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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    ¡RESCATEN EL TITANIC! (Clive Cussler)

    Publicado el domingo, junio 27, 2010
    Título Original: Raise the Titanic!

    Traducción: (1996) Ariel Bignami

    Edición Electrónica: (2002) Pincho

    PRELUDIO

    Abril de 1912

    El hombre que ocupaba el camarote 33 de la cubierta A se daba vueltas en su estrecha litera; su mente estaba extraviada en las profundidades de una pesadilla. Era bajo, no medía más de un metro cincuenta y cinco; su cabello era blanco y ralo y en su inexpresiva cara el único rasgo notable era un par de hirsutas cejas oscuras. Sus manos yacían entrelazadas sobre el pecho, sus dedos se agitaban nerviosamente. Aparentaba algo más de cincuenta años. Su piel tenía el color y la textura de una acera de cemento y bajo sus ojos las arrugas estaban profundamente marcadas. Sin embargo, le faltaban apenas diez días para cumplir treinta y cuatro años.
    El esfuerzo físico y el tormento mental de los últimos cinco meses lo habían agotado hasta llevarlo al borde mismo de la locura. Durante sus horas de vigilia sorprendía a su mente vagando por vacíos canales, fuera de las dimensiones del tiempo y la realidad. Tenía que recordarse continuamente dónde estaba y qué día era. Se estaba volviendo loco, lenta pero irrevocablemente loco, y lo peor era que lo sabía.
    Abrió los ojos y los enfocó en el silencioso ventilador que pendía del cielo raso del camarote. Al pasarse la mano por la cara, palpó la barba de dos semanas que la cubría. No le hacía falta mirarse la ropa; sabía que estaba sucia, arrugada y manchada de sudor. Debería haberse bañado y cambiado después de subir a bordo, pero se había refugiado en su litera para dormir con un temeroso y obseso sueño intermitente durante casi tres días.
    Era el atardecer del domingo y la nave no llegaría a Nueva York hasta las primeras horas del miércoles, casi cincuenta horas más tarde.
    Intentó convencerse de que ya estaba a salvo, pero su mente se negaba a aceptarlo pese al hecho de que el botín que tantas vidas había costado estaba totalmente seguro. Por centésima vez tocó el bulto en el bolsillo de su chaleco. Habiendo comprobado que la llave seguía allí, se frotó la frente y volvió a cerrar los ojos.
    No sabía con seguridad cuánto tiempo había dormitado. Algo lo había hecho despertar sobresaltado. No había sido un ruido fuerte ni una sacudida violenta, sino más bien un movimiento tembloroso surgido de su colchón y un extraño ruido rechinante en algún sitio por debajo de su camarote de estribor. Se irguió hasta quedar sentado y apoyó los pies en el suelo. Pocos minutos después sintió un silencio insólito, sin vibraciones. Entonces su mente confusa comprendió que los motores se habían detenido. Se quedó allí sentado, escuchando, pero los únicos sonidos eran la conversación de los camareros en los pasillos y las voces apagadas que provenían de los camarotes contiguos.
    Un helado tentáculo de intranquilidad lo envolvió. Tal vez otro pasajero habría hecho caso omiso de la interrupción y se habría vuelto a dormir, pero él estaba muy cerca de un colapso mental y sus cinco sentidos se empeñaban en magnificar cada impresión. Tres días encerrado en su camarote, sin comer ni beber, reviviendo los horrores de los cinco meses anteriores, no hicieron más que alimentar los fuegos de la demencia dentro de su deteriorada mente.
    Abrió la puerta y recorrió el pasillo con andar vacilante hasta la escalera principal. Los pasajeros reían y charlaban dirigiéndose del salón a sus camarotes. Miró el ornado reloj de bronce flanqueado por dos figuras en bajorrelieve sobre el rellano de la escalera. Las manecillas doradas indicaban las once y cincuenta y uno.
    Un camarero que estaba junto a una lámpara de pie, al final de la escalera, le dirigió una mirada desdeñosa, evidentemente fastidiado al ver que un pasajero tan andrajoso recorría las instalaciones de primera clase, mientras que todos los demás se paseaban por las lujosas alfombras orientales en elegantes trajes de noche.
    —Los motores se han detenido —dijo el pasajero con voz pastosa.
    —Probablemente un ajuste de poca importancia, señor —replicó el camarero—. Éste es un barco nuevo en su primer viaje, ya sabe... Es inevitable que haya detalles que retocar. No se preocupe. Es insumergible.
    —Si está hecho de acero, se puede hundir. —Se frotó los ojos inyectados—. Echaré una ojeada afuera...
    El camarero meneó la cabeza.
    —No se lo recomiendo, señor. Hace un frío espantoso.
    El pasajero del traje arrugado estaba habituado al frío. Volviéndose, subió un tramo de escalera y traspuso una puerta que conducía a la cubierta de estribor. Entonces lanzó una exclamación ahogada, como si mil agujas lo hubieran traspasado. Después de estar tres días acostado en el cálido vientre del camarote, la temperatura de cinco grados bajo cero le dio una terrible sacudida. No había el más leve indicio de brisa, nada más que un frío penetrante, inmóvil, que pendía del cielo sin nubes como una mortaja.
    Dirigiéndose a la barandilla, se levantó el cuello de la chaqueta. Se asomó, pero no vio más que el mar oscuro, sereno como el estanque de un jardín. Después miró a popa y a proa. La cubierta de botes, desde el salón de fumar de primera clase hasta la timonera situada delante de los camarotes de los oficiales, estaba totalmente desierta. Sólo el humo que se elevaba desde tres de las cuatro enormes chimeneas amarillas y negras y las luces que brillaban a través de las ventanas del salón y la sala de lectura, revelaban alguna actividad humana.
    La blanca espuma que bordeaba el casco disminuyó y se ennegreció, mientras el enorme navio perdía lentamente impulso y flotaba en silencio bajo el infinito manto de estrellas. El comisario de a bordo salió del comedor de oficiales y se asomó por la borda.
    —¿Por qué nos hemos detenido?
    —Hemos chocado con algo —respondió el comisario sin volverse.
    —¿Es grave?
    —Probablemente no, señor. Si entra algo de agua, las bombas la sacarán.
    De pronto, de los ocho tubos de escape exteriores brotó un bramido ensordecedor, como si cien locomotoras a toda marcha atravesaran un túnel al mismo tiempo. A pesar de que se tapaba los oídos con las manos, el pasajero reconoció la causa. Había trabajado con maquinarias el tiempo suficiente como para saber que el exceso de vapor proveniente de los motores alternos detenidos escapaba por las válvulas de paso. El terrible estrépito le impidió seguir hablando con el comisario. Al volverse, vio a otros miembros de la tripulación que aparecían en cubierta. Un espantoso temor le inundó el estómago al ver que comenzaban a retirar las lonas que cubrían los botes salvavidas y a quitar las sogas del pescante.
    Casi una hora permaneció allí, mientras el estrépito de los tubos de escape se extinguía lentamente en la noche. Asido de la barandilla, sin advertir el frío, apenas notó a los pequeños grupos de pasajeros que habían empezado a recorrer la cubierta en una suerte de confusión extraña y silenciosa.
    Un oficial de segunda del barco pasó a su lado. Era joven, apenas poco más de veinte años, y su tez era de un blanco lechoso, típicamente británico; y su expresión, típicamente británica, de estar aburrido de todo. Se acercó al hombre que estaba junto a la borda y lo palmeó en el hombro:
    —Discúlpeme, señor. Tiene que ponerse el chaleco salvavidas.
    El otro se volvió con lentitud y lo miró con fijeza.
    —Nos vamos a hundir, ¿no es cierto? —preguntó con voz ronca.
    El oficial vaciló antes de asentir.
    —Entra más agua de la que las bombas pueden sacar.
    —¿Cuánto tiempo tenemos?
    —Es difícil decirlo. Tal vez una hora, si el agua no llega a las calderas.
    —¿Qué ha pasado? ¿Con qué chocamos?
    —Con un témpano. Ha desgarrado el casco. Mala suerte, señor.
    El hombre apretó el brazo del oficial con tanta fuerza, que el joven se sobresaltó.
    —Tengo que ir a la bodega de carga.
    —Eso no es posible, señor. La sala de correspondencia de la cubierta F se está inundando y los equipajes ya flotan en la bodega.
    —Tiene que llevarme hasta allí.
    El oficial intentó liberar su brazo, pero el hombre se lo sujetaba con firmeza.
    —¡Imposible! Tengo órdenes de ocuparme de los botes salvavidas de estribor.
    —Otro oficial puede hacerse cargo de los botes —dijo el pasajero con tono inexpresivo—. Usted me conducirá a la bodega de carga.
    Fue entonces cuando el oficial advirtió dos cosas inquietantes. Primero, la expresión desdeñosa del pasajero; segundo, el cañón del arma que apretaba contra sus genitales.
    —Haga lo que le digo si quiere tener nietos —gruñó el hombre.
    El oficial miró en silencio el arma y luego alzó la vista. No cabía pensar en discutir ni en ofrecer resistencia. Los ojos enrojecidos que lo miraban ardían desde las profundidades de la demencia.
    —Lo intentaré.
    —¡Inténtelo, pues! —exclamó el pasajero—. Y no haga tonterías... Estaré detrás de usted todo el tiempo. Un estúpido error y le volaré el espinazo.
    Guardó discretamente el arma en un bolsillo de la chaqueta, manteniendo el cañón apretado contra la espalda del oficial. Ambos se abrieron paso entre la agitada multitud que ahora colmaba la cubierta. Ya era un barco distinto. Nada de risas ni de alegría, y sin distinciones de clase; pobres y ricos estaban unidos por el vínculo común del miedo. Los camareros eran los únicos que sonreían y conversaban mientras distribuían salvavidas blancos.
    Las bengalas se elevaron en el aire; parecían pequeñas y vanas bajo la asfixiante negrura; nadie, aparte de los que estaban a bordo de la condenada nave, las vio estallar en blancos destellos. Estos proporcionaron un telón de fondo espectral para los adioses desgarradores, las forzadas expresiones de esperanza en los ojos de los hombres que tiernamente depositaban a sus mujeres e hijos en los botes salvavidas. La terrible irrealidad de la escena se vio realzada cuando los ocho músicos de la banda de a bordo se reunieron en cubierta, incongruentes con sus instrumentos y sus blancos salvavidas. Empezaron a tocar La banda, de Alejandro, de Irving Berlin.
    Acicateado por la pistola, el oficial bajó por la escalera principal, forcejeando contra la oleada de pasajeros que se precipitaba hacia los botes salvavidas. El ángulo bajo la proa se estaba haciendo más pronunciado. Descendieron los escalones con paso irregular. Tomaron un ascensor y bajaron a la cubierta D.
    El joven oficial se volvió y observó al hombre cuyo extraño capricho lo había sujetado más firmemente aún en los lazos de una muerte segura. Tenía los labios apretados y los ojos vidriosos, con una mirada lejana. El pasajero alzó la vista y advirtió que el oficial lo observaba. Por un instante sus miradas se cruzaron.
    —No se preocupe...
    —Bigalow, señor.
    —No se preocupe, Bigalow. Terminará antes de que se hunda.
    —¿A qué sección de la bodega de carga quiere ir?
    —A la número uno, cubierta G.
    —La cubierta G estará ya seguramente bajo el agua.
    —Sólo lo sabremos al llegar allí, ¿no?
    Cuando las puertas del ascensor se abrieron, los dos hombres salieron y se abrieron paso a empellones entre la multitud.
    Bigalow se quitó el cinturón salvavidas y corrió alrededor de la escalera que conducía a la cubierta E. Allí se detuvo, miró hacia abajo y vio el agua que subía y cubría los escalones con lentitud, centímetro a centímetro, de modo implacable. Bajo el agua fría y verde brillaban todavía algunas luces que despedían un resplandor espectral.
    —Es inútil. Véalo usted mismo.
    —¿Hay otro modo de llegar?
    —Las compuertas herméticas fueron cerradas de inmediato después del siniestro. Tal vez podríamos bajar por una de las escaleras de emergencia.
    —Bien. Siga andando.
    Recorrieron rápidamente el trayecto a lo largo de tortuosos pasadizos, pasando por interminables laberintos de acero y escaleras. Bigalow se detuvo, levantó una trampa redonda y espió dentro de la estrecha abertura. Se sorprendió al ver que abajo, en la bodega, el agua apenas había alcanzado medio metro de profundidad.
    —No hay nada que hacer —mintió—. Está inundada.
    El pasajero lo apartó bruscamente para mirar con sus propios ojos.
    —Está bien para lo que me propongo —dijo con lentitud, señalando la escotilla con su pistola—. Adelante...
    Las luces eléctricas del techo brillaban todavía en la bodega cuando los dos hombres avanzaron chapoteando hacia el depósito del barco.
    Ambos tropezaron y cayeron varias veces en el agua helada, que entumeció sus cuerpos. Tambaleándose como borrachos, llegaron por fin a la bóveda, en medio del compartimiento de carga. Tenía dos metros y medio de alto y sus sólidas paredes, de treinta centímetros de espesor, eran de acero de Belfast.
    El pasajero sacó una llave del bolsillo de su chaleco y la introdujo en una cerradura que se abrió con un sonoro clic. Empujó la pesada puerta, penetró en la bóveda y volviéndose, sonrió por primera vez.
    —Le agradezco su ayuda, Bigalow. Será mejor que vuelva arriba; todavía le queda tiempo.
    Bigalow, con aire perplejo, preguntó:
    —¿Usted se queda?
    —Sí, me quedo. He asesinado a ocho hombres buenos y honestos... No puedo vivir con eso. —Lo dijo llanamente y con tono definitivo—. Todo ha terminado.
    Bigalow quiso hablar, pero no le salieron las palabras.
    El pasajero asintió con la cabeza en señal de comprensión, y empezó a tirar de la puerta hasta cerrarla tras de él.
    —Gracias a Dios por Southby —dijo.
    Y desapareció, como devorado por el negro interior de la bóveda.

    Bigalow sobrevivió.
    Ganó su carrera contra el agua, logró llegar a cubierta y arrojarse por la borda apenas segundos antes que la nave se hundiera.
    Cuando la mole del enorme buque desapareció tragada por las aguas, su rojo gallardete con la estrella blanca, que antes pendía en lo alto del mástil de proa, se desplegó súbitamente al tocar el mar, como en un saludo final a los mil quinientos hombres, mujeres y niños que estaban muriendo de frío o se ahogaban en las gélidas aguas.
    Un ciego instinto se apoderó de Bigalow, que tendió una mano y asió el gallardete cuando pasaba junto a él. Antes que pudiera comprender la magnitud del peligro de su temeraria acción, se encontró arrastrado bajo el agua. Sin embargo, aguantó con terquedad, negándose a abrir la mano. Estaba a casi siete metros por debajo de la superficie y cuando por fin las roñadas del gallardete se soltaron la presa fue suya. Sólo entonces pugnó por subir, atravesando la líquida negrura. Después de lo que le pareció una eternidad emergió nuevamente al aire de la noche, agradeciendo que la succión provocada por el barco al hundirse no lo hubiera atrapado.
    El frío del agua estuvo a punto de matarlo. Diez minutos más de permanencia en sus heladas garras y habría sido simplemente una cifra más en las estadísticas de esa terrible tragedia.
    Pero su mano rozó una soga que colgaba de un bote volcado y la aferró. Con el último resto de sus menguadas fuerzas impulsó a bordo su cuerpo casi helado y compartió con otros treinta hombres el entumecedor frío, hasta que cuatro horas más tarde los rescató otra nave.
    Los gritos lastimosos de aquellos que murieron permanecerían para siempre en el espíritu de los sobrevivientes. Pero mientras Bigalow se aferraba al bote salvavidas zozobrado y semisumergido, sus pensamientos iban hacia otro recuerdo: aquel extraño hombre encerrado para siempre en la bóveda del barco.
    ¿Quién era?
    ¿Quiénes eran los ocho hombres que había asesinado?
    ¿Cuál era el secreto de la bóveda?
    Estas eran las preguntas que acosaron a Bigalow durante los setenta y seis años siguientes, hasta el final de su vida.





    I. EL PROYECTO SICILIANO









    1

    Julio de 1987

    El presidente hizo girar su sillón, unió las manos detrás de la nuca, fijó su mirada absorta en la ventana del Despacho Oval y maldijo su suerte. Odiaba su cargo con una pasión que no había creído posible. Sabía en qué momento exacto había perdido el entusiasmo por él. Lo había sabido la mañana en que le fue difícil abandonar la cama. Ésa era siempre la primera señal. Un temor a comenzar el día.
    Por milésima vez desde que ocupaba el cargo, se preguntó por qué había luchado tanto y durante tanto tiempo por ese cargo tan ingrato. El precio había sido dolorosamente alto. Su trayectoria política estaba sembrada por amigos perdidos y un matrimonio roto. Y apenas pronunciado el juramento de rigor para ocupar el cargo, su recién nacido gobierno se había visto bombardeado por un escándalo en el Departamento de Hacienda, una guerra en Sudamérica, una huelga en las compañías de aviación de todo el país y un Congreso hostil que desconfiaba de quienquiera residiese en la Casa Blanca. Agregó una maldición adicional para el Congreso. Sus miembros habían anulado sus dos últimos vetos, y esos acontecimientos lo abrumaban.
    Gracias a Dios, escaparía a una nueva elección. No se explicaba cómo había logrado ganar dos períodos. Había destruido todos los tabúes políticos establecidos para un candidato triunfante. No sólo estaba divorciado, sino que no iba a la iglesia, fumaba cigarros en público y ostentaba un gran bigote. Había hecho su campaña desconociendo a sus adversarios y apabullando rudamente a los votantes con la aspereza de sus palabras. Y éstos lo habían aclamado. Se había presentado oportunamente cuando el norteamericano común estaba harto de candidatos bonachones que ostentaban amplias sonrisas, hacían el amor a las cámaras de televisión, y pronunciaban frases triviales e insustanciales.
    Dieciocho meses más y su segundo período presidencial habría concluido. Era el único pensamiento que le permitía seguir adelante. Su predecesor había aceptado el puesto de director honorario de la Universidad de California. Eisenhower se había retirado a su granja en Gettysburg, y Johnson a su hacienda en Texas. El presidente sonrió complacido. Esas conductas resignadas de automarginación no eran para él. Planeaba exilarse en el Pacífico Sur en un queche de diez metros de largo. Allí, haciendo caso omiso de todas las condenadas crisis que conmovieran al mundo, bebería ron y contemplaría a las muchachas nativas de nariz chata y pechos opulentos. Cerró los ojos, y ya cobraba forma este sueño cuando su ayudante abrió la puerta y se aclaró la garganta.
    —Disculpe, señor presidente, pero los señores Seagram y Donner están esperando.
    El presidente hizo girar el sillón hacia su escritorio y se pasó las manos por un espeso mechón de cabello plateado.
    —Está bien, hágalos pasar.
    Se animó visiblemente. Gene Seagram y Mel Donner tenían acceso inmediato al presidente en cualquier momento del día o de la noche. Eran los evaluadores principales de la Sección Meta, un grupo de científicos que trabajaban en absoluto secreto, investigando proyectos aún no divulgados; proyectos con los que se intentaba adelantar en veinte o treinta años la tecnología actual.
    La Sección Meta había sido ideada por el presidente mismo. Él la había concebido durante su primer año en el cargo, había ideado y decidido la financiación secreta e ilimitada, y reclutado en persona al pequeño grupo de hombres brillantes y abnegados que constituían su núcleo fundamental. Esto lo enorgullecía, aunque no lo proclamara. Ni siquiera la CÍA ni la Agencia de Seguridad Nacional conocían su existencia. Siempre había soñado con respaldar a un equipo de hombres que pudiera consagrar su pericia y capacidad a proyectos imposibles. Planes fantásticos, con una posibilidad de éxito en un millón. El hecho de que la Sección Meta no hubiera logrado todavía ningún resultado cinco años después de su creación, no inquietaba para nada su conciencia.
    No hubo apretones de manos, sólo cordiales saludos. Seagram desabrochó un estropeado portafolio de cuero y sacó una carpeta rebosante de fotografías aéreas. Las colocó sobre el escritorio del presidente y señaló varias zonas rodeadas por un círculo, marcadas sobre cubiertas transparentes.
    —La región montañosa de la isla septentrional de Nueva Zembla, al norte del continente ruso. Todos los datos provenientes de nuestros satélites señalan esta área como la única que ofrece cierta posibilidad.
    —¡Maldita sea! —maldijo en voz baja el presidente—. Cada vez que descubrimos algo así, tiene que estar en la Unión Soviética o en algún otro lugar vedado. —Examinó las fotografías antes de volver la mirada hacia Donner—. La tierra es grande. Debe haber sin duda otras zonas propicias.
    Donner sacudió la cabeza.
    —Lo siento, señor presidente, pero los geólogos vienen buscando bizanio desde que Alexander Beesley descubrió su existencia en 1902. Que nosotros sepamos, no se lo ha encontrado en gran cantidad.
    —Su radiactividad es tan extrema que ha desaparecido hace mucho de los continentes, salvo en reducidísimas cantidades —agregó Seagram—. Las pocas informaciones que hemos reunido acerca de este elemento fueron obtenidas de partículas muy pequeñas, producidas artificialmente.
    —¿No pueden acumular una provisión por medios artificiales ? —inquirió al presidente.
    —No, señor —repuso Seagram—. La partícula más estable que logramos producir con un acelerador de energía elevada se transformó en menos de dos minutos.
    Reclinándose en su sillón, el presidente fijó la mirada en Seagram.
    —¿Qué cantidad necesitan para completar su programa?
    Seagram miró a Donner y luego al presidente.
    —Como usted sabe, señor presidente, estamos todavía en una etapa experimental.
    —¿Qué cantidad necesitan? —repitió el presidente.
    —Yo diría que un cuarto de kilo.
    —Entiendo.
    —Ésa no es más que la cantidad requerida para comprobar plenamente la teoría —añadió Donner—. Se precisaría más para instalar el equipo en escala plenamente operativa, en ubicaciones estratégicas cercanas a las fronteras de la nación.
    El presidente se arrellanó en el sillón.
    —Entonces supongo que debemos suprimir esto y pasar a otra cosa.
    Seagram era un hombre alto y desgarbado, de voz suave y modales corteses que, excepto por su nariz grande y achatada, habría podido pasar por un Abraham Lincoln sin barba.
    Donner era todo lo contrario a Seagram. Era bajo y parecía casi tan ancho como alto. Tenía cabello color trigo, ojos melancólicos, y su cara parecía estar siempre sudorosa. Empezó a hablar con rapidez de ametralladora.
    —El proyecto Siciliano está demasiado cerca de la realidad para enterrarlo y olvidarlo. Insisto en que sigamos adelante. Estaríamos tratando de lograr la jugada más sensacional de la historia, pero si lo conseguimos... Dios mío, señor, las consecuencias son enormes.
    —Estoy dispuesto a recibir sugerencias —dijo el presidente.
    Seagram aspiró profundamente y comenzó a hablar.
    —En primer lugar, requerimos su autorización para construir las instalaciones necesarias. En segundo lugar, los fondos correspondientes. Y en tercer lugar, la ayuda de la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas.
    El presidente miró a Seagram con expresión inquisitiva.
    —Entiendo las dos primeras solicitudes, pero no alcanzo a entender la intervención de la ANIM. ¿Qué tiene que ver?
    —Tendremos que introducir mineralogistas expertos en Nueva Zembla. Como está rodeada de agua, una expedición oceanográfica de la ANIM sería la cobertura casi perfecta para nuestra misión.
    —¿Cuánto tiempo les llevará verificar, construir e instalar el sistema?
    Donner no vaciló:
    —Dieciséis meses y una semana.
    —¿Hasta dónde pueden llegar sin bizanio?
    —Hasta la última etapa —respondió Donner.
    El presidente se echó atrás en su sillón y contempló un reloj de barco que tenía sobre el enorme escritorio. Guardó silencio durante casi un minuto. Finalmente dijo:
    —Tal como lo veo, caballeros, quieren que los financie para construir un complejo sistema no verificado, cuyo costo será multimillonario y que no funcionará porque carecemos del ingrediente primordial, que quizá tengamos que robar a una nación hostil.
    Seagram jugueteó con su portafolio en tanto Donner se limitaba a asentir con la cabeza.
    —¿ Qué les parece si me dicen —continuó el presidente— cómo justifico una red de estas instalaciones, que se extenderá por todo el perímetro del país, a cualquier liberal tacaño del Congreso a quien se le ocurra investigar?
    —Ahí está la ventaja del sistema —declaró Seagram—. Es pequeño y compacto... La computadora nos indica que un edificio construido a semejanza de una pequeña estación energética será más que suficiente. Ni los satélites espías rusos ni un agricultor que viva al lado advertirán nada fuera de lo común.
    El presidente se frotó la barbilla.
    —¿Por qué quieren adelantar el proyecto Siciliano antes de estar preparados en un ciento por ciento?
    —Es un riesgo, señor —dijo Donner—. Nosotros apostamos a que en los próximos dieciséis meses podremos abrir una brecha y producir bizanio en el laboratorio, o bien hallar en alguna parte de la tierra un depósito que podamos extraer.
    —Aunque tardemos diez años —dijo abruptamente. Seagram—, las instalaciones estarían listas y a la espera. Sólo perderíamos tiempo.
    El presidente se incorporó.
    —Caballeros, colaboraré en vuestro arriesgado plan pero con una condición. Les quedan exactamente dieciocho meses y diez días. En ese momento mi reemplazante, quienquiera que sea, ocupará mi cargo. De modo que, si quieren tener contento a su mecenas hasta entonces, consigan resultados.
    Del otro lado del escritorio, los dos hombres quedaron atónitos. Por fin, Seagram logró hablar.
    —Gracias, señor presidente. De alguna manera, el equipo hallará el filón originario. Puede contar con ello.
    —Muy bien. Ahora, discúlpenme. Tengo que posar en el Jardín de las Rosas con un montón de gordas y viejas Hijas de la Revolución Americana. —Tendió la mano—. Buena suerte y recuerden, no arruinen sus operaciones secretas. No quiero que me estalle en la cara un nuevo caso U-2, como a Eisenhower. ¿Entendido?
    Antes de que Seagram y Donner pudieran contestar, se volvió y salió por una puerta lateral.

