Publicado en
agosto 15, 2010
Introducción
Fue el filósofo griego Platón el primero que soñó con Atlantis, aunque sus sueños no fueron tan misteriosos como los de Smith. Poseidonis es "la última isla de la anegada Atlantis". Existe un tema común en este corto ciclo, y es que todo llega a su fín, y el fínal, por lo general, no es agradable.
Poseidonis es "Una isla enorme", "la última isla de la anegada Atlantis"... "con sus opulentos muelles, sus monumentos de arte y arquitectura, de eones de antigüedad, sus fértiles valles interiores, y sus montañas, elevando sus cimas nevadas sobre junglas tropicales"poblada por "miembros de una raza aborigen de Atlantis" que sobrevivieron en Poseidonis como esclavos ("A Voyage to Sfanomoe", Clark Ashton Smith)
Este ciclo, uno de los más hermosos de Smith, consta de sólo ocho piezas:
Atlantis (1912)
Muse of Atlantis, The (1922)
Last Incantation, The (1930)
Death of Malygris, The (1933)
Double Shadow, The (1933)
Vintage from Atlantis, A (1933)
Voyage to Sfanomoe, A (1931)
Tolometh (1958)
Por encima de sus cúpulas, golfos amontonados...
A lo lejos, resuenan los vendavales con su amargo paso:
Pero aquí las enterradas aguas no hacen caso...
Sordas, con labios juntos, por el peso aplastados
Del océano superior. Firme, interminado,
En ciudades enmarañadas con luto sombrío,
Donde se pudren galeones y los kraken hacen nido,
La marea se enrrosca lenta, por puertas y patios anegados.
Bajo la fosfórea cúpula estrellada del océano,
Una luz espectral débilmente ilumina
Los altares de una diosa revestida
Con flores de una enrredadera misteriosa e incolora;
Y, alados, rápidos, bajo la espuma, a través de cielos,
Los seres del mar, brillantes, se lanzan como aves silenciosas.
LA MUSA DE ATLANTIS
Clark Ashton Smith
¿Vendrás conmigo a Atlantis, donde bajaremos a través de calles de mármol amarillo y azur hasta los muelles de oricalco, y elegiremos una galera con un dorado Eros como mascarón, y velamen de procedencia Tyriana?
Con marinos que conocieron a Odiseo, y hermosas esclavas de senos de ámbar, de los valles montañosos de Lemuria, levaremos anclas hacia las ignotas islas afortunadas del mar exterior; y, navegando en la estela de un crepúsculo opalescente, perderemos de vista, en el glauco ocaso, esa tierra ancestral, y contemplaremos desde nuestros divanes de ébano y satén el alzarse de desconocidas estrellas y planetas extinguidos.
Quizás no regresemos, mas seguiremos el tropical verano de una venturosa isla a otra, a través de los diamantinos mares del mito y la fábula; comeremos el loto, y las frutas de tierras con las cuales Odiseo jamás soñó; y beberemos los claros vinos de las hadas, madurados en un valle de perpetua luz lunar.
Encontraré para tí un collar de perlas tintadas de rosa, y un collar de rubíes amarillos, y te coronaré con preciosos corales que tengan la semblanza de flores del color de la sangre. Vagaremos por los mercados de olvidadas ciudades de jaspe, y puertos hechos de carnelia, más allá de Cathay; y te compraré una túnica, azur como un pavo real, damasquinada en cobre, oro y bermellón; y una túnica de samita negra con runas en naranja, tejida sin el toque de mano alguna, por fantástica hechicería, en una oscura tierra de filtros y conjuros.
Publicado por primera vez en
Ebony and Crystal, Auburn Journal 1922
Traducción: Javier Jiménez
El Último Hechizo
Clark Ashton Smith
MALYGRIS el mago estaba sentado en el cuarto superior de su torre, construida sobre una elevación cónica, en el corazón de Susran, capital de Poseidonis. Hecha con una piedra oscura, extraída de las profundidades de la tierra, tan perdurable y dura como el fabuloso diamante, esta torre se erguía sobre todas las otras, y arrojaba sus sombras sobre los tejados y cúpulas de la ciudad, como el siniestro poder de Malygris había proyectado su oscuridad en la mente de los hombres.
Ahora, Malygris era viejo, y toda la lúgubre fuerza de sus encantamientos, todos los temibles y curiosos demonios bajo su control, todo el miedo que había despertado en los corazones de reyes y prelados, no eran ya bastante para calmar el negro aburrimiento de sus días. En su trono, fabricado con el marfil de los mastodontes, incrustado con terribles runas crípticas de rojas turmalinas y cristales azul marino, miraba tristemente a través de la única ventana con forma de rombo, hecha de cristal leonado. Sus blancas cejas estaban contraídas en una única línea debajo del pergamino pardo de su frente, y, bajo ellas, sus ojos eran tan fríos y verdes como el hielo de los antiguos ícebergs; su barba, mitad blanca, mitad negra, con brillos verde claro, le caía casi hasta las rodillas y ocultaba muchos de los caracteres inscritos en seda bordada en el seno de su túnica violeta. Alrededor suyo estaban desparramados los instrumentos de su arte: los cráneos de hombres y monstruos; frascos llenos de líquidos negros o ámbar, cuyo uso sacrílego era desconocido para todos excepto para él mismo; pequeños tambores de piel de buitre, y crótalos hechos con los dientes y huesos de cocodrilos, usados como acompañamiento en ciertos encantamientos. El suelo de mosaico estaba parcialmente cubierto con las pieles de simios negros y plateados, y sobre la puerta colgaba la cabeza de un unicornio en la cual habitaba el demonio familiar de Malygris, bajo la forma de un coralillo de tripa verde clara y manchas de color ceniza. Había libros apilados por todas partes; volúmenes antiguos encuadernados en piel de serpiente, con cerraduras corroídas por el moho, que contenían la temible sabiduría de Atlantis, los pentágonos que tenían poder sobre los demonios de la tierra y la luna, los hechizos que transmutaban y desintegraban los elementos, y runas de un lenguaje perdido de Hyperborea, el cual, de pronunciarse en voz alta, era más mortal que veneno alguno o más potente que cualquier filtro.
Pero, a pesar de estas cosas y del poder que contenían o simbolizaban, que eran el terror de la gente y la envidia de los magos rivales, los pensamientos de Malygris estaban oscurecidos por una melancolía que no podía mitigarse, y el cansancio llenaba su corazón como las cenizas llenan una chimenea cuando un gran fuego se ha apagado. Inmóvil se sentaba, implacable meditaba, mientras el sol de la tarde declinaba sobre la ciudad y sobre el mar que estaba más allá de la ciudad, golpeaba con rayos otoñales el cristal amarillo verdoso y tocaba sus marchitas manos con su oro fantasmal, y prendía los balajes de sus anillos hasta que ardían como ojos demoniacos. Pero en sus meditaciones no había ni luz ni fuego; y, apartándose del gris presente, de la oscuridad que parecía cerrarse de manera tan evidente sobre el futuro, tanteaba entre las sombras del recuerdo, como un ciego que el sol ha perdido y en vano lo busca por doquier. Y todos los paisajes del tiempo que se habían presentado plenos de oro y de esplendor, los días de triunfo que tenían el color de una llama que se remonta, cl carmesí y el púrpura de los ricos años imperiales de la flor de la edad, todos ellos estaban fríos y oscuros y extrañamente desdibujados, y el recuerdo de ellos no era más que el revolver de cenizas. Entonces, Malygris tanteó hacia los años de su juventud, los años remotos, increíbles, caliginosos, donde, como una estrella extraña, una memoria aún ardía con un brillo infalible..., el recuerdo de la muchacha Nylissa, a quien había amado en los días anteriores a que el deseo de conocimientos no permitidos y poder nigromántico hubiese penetrado en su alma. Prácticamente, la había olvidado durante décadas, entre la miríada de preocupaciones de una vida tan grotescamente variada, tan repleta de acontecimientos sobrenaturales y poderes, con sobrenaturales victorias y peligros; pero ahora, con el simple pensamiento de esta niña, delgada e inocente, quien tanto le había amado cuando él también era joven, delgado y sin maldad, y quien había muerto de una repentina y misteriosa fiebre en la víspera del día de su boda. Como una momia, en el color pardo de sus mejillas apareció un sonrojo fantasmal, y en las profundidades de sus gélidos globos oculares había un reflejo como el brillo de cirios de velatorio. En sus sueños se pusieron los soles irrecuperables de su juventud, y vio el valle de Meros al que daban sombra los mirtos, y el arroyo de Zemander, por cuyos márgenes siempre verdes había caminado a la caída de la tarde con Nylissa, viendo el nacimiento de las estrellas de verano, el arroyo y los ojos de su amada.
Ahora, dirigiéndose a la víbora demoníaca que habitaba en la cabeza del unicornio, Malygris habló, empleando la entonación baja y monótona de quien piensa en voz alta.
-Víbora, en los años anteriores a que tú vinieses a vivir conmigo y establecieses tu morada en la cabeza del unicornio, conocí a una muchacha que era hermosa y frágil como las orquídeas de la selva, y quien, como las orquídeas mueren, murió... Víbora, ¿acaso no soy yo Malygris, en quien se centra toda la sabiduría oculta, todos los dominios prohibidos y los poderes sobre los espíritus de la tierra, el mar y el aire, sobre los demonios solares y lunares, sobre los vivos y sobre los muertos? Y, si yo lo deseo, ¿no puedo llamar a la muchacha Nylissa, en la auténtica semblanza de su juventud y de su belleza, y traerla de las sombras inmutables de la secreta tumba, para que se levante ante mí en esta cámara, bajo los rayos de este sol otoñal?
-Sí, amo -replicó la serpiente en un silbido bajo, pero singularmente penetrante. Eres Malygris, y todos los poderes mágicos o nigrománticos son tuyos, todos los hechizos y todos los encantamientos y los pentágonos te son conocidos. Te es posible, si lo deseas, invocar a la muchacha Nylissa de su morada entre los muertos, y contemplarla de nuevo tal y como ella era antes de que su hermosura hubiese conocido el destructor beso del gusano.
-Víbora, ¿está bien, resulta correcto, que la invoque de esta manera?... ¿No habrá nada que perder, nada que lamentar?
La víbora pareció vacilar, y después añadió con un silbido más lento y medido:
-Es correcto que Malygris haga lo que le plazca. ¿Quién, salvo Malygris, puede decidir si algo está bien o mal?
-En otras palabras, ¿no me aconsejarás? -la frase era tanto una afirmación como una pregunta, y la víbora no otorgó ninguna nueva manifestación. Malygris meditó durante un rato, con la barbilla apoyada en sus nudosas manos. Entonces, se levantó con una celeridad en sus movimientos largo tiempo desusada y una seguridad que desmentía sus arrugas, y reunió, de distintos rincones del cuarto, de estanterías de ébano, de cofres con cerraduras de oro, bronce o electro, los variados aparatos que eran necesarios para su magia. Trazó en el suelo los círculos requeridos, y de pie en el centro encendió los incensarios que contenían el incienso prescrito, y leyó en voz alta, de un pergamino alargado de vitela gris, las runas, púrpura y bermellón, del ritual para convocar a aquellos que se han marchado. Los vapores de los incensarios, azules, blancos y violetas, se levantaron en densas nubes y rápidamente llenaron el cuarto con columnas intercambiables, que no dejaban de retorcerse, entre las cuales la luz del sol desapareció para ser sustituida por un apagado brillo ultraterreno, pálido como la luz de las lunas que se ponen sobre el Leteo. Con lentitud sobrenatural, con sobrehumana solemnidad, la voz continuó con un cántico que era como de sacerdote, hasta que el pergamino hubo concluido y los últimos ecos se apagaron y desvanecieron en medio de huecas vibraciones sepulcrales. Entonces, los vapores coloreados se aclararon, como si los pliegues de una cortina hubiesen sido retirados. Pero aún el pálido brillo ultraterreno llenaba la cámara, y, entre Malygris y la puerta sobre la que estaba colocada la cabeza del unicornio, se alzaba la aparición de Nylissa, idéntica a como había sido durante los años perecidos, moviéndose un poco como una flor inclinada por el viento, y sonriendo con la espontánea picardía de la juventud. Frágil, pálida y sencillamente ataviada, con un capullo de anémona en sus negros cabellos, con ojos que retenían el recién nacido azul de los cielos primaverales, ella era todo lo que Malygris recordaba, y su torpe corazón se aceleró con una vieja y deliciosa fiebre al mirarla.
-¿Eres tú, Nylissa? -preguntó-. ¿La Nylissa a quien amé en el valle de Meros al que dan sombra los mirtos, en los días de corazón dorado que con todos los siglos muertos han marchado a un golfo intemporal?
-Sí, yo soy Nylissa -su voz era la sencilla plata con ondulaciones que había producido ecos durante tanto tiempo en su memoria... Pero, de alguna manera, mientras la miraba y escuchaba, apareció una pequeña duda..., una duda no menos absurda que intolerable, pero insistente de todos modos; ¿era ésta por completo la misma Nylissa que él había conocido? ¿No había acaso un cambio fugaz, demasiado sutil como para darle nombre o definirlo?; ¿acaso no habían quitado algo el tiempo y la tumba..., algo innominable que su magia no había restaurado del todo? ¿Eran los ojos tan tiernos, el pelo negro tan lustroso, la silueta tan delgada y flexible como aquellos de la chica que recordaba? No podía estar seguro. y la duda creciente fue sustituida por una desesperación plomiza, por una gris depresión que ahogaba su corazón como con cenizas. Su escrutinio se volvió exploratorio, exigente y cruel, y, momentáneamente, el fantasma tuvo un parecido menos y menos perfecto a Nylissa: por momentos, los labios y las cejas eran menos hermosos, menos sutiles en sus curvas, la silueta estilizada se volvió delgada, las trenzas adquirieron un negro normal, y el cuello, la normal palidez. El alma de Malygris enfermó de nuevo a causa de la edad, la desesperación y la muerte de su evanescente esperanza. Ya no era capaz de creer en el amor, en la juventud y en la belleza, e incluso el recuerdo de estas cosas le pareció un espejismo sospechoso, una cosa que podría haber sido o no. No le quedaba otra cosa sino sombras, envejecimiento y polvo, y un peso que le tiraba de un cansancio insoportable y de una angustia intratable.
