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T E M A S













LA BIBLIOTECA DE LOS MUERTOS (Glenn Cooper)

Publicado el domingo, septiembre 12, 2010
Traducción de
Sergio Lledó

Grijalbo
21 de mayo de 2009,
Nueva York

David Swisher giró la bolita de su BlackBerry hasta que dio con el correo electrónico que le había enviado el director de finanzas de uno de sus clientes. El tipo quería encontrar el momento para ir a Hartford y hablar de cómo financiar una deuda. Pura rutina, la clase de trabajo que dejaba para su viaje de vuelta a casa. Empezó a teclear una respuesta mientras la limusina avanzaba por Park Avenue con continuas paradas debido al embotellamiento.
Una campanita anunció la llegada de un nuevo correo. Era de su esposa: «Tengo una sorpresa para ti».
David contestó: «Estupendo. Me muero de ganas». Al otro lado de la ventanilla de su limusina las aceras estaban llenas de neoyorquinos embriagados por los primeros brotes primaverales. La diáfana luz de la tarde y el aire cálido y liviano animaban sus pasos y exaltaban su espíritu. Los hombres, con la chaqueta al hombro y la camisa remangada, sentían la brisa en sus brazos desnudos; las mujeres, con sus ligeras minifaldas, en los muslos. Desde luego, la libido estaba por las nubes. Las hormonas, encerradas como barcos atrapados en el hielo ártico, empezaban a fluir con libertad gracias al deshielo primaveral. Esa noche la ciudad estaría agitada. En el ático de un bloque de apartamentos alguien había puesto la exuberante pieza de Stravinsky La consagración de la primavera en su equipo de música, y las notas planeaban desde las ventanas abiertas y se fundían con el bullicio de la ciudad.
David, concentrado en su brillante pantalla, no prestaba atención a nada de eso. Y, oculto tras los cristales tintados, nadie le prestaba atención a él, un banquero de treinta y seis años especialista en inversiones, acomodado, con una buena mata de pelo, un fino traje de algodón comprado en Barneys, y ese ceño fruncido que se le quedó un día que no significó nada para su carrera, su ego o su cuenta bancaria.
El vehículo se paró en su edificio de Park Avenue con la Ochenta y uno, y al caminar los cinco metros que separaban la esquina del portal se dio cuenta de que hacía buen tiempo. Como para celebrarlo, inspiró profundamente, se llenó los pulmones de aire y luego hasta sonrió al portero.
—¿Qué tal va eso, Pete?
—Ya ve, señor Swisher. ¿Qué tal hoy la bolsa?
—Una hecatombe —dijo mientras pasaba junto a él—. Guarde su dinero bajo el colchón. —Su broma de siempre.
Su piso de nueve habitaciones, en una octava planta, le costó algo menos de cinco millones de dólares cuando lo compró, poco después del 11 de septiembre. Un robo. Los mercados financieros y los vendedores estaban de los nervios, aunque lo cierto es que se trataba de una perita en dulce, un edificio del período anterior a la guerra, con techos de cuatro metros de altura, cocina—comedor y chimenea. ¡Y en Park Avenue! Le gustaba bucear en los fondos del mercado sin importarle el tipo de mercancía. Tenía más espacio del que necesitaba una pareja sin hijos, pero era un trofeo que provocaba la admiración de sus familiares, y eso hacía que se sintiera endemoniadamente bien. Por otra parte, ahora le darían por él siete millones y medio, aunque fuera a precio de liquidación, así que, como se recordaba a menudo, había hecho un negocio redondo.
El buzón estaba vacío.
—Eh, Pete, ¿ha llegado ya mi mujer? —gritó por encima de su hombro.
—Hace unos diez minutos.
Esa era la sorpresa.
Su maletín estaba en la mesa del recibidor, sobre un montón de cartas. Cerró la puerta sin hacer ruido e intentó andar de puntillas para acercarse a ella por detrás, ponerle las manos en los pechos y apretarse contra su trasero. Su idea de pasarlo bien. El mármol italiano dio al traste con su plan cuando sus flexibles mocasines lo delataron.
—¿David? ¿Eres tú?
—Sí. ¡Has vuelto pronto! —gritó él—. ¿Cómo es eso?
—Adelantaron mi declaración —contestó ella desde la cocina.
El perro oyó la voz de David y echó a correr como un loco desde la habitación del fondo; sus patitas resbalaron en el mármol y el caniche acabó estrellándose contra la pared cual jugador de hockey.
—¡Bloomberg! —exclamó David—. ¿Cómo está mi pequeñín? —Dejó el maletín en el suelo y levantó a la bolita de pelo blanco, que le lamió la cara con su lengua rosada mientras su cola cortada se agitaba enérgicamente—. ¡No te mees en la corbata de papá! No lo hagas. Buen chico, buen chico. Cariño, ¿han sacado a pasear a Bloomie?
—Pete ha dicho que Ricardo lo sacó a las cuatro.
Dejó al perro en el suelo y fue a buscar el correo; lo clasificó en montones, como siempre hacía. Facturas. Comunicados. Basura. Cartas personales. Mis catálogos. Sus catálogos. Revistas. ¿Una postal?
Una postal blanca impoluta con su dirección impresa en letras negras. Le dio la vuelta. Había una fecha escrita: 22 de mayo de 2009. Y junto a ella, una imagen que le perturbó nada más verla: la inconfundible silueta de un ataúd, de unos tres centímetros de largo, dibujado con tinta.
—Helen, ¿has visto esto?
Su esposa fue hacia el recibidor, sus tacones repiqueteaban en el suelo. Tenía un aspecto magnífico: traje Armani de color turquesa claro, doble collar de perlas cultivadas justo encima de la insinuación del escote y pendientes a juego que se balanceaban bajo su peinado de peluquería. Una mujer muy guapa, cualquiera estaría de acuerdo.
—¿Si he visto qué? —preguntó.
—Esto.
Helen le echó un vistazo.
—¿Quién la envía?
—No hay remite —contestó David.
—Está timbrada en Las Vegas. ¿A quién conoces en Las Vegas?
—Cielos, yo qué sé. He hecho negocios por allí... pero no se me ocurre nadie.
—Tal vez sea una promoción de algo con publicidad provocadora —opinó ella mientras se la devolvía—. Seguro que mañana recibes algo más que lo explica todo.
Lo convenció. Helen era lista y normalmente tenía intuición. Aun así...
—Es de mal gusto. Un maldito ataúd... Hombre, por favor.
—No dejes que esto te cambie el humor. Estamos los dos en casa a una hora decente. ¿No te parece genial? ¿Y si vamos a Tutti's?
David dejó la postal en el montón Basura y le agarró el trasero.
—¿Antes o después de que hagamos locuras? —preguntó él, esperando que la respuesta fuera «Después».

La postal estuvo en la cabeza de David toda la noche, aunque no volvió a sacar el tema. Pensó en ello mientras esperaban a que les sirvieran los postres, pensó en ello ya en casa justo después de que se hubiera corrido dentro de Helen y pensó de nuevo en ello cuando sacó a Bloomie para un pis rápido fuera del edificio antes de que se fueran a la cama. Y fue la última cosa en la que pensó antes de quedarse dormido, mientras Helen leía a su lado y el resplandor azulado de su lamparilla de pinza iluminaba tenuemente los oscuros contornos del dormitorio. Los ataúdes le aterrorizaban. Cuando tenía nueve años, su hermano, de cinco, murió de un tumor de Wilm, y la imagen del pequeño ataúd de caoba de Barry apoyado en un pedestal en la capilla funeraria, todavía le perseguía. Quien le hubiera enviado esa postal era un anormal. Así de claro y simple.
Desconectó la alarma del despertador unos quince minutos antes del momento en que habría sonado, a las cinco de la mañana. El caniche saltó de la cama y se puso a hacer la misma tontería de todas las mañanas: correr en círculos.
—Vale, vale —susurró—. ¡Ya voy!
Helen seguía durmiendo. Los banqueros iban a la oficina horas antes que los abogados, así que le tocaba a él sacar al perro por la mañana. Unos minutos más tarde, David saludaba al portero de noche mientras Bloomberg tiraba de la correa hacia el frío matinal. Se subió la cremallera de la chaqueta del chándal hasta el cuello justo antes de empezar su circuito habitual: hacia el norte hasta la Ochenta y dos, donde el perro hacía siempre todo lo que tenía que hacer; hacia el este hasta Lexington, donde había un Starbucks de los más madrugadores, y luego la Ochenta y uno y de vuelta a casa. Park Avenue rara vez estaba desierta; esa mañana había muchos taxis y furgonetas de reparto.
Su mente no paraba de trabajar; el concepto «escalofriante» le parecía ridículo. Siempre pensaba en algo en concreto, pero en ese momento, mientras se acercaba a la Ochenta y dos, no estaba concentrado en ningún tema en particular sino más bien en un batiburrillo de trabajos relacionados y por hacer. De la postal, gracias a Dios, se había olvidado. Al girar hacia la oscuridad de aquella calle flanqueada por árboles, su instinto de supervivencia urbanita casi le hizo cambiar de ruta —por un momento pensó en seguir por la Ochenta y tres—, pero el implacable agente de bolsa que llevaba dentro no le permitiría flaquear.
En vez de eso, cruzó hacia el lado norte de la Ochenta y dos, así podía ver al chaval de piel morena que pululaba por la acera hacia el final de la manzana. Si el chico también cruzaba la calle, sabría que estaba en problemas, cogería a Bloomie en brazos y echaría a correr. Había hecho atletismo en la escuela. Todavía era rápido en los partidos de baloncesto. Llevaba las Nike bien atadas y ajustadas. Así que, al carajo, en el peor de los casos saldría bien parado.
El chico empezó a caminar en su dirección por el otro lado de la calle; un chaval desgarbado con capucha, de manera que David no podía verle los ojos. Esperaba que se acercara algún coche u otra persona caminando, pero la calle permaneció en silencio. Dos hombres y un perro; oía el crujir de las zapatillas nuevas del chico en el asfalto. Las casas estaban a oscuras; sus ocupantes soñaban. El único edificio con portero quedaba cerca de Lexington. Cuando ambos estuvieron a la misma altura, su corazón se aceleró. «No le mires a los ojos. No le mires a los ojos.» David pasó de largo. El chico pasó de largo y el vacío entre ellos se agrandó.
Se permitió mirar rápidamente por encima del hombro y respiró tranquilo cuando vio que el chaval giraba hacia Park Avenue y desaparecía al doblar la esquina. «Soy un cobardica —pensó—. Y además un cobardica lleno de prejuicios.»
Cuando había dado media vuelta a la manzana, Bloomie olisqueó su rincón favorito y se puso a marcar territorio. David no supo por qué no oyó al chico hasta que casi lo tuvo encima. Tal vez se había distraído pensando en su primera cita con el jefe del mercado de divisas, o mirando cómo el perro inspeccionaba su rincón, o recordando cómo Helen se había quitado el sujetador la noche anterior, o tal vez el chaval era un experto en correr por la ciudad con sumo sigilo. Pero todo eso no eran más que teorías.
Recibió un puñetazo en la sien y cayó con todo el peso sobre sus rodillas, momentáneamente fascinado, más que asustado, por la inesperada violencia. El golpe hizo que se le nublara la mente. Vio cómo Bloomie terminaba de hacer caca. Oyó algo sobre dinero y sintió que unas manos se metían en sus bolsillos. Vio la hoja de un cuchillo junto a su cara. Notó que le quitaban el reloj, y luego el anillo. Entonces se acordó de la postal, esa maldita postal, y se oyó preguntar: «¿La enviaste tú?». Le pareció que oía al chico contestar: «Sí, la mandé yo, hijo de puta».


Un año antes,
Cambridge, Massachusetts

Will Piper llegó temprano para beber una copa en la barra antes de que aparecieran los demás. El concurrido restaurante, en una bocacalle de Harvard Square, se llamaba OM; Will encogió sus anchos hombros cuando vio el moderno y ecléctico ambiente asiático del local. No era el tipo de sitio que solía frecuentar, pero en la entrada había una barra y el camarero tenía cubitos y whisky escocés, así que cumplía sus requisitos mínimos. Miró con recelo las artísticamente desiguales piedras de la pared de detrás de la barra, las instalaciones de videoarte en brillantes pantallas planas y las luces de neón azul, y se preguntó: «¿Qué estoy haciendo aquí?».
Hacía tan solo una semana las probabilidades de que acudiera al veinticinco aniversario de su licenciatura en la universidad eran cero, y a pesar de todo ahí estaba, de nuevo en Harvard con cientos de personas de cuarenta y siete y cuarenta y ocho años, preguntándose adonde habían ido a parar los mejores momentos de su vida. Jim Zeckendorf, como buen abogado que era, les había engatusado y les había acosado sin tregua vía correo electrónico hasta que habían accedido. Él no estaba dispuesto a aceptar todo el lote. Nadie le haría marchar con sus compañeros de 1983 hasta el Tercentenary Theatre. Pero le había parecido bien viajar hasta allí en coche desde Nueva York, cenar con sus compañeros, quedarse en casa de Jim, en Weston, y volver por la mañana. Ni de broma se le ocurriría malgastar más de dos días de vacaciones en fantasmas del pasado.
El vaso de Will ya estaba vacío antes de que el camarero hubiera acabado de preparar la siguiente copa. Will agitó el hielo para llamar su atención, pero a quien atrajo fue a una mujer. Estaba de pie detrás de él, haciendo gestos al camarero con un billete de veinte; una morena de unos treinta años de muy buen ver. Pudo oler su perfume especiado antes de que ella se inclinara sobre su ancha espalda y le preguntara:
—Cuando te haga caso, ¿me pedirás un chardo?.
Will se medio giró y la cachemira de su delantera le quedó a la altura de los ojos, al igual que el billete de veinte dólares, que oscilaba entre sus estilizados dedos. Se dirigió a sus pechos:
—Sí, ya te lo pido yo. —Entonces giró el cuello hasta ver una bonita cara con sombra de ojos violeta y labios rojo pasión, justo como a él le gustaban. Percibió en ella fuertes vibraciones de disponibilidad.
Ella le dio el billete con un «Gracias» cantarín y se metió en el estrecho espacio que él le dejó moviendo su taburete un par de centímetros.
Minutos después, Will sintió un golpecito en el hombro y oyó:
—¡Ya os dije que lo encontraríamos en la barra!
Zeckendorf tenía una amplia sonrisa en su rostro de rasgos amables, casi femeninos. Aún tenía pelo suficiente para llevarlo a lo afro, y Will recordó de repente su primer día en el campus de Harvard en 1979: un patán rubio y grandullón de la franja de Florida, revoloteando como una chica bonita en la cubierta de un barco, y un chaval flacucho de pelo alborotado con el aire autosuficiente del lugareño que ha nacido para vestir los colores carmesí de la universidad. La mujer de Zeckendorf estaba a su lado, o al menos Will dio por sentado que esa matrona de anchas caderas era la novia que, la última vez que la vio, cuando se casaron en 1988, estaba como un palillo.
Los Zeckendorf llegaban con Alex Dinnerstein y su novia. Alex era de cuerpo pequeño y compacto, y lucía un bronceado impecable que le hacía parecer bastante más joven que los demás. Adornaba su buena planta y su garbo con un caro traje de corte europeo y un elegante pañuelo de bolsillo, blanco y brillante como sus dientes. Su pelo engominado seguía tan liso y negro como en el primer año de la universidad, así que Will se dijo que lo llevaba teñido; a cada cual lo suyo. El doctor Dinnerstein tenía que mantenerse joven para la preciosidad que llevaba del brazo, una modelo por lo menos veinte años más joven que él, una belleza de largas piernas con un cuerpazo realmente especial; casi consiguió que Will se olvidara de su nueva amiga, a la que había tenido la torpeza de dejar sola bebiendo su vino.
Zeckendorf se percató de que la señorita se sentía incómoda.
—¿Qué pasa, Will, es que no vas a presentarnos?
Will sonrió avergonzado y murmuró:
—Todavía no hemos llegado tan lejos.
Alex soltó un resoplido de complicidad.
—Me llamo Gilliam —dijo la chica—, Que disfrutéis de vuestra reunión. —Se dispuso a marcharse y Will, sin decir palabra, le puso una de sus tarjetas en la mano.
Ella le echó un vistazo y el destello que iluminó su rostro reveló su sorpresa: WILL PIPER, AGENTE ESPECIAL DEL FBI.
Cuando ya se había marchado, Alex cacheó a Will con grandes aspavientos.
—Seguramente nunca había visto a un tío de Harvard con una pipa, ¿verdad, colega? Eso que llevas en el bolsillo ¿es una Beretta o es que te alegras de verme?
—Que te den, Alex. Yo también me alegro de verte.
Zeckendorf los guiaba escalera arriba hacia el restaurante cuando se dio cuenta de que faltaba uno.
—¿Alguien ha visto a Shackleton?
—¿Estás seguro de que todavía vive? —preguntó Alex.
—Prueba circunstancial —contestó Zeckendorf—. E—mails.
—No vendrá. Nos odiaba —afirmó Alex.
—Te odiaba a ti —dijo Will—.Tú fuiste el que le ató a la puñetera cama con cinta americana.
—Tú también estabas allí, si no recuerdo mal —dijo Alex entre risas.
Una fluida charla recorrió el restaurante, un espacio museístico de luz cálida con estatuas nepalíes y un buda encajado en una pared. Su mesa, que daba a Winthrop Street, les esperaba, pero no estaba vacía. En un extremo había un hombre solo que manoseaba su servilleta en actitud nerviosa.
—¡Eh, mirad a quién tenemos aquí! —gritó Zeckendorf.
Mark Shackleton alzó la vista como si hubiera estado temiendo ese momento. Sus ojos, pequeños y muy juntos, ocultos parcialmente por la visera de una gorra de los Lakers, se movieron de un lado a otro examinándolos. Will reconoció a Mark al momento, y eso que habían pasado más de veintiocho años desde que había perdido el contacto con él, prácticamente un minuto después de que terminara el primer curso. La misma cara sin un gramo de grasa que hacía que su cabeza pareciera un trozo de carne clavado sobre un pedestal, los mismos labios tirantes y la misma nariz afilada. Mark no parecía un adolescente ni siquiera cuando lo era; simplemente había alcanzado ese estado natural de la mediana edad.
Los cuatro compañeros formaban un grupo de lo más variopinto: Will, el tranquilo atleta de Florida; Jim, el chaval charlatán de colegio de pago de Brooklyn; Alex, el futuro médico, loco por el sexo, de Wisconsin; y Mark, el autista y friki de la informática, de cerca de Lexington. Los metieron en una caja de cerillas en Holworthy en el polo norte del frondoso campus de Harvard, dos dormitorios diminutos con literas y una sala común con muebles medio aceptables, cortesía de los papas ricos de Zeckendorf. Will fue el último en llegar a la residencia de estudiantes aquel septiembre, pues se había quedado con el equipo de fútbol para los entrenamientos de pretemporada. Para entonces Alex y Jim se habían emparejado, y cuando Will atravesó el umbral arrastrando su petate, los dos resoplaron y señalaron la otra habitación, donde encontró a Mark plantado como un palo en la litera de abajo, reivindicándola como suya, con miedo a moverse.
—Eh, ¿qué tal? —le había preguntado Will al chaval mientras una gran sonrisa sureña brotaba en su cara de rasgos marcados—. ¿Tú cuánto pesas, Mark?
—Sesenta y cinco kilos —contestó Mark con desconfianza mientras intentaba establecer contacto visual con el chico que se alzaba frente a él.
—Bueno, es que yo en calzoncillos peso cien kilos. ¿Estás seguro de que quieres tener mi gordo culo a medio metro de tu cabeza en esta chatarra de litera?
Mark había suspirado profundamente, había cedido sin decir palabra y el orden jerárquico había quedado establecido para siempre.
Cayeron en la conversación espontánea y caótica propia de esas reuniones, desempolvando recuerdos, riéndose de situaciones embarazosas, desenterrando indiscreciones y debilidades. Las dos mujeres actuaban de público, eran la excusa para la exposición y elaboración de las historias. Zeckendorf y Alex, que habían continuado siendo buenos amigos, actuaban como maestros de ceremonias, lanzaban y respondían las bromas con la inmediatez propia de un par de cómicos intentando sacar unas risas. Will no era tan ocurrente y rápido, pero su tranquila y lenta evocación de aquel año tan peculiar los tenía embelesados. Solo Mark permanecía en silencio, sonriendo educadamente cuando ellos reían, bebiendo su cerveza y picoteando de la fusión asiática de su plato. Zeckendorf había pedido a su mujer que se encargara de las fotos, y ella daba vueltas alrededor de la mesa, los hacía posar y disparaba el flash.
Los compañeros de residencia de primer año son como un compuesto químico inestable. En cuanto el entorno cambia, el lazo se rompe y las moléculas se separan. El segundo año Will fue a Adams House, donde viviría con otros jugadores del equipo de fútbol; Zeckendorf y Alex siguieron juntos y fueron a Leverett House, y Mark consiguió una habitación individual en Currier. De vez en cuando Will veía a Zeckendorf en las clases de política, pero básicamente cada uno de ellos desapareció en su propio mundo. Después de licenciarse, Zeckendorf y Alex se quedaron en Boston y a veces llamaban a Will, normalmente porque habían leído algo acerca de él en los periódicos o lo habían visto en la televisión. Ninguno de ellos dedicó un segundo a pensar en Mark. Se evaporó, y si no hubiera sido por el sentido de la oportunidad de Zeckendorf, y porque Mark incluyó su dirección de e—mail en el libro del reencuentro, para ellos solo habría sido una pieza del pasado.
Alex estaba contando a voz en grito una escapada del primer año en la que habían participado dos gemelas de la Universidad de Lesley —la noche que al parecer le puso en el camino de la ginecología—, cuando su chica cambió de conversación dirigiéndose a Will. Harta de las payasadas de Alex, cada vez más achispado, miró fijamente al hombretón de pelo castaño que tenía enfrente y que bebía su whisky escocés sin pestañear y, aparentemente, sin emborracharse.
—¿Y cómo es que acabaste en el FBI? —preguntó la modelo antes de que Alex pudiera lanzarse a contar otra anécdota sobre sí mismo.
—No era lo bastante bueno al fútbol como para dedicarme profesionalmente.
—No, en serio. —Parecía realmente interesada.
—No lo sé —contestó Will en voz baja—. Cuando me licencié no había decidido qué rumbo tomaría. Ellos ya sabían qué querían: Alex, la facultad de medicina; Zeck, la facultad de derecho; Mark, un máster en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, ¿verdad? —Mark asintió—.Yo me pasé unos cuantos años buscándome la vida en Florida, entrenando y dando clases, y entonces salió una plaza en la oficina del sheriff del condado.
—Tu padre era agente del orden público —recordó Zeckendorf.
—Ayudante del sheriff de Panamá City.
—¿Vive todavía? —preguntó la mujer de Zeckendorf.
—No, hace ya tiempo que murió. —Dio un trago a su whisky—. Supongo que yo lo llevaba en la sangre y que aquel era el camino más fácil y todo eso, así que fui a por ello. Al poco tiempo el jefe estaba hasta el gorro de tener de ayudante a un listillo de Harvard y pidió mi traslado a Quantico para sacarme de allí como fuera. Así fue como pasó, y en menos que canta un gallo me daré cuenta de que me he jubilado.
—¿Cuándo se cumplen los veinte años? —preguntó Zeckendorf.
—Dentro de dos.
—Y entonces, ¿qué?
—Aparte de pescar, no sé.
Alex estaba atareado sirviéndose vino de» una nueva botella.
—¿Tienes idea de lo famoso que es este capullo? —preguntó a su chica.
Ella se mordió el labio.
—No. ¿Eres muy famoso?
—Qué va.
—¡Y una mierda! —exclamó Alex—. ¡Este hombre que tenemos aquí es el mejor criminólogo de asesinos en serie de la historia del FBI!
—No, no, eso no es verdad —objetó Will con firmeza.
—¿A cuántos has cogido en todos estos años? —preguntó Zeckendorf.
—No lo sé. A unos cuantos, supongo.
—¡Unos cuantos! —exclamó Alex—. Eso es como decir que yo he hecho unos cuantos exámenes de pelvis. Se dice que eres un hombre... infalible.
—Creo que me confundes con el Papa.
—Venga ya. Leí en alguna parte que eres capaz de psicoanalizar a alguien en medio minuto.
—No necesito tanto tiempo para ver de qué vas tú, colega, pero, en serio, no te creas todo lo que lees.
Alex le dio un codazo a su chica.
—Hazme caso... quédate con su cara. Es un fenómeno.
Will estaba deseando cambiar de tema. Su carrera había dado un par de giros nada interesantes, y tampoco tenía ganas de rememorar las glorias del pasado.
—Supongo que a todos nos ha ido bien, teniendo en cuenta los bandazos que dimos cuando empezamos. Zeck es un pedazo de abogado mercantilista, Alex es catedrático de medicina... que Dios nos ayude, pero hablemos de Mark. ¿Qué has estado haciendo todos estos años?
Antes de que a Mark le diera tiempo de mojarse los labios para responder, Alex ya se había lanzado a su antiguo papel de torturador del empollón.
—Sí, eso hay que oírlo. Seguramente Shackleton es uno de esos millonarios puntocom con jet privado y equipo de baloncesto. ¿Inventaste el teléfono móvil o algo por el estilo? Siempre estabas escribiendo cosas en aquella libreta que tenías, y siempre con la puerta de la habitación cerrada. ¿Qué hacías ahí dentro aparte de aprenderte de memoria los números del Playboy y de gastar cajas de Kleenex?
Will y Zeckendorf no pudieron reprimir una mueca de asco, porque por aquel tiempo parecía que el chaval no paraba de comprar Kleenex. Pero Will sintió inmediatamente una punzada de culpabilidad cuando Mark le atravesó con una mirada de «¿Tú también, Brutus?».
—Me dedico a la seguridad informática —susurró Mark hacia su plato—. Por desgracia, no soy millonario. —Entonces alzó la vista y añadió con optimismo—: Aparte de eso también escribo.
—¿Trabajas para una empresa? —preguntó Will con educación, intentando redimirse.
—He trabajado para unas cuantas, pero ahora supongo que estoy como tú. Trabajo para el gobierno.
—¿En serio? ¿Dónde?
—En Nevada.
—Vives en Las Vegas, ¿no? —intervino Zeckendorf.
Mark asintió, sin duda le decepcionaba que ninguno hubiera hecho caso a su comentario de que escribía.
—¿En qué rama? —preguntó Will, y cuando vio que le respondía con una mirada muda, añadió—: Del gobierno.
La angulosa nuez de Mark se movió cuando tragó.
—Es un laboratorio. Es un asunto un tanto secreto.
—¡Shack tiene un secreto! —gritó Alex alegremente—. ¡Dadle otra copa! ¡A ver si suelta la lengua!
Zackendorf parecía fascinado.
—Vamos, Mark, ¿no puedes contarnos de qué va?
—Lo siento.
Alex se apoyó en el respaldo de la silla.. —Apuesto a que cierto personaje del FBI te sacaría en qué andas metido.
—No lo creo —replicó Mark con una pizca de suficiencia.
Zeckendorf no iba a dejarlo correr; se puso a pensar en voz alta:
—Nevada, Nevada... el único laboratorio secreto del que haya oído hablar en Nevada está en el desierto... en eso que llaman. .. ¿Área 51? —Estaba esperando una negativa, pero lo que vio fue una cara de póquer—. Dime que no trabajas en Área 51.
Mark dudó y luego dijo tímidamente:
—No puedo decírtelo.
—¡Guau! —exclamó la modelo, impresionada—. ¿No es ahí donde estudian los ovnis y esas cosas?
Mark sonreía como la Mona Lisa, enigmáticamente.
—Si te lo dijera, tendría que matarte —dijo Will.
Mark sacudió la cabeza con fuerza, bajó la mirada y sus ojos perdieron cualquier atisbo de diversión. Cuando habló, Will pensó que el tono mordaz de su voz era inquietante.
—No; si te lo dijera, serían otros los que te matarían.


22 de mayo de 2009,
Staten Island, Nueva York

Consuela López estaba agotada y dolorida. Se encontraba en la popa del ferry de Staten Island, sentada donde siempre, cerca de la salida para poder desembarcar enseguida. Si perdía el autobús 51, que pasaba a las 22.45, tendría que esperar un buen rato en la estación de autobuses de St. George para tomar el siguiente. El motor diesel de nueve mil caballos transmitía vibraciones a su delgado cuerpo y le daba sueño, pero desconfiaba demasiado de sus compañeros de viaje como para cerrar los ojos y que le desapareciera el bolso.
Había apoyado su inflamado tobillo izquierdo en el banco de plástico, pero había puesto un periódico debajo del talón. Poner el zapato directamente sobre el asiento habría sido una grosería y una falta de respeto. Se había hecho un esguince en el tobillo al tropezar con el cable de la aspiradora. Limpiaba oficinas en la zona baja de Manhattan y ese era el final de una larga jornada y una larga semana. Que el accidente ocurriera el viernes era una bendición porque tenía el fin de semana para recuperarse. No podía permitirse el lujo de perder un día de trabajo, así que rezó para que el lunes ya se encontrara bien. Si el sábado por la noche todavía le dolía, el domingo por la mañana iría a misa temprano y le rogaría a la Virgen María que la ayudara a curarse pronto. También quería ver al padre Rochas para enseñarle la postal que había recibido y que disipase sus miedos.
Consuela era una mujer feúcha que apenas hablaba inglés, pero era joven y tenía un cuerpo bonito, así que siempre estaba en guardia cuando se le insinuaban. Unas pocas filas más adelante había un joven hispano con una sudadera gris que no paraba de mirarla, y aunque al principio se sintió incómoda, algo en sus blancos dientes y en sus despiertos ojos le llevó a responderle con una educada sonrisa. No hizo falta más. El chico se presentó y pasó los últimos diez minutos del trayecto sentado junto a ella y compadeciéndose de su lesión.
Cuando el ferry llegó a puerto, Consuela bajó cojeando, sin aceptar la ayuda que él le ofrecía. Fue tan atento como para seguirla unos pasos por detrás a pesar de que caminaba a paso de tortuga. Le ofreció llevarla a casa pero ella dijo que no; eso estaba fuera de lugar. Pero como el ferry se había retrasado unos minutos y ella avanzaba tan despacio, acabó perdiendo el autobús y reconsideró la oferta. Parecía un buen chico. Era divertido y respetuoso. Aceptó y, cuando él se fue al aparcamiento a por el coche, Consuela se santiguó.
Cuando se acercaban a la curva que daba a su casa, en Fingerboard Road, el humor del chico cambió y ella empezó a preocuparse. La preocupación se convirtió en miedo cuando él apretó el acelerador y pasó de largo su calle sin hacer caso de sus protestas. Siguió conduciendo en silencio por Bay Street hasta que giró bruscamente a la izquierda, hacia el parque Arthur von Briesen.
Al final de la oscura carretera, ella lloraba y él gritaba y agitaba una navaja automática. La obligó a salir del coche y la arrastró del brazo, amenazándola con hacerle daño si gritaba. Su dolorido tobillo ya no le importaba. Corría tirando de ella entre los matorrales en dirección al agua. Consuela se estremecía de dolor, pero tenía demasiado miedo para hacer ruido.
La colosal superestructura del puente Verrazano—Narrows se alzaba oscura ante ellos como una presencia maléfica. No había ni un alma a la vista. En un claro de la arboleda la tiró al suelo y le arrancó el bolso de las manos. Ella empezó a sollozar y él le dijo que se callara. Rebuscó entre sus pertenencias y se embolsó los pocos dólares que llevaba. Entonces encontró la postal que le habían enviado con el dibujo hecho a mano de un ataúd y la fecha: 22 de mayo de 2009. Miró la postal y sonrió como un sádico.
—¿Piensa que yo le envié esto? —preguntó en español.
—No sé —dijo ella entre sollozos, sacudiendo la cabeza.
—Bueno, pues ahora le voy a enviar esto —dijo riendo y quitándose el cinturón.

10 de junio de 2009,
Nueva York

Will daba por sentado que ella no habría vuelto, y sus sospechas se confirmaron en cuanto abrió la puerta y dejó la maleta con ruedas y el maletín.
El apartamento estaba como en la etapa anterior a Jennifer. Nada de velas perfumadas. Nada de manteles individuales en la mesa del comedor. Nada de cojines con volantes. Ni su ropa, ni sus zapatos, ni sus cosméticos, ni su cepillo de dientes. Salió como un torbellino del dormitorio y abrió el frigorífico. Ni siquiera esas estúpidas botellas de agua con vitaminas.
Will había pasado dos días fuera de la ciudad como parte de un curso de sensibilización que debía hacer tras el informe de su última actuación policial. Si a ella le hubiera dado por volver inesperadamente, él lo habría intentado con nuevas técnicas, pero Jennifer seguía sin aparecer.
Se aflojó el nudo de la corbata, se quitó los zapatos y abrió el mueble bar que había debajo del televisor. El sobre estaba bajo la botella de Johnny Walker Black, el mismo sitio donde lo había encontrado el día en que ella lo abandonó. En él, con su letra inconfundiblemente femenina, había escrito: «Vete a la mierda». Se sirvió una buena copa, puso los pies sobre la mesa y, por los viejos tiempos, empezó a releer aquella carta que le revelaba cosas sobre sí mismo que ya sabía. Un repiqueteo le interrumpió cuando iba por la mitad, una fotografía enmarcada que había derribado con el dedo gordo del pie.
La había enviado Zeckendorf: los compañeros del primer año en su reunión del pasado verano. Otro año que se había ido.
Una hora más tarde, confundido por la bebida, le asaltó uno de los dictámenes de Jennifer: lo tuyo no tiene remedio.
«Lo tuyo no tiene remedio», pensó. Un concepto interesante. Irreparable. Irredimible. Sin posibilidad de rehabilitación o de mejora significativa.
Puso el partido de los Mets y se quedó dormido en el sofá.

Con remedio o sin él, a las ocho de la mañana del día siguiente estaba sentado a su escritorio comprobando la bandeja de entrada de su servidor de correo. Escribió un par de respuestas rápidas y luego envió un correo a su supervisora, Sue Sánchez, agradeciéndole su diligencia y su capacidad previsora al haberle recomendado que siguiera el seminario al que acababa de asistir. Consideraba que su sensibilidad había aumentado en torno a un cuarenta y siete por ciento, y esperaba que ella pudiera ver resultados inmediatos y cuantificables. Firmó: «Con toda mi sensibilidad, Will», y le dio a enviar.
Treinta segundos después su teléfono empezó a sonar. El número de Sánchez.
—Bienvenido a casa, Will —dijo ella con voz empalagosa.
—Encantado de estar de vuelta, Susan —contestó él; los años pasados fuera de Florida se habían llevado su acento sureño.
—¿Por qué no vienes a verme? ¿Te va bien?
—¿Cuándo te vendría bien a ti, Susan? —preguntó él de manera afectada.
—¡Ya! —Y colgó.
Sánchez estaba sentada ante el antiguo escritorio de Will en el antiguo despacho de Will, que gracias a Muhammad Atta disfrutaba de una bonita vista de la Estatua de la Libertad, pero lo que a él le irritaba más no era eso sino la expresión avinagrada de su tirante rostro color aceituna. Sánchez era una fanática del ejercicio que leía manuales de instrucciones y libros de autoayuda para directivos mientras hacía gimnasia. Siempre le había parecido atractiva, pero esa jeta de amargada y ese pedante tono nasal mezclado con el acento latino hacían que su interés decayera.
—Siéntate, Will —le dijo sin más demora—.Tenemos que hablar.
—Susan, si lo que planeas es darme la patada, estoy preparado para aceptarlo como un profesional. Regla número seis... ¿o era la cuatro?: «Cuando sientas que te provocan, no actúes de manera precipitada. Detente y considera las consecuencias de tus actos, después elige tus palabras con cuidado y respetando las reacciones de la persona o las personas que te han desafiado». No está mal, ¿eh? Me dieron un certificado.—Sonrió y cruzó las manos sobre su incipiente barriga.
—Hoy no estoy de humor para tu doctorado en ciencias —le dijo con voz cansada—.Tengo un problema y necesito que me ayudes a resolverlo.
—Si es por ti, cualquier cosa. Siempre y cuando no tenga que desnudarme o echar a perder mis últimos catorce meses.
Sánchez suspiró y permaneció en silencio, de modo que a Will le dio la impresión de que estaba poniendo en práctica la regla número cuatro, o la número seis. Will era consciente de que ella le consideraba su niño problemático número uno. Todos en la oficina sabían cómo iba el marcador:
Will Piper. Cuarenta y ocho años, nueve años mayor que Sánchez. Anteriormente su jefe, antes de que le largaran de su puesto para volver a ser agente especial. Anteriormente guapo como para quitar el hipo, futbolista de casi dos metros de alto con hombros como vigas de acero, ojos azul eléctrico, pelo castaño revuelto como un jovenzuelo, antes de que el alcohol y la inactividad dieran a su carne la consistencia y la palidez de la masa de pan.
Anteriormente todo un figura, antes de convertirse en un dolor de cabeza, que no veía la hora de largarse del trabajo.
—A John Mueller le dio un ataque hace un par de días —soltó Susan sin más—. Los médicos dicen que se recuperará, pero va a estar de baja un tiempo. Su ausencia, especialmente ahora, es un problema para este departamento. He estado hablando de ello con Benjamín y Ronald.
A Will la noticia lo dejó perplejo.
—¿Mueller? ¡Pero si es más joven que tú! Si es un obseso de los maratones. ¿Cómo puñetas le ha podido dar a él un ataque?
—Tenía un defecto cardíaco congénito que nadie le había detectado —dijo Sánchez—. Se le hizo un pequeño trombo en la pierna y desde ahí fue flotando hasta el cerebro. Eso me dijeron. Da miedo que pueda pasarte algo así.
Will despreciaba a Mueller. Era borde, engreído, imbécil. Seguía las órdenes al pie de la letra. Un tipo inaguantable. Como el cabrón pensaba que Will estaba aislado por su condición de leproso, el muy hijo de la gran puta todavía le hacía comentarios sarcásticos sobre su fiasco. «Ojalá ande y hable como un tarado el resto de su vida», fue lo primero que le vino a la cabeza.
—Por Dios, qué mala suerte —dijo en cambio.
—Necesitamos que te hagas cargo del caso Juicio Final.
Tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no mandarla al carajo.
Ese caso tendría que haber sido suyo desde el principio. De hecho, había sido un ultraje que no se lo ofrecieran en cuanto el caso llegó a la oficina. Ahí estaba él, uno de los mejores expertos en asesinos en serie de la historia reciente del FBI y no le asignaban un caso de primera de su jurisdicción. Supuso que eso daba la medida de lo perjudicada que estaba su carrera. Al principio aquella puñalada le dejó una buena herida, pero consiguió reponerse rápidamente y llegó a convencerse de que se había librado de una buena.
Estaba en la última curva antes de llegar a la meta. La jubilación era un milagro acuoso que resplandecía al final del desierto, simplemente fuera de su alcance. Ya había conocido suficiente lucha y ambición, suficiente política de despacho, suficientes asesinatos y muertes. Estaba cansado, solo y atrapado en una ciudad que detestaba. Quería volver a casa. Volver a casa con una pensión.
Se tragó como pudo las malas noticias. El Juicio Final no había tardado en convertirse en el caso más difícil del departamento, el tipo de casos que requerían una intensidad que Will hacía años que no tenía. El problema no eran las largas jornadas y el adiós a los fines de semana. Gracias a Jennifer tenía todo el tiempo del mundo. El problema lo tenía ante el espejo, porque, tal como le diría a cualquiera que se lo preguntara, simplemente le importaba un bledo. Para resolver un caso de asesinatos en serie era necesario tener una ambición feroz, y esa llama hacía ya tiempo que había chisporroteado hasta consumirse. La suerte también contaba, pero por lo que sabía por experiencia, el éxito solo llegaba cuando te partías el lomo y creabas el ambiente adecuado para que la suerte hiciera su caprichosa aparición.
Aparte de eso, la compañera de Mueller era una agente especial joven, solo llevaba tres años fuera de Quantico, y estaba tan imbuida de ferviente ambición y rectitud en el obrar, que a Will le parecía una fanática religiosa. Había observado su paso presuroso por la planta veintitrés, siempre a toda mecha por los pasillos, sin sentido del humor, mojigata, tomándose tan en serio a sí misma que le ponía enfermo.
Se inclinó hacia delante, casi blanco como el papel.
—Mira, Susan —comenzó a decir alzando la voz—, no creo que eso sea buena idea. Ese tren ya pasó. Deberías haberme pedido que llevara el caso hace semanas, porque, ¿sabes?, entonces era el momento adecuado. Pero ahora no sería conveniente ni para mí, ni para Nancy ni para el departamento, ni para la agencia, ni para los ciudadanos que pagan sus impuestos, ni para las víctimas, ni, maldita sea, ¡para las víctimas que estén por venir! ¡Y lo sabes tan bien como yo!
Sánchez se levantó para cerrar la puerta y después volvió a sentarse y cruzó las piernas. El frufrú de sus medias al rozar la una con la otra lo distrajo momentáneamente de su arrebato.
—Sí, ya bajo la voz —dijo—. Pero eres tú quien se llevará la peor parte. Tú eres la que está en el ojo del huracán. Llevas Investigación de Crímenes Violentos y Delitos Mayores contra la Propiedad, la segunda rama con más eco en Nueva York. Que cojan al gilipollas del Juicio Final es algo que está bajo tu supervisión, así que ponte las pilas. Eres mujer, eres hispana, dentro de unos años serás asistente de dirección en Quantico, o tal vez agente especial de supervisión en Washington. El límite está en el cielo. No la jodas metiéndome a mí por medio, ese es mi consejo de amigo.
Sánchez le dirigió una mirada que habría dejado helado hasta a un esquimal.
—Agradezco mucho tu asesoramiento, Will, pero no sé si debo confiar en el consejo de un hombre que está cada vez más abajo en el organigrama. Créeme, a mí tampoco me entusiasma la idea, pero ya hemos discutido esto internamente. Benjamín y Ronald se niegan a prescindir de nadie del departamento de antiterrorismo, y en la oficina de delitos financieros y en Crimen Organizado no hay nadie que haya llevado antes este tipo de casos. No quieren que venga ningún oportunista de Washington ni de ninguna otra oficina. Eso les haría quedar mal. Esto es Nueva York, no Cleveland. Se supone que tenemos los mejores profesionales. Tú tienes la experiencia adecuada... la personalidad incorrecta, tendrás que trabajar en ello, sí, pero tienes la experiencia adecuada. Es tuyo. Será tu último gran caso, Will. Te irás a lo grande. Míratelo así, y anímate.
Will lo intentó desde otro ángulo.
—Si cogiéramos a ese tipo mañana, cosa que no haremos, cuando esto llegue a juicio yo ya seré historia.
—Pues volverás para testificar. Seguro que entonces las dietas se pagan bien.
—Muy graciosa. ¿Y qué pasa con Nancy? La envenenaré. ¿Es que quieres que sea el chivo expiatorio?
—Nancy es impredecible. Puede cuidar de sí misma, y también de ti.
Acabó por ponerse huraño y dejó de buscar argumentos.
—¿Y qué pasa con la mierda en la que estoy trabajando?
—Se la pasaré a alguien. No hay problema.
Eso fue todo. No había más que hablar. No era una democracia y negarse o que le despidieran no eran opciones. Catorce meses. Catorce malditos meses.

En un par de horas su vida había cambiado. El gerente de la oficina apareció con unos cajones de color naranja con ruedas e hizo que se llevaran de su cubículo los expedientes del caso en el que estaba trabajando. En su lugar llegaron los expedientes del caso Juicio Final que llevaba Mueller, cajas llenas de documentos recopilados durante las semanas previas a que un cúmulo de plaquetas pegajosas hicieran papilla unos cuantos mililitros de su cerebro. Will las miró como si fueran un montón de boñigas apestosas, bebió otra taza de su café requemado y luego se dignó abrir al azar una de las carpetas.
Antes de verla, le oyó aclararse la garganta a la entrada del cubículo.
—¡Hola! —saludó Nancy—. Creo que vamos a trabajar juntos.
Nancy Lipinski iba embutida en un traje de color gris carbón. Le quedaba media talla pequeño y le apretaba en la cintura lo suficiente para que su barriga sobresaliera un poco, algo nada atractivo. Era un taponcito, descalza medía uno sesenta, y en opinión de Will tenía que perder un par de kilos de todas partes, incluso de su tersa y redonda cara. ¿Acaso había pómulos ahí debajo? No tenía para nada el típico cuerpo macizo de las graduadas que salían de Quantico. Will se preguntó cómo se las habría arreglado para pasar las revisiones de la unidad de entrenamiento físico de la academia. Allí abajo no se andaban con chiquitas y a las tías no les pasaban una. Había que admitir que era algo atractiva. La práctica media melena rojiza, el maquillaje y el brillo complementaban bien su delicada nariz, sus bonitos labios y sus expresivos ojos color miel, y su perfume habría seducido a Will de haberlo llevado otra mujer. Lo que le echaba para atrás era esa mirada de lástima. ¿Podía haberle negado cariño a un cero a la izquierda como era Mueller?
—¿Qué tienes pensado hacer? —preguntó Will de manera retórica.
—¿Tienes tiempo ahora?
—Mira, Nancy, prácticamente no he empezado a abrir las cajas. ¿Por qué no me das un par de horas, hasta después del mediodía, más o menos, y hablamos?
—Me parece bien, Will. Lo único que quería decirte es que, aunque esté contrariada por lo de John, voy a seguir partiéndome la espalda con este caso. No hemos trabajado nunca juntos, pero he estudiado algunos de tus casos y sé las contribuciones que has hecho en el campo. Siempre estoy dispuesta a mejorar, así que tus observaciones tendrán suma importancia para mí...
Will necesitó cortar de raíz toda esa palabrería.
—¿Te gusta Seinfeld? —preguntó.
—¿La serie de televisión?
Will asintió.
—Bueno, sé lo que es —contestó ella, suspicaz.
—Las personas que crearon la serie idearon unas reglas básicas para los personajes, y esas reglas básicas son las que la hacen diferente de cualquier otra comedia. ¿Quieres saber cuáles son esas reglas? Serán las reglas por las que nos vamos a regir tú y yo...
—¡Claro, Will! —dijo Nancy con entusiasmo, deseosa al parecer de aprender la lección.
—Las reglas eran: nada de aprendizaje y nada de abrazos. Hasta luego, Nancy —dijo con la mayor frialdad posible.
Mientras ella seguía allí intentando decidir si retirarse o contraatacar, oyeron que se acercaba un ruido de pasos ligeros y rápidos, una mujer intentando correr con tacones.
—¡Alerta Sue! —gritó Will con voz melodramática—. Diría que tiene algo que nosotros no tenemos.
En su profesión, la información dotaba al que la tenía de un poder temporal, y a Sue Sánchez eso de saber algo antes que los demás parecía que le daba alas.
—¡Bien, los dos estáis aquí! —dijo obligando a Nancy a quedarse—. ¡Ha habido otro! El número siete, en el Bronx. —Estaba exultante, aturdida, casi se diría que llena de júbilo—. Id hasta allí antes de que los de la Cuarenta y cinco la fastidien otra vez.
Will, exasperado, alzó los brazos.
—Por Dios, Susan, todavía no sé un carajo sobre los seis primeros. ¡Dame un respiro!
Bang. Nancy hizo su aparición estelar.
—Oye, ¡solo tienes que hacer como si fuera el número uno! ¡Sin problema! En fin, te pillo por el camino.
—Ya te lo había dicho, Will —dijo Susan con una sonrisa diabólica—. Es imprevisible.

Will cogió uno de los Ford Explorer negro que el departamento usaba para los asuntos de rutina. Salió del garaje subterráneo del 26 de Liberty Plaza y navegó por carreteras de sentido único hasta que tomó rumbo al norte por el carril rápido de la autopista. El coche estaba impecable y rodaba como la seda, el tráfico no estaba mal y a él le gustaba salir pitando de la oficina. De haber estado solo habría sintonizado la WFAN para saciar su hambre de deportes, pero no lo estaba. En el asiento del copiloto, Nancy Lipinski, libretita en mano, le ponía al día mientras pasaban bajo los raíles del teleférico de Roosevelt Island, cuya cabina se deslizaba lentamente en las alturas, sobre las turbulentas aguas del río East.
Estaba más excitada que un pervertido en un festival de pornografía. Este era su primer caso de asesinatos en serie, el summum en homicidios, el momento definitivo en su preadolescente carrera. Se lo habían asignado porque era la consentida de Sue y porque había trabajado ya con Mueller. Los dos se llevaban de maravilla, Nancy siempre dispuesta a fortalecer su quebradizo ego. «¡Es que eres tan listo, John!» «Pero John, ¿tienes memoria fotográfica o qué?» «Ojalá tuviera tu soltura en las entrevistas.»
A Will le costaba prestar atención. Asimilar tres semanas de datos que le estaban dando mascaditos era relativamente fácil, pero su mente se distraía y su cabeza seguía neblinosa por la cita que había tenido con Johnnie Walker la noche anterior. A pesar de todo, sabía que tardaría un suspiro en ver de qué iba el asunto. En esos veinte años había llevado ocho casos importantes de asesinatos en serie y había estado hurgando en un sinnúmero de ellos.
El primero tuvo lugar en Indianápolis durante su primer trabajo de campo, cuando no era mucho mayor que Nancy. El autor de los hechos era un psicópata retorcido al que le gustaba apagar cigarrillos en los párpados de sus víctimas, hasta que una colilla ofreció una pista.
Cuando su segunda mujer, Evie, consiguió que la admitieran en Duke para hacer el posgrado, pidió el traslado a Raleigh y, cómo no, otro pirado con una cuchilla de afeitar empezó a cargarse mujeres en Ashville y sus alrededores. Nueve meses angustiosos y cinco víctimas descuartizadas después agarró también a ese asqueroso. Y de golpe y porrazo se hizo con una reputación: era un especialista de facto. De allí le largaron, nuevo divorcio desastroso, y lo destinaron a la oficina central en Crímenes Violentos, un grupo dirigido por Hal Sheridan, el hombre que enseñó a toda una generación de agentes cómo se traza el perfil de un asesino en serie.
Sheridan era un tipo frío como el mármol, distante y apático, hasta el punto que corría un chiste por la oficina: si se producía una oleada de matanzas en Virginia, Hal estaría en la lista de sospechosos. Repartía los casos nacionales de manera cuidadosa, haciendo coincidir el perfil del criminal con el agente más apropiado. A Will le daba los casos en los que había brutalidad extrema y tortura, asesinos que dirigían toda su rabia contra las mujeres. Lo que son las cosas.
El recitado de Nancy comenzó a abrirse paso entre la niebla de su cabeza. Había que reconocer que los hechos eran pero que muy interesantes. Lo esencial lo conocía grosso modo por los medios de comunicación. ¿Quién no? No se hablaba de otra cosa. Como era de esperar, el apodo del maníaco, el Asesino del Juicio Final, era cosa de la prensa. El Post se llevó los honores. Su encarnecido rival, el Daily News, resistió unos cuantos días con el titular «Postales desde el Infierno», pero pronto capituló y las trompetas del Juicio Final resonaron en la primera plana.
Según Nancy, en las postales no había huellas dactilares interesantes; el que las había mandado seguramente había usado guantes de materiales sin fibra, posiblemente de látex. En un par de postales había unas cuantas huellas de personas que ni eran víctimas ni tenían relación alguna con ellas; las oficinas del FBI que colaboraban con ellos en ese campo estaban tratando de completar la cadena de los trabajadores de correos que participaban en los envíos entre Las Vegas y Nueva York. Las postales eran blancas de diez por quince, de las que uno puede encontrar en miles de tiendas. Se habían impreso en una impresora de inyección de tinta HP Photosmart, una de las miles que había en circulación, cargada dos veces para imprimir por ambas caras. El tipo de letra era uno de los más corrientes del menú de Word. La silueta de los ataúdes, dibujada con tinta, parecía hecha por la misma mano usando un bolígrafo negro de punta ultrafina de la marca Pentel, uno de los millones que había en circulación. El sello siempre era el mismo, de cuarenta y un céntimos, con un dibujo de la bandera estadounidense, como los cientos de millones que había en circulación, y autoadhesivo, ni rastro de ADN.
Las seis tarjetas fueron enviadas el 18 de mayo y timbradas en la oficina postal central de Las Vegas.
—Con lo cual al tipo le habría dado tiempo de volar de Las Vegas a Nueva York, pero lo habría tenido más complicado para venir en coche o en tren —intervino Will. Aquello la cogió por sorpresa, no estaba segura de que la estuviera escuchando—. ¿Habéis conseguido las listas de los pasajeros de todos los vuelos de Las Vegas que llegaron a La Guardia, Kennedy y Newark entre el 18 y el 21?
Nancy alzó la vista de su libreta.
—¡Le pregunté a John si deberíamos hacerlo! Y me dijo que sería una pérdida de tiempo porque alguien podría haber enviado las postales por el asesino.
El Camry que tenían delante iba demasiado lento para gusto de Will, tocó el claxon y luego, viendo que no le cedía el paso, lo adelantó agresivamente por la derecha. No pudo ocultar su sarcasmo.
—¡Sorpresa! Mueller se equivocaba. Los asesinos en serie casi nunca tienen cómplices. A veces matan en pareja, como aquellos francotiradores de Washington o los de Phoenix, pero eso es más raro que una estufa en el infierno. ¿Conseguir apoyo logístico para llevar a cabo un crimen? Sería el primer caso. Estos tíos son lobos solitarios.
Nancy apuntaba todo lo que decía.
—¿Qué haces? —preguntó Will.
—Tomo notas.
«Por todos los santos, no estamos en la escuela», pensó.
—Ya que le has quitado el capuchón al boli, anota esto también —dijo con sorna—: En caso de que el asesino haya hecho un esprint de una punta a otra del país, comprobar las multas por exceso de velocidad en las carreteras principales.
Nancy asintió con la cabeza y luego preguntó con cautela:
—¿Quieres que te siga contando?
—Te escucho.
La cosa quedaba así: las edades de las víctimas, cuatro varones y dos mujeres, iban de los dieciocho a los ochenta y dos años. Tres en Manhattan, una en Brooklyn, una en Staten Island y una en Queens. La de ese día era la primera en el Bronx. El modus operandi siempre era el mismo. La víctima recibe una postal con una fecha de uno o dos días más tarde, cada una con un ataúd dibujado en el dorso, y es asesinada en la fecha de la postal. Dos a puñaladas, una a tiros, otra de manera que pareciera una sobredosis de heroína, otra atropellada por un coche que se subió a la acera, se la llevó por delante y se dio a la fuga, y otra arrojada desde una ventana.
—¿Y qué dijo Mueller de todo eso? —preguntó Will.
—Pensaba que el asesino estaba usando patrones diferentes para intentar despistarnos.
—¿Y tú qué piensas?
—Creo que esto se sale de lo normal. No es lo que pone en los manuales.
Will se imaginó sus textos sobre criminología, párrafos marcados de manera compulsiva con fluorescente amarillo y al margen, anotaciones pulcras con una letra minúscula.
—¿Qué hay del perfil de las víctimas? —preguntó—. ¿Alguna conexión?
No parecía haber ninguna relación entre las víctimas. Los informáticos de Washington estaban utilizando una base de datos múltiple para buscar comunes denominadores, una versión en supercomputadora de aquello de los seis grados de separación de Kevin Bacon, pero hasta el momento no había conexiones.
—¿Agresiones sexuales?
Nancy iba pasando páginas.
—Solo una, una hispana de treinta y dos años, Consuela Pilar López en Staten Island. La violaron y la acuchillaron hasta matarla.
—Cuando terminemos con lo del Bronx, quiero que empecemos por ahí.
—¿Por qué?
—Se puede saber mucho de un asesino por cómo trata a una señorita.
Se encontraban en la autopista Bruckner, entrarían en el Bronx por el este.
—¿Sabes a dónde tenemos que ir? —preguntó.
Nancy encontró la información en su libreta.
—Ocho cuatro siete de Sullivan Place.
—¡Gracias! No tengo ni puta idea de dónde está eso —gruñó—. Sé dónde está el campo de los Yankees y punto. Eso es todo lo que conozco del puto Bronx.
—Por favor, no digas tacos —dijo ella muy seria; pareció la reprimenda de una maestra—.Tengo un plano. —Lo desplegó, lo estudió un instante y miró alrededor—.Tenemos que salir en Bruckner Boulevard.
Continuaron en silencio durante más de un kilómetro. Will esperaba que Nancy acabara su exposición, pero ella miraba la carretera con cara larga.
Will por fin la miró y vio que le temblaba el labio inferior.
—¿Qué? ¿Te has mosqueado conmigo porque digo palabrotas, hostia puta?
Ella le miró con nostalgia.
—Eres muy distinto a John Mueller.
—Por Dios —murmuró Will—. ¿Tanto has tardado en darte cuenta?
Yendo hacia el sur por EastTremont pasaron junto a la comisaría 45 de Barkley Avenue, un edificio feo y bajo con muy pocas plazas de aparcamiento para todos los coches de policía que se amontonaban a su alrededor. El termómetro casi alcanzaba los treinta grados y la calle era un hervidero de puertorriqueños que acarreaban bolsas de plástico, empujaban carritos con niños o simplemente vagaban por ahí con el móvil pegado a la oreja, entrando y saliendo de los colmados, las bodegas y los baratillos. Las mujeres llevaban las carnes al aire. Para su gusto, había demasiadas jamonas con tops y shorts demasiado cortos contoneándose por allí en chanclas. «¿De verdad se creen que son sexys?», se preguntó. En comparación, su acompañante parecía una supermodelo.
Nancy estaba absorta en el plano, intentando no fastidiarla.
—Desde aquí es la tercera a la izquierda —dijo.
Sullivan Place era una calle nada apropiada para un asesinato. Coches patrulla, vehículos sin matrícula y furgonetas de los médicos forenses, todos aparcados en doble fila frente al escenario del crimen, bloqueando el tráfico. Will hizo señas a un joven policía que intentaba hacer transitable uno de los carriles y le mostró su identificación.
—Dios —gimió el poli—, no sé dónde le voy a meter. ¿Puede dar la vuelta a la manzana? A lo mejor encuentra un sitio a la vuelta de la esquina.
—A la vuelta de la esquina —repitió Will como un loro.
—Sí, dé la vuelta a la manzana, ya sabe... un par de giros a la derecha.
Will quitó las llaves del contacto, salió del coche y le tiró las llaves al policía. Los cláxones de los coches sonaron al momento ante el instantáneo embotellamiento.
—¿Qué hace? —vociferó el policía—. ¡No puede dejar esto aquí!
Nancy seguía sentada en el todoterreno, muerta de vergüenza.
Will la llamó.
—Vamos, no hay tiempo que perder. Y anota en tu libretita el número de placa del agente Cuneo, no sea que trate con descuido las propiedades del gobierno.
—Gilipollas —murmuró el policía.
Will se moría de ganas por tener una bronca y ese chaval le venía al pelo.
—¡Escúchame! —dijo, conteniendo su furia—, si a ti te gusta tu patético trabajo, a mí no me jodas. Y si no te importa una mierda, entonces prueba suerte. ¡Vamos! ¡Prueba!
Dos tipos cabreados con las venas a punto de explotar, cara a cara.
—¡Will! ¿Podemos irnos ya? —imploró Nancy—. Estamos perdiendo el tiempo.
El policía meneó la cabeza, se metió en el Explorer, arrancó, avanzó un poco y lo aparcó en doble fila, frente al coche de un detective. Will, respirando todavía profundamente, le guiñó el ojo a Nancy.
—Ya sabía yo que encontraría un sitio.
Era un bloque de apartamentos pequeño: tres plantas, seis pisos, una chapuza de ladrillo blanco sucio construida en los años cuarenta. La entrada estaba en penumbra y tenía un aspecto deprimente: suelo ajedrezado con baldosas marrones y negras, paredes color beis mugre, bombillas amarillas. Los hechos habían tenido lugar en el interior y en los alrededores del apartamento 1.° A, en la planta baja a la izquierda. Hacia el final del pasillo, cerca del hueco para las basuras, se hallaban reunidos los miembros de la familia en una desolación multigeneracional: una mujer de mediana edad sollozaba suavemente; su marido, un hombre con botas de trabajo, intentaba consolarla; una joven con un buen bombo había sufrido hiperventilación y se había sentado en el suelo para intentar calmarse; una chica vestida de domingo parecía desconcertada; un par de viejos con la camisa sin abrochar movían la cabeza y se rascaban la barbilla.
La puerta del apartamento estaba entornada. Will se coló dentro y Nancy le siguió. Cuando vio a tantos cocineros estropeando el caldo hizo un gesto de fastidio. Como mínimo había doce personas en un espacio de setenta metros cuadrados, lo cual multiplicaba astronómicamente las posibilidades de contaminación de la escena del crimen. Hizo un reconocimiento rápido con Nancy pisándole los talones y sorprendentemente nadie les detuvo ni les preguntó qué hacían allí. Salón: muebles de señora mayor y cacharritos; televisor de hacía veinte años. Se sacó un bolígrafo del bolsillo y lo usó para apartar las cortinas y así poder mirar a través de cada una de las ventanas; repitió ese mismo procedimiento en todas las habitaciones. Cocina: limpísima; ni un plato en el fregadero. Baño: también limpio; olor a polvos para los pies. Dormitorio: demasiada gente charlando como para ver algo más que un par de piernas gordotas, grises y con manchas, junto a una cama sin hacer, con un pie medio metido en una zapatilla de andar por casa.
—¿Quién está al mando? —gritó Will.
Un silencio repentino, hasta que alguien dijo:
—¿Quién lo pregunta?
Un detective calvo y gordo, vestido con un traje ajustado, se separó del grupo y fue hacia la entrada del dormitorio.
—FBI —dijo Will—. Soy el agente especial Piper.
Nancy parecía dolida por no haber sido presentada.
—Detective Chapman, comisaría 45.—Le tendió una mano grande y cálida que pesaba como un ladrillo. El tipo olía a cebolla.
—Detective, ¿qué le parece si dejamos esto libre para que podamos hacer una buena inspección del escenario del crimen?
—Mis chicos casi han terminado; en cuanto acaben, será todo suyo.
—Lo vamos a hacer ahora, ¿vale? La mitad de sus hombres no llevan guantes. Ninguno lleva botas. Lo están ensuciando todo, detective.
—Nadie está tocando nada —dijo Chapman a la defensiva. Entonces vio que Nancy estaba tomando notas y preguntó, nervioso—: ¿Y esta quién es? ¿Su secretaria?
—Agente especial Lipinski —dijo ella mientras agitaba con dulzura su libreta ante él—. ¿Me puede decir su nombre de pila, detective Chapman?
Will hizo esfuerzos para no sonreír.
Chapman no era dado a marcar territorio ante los federales. Habría perdido el tiempo cabreándose para acabar en el bando de los perdedores. La vida era demasiado corta.
—¡Escuchad todos! —gritó—.Tenemos aquí al FBI, y quieren que se vaya todo el mundo, así que recoged y dejadles hacer su trabajo.
—Que nos dejen la postal —dijo Will.
Chapman metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una bolsa de plástico con cierre; dentro estaba la tarjeta.
—Aquí la tiene.
Cuando la habitación quedó vacía, inspeccionaron el cadáver junto con el detective. Hacía calor allí dentro, y los primeros efluvios de la putrefacción ya estaban en el aire. Para haber muerto de un disparo, había muy poca sangre: algunos coágulos en su enmarañado pelo gris, un chorreón que bajaba por la mejilla izquierda, donde la sangre que manaba de la oreja había formado un afluente que le recorría el cuello y goteaba en la moqueta verde musgo. La mujer estaba boca arriba, a unos treinta centímetros de los volantes floreados de su cama sin hacer, vestida con un camisón de algodón rosa que probablemente se habría puesto mil veces. Sus ojos, más secos que una pasa, estaban abiertos, con la mirada fija. Will había visto innumerables cadáveres, muchos de ellos embrutecidos hasta no reconocerlos como humanos. La dama en cuestión tenía buen aspecto, una bonita abuela puertorriqueña de la que pensarías que con un buen meneo de hombros reviviría. Miró a Nancy para medir su reacción ante la presencia de la muerte.
Estaba tomando notas.
Chapman empezó el análisis.
—Pues tal como yo lo veo...
Will alzó la mano y lo interrumpió a media frase.
—Agente especial Lipinski, ¿por qué no nos dice lo que ha pasado aquí?
Nancy se ruborizó y sus mejillas parecieron hincharse. El rubor se extendió por el cuello y desapareció bajo su blusa blanca. Tragó saliva y se mojó los labios con la punta de la lengua.
Comenzó con calma y fue cogiendo ritmo a medida que ponía orden en sus pensamientos.
—Bien, el asesino probablemente había estado aquí antes, no necesariamente dentro del apartamento pero sí cerca del edificio. El pestillo de seguridad de una de las ventanas de la cocina se abrió de manera premeditada. Tendría que echarle otro vistazo, pero yo diría que el marco de la ventana estaba podrido. Aun así, aunque se escondiera en el callejón de al lado, no se habría arriesgado a hacer todo el trabajo en una sola noche si lo que quería era tener la seguridad de que coincidiera con la fecha de la postal. Volvió anoche, entró por el callejón y acabó de sacar el pestillo. Luego cortó el vidrio con un cortacristales y desencajó el cerrojo desde fuera. Pisó alguna porquería en el callejón y dejó huellas en el suelo de la cocina, en la entrada, aquí mismo y allí.
Señaló dos manchas que había en la moqueta, incluido un churrete sobre el que estaba Chapman, que apartó los pies como si estuviera sobre algo radiactivo.
—Probablemente la mujer oyó algún ruido, porque se sentó e intentó ponerse las zapatillas. Antes de que pudiera hacerlo, el asesino ya estaba en la habitación y le disparó un tiro a quemarropa que le penetró por la oreja izquierda. Parece que fue una bala redonda de poco calibre, probablemente del 22. La bala está dentro del cráneo, no hay herida de salida. No creo que haya habido agresión sexual, pero tendremos que comprobarlo. También habrá que averiguar si han robado algo. El lugar no ha sido saqueado, pero no he visto el bolso por ninguna parte. Probablemente el asesino se marchó por donde entró. —Hizo una pausa y se apretó la frente—. Es todo. Eso es lo que creo que ha pasado.
Will la miró con el ceño fruncido, lo que la hizo sudar durante unos segundos, y después dijo:
—Sí, eso es justamente lo que yo pienso que ha pasado. —Nancy tenía cara de haber ganado un concurso de deletreo y miró con orgullo sus zapatos de suela de goma—. ¿Coincide usted con mi socia, detective?
Chapman se encogió de hombros.
—Podría haber sido así perfectamente. Sí, una pistola del 22, estoy seguro de que esa ha sido el arma.
«El colega no tiene ni puta idea», pensó Will.
—¿Sabe si han robado algo?
—Su hija dice que se han llevado el monedero. Ella fue quien la encontró esta mañana. La postal estaba en la mesa de la cocina, junto a otras cartas.
Will señaló los muslos de la anciana.
—¿Ha habido agresión sexual?
—¡No tengo ni idea! Si no les hubiera dado una patada en el culo a los forenses tal vez lo sabríamos —se quejó Chapman.
Will se inclinó y usó su bolígrafo para levantarle el camisón con cuidado. Miró en el interior de la tienda de campaña y vio ropa interior de señora mayor que no había sido mancillada.
—No lo parece —dijo—.Veamos la postal.
Will la inspeccionó con atención por delante y por detrás y se la pasó a Nancy.
—¿Es el mismo tipo de letra que en las anteriores?
Nancy dijo que así era.
—Una Courier de cuerpo 12 —dijo Will.
Ella le preguntó cómo era posible que supiera eso; parecía impresionada.
—Soy erudito en tipos de letra —respondió él con guasa. Leyó el nombre en voz alta—: Ida Gabriela Santiago.
Según Chapman, la hija le había dicho que su madre jamás usaba su segundo nombre.
Will se irguió y estiró la espalda.
—Muy bien, por nosotros ya está —dijo—. Mantengan el área clausurada hasta que llegue el equipo forense. Estaremos en contacto por si necesitamos algo.
—¿Tienen alguna pista sobre este descerebrado? —preguntó Chapman.
El teléfono móvil de Will empezó a entonar el Himno a la alegría dentro de su chaqueta. Mientras intentaba echarle mano contestó:
—Solo tenemos un montón de mierda, detective, pero es mi primer día en el caso. —Luego dijo al teléfono—: Aquí Piper...
Escuchó y sacudió la cabeza un par de veces.
—Cuando el río suena, agua lleva —dijo—. Dime, Mueller no se habrá recuperado milagrosamente, ¿verdad?... Mala suerte. —Colgó y alzó la vista—. ¿Preparada para una noche larga, socia?
Nancy asintió como esos muñecos que tienen un muelle en el cuello. Daba la sensación de que le gustaba que la llamara «socia», de que le gustaba mucho.
—Era Sánchez —dijo Will—.Tenemos otra postal, pero esta es un poco diferente. Lleva la fecha de hoy, y el tipo continúa vivo.