    Una vez su Chevrolet hubo transpuesto los portones de la Casa Blanca, Donner se unió a la corriente del tránsito y se encaminó hacia Virginia, cruzando el Potomac. Casi no se atrevía a mirar por el espejo retrovisor, por temor a que el presidente cambiara de idea y enviara un mensajero en persecución de ellos con una negativa. Abrió la ventanilla y aspiró el húmedo aire estival.
    —Hemos tenido suerte —dijo Seagram.
    —No hace falta que me lo digas. Si hubiera sabido que enviamos un hombre a territorio ruso hace más de dos semanas, habría ardido Troya.
    —Todavía es posible que arda —masculló Seagram—. Todavía es posible, si ANIM no logra sacar a nuestro hombre.





    2


    Sid Koplin tenía la certeza de que se estaba muriendo.
    Había cerrado los ojos, y la sangre que manaba de su costado manchaba la blanca nieve. Al recuperar gradualmente la conciencia, una explosión de luz irrumpió en su mente; un espasmo de náusea lo sacudió y no pudo contener las arcadas.
    ¿Le habían disparado una vez, o acaso dos? No estaba seguro.
    Abrió los ojos, y se volvió hasta quedar apoyado en sus manos y rodillas. La cabeza la vibraba como un taladro. Se llevó una mano a la frente y tocó el corte congelado que le abría el cuero cabelludo sobre la sien izquierda. Salvo el dolor de cabeza, no tenía sensaciones exteriores; el frío había atenuado el dolor. Pero nada podía atenuar el lacerante ardor en su lado izquierdo bajo las costillas, donde le había dado la segunda bala, y podía sentir la sangre, pegajosa como jarabe, escurriéndose bajo sus ropas, sobre sus muslos y a lo largo de sus piernas.
    Una descarga de armas automáticas resonó en la montaña. Koplin miró en derredor pero sólo pudo ver la blanca nieve que se arremolinaba, azotada por el cruel viento ártico. Otra explosión rasgó el aire helado. Supuso que procedía de unos cien metros de distancia. Algún centinela de una patrulla soviética debía de estar disparando a ciegas a través de la ventisca, con la esperanza de acertarle nuevamente por casualidad.
    Toda idea de escapar se había desvanecido ya. Era el final. Jamás podría llegar a la ensenada donde había amarrado la balandra. Tampoco estaba en condiciones de conducir la pequeña embarcación, de nueve metros de largo, a través de ochenta kilómetros de mar abierto para encontrarse con la nave oceanográfica norteamericana que lo esperaba.
    Se desplomó en la nieve. La pérdida de sangre lo había debilitado hasta impedirle cualquier esfuerzo físico. Los rusos no debían hallarlo. Eso formaba parte del trato con la Sección Meta. Si tenía que morir, su cadáver no debía ser descubierto.
    Comenzó penosamente a echarse nieve encima. Pronto no sería más que un montículo blanco en una desolada cuesta de la montaña Bednáia, enterrado para siempre bajo el helado manto que aumentaba sin cesar.
    Se detuvo un momento y escuchó. Los únicos ruidos que oyó fueron sus propios jadeos y el viento. Escuchó con más atención, haciéndose pantalla con las manos en los oídos. Apenas audible sobre el bramido del viento, oyó los ladridos de un perro.
    —Dios santo —gimió.
    Las sensibles fosas nasales del animal captarían su olor sin lugar a dudas. Se quedó inmóvil, derrotado. No le quedaba otra cosa que tenderse y dejar que la vida se le escapara por las heridas.
    Pero una chispa, en lo profundo de su ser se negaba a disminuir y extinguirse. No podía quedarse allí tendido, esperando que los rusos lo atraparan. Él era sólo un profesor de mineralogía, no un agente secreto experimentado. Su mente, y su cuerpo de cuarenta años, no estaban equipados para resistir un interrogatorio intensivo. Si sobrevivía, podrían arrancarle toda la verdad en pocas horas. Cerró los ojos mientras la angustia del fracaso superaba el dolor físico.
    Cuando los abrió de nuevo, su campo visual estaba ocupado por la cabeza de un enorme perro. Koplin lo reconoció como un komondor, un poderoso animal provisto de un grueso y enmarañado pelaje blanco. El perro gruñó salvajemente, y habría desgarrado la garganta de Koplin de no haberlo contenido la mano enguantada de un soldado soviético. Inmóvil, con aire indiferente, el hombre contemplaba a su indefensa presa, asiendo la correa con la mano izquierda mientras con la derecha sostenía un fusil ametrallador. Parecía temible enfundado en un grueso abrigo que le llegaba hasta los tobillos cubiertos por botas, y sus ojos pálidos e inexpresivos no mostraban compasión alguna por las heridas de Koplin. El soldado se colgó el arma al hombro, se agachó y obligó a Koplin a incorporarse. Después, sin decir palabra, el ruso comenzó a arrastrar al norteamericano herido hacia el puesto de seguridad de la isla.
    Koplin estuvo a punto de desfallecer de dolor. Sentía como si lo hubieran arrastrado por la nieve a lo largo de varios kilómetros, cuando en realidad la distancia era sólo de cincuenta metros. Habían llegado hasta allí cuando entre la tormenta apareció una figura borrosa, difusa tras el blanco y revuelto muro de nieve. A punto de perder la conciencia, Koplin sintió que el soldado se ponía rígido.
    Un suave chasquido se oyó sobre el viento y el pesado komondor cayó sobre la nieve. Soltando a Koplin, el soldado trató instintivamente de levantar su arma, pero el extraño sonido se repitió y un orificio del que manaba sangre apareció de pronto en medio de la frente del soldado. Sus ojos se pusieron vidriosos y se desplomó junto al perro.
    Algo andaba terriblemente mal; eso no podía estar sucediendo, se dijo Koplin, pero su mente exhausta estaba demasiado confusa como para sacar conclusiones. Cayó de rodillas y sólo pudo ver a un hombre alto con una chaqueta de piel gris que se materializó entre la blanca bruma y contempló al perro.
    —Qué pena —dijo con displicencia.
    Aquel hombre tenía un aspecto imponente. El rostro tostado, del color de la caoba, parecía fuera de lugar en el Ártico. Y sus rasgos eran firmes, casi crueles. Sin embargo, fueron sus ojos los que llamaron la atención de Koplin. Nunca había visto ojos como aquéllos. Eran de un profundo color verdemar e irradiaban una calidez penetrante, en marcado contraste con las duras arrugas grabadas en el rostro.
    El desconocido se volvió hacia Koplin y sonrió.
    —¿El doctor Koplin, supongo? —preguntó con tono suave y natural. Guardó en un bolsillo su pistola con silenciador, se arrodilló y señaló con la cabeza la sangre que se extendía a través del abrigo de Koplin—. Será mejor que lo lleve a donde puedan echarle una ojeada a eso.
    Después lo levantó como a un niño y comenzó a bajar la montaña hacia el mar.
    —¿Quién es usted? —murmuró Koplin.
    —Me llamo Pitt. Dirk Pitt.
    —No entiendo... ¿de dónde ha salido?
    Koplin jamás oyó la respuesta. En ese momento se elevó bruscamente el negro manto de la inconsciencia y él se dejó cubrir con gratitud.





    3


    Seagram terminó su cóctel mientras esperaba en un pequeño jardín cercano a la calle Capitel, para almorzar con su esposa. Ésta se retrasaba. Nunca, en sus ocho años de matrimonio, la había visto llegar a tiempo a algún lugar. Atrajo la atención del camarero y con un gesto pidió otra copa.
    Por fin entró Dana Seagram y se detuvo un momento en el vestíbulo buscando a su marido. Al verlo, fue en su dirección, serpenteando entre las mesas. Llevaba un jersey anaranjado y una falda de lana marrón, de modo tan juvenil que parecía una estudiante universitaria. Tenía el rubio cabello atado con un pañuelo y sus ojos color café eran burlones, alegres y vivaces.
    —¿Hace mucho que esperas? —preguntó sonriente.
    —Dieciocho minutos, para ser exacto —repuso él—. Unos dos minutos diez segundos más que tus tardanzas habituales.
    —Lo siento —dijo ella—. El almirante Sandecker se reunió con sus colaboradores y la sesión duró más de lo previsto.
    —¿Qué idea brillante se le ha ocurrido ahora?
    —Una nueva ala para el museo marítimo. Tiene el presupuesto y ahora está haciendo planes para obtener los artefactos.
    —¿Artefactos? —inquirió Seagram.
    —Piezas sueltas rescatadas de barcos famosos. —Llegó el camarero con la bebida para Seagram y Dana pidió un daiquiri—. Es sorprendente lo poco que queda... Uno o dos salvavidas del Lusitania, un ventilador del Maine aquí, una ancla del Bounty allá; nada que esté decentemente alojado bajo un solo techo.
    —Yo hubiera creído que hay mejores modos de despilfarrar el dinero de los contribuyentes.
    Ella se sonrojó.
    —¿Qué quieres decir?
    —Coleccionar chatarra —repuso—, encerrar en una vitrina fragmentos enmohecidos y corroídos de hierro viejo inidentificable para que se les quite el polvo y se los contemple. Es un derroche.
    —La preservación de naves y embarcaciones ofrece un vínculo importante con el pasado histórico del hombre. —Los ojos pardos de Dana lanzaban destellos—. Contribuir al saber es una tarea que no importa a un gilipollas como tú.
    —Hablas como una verdadera arqueóloga marina —dijo él.
    Ella lo miró con sonrisa irónica.
    —Todavía te duelen los cojones de que tu esposa haya salido adelante, ¿verdad?
    —Lo único que me hace doler los cojones, amor mío, es tu lenguaje de letrina. ¿Por qué toda hembra liberada considera elegante insultar?
    —No eres el más indicado para ofrecer lecciones de savoir faire —dijo ella—. Cinco años en la gran ciudad y sigues vistiendo como un herrero de Omaha. ¿Por qué no te dejas crecer el cabello? Ese corte no se usa desde hace años. Me avergüenza que me vean contigo.
    —Mi posición en la esfera del gobierno no me permite tener aspecto de hippie trasnochado.
    —¡Por Dios! —Ella meneó la cabeza con aire resignado—. ¿Por qué no me casé con un plomero o con un leñador? ¿Por qué tuve que enamorarme de un físico llegado del campo?
    —Es consolador saber que alguna vez me amaste.
    —Te sigo amando, Gene —repuso ella, y su mirada se suavizó—. Este abismo entre nosotros sólo se abrió en los últimos dos años. Ni siquiera podemos comer juntos sin tratar de herirnos. ¿Por qué no mandamos todo al diablo y pasamos el resto de la tarde follando en un motel? Estoy de humor como para sentirme deliciosamente sensual.
    —¿Influiría eso en algo, a la larga?
    —Es un comienzo.
    —No puedo.
    —Otra vez tu maldita consagración al trabajo —dijo ella, volviendo la cara—. Nuestras ocupaciones nos han distanciado. Podemos salvarnos, Gene. Podemos renunciar los dos y volver a la docencia. Con tu doctorado en física y el mío en arqueología, unidos a nuestra experiencia y antecedentes, podríamos trabajar en cualquier universidad del país. Estábamos en la misma facultad cuando nos conocimos, ¿recuerdas? Esos fueron los años más felices que pasamos juntos.
    —Por favor, Dana, no puedo renunciar. No ahora.
    —¿Por qué?
    —Estoy metido en un proyecto importante...
    —Todo proyecto en los últimos cinco años ha sido importante. Por favor, Gene, te estoy pidiendo que salves nuestro matrimonio. Sólo tú puedes dar el primer paso. Aceptaré lo que tú decidas si podemos salir de Washington. Esta ciudad matará toda esperanza de salvar nuestra vida en común.
    —Necesito un año más.
    —Incluso un mes más será demasiado tiempo.
    —Estoy embarcado en una empresa que no permite abandonos.
    —¿Terminarán alguna vez estos ridículos proyectos secretos? No eres más que un instrumento de la Casa Blanca.
    —No me vengas con tonterías liberales.
    —¡Gene, por el amor de Dios, renuncia!
    —No es por el amor de Dios, sino por el de mi país. Si no puedes comprenderlo, lo siento.
    —Renuncia —repitió ella mientras afloraban lágrimas en sus ojos—. Nadie es indispensable. Deja que Mel Donner ocupe tu lugar.
    Seagram meneó la cabeza.
    —No. Yo creé este proyecto a partir de cero. Mi materia gris fue el esperma. Debo verlo terminado.
    El camarero se acercó a preguntar si estaban listos para hacer su pedido. Dana meneó la cabeza.
    —No tengo apetito. —Se levantó de la mesa y lo miró—. ¿Vendrás a casa a cenar?
    —Trabajaré en la oficina hasta tarde.
    Ella ya no pudo contener las lágrimas.
    —Ojalá estés haciendo algo que valga la pena —murmuró—. Porque te va a costar caro.
    Luego se volvió y se alejó deprisa.





    4


    A diferencia del oficial ruso de inteligencia estereotipado con tanta frecuencia en películas norteamericanas, el capitán André Prevlov no tenía hombros anchos ni cabeza calva. Era un hombre bien parecido, de físico armonioso, que lucía un peinado elegante y un bigote recortado a la moda. Su imagen, realzada por un automóvil deportivo italiano de color anaranjado y con un confortable apartamento junto al río Moscova, no era vista con demasiado beneplácito por sus superiores del Departamento de Inteligencia de la Armada Soviética. Con todo, pese a las irritantes inclinaciones de Prevlov, había pocas posibilidades de que fuera eliminado de su elevada posición en el departamento. La reputación que se había ganado como el más brillante especialista en informaciones de la armada, y el hecho de que su padre fuera el hombre número doce del Partido, se combinaban para hacer intocable al capitán Prevlov.
    Encendió un Winston y se sirvió un vaso de ginebra Bombay. Después, reclinándose, comenzó a leer la pila de legajos que su ayudante, el teniente Pavel Marganin, había dejado sobre su escritorio.
    —Es un misterio para mí, señor, cómo se aficiona usted con tanta facilidad a la basura occidental —dijo Marganin con suavidad.
    Prevlov abandonó la lectura de un legajo para fijar en Marganin una mirada serena y desdeñosa.
    —Como tantos de nuestros camaradas, usted desconoce el mundo en general. Yo pienso como un norteamericano, bebo como un inglés, conduzco como un italiano y vivo como un francés. Y ¿sabe por qué, teniente?
    Marganin enrojeció y masculló nerviosamente:
    —No, señor.
    —Para conocer al enemigo, Marganin. La clave consiste en conocer al enemigo mejor que él a uno, mejor de lo que él mismo se conoce. Entonces uno lo sorprende antes que él tenga ocasión de sorprenderle a uno.
    —¿Es una cita del camarada Nerv Shetski?
    Prevlov se encogió de hombros, desalentado.
    —No, idiota; estoy parodiando la Biblia. —Aspiró y exhaló por la nariz una nube de humo y sorbió la ginebra—. Estudie las costumbres occidentales, amigo. Si no aprendemos de ellos, nuestra causa está perdida. —Volvió su atención a los legajos—. ¿Por qué estos asuntos fueron enviados a nuestra sección?
    —La única razón es que el incidente tuvo lugar en una costa o cerca de ella.
    —¿Qué sabemos acerca de éste? —Prevlov abrió el siguiente legajo.
    —Muy poco. Desapareció un soldado de guardia en la isla al norte de Nueva Zembla, junto con su perro.
    —No es motivo para que haya pánico en las fuerzas de segundad. Nueva Zembla está prácticamente desierta. Una estación meteorológica anticuada, un destacamento de guardia, unos cuantos pescadores... no tenemos instalaciones especiales hasta cientos de millas de allí. Es una pérdida de tiempo molestarse en enviar un soldado y un perro a patrullar.
    —Sin duda Occidente pensaría lo mismo con respecto a enviar allí un agente.
    Tamborileando con los dedos sobre la mesa, Prevlov fijó la mirada en el cielo raso. Finalmente dijo:
    —¿Un agente? Allí no hay nada de interés militar... sin embargo... —Se interrumpió y apretó un botón de su intercomunicador—. Tráigame la ubicación de la nave de la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas en los dos últimos días.
    Marganin enarcó las cejas.
    —No se atreverían a enviar una expedición oceanográfica cerca de Nueva Zembla. Está en aguas soviéticas.
    —No somos dueños del mar de Barents —repuso pacientemente Prevlov—. Son aguas internacionales.
    Una secretaria rubia y atractiva, de elegante traje castaño, entró en la habitación, entregó a Prevlov una carpeta y luego salió, cerrando la puerta con suavidad a su paso.
    Prevlov hojeó los papeles de la carpeta hasta encontrar lo que buscaba.
    —Aquí está... El buque First Attempt, de la ANIM, fue avistado por última vez por uno de nuestros pesqueros a trescientas veinticinco millas marinas al suroeste de la Tierra de Francisco José.
    —Quiere decir que estaba cerca de Nueva Zembla —dijo Mar gañín.
    —Qué raro —murmuró Prevlov—. Según el Plan de Operaciones Navales oceanográficas de Estados Unidos, el First Attempt debía estar realizando estudios del plancton cerca de Carolina del Norte cuando se lo avistó. —Bebió el resto de la ginebra, aplastó la colilla y encendió otro cigarrillo—. Interesantísima coincidencia...
    —¿Qué demuestra? —preguntó Marganin.
    —No demuestra nada, pero sugiere que el guardia de Nueva Zembla fue asesinado por un agente enemigo que escapó, muy probablemente para encontrarse con el First Attempt. Sugiere que Estados Unidos trama algo cuando un barco de estudios de la ANIM se desvía del plan previsto sin explicaciones.
    —¿Qué podrían estar buscando?
    —No tengo ni idea. —Prevlov se reclinó en su sillón y se atusó el bigote—. Haga ampliar las fotos tomadas por satélite de la zona aledaña, a la hora del hecho en cuestión.
    Las sombras del anochecer oscurecían las calles más allá de las ventanas de la oficina, cuando el teniente Marganin desplegó las ampliaciones fotográficas sobre el escritorio de Prevlov y le ofreció una lupa de precisión.
    —Su sagacidad dio resultados, señor. Aquí tenemos algo interesante.
    Prevlov examinó las fotos con atención.
    —No veo nada fuera de lo común en el barco; típico equipo de investigación, no se advierten dispositivos militares de detección.
    Marganin señaló una foto obtenida con un gran angular en la que apenas se distinguía un barco como una pequeña marca blanca en la emulsión.
    —Por favor, fíjese en esa pequeña forma a unos dos mil metros del First Attempt, en el ángulo superior derecho.
    Prevlov escudriñó la foto con la lupa durante casi medio minuto.
    —¡Un helicóptero!
    —Sí, señor, por eso me demoré con las ampliaciones. Me tomé la libertad de hacer que la sección R analizara las fotos.
    —Imagino que será una de nuestras patrullas de seguridad.
    —No, señor.
    Prevlov enarcó las cejas.
    —¿Sugiere usted que pertenece a la nave norteamericana?
    —Es lo que ellos suponen, señor. —Marganin puso otras dos fotos ante Prevlov—. Examinaron fotos anteriores, tomadas por otro satélite de reconocimiento. Como puede ver comparándolas, el helicóptero vuela desde Nueva Zembla hacia el First Attempt. Calcularon su altitud en treinta metros y su velocidad en menos de veintisiete kilómetros por hora.
    —Es obvio que eludía nuestros equipos de radar —dijo Prevlov.
    —¿Damos el alerta a nuestros agentes en Estados Unidos? —preguntó Marganin.
    —No, todavía no. No quiero arriesgar sus coberturas hasta que sepamos con seguridad qué buscan los norteamericanos.
    Enderezó las fotografías y las guardó ordenadas en una carpeta; luego consultó su reloj de pulsera Omega.
    —Tengo el tiempo justo para una cena ligera antes del ballet. ¿Algo más, teniente?
    —Sólo el legajo sobre la expedición que sigue la corriente Lorelei. Según el último informe enviado por el submarino norteamericano de aguas profundas, navegaba a cuatro mil quinientos metros de profundidad, cerca de la costa de Dakar.
    Prevlov se puso de pie, tomó la carpeta y se la metió debajo del brazo.
    —Lo estudiaré en cuanto pueda. Es probable que no haya nada que concierna a la seguridad naval. Sin embargo, la lectura debe ser buena. Nadie como los norteamericanos para embarcarse en proyectos extraños y maravillosos.





