarle.
Las llamas habían alcanzado el ático y también las vigas del tejado bajo los ladrillos. Un humo cada vez más denso iba ascendiendo y se oían los crujidos del maderamen incendiado. Las ventanas situadas en el extremo izquierdo del primer piso se abrieron de pronto y alguien gritó pidiendo auxilio. Gunvald Larsson se precipitó y vio a una mujer con un camisón blanco inclinada sobre la repisa de la ventana, con un envoltorio apretado contra el pecho. Un niño. El humo salía a raudales por la ventana abierta, pero parecía probable que no hubiese llegado todavía el fuego al apartamento, o al menos a la habitación donde estaba la mujer.
—¡Socorro! —gritó desesperadamente.
Como el fuego no era tan intenso en esta parte de la casa, Gunvald pudo acercarse más a la pared, casi justo debajo de la ventana.
—¡ Eche al niño! —gritó.
La mujer lanzó al niño inmediatamente, sin vacilar un segundo, hasta el punto que le pilló desprevenido. Vio el envoltorio que se le venía encima y en el último instante extendió los brazos y lo cogió con las manos, casi como un portero de fútbol que para una pelota imprevista. El niño era muy pequeño. Gemía suavemente, pero no lloraba. Gunvald Larsson se quedó con él en los brazos durante unos segundos. No tenía ninguna experiencia con niños, y ni siquiera recordaba haber tenido alguno en sus brazos antes de ahora. Por un momento temió haber sido demasiado rudo con él y haberlo aplastado. Luego se apartó unos pasos y depositó el envoltorio en el suelo. Mientras se inclinaba sobre él, oyó unos pasos presurosos y miró hacia arriba. Era Zachrisson, jadeando y con la cara enrojecida.
—¿Qué? —dijo—. ¿Cómo...?
Gunvald Larsson le miró sin pestañear y dijo:
—¿Dónde demonios está el coche de bomberos?
—Debería estar aquí... Quiero decir... que vi el fuego desde Rosendlundsgatan, y telefoneé...
—Entonces, por Dios Santo, ¡regresa corriendo y trae el coche de bomberos y la ambulancia aquí!
Zachrisson dio media vuelta y echó a correr.
—¡Y la policía! —vociferó Gunvald Larsson tras él.
La gorra de Zachrisson cayó al suelo y él se detuvo para recogerla.
—¡Idiota! —gritó Gunvald Larsson.
Luego regresó hacia la casa. Toda la parte derecha se había convertido en un infierno rugiente y el piso del ático parecía arder también. De la ventana a la que se había asomado la mujer con el niño en brazos salía cada vez más humo y de nuevo apareció la mujer con otro niño, un niño de unos cinco años y de cabellos rubios, con un pijama azul floreado. La mujer arrojó al niño tan rápida e inesperadamente como la vez anterior, pero Larsson estaba preparado y cogió al niño sano y salvo entre sus brazos. Curiosamente, el niño no parecía asustado en absoluto.
—¿Cómo te llamas? —le gritó el niño.
—Larsson.
—¿Eres bombero?
—Por Dios, ¡apártate de aquí! —dijo Gunvald Larsson, dejando al niño en el suelo.
Miró de nuevo hacia arriba y una teja, al caer, le golpeó la cabeza. La teja estaba ardiendo y a pesar de que el gorro de piel amortiguó el golpe, durante unos instantes todo se oscureció a su alrededor. Sintió el dolor de las quemaduras en la frente y la sangre que le corría cara abajo. La mujer del camisón había desaparecido. Probablemente, pensó Larsson, para ir en busca del tercer niño. En efecto, en aquel momento la mujer reapareció en la ventana con un gran perro de porcelana en las manos que arrojó en el acto. El perro cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Al cabo de un momento, saltó ella. Esta vez la cosa no fue tan bien. Gunvald Larsson estaba situado directamente en la línea de caída de la mujer, y al recibir el impacto de su cuerpo cayó a su vez con la mujer sobre él. Se dio un golpe en la parte trasera de la cabeza y en la espalda, pero consiguió levantar a la mujer y quitársela de encima. Luego se puso en pie lentamente. La mujer no parecía estar herida, pero sus ojos tenían una mirada fija y vidriosa. Gunvald la miró y le dijo:
—¿No tiene usted otro niño?
Ella le miró fijamente, luego se enderezó y empezó a gemir como un animal herido.
—Vaya allí y cuídese de los otros dos —ordenó Gunvald Larsson.
El fuego se había apoderado ya de todo el primer piso y las llamas empezaban a salir por la ventana desde la que había saltado la mujer. Pero los dos ancianos estaban todavía en el apartamento del lado izquierdo de la planta baja. Evidentemente, el fuego no había empezado todavía allí, pero ellos no habían dado señales de vida. Probablemente el apartamento estaba lleno de humo, y era sólo cuestión de momentos que el techo cediera.
Gunvald Larsson miró a su alrededor en busca de alguna herramienta y vio una piedra enorme unos metros más allá. Estaba helada y hundida en la tierra pero consiguió desprenderla. La piedra pesaba al menos quince o veinte kilos. La levantó sobre su cabeza y con los brazos extendidos la lanzó con todas sus fuerzas contra la ventana del apartamento del extremo izquierdo en la planta baja, haciendo añicos el marco de la ventana, que se deshizo en una lluvia de astillas de cristal y madera. Se arrastró hasta el antepecho de la ventana, se apoyó en un porticón que cedió y en una mesa que se derrumbó, y fue a parar al suelo de la habitación, donde el humo era espeso y sofocante. Tosió y se tapó la boca con la bufanda de lana. Luego arrancó la persiana y miró alrededor. El fuego rugía y al resplandor tembloroso de las luces del exterior distinguió una figura que yacía en un montón informe en el suelo. Era indudablemente la anciana. La levantó, transportó el débil cuerpo hasta la ventana, la cogió por debajo de los brazos y la depositó cuidadosamente en el suelo, donde ella volvió a acurrucarse contra la pared maestra. Parecía estar viva pero apenas consciente.
Respiró hondo y volvió al apartamento, arrancó la persiana de la otra ventana y destrozó la ventana con una silla. El humo se elevaba ligeramente, pero por encima de él el techo empezaba a combarse y alrededor de la puerta del vestíbulo iban apareciendo lenguas de fuego de color anaranjado. No tardó más de quince segundos en encontrar al hombre. No había conseguido salir de la cama, pero estaba vivo y tosía débilmente, lastimeramente.
Gunvald Larsson apartó la manta, se echó el anciano sobre los hombros, atravesó la habitación y descendió por la pared entre una cascada de continuas chispas. Tosía ásperamente y apenas podía ver la sangre que se le escurría desde la herida de la frente, mezclándose con el sudor y las lágrimas.
Con el viejo todavía a cuestas, arrastró a la anciana y los depositó uno al lado del otro en el suelo. Luego examinó a la mujer para comprobar si todavía respiraba. En efecto, estaba viva. Se quitó la chaqueta de piel de cordero, le arrancó unas cuantas brasas que habían quedado adheridas, la utilizó para cubrir a la joven desnuda que continuaba lanzando sus gritos histéricos, y la llevó junto a los otros. Se quitó también la chaqueta de tweed y cubrió con ella los dos niños; dio la bufanda de lana al hombre desnudo, que inmediatamente se la enrolló alrededor de las caderas. Por último se acercó a la mujer pelirroja, la levantó y la llevó al lugar de la reunión. Despedía un olor repulsivo y lanzaba gritos terribles.
Miró en dirección a la casa, que ahora ardía por todas partes, ferozmente y sin obstáculos. Algunos coches se habían detenido junto a la carretera y la gente, asombrada, empezaba a apearse de ellos. Gunvald los ignoró. Se quitó la gorra chamuscada y la aplicó sobre la frente de la mujer del camisón. Le repitió la pregunta que le había hecho pocos minutos antes:
—¿Tiene usted otro crío?
—Sí, Kristina... su habitación está en el ático.
Y al instante, la mujer rompió a llorar de modo incontrolable.
Gunvald Larsson asintió.
Manchado de sangre y hollín, empapado en sudor y con las ropas desgarradas, estaba allí entre aquellas gentes histéricas, traumatizadas, que gritaban inconscientes, llorando y medio moribundas. Como en un campo de batalla.
Dominando el ruido del fuego se oyó el primitivo aullido de las sirenas.
Y entonces, de pronto, llegaron todos a la vez. Camiones cisterna, escaleras de bomberos, bombas extintoras, coches de la policía, ambulancias, policías motorizados, y oficiales del departamento de bomberos en coches de color rojo.
Y Zachrisson, que exclamó:
—¿Cómo... qué ha ocurrido?
Y en aquel momento el techo se derrumbó y la casa se transformó en un brillante faro crepitante.
Gunvald Larsson miró su reloj. Habían transcurrido diecisiete minutos desde que se quedó solo y medio helado en la colina.
4
En la tarde del jueves, ocho de marzo, Gunvald Larsson estaba sentado en una habitación de la comisaría de policía en Kungsholmasgatan. Vestía un suéter de polo blanco y un traje gris pálido, con bolsillos sesgados. Tenía las dos manos vendadas y el vendaje que le rodeaba la cabeza recordaba extraordinariamente el popular retrato del general Doblen durante la batalla de Jutas en Finlandia. Llevaba además dos parches en la cara y en el cuello. Parte de su pelo rubio peinado hacia atrás había quedado chamuscado, lo mismo que sus cejas, pero sus claros ojos azules tenían su habitual mirada inexpresiva y descontenta.
En la habitación había otras personas. Por ejemplo, Martin Beck y Kollberg, a quienes se había convocado allí desde el Departamento de Homicidios de Västerberga, y Evald Hammar, su superintendente y hasta nueva orden el responsable de la investigación. Hammar era un hombre grande, corpulento, y su espesa mata de pelo se había ido volviendo casi blanca a lo largo de sus años de servicio. Ya había empezado a contar los días que le faltaban para su jubilación, y consideraba cada caso criminal violento como un ataque personal contra él.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Martin Beck.
Como de costumbre, estaba un poco apartado, cerca de la puerta, inclinado y con el codo izquierdo apoyado en el archivador.
—¿Qué otros? —inquirió Hammar, consciente del hecho de que la composición del equipo de investigación era asunto exclusivamente suyo; tenía la influencia suficiente para apoyar a cualquier miembro del cuerpo cuando lo consideraba oportuno.
—Rönn y Melander —dijo Martin Beck sin inmutarse.
—Rönn está en el Hospital Sur y Melander en el lugar del fuego.
Los periódicos de la tarde estaban esparcidos sobre la mesa delante de Gunvald Larsson, que los iba hojeando, irritado, con sus manos vendadas.
—Malditos periodistas —dijo, empujando uno de los periódicos hacia Martin Beck—. Fíjate en esa fotografía.
La fotografía ocupaba tres columnas y reflejaba la imagen de un hombre joven, con gabardina y un sombrero de alas estrechas, que, con expresión preocupada, hurgaba con un bastón entre las ruinas todavía humeantes de la casa de Skölgatan. En línea diagonal y detrás de él, en el extremo izquierdo de la fotografía, estaba Gunvald Larsson, mirando fijamente a la cámara con una expresión asombrada.
—No has quedado muy favorecido esta vez —comentó Martin Beck.
—¿Quién es el chico del bastón?
—Se llama Zachrisson. Es un novato del Distrito Segundo, absolutamente idiota. Lee el pie de la fotografía.
Martin Beck lo leyó.
El héroe del día, inspector Gunwald Larsson, tuvo una heroica intervención en el incendio de la pasada noche, salvando la vida a varias personas. Aquí puede vérsele examinando los restos de la casa, que quedó totalmente destruida.
—Estos condenados ignorantes no sólo desconocen la diferencia entre derecha e izquierda —murmuró Gunvald Larsson—, sino que...
No dijo nada más, pero Martin Beck sabía a lo que aludía y asintió pensativamente. Además, la ortografía del nombre era incorrecta. Gunvald Larsson miró la fotografía con desprecio y apartó el periódico con el brazo.
—Y yo parezco un retrasado mental —dijo.
—Son los inconvenientes de ser famoso —apuntó Martin Beck.
En contra de su voluntad, Kollberg, que detestaba a Gunvald Larsson, miró de soslayo los periódicos esparcidos sobre la mesa. Todas las fotografías inducían a interpretaciones equivocadas. En todas las primeras páginas aparecían los ojos asombrados de Gunvald Larsson bajo grandes titulares llamativos.
«Hazañas heroicas, héroes y Dios sabe cuántas cosas más», pensó Kollberg con abatimiento.
Estaba sentado, encorvado en la silla, gordo y fofo, con los codos apoyados sobre la mesa.
—¿De modo que nos encontramos en la extraña situación de no saber lo que ocurrió? —preguntó Hammar con severidad.
—No tan extraña —replicó Kollberg—. Yo, personalmente, casi nunca sé lo que está ocurriendo.
Hammar le miró con expresión crítica y le dijo:
—Quiero decir que no sabemos si el fuego fue intencionado o no.
—¿Por qué habría de ser intencionado? —preguntó Kollberg.
—Optimista —comentó Martin Beck.
—Claro que fue intencionado, maldita sea —rezongó Gunvald Larsson—. La casa explotó prácticamente ante mis narices.
—¿Estás seguro de que el fuego empezó en la habitación de ese tal Malm?
—Sí. Así fue.
—¿Cuánto tiempo tuvo la casa bajo observación?
—Yo personalmente, alrededor de una media hora. Y antes que yo, ese cabezota de Zachrisson estuvo allí. ¡Diablos, me estáis haciendo muchas preguntas!
Martin Beck se frotó la nariz con el pulgar y el índice de la mano derecha. Luego dijo:
—¿Estás seguro de que nadie entró ni salió, durante este tiempo?
—Sí, estoy completamente seguro. Lo que ocurrió antes de mi llegada, no lo sé. Zachrisson me dijo que tres personas habían entrado y que nadie había salido.
—¿Se puede confiar en lo que dice?
—No lo creo. Parece bastante tonto.
—No lo dirás en serio, ¿verdad?
Gunvald Larsson le miró furioso y exclamó:
—Pero, ¿qué demonios significa todo esto? Estoy en mi puesto de vigilancia y la casa se incendia. Once personas quedaron atrapadas en el interior y yo conseguí sacar a ocho de ellas.
—Sí, ya me he dado cuenta —dijo Kollberg mirando de reojo los periódicos.
—¿Es seguro que sólo fueron tres personas las que perecieron en el incendio? —preguntó Hammar.
Martin Beck sacó unos papeles del bolsillo interior de su chaqueta y los examinó. Luego dijo:
—Eso parece. Ese hombre llamado Malm, otro llamado Kenneth Roth, que ocupaba el piso de encima de Malm, y Kristina Modig, que vivía en una habitación del ático. Era una niña de unos catorce años.
—¿Por qué vivía en el ático? —preguntó Hammar.
—No lo sé —dijo Martin Beck—. Tendremos que averiguarlo.
—Queda mucho más por averiguar —manifestó Kollberg—. Ni siquiera sabemos si fueron realmente esas tres personas las únicas que murieron. Y además, todo eso de las once personas es sólo una suposición, ¿no es cierto, Larsson?
—¿Quiénes fueron las personas que consiguieron salir? —quiso saber Hammar.
—En primer lugar, no fueron ellas las que lograron salir —replicó Gunvald Larsson—. Yo fui quien las sacó de la casa. Si yo no hubiera estado allí en ese momento, ninguna de esas condenadas personas se hubiera salvado. Y en segundo lugar no escribí sus nombres. Tenía otras cosas que hacer en aquellos momentos.
Martin Beck miró pensativamente al hombre corpulento, envuelto en sus vendajes. Gunvald Larsson solía comportarse con poca corrección, pero una actitud tan ofensiva hacia Hammar sólo podía justificarse como una manifestación de megalomanía, o como el efecto de un fuerte shock.
Hammar frunció el ceño y Martin Beck revolvió sus papeles y dijo para atenuar la tensión:
—Por lo menos yo tengo los nombres aquí. Agnes y Herman Söderberg. Están casados y tienen sesenta y ocho y sesenta y siete años respectivamente. Anna-Kajsa Modig y sus dos hijos, Kent y Clary. La madre tiene treinta años, el niño cinco y la niña siete meses. Además dos mujeres, Clara Berggren y Madeleine Olsen, de diecisiete y veinticuatro años, y un tipo llamado Max Karlsson. Desconozco su edad. Los tres últimos no vivían en la casa, pero estaban allí como invitados. Probablemente en casa de Kenneth Roth, uno de los que murió en el incendio.
—Ninguno de esos nombres significa nada para mí —dijo Hammar.
—Ni para mí —confesó Martin Beck.
Kollberg se encogió de hombros.
—Roth era un ladrón —dijo Gunvald Larsson—, Söderberg un borracho y Anna- Kajsa Modig una prostituta. Si eso os sirve de consuelo.
El teléfono sonó y Kollberg contestó. Cogió el bloc de notas y sacó un bolígrafo del bolsillo superior de su americana.
—¡Ah, eres tú! Sí, vamos continuando.
Los otros le miraban en silencio. Kollberg colgó el aparato y dijo:
—Era Rönn. La situación es ésta: Madeleine Olsen probablemente no sobrevivirá. Tiene quemaduras del ochenta por ciento, además de conmoción y fractura múltiple en el fémur.
—Era pelirroja en todas partes —dijo Gunvald Larsson.
Kollberg le miró fijamente y continuó:
—El viejo Söderberg y su mujer padecen una intoxicación producida por el humo, pero tienen bastantes posibilidades de recuperación. Max Karlsson sufre quemaduras del treinta por ciento y sobrevivirá. Carla Berggren y Anna Modig no han sufrido daños físicos, pero las dos padecen un fuerte shock, igual que Karlsson. Ninguno de ellos está en condiciones de ser interrogado. Sólo los dos niños están perfectamente bien.
—¿De modo que puede tratarse de un incendio corriente? —inquirió Hammar.
—Cuentos —gruñó Gunvald Larsson.
—¿No crees que deberías irte a casa y meterte en la cama? —dijo Martin Beck.
—Eso es lo que tú quisieras, ¿verdad?
Diez minutos después apareció Rönn. Miró a Larsson con asombro y le dijo:
—¿Qué demonios estás haciendo aquí?
—Pregúntaselo a ellos —replicó Gunvald Larsson.
Rönn miró a los demás con aire de reproche.
—¿Os habéis vuelto locos? —exclamó—. Bueno, Gunvald, vámonos ya.
Gunvald se levantó dócilmente y se dirigió hacia la puerta.
—Un momento —le atajó Martin Beck—. Sólo una pregunta. ¿Por qué estabas vigilando a Göran Malm?
—No tengo la menor idea —contestó Gunvald Larsson, y se fue.
Un silencio asombrado reinó en la habitación.
Minutos después, Hammar gruñó algo incomprensible y abandonó el cuarto. Martin Beck se sentó, cogió un periódico y empezó a leer. Treinta segundos más tarde, Kollberg siguió su ejemplo. Estuvieron sentados así, en silencio, hasta que Rönn regresó.
—¿Qué has hecho con él? —preguntó Kollberg—. ¿Llevarlo al zoo?
—¿Qué quieres decir? —dijo Rönn—. ¿Hacer con él? ¿Con quién?
—Con el señor Larsson —repuso Kollberg.
—Si te refieres a Gunvald, está en el Hospital del Sur con una conmoción. No se le permitirá hablar ni leer durante varios días. ¿Y de quién es la culpa?
—Bueno, mía no —contestó Kollberg.
—Sí que lo es. Tengo ganas de darte un puñetazo.
—No te quedes ahí gritándome —dijo Kollberg.
—Puedo hacer algo mejor —aseguró Rönn—. Siempre te has portado como un grosero con Gunvald. Pero esto ya pasa de la medida.
Einar Rönn era de Norrland, un hombre tranquilo y amable, que normalmente no solía perder la calma. Durante su larga relación de quince años, Martin Beck no le había visto nunca enfadado.
—Vamos, me alegra que tenga al menos un amigo —dijo Kollberg en tono sarcástico.
Rönn dio un paso hacia él apretando los puños. Martin Beck se levantó ágilmente, se interpuso entre los dos y, dirigiéndose a Kollberg, le dijo:
—Déjalo ya, Lennart. No compliques más las cosas.
—Tú no eres mucho mejor que él —dijo Rönn dirigiéndose a Martin Beck—. Sois un par de tipos apestosos.
—Eh, vamos a ver, ¿qué diablos...? —rezongó Kollberg enderezándose.
—Tranquilízate, Einar —ordenó Martin Beck a Rönn—. Tienes razón, debimos darnos cuenta de que le pasaba algo.
—Lo mismo pienso yo —dijo Rönn.
—Yo no advertí ninguna diferencia —adujo Kollberg con aire desenfadado—. Probablemente, uno tiene que estar al mismo nivel intelectual para...
La puerta se abrió y entró Hammar.
—Tenéis un aspecto muy especial —dijo—. ¿Qué ocurre?
—Nada —contestó Martin Beck.
—¿Nada? Einar parece una langosta hervida. ¿Es que tenéis ganas de pelearos? Nada de brutalidad policíaca, por favor.
El teléfono sonó y Kollberg cogió rápidamente el receptor como un hombre a punto de ahogarse se agarra a una tabla de salvación.
Lentamente, la cara de Rönn recobró su color habitual. Sólo su nariz conservó el tono rojizo, pero la verdad es que éste era su aspecto normal.
Martin Beck estornudó.
—¿Cómo diablos voy a saber yo eso? —dijo Kollberg al teléfono—, ¿A qué cadáver te refieres? —colgó el aparato, suspiró y explicó—: Algún idiota de los laboratorios de medicina quería saber cuándo se van a poder trasladar los cadáveres. Y a propósito, ¿existen en realidad estos cuerpos?
—¿Alguno de ustedes, caballeros, ha estado por casualidad en el lugar del fuego, si me permiten preguntarlo? —preguntó Hammar en tono agrio.
Nadie contestó.
—Quizás una visita de inspección no estuviera de más —sugirió Hammar.
—Yo tengo un trabajo que terminar en mi despacho —dijo Rönn, vagamente.
Martin Beck se dirigió a la puerta. Kollberg se encogió de hombros, se levantó y le siguió.
—Debe de tratarse de un incendio corriente —dijo Hammar para sí, con la mayor testarudez.
5
El lugar del incendio estaba de tal modo rodeado de valles que desde fuera sólo podían verse policías uniformados. En el momento en que Martin Beck y Kollberg bajaron del coche, dos de ellos se les acercaron.
—¡Eh, ustedes dos! ¿Qué buscan por aquí? —les interrogó uno de los policías con aire importante.
—¿No se dan cuenta de que no pueden aparcar aquí de este modo? —dijo el otro.
Martin Beck estaba a punto de enseñar su carnet de identificación, pero Kollberg le apartó y dijo:
—Discúlpeme, oficial, ¿le molestaría darme su nombre?
—¿Y a usted qué le importa? —replicó el primer policía.
—Márchense —dijo el otro—, si no habrá jaleo.
—De eso estoy seguro —asintió Kollberg—. La cuestión es saber quién va a tenerlo.
El mal genio de Kollberg se reflejaba claramente en su aspecto. Su gabardina azul marino, sin abrochar, flotaba al viento; no se había preocupado de abotonarse el cuello, su corbata colgaba del bolsillo derecho de la americana y llevaba su viejo sombrero inclinado hacia atrás. Los dos policías se miraron significativamente. Uno de ellos dio un paso adelante. Los dos tenían las mejillas sonrosadas y los ojos redondos y azules. Martin Beck se dio cuenta de que creían que Kollberg estaba bebido y de que iban a ponerle las manos encima. Martin sabía que Kollberg estaba en un estado de ánimo capaz de hacerlos añicos, física y mentalmente, en menos de sesenta segundos y de que ambos agentes tenían considerables posibilidades de despertarse a la mañana siguiente sin empleo. No deseaba hacer daño a nadie aquel día, así que rápidamente sacó su carnet y lo colocó ante las narices del más agresivo de los dos policías.
—No deberías haber hecho eso —exclamó Kollberg, furioso.
—Tenéis mucho que aprender todavía. Vámonos ya, Lennart.
Las ruinas del incendio tenían un aspecto desolador. A primera vista, lo único que se distinguía de la casa eran los cimientos, el tubo de una chimenea y un enorme montón de tablones carbonizados, ladrillos ennegrecidos y. tejas desprendidas. Sobre todo ello flotaba el olor acre de materia quemada. Media docena de expertos con guardapolvos grises se movían de un lado a otro, hurgando cuidadosamente en las cenizas con palos y palas cortas. En el patio se habían colocado dos grandes cribas. Algunas mangueras todavía serpenteaban por el suelo y más abajo, en la carretera, había un coche de bomberos. En el asiento delantero dos bomberos sentados jugaban a piedra, papel y tijeras.
Diez metros más allá, de pie, se veía la larga silueta desgarbada de un hombre con una pipa en la boca y las manos metidas en los bolsillos del abrigo. Era Frederick Melander, del Departamento de Homicidios en Estocolmo, un veterano que había intervenido en cientos de investigaciones difíciles. Generalmente, era conocido por su mente lógica, su excelente memoria y su calma imperturbable. En un círculo más reducido, era famoso por su extraordinaria capacidad de encontrarse siempre en el retrete cuando alguien lo buscaba. No carecía de sentido del humor, aunque fuera un humor simple; era parsimonioso y aburrido, y no destacaba por sus ideas brillantes o por inspiraciones repentinas. En resumen, era un policía de primera clase.
—¡Hum! —dijo, sin quitarse la pipa de la boca.
—¿Cómo va? —preguntó Martin Beck.
—Lento.
—¿Algún resultado?
—No exactamente. Tenemos que andar con cuidado. Requerirá tiempo.
—¿Por qué? —preguntó Kollberg.
—Cuando por fin llegó el coche de bomberos, la casa se había derrumbado, y antes de que comenzase el trabajo de extinción estaba ya casi quemada por completo. Utilizaron tanques de agua y apagaron el fuego con bastante rapidez. Luego, durante la noche, bajó la temperatura y todo quedó congelado en una gran masa.
—Suena muy divertido —dijo Kollberg.
—Si lo he entendido bien, van a tener que deshacer todo ese montón capa por capa.
Martin Beck tosió y dijo:
—¿Y los cuerpos? ¿Han encontrado ya alguno?
—Uno —contestó Melander. Se sacó la pipa de la boca y señaló con la boquilla la parte derecha de la casa quemada—. Hacia allí —dijo—. La niña de catorce años, creo; la que dormía en el ático.
—¿Kristina Modig?
—Sí, ése es su nombre. Van a dejarla allí durante la noche. Pronto será oscuro y sólo quieren trabajar con luz del día.
Melander sacó su bolsa de tabaco, llenó cuidadosamente la pipa y la encendió. Después preguntó:
—¿Cómo os van las cosas?
—Maravillosamente —contestó Kollberg.
—Sí —asintió Martin Beck—. Especialmente para Lennart. Primero casi tiene una pelea con Rönn...
—Vaya —dijo Melander, levantando ligeramente las cejas.
—Sí. Y después estuvo a punto de ser detenido por dos policías que creyeron que estaba bebido.
—Ya veo —dijo Melander tranquilamente—. ¿Cómo está Gunvald?
—En el hospital. Sufre una conmoción.
—Hizo un buen trabajo anoche —dijo Melander.
Kollberg miró los restos de la casa, se estremeció y replicó:
—Sí, tengo que admitirlo. Diablos, ¡qué frío hace!
—No tuvo mucho tiempo —observó Melander.
—No, desde luego —admitió Martin Beck—. ¿Cómo pudo la casa quemarse hasta ese extremo en tan poco tiempo?
—El departamento de incendios reconoce que es inexplicable.
—Hum —dijo Kollberg. Echó una ojeada al coche de bomberos, aparcado a corta distancia, y siguió otra línea de pensamiento—. ¿Por qué están esos tipos todavía aquí? Lo único que puede quemarse ahora es su coche, ¿no es cierto?
—Están apagando las cenizas —dijo Melander—. Pura rutina.
—Cuando yo era pequeño ocurrió una vez una cosa curiosa —explicó Kollberg—. La estación de bomberos se incendió y se quemó totalmente; todos los coches extintores quedaron destruidos en el interior, mientras los bomberos lo contemplaban desde fuera. No recuerdo dónde ocurrió.
—Bueno, no fue exactamente así. Ocurrió en Uddevalla —aclaró Melander—. Para ser más exacto, el diez de...
—¡Oh! ¿No puede uno siquiera conservar los recuerdos de su infancia en paz? —exclamó Kollberg con irritación.
—¿Cómo explican entonces el incendio? —preguntó Martin Beck.
—No lo explican en absoluto —contestó Melander—. Esperan los resultados de la investigación técnica. Igual que nosotros.
Kollberg miró a su alrededor despreciativamente.
—Demonios, hace frío y este lugar huele como una tumba abierta.
—Es una tumba abierta —proclamó Melander solemnemente.
—Vámonos, marchémonos de una vez —dijo Kollberg a Martin Beck.
—¿Adónde?
—A casa. ¿Qué estamos haciendo aquí, a fin de cuentas?
Cinco minutos después estaban sentados en el coche y éste corría en dirección sur.
—¿Crees que ese zoquete no sabía realmente por qué estaba vigilando a Malm?
—¿Te refieres a Gunvald?
—Sí, claro, ¿a quién si no?
—No creo que lo supiese. Pero uno nunca puede estar seguro.
—El señor Larsson no es lo que suele llamarse un talento, pero...
—Es un hombre de acción —dijo Martin Beck—. Eso tiene también sus ventajas.
—Sí, claro, pero se necesita bastante estómago para tragarse eso de que no supiera de lo que se trataba.
—Sabía que vigilaba a un hombre y quizás eso era suficiente para él.
—¿Cómo empezó todo?
—Es muy sencillo. Ese Göran Malm no tenía nada que ver con el Departamento de Homicidios. Alguien le había detenido por algún motivo, se intentó retenerle en custodia, pero no fue posible. Así que se le dejó en libertad, pero no querían perderle de vista. Como estaban cargados de trabajo, pidieron ayuda a Hammar. Y él encargó a Gunvald organizar la vigilancia como un trabajo extra.
—¿Y por qué precisamente él?
—Desde que Strenström murió, a Gunvald se le considera como el mejor en esta clase de trabajos. Sea como sea, ha resultado una actuación genial.
—¿Por qué motivo?
—Porque consiguió salvar la vida de ocho personas. ¿Cuántas crees que hubieran sacado de esa trampa mortal Rönn o Melander?
—Tienes razón, desde luego —dijo Kollberg a pesar suyo—. Quizá debería ofrecer excusas a Rönn.
—Creo que deberías hacerlo.
Las filas de coches que se dirigían al sur se movían muy lentamente. Al cabo de un rato, Kollberg dijo:
—¿Quién era el que quería que se le vigilara?
—No lo sé. El departamento de robos, supongo. Con trescientos mil casos de atracos y robos al año, y otras cosas por el estilo, esos chicos apenas tienen tiempo de ir a comer. Tendremos que averiguar todo eso el lunes. No costará mucho.
Kollberg asintió y dejó que el coche avanzara lentamente unos diez metros. Luego tuvieron que detenerse otra vez.
—Supongo que Hammar tiene razón —dijo—. Es, sencillamente, un fuego corriente.
—No sé, empezó a arder con una rapidez sospechosa —replicó Martin Beck—. Y Gunvald dijo que...
—Gunvald es un loco —le atajó Kollberg—. Y siempre está imaginando cosas. Puede haber muchas explicaciones naturales.
—¿Como cuáles?
—Algún tipo de explosión. Algunos de los habitantes eran ladrones y podían tener una reserva de explosivos en la casa. O latas de gasolina en el guardarropa. O bombonas de gas. Ese Malm no podía haber hecho nada tan importante si le dejaron en libertad. Parece absurdo que alguien arriesgara la vida de once personas para librarse de él.
—Si resulta ser un caso de incendio intencionado, entonces no hay nada que pruebe que era Malm a quien perseguían —dijo Martin Beck.
—No. Eso es verdad —admitió Kollberg—. Hoy no es uno de mis mejores días, ¿no crees?
—No especialmente —dijo Martin Beck.
—Oh, bueno, ya veremos lo que pasa el lunes.
En este punto la conversación cesó.
En Skärmarbrink, Martin Beck bajó del coche y tomó el metro. No sabía qué odiaba más, si el metro atiborrado de gente o el lento desfile por la carretera. Pero el metro tenía una ventaja. Era más rápido. Aunque no tenía ninguna prisa en llegar a casa.
Pero Lennart Kollberg sí la tenía. Vivía en Palandergatan y tenía una mujer bonita llamada Gun, y una hija de seis meses. Su mujer estaba echada boca abajo en la alfombra del «living», estudiando un curso por correspondencia. Tenía un lápiz amarillo en la boca y junto a sus papeles había una goma roja. Llevaba sólo la chaqueta de un viejo pijama y movía perezosamente sus largas piernas desnudas. Le miró con sus grandes ojos castaños y dijo:
—Jesús, qué cara tan seria.
El se quitó la chaqueta y la arrojó sobre una silla.
—¿Está Bodil dormida?
Ella asintió.
—Ha sido un día de lo más terrible —dijo Kollberg—. Y todo el mundo se mete conmigo. Primero Rönn, precisamente, y luego dos polis imbéciles en Maria.
Los ojos de ella brillaron.
—¿Y tú no tuviste ninguna culpa?
—De todos modos, ahora estoy libre hasta el lunes.
—No voy a regañarte —dijo ella—. ¿Qué quieres hacer?
—Quiero salir y comer algo bueno de verdad, y beberme cinco dobles.
—¿Podemos permitirnos todo eso?
—Sí. Demonios, sólo estamos a día ocho. ¿Podemos contratar una canguro?
—Supongo que Asa vendrá.
Asa Torell era la viuda de un policía, aunque sólo tenía veinticinco años. Había vivido con un colega de Kollberg llamado Ake Stenström, al que habían matado de un tiro en un autobús hacía sólo cuatro meses.
La mujer echada en el suelo bajó sus espesas y oscuras pestañas y borró con energía algo en sus papeles.
—Hay una alternativa —dijo—. Podemos irnos a la cama. Es más barato y más divertido.
—Una langosta a la Vanderbilt tampoco está mal —repuso Kollberg.
—Piensas más en la comida que en el amor —se lamentó ella—. A pesar de que sólo hace dos años que estamos casados.
—Te equivocas. De todos modos, tengo una idea todavía mejor —dijo él—. Salgamos a comer primero y a bebemos los cinco dobles, y luego nos vamos a la cama. Llama a Asa ahora.
El teléfono tenía un cable de extensión de seis metros y estaba sobre la alfombra. Gun alargó la mano y lo arrastró hacia ella, marcó un número y le contestaron.
Mientras hablaba se volvió de espaldas, levantó las rodillas y apoyó las plantas de los pies en el suelo. El pijama resbaló ligeramente hacia arriba.
Kollberg miró a su mujer, contemplando pensativamente el ancho parche de pelo negro y espeso que se extendía desde la mitad inferior de su abdomen y se reducía gradualmente hasta las ingles. Al cabo de un momento, levantó la pierna derecha y se rascó el tobillo.
—¡Muy bien! —dijo ella, colocando el aparato en su sitio—. Va a venir. Tardará alrededor de una hora en llegar, ¿no crees? Y por cierto, ¿has oído las últimas noticias?
—No, ¿cuáles?
—Asa va a entrenarse para ser policía.
—Cristo —exclamó él, con aire ausente—. Oye, Gun...
—Sí.
—He pensado en otra solución todavía mejor. Primero nos vamos a la cama, luego salimos a comer y a beber los cinco dobles, y después nos vamos a la cama otra vez.
—Pero eso es una idea casi brillante —aplaudió ella—. ¿Aquí, en la alfombra?
—Sí, llama a Operakällaren y encarga una mesa.
—Busca el número entonces.
Kollberg hojeó las páginas de la guía telefónica mientras se desabrochaba la camisa y se aflojaba el cinturón; encontró el número, se lo dijo, y oyó cómo ella lo marcaba.
Entonces la mujer se sentó, se sacó la chaqueta del pijama por encima de la cabeza y la arrojó lejos...
—¿Qué persigues? ¿Mi desaparecida castidad?
—Exactamente.
—¿Desde atrás?
—Como prefieras.
Ella se echó a reír y empezó a dar vueltas, lenta y flexible, a cuatro patas, con las piernas entreabiertas y la morena cabeza agachada, con la frente apoyada en el antebrazo.
Tres horas después, mientras bebían el sorbete de jengibre, ella le recordó algo en lo que Kollberg no había vuelto a pensar desde que vio a Martin Beck desaparecer en dirección a la estación del metro.
—Ese horrible fuego —dijo ella—, ¿crees que fue provocado?
—No —contestó él—. No puedo creerlo. Todo tiene un límite.
Había sido policía durante más de veinte años, y hubiera debido conocer mejor las cosas.
6
El sábado amaneció con sol y una luz clara y brillante.
Martin Beck se despertó lentamente, con una desacostumbrada sensación de bienestar. Se quedó quieto, con la cara hundida en la almohada, y trató de captar si era tarde o temprano. Oyó un mirlo entre los árboles que se veían a través de la ventana y gruesas gotas que caían salpicando irregularmente la nieve derretida y fangosa del balcón. Coches que pasaban y el metro que frenaba en una estación algo lejana. Un golpe en la puerta de su vecino. El gorgoteo del agua en las cañerías, y de pronto, en la cocina, al otro lado de la pared, un estallido que le hizo abrir los ojos inmediatamente. Y la voz de Rolf:
—¡Demonios!
Y Ingrid:
—¡Eres tan torpe!
Y la voz de Inga haciéndolos callar.
Alargó la mano para alcanzar los cigarrillos y las cerillas, pero tuvo que apoyarse sobre un codo y extraer el cenicero escondido bajo un montón de libros. Había estado leyendo en la cama acerca de la batalla de Tsushima hasta las cuatro de la mañana, y el cenicero estaba lleno de colillas y de cerillas apagadas. Siempre que se sentía incapaz de levantarse para vaciarlo antes de dormirse, acostumbraba esconderlo bajo un libro para no oír las profecías de Inga sobre la probabilidad de que un buen día se despertasen todos muertos, abrasados, como consecuencia de su funesta manía de fumar en la cama.
Su reloj marcaba las nueve y media, pero era sábado y tenía el día libre. Libre en un doble sentido, pensó satisfecho, sintiendo un ligero remordimiento. Iba a quedarse solo en el apartamento durante dos días. Inga y los niños se iban con el hermano de Inga a su cottage de Roslagen, y se quedarían allí hasta el domingo por la noche. Martin Beck estaba también invitado, pero como un final de semana solo en casa era un raro placer que no tenía intención de sacrificar, se había excusado alegando que tenía trabajo y no podía ir.
Acabó su cigarrillo antes de levantarse y luego se llevó el cenicero al lavabo y lo vació en la taza. Prescindió del afeitado y se puso sus pantalones caqui y su camisa de pana. Luego volvió a colocar el libro sobre Tsushima en el estante, transformó rápidamente la cama en un sofá, y entró en la cocina.
Su familia estaba sentada alrededor de la mesa, desayunando. Ingrid se levantó, fue a buscar una taza para él y le sirvió el té.
—Oye, papá, tú puedes venir también, ¿no? —dijo la joven—. Mira que día tan maravilloso hace. No es tan divertido cuando tú no vienes.
—No puedo, lo siento —contestó Martin Beck—. Hubiera sido muy divertido, pero...
—Papá tiene trabajo —intervino Inga con voz agria—. Como de costumbre.
De nuevo sintió remordimientos de conciencia. Luego pensó que se divertirían más si él no iba, porque el hermano de Inga siempre aprovechaba su presencia como excusa para sacar el alcohol y emborracharse. El hermano de Inga, cuando estaba sobrio, no era una persona especialmente interesante, pero cuando se emborrachaba era casi insoportable. Tenía, sin embargo, un rasgo positivo y era el de que, por principio, nunca bebía solo. Martin Beck, siguiendo el curso de estas reflexiones, llegó a la conclusión de que en realidad estaba haciendo una buena acción quedándose en casa y descansando, puesto que su ausencia forzaría a su cuñado a no emborracharse.
Acababa de llegar a esta favorable conclusión cuando su cuñado llamó al timbre de la puerta y cinco minutos más tarde Martin Beck pudo empezar a celebrar el deseado fin de semana.
Resultó tan perfecto como lo había imaginado. Inga le había dejado comida en la nevera, pero salió de todas maneras para comprar algo de comer. Entre otras cosas, una botella de coñac Grönstedts Monopole y seis cervezas fuertes. Luego dedicó el resto del sábado a construir la cubierta del modelo del Cutty Sark, que no había tenido tiempo de tocar hacía varias semanas. Para cenar comió croquetas frías, caviar y camembert sobre pan integral y se bebió dos cervezas. Tomó también café y coñac y miró un antiguo film americano de gángsters en la televisión. Se preparó luego la cama y se metió en el baño a leer La dama del lago de Raymond Chandler, tomando de vez en cuando un sorbo del coñac que había colocado a su alcance sobre el asiento del WC.
Se sentía muy bien y no pensaba ni en su trabajo ni en su familia.
Cuando acabó de bañarse, se puso el pijama, apagó todas las luces excepto la de la lamparilla que estaba sobre su mesa escritorio y continuó leyendo y bebiendo coñac hasta que se sintió soñoliento y empezó a invadirle una sensación de embriaguez; y entonces se fue a la cama.
El domingo durmió hasta muy tarde, luego se sentó en pijama y se puso a trabajar en su modelo de barco, y no se vistió hasta la tarde. Por la noche, cuando la familia regresó, llevó a Rolf y a Ingrid al cine y vieron un film de vampiros.
Fue un final de semana logrado. El lunes por la mañana se sintió descansado y lleno de energía, y se puso en seguida a trabajar sobre el asunto de la identidad real de Göran Malm y a investigar qué cosas eran las que podían pesar sobre su conciencia. Pasó la mañana en los despachos de varios colegas en la comisaría de policía y luego hizo una breve visita al juzgado. Cuando regresó para relatar el resultado de sus investigaciones, no encontró a nadie a quien explicárselo, porque todo el mundo se había ido a comer.
Llamó a la Comisaría Sur y se sorprendió de que le contestara directamente Kollberg, que solía ser el primero en salir a comer, especialmente los lunes.
—¿Cómo es que no estás fuera comiendo?
—Estaba a punto de hacerlo —dijo Kollberg—. ¿Dónde estás tú?
—Estoy en el despacho de Melander. Vente aquí y come conmigo, así sabré dónde estás. Cuando Melander y Rönn aparezcan, podremos tener una idea ligeramente más clara acerca de Göran Malm. Si Melander es capaz de apartarse del lugar del incendio. De todos modos, he descubierto algo sobre Malm.
—Muy bien —dijo Kollberg—, Acabo de estar con Benny y le he estado instruyendo, por decirlo de algún modo. Si eso es posible —añadió.
Benny Skacke era su último recluta. Había ingresado en la Sección de Homicidios hacía dos meses, para reemplazar a Ake Stenström. Stenström tenía veintinueve años cuando murió y sus colegas le consideraban como un hombre inseguro, especialmente Kollberg. Benny Skacke tenía dos años menos.
Martin Beck cogió la grabadora de Melander y, mientras esperaba a los otros, puso la cinta que había sacado del juzgado. Buscó una hoja de papel y tomó unas notas mientras escuchaba.
Rönn llegó a la una, y quince minutos después Kollberg abrió la puerta bruscamente y dijo:
—Bueno, vayamos al grano.
Martin Beck le cedió su silla y él se colocó junto al armario archivador.
—Se trataba de robos de coches —explicó—. Y de negocios con coches robados. Durante el año pasado, el número de robos de coches sin detectar aumentó de tal modo que hay motivos para creer que una banda o varias bandas importantes y bien organizadas se ocupaban de la venta de los coches robados. Y probablemente también de sacarlos fuera del país mediante contrabando. Malm era probablemente una de las piezas de la máquina.
—¿Una pieza pequeña o grande? —preguntó Rönn.
—Pequeña, diría yo —aclaró Martin Beck—. Incluso, muy pequeña, en realidad.
—¿Qué hizo para que le cogieran? —quiso saber Kollberg.
—Espera un momento y empezaré desde el principio —dijo Martin Beck.
Cogió sus notas y las puso a su lado, encima del archivador. Entonces empezó a hablar fácilmente y con fluidez.
—Alrededor de las diez de la noche del veinticuatro de febrero. Göran Malm fue detenido en un control de carretera, unos tres kilómetros al norte de Södertäje. Se trataba de un control de tráfico rutinario, y él había tomado esa dirección por casualidad. Conducía un Chevrolet Impala, modelo mil novecientos sesenta y tres. El coche parecía normal, pero como resultó que Göran Malm no era el dueño del mismo, compararon su número de registro con los de la lista de coches robados. El número estaba, en efecto, en la lista, pero según ésta pertenecía a un Volkswagen y no a un Chevrolet. Parece ser que al coche se le había dado un número falso, y por equivocación o por casualidad, resultaba ser un número sospechoso. En el primer interrogatorio, Malm dijo que el propietario, amigo suyo, se lo había prestado. El nombre del propietario era Bertil Olofsson. El nombre fue citado por Malm y era el mismo que figuraba en el carnet del coche. Resultó que el nombre de Olofsson no era desconocido para la policía. En realidad, se le había considerado durante un tiempo uno de los complicados en el asunto de robo de coches. Unas semanas antes de la detención de Malm, habían conseguido algunas pruebas contra Olofsson, pero no habían podido cogerle. Todavía no se le había encontrado. Malm mantuvo que Olofsson le había prestado el coche porque tenía que irse al extranjero y no iba a necesitarlo durante un tiempo. Cuando los muchachos que sospechaban de Olofsson y habían empezado a buscarle, oyeron lo de Malm y supieron que la policía lo había detenido por casualidad, intentaron retenerlo bajo custodia. Estaban convencidos de que Malm y Olofsson eran cómplices en alguna medida. Cuando fracasaron —bueno, Malm no fue retenido finalmente, como te explicaré—, encargaron a Gunvald, con el consentimiento de Hammar, la vigilancia de Malm. Esperaban así llegar hasta Olofsson, quien a su vez podría descubrir la banda. Si existía tal banda. Y si Olofsson y Malm pertenecían a ella.
Martin Beck cruzó el cuarto y aplastó su cigarrillo en el cenicero.
—Bueno, eso es todo —dijo—. No, no lo es. El certificado de registro y la licencia estaban por supuesto falsificados, y muy hábilmente por cierto.
Rönn se rascó la nariz y preguntó:
—¿Por qué soltaron a Malm?
—Por falta de pruebas —contestó Martin Beck—. Espera a oírlo todo —se inclinó sobre el magnetófono—. La acusación pedía que se retuviese a Malm bajo custodia como sospechoso de complicidad. La petición se basaba en el supuesto de que Malm podía complicar la investigación si se le dejaba en libertad.
Puso en marcha la grabadora e hizo pasar la cinta rápidamente.
—Aquí está. Interrogatorio de Malm por el fiscal.
FISCAL. Bien, señor Malm, usted ha oído mi exposición ante el tribunal en relación con lo ocurrido esa noche, es decir, el veinticuatro de febrero de este año. ¿Quiere usted hacer el favor de explicarnos lo ocurrido con sus propias palabras?
MALM. Bueno, fue tal como usted dijo. Yo iba conduciendo por la carretera de Södertäje y me encontré con un coche de la policía, uno de esos controles de carretera, me detuve y... cuando la policía vio que el coche no era mío, me llevaron a la comisaría.
F. Está bien. Veamos, señor Malm, ¿por qué estaba usted conduciendo un coche que no era suyo?
M. Bueno, tenía que ir a Malmö a ver a un compañero y como Berra me había...
F. ¿Berra? Se refiere usted a Olofsson, ¿verdad?
M. Sí, en efecto. Berra, o Olofsson, me había prestado su coche para un par de semanas. Yo tenía que ir de todos modos a Malmö. Así que aproveché la ocasión de disponer del coche y no tener que hacer el viaje en tren. Además, es más barato. De modo que cogí el coche y me puse en camino. ¿Cómo iba yo a saber que el coche era robado?
F. ¿Cómo fue que Olofsson le prestara su coche para tanto tiempo, sin más? ¿No lo necesitaba también él?
M. No. Me dijo que se iba al extranjero y que por tanto no lo necesitaba.
F. Ah, es verdad; debía marcharse al extranjero. ¿Cuánto tiempo tenía que estar fuera?
M. No me lo dijo.
F. ¿Albergaba usted la intención de usar el coche todo el tiempo que él estuviera ausente?
M. Sí. Siempre que tuviera necesidad de hacerlo. En caso contrario debía guardarlo en su parking particular. Vive en uno de esos edificios con aparcamiento propio.
F. ¿Ha regresado ya Olofsson?
M. No, que yo sepa.
F. ¿Sabe usted dónde está?
M. No. Quizás esté en Francia o dondequiera que pensase ir.
F. Señor Malm, ¿tiene usted coche propio?
M. No.
F. Pero usted tuvo uno, ¿no es así?
M. Sí, pero hace mucho tiempo.
F. ¿Acostumbraba usted a usar con frecuencia el coche de Olofsson anteriormente?
M. No, sólo lo he usado esa vez.
F. ¿Cuánto tiempo hace que conoce usted a Olofsson?
M. Alrededor de un año.
F. ¿Se veían a menudo?
M. No. Nos veíamos sólo de vez en cuando.
F. ¿Qué quiere usted decir con lo de «de vez en cuando»? ¿Una vez al mes? ¿Una vez a la semana? ¿O con qué frecuencia?
M. Bueno, quizás una vez al mes, o dos veces.
F. ¿De modo que se conocían bastante bien?
M. Bueno, bastante.
F. Para que Olofsson le prestara su coche tan fácilmente, deberían conocerse bastante bien.
M. Sí, claro.
F. ¿Cuál era la profesión de Olofsson?
M. ¿Cómo?
F. ¿Cómo se ganaba Olofsson la vida?
M. No lo sé.
F. ¿No lo sabe, después de haberle tratado durante un año?
M. No. No hablábamos nunca de eso.
F. ¿Qué hace usted para ganarse la vida?
M. Ahora, nada especial... en este momento, quiero decir.
F. ¿Qué acostumbraba hacer?
M. Cosas diferentes. Depende de lo que uno consigue.
F. ¿Qué es lo que hacía últimamente?
M. Lavaba coches en un garaje en Blankenberg.
F. ¿Cuánto tiempo hace de eso?
M. Pues el verano pasado. Luego el garaje cerró en julio y tuve que dejarlo.
F. ¿Y después, ha buscado algún otro trabajo?
M. Sí, pero no lo había.
F. ¿Y cómo se las ha arreglado sin trabajo, durante... vamos a ver, cerca de ocho meses?
M. Bueno, no ha sido muy fácil.
F. Pero debe de haber conseguido dinero en alguna parte, ¿no es verdad, señor Malm? Usted tiene que pagar el alquiler y un hombre ha de comer.
M. Es que tenía algo ahorrado y he ido pidiendo prestado a uno y a otro.
F. A propósito, ¿qué iba a hacer en Malmö?
M. Iba a buscar a un compañero mío.
F. Antes de que Olofsson le ofreciera prestarle el coche, pensaba ir a Malmö en tren, según dijo. ¿Podía pagarse este gasto?
M. Bueno, yo...
F. ¿Cuánto tiempo hacía que Olofsson tenía ese coche? El Chevrolet.
M. No lo sé.
F. Pero usted debió de fijarse en el coche que tenía cuando le conoció.
M. No me fijé.
F. Señor Malm, usted ha trabajado bastante en coches, ¿verdad? Se dedicaba usted a lavarlos, según dijo. ¿No es extraño que no se fijara en el tipo de coche que su amigo tenía?
M. No, no pensé en ello. De todos modos, yo había visto su coche muy pocas veces.
F. Señor Malm, ¿no se trataba en realidad de que usted iba a ayudar a Olofsson a vender el coche?
M. No.
F. Pero usted sabía que Olofsson comerciaba con coches robados, ¿no es cierto?
M. No, no sabía nada de eso.
F. No hay más preguntas.
Martin Beck desconectó el magnetófono.
—Un investigador más amable de lo acostumbrado —comentó Kollberg bostezando.
—Sí —dijo Rönn—, y poco eficaz.
—De acuerdo —asintió Martin Beck—. Así que dejaron libre a Malm y Gunvald se encargó de vigilarle. Confiaban encontrar a Olofsson a través de Malm. Es muy probable que Malm trabajase para Olofsson, pero, dado su nivel de vida, no debe de haber obtenido mucho por sus esfuerzos.
—Era también un maquillador de coches —observó Kollberg—. Esos tipos resultan útiles para los que trafican en coches robados.
Martin Beck asintió.
—Este Olofsson —dijo Rönn—. ¿No hay manera de echarle el guante?
—No, todavía no se ha encontrado ningún indicio relacionado con su paradero —contestó Martin Beck—. Es muy posible que Malm dijera la verdad cuando, durante el interrogatorio, aseguró que Olofsson se había ido al extranjero. Ya aparecerá, desde luego.
Kollberg, irritado, golpeó con el puño el brazo del sillón.
—No puedo comprender a ese Larsson —exclamó, mirando de reojo a Rönn—. Quiero decir, ¿cómo puede afirmar que no sabe por qué estaba vigilando a Malm?
—No era necesario que lo supiera, ¿no es verdad? —repuso Rönn—. No empieces otra vez a meterte con Gunvald.
—Por el amor de Dios, él debería saber que tenía que estar atento por si Olofsson aparecía. De otro modo, apenas tenía sentido vigilar a Malm.
—Sí —dijo Rönn tranquilamente—. Tendrás que preguntárselo cuando esté mejor, ¿no te parece?
—Hum —rezongó Kollberg.
Se desperezó de tal modo que las costuras de su chaqueta crujieron.
—Oh, bueno —dijo finalmente—. Ese asunto de los coches no es cosa nuestra, de todas maneras. Y demos gracias a Dios por ello.
