Publicado en
julio 18, 2010
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A Concha Labarta,
la única bruja-sabia que de verdad he conocido.
Vuela siempre alto y que tu viaje sea eterno.
RESUMEN
No siempre podemos controlar lo que hay en nuestro interior. Noel Villalta parece tenerlo todo: amor, dinero, posición social, amigos... Aun así percibe que algo falla, que su vida está incompleta. No consigue encontrarse a sí mismo. Harto del modo en que transcurre su existencia, lleva a cabo actos carentes de sentido en los que incluso pone en riesgo su vida. A consecuencia de uno de ellos, Noel tiene un accidente de motocicleta y pierde su mano derecha a la altura del antebrazo.
No contento con las soluciones que le ofrecen los médicos, se obsesiona con la idea de un trasplante y desoyendo el consejo de los expertos pone en marcha todos los mecanismos a su alcance para volver a ser quién era. Pero a partir de ese momento nada volverá a ser igual. La sombra de una terrible sospecha se adueñará de su mente y de sus actos, y Noel descubrirá que no es quien creía ser. El otro es un thriller de investigación y misterio con un argumento original e impactante. En un momento en que los trasplantes de miembros amputados de donantes fallecidos son una realidad, resulta perturbador pensar en las consecuencias psicológicas que pueden tener.
Clara Tahoces ha llevado a cabo una profunda labor de investigación sobre casos reales y ese trabajo se percibe en el tono realista y casi científico de la novela. A esto se une su experiencia en el estudio de la grafopsicología, un elemento que resulta perturbadoramente clarificador en la novela.
Durante un tiempo se apropiaron de mí la oscuridad y la incertidumbre más absolutas y me transportaron a la caverna más sombría a la que pueda acceder ser humano alguno. Todavía sigo luchando por desterrar de mi vida estos recuerdos que me persiguen.
Quiero pensar que algún día volveré a ser libre.
He tenido algunas vivencias que otros jamás llegarán a experimentar ni a comprender. Sólo unos pocos saben lo que se siente al matar a otro ser humano a sangre fría.
Soy de esos pocos. Yo lo he sentido.
Aun hoy, al rememorar aquellos días, la angustia y la ansiedad se apoderan de mí como una sutil telaraña que envuelve a su presa mediante el engaño.
He intentado borrar de mi mente ciertas imágenes y ciertos recuerdos, pero aún no he sido capaz del todo. Anoche me desperté taquicárdico y envuelto en sudor con la sensación de sus fríos ojos felinos escrutándome entre las sombras. Pero allí no había nadie.
Noel Villalta
Mis ojos están cerrados.
Dicen que me han operado, pero no soy capaz de percibir nada.
No me noto la mano. Pero ¿qué voy a notar si no la tengo? ¿O sí?
No soy yo.
¿Seguro que me han operado? ¿Seguro que soy yo?
Abro los ojos despacio.
Necesito saber.
Capítulo 1
De todas las cosas absurdas que había hecho a lo largo de su vida, coger la moto aquella tarde lluviosa fue la mayor estupidez. Noel no sabía que acabaría incrustado contra un quitamiedos ni que su mano derecha quedaría cercenada e inservible para un reimplante.
Y fue una idiotez porque Noel, además de la moto, tenía varios coches como para haber escogido uno en lugar de entregarse a la oscuridad de la carretera mojada con un vehículo tan frágil.
Mientras su moto derrapaba y Noel se precipitaba contra el guardarraíles, no pensó en nada, sólo advirtió una extraña sensación de desapego, como si lo que estaba ocurriendo no tuviera que ver con él, como si no le fuera la vida en ello.
No hubo película retrospectiva alguna sobre su existencia, ni tampoco imágenes de sus seres queridos fallecidos invitándole a cruzar el umbral que separa la delgada línea entre la vida y la muerte. No fue así, a pesar de que algunos de ellos ya se encontraban al otro lado, ni contempló la luz blanca y brillante de la que hablaban algunos «regresados». Esa luz —afirmaba la mayoría de ellos— era tan hermosa que invitaba a dirigirse hacia ella.
De hecho, la única luz que le cegó fue la que portaban los servicios de rescate cuando vinieron a auxiliarle. Se había hecho de noche rápidamente. Noel no entendía bien a qué venía tanto jaleo. No estaba herido, no sentía dolor alguno, sólo se encontraba desorientado y mareado.
Pero resultó que sí había ocurrido algo. Había perdido la mano a la altura del antebrazo y con ella mucha sangre. Nadie le dijo nada. ¿Cómo se explica algo así? Se limitaron a llevárselo y buscar el miembro mutilado.
Contra todo pronóstico, apareció. Pese a la oscuridad, lo encontraron antes de lo esperado. No se hallaba muy lejos de la moto. Alguien lo recogió y lo introdujo en una bolsa de plástico. Pero cuando quien lo encontró alcanzó la ambulancia tenía el rostro demudado y el horror asomaba en sus ojos. Aquella mano había quedado inútil. No obstante, la guardaron y condujeron a Noel al hospital más cercano.
Aun antes de haber llegado al centro sanitario, Noel hizo esfuerzos por incorporarse. No había dolor, sólo malestar.
—No se mueva. Quédese tranquilo —le repetían.
—Pero si estoy bien —murmuraba—, no me pasa nada.
Ninguno de los presentes era capaz de entender lo que decía. Era más un pensamiento interno que una frase bien articulada. Noel creía que hablaba con coherencia, pero no podía pronunciar correctamente las palabras. Le habían pinchado un fuerte calmante y estaba en estado de shock.
Sólo fue consciente de que algo no iba bien cuando dejó de mirar a los médicos que le atendían y reparó en sí mismo. Sus ropas estaban cubiertas de sangre. Aquélla no era una buena señal.
Ya en el hospital fue atendido de urgencia. Había perdido mucha sangre y su vida pendía de un hilo. Al no poder localizar a nadie de su familia, puesto que en la agenda de su teléfono móvil no había entradas tales como «casa» o «casa padres», el personal del hospital decidió pulsar la tecla de rellamada. Así fue como dieron con su novia, que recibió la fatídica noticia cuando se encontraba en la sofisticada fiesta a la que Noel se dirigía cuando se salió de la carretera.
Nadie pareció sorprenderse al saber que había tenido un accidente. Lo que de verdad les extrañó es que no hubiera fallecido a consecuencia del mismo. Era bien sabido que Noel jugaba con la velocidad y que apuraba al límite sus posibilidades sin importarle las consecuencias. Parecía llamar a la muerte a gritos. Y ésta, remolona, siempre le daba esquinazo. Se negaba a ceder a su chantaje. Aquella tarde había vuelto a hacerlo, pero en esta ocasión le arrebató algo a cambio.
Se quedó con su mano.
Si cuando yacía tirado en el arcén le hubiera dado a escoger, habría optado por morir, pero no le planteó tal dilema. La muerte no suele andarse con ese tipo de miramientos, tiene una agenda muy apretada. Allí, incrustado contra el guardarraíles, no imaginaba que algo había cambiado su vida por completo. Noel era como esos surfistas que después de ser atacados por un gran escualo ignoran que han perdido algo entre sus fauces. «¿Y qué sintió cuando el tiburón le arrancó la pierna?», solían insistir algunos reporteros ávidos de morbo y carnaza.
«Nada. Ni siquiera lo supe hasta que noté que el agua se calentaba. Entonces me llevé la mano a la pierna y fue cuando descubrí que el animal me la había arrancado de cuajo.»
Esto era lo que contestaba la mayoría de los entrevistados en esos reportajes alarmistas sobre tiburones asesinos.
Pero ése no era su caso —se autoconvencía Noel de camino al hospital—. Él estaba bien. Sólo había sido un susto más. Esa sangre que empapaba buena parte de su ropa no podía significar gran cosa. Las heridas casi siempre parecían más aparatosas de lo que en verdad eran. Si tenía algún corte, no podía revestir demasiada importancia. A fin de cuentas, estaba consciente. ¿Cuántos en su situación podrían decir lo mismo? Su buena estrella siempre le había guiado y había evitado percances aún mayores, como cuando se introdujo en aquella cueva en la montaña. Le advirtieron que era peligroso, pero Noel desoyó los consejos. Allí sí que estuvo a punto de pasar algo gordo.
La suerte le mimaba. Le había consentido tanto que había preferido llevarse a su familia antes que a él. Ocurrió cuando Noel todavía era un muchacho. Y esto era lo que le impulsaba a creer que podía vencer a la muerte, que era capaz de burlar al destino. Y la Señora de la Noche, una vez más, había mirado hacia otro lado.
Sí, había permitido que viviera, pero se había cansado de tanta sandez e indolencia y aquella tarde había exigido un pequeño tributo, no muy grande si se tienen en cuenta todas las ocasiones en las que había hecho la vista gorda ante ese tozudo hombre cansado de vivir una vida que aún no había consumido. «¿No es esto lo que querías, un motivo para quejarte de verdad? —debió de pensar la Dama Oscura—. Pues tómalo y aprende a vivir con él.»
Capítulo 2
Debe de ser una broma, ¿verdad? —la voz de Noel sonó temblorosa. El hombre miraba una y otra vez el hueco que tendría que haber ocupado su mano sin hallarla.
Aquél era un lugar desagradable. A Noel, al igual que a otras muchas personas, los hospitales le producían urticaria. Con aquel olor a enfermedad tan característico y esas decoraciones frías e impersonales más propias de una prisión, eran edificios agobiantes en los que se almacenaba el sufrimiento, el miedo y la angustia humanos. Cada vez que podía evitaba aquellos sitios, en los que —según creía— era fácil coger cualquier infección. Siempre que abandonaba alguno experimentaba una incómoda sensación de asco y vacío y se veía obligado a lavarse las manos un par de veces para encontrarse bien de nuevo.
—Me temo que no, señor Villalta. —Quien hablaba era uno de los médicos que había atendido a Noel cuando llegó semiinconsciente al centro sanitario—. No hemos podido hacer nada. Encontraron la mano, pero estaba demasiado dañada para intentar un reimplante.
—Dígame que se trata de una broma —su voz era pura súplica.
Noel no podía creer lo que estaba oyendo.
El doctor no contestó. Se limitó a bajar la mirada y su rostro se volvió circunspecto. Era una pose aprendida que determinados médicos manejan con destreza. Algunos consideraban que con eso ya estaba todo dicho, que no hacía falta explicar al paciente nada más para que comprendiera cuál era su nueva situación.
Y Noel la entendía, pero no la aceptaba.
No asimilaba haberse convertido en un —según su opinión— «no válido». Un lisiado. Eso era. Y no hubo forma de persuadirle de lo contrario.
Miriam, su novia, había localizado a los tíos paternos de Noel. Eran la única familia que le quedaba, ya que sus padres y su hermana habían fallecido años atrás en un accidente de automóvil. Cuando ocurrió Noel no viajaba con ellos, así que quizá por eso ahora estaba vivo.
—Vivo, pero lisiado —repetía sin cesar.
—No digas eso, Noel. Tienes suerte de estar aquí. —Su tía, la hermana de su padre, para ser más exactos, hablaba con voz suave y comprensiva, pero sus palabras de aliento no parecían aliviar a su sobrino—. Hay muchas cosas que puedes hacer con una mano.
—Es cierto, cariño —intervino Miriam—. Al menos, no has perdido la izquierda.
Noel era zurdo. Dentro de todo, tenía que dar gracias.
La joven estaba sentada a su lado, junto a la cama, pero no se atrevía a cogerle de la mano que le quedaba para reconfortarle. Lo había intentado un par de veces aquella tarde, pero Noel la había rechazado retirándola cada vez que iniciaba el acercamiento.
No había consuelo posible para Noel. Se sentía desvalido y traicionado por el destino. Ello se debía al extraño concepto que tenía sobre las minusvalías. Era algo que les pasaba a otros, a los que, ciertamente, compadecía, pero en cuyos aparcamientos reservados no dudaba en estacionar su deportivo si se terciaba.
Con semejantes ideas, ni sus tíos, ni Miriam, ni nadie podrían ayudarlo.
Cuando por fin le dieron el alta por la que suspiraba cada día, Noel entró en su casa igual que lo haría un extraño. No había pasado mucho tiempo, pero se notaba distinto, incompleto. A pesar de las comodidades de las que disfrutaba en su suntuosa vivienda, nada volvió a ser igual. La casa se le venía encima y cayó en una fuerte depresión.
Los médicos le habían dicho que tenía que transcurrir algún tiempo antes de que pudiera empezar a usar una prótesis. Las heridas debían cicatrizar.
—Es usted afortunado —el doctor se dispuso a limpiar los cristales de sus gafas, así evitaba mirarle de frente. Intuía que aquel hombre no iba a ser un paciente fácil. Entre el personal sanitario tenía fama de caprichoso y frívolo, una combinación fatal en casos como el suyo, en los que era precisa una buena dosis de calma. —Actualmente, existen prótesis muy avanzadas que permiten una gran movilidad a las personas que se encuentran en su situación.
—¿Y cuál es mi situación? Dígame —el tono de su voz resultaba irónico y cortante.
El médico optó por ignorar la pregunta.
—Gracias a su posición económica —prosiguió— podrá tener la mejor. Muchas personas no pueden.
—Mi estado económico es inmejorable, sí, pero al parecer no sirve para que me devuelvan mi mano.
—Señor Villalta, no estoy dispuesto a llevar su caso si no cambia de talante.
Pero Noel no estaba por la labor de modificar un ápice su actitud. Se sentía herido, machacado y fragmentado, y culpaba a todos cuantos le rodeaban de su desgracia.
Miriam fue una de las más afectadas. Descargaba toda la ira y el resentimiento que lo embargaban contra ella. La necesitaba más que nunca, pero, paradójicamente, la apartaba de su lado. Para colmo de males, no habían vuelto a tener contacto físico desde el accidente. No le permitía la más mínima caricia o roce y, cuando ella se dirigía a él en tono meloso, Noel se mostraba desabrido e hiriente. Había logrado construir un muro, mejor aún, una atalaya desde la cual otear a todos con desprecio y rencor. Se había vuelto un maestro del cinismo, pero su mayor logro consistía en hacer que otros se sintieran culpables sin haber cometido falta alguna.
Al menos así era de puertas hacia fuera, porque lo que de verdad bullía en su interior eran sentimientos de miedo y desamparo atroces, no nuevos —ya los había conocido cuando perdió a sus padres y su hermana—, pero sí descorazonadores.
¿Qué habría hecho su padre en su situación? ¿Y su madre? ¿Se habría comportado su hermana de manera tan irascible?, se preguntaba a veces.
Los días en que no le daba por machacar a las personas que tenía a su lado solían desembocar en tristeza, llanto, y bebida. Cuando estaba así, prefería no ver a nadie. Impedía el paso a su casa a todos cuantos, sin duda, podrían haberle ayudado.
—Sé que quieres apartarme de ti —la voz de Miriam tembló al pronunciar estas palabras, pero no quiso que lo notara, por eso descorrió las cortinas de la habitación con energía—, pero no vas a lograrlo. Por muchos desprecios que me hagas, sé que tú no eres así. No eras así. Tienes que asumir tu situación. ¿Sabes?, el mundo no se hunde porque hayas perdido una mano, hay gente que sufre infinitamente más que tú. No puedes abandonarte.
—Ahórrate los sermones, por favor, no estoy de humor.
Noel estaba tirado en la cama. Tenía la cabeza tapada con la almohada y una fuerte resaca.
—Hablo en serio. Existen remedios para lo tuyo, me he estado informando.
—¿Quieres dejar las cortinas como estaban? Me molesta la luz.
—No me estás escuchando.
—Es la primera cosa sensata que dices —la interrumpió—. Y ahora, por favor, déjame en paz.
Noel se levantó de la cama. Tenía un aspecto deplorable. Se puso las zapatillas y, arrastrando los pies, se dirigió al baño que había dentro del espacioso dormitorio.
—¿Crees que estás mal? ¿Lo crees de verdad? Pues las cosas aún pueden empeorar. Tus tíos están hartos de tus desprecios. Te aguantan sólo porque te quieren, igual que yo, pero si continúas así te quedarás completamente solo.
Miriam había seguido a Noel hasta el baño y éste fingía indiferencia mientras orinaba.
—Me estás dando dolor de cabeza. ¿Has visto por ahí las aspirinas?
—A veces eres insufrible.
—¿Has dicho insufrible o inservible? No te he oído bien.
—Será mejor que me vaya. Está claro que hoy no tienes un buen día —fue su respuesta. Después se dirigió hacia la puerta y bajó las escaleras corriendo en dirección a la salida.
Si esperaba que Noel saliera detrás de ella, se equivocó, ni siquiera se inmutó. Tampoco oyó el portazo, la casa era demasiado grande.
Capítulo 3
Y lo consiguió. Por fin estaba solo. Sus «amigos» le habían dado la espalda, sólo le quedaban Miriam y sus tíos. El resto de sus «amistades» se había volatilizado con la misma evanescencia con la que desaparecían las burbujas del champán francés con el que solía agasajarlas cuando acudían a su casa, como el polvo blanco que compraba con el único fin de mostrar su poderío. Era justo reconocerlo, así se obtenía la fidelidad de algunas personas, con dinero y ostentación.
Noel no era un adicto, pero en ocasiones especiales se podía permitir adquirir algunos caprichos para sus conocidos. Cuando eso ocurría, la casa se llenaba de gente por arte de magia. Había muchas caras conocidas, pero también rostros que no había visto jamás.
—¿Y a ti quién te ha invitado? —preguntó en cierta ocasión a una de las bellas modelos que pululaban por su salón.
—Nadie. Vine con un tipo porque me dijeron que habría nieve.
Aquella respuesta tendría que haber activado su sentido arácnido, pero Noel no disponía de eso que Peter Parker desarrollaba con tanta facilidad. Debió de haberle servido para advertir quiénes y cómo eran con exactitud las personas que estaban a su alrededor. Estuvieron allí mientras Noel tuvo algo interesante que ofrecerles, pero ¿y después?
Después era ahora.
Noel parecía ido. Oteaba el exterior desde el ventanal con ojos acuosos de pez. No se había afeitado. No le resultaba fácil con una sola mano y no tenía ganas ni motivación alguna para hacerlo. Tan sólo se había duchado para recibir a la enfermera que le practicaba las curas desde que le dieron el alta.
A pesar de su aspecto desaliñado, era un hombre atractivo. Sus facciones eran un poco afiladas y duras, muy pronunciadas. Su mirada resultaba profunda e intensa. Denotaba que había vivido demasiadas experiencias en poco tiempo, pero también tenía un toque arrogante que a muchos desagradaba. El pelo, oscuro, contrastaba con el verde de sus ojos, hoy un poco más turbio de lo habitual. Momentos antes había estado llorando, aunque desde luego no lo confesaría en público.
Aun así, Juani lo notó en cuanto lo vio aparecer.
—Mírese cómo está, señor Villalta. Me da cosa verle de esta manera.
Por un instante Noel salió de su abstracción y la miró de arriba abajo.
—¿Y cómo me ve usted? —preguntó sin interés.
—Pues, mal, señor, muy mal. Hecho un guiñapo. Peor cada día que vengo.
Noel se fijó en los pechos de la enfermera. Eran demasiado grandes y caídos. No recordaba su nombre, pero se le antojaba que le habían enviado a la enfermera más fea de todo el hospital.
¿Pensaba acaso en sexo?
Sí, aún podía pensar en «eso» que no había vuelto a tener desde el accidente. Estaba impotente. Esa era la realidad, no se le levantaba ni con un cargamento de viagra. Al parecer no sólo había perdido la mano, también su vida sexual.
—Es que estoy mal —comentó—. ¿No me ve? Soy un 1-i-s-i-a-d-o.
Dijo estas últimas palabras acercándose demasiado a ella y mirándola con fijeza. Entonces, la enfermera comprobó que había vuelto a beber.
—Señor Villalta, le ruego que no me hable así. Sólo intento ayudarle, no puede continuar de esta manera.
—¿Cómo?
—Abandonándote como si estuviera muerto y menospreciándose continuamente. Eso que hace es malo para usted y puede resultar ofensivo para los demás. Mire, yo sólo soy una mujer sencilla y puede que a mí no quiera escucharme, pero busque ayuda. ¿No tiene familia aparte de sus tíos?
—No, no la tengo. Están todos muertos. Y sí que quiero escucharla, pero se me agotan las energías.
—Si no bebiera tanto —le reprobó—. Ahora lo ve todo negro. Es normal, no crea, le pasa a mucha gente en su situación, pero cuando reciba la prótesis se sentirá mejor, más seguro. Créame, he visto algunos casos como el suyo y otros incluso peores. Y ya no le queda mucho para que le coloquen la prótesis. Haga un esfuerzo por salir del pozo en el que está. ¿Ha pensado en ir a un psicólogo?
—No confío en ellos.
—Pues debería. Si da con uno bueno, podría hacerle bien.
Bastantes médicos tenía que visitar ya por culpa de su no-mano como para ir a un loquero.
—¿Te ayudo? —sugirió Miriam antes de arrancar el coche.
—Puedo ponérmelo yo solo, gracias.
Noel tiró del cinturón de seguridad con brusquedad.
Su voz sonaba crispada, nerviosa.
—No empieces con tus susceptibilidades, sólo era una pregunta.
—Tienes razón, perdona —se disculpó—. Es que estoy un poco nervioso por lo del médico, ya sabes.
—¿No habrás vuelto a beber?
—No.
—Me lo prometiste.
—Te he dicho que no. Arranca de una vez, anda.
En esta ocasión no mentía. Noel tenía cita con uno de los mejores equipos de médicos rehabilitadores y técnicos ortoprotésicos de la ciudad. Ellos le explicarían qué hacer a partir de ese momento.
La clínica era moderna y funcional, pero fría. Las pisadas de los tacones de Miriam resonaban sobre las baldosas de mármol y Noel estaba al borde del desmayo, tenía sudores fríos por todo el cuerpo y sentía las piernas temblorosas y la garganta seca.
Estaba aterrado por lo que pudieran decirle. Para él la única opción buena era recuperar su mano, el resto no servía.
El perfume de Miriam era suave y fresco, muy agradable. Parecía tan segura de sí misma y tan perfecta que Noel se preguntaba cómo habría aguantado todos los desplantes de los últimos meses.
«Porque te quiero. Te sigo queriendo igual que antes del accidente. Eres tú el que ha cambiado, no yo», le repetía ella cada vez que salía el tema.
—Por favor, siéntense.
La pareja obedeció.
—Soy el doctor Marco. Le presento al doctor Jiménez. ¿Cómo se encuentra, Noel?
Al borde de un infarto. Así era exactamente como se sentía.
—Muy bien, gracias.
Noel se preguntaba por qué cuando la gente está hecha polvo contesta, «muy bien, gracias», cuando en realidad quiere decir: «fatal, gracias». Porque —concluyó Noel— la mayoría de las personas no quiere oír «fatal, gracias». Les importa poco si se está bien o mal, ya tienen suficientes problemas propios como para preocuparse por los de los demás. «Muy bien, gracias» ya era sólo una fórmula de cortesía, como «Buenos días» o «Hasta luego».
—Me alegra saber que progresa en su recuperación —el doctor Marco tomó la palabra—. Queremos explicarle sus opciones protésicas ahora que las heridas han cicatrizado. Le animará saber que se ha avanzado mucho en el campo de las amputaciones, tanto en las congénitas como las traumáticas, como es su caso.
El doctor Jiménez tomó el relevo a Marco. Jiménez era un poco más joven que Marco y hablaba de manera más cálida.
—Hasta hace poco la mejor baza de los amputados superiores eran las prótesis mioeléctricas. Éstas funcionan a través de un sistema de estimulación eléctrica. El problema es que no proporcionan la movilidad deseada, son parecidas, para que se haga una idea, a unas pinzas. Pero ahora es posible colocar manos biónicas. En nuestro país ya hay varias personas que las tienen y están mucho más satisfechas con su funcionalidad y su estética, aunque el único inconveniente es su precio.
—¿Qué hay de los trasplantes? —interrumpió Noel—. ¿Sería posible hacerme uno?
Recordaba haber leído noticias de trasplantes de manos en los periódicos.
—En su caso no es aconsejable —contestó el doctor Marco con franqueza—. Las contraindicaciones son demasiado grandes. Se vería obligado a tomar inmunosupresores de por vida.
—No me importa tener que tomar pastillas si con ello recupero mi antiguo aspecto. No quiero una mano de quita y pon.
—Quizá no me he explicado bien, señor Villalta. Eso que usted llama «mano de quita y pon» es lo mejor que podemos ofrecerle —Marco se sentía ofendido por el menosprecio que mostraba su paciente—. El problema no son los inmunosupresores, sino los efectos secundarios que provocan. A día de hoy sólo se practican trasplantes de estas características en amputados bilaterales, que tienen mucho que ganar y poco que perder. Pero usted, Noel, podría recuperar buena parte de su movilidad con una prótesis biónica. No tiene necesidad de someterse a ese calvario.
—Perdone que le interrumpa, pero usted no tiene ni idea de cuáles son mis necesidades. —En aquellos momentos estaba pensando más en su problema de impotencia que en la falta de movilidad—. ¿Me está diciendo que para que me practiquen un trasplante tendría que perder también la otra mano?
—Básicamente, sí —replicó Marco tajante—. Me parece que no comprende los inconvenientes de un trasplante. En casos en los que la vida está en juego es lógico querer someterse a uno, pero ése no es el suyo.
—¿Pero se han hecho trasplantes sólo de una mano?
—Sí, pero en casos muy excepcionales.
—¿Y cuáles son? —la mirada de Noel resultaba desafiante.
—Noel, cariño, déjalo ya. Los médicos saben mejor lo que te conviene —terció su novia tratando de conciliar las diferentes posturas.
—Miriam, por favor, no te metas en esto —su mirada brillante y furibunda le hizo desistir y optó por el silencio.
—Su novia tiene razón —convino el doctor Jiménez—. Si le estamos desaconsejando esa opción es por los efectos secundarios de los inmunosupresores.
—Pero tengo dinero, mucho dinero.
—Lo lamento, señor Villalta. No todo en la vida es cuestión de dinero.
Capítulo 4
Quizá fue entonces cuando empezó a obsesionarle la idea del trasplante. Noel siempre había conseguido todo cuanto se había propuesto en la vida, o eso creía. ¿Pero de quién habían sido en realidad sus logros, de él o de su dinero? Aquel hombre no estaba acostumbrado a recibir un «no» por respuesta. Cada vez que suspiraba por algo, don Dinero le abría la puerta. Y la negativa de los médicos había sido la piedra de toque.
La ausencia de sus progenitores también había contribuido a modelar su carácter. La timidez que le había caracterizado desde niño había dejado paso a una personalidad expansiva y caprichosa. El hecho de que nadie hubiera tenido potestad para mostrarle la frontera entre el bien y el mal había influido en su manera de afrontar el mundo y su propia existencia.
En apariencia, la muerte de su hermana le había vuelto desconsiderado e introvertido. Ya no se veía obligado a compartir sus cosas con otros. Lo que regalaba a los demás le servía para apaciguar su maltrecho ego o para sentirse por encima del agasajado. No, no era un acto de generosidad, sino de egoísmo lo que le movía a invitar a sus conocidos y despilfarrar un dinero que, obviamente, no había sudado con su esfuerzo.
Sus tíos, a pesar de su empeño en la difícil tarea de educar a un muchacho que acababa de perder a sus padres y hermana, no pudieron hacer mucho en este sentido. Sin proponérselo habían heredado un hijo inesperado y nunca solicitado. Ellos, que jamás se habían planteado tener descendencia, acogieron a Noel como se recibe a un cachorro que alguien regala por Navidad sin preguntar al interesado. Les faltaba experiencia y vocación, y a la larga se acabaron dando cuenta de que aquella tarea les superaba.
A partir de entonces desistieron de intentar cambiarle y se dedicaron simplemente a quererle.
—¿Tampoco piensas levantarte hoy? —preguntó Miriam con más lástima que enfado.
—¿Para qué? ¿Serviría de algo?
—Serviría, si al menos quisieras intentarlo.
—Ya oíste a los médicos. No hay nada que hacer a menos que pierda el otro brazo.
Noel hablaba con aparente indiferencia, pero Miriam sabía que en absoluto era así.
—Lo has consultado con varios especialistas y todos te han dicho lo mismo. Deberías replantearte tu futuro, conocer al menos las prótesis. ¿No querrás convertirte en un inválido de verdad?
—Ya soy un inválido —espetó desabrido.
Aunque pareciera lo contrario, Noel no se había rendido.
Después de su charla con los doctores Marco y Jiménez había probado suerte con otros médicos y todos habían zanjado la cuestión con la misma lapidaria frase: «Es un procedimiento de alto riesgo.»
Pese a su fortuna nadie parecía dispuesto a considerar la opción de un trasplante.
—Yo ya no sé qué hacer contigo —resopló Miriam—. ¡No aguanto más! ¿Me oyes?
Por su rostro, Noel parecía molesto por tener que soportar su presencia.
Miriam no tardó en coger su bolso y su chaqueta, dispuesta a marcharse.
Él creía que volvería, pero ella no lo tenía claro.
Al poco de que Miriam abandonara la casa, Noel se levantó y se duchó. Una operación tan simple como aquélla le llevaba cierto tiempo y esfuerzo. Las cosas no eran tan sencillas sin una mano, aunque ésta fuera la menos útil. Noel se había percatado de que en realidad era más ambidextro que zurdo y la falta de aquel apéndice le hacía sentirse desprotegido.
Finalmente, terminó de ducharse y pidió a Tristán, la persona que hacía las veces de chófer cuando Miriam no estaba, que le llevara al centro de la gran ciudad. Noel vivía en un chalet alejado de todo.
En un momento determinado, Noel pidió a Tristán que detuviera el vehículo que en otras circunstancias habría conducido él y se apeó. Nada más hacerlo sintió un poco de vértigo. Le pasaba de vez en cuando. Era una sensación de desequilibrio físico más que psíquico, propiciada por la pérdida del miembro superior, aunque con todo lo que bebía últimamente nadie podría aseverarlo a ciencia cierta.
Recorrió las callejuelas del centro y atravesó la gran plaza con la estatua ecuestre, después pasó por delante de la catedral, siempre imponente y vigilante. Aunque el día no amenazaba lluvia, Noel llevaba una gabardina Burberry gris de grandes bolsillos. Era la más adecuada para ocultar su muñón.
Pasada la zona más bulliciosa del corazón de la ciudad por fin halló, muy próxima al río, la calle que buscaba. Llamó al telefonillo y alguien le abrió.
Capítulo 5
A Noel la consulta de Madame Ivy no le pareció nada del otro mundo, y nunca mejor dicho. Aunque la decoración tenía un cierto tufillo a misterio, el mobiliario imitaba épocas pretéritas próximas a la Rusia zarista y pensó que todo resultaba artificial y fatuo. Al menos sus referencias eran buenas.
Aunque afirmaba proceder de los fríos bosques de la estepa siberiana y ser descendiente directa del mismísimo Rasputín, el «monje» que logró encandilar a la familia de Nicolás II, aquella historia resultaba harto complicada de tragar, sobre todo teniendo en cuenta que saltaba a la vista que Madame Ivy no hablaba una sola palabra de ruso.
—Siéntese, caballerro. No es un buen día parra adivinarr. La Luna está en fase decrreciente y eso hace menguarr mi poderr —explicó la mujer mientras extraía una caja de madera de uno de los cajones de la mesa.
Su acento era tan falso como trasnochado. Con seguridad se había levantado de la cama hacía sólo un rato.
—Y bien, caballerro, ¿qué le prreocupa? Prregunte y Madame Ivy, con la ayuda del Grran Monje, rresponderrá.
Noel estaba a punto de levantarse de la silla. Aquello era demasiado. Pero recordó las palabras de su «amigo» del club de campo.
«Es un poco, cómo te diría, teatrera, pero es buena en lo suyo, créeme. Y es discreta, muy discreta. Por eso vive en la otra parte del río, cerca de los suburbios.»
—¿Y bien? —Madame Ivy empezaba a impacientarse.
—Estoy pendiente de una operación, pero no sé si finalmente se realizará. ¿Puede ver algo sobre ello?
La adivina le miró con ojos penetrantes. Se había pintado mal la raya y resaltaban en exceso, como los de un sapo expectante. Extrajo su baraja de tarot —según ella— heredada por su familia de la princesa Anastasia, aunque lucía nueva y reluciente, y le entregó el mazo a Noel.
—Concéntrrese en su prroblema y barraje.
Noel obedeció. Sacó su mano izquierda del bolsillo y revolvió las cartas con dificultad. Aquella maniobra suscitó la desconfianza de la pitonisa.
—¿Oculta algo en el bolsillo derrecho? —inquirió nerviosa— ¿No habrrá trraído una grrabadorra o una cámarra quizá?
Corrían tiempos difíciles para los videntes con tanta cámara oculta y tanto programa de televisión de supuesta investigación. Parecía que lo único digno de ser indagado eran las consultas de autoproclamados videntes, las supuestas apariciones marianas y las vidas de los famosos de tres al cuarto.
—No. Y siendo usted vidente, debería saberlo. Si no le molesta, lo haré de este modo. Son manías.
Madame Ivy se apaciguó. Aquel hombre no parecía periodista y si se ponía farruca podría perder un cliente de mucha pasta.
Cuando Noel terminó, recogió las cartas como pudo y le entregó el mazo a la tarotista.
—Muy bien. Ahorra corrte con la mano derrecha.
—Si no es muy relevante, prefiero que lo haga usted.
No debía de serlo, porque Madame Ivy obedeció sin articular palabra. Acto seguido encendió una vela blanca y permaneció en silencio unos instantes. Mientras la mujer se tapaba la cara con las manos en un ademán de fingida concentración, Noel se preguntaba por qué motivo seguía aún ahí. Aquella situación era absurda. Se daba cuenta de que estaba a punto de ser estafado y eso le enfurecía. No es que le importara el dinero que Madame Ivy fuera a sacarle, a eso estaba acostumbrado, lo que le molestaba era que le tomaran por estúpido. Sin embargo, estaba desesperado, angustiado y aterrorizado ante el futuro incierto y tortuoso que se le avecinaba. Era la primera vez que acudía a la consulta de una vidente.
—Ejem, ejem —carraspeó Madame Ivy reclamando su atención.
Una a una fue extendiendo las cartas del tarot sobre la mesa hasta formar algo parecido a una cruz.
—Es usted un hombrre aforrtunado —dijo señalando uno de los arcanos mayores cuya leyenda rezaba: La Rueda de la Fortuna—. El dinerro no es su prroblema, ¿verrdad?
—Me preocupa la salud, se lo dije antes. ¿Puede ver algo sobre eso o no?
Se sentía inquieto e incómodo, fuera de lugar.
—Su novia le quierre mucho —sentenció con voz cavernosa—. La carrta de Los Enamorrados así lo dicta.
—Sí... ¿Y qué hay de la operación?
—Parra saberr eso necesito que coja otrro naipe. —La pitonisa extendió el mazo frente a él y con un gesto de asentimiento le instó a tomar una carta. Después de girarla su rostro demudó.
—¿Está segurro de que quierre saberrlo?
—Sí, claro. Para eso he venido.
El arcano que había sobre la mesa era El Diablo.
—La operración se harrá, perro usted no volverrá a serr el mismo —fue su enigmática predicción.
—¿A qué se refiere? No entiendo lo que quiere decir.
Noel estaba nervioso y más molesto a cada minuto que pasaba. Aquello era un timo.
—Lo siento, no puedo decirrle más. Ya le adverrtí que no erra un buen día parra adivinarr. El Grran Monje no quierre ayudarrme más porr hoy.
—En ese caso —amenazó Noel—, me temo que se quedará sin cobrar.
Sus palabras no parecieron surtir efecto alguno en Madame Ivy. Sabía qué hacer en esos casos; se limitó a sacar una campanilla de falsa plata —que según ella, había sido regalada a su abuela por la zarina Alexandra Feodorovna— de uno de sus cajones y la tocó con energía.
Acto seguido apareció un gorila nada ruso, pero sí mal encarado, que se encargó del cobro de la consulta. Noel no tuvo más remedio de pagar. Aquel matón le habría estampado contra la pared con una mano y a él le faltaba la suya para defenderse.
A fin de cuentas, pensó Noel, la culpa era suya por acudir a una vidente de tres al cuarto. Pero la cosa no quedaría así —advirtió a Madame Ivy antes de abandonar su consulta—, nadie se reía de Noel Villalta.
Capítulo 6
El encuentro con Madame Ivy le había puesto furioso. Para contrarrestar sus maléficas artes y los nefastos efluvios que había introducido en su mente, Noel entró en un bar y pidió un whisky con Coca-Cola. Estaba en la parte baja de la ciudad. Baja en el amplio sentido de la palabra. No podía decirse que a Madame Ivy le fueran muy bien las cosas, de otro modo viviría en un lugar mejor.
Aquella zona parecía haber sido trazada a carboncillo sobre el mapa. Sus calles negras, desdibujadas, deprimentes e inmundas no eran precisamente una invitación para paseantes o turistas. Pocas cosas se podían buscar allí, excepto líos, contratiempos y la consulta de Madame Ivy.
Cuando Noel entró en el bar, todos los presentes se giraron y clavaron sus ojos en él. Se percataron fácilmente de que aquella persona de aspecto desgarbado podría tener dinero, lo que no acertaban a imaginar es qué hacía por allí, en los bajos fondos. Noel, en cambio, pensó que le miraban a causa de su no-mano. Con el tiempo había desarrollado un sentido erróneo de las verdaderas intenciones por las cuales la gente lo observaba y pensaba que sólo había un motivo para ello: que era manco.
—¿Qué pasa, es que no han visto nunca a un tullido? —masculló entre dientes.
Como si hubiera proferido un exorcismo, los clientes dejaron de prestarle atención y volvieron a sus asuntos.
Después de beberse casi de golpe la consumición, pidió otra. Al cabo de un rato se sentía más animado y lanzaba improperios contra Madame Ivy.
—Esa zorra me las pagará.
Su vocabulario no contrastaba en exceso con el que empleaban el resto de los usuarios del bar. Después, abandonó el local y se dirigió hacia el río. Necesitaba un poco de aire fresco. Y eso fue justamente lo que halló. El tiempo había cambiado de manera súbita y las hojas de los árboles cercanos a la orilla se movían en todas direcciones como instigadas por un atizador. Noel se enfundó su costosa gabardina y, con paso tambaleante a causa del alcohol, alcanzó el gran puente por debajo. Nunca había estado allí antes. Parecía un lugar húmedo y siniestro en el que las ratas, sin duda, campaban a sus anchas.
Se aproximó a la orilla y siguió con la vista el hipnótico devenir del agua.
—Es bonito, ¿verdad?
Noel se sobresaltó. Creía que estaba solo. Se dio la vuelta y miró en todas direcciones. Pronto se dio cuenta de que la voz que le hablaba provenía de un viejo colchón que al pasar había tomado por un simple montón de basura. Estaba justo debajo del puente. Sobre él se apilaban bolsas de plástico y mantas viejas. Bajo ellas había un hombre.
—Sí, aunque el agua baja un poco sucia.
—A ustedes, los ricachones, todo les parece mal. No saben apreciar la belleza de las pequeñas cosas.
—¿Qué le hace pensar eso?
—No hay más que ver cómo viste. Usted no pasa hambre, pero hay algo que le inquieta. Nadie de su condición se acercaría por aquí a menos que estuviera desesperado. No es un lugar apropiado para gente como usted. ¿No estará pensando en lanzarse al agua?
—No estoy tan desesperado —concedió.
El hombre se levantó con esfuerzo del colchón y se acercó al río renqueando. Allí lavó un objeto que Noel no pudo ver, ya que se lo guardó enseguida en uno de los bolsillos de su mugrienta chaqueta.
Por su aspecto —dedujo Noel— aquel viejo parecía un escritor, un poeta quizá, maltratado por la vida, que había acabado viviendo, literalmente, debajo de un puente.
—Hoy me duelen los huesos, por eso cojeo. Es normal con tanta humedad. Pero me gusta vivir aquí, el río trae muchas cosas —se justificó el anciano volviendo a sentarse sobre el cochambroso colchón—. Trae penas y alegrías y sus aguas calman a los espíritus atormentados.
En otras circunstancias Noel no le habría dado tanta coba al anciano, pero el alcohol había dejado paso a una sensación de sopor y de ligero apaciguamiento.
—¿Y qué le pasa a su espíritu? —preguntó Noel.
—Al mío ya nada. Es el suyo el que vive torturado, por eso ha visitado hoy a Madame Ivy —concluyó secándose las manos en sus pantalones raídos—. Pero ella no le ha resuelto nada. ¿Me equivoco?
Noel se giró para prestar mayor atención a aquel hombre misterioso que sabía detalles sobre su vida.
—¿Cómo? —Estaba sorprendido. No podía entender por qué aquel mendigo sabía sus últimos movimientos ni por qué hablaba con tanta lucidez—. ¿Cómo lo sabe?
—Ojalá fuera un ignorante —fue su enigmática respuesta.
—¿No será uno de los compinches de esa estafadora?
—Le gustaría que así fuera, ¿verdad? Está deseando darle su merecido a la vieja Ivy. Pues sepa que nada tengo que ver con esa mujer, aunque la conozco de verla por estos andurriales. ¿Me creería si le digo que, en el fondo, ella es mucho más desgraciada que usted?
—Me toma el pelo.
—Ah —suspiró el viejo—. Ni yo le tomo el pelo ni usted volverá a tener su mano.
Al oír esas palabras, Noel se convenció de que aquel hombre era una suerte de oráculo. No era posible que supiera lo de su mano porque se había cuidado de no sacar el muñón del bolsillo. No daba crédito a la insólita situación, pero quizá el destino había decidido poner en su camino a un hombre sabio para que le despejara sus inquietudes existenciales.
—¿Qué debo hacer? —preguntó Noel a bocajarro.
—Vivir.
—Me refiero a mi mano.
—«Conócete, acéptate, supérate», dijo San Agustín de Hipona.
—¿Debo resignarme? ¿Se refiere a eso? —La verdad, amigo, está dentro de usted.
Noel no pudo sonsacarle nada. Por más preguntas que formuló no obtuvo respuestas. De pronto le dio la impresión de que el anciano se había transformado en otra persona. La sabiduría había desaparecido de un plumazo y sólo obtenía contestaciones inconexas, como una radio mal sintonizada. Su lucidez sólo aparecía a ratos, sin que fuera posible predecir cuándo volvería a hacer acto de presencia.
—Regrese otro día, cuando las aguas del río estén menos revueltas.
No obstante, Noel creyó justo darle algún dinero al viejo. Éste lo tomó entre sus manos con delicadeza y lo guardó en uno de los bolsillos de su pantalón.
Cuando Noel quiso darse cuenta, se había hecho muy tarde, tanto que casi era de noche. Parecía como si el tiempo hubiera pegado un salto y hubiera devorado el día. ¿Era tan tarde? El viento, que mientras hablaba con el «poeta loco» le había concedido una tregua, volvió a silbar con fuerza, amenazante y furioso.
El hombre apretó el paso en dirección al centro. Momentos antes había telefoneado desde su móvil a Tristán para que fuera a buscarlo a las inmediaciones de la catedral. No quería que nadie supiera dónde había estado ni lo que había hecho. Le avergonzaba que alguien pudiera imaginar que había acudido a una adivina y más aún que ésta le había estafado. De eso se servían precisamente muchos supuestos videntes: de que nadie se atrevía a denunciar sus timos por temor a la burla pública.
Ahora las calles parecían más negras, angostas y mugrientas y la gente que las transitaba menos recomendable que cuando llegó a primera hora de la tarde a la consulta de Madame Ivy. Noel no estaba acostumbrado a esas callejuelas enrevesadas y malolientes, por lo que caminaba con rapidez, sin detenerse en aquellos lugares en los que se intuía cierto bullicio, quizá una incipiente reyerta.
No lo reconocería ante nadie, pero en aquellos instantes sentía miedo, un miedo intenso y poderoso que se adueñaba de él. En otras circunstancias no habría sido así, pero el hecho de no poder contar con la defensa que le proporcionaba su mano perdida le convertía en un ser vulnerable y blanco fácil para maleantes y ladrones. Al menos, eso pensaba Noel.
Justo entonces fue cuando se percató de que alguien le seguía. Noel se detuvo, giró la cabeza y miró hacia atrás. No había nadie. Nadie visible, aunque la oscuridad le impedía ver bien el grueso de la calle. Siguió caminando y al cabo de un rato volvió a percibir aquella incómoda sensación de tener alguien pisándole los talones, mirando con fijeza su cogote. En realidad era más una sombra que una figura física y tangible.
Ya casi había alcanzado la catedral, podía ver su imponente perfil y las gárgolas a lo lejos recortando una gran silueta que ensombrecía todavía más las callejuelas cercanas al templo. Y la sombra crecía, se hacía más cercana y siniestra a cada paso que daba, como la de un gran felino sigiloso. Casi era capaz de verla por el rabillo del ojo.
Las campanas empezaron a sonar y todas las palomas que reposaban hieráticas en el campanario echaron a volar produciendo un aleteo desagradable y ensordecedor. Noel sintió una congoja similar a la que experimentó cuando supo que había perdido la mano. Aunque ignorara de qué naturaleza, intuyó que algo aciago se cernía sobre su vida.
No aguantó más y echó a correr, como cuando era niño y jugaba al escondite, y no paró de hacerlo hasta alcanzar el punto de encuentro acordado con Tristán. Cuando llegó al lugar, se dio cuenta de que tenía el corazón encogido y el puño apretado con fuerza. Y sólo pudo hallar alivio al verse cómodamente instalado en el asiento trasero del coche, rumbo a su confortable hogar.
Capítulo 7
Aquella mañana Noel parecía otro —pensó la cocinera—. Estaba de buen humor y su rostro lucía una gran sonrisa. Además, se había duchado, peinado y perfumado como solía hacerlo antes del accidente con la moto.
Así, repeinado, parecía otro.
A los ojos de Anita era un hombre apuesto y con buena planta, aunque físicamente se había dejado un poco. Antes bajaba con regularidad al gimnasio que tenía en la planta inferior de la gran vivienda, pero desde el percance —así era como la cocinera se refería al accidente de Noel— lo había abandonado por completo.
Noel había pedido café con tostadas y zumo de naranja, y lo más sorprendente es que no parecía estar bajo los efectos de la resaca. Anita lo miraba extrañada mientras engullía con satisfacción una tostada con aceite de oliva, tomate y jamón del bueno, cuando lo normal era que pidiera un café y gracias.
La mujer no imaginaba qué había podido pasar para que estuviera tan contento. Desde el percance, lo habitual era verlo de mal talante, abroncando a todos por nimiedades que nunca antes habían parecido importarle, o bien, ensimismado, dando vueltas por la casa como un animal enjaulado.
Era ella, Miriam, quien se ocupaba de controlar el estado de la casa. A él esas cosas le traían al fresco siempre y cuando todo estuviera limpio y ordenado. Noel nunca había sido una persona exigente, al menos en ese sentido. Lo conocía desde niño y pese a los malos humos que se gastaba desde el percance, sentía una profunda lástima por él. Había perdido a su familia temprano, de manera trágica, y como consecuencia había heredado una gran fortuna que por naturaleza no le correspondía. Todo había sido demasiado pronto. Su padre, de estar vivo, sí que habría sabido cómo meterlo en cintura. Aquello había terminado por malear a ese muchacho, que ya había entrado en la cuarentena.
Pero ella, la señorita Miriam, no había venido y ya debería haber llegado —sopesó Anita. Solía presentarse en la casa por las mañanas. Y era la única que conseguía, a duras penas, controlar al dueño. Se ocupaba de que Noel se levantara y se aseara, tareas a las que no siempre estaba dispuesto tras el percance. Después, se marchaba y regresaba a la hora de comer. A veces, cuando llegaba, Noel se había vuelto a meter en la cama, como si quisiera apearse de un mundo en marcha del que no se sentía partícipe. Otras, vagaba por la casa como un alma en pena condenada a arrastrar un castigo eterno. Ya lo decía su abuela, la de Anita: tanto ocio no puede ser bueno. «Si tuviera que trabajar para poder comer —pensó la cocinera— otro gallo cantaría.»
—¿Vendrá hoy la señorita Miriam? —preguntó la cocinera.
Noel no contestó.
No lo sabía. No tenía noticias de ella desde la tarde anterior, cuando se marchó y amenazó con no regresar. Ni siquiera le había telefoneado.
—Lo digo por preparar su desayuno —insistió.
—De momento, no haga nada —contestó Noel—. Si viene ya le dirá ella lo que prefiere.
«¿Si viene?» ¿Qué clase de respuesta era aquella? ¿Es que acaso no sabía si iba a venir?
Ante la extrañeza con la que la cocinera miraba a Noel, éste añadió:
—Gracias, Anita.
Y dio por finalizada la conversación.
«¿Gracias? Esto tampoco es habitual», pensó la mujer. Nada de lo que estaba pasando esa mañana en aquella casa lo era. Decididamente, a ese hombre le había ocurrido algo muy extraño.
—¿Se encuentra bien, señor?
—Perfectamente.
A pesar de que Anita la esperó para el desayuno, la señorita Miriam no se presentó. Tampoco lo hizo a la hora de comer ni por la noche, y eso que era viernes. Ese día de la semana solía venir para quedarse hasta el lunes. Así pasaba más tiempo con Noel.
Al principio a éste no le preocupó el hecho de que su novia no diera señales de vida. Supuso que seguiría enfadada y que volvería cuando se hubiera calmado. No podía culparla, se había comportado de manera grosera y desagradable. Llevaba haciéndolo un tiempo con todos, pero con ella en especial. Pensó en llamarla para disculparse por su comportamiento, pero creyó conveniente esperar a que su novia estuviera más receptiva.
Él no creía nada de esas cosas, pero el encuentro con el «poeta loco» le había servido para darse cuenta de que estaba derrochando el tiempo. Aquel vagabundo sabio había sido puesto en su camino por un motivo que no acertaba a comprender. En el fondo —dedujo Noel— somos como un reloj de arena que puede detenerse en cualquier momento, con un número de granos limitado y a él, al igual que a otras muchas personas, se le había olvidado que, en el fondo, venimos a este planeta con un solo designio prefijado: el de morir. Vivimos de prestado, pero en la mentalidad del ser humano está también la necesidad de hacer planes imperecederos que le hagan sentir inmortal, aunque no lo sea. Y pocas veces se para a pensar que todo acabará. Aquel desconocido había actuado como un bálsamo para su espíritu. Le había mostrado cuál era su realidad y ahora estaba preparado para comenzar su nueva vida con una prótesis biónica, así que sin pensarlo demasiado descolgó el teléfono y concertó una nueva cita con los doctores Marco y Jiménez.
El sábado por la tarde telefoneó a Miriam. No sabía nada de ella desde el jueves y eso ya era tiempo. Aunque la llamó varias veces a lo largo de la tarde y la noche, no obtuvo respuesta. Tenía el móvil apagado o fuera de cobertura. Entonces fue cuando Noel empezó a sospechar que quizá, sólo quizá, Miriam había cumplido su amenaza y le había abandonado. También la llamó a su casa, pero saltó el con testador. Noel dejó un tibio mensaje, algo así como «¿Me llamas?». Tal vez debería de haber grabado un «Te quiero», un «Lo siento» o un «Te echo de menos», pero aquel hombre era alérgico a las manifestaciones de cariño, a las muestras de afecto en público y, en general, a mostrar sus sentimientos. No había cultivado su inteligencia emocional y pensaba que todo eso le volvía vulnerable, sin darse cuenta de que aquella fría carcasa con la que vestía su alma cada mañana, revelaba, precisamente, una profunda carencia afectiva.
Tal y como se temía, se confirmaron sus peores augurios, Miriam no le llamó en todo el fin de semana.
El lunes, antes de su cita con los doctores Marco y Jiménez, Noel pidió a Tristán que le llevara a casa de Miriam. Era muy temprano, así que pensó que aún la encontraría allí. Llamó varias veces al timbre y, después de una larga espera frente a su puerta, le abrió el secretario de su padre, cosa que le extrañó, porque Miriam vivía sola, lo cual acaso significaba que su padre estaba allí en esos momentos. Ver al padre de Miriam solo era difícil, su secretario le acompañaba como una sombra chinesca.
—Disculpe, señor Villalta, pero la señorita Miriam no desea verle y me ha pedido que le devuelva esto —dijo el hombre tendiéndole una costosa sortija de diseño italiano que Noel había regalado a su novia por su último aniversario.
—Por favor, avísela. Sólo será un momento y si no quiere verme me iré.
—La señorita ya sabe que está aquí y, efectivamente, no quiere bajar.
—Pues, entonces, que venga ella y me lo diga.
—Es mejor que se vaya, créame...
—Déjeme pasar —le interrumpió Noel—. Subiré yo mismo si hace falta.
—Señor, lo siento, pero tengo órdenes de no dejarle entrar.
Noel se retiró de la puerta. Estaba claro que ella no quería verlo, al menos de momento, y no era cuestión de armar un escándalo que la ayudara a reafirmarse en su decisión. Quizá era preferible jugar sus cartas de otra manera, esperar a que estuviera más tranquila. Puede que entonces reconsiderara volver con él. Cuando viera que había cambiado, que era otro decidido a ser la persona que era antes del percance, puede que entonces cambiara de actitud.
Capítulo 8
Como si de una maldición se tratara Noel estaba abocado a sufrir un verdadero calvario. Él, que pensaba que todos sus problemas de adaptación habían finalizado, no imaginaba que en realidad no habían hecho más que comenzar. Y no precisamente por la negativa de Jiménez y Marco a tratarle. Cuando Noel abandonó su consulta por primera vez, sus maneras dejaron tanto que desear que ambos doctores juraron no atenderle en caso de que hubiera una próxima ocasión, pero cuando recibieron su nueva llamada recapacitaron. Había demasiado dinero en juego para hacerle ascos a un cliente de su posición económica.
La mano biónica, según le informaron, era mucho más cara que una prótesis mioeléctrica. Su precio era justo el doble que el de una convencional, aunque éste no era un escollo para Noel. La nueva mano —le aseguraron— le permitiría un grado de movilidad envidiable. Otras personas en su misma situación se quejaban amargamente de las pocas ayudas existentes por parte de la Administración para acceder siquiera a prótesis mioeléctricas de tipo «pinza», con una movilidad mucho más reducida. De hecho, algunos pacientes que habían sufrido amputaciones como la suya se lamentaban de que sus lesiones no fueran consideradas suficientemente graves como para percibir ayuda de clase alguna. Por paradójico que resultara, había que perder ambas manos para recibir una subvención económica.
Pero el obstáculo de Noel no tenía un origen económico ni mucho menos. Después de encargar la mano, de que ésta fuera hecha a medida y de un largo y tortuoso proceso de esperas en las consultas de los médicos se produjo la fatalidad. Por un azar de la vida, uno de los componentes con los que la prótesis había sido fabricada le provocó una alergia difícil de detectar a priori, pero extremadamente agresiva. Tanto fue así que Noel sufrió un shock anafiláctico que casi acaba con su vida. Los doctores Jiménez y Marco estaban tan desconcertados como el propio Noel.
Una vez que se hubo recuperado, Marco y Jiménez intentaron ofrecer una solución para un problema tan infrecuente, pero después de lo ocurrido Noel no estaba por la labor de convertirse en una cobaya. Así que se quedó compuesto y sin mano, porque la novia la había perdido tiempo atrás y, de momento, no había conseguido hacerla cambiar de opinión.
Pero las mayores complicaciones estaban aún por llegar.
Una mañana, cuando Noel intentó incorporarse en la cama, utilizando para ello el brazo bueno, advirtió que no podía mover esa parte de su cuerpo. Misteriosamente, había perdido la movilidad de su brazo izquierdo. Intentó llamar al timbre que había en la pared, que estaba conectado con la cocina para avisar a alguien del personal de servicio, pero descubrió con horror que por más que lo ansiaba el único brazo útil que le quedaba no le obedecía.
Este descubrimiento le llenó de angustia y horror. De manera paradójica, fue su muñón, ése que creía inútil, el que le sirvió para golpear el timbre hasta hacerlo sonar. A los pocos minutos se presentó Tristán y se hizo cargo de la situación. Él fue quien llamó a sus tíos para explicarles lo que había pasado, ya que Noel era incapaz de sostener el auricular del teléfono.
Cuando llegaron se encontraron con un Noel inusitadamente tranquilo. Con la ayuda de Anita se había colocado un batín de raso negro que tenía al pie de la cama y se había sentado en el salón a aguardarles como quien espera la llegada del autobús cuando no hay prisa. Sus tíos no entendían nada, no comprendían cómo podía estar tan relajado ante un hecho así. Al parecer, la ansiedad inicial había dejado paso a una despreocupación fuera de lo común.