    5


    —¡Maldición! —siseó Dana—. Mira las patas de gallo que me salen alrededor de los ojos. —Sentada frente a su tocador, contemplaba abatida su imagen en el espejo—. Alguien dijo que la vejez es una forma de lepra.
    Acercándose por detrás, Seagram le apartó el cabello y le besó el suave cuello desnudo.
    —Has cumplido treinta y un años y ya te crees candidata a la anciana del mes.
    Ella lo miró por el espejo, extrañada por su inusual despliegue de cariño.
    —Tienes suerte; los hombres no padecen este problema.
    —Los hombres también sufren los achaques de la vejez y patas de gallo. ¿Por qué las mujeres piensan que nosotros no envejecemos?
    —La diferencia reside en que a vosotros no os importa.
    —Somos más propensos a aceptar lo inevitable —dijo él, sonriendo—. Hablando de lo inevitable, ¿cuándo vas a tener un bebé?
    —Nunca te das por vencido, ¿verdad? —Arrojó sobre el tocador un cepillo para el cabello, derribando en la cubierta de cristal una serie de frascos de cosmética prolijamente ordenados—. Ya hemos hablado de esto mil veces. No me someteré a las indignidades del embarazo. No cambiaré pañales cargados de caca diez veces al día. Que otros pueblen la tierra. Yo no estoy dispuesta a dividir mi alma como una execrable ameba.
    —Esas razones son falsas. Tú misma no las crees sinceramente.
    Ella se dio vuelta hacia el espejo sin responder.
    —Un bebé podría salvarnos, Dana —dijo él con suavidad.
    —No pienso renunciar a mi carrera, como tampoco tú quieres renunciar a tu precioso proyecto.
    El le acarició el suave cabello dorado mientras contemplaba su imagen en el espejo.
    —Tu padre fue un alcohólico que abandonó a su familia cuanto tú apenas tenías diez años. Tu madre trabajaba tras una barra de bar y llevaba hombres a casa para conseguir dinero extra que le permitiera beber. Tú y tu hermano fuisteis tratados como animales hasta que tuvisteis la edad suficiente para huir de ese vertedero que llamaban hogar. Él se dedicó a atracar licorerías y estaciones de servicio; una magnífica actividad que le valió ser condenado por asesinato y sentenciado a cadena perpetua en San Quintín. Dios sabe que estoy orgulloso de cómo te elevaste tú misma desde el arroyo y trabajaste dieciocho horas diarias para poder ir al colegio y la facultad. Sí, tuviste una pésima infancia, Dana, y temes tener un hijo por tus recuerdos. Pero tu pesadilla no pertenece al futuro; no puedes negar a un hijo o una hija su oportunidad de vivir.
    La muralla de piedra permaneció incólume. Ella apartó sus manos y comenzó a depilarse furiosamente las cejas. La discusión estaba cerrada.
    Cuando Seagram salió de la ducha, Dana estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero del tocador. Se examinaba tan críticamente como el diseñador que ve por primera vez una creación terminada. Llevaba un sencillo vestido blanco que se adhería a su torso antes de caerle hasta los tobillos. El escote, suelto, ofrecía un amplio panorama de sus pechos.
    —Date prisa —dijo ella con naturalidad, como si la discusión jamás se hubiera planteado—. No debemos hacer esperar al presidente...
    —Habrá más de doscientas personas. Nadie nos condenará por llegar tarde.
    ——No me importa —repuso ella con un mohín—. No somos invitados a una fiesta en la Casa Blanca todas las noches. Me gustaría dar una buena impresión llegando a tiempo.
    Seagram suspiró mientras iniciaba el dificultoso ritual de atarse una corbata de lazo y después cerrarse torpemente los gemelos con una mano. Vestirse para fiestas formales era una tarea pesada, que detestaba. ¿Por qué las actividades sociales de Washington no se organizaban pensando en la comodidad? Para Dana tal vez fuese un acontecimiento excitante, pero para él era un verdadero fastidio.
    Cuando terminó de acicalarse el cabello, se dirigió a la sala. Sentada en el diván, Dana examinaba informes, con su portafolios abierto sobre la mesilla de café. Tan absorta estaba que no levantó la mirada.
    —Ya estoy listo —dijo él.
    —Sólo un momento... —murmuró ella—. Por favor, ¿quieres traer mi estola?
    —Estamos en pleno verano. ¿Para qué diablos quieres sudar bajo una piel?
    Ella se quitó sus gafas de leer, con montura de carey, y dijo:
    —Creo que uno de nosotros debería mostrar cierta categoría, ¿no?
    Él salió al pasillo, cogió el teléfono y marcó un número. Mel Donner contestó a la primera.
    —Soy Donner...
    —¿No hay noticias todavía? —preguntó Seagram.
    —El First Attempt...
    —¿Ése es el barco de la ANIM que se supone debía recoger a Koplin?
    —Sí. Pasó por delante de Oslo hace cinco días.
    —¡Dios mío! Koplin tenía que abandonar el barco y tomar un avión comercial para volver desde allí.
    —No sé qué ha ocurrido. La nave lleva la radio apagada, según tus instrucciones.
    —Esto tiene mal aspecto...
    —Lo cierto es que no estaba en el guión.
    —Llegaré a la fiesta presidencial más o menos a las once. Si te enteras de algo, llámame.
    —Cuenta con ello... Que te diviertas.
    Seagram estaba colgando el auricular en el preciso momento en que Dana salía de la sala. Ella notó su expresión pensativa.
    —¿Malas noticias?
    —Todavía no estoy seguro.
    Ella lo besó en la mejilla.
    —Lástima que no podamos vivir como personas normales, así podrías confiarme tus problemas.
    Él le apretó la mano.
    —Ojalá pudiera...
    —Secretos oficiales. Menuda tontería... —Sonrió—. ¿Y bien?
    —¿Y bien qué?
    —¿No te vas a portar como un caballero?
    —Disculpa. —Sacó del ropero la estola de su mujer y se la colocó sobre los hombros—. Es una mala costumbre desatender a mi esposa...
    Los labios de Dana esbozaron una amplia sonrisa de aprobación.
    —Por eso serás fusilado al amanecer.
    «Caray —pensó él consternado—, un pelotón de fusilamiento podría no ser algo tan alejado de la realidad si Koplin ha cometido algún error en Nueva Zembla.»





    6


    Los Seagram se situaron tras la muchedumbre reunida en la entrada de la sala este y aguardaron su turno en la fila de recepción. Aunque Dana ya había estado antes en la Casa Blanca, todavía la impresionaba.
    El presidente estaba de pie, elegante y endiabladamente guapo. Tenía poco más de cincuenta años y era un hombre muy atractivo. Confirmaba esto último el hecho de que junto a él, saludando a cada invitado con el fervor de quien descubre a un pariente rico, se hallaba Ashley Fleming, la divorciada más elegante y sofisticada de Washington.
    —¡Oh, mierda! —masculló Dana.
    Seagram arrugó la frente.
    —¿Qué ocurre ahora?
    —La fulana que está junto al presidente.
    —Sucede que es Ashley Fleming.
    —Lo sé —susurró Dana, tratando de ocultarse tras el cuerpo de Seagram—. Fíjate en su vestido de noche.
    Seagram no entendió al principio; luego se dio cuenta y le fue difícil contener una carcajada.
    —¡Por Dios, ambas lleváis vestidos idénticos!
    —No me hace gracia —dijo ella sombríamente.
    —¿Dónde conseguiste el tuyo?
    —Me lo prestó Annette Johns.
    —¿Esa modelo lesbiana que vive enfrente?
    —A ella se lo dio el modisto Claude d'Orsini.
    Seagram le cogió la mano.
    —En todo caso, prueba únicamente el buen gusto de mi esposa.
    Antes de que ella pudiera contestar, la fila se adelantó y de pronto se encontraron ante el presidente.
    —Gene, cuánto me alegro de verlo —sonrió éste cortésmente.
    —Gracias por invitarnos, señor presidente. Ya conoce a mi esposa Dana...
    El presidente la examinó, demorando su mirada en el escote.
    —Por supuesto. Cautivadora, absolutamente cautivadora.
    Después se inclinó y le susurró algo al oído. Dana abrió los ojos y se ruborizó.
    El presidente se irguió diciendo:
    —Permítanme que les presente a mi encantadora anfitriona, la señorita Ashley Fleming. Ashley, el señor Gene Seagram y señora.
    —Es un placer conocerla por fin, señorita Fleming —murmuró Seagram.
    Tanto habría dado que le hablara a un árbol. Los ojos de Ashley Fleming estaban desgarrando el vestido de Dana.
    —Señora Seagram, parece evidente que una de nosotras buscará un nuevo diseñador de ropas a primera hora de la mañana —dijo Ashley suavemente.
    —Oh, yo no podría cambiar —replicó Dana con tono inocente—. Jacques Pinneigh se ocupa de mis vestidos desde que era una niñita.
    Las dibujadas cejas de Ashley Fleming se arquearon inquisitivamente.
    —¿Jacques Pinneigh? No recuerdo...
    —Es conocido como J. C. Penney. —Dana sonrió con dulzura—. Su tienda del centro ofrecerá una liquidación el mes que viene. Quizá sea divertido ir de compras juntas. Así elegiríamos modelos diferentes.
    La cara de Ashley Fleming se endureció con indignación, mientras el presidente era presa de un espasmo de tos. Seagram saludó débilmente con la cabeza, cogió a Dana por el brazo y la condujo rápidamente hacia la multitud.
    —¿Era necesario que hicieras eso? —gruñó.
    —No pude resistirlo. Esa mujer no es más que una buscona de lujo. —Luego lo miró desconcertada—. Me propuso algo —dijo con incredulidad—. El presidente de Estados Unidos me hizo una proposición.
    —De Warren G. Harding y John F. Kennedy se decía que sabían divertirse. Éste no es diferente. Es humano, nada más.
    —Un presidente libertino... Qué repugnante.
    —¿Le tomarás la palabra? —sonrió Seagram.
    —¡No seas ridículo! —exclamó ella con sequedad.
    —¿Puedo tomar parte en la batalla?
    Quien lo preguntaba era un hombrecillo de llameante cabello rojo, garbosamente ataviado con una chaqueta azul de noche. Lucía una barba recortada pulcramente, que hacía juego con el cabello y complementaba sus penetrantes ojos almendrados. La voz pareció vagamente conocida a Seagram, no así el rostro.
    —Según de qué lado esté —dijo Seagram.
    —Sabiendo que su esposa es partidaria del Movimiento de Liberación Femenina, no vacilaría en aunar fuerzas con su esposo —dijo el desconocido.
    —¿Conoce usted a Dana?
    —Desde luego. Soy su jefe.
    Seagram lo miró asombrado.
    —En tal caso, usted debe ser...
    —Almirante James Sandecker, director de la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas —intervino Dana, riendo—. Almirante, le presento a mi marido Gene, que se apabulla con facilidad.
    —Es un honor, almirante —declaró Seagram, tendiéndole la mano—. Con frecuencia he ansiado tener la oportunidad de agradecerle en persona aquel pequeño favor...
    Dana se mostró intrigada.
    —¿Se conocían ustedes?
    Sandecker asintió con la cabeza.
    —Hemos hablado por teléfono.
    Dana pasó las manos por los brazos de ambos hombres.
    —Mis dos personas favoritas confabulándose a mis espaldas... ¿Qué ocurre?
    Seagram cruzó una mirada con Sandecker.
    —Una vez llamé por teléfono al almirante y le pedí cierta información. Fue sólo eso.
    Sandecker palmeó la mano de Dana, diciendo:
    —¿Por qué no se gana la gratitud de un anciano trayéndole un whisky con agua?
    Tras un momento de vacilación, ella comenzó a abrirse paso obedientemente entre los grupos de invitados que circulaban alrededor del bar.
    Seagram sacudió la cabeza, maravillado.
    —Usted sí sabe manejar a las mujeres...
    —Yo le pago sueldo, usted no —dijo Sandecker.
    Salieron al balcón, donde Seagram encendió un cigarrillo mientras Sandecker chupaba, hasta encenderlo, un inmenso cigarro como los de Churchill. Se pasearon en silencio hasta hallarse solos bajo una alta columna en un rincón apartado.
    —¿Tiene alguna noticia del First Attempt? —preguntó Seagram.
    —Tocó puerto en nuestra base submarina en el golfo de Clyde esta tarde a las trece horas.
    —Es decir, hace casi ocho horas... ¿Por qué no se me avisó?
    —Sus instrucciones fueron muy claras —repuso Sandecker con frialdad—. Ninguna comunicación desde mi barco hasta que su agente estuviera a salvo en suelo estadounidense.
    —Entonces, ¿cómo...?
    —Mi información provino de un viejo amigo de la armada. Me telefoneó hace apenas media hora, furioso, preguntándome cómo se le ocurría a mi capitán utilizar instalaciones navales sin permiso.
    —Alguien cometió un error —admitió Seagram—. Ese barco debía tocar puerto en Oslo y dejar que mi agente bajara a tierra. ¿Qué diablos hace en Escocia?
    Sandecker clavó en Seagram una dura mirada:
    —Pongamos en claro una cosa, señor Seagram: ANIM no es un brazo de la CÍA, del FBI ni de ninguna otra oficina de informaciones, y yo no veo con buenos ojos que arriesgue la vida de mis hombres sólo para que ustedes puedan jugar a los espías en territorios comunistas. Nuestra tarea es la investigación oceanográfica. La próxima vez que quieran jugar a James Bond, pidan a la armada o a la Guardia Costera que les hagan su trabajo sucio. No engatusen al presidente para que ordene zarpar a uno de mis barcos. ¿Me entiende, señor Seagram?
    —Me disculpo por las molestias causadas a su agencia, almirante. No quise ser despectivo. Debe usted comprender mi nerviosismo.
    —Me gustaría comprenderlo. —El rostro del almirante se suavizó un poco—. Pero usted haría las cosas más sencillas si confiara en mí y me dijera qué buscan.
    Seagram apartó la vista.
    —Lo siento...
    —Entiendo —dijo Sandecker.
    —En su opinión, ¿por qué el First Attempt no recaló en Oslo? —preguntó Seagram.
    —Creo que su agente consideró demasiado peligroso salir de Oslo en un avión regular y se decidió en cambio por un aparato militar. Como el aeródromo más cercano se halla en nuestra base del golfo de Clyde, probablemente haya ordenado al capitán de mi nave exploradora que se dirigiera allí.
    —Ojalá esté usted en lo cierto. Cualquiera que sea el motivo, me temo que la desviación respecto del plan establecido por nosotros signifique sólo problemas.
    Sandecker divisó a Dana de pie, con una copa en la mano, en el umbral del balcón. Los estaba buscando. Hizo señas para atraer su atención y ella se dirigió hacia ellos.
    —Es usted un hombre afortunado, Seagram. Su esposa es una muchacha inteligente y hermosa.
    De pronto apareció Mel Donner, pasó deprisa junto a Dana y llegó antes hasta ellos. Se disculpó con el almirante Sandecker y dijo en voz baja:
    —Un transporte naval aterrizó hace veinte minutos, con Sid Koplin a bordo. Fue llevado al hospital Walter Reed.
    —¿Por qué al Walter Reed?
    —Está bastante mal herido de bala.
    —Dios santo —gimió Seagram.
    —Tengo un auto esperando. Podemos estar allá en quince minutos.
    —Bueno, espéreme un momento.
    En voz baja pidió al almirante Sandecker que acompañara a Dana de vuelta a su casa y que lo disculpara ante el presidente. Luego siguió a Donner hasta el coche.




    7


    —Lo siento; está bajo el efecto de un sedante y no puedo permitir que nadie lo visite.
    Aunque la aristocrática voz virginiana era queda y cortés, el disgusto que velaba los ojos del médico era claro.
    —¿Puede hablar? —preguntó Donner.
    —Para ser un hombre que recobró el sentido hace unos minutos, tiene las facultades mentales notablemente recuperadas. —Los ojos siguieron velados—. Pero no se dejen engañar por eso; no podrá jugar al tenis por un tiempo.
    —¿Cuál es la gravedad de su estado? —preguntó Seagram.
    —Su estado es precisamente ése: grave. La herida de bala que tiene en el costado izquierdo cicatrizará sin problemas. La otra herida, sin embargo, dejó una pequeña fisura en el cráneo. Su amigo Koplin tendrá dolores de cabeza por largo tiempo.
    —Tenemos que verlo ahora —insistió Seagram.
    —Como ya le dije, lo siento, pero no habrá visitas.
    Seagram se acercó al médico.
    —A ver si lo entiende, doctor. Mi amigo y yo vamos a entrar en esa habitación, le guste a usted o no. Si intenta detenernos, lo pondremos en una de sus propias mesas de operaciones. Si pide ayuda a sus ayudantes, los acribillaremos. Si llama a la policía, ellos respetarán nuestras credenciales y harán lo que les digamos. —Hizo una pausa y sus labios se curvaron en una sonrisa socarrona—. Y bien doctor, usted elige.
    Koplin yacía de espaldas en el lecho, con la cara tan blanca como la funda de la almohada en que apoyaba la cabeza, pero sus ojos brillaban extraordinariamente.
    —Antes que lo preguntéis —dijo en voz baja y ronca—, me siento espantosamente mal. Y eso es verdad. Pero no me digáis que tengo buen aspecto, porque eso es una mentira cochina.
    Seagram acercó una silla a la cama y sonrió.
    —No tenemos mucho tiempo, Sid, así que, si estás en condiciones, iremos al grano.
    Koplin señaló con la cabeza los tubos conectados a su brazo.
    —Estas drogas me nublan la mente, pero os acompañaré todo lo que pueda.
    Donner asintió.
    —Hemos venido a buscar la respuesta a la pregunta de los mil millones...
    —Encontré rastros de bizanio, si a eso os referís.
    —¿Lo has encontrado de veras? ¿Estás seguro?
    —Mis pruebas sobre el terreno no fueron tan exactas como podrían haberlo sido los análisis de laboratorio, pero tengo el noventa y nueve por ciento de certeza de que era bizanio.
    —Gracias a Dios —suspiró Seagram—. ¿Evaluaste la cantidad?
    —Sí...
    —¿Cuánto... cuántos kilos de bizanio calculas que se podría extraer de la montaña Bednáia?
    —Con suerte, una cucharada.
    Tras un momento, Seagram lo entendió. Donner permaneció rígido e inexpresivo, con las manos crispadas sobre los brazos del sillón.
    —Una jodida cucharada —murmuró Seagram lúgubremente—. ¿Estás seguro?
    —¿Dudas de mí? —El rostro de Koplin enrojeció de indignación—. Si mi palabra no te convence envía a otro a ese culo del mundo.
    —Un momento. —Donner apoyó una mano en el hombro de Koplin—. Nueva Zembla era nuestra única esperanza. Tú soportaste más de lo que teníamos algún derecho a esperar... Te estamos agradecidos, Sid, verdaderamente agradecidos.
    —Todavía no se ha perdido toda esperanza —murmuró Koplin. Sus párpados se cerraron. Seagram, que no oyó, se inclinó sobre la cama.
    —¿Cómo has dicho, Sid?
    —Allí hubo bizanio.
    Donner se acercó más.
    —¿Qué quieres decir con que allí hubo bizanio?
    —Desapareció... lo extrajeron...
    —Lo que dices no tiene sentido.
    —Encontré los restos en las laderas de la montaña —Koplin vaciló un momento—. Excavé en ellas...
    —¿Estás diciendo que alguien extrajo el bizanio de la montaña Bednáia? —preguntó Seagram con incredulidad.
    —Sí.
    —Mierda —gimió Donner—. Los rusos siguen el mismo rastro.
    —No... no... —susurró Koplin.
    Seagram acercó el oído a los labios de Koplin.
    —Los rusos no...
    Seagram y Donner cambiaron miradas con desconcierto. Koplin apretó débilmente la mano de Seagram.
    —Los... los coloradeños...
    Después cerró los ojos y perdió el sentido.
    Ambos se dirigían al aparcamiento en tanto que una sirena aullaba en la distancia.
    —¿Qué crees que quiso decir? —preguntó Donner.
    —No tiene sentido —respondió Seagram vagamente—. No tiene ningún sentido.





    8


    —¿Qué hay tan importante como para que tenga que despertarme en mi día libre? —gruñó Prevlov. Sin esperar respuesta, abrió del todo la puerta e hizo pasar a Marganin a su apartamento. Prevlov vestía una bata de seda japonesa; tenía el rostro consumido y fatigado.
    Mientras seguía a Prevlov a través de la casa hacia la cocina, Marganin paseó profesionalmente la mirada sobre los muebles, apreciando cada objeto. Para quien vivía en una pequeña habitación de dos por tres en el cuartel, el decorado, la vastedad de aquel apartamento lo asemejaban al ala oriental interior del palacio de verano de Pedro el Grande: arañas de cristal, tapices que iban del piso al cielo raso, muebles franceses. Sus ojos advirtieron también dos copas y una botella semivacía de Chartreuse sobre la repisa de la chimenea; y en el piso, bajo el sofá, había un par de zapatos de mujer. Caros, occidentales a juzgar por su aspecto. Cogió en la mano una hebra de cabello y se sorprendió contemplando la puerta cerrada del dormitorio. La mujer debía de ser sumamente atractiva. El capitán Prevlov era muy exigente.
    Prevlov abrió la nevera y sacó una jarra con zumo de tomate.
    —¿ Quiere un poco ?
    Marganin meneó la cabeza.
    —Mezclándolo con los ingredientes adecuados, como lo hacen los norteamericanos, se obtiene una excelente cura para la resaca —murmuró Prevlov. Bebió un sorbo e hizo una mueca—. Y bien, ¿qué se le ofrece?
    —Anoche el KGB recibió una comunicación de uno de sus agentes en Washington. No tenían indicios en cuanto a su significado y pensaron que tal vez pudiéramos dilucidarlo.
    Marganin enrojeció. El cinturón que ceñía la bata de Prevlov se había aflojado, y pudo ver que el capitán no llevaba nada debajo.
    —Está bien, continúe —suspiró Prevlov.
    —Decía: «Norteamericanos súbitamente interesados en coleccionar piedras. Operación alto secreto bajo nombre en clave de proyecto Siciliano.»
    Prevlov lo miró por encima de su bloody mary.
    —¿Qué clase de tontería es ésa? —Vació de un solo trago su vaso y lo depositó con violencia en el borde del fregadero—. ¿Acaso nuestro ilustre y fraterno servicio de inteligencia, el KGB, se ha convertido en un reducto de subnormales? —La voz era la desapasionada y eficiente voz del oficial Prevlov; fría y desprovista de toda inflexión, salvo una hastiada irritación—. ¿Y usted, teniente? ¿Por qué me molesta ahora con este pueril acertijo? ¿No pudo esperar hasta mañana por la mañana, cuando esté en mi despacho?
    —Pensé... que tal vez fuese importante —repuso Marganin.
    —Naturalmente. —Prevlov sonrió con frialdad—. Cada vez que el KGB silba, todos saltan. Pero las amenazas veladas no me interesan. Hechos, mi estimado teniente, lo que cuenta son los hechos. ¿Por qué le atribuye tanta importancia a ese proyecto Siciliano?
    —Supuse que la referencia a coleccionar piedras podía relacionarse con los legajos de Nueva Zembla.
    Transcurrieron veinte segundos antes de que Prevlov hablara.
    —Es posible, casi posible. Con todo, no podemos estar seguros de que haya conexión.
    —Yo... sólo pensé...
    —Por favor, déjeme a mí la tarea de pensar, teniente. —Ajustó el cinturón de su bata—. Y ahora, si no tiene más ocurrencias disparatadas, quisiera volver a la cama.
    —Pero si los norteamericanos buscan algo...
    —Sí, pero, ¿qué? —preguntó Prevlov—. ¿Qué mineral es tan valioso para ellos que deben buscarlo en la tierra de un país enemigo?
    Marganin se encogió de hombros.
    —Conteste a eso y tendrá la clave. —El tono de Prevlov se endureció de modo casi imperceptible—. Hasta entonces, quiero respuestas. Cualquier maldito campesino puede hacer preguntas estúpidas.
    El rostro de Marganin volvió a enrojecer.
    —A veces los nombres en clave de los norteamericanos tienen algún significado indirecto.
    —Sí —dijo Prevlov con fingida solemnidad—. Muestran cierta tendencia a la publicidad.
    Marganin insistió:
    —He investigado los modismos norteamericanos referentes a Sicilia y lo que predomina parece ser una hermandad de matones y gángsteres.
    —Si hubiera hecho sus deberes escolares... —Prevlov bostezó— habría descubierto que se llama Mafia.
    —También hay un conjunto musical que se llama Los Estiletes Sicilianos. —Prevlov fijó en Marganin una mirada glacial—. Además, en Wisconsin hay una fábrica de aceite siciliano para ensaladas.
    —¡Basta! —Prevlov levantó una mano—. Aceite para ensalada, nada menos... No puedo oír semejante estupidez tan temprano. —Señaló la puerta con un ademán—. Confío en que en nuestra oficina tenga otros proyectos más estimulantes que coleccionar piedras.
    En la sala se detuvo ante una mesa sobre la cual había un juego de ajedrez tallado en marfil y jugueteó con un alfil.
    —Dígame, teniente, ¿usted juega al ajedrez?
    Marganin meneó la cabeza.
    —Hace mucho que no juego, desde que era cadete en la Academia Naval.
    —¿El nombre de Isaak Boleslavski significa algo para usted?
    —No, señor.
    —Isaak Boleslavski fue uno de nuestros grandes maestros de ajedrez —dijo Prevlov como quien da una clase a un escolar—. Concibió muchas variantes importantes del juego, una de las cuales fue la Defensa Siciliana. —Como al descuido, arrojó el rey negro a Marganin, quien lo asió al vuelo diestramente—. El ajedrez es un juego fascinante... Debería volver a practicarlo.
    Se dirigió hacia la puerta del dormitorio y la abrió. Luego se volvió y sonrió a Marganin con indiferencia.
    —Y ahora, si me disculpa... Ya conoce la salida. Buenos días, teniente.
    Una vez fuera, Marganin caminó hacia la parte trasera de la casa de apartamentos en que vivía Prevlov. Como la puerta del garaje estaba cerrada, miró furtivamente a uno y otro lado del callejón, luego golpeó una ventana lateral con el puño hasta romper el vidrio. Retiró con cuidado los trozos hasta que pudo pasar la mano, tantear dentro y correr el cerrojo. Tras echar otra mirada al callejón, levantó la ventana, trepó al antepecho y entró en el garaje.
    Un Ford sedán se hallaba estacionado junto al Lancia anaranjado de Prevlov. Marganin registró ambos coches con rapidez y memorizó los números de la matrícula diplomática del Ford. Para aparentar que todo era obra de un ratero, quitó los limpiaparabrisas —cuyo robo era un pasatiempo nacional en la Unión Soviética—; después abrió la puerta del garaje y salió.
    Caminó presuroso hasta el frente del edificio y sólo tuvo que esperar tres minutos hasta que llegó el próximo autobús eléctrico. Pagó al conductor, se acomodó en un asiento y miró por la ventanilla. Después empezó a sonreír. La mañana había sido muy provechosa.
    En lo que menos pensaba era en el proyecto Siciliano.