Con acentos débiles y temblorosos, como un fantasma de su anterior tono de voz, pronunció los encantamientos que sirven para hacer marchar a los fantasmas que han sido invocados. La forma de Nylissa se deshizo en el aire como humo, y el brillo lunar que la rodeaba fue reemplazado por los últimos rayos del sol. Malygris se volvió hacia la víbora y le habló con un tono de melancólico reproche.
-¿Por qué no me avisaste?
-¿Habría servido de algo el aviso? -fue la contrapregunta-. Todo el conocimiento era tuyo, Malygris, excepto esta única cosa, y de ninguna otra manera podrías haberlo aprendido.
-¿Qué cosa? -preguntó el mago-. Nada he aprendido, a no ser la vanidad que es la sabiduría, la impotencia de la magia, la nulidad del amor y lo engañoso de la memoria... Dime, ¿por qué no pude devolver la vida a la misma Nylissa a quien yo conocía, o a quien creía conocer?
-Fue, en verdad, a Nylissa a quien invocaste y contemplaste -replicó la víbora-. Tu nigromancia fue poderosa hasta ese punto, pero ningún hechizo nigromántico puede recuperar para ti tu propia juventud perdida, o el corazón ferviente y sin engaño con que amaste a Nylíssa, o los ojos ardientes con los que la contemplaste. Ésta, mi amo, era la cosa que tenias que aprender.
Publicado por primera vez en:
(Weird Tales, VI-30. Lost Worlds, X-44)
Trad. Arturo Villarubia
Los Mundos Perdidos EDAF 1991
La Muerte De Malygris
Clark Ashton Smith
A LA HORA de la medianoche interlunar, cuando las lámparas ardían raramente o lejos en Susran, y las perezosas nubes de otoño habían apagado las estrellas, el rey Gadeiron envió a la ciudad dormida doce de sus vasallos de mayor confianza. Como sombras deslizándose a través del olvido, desaparecieron en sus distintos caminos, y cada uno de ellos, al regresar al rato al oscuro palacio, conducía con él una figura amortajada no menos discreta y silenciosa que él mismo.
De esta manera, tanteando a lo largo de tortuosos callejones, por medio de oscuras cavernas de cipreses en los jardines reales, y descendiendo por salones y escaleras subterráneas, doce de los brujos más poderosos de Susran fueron reunidos en una cripta de granito goteante, gris como la muerte, en las profundidades de los cimientos del palacio.
La entrada a la cripta estaba vigilada por demonios de la tierra que obedecían al archibrujo, Maranapión, quien era, desde hacia tiempo, el valido del rey. Estos demonios habrían descuartizado, miembro a miembro, a cualquiera que se les acercase a ofrecerles una libación de sangre fresca sin estar preparado. La cripta estaba iluminada débilmente por una única lampara, hecha de una sola almandina de tamaño monstruoso, ahuecada y alimentada con aceite de víboras. Aquí, Gadeiron, sin corona y vistiendo un cilicio teñido de sobrio púrpura, esperó a los brujos sobre un asiento de piedra caliza tallado en forma de sarcófago. Maranapión se alzaba a su diestra, inmóvil y vestido hasta el cuello con los atavíos de la sepultura. Ante él, había un trípode de oricalco, alzándose a la altura del hombro; y sobre el trípode, en una taza de plata, reposaba el enorme ojo azul de un cíclope muerto, en el cual se decía que el archibrujo contemplaba extrañas visiones. En este ojo, brillando siniestramente bajo la lámpara de la almandina, la vista de Maranapión estaba fijada con una rigidez como la producida por la muerte.
Basados en estas circunstancias, los doce brujos supieron que el rey sólo les había llamado por una cuestión secreta de suprema gravedad. La hora y el modo en que habían sido llamados, el lugar de la reunión, 1os terribles guardianes elementales, la arpillera vestida por Gadeiron..., todo era prueba de la necesidad de una discreción y cautela sobrenaturales.
Durante un rato, reinó el silencio, y los doce, inclinándose respetuosamente, esperaron la voluntad de Gadeiron. Entonces, con una voz que era poco más que un ronco susurro, el rey habló:
-¿Qué sabéis vosotros de Malygris?
Al escuchar el nombre temido, los hechiceros palidecieron y temblaron visiblemente, pero, uno por uno, corno hablando de memoria, varios de los principales contestaron la pregunta de Gadeiron.
-Malygris habita en la torre negra sobre Susran -dijo el primero-. La noche de su poder todavía descansa pesada sobre Poseidonis, y nosotros, los demás, moviéndonos por esa noche, somos como sombras bajo una luna marchita. Él es señor sobre todos los reyes y magos. Sí,. en verdad, hasta las trirremes que zarpan a Tartesos y las águilas del mar que lejos vuelan, no salen de su negra sombra.
-Los espíritus de los cinco elementos son sus demonios familiares -dijo el segundo-; los toscos ojos de los hombres vulgares los han contemplado a menudo, revoloteando como pájaros en torno a su torre, o arrastrándose como lagartos por sus muros y pavimentos.
-Malygris se sienta en su salón de alto techo -exclamó el tercero-. A él, tributo le es llevado de todas las ciudades de Poseidonis durante la luna llena, y toma un diezmo de lo que desembarca cada galera. Reclama una parte de la plata y del incienso, del oro y del ébano sagrados de los templos. Su opulencia está más allá de la de los sumergidos reyes de Atlantis..., incluso de la de aquellos quienes fueron vuestros antepasados, ¡oh!, Gadeiron...
-Malygris es tan viejo como la luna -murmuró el cuarto-. Vivirá para siempre, armado contra la muerte por la oscura magia de la luna. La parca se ha convertido en una esclava de su ciudadela; trabajando junto a sus otros esclavos, ataca tan sólo a los enemigos de Malygris.
-Mucho de esto fue verdad anteriormente -dijo el rey, con un siniestro silbido en el aliento-. Pero, ahora, cierta duda se ha levantado... porque podría ser que Malygris haya muerto.
Un temblor común pareció recorrer la asamblea.
-No -dijo el brujo que había defendido la inmortalidad de Malygris-. Porque ¿cómo podría tal cosa haber sucedido? Las puertas de su torre estaban hoy abiertas al ponerse el sol, y los sacerdotes del dios del océano, portando un regalo de perlas y tintes púrpura, entraron ante Malygris, y le encontraron sobre su elevado sitial de marfil de mastodonte. Los recibió despectivo, sin hablar, como es su costumbre, y sus sirvientes, que son mitad simio mitad humano, entraron sin que se les llamase para guardar su tributo.
-Esta misma noche -dijo otro- vi las fieles lámparas de la torre leonada ardiendo sobre la ciudad, como los ojos de Taaran, dios del mal. Los demonios familiares no se habían marchado de la torre, como hacen tales seres al morir un brujo, porque, en este caso, los hombres habrían escuchado en la oscuridad sus aullidos y lamentos.
-Sí -declaró Gadeiron-, los hombres han sido engañados antes de esto. Y Malygris fue siempre maestro de los espectáculos ilusorios, las fintas y los engaños. Pero hay uno entre nosotros que distingue la verdad. Maranapión, por medio del ojo del cíclope, ha mirado cosas remotas y lugares ocultos. Incluso ahora espía a su antiguo enemigo, Malygris.
Maranapión, temblando un poco debajo de la prenda que parecía un sudario, pareció regresar de su concentración de clarividente. Levantó del trípode sus ojos de luminoso ámbar, cuyas pupilas eran tan negras e impenetrables como el azabache.
-He visto a Malygris -dijo volviéndose al cónclave- Muchas veces le he vigilado así, pensando en aprender algún secreto de su bien guardada magia. Le he espiado al mediodía, al caer la tarde y durante la vigilia, temida y sin lámparas, de la medianoche. Y le he contemplado en el alba cenicienta y en el amanecer de una llama que prende. Pero siempre está sentado en su gran sillón de marfil, en el alto salón de su torre, con el ceño fruncido como si meditase. Y sus manos siempre agarran los brazos del sillón, tallados en forma de basilisco, y sus ojos están siempre vueltos, sin cerrarse y sin moverse, hacia la ventana oriental y los cielos más allá, donde sólo las elevadas estrellas y las nubes pasan. Así le he contemplado por el plazo de todo un año y un mes. Y cada día he visto cómo sus monstruos traían ante él platos llenos de exquisitas carnes y bebida, y más tarde se han llevado los platos sin que fuesen tocados. Y nunca he discernido el menor movimiento de sus labios, ni ningún giro o temblor en su cuerpo. Por esta razón, considero que Malygris ha muerto, pero, en virtud de su supremacía en la maldad y en las artes mágicas, se sienta desafiando al gusano, aún sin decaer ni corromperse. Y sus monstruos y sus demonios familiares todavía le sirven, engañados por la apariencia mentirosa de vida, y su poder, aunque ahora es algo vacío y un fraude, cae todavía, pesado y temible, sobre Poseidonis.
De nuevo, siguiendo las palabras lentamente medidas de Maranapión, reinó el silencio en la cripta. Un triunfo, oscuro y furtivo, brillaba en el rostro de Gadeiron, en quien el yugo de Malygris había caído pesadamente irritando su orgullo. Entre los doce brujos, no había ninguno que le desease el bien a Malygris, ni ninguno que no le temiese, y recibieron la noticia de su muerte con una alegría temible, mitad incredulidad. Había algunos que lo dudaban, considerando que Maranapión estaba equivocado, y en los rostros de todos, como en lúgubres espejos, el temor al maestro aún se reflejaba.
Maranapión, quien había odiado a Malygris por encima de los demás, como al único brujo cuyo arte y poder superaba al suyo, permaneció apartado e inescrutable como un buitre agazapado.
Fue el rey Gadeiron quien rompió este grave silencio.
-No en vano os he llamado a esta cripta, ¡oh hechiceros de Susran!, porque una tarea aún resta por hacer. En verdad, ¿nos va a tiranizar a todos el cadáver de un nigromante muerto? Aquí hay un misterio, y una necesidad de moverse con cautela, porque la duración de su nigromancia está aún por verificar, o por ser puesta a prueba. Pero os he llamado con el fin de que los valientes de entre nosotros os reunáis en consejo con Maranapión y le ayudéis en preparar una brujería tal, que exponga el fraude que es Malygris, y muestre su mortalidad a todos los hombres, así como a los demonios que le siguen y a los monstruos que le cuidan.
Un griterío de discusión se levantó, y aquellos que tenían mas dudas en este asunto y temían trabajar contra Malygris de cualquier manera, rogaron el permiso de Gadeiron para marcharse. Al final, quedaron siete de los doce... Rápidamente, por oscuros y ocultos canales, en el día que siguió, la muerte de Malygris fue comentada por toda la isla de Poseidonis. Muchos dudaron de la historia, porque la fuerza del brujo era algo que se había marcado al rojo vivo en el alma de aquellos que habían contemplado sus taumaturgias. Sin embargo, fue recordado que, durante el año anterior, pocos le habían visto cara a cara, y siempre había parecido ignorarles, sin hablarles, mirando fijamente por la ventana de la torre, como concentrado en cosas distintas veladas a los demás. Durante ese tiempo, no había llamado a hombre alguno ante su presencia, y no había enviado ningún mensaje, ningún oráculo ni decreto, y aquellos que se habían presentado ante él, habían sido principalmente porteadores de tributos que seguían costumbres largo tiempo establecidas.
Cuando estos asuntos fueron generalmente sabidos, hubo algunos que defendieren que estaba sentado de esta manera en un largo desmayo de éxtasis o por la catalepsia, y despertaría al final. Otros, sin embargo, mantuvieron que se había muerto, y que era capaz de conservar este engañoso aspecto de vida por medio de un hechizo que había continuado después de él. Ningún hombre se atrevió a entrar en la alta torre leonada, y todavía su sombra caía inclinada sobre Susran como una malvada saeta moviéndose por un desastroso reloj; y todavía la sombra del poder de Malygris se cernía estancada como la noche de la tumba, sobre las mentes de los hombres.
Ahora. entre los cinco hechiceros que rogaron el permiso de Gadeiron para marcharse, temiendo unirse a los otros en la preparación de la brujería contra Malygris, hubo dos que se envalentonaron un poco más tarde, cuando hubieron escuchado por otras fuentes la confirmación de la visión contemplada por Maranapión a través del ojo del cíclope.
Estos dos eran hermanos, se llamaban Nygon y Fustules. Sintiendo una cierta vergüenza ante su cobardía y deseando rehabilitarse en la consideración de los demás, concibieron un plan audaz.
Cuando la noche hubo caído sobre la ciudadela, sin traer la luna, sino sólo oscuras estrellas y los celajes de las nubes nacidas en el mar, Nygon y Fustules partieron a través de oscuros caminos y llegaron a la empinada colina en el corazón de Susran, en la cual, desde años sin cuento, Malygris había establecido su lúgubre morada.
La colina tenía bosques de cipreses, plantados cerca unos de otros, cuyo follaje, incluso bajo el pleno sol, era negro y sombrío como oscurecido por vapores de brujería. Agazapados a cada lado, se apoyaron como espíritus deformes de la noche sobre las escaleras de adamante que daban acceso a la torre. Nygon y Fustules, subiendo las escaleras, se acobardaban y temblaban cuando las ramas oscilaban amenazadoramente hacia ellos a causa de las violentas ráfagas de viento. Notaron en sus rostros el gotear de densos rocíos marinos, arrojados como el escupitajo de demonios. La madera, parecía, estaba llena de voces execrables suspirando, raros gemidos y pequeños quejidos como de niños duendes que se hubiesen escapado de niñeras satánicas.
La luz de la torre brillaba a través del oscilante ramaje, y parecía retroceder inalcanzable mientras ascendían. Más de una vez, los dos lamentaron su temeridad. Pero al cabo, sin sufrir estorbo o daño palpable, se acercaron a los portales que permanecían perpetuamente abiertos, vertiendo la refulgencia de las tranquilas lámparas sin llama en la oscuridad borrascosa.
Aunque el plan que habían concebido era nefando, consideraron lo mejor entrar de manera atrevida. El propósito de su visita, si alguien los detuviese o los interrogase, era pedir un oráculo de Malygris, quien era famoso a través de la isla como el más infalible de los adivinos.