12 de febrero de 1941,
Londres

Ernest Bevin era el contacto, el intermediario. El único miembro del gabinete que había tenido cargos en los dos gobiernos. Para Clement Atlee, primer ministro laborista, Bevin era la opción lógica. «Ernest —le había dicho al secretario de Asuntos Exteriores estando los dos sentados ante la chimenea en Downing Street—, habla con Churchill. Dile que le pido ayuda personalmente.» El sudor perlaba la calva de Atlee, y Bevin observaba incómodo el arroyuelo que se deslizaba desde la frente hasta su nariz aguileña.
Encargo aceptado. Sin hacer preguntas ni plantear reservas. Bevin era un soldado, un líder laborista de la vieja escuela, uno de los fundadores del mayor sindicato de Gran Bretaña, el TGWU. Siempre pragmático, en los momentos previos a la guerra fue uno de los pocos políticos laboristas que cooperaron con el gobierno conservador de Winston Churchill y se alineó contra el bando pacifista de su propio partido.
En 1940, cuando Churchill preparó a la nación para la guerra y formó un gobierno de coalición con todos los partidos, nombró a Bevin ministro de Servicios Sociales y Nacionales y le asignó una amplia cartera que incluía la economía doméstica y creó su propio ejército de cincuenta mil hombres salidos de las fuerzas armadas para trabajar en las minas de carbón: los chicos de Bevin. Churchill lo ponía por las nubes.
Y entonces el mazazo. Tan solo unas semanas después del día de la victoria en Europa, disfrutando aún del triunfo, el hombre al que los rusos llamaban el Bulldog Británico, perdía las elecciones generales de 1945, por la victoria aplastante del Partido Laborista de Clement Atlee; el electorado no confiaba en su capacidad para reconstruir la nación. El hombre que había dicho «Defenderemos nuestra isla cueste lo que cueste, lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en el campo y en las calles, nunca nos rendiremos», salía trastabillando del escenario principal, derrotado, deprimido, desanimado. Tras la derrota, Churchill lideró la oposición con desgana y dedicó la mayor parte de sus esfuerzos a su querida Chartwell House, donde escribía poesía, pintaba acuarelas y echaba pan a los cisnes negros.
Ahora, un año y medio después, Bevin, secretario de Asuntos Exteriores del primer ministro Adee, se encontraba en las profundidades de la tierra esperando al que fuera su anterior jefe. Hacía frío, así que Bevin se dejó abotonado el abrigo sobre su traje de invierno. Era un hombre corpulento, llevaba su escaso pelo cano peinado hacia atrás con gomina, tenía una cara mofletuda y papada incipiente. Había elegido ese lugar de encuentro con la intención de enviar un mensaje psicológico. El asunto que debían tratar era importante. Secreto. Ven ya, sin más demora.
A Churchill, que entraba en ese momento en escena, no le pasó por alto el mensaje, echó un vistazo a su alrededor sin sentimentalismos y dijo:
—¿Cuál puede ser el motivo para pedirme que vuelva a este lugar olvidado de la mano de Dios?
Bevin se levantó y despidió con un gesto al militar de alto rango que había acompañado a Churchill.
—¿Estabas en Kent?
—¡Sí, estaba en Kent! —Churchill hizo una pausa—. Nunca pensé que volvería a poner el pie en este suelo.
——No te pido el abrigo porque hace frío.
—Aquí siempre ha hecho frío —replicó Churchill.
Los dos hombres se dieron un apretón de manos sin mucho entusiasmo y luego se dispusieron a tomar asiento. Bevin condujo a Churchill ante un archivador rojo con el sello del primer ministro.
Se encontraban en el bunker de George Street, en el que Churchill y su gabinete de guerra se encerraron durante la mayor parte de la contienda. Esas salas se habían construido en la cámara subterránea del Ministerio de Obras Públicas, entre el Parlamento y Downing Street. Protegida con sacos de arena, reforzada con cemento armado y hundida bajo tierra, George Street habría podido sobrevivir al ataque directo que nunca tuvo lugar.
Se hallaban frente a frente en aquella gran mesa cuadrada de la sala del Consejo de Ministros en la que Churchill había citado a sus consejeros día y noche. Era una cámara práctica con el aire estanco. Cerca se hallaban la Sala de Mapas, todavía empapelada con los escenarios de la guerra, y la habitación privada de Churchill, que seguía apestando a puro mucho después de que el último se hubiera consumido. Siguiendo el pasillo, en una vieja habitación para las escobas reconvertida, estaba la Sala del Teléfono Transatlántico, donde el aparato de interferencias radiofónicas, cuyo nombre en clave era «Sigsaly», encriptaba las conversaciones entre Churchill y Roosevelt. Por lo que Bevin sabía, el equipo aún funcionaba. Nada había cambiado desde aquel día en que se cerró la Sala de Guerra, el día de la victoria sobre Japón.
—¿Quieres echar un vistazo? —preguntó Bevin—. Creo que el teniente general Stuart tiene las llaves.
—No, no quiero. —Churchill empezaba a impacientarse. No le gustaba estar allí. Le cortó en seco y dijo—: Oye, ¿te importaría ir al grano? ¿Qué quieres?
Bevin dio voz a la introducción que había ensayado:
—Ha surgido un asunto de lo más inesperado, y de suma importancia. El gobierno debe abordarlo con sumo cuidado y delicadeza. Dado que Estados Unidos está implicado, el primer ministro se pregunta si no harías una excepción y le ayudarías personalmente con el problema.
—Estoy en la oposición —dijo Churchill fríamente—. ¿Por qué iba yo a querer ayudarle en nada que no fuera dejar libre Downing Street y que yo volviera a mi antigua oficina?
—Porque eres el mayor patriota que la nación ha tenido nunca. Y porque al hombre que tengo frente a mí le importa más el bienestar del pueblo británico que sus propias conveniencias políticas. Por eso creo que tal vez quieras ayudar al gobierno.
Churchill, sabedor de que estaban jugando con él, parecía perplejo.
—¿En qué demonios os habéis metido para tocarme la fibra patriótica? Vamos, sigue, cuéntame el lío que habéis montado.
—Esa carpeta es un resumen de nuestra situación. —Bevin señaló el archivador rojo con la cabeza—. Me preguntaba si podrías echarle un vistazo. ¿Has traído las gafas de leer?
Churchill hurgó en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Las he traído. —Se ajustó los endebles alambres a los lados de su enorme cabeza—. ¿Y tú qué? ¿Vas a quedarte ahí sentado rascándote la barriga?
Bevin asintió y se recostó en la sencilla silla de madera. Observó cómo Churchill resoplaba y abría la carpeta. Observó cómo leía el primer párrafo. Observó cómo se quitaba las gafas y le preguntaba:
—¿Qué es esto, una broma? ¿De verdad esperas que me crea esto?
—No es una broma. Increíble, sí. Falso, no. A medida que avances en la lectura verás el trabajo preliminar que la inteligencia militar ha hecho para la autentificación de estos descubrimientos.
—No es esto lo que esperaba encontrar. Bevin asintió.
Si
Antes de terminar de leer, Churchill encendió un puro. Su antiguo cenicero aún andaba por ahí. De vez en cuando mascullaba algo ininteligible. En una ocasión exclamó: «¡Precisamente en la isla de Wight!». En un momento dado se levantó para estirar las piernas y volver a encender el puro. Cada dos por tres fruncía el ceño y se quedaba mirando a Bevin de manera inquisitiva. Diez minutos después, había acabado. Se quitó las gafas, las guardó y dio una larga calada a su habano.
—¿Estoy incluido yo en eso?
—Desde luego, pero no conozco los detalles —dijo Bevin con seriedad.
—¿Y tú? —preguntó Churchill. —No lo he preguntado.
De repente Churchill pareció animarse, como había pasado tantas otras veces en esa misma sala, con la sangre hirviéndole en las venas.
—¡Esto hay que ocultarlo a la opinión pública! Todavía estamos despertando de nuestra peor pesadilla. Esto solo nos hundiría más en la oscuridad y el caos.
—Eso es justamente lo que nosotros pensamos.
—¿Quién está al corriente? ¿Con qué precisión se puede controlar?
—El círculo es pequeño. Aparte del jefe de Gobierno, yo soy el único ministro que lo sabe. Hay menos de media docena de militares que saben lo suficiente para conectar los puntos. Y luego, por supuesto, están el profesor Atwood y su equipo.
Churchill soltó un gruñido.
—Ese sí es un problema. Hicisteis bien en aislarlos.
—Y por último —continuó Bevin—, los americanos. Dada la especial relación que tenemos con ellos, hemos creído necesario informar al presidente Truman, pero nos han asegurado que solo un pequeño número de su gente está al corriente.
—¿Esa es la razón por la que habéis acudido a mí? ¿Los yanquis?
Bevin sintió por fin suficiente calor como para quitarse el abrigo.
—Te seré totalmente sincero. El primer ministro quiere que trates con Truman. Sus relaciones están estancadas. El gobierno desea delegar en ti esta tarea. No queremos estar implicados en esto más allá del día de hoy. Los estadounidenses se han ofrecido a tomar posesión del material, y después de un debate interno nuestra posición es permitir que se lo queden. Nosotros no lo queremos. Al parecer ellos tienen todo tipo de ideas acerca de qué hacer con ello pero, francamente, no queremos conocerlas. Debemos centrarnos en la reconstrucción del país, y no podemos permitirnos la distracción, la responsabilidad (en caso de que hubiera una filtración), ni los costes. Aparte, habrá que tomar algunas decisiones respecto a Atwood y los otros. Te pedimos que te pongas al frente de este asunto no como líder de la oposición ni como figura política, sino a título personal, como líder moral.
Churchill asentía con la cabeza.
—Inteligente. Muy inteligente. Probablemente la idea es tuya. Yo habría hecho lo mismo. Escúchame, amigo, ¿puedes darme garantías de que esto no se usará en mi contra en el futuro? Planeo tenerte a mi lado en las próximas elecciones generales, y estaría feo que quisieras lanzarme un torpedo, tocarme y hundirme.
—Te lo garantizo —respondió Bevin—. Este problema trasciende la política.
Churchill se levantó y dio una palmada en el aire.
—Si es así, lo haré. Si puedes arreglarlo, llamaré a Harry por la mañana. Después me encargaré del rompecabezas de Atwood.
Bevin se aclaró la garganta, se le había quedado seca.
—La verdad es que esperaba que pudieras encargarte del profesor Atwood enseguida. Está al final del pasillo.
—¡Está aquí! ¿Y quieres que me ocupe de él ahora? —preguntó Churchill, sin poder dar crédito.
Bevin asintió y se levantó un poco más rápido de lo que debía, como si estuviera huyendo.
—Te dejo; voy a informar personalmente al primer ministro. —Hizo una pausa para darle más énfasis—. El teniente general Stuart te prestará ayuda logística. Te asistirá hasta que el problema esté resuelto y todo el material haya abandonado territorio británico. ¿Te parece bien?
—Sí, por supuesto. Yo me ocuparé de todo.
—Gracias. El gobierno te lo agradece.
—Sí, sí, todo el mundo me lo agradecerá menos mi mujer, que me va a matar por perderme la cena —murmuró Churchill—. Que traigan a Atwood.
—¿Quieres verlo? No pensaba que fuera estrictamente necesario.
—No se trata de que quiera verlo o no. Me da la sensación de que no tengo alternativa.

Geoffrey Atwood, sentado ante el hombre más famoso del mundo, parecía totalmente desconcertado. Estaba fuerte y en forma después de tantos años de trabajo de campo, pero tenía cara amarillenta y parecía enfermo. Aunque tenía cincuenta y dos años, las circunstancias del momento le hacían parecer una década más viejo. Churchill percibió un pequeño temblor en el brazo cuando aquel hombre levantó la taza de té con leche para llevársela a los labios.
—Llevo retenido contra mi voluntad casi dos semanas —soltó Atwood—. Mi mujer no sabe nada de todo esto. Cinco de mis colegas han sido arrestados, entre ellos una mujer. Con el debido respeto, señor primer ministro, esto es vergonzoso. Un miembro de mi grupo, Reginald Saunders, ha muerto. Todos estamos traumatizados por los acontecimientos.
—Sí —convino Churchill—, es una vergüenza. Y también traumático. Me han informado de lo del señor Saunders. No obstante, estoy seguro de que estará de acuerdo, profesor, en que todo este asunto es de lo más extraordinario.
—Bueno, sí, pero...
—¿Qué tareas le asignaron durante la guerra?
—Hicieron buen uso de mis habilidades, señor primer ministro. Estaba con un regimiento que se dedicaba a la preservación y catalogación de las antigüedades y obras de arte recuperadas de los saqueos que los nazis hicieron en los museos del continente.
—Ah —intervino Churchill—, eso está muy bien. Y una vez liberado volvió a sus tareas universitarias.
—Sí. Ostento la cátedra Butterworth de Arqueología y Antigüedades de Cambridge.
—¿Y la excavación de la isla de Wight era su primer trabajo de campo desde la guerra?
—Sí, ya había estado allí antes de la guerra, pero la excavación actual se realizaba en un sector nuevo.
—Ya veo. —Churchill buscó su caja de puros—. ¿Quiere uno? —preguntó—. ¿No? Bueno, espero que no le moleste. —Encendió una cerilla y aspiró vigorosamente hasta que toda la habitación quedó entre brumas—. Usted sabe dónde estamos ahora, ¿no es así, profesor?
Atwood asintió con una mirada inexpresiva.
—Muy pocas personas han visitado este lugar. Yo mismo jamás pensé que volvería a verlo, pero me han citado aquí, sacándome del semirretiro en que me encontraba, para lidiar con esta pequeña crisis.
—Comprendo las implicaciones de mi descubrimiento, señor primer ministro, pero no consigo entender que mi libertad y la de mi equipo estén en juego —protestó Atwood—. Si esto es una crisis, se trata de una crisis elaborada.
—Sí, entiendo su punto de vista, pero tal vez haya otros que difieran —dijo Churchill con una frialdad que inquietó al profesor—. Aquí hay otros problemas más importantes. Hay consecuencias que debemos considerar. ¡No podemos dejar que salga y publique sus hallazgos en una maldita revista!
El humo hizo resollar a Atwood, que tosió unas cuantas veces.
—He pensado en esto día y noche desde que nos pusieron bajo custodia. Le pido que tenga en cuenta que fui yo quien se puso en contacto con las autoridades. No acudí corriendo a Fleet Street a contárselo a la prensa, usted lo sabe. Estoy dispuesto a llegar a un acuerdo para mantener el secreto, y estoy seguro de que puedo persuadir a mis colegas para que hagan lo mismo. Con eso deberían desaparecer las preocupaciones.
—Esa, señor, es una propuesta muy útil que sopesaré adecuadamente. Usted sabe que en el curso de la guerra he tomado muchas decisiones difíciles en esta estancia. Decisiones de vida o muerte... —Recordó mentalmente una en particular, la horrible decisión de permitir que la Luftwaffe bombardeara Coventry sin que se hubiera ordenado la evacuación. Hacerlo habría sido un claro indicio para que los nazis se percataran de que los británicos habían roto sus códigos. Murieron cientos de civiles—. ¿Tiene usted hijos, profesor?
—Dos hijas y un hijo. El mayor tiene quince años.
—Bueno, no hay duda de que querrán ver a su padre de vuelta cuanto antes.
Atwood se emocionó y mostró su vena sensible.
—Usted fue una inspiración para todos nosotros, señor primer ministro, un héroe para todos nosotros, y a día de hoy es usted mi héroe personal. Le doy las gracias de todo corazón por haber intervenido. —Estaba llorando.
A Churchill le horrorizó que un hombre permitiera que lo vieran así.
—No piense más en ello. Bien está lo que bien acaba.
Tras esto, Churchill se quedó solo allí sentado, con el puro a medio fumar. Casi podía oír los ecos de la guerra, las voces apremiantes, la electricidad estática de las transmisiones sin cable, el crujido distante del zumbido de las bombas. La columna de humo azul del puro y las espirales que formaba eran como apariciones fantasmagóricas que flotaban en el miasma subterráneo.
El teniente general Stuart, un hombre al que Churchill había conocido durante la guerra, entró en la sala y se detuvo en posición de firmes.
—Descanse, teniente general. ¿Le han contado que este lío está ahora en mis manos?
—Me han informado, señor primer ministro.
Churchill dejó el puro en su viejo cenicero.
—Tienen a Atwood y a los suyos en Aldershot, ¿correcto?
—Correcto, señor. El profesor cree que ha sido liberado.
—¿Liberado? No. Llévelo con su gente. Estaremos en contacto. Este es un asunto delicado. No podemos precipitarnos.
El general miró a ese hombre corpulento, dio un taconazo y saludó con elegancia.
Churchill recogió su abrigo y su sombrero y salió por última vez de la Sala de Guerra sin mirar atrás.


10 de julio de 1941,
Washington, DC

Harry Truman parecía pequeño ante el enorme escritorio del Despacho Oval. Iba hecho un pincel: corbata a rayas blanquiazul anudada con cuidado, traje de verano color marengo abotonado hasta arriba, zapatos de costura inglesa negros relucientes, y cada mechón de su ralo cabello perfectamente peinado.
Estaba en el ecuador de su primer mandato y ya tenía una guerra a sus espaldas. Ningún presidente desde Lincoln había tenido que soportar esa prueba de fuego. Los caprichos de la historia le habían catapultado a una posición inconcebible. Nadie, ni siquiera él mismo, habría apostado por que ese hombre simplón y más bien mediocre llegaría a la Casa Blanca. Ni cuando vendía camisas de seda en Truman & Jacobson en Kansas City veinticinco años atrás; ni cuando, como juez del condado de Jackson, se convirtió en una garra más de la máquina democrática del jefe Pendergast; ni cuando fue senador por Missouri, otra marioneta de apoyo; ni siquiera cuando Franklin Delano Roosevelt lo eligió como candidato a la vicepresidencia, un compromiso sorprendente que se forjó en la pegajosa y caldeada trastienda de la convención de Chicago de 1944.
Pero ochenta y dos días después de que le nombraran vicepresidente Truman era citado con urgencia en la Casa Blanca para ser informado de la muerte de Roosevelt. De repente debía tomar el relevo de un hombre con el que apenas había hablado durante los tres primeros meses del mandato. En el círculo interno del presidente se le había declarado «persona non grata». Le habían dejado fuera del circuito cerrado de la planificación de la guerra. Jamás había oído hablar del Proyecto Manhattan. «Chicos, os pido que recéis por mí», les dijo a un grupo de reporteros que le esperaban, y lo dijo de todo corazón. Cuatro meses más tarde, el ex vendedor de camisas estaba autorizando el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki.
En 1947 estaba metido en la difícil tarea de gobernar una superpotencia en un mundo caótico, pero su estilo metódico y decidido le estaba rindiendo un buen servicio y había conseguido mantener el paso. Los acontecimientos se habían desarrollado de manera rápida y vertiginosa: la reconstrucción de Europa con el Plan Marshall, la fundación de las Naciones Unidas, la lucha contra el comunismo con su Ley de Seguridad Nacional, la reactivación automática de la economía del país con su Trato Justo. «Puedo desempeñar este cargo —se decía a sí mismo—. Demonios, estoy hecho para esto.» Entonces cayó en su agenda algo de fuera de este mundo. Estaba allí, ante él, sobre su vacío escritorio, junto a su famosa placa: THE BUCK STOPS HERE.
El sobre de papel manila estaba marcado con letras rojas: PROYECTO VECTIS—ACCESO: ULTRASECRETO.
Truman recordó la llamada telefónica que había recibido de Londres cinco meses antes, uno de esos vividos acontecimientos que quedarían permanente y exquisitamente grabados en su memoria. Recordó cómo iba vestido aquel día, la manzana que se estaba comiendo, en qué estaba pensando en los momentos previos y posteriores a la llamada de Winston Churchill.
—Me alegro de oírle —le había dicho—. ¡Menuda sorpresa!
—Hola, señor presidente. Espero que esté usted bien.
—Nunca he estado mejor. ¿En qué puedo ayudarle?
A pesar del ruido estático en la línea transatlántica, Truman percibía la opresión en la voz de Churchill.
—Señor presidente, puede usted hacer mucho. Nos encontramos ante una situación extraordinaria.
—No le quepa duda de que lo haré si está en mi mano. ¿Es esta una llamada oficial?
—Lo es. Me han pedido que la haga. Al sur de nuestras costas se halla la isla de Wight.
—Sí, he oído hablar de ella.
—Un equipo de arqueólogos ha encontrado algo allí que, sinceramente, es demasiado peligroso para tratar con ello. El descubrimiento es de vital importancia, pero somos conscientes de que carecemos de la capacidad necesaria para lidiar con ello en esta situación de posguerra. En el mejor de los casos sería una distracción nacional; en el peor, una catástrofe nacional.
Truman podía imaginarse a Churchill allí sentado, inclinándose hacia el teléfono, su enorme figura apenas visible tras la columna de humo del puro.
—¿Por qué no me dice qué han encontrado sus chicos?
El pequeño presidente imperturbable escuchaba, tenía la pluma preparada por si acaso debía hacer alguna anotación. Poco después dejó caer la pluma, que no había usado, y sus dedos tamborilearon nerviosos en el escritorio. De repente la corbata le apretaba demasiado y el trabajo le venía grande. Había creído que lo de la bomba atómica había sido su prueba de fuego. Ahora solo le parecía el precalentamiento hacia algo de mayor envergadura.
Aparte del presidente de Estados Unidos solo había seis hombres en el gobierno que tenían autorización Ultra, una denominación tan reservada que incluso su nombre era alto secreto. Cientos de personas, tal vez miles, habían tenido conocimiento del Proyecto Manhattan en su día, pero solo media docena de ellas estaban al tanto del Proyecto Vectis. El único miembro del gabinete de Truman que tenía autorización Ultra era James Forrestal. A Truman le caía bastante bien Forrestal, pero además confiaba en él plenamente. Era un tipo como él, había sido un hombre de negocios antes de comprometerse con el servicio público. Había sido secretario de Marina con Franklin Delano Roosevelt, y Truman lo mantuvo en su puesto.
Forrestal, frío, exigente y adicto al trabajo, compartía la rabiosa visión anticomunista del presidente. Truman había estado preparándolo para algo más importante. A su debido momento Forrestal asumiría el nuevo cargo de ministro de Defensa. Y el Proyecto Vectis recaería en él a tiempo completo.
Truman rompió el lacre de cera de la carpeta carmesí, una herramienta de privacidad arcaica pero efectiva. En su interior había un memorando escrito por el contraalmirante Roscoe Hillenkoetter, otro de su círculo que tenía acceso Ultra y al que Truman nombraría en breve director en jefe de una nueva agencia que se llamaría CÍA. Truman leyó el memorando, luego metió la mano dentro del paquete y sacó un puñado de recortes de periódico.
Roswell Daily Record: EL EJÉRCITO DEL AIRE CAPTURA PLATILLO VOLANTE EN UN RANCHO DE LA REGIÓN DE ROSWELL; y al día siguiente: EL GENERAL RAMEY VACÍA EL PLATILLO VOLANTE. Sacramento Bee: EL EJÉRCITO REVELA QUE SE HA ENCONTRADO UN DISCO VOLANTE EN NUEVO MÉXICO. Había unas cuantas decenas más de noticias parecidas de las diferentes asociaciones de prensa nacionales e internacionales.
«Alea jacta est», pensó Truman recordando el latín aprendido cuando era joven. César cruzó el Rubicón afirmando: «La suerte está echada», y alteró el curso de la historia al desafiar al Senado y entrar en Roma con sus legiones. Truman le quitó el capuchón a su pluma y escribió un breve mensaje a Hillenkoetter en una hoja limpia con el membrete de la Casa Blanca. Volvió a meter su carta y los demás papeles en la carpeta y sacó del primer cajón que había a la derecha en su escritorio su pintoresco kit de lacre dorado. Encendió su Zippo, prendió la mecha de un botecito de queroseno y lentamente, gota a gota, fundió sobre el cartón un trozo de cera, hasta que se formó un charquito color rojo sangre. La suerte estaba echada.

El 24 de junio de 1947 un piloto privado que sobrevolaba el monte Rainier, en el estado de Washington, informó sobre unos objetos con forma de platillos que volaban a gran velocidad y de manera errática. Unos días después eran cientos las personas que habían tenido sus propios avistamientos por todo el país y los periódicos se llenaron de platillos volantes. Roswell estaba a punto de caramelo.
Diez días más tarde, en el día de la Independencia, en el transcurso de una fiera tormenta eléctrica, el cielo nocturno de Roswell, Nuevo México, quedó iluminado por un flamante objeto azul que cayó a tierra al norte de la ciudad. Aquellos que lo vieron juraron que no fue un relámpago ni nada parecido.
A la mañana siguiente, Mack Brazel, capataz del rancho de J. B. Foster, una granja de ovejas a unos ciento veinte kilómetros al noroeste de Roswell, estaba conduciendo un rebaño hasta su abrevadero cuando descubrió un campo en el que había esparcidas piezas de metal, aluminio y goma. La densidad de desperdicios era tal que las ovejas se negaron a atravesar el pastizal y hubo que rodearlo.
Brazel, un hombre sobrio con la piel ajada por las inclemencias del tiempo, le echó un vistazo y se convenció a sí mismo de que aquello no era como los globos sonda de aluminio que había encontrado en el pasado. Eso era algo mucho más sustancioso. En las inspecciones que siguieron descubrió el dibujo entrecruzado de unas huellas de neumático que salían del campo de los residuos. «Huellas de todoterreno —pensó—. ¿Quién demonios ha estado en mis tierras?» Recogió unos pocos fragmentos de metal y acabó su labor de pastoreo. Algo más tarde llamó al sheriff del condado de Chavez, George Wilcox, y le dijo como si tal cosa: «George, ¿sabes todo eso que dicen de los platillos volantes? Pues creo que hay uno esparcido por mis tierras.»
Wilcox conocía bien a Brazel y sabía que no estaba chiflado. Si Mack decía eso, por Dios que se lo tomaría en serio. Hizo una llamada a la base de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos de Roswell, la brigada 509, y puso sobre aviso al comandante. El coronel William Blanchard, por su parte, movilizó a sus dos oficiales de alta inteligencia, Jesse Marcel y Sheridan Cavitt, para que fueran al rancho a la mañana siguiente. Después de eso hizo llegar un mensaje a su superior en el Octavo Regimiento de las Fuerzas Aéreas, el general de brigada Roger Ramey quien insistió en que se le mantuviera informado con pelos y señales de lo que ocurriera en el campo. El general creía firmemente en aquello de que «la mierda siempre sale a la superficie», así que llamó a Washington e hizo un informe preliminar a un asistente del secretario del Ejército. Se quedó a la espera de que le devolvieran la llamada.
En unos minutos el asistente le informó de que tenía a Washington al otro lado de la línea.
—¿Secretario Patterson? —preguntó.
—No, señor —le respondieron—. Aquí el secretario de Marina, el señor Forrestal.
«¿La marina? Pero ¿qué diantres está pasando aquí?», se preguntó.

El domingo por la mañana el calor ya estaba horneando el barro rojo cuando Mack Brazel se encontró con los dos oficiales de inteligencia, junto a una patrulla de soldados, a la entrada del rancho. El convoy siguió la camioneta de Brazel por los caminos polvorientos hasta la frondosa ladera de la colina en la que estaban la mayoría de los residuos. Las tropas, arrastrando los pies con dificultad bajo el sol abrasador, marcaron el perímetro, en tanto que el comandante Marcel, un joven pensativo, fumaba un cigarrillo detrás de otro mientras hurgaba entre los restos. Cuando Brazel señaló hacia las huellas de las ruedas y le preguntó si el ejército había pasado por allí con anterioridad, el comandante dio una calada especialmente larga y respondió: «Le aseguro que no tengo conocimiento de eso, señor».
En unas horas las tropas habían recogido cosas del lugar, habían cargado un montón de residuos en sus camionetas cubiertas con lonas y se habían marchado. Brazel observó cómo el convoy desaparecía en el horizonte y sacó un trozo de metal de su bolsillo. Era tan fino y tan ligero como el papel de aluminio que hay dentro de los paquetes de tabaco. Pero había algo extraño en él. Brazel era un tipo fuerte con manos como palas, pero por más que lo intentaba no podía doblarlo ni un poquito.
Durante los dos días siguientes Brazel observó el ir y venir del ejército del lugar del impacto. Le dijeron que se mantuviera a distancia. El martes por la mañana estuvo seguro de haber visto la estrella de un general de brigada en un todo terreno que pasó a toda velocidad. Era inevitable que toda la ciudad supiera que algo estaba pasando en el rancho de Foster, y el martes por la tarde el ejército ya no podía encubrir más la historia. El coronel Blanchard envió a la prensa un comunicado oficial de las Fuerzas Aéreas en el que se admitía que un granjero local había encontrado un platillo volante. El artefacto había sido recuperado por la Oficina de Inteligencia base y había sido transferido a unas dependencias de mayor capacidad. Esa misma tarde el Roswell Daily Record dio el campanazo con una edición especial y comenzó el frenesí en todos los medios de comunicación.
Curiosamente, una hora después del anuncio oficial de Blanchard, el general Ramey estaba al teléfono con la agencia internacional de prensa cambiando la versión de la historia. No era un platillo volante ni nada por el estilo. Se trataba de un globo sonda ordinario con un radar reflector, nada como para llevarse las manos a la cabeza. ¿Podría la prensa tomar fotos de los restos? El general contestó que bueno, que Washington había levantado un cerco de seguridad en toda la zona pero que vería qué podía hacer para ayudarles. Poco después había invitado a los fotógrafos a su oficina de Texas para que tomaran fotos de un globo sonda laminado en aluminio que yacía sobre su moqueta. «Aquí lo tienen, caballeros. Este es el culpable de tanto alboroto.»
En una semana la historia perdería fuelle a nivel nacional. Aunque en Roswell había rumores sobre extraños acontecimientos que habían tenido lugar desde las primeras horas y hasta días después del impacto. Se decía que el ejército había estado en el lugar antes de que llegara Brazel, que había un platillo prácticamente intacto, y que por la mañana temprano se recogieron cinco pequeños cuerpos que no eran de seres humanos y a los que se les realizó la autopsia en la base militar.
Más tarde, una enfermera del ejército que había estado presente durante las autopsias hablaría en Roswell con un agente funerario amigo suyo y le dibujaría en una servilleta bocetos en los que aparecían unos seres enclenques de cabezas alargadas y ojos inmensos. El ejército retuvo en su custodia a Mack Brazel por un tiempo y después de esto sus ganas de hablar disminuyeron ostensiblemente. En los días siguientes al suceso, todos aquellos que habían sido testigos del impacto y de la recuperación de los restos, o cambiaron sus historias, o se les sellaron los labios o les enviaron lejos de Roswell; de algunos de ellos nunca más se supo.

Truman respondió a la línea que le conectaba con su secretaria. —Señor presidente, el secretario de Marina ha llegado.
—Está bien. Hágale pasar.
Forrestal, un hombre pulcro cuyo rasgo más significativo eran sus prominentes orejas, tomó asiento ante Truman con la espalda como un cirio y con el mismo aspecto que cuando era un banquero con traje de raya diplomática.
—Jim, me gustaría que me pusieras al día del Vectis —comenzó Truman, saltándose los saludos. Eso a Forrestal le iba perfecto, pues era un hombre que usaba las mínimas palabras posibles para dejar las cosas claras.
—Yo diría que todo va como habíamos previsto, señor presidente.
—La situación en Roswell... ¿cómo va eso?
—Estamos revolviendo el caldo en su justa medida, según mi opinión.
Truman asintió enérgicamente.
—Esa es la impresión que tengo por los recortes de la prensa. ¿Y cómo se están tomando los chicos del ejército eso de recibir órdenes directas del secretario de Marina? —dijo Truman entre risas.
—No les complace demasiado, señor presidente.
—¡No, estoy seguro de que no! No me equivoqué al elegirte. Ahora se trata de una operación de la marina, así que los chicos tendrán que empezar a acostumbrarse a ello. Ahora cuéntame sobre ese sitio de Nevada. ¿Cómo están las cosas por allí?
—Groom Lake. La semana pasada visité el escenario. No es muy acogedor. Yo diría que eso que llaman lago lleva seco unos cuantos siglos. Es un lugar remoto, limita con nuestra zona de pruebas deYucca Fíats. No habrá problema con los visitantes, pero incluso en caso de que alguien intentara encontrarlo, geográficamente, con toda esa multitud de colinas y montañas en los alrededores, resulta bastante defendible. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército está haciendo excelentes progresos. Van adelantados respecto al plan previsto. Han construido una pista, hangares y barracones rudimentarios.
Truman se puso las manos detrás del cuello y se relajó ante las buenas noticias.
—Eso está bien. Sigue.
—Las excavaciones de las dependencias subterráneas ya han terminado. Están poniendo cemento y en breve comenzarán los trabajos de ventilación y electricidad. Confío en que las dependencias estarán a pleno nivel de operatividad en el tiempo previsto.
Truman parecía satisfecho. Su hombre estaba haciendo bien su trabajo.
—¿Qué se siente al ser contratista general del proyecto de edificación más secreto del mundo? —preguntó.
Forrestal reflexionó.
—Una vez construí una casa en el condado de Westchester. En cierto modo este proyecto es menos exigente.
El rostro de Truman se contrajo.
—Porque tu mujer no está mirando por encima de tu hombro, ¿me equivoco?
—No se equivoca, señor —contestó Forrestal sin frivolidad ninguna.
Truman se inclinó hacia delante y bajó el tono de voz.
—¿El material británico sigue arriado en Maryland?
—Sería más fácil si lo tuviéramos en Fort Knox.
—¿Cómo vas a hacer para cruzar el país hasta Nevada?
—El almirante Hillenkoetter y yo aún estamos discutiendo el tema del transporte. Yo estoy a favor de un convoy de camiones. Él prefiere aviones de cargamento. Cada opción tiene sus ventajas y sus inconvenientes.
—¡Qué leches! —dijo Truman soltando un gallo—. Eso es cosa vuestra, chicos. No seré yo quien os condene. Dime solo una cosa más. ¿Cómo vamos a llamar a esta base?
—Su nomenclatura cartográfica oficial es NTS 51, señor presidente. El cuerpo de ingeniería la llama Área 51.

El 28 de marzo del año 1949, James Forrestal dimitió de su cargo como ministro de Defensa. A Truman no le llegó el eco de ningún problema hasta una semana antes, cuando el hombre de repente parecía desquiciado. Su comportamiento se volvió imprevisible, tenía un aspecto desaseado y el pelo alborotado, no comía ni dormía, y no había duda de que no estaba en condiciones de prestar servicio. Se corrió la voz de que había sufrido un auténtico colapso mental por estrés en el trabajo, y el rumor se confirmó cuando le ingresaron en el Hospital Naval Bethesda. Forrestal jamás salió de su confinamiento. El 22 de mayo encontraron su cadáver: suicidio; un muñeco de trapo ensangrentado tirado sobre el tejado de la tercera planta bajo el piso dieciséis de su pabellón. Se las había ingeniado para abrir una de las ventanas de la cocina que había frente a su habitación.
En los bolsillos de su pijama encontraron dos trozos de papel. Uno era un poema de una tragedia de Sófocles, Ayax, escrito con la mano temblorosa de Forrestal:

Ante la oscura visión de la tumba abismal
apiádate de la madre cuando su día acabe,
apiádate de su desolado corazón y sus grises sienes
cuando ella tenga que soportar
la historia del que más quiere susurrada en su oído:
«Ay, ay», será el grito.
No hay murmullo más calmo que el tembloroso quejido
del pájaro solitario, el ruiseñor lastimero.

En el otro trozo de papel solo había una línea escrita: «Hoy es 22 de mayo del año 1949, el día en que yo, James Vincent Forrestal, debo morir».


11 de junio de 2009,
Nueva York

Aunque vivía en Nueva York, Will no era neoyorquino. Estaba allí como una nota adhesiva que puedes arrancar sin esfuerzo y pegar en cualquier otro sitio. Nunca se hizo al lugar, no conectaban. Ni sentía su ritmo ni poseía su ADN. Pasaba de todo lo nuevo y lo que estaba de moda: restaurantes, galerías, exposiciones, espectáculos, clubes. Él venía de fuera y no quería estar dentro. Si la ciudad fuera una tela, él sería una hebra deshilachada. Comía, bebía, dormía, trabajaba y de vez en cuando copulaba en Nueva York, pero aparte de eso nada le interesaba. Tenía su bar preferido en la Segunda Avenida, una buena cena griega en la calle Veintitrés, buena comida china para llevar en la Veinticuatro, una tienda de comestibles y una amable licorería en la Tercera Avenida. Ese era su microcosmos, un insulso cuadrado de asfalto con su propia banda sonora: el constante gemido de las ambulancias luchando contra el tráfico para hacer llegar los restos de la ciudad hasta Bellevue. Catorce meses serían tiempo suficiente para hacerse una idea de dónde quería que estuviese su hogar, pero ya sabía que no sería en Nueva York.
No era extraño que no estuviera al tanto de que Hamilton Heights era un barrio que se estaba poniendo de moda.
—¡Venga ya! —contestó con desinterés—. ¿En Harlem?
—¡Sí! En Harlem —afirmó Nancy—. Muchos profesionales se han mudado a la zona norte. Tienen un Starbucks.
El tráfico estaba alborotado, avanzaban a paso de tortuga en hora punta, y ella hablaba por los codos.
—Ahí está el City College de Nueva York —añadió con entusiasmo—. Hay un montón de estudiantes y de profesionales, unos cuantos restaurantes fabulosos, cosas así, y es mucho más barato que la mayoría de los barrios de Manhattan.
—¿Has estado allí alguna vez?
Aquí Nancy se desinfló un poco.
—Pues no.
—Entonces, ¿cómo sabes tanto?
—Lo he leído, ya sabes, la revista New York, el Times.
A Nancy, al contrario que a Will, le encantaba la ciudad. Había crecido en las afueras, en White Plains. Sus abuelos todavía vivían en Queens, emigrantes polacos que parecían no haber salido aún del barco, con su marcado acento y las costumbres de su país de origen. El hogar de Nancy era White Plains, pero la ciudad había sido su parque de juegos, el lugar donde había aprendido sobre música y arte, donde había tomado su primera copa, donde había perdido la virginidad en su habitación en la facultad de justicia criminal John Jay, donde había superado el listón tras graduarse como la mejor de su clase en la Facultad de Derecho de la Universidad de Fordham, donde había conseguido su primer trabajo en el departamento después de Quantico. No tenía el tiempo ni el dinero necesarios para vivir la experiencia de Nueva York al máximo, pero estaba decidida a tomarle el pulso a la ciudad.
Cruzaron sobre las turbias aguas del río Harlem y se abrieron paso hasta el cruce de la calle Ciento cuarenta Oeste con Nicholas Avenue, donde el edificio de doce plantas estaba convenientemente rodeado por media docena de coches patrulla de la comisaría 32 de Manhattan Norte. St. Nicholas Avenue era ancha y limpia. Estaba bordeada por una franja de césped verde menta, un cortafuegos entre el vecindario y el City College de Nueva York. La zona tenía un aspecto sorprendentemente próspero. En la cara de satisfacción de Nancy se leía: «Te lo dije».
El apartamento de Lucius Robertson estaba en el ático. Sus amplios ventanales abarcaban todo St. Nicholas Park, el compacto campus de la universidad y, más allá, el río Hudson y el boscoso New Jersey Palisades. En la lejanía, una barcaza color ladrillo, larga como un campo de fútbol, resoplaba hacia el sur arrastrada por un remolcador. El sol brilló en un antiguo telescopio dorado que descansaba sobre un trípode y Will sintió su atracción, ese impulso infantil de poner el ojo en la mirilla.
Se resistió, hizo destellar su placa e informó de su llegada.
—¡Ha llegado la caballería! —dijo un sargento, un fornido afroamericano deseoso de acabar su jornada.
También los policías de uniforme y los detectives parecieron aliviados. Les habían ampliado el horario y aspiraban a hacer mejor uso de su preciosa tarde de verano. En su lista de prioridades, la cerveza fría y las barbacoas estaban antes que el hacer de niñeras.
—¿Dónde está nuestro chico? —preguntó Will al sargento.
—En la habitación. Se ha echado. Hemos registrado todo el apartamento. Incluso tiene un perro. Esto está limpio.
—¿Tienen la postal?
Estaba embolsada y etiquetada: «Lucius Jefferson Robertson, calle Ciento cuarenta Oeste, 384, Nueva York, NY 10030». En la parte de atrás, el ataúd y la fecha: 11 de junio de 2009.
Will se la pasó a Nancy y examinó el lugar. El mobiliario era moderno, caro, un par de adornos orientales bonitos y paredes con pintura mate llenas de óleos del siglo XX de galerías de postín. Había un mural lleno de vinilos y CD enmarcados. Junto a la cocina, un Steinway de cola con algunas partituras. En un armario se apretujaban un equipo de música de lujo y cientos de CD.
—¿Ese tipo es músico? —preguntó Will.
El sargento asintió.
——Jazz. Yo no había oído hablar de él, pero Monroe dice que es famoso.
—Sí que es famoso, sí —dijo al momento un poli blanco y flacucho.
Tras una breve discusión estuvieron de acuerdo en que en adelante el FBI «custodiaría» al señor Robertson, y lo tendría en observación el tiempo que considerara necesario. Lo único que les quedaba era conocer a la persona que tendrían a su cargo.
—Señor Robertson —llamó el sargento desde la puerta del dormitorio—, ¿puede usted salir? El FBI quiere verlo.
—Está bien. Ya voy —se oyó al otro lado de la puerta.
Robertson parecía un viajero cansado; delgado, encorvado, salió de su habitación arrastrando las pantuflas; pantalones anchos, la camisa Chambray y una fina chaqueta de punto de color amarillo. Era un tipo de sesenta y seis años que aparentaba más. Las líneas que le surcaban el rostro eran tan profundas que se habría podido colar una moneda de diez centavos entre ellas. El color de su piel era negro puro, sin rastro de marrón, salvo en las palmas de sus manos de largos dedos, que eran pálidas, café con leche. Llevaba el pelo y la barba muy cortos, y tenía el cabello más cano que oscuro.
Vio a los recién llegados.
—Hola, ¿qué tal? —dijo a Will y Nancy—. Siento mucho causar tanto alboroto.
Will y Nancy se presentaron de manera formal.
—No me llamen señor Robertson, por favor —protestó el hombre—. Mis amigos me llaman Clive.

La policía no tardó en despejar la zona. El sol descendía sobre el río Hudson y comenzó a sumergirse y expandirse como un enorme pomelo. Will cerró las cortinas del comedor y bajó las persianas del dormitorio de Clive. En ninguno de los casos había intervenido un francotirador, pero el asesino del Juicio Final no paraba de mezclar las cosas. Nancy y él volvieron a inspeccionar cada palmo del apartamento, y mientras ella se quedaba con Clive, Will hizo un barrido del vestíbulo y el hueco de la escalera.
La entrevista fue rápida, no había mucho que contar. Clive había llegado a la ciudad a media tarde después de una gira por tres ciudades con su quinteto. Nadie tenía llave del apartamento y, por lo que él sabía, no habían tocado nada en su ausencia. Tras un vuelo sin incidencias desde Chicago, había tomado un taxi en el aeropuerto hasta su casa, donde encontró la postal enterrada entre el montón de correo de la semana. La reconoció de inmediato, llamó al 911 y eso era todo.
Nancy le recitó los nombres y las direcciones de las víctimas del Juicio Final, pero Clive sacudió la cabeza con tristeza. No conocía a ninguno de ellos.
—¿Por qué puede querer ese tipo hacerme daño? —se lamentó con su ronca voz—. Solo soy un pianista.
Nancy cerró su libreta y Will se encogió de hombros. Con eso bastaba. Eran casi las ocho. Quedaban cuatro horas para que terminara el día del Juicio Final.
—Tengo la nevera vacía porque he estado fuera, si no les ofrecería algo de comer.
—Pediremos algo —dijo Will—. ¿Qué hay de bueno por aquí? —Enseguida añadió—: Paga el gobierno.
Clive les aconsejó las costillas del Charley´s, que estaba en Frederick Douglass Boulevard; llamó por teléfono y realizó un complicado pedido con cinco platos diferentes.
—Use mi nombre —susurró Will al tiempo que se lo escribía en mayúsculas.
Mientras esperaban idearon un plan. No perderían de vista a Clive hasta la medianoche. No contestaría al teléfono. Mientras durmiera, velarían su sueño desde el salón, y a la mañana siguiente volverían a evaluar el nivel de amenaza e idearían un nuevo plan de protección.
Se sentaron en silencio. Clive, nervioso, no paraba de moverse en su sillón favorito, enarcaba las cejas, se rascaba la barba. No estaba cómodo ante las visitas, y menos ante mojigatos agentes del FBI que bien podían haber llegado a su salón procedentes de otro planeta.
Nancy estiró el cuello y examinó los cuadros hasta que sus párpados se alzaron de golpe y exclamó:
—Eso no será un De Kooning...
Apuntaba hacia un lienzo de grandes dimensiones con trazos abstractos y manchas de colores primarios.
—Muy bien jovencita, eso es justo lo que es. Conoce el arte de su país.
—Es increíble —dijo entusiasmada—. Debe de valer una fortuna.
Will miró el cuadro de reojo. Le pareció el tipo de cosa que los niños llevaban a casa para colgarlo en la puerta de la nevera.
—Es muy valioso —dijo Clive—. Willem me lo regaló hace muchos años. Yo le puse su nombre a una pieza musical, así que estamos en paz, pero creo que salí ganando.
A partir de aquí los dos se enzarzaron en una charla atropellada sobre arte moderno, un tema del que Nancy parecía saber bastante. Will se aflojó el nudo de la corbata, miró su reloj y escuchó los rugidos de su estómago. Había sido un día muy largo. De no ser por ese defecto en el corazón de Mueller, estaría en su sofá viendo la televisión y metiéndose unos lingotazos de whisky Cada vez odiaba más a Mueller.
Unos nudillos golpearon la puerta principal. Will desenfundó su Glock.
—Llévalo al dormitorio.
Nancy cogió a Clive por la cintura y se apresuró a quitarle de en medio mientras Will echaba un vistazo por la mirilla.
Era un policía con una bolsa de papel enorme.
—Sus costillas —gritó—. Si no las quieren, los chicos y yo nos las comeremos.
Las costillas estaban buenas... No, estaban deliciosas. Se sentaron los tres alrededor de la pequeña mesa del comedor de Clive y comieron con ganas. Se sirvieron puré de patatas, macarrones con queso, maíz dulce y arroz con judías y acelgas, y masticaron y tragaron en silencio. La comida estaba demasiado buena para estropearla con una conversación banal. Primero acabó Clive y después Will, los dos a punto de reventar.
Nancy siguió a lo suyo durante unos cinco minutos más, siempre con el tenedor cargado. Los dos hombres la miraban con una especie de reservada admiración mientras mataban el tiempo educadamente abriendo unos paquetes con toallitas mojadas y limpiándose la salsa de barbacoa de los dedos de manera escrupulosa.
En el instituto Nancy era pequeñita y atlética. En el equipo de béisbol femenino jugaba de segunda base, y en el equipo de fútbol de la universidad jugaba de extremo. Durante el primer año que pasó fuera de casa sucumbió al síndrome del novato y comenzó a ganar peso. Engordó en la universidad, y siguió engordando en la escuela jurídica, con lo cual acabó bastante rechonchita. A mediados del segundo año de su especialización en Fordham decidió que quería hacer carrera en el FBI, pero su asesor de estudios le dijo que para eso tendría que ponerse en forma. Así pues, con una determinación suicida, siguió una dieta exprés e hizo jogging, hasta que se quedó en cincuenta y cinco kilos.
Que la destinaran a la oficina de Nueva York fue una buena y una mala noticia. La buena noticia era Nueva York. La mala noticia era Nueva York. Su rango como agente GS—10 conllevaba un salario base de unos 38.000 dólares, con un suplemento por disponibilidad absoluta como agente del orden público de 9.500 dólares. ¿Y dónde viviría ella en Nueva York ganando menos de cincuenta de los grandes? La respuesta era volver a su casa de White Plains, lo que incluía su antigua habitación, la cocina de mamá y fiambreras llenas de comida. Sus jornadas eran muy largas, y jamás vio un gimnasio por dentro. En tres años su peso aumentó de nuevo y rellenó su pequeña silueta.
Will y Clive la miraban como si estuviera participando en un concurso de comedores de perritos calientes. Avergonzada, se ruborizó y soltó los cubiertos.
Recogieron la mesa y lavaron los platos como si fueran una pequeña familia. Eran casi las diez de la noche.
Con un dedo, Will apartó las cortinas un par de centímetros. Era noche cerrada. Se puso de puntillas para poder ver lo que había abajo y vio a dos policías en el borde de la acera, donde se suponía que tenían que estar. Dejó que las cortinas se cerraran y comprobó el pestillo de la puerta principal. ¿Cuán decidido era el asesino? Ante un cordón policial, ¿qué haría? ¿Se retiraría y aceptaría la derrota? Al fin y al cabo, había asesinado a una anciana hacía menos de veinticuatro horas. Los asesinos en serie no eran tipos con energías de sobra, pero ese mataba por docenas. ¿Entraría echando abajo el muro del apartamento contiguo? ¿Se colgaría de una cuerda desde el tejado para entrar volando por la ventana? ¿Haría saltar por los aires el edificio para así matar a su víctima? Will no sabía a qué atenerse en cuanto al autor de los asesinatos; su comportamiento era atípico y .el hecho de que fuera impredecible le incomodaba enormemente.
Clive, sentado de nuevo en su sillón favorito, intentaba convencerse de que el tiempo era su mejor amigo. Estaba haciendo buenas migas con Nancy, que parecía entrar en trance con la cadencia lenta y precisa de su voz. Hablaban de música. A Will le daba la impresión de que ella también sabía lo suyo sobre el tema.
—Me está tomando el pelo. ¿Ha tocado con Miles?
—Sí, sí, he tocado con todos esos. Toqué con Herbie, con Dizzy con Sonny, con Ornette. He tenido suerte.
—¿Cuál le gustaba más?
—Bueno, no podía ser otro sino Miles, jovencita. No necesariamente como ser humano, ya me entiende, pero como músico... ¡por todos los santos! Lo que tenía entre las manos no era una trompeta, era un cuerno de la abundancia enviado por el Señor. No, no, no era de este mundo. No hacía música, hacía magia. Cuando tocaba con él pensaba que las puertas del cielo se abrirían y aparecerían ángeles por todos lados. ¿Quiere que ponga algo de Miles para que vea a qué me refiero?
—Preferiría escuchar algo de su propia música —contestó Nancy.
—¿Está intentando seducirme, señorita FBI? ¡Pues lo ha conseguido! ¿Sabía que su compañera es una seductora? —le dijo a Will.
—Es nuestro primer día juntos.
—Tiene personalidad. Con eso ya se puede llegar lejos. —Clive se levantó de la silla con esfuerzo y se dirigió hacia el piano. Se sentó en el taburete y abrió y cerró las manos para desentumecer las articulaciones—. A esta hora tendré que tocar algo suave, por los vecinos.
Empezó a tocar. Era una música lenta, fresca, de una rara ternura, cautivadoras melodías solo insinuadas que desaparecían entre la bruma y volvían a aparecer a su debido momento. Tocó durante un buen rato con los ojos cerrados; de vez en cuando tarareaba algún compás de acompañamiento. Nancy estaba embelesada, pero Will permanecía alerta, miraba la hora, buscaba entre las notas de música algún golpe, crujido o ruido nocturno.
Cuando Clive terminó, cuando la última nota se disolvió hasta la nada más absoluta, Nancy dijo:
—Cielo santo, ha sido maravilloso. Muchísimas gracias.
—No, gracias a usted por escuchar y por cuidar de mí esta noche. —Volvió a hundirse en su cómodo sillón—. Gracias a los dos. Hacen que me sienta realmente seguro y se lo agradezco mucho. Oiga, jefe —le dijo a Will—, ¿se me permite una copa antes de dormir?
—¿Qué quiere? Yo se lo traigo.
—En la cocina, en el armario que hay a la derecha del fregadero hay una buena botella de Jack. No vaya a ponerle hielo...
Will encontró la botella, estaba medio llena. Le quitó el tapón y la olió. ¿Podrían haberla envenenado? ¿Así era como iba a ocurrir? Entonces tuvo una revelación: «Debo proteger a ese hombre y no me vendría mal un trago». Se sirvió un par de dedos y se lo bebió de una vez. Sabía como sabe el bourbon. Sintió un agradable zumbido en la cabeza. «Esperaré un par de minutos para ver si me muero; si no, ese buen hombre podrá tomarse su copita antes de acostarse», pensó, impresionado por su propia lógica.
——Jefe, ¿lo encuentra? —gritó Clive desde el salón.
—Sí, ya voy.
Había sobrevivido, así que sacó un vaso y se lo tendió a Clive, que olió su aliento y dijo:
—Hombre, me alegra ver que ya se ha servido. Nancy lo miró fijamente.
—Control de calidad, como el catador de comidas de los romanos —dijo Will, pero Nancy parecía estupefacta.
Clive comenzó a darle a la bebida y a la lengua.
—¿Sabe, señorita FBI? Le voy a enviar algunos cedes de mi banda, los Clive Robertson Five. Somos una panda de carcas, pero seguimos dándole caña a lo nuestro, ya me entiende. Seguimos cocinando a fuego lento, y Harry Smiley, el batería, tiene fuego para dar y regalar.
Casi una hora después todavía estaba hablando de la vida en la carretera, de estilos de teclados, del negocio de la música. Se había acabado la copa. Su voz se fue apagando, los ojos se le cerraron de golpe y empezó a roncar suavemente.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Nancy en voz baja.
—Falta una hora hasta la medianoche. Que se quede ahí mientras esperamos.
Will se levantó.
—¿Adónde vas?
—Al baño. ¿Te parece bien?
Nancy asintió con cara de enfado.
—¿Qué? —dijo Will—. ¿Te creías que iba a ponerme otra copa? Por el amor de Dios, tenía que estar seguro de que no lo habían envenenado.
—Autosacrificio —comentó ella—. Admirable.
Cuando volvió de cambiarle el agua al canario estaba cabreado. Se esforzó por controlar el volumen de su voz.
—¿Sabes, socia? Si quieres trabajar conmigo, tendrás que dejar de pontificar. ¿Cuántos años tienes?
—Treinta.
—Bien, cariño, cuando yo empecé a jugar a esto, tú todavía estabas en pañales, ¿vale?
—¡No me llames «cariño»! —dijo Nancy entre dientes,
—Tienes razón, eso ha sido del todo inapropiado. No conseguirías mi cariño ni en un millón de años.
Ella respondió con una explosión de furia expresada en susurros.
—Pues me alegro, porque la última vez que saliste con alguien de la oficina faltó poco para que te despidieran. Felicidades, Will. Recuérdame que nunca me deje aconsejar por ti acerca de mi carrera.
Clive resopló y se medio estiró. Will y Nancy permanecieron en silencio, mirándose el uno al otro.
A Will no le sorprendió que ella estuviera al tanto de su accidentado pasado, no era lo que se dice un secreto de Estado, pero le impresionó que lo hubiera sacado a relucir tan pronto. Normalmente le costaba más tiempo poner a una mujer a punto de ebullición. La chica los tenía bien puestos, eso había que admitirlo.
Había aceptado el traslado a Nueva York seis años atrás, cuando Hal Sheridan le dio la patada definitiva y lo sacó del nido tras convencer a los de recursos humanos en Washington de que Will sería capaz de desempeñar funciones de dirección. La oficina de Nueva York consideró que era un candidato aceptable para el puesto de inspector del departamento de Robos a Gran Escala y Crímenes Violentos. Volvieron a mandarlo a Quantico para que hiciera un curso de dirección y allí le llenaron la cabeza con todo lo que un inspector moderno del FBI necesita saber. Por supuesto, sabía que no debía hacérselo con las de administración, aunque fueran de otro departamento, pero en Quantico jamás le pusieron una foto de Rita Mather en los manuales.
Rita era tan escultural, olía tan bien, era tan apetitosa, y sobre todo se suponía que era tan buena en la cama que Will no tuvo elección. Ocultaron el lío durante meses, hasta que el jefe de Rita en la oficina de delitos financieros no le concedió el aumento de sueldo que ella esperaba y le pidió a Will que interviniera. Cuando este puso pegas, Rita explotó y cortó con él. Y a continuación el desastre: escuchas disciplinarias, abogados saliendo hasta de debajo de las piedras y los de recursos humanos metiendo la directa. Le faltó poco para que lo despidieran, pero Hal Sheridan intervino y consiguió que solo le degradaran para que pudiera completar sus veinte años de servicio. El viernes Sue Sánchez estaba a las órdenes de Will; el lunes era Will el que estaba a las órdenes de Sue.
Él, por supuesto, se planteó la dimisión, pero, cielos, la pensión tan anhelada estaba tan cerquita... Aceptó su destino, hizo un curso obligatorio sobre acoso sexual, cumplió con su trabajo de manera adecuada y subió un pelín sus índices de alcohol.
Antes de que pudiera replicar, Clive se removió en el sillón y abrió los ojos. Durante unos instantes se sintió perdido hasta que se acordó de dónde estaba. Tenía los labios resecos. Se los humedeció y comprobó, nervioso, que aún llevaba en la muñeca su viejo Cartier.
—Bueno, todavía no estoy muerto. ¿Le parece bien que vaya a hacer un pis yo sólito, sin ayuda federal, jefe?
—No hay problema.
Clive se dio cuenta de que Nancy estaba enfadada.
—¿Está bien, señorita FBI? Parece mosqueada. No se habrá mosqueado conmigo, ¿no?
—Claro que no.
—Entonces con el jefe.
Clive se balanceó hasta ponerse en posición vertical y enderezó dolorosamente sus artríticas rodillas.
Dio un par de pasos y se paró en seco. Su cara era una mezcla de alarma y sorpresa.
—¡Por Dios!
Will recorrió rápidamente la habitación con la mirada. ¿Qué estaba pasando?
Descartó un posible tiro en una fracción de segundo.
Ni cristales rotos, ni un impacto sordo, ni chorros de sangre.
—¡Will! —gritó Nancy al ver que Clive perdía el equilibrio y se estampaba contra el suelo.
El golpe fue tal que se le pulverizaron los huesos de la nariz por el impacto y la moqueta quedó salpicada con un estampado sanguinolento que parecía una pintura de Jackson Pollock. De haber sido un lienzo, a Clive le habría encantado añadirlo a su colección.


Siete meses antes,
Beverly Hills, California

Peter Benedict se vio reflejado y le maravilló cómo su imagen quedaba fragmentada y difuminada por la óptica del cristal. La fachada del edificio era una superficie cóncava que alzaba sus diez pisos de altura sobre Wilshire Boulevard y prácticamente te absorbía desde la acera hasta su vestíbulo oval de dos plantas. Había un austero patio de entrada con suelo de pizarra, frío y completamente vacío excepto por una escultura de bronce de Henry Moore, una estructura angulosa que recordaba a algo humano que se hallaba a un lado. El cristal del edificio era un espejo infalible que capturaba el humor y el color de los alrededores y, tratándose de Beverly Hills, el humor solía ser radiante y el color de un celeste intenso. La concavidad era tan marcada que el cristal recogía también imágenes de otros vidrios y las devolvía cual una ensalada de nubes, edificios, la escultura de Moore, los transeúntes y los coches, todo revuelto. Era maravilloso. Ese era su momento.
Había llegado a la cima. Tenía una cita planeada y confirmada para ver a Bernie Schwartz, uno de los dioses de Artist Talent Inc.
Peter había revisado todo su ropero. Nunca había tenido una cita como esa y le daba demasiada vergüenza preguntar cómo debía ir vestido. ¿Llevaban traje los agentes? ¿Y los escritores? ¿Debería intentar parecer conservador u hortera? ¿De corbata o más natural? Optó por algo intermedio: pantalones grises, camisa blanca, americana azul, mocasines negros. A medida que se acercaba se veía cada vez menos distorsionado y, consciente de su aspecto esquelético y de sus prominentes entradas, que normalmente escondía bajo una gorra, apartó la vista rápidamente. Sabía que cuanto más joven era un escritor, mejor, y le horrorizaba que esa cocorota calva le hiciera parecer demasiado viejo. ¿Por qué tenía que saber el mundo que pronto sería un cincuentón?
Las puertas giratorias lo llevaron hasta el aire frío. El mostrador de recepción era de madera noble pulida y seguía la concavidad del edificio. Incluso el suelo era cóncavo, fabricado con finos tablones de bambú curvado y resbaladizo. El diseño interior era luminoso, espacioso y lujoso. Había un montón de recepcionistas del tipo coristas con auriculares inalámbricos que decían al unísono: «ATI, ¿con quién le pongo? ATI, ¿con quién le pongo?».
Una y otra vez, una y otra vez; parecía que cantaran.
Giró el cuello en torno a aquel espacio acristalado y en lo más alto de las galerías vio a un ejército de jóvenes modernos que se movían con rapidez, y sí, los agentes llevaban traje. Aquello era Armania.
Se acercó al mostrador y tosió para que le prestaran atención. La mujer más hermosa que había visto en su vida le preguntó:
—¿En qué puedo ayudarle?
—Tengo una cita con el señor Schwartz. Me llamo Peter Benedict.
—¿Cuál de ellos?
Parpadeó con estupefacción y tartamudeó: —No... no... no sé a qué se refiere. Peter Benedict soy yo.
—¿A qué señor Schwartz se refiere? —dijo ella con voz gélida—. Tenemos tres.
—¡Ah, claro! Bernard Schwartz.
—Siéntese, por favor. Llamaré a su ayudante.
Si uno no supiera que Bernie Schwartz era uno de los mejores agentes de talentos de Hollywood, tampoco lo intuiría al ver su despacho en una octava planta. Quizá coleccionista de arte o antropólogo. No había ni carteles de películas, ni fotos junto a estrellas o políticos, ni premios, ni cintas de casete, ni DVD, ni pantallas de plasma ni revistas del sector. Nada salvo arte africano, todo tipo de esculturas de madera, cacharros decorativos, escudos, lanzas, pinturas geométricas, máscaras. Para ser un judío de Pasadena bajito, gordo y entrado en años, lo suyo con el continente negro era algo serio.
—¿Me recuerdas el motivo de que reciba a este tipo? —gritó desde la puerta a uno de sus cuatro ayudantes.
—Víctor Kemp —dijo una voz de mujer.
Schwartz agitó la mano izquierda.
—Vale, vale. Ya me acuerdo. Dame la carpeta con la portada y entra a interrumpirme dentro de diez minutos como mucho. Mejor cinco.
Cuando Peter entró en la oficina del agente de inmediato se sintió incómodo en presencia de Bernie, a pesar de que el hombrecillo tenía una gran sonrisa y agitaba la mano desde detrás del escritorio como si fuera el oficial de cubierta de un portaaviones.
—Pasa, pasa.
Peter se acercó fingiendo estar contento, asaltado por todos esos primitivos artefactos africanos.
—¿Qué puedo ofrecerte? ¿Un café, tal vez? Tenemos expreso, café con leche, lo que quieras. Soy Bernie Schwartz. Encantado de conocerte, Peter.
La escuálida mano de Peter quedó espachurrada por una mano pequeña y regordeta que la agitó unas cuantas veces.
—¿Podría ser agua?
—Roz, ¿te importaría traerle agua al señor Benedict? Siéntate, siéntate allí. Ya me acerco yo al sofá.
En unos segundos, una chica china, otra belleza, se materializó allí con una botella de agua y un vaso. Todo en ese lugar se movía rápido.
—¿Y qué, has venido en avión, Peter? —le preguntó Bernie.
—No, he venido en coche.
—Listo, muy listo. Te diré una cosa, no pienso volver a volar, al menos en un vuelo comercial. Todavía me parece que fue ayer el 11 de septiembre. Podría haber estado en uno de esos aviones. La hermana de mi mujer vive en Cape Cod. ¡Roz! ¿Me puedes traer un té? Así que eres escritor. ¿Cuánto tiempo llevas haciendo guiones?
—Unos cinco años, señor Schwartz.
—¡Llámame Bernie, por favor!
—Unos cinco años, Bernie.
—¿Cuántos tienes?
—¿Contando solo los que están acabados?
—Sí, sí, proyectos acabados —dijo Bernie con impaciencia.
—El que le envié es el primero.
Bernie cerró los ojos con fuerza, como si se estuviera comunicando telepáticamente con su secretaria: «¡Cinco minutos, no diez!».
—Y bien, ¿eres bueno? —preguntó.
Peter reflexionó. Le había enviado el guión hacía dos semanas. ¿Acaso Bernie no lo había leído?
Para Peter aquel guión era un texto sagrado envuelto en un aura casi mágica. Había puesto el alma en él, y siempre tenía una copia en su escritorio, bien a la vista, un manuscrito con tres anillas doradas resplandecientes. Su primera obra completa. Todas las mañanas, antes de salir de casa, acariciaba la portada como si fuera un amuleto o la panza de Buda. Era su billete hacia otro tipo de vida y estaba ansioso por que se lo validaran. Aún más, el tema que trataba era para él muy importante: un himno a la vida y al destino. Cuando era estudiante le fascinaba El puente de San Luis Rey, aquella novela de Thornton Wilder sobre cinco desconocidos que perecen juntos en un puente que se derrumba. Lógicamente, cuando comenzó su nuevo trabajo en Nevada se puso a divagar sobre los conceptos de sino y predestinación. Había decidido embarcarse en una versión moderna de aquella narración clásica en la que —en su obra— las vidas de esos desconocidos se cruzan en el momento de un ataque terrorista.
Trajeron el té de Bernie.
—Gracias, querida. Estate alerta a mi siguiente cita, ¿vale?
Roz quedó fuera del campo de visión de Peter y le guiñó un ojo a su jefe.
—Bueno, yo creo que es bueno —contestó Peter—. ¿Ha podido echarle un vistazo?
Bernie hacía años que no leía un guión. Había otros que los leían por él y escribían sus comentarios en la portada.
—Sí, sí, aquí mismo tengo mis notas. —Abrió la carpeta y echó un vistazo a la portada.
Trama endeble.
Diálogos horribles.
Pobre desarrollo de los personajes, etcétera, etcétera. Recomendación: pase.
Bernie se mantuvo en su papel, sonrió y preguntó:
—Dime, Peter, ¿de qué conoces a Víctor Kemp?