Más adelante descubrieron que su extraña actitud en realidad no lo era tanto, tenía lógica dentro de un contexto. Esa indolencia ante un problema tan grave podría ser parte del trastorno de conversión que —según el equipo de psiquiatras que le había evaluado— padecía su sobrino. La belle indiference, así la definieron.
—¿Y qué quiere decir eso exactamente? —preguntó su tío.
Llevaban varias semanas de consulta en consulta y el problema no parecía resolverse, así que, finalmente, Noel fue derivado a un equipo de psiquiatras, que ya había realizado su dictamen.
—Es un fenómeno asociado al trastorno de conversión que Noel padece. Un estado afectivo que se caracteriza por la ausencia de angustia ante situaciones en las que tendría que existir un alto grado de ansiedad, como es el caso de su sobrino.
—¿Y por qué tiene el brazo paralizado? ¿Lo saben ya?
—Los médicos que han explorado a Noel no encuentran una causa física que justifique su parálisis, por eso nos llamaron. Como les he comentado, se trata de un trastorno conversivo.
—¿Y en qué consiste? ¿Tiene solución? —preguntó su tía con voz tenue.
Noel esperaba en la sala contigua, pues había que evitar que escuchara que se estaba hablando de él a sus espaldas.
—Como habrán podido deducir, su sobrino, aparte de ser manco, no padece un problema físico. La parálisis de su brazo es la expresión de un conflicto interno no asumido. No existe una concordancia anatomofisiológica para explicar la parálisis de su brazo. En otras palabras: Noel aún no ha aceptado el hecho de que ha perdido una mano.
—¿Quiere decir que la inmovilidad la provoca él con su mente? —su tía no acababa de entender la manera de hablar de aquel hombre de pelo cano, nariz aguileña y ojos de un azul intenso como nunca antes había visto.
—Sí, eso es.
—Perdone la pregunta, pero ¿está usted seguro de eso?
—Pues sí. Entiendo que duden de ello. Como saben, soy yo quien dirige el caso, pero hablo en mi nombre y en el de mis dos colegas. Y todos hemos llegado al mismo diagnóstico.
—Pero ¿lo hace él a propósito o sin querer? —intervino el tío de Noel—. Quiero decir, ¿está fingiendo?
—Es un proceso inconsciente, desde luego. Por eso he querido hablar con ustedes antes, porque hay que ser muy cautos a partir de ahora.
—Usted dirá...
Los tíos de Noel estaban seriamente afectados por aquella situación que les parecía extraña y difícil de asimilar. Parecía una broma cruel. Luego supieron que ese tipo de trastorno era bastante más frecuente de lo que la gente sospechaba.
—Hay que decirle las cosas con sutileza. De otro modo, Noel podría pensar que se está minimizando su caso, que no le tomamos en cuenta o que creemos que está seriamente perturbado.
—Haremos lo que ustedes digan —acató el tío de Noel.
Capítulo 9
Allí, en la inmensidad del Universo, hacía frío. Todo era oscuridad y el viento gélido azotaba su cabello. Lo único que le reconfortaba era saber que debajo de aquella implacable negrura estaba la Tierra con sus mares, sus desiertos y sus playas, iluminada por su sol, que, aunque no era el único presente en el Cosmos, cumplía una misión protectora, la de ofrecer cobijo a los habitantes de aquel planeta del cual Noel había sido expulsado de un plumazo.
—¿De verdad me van a operar? ¿Me pondrán otro brazo? —preguntó poco antes de sumirse en la Noche de los Tiempos, aquella que había dado origen al ser humano. ¿Qué otra cosa, si no, podría ser todo aquello que tenía frente a sus ojos? ¿La inmensidad del infinito? ¿Quizá la antesala de la muerte? No, por lo que había podido averiguar acerca de ella, era demasiado selecta a la hora de escoger a sus invitados. No deseaba la presencia de cualquiera y por eso había elegido a sus padres y sobre todo a su hermanita, en lugar de llevárselo a él, como habría sido más lógico teniendo en cuenta que era Noel quien debía viajar en el asiento trasero de aquel vehículo con rumbo al Más Allá.
El viento lo mecía y flotaba sin control en la grandeza del espacio. Parecía impulsado por una fuerza invisible, igual que los caballitos de mar en el agua. Seguramente se dirigen hacia algún lugar, pero a ojos del profano parecen estimulados por las corrientes marinas sin orden ni concierto, sin rumbo definido.
Y la oscuridad era tan grande que le produjo vértigo... y miedo. Era esa clase de congoja que se experimenta cuando uno cree que no hay nada que pueda devolverle la luz, cuando la noche es tan intensa que duele si se mira hacia ella. Pero Noel observó que en medio de toda la opacidad había un punto de luz y se dirigió hacia éste, sin gobierno o, mejor dicho, sin que fuera él quien manejara el timón, lo cual no quería decir que no hubiera un capitán secreto amparado por la noche eterna y por la grandiosidad de la bóveda celeste.
—Ven a mí —la voz retumbó en su mente.
La luz hablaba, aunque no movía la boca. No había boca que mover, ni contornos que definir, o tal vez sí, pero estaba tan lejos que si podía escucharla era porque hablaba directamente a su cabeza, a su espíritu y no a sus oídos.
Y el pensamiento del otro era tan fuerte que sólo con que éste lo imaginara le atraía hacia la etérea luz blanca.
—Te espero —insistió la voz.
Noel viajaba deprisa, muy rápido. Ya no flotaba, iba directamente hacia el punto de luz y hacia aquella mente superior que en esos momentos dominaba su ser.
Cuando se acercó más lo vio. Sí había contornos. Había un cuerpo maestro, perfecto, blanco y radiante, como una novia que espera en el altar.
Pero sin rostro.
Le tendió la mano derecha, completa, impecable, y con otro pensamiento le animó a tomarla.
—Coge mi mano —susurró la voz convincente, apacible.
Noel seguía bajo su influjo y obedeció.
Fue hacia ella, hacia la mano amiga.
Esta le agarró de su muñón y tiró con fuerza para atraerle aún más, hasta fundirse en un abrazo de luz. Entonces se produjo una descarga eléctrica, como si toda la potencia del Universo se hubiera concentrado en ese punto, en su muñón y en la mano resplandeciente.
—Te conozco. Yo soy tú y tú eres yo —le dijo.
Noel no acertó a replicar nada. No hacía falta. Sólo escuchaba. Todo era mente. Así, fundidos como estaban, nada le inquietaba, nada le perturbaba, nada le torturaba. Noel volvió a ser una persona completa, perfecta, entera, como antes.
Ya no le preocupaba el después. Por fin todo había acabado felizmente. No había una continuación.
¿O sí la había?
Entonces percibió otra presencia.
Había alguien más en aquel escenario cósmico aparte del cuerpo de luz y Noel.
Agazapado, estaba él y lo había visto todo. Era la sombra más oscura de la noche, sólo visible por su opacidad, aún mayor que la del propio Universo y quería su ración de vida. La deseaba tanto o más que Noel.
—Ahora somos hermanos —le escuchó decir desde las sombras. Tampoco movía la boca—. Siempre estaremos juntos.
La delicadeza de su voz en la mente de Noel contrastaba con un cuerpo apagado, sombrío y sin corazón.
¿Por qué se ocultaba? ¿De qué se escondía?
Noel sintió escalofríos. Tembló. Se asustó. Algo no marchaba bien. Algo había salido mal, pero no sabía qué era.
No había tiempo para más. Era hora de regresar. Su cuerpo fue despojado de ese escenario. La inercia del Cosmos lo empujó de nuevo hacia la Tierra, hacia su destino. Su origen, el origen de Todo, había quedado atrás.
—¿Quién eres? —acertó a preguntar justo antes de partir.
No hubo respuesta.
Y Noel cayó, se precipitó hacia el vacío. El vértigo lo invadió todo. Iba a chocar.
Mis ojos están cerrados.
Dicen que me han operado, pero no soy capaz de percibir nada.
No me noto la mano. Pero ¿qué voy a notar si no la tengo? ¿O sí?
No soy yo.
¿Seguro que me han operado? ¿Seguro que soy yo?
Abro los ojos despacio.
Necesito saber.
Falsa alarma. Ahí está mi nueva mano. No la siento, pero veo el vendaje. Veo mi nueva mano.
—Doctor, he visto el Universo —dijo Noel.
El médico sonreía. Estaba cansado pero parecía satisfecho.
—Usted, Noel, es de los que sueñan bajo los efectos de la anestesia —le explicó comprensivo—. Quédese tranquilo, todo ha ido bien. Ya tiene una nueva mano.
Capítulo 10
El momento más difícil, aún más que los temidos efectos secundarios de los inmunosupresores, fue enfrentarse a su mano por primera vez.
Su mano.
¿Suya, realmente?
Sí, suya, al fin.
El camino hacia el trasplante había sido largo y complicado, pero ya era un hecho. La recomendación del equipo de psiquiatras había sido crucial. Cuando a Noel le fue diagnosticado el trastorno somatomorfo de tipo conversivo, inició una terapia para aceptar su condición de amputado, pero a medida que los especialistas fueron indagando en su mente descubrieron que detrás había mucho más de lo que la superficie mostraba.
Noel había puesto todas las trabas posibles para evitar que averiguaran su problema de impotencia, pero los psiquiatras no tardaron en darse cuenta de que lo que ocultaba con tanto celo podría ser la pieza clave para dar con la raíz del mal. Según su valoración, aquella disfunción sexual que condicionaba su vida no había sido generada por trastorno físico alguno, sino que estaba relacionada con la amputación traumática que había sufrido.
A fin de cerciorarse, los médicos quisieron entrevistarse con Miriam, su ex novia, quien, a petición de los tíos de Noel, accedió a hablar con el equipo médico que trataba su caso. Ella confirmó lo que ya sospechaban: que Noel no le había tocado un pelo desde que se produjo el accidente. Había evitado cualquier contacto íntimo por leve que fuera.
También investigaron las causas que habían dado lugar a la parálisis de su brazo sano y todo aquello les llevó a replantearse su caso. A partir de la nueva información disponible, el equipo de psiquiatras recomendó en su dictamen final el trasplante de mano y antebrazo, aunque dejaron bien claro que se trataba de una medida excepcional para aquel paciente concreto y que debería aplicarse siempre y cuando el equipo médico responsable de realizarlo estuviera de acuerdo y se contara con el consentimiento expreso de Noel.
Él, claro está, accedió.
A fin de cuentas era lo que había deseado desde que perdió la mano. Estaba convencido de que con la operación volvería a ser una persona normal, por lo que aceptó firmar el «uso compasivo», un documento imprescindible para iniciar los trámites y que suponía un gran compromiso por parte del paciente. Noel debería tomar una medicación muy agresiva de por vida destinada a evitar el rechazo del órgano que estaba a punto de recibir, y no podría modificarla ni suspenderla sin autorización médica.
La experiencia dictaba que después del trasplante su organismo se rebelaría contra el agente extraño que habían introducido en su cuerpo, en su caso, la mano trasplantada, y cabía la posibilidad del rechazo, por lo que era absolutamente necesario que el paciente siguiera un tratamiento para mantener su sistema inmunológico lo más inactivo posible, para evitar que las defensas cumplieran su función. Pero lograr eso también podría desembocar en toda suerte de infecciones e incluso en la posibilidad de desarrollar un tumor.
Por otra parte, existía la eventualidad de que los propios fármacos generaran problemas renales, gastrointestinales, neurológicos y de diabetes. Estos efectos negativos, aunque graves, no se consideraban trascendentes en casos en los que el paciente iba a recibir un órgano vital, pues en ellos se intentaba salvar su vida. Pero una mano, desde luego, no entraba dentro de esa categoría. Éste —le explicaron— era el motivo por el que, en principio, sólo se plantean trasplantes bilaterales, es decir, de ambas manos.
Así eran las cosas. La medicina aún no había desarrollado una medicación destinada expresamente a los trasplantados de mano, la que existía había sido diseñada para evitar el rechazo de órganos como el corazón, el hígado o el riñón, y el uso a gran escala de estos medicamentos no estaba autorizado por los organismos de salud oficiales. Por eso Noel tuvo que firmar el «uso compasivo», un documento que acreditaba que el receptor del trasplante había sido informado de manera conveniente y exhaustiva de que aquellos fármacos que iba a recibir habían sido creados para casos distintos al suyo y que, por tanto, asumía cualquier riesgo que pudiera derivarse de su utilización.
Por increíble que parezca, a Noel no le importó nada de cuanto le dijeron. Escuchó una a una todas las aterradoras posibilidades sin pestañear, como quien atiende el pronóstico del tiempo, y ayudado de un rotulador de punta gruesa no dudó en estampar con la boca un «Noel» tembloroso y deforme —similar al de un niño que improvisa su primera firma—, ya que su brazo izquierdo aún continuaba paralizado. La situación no podía ser más dantesca: un hombre autorizando con la boca un trasplante de mano. Parecía el argumento de un capítulo del cómico Rowan Atkinson en su inefable papel de Mr. Bean si no fuera por el hecho de que lo que allí se firmaba era un asunto real y trascendente para Noel. No hacía falta ser muy inteligente para saber que su vida estaba a punto de cambiar por completo.
Los psiquiatras estaban convencidos de que Noel recuperaría su movilidad en cuanto recibiera su nueva mano o incluso antes. Y no se equivocaron. Como si de un milagro se tratara, poco antes de recibir el trasplante, comenzó a mover su brazo con total normalidad y este acontecimiento sirvió para que los médicos se reafirmaran en su diagnóstico.
Su humor también mejoró de forma manifiesta. Lejos había quedado el Noel irónico y punzante que tan hartos tenía al personal médico y de enfermería. El nuevo Noel tenía peor aspecto físico. De hecho, estaba muy desmejorado, pero lucía una sonrisa de oreja a oreja, su mirada brillaba, y se deshacía en palabras amables y consideradas con todos cuantos acudían a la habitación 616 de la 6a planta del hospital.
Atrás habían quedado los malos humores y el abuso de la botella. Noel sabía que no debía probar una gota de alcohol ni tampoco otros medicamentos, por inocuos que parecieran, sin el consentimiento expreso de los médicos, ya que podrían interactuar con los que se veía obligado a tomar.
Y, pese a todas estas limitaciones, Noel era un hombre feliz. Tanto que había olvidado los amargos momentos de un plumazo y el único sentimiento que albergaba era el del agradecimiento por haber sido escogido como receptor, algo que no ocurría a diario, y más en su caso, como receptor de una sola mano.
Un regalo. Así lo consideraba él.
Había sido una dádiva inesperada destinada a modificar su existencia por completo, y todo gracias a la generosidad de un donante desconocido del cual no sabía absolutamente nada pero al que estaría eternamente agradecido.
Capítulo 11
Le habían prevenido sobre ello, pero ¿de verdad es posible preparar psicológicamente a una persona para algo así?, se preguntaba Noel poco antes de enfrentarse a su nueva mano.
Experimentaba emociones encontradas. Por una parte deseaba conocer cuanto antes el resultado de la operación, volver a ser —desde su punto de vista— una persona íntegra y completa, pero, por otra, temía que el resultado no se ajustara a las expectativas que se había trazado. Por eso estaba tenso, crispado. Eran sentimientos internos muy profundos y difíciles de asimilar, como un alimento en mal estado, que no llegaban a advertirse en su rostro, sólo podían adivinarse, si alguien lo conocía bien, por el pequeño aleteo de su nariz.
Había transcurrido algún tiempo desde el trasplante y ahora le tocaba vivir uno de los instantes más extraños de su vida, más aún que descubrir que había perdido una mano. Eso, ya de por sí sería un tormento para cualquiera, pero era posible formularlo en la mente, llegar a imaginarlo al menos.
Lo del trasplante era diferente.
Generaba incertidumbre, aprensión y miedo ante lo desconocido. No se habían hecho tantos —pensaba Noel— como para saber a priori que todo iría bien. Aunque el médico afirmara que sí, que la intervención había sido un éxito, las cosas podían torcerse y entraban en juego otras consideraciones de carácter inaprensible, etéreas, espirituales, si se quiere. La mano de un muerto... en su cuerpo, casi parecía ciencia ficción. No hace tanto lo habría sido, pero no, era su historia, una marca con la que tendría que aprender a vivir.
Desde que se produjo la intervención y hasta ese mismo instante había portado un vendaje que dejaba libres algunos dedos, lo cual le había permitido contemplarlos y fantasear con ellos, pero poder ver la mano en su totalidad eran palabras mayores.
—Ha quedado muy bien. ¿Qué le parece, Noel?
El cirujano trataba de quitar hierro al asunto, quería convertirlo en un trámite más dentro de todo el largo y farragoso proceso.
Gerardo Miríada era un hombre delgado, espigado y que lucía un bronceado de rayos UVA. Como buena parte de los cirujanos plásticos y reconstructivos que había conocido en los últimos meses, cuidaba su imagen en exceso. Al final Noel se había convertido en un experto en catalogar médicos, a los que secretamente clasificaba por su aspecto físico. Las esperas en los hospitales daban mucho de sí y a Noel le aburrían. Una de sus metas consistía en llegar a hacer su vida lo más independiente que pudiera de los consultorios de los galenos. Lógicamente, el trasplante le imponía una servidumbre, sobre todo al principio, pero Noel confiaba en poder independizarse de ellos igual que cualquier joven lo haría de sus progenitores. Sabía que llegaría un día en que les diría: «Señores, hasta la vista», y no volvería a pisar su consulta excepto para los controles de rigor.
Noel miró su nueva mano con atención. Parecía un poco más clara que la otra, más pálida, quizá. Un poco hinchada, pero no tanto como él pensaba, teniendo en cuenta las circunstancias. Cubierta de grapas cuanto más se aproximaba al punto de fusión entre su propia carne y el antebrazo y la mano extraños; esta última amoratada en algunas zonas. Las uñas, cuidadas. Los dedos, largos y estilizados, parecidos a los suyos, aunque distintos. ¿Para qué engañarse? Todo era igual y diferente al mismo tiempo. ¿Un músico acaso? ¿Un artista plástico? Imposible saberlo. Esa información estaba reservada, era confidencial.
—Es un poco más clara, me parece —contestó sin apartar la mirada de ella, hipnotizado.
—Es prácticamente igual. Poco a poco recuperará su color e incluso le saldrá vello.
—¿De veras?
—Sí, es sólo cuestión de tiempo. Noel, ¿está contento?
—Me siento extraño. ¿A quién pertenecía? Ya sé que no me lo puede decir, pero ¿podría darme algún dato al menos?
—Noel, sabe que no puedo hablar de eso. Sólo puedo decirle que el donante tenía una edad similar a la suya y unas características morfológicas parecidas. Es normal que se sienta raro, es completamente lógico. Otra cosa me preocuparía. Pero en cuanto empiece a sentirla como suya, todo cambiará. Y eso ocurrirá muy pronto, ya verá.
—¿De qué murió? ¿Me lo puede decir?
—No lo sé —mintió.
Gerardo Miríada sabía que si empezaba a responder las preguntas de su paciente, vendrían otras. Casi todos los trasplantados querían saber detalles sobre sus donantes. Pero en el caso de los que habían recibido órganos externos con los que tenían que convivir y que estaban siempre a la vista la curiosidad era aún mayor y había que atajarla desde el principio para evitar posibles conductas obsesivas que terminaran degenerando en el tan temido e indeseado supuesto rechazo psicológico.
Y una mano era uno de esos órganos.
—Perdone que le haga este tipo de preguntas, ya sé que no debo. Pero, imagínese, es todo tan excepcional para mí —Noel parecía confundido. No paraba de mirar su nueva mano, como si no acabara de creerse que era suya realmente, como si su propietario pudiera regresar desde el otro lado y arrebatársela.
—Es normal que se sienta así, créame. Piense que, en todo caso, el donante fue un hombre generoso y sensible que quiso ayudar a los demás hasta el final. Eso es lo único que debe plantearse —Miríada hizo una pausa para tomar aire. Lo necesitaba—. Eso y recuperarse cuanto antes, normalizar su vida. La rehabilitación será dura, pero merece la pena.
«Merece la pena.»
Sí, merecía la pena. Claro que la merecía. La mano lo merecía todo. Noel daba vueltas a las palabras de Miríada. Aunque intentaba no pensar en el donante, su mente le conducía por vericuetos que terminaban desembocando en él.
Él fue magnánimo conmigo —se decía—. Lo dio todo hasta el final y seguro que desearía que su esfuerzo sirviera para algo y no se perdiera el fruto de su generosidad. Debo corresponder y normalizar esto, integrar su mano en mi cuerpo, en mi vida, dotarla de movimiento y sensibilidad, sentirla mía. Noel se repetía estas reflexiones una y otra vez, mientras realizaba día a día sus ejercicios de rehabilitación, como si fueran mantras sagrados.
No era tarea fácil, pero dentro de lo arduo que resultaba esa parte del proceso posterior al trasplante, los ejercicios le servían para mantener la cabeza ocupada, para librarse de las ideas parasitarias que a veces lo asaltaban. El dolor le hacía despertar y regresar a la realidad, y cuantas más molestias era capaz de sentir, más orgulloso se sentía. Si le dolía era porque la cosa funcionaba, porque todo marchaba según lo previsto.
Pero ellas se presentaban sin avisar, de golpe, en cualquier situación, mientras comía, veía la televisión u orinaba. Noel habría jurado que esas ideas indeseadas parecían más bien pensamientos. Formaban parte de una especie de diálogo interior que Noel era incapaz de controlar.
¿Pensamientos? Sí, pensamientos, recuerdos incluso, pero no suyos. Acaso retazos de sueños. Eso sí podía ser. Entraba dentro de lo posible, aunque no le había pasado nunca antes soñar cosas y después recordarlas en forma de pretendidos pensamientos cuando relajaba la mente y hacía otro tipo de actividades que requerían menor esfuerzo. Como flashes desbrozados de una película incompleta en los que aparecían personas, lugares y situaciones que, aunque no había vivido, de eso estaba complemente seguro, se proyectaban en la vigilia buscando una gratificación hedonista.
¿Podría ser ésa la explicación? —se preguntaba Noel—. ¿O tal vez era algo complemente diferente, uno de los muchos efectos secundarios de la medicación inmunosupresora que estaba obligado a tomar?
Capítulo 12
Durante un tiempo Noel se vio obligado a llevar un extraño artilugio en su mano. Era incómodo y aparatoso, pero necesario. Se trataba de una férula especial que le recubría el antebrazo con una estructura que terminaba en unas insidiosas gomas que le sujetaban uno a uno los dedos de su nueva mano y los mantenían erguidos. Aquel armatoste no era precisamente cómodo, pero servía para proteger el órgano que a Noel tanto le había costado conseguir y no estaba dispuesto a estropear aquella labor de ingeniería. A fin de cuentas, una intervención como la que le habían practicado no era en absoluto baladí. Noel nunca se había parado a pensarlo hasta que perdió su mano, pero ésta es una de las partes más complejas del cuerpo humano.
El trasplante había requerido una osteosíntesis o unión de los extremos óseos, de los tendones flexores y extensores de la mano, una sutura de los nervios, unir las arterias y las venas, y once horas de quirófano, así que después de semejante ordalía no era cuestión de hacerle ascos al penoso aparato, por muy molesto que resultara.
Pero Noel se había dado cuenta también de que las manos son mucho más que huesos, piel, nervios y arterias. Sirven para tocar, acariciar, sentir, trasmitir, manipular, defenderse... Implican profundas emociones tanto para la familia del donante como para el receptor y muchas personas aún no están preparadas para consentir la donación de las manos de sus seres queridos; manos que han acariciado y con las que han recibido caricias. No, no es nada fácil para algunos permitir que a un padre, una madre, un hermano o un hijo le corten esa parte del cuerpo para que la lleve otra persona. El hígado, el corazón o el riñón no se ven; las manos, en cambio, son imposibles de ocultar.
La rehabilitación estaba resultando más dura de lo que Noel había imaginado, pero a medida que progresaba se notaba seguro de sí mismo y confiado en el éxito del riguroso proceso que había iniciado, y sobre todo se sintió especialmente aliviado cuando por fin le retiraron la férula.
La recuperación era lenta, pero —según los médicos— el caso de Noel presentaba muy buenas expectativas. A fin de cuentas, no hacía tanto que había perdido la mano. Según le explicaron, tras una amputación, la zona del cerebro que controla el movimiento de la mano se «apaga» igual que una bombilla, y cuanto más tiempo permanece en ese estado más complicado resulta recuperar la movilidad y la sensibilidad. Al producirse el trasplante se activa de nuevo. El fenómeno se denomina neuroplasticidad —le dijeron—. Por eso cuanto más tiempo haya transcurrido desde la pérdida del miembro más difícil será restablecer la movilidad y la sensibilidad del mismo. Así que Noel era afortunado por no haber tenido que esperar demasiado para recibir su nueva mano.
Eso sí, se veía obligado a realizar tres horas diarias de rehabilitación. Paradójicamente, durante ese tiempo estaba tan concentrado en lo que tenía que hacer que no era capaz de albergar preocupación alguna que no tuviera relación con los ejercicios. Pero, cuando llegaba a casa, a veces se sentía asaltado por aquellos pensamientos extraños sobre los cuales no tenía gobierno, que parecían carentes de sentido, ajenos a su mente, aunque extremadamente reales.
Y otras veces tenía misteriosos sueños. Ensoñaciones turbadoras, casi reales o... casi imaginarias.
Atraviesa la gran plaza de la estatua ecuestre, después pasa por delante de la catedral, siempre imponente y vigilante. Al abandonar la zona más bulliciosa del corazón de la ciudad halla, muy próxima al río, la calle que busca.
Y espera.
Después, llama a la puerta y alguien abre.
—¿Qué quierre? —pregunta la mujer.
El no responde. Coloca su pie entre la puerta y el marco y de un empujón con el codo la abre por completo. No hay rastro del matón que a veces la acompaña. Sabe que está sola.
—¡Márrchese de mi casa! —grita la vidente.
Demasiado tarde. Él no la escucha. Después de colocarse los guantes, saca un pañuelo de seda del bolsillo, agarra a la mujer por los hombros para que no pueda escapar y le tapa la boca para que deje de gritar.
—¿Porr qué me hace esto?
No son palabras las que llegan a sus oídos, es su mirada la que lo interroga buscando una respuesta a un acto que no entiende.
Le hace un gesto para que guarde silencio. Quiere que deje en paz su mente. Ella obedece. Cree que así podrá apaciguarle y lograr zafarse de sus manos.
Sin soltarla un solo instante, la arrastra hacia el ventanal del salón del apartamento y echa las cortinas. Es poco probable que alguien esté asomado a esas horas, pero no quiere curiosos. Después, la atrae más hacia sí y sin mediar palabra aprieta el pañuelo con todas sus fuerzas, la deja sin aire, sin respiración. La mujer suda como cuando trabajaba de planchadora antes de dedicarse a la videncia e intenta desasirse, pero él se lo impide. Sus ojos comienzan a hincharse, su rostro cambia de color.
Después, cuando todo acaba, deja que su cuerpo se deslice entre sus brazos hasta caer como un fardo de harina. Extrae una navaja del bolsillo y traza una marca, un símbolo extraño en el entrecejo de Madame Ivy, que ni ella misma habría sabido interpretar.
La sangre comienza a resbalar por su frente.
—Regresa con los zares —dice con ironía mientras cierra sus ojos.
Luego extrae un papel de su chaqueta y escribe algo. Deja la nota al lado del cadáver y se arrodilla junto a él. Se queda en esa posición cerca de un minuto.
Se levanta y pasa revista a su alrededor.
Todo en orden.
* * *
Noel se despertó empapado en sudor. Tardó unos segundos en reaccionar, en situarse en la cama de su confortable mansión, en darse cuenta de lo que había ocurrido. Acababa de presenciar un crimen en sueños. Y parecía real.
Su respiración era agitada, entrecortada. Estaba aterrado. No recordaba haber tenido un sueño tan vivido ni tan escalofriante en su vida.
Todavía a tientas, extendió la mano izquierda y encendió la luz que había sobre la mesilla. Se incorporó y fue al baño. Se miró al espejo exaltado, aunque más aliviado que cuando despertó. Empezaba a tomar conciencia de la realidad.
Todo había pasado. Había sido una pesadilla.
Abrió el grifo y se refrescó la nuca. Después sintió ganas de orinar y levantó la tapa del váter. Entonces advirtió una leve erección. Pensó que su cuerpo volvía a funcionar de nuevo y se felicitó por haberlo conseguido.
Regresó a la cama aún con el sueño en su mente, aunque ya más tranquilo, y se tumbó. Al apoyar la cabeza, notó humedad. Pensó en todo lo que había sudado. Tocó la almohada y se miró la mano.
Había sangre.
Dio un respingo, se incorporó y asustado observó su nueva mano buscando el origen de la sangre. Pensó que algo no marchaba bien, quizá se habían abierto las heridas al girarse en la cama. Tendría que haberse puesto la férula por si acaso, pero no lo hizo porque creyó que ya no era necesaria. Se tocó la mano, la examinó con angustia, pero todo parecía estar en perfecta armonía. No había heridas abiertas. Su mano estaba bien.
«¿Y la sangre? ¿De dónde procede?», se preguntó. «De la nariz, seguro que viene de ahí.»
Le dolía la cabeza. Noel pensó que se debía a la medicación.
Se relajó y apagó la luz. Tenía que descansar. Le esperaba otro duro día de rehabilitación.
Capítulo 13
Todo está bien, Noel. No tiene de qué preocuparse —el médico se dirigió a su paciente con voz tranquilizadora. Acababa de reconocerle y no había observado nada fuera de lo normal.
Por la mañana Noel había llegado a su sesión de rehabilitación muy agitado y aunque no estaba previsto que ese día se encontrara con el doctor Miríada había solicitado verle con urgencia. Por suerte, el médico estaba allí. Acababa de regresar de un viaje con motivo de la presentación de su libro sobre el trasplante de mano.
—¿Seguro? ¿Y la sangre?
—No ha sido por la medicación. De hecho, puede estar contento, su evolución clínica es aún mejor de lo que esperábamos. La analítica es estable, la herida progresa bien y los inmunosupresores no están atacando demasiado a su organismo. Todo está correcto —explicó con una amplia sonrisa.
Miríada parecía satisfecho, pero Noel tenía dudas.
—¿Y qué puede haber pasado?
—No lo sé. Quizá tenía sequedad nasal. A veces pasa.
—Es posible.
A Miríada aquel «es posible» le parecía significativo. Había algo que inquietaba a su paciente y el médico se daba cuenta de ello, pero también deducía que su malestar no podía ser físico. Lo que fuera que le ocurriese tenía un origen anímico.
—¿Sigue teniendo esos sueños de los que me habló? —le sondeó para averiguar qué le ocultaba su paciente.
—Sí.
—¿Y cuándo se produjo el último?
—Ayer por la noche.
—¿Cómo fue?
—Desagradable. Prefiero no recordarlo.
—¿Y es por eso por lo que está así, por un sueño?
—Por eso y por la sangre. La vi al despertarme y me asusté. Creí que era de la mano.
—¿De qué tipo de pesadillas hablamos? ¿Tienen que ver con el trasplante?
—Algunas sí.
De pronto, Noel se sintió ridículo. Miríada iba a pensar que estaba ante un sujeto asustadizo y claramente inestable que tenía miedos injustificados, así que prefirió guardar silencio. No le parecía el foro adecuado para manifestar sus temores.
—Noel, desde el punto de vista físico no puede estar mejor. —El médico hablaba mirándole a los ojos. Deseaba transmitirle franqueza y confianza, quería calmarle—, pero si las pesadillas persisten tal vez debería verle un psicólogo.
Miríada no sabía bien cómo afrontar esa delicada cuestión. No pretendía ofenderle, pero lo suyo era la medicina de lo tangible, la cirugía del cuerpo, y no los laberintos de la mente. Sus pacientes solían quejarse de dolores físicos, de molestias por la medicación y de cosas semejantes, no de sufrir pesadillas.
—Por lo general, los sueños revelan algo —prosiguió mientras cerraba la carpeta con los resultados de la analítica. Había deducido que ya no le haría falta—. Es posible que todavía no haya asumido el trasplante. Hay personas a las que les cuesta más que a otras. Consultar sus sueños, hablar de ellos, analizarlos incluso, le vendría bien. Si quiere puedo recomendarle un especialista.
—¡Estoy harto de médicos! —Noel estalló pero al instante se dio cuenta de su brusquedad y rectificó. A fin de cuentas, aquel hombre no tenía la culpa de sus preocupaciones—. Perdóneme, sabe que no lo digo por usted.
Trataba de evitar que el antiguo Noel hiciera acto de presencia. Había hecho un gran esfuerzo por desterrarlo de su vida, pero estaba claro que aún quedaban pequeñas reminiscencias de su etapa irascible y tiránica.
—Ya lo sé y le entiendo. Aunque le resulte raro oír esto, yo también odio a los médicos, pero es evidente que este asunto le afecta y si es capaz de distorsionarle debería hacer algo para que no cobre fuerza. ¿Hay alguna cosa más que deba saber? —A medida que hablaban se convencía de que su paciente se reservaba información, pero no sabía cómo sonsacársela.
—No, sólo eso —Noel mintió sin dudarlo un segundo.
¿Cómo iba a hablarle de los extraños pensamientos, de los recuerdos o lo que quiera que fuesen? Y más de ésos. No eran buenos, no al menos para Noel. Le causaban un desasosiego indescriptible, difícil de explicar con palabras. Había que experimentarlos para saber de qué se trataba y Noel no estaba por la labor de ponerse en evidencia.
—Si tiene algún problema, no dude en llamarme. Tiene mi número de móvil, ¿verdad? —preguntó Miríada. No quería presionarle más por el momento.
—Sí, me lo dio su secretaria.
—Llámeme de día o de noche. Y no deje que unos sueños le amarguen.
Al concluir la rehabilitación Tristán le esperaba con el coche para llevarle a casa. Y a ella se dirigían cuando a Noel se le ocurrió una idea peregrina. Aunque al principio la desechó, transcurridos unos minutos siguió un impulso y le pidió al chófer que diera media vuelta en dirección al río. La pesadilla con Madame Ivy le había hecho recordar al «poeta loco» y sus excéntricos consejos. Hablar con él podría ser lo que precisaba. Miríada estaba en lo cierto al decir que necesitaba confiarse a alguien, se llamara psicólogo, cura o «poeta loco», y no le quedaban muchos amigos con los que hacerlo. Todo eso suponiendo que encontrara al mendigo en un instante de inspiración filosófica y no en medio de alguna divagación, aunque lo más probable era que ni siquiera le recordara.
Al igual que la vez anterior, Noel le pidió a Tristán que detuviera el vehículo a medio camino y recorrió las callejuelas del centro. Después, atravesó la gran plaza con la estatua ecuestre y pasó por delante de la catedral, siempre imponente y vigilante —pensó al ver su silueta recortada entre las callejuelas—, e inmediatamente después de haber tenido ese pensamiento experimentó un deja vu muy intenso, una sensación creciente de haber visto o de haber vivido eso con anterioridad.
Antes.
¿Antes? ¿Cuándo?, se preguntó.
«En tu sueño —le susurró una voz interior—. Esto ocurrió cuando él se dirigía a casa de Madame Ivy para acabar con su vida.» Rememorar esa escena le provocó un escalofrío de la cabeza a los pies y, curiosamente, su nueva mano reaccionó igual que el resto de su cuerpo, aunque con menor intensidad, aún era pronto para sentirla del todo. Pero aquél era un paso más en su carrera hacia lo que él denominaba «normalidad».
Al llegar a la calle en la que vivía Madame Ivy cruzó a la acera contraria. Quería acabar con ese deja vù tan prolongado, demostrarse que —a pesar de la voz interior que le hablaba— él y sólo él gobernaba sus pensamientos, que era capaz de modificar los falsos recuerdos que le acosaban, ésos que nunca le habían pertenecido y que se habían deslizado en su cabeza por la puerta de atrás.
Capítulo 14
Cuando Noel por fin llegó al río no vio a nadie. Los extraños pensamientos que le habían obligado a cambiar de acera al aproximarse al portal de Madame Ivy habían desaparecido y volvía a sentirse él de nuevo. El otro se había rendido o quizá sólo le había dado una tregua. Quién sabe cuándo regresaría.
Y ahora que se había ido era capaz de plantearse que quizá no tuviera una naturaleza tan dócil como la suya, puede que anidara algo maligno en su interior. Noel intentaba desechar esas elucubraciones, que, sin embargo, empezaban a atormentarle. Respiraba hondo y caminaba despacio hacia el puente.
Allí debajo del gran agujero era donde tenía su casa el «poeta loco», aunque no había rastro de él. De un vistazo comprobó que su viejo colchón seguía allí, un poco más mugriento y raído que la última vez. Dedujo que no podía haber ido muy lejos, aunque no sabía por qué había pensado algo así, como si aquel mendigo, por el hecho de serlo, no tuviera derecho a pasearse por los barrios caros y se viera condenado a vagar sólo por los bajos fondos de la ciudad. Derecho, sí. Lo que no tiene es dinero —se decía mientras oteaba la zona por si se hubiera escondido detrás de un árbol— y hoy son pocos los sitios a los que a uno le dejan acceder sin él.
No hablaba por experiencia, claro, a él eso no le había ocurrido jamás, pero no se equivocaba. En la mayoría de los locales, incluso en los de comida rápida, donde existe un menor control de lo que hace la clientela, sólo para entrar al baño es preciso presentar el tique para poder abrir la puerta. Mientras pensaba en todo ello observó un bulto que se movía junto a uno de los matorrales cercanos a la orilla y se dirigió hacia él. A medida que se aproximaba se congratulaba al comprobar que se trataba del mendigo. Su presencia le había pasado desapercibida porque estaba agachado o tal vez sentado en el suelo. El marrón indefinido de su desgastado abrigo tampoco ayudaba a localizarle. Lo llevaba puesto siempre, en invierno y en verano. No podía arriesgarse a dejarlo en cualquier parte. Era posible que cuando regresara ya no estuviera.
Hacía un día agradable, de ésos en los que no apetece encerrarse en casa. Corría una suave brisa y en esa parte de la ciudad el aire olía un poco más limpio. Debajo del puente estaba prohibido el tráfico rodado. Sólo se podía llegar hasta allí caminando.
Noel no sabía muy bien qué hacía en ese lugar ni qué extraño impulso le había llevado a buscar al viejo mendigo para conversar, o sí lo sabía, pero no quería pensar en ello. No deseaba plantearse cuan solo estaba. Tenía a sus tíos, claro, pero la suya era otra clase de soledad, de la que se clava en el pecho, sobre todo por las noches. ¿Y no sería eso lo que le generaba tantas pesadillas?, se planteó.
No le quedaban amigos. Al menos no de los auténticos. Tenía demasiados conocidos, era inevitable cuando se nadaba en la abundancia. La gente se acercaba a Noel como lo haría una polilla atraída por la luz de un candil, pero esas compañías, que antes le servían, ya no eran lo suficientemente atractivas. No después de todo lo que había vivido tras el accidente. ¿Dónde habían estado esos pretendidos amigos mientras su vida se desmoronaba como un castillo de naipes? ¿Dónde se habían metido durante sus interminables días de sufrimiento y angustia?
La única capaz de aguantar sus excentricidades y sus reacciones tiránicas había sido Miriam, pero se había cansado y Noel, aunque se había sentido dolido, había acabado entendiendo por qué, así que tampoco había insistido mucho en recuperarla. ¿Quién era él para reclamarle nada?
Y, para remate final, hacía pocos días que se había enterado de la noticia: Miriam iba a casarse con su antiguo novio, el que había precedido a Noel. Ésa había sido la piedra de toque necesaria para que se diese cuenta de lo acuciante que le resultaba su soledad, tan grande como para acudir al río en busca de un viejo mendigo al que no conocía y que seguramente vivía en alguna extraña galaxia perdida entre la cordura y la razón.
Al acercarse descubrió lo que le mantenía ensimismado y ajeno a todo cuanto le rodeaba. Estaba construyendo una especie de torre con piedras recogidas de las márgenes del río. Noel dedujo que tanto aislamiento del mundo podría resultar peligroso, suponiendo que alguien quisiera causarle algún mal. A buen seguro el viejo no oiría llegar a un hipotético atacante que se le acercara por detrás. Pero ¿quién querría dañar a aquel pobre hombre? ¿A quién podría molestar su presencia? En teoría, a nadie, pero la cruda realidad destapaba casos escalofriantes de individuos que se dedicaban a pegar palizas a los sin techo, a quienes con frecuencia golpeaban hasta la muerte.
—Le estaba buscando —dijo Noel a modo de saludo—. ¿Se acuerda de mí?
El hombre no se giró, siguió como si tal cosa, como si continuara solo. Noel dudó, se sentía ridículo. Pensó que el chiflado era él por verse envuelto en una situación tan disparatada. ¿Debía dar media vuelta y largarse por donde había venido? Estaba tentado de hacerlo. Concluyó que tal vez fuera lo más prudente, pero transcurridos tres o cuatro segundos el hombre por fin se avino a responderle.
—El «ricachón triste» —le espetó.
De modo que no sólo le recordaba, sino que incluso le había bautizado con un mote.
—Sí, el mismo. ¿Qué hace con esas piedras? ¿Por qué las coloca de esa manera?
El viejo ignoró la pregunta y le contestó con otra.
—¿Qué tripa se le ha roto esta vez? —Pese a la agria interpelación, el mendigo no parecía molesto por la presencia de Noel, sólo intrigado.
—No quiero nada —mintió—. ¿Por qué habría de pretender algo? Si soy tan rico, ¿que podría querer de usted?
—Se lo dije la vez anterior, pero ya veo que no lo recuerda. No me extraña, menuda trompa llevaba ese día. Un hombre como usted no vendría a un lugar como éste a menos que necesitara algo. ¿Qué es esta vez? ¿Consejos para aprender a vivir con su nueva mano?
El «poeta loco» se giró por primera vez y miró a Noel directamente a los ojos, aunque tenía el Sol de frente y no podía verle la cara con la nitidez que hubiera deseado. Aun así parecía interrogarlo con una mueca en los labios y un gesto extraño en la mirada. A Noel se le antojó que brillaba en exceso, como la de un iluminado.
Tragó saliva. No sabía qué responder. Definitivamente, ese hombre no era normal. Se había equivocado al acudir a Madame Ivy. El sensitivo era él y no la falsa vidente rusa, así que decidió hablarle con sinceridad. Noel se agachó y se sentó a su lado. Al acercarse más recibió una bofetada de olor a rancio, como si alguien hubiera olvidado unos filetes fuera de la nevera durante tres días. Desde luego no era el aroma al que su refinado olfato estaba acostumbrado. No solía toparse con el perfume de la pobreza. Debía ser eso, porque el hombre no estaba sucio. De hecho, teniendo en cuenta las condiciones en las que vivía, estaba bastante aseado, pero el olor a penuria era imposible de ocultar y Noel pensó en darle algún dinero cuando se marchara a su confortable hogar. A él le sobraba y al viejo le vendría bien.
—Tengo sueños extraños —le confesó de sopetón.
El «poeta loco» jugaba con las piedras del río. Unas eran blancas, otras negras, pero todas muy parecidas. Seguro que había invertido varias horas hasta dar con ellas.
—Sueños extraños —repitió el mendigo despacio, como si masticara las palabras.
—Sí, ya sabe, cosas raras que no me han pasado antes. Bueno, no son sólo sueños, también pensamientos.
—¿Pensamientos, dice?
—Sí, pensamientos que parecen sueños. No sé si me explico bien, porque ni siquiera yo soy capaz de entenderlos.
Puede que sólo sean sueños que parecen pensamientos, o tal vez me esté volviendo loco.
El viejo se quedó callado. Seguramente estaba intentando descifrar lo que Noel, sin mucho acierto, acababa de explicarle. Pasaron varios segundos y siguió sin contestar, se limitó a sumar otra piedra a la torre.
—En la Biblia aparecen varios episodios de sueños raros. ¿La ha leído? —dijo al fin.
Noel recordó que en el colegio le habían obligado a estudiar algunos pasajes de la Biblia, pero nunca les prestó la suficiente atención como para recordarlos. Su cultura religiosa se limitaba al Padrenuestro.
—No. Nunca me ha interesado ese libro. No quiero ofenderle si a usted sí, pero me resulta indiferente. No creo que éste pueda ayudarme.
—Pues debería leerlo, aunque no le concierna. Se aprenden muchas cosas —el mendigo se llevó la mano a la chaqueta. De uno de los bolsillos interiores extrajo un ejemplar pequeño de la Biblia y se lo tendió. Estaba mugriento, descosido y le faltaban las tapas. Se veía que había recibido un buen uso—. Eso que me cuenta de los pensamientos extraños también aparece aquí. Tómelo si quiere, yo ya no voy a necesitarlo.
—No, gracias —Noel rehusó el ofrecimiento con una sonrisa—. Quédesela. Puedo comprar una.
—Pues si lo hace no deje de leer la historia de los mellizos Jacob y Esaú. Puede encontrarla en el Génesis. Quizá le ayude.
—¿Y de qué trata? —Noel no imaginaba de qué podía servirle leer semejante historia. No tenía idea de quiénes eran Jacob y Esaú, ni tampoco le apetecía saberlo. Jacob, al menos, le sonaba. ¿No era el que había soñado algo relacionado con una escala?, se preguntó intentando hacer memoria.
—Jacob y Esaú eran hermanos. Ambos eran hijos de Isaac, pero Esaú era el primogénito. Un día Jacob, aprovechando que su padre se había quedado ciego, decidió suplantar a su hermano para ganarse la confianza de su progenitor y así recibir su bendición...
—Mejor cuénteme el final —dijo Noel casi en un bostezo.
El viejo se calló. Se había incomodado. Noel observó cómo tomaba otra piedra del montón y continuaba con lo que estaba haciendo antes de su llegada, como si su visitante se hubiera esfumado.
En vista del panorama, Noel rectificó.
—¿No se habrá molestado conmigo?
Nadie respondió. Era evidente que sí.
—¡Vaya! Si lo sé, no digo nada. Perdóneme, no era mi intención ofenderle —sus ademanes eran suaves, su voz conciliadora—. Es que estoy un poco nervioso. Puede continuar con la historia, la escucharé hasta el final.
Pero el viejo permaneció impertérrito, había regresado a su extraño mundo.
—Venga, hombre, no sea quisquilloso —le espetó Noel en un nuevo intento de hacerle hablar.
No había manera.
Noel miró su reloj, un costoso Montblanc automático fabricado con piel de caimán, y empezó a impacientarse. Se sentía incómodo, desplazado. ¿Qué hago aquí todavía?, se preguntaba. La situación no podía ser más absurda, así que decidido marcharse por donde había venido. Se levantó del suelo, se llevó la mano al bolsillo y sacó algunos billetes de su cartera. El viejo siguió sin inmutarse, ni siquiera la visión del dinero parecía afectarle. Noel se agachó y lo depositó a su lado. Sin esperar ya reacción alguna por su parte, se giró y emprendió el camino de regreso. Su paso era firme y decidido.
—Debería guardarse su dinero.
Noel escuchó la voz del mendigo a sus espaldas. Se detuvo. Dio media vuelta y se encaró con el viejo.
—Es para usted. ¿Es que no lo quiere?
—No lo necesito. Quédeselo o cómprele unas flores a Madame Ivy.
—Sí, claro, sólo faltaba.
—A ella le habría gustado que alguno de sus clientes le mandara una corona.
Noel estaba desconcertado. ¿A qué venía ahora mencionar a esa estafadora?, se preguntó.
—¿Una corona? ¿Pero qué dice usted, buen hombre?
—¿No lo sabe? La han asesinado —le informó con desdén—. Debe de estar en todos los periódicos.
Noel palideció, empezó a sudar. Aquello tenía que ser una broma.
—Eso no es posible. Usted... usted me toma el pelo —musitó.
—Sabe que no —su mirada era penetrante, casi inquisitorial—. Los hijos del mal andan sueltos. Cuídese.
Capítulo 15
Noel caminaba a paso vivo. El «poeta loco» había conseguido meterle el miedo en el cuerpo. No podía creer que, al igual que había ocurrido en su sueño, Madame Ivy hubiera sido asesinada. Necesitaba una prueba, tenía que comprobarlo.
El sudor había comenzado a resbalar por su frente y su rostro brillaba como si acabara de salir de la sauna. Se dijo que tenía que tranquilizarse. Debía obligarse a hacerlo o le iba a dar algo en plena calle. Quizá era a causa de la medicación, pero se sentía desfallecer, como si la sangre se le hubiera bajado a los pies sin previo aviso. Un poco más adelante divisó el portal de la casa de Madame Ivy. Desde luego, aunque sentía curiosidad por saber qué había pasado, no tenía intención de llamar a su puerta. Si de verdad la habían asesinado, la policía podría estar aún en el interior del domicilio.
Pasó de largo, pero entre la mugre que había en el suelo algo llamó su atención: había algunos trozos de lo que debía haber sido un precinto policial, lo que le hacía presagiar lo peor. Decidió meterse en el primer bar que encontró y pidió una botella de agua. La necesitaba. Desde la operación estaba obligado a beber mucha agua cada día para evitar posibles daños renales a causa de la medicación que precisaba. Y ahora se sentía seco, aunque sus ropas estaban empapadas por el sudor. El cuerpo le pedía una copa, pero sabía que no podía ingerir alcohol. Los médicos habían sido muy tajantes a ese respecto y lo tenía asumido, aunque a veces deseara poder saltarse todas las prohibiciones que le habían impuesto, que eran unas cuantas.
Nada más entrar al bar se dio cuenta de que ya había estado ahí antes, en concreto el día que fue a consultar a la falsa vidente. Noel se acercó a la barra y pidió una botella grande de agua. Después, se sentó en un rincón junto al ventanal y con un gesto de repugnancia apartó una copa vacía de anís que tenía una mancha de pintalabios rojo y un plato con restos de patatas alioli. También había migas de pan diseminadas por la mesa y algunas gotas de la salsa.
Noel sospechó que el camarero no tenía intención de abandonar la barra para venir a limpiar aquel desaguisado. Se le veía muy entretenido y en amena conversación a grito pelado con algunos de los clientes, ya borrachos, y posiblemente habituales, de aquel pringoso tugurio, así que él mismo tomó una servilleta y se dedicó a arrastrar las migas y los restos de alioli al suelo hasta dejar la mesa lo más decente que pudo.
Abrió la botella y bebió a morro. Le habían dado un vaso, pero le daba asco y prefería beber directamente del envase de plástico, no fuera a ser que cogiera una infección. Eso le hizo recordar que en su cazadora llevaba unos guantes. La cogió, extrajo el guante derecho y se lo colocó por si acaso. Era un procedimiento estéril, porque si iba a sufrir algún tipo de contagio de poco le serviría esa prenda, pero a Noel le hacía sentirse más seguro ante tanta mugre.
Después de beber varios tragos cortos recobró la compostura y comenzó a fijarse en lo que había a su alrededor, a escuchar lo que se hablaba en el bar. Era difícil no hacerlo. Era imposible decir quién gritaba más, si el camarero o los clientes que estaban alrededor de la barra. Parecía haberse establecido una competición de risotadas y palabras altisonantes.
Y resultó que hablaban de ella... de la madame. Al parecer, Madame Ivy no sólo había tenido una consulta de videncia abierta al público, también había manejado algunos turbios negocios relacionados con la prostitución. Eso era al menos lo que afirmaba uno de los tipos que estaba en el local.
Noel pensó en acercarse hacia donde se hallaba para indagar detalles sobre la muerte de la falsa vidente. Le interesaba especialmente saber cómo fue y si había alguna pista que indicara quién pudo hacerlo. Con este pensamiento en su mente se puso en pie, pero recordó de golpe algo que le obligó a sentarse de nuevo. No podía hacerlo, no podía ir allí, acababa de darse cuenta de que él mismo había estado en ese bar lanzando exabruptos e improperios contra Madame Ivy. Lo había hecho después de sentirse estafado al salir de su consulta y beberse varias copas. Alguien podría recordarle y eso le convertiría en sospechoso del crimen.
Bien pensado, lo más sensato sería abandonar cuanto antes el bar. ¿Y si Madame Ivy era de esas personas que anotaba sus citas en una agenda? A estas alturas su nombre podría estar ya en manos de la policía. Este pensamiento le heló la sangre, le aterró. Como si no tuviera suficientes problemas, sólo le faltaba verse envuelto en un crimen.
Decidió que lo mejor era marcharse. Se levantó, cogió su cazadora y echó un vistazo a su alrededor para comprobar si alguien le miraba. Nadie se había fijado en él, estaban demasiado exaltados hablando del crimen, y seguramente también por los efluvios del alcohol. En la mesa de al lado había un periódico y el suceso aparecía destacado en portada: «La vidente que no supo ver su muerte», rezaba el titular.
Aquello era una pesadilla.
Al salir se dirigió al kiosco más cercano y compró la edición de la tarde. Seguro que encontraría todos los detalles.
Sentado en su butaca favorita, Noel tenía los pies apoyados en un puf. Era uno de esos costosos sillones que te da un masaje con tan sólo apretar un botón, pero en aquellos momentos él no estaba para esas tonterías.
Le temblaban las manos, las dos. ¿Sería por la medicación? Entre ellas tenía el periódico y no estaba seguro de querer abrirlo por las páginas de sucesos.
«¿Y por qué no? Yo no he hecho nada», se dijo para tranquilizarse.
Únicamente había soñado con la muerte de la vidente y eso, de momento, no era un delito. Quizá en el futuro existiera un cuerpo de policía que se dedicara a investigar los sueños en los que se cometían crímenes. Todo era posible.
Se armó de valor y buscó la sección de sucesos.
Capítulo 16
Una no suele olvidar la primera vez que viaja sola en un avión sin más compañía que la del resto de los pasajeros, que en esos casos, más que acompañar, lo que hacen es estorbar. Aquélla, desde luego, no era la primera vez que me encontraba en esa situación, pero sí una de las más amargas de cuantas recuerdo. Regresaba de un encuentro de colegas y, aunque no esperaba descubrirle allí —a fin de cuentas, él no era psicólogo, sino psiquiatra—, mucho menos intuía que vendría de la mano de otra incauta.
Pero allí estaba él, sonriente, todo dientes, como diría una ínclita folclórica, restregándome con su presencia, y sobre todo con su acompañante, que a él no le había afectado en modo alguno mi decisión de dar por finalizada nuestra relación tras cinco años de encuentros furtivos y atormentados. Pero el psiquiatra que tanto se jactaba de conocer la mente humana ignoraba que aquella puntilla sólo serviría para reforzar mi convicción de que nuestra relación nunca había tenido futuro, especialmente porque él era reacio a dejar a su mujer y porque tampoco estaba por la labor de renunciar a otras conquistas, como aquélla que había exhibido aquel fin de semana o... como yo misma. Sin duda aquel comportamiento evidenciaba lo poco que le había importado y lo fácil que le había resultado sustituirme.
Durante años consentí en acompañarle a cuantos simposios, conferencias y congresos de psiquiatría se terciaban. Ésa era la única manera de poder pasar juntos un fin de semana, aunque fuera rodeados de tanta gente como lo estaba yo en aquel avión, prisionera de mis pensamientos. Tanto era así que muchos de sus colegas, a los que conocía sólo de esos pomposos y egocéntricos eventos, creían que yo era la esposa, la oficial, la verdadera.
Ya en el taxi, camino de casa, volví a lamentar lo idiota que había sido por no haberme dado cuenta antes de que Alberto jugaba conmigo, al igual que lo hacía con su esposa, santa ella por tener que aguantar a un hombre como aquél a su lado y a la que no merecía, como tampoco me merecía a mí. Pero, después de todo, lo importante era que al fin había abierto los ojos y, por mucho que me viniera con súplicas y ruegos, ya nunca más volvería a caer en sus brazos. Resistiría sus envites y sus estratagemas y conseguiría olvidarle igual que a un paraguas en verano.
Pero tal vez sólo me engañaba y lo que en realidad deseaba era precisamente eso, que se presentara ante mí de rodillas para decirme que había dejado a su mujer. Y digo que quizá me mentía a mí misma porque en el fondo intuía que eso no ocurriría. Alberto era una de las personas más orgullosas que había conocido y sabía que lo que en realidad le dolía no era el fin de nuestra relación, sino que hubiera sido yo quien lo hubiera decidido.
Al llegar me puse el camisón y me acosté directamente sin cenar. Estaba agotada y todavía tensa por aquel desagradable incidente. Intenté leer algunas páginas de una biografía de Jung que reposaba sobre la mesilla de noche desde hacía al menos seis meses y cuya redacción, había comprobado, tenía la virtud de inducir al sueño. En efecto, me sumí en un profundo sopor cuando todavía no había alcanzado el quinto párrafo de la página 23, que era justo el mismo de la última vez que había agarrado el libro. Me desperté dos horas después con los ojos como platos, alerta, y con una extraña congoja en el cuerpo. Había algo que me perturbaba y no sabía exactamente qué.