Refrescado momentáneamente por el mar de más allá de Susran, el viento clamaba sobre la torre como un ejército de demonios en fuga, y los largos mantos de los hechiceros fueron empujados contra sus rostros. Pero, atravesando los amplios portales, ya no podía escucharse el griterío de la tormenta, ni notaban su ruda persecución. De un solo paso entraron en un silencioso mausoleo. En torno a ellos, la luz de las lámparas caía inalterada sobre cariátides de mármol negro, o mosaicos de preciosas gemas, o preciosos metales o tapices que contaban muchas historias, y un inmutable perfume cargaba el aire como el bálsamo de la muerte.
Sintieron un temor involuntario, considerando la tranquilidad mortal algo que difícilmente podía ser natural. Pero, viendo que el vestíbulo de la torre no estaba vigilado por ninguna de las criaturas de Malygris, se atrevieron a avanzar y a ascender los escalones de mármol hasta las estancias superiores. Por todas partes, bajo la luz de las opulentas lámparas, contemplaron tesoros de valor incalculable y milagrosos. Había mesas de ébano decoradas con runas de perlas y coral blanco; redes de plata y samnita, hábilmente decoradas; cofres de electro desbordantes de joyas talismánicas; pequeños dioses de jade y ágata; altos demonios hechos con crisólito elefantino. Aquí estaba el botín de los siglos, tirado, amontonado y mezclado con completo descuido, sin cerradura o guardia, como si cualquier ladrón que entrase por casualidad pudiese tomarlo libremente.
Mirando las maravillas a su alrededor con avaricioso asombro, los dos brujos subieron lentamente de cuarto en cuarto, sin que nadie les desafiase o les molestase, y llegaron por fin al salón superior en el cual Malygris acostumbraba a recibir a sus visitantes.
Aquí, como en todas partes, las puertas estaban abiertas ante ellos, y las lámparas ardían como en un trance de luz. El ansia de saqueo les calentaba los corazones. Aún más envalentonados por la aparente desolación, y creyendo que la torre estaba deshabitada salvo por el mago muerto, avanzaban ahora con escasas vacilaciones.
Como los cuartos de abajo, la habitación estaba llena de artefactos preciosos, y libros encuadernados en hierro, y broncíneos volúmenes de oculta y tremenda nigromancia, junto a incensarios de oro y de barro, y frascos de cristal irrompible, estaban repartidos en extraña confusión por el suelo de mosaico. Justo en el centro, estaba sentado el viejo archimago en su sitial de marfil primitivo, mirando a la ventana negra como la noche, con ojos rígidos e inmóviles.
Nygon y Fustules notaron cómo su temor regresaba, recordando con demasiada claridad la tres veces temible maestría que este hombre había poseído, y los conocimientos sobre demonios que había tenido, y los hechizos que había lanzado que eran irrealizables para otros brujos. Los espectros de estas cosas se alzaron ante ellos como por obra de una nigromancia definitiva. Con la vista baja y expresión humilde, se acercaron, inclinándose con respeto. Entonces, hablando en voz alta de acuerdo con el plan preestablecido, Fustules pidió a Malygris un oráculo sobre sus destinos.
No hubo respuesta, y, levantando sus ojos, los hermanos se vieron muy tranquilizados por el aspecto del anciano sentado. Sólo la muerte podía haberle dado esa coloración grisácea a la frente, o haber conservado los labios en un rigor como de barro rápidamente congelado. Los ojos eran como cavernas con sombras de hielo, no contenían otra luz que un vago reflejo de las lámparas. Debajo de la barba, que era mitad blanca, mitad leonada, las mejillas ya se habían hundido como en un principio de decadencia, mostrando los duros contornos del cráneo. Las manos, grises y horrorosamente marchitas, en las cuales ardían los ojos de rubíes y berilios encantados, estaban agarradas inflexibles a los brazos del asiento, que tenían la forma de basiliscos agazapados.
-Verdaderamente -murmuró Nygon-, nada hay aquí para asustarnos o entristecernos. Contémplalo, es tan sólo el resto mortal de un hombre después de todo, y uno que ha estafado al gusano de su legítimo alimento durante demasiado tiempo.
-Cierto -dijo Fustules-. Pero este hombre, en su día, fue el mas grande de todos los nigromantes. Incluso el anillo de su dedo meñique es un talismán soberano. El balaje del pulgar derecho conjurará demonios de las profundidades. En los volúmenes repartidos por la habitación hay secretos de dioses que han perecido y planetas de antigüedad inmemorial. En los frascos hay pócimas que producen extrañas visiones, y filtros que a los muertos reviven. Entre otras cosas, está lo que libremente elijamos.
Nygon, mirando avariciosamente las gemas, eligió un anillo que rodeaba con seis vueltas de serpiente el dedo índice de la mano derecha, portando en su boca un berilio con forma de huevo de grifo. Vanamente, sin embargo, intento aflojar el dedo de su rígida sujeción al brazo de la silla, para permitir quitarle el anillo. Murmurando impaciente, sacó un cuchillo de su cinturón y se preparó para cortar el dedo. Mientras tanto, Fustules había sacado su propio cuchillo como preliminar antes de acercarse a la otra mano.
-¿Está el corazón firme en tu interior, hermano? -inquirió en una especie de susurro silbante-. Si es así, hay incluso más que ganar que estos anillos talismánicos. Es bien sabido que un brujo que alcanza una supremacía como la de Malygris experimenta, en virtud de la misma, una completa transformación corporal, convirtiendo su carne en elementos más sutiles que los de la normal. Y aquel que come de esta carne, aunque sea un pedazo mínimo, compartirá en adelante los poderes poseídos por el brujo.
Nygon asintió con la cabeza, mientras se inclinaba sobre el dedo elegido.
-Eso también estaba en mí pensamiento -replicó.
Antes de que Fustules pudiese iniciar su canibalesco ataque, fueron sorprendidos por un venenoso silbido que parecía surgir del seno de Malygris. Se echaron atrás, asombrados y consternados, mientras una pequeña coralilla asomaba por detrás de la barba del mago y se deslizaba rápidamente por sus rodillas hasta el suelo como un sinuoso arroyuelo escarlata. Allí, recogiéndose como para atacar, examinó a los ladrones con ojos que eran tan fríos y malignos como gotas de veneno congeladas.
-¡Por las negras espinas de Taaran! -gritó Fustules-. Es uno de los demonios familiares de Malygris. He oído hablar de esta víbora...
Volviéndose, ambos habrían escapado del cuarto. Pero, incluso antes de dar la vuelta, las paredes y las puertas parecían retroceder ante ellos, escapando de una manera mareante e interminable, como si extraños espacios hubiesen sido admitidos en el cuarto. Un vértigo se apoderó de ellos; tambaleándose, vieron cómo los pequeños fragmentos del mosaico bajo sus pies adquirían las proporciones de enormes losas. En torno a ellos, los libros tirados, los incensarios y los frascos se erguían con un tamaño enorme, alzándose por encima de sus cabezas y bloqueándoles el paso mientras corrían.
Nygon, mirando por encima del hombro, vio que la víbora se había convertido en una gran serpiente pitón, cuyos anillos carmesíes estaban ondulándose rápidamente por el suelo. En un trono colosal, bajo lámparas tan grandes como soles, estaba sentada la forma también colosal del archimago muerto, en cuya presencia Nygon y Fustules no eran nada más que pigmeos. Los labios de Malygris seguían inmóviles debajo de su barba; y sus ojos todavía miraban, fijos e implacables, la negrura de la distante ventana. Pero, en ese instante, una voz llenó los terribles espacios del cuarto, produciendo ecos como un trueno entre los cielos, hueca y tremenda.
-¡Necios! ¡Os habéis atrevido a pedirme un oráculo. Y el oráculo es... muerte!
Nygon y Fustules, conociendo su condena, escaparon en una locura de terror y desesperación. Más allá de los elevados incensarios, de los tomos que se apilaban como pirámides, vieron el umbral en vislumbres intermitentes, como en un remoto horizonte. Pero se retiraba ante ellos, vago e inalcanzable. Jadeaban como resuellan los corredores en un sueño. Detrás de ellos, la pitón bermellón se arrastraba y, alcanzándoles mientras intentaban dar un rodeo por la portada broncínea de uno de los libros de magia, les atacó como a ratones fugitivos.
Al final, sólo hubo una pequeña víbora coralina, que se arrastraba de regreso a su escondite en el seno de Malygris...
Trabajando día y noche, en las criptas bajo el palacio de Gadeiron, con amuletos impíos y conjuraciones malditas, y procedimientos químicos aún más repugnantes, Maranapión y sus siete coadjutores casi habían terminado su brujería.
Habían diseñado una invocación contra Malygris que derribaría el poder del brujo, haciendo evidente a todos el simple hecho de su muerte. Empleando una ciencia atlántida ilegal, Maranapión había creado plasma viviente con todos los atributos de la carne humana, y había hecho que creciese y prosperase, alimentándolo con sangre. Entonces, él y sus ayudantes, uniendo sus voluntades y convocando a fuerzas que era una blasfemia invocar, habían obligado a la masa, palpitante y amorfa, a desarrollar los miembros y el aspecto de un bebé recién nacido, y, en definitiva, le habían dado forma, después de todos los cambios que un hombre experimenta entre su nacimiento y la senectud, en la imagen de Malygris.
Ahora, haciendo avanzar el proceso incluso más, habían hecho que el simulacro muriese de una extremada vejez, como Malygris había aparentemente muerto.
Estaba sentado ante ellos en una silla, orientado hacia el este, y duplicando la misma postura del mago en su asiento de marfil.
Nada quedaba por hacer. Sin fuerzas y agotados, pero con esperanzas, los brujos esperaron los primeros signos de deterioro. Si los hechizos que habían lanzado tenían éxito, un deterioro simultáneo tendría lugar en el cuerpo de Malygris, incorrupto antes de ese momento. Milímetro a milímetro, miembro a miembro, se corrompería en su torre adamantina. Sus familiares le abandonarían, al no estar ya engañados; y todos los que fuesen a la torre conocerían su mortalidad; y la tiranía de Malygris quedaría levantada de Susran, y su nigromancia sería tan nula e impotente como un pentágono roto en Poseidonis.
Por primera vez desde el principio de sus invocaciones, los ocho magos se vieron libres de interrumpir su vigilancia sin poner en peligro o invalidar el hechizo. Durmieron a pierna suelta, sintiendo que se habían ganado bien su reposo. Por la mañana, volvieron, acompañados por el rey Gadeiron, a la cripta en la cual habían dejado la imagen plásmica.
Abriendo la puerta sellada, fueron recibidos por un olor sepulcral, y les agradó notar que la figura mostraba signos inconfundibles de estar en descomposición. Un poco más tarde, consultando el ojo del cíclope, Maranapión verificó el paralelismo de estas marcas con los rasgos de Malygris.
Un gran júbilo, que no dejaba de estar mezclado con alivio, fue sentido por los hechiceros y por el rey Gadeiron. Hasta entonces, no conocedores de los límites de la duración de los poderes controlados por el maestro muerto, habían estado dudosos sobre la eficacia de su propia magia. Pero ahora, les parecía, no había ya razón alguna para dudar.
En ese mismo día, sucedió que unos mercaderes que viajaban por mar fueron ante Malygris para pagarle, de acuerdo con la costumbre, una parte de los beneficios de su último viaje. Incluso cuando se inclinaban ante el maestro, se dieron cuenta, a través de varias señales desagradables, de que le habían traído tributo a un cadáver. Sin atreverse, ni siquiera entonces, dejaron caer el tributo largamente exigido y escaparon del lugar presas del terror. Pronto, en toda Susran, no hubo nadie que dudase ya de la muerte de Malygris. Y, sin embargo, tal era el miedo que había despertado durante muchos lustros, que pocos fueron tan aventurados como para invadir la torre, y los ladrones se mostraban cautelosos, y no intentaron despojarla de sus fabulosos tesoros.
Día tras día, en el monstruoso ojo azul del cíclope, Maranapión vio la putrefacción de su más temido rival. Y sobre él vino entonces un fuerte deseo de visitar la torre y contemplar cara a cara lo que hasta entonces sólo había contemplado a través de visiones. Solamente así sería completo su triunfo. De modo que él y los hechiceros que le habían ayudado, junto al rey Gadeiron, subieron a la torre leonada por los escalones de adamante, y ascendieron por las escaleras de mármol, como Nygon y Fustules antes de ellos, hasta la habitación alta en que estaba sentado Malygris.
...Pero la condena de Nygon y Fustules, no teniendo otro testigo que los muertos, les resultaba del todo desconocida.
Valientemente y sin vacilar, entraron en la habitación. Inclinándose a través de la ventana oriental, el sol de últimas horas de la tarde caía dorado sobre el polvo que se había amontonado por todas partes. Las arañas habían tejido sus redes sobre los incensarios de brillantes joyas, sobre las lámparas talladas y los libros de brujería forrados de metal. El aire estaba estancado con la apestosa podredumbre de la muerte.
Los intrusos avanzaron, sintiendo el impulso que conduce al vencedor a sentirse exultante ante un enemigo vencido. Malygris estaba sentado recto y sin inclinarse, sus dedos negros y en jirones agarrando los brazos del asiento como antes, y sus cuencas vacías orientadas aún a la ventana del este. Su rostro era poco más que un cráneo con barba; y su frente oscurecida era como el ébano comido por los gusanos.
-¡Oh, Malygris, yo te saludo! -dijo Maranapión en voz alta llena de burla-. Concédeme, te ruego, un signo, si tu brujería aún prevalece y no se ha convertido en la dependencia del olvido.
-Saludos, ¡oh, Maranapión! -dijo una voz grave y terrible que partía de los labios comidos por los gusanos-. En verdad, te concederé un signo. Así como yo, en la muerte, me he corrompido sobre mi asiento, a causa de la repugnante brujería que fue fraguada en las cavernas de Gadeiron, así tú y tus compañeros y Gadeiron, con vida, os corromperéis y pudriréis en virtud de la maldición que ahora lanzo sobre vosotros.