7
El lunes por la tarde ocurrió algo que pareció que Benny Skacke se vería obligado, por primera vez en su vida, como miembro del Departamento de Homicidios, a resolver un crimen por su cuenta.
O al menos un caso de homicidio.
Estaba sentado en su oficina de la Comisaría Sur, ocupado en la tarea que Kollberg le había dejado encargada antes de irse a Kunsholmasgatan. Es decir, atendía al teléfono, y estaba clasificando informes en sus diferentes archivadores. El proceso de selección era lento, porque le obligaba a leer cuidadosamente todo el informe antes de clasificarlo. Benny Skacke era ambicioso y a la vez dolorosamente consciente de que, por mucho que hubiera aprendido todo cuanto es posible aprender en la escuela de formación de policías, no había tenido realmente la oportunidad de poner en práctica sus conocimientos. Con la esperanza de encontrar una ocasión de demostrar sus talentos ocultos en este campo, intentaba por todos los medios participar en las experiencias de sus colegas de más edad. Uno de sus métodos era el de escuchar todas sus conversaciones tan a menudo como le era posible, cosa que empezaba a sacar de sus casillas a Kollberg. Otro medio de información era leer viejos informes, lo que estaba haciendo en el momento en que sonó el teléfono.
Era un hombre de la sección de recepción del mismo edificio.
—Hay una persona aquí que dice que quiere informar acerca de un crimen —explicó, algo inseguro—, ¿Lo envío arriba o...?
—Sí, envíelo —dijo el subinspector Skacke sin dudar.
Volvió a colgar el teléfono y salió al corredor para hacer entrar al visitante. Mientras, se preguntaba si lo que el hombre de recepción estuvo a punto de decir cuando él le interrumpió sería: «¿O le digo que vea al policía de turno?» Skacke era un joven muy sensible.
El visitante subía despacio y algo inseguro por la escalera. Benny Skacke le abrió la puerta de cristal e involuntariamente dio un paso atrás al percibir el agrio olor a sudor, orina y alcohol barato. Entró en la oficina delante del hombre y le ofreció la silla situada frente a su mesa. El tipo no se sentó en seguida, sino que esperó de pie a que Skacke se hubiera sentado.
Skacke examinó al hombre que tenía ante él. Parecía tener entre cincuenta y cincuenta y cinco años, medía poco más de metro y medio y era muy delgado, no debía pesar más de cincuenta kilos. Su pelo era fino y de color rubio ceniza, y sus ojos eran de un azul desvaído. Las mejillas y la nariz estaban cubiertas de venas rojas. Sus manos temblaban y un tic nervioso contraía su ojo izquierdo. Su traje marrón estaba manchado y muy brillante y el chaleco tejido a máquina que llevaba bajo la chaqueta estaba zurcido con lana de otro color. Olía a alcohol, pero no parecía estar borracho.
—Bien, ¿quiere usted informar sobre algo? ¿De qué se trata?
El hombre se miró las manos. Hacía rodar nerviosamente una colilla de cigarrillo entre los dedos.
—Fume usted si quiere —dijo Skacke, acercándole una caja de cerillas.
El hombre cogió la caja, encendió la colilla, tosió con una tos seca y ronca, y levantó los ojos.
—He matado a mi mujer —dijo.
Benny Skacke alargó la mano para buscar su bloc de notas y dijo con una voz que él creyó tranquila y autoritaria:
—¿Ah, sí? ¿Dónde?
Deseó que Martin Beck o Kollberg estuvieran allí.
—En la cabeza.
—No, no me refería a eso. ¿Dónde está ella ahora?.
—Ah. En casa. Dansbanevägen número 11.
—¿Cómo se llama usted?
—Gottfridsson.
Benny Skacke escribió el nombre en su bloc y se inclinó hacia adelante, con los antebrazos apoyados sobre la mesa.
—¿Puede usted explicarme cómo ocurrió, señor Gottfridsson?
El hombre llamado Gottfridsson se mordió el labio inferior.
—Bueno —dijo—. Bueno, fui a casa y ella empezó a meterse conmigo sin parar. Yo estaba cansado y no tenía ganas de contestarle, así que le dije que se callara, pero ella continuó sin hacerme caso. Entonces perdí los estribos, la cogí por el cuello y ella empezó a dar puntapiés y a gritar, así que empecé a golpearle la cabeza una y otra vez. Entonces se cayó al suelo y al cabo de un rato empecé a asustarme y traté de reanimarla, pero continuó echada en el suelo.
—¿No llamó a un médico?
El hombre negó con la cabeza.
—No —contestó—. Creí que se había muerto, así que no tenía sentido llamar al médico —se quedó sentado en silencio durante un momento. Luego dijo—: Yo no quería hacerle ningún daño. Simplemente perdí los estribos. Ella no hubiera debido seguir metiéndose conmigo.
Benny Skacke se levantó y fue a buscar su abrigo en el colgador situado junto a la puerta. No estaba seguro de lo que debía hacer con el hombre. Mientras se ponía el abrigo, preguntó:
—¿Por qué vino usted aquí, en lugar de ir a la comisaría del distrito? Está muy cerca.
—Pensé... pensé que una cosa así... asesinato y todo eso, así...
Benny Skacke abrió la puerta que daba al corredor.
—Es mejor que venga usted conmigo, señor Gottfridsson.
Tardaron sólo unos pocos momentos en llegar al bloque de casas donde Gottfridsson vivía. El hombre iba sentado en silencio, mientras las manos le temblaban violentamente. Al llegar, subió las escaleras y Skacke cogió la llave y abrió la puerta de entrada.
Se internaron en un recibidor pequeño, oscuro, con tres puertas, todas ellas cerradas. Skacke miró inquisitivamente a Gottfridsson.
—Ahí dentro —dijo el hombre, señalando la puerta de la izquierda.
Skacke dio tres pasos adelante y abrió la puerta.
La habitación estaba vacía.
Los muebles eran viejos y polvorientos, pero parecían estar en su lugar habitual y no se veían señales de pelea de ninguna clase. Skacke se volvió y miró a Gottfridsson, que todavía estaba junto a la otra puerta.
—Aquí no hay nadie —dijo.
Gottfridsson se quedó mirándolo. Levantó la mano y señaló mientras avanzaba lentamente hacia la puerta.
—Pero si ella estaba echada ahí —balbució.
Miró a su alrededor, confuso. Luego se dirigió hacia la puerta de la cocina y la abrió. La cocina también estaba vacía. La tercera puerta daba al cuarto de baño y tampoco allí había nada extraordinario.
Gottfridsson se pasó la mano a través de su escaso pelo.
—¿Cómo puede ser? —murmuró—. Yo la vi echada ahí, en el suelo.
—Sí —admitió Skacke—. Quizá la vio. Pero, evidentemente, no estaba muerta. ¿Cómo llegó usted a esa conclusión?
—Porque lo vi —respondió Gottfridsson—. Estaba inmóvil y no respiraba. Y estaba fría. Como un cadáver.
—Quizá sólo pareciera muerta.
Skacke pensó que tal vez le estuviera tomando el pelo y se hubiese inventado toda la historia. Quizá ni siquiera tenía mujer; además, tanto la muerte de su presunta esposa como su resurrección y desaparición no parecían impresionarle mucho. Examinó el suelo en el lugar en el que, según Gottfridsson, había estado la mujer muerta. No había huellas de sangre ni de nada especial.
—Bueno —dijo Skacke—. Ella no está aquí ahora. Tal vez deberíamos preguntar a los vecinos.
Gottfridsson trató de disuadirle.
—¡No, no haga usted eso! No nos llevamos muy bien con ellos. Y de todos modos no están en casa a esta hora.
Se fue a la cocina y se sentó en una silla de madera.
—¿Dónde demonios está esa mujer? —se preguntó.
En ese momento, se abrió la puerta exterior. La mujer que entró en el recibidor era baja y rolliza. Llevaba una especie de guardapolvo y una chaqueta de punto, y un pañuelo a cuadros atado a la cabeza. De la mano le colgaba una bolsa de malla.
A Skacke no se le ocurrió nada que decir en el primer momento. Tampoco la mujer dijo nada. Pasó rápidamente por delante de él y entró en la cocina.
—Ah, vamos, ¿de modo que te has atrevido a volver, zoquete?
Gottfridsson se quedó mirándola y abrió la boca para decir algo. Su mujer descargó con violencia la bolsa de malla sobre la mesa de la cocina y dijo:
—¿Y quién es este individuo? Vamos, ya sabes que no debes traer a tus compadres borrachos aquí, tú ya lo sabes. Tus amigotes pueden ir a cualquier otro sitio.
—Discúlpeme —intervino Skacke tímidamente—. Su marido creyó que usted había sufrido un accidente y...
—Accidente —repitió la mujer resoplando—. ¡Accidente! —se volvió y miró a Skacke con hostilidad—. Pensé que convenía asustarle un poco. ¡Llegar aquí de este modo y empezar a pelear después de haber estado fuera de casa emborrachándose varios días! Todo tiene un límite.
La mujer se quitó el pañuelo. Tenía una herida insignificante en la mandíbula, pero aparte de esto no parecía haber sufrido ningún otro percance.
—¿Cómo se encuentra usted? —preguntó Skacke—. No está herida, ¿verdad?
—¡Qué va! —exclamó ella—, Pero cuando me hizo caer al suelo, pensé en quedarme allí y fingir que me había desmayado —se volvió hacia el hombre—. Estabas un poco asustado, ¿no es verdad?
Gottfridsson, embarazado, miró a Skacke y murmuró algo.
—Pero vamos a ver, ¿quién es usted en realidad? —preguntó la mujer.
Skacke cruzó su mirada con la de Gottfridsson y dijo escuetamente:
—Policía.
—¡Policía! —gritó la señora Gottfridsson.
Con las manos en jarras se inclinó sobre su marido, que estaba acurrucado con expresión angustiada en la silla de la cocina.
—¿Te has vuelto loco? —gritó—. ¡Traer a la poli a casa! ¿Por qué lo hiciste, si puede saberse? —Se enderezó y miró furiosa a Skacke—. Y usted... ¿qué clase de policía es usted? Metiéndose aquí, en una casa de gente inocente. ¿No debería usted por lo menos enseñar su carnet antes de meterse así con gente honrada?
Skacke sacó apresuradamente su carnet de policía.
—De modo que es usted un subalterno, ¿eh?
—Subinspector —replicó Skacke fríamente.
—Qué pensó que iba a encontrar aquí, ¿eh? Yo no he hecho nada malo, ni mi marido tampoco.
Se situó al lado de Gottfridsson y le puso una mano sobre el hombro, con ademán protector.
—¿Tiene algún permiso o algo parecido que le permita meterse así en mi casa? —preguntó ella—. ¿Te ha enseñado algo, Ludde?
Gottfridsson sacudió la cabeza pero no dijo nada. Skacke dio un paso adelante y abrió la boca, pero la señora Gottfridsson le interrumpió bruscamente.
—Bueno, entonces váyase inmediatamente. Casi estoy a punto de denunciarle por allanamiento de morada. Váyase antes de que me enfade.
Skacke miró al hombre, que miraba obstinadamente el suelo. Luego se encogió de hombros, dio la espalda a la pareja y regresó algo confuso a la Comisaría Sur.
El humo de los cigarrillos de Martin Beck y del puro de Hammar flotaba como una especie de niebla en la habitación, y Kollberg había contribuido a la polución del ambiente encendiendo un fuego con las cerillas apagadas y las cajetillas de cigarros vacías, dentro del cenicero. Rönn empeoró la situación aún más abriendo la ventana y dejando entrar el aire ciudadano más enrarecido de toda la Europa del Norte. Martin Beck tosió y dijo:
—Si vamos a aceptar la teoría del fuego intencionado, entonces todo va a ser más difícil, dado que los testigos están en el hospital y en condiciones que hacen imposible cualquier interrogatorio.
—Sí —asintió Rönn.
—En este momento —dijo Hammar—, yo no creo que haya sido un incendio provocado. Pero no debemos sacar conclusiones precipitadas hasta que Melander haya acabado de examinar el lugar del incendio y los laboratorios den su informe.
El teléfono sonó. Kollberg extendió la mano y a la vez puso una caja de cerillas vacía en el montón encendido del cenicero. Escuchó aproximadamente medio minuto.
—¿Qué? —exclamó con sorpresa no fingida, y los otros reaccionaron en seguida.
Kollberg miró con aire ausente a Martin Beck y dijo:
—Tengo una sorpresa endemoniada para ustedes, caballeros. Göran Malm no murió en el incendio.
—¿Qué quieres decir? —dijo Hammar—. ¿No estaba en la casa?
—Oh, sí, estaba prácticamente calcinado dentro del colchón. El que acaba de hablarme por teléfono es el hombre que practicó la autopsia. Dice que Malm era cadáver antes de iniciarse el fuego.
8
La enfermera jefe encargada de cuidar a Gunvald Larsson hablaba en tono decidido e imperturbable.
—No puedo evitarlo —decía—. No me importa de lo que se trate. Lo que está en juego es la salud del señor Larsson y no mejorará si no dejan de telefonearle y de intranquilizarlo. Debe estar en completo reposo, y éstas son las órdenes del médico. Le dije lo mismo a Kollberg, que acaba de llamar y que por cierto estuvo muy grosero. No se le puede llamar hasta mañana, como más pronto. Adiós.
Martin Beck se quedó con el aparato en la mano. Luego se encogió de hombros y volvió a colgarlo.
Estaba sentado en su despacho de la Comisaría Sur. Eran las ocho y media de la mañana del martes, y ni Kollberg ni Skacke habían dado señales de vida. Kollberg parecía muy activo últimamente, así que probablemente no tardaría en aparecer.
Martin Beck volvió a coger el teléfono, marcó el número de la Comisaría de Maria y preguntó por Zachrisson. No estaba allí pero debía presentarse a su servicio a la una.
Martin Beck abrió un nuevo paquete de Floridas, encendió uno y se asomó a la ventana. No era un panorama precisamente atractivo el que se ofrecía a su vista. Una zona industrial sin ningún aliciente y una carretera de la que partían ramificaciones hacia el centro de la ciudad, invadidas por infinidad de brillantes vehículos que iban avanzando intermitentemente, a paso de tortuga. Martin Beck odiaba los coches y sólo en caso de extrema necesidad se ponía al volante. No le gustaba la comisaría provisional de Västerberga y estaba esperando el día en que la ampliación de la vieja comisaría de Kungsholom estuviera acabada y todos los departamentos esparcidos pudieran estar reunidos de nuevo bajo el mismo techo.
Martin Beck volvió la espalda al lúgubre panorama que se le ofrecía desde la ventana cruzó las manos detrás del cogote y se puso a mirar al techo mientras reflexionaba.
¿Cuándo, cómo y por qué había muerto Göran Malm y qué relación existía entre su muerte y el incendio? Una teoría fácil era suponer que alguien había matado primero a Malm y luego había prendido fuego a la casa para ocultar cualquier rastro. Pero en ese caso, ¿cómo había conseguido el posible asesino entrar en la casa sin ser visto por Gunvald Larsson o por Zachrisson?
Martin Beck oyó los pasos decididos de Skacke detrás de la puerta y un momento después apareció también Kollberg. Dio un puñetazo en la puerta de Martin Beck, asomó la cabeza, dijo hola y desapareció de nuevo.
Cuando volvió, se había quitado el abrigo y la chaqueta y se había aflojado la corbata. Se sentó en la silla de los visitantes y dijo:
—He intentado charlar con Gunvald Larsson por teléfono y no lo he conseguido.
—Ya lo sé —asintió Martin Beck—. Yo también lo he intentado.
—Por otra parte, he hablado con ese Zachrisson —dijo Kollberg—. Le llamé esta mañana a su casa. Gunvald Larsson llegó a Sköldgatan hacia las diez y media y Zachrisson se marchó entonces. Dice que la última señal de vida que pudo apreciar en el apartamento de Malm fue la luz que se apagó a las ocho menos cuarto. También dice que aparte de los tres invitados de Roth no vio a nadie entrar o salir por la puerta principal en toda la noche. Pero es difícil saber si se mantuvo alerta todo el tiempo. Pudo haberse quedado adormilado.
—Sí, supongo que sí —admitió Martin Beck—. Pero parece increíble que alguien tuviera la suerte de entrar en la casa y salir de nuevo sin ser visto.
Kollberg suspiró y se frotó la barbilla.
—No..., eso parece, desde luego, bastante increíble —dijo—. ¿Qué vamos a hacer ahora?
Martin Beck estornudó tres veces y Kollberg le bendijo cada vez. Martin Beck le dio las gracias cortésmente.
—Por lo que a mí respecta, voy a ir a hablar con el patólogo —anunció.
Alguien llamó a la puerta y Skacke entró y se quedó parado en medio de la habitación.
—Bueno, ¿qué quiere usted? —inquirió Kollberg.
—Nada —contestó Skacke—. Sólo quería saber si había alguna novedad sobre el fuego —como ni Martin Beck ni Kollberg respondieron, continuó, vacilante—: Quiero decir, si podía hacer algo...
—¿Has comido? —preguntó Kollberg.
—No —dijo Skacke.
—En ese caso, puedes traernos un poco de café para empezar —encargó Kollberg— y para mí tres bollos. ¿Qué quieres, Martin?
Martin Beck se levantó y se abrochó la chaqueta.
—Nada —contestó—. Me voy al Instituto Forense ahora mismo.
Se metió en el bolsillo el paquete de Floridas y las cerillas, y telefoneó para pedir un taxi.
El patólogo que había hecho la autopsia era un profesor de cabellos blancos, de unos setenta años. Había sido médico de la policía desde los primeros días en los que Martin Beck formaba parte del cuerpo como simple policía de patrulla; además, Martin Beck lo había tenido también como maestro en la escuela de policía. Desde entonces, habían trabajado juntos en gran número de casos, y Martin Beck sentía un gran respeto por su experiencia y sus conocimientos.
Llamó a la puerta del despacho del patólogo en el Instituto Forense de Solna, oyó el teclear de una máquina de escribir y abrió la puerta sin esperar que le contestasen. El profesor estaba sentado escribiendo a máquina junto a la ventana, de espaldas a la puerta. Acabó lo que estaba haciendo y sacó el papel de la máquina antes de volverse y ver a Martin Beck.
—¡Vaya! —exclamó—. Precisamente estaba sentado aquí escribiendo un informe preliminar para ti. ¿Cómo van las cosas?
Martin Beck se desabrochó el abrigo y se hundió en la silla de los visitantes.
—Regular —dijo—. Este asunto del incendio es un poco confuso. Y yo tengo un resfriado del demonio. Pero todavía no estoy a punto para una autopsia.
El profesor le miró inquisitivamente y le dijo:
—Deberías ir a un médico. No es bueno que pesques esos resfriados continuamente.
—¡Ah, los médicos! —exclamó Martin Beck—. Con el debido respeto a sus colegas, la verdad es que todavía no han aprendido a curar un resfriado corriente —sacó su pañuelo y se sonó con fuerza—. Bueno, vamos al grano —dijo—, Malm es la persona que me interesa en primer lugar y de modo especial.
El profesor se Quitó las gafas y las puso sobre su mesa de trabajo, frente a él.
—¿Quieres verlo? —le dijo.
—Prefiero no verlo —decidió Martin Beck—. Me conformo con lo que me diga.
—Debo confesar que no hay mucho que ver —murmuró el patólogo— y tampoco de los otros dos. ¿Qué es lo que quieres saber?
—Cómo murió.
El profesor sacó el pañuelo y comenzó a limpiar sus gafas.
—Me temo que no voy a poder decirte eso —rezongó—. Te he dicho ya casi todo lo que sé. He podido comprobar que estaba muerto cuando el incendio empezó. Estaba echado en su cama, sin duda completamente vestido, cuando el fuego comenzó.
—¿Pudo ser una muerte violenta?
El patólogo sacudió la cabeza.
—Es poco probable —dijo.
—¿No había heridas o contusiones en el cuerpo?
—Sí, naturalmente. Bastantes. El calor era muy intenso y él estaba tendido en la posición llamada de defensa. Su cabeza estaba llena de resquebrajaduras, pero se produjeron después de la muerte. Tenía también algunos rasguños y contusiones, probablemente debidos a la caída de vigas u otros objetos sobre él, y su cráneo estalló desde el interior a causa del calor.
Martin Beck asintió. Había visto víctimas de incendios otras veces y sabía lo fácil que solía ser para un profano pensar que los daños se habían producido antes de la muerte.
—¿Cómo llegó a la conclusión de que estaba muerto antes de que empezara el fuego? —preguntó.
—En primer lugar, no había señal alguna de que la circulación estuviera funcionando cuando el cuerpo sufrió la acción del fuego. Además, no se encontraron restos de hollín ni de humo en sus pulmones ni en sus zonas bronquiales. Los otros dos tenían grumos de hollín en sus órganos respiratorios y claros coágulos de sangre en sus membranas. En cuanto a ellos se refiere, no hay duda de que no murieron hasta después de producirse el fuego.
Martin Beck se levantó y se acercó a la ventana. Miró hacia abajo, la carretera en la que los vehículos amarillos del departamento de autopistas estaban esparciendo sal sobre el aguanieve gris casi derretida. Suspiró, encendió un cigarrillo y se volvió de espaldas a la ventana.
—¿Tienes alguna razón convincente para creer que le mataron de algún modo? —preguntó el profesor.
Martin Beck se encogió de hombros.
—Me parece difícil creer que muriese de muerte natural antes de que la casa se viniese abajo con el incendio —dijo.
—Sus órganos internos estaban completamente sanos —manifestó el patólogo—. La única cosa anómala que encontramos en él fue que el porcentaje de monóxido de carbono en la sangre era un poco elevado si se tiene en cuenta que no había respirado nada de humo.
Martin Beck estuvo allí durante otra media hora antes de regresar a la ciudad. Cuando bajó del autobús en Norra Bantorget y respiró el aire contaminado en la estación terminal, pensó que probablemente no existía un solo habitante en la ciudad que no sufriera intoxicación crónica de monóxido de carbono.
Estuvo pensando durante un rato en la importancia de lo que el patólogo había dicho acerca del monóxido de carbono detectado en la sangre del hombre muerto, pero luego dejó de pensar en ello. Descendió hacia el metro, donde las capas de aire eran aún más tóxicas.
9
La tarde del miércoles, trece de marzo, a Gunvald Larsson se le permitió por fin abandonar la cama en el Hospital del Sur. Con cierta dificultad, se embutió la bata que le dieron en el hospital y contempló con ceño malhumorado su imagen en el espejo. La bata era varias tallas más pequeña de lo que él necesitaba y su color se había desteñido hasta oscurecerse. Luego se miró los pies. Estaban metidos en un par de zapatos negros de suela de madera, que o bien habían sido hechos para Goliat o bien con la intención de colgarlos como anuncio en la puerta de un fabricante de zuecos. Sus monedas estaban dentro de un hueco en la mesilla de noche, así que cogió unas cuantas y se dirigió al primer teléfono del paciente más próximo y marcó el número de la comisaría de policía, a la vez que, inconscientemente, estiraba la manga de su curiosa indumentaria. No consiguió alargarla ni un centímetro.
—Sí —dijo Rönn—. Bueno, eres tú, ¿verdad? ¿Cómo estás?
—Bien. ¿Cómo demonios he venido a parar aquí?
—Yo te llevé. Estabas bastante trastornado.
—La última cosa que recuerdo es estar sentado mirando una fotografía de Zachrisson en el periódico.
—Bueno —dijo Rönn—. Han pasado cinco días desde entonces. ¿Cómo están tus manos?
Gunvald Larsson miró su mano derecha y flexionó los dedos para cerciorarse de su estado. La mano era muy grande y cubierta de largos pelos rubios.
—Parece que están bien —contestó—. Sólo unos cuantos vendajes sin importancia.
—Bueno, eso son buenas noticias.
—¿Tienes que empezar forzosamente todas tus frases con un «bueno»? —preguntó Gunvald Larsson irritado.
Rönn no le contestó.
—Bueno... ¿Einar?
—Bueno, ¿qué quieres? —dijo Rönn riéndose ligeramente.
—¿De qué te ríes?
—De nada. ¿Qué es lo que quieres?
—Al fondo, hacia la izquierda del cajón de mi mesa, hay un bolso de piel negra. Dentro están mis llaves de repuesto. Ve hasta Bollmora y tráeme mi bata blanca y mis zapatillas blancas, ¿quieres? La bata está colgada en el armario guardarropa y las zapatillas están en la entrada, justo al lado de la puerta.
—Bueno, creo que podré hacerlo.
—En la cómoda de mi habitación hay una bolsa con algunos pijamas. Tráemelos también, ¿quieres?
—¿Necesitas todas esas cosas en seguida?
—Sí. Estos locos del hospital no me dejan salir hasta pasado mañana, lo más pronto, y me han dado una bata entre gris-marrón y gris-azul de una talla diez veces menor que la mía, y un par de zuecos que parecen dos ataúdes. Y aparte de esto, ¿cómo van las cosas por ahí?
—Bueno, no del todo mal. Bastante tranquilas.
—¿Qué hacen Beck y Kollberg?
—Han vuelto a Västerberga.
—Espléndido. ¿Cómo sigue el caso?
—¿Qué caso?
—El del fuego, claro.
—Se ha cerrado.
—¿Qué quieres decir? —gritó Gunvald Larsson—. ¿Qué demonios estás diciendo? ¿Cerrado?
—Sí. Fue un accidente.
—¿Accidente?
—Sí, más o menos... Mira, la investigación en el lugar del siniestro se dio por terminada esta mañana y...
—¿Qué demonios quieres decir? ¿Estás bebido?
Gunvald Larsson hablaba tan alto que la enfermera de guardia llegó deslizándose por el pasillo.
—No, es que ese individuo, Malm...
—Señor Larsson —dijo la enfermera, con tono de reconvención—. Esto no puede ser.
—Cállese —ordenó Gunvald, dejándose llevar por la costumbre.
La enfermera debía tener unos cincuenta años; era una mujer ligeramente rolliza, con una barbilla decidida. Miró glacialmente a su paciente y le dijo con aspereza:
—Vuelva a colgar el aparato en seguida. Es evidente que se le ha permitido levantarse demasiado pronto, señor Larsson. Voy a hablar con el médico ahora mismo.
—Bueno, iré tan pronto como pueda —dijo Rönn en el teléfono—. Te traeré los informes para que puedas enterarte tú mismo.
—Vuelva a la cama ahora mismo, señor Larsson —insistió la enfermera.
Gunvald Larsson abrió la boca para contestar algo pero se calló.
—Hasta luego entonces —se despidió Rönn.
—Hasta luego —dijo Gunvald Larsson, amablemente.
—A la cama, le digo —ordenó la enfermera—, ¿No oye usted lo que le digo, señor Larsson?
No le quitó los ojos de encima hasta que él cerró la puerta de su cuarto.
Gunvald Larsson se acercó a la ventana arrastrando sus zapatones con furia. La ventana daba al norte y desde allí podía ver casi todo el distrito de Södermalm. Si dirigía la mirada al lugar justo, incluso percibía la parte alta de la chimenea cubierta de hollín que todavía se levantaba en el lugar del incendio.
«¿Qué demonios significa todo esto?», se dijo a sí mismo. Y poco después: «Deben de haberse vuelto locos, Rönn y todos los demás.»
Se oyeron pasos en el pasillo.
Gunvald se metió apresuradamente en la cama y con astucia maquiavélica intentó aparecer bien educado e inocente.
A una distancia de un par de kilómetros Rönn colgó el teléfono y, sonriente, se golpeó con el índice derecho la nariz roja, como si procurase no estallar de risa. Melander, que estaba frente a él tecleando en su vieja máquina de escribir, levantó la cabeza, se quitó la pipa de la boca y preguntó:
—¿Qué es eso tan divertido?
—Gunvald —dijo Rönn, conteniendo a duras penas la risa—. Se encuentra mejor. Deberías haber oído su voz cuando me hablaba de las ropas que le han dado. Y entonces llegó una enfermera y empezó a chillarle.
—¿Qué le pareció lo de Malm y todo lo demás?
—Estaba furioso. Disparatado y hablando a gritos.
—¿Vas a ir a verle?
—Sí, eso creo.
Melander le empujó por encima de la mesa los papeles del informe.
—Llévate esto contigo, y entonces... entonces quizá se tranquilice.
Rönn se quedó silencioso un momento. Luego dijo:
—¿Querrás contribuir con diez coronas para comprar algunas flores?
Melander fingió no haberle oído.
—Cinco entonces —apuntó Rönn un minuto después.
Melander continuó ocupado con su pipa.
—Cinco —dijo Rönn obstinadamente.
Sin el menor cambio de expresión, Melander sacó su monedero, miró su contenido, cogiéndolo de modo que Rönn no pudiera ver su interior, y finalmente dijo:
—¿Puedes cambiar un billete de diez coronas?
—Supongo que sí.
Melander miró inexpresivamente a Rönn. Luego sacó un billete de diez coronas y lo puso sobre el archivador. Rönn se embolsó el dinero, cogió los papeles y se dirigió hacia la puerta.
—Einar —dijo Melander.
—¿Qué hay?
—¿Dónde vas a comprar las flores?
—No lo sé.
—No vayas al puesto que está junto al hospital. Allí siempre acaban estafándote.
Rönn se fue. Melander miró su reloj y escribió:
Caso cerrado. No es necesario continuar las investigaciones. Miércoles, 13 de marzo, 1968, a las 14. 30 horas.
Sacó el papel de la máquina de escribir, cogió su estilográfica y completó el informe con su firma totalmente ilegible. Era pequeña y enredada, y Kollberg solía decir que parecían tres mosquitos muertos del verano anterior. Luego puso el informe en la cesta de las cartas para que hicieran una copia, enderezó un sujetapapeles, cogió otra pipa y empezó a hurgar en ella.
Melander era muy minucioso en sus informes. Los redactaba a su manera, asegurándose de que todo constase en el papel. Era parte de su sistema. Era más fácil recordar los detalles si se habían formulado desde un principio de un modo claro y lúcido. Al escribirlos, nunca olvidaba nada que hubiera visto. Por otra parte, lo cierto era que generalmente no solía olvidarse nunca de nada.
El incendio de Sköldgatan le había mantenido ocupado exactamente durante cinco días, desde el viernes por la tarde hasta hacía dos minutos. Como no tenía ninguna obligación de trabajar los sábados ni los domingos, confiaba en disfrutar ahora de cuatro días seguidos libres. Hammar estaba ya de acuerdo, siempre que no ocurriese algo imprevisto. ¿Era demasiado pronto para ir a su cottage de verano en Värmado? No demasiado. Él podía empezar a pintar el interior, mientras su mujer cubría las estanterías con papel de forrar. El cottage era la niña de sus ojos. Lo había heredado de su padre, que había sido también policía, un sargento en Nacka para ser más precisos, y la única dificultad consistía en que él no tenía ningún hijo a quien dejarlo a su vez. Por otra parte, la falta de hijos era una decisión enteramente voluntaria, a la que habían llegado él y su mujer en parte por comodidad y en parte como consecuencia de un cuidadoso planning financiero. En aquel tiempo, era imposible prever que los sueldos de los policías subirían tan rápidamente; además, siempre había sido consciente del riesgo que su profesión implicaba, y actuaba de acuerdo con su situación.
Acabó de limpiar la pipa, la llenó y la encendió. Luego se levantó y se fue al lavabo. Confiaba en que el teléfono no sonaría mientras él todavía pudiera oírlo.
Como investigador de lugares de crímenes, Frederick Melander tenía quizá más trabajo que ningún otro policía en activo del país. Tenía cuarenta y ocho años y había recibido sus primeras instrucciones de hombres como Harry Södermalm y Otto Wendel. Durante sus años de servicio en el Departamento de Homicidios, al que se había incorporado después de la centralización de las fuerzas de policía en 1965, había visto cientos de crímenes y de escenarios de todos los tipos imaginables. La inmensa mayoría habían sido extraordinariamente desagradables, pero Melander no era un hombre fácilmente impresionable ni por tanto víctima de sus emociones. Tenía la capacidad de conservarse fríamente a distancia de su trabajo, cosa que muchos de sus colegas le envidiaban pero de la que él era completamente inconsciente.
Así que lo que había visto en Sköldgatan no le había perturbado psíquicamente ni le había afectado apenas en lo emocional.
El trabajo en el lugar del siniestro había exigido paciencia y sistematización. En primer lugar, había consistido en averiguar cuántas personas habían muerto. Se habían encontrado tres cuerpos, que fueron identificados como los cadáveres de Kristina Modig, Kenneth Roth y Göran Malm. Los tres presentaban quemaduras gravísimas. Malm estaba casi calcinado. Su cuerpo fue el último en aparecer, después de haber llegado en los trabajos de exploración hasta las últimas capas de los restos del fuego. La niña Modig yacía en la parte oeste de la casa, que había sido, comparativamente hablando, la menos perjudicada. Los dos hombres se habían hallado en la parte este, totalmente destruida, en la que aparentemente el fuego se había iniciado Kristina tenía escasamente catorce años, y todavía iba a la escuela. Kenneth Roth contaba veintisiete y Göran Malm cuarenta y dos. Los dos tenían antecedentes criminales y ninguno parecía tener un trabajo fijo. La mayoría de estos datos ya eran conocidos antes.
El segundo nivel de la investigación trataba de contestar a dos preguntas: cuáles habían sido las causas de la muerte y cómo había empezado el fuego.
La respuesta a la primera pregunta era asunto del patólogo del Instituto Forense. La pregunta de la causa del fuego era el dolor de cabeza de Melander, a parte del hecho de que él nunca padecía dolor de cabeza.
Tenía a su disposición varios expertos del departamento de incendios y de los laboratorios forenses, que al principio no le proporcionaron grandes motivos de satisfacción. Su principal contribución a la investigación era la de fruncir el ceño y adoptar expresiones de perplejidad.
Melander había tomado varios centenares de fotografías. A medida que cada persona muerta se descubría y se exponía, Kristina Modig el día después del incendio, Kenneth Roth el domingo, y Göran Malm el lunes por la tarde, los había fotografiado desde todos los ángulos imaginables, y después había enviado los restos para que se practicase la autopsia.
No eran cadáveres especialmente bien conservados, pero como el fuego había durado poco tiempo, y el cuerpo humano consta en un 90 % de líquido, distaban mucho de estar completamente carbonizados, así que los expertos médicos tuvieron bastante materia con la que trabajar.
Los primeros informes no contenían ninguna sorpresa.
Kristina Modig había muerto de intoxicación por monóxido de carbono. Llevaba un camisón y la habían encontrado echada en la cama. Todo parecía indicar que había muerto mientras dormía. En sus órganos respiratorios y en los bronquios se habían encontrado partículas de hollín.
Las circunstancias en el caso de Kenneth Roth eran las mismas, aparte de que no estaba vestido y había sido consciente de lo que ocurría. En sus intentos de salvarse, había recibido quemaduras graves. También había respirado el humo sofocante y tenía hollín en su garganta, conductos bronquiales y pulmones.
Pero éste no era el caso de Göran Malm.
Había otras diferencias más sorprendentes. Malm había muerto, en efecto, echado en la cama, pero por lo que podía deducirse estaba completamente vestido. Había señales de que no sólo llevaba puesta su ropa interior, sus pantalones y su camisa, sino también calcetines, zapatos y chaqueta. El cuerpo estaba totalmente carbonizado y en la llamada posición de defensa, un fenómeno debido a la contracción de los músculos después de la muerte, a causa del calor. Todo parecía indicar que el fuego había empezado en su apartamento, pero nada indicaba que él se hubiera dado cuenta o que hubiera intentado salvarse.
En cuanto a lo relacionado con las causas del fuego, Melander tenía ya su propia teoría cuando había hablado con Martin Beck y con Kollberg el viernes por la tarde. No se le hubiera ocurrido, sin embargo, mencionarla delante de ellos. El fuego había empezado con algún tipo de explosión y luego se había extendido rápidamente y con gran violencia. Su creencia íntima era que la explosión había sido producida por algún rescoldo, por un fuego que ardía sin llamas y que quizás había durado horas antes de que la temperatura alcanzase tal grado que hiciera saltar las ventanas. En este momento, era posible que Göran Malm llevase ya muerto varias horas y que gran parte de lo que contenía el apartamento se hubiera fundido o carbonizado, lo mismo que las superficies de los suelos, los techos y las paredes. La extrema violencia de la «explosión» que Gunvald Larsson creyó haber visto sería en este caso debida al momento en que el fuego, al prender con toda su fuerza, se extendía por todo el apartamento, a la vez que la primera ventana saltaba y el aire oxigenado del exterior entraba de repente en el interior. Luego, naturalmente, hubo otras explosiones secundarias, producidas por los tubos de gas y líquidos explosivos o inflamables, como gasolina o alcohol. Un fuego de esta clase podía producirse prácticamente por cualquier cosa, un cigarrillo olvidado, la chispa de una estufa, una plancha enchufada, una tostadora, algún defecto en los cables eléctricos; había cientos de posibilidades y la mayoría parecían bastante probables. Pero quedaba un cabo suelto en este razonamiento y quizá por esta razón Melander guardó silencio respecto a sus deducciones. Si el fuego había durado durante tanto tiempo que el contenido del apartamento, así como el propio Malm habían acabado carbonizados, parecía inevitable que el calor se hubiera notado en el apartamento de encima, en el que en ese momento había cuatro personas. Por otra parte, nada podía oponerse a la suposición de que esas personas pudieran estar dormidas o bajo la influencia de la bebida o de las drogas. Y el preguntarles no era ya asunto suyo. De cualquier modo que se considerase el caso, quedaban aún muchos puntos oscuros.
A la una y media del martes, Melander volvió al lugar del incendio después de una comida frugal en la barra de un puesto de hotdogs en Ringvägen, y encontró allí esperándole un motorista con un sobre marrón en la mano. El sobre contenía un breve mensaje de Kollberg.
Primer informe telefónico sobre la autopsia de Malm. Muerte por intoxicación de monóxido de carbono antes de que el fuego se iniciase. No existen huellas de hollín en los pulmones ni en los conductos respiratorios.
Melander leyó la nota entera tres veces. Luego levantó ligeramente las cejas y empezó a llenar tranquilamente su pipa. Sabía lo que tenía que buscar. Y hacia dónde dirigir su actividad.
Con infinita precaución, todo lo que cinco días antes estaba en la cocina del apartamento de Göran Malm había sido examinado. Entre estas cosas se había encontrado una cocina antigua de gas, pequeña, con dos quemadores y cuatro pies. Había estado colocada sobre una escurridera de madera recubierta de linóleo, pero cuando este último se quemó la cocina de gas cayó atravesando la escurridera de madera. Las tablas del suelo y las vigas que lo sostenían también quedaron destruidas y los restos de la cocina de gas medio derretida habían ido a parar a un hoyo a casi un metro más abajo del nivel del suelo. La estufa había quedado muy maltrecha, pero las dos llaves de los quemadores eran de latón y habían sufrido menos desperfectos. Las dos llaves estaban cerradas. Eran de las que se cierran encajando una espiga en una muesca del cuello para impedir que puedan abrirse por equivocación, como por ejemplo, a causa de algún golpe involuntario o por algún trozo de tela que quedara prendido en ellas. La cocina había estado conectada con la cañería central del gas, por medio de un tubo de goma. De éste no quedaba prácticamente nada, pero se había salvado lo bastante para deducir que era de color rojo y de un diámetro de diez o doce milímetros. Este tubo había estado sujeto a una boquilla que a su vez conectaba con la cañería misma. Como medida de seguridad, esta pieza estaba equipada con un seguro por el que pasaba el tubo de goma, y detrás del seguro debía haber habido una abrazadera de metal galvanizado sujeta por un tornillo y una tuerca. La razón de esta combinación era impedir que el tubo de goma se separase accidentalmente de la boquilla. Como medida suplementaria de seguridad, había una llave principal ajustada a la boquilla entre la abrazadera y el seguro. Esta llave estaba abierta y la abrazadera que hubiera debido sujetar el tubo de goma al seguro no estaba en su sitio. Su ausencia no tenía una explicación lógica, porque aunque el tubo de goma hubiera sido destruido por el calor, la abrazadera, o por lo menos sus restos, deberían estar todavía alrededor de la boquilla, ya que técnicamente hablando no podía haber saltado por encima del seguro, a no ser que el tornillo se hubiera aflojado.
A Melander y a sus hombres les costó cerca de tres horas encontrar la abrazadera. En efecto, era de metal galvanizado y estaba en el suelo, a dos metros y pico de la boquilla de la cañería del gas. No se hallaba estropeada, y lo mismo el tornillo que la tuerca estaban en su sitio. Sin embargo, el tornillo colgaba de las dos últimas tuercas, lo que indicaba que alguien lo había aflojado para que la abrazadera pudiera abrirse lo bastante como para soltarse del seguro. Encontraron además un objeto que a primera vista parecía un clavo retorcido, pero que después de un examen más detenido resultó ser un destornillador con el mango quemado.
Melander dirigió ahora su atención a otro aspecto de la investigación.
El apartamento contaba con dos medios de calefacción, una estufa de azulejos y una pequeña estufa de hierro; en las dos, los tubos de salida del gas estaban cerrados.
La puerta que daba al vestíbulo estaba totalmente destruida, lo mismo que el marco, pero la cerradura continuaba todavía allí con la llave en su interior, en realidad fundida con el resto del mecanismo, pero a pesar de ello era una prueba clara de que la puerta había sido cerrada desde dentro, y además con doble vuelta.
Al llegar a este punto, empezó a oscurecer y Melander, con sus teorías considerablemente corregidas, se dirigió a su casa. Era un apartamento minuciosamente ordenado, en Polhemsgatan, donde la cena estaría esperándole, seguida de unas horas pacíficas frente a la televisión, y para rematarlo todo, unas diez horas de sueño libre de pesadillas. Al pisar el umbral, vio que su mujer ya había preparado la mesa de la cocina y la comida estaba a punto. Judías cocidas y salchichas fritas. Sus zapatillas estaban en su sitio, junto al sillón delante de la televisión, y la cama parecía estar esperando a su dueño y señor.
«No está mal», pensó Melander.
Su esposa era una mujer parsimoniosa, fea, de constitución poco graciosa, metro setenta y siete de altura, con los pies planos y grandes pechos fláccidos. Tenía cinco años menos que él y se llamaba Saga. El creía que era una belleza y seguía pensándolo después de más de veintidós años. En realidad, no había cambiado mucho durante este tiempo; seguía pesando como antes, los 72 kilos, y usaba zapatos del número cuarenta; sus pezones seguían siendo pequeños, rosados y cilíndricos, como la goma en la punta de un lápiz nuevo.
Después de meterse en la cama y haber apagado la luz, él le cogió la mano y le dijo:
—Querida.
—¿Sí, Frederick?
—Ese fuego fue un accidente.
—¿Estás seguro?
—Sí, eso creo.
—Me alegro. Te quiero.
Luego se entregaron al sueño.
La mañana siguiente, Melander examinó las ventanas del apartamento de Göran Malm. Naturalmente, los cristales, lo mismo que los marcos, habían desaparecido, pero los pestillos estaban entre las cenizas, junto a trozos de tejas, astillas de cristal y otros restos. Algunos de los pestillos todavía colgaban de trozos chamuscados de las ventanas. Todos habían sido cerrados cuidadosamente desde dentro. La mayor parte del lado este del alero de la casa había volado y se había deshecho en pedazos con la explosión, pero algunos fragmentos de la pared no estaban tan destrozados como el resto del edificio.
Encontró dos objetos más.
En primer lugar, un trozo del marco de madera de la ventana de Malm. A lo largo de todo el borde había una capa pegajosa de color amarillo grisáceo. No dudó de que era el resto de una cinta adhesiva con la que se había recubierto el marco de la ventana.
En segundo lugar, un ventilador que había estado colocado en la pared. El ventilador se hallaba obstruido con algodón y con los restos de una toalla.
Con esto el caso quedaba claro. Göran Malm se había suicidado. Había cerrado la puerta y todas las ventanas, había cerrado los tubos de salida de las chimeneas, y había obturado los ventiladores. También había recubierto las grietas de las ventanas con cinta adhesiva. Para que fuese lo más rápido y menos doloroso posible había aflojado la abrazadera que sostenía la cañería del gas a la boquilla y había soltado el tubo de goma. Luego había abierto la espita principal y se había echado en la cama. El gas había fluido rápidamente a través de la cañería relativamente ancha, Malm se había quedado inconsciente en pocos minutos y había muerto en menos de un cuarto de hora. El monóxido de carbono en la sangre era debido entonces a una intoxicación de gas, y todo parecía indicar que su muerte se había producido un par de horas antes de empezar el incendio. Durante todo este tiempo, el gas había ido saliendo sin interrupción por la cañería principal. El apartamento se había transformado en una verdadera bomba, donde la menor chispa era suficiente para producir la aterradora explosión de gas y provocar el incendio de la casa.
La última medida de Melander consistió en examinar el destrozado contador de gas y comprobar la posición del reloj, para confirmar así con mayor certeza su teoría.
Luego se dirigió a Kungsholsmsgatan y expuso los resultados de sus investigaciones.
Los hechos eran irrefutables.
Hammar estaba encantado y ni siquiera trataba de ocultarlo.
Kollberg pensó: «Ya os lo dije», y acabó diciéndolo, después de lo cual se preparó para volver a la relativa calma de Västerberga.
Martin Beck parecía pensativo, pero aceptó los hechos y asintió confirmándolo.
Rönn suspiró con alivio.
La investigación se declaró completa y el caso cerrado.
Incluso Melander estaba satisfecho.
Técnicamente hablando sólo quedaba una pregunta sin contestar, pensó. Pero existían cientos de respuestas posibles, y clasificarlas hasta que la auténtica apareciese era no sólo innecesario, sino además casi imposible.
Al salir del retrete oyó el teléfono, sonando cerca en alguna parte, probablemente en su propia oficina, pero no le prestó atención. Se fue directamente al guardarropa a buscar el abrigo, y empezó así sus bien ganadas vacaciones de cuatro días.
Diez minutos más tarde, la pelirroja Madeleine Olsen fallecía. Con veinticuatro años de edad y después de cinco días y medio de horribles sufrimientos.
10
Gunvald Larsson no vaciló en hacer las preguntas sin respuesta en las que Melander había pensado. Estaba envuelto por fin en su propia bata y llevaba por primera vez su pijama nuevo y sus zapatillas blancas.
De pie junto a la ventana, trataba de no mirar las flores que Rönn le había traído, un horrible ramo compuesto de claveles y tulipanes a los que habían añadido una masa de hojas verdes para completarlo.
—¡Sí, sí! —exclamó, furioso, blandiendo los papeles que Rönn le había entregado—. Incluso un niño podría entenderlos.
—Bueno —dijo Rönn.
Estaba sentado en la silla de las visitas, mirando de vez en cuando, con modesto orgullo, su composición floral.
—Pero incluso si el apartamento estaba tan lleno de gas como un globo en el Día de Mayo, algo debió incendiarlo, ¿no es cierto?
—Bueno...
—Bueno, ¿qué?
—Bueno, casi cualquier cosa puede causar una explosión en una habitación llena de gas.
—¿Casi cualquier cosa?
—Sí, la chispa más insignificante es suficiente.
—Pero esa chispa tiene que haber salido de algún sitio, ¿no es verdad?
—Yo tuve un caso de una explosión de gas, en una ocasión. Un chico había abierto las llaves del gas y se había suicidado. Entonces llegó un vagabundo, llamó al timbre de la puerta y la chispa de la batería hizo volar la casa por los aires.
—Pero en este caso ocurre que ningún vagabundo llamó a la puerta de Malm.
—Bueno, pero quizá... haya cientos de explicaciones.
—No puede haberlas. Sólo hay una explicación, y nadie se ha molestado en encontrarla.
—Es imposible encontrarla. Todo está destruido. Date cuenta, un cortocircuito en un interruptor o un cable mal aislado es suficiente para producir una chispa.
—Y durante el incendio, todo el sistema eléctrico se fue al diablo —prosiguió Rönn—. Todos los fusibles se fundieron. Nadie puede probar cuál de los fusibles se fundió antes que los otros, por ejemplo.
Gunvald Larsson siguió guardando silencio.
—Un despertador eléctrico o una radio o un televisor —continuó Rönn—. O una chispa que se desprendiese de pronto de alguna de las dos estufas.
—Pero, ¿los tiros estaban cerrados?
—Una chispa puede saltar de todos modos —dijo Rönn con tozudez—. El tiro de la chimenea, por ejemplo.
Gunvald Larsson arrugó el ceño con disgusto y se quedó mirando hacia fuera, hacia los árboles desnudos y los tejados estremecidos por el viento.
—Pero, ¿por qué se mataría Malm, a fin de cuentas? —preguntó de pronto.
—Estaba hecho polvo. No tenía dinero y sabía que la policía le buscaba. El hecho de que no le detuvieran no significaba que estuviera a salvo. Lo hubieran detenido de nuevo, tan pronto como Olofsson hubiera aparecido.
—Hum —rezongó Gunvald Larsson, con reticencia—. Sí, eso es verdad.
—Por otra parte, su situación familiar también era terrible —dijo Rönn—. Estaba solo y era un alcohólico. Tenía una historia criminal. Se había divorciado dos veces. Tenía hijos, pero no había pagado su manutención durante años. Estuvo a punto de ser enviado a un campo de trabajos forzados por delitos de alcoholismo.
—¡Vaya!
—Y además, tenía algún tipo de enfermedad. Había estado encerrado varias veces.
—¿Quieres decir que estaba algo mal de la cabeza?
—Era un maníaco depresivo. Tenía depresiones fuertes cuando bebía o debía enfrentarse con cualquier clase de contrariedad.
—Sí, ya es suficiente. Ya es suficiente.
—Bueno, había intentado suicidarse antes —continuó Rönn, incansable—. Por lo menos dos veces.
—Pero eso no explica de dónde salió la chispa.
Rönn se encogió de hombros. Hubo un momento de silencio.
—Un momento antes de la explosión, yo vi algo —dijo Gunvald Larsson, pensativo.
—¿Qué?
—Alguien encendió una cerilla o un encendedor en el piso alto. En el piso de encima del apartamento de Malm.
—Pero la explosión se produjo en casa de Malm, no en el piso de arriba —objetó Rönn.
Se frotó la nariz con un pañuelo doblado.
—No hagas eso —dijo Gunvald Larsson sin mirarlo—. Sólo consigues enrojecerla todavía más.
—Lo siento —se excusó Rönn. Guardó el pañuelo, pensó durante un momento y luego dijo—: Aunque la casa era vieja y estaba mal construida, Melander dice que probablemente debería haber también algo de gas en el apartamento de arriba, aunque la concentración no fuese fatalmente peligrosa.
—¿Quién interrogó a los supervivientes?
—Nadie.
—¿Nadie?
—No. No tenían nada que ver con Malm. En cualquier caso, no hay ningún indicio de ello.
—¿Cómo lo sabes?
—Bueno...
—¿Dónde están ahora todos ellos?
—Todavía están en el hospital. Aquí, creo. Excepto los niños. El departamento de infancia se ha hecho cargo de ellos.
—¿Y van a sobrevivir? Me refiero a los adultos.
—Sí, excepto esa Madeleine Olsen. No tiene muchas posibilidades, pero lo último que oí fue que todavía no había muerto.
—Entonces, ¿a los otros se les puede interrogar?
—Ahora no. El caso está cerrado.
—¿Tú crees en esa historia de que todo ha sido un accidente?
Rönn bajó la vista hacia sus manos. Al cabo de un largo rato, asintió.
—Sí. No hay otra explicación. Todo está comprobado.
—Sí. Excepto el problema de la chispa.
—Bueno, eso es verdad. Pero es imposible encontrar pruebas acerca de eso.
Gunvald Larsson se arrancó un pelo rubio del interior de su nariz y se quedó mirándolo pensativamente. Luego se dirigió a la cama, se sentó en ella, dobló los papeles que Rönn le había entregado y los dejó sobre la mesilla de noche, como si de este modo también él diera el caso por concluido.
—¿Te van a dar de alta pasado mañana?
—Eso parece.
—Luego tendrás otra semana libre, supongo.
—Probablemente —contestó Gunvald Larsson con aire ausente.
Rönn miró su reloj.
—Bueno, es mejor que me vaya. Mi chico celebra su cumpleaños mañana y tengo que comprarle un regalo.
—¿Qué vas a regalarle? —preguntó Gunvald Larsson, sin interés.
—Un coche de bomberos —contestó Rönn.
El otro se le quedó mirando como si hubiera dicho algo obsceno.
—Quiere uno —prosiguió Rönn imperturbable—. No es muy grande, y cuesta treinta y dos coronas.
Levantó dos dedos para indicar el tamaño del coche.
—Ah, sí —dijo Gunvald Larsson.
—Bueno... hasta luego, pues.
Gunvald Larsson asintió. Esperó a que Rönn tuviera la mano en el pestillo de la puerta para decir:
—¿Einar?
—¿Sí?
—Esas flores, ¿las has cogido tú mismo? ¿De alguna tumba, quizás?
Rönn le miró ofendido y se marchó.
Gunvald se echó en la cama, de espaldas, cruzó sus enormes manos detrás de la cabeza y se quedó mirando el techo.
El día siguiente era miércoles, catorce de marzo para ser más exactos, y nada parecía indicar la proximidad de la primavera, a pesar de que según el calendario estaba a punto de llegar. Por el contrario, el viento era más frío y penetrante que nunca y en el exterior de la Comisaría Sur, ráfagas de niebla helada golpeaban los cristales de las ventanas. Kollberg estaba sentado bebiendo a grandes sorbos café de un vaso de cartón, hartándose de pastas dulces y esparciendo migas sobre la mesa de Martin Beck. Martin Beck bebía té con la esperanza de que sería bueno para su estómago. Eran las tres y media y Kollberg había dedicado gran parte del día a meterse con Skacke. En los entreactos, cuando el objeto de sus ataques no podía oírle, se había reído de tal modo que le dolía el estómago.