    II. LOS COLORADEÑOS









    9


    Agosto de 1987

    Mel Donner realizó una inspección de rutina en la habitación por si había aparatos de espionaje electrónicos y preparó la grabadora.
    —Prueba de nivel de voz... —dijo sin inflexiones al micrófono—. Uno, dos, tres.
    Ajustó los controles de tono y volumen, y luego hizo una seña a Seagram.
    —Estamos listos, Sid —dijo Seagram con suavidad—. Si te cansas, dilo y suspenderemos hasta mañana.
    La cama del hospital había sido ajustada de modo que Sid Koplin quedara sentado casi erguido. El mineralogista parecía haber mejorado mucho desde su último encuentro. Había recobrado el color y su mirada era vivaz. Sólo un vendaje que rodeaba su afeitada cabeza denotaba signos de herida.
    —Seguiré hasta medianoche —dijo—. Cualquier cosa con tal de aliviar el aburrimiento. Odio los hospitales.
    Todas las enfermeras tienen las manos heladas, y la jodida televisión se estropea a cada rato.
    Seagram sonrió mientras depositaba el micrófono en el regazo de Koplin.
    —¿Qué te parece si empiezas por tu partida de Noruega?
    —Fue muy tranquila —dijo Koplin—. El pesquero noruego Godhawn remolcó mi chalupa hasta menos de doscientas millas de Nueva Zembla, tal como estaba previsto. Después el capitán me ofreció una abundante porción de reno asado con salsa de queso de cabra, me proporcionó una generosa copa de aguardiente, soltó el cabo del remolque y me puso en camino para que cruzara el mar de Barents.
    —¿Algún problema con el tiempo?
    —Nada de eso... los pronósticos meteorológicos resultaron perfectos. Hacía más frío que en el infierno de los esquimales, pero tuve buen tiempo para navegar en todo el trayecto. —Koplin se interrumpió para rascarse la nariz—. Excelente chalupa la que me facilitaron sus amigos noruegos... ¿Fue encontrada?
    Seagram sacudió la cabeza.
    —Tendría que verificarlo, pero casi seguro que tuvieron que destruirla. No era posible izarla a bordo de la nave exploradora de la ANIM y no se la podía dejar a la deriva para que la encontrara un barco soviético. Comprenderás...
    Koplin asintió con tristeza.
    —Continúa, por favor —dijo Seagram.
    —Avisté la isla de Nueva Zembla al anochecer del segundo día. Hacía más de cuarenta horas que navegaba dormitando de vez en cuando, y empezaba a serme difícil mantener los ojos abiertos. Gracias a Dios tenía aguardiente... Después de beber unos tragos el estómago me ardía como un incendio forestal y de pronto me sentí bien despierto.
    —¿Divisaste alguna otra embarcación?
    —No apareció ninguna en el horizonte —repuso Koplin; luego continuó—: La costa resultó una extensión aparentemente infinita de acantilados rocosos. Me pareció inútil intentar un desembarco; ya casi había oscurecido. Por eso viré hacia el mar, eché el ancla y dormí unas horas. Por la mañana bordeé los acantilados hasta que encontré una pequeña ensenada oculta, en la que entré utilizando el motor diesel auxiliar.
    —¿Usaste tu embarcación como base?
    —Sí; durante los doce días siguientes. Recorrí el terreno dos y hasta tres veces por día andando con esquíes, explorando antes de regresar para comer algo caliente y dormir en la litera.
    —Hasta ese momento ¿no habías visto a nadie?
    —Me mantuve alejado de la estación de misiles de Kelva y del puesto de seguridad de Kana. No vi señales de los rusos hasta el último día de la misión.
    —¿Cómo te descubrieron?
    —Fue un soldado ruso de patrulla] e; su perro debe de haber cruzado mis huellas y me olfateó. No es de extrañar. Hacía casi tres semanas que no me bañaba.
    Seagram sonrió. Donner se hizo cargo del interrogatorio en forma más fría y agresiva.
    —Volvamos a tus recorridos por el terreno. ¿Qué encontraste?
    —No podía recorrer toda la isla con esquíes y por lo tanto me centré en las zonas prometedoras indicadas en las imágenes captadas por la computadora del satélite. —Clavó la vista en el techo—. La isla del norte; la continuación exterior de las cadenas montañosas Urales y Yugorski, algunas extensas llanuras, mesetas y montañas, cubiertas en su mayoría por un manto permanente de hielo. Ventarrones casi todo el tiempo. El frío es mortal. No encontré más vegetación que algunos líquenes en las rocas. Si había animales de sangre caliente, no se hicieron ver.
    —Atengámonos a la exploración y reservemos la guía de viaje para otra vez —dijo Donner.
    —No hago más que exponer los fundamentos —dijo Koplin con tono frío, lanzando a Donner una mirada de desaprobación—. Si es que puedo seguir sin interrupciones...
    —Por supuesto —dijo Seagram. Colocó su silla estratégicamente entre la cama y Donner—. La partida es tuya, Sid, y la jugaremos según tus reglas.
    —Gracias. —Koplin se acomodó—. Geográficamente, la isla es bastante interesante. La descripción de las fallas y levantamientos de las rocas que alguna vez fueron sedimentos formados bajo un antiguo mar podría llenar varios libros de texto. Mineralógicamente, la paragénesis magmática es estéril.
    —¿Tienes inconveniente en traducir eso?
    Koplin sonrió.
    —El origen y aparición geológica de un mineral se denomina paragénesis. El magma, por su parte, es la fuente de toda materia; una roca líquida calentada bajo presión que se vuelve sólida formando roca ígnea, más conocida como basalto o granito.
    —Fascinante —dijo Donner—. Estás afirmando, entonces, que Nueva Zembla carece de minerales.
    —Eres singularmente perspicaz —repuso Koplin.
    —Pero ¿cómo encontraste rastros de bizanio? —preguntó Seagram.
    —A los trece días, cuando exploraba la pared norte de la montaña Bednáia, tropecé con un montón de desechos.
    —¿Desechos?
    —Un montón de rocas que habían sido retiradas al excavar el túnel de una mina. Este montón en particular contenía pequeñísimos rastros de mineral de bizanio.
    Los rostros de todos se pusieron serios de pronto.
    —La entrada del túnel estaba hábilmente disimulada —continuó Koplin—. Me llevó casi toda la tarde deducir en qué pared se hallaba.
    —Un momento, Sid. —Seagram tocó el brazo de Koplin—. ¿Estás diciendo que la entrada de esa mina fue deliberadamente camuflada?
    —Un viejo ardid español. Se llenó la abertura hasta nivelarla con la pared natural de la colina.
    —¿El montón de rocas no tendría que haber estado en línea recta con la entrada? —preguntó Donner.
    —En circunstancias normales, sí. Pero en este caso se hallaban a más de cien metros de distancia, separados por un arco gradual que rodeaba la pared de la montaña hacia el oeste.
    —Pero ¿descubriste la entrada? —insistió Donner.
    —Habían quitado los rieles y los durmientes para los vagones de mineral y cubierto las huellas de las vías, pero logré divisar su contorno alejándome y estudiando la pared de la montaña. Lo que no se podía ver estando encima se volvía muy claro desde lejos. Entonces fue fácil determinar la ubicación exacta de la mina.
    —¿Quién se tomaría tantas molestias para esconder una mina abandonada en el Ártico? —preguntó Seagram—. Eso no tiene método ni lógica.
    —Tienes razón sólo a medias, Gene —dijo Koplin—. Temo que la lógica siga siendo un enigma, pero el método fue brillantemente ejecutado por profesionales... por coloradeños. —La palabra fue pronunciada con lentitud, casi con reverencia—. Esos fueron los hombres que excavaron la montaña Bednáia. Los zafreros, los dinamiteros, los criberos, los perforadores, los cornuallenses, los irlandeses, alemanes y suecos. No rusos, sino hombres que emigraron a Estados Unidos y se convirtieron en los legendarios mineros de las montañas Rocosas de Colorado. Que otro averigüe cómo fue que estuvieron en las heladas paredes de la montaña Bednáia, pero fueron ellos los hombres que llegaron, extrajeron el bizanio y luego desaparecieron en la oscuridad del Ártico.
    Una total incomprensión cubrió el rostro de Seagram, quien al volverse hacia Donner se encontró con la misma expresión.
    —Suena a locura, a locura total.
    —¿Locura? —repitió Koplin—. Tal vez, pero no por eso deja de ser cierto.
    —Pareces muy confiado —murmuró Donner.
    —Por supuesto. Perdí la prueba tangible cuando me sorprendió el soldado ruso; sólo puedo ofrecerles mi palabra, pero ¿por qué dudar de ella? Como hombre de ciencia, sólo comunico hechos y no tengo ningún motivo para mentir. De modo que, en su lugar, señores, aceptaría simplemente mi palabra.
    —Como ya dije, la partida es tuya —dijo Seagram con una leve sonrisa.
    —Mencionaste pruebas tangibles —dijo Donner con calma y fría eficiencia.
    —Cuando penetré en el túnel de la mina... la roca suelta se desprendió y pude abrir un túnel de un metro... lo primero con que mi cabeza chocó en la oscuridad fue una hilera de vagones para minerales. Con el cuarto fósforo encendí un par de viejas lámparas de petróleo. —Los ojos de un azul desteñido parecían contemplar algo más allá de las paredes de la habitación—. Vi herramientas de minería colgadas en orden, vagones vacíos sobre enmohecidos rieles de trocha angosta, equipos de perforación listos para atacar la roca... era como si la mina estuviera esperando que el turno siguiente apartara el mineral y llevara los desechos al exterior.
    —¿Podrías determinar si parecía que alguien se hubiera ido deprisa?
    —Nada de eso. Todo estaba en su sitio. En un recinto lateral, las camas estaban tendidas, la cocina limpia, todos los utensilios aún en los estantes. Hasta las mulas utilizadas para arrastrar los vagones de mineral habían sido llevadas a la cámara de trabajo y eficientemente eliminadas; cada calavera lucía un pulcro agujero redondo en la frente. No, yo diría que la partida fue muy metódica.
    —Todavía no has explicado tu conclusión en cuanto a la identidad de los coloradeños —dijo Donner sin rodeos.
    —Bien... —Koplin ahuecó una almohada y se volvió de costado cautelosamente—. Todos los indicios estaban allí, por supuesto. En los equipos más pesados aún se veía la marca de fábrica. Los vagones habían sido construidos por la Fundición Guthrie e Hijos, de Pueblo, Colorado; el equipo perforador provenía de la Herrería y Metalistería Thor, de Denver; y en las herramientas pequeñas se leían los nombres de los herreros que las habían forjado. Casi todas procedían de Ciudad Central e Idaho Springs, que son poblaciones mineras de Colorado.
    Seagram se reclinó en su silla.
    —Los rusos pudieron haber comprado los equipos en Colorado y haberlos enviado luego a la isla.
    —Es posible —dijo Koplin—. Sin embargo, había otros indicios que también conducían a Colorado...
    —¿Por ejemplo?
    —Para empezar, un cadáver en una litera.
    Seagram frunció el entrecejo.
    —¿Un cadáver?
    —Con cabello y barba rojos —dijo Koplin—. Muy bien conservado por la temperatura bajo cero... Lo más interesante resultó la inscripción tallada en la madera, sobre los soportes de la litera. Decía, en inglés: «Aquí descansa Jake Hobort. Nacido en 1874. Un buen hombre que se heló durante una tormenta. 10 de febrero de 1912.»
    Seagram se levantó de la silla y se paseó alrededor de la cama.
    —Un hombre; al menos eso es un comienzo. —Se detuvo y miró a Koplin—. ¿Había efectos personales abandonados?
    —Toda la ropa había desaparecido. Cosa extraña, las etiquetas de las latas de alimentos eran francesas. Pero había unos cincuenta envoltorios vacíos de tabaco para mascar Mile-Hi diseminados por el piso. La última pieza que completa el rompecabezas, era un amarillento ejemplar del Rocky Mountain News, fechado el 17 de noviembre de 1911. Fue esta parte de la prueba lo que perdí.
    Seagram sacó un paquete de cigarrillos y cogió uno. Donner le acercó un encendedor; Seagram lo agradeció con un movimiento de la cabeza.
    —Entonces, hay una posibilidad de que los rusos no se hayan apoderado del bizanio —dijo.
    —Hay un detalle más —dijo Koplin con voz apagada—. La esquina superior derecha de la página tres del periódico había sido cuidadosamente recortada. Tal vez no signifique nada, pero, por otro lado, quizá averigüe algo examinando los viejos archivos del periódico.
    —Podría ser. —Seagram contempló pensativo a Koplin—. Gracias a ti, nuestra tarea se simplifica.
    Donner asintió con la cabeza.
    —Reservaré pasaje para el próximo vuelo a Denver. Con suerte, tal vez regrese con algunas respuestas.
    —Visita primero el periódico, después procura hallar el rastro de Jake Hobart. Yo examinaré aquí los viejos registros militares. También me comunicaré con un experto local en historia de la minería en el Oeste y le pasaré los nombres de fabricantes que nos ha dado Sid. Por improbable que sea, tal vez alguno de ellos siga en el negocio.
    Seagram se puso de pie y contempló a Koplin.
    —Nunca podremos pagarte lo que te debemos —dijo con suavidad.
    —Calculo que esos viejos mineros extrajeron casi media tonelada de bizanio de máxima pureza de las entrañas de esa montaña —dijo Koplin frotándose con la mano su barba de un mes—. Ese mineral aún debe estar almacenado en alguna parte. Por otro lado, si no apareció desde 1912, quizá se haya perdido para siempre. Pero si lo encontráis... podéis agradecérmelo enviándome una pequeña muestra para mi colección.
    —Hecho.
    —Y de paso conseguidme la dirección del sujeto que me salvó la vida, así podré mandarle un cajón de buen vino. Se llama Dirk Pitt.
    —Te refieres al médico que te operó a bordo de la nave exploradora.
    —Me refiero al hombre que mató al soldado soviético y su perro, y que me sacó de la isla.
    Donner y Seagram se miraron atónitos. Donner fue el primero en reaccionar.
    —¡Mató a un soldado soviético! —Fue más una afirmación que una pregunta—. Dios mío, ¡eso es el colmo!
    —Pero ¡eso es imposible! —logró barbotar finalmente Seagram—. Cuando te encontraste con el barco de la ANIM estabas solo.
    —¿Quién os dijo tal cosa?
    —Pues... nadie. Presumimos naturalmente que...
    —No soy Superman —dijo sarcásticamente Koplin—. El guardia de la patrulla descubrió mi rastro, se acercó hasta doscientos metros de distancia y me disparó dos veces. Difícilmente podría haber corrido aventajando a un perro y luego cruzado más de ochenta kilómetros de mar abierto en una chalupa.
    —¿De dónde ha salido ese Dirk Pitt?
    —No tengo ni idea. El soldado me arrastraba literalmente hasta su puesto de guardia cuando Pitt apareció entre la ventisca como un vengativo dios nórdico y, con toda calma, como si lo hiciera todos los días antes del desayuno, mató al perro y luego al soldado sin siquiera pestañear.
    —Los rusos aprovecharán esto para su propaganda —gimió Donner.
    —¿De qué manera? —quiso saber Koplin—. No hubo testigos. Es probable que el soldado y su perro estén sepultados ya bajo más de un metro de nieve: tal vez jamás se los encuentre. Y si se los encuentra, ¿qué? ¿Quién puede probar nada? Os dejáis arrastrar por el pánico sin ningún motivo.
    —Fue un gran riesgo el que corrió ese tipo —dijo Seagram.
    —Y menos mal que lo corrió —murmuró Koplin—. O en vez de estar aquí, seguro y cómodo en esta limpia cama de hospital, estaría tendido en una aséptica prisión rusa, soltando todo lo que sé acerca de la Sección Meta y el bizanio.
    —No dejas de tener razón —admitió Donner.
    —Descríbelo —ordenó Seagram—. Cara, rasgos, vestimenta, todo lo que puedas recordar.
    Koplin así lo hizo. Aunque su descripción fue somera en algunos aspectos, en otros recordaba los detalles con notable exactitud.
    —¿Hablaste con él durante el trayecto hasta el barco de la ANIM?
    —No. Me desmayé apenas me levantó y no reaccioné hasta encontrarme aquí en Washington, en el hospital.
    Donner hizo una seña a Seagram.
    —Será mejor que busquemos pronto a este tipo.
    Seagram asintió con la cabeza.
    —Empezaré por el almirante Sandecker. Pitt debe de haber estado vinculado con la nave exploradora. Tal vez haya en la ANIM alguien que pueda identificarlo.
    —No puedo dejar de preguntarme cuánto sabe —dijo Donner, con la mirada fija en el piso.
    Seagram no contestó. Su pensamiento erraba tras la sombría figura sobre una isla del Ártico cubierta de nieve. Dirk Pitt... Repitió mentalmente el nombre. Por algún motivo le sonaba extrañamente familiar.





    10


    El teléfono sonó pasada la media noche. Sandecker abrió un ojo y lo contempló un momento con mirada asesina. Por último se dio por vencido y atendió al sonar por octava vez la campanilla.
    —Sí, ¿qué pasa? —preguntó.
    —Soy Gene Seagram, almirante. ¿Estaba durmiendo?
    —Oh, no, qué diablos —bostezó Sandecker—. Nunca me acuesto antes de escribir cinco capítulos de mi biografía. Bueno, ¿qué se le ofrece, Seagram?
    —Ha ocurrido algo...
    —Olvídelo. No pondré en peligro a ninguno de mis hombres ni de mis barcos para sacar a sus agentes de territorio enemigo.
    Usó la palabra «enemigo» como si el país se hallara en guerra.
    —No se trata de eso...
    —Entonces ¿qué?
    —Necesito información sobre alguien.
    —¿Por qué recurre a mí en plena noche?
    —Creo que usted puede conocerlo.
    —¿Cómo se llama?
    —Dirk Pitt. Probablemente se deletree P-i-t-t.
    —Y ¿por qué piensa que lo conozco?
    —No tengo pruebas, pero estoy seguro de que tiene alguna conexión con la ANIM.
    —Tengo más de dos mil personas a mis órdenes. No puedo memorizar todos sus nombres.
    —¿Podría averiguarlo? Tengo urgencia por hablar con él.
    —Es usted increíblemente fastidioso, Seagram —murmuró Sandecker, irritado—. ¿No se le ocurrió llamar a mi director de personal durante las horas normales de trabajo?
    —Le pido disculpas —dijo Seagram—. He estado trabajando hasta tarde y...
    —Está bien, si descubro a ese personaje, haré que se comunique con usted.
    —Se lo agradezco —dijo Seagram sin abandonar el tono impersonal—. Por cierto, el hombre a quien los suyos rescataron en el mar de Barents sigue muy bien. El cirujano del First Attempt hizo un trabajo magnífico al extraerle la bala.
    —Koplin, ¿verdad?
    —Sí; creo que en pocos días estará recuperado.
    —Nos salvamos por poco, Seagram. Si los rusos nos hubieran descubierto ahora, tendríamos otro desagradable incidente entre manos.
    —¿Qué puedo decir? —exclamó Seagram, impotente.
    —Puede decir buenas noches y dejarme que siga durmiendo —gruñó Sandecker—. Pero antes dígame qué tiene que ver ese Pitt en todo esto.
    —Un soldado ruso estaba por capturar a Koplin cuando este individuo apareció en medio de una ventisca y acabó con él. Luego transportó a Koplin a través de ochenta kilómetros de aguas turbulentas, sin mencionar que restañó sus heridas para que no siguiese perdiendo sangre, y no sé cómo lo depositó a bordo de la nave exploradora de ustedes, listo para ser operado.
    —¿Qué piensa hacer cuando lo encuentre?
    —Eso queda entre Pitt y yo.
    —Comprendo —dijo Sandecker—. Bien, señor Seagram, buenas noches...
    —Gracias, almirante. Adiós.
    Sandecker colgó el auricular y permaneció unos instantes sentado, con una expresión intrigada en el rostro.
    —Mató a un soldado ruso y rescató a un agente norteamericano. Dirk Pitt... ¡eres incorregible!