Quise averiguarlo. Me levanté, revisé puertas y ventanas y la llave del gas, pero todo estaba en orden. Después, me detuve a escuchar y comprobé que la vivienda, un habitáculo de unos 65 metros cuadrados, estaba en completo silencio. Mis vecinos debían de dormir plácidamente. En caso contrario me habría enterado, ya que los muros eran igual de aislantes que un librillo de papel de fumar. A veces, si me pegaba mucho a la pared, podía escuchar roncar a don Florencio, el inquilino de al lado, un hombre mayor que, según él, tenía grandes dificultades para conciliar el sueño, aunque yo tenía serias dudas sobre ello.
Me preparé una tisana e intenté relajarme. Al día siguiente me esperaba un nuevo paciente y tenía que estar descansada y en forma.
Mientras trataba de conciliar el sueño, rememoré la conversación que había mantenido con el doctor Miríada.
—Un caso complejo —dijo Gerardo Miríada por teléfono.
—¿De qué se trata? —le pregunté poniéndome en lo peor.
Gerardo Miríada solía enviarme algunos pacientes desde que su hermana acudió un día a mi consulta aquejada de unas terribles pesadillas que le impedían descansar y que habían terminado afectando a su trabajo. El caso es que lo de su hermana se solucionó de manera satisfactoria y desde entonces cada vez que alguien le comentaba que tenía problemas con los sueños me lo enviaba a mí. Les decía poco menos que mis métodos eran tanto o más efectivos que una plegaria al brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús.
—Es un paciente mío, un trasplantado de mano. Es posible que en su día escuchara algo sobre este caso en las noticias, porque este tipo de trasplantes no son muy frecuentes. La operación fue un éxito y físicamente está muy bien, pero sospecho que puede estar experimentando un principio de supuesto rechazo psicológico.
—¿Y no sería preferible derivarle a un psiquiatra?
—Eso debe decírmelo usted. Quiero que le examine y me lo aclare. Por el momento sólo tiene pesadillas, o eso dice. No sé de qué clase, porque se ha cerrado en banda y no ha querido contarme nada.
—Pues si no está dispuesto a colaborar va a ser difícil.
—No lo estaba hasta ayer. Pero me telefoneó y parecía muy angustiado. Me pidió que le recomendara a alguien especialista en interpretar sueños.
—Entiendo.
—Quizá todo se resuelva con algunas sesiones de terapia, pero debe saber que este hombre tiene un historial un tanto peculiar. Le diré a mi secretaria que le envíe una copia.
El adjetivo «peculiar», aplicado a lo que me estaba contando, sonaba mal.
—¿Peculiar? ¿Qué quiere decir? —le interrumpí alarmada.
Miríada debió escucharme resoplar al otro lado de la línea telefónica.
—No tiene de qué preocuparse. Me refiero a que ha sufrido un verdadero calvario hasta llegar al trasplante.
El tono de su voz no me tranquilizó en absoluto.
—¿Y qué más?
—Y tampoco ayuda mucho su fama. Dicen que tiene un carácter endiablado.
—¿Y lo tiene o es sólo fama?
—Lo tenía, creo. Conmigo no ha demostrado ser engreído. Pero hay quien afirma que era así antes del trasplante.
—Miríada, ¿qué quiere que haga exactamente?
—Que le examine, que intente persuadirle de que lo que le ocurre es completamente normal y que le quite cualquier idea rara de la cabeza.
—Ya.
—Pero si ve que la cosa se complica y que necesita otro tipo de tratamiento me lo dice y lo derivo a psiquiatría.
—¿Y no sería mejor un tratamiento combinado?
—Con su historial, no lo creo. Piense que ya ha pasado por las manos de todo un regimiento de médicos. En otras palabras: nos tiene fobia. Y eso no es un secreto. Me lo dijo.
—Veré qué puedo hacer, pero no le prometo nada.
—Sé que hará todo lo posible.
Saber que tenía que relajarme y estar descansada me hacía estar aún más nerviosa. Afortunadamente, la tisana hizo su efecto y después de bebérmela me sentí un poco más calmada y poco a poco mi cuerpo se fue aflojando hasta quedarme adormecida en el sofá.
Capítulo 17
Al despertar me dolía todo el cuerpo. No era de extrañar, había pasado la noche en el sofá. Comprobé que el cuello me crujía como si alguien partiera nueces junto a mi nuca y, para colmo, tenía un fuerte dolor de cabeza.
Cuando llegué a la consulta, Teresa, la amiga de mi sobrina Angela, ya estaba allí, puntual como un clavo. Teresa era estudiante y necesitaba ganar algún dinero, y a mí me venía muy bien que se encargara de tomar cita a los pacientes. No era mucho lo que le pagaba, pero, a cambio, ella podía dedicar cuantas horas precisara a estudiar. A fin de cuentas a mí sólo me interesaba que hubiera alguien allí para atender el teléfono y tomar los recados. Lo cierto es que era una muchacha despierta y le había cogido cariño, además de que había resultado ser una ayuda muy eficaz en la consulta.
Anteriormente, cuando no podía permitirme tener a nadie que me ayudara, los pacientes parecían extrañados al ver que era la propia psicóloga la que les abría la puerta y concertaba sus citas y a mí me avergonzaba explicarles que no disponía de ingresos necesarios para permitirme una secretaria. Mi presupuesto me daba para vivir ajustadamente y pagar el alquiler de aquel pequeño despacho. Poco más. A veces, a los nuevos les decía que la secretaria se encontraba de baja por maternidad. Por fortuna, las cosas empezaron a mejorar cuando se corrió la voz de que no hacía mal mi trabajo. Aquello me reportó algunos pacientes nuevos y entradas económicas con las que antes no contaba.
—¿Qué tal el congreso? —preguntó Teresa al verme aparecer por la puerta.
—Mejor no preguntes —dije con gesto resignado.
Algo raro debió de notarme en la cara.
—No has dormido bien, ¿verdad? ¿Te preparo un café?
—Sí, por favor, con un chorlito de leche condensada, ya sabes. ¿A qué hora viene el nuevo paciente?
—A las nueve, pero ya ha llegado.
—¿Cómo? ¿Dónde está?
—En tu despacho. Se presentó a eso de las ocho y veinte. Intenté convencerle de que se fuera a desayunar, pero no quiso, así que le hice pasar y le entregué las hojas para que fuera haciendo lo de la escritura.
Todavía eran las nueve menos cuarto. Odiaba que los pacientes se adelantaran a las citas asignadas, una precisaba de tiempo para meterse en el papel de psicóloga.
—Está bien —me rendí—. Cuando tengas ese café entra y pregúntale a él si desea uno.
Hice acopio de fuerzas, respiré hondo y giré el pomo de la puerta. Al verme entrar Noel se levantó y me saludó, pero no hizo amago alguno de estrecharme la mano. Sólo entonces recordé el asunto del trasplante. Lo había olvidado por completo. Intenté que no se notara, pero mis ojos se fueron directamente hacia la mano derecha, la del trasplante. No sé si él lo percibió, porque rápidamente enmendé mi error y desvié la mirada hacia la mesa.
La habitación no podía ser más pequeña, pero tenía una ventana que daba a un patio de manzana, que al menos permitía claridad. Tenía una mesa de oficina con cajones y tres butacas no muy nuevas, todas diferentes, pero cómodas; un flexo y un par de estanterías pegadas a las paredes en las que atesoraba algunos libros de consulta, así como un raquítico archivador en el que guardaba los informes de los pacientes. Había un ordenador primitivo, que rara vez utilizaba. Me resultaba más cómodo usar un portátil de segunda mano con el que iba a todas partes. El conjunto era un poco frío, debido a lo cual había colocado tres plantas sobre el alféizar de la ventana y una más sobre la mesa.
—Siéntese, por favor —indiqué haciéndole un gesto en dirección a la butaca. Entre tanto extraje mi portátil del maletín y lo coloqué encima de la mesa, sin abrirlo.
Noel accedió sin decir una sola palabra. Yo hice lo propio y deposité el historial que me había enviado Miríada encima de una carpeta que contenía un montón de papeles que hablaban sobre trasplantes. Había buscado mucha información sobre el tema tras saber que Noel era trasplantado. Me costó encontrar las gafas dentro del bolso. Como de costumbre, llevaba más objetos de los que utilizaba.
—Usted es Noel Villalta, ¿verdad? —dije mientras me las colocaba.
—Sí, eso es —contestó sin quitarme el ojo de encima.
Me miraba con fijeza, pendiente de todos mis movimientos. En ese instante Teresa llamó a la puerta y apareció con el café.
—¿Le apetece café o té? —le preguntó con una sonrisa.
—No gracias, ya he desayunado, pero si tuviera un poco de agua se lo agradecería.
—Por supuesto, ahora mismo se la traigo.
Antes de comenzar esperé a que mi ayudante trajera una botellita de agua mineral y un vaso de plástico, no quería interrupciones.
—Aquí tiene la redacción que me ha pedido su secretaria —explicó tendiéndome las hojas que le había dado Teresa.
—¿La ha firmado?
—Sí, aunque no comprendo bien para qué necesita esto y tampoco sé si será capaz de entender mi letra. Mi escritura ha variado desde el trasplante. Supongo que será por la medicación que me veo obligado a tomar desde entonces, pero incluso a mí me cuesta descifrar lo que escribo.
Era un procedimiento habitual que seguía con todos los pacientes, quienes desconocían que también había cursado estudios de grafopsicología. Aquellas muestras me eran de gran utilidad. A veces revelaban aspectos de sus vidas que ni ellos mismos se atrevían a imaginar. Sus escrituras, sus firmas y sus rúbricas me servían de guía, de brújula para conocer detalles de su comportamiento, sus anhelos y su estado anímico.
No quise entretenerme mirándola. Había que evitar que pensara que aquello tenía importancia, pero recuerdo que me llamó la atención un dibujo que había trazado en uno de los folios —seguramente por aburrimiento mientras me esperaba—, así como sus barras de las «tes» altas y largas. «Todo un carácter», pensé apartando la hoja de mi vista, como si aquel papel no fuera relevante.
—Simple rutina —repuse mientras él abría la botella y se servía el agua—. Bueno, Noel, cuénteme lo que le pasa.
—Ojalá lo supiera —respondió.
«Empezamos bien», pensé al tiempo que extraía mi cuaderno de notas del primer cajón de la mesa.
—¿No lo sabe?
—No estoy seguro.
—Bueno, pues cuénteme lo que sepa.
—Supongo que el doctor Miríada le habrá informado de que recientemente me he sometido a un trasplante.
—Sí. Y también me ha dicho que desde entonces tiene pesadillas.
—No son exactamente pesadillas, doctora —protestó—. Es mucho peor. Esos sueños parecen tan reales, tan vividos. Si sólo se tratara de pesadillas no estaría aquí, se lo aseguro. A veces pienso que me cuesta distinguir entre la vida real y los sueños. Tengo pensamientos, sensaciones y recuerdos en los que no me veo reflejado.
—¿Y a qué lo achaca usted?
—No lo sé. Todo empezó a raíz del trasplante. En ocasiones, cuando me levanto, no soy capaz de recordar algunas de las cosas que he hecho el día anterior.
Al oírle hablar me dada la impresión de que era un hombre atormentado. En lugar de sentirse feliz por tener una nueva mano, había una sombra de horror en su mirada. Se notaba que era una persona refinada, acostumbrada a la buena vida, de porte elegante y buena planta. La verdad, no estaba nada mal. Tendría sólo un par de años menos que yo. Era moreno, alto y delgado. Las facciones del rostro quizá un poco marcadas, demasiado duras, pero en conjunto resultaba armónico y agradable. Sin embargo, sus ojos verdes escondían sufrimiento. Aquel hombre no estaba en paz consigo mismo.
«Espíritu atormentado», apunté en mi cuaderno de notas.
—Es como si me hubiera convertido en un extraño. No me reconozco en algunos aspectos.
—Es normal que se sienta raro, Noel. Casi todas las personas que pasan por un trasplante sufren un proceso de readaptación. Cuénteme lo de los sueños.
—¿Usted cree que existen algunos capaces de anticipar el futuro?
—¿Sueños premonitorios? ¿Se refiere a eso?
—Sí.
—No, Noel. No creo que existan. Cuénteme algún sueño y verá cómo tiene una explicación racional.
De pronto pareció decepcionado.
Entonces me refirió un sueño que había tenido con una vidente a la que había acudido antes de someterse al trasplante y que se había cumplido. Al menos eso era lo que él creía. Aquella mujer había muerto asesinada hacía poco tiempo. Observé cómo en un momento determinado de su exposición extraía un recorte de periódico arrugado en el que se mencionaba el caso de la vidente.
—Soñé todos los detalles y algunos más que no aparecen en esta crónica —dijo tendiéndome el recorte.
A continuación me refirió una serie de pormenores a los que, sinceramente, no presté mayor atención, aunque tomé nota de ellos en mi cuaderno, más que nada para que él sintiera que alguien le estaba escuchando, ya que toda aquella historia de los sueños premonitorios se me antojaba una coraza que se había colocado para evitar contarme lo que en realidad le preocupaba. Eso sucedía a veces en la primera sesión. Los pacientes daban vueltas a cosas sin sentido para enmascarar sus verdaderos temores.
Cuando finalizó permanecí callada unos instantes por si Noel tenía algo más que añadir. A veces resultaba curioso comprobar cómo cuando algunos pacientes habían expuesto su «problema» al final añadían, como de pasada, minucias que ellos creían irrelevantes y que resultaban ser el quid de la cuestión.
En este caso no fue así.
—Un sueño interesante, Noel. No me extraña que le haya generado angustia y malestar. ¿A quién no? Pero puede estar tranquilo. Tiene una explicación lógica y coherente.
Advertí que el paciente me miraba intrigado.
—Si, como usted ha dicho, aquella mujer era una estafadora de cuidado, no es de extrañar que su inconsciente tomara nota de ello y fabulara en sueños con la posibilidad de que alguien terminara por darle su merecido. Con ello no quiero decir que esa mujer mereciera la muerte ni mucho menos, pero si se dedicaba a timar a la gente y a otros negocios turbios, el hecho de que un cliente resentido la asesinara tarde o temprano —en este caso, más bien temprano— tiene mucho sentido. La cuestión es que la casualidad ha querido que ocurriera justo después de que usted tuviera el sueño.
—¿Y la sangre que había en la cama? ¿Qué tiene que decir a eso?
—Poco, ya que no soy médico. Lo que tenía que saber sobre ello, tal y como acaba de relatarme, ya se lo explicó el doctor Miríada. Si él no le dio importancia, no seré yo quien lo haga. Pudo haber sangrado por la nariz, sin más.
Noel no se resignaba con facilidad.
—Pero ¿y todos esos detalles del crimen que le he contado? ¿Cómo es posible que los supiera si todo se debe a una casualidad?
—La mente juega malas pasadas, Noel. Cuando descubrió que alguien había matado a esa mujer, se asustó mucho, usted mismo lo ha dicho. Y al leer la prensa seguramente moldeó sus recuerdos en función de lo que había leído. En cuanto a los pormenores que me ha contado y que no han sido publicados, nunca sabremos si realmente acontecieron de ese modo.
—No lo entiendo —protestó Noel—. Si todo tiene una explicación tan diáfana como dice, ¿por qué me siento tan afectado por la muerte de esa mujer, a la que sólo había visto una vez?
—Porque es humano. Porque nadie en su sano juicio podría alegrarse de algo así. Noel, si me permite un consejo, deje de preocuparse por las pequeñas cosas y céntrese en recuperar su vida, la que interrumpió antes del trasplante.
—Mi vida era una mierda —apostilló.
Aquél sí parecía el quid de la cuestión.
Capítulo 18
Después de que Noel abandonara mi consulta y antes de recibir a la siguiente paciente, me coloqué de nuevo las gafas, busqué los folios que me había entregado y me dispuse a tomar algunas notas en mi cuaderno. Su escritura me impresionó. Negarlo sería absurdo. Se le veía tan frágil y atribulado que nadie, a menos que lo conociera a fondo, podría sospechar que Noel Villalta escondía una escritura tan compleja como la que tenía en mis manos. Lo primero que captó mi atención fueron los rasgos desproporcionados que presentaba aquel escrito, lo que lo convertía, posiblemente sin conocimiento de su dueño, en un ejercicio de caos. No hacía falta tener conocimientos profundos de grafopsicología para advertir que algunas de las letras no guardaban las proporciones adecuadas. Mis años de experiencia me decían que la hipertrofia de letras o de partes de ellas revelaba un desequilibrio interno y observando aquel conjunto de despropósitos no era descabellado pensar que Noel era de esas personas que tienden a deformar las cosas o que sacan conclusiones que no se ajustan exactamente a la realidad, sino a una realidad acorde a sus intereses. Además, indicaba cierta propensión a dejarse dominar por los impulsos. Me alarmó aún más descubrir otra faceta negativa en aquella muestra caligráfica. Estaba plagada de desigualdades de todo tipo. Aquél era un indicio de falta de homogeneidad y armonía. Constituía, en definitiva, una señal de desequilibrio y de escaso control sobre las reacciones.
Otro detalle a considerar eran los numerosos ángulos o movimientos triangulares presentes en el escrito. Dichos gestos gráficos descubrían que mi paciente intentaba ejercer una resistencia, un bloqueo interno, sobre sus impulsos. Aquello en sí mismo no tendría por qué constituir una señal de peligro, pero junto a otros rasgos negativos representaba dificultades de adaptación, rechazo e insatisfacción manifiesta. Todo ello, por lo general, terminaba degenerando en frustración, que a su vez daba paso a la ansiedad y la angustia, lo cual podría acabar desembocando en un comportamiento agresivo.
Me habían enseñado —y siempre procuraba tenerlo muy presente a la hora de realizar un informe— que un rasgo por sí solo no indica nada, por lo que no era recomendable evaluarlo de manera aislada. Cada gesto gráfico puede tener significados positivos, negativos o neutros, pero siempre debe ser contrastado con otros. Y, en este caso, por desgracia, sí había otros que complicaban aún más, si cabe, la interpretación de la peculiar escritura de Noel.
Recuerdo que apunté en mi cuaderno «escritura lanzada y acerada», pero el tiempo había pasado en un suspiro y antes de poder concluir mis anotaciones se presentó la siguiente paciente, una mujer que vivía condicionada por una serie de pesadillas recurrentes cuya temática principal era su madre fallecida, con la que no había congeniado mientras vivía.
Después de una fuerte discusión —y a pesar de la avanzada edad de su progenitura—, la mujer la había abandonado a su suerte hasta que un día le avisaron de que había aparecido muerta en su domicilio sin que nadie se hubiera percatado de ello en tres meses. Había sido el olor el que había alertado a los vecinos de que algo extraño ocurría en el 5Q izquierda.
Como consecuencia, mi paciente vivía afligida por la culpa y los remordimientos. Estaba convencida de que podría haber evitado aquel fatal desenlace, que se había desencadenado por una mala caída, y no paraba de lamentarse y mortificarse por todo el daño que, según decía, le había infligido a su difunta madre.
Cada vez que venía a consulta refería todo un repertorio de sueños en los que la madre se le aparecía para hostigarla y vilipendiarla hasta tal punto que había cogido miedo a quedarse dormida, cosa que sucedía con cierta frecuencia durante el día, ya que por la noche apenas era capaz de pegar ojo. Después de varios meses habíamos logrado que sus sueños tuvieran un carácter un poco más amable. La madre ya no se presentaba para insultarla, únicamente se limitaba a retirarle el saludo y a mirarla con hostilidad, así que resolver su caso era sólo cuestión de tiempo.
He de reconocer que en esa sesión apenas le presté la atención debida. La escuché, eso sí, desahogarse de manera mecánica, como un autómata. Tenía aprendidos algunos gestos para aquellas situaciones que me salían con naturalidad. No lo hacía a propósito, desde luego, pero aún tenía en la cabeza aquellos rasgos acerados de la escritura de Noel que, sin embargo, no encajaban con lo poco que conocía de él. Había algo en aquel paciente que despertaba ternura.
Por mucho que su escritura revelara una personalidad sociopática y, posiblemente, agresiva, me resistía a creer que aquel individuo fuera capaz de matar a una mosca. Pensaba, eso sí, que exageraba y que incluso fabulaba al referirse a la vidente asesinada, pero tal vez esta actitud era sólo su manera de pedir auxilio frente a una existencia llena de insatisfacciones. ¿No había dicho él mismo que su vida era un asco?
En cuanto mi paciente abandonó la consulta, le pedí a Teresa que no me pasara llamadas.
—¿Ha telefoneado alguien mientras estaba en consulta? —pregunté, asomando la cabeza por la puerta de mi despacho, como quien no quiere la cosa.
Teresa no sabía nada de mi relación con Alberto. Lo conocía porque a veces venía a buscarme, pero nada más. Creía que existía un trato sólo profesional. Por su bien y porque en el fondo no me parecía ético lo que hacíamos, la mantuve al margen de mis problemas. No quería convertirme en un mal ejemplo ni que cambiara su opinión sobre mí. Me había dado cuenta de que en cierto modo me admiraba. Y, además, era amiga de mi sobrina. Si se enteraba del asunto no tardaría en irle con el cuento. Y de ahí a que se enterara el resto de la familia había un paso.
—No —contestó Teresa abandonando sus apuntes—. ¿Esperabas la de alguien en concreto?
Sí, claro que sí. En el fondo albergaba la esperanza secreta y vana, por ese orden, de que Alberto hubiera telefoneado, aunque fuera con alguna de sus múltiples y rastreras excusas médicas, pero al parecer estaba muy ocupado con su nueva conquista, ya que también comprobé que no tenía llamadas perdidas suyas en mi móvil. Aunque aquello supuso una nueva decepción, en el fondo me alegré de que no diera señales de vida. Y, por mi parte, no tenía intención alguna de levantar el auricular para saber de él.
Antes muerta.
—No —mentí como una bellaca—. Era por saber si había alguna consulta más.
—No tienes más pacientes hasta las cinco.
—En ese caso, no me pases llamadas, a no ser que llame el doctor Miríada o su secretaria.
Cerré la puerta y me sumergí de nuevo en la escritura de Noel. En ese instante tuve el pensamiento fugaz de que me estaba refugiando demasiado en mi trabajo y mis pacientes. Me servían de parapeto para no pensar en Alberto y aquello no era bueno, pero rápidamente desterré esa idea, pues me incomodaba. Tomé de nuevo la redacción de Noel Villalta y comencé a estudiar los rasgos acerados que contenía. Dichos gestos eran impulsos incontrolados y estaban presentes en los trazos finales de las palabras y en algunas letras, pero sobre todo se observaban en las barras de las «tes», que acababan en puntas afiladas como agujas y que suponían una descarga de fuerza o tensión, generalmente de carácter agresivo, que podía manifestarse verbal o físicamente y de manera incontrolada. Aquello significaba que Noel podía ser de esas personas que utilizan la dialéctica para ofender y humillar a los demás o, tal vez, de las que pasan a la acción física.
El tipo de agresividad que manifiestan las personas que tienen rasgos acerados tenía mucho que ver con el ambiente gráfico, con el conjunto de la escritura. En personas cultivadas, los contenidos agresivos podían limitarse sólo al ámbito de la fantasía. Quizá éste era el caso de Noel, ya que por su historial sabía que pertenecía a una familia pudiente, que había crecido en un ambiente refinado y que había estudiado en buenos colegios.
Sin embargo, el conjunto de su escritura no podía ser más negativo. Mi paciente tenía una inteligencia penetrante, de eso no cabía duda, así que tal vez su agresividad se limitara «únicamente» a desarrollar un espíritu crítico y mordaz, capaz de hacer llorar a quienes le rodeaban con tan sólo el uso del lenguaje. «¿Sadismo verbal?», anoté en mi cuaderno.
Era posible que la agresividad latente que destilaban sus rasgos acerados pudiera afectar a sus fantasías. ¿Y qué eran si no los sueños? ¿Escondía Noel su faceta agresiva en ellos? ¿Había deseado inconscientemente acabar con la vida de la vidente y por eso la había matado en su pesadilla?
En cualquier caso, en función de lo que estaba observando, juzgué que existían en él impulsos difíciles de frenar, aspecto ratificado en que además desarrollaba una escritura lanzada, es decir, proyectada hacia la zona de la derecha, el área que se refiere al trato con los demás. Noel era una persona impaciente y cuando quería algo lo quería de inmediato. Verdaderamente, con un carácter así, tenía que haber sufrido mucho al perder su mano y sobre todo al ver que no podía restituirla con su dinero. Quizá por eso había llegado al trasplante cuando la mayoría de la gente que perdía una sola mano se conformaba con una prótesis más o menos avanzada.
El desorden de su escritura y lo mal organizada que estaba tampoco eran puntos a su favor. Me fijé en que había un dibujo junto a la firma. Tal vez había concluido el ejercicio de redacción demasiado pronto y se aburría. Extraje del cajón una lupa que me había regalado mi padre y lo examiné con detenimiento. Noel había dibujado algo parecido a una vasija o acaso un cántaro. A su lado había escrito «Toni» varias veces y lo había subrayado. Era algo parecido a lo que hacen muchas personas mientras hablan por teléfono. Hay a quien le da por escribir su nombre, otros pintan dibujitos, flores, corazones, etc., elementos, a la postre, que salen de la mano con facilidad y casi de manera inconsciente.
¿Quién era el tal Toni? ¿Su padre? ¿Su tío? ¿Un amigo?
Por su historial sabía que no tenía hermanos. Había leído que sus padres y su hermana habían fallecido en un accidente y que debido a ello Noel se había criado con sus tíos.
«Indagar sobre Toni», anoté.
Capítulo 19
Noel acababa de entrar en el restaurante, un local en la parte alta y noble de la ciudad. Chez Maximilian era uno de los establecimientos más refinados y selectos a los que alguien con mucho dinero podía acudir. En caso contrario, mejor no intentarlo.
El maître le saludó de manera ceremoniosa, como un lacayo, y le preguntó cómo se encontraba al tiempo que recogía su gabardina. Quizá había sobreactuado, pero sabía que Noel era uno de esos clientes que convenía conservar, de los que hacían gasto y ofrecían suculentas propinas, aunque últimamente no se hubiera dejado caer mucho por la chez. Atrás habían quedado los días en los que Noel acudía junto a Miriam o su grupo de estirados amigos del club de campo y pasaban la noche disfrutando de la suculenta comida y la amplia selección de champañas franceses; amistades que ya no conservaba.
El blanco y el negro eran los colores predominantes. La decoración, sencilla y elegante, con algunos toques zen. Las mesas, dispuestas con pulcritud y velas encendidas, no muy cerca unas de otras, para poder departir a gusto sin que el comensal de la mesa de al lado se enterara de lo que allí se hablaba. Al fondo, junto a un gran ventanal desde el que se divisaba toda la ciudad, estaba la suya.
Noel se sentó a la mesa y se disculpó por el retraso. Sus tíos habían llegado cinco minutos antes. Había una joven sentada junto a su tía. Era Patricia, la mujer que, según sus tíos, le convenía. Acaudalada, hermosa, culta y divertida. Eso era al menos lo que ellos pensaban de la joven y así se la habían descrito cientos de veces hasta persuadir a su sobrino para que asistiera a un encuentro entre ambos, pero él no parecía en absoluto convencido. Si había acudido esa noche era sólo por ellos, por la gratitud que sentía hacia sus familiares, los únicos que no le habían dado la espalda durante su largo y penoso calvario.
* * *
—¿Qué te cuesta venir y conocerla? —preguntó su tía.
—Es que no quiero conocer a nadie —contestó Noel con la mirada baja.
—Ella es diferente. Para empezar no querrá tu dinero porque a su familia le sobra tanto o más que a nosotros...
—No es eso, tía —le interrumpió—. Tú no puedes entenderlo.
—¿Qué pasa, Noel? Te veo muy apagado.
—No es una cuestión de dinero, es algo diferente. Me siento inseguro y extraño desde el trasplante y no creo que esté preparado para iniciar una nueva relación.
—¿Es por Miriam? ¿Aún la echas de menos?
—No, no es por ella. Soy yo. ¿Quién me va a querer con la mano así?
Noel se remangó la camisa y le mostró el brazo cubierto de cicatrices. No lo hacía con frecuencia. Por lo general, escondía su mano con un guante. Ella lo miró y le quitó importancia.
—Lo tienes mucho mejor de lo que imaginaba. Desde luego ese cirujano es fantástico. Anda, anda, déjate de tonterías, Noel. ¿Quieres complacerme, verdad?
—Sabes que por ti y por el tío haría lo que fuera.
—Pues entonces ven mañana a cenar con nosotros. Después, si no congeniáis, cada uno por su lado. No tienes que casarte con ella, sólo conocerla —dijo con una sonrisa.
—Lo hago por vosotros, que conste.
* * *
Y ahí estaba, sentado a la mesa en una situación embarazosa, sin saber qué decir. Pero enseguida comprobó que no era el único, a ella le ocurría lo mismo. La observó jugar con los cubiertos, estaba nerviosa, no sabía qué hacer con las manos y fijaba la mirada en el plato. «A saber con qué malas artes la habrán hecho venir», pensó.
Fueron sus tíos quienes soportaron el peso de la conversación, que no terminaba de arrancar. Patricia sonreía tímidamente y asentía con la cabeza una y otra vez, como si no tuviera opinión propia o como si temiera que no resultara adecuada. Y Noel aprovechó la circunstancia para pasar revista sin que ella lo advirtiera. «Es mona de cara», se dijo. «Buenas tetas, buen cuerpo y ojos dulces», pensó, aunque no le acababa de gustar su manera de vestir, un poco ñoña.
Ahora hablaba Damián, el tío de Noel. Inició el tema de las vacaciones. Le preguntó a Noel si iría ese año a la villa que tenía en la Costa Azul, una propiedad heredada de sus padres. Respondió que no lo sabía aún. Para él todos los días eran festivos y tampoco podía hacer viajes largos por la rehabilitación.
Noel advirtió, ahora que la conversación giraba en torno a él, que era Patricia quien le observaba. Primero dirigió la mirada hacia sus manos, intentando descubrir cuál era la que no le pertenecía, la que había heredado de un muerto. Actuó con disimulo, pero no con el suficiente, porque Noel se había dado cuenta. Para eso tenía los sentidos siempre alerta, como cuando la psicóloga se fijó en la mano nada más entrar en la consulta. Noel había sido consciente de que enseguida había retirado la vista, como si hubiera cometido una falta. Él suponía que no lo hacían por nada perverso, que sólo sentían curiosidad. La misma que hubiera sentido él de estar en su lugar. En la sociedad algunos trasplantes continuaban siendo tabú.
Al final la cena resultó agradable, pero Noel intuyó que aquélla no era su chica. Encantadora, pero demasiado inocente para todo lo que él había vivido. Como un caballero, la llevó a su casa y se despidió con un par de besos en la mejilla. Quizá con el tiempo se convertiría en una buena amiga. Y ella parecía aliviada. Noel sonrió. Algún día le preguntaría cómo la metieron en aquella encerrona.
Tan pronto la dejó, volvió el otro, el intruso. Lo notó. Cada vez regresaba de manera más brusca e intentaba hacerse con su cuerpo... con su mano.
Cuando Noel se subió en el coche era casi la una y media de la madrugada. Lo supo porque miró el reloj del salpicadero. Arrancó su porsche y se dirigió despacio hacia su casa.
Anda con paso decidido, como si conociera el camino. La luna se asoma tímidamente entre las nubes. La calle está tranquila. No hay nadie paseando. Caminar por allí a esas horas puede resultar aventurado. Pasa junto al portal de Madame Ivy, pero esta vez no se detiene. Continúa calle abajo, buscando el río.
Y una nueva presa.
Pronto lo alcanza. Al fondo ya se intuye la silueta del viejo puente. La luna, que por fin ha salido de su escondite, permite una tenue claridad, la suficiente si sabes lo que vas a hacer.
Extrema las precauciones y comprueba que no hay nadie en los alrededores. Mientras, se aproxima al puente como lo hace un felino a una gacela. Ya está cerca de su objetivo. Puede divisar el cochambroso colchón sobre el que descansa el castigado cuerpo de su víctima.
Avanza agachado y se sitúa más cerca. Si alargara su brazo enguantado podría rozar su envoltura y hasta su alma. De un tirón le arranca la sábana, pero él no se despierta. Está tan agotado y enfermo que podría estallar una bomba a su lado sin que el viejo se inmutara. Lo agarra por el cuello y lo arrastra hacia la pared del puente. Ahora sí se despabila, pero no es capaz de entender lo que está ocurriendo. Mira a su atacante con estupor, con incredulidad y éste golpea su cabeza contra el muro una y otra vez hasta hacerlo sangrar.
El viejo quiere gritar, pero no puede, le flaquean las fuerzas por la fiebre. En otro tiempo y en otras circunstancias habría sabido cómo defenderse, pero ahora no halla la forma de desasirse de aquel ataque. Al observar sus ojos comprende que va a matarle. Con el siguiente golpe, el viejo pierde el conocimiento. Casi mejor, así no podrá intuir lo que su asesino pretende hacerle.
Al ver que su víctima está fuera de juego saca una navaja y le corta el cuello con destreza. A continuación, recoge un periódico viejo del suelo y lo enrolla hasta conseguir algo parecido a una brocha. Lo moja en la copiosa sangre que mana del cuello de su víctima y dibuja algo en la pared. Luego mueve el cadáver y lo sienta contra ella, como una broma macabra. Extrae algo del bolsillo, una nota que ha escrito antes, y la deja sobre su pecho.
Se incorpora y pasa revista a su alrededor.
Todo en orden.
Noel despertó súbitamente al escuchar el sonido del claxon. Había debido de quedarse dormido sobre el volante del coche. Estaba desorientado, confuso. Oteaba el exterior y veía que estaba justo frente a la puerta de su casa. Se preguntaba cómo había llegado allí si no recordaba nada más que ese espantoso sueño.
No imaginaba cómo había podido quedarse dormido al volante. No le había pasado nunca. «¿Será por la medicación?», se preguntó. Sentía la fuerza de un martillo golpeándole la cabeza sin respiro. Antes de bajar del coche miró el reloj en el salpicadero. Eran casi las cuatro. «¿Cómo es posible?», se preguntó alarmado.
Se miró en el espejo retrovisor. Su rostro estaba congestionado.
Ya en casa, se desnudó. Al quitarse la camisa, vio salpicaduras de sangre.
Capítulo 20
Después de terminar mi jornada en la consulta me dirigí hacia el «parque de las esfinges». Solía hacerlo a menudo, sobre todo cuando el tiempo acompañaba, y aquélla era, sin duda, una tarde deliciosa para pasear o simplemente sentarse en un banco al sol.
Aquel lugar era uno de los más hermosos que jamás había visto. Tras una gran cancela de hierro herrumbroso se escondían unos jardines idílicos y misteriosos, aunque, de manera incomprensible, poco concurridos. ¡Lástima no tener con quien compartirlos! Era cierto que alguna vez había acudido a ellos en compañía de Alberto, pero cada vez que lo hacíamos nos veíamos obligados a abandonarlos, pues él, al parecer, vivía aquejado de varias alergias. No sé si yo era uno de los agentes alergógenos que tanto malestar le causaban o quizá lo que de verdad le provocaba tanto rechazo era que la situación pudiera desembocar en un instante romántico y le pidiera que abandonara a su mujer por mí, cosa que nunca llegué a hacer. En cualquier caso, esos jardines me encantaban y los visitaba siempre que se presentaba la ocasión.
Antes de entrar me hice con el periódico de la tarde y, aunque era un poco pronto para cenar y tarde ya para merendar, compré un perrito caliente en el puesto que había justo antes de cruzar la colosal verja coronada por grandes puntas, como las de la escritura acerada de Noel.
Estaba harta de la consulta y hambrienta. Me había quedado allí toda la mañana y buena parte de la tarde esbozando el informe grafopsicológico y necesitaba un respiro.
No podía quitarme de la cabeza todo lo que había descubierto y, de hecho, si había comprado el rotativo había sido con el ánimo de buscar información sobre el crimen de la vidente, no fuera a resultar que el recorte de prensa que Noel me había facilitado aquella mañana fuera falso, que aquel suceso jamás hubiera ocurrido y que todo se hubiera debido a una simple fantasía de su trastocada mente. De haberse producido, como afirmaba mi paciente, un asunto como aquél tenía mucha miga como para que la prensa lo hubiera dejado escapar de puntillas. Y el recorte, publicado días atrás, apenas contenía información útil, tan sólo algunos datos básicos.
El «parque de las esfinges» en realidad no se llamaba así. Lo denominaba de este modo porque había varios de estos seres mitológicos de inspiración egipcia diseminados por el recinto. Había contabilizado al menos seis, pero sospechaba que había algunos más. Varios de ellos eran muy fáciles de descubrir, como uno del tamaño de un utilitario que actuaba como guardián nada más atravesar el umbral de la puerta, pero otros se encontraban bastante escondidos y había que saber dónde buscarlos.
Inexplicablemente, nadie se había tomado la molestia de colocar un letrero que contara la historia del recinto, así que terminé por crear una que, a buen seguro, nada tenía que ver con la verdadera. Cuando de pequeña accedía a los jardines me imaginaba que cada una de las esfinges escondía una pista y que quien fuera capaz de localizarlas todas se vería recompensado con un tesoro. Sé que es una historia infantil y absurda, pero a mí me gustaba pensar que aquellos monstruos híbridos de humano y león cumplían algún cometido.
Había pasado buena parte de mi niñez jugando en aquel parque. Quedaba razonablemente cerca de la casa en la que años atrás había vivido con mis padres y no distaba mucho de mi consulta, así que consideraba el recinto parte de mi infancia y mi juventud. Casi era mío.
Antes de abrir el periódico me comí el perrito caliente con ansia. No entendía por qué los hacían cada vez más pequeños y su precio era cada vez más elevado. Apenas desapareció en tres mordiscos. Me había quedado igual o peor que antes, pero no sucumbí a la tentación de salir a por otro. A pesar de mis esfuerzos por no mancharme, al final tenía las manos pringosas. La servilleta que me habían entregado en el puesto era de ésas casi translúcidas y enanas que no sirven para nada, así que rebusqué en mi bolso —que, por lo antiguo y grande más bien parecía el baúl de la Piquer— una toallita de limón que me habían dado en algún restaurante. Recordaba haberla metido al menos dos meses atrás junto al montón de objetos inservibles que portaba a diario como una pesada cruz. Me había prometido varias veces hacer limpieza, pero nunca veía el momento. Después, extraje las gafas y empecé a hojear el periódico en busca de alguna información sobre el caso de la vidente asesinada. Y sí, el crimen era real, aparecía destacado con grandes titulares en la sección de sucesos. Al menos en eso Noel no había mentido.
Tras concluir la lectura del artículo, revisé con incredulidad el periódico. Quería asegurarme de que efectivamente había comprado la edición de la tarde. Tal vez el kiosquero me había entregado por error la de la mañana, pero pronto descubrí que quien estaba equivocada era yo... aquel rotativo acababa de distribuirse y era imposible que Noel lo hubiera leído antes de entrar a mi consulta. Más tarde supe que en los principales periódicos de la mañana tampoco se había publicado información alguna sobre el asunto.
Nerviosa, rebusqué en mi cuaderno las notas sobre el caso y todos los pormenores que Noel Villalta me había proporcionado sobre su sueño y, en especial aquellos detalles que soñó, pero que —según me refirió—, no habían sido publicados. Mientras daba con ellos me maldije por no haberle prestado mayor atención. Estaba tan convencida de que lo que me había relatado tenía una explicación lógica que no presté interés alguno a lo que en ese momento consideré insignificante. Por suerte, tenía la buena costumbre de anotar casi todo, hasta minucias como la ropa que llevaban mis pacientes o si habían cambiado la montura de las gafas.
Sin embargo, durante algunos segundos me sentí desorientada. ¿Lo que había leído en la prensa se correspondía con lo que Noel me había confiado durante la consulta o era mi imaginación la que había adaptado la historia hasta hacerla coincidir?
Las notas no mentían. En ellas estaba la verdad. Y lo cierto era que casi prefería no saberla, porque aquel hallazgo venía a desmembrar la columna vertebral de su caso y de mis creencias. Noel no había mentido, ni siquiera fabulado al hablar de Madame Ivy. Había descrito varios detalles triviales, pero lo suficientemente precisos como para tomar en serio su testimonio. Y, para colmo, todo eso contradecía su perfil grafopsicológico.
El primero de los datos era el del arma homicida. Noel había explicado que el asesino había utilizado un pañuelo de seda y, según la policía, el criminal había empleado un fular o un pañuelo. «Bueno —me dije—, quizá había sido lo primero y no lo segundo.» Pero también estaba el asunto de los guantes. Noel había referido, y así lo había apuntado, que el asesino llevaba esa prenda en el momento del crimen. Asimismo, mi paciente había especificado que aquel hombre había llamado al timbre. Y la policía pensaba lo mismo. Eso o que quizá había usado una llave, porque la cerradura no estaba forzada. Y luego estaba aquel detalle sobre los ojos de la víctima, por no mencionar el del símbolo en la frente.
Los sueños premonitorios no existen.
Eso, al menos, era lo que me habían enseñado y lo que había ido comprobando a lo largo de mi carrera profesional. Tampoco es que ésta fuera demasiado dilatada, pero jamás me había topado con un solo caso que pudiera revestir algún aspecto de supuesta paranormalidad.
Hasta ahora.
El caso de Noel venía a refutar mis estudios, creencias y mi propia experiencia, porque o bien Noel barajaba fuentes policiales, cosa que dudaba, o había estado allí —¿en sueños?— para ver lo que ocurría en el interior de la casa de aquella infortunada mujer.
Capítulo 21
Cuando Noel abrió los ojos casi había olvidado los extraños acontecimientos de la noche anterior. Pero los hechos indicaban que se había quedado dormido sobre el volante y no sabía de qué manera había llegado a casa. Además, estaba ese sueño del «poeta loco». De no ser por la camisa salpicada de sangre que reposaba ahora sobre la butaca de su dormitorio, creería que todo había formado parte de una gran pesadilla; que nunca había estado con sus tíos en la chez ni había conocido a la dulce e ingenua Patricia. Pero las manchas rojas —ya marrones— desperdigadas por su camisa blanca eran tan reales como la medicación que estaba a punto de ingerir.
Noel se introdujo tres pastillas en la boca y las tragó con la ayuda de un vaso de agua. Por fortuna, le habían rebajado las dosis. Era una buena noticia. Al principio la medicación inmunosupresora le había obligado a salir a la calle con una mascarilla. Así había sido al menos durante los primeros meses, porque la función que cumplían los inmunosupresores consistía, precisamente, en aplacar las defensas del organismo para evitar que atacaran al agente extraño que había sido introducido en su cuerpo, al nuevo órgano que se había instalado en su vida. Y ya le habían advertido que tener las defensas al mínimo le iba a convertir en un ser vulnerable a toda suerte de infecciones.
Noel se preguntó si la sangre que había en su camisa procedía de la nariz, como había sugerido en su día el doctor Miriada, o si su origen era otro. No conocer la respuesta le inquietaba, le angustiaba y le hacía sentir horror de sí mismo. Necesitaba pensar que todo había sido un mal sueño, una desafortunada pesadilla generada por la ansiedad que padecía desde que recibió la mano del muerto y con ella un legado de incertidumbre al ignorar quién había sido el otro.
«Un hombre generoso y bueno», le había dicho Miríada en cierta ocasión.
Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si el donante no fue alguien bueno ni generoso?
«¿Qué importa cómo haya sido?», se cuestionó al salir de la ducha. Noel no dejaba de pensar en este asunto, empezaba a obsesionarle. A él le habría dado igual si no fuera por el hecho de que tenía que contemplar a todas horas la mano de alguien a quien no había conocido. Y utilizarla, ejercitarla, notarla. Y cada vez la sentía más. Estaba recuperando la sensibilidad perdida, pero el órgano seguía sin estar integrado en su cuerpo.
«Si está muerto, ¿qué puede importarle que uses su mano? —se repetía para tranquilizarse—. Si no hubiera querido, no se habría ofrecido como donante y si su familia no lo hubiera consentido ahora no tendrías su mano.» Y tenía razón, ese trasplante no era como los demás. Debido a lo especial del órgano que había recibido, por todo cuanto implicaba, los familiares debían aceptar expresamente esa donación. No era como un corazón o un hígado. Ese upo de órganos, no visibles, ya se habían convertido en rutina. La mano, no. Sin ser un miembro vital, sin cumplir una función necesaria para que haya vida, era esencial.
Noel se miró la mano. Estaba bien, un poco pálida, quizá, pero las cicatrices se encontraban más atenuadas, aunque sabía que siempre le acompañarían. Había recuperado movilidad. No se parecía a la que había tenido, pero sus progresos eran espectaculares. Lo había dicho el equipo médico de Miríada, y era verdad. Ya podía conducir, coger el teléfono y desarrollar otras muchas funciones que antes le habían sido vedadas. Pero aunque los médicos hablaban de «progreso espectacular», Noel, a veces, la sentía como un pegote, un elemento de un collage que no acababa de encontrar su posición.
Ahí estaban los temblores de nuevo.
Su pulso ya no era el que había sido. La medicación a veces le provocaba temblores fuertes que no podía controlar, así que prefería no ver la mano y se colocaba el guante. En teoría lo hacía para no tocar algo indeseado, pero la verdad era que lo utilizaba como escudo protector, igual que el Capitán América no se separaba del suyo.
Después acudió como cada día a rehabilitación.
Allí callaba, sonreía, se mostraba sumiso y complaciente. Hacía lo que se le pedía. La rehabilitación le ayudaba a no pensar. Por mucho que intentara imaginarlo, nadie podía entender por lo que estaba pasando. Su mano, en perfecto estado. Eso era lo único que debería haberle preocupado, pero vivir así no era tan sencillo.
Después de la rehabilitación se acercó caminando a una gran librería en el centro. Estaba dentro de uno de los edificios más emblemáticos y extraños de la ciudad, la Torre Quebrada, que recibió ese nombre porque su creador se rompió la espalda mientras lo construía a finales del siglo XVIII. Paradójicamente, ese inmueble que se alzaba ante los ojos de Noel no podía ser más sólido ni transmitir mayor firmeza. Sin embargo, Noel se sentía desvalido, a punto de quebrarse, como la espalda del arquitecto.
No podía quitarse de la cabeza la escena brutal en la que aquel hombre golpeaba una y otra vez a ese pobre e indefenso mendigo. «Un deseo reprimido», así despacharía la cuestión la psicóloga que había empezado a visitar. Y eso es lo que Noel deseaba creer.
Después de haberse perdido varias veces y de haber preguntado otras tantas por los libros de temática religiosa, por fin se hizo con un ejemplar de la Biblia. El sueño con el «poeta loco» le había hecho recordar algo. Tenía pendiente la lectura de uno de los episodios del Génesis.
Noel se dirigió hacia la caja y sacó su tarjeta con intención de pagar. La chica que le atendió le sonrió de manera afable, pero demudó su rostro cuando vio la mano del otro. En ese momento no llevaba el guante; hacía calor. Agachó la cabeza con discreción y le tendió el cargo para que lo firmara. Él lo hizo, pero no reconoció su firma. También se había transformado, igual que su vida a raíz del trasplante.
Después salió de la tienda y cruzó de acera. Caminó como una sombra, sin rumbo fijo, no tenía ganas de volver a casa. Necesitaba sentirse parte de la sociedad que le rodeaba, precisaba del contacto con los demás; se sentía solo. El centro parecía un hormiguero. La gente, al contrario que él, sabía adonde se dirigía, o eso parecía a juzgar por el frenesí con el que caminaba. Noel se detuvo unos segundos. Dudó. Al fin se metió en un viejo café de los de toda la vida y pidió un batido de vainilla y una botella de agua. Mientras esperaba, extrajo el ejemplar de la Biblia que había comprado. Era un libro sobrio de cubiertas negras, editado en cartoné. Una cruz dorada ocupaba el centro de la portada.
Lo revisó hasta familiarizarse con él y buscó la parte del Génesis que cuenta la historia de Esaú y Jacob. En el capítulo 25 aparecía narrado su nacimiento. Tal y como el «poeta loco» le había anunciado estos personajes bíblicos eran mellizos.
«Dos naciones hay en tu seno, y dos pueblos saldrán de tus entrañas; el uno será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor.»
Así se lo anunció Yaveh a Rebeca, una mujer estéril, esposa de Isaac, cuando fue a pedirle ayuda para poder concebir un hijo. Y el Señor no sólo escuchó su plegaria, sino que le otorgó dos: «Cuando cumplieron los días del alumbramiento, resultó que había dos mellizos en su seno. Salió el primero, pelirrojo, todo él velludo como una pelliza, se le llamó Esaú. Después salió su hermano, con la mano asida al talón de Esaú, y se le llamó Jacob».
Cuando el camarero depositó el batido sobre la mesa Noel ni siquiera se inmutó, continuaba leyendo sin levantar la vista del libro. De momento no había visto nada que pudiera serle de utilidad. De hecho, él nunca había tenido un hermano, sólo a la pequeña Sandra. Pero ella ya no estaba.
Y prosiguió.
Al parecer, ambos niños crecieron sanos y fuertes. Esaú era un buen cazador y el preferido de su padre. Jacob, en cambio, era un hombre tranquilo, cualidad que valoraba mucho más su madre. De este modo se generó una cierta rivalidad entre ambos. Dicha competencia se estableció también porque Esaú, al haber nacido primero, ostentaba la primogenitura, cosa que molestaba a Jacob hasta el punto de querer suplantarle.
Esto sucedió cuando el padre envejeció y perdió la visión. Isaac llamó entonces a su hijo mayor, a Esaú, y le pidió que tomase sus armas y cazase una pieza. Después debía guisarla y traérsela. Así recibiría su bendición. El hijo obedeció, pero Rebeca, que había escuchado toda la conversación, se adelantó y le pidió a su hijo pequeño que le trajera dos cabritos del rebaño familiar para que ella los cocinara al gusto de su padre. A continuación tendría que llevarle los guisos a Isaac.
Y tenía que hacerlo antes de que su hermano Esaú regresara con su ofrenda.
«Mira que Esaú, mi hermano, es hombre velludo y yo lampiño; si me palpa mi padre, me tendrá por un impostor y atraerá sobre mí una maldición en vez de una bendición», contestó Jacob en buena lógica.
Sin embargo, Rebeca tenía todo bien planeado y le convenció para que llevara a cabo el engaño.
«Tomó Rebeca los mejores vestidos de Esaú, su hijo mayor, que ella guardaba en casa, y vistió con ellos a Jacob, su hijo menor; y con las pieles de los cabritos recubrió sus manos y la parte lampiña de su cuello. Luego puso los guisos que había preparado y el pan en manos de Jacob, su hijo, el cual se presentó a su padre, diciéndole: "Padre mío". Respondió: "Heme aquí, ¿quién eres tú, hijo mío?" Le contestó Jacob: "Soy Esaú, tu primogénito; he hecho como me dijiste. Levántate ahora y siéntate; come de mi caza para que me bendigas". Dijo Isaac a su hijo: "¡Qué pronto la hallaste, hijo mío!"
Y él contestó: "Yaveh, tu Dios, me la puso delante". Dijo Isaac a Jacob: "Acércate para que te palpe, hijo mío, para comprobar si eres mi hijo Esaú o no". Se acercó Jacob a Isaac, su padre, quien le palpó, y dijo: "La voz es de Jacob; pero las manos son de Esaú". Y no le reconoció, porque sus manos eran velludas como las manos de Esaú, su hermano, y lo bendijo. Después preguntó: "¿De verdad eres tú mi hijo Esaú?" Respondió: "Sí, lo soy".»
Noel apuró con una pajita el poco batido que aún restaba en el vaso y respiró hondo. No acababa de entender el sentido de aquella narración, porque si Jacob se había hecho pasar por su hermano para conseguir la bendición del padre y eso tenía algo que ver con su historia, él no tenía hermanos que pudieran suplantarle o a los que suplantar, ni tampoco padre al que agradar.
Capítulo 22
Eran poco más de las nueve de la mañana cuando recibí la llamada del doctor Miríada. Como era lógico, quería saber qué tal me había ido con su paciente y si el caso revestía suficiente gravedad como para iniciar otro tipo de acciones.
—No creo que sea necesario —comenté tras dar un sorbo a mi café matutino—. Lo único que le ocurre es que protagoniza desagradables pesadillas.
Sobre la mesa había un paquete envuelto con papel de Mont Bonjour, una pastelería cercana a la consulta que, aunque muy poca gente lo supiera, concebía posiblemente los mejores bollos de la ciudad. Antes de entrar había comprado un par de cruasanes, uno para Teresa y otro para mí. A veces era ella la que sin decir nada aparecía con suizos o donuts, lo cual me daba pena, sobre todo teniendo en cuenta su precaria situación económica, pero las cosas no estaban muy boyantes como para aumentarle el sueldo.
—¿De qué clase? —preguntó Miríada.
—Nada que deba preocuparle. Noel cree que tiene sueños premonitorios. Eso es todo.
—¿Y los tiene realmente?
Dudé antes de contestar. A esas alturas sospechaba que sí, pero no podía decirle tal cosa. De haberlo hecho lo más probable es que hubiera dejado de creer en mi profesionalidad y decírselo tampoco habría contribuido a modificar un ápice mi opinión sobre el asunto. Podía llegar a asumir que tenía cierta clase de sueños extraños, pero de nada habría servido alentar conductas obsesivas en mi paciente, así que había tomado la determinación de no decir nada a nadie y actuar como lo haría ante cualquier otro caso.
—Claro que no. Son sólo un mito y, aunque reconozco que existe mucha leyenda en torno a ellos, cada vez que alguien me refiere un episodio de esa supuesta naturaleza le acabo encontrando una explicación lógica.
—¿Y por qué piensa él eso?
—Porque se produjeron una serie de desafortunadas casualidades en torno a uno de sus sueños.
—Entonces, ¿qué es lo que recomienda en el caso de Noel?
—Creo que hablar de ello puede ayudarle a desterrar viejos miedos. Por mi parte haré todo lo posible para que así sea y en cuanto vea que esto no se repite —y no se repetirá; sería realmente difícil que se produjera otro sueño con tal cúmulo de casualidades— y que sólo ha sido un hecho puntual, se calmará.
—Me deja más tranquilo. Veo a Noel un poco angustiado, y no debería ser así. El resultado del trasplante ha sido espectacular, ha ido mucho mejor de lo esperado. Físicamente, progresa a buen ritmo y no quisiera que se estropeara por otras cuestiones.
—Gerardo, ¿existe el rechazo psicológico en este tipo de trasplantes? —pregunté con timidez. Me sentía un poco culpable por haberle quitado hierro a un asunto que, aunque no merecía que se le diera excesiva importancia, era lógico que causara malestar a su protagonista.
—Sinceramente, es una posibilidad con la que nunca me he encontrado, aunque no puede descartarse. No se han hecho tantos trasplantes de estas características como para saberlo a ciencia cierta. Por eso se valora exhaustivamente a los candidatos.
—¿Y el caso de aquel neozelandés al que tuvieron que amputarle la mano trasplantada? —aventuré.
—Veo que se ha informado.
—He leído algunas cosas, claro. Es mi obligación.
—Usted se refiere a Clint Hallam.
—Sí, al mismo.
—Hallam fue el primer trasplantado unilateral, es decir, de una sola mano. La intervención se realizó en Francia. Hablamos de 1998, o sea, hace ya algunos años...
—No tantos —señalé.
—Lo que falló en ese caso fue la elección del receptor —explicó Miríada con convicción—. No sé si sabe que Hallam dejó de tomar la medicación inmunosupresora que le habían prescrito y no acudió a los controles médicos establecidos. Además, mintió sobre aspectos trascendentes de su vida, como, por ejemplo, la manera en que había perdido la mano.
—No, no lo sabía —admití.
—Pues así fue. Lógicamente, retrocedió todo lo que había avanzado y comenzó a experimentar un serio rechazo físico —Miríada enfatizó esta última palabra—. Al final la cosa se complicó y tuvieron que amputarle la mano. Si hubiera seguido las indicaciones de su médico eso no habría pasado.
—Comprendo.
—Volviendo al asunto de los sueños premonitorios, ¿por qué existe tanta controversia?
—Es normal. Piense que mucha gente aprovecha este tipo de asuntos, digamos, esotéricos, para sacar el dinero a los demás. Personas sin preparación alguna que creen que por haber leído un par de libros sobre sueños tienen la respuesta para todo y que sin saberlo hacen más mal que bien. Por eso hay que andar con pies de plomo. Hace unos meses una mujer acudió a mi consulta y me contó que había tenido un sueño de estas características. En él había visto morir a su hijo. Por desgracia, según me explicó, un par de días después su hijo se había matado en un accidente de moto, por lo que mi paciente estaba convencida de que había tenido una premonición onírica. Un supuesto vidente se lo había confirmado.