Se oyó una llamada suave en la puerta y entró Skacke. Lanzó una tímida mirada a Kollberg y colocó cuidadosamente un papel sobre la mesa de Martin Beck.
—¿Qué es eso que traes? —preguntó Kollberg—. ¿Otro caso de muerte simulada?
—Es una copia de un informe de los laboratorios forenses —contestó Skacke casi sin voz y retirándose hacia la puerta.
—Dinos, Benny —inquirió Kollberg con expresión inocente—. ¿Cómo se te ocurrió hacerte policía?
Skacke se paró, vacilando, y cargó el peso de su cuerpo sobre el otro pie.
—Muy bien —dijo Martin Beck cogiendo ostensiblemente el papel de la mesa—. Gracias. Puedes irte. —Cuando la puerta se cerró, miró a Kollberg y le dijo—: ¿No te has metido ya bastante con él todo el día?
—Bien —dijo Kollberg haciéndose el gracioso—. Siempre puedo continuar mañana. ¿Qué es eso?
Martin Beck echó una mirada al texto.
—Es de Hjelm —explicó—. Ha analizado una serie de tests y objetos procedentes del incendio de Sköldgatan. Para cerciorarse de cualquier posible conexión con la causa del incendio, según dice. Resultados negativos.
Suspiró y volvió a dejar el papel sobre la mesa.
—Esa chica Olsen murió ayer —dijo.
—Sí, lo vi en los periódicos —comentó Kollberg con indiferencia—. Y a propósito, ¿sabes por qué ese chinche se ha hecho policía?
Martin Beck no contestó.
—Yo sí lo sé —afirmó Kollberg—. Está escrito en su informe. Dice que quiere utilizar la profesión como una palanca en su carrera. Se propone llegar a ser jefe de policía...
Kollberg sufrió otro ataque de risa y casi estuvo a punto de atragantarse con su bollo.
—No me gusta nada este asunto del incendio —dijo Martin Beck, como si estuviera hablando para sí.
—¿Qué estás murmurando ahí sentado? —preguntó Kollberg cuando recobró la respiración—. ¿Acaso es algo que puede gustar a alguien? ¿No es suficiente que cuatro personas hayan muerto abrasadas y que a ese gigantón imbécil le hayan dado una medalla?
Kollberg se puso serio, miró atentamente a Martin Beck y dijo:
—Todo está bastante claro, ¿no es cierto? Malm abre el gas y se suicida. Lo que ocurre después le importa un pito; sólo le preocupan sus cosas y además, cuando la explosión se produce, él es ya un fiambre. Tres personas inocentes mueren también y la policía pierde un testigo y la ocasión de pescar a ese Olofsson, o como se llame. Y todo eso no tiene que ver contigo ni conmigo. ¿No tengo razón?
Martin Beck se sonó ruidosamente.
—Todo encaja —dijo Kollberg en tono definitivo—. Y no me vengas diciendo que encaja demasiado bien. O que tu famosa intuición... —Se calló y miró a Martin Beck con aire a la vez inquisitivo y crítico—. Demonios, pareces deprimido por algo diría yo.
Martin Beck se encogió de hombros y Kollberg asintió como dándose la razón.
Se conocían muy bien hacía ya mucho tiempo, y Kollberg sabía exactamente por qué Martin Beck estaba deprimido. Pero éste era un tema que no quería sacar a relucir sin que se lo pidieran, así que dijo en tono ligero:
—Al diablo con ese incendio. Yo ya lo he olvidado. ¿Qué te parece si te vienes conmigo esta noche? Gun tiene que ir a una de sus clases y nosotros podríamos beber algo juntos y jugar una partida de ajedrez.
—Sí, ¿por qué no? —dijo Martin Beck.
De este modo, al menos podría demorar el regreso a su casa durante algunas horas.
11
Gunvald Larsson fue dado de alta, en efecto, después de la visita del doctor la mañana del quince de marzo. El médico le dijo que no se apresurase y que no empezase a trabajar antes de diez días, hasta el lunes veinticinco de marzo.
Media hora después, salió del hospital al viento frío, y frente a la entrada principal del Hospital del Sur hizo señas a un taxi y se dirigió directamente a la comisaría de Kungsholmen. No trató de ver a ninguno de sus colegas y se encaminó sin perder tiempo a su despacho sin que nadie le viera, excepto el policía que estaba de guardia en el vestíbulo. Una vez allí, se encerró e hizo una serie de llamadas telefónicas, de las cuales al menos una le hubiera valido una severa reprimenda si alguno de sus superiores le hubiera oído.
Mientras telefoneaba, anotó una serie de datos en una hoja de papel y gradualmente esas notas se convirtieron en una lista de varias personas.
De todos los policías que de una u otra manera habían intervenido en el caso del incendio de Sköldgatan, Gunvald Larsson era el único que procedía de un medio social acomodado. Su padre había sido considerado un hombre rico, aun cuando sus bienes hubiesen quedado muy mermados por los impuestos fiscales. El había vivido en un barrio elegante de Estocolmo, en el distrito de Ostermalm, y había ido a los mejores colegios, pero muy pronto se convirtió en la oveja negra de la familia. Sus ideas no concordaban con las de sus familiares, lo que creaba una situación incómoda, y además él tenía la costumbre de manifestarlas tanto en momentos oportunos como en los más inoportunos. Por último, su padre no vio otra salida que permitirle seguir la carrera de oficial de la Armada.
A Gunvald Larsson no le gustó la Armada y fue trasladado a la marina mercante. Allí se dio cuenta muy pronto de que lo que había aprendido en la escuela naval, y a bordo de los rastreadores de minas y en barcos de guerra antediluvianos, no le servía de mucho.
Todos sus hermanos y hermanas habían seguido su propio camino a su debido tiempo y todos estaban bien situados cuando sus padres murieron. El apenas tenía relación con ellos, hasta el punto de que podía decirse que había olvidado su existencia.
Como no tenía intención de seguir el resto de su vida como marino, tuvo que buscarse otra profesión, con preferencia una que no fuese demasiado sedentaria y en la que su formación poco usual pudiera, en alguna medida, serle útil. Así que se hizo policía, con la consiguiente sorpresa y horror de sus parientes de Lindigö y Upper Ostermalm.
Las opiniones sobre sus cualidades de policía estaban muy divididas y, por añadidura, no gozaba de muchas simpatías.
Hacía las cosas a su manera y sus métodos eran habitualmente poco ortodoxos, para decirlo de la manera más suave.
Como lo era la lista que tenía ahora ante él sobre la mesa.
Göran Malm, 42, ladrón, muerto (¿suicidio?) Kenneth Roth, 27, ladrón, muerto, enterrado. Kristina Modig, 14, joven prostituta, muerta, enterrada. Madeleine Olsen, 24, prostituta pelirroja, muerta. Kenr Modig, 5, niño (casa de infancia). Clary Modig, 7 meses (casa de infancia). Agnes Söderberg, 68, senil, Asilo de Ancianos Roselund. Herman Söderberg, 67, borracho senil. Max Carlsson, 23, gángster, Timmermansgatan, 12. Anna-Kajsa Modig, 30, prostituta, Hospital del Sur (psiquiatría). Carla Berggren, ?, prostituta, Götgatan, 25.
Gunvald Larsson leyó toda la lista y vio que sólo valía la pena hablar con los tres últimos. De los otros, cuatro estaban muertos, dos eran niños pequeños, completamente ignorantes, y dos eran irremediablemente seniles.
Dobló el pedazo de papel, se lo metió en el bolsillo y se fue. Ni siquiera saludó con la cabeza al agente que estaba de servicio en el vestíbulo. Buscó su coche aparcado en el garaje y se dirigió hacia su casa.
Durante el sábado y el domingo no salió para nada y se entretuvo sólo en leer una novela de Sax Rohner.
No pensó ni una sola vez en el incendio.
El lunes por la mañana, dieciocho de marzo, se levantó temprano, se quitó los últimos vendajes, se duchó, se afeitó y se dedicó con calma a escoger su ropa. Luego cogió el coche y fue a la dirección de Götgatan donde vivía Carla Berggren. Tuvo que subir dos tramos de escaleras, luego atravesar un patio de asfalto, volver a subir otros tres tramos sucios y desconchados, pintados de color marrón, y con unas barandillas tambaleantes, antes de llegar frente a una puerta agrietada con un buzón metálico para las cartas, y un trozo de cartón cortado descuidadamente, donde escrito a mano podía leerse el nombre de Carla Berggren, Modelo.
No parecía haber timbre, así que dio un golpe ligero con el pie en la puerta, la abrió y entró sin esperar respuesta.
El apartamento consistía en una única habitación. La persiana, rota, tapaba media ventana, y el interior estaba bastante oscuro, era caluroso y se respiraba en él un ambiente enrarecido, rancio. El calor procedía de dos estufas antiguas, eléctricas, con filamentos en espiral. Ropas y varios objetos estaban esparcidos en el suelo y por todas partes. La única cosa de la habitación que no parecía destinada al cubo de la basura era la cama. Era bastante grande y las ropas que la cubrían parecían bastante limpias.
Carla Berggren se hallaba sola en casa. Estaba despierta, pero no se había levantado. Como la última vez que la vio, iba completamente desnuda y tenía el mismo aspecto, aparte de que no tenía piel de gallina y no estaba temblando, histérica y llorando. Por el contrario, parecía muy tranquila.
Tenía unas piernas bonitas y era muy delgada, teñida de rubio, de pechos pequeños y fláccidos a los que probablemente favorecía la posición en la que estaba en aquel momento, echada de espaldas; tenía vello color ratón entre las piernas. Se desperezó indolentemente, bostezó y dijo:
—Me temo que llegas demasiado temprano para mí, pero no vamos a dejarlo por eso.
Gunvald Larsson no contestó, y aparentemente ella interpretó mal su silencio.
—Primero el dinero, claro está. Ponlo encima de aquella mesa. Supongo que conoces el precio establecido. ¿O quieres algo extra? ¿Qué te parece un masaje sueco, un trabajo manual?
Gunvald tuvo que inclinarse para pasar por la puerta y la habitación era tan pequeña que la ocupaba casi por completo. Apestaba a sexo y otros olores corporales, a humo de tabaco impregnado y a cosméticos baratos. Se dirigió hacia la ventana e intentó subir la persiana, pero el cordón se había salido y el único resultado fue que la persiana bajó casi por completo. La chica, desde la cama, le seguía con los ojos. De pronto le reconoció.
—¡Ah! —exclamó—. Ahora te reconozco. Fuiste tú quien me salvó la vida, ¿no es verdad?
—Sí.
—Muchas gracias.
—No hay de qué.
Se quedó pensativa, separó un poco las piernas y se acarició los genitales con la mano derecha.
—Eso cambia las cosas —dijo—. Para ti, naturalmente, todo es gratis.
—Ponte algo encima —ordenó Gunvald Larsson.
—Casi todo el mundo dice que soy bonita —dijo ella, con coquetería.
—Yo no.
—Y sé hacerlo muy bien. Todo el mundo lo dice.
—Además, va contra mis principios interrogar a personas... desnudas.
Dudó un momento al emplear la palabra personas, como si no estuviera seguro en qué categoría situarla.
—¿Interrogar? ¡Claro, tú eres de la poli! —Y después de un momento de vacilación—: Yo no he hecho nada.
—Tú eres una prostituta.
—¡Vaya, no seas injusto ahora! No hay nada malo en el sexo, ¿no es cierto?
—Vístete.
Ella suspiró y buscó entre las ropas de la cama, encontró un albornoz y se lo puso sin atarse el cinturón.
—¿De qué se trata? —preguntó—. ¿Qué quieres?
—Quiero preguntarte algunas cosas.
—¿Acerca de qué? ¿De mí?
—Entre otras cosas. Por ejemplo, ¿qué estabas haciendo en aquella casa?
—Nada ilegal —dijo ella—. Es la pura verdad.
Gunvald Larsson sacó su bolígrafo y unas páginas que arrancó de su cuaderno de notas.
—¿Cómo te llamas?
—Carla Berggren. Pero realmente...
—¿Realmente? Vamos, no mientas.
—No —dijo con dignidad infantil—. No voy a mentirte. En realidad, mi nombre es Karin Sofia Peterson. Berggren es el nombre de mi madre, y Carla suena mejor.
—¿Dónde vivías?
—En Skillingaryd. Está hacia el sur, en Smäland.
—¿Cuánto tiempo has vivido en Estocolmo?
—Alrededor de un año. Casi dieciocho meses.
—¿Has tenido algún trabajo fijo aquí?
—Bueno, depende de a lo que te refieras. Hago de modelo de vez en cuando. Algunas veces es un trabajo muy duro.
—¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete... casi.
—¿Dieciséis entonces?
Ella asintió.
—Bueno, ¿qué hacías en ese apartamento?
—Sólo habíamos organizado una pequeña fiesta.
—Quieres decir que habíais preparado una comida y todo eso.
—No, era una fiesta sexy.
—¿Una fiesta sexy?
—Sí, eso es. ¿No has oído hablar de ellas? A veces son muy divertidas.
—Ah, sí —dijo Gunvald Larsson con indiferencia, volviendo una hoja—. ¿Conocías mucho a esa gente?
—Al chico que vivía allí, Kent o como se llame, no lo conocía.
—Kenneth Roth.
—Ah, ¿era ése su nombre? Pues no había oído hablar de él antes de ahora. Y en cuanto a Madeleine, la conocía muy poco. Ahora los dos están muertos, ¿no es así?
—Sí. Entonces, ¿qué me dices de ese Max Karlsson?
—Le conocía. Acostumbrábamos a salir juntos de vez en cuando, sólo para divertirnos. Eran unas relaciones puramente sexuales. Fue él quien me llevó allí.
—¿Es tu macarra?
Ella sacudió la cabeza y dijo con ingenua solemnidad:
—No, no necesito ninguno. No vale la pena. Esos tipos sólo quieren dinero. Porcentajes y toda esa porquería.
—¿Conocías a Göran Malm?
—¿El tipo que se suicidó y prendió fuego a la casa? ¿El que vivía debajo del apartamento?
—Exactamente.
—Nunca había oído hablar de él. ¡Vaya manera tan horrible de comportarse!
—¿Lo conocían los otros?
—Creo que no. En todo caso, Max y Madeleine no. Quizás ese Kent, o Kenneth, porque él vivía allí, ¿no es verdad?
—Bueno, ¿y tú qué hiciste?
—Joder.
Gunvald Larsson la miró con fijeza. Luego dijo lentamente:
—Quizás podríamos saber lo que pasó con mayor detalle. ¿A qué hora llegaste y por qué fuiste?
—Max vino a buscarme. Dijo que íbamos a pasarlo bien. Y fuimos a recoger a Madeleine de camino.
—¿Fuisteis andando?
—¿Andando con este tiempo? Cogimos un taxi.
—¿A qué hora llegaste?
—Alrededor de las nueve, diría yo. Aproximadamente a esa hora.
—¿Y qué ocurrió entonces?
—Aquel chico que vivía allí tenía dos botellas de vino y las bebimos entre los cuatro. Luego tocamos unos cuantos discos y todo eso.
—¿No notaste nada especial?
Ella meneó la cabeza de nuevo.
—¿Qué quieres decir con eso de «especial»?
—Continúa —ordenó Gunvald Larsson.
—Bueno, al cabo de un rato Madeleine se desnudó. No vale gran cosa. Y luego yo hice lo mismo. Los chicos también. Después bailamos.
—¿Desnudos?
—Sí, es estupendo.
—Desde luego. Continúa.
—Seguimos así durante un rato. Luego nos sentamos y fumamos un poco.
—¿Fumasteis?
—Sí, hachís. Para seguir en forma. Va muy bien.
—¿Quién te ofreció el hachís?
—Max. El suele...
—¿Sí? ¿Qué es lo que suele hacer?
—¡Bueno! Prometí decirte la verdad, ¿no es así? Y yo no he hecho nada. Y además, tú me salvaste la vida.
—¿Qué es lo que Max solía hacer?
—Solía vender yerba; a los jovencitos especialmente, y todo eso.
Gunvald Larsson anotó algo en su papel.
—¿Y luego?
—Bueno, los chicos se nos jugaron a cara o cruz. Estábamos en forma entonces, aunque algo bebidas. Un poco excitadas. Una se pone así, ya sabes.
—¿Jugaron con una moneda?
—Sí. Max se quedó con Madeleine y se fueron a la otra habitación. Yo y ese Kenneth nos quedamos en la cocina. Queríamos...
—¿Sí?
—Oh, bien has debido estar tú alguna vez en ese tipo de fiesta. Pensábamos hacerlo primero solos, y luego unirnos al resto del grupo, si los chicos eran capaces. Eso es lo más divertido, en realidad.
—¿Apagasteis la luz entonces?
—Sí. Aquel chico y yo estábamos tumbados en el suelo de la cocina. Aunque...
—¿Aunque qué?
—Bueno, pasó algo divertido. Me desvanecí. Y Madeleine me despertó cuando entró en la cocina, me sacudió y me dijo que Max estaba extrañado de que yo no fuese. Y en aquel momento yo estaba echada, echada sobre aquel tipo.
—¿Estaba cerrada la puerta entre la cocina y la habitación?
—Sí, y ese Kenneth también estaba dormido. Madeleine empezó a sacudirlo. Encendí mi encendedor y miré la hora y entonces vi que había estado en la cocina con él más de una hora —Gunvald Larsson asintió—. Bueno, me sentía terriblemente soñolienta. Pero me levanté de todos modos, fui a la habitación y Max estaba como si nada. Me agarró, me echó al suelo y dijo...
—Bueno, ¿qué fue lo que dijo?
—Vamos, muévete ahora, dijo. Esa tía pelirroja no valía la pena. Y entonces...
—¿Sí?
—Entonces no recuerdo nada más hasta que oí una detonación como de una pistola y luego hubo humo y llamas por todas partes. Y entonces llegaste tú... Cristo... horrible.
—¿Y no notaste nada extraño?
—Sólo eso de quedarme dormida. Eso no suele ocurrir. He estado con verdaderos expertos y todos dicen que soy de lo mejorcito. Y además que soy guapa.
Gunvald Larsson asintió y guardó sus papeles. Miró a la chica durante un largo rato. Luego dijo:
—Yo creo que eres bastante fea. Tienes los pechos caídos y bolsas debajo de los ojos; pareces enferma y desgraciada y triste. Dentro de pocos años serás una ruina completa y tendrás un aspecto tan horrible que nadie querrá tocarte ni con pinzas. Adiós.
Se detuvo en el primer tramo de la escalera y volvió a subir al apartamento.
La chica se había quitado el albornoz y estaba de pie, palpándose los sobacos.
—Me ha crecido el pelo debajo de los brazos mientras estaba en el hospital. ¿Has cambiado de opinión?
—Creo que debes comprar un billete para Smäland, marcharte a tu casa y buscar un trabajo decente —le dijo él.
—No hay trabajo —repuso ella.
Cerró la puerta al salir, con tal fuerza que casi la hizo salir de sus goznes.
Gunvald Larsson se quedó en Götgatan durante unos minutos. ¿Qué había sacado en limpio? Que el gas del apartamento de Malm se había introducido en la cocina del apartamento de encima, probablemente a través de las cañerías del agua y de los desagües. Que la concentración fue suficiente para que la gente que estaba allí se hubiera quedado dormida, pero no lo bastante para incendiarse cuando Karin Sofia Pettersson prendió su encendedor.
¿Qué significado tenía todo esto? Nada, en resumen; en cualquier caso, nada que le proporcionase ninguna satisfacción.
Se sentía sucio y contaminado. Su enfrentamiento con la chica de dieciséis años en su lúgubre habitación le había dejado una sensación de incomodidad física. Se fue directamente a los Baños de Sture y pasó allí tres horas, sin pensar en nada, en los baños turcos para caballeros.
Ese lunes por la tarde, Martin Beck hizo una llamada telefónica. No quería que nadie pudiera oírle. Esperó hasta que Kollberg y Skacke se hubieron marchado y marcó el número de los laboratorios forenses y preguntó por un hombre llamado Hjelm, considerado como uno de los técnicos criminalistas más hábiles del mundo.
—Vio usted el cuerpo de Malm antes y después de la autopsia, ¿no es cierto?
—Sí, desde luego —contestó Hjelm con voz desabrida.
—¿Observó usted algo que le pareciese extraño?
—No exactamente. En todo caso, lo que resultaba sorprendente era que el cuerpo estuviera tan bien quemado, por así decirlo. Por todos lados, quiero decir. Incluso por la espalda, a pesar de que estaba echado sobre ella.
—Sí, es cierto —dijo Martin Beck.
—No les entiendo, muchachos —se lamentó Hjelm—. ¿No han dado ya el caso por cerrado? Pero de todos modos...
Kollberg abrió la puerta en ese momento y Martin Beck cambió de conversación rápidamente.
12
A la hora de comer, el martes día diecinueve, Gunvald Larsson estuvo a punto de abandonar el asunto. Sabía que sus actividades de los últimos días eran contrarias al reglamento, y hasta el momento no había averiguado nada que pudiera justificar su actuación. De hecho, no había conseguido siquiera probar que existía relación alguna entre Göran Malm y las otras personas que estaban en la casa cuando el fuego empezó; y en cuanto a la procedencia de la chispa inicial que provocó el fuego, sabía menos que al comenzar sus investigaciones.
Su visita matinal al Hospital del Sur no había tenido otros resultados que la simple confirmación de algunas suposiciones anteriores. Kristina Modig había dormido en uno de los pequeños áticos porque había poco espacio en el apartamento de su madre, y no quería compartir el cuarto con sus dos hermanos pequeños, alborotadores y ruidosos. Las costumbres de la chica no eran probablemente las que hubieran debido ser, pero a fin de cuentas, ¿qué tenía esto que ver con la policía? Kristina, como menor, había estado un tiempo bajo la tutela del estado, pero actualmente se estaba acentuando la tendencia de las autoridades a desentenderse de los problemas relacionados con las jóvenes descarriadas. Sus irregularidades eran demasiado frecuentes, el personal dedicado a la asistencia social insuficiente, y los métodos de corrección anticuados o inexistentes. En consecuencia, los jóvenes hacían lo que querían, lo que contribuía a la mala reputación del país, y dejaba a los padres y a los educadores en una situación de desesperación y de impotencia. En cualquier caso, esto, como ya se ha dicho, no era asunto de la policía.
El hecho de que Anna-Kajsa Modig necesitaba una atención psiquiátrica con urgencia era evidente, incluso para una persona relativamente insensible como Gunvald Larsson. Estaba abstraída, era difícil comunicar con ella, sufría frecuentes temblores y estallaba en lágrimas continuamente. Gunvald averiguó que en el ático había habido una estufa de petróleo, cosa que por otra parte ya suponía. Su conversación con ella no tuvo ningún resultado, pero de todos modos se quedó allí hasta que el médico se cansó de él y lo echó.
En el apartamento de Timmermansgatan donde se suponía que vivía Max Karlsson no encontró señales de vida, a pesar de que Larsson golpeó la puerta con fuerza. La razón era, probablemente, que no había nadie en la casa.
Gunvald Larsson se fue a su casa de Bollmora, se ató un delantal estampado alrededor de la cintura y preparó una sabrosa comida a base de huevos, tocino y patatas fritas. Luego escogió la marca de té que armonizaba con su estado de ánimo. Cuando terminó de comer y de lavar los platos eran las tres y media de la tarde aproximadamente.
Se detuvo un momento ante la ventana y contempló los altos bloques de apartamentos de aquel suburbio respetable pero de una monotonía aplastante. Luego fue en busca de su coche y se dirigió hacia Timmermansgatan.
Max Karlsson vivía en el segundo piso de un edificio antiguo pero bien conservado. Gunvald dejó el coche a tres manzanas de distancia, menos por precaución que a causa de la crónica insuficiencia de aparcamientos. Recorrió la calle rápidamente, a largas zancadas, y ya estaba a menos de diez metros de la entrada de la casa cuando observó a una persona que se acercaba en dirección opuesta; era una niña de unos trece o catorce años como tantas otras, con una larga cabellera suelta, pantalones tejanos negros y una cazadora. Llevaba en la mano una vieja bolsa de piel y probablemente venía de la escuela, un tipo de niña tan corriente que seguramente no se hubiera fijado en ella si no se hubiera comportado del modo como lo hizo. Había una falsa naturalidad en sus movimientos como si se esforzase intencionadamente en parecer Cándida y natural, y sin embargo no podía evitar mirar a su alrededor con una mezcla de inquietud y un aire de excitación culpable. Cuando su mirada se encontró con la de Gunvald dudó una fracción de segundo y se detuvo, pero él continuó andando y pasó de largo delante de ella y de la puerta de la casa. La colegiala irguió la cabeza y se metió en la entrada.
Gunvald Larsson se paró bruscamente, dio media vuelta y la siguió. A pesar de ser un hombre corpulento y pesado, se movía con rapidez y silenciosamente; cuando la niña llamó a la puerta de Karlsson, él estaba ya a medio camino en las escaleras. La muchacha llamó suavemente con cuatro golpes, siguiendo evidentemente una contraseña convenida, y Larsson hizo un esfuerzo para recordar el ritmo de los golpes, lo que ella le facilitó al repetir la llamada después de un intervalo de unos cinco o seis segundos. Inmediatamente la puerta se abrió; oyó que se soltaba la cadena de seguridad, y el ruido de la puerta al abrirse y cerrarse en seguida. Bajó a la entrada y se quedó absolutamente quieto, con la espalda contra la pared, esperando.
Dos o tres minutos después, se abrió la puerta de arriba y se oyeron pasos ligeros en la escalera. Había sido un asunto rápido porque cuando la niña apareció todavía estaba metiendo su adquisición en el bolsillo exterior de la bolsa. Gunvald Larsson alargó la mano izquierda y la agarró por la muñeca. Ella se detuvo bruscamente y se quedó mirándolo sin intentar pedir socorro ni soltarse de él para escapar. No parecía especialmente asustada, sino más bien resignada, como si estuviera preparada para que lo ocurrido tuviera que suceder tarde o temprano. Sin decir palabra, Larsson abrió la bolsa y sacó de ella una caja de cerillas. Contenía unas diez tabletas blancas. Soltó la muñeca de la niña y le indicó con la cabeza que se fuera. Ella le lanzó una mirada sorprendida con sus ojos grises, y echó a correr.
Gunvald Larsson no tenía prisa. Miró las tabletas un momento, luego se las metió en el bolsillo y empezó a subir lentamente las escaleras. Esperó treinta segundos fuera, delante de la puerta, escuchando. No se oía nada en el interior del apartamento. Levantó la mano y con las puntas de los dedos golpeó suavemente en dos tiempos, con un intervalo de cinco segundos entre ellos.
Max Karlsson abrió la puerta. Tenía un aspecto mucho más aseado que la última vez que le vio, pero Gunvald reconoció su cara y no había duda de que el reconocimiento había sido mutuo.
—Buenas tardes —dijo Gunvald Larsson, poniendo el pie en la puerta.
—Ah, ¿es usted? —exclamó Max Karlsson.
—Se me ocurrió pasar para saber cómo estabas.
—Muy bien, gracias.
El hombre se encontraba en una situación difícil. Sabía que su visitante era un policía y que había utilizado la señal convenida. La cadena de seguridad estaba puesta y si intentaba cerrar la puerta y tenía realmente algo que esconder, se delataría inmediatamente.
—Pensé que podría preguntarte unas cuantas cosas —dijo Gunvald Larsson.
Su situación tampoco era sencilla. No tenía derecho a entrar en el apartamento y oficialmente ni siquiera podía interrogar al hombre si él no se prestaba voluntariamente a ello.
—Bueno —dijo Max Karlsson, vagamente.
No hizo ningún movimiento para soltar la cadena, pero era claro que no sabía qué actitud adoptar.
Gunvald Larsson resolvió el problema apoyando su hombro derecho contra la puerta, de golpe, y cargando todo su peso sobre ella. Se oyó el ruido producido al desprenderse los tornillos que sujetaban la cadena a la madera seca de la puerta. Max Karlsson se retiró rápidamente para evitar que la puerta le golpease. Gunvald Larsson entró, cerró la puerta tras él y dio una vuelta a la llave. Miró la cadena rota y dijo:
—Mal trabajo.
—¿Está usted loco?
—Deberías usar tornillos más largos.
—¿Qué demonios es todo esto? ¿Cómo se atreve a entrar así?
—No era mi intención —repuso Gunvald Larsson—. De todos modos no ha sido culpa mía si se ha roto. Ya te dije que debías usar tornillos más largos, ¿no es cierto?
—¿Qué quiere usted?
—Sólo charlar un poco.
Gunvald Larsson miró a su alrededor para cerciorarse de que el hombre estaba solo. El apartamento no era grande, pero tenía un aspecto agradable y cómodo. Max Karlsson también parecía bastante respetable; era alto y de hombros anchos, y pesaba por lo menos 75 kilos. «Seguro que puede cuidarse solo», pensó Gunvald Larsson.
—¿Charlar? —repitió el hombre apretando los puños—. ¿Sobre qué?
—Acerca de lo que estabas haciendo en aquel apartamento antes de empezar el incendio.
El hombre pareció relajarse un poco.
—¡Ah, eso! —dijo.
—Sí, eso exactamente.
—Era una pequeña fiesta. Unos cuantos bocadillos y un poco de cerveza mientras tocábamos unos discos.
—Sólo una fiesta familiar, ¿eh?
—Si, esa chica Madeleine era mi amiga y...
Se calló tratando de adoptar un aire apenado.
—¿Y qué más? —dijo Gunvald Larsson en tono tranquilo.
—Y Kenneth salía con esa chica Carla.
—¿De modo que no se trataba de lo otro?
—¿Lo otro? ¿Qué quiere usted decir?
—Esa colegiala que ha estado aquí hace cinco minutos, ¿con quién sale?
—¿Qué colegiala? Nadie ha estado aquí...
Gunvald Larsson le golpeó, rápida y duramente, cogiéndolo desprevenido.
Max Karlsson retrocedió dos pasos, tambaleándose, pero no cayó.
—¿Qué coño te has creído, policía de mierda? —exclamó.
Gunvald Larsson volvió a golpearle. El hombre se agarró al borde de la mesa pero perdió el equilibrio. Se cogió al mantel y cayó al suelo arrastrándolo con él. Una decorativa jarra de cristal tallado cayó al suelo. Al levantarse, un hilillo de sangre se le escapaba por una comisura de la boca y en la mano derecha llevaba la pesada pieza de cristal.
—No, espera, maldito... —dijo.
Se pasó la mano izquierda por la cara, miró la sangre y levantó amenazadoramente el arma.
Gunvald Larsson le golpeó por tercera vez. Karlsson fue lanzado hacia atrás, tropezó con una silla y cayó al suelo junto con ella. Mientras trataba de incorporarse apoyándose en las rodillas y las manos, Gunvald le soltó una fuerte patada en la muñeca derecha. La jarra de cristal salió disparada por el suelo hasta dar contra la pared con un golpe sordo.
Max Karlsson se levantó lentamente, afianzándose sobre una rodilla, y tapándose un ojo con una mano. La mirada del otro ojo tenía una expresión asustada e inquieta. Gunvald Larsson le miró tranquilamente y le conminó:
—Y ahora dime, ¿dónde tienes tu alijo?
—¿Qué alijo?
Gunvald Larsson apretó el puño.
—No, no, por Dios santo —exclamó el hombre precipitadamente—. No vuelva a pegarme... Yo...
—¿Dónde?
—En la cocina.
—¿En qué lugar de la cocina?
—Debajo de la bandeja inferior del horno.
—Eso está mejor —dijo Gunvald Larsson.
Se miró el puño cerrado. Era muy grande y tenía parches rojizos en los lugares en los que los pelos fuertes y rubios se habían chamuscado. Max Karlsson también lo miró.
—¿Y qué ocurrió con Roth y esas dos zorras? —preguntó Gunvald Larsson.
—Jodi...
—No me interesan las porquerías que hicisteis. Quiero saber quién incendió la casa.
—Incendiar la casa... no, santo cielo, no sé nada de eso. Y Kenneth resultó muerto...
—¿A qué se dedicaba Roth? ¿Drogas?
—¿Cómo lo voy a saber?
—Dime la verdad —dijo en tono amenazador Gunvald.
—No, no; basta ya. Lléveme a la comisaría, por Dios santo.
—Ah, te gustaría eso, ¿verdad? —exclamó Gunvald Larsson acercándose a él—. ¿También traficaba en drogas Roth?
—No, en bebidas.
—¿Licores?
—Sí.
—¿Robados?
—Sí.
—¿De contrabando?
—Sí.
—¿Dónde guardaba su alijo entonces?
—En...
—Vamos, continúa.
—En el ático de la casa donde vivía.
—Pero, ¿tú no tratas en licores?
Karlsson sacudió la cabeza negativamente.
—¿Sólo con prostitutas y drogas?
—Sí.
—Y entonces, ¿qué hacía Malm?
—Yo no conocía a Malm.
—Vamos, hombre, claro que le conocías.
—No mucho, en todo caso.
—Pero, ¿verdad que hicisteis algún negocio juntos, tú, Roth y él?
Karlsson se humedeció los labios. Tenía todavía la mano sobre el ojo derecho; el izquierdo le brillaba con una mezcla extraña de odio y miedo.
—En cierto modo —contestó por fin.
—¿Y Roth y Malm se conocían?
—Sí.
—Y tú vendías drogas. Hasta hace diez minutos. Ahora has cesado en el negocio. ¿Qué hacía Malm?
—Algo con coches, creo.
—Ajá —hizo Gunvald Larsson—. ¿De modo que erais tres pequeños traficantes, cada uno en su propia especialidad? ¿Qué teníais en común?
—Nada.
—Quiero decir, ¿quién era el jefe?
—Nadie. No entiendo lo que quiere decir.
El puño volvió a golpear por cuarta vez y cayó con tremenda fuerza sobre el hombro derecho del hombre y lo lanzó hacia atrás.
—¡El nombre! —rugió Gunvald Larsson—. ¡El nombre y pronto!
La respuesta le llegó en un murmullo ronco:
—Olofsson. Bertil Olofsson.
Gunvald Larsson miró al hombre llamado Max Karlsson largamente; el hombre al que había salvado la vida hacía diez días. Por último dijo filosóficamente:
—Diciendo la verdad siempre se sale ganando, en verano, invierno, otoño y primavera; la verdad brota en todos los tiempos, siempre se viste de verano.
El hombre le miró desconcertado con su ojo sano.
—Bueno —dijo Gunvald Larsson—, ahora levántate y ve delante de mí a la cocina, y enséñame dónde tienes guardado el botín.
El escondrijo estaba planeado con astucia y hubiera pasado fácilmente inadvertido en una inspección superficial. Habían vaciado la parte baja de la cocina y allí se hallaba una buena cantidad de drogas: hachís y anfetaminas, todo ello cuidadosamente preparado en paquetes. No se trataba de cantidades importantes. Karlsson era el típico vendedor al por menor, de los que al final de la cadena de intermediarios entregan los narcóticos a los colegiales en las horas del almuerzo a cambio de su dinero de bolsillo y de lo que han podido robar a sus padres, o rompiendo máquinas expendedoras y cabinas telefónicas. Ni él mismo tenía la menor idea acerca de cuántos intermediarios habían intervenido antes de que la mercancía llegase a sus manos, y por otra parte entre él y la verdadera raíz del mal existía una inmensa complejidad de errores políticos y de filosofías sociales equivocadas.
Gunvald Larsson fue al vestíbulo y telefoneó a la policía.
—Envíen a un par de esos tipos que buscan a los vendedores de drogas —dijo lacónicamente.
Los hombres que llegaron para llevarse a Karlsson pertenecían al departamento especial que se ocupaba del tráfico de drogas.
Eran corpulentos, de mejillas sonrosadas y llevaban jerseys coloreados y gorros de lana. Uno de ellos saludó al entrar y Gunvald les dijo ásperamente:
—Es un bonito disfraz. Quizás os falta una caña de pescar. ¿No se os estropean los pantalones del uniforme metidos en los calcetines? Además, no creo que sea preciso saludar cuando se viste un suéter islandés.
Los dos hombres del departamento de narcóticos enrojecieron todavía más y lanzaron una ojeada a los muebles esparcidos por la habitación, y al ojo morado del presunto delincuente.
—Hemos tenido algunas dificultades —explicó Gunvald Larsson despreocupadamente. Miró a su alrededor y añadió—: Podéis decir de mi parte al policía encargado de este caso que este individuo se llama Max Karlsson y que no dirá palabra.
Luego se encogió de hombros y se marchó.
Tenía razón. El hombre no dijo nada, ni siquiera que se llamaba Max Karlsson. Era de esa clase de tipos.
Gunvald Larsson había descubierto que en la casa de Skölgatan habían estado presentes tres gángsters de poca monta, dos de los cuales habían muerto y el tercero estaba camino de la cárcel. No había descubierto de dónde procedía la tan discutida chispa y sus probabilidades de conseguirlo parecían más remotas que nunca.
Por otra parte, recordó que él estaba de baja por enfermedad. Fue a su casa, se desnudó y se duchó. Luego desconectó el teléfono, se echó en la cama y abrió la novela de Sax Rohmer.
13
El impacto que provocó una verdadera constelación de estrellas descargó antes de la comida del día siguiente, es decir, el miércoles veinte de marzo, y fue Kollberg quien inmerecidamente lo recibió.
Estaba sentado ante su mesa de la Comisaría Sur de Västerberga, tratando de resolver los problemas de ajedrez del Svenka Dagbladet. No le iba muy bien, porque estaba pensando en lo que darían de comer en su casa, y como consecuencia le resultaba difícil concentrarse. Una hora antes había llamado a su mujer para decirle que pensaba ir a comer. Lo había planeado astutamente, ya que esto le daba tiempo suficiente para dedicarse a sus preparaciones culinarias y por tanto cabía esperar algo extra, especialmente bueno.
Martin Beck había llamado por la mañana murmurando algo acerca de una reunión en jefatura que le impediría llegar pronto. Esto había inducido a Kollberg a enviar a Skacke fuera, con una misión que probablemente le serviría para fortalecer los músculos de las piernas aunque era dudoso que tuviera otra utilidad.
Miró su reloj y se sintió en paz con el mundo y con sus futuros proyectos.
Y en ese preciso instante sonó el teléfono.
Cogió el auricular y dijo:
—Sí, Kollberg.
—Ejem. Pues... soy Hjelm. ¡Oiga!
Kollberg, que no recordaba haber pedido nada especial últimamente al Instituto Forense, contestó, sin sospechar nada:
—¡Diga! ¿Puedo ayudarle en algo?
—En este caso, sería la primera vez en la historia de la criminología —replicó el otro ásperamente.
Hjelm era quisquilloso y fácilmente irritable, pero a la vez era un técnico criminalista famoso y la experiencia había demostrado que no era aconsejable llevarle la contraria. Por eso Kollberg solía evitar hablar con él más de lo absolutamente necesario, y tampoco dijo nada en esta ocasión.
—Algunas veces empiezo a dudar de vuestra cordura —se lamentó Hjelm.
—¿En qué sentido? —preguntó amablemente Kollberg.
—Hace diez días, Melander me envió varios centenares de objetos procedentes de un incendio, montañas de porquerías, desde viejas latas hasta una piedra con las huellas digitales de Gunvald Larsson.
—Ah, sí —dijo Kollberg.
—Ah, sí. Bueno, tú puedes decir eso pero no tienes que sentarte aquí escarbando todo el día en este revoltijo. Es mucho más fácil meter trozos de excrementos congelados de perro en una bolsa de plástico y escribir en la etiqueta «objeto desconocido» que intentar averiguar qué es. ¿Estás de acuerdo?
—Ya sé que tienes mucho trabajo —dijo Kollberg intentando parecer amable y comprensivo.
—¿Mucho trabajo? ¿Lo dices como una broma? ¿Sabes cuántos análisis hacemos cada año?
Kollberg no tenía la más remota idea y se abstuvo de intentar acertarlo.
—Cincuenta mil. ¿Y sabes cuánto material tenemos aquí?
Hubo un momento de silencio.
—Bueno —prosiguió Hjelm—, pues tras estar trabajando con ese material durante seis días, llama Rönn y dice que el caso se ha cerrado y que podemos echarlo todo al cubo de la basura.
Kollberg se sentía irritado.
—Así es —dijo—. Exactamente.
—¿Exactamente? En absoluto, porque antes de que hubiéramos empezado a deshacernos de todo, Gunvald Larsson llama y dice que el caso no se ha cerrado y que por lo tanto tenemos que continuar investigando y que es urgente conocer los resultados, porque se trata de algo importante.
—Gunvald no tiene autoridad para hacer eso —contestó Kollberg rápidamente—. Recibió un golpe en la cabeza y está más chiflado que de costumbre.
—Ya, ya. El lunes me encuentro con Hammar por casualidad y me dice exactamente lo que tú me has dicho: que el caso está cerrado y el asunto archivado.
—¿Entonces?
—Un cuarto de hora más tarde, precisamente, Beck llama y pregunta si no hemos encontrado algo «extraño» en ese maldito fuego.
—¿Martin?
—Sí, exactamente. Así que todas esas personas nos han estado acosando: Melander, Rönn, Larsson, Hammar y Beck. Uno después de otro, y cada uno dice una cosa diferente, y ya no sabemos a qué atenernos.
—¿Sí?
—Y ahora, hoy, intento encontrar a alguien responsable de todo este asunto. ¿Y qué consigo como respuesta? Larsson está enfermo en su casa. Llamo a su casa y nadie contesta al teléfono. Luego trato de encontrar a Hammar y me dicen que está de permiso. Pregunto por Melander, y- alguien me dice que se ha ido al lavabo hace una hora y todavía no ha vuelto. Rönn estará fuera todo el día, Beck está en una reunión y Skacke ha ido a buscar a Rönn. Por fin encuentro a Elk y resulta que acaba de regresar de sus vacaciones y no tiene la menor idea de lo que le hablo, y me dice que llame a Hammar, que está de permiso; a Beck, que está en una reunión, a Rönn, que estará fuera todo el día; o a Skacke, que está buscando a Rönn. Usted es la única persona con la que puedo hablar.
«Desgraciadamente», pensó Kollberg.
—¿Qué quiere entonces? —preguntó en voz alta.
—Bueno, lo cierto es que ese hombre, Malm, estaba echado en la cama de espaldas, sobre el colchón, y como le dije a Beck, tenía la espalda terriblemente quemada también. Tanto Beck como yo llegamos a la conclusión de que se debía probablemente al hecho de que el colchón también se había incendiado; esto parece lógico, ¿no es cierto?
—Desde luego. Pero oye, este caso de hecho está cerrado.
—Lo dudo —repuso Hjelm maliciosamente—. Hemos encontrado en el colchón algunas cosas que no debieran estar allí.
—¿Qué cosas?
—Un pequeño resorte, por ejemplo, y una cápsula de aluminio, y los restos de ciertos productos químicos.
—¿Y qué significa todo eso?
—Que el incendio fue intencionado —sentenció.
14
Lennart Kollberg no era hombre al que se pudiera calificar normalmente como persona de pocas palabras, pero en aquella ocasión se quedó inmóvil como si fuera de piedra, y estuvo un minuto sentado, mirando a través de la ventana la repulsiva y ruidosa área del suburbio industrial que rodeaba la Comisaría del Sur. Por fin, con una voz apagada y tono de incredulidad, dijo:
—¿Qué? ¿Qué quieres decir?
—¿No he sido bastante claro? —replicó Hjelm con altanería—. ¿O es que quizás me expreso de manera confusa? Fue deliberado: un fuego intencionado.
—¿Un incendio provocado?
—Sí. No hay duda posible. Alguien colocó un detonador con una mecha retardada en el colchón. Una pequeña bomba química, si se quiere. Una bomba de relojería.
—¿Una bomba de relojería?
—Exactamente. Un artefacto ingenioso. Sencillo y fácil de manejar; no mayor, probablemente, que una caja de cerillas. Por supuesto, no ha quedado mucho de él.
Kollberg no dijo nada.
—Sin una inspección extremadamente minuciosa no se hubiera encontrado ningún rastro —prosiguió Hjelm—. Era necesario saber lo que se estaba buscando.
—¿Y tú lo sabías? Por casualidad, supongo...
—En nuestra profesión, no acostumbramos a confiar en la casualidad. Lo que sucedió fue que observé ciertos detalles y luego saqué las conclusiones correspondientes.
Kollberg se había repuesto lo suficiente para empezar a sentirse molesto. Frunció sus pobladas cejas.
—No te quedes ahí, murmurando sobre tus excelentes cualidades. Si tienes algo que decir, dilo de una puñetera vez.
—Ya lo he hecho —replicó Hjelm altaneramente—. Si necesitas oírlo otra vez con palabras sencillas: alguien colocó una bomba química en el colchón de Malm. Un compuesto químico con un detonador conectado a un pequeño aparato con un resorte, algo así como un reloj muy simple. Recibirás más detalles cuando tengamos tiempo para analizar los restos.
—¿Estás seguro de todo eso?
—¿Si estoy seguro? Aquí no acostumbramos a hacer suposiciones sobre las cosas. De todos modos, es extraño que a nadie le haya llamado la atención el hecho de que las ropas y la piel de la espalda del hombre estuviesen totalmente carbonizadas, a pesar de que el cuerpo se encontró en la posición de defensa, o que el colchón estuviera completamente destruido, mientras que la cama se conservaba en relativo buen estado dadas las circunstancias.
—Una bomba incendiaria en el colchón —dijo Kollberg en tono de duda—. ¿Una bomba de relojería tan pequeña como una caja de cerillas? Todavía faltan diez días para el primero de abril1.
Hjelm murmuró algo ininteligible, pero en todo caso no se trataba de algo cortés.
—No he oído nunca nada parecido —añadió Kollberg.
—Bueno, pues yo sí. Aquí en Suecia este método es nuevo, que yo sepa, pero conozco varios casos en el continente, sobre todo en Francia. He visto este tipo de aparatos. En París, en la Sûreté.
Skacke entró en la habitación sin llamar. Se detuvo de repente y abrió la boca al ver la cara preocupada de Kollberg.
—No les haría ningún daño a ninguno de ustedes, caballeros, hacer algún viaje de estudio de vez en cuando —observó Hjelm, insidiosamente.
—¿Y en cuánto se calcula el factor tiempo en el funcionamiento de este condenado aparato?
—Los que vi en París podían prepararse para unas ocho horas. Pero se pueden disparar prácticamente al momento.
—Pero seguramente debe oírse el tictac...
—No más que un reloj de pulsera.
—¿Y qué ocurre cuando detonan?
—Pues se enciende rápidamente un fuego químico de alta temperatura que se extiende sobre una zona limitada en el intervalo de dos segundos, y que no puede extinguirse con los procedimientos usuales. Una persona echada sobre la cama, dormida, tiene muy pocas probabilidades de salvarse. Y en nueve casos entre diez, la policía atribuye el fuego a algún fumador, o imagina cualquier otro motivo. —Hjelm hizo una pausa dramática antes de acabar la frase—. Si el técnico criminalista encargado del caso no es extremadamente observador y conocedor de su trabajo.
—No —exclamó Kollberg de repente—. Eso es absolutamente ridículo. Las coincidencias tienen un límite. ¿Intentas decirme que ese Malm se fue a su casa y bloqueó todas las grietas y los ventiladores, abrió el gas y se echó en una cama en la que alguien había colocado antes una bomba de relojería? ¿Y que se quitó la vida y estaba ya muerto cuando le asesinaron? ¿Y que la bomba incendió el gas que hizo explotar la casa donde otras tres personas murieron quemadas, delante de las narices del más estúpido detective de la historia de la criminología? ¿Quién estaba fuera mirando con la boca abierta? ¿Cómo puedes explicar todo eso?
—Eso no tiene nada que ver conmigo, en realidad —respondió Hjelm con un acaloramiento desacostumbrado en él—. Te estoy hablando sólo de hechos. Las explicaciones las dejo por completo en tus manos. Es lo que se espera de los policías, ¿no es cierto?
—Adiós —dijo Kollberg, colgando el auricular.
—¿De qué se trata? —preguntó Skacke—. ¿Se ha muerto alguien? Por cierto, Rönn no está...
—Cállate —ordenó Kollberg—. Y antes de abrir la puerta del despacho de un superior, llama. No olvides lo que le ocurrió a Stenström.
Se levantó y se encaminó hacia la puerta. Se puso el sombrero y el abrigo, y luego señaló a Skacke con su índice regordete y le dijo:
—Tengo una serie de encargos importantes para ti. Llama a jefatura y dile a Martin que acabe con esa reunión en el acto. Busca a Rönn y a Hammar y encuentra a Melander aunque tengas que echar abajo la puerta del retrete. Diles que tienen que llamar de inmediato a Hjelm, el superintendente del Instituto Forense. Di a Elk y a Strömren lo mismo, y también a cualquier otro estúpido que puedas encontrar de la división. Cuando hayas hecho todo eso, puedes ir a sentarte en tu oficina y llamar a Hjelm para preguntarle qué ocurre.
—¿Se marcha usted? —preguntó Skacke.
—Asuntos oficiales —dijo Kollberg mirando el reloj—. Te veré en Kumgshomsgatan dentro de dos horas.
Faltó poco para que le detuvieran por exceso de velocidad, justo al llegar a Västerberga Alle.
En su apartamento en Palandergatan, su mujer salió de la cocina, envuelta en una nube de vapores aromáticos.
—¡Dios mío, qué aspecto más raro tienes! —exclamó alegremente—. Disponemos de un cuarto de hora.
—No —dijo Kollberg, echando una mirada al dormitorio—. Allí no. El colchón podría explotar.
15
Ese mismo día, por la tarde, los esfuerzos realizados dieron resultado. Se encontró a Hammar y éste consiguió reunir a su equipo. El equipo, algo asombrado, estaba formado por Martin Beck, Frederick Melander, Lennart Kollberg y Einar Rönn.
Hammar tenía una expresión más severa que nunca. La primavera había llegado con sol y calor, y durante el desayuno había estado hablando con su mujer acerca de su jubilación y de pasar sus vacaciones en su casita de campo. En ese momento estaba convencido de que el asunto del incendio ya no le concernía para nada y casi lo había olvidado. De pronto, el detestable Hjelm había trastornado todos sus proyectos.
—¿Está Larsson todavía enfermo, fuera de servicio?
—Sí —dijo Kollberg—. Está descansando en sus laureles.
—Vuelve el lunes —informó Rönn, sonándose las narices.
Hammar se inclinó hacia atrás en la silla, se pasó los dedos entre el cabello y se rascó la cabeza.
—Parece que tenemos que concentrarnos en ese Bertil Olofsson —dijo—. Malm sólo era un pez pequeño, un ser lastimoso, enfermo, alcohólico, perezoso y Dios sabe cuántas cosas más. Cuesta imaginar que alguien se tomara molestias para librarse de una persona como él. La única cosa clara acerca de Malm es que sin duda sabía algo sobre Olofsson, algo comprometedor. Y esto ya es decir algo más de lo que sabemos con certeza sobre él. Así que nos vamos a dedicar a investigar con más detalle sobre ese Olofsson.
—Sí —asintió Kollberg, cansado ya de tantas frases hechas.
—¿Qué sabemos de Olofsson? —preguntó Hammar inquisitivamente.
—Que no se le encuentra —contestó Rönn con tono pesimista.
—Fue sentenciado a un año de cárcel hace algunos años —dijo Martin Beck—. Por robo, creo. Tendremos que revisar los expedientes.
Melander se quitó la pipa de la boca y anunció:
—Dieciocho meses por robo y por falsificar documentos. Mil novecientos sesenta y dos. Cumplió su sentencia en Kumla.
Los demás le miraron con asombrada resignación.
—Conocíamos tu memoria, pero no sabíamos que también tuvieras en la cabeza todas las sentencias —dijo Kollberg.
—En realidad, el otro día repasé los informes de Olofsson —respondió Melander, imperturbable—. Pensé que sería interesante saber quién es.
—Y por casualidad, ¿no descubriste dónde está?
—No.
El silencio reinó en la habitación. Luego, Kollberg dijo:
—Bueno, ¿quién es?
Melander dio una chupada a su pipa y pareció meditar sobre el tema.
—Un tipo bastante corriente, diría yo. La sentencia que Martin mencionó no era la primera. Pero era la primera vez que recibía una sentencia de prisión incondicional. Anteriormente, se le había declarado culpable de tener depósitos ilegales de drogas, de robo de vehículos, multas por infracción de tráfico y otros asuntos menores. Estuvo en libertad condicional hasta hace dos años.
—Y probablemente se le buscó cuando Malm fue detenido en el coche de Olofsson —agregó Kollberg—. Por robo de coches, ¿o por qué fue?
—Sí, exactamente —dijo Martin Beck—. Me he enterado de eso. Fue la policía de Gustavberg la que descubrió que Olofsson tenía varios coches robados en su casa en Värmdö. Poseía una casa en el campo, que había heredado de su padre. La casa está muy escondida en el interior del bosque, y para llegar hasta ella se tiene que recorrer casi un kilómetro por una carretera estrecha de bosque. Por pura casualidad, un coche con radio de Gustavberg se dirigió hacia allí. De todos modos, no había nadie en la casa, pero en el patio trasero estaban tres coches, tipo sedán. Dentro del garaje hallaron otro coche recién pintado. Encontraron también pintura, sprays, materiales de pulir, números de matrículas, certificados de propiedad, y otras cosas más en el garaje. Tan pronto como se confirmó que los cuatro coches eran robados, se enviaron dos hombres a casa de Olofsson en Arsta para detenerlo. No estaba allí. Y todavía no se le ha vuelto a ver.
Martin Beck abrió la alacena que contenía la jarra y se sirvió un vaso de agua.
—¿Cuándo ocurrió todo eso? —preguntó Hammar.
—El doce de febrero —contestó Martin Beck—. Hace más de un mes.
Kollberg sacó su calendario de bolsillo y lo hojeó.
—Un lunes —dijo—. ¿Se habían hecho intentos anteriores para encontrar a Olofsson?
Martin Beck meneó la cabeza.