    11


    El primer vuelo de la United llegó al aeropuerto Stapleton, de Denver, a las ocho de la mañana. Mel Donner pasó rápidamente a retirar su equipaje y se instaló tras el volante de un Plymouth alquilado para iniciar el trayecto de quince minutos hasta la avenida Colfax Oeste 400 y el Rocky Mountain News. Mientras seguía el tránsito que se dirigía hacia el oeste, fijaba la mirada alternativamente en el camino y en un plano de la ciudad desplegado a su lado, sobre el asiento.
    Nunca había estado antes en Denver y se sorprendió un poco al ver que un manto de polución industrial cubría la ciudad. Esperaba ver esa nube de un sucio color pardo y gris sobre lugares como Los Ángeles y Nueva York, pero Denver siempre le había hecho pensar en una ciudad purificada por un aire límpido, cobijada bajo la nube protectora de las montañas. Incluso éstas lo decepcionaron; Denver se alzaba desnuda al borde de las grandes llanuras, a cuarenta kilómetros de las colinas más cercanas.
    Estacionó el coche y se encaminó hacia la biblioteca del periódico. La joven que atendía el mostrador lo observó a través de unas gafas en forma de lágrima y mostró unos dientes desparejos al sonreír con cordialidad:
    —¿Puedo serle útil en algo?
    —¿Tiene un ejemplar del 17 de noviembre de 1911?
    —Vaya, eso fue hace mucho... —Torció los labios—. Puedo darle una fotocopia, pero los ejemplares originales se hallan en la Sociedad Histórica del Estado.
    —Sólo necesito ver la tercera página.
    —Si quiere esperar, tardaré unos quince minutos en localizar el filme correspondiente a esa fecha y pasar la página que usted busca por la fotocopiadora.
    —Gracias. ¿Tienen ustedes por casualidad una guía comercial de Colorado?
    —Desde luego que sí.
    Buscó bajo el mostrador y puso un folleto sobre la manchada superficie del mostrador.
    Donner se sentó a estudiar la guía mientras la joven iba a ocuparse de su petición. En Pueblo no figuraba ninguna Fundición Guthrie e hijos. Buscó la letra T. Tampoco allí encontró nada referente a la Herrería y Metalistería Thor, de Denver. Supuso que era demasiado esperar que dos compañías siguieran después de casi ocho décadas.
    Como transcurrieron los quince minutos sin que la muchacha regresara, se puso a hojear ociosamente la guía para pasar el rato. Con excepción de Kodak, Martin Marietta y Gomas Gates, nunca había oído hablar de las otras compañías. Pero, de pronto frunció el entrecejo. Bajo la letra J, sus ojos descubrieron una Metalúrgica Jensen y Thor, en Denver. Arrancó la página, se la guardó en el bolsillo y dejó la guía sobre el mostrador.
    —Aquí lo tiene, señor —dijo la empleada—. Son cincuenta céntimos.
    Donner pagó y leyó con rapidez el titular en la esquina superior derecha. El artículo se refería a un desastre minero.
    —¿Era eso lo que buscaba? —inquirió la joven.
    —Tendrá que bastarme —repuso él al tiempo que se alejaba.

    La Metalúrgica Jensen y Thor estaba situada entre los talleres ferroviarios de la línea Burlington-Norte y el río South Platte; un enorme edificio de metal ondulado que habría borrado cualquier paisaje, salvo el que lo rodeaba. Dentro del taller, unas grúas elevadas movían de un montón a otro grandes trozos de tuberías enmohecidas, mientras las máquinas troqueladoras martillaban con estrépito, ante cuyo ataque los tímpanos de Donner se encogieron. La oficina principal se hallaba a un lado, tras paredes insonorizadas y altas ventanas arqueadas.
    Una atractiva recepcionista de generosos pechos lo acompañó por un pasillo alfombrado hasta un espacioso despacho con paneles en las paredes. Cari Jensen, hijo, abandonó su sitio tras el escritorio para estrechar la mano de Donner. Era joven; no tenía más de veintiocho años y llevaba el cabello largo. Lucía un bigote recortado y vestía un costoso traje de tela escocesa. Parecía, ni más ni menos, un diplomado de la Universidad de California; Donner no lo podía imaginar de otro modo.
    —Gracias por recibirme, señor Jensen.
    Este sonrió con discreción.
    —Sonaba importante. Un hombre importante de Washington, nada menos. ¿Cómo podía negarme?
    —Como ya le adelanté por teléfono, estoy verificando algunos viejos registros.
    La sonrisa de Jensen se esfumó.
    —Espero que usted no sea inspector de Hacienda.
    Donner meneó la cabeza.
    —Nada de eso. El interés del gobierno es puramente histórico. Si todavía los conserva, me gustaría examinar los registros de sus ventas desde julio hasta noviembre de 1911.
    —Se burla usted de mí —rió Jensen.
    —Le aseguro que va en serio.
    Jensen lo miró extrañado.
    —¿Está seguro de que ésta es la compañía que busca?
    —Sí, lo estoy —repuso Donner con brusquedad—, si proviene de la Herrería y Metalurgia Thor.
    —La vieja compañía de mi bisabuelo —admitió Jensen—. Mi padre compró todas las acciones pendientes y cambió el nombre en 1942.
    —¿Conserva usted algunos de los viejos registros?
    Jensen se encogió de hombros.
    —Nos deshicimos de la historia antigua hace tiempo. Si hubiéramos conservado todas las facturas desde que mi bisabuelo abrió sus puertas allá en 1897, necesitaríamos un depósito del tamaño del estadio Bronco.
    Donner sacó un pañuelo y se enjugó el sudor de la cara. Se arrellanó en su sillón.
    —Sin embargo —continuó Jensen—, y puede agradecerlo a la previsión de Cari Jensen padre, tenemos todos nuestros registros anteriores en microfilme.
    —¿Microfilme?
    —Es el único modo de hacerlo. Pasados cinco años, lo filmamos todo. Somos la eficiencia personificada.
    Donner no podía dar crédito a su buena suerte.
    —Entonces, ¿puede mostrarme las ventas correspondientes a los seis últimos meses de 1911?
    Jensen no contestó. Se inclinó sobre el escritorio, habló por el intercomunicador y volvió a reclinarse en su sillón de ejecutivo.
    —Mientras esperamos, ¿puedo ofrecerle una taza de café, señor Donner?
    —Preferiría algo un poco más estimulante.
    —Palabras dignas de quien viene de la gran ciudad... —Jensen se puso de pie para dirigirse hacia un bar con espejos, de donde sacó una botella de Chivas Regal—. Denver le resultará bastante aburrida. Aquí se desaprueba, en general, que haya bar en un despacho. La idea que aquí tienen de agasajar a los visitantes consiste en ofrecerles una Coca-Cola y un almuerzo abundante en el Wienersohnitzel. Afortunadamente para nuestros estimados clientes de otras localidades, hice mi aprendizaje comercial en Madison Avenue.
    Donner aceptó el vaso que se le ofrecía y lo vació.
    Jensen fijó en él una mirada calculadora antes de volver a llenarle el vaso.
    —Dígame, señor Donner, ¿qué espera encontrar exactamente?
    —Nada de importancia —repuso Donner.
    —Vamos, vamos. El gobierno no enviaría a un hombre a comprobar ventas hechas setenta y seis años atrás, sólo por diversión.
    —El gobierno suele manejar sus secretos de modo jocoso.
    —¿Un secreto clasificado que se remonta a 1911 ? —Jensen sacudió la cabeza, maravillado—. Sorprendente, en verdad.
    —Digamos simplemente que estamos procurando resolver un antiguo crimen cuyo autor contrató los servicios de su bisabuelo.
    Jensen sonrió y aceptó cortésmente la mentira.
    Una joven de cabello negro, falda larga y botas entró con paso ondulante en el recinto, lanzó una seductora mirada a Jensen, dejó sobre su escritorio una copia Xerox y se retiró.
    Jensen levantó el papel y lo examinó.
    —De junio a noviembre debe haber sido un período de recesión para mi antepasado. Las ventas en esos meses fueron reducidas. ¿Le interesa alguna partida en especial, señor Donner?
    —Equipos para minería.
    —Sí, debe de ser esto... herramientas perforadoras. Pedidas el diez de agosto y retiradas por el comprador el primero de noviembre. —Los labios de Jensen se entreabrieron en una amplia sonrisa—. Según parece, amigo, esta vez se han burlado de usted...
    —No le entiendo.
    —El comprador, o según me ha informado usted, el delincuente... —Jensen hizo una pausa para causar efecto— fue el gobierno de la nación.





    12


    Las dependencias de la Sección Meta estaban sepultadas en un viejo e impersonal edificio, situado junto a la Prefactura Naval de Washington. Un gran cartel, cuyas letras pintadas se descascaraban bajo el doble embate del calor y la humedad estivales, anunciaba humildemente que el local pertenecía a la Compañía Smith de Transporte y Almacenamiento.
    Los muelles de carga tenían una apariencia bastante normal: cajones y contenedores se apilaban en los sitios estratégicos, y desde los vehículos que pasaban por el bulevar Suitland, los camiones estacionados, tras un cerco de alambre de cinco metros de alto, tenían el aspecto exacto que deben tener los camiones de mudanza. Sólo una inspección más atenta habría revelado viejos vehículos abandonados, sin motores y con interiores polvorientos, fuera de uso. Era un cuadro que habría entusiasmado a un escenógrafo de Hollywood.
    Gene Seagram leía los informes referentes a adquisiciones de bienes raíces para las instalaciones del proyecto Siciliano. Eran cuarenta y seis en total. La zona septentrional fronteriza con Canadá incluía la mayoría, seguida de cerca por el litoral marítimo atlántico. En la costa del Pacífico había ocho zonas designadas, mientras que solamente planeaban cuatro en la frontera con México y el golfo de México. Las transacciones se habían efectuado sin tropiezos; en cada caso, el comprador se había encubierto bajo el rótulo de Departamento de Estudios Energéticos. No habría motivos de sospecha. Según todas las apariencias, las instalaciones eran proyectadas a fin de que parecieran pequeñas estaciones de retransmisión energética. En lo externo nada había que despertara sospecha ni aún en la mente más sagaz.
    Estaba examinando los costes estimados de construcción cuando sonó su teléfono privado. Por costumbre, volvió a poner cuidadosamente los informes en su carpeta, que guardó en un cajón del escritorio antes de levantar el auricular.
    —Habla Seagram...
    —Hola, señor Seagram.
    —¿Quién es?
    —El mayor McPatrick, de la Oficina de Registros Militares. Me pidió que lo llamara a este número si encontraba algo referente a un minero llamado Jack Hobart.
    —Sí, por supuesto. Disculpe, mi mente estaba en otra parte.
    Seagram casi podía visualizar mentalmente al que le hablaba desde el otro extremo de la línea. Un egresado de West Point, de menos de treinta años... así lo delataban los verbos apocopados y la voz entusiasta. Probablemente llegaría a general a los cuarenta y cinco años, siempre que estableciera los contactos adecuados mientras comandaba un escritorio en el Pentágono.
    —¿Qué ha encontrado, mayor?
    —Tengo al que busca. Su nombre completo era Jason Cleveland Hobart. Nacido el 23 de enero de 1874 en Vinton, lowa.
    —Por lo menos el año coincide.
    —La ocupación también: era minero.
    —¿Qué más?
    —Se alistó en el ejército en mayo de 1898, y sirvió en el primer Regimiento de Voluntarios de Colorado, en las Filipinas.
    —¿Ha dicho Colorado?
    —Así es, señor. —McPatrick hizo una pausa y Seagram pudo oír el roce de papeles al otro lado de la línea— Hobart tuvo un historial bélico excelente. Fue ascendido a sargento. Sufrió graves heridas combatiendo contra los insurrectos filipinos y fue condecorado dos veces por conducta meritoria en combate.
    —¿Cuándo fue licenciado?
    —En esa época se decía «dejar fuera de servicio» —dijo McPatrick con tono sabiondo—. Hobart dejó el ejército en octubre de 1901.
    —¿Es ésa la última anotación que tiene sobre él?
    —No; su viuda todavía cobra una pensión...
    —Espere —lo interrumpió Seagram—. ¿La viuda de Hobart vive todavía?
    —Cobra su pensión de cincuenta dólares y cuarenta centavos todos los meses, con la puntualidad de un reloj.
    —Debe tener más de noventa años... ¿No es inusual pagar una pensión a la viuda de un veterano de la guerra hispano-norteamericana? Se creería que casi todas están ya bajo tierra.
    —Oh, no, qué diablos; todavía figuran casi cien viudas de la guerra civil en nuestras nóminas de pensionados. Ninguna de ellas había nacido cuando Grant ocupó Richmond. Los casamientos en mayo y diciembre entre jovencitas y viejos excombatientes desdentados del gran ejército de la Unión eran bastante frecuentes en esa época.
    —Creía que una viuda podía solicitar pensión solamente si su esposo había muerto en combate.
    —No necesariamente —repuso McPatrick—. El gobierno paga pensiones a viudas de dos categorías. Una es por muerte en servicio... Eso incluye, por supuesto, la muerte en combate, o enfermedad adquirida o herida fatal recibida durante el servicio entre ciertas fechas fijadas por el Congreso. La segunda es por muerte no ocurrida en servicio. Usted mismo, por ejemplo. Sirvió en la armada durante la guerra de Vietnam entre las fechas que abarcaron ese conflicto en particular. Eso hace que su esposa, o una futura esposa, pueda solicitar una pequeña pensión si dentro de cuarenta años a usted lo arrolla un camión.
    —Lo anotaré en mi testamento —dijo Seagram, inquieto al saber que su registro militar estaba al alcance de cualquier oficinista del Pentágono—. Volviendo a Hobart...
    —Ahora llegamos a un extraño descuido en los registros del ejército.
    —¿Un descuido?
    —Los formularios militares de Hobart omiten mencionar que se reincorporó; sin embargo, figura como «muerto en acto de servicio». No se menciona la causa, sólo la fecha: 17 de noviembre de 1911.
    Seagram se irguió bruscamente en su sillón.
    —Tengo informes fidedignos de que Jake Hobart murió siendo civil el 10 de febrero de 1912.
    —Como le dije, no se menciona la causa de la muerte. Pero le aseguro que Hobart murió siendo soldado, el 17 de noviembre. Tengo en este legajo una carta fechada el 25 de julio de 1912, y firmada por Henry L. Stimson, secretario de Guerra del presidente Taft, en la que ordena al ejército que conceda a la viuda del sargento Jason Hobart pensión completa por el resto de su vida. Cómo hizo Hobart para merecer el interés personal del secretario de Guerra es un misterio, pero deja poca duda en cuanto a la importancia de nuestro hombre. Sólo un soldado muy bien conceptuado habría recibido ese tipo de trato preferencial; no un minero del carbón, por cierto.
    —No era minero del carbón —dijo secamente Seagram.
    —Bueno, lo que fuera.
    —¿Tiene la dirección de la señora Hobart?
    —La tengo por aquí... Señora Adelina Hobart, calle Aragón 261 B, Laguna Hills, California. Vive en ese gran barrio para ancianos que hay cerca de Los Ángeles sobre la costa.
    —Con eso basta —dijo Seagram—. Le agradezco su ayuda, mayor.
    —No quisiera tener que decir esto, señor Seagram, pero creo que aquí hay dos hombres distintos.
    —Tal vez está en lo cierto —replicó Seagram—. Se diría que seguimos un rastro equivocado.
    —Si puedo ayudarle en algo más, no vacile en llamarme.
    —Lo haré —murmuró Seagram—. Gracias otra vez.
    Después de colgar, apoyó la cabeza en las manos y se encorvó en el sillón. Permaneció así, sin moverse, durante unos minutos. Luego puso las manos sobre el escritorio y esbozó una sonrisa amplia y socarrona.
    Bien podían haber existido dos hombres diferentes con el mismo apellido y año de nacimiento, que trabajaran en el mismo estado y en la misma profesión. Esa parte del enigma podría haber sido una coincidencia. Pero no la conexión, esa gloriosa y remota conexión que ligaba misteriosamente a los dos hombres y los convertía en uno solo: tanto la muerte oficial de Hobart como el viejo periódico hallado por Sid Koplin en la montaña Bednáia estaban fechados el 17 de noviembre de 1911.
    Pulsó el botón del intercomunicador para llamar a su secretaria.
    —Bárbara, pida comunicación con Mel Donner, en el hotel Palace Brown, Denver...
    —¿Dejo algún mensaje si no está?
    —Que me llame a mi teléfono privado cuando regrese.
    —Muy bien.
    —Y una cosa más: resérveme billete para mañana en el vuelo matinal de la United a Los Ángeles.
    —Sí, señor.
    Seagram cortó la comunicación y se reclinó pensativo en el sillón. Adelina Hobart tenía más de noventa años... Ojalá no estuviera senil.





    13


    Habitualmente, Donner no se alojaba en hoteles del centro. Prefería un motel común cercano a los suburbios, pero Seagram había insistido, aduciendo que un investigador obtiene cooperación local con más facilidad cuando hace saber que se aloja en una habitación del más antiguo y prestigioso edificio de la ciudad. Investigador... la palabra le daba náuseas. Si alguno de sus colegas, profesores como él en la Universidad de California del Sur, le hubiera dicho cinco años atrás que su doctorado en física lo conduciría a cumplir un papel tan clandestino, se habría ahogado de risa. Ahora Donner no se reía. El proyecto Siciliano era demasiado vital para el interés del país, como para arriesgarse a que se filtrara información a través de un colaborador ajeno. El y Seagram habían planeado y creado el proyecto por cuenta propia, y estaba acordado que lo llevarían lo más lejos posible solos.
    Dejó su Plymouth alquilado en manos del encargado del estacionamiento y, cruzando la calle Tremont, traspuso las anticuadas puertas giratorias del hotel y entró en el vestíbulo, agradablemente decorado. El joven subgerente le dio un mensaje sin siquiera sonreírle. Donner lo cogió y luego se encaminó hacia los ascensores y su habitación.
    Al entrar dio un portazo, arrojó la llave y el mensaje de Seagram sobre el escritorio y encendió la televisión. La jornada había sido larga y agotadora y su cuerpo todavía funcionaba con el horario de Washington. Llamó al servicio interno, y pidió la cena; después se quitó los zapatos, se aflojó la corbata y se desplomó sobre la cama.
    Quizá por décima vez, se puso a examinar la fotocopia de la vieja página de periódico. Era una lectura muy interesante, siempre, claro está, que Donner se interesara en anuncios de afinadores de pianos, cinturones eléctricos para hernias y extraños remedios para achaques, junto con editoriales referidos a la decisión tomada por el Consejo Municipal de Denver de eliminar de la calle las pecaminosas casas de diversión, o curiosos sueltos ante los cuales, sin duda alguna, las lectoras de principios de siglo lanzarían exclamaciones de inocente horror.
    «INFORME DEL JUEZ DE GUARDIA. La semana pasada, desconcertó mucho a los habituales de la Morgue de París una extraña pierna de caucho que era exhibida para su reconocimiento. Al parecer, se había encontrado en el Sena el cadáver de una mujer elegantemente vestida, que aparentaba unos cincuenta años, pero el cuerpo estaba tan descompuesto que no fue posible conservarlo. Sin embargo, se observó que la pierna izquierda, amputada a la altura del muslo, había sido reemplazada por una pierna de caucho ingeniosamente construida, la cual se exhibía con la esperanza de que pudiera conducir a la identificación de la propietaria.»
    Donner sonrió ante ese pintoresco fragmento de historia y volvió su atención hacia la parte superior derecha de la página, la que, según Koplin, faltaba del periódico descubierto por él en nueva Zembla.
    «DESASTRE EN LAS MINAS. La tragedia golpeó esta mañana como un espectro vengativo cuando una explosión de dinamita provocó un derrumbe en la mina Angelito, cerca de Ciudad Central, atrapando a nueve hombres del primer turno, entre ellos el conocido y respetado ingeniero de minas Joshua Hays Brewster.
    »Los fatigados y macilentos miembros de las patrullas de rescate informan que las esperanzas de rescatar a los hombres con vida son mínimas. Bill Mahoney, el intrépido capataz de la mina Satán, hizo un intento titánico de llegar hasta los mineros atrapados, pero se lo impidió una avalancha de agua de mar que inundó el túnel principal.
    »"Esos pobres tipos están perdidos —declaró Mahoney a los periodistas en el escenario del desastre—. El agua ha inundado casi dos niveles por encima de donde ellos trabajaban. Seguro que se han ahogado como ratas antes de darse cuenta de lo que pasaba."
    »La silenciosa y acongojada multitud que se agitaba alrededor de la entrada de la mina deploraba con consternación la escalofriante probabilidad de que esta vez los cuerpos no pudieran ser recuperados y traídos a la superficie para recibir decente sepultura.
    »Se sabe de buena fuente que el señor Brewster se proponía reabrir la mina Angelito, cerrada desde 1881. Amigos y relaciones comerciales dicen que Brewster solía jactarse de que en la excavación inicial no se había encontrado el mejor filón, cuyo descubridor, con suerte y tesón, sería él.
    »Cuando se le pidió un comentario, el señor Ernest Bloeser, ex propietario de la mina Angelito, ahora retirado, dijo en el porche de su hogar en Goldan: "Esa mina fue perseguida por la mala suerte desde el día en que la abrí. Resultó ser nada más que una veta de mineral de baja calidad que nunca dio ganancias." El señor Bloeser agregó: "En mi opinión, Brewster se equivocaba de medio a medio. Nunca hubo indicio alguno del filón originario. Me asombra que un hombre tan renombrado como él haya podido pensar eso."
    »En Ciudad Central, el último mensaje proclamaba que si la situación se halla a la merced eterna del Todopoderoso, la abertura será sellada como una tumba, y los hombres desaparecidos quedarán en la oscuridad para siempre, sin volver jamás a la superficie ni al sol.
    »La funesta lista de los hombres atrapados en este espantoso desastre es la siguiente:
    Joshua Hays Brewster, de Denver
    Alvin Coulter, de Fairplay
    Thomas Price, de Leadville
    Charles P. Widney, de Cripple Creek
    Vernon S. Hall, de Denver
    John Caldwell, de Ciudad Central
    Walter Schmidt, de Aspen
    Warner E. O'Deming, de Denver
    Jason C. Hobart, de Boulder
    »Que Dios vele por el alma de estos valerosos trabajadores de las montañas.»
    Los ojos de Donner siempre volvían al último nombre entre los mineros desaparecidos. Lentamente, como hipnotizado, dejó el diario en el regazo. Levantó el auricular del teléfono y marcó larga distancia.