Un mes antes Peter Benedict se encaminaba hacia el Constellation con un hálito de esperanza. Prefería el Constellation a cualquier otro casino de Las Vegas. Era el único que tenía un componente intelectual y, lo que es más importante, cuando Peter era un chaval había sido un apasionado de la astronomía. En la cúpula—planetario se proyectaba con láser el cielo nocturno de Las Vegas tal como lo verías si en ese momento sacaras la cabeza por la ventana y se apagaran los cientos de millones de bombillas y de tubos de neón. Si mirabas con atención, ibas allí a menudo y eras estudiante de la materia, con el tiempo llegarías a distinguir cada una de las ochenta y cinco constelaciones. La Osa Mayor, Orion, Andrómeda... eran las más fáciles. Pero Peter identificaba también algunas más ocultas: Corvus, Delfinus, Erídano, el Sextante. De hecho solo le faltaba Coma Berenices, la Cabellera de Berenice, un grupito difuminado en el cielo de septentrión que quedaba entre Los Lebreles y Virgo. Algún día también las encontraría.
Estaba jugando al blackjack en una mesa de apuestas altas: mínimo cien dólares y máximo cinco mil; una gorra de los Lakers le cubría la calva. Casi nunca sobrepasaba el mínimo, pero prefería esas mesas porque el espectáculo era más interesante. Jugaba bien y era disciplinado; solía terminar la noche ganando unos cientos de dólares, pero de vez en cuando se iba mil dólares más rico o más pobre, dependiendo de la suerte que tuviera esa noche con las cartas. Pero las verdaderas emociones las vivía a través de los demás, cuando observaba a los que apostaban elevadas sumas hacer malabarismos a tres manos: cambiar cartas, doblar las apuestas, arriesgar de una vez quince o veinte de los grandes. Le habría encantado poder inyectarse ese tipo de adrenalina, pero sabía que con su salario eso era algo que jamás iba a pasar.
El crupier, un húngaro que se llamaba Sam, se dio cuenta de que no estaba teniendo una buena noche e intentó animarle: «No te preocupes, Peter, la suerte va a cambiar. Ya lo verás».
Peter no pensaba lo mismo. El dispensador de cartas llevaba una cuenta de menos quince, lo que favorecía bastante a la banca. Aun así, Peter no cambió su juego, por más que cualquier contador de cartas se habría retirado durante un rato y habría vuelto cuando el conteo hubiera subido.
Como contador Peter era un fenómeno. Contaba simplemente porque podía hacerlo. Su cerebro trabajaba tan rápido y le costaba tan poco esfuerzo hacerlo que una vez que aprendió la técnica no podía evitar contarlas. Las cartas altas (del diez al as) estaban a menos uno; las cartas medias (del dos al seis) estaban a más uno. Un buen contador solo tenía que hacer dos cosas bien: llevar la cuenta del total para cuando sacaran la sexta baraja del dispensador, y calcular el número de cartas que había sin repartir. Si la cuenta iba a la baja, apostabas el mínimo o abandonabas la mesa. Si iba al alza, apostabas cuanto podías. Si lo hacías bien podías conseguir que las leyes de la probabilidad se inclinaran a tu favor y ganar de manera sistemática. Es decir, hasta que el crupier, el jefe de sala o el ojo celestial te pillaran, te echaran a puntapiés y te vetaran la entrada.
De vez en cuando Peter tomaba alguna decisión en función del conteo, pero como nunca variaba su apuesta no le era posible capitalizar su conocimiento. Le gustaba el Constellation. Disfrutaba jugando tres, cuatro o cinco horas en las mesas, y le daba miedo que le echaran de su antro favorito. Era parte del mobiliario.
Aquella noche solo había otros dos jugadores a la mesa: un anestesista de Denver de cara somnolienta que había ido a una convención médica y un ejecutivo canoso muy bien vestido que era el único que apostaba elevadas sumas. Peter había perdido seiscientos dólares y se balanceaba sobre sus pies mientras bebía una cerveza.
Cuando quedaban un par de manos para que volvieran a cargar el dispensador, llegó un tipo de unos veintidós años vestido con camiseta y pantalones de faena, se plantó en una de las dos sillas que había libres y pidió fichas por valor de uno de los grandes. El pelo le llegaba a los hombros y tenía ese encanto despreocupado propio de la gente del oeste.
—Hey ¿cómo va la cosa esta noche? ¿Es buena esta mesa?
—No para mí —dijo el ejecutivo—. Si cambia contigo, serás bienvenido.
—Encantado de ayudar en lo que pueda —dijo el chico. Se fijó en la tarjeta con el nombre del crupier—. Dame cartas, Sam.
Apostando lo mínimo, convirtió una mesa silenciosa en una mesa animada. Les contó que era estudiante de la Universidad de Las Vegas, que se estaba especializando en gobernación y, empezando por el médico, les preguntó de dónde eran y a qué se dedicaban. Tras decir un par de tonterías acerca de un dolor en uno de sus hombros, se volvió hacia Peter.
—Yo soy de aquí —dijo Peter—.Trabajo con ordenadores.
—Vaya, chaval, eso está muy bien.
—Lo mío son los seguros —dijo el ejecutivo.
—¿Vendes seguros, tío?
—Bueno, sí y no. Llevo una compañía de seguros.
—¡Genial! ¡Tú sí que apuestas fuerte, colega! —exclamó el chico.
Sam puso una baraja nueva en el dispensador y Peter volvió a contar por puro instinto. Cinco minutos más tarde ya habían gastado buena parte del dispensador y el conteo estaba subiendo. Peter iba tirando, le iba algo mejor, había ganado unas cuantas manos más que las que había perdido.
—¡Te lo había dicho! —exclamó Sam alegremente después de que ganara tres manos seguidas.
El médico había perdido dos de los grandes, pero el de los seguros ya llevaba perdidos más de treinta mil y empezaba a mostrarse irascible. El chico apostaba sin ton ni son, como si no tuviera ni idea del juego, pero solo había perdido doscientos. Pidió un ron con Coca—Cola y jugueteó con el mezclador hasta que este cayó accidentalmente desde su boca al suelo.
—Ups —dijo en voz baja.
Una rubia de casi treinta años, con téjanos ajustados y camiseta ceñida de color lima—limón, se acercó a la mesa y se sentó en el asiento que quedaba libre. Se colocó su caro bolso Vuitton bajo los pies para tenerlo a buen recaudo y puso sobre la mesa diez mil dólares en cuatro fajos bien ordenados.
—Hola —dijo tímidamente. No era guapísima, pero tenía un cuerpo de impresión y una voz suave y sexy que los dejó sin habla—. Espero no molestar...
—¡Qué va! —dijo el chico—. Hacía falta una rosa entre tantas espinas.
—Me llamo Melinda.
Ellos se presentaron al estilo minimalista de Las Vegas. Ella era de Virginia. Señaló su anillo de bodas. Hubby estaba en la piscina.
Peter la observó apostar durante varias manos. Era rápida y atrevida, apostaba quinientos por mano y se plantaba siempre al límite, lo cual estaba dándole muy buenos resultados. El chico perdió tres manos seguidas, se recostó en la silla y dijo:
—Estoy gafado.
Gafado.
Peter se percató de que el conteo iba sobre trece y quedaban unas cuarenta cartas en el dispensador. Gafado.
La rubia empujó un montón de fichas por valor de tres mil quinientos. Al verlo, el de los seguros subió la apuesta y puso el máximo.
—Haces que me envalentone —le dijo.
Peter siguió con sus cien, lo mismo que apostaron el médico y el chaval.
Sam repartió rápidamente y dio un buen diecinueve a Peter, catorce al de los seguros, diecisiete al médico, doce al chico y un par de jotas, veinte, a la rubia. El crupier mostraba un seis. «Esta no falla —pensó Peter—. Conteo alto, el crupier probablemente se retire y pierda, con el veinte va sobrada.»
—Quiero cambiar una carta, Sam —dijo la rubia.
Sam parpadeó y asintió mientras ella ponía otros tres mil quinientos dólares sobre el tapete.
¡ Joder! Peter se había quedado a cuadros. ¿Quién cambia un diez?
A no ser que...
Peter y el médico se plantaron, el chico sacó un seis y se quedó en dieciocho. El de los seguros se pasó con un diez.
—¡Su puta madre! —se le escapó del disgusto.
La rubia contuvo el aliento y apretó los puños hasta que Sam le dio una reina en una mano y un siete en la siguiente. La chica aplaudió y soltó el aire al mismo tiempo.
El crupier dio la vuelta a su carta oculta, un rey, y sacó un nueve.
La banca pierde.
En medio de los chillidos de la chica, Sam hizo los pagos a la mesa y empujó siete de los grandes en fichas hacia la rubia.
Peter se excusó y se fue al baño de caballeros. Estaba hecho un lío. La maquinaria de su cabeza chirriaba. «¿En qué estoy pensando? —se dijo—. ¡Esto no es asunto mío! ¡Paso!»
Pero no podía. La vergüenza moral que sentía le abrumaba. Si él no se aprovechaba, ¿por qué iban a poder hacerlo ellos? Sin pensárselo más, giró sobre sus talones, volvió hacia las mesas de blackjack y cruzó su mirada con la del jefe de sala, quien asintió con la cabeza y sonrió. Peter se le acercó con naturalidad y dijo:
—¿Qué, cómo va eso?
—No va mal, señor. ¿En qué puedo ayudarle esta noche?
—¿Ve a ese chico que está en aquella mesa, y a la chica?
—Sí, señor.
—Están contando.
El jefe de sala dio un respingo. Había visto muchas cosas pero jamás que un jugador delatara a otro. ¿Qué sentido tenía?
—¿Está seguro?
—Completamente. El chico cuenta y se lo transmite a ella.
El jefe de sala usó su intercomunicador para llamar al encargado, que a su vez habló con seguridad para que revisaran la cinta de las dos últimas manos jugadas en esa mesa. La apuesta que había hecho la rubia era bastante sospechosa.
Peter acababa de volver a la mesa cuando un regimiento de hombres de seguridad uniformados llegó y puso las manos sobre los hombros del chico. —Eh, ¿qué coño pasa?
Los jugadores de las otras mesas pararon su juego y observaron la escena.
—¿Ustedes dos se conocen? —preguntó el jefe de sala.
—¡No la había visto en mi vida! ¡De verdad, joder! —se quejó el chaval.
La rubia no dijo nada. Se limitó a coger su bolso, recogió las fichas y le tiró a Sam una propina de quinientos dólares.
—Hasta la vista, chicos —dijo mientras la conducían al exterior.
El jefe de sala hizo una señal con la mano y otro crupier sustituyó a Sam.
El médico y el de los seguros miraron a Peter con cara de pasmarotes.
—¿Qué demonios acaba de pasar? —preguntó el de los seguros.
—Estaban contando —dijo Peter con naturalidad—. Los he delatado.
—¡No, no lo has hecho! —berreó el tipo de los seguros.
—Sí lo he hecho, sí. Me estaban poniendo malo.
—¿Y cómo podías saberlo? —preguntó el médico.
—Lo sabía. —No se sentía cómodo siendo el centro de atención. Tenía ganas de largarse de allí.
—¡Alucinante! —dijo el tipo de los seguros meneando la cabeza—.Te invito a una copa, amigo. ¡Alucinante! —Sus ojos azules brillaban cuando echó mano de la cartera y sacó una de sus tarjetas de empresa—.Aquí tienes mi tarjeta. Mi empresa funciona a base de ordenadores. Si necesitas trabajo no tienes más que llamarme, ¿de acuerdo?
Peter cogió la tarjeta: NELSON G. ELDER, PRESIDENTE Y DIRECTOR GENERAL, COMPAÑÍA ASEGURADORA DESERT LIFE.
—Muy amable, pero ya tengo trabajo —musitó Peter con una voz apenas audible bajo la repetitiva melodía y el tintineo de las máquinas tragaperras.
—Bueno, si algún día cambian las cosas, tienes mi número.
—Les pido disculpas por lo que acaba de suceder. Señor Elder, ¿cómo le va esta noche? Hoy la bebida y la comida de todos ustedes corre a cuenta de la casa, y tengo entradas para cualquier espectáculo al que les apetezca asistir. ¿De acuerdo? Y de nuevo, siento mucho lo ocurrido.
—¿Tanto como para devolverme lo que he perdido esta noche, Frankie?
—Ojalá pudiera, señor Elder, pero eso es imposible.
—Bueno —dijo Elder—, había que intentarlo.
El jefe de sala dio una palmadita en el hombro de Peter y le susurró:
—El encargado quiere verle. —Peter se puso pálido—, No se preocupe, es para bien.
Gil Flores, el encargado del Constellation, era un hombre pulcro y refinado, y en su presencia Peter se sintió desaliñado e inseguro. Tenía las axilas empapadas. Quería salir de allí cuanto antes. El despacho del encargado era un espacio práctico, equipado con múltiples pantallas planas con imágenes en directo de las mesas y las tragaperras.
Flores se estaba rompiendo la cabeza intentando resolver el cómo y el porqué de la cuestión. ¿Cómo un tipo corriente se había dado cuenta de algo que a sus chicos les había pasado por alto y por qué los había delatado?
—¿Qué me he perdido? —preguntó Flores al tímido hombre.
Peter bebió un sorbo de agua.
—Yo sabía cómo iba la cuenta —admitió Peter.
—¿Usted también estaba contando?
—Sí.
—¿Es usted contador? ¿Me está diciendo en las narices que es un contador? —Flores había elevado la voz.
—Yo cuento pero no hago conteo.
Las buenas maneras de Flores se esfumaron.
—¿Qué cojones significa eso?
—Sigo la cuenta, es como una costumbre que tengo, pero no la uso.
—¿Y espera que me crea eso?
Peter se encogió de hombros.
—Lo siento, pero esa es la verdad. Llevo viniendo aquí dos años y jamás he variado mis apuestas. Pierdo un poco, gano un poco, ya sabe.
—Increíble. ¿Así que usted lleva el conteo cuando este mierdoso hace qué?
—Dijo que estaba gafado. La cuenta estaba a trece, ya sabe, lo usó como palabra en código para trece. Ella se unió a la mesa cuando el conteo estaba al alza. Creo que el chico tiró un mezclador de cóctel para indicárselo.
—Así que él contea y lanza el señuelo y la chica apuesta y recoge las ganancias.
—Probablemente tienen un código para cada conteo, como «silla» para cuatro, o «dulce» para dieciséis.
El teléfono sonó. Flores contestó y permaneció a la escucha.
—Sí, señor —dijo al rato.
»Bueno, Peter Benedict, hoy es su día de suerte —anunció Flores—.Víctor Kemp quiere verle arriba, en el ático.
Las vistas que había desde el ático eran espectaculares: toda la Strip, la franja, de Las Vegas serpenteaba hacia el oscuro horizonte como la cola de un cometa. Víctor Kemp se acercó y le tendió la mano, y Peter sintió el grosor de sus anillos de oro cuando entrelazaron sus dedos. Tenía el pelo negro y ondulado, la tez bronceada y los dientes resplandecientes. Era elegante y natural como una estrella de cine en el mejor club de la ciudad. Llevaba un traje de un azul vibrante que atrapaba la luz y jugaba con ella, una tela que no parecía de este mundo. Sentó a Peter en su enorme salón y le ofreció una bebida. Mientras una camarera iba a por una cerveza, Peter se percató de que uno de los monitores que había en la pared ofrecía un plano del despacho de Gil. Cámaras por todas partes.
Peter cogió la cerveza y por unos instantes consideró si debía quitarse la gorra. Se la dejó puesta; con gorra o sin gorra seguiría sintiéndose fuera de lugar.
—«Un hombre honrado es la más noble obra de Dios» —dijo Kemp de improviso—. Lo escribió Alexander Pope. ¡Salud! —Kemp hizo chocar su copa de vino contra la flauta que contenía la cerveza de Peter—. Me ha puesto usted de buen humor, señor Benedict, y eso tengo que agradecérselo.
—No pasa nada —dijo Peter con cautela.
—Parece usted un hombre inteligente. ¿Puedo preguntarle cómo se gana la vida?
—Trabajo con ordenadores.
—¿Por qué será que eso no me sorprende? Se ha dado cuenta de algo que ha pasado inadvertido a todo un ejército de profesionales preparados para ello, así que por una parte estoy contento de que sea usted un hombre honrado, pero por otra estoy descontento con mi gente. ¿Ha pensado alguna vez en trabajar en un casino, en la seguridad, señor Benedict?
Peter meneó la cabeza.
—Esta es la segunda oferta de trabajo que me hacen esta noche.
—¿Quién más se lo ha ofrecido?
—Un tipo de mi mesa de blackjack. El director general de una compañía de seguros.
—¿Canoso, delgado, cincuentón?
—Sí.
—No puede ser sino Nelson Elder, muy buen tipo. Menuda noche la suya... Pero si está feliz con su trabajo tendré que encontrar otra forma de agradecérselo.
—Oh, no, señor. No es necesario.
—¡No me llames señor! Tú llámame Víctor y yo te llamaré Peter. Bueno, Peter, esto es como si te hubieras encontrado al genio de la lámpara, pero como esto no es ningún cuento de hadas solo puedes pedir un deseo, así que, ya sabes, que sea realista. ¿Qué va a ser? ¿Quieres una chica, un crédito, conocer a alguna estrella de cine?
El cerebro de Peter era capaz de procesar rápidamente una cantidad de información tremenda. En apenas unos segundos su mente operó sobre varios escenarios y sus posibles consecuencias, hasta que dio con una proposición que para él era muy ambiciosa.
—¿Conoces a algún agente de Hollywood? —preguntó con voz trémula.
Kemp soltó una carcajada.
—Pues claro que sí. Todos vienen por aquí. ¿Eres escritor?
—He escrito un guión —dijo con vergüenza.
—Entonces te voy a concertar una cita con Bernie Schwartz, que es uno de los peces gordos de la ATI. ¿Te parece bien eso? ¿Eso es lo que más te gustaría?
—Oh, sí... ¡Eso sería increíble! —dijo Peter embriagado por la dicha.
—Entonces, de acuerdo. No puedo prometerte que le gustará tu guión, Peter, pero lo que sí te prometo es que lo leerá y te recibirá. Trato hecho.
Volvieron a estrecharse la mano. Cuando salía, Kemp le puso una mano en el hombro y le dijo paternalmente:
—Y ahora no vayas a hacer conteo, ¿eh, Peter? Estás del lado de los justos.

—Pues sí que es curioso —dijo Bernie—. Víctor Kemp es Las Vegas. Ese hombre es un príncipe.
—¿Y qué me dice de mi guión? —Peter contuvo la respiración a la espera de la respuesta.
Había llegado la hora de la verdad.
—La verdad, Peter, es que el guión, aunque es bueno, necesita pulirse un poco antes de que pueda moverlo. Pero aquí viene lo importante. Esto es una película de alto presupuesto. Hay un tren que explota y un montón de efectos especiales. Cada vez es más difícil hacer estas películas de acción, a no ser que cuenten con un público garantizado o posibilidad de franquicia. Pero lo peor de todo es que abordas el terrorismo. El 11 de septiembre lo cambió todo. Muy pocos de los proyectos que me cancelaron en el año 2001 han podido resucitarse. Nadie quiere hacer una película sobre terrorismo. No podré venderla. Lo siento, pero el mundo ha cambiado.
«Suelta el aire.» Se sentía aturdido.
Roz entró.
—Señor Schwartz, ha llegado su siguiente visita.
—¡El tiempo vuela! —Bernie se puso en pie, y Peter hizo lo propio—. Bueno, ahora vete y escribe un guión sobre apuestas de alto voltaje y gente que hace conteos en el casino, métele un poco de sexo y de risas y te prometo que lo leeré. Me alegro mucho de haberte conocido, Peter. Dale recuerdos al señor Kemp. Y, oye, qué bien que hayas venido en coche. Yo no pienso volver a volar, al menos en un vuelo comercial.

Cuando Peter Benedict llegó a su pequeño rancho en Spring Valley esa noche, un sobre asomaba por debajo del felpudo de la entrada. Lo abrió sin demora y leyó su letra manuscrita bajo la luz del porche.

Querido Peter:
Siento que no te haya ido bien hoy con Bernie Schwartz. Permíteme que haga algo por ti. Ven esta noche a las diez, a la habitación 1834 del hotel.
Víctor

Peter estaba cansado y con la moral por los suelos, pero era viernes y tenía el fin de semana para recuperarse.
En el mostrador de recepción del Constellation había una llave de la habitación esperándole, así que subió. Era una suite enorme con unas vistas magníficas. En la mesa del salón había una cesta de frutas y una botella de Perriet Jouet puesta a enfriar. Y otro sobre. Dentro había dos tarjetas, una era un bono por valor de mil dólares para gastar en productos del centro comercial del Constellation; la otra, un crédito de cinco mil dólares para el casino.
Se sentó en el sofá, anonadado, y miró hacia el paisaje de neón.
Alguien llamó a la puerta.
—¡Entre! —gritó Peter.
—¡No tengo llave! —contestó una voz femenina.
Peter corrió hacia la puerta.
—Perdone —dijo—. Pensé que eran del servicio.
Era preciosa. Y joven, casi una niña. Una morenita de rostro dulce y descarado; sus ebúrneas carnes asomaban de su ceñido vestido de noche.
—Tú debes de ser Peter —dijo cerrando la puerta tras de sí—. El señor Kemp me envía para que te salude. —Tenía ese acento pueblerino, delicado y musical, de tantas chicas de Las Vegas que son de cualquier otra parte.
Peter se ruborizó de tal manera que parecía que tuviera la cara hecha de plástico rojo.
—¡Oh!
La chica caminó lentamente hacia él, haciéndole retroceder hasta el sofá.
—Me llamo Lydia. ¿Te parezco bien?
—¿Bien?
—Si prefieres un chico no importa. No estaban seguros.
Tenía algo de tontina que la hacía encantadora.
—¡No me gustan los tíos! —La opresión que Peter sentía en la laringe hizo que le saliera un gallo—. ¡Me gustan las chicas!
—¡Bueno, genial! Porque yo soy una chica —ronroneó ella; había practicado—. ¿Por qué no te sientas y abres esa botella de champán mientras averiguamos a qué tipo de juegos te gustaría jugar?
Alcanzó el sofá justo cuando las rodillas empezaban a doblársele y cayó de culo con todo su peso. Su cerebro nadaba en un mar de jugos —miedo, lujuria, vergüenza—Jamás había hecho eso. Parecía una tontería, sin embargo...
—¡Eh, yo te conozco de algo! —dijo entonces Lydia, excitada de verdad—. ¡Sí, te he visto cientos de veces! ¡Acabo de caer!
—¿Dónde? ¿En el casino?
—¡No, tonto! Seguramente no me reconoces porque ahora no llevo ese estúpido uniforme. Por el día trabajo en la recepción del aeropuerto McCarran, ya sabes, en la terminal EG&G.
Se le borró el rubor de la cara.
El día ya era demasiado para él. Más que demasiado.
—¡Tú no te llamas Peter! Te llamas Mark no sé qué. Mark Shackleton. Se me dan bien los nombres.
—Bueno, ya sabes lo que pasa con los nombres —dijo él con voz temblorosa.
—¡Claro! Oye, que eso a mí ni me va ni me viene. Lo que pasa en Las Vegas en Las Vegas se queda, cariño. Si te digo la verdad, yo tampoco me llamo Lydia.
Cuando la vio desprenderse de su vestido negro y mostrar la artillería de encajes que llevaba debajo mientras hablaba a mil palabras por segundo Peter se quedó mudo.
—¡Qué pasada! ¡Me moría de ganas de hablar con alguno de vosotros! Tiene que ser increíble entrar todos los días en Área 51... ¡Es tan alto secreto que me pone cachonda!
Se quedó boquiabierto.
—Sé que no se os permite hablar de eso, pero, por favor, solo di que sí con la cabeza si lo que estamos estudiando allí son ovnis. ¡Eso es lo que todo el mundo dice!
Intentó mantener la cabeza erguida y quieta.
—¿Eso ha sido un sí? —preguntó ella—. ¿Has movido la cabeza?
—No puedo decir nada de lo que ocurre allí —consiguió contestar—. ¡Por favor!
Por un momento pareció decepcionada, pero enseguida volvió a animarse y retomó su trabajo.
—¡Vale! Está bien. Te diré lo que vamos a hacer, Peter. —Se acercó lentamente al sofá meneando las caderas—. Esta noche yo seré tu ofni particular, objeto follador no identificado. ¿Qué te parece?


23 de junio de 2009,
Nueva York

Will tenía una resaca de mil demonios, se sentía como si una comadreja se hubiera despertado cómoda y calentita dentro de su cráneo y, aterrorizada al descubrir que estaba atrapada, arañara y mordiera para abrirse camino a través de los ojos.
La tarde había comenzado de una manera bastante benévola. De camino a casa había parado en su antro habitual, un tugurio que olía a humedad y se llamaba Dunigan's, y se había metido un par de gaseosas con el estómago vacío. Próxima parada, Pantheon Diner. Allí le gruñó a un camarero muy peludo, este le lanzó otro gruñido como respuesta y, sin intercambiar entre ellos ninguna frase completa, le sirvió el plato que Will comía dos o tres veces a la semana: kebab de cordero con arroz, regado, evidentemente, con un par de cervezas. Y luego, antes de decidirse a ir a casa, ofreció sus temblorosos respetos a su licorería amiga y se hizo con una botella de casi dos litros de Black Label, el único artículo de lujo que adornaba su vida.
Su apartamento era pequeño y espartano, y una vez despojado del toque de feminidad de Jennifer, quedó reducido a una propiedad lóbrega y sin interés: dos habitaciones exiguas, paredes blancas, suelo de parquet brillante, vistas al edificio de enfrente y unos pocos miles de dólares en muebles y alfombras del montón. Para ser sinceros, era casi demasiado pequeño para él solo. El salón era de cuatro por cinco metros; la habitación, de tres por cuatro, y la cocina y el cuarto de baño, del tamaño de un armario empotrado grande. A algunos de los criminales a los que había puesto a la sombra de por vida ese apartamento no les parecería una mejora. ¿Cómo se las había arreglado para compartir aquel piso con Jennifer durante cuatro meses? ¿De quién había sido tan brillante idea?
No quería pasarse bebiendo, pero esa botella, tan pesada y tan llena, parecía prometer tanto... Giró el tapón, rompió el precinto, la cogió por el gollete y llenó hasta la mitad su vaso preferido de whisky. Con el sonido de la televisión de fondo, bebió en el sofá y se hundió con decisión en un profundo y oscuro agujero mientras pensaba en su puñetero día, su puñetero caso y su puñetera vida.
A pesar de sus reticencias a encargarse del caso del Juicio Final, lo cierto era que los primeros días habían sido rejuvenecedores. Clive Robertson había sido asesinado delante de sus propias narices; la audacia y la complejidad del crimen le enardecían. Le recordaba a lo que sentía antes en los casos importantes, y el subidón de adrenalina concordaba exactamente con eso.
Se había zambullido en aquella maraña de hechos y, aunque sabía que los momentos epifánicos eran cosa de ficción, sentía la imperiosa necesidad de hurgar hasta el fondo y descubrir algo que se les hubiera pasado, un lazo de conexión que vinculara dos de los asesinatos, luego un tercero y después otro, hasta que el caso reventara.
La distracción de ese importante trabajo lo espoleaba. Empezó con más fuerza que nunca, devorando los archivos, alentando a Nancy, agotándose ambos en una maratón de días que se convertían en noches y noches que se convertían en días. Lo cierto es que durante un tiempo se tomó a pecho las palabras de Sue Sánchez. Ese sería su último gran caso. Quitaría de en medio a ese mamón y se retiraría con un bombazo.
Crescendo.
Decrescendo.
En una semana ya se había quemado, consumido en cuerpo y alma. Los informes de la autopsia y de los exámenes toxicológicos de Robertson no tenían ni pies ni cabeza. Los otros siete casos tampoco tenían ni pies ni cabeza. Estaba perdido en cuanto a la identidad del asesino y a la satisfacción que podían reportarle esos crímenes. Ninguna de sus ideas iniciales se confirmaba. Solo tenía un retablo de hechos aleatorios, y eso era algo que no había visto nunca en un asesino en serie.
El primer whisky fue para borrar la desagradable tarde que había pasado en Queens entrevistando a la familia de aquella víctima a la que habían matado en un abrir y cerrar de ojos, gente buena y fuerte pero imposible de consolar. El segundo whisky fue para calmar su frustración. El tercero, para llenar su vacío con recuerdos sensibleros; el cuarto, por la soledad. El quinto...

A pesar de los martillazos en la cabeza y las náuseas, su terquedad lo arrastró hasta el trabajo a las ocho. Su teoría era que si siempre llegabas al trabajo a la hora, nunca bebías en horas de servicio y nunca tocabas una gota antes del happy hour, no tenías problemas con la bebida. Aun así, no podía hacer caso omiso de ese persistente dolor de cabeza y cuando se metió en el ascensor se aferró a su café extralargo como si fuera un salvavidas. Se estremecía al pensar que se había despertado a las seis de la mañana vestido y con un tercio de la botella de whisky en el estómago. En su oficina tenía Ibuprofeno. Necesitaba llegar hasta allí.
Los informes del caso Juicio Final estaban apilados sobre su escritorio, dentro del archivador, en las estanterías y por todo el suelo, estalagmitas de notas, dossieres, investigaciones, páginas de ordenador impresas y fotos de dos escenarios de los crímenes.
Había conseguido atrincherarse allí practicando pasillos entre los montones: de la puerta a la silla del escritorio, de la silla a las estanterías, de la silla a la ventana para ajustar las persianas y protegerse los ojos del sol de media tarde. Se abrió paso entre los obstáculos, se dejó caer en la silla, echó mano a los calmantes y se los tragó con un café caliente. Se restregó los ojos con las palmas de las manos, y cuando los abrió Nancy estaba allí de pie y lo miraba como lo hacía un médico.
—¿Te encuentras bien?
—Estoy bien.
—Pues no lo parece. Parece que estés enfermo.
—Estoy bien. —Buscó a tientas un informe al azar y lo abrió. Nancy continuaba allí—. ¿Qué?
—¿Qué plan tenemos hoy? —preguntó.
—El plan es que yo me tome el café y que tú vuelvas dentro de una hora.
Nancy fue obediente y reapareció justo una hora más tarde. El dolor y las náuseas comenzaban a remitir pero su mente seguía en penumbra.
—Bien —comenzó Will—. ¿Qué programa tenemos?
Nancy abrió su omnipresente libretita.
—A las diez, videoconferencia con el doctor Sofer de la Johns Hopkins. A las dos, operación rueda de prensa. A las cuatro, a los barrios altos para hablar con Helen Swisher. Tienes mejor aspecto.
—Hace una hora estaba bien y ahora también —la cortó.
No pareció convencerla, con lo cual se preguntó si sabría que tenía resaca. Entonces cayó en la cuenta de que ella sí que tenía mejor aspecto. Tenía la cara un poco más delgada, el cuerpo un poco más esbelto, la falda no le apretaba tanto en la cintura. Habían sido compañeros inseparables durante diez días y acababa de darse cuenta de que ella estaba comiendo como un pajarito.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Will.
—Claro.
—¿Estás a dieta o algo así? Ella se ruborizó al instante.
—Algo así. Y he empezado a hacer jogging otra vez.
—Pues te sienta bien. Sigue así.
Nancy, avergonzada, bajó los ojos.
—Gracias.
Will cambió de tema rápidamente.
—Bueno, demos un paso atrás e intentemos ver el resumen de la película —dijo—.Tantos detalles van a acabar con nosotros. Hagamos un repaso una vez más y centrémonos en las conexiones.
Fue con ella hasta la mesa de conferencias y puso los archivos sobre otro montón de archivos para trabajar sobre una superficie ordenada. Cogió una hoja en blanco, escribió en ella «Observaciones clave» y subrayó las palabras un par de veces. Le pidió a su cerebro que trabajara y se aflojó el nudo de la corbata para dejar que la sangre fluyera.
Había habido tres muertes el día 22 de mayo, otras tres el día 25, dos más el 11 de junio, y desde entonces ninguna más.
—¿Qué nos dice esto? —preguntó. Nancy negó con la cabeza, así que se respondió él mismo—.Todos son días laborables.
—Tal vez ese tipo tenga un trabajo de fin de semana —apuntó Nancy.
—Vale. Tal vez. —Will introdujo su primera observación clave: «Días laborables»—. Busca los archivos de Swisher. Creo que están en la estantería.
Caso 1: David Paul Swisher, treinta y seis años, banquero especialista en inversiones en el HSBC. Park Avenue, acomodado, educación elitista. Casado, ningún lío a la vista. No parecía tener ningún negocio sucio guardado en el armario. Sacó a pasear al chucho de la familia de madrugada. Un hombre que había salido a correr lo encontró a las cinco de la mañana en un charco de sangre: reloj, anillos y cartera, desaparecidos; la carótida izquierda, seccionada limpiamente. El cuerpo aún estaba caliente; se encontraba a unos seis metros fuera del radio de la cámara del circuito cerrado de seguridad más próximo, situada en el tejado de una residencia en el lado sur de la calle Ochenta y dos. Por seis malditos metros no tenían el asesinato grabado en una cinta.
Sin embargo, sí tenían grabada a una persona: una secuencia de nueve segundos, desde las 5.02.23 hasta las 5.02.32, que había sido grabada con una cámara de seguridad situada en el tejado de un edificio de diez plantas del lado oeste de Park Avenue, entre la Ochenta y uno y la Ochenta y dos. Mostraba a un varón que caminaba hacia el interior del plano desde la calle Ochenta y dos, giraba en dirección sur en Park Avenue, para después girar sobre sus propios talones, volver por donde había venido y desaparecer una vez más por la calle Ochenta y dos. La imagen tenía poca calidad, pero los técnicos del FBI la habían mejorado. Por la coloración de las manos del sospechoso dedujeron que era negro o hispano, y tomando ciertas referencias calcularon que medía uno cincuenta y cinco y que pesaba entre setenta y ochenta kilos. Tenía la cara bañada en sombras por la capucha de una sudadera gris. Los tiempos coincidían, ya que la llamada al 911 entró a las 5.07, pero ante la ausencia de testigos no contaban con pistas acerca de su identidad.
Si no fuera por la postal, lo considerarían un asalto callejero más, pero David Swisher tenía una postal. David Swisher era la víctima número uno del caso Juicio Final.
Will sostuvo en alto una foto del hombre encapuchado y la agitó ante Nancy.
—Entonces, ¿este es nuestro hombre?
—Puede que sea el asesino de David, pero eso no le convierte en el asesino del Juicio Final —dijo ella.
—¿Un asesino en serie que delega? Sería el primero.
Nancy lo intentó de otra manera.
—Bueno, tal vez fue un asesinato por encargo.
—Es posible. Un inversor está llamado a tener enemigos —dijo Will—. En cada trato hay un ganador y un perdedor. Pero David era diferente de las otras víctimas. Era el único que iba al trabajo vestido de etiqueta. ¿Quién iba a pagar para que se cargaran a cualquiera de los otros? —Will hojeó uno de los archivos de Swisher—. ¿Tenemos alguna lista de los clientes de David?
—El banco no está cooperando mucho —dijo Nancy—. Cada petición de información tiene que pasar por el departamento jurídico y ser firmada por el consejero general. Aún no hemos conseguido nada, pero les estoy presionando.
—Tengo el presentimiento de que él es la clave. —Will cerró el archivo de Swisher y lo apartó—. El primer asesinato de una serie tiene un significado especial para el asesino, algo simbólico. ¿Has dicho que hoy iremos a ver a su esposa?
Nancy asintió.
—Ya es hora.
Caso 2: Elizabeth Marie Kohler, treinta y siete años, encargada del drugstore Duane Reade de Queens. Muerta de un disparo en la cabeza, aparentemente para robarle. La encontraron los empleados cuando llegaron a trabajar a las 8.30. En un principio la policía pensó que la había asesinado alguien que esperaba su llegada para robar narcóticos. Algo le salió mal, disparó, la mujer cayó al suelo y él se fue corriendo. La bala era del calibre 38, un tiro en la sien a corta distancia. No había vídeo ni datos forenses de utilidad. La policía tardó un par de días en encontrar la postal y relacionarla con las otras muertes.
Will alzó la vista del expediente.
—Muy bien, ¿qué conexión existe entre un banquero de Wall Street y la encargada de un drugstore?
—No lo sé —dijo Nancy—. Más o menos tenían la misma edad, pero sus vidas no tenían ningún punto de interconexión obvio. Él jamás compró en su tienda. No tenemos nada.
—¿Qué sabemos de su ex marido, antiguos novios, compañeros de trabajo?
—Casi todos están identificados y han testificado —contestó Nancy—. Hay un novio de la época del instituto que no hemos conseguido localizar. Su familia se trasladó a otro estado hace años. Sus ex que no tienen una coartada para su asesinato la tienen para los otros. Lleva divorciada cinco años. Su ex marido estaba conduciendo un autobús de línea regular la mañana en que le dispararon. Era una persona normal y corriente. No había complicaciones en su vida. No tenía enemigos.
—Así que si no tuviéramos esa postal, esto habría sido un caso abierto y cerrado de robo a mano armada que se tuerce.
—Eso es lo que parece a simple vista —convino Nancy.
—De acuerdo, puntos de actuación —dijo Will—. Busca si tenía algún anuario del instituto o la universidad y haz que introduzcan todos los nombres en la base de datos. Además, ponte en contacto con el dueño de la casa y consigue un listado de todos sus vecinos, los de ahora y los de antes, hasta cinco años atrás. Añádelos a la batidora.
—Hecho. ¿Quieres otro café?
—Lo estaba deseando.
Caso 3: Consuela Pilar López, treinta y dos años, inmigrante ilegal de República Dominicana, vivía en Staten Island y trabajaba en Manhattan limpiando oficinas. La encontró, pasadas las tres de la mañana, un grupo de adolescentes en un área boscosa cerca de la costa en el parque Arthur von Briesen, a menos de un par de kilómetros de su casa en Fingerboard Road. La habían violado y acuchillado repetidas veces en el pecho, la cabeza y el cuello. Esa noche había tomado el ferry de las diez en Manhattan, la cámara de videovigilancia así lo confirmaba. Después siempre tomaba el autobús del sur hacia Ford Wadsworth, pero nadie recordaba haberla visto en la estación de autobuses de la terminal St. George del ferry ni en el autobús número 51 que recorría Bay Street hacia Fingerboard.
La hipótesis que se manejaba era que alguien la había interceptado en la terminal, le había ofrecido acompañarla a casa y se la había llevado a alguna esquina oscura de la isla, donde encontraría su final bajo la imponente superestructura del puente Verrazano—Narrows. No había semen ni sobre su cuerpo ni en su interior. Al parecer el asesino había usado un condón. En la camisa de la mujer se encontraron fibras de color gris que podrían proceder de la tela de algodón de una sudadera. Según el examen de las heridas en la autopsia, la hoja del cuchillo que se utilizó tenía diez centímetros de largo, compatible con la que acabó con la vida de David. López residía en una vivienda adosada con primos y hermanos, algunos con papeles y otros sin ellos. Era una mujer religiosa, asistía a misa en la iglesia de San Silvestre, adonde acudieron en masa los sorprendidos parroquianos para rendirle honores. Según su familia y sus amigos, no tenía novio, y la autopsia señalaba que a pesar de tener treinta y dos años todavía era virgen. Todos los intentos de relacionarla con las otras víctimas habían resultado infructuosos.
Will había dedicado una cantidad de tiempo desproporcionada a ese asesinato en particular: había examinado el ferry y la estación de autobuses, había caminado por la escena del crimen y había visitado la casa y la iglesia. Los crímenes sexuales eran su fuerte. No es que aspirase a dedicarse a ello cuando empezó a ejercer (nadie en su sano juicio habría dicho en Quantico: «Algún día espero especializarme en crímenes sexuales»), pero sus primeros casos importantes tenían todos una perspectiva sexual y así era como acababan encasillándote en la agencia. Hizo algo más que seguir su propia intuición, la ambición le consumía y se formó a sí mismo como especialista en la materia. Estudió los anales sobre crímenes sexuales y se convirtió en una enciclopedia andante sobre la materia.
Había visto ese tipo de asesino antes, y el perfil del criminal le vino a la cabeza de inmediato. Se trataba de un acosador que planificaba sus actos, una persona solitaria y prudente que ponía mucho cuidado en no dejar su ADN tras de sí. Probablemente conocía bien el barrio, lo que quería decir que o vivía en Staten Island en ese momento o había vivido allí antes. Conocía ese parque como la palma de su mano y eligió el lugar exacto en el que podría llevar a cabo su propósito con la mínima probabilidad de que lo pillaran in fraganti. Había grandes probabilidades de que el tipo fuera hispano, pues consiguió que la víctima se sintiera lo suficientemente cómoda como para entrar en su coche, y el inglés de Consuela, según les habían dicho, era muy limitado. Había una probabilidad razonable de que conociera a su asesino, por lo menos de vista.
—Espera un momento —dijo Will de repente—.Aquí tenemos algo. Casi con toda certeza el asesino de Consuela tenía coche. Deberíamos buscar el mismo turismo azul oscuro que atropello a Myles Drake. —Anotó: «Turismo azul»—. Recuérdame cómo se llamaba el cura de la iglesia de Consuela.
Nancy recordó aquella cara triste y no necesitó rebuscar entre sus notas.
—Padre Rochas.
—Hay que elaborar un folleto con diferentes modelos de turismos de color azul, darle copias al padre Rochas para que los distribuya entre sus feligreses y descubrir, si alguno de ellos conoce a alguien que tenga uno. Y también cotejar los nombres de los parroquianos con los registros de Tráfico para conseguir una lista de los vehículos registrados. Presta especial atención a los varones hispanos.
Nancy asentía y tomaba notas.
Will estiró los brazos por encima de la cabeza y bostezó.
—Tengo que cambiarle el agua al canario. Después llamaremos a ese tipo.

Los patólogos forenses de la oficina central les habían aconsejado que preguntaran su opinión a Gerald Sofer, el mayor experto del país en las afecciones más raras. Que acudieran a él era la prueba de lo perdidos que estaban ante la muerte de Clive Robertson.
Will y Nancy habían practicado el masaje cardiovascular en el cuerpo sin pulso de Clive durante seis frenéticos minutos, hasta que el equipo paramédico llegó. A la mañana siguiente presenciaron cómo el forense examinaba el cuerpo de Clive abierto en canal y buscaba la causa de la muerte. Aparte del tabique nasal roto, no había evidencias de un trauma externo. Aquel pesado cerebro, que hasta hacía tan poco rebosaba música, fue cortado en finas rodajas, cual una hogaza de pan. No había signos de infarto ni de hemorragia. Todos los órganos internos eran normales para su edad. El corazón estaba un poco hinchado, las válvulas eran normales, la cantidad de arteriosclerosis de las arterias coronarias era de leve a moderada, especialmente la arteria descendente anterior izquierda, que estaba ocluida en un setenta por ciento.
—Seguramente yo las tengo más obstruidas que este tipo —carraspeó el veterano forense.
No había evidencia alguna de ataque al corazón, aunque a Will le dijeron que el examen microscópico arrojaría datos determinantes.
—Por ahora no tengo un diagnóstico —dijo el patólogo mientras se quitaba los guantes.
Will estaba ansioso por conocer los resultados de las pruebas de sangre y tejidos. Esperaba que revelaran un veneno, una toxina, pero también le interesaba conocer los resultados de la prueba del sida porque le había hecho el boca a boca sobre el rostro sanguinolento de Clive. Unos días después le dieron los resultados. Las buenas noticias eran que Clive había dado negativo en sida y hepatitis; las malas, que había dado negativo en todo. No había razón para que aquel hombre muriera.

—Sí, he podido revisar el informe de la autopsia del señor Robertson —dijo el doctor Sofer—. Es lo típico del síndrome.
Will se acercó al micrófono del teléfono.
—¿Qué quiere decir?
—Bueno, su corazón no estaba tan mal. No había ninguna oclusión coronaria crítica, ni trombosis, ni evidencia histopatológica de que le diera un infarto de miocardio. Eso coincide con los pacientes que he estudiado que sufrían cardiomiopatía por estrés, también conocida como síndrome del corazón roto.
Según Sofer, un estrés emocional repentino, el miedo, la ira, la pena, o una conmoción podrían ser la causa de un fallo cardíaco de consecuencias devastadoras. Las víctimas solían ser personas que gozaban de buena salud y que habían sufrido una sacudida emocional repentina, como la muerte de un ser querido o un miedo aterrador.
—Doctor, le habla la agente especial Lipinski —dijo Nancy—. Leí su artículo en la New England Journal of Medicine. Ninguno de los pacientes que tenían el síndrome murió. ¿Por qué el caso del señor Robertson es diferente?
—Excelente pregunta —respondió Sofer—. A mi entender el corazón puede aturdirse y producir un fallo en el bombeo por una liberación abusiva de catecolaminas, unas hormonas del estrés, entre ellas la adrenalina, que segregan las glándulas adrenales en respuesta a la tensión o conmoción. Esta es una herramienta evolutiva básica para la supervivencia, ya que prepara al organismo para luchar o salir corriendo a la hora de afrontar un peligro de vida o muerte. Sin embargo, en algunos individuos el flujo de estas hormonas neuronales es tan enérgico que el corazón no es capaz de seguir bombeando de manera eficiente. El rendimiento cardíaco baja en picado y la presión sanguínea cae. Desafortunadamente para el señor Robertson, es probable que el fallo en el bombeo combinado con ese bloqueo moderado de su arteria coronaria izquierda llevara a una perfusión insuficiente de su ventrículo izquierdo, lo que fue el detonante de una arritmia fatal, posiblemente una fibrilación ventricular, y de la muerte repentina. Morir por el síndrome del corazón roto es raro, pero puede ocurrir. Si no lo he entendido mal, el señor Robertson estaba bajo un estrés agudo momentos antes de su muerte.
—Recibió una postal del asesino del Juicio Final —dijo Will.
—Bueno, entonces en términos profanos yo diría que al señor Robertson le dieron un susto de muerte.
—No parecía asustado —observó Will.
—Las apariencias engañan —dijo Sofer.
Cuando terminaron, Will colgó y se bebió lo que quedaba de su quinta taza de café.
—Más claro que el agua —musitó—. El asesino confió en que se cargaría al tipo dándole un susto de muerte. ¡Anda ya! —Alzó los brazos al aire, exasperado—. Bueno, no perdamos el hilo. El tío se ventila a tres personas el 22 de mayo y se da un respiro durante el fin de semana. El 25 de mayo nuestro sujeto vuelve a la carga.
Caso 4: Myles Drake, veinticuatro años, mensajero en bici originario de Queens. A las siete de la mañana está haciendo su trabajo en el distrito financiero cuando una oficinista de Broadway que está mirando por la ventana (es la única testigo) lo ve en la acera de John Street ponerse la mochila y montar en su bicicleta en el mismo momento en que un utilitario azul oscuro sube al bordillo, se lo lleva por delante y sigue su camino. Desde su posición no puede ver la matrícula del coche o identificar con seguridad la marca y el modelo. Drake sucumbe al instante; tiene el hígado y el bazo machacados. El coche, que sin duda ha sufrido algún daño en el parachoques, sigue en paradero desconocido, a pesar del extenso sondeo que se ha hecho por las chapisterías de los tres barrios de la zona. Myles vivía con su hermano mayor y era trigo limpio en todos los aspectos. No se conoce ninguna conexión directa o indirecta con otras víctimas, aunque nadie puede afirmar con seguridad que nunca hubiera estado en el Kohler's Duane Reade, el drugstore de Queens Boulevard.
—¿No hay nada que lo vincule con drogas? —preguntó Will.
—Nada, pero recuerdo que en derecho estudiamos un caso de mensajeros en bici que distribuían cocaína a corredores de bolsa.
—No es mala idea, será nuestro asunto de drogas. —Escribió: «Buscar residuos de narcóticos en la mochila».
Caso 5: Milos Ivan Covic, un hombre de ochenta y dos años de Park Slope, Brooklyn, a media tarde se tira por la ventana de su apartamento, en una novena planta, y organiza un desastre de mil demonios en Prospect Park West, cerca de Grand Army Plaza. La ventana de su dormitorio está abierta de par en par; el apartamento, cerrado; no hay señales de allanamiento ni robo. No obstante, hechas añicos, en el suelo, junto a la ventana, hay varias fotografías enmarcadas, en blanco y negro, de un joven Covic junto a otras personas, presumiblemente familiares. No hay ninguna nota de suicidio. El hombre, un inmigrante croata que había trabajado de zapatero durante cincuenta años, no tenía parientes vivos y era tan reservado que nadie puede dar fe de su estado mental. En el apartamento solo había, sus huellas dactilares.
Will echó un vistazo al montón de fotografías antiguas.
—¿Y no hemos identificado a ninguna de estas personas?
—A ninguna —contestó Nancy—. Hemos entrevistado a todos sus vecinos, lo hemos intentado entre la comunidad croata—americana, pero nadie lo conocía. No sé a dónde acudir. ¿Alguna idea?
Will alzó las palmas de las manos.
—Para este no se me ocurre nada.
Caso 6: Marco Antonio Napolitano, de dieciocho años, recién graduado en la escuela secundaria. Vivía con sus padres y su hermana en Little Italy. Su madre encontró la postal en su habitación y al ver el dibujo del ataúd se puso histérica. Su familia lo buscó infructuosamente durante todo el día. La policía encontró su cadáver esa misma noche en el cuarto de calderas del edificio; tenía una jeringuilla clavada en el brazo y los utensilios de la heroína y el torniquete junto a su cuerpo. La autopsia reveló sobredosis, pero la familia y sus amigos más cercanos insistieron en que no era adicto, lo cual fue corroborado por la ausencia de señales de pinchazos en su cuerpo. Lo habían pillado un par de veces en hurtos y ese tipo de cosas, pero no era un mal chico. En la jeringa había dos ADN diferentes, el suyo y el de un varón sin identificar, lo que sugería que alguien más se había chutado usando los mismos utensilios. Asimismo, en la jeringuilla y en la cuchara había dos tipos de huellas dactilares diferentes, las suyas y las de otro, las cuales, después de analizarlas, habían resultado estar limpias, con lo que los cincuenta millones de personas que había en la base de datos quedaban descartados.
—Vale —dijo Will—. En este podríamos encontrar conexiones.
Nancy también las veía.
—Sí, a ver qué te parece esto —dijo, animada—. El asesino es un adicto, mató a Elizabeth para quitarla de en medio cuando buscaba narcóticos en Duane Reade. Tuvo una riña con Marco y le inyectó una sobredosis, y tenía una cuenta que saldar con Myles, que era su proveedor.
—¿Y qué pasa con David?
—Eso es más un atraco por dinero, lo cual también encaja con un drogadicto.
Will sacudió la cabeza con una sonrisa de impaciencia.
—Demasiado facilón —dijo mientras escribía: «¿Posible drogadicto?»—Vale, recta final. Nuestro hombre se toma dos semanas de descanso y el 11 de junio vuelve a empezar. ¿Por qué esta pausa? ¿Está cansado? ¿Ocupado con alguna otra cosa en su vida? ¿Fuera de la ciudad? ¿De vuelta en Las Vegas?
Preguntas retóricas. Nancy estudiaba el rostro de Will mientras este se estrujaba el cerebro.
—Hemos repasado todas las infracciones que se produjeron en dirección al este en las carreteras principales entre Las Vegas y Nueva York durante los intervalos entre las fechas señaladas en las postales y las fechas de los asesinatos y no hemos encontrado nada relevante. ¿Correcto?
—Correcto —contestó Nancy.
—Y hemos conseguido las listas de los pasajeros de todos los vuelos directos y con escalas entre Las Vegas y el área metropolitana de Nueva York de las fechas que nos interesan. ¿Correcto?
—Correcto.
—¿Y qué hemos sacado en claro?
—Por ahora nada. Tenemos miles de nombres que cada pocos días cruzamos con los nombres de nuestra base de datos de víctimas. De momento no ha habido coincidencias.
—¿Y hemos examinado el pasado criminal estatal y federal de todos los pasajeros?
—¡Will, eso ya me lo has preguntado mil veces!
—¡Porque es importante! —No tenía intención de disculparse—. Consígueme una lista de todos los pasajeros que tengan apellidos hispanos. —Apuntó hacia una pila de expedientes que había en el suelo, junto a la ventana—. Pásame ese. Con ese es con el que empecé.
Caso 7: Ida Gabriela Santiago, setenta y ocho años de edad, asesinada por un intruso en su propia habitación con una bala del calibre 22 que le traspasó el oído. Tal como Will sospechaba, no la habían violado, y aparte de las huellas dactilares de la víctima y de su familia no se habían encontrado más huellas por ningún sitio. Le habían robado el bolso y aún no lo habían recuperado. Una huella de pie en la tierra de debajo de la ventana de la cocina revelaba un número cuarenta y siete y el dibujo de celdas propio de unas zapatillas de baloncesto Reebok DMX 10. Teniendo en cuenta la profundidad de la huella y la humedad de la tierra, los técnicos del laboratorio calculaban que el sospechoso pesaba unos setenta y siete kilos, más o menos lo mismo que el sospechoso de Park Avenue. Habían buscado conexiones, especialmente con el caso López, pero no parecía que hubiera ninguna relación entre las vidas de las dos mujeres hispanas.
Esto les dejaba con el caso 8: Lucius Jefferson Robertson, el hombre al que habían literalmente matado de un susto. No había mucho que decir acerca de él...
—Ya está, estoy frito —anunció Will—. ¿Por qué no haces un resumen, socia?
Nancy repasó sus anotaciones recientes y echó un vistazo a sus observaciones clave.
—Supongo que habría que decir que nuestro sospechoso es un varón hispano de un metro cincuenta y cinco que pesa unos setenta y siete kilos, es drogadicto y violador, conduce un coche azul, tiene una navaja, una pistola del calibre 22 y otra del calibre 38, viene y va de Las Vegas, bien en tren bien en coche, y prefiere matar en los días laborables y volver a casa para el fin de semana.
—Magnífico perfil —dijo Will esbozando por fin una sonrisa—. Vale, vamos al grano. ¿Cómo escoge a sus víctimas y qué sentido tienen las postalitas de los cojones?
—¡No digas tacos! —Nancy alzó la libreta en su dirección—. Puede que las víctimas tengan alguna conexión y puede que no. Cada crimen es diferente. Es casi como si fueran deliberadamente aleatorios. Tal vez también elija a sus víctimas al azar. Manda las postales para hacernos saber que los crímenes están relacionados y que es él quien decide si alguien debe morir. Lee las noticias sobre el asesino del Juicio Final que salen en los periódicos, tiene el satélite conectado las veinticuatro horas, de eso se alimenta. Es un tipo muy listo y muy retorcido. Ese es nuestro hombre.
Esperaba que Will le diera su aprobación pero lo que hizo fue pincharle el globo.
—Bueno, agente especial Lipinski, eres un hacha, ¿eh? —Se levantó y le maravilló lo bien que se sentía con la cabeza despejada y un estómago que admitía comida—.Tu síntesis solo tiene un fallo —dijo—. No me creo ni una palabra de lo que has dicho. El único archicriminal que conozco capaz de esa brillantez diabólica se llama Lex Luthor, y la última vez que lo vi fue en un tebeo. Tómate un descanso para almorzar. Ven a buscarme para ir a la rueda de prensa.
Le guiñó un ojo y se quedó mirándola mientras se retiraba. «Desde luego tiene mucho mejor aspecto», pensó.

El caso había entrado en el verano, y las actualizaciones de prensa sobre Juicio Final se hacían ahora semanalmente. Al principio había informes diarios, pero no siempre había noticias de interés. A pesar de eso la historia tenía cuerpo, tenía un cuerpo robusto, y daba pruebas de atraer a más audiencia que los casos O.J. Simpson, Jon Benet y Anna Nicole juntos. Todas las noches, en la televisión, el caso era diseccionado hasta niveles moleculares por charlatanes y una legión de ex agentes del FBI, agentes del orden público, abogados y expertos que soltaban sin descanso sus teorías de turno. En los últimos días había consenso en una cosa: el FBI no estaba haciendo progresos, por tanto los del FBI eran unos ineptos.
La rueda de prensa tenía lugar en el salón de actos del hotel Hilton de Nueva York. Cuando Will y Nancy tomaron posiciones junto a una entrada de servicio, la sala ya estaba casi llena entre periodistas y fotógrafos y los peces gordos empezaban a colocarse en la tarima. Cuando dieron la señal, la luz de la televisión se encendió y empezó la retransmisión en directo.
El alcalde, un tipo peripuesto e imperturbable, se colocó ante el estrado.
—Llevamos seis semanas con esta investigación —comenzó—. Como nota positiva cabe decir que no ha habido nuevas víctimas en los últimos diez días. Aunque por el momento no ha habido ninguna detención, la policía de la ciudad y del estado de Nueva York y el FBI han estado trabajando en diferentes pistas y teorías de manera diligente y, a mi parecer, productiva. No obstante, hemos tenido ocho asesinatos en la ciudad, y nuestros ciudadanos no se sentirán completamente seguros hasta que atrapemos al criminal y lo llevemos ante la justicia. Benjamin Wright, subdirector en funciones del FBI de Nueva York, atenderá sus preguntas.
Wright era un afroamericano alto y delgado de unos cincuenta años, fino bigote, pelo rapado y gafas de montura metálica que le daban un aspecto intelectual. Se levantó y alisó con la mano las arrugas de su chaqueta cruzada. Se sentía cómodo ante las cámaras y hablaba con naturalidad ante aquel montón de micrófonos.
—Tal como ha dicho el alcalde, el FBI está trabajando en cooperación con la policía de la ciudad y del estado para resolver este caso. Esta es, con diferencia, la mayor investigación criminal en torno a un asesinato en serie en la historia del FBI. Dado que no tenemos a ningún sospechoso bajo custodia, trabajamos sin descanso. Quiero dejar clara una cosa: encontraremos al asesino. No estamos escatimando recursos. Estamos invirtiendo todos nuestros medios en este caso. El problema no son los recursos humanos, es el tiempo. Responderé a sus preguntas de inmediato.
Los de la prensa rumorearon como un enjambre de abejas; daban por hecho que Wright no aportaría nada nuevo. Los reporteros de televisión se mostraron corteses y dejaron que los chupatintas de los periódicos, peor pagados, tiraran las primeras piedras.
Pregunta: ¿Se contaba con nueva información en cuanto a las pruebas de toxicología de Lucius Robertson?
Respuesta: No. Las pruebas de tejido no se tendrían hasta dentro de unas cuantas semanas.
Pregunta: ¿Le habían hecho pruebas de ricino y de ántrax?
Respuesta: Sí. Ambas dieron negativo.
Pregunta: Si todo había dado negativo, ¿qué mató a Lucius Robertson?
Respuesta: Todavía no se sabía.
Pregunta: ¿No era posible que esta falta de claridad confundiera a la gente a la larga?
Respuesta: Cuando sepamos las causas de su muerte las haremos públicas.
Pregunta: ¿La policía de Las Vegas estaba cooperando?
Respuesta: Sí.
Pregunta: ¿Se habían identificado todas las huellas que había en las postales?
Respuesta: La mayoría. Aún estaban trazando la pista de algunos trabajadores de correos.
Pregunta: ¿Había alguna pista sobre el hombre encapuchado del escenario del crimen de Swisher?
Respuesta: Ninguna.
Pregunta: ¿Coincidían las balas de las dos víctimas tiroteadas con algún otro crimen de los archivos? Respuesta: No.
Pregunta: ¿Cómo podían estar seguros de que no se trataba de una trama de Al Qaeda?
Respuesta: No había indicio alguno de terrorismo.
Pregunta: Una vidente de San Francisco se quejaba de que el FBI se negaba a hablar con ella a pesar de que insistía en que un hombre de pelo largo llamado Jackson estaba implicado en los crímenes.
Respuesta: El FBI estaba interesado en toda pista que fuera creíble.
Pregunta: ¿Eran conscientes de que la gente estaba decepcionada por su falta de progresos?
Respuesta: Compartían esa frustración, pero seguían confiando en el éxito de la investigación.
Pregunta: ¿Pensaba él que habría más asesinatos?
Respuesta: Esperaba que no, pero no había manera de saberlo.
Pregunta: ¿Tenía el FBI un perfil del asesino del caso Juicio Final?
Respuesta: Todavía no. Estaban trabajando en ello. Pregunta: ¿Por qué les estaba costando tanto tiempo? Respuesta: Por la complejidad del caso. Will se inclinó hacia delante y susurró al oído de Nancy: «Menuda pérdida de tiempo».
Pregunta: ¿Tenían a sus mejores hombres asignados al caso?
Respuesta: Sí.
Pregunta: ¿Podrían los medios hablar con el agente especial que estaba a cargo de la investigación?
Respuesta: Yo puedo responder a todas sus preguntas.
«Esto se pone interesante», añadió Will.
Pregunta: ¿Por qué no podían hablar con el agente?
Respuesta: Intentarían que estuviera disponible en la siguiente rueda de prensa.
Pregunta: ¿Se encuentra en la sala en estos momentos?
Respuesta: ...
Wright miró hacia Sue Sánchez, que estaba sentada en la primera fila, y le imploró con los ojos que controlara a su chico. Ella miró alrededor y vio que Will se levantaba. Lo único que podía hacer era inmovilizarlo fulminándolo con una mirada,
«Se piensa que soy un bala perdida —se dijo Will—. Bueno, pues es hora de empezar a cargar los cañones. Yo soy el agente especial a cargo. No quería el caso pero ahora es mío. Si me quieren, aquí estoy.»
—¡Aquí!
Will alzó la mano. Se había enfrentado a la prensa en múltiples ocasiones a lo largo de su carrera, así que para él aquello era pan comido. Era cualquier cosa menos tímido ante las cámaras.
Nancy vio la cara de horror de Sánchez y a punto estuvo de agarrarle de la manga. Casi. Will se levantó de un bote y se dirigió hacia la tarima con un andar extraño mientras las cámaras giraban hacia la izquierda.
Benjamin Wright no tuvo más remedio que desistir.
—De acuerdo, el agente especial Will Piper responderá a un número limitado de sus preguntas. Adelante, Will.
Cuando ambos hombres se cruzaron, Wright le susurró: «Abrevia y ándate con ojo».
Will se pasó una mano por el pelo y subió al estrado. El alcohol y sus efectos secundarios ya habían sido expulsados de su cuerpo, así que se sentía bien, incluso animado. «Y ahora a crear un poco de confusión», se dijo. Era un tipo fotogénico, un hombre alto, de pelo rojizo y espalda ancha, hoyuelo en la barbilla y ojos de un azul soberbio. En una sala de control, un realizador de televisión gritó: «¡Quiero un primer plano de ese tío!».
La primera pregunta fue: ¿cómo se escribe su nombre?
—Piper, como «tañedor de flauta»: P—I—P—E—R.
Los reporteros se irguieron en sus asientos. ¿Qué les iban a dar, un concierto? Algunos de los más viejos le susurraron a los otros: «Recuerdo a este tipo. Es famoso».
—¿Cuánto hace que trabaja para el FBI?
—Dieciocho años, dos meses y tres días.
—¿Cómo es que lleva la cuenta de una manera tan exacta?
—Soy minucioso.
—¿Qué experiencia tiene en asesinatos en serie?
—He dedicado mi carrera a casos como este. He llevado ocho de ellos: el violador de Asheville, el asesino de White River de Indianápolis, y otros seis. Los atrapamos a todos, y a este también lo cogeremos.
—¿Por qué no tienen aún un perfil del asesino?
—Créanme, lo estamos intentando, pero no se trata de un perfil convencional. No comete dos asesinatos iguales. No hay un patrón. Si no fuera por las postales, no sabríamos que los casos están relacionados.
—¿Cuál es su teoría?
—Creo que estamos ante un hombre muy inteligente y muy retorcido. No tengo ni idea de cuáles son sus motivos. Quiere atención, eso desde luego, y gracias a ustedes la está obteniendo.
—¿Piensa usted que no deberíamos cubrir el caso?
—No tienen opción. Simplemente constataba un hecho.
—¿Cómo conseguirá atraparlo?
—No es perfecto. Ha dejado algunas pistas de las que no voy a hablar por razones obvias. Lo atraparemos.
—¿Cree que el asesino atacará de nuevo?
—Déjeme que le responda de otra manera. Lo que creo es que el asesino está viendo esto en la televisión ahora mismo, así que esto va dirigido a ti. —Will miró hacia las cámaras. Menudos ojos azules—:Te voy a coger y te voy a poner entre rejas. Es solo cuestión de tiempo.
Wright, que se acercaba hacia él como una exhalación, prácticamente apartó a Will de los micros de un empujón.
—Muy bien, creo que esto es todo por hoy. Les haremos saber cuándo y dónde será el próximo encuentro.
Los de la prensa se pusieron en pie y la voz de una periodista del Post se alzó sobre las otras y gritó:
—¡Prométanos que volverá a sonar la flauta!

El número 941 de Park Avenue era un cubo sólido, un edificio de ladrillo de trece plantas del período anterior a la guerra, con las dos primeras plantas revestidas con una fina capa de granito blanco y el vestíbulo decorado con mármol y estampados de buen gusto. Will ya había estado por allí antes, siguiéndole la pista a los últimos pasos de David Swisher desde el vestíbulo hasta el lugar exacto de la Ochenta y dos donde se desangró hasta morir. Había realizado ese recorrido con la oscuridad prematinal y se había puesto en cuclillas justo en el mismo lugar, aún descolorido a pesar del refregado que le habían dado los del servicio de limpieza, para intentar visualizar lo último que la víctima debió de ver antes de que su cerebro perdiera la cobertura. ¿Una porción de acera moteada? ¿El enrejado negro de una ventana? ¿Las llantas de un coche aparcado?
¿Un roble delgado alzándose fuera de un cuadro de compacta suciedad?
El árbol, con un poco de suerte.
Tal como esperaba, Helen Swisher había estado jugando con él al gato y el ratón. Se había hecho la difícil durante las semanas anteriores con su siempre ocupado teléfono, su apretada agenda y sus viajes fuera de la ciudad. «¡Es la esposa de una víctima, por el amor de Dios! —se desahogó con Nancy—. ¡No una maldita sospechosa! Que coopere un poquito, ¿no?» Y entonces, justo cuando Sue Sánchez le iba a soltar el rollo por su «Aquí soy yo el que manda» de la rueda de prensa, la esposa le llamó al móvil para decirle que fuera puntual, que tenía poquísimo tiempo. Y luego la guinda: los recibió en el apartamento 9B con una mirada distante de condescendencia, como si fueran del servicio de limpieza y estuvieran allí para llevarse una de sus alfombras persas.
—No sé qué puedo decirles a ustedes que no le haya dicho ya a la policía —dijo Helen Swisher mientras cruzaban un arco que daba al salón, un espacio diáfano formidable con vistas a Park Avenue. Will se sentía incómodo con la decoración y el mobiliario, tanta finura, el salario de toda una vida dilapidado en una habitación, los decoradores como locos con los muebles antiguos, las arañas y las alfombras, cada una del precio de un buen coche.
—Muy bonito —dijo Will arqueando las cejas.
—Gracias —respondió ella con frialdad—. A David le gustaba leer los periódicos del domingo aquí. Acabo de ponerlo a la venta.
Tomaron asiento y ella se puso de inmediato a juguetear con la correa de su reloj, una señal de que el tiempo era oro para ella. Will la caló al momento y le hizo un miniperfil. A su manera caballuna era una mujer atractiva, su peinado perfecto y su traje de firma realzaban su aspecto. Swisher era judío, pero ella no, tal vez procediera de una familia acomodada, un banquero y una abogada que se conocieron no a través de los círculos sociales sino de manera concertada. No es que la tipa fuera un poco fría, era pura escarcha. El que no exteriorizara su pena no quería decir que no sintiera nada por su marido —probablemente le quería—, sino que era un reflejo del hielo que tenía en las venas. Si Will alguna vez tenía que demandar a alguien, alguien a quien odiara de verdad, esa era la mujer a la que buscaría.
Solo miraba a Will. Nancy podría haber sido invisible. Los subordinados, como esos socios colegiados del selecto gabinete de Helen, eran meros implementos, personajes secundarios. Solo cuando Nancy abrió su libreta, Helen la vio y frunció el ceño.
Will pensó que no tenía sentido comenzar con las consabidas condolencias. El no había ido allí a vender y ella no iba a comprar. Puso la directa y preguntó:
—¿Conoce a algún hispano que conduzca un coche azul?
—¡Válgame Dios! ¿Tanto han estrechado ya el cerco en su investigación?
Will hizo caso omiso de la pregunta.
—¿Sí o no?
—El único hispano que conozco es el que sacaba a pasear a nuestro perro, Ricardo. No tengo ni la menor idea de si tiene coche o no.
—¿Por qué ha dicho «paseaba»?
—Regalé el perro de David. Es curioso, pero uno de los de la ambulancia del hospital Lenox Hill se encariñó de él aquella mañana.
—¿Podría darme los datos para contactar con Ricardo?
—Por supuesto —respondió ella con desdén.
—Si tenían a alguien que sacaba a pasear al perro —dijo Will—, ¿por qué lo sacó su marido la mañana en que fue asesinado?
—Ricardo solo venía por las tardes, cuando los dos estábamos fuera trabajando. Cuando estábamos aquí lo sacaba David.
—¿Todas las mañanas a la misma hora?
—Sí, a eso de las cinco de la mañana.
—¿Quién conocía esa rutina?
—Supongo que el portero de noche.
—¿Tenía enemigos su marido? El tipo de enemigo al que le habría gustado verlo muerto...
—¡Desde luego que no! Es decir, cualquiera que se dedique a la banca tiene adversarios, eso es normal, pero las transacciones que realizaba David eran corrientes, amistosas por lo general. Era un buen hombre —dijo ella como si la bondad no fuera una virtud.
—¿Recibió el correo electrónico con los nombres de las víctimas?
—Sí, le eché un vistazo.
—¿Y?
La cara se le desfiguró.
—¡Y por supuesto que ni yo ni David conocíamos a nadie de esa lista!
Ahí estaba, esa era la explicación de que, se mostrara reacia a cooperar. Aparte de la inconveniencia de perder a un esposo en el que podía confiar, le asqueaba verse relacionada con el caso del Juicio Final. Era muy vistoso, pero de baja estofa. La mayoría de las víctimas vivían anónimamente al margen. El asesinato de David perjudicaba su imagen, su carrera; sus acomodados socios cotilleaban sobre Helen mientras meaban en sus urinarios y golpeaban la bola en el campo de golf. En cierto modo seguramente estaba enfadada con David por haber dejado que le rebanaran el cuello.
—Las Vegas —dijo Will de repente.
—Las Vegas —repitió ella con recelo.
—¿A quién conocía David en Las Vegas?
—Él se preguntó exactamente lo mismo cuando vio la postal la noche antes de que lo asesinaran. No se acordaba de nadie, y yo tampoco.
—Hemos intentado que el banco de su marido nos diera la lista de sus clientes pero ha resultado imposible —dijo Nancy.
Ella se dirigió a Will.
—¿Con quién han hablado?
—Con el director de la sucursal.
—Conozco bien a Steve Gartner. Si quiere, puedo llamarlo.
—Nos sería de gran ayuda.
El teléfono de Will se puso a sonar con su inadecuada música y él contestó sin excusarse, escuchó durante unos segundos, se levantó y se dirigió hacia un grupo de sillas y sofás que había en una esquina al otro lado de la habitación, dejando a las dos mujeres solas e incómodas.
Nancy, cohibida, se puso a repasar sus anotaciones para parecer ocupada en asuntos importantes, pero estaba claro que se sentía como un jabalí verrugoso ante esa leona. Helen se limitó a mirar fijamente la esfera de su reloj, como si con eso pudiera hacer desaparecer a aquella gente por arte de magia.
Will colgó y volvió sobre sus pasos.
—Gracias. Tenemos que irnos.
Eso fue todo. Un rápido apretón de manos y punto. Miradas frías y cordial antipatía.
Una vez en el ascensor Will dijo:
—Qué chica más maja.
Nancy estaba de acuerdo.
—Menuda zorra.
—Vamos a City Island.
—¿Por qué?
—Víctima número nueve.
A Nancy casi le da un tirón en el cuello al alzar la vista y mirarlo.
La puerta se abrió al vestíbulo.
—El juego ha cambiado, socia. No parece que vaya a haber una víctima número diez. La policía tiene a un sospechoso: Luis Camacho, varón hispano de treinta y dos años, uno setenta y cinco de altura y setenta y dos kilos de peso.
—¿En serio?
—Al parecer el tipo trabaja de auxiliar de vuelo. Adivina en qué ruta opera.
—¿Las Vegas?
—Las Vegas.