—No, excepto los habituales. Al principio creyeron que volvería tarde o temprano. Luego, cuando detuvieron a Malm, éste dijo que Olofsson se había ido al extranjero, así que siguieron esperando y vigilando su apartamento y la casa de campo.
—¿Crees que Olofsson se enteró de que los polis de Gustavberg habían descubierto lo que se traía entre manos y tuvo tiempo de desaparecer? —preguntó Rönn.
Kollberg bostezó.
—¿Quieres decir que desapareció deliberadamente? —inquirió Martin Beck—. Lo dudo. No había en los alrededores de la casa un alma que pudiera ponerle sobre aviso de que la policía había estado por allí.
—¿Sabe alguien cuándo estuvo por última vez en su apartamento? —preguntó Melander—. ¿Se ha interrogado a los vecinos, por ejemplo?
—No lo creo —replicó Martin Beck—. Este asunto de la búsqueda de Olofsson se ha llevado de un modo muy rutinario.
—En otras palabras, con apatía —dijo Hammar. Seguidamente, se puso en pie, golpeó la mesa con la palma de las manos y dijo en voz alta—: De modo que pónganse inmediatamente en movimiento, señores. Pregunten a los vecinos y a todos los que puedan encontrar. A todos los que hayan tenido alguna relación con Olofsson. Y lean los informes judiciales y las fichas personales y todo lo que haya por leer sobre este maldito truhán, para que sepan a quién están buscando. Y, sobre todo, ¡encuéntrenle! ¡Ahora! ¡Inmediatamente! Si fue la persona que colocó ese chisme en el colchón de Malm, entonces no se dejará ver por ahora, naturalmente. Aun cuando no se hubiera ido antes. Si necesitan más hombres, ¡díganlo!
—¿Qué hombres? —quiso saber Kollberg—. ¿De dónde?
—Bueno —respondió Hammar, encogiéndose de hombros—, tú tienes a ese chico, Skacke, por ejemplo.
Kollberg ya se había levantado y se dirigía hacia la puerta cuando oyó mencionar el nombre de Skacke. Se detuvo y abrió la boca para decir algo, pero Martin Beck le empujó hacia el pasillo y cerró la puerta tras él.
—Una endemoniada e interminable charla para nada —dijo Kollberg—. Si tuviéramos que seguir los consejos de Hammar, quizá Skacke tendría grandes posibilidades de llegar a jefe de policía —se estremeció y añadió—: Gracias a Dios, soy lo bastante viejo para no tener que pasar por esa experiencia.
El resto de la tarde lo dedicaron a reunir más información sobre Bertil Olofsson.
Martin Beck habló, entre otras personas, con el Departamento de Robos, donde estaban deseando atrapar a Olofsson, pero debido a la escasez de agentes habían suspendido la vigilancia de su apartamento y de la casa de campo en Värmdö.
De las fichas personales de Olofsson, se deducía, entre otras cosas, que tenía treinta y seis años, que había asistido a la escuela durante seis años y carecía de toda otra educación. Había desempeñado un gran número de trabajos de corta duración y de muy diversa naturaleza, y últimamente había estado la mayor parte del tiempo sin empleo. Su padre había muerto cuando él tenía cinco años y su madre se había vuelto a casar dos años después y seguía viviendo con su padrastro. Su único pariente era un hermanastro diez años menor que él, que ejercía como dentista en Göteborg. Su propio matrimonio, del que no había tenido hijos, había sido en general poco afortunado. Había quedado atrás, y Olofsson, a partir de su sentencia de prisión, había vivido intermitentemente con una mujer cinco años mayor que él.
Los policías le describían como una persona emocionalmente inestable y asocial. También inhibida. El oficial que le trató durante el periodo de libertad condicional dijo que su relación con Olofsson había sido muy difícil debido a su actitud hostil y a su falta de interés en colaborar.
Antes de separarse aquel día, Martin Beck asignó las tareas más urgentes. Einar Rönn tenía que ir a Legeltrop para hablar con la madre y el padrastro de Olofsson, en tanto que Melander debía intentar encontrar alguna información fiable sobre sus actividades a través de los contactos que había tenido con el mundo del hampa. Martin Beck tenía que conseguir los papeles judiciales necesarios, y, junto con Kollberg, inspeccionar el apartamento y la casita de campo.
Hasta nuevas órdenes, Benny Skacke quedaba excluido de la caza de Olofsson.
16
No eran todavía las ocho de la mañana del jueves, cuando Kollberg se presentó en busca de Martin Beck. Este último no se había vestido aún, y estaba sentado en la cocina en bata, hablando con su hija Ingrid; ésta tenía la mañana libre y, por una vez, disponía de tiempo para tomar un desayuno decente antes de irse a la escuela. Martin estaba bebiendo simplemente una taza de té, pero la joven mojaba vigorosamente su bocadillo de queso y pan tostado en su cacao, mientras charlaba sobre la reunión de protesta contra la guerra de Vietnam a la que había asistido la noche anterior.
Cuando sonó el timbre, Martin se apretó el nudo del cinturón de la bata y dejó el cigarrillo, aunque sospechaba que Ingrid, tan pronto como él desapareciese, le robaría una chupada. Luego fue a abrir la puerta.
—¿Todavía no estás vestido? —exclamó Kollberg en tono de reproche.
—¿No dijimos a las ocho en punto? —protestó Martin Beck.
Siguió adelante y entró en la cocina.
—Faltan dos minutos —dijo Kollberg—. Hola, Ingrid.
—Buenos días —murmuró Ingrid, tratando de hacer desaparecer la nube de humo que rodeaba su cabeza, con aire culpable.
Kollberg se sentó en la silla de Martin Beck y examinó la mesa del desayuno. Acababa de consumir un desayuno sustancioso, pero sin embargo se sentía muy capaz de probar otro. Martin Beck sacó otra taza y le sirvió té, mientras Ingrid le acercaba la bandeja de la mantequilla, el queso y la cesta del pan.
—Estaré contigo dentro de un momento —dijo Martin Beck, y se fue a su habitación.
Mientras se vestía, oyó, a través de la puerta entreabierta de la cocina, que Ingrid preguntaba a Kollberg por su hija de siete meses, Bodil, y que Kollberg pregonaba sus virtudes con mal disimulado orgullo paternal. Cuando Martin Beck entró en la cocina un momento después, afeitado y vestido, Kollberg dijo:
—He encontrado otra canguro.
—Sí, le he prometido cuidar a Bodil la próxima vez que necesiten a alguien. Puedo hacerlo, ¿verdad? ¡Los bebés son tan divertidos!
—Hace un año decías que eran lo más desagradable del mundo —observó Martin Beck.
—¡Ah, eso era entonces! Yo era muy infantil en aquel momento.
Martin Beck le guiñó el ojo a Kollberg y dijo en tono respetuoso:
—Desde luego, lo siento. Ahora eres una mujer madura, ¿no es cierto?
—No seas tonto —dijo Ingrid—. No seré nunca una mujer madura. Seré una jovencita y luego seré una señora Vieja.
Hincó el dedo en el diafragma de su padre y salió disparada hacia su habitación. Cuando Martin Beck y Kollberg salieron al vestíbulo para ponerse los abrigos, a través de su puerta sonaba ruidosamente una música «pop».
—Los Beatles —dijo Martin Beck—. Es un milagro que sus oídos lo aguanten.
—Los Rolling Stones —objetó Kollberg.
Martin Beck le miró sorprendido.
—¿Cómo puedes notar la diferencia?
—¡Oh, hay una gran diferencia! —repuso Kollberg, empezando a bajar las escaleras.
A aquella hora de la mañana, el tráfico de la ciudad era ya denso, pero Kollberg, a quien todo el mundo, excepto él, consideraba como un conductor nervioso y no muy bueno, sabía sin embargo moverse a través de Estocolmo, y condujo por calles laterales y carreteras completamente desconocidas para Martin Beck, por barrios residenciales y zonas de altos edificios de oficinas y de apartamentos. Aparcó el coche frente a un edificio relativamente nuevo, en Sandfjärdsgatan, Arsta.
—Apostaría a que los alquileres en esta zona no son ninguna tontería —dijo Kollberg mientras subían en el ascensor automático.
—No es fácil imaginar que una persona como Bertil Olofsson pudiera llegar a estas alturas.
Martin Beck tardó menos de treinta segundos en abrir la puerta, tiempo que les pareció largo, ya que tenía la llave que el propio agente oficial le había proporcionado.
El apartamento consistía en una habitación, un recibidor, una cocina y un cuarto de baño, y según la factura del alquiler depositada sobre la alfombra de la puerta, entre anuncios y otros papeles sin importancia, el alquiler del pasado plazo era de 1. 296 coronas con 51 öre. Aparte de esto, no había nada de interés entre el montón de folletos de propaganda y muestras gratuitas de varias clases, que habían echado a través del buzón de las cartas y que estaban por recoger hacía casi un mes. Debajo del montón había una hoja impresa de una tienda de comestibles cercana. Ofertas especiales, rezaba la cabecera, y a continuación seguía una lista de productos diversos, con el precio anterior y el posterior a las rebajas. El precio de una lata de arenque ahumado del Báltico, por ejemplo, había bajado de 2,63 coronas a 2,49. Martin Beck dobló el pedazo de papel y se lo metió en el bolsillo.
En la habitación principal había una mesa de comer, tres sillas, una cama, una mesilla de noche, dos butacas, una mesa baja, un aparato de televisión y una cómoda con cajones. Todos los muebles parecían comprados al mismo tiempo, y recientemente. La habitación no estaba muy limpia. Encima de la cama sin hacer se veía una colcha arrugada. En la mesa, un cenicero vacío, pero sucio. La librería parecía consistir en un ejemplar antiguo, aparentemente todavía sin cortar, de Raff y Rififi, de Jerry Cotton. En lugar de cuadros, pegadas a las paredes con cinta adhesiva había una serie de fotografías de coches y de mujeres en diversos estados de desnudez, probablemente arrancadas de revistas.
En la cocina había algunos vasos, platos y tazas colocados boca abajo sobre la escurridera, salpicada por el agua de los platos que se había secado hacía ya tiempo. La nevera seguía funcionando y contenía media libra de margarina, dos cervezas pequeñas, un limón podrido y un pedazo de queso duro como una piedra. En los armarios se hallaban algunas provisiones caseras, una caja de galletas saladas, una bolsa de azúcar y un bote de café vacío. En el armario de la limpieza no había nada, pero debajo de la fregadera se veía un recogedor, un cepillo y también una bolsa de papel con basura. Uno de los cajones estaba lleno de cajas de cerillas vacías.
Martin Beck salió al vestíbulo y abrió la puerta que daba al cuarto de baño. Despedía un olor desagradable, procedente del retrete, que probablemente no se había limpiado nunca. Las marcas de suciedad alrededor del baño y del lavabo indicaban que tampoco ellos habían sido objeto de un especial fervor por la limpieza. En el armario del cuarto de baño había un cepillo de dientes viejo, una máquina de afeitar, un tubo de dentífrico casi vacío, un peine roto, grasa, polvo y restos de cabellos. La toalla que colgaba junto al lavabo estaba tiesa de puro sucia.
Martin Beck se encontraba ya harto y se fue a examinar el guardarropa.
En el suelo se veían dos pares de zapatos sin limpiar, recubiertos por una gruesa capa de polvo, y una bolsa de lona con ropa sucia y maloliente. De la barra del armario colgaban varias perchas de alambre con dos camisas sucias, dos suéteres aún más sucios, dos pantalones de Dracon, una chaqueta de tweed, un traje de verano gris pálido, y una cazadora de popelín azul marino.
Martin Beck estaba a punto de hurgar en los bolsillos del traje cuando Kollberg le llamó desde la cocina. Kollberg había vaciado el contenido de la bolsa de basura sobre la escurridera y tenía en la mano una bolsa de plástico arrugada.
—Fíjate en esto —dijo.
En un rincón se veían unos cuantos granos verdosos. Kollberg cogió un pellizco y los estrujó entre el pulgar y el índice.
—Hachís —dijo.
Martin Beck asintió.
—Esto explica por qué coleccionaba cajas de cerillas vacías —rezongó—. Si esa bolsa estaba repleta, bastó para Henar por lo menos treinta de esas cajas.
El resto de la inspección del apartamento dio pocos resultados. Algunos souvenirs indicaban que Bertil Olofsson había pasado las vacaciones en Polonia. En los bolsillos de la chaqueta de mezclilla encontraron cuatro facturas antiguas fechadas en diciembre y procedentes del Restaurante Ambassador. En el cajón de la mesilla de noche había dos preservativos y una fotografía, obra de un aficionado, de una mujer morena y gordita en bikini, en una playa. En el dorso de la foto alguien había escrito con un bolígrafo: «A Berra con amor, Kay.»
No encontraron otros objetos personales en el apartamento y, sobre todo, no encontraron ningún indicio del lugar donde podría hallarse Olofsson.
Martin Beck llamó al timbre del apartamento vecino. Una mujer abrió la puerta y le hicieron unas cuantas preguntas.
—Bueno, ya sabe lo que ocurre en estos edificios —dijo ella—. Nadie se preocupa de quién vive al lado. Creo que le he visto algunas veces, pero no creo que haya vivido aquí mucho tiempo.
—¿Recuerda usted cuándo le vio por última vez? —preguntó Kollberg.
La mujer negó con la cabeza.
—No tengo idea —dijo—. Pero lo que es seguro es que hace ya mucho tiempo. En Navidades, o alrededor de esas fechas, pero no lo sé con seguridad.
En los otros dos apartamentos del mismo piso no había nadie en casa. Por lo menos nadie contestó al timbre. No parecía haber ningún encargado de la casa; un aviso en la entrada informaba a los inquilinos que podían preguntar a un mecánico si deseaban información sobre los apartamentos, en una dirección completamente distinta. Cuando salieron por la puerta central, Kollberg se metió en el coche y se sentó, mientras Martin Beck cruzaba la calle para entrar en la tienda de comestibles que estaba al otro lado. Habló con el dueño y le enseñó los folletos que anunciaban las Ofertas Especiales.
—No puedo decirle cuándo las enviamos exactamente —contestó el hombre—. Acostumbramos a repartir listas como éstas los viernes. Espere un momento.
Desapareció en el interior de la tienda y regresó un momento después.
—Sí, fue el viernes, nueve de febrero —dijo.
Martin Beck asintió y volvió junto a Kollberg.
—En cualquier caso, no ha estado en casa desde el nueve de febrero —dijo Martin Beck.
Kollberg se encogió de hombros.
Siguieron a lo largo de Sockenvägen y Mynäsvägen, a través de la zona industrial de Hammarbj, y salieron a la carretera de Värmdö. Cuando llegaron a Gustavberg, se dirigieron a la comisaría de policía y hablaron con uno de los hombres que habían descubierto los coches robados en el patio de Olofsson. Les enseñó el camino que conducía a la casa.
Tardaron un cuarto de hora en llegar allí.
La casa estaba en un lugar protegido de las miradas. El camino que conducía hasta ella era desigual y lleno de curvas, casi un camino de bosque. Las tierras alrededor de la casa debieron de estar en otro tiempo bien cuidadas, con prados, jardines de roca y senderos de arena. Pero ahora sólo quedaban rastros apenas visibles de todo aquello. La nieve había desaparecido casi por completo de la zona enarenada junto a la casa, pero en los bosques cercanos todavía podían verse algunos restos grisáceos. Justo en el lindero del bosque, en un extremo del jardín había un garaje construido recientemente. Estaba vacío y los tres coches que, a juzgar por las señales de los neumáticos, habían estado en la arena, también habían desaparecido.
—Ha sido estúpido llevarse los coches —comentó Kollberg—. Si vuelve sabrá en seguida que la policía ha estado aquí.
Martin Beck examinó la puerta de la casa. Estaba cerrada con una cerradura de seguridad y a la vez con un candado grande de metal. La única persona que podía darles las llaves era Olofsson, así que no tenían otra alternativa que valerse de su habilidad manual. Cogieron destornilladores y otros instrumentos de la guantera del coche, y trabajaron durante unos pocos minutos. Después, sólo tuvieron que abrir la puerta.
La casa constaba de una habitación grande amueblada al estilo rústico, con dos camas empotradas en la pared, una cocina y un lavabo. En el interior, el aire era húmedo y desagradable; olía a rancio y a petróleo. En la habitación grande había una chimenea y la cocina era de leña; aparte de esto, los medios de calefacción se reducían a una estufa de petróleo en uno de los dormitorios. El suelo estaba cubierto de arena y de pellas secas de barro, y los muebles del cuarto principal estaban sucios y gastados. En la cocina, la mesa, los bancos y los estantes estaban cubiertos de desechos, botellas vacías, platos grasientos, tazas con posos de café y vasos sucios. Una de las literas estaba provista de sábanas sucias y cubierta con una colcha rota y harapienta. No había nadie en la casa.
En el vestíbulo pequeño había una puerta y detrás de ella una alacena con estantes llenos de objetos robados, procedentes probablemente de los coches también robados. Transistores, cámaras, anteojos, flashes, herramientas, un par de cañas de pescar, un rifle de cazador y una máquina de escribir portátil. Martin Beck se subió a un taburete y miró encima del estante. Allí había un viejo juego de croquet, una bandera sueca desteñida, y una fotografía enmarcada. Cogió la fotografía, la llevó al cuarto grande y se la enseñó a Kollberg.
En la fotografía se veía a una mujer joven y a un niño con pantalones cortos y una camisa de mangas cortas. La mujer era bonita y los dos, ella y el niño, sonreían a la cámara. El vestido de la mujer y el estilo de su peinado eran claramente de los años treinta. En el fondo se veía la casa en la que Martin Beck y Kollberg estaban ahora.
—Debieron de tomarla uno o dos años antes de que el padre muriese, diría yo —comentó Martin Beck—. El lugar tenía un aspecto algo diferente entonces.
—La madre es muy guapa —dijo Kollberg—. Estoy pensando cómo le habrán ido las cosas a Rönn.
Einar Rönn había estado dando vueltas alrededor de Segeltrop en su coche durante un rato, antes de encontrar la casa donde vivía la madre de Bertil Olofsson. Su apellido era ahora Lundberg, y Rönn había averiguado que su esposo era jefe de sección en una tienda importante. La mujer que abrió la puerta tenía el pelo completamente blanco, pero no parecía tener más de cincuenta y cinco años. Era delgada y estaba tostada por el sol, a pesar de que la primavera apenas había empezado. Las finas arrugas que rodeaban sus bonitos ojos grises resaltaban blancas, cuando levantó las cejas inquisitivamente, en contraste con su piel tostada.
—¿Sí? —dijo—. ¿Puedo servirle en algo?
Rönn se cambió el sombrero de mano y sacó su carnet de policía.
—Es usted la señora Lundberg, ¿verdad? —preguntó.
Ella asintió y en sus ojos asomó una sombra de inquietud mientras esperaba que Rönn continuase.
—Es acerca de su hijo —dijo Rönn—, Bertil Olofsson. Me gustaría, si me lo permite, hacerle unas preguntas.
Ella frunció el ceño.
—¿En qué lío se ha metido ahora?
—En nada, confío —dijo Rönn—. ¿Puedo entrar un momento?
La mujer, aún titubeante, retiró la mano de la empuñadura de la puerta.
—Sí... —dijo lentamente—, entre, por favor.
Rönn colgó su abrigo, dejó el sombrero sobre la mesa del vestíbulo y la siguió hasta el living, agradable y bien amueblado, pero sin una elegancia exagerada. La dueña de la casa señaló un sillón junto a la chimenea y ella se sentó en el sofá.
—Está bien —dijo—. Siga, por favor. Estoy bastante curtida en todo lo que se refiere a Bertil, así que lo mejor será que me diga la verdad cuanto antes. ¿Qué ha hecho?
—Estamos buscándolo porque esperamos que pueda ayudarnos a aclarar un asunto —explicó Rönn—. Yo sólo quiero preguntarle si sabe usted dónde está, señora Lundberg.
—Entonces, ¿no está en su casa? —preguntó ella—. ¿En Arsta?
—No, parece que no reside allí desde hace bastante tiempo.
—¿Y en la casa de campo tampoco? Tenemos... él tiene una casita en Värmdö. El padre de Bertil, mi primer marido, la construyó y ahora es de Bertil. Quizá esté allí.
Rönn negó con la cabeza.
—¿No le dijo si pensaba marcharse a algún sitio?
La madre de Olofsson extendió las manos.
—No. Actualmente apenas nos hablamos. Nunca tengo la menor idea de lo que hace o de dónde está. No ha estado aquí, por ejemplo, desde hace un año, aproximadamente, y sólo vino para pedirme dinero.
—Entonces, ¿no la ha llamado últimamente por teléfono?
—No. Hemos estado en España unas tres semanas, pero aun así no creo que haya llamado. No tenemos ya nada que ver el uno con el otro —suspiró—. Mi marido y yo hemos perdido la esperanza respecto a Bertil hace ya tiempo. Y no parece que haya mejorado.
Rönn permaneció silencioso durante un momento, mirando fijamente a la mujer. Tenía una expresión de amargura en la boca.
—¿Conoce a alguien que pueda saber dónde está? —preguntó—. ¿Una chica seria o un amigo, o alguien parecido?
Ella se rió con una risa falsa, dura y breve.
—Una cosa puedo decirle —contestó—. De pequeño era realmente un niño muy bueno. Pero encontró malas compañías y se dejó llevar por ellas; se rebeló contra mi marido y contra mí, lo mismo que contra su hermano; bueno, prácticamente contra todo el mundo. Luego ingresó en un reformatorio y eso no arregló nada. Allí sólo aprendió a odiar todavía más a la sociedad. También aprendió a ser un maleante profesional y a traficar con drogas —miró con expresión enfurecida a Rönn—. Pero supongo que ahora ya es un hecho aceptado que nuestros reformatorios y nuestras instituciones actúan en realidad como una introducción al mundo de las drogas y de la delincuencia. Lo que ustedes llaman «tratamiento» no sirve de nada.
En lo esencial, Rönn estaba de acuerdo con ella y no supo qué contestar.
—Bueno —dijo por fin—. Quizás esto es lo que parece —luego se sobrepuso y añadió—: No era mi intención venir aquí para inquietarla. ¿Puedo hacerle sólo una pregunta más?
Ella asintió.
—¿Qué relación existe entre sus dos hijos? ¿Se ven o tienen algún tipo de contacto?
—Ya no —contestó ella—. Gert es ahora un dentista cualificado y ejerce su profesión en Göteborg. Pero cuando estaba aquí, en el colegio de odontología, consiguió convencer a Bertil de que le fuera a ver y se dejara arreglar la boca. Gert es un muchacho bueno y amable. Fueron realmente buenos amigos durante un tiempo. Pero luego ocurrió algo, no sé exactamente qué fue, y dejaron de verse. Así que no creo que sirva de mucho interrogar a Gert.
—¿No sabe usted por qué motivo dejaron de verse? —preguntó Rönn.
—No —contestó ella, volviendo la cara—. En absoluto. Algo ocurrió. Siempre le está ocurriendo algo a Bertil, ¿no es cierto?
Miró fijamente a Rönn, que carraspeó azorado. Quizás había llegado el momento de dar por terminada la conversación.
Rönn se puso en pie y alargó la mano.
—Muchas gracias por su ayuda, señora Lundberg —dijo.
Ella le dio la mano, pero no dijo nada. Rönn sacó su tarjeta y la dejó en la mesa.
—Si sabe usted algo de él, ¿tendrá la amabilidad de llamarme?
Ella continuó silenciosa, pero le acompañó al salir y le abrió la puerta.
—Adiós, entonces —dijo Rönn.
Cuando estuvo a medio camino de la salida, se volvió y la vio de pie, tiesa e inmóvil junto a la puerta, mirándole. Parecía haber envejecido desde que él llegó.
17
La imagen de Bertil Olofsson se había clarificado algo, pero en realidad no lo suficiente. Se sabía que se dedicaba al negocio de coches robados. Los repintaba o bien cambiaba las matrículas antes de venderlos. También se suponía que vendía drogas. Probablemente no era un gran traficante, pero todo hacía pensar que pertenecía a la clase de intermediarios que venden la mercancía para pagarse sus necesidades.
Ninguno de estos descubrimientos era especialmente sensacional. Como Olofsson era un antiguo conocido de la policía, ya se sabía en cierta medida la clase de asuntos en los que estaba metido. Pero lo que Malm hubiera podido revelar debió de ser de una naturaleza mucho más grave, puesto que Olofsson se había visto obligado a correr serios riesgos con el fin de silenciarlo, si en realidad era Olofsson quien había fabricado el ingenioso aparatito que se encontró en el colchón de Malm. Sin embargo, esta sospecha sólo se basaba en una suposición, pero en aquel momento en el cuartel general de la policía nadie dudaba de que la suposición fuera cierta.
Fredrik Melander tuvo mala suerte al principio en sus investigaciones en el mundo del hampa. En primer lugar, ocurrió que uno de sus contactos más seguros, un ex atracador que se había comportado correctamente durante varios años, había vuelto a las andadas y estaba de nuevo en la cárcel de Härlanda cumpliendo el octavo mes de una sentencia de tres años. Luego descubrió que la cervecería de la zona Sur, frecuentada por el tipo de clientela que podía haber conocido a Malm y a Olofsson, y en la que él tenía buenas relaciones con el dueño, ya no existía porque habían derribado el edificio en el que había estado instalada. El dueño no estaba en Estocolmo y se decía que había abierto una tienda de cigarrillos en Kumla. Después de estos fracasos, Melander estuvo en un café de tercera categoría, también en la zona Sur, a la que solía acudir una pareja de ladrones veteranos que, en sus buenos momentos, quizá pudieran brindarle una información valiosa a cambio de un par de copas. Pero tampoco esta vez la suerte le favoreció. El lugar había cambiado de nombre y un letrero fijado sobre la entrada anunciaba: Baile esta noche. En las ventanas habían colocado grandes fotografías en color de la orquesta, un grupo de hombres de pelo negro con instrumentos extraños, casi ocultos por los pliegues de las mangas de sus camisas. Junto a la puerta, en el sitio donde antes solían exponer modestos menús manuscritos, ofreciendo a los clientes verduras y albóndigas y sopa de guisantes, se veía ahora un vistoso menú en español.
Melander entró, se quedó junto a la puerta y miró a su alrededor. El techo era más bajo, las luces más tenues y las mesas, más numerosas, estaban cubiertas con manteles de cuadros. Carteles de corridas de toros y de bailarines de flamenco llenaban las paredes. Era un viernes por la noche y casi la mitad de las mesas estaban ocupadas por gente joven y ruidosa. Nadie se fijó en él y al cabo de un rato vio a una camarera que conocía. Iba vestida como si estuviera en un baile de máscaras y hubiera dudado entre disfrazarse de aldeana de Dalarna o de Carmen.
Melander le hizo señas para que se acercase y le preguntó si sabía dónde solían ir ahora los antiguos clientes. Lo sabía y mencionó el nombre de un lugar un poco más arriba en la misma calle. Melander le dio las gracias y se fue.
Esta vez tuvo más suerte. Sentada en un banco adosado a la pared del fondo, vio una figura conocida, sorbiendo tristemente una bebida. Era una de las personas a las que Melander había confiado encontrar. Este hombre había sido en otros tiempos un hábil falsificador, pero su avanzada edad y el alcohol le habían obligado a abandonar esta intermitente pero provechosa ocupación. Tenía también en su haber una breve carrera, no muy brillante, de ladrón. Ahora apenas podía escamotear un par de medias en Woolworth's sin que le vieran. Le llamaban Curly a causa de su rizada cabellera pelirroja, que solía llevar larga y ondulada mucho antes de que eso estuviera de moda, aunque su aspecto poco corriente facilitaba su identificación y había servido en ocasiones para descubrirle más fácilmente.
Melander se sentó frente a Curly, que al instante se animó ante la perspectiva de una invitación a beber.
—Bueno, Curly, ¿cómo te van las cosas? —preguntó Melander.
Curly removió las últimas gotas de su vaso y se las bebió de un trago.
—No muy bien —contestó—. Apenas puedo comer y no tengo dónde caerme muerto. Estoy pensando en buscar un trabajo.
Melander sabía que Curly no había hecho en su vida un solo trabajo decente y escuchó sus palabras sin inmutarse.
—¡Ah! ¿De modo que no tienes dónde vivir? —le dijo.
—Bue...no. Estuve en Högalid una temporada el invierno pasado, pero es un sitio infernal —una camarera se asomó a la puerta de la cocina y Curly dijo en el acto—: Y mi sed también es infernal.
Melander hizo señas a la camarera.
—Si va a pagar, quizá pueda permitirme el lujo de pedir algo mejor —dijo Curly, y pidió un vaso grande de ginebra con agua tónica.
Melander pidió el menú y, cuando la camarera se fue, preguntó a Curly:
—Entonces, ¿qué acostumbras a beber?
—Un simple aguardiente con azúcar. No es exactamente néctar, pero uno tiene que tener en cuenta su situación financiera.
Melander asintió. En esto estaba totalmente de acuerdo. Pero esta vez pagaba el Estado, aun cuando fuera de un modo algo irregular. Pidió lomo de cerdo y puré de zanahorias para los dos, a pesar de las protestas de Curly. Cuando les trajeron la comida, Curly había acabado ya su bebida y Melander, generosamente, encargó lo mismo otra vez. Y como temía que Curly no tardaría mucho en estar demasiado bebido para comunicarse con él, se apresuró a revelar el verdadero motivo de su visita.
Curly paladeó el nombre y la bebida. Luego dijo:
—Bertil Olofsson. ¿Qué aspecto tiene?
Melander nunca lo había conocido personalmente, pero había visto fotografías de Olofsson y podía describirlo. Curly se pasó la mano, pensativo, por su famosa cabellera.
—Ya, ya —murmuró—. Sí, ya sé. Traficante, ¿eh? Coches y un poco de esto y de lo otro, ¿eh? ¿Qué quiere saber?
Melander apartó el plato y empezó a preparar la pipa.
—Todo lo que sepas de él —dijo—. Por ejemplo, ¿sabes dónde está?
Curly meneó la cabeza.
—No, no lo he visto hace bastante tiempo. Pero claro, no nos movemos exactamente en los mismos círculos. El está a veces en sitios donde yo no voy nunca, ¿sabe? Por ejemplo, hay una especie de club unas calles más abajo, donde creo que él solía ir. La mayoría de los clientes eran gente joven. Ese Olofsson debía de ser mayor que ellos.
—¿A qué otras cosas se dedica, además de drogas y coches?
—No lo sé —confesó Curly—. Sólo a eso, creo. Pero he oído que trabajaba para alguien, aunque no sé para quién. Olofsson no ha sido nunca un tipo importante, pero hace cosa de un año pareció que de pronto la suerte le sonreía. Creo que trabaja para alguien que tiene asuntos gordos, ¿entiende? Eso es lo que se dice, pero nadie sabe nada seguro.
Curly empezaba a farfullar un poco. Melander le preguntó si conocía a Malm.
—Sólo le vi una o dos veces en Uven —dijo Curly—. He oído decir que estaba en esa casa que se incendió. Era sólo un ladronzuelo y a horas perdidas. No valía la pena preocuparse de él. De todas maneras, ya está muerto, el pobre.
Antes de irse, Melander después de un momento de duda, dejó en la mano de Curly dos billetes de diez coronas, y le dijo:
—Si oyes algo más, llámanos. Podrías hacer algunas indagaciones discretas, ¿no crees?
Al llegar a la puerta, se volvió y vio a Curly haciendo señas a la camarera.
Melander encontró el club que Curly había mencionado. Cuando vio a los jóvenes asiduos agruparse junto a la entrada, se dio cuenta de que iba a encajar en aquel ambiente lo mismo que un avestruz en un gallinero, de modo que siguió adelante, camino de su casa.
Tan pronto como llegó, telefoneó a Martin Beck para preguntarle si creía oportuno encargarle a Skacke la inspección del club nocturno.
Benny Skacke estaba encantado. Tan pronto como Martin Beck colgó el aparato, Skacke telefoneó a su novia y le dijo que, a causa de una importante misión, no podría ir a verla por la noche. Le explicó en un lenguaje velado que se trataba de atrapar a un peligroso asesino. Pero la chica no pareció impresionarse demasiado. Por el contrario, le contestó en un tono más bien desabrido.
Skacke dedicó la mayor parte del día a cumplir el programa que se había propuesto realizar todos los viernes. En primer lugar, practicó durante media hora en la barra horizontal, luego se fue a los baños de Akeshov, tomó un baño de vapor y nadó más de cien metros. Cuando llegó a su casa se sentó a su mesa de trabajo y estuvo estudiando leyes durante dos horas.
Ya avanzada la tarde, empezó a pensar cómo debería vestirse para que su aspecto fuera lo más distinto posible al de un policía. Quería parecer un playboy. Habitualmente vestía de manera convencional y no podía, por ejemplo, imaginarse ir al trabajo sin corbata. Como no solía frecuentar los bares y muy raramente iba a un restaurante o a un club nocturno, no estaba muy seguro de cómo vestía la gente que frecuentaba estos sitios. Sin embargo, intuía vagamente que los trajes normales prêt-à-porter que guardaba en su guardarropa no eran los más apropiados para un playboy. Por último, decidió ir a casa de sus padres en Kungsholm y cogió un traje de su hermano menor. Su madre había preparado hamburguesas y aprovechó la ocasión para comer allí también. En la mesa, como ejemplos de su peligrosa vida de detective, explicó varias historias completamente falsas a sus asombrados y orgullosos padres, y para redondearlo acabó atribuyéndose algunas de las cosas que había oído acerca de Gunvald Larsson.
Cuando regresó a Abrahamsberg, se puso en seguida él traje. Se sentía raro, pero cuando se miró al espejo, quedó muy satisfecho. Estaba convencido de que en todo el cuerpo de policía nadie poseía un modelo como el suyo.
La chaqueta era larga y extremadamente ceñida en la cintura, con bolsillos sesgados y un cuello alto que le subía muy arriba por la nuca. Los pantalones, muy apretados, se abrochaban justo debajo del ombligo y se ceñían en los muslos para ensancharse en forma de cono por debajo de las rodillas, lo que hacía que al andar le golpeasen las espinillas de modo bastante desagradable. El traje era de pana azul brillante y combinaba con una camisa de color naranja de cuello alto.
Benny Skacke se sintió disfrazado e irreconocible, cuando poco después de las diez hizo su entrada en el club. Este estaba instalado en el sótano y, antes de que le empujaran escaleras abajo, tuvo que pagar las treinta y cinco coronas como socio del club.
El club consistía en dos grandes habitaciones y otra más pequeña. El aire, allá abajo, era denso, a causa del humo del tabaco y del olor a sudor humano.
En una de las habitaciones más grandes, la gente bailaba al compás desenfrenado de un conjunto pop, mientras otros estaban sentados bebiendo cerveza y hablando a voz en grito. En la habitación más pequeña reinaba un relativo silencio. Parecía reservada a los que preferían sentarse a una mesa, comer algo, beber vino y cogerse de las manos a la romántica luz de unas velas temblorosas. Skacke pensó que aquellas personas estaban silenciosas a causa probablemente de las velas, pues, debido a la falta de oxígeno, debían de estar a punto de asfixiarse. Se abrió camino hacia el bar y por fin pudo conseguir una jarra de cerveza; mientras la sostenía en la mano, dio una vuelta por la sala, observando a la clientela. Muchas de las chicas no parecían tener más de catorce años; había también por lo menos cinco caballeros que con toda seguridad sobrepasaban la cincuentena, pero la edad predominante parecía ser la de veinticinco a treinta años.
Skacke decidió escuchar lo que la gente decía antes de entablar una conversación por su cuenta. Se acercó discretamente a un grupo de cuatro hombres, de unos treinta años, que estaban reunidos en un rincón. Por la expresión de sus caras, el tema de conversación parecía ser serio. Fruncían el ceño, sorbían pensativamente la cerveza y se escuchaban con atención, interrumpiéndose unos a otros con ademanes impacientes. Skacke no pudo oír nada de lo que decían hasta que se acercó más a ellos.
—No estoy seguro de que esa chica posea la suficiente libido —decía uno de ellos—. Y por lo tanto yo pensaría en Rita.
—Creo que es mejor la Bebban —dijo otro—, porque en el número que tiene que hacer actúa ella sola.
Los otros dos asintieron con un murmullo.
—De acuerdo —dijo el primero—. Nos decidimos por la Bebban y así tendremos tres. Vamos a ver si la encontramos.
Los cuatro caballeros desaparecieron entre los bailarines.
Skacke se quedó donde estaba y se preguntó qué sería la libido. Tendría que averiguarlo cuando llegara a su casa.
El gentío alrededor del bar había disminuido y Skacke consiguió aproximarse al mostrador. Cuando el barman se acercó, pidió una cerveza y dijo de paso:
—¿Ha visto a Berra Olofsson en algún sitio?
El hombre se limpió las manos en su delantal rayado y meneó la cabeza.
—No, hace ya varias semanas que no le veo —contestó.
—¿No está aquí alguno de sus amigos?
—No lo sé. Sí, he visto a Olle hace un momento.
—¿Dónde está ahora?
El barman recorrió con los ojos todo aquel gentío. Señaló hacia un punto, situado en diagonal detrás de Skacke.
—Ahí está.
Skacke se volvió y vio por lo menos a quince personas que podían ser Olle.
—¿Cómo es?
El barman levantó las cejas, sorprendido.
—Creía que le conocía —dijo—. Está allí, de pie. Es el de las patillas, que lleva un jersey negro de cuello alto.
Skacke cogió su cerveza, puso el dinero sobre el mostrador y se volvió. Vio en seguida al hombre que buscaba; tenía las manos en los bolsillos y hablaba con una chica rubia y bajita, con un voluminoso peinado y grandes pechos. Skacke cruzó la sala hasta llegar donde estaba el hombre y le dio una ligera palmada en el hombro.
—¿Qué hay, Olle? —dijo.
—Hola —dijo el hombre, con un visible titubeo.
Skacke saludó con la cabeza a la rubia, que le devolvió el saludo con una amable sonrisa.
—¿Cómo te trata la vida? —preguntó el hombre de las patillas.
—Muy bien —aseguró Skacke—. Estoy buscando a Berra. Berra Olofsson. ¿Lo has visto últimamente?
Olle sacó las manos de los bolsillos y puso el índice sobre el pecho de Skacke.
—No, no lo he visto. He estado buscándolo por todo el club, pero no está ni en su casa. No sé dónde demonios se ha metido.
—¿Cuándo le viste por última vez? —dijo Skacke.
—Hace mucho tiempo. Espera un momento. A principios de febrero, creo, en los primeros días del mes. Me dijo que tenía que ir a París una semana o dos. No he vuelto a verle desde entonces. ¿Para qué quieres verle, si se puede saber?
La rubia se había alejado para acercarse a otro grupo, un poco más allá. De vez en cuando, lanzaba una mirada en dirección a Skacke.
—Oh, sólo quería hablarle de algo —respondió Skacke vagamente.
Olle le cogió el brazo y se inclinó hacia él.
—Si se trata de una chica, puedes decírmelo a mí —propuso—. Yo tengo algunas de las de Berra, en realidad.
—Claro, alguien tiene que atender el negocio cuando él no está —comentó Skacke.
Olle hizo una mueca.
—¿Qué me dices?
Skacke negó con la cabeza.
—No se trata de chicas. Son otras cosas.
—Ah, ya veo. No, entonces me temo que no podré ayudarte. Apenas tengo suficiente para mí.
La rubia se acercó y tiró del brazo de Olle.
—Ya voy, jovencita —dijo Olle.
Skacke no era precisamente un bailarín extraordinario, pero a pesar de todo se dirigió a una mujer que parecía pertenecer a la cuadrilla de Olofsson o de Olle. Miró a Skacke con expresión de aburrimiento, le siguió a la pista de baile y empezó a mover de manera mecánica el cuerpo. No era fácil conversar con ella, pero pudo averiguar que no conocía a Olofsson.
Después de cuatro laboriosos bailes con diferentes compañeras de variada locuacidad, Skacke consiguió por fin algún resultado.
La quinta chica con la que bailó era casi tan alta como él y tenía unos prominentes ojos azules, un considerable trasero y unos pechos pequeños y puntiagudos.
—¿Berra? —repitió—. Claro que le conozco.
Se quedó como clavada en el suelo mientras ondulaba las caderas, sacaba el pecho hacia adelante y chasqueaba los dedos. Skacke se limitaba a permanecer frente a ella.
—Pero ya no trabajo para él —añadió—. Trabajo yo sola.
—¿Sabes dónde está? —preguntó Skacke.
—Está en Polonia; se lo oí decir a alguien el otro día.
Continuaba moviendo las caderas sin parar. Skacke, de vez en cuando, chasqueaba los dedos para no parecer demasiado pasivo.
—¿Estás segura? ¿En Polonia?
—Sí. Alguien lo dijo; no recuerdo quién.
—¿Desde cuándo?
La chica se encogió de hombros.
—No lo sé. Ha estado fuera un tiempo, pero volverá a aparecer, no lo dudes. ¿Qué es lo que quieres? ¿Caballo?
Tenían que mantener la conversación a gritos para poder oírse uno al otro, en medio del estruendo de la música.
—En ese caso, quizá pueda echarte una mano —gritó ella—. Pero no antes de mañana.
Skacke alternó con tres chicas más que conocían a Bertil Olofsson, pero tampoco ellas sabían su paradero. Nadie lo había visto durante las últimas semanas.
A las tres en punto, las luces empezaron a encenderse y apagarse, animando a los últimos clientes a marcharse.
Skacke tuvo que andar un trecho bastante largo antes de encontrar un taxi. Tenía la cabeza espesa a causa de las cervezas y del aire enrarecido y añoraba su casa y su cama.
En el bolsillo tenía los números de teléfono de dos chicas que se habían ofrecido a posar para él, de otras dos interesadas sólo de un modo general, y el de la chica que se había ofrecido a venderle drogas. Aparte de esto, no podía decirse que el resultado de la noche hubiera sido muy brillante. Al día siguiente tendría que informar a Martin Beck que lo único concreto que había averiguado era el hecho de que Bertil Olofsson había desaparecido. Pero tenía dos datos positivos en su haber: sabía aproximadamente cuándo había desaparecido y había oído la alusión a su posible estancia en Polonia.
Siempre era algo, pensó Benny Skacke.
18
Cuando Gunvald Larsson, después de refrescarse con un baño, entró en la comisaría de Kumgsholsgatan y se dirigió a las oficinas del Departamento de Homicidios, no tenía la menor idea de cómo había evolucionado el asunto de Malm. Era lunes, veinticinco de marzo, y el primer día después de su baja por enfermedad.
Había desconectado el teléfono después de su enfrentamiento con Max Carlsson el martes anterior, y los periódicos no habían hecho ningún comentario sobre el incendio, después de la muerte de Madeleine Olsen. Tarde o temprano recibiría seguramente su medalla, pero lo mismo su comportamiento heroico que la tragedia que lo había motivado, eran ya noticias muertas, y el nombre de Gunvald Larsson empezaba a quedar arrinconado en algún oscuro desván de la memoria pública. Los asuntos mundiales andaban mal y las noticias invadían las primeras páginas de los periódicos. El suicidio no suele ser una noticia favorita en los periódicos suecos, en parte por razones estéticas y en parte porque su alarmante frecuencia acaba siendo comprometedora. Por otro lado, un incendio con sólo cuatro víctimas no es una golosina duradera. Tampoco había razones para tributar grandes ovaciones a la policía, al menos hasta que no consiguiera acabar con aquel desgraciado tráfico de drogas, o enfrentarse con las innumerables manifestaciones, o garantizar un mínimo de libertad de movimientos en la calle. Y tantas otras cosas.
Así que Gunvald Larsson se quedó boquiabierto, sin disimular su sorpresa, ante la extraordinaria reunión que en aquel momento empezaba a dispersarse después de la convocatoria de Hammar. Melander y Elk, Rönn y Strögem, estaban allí, sin mencionar a Martin Beck y Kollberg, con los que Gunvald solía hablar siempre contra su voluntad y sólo cuando era absolutamente necesario. Incluso Skacke, andaba de un lado para otro del pasillo, con un aire de falsa solemnidad, tratando de estar a la altura de las circunstancias.
—¿Qué demonios ocurre? —preguntó Gunvald Larsson.
—Hammar está intentando decidir dónde debemos instalar nuestro cuartel general, si aquí o en Västerberga —dijo Rönn, con tono lúgubre.
—¿A quién estamos buscando?
—A un tipo llamado Olofsson. Bertil Olofsson.
—¿Olofsson?
—Es mejor que leas esto —dijo Melander, golpeando con su pipa una serie de hojas escritas a máquina.
Gunvald Larsson las leyó.
Su cara, con las pobladas cejas fruncidas, adquirió una expresión cada vez más desconcertada. Por fin dejó los papeles y dijo en tono de incredulidad:
—¿Qué quiere decir todo esto? ¿Se trata de una broma?
—Desgraciadamente, no —contestó Melander.
—Un fuego intencionado es una cosa, pero bombas incendiarias en un colchón... ¿Queréis decir que alguien se ha tomado todo esto en serio?
Rönn asintió con aire lúgubre.
—¿Pero existen cosas como ésas?
—Bueno, Hjelm dice que sí. Se supone que las han inventado en Argelia.
—¿En Argelia?
—Son muy populares en algunos lugares de Sudamérica —aseguró Melander.
—Pero, ¿qué hay de ese condenado tipo Olofsson? ¿Dónde está?
—Ha desaparecido —dijo Rönn lacónicamente.
—¿Desaparecido?
—Se dice que está en el extranjero, pero nadie lo sabe a ciencia cierta. La Interpol tampoco lo encuentra.
Gunvald Larsson se quedó pensativo mientras introducía entre sus dientes un cortapapeles. Melander carraspeó y se fue. Martin Beck y Kollberg entraron.
—Olofsson —dijo Gunvald hablando más bien para sí—. El mismo que proporcionaba drogas a Max Carlsson y licor de contrabando a Roth. Y el que estaba detrás del negocio de coches de Malm.
—Y cuyo nombre estaba en la matrícula del coche de Malm cuando éste fue detenido, en Södertälgevagen —añadió Martin Beck—.
Era para atrapar a Olofsson por lo que los muchachos del departamento de robos tenían tanto interés en no perder de vista a Malm. Esperaban que Olofsson apareciese y que Malm declarase contra él para salvarse.
—Así que Olofsson es el hombre clave de todo el asunto. Su nombre aparece una y otra vez.
—¿Crees que no nos hemos dado cuenta de eso? —dijo Kollberg con profundo desprecio.
—Entonces, todo lo que hay que hacer es ir en su busca, cogerlo y asunto concluido —dijo Gunvald triunfalmente—. Naturalmente, debió ser él quien incendió la casa.
—El individuo ha desaparecido sin dejar rastro. ¿Aún no te has dado cuenta?
—¿Por qué no ponemos un aviso en los periódicos?
—Para impedir que se asuste y se escape —dijo Martin Beck.
—No creo que se pueda ahuyentar a alguien que ha desaparecido, ¿no crees?
Kollberg dirigió una mirada de cansancio a Gunvald Larsson y se encogió de hombros.
—¿Hasta dónde puede llegar la estupidez de un hombre? —dijo.
—Mientras Olofsson crea que nosotros pensamos que Malm se suicidó, se sentirá a salvo —repuso Martin Beck pacientemente.
—Entonces, ¿por qué se esconde?
—Bueno, ésa es una buena pregunta —dijo Rönn.
—Yo tengo otra pregunta que hacer —terció Kollberg mirando al techo—. Estuvimos hablando con Jacobsson, de la sección de narcóticos, el viernes pasado, y dijo que Max Karlsson daba la impresión de que alguien le hubiera pasado por un triturador cuando le trajeron aquí el martes. Me pregunto quién podría ser esa persona.
—Karlsson admitió que era Olofsson quien le proveía a él a Roth y a Malm —dijo Gunvald Larsson.
—Eso no es lo que dice ahora.
—No, pero eso fue lo que me dijo a mí.
—¿Cuándo? ¿Cuando tú le interrogaste?
—Exactamente —contestó Larsson imperturbable.
Martin Beck cogió un Florida, agujereó el emboquillado y dijo:
—Ya te he dicho alguna vez y te lo vuelvo a decir ahora, Gunvald. Tarde o temprano te van a descubrir.
Gunvald Larsson bostezó con indiferencia.
—Ah, ya. ¿Lo crees de veras?
—No sólo lo creo —replicó Martin Beck seriamente—. Estoy convencido de ello.
—De ningún modo —dijo Rönn hablando por teléfono—, ¿Desaparecido? Pero eso es imposible. Nada... puede desaparecer de ese modo. Claro, comprendo que esté alterado... que... Dale recuerdos de mi parte y dile que ponerse a llorar no le va a ayudar a encontrarlo. Aquí ha desaparecido un hombre, por ejemplo. Imagínate que me siento y me pongo a llorar. Si algo o alguien desaparece, entonces se... ¿qué?
Los demás le miraban inquisitivamente.
—Sí, exactamente, se continúa buscando hasta encontrarlo —dijo Rönn colgando el auricular con un gesto enérgico.
—¿Qué es lo que ha desaparecido? —preguntó Kollberg.
—Bueno, mi mujer...
—¿Cómo? —exclamó Gunvald Larsson—. ¿Ha desaparecido Unda?
—No —dijo Rönn—. Le regalé a mi hijo un coche de bomberos el día de su cumpleaños, hace poco. Me costó treinta y dos coronas y pico, y ahora lo ha perdido. En casa, en el apartamento. Está desconsolado llorando y quiere otro. Desaparecer, ¿qué os parece? ¡Vaya una tontería! En mi propio apartamento. Era así de grande.
Indicó con los dedos el tamaño del coche.
—En verdad, es extraño —comentó Kollberg.
Rönn continuaba señalando con los dedos hacia arriba.
—Extraño, puedes decirlo. Un coche de bomberos que ha desaparecido, así por las buenas. De este tamaño, y que costó treinta y dos coronas.
Se hizo un silencio en la habitación. Gunvald Larsson se quedó mirando a Rönn con el ceño fruncido. Al cabo de un rato dijo para sí:
—El coche de bomberos que desapareció...
Rönn le miró boquiabierto sin entender lo que decía.
—¿Alguien ha hablado con Zachrisson? —preguntó de repente Gunvald Larsson.
—¿Ese bobo de Maria?
—Sí —dijo Martin Beck—. No sabe nada. Malm estaba sentado solo en una cervecería de Hönsgatan, hasta que se cerró a las ocho. Entonces se fue a su casa. Zachrisson le siguió y se quedó allí, helándose durante tres horas. Vio entrar a tres personas en la casa, y de las tres uno está muerto, y otro detenido. Luego llegaste tú.
—No era en eso en lo que pensaba ahora —dijo Gunvald Larsson.
Se levantó y se fue.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Rönn.
—Nada, supongo —dijo Kollberg con aire ausente.
Estaba de pie, preguntándose cómo podía Gunvald Larsson conocer el nombre de pila de la mujer de Rönn. El no sabía siquiera que Rönn tuviera mujer. Probablemente por su falta de capacidad de observación.
Gunvald Larsson se preguntaba cómo iban a encontrar a un asesino desaparecido si ni siquiera podía averiguar el paradero de un policía.
Eran las cinco de la tarde y había estado buscando a Zachrisson durante casi seis horas. Esta búsqueda le había llevado de un lado a otro de la ciudad y se parecía cada vez más a una especie de caza de gansos silvestres. En la comisaría de Maria le dijeron que Zachrisson acababa de irse y no volvería en todo el día. Su teléfono no contestaba y por fin alguien sugirió que probablemente se habría ido a nadar. ¿Dónde? Quizás a los baños de Akeshov, situados hacia la parte oeste, a medio camino de Vällingby. Zachrisson no estaba en los baños de Akeshov, pero casualmente había allí una pareja de policías que le dijeron que el nombre de Zachrisson les era desconocido y que probablemente estaría en los baños de Eriksdal, donde los policías también solían entrenarse. De nuevo Gunvald Larsson atravesó la ciudad, gris y fría, llena de personas tiritando a causa del viento. En los baños de Eriksdal, el encargado del departamento de los hombres era especialmente desagradable, y no le permitió entrar en la piscina si no se desnudaba. Algunos de los hombres que salían de los baños de vapor le dijeron que eran policías y que conocían a Zachrisson, pero que no lo habían visto hacía días. Y así continuó la cosa durante un tiempo.
Por último había llegado al primer piso de un edificio antiguo pero bien conservado en Torsgatan, y estaba mirando, furioso, una puerta de un marrón desvaído. Sobre el buzón de las cartas, había un trozo de cartón blanco con el nombre de Zachrisson escrito cuidadosamente con bolígrafo y adornado con una especie de viñeta, dibujada con un bolígrafo verde.
Gunvald Larsson llamó al timbre, golpeó con las manos y los pies la puerta, pero sólo consiguió que una anciana vecina se asomase a su puerta y le mirase con expresión de reproche. El le devolvió la mirada con tal ferocidad que la anciana desapareció en el acto. Después oyó el ruido de las cadenas de seguridad y de los cerrojos detrás de la puerta, y pensó que no tardaría en arrastrar los muebles para protegerse de un posible ataque.
Gunvald Larsson se rascó la barbilla y se preguntó qué podía hacer. ¿Escribir una nota y echarla en el buzón? ¿O quizá garrapatear un mensaje directamente sobre el abominable pedacito de cartón?
La puerta de la calle se abrió y entró una mujer de unos treinta y cinco años. Llevaba dos bolsas de papel llenas de comestibles y, mientras se dirigía al ascensor, lanzó una mirada inquieta a Larsson.
—¡Eh, oiga! —dijo Gunvald Larsson.
—¿Sí? —contestó la mujer, alarmada.
—Estoy buscando a un policía que vive aquí.
—¡Ah, sí! ¿A Zachrisson?
—Eso es.
—¿El detective?
—¿Cómo?
—El detective Zachrisson. ¿El que salvó a toda esa gente de la casa que se incendió?