Entonces, el cadáver marchito de Malygris les fulminó con las runas de una antigua fórmula atlántida, maldiciendo a los ocho brujos y al rey Gadeiron. La fórmula, en intervalos frecuentes, estaba cadenciada con los nombres fatales de dioses letales, y en ella se decían los apelativos secretos del negro dios del tiempo, y la Nada que habita más allá de las eras; y uso fue hecho de los títulos de muchos demonios que habitan en las tumbas. Pesadas y de sonido hueco eran las runas, y en ellas parecía escucharse el sonido de grandes puertas sepulcrales, y el estrépito de losas que caen. El aire se oscureció como por la caída de una noche inmutable, y, desde allí, como el aliento de la noche, un frío entró en la habitación; y parecía que las alas negras de las edades pasaban sobre la torre, batiendo prodigiosamente de vacío en vacío, antes de que la maldición hubiese terminado.
Escuchando ese escándalo, los brujos se quedaron atontados por lo extremo de su temor, y ni siquiera Maranapión fue capaz de recordar ningún contrahechizo que sirviese de algo contra éste.
Todos habrían escapado del cuarto antes de que la maldición terminase, pero sobre ellos se cernió una debilidad mortal, y sintieron una enfermedad como la próxima llegada de la muerte. Las sombras se tejieron ante sus ojos, pero, a través de la oscuridad, cada uno contempló vagamente la instantánea tiniebla del rostro de sus compañeros, y vio las mejillas hundirse ruinosamente, y los labios retroceder dejando los dientes al descubierto, como los cadáveres largo tiempo muertos.
Intentando correr, cada uno fue consciente de sus propios miembros pudriéndose por debajo de él, paso a paso, el rápido reblandecimiento de la carne pudriéndose hasta el hueso. Gritando con lenguas que se marchitaban antes de que el grito hubiese acabado, cayeron por los suelos de la habitación. Quedaba vida en ellos, junto con el lúgubre conocimiento de su condena, y aún les quedaba algo de vista y oído. En la oscura agonía de su corrupción en vida, se revolvían débilmente de aquí a allá, y se arrastraban por milímetros a través del frío mosaico. Y aún se movían así, lentamente y de una manera más imperceptible, hasta que sus cerebros se convirtieron en un moho gris, y sus articulaciones se deshicieron en sus huesos, y la médula de sus huesos se secó.
Así, en una hora, la maldición se cumplió. Los enemigos del nigromante yacían ante él, tumbados y encogidos, con la postura final de la tumba, como haciendo una reverencia a una muerte entronada. De no ser por las prendas, nadie podría haber distinguido al rey Gadeiron de Maranapión, ni a Maranapión de los hechiceros menores.
El día pasó, declinando hacia el mar. y, ardiendo como una pira real más allá de Susran, al ponerse, el sol arrojó un brillo dorado por la ventana, y entonces se hundió, en rojos rescoldos y cenizas funerarias. Y, en el crepúsculo, una víbora coralilla salió del seno de Malygris y, deslizándose entre los restos que descansaban en el suelo, y escurriéndose en silencio por las escaleras de mármol, se marchó para siempre de la torre.
Publicado por primera vez en:
The Death Of Malygris, IV-1933 (Weird Tales, IV-34. Lost Worlds, X-44)
Trad. Arturo Villarubia.
Los Mundos Perdidos. EDAF 1991
La Sombra Doble
Clark Ashton Smith
MI NOMBRE es Pharpetron, entre aquellos que me han conocido en Poseidonis; pero ni siquiera yo, el último y más aventajado de entre los discípulos del sabio Avyctes, conozco el nombre de aquello en lo que estoy destinado a convertirme mañana. Por tanto, bajo la luz menguante de las lámparas de plata, en la casa de mármol de mi maestro sobre el sonoro mar, escribo esta historia con mano temblorosa, garabateando con tinta, de mágicas virtudes, sobre antigua vitela gris de inapreciable piel de dragón. Cuando lo haya terminado de escribir, introduciré estas páginas en un cilindro sellado de oricalco, y arrojaré el cilindro al mar desde la ventana más alta, no sea que aquello en que estoy destinado a convertirme destruya este escrito por casualidad. Y puede ser que marineros de Lephara, camino de Umb y Pneor en sus altas trirremes, encuentren el cilindro, o que los pescadores lo extraigan de las olas con sus redes, y, habiendo leído mi historia, los hombres descubran la verdad y se den por advertidos, y ningún hombre oriente sus pasos, desde entonces, a la pálida casa de Avyctes, morada de demonios.
Durante seis años, he vivido apartado junto a mi anciano maestro, olvidándome de mi juventud y sus correspondientes deseos, en el estudio de cosas arcanas. Hemos profundizado, más que todos los que nos precedieron, en el estudio del saber prohibido; hemos llamado a los habitantes de criptas selladas de los temibles abismos más allá del espacio. Pocos son los hijos de la humanidad que han deseado buscarnos entre los estériles acantilados barridos por el viento, y muchos, pero sin nombre, fueron los visitantes que recibimos desde los más remotos confines del tiempo y el espacio.
Austera y blanca, como una tumba, era la mansión en que habitábamos. Lejana estaba, sobre los desnudos acantilados negros, sobre los que el mar del norte trepa indomable y rugiente, o mengua con el murmullo incesante de un ejército de confusos demonios, siempre llena, como una tumba de huecos sonidos, con el eco lúgubre de sus voces tumultuosas,. y los vientos lloran su triste cólera en torno a las altas torres, pero no las agitan. Por el lado del mar, la mansión se alza, sin transición, desde el acantilado vertical, pero, en los otros lados, hay estrechas terrazas, donde crecen cedros enanos y retorcidos, que siempre se inclinan ante las galernas. Monstruos gigantescos de mármol vigilan los portales por el lado de tierra, y enormes mujeres de basalto guardan los apretados pórticos sobre el oleaje, y poderosas estatuas y momias se levantan por todas panes, por las habitaciones y los pasillos. Pero, excepto éstos, y las entidades que hemos convocado, no hay nadie que nos acompañe, y los zombies y las sombras han sido los servidores de nuestras necesidades de cada día.
Todos los hombres conocen la fama de Avyctes, el único discípulo que ha sobrevivido de aquel Malygris, quien aterrorizó Susran por medio de su nigromancia desde su torre leonada. Malygris, quien descansó en la muerte durante años mientras los hombres aún le creían con vida; quien, yaciendo así, todavía pronunciaba potentes hechizos y terribles oráculos con los labios en putrefacción. Pero Avyctes no ansiaba el poder temporal a la manera de Malygris, y, habiendo aprendido todo lo que los hechiceros mayores podían enseñarle, se retiró de las ciudades de Poseidonis para encontrar otro dominio aun mayor; y a mí, el joven Pharpetron, se me permitió, durante los años tardíos de Avyctes, unirme a su soledad, y, desde entonces, he compartido sus austeridades, vigilias e invocaciones..., y ahora, de igual manera, debo compartir la extraña condena que ha acudido en respuesta a su invocación.
No sin terror (dado que el hombre es apenas un mortal), yo, el neófito, contemplé al principio los rostros, formidables y repugnantes de aquellos que a Avyctes obedecían. Me estremecí ante las negras contorsiones de las cosas del submundo que salían de los braseros, a través del humo de muchos tamaños; grité con horror ante la asquerosidad, gris, colosal y sin forma, que se levantaba malignamente alrededor del círculo dibujado con siete colores, amenazando con castigos inmencionables a los que estábamos en el centro. No sin repugnancia, bebí el vino que me fue escanciado por cadáveres, y comí el pan que me fue proporcionado por fantasmas. Pero la repetición y la costumbre borraron la novedad, destruyeron el miedo, y, con el paso del tiempo, llegué a creer que Avyctes era señor sobre todos los encantamientos y exorcismos, con un poder infalible para expulsar a todos los seres que invocaba.
Bien le habría ido a Avyctes -y a mí- si el maestro se hubiese conformado con la sabiduría conservada de Atlantis y Thule, o traída de Mu. Sin duda, esto debería haber bastado, porque en los libros de hojas de marfil de Thule estaban escritas con sangre runas que llamarían a los demonios del quinto y séptimo planetas si se pronunciasen en voz alta durante la hora de su ascensión; y los hechiceros de Mu habían dejado el informe de un procedimiento por el cual las puertas del lejano futuro podían ser abiertas, y nuestros padres, los atlantes, habían conocido la carretera entre los átomos y el sendero a las lejanas estrellas. Pero Avyctes tenía sed de un conocimiento más oscuro, un imperio mas profundo... Y a sus frágiles manos, durante el tercer año de mi noviciado, llegó la tableta, brillante como un espejo, de la perdida gente serpiente.
A ciertas horas, cuando la marea había descendido de las empinadas rocas, acostumbrábamos a descender, por unas escaleras ocultas en cavernas, a una playa rodeada de acantilados detrás del promontorio en que se levantaba la casa de Avyctes. Allí, en las pardas arenas mojadas, mas allá de las espumosas lenguas de las olas, descansarían los gastados y curiosos restos de extrañas cosas y el tesoro que los huracanes habían extraído de las insondables profundidades. Y allí habíamos encontrado las volutas de grandes caracolas rojas y sanguinolentas, y toscos montones de ámbar gris, y blancas flores perennes de coral, y, en una ocasión, el barbárico ídolo de verde bronce que había sido el mascarón de proa de una galera de lejanas islas hyperbóreas...
Había habido una gran tormenta, de las que agitan los mares hasta en sus más remotas profundidades, pero la tempestad se había calmado por la mañana, y no había nubes en el cielo en aquel aciago día, y los vientos demoniacos estaban calmados entre los negros desfiladeros y acantilados, y el mar tartamudeaba con un susurro bajo, como el crujido de colas de vestido de samnita arrastradas por doncellas fugitivas por la arena. Y, justo más allá de la menguante ola, en un revoltijo de algas bermejas, encontramos algo que brillaba como el sol de una manera cegadora.
Y, corriendo adelante, la arranqué del pecio antes de que la ola regresase, y se la llevé a Avyctes.
La tableta estaba hecha con algún metal sin nombre, como un hierro que nunca se herrumbrase, pero más pesado. Tenía la forma de un triángulo y era más ancha que el corazón de un hombre. Por un lado, estaba completamente en blanco como un espejo. Por el otro, había pequeñas filas de caracteres torcidos que estaban profundamente grabados en el metal, como por acción de algún ácido mordiente, y dichos caracteres no eran los jeroglíficos o caracteres alfabéticos de ningún lenguaje conocido por mi maestro o por mí. Sobre la antigüedad de la tableta y su origen, podíamos formarnos pocas conjeturas, y nuestra erudición resultó completamente inútil. Durante muchos días más tarde, estudiamos el escrito y mantuvimos discusiones que no rindieron fruto. Y, noche tras noche, en un cuarto elevado cerrado contra los vientos continuos, pensamos sobre el sorprendente triángulo a la luz de las altas llamas erguidas de las lámparas de plata. Porque Avyctes consideraba que éste era un conocimiento de extraordinario valor, algún secreto de una magia antigua o extraterrestre debería estar contenido en los caracteres torcidos que no ofrecían pista alguna. Entonces, dado que todos nuestros estudios eran inútiles, el maestro buscó otra manera de adivinarlo, recurrió a la brujería y a la nigromancia. Pero al principio, de entre todos los demonios y fantasmas que contestaron a nuestras invocaciones, ninguno pudo decirnos nada concerniente a la tableta. Y cualquier otro que no fuese Avyctes se habría desesperado por fin... Y hubiera sido bueno que se desesperase, y no hubiera buscado más descifrar el escrito.
Los meses y los años pasaron con el bajo sonido tronante del mar chocando contra las oscuras rocas y el temerario clamor de los vientos en torno a las torres blancas. Y aún continuábamos con nuestros estudios y nuestras invocaciones; y más lejos, siempre más lejos, nos adentramos en el reino sin luz de los espacios y de los espíritus, aprendiendo, quizá, a abrir las múltiples infinitudes. Y, a veces, Avyctes volvería a su estudio de la tableta encontrada en el mar, e interrogaría a algún visitante en torno a su interpretación.
Por fin, mediante el uso de una fórmula casual de un experimento vano, invocó al fantasma, vago y tenue, de un hechicero de los años prehistóricos, y el fantasma, con un débil susurro en una lengua bárbara y olvidada, nos informó que las letras en la tableta eran aquellas de la gente serpiente, cuyo continente, la antigüedad primordial, se había hundido antes de que Hyperbórea se alzase del barro. Pero el fantasma nada pudo decirnos de su significado, porque, incluso en su época, el pueblo serpiente se había convertido en una dudosa leyenda, y su profunda sabiduría prehumana y su hechicería eran cosas que no podían ser recuperadas por los hombres.
Ahora bien, en todos los libros de hechizos poseídos por Avyctes, no había ninguno por el cual pudiese llamarse a la perdida gente serpiente de su época fabulosa. Pero había una vieja fórmula lemurea, recóndita e incierta, con la cual la sombra de un hombre muerto podía ser enviada a años posteriores a los de su vida, y podía ser invocada después de un tiempo por el brujo. Y la sombra, siendo por completo insustancial, no sufriría daño alguno de su transición temporal, y recordaría, para la información del brujo, lo que se le hubiera ordenado aprender durante su viaje.
Así, habiendo invocado de nuevo al fantasma del hechicero prehistórico, cuyo nombre era Ybith, Avyctes hizo un uso bastante raro de varias gomas y fragmentos de madera fósil, y, él y yo, recitando los responsos de la fórmula, enviamos el espíritu de Ybith a las lejanas edades de los hombres serpientes. Y, tras un tiempo que el maestro consideró suficiente, realizamos el curioso rito de encantamiento por el que se llamaría a Ybith. Y los ritos tuvieron éxito. Ybith se alzó de nuevo ante nosotros como un vapor que el soplido del aire está a punto de hacer desaparecer, y, en palabras tan débiles como el eco de recuerdos que están a punto de olvidarse, el espectro nos comunicó la clave para la comprensión de las letras que había aprendido en el pasado prehumano. Y, después de esto, no interrogamos más a Ybith, sino que consentimos que regresase a su reposo y al olvido.