—Pero no fue así —apostilló Miríada.
—¡Claro que no! Depende de quién haga la interpretación. De haber acudido antes a mi consulta le habría quitado rápidamente esa idea de la cabeza.
—¿Y qué explicación tenía ese caso, según su criterio? A simple vista parecía un sueño bastante claro.
—Usted lo ha dicho, a simple vista. Pero después de conocer más detalles sobre la vida de su hijo, no me extraña nada que la madre soñara aquello. Al parecer, el muchacho cogía la moto sin mucho tino. Salía casi todas las noches y llevaba una vida desordenada. Por más que sus padres le advirtieron, no quiso escucharles. Ante esa situación la madre proyectó sus miedos y temores más profundos en el sueño, porque en el fondo sabía que eso podía llegar a pasar.
—Y pasó.
—Sí. Y es justo lo más llamativo del caso, que ocurrió muy poco después de que ella experimentara el aterrador sueño. Si en vez de eso hubiera soñado algo más placentero, su memoria lo habría expulsado rápidamente de su mente, pero no fue así, porque un sueño de esas características suele ser vivido, a veces recurrente, y no se olvida con facilidad.
—¿Y eso es lo que le ocurre a Noel?
—Más o menos. No es igual, pero sí parecido. No voy a negarle que, por algún motivo, Noel ha asociado su sueño con el trasplante. Pero para eso estamos, para quitarle esa idea de la cabeza y ayudarle a descubrir que ambas cosas no están en absoluto relacionadas.
—Bueno, Leo, pero si ve que la cosa se le va de las manos, aunque no lo creo porque confío en usted, avíseme y, sobre todo, manténgame informado de la evolución del caso.
Capítulo 23
No sé con exactitud en qué momento empecé a sentirme atraída por él, entre otras razones porque cuando ocurrió quise aniquilar ese sentimiento de mi cabeza, pero creo que surgió cuando se acercó a mi mesa para entregarme una nueva muestra de su escritura. Se la había pedido con la vana esperanza de haberme equivocado al analizar la primera.
Fue sólo un instante fugaz, pero algo en su mirada logró turbar mi espíritu y consiguió acelerar mi ritmo cardiaco. Recuerdo que Noel se inclinó un poco hacia mí para darme el papel y el olor de su perfume lo impregnó todo, incluso mi ropa o eso me pareció, porque en instante alguno llegó a rozarme. Sin embargo, después de que hubiera abandonado la consulta, mi blusa y el pequeño receptáculo que era mi despacho continuaban oliendo a su aroma suave, nada agresivo para como suelen gastárselas algunos perfumes de hombre. No supe identificar de cuál se trataba, pero su vago recuerdo me encantaba. El único que había aprendido a distinguir con cierta facilidad era el de Alberto, una esencia muy viril y agresiva, puede que un fiel reflejo de su proyección externa.
—Aquí tiene —me dijo tendiéndome el folio que Teresa le había facilitado al llegar—, aunque insisto en que no sé si será capaz de descifrar mi letra. Ha cambiado tanto desde la operación que ni yo mismo la entiendo.
—Gracias y no se preocupe por eso, Noel. La escritura de uno no cambia tanto como la gente cree —respondí, todavía confusa por las sensaciones que acababa de experimentar.
Aquella situación de desconcierto me hizo meter la pata. No quería en absoluto que mi paciente supiera que tenía conocimientos de grafología y que su escritura iba a ser sometida a análisis. No lo deseaba por dos motivos: para no perder el factor sorpresa y evitar posibles especulaciones sobre mi forma de trabajar. No mucha gente comprende el valor de la grafopsicología ni su gran utilidad. Pero si Noel se había percatado de mis intenciones no dijo nada al respecto.
Uno de los grandes mitos en torno a la escritura tiene que ver con que la inmensa mayoría de las personas piensa que ésta se modifica de la noche a la mañana, como quien cambia de camisa o como fluctúa el ánimo de un sujeto al recibir una noticia inesperada. Pero no es cierto. Salvo raras excepciones, los rasgos básicos de la personalidad no se transforman de un plumazo, sino que perduran mucho más de lo que el profano sospecha. Lo cierto es que los estados de humor se reflejan en la escritura y el ánimo de una persona puede verse alterado por situaciones ajenas a ella, pero las bases sobre las que se sustenta nuestro carácter, una vez que hemos alcanzado un cierto grado de madurez, no se modifican de manera sustancial.
—Yo no estaría muy seguro de ello —comentó ocupando de nuevo su asiento en la butaca que había frente a mi mesa.
El instante seductor había desaparecido.
«Gracias a Dios», pensé aliviada.
Noel había apartado sus ojos de los míos y se había llevado parte de su magia. No podía permitirme perder el control de la situación, así que recuperé la compostura y me centré en el objeto de la consulta, que para eso me pagaba.
—Noel, ¿quién es Toni? —pregunté a bocajarro.
Por su reacción me dio la impresión de que mi paciente no había entendido la pregunta o que desconocía la respuesta.
—¿Toni? ¿Qué Toni?
—No lo sé, esperaba que usted me lo aclarara. ¿Su tío, quizá? —aventuré mientras abría el cuaderno dispuesta a tomar nota de todo.
—Mi tío se llama Damián.
—¿Su padre, tal vez?
—Mi padre no se llamaba así. ¿Por qué lo pregunta? —protestó revolviéndose incómodo en su asiento—. No recuerdo a nadie con ese nombre en estos momentos. Bueno, ahora que lo dice, uno de los aparcacoches del club de campo se llama Antonio.
Observé un leve temblor en sus manos, aunque no supe interpretarlo. Pensé que se había puesto nervioso y no deduje que era por la fuerte medicación que tomaba a diario.
—Tengo entendido que sus padres y su hermana fallecieron hace años en un accidente automovilístico.
La expresión de su rostro no mentía. No se esperaba que su familia fuera a salir a colación.
—¿Se lo ha contado el doctor Miríada?
—No, lo leí en su historial —expliqué jugueteando con mi bolígrafo—. Noel, no pretendo remover nada que usted no desee, pero me gustaría saber qué ocurrió.
—No es un tema de conversación agradable. Supongo que, dado el caso, para usted tampoco lo sería.
—Desde luego, y si prefiere que no lo abordemos sólo tiene que decírmelo.
—No me apetece conversar sobre ello, pero ya que lo ha sacado, hablemos, aunque no veo por qué le interesa tanto mi pasado. ¿Cree usted que puede estar relacionado con mis sueños?
—¿Ha dicho «mis»? ¿Ha tenido alguno más parecido al que me contó?
—Sí, otro más. Y también se ha cumplido —anticipó.
Su manera de hablar, de expresarse, sus ademanes, su mirada, su pulcritud al vestir... nada parecía encajar con lo que revelaba su escritura. Aquello me desconcertaba aún más y reconozco que por unos instantes llegué a plantearme si la atracción que sentía por mi paciente me empujaba a suavizar todo lo negativo que había en su caligrafía, que no era poco.
«Esto es absurdo —me dije—. Lo que debes hacer es centrarte en el caso de una puñetera vez y dejarte de gilipolleces.»
Pero sin pretenderlo se había obrado el efecto contrario, porque cuanto más pensaba en sus rasgos acerados, en su escritura lanzada y desordenada, más sensible y agradable me parecía.
—Bueno, vayamos por partes —sugerí intentando poner un poco de orden en mis pensamientos—. Hábleme primero de su familia y después analizaremos su sueño.
—Quizá tenga razón y todo esté relacionado.
—¿Por qué dice eso, Noel?
—Porque, lo crea o no, el día que ellos murieron intuí que algo malo iba a pasar. Por eso me negué a subir al coche y me encerré en mi habitación.
Mi sorpresa fue en aumento.
—Explíqueme eso.
Noel había empezado a sudar. Estaba claro que se sentía incómodo, turbado por tener que hablar de unos recuerdos que no solía compartir con extraños. Antes de proseguir se quitó la americana y se desabrochó el cuello de la camisa, como si le faltara el aire. Aquel día llevaba un elegante traje de corte italiano gris marengo y una camisa azul claro.
—Aquella tarde era yo, y no mi hermana, quien debía acompañarlos al cumpleaños del hijo de un amigo de la familia. El chico tenía más o menos mi edad, pero no quise subir al coche. Salí corriendo.
—¿Por qué lo hizo?
Noel tragó saliva y bebió un sorbo de agua.
—No lo sé. Supongo que me asusté. Sé que se va a reír, pero tuve un terrible presentimiento. No hallaron la forma de hacerme salir de mi habitación.
—¿Una intuición?
Se quedó dos, quizá tres, segundos mirándome a los ojos sin responder. Parecía que estaba en otro lugar, lejos de mi consulta. Después, recuperó el habla.
—Supe que nos íbamos a matar. Eso presentí.
Debió de notar mi escepticismo porque añadió:
—¿No me cree? ¿Piensa que sería capaz de bromear con un asunto así?
—Por supuesto que no, Noel —traté de que mi voz sonara convincente. Se le veía angustiado—. Por favor, continúe, quiero saber el final.
—No hay más que contar. Se hacía tarde y mis padres claudicaron. Decidieron montar a mi hermana pequeña en el coche... Nunca llegaron a la fiesta.
—¿Se siente culpable del accidente?
Noel se tomó su tiempo antes de responder. Observé cómo se soltaba los puños y se remangaba la camisa. Entonces vi las cicatrices. Unas líneas abultadas de color violáceo surcaban su mano derecha. Por primera vez parecía no importarle mostrarlas en público.
—Durante muchos años deseé no haber hecho caso a mi instinto. Era yo quien tenía que haber ido en el coche, no Sandra.
No quise forzar más sus viejos recuerdos y cambié de tema.
—¿Y qué hay de su nuevo sueño? ¿Por qué cree que está relacionado con su familia? ¿Es que acaso ha soñado con ella?
—No, pero es similar al de Madame Ivy. Sería largo de contar, pero el caso es que hace unos meses conocí a un mendigo. No sé ni su nombre. Yo le llamaba «poeta loco». A veces parecía un chiflado; otras, un sabio que vivía desterrado debajo de un puente. Y en mi sueño alguien lo asesinaba.
Le dejé proseguir.
—Esperaba haberme equivocado, pero esta mañana he oído en la radio la noticia de su muerte. Alguien lo golpeó hasta dejarlo inconsciente y después le cortó el cuello con una navaja, igual que en mi sueño —Noel se llevó las manos a la cara con desesperación—. ¡Dios! Si le hubiera ayudado, no habría sido asesinado. Yo podría haberlo hecho, tenía los medios para sacarlo de la calle. Pero no lo hice, soy así de egoísta. Sólo pensé en mí. Supongo que ahora va a decirme que se trata de otra casualidad.
Le pedí más detalles antes de pronunciarme.
—¿Pudo ver el rostro del asesino?
—No —dijo después de beber otro sorbo de agua—. Era de noche y todo estaba envuelto en sombras. Su rostro aparecía difuso.
¿Su rostro difuso? Me pareció extraño que recordara tantos detalles y en cambio no fuera capaz de describir la cara del criminal.
—¿Cómo era su relación con ese hombre? ¿Lo conocía tanto como para saber que se trataba de la misma persona?
—Era él. Todos los detalles encajan. Lo han encontrado bajo el puente del río.
—¿Cómo puede estar tan seguro? ¿Ha visto una fotografía, algo que lo confirme?
—No. Pero ¿qué otra persona podría ser? ¿Cuántos mendigos viven debajo de un puente?
—Lo ignoro. Tal vez más de uno.
—Ya veo que no me cree —dijo molesto.
—Le creo, Noel. Creo que ha tenido un sueño, pero tiene una explicación racional. Pienso que está condicionado por lo que le pasó cuando era un muchacho, que la muerte de sus padres y su hermana le ha marcado hasta límites que ni usted mismo quiere admitir.
—Y, según su docta opinión, ¿qué explicación tiene?
Su tono era sarcástico, mordaz.
—Seguramente, su inconsciente tomó nota de las condiciones en las que vivía aquel pobre diablo. Usted mismo lo ha dicho: teniendo los medios no hizo nada por ayudarlo. El suyo es un sueño de culpabilidad, no una premonición. Ni siquiera sabemos si se trata del mismo hombre, pero, aunque así fuera, seguiría teniendo una lectura diferente a la que usted hace.
—No sé para qué vengo aquí —dijo al fin incorporándose del asiento—. Usted no puede ayudarme.
—Noel, siente remordimientos por lo que le ocurrió a su familia y está proyectando parte de esa carga en sus sueños. ¿Cuántos años han pasado? Debe aceptar de una vez que sólo fue un accidente. Usted no lo provocó ni pudo hacer nada por evitarlo.
Mi paciente estaba decidido a marcharse. Observé cómo se ponía su americana.
—Escuche, lo crea o no, me está pasando algo extraño. Me quedé dormido en el coche y ni siquiera recuerdo cómo llegué a casa. Desde que fui trasplantado siento que no soy el mismo. Todo ha cambiado. Me siento incapaz de controlar mi vida, mis pensamientos, es como si alguien se hubiera apoderado de ellos. A veces pienso que estoy enloqueciendo. ¿Qué hago si vuelve a pasarme algo así?
—No tiene por qué volver a ocurrir. No hay de qué preocuparse. Debe quitarse esas ideas de la cabeza cuanto antes, no le conducen a nada positivo. ¿Ha hablado con el doctor Miríada sobre ellas?
—No. Y no pienso hacerlo, me sentiría ridículo —Noel parecía desesperado—. Sé que usted no me cree, pero ¿lo haría si la próxima vez la llamo y le anticipo los detalles antes de que se hagan públicos?
Solté el bolígrafo y cerré el cuaderno. Tenía mis dudas. ¿Y si él estaba en lo cierto? ¿Y si aquel hombre que había aparecido muerto debajo del puente era su mendigo? ¿Y si había experimentado otra precognición onírica? Entonces, llevada por un extraño impulso, antes de que tuviera tiempo para meditar una decisión tan arriesgada, hice algo que no había hecho nunca antes y de lo que después me arrepentí. Garabateé mi móvil en una tarjeta y se la tendí. Cualquier grafólogo habría detectado pequeños temblores en los trazos de aquellos números. «Producto de un impacto emocional», habrían concluido.
Por aquel entonces desconocía que no era mi cabeza la que tomaba las decisiones sobre mi paciente, sino mis emociones. Intentaba frenarlas, pero cada vez eran más difíciles de acallar. Había algo magnético que me llevaba a prolongar el contacto con Noel fuera de la consulta.
Un juego peligroso, sin duda.
—La próxima vez que le ocurra algo raro llámeme —le dije sin saber por qué.
Por primera vez en mucho tiempo mis pensamientos no estaban focalizados en Alberto. Había pasado a un segundo plano.
Capítulo 24
Noel parecía disgustado, molesto por alguna razón, y Anita prefirió dejarlo solo. Ignoraba qué podía haber ocurrido, pero estaba cabizbajo y no había dicho una sola palabra desde que había llegado. «Mal asunto.» Le conocía lo suficiente para saber que se avecinaba tormenta.
No se equivocaba.
Le observó dar vueltas por la casa, como si el tiempo lo aprisionara, como si algo lo atormentara, y pensó que no era un buen momento para entregarle el paquete. Lo haría cuando lo viera más receptivo. Anita dio media vuelta y se marchó a la cocina a preparar la cena.
Noel descolgó el teléfono e hizo una llamada. Después, salió al mirador y se sentó, meditabundo, a respirar un poco de aire fresco. A esa hora los aspersores estaban en marcha y el olor a hierba mojada consiguió apaciguar su espíritu. Necesitaba tranquilizarse después de un nuevo encuentro con la psicóloga y de haberse esforzado varias horas en la rehabilitación.
Había una gran mesa rodeada con sillas de madera de teca, pero él prefirió recostarse en el balancín. Desde el mirador se dominaba la piscina y buena parte de un jardín impecable. Ésa era la palabra que mejor lo definía. El césped estaba recortado con esmero, los setos dibujaban perfectas formas geométricas, las flores eran tan estilizadas que casi se dirían falsas. No era mérito de Noel. Su madre amaba ese jardín y él había mantenido al jardinero en su puesto todos estos años. No había tenido coraje para despedirlo, igual que al resto del personal que trabaja en la casa. No necesitaba a tanta gente pululando a su alrededor, pero les había cogido cariño.
«¿Por qué mi vida no puede ser como este jardín?», se preguntaba. La mala sombra le había acompañado desde que era un muchacho y hoy la psicóloga había logrado que afloraran todos sus miedos y carencias irracionales. No había hablado del accidente que sesgó la vida de su familia desde hacía años. Lo había evitado a toda costa, como si su excelso patrimonio le fuera en ello. Por más que sus tíos lo habían intentado, Noel se había negado a abrir su corazón y hacerles partícipes de su dolor, había sido incapaz de exteriorizarlo.
Ahora sopesaba si debería dejar de acudir a la consulta de la psicóloga. Miríada le había dicho que Leo Sánchez Flores era una buena profesional, y debía de serlo, pero él no se sentía mejor. «De hecho —pensó—, todo está peor que antes.» Su dolor ya no estaba adormecido, los recuerdos habían renacido y la herida que había tapado con parches, no precisamente la de su mano, sangraba por dentro. Quién sabe, quizá era un comienzo para liberarse de sus fantasmas.
¿Debía darle otra oportunidad?
La psicóloga no le creía y sus sesiones lo complicaban todo más aún.
Pero resultó que Leo no le era indiferente. A su pesar, Noel se había fijado en ella. ¿Cómo no hacerlo? Aquella mujer de estatura media, pelo castaño claro, ojos azules vivos y rasgos suaves y delicados no le había pasado en absoluto inadvertida. Sentía cosas por ella. Unas, buenas; otras, no tanto. Cuando era él quien las notaba, le parecía atractiva y deseable. Cuando era el otro, aquella mujer le estorbaba.
Respiró hondo, se relajó.
El otro se había ido, pero era la incertidumbre de no saber cuándo regresaría la que azotaba su mente como una barcaza en medio de una tormenta de sentimientos.
Sus pensamientos iban y venían sin que pudiera hacer nada por evitarlos, su mente viajaba de un asunto a otro con la velocidad de un rayo.
«¿Quién era?»
En aquellos momentos la curiosidad por saber detalles acerca de su donante se había transformado en una necesidad irrefrenable. Creía que si se le permitiera conocer su identidad se sentiría aliviado. Pero no se podía, estaba prohibido. La donación es un ejercicio de anónima generosidad.
En ese momento apareció Anita con un paquete debajo del brazo.
—¿Qué es? —preguntó él.
—Es para usted, señor. Lo trajeron esta mañana.
Noel parecía desconcertado, no había pedido nada.
—Gracias, Anita.
Se levantó del balancín y se dirigió hacia la mesa. Sobre ella había quedado el paquete de cartón marrón. Venía sujeto con un cordón blanco y tenía una pegatina con el membrete de la librería Torre Quebrada. Su nombre y su dirección figuraban en una etiqueta adhesiva blanca. Noel lo observó con indecisión. Presentía que su contenido iba a perturbarle de algún modo.
«¿Más aún? Imposible», se dijo.
Lo abrió con dificultad. Todavía tenía que recuperar buena parte de la movilidad en la mano y, aunque ya pudiera utilizarla con cierta destreza, albergaba el temor de que se resquebrajara como la cascara de un huevo.
«Eso no va a pasar», le había explicado el doctor Miríada en más de una ocasión.
Apartó el papel burbuja y descubrió su contenido. El asombro se dibujó en su rostro. Eran libros sobre el Antiguo Egipto, pero él no los había pedido. «Dioses y ofrendas en el país de los faraones», rezaba uno de los títulos. Había otro sobre religión y un tercero invitaba a descubrir los rituales mágicos que se practicaban hace siglos en el País del Nilo.
Noel miró la cubierta del primero y observó los ojos vacuos de una diosa con cabeza de león. Sin que supiera por qué su corazón golpeaba con fuerza su pecho. No sabía de quién se trataba, pero le resultó extrañamente familiar y atrayente. El desconocía todo sobre Egipto, ni siquiera había estado allí, pese a que su ex novia había querido convencerle de que hicieran un crucero por el Nilo. «Son todo piedras viejas y hace mucho calor», se había excusado por aquel entonces.
Estaba claro que se habían equivocado de destinatario. Buscó la factura de compra y comprobó los datos. Eran los suyos. Más aún, el pedido había sido abonado con tarjeta de crédito. En el papel figuraba el teléfono de la librería. En otras circunstancias no se habría molestado en descolgar el teléfono para averiguar qué había pasado, pero esta vez su instinto le obligó a hacerlo.
Esa tarde no había demasiada gente en la Torre Quebrada, sólo curiosos deambulando en torno a las mesas de novedades. Era fin de mes, y se notaba. Pocos compraban. Los libros estaban colocados con picardía en lugares de paso, para que nadie se marchara de la tienda sin echar un vistazo a las últimas novedades.
Cuando sonó el teléfono Ricardo no estaba en su caja, se encontraba colocando una pila de libros de Juanita Merivel, escritora revelación de novela negra, cuya primera obra había alcanzado la séptima edición en tan sólo dos meses.
Cuando el vendedor por fin alcanzó el mostrador, el teléfono seguía sonando.
—Torre Quebrada, ¿dígame? —Había desgana en su voz.
—Buenas tardes. He recibido un pedido de libros en mi domicilio, pero debe de tratarse de un error, porque obviamente yo no los he encargado —explicó Noel al otro lado de la línea.
—Veamos. ¿Tiene el número de pedido?
—Sí, tome nota.
Noel le comunicó el número con voz pausada.
—Se lo repito: 0003479/09.
—Eso es.
—¿Y su nombre, por favor?
—Noel Villalta.
—Espere un momento. Tengo que comprobar los datos.
Noel aguardó unos segundos, que se hicieron eternos, hasta que de nuevo escuchó la voz del vendedor.
—Me temo que no se trata de un error. Alguien hizo este pedido a través de nuestra web, para lo cual hay que estar registrado. Fue hace tres días, pagó con tarjeta y la operación fue admitida por su banco.
—Pues yo no he pedido nada, ni siquiera estoy registrado.
—Tal vez alguien utilizó su tarjeta de crédito —sugirió el vendedor.
—¿Quién? ¿Cómo es posible?
—No lo sé. Permítame unos segundos para comprobar los datos de registro en la web.
Noel esperó mientras le plantaban el Para Elisa de Beethoven. Entre tanto sacó su cartera del bolsillo del pantalón. Quizá le habían robado y no lo había advertido, pero al abrirla todas sus tarjetas estaban dentro colocadas en sus correspondientes hendiduras, como de costumbre. No faltaba ninguna.
—Disculpe la espera, señor Villalta. ¿Conoce a algún Toni?
«Toni.»
Noel se sobresaltó. Su corazón volvió a acelerarse. Era la segunda vez que escuchaba ese nombre aquel día. «¿Quién es Toni?», le había preguntado su psicóloga hacía tan sólo unas horas.
—Señor, ¿sigue ahí?
Noel no pudo evitar que su voz sonara trastocada.
—Sí, aquí estoy. No, no conozco a nadie con ese nombre.
—Pues un usuario se registró con él, realizó el pedido con sus datos y pagó con su tarjeta.
—¿Está seguro de que pone Toni?
—Sí, eso es al menos lo que figura en nuestra base de datos.
—Comprendo.
«¿Comprendo?». No comprendía nada.
—De todas formas, si no está conforme con el pedido tiene quince días para devolverlo —informó el vendedor—. Para ello debe conservar el embalaje original y la factura de compra.
—Está bien, gracias.
Capítulo 25
Sólo empecé a ser consciente de que había cometido un grave error cuando, ya en la cama, sonó el móvil. Como es lógico, me alarmé, pensé que les había ocurrido algo a mis padres. Me incorporé y encendí la luz. Eché un vistazo al despertador y comprobé que eran cerca de las cuatro de la madrugada. Salté de la cama y corrí al baño en busca del teléfono. Lo había dejado cargando la batería en el enchufe del secador. Solía colocarlo sobre el mueble del lavabo porque había leído cosas sobre lo perjudicial que puede resultar dormir con el móvil próximo a la cabecera de la cama.
«Número oculto», figuraba en la pantalla.
Detestaba las llamadas sin identificar, pero, debido a lo avanzado de la hora, pensé que sólo podía tratarse de algo importante, así que respondí.
—¿Dígame? —pregunté temiéndome lo peor.
Al otro lado de la línea se produjo un incómodo silencio.
—¿Oiga? ¿Quién es?
Nadie contestó. Al principio sospeché que podía tratarse de mi padre. No se le daba muy bien eso de la tecnología y a veces cuando le telefoneaba, en lugar de atender mi llamada, me colgaba sin proponérselo.
—¿Papá? ¿Eres tú?
Después deduje que no podía ser él. Mi padre no llamaría nunca con número oculto, entre otras cosas porque no sabría cómo hacerlo. Y, además, ¿para qué iba a querer ocultar su número?
Me colgaron.
Pensé que se habían equivocado y regresé a la cama. Sin embargo, ya no pude volver a conciliar el sueño. Es curioso cómo actúa el sueño fisiológico en nuestra vida. Necesitamos dormir varias horas cada noche y si algo, por nimio que sea, altera nuestro ciclo de sueño nos trastoca de tal modo que al día siguiente nos sentimos agotados.
No estaba dispuesta a que esto ocurriera.
Abrí la biografía de Jung por la página 42 y traté en vano de leer algunos párrafos hasta recuperar la serenidad necesaria para desconectar de nuevo de este mundo. Y casi lo había logrado... cuando volvió a sonar el móvil. Corrí de nuevo al baño y contesté, esta vez con voz de pocos amigos.
—¡Diga!
Alguien jugaba con mi paciencia.
—¿¿Quién llama?? —insistí.
Sólo se escuchaba una molesta musiquilla de fondo. Esta vez fui yo quien colgó. Después, apagué el móvil.
* * *
Al día siguiente estaba somnolienta y disgustada, pero al menos era sábado y no tenía que ir a trabajar. Sin embargo, no fue hasta después de tomar un café con tostadas cuando empecé a pensar con claridad.
Qué estúpida había sido.
¿Y si...? ¿Noel? No era una deducción disparatada, sobre todo teniendo en cuenta que hacía sólo unas horas le había facilitado mi número. Me estaba bien empleado por romper una de las reglas de oro: no dar el teléfono personal a ningún paciente. Era un error de principiante que podía costarme caro. De hecho, mi problema era aún más complejo: acababa de darme cuenta de que no consideraba a Noel un paciente más, lo cual —de manera incomprensible— me llevaba a quitarle importancia al incidente de la noche anterior. Tal vez le estaba juzgando de manera injusta y no había sido él. En cualquier caso, sería difícil averiguarlo. Casi era preferible no saberlo.
Me levanté, recogí la taza y el plato con las migas de las tostadas y deposité los cacharros en la pila del fregadero. Después fui al baño y cogí el móvil. Pocos segundos después de encenderlo entró un mensaje anunciando una llamada perdida. Se había producido a las 5:13 am y, de nuevo, desde un número desconocido. Aquello me inquietaba.
No tenía planes hasta por la tarde. A las nueve había quedado con unas amigas para tomar algo y después cenar. Antes iría a visitar a mis padres, así que aproveché para despachar el correo electrónico pendiente y actualizar mi agenda electrónica con las citas para la semana siguiente.
Ya que estaba conectada a la Red, busqué un par de recetas que me había pedido mi madre. Le gustaba experimentar nuevos estilos de cocina, era una de sus aficiones preferidas, y yo solía buscarle recetas de cocina internacional. Navegué por varios portales de cocina y sin saber bien cómo me encontré con la noticia de la muerte del mendigo al que había aludido Noel en la consulta.
De nuevo Noel.
La curiosidad me pudo y cuqueé en el vínculo para conocer los detalles del suceso.
Enigmático mensaje
El texto de la nota hallada junto al cadáver ha desatado toda suerte de especulaciones y rumores. Aunque los investigadores que llevan el caso se muestran prudentes, el contenido del mensaje y el extraño símbolo hallado junto al río indican que puede tratarse de un crimen ritual cuyo significado aún se desconoce.
«¡Oh, tú!, Señora Poderosa,
que este sacrificio sea de tu agrado
y haga que me acojas bajo tu manto.»
Me quedé helada. Sentí que el corazón se me encogía dentro del pecho y mis manos aún temblaban cuando pulsé la tecla para imprimir aquella escabrosa noticia. Cuando cesó el ruido de la impresora guardé, acongojada, la hoja en mi cuaderno junto al recorte de Madame Ivy. Aquello empezaba a parecerme un puzzle fragmentado como los que resolvía cuando era niña. Sólo disponía de unas pocas piezas y cuanto más procuraba alejar de mí esos terribles crímenes menos podía quitármelos de la cabeza. Me estaba obsesionando, y ya no sabía si era por el caso en sí o por mi paciente.
Capítulo 26
Cuando el 45-H llegó a mi parada, pagué el billete y busqué un sitio junto a la ventana. No fue difícil, apenas había gente en el autobús. Un par de señoras parloteaban justo detrás, pero tenía cosas más importantes en la cabeza que escuchar su conversación. Aun así, tuve que oírla. Una de las mujeres, la que llevaba la voz cantante, se lamentaba de lo desnaturalizado que se mostraba su hijo, que, al parecer, apenas se dignaba a visitarla después del préstamo que le había hecho para pagar la hipoteca.
Su voz estridente me obligaba a seguir sus explicaciones y me impedía concentrarme en mis propios asuntos. Era imposible no oírla. Cuando le cedió la palabra a su acompañante, ésta comenzó a vilipendiar a su nuera, una ingrata, según su parecer, que no le traía a sus nietos a casa porque —le había dicho— había polvo y podían coger una infección.
Decidí cambiar de asiento y me situé cerca del conductor, que era el extremo opuesto a ellas. Aunque tenía la radio encendida, por suerte, no hablaba, ni siquiera para dar las buenas tardes a los usuarios que subían en las paradas.
Más relajada, recordé el artículo que había leído sobre el mendigo asesinado y al cabo de unos instantes una imagen comenzó a cobrar fuerza: la de la nota que el criminal había dejado junto al cadáver. Aquella escritura, por más que quisiera obviarlo, no me resultaba extraña. Había visto una muy similar en mi consulta... la de Noel, mi paciente. Sin embargo —quise convencerme—, nadie podría estar seguro de ello sin realizar un profundo análisis comparativo entre ambas muestras, algo que, debido a las circunstancias, no era posible. A causa de su reducido tamaño, la nota que reproducía el diario no era apta para un estudio pericial caligráfico.
Un error muy común entre la gente no familiarizada con estas cuestiones es confundir la pericia caligráfica con la grafopsicología. La primera, entre otras cosas, sirve para determinar si un sujeto es o no el autor de un manuscrito, mientras que la segunda se encarga de averiguar diversos aspectos relativos al carácter del mismo.
Me sentía impotente.
No contaba con el material necesario para llevar a cabo un estudio pericial. A pesar de que la creencia generalizada es que todo sirve para este tipo de análisis, no es cierto. Es preciso manejar la documentación adecuada, y desde luego una nota reproducida en un periódico no era lo más indicado. No podía establecer comparaciones entre diversos parámetros, como el tamaño o la presión de los escritos. Tampoco sabía si la inclinación de la nota del diario había sido alterada durante el proceso de maquetación o si algunos de sus detalles habían sido modificados para que la imagen quedara «más mona», lo que podría haber propiciado la eliminación de elementos que, si bien carecían de valor para el lector, eran indispensables para el perito calígrafo.
Aun así, todo indicaba que el caso de Noel era mucho más complejo de lo que en principio había imaginado. Dejando a un lado el tema de la escritura, todos los detalles concordaban: Noel había soñado con dos crímenes diferentes, que se habían materializado en la vida real, y ambos, según la prensa, podían estar relacionados entre sí.
¿Una simple coincidencia?
No lo parecía. Era extraño.
Sin embargo, mi paciente era de carne y hueso. Las cosas que me había confiado visiblemente conmovido durante sus visitas a mi consulta, también. Con cada nuevo encuentro me había hecho sentir una ternura y un acercamiento que —aunque intentara negarlo y mostrarme objetiva— habían llegado a interferir en mi trabajo. Había algo en su manera de hablar, en las expresiones que utilizaba y en sus gestos que removía mi interior. En esa lucha interna entre lo profesional y lo personal una serie de terribles y turbadoras dudas empezaron a martillear mi cabeza.
¿Y si no eran sueños? ¿Y si se trataba de recuerdos reprimidos, de actos cometidos durante la vigilia? ¿Y si los pormenores que Noel me había facilitado los conocía porque había estado presente en los escenarios de los crímenes? ¿Y si Noel era un...? ¿Y si estaba sintiendo algo más que una simple atracción por un asesino?
Antes de que pudiera seguir elucubrando en torno a ese argumento me pareció escuchar el timbre del móvil en el interior del bolso. Había elegido uno pequeño para la ocasión. Iba a juego con mis zapatos azules. Lo extraje y vi un número que no figuraba en mi agenda de contactos.
—¿Sí?
—¿Doctora Sánchez Flores?
Al instante reconocí su voz cálida y profunda. Sentí que el corazón me daba un vuelco y noté cómo una oleada de calor se apoderaba de mis sienes, pero fui incapaz de plantearme si las emociones que me asaltaban se debían a la posibilidad de que mi paciente estuviera relacionado de algún modo con los brutales crímenes o a mis incipientes sentimientos hacia él.
—Soy Noel. Perdone que la llame un sábado. Ya sé que me dijo que sólo lo hiciera en caso de emergencia, pero necesito preguntarle algo importante.
—¿Fue usted quien llamó anoche? —le espeté a bocajarro.
—¿Yo a usted? No.
¿Debía creerle? Quise pensar que no mentía.
—Bien, no se preocupe. Dígame, ¿en qué puedo ayudarle? —mi voz sonó profesional.
—En la consulta me preguntó si conocía a algún Toni. ¿Lo recuerda?
Como para olvidarlo. Había escrito y subrayado ese nombre varias veces.
—Sí, claro. Y recuerdo que me dijo que no.
Noel hablaba de manera atropellada, parecía preocupado y nervioso. De haberlo tenido frente a mí, y en otras circunstancias, le hubiera cogido de la mano para tranquilizarlo.
—Pero no llegó a explicarme por qué me hacía esa pregunta. Ahora necesito saberlo.
—¿Me llama sólo por eso? Con sinceridad, Noel, no me parece una urgencia —dije con toda la frialdad de la que fui capaz. La decepción se apoderó de mí al conocer el verdadero motivo de su llamada.
—Quizá le parezca una tontería, pero ha pasado algo...
—Noel, no sé si es buena idea hablar sobre este asunto por teléfono —le corté sin dejarle acabar—. ¿Por qué no pasa por mi consulta el lunes? Le diré a mi secretaria que le haga un hueco.
—No puedo esperar al lunes —dijo con voz ansiosa—. Necesito aclarar esto ahora. Ya sé que es poco ortodoxo, pero ¿no podríamos vernos hoy?
¿Vernos? ¿Quería verme?
Permanecí en silencio. No sabía qué decir. La idea de una cita con Noel fuera de la consulta me atraía. Sin embargo, no parecía recomendable, y menos después de todas las sospechas que había ido desgranando en torno a él.
—No sé... —dije al fin.
Él insistió.
—¿No podría atenderme unos minutos? Le prometo que no la entretendré más de la cuenta. Pagaré el doble por esta consulta si es preciso.
Tendría que haber sido más inflexible, menos influenciable, pero la curiosidad era más fuerte que mi capacidad de resistencia. Aunque tal vez no se tratara sólo de eso, puede que sintiera la necesidad inconfesable de volverlo a ver.
—Lo cierto es que me dirigía a casa de mis padres y más tarde he quedado con unas amigas. —repliqué sabiendo en el fondo que no me negaría.
—Por favor —imploró.
—Quizá podamos vernos entre una y otra cita, pero le advierto que dispongo de poco tiempo —dije cediendo a sus deseos y a los míos.
—Perfecto. Dígame dónde y cuándo.
Le cité en una cafetería cercana a la casa de mis padres. Por precaución era preferible que hubiera gente durante nuestro encuentro, pero habría sido mucho más prudente no haber quedado con él. De camino me sorprendí atusándome el pelo y quitándome la horrible chaqueta que me había puesto para protegerme del viento.
Cuando llegué Noel ya estaba allí, sentado a una de las mesas que había detrás de una columna. Me costó verle. Por un momento temí que no hubiera venido. Llevaba un traje claro que resaltaba su atractivo. Era uno de esos hombres que, sin proponérselo, resultaba seductor, lo que lo hacía aún más interesante. Pese a que no hacía tiempo para ello, escondía sus manos con unos guantes de calado fino.
—¿Por qué lleva guantes en un día como éste? —pregunté tendiéndole la mano.
—Por vergüenza, a veces —contestó mientras apartaba una silla para que pudiera sentarme—. No soporto que la gente me mire.
—¿Y por qué cree que lo hacen? ¿No le parece que llama mucho más la atención con esos guantes?
—Es posible, pero con ellos me siento protegido. Prefiero que piensen que soy un excéntrico a...
Noel se interrumpió, incapaz de concluir.
—¿A dar pena? ¿Se refiere a eso?
—Tal vez.
—Su miedo es lógico —le tranquilicé—, pero tenga en cuenta que las personas no se fijan tanto en esas cosas como usted imagina. Es cierto que la gente mira a alguien cuando es alto, bajo o cojo. Pero no suele hacerlo por pena, sino por curiosidad.
—Usted observó mis manos el primer día que fui a su consulta.
Me sentí halagada al saber que se había fijado en mí tanto como para recordar aquel detalle.
—Es cierto —concedí—. Pero no porque fueran dignas de compasión. Lo que intento decirle es que debe afrontar sus miedos. Es el primer paso para alcanzar eso que llaman «integración». Créame, cuanta menos importancia le dé al asunto menos se fijarán en usted.
—Todo eso que me dice está muy bien y seguro que tiene razón, pero no es eso lo que me preocupa ahora —explicó con voz queda—. Mis temores vienen motivados por otras causas.
El camarero se acercó para averiguar qué deseábamos tomar. Iba repeinado con gomina y llevaba un mondadientes en la boca. Retiré la mirada. Sentía rechazo por los hombres que usaban palillos, por higiénico que fuera ese invento. Por un instante, mis ojos se encontraron con los de Noel y temí quedarme embobada, así que los aparté y busqué la seguridad del servilletero. «Beba Coca-Cola», decía. Mentalmente, repetí tres veces aquella frase antes de levantar la cabeza.
Noel pidió una botella de agua y yo un té con leche.
—¿En qué puedo ayudarle, Noel?
Dilató su respuesta. Acaso buscaba las palabras exactas para explicar lo que sentía o tal vez había leído algo turbador en mi mirada.
—Toni —dijo cabizbajo—. ¿Por qué me hizo esa pregunta?
—¿Por qué quiere saberlo? ¿Es que ha recordado a alguna persona que se llame así?
—No, pero alguien con ese nombre se registró en la Red y utilizó mi tarjeta de crédito para comprar unos libros. No lo sabía cuando hablé con usted.
—¿Quiere decir que le robaron la tarjeta?
—No, eso es lo más extraño. No la he echado en falta. Mi tarjeta está donde siempre, en mi billetera.
El camarero se acercó y depositó las bebidas sobre la mesa.
—¿Y entonces cómo es posible? No lo entiendo —pregunté después de echar un terrón de azúcar en mi té.
—Yo tampoco. Esperaba que usted me aclarara algo.
—¿No será un error?
—Eso pensé cuando recibí todos esos libros sobre Egipto, pero no lo era. Ya lo he comprobado. Y ahora, dígame, ¿por qué me preguntó eso?
—Porque garabateó ese nombre varias veces al final de la primera redacción que le pedí. Por eso pensé que era alguien a quien ya conocía, alguien importante en su vida.
—¿Está segura? No recuerdo haber hecho algo así.
—Pues lo hizo. Puedo mostrárselo si quiere. No en este momento, claro, en la próxima consulta.
Mientras hablaba observé cómo su rostro se transformaba y sus manos temblaban. La angustia se dibujaba en sus ojos, que mostraban una vulnerabilidad impropia de un sujeto despiadado capaz de cometer brutales crímenes. Al menos ante mí, se presentaba como un ser desvalido, atribulado y solitario, necesitado de afecto.
Y dijo algo que no acerté a comprender.
—¿Y si ha sido él? —no pudo evitar un quebranto en su voz.
—¿Él? ¿Quién? ¿De quién habla?
—Del otro.
—No le comprendo, Noel.
—Del donante.
Capítulo 27
No estaba segura de haberlo comprendido bien, pero, de ser así, su planteamiento no podía ser más incoherente.
—Noel, ¿qué es lo que ha dicho? Me parece que no acabo de entenderle —dije esperando haberme equivocado.
—Sé que resulta difícil de creer. Ni yo mismo puedo aceptarlo, pero cada vez estoy más convencido de que el donante tiene la culpa de muchas de las cosas que me están ocurriendo. ¡No está muerto! —exclamó señalando con rechazo la mano trasplantada.
Afortunadamente, no había nadie en la mesa contigua que pudiera llegar a escuchar aquel disparate. Apuré de un trago el té que aún restaba en la taza y me dispuse a marcharme. No estaba dispuesta a seguir involucrándome en la telaraña que había tejido mi paciente, quien —consciente o inconscientemente— trataba de manipularme.
—Debo irme —dije con sequedad poniéndome en pie—. Es mejor que no sigamos hablando de esto aquí. Le espero en mi consulta el lunes. Y hasta entonces aproveche para calmarse y alejar esas ideas extrañas de la cabeza.
Pero él no se resignaba a dejarme marchar.
—¿Es que piensa dejarme aquí tirado? —balbuceó desesperado—. Me ha costado mucho contarle todo esto. Por favor, deje que me explique, escúcheme al menos. Hay cosas que usted no sabe.
Quise irme, pero algo me lo impedía. ¿La verdad? Noel me atraía tanto que no encontraba la manera de abandonar aquella cafetería. Sabía que tenía que hacerlo, pero al mirar de nuevo sus ojos implorando ayuda comprendí que no tenía fuerzas para salir por la puerta.
Como impulsado por un resorte, el camarero se acercó a nosotros.
—¿Les falta alguna cosa? ¿Quieren algo más?
Sin saber de qué modo, escuché mi respuesta en un eco lejano, como si fuera otra la que hablara por mi boca. Resultaba turbador haberme convertido en una persona indecisa e incapaz de controlar mis sentimientos y emociones.
—El señor no sé qué tomará, pero a mí tráigame una cerveza —claudiqué.
Solté el bolso y volví a sentarme.
La cara de Noel se iluminó. En un instante había pasado de la decepción al alborozo.
—Por favor, otra botella de agua.
Después clavó sus ojos en los míos, se quitó el guante, y comenzó a relatarme una increíble historia que jamás podré olvidar.
—Le agradezco que se quede —dijo más tranquilo—. No piense ni por un momento que no he meditado lo que voy a decirle. Para mí es difícil hablar de esto delante de alguien, pero estoy angustiado. ¿Se imagina por un instante lo que es sentirse guiado por una fuerza o energía ajena?
No esperó mi respuesta, y yo preferí dejarle continuar, pero, en cierto modo, me sentí identificada con sus palabras. No en vano, acababa de escuchar mi voz, como si fuera la de una desconocida, pidiendo otra consumición en lugar de marcharme, que era lo que dictaba la lógica más elemental.
—Supongo que sí, porque usted es psicóloga y sabe cómo empatizar con la gente. Es su trabajo, pero le aseguro que por mucho que se lo cuente no puede hacerse una idea de cómo me siento.
El camarero regresó y depositó las bebidas sobre la mesa. Al hacerlo, se inclinó hacia Noel y le hizo un guiño de complicidad, como si creyera que entre nosotros había algo especial. Noel ignoró su gesto y prosiguió.
—Usted ha leído mi expediente. Sabe que nadie más que yo deseaba ese trasplante. Incluso tuve un, ¿cómo lo llamaron?, trastorno de conversión, porque no aceptaba el hecho de verme sin mi mano. Por eso recomendaron el trasplante, por motivos psicológicos. Pero desde la operación no he vuelto a ser el mismo. Existe una presencia invisible que convive conmigo. Me obliga a pensar y a sentir de un modo distinto y me asusta.
Noel hizo una pausa. Se sirvió un vaso de agua y bebió un trago con avidez. Tenía la garganta seca. Parecía un niño asustado.
—Creía que se me pasaría, que dejaría de tener esos pensamientos, que todo volvería a la normalidad, pero no ha sido así. Al contrario, la cosa ha ido a más. A veces he pensado que me estaba volviendo loco, pero ahora sé que no lo estoy. ¿Y sabe por qué? Porque alguien utilizó mi tarjeta de crédito. Tuvo que ser él... Toni.
—Pero ¿cómo si su tarjeta la tiene usted? ¿No se da cuenta de que es una deducción absurda?
—Lo hizo él. ¡O quizá fui yo bajo su influencia! No sé de qué modo, pero lo ha conseguido. Se ha introducido en mi vida, en mis pensamientos y sueños. Aquel hombre no era bueno, créame. Y apuesto a que se llamaba Antonio. Pero necesito corroborarlo. Por eso quiero que me ayude. Usted podría averiguar su nombre.
—No puedo hacer eso —negué taxativamente—. Y aunque pudiera, no lo haría.
—Puede preguntárselo al doctor Miríada —dijo expectante—. A usted se lo diría.
—No sé si él dispone de esa información. La donación de órganos es un ejercicio anónimo y es así como debe ser. No se puede violar la confidencialidad de los datos del donante y usted lo sabe tan bien como yo. De conocer su identidad, Miríada jamás me la diría. Y no puedo preguntarle eso. Pondría en peligro mi carrera profesional. ¿Es que no lo entiende?
—Sólo necesito saber si se llamaba así. Si resulta que su nombre era Carlos, Jorge o Enrique me olvidaré de todo este asunto. No puedo seguir viviendo con esta duda, no debo permitirle que me utilice como una marioneta.
—¡Esto es ridículo! Suponga por un momento, aunque sería mucho suponer, que su nombre fuera Antonio. ¿Qué haría entonces? ¿Cuál sería su siguiente paso? ¿Cortarse la mano? Lo que propone tan sólo contribuiría a alimentar la obsesión que, según todos los indicios, ya padece.
—Él está haciendo cosas. Creo que ha matado a esas dos personas, a la vidente y al mendigo, y no va a parar. Por favor, no me diga que son sólo sueños. No tome la vía fácil para despachar este asunto, porque hay detalles que aún no sabe. ¿Recuerda que le dije que al despertar del primer sueño había sangre en mi almohada?
—Ya le explicaron que podía deberse a una hemorragia nasal.
—Sí, pero lo que no le he dicho a nadie es que cuando me desperté del segundo había sangre en mi camisa. Ese sueño, llámelo así si quiere, no se produjo en mi cama, ni siquiera en mi vivienda. Al abrir los ojos me encontré sobre el volante del coche y aún no sé cómo logré llegar hasta la puerta de mi casa. ¿No lo comprende? No son simples sueños.
—Lo único que entiendo es que me pide que haga algo inmoral y que atenta contra la Ley —dije inflexible.
—Si no quiere creerme ni puede ayudarme, buscaré a otra persona que lo haga.
Aquello parecía una coacción.
—¿Intenta intimidarme? ¿Cree que así va a conseguir que ceda a sus deseos?
—No pretendo amenazarla. Disculpe si ha tenido esa impresión. Sólo quiero acabar con esto de una vez.
—Me temo que no puedo ayudarle. Espero que no se tome a mal lo que voy a decirle, pero cuando el doctor Miriada me habló de su caso me dijo que era complejo, pero me aseguró que podría resolverlo. Ahora veo que no. Me gustaría poder servirle de ayuda, pero creo que precisa otro tipo de asistencia, que yo no puedo proporcionarle. Tengo que irme —dije cogiendo mi bolso—, pero pensaré qué voy a hacer, en lo que es más conveniente para usted.
Me quedé callada un instante para meditar mis siguientes palabras.
—Tal vez deba derivarle a un psiquiatra. Espero que sepa comprenderlo.
Noel permaneció en silencio mientras yo, esta vez inflexible, abandonaba el local.
Capítulo 28
Después de pagar las consumiciones, Noel salió cabizbajo de la cafetería. Aquél había sido su último cartucho. Había albergado la esperanza de que podría convencer a la psicóloga para que le ayudara, pero su plan no había funcionado. Por lo que se veía esa mujer era demasiado honesta para romper las normas establecidas, una cualidad que escaseaba en los tiempos que corren. Aunque le pesara, la admiraba, no podía reprochárselo.
Se sentía abatido. No tenía ganas de regresar a casa, tampoco de ir a otro lugar. No sabía lo que quería. Vagaba por las calles de la ciudad sin rumbo fijo, sin importarle nada de cuanto ocurría a su alrededor. Quizá por ello no reparó en que alguien seguía sus pasos.
A lo lejos se dibujaba el río, el mismo donde habían asesinado al «poeta loco». Pero ahora Noel estaba en la otra orilla y en otro tramo. Uno ancho y caudaloso. En las márgenes había casas bajas de estilo colonial. Los niños jugaban, la gente disfrutaba del fin de semana. Hubiera sido un paseo idílico si no fuera porque su vida no tenía nada de eso. Puede que nunca lo hubiera sido, a pesar de toda su fortuna.
Al alcanzar el borde observó los remolinos que perfilaba el agua. Parecía mansa, pero era traicionera. Lo sabían las almas de todos los ahogados que allí habían perecido. El viejo río arrastraba todo lo que encontraba a su paso. Hojas secas, ramas y viejos recuerdos de vidas pasadas. Noel sintió ganas de romper a llorar, de que sus lágrimas fluyeran con el río, igual que todos esos rastrojos, pero sus ojos estaban secos, muertos, como las ramas rotas que el agua empujaba ahora con violencia.
—¿Señor Villalta?
La voz llegó a sus oídos como un sueño, como un sonido irreal salido de ultratumba.
Ni siquiera se giró. Creyó que la había imaginado.
—¿Es usted Noel Villalta?
Se dio la vuelta y descubrió a un tipo rubio de cabello rizado y nariz aguileña. Unas gafas de sol oscuras y grandes, como los ojos de una mosca, cubrían sus ojos y buena parte de su rostro. Lo observó mientras se aproximaba hacia él y se dio cuenta de que aquel hombre no era una ilusión. El sudor cubría su semblante y temblaba de pies a cabeza. Parecía enfermo, drogado o ido. Sus manos, también temblorosas, eran grandes y estilizadas. Así habían sido las suyas antes del trasplante.
—Le he estado siguiendo. Le vi hablando con una mujer en la cafetería, pero no quise interrumpirles. Preferí esperar a que estuviera solo.
—¿Quién es usted? —preguntó Noel sin que su voz revelara el más mínimo matiz de interés—. ¿Nos conocemos?
—Podría decirse que sí. Soy otro, como usted. Debe oír lo que tengo que decirle.
Pero Noel no estaba para monsergas ni para escuchar a pelmazos. Su posición económica a veces lo había convertido en blanco de cazafortunas, vendedores de ilusiones y personas que esperaban que invirtiera su capital en proyectos irrealizables. No era la primera vez ni sería la última.
—Sea lo que sea lo que quiere venderme, no estoy interesado —contestó con sequedad.
—No busco su dinero. Lo que tengo que contarle nos concierne a ambos. Hace tres días no sabía de su existencia, pero ahora que sé quién es usted es preciso que hablemos, que tracemos juntos un plan para acabar con él antes de que él lo haga con nosotros.
—¡Déjeme en paz! ¿Cómo tengo que decírselo? —su voz no admitía réplica.
—Me gustaría hacerlo, pero no puedo. Estoy desesperado. Usted es mi última esperanza.
Noel lo tomó por un pobre diablo, un desaprensivo o un loco que no sabía lo que se decía.
—Deje de seguirme o llamaré a la policía. ¿Le queda claro?
Noel dio media vuelta y lo dejó allí plantado.
—¿No quiere escucharme? ¡No lo soporto más! ¡Y llegará un momento en que usted tampoco! —le oyó gritar desde la lejanía.
No contestó. Por el contrario, apretó el paso y dobló una esquina.
—¿No lo entiende? Usted, Noel, y yo somos hermanos.
Cuando Noel escuchó la palabra «hermanos» recordó aquel pasaje bíblico que había leído por indicación del «poeta loco».
Por puro instinto, se giró y lo buscó con la mirada. Puede que tuviera razón y debiera escucharlo. Demasiado tarde. El hombre acababa de arrojarse al agua como quien deja caer un bloque de cemento. Noel corrió hacia el borde y lo vio alejarse con la corriente. Ni por un instante había imaginado que aquel hombre tuviera en mente hacer una locura.
Tal vez no era tarde para ayudarlo. Sin pensarlo dos veces se tiró al río, pero una vez en el agua se percató de que no era capaz de nadar, no podía con la mano trasplantada. Intentaba avanzar, llegar hasta él, pero la ropa lo convirtió en un ser torpe y sin capacidad de acción. Se sentía incapaz de impulsarse, de utilizar su mano, aún débil, para realizar esa clase de esfuerzos.
Mientras tanto varias personas habían llegado al lugar del incidente. Un grupo de niños que jugaban a la pelota, un anciano con bastón y un par de muchachos observaban la insólita escena. Los jóvenes se lanzaron al río para salvar la vida de Noel, que chapoteaba con desmaña, a punto de hundirse. Para el hombre de las gafas era tarde, ya se había perdido en las oscuras aguas sin que se divisara su cuerpo.
Noel había perdido la consciencia. Los jóvenes lo arrastraron hacia el borde y lo sacaron con la ayuda de los vecinos de la zona, que ya habían dado aviso a los servicios de urgencias.
Capítulo 29
Atravesaba uno de los peores momentos de mi carrera profesional y aún no sabía qué iba a decirle a Minada. Por el bien de mi paciente había tomado una decisión difícil, pero la única moralmente aceptable. Abandonaría el caso y lo dejaría en manos del doctor.
Era lo más apropiado. Había pasado todo el fin de semana dándole vueltas, autoconvenciéndome de ello. Por mucho que me doliera, era lo mejor para todos, incluso para mí, aunque, para ser sincera, no había sido en mí en quien había pensado a la hora de solventar el conflicto.
Ya no podía ayudar a Noel, no en esas condiciones. Mis sentimientos obstruían mi labor como psicóloga y —según todos los indicios— mi paciente padecía un trastorno obsesivo que interfería en su vida impidiéndole avanzar en su recuperación. Aún le quedaba mucho camino por delante y, aunque mi decisión implicaba no volver a verle, no quería convertirme en un obstáculo.
Él estaba convencido de que su donante —¡un muerto nada menos!— controlaba sus pensamientos y sus acciones. Y yo, debido a lo que había comenzado a sentir por él, había dado palos de ciego durante todo ese tiempo. No podía seguir engañándome. Sentía algo especial por mi paciente, pero nuestra relación, que se suponía sólo profesional, me impedía actuar de otra manera. Ahora que lo sabía, no podía permitir más esa situación. Aquel hombre necesitaba la ayuda de alguien imparcial, que no estuviera implicado emocionalmente.
Por lo que a mí se refiere, prefería pensar que lo que le ocurría obedecía a una incipiente obsesión que desaparecería con un tratamiento adecuado, aunque en el fondo seguía intuyendo que había algo turbador e insondable en él. La empatía que sentía hacia Noel me arrastraba a creer su historia y mi corazón me decía que Noel no podía ser un asesino.
Había comenzado a estudiar el mundo onírico para alejar de mí la incómoda sensación de que alguien, posiblemente una inteligencia superior, podía jugar, si así lo deseaba, con nuestro destino. Después de especializarme en el campo de los sueños, creí haber desterrado ciertos mitos... hasta que Noel apareció en mi vida para recordarme que, por mucho que nos empeñemos, no siempre somos los dueños absolutos de nuestra existencia.
A pesar de todo, no podía dejarme arrastrar por lo que sentía hacia él. Lo más probable era que las pesadillas de Noel fueran recuerdos reprimidos que, al no poder aflorar a la consciencia, habían terminado por disfrazarse de sueños. Algo así como un mecanismo de defensa que lo protegía de sí mismo. Cabía la aterradora posibilidad de que fuera él quien había cometido aquellos crímenes.
En cualquier caso, ya no era a mí a quien le competía dilucidar la verdadera naturaleza de su profundo conflicto interno. El doctor Miríada era un hombre inteligente y preparado. El sabría cómo actuar. Al menos, eso esperaba de él, que comprendiera mi postura, que después de explicársela me diera una palmadita en la espalda y me dijera: «Tranquila, Leo. Todo está controlado.»