6 de julio de 777,
Vectis, Britania

Confluencia.
La palabra había estado rondado su cabeza y a veces, cuando estaba solo, escapaba de su boca y lo dejaba temblando.
Le preocupaba la confluencia, como a toda la hermandad, pero estaba convencido de que a él le afectaba más que a los otros, deducción esta del todo imaginaria ya que los problemas de ese tipo no se discutían de manera abierta.
Por supuesto, estaban concienciados desde hacía tiempo de que ese séptimo día llegaría, pero la creencia de que se trataba de una profecía creció cuando en el mes de mayo apareció un cometa, y ahora, dos meses después, su luminosa cola permanecía en el cielo nocturno.
El prior Josephus estaba despierto antes de que sonara la campana para maitines. Apartó el pesado cobertor, se levantó, se alivió en el orinal y se refrescó la cara con el agua fría de una jofaina. En el suelo de barro había un jergón, una mesa y una silla. Esa era su celda; no había ventanas. Su blanca túnica de lana y sus sandalias de cuero eran sus únicas pertenencias terrenales.
Y era feliz.
A sus cuarenta y cuatro años se estaba quedando calvo y se había puesto un poco rechoncho debido a su afición a la fuerte cerveza de los barriles de la cervecería de la abadía. La calvicie de la coronilla le facilitaba la tarea de mantener la tonsura; todos los meses, Ignatius, el barbero cirujano, le hacía un trabajo rápido y lo despachaba con una palmadita en su rala calva y un guiño de complicidad.
Había entrado en el monasterio cuando tenía quince años, y en su condición de oblato, tenía prohibido el acceso a las zonas más alejadas del monasterio hasta que hubiera completado su iniciación y fuera un miembro de pleno derecho. Una vez dentro supo de inmediato que viviría siempre entre esos muros y que allí sería donde moriría. El amor que sentía hacia Dios y sus lazos de hermandad con los miembros de la comunidad (los siervos de Cristo) eran tan fuertes que a veces lloraba de alegría, atemperada solo por la culpa de saberse tan afortunado en comparación con tantas almas descarriadas como había en la isla.
Se arrodilló junto a la cama y, siguiendo la tradición iniciada por san Benito, comenzó su jornada espiritual con el padrenuestro para que, tal como san Benito habia escrito, la comunidad se purifique de «las espinas de escándalo que suelen producirse»:

Pater noster, qui es in caelis:
sanctificetur Nomen Tuum;
adveniat Regnum Tuum;
fiat voluntas Tua...

Acabó la plegaria, se santiguó, y en ese momento sonó la campana de la abadía. Suspendida en la torre con una cuerda recia, había sido labrada hacía casi dos décadas por Matthias, el herrero de la comunidad y amigo del alma de Josephus, que había muerto hacía tiempo a causa de la lepra. El melodioso tañido del badajo contra las placas de hierro le traía siempre el recuerdo de la risa sincera del herrero de mejillas sonrosadas.
Por un momento pensó en disciplinarse en memoria de su amigo, pero entonces la palabra «confluencia» invadió sus pensamientos.
Había tareas que hacer antes de los laudes, y como prior de la comunidad era el encargado de supervisar las labores de los novicios y los jóvenes monjes. Fuera hacía un frío agradable y estaba oscuro como boca de lobo; cuando respiraba, el aire húmedo que se colaba por su nariz le traía el sabor del mar. En los establos, las vacas estaban cargadas de leche; le satisfizo ver que, cuando él llegó, los jóvenes ya estaban ocupándose de las ubres.
—La paz sea contigo, hermano —dijo en voz baja a cada uno de los hombres, posando la mano sobre su hombro a medida que pasaba junto a ellos. Entonces se quedó helado: había siete vacas y siete hombres.
Siete.
El misterioso número de Dios.
El libro del Génesis estaba repleto de sietes: los siete cielos, los siete tronos, los siete sellos, las siete iglesias. Las murallas de Jericó se desmoronaron el séptimo día del sitio. En las Revelaciones, siete espíritus de Dios eran enviados para que se adentraran en la tierra. Desde David hasta el nacimiento de Cristo Nuestro Señor hubo exactamente siete generaciones.
Y ahora se encontraban al borde del séptimo día del séptimo mes del Anno Domini 777, que confluía con el advenimiento del cometa que Paulinus, el astrónomo de la abadía, había llamado con cautela Cometes Luctus, el Cometa de las Lamentaciones.
Y luego estaba el problema de Santesa, la esposa de Ubertus el picapedrero, que se acercaba al final de su preocupante estado.
¿Cómo podían aparentar todos semejante placidez? ¿Qué traería, en el nombre del Señor, el día de mañana?
La iglesia de la abadía de Vectis era una obra colosal en proceso, una fuente de inmenso orgullo. La iglesia original, de madera y paja, construida casi un siglo antes, era una estructura sólida que había aguantado los vientos del litoral y el azote de las tormentas marinas. La historia de la iglesia y la abadía era bien conocida, ya que algunos de sus monjes más antiguos habían servido junto a los hermanos fundadores. De hecho, uno de sus miembros, el anciano Alric, ahora demasiado enfermo hasta para salir de su celda y acudir a misa, había conocido a Birino, el eminente obispo de Dorchester, en sus tiempos de juventud.
Birino era un franciscano que había llegado a Wessex en el año 634, tras haber sido investido obispo por el papa Honorio con la misión de convertir a los paganos sajones del oeste. Pronto adoptó el papel de árbitro en una guerra civil en esa tierra dejada de la mano de Dios y se esforzó por forjar una alianza entre el gañán Cinegildo, rey de los sajones del oeste, y Osvaldo, rey de Northumbría, de temperamento mucho más afable, un cristiano. Pero Osvaldo no se aliaría con un no creyente, así que Birino, sintiendo que esa era una oportunidad única, persuadió a Cinegildo para que se convirtiera al cristianismo y vertió personalmente el agua bautismal sobre su sucia cabeza en el nombre de Cristo.
A esto siguió un pacto con Osvaldo y una larga paz. Cinegildo, en agradecimiento, legó Dorchester a Birino como sede episcopal y se convirtió en su benefactor. Birino, por su parte, se embarcó en la fundación de abadías según la tradición de san Benito por los territorios del sur, y cuando se estableció la carta fundacional de la abadía de Vectis en 686, el año de la peste negra, la última de las islas de Britania entró en el seno de la cristiandad. Cinegildo donó a la Iglesia sesenta fanegas de tierra cercanas al agua en ese enclave isleño, al que se accedía fácilmente en barco desde las costas de Wessex.
Conseguir que la plata de la realeza revirtiera en los intereses de la Iglesia ahora era asunto de Aetia, obispo de Dorchester. Había inculcado en el rey Offa de Mercia los beneficios espirituales que comportaría la siguiente fase de gloria para la abadía de Vectis —el paso de la madera a la piedra— para alabanza y honra del Señor. «Al fin y al cabo —había murmurado el obispo al rey—, el prestigio no se mide en roble sino en piedra.»
En una cantera, no lejos de las murallas de la abadía, los picapedreros italianos llevaban dos años cincelando bloques de arenisca que se transportaban con bueyes hasta la abadía, donde los albañiles los colocaban con mortero, erigiendo poco a poco los muros de la iglesia sobre la estructura de madera. El tañido metálico del cincel en la piedra llenaba el aire a lo largo del día, solo silenciado durante los oficios, cuando la contemplación y las calladas oraciones de los hermanos inundaban el santuario.
Josephus volvió al dormitorio, de camino a maitines, y abrió con cuidado la puerta de la celda de Alric para asegurarse de que el viejo monje seguía en este mundo. Le animó escuchar ronquidos, de modo que susurró una plegaria sobre su cuerpo hecho un ovillo, se marchó sin hacer ruido y entró en la iglesia por la escalera del dormitorio que llevaba directamente al transepto.
El santuario estaba iluminado por apenas una docena de velas, pero esa luz bastaba para evitar accidentes. Desde allí arriba, en la oscuridad, Josephus podía intuir las formas de los murciélagos frugívoros que revoloteaban entre las vigas. Los hermanos, de pie en dos filas a ambos lados del altar, esperaban pacientemente a que llegara el abad. Josephus se acercó lentamente a Paulinus, un monje pequeño y nervioso, y de no haber escuchado el crujido de la puerta principal al abrirse, habrían intercambiado un saludo furtivo. Pero el abad había llegado y nadie se atrevió a hablar.
El abad Oswyn era un hombre imponente de largas extremidades y amplios hombros, un hombre que había pasado la mayor parte de su vida mirando a la hermandad desde una cabeza más arriba, pero que en los últimos años parecía haberse encogido debido a una dolorosa curvatura en la columna. Como resultado de ese mal, sus ojos miraban al suelo casi de manera permanente y en los pasados años le había resultado prácticamente imposible alzar la vista al cielo. Con los años su ánimo se había ensombrecido, y eso, sin duda, afectaba negativamente en la fraternidad de la comunidad.
Los hermanos le oían arrastrar los pies por el santuario, sus sandalias rasgaban los tablones de madera. Como siempre, tenía la cabeza gacha y la luz de las velas se reflejaba en su brillante cuero cabelludo y su níveo flequillo. Ascendió lentamente la escalera del altar, haciendo muecas por el esfuerzo, y se colocó donde le correspondía, bajo el baldaquino de pulido nogal. Colocó las palmas de las manos sobre la suave y fría madera de la tabula y entonó con una voz nasal y aguda: «Aperi, Domine, os meum ad henedicendum nomen sanctum tuum».
Los monjes, en dos filas, rezaron y pronunciaron su salmodia contestando a los responsos; sus voces se unían y llenaban el santuario. ¿Cuántos miles de veces Josephus habría dado voz a esas plegarias? Sin embargo, ese día sentía una necesidad especial de pedirle a Cristo su perdón y su compasión, y las lágrimas brotaron de sus ojos cuando llegó a la última línea del Salmo 148: «Alleluja, laúdate Dominum de caelis, alleluja, alleluja».

Era un día caluroso y seco, y la abadía era un hervidero de actividad. Josephus pasó a través de la recién segada hierba del claustro para hacer sus rondas matinales y revisar las tareas de la comunidad. Sin contar a los trabajadores que acudían solo durante el día, había ochenta y tres almas en la abadía de Vectis la última vez que se contaron, y cada uno de ellos esperaba ver al prior al menos una vez al día. No era de los que hacen inspecciones aleatorias, tenía su rutina y todos la conocían.
Comenzó con los albañiles para ver los progresos del edificio y le inquietó sobremanera percatarse de que Ubertus no había llegado al trabajo. Buscó al hijo mayor de Ubertus, Julianus, un robusto adolescente cuya piel morena resplandecía por el sudor, y supo así que Santesa había empezado con los dolores del parto. Ubertus volvería en cuanto pudiera.
—Mejor hoy que mañana, ¿no? Eso es lo que dice la gente —dijo Julianus al prior, quien asintió solemnemente para expresar su conformidad y le pidió que le informara cuando el nacimiento tuviera lugar.
Josephus se dirigió al cellarium para revisar las provisiones de carne y verduras, y después al granero para asegurarse de que los ratones no se habían metido en el trigo. En la cervecería se vio obligado a hacer una cata de la cerveza de cada barril y, como parecía no estar seguro acerca del sabor, volvió a probarlas. Después fue a la cocina contigua al refectorio para comprobar si las hermanas y jóvenes novicias estaban de buen humor. Lo siguiente fue darse una vuelta por el lavatorium para verificar que el agua fresca fluía adecuadamente hacia los lebrillos y las letrinas, donde tuvo que aguantar la respiración mientras inspeccionaba la zanja.
En el huerto comprobó que los hermanos mantenían a raya a los conejos para que no se comieran los brotes tiernos. Luego bordeó el pasto de las cabras para inspeccionar su edificio favorito, el scriptorium, el cual presidía Paulinus con los seis hermanos que, encorvados sobre las mesas, realizaban bellas copias de la regla de san Benito y de la Sagrada Biblia.
A Josephus le gustaba esa cámara más que ninguna por el silencio y la noble vocación que se practicaba en ella, y también porque consideraba que Paulinus era pío e instruido. Si había alguna pregunta sobre los cielos, las estaciones o sobre cualquier fenómeno natural, Paulinus siempre estaba dispuesto a ofrecer una interpretación profunda, paciente y correcta. La conversación banal disgustaba al abad, pero Paulinus era una fuente excelente de conocimiento, algo que Josephus tenía en alta estima.
El prior atravesó el scriptorium de puntillas, cuidándose mucho de no interrumpir la concentración de los copistas. El único sonido allí era el agradable roce de las plumas sobre los pergaminos. Saludó con la cabeza a Paulinus, y este esbozó una sonrisa. Una muestra de camaradería mayor no habría sido apropiada; las muestras exteriores de afecto estaban reservadas al Señor. Paulinus le indicó con un gesto que salieran.
—Que tengas buen día, hermano —dijo Josephus, entornando los ojos ante la luz del mediodía.
—También tú. —Paulinus parecía preocupado—.Así pues, mañana es el día de la verdad —susurró.
—Sí, sí —convino Josephus—. Al fin ha llegado.
—Anoche observé el cometa durante un buen rato.
—¿Y?
—Cuando llegó la medianoche, su estela se volvió roja y brillante. Del color de la sangre.
—¿Qué significa eso?
—Creo que es una señal de mal augurio.
—He oído que la mujer ha empezado con los dolores de parto —apuntó Josephus, esperanzado.
Paulinus cruzó los brazos firmemente sobre el hábito y frunció los labios con desdén.
—¿Y supones que, como ha dado a luz nueve veces anteriormente, este niño vendrá al mundo rápido? ¿En el sexto día del mes, en lugar del séptimo?
—Bueno, eso es lo que cabría esperar —dijo Josephus.
—Tenía el color de la sangre —insistió Paulinus.
El sol estaba llegando a lo más alto, y Josephus se apresuró para completar su circuito antes de que la comunidad volviera a ocupar sus puestos en el santuario para la hora sexta. Pasó deprisa por el dormitorio de las hermanas y entró en la casa capitular, en la que las filas de bancos de pino estaban aún vacías, a la espera de que llegara la hora en que el abad leería un capítulo de la regla de san Benito a toda la comunidad. Un gorrión se había colado dentro y batía sus alas en las alturas con desesperación; Josephus dejó las puertas abiertas con la esperanza de que fuera capaz de encontrar la libertad. Fue hacia la parte de atrás de la casa y golpeó con los nudillos la puerta de la cámara privada del abad.
Oswyn estaba sentado a la mesa de estudio con la cabeza inclinada sobre la Biblia. Dorados haces de luz atravesaban las vidrieras de las ventanas e incidían sobre la mesa en un ángulo perfecto que hacía que el sagrado libro refulgiera con un brillo color naranja. Oswyn se irguió lo justo para ver a su prior.
—Ah, Josephus. ¿Cómo van las cosas hoy por la abadía?
—Van bien, padre.
—¿Y qué hay de los progresos de nuestra iglesia, Josephus? ¿Cómo va el segundo arco del muro oriental?
—El arco está casi terminado. Sin embargo, Ubertus, el picapedrero, se ha ausentado hoy.
—¿No se encuentra bien?
—No, su esposa ha empezado con los dolores de parto.
—Ah, sí. Ya me acuerdo. —Esperó a que su prior añadiera algo, pero Josephus permaneció en silencio—. ¿Te preocupa ese nacimiento?
—Tal vez sea un mal augurio.
—El Señor nos protegerá, prior Josephus. De eso puedes estar seguro.
—Sí, padre. No obstante, me preguntaba si debería partir hacia el pueblo.
—¿Con qué propósito? —preguntó Oswyn bruscamente.
—Por si fuera necesaria la presencia de un religioso —dijo Josephus mansamente.
—Ya sabes lo que pienso sobre abandonar los claustros. Somos siervos de Cristo, Josephus, no de los hombres.
—Sí, padre.
—¿Han pedido nuestra ayuda los del pueblo?
—No, padre.
—Entonces preferiría que no te implicaras. —Alzó su encorvado cuerpo de la silla—. Ahora vamos a la hora sexta y reunámonos con nuestros hermanos y hermanas para rogar al Señor.
Las vísperas, el oficio que tenía lugar al ponerse el sol, era el preferido de Josephus, ya que el abad permitía que la hermana Magdalena tocara el salterio como acompañamiento a sus plegarias. Sus largos dedos punteaban las diez cuerdas del laúd, y él estaba seguro de que la perfección del tono y la precisión de la cadencia eran testimonio de la magnificencia del Todopoderoso.
Tras el oficio las hermanas y los hermanos salían del santuario en fila y se dirigían hacia sus respectivos dormitorios, pasados los bloques de piedra, los escombros y los andamios que habían dejado allí los italianos. En su celda, Josephus intentaba aclarar su mente y dedicar unos momentos a la contemplación, pero pequeños ruidos en la lejanía le distraían. ¿Había llegado alguien? ¿Traerían noticias acerca del nacimiento que estaba por venir? Esperaba que sonara la campana de los invitados en cualquier momento.
Antes de que se diera cuenta tocaron a completas; había llegado la hora del último oficio del día. Sus preocupaciones no le habían permitido meditar, y rezó pidiendo perdón por tal transgresión. Cuando pronunciaron los últimos sones del último canto, observó al abad descender con mucho cuidado del altar mayor y pensó que Oswyn jamás había parecido más viejo y más frágil.
Josephus tuvo un sueño intranquilo, enturbiado por molestas pesadillas de cometas de color rojo sangre y niños con brillantes ojos rojos. En ese sueño la gente se congregaba en la plaza de un pueblo, donde los había convocado un campanero con un brazo fuerte y otro atrofiado. El campanero estaba angustiado y lloraba, y entonces, de golpe, Josephus se despertó y se dio cuenta de que aquel hombre era Oswyn.
Alguien llamaba a su puerta.
—¿Sí?
—Prior Josephus, siento despertarle —dijo una voz joven desde el otro lado de la puerta.
—Entra.
Era Theodore, el novicio encargado esa noche de hacer guardia en la entrada principal.
—Ha venido Julianus, el hijo de Ubertus, el picapedrero. Ruega que vaya usted con él a casa de su padre. Su madre está teniendo un parto difícil y puede que no sobreviva.
—¿Aún no ha nacido el niño?
—No, padre.
—¿Qué hora es, hijo mío? —Josephus puso los pies en el suelo y se frotó los ojos.
—La undécima.
—Entonces el séptimo día está al llegar
En la oscuridad de esa noche sin luna, Josephus estuvo a punto de torcerse un tobillo en los surcos que las ruedas de los carros tirados por bueyes habían dejado en el camino. Se esforzaba por mantener el ritmo de las grandes zancadas de Julianus para seguir con más facilidad la corpulenta silueta negra del muchacho y no salirse del camino. La brisa fría del viento traía los sonidos del canto de los grillos y los graznidos de las gaviotas. Normalmente Josephus se habría deleitado con esa música nocturna, pero esa noche prácticamente ni la oía.
Cuando estaban cerca de la primera de las casas de los picapedreros, Josephus oyó sonar la campana de la abadía, la llamada para el oficio nocturno.
Medianoche.
Avisarían a Oswyn de su incursión y Josephus estaba seguro de que no sería de su agrado.
Para ser medianoche, en el pueblo reinaba una actividad inquietante. En la distancia Josephus podía ver las teas brillar desde las puertas abiertas de las pequeñas casas de paja, y antorchas que se movían arriba y abajo por el camino; la gente estaba fuera de sus casas. A medida que se acercaban, quedó claro que el centro de la actividad era la casa de Ubertus. La gente se arremolinaba a la entrada y las antorchas proyectaban fantásticas sombras alargadas. En la puerta, mirando hacia el interior, bloqueando la entrada, había tres hombres. Josephus oyó un parloteo en italiano y retazos de oraciones en latín que los picapedreros habían oído en la iglesia y habían robado como si fueran urracas.
—Abrid paso, el prior de Vectis está aquí —declaró Julianus.
Los hombres se apartaron al tiempo que se santiguaban y hacían reverencias.
Del interior salió un grito, el de una mujer agonizante, un grito horrible y desgarrador que casi traspasaba la carne. Josephus sintió que las piernas le fallaban.
—Que Dios nos proteja —dijo, y se obligó a cruzar el umbral.
El caserón estaba lleno de familiares y de gente del pueblo; para que Josephus pudiera entrar, tuvieron que salir dos para dejar espacio libre. Ubertus, un hombre duro como la piedra que cortaba a diario, estaba sentado junto al hogar, abatido, con la cabeza entre las manos.
—Prior Josephus —dijo el picapedrero con voz queda debido al cansancio—, gracias a Dios que ha venido. ¡Por favor, rece por Santesa! ¡Rece por todos nosotros!
Santesa estaba tumbada en la cama principal, rodeada de mujeres. Tenía las rodillas pegadas a su abultado vientre; el camisón arremangado dejaba a la vista unos muslos con manchitas. Tenía la cara del color de la remolacha, tan deformada que prácticamente le faltaba humanidad.
Había algo animalesco en ella, pensó Josephus. Tal vez el diablo ya la había hecho suya.
Una mujer oronda que Josephus reconoció como la mujer de Marcus, el vigilante del cementerio, parecía hallarse a cargo del parto. Estaba a los pies de la cama, con la cabeza entrando y saliendo del camisón de Santesa, y no paraba de hablar en italiano y de dar órdenes a Santesa. Llevaba el pelo trenzado en un moño, lejos de los ojos; tenía las manos y el delantal cubiertos de una materia rosa y viscosa. Josephus se percató de que a Santesa le brillaba el vientre por un ungüento rojizo y que en la cama había una pata ensangrentada de una grulla. Brujería. Eso no lo podía tolerar.
Al darse cuenta de la presencia del religioso, la partera se volvió.
—Viene del revés —dijo simplemente.
Josephus se arrimó a ella por detrás e inmediatamente la partera levantó el camisón: un piececillo púrpura minúsculo colgaba del cuerpo de Santesa.
—¿Es un niño o una niña?
La mujer bajó el camisón.
—Un niño.
Josephus tragó saliva, hizo la señal de la cruz y se hincó de rodillas.
—In nomine patris, et filii, et spiritus sancti...
Pero por más que rezara, deseaba con todas sus fuerzas que el niño naciera muerto.

Nueve meses antes, en una cruda noche de noviembre, soplaba un vendaval fuera de la casa del picapedrero. Ubertus reavivó el fuego por última vez y fue de jergón en jergón comprobando que estuvieran todos sus retoños, dos o tres por cama, excepto Julianus, que tenía edad suficiente para poseer su propio jergón. Tras esto, se metió en la cama principal, junto a su esposa, que estaba a punto de quedarse dormida, exhausta tras otro largo día de duro trabajo.
Ubertus se subió la pesada colcha de lana hasta la barbilla. Se había traído esa tela desde Umbría en un arcón de madera de cedro; le hacía un gran servicio en ese clima tan duro. Sintió el cuerpo cálido de Santesa a su lado y le puso una mano en el pecho; subía y bajaba suavemente. Sus ganas eran patentes y su dureza tendría que ser satisfecha. Por Dios que se merecía un poco de placer en este difícil mundo terrenal. Arrastró su mano hacia abajo y le separó las piernas.
Santesa ya no era hermosa. Sus treinta y cuatro años y los nueve niños se habían cobrado su parte. Estaba hinchada y demacrada, y tenía un sempiterno ceño fruncido por el dolor de sus muelas podridas. Pero era obediente, así que, cuando se dio cuenta de las intenciones de su marido, suspiró y susurró:
—Estamos en ese momento del mes en que hay que pensar en las consecuencias.
Él sabía exactamente a qué se refería.
La madre de Ubertus había parido trece hijos: ocho niños y cinco niñas. Solo nueve de ellos habían llegado a la edad adulta. Ubertus era el séptimo hijo, y a medida que fue creciendo tuvo que asumir esa cruz. Según la leyenda, si alguna vez tenía un séptimo hijo, ese chico sería un brujo, un conjurador de las fuerzas oscuras, un demonio. En ese pueblo todos sabían de esa leyenda del séptimo hijo de un séptimo hijo, pero nadie, la verdad sea dicha, había conocido a ninguno.
En sus años mozos Ubertus había sido un mujeriego que explotaba la imagen peligrosa del potencial que encerraba en sus entrañas. Tal vez usó ese estatus para seducir a Santesa, la chica más bonita del pueblo. De hecho, Santesa y él se habían gastado bromas durante años, pero tras el nacimiento del sexto hijo, Lucius, las bromas cesaron y sus uniones sexuales tomaron un tono de seriedad. Cada uno de los tres siguientes embarazos fueron una fuente de inquietud considerable. Santesa intentaba saber con anticipación el sexo de los bebés pinchándose en el dedo con una espina y dejando que la sangre cayera en un cuenco con agua de manantial. Una gota que se hundía en el agua significaba un chico, pero unas veces la gota se hundía y otras flotaba. Gracias a Dios, todos habían sido niñas.
Ubertus se abrió paso hacia el interior. Ella tomó aire y susurró:
—Rezo para que sea otra niña.
Junto al lecho, en noche cerrada, la situación era cada vez más grave a pesar de los rezos de Josephus. Santesa estaba demasiado débil para gritar y su respiración era poco profunda. Ese minúsculo pie que sobresalía estaba cada vez más oscuro, del color del barro azul oscuro que usaban los ceramistas de la abadía.
Por fin la partera afirmó que tendrían que hacer algo si no querían perderlos a los dos. Siguió un debate acalorado y llegaron a un consenso: tenían que sacar el bebé a la fuerza. La partera metería las dos manos, agarraría las piernas y tiraría tan fuerte como fuera necesario. Probablemente, esa maniobra acabaría con el bebé, pero tal vez la madre consiguiera salvarse. No hacer nada era condenar a ambos a una muerte segura.
La partera se volvió hacia Josephus para que le diera la bendición.
Josephus asintió. Había que hacerlo.
Ubertus permanecía de pie junto a la cama, con los ojos fijos en aquella catástrofe. Sus brazos, tremendamente musculosos, pendían de sus hombros débilmente.
—¡Yo te imploro, Señor! —gritó, pero nadie sabía con certeza si pedía por su esposa o por su hijo.
La partera empezó a tirar. La tensión de su rostro reflejaba que estaba realizando un gran esfuerzo. Santesa murmuró algo ininteligible, pero ya había traspasado el umbral de dolor. La partera soltó su presa, sacó las manos para secárselas en el delantal y tomó aliento. Volvió a agarrar las piernas y comenzó de nuevo.
Esa vez sí hubo movimiento. Afloraba lentamente a la superficie. Rodillas, muslos, pene, nalgas. Y de repente ya estaba fuera. El canal de parto cedió ante su gran cabeza y de pronto el niño estaba en las manos de la partera.
Era un bebé grande, bien proporcionado, pero de un azul arcilloso e inerte. Mientras los hombres, las mujeres y los niños que había en la habitación lo observaban sobrecogidos, la placenta se desprendió e hizo un ruido sordo al caer al suelo. El pecho del bebé dio un espasmo e inhaló. Después volvió a respirar. Y un momento después ese niño azul estaba sonrosado y berreaba como un cerdito.
Cuando la vida llegó al niño, la muerte llegó a su madre. Santesa inspiró por última vez y su cuerpo se quedó inmóvil.
Ubertus rugía de pena y agarró al niño de manos de la partera.
—¡Este no es mi hijo! —gritó—. ¡Es hijo del demonio!
Con movimientos rápidos, arrastrando la placenta por el sucio suelo, se abrió paso entre la multitud dando golpes con los hombros y llegó hasta la puerta. Josephus estaba demasiado aturdido para reaccionar. Farfulló algo pero las palabras no acudieron a su boca.
Ubertus estaba de pie en el camino; sostenía a su hijo en sus manos como rocas y gemía como un animal. La gente del pueblo portaba antorchas y lo miraba. Entonces Ubertus agarró el cordón umbilical y volteó al bebé sobre su cabeza como si blandiera una honda.
El cuerpecito se estrelló con fuerza contra el suelo.
—¡Uno! —gritó.
Lo hizo volar sobre su cabeza y volvió a estrellarlo contra el suelo.
—¡Dos!
Y así una y otra vez:
—¡Tres!... ¡Cuatro!... ¡Cinco!... ¡Seis!... ¡Siete!
Tras esto, tiró el cadáver roto y sangriento al camino y volvió aletargado hacia la casa.
—Ya está. Lo he matado.
No podía entender por qué nadie le hacía caso. Todos los ojos estaban fijos en la partera que, encorvada sobre el cuerpo inerte de Santesa, manoseaba entre sus piernas de manera frenética.
Había salido un mechón de pelo rojizo.
Después una frente. Y una nariz.
Josephus lo observaba atónito, no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Otro niño estaba saliendo de una matriz sin vida.
—Mirabile dictu!—murmuró.
La partera hizo una mueca de esfuerzo y tiró hasta que asomó la barbilla, un hombro y un cuerpo largo y delgado. Era otro niño, y este había comenzado a respirar sin ayuda, una respiración fuerte y clara.
—¡Milagro! —dijo un hombre, y todos lo repitieron.
Ubertus avanzó a trompicones y observó el espectáculo con ojos vidriosos.
—¡Este es mi octavo hijo! —gritó—. ¡Oh, Santesa, hiciste gemelos! —Y le tocó una mejilla con miedo, como quien toca una olla hirviendo.
El bebé se retorció en las manos de la partera pero no lloró.

Nueve meses antes, cuando Ubertus terminó de plantar su semilla, su rocío atravesó la matriz de Santesa. Y ese mes ella había producido no uno sino dos óvulos.
El segundo óvulo fertilizado se convirtió en el bebé que ahora yacía destrozado en un camino de carros.
El primer óvulo fertilizado, el séptimo hijo, se convirtió en el niño pelirrojo que contenía en él cada alma de aquella maravillada habitación.


19 de marzo de 2009,
Las Vegas

Mark Shackleton, hijo único criado en Lexington, Massachusetts, rara vez se sentía frustrado. Sus indulgentes padres de clase media satisfacían todos sus caprichos, así que se hizo mayor sin apenas relacionarse con la palabra «no». Su vida interior tampoco se veía perturbada por sentimientos de frustración, ya que su rápida y analítica mente se movía a través de los problemas con una, eficiencia tal que aprender apenas le suponía ningún esfuerzo.
Dennis Shackleton, un ingeniero aeroespacial de Raytheon, estaba orgulloso de haber transmitido a su hijo el gen de las matemáticas. El día del quinto cumpleaños de Mark —todo un acontecimiento en esa ordenada casa de dos pisos en la que vivían—, Dennis sacó una hoja de papel y anunció:
—El teorema de Pitágoras.
Aquel niño flacucho agarró un lápiz y, sintiendo sobre él los ojos de sus padres, tías y tíos, se acercó a la mesa del comedor, dibujó un triángulo y escribió debajo: a2 + b2 =c².
—¡Bien! —exclamó su padre mientras se subía las gafotas negras hasta el puente de la nariz—.Y esto, ¿qué es esto? —preguntó apuntando con un dedo el lado más largo del triángulo.
Los abuelos se reían entre dientes cuando veían que el chico arrugaba la cara unos segundos y después soltaba:
—¡El hipopótamo!
Las primeras frustraciones de Mark le llegaron en la adolescencia, cuando empezó a darse cuenta de que su cuerpo no se desarrollaba con la misma robustez que su mente. Se sentía superior —no, era superior— a esos cachas atléticos con cerebro de mosquito que poblaban el instituto, pero las chicas no eran capaces de ver más allá de sus enclenques piernas y su pecho de paloma y descubrir el interior de Mark, un intelecto privilegiado, un conversador brillante, un incipiente escritor de elaboradas historias de ciencia ficción en torno a razas alienígenas que conquistaban a sus adversarios con su inteligencia superior en lugar de a través de la fuerza bruta. Ojalá esas chicas bonitas de pechos aterciopelados hubieran hablado con él en vez de reírse cuando paseaba su desgarbado cuerpo por los pasillos o alzaba enérgicamente la mano desde la primera fila de la clase.
La primera vez que una chica le dijo «No» se juró que sería la última. En su segundo año en la universidad, cuando al fin consiguió reunir el coraje suficiente para invitar a Nancy Kislik al cine, ella le miró de manera rara y le dijo con frialdad: «No», así que decidió cerrar la puerta a esa parte de sí mismo durante años. Se sumergió en el universo paralelo del Club de Matemáticas y el Club de Informática, donde era el mejor entre los menos populares, el primero entre sus iguales. Los números nunca le decían que no. Ni las líneas de códigos de los programas informáticos. Fue mucho después de que se licenciara en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, cuando era un joven empleado en una compañía de seguridad de bases de datos, podrido de acciones de bolsa y con un descapotable, cuando consiguió quedar con una tal Jane, analista de sistemas, y, gracias a Dios, mojar al fin por vez primera.
En este momento Mark estaba recorriendo nervioso la cocina y transformándose mediante esta energía cinética en su álter ego y seudónimo: Peter Benedict, un hombre de mundo, un magnífico jugador, un escritor de guiones de cine de Hollywood.
Un hombre completamente diferente a Mark Shackleton, empleado del gobierno, friki de la informática. Respiró hondo varias veces y se tomó lo que quedaba de su café tibio. «Hoy es el día, hoy es el día, hoy es el día.» Intentaba mentalizarse, prácticamente rezaba, hasta que su ensoñación se vio detenida por su odioso reflejo en las puertas correderas. Mark, Peter, poco importaba, era un tipo enclenque con una nariz protuberante que se estaba quedando calvo. Intentó sacárselo de la cabeza, pero una palabra desagradable se abrió paso: patético.

Había empezado a trabajar en su guión, Contadores, poco después de la reunión en ATI. Pensar en Bernie Schwartz y sus máscaras africanas le daba mareos, pero aquel hombre le había encargado un guión sobre contadores de cartas, ¿no? La experiencia en ATI le había revuelto las tripas. Sentía por el guión rechazado el mismo tipo de afecto que se profesa a un primer hijo, pero ahora tenía otro plan: vendería el segundo guión y luego lo usaría como palanca para resucitar el antiguo. Se juró que no lo dejaría morir en el intento.
Así pues, se entregó al proyecto en cuerpo y alma. Todas las tardes, cuando llegaba a casa del trabajo, y todos los fines de semana, allí estaba él dándole que te pego a las secuencias de acción y a los diálogos. Tres meses después lo había terminado, y creía que era algo más que bueno; quizá incluso era genial.
Tal como él la había concebido, la película sería, primero y ante todo, un vehículo para las grandes estrellas, a las cuales él imaginaba acercándosele en el rodaje (¿en el Constellation?) para decirle cuánto les encantaban esos diálogos que él había puesto en sus labios. La historia lo tenía todo: intriga, drama, sexo, todo ello en el mundo de altos vuelos de las apuestas de casino y las trampas. ATI recibiría millones por el guión y él cambiaría su vida en un laboratorio subterráneo en medio del desierto, con unos ahorros de poco menos de ciento treinta de los grandes, por el suntuoso mundo del guionista: viviría en una mansión en lo más alto de las colinas de Hollywood, recibiría las llamadas de los directores, asistiría a estrenos en los que habría cañones de luz barriendo el horizonte. Aún no había cumplido los cincuenta. Todavía tenía futuro.
Pero para ello Bernie Schwartz debía dar el sí. Hasta algo tan simple como llamar a aquel hombre resultaba complicado. Mark salía de casa demasiado temprano y volvía demasiado tarde para contactar con la oficina de Bernie desde casa. Llamar al exterior desde su puesto de trabajo era imposible. Cuando trabajas en las profundidades de un bunker subterráneo, eso de salir un momentito para hacer una llamada por el móvil —suponiendo que los móviles estuvieran permitidos— era algo que simplemente estaba fuera de lugar. Y eso significaba que tenía que pillarse días de baja para quedarse en Las Vegas y poder llamar a Los Ángeles. Unas cuantas ausencias más y sus superiores le harían preguntas y le obligarían a someterse a un examen del departamento médico.
Marcó el número de teléfono y esperó hasta escuchar la cantinela:
—ATI, ¿con quién le pongo?
—Bernard Schwartz, por favor.
—Un momento, por favor.
Durante las últimas dos semanas la música de espera había sido una pieza para clavicordio de Bach, relajante a su manera matemática. Mark veía en su cabeza los patrones musicales y eso le ayudaba a calmar el estrés que le producía llamar a ese hombrecillo tan repugnante y, sin embargo, esencial.
La música cesó.
—Aquí Roz.
—Hola, Roz, soy Peter Benedict. ¿Está por ahí el señor Schwartz?
Una pausa embarazosa y después con una frialdad total: —Hola, Peter, no, no está en su escritorio.
Frustración.
—¡He llamado ya siete veces, Roz!
—Lo sé, Peter, he hablado contigo las siete veces.
—¿No sabes si ha leído mi guión?
—No estoy segura de que haya podido hacerlo.
—Cuando te llamé la semana pasada, me dijiste que lo comprobarías.
—La semana pasada no lo había hecho.
—¿Crees que lo hará la próxima? —suplicó.
Silencio en la línea. Creyó escuchar el sonido incesante del clic de un bolígrafo. Y por fin:
—Mira, Peter, eres un buen tipo. No debería decirte esto, pero hemos recibido el informe de Contadores de nuestros lectores y no es favorable. Es una pérdida de tiempo que sigas llamando. El señor Schwartz es un hombre muy ocupado y no va a representar este proyecto.
Mark tragó saliva y apretó el teléfono con tanta fuerza que se hizo daño en la mano.
—¿Peter?
La garganta se le había secado y le quemaba.
—Gracias, Roz. Siento haberte molestado.
Colgó el teléfono y dejó que sus rodillas se abatieran sobre la silla más cercana.
Comenzó con una lágrima que caía de su ojo izquierdo, después del derecho. Mientras se secaba la cara, la presión ascendió desde debajo del diafragma, alcanzó el pecho y se escapó de su laringe en un sollozo sordo y grave. Tras este, otro más, y luego otro, hasta que sus hombros comenzaron a moverse espasmódicamente y se puso a llorar de manera descontrolada. Como un niño, como un bebé. No. No.

El cielo del desierto se tornó púrpura mientras Mark caminaba como aletargado hacia el Constellation; en su mano derecha apretaba un fajo de billetes dentro del bolsillo del pantalón. Se abrió paso a través del abarrotado vestíbulo con una visión en túnel que desdibujaba la periferia y anduvo con paso firme hasta el casino Grand Astro. Casi no oía el bullicio de las voces, el tintineo y las simplonas notas musicales de las máquinas tragaperras y de videopóquer. Lo que oía era su sangre latiéndole con fuerza en los oídos, como una pesada ola que borboteaba dentro. Cosa extraña, no prestó atención a los puntos de luz de la cúpula del planetario, con Tauro, Perseo y el Auriga justo encima de su cabeza. Torció a la izquierda y pasó bajo Orion y Géminis de camino hacia Ursus Major, la Osa Mayor, donde le aguardaba la sala de grandes apuestas al blackjack.
Había seis mesas de cinco mil dólares, y él eligió aquella en la que estaba Marty, uno de sus crupieres favoritos. Marty originario de New Jersey, llevaba su ondulado pelo castaño recogido en una coleta bien peinada. Los ojos del crupier brillaron cuando lo vio acercarse.
—¡Señor Benedict! ¡Aquí tengo un buen sitio para usted!
Mark se sentó y musitó un saludo a los otros cuatro jugadores, todos hombres, todos tan serios como enterradores. Sacó el fajo de billetes y lo cambió por ocho mil quinientos dólares en fichas. Marty nunca le había visto cambiar tanto.
—¡De acuerdo! —dijo en voz alta para que le oyera el jefe de sala, que estaba por allí cerca—. Espero que le vaya de maravilla esta noche, señor Benedict.
Mark apiló las fichas y se quedó mirándolas como un idiota; estaba muy espeso. Apostó el mínimo de quinientos y jugó en modo piloto automático durante unos minutos, cubriendo pérdidas hasta que Marty relanzaba la partida y comenzaba una nueva apuesta. Entonces se le aclaró la mente como si hubiera respirado sales aromáticas y comenzó a oír números reverberando en su cabeza cual balizas de sonido en la niebla.
Más tres, menos dos, más uno, más cuatro.
El conteo le llamaba y, como hipnotizado, por una vez se permitió asociar la cuenta a sus apuestas. Durante la siguiente hora subió y bajó como la marea, retirándose al mínimo cuando el conteo estaba bajo y haciendo saltar las apuestas cuando estaba alto. Su pila de fichas aumentó a trece mil dólares, más tarde a treinta y un mil dólares, y siguió jugando, ni se dio cuenta de que Marty había sido reemplazado por una chica llamada Sandra con cara de pocos amigos y dedos manchados de nicotina. Media hora después tampoco se dio cuenta de que Sandra cada vez cambiaba el juego con más frecuencia. No se dio cuenta de que su pila había crecido hasta los sesenta mil dólares. No se dio cuenta de que no le habían servido otra cerveza. Y no se dio cuenta de que el jefe de sala se le acercaba por detrás con sigilo junto a dos guardias de seguridad.
—Señor Benedict, ¿le importaría acompañarnos?

Gil Flores se movía arriba y abajo con pasitos rápidos, como uno de los tigres siberianos de aquel viejo espectáculo de Siegfried y Roy. El hombrecillo humillado y sumiso que tenía sentado ante él casi podía sentir las bocanadas de aire caliente sobre su calva cabeza.
—¿En qué coño estabas pensando? —le preguntó Flores—. ¿Acaso creías que no te íbamos a pillar, Peter?
Mark no contestó.
—¿No dices nada? Esto no es un puto tribunal. Aquí no vale lo de inocente hasta que se demuestre lo contrario. Eres culpable, amigo. Me has dado por el culo, y ese no es el tipo de sexo que me gusta.
Una mirada vacía y muda.
—Creo que deberías contestar. Creo de verdad que es mejor que contestes de una puta vez.
Mark tragó saliva con dificultad, un trago seco y duro que produjo un gracioso «glup».
—Lo siento. No sé por qué lo he hecho.
Gil se llevó la mano a su espesa cabellera negra y se despeinó con exasperación.
—¿Cómo es posible que un hombre inteligente diga: «No sé por qué lo he hecho»? Para mí, eso no tiene sentido. Claro que sabes por qué lo has hecho. ¿Por qué lo has hecho?
Mark lo miró por fin y se echó a llorar.
—No me vengas con lloros —le advirtió Flores—. No soy tu puñetera madre. —Dicho esto le puso una caja de pañuelos en el regazo.
Se enjugó las lágrimas.
—Hoy me he llevado un chasco. Estaba cabreado. Estaba enfadado y he reaccionado de ese modo. Ha sido una estupidez y pido disculpas. Pueden quedarse con el dinero.
Flores casi se había calmado, pero aquello último volvió a ponerle de los nervios.
—¿Que me puedo quedar con el dinero? ¿Te refieres al dinero que me has robado? ¿Esa es tu solución? ¿Permitirme que me quede con un puto dinero que me pertenece?
Con los gritos, Mark se puso a gimotear y necesitó otro pañuelo.
Sonó el teléfono que había en el escritorio. Flores contestó y permaneció unos segundos a la escucha.
—¿Está seguro de eso? —Y después de una pausa—: Por supuesto. No hay problema.
Colgó el teléfono y se colocó frente a Mark, lo que obligó a este a hacer un movimiento brusco con el cuello.
—Está bien, Peter, te diré cómo vamos a solucionar esto.
—Por favor, no me denuncien a la policía —imploró Mark—. Perdería mi trabajo.
—¿Te importaría cerrar el pico y escucharme? Esto no es una conversación. Yo hablo y tú escuchas. Esta es la asimetría a la que te han llevado tus actos.
—De acuerdo —susurró Mark.
—Número uno: prohibido entrar en el Constellation. Si vuelves a entrar en este casino, serás detenido y te denunciaremos por allanamiento. Número dos: te vas con los ocho mil quinientos con los que entraste. Ni un penique más ni un penique menos. Número tres: has traicionado mi confianza y mi amistad, así que quiero que salgas de mi despacho y de mi casino ahora mismo. Mark pestañeó.
—¿Por qué no te has ido todavía?
—¿No va a llamar a la policía?
—¿No me has estado escuchando?
—¿No me prohíben entrar en otros casinos?
Flores, atónito, sacudió la cabeza.
—¿Me estás dando ideas? Créeme, se me ocurren un montón de cosas que me gustaría hacerte, entre ellas mandarte a un cirujano para que te arregle la cara. Piérdete, Peter Benedict. —Y escupió sus últimas palabras—: Eres persona non grata.

Víctor Kemp observaba desde el ático cómo ese hombre encorvado se levantaba y se dirigía hacia la salida; lo vio, acompañado por los de seguridad, volver al interior del casino, donde recorrió con la mirada la cúpula del planetario por última vez, su último intento de localizar Coma Berenices, atravesar el vestíbulo y salir al aparcamiento y al cielo nocturno auténtico.
Kemp removió los hielos de su copa y habló en voz alta y grave para el auditorio inexistente de su inmenso salón:
—Víctor, jamás sacarás un centavo confiando en la gente.
Mark avanzaba con su Corvette por la franja de Las Vegas entre la caravana de coches. Quedaban tres horas para la medianoche y la ciudad empezaba a llenarse de gente que salía en busca de diversión nocturna. Iba rumbo al sur, con el Constellation en el retrovisor, pero no se dirigía a ningún destino en concreto. Intentaba no pensar en lo que acababa de ocurrir. Le habían echado. Desterrado. El Constellation era su hogar fuera del hogar y ya nunca podría volver allí. ¿Qué había hecho?
No quería estar solo en casa, quería estar en un casino y distraer su mente con la frivolidad del juego y el tintineo incesante de las tragaperras. Gracias a Dios, Gil Flores no había corrido la voz y no habían colgado su foto en todos los casinos del estado. Se podía dar con un canto en los dientes. La pregunta que se hacía una y otra vez mientras conducía era: «¿Adonde debería ir?». Beber podía hacerlo en cualquier sitio. Jugar al blackjack también. Lo que necesitaba era un lugar con el ambiente apropiado para su peculiar temperamento, un lugar como el Constellation, que tenía un componente intelectual, aunque fuera simbólico.
Pasó el Caesars y el Venetian, pero eran demasiado de pega, tipo Disney. El Harrahs y el Flamingo lo dejaban frío. El Bellagio era demasiado pretencioso. El New York New York, otro parque temático. Estaba empezando a salirse de la franja. Una posibilidad era el MGM Grand. No le encantaba, pero tampoco lo detestaba. Cuando llegó a la esquina del Tropicana estuvo a punto de dar un volantazo a la izquierda para meterse en el aparcamiento del MGM. Pero entonces lo vio y se dio cuenta de que aquel sería su nuevo hogar.
Por supuesto, lo había visto antes miles de veces, al fin y al cabo era un icono de Las Vegas: treinta pisos de cristal negro, la pirámide de Luxor elevándose más de cien metros en el cielo del desierto. Un obelisco y la Gran Esfinge de Gizeh señalaban la entrada, pero el verdadero símbolo estaba en la cúspide, un haz de luz apuntando hacia lo más alto, agujereando la oscuridad, el faro más brillante del planeta proyectando la insana luminosidad de cuarenta y un gigacandelas, más que suficiente para cegar a un piloto desprevenido acercándose al aeropuerto McCarran de Las Vegas. Se dirigió hacia el edificio de cristal y se deleitó con la perfección matemática de aquellas caras triangulares. Su mente se llenó con las ecuaciones geométricas de pirámides y triángulos, y un nombre se deslizó con delicadeza de sus labios:
—Pitágoras.

Antes de que Mark se sentara a la tranquila barra del asador que había en la planta del casino, echó una ojeada a la propiedad como si fuera un posible comprador. No era el Constellation, pero se vendían un montón de tíquets. Le gustaban esos llamativos diseños jeroglíficos en las alfombras de color dorado, rojo y lapislázuli, el imponente vestíbulo con recreaciones de las estatuas del templo de Luxor y la calidad museística de la maqueta de la tumba de Tutankamón. Sí, era bastante kitsch, pero, por Dios bendito, estaba en Las Vegas, no en el Louvre.
Se bebió su segunda Heineken y consideró cuál sería su siguiente movimiento. Había localizado las salas de apuestas altas tras unos separadores de cristal esmerilado en la parte de atrás del casino. Tenía dinero en el bolsillo y sabía que aunque se negara a llevar la cuenta en su cabeza podría divertirse en las mesas durante unas horas. Al día siguiente era viernes, día de trabajo, y su despertador sonaría a las cinco y media. Pero esa noche le parecía realmente excitante eso de estar en un nuevo casino. Era como una primera cita, y se sentía tímido y estimulado.
El bar estaba a tope, grupos de gente que habían ido a cenar y aguardaban su mesa, parejas y grupos rebosantes de conversación animada y risotadas. Había elegido el taburete vacío que quedaba en medio en una fila de tres, y en tanto que el alcohol iba haciéndole efecto se preguntaba por qué los taburetes que tenía a cada lado seguían desocupados. ¿Acaso estaba contaminado, era radiactivo o algo así? ¿Sabía esa gente que era un escritor fracasado? ¿Habrían oído decir que era un tramposo? Hasta el camarero le había atendido de manera fría, ni siquiera se había esforzado por conseguir una propina decente. Volvió a ponerse de mal humor. Se bebió de un trago lo que le quedaba de cerveza y dio un golpe en la barra para que le pusieran otra.
Cuando el alcohol le empapó el cerebro, le asaltó una idea paranoica: ¿y si también habían descubierto su verdadero secreto? No, no tenían ni idea, decidió con desprecio. «No tenéis ni idea, gentuza —pensó con ira—, ni puta idea. Sé cosas que vosotros no sabréis en toda vuestra puta vida.»
A su derecha, una mujer pechugona de unos cuarenta años que estaba apoyada en la barra soltó un grito cuando el gordo que tenía al lado le puso un cubito de hielo en el cogote. Mark se giró para ver la escenita y cuando volvió a su posición original había un hombre ocupando el taburete de su izquierda.
—A mí me hace eso y le parto la cara —dijo el hombre.
Mark lo miró sorprendido.
—Disculpe, ¿estaba hablando conmigo? —preguntó.
—Solo decía que si un extraño me hiciera eso, lo tendría claro, ¿sabe a qué me refiero?
El gordo y la damisela del cuello frío se estaban manoseando alegremente.
—No me parece que no se conozcan —dijo Mark.
—Tal vez. Yo solo digo lo que yo habría hecho.
Era un hombre delgado pero muy musculoso, de afeitado apurado, pelo negro, labios ligeramente carnosos y piel lustrosa y del color de las avellanas. Era puertorriqueño, con un fuerte acento de la isla, y vestía de manera despreocupada, pantalones negros y camisa tropical con el pecho descubierto. Tenía los dedos largos, llevaba las uñas arregladas, un anillo en cada dedo y brillantes cadenas de oro colgadas al cuello. Como mucho tendría treinta y cinco años. Le tendió la mano y Mark, por mera educación, se vio obligado a aceptarla.
—Luis Camacho —dijo el hombre—. ¿Qué tal?
—Peter Benedict —contestó Mark—. Bien.
—Cuando estoy en la ciudad, este es mi sitio favorito —dijo Luis señalando el suelo—. Adoro el Luxor, tío.
Mark dio un sorbo a su cerveza. Para él nunca era buen momento para hablar de banalidades, y esa noche menos. Se oyó el ruido de un mezclador.
Luis siguió a lo suyo sin inmutarse.
—Me gustan las paredes inclinadas de las salas, ya sabes, por lo de las pirámides. Me parece que está muy currado, ¿sabes?
Luis esperaba una respuesta, y Mark sabía que si no llenaba el vacío tal vez le partieran la cara.
—No había estado aquí nunca —dijo.
—¿No? ¿En qué hotel estás?
—Vivo en Las Vegas.
—¡No jodas! ¡Alguien de aquí! ¡Qué flipe! Suelo venir un par de días a la semana y casi nunca me cruzo con gente local, aparte de los que trabajan aquí, ¿sabes? —El camarero vertió un líquido espeso de la coctelera en la copa de Luis—. Es una margarita helada —anunció Luis con orgullo—. ¿Quieres una?
—No, gracias. Tengo la cerveza.
—Heineken —observó Luis—. Buena cerveza.
—Sí, está bien —respondió Mark, tenso. Desgraciadamente el vaso estaba demasiado lleno como para retirarse de manera elegante.
—¿Y a qué te dedicas, Peter?
Mark miró de reojo y vio que sobre el labio de Luis había aparecido un bigotillo espumoso muy cómico. ¿Quién sería esta noche? ¿El escritor? ¿El jugador? ¿El analista de sistemas? Las posibilidades rodaron como en una máquina tragaperras hasta que las ruedas se detuvieron.
—Soy escritor —respondió.
—¡No jodas! ¿Novelas y eso?
—Películas. Escribo guiones.
—¡Guau! Igual he visto alguna de tus películas...
Mark no paraba de moverse en el taburete.
—Todavía no se han producido, pero estoy considerando la oferta de un estudio para este año como muy tarde.
—¡Eso es genial, tío! ¿De acción y tal? ¿O comedias divertidas?
—Sobre todo de acción. Superproducciones. Luis dio un buen trago espumoso a su bebida.
—¿Y de dónde sacas las ideas? Mark abrió los brazos.
—De todos lados. Estamos en Las Vegas. Si no consigues ideas en Las Vegas, no las consigues en ningún sitio.
—Sí, ya te entiendo. Tal vez pueda leer algo de lo que hayas escrito. Eso molaría.
La única manera de cambiar la conversación que se le ocurrió fue lanzar otra pregunta.
—¿Y tú a qué te dedicas, Luis?
—Soy auxiliar de vuelo. Trabajo para US Air. Esta es mi ruta, de Nueva York a Las Vegas. Voy y vengo, voy y vengo. —Movió la mano en una dirección y luego en otra para ilustrar el concepto.
—¿Te gusta? —preguntó Mark de manera automática.
—Sí, ya sabes, está bien. Es un vuelo de unas seis horas, así que hago noche en Las Vegas unas cuantas veces a la semana y me quedo aquí, o sea que sí, me gusta bastante. Me podrían pagar más, pero tengo una buena seguridad social y toda esa mierda, y la mayor parte del tiempo nos tratan con respeto. —Luis se había acabado su bebida. Le hizo señas al camarero para que le pusiera otra—. ¿Seguro que no quieres que te invite a uno, o a otra Heineken, Peter?
Mark rechazó la oferta.
—Tengo que retirarme prontito.
—¿Juegas? —preguntó Luis.
—Sí, a veces juego al blackjack —contestó Mark.
—No me gusta mucho ese juego. Me gustan las máquinas, pero soy auxiliar de vuelo, tío, tengo que andarme con ojo. Lo que hago es ponerme un límite de cincuenta pavos. Si paso de eso, ya puedo olvidarme. —Se puso un poco tenso, después preguntó—: ¿Apuestas a lo grande?
—A veces.
Le sirvieron otra margarita. Ahora Luis parecía nervioso, se lamía los labios para mantenerlos húmedos. Sacó la cartera y pagó con tarjeta. Era una cartera fina pero estaba llena de cosas, y con la tarjeta de crédito se deslizó el permiso de conducir de Nueva York. Dejó el permiso de conducir en la barra, puso la cartera encima y dio un largo trago a la margarita que acababan de servirle.
—Bueno, Peter —dijo finalmente—, ¿te apetece apostar a lo grande por mí esta noche?
Mark no entendió la pregunta. Estaba desorientado.
—No sé a qué te refieres.
Luis dejó que su mano se moviera por la encerada madera hasta que rozó ligeramente la mano de Mark.
—Has dicho que nunca habías visto cómo son las habitaciones de aquí. Podría enseñarte cómo es la mía.
Mark se sintió desfallecer. Existía la posibilidad de que se desmayara, de que se cayera del taburete como un borracho de comedia barata. Sintió que el corazón le latía más fuerte y que su respiración se hacía más agitada y entrecortada. El pecho le oprimía como si lo llevara vendado como una momia. Irguió la espalda y apartó la mano.
—¿Piensas que yo...?
—Eh, tío, lo siento. Pensaba que, bueno, ya sabes, que quizá te lo hacías con tíos. No pasa nada. —Y después, casi notando su aliento—: John, mi novio, estará encantado de que no haya tenido suerte.
«¿Que no pasa nada? —pensó Mark asqueado—. ¡Una mierda, no pasa nada! ¡Mira, capullo, te diré yo si pasa o no pasa nada, maricón de mierda! ¡Me importa una mierda tu puto novio! ¡Déjame en paz de una puta vez!» Toda esta retahíla tronaba en su cabeza como una cascada de sensaciones viscerales: mareos, una náusea creciente, un pánico real y auténtico. No creía que fuera capaz de levantarse y largarse de allí sin dar con sus huesos en el suelo. Los sonidos del restaurante y el casino se desvanecieron. Solo oía los latidos en su pecho.
Al ver que Mark tenía los ojos abiertos como platos y mirada de loco, Luis se asustó.
—Eh, tío, tranquilo, está bien. Eres un buen tipo. No quiero estresarte. Voy a cambiarle el agua al canario y luego si quieres hablamos. Olvida lo de la habitación. ¿Vale?
Mark no respondió. Permanecía allí inmóvil, intentando controlar su cuerpo. Luis cogió su cartera.
—Ahora vuelvo —dijo—Vigílame la copa, ¿sí? —Le dio un golpecito suave en la espalda e intentó sonar tranquilizador—: Cálmate, ¿vale?
Mark observó cómo Luis desaparecía al torcer la esquina; sus esbeltas caderas bien apretadas bajo los pantalones. Aquella visión hizo que todas sus emociones se destilaran en una: ira. Le subió la temperatura. Le ardían las sienes. Intentó calmarse bebiéndose la cerveza que le quedaba.
Unos instantes después pensó que tal vez ya podría ponerse en pie y probó sus piernas con cautela. De momento, perfecto. Las rodillas le aguantaban. Quería salir de allí cuanto antes, sin dejar rastro, así que tiró un billete de veinte a la barra y luego otro de diez, por si no llegaba. El segundo billete aterrizó sobre una tarjeta. Era el permiso de conducir de Luis. Mark miró alrededor y luego lo cogió sin que nadie lo viera.

Luis Camacho
189 Minnieford Avenue, City Island, Nueva York, 10464
Nacido el: 1—12—1977

Lo volvió a tirar a la barra y salió de allí prácticamente corriendo. No necesitaba anotarlo. Lo había memorizado.

Tras salir del Luxor, condujo hasta su casa, que estaba en un callejón en el que había seis parcelas más como la suya. La casa era de color blanco estuco con tejado de tejas. Se hallaba sobre un solar con un césped tamaño alfombra. En el jardín trasero había una terraza que salía de la cocina y una valla para poder tomar el sol sin intromisiones. El interior estaba decorado con despreocupación de soltero. Cuando estuviera en el sector privado y ganara un salario de alta tecnología en Menlo se compraría muebles contemporáneos y caros para su moderno apartamento, piezas minimalistas con aristas y salpicaduras de colores primarios. Ese mismo mobiliario en un rancho de estilo español se vería anticuado, como comida echada a perder. Era un interior sin alma, completamente desprovisto de arte, decoración o toque personal.
Mark no daba con un sitio donde se sintiera cómodo. Las emociones eran como un baño de ácido para su cuerpo. Intentó ver la televisión, pero la apagó a los pocos minutos, asqueado. Cogió una revista y al rato la tiró a la mesilla, de donde se resbaló, chocó con el marco de una fotografía y la derribó. La cogió y la miró: los compañeros del primer año en su reunión del veinticinco aniversario. La mujer de Zeckendorf la había enmarcado y se la había mandado como recuerdo.
No estaba seguro de por qué la tenía allí a la vista. Esas personas ya no significaban nada para él. De hecho, hubo un momento en el que incluso las despreciaba. En especial a Dinnerstein, su torturador personal, quien con su constante ridiculización hacía que el trauma normal de ser un novato con problemas para las relaciones sociales se convirtiera en una tortura. Zeckendorf no era mucho mejor. Will siempre había sido diferente de los otros, pero en cierto sentido acabó decepcionándole más que ellos.
En la fotografía Mark aparecía rígido, con una sonrisa falsa y el enorme brazo de Will sobre su hombro. Will Piper, el chico de oro. Durante aquel primer año, Mark había observado con envidia lo fáciles que le resultaban a aquel las cosas: mujeres, amigos, pasarlo bien. Will siempre mostraba una gracia caballerosa, incluso con él. Cuando Dinnerstein y Zeckendorf se aliaban contra él, Will los desarmaba con una broma o los espantaba con esa garra de oso que tenía por mano. Durante meses había fantaseado con que Will le pidiera que fueran compañeros de cuarto en el segundo curso y así poder disfrutar del reflejo de su gloria. Entonces, en primavera, antes de los exámenes, ocurrió algo.
Una noche estaba en la cama intentando conciliar el sueño. Sus tres compañeros estaban en el salón, bebiendo cerveza, con la música a todo volumen. Harto, les gritó desde la habitación:
—¡Eh, mamones, que mañana tengo un examen!
—¿El comemierda ese nos ha llamado mamones? —preguntó Dinnerstein a los otros.
—Creo que sí —convino Zeckendorf.
—Hay que hacer algo al respecto —afirmó Dinnerstein.
Will bajó el volumen del equipo de música.
—Dejadle en paz.
Una hora más tarde, los tres estaban más que borrachos: pasadísimos, beodos, esa clase de estado en el que las malas ideas parecen buenas.
Dinnerstein llevaba un rollo de cinta americana en la mano y se coló en la habitación de Mark. Dormía como un tronco, así que Zeckendorf y él no tuvieron problemas para atarlo a la litera de arriba pasando la cinta por debajo una y otra vez, hasta que pareció una momia. Will los observaba desde el pasillo con estupor y una estúpida sonrisa en la cara, pero no hizo nada para detenerlos.
Cuando estuvieron satisfechos con su obra de ingeniería, siguieron bebiendo y riendo en el salón hasta que se cayeron al suelo.
A la mañana siguiente, cuando Will abrió la puerta del dormitorio, se encontró a Mark cual capullo de seda, inmovilizado en su envoltorio gris. Las lágrimas surcaban su enrojecido rostro.
—Me he perdido el examen.
Y después:
—Me he meado encima.
Will cortó la cinta con una navaja suiza y Mark oyó que entre su resaca se filtraba alguna disculpa tonta, pero ya no volvieron a dirigirse la palabra.
Will había saltado a la fama haciendo cosas admirables mientras él se había pasado la vida trabajando en la sombra. Se acordó de lo que Dinnerstein había dicho de Will aquella noche en Cambridge: el mejor criminólogo de asesinos en serie de la historia. El hombre. Infalible. ¿Y qué podía decir la gente de él? Cerró los ojos y apretó los párpados con fuerza.
La oscuridad hizo que algo se disparara en su cabeza. Las ideas empezaron a tomar forma y, dada la velocidad de su mente, tomaban forma muy rápidamente. A medida que las ideas cristalizaban, otra parte de su cerebro intentaba congelarlas para que se disiparan sin provocar daños.
Sacudió la cabeza con tanta vehemencia que le dolió, un dolor punzante y sordo. Fue un impulso primitivo, como habría hecho un niño para sacarse de la cabeza pensamientos perversos: «¡Para de pensar esas cosas!».
—¡Para ya!
Al darse cuenta de que acababa de gritar, se levantó, asombrado de sí mismo.
Salió a la terraza para intentar calmarse observando el cielo nocturno. Pero hacía un frío de mil demonios y un enjambre informe de nubes oscurecía las constelaciones. Se retiró a la cocina y allí se bebió otra cerveza sentado incómodo en una silla de respaldo alto junto a la mesa del desayuno. Cuanto más intentaba poner freno a sus pensamientos, más abría las compuertas a ese remolino de rabia y asco que emergía de él como un río de agua salada.
«Vaya mierda de día —pensó—. Puto día de mierda.»
Eran ya más de las doce de la noche. De repente pensó en algo que podría hacer que se sintiera mejor y rebuscó el móvil en el bolsillo. Solo había una medicina para la epidemia de ese día. Suspiró hondo y accedió a uno de los números de la agenda de su teléfono. Ya estaba sonando.
—¿Hola? —dijo una voz de mujer.
—¿Eres Lydia?
—¿Quién lo pregunta? —contestó ella con dulzura.
—Soy Peter Benedict, del Constellation, ¿te acuerdas? El amigo del señor Kemp.
—¡Área 51! —gritó ella—. ¡Hola, Mark!
—Te acuerdas de mi nombre verdadero. —Eso estaba bien.
—Pues claro que me acuerdo. Eres mi ovni particular. Ya no trabajo en McCarran, por si has estado buscándome.
—Sí Ya me di cuenta de que no estabas por allí.
—He conseguido un trabajo mejor en una clínica justo pasado la franja. Estoy de recepcionista. Hacen reversiones de la vasectomía. ¡Me encanta!
—Suena bien.
—¿Y tú en qué andas?
—Bueno, me preguntaba si estabas libre esta noche.
—Cariño, yo nunca estoy libre, pero si la pregunta es si estoy disponible, ya me gustaría. Justo ahora salgo para el Four Seasons para una cita, y luego habrá que darle un poquito de sueño a mi cuerpito, que mañana tengo que estar pronto en la clínica. Lo siento.
—Y yo.
—¡Oh, cielo! Prométeme que me llamarás pronto. Si me lo dices con un poco más de antelación, quedamos seguro.
—Claro.
—Saluda de mi parte a nuestros amiguitos verdes, ¿vale?
Se quedó sentado un rato más y, completamente derrotado, dejó que sucediera, se dejó sucumbir al plan emergente que se galvanizaba dentro su cabeza. Pero antes tenía que encontrar una cosa. ¿Qué había hecho con aquella tarjeta de visita? Sabía que se la había guardado, pero ¿dónde? La buscó haciendo un barrido apresurado por los sitios habituales hasta que al final la encontró bajo una pila de calcetines limpios que había en su cómoda.

NELSON G. ELDER, PRESIDENTE Y DIRECTOR GENERAL,
COMPAÑÍA ASEGURADORA DESERT LIFE.