Entonces, conociendo el sentido de los nimios y retorcidos caracteres, leímos el escrito de la tableta e hicimos una traducción del mismo, aunque no sin trabajos y dificultades, dado que los propios fonemas de la gente serpiente y los símbolos e ideas eran algo distintos de los de la humanidad. Y, cuando hubimos descifrado la inscripción, descubrimos que contenía la fórmula para cierta invocación que, sin duda, había sido utilizada por los hechiceros serpientes. Pero el objeto de la invocación no era mencionado, tampoco había pista alguna sobre la naturaleza o identidad de lo que acudiría en respuesta a los ritos. Y, lo que es más, no había un rito correspondiente de exorcismo o un hechizo para hacerlo partir.
Grande fue la alegría de Avyctes, considerando habíamos encontrado una sabiduría más allá de las expectativas o el recuerdo del hombre. Y, aunque yo intenté disuadirle, se decidió a emplear la invocación, argumentando que nuestro descubrimiento no era algo casual, sino que estaba decretado por el destino desde el principio. Y no parecía estar preocupado ante la amenaza que podría representar para nosotros el conjuro de cosas cuyo nacimiento y atributos nos resultaban por completo desconocidos.
-Porque -dijo Avyctes- no he llamado, durante los años de mi brujería, ni dios, ni diablo, ni demonio, ni aparecido ni sombra que no pudiese controlar y despedir, según mi capricho. Y me resisto a creer que exista algún espíritu o poder que se encuentre más allá del control de mis encantamientos que pudiera haber sido convocado por una raza de serpientes, cualquiera que, en la nigromancia y las ciencias demoniacas, haya sido su habilidad.
Así que, viendo que se mostraba obstinado y reconociéndole como mi maestro en todos los sentidos, estuve de acuerdo en ayudar a Avyctes en el experimento, aunque no sin malos presentimientos. Y entonces juntamos, en la cámara de los conjuros, durante la hora y la conjunción de las estrellas especificadas, el equivalente de los variados materiales raros que la tableta había indicado que debían utilizarse en el ritual.
Sobre mucho de lo que hicimos, y sobre ciertos agentes que utilizamos, mejor no hablar; tampoco recordaré las agudas palabras silbantes que resultaban difíciles de articular a seres no nacidos de serpientes, cuya entonación formaba una parte importante de la ceremonia. Hacia el final, dibujamos en el suelo un triángulo con la sangre fresca de pájaros, y Avyctes se puso de pie en un ángulo y yo en el otro; y la delgada momia parda de un guerrero atlante, cuyo nombre había sido Oigos, fue colocada en el otro. Y, así situados, Avyctes y yo sujetamos en nuestras manos velas hechas con grasa de cadáver hasta que las velas se hubieron quemado entre nuestros dedos como si fuesen candelabros. Y, sobre las palmas extendidas de la momia de Oigos, como si fuesen incensarios huecos, ardieron talco y amianto, encendidos por medio de un extraño fuego cuyo secreto conocíamos. A un lado, habíamos dibujado una elipse inquebrantable, hecha con una repetición encadenada y sin fin de los doce signos inmencionables de Oumor, a los cuales podríamos retirarnos en caso de que el visitante se mostrase enemigo o rebelde. Esperamos mientras que las estrellas que circundan los polos pasaban, como había sido prescrito. Entonces, cuando las velas se hubieron apagado entre nuestros dedos chamuscados, y el talco y el amianto estuvieron del todo consumidos en las palmas gastadas de la momia, Avyctes pronunció en voz alta una palabra cuyo sentido era oscuro para nosotros, y Oigos, animado por la brujería y sujeto a nuestra voluntad, repitió la palabra tras un intervalo preestablecido, en un tono que era tan vacío como un eco nacido en una tumba, y yo, durante mi turno, también la repetí.
Ahora, en la cámara de la invocación, antes de comenzar el ritual, habíamos abierto una pequeña ventana que daba al mar y, de idéntica manera, habíamos dejado abierta una gran puerta en el salón que daba a la tierra, no fuese que lo que acudiese en contestación necesitase un modo especial de entrada. Y, durante la ceremonia, el mar estuvo en calma y no sopló el viento, y parecía que todas las cosas estuviesen en silencio a la espera de la llegada del visitante sin nombre. Pero, cuando estuvo hecho, y la última palabra había sido repetida por Oigos y por mi, nos quedamos de pie y esperamos vanamente por un signo visible u otra manifestación. Las lámparas ardían con tranquilidad, y no caía otra sombra que las proyectadas por nosotros, por Oigos y por las grandes mujeres de mármol a lo largo de las paredes. Y en los espejos mágicos que habíamos colocado hábilmente para que reflejasen a aquellos que de otra manera no serían vistos, no contemplamos señal o rastro de imagen alguna.
Ante esto, al pasar un rato, Avyctes se quedó gravemente desilusionado, considerando que la invocación había fallado en su propósito, y yo, con la misma idea, me encontraba secretamente aliviado. Interrogamos a la momia de Oigos, para descubrir si él había descubierto en el cuarto, con tales sentidos como son propios de los muertos, alguna señal segura o una prueba dudosa de una presencia que no hubiese sido notada por los vivos. Y la momia nos dio una respuesta nigromántica, diciendo que no había nada.
-En verdad -dijo Avyctes-, sería inútil esperar más. Porque, con seguridad, de alguna manera, hemos interpretado mal el sentido del escrito, o hemos fracasado a la hora de duplicar los materiales utilizados en la invocación, o en la entonación correcta de las palabras. O puede ser que, con el transcurso de tantos evos, la cosa que anteriormente estaba acostumbrada a contestar ha dejado por fin de existir, o ha alterado sus atributos de manera que el hechizo es ahora nulo y sin valor.
Ante esto, asentí, bien dispuesto, con la esperanza de que el asunto había llegado a su fin. Y después reasumimos nuestros estudios acostumbrados, e hicimos escasa mención el uno al otro de la extraña tableta y de su inútil fórmula.
Igual que antes, transcurrieron nuestros días, y el mar trepó y rugió furioso sobre los acantilados, y los vientos gritaron con su invisible y adusta cólera, inclinando los cedros igual que los brujos se inclinan ante el aliento de Taaran, el dios del mal. Con la maravilla de nuevos experimentos y encantamientos, casi olvidé el inútil conjuro, y parecía que Avyctes también lo había olvidado.
Todas las cosas eran igual que antes, todas nuestras mágicas percepciones, y no había nada para preocuparnos en nuestra sabiduría y serenidad, que considerábamos segura por encima de la soberanía de los reyes. Leyendo en las estrellas nuestro horóscopo, no descubrimos un mal futuro en este aspecto; tampoco nos fue revelada una sombra de mal a través de la geomancia, o de los otros modos de adivinación que empleábamos. Y nuestros demonios familiares, aunque horribles y temibles a la mirada de los mortales, eran del todo obedientes a nosotros, sus amos.
Entonces, durante una clara tarde de verano, paseamos, como era nuestra costumbre, por la terraza de mármol de la parte trasera de la casa. Vestidos con túnicas de púrpura oceánica, andábamos entre los árboles barridos por el viento con sus retorcidas sombras, y allí, siguiéndonos, vi la azul sombra de Avyctes y la mía propia sobre el mármol; y, entre ellas, una sombra que no era proyectada por ninguno de los cedros. Y me quedé muy sorprendido, pero no le hablé a Avyctes del asunto, sino que observé a la sombra con disimulo y cuidado. Vi que seguía de cerca a la del maestro, manteniendo siempre la misma distancia. Y no temblaba a causa del viento, sino que se deslizaba como algún líquido pesado, denso y purulento, y su color no era ni azul ni púrpura ni negro, ni ningún otro color al que los ojos del hombre estén acostumbrados, sino un tono como de una putrescencia más oscura que la muerte, y su forma era completamente monstruosa, como proyectada por algo que caminaba erguido, pero que tenía la cabeza roma y el largo cuerpo ondulante de algo que debería arrastrarse en vez de andar.
Avyctes no se había fijado en la sombra, y yo todavía tenía miedo de hablar, aunque pensé que era mala cosa para mi maestro tener semejante compañía. Y me acerqué a él, con el fin de descubrir por medio del tacto, o de cualquier otro sentido, la presencia invisible que proyectaba esa sombra. Pero el aire estaba vacío en dirección al sol, desde la sombra, y no encontré nada opuesto a él, ni en ninguna otra dirección oblicua, aunque busqué con cuidado, sabiendo que ciertos seres proyectan su sombra de esta manera.
Después de un rato, a la hora acostumbrada, volvimos a la casa a través de las retorcidas escaleras y los portales, flanqueados por monstruos. Y vi a la extraña sombra moviéndose siempre detrás de la sombra de Avyctes, cayendo horrible y sin interrupciones sobre los escalones y pasando, claramente separada y distinta, sobre la larga sombra de los elevados monstruos. Y en los oscuros salones más allá del sol, en los cuales no debería haber sombras, contemplé con horror la mancha asquerosa y distorsionada, con su pestilente color sin nombre. siguiendo a Avyctes como en lugar de su propia perecida fuente. Y durante todo aquel día, a todas partes a las que nos dirigimos, a la mesa servida por espectros o a la biblioteca vigilada por momias, la cosa persiguió a Avyctes pegándosele como la lepra al leproso. Y el maestro aún no la había notado, y yo me abstenía de avisarle con la esperanza de que nuestro visitante se retiraría en su momento, marchándose tan discretamente como había llegado.
Pero a la medianoche, cuando estábamos sentados juntos bajo la luz de las lámparas de plata, estudiando las runas escritas con sangre de Hyperbórea, vi que la sombra se había acercado más a la sombra de Avyctes, levantándose detrás de su silla, sobre la pared. Y la cosa era un chorreo torrencial de la podredumbre del cementerio, la asquerosidad más allá de las negras lepras del infierno; y ya no pude soportarlo más y, gritando de miedo y de asco, informé al maestro de su presencia.
Contemplando la sombra ahora, Avyctes la estudió con atención, y no había ni miedo ni temor ni repugnancia en las profundas arrugas de su rostro. Y me dijo por fin:
-Esta cosa es un misterio mas allá de mi ciencia, pues nunca, en su práctica, había acudido a mí una sombra sin ser llamada. Y, dado que todas nuestras invocaciones anteriores han sido contestadas, debo considerar que esta sombra es la entidad, la umbría o la señal de una entidad, que ha acudido en retrasada respuesta a la fórmula de los hechiceros serpientes, que habíamos considerado nula y sin poder. Y pienso que estaría bien que nos dirigiésemos ahora a la cámara de las conjuraciones, e interroguemos a la sombra de la manera que podamos.
Nos dirigimos entonces a la cámara de conjuraciones, e hicimos los preparativos que resultaban necesarios y posibles. Y, cuando estuvimos preparados para interrogarla, la sombra desconocida se había acercado todavía más a la sombra de Avyctes, así que la distancia entre las dos no era mayor que la anchura del bastón del nigromante.
Entonces, de todas las maneras posibles, interrogamos a la sombra, hablando a través de nuestros propios labios y de los labios de momias y de estatuas. Pero no hubo respuesta, y, llamando a algunos de los diablos y fantasmas que eran nuestros espíritus familiares, intentamos interrogarla a través de sus bocas, pero no hubo resultado. Y, mientras tanto, nuestros espejos estaban vacíos de cualquier presencia que pudiese haber proyectado la sombra; y aquellos que habían sido nuestros portavoces no podían detectar nada en el cuarto. Y no había hechizo alguno, eso parecía, que tuviese poder sobre el visitante. Así que Avyctes se preocupó, y, dibujando en el suelo, con sangre y cenizas, la elipse de Oumor, en la cual no puede entrar espíritu ni demonio alguno, se retiró a su centro. Pero, aun dentro de la elipse, la sombra siguió a la suya, como una fluida mancha de corrupción líquida, siendo el espacio entre las dos no mayor que la pluma de un mago.
Sobre el rostro de Avyctes, el horror había trazado nuevas arrugas, y su frente estaba perlada con un sudor de muerte. Porque sabía, como yo, que ésta era una cosa que estaba más allá de toda ley, y que no representaba otra cosa que un desastre y una maldad incontables. Y me gritó con voz temblorosa diciendo:
-No tengo conocimientos sobre esta cosa o sobre sus intenciones hacia mí, ni poder para frenar su avance. Vete y abandóname ahora, porque no deseo que hombre alguno contemple la derrota de mi brujería y la condena que de esto puede resultar. Además, estaría bien que te marchases cuando todavía hay tiempo, no sea que tú también te conviertas en presa de la sombra...
Aunque el terror había calado en lo más profundo de mi alma, era reacio a abandonar a Avyctes. Pero había jurado obedecer su voluntad en todo momento y en todos los sentidos, y, lo que es más, me sabía dos veces impotente frente a la sombra, ya que el propio Avyctes era impotente.
Así que, despidiéndome de él, marché con miembros temblorosos de la cámara encantada y, mirando atrás desde el umbral, vi que la sombra extraña, arrastrándose como una repugnante mancha sobre el suelo, había tocado la sombra de Avyctes. Y, en ese momento, el maestro gritó en voz alta como quien tiene una pesadilla, y su rostro ya no era el rostro de Avyctes, sino que estaba convulso y contorsionado como el de un loco furioso que lucha contra invisibles súcubos. Y ya no miré más, sino que escapé por el oscuro pasillo exterior, hacia las puertas que dan a la terraza.
Una luna roja, ominosa y con giba, se había puesto sobre los acantilados, y las sombras de los cedros eran alargadas bajo la luna, temblando bajo la galerna como las túnicas de los brujos. Inclinándome contra la tormenta, escapé a través de la terraza, hacia las escaleras exteriores que daban a un empinado sendero que iba al desierto de rocas y precipicios más allá de la casa de Avyctes. Me aproximé al borde de la terraza, corriendo con una velocidad producto del miedo, pero no pude alcanzar la parte superior de la escalera exterior; porque, a cada paso, el mármol fluía debajo de mí, escapando como el pálido horizonte de quien lo busca. Y, aunque corría sin pausa, no podía acercarme al borde de la terraza.