No obstante, algunos detalles no encajaban. Noel seguía sin parecerme una persona desequilibrada, por mucho que su escritura así lo revelara. Tan sólo vivía acomplejado por la insólita situación a la que se enfrentaba. A fin de cuentas, ¿cuántas personas habían recibido un trasplante de esas características? Pocas. Por increíble que parezca, llegué a plantearme si lo que me había contado en la cafetería podía tener algún viso de realidad. Rápidamente deseché esa idea de mi cabeza y apreté el paso. No quería llegar tarde a mi cita con Miríada.
Ya en el ascensor del hospital respiré hondo e intenté serenarme. Cualquiera que me hubiera visto diría que me dirigía a un examen final. El nerviosismo que sentía sólo era equiparable al sentimiento de frustración que se había instalado en mi vida.
El sonido del móvil me devolvió a la realidad.
Era Alberto, mi ex, si es que alguna vez habíamos sido algo. Me sorprendí pulsando la tecla de «rechazar llamada». Durante el tiempo que habíamos estado juntos lo había hecho pocas veces. Siempre esperaba impaciente tener noticias suyas. A veces pasaban días sin saber nada de él. Por aquel entonces lo imaginaba con su esposa y me moría de celos. Esta vez no sentí nada parecido, sólo satisfacción al encontrarme tan fuerte como para rehusar su llamada.
El doctor, como de costumbre, iba impoluto. Llevaba una camisa a rayas azules y un pantalón vaquero, sin bata blanca. Decía que ésta le alejaba de sus pacientes. Sólo se la ponía cuando tenía que impresionar a alguien para que donara fondos al hospital. En esos casos sabía cómo mostrarse persuasivo y convincente.
Me dio la mano y nos sentamos en un cómodo sofá granate en el que solía recibir a las visitas. Su despacho, al contrario que el mío, era amplio y luminoso, con un gran ventanal desde el que se divisaba buena parte de la ciudad. Aquel habitáculo olía a limpio, a nuevo. Ni una sola mota de polvo se agitaba en el ambiente, aunque resultaba un poco frío. En mi opinión, le faltaba un toque femenino.
Por su cara de gravedad deduje que se imaginaba que aquélla no era una visita de cortesía.
—Supongo que quiere hablarme de Noel —dijo cruzando las manos.
Me miraba con atención, pendiente de mis gestos y palabras.
—Sí, doctor. Supone bien.
—Bueno, pues usted dirá.
—Me pidió una valoración del caso. Pues bien, después de estudiarlo, he pensado que lo mejor para Noel es que lo ponga en manos de un psiquiatra. De hecho —expliqué intentando que el timbre de mi voz no temblara—, me temo que no puedo ayudarle.
—¿Por qué dice eso? ¿Es que no ha progresado? Pensaba que sí.
—Pues no. Cuando me dijo que se trataba de un caso complejo, no imaginé hasta qué punto. ¿Le ha preguntado Noel detalles sobre el donante de la mano?
—Como es lógico, al principio sentía curiosidad. Suele pasar. Pero después no ha vuelto a hacerlo. Deduzco que a usted sí.
—Quizá no se atreva a decirle nada, pero le aseguro que siente algo más que simple curiosidad. Creo que se está obsesionando y para atajar el problema debería recibir otro tipo de terapia. Ya sé que me dijo que no hay casos de rechazo psicológico, pero puede que éste lo sea.
—Resulta extraño. Ni yo ni nadie de mi equipo ha notado nada. Noel viene cada día, hace sus ejercicios y se muestra alegre e integrado con el personal del hospital.
—Pues disimula —señalé.
—¿Está segura de que quiere abandonar el caso? No es un buen momento para hacerlo justo ahora —Gerardo Miríada subrayó sus dos últimas palabras.
—¿Justo ahora? ¿Qué quiere decir?
El doctor arqueó las cejas sorprendido.
—¿No ha leído los periódicos?
—No he tenido tiempo. ¿Es que ha pasado algo?
—Sí, algo horrible para él.
Al oír sus palabras sentí una punzada en el corazón, como si me lo hubieran atravesado con un hierro candente.
—¡Dios mío! ¿Qué?
Miriada se levantó en dirección a su mesa y cogió un periódico que había encima de un montón de expedientes. Me lo tendió y volvió a ocupar su sitio en el sofá.
«Extraño suicidio en el río», rezaba el titular.
Nunca habría imaginado que nuestra conversación tendría tan fatal desenlace. Repentinamente me sentí a morir. Inspiraba con fuerza, pero no lograba que el aire llegara a mis pulmones. Estuve a punto de desmayarme allí mismo. A juzgar por la cara de Miríada, debí de quedarme lívida, porque no tardó más de dos segundos en levantarse del sofá para abanicarme con el periódico.
—¿Se encuentra bien? Tranquilícese, Leo. Noel está bien, aunque no le ocultaré que ha estado a punto de morir ahogado. Por fortuna, todo se ha reducido a un susto. Al parecer, Noel se arrojó al río para tratar de salvar la vida de un hombre, un suicida —comentó mientras me servía un vaso de agua—. Ya supondrá que él aún no puede hacer esa clase de esfuerzos. Menos mal que unos muchachos lograron rescatarlo con vida. El otro no tuvo tanta suerte. Fue arrastrado por la corriente. Nadie pudo hacer nada por él.
Al oír su explicación respiré aliviada. Por un momento había pensado que...
—Es terrible.
—Sí, lo es. Noel ha estado ingresado desde el sábado por la tarde, pero esta mañana le han dado el alta. Por eso le decía lo inconveniente que resulta que justo ahora quiera dejar de tratarlo. Todo este asunto le ha afectado bastante. Le he notado muy abatido. ¿No podría esperar un poco antes de comunicarle su decisión? Sólo hasta que se recupere un poco.
Capítulo 30
No tuve valor para negarme. ¿Cómo iba a dejarle tirado en aquellas circunstancias? Al final cedí. Por el bien de Noel el doctor Miriada y yo acordamos no decirle nada sobre mi decisión, al menos hasta que el primero diera con el especialista adecuado para tratar su caso. Sin embargo, los acontecimientos se precipitaron y al día siguiente Gerardo me telefoneó para decirme que Noel no quería regresar a mi consulta y que, por tanto, ya no hacía falta seguir con el plan. Algo que, por desgracia, ya intuía. Nuestra conversación en aquella cafetería cercana a la casa de mis padres me hizo presagiar lo peor: que Noel había perdido la fe en mí, si es que alguna vez la había tenido.
Al parecer, después de mi encuentro con Miríada éste telefoneó a Noel y le animó a que viniera a verme. Pretendía que se desahogara contándome su angustiosa experiencia en el río, pero Noel se negó aduciendo que mi ayuda no le había valido de mucho. Miríada trató de convencerlo, pero no hubo manera. De nada sirvieron sus recomendaciones y consejos. Noel era tozudo y no estaba por la labor de contar sus cuitas a alguien que no sólo no había escuchado sus demandas, sino que además parecía dudar de su cordura. No le refirió esto último al médico, pero era fácil deducirlo después de mi negativa a indagar datos personales sobre el donante de la mano.
Recibí la noticia con dolor, como si me hubieran asestado mi golpe. Le di las gracias y colgué el teléfono. En cuestión de instantes me derrumbé. Me sentía fracasada desde todos los puntos de vista posibles. Y lo peor, aquello suponía que no volvería a verlo. En aquellos momentos, mientras mi corazón se retorcía de impotencia, lo más probable era que Noel, ajeno por completo a mis emociones, me detestara.
No podía culparlo.
Aquel caso se rae había escapado de las manos. Ya era hora de que aceptara que no había sabido manejar el problema con la firmeza y el aplomo necesarios. Había antepuesto mi corazón a mi cabeza, cuando lo que la situación requería era mantener esta última bien fría. Pero ¿era posible tal cosa?
Aún con las manos temblorosas por la pesadumbre y el temor de no volver a tenerlo cerca, me puse las gafas y busqué su expediente. No me costó dar con él. Estaba sobre un montón de papeles que había en el lado izquierdo de la mesa. En él anoté la fecha y un resumen de mi conversación con el médico y le pedí a Teresa que lo archivara junto al resto de casos cerrados.
—¿No vendrá más a consulta? —quiso saber.
—No —contesté con pesar—, ya no es mi paciente.
—Qué pena, con lo guapo que era —comentó mientras cogía la carpeta—. Y también parecía buen chico. Aquí tienes el periódico de ayer que me pediste. Mi madre lo había tirado, pero llegué justo a tiempo para rescatarlo de la basura.
Le di las gracias y me giré en dirección a mi despacho cuando la joven reclamó mi atención.
—Ah, por cierto, mientras hablabas con Miríada ha vuelto a llamar el doctor Alberto Medran. ¡Es la cuarta vez hoy! —exclamó con un mohín de fastidio—. Le he dicho que estabas al teléfono, pero para mí que no se lo ha creído, porque ha contestado con sorna: «¡Qué raro que siempre que la llamo esté ocupada!» Perdona si me meto donde nadie me llama, pero el tal Medran es un poco grosero.
Otra vez Alberto.
Telefoneaba a todas horas. Imaginé que me había llamado para convencerme de que debíamos vernos, aunque conociéndolo su intención última fuera llevarme a la cama. Despues me pediría perdón, me juraría —si llegara a considerarlo conveniente— que dejaría a su mujer y luego pretendería que todo siguiera igual que antes, como si nada hubiera ocurrido entre nosotros. No era la primera vez que actuaba de ese modo, pero sí la primera en la que yo le daba con la puerta en las narices. El embrujo que me había arrastrado una y otra vez a aceptar sus deseos, aun sabiendo lo que con posterioridad ocurriría, no surtía el efecto deseado. Alberto ya no tenía poder alguno sobre mí. Ahora era Noel quien ocupaba buena parte de mis pensamientos.
—Gracias, Teresa —dije cerrando la puerta.
—¿Qué le digo si vuelve a llamar? —la oí preguntar desde el otro lado.
—Que no estoy.
De regreso a mi despacho me senté junto a la ventana y saqué el paquete de tabaco que había adquirido por la mañana.
Estaba intacto, me resistía a abrirlo.
Sabía que hacerlo sería mi perdición. Llevaba siete meses sin fumar, pero aquél me pareció un día tan bueno como cualquier otro para retomar mi antigua adicción. Los últimos acontecimientos con Noel como protagonista me habían vuelto más vulnerable de lo que quería o podía admitir. Lo abrí y lo acerqué a mi nariz para inspirar el embaucador aroma del tabaco fresco. Después extraje un cigarrillo y lo acaricié entre los dedos suministrándole pequeños golpecitos contra la mesa y al fin lo introduje en mi boca, pero no llegué a prenderlo. Lo dejé ahí, colgando entre los labios, acostumbrándome de nuevo a su tacto dúctil.
Sin mucho ánimo busqué la sección de sucesos en el periódico. En una de sus columnas se recogía el turbio asunto en el que se había visto envuelto Noel.
Solté el cigarrillo apagado de golpe y lo estrellé contra el cenicero hasta quebrarlo por la mitad.
Después de leer aquel artículo comencé a plantearme que tal vez Noel no fuera el criminal que había supuesto. ¿Qué clase de sádico era aquél que ponía su vida en peligro para tratar de salvar la de un desconocido? Al no ser capaz de hallar una respuesta convincente una turbadora duda comenzó a asaltarme. ¿Y si había juzgado mal a Noel? ¿Y si sólo era un hombre torturado pero no un asesino? ¿Y si lo que me había contado aquella tarde en la cafetería escondía algo de verdad? Durante el resto del día estuve inquieta, nerviosa, revolviéndome en la silla sin poder centrarme en mi trabajo, dándole vueltas al asunto y por más que lo ansiaba no lograba serenar mi espíritu.
A eso de las ocho y media Teresa llamó a la puerta.
—Me voy —comentó mientras se ponía su cazadora vaquera—, he quedado con Angela para tomar algo. ¿Te apuntas? Seguro que se alegrará de verte.
—No, gracias. Tengo trabajo pendiente —mentí sin mucha convicción.
No tenía ganas de nada y ella debió de notarlo, porque añadió:
—¿Seguro? Llevas aquí todo el día. Ni siquiera has salido para comer. ¿Te encuentras bien? Te noto un poco alicaída. Te vendría bien comer algo y relajarte un poco.
—Sí, gracias. Es sólo que quiero acabar de preparar esta dichosa conferencia y también estoy un poco cansada. Dale un beso a Angela de mi parte.
Mi gesto no ofrecía discusión.
—Bueno, pues nada, no insisto. Otro día será. ¿Cierras tú?
—Sí, tranquila, yo me ocupo. Que lo paséis bien.
Después de que Teresa se marchara, me levanté y me dirigí al archivador de los casos cerrados para recuperar el expediente de Noel. Quería revisarlo, tenía que haber algo en él que había pasado por alto. No podía negar por más tiempo que su caso me obsesionaba. Con independencia de mis sentimientos hacia Noel, había algo realmente extraño en muchas de las cosas que me había referido y el hecho de que ya no fuera mi paciente no significaba que no siguiera interesándome aclararlas.
Cogí la carpeta y la guardé en mi bolso junto al cuaderno de notas. Después apagué el ordenador y las luces y salí cerrando con llave.
Capítulo 31
Casi había anochecido cuando abandoné la consulta. Una desapacible corriente de aire bañaba la ciudad. Miré al cielo y comprobé que unos nubarrones negros se cernían sobre ella como un manto opaco y tenebroso.
En ese instante mis tripas protestaron con violencia. Estaba hambrienta. Corrí para llegar a Mont Bonjour, pero acababan de echar la reja, así que tuve que conformarme con el «chino» de la esquina. Allí me hice con un par de sandwiches de atún con tomate de aspecto oleaginoso —fue lo mejor que encontré— y una deliciosa chocolatina de ésas que semanas atrás me había prometido no volver a probar.
Pagué y salí de la tienda en dirección a la boca del metro. Fue en aquel instante cuando tuve la sensación de que alguien me seguía, pero no quise darle mayor importancia. Si en ese momento hubiera divisado un taxi lo habría cogido sin dudarlo, pero no tuve esa suerte. No vi ninguno, así que, por si acaso, apreté el paso sin mirar atrás.
La parada del autobús quedaba aún más lejos que la boca del metro, por eso me había decantado por este último. Iba cargada como una muía. Llevaba un enorme bolso marrón, mucho más parecido a un saco, repleto de cosas inútiles, la comida que acababa de comprar y mi ordenador, supuestamente portátil. Me juré que cuando tuviera algún dinero extra me haría con un portátil pequeño y ligero y me desharía de aquella antigualla que pesaba como un muerto.
Me pareció escuchar unos pasos detrás de mí, pero no perdí el tiempo en comprobar quién me seguía ni por qué y continué avanzando ante el temor de ser asaltada. Pensándolo bien, aunque mi ordenador fuera antediluviano, era el único del que disponía —el de la consulta estaba obsoleto— y que actualmente podía permitirme. En su interior guardaba todas las fichas de mis pacientes, amén de otros datos importantes para el desarrollo de mi trabajo.
Me giré con descaro, pero no conseguí ver a nadie.
La calle estaba demasiada oscura y hasta donde las farolas iluminaban no se distinguía a persona alguna, lo cual me intranquilizó todavía más, ya que estaba segura de haber oído unos pasos, que poco después volví a escuchar aún más cercanos y nítidos.
Ya no había duda de que alguien me seguía.
La suerte quiso acompañarme y la aparición de una luz verde me anunció la presencia de un taxi. Rápidamente alcé mi mano e hice señas al conductor para que se detuviera. Ya en el interior del vehículo me sentí más aliviada. Cuando arrancó oteé la calle y pude distinguir la silueta de un hombre de espaldas.
—No puede ser. ¿Cómo has dicho? —pregunté con la esperanza de haber entendido mal las palabras de Teresa.
Al recibir su llamada, me encontraba camino de la consulta, mentalizada para comenzar una nueva jornada de trabajo.
—Pues lo que oyes, que han entrado en la consulta. Alguien ha forzado la cerradura, pero no te preocupes, creo que no han robado nada. Han revuelto los archivadores y los cajones, y el ordenador estaba encendido, pero no se lo han llevado, supongo que porque pesa demasiado y porque no les darían nada por él. Tampoco han cogido la impresora ni la cafetera. —Teresa hablaba atropelladamente, presa del nerviosismo—. Ya he llamado a la policía. No tardará en llegar. ¿A ti te queda mucho?
—Cálmate, Teresa. No te agobies, te noto acelerada —le hablaba con voz queda y relajada—. Lo importante es que no nos ha pasado nada a ninguna de las dos. Estoy a punto de llegar, no te preocupes por nada. ¿No tenías hoy un examen?
Pero ella no parecía escucharme.
—Para mí que buscaban algo, porque dime si no para qué han encendido el ordenador. Las plantas están bien, no las han tocado. Tampoco han entrado en el baño. ¿Seguro que cerraste bien la puerta? A ver si se quedó mal cerrada...
—¿A qué hora es tu examen? —la interrumpí.
—¿Examen? ¿Qué examen?
—Tu examen, Teresa. El que tienes hoy.
—Ah, el examen. A las cuatro.
—Pues escúchame bien: espera a que llegue y después te vas a casa a estudiar. No quiero que suspendas por culpa de esto.
No me reconocía. Parecía una madraza. La verdad, no sé de dónde saqué el ánimo para enfrentarme al allanamiento en la consulta, y digo bien cuando hablo de allanamiento y no de robo, porque al final resultó que no se habían apropiado de nada. La policía me dijo que seguramente no lo habían hecho porque no había nada de valor. El mobiliario era demasiado pobre como para interesar a nadie; el ordenador, demasiado viejo. La impresora, una birria. ¿Y quién querría una cafetera usada y anticuada, por muy buen café que preparara?
Lo malo es que me vi obligada a cambiar la cerradura, con el consiguiente desembolso económico que eso supuso. Los agentes que acudieron no me dieron opción a explayarme. Intenté decirles que justo la noche anterior alguien me había seguido después de abandonar la consulta, pero ellos le restaron importancia al hecho y dijeron que aquel barrio no estaba precisamente en la parte alta de la ciudad. Sin embargo, sus pesquisas no me dejaron plenamente satisfecha. Algo me decía que ambos hechos estaban relacionados.
Capítulo 32
Mentiría si dijera que había imaginado así la redacción de El Observatorio de la ciudad. Después de leer las crónicas de este periódico durante varios años, había pensado que debía de tratarse de un lugar atestado de gente en el que los teléfonos sonaban sin cesar sin que nadie tuviera el tiempo o las ganas necesarios para atenderlos.
Tampoco esperaba que el mismo periodista que había cubierto las informaciones sobre las extrañas muertes de la vidente y del mendigo se aviniera a recibirme con tanta facilidad dejando a un lado las múltiples actividades que —suponía yo— debía de entrañar su excitante oficio.
Mientras aguardaba con nerviosismo en una pequeña sala a que éste apareciera, lo imaginaba como una especie de Clark Kent. Un hombre joven, intrépido y apuesto acostumbrado a bregar con toda clase de sucesos, personajes e imprevistos.
Nada más lejos de la realidad.
Estaba claro que había conocido a pocos periodistas o que tenía idealizados a estos profesionales, porque cuando entró en la estancia su rostro me recordó al de un topillo de ojos menudos y brillantes, y su cuerpo desgarbado y delgado —en nada parecido al del Superman—, al de una lagartija.
—Care Ramos —dijo ajustándose unas enormes gafas que le venían grandes—. Usted debe de ser Leo.
—Sí —contesté poniéndome en pie para tenderle la mano—. Leo Sánchez Flores.
Al menos —me dije— tenía algo en común con el superhéroe: las gafas.
Sin embargo, la decepción inicial dio paso a la sorpresa y después a la admiración al conocer en qué condiciones trabajaban aquel hombre y sus compañeros y al descubrir la astucia que regía su carácter.
—¿Le apetece beber algo? —preguntó mirando su reloj—. Tengo el tiempo justo de tomar un café.
—Sí, gracias —contesté con la mejor de mis sonrisas—. Un café estaría bien.
—Perfecto. En ese caso, venga conmigo. La máquina está abajo, junto a la redacción. Allí podremos hablar con tranquilidad.
Al descender por la escalera del viejo periódico, me percaté de lo mucho que necesitaba una mano de pintura el edificio. Me recordaba a mi consultorio, sólo que en grande y bastante más destartalado. Me sorprendió no ver el bullicio y frenesí que había imaginado que debía de reinar en un sitio así. Desde luego, aquella redacción no parecía un hervidero de información y noticias frescas, aunque lo fuera; apenas una veintena de personas se hacinaban unas junto a otras en varias mesas colocadas en dos filas enfrentadas y desde ellas se elaboraba a diario la información que puntualmente ofrecía El Observatorio a sus lectores.
El periodista debió de advertir mi cara de asombro porque comentó con picardía:
—¿Decepcionada? A todos los que vienen les ocurre lo mismo. La gente se cree que nuestra redacción es poco menos que una agencia de inteligencia, pero ya lo ve, esto es lo que hay detrás de la noticia, apenas un puñado de personas trabajando a contrarreloj, con pocos medios y malos salarios.
—Bueno, es que nunca había estado en ninguna redacción y me sorprende que tan pocas personas puedan hacer un periódico tan interesante y completo.
—Gracias por la parte que me toca.
Después de que el periodista sacara un par de cafés de la máquina, nos sentamos a una de las mesas vacías que había al fondo y vi cómo extraía de su americana una libreta y un puro.
—Si quiere puede fumar —informó encendiéndoselo con un gesto de deleite—. Ésta es una de las pocas cosas buenas de este periódico. Aquí todos fumamos, y ¡ay de quien pretenda prohibírnoslo! Hace unos años tuvimos un jefe de sección que quiso hacerlo.
—¿Y qué pasó?
—Que ya no trabaja aquí. No le digo más —explicó entre risas—. Pero, bueno, usted habrá venido por algo. A la recepcionista no le quedó muy claro el motivo de su llamada. ¿Qué desea exactamente?
Antes de contestarle extraje un cigarrillo y me lo llevé a los labios. El periodista se aproximó con rapidez para suministrarme fuego, pero hice un gesto de negación con la mano y aparté la cabeza. Aún no había sucumbido a la tentación. Me había limitado a sacar pitillos de la cajetilla para mordisquearlos apagados y no estaba segura de querer volver a mi antigua adicción. Hasta el momento había aguantado con gran esfuerzo el envite del tabaco durante medio año, pero ignoraba por cuánto tiempo más podría seguir haciéndolo.
—Verá, tengo entendido que usted cubrió estos casos —comenté sacando de mi cuaderno los recortes relativos a los asesinatos.
Care Ramos tomó los recortes que le tendía, echó un vistazo a los titulares y me los devolvió con un mohín torcido.
—Feo asunto, sí señor. En efecto, yo cubrí estas noticias y aún sigo con ellas, no crea, porque mucho me temo que los crímenes no acabarán aquí.
—¿De verdad piensa que ambos sucesos están relacionados, tal y como sugiere en uno de los artículos?
—La policía así lo cree —expuso con tono enigmático, como si se reservara alguna información.
Después, dejó caer la ceniza de su puro en un vaso de plástico repleto de colillas empapadas de café y prosiguió.
—Pero aún no me ha dicho quién es usted ni por qué le interesan estos turbios asuntos. ¿Acaso tiene algo que contarme?
—Tiene razón, no le he dicho que soy grafopsicóloga y que la razón por la que quería hablar con usted era para pedirle su ayuda —improvisé tratando de parecer coherente.
No estaba por la labor de descubrir mis verdaderas motivaciones.
—¿Y en qué puedo ayudarla?
—Como la mayoría de los grafopsicólogos, colecciono firmas y escrituras interesantes, y ésta —concreté señalando la nota reproducida por el periódico— es bien curiosa.
—Sí que lo es, sí —murmuró entre dientes después de mordisquear su puro.
—¿No la tendrá usted? No me refiero a la foto en cuestión, sino a una fotocopia de la nota original. Como le he dicho, me interesa mucho para mi colección, pero, como usted comprenderá, la calidad con la que aparece reproducida es insuficiente para obtener ninguna conclusión. Los grafólogos acostumbramos a trabajar con material original. Ya supongo que algo así, en un caso como éste, no puede ser, pero al menos necesitaría una buena fotocopia. Al final, una foto, por muy buena que sea, sólo es una foto.
—Entiendo —asintió anotando algo en su libreta—. Lamentablemente, no la tengo. La policía es muy mirada para estas cosas. De hecho, si pude tomar la foto que salió publicada es porque llegué casi al mismo tiempo que los agentes. Después me echaron del lugar. Aquí hacemos de todo, hasta de fotógrafos si es preciso. Sin embargo —comentó haciéndose el interesante—, dispongo de algunos contactos dentro del cuerpo y tal vez podría hacerme con una copia de ambas notas: de la que dejó el criminal en la casa de la vidente —que, como sabe, no ha sido publicada— y de la que el asesino depositó sobre el cuerpo del mendigo.
—¿De veras? Eso sería fantástico.
—Bueno, podría intentarlo, sí, aunque no puedo asegurarle que lo consiga. Verá, Leo, me da en la nariz que este caso tiene mucha más miga de lo que la policía dice. ¿Sabía usted que hace unos años se produjeron unos crímenes muy similares?
—No, no tenía ni idea. ¿Qué ocurrió entonces? —pregunté revolviéndome inquieta en mi asiento, al conocer aquella nueva información.
—No podría aseverarlo porque me faltan datos. Por eso no he publicado nada al respecto. Aún estoy haciendo averiguaciones, pero uno no da más de sí. Estoy siguiendo varios casos a la vez y el día, por mucho que se empeñe nuestro editor, no tiene más de 24 horas.
Como si de pronto hubiera recordado cuáles eran sus obligaciones, Care Ramos le dio otra chupada a su puro, bebió de un trago el café que aún restaba en su vaso y se puso en pie guardando su libreta.
—Si yo obtuviera el material que me pide, ¿podría trazarme un perfil grafopsicológico del criminal? —preguntó resuelto.
—Desde luego.
—Veré lo que puedo hacer —exclamó estrechándome la mano.
Capítulo 33
Cuando su víctima accede al parking, él se encuentra oculto, esperándola entre las sombras que proyectan las columnas que sostienen el recinto.
La presa lleva un traje oscuro y elegante, así como unos zapatos, un cinturón y una corbata que combinan a la perfección con el atuendo que ha elegido ese día. Tiene el pelo entrecano con grandes entradas en las sienes y lleva su inseparable maletín. Ha salido tarde de trabajar y se dirige a casa, pero para ello primero tiene que acceder al parking caminando.
Sus zapatos suenan apocados sobre el pavimento, como si su propietario se negara a romper el silencio que reina en aquel santuario de vehículos durmientes que esperan a sus dueños. A lo lejos ya divisa su auto, un potente deportivo que ha adquirido semanas atrás. Sus honorarios le dan para eso y para otros muchos caprichos, a cual más extravagante. Pero a él, a su asaltante, no le importa su peculio, pretende algo mucho más valioso.
El hombre acciona el mando a distancia y abre las puertas del auto antes de llegar a él.
«Mala costumbre», le ha dicho su esposa cientos de veces. Argumenta que alguien podría sorprenderlo antes de subir y robárselo con facilidad. Él le ha dicho que no se preocupe, que no volverá a hacerlo, pero lo cierto es que no puede evitar apretar el botón cuando aún está a cierta distancia, se ha convertido en un tic, en una manía que no es capaz de controlar. Quizá por eso no se ha percatado de que alguien se ha introducido en el asiento trasero.
Por fin se sube y arranca. El motor ruge con fuerza. Le encanta escuchar ese sonido, le hace sentirse vivo y poderoso, así que conduce con suavidad, casi acariciando el volante de cuero, disfrutando de esa emoción. Tras subir dos plantas sale del aparcamiento y se ve inmerso en la noche. Los testigos del salpicadero le acompañan en su recorrido. Hay lucecitas por todas partes para tener las cosas bajo control, como a él le gusta.
En algún momento del trayecto alberga la incómoda sensación de sentirse escrutado, vigilado por unos ojos invisibles, pero rechaza esa intuición porque sabe que allí no hay nadie excepto él. Únicamente comprende que no viaja solo cuando oye aquella voz desde el asiento trasero.
—Tengo un arma. Pare el coche.
El hombre se sobresalta y está a punto de salirse de la carretera. Cuando recobra el control mira a través del retrovisor, buscando una explicación, y observa una sombra, una silueta informe, que no acierta a identificar, aunque juraría que su voz le resulta familiar.
—¿Qué quiere? ¿Dinero? ¿Es eso? Le daré cuanto llevo —responde con inquietud.
Las manos le tiemblan, su voz, no puede evitarlo, suena titubeante, sin convicción. Está asustado.
—Obedezca, por favor. No me obligue a matarle aquí mismo.
Accede a sus deseos, no le queda otra.
En el descampado todo está tranquilo y silencioso. No hay mirones que puedan arruinar sus planes. La víctima, ya fuera del vehículo, camina a trompicones delante de su captor, que no le permite ver su rostro en ningún momento. Sólo puede sentir el filo acerado de una navaja en su nuca, o quizá se trate de un cuchillo de cocina, no está seguro. Cuando llegan al árbol su agresor le deja girarse, pero sólo descubre a un hombre enfundado en un pasamontañas.
—¿Qué es lo que quiere? Le aseguro que esto no es necesario —le explica con nerviosismo encogiéndose de hombros y abriendo las palmas de las manos para transmitirle franqueza—. Tome mi cartera, mi reloj y las llaves del coche. Lléveselo todo.
—Aún no sabe que no busco su dinero, ¿verdad? ¡Dese la vuelta y póngase de rodillas! —le ordena enérgico.
Su manera de expresarse no admite réplica.
El hombre se gira, pero se queda en pie, desconcertado, sin saber bien qué hacer ni qué va a ocurrir a partir de entonces. «Si no quiere ni mi dinero ni mi coche, ¿qué quiere?», se cuestiona angustiado.
Su atacante no le deja mucho tiempo para hacer cábalas. De un empujón lo arroja al suelo haciéndole morder el polvo. Después, lo arrastra hacia el árbol y le rebana el cuello sin piedad.
De su chaqueta extrae un papel y lo coloca con delicadeza —casi se diría con dulzura— sobre su pecho, bien visible. Luego, de rodillas, recita una plegaria. Tarda poco en incorporarse y pasar revista a su alrededor.
Todo en orden.
Al despertar Noel no sabía qué había pasado. Todo parecía indicar que había vuelto a quedarse dormido, esta vez sentado sobre un banco en plena calle.
Estaba oscuro y le costaba recobrar el control de su cuerpo. Sus piernas parecían entumecidas y sus brazos y manos —curiosamente, ambas manos— experimentaban un hormigueo y un extraño calor desde los antebrazos hasta la punta de los dedos. Todas sus terminaciones nerviosas parecían estar activas y alerta.
Se levantó despacio, tratando de evitar el punzante martilleo en sus sienes, pero de nada le sirvió, éste se hacía cada vez más fuerte y penetrante. Su reloj marcaba las doce menos veinte y no recordaba qué había pasado desde que abandonó el cine a eso de las diez y media. Le preocupaban esas ausencias en las que el tiempo parecía haberse diluido en la nada más absoluta. Quería deshacer el lapso perdido en un grito, pero era incapaz de mover los labios, de acallar su mente violada por el otro y el recuerdo de un nuevo sueño le asaltaba con una virulencia implacable y terrorífica.
¿Quién era el hombre del pasamontañas? ¿Por qué le perseguía? ¿Era un reflejo de sí mismo? ¿Una proyección onírica de un recuerdo adormecido por la culpa, el miedo y los remordimientos? ¿Era él quien cometía esos terribles crímenes y luego los desterraba en el olvido o era el otro quien poseía esa naturaleza feroz y despiadada?
Tenía que salir de dudas, tenía que hacer algo antes de que él —fuera éste quien fuera— volviera a actuar.
Capítulo 34
Estaban a punto de dar las once cuando descolgué el teléfono para llamar a Gerardo Miríada. Juro que me había propuesto no hacerlo, pero la intriga me corroía. Quería saber qué había sido de Noel, necesitaba tener noticias de él aunque fuera a través de terceros. ¿Me habrían encontrado ya un sustituto? ¿Habría progresado en su recuperación? ¿Le habría contado las cosas que en su día me había detallado a mí? ¿Le habría hablado sobre la conexión invisible que, según Noel, existía entre él y su donante? ¿Le habría referido sus enigmáticos y desconcertantes sueños? ¿Le habría comentado algo sobre mí? ¿Sería ahora más feliz? ¿Me echaría de menos?
Todo en mi interior eran dudas.
Cuando escuché el tono de voz de Miríada al otro lado de la línea telefónica, de inmediato supe que algo no marchaba de manera correcta.
—Noel está bien —me dijo con un poso de aflicción. No podía verle, pero lo imaginé cabizbajo—. Tengo grandes esperanzas puestas en él. Resulta increíble cómo ha progresado con la nueva mano. Parece haberla integrado a su cuerpo antes de lo que esperábamos, mucho antes que cualquier otro paciente que haya tratado.
Pese a lo positivo de su discurso, su voz parecía la de una persona abatida y su ánimo no era ni mucho menos al que tenía acostumbrados a cuantos lo conocíamos. Miríada era un hombre básicamente positivo. Por eso tuve la impresión de que había ocurrido algo terrible en su vida que nada tenía que ver con Noel.
—¿Seguro que está bien? —pregunté con timidez.
—Oh, sí, desde luego. Está a punto de comenzar una nueva terapia con un psiquiatra. Esperemos que pronto dé sus frutos y logre dejar atrás sus traumas.
Dudé unos instantes.
¿Debía preguntarle? A fin de cuentas, no nos conocíamos tanto y tal vez pensara que me estaba inmiscuyendo en sus asuntos. Aun así, me arriesgué.
—En realidad me refería a usted. ¿Qué es lo que le ocurre, Gerardo? Porque le pasa algo, ¿verdad? Le noto triste y preocupado. Espero que no le importe que le pregunte.
—Bueno, no me gusta hablar mucho de mis problemas —me confesó—, pero, ya que se ha dado cuenta, le diré que acabo de perder a un colega del hospital, alguien a quien de veras apreciaba. Era cirujano cardiovascular. Una eminencia. En fin, no quiero amargarle el día.
—Oh, Dios mío. Cuánto lo lamento. Espero que no haya sufrido mucho —dije pensando, no sé por qué, en una enfermedad.
—Según la policía, todo debió de ser muy rápido, aunque no quiero ni imaginarme cómo estará su mujer. Estaba casado desde hace doce años y tenía dos críos. Aún no he reunido fuerzas para llamarla.
Al mencionar a la policía barajé la hipótesis de un accidente, pero no me pareció apropiado indagar sobre ello. Miriada suspiraba de vez en cuando y hacía pausas al hablar, como si le costara respirar o estuviera a punto de derrumbarse de un momento a otro. Deduje que necesitaba desahogarse, así que le dejé hacerlo. Era una práctica que solía aplicar con mis pacientes. Les dejaba hablar hasta que se sentían más aliviados.
—¿Por qué tuvieron que hacerle eso? —me espetó con rabia contenida—. No le dieron la oportunidad de defenderse, fue una ejecución a sangre fría. Podría habernos pasado a cualquiera de los que trabajamos en este hospital. Quién podría haber imaginado que alguien lo esperaba en el parking. Ayer mismo lo vi. Estuvimos tomando un café y, lo que son las cosas, pensaba en retirarse para pasar más tiempo con su familia.
De pronto, se quedó callado y acto seguido le escuché sollozar.
—Gerardo, ¿estás bien? —pregunté tuteándole por primera vez desde que nos conocíamos.
* * *
Media hora después llegué al hospital.
Quería ayudarle de algún modo. Desde el punto de vista personal, sentía una gran simpatía hacia él. Y en lo profesional se había portado bien conmigo. Siempre que podía me enviaba pacientes. Para mí era una especie de maestro. Por eso me había dolido tanto fallarle con lo de Noel.
No lo pensé dos veces, cogí el autobús y fui al hospital sin imaginarme que su amigo y colega había sido asesinado por la misma persona que había dado muerte a la vidente y al mendigo. De hecho, después de que Miríada me relatara los detalles de la misteriosa muerte del cirujano, sólo cabía sopesar esa hipótesis.
Sin proponérmelo surgió mi faceta de psicóloga y, dejando a un lado mis sentimientos, empecé a pensar como lo que en realidad era. Por los detalles que conocía, el crimen parecía un calco de los anteriores, como si el asesino siguiera un patrón aprendido. Era posible que todo obedeciera a un comportamiento ritual de alguien supersticioso que creía que llevando a cabo este tipo de actos podría acallar su voz interior, que pensaba que cumpliendo una misión se sentiría bien consigo mismo. Pero, seguramente, después de cada crimen la voz le exigía más, le obligaba a buscar nuevas víctimas.
¿Tenía Noel algo que ver con esta nueva muerte? Quise pensar que no, pero a medida que Miríada me contaba los pormenores no podía evitar pensar que todos aquellos asesinatos tenían como nexo a mi antiguo paciente.
Primero había sido la vidente a quien Noel consultó. Después, el mendigo. Aquel pobre hombre también había tenido contacto con él antes de morir. Y, por último, estaba el cirujano cardiovascular, que, si bien no me constaba que tuviera relación alguna con Noel, casualmente trabajaba en el mismo hospital que Miríada, al que mi antiguo paciente acudía a diario para la rehabilitación.
«¿Se habrían cruzado alguna vez por los pasillos del edificio? ¿Habrían llegado a conocerse?», me preguntaba. ¿Simples casualidades? ¿Quién era en realidad el hombre del que me estaba enamorando?
Después de abandonar el hospital, busqué un kiosco y comprobé que la noticia estaba en todos los periódicos, aunque, lógicamente, me decanté por El Observatorio. Como era de esperar, Care Ramos había cubierto la información de la muerte del colega de Miríada.
Ya no se trataba de un mendigo que vivía debajo de un puente, ni de una antigua madame transformada en adivina, sino de un reputado cirujano cuya especialidad eran los trasplantes de corazón. Un suceso así no podía pasar desapercibido ni siquiera en una ciudad como aquélla, en la que los crímenes estaban a la orden del día.
Leí la información con inquietud, verifiqué que los datos que me había facilitado Miríada coincidían con los que publicaba El Observatorio y pensé en llamar a Care Ramos para preguntarle si disponía de alguna información adicional sobre la muerte del cirujano y también para saber si había logrado conseguir una muestra de escritura del asesino, pero tenía que regresar a la consulta para atender a mis pacientes.
Estuve allí toda la tarde. Al igual que Gerardo Miríada, Teresa también estaba un poco alicaída. Aún no le habían dado los resultados de su examen, pero, según me contó, estaba casi segura de haber suspendido. El día que lo tuvo estaba tan nerviosa por culpa del «robo» en la consulta que la pobre se había bloqueado a la hora de responder las preguntas.
A eso de las ocho se marchó y me quedé sola. Tenía que terminar un informe y no quería dejar el trabajo a medias, así que no abandoné la consulta hasta las nueve menos cuarto.
Cuando lo hice había oscurecido y hacía un poco de frío. Me puse la chaqueta e inicié el paso en dirección al metro, pero alguien me lo impidió abordándome por detrás. Al girarme casi me da algo al ver allí a Alberto. Parecía demacrado. Había descuidado su aspecto, cosa que, con sinceridad, me extrañó en él, ya que siempre solía ir pulcro y perfumado.
—Tenemos que hablar —me dijo agarrándome por la muñeca, sin siquiera saludarme.
—No hay nada de qué hablar —repuse zafándome de la presión que ejercía sobre mí y eché a andar ignorando su presencia.
Me siguió y comenzó a caminar a mi lado, a mi ritmo. Esta vez no se atrevió a tocarme.
—Ya sé que no sirve de mucho que te cuente esto ahora, pero sólo he venido a decirte que he dejado a Nuria.
Nuria era su mujer, a la que no conocía pero que, estaba convencida, debía de ser una santa.
Como no manifesté emoción de sorpresa alguna, sino más bien indiferencia, continuó hablando.
—Quise decírtelo antes, pero no he podido hablar contigo. Te he llamado varias veces. Sé que me estás evitando, ni siquiera contestas mis llamadas.
—No te estoy evitando. Es más simple que todo eso, Alberto. Por si no te ha quedado aún claro, no quiero volver a verte —puntualicé sin exaltarme como otras veces y sin dejar de apretar el paso.
—¿Es que no has oído lo que he dicho? ¡He dejado a Nuria! ¿No era eso lo que querías?
—Me alegro por ella. Se merece algo mejor que una relación llena de mentiras y engaños. Lo mismo que yo. ¿Sabes? He tardado en darme cuenta, pero fue revelador verte aparecer del brazo de aquella veinteañera en ese aburrido congreso de psicología. Y ahora estoy segura de lo que no quiero, así que deja de llamarme.
—Te quiero.
Meses atrás habría dado todo por oír juntas esas dos palabras, pero ahora que las había pronunciado llegaban vacuas a mis oídos, sin acertar en mi corazón. Éste ya no le pertenecía.
Me detuve un instante, le miré a los ojos fijamente y sin rabia ni rencor dije:
—Pues yo ya no.
Le dejé allí plantado y continué mi camino. Creo que Alberto no esperaba en absoluto mi reacción. Quizá por eso no trató de retenerme. Sin embargo, al cabo de un rato tuve la desagradable sensación de que alguien me seguía. Pensé en él, pero al girarme no había nadie. Ante la duda y debido a los últimos acontecimientos sucedidos en mi consulta, me subí al primer taxi que apareció y regresé a casa con lágrimas asomando a mis ojos. No era por Alberto por quien lloraba, sino porque durante el trayecto había comprendido que mi historia con Noel era tan imposible como la de Alberto conmigo.
Capítulo 35
Sabe? Cuando recibí su correo electrónico estaba a punto de llamarla —comentó Care Ramos. —Me alegro de que haya podido hacerme un hueco. Se lo agradezco de veras. Sé que es usted un hombre muy ocupado —dije mientras me sentaba con cuidado para no arrugar mi falda.
—No conocía este parque —comentó echando un vistazo a su alrededor—. Resulta turbador que haya tantas esfinges. Uno parece sentirse espiado en todo momento.
Estábamos en una terraza cubierta que había en el «parque de las esfinges». Después de enviarle un e-mail preguntándole sobre el nuevo crimen de El Depredador —éste era el nombre con el que la prensa había bautizado al asesino—, Care Ramos me había telefoneado. Decía que había logrado hacerse con una copia de una de las notas de puño y letra de El Depredador.
La camarera se acercó y pedimos dos cervezas.
—¿Entonces ha conseguido la nota? —pregunté cruzando las manos con parsimonia tratando de disimular mi impaciencia.
Care Ramos asintió. A continuación abrió una carpeta de plástico, de la cual extrajo un papel y me lo tendió.
—Aquí tiene. Espero que le sirva para su colección y que pueda elaborar un breve perfil grafopsicológico para nosotros. Ya sé que no es mucho, pero es todo cuanto he podido conseguir y no crea que ha resultado una tarea sencilla.
Procuré que mis ojos no revelaran la ansiedad y el horror que sentí al coger la hoja, pero lo cierto es que me daba pavor enfrentarme a un simple trozo de papel. Aquello podría terminar con mis —ya de por sí— exiguas esperanzas. Hasta ese instante, quitando algunos momentos de lucidez, había tratado de obviar la posibilidad de que Noel fuera un asesino despiadado. Pero ¿podría seguir haciéndolo después de analizar en detalle aquella nota?
La miré por encima, restándole importancia. La guardé con rapidez entre las páginas de mi cuaderno y después en el maletín del portátil para evitar que se arrugara.
—¡No sabe cómo se lo agradezco! La examinaré con atención y escribiré un pequeño perfil grafopsicológico para El Observatorio —prometí—, aunque no espere grandes revelaciones. Con un texto tan corto no se puede hacer demasiado. ¿Ha descubierto algo más sobre el crimen del cirujano?
—Bueno, aún es pronto. La cosa está muy reciente y la policía es reacia a dar información sobre el caso. Con esta nueva víctima, digamos «de alcurnia», los investigadores empiezan a tomarlo más en serio. Hasta ahora —lamento decir esto porque tengo excelentes amigos dentro del cuerpo— no parecían muy interesados en resolver los casos anteriores. Y no me refiero sólo a los de la vidente y el mendigo, que usted ya conoce, sino a los que se cometieron hace tiempo en esta misma ciudad. Nadie parece querer recordarlo, pero a mí me sonaba que hace varios años alguien se dedicaba a matar a sus congéneres de forma similar, así que me molesté en comprobarlo.
La camarera apareció con dos cervezas y un plato de aceitunas. Care Ramos aprovechó para encenderse un puro que había dejado a medias. Aquello me hizo recordar que aún llevaba el paquete de tabaco que había comprado días atrás. Había ido venciendo la tentación cada vez que se había presentado, pero no sabía si podría aguantar mucho más tiempo.
—Sí, ya me comentó algo sobre eso cuando hablamos la primera vez. ¿Ha averiguado algún dato al respecto?
—Bueno, aunque el criminal nunca fue capturado, se le siguió la pista a un sospechoso.
—¿Un sospechoso? ¿Y quién era?
—No lo sé. Aún no he conseguido averiguar su nombre, pero lo haré, porque este caso me tiene obsesionado... igual que a usted —señaló haciendo una pausa para beber un trago de cerveza—. No crea que no me he dado cuenta, sé que le interesa tanto como a mí, pero no acierto a comprender por qué. ¿No piensa decírmelo?
Sus palabras me dejaron descolocada. Me había pillado. De algún modo sabía que mi interés por los crímenes no era el de una simple coleccionista de escrituras, así que me esforcé por buscar una excusa convincente, pero no se me ocurría ninguna.
¿Cómo iba a contarle mis sospechas a un periodista?
—Me gusta la criminología —improvisé.
—Oh, vamos, ¿cree que voy a tragarme eso? Sé distinguir cuando alguien se interesa por los sucesos y se nota a la legua que usted no es de esa clase de personas.
—¿Y por qué no? Si se puede saber.
—Porque eso se lleva en los genes, se palpa y hasta se huele. Y usted, simplemente, no lleva ese gusano dentro. Es más, diría que no es fascinación lo que siente por estos crímenes, sino horror. Puedo verlo en sus ojos. Dígame, ¿conocía a alguna de las víctimas? ¿Es ése su interés personal? ¿Conocía a Madame Ivy o al mendigo? ¿Le une un parentesco con alguno de ellos?
Permanecí en silencio. Aquel hombre quería saber demasiado y yo no podía responderle sin soltar una nueva mentira.
—¿No quiere hablar? Bien. Pues no lo haga, pero prométame al menos que hará ese perfil para El Observatorio.
—Le prometí que lo haría y lo haré, Care.
El periodista debió de advertir mi cara de perro rabioso y reculó mostrando una actitud más suave.
—¿No se habrá enfadado conmigo? No pretendía entrometerme en su vida. Usted sabrá cuál es su interés por este asunto, pero, por favor, ándese con ojo y no olvide que un asesino anda suelto. Si conocía a alguna de las víctimas, debe cuidar sus espaldas. A fin de cuentas, no sabemos por qué las escogió ni qué le motivó a matarlas.
—Tiene razón, pero no se preocupe por mí, estaré bien —puntualicé ya menos tensa, recobrando la sonrisa.
Mientras Care Ramos pensara que mi interés obedecía a un supuesto parentesco con alguna de las víctimas, todo perfecto.
—La llamaré si descubro algo más sobre los otros crímenes. ¿Sabe? Usted me recuerda a una de esas esfinges que nos observan mientras hablamos.
—¿Por qué dice eso?
—Es impenetrable y tiene ojos felinos. Hermosos, pero fríos.
—Eso no es cierto —protesté.
—Sí que lo es. Tengo que irme —dijo levantándose al tiempo que hacía una seña a la camarera.
—Care, permítame que le invite, por favor.
—Gracias, mujer-esfinge.
Caminamos juntos hasta la salida. Yo también tenía que regresar al trabajo. Mientras andábamos los monstruos de piedra parecían escrutarnos en medio de un silencio sepulcral. Fue extraño. Había paseado por aquel parque cientos de veces, pero aquel día, por unos segundos, me sentí transportada al Antiguo Egipto y creo que al curtido periodista, pese a su carácter escéptico y positivista, le ocurrió algo parecido. No podría aseverarlo, pero su rostro demudó y empalideció.
Antes de despedirse dijo algo enigmático.
—¿Sabía que el asesino grabó un símbolo extraño en la frente de Madame Ivy?
—¿Qué clase de símbolo?
—Una especie de vasija. Es curioso, estas esfinges me lo han recordado; la policía cree que tiene que ver con creencias egipcias ancestrales.
Capítulo 36
Salí corriendo del «parque de las esfinges» en dirección a la consulta. Necesitaba comprobar algo. Como si de una macabra broma se tratara, el destino había introducido en mi camino una nueva pieza del rompecabezas.
Una vasija.
¿Cómo era posible que un objeto tan simple como aquél lograra alterar mi ánimo y mi ritmo cardiaco de ese modo?
Me sentía perdida, y lo peor es que sabía que no volvería a estar tranquila hasta que examinara la redacción de Noel y comprobara que lo que mi antiguo paciente había dibujado junto al nombre de «Toni» no era una maldita vasija. Sin embargo, algo me decía que mi preocupación era más que justificada.
Entré corriendo como un mastodonte. Ni siquiera saludé a Teresa, que se quedó boquiabierta al verme pasar sin detenerme. Me introduje en mi despacho y me encerré a cal y canto. Todavía con la respiración agitada por la carrera busqué el expediente de Noel y su primera redacción y me senté a esperar un milagro que no llegó.
Ahí estaba la endiablada vasija. No podía haber sido otra cosa. Tenía que ser una puñetera pieza de cerámica, a la que, por cierto, no había dado importancia alguna cuando la había visto por primera vez.
¿Qué significaría?
¿Sería una casualidad que el criminal hubiera grabado un símbolo similar en el entrecejo de Madame Ivy? ¿Otra más?
Con las manos temblorosas y el pulso acelerado tomé la fotocopia a color de la nota que me había facilitado Care Ramos, la misma que había dejado el criminal sobre el cuerpo de sus víctimas, y la cotejé con la escritura de Noel.
—¡Joder! —exclamé llevándome las manos a la cabeza.
Teresa llamó a la puerta con suavidad, sin atreverse a traspasar el umbral.
—Leo, ¿estás bien? —la oí preguntar.
—Sí, sí —mentí para tranquilizarla—, es que me he pillado un dedo con el cajón.
—¿Necesitas ayuda?
—No hace falta.
* * *
Imagino la cara de sorpresa que debió poner mi padre cuando le pedí el teléfono de su amigo Ignacio Mares. Por lo pronto, como si no se fiara de mí, me sometió a un pequeño interrogatorio.
—¿Ignacio? ¿El egiptólogo? —preguntó incrédulo.
—Sí, papá, el egiptólogo.
—¿Y para qué lo quieres?
—Para consultarle una cosa.
—¿Y qué, si se puede saber?
—Es algo sobre un caso que estoy llevando. Y no, no se puede saber.
—Pero soy tu padre.
—Sí, pero ya sabes que no puedo hablar sobre mis pacientes —dije dando por zanjada la disputa.
Accedió a regañadientes, si bien antes me hizo prometer que no le dejaría en ridículo ante su amigo.
—Es un hombre muy ocupado. Espero que no le hagas perder el tiempo con tonterías.
Ignacio Mares era un hombre encantador. Lo recordaba perfectamente porque había venido en muchas ocasiones a merendar a casa. Siempre pedía té y, aunque ya debía de rozar los 75, tenía una amplia sonrisa de niño pícaro. Después de retirarse dedicaba su tiempo a escribir libros sobre Egipto.
—¡Mi queridísima Leo! —exclamó al abrir la puerta—. ¡Qué grata e inesperada sorpresa!
Nunca había estado en su casa, así que no pude evitar una mueca de asombro cuando me enseñó todos sus viejos recuerdos de la época en la que dirigía prestigiosos equipos de excavación en Egipto. Quizá por eso permanecía soltero, porque detestaba sentirse enjaulado. Le encantaba pasar largas temporadas en aquel país. Allí tenía una preciosa residencia junto al Nilo, donde —sospechaba mi padre— tenía una concubina que cuidaba de él a cuerpo de rey.
Ignacio me invitó a pasar a un salón forrado de estanterías y libros sobre el Antiguo Egipto. Sus ojos azules, usualmente ocultos por unas gafas cuya montura se me antojó moderna para un enamorado de lo vetusto como él, contrastaban con su pelo cano. Que nadie se lleve a engaño, detrás de su vestimenta informal y en apariencia poco estudiada se escondía todo un conquistador.
Como sabía que le gustaba el té, le había traído uno magnífico con matices de Oriente, que esperaba fuera de su agrado. Ignacio se marchó a prepararlo al tiempo que me invitaba a sentarme en el sofá junto a una falsa momia de tamaño natural. No sin cierto reparo me hice un hueco junto a ella y esperé a que regresara con cara de circunstancias mientras aquel espécimen me «miraba» fijamente. Diez minutos después reapareció con una bandeja en la que había una tetera, dos tazas y un plato con pastas.
Al ver mi cara se echó a reír.
—Querida, Carlinhos no va a morderte, antes tendría que volver del Más Allá.
—¿Así se llama? —pregunté sonriendo.
—Espero que no pienses nada raro por tener esto en casa. Hay a quien le horroriza. A tu padre, por ejemplo. Empezó como una broma hacia los visitantes y ahora lleva tantos años aquí que he acabado cogiéndole cariño. Es un fiel compañero y además nunca disiente sobre nada.
—A mí me gusta.
—Creo que tú a él también —comentó guiñándome un ojo.
Después, sirvió el té.
A pesar de su trato afable, de nuevo se apoderó de mí aquel desagradable vértigo en la boca del estómago. Eran los nervios, seguro. No podía quitarme de la cabeza la dichosa vasija. Antes de salir de casa había escaneado la redacción de Noel y con Photoshop había ampliado y recortado la vasija de marras para poder mostrársela tal y como era. Quería estar segura de no omitir detalle alguno. Asimismo, en un documento de Word había copiado el texto que había escrito el asesino en su nota. Quién sabe, quizá estuviera relacionado.
—Bueno, pequeña Leo, ¿qué es eso tan importante que querías mostrarme? Cuentas con toda mi atención.
Entonces saqué la ampliación de la vasija y se la entregué.
—Necesito saber qué es.
Ignacio Mares examinó el dibujo durante unos segundos. Luego se sirvió un chorrito de leche y un terrón de azúcar.
—Yo diría que es una vasija o un cántaro, pero supongo que si has venido hasta aquí es porque quieres conocer su significado en el contexto del Antiguo Egipto. ¿Me equivoco?
—No, no te equivocas.
—En ese caso, yo diría que es un Ib.
—¿Un Ib? ¿Qué es eso?
—En el Antiguo Egipto, Ib se representaba con el ideograma de una vasija parecida a ésta, que, algunos, debido a su forma, han asociado al corazón. En el Juicio de Osiris, algo así como nuestro Juicio Final —matizó arqueando una ceja—, Anubis tomaba el Ib del difunto y lo depositaba sobre una balanza. En el otro extremo se colocaba la pluma de avestruz de Maat, que simbolizaba la verdad y la justicia. Ib era el centro vital del ser humano y continuaba siéndolo después de que hubiera fenecido. En otras palabras, simbolizaba la conciencia. En él residían los sentimientos y pensamientos, los buenos y los malos, claro. Era una parte del espíritu humano.
Cada vez comprendía menos de todo aquello y el arqueólogo debió de notarlo.
—También era un amuleto mágico protector —dijo incorporándose en su asiento, una cómoda butaca de estilo inglés.
El egiptólogo se dirigió a una de las muchas estanterías que nos rodeaban y cogió un libro de su excelsa biblioteca, lo abrió casi por la mitad y me lo tendió.
—¿Ves? Éste es un amuleto de un Ib.
Aunque interesante, su explicación no había servido para aclarar mis dudas, así que no me quedó más remedio que echar mano del papel en el que había picado el texto que figuraba en la nota del asesino. Quizá aquello tuviera algún sentido dentro de ese contexto, un significado que a mí se me escapaba.
—¿Y qué dirías si escucharas algo así? —dije colocándome las gafas, dispuesta a iniciar la lectura.
Después de escucharme con atención, Ignacio Mares repuso:
—Diría que parece una invocación mágica.
—¿A quién?
—Poderosa Señora era uno de los apelativos de la diosa Sekhmet.
Sekhmet me sonaba vagamente.
—¿Te refieres a la diosa leona?
—La misma. Sekhmet, híbrido entre mujer y león, era una de las deidades más sangrientas del panteón religioso en el Antiguo Egipto. Era la encargada de propagar toda suerte de pestes y epidemias. Por ello se la respetaba y temía al mismo tiempo. Los antiguos egipcios creían que la manera de contrarrestar su furia salvaje era a través de la magia de las invocaciones.