    14


    —¡El Monte Cristo! —exclamó Harry Young con deleitación—. Apruebo calurosamente el Monte Cristo. El aderezo de Roquefort también es excelente. Pero antes quisiera un martini, muy seco, con una rodaja de limón.
    —Emparedado Monte Cristo y Roquefort en la ensalada... Sí, señor —repitió la joven camarera, inclinándose sobre la mesa de modo que su corta falda al levantarse, reveló unas bragas blancas—. ¿Y usted, señor?
    —Lo mismo —asintió Donner—. Pero yo empezaré por un Manhattan con hielo.
    Young espió por encima de sus anteojos a la camarera que se dirigió hacia la cocina.
    —Ojalá me regalaran algo así para Navidad —dijo sonriendo.
    Young era un hombrecillo delgado, un activo y optimista bon vivant de 78 años, experto en apreciar la belleza. Sentado frente a Donner en la mesa del reservado, vestía un jersey azul y una chaqueta de doble punto.
    —¡Señor Donner! —dijo muy contento—. Me alegra verle. El Broker es mi restaurante favorito. —Señaló con un ademán las paredes y los reservados revestidos con madera de nogal—. Sabrá que esto era antes la bóveda de un banco.
    —Lo advertí cuando tuve que agacharme para entrar y vi la puerta de cinco toneladas.
    —Debería venir a cenar. Le sirven una enorme bandeja de camarones como aperitivo... —Casi resplandeció al pensarlo.
    —Lo tendré en cuenta la próxima vez que venga.
    —Y bien, señor. —Young lo miró con fijeza—. ¿Qué quiere?
    —Tengo algunas preguntas que hacerle.
    Las cejas de Young se arquearon sobre sus gafas.
    —Vaya, vaya, ahora sí ha despertado mi curiosidad. No será del FBI, ¿verdad? Por teléfono usted dijo simplemente que trabajaba para el gobierno federal.
    —No, no soy del FBI. Ni me pagan sueldo para la inspección de Hacienda. Pertenezco a Bienestar Social... Mi tarea consiste en investigar la autenticidad de las solicitudes de pensión.
    —¿Cómo puedo ayudarlo entonces?
    —En este momento me ocupo de investigar un accidente minero ocurrido hace setenta y seis años, que costó la vida a nueve hombres. Un descendiente de una de las víctimas ha solicitado pensión. Vine a comprobar la validez de la reclamación. Su nombre, señor Young, me fue recomendado por la Sociedad Histórica del Estado, que lo describió como una enciclopedia ambulante de historia de la minería en el Oeste.
    —Aunque en eso hay un poco de exageración, me siento halagado —dijo Young.
    Les sirvieron las copas y ambos bebieron en silencio. Donner aprovechó para estudiar los retratos de reyes de la plata del siglo pasado, en Colorado, que colgaban de las paredes. Todos los rostros proyectaban la misma mirada fija e intensa, como si trataran de expresar su arrogancia fortalecida por la riqueza.
    —Dígame, señor Donner, ¿cómo es posible que se solicite pensión por un accidente ocurrido hace setenta y cinco años?
    —Al parecer, la viuda no recibió todo lo que le correspondía —repuso Donner—. Su hija exige la retroactividad, por así decir.
    —Comprendo —dijo Young. Lo miró reflexivamente—. ¿Cuál de los hombres desaparecidos en el desastre de la mina Angelito les interesa?
    —Lo felicito —dijo Donner, evitando la mirada de Young mientras desplegaba su servilleta, incómodo—. No se le escapa nada.
    —No es difícil, en realidad. Un accidente minero de hace setenta y seis años... Nueve hombres desaparecidos. No podía ser sino el desastre de la mina Angelito.
    —El hombre se llamaba Brewster.
    Young lo miró un momento más.
    —Joshua Hays Brewster —murmuró el nombre—. Hijo de William Buck Brewster y Hettie Masters, nacido en Nebraska el 4 de abril... o el 5 de abril de 1878.
    Los ojos de Donner se dilataron.
    —¿Cómo es posible que sepa todo eso?
    —Oh, sé eso y mucho más —sonrió Young—. Los mineros, o la Brigada de las Botas Acordonadas, como se los llamó una vez, son un grupo bastante cerrado. Es una de las pocas ocupaciones donde los hijos siguen a sus padres y además se casan con hermanas e hijas de otros mineros.
    —¿Va a decirme que estaba emparentado con Joshua Hays Brewster?
    —Es mi tío —sonrió Young.
    Donner se quedó de una pieza.
    —Según parece, le vendría bien otra copa, señor Donner. —Young hizo señas a la camarera pidiéndole otra ronda—. No hace falta decir que ninguna hija solicitó pensión; el hermano de mi madre murió soltero y sin hijos.
    —Los mentirosos nunca prosperan —dijo Donner con una sonrisa forzada—. Siento haberlo incomodado. Fue una tontería de mi parte.
    —¿Puede explicármelo?
    —Preferiría no hacerlo.
    —¿Usted es del gobierno? —preguntó Young.
    Donner le mostró sus credenciales.
    —En tal caso, ¿puedo preguntarle por qué investiga a mi tío, muerto hace tanto tiempo?
    —Preferiría no hacerlo —repitió Donner—. Al menos, no por ahora.
    —¿Qué desea saber?
    —Cualquier cosa que pueda decirme acerca de Joshua Hays Brewster y el accidente de la mina Angelito.
    Les sirvieron las bebidas junto con la ensalada. Donner admitió que el aderezo era excelente. Comieron en silencio. Una vez que terminó y se limpió el blanco y fino bigote, Young aspiró profundamente y se acomodó contra el respaldo del asiento.
    —Mi tío era un ejemplo de los hombres que exploraron las minas a principios de siglo: blancos, entusiastas y de clase media, de no ser por su baja estatura (medía menos de un metro cincuenta y cinco) podía haber pasado por eso que los novelistas de la época describían como un caballeresco, vigoroso y arrojado minero, con botas relucientes, pantalones de montar y sombrero de guardabosque.
    —Lo presenta usted como a un antiguo héroe de las series cinematográficas de los sábados por la tarde.
    —Un héroe ficticio jamás habría estado a su altura —dijo Young—. Hoy esa actividad está sumamente especializada, pero un ingeniero de minas de la vieja escuela tenía que ser tan duro como la roca que perforaba y debía ser versátil: mecánico, electricista, agrimensor, metalúrgico, geólogo, abogado, intermediario entre una administración avara y trabajadores con músculos en lugar de cerebro... ése es el tipo de hombre que hacía falta para dirigir una mina. Así era Joshua Hays Brewster.
    Donner mantuvo silencio mientras movía lentamente el líquido en su vaso.
    —Después de diplomarse en la Escuela de Minería —continuó Young—, mi tío ejerció su profesión en el Klondike, Australia y Rusia antes de volver a las Rocosas en 1908 para administrar las minas Roca Agria y Buffalo, situadas en Leadville y de propiedad de un grupo de financieros parisinos que jamás vieron Colorado.
    —¿Los franceses poseían minas en Estados Unidos?
    —Sí. Su capital fluía en abundancia por todo el Oeste. Oro y plata, reses, ovejas, bienes raíces; estaban en todo cuanto usted pueda imaginar.
    —¿Cómo se le ocurrió a Brewster reabrir la mina Angelito?
    —Ésa es una extraña historia —contestó Young—. La mina carecía de valor. El socavón Alabama, a trescientos metros de distancia, produjo dos millones de dólares en plata. La Angelito ni siquiera se acercó a esa producción. —Young hizo una pausa para sorber su bebida, luego se quedó contemplándola fijamente como si estuviera viendo en los cubos de hielo una vaga imagen—. Cuando mi tío anunció sus intenciones de reabrir la mina, quienes lo conocían bien quedaron escandalizados. Sí, señor Donner, escandalizados. Joshua Hays Brewster era un hombre prudente y minuciosamente detallista. Calculaba todas sus acciones en términos de éxito. Nunca se arriesgaba, salvo que las probabilidades le fueran en extremo favorables. Que él anunciara públicamente un plan tan descabellado era inimaginable. Su actitud fue considerada por todos como la de un loco.
    —Tal vez descubrió algún indicio que a otros les había pasado por alto.
    Young negó con un movimiento de la cabeza.
    —Hace más de sesenta años que soy geólogo, señor Donner, y muy bueno. Volví a entrar en la Angelito, la examiné hasta los niveles inundados y analicé hasta el último centímetro accesible del socavón Alabama y le digo de modo terminante e inequívoco: allí no hay ninguna veta de plata sin explotar, ni la había en 1911.
    Les sirvieron los emparedados Monte Cristo y los platos de ensalada fueron retirados.
    —¿Sugiere usted que su tío enloqueció?
    —Se me ocurrió esa posibilidad. Por lo general, en esa época los tumores cerebrales no eran diagnosticados.
    —Lo mismo que los colapsos nerviosos...
    Young comió un trozo de su emparedado y bebió su segundo martini.
    —¿Qué tal su Monte Cristo, señor Donner?
    Donner se obligó a dar unos bocados.
    —Excelente, ¿y el suyo?
    —Delicioso. ¿Quiere escuchar mi teoría privada? No se moleste en ser cortés; puede reír sin avergonzarse. Todos lo hacen al oírla.
    —Le prometo no reírme —dijo Donner con tono muy serio.
    —No deje de mojar su Monte Cristo en jalea de uva, señor Donner. Eso aumenta el placer. Y bien, como ya le he dicho, mi tío era un hombre sumamente detallista, un agudo observador de su trabajo, su ambiente y sus actividades. He recopilado la mayoría de sus diarios y cuadernos de apuntes, que llenan buena parte de los estantes de mi estudio. Sus observaciones acerca de las minas Roca Agria y Buffalo, por ejemplo, ocupan quinientas páginas de minuciosos bocetos y escritura nítidamente legible. Sin embargo, las páginas del cuaderno encabezadas por la leyenda «Mina Angelito» están totalmente en blanco.
    —¿No dejó nada referente a la Angelito? ¿Ni siquiera una carta?
    Young se encogió de hombros y meneó la cabeza.
    —Era como si no hubiese nada que anotar. Era como si Joshua Hays Brewster y los ocho hombres de su cuadrilla hubieran bajado a las entrañas de la tierra sin intenciones de volver.
    —¿Qué está sugiriendo?
    —Aunque parezca ridículo —admitió Young—, la idea de un suicidio en masa me pasó una vez por la mente... Una concienzuda investigación me permitió averiguar que los nueve hombres eran solteros o viudos. Casi todos eran solitarios errantes que iban a la deriva de una a otra excavación, buscando cualquier excusa para marcharse cuando se aburrían o cuando se disgustaban con el capataz o con la gerencia de la mina. Una vez que envejecían demasiado para trabajar en las minas, ya no tenían muchos motivos para vivir.
    —Pero Jason Hobart estaba casado —dijo Donner.
    —¿Cómo? ¿Qué dice? —Los ojos de Young se dilataron—. No hallé constancia de que alguno tuviera esposa.
    —Así es, créame.
    —¡Dios del cielo! De haberlo sabido mi tío, jamás habría reclutado a Hobart.
    —¿Por qué motivo?
    —¿No lo comprende? Necesitaba hombres en quien pudiera confiar tácitamente, hombres que no tuvieran amigos íntimos ni parientes que hicieran preguntas en el caso de que desaparecieran.
    —Lo que dice no tiene sentido —dijo Donner sin rodeos.
    —Dicho simplemente: la apertura de la mina Angelito y la tragedia subsiguiente fue un engaño, un pretexto. Estoy convencido de que mi tío estaba enloquecido.
    Nunca se sabrá cómo, ni qué causó su enfermedad mental. Su carácter se alteró drásticamente hasta el punto de producir un hombre distinto.
    —¿Una personalidad dividida?
    —Exacto. Sus valores morales cambiaron; su calidez y su amor por sus amigos desaparecieron. Cuando era más joven, hablé con personas que lo recordaban. Todos concordaban en una cosa: el Joshua Hays Brewster que todos ellos conocían y amaban murió meses antes del desastre de la mina Angelito.
    —¿Qué tiene que ver eso con un engaño?
    —Demencia aparte, mi tío seguía siendo ingeniero de minas. A veces era capaz de determinar en pocos minutos si una mina daría ganancias o no. La Angelito era improductiva y él lo sabía. Nunca tuvo intención alguna de encontrar un filón de primera. No tengo ni idea de sus propósitos, señor Donner, pero de algo estoy seguro: quien bombee el agua de los niveles inferiores de ese viejo túnel no encontrará osamentas.
    Donner terminó su Manhattan y miró a Young con aire inquisitivo.
    —Entonces, ¿usted cree que los nueve hombres que entraron en la mina lograron escapar?
    Young sonrió.
    —Nadie los vio entrar, señor Donner. Se dio por sentado, y fue razonable hacerlo, que murieron allí abajo, en las negras aguas, porque nunca se volvió a oír hablar de ellos.
    —No basta como prueba —dijo Donner.
    —Oh, tengo más, muchas más —replicó Young con entusiasmo.
    —Lo escucho...
    —Primero: la cámara de trabajo más baja de la Angelito se hallaba a más de treinta metros sobre el nivel medio del agua. En el peor de los casos, las paredes rezumaban moderadamente debido a la acumulación superficial. Los niveles inferiores del túnel ya estaban inundados, porque el agua se había acumulado gradualmente durante los años en que la mina estuvo cerrada. Por consiguiente, una explosión de dinamita no pudo haber desencadenado una ola de agua sobre mi tío y su cuadrilla. Segundo: el equipo supuestamente hallado en la mina después del accidente era chatarra vieja y usada. Esos hombres eran profesionales, señor Donner. Jamás habrían ido bajo la superficie con maquinaria de segunda clase. Tercero: aunque comunicó a todos que iba a reabrir la mina, mi tío nunca consultó ni discutió el proyecto con Ernest Bloeser, que era dueño de la Angelito. En resumen, mi tío se iba a apoderar de algo que no le pertenecía. Una acción inconcebible en un hombre de su reputación moral. Cuarto: el primer anuncio de un posible desastre llegó a la tarde siguiente, cuando el capataz de la mina Satán, un tal Bill Mahoney, encontró bajo la puerta de su cabana un mensaje que decía: «¡Socorro! Mina Angelito. ¡Vengan pronto!» ¿No le parece un modo extrañísimo de dar la alarma? El mensaje, naturalmente, no tenía firma. Quinto: el sheriff de Ciudad Central declaró que mi tío le había dado la lista de los integrantes de la cuadrilla, pidiéndole que la entregara a la prensa en caso de un accidente fatal. Una premonición muy peculiar, por no decir más. Era como si tío Joshua quisiera asegurarse de que no habría errores en cuanto a la identidad de las víctimas.
    Donner apartó su plato y bebió un poco de agua.
    —Su teoría me resulta interesante, pero no del todo convincente.
    —Ah, señor Donner, he reservado la prueba decisiva para el final. Sexto: varios meses después de la tragedia, mis padres, que se hallaban de gira por Europa, vieron a mi tío en la plataforma de una balsa en Southampton, Inglaterra. Mi madre solía contar cómo se le acercó y le dijo: «Dios santo, Joshua, ¿eres tú realmente?» Se encontró ante una cara barbuda y mortalmente pálida, unos ojos vidriosos. «Olvidadme», susurró él y se dio la vuelta y huyó. Mi padre lo persiguió cuando bajaba de la plataforma, pero no tardó en perderlo de vista entre la muchedumbre.
    —La solución lógica es que fue un caso de identidad equivocada.
    —¿Una hermana que no conoce a su propio hermano? —dijo Young con sarcasmo—. Vamos, señor Donner, sin duda podrá distinguir a su hermano entre una multitud.
    —Me temo que no. Fui hijo único.
    —Lástima. Se perdió una de las grandes alegrías de la vida.
    —Al menos no tuve que compartir mis juguetes. —El camarero llevó la cuenta; Donner arrojó sobre la bandeja una tarjeta de crédito—. Lo que está diciendo es que el desastre de la Angelito fue fraguado para encubrir algo.
    —Ésa es mi teoría. —Young se pasó la servilleta por los labios—. No hay modo de probarlo, por supuesto, pero siempre me acosó el presentimiento de que la Société des Mmes de Lorraine estuvo detrás de todo esto.
    —¿Quiénes eran?
    —Eran y siguen siendo para Francia lo que Krupp para Alemania, lo que Mitsubishi para Japón, lo que Anaconda para Estados Unidos.
    —¿Dónde encaja la Société...?
    —Fueron ellos los financieros franceses que contrataron a Joshua Brewster como su ingeniero gerente de exploración. Eran los únicos que podían pagar a nueve hombres para que desaparecieran de la superficie de la tierra.
    —Pero ¿por qué? ¿Cuál es el motivo?
    Young hizo un ademán de impotencia.
    —No lo sé... —Se inclinó, con ojos que parecían arder—. Pero sí sé que cualquiera haya sido el precio, cualquiera haya sido la influencia, llevó a mi tío y a su cuadrilla de ocho hombres a no sé qué infierno sin nombre fuera del país.
    —Hasta que se recobren los cadáveres, ¿quién puede decir que se equivoca?
    Young lo miró con fijeza.
    —Es usted un hombre cortés, señor Donner. Se lo agradezco.
    —¿Por qué? ¿Por un almuerzo gratis a costa del gobierno ?
    —Por no reírse —dijo suavemente Young.
    Donner asintió con la cabeza sin decir nada. El hombre que tenía delante acababa de empalmar una minúscula pieza del intrincado rompecabezas con el cadáver de roja barba hallado en la mina de la montaña Bednáia. No había motivo para reírse, absolutamente ningún motivo.





    15


    Seagram devolvió la sonrisa con que lo despedía la azafata. Descendió del avión de la United y se preparó para hacer el trayecto de medio kilómetro hasta la entrada del aeropuerto internacional de Los Ángeles. Finalmente llegó al vestíbulo delantero y, a diferencia de Donner, que había alquilado su automóvil a una compañía de segunda categoría, Seagram prefirió una de primera y contrató un Lincoln de la Hertz. Dobló por el bulevar Century y pocas calles más adelante tomó hacia el sur por la rampa que conducía a la carretera de San Diego. Era un día sin nubes y la polución industrial, sorprendentemente leve, permitía ver un brumoso panorama de las montañas de la Sierra Madre. Por el carril derecho, anduvo despacio, a ochenta kilómetros por hora, mientras la corriente principal del tráfico local pasaba junto al Lincoln a más de cien kilómetros por hora, con habitual indiferencia por el límite de setenta y cinco kilómetros por hora anunciado en los carteles. Pronto dejó atrás las refinerías químicas de Torrance y las torres petroleras que rodeaban Long Beach y entró en las extensiones del condado de Orange, donde el terreno se aplanaba de pronto, dando lugar a un mar vasto, interminable, de pequeñas casas.
    Tardó poco más de una hora en llegar al desvío hacia el Mundo del Descanso. Era un escenario idílico: campos de golf, piscinas de natación, establos, prados bien cuidados y zonas de estacionamiento, señores de edad, bronceados por el sol, en bicicletas.
    Se detuvo en la entrada principal, y un anciano guardia uniformado lo hizo pasar y le dio instrucciones para llegar al 261 B de la calle Aragón. Era un pequeño y pintoresco apartamento de dos pisos, bien resguardado en la cuesta de una colina con vista a un parque inmaculado. Seagram estacionó el Lincoln junto a la acera, cruzó un pequeño patio lleno de rosales y pulsó el timbre. Se abrió la puerta y sus temores se desvanecieron; sin duda Adeline Hobart no pertenecía al tipo senil.
    —¿El señor Seagram? —Su voz era suave y afable.
    —Sí. ¿La señora Hobart?
    —Pase, por favor —Le estrechó la mano con tanta firmeza como un hombre—. ¿Sabe?, hace más de setenta años que nadie me llama así. Cuando recibí su llamada de larga distancia respecto de Jake, me sorprendí tanto que casi olvidé tomar mi Geritol.
    Adeline era robusta, pero llevaba sus kilos de más sin esfuerzo. Sus ojos azules parecían reír con cada frase y su rostro mostraba una expresión afectuosa y amable. Personificaba el tópico de la dulce viejecita de cabello plateado.
    —Usted no parece de los que toman Geritol —dijo Seagram.
    Ella le palmeó el brazo.
    —Si pretende halagarme, gracias... —Le señaló un sillón en una sala amueblada con buen gusto—. Venga y tome asiento. Se quedará a almorzar, ¿verdad?
    —Me sentiré muy honrado, si no es molestia.
    —Claro que no... Bert está correteando por el campo de golf y le agradezco su compañía.
    Seagram levantó la vista.
    —¿Bert?
    —Mi marido.
    —Pero yo creía que...
    —Que yo seguía siendo la viuda de Jack Hobart —terminó ella la frase con sonrisa inocente—. La verdad es que me convertí en señora de Austin hace sesenta y dos años.
    —¿Lo sabe el ejército?
    —Sí, por Dios. Escribí cartas al Departamento de Guerra notificándoles mi situación hace mucho tiempo, pero ellos se limitaron a enviarme respuestas corteses y evasivas y siguieron enviándome los cheques por correo.
    —¿Pese a que usted se había vuelto a casar?
    Adeline Hobart se encogió de hombros.
    —Soy humana, señor Seagram. ¿Por qué discutir con el gobierno? Si insisten en enviarme dinero, ¿quién va a decirles que no?
    —Un arreglo lucrativo.
    Ella asintió con la cabeza.
    —No lo niego, en particular cuando se incluyen los diez mil dólares que recibí al morir Jake.
    Seagram se inclinó entrecerrando los ojos.
    —¿El ejército le pagó diez mil dólares de indemnización? ¿No era mucho para 1911?
    —Usted no puede estar más sorprendido que yo en aquel momento —repuso ella—. Sí; en esa época esa suma era una pequeña fortuna.
    —¿Hubo alguna explicación?
    —Ninguna. Todavía me parece ver el cheque, después de tantos años. Decía sólo «Pago a la viuda» y estaba extendido a mi nombre. Eso fue todo.
    —Tal vez podamos empezar por el principio...
    —¿Cuándo conocí a Jake?
    Seagram asintió.
    La mirada de la mujer se fijó más allá de él por unos instantes.
    —Conocí a Jake durante el terrible invierno de 1910. Fue en Leadville, Colorado, y yo acababa de cumplir dieciséis años. Mi padre viajaba a la zona minera para investigar posibles inversiones en varias empresas, y como se acercaba la Navidad y yo tenía algunos días de vacaciones en la escuela, aceptó llevarnos a mamá y a mí. Apenas había llegado el tren a Leadville, cayó sobre la región alta de Colorado la peor tormenta de nieve en cuarenta años. Duró dos semanas y créame que no fue ninguna fiesta, teniendo en cuenta especialmente que la altitud de Leadville es de más de tres mil metros.
    —Toda una aventura para una muchacha de dieciséis años.
    —Ya. Papá se paseaba por el vestíbulo del hotel como un toro acorralado, mientras mamá estaba sentada, preocupada, pero a mí me pareció maravilloso.
    —¿Y Jake?
    —Un día, mamá y yo cruzábamos a duras penas la calle rumbo a la tienda de ultramarinos... todo un calvario cuando a una la azotan vientos de setenta kilómetros por hora a cuatro grados bajo cero, y en eso aparece de la nada un gigantón enorme, nos levanta a cada uno con un brazo, nos transporta a través de los montones de nieve y nos deposita en el umbral de la tienda.
    —¿Era Jake?
    —Sí —dijo ella con tono distante—, era Jake.
    —¿Qué aspecto tenía?
    —Era un hombre corpulento, de más de metro ochenta y tórax amplio. De muchacho había trabajado en las minas de Gales. Cada vez que se veía un grupo de hombres a un kilómetro de distancia, era fácil distinguir a Jake. Era el de cabello y barba rojo vivo que siempre estaba riendo.
    —¿Cabello y barba rojos?
    —Sí, lo enorgullecía el hecho de sobresalir entre los demás.
    —Todos estiman a un hombre risueño.
    —Pues por mi parte no fue ciertamente amor a primera vista, se lo puedo asegurar —contestó ella con una amplia sonrisa—. Jake me resultaba parecido a un oso enorme y tosco... No era ni mucho menos el tipo adecuado para estimular la fantasía de una muchacha.
    —Pero se casó con él.
    Ella asintió con la cabeza.
    —Me cortejó durante toda la tempestad y cuando por fin, al decimocuarto día, apareció el sol entre las nubes, acepté su propuesta. Mamá y papá quedaron consternados, por supuesto, pero Jake los conquistó también a ellos.
    —No pudieron estar mucho tiempo casados.
    —Lo vi por última vez un año después.
    —El día en que él y los demás desaparecieron en la Angelito —dijo Seagram, más aseverando que preguntando.
    —Sí —dijo ella pensativamente. Luego eludió su mirada y dirigió nerviosamente la suya hacia la cocina—. Dios mío, será mejor que prepare algo para almorzar. Debe de estar hambriento, señor Seagram.
    Pero la expresión formal de Seagram se extinguió y sus ojos brillaron con súbito entusiasmo.
    —Tuvo noticias de Jake después del accidente en la Angelito, ¿verdad, señora Austin?
    Ella pareció refugiarse en los cojines de su sillón. Una expresión recelosa cubría su apacible rostro.
    —No sé a qué se refiere...
    —Creo que sí —insistió él con suavidad.
    —No... no; se equivoca.
    —¿A qué teme?
    Las manos de la mujer temblaban ahora.
    —Le he dicho todo cuanto puedo.
    —Hay más, mucho más, señora Austin —repuso él, tomándole las manos—. ¿A qué teme? —repitió.
    —Juré guardar el secreto —murmuró ella.
    —¿Puede explicarse?
    Ella dijo, vacilante:
    —Usted representa al gobierno, señor Seagram. Ya sabe lo que es guardar un secreto.
    —¿Quién fue? ¿Jake? ¿Él le pidió que guardara silencio?
    Ella meneó la cabeza.
    —Entonces, ¿quién?
    —Créame, por favor —imploró ella—. No puedo decírselo... No puedo decirle lada.
    Seagram se puso de pie y la contempló. La mujer parecía haber envejecido, las arrugas parecían más profundas en su vieja piel. Se había encerrado en un caparazón.
    —¿Puedo utilizar su teléfono, señora Austin?
    —Sí, por supuesto. La extensión más cercana está en la cocina.
    Pasaron siete minutos antes de que la conocida voz surgiera a través del auricular. Seagram explicó rápidamente la situación e hizo su pedido. Después volvió a la sala.
    —Señora Austin, ¿puede venir un momento?
    Ella se acercó tímidamente y Seagram le pasó el aparato.
    —Es alguien que quiere hablar con usted...
    La mujer lo tomó con cautela y murmuró:
    —Hola, habla Adeline Austin.
    Por un instante se reflejó en sus ojos una expresión confusa, que luego se transformó lentamente en genuino asombro. Movía la cabeza de arriba abajo sin decir nada, como si la lejana voz estuviera ante ella.
    Finalmente, al cabo de la peculiar conversación, logró pronunciar unas palabras:
    —Sí, señor... Lo haré. Adiós.
    Colgó lentamente el auricular y quedó perpleja, como hipnotizada.
    —¿Era... realmente el presidente de Estados Unidos?
    —El mismo. Puede verificarlo si así lo desea. Llame a larga distancia y pida comunicación con la Casa Blanca. Cuando le contesten, hable con Gregg Collins. Es el ayudante principal del presidente, y fue él quien transmitió mi llamada.
    —Imagínese, el presidente me ha pedido que lo ayude... —Sacudió la cabeza como mareada—. No puedo creer que realmente haya sucedido eso.
    —Sucedió, señora Austin. Cualquier información que pueda darnos respecto de su primer esposo y las extrañas circunstancias que rodearon su muerte serían muy beneficiosas para el país. Sé que dicho así parece trillado, pero...
    —¿Quién puede negarle algo a un presidente?
    Adeline sonrió de nuevo dulcemente; sus manos ya no temblaban. Había recobrado el equilibrio, por lo menos exteriormente.
    Seagram la cogió del brazo para conducirla de vuelta a su sillón de la sala.
    —Y ahora hábleme de la relación de Jake con Joshua Hays Brewster...
    —Jake era especialista en explosivos, dinamitero, uno de los mejores del país. Conocía la dinamita como un herrero conoce su fragua, y como el señor Brewster insistía en contratar sólo a los mejores para componer sus cuadrillas mineras, solía emplear a Jake para que se encargara del dinamitado.
    —¿Sabía Brewster que Jake estaba casado?
    —Es raro que lo pregunte... Teníamos una casita en Boulder, lejos de los campamentos mineros, porque Jake no quería que se supiera que tenía esposa. Según él, los capataces de las minas no empleaban a dinamiteros casados.
    —Entonces, Brewster, naturalmente, sin conocer la situación de Jake, le contrató para que trabajara en la mina Angelito.
    —Sé lo que dijeron los periódicos, señor Seagram, pero Jake jamás puso el pie en la mina Angelito, ni tampoco el resto de la cuadrilla.
    Seagram acercó su sillón, de modo que casi se tocaban con las rodillas.
    —Entonces el desastre fue un simulacro —dijo con voz ronca.
    Ella alzó la vista.
    —¿Sabe... sabe usted eso?
    —Lo sospechábamos, pero no teníamos pruebas.
    —Si son pruebas lo que quiere, señor Austin, yo se las daré.
    Se incorporó, y se dirigió a otra habitación. Poco después volvió llevando una vieja caja de zapatos que abrió con reverencia.
    —Un día antes de su entrada en la mina Angelito, Jake me llevó a Denver y salimos de compras. Me compró ropas finas, joyas y me agasajó con champán en el mejor restaurante de la ciudad. Pasamos nuestra última noche juntos en la suite para recién casados del hotel Palace Brown. ¿Lo conoce usted?
    —Un amigo mío se aloja allí en este momento.
    —Por la mañana me dijo que no creyera lo que oiría o leería en los periódicos sobre su muerte en un accidente minero y que por varios meses estaría ausente trabajando en alguna parte de Rusia. Dijo que, cuando volviera, seríamos más ricos de lo que podíamos soñar. Después mencionó algo que nunca entendí.
    —¿Qué fue?
    —Dijo que los franceses se ocupaban de todo y que cuando todo terminara viviríamos en París. —Su rostro cobró una expresión de ensoñación—. Al día siguiente ya no estaba. En su almohada hallé una nota que decía simplemente: "Te amo, Ad", y un sobre que contenía cinco mil dólares.
    —¿Tiene idea de dónde procedía el dinero?
    —No. En ese entonces sólo teníamos unos trescientos dólares en el banco.
    —¿Y fue eso lo último que supo de él?
    —No —repuso ella, entregando a Seagram una desteñida tarjeta postal con una reproducción de la Torre Eiffel—. Esto llegó por correo alrededor de un mes más tarde.