Gunvald Larsson se quedó mirándola. Luego dijo:
—Sí, ése parece ser el hombre que estoy buscando.
—Estamos muy orgullosos de él —explicó la mujer.
—Ah, ya.
—Es nuestro conserje —le informó ella—. Y lo hace muy bien, además.
—Ya, ya.
—Pero es muy recto. Tiene a los niños a raya. Algunas veces se pone la gorra para asustarlos.
—¿La gorra?
—Sí. Tiene una gorra de policía en el cuarto de la caldera.
—¿En el cuarto de la caldera?
—Sí, claro. Y por cierto, ¿no ha mirado usted ahí abajo? Suele trabajar allí. Si llama usted a la puerta, quizá le abra.
La mujer dio un paso hacia el ascensor, pero luego se paró, riéndose, dijo:
—Espero que no intente usted hacer nada malo. Zachrisson no es un hombre con el que se pueda jugar.
Gunvald Larsson se quedó inmóvil donde estaba, hasta que el ascensor, con su traqueteo, desapareció. Entonces cruzó rápidamente hasta la puerta del sótano, por las escaleras de caracol, y se detuvo delante de una puerta de hierro cerrada. Asió el pomo de la puerta con las dos manos, pero no consiguió moverla.
La golpeó con los puños. No ocurrió nada. Se puso de espaldas y volvió a golpearla cinco veces con los talones. Las gruesas planchas de hierro resonaron con un ruido atronador.
De pronto, algo sucedió.
Desde el otro lado de la puerta protectora, una voz autoritaria gritó:
—¡Largaros!
Gunvald Larsson estaba demasiado desconcertado por la experiencia de los últimos momentos para contestar inmediatamente.
—No podéis jugar aquí —dijo la voz, amortiguada pero amenazadora—. Ya os lo he dicho, de una vez por todas.
—¡Abre! —rugió Gunvald Larsson—. ¡Abre la puerta antes de que eche abajo todo este maldito edificio!
Diez segundos de silencio. Luego, los enormes goznes de hierro empezaron a crujir y la puerta se abrió, lenta y ruidosamente. Zachrisson se asomó, con una expresión aterrorizada y desconcertada.
—Oh —balbució—. Oh, Dios mío. Perdone... Yo no sabía...
Gunvald Larsson le empujó a un lado y entró en el cuarto de la caldera. Una vez dentro, se quedó inmóvil y miró, asombrado, a su alrededor. El cuarto estaba escrupulosamente limpio. El suelo estaba cubierto con una alfombra de colores brillantes hecha de tiras de plástico, y frente a las calderas había una mesa de café redonda y pintada de blanco, con patas de hierro forjado. Había también dos sillas de mimbre, con cojines a cuadros azules y naranja, un mantel floreado y un jarro pintado a mano, de color rojo, que contenía cuatro tulipanes rojos de plástico y otros dos amarillos; un cenicero de porcelana verde, una botella de limonada, un vaso y una revista abierta. De la pared colgaban dos objetos: una gorra de policía y un retrato, enmarcado en color, de Su Majestad el rey. La revista era una especie de periódico sensacionalista sobre crímenes, con fotografías de chicas medio desnudas y versiones casi irreconocibles, alteradas y dramatizadas de algunos crímenes clásicos. Estaba abierta, y era evidente que Zachrisson había estado o bien leyendo un artículo titulado «Un médico loco descuartiza a dos mujeres desnudas en 60 trozos», o le había interrumpido en plena contemplación de una imagen a toda página, en colores, de una despampanante dama sonrosada de enormes pechos, que invitaba al lector a contemplar sus genitales afeitados, mientras los mantenía abiertos con los dedos, ofreciéndolos provocativamente.
Zachrisson llevaba camiseta, zapatillas de fieltro y unos pantalones de uniforme azul marino.
Hacía mucho calor en la habitación.
Gunvald Larsson no dijo nada. Se contentó con inspeccionar los diversos detalles decorativos de la habitación, mientras Zachrisson seguía su mirada y movía los pies de un lado a otro, nervioso. Por último pareció decidir que lo mejor sería adoptar un tono ligero, y dijo con alegría forzada:
—Bueno, cuando se tiene que trabajar en un sitio, hay que procurar que su aspecto sea lo más agradable posible, ¿no le parece?
—¿Esto es lo que utiliza para asustar a los niños? —preguntó Gunvald Larsson, señalando la gorra de uniforme.
Zachrisson se puso colorado.
—No veo... —empezó a decir, pero Gunvald Larsson le interrumpió en el acto.
—De todos modos, no he venido aquí para discutir sobre la educación de los niños ni sobre la decoración de interiores.
—Oh —dijo Zachrisson, humildemente.
—Sólo quiero saber una cosa. Cuando llegaste al fuego de Sköldgatan, antes de empezar el rescate de toda aquella gente, murmurabas algo acerca de que el departamento de incendios debería haber estado ya allí. ¿Qué demonios querías decir con eso?
—Bueno, yo... yo quería decir... cuando dije... no fui yo quien...
—Deja de hablar entre dientes, y de murmurar tonterías. Contéstame.
—Bueno, vi el fuego cuando llegué a Rosenlundsgatan, así que fui corriendo hasta la cabina telefónica más cercana. La Alarma Central contestó que ya habían avisado y que el coche de bomberos ya estaba allí.
—Bueno, ¿entonces estaba allí?
—No, pero...
Zachrisson se calló.
—¿Pero qué?
—El hombre que contestó desde la Central de Alarma dijo en efecto eso. «Hemos enviado un coche escala; ya está allí. »
—¿Qué ocurrió, pues? ¿El jodido coche desapareció por el camino?
—No, no lo sé —contestó Zachrisson, confuso.
—Regresaste de nuevo corriendo, ¿verdad?
—Sí, cuando usted... cuando usted...
—¿Qué dijeron entonces los chicos de la Alarma Central?
—No lo sé. Esa vez fui a una cabina de alarma.
—¿Pero la primera vez llamaste desde una cabina telefónica?
—Sí, entonces estaba más cerca de la cabina. Corrí hacia allí, llamé y la Central dijo...
—...que un coche escala estaba ya allí. Sí, sí. Ya lo he oído antes. Pero, ¿qué dijo Alarma Central la segunda vez?
—Yo... ya no me acuerdo.
—¿Que no te acuerdas?
—Probablemente estaba bastante excitado —contestó Zachrisson débilmente.
—En caso de incendio se llama también a la policía, ¿no es cierto?
—Claro... eso creo, de todos modos... quiero decir...
—¿Dónde estaba entonces el coche de la policía que debería haber ido allí? ¿También había desaparecido?
El chico de la camiseta y los pantalones de uniforme sacudió la cabeza con aire resignado.
—No lo sé —dijo abatido.
Gunvald Larsson le miró fijamente y dijo levantando la voz:
—¿Cómo puedes ser tan increíblemente estúpido que no hayas informado a alguien de todo esto?
—¿Cómo? ¿Qué debía haber dicho?
—¡Que en el departamento de bomberos ya habían recibido la alarma cuando tú llamaste! ¡Y que el coche de bomberos había desaparecido! ¿Quién fue, por ejemplo, el primero que dio el aviso? Ya te han preguntado antes sobre esto, ¿no es verdad? Y tú sabías que yo estaba de baja, ¿verdad? ¿No es así?
—Sí, pero no entiendo...
—Por Dios Santo, eso ya lo veo. ¿No recuerdas lo que dijeron en la Central de Alarma la segunda vez? ¿No recuerdas lo que tú dijiste en aquella ocasión?
—Hay un fuego, hay un fuego... o algo parecido. Yo... estaba nervioso. Y luego salí corriendo.
—¡Hay un fuego, hay un fuego! ¿Y no mencionaste por casualidad el lugar del incendio?
—Sí, claro que lo hice. Creo que grité: «¡Hay un fuego en Sköldgatan!» Sí, y entonces llegaron los bomberos.
—Y cuando tú llamaste, ¿no te dijeron que el coche de bomberos ya estaba allí?
—No —Zachrisson se quedó pensativo un momento—. Así que tampoco estaba allí, ¿no es cierto? —dijo en tono apagado.
—Pero, ¿qué pasó la primera vez? Cuando llamaste desde la cabina telefónica. ¿Dijiste lo mismo entonces? ¿Dijiste «hay un fuego en Sköldgatan»?
—No, cuando llamé desde la cabina telefónica no estaba tan alterado. Entonces di la dirección correcta.
—¿La dirección correcta?
—Si, Ringvägen número treinta y siete.
—Pero la casa estaba en Sköldgatan.
—Sí, pero la dirección exacta es el treinta y siete de Ringvägen. Probablemente para facilitar el reparto del cartero.
—¿Para facilitarlo? —Gunvald Larsson frunció el entrecejo—. ¿Estás seguro de todo eso?
—Sí. Cuando empezamos a trabajar en Maria, tuvimos que aprender todas las calles y direcciones del Distrito Segundo.
—¿Por eso dijiste Ringvägen, treinta y siete, cuando llamaste desde la cabina telefónica, y Sköldgatan cuando diste la alarma la segunda vez?
—Sí, creo que sí. Todo el mundo sabe que el treinta y siete de Ringvägen está en Sköldgatan.
—Yo no lo sabía.
—Me refiero a todos los que conocen el Distrito Segundo.
Gunvald Larsson se quedó perplejo un momento. Luego dijo:
—Aquí hay gato encerrado.
—¿Gato encerrado?
Gunvald Larsson se acercó a la mesa y se quedó mirando la revista abierta. Zachrisson se escurrió por detrás de él y trató de arrebatársela, pero el otro puso su enorme mano peluda sobre la revista y dijo:
—Esto está equivocado. Deberían ser sesenta y ocho.
—¿Cómo?
—Ese médico de Inglaterra, el doctor Ruxton. Cortó en pedazos a su mujer y a la criada en sesenta y ocho trozos. Y además no estaban desnudas. Adiós.
Gunvald Larsson abandonó aquel extraño cuarto en Torsgatan y regresó a su casa. En el momento en que puso la llave en la cerradura de Bollmora olvidó por completo sus ocupaciones habituales, y no volvió a pensar en ellas hasta que al día siguiente, estuvo sentado de nuevo ante la mesa de su oficina.
Era desconcertante. Las piezas no encajaban; por último se decidió a hablar del problema con Rönn.
—Es extraño —le dijo—. No lo entiendo.
—¿Qué es lo que no entiendes?
—Ese asunto de la desaparición del coche de bomberos.
—Sí. Es la cosa más extraña con la que me he encontrado hasta ahora —asintió Rönn.
—Ah, ¿así que tú también has estado pensando en eso?
—Sí, claro. Desde que nuestro chico dijo que había desaparecido, y además sin salir de casa porque está resfriado. Ha desaparecido, sencillamente, en algún sitio del apartamento.
—¿Eres tan idiota que crees que estoy hablando de un juguete que has perdido?
—¿De qué estás hablando, entonces?
Gunvald Larsson explicó de qué se trataba. Rönn se rascó la nariz y preguntó:
—¿Has tratado de comprobarlo con el departamento de bomberos?
—Sí, acabo de llamar hace un momento. La persona con la que he hablado no parecía estar muy bien de la cabeza.
—Quizá pensó que eras tú el que no estaba del todo bien.
—¡Vamos, hombre! —rezongó Gunvald Larsson.
Y se fue dando un portazo.
La mañana siguiente, miércoles 27, se hizo un resumen de los resultados de la investigación y se llegó a la conclusión de que no existían tales resultados. Olofsson seguía sin aparecer, como el día en que, una semana antes, se dio la noticia de su desaparición. Se habían descubierto algunas cosas sobre él, como por ejemplo que era un drogadicto y un delincuente profesional. Pero estas cosas ya se sabían antes. Se estaban llevando a cabo pesquisas sobre su paradero en todo el país, incluso a través de la Interpol. Casi podía decirse que en todo el mundo. Se habían repartido millares de fotografías, huellas digitales y descripciones. Se habían recibido algunas informaciones anónimas, pero carentes de valor, aunque no muchas, ya que el gran público, afortunadamente, todavía no había sido informado por la prensa, la radio y la televisión. Los sondeos en el mundo del hampa habían dado pocos resultados. El trabajo desarrollado en su interior había sido inútil. Nadie había visto a Olofsson desde finales de enero o principios de febrero. Se decía que estaba en el extranjero. Pero tampoco fuera del país lo había visto nadie.
—Tenemos que encontrarlo —insistía Hammar, con gran énfasis—. Ahora. En seguida.
Era todo cuanto podía decir.
—Instrucciones de este tipo no son muy constructivas —dijo Kollberg cautelosamente, una vez acabada la reunión, sentado ante la mesa de Melander y balanceando las piernas con aire apático.
Melander estaba reclinado hacia atrás en la silla, con los hombros apoyados en el respaldo y las piernas cruzadas y extendidas. Sostenía la pipa entre los dientes y tenía los ojos medio cerrados.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Kollberg.
—Está pensando —dijo Martin Beck.
—Sí, eso ya lo veo. Pero, por Dios santo, ¿en qué estás pensando?
—Sobre uno de los pecados capitales de la policía —contestó Melander.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—La falta de imaginación.
—¿Y eso lo piensas también de ti?
—Sí, yo también lo padezco —dijo Melander tranquilamente—. Pero el problema estriba en saber si este caso no es un ejemplo perfecto de esa falta de imaginación. O quizá de una concepción estrecha sobre las actividades de investigación.
—No hay nada malo en mi imaginación —aseguró Kollberg.
—Espera un momento —dijo Martin Beck—. ¿Puedes explicarlo un poco más?
Estaba en su lugar favorito, junto a la puerta, con el codo apoyado en el archivador.
—Al principio nos dábamos por satisfechos con la teoría de la explosión accidental del gas —dijo Melander—. Luego tuvimos por fin la clara evidencia de que alguien había intentado matar a Malm con un ingenioso aparatito explosivo. Después creímos estar seguros del camino que debíamos seguir. Se trataba de encontrar a Olofsson. Toda nuestra actitud se basaba en la suposición de que Olofsson era, en efecto, el hombre que había cometido el crimen. Y seguimos esta pista como si fuéramos una manada de perros sanguinarios con viseras en los ojos. ¿Quién nos asegura que no nos estamos precipitando hacia un callejón sin salida?
—Precipitarse es la palabra exacta —aseveró Kollberg con desaliento.
—Este es un error que se repite una y otra vez y que ha hecho fracasar centenares de investigaciones famosas. La policía descubre algo y lo considera como hechos definitivos. Estos hechos indican una determinada dirección y toda la investigación se dirige en esa única orientación. Las otras posibles alternativas se ignoran o se menosprecian. Sólo porque lo que parece más evidente suele ser también la verdadera solución, se obra como si siempre ocurriese así. El mundo está lleno de criminales que han escapado gracias a esta manera doctrinaria de pensar, tan frecuente en la policía. Supongamos que ahora, en este preciso momento, alguien encuentra a Olofsson. Quizás está sentado en un restaurante en París, o en el balcón de un hotel en España o en Marruecos. Quizá pueda probar que ha estado allí durante dos meses. ¿Cuál sería entonces nuestra situación?
—¿Quieres decir, simplemente, que deberíamos mandar al cuerno a ese Olofsson? —preguntó Kollberg.
—En absoluto. Malm era peligroso para él y él lo sabía en el momento en que Malm fue detenido. Así que Olofsson es la pista más próxima que tenemos. Hay multitud de razones para intentar encontrarlo. Pero olvidamos la posibilidad de que pueda probar su falta de complicidad en el asunto que nos preocupa, en el incendio. Si entonces resulta que se limitaba a traficar con drogas y a poner matrículas falsas en unos cuantos coches, no habremos avanzado nada. Por el contrario, ése es un asunto que no tiene nada que ver con nuestro caso.
—Pero sería una maldita casualidad si resultara que Olofsson no tiene nada que ver con todo este asunto.
—Es verdad. Pero estas curiosas casualidades ocurren algunas veces. El suicidio de Malm, al mismo tiempo que alguien intentaba asesinarlo, es, por ejemplo, una extraña coincidencia. Me desconcertó en el mismo lugar del crimen. Otro hecho curioso al que nadie parece haber prestado atención es el siguiente: pronto habrán transcurrido tres semanas desde que se incendió la casa y nadie ha visto ni ha oído nada acerca de Olofsson durante este tiempo, lo que ha inducido a ciertas personas a sacar conclusiones; pero no es menos cierto que nadie, que nosotros sepamos, ha tenido ningún contacto con Olofsson en todo el mes anterior al fuego.
Martin Beck se enderezó y dijo pensativamente:
—No, es cierto.
—Este argumento tiene, evidentemente, ciertas implicaciones —dijo Kollberg.
Reflexionaron sobre las posibles implicaciones.
Un poco más allá, en el mismo pasillo, Rönn se metió en el despacho de Gunvald Larsson y dijo:
—Oye, la noche pasada he estado pensando en algo.
—¿En qué?
—Hace unos veinte años estuve trabajando un par de meses en Skäne. En Lund. He olvidado por qué motivo. —Se detuvo, pensativo, y luego dijo con cierta gravedad—: Era horrible.
—¿Qué es lo que era horrible?
—Skäne.
—¡Ah, ya! ¿Y en eso has estado pensando?
—Sólo había cerdos y vacas, campos y estudiantes. Y calor. Creí morirme. Pero sucedió una cosa. Mientras estaba yo allí, hubo un incendio. Una fábrica ardió durante la noche. Luego se averiguó que la culpa había sido de un vigilante que por equivocación provocó el fuego. El mismo dio la alarma, pero estaba tan aturdido que llamó al departamento de bomberos de Malmö. El era de allí, ¿comprendes? Así que mientras el fuego ardía en Lund, los bomberos fueron a Malmö, con todo el equipo de escaleras extensibles, bombas extintoras, redes de salvamento y todo lo demás.
—¿Estás insinuando que Zachrisson es tan estúpido que estando en la parte Sur llamó al departamento de Nacka?
—Algo parecido.
—Pues no lo hizo —replicó Gunvald Larsson—. He telefoneado a todos los distritos policíacos dentro del área de la ciudad. Ninguno de ellos recibió una llamada de alarma esa noche.
—Si yo estuviera en tu lugar, llamaría también a los centros de bomberos.
—Si tú estuvieras en mi lugar, estarías harto de fuegos a estas horas. Y además, siempre es más segura la información de la policía. Aunque sólo sea parcialmente segura, desde luego.
Rönn se dirigió hacia la puerta.
—¿Einar?
—¿Por qué hablaste de redes de salvamento? ¿En una fábrica incendiada de noche?
Rönn se quedó pensativo un momento.
—No lo sé —dijo por fin—. Quizá tengo un exceso de imaginación.
—¿Tú crees?
Gunvald Larsson se encogió de hombros y continuó hurgándose los dientes con el cortapapeles.
Sin embargo, la mañana siguiente empezó a llamar a todos los departamentos de bomberos de los alrededores de Estocolmo. La solución llegó inesperadamente rápida.
—De acuerdo, compadre —dijo un miembro en exceso campechano del equipo de bomberos de Solna-Sundbyberg—. Puedo comprobarlo.
Y diez segundos después:
—Sí, recibimos una falsa alarma para el treinta y siete de Ringvägen, en Sundbyberg, aquella noche. La recibimos a las veintitrés diez para ser más exactos. Un aviso telefónico. ¿Algo más?
—La policía no dijo nada de esto —alegó Gunvald Larsson—. La policía debía estar allí, ¿no es cierto?
—Un coche patrulla fue, desde luego. No podía ser de otro modo.
—¿La llamada les llegó a través de la Central de Alarma de Estocolmo, o directamente a ustedes?
—Directamente, creo. Pero no puedo asegurarlo. En el informe sólo consta: «Llamada de falsa alarma. Anónima. »
—¿Y qué hacen cuando reciben este tipo de llamadas?
—Acudimos al lugar, desde luego.
—Sí, ya lo supongo, pero, ¿informan de la llamada a alguien?
—Sí, a la bofia.
—¿A quién dice?
—A la bofia. También informamos a la Central de Alarma. Si es un incendio grande, visible, quiero decir, entonces llegan numerosas llamadas de todas partes. Se han llegado a recibir hasta veinticinco llamadas, mientras un centenar de personas más llaman al número de urgencias o utilizan las llamadas de alarma. Por eso avisamos cuando salimos. Si no lo hiciéramos, se armaría un jaleo de mil demonios entre unos y otros.
—Comprendo —dijo Gunvald Larsson fríamente—. ¿Sabe usted quién recibió la llamada?
—Sí, claro. Una jovencita llamada Märtensson. Doris Märtensson.
—¿Dónde puedo encontrarla?
—En ninguna parte, amigo. Se marchó de vacaciones ayer. A Grecia.
—¿A Grecia? —repitió Gunvald Larsson con profundo disgusto.
—Sí, ¿hay algo de malo en eso?
—Peor no puede ser.
—Vamos, hombre. No me esperaba yo que la bofia hiciera circular propaganda comunista. Yo estuve en la Acrópolis, o como se llame, el otoño último. Estaba muy bien. Un orden ejemplar, me pareció a mí entonces. Y la policía, ¡vaya estilo que tiene! Es mucho lo que vosotros podríais aprender de ellos, chicos.
—¡Cierre de una vez la bocaza, idiota! —replicó Gunvald Larsson colgando el aparato.
Quedaba un asunto importante que no había tenido tiempo de mencionar, pero se le había acabado la paciencia. Fue al despacho de Rönn y le dijo:
—¿Quieres hacerme un favor? Llamar al departamento de bomberos en Solna-Lundbyberg y preguntar cuándo regresa de sus vacaciones una tal Doris Märtensson.
—Bueno, supongo que podré hacerlo. Pero, ¿qué te pasa ahora? Parece como si estuvieras a punto de sufrir un ataque.
Gunvald Larsson no contestó. Volvió a su oficina y marcó el número de la comisaría de Räsundavägen, en Solna. Ya que estaba metido en el asunto, valía más acabarlo cuanto antes.
—Ayer le llamé y le pregunté algo acerca de un asunto importante. Se trataba de saber si había recibido algún aviso de incendio alrededor de las once el diecisiete de marzo —dijo a modo de introducción.
—Sí, y yo fui quien recibió su llamada y le dije que no teníamos noticia de esa alarma —contestó el hombre de Solna.
—Sin embargo, ahora he sabido que hubo una falsa alarma esa noche, del treinta y siete de Ringvägen en Sundbyberg, para ser más preciso, y que la policía fue informada de la manera habitual; por tanto, un coche patrulla debió estar allí.
—Es curioso. No tenemos ningún informe sobre eso.
—Entonces, le ruego que lo verifique con los hombres que estuvieron de servicio en esa ocasión. Por cierto, ¿quiénes eran?
—¿Los que patrullaban? Creo que podré averiguarlo. Espere un momento.
Gunvald Larsson esperó impaciente, tamborileando con los dedos sobre la mesa.
—Aquí está. Coche número ocho, Eriksson y Kvastmo, con un joven ayudante llamado Lindskog. Coche número tres, Kristiansson y Kvant...
—Es suficiente —le atajó Gunvald Larsson—. ¿Dónde están ahora esos dos estúpidos deficientes mentales?
—¿Kristiansson y Kvant? Están de servicio, patrullando.
—Entonces envíemelos aquí directamente, por lo que más quiera. ¡Inmediatamente!
—Pero...
—No hay peros que valgan. Quiero ver a esos dos imbéciles aquí, de pie como dos estatuas, en mi despacho de Kumgsholmsgatan, dentro de quince minutos.
Colgó el aparato en el preciso momento en que Rönn asomaba la cabeza por la puerta explicando:
—Doris Märtensson regresará dentro de tres semanas. Empieza a trabajar de nuevo el día veintidós de abril. Y por cierto, el tipo que contestó al teléfono tiene un mal genio terrible; no puede decirse que pertenezca al club de tus admiradores.
—No, esa especie está disminuyendo cada vez más —asintió Gunvald Larsson.
—Sí, lo supongo —dijo amablemente Rönn.
Dieciséis minutos después, Kristiansson y Kvant estaban en la oficina de Gunvald Larsson. Los dos eran de Skäne, con ojos azules y anchos de espalda, y medían más de un metro ochenta. Los dos tenían experiencias penosas de encuentros anteriores con el caballero sentado detrás de la mesa. En el momento en que la mirada de Gunvald Larsson cayó sobre ellos, se quedaron tiesos como un par de estatuas de cemento que intentasen reproducir la imagen de dos policías, con sus chaquetas de piel, sus correajes y los botones relucientes. Iban equipados además con pistolas y porras. Un detalle curioso del grupo era el de que mientras Kristiansson llevaba la gorra sujeta rígidamente bajo el brazo izquierdo, Kvant la llevaba puesta.
—¡Dios mío! ¡Es él! —murmuró Kristiansson—. Ese miserable...
Kvant no dijo nada. En su expresión severa se leía claramente su intención de no dejarse intimidar.
—¡Ah! —dijo Gunvald Larsson—. Veo que ya estáis aquí, desgraciados cabezotas, pareja de incapaces.
—¿Qué es lo que quiere...? —empezó a decir Kvant, pero cuando el hombre sentado detrás de la mesa se puso en pie, guardó silencio.
—Se trata de un pequeño detalle técnico —explicó Gunvald Larsson, en tono amistoso—. A las once y diez minutos de la noche del siete de marzo se os llamó al número treinta y siete de Ringvägen, en Sundbyberg, para verificar una alarma de fuego. ¿Lo recordáis?
—No —contestó Kvant descaradamente—. No lo recuerdo.
—¡No se os ocurra mentirme! —rugió Gunvald Larsson—. ¿Estuvisteis en ese lugar o no? ¡Contestadme!
—Sí, quizás —dijo Kristiansson—, Estuvimos... quiero decir, creo que lo recuerdo. Pero...
—¿Pero qué?
—No digas nada más, Kalle, te estás metiendo en un lío —advirtió Kvant, y añadió en voz alta—: Yo no lo recuerdo.
—Si alguno de vosotros vuelve a soltarme otra mentira —dijo Gunvald Larsson, elevando el tono de su voz—, yo mismo os mandaré de un puntapié a la oficina de objetos perdidos de Skanör-Falsterbo, o a cualquier otro sitio de donde hayáis salido. Podéis mentir en un tribunal o donde queráis, ¡pero aquí no! ¡ Y quítate la gorra, maldita sea!
Kvant se quitó la gorra, se la metió debajo del brazo izquierdo, lanzó una mirada a Kristiansson y dijo confuso:
—Fue culpa tuya, Kalle. Si no hubiera sido por tu maldita pereza...
—Pero fuiste tú quien no quisiste que fuéramos allí —replicó Kristiansson—. Dijiste que la radio no funcionaba bien y que no habíamos oído nada. Querías volver y marcar la hora.
—Eso es otra cuestión —dijo Kvant encogiéndose de hombros—. Nadie puede evitar que se estropee la radio. Eso es algo que está fuera de las atribuciones de un policía, normalmente.
Gunvald Larsson volvió a sentarse.
—Hablad de una vez —ordenó lacónicamente—. Rápido y sin rodeos.
—Yo conducía —dijo Kristiansson—. Recibimos un mensaje por radio...
—Muy confuso —terció Kvant.
Gunvald Larsson le lanzó una mirada fulminante y dijo:
—No quiero prosa informativa, gracias. Y una mentira no deja de serlo repitiéndola a medias.
—Bueno —continuó Kristiansson, nervioso—, fuimos hasta la dirección que nos dieron, el treinta y siete de Ringvägen en Sundbyberg; allí había ya un coche de bomberos, pero no vimos ningún incendio, así que no ocurrió nada.
—¡Por los clavos de Cristo! Salvo una falsa alarma de la que no informasteis a nadie. Por pura estupidez y pereza. ¿No es así?
—Sí —murmuró Kristiansson.
—Estábamos exhaustos —dijo Kvant con un vislumbre de esperanza.
—¿Por qué?
—Tuvimos un día de trabajo pesado y agotador.
—¡Por todos los santos! —exclamó Gunvald Larsson—. ¿Cuántas detenciones hicisteis durante vuestra patrulla?
—Ninguna —respondió Kristiansson.
«Quizá no tan brillante, pero sincero», pensó Gunvald Larsson.
—Hacía un tiempo asqueroso —añadió Kvant—. Apenas se veía nada.
—Estábamos a punto de acabar nuestro servicio —dijo Kristiansson con voz suplicante—. Nuestra ronda había terminado.
—Siv estaba enferma —alegó Kvant—. Mi mujer —añadió a modo de información.
—Y además, allí no había ocurrido nada —repitió Kristiansson.
—No. Nada —dijo Gunvald Larsson apaciblemente—. Sólo la prueba clave de un triple asesinato —luego rugió—: ¡Fuera! ¡Marchaos! ¡Largo de aquí!
Kristiansson y Kvant salieron precipitadamente. Su aire escultural había desaparecido por entero.
—¡Jesús! —murmuró Kristiansson enjugándose el sudor de la frente.
—Bueno —dijo Kvant—, ésta es la última vez que te lo digo, Kalle. No ves nada ni oyes nada, pero si alguna vez ves u oyes algo, entonces, por lo que más quieras, ¡informa de ello!
—Jesús —repitió Kristiansson, cuyo fuerte no era la imaginación.
Veinticuatro horas más tarde, Gunvald Larsson había revisado paso a paso el resumen de los hechos por orden cronológico, e incluso había conseguido formularlo por escrito de forma comprensible.
La relación era la siguiente:
«A las 23.10 horas del 7 de marzo de 1968, la casa situada en Sköldgatan se incendió. La dirección oficial del edificio es 37 Ringvägen. A las 23.10 del mismo día y año, una persona todavía no identificada llamó al departamento de bomberos de Solna-Sundbyberg para informar de que había estallado un fuego en el número 37 de Ringvägen. Como existe una calle llamada Ringvägen en Sundbyberg, los bomberos acudieron allí. Al mismo tiempo, las llamadas habituales referentes al fuego llegaron a la policía y al Centro de Alarma de la región de Estocolmo, para evitar llamadas repetidas. Alrededor de las 23.15 el agente de policía Zachrisson llamó desde una cabina telefónica, en Rosendludgatan, al Centro de Alarma e informó acerca del incendio en Ringvägen sin identificar el distrito. Como el oficial de servicio de la Central ya había recibido el aviso de Solna-Sundbyberg, creyó que se trataba del mismo fuego, y dijo a Zachrisson que ya había salido un coche de bomberos y que debería estar en el lugar del fuego. (Estaba, en efecto, pero en Ringvägen, en Sundbyberg.) A las 23.21, el agente Zachrisson llamó de nuevo a la Central, esta vez desde una cabina de alarma. En esta ocasión, según su propia declaración, dijo lo siguiente: "¡Hay un incendio! ¡Hay un incendio en Sköldgatan!"; no había pues ningún posible malentendido. Como resultado de la llamada, los bomberos fueron al número 37 de Ringvägen, en Estocolmo, en otras palabras, a la casa de Sköldgatan.
»No fue el agente Zachrisson quien llamó al departamento de incendios de Solna- Sundbyberg.
«Conclusiones: El incendio fue deliberado y provocado por medio de un compuesto químico conectado a un detonador de relojería. Este aparato pudo haber sido colocado, si el testimonio del agente Zachrisson es cierto, en el apartamento de Malm a las 21.00 horas, lo más tarde. Si fue así, el mecanismo de relojería estaba calculado para actuar a las tres horas. Durante este rato, el autor del atentado tuvo tiempo de moverse en cualquier dirección. La única persona que podía saber con seguridad que el fuego iba a estallar a las 23.10 era la persona que lo planeó (o que lo instigó si existió instigación). Según esto, es probable que fuera la misma persona la que llamó al departamento de bomberos de Sundbyberg.
«Pregunta número 1: ¿Por qué esta persona llamó a un departamento equivocado? Respuesta posible: Porque en aquel momento se encontraba en Solna, o en Sundbyberg, y porque su conocimiento de Estocolmo y sus alrededores era muy deficiente.
«Pregunta número 2: ¿Por qué esta persona llamó al departamento de bomberos? Posible respuesta: Porque quería asesinar a Malm y no tenía ninguna intención de matar o de causar ningún daño a las otras diez personas que había en la casa. En mi opinión, esto es muy significativo porque destaca aún más el cuidadoso planeamiento del crimen y su carácter profesional. »
Gunvald leyó todo el informe que había escrito. Se quedó pensando unos instantes y luego puso en singular lo referente a llamadas y tachó las palabras la policía. Lo hizo con un bolígrafo y tan minuciosamente que hubiera sido necesario un examen de laboratorio para descifrar las palabras originales.
—Gunvald Larsson está siguiendo una pista —dijo Martin Beck.
—¿De verdad? —dijo Kollberg con su habitual escepticismo—. Las huellas de una vía del tren, supongo.
—No. Esto es algo constructivo. La primera pista real en todo este asunto.
Kollberg leyó el informe.
—¡Bravo, Larsson! —exclamó—. Esto es de primer orden. Especialmente la brevedad de las frases. «O instigado, si la instigación existe». Esto es brillante.
—¿Lo crees así? —preguntó Gunvald.
—Bromas aparte —dijo Kollberg—, lo único que tenemos que hacer ahora es encontrar a ese condenado Olofsson y relacionarlo con la llamada telefónica. Pero, ¿cómo vamos a hacerlo?
—Es sencillo —dijo Gunvald Larsson—. Una chica contestó a esa llamada. Supongo que podrá identificar la voz. Las telefonistas suelen saber estas cosas. Pero desgraciadamente está de vacaciones y no regresará hasta dentro de tres semanas.
—Y antes de que vuelva, tenemos que encontrar a Olofsson —añadió Kollberg.
—Si —dijo Rönn.
Eso fue todo lo que se dijo la tarde del viernes, 29 de marzo.
Los días pasaron. Empezó un nuevo mes. Transcurrió otra semana. Luego dos más. Y Bertil Olofsson seguía sin dar señales de vida.
19
Malmö es la tercera ciudad sueca y muy diferente de Estocolmo. Tiene menos de una tercera parte de habitantes y se extiende sobre una llanura, mientras que Estocolmo está construida sobre un sistema de islas elevadas. Malmö está situada a 575 kilómetros hacia el sur y es el puerto sueco de cara al continente. Su ritmo de vida es más tranquilo, el ambiente menos agresivo, e incluso la policía tiene fama de un trato más humano y afable con el resto de los ciudadanos, del mismo modo que su clima es más benigno. Llueve a menudo, pero el frío es rara vez intenso y mucho antes de que en los alrededores de Estocolmo se inicie el deshielo, en Orensund las olas rompen suavemente en las playas arenosas y en las altiplanicies calizas.
En comparación con el resto del país, la primavera empieza pronto allí, y los meses de febrero, marzo y abril llegan a menudo como una sorpresa, con su sol, su aire claro y sus bonanzas ocasionales.
El sábado 6 de abril de ese año fue uno de esos días.
Las vacaciones escolares de Pascua habían empezado y mucha gente había salido, por lo menos para pasar fuera de la ciudad el fin de semana; iban a sus casas de campo y visitaban a los amigos y conocidos que vivían en los alrededores. Todavía no habían brotado las hojas de los árboles, pero no tardarían en hacerlo, y en el borde de las carreteras habían aparecido ya flores amarillas.
En Industrihammen, situado al noroeste de la ciudad, la tarde del sábado era excepcionalmente tranquila, cosa por otra parte natural ya que es una zona bastante apartada del centro y que además difícilmente podría describirse como atractiva, ni para los aficionados a pasear ni para los que viajan en sus coches; es un paraje de largos y silenciosos muelles con grúas inclinadas, vagones de mercancías inmóviles, montones de madera y vigas de hierro oxidadas, el ladrido aislado de un perro guardián encerrado dentro de alguna fábrica, y unas pocas excavadoras de arena, danesas, cuyos maquinistas habían regresado a su país de vacaciones. Frente a uno de los almacenes cerrados se veían unos doscientos tractores de un azul brillante, recién llegados de Inglaterra y que pronto serían distribuidos entre los compradores de las granjas agrícolas vecinas.
En unos cien metros a la redonda, todo lo que se oía era el ladrido del perro y los ligeros ruidos de la refinería de petróleo. Olía a petróleo sin refinar, un olor penetrante y poco agradable.
En todo aquel lugar sólo había dos seres humanos visibles: una pareja de niños echados boca abajo, pescando. Estaban uno junto al otro, con las piernas separadas y las cabezas colgando sobre el borde del muelle. Los dos tenían mucho en común. La edad de ambos era aproximadamente de seis años y medio. Tenían el pelo negro, ojos castaños y la piel tostada por el sol, a pesar de que según el calendario todavía era invierno.
Habían llegado hasta allí andando desde sus miserables casas, situadas al este de la ciudad, con sus cuchillos enfundados en los cinturones y los hilos de pescar enrollados en los bolsillos. Luego habían estado corriendo cerca de una hora entre los tractores y se habían sentado por lo menos en cincuenta de ellos. Habían encontrado un par de botellas vacías que habían echado al agua, y luego se habían dedicado a arrojarles piedras sin conseguir tocarlas; también había una vieja carretilla abandonada, destinada al montón de chatarra y de cuyo motor habían conseguido desatornillar unas cuantas piezas que no tenían ninguna utilidad pero que a sus ojos eran muy valiosas. Ahora estaban echados en el muelle, pescando, que era para lo que en realidad habían ido allí.
Estos niños no eran suecos, lo que explicaba en cierto modo su conducta. Ningún nativo del país, ni siquiera a su edad, hubiera pensado en pescar en aquel lugar; simplemente, porque las posibilidades de pescar algo eran tantas como las de encontrar un arenque en una lata de anchoas. Allí no había otra cosa que anguilas viejas y cubiertas de barro que andaban arrastrándose por el cieno del fondo del puerto. Y estos peces no se pescan con anzuelo.
Los niños se llamaban Omer y Miodrag y eran yugoslavos. Sus padres eran obreros del puerto y sus madres trabajaban en una fábrica de tejidos. Ninguno de los dos había vivido en el país el tiempo suficiente para aprender el idioma. Miodrag sabía decir «uno, dos y tres», pero no pasaba de ahí. Sus perspectivas de aprender algo más eran pocas, ya que pasaban el día en un parvulario en el cual el setenta por ciento de los niños eran extranjeros y sus padres pensaban regresar a su país de origen tan pronto como hubieran reunido el dinero suficiente.
Estaban echados inmóviles, mirando fijamente el agua y pensando que quizá un pez gigante mordería pronto el anzuelo, un pez tan grande y fuerte que les arrastraría al agua y se ahogarían en la dársena. En ese preciso momento, ocurrió algo que sucede muy raramente y sólo bajo el efecto de condiciones climatológicas e hidrológicas especiales. A las tres y cuarto de aquella tarde soleada y tranquila, una corriente de agua fresca y pura, impulsada por las corrientes exteriores hacia el estrecho, se deslizó lentamente a través del agua sucia de la dársena del puerto. De pronto, Omer y Miodrag se dieron cuenta de que veían sus hilos de pescar bajo el agua, los plomos e incluso el gusano que habían utilizado como anzuelo. El agua se fue aclarando cada vez más, hasta que pudieron ver en el fondo un viejo orinal y una viga de hierro oxidada. Después percibieron, quizás unos diez metros más allá, algo que les llenó de asombro y que puso su imaginación en movimiento, como un torbellino.
Era un coche. Lo vieron claramente. Parecía de color azul y estaba colocado con la parte trasera de cara al muelle, con las puertas cerradas y las ruedas hundidas en el barro, como si alguien lo hubiera aparcado allí, en una plaza de mercado de una oculta ciudad submarina. Por lo que se podía apreciar estaba entero, sin abolladuras ni desperfectos visibles.
Luego el agua empezó a enturbiarse de nuevo y el coche se desvaneció ante sus ojos; tan sólo un minuto o dos después no se veían ni el coche, ni el orinal, ni los hilos de pescar. Tan sólo la sucia superficie gris verdosa del agua, con su nacarada capa de gasolina y las manchas grises y pegajosas del petróleo.
Miraron a su alrededor, buscando a alguien a quien enseñar su descubrimiento, o por lo menos explicarlo, puesto que no se veía ya nada. Pero Industrihammen estaba completamente vacío y desierto en aquel delicioso sábado de abril, e incluso el solitario perro guardián había dejado de ladrar.
Omer y Miodrag enrollaron sus hilos de pescar y volvieron a meterlos en sus bolsillos, ya llenos de viejos enchufes, trozos de tuberías de goma, tornillos y cerrojos oxidados. Luego echaron a correr, tan lejos como pudieron, pero cuando se detuvieron ya cansados, para respirar, todavía estaban en la zona este del puerto. Los niños eran aún muy pequeños y aquella zona del puerto era bastante extensa.
Transcurrieron otros diez minutos antes de que consiguiesen llegar a Vätkustvägen, pero incluso entonces no sabían qué hacer porque la gente pasaba apresurada en sus coches, con rostros fríos e impersonales, ensimismados en sus propios asuntos; nadie estaba dispuesto a que les molestaran dos niños que hacían señales en la carretera, sobre todo si tenían la piel oscura y pertenecían a la conocida «chusma extranjera».
Por fin, el coche 25 no pasó de largo y se detuvo. Era un Volkswagen blanco y negro con la antena de la radio en el techo y la palabra POLICIA escrita en letras negras en uno de los lados.
En el coche iban dos policías uniformados, Elofsson y Borglund. Se mostraban apacibles y tranquilos y ninguno de los dos comprendió una palabra de lo que los niños les decían. Elofsson creyó entender que le señalaban la dársena del puerto y que uno de ellos decía algo sobre un «auto». Luego les dieron un caramelo a cada uno, subieron de nuevo el cristal de la ventana, sonrieron y les dijeron adiós con la mano.
Como Elofsson y Borglund eran dos policías bastante responsables y por otra parte no tenían nada especial que hacer en aquel momento, recorrieron la zona este del muelle de un extremo a otro. Cuando llegaron al extremo más alejado y dieron la vuelta a la izquierda, a lo largo del parapeto, pararon el coche y Borglund se apeó. Incluso subió al parapeto y se quedó allí durante unos minutos. Todo lo que pudo ver fue el extraño y artificial pantano que las máquinas excavadoras habían creado con sus actividades. Oyó también el ladrido de un perro y el zumbido de la refinería de petróleo.
Veinticuatro horas más tarde, otro policía estaba junto al muelle de Industrihammen. Era un inspector de policía y se llamaba Mansson. No vio ningún coche; sólo agua sucia y una lata de cerveza vacía, y un blando condón flotando.
Antes de llegar a él, el rumor que le había impulsado a trasladarse allí había ido pasando de boca en boca y al mismo tiempo cambiando y deformándose. Se decía que dos niños yugoslavos habían visto un coche de la policía echarse al mar y desaparecer en Järnkajen. Los niños no tenían aún edad escolar y no hablaban sueco. Se habían limitado a señalar diferentes sitios del muelle y por otra parte no se tenía ninguna noticia de que un coche de la policía hubiera desaparecido.
Mansson masticaba pensativamente un palillo mientras escuchaba absorto a un perro que ladraba cerca de allí. Era un hombre de unos cincuenta años de edad, de complexión corpulenta y gestos lentos y temperamento apacible. Era concienzudo y anduvo lentamente a lo largo del muelle sin descubrir nada especial o desacostumbrado.
«Mañana buscaré un hombre rana», pensó luego.
20
Cuando el hombre rana salió a la superficie después de treinta y una inmersiones, había descubierto el coche.
—Vaya, vaya —dijo Mansson.
Daba vueltas al palillo entre los labios mientras pensaba lo que debería hacer.
Hasta este preciso momento, a las dos y veintitrés minutos de la tarde del ocho de abril de 1968, había tenido la casi total seguridad de que el coche sólo existía en la imaginación de aquellos chiquillos.
Pero ahora la situación había cambiado.
—¿Cómo está colocado?
—Es endiabladamente difícil ver algo aquí abajo —dijo el hombre rana—, pero por lo que puedo distinguir parece estar con la parte de atrás encarada al muelle, a una distancia aproximada de unos quince metros. Ligeramente esquinado, como si hubiera llegado al parapeto y no hubiera tenido tiempo de dar la vuelta.
Mansson asintió.
—No se ve ninguna señal alarmante —dijo el hombre rana.
No era policía y además era joven y poco experimentado.
Mansson había participado por lo menos en diez operaciones de rescate de coches sumergidos. En estos casos, los coches se habían encontrado vacíos y se habían considerado como vehículos robados. No se había celebrado ningún juicio, pero había razones suficientes para suponer que los mismos propietarios habían elegido este medio para deshacerse de vehículos usados, y además para cobrar el dinero del seguro.
—¿Hay algo más que explicar?
—Bueno, como ya le dije apenas se puede ver nada. Es bastante pequeño y está lleno de barro y de porquería. —El hombre rana hizo una pausa y añadió—: Es casi seguro que hace tiempo que está ahí.
—Bueno, entonces es mejor que intentemos sacarlo —dijo Mansson—. ¿Hace falta que vuelvas a bajar? Antes de que llegue la grúa, quiero decir.
—En realidad, no. No puedo hacer gran cosa antes de que empecemos a usar los garfios.
—Entonces vete y come algo —dijo Mansson.
Aquel tiempo tan agradable parecía haber sido barrido literalmente. El cielo gris, de nubes bajas y movedizas, presagiaba lluvia y el viento del noroeste era frío, violento y tempestuoso. Los muelles habían vuelto a su actividad normal y, fuera del parapeto, las excavadoras de arena y las dragas rechinaban y ululaban; un pequeño remolcador se deslizaba en la entrada del puerto, una locomotora diesel hacía maniobras arrastrando unos vagones de mercancías, precedida por un hombre con una bandera roja, y tres barcos de carga que habían llegado por la mañana esperaban para descargar. Algún informador pagado, del cuerpo de policía o del departamento de bomberos, había alertado a la prensa, y diez o más periodistas o fotógrafos andaban por el muelle helándose, hacía ya varias horas, y otros se habían metido en sus coches, malhumorados. Los periodistas y hombre rana habían atraído a su vez a un grupo de curiosos que iban arriba y abajo soportando el viento, con los cuellos subidos y las manos metidas en los bolsillos.
Mansson no se había preocupado de acordonar la zona ni de limitar la libertad de movimientos de la gente de ningún otro modo. De vez en cuando, uno de los periodistas se le acercaba y le preguntaba: «¿Y bien?» O algo parecido. Volvió a ocurrir una vez más. Un hombre se bajó de uno de los coches aparcados y en efecto le dijo:
—¿Y bien?
—Bueno —dijo Mansson lentamente—. Hay un coche ahí abajo. Probablemente lo sacaremos dentro de una media hora. —Miró al periodista, al que conocía hacía varios años, le guiñó un ojo y le confió—: Usted se lo dirá a los demás, ¿verdad? Porque de todos modos no podemos impedir que lo saquen a flote, ¿no es cierto?
—Está vacío, ¿no? —preguntó el periodista.
—Bien —repuso Mansson, cambiando de palillo—. Por lo menos a juzgar por lo que yo sé hasta ahora.
—¿Asunto de seguros, como de costumbre?
—Primero tenemos que sacarlo y examinarlo —dijo Mansson bostezando—. Y eso no ocurrirá hasta dentro de una media hora, puede estar seguro. Así que lo mejor que puede hacer es marcharse y tratar de comer algo.
—Hasta luego —se despidió el periodista.
Mansson murmuró un saludo ininteligible y se encaminó hacia su coche.
Empujó su sombrero de fieltro hacia atrás y empezó a manipular la radio. Mientras daba sus instrucciones, vio cómo una serie de periodistas habían seguido su consejo y se marchaban.
Elofsson y Borglund también estaban allí. Sentados en su Volkswagen, se morían de ganas de tomar un café. Unos minutos después Elofsson se acercó, vacilante y con las manos detrás de la espalda, e inquirió:
—¿Qué le diremos a la gente si nos pregunta qué nos traemos entre manos?
—Decidles que vamos a sacar un coche viejo del agua —contestó Mansson—. Dentro de media hora. Mientras tanto, podéis ir a tomar un café.
—Gracias —dijo Elofsson.
El pequeño coche de policía desapareció a toda prisa. Los dos policías sentados en la parte delantera tenían un aspecto grave y decidido, como si estuvieran cumpliendo una misión importante y urgente. Tan pronto como se alejaran lo suficiente para que él no pudiera oírles, probablemente harían sonar la sirena y encenderían las luces de alarma, pensó Mansson, riéndose entre dientes.
Transcurrió así una hora antes de que todo estuviera dispuesto para izar el coche. Elofsson y Borglund habían regresado; obreros del muelle, marinos y otras personas que trabajaban en la zona del puerto se unieron a los espectadores. En conjunto, había unas cincuenta personas reunidas.
—Bueno —dijo Mansson—, ya podemos empezar, ¿no os parece?
La operación fue rápida y nada dramática. Las cadenas crujían al irse tensando y de pronto el agua fangosa empezó a girar formando una especie de torbellino burbujeante, y un techo metálico apareció en la superficie.
—Cuidado con la grúa ahora —rezongó Mansson.
Y entonces apareció el coche goteando barro y agua sucia. Colgaba un poco torcido de los ganchos y Mansson lo estuvo examinando minuciosamente mientras los fotógrafos lo retrataban desde todos los ángulos posibles. El coche era pequeño, viejo, y carecía de valor. Un Ford, un Aguila o un modelo popular, un tipo de coche poco frecuente entonces, pero que en otros tiempos solía verse a menudo en las carreteras.
Parecía azul, pero no era fácil asegurarlo porque su superficie estaba recubierta de una capa de cieno de un verde grisáceo. Las ventanas laterales estaban rotas o bajadas, y todo el coche estaba cubierto de barro y de suciedad.
—Bajémoslo al suelo —ordenó Mansson.
La gente comenzó a empujar a su alrededor y él les habló con calma:
—¿Les importaría apartarse, por favor? Necesitamos sitio para dejar en tierra al náufrago.
La gente se apartó inmediatamente y Mansson con ellos. El cochecito aterrizó en el muelle con un triste chirrido, producido en gran parte por los parachoques que se habían desprendido en los extremos.
El vehículo tenía un aspecto verdaderamente lamentable y resultaba difícil imaginar que en su momento había salido de la fábrica de Dagenham, nuevo y brillante, y que su primer propietario se había sentado al volante con el corazón palpitante de emoción y henchido de orgullo.
Elofsson fue el primero en acercarse al coche y asomarse al interior. La gente situada detrás de él se dio cuenta de que se envaraba gradualmente hasta que por fin se enderezó.
Mansson le siguió con pasos lentos, se inclinó y miró a través de la ventana abierta de la puerta derecha.
Entre los asientos inclinados hacia arriba, con los muelles oxidados y las tapicerías ennegrecidas, estaba sentado un cadáver cubierto de barro. Uno de los más horribles que nunca había visto. Con las cuencas de los ojos vacías y la mandíbula inferior completamente destruida.
Se enderezó y se volvió.
Elofsson había empezado a empujar hacia atrás a las personas más próximas.
—No empujes a la gente —dijo Mansson.
Luego miró fijamente y a cada una de las personas que tenía más cerca y dijo en voz alta y tranquila:
—Hay un hombre muerto en el coche y tiene un aspecto horrible.
Ni una sola persona intentó adelantarse y acercarse al coche.
21
Mansson no hacía mucho caso de la norma corriente entre la policía de mantener al público al margen de sus actividades, o de no permitir que le fotografiasen «mientras no sea obedeciendo órdenes superiores o cuando no pueda evitarse», tal como los reglamentos de la policía exigen. Por otra parte, le era fácil comportarse con naturalidad, incluso en las situaciones anormales, y como sentía gran respeto por las personas, la gente también le respetaba. Aunque ni él ni nadie había pensado en ello, en realidad había prestado un servicio importante en el muelle de Industrihammen aquel lunes por la tarde.
Si hubiera sido él la persona encargada de solucionar los disturbios que habían tenido lugar durante aquel largo y caluroso verano y que provocaban una gran inquietud en la mayoría de la población, probablemente muchos de ellos no se hubieran producido. En su lugar se habían ocupado de esta tarea personas que creían que Rhodesia estaba en algún lugar cercano a Tasmania, que es ilegal quemar la bandera norteamericana, pero digno de alabanza limpiarse la nariz con la vietnamita. Este tipo de gente creía que las mangueras antidisturbios, las porras de goma y los babeantes perros pastores alemanes eran las mejores ayudas para tratar a los seres humanos, y los resultados eran los que correspondía a tales ideas. Pero Mansson tenía otras cosas en qué pensar, como por ejemplo el cadáver de un ahogado.
Los cadáveres que se encuentran en el agua nunca son agradables, pero éste en particular era uno de los más desagradables con los que se había encontrado jamás.
Incluso el patólogo, mientras practicaba la autopsia, dijo:
—¡Uf! ¡Qué trabajo tan ingrato!
Luego siguió trabajando mientras Mansson, cumpliendo su deber, se quedaba en un rincón observándolo. Tenía un aspecto extremadamente pensativo y el médico, joven y todavía con poca experiencia, le miraba de vez en cuando inquisitivamente.
Mansson estaba seguro de que el hombre del coche le iba a ocasionar problemas. Desde el momento en que el vehículo había emergido del agua sospechó que algo no iba bien. La solución que habitualmente era la más evidente esta vez quedaba excluida desde un principio. No podía tratarse de una estafa relacionada con el seguro. ¿Quién iba a molestarse en arrojar al puerto aquel coche viejo y estropeado, una verdadera ruina y que tenía ya veinte años? ¿Y por qué?
La respuesta lógica a estas preguntas era espantosamente simple y por eso se quedó impasible cuando el patólogo le dijo:
—Nuestro amigo estaba muerto antes de que le arrojasen al agua.
Al cabo de un rato Mansson le preguntó:
—¿Cuánto tiempo cree que habrá estado allí?
—Es difícil saberlo —respondió el médico.
Miró los horribles restos tumefactos que estaban sobre la mesa de la autopsia y preguntó:
—¿Hay anguilas ahí abajo?
—Creo que sí.