—¿Y en qué consistían esos ritos? ¿Se sabe acaso? —dije sacando mi cuaderno.
—Desde luego. Que se sepa, se degollaban en su honor óryx y ocas. En el Libro de la Vaca Divina se explica el porqué de este comportamiento. Al parecer, hubo un tiempo en el que los hombres quisieron conspirar contra Ra. Para vengarle, Hathor se transformó en Sekhmet y, sedienta de venganza y sangre, se dedicó a aterrorizarlos. Este texto explica que Sekhmet se bañaba con su sangre.
—¿Tan sanguinaria era? —pregunté cada vez más alarmada, pero sin dejar de tomar notas.
—Hasta el punto de que cuando Ra decidió perdonar a los humanos, para aplacar su ira tuvo que engañarla vertiendo vino o cerveza egipcia, en vez de sangre, sobre el campo de batalla. De este modo logró embriagarla y calmarla.
—¿Y el amuleto Ib? ¿Qué tiene que ver con toda esta mitología religiosa?
—A veces sustituían los rituales de apaciguamiento por ofrendas de objetos como el Ib. Ese texto pudo escribirlo alguien que deseaba obtener los favores de La Poderosa.
—¿De qué clase de favores hablamos?
—Sekhmet era, ¿cómo decirlo coloquialmente?, una grandísima cabrona, sí, pero los antiguos egipcios creían que aquel que consiguiera apaciguarla obtendría de ella la fortaleza y el coraje necesarios para vencer tanto a sus enemigos como a la enfermedad.
—¿Puede haber alguien que se crea eso hoy? —pregunté con sorna.
—Hija mía, este mundo está lleno de cosas extrañas, no hay más que ver las noticias. Y te aseguro que no sólo hay personas que piensan que es posible, sino que aun hoy se sigue rindiendo culto a La Terrible.
—Imposible. No puedo creerlo.
—Déjame que te lo explique, querida. Los antiguos egipcios le profesaban culto en los templos o las capillas dedicados a ella. El más conocido era el santuario que había en el templo de Mut, en Karnak. Allí, Amenofis III mandó construir más de un centenar de estatuas de Sekhmet en granito negro. Y, en la actualidad, existe una corriente de adoradores y simpatizantes que afirman haber sentido su «llamada».
—¿Se creen elegidos?
Ignacio Mares se tomó su tiempo antes de contestar. Sacó una elegante pitillera de oro del bolsillo de su americana que tenía el ojo de Horus grabado sobre una de sus caras, la abrió con parsimonia, extrajo un cigarrillo y se lo llevó a la boca. No me ofreció, pues sabía que no fumaba. Después cogió un encendedor de mármol que reposaba sobre la mesa y le prendió fuego. Rápidamente percibí el aroma a tabaco mentolado y me entraron ganas de romper mi abstinencia, pero me contuve.
—Visto así... Ellos piensan que de alguna forma la diosa les ha llamado.
—¿Cómo es esa supuesta llamada?
—La mayoría de las veces a través de sueños en los que se aparece una figura femenina con envoltura leonina. Otras, la cosa no queda sólo ahí. Existen testimonios de personas que afirman haber sentido algo especial al situarse delante de una estatua de La Poderosa.
—¡Venga ya!
—No, no me mires así —dijo soltando una bocanada de humo—. Te estoy contando un fenómeno que, según determinadas personas, supuestos sensitivos, por lo común, está ocurriendo en museos en los que se guarda alguna estatua de la diosa leona, aunque no sé por qué extraña razón, la mayoría de estas experiencias se producen en el Museo Británico de Londres.
—Es que resulta totalmente incoherente.
—Pues, según estas personas, la primera vez que se toparon con la diosa notaron una descarga emocional, una especie de shock que modificó por completo sus vidas. Según cuentan, ni siquiera sabían quién era Sekhmet hasta que ella se presentó. Luego, muchos intentan seguir en contacto, repetir la experiencia, y adquieren estatuillas de la diosa. Yo mismo tengo una —dijo señalando a una figurilla que había en una de las estanterías—, aunque jamás he sentido nada de eso. Observa la foto que aparece en este libro. ¿Sientes algo especial?
—Pues no, ¿qué quieres que sienta?
—No lo sé, dímelo tú.
—¿Y se trata de un movimiento organizado o la gente va por libre?
—Hay de todo. Por ejemplo, existe un templo de Sekhmet en Nevada, en Estados Unidos —dijo haciendo memoria—, donde algunas personas se reúnen para practicar el culto a la diosa. Este grupo de Nevada entronca con la denominada Nueva Era y en este caso concreto es eminentemente feminista y de protesta contra la energía nuclear, pero también hay personas que caminan en solitario y que en secreto rinden pleitesía a La Poderosa.
—Pero son pacíficos, ¿no?
—Los de Nevada lo son, no se meten con nadie... En otros casos, ¿quién sabe lo que cada cual hace de puertas para dentro?
Capítulo 37
Al abandonar la casa de Ignacio Mares me invadió una sombra de espanto. Se instaló de repente, sin que acertara a saber cómo desprenderme de ella. Había demasiadas cosas interconectadas, tantas que ya no podía obviar la posibilidad de que Noel Villalta fuera un asesino frío y despiadado. ¿Lo había sabido siempre aun cuando su rostro me transmitiera ternura? Parecía evidente que me había ofuscado en mi percepción de aquel caso. Deseaba tanto que fuera inocente que no había sabido procesar toda la información que apuntaba lo contrario.
Sólo me quedaba por realizar una prueba: el estudio pericial caligráfico, pero en la consulta había contemplado juntas ambas escrituras —la suya y la del criminal— y mis primeras impresiones no habían sido precisamente optimistas.
Había ido postergando el momento de realizar el peritaje, pero ya iba siendo hora de enfrentarme a la verdad. Desde que tenía la muestra del asesino en mi poder, me había limitado a entregarle a Care Ramos un pequeño perfil grafopsicológico y el periodista no había dudado en publicarlo en El Observatorio. Como es lógico, había omitido cualquier detalle relativo a mis sospechas. Lamentablemente, no podía fiarme de él, ni de nadie.
Tomé un taxi y fui a casa. Últimamente cogía demasiados, lo cual no era bueno para mi economía, pero me encontraba tan abatida que mis piernas apenas me sostenían. Lo único que deseaba era olvidarme de todo. Sin embargo, sabía que no podría hacerlo hasta que tuviera las conclusiones del estudio pericial en mis manos.
Estaba exhausta por toda la tensión acumulada, así que después de darme una ducha con agua caliente y de mordisquear un par de galletas acompañadas de un vaso de leche, me tumbé en el sofá. El sueño me venció de inmediato.
Me desperté sobresaltada. Eran cerca de las dos de la madrugada. Ya no era Noel el único que sufría desagradables pesadillas. También yo las experimentaba, y él era el protagonista.
En mi sueño alguien llamaba al timbre. A pesar de que la mirilla revelaba que se trataba de mi antiguo paciente, le permitía el acceso a mi apartamento.
Noel llevaba guantes.
Se acercaba a mí y me acariciaba el rostro con su mano trasplantada. Sin dejar de insinuarse con la mirada descendía por mi pelo y mi cuello hasta mis pechos... y yo me dejaba hacer. Ardía de miedo y deseo, a partes iguales. Deseaba sus besos como una potente droga, pero él retrasaba el momento de dármelos.
Al fin alcanzaba mis muñecas y, en lugar de acariciarlas, las agarraba con fuerza. Curiosamente, la mano trasplantada era más vigorosa que su propia mano. Sin soltarme, sacaba un pañuelo y las ataba sin que opusiera resistencia y, después, sin dejar de observarme, extraía un gran cuchillo y lo hundía en mi cuello con un movimiento de arco de violín. Su mirada, antes sugerente, tenía ahora otro brillo. Uno aterrador.
Antes de caer muerta, sacaba un Ib y se lo tendía. Él lo agarraba como un ave de rapiña y se lo guardaba en un bolsillo mientras mis ojos, exánimes, se cerraban.
Después de aquella pesadilla ya no pude volver a conciliar el sueño. Era incapaz de dejar de pensar en el simbolismo de todo aquello y también en las palabras de Ignacio Mares sobre la diosa Sekhmet y el Ib.
¿Por qué cometía el asesino aquellos crímenes rituales? ¿Qué esperaba conseguir con ellos? ¿Eran sacrificios en honor a La Poderosa? ¿Creía ese fanático que así podría librarse de la enfermedad o había algo más que se me escapaba? ¿Era Noel capaz de algo sí?
Necesitaba respuestas cuanto antes, así que me armé de valor y me dispuse a cotejar las escrituras. Ignorando la avanzada hora me senté a la mesa de trabajo y me puse manos a la obra.
Primero cogí la nota del asesino y la coloqué junto a la redacción de Noel.
Transcripción:
Oh, tú!, Señora Poderosa,
que este sacrificio sea de tu agrado
y haga que me acojas bajo tu manto.
Transcripción:
Mi nombre es Noel Villalta.
Me han pedido que escriba una redacción de tema libre y no sé muy bien qué contar ni para qué puede servir este papel, pero me encuentro aquí para intentar resolver mi problema con los sueños. Tengo terribles pesadillas y mi médico, el doctor Miriada, ha creído conveniente que visite su consulta.
Le contaré algunas cosas sobre mí, quizá eso facilite su labor. Tengo 41 años y vivo solo. Antes tenía una novia, pero, por motivos que no vienen al caso o quizá sí, me dejó y hace poco me he sometido a un trasplante.
Al principio pensé que mis sueños tenían que ver con la medicación que a diario me veo obligado a tomar para combatir el rechazo del órgano trasplantando, pero el doctor Miriada me ha dicho que ambas cosas no están relacionadas. Dice que otros muchos trasplantados la toman sin experimentar cambios significativos en sus vidas, no al menos en lo referente a este tema.
Él cree que tal vez el estrés que he sufrido en los últimos meses haya podido ser el desencadenante de mis angustiosas pesadillas. Sin embargo, nunca había experimentado este tipo de sueños tan vividos, profundos y detallados. De hecho, no solía recordarlos con mucha frecuencia hasta que recibí el órgano trasplantado.
Espero que esta terapia pueda ayudarme a resolver mi problema, aunque, para ser sincero, soy escéptico, porque no creo demasiado en la psicología y porque ya he pasado por las manos de varios médicos.
Pd.: Mi escritura ha cambiado bastante desde el trasplante. No sé si será capaz de entenderla. A veces ni yo mismo puedo hacerlo.
A simple vista, las similitudes eran asombrosas, pero había que comprobarlas.
En el caso que me ocupaba, determiné que el documento indubitado —es decir, aquél que no admitía duda sobre su autoría— era la redacción de Noel, puesto que sabía, sin temor a equivocarme, que había sido escrito por él, mientras que el documento dubitado sería la nota del asesino.
Tras escanearlos y examinarlos en profundidad, los amplié en detalle y fue entonces cuando empecé a encontrar alarmantes analogías.
Hallé la primera en las palabras «Señora», del documento dubitado y «servir», del indubitado, cuyos trazos finales eran oblicuos ascendentes.
Pero, desgraciadamente, no fue la única.
Pero lo peor estaba aún por llegar. Mi nerviosismo fue a más cuando comprobé que las «efes» de «sacrificio», en el documento dubitado y de «profundos», en el indubitado, coincidían tanto en el comienzo del trazo, en el que la presión se hacía progresivamente creciente, como en el grado de inclinación a la derecha. Asimismo, concordaba la forma del bucle e incluso —y esto era muy importante porque rasgos como aquél no eran en absoluto fáciles de falsear— en el pequeño debilitamiento de la tinta en la zona distal superior izquierda.
Por pura decepción solté un puñetazo a la mesa y estuve tentada de mandarlo todo al infierno, pero otro nuevo detalle reclamó mi atención.
Al proseguir con la pericia observé de nuevo la misma similitud en las «des» que ya había advertido con anterioridad. En esta ocasión aparecía en la palabra «de» escrita por el criminal y la palabra «doctor». Tenía las mismas características que ya había anotado tanto en los óvalos como en los palotes.
Después, al borde de la consternación, me centré en las «tes», y de nuevo encontré analogías. Estaban localizadas en la «t» de «manto», que había escrito el asesino en su nota, en la de «Villalta», en la firma de Noel y en el dichoso segundo «Toni», de la redacción de mi ex paciente. En todas ellas se apreciaban trazos angulosos triangulares. La coincidencia era incluso mayor entre la primera «t», la de «manto» y la última, la de «Toni».
Me llevé las manos a la cabeza. Ya no había duda: la nota de invocación y la redacción habían sido escritas por la misma mano, la de Noel Villalta.
Capítulo 38
Acababan de servirnos té y unos deliciosos bombones rellenos de crema de menta. Tomé uno y me lo llevé a la boca. En un instante su intenso sabor se extendió rápidamente por mi lengua. Aquéllos, junto con los de avellana, eran mis preferidos, pero no estaba allí por los bombones, ni tampoco por el excelente té.
La mujer huesuda de pelo cano y moño apretado que se sentaba enfrente no podía ser más afable y atenta conmigo, pero yo seguía en guardia sin atreverme a exponer el motivo de mi visita. La cuestión era demasiado delicada y mentir tampoco estaba entre mis costumbres, así que tenía los nervios a flor de piel y la garganta seca. Temía su reacción si llegaba a descubrir el engaño al que iba a someterla.
Por lo que a mí respecta, no entendía qué hacía en aquel lugar ni tampoco en qué momento había empezado a perder la cordura. ¿No había tenido suficiente con el informe pericial caligráfico? Cualquier persona en su sano juicio le habría otorgado la importancia que merecía. En cambio, me había aferrado a una insignificante posdata al final de la redacción de Noel y ahora, en vez de estar en la sala de espera de una comisaría, me hallaba sentada en aquel magnífico salón con columnas de mármol de Carrara y sofás de estilo imperio.
Por un segundo pensé en levantarme, pedirle perdón y decirle que todo había sido un lamentable malentendido. Pero, por algún raro motivo, mi falda parecía como adherida con pegamento a aquella vetusta y majestuosa butaca Luis XVI.
Me había jurado y perjurado que haría una prueba más, una sólo, y que después, si todo seguía casando, acudiría a la policía para informar de mis descubrimientos, lo cual revelaba que aún albergaba una leve esperanza de que fuera inocente. Ahí donde todo apuntaba a lo contrario, me empeñaba en pensar en su honestidad.
La posdata decía algo que podría ser revelador: «Mi escritura ha cambiado bastante desde el trasplante. No sé si será capaz de entenderla. A veces ni yo mismo puedo hacerlo.»
Al releerla recordé que hizo hincapié en ello al entregarme su escrito y, aunque al principio no le otorgué importancia alguna, ahora mi intuición —ésa de la que había huido durante buena parte de mi vida— presidía mis actos. Sabía de sobra que la escritura de las personas no suele experimentar cambios sustanciales de la noche a la mañana, pero ¿y si Noel había dicho la verdad? ¿Y si no mentía? No podía acusarle sin estar absolutamente segura de ello.
El caso es que cegada por una irracional corazonada, me había propuesto conseguir una muestra de su escritura anterior al trasplante a fin de cotejarla con las otras.
¿Un plan descabellado?
Sí, y suicida también. Sin embargo, a estas alturas resultaba absurdo lamentarse, así que me recliné en el respaldo del asiento, me armé de valor y después de dar un sorbo a mi té, rompí el hielo.
—Le agradezco mucho que me haya recibido. Sé que es atrevido por mi parte pedirle esto —titubeé al dirigirme a Delia Villalta.
Sus ojos eran grandes y cautivadores. Me recordaban un poco a los de Noel, aunque los de él eran menos rasgados. Al fin y al cabo, aquella mujer era la hermana del padre de mi ex paciente, era lógico que entre ambos existiera algún parecido.
—¿En qué puedo ayudarla? —dijo prestándome la máxima atención.
—Ya sé que le va a parecer poco ortodoxo, pero me pregunto si usted conserva alguna carta manuscrita de Noel y, en el caso de que así fuera, si sería tan amable de prestármela. Por supuesto, se la devolvería intacta.
—¿Una carta de mi sobrino? —preguntó sin ocultar su confusión.
—Sí, eso es lo que necesito, pero tiene que ser de fecha anterior al trasplante —maticé.
Era consciente de que estaba jugando con una bomba de relojería que podía explotar en mis manos en cualquier momento. Un paso en falso me situaría en una posición delicada.
—Está en lo cierto, parece un poco irregular. ¿Para qué la necesita?
Al menos no se había negado.
—Como sabe, Noel es mi paciente —mentí con tanta convicción como remordimiento. Aquella mujer no se lo merecía—. Tan sólo pretendo ayudarle. Desde que recibió el trasplante no se ha mostrado muy comunicativo. Seguramente, usted ya ha debido de notarlo. Y estoy convencida de que una carta o cualquier material escrito podría servirme para conocer la evolución psicológica de su sobrino.
Ya sólo podían pasar dos cosas: que pusiera el grito en el cielo y llamara a seguridad para que me echaran a patadas o que se tragara el embuste.
—No acabo de comprender. ¿De qué forma podría ayudarle algo así? —sondeó.
Me sentí aliviada. Estaba claro que Noel no le había contado que ya no era mi paciente.
—Aunque la mayoría de la gente no lo sabe, las emociones quedan reflejadas en la escritura. Es lo que los grafólogos llamamos «impactos emocionales». Por increíble que parezca, los pequeños temblores, las enmiendas, las tachaduras y los titubeos que se observan en un escrito pueden revelar detalles sobre su autor.
—Creía que usted era psicóloga especialista en sueños, no grafóloga —me interrumpió.
—Y lo soy, desde luego —aduje en mi descargo—, pero además he cursado estudios de grafopsicología. La grafología me sirve de gran ayuda en el desarrollo de mi trabajo.
—Ya me hago cargo. Y cuando habla de «impactos emocionales», ¿a qué se refiere exactamente? ¿A un lenguaje oculto o algo así?
—Podríamos denominarlo de ese modo, sí. Se trata de un cúmulo de detalles casi imperceptibles que nos sirven para adentrarnos en la vida emocional del paciente, especialmente cuando éste, por algún motivo, no quiere colaborar.
—Ya entiendo, ya. Y dígame, ¿por qué tiene que ser una carta de fecha anterior al trasplante? ¿No le vale una reciente?
—Porque ya dispongo de una redacción que escribió después de la operación. Lo que pretendo ahora es analizar ambos escritos en conjunto para detectar posibles huellas emocionales.
Me quedé callada a la espera de que Delia Villalta sopesara lo que acababa de explicarle y secretamente crucé los dedos.
—Me da reparo reconocerlo, pero es cierto que mi sobrino ha cambiando desde que le hicieron el trasplante, y mucho. Estoy preocupada, la verdad. Aunque le quiero como a un hijo, a veces me cuesta comprender qué pasa por su cabeza —explicó compungida—. A veces se muestra intransigente, otras extremadamente reservado y agresivo. Y él, créame, no era así. Que Dios me perdone, pero nunca debió someterse a esa intervención. Hay ocasiones en las que es peor el remedio que la enfermedad, y creo que ésta es una de ellas.
—Por eso precisamente he pensado en solicitarle a usted la carta. Sé que si se la pido a él no accederá a dármela.
—¿De verdad cree que podrá ayudarle con eso? Discúlpeme, pero no creo mucho en la grafología.
Deseaba que así fuera, que su antigua escritura fuera muy diferente a la que ya conocía.
—No puedo aseverarlo, pero le prometo que haré todo lo posible.
—En ese caso, la buscaré y se la haré llegar cuanto antes. Pero, debe prometerme algo.
—Lo que usted diga.
—Que no le contará nada sobre este asunto a Noel. Temo su reacción si se entera.
—Precisamente iba a pedirle lo mismo. Si Noel llega a saber que hemos hablado a sus espaldas, perderá la confianza en ambas. Y nosotras, a fin de cuentas, sólo pretendemos ayudarle.
Capítulo 39
Habían transcurrido un par de días y aún no había recibido noticias de Delia Villalta. ¿Se tardaba tanto en buscar una carta? Pese a sus buenas intenciones y su actitud abierta y colaboradora, comenzaba a sospechar que la tía de Noel había cambiado de opinión. Quizá —aunque prometió no hacerlo— había hablado con su sobrino y entre los dos habían terminado descubriendo mi argucia.
Me la imaginaba montando en cólera al enterarse del engaño y también la hipotética reacción de Noel al descubrir que estaba siendo investigado por su propia ex psicóloga. Sólo entonces comprendí que había actuado de manera insensata y temeraria, porque, en el supuesto de que Noel fuera un criminal, tal vez acariciara la aterradora idea de eliminarme como a una molesta mosca que se posa en un plato de comida.
Sin embargo, también cabía la posibilidad de que la engañada fuera yo; que Delia Villalta me hubiera ocultado que sabía que su sobrino ya no acudía a mi consulta y que se hubiera limitado a seguirme la corriente para averiguar mis intenciones. Después de abandonar su casa podría haber telefoneado a su sobrino para contarle que su antigua psicóloga andaba por ahí pidiendo muestras de su escritura a la gente. De improviso me sentí invadida por una extraña y creciente sensación de inseguridad, amenazada por un peligro latente, pero tan real como el bocadillo de queso que acababa de comprar en el bar de la esquina. Mi vida, tenía que reconocerlo, se había convertido en un caos. Hacía varias semanas que no me ocupaba de mis propias necesidades, por no hablar de los tres kilos que había perdido de pura ansiedad. Comía mal, dormía peor, tenía abandonada a mi familia y mis amigos y los nervios de punta. De seguir así —deduje—, no tardaría en caer enferma.
Abrí la puerta y deposité las llaves en un práctico vacia-bolsillos que tenía en el recibidor. La casa estaba patas arriba, tal y como la había dejado. Cualquiera que viniera en ese momento podría pensar que habían entrado a robar. Dejé mis cosas sobre la mesa del salón y revisé las llamadas perdidas en el contestador. En él había registrado un mensaje de mi amiga Paloma. Era una de las pocas personas que estaban al tanto de mi relación con Alberto y nuestra reciente ruptura y se sentía inquieta por la falta de noticias sobre mí. Recordé que al contarle lo que había pasado con mi ex me pidió que la llamara cuando quisiera y que confiara en ella en las horas bajas, pero entre unas cosas y otras no lo había hecho, así que me senté en el sofá y marqué su número.
—Ya era hora. Me tenías preocupada —me espetó a modo de saludo—. ¿Estás bien?
No, no lo estaba, pero no porque echara en falta a Alberto, como suponía ella, sino por los últimos acontecimientos que se habían producido en mi vida, los cuales me sobrepasaban. Sabía que era inútil mentirle, me conocía demasiado bien y tenía tendencia a comportarse igual que una madraza.
—¿Con sinceridad? No estoy muy animada.
—¿Por qué? ¿No me digas que Alberto te está puteando? Lo imaginaba.
Alberto nunca le había caído en gracia. Al parecer, había sido capaz de ver todos los inconvenientes de mantener una relación con un hombre casado y se había encargado de enumerármelos cientos de veces.
No respondí. No sabía si debía decirle lo que de verdad me estaba sucediendo.
—¿No habrás vuelto con él? Por favor, dime que no lo has hecho.
—No, tranquila. No estoy con Alberto. Ya te dije que lo nuestro se había acabado definitivamente. Han pasado algunas cosas, pero no tienen nada que ver con él.
—¿Estás en casa?
—Sí, acabo de llegar. Perdona que no te haya llamado antes. Sé que te dije que lo haría, pero ya me conoces, soy un desastre.
—¿Has cenado? ¿Por qué no nos vemos y charlamos un rato?
—No, aún no he cenado, pero es tarde y tú estarás cansada.
—Estás de suerte. Mañana no tengo que madrugar. Venga, anímate. Podemos quedar en Chusky's. Ahí se come bien.
Eché una ojeada al bocadillo de queso que aún reposaba sobre la mesa junto al bolso y la chaqueta y la idea de convertirlo en mi cena no me sedujo lo más mínimo. Como yo tampoco tenía que madrugar al día siguiente, porque mi primer paciente no estaba citado hasta las cuatro, pensé que no me vendría mal la compañía de Paloma y de paso cenar algo caliente.
—De acuerdo, me has convencido. Nos vemos en Chusky's dentro de media hora —dije antes de colgar.
Chusky's era una cervecería que servía platos típicos alemanes: salchichas con puré, codillo con chucrut, ensaladas y quesos variados, entre otras especialidades. Cuando llegué, Paloma ya había cogido una buena mesa junto a la pared. El local, escasamente iluminado, tenía mesas de madera de lo más pintoresco, parecidas a las que había observado en la fiesta de la cerveza en algún reportaje emitido por televisión. Aquello, más que un restaurante, parecía un pub, pero era acogedor y a ambas nos gustaba.
—Te he pedido una cerveza —dijo Paloma después de darme dos besos.
La conocía desde la infancia. Era una persona alegre, vital y decidida. Aquel día llevaba un traje de chaqueta color berenjena que armonizaba a la perfección con su cabello pelirrojo, largo y ondulado. Tenía los ojos azules y la tez blanca y cubierta de pequeñas pecas. Su nariz, un poco aguileña, no era escandalosamente prominente y en conjunto resultaba agradable.
Durante el trayecto había meditado sobre si debía hacerle partícipe de mis quebraderos de cabeza. Por una parte, quería desahogarme y contárselo todo, pero, por otra, no deseaba implicarla en un asunto tan desagradable como aquél, cuyas ramificaciones ni yo misma era capaz de entrever.
Después de hablar un rato sobre banalidades, pedimos un codillo a medias y brindamos por mi nueva soltería, pero Paloma me conocía bastante bien y sabía que me ocurría algo.
—¿A qué viene esa cara? ¿No estarás pensando en volver con él? —preguntó mientras cortaba un trozo de codillo.
—Que no... Quédate tranquila.
—¿Entonces qué es? Sé que te pasa algo. Lo veo en tu cara.
—Llevo unos días agotadores.
—Vamos, Leo —comentó clavando sus ojos en los míos al tiempo que soltaba el tenedor—. Es algo más que cansancio, a mí no me engañas.
No estaba segura de querer explicárselo, así que esquivé su interrogatorio como pude y me mantuve firme hasta los postres. Llegadas a éstos, me derrumbé frente a una tarta de chocolate y se lo conté todo. Su reacción no se hizo esperar.
—¿Estás loca? —me espetó alzando un poco la voz—. Tienes que ir a la policía de inmediato. Ese tío puede ser peligroso.
Hice un gesto con la mano para que bajara la voz, la gente nos miraba de reojo, sobre todo tras salir a colación la policía.
—Pero ¿y si es inocente? —susurré—. No puedo hacer algo así sin estar segura, podría acarrear consecuencias terribles para él.
—¿Y si no lo es? ¿Piensas esperar a que te mate para comprobarlo? ¿Es que quieres acabar degollada en cualquier descampado de las afueras de la ciudad?
—Hablas así porque no lo conoces. Noel no parece un asesino y te recuerdo que soy psicóloga. Algo sé sobre esto.
—Ni quiero conocerlo. ¡Por Dios santo! ¿Tú te escuchas? Realmente estás colada por ese tío. Cuando me dijiste que habías roto con Alberto no podía creer que por fin hubieras dado ese paso. El era una mala influencia para ti, pero esto... ¡Esto es mucho peor!
Me miraba horrorizada, como si hubiera perdido el juicio, y quizá no fuera desencaminada.
—¿Cabe la probabilidad, remota pero posible, al fin y al cabo, de que lo que me ha contado sea cierto?
Ni yo misma daba crédito a las palabras que salían de mi boca.
—Joder, Leo. Aun en el caso de que así fuera, cosa del todo improbable, por no decir absolutamente imposible, peor me lo pones. Eso significaría que dentro de él hay un asesino, un puto muerto, fantasma o lo que quiera que sea, que se dedica a matar la a gente sabe Dios por qué antojadizo motivo. ¿Es que no lo ves? ¿Por qué no vamos a la comisaría ahora mismo y que sea la policía quien decida?
—Ya te he dicho que no puedo hacer eso sin estar segura del todo. Primero tengo que hacer ese informe pericial, suponiendo, claro está, que su tía no se haya ido de la lengua y quiera darme la carta.
Paloma me miró primero con severidad y después con preocupación.
—No quiero tener una amiga muerta. ¿Me oyes? Prométeme que por lo menos pensarás en lo que te he dicho y harás algo al respecto.
—Quizá tengas razón —repuse bajando la guardia—. Te prometo que mañana iré a la policía —dije al fin.
Sí, era posible que mi amiga estuviera en lo cierto. Aquel asunto había escapado a mi control. No era una heroína, ni tampoco pretendía serlo. Para eso ya estaba la policía.
Abandonamos Chusky's a eso de la una y media y Paloma se empeñó en llevarme a casa en coche.
—No hace falta, en serio. Cogeré un taxi —dije acercándome al borde de la acera para observar si se aproximaba una luz verde.
—De ningún modo. Te llevo, y más sabiendo que hay un maniaco por ahí suelto —me espetó mientras abría el vehículo con el mando a distancia—. Anda, sube.
Paloma aprovechó el trayecto para hablarme de su nuevo novio, un profesor de filosofía que había conocido en una exposición de pintura postimpresionista y quedamos en vernos otro día para que me lo presentara. A esa hora no había tráfico, así que llegamos enseguida. Después de darle las gracias, descendí del coche. Ya me disponía a entrar en el portal, cuando oí la voz de Paloma llamándome desde el interior del vehículo.
—Espero que cuando te despiertes mañana no hayas cambiado de opinión, recuerda tu promesa.
—No creo que eso pase —la tranquilicé—, pero lo único que quiero ahora es descansar, estoy agotada.
Paloma arrancó su viejo Ford y giró a la derecha. A lo lejos pude escuchar la música de la radio. Caminé hacia el portal al tiempo que extraía la llave del bolso, pero cuando estaba a punto de introducirla en la cerradura una mano enguantada me retuvo del brazo.
—¿Lo has pasado bien, Leo?
Reconocí su voz de inmediato y se me heló la sangre. Era Noel, el hombre al que pocas horas después pretendía denunciar. Era la primera vez que me tuteaba. Su voz me pareció burlona. Intenté zafarme, pero me lo impidió.
—¿Tienes prisa?
Su mirada había cambiado, no parecía la misma que tenía cuando visitaba mi consulta y que tanto me fascinaba. La de ahora era fría y penetrante, y mucho más sombría. Sentí que los pelos se me erizaban y el corazón me golpeaba con fuerza en el pecho. El miedo se apoderó de mí y comencé a temblar.
—¡Suéltame!
No sólo no lo hizo, sino que me sujetó aún con mayor fuerza.
—Antes tenemos que hablar. Sé que estuviste en casa de mi tía. ¿Qué buscabas allí? Si mal no recuerdo, hace tiempo que dejé de ser tu paciente.
No contesté y haciendo acopio de valor le pegué un codazo en la mano trasplantada. Debí de lastimarle, porque emitió un gruñido y de inmediato aflojó la presión que ejercía sobre mi brazo, circunstancia que aproveché para abrir la puerta y salir corriendo. Sin embargo, evitó que ésta se cerrara y corrió detrás de mí. Por mi parte, no me entretuve en coger el ascensor y subí por la escalera todo lo rápido que pude.
—¡No te escapes! ¡Aún no he terminado contigo! —le oí gritar.
A pesar de los tacones, subí hasta el tercer piso en tiempo récord. Él venía detrás, podía oír el ruido de sus zapatos ascendiendo por la escalera, pero, por suerte, me dio tiempo a entrar en mi apartamento y cerrar la puerta como si al otro lado hubiera una amenaza nuclear.
—Por favor, ábrela —le escuché decir desde el otro lado—. Sólo pretendo aclarar algunas cosas.
No sabía qué hacer. No tenía intención de abrir, pero tampoco era capaz de despegarme de la puerta. Tan sólo me limitaba a oír su respiración entrecortada por la carrera.
—¿A qué fuiste a casa de mi tía?
—Noel, márchate. Voy a llamar a la policía —amenacé a la par que buscaba el móvil en mi bolso. Sin embargo, estaba demasiado alterada y no era capaz de hallarlo, y él no parecía dispuesto a irse.
—Sé que has estado indagando sobre mí. ¿Por qué? ¿Crees que soy un asesino? Te equivocas, pero cada vez me resulta más difícil controlarlo. Yo también he estado investigando, por eso sé que fuiste a casa de mi tía. Además, he averiguado otras cosas de las que no tienes ni idea.
—Si no te largas en este preciso instante, pediré ayuda. No me obligues a hacerlo.
—De acuerdo —dijo Noel con voz de fastidio—. Ya me voy, pero creo que antes de llamar a nadie deberías leer esto.
Entonces deslizó algo por debajo de la puerta. Al principio no entendí qué era, pero después me percaté de que se trataba de una carpeta azul de plástico. En su cara frontal había un logotipo con un halcón blanco.
Me agaché y la recogí no sin experimentar cierta aprensión, como si en vez de papeles contuviera ántrax, y oí el ruido de los zapatos de Noel bajando por la escalera. Se había ido.
Capítulo 40
Deposité la carpeta sobre la mesa del salón y me tumbé en el sofá intentando serenarme. Sentía que el corazón se me iba a salir por la boca y que mis piernas no eran capaces de soportar el peso de mi cuerpo un solo segundo más. Inspiré profundamente por la nariz y espiré. Repetí esta operación varias veces y poco a poco me fui relajando, pero aún tenía el sobresalto metido en el cuerpo.
No podía creer lo que acababa de pasar. Para empezar, no podía imaginar de qué modo Noel había averiguado la dirección de mi casa, aunque sí tenía claro el motivo de su inopinada visita. Tal y como ya sospechaba, su tía le había informado de nuestro encuentro. Era una ingenua al creer que guardaría el secreto y, para ser sincera, no podía culparla. Era lógico. A la postre, Noel continuaba siendo su sobrino. Sin embargo, me habían chocado algunas de sus recriminaciones. Noel había tenido el descaro de preguntarme por qué había ido a casa de su tía. ¡Menudo cínico! Como si no lo supiera.
Sin dejar de mirar la carpeta, empecé a especular sobre su contenido. Sentía curiosidad, desde luego, pero también temía examinarlo porque intuía que dentro no podía haber nada bueno. Más tarde, a medida que me fui tranquilizando, comencé a utilizar la lógica. ¿Qué clase de asesino se presentaría en la casa de su hipotética víctima con un montón de papeles en lugar de un arma? Si realmente hubiera querido hacerme daño habría actuado de otro modo. Montar un escándalo en plena noche en el rellano de la escalera de mi vivienda no parecía un trabajo muy fino y quienquiera que fuese el asesino, estaba segura de que era un profesional, por eso aún estaba suelto. Quizá Noel sólo pretendía asustarme, pero —pensaba yo— había mejores formas de provocar semejante efecto. ¿Qué habría pasado si hubiera aparecido algún vecino en la escalera? No, aquél no era un plan audaz ni tampoco calculado, sino la pataleta de un niño o acaso un acto desesperado para reclamar mi atención.
¿Despertar mi interés? ¿Era eso lo que pretendía? ¿Por qué? Si Noel había venido a mi casa a pedirme cuentas era porque yo no le resultaba del todo indiferente. Aquel pensamiento en el fondo me congratuló, pero rápidamente lo reprimí.
Me incorporé, tomé la misteriosa carpeta y fui a la cocina a preparar café. Necesitaba estar bien despierta antes de comenzar a valorar su contenido. Después, me senté en mi butaca azul de lectura y encendí la lámpara de pie que tenía junto a ella. Pasaba muchas horas en aquel rincón leyendo o simplemente escuchando música. Tras beber un par de sorbos de café, aún con las manos temblorosas por el sobresalto, abrí la carpeta de marras. En su interior había una serie de papeles —informes más bien— perfectamente agrupados, así como una carta firmada por un tal Rogelio Bao. Cogí esta última y la leí intrigada.
ROGELIO BAO Detective privado colegiado núm. 153
Att. Sr. D. Noel Villalta (CONFIDENCIAL)
Estimado señor Villalta:
Adjuntos le envío los informes que me solicitó hace unas semanas. Como ya supondrá, mis pesquisas me han llevado más tiempo del que estimaba, pero finalmente he conseguido hacerme con el nombre del donante, así como con otras informaciones que resultarán de su interés.
En caso de que necesite cualquier aclaración, no dude en ponerse en contacto conmigo.
Atentamente, Rogelio Bao
Aparté la carta y cogí el primer dossier.
INFORME SOBRE EL DONANTE
Según he podido averiguar, su donante se llamaba Antonio Saladro y murió hace siete meses en el hospital Virgen de las Ánimas, que, como sabe, es el mismo centro hospitalario en el que usted fue intervenido. Saladro fue trasladado allí tras recibir un fuerte golpe en la cabeza al precipitarse por unas escaleras. Llegó al hospital en coma, se le conectó a un respirador y se le hizo un TAC cerebral, que mostró una hemorragia masiva. Se le realizó un electroencefalograma y no se encontró signo alguno de actividad cerebral. Estaba clínicamente muerto.
Antonio Saladro era un donante convencido. Aunque se consultó a su familia, en realidad, en su caso no era estrictamente necesario, puesto que había manifestado en repetidas ocasiones su deseo de convertirse en donante e incluso lo dejó reflejado por escrito, así que entró en el programa de donación.
Por lo que he podido saber, varios de sus órganos fueron trasplantados a diferentes personas:
1. Mano derecha: Noel Villalta, aunque eso ya lo sabe.
2. Córneas: Juan Ismael Hermida.
3. Hígado: Roberto Marcel Campante.
4. Corazón: Aún estoy tratando de averiguar el nombre del receptor. La información a la que he tenido acceso no lo refleja, por lo que todavía no he podido elaborar un informe sobre este receptor. Lo haré en cuanto disponga de esos datos.
En el momento del óbito Antonio Saladro tenía 43 años, estaba soltero y no tenía hijos o familiares a su cargo. Procedía de una familia acaudalada y, en teoría, era empresario, aunque nadie sabe con exactitud a qué se dedicaba.
Entre sus aficiones se encontraban el submarinismo, las carreras de coches y las lecturas relacionadas con el Antiguo Egipto.
Puesto que me pidió que fuera lo más exhaustivo posible, no me conformé sólo con esto, sino que también indagué sobre su pasado. Saladro no era precisamente un angelito. Hace nueve años la policía lo investigó por una serie de crímenes que, dicho sea de paso, nunca pudieron ser esclarecidos. Los investigadores policiales lo consideraron sospechoso porque un testigo ocular lo situó en el escenario de uno de los crímenes, pero no pudieron hallar pruebas. A la hora de la verdad, ese informante se retractó en su declaración y alegó que «no estaba seguro de que se tratara de la misma persona», debido a lo cual todo quedó en suspenso. No crea que ha sido fácil descubrir todo esto. Por lo que sé, Saladro debía de ser un tipo muy escurridizo que viajaba con frecuencia a Egipto. De hecho, después de que el testigo rectificara su declaración, se sabe que viajó a este país. Allí se le perdió la pista durante varios años hasta que finalmente regresó a la ciudad seis meses antes de su muerte. En una tarjeta aparte he anotado la dirección de su hermana. Se llama Emma Saladro, aunque, según tengo entendido, no se llevaban muy bien.
Solté el informe como si me quemara las manos.
¿Antonio Saladro era el famoso Toni?
Me levanté de la butaca y comencé a dar vueltas por el salón. ¿Estaba Noel en lo cierto? Aquello era imposible. El tal Saladro había muerto hacía siete meses. Ahí lo decía bien claro. Por un momento me imaginé la expresión que debió de quedársele a Noel cuando leyó el nombre de su donante.
Fui de nuevo a la cocina. Esta vez a por agua. De nada servía sacar conclusiones absurdas; que el donante se llamara Antonio no significaba nada, pero por algún extraño motivo no podía quitarme de la cabeza que hubiera sido sospechoso de varios crímenes en el pasado.
Pero Antonio Saladro estaba muerto. ¿O no?
Me aposenté de nuevo en la butaca y cogí el segundo dossier. Ahora, más que nunca, necesitaba conocer todos los detalles de aquel inquietante suceso.
INFORME SOBRE EL SUICIDA
También me pidió que averiguara el nombre de la persona que se arrojó al río hace unas semanas, cuyas iniciales, según me indicó, eran J. I. H. Pues bien, dichas iniciales corresponden a Juan Ismael Hermida, y no, no se trata de una casualidad, es la misma persona que recibió las córneas de Antonio Saladro.
Le ahorraré los detalles sobre su muerte, puesto que ya los conoce, pero sí puedo decirle que era profesor particular de piano y que había perdido la vista años atrás a consecuencia de un accidente. Estaba divorciado y no tenía lujos.
He podido localizar a algunos de sus alumnos. Todos coinciden en que era una persona entusiasta y cordial y que su minusvalía jamás interfirió en el desarrollo de las lecciones que impartía. Al parecer, era un excelente profesor.
Sin embargo, después del trasplante, una vez que empezó a recuperar algo de visión, comenzó a mostrarse colérico, taciturno y desabrido, lo que provocó que sus alumnos lo abandonaran.
También me entrevisté con la portera del inmueble donde vivía.
Ella me refirió lo mismo que sus estudiantes y me explicó que Hermida pasaba las horas muertas intentando tocar el piano. Y digo «intentando» porque tan sólo lograba aporrearlo. Aquello debía de ser infernal, porque se produjeron varias quejas formales de vecinos molestos por el ruido que salía de su apartamento.
Me temo que no he podido determinar por qué decidió acabar con su vida. En su domicilio no se encontró nota alguna que lo explicara.
La lectura del segundo informe me dejó aún más abrumada, si cabe, de lo que ya estaba. Resultaba desconcertante que Noel hubiera tenido contacto con uno de los receptores y que éste hubiera acabado suicidándose delante de él. Al menos eso era lo que decía el periódico. Si —como se desprendía de la lectura de aquellos papeles— Noel desconocía por completo la identidad de esa persona hasta el momento preciso de leer el informe del detective, ¿qué hacían juntos en el río? ¿Habría sido el receptor de las córneas el que había localizado a Noel? Y, sobre todo, ¿por qué había decidido poner fin a su vida después de haberse sometido a una operación tan compleja?
Tomé el siguiente dossier y lo leí con el corazón encogido.
INFORME SOBRE EL RECEPTOR DEL HÍGADO
Continuando con mis averiguaciones, investigué a Roberto Marcel Campante, la persona que recibió el hígado de Antonio Saladro. Antes de proseguir, debo decirle que esto empieza a oler muy mal...
Roberto Marcel es documentalista. Tiene 44 años, está casado y tiene un lujo de corta edad. Lamentablemente, padecía una dolencia hepática aguda y llevaba un tiempo en lista de espera para recibir un nuevo hígado compatible, pero, con independencia de su enfermedad, Marcel era una persona aparentemente normal. En su trabajo era minucioso y eficaz. Era el responsable de la sección videográfica de un importante archivo hasta que fue dado de baja debido a su problema de salud.
Después del trasplante, se reincorporó y todo iba bien hasta que empezó a hacer cosas extrañas, que sus jefes, en principio, pasaron por alto debido a la reciente intervención. Sin embargo, la situación se hizo insostenible y fue despedido porque borró una serie de documentos videográficos de gran valor. Nadie sabe por qué hizo desaparecer de un plumazo todo el material disponible sobre el Antiguo Egipto.
Pero la cosa no quedó ahí. Sus manías también afectaron a su vida matrimonial, hasta tal punto que su mujer lo abandonó hace unos meses alegando, entre otras razones, malos tratos. Aunque jamás le había puesto la mano encima, un día se le cruzaron los cables y le pegó una paliza que casi acabó con su vida, así que se marchó y se llevó al pequeño.
Tal y como me pidió, he conseguido su dirección. La tiene en la tarjeta. Me costó dar con él porque ya no vive donde acostumbraba. Actualmente se encuentra internado en un hospital psiquiátrico a las afueras de la ciudad. Padece un trastorno delirante.
Aquello era demasiado. ¿Había algo sobrenatural en todo ese asunto? Empezaba a creer que sí, que Noel tenía razón al decir que se sentía dominado por una fuerza ajena a él. Había algo realmente excepcional y trágico en todos aquellos trasplantes, pero ¿qué con exactitud? ¿Quién era Antonio Saladro? ¿Qué extraña conexión existía entre todos los receptores? El único vínculo en común parecía ser el tal Saladro. ¿Por qué todos acababan muriendo o enloqueciendo? Por un instante sentí miedo por Noel. No se me ocurría ninguna respuesta coherente para todas las preguntas que se agolpaban en mi cabeza.
Comencé a repasar las hojas una a una para verificar que todo cuanto había leído era real. Me sentía flotando como en un sueño. Llegué incluso a cuestionarme si quien me estaba volviendo loca era yo, hasta que lo vi.
Vi mi nombre en un informe. Leo Sánchez Flores. Era yo. Había un informe sobre mí redactado por Bao. Rápidamente rescaté la hoja en la que figuraban mis datos y comencé a leerla presa de gran agitación.
INFORME SOBRE LA PSICÓLOGA
Gomo me pidió, he investigado a su ex psicóloga, Leo Sánchez Flores. Estaba en lo cierto. Esa mujer ha estado haciendo averiguaciones sobre usted después de dejar de tratarle. Al principio comencé a seguirla por si disponía de alguna información adicional que pudiera servirme en mis pesquisas, ya que ella es amiga de Gerardo Miriada, el médico que le operó, y aunque, en principio, no pensé que tuviera relación alguna con el asunto que nos ocupa, después cambié de opinión, porque para no ser ya su psicóloga parece muy interesada en usted.
Sé, por ejemplo, que ha mantenido contacto con un tal Carelio Ramos, un periodista que trabaja en la sección de sucesos de El Observatorio de la ciudad, al que solicitó material sobre los crímenes de la vidente y del mendigo de los que usted me habló. También elaboró un perfil grafopsicológico del criminal que salió publicado en dicho periódico. Lo último que he sabido es que acudió a casa de su tía, aunque no he podido descubrir por qué motivo se reunió con ella. Todo esto me hace sospechar que la psicóloga lleva a cabo una investigación paralela que tiene relación con usted.
Capítulo 41
Me despertó el teléfono. No sabía qué hora era y, por unos instantes, tampoco supe dónde me encontraba. Tenía un fuerte dolor de cabeza y el estómago revuelto. Aún tenía las gafas de leer puestas, las cuales me habían dejado unas horrendas marcas rojas en la nariz y las orejas. Tardé un poco en tomar conciencia de que me hallaba en el sofá. Todavía somnolienta alargué el brazo y descolgué el teléfono.
Era Teresa.
Al oír mi voz ronca se disculpó. Al parecer, alguien había traído un sobre para mí en el que figuraban las palabras «urgente» y «confidencial», así que, aunque no tenía que ir a la consulta hasta por la tarde, pensó que debía avisarme. No me hizo falta conocer el remitente para saber de quién procedía. Después de todo, la tía de Noel había cumplido su palabra. Fui a la cocina y bebí un vaso de zumo de pomelo. Tenía la garganta seca, así que me decanté por algo natural. Ya había ingerido suficiente café la noche anterior. Me duché a toda prisa y me vestí con lo primero que encontré en el armario. Me sentía tan confundida que era incapaz de pensar con claridad. La lectura de aquellos dichosos informes había trastocado por completo mi determinación de acudir a la policía, provocando al tiempo sentimientos encontrados hacia Noel. La sorpresa inicial había dejado paso a la indignación. Aquel hombre había vulnerado por completo mi intimidad. Después de atar cabos deduje que la persona que había entrado en mi consulta era Bao, quien, seguramente, también me había estado siguiendo. Pero ¿acaso no había hecho yo algo parecido con mi antiguo paciente? Por otra parte, me sentía aliviada al descubrir que Noel no era el asesino que imaginaba.
¿O me equivocaba una vez más?
Decidí no precipitarme, no tomaría una decisión hasta tener en mis manos una muestra de la escritura de Noel anterior al trasplante.
De camino al despacho recibí un mensaje en el móvil. Era de Paloma. El texto no podía ser más escueto: «Espero que con las luces del día no hayas cambiado de opinión.» No contesté y guardé el teléfono en el bolsillo. Habían pasado demasiadas cosas en una sola noche y no había tiempo para explicaciones. Ya hablaría con ella en otro momento.
Ya en la consulta Teresa me esperaba con unos suizos y un café con leche. Por lo visto estaba dispuesta a que engordara los kilos que había perdido por la ansiedad de los últimos días. Cogí uno de la bandeja, lo deposité sobre una servilleta para evitar mancharme los dedos y lo llevé a mi despacho junto con el misterioso sobre de color crema.
Teresa había percibido cambios en mi conducta, pero ignoraba qué los había originado.
—Últimamente estás muy hermética —le oí decir en la lejanía.
Lo primero que hice fue cerrar la puerta. Solté el ordenador y los papeles, y me senté en mi butaca. Después le di un mordisco al suizo y examiné el sobre con detenimiento. No había sido enviado por un servicio de mensajería ordinario. Alguien lo había traído en mano, tal vez el chófer de Delia Villalta o alguien del personal a su servicio.
Por pura deformación observé su escritura. Según se desprendía de ella, no le había caído mal. Mi nombre aparecía destacado bien grande con caligrafía entusiasta. Después observé algunos detalles que me hicieron comprender que esa mujer no se encontraba bien de salud. Detecté sacudidas impropias de su edad. Delia Villalta no era tan mayor como para que las letras temblaran de aquel modo.
Rompí con cuidado el borde del sobre para evitar dañar su contenido y extraje lo que había dentro. Dos cartas: una doblada por la mitad y otra, que —por el tono ligeramente amarillento del papel—juzgué más antigua. ¿Sería esta última la de Noel?
Desdoblé la primera. En efecto, aquella escritura era la misma que figuraba en el sobre. Se notaba que Delia Villalta había tenido una educación bien encauzada. El conjunto armónico de su escritura así lo revelaba. Por sus rasgos concluí que se trataba de una mujer extremadamente inteligente y sensible.
Transcripción:
Att. Sra. Leo Sánchez Flores Apreciada Leo:
Debe disculparme por haber tardado tanto en enviarle la carta que me pidió, pero me ha sido imposible encontrarla antes. Espero que este material pueda servirle para ayudar a mi sobrino Noel. Por favor, manténgame informada de cualquier avance.
Aunque supongo que no hace falta que se lo diga, le ruego que mantenga en secreto nuestro «plan de rescate». No quisiera que él se molestara conmigo por haber actuado a sus espaldas.
Afectuosamente, Delia Villalta
Pobre mujer. Imaginaba lo desesperada que debía de estar para facilitarle a una desconocida algo tan íntimo como una carta manuscrita, y más a espaldas de su sobrino. Su firma sencilla y legible terminó de confirmarme algo que ya había intuido al conocerla: que se trataba de una persona sin dobleces de clase alguna. No como yo, que la había utilizado vilmente para conseguir mi objetivo. No podía negarlo, me sentía como una cucaracha.
Aparté la carta de Delia, apuré el café que aún restaba en la taza y le di los últimos bocados al suizo. Quizá tan sólo retrasaba el momento de enfrentarme a la otra carta —la que de verdad me preocupaba— por temor a sufrir un nuevo desengaño.
Finalmente me decidí a leerla.
Transcripción:
Querida tía:
Han pasado casi dos años desde que murieron papá, mamá y la pequeña Sandra. Han sido tiempos duros para todos. Después del accidente que les sesgó la vida, nunca creí que podría llegar a sonreír de nuevo. Sin embargo, gracias a vuestro apoyo, vuestra comprensión y vuestro cariño, hoy me encuentro fuerte para escribir estas líneas y para sonreír de nuevo.
Con vosotros he aprendido el valor del cariño. Me habéis enseñado que la vida se empeña en ponernos pruebas y zancadillas para averiguar nuestra capacidad de aguante, pero tenemos que seguir adelante e ignorar sus envites.
Querida tía, deseo que tengas un feliz cumpleaños. Quiero que sepas que pase lo que pase, siempre estaré aquí para ayudaros en todo lo que podáis necesitar.
Con cariño, Noel Villalta
A primera vista, la antigua escritura de Noel no era similar a la del Noel trasplantado que conocía. De hecho, parecían realizadas por dos personas totalmente diferentes. Tras su lectura entendí que el documento había sido escrito cuando mi ex paciente era más joven, lo cual, si bien podría explicar el hecho de que se hubieran producido modificaciones en su caligrafía actual, no justificaba cambios tan radicales como los que mostraba la redacción que había analizado.
Me puse manos a la obra e inicié el peritaje caligráfico. Pasé toda la mañana enfrascada en esa tarea sin levantarme del sillón. De vez en cuando hacía pausas para levantar la cabeza y mirar por la ventana. Necesitaba descansar los ojos después de haber pasado la noche prácticamente despierta. Y, sobre todo, precisaba recuperar el sueño y la tranquilidad perdidos.
A eso de la una recibí una llamada de Care Ramos. Quería invitarme a comer para contarme sus últimos hallazgos en torno a los crímenes, pero estaba impaciente por acabar el informe pericial, así que decliné su ofrecimiento.
Pareció decepcionado.
—¿Y no podríamos vernos por la tarde? —sugirió.
—Es que estoy muy liada, Care. ¿Qué es lo que ha descubierto? ¿No podría adelantarme algo?
—Esperaba poder decírselo en persona, pero si está tan ocupada, puedo anticiparle que por fin he averiguado el nombre de la persona que la policía barajó como sospechosa de los crímenes de los que le hablé.
Tardé unos segundos en reaccionar. Suponía que esa persona era Antonio Saladro, pero ¿y si no era él? En el informe de Bao se hablaba, ciertamente, de que Saladro había sido sospechoso de unos asesinatos, pero el detective no especificaba de cuáles.
—¿De quién se trata? —acerté a preguntar.
—Debería decir mejor de quién se trataba. ¡Toda mi investigación se ha ido a la mierda! Y me he quedado sin exclusiva —arguyó molesto al tiempo que resoplaba a través del auricular—. El tipo murió hace varios meses, así que indiscutiblemente no ha podido ser el autor de estas nuevas muertes.
—¿Cuál era su nombre?
—¿Tiene curiosidad, eh? Antonio Saladro. Así se llamaba, pero poco importa ya, porque está muerto y bien enterrado. Tendré que replantearme toda esta historia. Y si no fue él, sólo cabe la posibilidad de que se trate de un imitador, lo cual es preocupante, ya que a menos que cometa un grave error, no creo que tenga intención de detenerse.
Respiré aliviada. Al menos era Saladro. Aquel dato situaba a Noel en una posición menos incómoda. Pero si mi antiguo paciente no era el asesino, ¿quién había ejecutado a esas personas? Me negaba a aceptar la posibilidad de que hubiera vida más allá de la muerte y menos aún la hipótesis de que un difunto pudiera acceder al mundo de los vivos para cobrarse una víctima tras otra. Aquello no tenía sentido alguno.
—Tarde o temprano la policía dará con él —aventuré.
—Sí, pero ¿a cuántas personas más matará antes de que esto ocurra? De eso, precisamente, quería hablarle. De ahí mi interés en que nos viéramos. Debe tener cuidado, y más ahora. La policía, créame, anda muy despistada. Leo, desconozco por qué le atañe tanto este caso, pero, si es por lo que imagino, toda precaución es poca. Llevo muchos años en sucesos y he visto de todo.
—Le agradezco su preocupación, Care, pero puede estar tranquilo, no va a pasarme nada.
El periodista pasó un buen rato intentando convencerme de que fuera cuidadosa y precavida. Debido a mi creciente interés por el tema estaba convencido de que me unía algún tipo de relación con las víctimas, pero yo me sentía más relajada que nunca al saber que Noel no podía estar implicado, sobre todo una vez que finalicé el nuevo informe pericial. Al terminar el cotejo había quedado descartado como sospechoso. Para mi alivio no había rasgos coincidentes.
Definitivamente, la letra del antiguo Noel no guardaba relación con la del Noel trasplantado ni tampoco con la del asesino. Tan sólo me preocupaba una cosa: su actual escritura presentaba demasiadas similitudes con la que aparecía en nota del criminal. ¿Qué explicación tenía eso si no era culpable? ¿Por qué había asimilado como propios los rasgos de una letra que no le correspondía? Al menos para mí era un misterio. Y me perturbaba.
Después de comer y antes de recibir a mi primer paciente, me armé de valor y telefoneé a Noel. No me quedaba otra. Le debía una disculpa.
Capítulo 42
Cuando quise darme cuenta la mayor parte de los trajes que había en mi armario yacían sobre la cama. No sabía qué ponerme para acudir a mi encuentro con Noel. Después de muchas dudas al final me decanté por un traje negro que —creía yo— contribuía a resaltar mi figura. Al menos eso me habían dicho en alguna ocasión.