Al cabo, desistí notando que algún hechizo había alterado el propio espacio en torno a la casa de Avyctes, de forma que nadie pudiese escapar de allí. Así que, resignándome a lo que quiera que fuese a suceder, regresé a la casa. Y, ascendiendo las escaleras blancas, bajo los rayos, bajos e igualados, de la luna atrapada en los acantilados, vi una figura que me esperaba en las puertas. Y supe, por la túnica colgante de púrpura marino, pero no por ninguna otra señal, que la figura era Avyctes. Porque la cara ya no era por completo la cara de un hombre, sino que se había transformado en una amalgama, asquerosamente fluida, de rasgos humanos con una cosa que no podría identificarse sobre la tierra. La transfiguración era más repugnante que la muerte o la corrupción, y el rostro ya estaba coloreado, con la tonalidad sin nombre, corrupta y purulenta, de la extraña sombra, y su silueta había adquirido un parecido parcial con la achatada de la sombra. Las manos de la figura ya no eran aquellas de un ser terrenal, y la forma debajo de la túnica se había alargado con una blandura nauseabundamente ondulante, y el rostro y los dedos parecían gotear a la luz de la luna una podredumbre delicuescente. Y la oscuridad perseguidora. como una plaga que fluía densa, había corroído y distorsionado la propia sombra de Avyctes, que ahora era doble de una manera que aquí no será contada.
Con ganas habría gritado, o hablado en voz alta, pero el horror había secado la fuente del lenguaje. Y la cosa que había sido Avyctes me llamó en silencio, sin pronunciar palabra con sus labios vivos y podridos. Y con ojos que ya no eran ojos, sino una abominación purulenta, me miró firmemente. Y agarró mi hombro con fuerza, con la blanda lepra de sus dedos, y me condujo, medio desmayado a causa del asco, por el pasillo hasta el salón donde se encontraba la momia de Oigos, quien nos había ayudado en el triple encantamiento de los hombres serpientes, junto a varios de sus semejantes.
Bajo las lamparas que iluminaban la habitación, ardiendo con una luz pálida, fija y perpetua, vi que las momias estaban erguidas a lo largo de la pared en su exánime reposo, cada una en su lugar acostumbrado, con su larga sombra acompañada con una sombra en todo similar a la cosa maléfica que había perseguido a mi maestro y ahora se había incorporado a él.
Recordé cómo Oigos había realizado su parte del ritual, y cómo había repetido una palabra desconocida que se indicaba después de Avyctes, y así supe que el horror le había llegado a Oigos por turno y se descargaría sobre los muertos al igual que sobre los vivos. Porque la repugnante cosa sin nombre, que en nuestra presunción habíamos llamado, no era capaz de manifestarse ante nuestra percepción de mortales de otra manera que no fuese ésta. La habíamos arrastrado desde profundidades insondables del tiempo y el espacio, utilizando, de una manera ignorante, una fórmula terrible, y la cosa había acudido en su propia hora elegida, para dejar su marca de la abominación más extrema en quienes la habían invocado.
Desde entonces, la noche ha menguado, y un segundo día ha pasado con un perezoso fluir del horror... He contemplado la completa identificación de la sombra con la carne y la sombra de Avyctes... y también he visto la lenta usurpación de la otra sombra de la sombra flaca del cuerno seco y abetunado de Oigos, y convertirlos en algo parecido a la cosa en que Avyctes se ha transformado. Y he escuchado a la momia gritar, como un hombre vivo, con gran dolor y miedo, como en la agonía de una segunda muerte, al chocar con la sombra. Y hace tiempo que se ha quedado en silencio, al igual que el otro horror, y no conozco ni sus pensamientos ni sus intenciones...
Y, en verdad, no sé si la cosa que ha venido es única o múltiple; tampoco sé si su avatar se dará por satisfecho con aquellos que la invocaron en su momento, o si se extenderá a otros.
Pero estas cosas, y muchas otras, las sabré pronto, porque ahora es mi turno, hay una sombra que sigue a la mía acercándose más y más. El aire se congela y se cuaja con un miedo desconocido, y los que fueron nuestros demonios familiares han escapado de la mansión, y las grandes mujeres de mármol parecen temblar visiblemente en sus puestos en la pared.
Pero el horror que fue Avyctes y el segundo horror que fue Oigos no me han abandonado. Con ojos que no son ya ojos, parecen meditar y vigilar, esperando hasta que yo me convierta en algo como ellos. Y su silencio es más terrible que si me hubiesen descuartizado miembro a miembro. Y hay voces extrañas en el viento y rugidos discordes en el mar, y los muros tiemblan como si fuesen un delgado velo frente al negro aliento de remotos abismos.
Así que, consciente de que el tiempo es escaso, me he encerrado en el cuarto de los volúmenes y de los libros, y he escrito esta memoria. Y he tomado la brillante tableta triangular cuya solución fue nuestra ruina, y la he arrojado desde la ventana al mar, con la esperanza de que nadie la encuentre después de nosotros.
Y ahora debo finalizar, y meter este escrito dentro de un cilindro sellado de oricalco, y arrojarlo para que flote sobre las olas. Porque el espacio entre mi sombra y la sombra del horror disminuye por momentos... y el espacio no es mayor que la pluma de un mago.
Publicado por primera vez en
The Double Shadow, III-1932 (Weird Tales, II-39. Out Of Space And Time, VIII-42)
Trad. Arturo Villarubia
Los Mundos Perdidos. EDAF 1991
Un Viaje A Sfanomoë
Clark Ashton Smith
HAY MUCHAS historias maravillosas, que no han sido contadas, que no han sido escritas, que nunca serán registradas o recordadas, perdidas más allá de todas las adivinanzas y las imaginaciones, que duermen en el doble silencio de los tiempos y espacios remotos. Las crónicas de Saturno, los archivos de la luna durante la flor de su edad, las leyendas de Antillia y Moaria..., estas últimas llenas de maravillas no sospechadas o imaginadas. Y extrañas son las historias multitudinarias, que nos ocultan los años luz, sobre Polaris y la galaxia. Pero ninguna es más extraña, ninguna más maravillosa, que la historia de Hotar y de Evidon y su viaje al planeta Sfanomoë desde la ultima isla de Atlantis que se hundía. Escuchad, pues sólo yo esta historia os contaré, yo, quien llegué a soñar con un centro inmutable donde el pasado y el futuro son siempre contemporáneos con el presente; y allí vi el verdadero acontecimiento del que hablo, y, al despertar, lo puse en palabras:
Hotar y Evidon eran hermanos por su ciencia, además de por su consanguinidad. Eran los últimos representantes de una larga estirpe de ilustres inventores e investigadores, todos los cuales habían contribuido, más o menos, al conocimiento, sabiduría y recursos científicos de una elevada civilización que había madurado a través de los ciclos. Uno por uno, ellos y sus compañeros sabios habían descubierto los arcanos secretos de la geología, la química, la biología y la astronomía; ellos habían transformado los elementos, habían controlado el mar, el sol, el aire y las fuerzas de la gravedad, obligándolas a servir a los fines del hombre, y, por último, habían encontrado una manera de liberar el poder del átomo semejante a un tifón, para destruir, transmutar y reconstruir las moléculas de la materia según su voluntad.
Sin embargo, a causa de esa ironía que acompaña los triunfos y logros del hombre, el progreso que representaba el dominio de esta ley natural fue acompañado de profundos cambios geológicos y terremotos que causaron el gradual hundimiento de Atlantis. Época por época, evo a evo, el proceso había continuado: enormes penínsulas, litorales completos, elevadas cadenas montañosas, mesetas y llanuras con ciudades, todas ellas se hundieron por turno bajo las olas del diluvio. Con el avance de la ciencia, el tiempo y el lugar de futuros cataclismos fue predicho de manera más precisa, pero nada pudo hacerse para evitarlos.
En los tiempos de Hotar y Evidon, todo lo que quedaba del antiguo continente era una gran isla, llamada Poseidonis. Era bien sabido que esta isla, con sus opulentos puertos de mar, sus monumentos de arte y arquitectura que habían sobrevivido a los evos, sus fértiles valles interiores y sus montañas que levantaban sus cimas, cargadas de nieve, sobre junglas semitropicales, estaban destinados a hundirse antes de que los hijos y las hijas de la actual generación se hubiesen hecho mayores.
Como muchos otros de su familia, Hotar y Evidon se habían entregado durante largos años a investigaciones sobre las oscuras leyes telúricas que gobernaban la inminente catástrofe, y habían tratado de encontrar un modo para prevenirla, o, al menos, retrasarla. Pero las fuerzas sísmicas en cuestión estaban demasiado profundamente asentadas y extendidas como para que su acción resultase controlable en grado o manera algunos. Ningún mecanismo magnético, ninguna zona de fuerza represiva, eran lo bastante poderosos como para controlarlas. Cuando los dos hermanos se aproximaban a la madurez, se dieron cuenta de la definitiva inutilidad de sus esfuerzos, y, aunque las gentes de Poseidonis siguieron considerándoles como posibles salvadores, cuyos conocimientos y recursos eran prácticamente sobrehumanos, ellos habían abandonado secretamente todos los esfuerzos para salvar la isla condenada, y se habían retirado de Lephara, la que da al mar, el hogar de su familia desde tiempo inmemorial, a un laboratorio y observatorio privados alejados en las montañas del interior.
Aquí, con la riqueza hereditaria a su disposición, los hermanos se rodearon no sólo de todos los instrumentos conocidos, y los materiales de la experimentación científica, sino además, hasta cierto punto, de lujos personales. Estaban separados del mundo por un centenar de precipicios y acantilados y por muchas leguas de jungla poco recorrida, y consideraban este aislamiento aconsejable para los experimentos que ahora se proponían y cuya auténtica naturaleza a nadie le habían divulgado.
Hotar y Evidon habían ido más lejos que todos los demás de su tiempo en el estudio de la astronomía. El verdadero carácter y las relaciones del mundo -el sol, la luna y el sistema planetario y el universo estelar- habían sido conocidos desde hacía largo tiempo en Atlantis. Pero los hermanos habían especulado de una manera más audaz, habían hecho cálculos con más profundidad y más cuidado que ninguna otra persona. En los poderosos espejos amplificadores de su observatorio, ellos habían prestado especial atención a los planetas vecinos, se habían formado una idea precisa de su distancia de la Tierra, estimando su tamaño relativo, y habían concebido la idea de que varios, o quizá todos, podrían estar habitados por criaturas semejantes a los hombres; o, si no estaban habitados, eran potencialmente capaces de tener vida humana.
Venus, que los atlantes conocían como Sfanomoë, era el planeta que había atraído su curiosidad y había sido objeto de sus conjeturas más que ningún otro. A causa de su localización, habían supuesto que ya podía parecerse a la Tierra en condiciones climáticas y en todos los requisitos previos para el desarrollo biológico. Y todas las tareas ocultas a las que ahora dedicaban sus energías no eran nada menos que la invención de un vehículo que hiciese posible el viaje desde su isla, amenazada por el océano, a Sfanomoë.
Día a día, los hermanos trabajaron para perfeccionar su invento, y, noche a noche, a través del paso de las estaciones, ellos miraban el lustroso orbe de sus especulaciones, mientras brillaba en las tardes esmeralda de Poseidonis, o sobre las cimas, veladas de violeta, que pronto recibirían la pisada azafrán del alba. Y siempre se entregaban a suposiciones todavía más atrevidas, a proyectos más extraños y peligrosos.
El vehículo que edificaban estaba diseñado con un previo conocimiento completo de todos los problemas a los que habría de hacer frente, y de todas las dificultades que habría que vencer. Varios tipos de vehículos aéreos habían sido utilizados en Atlantis desde hacía tiempo, pero ninguno de ellos habría sido adecuado para sus propósitos, ni siquiera con una forma modificada. El vehículo que finalmente diseñaron, después de muchos planes y de largas discusiones, era una esfera perfecta, como una luna en miniatura, dado que, según ellos argumentaban, todos los cuerpos que viajaban por el éter tenían esta forma. Estaba construido con paredes dobles de una aleación cuyos secretos ellos mismos habían descubierto..., una aleación que era más ligera y mas resistente que ninguna sustancia clasificada por la química o la mineralogía. Había una docena de pequeñas ventanas redondas, forradas con cristal irrompible, y una puerta de la misma aleación de las paredes, que podía ser cerrada con una hermética tirantez. La explosión de átomos en cilindros cerrados iba a proporcionar la energía para la propulsión y la levitación, y además serviría para calentar el interior de la esfera frente al frío absoluto del espacio. Aire sólido sería transportado en cilindros de electro y vaporizado a un ritmo que mantendría una atmósfera respirable. Y, habiendo previsto que la influencia gravitacional de la Tierra disminuiría y desaparecería conforme se alejaran más y más de ella, habían establecido en el suelo de la esfera una zona magnética que imitaría el efecto de la gravedad y así evitaría cualquier daño corporal o incomodidad a la que de otro modo estarían sujetos.
Sus trabajos fueron realizados sin ninguna otra ayuda que la de unos pocos esclavos, miembros de la raza aborigen de Atlantis, quienes no tenían ni idea del propósito para el cual se construía el vehículo, y quienes, para asegurar su completa discreción, eran sordomudos. No hubo interrupciones de visitantes, porque era supuesto, tácitamente, a través de la isla, que Hotar y Evidon estaban entregados a investigaciones sismológicas que requerían una concentración profunda y prolongada a un tiempo.
Al cabo, tras años de trabajo, de vacilaciones, dudas y ansiedades, la esfera estuvo acabada. Brillando como una inmensa burbuja de plata, se alzaba en la terraza que daba al oeste del laboratorio, desde la cual el planeta Sfanomoë era ahora visible por las tardes, más allá del mar púrpura de la selva. Todo estaba listo: la nave estaba ampliamente aprovisionada para un viaje de muchos lustros y décadas, abundantemente equipada con un amplio suministro de libros, de obras de arte y de ciencia, con todas las cosas necesarias para la comodidad y la conveniencia de los pasajeros.
Hotar y Evidon eran ahora hombres de edad madura, en la sana perfección de sus poderes y facultades. Eran del tipo más elevado de la raza atlántida: complexión clara y elevada estatura, con las facciones de una familia intelectual y aristocrática a un tiempo.