—Bueno. Entonces un par de meses. Al menos dos, o quizá cuatro. —Hurgó un poco con su sonda y dijo—: Se ha producido bastante de prisa. No es el proceso normal de descomposición. Probablemente, deben de haber productos químicos y otras porquerías en el agua.
Antes de irse, ya al final del día, Mansson le hizo una pregunta más:
—Ese asunto de las anguilas, ¿no se trata sólo de un cuento de viejas?
—La anguila es una criatura misteriosa —respondió el médico.
—Gracias —contestó Mansson.
La autopsia terminó el día siguiente y reveló una lúgubre historia. La investigación criminal duró mucho más tiempo, pero en general la conclusión a la que se llegó no fue menos deprimente.
Y no porque no se hubiera descubierto nada. En realidad, lo malo fue que se descubrieron demasiadas cosas.
El lunes 22 de abril, Mansson sabía ya mucho, por ejemplo, lo siguiente:
El coche era un Ford Prefect, modelo 1951. Era azul y lo habían repintado con poco cuidado, hacía algún tiempo. La matrícula era falsa, y el certificado de registro, el recibo del impuesto y el nombre del propietario habían desaparecido. Se había podido establecer contacto con sus dos últimos propietarios legales a través del registro de vehículos motorizados. El dueño de una jardinería de Oxie lo había comprado de segunda mano pero todavía en relativamente buen estado hacia 1956; lo usó durante ocho años y luego lo vendió a uno de sus empleados por 100 coronas. Este hombre había utilizado el coche durante tres meses. Dijo que todavía funcionaba, pero tenía un aspecto tan deteriorado que lo había dejado en un aparcamiento detrás del mercado de Drottningtorget. Al cabo de unas semanas, informó de su desaparición. Suponía que la policía o las autoridades de las autopistas lo habían sacado de allí.
Pero ni la policía ni los guardianes de las autopistas tenían ninguna noticia de él. Así que supuso que lo habían robado. Nadie lo había visto desde entonces.
Del último ocupante del coche también se sabían bastantes cosas. Era un hombre de unos cuarenta años y medía alrededor de metro setenta, con el pelo color gris ceniza. No había muerto ahogado, sino de una herida en la parte trasera de la cabeza. El instrumento utilizado había dejado un agujero en su cráneo. No se veían huesos astillados en los bordes de la herida, lo que parecía indicar que el arma que había causado la fractura era de forma redondeada.
En una palabra, el hombre había muerto en el acto.
El arma utilizada estaba dentro del coche. Era una piedra redonda, metida dentro de un calcetín de nylon, de caballero. La piedra medía unos 10 centímetros y era de formación natural. Una pequeña roca de granito. El calcetín medía 25 centímetros de longitud y estaba fabricado en Francia. Era de buena calidad, de una marca conocida y probablemente nunca se había utilizado para su función original.
Las huellas dactilares del hombre muerto no podían obtenerse, pues la piel exterior de los dedos había saltado y el dibujo pupilar era apenas visible en el resto de la piel.
Ni un solo objeto del coche indicaba nada sobre la identidad del hombre muerto. Ni tampoco su indumentaria, que parecía ser de calidad inferior y de manufactura extranjera, aunque no podía asegurarse el lugar de su procedencia. Tampoco se encontró ningún indicio que pudiese ayudar a encaminar las investigaciones acerca del asesino en alguna dirección determinada.
Se pidió que si alguien sabía algo acerca de un coche azul Prefect repintado en 1951 y que no constaba en ningún registro desde 1964, se presentase a la policía. Nadie dio señales de vida. Cosa por otra parte bastante natural, si se piensa que todo el país se estaba convirtiendo rápidamente en un cementerio de coches desechados, en el que los maltrechos y viejos vehículos descansaban amortajados entre los humos venenosos de sus sucesores.
Mansson guardó los informes y salió de su despacho, y también de la comisaría. Con la cabeza baja, cruzó diagonalmente Davidshallstorg en dirección a la tienda de licores.
Iba pensando en el cadáver ahogado.
Mansson era a la vez un hombre casado y un soltero. El y su mujer habían empezado a no tolerarse mutuamente diez años atrás, cuando su hija se casó con un ingeniero sudamericano y se fue al Ecuador. Mansson se buscó un apartamento de soltero en Regementsgatan cerca de Fridhemstorget y vivía la mayor parte del tiempo allí, pero cada viernes por la noche iba a casa de su mujer y se quedaba hasta el lunes por la mañana. Era una combinación acertada, pensaba Mansson. Todos los enfados desaparecieron y durante la segunda mitad de la semana los dos esperaban con gusto su week-end de vida matrimonial.
A Mansson le gustaba sentarse en su vieja butaca hundida, y beberse una o dos copas antes de irse a la cama. Esta noche del lunes hizo lo mismo. La noche del lunes era otro de los momentos cumbre de la semana. No sólo porque estaba cansado de su vieja esposa y sabía que no tendría que verla hasta el viernes, aunque estaría esperando ya verla de nuevo el miércoles, sino porque además sólo había bebido cerveza suave en sus comidas durante los últimos tres días. El alcohol estaba prohibido en casa de su mujer.
Mezcló su tercer Gripenberger y volvió a pensar en el cadáver ahogado.
Un Gripenberger consiste en una pizca de ginebra, una botella de soda de uva y hielo picado. Un oficial de caballería sueco-finlandés, que se llamaba Gripenberg, le había enseñado a prepararlo en Villmanstrand, justo después de la guerra, cuando el zumo de uva era todavía la única bebida, y desde entonces se había aficionado a beberla.
Mansson había estado implicado en numerosos casos de asesinato, pero no recordaba ninguno que tuviera alguna semejanza con el del hombre muerto en el coche. Era evidente que se trataba de un asesinato deliberado. Y además el asesino había utilizado un arma tan efectiva como sencilla, casi imposible de localizar y nada sensacionalista. Piedras redondas se pueden encontrar en cualquier parte y el hecho de poseer un calcetín negro, francés, es algo que no despierta fácilmente la atención de nadie.
El hombre que estaba en el coche había sido asesinado de un solo golpe. Luego el asesino había metido el cuerpo en un viejo coche abandonado y lo había arrojado al agua.
Con el tiempo, probablemente se lograría descubrir la identidad de la víctima, pero Mansson tenía la desagradable sensación de que esto no preocuparía demasiado al asesino. El caso parecía incómodo y difícil de resolver. Mansson tenía la impresión de que no se pondría en claro antes de que transcurriese bastante tiempo. Si es que llegaba a suceder.
22
Doris Märtensson regresó a su casa la noche del sábado, 20 de abril.
El lunes siguiente, a las ocho de la mañana, estaba de pie, contemplándose en el gran espejo de su dormitorio, admirando el bronceado de su piel y pensando en la envidia que iba a despertar entre sus compañeras de trabajo. En el muslo derecho tenía la marca de un mordisco amoroso y otras dos en su pecho izquierdo. Mientras se abrochaba el sujetador, iba pensando que durante la próxima semana tendría que ocultar estas huellas de su cuerpo, para evitar preguntas indiscretas y sus correspondientes explicaciones.
El timbre de la puerta sonó. Se puso el vestido por la cabeza, metió los pies en sus zapatillas y fue a abrir. El marco de la puerta estaba bloqueado por un gigantesco hombre rubio, que vestía un traje de tweed y un abrigo abierto y corto, deportivo.
La miró fijamente con sus ojos azul porcelana y dijo:
—¿Qué le ha parecido Grecia?
—Espléndida.
—¿No sabe usted que la Junta Militar griega permite que miles de personas se pudran en las cárceles políticas y que tortura a la gente hasta matarla, cada día? ¿Que cuelgan a las mujeres del techo en ganchos de hierro, y les queman los pezones con cuchillos de acero eléctricos?
—Nadie piensa en esas cosas cuando hace sol y todo el mundo baila y es feliz.
—¿Feliz?
Ella le miró con admiración y pensó cuánto debía favorecerla el contraste de su piel tostada con su vestido blanco. Era un verdadero hombre, eso saltaba a la vista. Grande y fuerte y rudo. Quizás algo brutal; perfecto.
—¿Quién es usted? —le preguntó con interés.
—Policía. Mi nombre es Larsson. A las once de la noche del siete de marzo de este año, usted recibió una falsa alarma por teléfono. ¿La recuerda?
—Sí, desde luego. Recibimos pocas veces falsas alarmas. De Ringvägen, en Sundbyberg.
—Muy bien. ¿Qué le dijo la persona que llamó?
—«Hay un incendio en una casa, en el treinta y siete de Ringvägen. En el entresuelo.»
—¿Era una mujer o un hombre?
—Un tío.
—¿Dijo algo más?
—No, sólo eso.
—¿Está segura de las palabras exactas?
—Sí, completamente.
Larsson sacó de su bolsillo varios trozos sueltos de papel y un bolígrafo y anotó algo.
—¿Observó usted algo más?
—Sí, cantidad de cosas.
El hombre pareció sorprendido, frunció el ceño y se quedó mirándola fijamente, con una mirada ávida en sus ojos azules. No podía negarse que los hombres suecos tenían algo especial, después de todo. Lástima de sus dichosas señales. Pero quizás él fuese un tipo sin prejuicios.
—Veamos. ¿Qué cosas eran?
—En primer lugar, llamaba desde un teléfono público. Oí el chasquido de la moneda antes de que le conectaran la llamada. Probablemente llamaba desde una cabina telefónica en Sundbyberg.
—¿Qué le hace suponer eso?
—Bueno, porque el sistema antiguo de llamadas todavía se utiliza en alguna de las cabinas de esa zona, a través de una línea directa con nosotros. En otras partes están intentando que ahora todas las llamadas se hagan con el número de emergencia. Al Centro de Alarma del Gran Estocolmo. ¿Comprende?
El hombre asintió y escribió en su trocito de papel.
—Pero yo repetí la dirección y luego dije: «¿Aquí en la ciudad? ¿Quiere decir, en Sundbyberg?» Entonces me dispuse a preguntarle su nombre y todo eso.
—¿Pero no lo hizo?
—No. El sólo dijo «Sí» y colgó el auricular. Parecía tener prisa. Pero las personas que llaman para notificar un incendio suelen estar alteradas y nerviosas.
—¿Así que él la interrumpió?
—Sí. Creo que no tuve tiempo ni de pronunciar el nombre de Sundbyberg.
—¿No?
—Bueno, lo dije. Pero él me interrumpió a media frase y dijo «Sí» y colgó el aparato. Por eso dudo que lo oyera.
—¿Sabía usted que al mismo tiempo había, en efecto, un incendio en la misma dirección, pero en Estocolmo?
—No. Había un incendio importante en Estocolmo a aquella hora. Recibí un aviso anunciándomelo desde la Central de Alarma unos diez o doce minutos después. Pero era en Sköldgatan. —Le lanzó una mirada penetrante y le dijo—: Dígame, ¿no es usted el tipo que salvó a todas aquellas personas de la casa incendiada?
El no contestó y después de una pausa ella continuó:
—Sí, era usted. Le reconozco por las fotografías. Pero no me imaginaba que fuera usted tan alto.
—No hay duda de que tiene usted buena memoria.
—En cuanto supe que era una falsa alarma, intenté recordar aquella conversación. Casi siempre, la policía se interesa por estos casos después. La policía de aquí, quiero decir. Pero esta vez no preguntaron nada.
Larsson frunció el ceño. Ese gesto le favorecía. La chica adelantó ligeramente la cadera derecha y a la vez dobló la rodilla de modo que el talón del pie se elevó sobre el suelo. Tenía unas bonitas piernas y además, ahora, bronceadas por el sol.
—¿Qué más recuerda? ¿Acerca del hombre?
—No era sueco.
—¿Un extranjero, entonces?
Frunció el ceño aún más y se quedó mirándole intensamente. ¡Lástima que llevara puestas las zapatillas! Tenía los pies bonitos, ella lo sabía. Y los pies pueden ser útiles.
—Sí —contestó—. Tenía un acento especial, bastante marcado.
—¿Qué acento era?
—No era alemán ni finlandés —contestó ella—. Y naturalmente, ni noruego ni danés.
—¿Cómo lo sabe?
—Conozco en seguida a los finlandeses y estuve... prometida a un muchacho alemán durante un tiempo.
—¿Diría usted que hablaba un sueco defectuoso?
—No, en absoluto. Entendí todo lo que dijo y hablaba con fluidez y muy de prisa. —Arrugó el entrecejo, como intentando recordar. Debía tener ahora un aspecto muy interesante—. Tampoco era español. Ni inglés.
—¿Americano? —sugirió él.
—Seguro que no.
—¿Cómo puede estar tan segura?
—Conozco a muchos extranjeros aquí, en Estocolmo —dijo ella—. Y durante las vacaciones suelo ir al sur, por lo menos dos veces al año. Quizás era francés. O quizás italiano. Más bien francés, como le dije.
—Pero esto es sólo una suposición, ¿verdad?
—Bueno, dijo ciertas palabras como casa de un modo que recordaban el acento francés.
El miró sus notas y dijo:
—Vamos a anotarlo palabra por palabra. Primero, el hombre dijo: «Hay un incendio en la casa del treinta y siete de Ringvägen.»
—No, él dijo: «Hay un incendio en la casa en el treinta y siete de Ringvägen, en el entresuelo». Y lo dijo con un acento que me pareció francés.
—¿Tuvo también relaciones con un chico francés?
—Bueno, conozco a algunos... Tengo varios amigos franceses.
—¿Cómo decía «el»?
—Con una e abierta, como si fuera de Skäne.
—Nos pondremos de nuevo en contacto con usted —aseguró él—. Es usted de lo mejor.
—¿No le gustaría...?
—Me refiero a lo de recordar cosas. Adiós.
—¿Es incluso posible que Olofsson hable el sueco con un acento fuerte y diga caza en lugar de casa y ziete en lugar de siete? —preguntó Gunvald Larsson, cuando se reunieron todos en la comisaría de Kungsholmsgatan, al día siguiente.
Los otros le miraron inquisitivamente.
—¿Y que diga entresuelo en lugar de planta baja?
Nadie contestó y también Gunvald Larsson se quedó silencioso durante un momento. Luego se volvió hacia Martin Beck y le dijo:
—Ese chico Skaky que tienes en Västerberga...
—Skacke.
—Sí, ése. ¿Se le puede utilizar?
—Depende.
—¿Sería capaz de recorrer Sundbyberg examinando todas las cabinas telefónicas.
—¿No puedes hacer que la policía de allí se encargue de eso?
—Ni lo sueñes. No, manda a ese chico allí. Que coja un mapa y señale todas las cabinas telefónicas en las que todavía existe el antiguo aviso con el número correspondiente al departamento de alarma de incendios de Sundbyberg.
—¿No podrías explicarte un poco mejor?
Gunvald Larsson se explicó y Martin Beck se frotó la barbilla, pensativo.
—Misterioso —dijo Rönn.
—¿Qué es lo misterioso? —preguntó Hammar, que acababa de entrar como un trueno en la habitación, con Kollberg detrás de él.
—Todo —dijo Rönn en tono lúgubre.
—Gunvald, se te acusa de negligencia en tu deber —soltó Hammar, agitando ante Gunvald un papel.
—¿Quién me acusa?
—Un subinspector llamado Ullholm, de Jolna. Dice que se le ha informado de que habías estado repartiendo propaganda bolchevique entre los bomberos, en aquella zona. Mientras estabas de servicio.
—Ah, Ullholm —dijo Gunvald Larsson—. No es la primera vez.
—¿Te acusó de lo mismo, entonces?
—No, había perjudicado la reputación del cuerpo, por decir una palabrota en la sala de guardia, en Klara.
—A mí también me acusó —dijo Rönn—.
El otoño pasado, después del crimen del autobús. Por no dar mi nombre y mi graduación cuando intentaba interrogar a un pobre viejo moribundo en el Hospital de Racolinska. A pesar de que era evidente que el hombre sólo tuvo conciencia unos treinta segundos antes de morir.
—Bueno, ¿cómo van las cosas? —preguntó Hammar en tono retador, recorriendo con una mirada toda la habitación.
Nadie le contestó y, pocos minutos después, Hammar salió de nuevo, para volver a sus interminables deliberaciones con fiscales, oficiales del cuerpo de policía y otros cargos más altos, quienes a su vez le preguntaban continuamente cómo iban las cosas. Necesitaba una considerable dosis de paciencia.
Martin Beck tenía un aspecto sombrío y pensativo. Además, había pillado su primer resfriado de primavera y tenía que sonarse cada diez o quince minutos. Por último dijo:
—Si Olofsson era la persona que telefoneó, pudo fingir la voz; después de todo, parece bastante probable que lo hiciera, ¿no creéis?
Kollberg meneó la cabeza y dijo:
—Pero Olofsson, ciudadano de Estocolmo, ¿hubiera llamado al departamento de bomberos de Sundbyberg?
—No. Exacto —aprobó Gunvald Larsson.
Esto fue aproximadamente lo que ocurrió el martes, 23 de abril.
El miércoles y el jueves fueron días sin ninguna novedad, pero cuando volvieron a reunirse el viernes Gunvald Larsson inquirió:
—¿Cómo le van las cosas a Tacky?
—Skacke —corrigió Martin Beck, estornudando.
—Es muy tranquilo —dijo Kollberg.
—Hubiera debido hacerlo yo mismo, desde luego —rezongó Gunvald Larsson, malhumorado—. Un trabajo de ese tipo no debería durar más de una tarde.
—Tenía una o dos cosas más que hacer, así que no pudo ocuparse de eso, prácticamente, hasta ayer —explicó Martin Beck, justificándolo.
—¿Qué otras cosas?
—Bueno, en realidad ahora tenemos otras cosas en que pensar, además de las cabinas telefónicas de Sundbyberg.
La búsqueda de Olofsson no avanzaba y no se veía la manera de intensificarla. Todo cuanto podía enviarse fuera se había enviado, desde descripciones y fotografías hasta huellas digitales y fichas dentales.
Para Martin Beck, las vacaciones de final de semana resultaron extraordinariamente incómodas. Sentía una inquietud continua por el caso, que parecía irremisiblemente estancado, y aparte del rápido desarrollo de su infección vírica recibió otro golpe de naturaleza aún más privada. Su hija Ingrid le anunció que pensaba irse de casa. No había nada anormal ni sorprendente en esto. Pronto cumpliría los diecisiete años y era una muchacha adulta en muchos aspectos. Era además sensata y madura. Tenía pues derecho a vivir su propia vida y hacer lo que mejor le pareciese. En verdad, hacía tiempo que su padre veía acercarse este momento, pero lo que no había sido capaz de prever era su propia reacción. Se quedó con la boca seca y se sintió ligeramente mareado. Estornudó, sin poderlo evitar, pero no dijo nada; la conocía bien y sabía que no había tomado la decisión a la ligera, sin pensar la situación a fondo.
Y para aumentar sus dificultades, su mujer comentó lo sucedido, en tono frío y práctico:
—Será mejor que vayamos pensando en lo que Ingrid tiene que llevarse cuando se vaya. Y no debes preocuparte por ella; esa chica sabe arreglarse sola. Lo sé bien; he sido yo quien la ha educado.
Para añadir el insulto a su pena, eso era en gran parte verdad.
Su hijo, de trece años, recibió el anuncio de forma aún más lacónica. Se encogió simplemente de hombros y dijo:
—Muy bien. Así podré quedarme con su cuarto. Los enchufes eléctricos están mejor colocados allí.
Durante la tarde del sábado, en un momento dado Martin Beck se encontró a solas con Ingrid en la cocina. Estaban sentados uno frente al otro ante la mesa cubierta con un plástico, en la que tantas veces habían tomado leche con cacao juntos, tantas mañanas durante tantos años. De pronto, ella alargó la mano y la puso sobre la suya. Se quedaron silenciosos unos segundos. Luego ella tragó saliva y dijo:
—Ya sé que no debería decirte esto, pero voy a hacerlo de todos modos. ¿Por qué no haces lo mismo que yo? ¿Por qué no te vas?
El la miró sorprendido, pero Ingrid no apartó su mirada.
—Sí, pero... —dijo él vacilante, y luego se calló.
Simplemente, no sabía qué decir.
Pero sabía ya que a menudo volvería a pensar en aquella breve conversación durante mucho tiempo.
El lunes, día 29, tuvieron lugar, prácticamente al mismo tiempo, dos acontecimientos.
Uno de ellos no fue extraordinariamente importante. Skacke entró en el despacho y puso un informe sobre la mesa de Martin Beck. Estaba bien escrito y era todo lo minucioso que se podía exigir. Según sus averiguaciones, había seis cabinas telefónicas en Sundbyberg en las que todavía quedaban los antiguos anuncios. Además otras dos probables, es decir, en las que los anuncios podían haber estado todavía el siete de marzo, pero de las que, a partir de esa fecha se habían quitado. En Solna no existían cabinas telefónicas con ese tipo de avisos. Nadie le había pedido a Skacke que investigara todo esto, pero, evidentemente, él lo había hecho de todos modos. Martin Beck estaba sentado ante su mesa con la espalda inclinada, golpeando los papeles con el índice derecho. Skacke se mantenía a una distancia de dos metros y tenía un gran parecido con un perro sentado, con las patas delanteras levantadas y pidiendo un terrón de azúcar. Quizá debería decirle algo halagador, antes de que Kollberg entre y empiece con sus sarcasmos acostumbrados, pensó Martin Beck indeciso.
En ese momento el problema quedó resuelto por la llamada del teléfono.
—Sí. Soy Beck.
—Hay un inspector que quiere hablar con usted. No pude entender bien su nombre.
—Póngame con él... Sí, aquí Beck.
—Hola. Soy Per Mansson, de Malmö.
—Hola. ¿Cómo estás?
—No del todo mal. Siempre un poco deprimido los lunes. Y además hemos tenido todo ese jaleo con el partido de tenis. Contra Rhodesia, ya sabes. —Mansson calló durante la un largo rato y luego dijo—: Creo que estáis buscando a alguien llamado Bertil Olofsson, ¿no es cierto?
—Sí.
—Lo he encontrado.
—¿Ahí abajo?
—Aquí en Malmö, sí. Muerto. Lo encontramos hace tres semanas, pero hasta hoy no he sabido quién era.
—¿Estás seguro?
—Sí, en todo caso, en un noventa por ciento. La huella dental de la mandíbula superior coincide. Y es bastante especial.
—¿Y todo lo demás? Las huellas digitales, el resto de los dientes, y...
—No hemos encontrado la mandíbula inferior. Y no pudimos comprobar las huellas digitales. Ha estado en el agua, durante mucho tiempo me temo.
Martin Beck se enderezó.
—¿Cuánto tiempo?
—Por lo menos dos meses, según dice el médico.
—¿Y cuándo lo sacasteis del agua?
—El lunes, día ocho. Estaba dentro de un coche en el fondo del puerto. Un par de chiquillos...
—¿Significa que debía estar muerto el siete de marzo? —interrumpió Martin Beck.
—¿El siete de marzo? Ah, sí. Por lo menos hacía ya un mes, o quizá más. ¿Cuándo se le vio por última vez ahí, donde estás tú?
—El tres de febrero. Tenía que irse al extranjero, entonces.
—¿Tenía que irse? Bien. Esto me ayuda a fijar la fecha. Debieron matarlo entre el cuatro y el ocho de febrero, más o menos.
Martin Beck se quedó callado. Era, sin embargo, demasiado fácil comprender lo que esto significaba. Cuando la casa de Sköldgatan se incendió, hacía un mes que Olofsson había muerto. Melander tenía razón. Habían seguido una pista falsa.
Mansson tampoco dijo nada.
—¿Qué aspecto tiene? —preguntó Martin Beck.
—Extraño. Condenadamente extraño. Le mataron con una piedra metida dentro de un calcetín y lo metieron dentro de un viejo coche abandonado, como ataúd. No había nada dentro del coche ni entre sus ropas. Excepto el arma y dos tercios de Olofsson.
—Iré por ahí tan pronto como pueda —dijo Martin Beck—. O irá Kollberg. Luego tendrás que venir tú aquí, supongo.
—¿Tengo que hacerlo? —dijo Mansson con un suspiro.
Para él, la Venecia del Norte era algo así como las puertas del Infierno.
—Bueno, ésta es una historia complicada —alegó Martin Beck—. Peor de lo que puedes imaginarte.
—Oh, me lo supongo —dijo Mansson con suave ironía—. Entonces, hasta pronto.
Martin Beck colgó el auricular, miró a Skacke con aire ausente y le dijo:
—Has hecho un buen trabajo.
23
Era la víspera de Walpurgis y la primavera había llegado por fin, al menos en la parte sur de Suecia. El avión de la mañana procedente de Bromma aterrizó puntualmente a las nueve menos cinco en Bulltofta, en Malmö, y dejó en tierra un puñado de hombres de negocios junto a un inspector jefe pálido y sudoroso. Martin Beck tenía un resfriado y dolor de cabeza y no le gustaba volar; el líquido que las Líneas Aéreas escandinavas llamaban café no le había ayudado a sentirse mejor. Mansson le esperaba en la salida, grande, sólido, de anchas espaldas, con las manos en los bolsillos de su abrigo y el primer mondadientes del día en la boca.
—Hola —dijo—. Pareces decaído.
—Lo estoy —reconoció Martin Beck—. ¿Hay un lavabo cerca de aquí?
La víspera de Walpurgis es un día importante en Suecia, un día en el que la gente se viste ropas de primavera, se emborracha y baila. Son felices, comen bien y esperan la llegada del verano. En Skäne, los bordes de las carreteras están floridos y las hojas empiezan a brotar. Y en el campo, el ganado pace la hierba de primavera y las otras cosechas están ya sembradas. Los estudiantes se ponen sus gorras blancas y los líderes de los sindicatos sacan sus banderas rojas de las bolsas antipolillas y tratan de recordar el texto de Los hijos del trabajo. Pronto será el primero de mayo y el momento de llamarse de nuevo socialista durante un corto lapso de tiempo, y, durante la simbólica marcha de la manifestación incluso la policía presta atención cuando la banda toca la Internacional. Ya que lo único que los policías tienen el deber de hacer es dirigir el tráfico y evitar que nadie escupa a la bandera norteamericana, o que alguien que intente realmente decir algo se infiltre entre los manifestantes.
El último día de abril es un día de preparativos: para la primavera, para el amor y para los cultos políticos. Es un día feliz, especialmente si el tiempo es bueno.
Martin Beck y Mansson pasaron este día feliz examinando los restos de Bertil Olofsson y dando vueltas alrededor del viejo coche que estaba tristemente parado en el aparcamiento de la policía. Examinaron también la piedra y el calcetín negro, el molde de los dientes de la mandíbula superior de Olofsson, y pasaron un largo rato hojeando el informe de la autopsia. No dijeron gran cosa, pero la verdad era que no había nada especial que decir. Mansson preguntó en una ocasión:
—¿Existe alguna conexión entre Olofsson y Malmö? ¿Aparte del hecho de que le asesinaran aquí?
Martin Beck meneó la cabeza. Luego dijo:
—Parece que Olofsson se dedicaba especialmente a coches robados. Algo de drogas, también. Pero sobre todo coches, que repintaba y a los que ponía matrículas falsas. Luego les procuraba cédulas de identificación, los sacaba fuera del país, probablemente para venderlos en el extranjero. Parece muy probable que por lo menos pasase por la ciudad bastante a menudo. Y quizás incluso se quedara aquí de vez en cuando. Y sería raro que no tuviera aquí algunos conocidos.
Mansson asintió.
—Evidentemente, se trata de un pobre ejemplar —dijo, más bien para sí—. Y además en mal estado físico. Por eso el médico se equivocó al calcular su edad. Un tipo miserable y desgraciado.
—Lo mismo puede decirse de Malm —aseguró Martin Beck—. Pero eso no mejora las cosas, ¿no es cierto?
—No, claro que no —dijo Mansson.
Unas horas más tarde estaban sentados en el despacho de Mansson mirando hacia el patio asfaltado, con sus coches blancos y negros, aparcados, y algunos policías que vigilaban de vez en cuando.
—Bueno —dijo Mansson—. Nuestro punto de partida no es tan malo como parece.
Martin Beck le miró con cierta sorpresa.
—Sabemos que Olofsson estaba en Estocolmo el tres de febrero y el doctor asegura que murió lo más tarde el siete. El tiempo real se reduce a tres o cuatro días. Probablemente encontraré a alguien que lo conocía, aunque me cueste.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de eso?
—Esta ciudad no es muy grande y los círculos en los que Olofsson se movía son todavía más pequeños. Tengo ciertos contactos. El hecho de que hasta ahora no me hayan servido de mucho se debe a que no sabían a quién buscaba. Y estoy tentado de dejar que la prensa se ocupe de esta historia.
—No podemos publicar nada. Y en todo caso sería cosa del fiscal público.
—Ese no es mi modo de hacer las cosas.
—¿Pero no vas a implicarnos a nosotros?
—Lo que ocurre en Estocolmo no me interesa lo más mínimo —dijo Mansson con apasionamiento—. Y todo eso del fiscal es sólo una cuestión de forma. Por lo menos aquí.
Martin Beck regresó a su casa en avión aquella noche. Llegó a Estocolmo alrededor de las diez, y dos horas después estaba echado en su sofá-cama en la sala de estar de Bagarmossen, con la luz apagada.
Pero no dormía.
En cambio su mujer sí dormía y sus ronquidos ligeros y regulares se oían claramente a través de la puerta cerrada.
Los chicos habían salido. Ingrid estaba pintando posters para la manifestación juvenil del día siguiente, y Rolf probablemente había ido a una fiesta sin padres, con cerveza y música de tocadiscos.
Se sentía solo. Echaba de menos algo. Por ejemplo, el deseo de entrar en la habitación y rasgar el camisón de su mujer. Pensó que, por lo menos, debería sentir el deseo de hacerlo con alguna otra persona, con la mujer de otro, por ejemplo. Y en este caso, ¿de quién?
Estaba todavía despierto cuando, a las dos, llegó Ingrid. Probablemente su mujer debía haberle dicho que no regresara más tarde. Rolf, en cambio, no tenía horario fijo, a pesar de ser cuatro años menor que su hermana, bastante menos inteligente y muy lejos de poseer el instinto de propia defensa y la capacidad de cuidar de sí misma que caracterizaba a ésta. Era un chico, claro está.
Ingrid entró en el living, se inclinó y le besó ligeramente en la frente. Olía a sudor y a pintura.
«Ridículo», pensó su padre.
Otra hora pasó antes de que pudiera conciliar el sueño.
Martin Beck llegó a la comisaría de Kungsholm la mañana del dos de mayo y se encontró en medio de una conversación entre Kollberg y Melander.
—¡Es ridículo! —exclamó Kollberg, dando un puñetazo en la mesa que hizo saltar todo lo que había en ella, excepto Melander.
—Sí, es curioso —dijo Melander con voz grave.
Kollberg estaba en mangas de camisa y se había aflojado la corbata y desabrochado el cuello. Se inclinó sobre la mesa y dijo:
—¿Curioso? Quizá los curiosos seamos nosotros. Alguien pone una bomba en el colchón de Malm. Creemos que es Olofsson. Pero Olofsson había muerto hacía un mes porque alguien le abrió el cráneo y metió su cuerpo en un coche viejo abandonado y lo condujo hasta arrojarlo al mar. Y ahora nosotros estamos aquí como pájaros en un desierto.
Se calló, para recobrar el aliento. Melander no dijo nada. Los dos saludaron con la cabeza a Martin Beck, pero maquinalmente, como si no estuviera allí en realidad.
—Si suponemos que existe una conexión entre el intento de asesinar a Malm y el asesinato de Olofsson...
—Esto es sólo una suposición, a pesar de todo —dijo Melander—. No tenemos ninguna prueba que demuestre que tal conexión existe. Aunque parece poco probable que los dos acontecimientos sean totalmente independientes.
—Perfectamente correcto. Coincidencias así son poco probables. Así que hay motivos para suponer que el tercer componente de esta historia tiene una conexión natural pon los otros dos.
—¿Te refieres al suicidio? Al hecho de que Malm se matase.
—Claro.
—Sí —dijo Melander—. Tal vez lo hizo porque sabía que el juego se había acabado.
—Exacto. Y porque pensó que era más agradable abrir las llaves del gas en comparación con lo que le esperaba si no lo hacía.
—Estaba asustado, en resumen.
—Y tenía muy buenas razones para estarlo.
—La conclusión sería entonces que no esperaba que le permitiesen seguir viviendo —dijo Melander—. Que temía que le matasen. Pero si era así, ¿quién era el presunto asesino?
Kollberg reflexionó. Luego dio un salto adelante en su reflexión y dijo:
—¿Quizá fue Malm quien mató a Olofsson?
Melander cogió media manzana del cajón de su mesa, cortó un trozo con un cortapapeles y lo metió en su bolsa de tabaco.
—No parece muy probable —dijo sin levantar los ojos—. Me resulta difícil imaginar que un desgraciado como Malm fuera capaz de cometer un crimen de ese calibre. Moral- mente, quizá no hubiera tenido escrúpulos, pero el hacerlo requería además la capacidad de dirigir los detalles técnicos.
—Excelente, Frederik. Tu lógica es impecable. Bien, ¿qué conclusiones sacamos de todo esto?
Melander no dijo nada.
—¿Cuáles son las brillantes consecuencias lógicas? —preguntó Kollberg obstinadamente.
—Que se deshicieron de los dos, Olofsson y Malm —contestó Martin Beck, con cierta resistencia.
—¿Quién?
—No lo sabemos.
—No. Eso es verdad, en efecto. Pero por lo menos podemos deducir, maldita sea.
—Sí —dijo Melander—. Probablemente tienes razón.
—Es el trabajo de un profesional —murmuró Martin Beck para sí.
—Exacto —asintió Kollberg—. Un profesional. Sólo ellos usan cosas como una piedra dentro de un calcetín y esa condenada bomba.
—De acuerdo —dijo Melander.
—Y por esta razón estamos sentados aquí, rascándonos la cabeza, con los ojos saliéndose de las órbitas como si hubiéramos visto un milagro. Porque sólo hemos tratado con aficionados y hemos estado haciendo lo mismo tanto tiempo que también nosotros nos hemos convertido en una especie de amateurs.
—El noventa y ocho por ciento de todos los crímenes son de amateurs. Incluso en los Estados Unidos.
—Eso no es una excusa.
—No —dijo Melander—. Pero es una explicación.
—Un momento —atajó Martin Beck—. Esto encaja con otros puntos, además. Desde que Gunvald escribió su memorándum o como lo llamen, he estado pensando en algunas cosas.
—Sí —dijo Kollberg—. ¿Por qué la persona que puso la bomba en la cama de Malm fue después a telefonear al departamento de bomberos?
Treinta segundos después contestó a su propia pregunta:
—Porque era un profesional. Un criminal profesional. Su trabajo consistía en acabar con Malm y no tenía el menor interés en ver a diez personas más muertas también.
—Hum —gruñó Melander—. Ese argumento tiene cierto sentido. He leído que los profesionales son a menudo menos sanguinarios que los aficionados.
—Yo he leído lo mismo —dijo Kollberg—. Ayer. Y si miramos el otro lado de la moneda y pensamos en un típico amateur como nuestro respetado colega de otros tiempos, Hedin, el policía que mató a nueve personas en Skäne hace diecisiete años, en ese caso no pesaron sobre él tales consideraciones. Incendió todo un asilo de ancianos sólo porque pensó que su prometida estaba en juego.
—Pero estaba loco —alegó Martin Beck.
—Todos los aficionados que matan están mentalmente enfermos, aunque sea tan sólo en el momento en que cometen el crimen. Los profesionales no son así.
—Pero ahora ya no hay profesionales del crimen en Suecia —dijo Melander, pensativo.
Kollberg le lanzó una mirada inquisitiva y dijo:
—¿Pero qué prueba hay de que ese individuo sea sueco?
—Si es extranjero, entonces encaja con el informe de Gunvald —dijo Martin Beck.
—En primer lugar y principalmente, encaja con nuestras suposiciones —dijo Kollberg—. Y ya que estamos haciéndolas, podríamos continuar con ellas. ¿Creéis, por ejemplo, que quienquiera que fuese el que puso la bomba en la cama de Malm y le partió el cráneo a Olofsson está ahora en Suecia? ¿Creéis que esperó siquiera hasta el día siguiente para salir de aquí?
—No —contestó Melander—. ¿Por qué iba a hacerlo?
—Claro, no tenemos ninguna prueba de que se trate del mismo asesino —dijo Kollberg, ceñudo.
—Es cierto —asintió Melander—. Esa es otra pequeña cuestión.
—Sí —dijo Martin Beck—. Hay una cosa que hace probable esa suposición. Para cometer el crimen en Malmö y provocar el incendio en Sköldgatan, es preciso un cierto conocimiento local del país.
—Hum —hizo Kollberg, frunciendo los labios—. Alguien que haya estado aquí, en Suecia, antes.
—Alguien que hable el sueco bastante bien —dijo Melander.
—Alguien que conozca algo de Estocolmo y de Malmö.
Este era Kollberg.
—Pero que al mismo tiempo tenga un conocimiento lo suficientemente incompleto para cometer la equivocación de dar la alarma a la estación de bomberos de Sundbyberg, en lugar de la de Estocolmo.
Este era Martin Beck.
—Y por cierto, ¿quién pudo dar la dirección de la casa en Sköldgatan, treinta y siete Ringvägen? —preguntó de pronto Kollberg—. Aparte de las personas del departamento de autopistas, de algunos policías. Aparte del personal administrativo, quiero decir.
—Alguien que tuviera la dirección escrita, en lugar de tenerla señalada en un mapa —respondió Melander encendiendo la pipa.
—Una persona con un conocimiento limitado de las calles de la ciudad —dijo Martin.
—Un extranjero —agregó Kollberg—. Un profesional extranjero. En ambos casos utiliza un arma que nunca se había usado en Suecia. Hjelm mantiene que el mecanismo explosivo fue inventado en Francia y llegó a usarse con frecuencia en Argelia. Si un gángster sueco hubiera querido matar a Olofsson, lo habría hecho con un trozo de cañería o con una cadena de bicicleta.
—El truco de la piedra dentro del calcetín fue utilizado durante la guerra —dijo Martin Beck—. Lo emplearon espías y agentes especiales, gentes de este tipo. Gentes a las que se encargaba liquidar a los colaboracionistas y a otros individuos considerados indeseables. Personas que no se atrevían a correr el riesgo de que si los perseguían les encontrasen con un cuchillo o una escopeta encima.
—Hubo casos como ésos en Noruega —manifestó Melander.
Kollberg se rascó su cabeza rubia.
—Sí, todo eso está muy bien —dijo—. Pero debe haber alguna razón.
—Sin duda —afirmó Martin Beck—. La conexión entre Malm y Olofsson parece más evidente. ¿Por qué causa los asesinos profesionales suelen deshacerse de ciertas personas?
—Porque son incómodas —dijo Melander—. Es fácil imaginar la relación entre Olofsson y Malm. Probablemente, eran los que robaban los coches. En todo caso se ocupaban de los coches robados.
—En algunas ocasiones, un coche robado no tiene mucho valor para el ladrón —dijo Martin Beck—. Suele venderlo muy barato, al precio que le ofrecen.
—Y Olofsson y Malm repintaban los coches y se procuraban matrículas y papeles falsos. Luego los pasaban a través de la frontera. A algún país en el que o bien los vendían ellos mismos, o simplemente los entregaban a alguien.
—Lo último parece lo más probable, ¿no es cierto? —dijo Kollberg. Sacudió la cabeza, irritado, y continuó—: Junto con alguna otra persona, o con varias, eran los que dirigían la rama sueca de una importante empresa relacionada con muchos otros asuntos. Pero debieron cometer alguna equivocación y la «empresa» decidió deshacerse de ellos.
—Sí, algo parecido —asintió Melander.
Kollberg adoptó una expresión pesimista y dijo:
—¿Y qué creéis que nos dirá la gente de aquí cuando les expongamos esta teoría? ¿Quién diablos se va a creer una cosa así?
Nadie contestó a la pregunta y unos treinta segundos después Kollberg cogió el teléfono y marcó un número; esperó y luego dijo:
—¿Einar? Estoy en el despacho de Melander. ¿Podrías venir un momento?
Menos de treinta segundos después, Rönn apareció en la puerta. Kollberg le miró seriamente y le dijo:
—Hemos llegado a la conclusión de que Malm y Olofsson trabajaban para un sindicato criminal internacional, una especie de Mafia. Creemos también que esta mafia se cansó de ellos y mandó un asesino extranjero, pagado, para acabar con ellos.
Rönn recorrió con la mirada los rostros de los hombres que tenía delante. Por último exclamó:
—¿A quién se le ha ocurrido semejante tontería? Esas cosas sólo pasan en las películas y en los libros. ¿O me estáis tomando el pelo?
Kollberg se encogió de hombros expresivamente.
24
Benny Skacke había señalado las ocho cabinas telefónicas en el mapa de la ciudad de Sundbyberg con cruces negras. Luego, con la ayuda de un compás había trazado un círculo alrededor de cada cruz. A pesar de que algunas de las cabinas estaban situadas en el centro de Sundbyberg y varios de los círculos se sobreponían entre sí, las secciones marcadas por los círculos cubrían un área de más de un kilómetro cuadrado. Gunvald Larsson no confiaba demasiado en los resultados de su investigación cuando envió a Skacke para descubrir en esta zona densamente poblada alguna huella del hombre que había telefoneado desde allí al departamento de bomberos, el día siete de marzo. Que el hombre hubiese llamado desde una de las ocho cabinas no era más que una suposición, y aun cuando esto resultase cierto, el problema de encontrar una persona de la que no se sabía nada, excepto que hablaba sueco con un acento extranjero, continuaba sin resolver.
Skacke, sin embargo, aceptó el encargo con gran entusiasmo y, después de recibir alguna ayuda poco entusiasta de la policía de Solna-Sundbyberg durante las primeras semanas, se quedó solo en su tarea. Su trabajo consistía en visitar a los inquilinos de todos los edificios situados dentro de las áreas rodeadas por los círculos, e incluso para un joven de piernas acostumbradas al ejercicio, resultaba algo cansado. Pero Skacke era obstinado, y a pesar de que Gunvald Larsson y Martin Beck hacía tiempo que habían perdido toda esperanza de obtener algún resultado y ya no se preocupaban ni de preguntarle cómo iban las cosas, él continuó llamando a las puertas de Sundbyberg siempre que tenía un momento libre. Por la noche se desplomaba literalmente en la cama y durante las últimas semanas había abandonado su programa de ejercicios y los estudios de leyes. También había descuidado a Mónica, lo que era aún peor.
Skacke había conocido a Mónica ocho meses antes, mientras los dos participaban en un concurso de natación. Desde entonces se habían visto cada vez con mayor frecuencia y, aunque en realidad nunca habían hablado claramente de matrimonio, daban por supuesto que se cambiarían de casa para vivir juntos tan pronto como encontrasen un apartamento aceptable. Skacke vivía en una pensión y Mónica, que tenía veinte años y estudiaba para fisioterapeuta, vivía todavía en casa de sus padres.
Cuando Mónica le telefoneó la noche del dieciséis de mayo, y por séptima vez en aquella semana no consiguió ninguna cita con él, se quedó algo desconcertada.
—¿Es que tienes que hacer tú todos los trabajos en ese maldito cuerpo de policía? —dijo enfadada—. ¿O no hay otros policías?
Era la primera vez que Benny Skacke oía esa pregunta, pero probablemente no sería la última. La mayoría de sus superiores, sin exceptuar a Martin Beck, oían a menudo a sus esposas preguntar lo mismo y hacía tiempo que habían dejado de intentar contestarla. Pero Benny Skacke no lo sabía. Por consiguiente respondió:
—Claro que hay. Estoy decidido a encontrar al tipo que llamó desde una cabina en Sundbyberg, pero desgraciadamente tengo otros deberes que cumplir. De todos modos, mañana me dedicaré todo el día a llamar a las puertas, así que he pensado levantarme temprano y no tengo más remedio que irme a dormir temprano. —Oyó a Mónica aspirar con fuerza para decir algo y añadió rápidamente—: No te enfades conmigo, querida. Claro que quiero verte, pero tengo que dedicarme al trabajo si quiero llegar a alguna parte.
Mónica no se calmó y por fin colgó con fuerza el aparato después de amenazarle con salir con un entrenador de gimnasia llamado Rulle. Skacke conocía muy bien a este odioso individuo. Se le consideraba no sólo excepcionalmente guapo, sino que había demostrado ser superior a Skacke en la mayor parte de las ramas del deporte, incluyendo la natación. El fútbol era en realidad el único deporte en el que Skacke podía afirmar con cierta seguridad que sobresalía, y a menudo soñaba con el día en que pudiera atraer al caballero en cuestión a un campo de fútbol, de la manera que fuese. Se trastornó de tal manera al pensar en Mónica con aquel idiota engreído, que tuvo que beber dos vasos de leche para calmarse antes de llamarla otra vez.
En el momento en que iba a coger el auricular, el teléfono sonó de nuevo. Era Mónica, maravilla de las maravillas, arrepentida y pidiéndole que la perdonase, y después de hablar durante más de una hora, decidieron encontrarse en Sundbyberg al día siguiente y comer juntos, algo tarde, después de que Mónica hubiese acabado sus clases en la escuela.
El viernes por la mañana, Skacke se marchó directamente a su querido Sundbyberg para continuar la Operación llamapuertas. Cada día había tachado en su mapa las zonas que había cubierto, y había hecho además una lista de los apartamentos en los que no había encontrado a nadie. La oficina de Inmigración le había proporcionado otra lista, en la que constaban los ciudadanos no escandinavos registrados en Sundbyberg, con sus direcciones. Había salido antes de las siete con la intención de ir a algunas de las direcciones de la Costa, que todavía no había visitado, antes de que la gente se hubiese ido al trabajo.
Hacia las nueve había reducido a la mitad el número de nombres de la lista, pero éste era el único resultado conseguido.
Benny Skacke atravesó Sundbyberg en dirección al barrio residencial que había decidido visitar aquel día. Entró en un parque que ascendía suavemente hacia un grupo de altos edificios en la cima de una colina. El parque no parecía artificial; era más bien un trozo de campo que había sido respetado y al que se le había permitido, con una generosidad desacostumbrada, permanecer allí cuando se planificó la zona. La hierba a cada lado del camino era fresca y verde, y algo más lejos, entre los pinos de una ladera boscosa, rocas de granito gris y piedras recubiertas de musgo sobresalían de la tierra cubierta de agujas de pino. El camino por el que andaba no estaba ni asfaltado ni enarenado, sino que se había ido formando con el continuo tránsito de las personas que pasaban por él y lo habían abierto por entre los abedules y los robles. La luz del sol se filtraba a través del ligero follaje y lanzaba trémulas manchas de oro sobre la tierra seca y dura del camino y las viejas raíces de los árboles. Skacke aminoró la marcha y de pronto percibió el aroma de la pinaza y de la tierra caldeada por el sol, pero sólo por un momento. La próxima vez que aspiró aire, sólo pudo oler los vapores de la gasolina y el olor rancio del aceite de freír que despedía un grill abajo en la calle. Skacke pensaba en Mónica. Tenían que encontrarse a las tres y estaba esperando ese momento. Pocas veces había transcurrido toda una semana sin verse.
En el primer edificio halló a alguien en todos los apartamentos excepto en dos. Nadie conocía a ningún extranjero que hubiera vivido allí al principio de marzo, ni habían oído nada sobre una llamada de alarma al departamento de bomberos. En el edificio siguiente había dos extranjeros, pero uno era finlandés y hablaba un sueco bastante incomprensible y sin el acento que Doris Märtensson había descrito. El otro era un italiano que se había quedado a salvo en su casa de Milán el día siete de marzo. Sin habérselo pedido le enseñó su pasaporte sellado con la fecha correspondiente. ¿Tenían alguna de estas dos personas amigos que fueran extranjeros? Sí, tenían cantidad de amigos extranjeros, ¿y qué?
Sí, era una pregunta ociosa.
Cuando Skacke acabó con los edificios en lo alto de la pendiente, eran cerca de las doce y tenía hambre. Entró en un café en los bajos de uno de los altos bloques y pidió cacao y un canapé de queso. El local estaba vacío, exceptuando a Skacke y la camarera. Después de servirle ésta volvió al mostrador y se quedó mirando con aire de aburrimiento por la ventana. Fuera había una gran plaza de ese tipo de espacios que habitualmente se encuentran entre edificios altos en la mayoría de los suburbios de Estocolmo, y a los que pocas veces se llaman plazas sino centro comercial y, preferiblemente, piazza, probablemente en un patético intento de los planificadores de la ciudad para dar a estos desolados desiertos de piedra cierto aire mediterráneo.
La puerta se abrió y un hombre entró cautelosamente. Llevaba un gorro ajustado de terciopelo azul y en la mano una bolsa vacía de nylon. Atravesó lentamente la habitación y lanzó a Skacke una mirada astuta bajo sus fruncidas cejas. Cuando vio a la camarera, sus ojos castaños empezaron a brillar y extendiendo los brazos dijo en un finlandés mezclado con sueco:
—¡Dios mío, señorita!, tengo una resaca terrible. Dígame, ¿cómo se llama esa excelente bebida sin alcohol que suele darme otras veces?
—Tom Collins —contestó la chica.
—Sí. Deme ocho latas en seguida, querida. Pero que estén frías. Frías como una cascada de las montañas del Tíbet.
Le alargó la bolsa y la chica desapareció en el interior de la casa. El hombre del gorro rebuscaba en su portamonedas con expresión preocupada. Skacke oyó cerrarse la puerta de la nevera y la camarera volvió con la bolsa llena de latas de bebida.
—¿Supongo que no podrá usted fiarme? —preguntó el hombre.
—Sí, no se preocupe —dijo la chica—. Usted vive aquí, señor, de modo que... Sí, no debe preocuparse —repitió como una cantinela.
El hombre se guardó el portamonedas y cogió la bolsa.
—Bueno, entonces magnífico. Quizás hoy no sea un día tan malo, después de todo.
Se dirigió hacia la puerta. Entonces se volvió y dijo:
—Es usted un ángel, señorita. Le traeré el dinero el lunes. Adiós.
Skacke empujó su copa y sacó el mapa de uno de sus bolsillos interiores. El mapa empezaba a tener un aspecto usado y había tenido que pegarlo en las partes marcadas por los dobleces. Tachó la zona alrededor de la plaza. Luego miró la hora y calculó que podría recorrer los edificios del otro lado de la cuesta antes de encontrarse con Mónica. Si lo hacía, habría cubierto una amplia zona de la ciudad, ya que había recorrido antes los edificios más antiguos de la calle principal, en la parte baja de la pendiente. Los edificios de la parte alta eran modernos, pero no tan altos como los que estaban en la ladera.
A las dos y veinte, Skacke había recorrido todos los edificios, excepto el que estaba en una de las esquinas al final de la cuesta. En esa esquina había una de las cabinas telefónicas en las que el aviso con el número del departamento local de bomberos todavía continuaba allí.
En la entrada de este edificio, había un hombre de pie bebiendo cerveza. Arrojó la botella delante de sus narices y dijo algo que en un principio parecía incomprensible. Entonces Skacke se dio cuenta de que el hombre era noruego y lo que decía era que estaba celebrando el diecisiete de mayo. Skacke le enseñó su carnet y le informó con voz severa y autoritaria que estaba prohibido tomar bebidas alcohólicas en la calle. El hombre le miró alarmado y Skacke dijo:
—Como no es usted sueco, le perdonaré por esta vez. Deme la botella y lárguese.
El hombre le dio la botella medio vacía y Skacke vertió el resto de la cerveza en la alcantarilla. Luego atravesó la calle y arrojó la botella a la papelera. Cuando dio media vuelta vio al noruego que desaparecía por la esquina y le miraba por encima del hombro, con ojos inexpresivos.
Skacke tomó el ascensor hasta el último piso y llamó al timbre de las tres puertas del rellano, una tras otra. No apareció nadie y escribió los tres nombres en su lista para repetir las visitas. Luego bajó al siguiente piso.
Abrió la puerta una mujer con el pelo teñido de color rojo y unas gafas con montura de plástico verde. En las raíces tenía pelo gris y aparentaba unos sesenta años. Skacke repitió su alocución por dos veces antes de que ella entendiese lo que le preguntaba.
—Ah, sí —dijo—. Alquilo una de mis habitaciones. Es decir, solía hacerlo antes. ¿Un extranjero, dice usted? ¿A principios de marzo? Déjeme ver. Sí, creo que fue a principios de marzo cuando un francés vivió aquí. ¿O era árabe? No lo recuerdo bien.
En aquel momento, se hubiera podido derribar a Skacke con una pluma.
—¿Árabe? —repitió él—. ¿Qué lenguaje hablaba entonces?
—Sueco, aunque no demasiado bien. Pero lo suficiente para que se le pudiera entender.
—¿Recuerda exactamente cuándo vivió aquí?
Skacke no se había fijado en el nombre escrito en la puerta antes de tocar el timbre y ahora se inclinó hacia un lado fingiendo sonarse la nariz mientras echaba una ojeada al nombre que había sobre el buzón. Tuvo el tiempo justo de ver el nombre de Borg antes de que la mujer abriese la puerta del todo y le dijera:
—¿No quiere usted entrar?
Entró en el recibidor y cerró la puerta. La pelirroja le precedió en el apartamento. Señaló un sofá azul afelpado, junto a la ventana, y Skacke se sentó en él. La mujer fue hacia un escritorio, abrió uno de los cajones y sacó un libro de cuentas, de cubiertas marrón rojizo.
—Voy a decirle en seguida cuándo fue —dijo la mujer, hojeando el libro—. Siempre anoto el alquiler aquí, y ese hombre fue el último que ocupó la habitación, de modo que no va a ser difícil... Aquí está. El cuatro de marzo, pagó una semana por adelantado. Pero, cosa curiosa, se marchó antes, a los cuatro días. El día ocho, exactamente. No pidió el dinero sobrante de los tres días que faltaban.
La mujer cogió el libro y se sentó ante la mesita frente al sofá.