Mientras me pintaba los labios y me atusaba el pelo, me preguntaba adonde iría a parar aquel asunto. Por teléfono había percibido a Noel frío y cortante, como si no tuviera ganas de hablar o estuviera enfadado conmigo. Sin embargo, no debía de ser así cuando me había citado en un local de la parte alta de la ciudad en lugar de despacharme por teléfono.
Antes de aplicarme colorete sobre las mejillas me observé atentamente en el espejo. Me vi horrorosa. El corrector de ojeras y el maquillaje no habían servido para mitigar las huellas de cansancio que arrastraba desde hacía varios días ni tampoco para ocultar las imperfecciones de mi cutis.
Pero cuando terminé de arreglarme, después de una labor casi de ingeniería, me sentí medianamente satisfecha con el resultado. Me pregunté si no estaría albergando falsas ilusiones con respecto a Noel. A fin de cuentas no se trataba de una cita, sino de una reunión para aclarar todo cuanto había pasado. ¿A qué venía tanta preocupación por mi aspecto? Probablemente ni siquiera se fijaría en mí. También vacilé a la hora de escoger una prenda de abrigo que casara con mi vestido. No tenía ninguna apropiada, así que opté por un chal de tul que, aunque no protegía del frío, quedaba aparente con mi vestuario. Cogí las llaves del recibidor y el bolso y salí hacia el punto de encuentro presa de una inquietante sensación de inseguridad.
Cuando llegué al club Marlington, Noel aún no había hecho acto de presencia. El maître me condujo con diligencia a una mesa que había reservada a su nombre. A continuación un camarero se aproximó para ofrecerme un cóctel y se marchó dejándome sola en aquel glamouroso local acondicionado con mesas bajas y escasa iluminación. Antes de irse encendió una vela y me hizo una reverencia servil que me pareció ridícula. El entorno no podía ser más propicio para un encuentro de parejas, pero me repetí una y otra vez que la nuestra no era una relación de ésas.
Evidentemente, no estaba acostumbrada a locales como el Marlington, pero, por lo visto, Noel sí, ya que apenas transcurridos cinco minutos, al verle entrar en el club, me dio la impresión de que estaba familiarizado con toda aquella teatralidad que a mí me espantaba.
A medida que se iba acercando advertí que me subía una oleada de calor y que mi corazón se agitaba en mi pecho avisándome de algo que ya sabía: que aquel hombre no me era indiferente. Al aproximarse aprecié un brillo extraño en su mirada que no supe interpretar. Quizá eran imaginaciones mías, pero algo me decía que yo le gustaba. Sin embargo, si sentía algo especial por mí se encargó de disimularlo haciendo gala de una gran dosis de pericia, pues por todo saludo se limitó a extender su mano enguantada, aquélla que había pertenecido al misterioso Saladro. Debo confesar que al tacto me pareció más vigorosa y ágil que su propia mano, lo cual logró sobrecogerme de los pies a la cabeza, porque aunque guardaba un vago recuerdo de ella, siempre me había parecido endeble y hosca.
Tras saludarme, se sentó e hizo algo que me sorprendió. Con parsimonia, recreándose en aquella acción, se despojó del guante que la cubría y colocó su mano sobre la mesa, desafiante, para que pudiera examinarla en detalle. Después, el camarero trajo mi cóctel y uña botella de agua que, a buen seguro, Noel le había pedido antes de sentarse. El hombre depósito las bebidas en la mesa y se retiró con discreción dejándonos a solas.
Quise romper el hielo y decir algo, pero no se me ocurría nada adecuado ni inteligente, tan sólo me limitaba a observarlo intentando adivinar qué pasaba por su cabeza. Permanecimos así unos instantes, sin mediar palabra, mirándonos a los ojos, hasta que el silencio se hizo insostenible.
—Pensé que querías disculparte —dijo al fin sirviéndose agua en una copa.
El tono de su voz parecía conciliador, pero la expresión de sus ojos revelaba lo contrario.
—Tienes razón, aunque creo que no soy la única que debería hacerlo —respondí jugueteando con la pajita de mi cóctel—. Me parece que ha llegado la hora de aclararlo todo.
—Sí, estoy de acuerdo. Empecemos por ti. ¿Por qué fuiste a ver a mi tía?
—Ella no tuvo nada que ver. Por favor, no te enfades con Delia. Quería descartarte como sospechoso, pensaba que eras un asesino. Necesitaba que alguien me facilitara tu escritura, la que tenías antes de que te hicieran el trasplante —expliqué esperando su comprensión—. Tu tía es una mujer maravillosa. No ha sido partícipe de la trama. Ella sólo pretendía ayudarte y, en cierto modo, yo también.
—¿En cierto modo? Te pedí ayuda y me la negaste —me reprobó.
—No estaba en mi mano hacer lo que me pedías, no podía averiguar el nombre del donante. Traté de explicártelo. Tengo mis principios, pero siempre he deseado que fueras inocente. Si hubiera estado convencida de que eras el autor de esos horrendos crímenes, no habría acudido a ella, sino a la policía.
—Ahora sé que eres grafopsicóloga y que también has estudiado pericia caligráfica. Bao me lo dijo, pero sigo sin entender por qué sospechabas de mí.
—Porque la historia que me contaste no se sostenía... —dudé antes de continuar con mi razonamiento. No quería que se molestara—. No se sostiene. Sigo pensando que tiene que haber otra explicación para todo cuanto está ocurriendo. Los muertos, muertos están. No pueden regresar e interferir en nuestras vidas, ya sea a través de un trasplante o por otras causas. ¿Cuántas personas trasplantadas hay en el mundo? ¿Imaginas lo que pasaría si tu hipótesis tuviera algún fundamento? ¿No te das cuenta de que lo que planteas es imposible?
Hice una pausa para tomar aire.
—Después de nuestras sesiones creí que eras tú quien había matado a la vidente y al mendigo y que lo que me habías descrito como pesadillas en realidad eran recuerdos reprimidos. Lo siento, pero era la explicación más lógica, la más sencilla y, por tanto, la más admisible.
—Y por eso decidiste abandonar mi caso y te dedicaste a investigarme.
—Sí. La verdad, no podía seguir llevándolo. ¡Así no te estaba ayudando! Creí que tu patología escapaba a mis conocimientos, que necesitabas a alguien más cualificado que yo.
—Pero tú tenías mi escritura. ¿Por qué no la utilizaste en lugar de involucrar a mi tía con tus tejemanejes?
—¡Lo hice! —protesté—. Y coincidía con la del asesino, a la que había tenido acceso a través de un conocido.
—Carelio Ramos, el periodista de El Observatorio.
—Sí, pero él tampoco sabe nada. Le mentí igual que hice con tu tía. No he jugado limpio, lo sé, pero sabiendo todo lo que acabo de contarte no podía dejar las cosas así y mantenerme al margen. Lo intenté, pero después sucedió lo del cirujano.
Entonces, Noel hizo algo inesperado. Cogió mi mano, clavó sus ojos en los míos y susurró:
—Necesito saberlo todo. La situación ha empeorado desde que te pedí ayuda. Ya no soy capaz de controlar mi vida. El entra y sale cuando le da la gana. Me utiliza. Si no doy con él acabaré como los otros.
Su mano, la trasplantada, aún sostenía la mía. Quizá a otra persona le habría causado rechazo, pero yo no quería que me soltara.
—No va a pasar nada de eso, daremos con una solución.
Entonces le puse al día y le conté todo lo que había descubierto, incluyendo mi conversación con Ignacio Mares. El me miraba con interés, observando mis ojos, mis ademanes y mi boca. En otras circunstancias le habría besado, pero desconocía cuáles eran sus sentimientos hacia mí, aunque tenía la impresión de que no le era indiferente, que sólo se alejaba por miedo.
Cuando terminé de exponerle mis hallazgos, Noel permaneció en silencio, taciturno, como si sopesara todos aquellos nuevos datos. De pronto bajó la cabeza y fijó su atención en su mano. Esta temblaba un poco. La apartó de la mía y volvió a ocultarla con el guante.
—¿Por qué haces eso?
—Creo que él sabe que ahora estamos juntos.
—Eso no es posible, Noel.
—¿Y qué otra explicación se te ocurre para todo lo que has leído en esos informes? ¿Tienes alguna mejor?
No supe qué contestar. De puro nerviosismo mordí la pajita de mi cóctel con rabia.
—No tengo ninguna, pero eso no quiere decir que no la haya.
—Tú misma lo has dicho: mi escritura actual coincide con la de Saladro.
—Con la del asesino —le corregí—, no con la del muerto.
—Son la misma persona —insistió apartándose un mechón de pelo que caía sobre su frente—. Lo sé porque llevo parte de él dentro. Fue Saladro quien pidió todos aquellos libros sobre la religión del Antiguo Egipto y utilizó mi tarjeta de crédito para pagarlos; quien pintó la vasija y escribió su nombre varias veces en mi redacción; quien se mete en mi mente cuando puede y distorsiona mis recuerdos. ¿Sabías que tenía un gato que se llama Apofis? Lo sé, y no me preguntes cómo. También sé que tenía un anillo de oro con este símbolo.
Entonces cogió su posavasos, le dio la vuelta y me pidió un bolígrafo. Extraje el que solía llevar en mi bolso y se lo ofrecí. Le vi dibujar algo sobre el cartón. Después, me lo tendió para que lo examinara.
—¿Qué es esto? —pregunté intrigada.
—No lo sé. Espero que tu amigo el egiptólogo sepa de qué se trata. ¿Se lo preguntarás?
—Claro, estamos juntos en esto, Noel. ¿Puedo quedármelo?
Hizo un gesto con la mano indicándome que me lo guardara.
—Sé que Saladro lo llevaba grabado en un anillo. Lo he visto en ensoñaciones. A veces tengo recuerdos suyos, de cosas que no he vivido, que no me corresponden. En otras ocasiones él sueña a través de mí. He visto ese anillo muchas veces en su mano —explicó mirándose el apéndice trasplantado—. Creo que deberíamos hablar con su hermana. Ella podrá confirmar todos estos detalles. ¿Me creerías entonces?
—Sí —manifesté con resignación.
Entonces, Noel hizo algo que me pilló desprevenida. Se incorporó en su asiento, me atrajo hacia él y me besó en los labios.
Fue un beso tímido, dulce y cálido. No recordaba que nadie me hubiera besado de ese modo jamás, ni siquiera en la escuela, cuando me dieron mi primer beso. Todas las dudas que habían atenazado mi corazón se desvanecieron en un solo segundo mientras mi cuerpo se estremecía y sentía un agradable cosquilleo en la boca del estómago. En aquel momento, pese a la amenaza invisible que se cernía sobre nosotros, conseguí olvidarme de toda aquella pesadilla. Sólo estábamos él y yo. No había nadie más a nuestro alrededor. Pero nuestros labios se despegaron demasiado pronto. Aunque Noel no me explicó por qué, intuí cuáles eran sus miedos. Tal vez temía que al igual que él era capaz de conocer detalles de la vida de Saladro, éste podría saber lo que Noel hacía y con quién se relacionaba. Parecía un temor infundado, pero ¿y si no lo era?
Capítulo 43
La angosta carretera secundaria por la que transitábamos estaba completamente encharcada. Minutos antes nos había sorprendido una inesperada y violenta tromba de agua, la cual me había obligado a levantar el pie del acelerador para evitar que nos saliéramos de la calzada.
Noel prefería que fuera yo quien condujera su potente deportivo, porque la medicación le había revuelto el estómago.
—Me pasa a veces. Los malditos inmunosupresores me dejan mal cuerpo —comentó mientras me cedía el asiento del conductor y se acomodaba en el del copiloto.
Yo no estaba muy ducha que digamos en el arte de llevar coches tan potentes. Acostumbrada al Renault de mi padre, aquél me venía muy grande. Esa máquina aceleraba como un demonio y me costaba hacerme con el control, sobre todo en las curvas.
Según las indicaciones del mapa, la casa de Emma Saladro no podía hallarse ya lejos, pero de momento el paisaje que se nos ofrecía no daba pista alguna de que allí hubiera una vivienda de grandes dimensiones. Imaginábamos que la hermana de Antonio Saladro viviría en una gran residencia, ya que ambos sabíamos que su familia gozaba de una aventajada posición económica, igual que Noel. Al abandonar una de las curvas que presentaba aquella nada aconsejable carretera, divisamos una finca que bien podría ser el lugar que buscábamos.
—¿Será ahí? —preguntó Noel sin soltar mi mano.
La había cogido con la suya, con la buena, nada más abandonar la ciudad, lo que me había permitido disfrutar de su reconfortante contacto durante todo el trayecto.
—Si el mapa no nos engaña ésa debe de ser su casa —contesté al tiempo que aceleraba un poco para llegar cuanto antes.
Ya a las puertas de la finca, antes de descender del vehículo, trazamos la estrategia a seguir. Ambos sabíamos que quizá aquella mujer no estuviera por la labor de recibirnos, así que optamos por dirigirnos con maneras suaves y delicadas. A fin de cuentas, había perdido a su hermano hacía sólo unos meses y revelarle los verdaderos motivos de nuestra visita podría ser un grave error.
—Sobre todo —comenté mirando embobada sus profundos ojos verdes—, no hagamos que se sienta presionada. Eso sería contraproducente.
—Tú eres la psicóloga —respondió guiñándome un ojo.
Después volvimos a besarnos y regresaron a mí todas las emociones que había experimentado la noche anterior en el Marlington. Habría deseado permanecer en ese coche el resto del día, los dos solos, pero aquélla no era precisamente una excursión romántica. Ambos éramos conscientes del sórdido motivo que nos había conducido allí. Teníamos que averiguar todo lo que pudiéramos sobre el difunto Saladro. Tanto Noel como yo deseábamos acabar con esa pesadilla cuanto antes y sabíamos que no podríamos hacerlo a menos que diéramos con todas las claves de aquel extraño asunto.
Descendimos del coche y atravesamos la verja de la finca sin dificultad. No había guardas, perros u obstáculos tales como empinadas vallas, tan sólo un letrero en la verja que sirvió para anunciarnos que no nos habíamos equivocado de lugar: La Buganvilla, rezaba un desvencijado cartel olvidado por el tiempo y la desidia.
Caminamos juntos en silencio hasta llegar a la puerta principal de La Buganvilla. Una vez allí, Noel la golpeó con una aldaba con forma de águila.
Nadie respondió.
El ambiente estaba húmedo después de la fuerte tormenta y comenzaba a hacer frío. Tras llamar varias veces empezamos a sospechar que no había alma alguna en aquella casa o que si la había no estaba dispuesta a recibir a dos desconocidos que se habían colado sin más en su propiedad.
Cuando estábamos a punto de marcharnos, escuchamos una voz de mujer que provenía del exterior de la casa.
—¿Quiénes son ustedes?
Nos giramos y vimos a una mujer vestida con ropas viejas y un sombrero de ala ancha que caminaba hacia nosotros. En una mano llevaba una cesta de mimbre con verduras y en la otra unas tijeras de podar.
—Buenas tardes. Buscamos a Emma Saladro. ¿Es usted? —preguntó Noel.
—Soy yo. ¿Y ustedes quiénes son?
No parecía molesta por el hecho de que hubiéramos traspasado los límites de la finca, aunque sí sorprendida.
—Mi nombre es Leo y él es Noel. Nos gustaría hablar con usted —repuse tendiéndole la mano.
—¿En qué puedo ayudarles? ¿Se han perdido?
—No —dijo Noel—, hemos venido desde la ciudad sólo para charlar con usted. La habríamos llamado antes, pero no teníamos su teléfono, únicamente esta dirección.
La mujer depositó la cesta en un rincón del porche, se quitó los guantes amarillos que llevaba y le tendió la mano a Noel. El reaccionó bien. Se quitó el suyo y le estrechó el miembro que había pertenecido a su hermano. Si la mujer se percató de las marcas que había en su mano, evitó hacer comentario alguno que pudiera incomodar a Noel. Acto seguido la mujer hizo lo propio conmigo y nos invitó a pasar.
Emma Saladro era una mujer castaña de tez clara y grandes ojos marrones. Tendría unos 45 o 46 años y llevaba el pelo recogido en una cola de caballo.
La casa era más grande de lo que parecía por fuera. El salón estaba decorado con flores secas de lavanda y olía a fresco. El mobiliario, de madera rústica casi en su totalidad le daba un toque campestre a la vivienda, que disponía de un gran ventanal desde el cual se dominaba buena parte de la finca.
Después de despojarse de su chubasquero verde nos condujo a la cocina.
—¿Quieren café? —preguntó acercándose a una vieja cafetera que había en la encimera.
Ambos asentimos. La mujer sirvió tres generosas tazas y las calentó en el microondas. Después, sirvió el azúcar y la leche, nos entregó una a cada uno y bebió un sorbo de la suya.
—Vengan conmigo —dijo sin quitarle ojo a Noel—. Estaremos más cómodos en el salón.
Le miraba de manera extraña, sin cortarse lo más mínimo, como si su cara le sonara de algo pero no supiera de qué.
En el salón nos llamaron la atención dos enormes ojos azules alertas que nos observaban con sumo interés desde un rincón. Pertenecían a un gato negro que descansaba sobre una mesa. Emma se sentó en una butaca y nos invitó a tomar asiento en un sofá marrón de pana que había enfrente de ella. Seguimos sus indicaciones y al cabo de dos o tres segundos el gato abandonó su puesto de vigilancia y se encaramó a las rodillas de Noel como si lo conociera de toda la vida.
—Se ve que le ha caído bien —comentó sorprendida mirando alternativamente a Noel y al gato—. No suele adoptar esta actitud con desconocidos.
—¿Es suyo? —preguntó Noel mientras el minino se restregaba contra su mano con delicadeza.
—No, en realidad era de mi hermano.
—Se llama Apofis. ¿No es cierto?
El rostro de Emma Saladro se desencajó y el mío también. ¿Dónde había quedado la sutileza que habíamos convenido?
—¿Cómo sabe usted eso? ¿Conocía a mi hermano? Porque si es así, ya pueden marcharse por donde han venido —le espetó revolviéndose incómoda en su butaca.
—No se inquiete —intervine para disipar el enrarecido ambiente que se había creado—, no lo conocíamos de nada, pero sí nos gustaría, si fuera usted tan amable, formularle algunas preguntas sobre él.
—Entonces, ¿cómo sabe el nombre del gato? ¿Y por qué el bicho se muestra tan cariñoso con usted?
—He debido de caerle en gracia —se justificó Noel.
—Y sabemos su nombre —me apresuré a decir para que no sonara falso— porque hemos estado haciendo algunas averiguaciones. Tenemos entendido que su hermano murió hace poco más de siete meses. ¿Es así?
—Así es. ¿Qué diablos quieren saber sobre él y por qué?
—Investigamos unos crímenes acaecidos hace nueve años, de los cuales, si no nos han informado mal, su hermano fue sospechoso.
—Es cierto, sí, pero nunca llegó a pisar la cárcel. Debió de asustar tanto a ese pobre diablo que al final reculó y cambió su testimonio. ¿Es que van a reabrir la investigación de esos asesinatos sin resolver?
—Es posible, sí —apuntó Noel—. Por eso queremos hacerle algunas preguntas. ¿Su hermano era aficionado a todo lo relacionado con el Antiguo Egipto?
—Oigan, yo no sé nada. Ya se lo dije a la policía en su momento. A nadie más que a mí le habría gustado que ese mal nacido hubiera acabado dando con sus huesos en la cárcel, pero Antonio era muy inteligente y también un déspota y un desalmado. Maltrató a mis padres hasta que perdieron la salud y se quedó con buena parte de la herencia. Conmigo hizo lo mismo hasta que me marché y se lo dejé todo. Y sí, que yo sepa, quería comprarse una casa en Egipto. Estaba obsesionado con todas esas cosas raras.
—¿A qué cosas se refiere?
—Desde joven tenía su habitación llena de estatuillas egipcias y mierdas de ésas.
A medida que la mujer hablaba, notaba que se me formaba un nudo en el estómago. Noel debía de estar igual que yo o acaso peor. Los detalles que había descrito coincidían por completo con lo que nos explicaba su hermana.
—¿Tenía su hermano un anillo de oro con este símbolo grabado? —aventuré sacando el posavasos con el dibujo de Noel.
Ella lo cogió, se colocó unas gafas que pendían de su cuello y lo examinó durante unos segundos.
—Puede ser. No lo recuerdo muy bien —vaciló al devolvérmelo—, pero podemos salir de dudas.
Entonces, sin más explicaciones, descruzó las piernas, se levantó y fue hasta una cómoda que había junto al ventanal.
La abrió y revolvió los cajones hasta dar con lo que buscaba. Después, se aproximó a nosotros y nos tendió un saquito de terciopelo rojo. Apofis continuaba sobre el regazo de Noel. Se había quedado dormido como un angelito.
—Compruébenlo ustedes mismos —manifestó volviendo a sentarse en la butaca—. Me lo dieron en el hospital poco después de que falleciera.
Noel estaba lívido. Por su cara me di cuenta de que no estaba preparado para enfrentarse a eso, así que armándome de valor tomé el saquito en mis manos y lo abrí despacio. Nunca he creído en esas cosas, pero al contacto con mi piel aquel sello de oro me provocó escalofríos. Tal vez se debían a que sabía que el anillo había sido de un presunto criminal o al hecho de que hubiera estado muchos años en la mano que ahora pertenecía a Noel. No lo sé, pero eso fue lo que sentí. Lo observé con atención y corroboré que se trataba del mismo dibujo que Noel había trazado en el posavasos. Él me miró esperando la confirmación de algo que ya intuía, aunque por mi reacción seguro que adivinó que era el mismo símbolo.
—¿Sabe qué significa? —pregunté intrigada.
La mujer clavó sus ojos en los míos.
—No, nunca he querido saber nada de todo eso, pero sé que tiene que ver con ese maldito ritual.
—¿De qué ritual habla?
Fue Noel quien formuló la pregunta.
—No lo sé —confesó la mujer—. Mi hermano Antonio me daba miedo. No nos llevábamos muy bien que digamos, así que procuraba no meterme en sus asuntos. Era un hombre violento. Lo único que puedo decirles es que aquello debió de ocurrir cuando tenía treinta y pocos años y se marchó unos meses a Egipto. Cuando regresó volvió muy cambiado, y no para mejor. Créanme cuando les digo que Antonio estaba hecho de una mala pasta. No sé de quién la heredó, pero no fue de nosotros. Al regresar llevaba este anillo y desde entonces nunca se separó de él. Un día le pregunté por su significado y me contestó que había hecho un ritual de sangre para protegerse de la muerte. No le creí, claro. Pienso que quizá se lo robó a alguien.
La mujer hizo una pausa para beber un poco de café.
—El día que murió me lo entregaron después de firmar el consentimiento para la donación. No sé más.
—¿Era donante? —preguntó Noel, esperando sonsacarle alguna información adicional.
—Sí, yo sólo estampé mi firma en los papeles, pero él lo tenía muy claro. Siempre le oí decir que si alguna vez moría quería convertirse en donante. Era tan arrogante que hablaba de la muerte como si ésta nunca fuera a tocarle. Para una cosa buena que dejó dicha, no iba yo a oponerme. Pensé que todo lo malo que había sido en vida podría repararlo con ese gesto. Para mí fue un consuelo. Y si ahora reabren la investigación y resulta que al final fue él quien mató a esas personas, al menos se habrá hecho justicia.
Después de un rato, ambos nos levantamos dispuestos a marcharnos.
—Muchas gracias, ha sido usted muy amable —dijo Noel antes de despedirse.
—¿Sabe? Usted me recuerda a él —comentó Emma al tenderle la mano.
Noel se quedó mudo, sin saber qué decir.
—¿En qué? —quise saber.
—En la mirada —respondió la mujer—, por eso le observaba tanto antes. Y en lo apuesto que es. Él también lo era. Tenía la facultad de llevarse a las mujeres de calle. Después las abandonaba sin pudor. Claro que, afortunadamente, usted no es él.
Abandonamos la finca y dejamos a Emma Saladro con sus amargos recuerdos. Ninguno de los dos fuimos capaces de pronunciar palabra hasta que subimos al coche. Francamente, no sabía qué decir. Noel parecía abatido e impresionado por lo que acababa de pasar en aquella casa. Una vez dentro nos abrazamos.
—¿Me crees ahora? —preguntó—. ¿Qué va a ser de mí?
No creo que pueda resistir esto por más tiempo. No quiero acabar como los otros.
—No va a pasarte nada malo. No vamos a permitirlo —dije intentando reconfortar su maltrecho espíritu.
—Sé que he sido un estúpido, que me he comportado mal con la gente que más me quería, pero no soy un asesino y no merezco lo que me está pasando.
Le besé en la frente, en los ojos, algo húmedos por la emoción, y descendí hasta su boca. Permanecimos así abrazados besándonos largo rato. Después regresamos a la ciudad.
Capítulo 44
Cuando los diminutos puntos de luz de la ciudad fueron progresando, indicándonos que nuestra escapada había finalizado, sentí una punzada de desasosiego en el estómago. No quería separarme de Noel, sobre todo sabiendo que lo estaba pasando mal. Aunque hacía esfuerzos por no hablar de todo lo ocurrido, su rostro no ofrecía lugar a dudas: estaba soportando un verdadero calvario. Y yo no quería que pasara por ese trance solo. Deseaba que supiera que podía contar conmigo, que disponía de todo mi apoyo. Tras nuestra visita a Emma Saladro ambos sabíamos que aunque Antonio estuviera oficialmente muerto, como todos suponían, eso no era cierto. No al menos del todo. De algún modo inexplicable y —aunque me costara reconocerlo— sobrenatural, había conseguido burlar a la muerte rasgando el sutil velo que nos separa de los difuntos.
Sólo cuando ya nos aproximábamos al portal de mi casa retomó el tema para determinar cuál sería nuestro siguiente movimiento. Después de sopesarlo, ambos estuvimos de acuerdo en que había que hablar con Roberto Marcel, el receptor del hígado de Saladro, aunque, debido a su compleja situación, quizá no nos permitieran verlo. El hecho de que estuviera ingresado en un centro de salud mental podría entorpecer aún más las cosas. Noel estaba convencido de que si se hallaba en un sitio así era por culpa de Saladro y, después de todo lo que había escuchado de boca de su propia hermana, empezaba a creer que estaba en lo cierto, que siempre lo había estado.
Tras darnos un beso de despedida, que me supo a poco, Noel insistió en que bajara del coche, pero me negué.
—Créeme, es lo mejor para todos —comentó bajando la cabeza y ocultando el rostro entre las solapas de su cazadora.
—¡No estás en condiciones de conducir! —le espeté con rotundidad—. Y, además, no quiero.
—Ya me encuentro mucho mejor, puedo llevar el coche hasta mi casa. No deseo ponerte en peligro. Nos veremos mañana después de la rehabilitación. Pasaré a buscarte aquí o iré a la consulta, donde tú quieras.
—No estoy en peligro —insistí—. ¿Se puede saber por qué piensas eso?
—Porque lo sé. Y él lo sabe todo, como yo sé que él está buscando el modo de llegar a ti.
—Pues quédate conmigo esta noche y no te separes de mí. ¿Quién podría protegerme mejor que tú?
—No lo entiendes. En estos momentos yo también soy un peligro... Lo soy porque no puedo controlarlo.
Le rocé la cara y el pelo con ternura, tratando de persuadirlo. Después de algunas caricias cedió y entró conmigo al apartamento. Nada más traspasar la puerta, comenzamos a besarnos, primero con timidez y luego apasionadamente. Le bajé la cremallera de la cazadora, se la quité y me abracé a él temiendo que cambiara de opinión y decidiera marcharse. Pero no lo hizo. Me retuvo con suavidad por las muñecas y excitado me atrajo hacia sí. Entonces pude oír los latidos de su corazón, que empezaba a acelerarse, igual que el mío. Me volvió a besar y sin soltarme me condujo hasta el dormitorio.
Allí nos dejamos caer sobre la cama e intercambiamos tímidas sonrisas y confidencias. Poco a poco me fui desnudando, pero mis pantalones ajustados se negaban a deslizarse del todo. Noel me ayudó a quitármelos entre risas mientras yo besaba su cuello y me envolvía con el olor de su perfume penetrante y sutil al mismo tiempo. Él seguía vestido, así que quise ayudarle a quitarse la camisa. Uno a uno fui desabrochando los botones que me impedían llegar a su cuerpo y a continuación pude contemplar por primera vez su torso desnudo y esculpido. Se notaba que en el pasado había practicado deporte, aunque no en exceso, tal y como a mí me gustaba. Detestaba los cuerpos de culturista. Sin embargo, cuando quise liberarle del todo de la prenda, de manera inesperada, se retrajo y se apartó de mí.
—Apaga la luz —solicitó haciendo gala de una timidez que desconocía.
Me bastó una mirada para descubrir lo que pasaba por su cabeza. Intuía que sentía pudor e inseguridad a causa de su mano cuajada de cicatrices.
Obedecí sin decir nada, sin dejar de mirarle un solo instante.
Después, con la oscuridad como aliada, tomé su brazo y comencé a acariciarlo y a besar su mano mostrando toda la delicadeza y el cariño que sentía hacia él, quería que supiera que no me importaba en absoluto que aquélla no fuera su mano. Al principio, Noel se quedó paralizado, como si temiera abandonarse y perder el control de la situación, pero después se desinhibió y me correspondió con nuevos besos cada vez más ardientes y apasionados. Lentamente, me atrajo hacia él y se tendió sobre mí y aunque no había luz suficiente para aseverarlo, al llevar mi mano a su boca intuí que había vencido sus resistencias, pues sonreía.
Ambos nos fundimos en un tierno abrazo y comenzamos a hacer el amor despacio, como dos adolescentes que se enfrentan a su primera vez. Después, exhaustos, quedamos tendidos en la cama y nos dormimos.
Noel se despertó sobresaltado, cubierto de sudor y sumido en una inexplicable angustia. Sentía que su corazón iba a escapársele del pecho y al instante le vino una fuerte arcada que a duras penas pudo reprimir.
Se levantó sin hacer ruido, tratando de no despertar a su compañera, que sin apercibirse de nada dormía a su lado, y salió de la habitación. Cerró la puerta tras de sí procurando no hacer ruido.
Todo estaba oscuro. Noel se apoyó en la pared porque las piernas apenas lo sostenían y la tanteó en busca de un interruptor que le devolviera la luz que horas antes había rechazado por considerarla invasora. Al cabo de pocos segundos dio con uno que había en el pasillo. Aquella casa le era por completo ajena. Acostumbrado como estaba a la suya de grandes dimensiones, ésa era pequeña, así que no tardó en hallar el baño.
Entró a tientas. No había tiempo para buscar la luz. Las náuseas eran ya incontrolables. Accedió a la taza del retrete a trompicones y descargó el vómito que había acallado al menos dos o tres veces. Arrodillado, desnudo, como estaba sobre las frías baldosas del suelo, advirtió que tras arrojar el mal fuera de su cuerpo éste se relajaba, pero sólo hasta la siguiente arcada, que fue aún mayor.
Cuando acabaron los vómitos, sentía escalofríos, las rodillas le temblaban y la mano prestada le ardía como si alguien hubiera aplicado sobre ella compresas de agua caliente. Su cabeza parecía querer estallar allí mismo.
Se levantó maltrecho, como si le hubieran golpeado con un madero y, ya con el estómago colocado en su sitio, buscó la luz para mojarse la cara y la nunca con la esperanza de que aquella desazón finalizara cuanto antes. La encendió y se observó en el espejo. Durante unos instantes la imagen que éste le devolvió no era la suya, sino la del muerto, que le sonreía con malignidad desde el otro lado del cristal. Aterrado, se tapó el rostro negándose a seguir contemplado su reflejo e hizo tiempo antes de volver a mirarse.
Se había ido, pero ¿por cuánto tiempo?
El reloj de pared que había junto al espejo marcaba las 3:45 de la mañana.
Cuando me desperté, Noel no estaba junto a mí. Alargué el brazo con la esperanza de encontrarlo al otro lado de la cama, pero mi mano sólo tropezó con su almohada vacía. La olí para cerciorarme de que lo que había ocurrido la noche anterior no había sido un sueño y apuré el aroma a él que aún perduraba.
Era real; Noel había pasado la noche conmigo. Tendría que enterarme de la marca que usaba para comprar un frasco para cuando él no estuviera en casa.
Me levanté desnuda y fui al baño. Esperaba hallarlo dándose una ducha, pero allí no había nadie. Tampoco estaba en la cocina. Me puse una bata y fui al salón, donde lo encontré vestido colocando las tazas del desayuno. Había comprado pan, cruasanes y naranjas, con las que había preparado sendos zumos que reposaban sobre la mesa en copas de cristal. También había mermelada de albaricoque y mantequilla. Alimentos todos ellos que, desde luego, no habían salido de mi frigorífico, en el que sólo había leche, queso y algo de fruta.
—Buenos días, Leo.
—¿Qué haces levantado tan temprano, y vestido? —pregunté acercándome a él para darle un beso.
—Habría preferido quedarme en la cama contigo, pero tenía que bajar al coche a por la medicación. Menos mal que suelo llevar pastillas de repuesto en la guantera. Después, pensé en prepararte el desayuno, pero no había nada decente en la nevera. No sé qué sueles desayunar, así que he comprando un poco de todo —contestó separando una silla para que me sentara.
—Gracias. Tiene muy buena pinta. ¿El zumo lo has hecho tú?
—Sí. Espero que te guste. Y también he telefoneado a Bao.
—¿Al detective? ¿Para qué?
—Para que avise a su contacto en el hospital psiquiátrico y nos facilite el acceso a Roberto Marcel.
—Es una gran idea, pero me temo que no será fácil.
—Estoy esperando su llamada de un momento a otro. Ese hombre es un descubrimiento. Cuando todo esto acabe, le bonificaré con un plus.
—No me hace mucha gracia que sepa toda nuestra vida —repuse mientras untaba mantequilla sobre una tostada.
—Bao es de confianza. Además, no sabe todo sobre nosotros, únicamente algunas cosas. Y ha resultado ser de gran ayuda —comentó bebiendo un poco de zumo.
—Tienes razón. Quizá estoy condicionada por lo que he visto en las películas.
En ese momento sonó el móvil de Noel.
—Es él —informó antes de descolgar.
Le escuché hablar con Bao durante dos o tres minutos y a medida que se desarrollaba la conversación observé cómo su rostro adquiría un gesto de intranquilidad.
—Gracias por avisarme. Céntrese ahora en localizar al receptor del corazón y, por favor, avíseme cuando sepa algo —dijo antes de colgar.
—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿No nos permiten verlo?
—Me temo que vamos a tener que cambiar de planes.
—Imaginaba que no nos dejarían hablar con Marcel. En esas clínicas son muy estrictos.
—No es eso —explicó cabizbajo—. Ha muerto. Se suicidó la pasada madrugada. Se ahorcó con sus propias sábanas.
Capítulo 45
La noticia cayó como un mazazo, en especial para Noel, que había depositado grandes esperanzas en nuestro encuentro con Roberto Marcel. Creía que el intercambio de experiencias podría ayudarles a comprender un poco mejor lo que estaba ocurriendo en sus vidas. Sin embargo, tras su inesperada muerte se abrían nuevas incógnitas.
El otro trasplantado —el único que quedaba con vida aparte de Noel— parecía haber desaparecido de la faz de la Tierra. Ni siquiera sabíamos cuál era su nombre y, aunque Bao hacía cuanto podía para averiguar su paradero introduciendo por toda la ciudad a sus hombres como las patas de una tarántula, de momento no disponíamos de información alguna para localizarlo. A pesar de sus esfuerzos por disimularlo, Noel era presa de una mezcla de impotencia y desesperación patente en cada gesto, palabra y suspiro que emitía su cuerpo.
Después de sopesarla, optó por una vía muy poco ortodoxa y que a mí, en particular, me incomodaba profundamente. Se empeñó en visitar a un conocido experto en parapsicología. En realidad era psiquiatra, pero se había especializado en todos aquellos fenómenos que excedían las fronteras conocidas de la mente.
—Es una pérdida de tiempo, una estafa —repliqué comenzando a recoger los cacharros del desayuno.
Quería que mi punto de vista quedara bien claro.
—Es amigo de mi tía desde hace muchos años, no es un timador como Madame Ivy. Ni siquiera nos cobrará.
—Hay algo mucho peor que eso —le interrumpí—, que te meta ideas raras en la cabeza y eso es justo lo que pasará. Ya sabes que no soy partidaria de mezclar la ciencia con la superchería.
—¿Se te ocurre alguna idea mejor?
Se llevó las manos a la cabeza con pesimismo, despeinándose el cabello aún mojado. No pude evitar fijarme en lo atractivo que resultaba cuando ni siquiera se lo proponía. Me miró con gesto sombrío y prosiguió su argumentación.
—¿Es que algo de lo que ha ocurrido puede englobarse en el sacro terreno de lo científico? La ciencia, como tú dices, no ha conseguido dar una respuesta a lo que me está pasando, a los cambios que se están obrando en mi mente y mi cuerpo sin que yo pueda hacer algo para controlarlos. Tan sólo pretendo agotar todas las vías posibles.
Entonces me refirió lo que le había sucedido la noche anterior frente al espejo del baño.
Enmudecí.
¿Qué podía decirle?
—Sé que la conexión que existe entre nosotros, entre Saladro y yo —la voz le tembló al pronunciar el nombre del muerto— es mayor que antes. Vas a pensar que es de locos lo que voy a decir, pero creo que de alguna forma él fue capaz de entrar en mí cuando murió Marcel. Mi cuerpo lo rechazó, pero él regresará, porque ahora ya sabe cómo hacerlo. Y si aún no lo ha hecho es porque quizá existe algo que se lo impide.
Sí, parecía de locos, pero sabía que no era un chiflado. Entre ambos habíamos acumulado un buen número de evidencias para las cuales, sin embargo, no teníamos explicación de clase alguna, lo cual no significaba que estuviera de acuerdo en visitar a un parapsicólogo.
—Noel —dije acariciándole el pelo—, mi formación profesional me impide aceptar explicaciones sobrenaturales, y tú lo sabes mejor que nadie.
—Lo sé. Claro que lo sé, pero olvídate por un momento de lo que te dicta la razón e intenta ver un poco más allá —contestó cogiendo mi cara entre sus manos—. Tan sólo quiero que esto se detenga y poder continuar con mi vida como cualquier persona normal. No pido tanto. Quiero ser como los demás, como cualquier otro.
Al fin cedí.
A la postre, nada de aquello era normal. ¿Y quién era yo para oponerme a sus deseos, para cerrar esa puerta, por muy desacertada que me pareciera?
Poco después de terminar de desayunar, Noel se marchó a la rehabilitación tras dejarme antes en el portal de la consulta. Tenía algunos asuntos pendientes que atender. Entre ellos enviarle a Ignacio Mares el dibujo escaneado que Noel había realizado en el posavasos. Quizá él conociera su significado.
Quedamos en vernos a la hora de comer. El doctor Yáñez-Bernal nos recibiría en su casa para la sobremesa.
Noel apareció al filo de las dos y media y fuimos a almorzar a uno de sus restaurantes favoritos. Al ojear la carta me sorprendió comprobar que IL Trovatore no era un local de precio exorbitante. Me alegré, porque el ambiente era mucho más distendido y porque nuestra visita al Marlington había debido de costarle una pasta.
Ya sentados, después de haber ordenado la comida, le pregunté por la rehabilitación. Noel parecía un poco desanimado. Su respuesta no me tranquilizó. Contestó con un «bien» que me supo a «mal».
—¿No ha ido bien? —indagué.
—Es que ya no le encuentro mucho sentido. De hecho, estoy pensando en dejarla.
—¿Cómo puedes decir algo así? —dije tomando su mano trasplantada entre las mías—. Sabes que no puedes hacer eso. Perderías la movilidad que ya has recuperado y el trasplante no habría servido de nada. Con todo lo que has pasado, no es el momento de tirar la toalla.
—Nunca la he sentido mía y ahora, después de saber lo que sé sobre su verdadero propietario, menos aún.
—Vamos, no puedes rendirte ahora. Todo esto pasará muy pronto. Lo sé.
—¿Cómo puedes estar segura? A veces, ni yo mismo sé quién soy.
La casa del doctor César Yáñez-Bernal no era tan lúgubre como había supuesto. A simple vista, el único detalle que hacía presagiar que nos encontrábamos en el piso de un amante del misterio era un cráneo humano. Si alguien me hubiera preguntado, habría jurado que era auténtico.
Yañez-Bernal adivinó mis pensamientos y me sacó de mi error.
—Por su cara de espanto deduzco que piensa que no se trata de una reproducción. Puede relajarse. No es de verdad, es sólo un adorno —dijo sosteniéndolo entre sus manos con delicadeza.
A continuación volvió a colocarlo en su sitio, sobre la mesa de su estudio, y nos invitó a sentarnos en dos butacas negras que había frente a ella. El hizo lo propio después de servirse un café de una añeja cafetera que había sobre un improvisado mueble-bar rodeado de libros y recortes de periódico amarillentos, mientras Noel y yo nos decantábamos por refrescos.
Las paredes estaban forradas de volúmenes de todo tipo. Psicología, psiquiatría, parapsicología, ovnis, fantasmas y otras materias —a cual más extraña— coexistían en aparente armonía en aquel particular espacio. El doctor Yáñez-Bernal era, sin duda, un hombre culto, mucho más de lo que yo había sospechado. Debo reconocer que le había juzgado antes de tiempo, y no bien precisamente.
Su pelo cano y alborotado casaba con el marrón profundo de sus ojos. Y sus ropas, negras como el azabache —chaleco incluido— le proporcionaban un aire enigmático.
El doctor Yáñez-Bernal había alcanzado grandes cotas de popularidad tras la publicación de una serie de libros sobre experiencias cercanas a la muerte y en especial después de la emisión de su serie Los muertos toman la palabra, en la que se analizaban todo tipo de cuestiones sobre el mundo espiritual. A pesar del título sensacionalista y poco objetivo del programa —que no había elegido él, según nos confesó, sino la productora—, Yáñez-Bernal trataba de guardar un liviano equilibrio entre creencia y razón, y siempre terminaba la emisión de sus programas con la misma intrigante frase: «¿Creer o no creer? Ésa es y será la gran cuestión.»
Al comienzo de su trayectoria profesional, el hecho de que un psiquiatra se interesara por cuestiones tan inaprensibles como la supuesta existencia del alma y su ulterior pervivencia tras la muerte le había granjeado la animadversión de buena parte de sus colegas, que no veían con buenos ojos que perdiera su tiempo investigando lo que ellos consideraban añagazas sin fundamento alguno. Por otra parte, algunos pretendidos videntes, curanderos y tarotistas lo rechazaban por considerarlo una seria amenaza, pues, paradójicamente, pensaban que era demasiado riguroso en sus planteamientos, lo que, a su entender, podría poner en peligro sus lucrativos negocios.
Sin embargo, con el paso del tiempo, el doctor Yáñez-Bernal acabó por convertirse en un pez solitario que navegaba entre dos aguas, un buque insignia en el mundillo de la parapsicología que no había renunciando a pasar consulta como psiquiatra.
—Espero que tu tía se encuentre bien —comentó Yáñez-Bernal dirigiéndose a Noel.
—Está perfectamente e incluso te diría que te manda recuerdos, pero no sería cierto porque ella no sabe que estamos aquí, así que te agradecería que no le comentaras nada de esta conversación y también que trataras este asunto con la mayor discreción. No quiero preocuparla.
—Bien —dijo el psiquiatra mientras extraía de uno de los cajones de la mesa una caja de madera que custodiaba una pipa—. En ese caso, actuaré como lo hago con cualquiera de mis pacientes. Tienes mi palabra de que todo cuanto aquí se hable quedará en el ámbito estrictamente privado.
Noel sonrió por primera vez en toda la tarde.
Yáñez-Bernal lo conocía desde niño. La amistad que mantenía con su tía se había prolongado a través de los años porque ambos compartían intereses comunes por la pintura y la música. De hecho, cuando Noel perdió la mano, su tía pidió al doctor que llevara su caso, pero éste se negó aduciendo su excesivo conocimiento del paciente. Que le tratara él, según explicó, más que una ayuda podría convertirse en un obstáculo para su recuperación. Sin embargo, fue Yáñez-Bernal quien sugirió que consideraran la opción de una prótesis avanzada, un sabio consejo que Noel no quiso escuchar, incapaz de aceptar las trágicas consecuencias de su accidente, hasta que no le quedó otro remedio. Noel me había contado todo esto durante la comida y también el sincero aprecio que sentía por aquella singular persona.
Debido al conocimiento que el doctor Yáñez-Bernal tenía sobre Noel, resultaba absurdo plantear un caso hipotético y no contar la verdad o, al menos, parte de ella. Aquel hombre no era estúpido y no tardaría en relacionar los hechos que íbamos a referirle con su trasplante, así que Noel le desveló parcialmente el motivo de nuestra visita. Le contó que sabía detalles sobre su donante, cosas que nadie le había revelado y que sentía su presencia en determinados momentos. Omitió pormenores como que había averiguado su identidad así como todo lo concerniente a los asesinatos y el trágico final de casi todos los receptores. Yáñez-Bernal le escuchaba con atención mientras preparaba su pipa. Lo hizo con inteligencia, sin atosigarle, dejándole que se expresara con total libertad, intercalando tan sólo algunas interjecciones para animarle a continuar cuando Noel se quedaba atorado al escuchar el aterrador relato de los últimos meses de su vida.
Cuando Noel finalizó, miró a Yáñez-Bernal con preocupación y formuló una única cuestión que resumía todos sus temores.
—¿Has oído hablar de algún caso similar? Y no te hago esta pregunta como psiquiatra, sino como experto en sucesos misteriosos.
Yáñez-Bernal se tomó su tiempo antes de responder. Permaneció en silencio analizándonos. Lo sabía porque a veces yo actuaba de igual manera en mi consulta. Le pegó varias chupadas a su pipa convirtiendo el despacho en una nube de humo espeso y dulzón mientras nos escudriñaba, intentando adivinar qué pasaba por nuestras cabezas.
—Supongo que no has oído hablar de la memoria celular ni de la energía L. De otro modo, no me habrías hecho esa pregunta.
Noel negó con un gesto de cabeza.
—Es un tema delicado y complejo —añadió sin dejar de observarnos como si nos estuviera radiografiando.
El alcance de su mirada me resultaba insondable, era de ésas que te atraviesan hasta el cogote. Todo lo contrario que sus ademanes, suaves como el tacto de una pluma.
—No hay mucho escrito sobre ello. Aun hoy existe un férreo tabú en todo lo referente a los trasplantes, pero, respondiendo a tu pregunta, existen varios casos bien documentados de personas trasplantadas que han experimentado una sintomatología parecida a la que has descrito. Obviamente, todavía se conocen pocos. De otro modo, la ciencia ya se habría ocupado de ellos.
—¿A qué sintomatología se refiere? —pregunté con curiosidad.
—Hablo de sueños, recuerdos, cambios en las preferencias, sobre todo en la alimentación, y también de experiencias aún más complejas que han llevado a esas personas a querer conocer detalles sobre sus donantes para buscar respuestas.
Noel y yo nos miramos por el rabillo del ojo, sin decir nada.
—Sorprendentemente, algunas de estas personas dicen saber, sin que nadie se los haya comunicado, los nombres de sus donantes. Este es el caso de una bailarina neoyorquina, Claire Sylvia, que en la década de los noventa escribió un libro e hizo pública su extraordinaria experiencia. Se armó un gran revuelo, ya lo creo. Ella le dedicó su obra, Baile de corazones, a Tim, su donante, que falleció a consecuencia de un accidente de motocicleta.
En ese momento me pareció advertir que Noel tragaba saliva con dificultad.
—Recibió un doble trasplante de corazón y pulmones porque padecía una enfermedad poco común, una hipertensión pulmonar primaria. Si no se hubiera sometido a la operación indudablemente habría muerto. De hecho, Claire fue la primera persona trasplantada de corazón y pulmones de Nueva Inglaterra, así que su caso fue sonado. Desde el primer momento ella soñó con Tim y poco después de la operación comenzó a apreciar cambios en sus gustos. Sentía predilección por la cerveza, la mantequilla de cacahuete, el chocolate, los pimientos verdes y el pollo frito cuando antes apenas los probaba. Poco después llegaron las preguntas sin respuesta, porque, según ella, había alguien más en su cuerpo y mente y desconocía cómo iba a encajar ese hecho. Sufrió una crisis de identidad. Tenía la impresión de que nunca estaba sola, de que su donante no había abandonado del todo su antiguo corazón. Cuando regresó a su casa, todo le parecía ajeno, el mobiliario, sus amigos y hasta su propia familia y, pese a encontrarse bien físicamente, no era capaz de asimilar el trasplante.
El doctor hizo una pausa para atender a su pipa, que parecía haberse apagado y Noel aprovechó la circunstancia para hacer una nueva pregunta.
—¿Acertó en sus sospechas? Quiero decir que si su donante se llamaba Tim.
—Eso es, en mi opinión, lo más interesante de todo —contestó el doctor volviendo a encender la pipa—. Sus sueños se volvieron cada vez más violentos. Estaba asustada, así que buscó un grupo de apoyo a trasplantados y descubrió que no era la única a la que le ocurría lo mismo, que había personas con vivencias similares. Claire quería averiguar si sus intuiciones eran ciertas, pero los médicos, lógicamente, se negaban a facilitarle información sobre el donante y sobre la familia del chico fallecido. Le decían que se olvidara de todo, que tenía que sentirse agradecida de estar viva y centrarse en su recuperación. Una noche conoció a un sensitivo y le contó lo que le pasaba. Por increíble que os parezca, fue gracias a su ayuda como dio con la esquela de Tim. Más adelante localizó a sus familiares y pudo constatar que sus intuiciones eran del todo exactas.
—¿Cuántos casos hay registrados? —pregunté dando un sorbo a mi refresco.
—No soy un experto en esto. Que yo sepa, cerca de un centenar y otros tantos que nunca llegaremos a conocer, ya que algunas de las personas que viven este tipo de transformaciones, sienten también una mezcla de agradecimiento y culpabilidad. Se consideran tan afortunadas por haber recibido un corazón, unos pulmones o un hígado que no quieren hacer o decir nada que pueda herir las sensibilidades de las familias de sus donantes. Y, por otra parte, la mayoría de los médicos a quienes les confían su secreto se afanan en restarles importancia. No quieren enfrentarse a la comunidad médica y decir: «Señores, esto está pasando, averigüemos la causa.» Puede que también teman que la gente deje de hacerse donante y que se pierdan por el camino órganos que podrían salvar vidas.
Desde luego Yáñez-Bernal tenía razón al referirse al asunto como «delicado» y «complejo».
—Y, según su opinión, ¿qué explicación tiene este fenómeno? —quise saber.
—Mentiría si dijera que sé cuál es. Nadie puede aseverarlo. Tan sólo tenemos hipótesis. Nada más. Las personas que se han molestado en estudiarlo, entre otros, el neuropsicólogo Paul Pearsall, ya fallecido, el profesor de psicología y psiquiatría Gary Schwartz y su colega Linda Russek, aún continúan investigándolo. Pearsall, por ejemplo, ha tomado como referencia las investigaciones de Schwartz y Russek y se ha centrado en las experiencias de trasplantados de corazón, ya que esta vivencia es estadísticamente mucho más elevada en receptores de este órgano. Pearsall publicó un libro titulado El código del corazón que no sentó nada bien a la comunidad científica. Ésta llegó a acusarlo de obstaculizar el proceso de donación de órganos. En él habla de la memoria celular y la energía L. Pearsall piensa que cada una de los 75 billones de células del cuerpo humano dispone de información almacenada que es depositada a través de la conducción cardiaca de la energía L, una infoenergía sutil, cuya existencia aún no ha sido probada. En otras palabras, la información almacenada, la memoria del donante —dijo enfatizando la palabra «memoria»— sería transportada mediante la energía del corazón y circularía dentro de las células del nuevo cuerpo provocando los recuerdos y las sensaciones en el receptor del órgano.
—Pero, de ser así —intervine haciendo de abogado del diablo—, ¿por qué este tipo de experiencias sólo se producen en casos aislados y no en todos los trasplantes? No tiene mucha lógica.
—Si se supiera habríamos resuelto el enigma y no estaríamos hablando de hipótesis —matizó—. Desde luego, existen otras muchas opciones, como la posesión espiritual, pero son teorías aún más aventuradas. Sin embargo, hay casos que sorprenden, como el de una adolescente australiana trasplantada de hígado cuyo grupo sanguíneo cambió después de la intervención que le fue practicada.
—¿Cómo es posible? —preguntó Noel mientras se servía agua de una jarra que había sobre la mesa.
Sudaba, y estaba nervioso. Trataba de aguantar el tipo, pero a mí no se me escapaba el leve temblor de sus manos.
—El equipo de médicos que la atendió aún trata de explicárselo. La joven recibió un trasplante hace cinco años y a día de hoy ha adquirido el grupo sanguíneo y el sistema inmunitario que tenía su donante. De hecho, actualmente no precisa tomar tratamiento inmunosupresor alguno. Los médicos creen que tiene que ver con que el hígado recibido era muy joven y la niña receptora tenía pocos glóbulos blancos, pero no lo saben a ciencia cierta.
Noel me miró con gesto sorprendido.
—Sin embargo —prosiguió Yáñez-Bernal—, uno de los casos más extraños que se conocen es el de una niña estadounidense de ocho años que recibió el corazón de otra de diez que había sido asesinada. Poco después del trasplante, la pequeña empezó a tener sueños recurrentes sobre el asesino de su donante. Decía que sabía quién era. Su madre la llevó a una psiquiatra y ésta, si bien al principio se mostró escéptica, al cabo de un tiempo se rindió ante las numerosas evidencias y los pormenores que conocía aquella niña. Describió a la perfección su rostro, sus ropas, el arma homicida empleada y el lugar donde se produjo el crimen. Después de mucho pensarlo, la psiquiatra y la madre de la niña acudieron a la policía. Gracias a estas descripciones se investigó el caso a fondo y se logró atrapar al asesino. ¿No es del todo sorprendente?
Ambos asentimos y continuamos en silencio. Aquel hombre era una enciclopedia andante cuya prodigiosa memoria y lo que nos estaba contando nos inquietaba aún más.
—Hay otro caso también muy llamativo que salió en la prensa y que a mí me da mucho que pensar —dijo el doctor haciendo memoria—. Ocurrió en Georgia en 2008. Fue una extraña tragedia. Años antes, Sonny Graham necesitaba desesperadamente un corazón, mientras que Terry Cottle se disparó en la cabeza dejando viuda e hijos. Los únicos datos que Graham sabía de su donante eran su edad y que se trataba de un varón. Como les pasa a muchos receptores, quiso localizar a la familia para mostrarle su agradecimiento, pero se le negó dicha información. Sin embargo, él seguía empecinado y algún tiempo después lo consiguió. Entonces inició una relación epistolar con Cheryl, su viuda, y, tras conocerse, se enamoraron perdidamente y se casaron. Debido a lo insólito del caso, Graham salió en los periódicos y explicó que cuando conoció a Cheryl sintió algo muy especial, como si la conociera de siempre. Todo iba bien hasta que cuatro años después —ninguno de sus amigos se explica por qué— decidió poner fin a su vida en el garaje. Se descerrajó un tiro en la garganta con una escopeta.
Al oír el desenlace del caso, Noel se revolvió incómodo en su butaca y a mí se me formó un nudo en el estómago.
—¿Y qué pasó con la bailarina? —preguntó Noel buscando alguna luz de esperanza en todo aquel terrible entramado.
—Consiguió integrar a Tim en su vida. Según ella, no le quedó otra, porque nunca terminó de irse del todo.
Se desencadenó un silencio turbador en el despacho. Miré hacia la ventana. La luz que nos había acompañado durante buena parte de la tarde se había esfumado. Luego volví la cabeza hacia el doctor y formulé en alto una pregunta que —intuía— Noel no se atrevía a hacer.
—Doctor, ¿y usted qué piensa sobre este asunto? Quiero decir, ¿cuál es su posición como experto en estos temas?
Yáñez-Bernal acababa de encender una nueva pipa, la tercera en lo que iba de tarde. Después de exhalar el humo con un gesto, que me pareció más un suspiro, respondió.
—No lo sé. Antes me preguntó por qué este tipo de experiencias espirituales afectan a algunos trasplantados y no a otros. Eso es algo que me intriga tanto como a usted. Quizá, y sólo es una suposición mía, algunos receptores son más sensibles que otros. Siguiendo esta premisa, podría darse el caso inverso, que algunos donantes sean más sensibles que otros. Y también podría darse la coincidencia de que donante y receptor lo sean. Si mal no recuerdo, Noel —dijo apartando sus ojos de mí y fijándolos en los de él—, tuviste una experiencia insólita cuando eras más joven. Me acuerdo porque tu tía me llamó alarmada. Pasó algo cuando tus padres y tu hermana, que Dios los tenga en su gloria, fallecieron. ¿Es cierto?