Tenía el portátil en el salón. Tecleó con impaciencia «Nelson G. Elder» en el buscador y se dispuso a absorber la información como una esponja. Su compañía, Desert Life, cotizaba en bolsa y se había quedado estancada, con las acciones a la baja, durante casi cinco años. La bandeja de entrada de su correo estaba llena de mensajes con improperios de sus inversionistas. A Nelson Elder los accionistas no le tenían demasiado aprecio, y muchos de ellos aportaban sugerencias muy gráficas acerca de lo que podía hacer con su paquete de compensaciones de 8,6 millones de dólares. Mark visitó la página de la compañía y se adentró en sus archivos secretos. Se metió en los asuntos jurídicos y financieros. Tenía experiencia en pequeñas inversiones, así que estaba familiarizado con el papeleo de las grandes compañías. Al poco tiempo ya tenía una idea aproximada del modelo de negocio y el estado de cuentas de Desert Life.
Cerró el portátil. En un segundo su plan apareció ante él completamente formado, cada uno de sus detalles tan claros como el agua. Parpadeó como reconocimiento de su perfección.
«Voy a llevarlo a cabo —pensó con amargura—. ¡ Joder, si voy a hacerlo!»Todos esos años de frustración se habían amontonado como un cúmulo de magma caliente y gaseoso. A la mierda toda esa vida de insuficiencias. A la mierda toda esa carga de celos y anhelos. A la mierda todos esos años viviendo bajo el yugo de la Biblioteca. ¡El Vesubio había erupcionado! Posó sus ojos en la fotografía de la reunión y clavó una mirada helada en los rasgos duros y hermosos del rostro de Will. «Y a la mierda tú también.»
Todos los viajes comienzan en algún lugar. El de Mark comenzó expurgando como un loco uno de los cajones de la cocina que estaba lleno hasta los topes y en el que guardaba una bolsa de artículos varios con componentes de ordenador en desuso. Antes de caer rendido en la cama encontró justo lo que estaba buscando.

A las siete y media de la mañana siguiente se encontraba roncando plácidamente a quince mil pies de altura. Rara vez dormía en su viaje diario a Área 51, pero se había acostado muy tarde. Abajo, la tierra se veía amarilla y muy agrietada. Desde el aire la cresta de la sierra, pequeña y alargada, parecía la columna de un reptil disecado. El 737 solo llevaba veinte minutos en el aire rumbo al noroeste y ya había empezado las maniobras de aproximación. El avión parecía un trozo de caramelo ante el nebuloso cielo azul, un cuerpo blanco con una alegre línea roja desde la cabeza hasta la cola, los colores de la extinta Western Airlines, absorbida por la contratista EG&G que operaba el vuelo a Las Vegas para el Departamento de Defensa. Los números que llevaba en la cola eran del registro de la Marina de Estados Unidos.
Al descender hacia el campo militar, el copiloto radió:
—JANET 4 pidiendo permiso para aterrizar en Groom Lake, pista catorce izquierda.
JANET. La señal de radio—llamada para la red aérea de empleados de transportes. Un nombre espeluznante. Los usuarios de hecho preferían llamarla la estación fantasma CASPER.
Con el tren de aterrizaje fuera, Mark se despertó de golpe. El avión frenó con fuerza y, de manera instintiva, Mark empujó con los talones para contrarrestar la presión del cinturón de seguridad. Subió la ventanilla y entornó los ojos ante el terreno abrasado y lleno de calvas. Se sentía apresurado, incómodo, tenía el estómago revuelto y se preguntaba si se le vería tan raro como se sentía.
—Pensé que tendría que zarandearte.
Mark se volvió hacia el tipo que había en el asiento del medio. Era de los Archivos Rusos, un hombre con un pandero enorme que se llamaba Jacobs.
—No hace falta —dijo Mark con la mayor naturalidad que pudo—. Estoy listo para ponerme en marcha.
—Es la primera vez que te veo dormir en pleno vuelo —observó el hombre.
¿Seguro que Jacobs trabajaba en Archivos? Mark apartó aquello de su cabeza. «No seas paranoico», pensó. Claro que estaba en Archivos. Ningún vigilante tenía el culo gordo. Eran más bien ágiles.
Antes de que les permitieran bajar al subterráneo, a lo más profundo de la fría tierra, los 635 empleados del Edificio 34 de Groom Lake, comúnmente llamado Edificio Truman, tenían que someterse a uno de los dos rituales temidos del día, el DPE, también conocido como Desnúdese y Pase por el Escáner. Cuando los autobuses los dejaban en esa estructura parecida a un hangar, se dividían según su sexo y tomaban entradas separadas. Dentro de cada una de estas secciones del edificio había una larga hilera de taquillas que recordaban las de un instituto de secundaria de barrio. Mark se apresuró hacia su taquilla, a mitad de camino de aquel largo pasillo. A muchos de sus compañeros de trabajo les parecía fantástico hacerse los remolones y pasar por el escáner cuanto más tarde mejor, pero hoy Mark tenía prisa por llegar al subsuelo.
Hizo girar la rueda de la combinación de la taquilla, se quedó en calzoncillos y colgó la ropa en perchas. En el banco que correspondía a su taquilla había una sudadera verde oliva con el nombre SHACKLETON, M. bordado en el bolsillo, limpia y bien doblada. Se la puso. Los días en que los empleados podían vestir ropa de calle en las instalaciones hacía ya tiempo que habían pasado a mejor vida. Cualquier cosa que los empleados del Edificio 34 llevaran consigo en el avión tenían que dejarla en las taquillas. A un lado y otro de la fila la gente ponía en las estanterías sus libros, revistas, bolígrafos, móviles y carteras. Mark se movió con rapidez y consiguió llegar de los primeros a la fila del escáner.
El magnetómetro estaba flanqueado por dos vigilantes, dos jóvenes rapados sin sentido del humor que saludaban a cada empleado con un rápido gesto militar. Mark aguardaba; sería el siguiente en pasar por el escáner. Se percató de que Malcolm Frazier, el jefe de operaciones de seguridad, el vigilante jefe, estaba por allí, controlando el escáner. Era un hombretón de aspecto terrible, con un cuerpo de musculatura grotesca y una cabeza rectangular que le hacían parecer el malo de un tebeo. A pesar de que los vigilantes estaban presentes en algunas de las reuniones, Mark había intercambiado pocas palabras con Frazier a lo largo de los años. Normalmente se parapetaba detrás de su directora de grupo y dejaba que fuera ella la que se las viera con Frazier y su pandilla. Frazier era ex militar, antiguo miembro de las fuerzas especiales, y su rostro huraño, rezumante de testosterona, le aterraba como a un crío. Tenía por costumbre evitar cruzar la mirada con él, y ese día en particular bajó la cabeza cuando sintió que su mirada penetrante se posaba en él.
El objetivo del escáner era impedir que entraran en las instalaciones cualquier tipo de cámara fotográfica o aparato de grabación. Por la mañana los empleados pasaban por el escáner vestidos. Al final del día pasaban por el aro desnudos, ya que los escáneres no podían detectar el papel. El subsuelo era terreno aséptico. Nada entraba, nada salía.

El Edificio 34 era el complejo mejor esterilizado de Estados Unidos. Sus empleados habían sido seleccionados por reclutadores del Departamento de Defensa que no tenían ni idea de la naturaleza del trabajo para el que los seleccionaban, solo sabían las cualidades que se requerían. A la segunda o tercera ronda de entrevistas se les permitía revelar que el trabajo tenía que ver con Área 51, y esto solo con el permiso expreso de sus superiores. Era inevitable que entonces les preguntaran: «¿Se refieren al sitio ese donde tienen extraterrestres y ovnis?», a lo cual la respuesta autorizada era: «Se trata de una instalación del gobierno altamente secreta que realiza un trabajo fundamental en la defensa nacional. Eso es todo lo que podemos revelarle por el momento. No obstante, los aspirantes que consigan el puesto estarán entre un reducido grupo de empleados del gobierno que tendrán completo conocimiento de las actividades de investigación que se llevan a cabo en Área 51».
El resto del discurso era algo así como: formará parte de un equipo de élite de científicos e investigadores, algunos de los mejores cerebros del país. Tendrá acceso a la tecnología más avanzada del mundo. Tendrá conocimiento de la información más secreta del país, de cuya existencia solo están al tanto unos cuantos altos mandos del gobierno. Para compensarles parcialmente por abandonar sus bien remunerados trabajos en grandes compañías o su carrera universitaria, recibirán alojamiento gratuito en Las Vegas, una reducción de los impuestos federales y una subvención para las matrículas universitarias de sus hijos.
Tal como estaba el mundo laboral, esa propuesta era una bicoca. La mayoría de los candidatos estaban lo suficientemente intrigados como para tirarse al barro y pasar a la fase de exploración y análisis, un proceso que llevaba de seis a doce meses en el que se dejaba al descubierto cada uno de los aspectos de su vida para el escrutinio de los agentes especiales del FBI y los analistas del Departamento de Defensa. Era un proceso extenuante. De cada cinco aspirantes que entraban en el embudo, solo uno llegaba al final del proceso, en el que había un investigador de la inteligencia especial encargado de conceder la autorización para trabajar en asuntos de seguridad con información restringida y delicada.
Los que pasaban esta criba eran invitados a una entrevista final en el Pentágono con el jefe del gabinete jurídico de la Oficina de la Marina. Desde que James Forrestal la fundara, la NTS 51 había sido una operación de la marina, y entre los militares estas tradiciones calaban hondo. El abogado de la marina, que no conocía las actividades que se llevaban a cabo en Área 51, les ponía un contrato de servicios ante los ojos y les explicaba los detalles, incluyendo las faltas graves que resultarían de la ruptura de cualquiera de las disposiciones, especialmente en lo que se refería a la confidencialidad.
Como si veinte años de presidio en Leavenworth no fueran suficiente, una vez dentro la rueda de los rumores aplastaba a los nuevos empleados con historias de lenguas sueltas que se convertían en lenguas muertas a manos de los operativos clandestinos del gobierno. «Bueno, ¿y pueden explicarme ya en qué voy a trabajar?», era la pregunta típica que le hacían al abogado de la marina. «Ni lo sueñe», era la respuesta.
Porque una vez que el contrato había sido comprendido y aceptado verbalmente, se requería una nueva autorización de seguridad, un Programa de Acceso Especial, el PAS—NTS 51, que era aún más difícil de conseguir que el anterior. Tan solo cuando se habían recortado los últimos flecos, otorgado el PAS y cumplimentado el contrato debidamente, el novato volaba hasta la base de Groom Lake, donde el jefe de personal, un flemático contraalmirante de la marina sentado en su despacho del desierto como un pez fuera del agua, y al que le habría gustado que le dieran cien pavos cada vez que oía «¡La hostia, esto era lo último que me esperaba!», les decía esa verdad que les dejaba de piedra.
Mark respiró ya con más calma cuando pasó por el escáner sin que saltara la alarma, sin que Malcolm Frazier y los vigilantes se dieran cuenta de nada. El ascensor 1 estaba esperando ya en la planta baja. Cuando se llenó con los primeros doce hombres, las puertas se cerraron y, atravesando múltiples capas de cemento armado, bajó seis plantas, desaceleró y se detuvo en el Laboratorio de Investigación Principal. La Cripta estaba seis plantas más abajo; la humedad y la temperatura se controlaban de manera meticulosa. La inversión multimillonaria que se hizo a finales de los ochenta en la Cripta añadió a su estructura unos amortiguadores de los efectos de grandes terremotos y explosiones nucleares, una tecnología que se compró a los japoneses, que estaban a la vanguardia en la mitigación de terremotos.
Pocos empleados tenían razones para visitar la Cripta. Sin embargo, había una tradición en Área 51. El primer día el director ejecutivo bajaba con el recién llegado, en un ascensor de uso restringido, hasta la planta de la Cripta, para que la viera.
La Biblioteca.
Sus puertas de acero estaban flanqueadas por vigilantes con pistoleras que intentaban mostrarse lo más amenazadores posible. Introducían los códigos y las pesadas puertas se abrían de manera silenciosa. Entonces los recién llegados eran conducidos hacia esa cámara enorme tenuemente iluminada, un lugar tan tranquilo y sombrío como una catedral, y se quedaban anonadados por la visión que tenían ante sí.
Hoy en el ascensor tan solo le acompañaba uno de los miembros del Grupo de Seguridad Algorítmica de Mark, un matemático de mediana edad que tenía el extraño nombre de Elvis Brando; no era familia ni del uno ni del otro.
—¿Qué tal va eso, Mark? —le preguntó.
—De maravilla —contestó Mark; sintió náuseas.
El subsuelo estaba bañado por una fuerte, luz fluorescente. Cualquier sonido, por ligero que fuera, sonaba amplificado por el eco del suelo sin enmoquetar y las paredes azul sanatorio. El despacho de Mark era uno de los varios que había alrededor de una gran sala central que hacía las veces de área de conferencias para grupos y de banquillo para los técnicos de nivel inferior. Era pequeño y estaba lleno de cosas, un cuchitril, comparado con el nidito que tenía en su anterior trabajo para el sector privado en California, con vistas al campus universitario, césped bien cuidado y piscinas iluminadas. Pero en el subsuelo el espacio era algo muy codiciado y Mark tenía suerte de no verse en la obligación de compartir. El escritorio y el aparador eran baratos y de contrachapado, pero las sillas eran de un modelo ergonómico de los caros, el único lujo en el que el laboratorio no escatimaba. Eran muchas las horas de apoyar el trasero en Área 51.
Mark encendió el ordenador y entró en el sistema tras introducir una clave y pasar un escáner de retina y huella dactilar. La colorida insignia del Departamento de la Marina adornaba la pantalla de bienvenida. Mark miró hacia la sala común. Elvis ya estaba encorvado sobre su ordenador en un despacho que quedaba en diagonal al suyo. Nadie más del departamento había pasado aún por el escáner, y lo más importante, la directora de grupo, Rebecca Rosenberg, estaba de vacaciones.
Lo cierto era que no tenía que preocuparse demasiado por la vigilancia. Bajo tierra y sobre tierra, Mark era un solitario. Sus compañeros de trabajo lo dejaban a su aire. No le iban ni el cotilleo ni las bromas. A la hora del almuerzo se sentaba solo en la cantina y cogía una revista de los estantes. Doce años antes, cuando llegó por primera vez a la base, se esforzó muchísimo por integrarse. En los primeros días alguien le preguntó si era pariente del Shackleton de la Antártida y él dijo que sí solo para darse importancia, incluso se inventó una historia familiar muy graciosa en la que metió a un tío abuelo de Inglaterra. No pasó mucho hasta que uno de los frikis informáticos hizo un seguimiento de su genealogía y puso al descubierto la mentira.
Durante doce años había acudido a su puesto de trabajo, había hecho sus tareas y las había hecho bien. Tanto en su período de especialización como en las compañías de alta tecnología en las que había trabajado en Silicon Valley se había ganado la reputación de ser uno de los mayores expertos del país en seguridad en bases de datos, toda una autoridad en la protección de los servidores contra accesos no autorizados. Esa fue la razón por la que hicieron lo posible por traerlo a Groom Lake. Aunque al principio se mostró remiso, acabó seduciéndolo el hacer algo secreto y de vital importancia; era el contrapunto al aburrimiento y la previsibilidad de su desarraigada vida.
En Área 51 se dedicaba a escribir códigos innovadores que vacunaran sus sistemas contra los gusanos informáticos y otras intrusiones, unos algoritmos que, en caso de que hubiera podido publicarlos, tanto la industria como el gobierno habrían estado encantados de adoptar como nuevos patrones oro. Entre los de su grupo, hablaban de claves de sistemas de seguridad públicos y privados, protocolos de conexiones seguras, credenciales de autenticación y sistemas de detección de intrusos. Él era el responsable de rastrear continuamente los servidores en busca de intentos de acceso no autorizados desde dentro del complejo y de los sondeos que los piratas externos intentaban desde fuera.
Los vigilantes también estaban en sus listas de grupos en cuarentena, una por cada empleado: los nombres de familiares, amigos, vecinos, esposas de compañeros de trabajo... todo aquello que constituía un área personal de acceso restringido. Uno de esos algoritmos atrapamoscas de Mark podía detectar a un empleado que intentara acceder a la información que formaba parte de su lista en cuarentena, y que esa detección no conllevara consecuencias desagradables no era más que un acto de fe. Aún se hablaba de cierto analista de finales de los setenta que intentó buscar información sobre su prometida... supuestamente el pobre hombre seguía pudriéndose en un agujero de la prisión federal.
Sintió un fuerte retortijón de tripas. Apretó los dientes, salió corriendo de la oficina y caminó a paso rápido por el pasillo hasta el servicio de hombres más cercano. Poco después, estaba de nuevo en su escritorio, aliviado, y aferraba algo en la mano izquierda. Cuando estuvo seguro de que nadie lo miraba, abrió la mano y dejó un trozo de plástico gris con forma de bala de unos cinco centímetros dentro del primer cajón de su escritorio.
Al volver a la sala común avanzó cual un hombre invisible entre las personas que en ese momento llenaban la habitación y charlaban animadamente sobre sus planes para el fin de semana. Encontró el equipo de soldadura que buscaba en un armario de suministros empotrado, volvió con él como si tal cosa a su despacho y cerró la puerta con cuidado.
Con Rosenberg fuera, las posibilidades de que alguien le interrumpiera eran prácticamente nulas, así que se puso manos a la obra. En el último cajón del escritorio tenía unos cables de ordenador atados con gomas. Escogió un conector USB y rompió uno de los extremos de metal usando unos alicates pequeños. Ya estaba listo para la bala gris.
Un minuto más tarde había terminado. Había conseguido soldar con éxito el conector de metal a la bala y fabricar así un dispositivo de almacenamiento de memoria de cuatro gigas completamente operativo, un aparato capaz de almacenar tres millones de páginas de datos, algo más letal para la seguridad de Área 51 que si hubiera conseguido entrar con un arma automática.
Mark volvió a poner el dispositivo de memoria en su escritorio y se pasó el resto de la mañana escribiendo códigos. Había estado trabajando en ello mentalmente por la mañana temprano, durante el breve trayecto hasta el aeropuerto de Las Vegas, así que ahora sus dedos sobre el teclado prácticamente echaban humo. Se trataba de un programa de camuflaje diseñado para ocultar que estaba a punto de desarmar su propio impenetrable sistema de detección de intrusos. A la hora del almuerzo habría acabado.
Cuando la sala común y los despachos colindantes se vaciaron para el almuerzo, hizo el cambio y activó el nuevo juego de códigos. Funcionaba a la perfección, tal como sabía que lo haría, al cien por cien a prueba de rastreos, y cuando estuvo seguro de que no podrían detectarlo se registró en la base de datos principal de Estados Unidos.
Entonces introdujo un nombre: «Camacho, Luis. Nacido el 1/12/1977», y contuvo la respiración. La pantalla se encendió. No hubo suerte.
Por supuesto, tenía otras ideas bajo la manga. La siguiente mejor opción podría ser el novio de Luis, John. Dio por hecho que encontrarlo sería pan comido, y estaba en lo cierto. Oculto tras su programa de camuflaje, abrió un portal de NTS 51 en una base de datos personalizada que contenía facturas de teléfono de todos los proveedores del servicio de Estados Unidos.
Le bastó hacer un cruce entre el nombre, John, y la dirección, 189 Minnieford Avenue, City Island, Nueva York, para que saliera el nombre completo, John William Pepperdine, y su número de la Seguridad Social. Unas cuantas pulsaciones más y consiguió su fecha de nacimiento. «Esto es coser y cantar», pensó. Armado con esos datos, volvió a entrar en la base de datos principal de Estados Unidos y pulsó el icono de búsqueda.
Resopló, no podía creer que tuviera tanta suerte. El resultado era extraordinario. No. Era perfecto.
Ya tenía el gancho.
«Vale, Mark, date prisa —pensó—Ya has entrado, ¡ahora sal!» Los de su departamento pronto volverían del almuerzo y quería dejar de caminar por la cuerda floja. Movió con cuidado el dispositivo de memoria recién soldado a un puerto USB de su ordenador.
Grabar en su dispositivo la deseada lista de datos de Estados Unidos fue cosa de unos segundos. Una vez hecho esto, cubrió su rastro de manera experta, desactivando su programa de camuflaje y reiniciando el sistema de detección de intrusos simultáneamente. Dio fin a la operación rompiendo el conector de metal que había unido a la bala gris y soldándolo de nuevo al cable USB. Cuando todos los componentes volvieron a su lugar en el escritorio, abrió la puerta de su despacho y, con la mayor naturalidad posible, se dirigió hacia el armario de suministros para devolver el equipo de soldadura.
Cuando se apartó del armario, Elvis Brando, un hombre prepotente de cara cuadrada, estaba bloqueándole el paso y se hallaba lo suficientemente cerca como para que Mark pudiera oler el chili en su aliento.
—¿Te has saltado el almuerzo? —preguntó Elvis.
—Creo que tengo gastroenteritis —dijo Mark.
—Quizá deberías ir al médico. Estás sudando como un cerdo.
Mark tocó su húmeda frente y se dio cuenta de que tenía la sudadera empapada por las axilas.
—Estoy bien.
Cuando quedaba media hora para el final de la jornada, Mark volvió a visitar los servicios y encontró uno libre. Se sacó dos objetos del bolsillo de la sudadera, el dispositivo de almacenamiento de memoria con forma de bala y un condón arrugado. Metió la bala de plástico dentro del condón y se quitó la sudadera. Tras esto, apretó los dientes y se introdujo el secreto mejor guardado del planeta por el trasero.

Aquella noche se sentó en el sofá y perdió la noción del tiempo mientras que su portátil calentaba sus piernas y provocaba que le escocieran los ojos. Manipuló la base de datos pirateada mezclándola como si fuera una baraja de cartas, haciendo cruces, verificaciones, escribiendo sus propias listas a mano y revisándolas hasta que estuvo satisfecho.
Trabajaba con impunidad. Aunque hubiera estado conectado a la red, su ordenador tenía una protección ante los ataques que los vigilantes no podrían penetrar. Las únicas partes de su cuerpo que se movían eran las manos y los dedos, pero cuando hubo acabado estaba prácticamente sin aliento por el esfuerzo realizado. Su propia audacia le ponía los pelos de punta; le habría gustado poder vacilar con alguien de lo descarada que era su inteligencia.
De niño, cuando sacaba una buena nota o resolvía un problema matemático, corría a contárselo a sus padres. Su madre había muerto de cáncer. Su padre se había vuelto a casar con una mujer desagradable y todavía estaba profundamente decepcionado con él porque había dejado una buena compañía por un trabajo para el gobierno. Rara vez hablaban. Por otra parte, ese no era el tipo de cosa que uno pudiera contarle a nadie.
De pronto se le ocurrió una idea que le hizo reír de la emoción.
¿Y por qué no? ¿Quién iba a saberlo?
Cerró la base de datos, la aseguró con una contraseña, abrió el archivo de su primer guión, esa oda al destino, estilo Thornton Wilder, que había tirado a la basura aquel insignificante sapo de Hollywood. Recorrió el guión haciendo cambios aquí y allá, y cada vez que le daba a la tecla encontrar y a reemplazar, chillaba emocionado, como un niño travieso con un secreto perverso.


23 de junio de 2009, City Island,
Nueva York

Cuando Will era joven, su padre lo llevaba a pescar porque eso es lo que se supone que los padres hacen. Se despertaba antes del amanecer con un toquecito en el hombro, se vestía con lo primero que pillaba y se subía a la camioneta para ir desde Quincy hasta Panamá City. Su padre alquilaba por horas una lancha de ocho metros de eslora en un puerto deportivo para gente de la clase obrera y recorría viento en popa unas diez millas hacia el interior del golfo. El trayecto desde su oscura habitación hasta las resplandecientes aguas del caladero transcurría con el mínimo intercambio de palabras. Le veía pilotar el bote, su abultada silueta teñida de naranja con el sol naciente, y se preguntaba por qué ni siquiera la belleza natural de un paseo en barca por aguas cristalinas y calmas en una mañana cálida conseguía poner un poco de alegría en la cara de aquel hombre. Al final su padre apagaba el cigarro y decía algo así como: «Vale, vamos a poner el cebo a estos sedales», y tras esto se instauraba un silencio que duraba horas, hasta que un pargo o un peto mordía el anzuelo y empezaban a gritar órdenes.
Mientras cruzaba el puente de City Island y miraba hacia la bahía de Eastchester, se sorprendió a sí mismo pensando en su viejo, en el momento en que vio el primero de los puertos deportivos, un bosque de aluminio donde los mástiles se balanceaban con la brisa de la tarde. City Island era un pequeño y particular oasis, una parte del Bronx desde una perspectiva municipal, pero a nivel geocultural estaba mucho más cerca de Isla Fantasía, un trozo de tierra tan diferente de la ciudad que quedaba al otro lado del paso elevado, que los visitantes la asociaban con otros lugares y otros tiempos.
Para los indios de Siwanoy, esta isla había sido durante siglos un fértil caladero de peces y ostras; para los colonos europeos, un astillero y un centro marítimo; para los residentes actuales, un enclave de clase media con casas unifamiliares mezcladas con bellas mansiones victorianas de marinos mercantes, y un litoral salpicado de clubes náuticos para los ricachones de fuera de la isla. Su enjambre de callejuelas, algunas de ellas prácticamente campestres, la miríada de callejones que daban al océano, el incesante griterío infantil de las gaviotas y el olor salobre de la costa hacían pensar en un lugar de vacaciones o de correrías de la infancia, no en el área metropolitana de Nueva York.
Nancy se dio cuenta de que se había quedado boquiabierto.
—¿Habías estado por aquí antes? —preguntó.
—No, ¿y tú?
—Solíamos venir de excursión cuando era niña. —Consultó el plano—.Tienes que girar a la izquierda en Beach Street.
Minnieford Avenue no era una avenida en el sentido clásico de la palabra sino un camino de carros y constituía otro pobre escenario para la investigación de un crimen de altura. La policía, los vehículos de urgencias y los camiones de las televisiones por satélite obstruían la carretera como una trombosis. Will se unió a la larga cola de coches inmovilizados sin remedio y se quejó a Nancy de que tendrían que haber hecho el resto del camino a pie. Estaba bloqueando un cruce, y temía que un tipo de espalda ancha y camiseta imperio, que no dejaba de mirarle, montara alguna bronca, pero el hombre simplemente dijo:
—¿Estáis metidos en esto? —Will asintió con la cabeza—.
Soy policía de Nueva York retirado. No os preocupéis, yo vigilo el coche —ofreció—. No me voy a mover de aquí.
Los tambores de la selva se habían dejado oír alto y fuerte. Todos los que estaban al servicio de la ley, y hasta los tíos lejanos de estos, sabían que City Island se había convertido en el kilómetro cero del caso del Juicio Final. Los medios de comunicación habían recibido el chivatazo, así que aquello rayaba la histeria. La casita de color verde lima estaba rodeada por una muchedumbre de periodistas y un cordón de policías de la comisaría 45. Los reporteros de la televisión daban codazos en la abarrotada acera para que los cámaras pudieran sacarlos con la casa de fondo y sin interferencias. Micrófonos en mano, sus camisas y blusas ondeaban como banderas marinas ante los severos vientos de poniente.
Cuando vislumbró la casa, vio en una instantánea mental las fotografías que darían la vuelta al mundo en caso de que se confirmara que ese era el sitio donde se había capturado al asesino. La casa del Juicio Final. Una modesta vivienda de dos plantas de los años cuarenta, tablillas abombadas, postigos descascarillados y un porche hundido con un par de bicicletas, varias sillas de plástico y una barbacoa. No había jardín propiamente dicho, un escupitajo lanzado con fuerza desde las ventanas llegaría a las casas que había a los lados y detrás. Tan solo había espacio asfaltado para dos coches, un Honda Civic de color beis, que estaba apretujado entre la casa y la valla metálica del vecino, y un viejo BMW rojo aparcado entre el porche y la acera, en la que de no haber estado el coche habría hierba.
Will miró su reloj con cansancio. Estaba siendo un día muy largo y no tenía pinta de acabar a una hora temprana. Podían pasar horas hasta que pudiera beber una copa, y esa privación le estaba pasando factura. Aun así, qué maravilloso sería cerrar el caso de una vez por todas y encaminarse plácidamente hacia la jubilación sabiendo que podría plantarse todos los días en la barra del bar a las cinco y media de la tarde... Solo de pensarlo, su paso se aceleró y obligó a Nancy a caminar al trote.
—¿Lista para el rock and roll? —le gritó.
Antes de que ella pudiera contestarle, un bomboncito de Channel Four reconoció a Will de la rueda de prensa y gritó a su cámara:
—¡A tu derecha! ¡Suena la flauta! —La cámara de vídeo giró en su dirección—. ¡Agente Piper! ¿Puede confirmarnos que han atrapado al asesino del Juicio Final?
Al instante, los camarógrafos le siguieron y Nancy y él se vieron rodeados por una muchedumbre vocinglera.
—Sigue andando —susurró Will.
Nancy se parapetó detrás de él y dejó que fuera Will quien se abriera paso.
Nada más entrar se encontraron en el escenario del crimen. En la habitación principal había sangre por todos lados. La habían precintado, estaba perfectamente preservada, así que Will y Nancy tuvieron que echar un ojo desde la puerta, como si estuvieran en un museo detrás del cordón de seguridad. El delgado cuerpo de un hombre con los ojos abiertos yacía medio dentro medio fuera de un sofá de dos plazas amarillo. Tenía la cabeza sobre uno de los reposabrazos, hundida sobre él, con el cuero cabelludo seccionado y una media luna de duramadre que resplandecía ante los últimos rayos de sol dorados. Su rostro, o lo que quedaba de él, era un estropicio plastoso en el que se veían fragmentos de huesos y cartílagos de color marfil. Le habían destrozado los brazos hasta dejarlos en una posición nauseabunda, anatómicamente imposible.
Will leyó la habitación como si se tratara de un manuscrito: las paredes salpicadas de sangre, dientes esparcidos por la moqueta como palomitas de maíz en una fiesta loca... y llegó a la conclusión de que el hombre había muerto en el sofá, pero que no era allí donde había comenzado el ataque. La víctima estaba de pie cerca de la puerta cuando recibió el primer golpe, un mazazo de abajo arriba que hizo que su cabeza rebotara y llenara el techo de sangre. Le habían golpeado una y otra vez mientras se tambaleaba y daba vueltas alrededor de la habitación intentando esquivar los palos que recibía de un objeto contundente. No había sido fácil acabar con él. Will intentó interpretar sus ojos. Había visto esa mirada de ojos abiertos incontables veces. ¿Cuál había sido la emoción final? ¿Miedo? ¿Rabia? ¿Resignación?
A Nancy le había atraído otro detalle del panorama.
—¿Has visto eso? —preguntó—. Sobre el escritorio. Creo que es la postal.
El comisario del distrito era un joven advenedizo, un capitán llamado Brian Murphy que iba de punta en blanco. Al presentarse, sus musculosos pectorales abultaban con orgullo bajo una camisa azul planchada con esmero. Para él, aquel caso podía dar alas a su carrera; al difunto, un tal John William Pepperdine, probablemente le habría irritado bastante saber el júbilo que su deceso había provocado en el policía.
Cuando se dirigían hacia allí, Nancy y Will estaban preocupados ante la posibilidad de que los del distrito 45 volvieran a pisotearles el escenario del crimen, pero en esta ocasión Murphy se había encargado personalmente de impedirlo. Al gordo y desaliñado detective Chapman no se lo veía por ningún sitio. Will felicitó al capitán por haber preservado la zona y eso tuvo el mismo efecto que cuando se acaricia a un chucho y se le dice «Buen perrito». A partir de entonces Murphy sería su amigo de por vida, así que les hizo un rápido resumen de cómo sus agentes, en respuesta a una llamada al 911 acerca de unos gritos y voces, habían descubierto el cadáver y la postal, y cómo uno de sus sargentos había visto al autor de los hechos, Luis Camacho, empapado de sangre, aprisionado tras el depósito de aceite del sótano. El tipo quiso confesar en el acto, así que Murphy había tenido el sentido común de grabarle en vídeo mientras renunciaba a sus derechos y hacía su declaración de manera gris y monótona. Tal como lo expresó Murphy con desdén, se trataba de un crimen entre maricas.
Will escuchaba con calma pero Nancy estaba impaciente.
—¿Ha confesado los otros? ¿Los otros asesinatos?
—A decir verdad no he llegado hasta ahí —dijo Murphy—. Eso os lo dejo a vosotros, chicos. ¿Queréis verle?
—En cuanto sea posible —dijo Will.
—Seguidme.
Will sonrió satisfecho.
—¿Todavía le tenéis aquí?
—Quería que lo tuvierais más fácil. Supongo que no os apetece recorrer todo el Bronx, ¿verdad?
—Capitán Murphy, eres un figura —dijo.
—No te cortes en compartir tu opinión con el inspector jefe —apuntó Murphy.
Lo primero que percibió en Luis Camacho es que era clavado a su retrato robot: piel morena, altura media, complexión delgada, unos setenta kilos. Vio cómo Nancy apretaba los labios y se dijo que ella también se había fijado. Estaba sentado a la mesa de la cocina con las manos esposadas tras la espalda, tembloroso, con los téjanos y la camiseta completamente tiesos por la sangre seca. «Así que este es el que lo hizo, de acuerdo —pensó—. Fíjate, va cubierto con la sangre de otro, como si acabara de salir de un rito tribal.»
La cocina era mona y estaba ordenada; había una caprichosa colección de botes con galletitas, diferentes pastas en tubos de plástico, manteles individuales con dibujos de globos aerostáticos, un mueble con piezas de cerámica floreadas. «Todo muy hogareño, muy gay», pensó Will. Se acercó a Luis hasta que tuvo que mirarle a los ojos.
—Señor Camacho, soy el agente especial Piper y esta es la agente especial Lipinski. Somos del FBI y tenemos que hacerle algunas preguntas.
—Ya le he dicho a la poli lo que he hecho —dijo Luis casi en un susurro.
Will imponía en los interrogatorios. Se valía de su aspecto de tipo duro para amenazar y acto seguido lo contrarrestaba con un tono tranquilizador y su dulce acento sureño. El sujeto nunca sabía con seguridad a qué o a quién se enfrentaba, y Will usaba eso como un arma.
—Eso está muy bien. Sin duda le hará las cosas más fáciles. Nosotros solo queremos ampliar un poco la investigación.
—¿Se refiere a la postal que recibió John? ¿A eso se refiere con ampliar la investigación?
—Exacto, nos interesa la postal.
Luis agitó la cabeza con desesperación y las lágrimas no tardaron en brotar.
—¿Qué me va a pasar ahora?
Will pidió a uno de los policías que flanqueaban a Luis que le limpiara la cara con un pañuelo.
—Eso lo decidirá el jurado, pero si continúa cooperando en la investigación, creo que eso incidirá de manera positiva en el desenlace. Ya sé que ha hablado con estos policías, pero le agradecería que empezara por aclararnos su relación con el señor Pepperdine y luego nos dijera qué ha pasado hoy.
Le dejó que hablara libremente, ajustando la dirección de vez en cuando mientras Nancy tomaba sus notas. Se habían conocido en un bar en el año 2005. No era un bar de ambiente, pero se calaron enseguida y empezaron a salir, el temperamental asistente de vuelo puertorriqueño de Queens y el emocionalmente bloqueado propietario de la librería anglicana de City Island. John Pepperdine había heredado esa cómoda casa verde de sus padres y a lo largo de los años había vivido ahí con sus sucesivos novios. Con su cuarenta cumpleaños ya en el retrovisor, John les había dicho a sus amigos que Luis era su último gran amor, y había acertado.
Su relación había sido tempestuosa, con la infidelidad como tema recurrente. John exigía monogamia, y Luis era incapaz de ello. John le acusaba regularmente de que le ponía los cuernos, pero el trabajo de Luis, con sus constantes viajes a Las Vegas, le daba carta blanca. Luis había volado a casa esa misma noche, pero en vez de ir a City Island se había marchado a Manhattan con un hombre de negocios al que había conocido en el vuelo, le había invitado a comer en un sitio caro y luego se lo había llevado a su casa de Sutton Place. Luis había llegado a la cama de John a cuatro patas a las cuatro de la mañana y no se había despertado hasta la tarde siguiente. Tambaleándose por la resaca, había bajado la escalera para hacerse un café, esperando tener la casa para él solo.
Pero se encontró con que John no había ido a trabajar, se había quedado en casa y estaba acampado en el salón, emocionalmente destrozado, delirando casi, llorando por la ansiedad, despeinado y blanco como la cal. ¿Dónde había estado Luis? ¿Con quién se había ido? ¿Por qué no había contestado a las llamadas ni a los mensajes que le había enviado al móvil? ¿Por qué, entre todos los días, tenía que haber elegido precisamente el de ayer para dejarlo solo? Luis pasó de aquello y le preguntó por qué le daba tanta importancia. ¿Acaso un hombre no podía salir de trabajar y tomarse un par de copas con los amigos? Aquello era más que patético. «¿Crees que soy patético? —le había gritado John—. ¡Mira esto, hijo de puta!» Corrió hasta la cocina y volvió con una postal cogida entre los dedos. «Es una postal de las del Juicio Final, capullo, ¡con mi nombre y la fecha de hoy!»
Luis la miró y le dijo que seguramente era una broma macabra. Tal vez ese contable idiota al que John había despedido hacía poco estuviera intentando vengarse. Y en cualquier caso, ¿había llamado John a la policía? No, no lo había hecho. Estaba demasiado asustado. Discutieron sobre eso, le dieron vueltas y más vueltas, hasta que el tono petardo de «Oops, I Did it Again» del móvil de Luis empezó a sonar en la mesa de la entrada de la casa. John saltó entonces para cogerlo y gritó: «¿Quién coño es Phil?». La verdad es que era el tipo de Sutton Place, pero Luis intentó esconder la verdad de manera poco convincente.
Las emociones de John se habían puesto al rojo y, según Luis, el que normalmente era un tipo de maneras suaves perdió la cabeza: agarró un bate de béisbol de aluminio que había abandonado en la entrada de la casa hacía una década, tras romperse el talón de Aquiles en un partido de la liga de adultos de Pelham. John blandía el bate como si fuera una lanza, le empujaba los hombros con él y profería obscenidades. Luis le devolvió los gritos para poner las cosas en su sitio pero los golpes continuaron, Luis perdió su capacidad de control y de alguna manera el bate acabó en sus manos y la habitación comenzó a pintarse con el color de la sangre.
Will escuchaba con un malestar creciente porque aquella confesión tenía visos de ser auténtica. Pero no pensaba darle tan pronto la bula papal. Ya le habían engañado antes, y deseaba que también le estuvieran engañando ahora. No esperó a que Luis dejara de llorar para preguntarle de manera agresiva y sin previo aviso:
—¿Mataste a David Swisher?
Luis alzó la vista con cara de sorpresa. Su instinto le hizo intentar mover las manos como protesta y sus muñecas se desollaron contra las esposas.
—¡No!
—¿Mataste a Elizabeth Kohler?
—¡No!
—¿Mataste a Marco Napolitano?
—¡Basta! —Luis buscó auxilio en los ojos de Nancy—. Pero ¿de qué habla este tío?
A modo de respuesta Nancy continuó con la batería:
—¿Mataste a Myles Drake?
Luis había dejado ya de llorar. Se sorbió los mocos y se quedó mirándola.
—¿Mataste a Milos Covic? —preguntó Nancy.
Y después Will:
—¿A Consuela López?
Y luego Nancy:
—¿A Ida Santiago?
Y otra vez Will:
—¿A Lucius Robertson?
El capitán Murphy, impresionado con la metralla, sonrió.
Luis sacudió la cabeza enérgicamente.
—¡No! ¡No! ¡No! ¡No! ¿Están locos? Ya les he dicho que maté a John en defensa propia, pero no he matado a ninguno de esos. ¿Creen que soy el asesino del Juicio Final? ¿Eso piensan? ¡Por favor! ¡Esto es absurdo!
—Muy bien, Luis, te escucho. Tranquilo. ¿Quieres un poco de agua? —preguntó Will—. Bueno, ¿cuánto tiempo llevas haciendo la ruta Nueva York—Las Vegas?
—Casi cuatro años.
—¿Llevas algún tipo de diario donde anotes los vuelos?
—Sí, tengo un libro. Está arriba, en el ropero.
Nancy salió por la puerta apresuradamente.
—¿Alguna vez has mandado postales desde Las Vegas? —preguntó Will.
—¡No!
—Te he oído decir alto y claro que tú no asesinaste a esas personas, pero dime, Luis, ¿conocías a alguna de ellas?
—¡Pues claro que no!
—¿Eso incluye a Consuela López y a Ida Santiago?
—¿Qué? ¿Tendría que conocerlas porque son latinas? ¿Es usted tonto o qué? ¿Sabe cuántos hispanos hay en Nueva York? Will no desaceleró.
—¿Alguna vez has vivido en Staten Island?
—No.
—¿Alguna vez has trabajado allí?
—No.
—¿Tienes allí algún amigo?
—No.
—¿Has estado allí en alguna ocasión?
—Puede que una vez, en un paseo en ferry.
—¿Cuándo fue eso?
—Cuando era pequeño.
—¿Qué coche conduces?
—Un Civic.
—¿El coche blanco que hay en la entrada?
—Sí.
—¿Alguno de tus amigos o familiares tiene un coche azul?
—No, hombre, no creo.
—¿Tienes unas zapatillas deportivas marca Rebook DMX 10?
—¿Tengo pinta de llevar zapatillas de negrata adolescente?
—¿Alguna vez te han pedido que mandes alguna postal desde Las Vegas?
—¡No!
—Admites haber matado a John Pepperdine.
—En defensa propia.
—¿Es la primera vez que matas a alguien?
—¡Sí!
—¿Sabes quién mató a las otras víctimas?
—¡No!
Interrumpió de repente el interrogatorio, salió a buscar a Nancy y la encontró en el rellano de la escalera. Tenía un mal presentimiento y la mueca de disgusto de Nancy confirmó sus temores. Llevaba puestos unos guantes de látex y estaba hojeando una agenda del año 2008 de color negro.
—¿Problemas? —preguntó Will.
—Si este diario no es falso, tenemos grandes problemas. Salvo hoy, cuando se llevaron a cabo los otros asesinatos, él estaba en Las Vegas o en tránsito. No puedo creerlo, Will. No sé qué decir.
—Di mierda. Eso es lo que tienes que decir. —Se apoyó hastiado contra la pared—. Porque este caso es una mierda descomunal.
—Podría haber falseado el diario.
—Comprobaremos los registros con la compañía, pero sabes tan bien como yo que este tío no es el asesino del Juicio Final.
—Bueno, está claro que mató a la víctima número nueve.
Will asintió.
—Muy bien, socia. Te diré lo que vamos a hacer. Nancy dejó el diario de Luis y abrió su libreta para tomar nota de las instrucciones.
—Tú no bebes, ¿verdad?
—Pues no.
—Vale, considéralo como una misión. Dentro de unos cinco minutos ficharemos y daremos por terminada la jornada. Tu misión es llevarme a un bar, hablar conmigo mientras yo me emborracho y luego llevarme a casa. ¿Harás eso por mí?
Nancy lo miró con desaprobación.
—Si es eso lo que quieres...

Bebía tan rápido que tenía a la camarera volando continuamente entre el reservado y la barra. Nancy lo observaba traspasar las barreras de la sobriedad mientras sorbía de mala gana un ginger ale light con una pajita. Su mesa del Harbor Restaurant miraba a la bahía, y a medida que el sol se iba poniendo, las tranquilas aguas se volvían más negras. Will se había fijado en el restaurante antes de que salieran de la isla y había musitado: «Ese sitio tiene pinta de tener un bar».
No estaba tan borracho como para no darse cuenta de que Nancy se sentía incómoda por estar tomando una copa con su superior, un tipo que casualmente tenía fama de ser el borrachuzo y canalla de la oficina. Se sentía de lo más incómoda.
Como ella no hablaba, Will se entretenía jugando a la esponja humana. Seguramente Nancy sentía que actuaba como una cómplice ayudándole a lubricarse la garganta tan rápido como le fuera posible.
Y seguramente estaba enamorándose de él. Lo veía en sus ojos, especialmente a primera hora de la mañana, cuando entraba en su despacho. La mayoría de las mujeres acababan cayendo. No era fanfarronería, simplemente era un hecho.
En ese preciso momento seguramente ella le odiaba por quién era y al mismo tiempo le deseaba. Ese era el efecto que tenía sobre las mujeres.
A la luz de aquella lamparita de queroseno, el cuerpo de Will se comprimía y se ablandaba como un molde de barro sin cocer dejado al sol en la calle en un día abrasador. La cara abatida, los hombros caídos, todo él desplomado en el reluciente asiento de vinilo.
—Se supone que tienes que hablar conmigo —farfulló—. Lo único que haces es estar ahí sentada y mirarme.
—¿Quieres que hablemos del caso?
—No, joder, cualquier cosa menos eso.
—Entonces, ¿de qué?
—¿De béisbol? —sugirió—. ¿Eres de los Mets o de losYankees?
—La verdad es que no sigo los deportes.
—Ah, vaya...
—Lo siento.
Nancy observó las luces de una lancha motora avanzando a velocidad progresiva hasta que la perdió de vista. Will tenía la cabeza gacha. Jugaba con los cubitos de hielo, los hacía girar con el dedo como un remolino, y cuando tuvo el vaso vacío, agitó burdamente su dedo mojado hacia la joven camarera.
Entrecerró los ojos para enfocar los rasgos borrosos de Nancy.
—No tienes ganas de estar aquí, ¿verdad?
Will golpeó la mesa demasiado fuerte con la palma de la mano y Nancy dio un bote y las decorosas cabezas de alrededor se giraron.
—Me gusta tu sinceridad. —Cogió un puñado de frutos secos y se los comió, luego se quitó la sal de sus grasientas manos—. La mayoría de las mujeres no se sinceran conmigo hasta que ya es demasiado tarde. —Dio un bufido como si hubiera dicho algo gracioso—.Vale, socia, dime qué estarías haciendo ahora si no estuvieras de niñera conmigo.
—No sé, ayudando a preparar la cena, leyendo, escuchando música. —Se disculpó—: No soy una persona apasionante, Will.
—¿Leyendo qué?
—Me gustan las biografías. Novelas.
Will fingió interés.
—Yo antes leía un montón. Ahora casi que lo único que hago es ver la televisión y beber. ¿Quieres saber qué hace eso de mí?
Nancy no quería.
—¡Un hombre! —graznó Will—. Un maldito Homo sapiens varón del siglo XXI.
Engulló otros pocos frutos secos, se cruzó de brazos de manera desafiante y estiró los labios hasta conseguir una sonrisa estúpida.
Por la expresión gélida de Nancy se dio cuenta de que estaba yendo demasiado lejos, pero no le importaba.
Se estaba poniendo hasta las cejas y lo estaba pasando bien; si a Nancy no le gustaba, peor para ella. La camarera llevaba un pequeño crucifijo de oro que osciló y golpeó sobre su profundo escote cuando le sirvió otro whisky. Will la miró con lascivia.
—Eh, ¿quieres venir a casa conmigo a beber y ver la tele?
Nancy ya había tenido suficiente.
—Lo siento, tráenos la nota —dijo mientras la camarera huía—.Will, nos vamos —anunció con voz severa—. Es hora de que vayas a casa.
—¿Y no es eso lo que acabo de sugerir? —dijo arrastrando las sílabas.
En su chaqueta sonó el Himno a la alegría. Tanteó hasta que consiguió sacar el teléfono del bolsillo. Al ver quién llamaba, hizo una mueca.
—Mierda. No creo que sea buen momento para hablar. —Se lo pasó a Nancy—. Es Helen Swisher —susurró, como si la persona que llamaba ya estuviera a la escucha.
Nancy le dio al botón de aceptar la llamada.
—Hola, este es el teléfono de Will Piper.
Will salió del reservado y se dirigió al servicio de hombres. Cuando volvió, Nancy ya había pagado y estaba esperándole junto a la mesa. Había decidido que Will no iba tan pasado como para no poder escuchar las noticias.
—Helen Swisher ha conseguido la lista de clientes del banco de David. Al final, parece ser que tenía una conexión en Las Vegas.
—¿Sí?
—En 2003 hizo una financiación para una compañía de Nevada llamada Desert Life Insurance. Su cliente era el director general, un hombre llamado Nelson Elder.
Will parecía un hombre intentando mantenerse de pie en la cubierta de un barco sacudido por la tormenta. Se balanceó sin control y declaró en voz muy alta:
—Vale, muy bien. Pues voy a salir ahí fuera, voy a hablar con Nelson Elder y voy a encontrar a ese maldito asesino. ¿Qué te parece el plan?
—Dame las llaves del coche —dijo.
La ira de Nancy rasgó su borrachera.
—No te enfades conmigo —rogó—. ¡Soy tu socio!
Cuando salieron al aparcamiento, las cálidas ráfagas de viento salado y el punzante aroma de la marea baja llenaron sus sentidos. Lo normal habría sido que eso dejara a Nancy con un aire soñador y despreocupado, pero al oír a Will arrastrando los pies detrás de ella, tambaleándose y hablando entre dientes como si fuera el monstruo de Frankenstein, le pareció que estaba en un cuarto oscuro.
—Vamos a Las Vegas, nena, vamos a Las Vegas.


17 de septiembre de 782,
Vectis, Britania

Estaban en la época de la cosecha, probablemente la estación favorita de Josephus, días cálidos y apacibles, noches frescas y agradables, el aire cargado del olor del trigo recién segado, la cebada y las manzanas frescas. Daba las gracias por los generosos progresos de los campos que rodeaban los muros de la abadía. Los hermanos podrían incrementar las diezmadas reservas del granero y llenar los barriles de roble, con cerveza nueva. Aborrecía la glotonería, pero racionar la cerveza, algo que ocurría de manera inevitable hacia mediados de verano, le daba mucha rabia.
Hacía ya tres años que habían terminado de cubrir con piedra la estructura de madera de la iglesia. Su cuadrada y esbelta torre era lo suficientemente alta para que los botes y los barcos que se acercaban a la isla la usaran como guía en la navegación. En el presbiterio cuadrado del lado oriental, unas ventanas triangulares iluminaban bellamente el santuario durante los oficios del día. La nave era lo bastante larga no solo para la comunidad presente, sino que en el futuro el monasterio podría acomodar a un número mayor de siervos de Cristo. Josephus pedía perdón y hacía penitencia a menudo por el orgullo que bullía en su pecho por el papel que había desempeñado en su construcción. Ciertamente sus conocimientos del mundo eran limitados, pero imaginaba que la iglesia de Vectis estaría entre las grandes catedrales de la cristiandad.
Últimamente los picapedreros habían trabajado mucho para terminar la nueva casa capitular. Josephus y Oswyn habían decidido que lo siguiente sería el scriptorium y que tendrían que ampliar bastante la estructura. Las biblias y los libros de reglas que elaboraban, las Epístolas de San Pedro ilustradas y escritas con tinta de oro, eran muy apreciados, y Josephus había oído que algunas copias atravesaban los mares para llegar hasta Irlanda, Italia y Francia.
Estaban ya a media mañana, se acercaba la hora tercia y Josephus se disponía a ir del lavatorium al refectorio a por un trozo de pan de centeno, una pata de cordero, algo de sal y una buena jarra de cerveza. El estómago le rugía solo de pensarlo, pues Oswyn había impuesto una sola comida diaria para fortalecer el espíritu de su congregación mediante la debilitación de los deseos de la carne. Tras un período prolongado de meditación y ayuno personal, que el frágil abad difícilmente podía permitirse, Oswyn compartió su revelación con la comunidad, la cual se había reunido diligentemente en asamblea en la casa capitular. «Así como debemos alimentarnos a diario, debemos ayunar a diario —había declarado—.Tenemos que complacer al cuerpo de una manera más pobre y moderada.»
Y así fue como se quedaron todos más delgados.
Josephus oyó que alguien le llamaba. Guthlac, un hombre enorme y rudo que había sido soldado antes de entrar en el monasterio, se acercaba a él corriendo; sus sandalias golpeteaban en el suelo.
—Prior —dijo—. Ubertus, el picapedrero, está en la entrada. Quiere hablar con usted cuanto antes.
—Voy camino del refectorio, a cenar —objetó Josephus—. ¿Te parece que no puede esperar?
—Dijo que era urgente —respondió Guthlac, marchándose de allí a toda prisa.
—¿Y adónde vas tú? —gritó Josephus.
—Al refectorio, prior. A cenar.
Ubertus estaba junto a la verja, cerca de la entrada al hospicio, la casa de hospedaje para los visitantes y viajeros, una construcción baja de madera con una simple hilera de catres. Estaba como clavado al suelo, sus pies no se movían. En la distancia, a Josephus le pareció que estaba solo, pero cuando se acercó vio que tras el picapedrero había un niño, un par de piernecitas entre los dos troncos que Ubertus tenía por piernas.
—¿En qué puedo ayudarte Ubertus? —preguntó Josephus.
—He traído al niño.
Josephus no comprendía qué quería decir con eso.
Ubertus echó la mano hacia atrás y tiró del chico. El crío iba descalzo, era pequeño, tenía el pelo anaranjado y estaba como un palillo. Llevaba una camisa sucia toda harapos que le dejaba al descubierto las costillas y el pecho abombado. Los pantalones le quedaban demasiado largos, una herencia para la que aún no había crecido lo suficiente. Tenía una piel bonita, blanca como la leche, ojos verdes como piedras preciosas, y un delicado rostro tan inmóvil como los bloques de piedra de su padre. Apretaba fuerte sus rosados labios, ahora pálidos, y el esfuerzo le arrugaba la barbilla.
Josephus había oído hablar del chico, pero nunca lo había visto. Su imagen lo turbó. Tenía como un aura de locura, daba la sensación de que su corta vida no había sido bendecida por el calor divino. Su nombre, Octavus, el octavo, le había sido impuesto por Ubertus la noche de su nacimiento. Al contrario que su hermano gemelo, una abominación que estaba mejor muerta que viva, su vida sería felizmente ordinaria, ¿o no? Al fin y al cabo, el octavo hijo de un séptimo hijo es simplemente un hijo más, aunque naciera el séptimo día del séptimo mes del año 777 después del nacimiento de Cristo Nuestro Señor. Ubertus rezaba por que el chico se convirtiera en alguien fuerte y productivo, un picapedrero como su padre y sus hermanos.
—¿Por qué le has traído?
—Quiero que lo acoja.
—¿Y por qué iba a acogerlo?
—Yo no puedo quedármelo más tiempo.
—Pero tienes hijas que pueden cuidarlo. Tienes comida en tu mesa.
—Necesita a Cristo. Y Cristo está aquí.
—Cristo está en todas partes.
—En ningún sitio es tan fuerte como aquí, prior.
El chico se puso de rodillas y empezó a escarbar entre la suciedad con un dedo huesudo. Comenzó a mover el dedo en círculos e hizo un dibujo en el suelo, pero su padre estiró la mano y le tiró de los pelos para levantarlo. El muchacho se estremeció, pero no emitió sonido alguno a pesar de la ferocidad del tirón.
—El chico necesita a Cristo —insistió su padre—. Mi deseo es que se entregue a la vida religiosa.
Josephus había oído decir que el chico era raro, mudo, absorto en su mundo, sin ningún interés por sus hermanos y hermanas ni por otros niños del pueblo. Lo había criado pobremente una nodriza, e incluso ahora, con cinco años, comía muy poco y sin apetito. En su interior, a Josephus no le sorprendía cómo había salido el crío. Después de todo, había presenciado con sus propios ojos la extraordinaria llegada del chico al mundo.
La abadía acogía a niños con regularidad, aunque no era una práctica que alentaran, pues obligaba a estirar los recursos y distraía a las hermanas de sus otras tareas. La gente del pueblo tenía cierta tendencia a dejar ante sus puertas a los niños que tenían malformaciones físicas o mentales. Si la hermana Magdalena pudiera decidir, les negaría la entrada a todos, pero Josephus tenía debilidad por las criaturas de Dios más desafortunadas.
Aun así, ese era inquietante.
—Chico, ¿sabes hablar?
Octavus no contestó; miraba el dibujo que había hecho en la tierra.
—No sabe hablar —dijo Ubertus.
Josephus le tomó de la barbilla con ternura y le levantó la cara.
—¿Tienes hambre?
Los oscuros ojos del niño se movieron de un lado a otro.
—¿Conoces a Cristo, tu salvador?
Josephus no detectó ningún destello de reconocimiento. El pálido rostro de Octavus era una tabula rasa, una blanca lápida en la que no había nada escrito.
—¿Lo acogerá, prior? —imploró el padre.
Josephus soltó la barbilla del chico y el zagal se tiró al suelo para seguir haciendo dibujos en la tierra con su sucio dedo.
Las lágrimas recorrían el cincelado rostro de Ubertus.
—Por favor, se lo suplico.

La hermana Magdalena era una mujer severa que nadie recordaba haber visto sonreír, ni siquiera cuando tocaba el salterio y producía una música celestial. Estaba ya en su quinta década de vida y había vivido la mitad de ella entre los muros de la abadía. Bajo su velo había un montón de trenzas grises, y bajo el hábito, un robusto cuerpo virgen tan impenetrable como una cascara de nuez. No era una mujer sin ambiciones, tenía plena conciencia de que en la Orden de San Benito una mujer podía ascender hasta la posición de abadesa si el obispo así lo disponía. Siendo la hermana mayor de Vectis, eso no quedaba descartado, pero Aetia, el obispo de Dorchester, apenas había reparado en su presencia durante las visitas que les había hecho en Semana Santa y Navidad. Magdalena tenía la certeza de que sus meditaciones acerca de cómo ella podría llevar mejor la abadía no eran pura vanagloria sino el deseo de hacer del monasterio un lugar más puro y eficiente.
A menudo se acercaba a Oswyn para informarle de sus sospechas de despilfarro, exceso o incluso fornicación, y él la escuchaba con paciencia, suspirando, y más tarde trataba el tema con Josephus. Oswyn renqueaba debido a su dolencia en la columna vertebral, y los dolores eran un problema constante. Las quejas de Magdalena sobre el gasto de cerveza o las miradas lujuriosas que imaginaba que dirigían a las vírgenes a su cargo solo aportaban más desasosiego al abad. Contaba con Josephus para que se ocupara de estos temas mundanos y así él poder centrarse en servir a Dios y honrarlo terminando la construcción de la abadía en el tiempo que le quedaba de vida.
Era sabido que Magdalena no sentía amor por los niños. Los detalles escabrosos de su concepción la turbaban pero al mismo tiempo los veía necesarios. Despreciaba a Josephus por darles acogida en Vectis, particularmente a los más pequeños e inválidos. Tenía a nueve niños de menos de diez años bajo su tutela y le parecía que la mayoría de ellos no hacían lo suficiente para ganarse el sustento. Exigía a las hermanas que los pusieran a trabajar duro, que acarrearan agua y leña, que lavaran los platos y los cacharros de la cocina, que rellenaran los jergones con paja fresca para combatir los piojos. Cuando fueran mayores, ya tendrían tiempo para el estudio religioso, pero hasta que sus mentes estuvieran atemperadas por el esfuerzo solo los consideraba buenos para el trabajo duro.
Octavus, el último error de Josephus, la puso hecha una furia.
El crío era incapaz de seguir las órdenes más básicas. Se negaba a vaciar un cacharro, a arrojar un leño en el fuego de la cocina. No se iba a la cama hasta que le arrastraban hasta ella ni se levantaba con los otros niños si no tiraban de él. Los otros niños se reían de él y le insultaban. Al principio Magdalena pensó que era terco, así que le golpeaba con palos, pero con el tiempo se cansó del castigo corporal, pues no tenía ningún efecto, no le arrancaba un lloro ni un quejido satisfactorios. Y cuando había terminado con él, el chico siempre recuperaba el palo del montón de leña y lo usaba para hacer sus dibujos en el sucio suelo de la cocina.
Ahora que el otoño estaba a punto de convertirse en invierno, Magdalena ya no prestaba ninguna atención al chico, lo dejaba a su aire. Por fortuna, comía como un pajarito y no influía en las reservas del monasterio.

Una fría mañana de diciembre, Josephus abandonaba el scriptorium para acudir a misa. La primera tormenta invernal había sacudido la isla durante toda la noche y había dejado una capa de nieve tan brillante a la luz del sol que le picaban los ojos. Se frotó las manos para calentarse y ascendió por el camino rápidamente; los dedos empezaban a entumecérsele.
Octavus estaba de cuclillas junto al camino, descalzo y desabrigado. Josephus lo veía con frecuencia por los terrenos de la abadía. Normalmente se detenía, le tocaba el hombro, recitaba una fugaz oración para pedir que cualquier enfermedad que tuviera se curase y volvía a sus asuntos. Pero ese día temió que el crío se congelara si lo dejaba allí. Miró alrededor en busca de alguna de las hermanas, pero no vio a ninguna.
—¡Octavus! —gritó Josephus—. ¡Ven adentro! ¡No debes andar por la nieve sin zapatos!
El chico tenía un palo en la mano y estaba haciendo dibujos, como de costumbre, pero esta vez había como una pizca de excitación en su blanco y delicado rostro. La nevada había creado una vasta superficie limpia en la que podía rascar.
Josephus se detuvo junto a él y estaba a punto de cogerlo en brazos cuando se paró en seco y tomó aliento.
¡Eso no podía ser posible!
Josephus se protegió los ojos del intenso resplandor y confirmó sus temores.
Se apresuró a volver al scriptorium y al poco regresó con Paulinus, arrastrándolo decididamente por la manga a pesar de las protestas del delgado religioso.
—¿Qué pasa, Josephus? —gritó Paulinus—. ¿Por qué no me dices qué ocurre?
—¡Mira! —contestó Josephus—. Dime qué ves. Octavus seguía con sus labores en la nieve. Los dos hombres se inclinaron y estudiaron sus dibujos.
—¡No puede ser! —susurró Paulinus.
—Pero lo es —contrapuso Josephus.
Había letras en la nieve, unas letras inconfundibles.

S—I—G—B —E—R—T—O—F— T—I—S

—¿Sigbert of Tis?
—Aún no ha acabado —dijo Josephus con nerviosismo—. Mira: Sigbert of Tisbury.
—¿Cómo es posible que este niño escriba? —preguntó Paulinus. El monje estaba más blanco que la nieve y tenía demasiado miedo para tiritar.
—No lo sé —dijo Josephus—. En el pueblo no hay nadie que sepa leer ni escribir. Y desde luego las hermanas no le han enseñado. A decir verdad, le consideran un retrasado.
El chico siguió a lo suyo con el palito.

18 12 782 Natus

Paulinus se santiguó.
—¡Dios mío, si también escribe números! El día 18 del mes duodécimo del año 782. ¡Eso es hoy!
—Natus —susurró Joseph—. Nacido.
Paulinus pisoteó todo lo que había escrito en la nieve, borró números y letras.
—¡Coge al chico!
Esperaron a que los monjes se fueran a misa y abandonaran el scriptorium para sentar al chico sobre una de las mesas de copiado. Paulinus le puso una hoja de papel vitela delante y le entregó una pluma.
Octavus se puso inmediatamente a mover la pluma por el pergamino; no parecía inquietarle en absoluto que lo que hacía no fuera visible.
—¡No! —exclamó Paulinus—. ¡Espera! Mírame. —Mojó la pluma en la tinta que había en un bote de cerámica y volvió a dársela.
El chico continuó arañando el papel, pero esta vez sus esfuerzos eran visibles. Pareció percatarse de las apretadas letras negras que iba formando, y de lo más profundo de su garganta salió un ruido gutural. Era el primer sonido que emitía en su vida.
Cedric of York 18 12 782 Mors

—De nuevo la fecha de hoy —murmuró Paulinus—. Pero esta vez ha escrito «Mors». Muerte.
—Seguro que es brujería —se lamentó Josephus, retrocediendo hasta que su cadera dio con otra de las mesas de copista.
La pluma se quedó sin tinta, así que Paulinus tomó la mano del chico e hizo que fuera él mismo quien la mojara. Impertérrito, Octavus comenzó a escribir de nuevo, pero esta vez empezó con un garabato.

? ? 18 12 782 Natus

Los dos hombres agitaron la cabeza, confundidos.
—No son letras normales —dijo Paulinus—, pero la fecha está ahí de nuevo.
Josephus se recobró de repente y se dio cuenta de que iban a llegar tarde a misa, un pecado inexcusable.
—Esconde los pergaminos y la tinta y deja al chico en la esquina. Vamos, Paulinus, corramos hasta el santuario. Rezaremos a Dios para que nos ayude a entender lo que hemos visto y nos purifique del mal.
Aquella noche Josephus y Paulinus se encontraron en el frescor de la cervecería y encendieron un cirio para alumbrarse.
Josephus necesitaba tomarse una cerveza para calmar los nervios y aposentar el estómago, y Paulinus estaba dispuesto a poner a su viejo amigo de buen humor. Se sentaron en un par de taburetes, el uno frente al otro, con las rodillas casi tocándose.
Josephus se consideraba a sí mismo un hombre simple que solo comprendía el amor de Dios y las reglas de san Benito de Nursia que todos los siervos de Dios estaban obligados a seguir. No obstante, tenía a Paulinus por un agudo pensador y un instruido erudito que había leído muchos textos relativos a los cielos y la tierra. Si alguien podía explicar lo que habían visto antes, ese era Paulinus.
Pero Paulinus se mostraba reacio a ofrecer una explicación. Lo que hizo fue proponerle una misión, y los dos hombres se pusieron a planear cómo llevarla a cabo. Acordaron mantener en secreto lo que sabían del chico, ¿qué ganarían alterando a la comunidad antes de que Paulinus pudiera descifrar la verdad?
Cuando Josephus apuró su cerveza, Paulinus cogió el cirio y antes de apagarlo le explicó a Josephus lo que pensaba.
—Sabes que no hay nada que añadir en el caso de gemelos; el séptimo hijo nacido de una mujer es, necesariamente, el séptimo hijo que Dios ha concebido.

Ubertus atravesaba por los campos de Wessex en la misión que le había encomendado el prior Josephus. Sentía que no era el siervo adecuado para la tarea, pero estaba en deuda con Josephus y no podía negarse.
El pesado y sudoroso animal que tenía entre las piernas calentaba su cuerpo en aquel frío día de mediados de diciembre. No era un buen jinete. El picapedrero estaba acostumbrado a bajar despacio en un carro tirado por bueyes. Se agarraba a las riendas con fuerza, presionaba las rodillas contra la panza de la bestia y se mantenía sentado como podía. El caballo era un animal sano de los que el monasterio guardaba en los establos, tierra adentro, precisamente para este tipo de propósitos. Un barquero había llevado a Ubertus desde la playa de guijarros de Vectis hasta la costa de Wessex. Josephus le había instruido para que se diera prisa y volviera en dos días, y eso significaba que el caballo debía avanzar a medio galope.
A medida que el día vestía el cielo, su color se tornaba gris pizarra, similar a los rocosos acantilados de la costa. Cabalgaba al paso, atravesando helados campos en barbecho con muretes de piedra y pequeñas aldeas muy parecidas a aquella de la que él provenía. De vez en cuando se cruzaba con grises campesinos que caminaban penosamente o iban a lomos de apáticas mulas. Tenía en mente a los ladrones, pero a decir verdad sus únicas posesiones valiosas eran el propio caballo y las pocas monedillas que Josephus le había dado para el viaje.
Llegó aTisbury justo antes de que se pusiera el sol. Era esta una ciudad próspera, había varias casas de madera muy grandes y una multitud de cuidadas casitas alineadas a lo largo de una calle ancha. En un pasto, las ovejas se apiñaban en la penumbra. Cabalgó hasta pasar de largo una pequeña iglesia de madera, una estructura solitaria al final del pastizal que se erguía oscura y fría. Junto a ella había un pequeño camposanto en el que acababan de enterrar a alguien. Se santiguó rápidamente. El aire se llenaba con el humo de los hogares, y el delicioso olor de las brasas y la carne chamuscada distrajo a Ubertus del túmulo funerario.
Había sido día de mercado, y en la plaza todavía había algunos carros y puestos con productos que seguían allí porque sus propietarios estaban en la taberna bebiendo y jugando a los dados. Ubertus se bajó del caballo en la puerta de la taberna. Un chico lo vio y se ofreció para ocuparse del caballo. Por una moneda, el chico se llevó al animal para darle un cubo de avena y agua.
Cuando Ubertus entró en la atestada y cálida taberna, sus sentidos se vieron asaltados por el olor a cerveza agria, sudor y orina. Se quedó junto al llameante fuego de leña, reanimó sus entumecidas manos y gritó con su marcado acento italiano que le trajeran una jarra de vino. Como se trataba de una ciudad con mercado, los hombres de Tisbury estaban acostumbrados a los forasteros y lo recibieron con una curiosidad alegre. Un grupo de hombres lo llamaron para que se sentara con ellos y pronto entablaron una animada conversación acerca de su lugar de procedencia y los motivos de su visita.
Ubertus necesitó menos de una hora para vaciar tres jarras de vino en su gaznate y obtener la información que le habían encomendado.