—Pensé que era algo curioso. ¿Por qué lo busca? ¿Qué ha hecho?
—Estamos buscando a una persona que quizás pueda ayudarnos en la investigación de cierto caso —contestó Skacke—. ¿Cómo se llamaba?
—Alfonse Lasalle.
Pronunció la e de Alfonse y de Lasalle, por lo que Skacke dedujo que no hablaba con demasiada facilidad el francés. Lo mismo le ocurría a él, por otra parte.
—¿Cómo fue que usted le alquiló la habitación? —preguntó Skacke.
—¿Cómo ocurrió? Bueno, yo alquilaba una de mis habitaciones, como le dije. Eso fue antes de que mi marido cayera enfermo y tuviese que pasar el día en casa. No quería extraños en la casa entonces, así que le dije a la agencia que nos borrara del registro hasta nuevo aviso.
—¿De modo que usted recibía a los inquilinos a través de una agencia? ¿Cómo se llama?
—Agencia Svea. Está en Sveavägen. Nos han proporcionado inquilinos desde el sesenta y dos, el año en que alquilamos este apartamento.
Skacke sacó su libreta y su pluma. La mujer le miraba inquisitivamente mientras escribía.
—¿Qué aspecto tenía? —preguntó, con la pluma preparada.
La mujer irguió la cabeza y miró al techo.
—Bueno, vamos a ver cómo puedo describírselo —dijo—. Tenía el aspecto de un mediterráneo. Moreno y bastante bajo. De pelo espeso y negro, que crecía desde bastante abajo en la frente y en las sienes. Un poco más alto que yo; yo mido metro sesenta. Una nariz bastante grande, un poco aguileña, y cejas rectas y negras. Bastante corpulento, pero no grueso.
—¿Qué edad cree usted que tenía?
—Bueno, unos treinta y cinco años, diría yo, quizá tuviera cuarenta. Es difícil decirlo.
—¿Hay algo más que usted recuerde sobre su aspecto? ¿O algo especial en algún sentido?
Estuvo pensando un momento; luego meneó la cabeza.
—No creo. No estuvo aquí mucho tiempo, ¿sabe usted? Era amable y parecía bien educado. Iba bien vestido.
—¿Cómo hablaba?
—Tenía un acento extranjero, ¿comprende? Sonaba de un modo curioso.
—¿No puede usted describirme su acento un poco más? ¿Recuerda algo especial que dijese?
—Pues bien, no sé. Decía zeñorita en lugar de señorita y cosas parecidas. Es difícil recordarlo después de tanto tiempo, y a mí me cuesta imitar los acentos bien.
Skacke pensaba que debía preguntarle otras cosas. Mordió su pluma y miró a la mujer del pelo rojo.
—¿Qué hacía aquí? ¿Era un turista o tenía algún trabajo? ¿Qué horarios seguía?
—Es difícil decirlo —dijo la señora Borg—. No tenía mucho equipaje, sólo una maleta. Y salía algunas veces, casi siempre por la mañana y no regresaba hasta bastante tarde, por la noche. Por supuesto, tenía su propia llave, así que yo no me enteraba muchas veces de cuándo regresaba. Era muy tranquilo y discreto.
—¿Suele usted permitir a sus inquilinos usar el teléfono? ¿Recuerda si hizo algunas llamadas?
—No, no les permito usarlo, pero si alguien tiene que hacer alguna llamada, por supuesto puede hacerla. Pero este Lasalle nunca lo hizo, que yo sepa.
—¿Hubiese podido utilizar el teléfono sin que usted lo notase?
—En todo caso, no a horas avanzadas de la noche. Tengo enchufes supletorios en el recibidor y en el dormitorio, y siempre me llevo el teléfono conmigo por la noche.
—¿Recuerda usted cuándo regresó a casa el siete dé marzo? ¿La última noche que estuvo aquí?
La mujer se quitó las poco favorecedoras gafas, las miró, las frotó con su falda y volvió a ponérselas.
—La última noche —repitió—. No creo que le oyese regresar. Suelo irme a la cama alrededor de las diez y media, pero no estoy absolutamente segura de cuándo me acosté esa noche.
—Quizá podría usted pensar en todo esto, señora Borg, y yo volveré a ponerme en contacto con usted, por si recuerda algo más —dijo Skacke.
—Sí, desde luego —contestó ella—. Lo haré.
El anotó el número de teléfono en su agenda negra.
—Señora Borg, usted dijo antes que Lasalle fue su último inquilino...
—Sí, así es. Pocos días después de su marcha, Josef se puso enfermo. Me refiero a mi marido. Tuve que telefonear y cancelar el compromiso con alguien a quien le había ofrecido la habitación.
—¿Puedo ver la habitación?
—Por supuesto.
Se levantó y le enseñó el camino. La puerta de la habitación daba al vestíbulo, frente a la puerta de salida. La habitación tendría poco más de veinte metros cuadrados y había en ella una cama, una mesita de noche y un armario grande y antiguo, con espejos ovalados en las puertas.
—El cuarto de baño está tras la puerta de al lado —dijo la mujer—. Mi esposo y yo tenemos el nuestro junto a nuestro dormitorio.
Skacke asintió y miró a su alrededor. La habitación era tan impersonal como la de un hotel de tercera clase.
La mesa, situada junto a un sillón, estaba recubierta por un mantel de hilo a cuadros y sobre el escritorio había una carpeta. Dos grabados y una guirnalda de flores artificiales pendían de las paredes. La alfombra, la colcha de la cama y las cortinas estaban desgastadas y descoloridas por los frecuentes lavados.
Skacke cruzó la habitación hasta la ventana que daba a la calle. Desde allí se veía la cabina telefónica en la esquina y la papelera en la que había echado la botella de cerveza del noruego.
Más abajo, en la calle, un reloj en la fachada de una relojería marcaba las tres y diez minutos. Miró su reloj. Eran, en efecto, las tres y diez minutos.
Benny Skacke se despidió apresuradamente de la señora Borg y bajó corriendo de dos en dos las escaleras.
En la entrada, se acordó de algo, se metió precipitadamente en el ascensor y subió otra vez hasta el quinto piso. La mujer le miró sorprendida, ya que no esperaba que volviera tan pronto.
—¿Ha limpiado usted la habitación, señora Borg? —le preguntó, casi sin poder respirar.
—¿Limpiar? Claro, he...
—¿Ha quitado el polvo y pulido los muebles y todo lo demás?
—Bien, acostumbro a limpiar antes de que un nuevo inquilino venga a instalarse aquí. La habitación puede estar vacía varios días, en ocasiones varias semanas, por eso lo que hago es arreglar la cama, vaciar los ceniceros y airear el cuarto cuando alguien lo deja. ¿Qué quiere usted decir? ¿Por qué lo pregunta usted?
—Por favor, no toque nada. Tenemos que volver y ver si encontramos alguna huella. Huellas digitales y todo eso.
La mujer prometió no entrar en la habitación.
Skacke se despidió y volvió de nuevo a bajar corriendo las escaleras.
Corrió hacia el lugar de su encuentro con Mónica, preguntándose al mismo tiempo si por fin había conseguido dar con algo importante.
Cuando llegó al restaurante donde Mónica le había estado esperando durante veinticinco minutos, en su imaginación se veía ya ascendido un paso más cerca de convertirse en jefe de policía.
Pero en Kungsholmsgatan, Gunvald Larsson le preguntó:
—¿Cómo vestía?
Y diez segundos después:
—¿Qué clase de abrigo llevaba? ¿Qué traje? ¿Zapatos, calcetines, camisa, corbata? ¿Usaba brillantina? ¿Cómo eran sus dientes? ¿Fumaba? Y si lo hacía, ¿qué y cuánto fumaba? ¿Cómo dejaba la ropa de la cama después de dormir? ¿Dormía con pijama o usaba camisón? ¿Le servía ella el café por la mañana? Por ejemplo.
Y después de otros treinta segundos:
—¿Por qué esa absurda mujer no envió la notificación al registro? Así se hace habitualmente cuando se tiene a un extranjero en casa. ¿Miró su pasaporte? ¿Asustaste como debías a esa vieja bruja?
Skacke le lanzó una mirada desolada y dio media vuelta para marcharse.
—Espera un momento, Racky.
—Sí.
—Envía inmediatamente a esa casa uno de esos chicos de las huellas digitales.
Skacke se fue.
—¡Idiota! —rezongó Gunvald Larsson dirigiéndose a la puerta cerrada.
Encontraron en efecto varias huellas digitales en la habitación de la casa de Sundbyberg. Cuando se eliminaron todas las que eran de la señora Borg y de Skacke, quedaron otras tres, una de las cuales era la huella de un pulgar preservada por una brillantina grasienta y espesa.
El martes, día veintiuno de mayo, enviaron copias de las huellas digitales a la Interpol. ¿Qué otra cosa podían hacer?
25
El lunes, después del día de la Ascensión, Martin Beck llamó a Malmö y preguntó cómo iban las cosas.
Hammar le acababa de decir:
—Llame a Malmö y pregunte cómo van las cosas.
Beck sintió haber hecho la pregunta en el momento en que oyó la voz de Mansson y recordó de pronto las innumerables veces, durante varios años, cuando era él quien había recibido la misma pregunta idiota, hecha por quienes ocupaban cargos superiores. De la prensa. De su mujer. De colegas tontos. De conocidos curiosos. «¿Cómo van las cosas?»
Sin embargo, carraspeó y dijo:
—¡Hola! ¿Cómo van las cosas?
—Bien —contestó Mansson—. Cuando tenga algo que decirte te avisaré.
Lo que era, naturalmente, la contestación que se merecía.
—Pregúntale si hay alguna novedad en el asunto, en términos generales.
—¿Hay alguna novedad, en términos generales?
—¿Sobre Olofsson?
—Sí.
—¿Quién está murmurando ahí detrás?
—Hammar.
—Ah, ya —dijo Mansson—. ¿De modo que eso es lo que pasa?
—Pregúntale si ha tenido en cuenta el aspecto internacional —dijo Hammar.
—¿Has tenido en cuenta el aspecto internacional? —repitió Martin Beck.
—Sí —dijo Mansson—. Lo he tenido en cuenta.
Hubo un momento de silencio. Martin Beck tosió, embarazado. Hammar salió del despacho dando un portazo.
—Sí. Escucha, no quiero...
—Ya, ya —dijo Mansson—. Estoy acostumbrado a ese tipo de historias. En cuanto a Olofsson...
—¿Sí?
—Es evidente que no era muy conocido por aquí. Pero tengo un par de pistas. Gente que al menos saben quién era. No puede decirse que fuera muy popular. Dicen que era un charlatán y algunas cosas más. Creen que era...
—¿Sí?
Mansson calló de nuevo.
—¿Sí?
—El habitual maldito insolente de Estocolmo —soltó Mansson enfáticamente, en un tono de voz que daba a entender que también él estaba bastante de acuerdo con la expresión.
—¿Sabían en lo que andaba metido?
—Sí y no. Mira, entre todos mis contactos, sólo he encontrado a dos personas que admitan conocerle por su nombre y que afirmen haber estado con él alguna vez. El solía aparecer por aquí de vez en cuando y ellos le veían sólo esporádicamente. Tienen la impresión de que acostumbraba a venir desde Estocolmo cuando venía aquí. Conducía un coche nuevo y fanfarroneaba mucho, pero no parecía tener tanto dinero como aparentaba. Casi nunca se quedaba en Malmö más de un día o dos, pero alguna vez estaba aquí varios días seguidos. Ninguno de estos individuos parece haberle visto la última vez. De todos modos, uno de ellos estaba en la cárcel el invierno pasado y no salió hasta la primavera.
Silencio. Martin Beck no dijo nada. Al cabo de un rato, Mansson empezó a hablar de nuevo:
—Bueno, todo esto no está todavía completamente claro, de modo que no sé si vale la pena decirte lo poco que sé. He conseguido algunas informaciones, pero no acaban de encajar del todo. Algunas de ellas las he obtenido a través de esos dos contactos, y en parte las he descubierto yo mismo.
—Sí, ya comprendo —dijo Martin Beck.
—Olofsson iba a menudo a Polonia —continuó Mansson—. Eso está claro. El traje que llevaba puesto cuando le encontramos procedía de allí.
—¿Lo que significa que probablemente vendía los coches allí?
—Sí. Es posible —dijo Mansson—. Pero la cuestión es saber si esto nos sirve de mucho. Más importante es...
Se detuvo.
—¿Qué?
—Que Malm y Olofsson se encontraron aquí en diferentes ocasiones; parece un hecho cierto también. En todo caso, les vieron juntos aquí.
—¿Sí?
—Sí, pero no este año. Malm era más conocido que Olofsson. Y la gente le apreciaba más. Mis dos informadores los encontraron juntos por lo menos una o dos veces, y tuvieron la impresión de que trabajaban juntos... Bueno, no era eso lo que quería decir. Lo que me parece más importante, quiero decir.
—¿Y eso no lo es?
—Hay mucho que está todavía oscuro —dijo Mansson vacilando—. Por ejemplo, Olofsson debió de haber vivido en algún sitio mientras estaba aquí. O bien alquilaba una habitación o vivía con alguien. Pero no he podido descubrir dónde o con quién.
—Claro, no debe ser fácil.
—Bueno, espero que lo averiguaré a su tiempo. Lo que sí sé es por dónde andaba Malm cuando estaba aquí. Solía vivir en fon- duchas de mala muerte en la parte oeste. Alrededor de Västergatan y Mäster Johansgatan, ya sabes.
Martin Beck no conocía demasiado bien Malmö y estos nombres no le decían nada.
—Bien —dijo, a falta de algo mejor que decir.
—Oh, eso fue fácil —prosiguió Mansson—. No creo que sea importante. Lo otro, en cambio...
Martin Beck empezaba a sentirse ligeramente irritado.
—¿A qué otra cosa te refieres?
—Bueno, al lugar donde vivía Olofsson.
—Quizás estaba sólo unas horas de vez en cuando, de paso, o para encontrarse con Malm.
—Mira —dijo Mansson—, yo no lo creo. Tenía una guarida en algún sitio. Pero, ¿dónde?
—¿Cómo diablos voy a saberlo? Y por cierto, ¿cómo lo sabes tú?
—Tenía una amiga aquí —dijo Mansson.
—¿Cómo? ¿Una chica?
—Sí, eso es. Le vieron con ella varias veces, en ocasiones muy diferentes. La primera vez, hace por lo menos dieciocho meses, y la última, que yo sepa, poco antes de Navidad.
—Tenemos que encontrarla.
—Eso es precisamente lo que estoy haciendo ahora —aseguró Mansson—. Sé algo de ella, qué aspecto tiene y cosas por el estilo, pero no sé su nombre ni dónde vive. —Se calló durante un momento. Luego dijo—: Es extraño.
—¿Qué es lo extraño?
—Que no puedo encontrarla. Si está en la ciudad, tendría que poder dar con ella.
—Se me ocurren muchas explicaciones—dijo Martin Beck—. Quizá no sea de Malmö. Puede ser una chica de Estocolmo, por ejemplo. Y posiblemente, ni siquiera es sueca.
—No —aseguró Mansson—. Creo que es de aquí. Bueno, veremos. Ya la encontraré.
—¿Tú crees?
—Sí, estoy seguro. Pero quizá tarde algún tiempo. Por cierto, me voy de vacaciones en junio.
—Ah, ya —dijo Martin Beck.
—Sí. Pero después seguiré buscándola, claro está —concluyó Mansson tranquilamente—. Cuando la encuentre, te informaré. Eso es todo por ahora.
—Adiós —dijo Martin Beck.
Se quedó sentado con el teléfono en la mano bastante rato, aunque el otro había colgado ya. Suspiró y se sonó la nariz.
Evidentemente, Mansson era persona a la que era preferible dejarle resolver las cosas a su manera.
26
El sábado, primero de junio, Mansson se fue a Rumania en avión con su mujer. Había planeado sus tres semanas de vacaciones cuidadosamente y no regresó hasta después de la fecha prevista, a mediados de verano, un lunes, día veinticuatro, para ser más exactos.
Debió llevarse consigo todos sus conocimientos del caso del hombre ahogado, junto con sus pensamientos y posibles teorías sobre la vida de Olofsson y sus deplorables actividades, porque en general no se oyó apenas nada de Malmö, y literalmente nada de interés llegó a oídos de Martin Beck.
Mansson no era en absoluto la única persona que estaba de vacaciones en junio. A pesar de las diversas y constantes insinuaciones sobre el deber de la policía de no tomarse vacaciones hasta pasadas las elecciones, el cuerpo policíaco había disminuido considerablemente, o por lo menos sus dirigentes habían desaparecido con una asombrosa rapidez. Las elecciones generales tenían que celebrarse en septiembre, por lo que julio y agosto iban a ser probablemente meses difíciles, y la mayoría de los policías intentaron transformar sus teóricas vacaciones reglamentarias en unas auténticas. Melander se retiró a su casa de campo en Varmdö, y Gunvald Larsson y Rönn desaparecieron discretamente en Arjeplog, donde pudieron gozar del sol de medianoche y pasar las espléndidas noches de verano pescando.
Hablaron principalmente de truchas asalmonadas y de las diferentes clases de moscas y de anzuelos. De vez en cuando, el rostro de Rönn se ensombrecía y no contestaba cuando le hablaban. En estas ocasiones pensaba en el coche de bomberos desaparecido, pero nunca hablaba de ello.
Hammar sólo pensaba en su próximo retiro y deseaba que nada importante se interfiriese durante el tiempo que le quedaba.
Martin Beck meditaba sobre su estado de indiferencia, que le llevaba incluso a no importarle el tener o no vacaciones. En Västerberga se llenaba el día con ocupaciones rutinarias y dedicaba el tiempo libre a pensar en cómo arreglárselas para no verse obligado a celebrar la fiesta de San Juan con su mujer y su cuñado.
Kollberg era inspector jefe y le habían trasladado a la Sección de Homicidios de Estocolmo, y se sentía a disgusto en ambas situaciones. Odiaba la oficina de Kungsholmsgatan, parecida a un horno, y sudaba, juraba y añoraba en los momentos libres estar en casa con su mujer, que era lo único que le gustaba en realidad.
Melander se dedicaba a cortar leña y a pensar cariñosamente en su poco atractiva mujer, mientras ella, desnuda sobre una manta detrás de la casa, tomaba el sol.
En Euphoria, junto al mar Negro, Mansson contemplaba aburrido el horizonte de un color gris paloma de la avenida Potemkin, y se preguntaba cómo en un país donde la temperatura era de 40 grados a la sombra y en el que no existía el zumo de uva se había conseguido establecer el socialismo y llevar a término su plan quinquenal en tres años.
Casi tres mil kilómetros más al norte, Gunvald Larsson se calzaba las botas y se ponía su chaqueta de sport, mientras miraba despectivamente el horrible jersey de Rönn, de lana, tejido a máquina y de color rojo, azul y verde con dibujos de alces en la parte delantera.
Rönn permanecía impasible; en aquel momento estaba pensando en el coche de bomberos.
Benny Skacke, sentado en su despacho, revisaba un informe que acababa de redactar. Se preguntaba cuánto tardaría en llegar a ser jefe de policía y dónde estaría cuando llegase a serlo.
Todos estaban pensando en sus cosas.
Nadie pensaba en Malmö en Olofsson, ni en la niña de catorce años que se había abrasado viva en el ático de la casa de Sköldgatan. Al menos, eso parecía.
En esta víspera de San Juan, viernes, veintitrés de junio, Martin Beck tomó una decisión que le hizo sentirse realmente culpable por primera vez, desde la época en que a sus quince años había falsificado la firma de su madre en una nota de excusa por enfermedad para la escuela; se trataba de escaparse para ir a contemplar el buque particular de guerra de Hitler que en aquellos días visitaba Estocolmo.
Lo de Martin Beck era algo insignificante y a la mayoría de la gente le hubiera parecido completamente natural. En realidad, no podía considerarse como un delito, ya que decir una mentira, si no se ha colocado antes la mano sobre la Biblia y no se ha jurado decir la verdad, no lo es.
Simplemente, le había dicho a su mujer que no podía ir con ella y con su hijo Rolf porque le habían encargado un trabajo que le obligaba a estar de servicio durante los días de fiesta.
Era una mentira directa, que él había dicho en voz alta y clara mirando a su mujer directamente a los ojos. Durante uno de los días más largos y hermosos del año y bajo el sol de verano. Y además, la mentira era el resultado de una conspiración y de un plan, por lo que había otra persona implicada en el asunto, que había prometido no decir nada si surgían preguntas inoportunas.
Esta persona era el inspector jefe en funciones.
Su nombre era Sten Lennart Kollberg, y su función como investigador era demasiado evidente para que pudiera considerarse dudosa.
El fondo del asunto podía dividirse en dos partes: en primer lugar, la profunda repugnancia de Martin Beck ante la perspectiva de dos o, en el peor de los casos, tres días odiosos, en compañía de su mujer y de su cuñado, aficionado a la bebida, días que se hacían aún más intolerables porque su hija Ingrid estaba en Leningrado siguiendo un curso de idiomas y no estaría por tanto cerca para aliviar su malhumor. En segundo lugar, Kollberg podía disponer libremente de la casa de verano de sus suegros en Sörenland y ya había trasladado allí cantidades considerables de alimento y de bebidas.
Pero, a pesar de tener buenas o, en todo caso, suficientes razones para justificar su conducta, Martin Beck se tomó muy en serio su mentira. Se dio cuenta de que no solía comportarse mal y como consecuencia esta situación le resultaba especialmente extraña. Años después, sabría también que en este momento estaba implícito el origen de un cambio tardío en su vida entera. Esto no tenía nada que ver con el hecho de ser policía, ya que no existen indicios de que los policías en general mientan menos que el resto de los mortales, ni de que los policías suecos lo hagan con menor frecuencia que los de otros países. Datos comprobados, en efecto, apuntan a que lo cierto es precisamente lo contrario.
Para Martin Beck se trataba de una cuestión de ética personal; había adoptado una actitud y trataba de justificarla ante sí mismo y como consecuencia había alterado ciertos valores personales, fundamentales. Si esto iba a significar una ganancia o una pérdida en el balance de su vida privada, sólo el futuro podría decirlo.
En todo caso, por primera vez durante largos años disfrutó de un fin de semana agradable y casi exento de problemas. La única cosa que le preocupaba era su mentira, pero sin demasiada dificultad dejaba que de momento se esfumase en lo íntimo de su conciencia.
Kollberg era un magnífico organizador y conspirador, y su compañía resultó una elección muy afortunada. La palabra policía se mencionaba muy raramente y el trabajo habitual, el detestable y ensombrecedor servicio desapareció casi por completo de la escena.
Ocurrió sólo en cierta ocasión, mientras Martin Beck estaba sentado sobre la hierba en un suave y lento atardecer, en compañía de Asa Torell, de Kollberg y de algunas personas más, contemplando la vara de mayo que habían plantado y alrededor de la cual habían bailado. En aquel momento estaban ya bastante fatigados y llenos de picaduras de mosquitos, y Martin Beck dejaba vagar sus pensamientos.
—¿Creéis que llegaremos a descubrir algún día quién era realmente el individuo de Sundbyberg? —dijo.
Y Kollberg, muy contundente, contestó:
—No.
Y Asa Torell:
—¿A qué individuo de Sundbyberg os referís?
Era una mujer joven, vivaz, con aptitudes diversas y con un espíritu especialmente inquisitivo.
Y Kollberg dijo de pronto:
—Sí. ¿Sabéis lo que creo? Creo que este caso explotará en nuestras narices. Lo mismo que empezó. —Bebió un largo trago de vino, extendió los brazos y dijo—: ¡Así! ¡Bum! Lo mismo que empezó, y entonces todo habrá concluido.
—Ah, es eso. Ahora ya sé de lo que estáis hablando. ¿Delante de las narices de quién?
—De las mías, por supuesto —contestó Kollberg—. Yo soy el único a quien este asunto no le importa nada. De todos modos, si sigues hablando como un policía te pegaré un tiro.
Asa Torell estaba, de hecho, a punto de entrar en el cuerpo de policía.
En otro momento, Martin Beck y ella intercambiaron algunos comentarios sobre el tema. Él le preguntó:
—Esta decisión de entrar en el cuerpo de policía, ¿fue algo que se te ocurrió cuando mataron a Ake?
Ella jugueteó, pensativa, con el cigarrillo que tenía entre los dedos y dijo:
—Bueno, no exactamente. Sólo quiero tener un trabajo diferente. Cambiar de vida. Y además creo que hacemos falta.
—¿Qué? ¿Mujeres en las fuerzas de policía?
—Gente sensata —explicó ella—. Piensa en la cantidad de locos que hay en el cuerpo.
Luego se encogió de hombros, sonrió y se fue andando con los pies descalzos sobre la hierba.
Era una mujer esbelta, de grandes ojos castaños y pelo corto y oscuro.
No ocurrió ninguna otra cosa de interés y el domingo Martin Beck regresó a su casa, con una ligera resaca pero contento y sin demasiado peso en la conciencia.
El avión que transportó a Per Mansson desde el caluroso aeropuerto de Constanta al de Bulltoffa en Malmö, mucho más aireado, era un Yliushin 18, plateado y brillante, un avión de propulsión por turbinas, procedente de Taron. Como el viento era bastante fuerte en el sureste, el avión voló en un amplio círculo sobre Orensund antes de iniciar el descenso para aterrizar finalmente en territorio sueco. Era un delicioso día de verano y desde su asiento junto a la ventana se divisaba claramente Salthom y Copenhague, y unos cinco vapores de pasajeros que parecían inmóviles sobre las blancas olas ondulantes, a lo largo de la activa ruta entre Malmö y Dinamarca. Un poco después vio Industrihammen, el lugar en el que hacía aproximadamente tres meses se había visto implicado en el rescate de un viejo coche y de un cadáver. Pero como todavía no estaba de servicio, dejó de pensar en ello.
Seguía mirando fijamente al exterior. En realidad lo hacía para no mirar a su mujer. La verdad era que había vuelto a enamorarse de ella después de los primeros días de solaz y juegos, pero ahora, después de tres semanas de estar diariamente juntos, se sentían cansados el uno del otro y Mansson volvía a sentir la atracción de su apartamento de soltero en Regemenststagan, y de sus noches solitarias con un palillo entre los dientes y un Gripenberger helado al alcance de la mano. Y tampoco mentiríamos si dijéramos que deseaba volver a contemplar la desolada vista de los bloques y del asfalto que se divisaba desde su comisaría.
Malmö no era en realidad una ciudad tan idílica y tranquila como parecía desde el aire. Por el contrario, Mansson se vio ya desde las primeras semanas de servicio envuelto en un verdadero torbellino del mundo del crimen en todas sus variantes, desde los disturbios políticos hasta las peleas con navaja y el formidable atraco a un banco planeado en Malmö, y que había llevado de cabeza a la policía de medio país hasta que se consiguió resolverlo.
Tenía mucho que hacer, así que hasta el tercer lunes de julio no empezó a pensar de nuevo seriamente en el asunto de Olofsson. Aquella noche, ya tarde, dedujo las consecuencias de lo que había visto durante su aterrizaje en Malmö y que completaban la cadena de pensamientos que de un modo oscuro e inconsciente había empezado a formularse en el avión.
Ahora que por fin había conseguido relacionar entre sí las diferentes piezas de su razonamiento, todo era muy sencillo, casi evidente. Eran las once y media de la noche y acababa de prepararse una bebida. Sin pensar en lo que hacía, la apuró de un trago, se levantó de la butaca y se metió en la cama.
Estaba convencido de que no tardaría en encontrar la respuesta a la pregunta que más le había preocupado de todo el caso Olofsson.
27
La primera mitad de julio fue húmeda y fría. Muchos de los que ya estaban de vacaciones, animados por el cálido y agradable tiempo de junio, decidieron disfrutar del benigno verano sueco en lugar de viajar al sur de Europa y luego, decepcionados, tuvieron que quedarse contemplando la lluvia desde sus tiendas de campaña o desde la puerta de sus remolques, mientras soñaban en las playas mediterráneas inundadas de sol. Pero cuando a mediados de la semana siguiente de vacaciones apareció el sol, vibrante y cálido en el cielo claro y azul, y la humedad empezó a evaporarse de la tierra olorosa y de la vegetación, cesaron las maldiciones sobre el suelo patrio y los orgullosos suecos se pusieron sus brillantes vestidos de fiesta y se dispusieron a conquistar sus campos.
Vehículos relucientes y brillantes se deslizaban por las carreteras a cuyos lados familias con equipos de camping, mochilas de picnic, termos y provisiones de alimentos habían dejado sus coches por un momento, para instalarse entre los desechos al borde de la carretera. Asfixiados por el polvo y por los gases, escuchaban el interminable lamento de sus transistores mientras hacían comentarios sobre los coches que pasaban, y miraban la vegetación polvorienta y languideciente del otro lado de la carretera, y compadecían a las pobres gentes que se veían obligadas a quedarse en la ciudad.
Martin Beck no necesitaba que le compadeciesen por haber tenido que quedarse en la ciudad y no tener vacaciones en el mes de julio. Por el contrario, ésta era la época en la que prefería estar en Estocolmo. Habitualmente, evitaba tomar las vacaciones en julio; a pesar de todo, quería a su ciudad natal y le gustaba moverse en ella sin empujones, sin prisas, sin verse amenazado por el creciente tráfico, ni sentirse medio ahogado por sus gases intoxicantes. Le gustaba pasearse por las calles tranquilas y vacías del centro de la ciudad en un domingo caluroso de julio, o andar por los muelles al anochecer, saboreando la brisa de la tarde que traía consigo el perfume del heno recién cortado de alguna pradera cercana al Malar, o la brisa del mar y de las algas marinas de las islas.
El martes, 16 de julio, sin embargo, no pudo hacer ninguna de esas cosas; estaba sentado en mangas de camisa delante de su mesa de trabajo en Västerberga, aburriéndose. Durante la mañana había dado por concluido un caso de homicidio tan claro e inequívoco como triste y sin sentido. Un yugoslavo y un finlandés habían estado juntos en un camping; se habían peleado y el finlandés había apuñalado al yugoslavo con un cuchillo ante una docena de testigos desconcertados.
El finlandés había logrado escapar del lugar del crimen, pero le habían detenido la misma tarde en un vagón vacío de tren en la Estación Central. Tenía tras él una larga lista de crímenes, en Finlandia y en Suecia, y además había entrado ¡legalmente en el país, ya que hacía sólo un mes le habían deportado por dos años.
Después de esto, Martin Beck había despachado una serie de trabajos de rutina y estaba sentado mirando por la ventana con aire ausente. Kollberg continuaba todavía en sus funciones de inspector jefe y tenía su oficina temporal en Kungsholmen. Skacke había salido a algún recado; Martin Beck lo había enviado con un encargo, pero no podía recordar de qué se trataba. Oyó pasos en el pasillo, ruido de puertas al cerrarse, el teclear de las máquinas de escribir y las voces en la habitación contigua. Por un momento pensó en salir y preguntar si alguien quería acompañarle a tomar una taza de café, pero no lo hizo porque en realidad no tenía ningunas ganas de tomarlo.
Martin Beck levantó su carpeta y cogió la lista de cosas por hacer que guardaba allí. Tenía una memoria muy buena, pero desde hacía algún tiempo sentía que empezaba a fallarle y decidió anotar todo lo que no podía atender de un modo inmediato pero que tendría que recordar más adelante. El aspecto menos convincente de este sistema era que durante largos periodos solía olvidarse de la existencia de la lista, y ésta permanecía en su escondite sin que él pensara para nada en ella.
En efecto, todos los asuntos que había anotado en la lista excepto dos los había resuelto sin necesidad de consultarla. Cogió el bolígrafo y los tachó mientras intentaba recordar lo que significaba el nombre escrito al principio. Ernst Sigurd Karlsson. Al final estaba escrito el nombre de Zachrisson, el policía al que Martin Beck quería pedirle una descripción más detallada de la conducta de Malm mientras le habían seguido la pista. El otro policía que había compartido el trabajo de vigilar a Malm ya había informado detalladamente, pero a Zachrisson sólo le habían interrogado superficialmente a su paso por allí después del incendio. Y ahora estaba fuera y no podía contar con él.
Martin Beck encendió un Florida, se reclinó en la silla y sopló el humo directamente hacia el techo.
—Ernst Sigurd Karlsson —dijo a media voz.
Y en ese momento recordó quién era el hombre. Una persona, completamente desconocida para él, había escrito su nombre en una libreta de notas antes de pegarse un tiro. Martin todavía no sabía por qué. En realidad, no era extraño que personas que él no conocía le conocieran. Como inspector jefe y como investigador de crímenes, se le mencionaba con frecuencia en los periódicos y se había visto obligado a aparecer varias veces en la televisión. Volvió a colocar la lista bajo la carpeta. Luego se levantó y se dirigió a la puerta. Después de todo, pensó, una taza de té no le sentaría mal.
El lunes, veintidós de julio, Zachrisson regresó de sus vacaciones y Martin Beck le mandó llamar inmediatamente por la mañana.
Ahora estaba sentado en el despacho de Martin Beck, en Västerberga, carraspeando y leyendo en voz alta y monótona el informe previamente escrito en un bloc de notas. Horas y lugares se sucedían ordenadamente. De vez en cuando levantaba los ojos y completaba lo que iba leyendo con lo que recordaba haber visto.
Los últimos diez días de Göran Malm estaban impregnados de melancólica monotonía. Según el informe, Malm acostumbraba a pasar la mayor parte del día en dos cervecerías de Homsgatan. Casi siempre regresaba solo a su casa, medio borracho, alrededor de las ocho. En dos ocasiones había comprado bebidas alcohólicas y se había llevado con él a una prostituta. Era evidente que andaba muy corto de dinero. La muerte de Olofsson debió dejarle en una situación difícil. El día antes de morir, Zachrisson le había visto de pie delante de una de sus habituales guaridas durante casi una hora, pidiendo limosna para poder tomarse una cerveza.
—¿Así que estaba completamente arruinado? —murmuró Martin Beck.
—Intentó pedir dinero el mismo día que murió —dijo Zachrisson—. Eso creo por lo menos. Fue a ver a alguien... —Volvió la página de su libreta—. A las nueve cuarenta del diecisiete de marzo salió de Sköldgatan y fue al número cuatro de Karlviksgatan.
—Karlviksgatan —repitió Martin Beck.
—Sí, en Kungsholmen. Tomó el ascensor hasta el cuarto piso y a los pocos minutos volvió a salir otra vez. Parecía nervioso y tenía un aspecto especial, lo que me hizo suponer que había intentado pedir dinero prestado a alguien que no estaba en casa o que se lo había negado.
Zachrisson miró a Martin Beck esperando un elogio por sus esfuerzos de deducción. Pero Martin Beck le miraba sin verlo y dijo:
—Número cuatro de Karlviksgatan. ¿Dónde he oído eso antes? —Luego miró a Zachrisson y le preguntó—: Probablemente has debido explicar todo esto antes de ahora, ¿no es cierto?
Zachrisson asintió.
—Desde luego, al inspector jefe Kollberg —contestó—. Porque él me pidió que comprobara los nombres de todos los que vivían en el edificio.
—¿Sí?
Zachrisson miró su libreta de notas.
—No había muchos —dijo—. Seved Blom, A. Svenson, Ernst Sigurd Karlsson...
Karlviksgatan es una calle corta y poco conocida, que va desde Norr Mälarstrand hasta Hantverkargatan, bastante cerca de Friedhemsplan. Martin Beck tardó diez minutos en llegar hasta allí. No sabía lo que encontraría, ya que Ernst Sigurd Karlsson había muerto hacía cuatro meses y medio.
Tres escalones más arriba encontró el nombre de Seved Blom y de A. Svenson, pero en la tercera puerta había una placa nueva con el nombre de Skog. Martin Beck llamó al timbre, pero nadie acudió a la puerta. Llamó a la puerta de al lado.
Martin Beck, en cuanto pudo deshacerse de Zachrisson, había telefoneado a los policías que estuvieron en el apartamento de Ernst Sigurd Karlsson la mañana después de su suicidio. Por ellos se enteró de quién había avisado a la policía.
El capitán Seved Blom hizo entrar inmediatamente a Martin Beck y empezó a explicarle que estaba haciendo solitarios cuando oyó el disparo. Estaba encantado de poder contar de nuevo su dramática historia y le describió con todo detalle lo que había ocurrido. Martin Beck le escuchó y luego le preguntó:
—¿Qué sabe usted sobre el hombre muerto? ¿Solía hablar con él?
—No. Nos saludábamos cuando nos encontrábamos, pero no teníamos ninguna otra relación. Parecía un hombre muy retraído.
—¿Vio usted alguna vez a alguno de sus amigos?
El capitán Blom negó con la cabeza.
—No parecía tenerlos. Estaba siempre ahí dentro, silencioso, y nadie vino nunca a visitarlo. Sin embargo, cosa curiosa, un conocido vino a verlo aquella mañana. Aquella misma mañana. Un hombre pequeño y andrajoso. Yo estaba precisamente sacando la basura, la ambulancia se había ido ya y los policías también. Entonces llegó ese hombre y llamó al timbre. Le pregunté quién era y qué quería, y cuando comprendí que era un conocido de Karlsson le dije lo que había pasado.
—¿Le dijo usted que Karlsson se había suicidado?
—Bien..., le dije que estaba muerto y que la policía había estado allí.
Cuando Martin Beck regresó a Västerberga, estuvo sentado fumando y pensando durante un buen rato antes de llamar a Hammar.
—Esto parece cada vez más absurdo —dijo Hammar—. No estaría mal si por una vez pudierais encontrar a alguien vivo implicado en este asunto. ¿Qué vais a sacar en limpio de todo esto? ¿Y por qué ese hombre escribió tu nombre antes de suicidarse?
—Yo creo que Karlsson, Olofsson y Malm pertenecían a la misma digamos banda. Y Karlsson por algún motivo quería dejarla. Pensó primero en llamar a la policía y quizás oyó en alguna ocasión hablar de mí y por eso escribió mi nombre. Luego cambió de idea. No sé qué papel desempeñaba en la banda. ¿Qué te parece todo esto?
—Me parece que todo este embrollo suena como un cuento de colegiales —repuso Hammar—. Ahora tenemos a tres muertos, uno asesinado, otro que se suicidó y a la vez fue asesinado, y otro que sólo se suicidó. ¿Cómo explicas esta psicosis suicida?
Martin Beck suspiró.
—Imagino que Malm empezó a inquietarse y finalmente buscó a Karlsson para preguntarle si sabía dónde estaba Olofsson. Cuando oyó que Kalrsson estaba muerto, pensó en quitarse la vida.
Se hizo un momento de silencio.
—Sí —dijo Hammar—. Pudo en efecto ocurrir así. Pero nunca me he encontrado con un caso con tantos «peros» y tantos «si» y «quizás», o «probablemente». No sabemos casi nada con seguridad. Tendremos que reunimos pronto. Me encargaré de llamar a los demás y decírselo.
Colgó el auricular.
Martin Beck se quedó sentado un momento con la mano sobre el auricular, tratando de imaginar lo que Kollberg hubiera dicho; antes de que tuviera tiempo de levantar el aparato, sonó el teléfono.
—¡Bingo! —exclamó Kollberg.
—¿Qué? —preguntó Martin Beck.
—Contestación de la Interpol. Acerca de las huellas digitales de Lasalle.
—¡Diablos! ¿Y qué dicen?
—Reconocen la huella del pulgar, pero no el nombre de Lasalle.
—Entonces, ¿de quién son las huellas?
—Espera un momento, ¿quieres? El hombre del pulgar tiene muchos alias. La policía francesa le conoce por los nombres siguientes: Albert Corbier, Alfonse Benette, Samir Riffi, Alfred Lafey, August Cassin y August Dupont. Nos enviarán más nombres cuando los tengan. No saben quién es, pero creen que es ciudadano libanés y que últimamente ha pasado la mayor parte de su tiempo en Francia y África del Norte. Creen evidente que fue anteriormente un miembro de la OAS. Se le supone autor de una larga serie de crímenes o de complicidad en ellos. Tráfico de drogas, contrabando de divisas y muchas otras cosas.
—¿No le han detenido nunca?
—Aparentemente no. Parece una especie de demonio escurridizo. Cambia de pasaporte y de nombre y de nacionalidad con más frecuencia que de calzoncillos, y no tienen ninguna prueba concreta de sus crímenes.
—¿Cómo le han descubierto?
—Bueno, eso no está del todo claro. Han enviado una descripción pero dicen que es posible que no encaje completamente con el individuo. Muy amables, como ves. Déjame ver. Sí, edad alrededor de treinta y cinco años, altura metro setenta y cuatro y peso 72, pelo negro, buena dentadura, espera... esto está en francés y todavía no he tenido tiempo de traducirlo... pelo liso, cejas espesas y rectas, nariz ligeramente aguileña, con una pequeña cicatriz apenas visible en la parte izquierda; no se le conocen otros defectos físicos o marcas de identificación.
—Sí, todo esto encaja bien con Lasalle. No saben dónde está, por supuesto.
—No. Volveré a llamar dentro de poco. Tengo que traducir esto y transcribirlo.
Martin Beck se quedó silencioso, con el auricular en la mano. Cuando colgó, recordó que no había tenido tiempo de decirle a Kollberg lo de Ernst Sigurd Karlsson.
28
El martes por la mañana, veintitrés de julio, Mansson se fue a Copenhague. Como creía que la rapidez en ese momento era esencial, tomó un transbordador hovercraft. Se llamaba El Pez Volador y atravesaba el estrecho en treinta y cinco minutos exactamente. Aparte de esto no era nada divertido. Uno se acomoda en él como en una butaca de avión, sacudido y sin ventana junto al asiento, con lo que las posibilidades de vislumbrar el mar son muy remotas.
En Dinamarca, las conexiones internacionales de Mansson eran excelentes. Se saltó todos los obstáculos ordinarios y las complicaciones interestatales, y fue a ver directamente a un inspector de policía llamado Mogensen.
—Hola —le dijo—. Estoy buscando a una mujer. No conozco su nombre.
—De acuerdo —asintió Mogensen—. ¿Qué aspecto tiene?
—Tiene el pelo corto, rubio y rizado, ojos azules, facciones marcadas, boca grande, buenos dientes y un hoyuelo en la barbilla. Mide alrededor de metro setenta, tiene los hombros y las caderas anchos y la cintura estrecha. Piernas cortas y fuertes, y pantorrillas bien formadas. Debe tener alrededor de treinta y cinco años. Es sueca, seguramente de Skäne y probablemente de Malmö.
—Todo eso suena muy bien —dijo Mogensen.
—No estoy del todo seguro. Acostumbra a llevar suéters tejidos a mano, largos y oscuros, y pantalones largos, o camisas cortas a cuadros; probablemente, en esta época del año deberá ser esto último. Usa cinturones muy anchos y apretados. No se descarta que pueda tomar drogas. Debe tener algunas relaciones de tipo artístico. La gente que la ha visto dice que siempre lleva las manos manchadas de pintura o algo parecido.
—Bien —dijo Mogensen.
Y eso fue todo.
La buena amistad de Mansson con este hombre era bastante antigua. Se conocieron después de la guerra, cuando Mogensen había ido a Trolleborg desde Alemania. Era uno de los millares de policías daneses arrestados por la Gestapo durante la gran redada de septiembre de 1944 y enviados a los campos de concentración alemanes. Habían mantenido contactos desde entonces; su relación era informal y práctica, útil para los dos. Lo que a Mansson le hubiera costado meses averiguar utilizando los canales habituales, Mogensen podía solucionarlo en un día. Y cuando Mogensen quería algo concreto de Malmö, Mansson solía conseguirlo en un par de horas. La diferencia de tiempo se debía a que Copenhague es cuatro veces mayor que Malmö.
Suele decirse en favor de las buenas relaciones escandinavas que la cooperación entre la policía sueca y la danesa es excelente. Sin embargo, en la práctica las cosas son algo diferentes, en gran parte a causa de las dificultades del lenguaje.
La creencia de que los suecos y los daneses se entienden entre ellos con muy poco esfuerzo, es una idea cuidadosamente cultivada en las altas jerarquías de ambos países. Pero esto es a menudo una verdad a medias y con frecuencia incluso algo más grave, una especie de fantasía o de ilusión o, para decirlo sin rodeos, una falsedad.
Dos de las muchas víctimas de este pensamiento fantástico eran Hammar y un famoso criminólogo danés al que conocía hacía muchos años y con quien solía competir en sus conferencias para policías. Eran buenos amigos y los dos acostumbraban a hacer afirmaciones altisonantes sobre su respectivo dominio de la lengua del otro, cosa que según ellos, cualquier escandinavo normal debería poseer. Esta era una de las alusiones sarcásticas que pocas veces olvidaban hacer.
La cosa continuó así hasta que, después de una década de hablar juntos en conferencias y reuniones de alto nivel, coincidieron un final de semana en la casa de campo de Hammar, donde se puso en evidencia que no podían comunicarse en los asuntos más simples y cotidianos. Cuando el danés pedía un mapa, Hammar le enseñaba una fotografía suya. Después de esta experiencia la ilusión se acabó. Parte de su universo se había derrumbado y, después de organizar verdaderas orgías de malentendidos formales durante horas, acabaron hablando en inglés y descubrieron que se detestaban mutuamente.
Parte del secreto de las buenas relaciones entre Mansson y Mogensen estribaba en que se entendían verdaderamente. Ninguno de los dos era lo bastante presuntuoso para pretender que entendía fácilmente el idioma del otro, y como consecuencia solían hablar en el llamado idioma escandinavo, una mezcla casera que quizás eran los únicos capaces de entender. Eran además buenos policías y a ninguno de los dos les gustaba complicar las cosas.
A las dos y media de la tarde, Mansson regresó a la comisaría de Polititorvet, en Copenhague, y allí le entregaron un papel en el que había escrito a máquina un nombre y una dirección.
Un cuarto de hora después estaba frente a un viejo bloque de apartamentos en Laederstraede, comparando las palabras escritas en el trozo de papel con el número borroso colocado sobre la entrada oscura y estrecha de la casa. Entró y subió por una escalera exterior de madera que se balanceaba peligrosamente bajo su peso, y llegó por fin a una puerta desconchada, sin nombre alguno. Llamó y una mujer salió a abrirle.
Era baja y robusta, pero bien formada, de espaldas y caderas anchas, cintura estrecha y unas buenas piernas. Aparentaba unos treinta y cinco años, tenía el pelo rubio y rizado, corto, una boca sensual, ojos azules y un hoyuelo en la barbilla. Iba con las piernas desnudas y llevaba una bata manchada de pintura, que debió de ser blanca alguna vez. Bajo la bata vestía un pullover negro. Mansson no podía ver nada más porque llevaba la bata sujeta con un ancho cinturón de piel. Detrás de ella, se veía una cocina. Era oscura y pequeña.
Se quedó mirándole con aire inquisitivo y luego dijo en el típico dialecto de Malmö:
—¿Quién es usted?
Mansson no contestó a la pregunta.
—¿Se llama usted Nadja Eriksson?
—Sí.
—¿Conoce a Bertil Olofsson?
—Sí.
Entonces ella repitió la primera pregunta.
—¿Quién es usted?
—Perdone —dijo Mansson—. Sólo quería comprobar que no me había equivocado de sitio. Mi nombre es Per Mansson y trabajo para la policía en Malmö.
—¿La policía? ¿Qué está haciendo aquí la policía sueca? No tiene ningún derecho a entrometerse aquí.
—No, tiene usted razón. No tengo ningún permiso ni nada parecido. Sólo quiero hablar con usted un momento. Y quería que supiera quién soy yo. Si prefiere no hablar, me marcharé.
Ella le miró pensativa un momento, dándose golpecitos con un lápiz amarillo en la oreja. Por último dijo:
—¿Qué quiere usted?
—Sólo hablar, como le dije antes.
—¿Acerca de Bertil?
—Sí.
Se limpió la frente con la manga de la bata y se mordió el labio inferior.
—No me interesa demasiado la policía —dijo.
—Puede considerarme como...
—¿Como qué? —le interrumpió ella—. ¿Una persona privada? ¿Como el vecino de enfrente?
—Lo que usted quiera —dijo Mansson.
Ella se rió de pronto con una risa apagada.
—Empiece —dijo—. Entre.
Luego dio media vuelta y atravesó la diminuta cocina. Mientras la seguía, Mansson observó que tenía los pies sucios.
Detrás de la cocina había un cuarto-estudio grande, con ventanas basculantes y que, a pesar del primer efecto que producía, no podía llamarse sucio. Cuadros, periódicos, tubos de pintura, pinceles y ropas estaban esparcidos por todas partes. Los muebles consistían en una mesa grande, dos alacenas, unas pocas sillas de madera y una cama. De las paredes colgaban posters y cuadros, y sobre algunos pedestales y estanterías se veían esculturas envueltas en telas húmedas y una claramente inacabada. Sobre la cama estaba echado un joven menudo y de piel oscura, en camiseta y calzoncillos. En el pecho tenía pelo negro y rizado, y un crucifijo de plata le colgaba de una cadena alrededor del cuello.
Mansson miró a su alrededor. La habitación estaba desordenada, pero daba la impresión de un lugar muy vivido. Lanzó una mirada inquisitiva al hombre echado en la cama.
—No se preocupe por él —dijo ella—. De todos modos no entiende lo que decimos. Por otra parte, puedo deshacerme de él.
—No lo haga por mí —dijo Mansson.
—Es mejor que te vayas, chico —indicó ella.
El joven se levantó en el acto y cogió unos pantalones caquis del suelo, se los puso y se fue.
—Ciao —dijo.
—Es curioso —comentó la mujer lacónicamente.
Mansson miró tímidamente la escultura. Por lo que él podía deducir, representaba un pene erecto, atravesado en todas direcciones por clavos viejos y trozos de hierro oxidado.
—Esto es sólo un proyecto —explicó ella—. En realidad, tiene que medir unos cien metros de altura —frunció el ceño, pensativamente—. Es horrible, ¿verdad? ¿Cree que lo comprará alguien?
Mansson pensó en las obras de arte que adornaban su ciudad natal.
—¿Por qué no? —dijo.
—¿Qué sabe usted de mí? —preguntó ella, introduciendo otro trocito de hierro en la escultura con un destello de placer sádico en los ojos.
—Muy poco.
—No hay mucho que saber —dijo ella—. He vivido aquí durante diez años. Me dedico a esta clase de trabajo. Pero nunca seré famosa.
—¿Conoció usted a Bertil Olofsson?
—Sí —dijo tranquilamente—. Le conocí.
—¿Sabe que está muerto?
—Sí, los periódicos dijeron algo hace unos meses. ¿Por eso está usted aquí?
Mansson asintió.
—¿Qué quiere usted saber?
—Todo.
—Eso es mucho —dijo ella.
Hubo un momento de silencio. Cogió una porra de madera y aporreó la escultura unas cuantas veces sin ningún resultado apreciable. Luego se rascó la rubia cabeza rizada, frunció el ceño y se quedó de pie con la cabeza inclinada, mirándose los pies. Era bastante atractiva. Se desprendía de ella una especie de madurez serena que atraía mucho a Mansson.
—¿Quiere dormir conmigo? —preguntó ella de pronto.
—Sí —dijo Mansson—. ¿Por qué no?
—Bueno. Será más fácil hablar después. Si abre aquel armario, encontrará un par de sábanas limpias en el estante de arriba. Cerraré la puerta y me lavaré. Especialmente los pies. Ponga la ropa sucia en la cesta que está allí. Mansson buscó las sábanas recién lavadas y se puso a hacer la cama. Luego se sentó encima, tiró el palillo al suelo y empezó a desabrocharse la camisa.
Ella cruzó la habitación con unos zuecos negros y una toalla al hombro. A juzgar por lo que él veía, no tenía cicatrices en los brazos ni en las caderas, ni en general ninguna marca especial en el cuerpo.
La oyó cantar mientras se duchaba.
29
El teléfono sonó a las ocho y tres minutos, el viernes 27 de julio. Era mediados de verano y hacía mucho calor. Martin Beck se había quitado la chaqueta y había empezado a subirse las mangas de la camisa al entrar en el despacho. Cogió el auricular y dijo:
—Aquí, Beck.
—Hola. Soy Mansson. He encontrado la chica.
—Bien. ¿Dónde estás ahora?
—En Copenhague.
—¿Y qué has averiguado?
—Bastantes cosas. Por ejemplo, Olofsson estuvo aquí la tarde del siete de febrero. Pero hay demasiado que explicar para decírtelo por teléfono.
—Será mejor que vengas aquí.
—Sí. Ya lo he pensado.
—¿No puedes traerte a la mujer contigo?
—Creo que sería difícil que viniese. Y además, no creo que sea necesario. De todos modos, se lo preguntaré.
—¿Cuándo la encontraste?
—El martes pasado. Tuve tiempo para hablar con ella largo y tendido. Me voy a Kastrup ahora y cogeré un vuelo de puente aéreo. Tomaré el primer avión para Arlanda.
—Bien —dijo Martin Beck colgando el auricular.
Se acarició la barbilla, pensativo. Mansson le había parecido curiosamente seguro y además se había ofrecido voluntariamente para ir a Estocolmo. Sin duda debía haber encontrado algo.
Mansson llegó a la comisaría de Kungsholmsgatan poco antes de la una, tostado por el sol, tranquilo, satisfecho y vestido con pantalones caqui, una camisa a cuadros por encima de ellos, y sandalias.
No iba acompañado de una mujer, pero traía una grabadora que colocó sobre la mesa. Luego miró a su alrededor y exclamó:
—¡Cuánta gente! Hola, buenas tardes.
A partir de su llamada desde Arlanda, media hora antes, se había reunido una serie de ilustres policías. Hammar y Melander, Gunvald Larsson y Rönn, sin contar con la ayuda de la gente de Västerberga, como Martin Beck, Kollberg y Skacke.
—¿Van ustedes a aplaudir también?
Martin Beck estaba sufriendo horriblemente con este encuentro. Se preguntaba, asombrado, cómo demonios Mansson, un hombre dos o más años mayor que él, podía estar tan en forma y satisfecho.