    Querida Ad: Aquí el clima es lluvioso y la cerveza horrible. Yo estoy bien, igual que los demás muchachos. No te inquietes. Como puedes ver, no estoy muerto ni por asomo. El que tú sabes.

    El mensaje estaba escrito evidentemente por una mano pesada. El matasellos de correos databa del 1 de diciembre de 1911 en París.
    —Una semana más tarde llegó otra tarjeta —continuó Adeline, entregándole a Seagram una segunda postal. Ésta reproducía el Sacré-Coeur, pero estaba sellada en Le Havre.

    Querida Ad: vamos hacia el Ártico. Éste será mi último mensaje por una temporada. Ten valor. Los franchutes nos tratan bien. Buena comida, buen barco. El que tú sabes.

    —¿Está segura de que es la letra de Jake? —preguntó Seagram.
    —Absolutamente. Tengo otros papeles y cartas viejas de Jake. Puede compararlos.
    —No será necesario, Ad —contestó Seagram, y la mujer sonrió al oír su apodo—. ¿Hubo alguna otra comunicación?
    Ella asintió.
    —La tercera y última. Jake debe de haber guardado tarjetas postales de París. En ésta se ve la Sainte Chapelle, pero fue enviada desde Aberdeen, Escocia, el 4 de abril de 1912.

    Querida Ad: este sitio es espantoso. Hace un frío terrible. No sabemos si sobreviviremos. Si de algún modo consigo hacerte llegar esto, cuidarán de ti. Dios te bendiga. Jake.

    Al margen, alguien había escrito, con otra letra:

    Estimada señora Hobart: Perdimos a Jake en una tormenta. Le brindamos una oración cristiana. Lo sentimos mucho. V.H.

    Seagram sacó la lista de miembros de la cuadrilla que Donner le había leído por teléfono.
    —V.H. debe de haber sido Vernon Hall —dijo.
    —Sí; Vern y Jake eran buenos amigos.
    —¿Qué pasó después? ¿Quién le hizo jurar que guardaría el secreto ?
    —Unos dos meses más tarde, creo que a principios de junio, vino a mi casa en Boulder un coronel Patman o Patmore, no recuerdo bien, para decirme que era indispensable que jamás revelara haber tenido contacto con Jake después del caso de la mina Angelito.
    —¿Le dio alguna explicación?
    Ella meneó la cabeza.
    —No; simplemente que al gobierno le interesaba que se guardara silencio. Después me entregó el cheque por diez mil dólares y se marchó.
    Seagram se desplomó en su sillón como si le hubieran quitado de los hombros un gran peso. Parecía imposible que esa anciana de noventa y tres años tuviera la clave para hallar un mineral perdido que valía miles de millones de dólares, pero así era.
    Seagram la miró y sonrió.
    —Ese almuerzo prometido empieza a parecerme muy tentador.
    Ella le devolvió la sonrisa con mirada maliciosa.
    —Como habría dicho Jake, al diablo con el almuerzo. Bebamos antes una cerveza.





    16


    Los rayos del sol poniente se veían todavía sobre el horizonte, cuando el primer rumor de un trueno distante indicó que se avecinaba una tormenta eléctrica. El aire era cálido y la suave brisa costera acariciaba el rostro de Seagram que, sentado en la terraza del club Bahía de Balboa, tomaba su coñac después de la cena.
    Eran las ocho, hora en que los elegantes residentes de la playa de Newport iniciaban su vida social nocturna. Después de darse un remojón en la piscina del club, Seagram había comido temprano. Sentado allí, oía el gruñido de la cercana tormenta. El aire se hizo denso, cargado de electricidad, pero no había señales de lluvia ni viento. En el fogonazo del relámpago pudo ver embarcaciones de recreo que cruzaban la bahía con sus luces rojas y verdes de navegación, con su pintura blanca que les daba el aspecto de silenciosos y fugitivos espectros. Otro rayo atravesó el aire nocturno, una dentada horquilla que partió el cielo nublado. Lo miró caer en alguna parte tras los tejados de la isla de Balboa, y casi en el mismo instante el bramido del trueno estalló en sus tímpanos, como un cañonazo.
    Todos los demás se habían trasladado nerviosamente al interior del comedor y Seagram no tardó en descubrir que la terraza estaba desierta. Se quedó, disfrutando la exhibición de fuegos artificiales que le ofrecía la naturaleza. Terminó el coñac y se reclinó en su silla a la espera del siguiente relámpago. Éste no tardó en llegar, iluminando a una figura de pie junto a la mesa. Era un hombre alto de cabello negro y rasgos recios, que lo miraba fijamente con ojos serenos y penetrantes. Luego el desconocido volvió a fundirse en la oscuridad.
    Al alejarse el trueno, una voz aparentemente incorpórea preguntó:
    —¿Es usted Gene Seagram?
    Seagram vaciló, esperando a que sus ojos se readaptaran a la oscuridad que sucedió al relámpago.
    —Sí...
    —Tengo entendido que me buscaba.
    —No recuerdo su nombre...
    —Soy Dirk Pitt.
    El cielo volvió a iluminarse y Seagram se sintió aliviado al ver una cara sonriente.
    —Se diría, señor Pitt, que las apariciones melodramáticas son una costumbre suya. ¿También conjuró esta tormenta eléctrica?
    La risa con que le respondió Pitt fue acompañada por un trueno.
    —Todavía no domino esa habilidad, pero estoy logrando progresos en cuanto a dividir el mar Rojo.
    Con un ademán, Seagram le indicó una silla.
    —¿Quiere sentarse, por favor?
    —Gracias.
    —Le ofrecería una copa, pero es evidente que el camarero le teme a los rayos.
    —Lo peor está pasando —dijo Pitt, mirando el cielo. Su voz era serena.
    —¿Cómo me ha encontrado? —inquirió Seagram.
    —Fue un proceso gradual —replicó Pitt—. En Washington llamé a su esposa y ella dijo que había ido a Mundo del Descanso en viaje de negocios. Como eso queda a pocos kilómetros de aquí, pregunté al guardia de la entrada, quien dijo haber hecho pasar a un tal Gene Seagram cuyo ingreso fue aprobado por una señora de Austin. Esta, a su vez, mencionó que le había recomendado el club Bahía de Balboa cuando usted anunció su deseo de posponer su regreso en avión a Washington y descansar hasta mañana. Lo demás fue fácil.
    —Debería sentirme halagado por su estilo persistente.
    Pitt asintió con la cabeza.
    —Fue todo muy elemental...
    —Por una afortunada circunstancia, nos encontramos en el mismo paraje —dijo Seagram.
    —Siempre me gusta tomarme unos días libres para practicar deportes acuáticos en esta época del año. Mis padres tienen una casa del otro lado de la bahía. Podría haberme comunicado con usted antes, pero el almirante Sandecker dijo que no corría prisa.
    —¿Conoce usted al almirante?
    —Trabajo para él.
    —Entonces, ¿pertenece a la ANIM?
    —Sí, soy director de proyectos especiales en ese organismo.
    —Su nombre me pareció vagamente familiar. Mi esposa lo ha mencionado.
    —¿Dana?
    —Sí, ¿ha trabajado con ella?
    —Una sola vez. Llevé suministros en avión a la isla Pitcairn el verano pasado, cuando ella y su equipo arqueológico de la ANIM buceaban para sacar objetos del Bounty.
    Seagram los miró.
    —Así que el almirante Sandecker le dijo que no había prisa para que se comunicara conmigo...
    Pitt sonrió.
    —Según deduzco, usted lo fastidió con una llamada telefónica en mitad de la noche.
    Las negras nubes habían volado hacia el mar y los rayos caían sobre Catalina, del otro lado del canal.
    —Y ahora que me tiene a tiro, ¿en qué puedo serle útil? —dijo Pitt.
    —Puede empezar hablándome de Nueva Zembla.
    —No hay mucho que decir —repuso Pitt—. Estuve a cargo de la expedición encargada de recoger a su agente. Cuando no se presentó a tiempo, tomé prestado el helicóptero del barco e hice un vuelo de exploración hasta la isla rusa.
    —Se arriesgó mucho. Los radares soviéticos podrían haberlo captado en sus pantallas.
    —Tomé en cuenta esa posibilidad. Volé a menos de tres metros del agua y mantuve mi velocidad de vuelo por debajo de los quince nudos. Aunque me hubieran captado, habría aparecido en el radar como una pequeña nave pesquera.
    —¿Qué pasó una vez llegó a la isla?
    —Recorrí la costa hasta que encontré la balandra de Koplin amarrada en una ensenada. Aterricé con el helicóptero cerca de allí y comencé a buscarlo. Fue entonces cuando oí disparos a través de una muralla de nieve que había sido levantada por una ráfaga de viento...
    —¿Cómo fue posible encontrar a Koplin y el soldado ruso? Hallarlos en plena tormenta de nieve es como encontrar una aguja en un pajar helado.
    —Las agujas no ladran —contestó Pitt—. Seguí los ladridos de un perro que iba a la caza... Eso me condujo hasta Koplin y el soldado.
    —A este último, por supuesto, lo asesinó —dijo Seagram.
    —Supongo que un fiscal podría sugerir eso —contestó Pitt con airoso ademán—. Pero, en ese momento me pareció adecuado hacerlo.
    —¿Y si el soldado hubiera sido también agente mío?
    —Los camaradas de armas no se maltratan sádicamente, en especial cuando uno de ellos está gravemente herido.
    —Y el perro... ¿era necesario que matara al perro?
    —Se me ocurrió que, librado a sus propios medios, podría haber conducido a una patrulla exploradora hasta el cadáver de su amo. En cambio, lo más probable es que ni uno ni otro sean descubiertos jamás.
    —¿Siempre lleva pistola con silenciador?
    —Esta no fue la primera vez que el almirante Sandecker me encomienda un trabajo sucio, ajeno a mis obligaciones habituales —dijo Pitt.
    —Tengo entendido que antes de llevar a Koplin hasta el barco, destruyó su embarcación.
    —Con bastante destreza, creo —replicó Pitt con un tono que no delataba ninguna vanidad—. Perforé el casco, icé la vela y lo dejé a la deriva. Calculo que se hundió para siempre a unos cinco kilómetros de la costa.
    —Se arriesgó usted demasiado —dijo Seagram con irritación—. Se atrevió a inmiscuirse en algo que no le concernía. Desafió a la autoridad rusa al correr un grave riesgo sin autoridad para ello. Y asesinó a sangre fría a un hombre y su animal... Si todos fuéramos como usted, señor Pitt, este país sería muy desdichado.
    Pitt se levantó y se inclinó sobre la mesa hasta quedar cara a cara con Seagram.
    —No me hace usted justicia —dijo con una mirada fría como un glaciar—. Omitió lo mejor. Fui yo quien dio su sangre a su amigo Koplin durante su operación. Fui yo quien ordenó al barco pasar de largo frente a Oslo y encaminarse hacia el aeródromo estadounidense más cercano. Y fui yo quien consiguió con el comandante de la base su avión privado de transporte para llevar a Koplin de vuelta a Estados Unidos. En conclusión, señor Seagram, Pitt, el ávido de sangre, el perro rabioso, se confiesa culpable... culpable de rescatar los fragmentos de su espionaje furtivo en el Ártico. No esperaba un desfile con confeti por Broadway ni una medalla de oro; con un simple «gracias» habría bastado. En cambio, su boca sólo escupe grosería y sarcasmo. No sé qué le preocupa, Seagram, pero hay algo que está claro: es usted un imbécil de primera. Y con todo el respeto que me merece, váyase a la mierda.
    Pitt se volvió, se internó en las sombras y desapareció.





    17


    El profesor Peter Barshov pasó una curtida mano por su encanecido cabello y con su pipa apuntó a Prevlov, que estaba sentado del otro lado del escritorio.
    —No, no, capitán; le aseguro que el hombre que envié a Nueva Zembla no sufre alucinaciones.
    —Pero un socavón... —murmuró Prevlov, incrédulo—. ¿Un socavón desconocido, sin explorar en suelo ruso? No lo habría creído posible.
    —No obstante, es así —replicó Barshov—. Los primeros indicios aparecieron en nuestras fotografías aéreas de contorno. Según mi geólogo, que logró entrar, el túnel es muy viejo tal vez de setenta u ochenta años.
    —¿De dónde salió?
    —No de dónde, capitán. La cuestión es quién lo excavó y por qué.
    —¿ Dice que el Instituto Leongorod de Geología no lo tiene registrado? —preguntó Prevlov.
    Barshov meneó la cabeza negativamente.
    —Ni una palabra. Sin embargo, quizá encuentre un rastro de él en los archivos de la Ojrana.
    —La Ojrana... ah, sí, la policía secreta de los zares. —Prevlov hizo una breve pausa—. No, no es probable. En esa época lo único que les preocupaba era la revolución. No se habrían molestado por una mina clandestina.
    —¿Clandestina? No puede estar seguro de eso.
    Prevlov se dio la vuelta y miró por la ventana.
    —Perdóneme, profesor, pero es que en mi profesión asigno motivos maquiavélicos a todo.
    Barshov se quitó la pipa de la boca y apisonó el tabaco de la cazoleta.
    —He leído con frecuencia relatos sobre minas fantasmas en Occidente pero éste es el primero de esos misterios que he oído mencionar en la Unión Soviética. Es casi como si fuera un presente de los norteamericanos.
    —¿Por qué lo dice? —Prevlov se volvió hacia Barshov—. ¿ Qué tiene que ver con ellos ?
    —Tal vez nada, tal vez todo. El equipo hallado dentro del túnel fue manufacturado en Estados Unidos.
    —No es una prueba concluyente —dijo Prevlov con escepticismo—. Es posible que el equipo haya sido simplemente comprado a los norteamericanos y utilizado por otros.
    Barshov sonrió.
    —Es una presunción válida, capitán, salvo por el hecho de que en el túnel se descubrió el cadáver de un hombre. Sé de buena fuente que su epitafio estaba escrito en la jerga norteamericana.
    —Interesante —dijo Prevlov.
    —Le pido disculpas por no proporcionarle datos más precisos —dijo Barshov—. Comprenderá usted que mis observaciones son sólo de segunda mano... Por la mañana tendrá sobre su escritorio un informe detallado acerca de lo que hallamos en Nueva Zembla y mis colaboradores estarán a su disposición para cualquier investigación adicional.
    —La armada le agradece su cooperación, profesor.
    —El Instituto Leongorod está siempre al servicio de nuestro país —declaró Barshov, incorporándose y haciendo una formal reverencia—. Si eso es todo por ahora, capitán, volveré a mi oficina.
    —Hay algo más, profesor...
    —¿Qué?
    —No ha mencionado si sus geólogos descubrieron indicios de minerales.
    —Nada de valor.
    —¿Nada en absoluto?
    —Elementos residuales de níquel y cinc, además de vestigios radiactivos de uranio, torio y bizanio.
    —No conozco los dos últimos.
    —Bombardeado con neutrones, el torio puede ser convertido en combustible nuclear —explicó Barshov—. Se lo emplea también para reparar diversas aleaciones de magnesio.
    —¿Y el bizanio?
    —Muy poco se sabe de él. Nunca se lo descubrió en cantidad suficiente para efectuar ensayos efectivos. —Barshov golpeó su pipa en un cenicero—. Los franceses son los únicos que se han interesado en él desde hace años.
    Prevlov levantó la vista.
    —¿Los franceses?
    —Han gastado millones de francos enviando expediciones geológicas en su busca por todo el mundo. Que yo sepa, ninguna de ellas tuvo éxito.
    —Se diría que saben algo que nuestros científicos ignoran.
    Barshov se encogió de hombros.
    —No estamos a la cabeza en todas las empresas científicas del mundo, capitán. De ser así, nosotros, y no los norteamericanos, estaríamos conduciendo vehículos por la superficie lunar.
    —Gracias nuevamente, profesor. Espero su informe definitivo.





    18


    A cuatro calles del edificio del Ministerio de Marina, el teniente Pavel Marganin descansaba en un banco de un parque, leyendo con indiferencia un libro de poemas. Era mediodía y las zonas de césped estaban repletas de oficinistas que comían su almuerzo bajo las hileras de árboles, regularmente espaciadas. De vez en cuando alzaba la vista y echaba una mirada a una que otra muchacha que pasaba.
    A las doce y media, un hombre gordo, vestido con un arrugado traje, se sentó en el otro extremo del banco y comenzó a desenvolver un pequeño pan de centeno y un tazón de patatas. Luego se volvió hacia Marganin con una amplia sonrisa.
    —¿Le apetece un trozo de pan, marinero? —preguntó jovialmente el desconocido, palmeándose la barriga—. Tengo de sobra para dos... Mi esposa insiste en mantenerme gordo para que las muchachas no me persigan.
    Marganin meneó la cabeza y volvió a su lectura.
    El otro se encogió de hombros y mordió un trozo de pan. Comenzó a masticar vigorosamente, pero estaba fingiendo; tenía la boca vacía.
    —¿Qué tiene para mí? —murmuró entre movimientos de mandíbula.
    Marganin fijó la vista en su libro y lo levantó un poco para ocultar los labios.
    —Prevlov tiene amoríos con una mujer de cabello negro y corto, que usa zapatos caros, de tacón bajo, número seis, y tiene predilección por el Chartreuse.
    Conduce un coche de la embajada norteamericana, matrícula USA uno cuatro seis.
    —¿Está seguro de que sus datos son correctos?
    —Absolutamente —murmuró Marganin mientras daba vuelta a una página con aire descuidado—. Sugiero que actúen de inmediato a partir de mi información. Tal vez sea la pieza que estamos buscando.
    —La tendré identificada antes que se ponga el sol. —El desconocido comenzó a masticar sus patatas ruidosamente—. ¿Algo más?
    —Necesito autos sobre el proyecto Siciliano.
    —Nunca lo he oído mencionar.
    Marganin bajó el libro y se frotó los ojos, siempre con una mano ante los labios.
    —Es un proyecto de defensa, conectado de algún modo con la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas.
    —Ellos pueden mostrarse desconfiados con respecto a dejar filtrar información sobre los proyectos de defensa.
    —Dígales que no se preocupen. Será manejado con discreción.
    —Dentro de seis días. En el lavabo de hombres del restaurante Borodino. A las siete menos veinte de la tarde.
    Marganin cerró su libro y se desperezó. A modo de saludo, el desconocido tragó otro puñado de patatas, sin hacer caso de Marganin, quien se incorporó y echó a andar despacio hacia el Ministerio de Marina soviético.