La hermana Magdalena siempre caminaba por los terrenos de la abadía a un ritmo determinado, ni demasiado lento, pues eso sería una pérdida de tiempo, ni demasiado rápido, pues daría la impresión de que había cosas terrenales más importantes que la contemplación del Señor.
Pero en ese momento corría, y apretaba algo en su mano.
Unos cuantos días de aire cálido habían adelgazado la capa de nieve, los caminos estaban bien pisoteados y ya no resbalaban.
En el scriptorium, Josephus y Paulinus estaban sentados en silencio. Les habían dicho a los copistas que se fueran para así poder quedarse a solas con Ubertus, que había regresado de su misión cansado y helado de frío.
Ubertus ya no se encontraba allí pues le habían mandado de vuelta al pueblo con la bendición y un adusto agradecimiento.
Su informe había sido simple y aleccionador.
El decimoctavo día de diciembre, tres días antes, en la ciudad de Tisbury había nacido un niño, hijo de Wuffa, el curtidor, y Eanfled, su esposa.
El nombre del niño era Sigbert.
A pesar de que ninguno de los dos quería admitirlo abiertamente, la noticia les había dejado atónitos. Casi esperaban oír algo así. Pocas cosas podía haber más fantásticas que el hecho de que un niño mudo nacido de una madre muerta pudiera escribir nombres y fechas sin que le hubieran enseñado. Cuando Ubertus se fue Paulinus le dijo a Josephus: —El chico era el séptimo hijo, de eso no cabe duda. Tiene un profundo poder.
—¿Para el bien o para el mal? —preguntó Josephus temblando.
Paulinus miró a su amigo y frunció los labios, pero no le contestó.
La hermana Magdalena irrumpió en el scriptorium sin previo aviso.
—El hermano Otto me ha dicho que estaban aquí —dijo respirando pesadamente y cerrando la puerta tras de sí.
Josephus y Paulinus intercambiaron miradas conspiradoras.
—Y aquí estamos, hermana —dijo Josephus—. ¿Hay algo que te preocupe?
—¡Esto! —Mostró su mano. Sostenía un pergamino enrollado—. Una de las hermanas ha encontrado esto en el dormitorio de los niños, bajo la cama de Octavus. Lo ha robado del scriptorium, no me cabe la menor duda. ¿Pueden confirmarlo?
Josephus desenrolló el pergamino y lo inspeccionó con Paulinus.

Kal ba Lakna 21 12 782 Natus
Flavius de Napoli 21 12 782 Natus
CNMEOH 21 12 782 Natus
?? 21 12 782 Mors
Juan de Madrid 21 12 782 Natus

Josephus miró la primera página desde el principio. Estaba escrito en los apretados garabatos de Octavus.
—Esta está en hebreo, reconozco la escritura —susurró Paulinus apuntando a una de las entradas—. La de encima no sé de dónde es.
—¿Entonces? —reclamó la hermana—, ¿pueden confirmarme que el chico ha robado esto?
—Por favor, hermana, siéntese —suspiró Josephus.
—No es mi deseo sentarme, prior; mi deseo es saber la verdad, y después mi deseo será castigar severamente al chico.
—Le ruego que se siente.
Se sentó a regañadientes en uno de los pupitres de los copistas.
—El pergamino fue sin duda robado —comenzó Josephus.
—¡Niño del demonio! Pero ¿qué es este texto? Parece un listado extraño.
—Son nombres —dijo Josephus.
—En más de un idioma —añadió Paulinus.
—¿Con qué propósito se ha escrito, y por qué se incluye a Oswyn entre ellos? —preguntó la hermana con desconfianza.
—¿Oswyn? —inquirió Josephus.
—¡En la segunda página, en la segunda! —dijo ella.
Josephus miró la segunda página:

Oswyn de Vectis 21 12 782 Mors

El rostro de Josephus palideció.
—¡Dios mío!
Paulinus se levantó y se giró para ocultar su expresión de alarma.
—¿Qué hermano ha escrito esto? —quiso saber Magdalena.
—Ninguno, hermana —dijo Josephus.
—Entonces, ¿quién?
—El chico, Octavus.
Josephus perdió la cuenta de las veces que la hermana Magdalena se santiguó a medida que Paulinus y él le contaban lo que sabían de la milagrosa habilidad de Octavus. Por último, cuando ya habían terminado y estuvo todo dicho, los tres intercambiaron miradas nerviosas.
—Esto no puede ser más que obra del demonio —dijo Magdalena rompiendo el silencio.
—Hay otra explicación posible —dijo Paulinus.
—¿Y cuál es? —preguntó la hermana.
—Que sea obra del Señor. —Paulinus escogió sus palabras cuidadosamente—. No puede haber duda en cuanto a que el Señor elige cuándo traer un niño a este mundo y cuándo acoger un alma en su seno. Dios todo lo sabe. Sabe cuando un simple hombre le dirige sus plegarias, sabe cuando un gorrión cae del cielo. Este chico, que es diferente a todos los demás en su venida al mundo y en su semblante, ¿cómo podemos saber que no es un recipiente del Señor para registrar las idas y venidas de las criaturas de Dios?
—¡Pero podría ser el séptimo hijo de un séptimo hijo!
—Sí, estamos al tanto de las creencias en cuanto a eso. Pero ¿quién ha conocido a un hombre que reúna tales condiciones? ¿Y quién ha podido conocer a alguien que haya nacido el séptimo día del séptimo mes del año 777? No podemos dar por hecho que sus poderes tienen un fin diabólico.
—Yo, por ejemplo, no veo una consecuencia diabólica de los poderes del chico —dijo Josephus con optimismo.
Magdalena pasó del miedo a la ira.
—Si lo que dicen es cierto, sabemos que nuestro querido abad morirá hoy. Ruego al Señor que esto no suceda. ¿Cómo pueden decir que esto no es obra del maligno? —Se levantó y les arrebató las hojas de pergamino—. No voy a tener secretos con el abad. Tiene que escuchar esto, y será él y solo él quien decida acerca del futuro del muchacho.
Parecía resuelta, y ni Paulinus ni Josephus quisieron disuadir a la hermana Magdalena para que desistiera de sus actos.

Tras la nona, la oración de las tres de la tarde, se acercaron los tres a Oswyn y le acompañaron a sus aposentos en la casa capitular. Allí, en la menguante luz de una tarde invernal, con el brillo ámbar de las brasas del hogar, le contaron la historia y estuvieron atentos a su arrugado rostro, el cual, a causa de su deformidad, estaba inclinado hacia la mesa.
Oswyn escuchó. Examinó los pergaminos y se detuvo un momento para reflexionar sobre su nombre. Hizo preguntas y consideró las respuestas. Tras esto dio la reunión por terminada golpeando la mesa con el puño.
—No veo que de esto pueda venir nada bueno —dijo—. En el peor de los casos es la mano del demonio. En el mejor, una gran distracción para la vida religiosa de la comunidad. Estamos aquí para servir al Señor con todo nuestro corazón y toda nuestra fuerza. Este chico nos distraerá de nuestra misión. Debéis sacarlo de aquí.
Ante esto, Magdalena evitó mostrar su satisfacción.
Josephus tenía la garganta seca, así que se la aclaró.
—Su padre no le dejará volver. No tiene adonde ir.
—Eso no nos concierne —dijo el abad—. Echadle.
—Hace frío —imploró Josephus—. No sobrevivirá a la noche.
—El Señor lo proveerá y decidirá su suerte —dijo el abad—. Ahora dejadme que reflexione.

Josephus fue el encargado de cumplir la tarea, de modo que al atardecer condujo sumisamente al chico de la mano hasta la puerta de entrada de la abadía. Una joven y amable hermana le había puesto calcetines gruesos, una segunda camisa y una capa. Un viento cortante procedente del mar estaba bajando la temperatura hacia el punto de congelación. Josephus quitó el cerrojo a la puerta y la dejó abierta. Una ráfaga de aire frío les golpeó de lleno. El prior le dio un toquecito con el codo para que avanzara.
—Tienes que dejarnos, Octavus. Pero no temas, Dios te protegerá.
El chico no volvió la vista atrás, afrontó el oscuro vacío de la noche con su inmutable expresión de imperturbabilidad. Al prior le rompía el corazón tratar tan duramente a una criatura de Dios, tanto que probablemente estaba condenando al chico a morir de frío. Y no a un chico cualquiera, sino a uno con un don extraordinario que, si Paulinus estaba en lo cierto, tal vez no provenía de las profundidades del infierno sino del reino de los cielos. Pero Josephus era un siervo obediente, su lealtad estaba primero con el Señor, cuya opinión en esta materia no le había sido revelada, y después con su abad, cuya opinión era tan clara como el agua.

Josephus sintió un escalofrío y cerró la verja tras de sí.
Sonó la campana de vísperas. La congregación estaba reunida en el santuario. La hermana Magdalena apretaba el laúd contra su pecho y se regodeaba en la victoria que había obtenido sobre Josephus, a quien despreciaba por su blandura.
En la cabeza de Paulinus revoloteaban ideas teológicas acerca de Octavus y si sus poderes serían un don o una maldición.
Pensar en ese crío tan frágil abandonado a su suerte en el frío y la oscuridad hacía que a Josephus le escocieran los ojos con lágrimas saladas. Se sentía culpable de estar allí, caliente y cómodo. Y aun así, estaba seguro de que Oswyn no se equivocaba en una de sus afirmaciones: el chico era sin duda una distracción para sus obligaciones de oración y servidumbre.
Esperaban a oír los renqueantes pasos del abad, que no se materializaban. Josephus notaba que los hermanos y las hermanas se miraban nerviosos, conscientes de la puntualidad de Oswyn.
Tras unos minutos, Josephus empezó a alarmarse.
—Tenemos que ir a ver qué pasa con el abad —le susurró a Paulinus.
Todos los ojos siguieron su partida. Los susurros llenaron el santuario, pero Magdalena los frenó poniéndose un dedo en los labios y profiriendo un audible: «¡Chist!».
Los aposentos de Oswyn estaban fríos y oscuros, y el desatendido fuego prácticamente se había extinguido. Lo encontraron en la cama, hecho un ovillo, vestido y con la piel tan fría como el aire de la habitación. En la mano derecha tenía el pergamino en el que estaba escrito su nombre.
—¡Dios misericordioso! —gritó Josephus.
—La profecía —murmuró Paulinus cayendo de rodillas.
Los dos pronunciaron unas rápidas oraciones sobre el cuerpo de Oswyn y se levantaron.
—Hay que informar al obispo —dijo Paulinus.
Josephus asintió.
—Enviaré un mensajero a Dorchester por la mañana.
—Hasta que el obispo diga otra cosa debes ser tú, amigo mío, quien gobierne esta abadía.
Josephus se santiguó hundiendo el dedo en su pecho.
—Ve y dile a la hermana Magdalena que comience con las vísperas. Yo estaré allí en breve, pero antes debo hacer algo.
Josephus corrió desde la oscuridad hacia la puerta de la abadía, con el pecho agitado por el esfuerzo. Abrió la puerta y esta chirrió sobre sus goznes.
El chico no estaba allí.
Corrió camino abajo gritando su nombre de manera frenética.
Vio una pequeña silueta junto a la carretera.
Octavus no había ido muy lejos. Estaba sentado tranquilamente al desabrigo de la noche, temblando al borde de un prado. Josephus lo cogió en brazos con ternura y le llevó de nuevo hacia la puerta.
—Puedes quedarte, chico —le dijo—. Dios quiere que te quedes.


25 de junio de 2009,
Las Vegas

Will había empezado a coquetear al nivel del mar y seguía con ello a diez mil metros de altura. La azafata era su tipo, una chica grande y bien proporcionada de labios carnosos y pelo rubio jaspeado. Un mechón de pelo le caía sobre un ojo y ella se lo apartaba constantemente de manera distraída. Pasado un rato empezó a imaginarse desnudo junto a ella, apartándoselo él mismo. Inexplicablemente, le invadió una pequeña oleada de culpabilidad cuando Nancy, recatada y censuradora, se coló en sus pensamientos. ¿A santo de qué le fastidiaba sus fantasías? Contraatacó con toda la intención y volvió a la azafata.
Había seguido los protocolos de seguridad habituales para embarcar en aquel vuelo de US Airways con su arma de servicio. Había embarcado antes que los demás pasajeros y le habían asignado un asiento de pasillo a la altura del ala. A Darla, la azafata, le gustó de inmediato ese tipo de chaqueta deportiva y pantalones caqui y se pegó a su asiento.
—Hola, FBI —gorjeó la chica, que estaba al corriente por los formalismos por los que Will había tenido que pasar.
—Hola, tú.
—¿Te consigo algo de beber antes de que nos invadan?
—¿Es café eso que huelo?
—Marchando —dijo ella—. Hoy tenemos con nosotros a un agente federal de paisano en el 7C, pero lo tuyo es mucho más grande.
—¿Te importaría decirle que estoy aquí?
—Ya lo sabe.
Después, durante el servicio de bebidas, a Will le parecía que le acariciaba ligeramente el hombro cada vez que pasaba. Tal vez fuera su imaginación, pensó mientras se echaba a dormir, acunado por el suave rugido de los motores. O tal vez no.
Se despertó con un sobresalto, plácidamente desorientado. Verdes campos de cultivo se extendían hacia el horizonte, por lo que supo que estaban en algún lugar en mitad del país. En la parte de atrás, cerca de los servicios, se oían gritos de enfado. Se quitó el cinturón de seguridad, se dio la vuelta e identificó el problema: tres jóvenes británicos armando alboroto, colegas de juerga en modo borrachera total, preparando el hígado para sus vacaciones en Las Vegas. Gesticulaban como un monstruo de tres cabezas y caras como gambas al esbelto auxiliar de vuelo que les había cortado el chorro de cerveza. El que estaba más cerca del pasillo, un amasijo tenso de músculos y tendones, se levantó y se encaró al auxiliar de vuelo ante la atenta mirada de los alarmados pasajeros.
—¡Ya has oído a mi colega! —gritó—. ¡Que le pongas otra puta cerveza!
Darla enfiló rápidamente el pasillo para acudir en ayuda de su compañero y buscó deliberadamente los ojos de Will al pasar junto a él. El agente federal se mantenía en su asiento 7C, tal como ordenaba el manual, observando la cabina de mandos, en guardia por si se trataba de una maniobra de distracción. Era un tipo joven, estaba de los nervios, se lo estaba tragando todo. «Es probable que sea su primer incidente real», pensó Will, que se asomó al pasillo y lo observó.
Y entonces, un ruido nauseabundo, cráneo contra cráneo, lo que se llama el beso de Glasgow.
—¡Esto es lo que te mereces, cabronazo de mierda! —gritó el agresor—. ¿Quieres otro?
Will se perdió la actuación pero vio el resultado.
El cabezazo le había abierto la cabeza al asistente de vuelo, que estaba hincado de rodillas en el suelo y aullando. A Darla se le escapó un chillido ante la visión de la sangre.
El agente federal y Will se levantaron al unísono, actuaron como si fueran un equipo que había hecho eso mismo un montón de veces. El agente se quedó en el pasillo y sacó el arma.
—¡Agentes federales! ¡Siéntense y pongan las manos en el asiento de delante! —gritó.
Will mostró su identificación y avanzó lentamente hacia la parte de atrás sosteniendo su placa sobre la cabeza.
—¿Qué coño es esto? —gritó el británico cuando vio que Will se acercaba—. Colega, lo único que queremos es que nos rellenen el bebedero.
Darla ayudó a levantarse al ensangrentado asistente y lo llevó hacia la parte de delante alentada por Will, que le dirigió un guiño tranquilizador. Cuando Will estuvo a cinco filas de los buscaproblemas, se detuvo y habló lenta y pausadamente.
—Siéntese inmediatamente y ponga las manos sobre la cabeza. Está usted detenido. Sus vacaciones se han acabado. —Y tras esto la puntilla—: Colega.
Los amigos le imploraban que lo dejara ya, pero el tipo no quería bajarse del burro, lloraba de rabia y miedo, acorralado, completamente morado y con las venas hinchadas.
—¡No me da la gana! —repetía sin cesar— ¡No me da la gana!
Will se guardó la identificación y desenfundó su arma. Comprobó dos veces el seguro. Los pasajeros estaban aterrorizados. Una mujer obesa con un niño empezó a lloriquear, y así empezó una reacción en cadena en el pasaje. Will intentó quitarse la cara de sueño y parecer lo más despierto posible.
—Esta es tu última oportunidad para que esto acabe bien. Siéntate y pon las manos en la cabeza.
—¿O qué? —le provocó el otro, sorbiéndose los mocos—. ¿Me pegarás un tiro y harás un agujero en el puto avión?
—Usamos munición especial —dijo Will, mintiendo como un bellaco—. La bala simplemente repiqueteará dentro de tu cabeza y te dejará el cerebro hecho papilla.
A esa distancia, Will, un tirador experto que se había pasado la infancia cazando ardillas zorro en los bosques de Florida, era capaz de poner la bala donde quisiera con precisión milimétrica, pero salir, la bala saldría.
El tipo se había quedado sin palabras.
—Tienes cinco segundos —anunció Will mientras alzaba la pistola y del pecho la dirigía a la cabeza—. La verdad es que llegados a este punto ya me importa poco apretar el gatillo. Con esto ya me has dado una semana de papeleo.
—¡Hostia puta, Sean, siéntate! —gritó uno de los amigos al tiempo que le tiraba de la camiseta.
Sean duró unos segundos, luego se dejó arrastrar hasta el asiento y, sumiso, puso las manos en la cabeza.
—Buena decisión —dijo Will.
Darla corrió pasillo arriba con un puñado de esposas de plástico y con la ayuda de otros pasajeros consiguieron inmovilizar a los tres amigos. Will bajó el arma, la guardó bajo la chaqueta y se dirigió al agente federal:
—Todo controlado aquí atrás.
Volvió torpemente a su asiento respirando hondo y acompañado por el estruendoso aplauso de todo el pasaje. Se preguntaba si podría volver a conciliar el sueño.

El taxi se apartó de la acera y se puso en camino. A pesar de que ya era de noche, el calor del desierto aún era impresionante, por lo que Will agradeció el frío glacial del interior del vehículo.
—¿Adónde vamos? —preguntó el taxista.
—¿Quién le parece que tiene las mejores habitaciones? —preguntó Will.
Darla le pinchó en las costillas de manera juguetona.
—Probablemente las habitaciones para los de las compañías aéreas y para los funcionarios del gobierno son iguales. —Se recostó sobre él y susurró—: Pero, cariño, no creo que vayamos a darnos cuenta.
Estaban dando la vuelta al perímetro del aeropuerto McCarran en dirección hacia la franja. Will vio tres 737 junto a un hangar lejano, sin marca alguna excepto la línea roja que recorría el fuselaje.
—¿Qué compañía es esa? —preguntó a Darla.
—Esa es la lanzadera de Área 51 —contestó—. Son aviones militares.
—Me tomas el pelo.
El taxista quiso participar en aquello.
—No le toma el pelo. Es el secreto peor guardado de Las Vegas. Cientos de científicos del gobierno hacen escala aquí todos los días. Tienen naves espaciales extraterrestres, y están intentando hacerlas funcionar. Eso he oído.
Will rió entre dientes.
—Sea lo que sea, estoy seguro de que es un despilfarro de dinero de los contribuyentes. Lo crea o no, me parece que conozco a un tipo que trabaja allí.

Nelson Elder lideraba un grupo de culto al cuerpo. Él hacía ejercicio enérgicamente a diario y esperaba lo mismo de los miembros de su equipo directivo. «Nadie quiere ver a un corredor de seguros gordo», les decía, y él menos que nadie. Sus prejuicios contra aquellos que no estaban en forma rayaban la repugnancia, un vestigio de su pobre infancia en Bakersfield, California, donde la obesidad y la pobreza se mezclaban a partes iguales en el marginal parque de autocaravanas en el que vivía. No contrataba a gente obesa, y si les hacía seguros se cercioraba de que pagaran primas en función del riesgo.
Su bronceada piel aún sentía un hormigueo tras los cinco kilómetros recorridos y la punzante ducha de vapor, y cuando se sentó en su despacho de ejecutivo, con esas bellas vistas de montañas color chocolate y el segmento aguamarina del lago Mead se sentía tan bien físicamente como podría sentirse un hombre de sesenta y un años. Su traje a medida le sentaba como un guante y su atlético corazón latía con lentitud. Pero mentalmente estaba muy confundido, y la infusión que se estaba tomando no lograba tranquilizarle.
Bertram Myers, uno de los altos ejecutivos de Desert Life, estaba en su puerta sudando y resollando como un caballo de carreras. Era veinte años más joven que su jefe, tenía el pelo negro e hirsuto, pero era peor atleta.
—¿Qué tal la carrerita? —preguntó Elder.
—Genial, gracias —contestó Myers—. ¿Ya te has dado la tuya?
—¿Lo dudas?
—¿Cómo es que has llegado tan pronto?
—El maldito FBI. ¿No te acuerdas?
—Dios, se me había olvidado. Me iba a la ducha. ¿Quieres que me siente?
—No, ya me las arreglaré —dijo Elder.
—¿Te preocupa? Pareces preocupado.
—No estoy preocupado. Creo que es lo que hay, y ya está.
—Exactamente, es lo que hay —convino Myers.

Will se había dado un paseíto en taxi hasta las oficinas centrales de Desert Life en Henderson, una ciudad dormitorio al sur de Las Vegas, junto al lago Mead. Elder le parecía como salido de un catálogo, el típico ejecutivo madurito atractivo, cuidadoso con su salud y su estilo de vida. El ejecutivo se acomodó en su silla e intentó bajar las expectativas de Will.
—Tal como le dije por teléfono, agente especial Piper, no estoy seguro de poder serle de ayuda. Tal vez haya hecho un viaje demasiado largo para tan corta visita.
—No se preocupe por eso, señor —contestó Will—.Tenía que venir de todos modos.
—Vi en las noticias que han detenido a alguien en Nueva York.
—No puedo hacer comentarios sobre una investigación en curso —dijo Will—, pero supongo que entiende que si pensara que el caso está cerrado no habría venido hasta aquí. Me pregunto si podría hablarme sobre la relación que mantenía con David Swisher.
Según Elder, no había mucho que contar. Se habían conocido hacía seis años en el transcurso de una de las frecuentes visitas de Elder a Nueva York para reunirse con los inversores. Por entonces el banco de Swisher era uno de los muchos que cortejaban a Desert Life para conseguirlo como cliente, y David, director ejecutivo del banco, una máquina de hacer dinero. Elder había ido a la oficina central del banco, donde Swisher llevaba su equipo de ventas.
Durante el siguiente año, Swisher hizo un seguimiento agresivo vía telefónica y por correo electrónico y la perseverancia dio sus frutos. Cuando en el año 2003 Desert Life decidió lanzar al mercado una oferta de bonos para financiar una de sus adquisiciones, Elder eligió el banco de Swisher para que dirigiera el consorcio financiero.
Will le preguntó si Swisher viajó personalmente a Las Vegas como parte de ese proceso.
Elder estaba seguro de que no lo había hecho. Recordaba claramente que las visitas a las compañías las realizaban banqueros de menor estatus. Aparte de en la cena para el cierre del negocio en Nueva York, los dos hombres no volvieron a verse.
¿Se habían mantenido en contacto durante esos años?
Elder recordaba alguna que otra llamada.
¿Y cuándo fue la última?
Hacía más de un año. Nada reciente. Los dos estaban en las listas de invitaciones para las vacaciones de empresa, pero no podía decirse que eso fuera una relación activa. Elder dijo que, por supuesto, cuando leyó que habían asesinado a Swisher se quedó atónito.
La batería de preguntas de Will se vio interrumpida por la tonadilla de Beethoven en su teléfono. Se disculpó y lo apagó, pero antes reconoció la identidad de la llamada entrante.
¿Por qué demonios le llamaba Laura?
Will recuperó la secuencia de sus pensamientos y arremetió con una lista de preguntas de rastreo. ¿Le habló Swisher alguna vez de algún contacto que tuviera en Las Vegas? ¿Amigos? ¿Negocios? ¿Alguna vez mencionó que apostara o tuviera deudas personales? ¿Sabía Elder si tenía algún enemigo?
Todas las respuestas eran negativas. Elder quería que Will entendiera que su relación con Swisher era superficial, transitoria y transaccional. Le gustaría poder ser de mayor ayuda, pero estaba claro que no podía.
Will sentía que su decepción subía como la bilis. La entrevista no le llevaba a ninguna parte, otro callejón sin salida en el caso Juicio Final. Sin embargo, había una constante en la conducta de Elder, una pequeña discordancia. ¿No había una nota de tensión en su garganta, un toque de falta de sinceridad? Will no sabía de dónde había salido la pregunta que iba a hacer, tal vez brotó de un manantial de intuición.
—Dígame, señor Elder, ¿cómo le van los negocios?
Elder dudó demasiado como para que Will no se percatara y concluyera que le había dado donde dolía.
—Bueno, los negocios van muy bien. ¿Por qué lo pregunta?
—Por nada, simple curiosidad. Permítame que le pregunte: la mayoría de las aseguradoras están en sitios como Hartford, Nueva York, ciudades grandes. ¿Por qué Las Vegas? ¿Por qué Henderson?
—Aquí están nuestras raíces —contestó Elder—. Construí esta compañía ladrillo a ladrillo. Cuando salí de la universidad, comencé como agente en una pequeña correduría de Henderson, a un par de kilómetros de esta oficina. Teníamos seis empleados. Cuando el propietario se jubiló, se la compré y la llamé Desert Life. Ahora tenemos unos ocho mil empleados de costa a costa.
—Es impresionante. Puede estar orgulloso.
—Gracias, lo estoy.
—Y, por lo que me dice, el negocio de los seguros va bien. De nuevo esa pequeña vacilación.
—Bueno, todo el mundo necesita un seguro. Hay mucha competición en el mercado, y las leyes reguladoras de cada sitio a veces constituyen un desafío, pero tenemos un negocio sólido.
Mientras le escuchaba, Will vio que en el escritorio había un cubilete de cuero lleno hasta los topes de bolígrafos Pentel de color rojo y negro.
No pudo contenerse.
—¿Le importaría prestarme uno de sus bolígrafos? —preguntó, señalándolos—. Uno de los negros.
—Claro —contestó Elder, perplejo.
Era de punta ultrafina. Bueno, bueno.
Alcanzó su maletín y sacó una hoja de papel que había dentro de una bolsa de plástico; una fotocopia de las dos caras de la postal de Swisher.
—¿Le importaría echarle un vistazo?
Elder cogió la hoja y se puso las gafas de leer.
—Escalofriante —dijo.
—¿Ve el franqueo?
—Dieciocho de mayo.
—¿Se encontraba usted en Las Vegas ese día?
No había duda de que a Elder le irritó la pregunta.
—No tengo ni idea, pero mi asistente lo comprobará gustosamente.
—Estupendo. ¿Cuántas veces ha estado en Nueva York en las últimas seis semanas?
Elder frunció el ceño y respondió, ya crispado:
—Cero.
—Comprendo —dijo Will. Señaló la fotocopia—. ¿Puede devolverme eso, por favor?
Elder le dio la hoja y Will pensó: «Bueno, chico, menos es nada, tengo tus huellas».
Cuando Will se fue, entró Bertram Myers y se sentó en la silla aún caliente.
—¿Cómo ha ido? —preguntó a su jefe.
—Lo previsto. Se ha centrado en el asesinato de David Swisher. Quería saber dónde estaba el día que le mandaron la postal desde Las Vegas.
—Bromeas.
—No, no bromeo.
—No tenía ni idea de que fueras un asesino en serie, Nelson.
Elder se aflojó el ajustado nudo de su cara corbata. Por fin empezaba a relajarse.
—Ten cuidado, Bert, podrías ser el próximo.
—¿Eso ha sido todo? ¿No te hizo ninguna pregunta comprometedora?
—Ninguna. No sé por qué estaba preocupado.
—Dijiste que no lo estabas.
—Mentí.

Will abandonó Henderson y estuvo trabajando en el centro de análisis que el FBI tiene en el distrito norte de Las Vegas hasta la hora de su vuelo nocturno a Nueva York. Los agentes locales habían estado analizando las huellas de las postales del caso Juicio Final. En la oficina central de Las Vegas habían conseguido identificar algunas de las huellas que se resistían, mediante el cruce con las que habían tomado de los trabajadores de correos. Tras pedir que metieran en la batidora las huellas digitales de Elder, se acomodó en la sala de conferencias para leer el periódico y esperar el resultado. Cuando su estómago empezó a rugir, se dio un paseo hasta Lake Mead Boulevard en busca de una sandwichería.
El calor era sofocante. Quitarse la chaqueta y arremangarse la camisa no fue de mucho alivio, así que se metió en el primer local que encontró, un Quiznos tranquilo y agradablemente refrigerado, llevado por una patrulla de trabajadores desganados. Mientras esperaba en una mesa a que se tostara su bocadillo, llamó a su contestador automático y escuchó los mensajes.
El último le sacó de sus casillas. Se puso a decir tacos en voz alta y el encargado le clavó una mirada asesina. Una voz nasal acababa de informarle de que estaban a punto de cortarle la televisión por satélite. Llevaba tres meses de retraso, y a no ser que pagara ese mismo día, cuando llegara a casa se encontraría con la carta de ajuste.
Intentó acordarse de la última vez que había pagado las cuentas de la casa, pero no pudo. Visualizó el montón de cartas sin abrir en la encimera de la cocina. Aquello lo superaba.
Tendría que llamar a Nancy. De todas formas ya le debía una.
—Saludos desde la Ciudad del Pecado —dijo, lo cual la dejó indiferente—. ¿Cómo va lo de Camacho? —preguntó.
—Hemos comprobado las fechas del diario. No pudo cometer los otros asesinatos.
—Supongo que eso no es ninguna sorpresa.
—No. ¿Qué tal tu entrevista con Nelson Elder?
—¿Es él nuestro asesino? Lo dudo mucho. ¿Algo en él huele a gato encerrado? Sí, sin duda.
—¿A gato encerrado?
—Me da en la nariz que oculta algo.
——¿Algo sólido?
—Tenía rotuladores Pentel ultrafinos en su escritorio.
—Consigue una orden del juez —dijo ella con sequedad.
—Bueno, me encargaré de comprobarlo. —Tras esto, suave como un guante, le pidió que le ayudara con el problema de la televisión. Tenía una llave en su despacho. ¿Sería ella tan amable de pasar por su apartamento, recoger esa factura sin pagar y llamarle para que él pudiera solucionarlo con la tarjeta de crédito?
—No hay problema —dijo ella.
—Gracias. Y una cosa más. —Sentía que tenía que decirlo—. Quiero pedirte disculpas por lo de la otra noche. Me puse hasta las cejas.
Will la oyó soltar un suspiro.
—No pasa nada.
Él sabía que sí pasaba, pero ¿qué más podía decir? Tras colgar miró su reloj. Todavía tendría que matar unas cuantas horas hasta que saliera su vuelo nocturno a Nueva York. No le gustaba apostar, así que no haría una escapada a los casinos. Darla ya se había ido hacía tiempo. Se podía poner hasta arriba, pero eso podía hacerlo en cualquier sitio. Entonces se le ocurrió algo que casi le hizo sonreír. Abrió el teléfono para hacer otra llamada.

Nancy se puso en alerta en cuanto abrió la puerta del apartamento de Will. Sonaba música.
En el salón había una bolsa de viaje.
—¿Hola? —dijo.
El agua de la ducha estaba abierta.
—¿Hola? —dijo alzando la voz.
El ruido del agua cesó y oyó una voz procedente del baño.
—¿Hola?
Apareció una chica mojada, confusa, envuelta en una toalla de baño. Tenía poco más de veinte años, era rubia, de movimientos elegantes y una naturalidad cautivadora. Alrededor de sus perfectos pies se formaban charcos. «Impúdicamente joven», pensó Nancy con amargura, sorprendida por su reacción ante la extraña: un ataque de celos.
—Oh, hola —dijo la joven—. Soy Laura.
—Yo soy Nancy.
Hubo una larga e incómoda pausa hasta que Laura dijo:
—Will no está.
—Lo sé. Me ha pedido que venga a buscar una cosa.
—Adelante, yo salgo enseguida —dijo Laura volviendo al cuarto de baño.
Nancy intentó encontrar la factura de la televisión antes de que la otra volviera a aparecer, pero ella estaba siendo muy lenta y Laura muy rápida. Salió descalza, con téjanos, camiseta y el pelo envuelto en la toalla como un turbante. La cocina era demasiado pequeña para las dos.
—La factura de la tele —dijo Nancy con voz débil.
—Es fatal con las AD —dijo Laura, y ante la incomprensión de Nancy, añadió—: Actividades Diarias.
—Ha estado bastante ocupado —dijo Nancy en su defensa.
—¿Y tú... de qué lo conoces? —preguntó Laura, indagando.
—Trabajamos juntos. —Nancy se preparó para su siguiente respuesta: No, no soy su secretaria.
En lugar de esto le sorprendió escuchar:
—¿Eres una agente?
—Sí. —Imitó a Laura—: ¿Y tú de qué lo conoces?
—Es mi padre.
Una hora después todavía estaban hablando. Laura bebía vino, Nancy agua del grifo con hielo, dos mujeres unidas por un vínculo desesperante: Will Piper.
Una vez que dejaron claros sus respectivos papeles, se dedicaron la una a la otra. Nancy parecía aliviada de que aquella mujer no fuera la novia de Will. Laura parecía aliviada de que su padre tuviera una compañera de trabajo normal. Laura había tomado el tren desde Washington por la mañana para acudir a una cita de última hora. Cuando vio que no podía localizar a su padre para preguntarle si podía pasar la noche allí, decidió que probablemente estaría fuera de la ciudad y entró con su propia llave.
Al principio Laura se mostraba tímida, pero la segunda copa de vino descorchó una agradable fluidez. Solo se llevaban seis años, así que pronto encontraron un terreno común más allá de Will. Al contrario que su padre, Laura era una persona culta cuyos conocimientos en arte y música rivalizaban con los de Nancy. Compartían un museo favorito: el Metropolitan; una ópera favorita: La Bohéme; y un pintor favorito: Monet.
Espeluznante, de acuerdo, pero gracioso.
Laura había terminado sus estudios hacía dos años y se ganaba la vida haciendo un trabajo de oficina a tiempo parcial. Vivía en Georgetown con su novio, un estudiante de posgrado de periodismo en la American University. A esa edad tan tierna, estaba a punto de cruzar lo que ella consideraba un umbral importante. Una pequeña, pero prestigiosa editorial estaba considerando seriamente publicar su primera novela. Aunque había escrito desde la adolescencia, un profesor de inglés del instituto la había reprendido por darse el nombre de escritora antes de que su obra se hubiera publicado. Y ella deseaba desesperadamente decir que era escritora.
Laura se sentía insegura y cohibida, pero sus amigos y profesores la habían animado. Le dijeron que su libro era publicable, y ella tuvo la inocencia de mandar su manuscrito, sin agente y sin que nadie se lo hubiera pedido, a una docena de editoriales, y después se puso a escribir el guión, ya que también lo veía como una película. El tiempo pasó y se fue acostumbrando a los pesados paquetes que encontraba en su puerta, su manuscrito devuelto más una carta de rechazo, nueve, diez, hasta once veces, pero la duodécima nunca llegó. Lo que llegó fue una llamada, de Elevation Press, en Nueva York, expresándole su interés y preguntándole si estaría dispuesta a hacer algunos cambios y reenviarlo sin que ello supusiera un compromiso. Ella accedió inmediatamente y la corrigió siguiendo las pautas que le habían dado. El día anterior había recibido un correo electrónico del editor en el que la invitaba a sus oficinas, algo aterrador y al mismo tiempo prometedor.
A Nancy le pareció que Laura era fascinante, como echar un vistazo en una vida alternativa. Los Lipinski no eran escritores ni artistas, eran tenderos o contables, dentistas o agentes del FBI. Y le intrigaba saber cómo el ADN de Will había sido capaz de producir esa criatura encantadora e intachable. La respuesta tenía que hallarse en la madre.
De hecho, la madre de Laura, la primera esposa de Will, Melanie, escribía poesía y enseñaba escritura creativa en una comunidad universitaria de Florida. El matrimonio, según le contó Laura, había durado lo suficiente para su concepción, nacimiento y fiesta de su segundo cumpleaños; luego Will lo hizo añicos. Laura se crió con las palabras «tu padre» proferidas casi como insultos.
Su padre era un fantasma. Se enteraba de lo que pasaba en su vida de segundas, atenta a lo que se les escapaba a su madre y sus tíos. Se lo imaginaba gracias al álbum de bodas: ojos azules, grande y sonriente. Abandonó la oficina del sheriff y se unió al FBI. Volvió a casarse. Se divorció de nuevo. Bebía. Era un mujeriego. Un cabrón que solo se salvaba porque pagaba la manutención de su hija. Y nunca se molestaba en llamar o enviar una carta.
Un día Laura lo vio en la tele, lo entrevistaban con motivo de algún horrible asesino. Vio el nombre Will Piper en la pantalla, reconoció los ojos azules y la mandíbula cuadrada, y la chica de quince años lloró a mares. Empezó a escribir relatos sobre él o sobre lo que imaginaba de él. Y ya en la universidad, emancipada de la influencia materna, hizo el trabajo propio de un detective y lo encontró en Nueva York. Desde entonces llevaban una relación cercana a lo filial y provisoria. Él era la inspiración de su novela.
Nancy le preguntó el título.
—Bola de demolición —contestó Laura.
Nancy se rió.
—Supongo que le va como anillo al dedo.
—Sí, es una bola de demolición, pero también lo son el alcohol, los genes y el destino. Me refiero a que el padre y la madre de papá eran alcohólicos. Tal vez no tuviera escapatoria.—Se sirvió otra copa de vino y la agitó a modo de brindis. Ahora su discurso era un tanto espeso—. Tal vez tampoco yo la tenga.

Nelson Elder llegaba al camino que llevaba a su casa, una mansión de seis habitaciones en The Hills, Summerlin, cuando sonó su teléfono móvil. En el identificador ponía número privado. Contestó y dirigió su enorme Mercedes hasta una de las plazas de garaje.
—¿Señor Elder?
—Sí, ¿quién es?
La voz del remitente estaba salpicada de tensión, casi era un chillido.
—Nos conocimos hace unos meses en el Constellation. Me llamo Peter Benedict.
—Lo siento, no me acuerdo.
—Pillé a los que contaban en el blackjack.
—¡Ah, sí, ya me acuerdo! El informático. —«Qué raro», pensó Elder—. ¿Te di mi número de teléfono?
—Pues sí —mintió Mark. No había ningún teléfono en el mundo que no fuera capaz de conseguir—. ¿Le molesto?
—Claro que no. ¿En qué puedo ayudarte?
—Bueno, lo cierto, señor, es que soy yo quien querría ayudarle.
—¿Y eso?
—Su compañía tiene problemas, señor Elder, pero yo puedo salvarla.
Mark respiraba entrecortadamente y temblaba. Tenía el teléfono móvil sobre la mesa de la cocina, aún con el calor de su mejilla. Cada uno de los pasos de su plan había sido una dura prueba, pero este era el primero que requería interacción humana y el pánico tardaba en disiparse. Nelson Elder se encontraría con él. Un movimiento de ajedrez más y la partida sería suya.
Entonces sonó el timbre de la puerta y le lanzó al siguiente estadio de hiperactividad involuntaria. Rara vez recibía visitas sin anunciar, así que del miedo casi salió disparado a su habitación. Se calmó, avanzó hacia la puerta, indeciso, y la entreabrió un poco.
—¿Will? —preguntó sin dar crédito—. ¿Qué haces tú aquí? Will se quedó allí con una enorme sonrisa en el rostro.
—No me esperabas, ¿eh?
Se dio cuenta de que Mark estaba incómodo, como un castillo de naipes que intentaba mantener la compostura.
—No, no te esperaba.
—Ya ves, estaba en la ciudad por un asunto de trabajo y he pensado en venir a verte. ¿Te pillo en mal momento?
—No, está bien —dijo Mark mecánicamente—. Solo que no esperaba a nadie. ¿Quieres pasar?
—Claro. Pero solo estaré un rato. Me sobraba un poco de tiempo antes de ir al aeropuerto.
Will le siguió hasta el salón y se percató de la tensión y la incomodidad en la voz aguda y el rígido andar de su antiguo compañero de habitación. No podía evitar hacerle la radiografía. No se trataba de ningún truco barato. Siempre había tenido el don, la habilidad para hacerse una idea de los sentimientos del otro, sus conflictos y emociones, en un abrir y cerrar de ojos. De pequeño usaba su perspicacia natural para diseñar un espacio triangular de protección entre sus alcohólicos padres, diciendo y haciendo las cosas apropiadas en la cantidad apropiada para satisfacer sus necesidades y preservar en cierta medida el equilibrio y la estabilidad del hogar.
Siempre había hecho uso de ese talento en su propio beneficio. En su vida personal lo usaba como los libros de autoayuda, para ganar amigos y ejercer influencia sobre la gente. Las mujeres de su vida decían que lo utilizaba para manipularlas al máximo. Y en lo que concernía a su profesión, le había dado una ventaja tangible respecto a los criminales que poblaban su mundo.
Will se preguntaba por qué Mark se sentía tan incómodo, ¿algún tipo de desorden de la personalidad, fóbico, misántropo, o algo relacionado con su visita?
Se sentó en un sofá más duro que una piedra e hizo lo posible por encontrarse cómodo.
—¿Sabes? Después de que nos viéramos en la reunión, me sentía mal por no haber hecho el esfuerzo de ponerme en contacto contigo en todos estos años. —Mark estaba sentado frente a él, mudo, con las piernas cruzadas y en tensión—. Así que, como solo me quedo hoy y casi nunca vengo por Las Vegas, ayer cuando iba de camino al hotel alguien señaló hacia la lanzadera de Área 51 y pensé en ti.
—¿En serio? —preguntó Mark con voz ronca—. ¿Y eso por qué?
—Allí es donde insinuaste que trabajabas, ¿no?
—Ah, ¿sí? No recuerdo haberlo dicho.
Will recordó el extraño comportamiento de Mark cuando salió el tema de Área 51 en la cena. Parecía un tema prohibido. En realidad, no le importaba, tanto daba. Estaba claro que Mark tenía un trabajo de seguridad de altos niveles y se lo tomaba en serio. Mejor para él.
—Bueno, da igual. No me importa dónde trabajes, simplemente hice esa asociación de ideas y decidí pasarme por aquí, eso es todo.
Mark seguía pareciendo escéptico.
—¿Y cómo me has encontrado? No estoy en los listados.
—Como si no lo supiera. Lo admito: consulté una base de datos de la oficina local del FBI cuando vi que el número de localización de abonados no funcionaba. Y no salías en el radar, chaval. ¡Debes de tener un trabajo muy interesante! Así que llamé a Zeckendorf para ver si tenía tu número de teléfono. No lo tenía, pero debiste de darle tu dirección a su mujer para que te enviara esa foto. —Señaló la foto que había en la mesa—.Yo también puse la mía en la mesilla del salón. Supongo que somos un par de sentimentales. No tendrás nada de beber, ¿no?
Will vio que Mark respiraba con más tranquilidad. Había conseguido romper el hielo. Probablemente tenía algún tipo de desorden de ansiedad social y necesitaba tiempo para entrar en calor.
—¿Qué te gustaría beber? —preguntó Mark.
—¿Tienes whisky?
—Lo siento, solo cerveza.
—Todos los caminos llevan a Roma.
En cuanto Mark se fue a la cocina, Will se puso en pie y echó un vistazo alrededor por pura curiosidad. El salón estaba escasamente amueblado con objetos modernos a impersonales que podrían haber estado en el vestíbulo de cualquier espacio público. Todo muy ordenado, ni cosas amontonadas ni ningún toque femenino. Conocía ese estilo de decoración fría. La brillante estantería cromada estaba llena de libros de informática y manuales de programación ordenados según la altura, de manera que las hileras quedaran lo más rectas posible.
En el escritorio lacado en blanco, junto a un portátil cerrado, había dos finos manuscritos con anillas metálicas. Echó un vistazo a la portada del que había encima: CONTADORES: UN GUIÓN DE PETER BENEDICT, AEA # 4235567. «¿Quién será Peter Benedict? —se preguntó—, el álter ego literario de Mark u otra persona?» Junto a los guiones había dos rotuladores negros. Casi se le escapó una carcajada. Pentel ultrafinos. Esos puñeteros estaban por todas partes. Cuando Mark volvió con las cervezas, Will estaba de nuevo en el sofá.
—Cuando estuvimos en Cambridge, ¿no mencionaste que escribías? —preguntó Will.
—Escribo.
—¿Son tuyos esos guiones? —Los señaló.
Mark asintió y tragó saliva.
—Mi hija también es escritora o algo así. ¿Sobre qué escribes?
Mark comenzó con indecisión, pero se relajó a medida que hablaba de su guión más reciente. Cuando Will hubo acabado con su cerveza ya lo sabía todo sobre casinos, contadores de cartas y agentes de talentos de Hollywood. Para alguien tan reticente, aquello era hablar por los codos. Durante la segunda cerveza pudo saborear un aperitivo de lo que había sido la vida de Mark después de la universidad y antes de Las Vegas, un paisaje inhóspito en el que había pocos vínculos personales y un trabajo interminable con los ordenadores. Durante la tercera cerveza Will correspondió con detalles sobre su propio pasado, matrimonios amargos, relaciones rotas y todo eso; Mark escuchaba con aparente fascinación, con un asombro creciente al saber que la vida del chico de oro, que él había creído perfecta, era cualquier cosa menos eso. Al mismo tiempo, punzadas de culpabilidad cada vez más intensas consiguieron que Will se sintiera incómodo.
Tras ir al baño, regresó al salón y anunció que tenía que marcharse, pero que antes quería sacarse una espinita.
—Quiero pedirte disculpas.
—¿Por qué?
—Cuando pienso en nuestro primer año me doy cuenta de que era un capullo. Tendría que haberte ayudado más, hacer que Alex te dejara tranquilo. Fui un tonto del culo y lo siento. —No mencionó el incidente de la cinta americana. No era necesario.
Mark rompió a llorar sin poder evitarlo; parecía muy avergonzado.
—Yo...
—No tienes que decir nada. No quiero que te sientas incómodo.
Mark se sorbió los mocos.
—No, mira, te lo agradezco. Creo que en realidad no nos conocíamos.
—Una verdad como un templo. —Will se metió las manos en los bolsillos en busca de las llaves del coche—. Bueno, gracias por las cervezas y la charla. Tengo que largarme.
Mark respiró hondo.
—Creo que ya sé por qué has venido a la ciudad —dijo finalmente—. Te vi por la tele.
—Sí, el caso Juicio Final. La conexión de Las Vegas. Claro.
—Hace años que te veo en la tele. Y he leído todos los artículos de las revistas.
—Sí, he tenido mis momentos de gloria en los medios.
—Debe de ser excitante.
—Créeme, no lo es.
—¿Y cómo va? Me refiero a la investigación.
—Pues tengo que decirte que es como un grano en el culo. No quería tomar parte en ello. Lo único que intentaba era deslizarme tranquilamente hacia el camino de la, jubilación.
—¿Algún progreso?
—Está claro que eres un tipo que sabe guardar un secreto, así que ahí va uno: no tenemos ni una puta pista.
Mark parecía un poco cansado.
—No creo que vayáis a coger al tipo —dijo.
Will lo miró con cara de estupefacción.
—¿Por qué dices eso?
—No sé. Por lo que he leído, parece bastante listo.
—No, no, no. Lo voy a pillar. Siempre los pillo.


28 de junio de 2009,
Las Vegas

La llamada de Peter Benedict desconcertó a Elder. Recibir una oferta para ayudar a Desert Life por parte de un hombre al que había visto una vez en el casino era de lo más inquietante. Y estaba casi seguro de que no le había dado el número de su teléfono móvil. Si añadía eso al repentino interés que el FBI mostraba por él y su empresa, aquello tenía todo el aspecto de convertirse en un fin de semana problemático. Cuando había problemas prefería estar rodeado de su gente en la compañía, como un general entre sus tropas. No le importaba hacer venir a su equipo ejecutivo durante una crisis para que trabajaran los sábados y domingos, pero necesitaba ocuparse de aquello él solo. Incluso Bert Myers, su confidente y consejero, tendría que quedarse fuera hasta que supiera con qué se las tenía que ver.
Solo Myers y él conocían el alcance de los problemas de Desert Life porque ellos dos eran los únicos artífices preparados para sacar a la compañía de su agujero financiero. Sin duda el mejor adjetivo para calificar ese sistema era «fraudulento», pero Elder prefería pensar en él como «agresivo». El plan se hallaba en su estadio más primitivo, pero desafortunadamente aún no estaba en funcionamiento. De hecho, les había salido el tiro por la culata y el agujero cada vez era más grande. Desesperados, habían decidido mover algo del dinero de sus reservas para aumentar artificialmente los beneficios del último trimestre y apuntalar el precio de la compañía en el mercado de valores. Era un terreno peligroso, un camino infernal que podía no tener salida. Lo sabían, pero estaban perdidos y había que intentar hacer algo. Las cosas cambiarían en el siguiente trimestre, pensaba Elder.
Tenía que hacerse. Había construido esa compañía con sus propias manos. Le había dedicado su vida y era su único amor verdadero. Para él significaba mucho más que su arisca esposa de club de campo y su malcriada prole, y tenía que salvarla, así que si ese Peter Benedict tenía una idea viable, estaba en la obligación de escucharle.
La columna vertebral de los negocios de Desert Life eran los seguros de vida. La compañía era la mayor suscriptora de pólizas de seguros de vida al oeste del Mississippi. Elder había hecho sus primeros pinitos en el negocio como corredor de seguros. La capacidad de la estadística para predecir el índice de mortalidad era algo que siempre le había resultado atractivo. Si intentabas predecir el tiempo de vida de un individuo y, apostar dinero en ello, te equivocarías con demasiada frecuencia para sacar un beneficio consistente. Para intentar hacerse una idea del riesgo que supone cada individuo, los aseguradores contaban con la «ley de los grandes números» y dedicaban ejércitos de actuarios y estadistas a realizar análisis de actuaciones del pasado que ayudaran a predecir el futuro. Aunque no pudieran calcular qué prima había que cobrarle a cada individuo para sacar dinero con ello, sí podían predecir con seguridad la viabilidad del seguro, digamos, para un varón no fumador de treinta y cinco años que diera negativo en pruebas de narcóticos y tuviera antecedentes familiares de enfermedad coronaria.
Aun así, los márgenes de beneficio eran muy estrechos. Por cada dólar que Desert Life recibía como prima, treinta centavos se dedicaban a gastos, la mayor parte para cubrir pérdidas, y lo poco que quedaba eran beneficios. Los beneficios en el juego de las aseguradoras venían por dos caminos: beneficios de seguros e ingresos de inversión.
Las aseguradoras son grandes inversoras que ponen en juego miles de millones de dólares a diario. El dinero que se recuperaba de esas inversiones era la piedra angular del negocio. Incluso había empresas que aseguraban con pérdidas, haciendo primas de un dólar y esperando pagar más de ese dólar en pérdidas y gastos pero con la esperanza de recuperarse con los ingresos de inversión. A Elder esa estrategia le parecía despreciable, pero su avidez por recuperar las inversiones era grande.
Los problemas de Desert Life tenían que ver con su expansión. A lo largo de los años, a medida que hacía crecer el negocio y expandía su imperio a través de las adquisiciones, había diversificado la empresa para que no dependiera de los seguros de vida. Había dado el salto a los seguros de vivienda y de automóvil personales y para propietarios, seguros que suponían pérdidas y un engorro para los negocios.
Durante años el negocio fue a más, pero hubo un momento en que las tornas cambiaron. «Huracanes, malditos huracanes», gruñía entonces en voz alta aunque estuviera solo. Uno tras otro se abalanzaban sobre Florida y la costa del golfo de México y acababan con sus márgenes de beneficio. Sus excedentes de reserva, el dinero disponible para pagar futuros reembolsos, estaban cayendo a niveles de alarma total. El Estado y los reguladores de seguros federales lo estaban percibiendo, así como Wall Street. Sus acciones bajaban en picado y eso estaba haciendo que su vida se convirtiera en algo parecido al infierno de Dante.
Bert Myers, genio financiero, al rescate.
Myers no era asegurador sino inversor de banca. Elder lo había contratado hacía unos años para que le ayudara en su estrategia de expansión. Tal como estaba el mundo de los financieros de las grandes compañías, se podía decir que Myers era un cuchillo afilado dentro de un cajón muy grande, uno de los hombres más listos de la bolsa.
Frente a esos pobres beneficios, Myers trazó un plan. No podía frenar a la madre naturaleza ni todas esas reclamaciones por daños contra la compañía, pero podía aumentar la recuperación del dinero invertido «caminando por la cuerda floja», como él dijo. Los reguladores del gobierno, por no hablar de sus propios estatutos internos, les imponían estrictas restricciones en el tipo de inversiones que podían hacer, la mayoría de las cuales eran incursiones sin riesgo en el mercado de valores de poca monta e inversiones conservadoras en hipotecas, préstamos personales y propiedades inmobiliarias.
No podían tomar sus preciadas reservas y apostarlas por ahí en la ruleta. Pero Myers había echado el ojo a un fondo de inversión que llevaban unos linces de las matemáticas de Connecticut que habían cosechado unos beneficios enormes gracias a las fluctuaciones de la moneda internacional. El fondo, International Advisory Partners (IAP), estaba al margen de todo desde la perspectiva del riesgo, e invertir en él no era una posibilidad para una compañía como Desert Life. Pero una vez que Elder dio el visto bueno al plan, Myers creó una sociedad inmobiliaria fantasma y convirtió más de mil millones de dólares de las reservas en dinero de ese fondo de inversiones con la esperanza de que sus descomunales rentas repararan el estado de los beneficios en sus cuentas.
Pero Myers no eligió el momento adecuado. IAP usó la inyección monetaria de Desert Life para apostar por una caída relativa del yen frente al dólar, ¿y no es cierto que el ministro de Economía japonés lo arruinó todo al hacer unas declaraciones contrarias a la política monetaria de los japoneses?
Primer trimestre: una caída del catorce por ciento en las inversiones. Los chicos de IAP no dejaban de insistir en que eso era una anomalía y que su estrategia era buena. Myers tan solo tenía que aguantar y todo saldría a pedir de boca. Así que en el calor del desierto las palmeras de su oasis comenzaban a exudar, pero se agarraban a ellas tan fuerte como podían.
Elder decidió quedar con Peter Benedict un domingo por la mañana para mantener el asunto lo más discreto y apartado posible de la oficina. Una hamburguesería de segunda en el norte de Las Vegas le pareció un local que no frecuentarían ni sus amigos ni sus empleados, así que, con el olor del sirope de arce metido en sus narices, vestido con pantalones de golf de popelina blanca y un fino jersey de cachemira naranja, se sentó y esperó. Como no estaba seguro de acordarse del aspecto que tenía el tipo, dio un repaso a todos los clientes.
Mark llegó unos minutos tarde, una presencia sin pretensiones, con vaqueros y su sempiterna gorra de los Lakers; llevaba un sobre grande. Fue él quien vio primero a Elder, se armó de valor y se dirigió hacia la mesa. Elder se levantó y le tendió la mano.
—Hola, Peter, me alegra volver a verte.
Mark se sentía tímido, incómodo. La cultura de Elder exigía un poco de charla banal pero él en eso era nefasto. Como el blackjack era el único terreno que tenían en común, Elder habló de cartas durante unos minutos y luego insistió en que pidieran el desayuno. Mark se distrajo con las palpitaciones que sentía en el pecho; empezaba a preocuparle que se convirtieran en algo patológico. Bebió un trago de agua con hielo e intentó controlar su respiración, pero su corazón iba a cien por hora. ¿No sería mejor que se levantara y se fuera?
Ya era demasiado tarde para eso.
La charla trivial obligatoria llegó a su fin y Elder se puso manos a la obra. Una vez hechas las cortesías, su tono de voz se tornó inflexible.
—Bueno, Peter, dime, ¿por qué crees que mi empresa tiene problemas?
Mark no tenía una formación financiera pero había aprendido a leer estados de cuentas en Silicon Valley. Empezaba diseccionando los extractos de la declaración de la renta de su propia compañía y luego pasaba a otras compañías de alta tecnología en busca de buenas inversiones. Cuando daba con un concepto de contabilidad que no entendía, leía sobre él hasta que sus conocimientos eran dignos del mejor inspector de Hacienda. La capacidad de su cerebro era tal, que la lógica y las matemáticas de la contabilidad le parecían triviales.
Ahora, con voz coartada, comenzó mecánicamente su perorata sobre todas las sutiles anomalías del último formulario 10—Q emitido por Desert Life, la declaración fiscal del último trimestre que archiva el gobierno. Había detectado leves trazas de fraude que nadie de Wall Street había percibido. Incluso adivinó que la empresa podía estar pescando en aguas prohibidas para obtener altos rendimientos de los réditos.
Elder le escuchaba con una fascinación turbadora.
Cuando Mark terminó, Elder cortó un trozo de gofre, le dio un bocadito y lo masticó con calma. Una vez se lo hubo tragado, dijo:
—No te voy a decir si te equivocas o no. Pongamos que simplemente me cuentas cómo piensas que puedes ayudar a Desert Life.
Marx tomó el sobre que hasta entonces había tenido sobre sus rodillas y lo puso sobre la mesa. No dijo nada, pero Elder supo que tenía que abrirlo. Dentro había un montón de recortes de periódico.
Todos ellos eran sobre el asesino del Juicio Final.
—¿Qué carajo es esto?
—Es mi manera de salvar su compañía —susurró Mark. El momento le sobrepasaba y se sentía mareado.
Y entonces el momento pareció desvanecerse.
Elder reaccionó de manera visceral y comenzó a incorporarse.
—¿Eres un maníaco de esos o qué? Para que lo sepas, conozco a una de las víctimas.
—¿Cuál de ellas? —gruñó Mark.
—David Swisher. —Se buscó la cartera para pagar.
Mark hizo acopio de todo su valor y dijo:
—Debería sentarse. Él no fue una víctima.
—¿Qué quieres decir?
—Por favor, siéntese y escúcheme.
Elder se sentó.
—Le diré una cosa. No me gusta nada el rumbo que está tomando esta conversación. Tiene un minuto para explicarse, de lo contrario me voy de aquí, ¿me entiende?
—Bueno, supongo que fue una víctima. Pero no fue una víctima del asesino del Juicio Final.
—¿Y cómo sabe usted eso?
—Porque el asesino del Juicio Final no existe.


6 de julio de 795,
Vectis, Britania

El abad Josephus vio su reflejo en una de las largas ventanas de la casa capitular. Fuera estaba a oscuras, pero en el interior aún no habían apagado las velas, de modo que la ventana tenía las cualidades de un cristal reflectante.
Tenía una panza prominente y una buena papada, y era el único varón de la comunidad que no iba tonsurado; no podía porque estaba completamente calvo.
Un joven monje, un ibérico de pelo negro y barba tan poblada como la piel de un oso, golpeó la puerta y entró con un apagavelas. Hizo una inclinación de cabeza y se puso a realizar su tarea.
—Buenas tardes, padre. —Su acento era empalagoso como la miel.
—Buenas tardes, José.
El abad favorecía a José entre los más jóvenes de los hermanos a causa de su intelecto, su habilidad como ilustrador de manuscritos y su buen humor. Rara vez se le veía apesadumbrado, y cuando se reía, al viejo su risa le recordaba las carcajadas que había escuchado tantos años atrás de la boca de su amigo Matthias, el herrero que había forjado la campana de la abadía.
—¿Cómo está el aire esta noche? —preguntó el abad.
—Perfumado, padre, y lleno del cricrí de los grillos.
Cuando la casa capitular estuvo a oscuras, José dejó un par de velas en los aposentos del abad, una en su mesa de estudio y la otra en la mesilla de noche, y le deseó buenas noches a su superior. Una vez a solas, Josephus se arrodilló junto a la cama y pronunció la misma plegaria que recitaba todos los días desde que se convirtió en abad:
—Querido Señor, bendice por favor a este humilde servidor que se esfuerza por honrarte cada día y dame fuerzas para ser el pastor de esta abadía y para servir a tus propósitos. Y bendice a tu vasallo Octavus, que trabaja duro sin cesar para cumplir tu misión divina, ya que tú mandas en su mano como mandas en nuestro corazón y nuestra mente. Amén.
Tras esto, Josephus sopló la última vela y se metió en la cama.

Cuando el obispo de Dorchester le preguntó a su nuevo abad a quién quería poner de prior, Josephus no dudó un segundo en proponer a la hermana Magdalena. No había otra persona mejor preparada para tal tarea. No había quien superara su sentido de la obligación y la responsabilidad. Pero Josephus también tenía otro motivo, el cual siempre le hacía sentirse mal. Necesitaba su cooperación para proteger la misión que él creía que Octavus debía cumplir.
Ella era la primera priora de Vectis, y rezaba fervientemente para que se le perdonara el orgullo que sentía a diario. Josephus le permitió que atendiera todos los detalles de la administración de la abadía, tal como él había hecho para Oswyn, y escuchaba pacientemente los informes que todos los días exponía de manera enérgica acerca de los abusos y transgresiones. Josephus se daba cuenta de que Vectis era ahora más eficiente y estaba más reglamentado que cuando se hallaba bajo su priorato. Sí, tal vez había más enfados tontos por minucias, pero él solo se dignaba intervenir cuando percibía que las acciones de Magdalena eran crueles o excesivas.
Prefería centrar su atención en los rezos, la finalización de la construcción de la abadía y, por supuesto, el chico, Octavus.
Estas dos últimas preocupaciones se cruzaban en el scriptorium. Cuando Oswyn murió, Josephus revisó los planes para el nuevo scriptorium y decidió que debía ser más grande, pues creía firmemente que los textos y libros sagrados que elaboraban en Vectis formaban parte de una obra vital para la mejora de la humanidad. Podía prever un futuro en el que habría incluso más monjes que entonces produciendo más manuscritos, y la abadía y la cristiandad entera se verían elevadas por sus esfuerzos.
Aparte de eso, quería que construyeran una cámara privada, un sanctorum dentro del mismo edificio, donde Octavus podría hacer su trabajo sin impedimentos. Tenía que tratarse de un lugar especial, protegido, donde pudiera transcribir todos los nombres que tenía en su interior y verterlos en la página cual la cerveza de un barril.
La bodega del scriptorium era oscura y fría, el lugar perfecto para el almacenamiento de largas láminas de pergamino y botes de tinta, pero apto también para un chico que no deseaba jugar a la luz del sol ni pasear por los campos. A un lado de la bodega se construyó una habitación con un tabique de separación; allí, tras una puerta cerrada, bajo la perpetua oscuridad de la luz de las velas vivía Octavus. Su única motivación era sentarse en el banco, apoyarse en el pupitre, humedecer su pluma con furia una y otra vez y garabatear en el papel hasta que caía al suelo fatigado y tenían que llevarlo a la cama.
A causa del fervor de su vocación, Octavus rara vez dormía más que unas pocas horas al día, y siempre se despertaba sin que lo avisaran, aparentemente con energías renovadas. Por temprano que Paulinus llegara al scriptorium, siempre encontraba al chico trabajando. Una de las hermanas jóvenes o una novicia le llevaba la comida, evitando todo contacto con su obra. Tras esto, vaciaba la bacinilla y llevaba velas nuevas. Paulinus recogía las preciosas páginas ya acabadas, y cuando tenía el número suficiente hacía con ellas unos pesados y espesos libros con falsas cubiertas.
Cuando Octavus pasó de ser un niño a un jovencito, su cuerpo se alargó cual la masa caliente estirada por el panadero. Tenía las extremidades largas y flacas, casi como de goma, y la tez como la masa del pan, pálida, sin rastro de coloración. Incluso los labios los tenía blanqueados, tan solo con un leve rubor rosado. Si Paulinus no hubiera visto las gotas carmesí que caían de los cortes que se hacía en los dedos con el pergamino, habría supuesto que el chaval no tenía sangre en las venas.
Al contrario que la mayoría de los chicos, que cuando maduran pierden la delicadeza de su rostro, la mandíbula de Octavus no se hizo más cuadrada, y tampoco se le agrandó la nariz. Conservaba una fisonomía infantil que desafiaba toda explicación, pero al fin y al cabo su propia existencia desafiaba toda explicación. Su fino pelo seguía siendo color zanahoria. Cada mes, más o menos, Paulinus llamaba al barbero para que se lo recortara mientras escribía o, aún mejor, mientras dormía, y entonces aquellos mechones de pelo naranja cubrían el suelo hasta que una de las muchachas que le atendían los barría.
Las chicas, que tenían permiso para darle de comer y retirar sus desperdicios bajo el juramento de guardar el secreto, se sentían intimidadas por su callada belleza y su concentración absoluta, aunque había una novicia de quince años, descarada y picara, llamada Mary que a veces hacía infructuosos intentos para atraer su mirada tirando una copa o haciendo ruido con los platos.
Sin embargo, nada distraía a Octavus de su trabajo. Los nombres se apresuraban a salir de su pluma a la página a cientos, miles, decenas de millares.
A menudo, Paulinus y Josephus se quedaban frente a él y observaban el frenético arañar de su pluma como si aquello fuera un sueño. Aunque muchas de las entradas estaban escritas con el alfabeto romano, otras muchas no. Paulinus reconocía el árabe, el arameo, la caligrafía hebrea, pero había muchas otras que no era capaz de descifrar. El ritmo del chico era agitado y desafiaba la ausencia de tensión y urgencia en su rostro. Cuando la pluma se quedaba roma, Paulinus la sustituía por otra y el chico seguía haciendo sus letras pequeñas y apretadas. Aprovechaba tanto las páginas, que cuando terminaba eran más negras que blancas. Y cuando no quedaba más espacio, le daba la vuelta y seguía escribiendo, tal vez en aras de un sentido innato de la eficiencia o del ahorro. Octavus solo iba a por otra hoja cuando había rellenado las dos caras. Paulinus, que estaba artrítico y tenía un perpetuo nudo en el estómago, inspeccionaba cada una de las páginas completadas preguntándose si encontraría en ellas algún nombre que le interesara especialmente: Paulinus de Vectis, por ejemplo.
A veces Paulinus y Josephus hablaban de lo maravilloso que sería preguntarle al chico lo que pensaba acerca de su obra vital y que les ofreciera una explicación convincente. Pero eso habría sido como pedirle a una vaca que explicara qué significaba para ella su existencia. Octavus nunca cruzaba su mirada con la de ellos, jamás respondía a sus palabras, no mostraba emoción alguna ni hablaba. A lo largo de los años, los dos envejecidos monjes habían discutido con frecuencia el sentido del trabajo de Octavus en el contexto bíblico. Dios, el omnisciente y eterno, conoce todas las cosas del pasado y del presente, pero también del futuro; ambos coincidían en eso. Seguramente todos los acontecimientos del mundo estaban determinados por obra y fuerza de la visión de Dios, y daba la impresión de que el Creador había elegido al milagrosamente nacido Octavus como la pluma viviente que registrara lo que había de pasar.
Paulinus poseía una copia de los trece libros escritos por san Agustín, sus Confesiones. Los monjes de Vectis tenían en alta estima estos volúmenes, ya que san Agustín era para ellos un adalid espiritual, solo por detrás de san Benito. Josephus y Paulinus estudiaron minuciosamente aquellos volúmenes y casi podían oír al venerable santo hablarles a través del tiempo: «Dios decide el destino eterno de cada persona. Su destino depende de la elección del Señor».
¿No era acaso Octavus la prueba manifiesta de tal afirmación?
Al principio Josephus guardaba los libros encuadernados en cuero en una estantería de una pared de la celda de Octavus. Cuando el chico tenía diez años, ya había llenado diez voluminosos libros, por lo que Josephus construyó una segunda estantería. A medida que Octavus iba creciendo, su mano se volvía más rápida, y en los últimos años producía a un ritmo de diez libros al año. Cuando el número total de libros excedió los setenta y amenazaban con abarrotar su celda, Josephus decidió que aquellos libros debían tener un lugar propio.
El abad desvió a los obreros de otros proyectos de construcción en la abadía para comenzar una excavación en la parte más alejada de la bodega del scriptorium, al otro lado de la celda de Octavus. Los copistas que trabajaban en la sala principal de arriba se quejaron de los ruidos de las palas y los picos, pero a Octavus no le molestaba en absoluto el jaleo y seguía a lo suyo.
Con el tiempo, Josephus consiguió tener una biblioteca para la creciente colección de Octavus, una cámara de mampostería, fresca y seca. Ubertus supervisó personalmente los trabajos de albañilería; era consciente de que su hijo estaba detrás de aquella puerta cerrada, pero no tenía ningún interés en ver al chico. Ahora pertenecía al Señor, no a él.
Josephus seguía un estricto código de secretismo en lo que concernía a Octavus. Tan solo Paulinus y Magdalena conocían la naturaleza de su trabajo, y fuera de ese círculo interno solo las pocas chicas que le atendían tenían contacto directo con él. Evidentemente, en una pequeña comunidad como era la abadía, corrían rumores sobre misteriosos textos y sagrados rituales protagonizados por aquel joven, al cual la mayoría había dejado de ver cuando era un crío. No obstante, Josephus era tan amado y respetado, que nadie cuestionaba la piedad y corrección de sus acciones. Había muchas cosas en este mundo que los habitantes de Vectis no comprendían, y esa tan solo era una más. Confiaban en Dios y en Josephus para que los mantuviera a salvo y les mostrara el camino correcto hacia la santidad.