Noel le miró con desconcierto, como un niño que ha sido cazado cometiendo una falta.
—Sí... —titubeó—. Pero fue hace muchos años, justo antes del accidente. Supe que no debía subirme a ese coche, que iba a pasar algo terrible.
—Tal vez ahí se encuentre la respuesta que buscamos.
—Pero... —protestó Noel.
El doctor continuó hablando.
—Creo que todos estos años has reprimido muchas de tus emociones. Por dolor y miedo a que aquello volviera a producirse. Tal vez ahora todo eso haya aflorado de golpe, sin contar con la posibilidad de que tu donante también fuera una persona sensible a los fenómenos espirituales. Porque no sabemos nada de él, ¿verdad?
Por su tono de voz deduje que intuía que no le habíamos contado todo, sólo una versión sesgada del asunto que nos preocupaba.
—César —dijo Noel incorporándose en la butaca—. ¿Crees que es posible que alguien regrese de la muerte tras haber practicado un ritual de sangre?
Su respuesta no pudo ser más desconcertante.
—Me gustaría poder contestarte con rotundidad, decirte que no hay nada al otro lado. Las cosas serían más sencillas sin que mediaran inquietudes espirituales, pero yo al menos no estoy seguro de que no exista nada después. Noel, ¿tienes algo más que contarme? —preguntó Yáñez-Bernal tras una pausa—. Me gustaría poder ayudarte, pero si no confías en mí plenamente será imposible.
Después de oír su respuesta, Noel se había levantado de la butaca pensativo y daba cortos paseos por la habitación, quizá sumido en oscuros pensamientos, como si no estuviéramos presentes, mientras Yáñez-Bernal y yo nos dirigíamos furtivas y desconcertadas miradas.
A continuación cogió su gabardina y se pertrechó con ella, dispuesto a marcharse.
—¿Por qué no os quedáis a cenar y me contáis lo que os preocupa de verdad?
—Noel, creo que el doctor tiene razón —dije incorporándome. Fui hacia él y jugueteé con las solapas de su gabardina—. Estaba equivocada —le expliqué con voz queda—. Él sabe infinitamente más que nosotros. ¿No crees que deberíamos seguir escuchándole?
—No me encuentro bien —contestó cogiéndome con su mano trasplantada. Entonces reparé en el calor que desprendía. Le tomé la otra y observé que la temperatura de ésta era normal.
—Tal vez debamos ir al hospital a que te echen un vistazo.
—No es necesario. Se me pasará enseguida, lo único que necesito es irme a casa.
Yáñez-Bernal nos miraba incómodo desde su asiento, sin comprender lo que ocurría. Yo tampoco era capaz de entenderlo. Seguramente, era cierto que estaba enfermo, pero tenía la impresión de que había algo más, algo que no se atrevía a decir y que nos ocultaba a ambos.
—Doctor —dije acercándome a su mesa—. ¿Podría facilitarme alguna información escrita sobre la memoria celular?
Noel no se encuentra bien, pero me parece muy interesante lo que nos ha explicado y querría seguir leyendo sobre ello.
Noel también se aproximó hacia el médico.
—César, te agradezco muchísimo tu amabilidad. Me has ayudado más de lo que crees, pero ahora tenemos que irnos. Te llamaré otro día para quedar.
Yáñez-Bernal asintió un tanto confuso. Después se levantó y rebuscó entre sus papeles hasta dar con una abultada carpeta.
—Aunque parezca que todo está un poco desordenado —manifestó refiriéndose al conjunto del despacho—, sé perfectamente dónde se encuentra cada cosa. Por favor, avisadme si puedo hacer algo. Noel, para tu tranquilidad te diré que es probable que lo que te está sucediendo sea algo pasajero y que pronto tu situación vuelva a normalizarse. Por favor, no lo olvides.
—Eso espero —dijo abrazándole con afecto sincero.
Capítulo 46
De camino al coche, Noel me tendió sus llaves. —¿Puedes llevarlo tú? Te indicaré el camino hasta mi casa.
Noel estaba pálido y el sudor cubría su frente. Tenía una mirada extraña, lúgubre, como si se sintiera atenazado por un funesto presagio y a la vez limitado por su estado físico.
—¿Vamos mejor al hospital? Llamaré al doctor Miríada —sugerí encendiendo mi teléfono móvil. Lo había mantenido apagado toda la tarde para evitar interrupciones.
—No,, por favor, hazme caso. Se me pasará, me ha ocurrido otras veces. Son los malditos inmunosupresores. Ojalá pudiera dejar de tomarlos.
—Pero tu mano está ardiendo y tiembla. ¿No estarás sufriendo una crisis de rechazo? —aventuré.
—Estoy bien, Leo —dijo escondiéndola dentro del amplio bolsillo de su gabardina.
En ese momento comenzaron a escucharse pitidos que anunciaban nuevos mensajes en mi teléfono. No hice caso de ellos y me subí al coche. Noel montó en el asiento del copiloto, recostó su rostro contra la fría ventanilla y me indicó qué dirección debía tomar.
Salí de la habitación donde descansaba Noel procurando no hacer ruido. Luego cerré la puerta. Al llegar le había preparado una sopa caliente de pollo y, aunque a regañadientes, me había permitido acostarlo en la cama.
Su casa me resultaba totalmente desconocida. Al contrario que la mía, era enorme. No imaginaba cómo sería la vida en un lugar tan amplio y lujoso como aquél. La casa parecía no tener final. Una a una fui abriendo las puertas que encontraba a mi paso hasta que di con una habitación que disponía de una mesa de estudio. Antes tuve que atravesar un largo corredor, un gimnasio, un jacuzzi y hasta una sala de proyecciones.
Bajo el brazo llevaba la carpeta que me había prestado Yáñez-Bernal. Encendí una potente lámpara que tenía una lupa incorporada —lo que habría dado por tener una de aquéllas para realizar mis informes grafológicos— y me senté dando un suspiro. Aquella situación me recordaba a mis tiempos de estudiante, cuando acudía a la biblioteca pública porque en casa de mis padres no tenía una mesa de trabajo en condiciones, sólo que esta vez no correría a casa para cenar. No estaba dispuesta a levantarme de la silla hasta haber encontrado una solución para el problema de Noel.
Antes de meterme en faena escuché los mensajes grabados en el contestador del teléfono móvil.
Había tres: uno de Teresa anunciando una cita con un paciente para la semana siguiente, otro en el que sólo se oía una musiquilla de fondo y un tercero de Ignacio Mares.
Me centré en este último. Ignacio había recibido el dibujo que le había enviado y me avanzaba su significado. Tras escucharlo pensé en llamarle, pero después de consultar mi reloj decidí que no eran horas de telefonear a nadie. El arqueólogo me explicaba que lo que le había mandado era el nombre en jeroglífico egipcio de la diosa Sekhmet, de La Poderosa.
Me quedé pensativa.
Ella, la diosa leona, parecía ser la clave de todo. Por muy descabellado que resultara, cada vez estaba más convencida de que Saladro había realizado un pacto de sangre o un extraño ritual para retornar a este mundo y que a su regreso había ido dejado un reguero de cadáveres, muerte y destrucción. Me estremecí al comprobar cómo todos esos sucesos habían modificado mis creencias y derrumbado mi cientificismo como un gigantesco alud que se lleva una aldea a su paso.
Observé la mesa de trabajo de Noel. Para ser sincera, aunque estaba colada por él hasta los huesos, no sabía mucho sobre aquel hombre. Desconocía a qué se dedicaba, si es que se dedicaba a algo aparte de administrar su considerable fortuna, y cuáles eran sus aficiones. Había lápices de colores y rotuladores por todas partes, así como hojas con dibujos a medio concluir y me sorprendió especialmente descubrir que la mayoría contenía elementos egipcios.
Me hice un hueco entre todos aquellos útiles de dibujo y abrí la carpeta. En ella había recortes de prensa en los que se mencionaba la memoria celular. Quería profundizar en algo que había dicho Yáñez-Bernal, quien había comentado que gran parte de los casos tenían como protagonistas a receptores de corazones, lo cual, al menos a mí, me daba mucho en qué pensar.
¿Era casual que el único receptor que aún seguía con vida, aparte de Noel, fuera el del corazón y que éste, además, hubiera desaparecido sin dejar rastro? Sospechaba que no. ¿No sería él quien había ido dando muerte a todas aquellas personas bajo la siniestra influencia de Saladro?
Me recogí el pelo con una goma y tomé una cuartilla en blanco de un montón que había sobre la mesa, decidida a recapitular todo lo que sabía. Primero apunté los nombres de las víctimas. Entre ellas estaba el cirujano cardiovascular amigo de Miríada. Lo que antes me había parecido una terrible casualidad cobraba ahora un significado siniestro. Tal vez no se tratara de una víctima al azar y hubiera sido escogida por un motivo concreto. ¿Pero cuál?
Leí los casos que Yáñez-Bernal tenía guardados en su archivador. Había algunos bastante sorprendentes, por ejemplo, el de un joven violinista de 17 años que había sido asesinado en plena calle. Su corazón había ido a parar a un hombre de 47 años al que poco después empezó a entusiasmarle la música clásica, pese a que ésta nunca había estado entre sus preferencias. Decía que su corazón se estremecía al oírla.
Había otro especialmente interesante, el de una mujer que había recibido el hígado de un joven suicida. Ella no sabía nada acerca de su donante. Poco después de la intervención sus gustos en las comidas cambiaron radicalmente. Más adelante comenzó a apasionarse por las técnicas de defensa personal y se matriculó en una academia para aprenderlas. Extrañada por su comportamiento, intentó obtener información sobre el donante. A pesar de que le fue negada, dos años después dio con su familia y comprobó que aquellos nuevos intereses eran parte de los de Howie, su joven donante.
En cierta ocasión, le refirió a la familia un sueño que había tenido en el que veía una escena casi cinematográfica que no acertaba a comprender. En ella estaban presentes un chico y una chica. Ésta de origen latino. Ella llevaba una blusa a rayas. La hermana de Howie se asustó al escuchar su descripción, porque, según le confesó, su hermano se había suicidado delante de su novia, que era de origen latino. Ese día la pobre muchacha llevaba puesta una blusa de esas características.
También leí sobre Cheryl Johnson, una británica de 37 años que, tras recibir un riñón en 2007, afirmaba haber adquirido una cultura que no se correspondía con ella. Según esta vigilante de seguridad, que trabajaba en un estadio de fútbol, antes del trasplante sólo leía novelas de escaso interés y era una gran aficionada a las telenovelas, pero a raíz de la intervención había empezado a interesarse por Austen y Dostoiesvski, así como por los documentales sobre el Antiguo Egipto, que antes no veía jamás, pues la aburrían.
Curiosamente, esta mujer había recibido con anterioridad otro riñón, que su cuerpo rechazó, y ya entonces, según su propio hijo, había apreciado fuertes modificaciones en el carácter de su madre. ¿Podría ser esta mujer, como creía Yáñez-Bernal, un ejemplo de que el fenómeno de la memoria celular estaba íntimamente ligado a la sensibilidad del receptor? ¿Era Noel un sensitivo en potencia que había logrado reprimir sus intuiciones por miedo a ser tildado de loco?
Seguí leyendo y descubrí que otra de las hipótesis que se barajaban en torno a las causas que provocaban que los receptores poseyeran recuerdos de sus donantes tenía que ver precisamente con los inmunosupresores que tanto detestaba Noel pero que, al mismo tiempo, eran indispensables para evitar el rechazo. Al parecer, algunos cirujanos pensaban que esas vivencias se producían como consecuencia de los fuertes fármacos que los trasplantados se veían obligados a ingerir cada día, pero a mí esa teoría me parecía endeble y superficial, ya que si fuera así esas experiencias serían más cotidianas. Pasé buena parte de la noche intentando hallar una solución para el caso de Noel, pero a medida que pasaban las horas me invadía el desaliento. Lo primordial era localizar al receptor del corazón y mientras éste no apareciera sería difícil averiguar si mis sospechas eran ciertas.
Noel se despertó bañado en sudor, taquicárdico, como otras veces, excepto que en esta ocasión no había un vago recuerdo en su cabeza, sino una irreal sensación de presente. Aún en la oscuridad comprobó que su mano palpitaba acompasada con el ritmo de su inquieto corazón, y que ahora era ella la que dominaba su voluntad.
Todo estaba en completa quietud, en absoluto y aterrador silencio. Noel sólo escuchaba el golpeteo de su corazón cada vez más acelerado, clamando que se dejara mecer por la voluntad del otro.
Noel se resistió. Se echó a un lado y se apartó cuanto pudo de Leo, pero su melena castaña y suave parecía empeñada en enroscarse en su mano como los brazos de una estrella de mar. La apartó con delicadeza, cuidando de no despertar a su compañera, que respiraba relajada. Podía sentir su delicioso perfume tan cercano que por un momento pensó que estaba despierta. Se incorporó un poco para cerciorarse de que no era así.
Todo en orden.
Dormía desnuda, en posición fetal, con la cabeza girada hacia él. Haciendo acopio de lo poco que le quedaba de su propia voluntad, se levantó y fue al lavabo, desoyendo la voz interior que le ordenaba que se quedara allí para acabar el trabajo.
Se lavó la cara y la nuca para despejarse y permaneció varios minutos sentado sobre la taza del váter, desnudo, tiritando de frío, sin saber qué hacer, luchando por librarse de la poderosa presencia que lo dominaba. Tenía ganas de gritar, pero en lugar de ello comenzó a tararear una vieja canción de los Temptations, cuya letra ni siquiera recordaba que supiera. Era una forma de ganar tiempo hasta que se marchara, pero él no estaba dispuesto a ceder, así que antes de llegar al estribillo no pudo soportar más aquel martilleo en la mano.
Se levantó, regresó a la habitación con paso decidido y cogió su almohada. Dudó un segundo antes de colocarla sobre la cabeza de ella, pero finalmente cedió ante la voz.
La falta de aire no tardó en hacerla reaccionar. Podía oír sus gritos ahogados, acallados por la gruesa almohada de viscoelástica.
—Cállate de una vez, ¡puta!
Pero ella no obedecía, así que ejerció más y más presión hasta que dejó de oírla, de escuchar sus lamentos de niña malcriada.
Se despertó de golpe, con los ojos alerta y la angustia metida en el cuerpo. No se atrevía a mirar hacia el otro lado de la cama. Se imaginaba el horrendo espectáculo que le esperaba. Leo, la mujer de la que se estaba enamorando sin remisión, sin vida, con el rostro cubierto por la almohada y el cabello desparramado como una muñeca rota.
Muerta. Asesinada por él o por el otro, poco importaba eso. Sin vida, al fin y al cabo.
Con lágrimas resbalando por sus ojos, decidió enfrentarse a la verdad y encendió la luz. No había nadie. Con gran alivio comprobó que Leo no estaba allí. Aún no había regresado junto a él como le prometió que haría en cuanto terminara de revisar los papeles de Yáñez-Bernal. Se había retrasado más de la cuenta y quizá eso le había salvado la vida.
Se levantó de un salto y corrió como un poseso por toda la casa llamándola a gritos. Lloraba y reía al mismo tiempo, como si hubiera perdido el juicio o como si lo hubiera recobrado de forma repentina. Daba igual. Únicamente quería abrazarla y sentir de nuevo su tacto, su suave perfume a flores silvestres y escuchar su voz diciendo que todo estaba bien, que sólo había tenido una horrible pesadilla.
Parecía un fantasma.
Me llevé un buen susto al verle aparecer entre las sombras, gritando y temblando como un niño muerto de miedo. Tenía los ojos cubiertos de lágrimas y el corazón a punto de salírsele por la boca.
—¿Qué haces? ¿Qué pasa? —pregunté alarmada levantándome de la silla.
—Quie-re matar-te. Ha es-tado a pun-to de lograr-lo —su voz sonaba entrecortada, exhausta por la carrera.
Pensé que iba a darle algo.
—Noel, tranquilízate. Vamos.
Me quité su bata y se la coloqué por encima de los hombros. Me la había puesto para estar más cómoda y sentir su olor. Pero él sólo quería abrazarme y besarme. Se aferraba a mí como una lapa a una roca, sin soltarme, como si temiera perderme.
—¿Qué dices, cariño? ¿Te encuentras bien? Ahora mismo nos vamos al hospital —dije desasiéndome, dispuesta a llevarle a la fuerza si no me dejaba otra alternativa.
—No, espera. Tienes que escucharme. Esto es serio. Quiero que te vayas.
—Sí, claro. Nos vamos los dos. Al hospital. Ve a la habitación a vestirte. Mientras, llamaré al doctor Miríada.
—No, joder. Mírame y escucha con atención —dijo cogiéndome por los hombros, obligándome a sentarme en un sofá que había junto a la mesa de estudio.
Estaba totalmente fuera de sí.
—Noel, me estás asustando.
—Ha vuelto a hacerlo y esta vez va a por ti. Quiere eliminarte.
—¿Quién quiere eliminarme? —pregunté aún sin comprender.
—Saladro. Ahora sé que no estaba equivocado. Por eso he estado tan raro toda la tarde. Sabía que tramaba algo. Te quiere muerta. No sé por qué, pero le estorbas. Supongo que piensa que eres un obstáculo en su camino, que sabes demasiado. Tienes que marcharte.
—¿Adonde pretendes que me vaya? Son las tres de la madrugada.
—No lo sé, ni quiero saberlo, porque él volverá a utilizarme para llegar a tí, así que es mejor que no me lo digas. Vete lejos, lo más lejos que puedas, mientras resuelvo este asunto. Cuando acabe con Saladro volveremos a estar juntos, te lo prometo. Entre tanto debes desaparecer. No le digas a nadie adonde vas. Mejor aún, no le digas a nadie que te marchas. Simplemente, vete. Llévate mi coche, si quieres.
—No pienso ir a ninguna parte, por lo menos esta noche. No tengo intención de dejarte así. ¿Te has visto? Estás muy alterado y me da miedo que puedas hacer cualquier tontería.
—¿Cualquier tontería? —repitió con ironía—. No tienes ni idea de lo que ha podido pasar esta noche.
Entonces me contó lo que había ocurrido.
Me abracé a él sin saber qué decir o pensar. Me sentía bloqueada, confundida y asustada. Había sido un sueño, sí, pero todos los crímenes con los que había soñado habían sido reales. Quizá tuviera razón y ambos estuviéramos en peligro.
Me llevó a la cocina y me preparó una tila. Él se sirvió otra, ya un poco más calmado. Ahora era yo quien parecía un manojo de nervios.
—Es más fuerte que antes. Empecé a darme cuenta después del suicidio de Marcel. Ha tratado de utilizarme —hablaba deprisa, como si alguien le hubiera dado cuerda—. Quería que te matara, que hiciera el trabajo sucio, que acabara contigo. Por eso debes irte. No será por mucho tiempo. Bao me dijo que estaba detrás de una pista importante y que no tardaría en dar con la identidad del receptor que falta. Sólo puede ser él quien está haciendo esto. Creo que Saladro sin nosotros no podría vivir. No al menos físicamente.
—¿Y qué harás cuando lo encuentres? —pregunté alarmada.
—No lo sé, pero ya me las ingeniaré. Él sabe de mí, pero yo también sé de él. Últimamente, cuando menos me lo espero, me asaltan imágenes, retazos de lo que hace. Veo a un hombre desconocido pasear por la calle, tomándose un refresco en una cafetería o acariciando la cara de una niña en un parque. Es siempre el mismo hombre. Antes no lo entendía, pero ahora sé que es a él a quien veo.
—Noel esto es una locura y tengo miedo. Miedo por ti.
—Por eso debes hacerme caso. Márchate fuera de la ciudad. Hoy ya no volverá, así que descansaremos y mañana a primera hora te irás.
Capítulo 47
Eran poco más de las diez cuando arranqué el coche de Noel hacia rumbo desconocido. Nos despedimos tras acordar que no mantendríamos contacto —ni siquiera telefónico— hasta que la pesadilla acabara.
Debía prestar atención. La carretera estaba resbaladiza y plagada de hojarasca. La noche anterior se había desencadenado una fuerte tormenta de la que ni siquiera me había percatado. Claro, tenía otras preocupaciones mucho más acuciantes como para que eso me importara.
Noel había pasado el resto de la noche tratando de convencerme de que separarnos era lo mejor para ambos, en especial para mí y, al final, aunque era lo último que me apetecía, comprendí que lo que planteaba era necesario. Quizá estuviera en lo cierto, pero me fastidiaba dejarlo solo, y más en las angustiosas circunstancias en las que se veía envuelto. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Engañarlo y quedarme? Me había asegurado que se sentiría más tranquilo si sabía que no estaba en la ciudad y que, por lo tanto, no corría riesgo alguno.
Llevaba recorridos más de trescientos kilómetros cuando paré para estirar las piernas y comer algo caliente. Hacía frío y no llevaba ropa de abrigo. Había sido todo tan precipitado... Me dirigía hacia el norte y ya empezaba a notarse el cambio de temperatura. Con el pelo hecho un asco a causa del fuerte viento, me metí en el primer bar de carretera que encontré, me senté a una mesa y telefoneé a Teresa. Le pedí que anulara todas las citas de la tarde y las de los tres próximos días.
Estaba preocupada. Y se encargó de hacérmelo saber tras una sarta de reproches. Le comenté que me había surgido un imprevisto —lo cual era cierto— y que no me había quedado más remedio que abandonar la ciudad. Tal y como me había rogado Noel, no le revelé dónde estaba en aquel momento ni hacia dónde me dirigía, entre otras razones porque ni yo misma lo sabía. La pobre no entendía nada, pero era preferible así. Cuantas menos personas lo supieran, tanto mejor. Ya habría tiempo para explicaciones más adelante.
Pedí un plato combinado, un clásico de la casa. Huevos fritos con patatas y jamón, y un café bien cargado. Empezaba a necesitar una bebida estimulante; la falta de sueño comenzaba a hacer mella. Tras pagar, fui al baño y me observé desapasionadamente en el espejo. Como era de esperar, tenía una cara horrible. Las ojeras surcaban mi rostro y hasta juraría que tenía una nueva arruga junto al ojo. Me mojé la cara con agua fría y me sentí un poco más despierta para continuar trayecto. A esas alturas aún no sabía dónde iba a pasar la noche.
Llevaba un rato al volante cuando sonó el móvil. «Número oculto», figuraba en la pantalla. Sabía que no era Noel, pero podía tratarse de algo importante, así que aminoré la marcha, accioné las luces de emergencia al tiempo que detenía el vehículo en el arcén y atendí la llamada.
—¿Leo Sánchez Flores? —preguntó una voz masculina y profunda, casi radiofónica.
—Soy yo.
—Verá, no nos conocemos —la voz titubeó—. Soy Rogelio Bao.
«¿Bao? ¿El detective?»
—Sí, sé quién es usted —respondí cortante. Aún le guardaba cierto rencor por haberse inmiscuido en mi vida de la manera que lo había hecho—. ¿Quién le ha dado mi número?
—Señorita, soy detective privado, ¿recuerda?
—Claro, claro, qué tonta. Dígame, ¿qué desea?
—Estoy tratando de localizar al señor Villalta, pero no coge el móvil ni tampoco atiende el teléfono en su casa. Por un casual, ¿no sabrá dónde se encuentra?
—Pues no, no tengo ni idea.
—Entonces, ¿no está con usted?
—Ya le he dicho que no.
—Vaya —dijo con voz de fastidio—. Es urgente que hable con él. Creo que corre un grave peligro.
—¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—Como usted sabe, trabajo para él. Me contrató para que hiciera unas averiguaciones y resulta que he descubierto algo que no le va a gustar nada. Si me he atrevido a llamarla es porque sé que a ustedes les une algo más que una simple amistad.
«Joder, este tío lo sabe todo.»
Me quedé callada, sin saber cómo reaccionar, durante unos segundos, y Bao no los desaprovechó.
—Si no lo localizo pronto, puede que ocurra una desgracia.
—¿Puede explicarme lo que pasa? —dije con creciente nerviosismo.
—En realidad no debería, pero creo que dadas las circunstancias a él no le importará. ¿Podríamos vernos dentro de una hora?
—¿Una hora? —de pronto recordé que estaba a más de trescientos kilómetros de la ciudad—. Es un poco precipitado.
—Es importante, créame.
—Ahora es imposible. Estoy fuera de la ciudad, pero podría estar de vuelta hacia las ocho. ¿Conoce usted un parque que hay cerca de la plaza Marconi?
—¿Uno con muchas esfinges?
—Sí.
—Perfecto. La espero a las ocho. Por favor, no se retrase. Ahora voy hacia la casa del señor Villalta. Quizá logre dar con él antes de esa hora. De ser así, la telefonearía para decírselo. En caso contrario, estaré esperándola a la entrada.
—Oiga —dije antes de que colgara—, ¿no puede anticiparme algo?
—No sé exactamente qué sabe usted sobre el asunto que estoy investigando para el señor Villalta —dudó.
—Lo sé todo.
—Bien —carraspeó haciéndose el interesante—. En ese caso, sabrá que me había encargado que localizara al receptor del corazón.
—Sí, estoy al tanto.
—Pues ya sé de quién se trata y también he averiguado algo realmente curioso. El cirujano al que asesinaron fue el que operó a esa persona.
Al oír aquellas palabras el corazón me dio una punzada.
—Pero, descuide, se lo contaré con detalle esta noche, no conviene hacerlo por teléfono.
Tan pronto colgué me incorporé a la carretera. Aceleré con violencia, presa del nerviosismo, hasta divisar un cambio de sentido. A Noel no iba a gustarle que hubiera modificado los planes, así que preferí no comentarle nada. De todas formas —lo había dicho Bao—, no había forma de localizarlo y era posible que su vida estuviera amenazada. No podía quedarme de brazos cruzados a la espera de un desenlace fatal.
No me consideraba una persona valiente. Siempre optaba por esconder la cabeza debajo del ala, como cuando me acusaron de copiar en aquel examen de tercero. Pese a que no era cierto, no hice nada por defenderme. Me quedé bloqueada. No sé por qué dejé escapar aquella oportunidad y acepté el suspenso sin presentar batalla. Tampoco reaccioné cuando me enteré de que Alberto era un hombre casado. Al conocernos, no me había mencionado ese pequeño «detalle» y cuando lo descubrí no supe actuar en consecuencia. En lugar de mandarlo al infierno, continué con la relación, cosa de la que me arrepentí cientos de veces.
Pero esta vez iba a ser diferente.
Conduje de vuelta como una fugitiva que lucha por huir de la justicia, saltándome las normas de circulación más elementales, poniendo en riesgo mi vida para llegar a tiempo a la cita con Bao.
Alcancé la ciudad un poco antes de lo esperado. Cuando entré en el parque, Bao no estaba. Había pasado toda la tarde pendiente del teléfono por si el detective telefoneaba para decirme que había conseguido hablar con Noel, pero su llamada no se produjo.
Nada más atravesar la puerta del parque, maldije mi falta de previsión a la hora de escoger el lugar del encuentro. Comenzaba a hacerse de noche y el viento soplaba con fuerza provocando que las hojas de los árboles bailaran una alocada danza en todas direcciones. Con lo bien que habríamos estado en cualquier cafetería, ¿por qué había elegido un recinto al aire libre? Le había dicho el primer sitio que me había venido a la cabeza. Sólo a mí se me podía haber ocurrido tamaña estupidez.
Poco después Bao apareció enfundado en un abrigo negro que se me antojó demasiado elegante para un detective. No sé por qué, ya que nunca había conocido a ninguno, pero me imaginaba a un hombre modesto con una vestimenta poco llamativa. ¿No formaba parte del trabajo de los investigadores privados pasar desapercibidos? Supuse que era él porque no había nadie en el parque excepto nosotros, ni siquiera el vendedor de perritos calientes que acostumbraba a estacionar su carro junto a la puerta principal del formidable emplazamiento.
Me aposenté en un banco a hacer tiempo y al verme me hizo una seña para que continuara sentada mientras él alcanzaba mi posición.
—Veo que es usted muy puntual —dijo tendiéndome la mano.
Llevaba unos guantes de piel a juego con el abrigo. Rogelio Bao era un hombre alto y fornido, de ojos oscuros y almendrados. Tenía el pelo recogido en una coletilla que le daba un aire informal y el rostro perfectamente afeitado, excepto una cuidada perilla.
—Hace un poco de frío, ¿no cree? —dije estrechando su mano.
—Mal día, sí. ¿Por qué no nos adentramos un poco? Creo que hay una cafetería en el interior del parque.
—Buena idea —secundé levantándome como impulsada por un resorte.
Marchamos en silencio, custodiados por las imponentes esfinges hasta llegar al kiosco. Para ello tuvimos que sortear numerosos charcos, pues el suelo estaba embarrado. Una vez allí, comprobamos que estaba cerrado, así que nos sentamos en un banco al abrigo de un viejo roble. No era cuestión de desandar el largo camino recorrido, aunque no pude evitar una mueca de fastidio en mi rostro.
—Bueno, supongo que si está aquí es porque no ha conseguido localizar a Noel —comenté rompiendo el hielo.
—En efecto, no he podido. Como le dije, fui a su casa, pero nadie abrió, así que le dejé una nota en la puerta. Con franqueza, estoy preocupado.
—Dígame, ¿qué es eso tan importante que ha descubierto?
Bao rebuscó algo en uno de los bolsillos de su abrigo y extrajo un papel. Dudé que pudiera leerlo con la exigua luz que había.
—Aquí lo tengo todo. Me ha costado más de lo previsto, pero al fin he averiguado la identidad del receptor del corazón de Saladro. Se llama Gabriel Morthe, pero no se haga ilusiones. La mala noticia es que se encuentra desaparecido desde que el cirujano que le practicó el trasplante fue asesinado, que casualmente no es otro que el hombre que apareció muerto junto a un árbol en un descampado.
—Joder —espeté sin poder contenerme.
Trató de desdoblar el papel para continuar con su explicación, pero como los guantes se lo impedían, se liberó de ellos y prosiguió.
—El hecho de que se encuentre en paradero desconocido es desde luego una mala noticia, ya que ese hombre tendría que estar sometido a rigurosos controles médicos, al menos los primeros meses después de la intervención. Y, como ya habrá supuesto, debe de existir un motivo muy poderoso para que haya decidido saltárselos.
—Sí, claro. Eso es lo que me preocupa. ¿Cree que pudo ser él quien lo asesinó?
No contestó. Pese a la escasa luz, me pareció percibir un brillo extraño en la mirada de Bao. El detective jugueteó con el papel hasta convertirlo en un delgado canutillo mientras yo lo observaba.
—¿Y qué podemos hacer? ¿Acudimos a la policía? —pregunté sin ocultar mi desasosiego—. Temo que encuentre a Noel antes que nosotros.
—Se trata de una situación complicada, señorita. Porque lo que ha ocurrido no tiene mucha lógica y la policía no creerá una palabra de todo ello.
Bao hablaba sin mirarme a la cara, más pendiente del dichoso papel.
Entonces lo vi.
Su anillo me resultó vagamente familiar, pero en ese instante, agitada por Noel, no le presté atención.
—No sólo es él quien está en una situación comprometida. Usted también.
—¿Yo?
—Sabe demasiado. Más de lo aconsejable —dijo clavando sus ojos en los míos.
Entonces estrujó el papel y lo arrojó al suelo con violencia. Sólo entonces reconocí el anillo de Saladro. No podía ver bien la inscripción, pero estaba segura de ello. Al instante me vi presa de una angustia indescriptible, que dejó paso a una sensación de vértigo. Aunque traté de disimular el horror que me asaltaba, fue imposible. Era demasiado tarde. Él lo había percibido.
Sonrió maliciosamente.
—Usted no es Bao, ¿verdad? —acerté a preguntar mientras trataba de apartarme de aquel hombre.
—Yo no haría eso —comentó ladeando la cabeza.
Para entonces Saladro había sacado una navaja de grandes dimensiones del bolsillo. La oscuridad no me impidió ver el brillo de su afilada hoja. Estaba demasiado cerca de mí como para escapar.
—¿No contaba con esto? No me extraña —dijo con ironía mirando su anillo—. Mi hermana tampoco. La pobre no podía sospechar que su hermano muerto iría a visitarla para recuperar lo que era suyo. Con este nuevo cuerpo no me reconoció, claro. Siempre pensé que era demasiado confiada con la gente, y demasiado bocazas también. Ni siquiera Bao, el sagaz detective, pudo imaginárselo cuando le rebané el cuello hace unas horas.
Mis ojos se abrieron reflejando el pavor que se había apoderado de mí en pocos segundos.
—¿Y Noel? ¿Lo ha matado a él también? —no pude evitar un quebranto en mi voz.
—Eso es lo que más la inquieta ahora, ¿verdad? Usted le quiere. ¿Quién iba a decirle que acabaría enamorándose de una parte de mí? Puede estar tranquila. Noel está bien, de momento. Como le digo, es parte de mí, un hermano de sangre. ¿Sabe? Él logró transmitirme su interés por usted hasta que yo mismo sentí la necesidad de conocerla. Por eso la telefoneé. ¿Le gustaron mis llamadas?
—¿Qué llamadas?
—Sé que las horas que escogí no eran muy apropiadas, pero tengo el sueño cambiado.
Entonces recordé las llamadas anónimas que había recibido hacía unos meses, en las que sólo se escuchaba música de fondo y que entonces supuse que había realizado Noel.
—Ayer mismo volví a hacerlo. ¿Recuerda mi mensaje en el contestador de su móvil? Claro que esta vez no lo hice impulsado por un sentimiento romántico, digámoslo así, sino porque usted se ha convertido en un estorbo. Sabe demasiado de mí y yo de usted. ¿Aún rememora nuestra noche de sexo? Fue un placer, pese a la presencia de nuestro común amigo Noel. Aunque era yo quien lo manejaba en todo momento, si él no hubiera estado, habría procedido de otro modo. Los triángulos nunca han sido mi fuerte, prefiero el cara a cara, como ahora.
Me sujetó del brazo. Traté de desasirme, pero fue imposible. Aquel hombre era demasiado fuerte.
—No quiera irse tan pronto —dijo con fingida cortesía—, aún no he terminado con usted. ¿No siente curiosidad por saber cómo regresé del otro lado? Me decepciona siendo psicóloga. No creo que se le presente una ocasión como ésta de entrevistarse con un regresado.
—Sé que hizo un pacto de sangre —dije procurando ganar tiempo. Pretendía distraerle para provocar que bajara la guardia.
—Eso está mejor, mucho mejor. Veo que ha hecho los deberes. Sabe lo del ritual. Me halaga. Eso quiere decir que ha pensado en mí. ¿Sabe? De pequeño era un niño enfermizo. A decir verdad, los médicos no apostaban mucho por mí. Mataba el tiempo leyendo cuanto caía en mis manos. Imagínese, había pocas diversiones para un muchacho que se pasaba todo el día postrado en la cama. Fue a través de un libro como la descubrí. La Poderosa me proporcionó el consuelo que necesitaba. Aquella fascinante mujer-león era la dueña y señora de la salud que a mí me faltaba.
En ese momento se oyó un crujido. Él interrumpió su monólogo y me obligó a permanecer en silencio. Pero, por desgracia, ya no se volvió a escuchar nada.
—Seguramente habrá sido una ardilla. Hay muchas en este parque. ¿Sabía que era mi preferido cuando lo escogió para nuestra cita? Seguro que no. No importa. Le decía que me encomendé a ella con devoción, y me curó. No pretendo que alguien de su formación comprenda esto, pero así fue. Los médicos no daban crédito. Sin embargo, tan pronto recobré la salud me olvidé de ella. Sólo tenía ganas de vivir y recuperar el tiempo perdido que el Creador me había arrebatado. Pero, en cambio, ella no se había olvidado de mí y una noche regresó. Se me presentó en toda su majestuosidad y me dijo que si hacía lo que me pedía me ayudaría hasta el final.
—¿Pretende que me crea eso?
—Fue durante un sueño. A estas alturas ya debería saber que no todos los sueños son iguales.
—Está usted enfermo, eso es lo único que sé —le espeté con desprecio.
—Eso y que hoy estoy aquí con usted, después de haber sido enterrado hace siete meses.
Capítulo 48
A medida que pasaba el tiempo, la angustia y la desesperación se adueñaban de mi espíritu. No en vano tenía la convicción de que Saladro iba a matarme, igual que había hecho con el resto. Con suerte, acabaría tendida en el suelo con el cuello rajado y una nota de ofrenda a la diosa leona junto al pecho. Eso suponiendo que no se le ocurriera violarme antes, lo cual, después de oír sus palabras, no podía descartar del todo. Ya imaginaba la cara de Care Ramos cuando tuviera que cubrir el suceso.
El único consuelo que me quedaba era saber que al menos Noel estaba vivo. Sólo por mi familia y él luchaba aún contra un destino aterrador. Debía escapar de aquel parque como fuera, pero no veía la ocasión ni la forma de hacerlo. Él continuaba teniendo la navaja en la mano muy cerca de mi vientre. Sin embargo, no todo estaba perdido. Mientras siguiera con su monólogo —y no parecía dispuesto a detenerse— existía una pequeña posibilidad de distraerle y huir. Había descubierto que cuanto más inmóvil permanecía, más se relajaba, así que opté por quedarme estática, como las esfinges que nos vigilaban en la oscuridad, mientras él continuaba desgranando su increíble historia.
—Aquella noche Sekhmet me reprobó mi egoísmo —prosiguió Saladro—. Me dijo que era un ingrato y que no seguiría ayudándome a menos que cambiara de actitud. Entonces reparé en mi deplorable comportamiento y me dirigí a ella con humildad para preguntarle qué podía hacer para enmendar mi error y complacerla.
—No, si ahora va a resultar que es usted una hermanita de la caridad —dije con sarcasmo.
—Una hermanita de la caridad, no. Un elegido. Ella me había escogido por un motivo, que yo ignoraba por aquel entonces. La Poderosa me prometió salud a cambio de sumisión y absoluta devoción. Y acepté el trato. No tenía nada que perder. Puede creerlo o no, pero la realidad es que durante años me mantuvo a salvo de la enfermedad. Me concedió un tiempo extra que los médicos calificaron de «milagro». Ni siquiera contraje un simple resfriado, cuando debería haber muerto hacía tiempo. Me dijo que me preparara, que leyera sobre ella y su cultura y que cuando llegara el momento de actuar me avisaría. Y lo hice. Poco a poco me fui apasionando por el Antiguo Egipto, hasta que, a petición suya, viajé al País del Nilo. Allí, mi señora por fin me reveló mi misión. Quería una ofrenda de sangre. Un niño, un inocente, y yo la correspondí. Así comenzó todo.
—Y se ha dedicado a matar a personas amparado sólo en ese burdo pretexto.
—¡Ella exigía tributos! —gritó alterado.
Estaba claro que no le gustaba que le llevaran la contraria. No debía enfurecerlo, eso podría ser aún más peligroso.
—¿Y por qué eligió a Madame Ivy? ¿Lo hizo por puro azar?
—En absoluto —contestó recobrando la compostura—. Si bien es cierto que al principio seleccionaba las víctimas que me parecían más débiles, aquellas que constituían un menor riesgo para mí, con el tiempo decidí que, ya que me había comprometido con La Poderosa, lo mejor era escoger a personas molestas. ¿Para qué perder tiempo y energía con gente que no aportaba nada a mi causa?
—¿Y, si puede saberse, qué le habían hecho la vidente y ese pobre mendigo?
—No espero que lo comprenda. Todas aquellas experiencias con La Poderosa me transformaron en un ser supersticioso y desconfiado. Aunque dudo que ella supiera algo, esa vidente y sus malditos vaticinios podrían volverse en contra de mí. No quise arriesgarme y me deshice de ella. Con el indigente ocurrió algo parecido. Aunque no lo crea, aquel desheredado estaba muy cerca de la verdad, tanto que llegó a asustarme.
—Permítame que lo dude. Usted es más frío que un témpano de hielo —comenté con un mohín de incredulidad—. ¿Y qué pasó con el cirujano? ¿Va a decirme también que lo asesinó porque era un sensitivo?
—No, desde luego que no. Pero era bueno, condenadamente bueno en lo suyo, y poco después de realizarme el trasplante comenzó a recelar. No sabía con exactitud qué buscaba, pero intuía que algo no iba bien y me hacía incómodas preguntas, cada vez más comprometidas. Había que atajar la situación. Puede decirse que murió por un exceso de profesionalidad.
—Bonita excusa —comenté echando una disimulada mirada hacia la navaja. Comprobé que la había bajado un poco sin darse cuenta.
Mi comentario lo irritó de nuevo.
—¡No se burle! —exclamó alterado—. Yo soy la prueba viviente de que existe algo al otro lado y que es posible regresar de allí.
Prácticamente había bajado el filo de la navaja. Tenía que provocarlo aún más, aunque eso pudiera costarme la vida. ¿Qué podía perder? De todas formas iba a matarme.
—Eso dígaselo al resto de los trasplantados. Ninguno, excepto Noel, fue capaz de aguantar en su cuerpo una parte de usted. ¿O también los mató?
—No. Ellos tomaron su decisión. No les hice nada. Eran débiles y se dejaron arrastrar por las circunstancias. No soportaron la presión, no fueron capaces de asimilarme. Eran mis hermanos, pero al final sólo puede quedar uno.
—¿Uno? ¿Y qué me dice de Noel?
—Ah, Noel, Noel, Noel. Realmente está enamorada de ese hombre. Con él es distinto, a él lo necesito... aún. Los otros eran unos desgraciados, unos muertos de hambre. Quién sabe si al fin y al cabo no les he hecho un gran favor. Pero Noel tiene algo que quiero. ¿Sabe? En el fondo somos mucho más parecidos de lo que usted cree. Lo sé, ambos lo sabemos. Y yo quiero recuperar mi posición económica —dijo enigmático.
—Noel no se parece en nada a usted. El es una buena persona. Y si su diosa es tan poderosa —dije intentando provocarle una vez más—, dígame, ¿dónde estaba cuando se precipitó escaleras abajo y se rompió el cráneo? ¿O fue ella quien le empujó?
—¡No se atreva a mancillar su nombre! —bramó poniéndose en pie—. Creí que era usted una persona interesante, pero me he hartado de sus impertinencias. Ya es hora...
No le dejé tiempo de acabar la frase. Valiéndome de su ofuscación y de que había colocado la navaja lo bastante lejos de mi cuerpo, aproveché el momento para salir corriendo, no sin antes lanzarle una patada en la entrepierna con todas mis fuerzas. Le oí lanzar un gruñido de dolor. Sabía que eso no iba a detenerle por mucho tiempo, pero al menos lo mantendría fuera de juego unos minutos.
Corrí en medio de la oscuridad para salvar mi vida. Sabía que existía otra salida que daba a la calle Bell, pero aún se hallaba muy lejos. Con la lluvia de la noche anterior el parque se había convertido en un auténtico barrizal. La tierra estaba resbaladiza y había charcos diseminados por el suelo. Giré la cabeza para comprobar si Saladro me seguía y, pese a la escasa luz, me pareció distinguir su silueta en movimiento recortada entre los árboles.
Sólo escuchaba los acelerados latidos de mi corazón y mi respiración entrecortada. Estaba a punto de desfallecer, pero no podía permitir que el miedo me paralizara. Aunoue mis piernas temblaran no podía aminorar el ritmo que les había impuesto. Atravesé la explanada que había junto al lago. Hasta las esfinges parecían haberse confabulado contra mí y me vigilaban de cerca con sus pétreas miradas. Podía sentirlas igual que el viento, cada vez más frío, en mi cara.
Aceleré aún más el paso hasta que mis piernas, poco acostumbradas a la carrera, tropezaron con una inoportuna rama y me di de bruces contra el suelo. Tardé unos segundos en reaccionar y volver a levantarme. Tenía la ropa mojada y manchada de barro, y las medias rotas. En la caída, uno de mis zapatos había salido despedido hacia alguna parte, lejos de mi campo de visión. No perdí el tiempo en buscarlo. Me quité el otro y continué corriendo descalza.
Para entonces ya tenía a Saladro casi encima, podía escuchar sus pasos, aunque el barro le impedía avanzar con la velocidad que habría deseado. En la carrera pasé rozando unas zarzas que me arañaron las piernas y manos como clavos lacerantes. Emití un gemido de dolor, pero continué huyendo tras liberar mi falda, que había quedado enganchada entre los afilados pinchos.
Al cabo de unos minutos sentí que alguien me empujaba y caí de nuevo contra el frío suelo. Ahí acabó mi arriesgado intento de fuga. No había salido bien.
—¡Hija de puta! ¿Adonde creías que ibas? Te voy a rajar como a una alimaña.
Saladro estaba fuera de sí. Giró mi cuerpo con violencia para que pudiera verle de frente y comprendí que todo había terminado. Saladro sostenía la navaja a pocos centímetros de mi cuello, mientras sonreía al ver el horror reflejado en mi rostro.
—Voy a disfrutar de este momento. En ese instante me pareció observar la presencia de una sombra alargada detrás de él. Acto seguido se escuchó un golpe seco y firme y el cuerpo de Saladro se derrumbó sobre mí como un fardo de patatas, con la navaja a sólo unos centímetros de mi ojo.
La sombra era Noel. Aún mantenía en la mano la gruesa piedra con la que lo había golpeado.
—Noel, ¡Gracias a Dios! —grité tratando de apartar de mí el cuerpo inerte de Saladro.
Pero Noel no reaccionaba. Seguía allí de pie con la piedra manchada de sangre en su mano, contemplando la escena como si acabara de salir de un trance.
Yo seguía en el suelo, intentando recuperar el resuello, incrédula por haber escapado de una muerte segura. Cuando reaccioné, acerqué mi mano al cuello de Saladro para comprobar si aún respiraba. Estaba muerto.
Entonces me levanté. Noel seguía sin moverse, estático como las esfinges del parque, con la mirada perdida. Me aproximé a él, le quité la piedra sin que opusiera resistencia y, aliviada, me fundí con él en un cálido abrazo.
—Te quiero —susurré a su oído—. ¿Cómo nos has encontrado?
Noel no respondió, pero su cuerpo temblaba como una hoja y sus ojos estaban nublados por las lágrimas.
—Él sabía de mí, pero yo también de él —musitó en un sollozo ahogado.
Capítulo 49
Noel cerró la puerta del maletero con un golpe seco y firme. Al fin lo tenía todo. Después se montó en el coche, arrancó y transitó por las calles de la ciudad con absoluta calma, ajeno por completo a la agresividad que lucían algunos de los conductores que circulaban a su alrededor.
Antes de recalar en la tienda había desayunado con Leo en una cafetería cercana a la consulta. Todo parecía haber vuelto a la normalidad tras la muerte de Antonio Saladro —a efectos legales, Gabriel Morthe—, pero aún recordaba el intenso frío que se había adueñado de él esa noche, un frío que todavía no le había abandonado; aquellas esfinges paralizándolo con su vacía mirada y el rostro de Leo desencajado por el horror cuando descubrió que aquel hombre no era en realidad Rogelio Bao.
Aquellas imágenes aparecieron como una ensoñación, como un invitado inesperado a la hora de cenar. Entonces supo que él la había engañado y que Leo no estaba fuera de la ciudad como suponía. Aún le turbaba la facilidad con la que había logrado acceder a su mente, casi sin proponérselo. Sólo tuvo que relajarse y poco a poco fueron floreciendo los pequeños detalles que lo condujeron al parque. Ni siquiera era la primera vez que veía ese lugar en sus visiones. Saladro solía ir allí con frecuencia. No le fue difícil dar con él.
En cambio, los recuerdos posteriores a su llegada al recinto se habían diluido haciéndose cada vez más difusos. Sólo eran pequeños fiases confusos e inconexos. Se veía a sí mismo con la piedra en la mano a punto de golpear el cráneo de Antonio Saladro, dudando si sería capaz de hacerlo y, al mismo tiempo, asustado por si no conseguía desarrollar la fuerza necesaria para partirle la cabeza. Una cosa era cascar una nuez y otra muy diferente abatir un cráneo humano. Cuando esos recuerdos se agolpaban de nuevo en su cabeza regresaba aquel desagradable temblor y el aguijón del miedo.
Pero lo hizo. Y ahora él estaba muerto. Y no sentía arrepentimiento por ello. Volvería a actuar de igual modo si fuera necesario, si era necesario.
También recordaba con una creciente sensación de irrealidad la llegada de la policía y el traslado de ambos al hospital. Allí habían atendido a Leo de las contusiones y los arañazos que se había producido durante la huida, y a él —según le contaron— del estado de shock en el que se hallaba sumido. Recordaba cómo Leo, despreocupándose de sí misma, le sostenía la mano y le susurraba palabras reconfortantes al oído. Palabras que no recordaba con exactitud, pero que le alentaban en esos terribles instantes.
Rememoraba las interminables tandas de preguntas que se desencadenaron una vez que se repuso y las explicaciones que dio —que ambos dieron— para justificar la muerte de Gabriel Morthe. Noel era perfectamente consciente de que no habían dicho toda la verdad, ambos lo eran. Como bien había comentado Saladro, nadie en su sano juicio les habría creído. Se limitaron a explicar su presencia en el parque esa noche y cómo Noel había actuado guiado por el deseo de salvarle la vida a la mujer que amaba. Maquillaron los hechos y las cosas no salieron mal. A fin de cuentas, no tenía antecedentes y el muerto había resultado ser un peligroso criminal. «Todo en orden», les dijo paradójicamente el juez. «Pueden marcharse hasta nuevo aviso.»
Sin embargo, no era cierto. No todo estaba en orden. Había algo que lo corroía desde aquella noche y que volvía a resurgir cada vez que se observaba en un espejo, como acababa de ocurrir al mirar por el retrovisor para comprobar si había coches detrás antes de incorporarse a la carretera. Ahí continuaba ese extraño brillo en sus ojos, un brillo desconocido, turbador y familiar al mismo tiempo.
Desde entonces no había pasado una sola noche en la que no abriera aquel libro que había escondido detrás de otros en el que se narraban las andanzas de La Poderosa en la tierra de los faraones. ¿Quién era esa persona que sonreía al evocar viejas correrías en El Cairo si él no había pisado jamás Egipto? ¿Quién se congratuló tanto cuando ese gato se coló en el salón de su casa? Saladro estaba muerto. Debería haber desaparecido. Pero de algún modo seguía allí, compartiendo su cuerpo y su mente.
«Al final sólo puede quedar uno», le había revelado Saladro a Leo. Ella no la había entendido, pero Noel había empezado a comprender el significado de aquella enigmática sentencia.
«Y uno es lo que queda», se dijo.
Pero ¿quién? ¿Cuál de los dos?
Noel abandonó la carretera y tomó el desvío de siempre. Ya casi había llegado. Poco después aparcó el coche frente a la casa. Dentro no había nadie. Ni siquiera Anita, a la que había dado el día libre. Porque nadie debía sospechar lo que iba a hacer, especialmente Leo, a la que le había mentido cuando le dijo que hoy comería con sus tíos.
Descendió del coche, abrió el maletero y extrajo una caja y una bolsa con las compras que acababa de efectuar. Después, se dirigió a la caseta del jardinero. Era de madera y estaba bien conservada. Al abrir la puerta le recibió una agradable mezcla de olor a flores y tierra mojada. Había una luz envidiable para practicar la jardinería, pero él había venido a otra cosa. Una vez dentro despejó la mesa en la que reposaban los utensilios que a diario empleaba el jardinero para desarrollar su labor y colocó los suyos.
Entonces lo vio aparecer. Ahí estaba otra vez ese maldito gato negro, justo en el umbral de la puerta. Corrió para evitar que se colara y trató de cerrarla, pero el felino fue mucho más hábil y cuando quiso reaccionar ya estaba dentro. Maulló en actitud de reproche y de un salto se encaramó sobre la mesa para ver qué se cocía. Noel lo apartó de allí con brusquedad. No estaba dispuesto a permitir que ese bicho le estropeara su plan.
Se suponía que Saladro debería de estar en el infierno o donde diablos fuera que a las personas como él les correspondiera estar, pero había una pequeña parte que aún permanecía en su interior y que cada día que pasaba se hacía más fuerte y conquistaba palmos de su alma. Había que atajar el mal antes de que él consiguiera obnubilar su mente.
Ignorando la presencia del gato, que le miraba desde una esquina sin atreverse a acercarse después del manotazo recibido, extrajo su móvil del bolsillo y efectuó una corta llamada al servicio de emergencias para solicitar la presencia de una ambulancia. Habló con calma y explicó con claridad lo que había pasado.
A partir de ese instante el tiempo correría más deprisa —o ése era al menos su deseo—, aunque sospechaba que aquellos minutos se volverían eternos. Luego extrajo de la bolsa las cuerdas, la cinta de embalar y las tijeras. Abrió la caja y desempaquetó la reluciente sierra circular que, sin embargo, había probado concienzudamente en la tienda con la ayuda de un vendedor, la más ligera que existía en el mercado, pero cuya potencia no desmerecía a otras mucho más voluminosas. Aquélla le permitiría cortar imprimiendo gran fuerza y precisión sólo con presionar un interruptor.
Con toda la frialdad de la que fue capaz —no mucha dadas las circunstancias— se quitó la cazadora de ante y la arrojó a un rincón. También se deshizo del jersey negro de cuello vuelto hasta quedarse desnudo de cintura para arriba. Para entonces, pese al frío reinante en el cobertizo, el sudor había comenzado a resbalar por su frente como una fina película transparente y no tardó en apoderarse del resto de su cuerpo. Una vez más, la tensión y la angustia que lo embargaban sólo podían compararse con la que sintió al conocer la noticia de la muerte de sus padres y la pequeña Sandra.
«Sé que vosotros me comprendéis», se dijo para infundirse valor.
Rápidamente volvió a centrarse en la tarea que debía realizar. Tenía que darse prisa, no podía perder el tiempo en divagaciones. La ambulancia llegaría muy pronto.
Cogió las cuerdas y con la mano izquierda, la suya, se ató a la mesa firmemente el brazo del otro por dos sitios. Aquel soporte no podría haber sido más adecuado. Tenía en los bordes varios agujeros que el jardinero utilizaba para colocar tiestos con plantas que, irónicamente, luego trasplantaba a otros más grandes. Cuando acabó, aseguró los amarres con la cinta. Aquella operación le llevó un buen rato y le sirvió para verificar algo que ya sabía, que no era tan sencillo hacer según qué cosas con una sola mano.
Entre tanto, el gato había vuelto a subirse a la mesa y le observaba en silencio acercándose cada vez más a Noel. Sin embargo, cuando oyó el rugido de la sierra retrocedió asustado y lo hizo aún más cuando Noel blandió la sierra hacia él en actitud amenazante.
Al sentir la potencia de aquella herramienta cerca de su carne, convertida ahora en poderosa arma, Noel estuvo a punto de Saquear, de mandarlo todo al garete. La mano que sujetaba la sierra comenzó a temblar y pensó que simplemente iba a desplomarse, pero soportó el tormento sólo por Leo y sus tíos.
«Vamos, vamos, no lo pienses. Hazlo de una vez.»
Habría cerrado los ojos si hubiera podido permitirse ese lujo, pero si lo hacía quizá cometería una carnicería aún mayor de la que se proponía.
Afuera del cobertizo se escucharon voces. Eran las de los servicios sanitarios a los que él mismo había avisado.
—¡Aquí! ¡Estoy aquí! —gritó hasta desgañifarse.
Acercó la sierra al brazo con decisión y lo siguiente que se escuchó fue un aullido de dolor.
Cuando aquellos hombres entraron en el cobertizo no dieron crédito al espectáculo que se mostraba ante sus ojos. En sus largos años de profesión han visto casi de todo. Menos eso. Noel aún estaba consciente. Su cuerpo y su cara estaban cubiertos de salpicaduras de sangre. Su sangre. La sierra estaba en el suelo, aún en marcha. La mano colgaba de la mesa, prisionera de las cuerdas, mientras Noel la miraba con fijeza.
—Un torniquete. ¡Rápido! —gritó alguien.
Mientras uno de los médicos se lo practicaba, otro se acercó para liberarlo de la cuerda que aún sujetaba su brazo a la mesa.
—Pero ¿por qué ha hecho esto? —le preguntó con la cara desencajada.
Noel no respondió. Estaba demasiado mareado para hacerlo, pero todavía le quedaron fuerzas para esbozar una sonrisa mientras contemplaba cómo Apofis se marchaba del cobertizo por una de las ventanas. Jamás volvió a verlo.
Fin
NOTA AL LECTOR
Los personajes y la trama de esta novela son pura ficción, aunque los casos que se refieren al fenómeno conocido como «memoria celular» no han sido inventados por mí. Las vivencias que experimentan algunas personas que han recibido un trasplante están ahí, a la espera de que la ciencia se interese por ellas. La explicación que pueda tener dicho fenómeno, a día de hoy, se desconoce.
Sin embargo, no olvides que esto es sólo una novela. La donación de órganos y los trasplantes son necesarios para salvar vidas de personas.