Mansson puso la mano sobre la grabadora y dijo:
—Las cosas son así. La mujer se llama Nadjda Eriksson. Tiene treinta y siete años y es escultora. Nació y se educó en Arlöv, pero vivió en Dinamarca más de diez años. Arlöv es un lugar en las afueras de Malmö. Ahora vamos a oír lo que ella dice.
Puso en marcha el aparato y le pareció extraño oír su propia voz.
«Conversación con Anna Desirée Eriksson, nacida el seis de mayo de mil novecientos treinta y uno, en Malmö. Escultora. Soltera. Conocida como Nadja.»
Martin Beck aguzó el oído. Estaba seguro de que Rönn se había reído intencionadamente, pero, ¿no se había oído también en la cinta la risa de Mansson? Pero éste seguía hablando en la cassette:
»—¿Vamos a resumir todo lo relativo a Bertil Olofsson?
»—Sí, claro. Espere un momento, sin embargo.
La mujer hablaba con acento de Skäne, pero no nasal. Tenía una voz profunda, clara y resonante. Se oyó un susurro en la cinta. Luego, Nadja Eriksson dijo:
»—Pues bien; conocí a Olofsson hace casi dos años. La primera vez que le vi fue en septiembre de mil novecientos sesenta y seis, y la última a principios de febrero de este año. Solía venir con regularidad, casi siempre a primeros de cada mes y se quedaba uno o dos días. Nunca más de tres. Llegaba alrededor del cinco y se iba el siete o el ocho. Cuando estaba aquí, en Copenhague, vivía conmigo; nunca se quedaba en otro sitio, por lo menos que yo sepa.
»—¿Y por qué iba con tanta regularidad?
»—Tenía que sujetarse a un horario determinado. Solía llegar del extranjero, casi siempre pasando por Malmö. Algunas veces venía en avión, otras en alguno de los transbordadores del continente. Entonces se quedaba un par de días. Venía para encontrarse con alguien... tenía que cumplir ciertos requisitos una vez al mes.
»—¿En realidad, qué hacía Olofsson?
»—El se llamaba a sí mismo un hombre de negocios. Y lo era en cierto modo. También los ladrones son hombres de negocios, ¿no es cierto? Durante los seis primeros meses, cuando le conocí, no dijo nada acerca de lo que hacía o de dónde venía. Pero luego empezó a hablar. Parecía que no podía contenerse. Era de esas personas que no logran tener la boca cerrada. Fanfarroneaba. Yo no soy una persona curiosa, y creo que fue precisamente porque nunca le pregunté nada por lo que sintió la necesidad de expansionarse. Por fin, como yo no le decía nada, tuvo que estallar. Tengo que explicar todo lo relativo a... Dios, qué calor...
Mansson se puso el palillo sobre la lengua, se rascó sin vergüenza alguna las ingles y dijo:
—Aquí hay una interrupción. Un fallo técnico.
Después de treinta segundos de completo silencio, la voz de la mujer volvió a oírse:
»—Sí, Bertil Olofsson era un pobre diablo. Tenía la astucia de un aldeano, pero en términos generales era estúpido y fanfarrón. Me dio la impresión de un hombre que no sabía encajar el éxito. Era de esa clase de personas... el éxito más insignificante se le subía a la cabeza. Por ejemplo, cuando ganaba algún dinero o descubría alguna cosa que suponía que nadie sabía. Siempre tenía grandes proyectos y charlaba continuamente sobre el gran acontecimiento que estaba a punto de ocurrir. Cosas así. Además, sobreestimaba su inteligencia y carecía de la más elemental modestia. Cuando se percató de que yo había adivinado más o menos lo que hacía y la clase de hombre de negocios que era en realidad, empezó a representar el papel de un auténtico gángster, y a hablar de millones de coronas, de asesinatos con cadenas de bicicletas y todo ese tipo de cosas. De hecho, no lograba todos esos éxitos que se atribuía.
»—Si intentásemos concretar lo que hizo, y suponemos que...
Mansson dejó las palabras en el aire y pocos segundos después ella replicó:
»—Creo que sé exactamente lo que se traía entre manos. El y otros dos hombres se dedicaban a adquirir los coches robados en Estocolmo. Algunos los robaban ellos mismos y el resto lo compraban a los ladrones por una suma insignificante. Luego arreglaban los coches de manera que nadie pudiera reconocerlos y los llevaban al continente, la mayoría a Polonia, según parece. La persona que recibía los coches no les pagaba con dinero, sino con alguna otra cosa. Casi siempre con joyas o piedras sueltas, diamantes o algo parecido. Lo sé porque Bertil incluso me dio uno el otoño pasado, cuando creía que se iba a convertir en millonario y solía alardear más que de costumbre. Pero este negocio no lo dirigían ellos. Eran tan sólo unos agentes intermediarios. La rama de Estocolmo de la empresa, solía decir él. Por eso tenía que venir aquí, a Copenhague, una vez al mes. Tenía que entregar las ganancias obtenidas con los coches robados, a alguien que les daba dinero a cambio. El tipo que venía con el dinero también era un enviado. Venía de París o Madrid, o de algún sitio así. Sé poco de ese lado del asunto, porque nunca conocí a ese hombre. Incluso Olofsson era prudente en este punto. Nunca me permitió ver a ese individuo ni le dijo a nadie dónde vivía. Era terriblemente astuto en cuanto a esto y me mantenía completamente al margen. Creo que para él era una especie de escapatoria. Se había buscado un sitio donde esconderse, que nadie conocía excepto él. Yo nunca presenté a nadie a Bertil, y nunca dejé entrar a nadie en casa mientras él estaba. Quiero decir en Copenhague, en mi apartamento. Nadie, ni siquiera a la po...
La voz se cortó.
—Esta cinta es un poco sorprendente —comentó Mansson impasible—. La tomé prestada de los daneses.
Cuando volvió a oírse la voz de la mujer, había cambiado de tono pero no era fácil definir de qué modo.
»—¿Dónde estábamos? Sí, ni siquiera la policía hubiera podido encontrarme si Bertil no me hubiera llevado a Malmö algunas veces. Tenía que ir allí para verse con su socio, como él le llamaba, algún desgraciado llamado Girre o algo parecido. Malm era su nombre, creo. El también conducía los coches hasta Estocolmo o Ystad o Trelleborg, y luego hasta la frontera. Entre horas trabajaba en un garaje; repintaba los coches y les ponía matrículas falsas. Así que fui a Malmö cuatro o cinco veces, sobre todo porque estaba intrigada. Pero nunca conseguí nada. Ellos se sentaban en algún bar, bebían y fanfarroneaban, jugaban al whist con algunos de los supuestos compañeros de trabajo, y yo me quedaba sentada en un rincón bostezando. Bertil iba allí, por lo que pude saber, porque Malm estaba arruinado y necesitaba dinero para regresar a Estocolmo. Y porque era lo bastante estúpido para llevarme con él y poder presumir delante de sus amigos. Si cree que...
Otra interrupción. Mansson bostezó y cambió de palillo.
»—Para demostrar que tenía un ligue, ¡Dios mío! Porque Bertil no era la clase de hombre... que necesita chicas. Como mujeres, quiero decir. El único de los tres de la llamada rama de Estocolmo que las necesitaba era Malm. Al tercer hombre no llegué a verlo nunca. Se llamaba Sigge. Era el encargado de falsificar los papeles, me parece.
«Sigge. Ernst Sigund Karlsson», pensó Martin Beck.
Una corta pausa, esta vez no debida a defectos mecánicos. Parecía que la mujer estaba reflexionando y tampoco se oyó decir nada a Mansson, en la cinta ni en persona.
»—Lo que voy a decirle ahora es lo que yo pensé por mi cuenta. Pero estoy segura de que es cierto. Bertil no podía callarse y era imposible no comprender a lo que él y Malm se referían cuando hablaban juntos. Bueno, a partir de cierto momento del verano pasado, Olofsson empezó a mostrarse cada vez más presuntuoso; hablaba con frecuencia del llamado "jefe" y decía que obtenía grandes ganancias. Cada vez que venía de verle volvía a insistir en lo mismo. Decía que la rama de Estocolmo, y sobre todo él, hacían todo el trabajo y corrían todos los riesgos mientras el "jefe" se quedaba con todas las ganancias. Pero ni él mismo conocía el paradero de este "jefe" del que tanto hablaba. Decía que si él y sus dos compañeros se encargasen personalmente del negocio y tomaran por su cuenta los asuntos de la parte de Estocolmo, podrían ganar mucho dinero. Creo que últimamente esta idea se le subió a la cabeza. Y en diciembre hizo algo increíblemente estúpido...
—¿Qué? —preguntó Gunvald Larsson de modo imprevisto, como un niño de siete años en una sesión infantil de cine.
»—...Por lo que pude adivinar, siguió al individuo que le traía el dinero. Adónde, no lo sé; a París, quizás, o a Roma. Creo que había descubierto adónde volaba el tipo del dinero y Bertil le esperó después de uno de sus encuentros y le siguió para averiguar adónde iba. Cuando regresó el día cinco de enero de este año, por el motivo que fuese, estuvo especialmente grosero; dijo que había investigado la situación del negocio y que tenía que ir a Francia; sí, dijo Francia en efecto, esta vez. Pero quizá mentía. Cuando quería, sabía hacerlo. Bien, sea como fuera, tenía que ir al continente y descubrir exactamente cómo iban las cosas, dijo. Sostenía además que él, Malm y el tercer hombre estaban ahora en situación de exigir unas condiciones y esperaba conseguir, por lo menos, triplicar sus ingresos muy pronto. Creo que en efecto hizo ese viaje, porque en su siguiente visita aquí estaba tembloroso y muy inquieto. Dijo que el gran jefe había accedido a enviar a un mediador para negociar con él. Cuando hablaba de esto, lo hacía siempre en los mismos términos, como si se tratase realmente de un asunto de negocios normal. Cosa curiosa, también lo hacía conmigo, aunque sabía que yo estaba al corriente de todo. El seis de febrero vino aquí. Salió por lo menos diez veces aquel día, para cerciorarse de si el enviado con el que tenía que negociar había llegado. Yo no tengo teléfono, ¿comprende? Me dio a entender que se trataba de una reunión decisiva y que también Malm estaba esperando noticias en Malmö. El día siguiente, miércoles siete, salió por tercera vez y ya no volvió más. Punto. Eso es todo.
»—Hum. Quizá deberíamos hablar también de su relación con él —dijo Mansson.
La mujer contestó sin sombra de vacilación.
»—Sí. Habíamos llegado a un acuerdo. Yo tomo drogas, fumo hachís algunas veces, y consumo regularmente tabletas de fenedrina española cuando trabajo, simpatina y centramina. Las dos son excelentes y completamente inofensivas. Actualmente, a causa de ese maldito frenesí por las drogas esas tabletas son difíciles de encontrar y el precio ha subido cinco o diez veces más. Sencillamente, no me puedo permitir ese gasto. Cuando, por pura casualidad, encontré a Bertil Olofsson en Nyhavn, le pregunté si tenía tabletas para vender, como suelo preguntar a casi todo el mundo que conozco. Resultó que él tenía acceso a lo que yo quería, y yo tenía en cambio algo que él necesitaba, un lugar donde poder quedarse dos noches al mes y que nadie conociese. Al principio dudé, porque él no era lo que se dice muy atractivo. Pero luego resultó que las chicas le importaban un pepino, y eso acabó de arreglar el asunto. Hicimos un convenio. Cada mes, se quedaba una noche o más en mi apartamento. Y cada vez que venía me traía provisiones para un mes. Luego desapareció y desde entonces no he vuelto a tomar tabletas. Son demasiado caras para comprarlas de estraperlo, como le dije, y el resultado es que mi trabajo es cada vez más lento y peor. Desde ese punto de vista, fue una lástima que le mataran.
Mansson alargó la mano y cerró el magnetófono.
—Bueno —dijo—. Eso es todo.
—¿Qué demonios era todo ese cuento? —comentó Kollberg—. Parecía más bien una comedia de la radio.
—Un interrogatorio extraordinariamente hábil —aprobó Hammar—. ¿Cómo consiguió hacerla hablar con tanta facilidad?
—Oh, no tuve ninguna dificultad —dijo Mansson modestamente.
—Por favor, ¿puedo hacer una pregunta? —intervino Melander señalando la grabadora con la boquilla de su pipa—. ¿Por qué esa mujer no acudió a la policía por propia iniciativa?
—Verá, no tiene sus papeles del todo en regla —contestó Mansson—. Nada serio. Los daneses no se preocupan demasiado por estas cosas. Y por otra parte, a ella no le importaba nada Olofsson.
—Un interrogatorio brillante —dijo Hammar.
—Esto, en realidad, es sólo un resumen —explicó Mansson.
—Oiga, ¿se puede confiar en esa señora? —preguntó Gunvald Larsson.
—Absolutamente —contestó Mansson—. Y lo que es más importante... —Se calló y esperó hasta que los demás se callaron también—. Lo que es más importante es que ahora tenemos la prueba de que Olofsson salió de su domicilio provisional... en Copenhague, a las tres, el miércoles día siete de febrero. Fue a encontrarse con alguien y este «alguien», probablemente con la excusa de reunirse con Malm, lo mató, lo metió en un coche viejo y lo arrojó al puerto.
—Sí —dijo Martin Beck—. Esto conduce automáticamente a la pregunta de cómo llegó Olofsson a Industrihammen.
—Exacto. Ahora sabemos que el Prefect no estaba en uso, y que no había servido en muchos años. Sabemos también que varias personas lo vieron aparcado por allí durante más de un día, pero como siempre hay coches abandonados en aquel sitio, nadie volvió a pensar en él. El embalaje estaba ya a punto.
—¿Quién lo organizó todo?
— Creo que ya tenemos una idea aproximada de quién lo preparó —dijo Mansson—. La identidad de la persona concreta que dejó el coche allí es más difícil de saber. Pudo ser, simplemente, Malm. Estaba en ese momento en Malmö y fácilmente se podía comunicar con él por teléfono.
—Bien. ¿Cómo llegó Olofsson hasta el puerto? —preguntó Hammar con impaciencia.
—En coche —repuso Martin Beck, casi para sí.
—Exacto —dijo Mansson—. Si se encontró con el individuo que le mató, en Copenhague, eso significa que debieron ir juntos hasta Malmö, y ese viaje se hace en barco a menos que se esté loco o que se sea un nadador de fondo.
—O un pasajero de avión —apuntó Kollberg.
—Sí, pero eso parece poco probable. Como es ilegal transportar cadáveres en los barcos, Olofsson debió de estar vivo durante la travesía. Y además utilizaron un barco que transportase coches. Y por lo que sabemos, la persona que mató a Olofsson tenía un coche a su disposición y lo más probable es que lo llevara con él desde Copenhague.
—No, yo no acabo de entender todo esto —dijo Gunvald Larsson—. ¿Por qué tenía que disponer de un coche?
—Un momento —cortó Mansson—. Intentaré explicar todo esto rápidamente. En realidad, todo está muy claro. Los dos, Olofsson y el hombre que lo mató, fueron desde Copenhague hasta Malmö aquella noche, el siete de febrero. Lo que quería decirles es cómo llegué a descubrirlo.
—¿Cómo lo descubrió?
Mansson le lanzó una mirada fatigada y contestó:
—Si el hombre no mató a Olofsson ni en Copenhague ni en el barco, debió hacerlo allí, en Industrihammen. ¿Que cómo llegó hasta allí? En coche, porque no hay otro medio de llegar hasta allí, válgame Dios. ¿Qué coche? Pues el coche que se trajo con él desde Dinamarca. ¿Por qué? Porque si hubiera sido tan estúpido como para tomar un taxi o algún otro coche en Malmö, lo hubiéramos descubierto.
La calma se restableció. Todos miraban a Mansson en silencio. Entonces, amainó un poco el tempo de su discurso y continuó:
—Esto me indujo a tomar dos medidas. En primer lugar envié a dos hombres para que investigasen los transbordadores que habían hecho el recorrido durante la tarde y la noche del siete de febrero. Resultó que, en efecto, un oficial del ferry Malmöhus reconoció a Olofsson en una fotografía y además nos dio una descripción bastante detallada de la persona que estaba con él. Con estas dos pruebas como punto de partida, mis dos ayudantes encontraron dos testigos más que las apoyaban; uno era otro oficial, y el segundo un marinero encargado del tránsito de los trenes y de los vehículos en el muelle. De modo que sabemos con absoluta seguridad que Olofsson fue desde el puerto de Copenhague hasta Malmö en el tren-ferry, la noche del siete de febrero de este año. En su último viaje, el ferry salió de Copenhague a las diez menos cuarto y llegó a Malmö a las once menos cuarto. Lo hace cada día, y lo ha hecho igual durante años. Sabemos también que Olofsson estaba con un hombre cuya descripción van ustedes a oír dentro de poco.
Mansson cambió lentamente de palillo. Miró a Gunvald Larsson y siguió diciendo:
—Sabemos también que los dos viajaron en primera clase, que se sentaron en la sala de fumadores, bebieron cerveza y comieron dos bocadillos de rosbif frío y queso, cosa que concuerda con los escasos restos del contenido del estómago de Olofsson.
—Evidentemente eso fue lo que le causó la muerte —dijo entre dientes Kollberg—. Los emparedados de los trenes suecos.
Hammar le dirigió una mirada asesina.
—Sabemos incluso en qué mesa se sentaron. Y todavía más: sabemos que utilizaron un Fort Taunus con matrícula de Dinamarca. Investigaciones posteriores demostraron exactamente de qué coche se trataba y que era de color azul pálido.
—¿Cómo...? —empezó a decir Beck; luego quedó callado—. Claro está —murmuró—, un coche alquilado.
—Exacto. El hombre que acompañaba a Olofsson no se tomó la molestia de conducir desde Dios sabe dónde hasta Copenhague. Naturalmente, tomó un avión y alquiló un coche cuando llegó a Kastrup; en la oficina donde lo alquiló dijo que su nombre era Caravanne y enseñó un permiso de conducir francés y un pasaporte también francés. Devolvió el coche el día ocho y les dio las gracias. Luego volvió a coger un avión desde allí. Hacia dónde y bajo qué nombre no lo sabemos. Por otra parte, creo que sé el lugar donde se hospedó, un pequeño hotel en Nyhavn. Allí, en cambio, enseñó un pasaporte libanés y dijo que se llamaba Riffi. Si, en efecto, se trata del mismo hombre. No estoy del todo seguro, como ya dije. En todo caso, una persona con ese nombre estuvo allí desde el día seis hasta el ocho. A las gentes de Nyhavn no les son simpáticos los policías.
—Y la conclusión —dijo Martin Beck— es que esta persona vino a Copenhague para acabar con Olofsson. Se encontraron el día siete, fueron a Malmö por la noche y... usted dijo que había averiguado algo más, ¿no es cierto?
—Encargué que lo investigaran —repuso calmosamente Mansson—. Sí, hice que examinaran de nuevo el coche. Me refiero al Prefect, para saber cómo lo habían arrojado al agua. Siempre conviene saber bien lo que se busca. Entonces se encuentra más fácilmente.
—¿A qué se refiere? —preguntó Melander.
—A las huellas. Hace un momento, dije que el Prefect no podía moverse por sí solo. ¿Cómo llegó hasta el agua, entonces? El motor estaba en punto muerto, y entonces otro coche lo empujó hasta el agua, a toda velocidad. De otro modo no hubiera aterrizado tan lejos del muelle. Lo empujaron desde atrás, con un parachoques contra el otro. Las huellas están allí. El otro coche tiene también las huellas en el mismo sitio.
—Pero, ¿quién condujo el Prefect hasta ese maldito puerto, cualquiera que sea su nombre? —preguntó Gunvald Larsson.
—Lo debieron remolcar hasta allí, desde algún depósito de coches abandonados. Yo, personalmente, creo que fue Malm. El estaba entonces en su rincón acostumbrado, en la parte oeste de Malmö, desde el cuatro de febrero.
—Pero entonces pudo ser también Malm quien... —empezó Hammar, y luego se quedó callado.
—No —dijo Mansson—. Malm tenía más sentido de autodefensa que Olofsson. Abandonó Malmö a toda prisa la mañana del siete y se vino para Estocolmo. Eso está comprobado. Mi opinión es que Malm recibió órdenes de llevar un coche que no pudiera identificarse a un lugar concreto. Le llamaron desde Copenhague, ese Cravanne o Riffi. Malm lo hizo, pero al mismo tiempo se dio cuenta de que habían ido demasiado lejos y que el juego se había terminado. Por cierto, alguien que hablaba un sueco extraño preguntó por Malm por teléfono el mediodía del día siete. Los del hotel dijeron entonces que se había ido. ¿Quieren oír la descripción ahora? He grabado un resumen aquí para registrarlo todo.
Cambió las cintas y puso en funcionamiento la grabadora.
«Caravanne, o Riffi, parece tener entre treinta y cinco y cuarenta años. Mide como mínimo un metro setenta y como máximo uno setenta y cinco; su peso es mayor que el que corresponde a su altura por su constitución corpulenta. No es grueso, sin embargo. Tiene el pelo negro, como las cejas, y sus ojos son castaño oscuro. Tiene unos dientes sanos y blancos. La frente bastante baja y la línea del pelo y de las cejas forman dos paralelas. La nariz es bastante aguileña y debe haber tenido una cicatriz en una de sus aletas que quizás haya desaparecido a estas horas. Acostumbra a pasarse los dedos por el sitio donde tiene o ha tenido la cicatriz. Va bien vestido, con sobriedad; zapatos negros, camisa blanca, corbata y traje completo, y sus modales son apacibles y corteses. Tiene una voz grave y habla tres idiomas: francés, probablemente su idioma nativo; inglés, aunque con acento francés, y sueco, pero con acento extranjero.»
La cinta dejó de girar.
—Ajá —dijo Mansson con una calma bovina—. ¿Les dice algo todo esto?
Se quedaron mirándole fijamente, como si hubieran visto un fantasma.
—Bien —concluyó Mansson—. Eso es todo. Por ahora. ¿Han encargado una habitación para mí? Cristo, ¡hace un calor horrible aquí dentro! Perdonen un momento.
Salió al pasillo.
Rönn se levantó y lo siguió. Durante la mayor parte del tiempo, mientras escuchaba, había estado pensando no sólo en Olofsson y sus cómplices, sino en algo más. Se daba cuenta de que Mansson era un experto en el registro de domicilios. Alcanzó a Mansson y le dijo:
—Oye, Per, ¿te gustaría venir a cenar esta noche con nosotros?
—Desde luego —asintió Mansson—. Me gustaría mucho, de veras.
Parecía a la vez encantado y sorprendido.
—Muy bien —dijo Rönn.
Habían transcurrido casi tres meses desde que el coche de bomberos que le habían regalado a Mats había desaparecido, y a pesar de que el niño no se preocupaba ya de preguntar por él, Rönn no lograba dejar de preguntarse cómo había podido desvanecerse sin dejar rastro. Todavía seguía buscándolo de vez en cuando y estaba convencido de que no había dejado ni un rincón del apartamento sin registrar.
Cuando Rönn, hacía algún tiempo, había levantado la tapa del depósito del water por cincuentava vez, recordó un comentario de Mansson. Aproximadamente seis meses atrás, se había perdido una página importante de un informe y Martin Beck preguntó si había algún experto en buscar objetos extraviados. Mansson que en aquella ocasión había venido de Skäne para tomar parte en la investigación de un caso de asesinato, contestó:
—Yo. Soy bastante bueno para esas cosas. Si hay algo que buscar, lo encuentro.
Y en efecto, lo encontró.
Fue pues gracias a esta especialidad suya por lo que Mansson, en lugar de una cena solitaria y triste en un restaurante barato, tuvo la oportunidad de disfrutar de la excelente cocina de Unda Rönn. Mansson tenía buen diente, pero era exigente y sabía apreciar un plato bien cocinado.
Cuando acabó de comer dos crujientes lonchas de venado con unos huevos revueltos tan cremosos como él solía hacerlos, suspiró satisfecho y cuando colocaron sobre la mesa una fuente de doradas perdices, se inclinó hacia adelante y aspiró el aroma con fruición.
—Esto es realmente importante —dijo—. ¿De dónde procede este maravilloso manjar en esta época del año?
—Lo conseguimos a través de mi hermano, que vive en Karesuando —explicó Unda—. Suele cazar bastante. También nos proporciona venado.
Rönn pasó el bol de jalea de grosella y dijo:
—Tenemos un ciervo entero en la nevera. Desde la caza de otoño.
—Sin los cuernos, supongo —comentó Mansson, y Mats, que había suplicado que le permitiesen sentarse a la mesa de los mayores, estalló en risas.
—¡Ja, ja! Los cuernos no sirven para comer. Se tienen que cortar antes.
Mansson revolvió el pelo del pequeño y le dijo:
—Eres un niño listo. ¿Qué vas a ser cuando seas mayor?
—Bombero —contestó el niño.
Saltó de la silla y desapareció por la puerta como la sirena de un coche de bomberos.
—¿Has buscado debajo del ciervo? —preguntó Mansson.
—He mirado por todas partes. Ha desaparecido, simplemente.
Mansson se limpió la boca y dijo:
—Oh, no. Probablemente lo encontraremos.
Cuando acabaron de comer, Unda los empujó fuera de la cocina y les sirvió el café en el living. Rönn sacó una botella de coñac.
Mats estaba echado en el suelo, en pijama, delante de la televisión, mirando con interés un grupo de personas solemnes sentadas en un sofá semicircular, discutiendo sobre algo. Un hombre joven con cara de importancia estaba diciendo:
—Creo que el divorcio en los matrimonios con hijos debería evitarse en lo posible o verse dificultado por la presión social, porque los niños de padres separados se vuelven inseguros y, como consecuencia, sucumben más fácilmente al alcohol y a las drogas... —y desapareció en un punto brillante cuando Rönn apagó el aparato.
—Paparruchas —comentó Mansson—. Fijaos en mí. No conocí a mi padre hasta después de cumplir los cuarenta años. Mi madre me educó a su modo, desde la edad de un año, y no estoy tan mal, creo yo.
—¿Buscaste a tu padre después de tantos años? —preguntó Rönn.
—No, por Dios —repuso Mansson—. ¿Para qué? No, nos encontramos por casualidad en una tienda de bebidas en Davidshallstorg. Yo era sargento entonces.
—¿Qué impresión te causó? —inquirió Rönn—. Encontrar a tu padre asi...
—Nada especial. Yo estaba allí, haciendo cola, y en la cola de al lado había un individuo corpulento, con el pelo gris, tan alto como yo. Se acercó a mí y dijo: «Buenos días. Soy su padre, señor. He intentado varias veces hablarle, pero nunca lo he conseguido. » Luego dijo: «He oído decir que las cosas le van bien, señor.»
—¿Qué dijiste tú?
—En realidad, no sabía qué decir. Entonces el viejo alargó la mano y dijo: «Jönsson». «Mansson», le dije yo y nos estrechamos las manos.
—¿Has vuelto a verle desde entonces?
—Sí, nos encontramos alguna vez por casualidad, y siempre me saluda con la misma amabilidad.
Unda entró y se llevó a Mats, que se estaba durmiendo en las rodillas de Rönn. Al cabo de un rato regresó y dijo:
—Quiere que vayas y le des las buenas noches.
El niño estaba ya dormido cuando entraron en la habitación. Mansson miró a su alrededor con ojos de experto, antes de salir de puntillas y cerrar la puerta.
—Supongo que has mirado bien ahí dentro —dijo.
—¿Mirado? —exclamó Rönn—. He puesto toda la habitación patas arriba. Las demás también, por supuesto. Pero puedes echar una mirada. Quizás haya olvidado algo.
No había olvidado nada. Recorrieron juntos todo el apartamento y Mansson no pudo encontrar ni una grieta donde Rönn no hubiera buscado ya varias veces. Regresaron a su café y su coñac con Unda.
—Es extraño, ¿verdad? —comentó ella—. Además, era un trasto bastante grande.
—Debía medir como unos treinta centímetros de longitud —dijo Rönn.
—Dijiste que él no salió de casa durante varios días después de que se lo regalasteis —recordó Mansson—. ¿No lo habrá echado por la ventana?
—No —contestó Unda—. Como ves, tenemos puestas cadenas de seguridad en todas las ventanas, para que no pueda abrirlas él solo. Y nunca dejamos las ventanas abiertas cuando Mats está cerca.
—Y cuando se abre la ventana con la cadena puesta, el hueco es demasiado estrecho para que el coche pudiera pasar por él —explicó Rönn.
Mansson hizo girar entre las palmas de las manos su copa de coñac y preguntó:
—¿Y en la bolsa de la basura? ¿No lo pudo haber echado allí?
Unda negó con la cabeza.
—No, está en el armario de las cosas de limpieza y hemos puesto una barra en la puerta, que él no puede abrir.
—¿Tenéis algún cuarto en el ático para almacenar cosas?
—No, hay uno en el sótano —dijo Rönn—. ¿Has llevado algo allí desde que desapareció el coche?
Rönn miró a su mujer, que negó con la cabeza.
—Yo tampoco —aseguró Rönn.
—¿No os acordáis de haber sacado algo de aquí? ¿Algo que enviarais a reparar o algo por el estilo? ¿Y a la lavandería? Pudo haber salido con la ropa sucia.
—Lo lavo todo yo misma —dijo Unda—. Tenemos una máquina lavadora abajo, en el sótano.
—¿Y él no tiene amigos que puedan habérselo llevado?
—No, Mats padeció un resfriado bastante largo, y. nadie estuvo aquí durante ese tiempo —repuso Unda.
—¿No ha estado aquí alguien que haya podido cogerlo? —preguntó Mansson.
—He tenido algunos amigos en casa, una o dos veces —contestó Unda—. Pero no creo que roben juguetes. De todos modos fue mucho después de que vinieran, cuando nos dimos cuenta de que el coche había desaparecido.
Rönn asintió con aire lúgubre.
—Esto es peor que un interrogatorio policíaco —dijo Unda, riéndose.
—Espera que saque su vara y empiece a aplicar el tercer grado —dijo Rönn.
—Pensad por un momento —rogó Mansson—. ¿Ha estado alguien más aquí, alguien que viniese a buscar algo, o a leer algún contador, o un lampista, o cualquier otro operario?
—No —respondió Rönn—. Que yo sepa al menos. ¿Te refieres a alguien que hubiera podido robarlo?
—Bueno, ¿por qué no? —dijo Mansson—. Las gentes roban a veces cosas muy extrañas. En Malmö había un individuo que solía ir por las casas fingiendo ser un representante de la compañía Anticimex, y cuando lo detuvieron le encontraron en su casa ciento trece bragas. Era lo único que robaba. Pero lo que yo estaba pensando es que alguien se hubiera llevado el coche de bomberos por equivocación.
—Eso deberías saberlo tú, Unda —dijo Rönn—. Tú estás en casa todo el día.
—Sí, estaba pensando en eso precisamente. No recuerdo que haya venido ningún operario. El hombre que colocó el cristal de la ventana fue mucho antes, ¿verdad?
—Sí —dijo Rönn—. Eso fue en febrero.
—Es cierto —confirmó Unda. Se mordió el índice pensativa—. Sí —dijo—. El conserje estuvo aquí, sacando el aire de los radiadores. Eso fue pocos días después del cumpleaños de Mats, estoy segura.
—¿Sacando el aire de los radiadores? —repitió Rönn—. No lo sabía.
—Probablemente olvidé decírtelo —dijo Unda.
—¿Trajo sus herramientas? —preguntó Mansson—. Debía de tener una llave inglesa. ¿Recuerdas si llevaba una caja de herramientas?
—Sí, creo que sí —contestó Unda—. Aunque no estoy segura.
—¿Vive en este mismo edificio?
—Sí, en el entresuelo. Se llama Svensson.
Mansson dejó su vaso de coñac y se levantó.
—Ven, Einar —dijo—. Vamos a visitar a tu conserje.
Svensson era un hombre bajo y robusto, de unos sesenta años. Llevaba unos pantalones oscuros bien planchados y una camisa de un blanco inmaculado, con puños.
Mansson ya se había fijado en una caja de herramientas que estaba encima de una estantería en el vestíbulo, cuando el conserje dijo:
—Buenas noches, señor Rönn. ¿Puedo servirle en algo?
Rönn no sabía cómo empezar, pero Mansson señaló la caja de herramientas y preguntó:
—¿Es ésa su caja de herramientas, señor Svensson?
—Sí —dijo Svensson, sorprendido.
—¿Cuánto tiempo hace que la ha utilizado por última vez?
—Bueno, no lo recuerdo exactamente. Hace bastante tiempo. He estado en el hospital varias semanas y entretanto Berg, del número once, se ha ocupado de los pisos. ¿Por qué, si me permiten preguntarlo?
—¿Podemos echar un vistazo al interior de la caja?
El conserje alcanzó la caja en seguida.
—Por favor, háganlo —dijo—. ¿Por qué...?
Mansson abrió la caja y Rönn vio cómo el conserje estiraba el cuello y miraba dentro con verdadero asombro. Dio un paso hacia adelante y allí, entre los martillos, los destornilladores y las llaves inglesas, estaba el coche de bomberos, rojo y brillante.
Varios días después, un martes, 30 de julio, exactamente, Martin Beck y Kollberg hicieron un resumen privado del caso mientras tomaban café sentados en Västerberga.
—¿Ha regresado Mansson a su casa? —preguntó Martin Beck.
—Sí, se fue el sábado. Creo que no le interesa demasiado Estocolmo.
—No, probablemente se hartó de la ciudad el invierno pasado, con el asunto del asesinato en el autobús.
—Ha hecho un buen trabajo, el condenado —comentó Kollberg—. No lo hubiera creído nunca de ese lento fisgón. Y a pesar de todo, sigo preguntándome...
—¿Qué?
Kollberg meneó la cabeza.
—Hay algo sospechoso en ese interrogatorio. Esa chica, ¿comprendes...?
—¿Por qué piensas eso?
—No lo sé exactamente. Bueno, de todas maneras el asunto parece claro ahora. Olofsson, Malm y ese individuo Karlsson, encargado de falsificar los papeles, pensaron en independizarse y abrir su propio...
—Por cierto, y a propósito de Karlsson, estuvimos en la compañía de seguros donde trabajaba y todo lo que utilizaba para sus falsificaciones estaba allí. Sellos y papeles y todo lo demás —explicó Martin Beck—. Los tenía allí en un armario, y el jefe del departamento lo había guardado todo en una caja, sin saber lo que era. Si quieres echarles una mirada, están en Kungsholmsgatan.
—No era un mal falsificador. Lo que ocurrió fue que esos tres tipos sabían demasiado y por eso enviaron a ese Lasalle-Riffi- Caravanne o como se llame.
—Llámale Cualquiera.
—Sí, es una buena manera de llamarle. Fue a Copenhague y luego a Malmö, y acabó con Olofsson. Pero Malm se asustó y se largó. Luego la policía detuvo a Malm y...
—Sí —dijo Martin Beck—. Los dos, él y Sigge Karlsson, se quedaron sin medios para ganarse la vida. Sabían o se imaginaban lo que le había ocurrido a Olofsson. Estaban arruinados y desesperados, y por último Malm cogió un coche con la intención de venderlo por su cuenta, para conseguir algún dinero. Pero le detuvieron en seguida.
—Y luego le soltaron y eso no mejoró las cosas. El y Sigge Karlsson estaban temiendo que ese Cualquiera o algún otro apareciese y acabase con ellos de una vez. Vivían de prestado, podría decirse.
—Y cualquiera llegó en efecto como una carta por correo. Daría señales de vida de algún modo, probablemente por teléfono, o quizá le vieron mientras intentaba comprobar sus direcciones. Sigge Karlsson se dio por vencido y se pegó un tiro, pero antes, en un momento de lucidez, pensó en llamarte, aunque no puso en práctica su idea.
Martin Beck asintió.
—Malm estaba en una situación tan desesperada que se fue a ver abiertamente a Sigge Karlsson, a pesar de que debía temer que le vigilaran. Entonces le dieron la noticia de la muerte de Karlsson.
—Compra una cerveza con su última moneda, se va a su casa y abre la llave del gas. Pero antes, Cualquiera, que está en la ciudad con un encargo que quiere cumplir lo antes posible, va a la casa y coloca su precioso aparatito en la cama de Malm. El día siguiente, Cualquiera toma el avión para cualquier lugar. Y nosotros nos quedamos aquí. Los policías de la Keystone. Los pies planos. Parece increíble que tú y yo, Rönn y Larsson, hayamos estado dando vueltas durante casi cinco meses persiguiendo a un individuo que estaba muerto un mes antes de empezar nuestras pesquisas, y otro individuo cuyo nombre no conocemos estuviera desde el principio fuera de nuestro alcance.
—Quizá vuelva —dijo pensativamente Martin Beck.
—Optimista —repuso Kollberg—. Nunca volverá a poner los pies aquí.
—Hum —hizo Martin Beck—. No estoy tan seguro. ¿Has pensado en una cosa? Tiene un arma importante para poder trabajar aquí: habla el sueco.
—Es cierto. ¿Dónde demonios lo habrá aprendido?
—Debe de haber trabajado en Suecia algún tiempo, o ha estado aquí como refugiado durante la guerra. En todo caso, si la «empresa» decide reconstruir su rama de Estocolmo, él puede ser muy útil. Y además no tiene idea de que sabemos que existe. Puede muy bien aparecer de nuevo.
Kollberg inclinó la cabeza y pareció poco convencido.
—¿Has pensado en otra cosa? —dijo—. Incluso si vuelve y se pone a tiro, ¿qué pruebas tenemos contra él? No hay nada ilegal en el hecho de haber estado en Sundbyberg.
—No, no podemos culparle por eso del incendio. Pero está muy relacionado con el asunto de Malmö, el asesinato de Olofsson.
—Cierto. Pero eso no es asunto nuestro. De todos modos, no volverá nunca.
—No estoy del todo convencido. Deberíamos pedir a la Interpol y a la policía francesa que tengan los ojos abiertos. Y que nos avisen si aparece.
—Encárgate tú de eso —dijo Kollberg bostezando.
30
Un mes después, Lennart Kollberg estaba sentado en su despacho de Västerberga tratando de averiguar el paradero de una chica de diecisiete años. La gente desaparecía con mucha frecuencia, especialmente las chicas y sobre todo en verano. Casi todas volvían a aparecer, algunas después de marcharse al Nepal para sentarse con las piernas cruzadas a fumar opio; otras después de ganar algún dinero extra posando desnudas para revistas alemanas pornográficas, y otras por haberse ido al campo con algunos amigos sin acordarse de telefonear a sus familias. Pero ésta parecía haber desaparecido de verdad. La muchacha que le sonreía desde la fotografía hizo pensar a Kollberg, tristemente, que quizá reaparecería con un aspecto muy diferente si la encontraban en las aguas del Canal o de algún estanque del Parque Nacional de Nacka.
Martin Beck estaba de vacaciones y a Skacke no se le podía hallar, aunque debía estar por ahí cerca.
Estaba lloviendo, una lluvia fresca y clara de verano que limpiaba el polvo de las hojas y azotaba alegremente los cristales de las ventanas.
A Kollberg le gustaba la lluvia, especialmente la lluvia fresca después de un calor sofocante, y contemplaba con placer los espesos bancos de nubes grises que se entreabrían de vez en cuando y dejaban filtrarse entre sus jirones el sol; pensaba que pronto se iría a su casa, lo más tarde a las cinco y media, hora ya bastante avanzada puesto que era sábado.
Pero entonces, claro está, sonó el teléfono.
—Hola. Soy Strömgren.
—Hola.
—Tengo un mensaje en el télex que no puedo descifrar del todo.
—¿Qué dice?
—Es de París. Acabo de conseguir una traducción. Dice sólo esto: «El requerido Lasalle probablemente en ruta desde Bruselas a Estocolmo. Vuelo extra SN X3 con llegada a Arlanda a las 18.15 horas. Nombre Samir Malghagh. Pasaporte Marruecos. »
Kollberg no dijo nada.
—Es para Beck, pero está de vacaciones. Yo no puedo entenderlo. ¿Puedes tú?
—Sí —contestó Kollberg—. Desgraciadamente. ¿Cuánta gente tienes ahí?
—¿Aquí? Prácticamente a nadie. ¿Quieres que llame a la comisaría de Märsta?
—No te preocupes —dijo Kollberg—. Yo lo arreglaré. ¿Dijiste a las seis y cuarto?
—Dieciocho quince horas. Eso es lo que dice.
Kollberg miró la hora. Eran poco más de las cuatro. Tenía relativamente bastante tiempo. Deshizo el nudo del cordón del teléfono y marcó el número de su casa.
—Parece que tendré que ir a Arlanda.
—¡Diablos! —exclamó Gun.
—Completamente de acuerdo.
—¿A qué hora estarás de vuelta?
—No más tarde de las ocho, espero.
—Date prisa.
—Te lo prometo.
—Lennart.
—¿Sí?
—Te quiero. Adiós.
La mujer colgó tan de prisa el auricular que él no tuvo tiempo de, decirle nada. Sonrió, se levantó, salió al pasillo y gritó:
—¡Skacke!
Lo único que se oía era la lluvia, y por alguna razón había perdido todo su encanto.
Tuvo que atravesar el piso antes de encontrar un alma. Un policía.
—¿Dónde demonios está Skacke?
—Jugando al fútbol.
—¿Qué? ¿Al fútbol? ¿Estando de servicio?
—Dijo que era un partido muy importante y que estaría de vuelta antes de las cinco y media.
—¿En qué equipo está jugando?
—En el de la policía.
—¿Dónde?
—En Zinkensdamn. De todos modos, está libre hasta las cinco y media.
Esto era cierto y no mejoraba la situación. No era una perspectiva muy agradable ir solo a Arlanda, y además Skacke conocía el caso y podría intervenir tan pronto como Kollberg le hubiera dado la mano al señor Cualquiera. Si llegaba el caso. Así que se puso el impermeable, fue a buscar el coche y se dirigió a Zinkensdamm.
En la entrada del campo se veían unos carteles blancos con letreros verdes:
SABADO, A LAS 15 HORAS: EL CLUB DEPORTIVO DE LA POLICIA CONTRA EL REYMENSHOLM SPORTS CLUB.
Por encima de la iglesia de Högalid brillaba la curva de un magnífico arco iris y sobre el verde campo de juego sólo caía ahora una suave llovizna. Sobre la tierra pisoteada corrían veintidós jugadores empapados y a su alrededor se apiñaba un centenar de espectadores de pie.
A Kollberg no le interesaban lo más mínimo los deportes y, después de recorrer con la mirada todo el campo, se fue al extremo opuesto, donde vio a un policía vestido de paisano, solo junto a la barrera, frotándose las manos nerviosamente.
—¿Es usted el entrenador o como se llame?
El hombre asintió sin dejar de mirar la pelota.
—Saque en seguida a ese chico de la camiseta naranja, ese que pasa la pelota ahora, allí abajo.
—Imposible. Acabamos de hacer salir al campo a nuestro doceavo jugador. Ni hablar. Además, sólo faltan diez minutos.
—¿Cómo va el partido?
—Tres a dos a favor de la policía. Y si ganamos el partido entonces...
—¿Sí?
—Entonces podemos pasar a.... no... oh, gracias a Dios... a tercera división.
Diez minutos no eran el fin del mundo y el hombre estaba tan preocupado que Kollberg decidió no aumentar sus dificultades.
—Diez minutos no son el fin del mundo —dijo de buen humor.
—En diez minutos pueden pasar muchas cosas —rezongó el hombre, pesimista.
Tenía razón. El equipo de las camisas verdes y pantalones blancos metió dos goles y ganó el partido entre una salva de aplausos de los veteranos y bebedores que parecían constituir la mayor parte de los espectadores. Skacke recibió un puntapié en la pierna que le hizo caer en redondo al suelo, sobre un charco lleno de barro. Cuando por fin Kollberg pudo alcanzarle, tenía fango hasta en el pelo y respiraba con dificultad, como una locomotora vieja subiendo una cuesta. Estaba completamente agotado.
—Date prisa, anda —dijo Kollberg—. Nuestro famoso Cualquiera llega a Arlanda a las seis quince. Tenemos que estar allí para recibirlo.
Skacke desapareció como un relámpago en el vestidor.
Un cuarto de hora después estaba sentado junto a Kollberg en el coche, recién duchado, con el pelo cepillado y compuesto.
—Es una idiotez perder de esa manera —dijo Kollberg.
—Tenemos a la gente en contra, y el Reymensholm es uno de los mejores equipos de la liga. ¿Qué vamos a hacer con ese Lasalle?
—Tendremos que sostener una charla con él, supongo. Creo que nuestras posibilidades de atraparlo son mínimas. Si lo detenemos, probablemente armará tal escándalo que el Ministerio de Asuntos Exteriores se nos echará encima y al final tendremos que disculparnos, decir adiós y muchas gracias. Nuestra única posibilidad es desconcertarlo para que se descubra él mismo de algún modo. Pero si es tan listo como dicen, no será fácil conseguirlo. En el caso de que efectivamente sea él.
—Es un tipo muy peligroso, ¿no es cierto? —preguntó Skacke.
—Sí, tiene fama de serlo. Pero no para nosotros.
—¿No sería mejor seguirlo y ver lo que se propone? ¿Qué le parece la idea?
—Ya he pensado en eso —dijo Kollberg—. Pero creo que este plan es mejor. Si no conseguimos otra cosa, quizá podamos asustarlo y ahuyentarlo —se quedó callado un momento y luego añadió—: Es listo y no tiene escrúpulos, pero probablemente no es tan extraordinariamente genial. Y ésta es nuestra oportunidad.
Un poco después, agregó maliciosamente:
—De todos modos, la mayoría de los policías tampoco se distinguen por su brillante ingenio. En este aspecto tenemos las mismas posibilidades.
El tráfico en la autopista norte era bastante fluido, pero tenían tiempo por delante y Kollberg conducía a una velocidad moderada. Skacke no paraba de moverse. Kollberg le miró con cierta suspicacia y le preguntó:
—¿Qué te pasa?
—No me gusta esta funda sobaquera.
—¿Llevas la pistola?
—Claro.
—Pero, ¿y cuando juegas al fútbol?
—La dejo encerrada durante el partido, por supuesto.
—Idiota —rezongó Kollberg.
El iba siempre desarmado. Era de los que defendían que los policías deberían ir siempre sin armas.
—Gunvald Larsson tiene uno de esos clips que se sujetan al cinturón del pantalón. No sé dónde lo habrá encontrado.
—El señor Larsson preferiría probablemente pasearse llevando un Smith and Wesson 44 Magnum niquelado y con culata grabada a lo Gonçalo Alves, con un cañón de veinticinco centímetros y su nombre inscrito en una placa de plata cincelada.
—¿Existen cosas así?
—Desde luego. Cuestan más de mil coronas y pesan casi un kilo y medio.
Continuaron en silencio; Skacke en su asiento, rígido y tenso, lamiéndose los labios de vez en cuando. Kollberg le dio un codazo y le dijo:
—Relájate, chico. No va a ocurrir nada de particular. Tú conoces ya la descripción de ese individuo, ¿no es cierto?
Skacke asintió, vacilante, y estuvo murmurando con aire culpable el resto del camino.
El avión era un Caravelle Sabena y aterrizó con diez minutos de retraso; para entonces, Kollberg estaba ya tan cansado de Arlanda y de su celoso compañero, que, a fuerza de bostezar, casi se le había desencajado la mandíbula.
Se situaron a cada lado de la puerta de cristal, observando cómo se dirigía el avión hacia el edificio del aeropuerto.
Kollberg se había colocado junto a la puerta, y Skacke unos cinco metros en el interior de la sala de espera. Era una medida de precaución que ambos habían adoptado tácitamente.
Los pasajeros empezaron a bajar y se acercaron en una fila apretada.
Kollberg silbó entre dientes; no era, evidentemente, un cualquiera el que llegaba en aquel vuelo extra. El primero en entrar fue un hombre corpulento, de pelo negro, impecablemente vestido con un traje oscuro, una camisa blanquísima y unos zapatos brillantes.
Se trataba de un importante diplomático ruso. Kollberg le reconoció porque le había visto cuando llegó en un viaje oficial cinco años antes, y sabía que actualmente era un hombre clave en París o en Ginebra, o en algún sitio parecido. Algo más atrás le seguía su bella mujer, y a unos cuatro metros detrás de ella Semir Malghagh. Lasalle o como se llamase. La descripción recibida encajaba perfectamente. Llevaba un sombrero de fieltro y un traje de shantung azul. Kollberg dejó pasar al ruso e involuntariamente lanzó una mirada a su esposa, que era una mujer realmente guapa, una mezcla de Tatiana Samoilova, de Juliette Greco y de Unda Kollberg.
Esta mirada fue la mayor equivocación de la carrera de Kollberg. Porque Skacke la interpretó mal.
Kollberg volvió inmediatamente la cabeza, miró al tan discutido libanés, levantó cortésmente la mano hacia su sombrero, dio medio paso hacia adelante y dijo:
—Excusez-moi monsieur Malghagh...
El hombre se detuvo, sonrió enseñando los dientes y, con expresión interrogadora, levantó también la mano derecha hasta su sombrero.
Y precisamente en este momento, Kollberg, por el rabillo del ojo, vio la cosa inesperada que estaba sucediendo a sus espaldas.
Skacke se había adelantado y se había puesto delante del famoso diplomático, que de modo rutinario levantó el brazo derecho y lo apartó despectivamente, creyendo sin duda que se trataba de un periodista impertinente; la crisis checoeslovaca estaba en un momento crítico. Skacke se tambaleó hacia atrás, metió la mano derecha en el interior de su chaqueta y sacó su Walther 7. 65.
Kollberg volvió la cabeza y gritó:
—¡Skacke, por Dios santo!
En el instante en que Malghagh vio la pistola, cambió de expresión y se quedó tieso, tenso, y por una fracción de segundo sus ojos castaños traicionaron su sorpresa y su miedo. Luego sacó un cuchillo que debía llevar escondido en la manga y Kollberg tuvo tiempo de pensar que era un arma afilada y peligrosa, con una hoja de veinte centímetros por lo menos de longitud y sólo uno y medio de anchura. Kollberg sólo contaba con su rapidez de reflejos y su entrenamiento; se dio cuenta de que el hombre se proponía rebanarle el cuello y tuvo tiempo de levantar el brazo izquierdo para esquivar el golpe. Pero el otro se volvió con la rapidez de un rayo y le agredió de abajo arriba, y Kollberg, todavía sin recobrar el equilibrio y con parte de su atención puesta en otra dirección, sintió cómo la hoja del cuchillo penetraba justo debajo de sus costillas, en el lado izquierdo del diafragma. «Como un cuchillo a través de la mantequilla, suele decir la gente», pensó Kollberg, y eso fue exactamente lo que sintió. Se dobló sobre el cuchillo, todavía consciente de lo que hacía y de por qué lo hacía. Sabía que esto detendría al otro hombre unos segundos. ¿Cuántos? Quizá cinco o seis.
Todo esto ocurría mientras Skacke todavía estaba, completamente estupefacto, a punto de levantar la pistola y correr el seguro con el pulgar.
Entonces Malghagh, o cualquiera que fuese su nombre, logró liberar el cuchillo y Kollberg se echó sobre él con la cabeza doblada hacia abajo para proteger su arteria carótida, y el cuchillo volvió a levantarse. En ese momento Skacke disparó.
La bala alcanzó a Lasalle, o cualquiera que fuese su nombre, en medio del pecho y le lanzó violentamente hacia atrás, y el cuchillo saltó de su mano cuando aterrizó de espaldas en el suelo de mármol.
La escena pareció quedarse completamente estática. Skacke estaba de pie con los brazos extendidos y el cañón de la pistola todavía apuntando hacia arriba en diagonal, después del disparo; el hombre del traje de shantung yacía en el suelo, boca arriba y con los brazos abiertos; y entre los dos, Kollberg, doblado y medio caído de lado, apretándose con las dos manos el lado izquierdo del diafragma. Todos los demás estaban absolutamente inmóviles y nadie tuvo tiempo de gritar.
Luego Skacke corrió junto a Kollberg, se arrodilló, todavía con la pistola en la mano, y dijo casi sin poder respirar:
—¿Cómo está?
—Mal.
—Pero, ¿por qué me guiñó el ojo? Yo creí...
—Has estado a punto de organizar la tercera guerra mundial —susurró Kollberg.
Y entonces, como suele ocurrir, el pánico y el caos estallaron con gritos y corridas de aquí para allá, como es costumbre cuando ya todo ha pasado.
Mas para Kollberg no todo se había acabado. En la ambulancia, con el lamento de la sirena mientras camino del hospital de Mörby, tuvo al principio un miedo terrible a morir. Luego miró al hombre del traje de shantung extendido sobre la camilla, tan sólo a un metro de distancia. Tenía la cabeza vuelta hacia un lado y miraba a Kollberg con unos ojos inmovilizados por el dolor y el terror, y a los que asomaba rápidamente la muerte. Intentó mover una mano, quizá para hacer la señal de la cruz, pero todo lo que consiguió fue sacudirla ligeramente.
«Ja, te vas a morir antes de que tengas tiempo de recibir los últimos ritos o como se llamen», pensó Kollberg sacrílegamente.
Tenía razón. El hombre no sobrevivió ni siquiera para llegar a la sala de urgencias. Cuando la ambulancia empezó a disminuir la velocidad, se le abrió la mandíbula inferior y empezó a destilar sangre y suciedad.
A Kollberg todavía le asustaba terriblemente la posibilidad de morir, y en el preciso momento antes de perder la conciencia, pensó: «No es justo. A mí no me ha interesado nunca este condenado asunto. Y mientras, Gun esperando... »
—¿Se morirá? —preguntó Skacke.
—No —dijo el médico—. En todo caso no de esto. Pero tendrá que pasar un mes o dos antes de que pueda darle a usted las gracias.
—¿Las gracias?
Skacke meneó la cabeza y se encaminó hacia el teléfono.
Tenía muchas llamadas que hacer.
FIN
***
1 El Día de los Inocentes en varios países de Europa. (N. del T.)