El 7 de julio era el decimoctavo cumpleaños de Octavus.
Comenzó el día aliviando su vejiga en una esquina y encaminándose directamente a su escritorio para mojar su pluma en la tinta por primera vez en el día. Continuó escribiendo en el mismo espacio en el que lo había dejado. Varios cirios grandes, que permanecían encendidos incluso cuando él dormía, descansaban sobre sus pesados candelabros de hierro y bañaban la habitación con su luz amarilla chisporroteante. Parpadeó para humedecer sus legañosos ojos y se puso a trabajar.
Un nuevo nombre. Mors. Otro nombre. Natus. Y así una y otra vez.
Por la mañana temprano, Mary, la novicia, golpeó la puerta, y sin esperar una respuesta que ya sabía no llegaría, entró en la celda. Era una chica del pueblo, natural de la parte del sur de Vectis que miraba hacia Normandía. Su padre era un campesino con demasiadas bocas para alimentar; tenía la esperanza de que su vivaracha hija tuviera mejor vida como sierva de Dios que como pobretona segadora de trigo. Ese era el cuarto verano que pasaba en la abadía. La hermana Magdalena la tenía por una moza aplicada, rápida aprendiendo los rezos, pero tal vez con demasiado buen humor para su gusto. Era alegre y dada a comportarse de manera juguetona con sus compañeras novicias, como por ejemplo esconderles las sandalias o meterles bellotas en la cama. A no ser que su decoro mejorara, Magdalena tenía serias dudas de admitirla en la orden.
Mary le llevó una comida frugal en una bandeja: pan moreno y un trozo de panceta. Al contrario que las otras chicas, que se mostraban temerosas y nunca se dirigían a Octavus, ella le hablaba rápido, como si se tratara de cualquier otro joven. Ahora estaba frente a su escritorio intentando captar su atención. Su pelo castaño todavía era largo y lacio y se dejaba ver a través de su velo. Si llegaba a convertirse en hermana se lo cortarían, algo que ansiaba y al mismo tiempo temía. Era alta y de huesos robustos, desgarbada como un potrillo, guapa, con las mejillas siempre rojas como manzanas.
—Bueno, Octavus, hoy tenemos una preciosa mañana de verano, por si te interesa saberlo.
Le puso la bandeja sobre el escritorio. A veces Octavus ni tan siquiera tocaba la comida, pero ella sabía que le apasionaba la panceta. Puso la pluma sobre la mesa y empezó a masticar el pan y la carne.
—¿Sabes por qué hoy tienes panceta? —le preguntó. Comía con avaricia, mirando fijamente al plato—. ¡Porque hoy es tu cumpleaños! ¡Esa es la razón! —exclamó—. ¡Has cumplido dieciocho años! Si hoy quieres tomarte un buen descanso, dejar la pluma a un lado y darte un paseo al sol, yo se lo diré, y seguro que te lo permiten.
Octavus terminó su comida y se puso a escribir inmediatamente, restregando sus dedos llenos de grasa por el pergamino. Durante los dos años en que le había servido la comida, cada vez se había sentido más intrigada por el chico. Imaginaba que algún día ella conseguiría desatarle la lengua y que le contara todos sus secretos. Y se había convencido a sí misma de que había algo significativo en que cumpliera dieciocho años, como si el paso a la edad adulta rompiera el encantamiento y permitiera a ese joven de belleza extraña entrar en la fraternidad de los hombres.
—Ni siquiera sabías que era tu cumpleaños, ¿verdad? —dijo con frustración, intentando provocarle—. El 7 de julio. Todo el mundo sabe el día en que naciste porque eres especial, ¿no es cierto?
Metió la mano bajo el delantal y sacó un paquetito que llevaba escondido. Era del tamaño de una manzana, envuelto en un trocito de tela y atado con una tirilla de cuero.
—Te he traído un regalo, Octavus —le dijo con voz cantarina.
Como estaba detrás de él le puso el brazo por delante y colocó el paquete sobre la página, de modo que él no tuvo más remedio que parar. Se quedó mirando el paquete con la misma inexpresividad que dirigía a todas las cosas.
—Ábrelo —le apremió.
Él seguía mirándolo fijamente.
—¡Muy bien, entonces lo haré yo por ti!
Se inclinó por detrás de su espalda, rodeó su delgado torso con sus robustos brazos y se puso a abrir el paquete. Era un pastel redondo de color dorado que manchaba la tela con una pasta dulce.
—¡Mira, si es un pastel de miel! ¡Lo hice yo misma, solo para ti! —Mientras decía esto se apretaba contra él.
Tal vez sintiera sus firmes y pequeños pechos contra su fina camisa. Tal vez la cálida piel de su antebrazo rozándole la mejilla. Tal vez oliera la esencia de mujer de su cuerpo adolescente o los efluvios calientes de su boca mientras hablaba.
Octavus dejó caer la pluma y reposó la mano en su propio regazo. Respiraba con ansiedad y parecía angustiado. Asustada, Mary retrocedió unos pasos. No podía ver lo que hacía, pero parecía intentar agarrarse a sí mismo como si le hubiera picado una abeja. Oyó unos nudillos animalescos, como silbidos que se le escapaban entre los dientes.
De repente, se puso en pie y se dio la vuelta. Mary dio un grito ahogado y sintió que las piernas le fallaban.
Octavus llevaba los pantalones abiertos y en la mano tenía una enorme y erecta polla, más rosada que cualquier otra parte carnosa de su cuerpo.
Avanzó dando tumbos hasta donde ella estaba y tropezó con sus propias calzas cuando se aferró a sus pechos con aquellos largos y delicados dedos que eran como tentáculos con ventosas.
Cayeron los dos al sucio suelo.
Ella era mucho más fuerte que Octavus, pero la conmoción la había dejado tan débil como un gatito. Él le levantó los faldones siguiendo su instinto y dejó al descubierto sus cremosos muslos. Estaba entre sus piernas, empujando con violencia. Su cabeza se apoyaba bajo el hombro de ella, su frente se pegaba al suelo. Seguía emitiendo esos pequeños silbidos entrecortados. Mary era una chica de mundo. Sabía lo que le estaba pasando.
—¡Jesucristo Nuestro Señor, ten piedad de mí! —gritaba una y otra vez.
Cuando José, el monje ibérico, oyó por fin los gritos y corrió escalera abajo desde su pupitre de escribano de la galería principal, Mary estaba sentada contra la pared, llorando quedamente, con el vestido manchado de sangre y Octavus había vuelto a su escritorio, tenía los pantalones por los tobillos y la pluma corría sobre la página.
15 de julio de 2009,
Nueva York

Hacía un calor pegajoso y humeante, era una de esas tardes de muchísima humedad en las que el calor que irradia el asfalto parece un castigo. Los neoyorquinos se las veían y se las deseaban en esas aceras que eran como parrillas, las suelas de goma se reblandecían y las extremidades les pesaban por el esfuerzo de caminar sobre algo que parecía engrudo. El polo de Will se le pegó al pecho mientras cargaba con un par de pesadas bolsas de plástico llenas de cosas para montar una fiesta.
Abrió una cerveza, encendió uno de los fuegos y cortó una cebolla en juliana mientras la sartén se calentaba. El chisporroteo de la cebolla y el humo dulce que llenaba la cocina le resultaban agradables. Hacía bastante tiempo que no olía a cocina de verdad y ni se acordaba de la última vez que se había puesto a los fogones. Probablemente en los tiempos de Jennifer, pero todo lo acontecido en aquella relación se había vuelto borroso.
La ternera picada se estaba dorando cuando sonó el timbre de la puerta. Nancy llevaba un pastel de manzana y una tarrina de helado de yogur que empezaba a derretirse; llevaba unos vaqueros de cintura baja y una blusa corta y sin mangas.
Will se sentía relajado y ella lo notó. Tenía una cara más amable de lo habitual, la mandíbula menos contraída y los hombros menos hundidos. La recibió con una amplia sonrisa.
—Pareces feliz —dijo ella con cierta sorpresa.
Él le quitó la bolsa de las manos y se inclinó para darle un beso en la mejilla; el gesto les cogió a ambos por sorpresa.
Will dio un paso atrás de inmediato y ella disimuló el rubor oliendo el comino y la bruma de chile picante y haciendo un comentario gracioso sobre sus desconocidas cualidades culinarias. Mientras él meneaba la sartén, Nancy puso la mesa.
—¿Le has comprado algo? —preguntó cuando hubo terminado.
Will dudó mientras daba vueltas a la pregunta en su cabeza.
—No —dijo finalmente—. ¿Debería haberlo hecho?
—¡Pues claro!
—¿El qué?
—¡Yo qué sé! Tú eres su padre.
Se quedó en silencio, con el humor cambiado.
—Salgo y le compro unas flores —se ofreció Nancy.
—Gracias —dijo asintiendo para sí mismo—. Le gustan las flores. —Era una suposición; tenía el recuerdo de una mocosa sosteniendo en su regordeta mano un ramo de margaritas recién cogidas—. Estoy seguro de que le gustan las flores.

Las últimas semanas de trabajo habían sido una pesadez. Lo esencial de la acusación contra Luis Camacho se había esfumado dejando tan solo un cargo por asesinato. No había manera de cargarle con ninguno de los otros asesinatos del caso Juicio Final, ni de lejos. Habían reconstruido cada día de su vida en los últimos tres meses. Luis era un trabajador constante que nunca faltaba a sus deberes, iba y venía de Las Vegas dos o tres veces por semana. Era un animal más bien doméstico; la mayoría de las noches que estaba en Nueva York las pasaba en casa de su amante. Pero también tenía arranques promiscuos, y cuando su pareja estaba cansada u ocupada con otras cosas, recorría los bares y las discos gays en busca de rollo. John Pepperdine era un monógamo de los que necesitan poco sexo, en tanto que Luis Camacho tenía una energía sexual que ardía como el magnesio. No cabía duda de que su temperamento apasionado le había llevado hasta el asesinato, pero al parecer su única víctima había sido John.
Y no había habido más asesinatos: buenas noticias para todos los que aún podían respirar, pero malas noticias para la investigación, que tan solo podía reseguir las mismas gastadas pistas. Y entonces, un buen día Will tuvo un momento de inspiración o algo por el estilo: ¿y si John Pepperdine iba a ser la novena víctima del asesino del Juicio Final pero Luis Camacho se le había adelantado con un crimen pasional ordinario?
Tal vez la conexión de Luis en Las Vegas fuera la típica pista falsa. ¿Y si el verdadero asesino del Juicio Final estaba en City Island ese mismo día, al otro lado del cordón policial, observándoles, desconcertado porque otro había cometido el crimen? ¿Y si luego, para tormento de las autoridades, había decidido hacer un alto, sembrar la semilla de la confusión y la frustración y dejar que se las arreglaran?
Will pudo conseguir un aplazamiento para las agencias de noticias que estaban en Minnieford Avenue aquella maldita tarde calurosa, y en el transcurso de los siguientes días Nancy y él se tragaron horas de vídeo y cientos de imágenes digitales en busca de otro hombre de piel oscura, estatura y complexión medias, que estuviera merodeando por la escena del crimen. No sacaron nada en claro, pero Will aún pensaba que era una hipótesis viable.

La celebración de ese día era un respiro. Puso un paquete de arroz precocinado en agua hirviendo y abrió otra cerveza. El timbre volvió a sonar. Esperaba que fuera Nancy que llegaba con las flores, y así era, solo que estaba con Laura, charlando alegres como dos buenas amigas. Tras ellas llegaba un joven alto, delgado como un palillo, con ojos inteligentes e instigadores y una mata de pelo castaño rizado.
Will le quitó el ramo a su compañera y se lo entregó servilmente a Laura.
—Felicidades, pequeña.
—No tenías por qué molestarte —bromeó Laura.
—No lo he hecho —respondió él al instante.
—Papá, este es Greg.
Ambos hombres comprobaron la fuerza de sus manos con un apretón.
—Encantado de conocerle.
—Lo mismo digo. No te esperaba, pero me alegro de que por fin nos conozcamos, Greg.
—Ha venido para darme apoyo moral —dijo Laura—. El es así.—Le dio un beso a su padre al pasar junto a él, puso su bolso en el sofá y lo abrió. Con expresión de triunfo, alzó un contrato de Elevation Press en el aire—. ¡Firmado, sellado y entregado!
—Entonces, ¿puedo llamarte ya escritora? —preguntó Will.
Una lágrima comenzó a brotar al tiempo que Laura asentía.
Will se alejó rápidamente hacia la cocina.
—Voy a traer las burbujas antes de que empieces a lloriquear.
—No le gusta nada cuando uno se pone sentimental —susurró Laura a Nancy.
—Me he dado cuenta —dijo Nancy.
Will brindó por enésima vez sobre los cuencos con el chile humeante; parecía encantado de que todos bebieran champán. Fue a por otra botella y se dispuso a servirla. Nancy protestó tímidamente pero le dejó que le pusiera hasta que la espuma le mojó los dedos.
—Casi nunca bebo, pero es que este está muy bueno.
—En esta fiesta todo el mundo tiene que beber —dijo Will con firmeza—. ¿Te gusta beber, Greg?
—Con moderación.
—Yo bebo con moderación de manera excesiva —bromeó Will; su hija lo miró con dureza—. Pensaba que los periodistas eran todos unos borrachines.
—Los hay de toda condición.
—¿Y tú eres de la misma condición de los que me siguen por ahí en las ruedas de prensa?
—Quiero hacer periodismo impreso. Reportajes de investigación.
Laura puso su granito de arena:
—Greg piensa que el periodismo de investigación es la manera más efectiva de atacar los problemas políticos y sociales.
—Ah, ¿sí? —preguntó Will con insolencia. La santurronería le sacaba de quicio.
—Pues sí —contestó Greg en el mismo tono.
—Vale, y declaro al acusado... —dijo Laura para quitarle hierro al asunto.
Will insistió.
—¿Cuáles son las perspectivas para el trabajo del periodista de investigación?
—No muy buenas. Estoy de prácticas en el Washington Post. Obviamente me encantaría conseguir un puesto allí. Si algún día quiere darme una primicia, aquí tiene mi tarjeta —dijo bromeando a medias.
Will se la metió en el bolsillo de la camisa.
—Antes salía con una chica del Washington Post. —Resopló—. Pero no sería de ninguna ayuda usarme como referencia.
Laura estaba deseando cambiar de tema.
—Bueno, ¿queréis que os cuente cómo ha ido la entrevista?
—Por supuesto, con pelos y señales.
Laura relamió la espuma del champán.
—Ha sido fantástico —dijo con voz melosa—. Mi editora, Jennifer Ryan, que la verdad es encantadora, se pasó casi media hora diciéndome cuánto le gustaban los cambios que había hecho, que solo necesitaba un par de ajustes, etcétera, etcétera, y luego dijo que iríamos a la cuarta planta a conocer a Mathew Bryce Williams, el editor en jefe. La editorial es una casa de campo antigua, preciosa, y la oficina de Mathew es oscura y está llena de antigüedades, como si fuera un club inglés o algo así, ya sabéis, y él es un tipo mayor, de la edad de papá pero mucho más distinguido.
—¡Eh! —aulló Will.
—¡Bueno, pero es que lo es! —continuó—. Es como una caricatura de un británico de clase alta pero en urbano y encantador, y... esto no os lo vais a creer... me ofreció jerez de una licorera de cristal y lo sirvió en unos vasitos tallados. Fue todo tan perfecto.. .Y después me dijo una y otra vez cuánto le gustaba cómo escribo... dijo que mi estilo era «libre y liviano con la musculatura de una voz joven y fresca». —Laura intentó poner acento británico—. ¿A que es increíble?
—¿Te dijo algo acerca de cuánto te iban a pagar? —preguntó Will.
—¡No! No iba a estropear ese momento con una prosaica discusión sobre dinero.
—Bueno, viviendo del aire no conseguirás jubilarte. ¿Es o no es, Greg? A menos que haya mucha tela que cortar en el periodismo de investigación.
El joven no quiso entrar al trapo.
—¡Es una editorial pequeña, papá! Solo hacen unos diez libros al año.
—¿Vas a hacer una gira de presentación? —preguntó Nancy.
—No lo sé todavía, pero no va a ser un bombazo de libro. Es literatura de ficción, no una novela sensacionalista.
Nancy quiso saber cuándo podría leerla.
—Las galeradas estarán listas en unos meses. Ya te mandaré una copia. ¿Quieres leerla, papá?
Will la miró fijamente.
—No lo sé. ¿Quiero?
—Supongo que sobrevivirás.
—No todos los días le llaman a uno bola de demolición, y menos tu propia hija —dijo él con voz pesarosa.
—Es una novela. No trata sobre ti. Solo está inspirada en ti. Will alzó su copa.
—A la salud de los hombres inspiradores. Brindaron de nuevo.
—¿Tú la has leído, Greg? —preguntó Will.
—Sí. Es genial.
—Entonces sabes más de mí de lo que yo sé de ti. —Will cada vez estaba más suelto y más ruidoso—. Tal vez en su próximo libro escriba sobre ti.
—¿Sabes? Tienes que leerla —dijo Laura con acidez—.También he hecho un guión con ella. ¿No te hace más ilusión? Te dejaré una copia. Se lee rápido. Así te harás una idea.

Laura y Greg se marcharon poco después de acabar la cena. Nancy se quedó con Will para ayudarle a limpiar. La noche era demasiado agradable para darla por terminada tan pronto, y Will se había quitado de encima el malhumor y parecía relajado y apacible, un hombre completamente diferente de aquel volcán en erupción con el que se encontraba cada día en el trabajo.
En el exterior oscurecía y el ruido del tráfico se desvanecía, a excepción del ocasional gemido de las ambulancias de Bellevue. Trabajaron codo con codo en la cocina, lavando y secando, bajo la influencia de los últimos coletazos del champán. Will ya se había pasado al whisky. Ambos se sentían contentos fuera de su rutina, y la simplicidad doméstica de lavar los platos tenía el efecto de un bálsamo.
Will no lo había planeado —reflexionaría sobre ello más tarde—, pero en lugar de alargar el brazo para coger el siguiente plato le puso la mano en el culo y empezó a acariciarlo suavemente con pequeños círculos. Mirándolo en retrospectiva, tendría que haberlo visto venir.
Ahora Nancy tenía pómulos y figura de bailarina y, maldita sea, si se lo hubieran preguntado lo habría dicho: el aspecto físico era importante para él. Pero era más que eso, su personalidad se había moldeado bajo su tutela. Era más calmada, menos obsesionada con el deber, con menos cafeína, y, para disfrute de Will, se le había pegado algo de su cinismo. Un placentero tufillo de sarcasmo salía de su boca de vez en cuando. La insufrible niña de colegio de monjas se había ido y en su lugar había una mujer que ya no le ponía de los nervios. Más bien todo lo contrario.
Nancy tenía las manos dentro del agua jabonosa. Las dejó allí, cerró los ojos y no hizo ni dijo nada.
Will la obligó a girarse y ella no sabía qué hacer con las manos. Al final las puso mojadas sobre los hombros de él y dijo:
—¿Piensas que esto es buena idea?
—No, ¿y tú?
—No.
La besó y le gustó cómo sabían sus labios y cómo se relajaba su mandíbula. Le puso las dos manos en el trasero y sintió la suave tela de los téjanos. Su cabeza empezó a nublarse de deseo. La apretó contra sí.
—Hoy han venido a hacer la limpieza. Hay sábanas limpias —susurró.
—Tú sí que sabes cómo cautivar a una mujer. —Ella quería que sucediera eso, Will lo veía claro.
Cogió su resbaladiza mano y la condujo hasta el dormitorio, se dejó caer sobre la colcha y la puso a ella encima.
Estaba besándole el cuello, en el que bullía la sangre, y explorando debajo de su blusa, cuando ella dijo:
—Nos vamos a arrepentir de esto. Va contra toda...
Will le tapó los labios con la boca, después se retiró para decir:
—Mira, si de verdad no quieres, podemos retroceder unos minutos en el tiempo y acabar con los platos.
Nancy le besó, era el primer beso que le daba ella.
—Odio lavar los platos —dijo.

Cuando salieron del dormitorio era de noche y el salón estaba tan silencioso que resultaba inquietante. Tan solo se oía el rumor del aire acondicionado y el distante silbido del tráfico en la autopista Franklin Delano Roosevelt. Will le había dejado una camisa blanca, algo que ya había hecho antes con otras mujeres. A todas les gustaba sentir el almidón contra su piel desnuda y la imaginería ritual que conllevaba. Y ella no era diferente. La camisa se la tragaba y la cubría hasta el máximo recato. Nancy se sentó en el sofá y pegó las rodillas al pecho. La piel que quedaba al descubierto estaba fría y moteada como el alabastro.
—¿Quieres beber algo? —preguntó Will.
—Creo que ya he bebido bastante esta noche.
—¿Te arrepientes?
—Debería, pero no. —Aún tenía rubor en la cara. Will pensó que le parecía más bonita que nunca, pero también mayor, más mujer—. De algún modo pensaba que esto podía pasar.
—¿Desde cuándo?
—Desde el principio.
—¿En serio? ¿Por qué?
—Una combinación de tu reputación y la mía.
—No sabía que tú también tuvieras una reputación.
—Pero de un tipo diferente. —Suspiró—. Buena chica, siempre la opción segura, nunca en aguas peligrosas. Creo que en mi fuero interno quería que el barco zozobrara para ver qué se sentía.
Will sonrió.
—¡Vaya! De la bola de demolición al naufragio. ¿Captas la similitud?
—Tú, Will Piper, eres un chico malo. A las chicas buenas en el fondo les gustan los chicos malos, ¿no lo sabías?
Tenía la cabeza más despejada, casi estaba completamente sobrio.
—Vamos a tener que mantenerlo en secreto, lo sabes.
—Lo sé.
—Me refiero a tu carrera, mi jubilación...
—¡Ya lo sé, Will! Debería irme.
—No tienes por qué.
—Gracias, pero no creo que de verdad quieras pasar la noche conmigo. —Antes de que él pudiera responder, dio una palmada a la portada del guión de Laura, que estaba en la mesilla—. ¿Lo vas a leer?
—No lo sé. Puede. —Y luego—: Probablemente.
—Creo que ella quiere que lo leas.

Cuando estuvo solo se sirvió un whisky, se sentó en el sofá y encendió la lámpara de mesa. El brillo de la bombilla hizo que los ojos le escocieran. Miró el guión de su hija; la imagen de la bombilla chamuscaba la cubierta. A medida que la imagen se desvanecía, le parecía ver una siniestra cara sonriente que lo miraba fijamente. Le desafiaba a que cogiera el guión. Aceptó el desafío.
—Maldita bola de demolición —musitó.
Nunca había leído un guión de cine. Sus relucientes anillas doradas le recordaron la última vez que había puesto sus ojos en uno, un mes antes, en casa de Mark Shackleton. Pasó la página de la portada y se puso manos a la obra... El formato, con todo ese mareo de interiores y exteriores, le confundía.
Tras unas páginas tuvo que volver a empezar, y esta vez le pilló el ritmo. Al parecer el personaje que estaba inspirado en él se llamaba Jack, un hombre cuya parca descripción daba la impresión de irle al pelo: un cuarentón fornido, un producto sureño de pelo rojizo, trato fácil y mal carácter.
No era sorprendente que Jack fuera un alcohólico de aúpa y un mujeriego. Su último desliz era Marie, una escultora demasiado lista para dejar que un hombre así entrara en su vida pero incapaz de resistirse a sus encantos. Al parecer, Jack había dejado una estela de mujeres en su camino y —eso a Will le dolió— una de ellas era su hija, una joven llamada Vicki. A Jack le perseguía la imagen de Amelia, una mujer emocionalmente frágil a la que había conseguido convertir en un desecho metafísico hasta que ella consiguió liberarse gracias al vodka y el monóxido de carbono. Amelia —un velado homenaje a Melanie, la primera esposa de Will y madre de Laura— era una mujer a la que navegar por las aguas de la vida le parecía demasiado difícil. A lo largo de todo el guión, Amelia se le aparece —de color rojo cereza por el efecto del veneno— para reprenderle por su crueldad con Marie.
A mitad del guión, Will se dio cuenta de que estaba demasiado sobrio para continuar, así que se puso tres dedos más de whisky. Esperó a que la bebida le anestesiara y luego siguió hasta llegar al amargo final, el suicidio de Marie, presenciado por el espectro lloroso de Amelia, y la decisión redentora de Vicki de dejar su propia relación de abuso y elegir a un hombre más atento aunque menos apasionado. ¿Y qué hay de Jack? Él sigue a lo suyo con Sarah, la prima de Marie, a la que ha conocido en el funeral. La bola de demolición continúa oscilando en el aire.
Cuando dejó el guión sobre la mesa, se preguntó por qué no estaba llorando.
Entonces, así era como lo veía su hija. ¿Tan grotesco era?
Pensó en sus ex esposas, en sus numerosas novias, en la larga línea de encuentros de una noche. Y ahora Nancy. La mayoría eran chicas majas y bonitas. Pensó en su hija, una manzana sana manchada por la manzana podrida que era su padre. Pensó en...
De repente su introspección derrapó. Cogió el guión y lo abrió por una página cualquiera.
—¡Joder!
El tipo de letra.
Era una Courier de cuerpo 12, como la de las postales del Juicio Final.
Había olvidado el asombro inicial que le había causado el tipo de letra de la postal, muy normal en los días de las máquinas de escribir pero mucho menos común en la era de las impresoras y la informática. Times New Román, Garamond, Arial, Helvética eran los nuevos estándares en el mundo de las pestañas que abren menús.
Navegó por internet y encontró la respuesta. La Courier 12 era la fuente obligatoria en los guiones de cine, de un rigor inexcusable. Si enviabas un guión a un productor en otro formato serías el hazmerreír del gremio. Y otro dato suculento: los programadores informáticos lo usaban para escribir código fuente.
Una visión mental irrumpió en sus pensamientos. Un par de guiones a nombre de Peter Benedict y unos cuantos bolígrafos Pentel negros sobre un escritorio blanco junto a una estantería llena de libros de programación informática. La voz de Mark Shackleton completó las imágenes: «No creo que vayáis a coger al tipo».
Se pasó un buen rato considerando las asociaciones, por raras que fueran, antes de desechar como absurda la noción de que pudiera haber una conexión entre el caso Juicio Final y su antiguo compañero de habitación. ¡El bicho raro y ya mayorcito de Shackleton corriendo por Nueva York apuñalando, disparando, sembrando el caos y la destrucción! ¡Anda ya!
No obstante, la fuente de la postal era una pista no sondeada, el presentimiento era cada vez más fuerte, y sabía que hacer caso omiso de una de sus corazonadas sería una insensatez, sobre todo cuando estaban en un callejón sin salida.
Cogió su teléfono móvil y, nervioso, le mandó un mensaje a Nancy: «Tú y yo vamos a leer guiones. Puede que nuestro asesino sea guionista».


28 de julio de 2009,
Las Vegas

La chica sintió los suaves eslabones de catorce quilates de la correa y pasó los dedos por el áspero borde de diamantes de la esfera.
—Me gusta este —murmuró.
—Excelente elección, señora —dijo el joyero—.Este Harry Winston tiene mucho éxito. Se llama Avenue Lady.
El nombre la hizo reír.
—¿Has oído cómo se llama? —preguntó a su acompañante.
—Aja.
—¿No es genial?
—¿Cuánto? —preguntó él.
El joyero le miró a los ojos. Si aquel hombre fuera japonés, coreano o árabe habría tenido claro que la venta estaba hecha. Cuando se trataba de estadounidenses con ropa deportiva y gorra de béisbol la cosa resultaba más complicada.
—Hoy puedo ofrecérselo al señor por veinticuatro mil dólares.
Ella abrió los ojos como platos. Era el más caro. Pero le encantaba, y se lo hizo saber rozándole la desnuda piel del antebrazo.
—Nos lo llevamos —dijo él sin dudarlo.
—Muy bien, señor. ¿Cómo quiere pagarlo?
—Apúntelo a mi habitación. Estamos en la suite Piazza.
El joyero tendría que ir a la trastienda para confirmar la venta, pero ya la sentía como algo sólido. Esa suite era una de las mejores, ciento treinta metros cuadrados de mármol y opulencia, con hidromasaje y salón a nivel inferior.
Cuando salieron de la tienda, ella ya llevaba puesto el reloj. El cielo que cubría la plaza de San Marcos era de un azul celeste perfecto, con la cantidad justa de nubecillas esponjosas. Pasó una góndola que llevaba a una pareja de suizos rígidos y con semblante serio. Al gondolero le dio por soltarse con una canción para provocar alguna emoción en su carga y el eco de su rica voz resonó en la bóveda. Todo era perfecto, pensaba su acompañante. La temperatura nada mediterránea, la ausencia de olores salobres de los canales auténticos, y que no hubiera palomas. Odiaba esos sucios pájaros desde aquella vez en que sus padres le llevaron a la plaza de San Marcos, la de verdad, y un chico tímido y sensible y un turista lanzaron un puñado de migas de pan cerca de sus pies. El revoloteo enfebrecido de las palomas le abrumó; ya de adulto, verlas aletear bastaba para que se apartara.
Llevaba puesto el reloj cuando atravesaron cogidos del brazo el vestíbulo del hotel Venetian. Llevaba puesto el reloj en el ascensor, cuando alzó el brazo y lo dobló para llamar la atención de las tres señoritas que hacían el viaje con ellos.
Y llevaba puesto el reloj y nada más cuando estaban en la suite y ella le dio el mejor polvo de su vida.
Ahora él le dejaba que le llamara Mark, y en lugar de Lydia ella le permitía usar su nombre real, Kerry. Kerry Hightower.
Ella era de Nitro, en Virginia Occidental, una ciudad ribereña fundada a finales de siglo alrededor de una fábrica de pólvora. Se trataba de un sitio de lo más anodino, cuyo dato más notable era que en un tiempo Clark Gable trabajó allí como técnico reparador de teléfonos. Ella había crecido en la pobreza, viendo las viejas películas de Clark Gable y soñando con convertirse en actriz algún día.
En el colegio descubrió que sus aptitudes no eran excepcionales, pero lo intentó obstinadamente en todas las obras de teatro escolares y de la comunidad y consiguió pequeños papeles secundarios porque era muy formal y atractiva. Pero cuando llegó al instituto descubrió que tenía un don que superaba al de la interpretación. Le encantaba el sexo, se le daba de maravilla y su desinhibición era absoluta y encantadora. Tuvo una revelación y decidió seguir una vocación que mezclaba las dos cosas: se convertiría en actriz porno.
Una compañera del equipo de animadoras, dos años mayor que ella, se había trasladado a Las Vegas y estaba trabajando como crupier. Para Kerry, Las Vegas no era más que una escala que le acercaba en su camino a California, donde, a su parecer, florecía la industria del cine adulto. Una semana después de graduarse en el instituto de Nitro compró un billete de ida para Nevada y se trasladó allí junto a su vieja amiga. La vida en aquel lugar no era fácil, pero su alegre determinación la mantuvo a flote. Saltó de un trabajo mal pagado a otro hasta que aterrizó, si no de pie, sí de culo, en una agencia de acompañantes.
Cuando conoció a Mark en el Constellation, la agencia en la que trabajaba era la cuarta en tres años, y por fin había conseguido reunir algo de dinero. Tan solo se dedicaba a encuentros de altos vuelos en los que se apreciaba su imagen de chica guapa con la piel sin agujerear ni tatuar. La mayoría de los hombres con los que quedaba se portaban bien, podía contar con los dedos de la mano las veces que habían abusado de ella o la habían amenazado. Jamás sentía nada por ninguno de sus clientes —al fin y al cabo no eran más que puteros—, pero con Mark era diferente.
Desde el principio le había parecido majo y algo atontado, sin las pretensiones del típico machito. Además, era muy inteligente, y su trabajo en Área 51 la volvía loca de curiosidad porque estaba segura de que cuando tenía diez años, una noche de verano vio un platillo volante, tan brillante como un frasco de luciérnagas recogidas en la ribera del río, volar a toda pastilla sobre el Kanawha.
Y en las últimas semanas él había dejado lo del seudónimo, le pagaba por todo su tiempo y derrochaba dinero en regalos para ella. Empezaba a sentirse más como una novia que como una chica de alterne. Él cada vez tenía más seguridad en sí mismo, y aunque no llegara nunca a ser un Clark Gable, comenzaba a calar en ella.
Ella no estaba al tanto de que los cinco millones de dólares que él tenía a buen recaudo en una cuenta bancaria de un paraíso fiscal eran una buena razón para que él confiara en los logros de Mark Shackleton. Peter Benedict había desaparecido. Ya no lo necesitaba.

En la suite había televisores de pantalla plana hasta en los cuartos de baño. Mark salió de la ducha y se envolvió en una toalla. En la tele había un canal del satélite. No le estaba prestando atención hasta que oyó las palabras Juicio Final y alzó la vista: Will Piper, en lo alto de un estrado, hablaba a un montón de micrófonos; era la repetición de la rueda de prensa semanal del FBI. Ver a Will en la televisión hacía que el corazón se le pusiera a mil. Sin apartar los ojos de la pantalla, cogió el cepillo de dientes y empezó a limpiárselos.
La última vez que había visto a Will informando a los medios parecía apagado y desanimado. Las postales y los asesinatos habían cesado, con lo que cubrir la noticia a toda página ya no era rentable. Ese largo caso sin resolver parecía haber sumido a la opinión pública y a las fuerzas del orden en el mismo estado. Pero hoy parecía más animado. Había recobrado su intensidad. Mark subió el volumen.
«Les puedo decir esto —iba diciendo Will—: tenemos nuevas pistas y sigo completamente convencido de que atraparemos al asesino.»
Esa declaración irritó a Mark.
—¡Chorradas! ¡Abandona ya, tío! —dijo, y apagó el televisor.
Kerry estaba adormilada en la cama, desnuda bajo una fina sábana. Mark se anudó el albornoz y fue al salón a por el portátil. Se conectó a internet y vio que tenía un correo de Nelson Elder. La lista de Elder era más larga de lo normal, el negocio iba bien. Le llevó una buena media hora completar el trabajo y responderle a través de su portal de seguridad.
Volvió a la habitación. Kerry estaba desperezándose. Ondeó su adornada muñeca en el aire y dijo algo acerca de lo fantástico que sería tener un collar a juego. Apartó la sábana y con un dedo y toda su dulzura le hizo señas para que se acercara.

En ese mismo momento Will y Nancy estaban haciendo todo lo opuesto al sexo. Estaban sentados en el despacho de Will surcando una montaña de guiones de cine malos como para dormirse, sin ninguna certeza de la finalidad de esa tarea.
—¿Por qué estabas tan seguro en la rueda de prensa? —preguntó ella.
—¿Crees que me pasé? —preguntó él a su vez, adormilado.
—Sí. Un montón. Lo que digo es: ¿de qué va todo esto?
Will tuvo que encogerse de hombros.
—Mejor perseguir un pollo sin cabeza que quedarnos de brazos cruzados.
—Deberías haberle dicho eso a la prensa. ¿Qué les dirás la semana que viene?
—Falta una semana para la semana que viene.
La persecución del pollo sin cabeza estuvo a punto de no tener lugar. La llamada de Will a la Asociación de Escritores de América (AEA) fue un desastre. Se pusieron hechos unas fieras con lo de la Ley Patriota y juraron que removerían cielo y tierra para que el gobierno no pusiera sus zarpas en un solo guión de sus archivos. «No estamos buscando terroristas —protestó él—, sino a un asesino en serie demente.» Pero la AEA no estaba dispuesta a ceder terreno sin ofrecer resistencia, así que Will tuvo que conseguir de sus superiores una orden judicial.
Los guionistas de cine, según pudo apreciar Will, eran una pandilla de paranoicos, obsesionados con que los productores, los estudios y especialmente otros escritores les robaran sus ideas. La AEA les daba un mínimo de confianza y protección al registrar sus guiones y almacenarlos electrónicamente en un disco duro por si se necesitaba una prueba de autoría. No era necesario ser miembro de la asociación, cualquier escritorzuelo aficionado podía registrar su guión. Cuanto había que hacer era enviar el pago y una copia del guión. La AEA tenía sedes en la costa Este y en la costa Oeste. En la sede de la costa Oeste se registraban unos cincuenta mil guiones al año, todo un negocio para la asociación.
El Departamento de Justicia pasó un mal rato con la posible causa de la orden judicial. Era «gracioso», le habían dicho a Will, pero lo habían intentado a la antigua usanza. Últimamente el FBI había tenido éxito en los Juzgados de Apelación del distrito noveno porque el gobierno había acordado rebajar sus pretensiones para que hubiera que rebuscar menos. Tan solo habían podido conseguir los guiones de Las Vegas de los últimos tres años y una nube de códigos postales de Nevada, y los nombres y las direcciones de los escritores se habían suprimido. Si conseguían nuevas pistas a partir de este universo de material, el gobierno tendría que volver a atacar con una nueva causa para obtener la identidad del escritor.
Empezaron a recibir guiones, la mayoría en discos pero también en cajas con material impreso. El personal de oficina del FBI de Nueva York imprimía sin parar y al final el despacho de Will, repleto de guiones, parecía la caricatura de la sala de correo de una agencia de talentos de Hollywood. Cuando terminaron, en la planta veintitrés del edificio de los federales había 1.621 guiones de Nevada.
Sin un mapa de ruta, Will y Nancy no podían darse mucha prisa haciendo los descartes. A pesar de todo, le cogieron el tranquillo y eran capaces de ventilarse un guión en quince minutos; leían con atención unas pocas páginas para captar lo esencial y revisaban el resto rápidamente. Se mentalizaron de que sería un proceso lento y laborioso, y esperaron poder dar por terminada la tarea en el transcurso de un doloroso mes. Su estrategia era buscar obviedades: asesinos en serie, referencias a postales, pero también tenían que permanecer alerta ante lo que no era tan obvio: personajes o situaciones disonantes.
El ritmo era insostenible. Les dolía la cabeza. Se enfadaban y se hablaban de malas maneras durante todo el día y luego se retiraban al apartamento de Will y se desquitaban haciendo el amor. Necesitaban caminar a menudo para aclararse la mente. Lo que les ponía de los nervios es que la mayoría de los guiones eran una auténtica y absoluta mierda: o incomprensibles o ridículos o aburridos hasta la extenuación. Al tercer o cuarto día, Will se animó al ver el guión que había cogido. Se titulaba Contadores.
—No te lo vas a creer, pero conozco al tipo que ha escrito esto —dijo.
—¿De qué?
—Era mi compañero de habitación en el primer año en la universidad.
—Interesante —dijo ella sin interés alguno.
Lo leyó con mucha más atención, le dedicó una hora y cuando lo soltó pensó: «Amigo, mejor será que no dejes tu trabajo real».
A las tres de la tarde Will hizo una entrada en su base de datos acerca de una raza de alienígenas que llegaba a la Tierra para hacer saltar los casinos, y cogió el siguiente de la pila.
Golpeó suavemente la rodilla de Nancy con la punta de su mocasín.
—Eh —dijo.
—Eh —contestó ella.
—¿Al borde del suicidio?
—Ya estoy muerta. —Tenía los ojos rojos y secos—. ¿Y tú?
El siguiente que Will tomó se titulaba Tren de las 7.44 a Chicago. Leyó unas pocas páginas y gruñó:
—Dios mío. Creo que este lo leí hace unos días. Terroristas en un tren. ¿Cómo coño puede ser?
—Comprueba la fecha de entrada —sugirió ella—.Ya he visto unos cuantos con múltiples entradas. Los escritores hacen los cambios y se gastan otros veinte pavos en registrarlos de nuevo.
Will metió el título en la base de datos.
—Cuando tienes razón, la tienes. Esta es una versión posterior. Le puse un cero en relevancia. No puedo volver a leerlo.
—Tú mismo.
Iba a cerrar el guión pero se detuvo. Su ojo había captado algo, el nombre de uno de los personajes. Empezó a pasar páginas, de repente se puso recto en la silla y las pasó cada vez más rápido.
Nancy se percató de que le ocurría algo.
—¿Qué? —preguntó.
—Dame un segundo, dame un segundo.
Tomaba notas frenéticamente, y cuando ella le interrumpía para preguntarle qué tenía entre manos, él solo contestaba:
—¿Te importaría darme un segundo?
—¡Pero no es justo! —se quejó ella.
Por fin dejó el guión.
—Tengo que encontrar la versión anterior. ¿Cómo es posible que se me escapara esto? Rápido, ayúdame a buscarlo. Se titula Tren de las 7.44 a Chicago. Comprueba el montón del lunes mientras yo reviso el del martes.
Nancy se acuclilló junto a las ventanas y lo encontró unos minutos después, al fondo de una pila.
—No sé por qué no me dices qué está pasando —se quejó.
Will se lo quitó de las manos. Unos segundos después estaba temblando de la emoción.
—Por todos los santos —dijo quedamente—. Ha cambiado los nombres de las versiones anteriores .Va sobre un grupo de desconocidos que vuelan por los aires por un ataque terrorista en un tren que va de Chicago a Los Ángeles. ¡Mira sus apellidos!
Nancy tomó el guión y empezó a leer. Los nombres de aquellos desconocidos empezaron a aflorar de la página: Drake, Napolitano, Swisher, Covic, Pepperdine, Santiago, Kohler, López, Robertson.
Las víctimas del caso Juicio Final. Todas.
Nancy era incapaz de decir nada.
—El segundo borrador fue registrado el día 1 de abril de 2009, siete semanas antes del primer asesinato —dijo Will frotándose las manos—. El día de los Inocentes, sí, joder, sí. Este tipo lo había planeado todo y lo había anunciado con tiempo en un maldito guión de cine. Necesitamos una orden urgente para conseguir su nombre.
Quería abrazarla, levantarla del suelo y dar vueltas en círculo agarrándola de la cintura, pero al final se contentó con un «¡Chócala!».
—Te tenemos, capullo —dijo Will—.Y tu guión es una mierda.
Will recordaría las veinticuatro horas siguientes como se recuerda un tornado: las emociones que te embargan ante la inminencia del impacto, el golpe ensordecedor y borroso, el rastro de destrucción, y tras él, la espeluznante calma y la desesperanza ante la pérdida.
El Tribunal Supremo concedió la orden y la AEA desenmascaró los datos personales del escritor.
Will estaba ante su ordenador cuando oyó el aviso de entrada de un correo de la AEA reenviado por el fiscal que se ocupaba del tema. En el asunto se leía: «Respuesta al Gobierno de Estados Unidos ante el registro de la AEA Oeste en ref. al guión #4277304».
Recordaría toda su vida cómo se sintió al leer aquel correo electrónico:

En respuesta a las diligencias a las que se ha hecho referencia anteriormente, el autor registrado en AEA por el guión #4277304 es Peter Benedict, Aptdo. Correos 385, Spring Valley, Nevada.

Nancy entró en su despacho y lo vio paralizado ante la pantalla.
Se le acercó hasta que él pudo sentir su aliento en su cuello.
—¿Qué pasa?
—Lo conozco.
—¿Qué quieres decir con que lo conoces?
—Es mi compañero de habitación. —Vio otra vez los guiones en el pulcro escritorio blanco de Shackleton, oyó sus insistentes palabras: «No creo que vayáis a coger al tipo», recordó su palpable incomodidad ante aquella visita espontánea y... ¡otro detalle más!—. Los putos bolígrafos.
—¿Perdón?
Will meneaba la cabeza.
—Tenía los Pentel negros de punta ultrafina sobre el escritorio. Todo estaba allí.
—¿Cómo va a ser tu compañero de habitación? ¡Eso no tiene sentido, Will!
—Dios santo —gimió él—. Creo que el Juicio Final estaba destinado a mí.

Los dedos de Will danzaban sobre el teclado a medida que saltaba de una base de datos federal o estatal a otra. Y mientras seguía con la cacería, se repetía mentalmente: «¿Quién eres, Mark? ¿Quién eres en realidad?».
La información empezó a aparecer en la pantalla: el empadronamiento de Shackleton, sus reuniones sociales, algunos tíquets atrasados de aparcamiento en California... pero había huecos y brumas oscuras como para volverse loco. En su permiso de conducir del registro de Nevada la foto estaba oscura. No había informes sobre créditos, hipotecas, ni registro sobre su empleo o su educación. No había atestados civiles ni criminales. Nada de registros sobre impuestos a la propiedad. ¡Ni siquiera estaba en la base de datos de Hacienda!
—Está fuera del maldito sistema —le dijo a Nancy—. Especies protegidas. Ya lo había visto antes un par de veces, pero esto es de lo más raro.
—¿Y cuál es nuestro siguiente movimiento? —preguntó ella.
—Esta tarde cogemos un avión. —Nancy nunca le había visto tan agitado—. Haremos la redada nosotros mismos. Ve a preparar todo el papeleo con Sue. Vamos a necesitar una orden federal de detención del fiscal del distrito de Nevada.
Nancy se revolvió el flequillo.
—Haré todos los arreglos.

Un par de horas más tarde les esperaba un coche para llevarles al aeropuerto. Will estaba acabando de meter las cosas en su maletín. Miró el reloj y se preguntó por qué Nancy se retrasaba. Había conservado la virtud de la puntualidad a pesar de la rebeldía del reloj de Will.
Oyó el rápido taconeo de los zapatos de Sue Sánchez y su estómago se contrajo como en un experimento de Pavlov.
Alzó la vista y vio su rostro, tenso y crispado, ante su puerta, con los ojos fuera de las órbitas por la excitación.
—Susan, ¿qué pasa? Tengo que coger un avión.
—No, no tienes que coger un avión.
—¿Cómo?
—Benjamin acaba de llamar desde Washington. Estás fuera del caso. Y Lipinski también.
—¿Qué?
—Para siempre. Estáis fuera para siempre. —Estaba prácticamente hiperventilando.
—¿Y a cuento de qué coño viene eso, Susan?
—No tengo ni idea.
Will se dio cuenta de que le decía la verdad. Sánchez estaba a punto de tener un ataque de nervios, pero luchaba por parecer profesional.
—¿Y qué pasa con la detención?
—Yo no sé nada, y Ronald me ha dicho que no haga preguntas. Esto está muy por encima de mis honorarios. Está pasando algo muy gordo.
—Tonterías. ¡Tenemos al asesino!
—No sé qué decir.
—¿Dónde está Nancy?
—La he mandado a casa. No quieren que volváis a ser compañeros.
—¿Y eso por qué?
—¡No lo sé, Will! ¡Órdenes!
—¿Y ahora qué se supone que hago yo?
La cara de Sue Sánchez era de aflicción y disculpa ante algo que no entendía.
—Nada. Quieren que pares completamente y no hagas nada. Por lo que a ti respecta, todo ha terminado.


12 de octubre de 799,
Vectis, Britania

Cuando nació el niño, Mary se negó a ponerle nombre. No lo sentía como suyo. Octavus se lo había metido dentro brutalmente, y lo único que le quedaba era ver crecer su cuerpo a medida que el momento se acercaba. Soportó el dolor de su nacimiento como había soportado el acto de su procreación.
Lo amamantó porque tenía los pechos llenos de leche y porque le pidieron que lo hiciera, pero ni miraba sus indiferentes labios cuando lo alimentaba, ni le acariciaba el pelo a la manera en que lo hacían la mayoría de las madres cuando el niño chupaba de su teta.
Después de la violación la trasladaron del dormitorio de las hermanas al hospicio. Allí, lejos de los ojos inquisidores y los cotilleos de las novicias y hermanas, pudo gestar en el relativo anonimato que ofrecía la casa de huéspedes, pues los visitantes de la abadía no estaban al corriente de su vergüenza. La alimentaron bien y le permitieron pasear y trabajar en un huerto hasta que su embarazo estuvo tan avanzado que andaba a rastras y jadeaba. A todos los que la conocían les entristeció ver que había cambiado, que había perdido su chispa y su humor, y que la embargaba la amargura. Incluso la priora Magdalena lamentó en secreto las alteraciones en su temperamento y la pérdida de la lozanía de sus antes rubicundas mejillas. La chica ya jamás podría ser admitida en la orden. Imposible. Tampoco podría volver a su pueblo, al otro lado de la isla, pues sus parientes no tendrían nada que hacer con ella, una mujer deshonrada. Estaba en el limbo, como un niño sin bautizar, ni maldita ni bendecida.
Cuando nació el niño y todos vieron su lustroso pelo anaranjado, su piel lechosa y su expresión apática, el abad y Paulinus dedujeron que Mary era un recipiente, tal vez un recipiente divino al que debían nutrir y proteger, como habían de nutrir y proteger al niño.
No había nacido de una virgen, pero la madre se llamaba Mary y el niño era especial.
Una semana después de que naciera el bebé, Magdalena fue a ver a Mary y la encontró tumbada en la cama con la mirada perdida. El bebé estaba quieto en su cuna.
—Bueno, ¿ya sabes cómo se va a llamar? —preguntó la priora.
—No, hermana.
—¿Tienes intención de darle un nombre?
—No lo sé —respondió sin ánimo.
—Un niño debe tener un nombre —afirmó Magdalena con severidad—. Si no lo haces tú, lo haré yo. Se llamará Primus, el primer hijo de Octavus.
Ahora Primus tenía ya cuatro años. Perdido en su propio mundo, vagaba, más blanco que la leche, por el hospicio y sus alrededores; nunca se iba lejos ni se interesaba en nada ni en nadie. Como Octavus, era un niño mudo e inexpresivo de pequeños ojos verdes. Paulinus iba a verlo de vez en cuando, le cogía de la mano y se lo llevaba al scriptorium, donde bajaban la escalera hasta los aposentos de su padre. Paulinus les observaba como si fueran criaturas celestiales, buscaba señales, pero ellos se mostraban indiferentes el uno con el otro. Octavus continuaba escribiendo furiosamente y el chico se movía como en sueños por la habitación, sin ver nada y, sin embargo, sin tropezar con nada.
Las plumas no le interesaban, ni la tinta ni el pergamino ni los garabatos que surgían de la mano de Octavus.
A su vuelta, Paulinus informaba a Josephus: «El chico no muestra ninguna inclinación», y los dos viejos se encogían de hombros y se iban a hacer sus oraciones.

Era una fría tarde de otoño. El sol poniente tenía el color de los pétalos de la caléndula. Josephus caminaba por los terrenos de la abadía inmerso en sus meditaciones, orando en silencio por el amor de Dios y la salvación.
La salvación ocupaba su mente. Llevaba semanas notando que su orina se había vuelto primero marrón y ahora rojo cereza, y su voraz apetito había desaparecido. Se le aflojaban las carnes, tenía la piel enrojecida y el blanco de los ojos turbio. Cuando se levantaba después de haber estado arrodillado rezando, se sentía como si estuviera flotando en las olas y tenía que agarrarse para mantener el equilibrio. No necesitaba consultar al cirujano barbero ni a Paulinus. Sabía que se estaba muriendo.
Oswyn no llegó a ver la reconstrucción completa de la abadía y Josephus creía que tampoco él la vería, pero la iglesia, el scriptorium y la casa capitular estaban ya terminados, y el trabajo en los dormitorios progresaba. Y aún más importante: la biblioteca de Octavus estaba en su cabeza. Jamás llegaría a imaginar su propósito y había dejado de intentar buscar el sentido. Simplemente sabía estas cosas:
Existía.
Era divina.
Algún día Cristo revelaría su propósito.
Había que protegerla.
Había que permitirle que creciera.
Sin embargo, cada vez que veía la sangre que perdía con las aguas menores, temía por la misión. ¿Quién guardaría y defendería su biblioteca cuando él ya no estuviera?
Vio en la distancia a Primus sentado en el polvo del huerto destinado a los huéspedes, una parcela estéril ya recolectada que había junto al hospicio. Estaba solo, algo que había dejado de ser inusual ya que su madre no cuidaba de él. Hacía tiempo que no lo veía, y sintió suficiente curiosidad como para espiarle.
El chico tenía casi la misma edad que Octavus cuando Josephus lo acogió, y su parecido era extraordinario. El mismo pelo rojizo, el mismo rostro cerúleo, el mismo cuerpo frágil.
Cuando estuvo a unos treinta pasos de él, se detuvo y sintió que su corazón galopaba y la cabeza le daba tumbos. Si últimamente no le hubiera dado por usar un bastón para caminar se habría tropezado. El chico sostenía un palo. Entonces, ante los ojos de Josephus, lo utilizó para rascar en el polvo con unos amplios movimientos circulares.
Estaba escribiendo, a Josephus no le cabía ninguna duda.

A Josephus le costó aguantar hasta el final de los rezos de la hora nona. Cuando la congregación se dispersó, tocó a tres personas en el hombro y las llevó a un rincón apartado de la nave. Allí hizo corrillo con Paulinus, Magdalena y José, al que habían incluido en su círculo cuando el joven monje descubrió la violación. Josephus jamás se había arrepentido de la decisión de abrir las puertas al ibérico, que era tranquilo, sabio y discreto a más no poder. Además, el abad, la priora y el astrónomo, que cada vez eran más viejos, apreciaban la fuerza y el vigor de José.
—El chico ha empezado a escribir —susurró Josephus. Incluso en susurros, su voz resonó en la cavernosa nave. Todos se santiguaron—. José, lleva al chico a los aposentos de Octavus.
Sentaron al niño en el suelo, junto a su padre. Octavus hizo caso omiso de él y de los otros que habían invadido su santuario. Magdalena evitaba a Octavus desde que cometió aquella atrocidad, y aun pasado el tiempo rehuía su visión. Ya no permitía a sus chicas que le atendieran, habían delegado esas tareas en los jóvenes novicios varones. Se mantenía lo más alejada que podía de su escritorio, casi preocupada de que pudiera darle un arrebato y violarla a ella también.
José colocó una gran hoja de vitela ante Primus y la rodeó con un semicírculo de velas.
—Dale una pluma con tinta —carraspeó Paulinus.
José agitó la pluma frente al chico como uno tentaría a un gato para que se abalanzara sobre un ovillo de hilo. Una gota de tinta salpicó la página.
De repente el niño alargó el brazo, agarró la pluma con su pequeña mano derecha y puso la punta sobre la página.
Movió la mano en círculos. La pluma rayó el pergamino ruidosamente. Las letras eran grandes y torpes pero lo bastante claras para descifrarlas:

V—a—s—c—o

—Vasco —dijo Paulinus cuando escribió la última letra.

S—u—a—r—i—z

—Vasco Suariz —entonó José—. Un nombre portugués. Entonces surgieron de su juvenil mano también unos números infantiles.

8 6 800 Mors

—El octavo día de junio del año 800 —dijo Paulinus.
—Por favor, José —intervino Josephus—, comprueba por qué página va Octavus. ¿Qué año está registrando?
José miró por encima del hombro de Octavus y examinó la página:
—¡Su última entrada es del séptimo día de junio del año 800!
—¡Dios bendito! —exclamó Josephus—. ¡Están conectados como si fueran uno solo!
Cada uno de los cuatro hermanos intentó descifrar la expresión de los otros a la luz danzante de las velas.
—Sé lo que están pensando —dijo Magdalena—, y no puedo dar mi consentimiento.
—¿Cómo puede saberlo, priora, cuando ni yo mismo lo sé? —contestó Josephus.
—Busque en su alma, Josephus —dijo ella con escepticismo—. Estoy segura de que conoce su propia mente.
Paulinus alzó los brazos en señal de protesta.
—Hablan con acertijos. ¿Acaso no puede un hombre viejo tener la esperanza de saber de qué están hablando?
Josephus se levantó lentamente para evitar marearse.
—Vamos, dejemos al chico con Octavus durante un rato. No hará nada malo. Me gustaría que mis tres amigos se reunieran conmigo arriba, donde podremos tener una conversación piadosa.

Todo era más cálido y más cómodo que en el húmedo sótano. Cada uno de ellos se sentó a un escritorio de copistas, Josephus mirando a Magdalena y Paulinus frente a José.
Josephus rememoró en voz alta la noche del nacimiento de Octavus y cada uno de los hitos en la historia del joven. Estaba claro que todos conocían aquellos datos, pero Josephus nunca antes había relatado una historia oral, por lo que estaban seguros de que había una razón para que lo hiciera ahora. Tras esto pasó a la más breve pero no menos interesante historia de Primus, incluyendo los acontecimientos que acababan de ocurrir.
—¿Puede alguno de nosotros dudar de que tenemos la obligación sagrada de preservar y mantener esta obra divina? —preguntó Josephus—. Por razones que tal vez nunca nos sean dadas a conocer, Dios ha confiado en nosotros, sus siervos en la abadía de Vectis, para que seamos los guardianes de estos milagrosos textos. Él ha dotado al joven Octavus, nacido en milagrosas circunstancias, del poder, no, del imperativo de dar cuenta de la entrada y el paso por la Tierra de cada una de las almas que llegan y la abandonan. El destino de los hombres yace aquí desnudo ante nosotros. Esos textos son un testamento del poder y la omnisciencia del Creador, y nosotros recibimos con humildad el amor y el cariño que El tiene por sus criaturas. —Una lágrima asomó y comenzó a surcar su rostro—. Octavus es especial, pero seguramente también es un ser humano mortal. Yo me he preguntado, como lo habéis hecho vosotros, cómo podrá perpetuarse la inmensidad de su tarea. Ahora tenemos la respuesta.
Se detuvo y vio que todos asentían muy serios.
—Me estoy muriendo.
—¡No! —protestó José con la misma preocupación que un hijo mostraría por su padre.
—Sí, es la verdad. Creo que a ninguno os, sorprende demasiado. Basta mirarme para saber que estoy gravemente enfermo.
Paulinus alargó la mano para tocarle la muñeca y Magdalena se retorció las manos.
—Dime, Paulinus, ¿has visto el nombre Josephus de Vectis registrado en alguno de los libros?
Paulinus contestó a través de sus labios resecos.
—Lo he visto.
—¿Y conoces la fecha exacta?
—Sí.
—¿Será pronto?
—Sí.
—Confío en que no será mañana —bromeó.
—No, no es mañana.
—Excelente —dijo dando una ligera palmada—. Mi deber es preparar las cosas para el futuro, no solo en cuanto a la abadía, sino también en lo que respecta a Octavus y la biblioteca. Así que aquí, esta noche, declaro que haré llamar al obispo y le suplicaré que, tras mi fallecimiento, eleve a la hermana Magdalena al rango de abadesa de Vectis y al hermano José al de prior. Tú, hermano Paulinus, querido amigo, continuarás sirviéndoles como has hecho tan lealmente conmigo.
Magdalena inclinó la cabeza para ocultar la tímida sonrisa que apenas podía evitar. Paulinus y José se habían quedado mudos de pena.
—Y tengo una declaración más que hacer —continuó Josephus—. Esta noche acabamos de formar una nueva orden dentro de Vectis, una orden sagrada y secreta para la protección y conservación de la biblioteca. Nosotros cuatro somos los miembros fundadores de la que de aquí en adelante se conocerá como la Orden de los Nombres. Ahora recemos.
Le siguieron en una profunda plegaria y cuando el abad terminó todos se levantaron al unísono.
Josephus tocó a Magdalena en uno de sus huesudos hombros.
—Cuando las vísperas hayan finalizado, haremos lo que debe hacerse. ¿Hará esto con buena voluntad?
La mujer dudó y rezó en silencio a la Santa Madre. Josephus esperaba su respuesta.
—Lo haré.

Después de vísperas Josephus se retiró a sus aposentos para meditar. Sabía lo que estaba pasando, pero no quería presenciar los acontecimientos personalmente. Su resolución era firme, pero en el fondo seguía siendo un alma amable y sensible, no tenía estómago para ese tipo de asuntos.
Sabía que mientras él inclinaba su cabeza para rezar, Magdalena y José sacaban a Mary del hospicio y la llevaban hasta el oscuro pasillo que conducía al scriptorium. Sabía que ella sollozaría tímidamente. Sabía que los sollozos se tornarían gemidos cuando tiraran de su mano para bajar la escalera hasta el sótano. Y sabía que los gemidos se tornarían gritos cuando Paulinus abriera la puerta de la cámara de Octavus y José la forzara a atravesar el umbral y después cerrara la puerta tras ella.


30 de enero de 1947, isla de Wight,
Inglaterra
Reggie Saunders estaba dándose un revolcón con Laurel Barnes, la pechugona esposa del teniente coronel Julián Barnes, en la cama con baldaquín del teniente coronel. Se lo estaba pasando en grande. Se hallaba en una magnífica casa de campo con un magnífico dormitorio, un estupendo fuego para quitarse el frío y una agradecida señora Barnes acostumbrada a cuidar de sí misma mientras su marido estaba en la guerra.
Reggie era un tipo robusto y rubicundo con una barriga cervecera muy masculina. Su sonrisa infantil y unos hombros de una anchura imposible conquistaban a todo tipo de mujeres, incluida la actual. Oculta tras sus travesuras y su afabilidad había una brújula de la moral que estaba rota. La flecha siempre apuntaba en la misma dirección: hacia Reggie Saunders. Siempre había parecido que el mundo estaba en deuda con él por el mero hecho de existir, y su triunfante paso por la Segunda Guerra Mundial, con ojos, extremidades y genitales intactos, era para él una muestra más de que la agradecida nación debería continuar facilitándole sus necesidades, tanto económicas como sensuales. Las leyes de la Corona y las buenas costumbres en sociedad eran señales de guía aproximadas para su mundo, algo tal vez a tener en cuenta, para después soslayarlo.
Su servicio en la guerra empezó de una manera sucia e incómoda como sargento segundo en la octava compañía de Montgomery que intentaba desplazar a Rommel de Tobruk. Después de demasiado tiempo en el desierto, en 1944 consiguió un traslado desde el norte de África a la Francia liberada, a un regimiento cuya tarea era recuperar y catalogar las piezas de arte que los nazis habían robado.
Su jefe era el caballero más afable que jamás había conocido, un catedrático de Cambridge para el que ejercer el mando era preguntar educadamente a sus hombres si podrían ayudarle con esto o con lo otro. Lo increíble era que el ejército había acertado con el comandante Geoffrey Atwood y había encontrado un trabajo que realmente se ajustaba a las habilidades de este profesor de universidad de Arqueología y Antigüedades, en lugar de haberlo destinado, peligrosa e ineficazmente, a cualquier sitio con un mapa, prismáticos y armas de largo alcance.
El trabajo de Saunders consistía principalmente en dirigir a un batallón de muchachos para que sacaran unas pesadas cajas de madera de unos sótanos y las transportaran a otros sótanos. Jamás compartió un sentimiento de indignación moral ante los saqueos de los alemanes. Sus robos le parecían comprensibles dadas las circunstancias. De hecho, bajo su vigilancia una o dos chucherías pasaron por sus manos a cambio de unos cuantos billetes, y ¿por qué no? En la posguerra pasaba de una tarea a otra, reconstruyendo aquí y allá, huyendo de los enredos sentimentales cuando era necesario. Cuando Atwood le llamó para saber si le interesaría un poco de aventura en la isla de Wight, estaba entre varios compromisos, así que le contestó: «Silbe, jefe, y le seguiré a cualquier parte».
En estos momentos Reggie estaba dale que te pego perdido plácidamente en un mar de carne rosada que olía a talco y a lavanda. La mujer de la casa gorjeaba de una manera que lo transportaba hasta el aviario de Kew Gardens, adonde lo llevaron cuando era un muchacho para que adquiriera un poco de cultura natural. No tardó en volver al presente. La tenía a punto de caramelo, y su abuelo siempre le había dicho que una faena que merecía la pena, merecía la pena hacerla bien. Entonces oyó un sonido mecánico, un rumor gutural.
Los años patrullando por la noche en los desiertos del Líbano y Marruecos habían entrenado su oído, una técnica de supervivencia que volvió a poner en práctica.
—¡No pares, Reggie! —se quejó la señora Barnes.
—Aguanta un segundo, corazón. ¿No has oído eso?
—Yo no oigo nada.
—El motor. —No era el coche de un sirviente, desde luego que no. Estaba seguro de que era el motor de un purasangre—. ¿Estás segura de que tu maridito no está al llegar?
—Ya te lo he dicho. Está en Londres. —Le agarró las nalgas e intentó que siguiera dándole.
—Viene alguien, cielo, y no es el puñetero cartero.
Salió de la cama desnudo y separó las cortinas. Un par de faros atravesaban la oscuridad. Un Invicta color cereza estaba enfilando el camino de entrada, la gravilla crujía a su paso; era un modelo de una belleza tan particular, que lo reconoció en cuanto las farolas lo iluminaron.
—¿A quién conoces que tenga un Invicta rojo? —preguntó.
Si hubiera dicho: «Satanás está llamando a la puerta», el efecto habría sido el mismo.
Ella saltó de la cama, y, profiriendo agudos sonidos de alerta y miedo, recogió su ropa interior.
—Tiene que ser el coche del teniente coronel —dijo Reggie, fatalista, encogiendo sus grandes hombros—. Me voy volando, cielo. Chao.
Saltó dentro de sus pantalones, se apretó la ropa contra el pecho y salió embalado por la escalera trasera hacia la cocina. Estaba atravesando ya la puerta de servicio cuando el teniente coronel entraba en el vestíbulo llamando alegremente a su esposa:
—¡Yuju! ¡Adivina quién ha llegado a casa un día antes!
Reggie acabó de vestirse en el jardín y empezó a tiritar al instante. En tanto que la semana anterior había hecho un calor impropio de esa estación, en ese momento una masa de aire frío del norte martilleaba el termómetro. Se había encontrado con la mujer fuera del pub y ella le había llevado a su casa. Ahora estaba a por lo menos diez kilómetros de la base y pensó que no le quedaba otra que patear.
Avanzó de puntillas hasta la puerta de entrada. El Invicta de 1930 irradiaba calor. La cabina era profunda, como una bañera con asientos acanalados de cuero rojo. Las llaves estaban en el contacto. Su proceso analítico no era complicado: tengo frío, el coche está caliente, me lo llevo prestado y voy un poco más allá de la carretera. Entró y le dio al contacto. El motor Lagonda de ciento cuarenta caballos rugió y cobró vida, demasiado alto. Un segundo más tarde estaba aterrorizado. ¿Dónde demonios estaba la caja de cambios? Pasó las manos por todos sitios, intentando palparla. La puerta de la casa se abrió de golpe.
Entonces lo recordó: ¡aquel era el primer coche de transmisión automática que había habido en Gran Bretaña! Empujó el acelerador y la transmisión realizó su función con suavidad. El coche salió disparado levantando gravilla a su paso. En el retrovisor vio a un hombre de mediana edad muy enfadado alzando al aire sus puños apretados. El ruido del motor ahogaba lo que fuera que estuviera diciendo.
—¡Lo mismo digo, colega! —gritó Reggie—. Gracias por tu motor y gracias por tu señora.
Aparcó el Invicta fuera del pub de Fishbourne y recorrió a paso rápido el último kilómetro, silbando en la oscuridad y frotándose las manos para calentárselas. Una hoguera de troncos hasta los topes de parafina ardía en la base, lo que le ayudó a orientarse. Una capa densa de nubes difuminaba la luz de la luna; el cielo nocturno tenía el color de la franela gris. Los vapores del fuego se alzaban oscuros y espesos como depravadas arpías, y Reginald siguió su ascenso hasta que alcanzaron la amenazadora aguja de la catedral de la abadía de Vectis y los perdió.
Cuando Reggie se acercaba al fuego para calentarse, se abrió una puerta de una de las destartaladas caravanas.
—¡Gawd! —gritó un joven larguirucho—. ¿A que no sabes quién ha vuelto? ¡A Reggie le han dado la patada!
—Me he largado porque me ha dado la puta gana, chaval —replicó Reggie secamente—. ¿Queda algo de comida?
—Supongo que habrá latas de alubias.
—Pues saca una. Estoy hambriento después del polvo.
El chaval soltó una risotada, pero aquella palabra debía de tener una cualidad mágica, porque las puertas de las cuatro caravanas se abrieron y sus ocupantes salieron para escuchar más. Hasta el mismísimo Geoffrey Atwood, con un grueso jersey de lana de cuello alto, y dando caladas a su pipa con aspecto reflexivo, emergió de la caravana del jefe.
—¿Alguien ha dicho polvo?
—¿No estaréis esperando que os lo cuente con pelos y señales?
—Sí, por favor, sí —dijo libidinosamente el joven larguirucho, Dennis Spencer.
Era un novato de Cambridge con la cara llena de espinillas; lo suficientemente joven como para haberse librado del servicio a la patria.
Había otros cuatro, tres hombres y una mujer, todos del departamento de Atwood. Martin Bancroft y Timothy Brown, al igual que Spencer, no habían acabado la carrera, eran estudiantes maduros que habían vuelto de la guerra para completar sus interrumpidos estudios. Martin jamás había salido de Inglaterra. Lo habían destinado a Londres como oficial del servicio de inteligencia. Timothy había sido el encargado del radar en una fragata de la marina que operaba principalmente en el Báltico. Ambos estaban encantados de volver a Cambridge y les emocionaba la posibilidad de hacer un poco de trabajo de campo.
Ernest Murray era mayor que el resto, rondaba la treintena y estaba terminando su doctorado en Antigüedades, que había tenido que abandonar apresuradamente cuando los alemanes invadieron Polonia. En Indochina había presenciado la acción pura y dura, lo que le dejó terriblemente inseguro de sí mismo. De alguna manera la arqueología anglosajona ya no le parecía relevante y no era capaz de imaginar qué haría durante el resto de su vida.
La única mujer del grupo era Beatrice Slade, profesora de Historia Medieval y confidente académica de Atwood, que prácticamente había llevado el departamento de este durante la guerra. La señorita era un volcán en erupción de lo más guasón, lesbiana declarada y famosa por ello. Reggie y ella eran seres humanos esencialmente incompatibles. Cuando ella se daba la vuelta, él se mofaba cruelmente de su sexualidad, y cuando era Reggie quien se daba la vuelta Beatrice hacía lo propio con él.
—Vaya, estamos todos levantados —dijo Atwood, parpadeando ante el ardor del fuego—. ¿Nos tomamos un café mientras Reggie nos cuenta su historia?
—Yo lo preparo, profe —se ofreció Timothy.
—Bueno, ¿cómo ha ido, Reg? —preguntó Martin—. Creía que esta noche dormirías en una cama de plumas y que no volverías a este cuchitril mohoso.
—Tuve un problemilla, colega —respondió—. Nada que no pudiera controlar. —Se lió un cigarrillo y pasó la lengua por el papel.
—¿Nada que no pudieras controlar? —repitió Beatrice con sorna—. ¿Te bloqueaste porque quería más? —Movió las caderas como si fuera una fulana y todos, incluso Atwood, se partieron de risa.
—Muy gracioso, muy divertido —dijo Reggie—. Su marido llegó a casa antes de lo previsto y tuve que ahuecar el ala ipso facto para evitar un encuentro desagradable.
—Y dígame, señor Saunders —dijo Dennis fingiendo respeto hacia el que le superaba en edad—, mientras ahuecaba el ala, ¿llevaba usted el culo al aire?
Y volvieron a explotar. Atwood dio varias caladas a su pipa y dijo pensativamente:
—Es una imagen bastante desagradable.