Conociendo la proximidad de la catástrofe definitiva, ellos nunca habían contraído matrimonio, ni habían formado ningún vínculo de intimidad, sino que se habían entregado a la ciencia con devoción monástica. Lamentaron el inminente fin de su civilización, con toda su sabiduría acumulada a lo largo de las épocas, su riqueza artística y material, su consumado refinamiento. Pero habían aprendido la universalidad de la leyes que estaban hundiendo Atlantis bajo las olas..., las leyes del cambio, la ascensión y la caída. Y se habían educado en una resignación filosófica... una resignación que quizá no dejaba de estar mezclada con la previsión de la gloria singular y las experiencias, nuevas y únicas, que acompañarían a su vuelo por un espacio que hasta entonces no había sido recorrido.
Sus emociones, por tanto, eran una mezcla de lamentación altruista y expectaciones personales, cuando, durante una de las tardes elegidas para su marcha, despidieron a sus esclavos asombrados con un escrito de manumisión y entraron en su nave con forma de ojo. Sfanomoë brilló ante ellos con un brillo lustroso, y Poseidonis se oscureció debajo, mientras iniciaron su viaje adentrándose en los cielos verde mar del oeste.
La gran nave se levantó con facilidad boyante bajo su guía, hasta que pronto vieron las luces de Susran y del puerto de Lephara, atestado de galeras, donde se celebraban fiestas todas las noches y las propias fuentes daban vino para que las gentes pudiesen olvidar durante un rato su prevista condena.
Pero tan elevada en el aire había ascendido la nave, que Hotar y Evidon no podían escuchar el menor murmullo de las altas liras y la estridente diversión debajo. Y siguieron subiendo y subiendo, hasta que el mundo fue una mancha oscura y los cielos ardieron con las estrellas que sus espejos ópticos habían revelado, y, enseguida, el planeta oscuro fue enmarcado por una creciente aureola de fuego, y se elevaron desde su sombra hasta una intranquilizadora luz del día. Pero los cielos ya no eran del familiar color azul, sino que habían adquirido el brillante ébano del éter, y ninguna estrella ni ningún mundo, ni siquiera los más pequeños, se veían apagados por la rivalidad del sol. Y el más brillante de todos era Sfanomoë, desde su lugar en el vacío donde centelleaba sin vacilar.
Milla estelar tras milla estelar, la Tierra fue dejada atrás; y Hotar y Evidon, mirando adelante al objeto de sus sueños, casi la habían olvidado. Entonces, mirando atrás, vieron que ya no estaba detrás de ellos, sino sobre ellos, como una luna más grande. Y, estudiando sus océanos, sus islas y sus continentes, los fueron bautizando uno a uno desde sus mapas, mientras el globo iba girando, pero vanamente buscaron Poseidonis, en el desierto del mar, brillante y sin interrupciones. Y los hermanos fueron conscientes de esa lamentación y de esa pena que le son justamente debidos a toda belleza muerta, a todo esplendor hundido. Y meditaron un rato sobre la gloria que fue Atlantis, y les vinieron al recuerdo sus obeliscos, cúpulas y montañas, sus llanuras con altas y poderosas cordilleras, y los penachos de sus guerreros derechos como llamas, que nunca más se levantarían al sol.
Su vida en la nave globular era una vida de calma y tranquilidad, y difería en poco de aquella a la que estaban acostumbrados. Ellos seguían los estudios que deseaban y continuaron con los experimentos que habían planeado o comenzado en días anteriores, se leían el uno al otro la literatura clásica de Atlantis, argumentaban y discutían en torno a un millón de problemas de ciencia y filosofía. Y Hotar y Evidon apenas hacían caso al transcurso del tiempo, y las semanas y los meses de su viaje se convirtieron en años, y los años en lustros, y los lustros en décadas. Ni tampoco se dieron cuenta del cambio en ellos mismos, ni en el otro, mientras los años empezaron a tejer una red de arrugas en sus rostros, a teñir sus frentes con el marfil amarillo de la edad, y a hilar de plata sus barbas rubias. Había demasiadas cosas que solucionar o discutir, demasiadas especulaciones e hipótesis que ser aventuradas, para que detalles tan triviales como estos usurpasen su atención.
Sfanomoë creció cada vez más mientras los años medio olvidados pasaban, hasta que, al fin, empezó a girar bajo ellos con las extrañas marcas de continentes y de mares ignotos que no habían sido desafiados por los hombres. Y ahora el discurso de Hotar y Evidon se dedicaba por completo al mundo al que enseguida llegarían, y a las gentes, animales y plantas que pronto podrían encontrar. Sintieron en sus corazones sin edad una emoción viva sin paralelo, mientras dirigían su nave hacia el siempre creciente orbe que nadaba debajo de ellos. Pronto, colgaron sobre su superficie, en una atmósfera cargada de nubes de calor tropical, pero, aunque estaban infantilmente ansiosos de poner el pie en el nuevo planeta, sabiamente decidieron continuar su viaje horizontalmente hasta que pudiesen estudiar su topografía con algún cuidado y precisión.
Para su sorpresa, no encontraron nada en el brillante espacio bajo ellos que de alguna manera sugiriese la obra de los hombres o de seres vivientes. Habían esperado erguidas ciudades de exótica arquitectura aérea, anchas carreteras y canales, y las áreas, geométricamente medidas, de las zonas de agricultura. En vez de eso, solamente encontraron un paisaje primordial de montañas, marismas, bosque, océano, ríos y lagos.
Por fin se decidieron a descender Aunque eran viejos, hombres ancianos con barba de plata de cinco pies de longitud, llevaron el vehículo con forma de luna al suelo con toda la habilidad de la que habrían sido capaces en la flor de la edad, y, abriendo una puerta que había estado sellada durante décadas, emergieron por turnos... Hotar delante de Evidon, ya que era un poco mayor.
Su primera impresión fue de un calor tórrido, un color deslumbrante y un perfume mareante. Parecía haber un millón de olores en el aire pesado, raro e inmóvil -flores que resultaban casi visibles bajo la forma de vapores que se retorcían-, perfumes que eran como elixires y opiáceos que conferían a un tiempo una gozosa somnolencia y una alegría divina. Entonces vieron que había flores por todas partes y que habían descendido en medio de un desierto de floraciones. Eran todas de forma extraterrestre, de una belleza, tamaño y variedad supraterrenos, con tallos y pétalos de muchos colores que parecían rizarse y retorcerse con una inteligencia y movimientos que eran más que vegetales. Crecían de un suelo que los pétalos y cálices superpuestos habían ocultado por completo; colgaban de bosques y frondas de árboles parecidos a las palmeras que habían cubierto hasta hacerlos irreconocibles; sobre el agua de tranquilos charcos se amontonaban; se agazapaban en las copas de la jungla como criaturas aladas preparadas para volar a través de los cielos borrachos de perfume. E, incluso mientras los hermanos miraban, las flores crecían y se marchitaban con una rapidez sobrenatural, caían y eran reemplazadas por otras, como en un juego de manos de la ley natural.
Hotar y Evidon estaban encantados, se llamaban el uno al otro como niños señalando nuevas maravillas florales que eran más exquisitas y curiosas que el resto; y se asombraban ante la maravillosa velocidad de su crecimiento y decadencia. Y se reían ante la incomparable rareza de la vista, cuando notaron ciertos animales nuevos para la zoología, que trotaban sobre más del número habitual de patas, con flores parecidas a las orquídeas naciéndoles de los lomos.
Se olvidaron de su largo viaje a través del espacio, se olvidaron de que alguna vez había existido un planeta llamado Tierra y una isla llamada Poseidonis, se olvidaron de su ciencia y de su sabiduría, mientras paseaban por las glorietas de Sfanomoë. El aire exótico y sus olores se les subieron a la cabeza como un fuerte vino; y las nubes de polen dorado y nevado que caían sobre ellos desde los árboles arqueados eran tan potentes como alguna droga fantástica. Les agradó que sus barbas blancas y sus túnicas violetas estuviesen empolvadas con este polen y las esporas flotantes de las plantas que eran ajenas a toda botánica terrestre.
Repentinamente, Hotar gritó maravillado nuevamente, y se carcajeó con una risa más turbulenta que antes. Él había visto cómo una hoja, extrañamente doblada, estaba naciendo del dorso de su encogida mano derecha. La hoja se estiró mientras crecía, dejando al descubierto el capullo de una flor, y, ¡atención!, el capullo se abrió y se convirtió en una flor de triple cáliz, de colores ultrarerrenos, añadiendo un rico perfume al aire embriagador. Entonces, sobre su mano izquierda, otro capullo se abrió de idéntica manera, y las hojas y los pétalos empezaron a florecer en sus frentes y rostros arrugados, estaban creciendo en capas sucesivas sobre sus cuerpos y miembros, mezclando sus tentáculos con sus cabellos, y sus pistilos con forma de lengua, con su barba. Él no sentía dolor, sólo una sorpresa infantil y el asombro mientras lo contemplaba.
También empezaron a nacer las flores sobre las manos y el rostro de Evidon. Y pronto los dos viejos habían cesado de tener un aspecto humano, y eran difíciles de distinguir de los árboles engalanados que les rodeaban. Y murieron sin agonía, como si ya formasen parte de la creciente vida floral de Sfanomoë, con las percepciones y sensaciones apropiadas a su nuevo modo de existencia. Y, en breve, su metamorfosis fue completa, y cada fibra de sus cuerpos se había disuelto en flores. Y el vehículo en el que habían hecho su viaje estaba engalanado a la vista con una masa en continua ascensión de plantas y flores.
Ése fue el destino de Hotar y Evidon, los últimos atlantes, y los primeros (si no los últimos) visitantes humanos a Sfanomoë.
Publicado por primera vez en
A Voyage To Sfanomoë, VII-1930 (Weird Tales, VIII-31. Lost Worlds, X-44)
Trad. Arturo Villarubia Los Mundos Perdidos. EDAF 1991
Un añejo de Atlantis
Clark Ashton Smith
Te lo agradezco, amigo, pero no soy bebedor de vino, ni siquiera del más exquisito canario o el más antiguo amontillado. El vino es una falacia, y las bebidas fuertes son embrutecedoras... y más que otras personas, tengo yo motivos para conocer cuán ciertas eran las palabras que escribió Salomón, el rey hebreo. Presta atención, si lo deseas, y te contaré tal historia que haría que el más duro bebedor detuviera ante sus labios, una copa a medio alzar.
Éramos setenta y tres bucaneros, los que hostigamos las fuerzas Españolas bajo el mando de Barnaby Dwale, aquel que fue llamado Barnaby el Rojo por el derramamiento de sangre que le seguía a todas partes. Nuestra nave, el Halcón Negro, podía poner en fuga o destrozar a cualquier otro bajel en el que ondeara la Jolly Roger. Muy a menudo, el Capitán Dwale era dado a buscar cierta isla en el límite oriental de las Indias Occidentales, y aligerar la nave de su peso en lingotes y doblones.
La isla estaba alejada del curso habitual del tráfico marítimo, y no era conocida en los mapas, ni por otros marinos; de tal modo que servía bien a nuestros propósitos. Era un lugar de palmeras, arena y escollos, con una pequeña bahía al abrigo de unos curvos y escarpados acantilados, contra los cuales el oscuro océano escalaba y clavaba sus colmillos de blanca espuma sin perturbar las tranquilas aguas de más allá. Desconozco cuántas veces habíamos visitado la isla; pero el suelo bajo muchos cocoteros se hallaba densamente compactado por nuestros botines ocultos. Habíamos almacenado allí el saqueo de naves atestadas de lingotes, la plata de la misa y las joyas de las ciudades de las Catedrales.
Y tal como ocurre con todas las cosas mortales, se acabaron al fin nuestras visitas.
Habíamos obtenido un buen cargamento, y aún podríamos habernos quedado más tiempo a plena mar, frente a los españoles, si una tempestad no lo hubiera impedido. Estábamos cerca de la isla secreta, curiosamente, cuando los cielos comenzaron a oscurecerse; y maniobrando con ahinco entre la rugiente mar, escapamos hasta nuestra plácida bahía, alcanzándola al caer la noche. Antes del alba, el huracán se había esfumado; y el cielo se transformó en ambar y azur, desprovisto de nubes. Procedimos al desembarco y a enterrar nuestros cofres de monedas, gemas y lingotes, una tarea bastante entretenida; y despues de aquello rellenamos nuestros barriles de agua con el fresco y dulce manantial que manaba bajo la colinas plagada de palmeras, no muy lejos, tierra adentro.
Era la media tarde. El Capitán Dwale planeaba levar anclas en breve y seguir el sol occidental en dirección al Caribe. Había nueve de nosotros, cargando los últimos barriles en los botes, con Barnaby el Rojo mirando y maldiciéndonos por ser más lentos que las tortugas; y nos hallábamos metidos hasta las rodillas en la tibia, perezosa agua, cuando de repente, el capitán cesó sus juramentos, y observamos que había dejado de mirarnos. Se había vuelto de espaldas y escrutaba un extraño objeto que debía haber sido arrastrado por la marea, tras el temporal: una cosa grande y llena de percebes que yacía en la arena, medio dentro, medio fuera de las aguas poco profundas. De algún modo, ninguno de nosotros lo había percibido con anterioridad.
Barnaby no estuvo mucho rato en silencio.
-¡Venid aquí, hatajo de haraganes,!- nos llamó. Obedecimos casi de buena gana, y echamos un vistazo al objeto de la playa, que nuestro capitán examinaba con gran perplejidad. También nosotros nos maravillamos grandemente cuando vimos aquello más de cerca; y ninguno de nosotros pudo identificarlo a simple vista o con certeza.
El objeto tenía la forma de una gran ánfora, con un cuello sellado y un profundo, redondo cuerpo abdominal. Se hallaba enteramente incrustado de conchas y corales que lo habían ido cubriendo como si hubiera pasado muchas eras en las profundidades del océano, y estaba festoneado con tales algas y flores marinas que nunca antes las habíamos visto; de manera que no podíamos determinar la substancia de la cual estaba hecho.
A una orden del Capitán Dwale, lo arrastramos fuera del agua, y más allá del alcance de la marea, hasta la sombra de las cercanas palmeras; aunque fue necesario el esfuerzo de cuatro hombres para mover aquella cosa tan difícil de manejar, que era extrañamente densa. Descubrimos que se mantenía fácilmente en pie, con su parte superior alcanzando casi, los hombros de un hombre alto. Mientras cargábamos con la gran jarra, escuchamos un siseante sonido de su interior, como si estuviera llena de alguna suerte de licor.