Era una mañana invernal en la que habían caído unos pocos copos de nieve; parecía como si hubieran echado sal en la tierra. Ernest se las arreglaba para hacer un desayuno completo para los siete con solo dos fogones. Envueltos en capas de lana, se sentaban alrededor del fuego, sobre cajas de leche, y recobraban las fuerzas con jarras humeantes de té dulce. Mientras engullía un triángulo de pan tostado y mojado en yema de huevo, Atwood miró el mar helado más allá del frío campo.
—¿De quién fue la idea de excavar en enero? —dijo.
Una cálida mañana de verano o una fresca mañana otoñal habrían estado mejor, pero lo cierto es que para todos ellos era realmente extraordinario estar allí, fueran cuales fuesen la estación y las condiciones. Les parecía que el día anterior estaban todavía en plena guerra, soñando con lo maravilloso que sería hacer un poco de arqueología en una pacífica isla. Así que en cuanto Atwood recibió la subvención del Museo Británico para reanudar sus excavaciones en Vectis, se apresuró a organizarlo todo y al carajo con el invierno.
Reggie era el supervisor de obras. Miró su reloj, se levantó y con su mejor voz de sargento mayor gritó:
—¡Está bien, chicos, es hora de moverse! ¡Hoy tenemos un montonazo de polvo que mover!
Timothy señaló a Beatrice de una manera exagerada.
—¿Chicos? —preguntó.
—Tienes razón —dijo Reggie, aceptando el reto—. Mis disculpas. Es demasiado mayor para llamarle chico.
—Vete a tomar por culo, pajillero de mierda —dijo ella.
La excavación de Atwood ocupaba una esquina de los terrenos de la abadía, lejos de donde estaban la mayoría de los edificios. El abad, Dom William Scott Lawlor, un clérigo de voz suave apasionado por la historia, había tenido la amabilidad de permitirles acampar dentro del complejo. A cambio, Atwood le informaba de sus progresos; el sábado anterior, Lawlor incluso había aparecido por allí vestido con vaqueros y anorak y se había pasado una hora rascando un metro cuadrado de tierra con una pala pequeña.
El grupo de excavadores atravesaba el campo cuando las campanas de la catedral anunciaron la misa de las nueve de la mañana y la hora tercia. Arriba, las gaviotas descendían en picado y se quejaban, y en la distancia se agitaban las aceradas olas del Solent. Al este, la aguja de la catedral lucía magnífica contra el resplandeciente cielo. Cruzando los campos, diminutas figuras —monjes con oscuros ropajes— desfilaban hacia la iglesia desde sus dormitorios. Atwood los observó, con los ojos entrecerrados por la luz del sol; le maravillaba su intemporalidad. ¿Acáso habría visto una escena muy diferente si hubiera estado en ese mismo sitio mil años antes?
El yacimiento estaba delimitado con estacas y cordel. Cubría una extensión de cuarenta metros por treinta, rica tierra marrón con hierba desprovista de la capa superficial. Desde la distancia se veía claramente que se hallaba en una depresión, aproximadamente un metro por debajo de las tierras que lo rodeaban. Fue ese espacio vacío lo que llamó la atención de Atwood cuando inspeccionó las tierras de la abadía antes de la guerra. Estaba claro que allí se había llevado a cabo algún tipo de actividad.
Pero ¿por qué tan lejos del complejo principal de la abadía?
En las dos breves excavaciones de 1938 y 1939, Atwood había encontrado cimiento de piedra y trozos de cerámica, algunos del siglo XII, pero la mayoría del siglo XIII. En el fragor de la guerra, a menudo viajaba con el pensamiento a Vectis. ¿Por qué demonios se había construido una estructura del siglo XII allí, tan aislada del centro de la abadía? ¿Tendría un fin eclesiástico o secular? En los archivos de la biblioteca de la abadía no se mencionaba el edificio. Tuvo que resignarse y aceptar que no podía enfrentarse al misterio hasta que no derrotaran a Hitler.
En la cara sur del yacimiento, frente al mar, Atwood estaba abriendo la zanja principal, una sección de unos treinta metros de largo, cuatro de ancho y por lo pronto tres metros de profundidad. Reggie, que era bueno con la maquinaria pesada, había empezado a abrir la zanja con una excavadora, y ahora todo el equipo estaba allí abajo haciendo el trabajo de cubo y pala. Estaban siguiendo lo que quedaba del muro sur de la estructura hasta los cimientos para ver si encontraban un nivel de ocupación que contuviera más datos.
Atwood y Ernest Murray estaban en la esquina sudeste, limpiando el muro con paletas para tomar fotografías de la sección.
—Este nivel —dijo Atwood señalando una banda irregular de tierra negra que recorría toda la sección—, ¿ves que sigue por encima del muro? Aquí hubo un fuego.
—¿Accidental o deliberado? —preguntó Ernest.
Atwood le dio una chupada a su pipa.
—Nunca es fácil saberlo. Es posible que lo encendieran como parte de un ritual.
Ernest frunció el entrecejo.
—¿Con qué propósito? Esto no era precisamente un enclave pagano. ¡Es del mismo tiempo que la abadía y se halla en su perímetro!
—Excelente apreciación, Ernest. ¿Estás seguro de que no quieres hacer carrera en la arqueología?
El joven se encogió de hombros.
—No lo sé.
—Bueno, mientras consideras tu destino, tomemos esas fotografías y excavemos otro medio metro. No podemos estar muy lejos del suelo.
Atwood asignó a los tres estudiantes a la esquina sudeste para que hicieran la zanja más profunda. Beatrice estaba sentada a una mesa plegable, junto a la sección, catalogando fragmentos de cerámica, de modo que Atwood se llevó a Ernest y a Reggie a la esquina noroeste del yacimiento, donde abrirían una pequeña zanja en un intento de encontrar el otro lado del muro de contención. A medida que la mañana avanzaba, el calor aumentó y ellos empezaron a desprenderse de capas hasta que se quedaron en mangas de camisa.
A la hora del almuerzo Atwood se acercó a la zanja más profunda.
—¿Qué tenemos aquí? ¿Eso es otro muro? —preguntó.
—Eso creo —dijo Dennis, ilusionado—. Íbamos a ir a decírselo.
Habían dejado al descubierto la parte superior de un muro de piedra más fino que corría paralelo a unos dos metros de los cimientos.
—¿Ve? Ahí hay un hueco, profesor —intervino Timothy—. ¿Puede ser que ahí hubiera una puerta?
—Bueno, tal vez. Es posible. —Atwood bajó por una escalerilla—. Me preguntaba si podrías rebajar un poco esta área. —Señaló a una zona polvorienta—. Si el muro interior se extiende hacia el exterior perpendicularmente, diría que se trata de una pequeña habitación. ¿No sería estupendo?
Los tres jóvenes se pusieron de rodillas para darle a la paleta. Dennis trabajó cerca del muro exterior; Martin, junto al interior, y Timothy, en el medio. Unos minutos después todos habían llegado a la piedra.
—¡Tenía razón, profesor! —dijo Martin.
—Bueno, hace unos cuantos años que me dedico a esto. Se te despierta una sensibilidad especial ante estas cosas. —Estaba contento, así que encendió su pipa para celebrarlo—. Después del almuerzo cavaremos hasta el nivel del suelo y veremos si podemos averiguar para qué se usaba esta pequeña habitación.
Los jóvenes almorzaron rápido; estaban deseando llegar al suelo del yacimiento. Se zamparon los sándwiches de queso y la limonada y volvieron a saltar al hoyo.
—¡No impresionáis a nadie, estúpidos lameculos! —gritó Reggie tras ellos mientras se recostaba sobre un montón de polvo y encendía uno de sus cigarrillos liados.
—Cierra tu bocaza, Reg —dijo Beatrice—. Déjales en paz. Y líanos un piti a nosotros también.
Una hora después los jóvenes llamaban a los demás. Los tres estudiantes estaban de pie rodeando los límites de una pequeña habitación; parecían impresionados de lo que habían conseguido.
—¡Mirad! ¡Hemos encontrado el suelo! —exclamó Dennis.
Una superficie de suaves piedras oscuras, talladas de manera experta para que encajaran con otras, había quedado a la vista. Pero lo que atrajo la mirada de Atwood fue otra cosa.
—¿Qué es esto? —preguntó mientras bajaba para verlo de cerca.
En la esquina sudoeste de la pequeña habitación había una piedra muy grande, que parecía fuera de sitio. Las losas del suelo eran de pizarra, pero ese trozo más grande era un bloque de piedra caliza de unos dos metros por uno y medio, y bastante grueso. Sobresalía casi treinta centímetros del nivel del suelo y tenía unos bordes irregulares.
—¿Alguna idea? —preguntó Atwood a los suyos mientras escarbaba alrededor con su paleta.
—No parece que forme parte del conjunto, ¿verdad? —dijo Beatrice.
Ernest hizo algunas fotografías.
—Alguien se tomó muchas molestias para meter esto aquí. —Deberíamos intentar moverlo —dijo Atwood—. Reg, ¿quién dirías que tiene la espalda más fuerte?
—Beatrice —contestó Reggie.
—Que te den, Reg —replicó ella—.Vamos a ver cuánta fuerza tienen tus famosos musculitos.
Reggie cogió una barra e intentó encontrar un hueco bajo la caliza donde pudiera meterla y hacer palanca. Usó una roca como punto de apoyo, pero a pesar de eso el bloque no se movía.
—¡Vale! —Sudaba—.Voy a por la maldita excavadora.
Tardó una hora en hacer una rampa con la excavadora mecánica para bajar hasta el bloque de forma segura.
Una vez situado, lo bastante cerca para alcanzar la roca con la pala y lo bastante lejos del borde del tajo como para evitar un desplome, gritó desde la cabina que ya estaba listo. Sobre el petardeo del motor diesel las campanas llamaron al servicio de la hora nona.
Reggie golpeó los dientes de la pala contra el borde de la piedra caliza y lo pilló a la primera. Replegó la pala sobre su brazo y el bloque de piedra se levantó.
—¡Para! —gritó Atwood. Reggie detuvo la máquina—. ¡Traed una palanca!
Martin saltó al agujero e introdujo la barra de hierro en el hueco entre la piedra caliza y las losas de piedra. Apoyó todo su cuerpo contra la barra pero no consiguió moverla ni un centímetro.
—¡Pesa demasiado! —gritó.
Mientras Martin hacía una presión continua, Reggie volvió a mover la pala; la piedra se deslizó un poco, después otro poco. Martin iba guiándola con la palanca, y cuando se había corrido lo justo para que tuviera estabilidad, empezó a agitar los brazos como un loco.
—¡Para! ¡Para! ¡Venid aquí! ¡Venid!
Reggie detuvo el motor y todos se abrieron paso hasta el agujero.
Dennis fue el primero en verlo.
—¡Hostia!
Timothy meneó la cabeza.
—Madre mía, lo que hay aquí...
Mientras los demás miraban muertos de curiosidad, Reggie encendió una colilla que se había guardado en el bolsillo de la camisa y dio una larga calada.
——Joder... ¿Se suponía que eso tenía que estar ahí, profe?
Atwood se alborotó su cada vez menos poblada cabellera.
—Vamos a necesitar algo de luz —dijo.
Todos miraban el interior de un agujero negro y profundo; los rayos oblicuos del sol vespertino revelaban lo que parecían unas escaleras de piedra que se adentraban en la tierra.

Dennis corrió al campamento a por todas las linternas que pudiera encontrar. Volvió, colorado y resoplando, y las repartió entre sus compañeros.
Reggie sentía que debía proteger a su antiguo jefe, así que insistió en ir delante. En su día había limpiado unos cuantos búnkeres subterráneos de Rommel y sabía cómo apañárselas en un espacio estrecho. Todos los demás siguieron al hombretón en fila india; Beatrice había dejado a un lado su habitual bravuconería y cerraba la marcha con timidez.
Cuando todos terminaron de bajar por esa estrecha escalera de caracol que, según las estimaciones de Atwood, descendía de doce a quince metros dentro de la tierra, se encontraron apiñados en una habitación no mucho mayor que el interior de dos taxis londinenses. El aire estaba estancado, y Martin, que tenía predisposición a la claustrofobia, se agobió de inmediato.
—Esto está un poco cerrado —gimió.
Todos movían sus linternas alrededor y los haces de luz se cruzaban cual reflectores durante un bombardeo aéreo.
Reggie fue el primero en percatarse de que había una puerta.
—¡Vaya! ¿Qué haces tú aquí? —Inspeccionó con la linterna la superficie agujereada por los gusanos. Una enorme llave de hierro sobresalía del ojo de una cerradura.
Atwood dirigió su luz hacia ella.
—De perdidos, al río. ¿Os animáis?
El joven Dennis se acercó.
—¡Por supuesto!
—Perfecto —dijo Atwood—.Tú primero, Reggie.
Beatrice, desde atrás, no podía ver qué estaba sucediendo.
—¿Qué? ¿Qué vamos a hacer? —preguntó con voz tensa.
—Vamos a abrir un portón del copón —explicó Timothy.
—Bueno, daos prisa o me voy arriba —dijo Martin—, aquí no puedo respirar.
Reggie giró la llave y se oyó el sonido metálico de un mecanismo en funcionamiento. Apretó la palma de la mano contra la fría superficie de la madera, pero la puerta no se movió. Resistió a sus esfuerzos hasta que apoyó todo el peso de su hombro contra ella.
Crujió y se abrió lentamente.
Pasaron uno a uno como si fueran una cadena de presidiarios y barrieron con los haces de sus linternas el nuevo espacio.
Esa sala era mayor que la primera, mucho más grande.
Sus cerebros intentaban crear algo coherente con esa mezcla de imágenes estroboscópicas, pero ver no es lo mismo que creer, al menos al principio.
Nadie se atrevía a hablar.
Estaban en una cámara con una alta cúpula de las dimensiones de una sala de conferencias o un teatro pequeño. El aire era frío, seco y estanco. El suelo y las paredes eran de grandes bloques de piedra. Atwood tomó nota de estas características estructurales, pero lo que llamó su atención fue una larga mesa de madera y un banco. La recorrió de izquierda a derecha con la linterna y calculó que la mesa medía más de seis metros de largo. Se acercó más, hasta que sus muslos la rozaron. Iluminó su superficie. Había un cacharro de barro cocido del tamaño de una taza de té, con un poso negro. Un poco más abajo, en el banco, había otro cacharro, y otro, y otro.
¿Era posible eso?
Atwood dirigió el haz de luz más allá de la mesa. Había otra mesa. Y tras esta, otra. Y otra. Y otra.
Su cerebro trabajaba.
—Creo que sé qué es esto.
—Soy todo oídos, profe —dijo Reggie en voz baja—. ¿Dónde demonios estamos?
—En un scriptorium. Un scriptorium subterráneo. Simplemente asombroso.
—Si supiera qué significa eso —dijo Reggie, irritado—, supongo que sabría qué es esto.
—Es donde los monjes copiaban los manuscritos —explicó Beatrice, sobrecogida—. Si no me equivoco, es el primero que se descubre en un subterráneo.
—No te equivocas —dijo Atwood.
Dennis se disponía a coger uno de los tinteros cuando Atwood le detuvo.
—No toques nada. Hay que fotografiarlo todo in situ, tal como lo hemos encontrado.
—Perdón —dijo Dennis—. ¿Cree que encontraremos manuscritos aquí abajo?
—¿No sería maravilloso? —dijo Atwood arrastrando la voz—. Pero no me hago ilusiones.
Decidieron separarse en dos grupos para explorar los límites de la cámara. Ernest se llevó a los tres estudiantes a la derecha. Atwood, Reggie y Beatrice fueron hacia la izquierda.
—Vigilad por dónde pisáis —advirtió Atwood.
Contó las hileras de mesas y cuando llegó a quince vio que Reggie estaba iluminando otro portón que había al final de la habitación.
—¿No le gustaría pasar por esta? —preguntó Reggie.
—¿Por qué no? —contestó Atwood—. De todos modos, nada puede superar esto.
—Seguro que es el váter —bromeó Beatrice, nerviosa.
Estaban prácticamente pegados a Reggie mientras este levantaba el pesado cerrojo, tiraba de la puerta y la abría. Los tres iluminaron el interior al unísono. Atwood jadeó.
Se sintió mareado y tuvo que sentarse en el suelo. Poco a poco sus ojos volvieron a la vida.
Reggie y Beatrice se agarraron el uno al otro para darse apoyo, dos opuestos atraídos por primera vez.
Los gritos de los otros llegaron desde un rincón distante.
—¡Profesor, venga aquí! ¡Hemos encontrado unas catacumbas!
—¡Hay cientos de esqueletos, puede que miles!
—¡Siguen hasta el infinito!
Atwood no podía responder. Reggie dio unos cuantos pasos atrás para asegurarse de que su jefe se encontraba bien. Se inclinó, ayudó al viejo a ponerse en pie y gritó con voz de barítono:
—¡Que les den a esos esqueletos! Será mejor que vengáis aquí porque no vais a creeros dónde nos hemos metido.

Lo primero que pensó Atwood fue que estaba muerto, que había inhalado algún vapor tóxico y había muerto. No era un hombre religioso pero aquella tenía que ser una experiencia sobrenatural.
Pero no, era real. Si la primera cámara era del tamaño de un teatro, la segunda era como el hangar de un aeropuerto. A la izquierda, a solo unos tres metros de la puerta, había una enorme estantería de madera llena de volúmenes encuadernados en piel. A la derecha había otra idéntica, y entre las dos un pasillo lo suficientemente amplio para que pasara una persona. Atwood se recobró e inspeccionó una de las estanterías con su linterna para calcular sus dimensiones. Tenía aproximadamente quince metros de largo, diez de alto y veinte baldas. Hizo un conteo rápido de los libros que había en una balda: ciento cincuenta.
Al adentrarse en el pasillo central sintió un hormigueo en todas sus terminaciones nerviosas. A ambos lados había estanterías enormes, idénticas a las primeras y parecían extenderse hasta la oscuridad.
—Vaya mogollón de libros —dijo Reggie.
Atwood esperaba que las primeras palabras pronunciadas con ocasión de uno de los mayores descubrimientos en la historia de la arqueología hubieran sido más profundas. ¿Habría oído Cárter en la entrada de la tumba de Tutankamón: «Vaya mogollón de chatarra»? En cualquier caso, no le quedaba más remedio que estar de acuerdo.
—Desde luego.
Violó su propia regla de no tocar y presionó levemente el dedo índice contra el lomo de un libro que le quedaba a la altura de los ojos, al final de la tercera estantería. Cuero fino en excelente estado de conservación. Lo sacó con cuidado.
Pesaba mucho —como un saco de dos kilos de harina—, tenía unos cuarenta y cinco centímetros de largo, treinta de ancho y un grosor de doce. El cuero estaba frío, resplandeciente, sin ningún adorno ni marca en la cubierta, pero en el lomo vio un número enorme grabado en el cuero: 833. Los pergaminos estaban cortados de manera basta, un tanto desigual. Por lo menos había dos mil páginas.
Reggie y Beatrice estaban a su lado. Ambos dirigieron sus luces al libro que acunaba en el hueco de su brazo. Lo abrió por una página al azar.
Era una lista. Nombres, tres columnas por página, unos sesenta por columna. Antes de cada nombre había una fecha: 23 1 833. Después de cada nombre figuraba la palabra Mors o Natus.
—Es algún tipo de registro —susurró Atwood. Pasó la página. Más de lo mismo: una lista interminable—. ¿Te sugiere algo esto, Bea? —preguntó.
—Parece un registro de nacimientos y muertes como el que podría llevar cualquier parroquia en la Edad Media —contestó.
—¿No dirías que hay demasiados? —Atwood apuntó el haz de su linterna hacia el largo pasillo central.
Los otros ya habían llegado y hablaban en murmullos en la entrada de la biblioteca. Atwood les gritó que por el momento se quedaran donde estaban. No se había dado cuenta de que Reggie había avanzado por el pasillo central hasta el fondo de la cámara.
—¿De qué época crees que es esta cripta? —preguntó Atwood a Beatrice.
—Bueno, a juzgar por el trabajo de la piedra, la construcción de la puerta y la cerradura, diría que del siglo XI, tal vez del XII.Y me atrevo a afirmar que somos las primeras almas con vida que respiran este aire desde hace unos ochocientos años.
Desde una distancia de treinta metros resonó la voz de Reggie.
—Y si la marimandona es tan listilla, ¿cómo es que estoy viendo un libro en el que la fecha es el 6 de mayo de 1467?

Necesitaban un generador. A pesar de la emoción, Atwood decidió que era demasiado peligroso seguir explorando en la oscuridad. Volvieron sobre sus pasos y salieron al resplandor del final de la tarde. Después se apresuraron a cubrir la entrada a la escalera de caracol con tablones, una lona y arena para que un observador desenfrenado como Abbot Lawlor no percibiera nada en absoluto.
—Ni una palabra de esto a nadie —advirtió Atwood—. ¡A nadie!
Volvieron a la base y Reggie se llevó a dos de los chicos en busca de un generador; tenía que haber alguno en la isla. Atwood se atrincheró en su caravana para dar cuenta de todo en su libreta, en tanto que el resto hablaba en voz baja, al rumor del cordero cocido a fuego lento.
La furgoneta volvió tras la puesta de sol. Un obrero de Newport les había alquilado un generador portátil. También habían conseguido cien metros de cable eléctrico y una caja de bombillas.
Reggie abrió la puerta trasera de la furgoneta para que el profesor inspeccionara la mercancía.
—Reginald a su servicio —declaró con orgullo.
—Siempre parece estarlo. —Atwood dio una palmadita en la espalda del hombretón.
—Esto es algo gordo, ¿verdad, jefe?
Atwood calló por un momento; lo que había escrito en su diario lo intranquilizaba.
—Soñamos con encontrar algo importante —le respondió a Reg—. Algo que cambie el entorno, en realidad. Bien, pues me temo que como tú dices esto es algo demasiado gordo.
—¿A qué se refiere?
—No lo sé, Reg. Si te digo la verdad, tengo un mal presentimiento.
Pasaron toda la mañana siguiente poniendo en marcha el generador y cableando las estructuras subterráneas con luces incandescentes. Atwood decidió que lo primero de todo eran las fotografías; Timothy y Martin harían las tomas del scriptorium, Ernest y David de las catacumbas, y Beatrice y él de la biblioteca. El olor a ozono de los incesantes fogonazos del flash se mezclaba con el aire mohoso. Reggie hacía de electricista ambulante: tendía cable, cambiaba las bombillas que no iban bien y controlaba el generador, que traqueteaba en la superficie.
A media tarde descubrieron que había otra enorme biblioteca como aquella. Al final de la primera cámara había una segunda, construida al parecer en una fecha más tardía debido a la falta de espacio. La segunda cripta era tan grande como la primera, unos cuatrocientos metros cuadrados y no menos de nueve metros de alto. En cada una de las cámaras había sesenta pares de estanterías altas y largas, y cada par estaba separado por un pasillo central. La mayoría estaban atiborradas de gruesos volúmenes, excepto unos cuantos estantes vacíos al final de la segunda sala.
Tras una exploración superficial de los límites de las criptas, Atwood hizo un cálculo aproximativo en su libreta y le mostró los números a Beatrice.
—¡Demonios! —dijo ella—. ¿Has calculado bien?
—No soy matemático, pero creo que sí.
La biblioteca contenía cerca de setecientos mil volúmenes.
—Sería una de las diez bibliotecas más grandes de Gran Bretaña —dijo Beatrice.
—Y me atrevería a decir que la más interesante. ¿Seremos capaces de desentrañar por qué unos monjes medievales, si eso es lo que eran, registraron de una forma más bien compulsiva nombres y fechas del futuro? —Cerró su libreta de golpe y el ruido resonó durante un par de segundos.
—Apenas he dormido pensando en todo esto —admitió Beatrice.
—Ni yo. Ven conmigo.
La llevó a la segunda sala. El cable todavía no había llegado allí, así que Beatrice se pegó a Atwood y ambos siguieron la enfermiza luz amarilla que emitía su linterna. Se sumergieron en la oscuridad del fondo de la sala. El profesor se detuvo y tocó uno de los lomos: 1806.
Avanzó hacia otra fila.
—Ah. Nos vamos acercando, 1870. —Siguió su marcha, observando las fechas de los lomos, hasta que por fin dijo—: Aquí está, 1895, un año muy bueno.
—¿Por qué? —preguntó Beatrice.
—Es el año en que nací. Veamos. Acerca la luz, ¿puedes? No, tenemos que ir un poco más atrás, este empieza en septiembre. —Puso el libro en su sitio y probó con algunos de los que había cerca hasta que exclamó—: ¡Aja! Enero de 1895. Mi cumpleaños fue hace quince días, ya sabes. Aquí está, 14 de enero, un montón de nombres. ¡Caramba! ¡Si aquí están todas las lenguas que existen bajo el sol! Chino, árabe, inglés, español... ¿eso es finés? Si no me equivoco, esto es suajili. —Su dedo se desplazó por las columnas hasta que se detuvo—. ¡Por Dios bendito, Beatrice! ¡Mira esto! «Geoffrey Phillip Atwood 14—1—1895 Natus.» ¡Aquí estoy! ¡Estoy aquí, caramba! ¿Y cómo demonios podían saber que Geoffrey Phillip Atwood iba a nacer el día 14 de enero de 1895?
—Esto no tiene ninguna explicación racional, Geoffrey —dijo Beatrice con voz glacial.
—Salvo que eran puñeteramente inteligentes, ¿no crees? Me aventuraría a decir que son los que están en las catacumbas. Los puñeteramente inteligentes recibían un trato especial. No iban a enterrar a los especiales en un cementerio normal. Vamos a ver si encontramos algo más reciente, ¿te parece? —Hurgaron durante un rato en la segunda cámara. De repente Atwood se detuvo y Beatrice chocó contra su espalda. El profesor dejó escapar un discreto silbido—. ¡Mira esto, Beatrice!
Iluminó un montón de ropa que había en el suelo, cerca del final de una de las hileras, una masa de color marrón y negro, como si fuera un montón de ropa sucia. Se acercaron con cautela y lo miraron desde arriba, asombrados ante la visión de un esqueleto boca arriba completamente vestido.
La calavera, grande y de color pajizo, tenía restos de carne correosa y algunos mechones de pelo negro donde antes hubo cuero cabelludo. Junto a ella descansaba un gorro negro plano. El hueso occipital estaba abollado, con una fractura craneal bastante profunda, y las piedras que había bajo él estaban manchadas con sangre antigua. La ropa era de hombre: un jubón negro y acolchado con cuello alto, bombachos marrones hasta las rodillas, calzas negras sobre unos huesos largos, botas de piel. El cuerpo se hallaba sobre un largo manto negro, con el cuello remendado con una tela andrajosa.
—Está claro que nuestro amigo no es de la Edad Media —musitó Atwood.
Beatrice estaba ya de rodillas observándolo de cerca.
—Diría que es de la época isabelina.
—¿Estás segura?
Un monedero de seda púrpura, con las letras J. C. bordadas, colgaba del cinto del esqueleto. Beatrice lo tocó con el índice, abrió el cordel y volcó unas monedas de plata sobre la palma de su mano. Eran chelines y monedas de tres peniques. Atwood acercó un poco más su linterna. En el anverso podía verse el masculino perfil de Isabel I. Beatrice dio la vuelta a la moneda; sobre el escudo de armas estaba estampado con esmero: 1581.
—Sí, estoy segura —susurró—. ¿Por qué crees que está aquí, Geoffrey?
—Me parece que el día de hoy nos va a traer más preguntas que respuestas —replicó pensativo. Sus ojos recorrieron las columnas de libros que había por encima del cuerpo—. ¡Mira! ¡Estos libros están fechados en 1581! Desde luego, no es una coincidencia. Volveremos junto a nuestro amigo con el equipo de cámara, pero antes terminemos nuestra búsqueda.
Sortearon el esqueleto con cuidado y siguieron recorriendo las estanterías hasta que Atwood encontró lo que buscaba. Por fortuna, los volúmenes de 1947 estaban a mano, porque no llevaban escalera.
Iluminó las estanterías.
—¡Lo encontré! —exclamó—. ¡Aquí empieza 1947! —Emocionado, empezó a bajar volúmenes hasta que declaró triunfalmente—: ¡Hoy! ¡31 de enero!
Se sentaron el uno junto al otro en el frío suelo, apretujados entre los estantes, y apoyaron el pesado libro sobre los regazos de ambos, de modo que una mitad quedaba en las piernas de ella y la otra mitad en las de él. Revisaron una a una las páginas abarrotadas de nombres. Natus, Mors, Natus, Mors.
Atwood perdió la cuenta del número de páginas que habían pasado, cincuenta, sesenta, setenta.
Y entonces, solo un momento antes que ella, lo vio: «Reginald William Saunders Mors».

El equipo de excavadores había decidido que el Cunning Man de Fishbourne era su local. Podían llegar hasta allí caminando desde el yacimiento, la cerveza era barata y el dueño les dejaba usar la bañera reservada para los huéspedes a un penique por cabeza. El cartel del pub, un hombre de mirada aviesa, acuclillado en la corriente de un río atrapando una trucha con las manos, siempre conseguía arrancarles una sonrisa, pero esa tarde no. Se habían sentado a una larga mesa de aquella taberna llena de humo, evitando a los lugareños.
Reggie comprobó lo que le quedaba e intentó sacarle partido a la cosa.
—Si me prestas un par de pavos, esta ronda la pago yo. Mañana te los devuelvo, Beatrice.
Ella cogió su monedero y le soltó varios billetes.
—Aquí tienes, grandullón. Mañana los quiero de vuelta.
Reggie le arrebató los billetes.
—¿Usted qué piensa, profe? ¿Se cierra el telón para el bueno de Reg?
—Soy el primero en admitirlo: todo esto me deja perplejo —dijo Atwood, y a continuación vació lo que le quedaba de su pinta de cerveza. Iba por la tercera, lo cual era más de lo normal; la cabeza le daba vueltas. Bebían a un ritmo de vértigo y cada vez arrastraban más las palabras.
—Bueno, si esta es mi última noche sobre la tierra, me iré con la barriga llena de la mejor cerveza —dijo Reggie—. ¿Lo mismo para todos?
Recogió las jarras vacías y las llevó a la barra. Cuando ya no podía oírles, Dennis se inclinó hacia el grupo:
—En realidad, nadie se cree esa tontería, ¿verdad? —susurró.
Martin meneó la cabeza.
—Si es una tontería, ¿cómo es que la fecha de nacimiento del profe estaba en uno de los libros?
—Exacto —intervino Timothy.
—Tiene que haber una explicación científica —dijo Beatrice.
—¿Sí? —preguntó Atwood—. ¿Por qué todo tiene que encajar dentro del ordenado cajón de la ciencia?
—¡Geoffrey! —exclamó Beatrice—. ¿Eso ha salido de ti? ¿Del doctor Empirismo? ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a la iglesia?
—No me acuerdo. He excavado en unas cuantas antiguas. —Tenía la mirada atontada del bebedor recién forjado—. ¿Adónde se ha ido mi cerveza? —Alzó la vista y vio a Reggie en la barra—. Ah, ahí lo tenemos. Buen chico. Sobrevivió a Rommel. Espero que sobreviva a Vectis.
Ernest estaba pensativo. No estaba tan achispado como el resto.
—Habría que hacer alguna prueba —dijo—. Comprobarlo con otra gente que conozcamos, o tal vez contrastar los personajes históricos para verificar las fechas.
—Ese es justamente el enfoque —dijo Atwood aplastando un posavasos con la mano—. Usar el método científico para demostrar que la ciencia es una tontería.
—¿Y si todas las fechas coinciden? —preguntó Dennis—. Entonces, ¿qué?
—Entonces le pasaremos esto a esos hombrecitos aterradores que hacen cositas aterradoras en sus aterradores despachitos de Whitehall —respondió Atwood.
—Ministerio de Defensa —dijo Ernest con voz queda.
—¿Y por qué a ellos? —preguntó Beatrice.
—¿Y a quién si no? —preguntó Atwood—. ¿A la prensa? ¿Al Papa?
Reggie estaba esperando a que el camarero le pusiera la última de las pintas.
—¡Por aquí la gente se muere de sed! —gritó Atwood.
—Ya voy, jefe —dijo Reggie.
Julián Barnes entró; llevaba su esplendoroso abrigo abierto, ondeando tras él. Nadie estaba más sorprendido que los lugareños, que sabían quién era pero jamás le habían visto en un pub, y mucho menos en ese. De alguna manera, su porte resultaba desagradable, una estirada mezcla de pomposidad y soberbia. Llevaba el pelo peinado hacia atrás y un bigote recortado a la perfección. Era un hombre pequeño y con pinta de hurón.
Uno de los lugareños, un sindicalista que le tenía bastante manía, dijo con sarcasmo:
—El teniente coronel nos ha confundido con las oficinas del Partido Conservador. ¡Bajando la calle a la izquierda, señor!
Barnes no le hizo caso.
—¡Díganme dónde puedo encontrar a Reginald Saunders! —vociferó en un tono de contrarréplica senatorial.
Los arqueólogos se giraron.
Reggie seguía en la barra, estaba a punto de llevarse las pintas. Se hallaba a un tiro de dardo de aquel hombrecillo pomposo.
—¿Quién quiere saberlo? —preguntó, estirándose para desplegar toda su amenazadora altura.
—¿Es usted Reginald Saunders? —inquirió Barnes en tono oficial.
—¿Quién coño eres tú, colega?
—Le repito la pregunta: ¿es usted Saunders?
—Sí, soy Saunders. ¿Tiene algún asunto pendiente conmigo?
El hombrecillo tragó saliva.
—Creo que conoce a mi esposa.
—Y su coche, jefe. No sabría decirle cuál me gusta más, la verdad.
El teniente coronel sacó una pistola de plata de su bolsillo y disparó a Reggie en la frente antes de que nadie pudiera hacer ni decir nada.

Tras su audiencia con Winston Churchill, Geoffrey Atwood fue devuelto a Hampshire en un camión del ejército cubierto con una lona. A su lado, en el banco de madera, tenía a un joven capitán impasible que solo hablaba cuando le dirigían la palabra. Su destino era una base militar de cuando la guerra; el ejército aún mantenía allí unos barracones, donde Atwood y los de su grupo habían sido retenidos.
—¿Por qué no pueden liberarme aquí mismo, en Londres? —preguntó Atwood al joven capitán al principio del viaje.
—Tengo instrucciones de devolverle a Aldershot.
—¿Por qué razón, si me permite la pregunta?
—Son las instrucciones que me han dado.
Atwood había estado el tiempo suficiente en el ejército para reconocer un objeto inamovible cuando lo veía, así que ahorró saliva. Supuso que los abogados estaban llegando a acuerdos secretos y que todo saldría bien.
Mientras el camión crujía y traqueteaba sobre sus gastados amortiguadores, él intentaba pensar en cosas agradables sobre su mujer y sus hijos; se morirían de alegría al verle de vuelta. Pensó en una buena comida, un baño caliente, y seguir con sus responsabilidades académicas, tan tranquilizadoramente prosaicas. Vectis desaparecía necesariamente en lo más hondo de un pozo, sus notas y sus fotografías serían confiscadas; sus recuerdos, expurgados. Imaginaba que tal vez tendría charlas furtivas con Beatrice bebiendo una copa de jerez en sus habitaciones del museo, pero el duro confinamiento al que les habían sometido había alcanzado el efecto deseado: tenía miedo. Mucho más miedo del que jamás había sentido durante la guerra.
Cuando volvió al encierro de los barracones era ya de noche, sus camaradas le rodearon cual fotógrafos revoloteando junto a una estrella de cine. Estaban pálidos, desanimados, habían perdido peso, estaban irritables, hartos y muertos de preocupación. Habían alojado a Beatrice aparte, separada de los hombres, pero durante el día se le permitía estar con ellos en una sala común, donde sus celadores les llevaban la bazofia incolora del ejército. Martin, Timothy y Dennis jugaban una partida de cartas tras otra. Beatrice fumaba y se metía con los vigilantes, en tanto que Ernest, sentado en una esquina, se frotaba las manos en un estado de depresión angustiante.
Habían puesto todas sus esperanzas en la visita de Atwood a Londres, y ahora que estaba de vuelta querían conocer todos los detalles. Escucharon absortos la conversación que había tenido con el teniente general Stuart y aplaudieron y lloraron cuando les dijo que su liberación era inminente. Tan solo era cuestión de que se desenredaran los acuerdos de secretismo del gobierno para que se aprobara la firma. Hasta Ernest se animó y acercó su silla; la tensión de su mentón se había relajado un poco.
—¿Sabéis qué haré cuando vuelva a Cambridge? —preguntó Dennis.
—No nos interesa, Dennis —dijo Martin.
—Me daré un baño, me pondré ropa limpia, iré al club de jazz y conoceré a mujeres promiscuas.
—¿No te han dicho que no nos interesa? ——dijo Timothy.
Pasaron la mañana siguiente esperando con impaciencia que les notificaran su liberación. A la hora del almuerzo entró un cabo del ejército con una bandeja y la dejó en la mesa común. Era un soldado raso triste y sin sentido del humor, y a Beatrice le encantaba torturarle.
—Oye, tonto del culo —dijo—, tráenos un par de botellas de vino, que hoy volvemos a casa.
—Tendré que preguntarlo, señorita.
—Hazlo, chavalín. Y pregunta también si se te ha salido el cerebro por las orejas.

El teniente general Stuart cogió el teléfono en su despacho de Aldershot. La llamada era de Londres. Los músculos de su duro rostro, forjados a golpe de desprecio, no se movieron. La conversación fue corta, directa al grano. No hacía falta exponer ni clarificar nada. Cerró la conexión con un: «Sí, señor», y despegó la silla de su escritorio para llevar a cabo las órdenes.

El almuerzo era insípido pero tenían hambre y estaban ansiosos. Mientras comían panecillos rancios y espaguetis pastosos Atwood, un hombre de una capacidad descriptiva increíble, les contó cuanto pudo recordar a propósito del famoso bunker de Churchill. A mitad de la comida, el soldado llegó con dos botellas de vino sin descorchar.
—¡Como que vivo y respiro! —exclamó Beatrice—. El soldado Tonto del Culo ha vuelto para salvarnos.
El chico dejó las botellas y se fue sin decir palabra.
Atwood hizo los honores y sirvió el vino en los vasos.
—Me gustaría proponer un brindis —dijo, muy serio—. Por desgracia no podremos volver a hablar de lo que hemos encontrado en Vectis, pero esta experiencia ha forjado entre nosotros un vínculo eterno que jamás se romperá. ¡Por nuestro querido amigo Reggie Saunders y por nuestra maldita libertad!
Chocaron sus vasos y se bebieron el vino de un trago.
Beatrice hizo una mueca.
—Dudo que este vino sea el de los oficiales.
Dennis fue el primero en quedarse agarrotado, tal vez porque era el más pequeño y el más ligero. Después lo hicieron Beatrice y Atwood. En unos segundos todos se habían desplomado de sus sillas y estaban en el suelo sufriendo convulsiones y echando espuma por la boca, con las lenguas manando sangre atrapadas entre los dientes, los ojos en blanco y los puños cerrados.
El teniente general Stuart entró cuando todo hubo terminado e inspeccionó aquel paisaje desolador. Estaba hasta las narices de la muerte, pero no había un soldado más obediente que él en el ejército de Su Majestad.
Suspiró. Había mucho que hacer y el día sería largo.
El general lideró un pequeño contingente de hombres de confianza para volver a la isla de Wight. El yacimiento arqueológico que fue descubierto por el grupo de Atwood había sido acordonado, y toda la zanja había sido cubierta por una enorme tienda de las que se usan como cuartel general en el campo de batalla, protegida de las miradas.
Un militar se encargó de decirle a Abbot Lawlor que el grupo de Atwood había descubierto artillería sin explotar en su zanja y que habían sido evacuados a tierra firme por su propia seguridad. Durante los siguientes doce días un flujo continuo de camiones del ejército llegaban a la isla en barcazas de la Marina Real y continuaban hasta la tienda. Soldados rasos que no tenían ni idea de la importancia de lo que llevaban en sus manos hicieron el duro trabajo de transportar día y noche las cajas de madera y sacarlas del agujero.
El general entró en la biblioteca al ritmo de la reverberación que producía el agudo sonido de sus botas. Desnudaron las salas de arriba abajo, vaciando las altísimas estanterías una hilera tras otra. Pasó por encima del esqueleto isabelino con total desinterés. Tal vez otro hombre hubiera intentado entender qué significaba aquello, intentar comprender cómo era posible, intentar batallar con la grandiosidad filosófica de todo ello. Pero Stuart no era ese hombre, y eso tal vez lo convertía en el hombre ideal para aquel trabajo. Él solo quería llegar a Londres a tiempo para poder ir al club y agasajarse con un whisky escocés y un bistec.
Cuando terminara la inspección, le haría una visita al abad y se lamentaría del terrible error que el ejército había cometido: cuando permitieron que el grupo de Atwood regresara, pensaban que habían despejado toda la artillería. Desgraciadamente, al parecer se habían dejado una pieza alemana de doscientos veinte kilos.
Tal vez sería apropiado hacer una misa en honor de los arqueólogos, acordarían sombríamente.
Stuart tenía ya la zona despejada y dejó que el encargado de demoliciones terminara con el cableado. Cuando desconectaron las bombas de percusión, la tierra se agitó como en un terremoto y toneladas de piedra medieval cayeron bajo su propio peso.
Los restos de Geoffrey Atwood, Beatrice Slade, Ernest Murray Dennis Spencer, Martin Bancroft y Timothy Brown descansarían en lo más profundo de aquellas catacumbas convertidas en fosfatina por toda la eternidad junto a los huesos de generaciones enteras de escribas pelirrojos cuyos antiguos libros habían sido empaquetados en un convoy de camiones verde oliva que corría hacia la base militar de las fuerzas armadas estadounidenses de Lakenheath, Suffolk, para su transporte inmediato a Washington.


29 de julio de 2009,
Nueva York

La resaca de Will era tan suave que prácticamente no se podía calificar como tal. Era más bien como un ligero resfriado que podía curarse en una hora con un par de analgésicos.
La noche anterior había imaginado que caería en lo más profundo, rebotaría por el fondo durante un buen rato y no emergería a la superficie hasta que estuviera a punto de ahogarse. Pero cuando ya llevaba un par de copas de su planeada juerga se enfadó lo suficiente como para dejar de autocompadecerse y mantener el flujo de whisky a un ritmo continuo en el que el nivel de entrada fuera acorde con su metabolismo. Quedó estable y en lugar del habitual sin sentido volátil que se hacía pasar por lógica, la mayor parte de la noche tuvo pensamientos de lo más racionales. En el transcurso de este intervalo funcional llamó a Nancy y concertaron una cita por la mañana temprano.
Estaba ya en un Starbucks, junto a la estación central, bebiendo un café largo, cuando llegó ella. Tenía peor aspecto que él.
—¿Buena conexión? —bromeó Will.
Pensó que Nancy se pondría a llorar y casi consideró darle un abrazo, pero habría sido la primera vez que demostraba su afecto en público.
—Tengo un café con leche sin calorías esperándote. —Le pasó la taza—.Todavía está caliente.—Aquello consiguió que se desmoronara. Se le saltaron las lágrimas—.Vamos, mujer, que solo es una taza de café —dijo él.
—Ya lo sé. Gracias. —Dio un sorbo y luego lanzó la pregunta—: ¿Qué ha pasado?
Se inclinó sobre la mesa para escuchar la explicación. El local estaba lleno de clientes, y entre las voces y la máquina de café había mucho ruido.
Se la veía joven y vulnerable, así que Will le rozó la mano. Ella malinterpretó el gesto.
—¿Crees que se han enterado de lo nuestro? —preguntó.
—¡No! No tiene nada que ver con eso.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque nos hubieran hecho mover el culo hasta el jefe de personal y él nos lo hubiera dicho. Créeme, sé de qué hablo.
—Entonces, ¿qué?
—No se trata de nosotros, es el caso.
Bebió un poco de café; miraba todas las caras que entraban por la puerta.
—No quieren que detengamos a Shackleton —dijo ella leyendo su mente.
—Eso parece.
—¿Por qué iban a interponerse en la captura de un asesino en serie?
—Excelente pregunta. —Se masajeó la frente y los ojos con cansancio—. Porque se trata de mercancía peligrosa. —Nancy lo miró inquisitiva. Will bajó la voz—: ¿Cuándo borran a alguien del sistema? ¿Testigo de los federales? ¿Actividad encubierta? ¿Operaciones clandestinas? Sea lo que sea, la pantalla se oscurece y él no existe. Dijo que trabajaba para los federales. En Área 51, lo que quiera que sea, o en alguna mierda de ese tipo. Me huele a que una parte del gobierno (nosotros) se ha dado de bruces contra otra parte del gobierno, y hemos perdido.
—¿Me estás diciendo que ciertos oficiales de una agencia federal han decidido dejar marchar a un asesino? —No podía creerlo.
—No estoy diciendo nada. Pero sí, es posible. Depende de lo importante que sea. O tal vez, si existe la justicia, se encargarán de él a su debido tiempo.
—Pero nunca lo sabremos —dijo ella.
—Nunca lo sabremos.
Nancy se acabó el café y hurgó en su bolso en busca de una polvera con la que recomponer su maquillaje.
—Entonces, ¿ya está? ¿Hemos acabado?
Will la observó quitarse los churretes.
—Tú has acabado. Yo no. —El gesto de su cuadrada mandíbula emanaba agresividad pero también serenidad, el tipo de mueca turbadora del que se halla en una cornisa dispuesto a saltar al vacío—.Tú vuelve a la oficina —dijo—.Tendrán un nuevo trabajo para ti. He oído que Mueller va a volver. Tal vez os pongan juntos otra vez. Tú harás un carrerón porque eres una agente magnífica.
—Will...
—No, escúchame, por favor —dijo—. Esto es algo personal. No sé cómo ni por qué Shackleton mató a toda esa gente, pero sé que lo hizo para restregarme la mierda de este caso por la cara. Esa tiene que ser parte, quizá gran parte, de su motivación. Lo que va a pasar conmigo es lo que se suponía que tenía que ocurrir. Ya no formaré un equipo nunca más. Hacía años de la última vez. Toda esa idea de guardar las formas y no decir una palabra más alta que la otra para llegar a la jubilación ha sido una majadería.—Se estaba descargando, pero estar en un espacio público lo retenía—. Al carajo los veinte años y al carajo la pensión. Encontraré un trabajo en algún sitio. No necesito mucho para ir tirando.
Nancy dejó la polvera en la mesa. Daba la impresión de que tendría que volver a recomponer su maquillaje.
—¡Por Dios, Nancy, no llores! —susurró Will—. Esto no tiene nada que ver con nosotros. Lo nuestro es genial. Es la mejor relación hombre—mujer que he tenido en mucho tiempo, tal vez la mejor que he tenido nunca, si he de ser sincero. Además de ser inteligente y sexy, eres la mujer más autosuficiente con la que he estado nunca.
—¿Eso es un cumplido?
—¿Viniendo de mí? Un cumplido enorme. No eres dependiente como el cien por cien de mis ex. Te sientes cómoda con tu propia vida, y eso hace que yo me sienta cómodo con la mía. Eso no voy a volver a encontrarlo.
—Entonces, ¿por qué mandarlo al infierno?
—Esa obviamente no era mi intención. Tengo que encontrar a Shackleton.
—¡Estás fuera del caso!
—Pero voy a volver a meterme. De una manera u otra, me darán la patada. Conozco su manera de pensar. No van a tolerar la insubordinación. Mira, cuando sea agente de seguridad de un centro comercial de Pensacola tal vez puedas conseguir que te trasladen allí. No sé qué entenderán allí por museos de arte, pero ya nos inventaremos alguna manera de conseguirte algo de cultura.
Nancy se frotó los ojos.
—Al menos tendrás un plan.
—No es que sea muy elaborado. Les he llamado y les he dicho que estoy enfermo. A Sue le aliviará saber que hoy no tendrá que vérselas conmigo. Tengo un vuelo para Las Vegas al final de la mañana. Le encontraré y conseguiré que hable.
—Y se supone que yo tengo que volver al trabajo como si no hubiera pasado nada.
—Sí y no. —Sacó dos móviles de su maletín—. Irán a por mí en cuanto se den cuenta de que me he dado el piro y que voy por libre. Es probable que te pinchen el teléfono. Toma uno de estos de prepago. Los usaremos para comunicarnos entre nosotros. A no ser que consigan los números, no podrán localizarlos. Necesitaré ojos y oídos, pero si piensas por un segundo que estás comprometiendo tu carrera, apagamos y nos vamos. Y llama a Laura. Dile algo que la deje tranquila. ¿Vale?
Nancy cogió uno de los teléfonos. En ese breve tiempo que estuvo en su mano se quedó empapado.
—Vale.

Mark estaba soñando con líneas de códigos de programas informáticos. Tomaban forma más rápido de lo que él podía teclearlos, con la misma rapidez con la que pensaba. Cada una de las líneas era única, perfecta a su manera minimalista, sin caracteres superfluos. Había una pizarra flotante que se iba llenando rápidamente con algo maravilloso. Era un sueño fabuloso y le horrorizó que lo estuviera destruyendo el sonido del teléfono.
Que su jefa, Rebecca Rosenberg, le llamara al móvil, era algo que no le cuadraba. Estaba en la cama con una mujer preciosa en una magnífica suite del hotel Venetian y el acento de Jersey de su supervisora con cara de trol le revolvía el estómago.
—¿Qué tal estás? —preguntó ella.
—Bien. ¿Qué pasa? —Nunca le había llamado al móvil.
—Siento interrumpir tus vacaciones. ¿Dónde estás?
Si querían podían averiguarlo por la señal de su móvil, así que no mintió.
—En Las Vegas.
—Vale, ya sé que en realidad es una imposición, pero tenemos un problema de códigos que nadie consigue arreglar. Los HITS lambda han caído y a los vigilantes les está dando un soponcio.
—¿Habéis intentado reiniciarlos? —preguntó, somnoliento.
—Un millón de veces. Parece como si el código estuviera corrupto.
—¿Cómo?
—Nadie lo entiende. Tú eres su papi. Me harías un favor enorme si pudieras venir mañana.
—¡Estoy de vacaciones!
—Lo sé. Siento haber tenido que llamarte, pero si haces esto por nosotros te conseguiré tres días más de vacaciones, y si acabas el trabajo en medio día, haremos que te lleven en jet hasta McCarran para la hora del almuerzo. ¿Qué me dices? ¿Trato hecho?
Meneó la cabeza como si no pudiera creérselo.
—Sí. Lo haré.
Tiró el teléfono a la cama. Kerry seguía completamente dormida. Algo no iba bien. Había cubierto sus huellas tan bien que estaba seguro de que el asunto de Desert Life era imposible de detectar. Tan solo tenía que esperar el momento, un mes o dos antes de comenzar el proceso de baja voluntaria. Les diría que había conocido a una chica, que iban a casarse y a vivir en la costa Este. Le pondrían mala cara y le darían lecciones sobre el compromiso mutuo, el tiempo empleado en seleccionarle y prepararle, la dificultad de encontrar un sustituto. Apelarían a su patriotismo. El aguantaría como pudiera. No era un esclavo. Tenían que dejarle marchar. A la salida lo registrarían a fondo, pero no encontrarían nada. Le vigilarían durante años, tal vez siempre, como habían hecho con todos los antiguos empleados. Tanto le daba. Podían vigilarle cuanto quisieran.

Cuando Rosenberg colgó, los vigilantes se quitaron los auriculares y asintieron. Malcolm Frazier, el jefe de los vigilantes, también estaba allí: cuello tenso, cara inexpresiva y cuerpo de luchador.
—Lo has hecho muy bien —dijo a Rosenberg. —Si pensáis que es un peligro para la seguridad, ¿por qué no vais hoy a por él? —preguntó ella.
—No lo pensamos, lo sabemos —dijo en tono grosero—.
Preferimos hacerlo en un entorno controlado. Confirmaremos que está en Nevada. Tenemos gente rondando su casa. Le dejaremos pinchada la señal del móvil. Si tenemos sospechas de que no piensa aparecer mañana, nos moveremos.
—Estoy segura de que sabéis cómo hacer vuestro trabajo —dijo Rosenberg. El aire de su despacho estaba cargado con el aroma que transpiraban aquellos hombres grandes y atléticos.
—Sí, doctora Rosenberg, sabemos cómo hacerlo.

Cuando iba hacia el aeropuerto empezó a lloviznar; el limpiaparabrisas del taxi zumbaba como un metrónomo que llevara el tiempo de un adagio. Will se desplomó en el asiento trasero y cuando se quedó dormido, su barbilla acabó descansando sobre su hombro. Se despertó en la carretera de servicio de La Guardia, con el cuello dolorido, y le dijo al taxista que volaba con US Airways.
Su traje color canela estaba salpicado de gotas de lluvia. Se quedó con el nombre de la agente de viajes, Vicki, que tomó de la tarjeta de su camisa, y habló de cosas triviales con ella mientras le presentaba su documentación y su licencia federal para llevar armas. La observó teclear distraídamente, una chica simplona y entradita en carnes con un pelo largo castaño arreglado en una cola que no le favorecía.
Una luz gris bañaba la terminal, una explanada clínicamente esterilizada con poco tráfico de viandantes, ya que era media mañana. Eso se lo puso fácil a la hora de examinar el vestíbulo y decidir qué personas podrían ser de su interés. Tenía el radar en funcionamiento y estaba tenso. Nadie salvo Nancy sabía que le había dado por pasarse al lado oscuro, pero aun así le parecía que llamaba la atención, como si llevara un cartel colgando del cuello. Los pasajeros que esperaban para facturar y los que había por el vestíbulo parecían legales; al fondo había un par de polis hablando junto a un cajero.
Le quedaba una hora libre. Iría a por algo de comer y compraría el periódico. Una vez en el aire podría relajarse durante unas horitas, a no ser que Darla trabajara en esa ruta, en cuyo caso tendría que luchar con el dilema de si ponerle o no los cuernos a Nancy, aunque estaba seguro de que sucumbiría a aquello de que «lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas». Hacía tiempo que no pensaba en aquella rubia grandota, pero en ese momento le costaba quitársela de la cabeza. Para ser una chica con ese cuerpazo, llevaba una lencería de lo más pequeña y ligera.
Se dio cuenta de que Vicki tardaba demasiado. Revolvía papeles y miraba su ordenador con ojos asustados.
—¿Va todo bien? —preguntó Will.
—Sí. La pantalla se ha quedado bloqueada. Ahora se arreglará.
Los polis del cajero miraban en su dirección y hablaban por los intercomunicadores.
Will cogió su identificación de encima del mostrador.
—Bueno, Vicki, ya acabaremos luego con esto. Tengo que ir al servicio.
—Pero...
Se dio toda la prisa que pudo. Los polis estaban a más de cincuenta metros y el suelo resbalaba bastante. La salida le quedaba a tiro de piedra, así que estuvo fuera del edificio en tres segundos. No volvió la vista atrás. Su única alternativa era moverse y pensar más rápido que los polis que le seguían. Vio una limusina negra de la que salía un pasajero. El conductor estaba a punto de arrancar cuando Will abrió la puerta de atrás, tiró su bolsa de viaje al asiento y se coló dentro.
—¡Eh! ¡Aquí no puedo recoger a nadie! —El conductor era un sesentón con acento ruso.
—¡No hay problema! —dijo Will—. Soy un agente federal. —Le enseñó la placa—. Circule, por favor.
El conductor refunfuñó algo en ruso pero aceleró suavemente. Will hizo como que buscaba algo en su bolsa, una treta para agachar la cabeza. Oyó gritos en la distancia. ¿Le habrían identificado? ¿Tendrían su número de placa? El corazón se le salía por la boca.
—Me podrían despedir por esto —dijo el conductor.
—Lo siento. Estoy en un caso.
—¿FBI? —preguntó el ruso.
—Sí, señor.
—Yo tengo un hijo en Afganistán. ¿Adónde quiere ir?
Will consideró rápidamente los escenarios.
—A la terminal de la Marina.
—¿Simplemente al otro lado del aeropuerto?
—Está usted siendo de gran ayuda. Sí, allí. —Desconectó su teléfono móvil, lo metió en su bolsa y lo cambió por el armatoste de prepago.
El conductor no quería dinero. Will salió del coche y miró alrededor: era el momento de la verdad. Todo parecía normal, ni luces azules ni perseguidores. Se puso de inmediato en la hilera de taxis frente a la terminal y se metió en uno de los amarillos. Una vez en marcha, usó su teléfono de prepago para llamar a Nancy y ponerla al corriente. Entre los dos urdieron un pequeño plan de emergencia.
Imaginó que ahora estarían motivados y que contarían con refuerzos, así que tendría que esforzarse un poco, hacer varios transbordos, zigzaguear. El primero de los taxis le dejó en Queens Boulevard, donde pasó por un banco y sacó unos cuantos de los grandes en metálico de su cuenta, y llamó a otro taxi. La siguiente parada fue en la calle Ciento veinticinco de Manhattan, donde se metió en el metro norte que conectaba con White Plains.

Rondaba ya el mediodía y tenía hambre. La lluvia había cesado y el aire era más fresco y respirable. El cielo se estaba abriendo; como su bolsa no pesaba demasiado, decidió buscar a pie dónde comer. Encontró un pequeño restaurante italiano en Mamaroneck Avenue y se instaló en una mesa alejada de los ventanales; pidió un menú de tres platos para matar el tiempo. Se reprimió y no pidió una tercera cerveza y se pasó a la gaseosa para acompañar la lasaña. Cuando acabó, pagó en metálico, se aflojó un poco el cinturón y salió a caminar a la luz del sol.
La biblioteca pública estaba cerca. Era un edificio municipal enorme, lo que algún arquitecto entendía por diseño neoclásico. Guardó su bolsa en el mostrador de la entrada, pero como no había detector de metales se dejó el arma en la pistolera y encontró un rinconcito tranquilo en una larga mesa al fondo de la sala de lectura con aire acondicionado.
De repente volvió a parecerle que llamaba la atención. De las doce personas que había en la sala, él era el único que vestía traje y el único que tenía la mesa vacía. La inmensa sala estaba silenciosa como solo lo están las bibliotecas, con alguna tos ocasional y el chirrido de la pata de una silla contra el suelo. Se quitó la corbata, se la metió en un bolsillo de la chaqueta y decidió buscar un libro con el que matar el tiempo.
No es que fuera muy lector, no recordaba cuándo había sido la última vez que había rondado las estanterías de una biblioteca, probablemente en la universidad, probablemente persiguiendo a una chica más que buscando un libro. A pesar de lo dramático del día, sentía pesadez de estómago, estaba adormilado y le pesaban las piernas. Recorrió las claustrofóbicas estanterías de metal y aspiró el rancio olor a cartón. Los miles de títulos de libros se mezclaron unos con otros hasta que su cerebro empezó a confundirse. Tenía unas ganas terribles de acurrucarse en un rincón oscuro y echar un sueñecito y estaba a punto de quedarse dormido cuando de golpe volvió a estar alerta.
Le estaban vigilando.
Primero solo lo sintió, luego oyó el ruido de los pasos a su izquierda, en otro de los pasillos. Se volvió justo a tiempo para ver un talón que desaparecía al final de las estanterías. Se palpó la pistolera por encima de la chaqueta, corrió hacia el final del pasillo y giró dos veces hacia la derecha. El pasillo estaba vacío. Aguzó el oído, creyó oír algo un poco más lejos y avanzó con cautela en esa dirección, un par de pasillos más hacia el centro de la sala. Al doblar la esquina vio a un hombre que se escabullía. —¡Eh! —gritó Will.
El hombre se detuvo y se dio la vuelta. Era un tipo obeso, con una barba negra moteada y revuelta, que iba vestido de invierno, con botas de montaña, un jersey apolillado y una trenca. Tenía las mejillas irritadas y picadas y una nariz bulbosa con la textura de una piel de naranja. Llevaba unas gafas con montura de metal que parecían sacadas de un rastrillo. Aunque debía de rondar los cincuenta, tenía todo el aspecto de un niño al que han pillado haciendo una travesura.
Will se le acercó con prudencia.
—¿Me estaba siguiendo?
—No.
—Me ha parecido que lo hacía.
—Le estaba siguiendo —admitió.
Will se relajó. Aquel hombre no representaba ningún peligro. Lo clasificó como esquizofrénico no violento controlado.
—¿Por qué me seguía?
—Para ayudarle a encontrar un libro. —No había modulación en su voz. Cada palabra tenía el mismo tono y énfasis que la anterior, pronunciadas todas con una seriedad absoluta.
—Bueno, amigo, podría irme bien su ayuda. Las bibliotecas no son lo mío.
El hombre sonrió y mostró una hilera de dientes enfermos.
—A mí me encanta la biblioteca.
—Vale, ayúdame a encontrar un libro. Me llamo Will.
—Yo Donny.
—Hola, Donny. Tú primero, yo te sigo. Donny se apresuró alegremente por los pasillos como una rata que conoce un laberinto de memoria. Llevó a Will hacia una esquina y luego bajó dos pisos por una escalera hasta una sala en el sótano, donde exploró el nuevo nivel como quien sabe lo que hace. Pasaron junto a una bibliotecaria, una mujer mayor que empujaba un carrito de libros y que sonrió tímidamente, contenta de que Donny hubiera encontrado un compañero de juegos.
—Debes de estar buscando un libro muy bueno, Donny —dijo Will.
—Un libro muy bueno.
Con tanto tiempo por delante como tenía, esta escapada le parecía de lo más divertida. Ese tipo tenía todas las papeletas de padecer esquizofrenia crónica, probablemente con un toque de retraso, y por su aspecto estaba de pastillas hasta arriba. Y allí estaba Will, en las profundidades de aquel sótano, en la casa de Donny jugando al juego de Donny, pero no le importaba.
Finalmente Donny se paró en medio de uno de los pasillos, alargó el brazo y eligió un libro grande con las cubiertas gastadas. Necesitó ambas manos sudadas para sacarlo, luego se lo tendió a Will.
La Sagrada Biblia.
—¿La Biblia? —dijo Will con lógico tono de sorpresa—. He de decirte, Donny, que no soy un gran lector de la Biblia. ¿Tú lees la Biblia?
Donny se miró las botas y agitó la cabeza.
—No la leo.
—Pero crees que yo debería hacerlo.
—Deberías.
—¿Algún otro libro que debería leer?
—Sí. Otro libro.
Se puso de nuevo en marcha; Will lo seguía con esa Biblia de casi cuatro kilos bajo el brazo, apoyada en la pistolera. Su madre, una baptista sumisa que aguantó al hijo de puta de su padre durante treinta y siete años, leía la Biblia constantemente, y en ese momento recordó a su madre sentada a la mesa de la cocina, leyendo la Biblia, aferrándose a ella como a una tabla de salvación, con su labio inferior temblando, mientras el viejo, borracho en el salón, la maldecía a voz en grito. Y cuando ella también se dio a la bebida para liberarse, siguió buscando el perdón en la Biblia. Así pues, Will no estaba deseando ponerse a leer la Biblia.
—¿El siguiente libro va a ser tan profundo como este? —preguntó.
—Sí. Será un buen libro para ti.
Will estaba deseando ver cuál era.
Bajaron otra escalera hasta la última planta, una zona que no parecía recibir muchas visitas. De repente Donny se detuvo y se agachó frente a una estantería llena de libros viejos con cubierta de cuero. Sacó uno de ellos de manera triunfal.
—Este es bueno para ti.
Will se moría de curiosidad. ¿Qué libro podría equipararse a la Biblia según la visión del mundo de ese pobre diablo? Se preparó para ese momento de revelación.
Código Municipal del estado de Nueva York de 1951.
Dejó la Biblia en el suelo para examinar el nuevo libro. Tal como anunciaba, se trataba de una página tras otra de códigos municipales con especial énfasis en los usos legales de la tierra. Seguramente hacía por lo menos medio siglo que nadie tocaba aquel volumen.
—Bueno, desde luego esto es profundo, Donny.
—Sí. Es un buen libro.
—Cogiste estos dos libros al azar, ¿verdad?
Donny asintió con la cabeza de manera vigorosa.
—Los cogí al azar, Will.

A las cinco y media estaba durmiendo en la sala de lectura con la cabeza reposando cómodamente sobre la Biblia y el Código Municipal. Sintió que le tiraban de la manga, miró hacia arriba y vio a Nancy de pie frente a él.
—Hola.
Ella examinó su material de lectura.
—No preguntes —le rogó Will.
Una vez fuera, se sentaron a hablar en el coche de Nancy. Will se dijo que si le hubieran seguido la pista ya lo habrían cogido. Daba la sensación de que nadie había reseguido la línea de puntos.
Nancy le dijo que en la oficina se habían desatado los infiernos. Que ella no estaba en el punto de mira, pero que las noticias se propagaban rápidamente por la agencia. Habían añadido el nombre de Will a la lista del servicio de seguridad de transportes, y su intento de facturación en La Guardia había creado una situación de pánico total entre las distintas agencias. Sue Sánchez estaba que trinaba. Se pasaba el día en reuniones a puerta cerrada con los jefazos y solo salía para gritar unas cuantas órdenes, por lo general para dar por saco. Había preguntado varias veces a Nancy si conocía las acciones e intenciones de Will, pero parecían aceptar que no sabía nada. Sue casi le pedía perdón por haberla obligado a trabajar con él en el caso Juicio Final, y le aseguró repetidas veces que su carrera no se vería manchada por esta asociación.
Will suspiró profundamente.
—Bueno, pues me han cortado las alas. No puedo volar, no puedo alquilar un coche, no puedo usar la tarjeta de crédito. Si intento coger un tren o un autobús, me de