Nuestro capitán, casualmente, era un hombre instruído.
-¡Por la copa eucarística de Satán!- juró. -Si esta cosa no es una antigua vasija de vino, entonces soy un Bedlamita. Envases así -aunque seguramente no tan grandes- eran empleados por los Romanos para almacenar los mejores reservas de Falernus y Cecuba. De hecho, hoy en día hay un vino Español -el de Valdepeñas - que se mantiene en unas jarras semejantes. Pero esto, si no me equivoco, no viene ni de España ni de la vieja Roma. Es lo bastante antiguo, por su aspecto, como para venir de esa isla, hace tanto sumergida, la Atlántida de la que hablaba Platón. En verdad, debe haber un raro añejo en su interior, un vino que fue mezclado en la juventud del mundo, antes de la fundación de Roma o Atenas; y que, seguramente, habrá ganado fuego y fuerza a lo largo de los siglos. ¡Ho! ¡mis bribones toros de mar! No partiremos de esta bahía hasta que destapemos la jarra. Y si el licor es aromático y bebible, haremos una fiesta esta noche en la arena.
-Pues tiene aspecto de una urna funeraria, llena de cenizas y polvos portadores de enfermedades,- dijo el piloto, Roger Aglone, que tenía una sombría manera de pensar.
El Rojo Barnaby había desenvainado su sable y extraía laboriosamente las capas de percebes y pintorescas y fantásticas agrupaciones de coral de la parte superior de la jarra. Extraía capa tras capa, y juraba poderosamente ante semejante incremento de años de olvido. Por fín un gran tapón de cerámica, sellado con una cera de color claro que se había vuelto más dura que el ambar, quedó a la vista. El tapón estaba grabado con curiosas letras de un lenguaje desconocido, claramente para ser vistas; pero la cera resistía la punta del sable. De modo que, perdiendo por completo la paciencia, el capitán levantó un gran fragmento de roca, que otro hombre menor jamás se hubiera atrevido a alzar, y rompió allí mismo el cuello de la jarra.
E incluso en aquellos días, yo, Stephen Magbane, el único Puritano de entre aquella tripulación de herejes, no era bebedor de vino ni de licores espirituosos, sino un constante abstemio en todo momento. De modo que me mantuve aparte, sintiendo bastante poco interés, excepto el del reproche, mientras los demás se apretaban alrededor de la jarra y olfateaban ansiosos el contenido. Pese a ello, casi inmediatamente a su apertura, mi olfato fue asaltado por un aroma de paganas especias, denso y extraño; y la resultante inhalación me produjo un sentimiento de algo parecido a un mareo, de modo que pensé que sería mejor retirarme aún más. Sin embargo, los demás estaban ávidos, como enanos alrededor de una cuba fermentándose en otoño.
-¡Que me ahorquen, si no es un gran reserva!- rugió el capitán, una vez que hubo mojado la yema de su dedo en la jarra y chupado el líquido púrpura que de él goteaba. -¡Teneos, hatajo de miserables! Llevad a bordo los barriles de agua, y traed a la playa a todos los hombres, dejando sólo una pequeño retén para guardar al bajel. Esta noche tendremos una fiesta, antes de partir a seguir saqueando a lo Españoles.
Obedecimos su orden, y hubo un gran regocijo entre la tripulación del Halcón Negro ante las nuevas de nuestro hallazgo y el retraso del viaje. Tres hombres, gruñendo irritados por su ausencia de la juerga, fueron dejados a bordo; aunque, en aquella bahía tranquila, tal vigilancia era virtualmente innecesaria. Los demás regresamos a la playa, trayendo una cierta cantidad de pannikins en los cuales servir el vino, y provisiones para un festín. Conseguimos entonces suficientes piezas de madera como para construir un gran fuego, y descubrimos algunas tortugas gigantes de entre las arenas, y desenterramos sus ocultos huevos, para tener, de ese modo, abundancia y variedad de vituallas.
Yo tomé parte en esos preparativos con no demasiado ardor. Conociendo mis hábitos abstemios, y estando de una especie de humor algo malicioso y atormentador, el Capitán Dwale había ordenado expresamente mi presencia en el festín. De todos modos, no preveía nada más que algunas pequeñas chanzas a mis expensas, como era habitual en aquellos tiempos; y siendo aficionado, como era, a la carne fresca de tortuga, estaba casi resignado a tener que contemplar las babilónicas ebriedades de los demás.
Al caer la noche, comenzaron los festejos y la libación; y el fuego de la hoguera, con fantasmales colores azules, verdes y blancos entre sus llamas, crepitaba alto en la tarde mientras el sol se ponía arrancando reflejos rojizos en la lejanía de los purpúreos mares.
Era un vino extraño, aquél que la tripulación y el capitán escanciaron en sus pannikins. Vi que su textura era espesa y oscura, como si hubiera sido mezclado con sangre; y el aire se cubrió con el aroma de aquellas paganas especias, cálidas, ricas e impías, que parecían haber salido de las tumbas profanadas de antiguos emperadores. Y aún más extraña era la intoxicación de aquel vino; pues aquellos que lo bebieron quedaron quietos, pensativos y sombríos; y no se cantaron canciones obscenas, ni se gastaron grotescas bromas.
Barnaby el Rojo había bebido más que el resto, habiendo comenzado a catar el añejo mientras la tripulación hacía los preparativos para la jarana. Ante nuestro asombro, dejó de insultarnos tras vaciar la primera copa, y ya no nos ordenó cosa alguna ni nos hizo el menor caso, sino que se sentó escrutando el ocaso con ojos que reflejaban el resplandor de sueños desconocidos. Y uno a uno, según comenzaron a beber, fueron los demás afectados de la misma guisa, de tal modo que me maravillé grandemente ante el inusitado poder del vino. Jamás había contemplado una intoxicación de semejante naturaleza; pues no hablaban ni comían, y únicamente se movían para rellenar sus copas en la enorme ánfora.
La noche se había vuelto oscura como el índigo más allá del parpadeante fuego, y no había luna; y la luz de la fogata ocultaba las estrellas. Pero uno a uno, tras unos momentos, los bebedores se levantaron de sus asientos y permanecieron escrutando la oscuridad en dirección al mar. Se hallaban inquietos, y miraban hacia delante, observando intensamente como hombres que se hallan ante alguna cosa maravillosa; y quedamente murmuraban entre sí, con palabras ininteligibles. Yo no sabía porqué musitaban y permanecían de aquella nmanera, a menos que fuera porque algún tipo de locura les hubiera asaltado por culpa del vino; pues no había nada visible en la oscuridad, y yo no escuchaba nada, salvo el bajo murmullo del oleaje acariciando la arena.
Los murmullos crecieron un poco; y algunos se pusieron de puntillas y señalaron al mar, balbuciendo salvajemente, como en un delirio. Notando su comportamiento, y dudando sobre los derroteros que su locura pudiera tomar, tomé la determinación de escabullirme por la playa. Pero cuando comencé a alejarme, algunos de los más cercanos a mi parecieron despertar de su sueño, y me agarraron con sus rudas manos. Entonces, con ebrias, farfullantes palabras, a las que no pude captar sentido alguno, me sujetaron indefenso mientras uno de ellos me forzaba a beber de un pannikin lleno del vino púrpura.
Luché contra ellos, pues no estaba dispuesto a trasegar aquel innombrable añejo, la mayoría del cual fue derramado. El producto era dulce al paladar, como miel líquida, pero quemó mi garganta como fuego del infierno. Me mareé; y una suerte de oscura confusión poseyó gradualmente mis sentidos; y me pareció escuchar, ver y sentir como si fuera víctima de las fiebres.
El aire a mi alrededor pareció brillar, con un tono carmesí de sangre espectral que estaba en todas partes; una luz que no provenía del fuego ni de los cielos nocturnos. Contemplé los rostros y las formas de los bebedores, desprovistos de sombra, como recubiertos de una fosforescencia rosada. Y más allá, donde miraban con inquieto y turbado asombro, la oscuridad fue iluminada por la extraña luz.
Loca e impía fue la visión que contemplé: pues las olas de la bahía ya no golpeaban la arena, y el mar se había desvanecido por completo. El Halcón Negro no estaba, y donde habían estado los acantilados, se elevaban grandes murallas de mármol, como iluminadas por el rubí de amaneceres perdidos. Se alzaban sobre ellas, altivas cúpulas de templos herejes, y agujas de palacios paganos; y entre medias había enormes calles y avenidas en las que la gente pasaba en un tumulto interminable. Pensé que estaba vislumbrando algún tipo de ciudad inmemorial, como las que florecieron en los albores del mundo; y contemplé los árboles de sus terrazas ajardinadas, más tupidos que las palmeras del Edén. Escuchando, oí el sonido de flautas que eran tan dulces como el gemido de las mujeres; y el tañido de cuernos que contaban gloriosos hechos ya olvidados; y el salvaje y dulce canturreo de la gente que accedía a algún oculto, sagrado ceremonial en el interior de los muros.
Vi que la luz manaba hacia arriba la ciudad, y nacía en sus calles y edificios. Ocultaba el cielo superior; y el horizonte de más allá se perdía en una resplandeciente bruma. Había un edificio, un templo más alto que el resto, del cual manaba la luz en un torrente más turbio; y de sus abiertos portalones salía música, hechizante e incitadora como las lejanas voces de años ya pasados. Y los celebrantes cruzaban aquellos portales, pero ninguno regresaba. La misteriosa música parecía llamarme y tentarme; y deseé vagar por las calles de la extraña ciudad, y me embargó un profundo deseo de mezclarme con sus gentes y entrar en el interior del resplandeciente templo.
En verdad que supe por qué los bebedores habían escrutado en la oscuridad y habían murmurado entre sí con asombro. Supe que ellos tambien deseaban descender a la ciudad. Y pude ver una gran avenida, construida de mármol y brillando con el rojizo resplandor, que conducía hacia abajo desde sus mismos pies, sobre praderas de flores desconocidas hasta los primeros edificios.
Entonces, mientras observaba y escuchaba, el canto se hizo más dulce, la música más extraña, y el rosado resplandor brilló con más fuerza. Entonces, sin mirar atrás, sin palabras, gestos u órdenes a sus hombres, el Capitán Dwale avanzó lentamente, hollando la avenida de mármol como un soñador que camina sonánbulo. Y tras él, uno a uno, Roger Aglone y el resto de la tripulación le siguieron de la misma manera, avanzando hacia la ciudad.
Por fortuna, también yo podía haberles seguido, atraído por la hechizante música. Pues ciertamente parecíame que hubiese recorrido los caminos de aquella ciudad en tiempos pasados, y había conocido los hechos sobre los que hablaba la música y cantado las voces. Demasiado bien recuerdo por qué pasaba la gente, continuamente, al interior del templo, y el motivo por el cual no salían de él; y allí, me dió la impresión, hallaría rostros familiares y queridos, y tomaría parte en misterios resucitados de años remotos.
Todo esto, que el vino había recordado durante su sueño en las profundidades del océano, fue mío para contemplarlo y concebirlo por un instante. Y bueno fue que yo hubiera bebido menos que los demás de aquel malvado y pagano añejo, y estuviera menos embriagado que ellos con su seductora visión. Pues, mientras el Capitán Dwale y su tripulación descendían hacia la ciudad, me pareció que el rosado resplandor comenzaba a menguar un poco. Los muros adoptaron semejanza con las olas, y las cúpulas se volvieron insustanciales. El tono rosado se fue, la luz era pálida, con la fosforescencia de un tumba; y la gente iba de acá para allá como fantasmas, con un apagado tañir de espectrales cuernos y fantasmales cantos. Con firmeza, sobre la sumergida avenida, las olas de la bahía regresaron; y Barnaby el Rojo y sus hombres caminaban bajo ellas, hacia abajo... Lentamente, las aguas se oscurecieron sobre los vagos muros y torreones; y la medianoche ennegreció la mar; y la ciudad se fue, como las desvanecidas burbujas del vino.
El terror me invadió cuando supe el destino de los demás. Huí con presteza, tropezando en la oscuridad, hacia la colina llena de palmeras que coronaba la isla. No quedaba vestigio alguno de la luz rosada; y el cielo volvía a estar cubierto de estrellas. Y mirando al océano, tras escalar el acantilado, ví la linterna que ardía en el Halcón Negro, en la bahía, y discerní los restos de nuestro fuego que crepitaba sobre la arena. Entonces, rezando con aterrorizado fervor, esperé hasta el amanecer.
Publicado por primera vez en:
Weird Tales, Septiembre 1933
The Abominations of Yondo, Arkham House 1960
Traducción: Javier Jiménez
Tolometh
Clark Ashton Smith
En Poseidonis, la ondulada y perdida
Era yo el Dios negro de la sima:
Mis tres cuernos de brillante oro
En lo alto de mi doble diadema;
Mi único ojo una nocturna gema
Hallada en un monstruoso meteoro.
La gente venía de tierras lejanas
Llamados por los truenos de mi fama
Y pasaban ante mi trono elevado
Donde se alzan los titanes y se yerguen los leones
Mientras manan eternos torrentes
Ante los vientos de un invierno avanzado
Por debajo de mis oscuras arquitrabas
Una eterna columna de bronceadas esclavas
Llegan de las minas de Calcedonia,
Y camellos de las largas mesetas
Transportan sus ofrendas, sus especias,
Su incienso y su canela.
La cósmica maldad que traje conmigo
Por toda la tierra antigua se ha extendido:
Soportaron las mujeres mi deshonoroso yugo;
Yo cuidé, durante centurias incontables
Los tronos de hechicerías oscuras e infernales,
Las hecatombes de sangre y fuego.
Pero ahora, de entre mis sumergidas murallas
Reptan lentas, ciegas, las serpientes marinas,
Y los gusanos del mar son mis ministros,
Y peces errantes cruzan a mi través
O se apiñan, ante mi frente sin ojos
Como antaño los gentíos de mis devotos...
Y aún hoy, sobrepasando el pensamiento,
Los hombres me adoran sin saberlo.
Hacen mi voluntad. Y me alzaré de nuevo
En el último amanecer del atómico fuego,
Para erguirme sobre el planeta llameante
Y arrojar mi sombra bajo el cielo.
FIN