    19


    El secretario del presidente sonrió cortésmente y se puso de pie tras su escritorio. Era alto y joven, de cara amistosa y vivaz.
    —La señora Seagram, por supuesto... Le ruego que pase por aquí.
    Condujo a Dana hasta el ascensor de la Casa Blanca y se apartó para dejarla entrar. Ella aparentó indiferencia. Si él sabía o sospechaba algo, la estaría desnudando mentalmente. Lanzó una mirada furtiva al secretario, cuyos ojos inescrutables permanecieron fijos en las luces correspondientes a los pisos, que se encendían y apagaban.
    Se abrieron las puertas y ella siguió por el pasillo hasta uno de los dormitorios del tercer piso.
    —Allí está, sobre la repisa de la chimenea —dijo el secretario—. Lo encontramos en el sótano, en un cajón sin identificar. Una bellísima obra de arte... El presidente insistió en que lo trajéramos aquí, donde se lo puede admirar.
    Dana entrecerró los ojos cuando se encontró contemplando el modelo de un velero que yacía en una caja de cristal encima de la chimenea.
    —El presidente tenía la esperanza de que usted pudiera dilucidar un poco su historia —continuó el secretario—. Como puede ver, no hay indicación de nombre en el casco ni en la cubierta que lo protege.
    Ella se acercó a la chimenea para ver más de cerca. Estaba confundida; aquello no era lo que había esperado, ni mucho menos. Esa mañana, por teléfono, el secretario había dicho simplemente: «El presidente quiere saber si a usted le resulta cómodo pasar por la Casa Blanca alrededor de las dos de la tarde.» Una extraña sensación le recorrió el cuerpo. No supo con certeza si era de decepción o de alivio.
    —A juzgar por el aspecto, es un barco mercante de principios del siglo dieciocho —dijo—. Tendría que hacer algunos bocetos y compararlos con antiguos registros de los Archivos Navales.
    —El almirante Sandecker dijo que si alguien podía identificarlo, era usted.
    —¿El almirante Sandecker?
    —Sí, fue él quien la recomendó al presidente —repuso el secretario, dirigiéndose hacia la puerta—. Hay papel y lápiz en la mesa de noche. Tengo que volver a mi escritorio. Por favor, tómese el tiempo que necesite.
    —Pero ¿y el presidente...?
    —Está jugando al golf. No será molestada. Cuando termine, baje en el ascensor hasta el piso principal.
    Y antes de que ella pudiera contestar, el secretario se dio la vuelta y salió.
    Dana se sentó pesadamente en el borde de la cama y suspiró. Después de la llamada telefónica, había corrido a su casa para tomar un baño perfumado y ponerse un vestido blanco, juvenil, virginal, sobre ropa interior negra. Y todo había sido para nada. El presidente no quería hacer el amor; sólo quería que ella identificara el maldito modelo de un viejo barco.
    Ostensiblemente defraudada, fue al tocador y contempló su cara. Cuando salió, la puerta del dormitorio estaba cerrada y junto a la chimenea se hallaba el presidente, bronceado y con aspecto juvenil, en camisa deportiva y pantalones holgados.
    Los ojos de Dana se agrandaron de asombro.
    —Se supone que debería estar jugando al golf —atinó a decir tontamente.
    —Eso dice en mi agenda.
    —Entonces, del modelo de barco...
    —El bergantín Roanoke, botado en Virginia —dijo él, señalando el modelo con un movimiento de la cabeza—. Su quilla fue construida en 1728 y se estrelló contra los arrecifes cerca de Nueva Escocia en 1743. Mi padre construyó este modelo a partir de cero hace unos cuarenta años.
    —¿Se ha tomado tantas molestias sólo para verme a solas? —preguntó ella, aturullada.
    —Es obvio, ¿no?
    Dana lo miró fijamente. Él le sostuvo la mirada y ella se ruborizó.
    —Verá usted —continuó él—, quería tener una pequeña charla informal con usted, a solas, sin interferencias ni interrupciones de mis subordinados.
    La habitación giró alrededor de ella.
    —¿Usted... usted sólo quiere hablar conmigo...?
    El presidente la miró un momento con curiosidad; luego sonrió.
    —Me halaga, señora Seagram. Jamás me propuse seducirla. Temo que mi fama de mujeriego sea un tanto exagerada.
    —Pero en la fiesta...
    —Comprendo —dijo él mientras la tomaba de la mano y la conducía a un sillón—. Cuando le susurré «tengo que verla a solas», usted lo interpretó como una proposición de un viejo libidinoso... Perdóneme, no fue ésa mi intención.
    Dana suspiró.
    —Me pregunté qué vería un hombre que podía tener cualquier mujer con sólo chasquear los dedos, en una vulgar arqueóloga marina, de treinta y un años y casada.
    —No se hace usted justicia —dijo él, súbitamente serio—. En realidad es muy atractiva.
    Dana sintió que volvía a ruborizarse.
    —Durante años nadie me ha hecho una proposición.
    —Quizá porque la mayoría de los hombres honorables no hacen proposiciones a una mujer casada.
    —Me gustaría creerlo.
    Él acercó una silla y se acomodó frente a ella. Dana permaneció sentada, con las rodillas juntas, las manos sobre el regazo. La pregunta, cuando llegó, la pilló totalmente desprevenida.
    —Dígame, señora Seagram, ¿está todavía enamorada de él?
    Ella lo miró fijamente, perpleja.
    —¿De quién?
    —De su marido, por supuesto.
    —¿Gene?
    —Sí, Gene —dijo él sonriendo—. A menos que tenga otro esposo oculto en alguna parte.
    —¿Por qué lo pregunta?
    —Gene se está desmoronando interiormente.
    Dana se mostró desconcertada.
    —Trabaja mucho, pero no puedo creer que esté al borde de un colapso nervioso.
    —En el sentido clínico, no. —La expresión del presidente era sombría—. Sin embargo, está sometido a una enorme tensión. Si además del recargo de trabajo tiene problemas matrimoniales graves, tal vez llegue al límite. No puedo permitir que eso suceda, todavía no, hasta que concluya un proyecto estrictamente secreto que es vital para la nación.
    —Es ese maldito proyecto secreto lo que se interpone entre nosotros —estalló ella, furiosa.
    —Eso, y otros problemas... por ejemplo, su negativa a tener hijos.
    Ella lo miró atónita.
    —¿Cómo es posible que sepa todo esto?
    —Por los métodos habituales. El cómo no tiene importancia. Lo importante es que usted se mantenga junto a Gene durante los próximos dieciséis meses y que le dé todo el cuidado y la ternura de que sea capaz.
    Dana abrió y cerró las manos nerviosamente.
    —¿Tan importante es? —dijo casi sin voz.
    —Sí, lo es —repuso él—. ¿Me ayudará?
    Ella asintió en silencio.
    —Muy bien. —Le palmeó las manos—. Entre los dos quizá logremos mantener encarrilado a Gene.
    —Lo intentaré, señor presidente. Si tanto significa, lo intentaré. No puedo prometerle más.
    —Confío en usted.
    —Pero sigo negándome a tener hijos —agregó ella con tono desafiante.
    Él mostró la famosa sonrisa que los fotógrafos captaban con tanta frecuencia.
    —Puedo ordenar una guerra y puedo ordenar que los hombres mueran, pero ni siquiera el presidente de Estados Unidos tiene poder para ordenar a una mujer que quede embarazada.
    Dana rió por primera vez. Resultaba muy extraño hablar íntimamente con el hombre más poderoso del mundo. El poder era un afrodisíaco, y ella comenzó a sentir la amarga desilusión de no ser llevada a la cama.
    El presidente se levantó y la cogió del brazo.
    —Ahora debo irme. Dentro de unos minutos tengo una entrevista con mis asesores económicos. —Comenzó a guiarla hacia la puerta. De pronto se detuvo, la atrajo hacia sí, y la besó. Cuando la soltó, la miró a los ojos y dijo:
    —Es usted una mujer muy deseable señora Seagram. No lo olvide.
    Y la acompañó hasta el ascensor.





    20


    Dana aguardaba en la sala de espera cuando Seagram bajó del avión.
    —¿Qué ha ocurrido? —preguntó él—. Hace años que no me esperas en el aeropuerto.
    —Sentí un irresistible impulso de hacerlo —sonrió ella.
    Seagram retiró su equipaje y juntos se dirigieron al aparcamiento. Ella le apretaba el brazo. Los hechos de la tarde parecían ahora un sueño lejano. Dana tenía que recordarse sin cesar que otro hombre la consideraba seductora y que hasta la había besado.
    Sentándose al volante condujo hacia la autopista. Ya había pasado la hora del tránsito intenso, de modo que cruzaron con rapidez la zona de Virginia.
    —¿Conoces a Dirk Pitt? —preguntó él, rompiendo el silencio.
    —Sí, es director de proyectos especiales del almirante Sandecker. ¿Por qué?
    —Le ajustaré las cuentas a ese malnacido —repuso él.
    Dana lo miró asombrada.
    —¿Qué relación tienes con él?
    —Arruinó una parte importante del proyecto.
    Ella se aferró al volante.
    —Te encontrarás con un hueso duro de roer —declaró.
    —¿Por qué lo dices?
    —En la ANIM se lo considera un mito. La lista de sus hazañas desde que ingresó en la agencia sólo es superada por sus relevantes antecedentes bélicos.
    —¿Y?
    —Pues que es el niño mimado del almirante Sandecker.
    —Olvidas que tengo más influencia ante el presidente que el almirante Sandecker.
    —¿Más que el senador George Pitt, de California? —preguntó ella sin rodeos.
    Seagram se volvió para mirarla.
    —¿Son parientes?
    —Padre e hijo.
    Él se repantigó en el asiento y permaneció durante varios kilómetros sumido en un silencio malhumorado.
    Dana apoyó la mano derecha en la rodilla de su marido. Cuando se detuvo ante un semáforo rojo, se inclinó y lo besó.
    —¿Qué significa esto?
    —Es un soborno.
    —¿Cuánto me va a costar? —refunfuñó él.
    —Tengo una idea —anunció ella—. ¿Te apetece ir a ver esa nueva película de Brando? Después podemos disfrutar de una magnífica cena con langostas en la taberna Viejo Potomac, luego ir a casa, apagar las luces y...
    —Llévame a la oficina, tengo que trabajar —dijo él.
    —Por favor, Gene, no te exijas tanto —rogó ella—. Mañana tienes tiempo para trabajar.
    —No, ¡ahora! —insistió él.
    El abismo que los separaba era insalvable y ya nada volvería a ser como antes.





    21


    Seagram miró el maletín metálico que había sobre el escritorio, y luego levantó la vista hacia el coronel y el capitán que estaban de pie ante él.
    —¿No hay error en esto?
    El coronel negó con la cabeza.
    —Investigado y verificado por el director de los Archivos de Defensa, señor.
    —Lo habéis hecho rápido. Gracias.
    El coronel no mostró intenciones de irse.
    —Disculpe, señor, tengo que esperar y volver al Departamento de Defensa llevando el legajo conmigo.
    —¿Por orden de quién?
    —Del secretario —repuso el coronel—. Las medidas de seguridad del Departamento de Defensa exigen que todo material clasificado como Confidencial Código Cinco sea mantenido bajo vigilancia en todo momento.
    —Entiendo —dijo Seagram—. ¿Puedo estudiar el legajo a solas?
    —Sí, señor. Mi asistente y yo esperaremos fuera, pero debo insistir respetuosamente en que no se permita a nadie entrar en su oficina ni salir de ella mientras el legajo esté en su poder.
    Seagram asintió.
    —Bien, señores, pónganse cómodos... Mi secretaria estará a disposición de ustedes si quieren café y refrescos.
    —Gracias, señor Seagram.
    Una vez a solas, Seagram permaneció unos instantes sentado, inmóvil. Tenía frente a los ojos la recompensa a cinco años de trabajo. ¿O no? Tal vez los documentos contenidos en aquel maletín conducirían sólo a otro misterio, o peor aún, a un callejón sin salida. Introdujo la llave y lo abrió. Contenía cuatro carpetas y una pequeña libreta. En los rótulos de las carpetas se leía:
    CD5C 7665 1911 Informe sobre el valor científico y monetario del elemento bizanio.
    CD5C 7687 1911 Correspondencia entre el secretario de Guerra y Joshua Hays Brewster, examinando la posible adquisición de bizanio.
    CD5C 7720 1911 Memorándum del secretario de Guerra al presidente, respecto de fondos para el Plan Militar Secreto 371-990-R 85.
    CD5C 8039 1912 Informe de la investigación realizada sobre las circunstancias que rodearon la desaparición de Joshua Hays Brewster.
    El cuaderno se titulaba simplemente «Diario de Joshua Hays Brewster».
    La lógica indicaba que Seagram estudiara primero las carpetas, pero dejando de lado la lógica, se reclinó en su sillón y abrió el diario.
    Cuatro horas más tarde puso el cuaderno encima de las carpetas y pulsó un botón de su intercomunicador. Casi de inmediato se abrió un panel oculto en una pared lateral, y entró un hombre.
    —¿Cuánto tardará en fotocopiar todo esto?
    El hombre hojeó el cuaderno y atisbo en las carpetas.
    —Cuarenta y cinco minutos.
    Seagram asintió.
    —Muy bien, empiece ahora mismo. Fuera hay alguien esperando los originales.
    Cuando volvió a cerrarse el panel, Seagram abandonó fatigado su sillón y se dirigió al cuarto de baño. Cerró la puerta y se apoyó en ella, con la cara contorsionada en una máscara grotesca.
    —Oh, no, Dios mío —gimió—. No es justo, no es justo.
    Luego se inclinó sobre el sumidero y vomitó.





    22


    El presidente estrechó las manos de Seagram y Donner en la puerta de su despacho, en Camp David.
    —Lamento haberlos hecho venir aquí a las siete de la mañana, pero es la única hora en que podía atenderlos.
    —No hay problema, señor presidente —repuso Donner—. De todos modos, a esta hora estoy habitualmente haciendo gimnasia.
    El presidente contempló la corpulencia de Donner con ojos burlones.
    —¿Quién sabe? Tal vez lo haya salvado de un ataque cardíaco. —Rió ante la lúgubre expresión de Donner y los condujo al estudio—. Siéntense y pónganse cómodos. He pedido un desayuno ligero.
    Se sentaron en un sofá y un sillón frente a una ventana panorámica que daba a las colinas de Maryland. Les sirvieron café con una bandeja de pastas.
    —Bien, Gene, espero que tengan buenas noticias esta vez. El proyecto Siciliano es nuestra única esperanza de terminar con esta descabellada carrera de armamento con los rusos y los chinos. —El presidente se restregó los ojos—. Debe de ser la mayor exhibición de estupidez desde los comienzos de la humanidad, sobre todo si se tiene en cuenta el hecho trágico y absurdo de que cada país puede convertir en cenizas al otro por lo menos cinco veces seguidas. —Hizo un ademán de impotencia—. Basta de cosas tristes... Infórmenme sobre la situación.
    Del otro lado de la mesita, Seagram lo miró con ojos fatigados, sosteniendo la copia del legajo del Archivo de Defensa.
    —Por supuesto, señor presidente, sabe lo que hemos hecho hasta ahora...
    —Sí, he estudiado los informes de su investigación.
    Seagram tendió al presidente una copia del diario de Brewster.
    —Creo que aquí encontrará un apasionante relato de intriga y sufrimiento humano en el siglo veinte... La primera anotación data del 8 de julio de 1910, y se inicia al partir Joshua Hays Brewster de las montañas de Taimir, cerca de la costa norte de Siberia. Allí pasó nueve meses abriendo una mina de plomo, bajo contrato con sus empleadores, la Société des Mines de Lorraine, para el zar de Rusia. Luego relata cómo la nave en que viajaba, un pequeño barco costero con rumbo a Arcángel, se perdió en la niebla y encalló en la isla superior de Nueva Zembla. Por suerte, la nave no sufrió daños serios, y los hombres lograron sobrevivir dentro de su helado casco de acero hasta que una fragata rusa los rescató, casi un mes más tarde. Durante este tiempo, Brewster dedicó su tiempo a explorar la isla. Al decimoctavo día descubrió un conjunto de extrañas rocas en la ladera de la montaña Bednáia. Como nunca había visto antes ese tipo de composición, se llevó consigo varias muestras a Estados Unidos, llegando finalmente a Nueva York sesenta y dos días después de haber salido de la mina de Taimir.
    —Así que ya sabemos cómo fue descubierto el bizanio —comentó el presidente.
    Seagram asintió con un gesto y continuó.
    —Brewster entregó a sus empleadores todas las muestras, salvo una, que conservo puramente como recuerdo. Unos meses más tarde, al no tener noticias, preguntó al director estadounidense de la Société des Mines de Lorraine qué había pasado con sus muestras de mineral de la montaña Bednáia. Se le dijo que, habiendo resultado carentes de valor, las habían retirado. Brewster, desconfiado, llevó la muestra que le quedaba a la Oficina de Minas, en Washington, para que la analizaran. Quedó atónito al enterarse de que era bizanio, un elemento hasta entonces virtualmente desconocido.
    —¿Brewster había informado a la Société dónde estaba localizado el bizanio? —inquirió el presidente.
    —No; actuando con astucia, se limitó a darles vagas indicaciones al respecto. A decir verdad, sugirió incluso que estaba situado en la isla inferior de Nueva Zembla, muchos kilómetros al sur.
    —¿Por qué ese subterfugio?
    —Una táctica habitual entre los exploradores de minas —respondió Donner—. Reservándose la ubicación exacta de un hallazgo prometedor, el descubridor puede negociar un porcentaje mayor de ganancias para el día en que la mina entre en funcionamiento.
    —Entiendo —murmuró el presidente—. Pero ¿qué indujo a los franceses a guardar el secreto ya en 1910? ¿Qué pueden haber visto en el bizanio que nadie más vio durante setenta años?
    —Para empezar, su similitud con el radio —dijo Seagram—. La Société des Mines pasó las muestras de Brewster al Instituto Radiológico de París, donde sus científicos hallaron que ciertas propiedades del bizanio y el radio eran idénticas.
    —Y como costaba cincuenta mil dólares obtener un gramo de radio —agregó Donner—, el gobierno francés vio de pronto la posibilidad de aceptar la única provisión conocida en el mundo de un elemento fantásticamente costoso. Con tiempo suficiente, podrían haber obtenido cientos de millones de dólares con algunos kilos de bizanio.
    El presidente sacudió la cabeza con incredulidad.
    —¡Dios santo! Si recuerdo bien, una onza pesa alrededor de veintiocho gramos.
    —Así es, señor. Una onza de bizanio valía un millón cuatrocientos mil dólares. Y eso, a los precios de 1910.
    El presidente se incorporó lentamente y miró por la ventana.
    —¿Qué hizo Brewster después?
    —Entregó la información que poseía al Departamento de Guerra —contestó Seagram, mientras sacaba la carpeta relativa a los fondos para el plan militar secreto 371-990-R85 y la abría—. Si supieran todo lo que ocurrió, los muchachos de la CÍA estarían orgullosos de la organización que los precedió. Cuando los generales de la antigua Oficina de Inteligencia Militar comprendieron lo que Brewster había descubierto, idearon la jugarreta más sensacional del siglo. Se ordenó a Brewster informar a la Société des Mines que había identificado las muestras de mineral y engañarlos haciéndoles creer que iba a formar una corporación minera y buscar el bizanio por su cuenta. Tenía a los franceses en sus manos y ellos lo sabían. Ya se habían dado cuenta de que sus indicaciones respecto a la ubicación eran muy inexactas. Sin Brewster no había bizanio. No tenían otra alternativa que contratarlo como ingeniero jefe a cambio de una parte de las ganancias.
    —¿Nuestro propio gobierno no podía haber respaldado una operación minera? —inquirió el presidente—. ¿Por qué dar participación a los franceses?
    —Por dos motivos —replicó Seagram—. Primero: como el bizanio se hallaba en suelo extranjero, la mina debía ser explotada en secreto. Si los mineros eran sorprendidos por los rusos, sería culpable el gobierno francés y no los norteamericanos. Segundo: en esa época el Congreso era muy avaro con el ejército. Simplemente no había fondos para afrontar una exploración minera en el Ártico, cualesquiera fuesen los beneficios potenciales.
    —Al parecer, los franceses jugaban contra naipes marcados.
    —La moneda tenía dos caras, señor presidente. Brewster no dudaba de que en cuanto abriera la mina de la montaña Bednáia y comenzara a embarcar el mineral, él y su cuadrilla serían eliminados por asesinos a sueldo de la Société des Mines de Lorraine. Eso era obvio por la obsesiva insistencia de la Société en cuanto al secreto. Y otra cosita... fueron los franceses, no Brewster, quienes idearon la tragedia de la mina Angelito.
    —Hay que reconocerles habilidad —dijo Donner—. El simulacro de la mina Angelito era la cobertura perfecta para eliminar tarde o temprano a Brewster y toda su cuadrilla. Después de todo, ¿cómo era posible acusar a nadie de haber asesinado a nueve hombres en el Ártico, cuando era de conocimiento público que todos ellos habían muerto seis meses atrás en un accidente minero, en Colorado?
    Seagram continuó:
    —Estamos razonablemente seguros de que la Société des Mines trasladó a nuestros héroes en secreto a Nueva York en ferrocarril. Es probable que desde allí se hayan embarcado en una nave francesa con nombres falsos.
    —Hay una cuestión que quiero aclarar —dijo el presidente—. Leyendo el informe de ustedes, veo que según Donner el equipo de minería hallado en Nueva Zembla fue pedido por intermedio del gobierno estadounidense. Ese detalle no encaja.
    —Otra superchería de los franceses —replicó Seagram—. Los archivos de Jensen y Thor demuestran que el equipo de perforación fue pagado con un cheque extendido contra un banco de Washington. Y resulta que la cuenta estaba a nombre del embajador francés... Fue simplemente otro ardid para encubrir la verdadera operación.
    —No descuidaron ningún detalle, ¿eh?
    Seagram asintió.
    —Lo planearon bien, pero pese a toda su perspicacia no advirtieron que se los embaucaba.
    —Y después de París, ¿qué? —insistió el presidente.
    —Los coloradeños pasaron dos semanas en la oficina de la Société, encargando pertrechos y haciendo preparativos finales para la excavación. Cuando por fin todo estuvo listo, se embarcaron en un buque de transporte francés en El Havre y pasaron por el canal de la Mancha. El barco tardó doce días en abrirse paso a través de los témpanos del mar de Barents antes de anclar finalmente junto a Nueva Zembla. Una vez los hombres y el equipo estuvieron a salvo en tierra, Brewster puso en rápida ejecución el plan militar secreto y ordenó al capitán de la nave aprovisionadora que no volviera en busca del mineral hasta la primera semana de junio, casi siete meses más tarde.
    —El plan consistía en que los coloradeños y el bizanio se marcharan mucho antes de que volviera el barco de la Société des Mines.
    —Exacto. Terminaron su tarea dos meses antes de la fecha fijada... El grupo tardó sólo cinco meses en extraer el valioso elemento de las entrañas de aquel infierno helado. Fue un trabajo agotador, perforar, dinamitar y excavar a través de granito macizo, con temperaturas de cincuenta grados bajo cero. Nunca, durante los largos meses invernales en las alturas junto a la divisoria continental de las montañas Rocosas, habían experimentado nada parecido a los gélidos vientos que ululaban a través del mar desde el gran casquete polar; vientos que se detenían apenas lo necesario para depositar el frío terrible y reabastecer el manto de hielo permanente que cubre la montaña Bednáia, antes de seguir soplando hacia la costa rusa que asoma sobre el horizonte, hacia el sur. Para estos hombres, el costo fue espantoso. Jack Hobart murió de frío tras perderse en una tormenta de nieve, y todos los demás sufrieron terriblemente por la fatiga y el congelamiento. Según el propio Brewster, «era un purgatorio helado en el cual no valía la pena malgastar un buen salivazo».
    —Es un milagro que no murieran todos —comentó el presidente.
    —Salieron del paso a fuerza de coraje —dijo Seagram—. Al final superaron todos los inconvenientes. Habían arrancado a ese páramo el mineral más escaso del mundo, y lo habían logrado sin que los descubrieran. Fue una clásica operación de cautela y pericia técnica.
    —Entonces, ¿escaparon de la isla con el mineral?
    —Sí, señor presidente —asintió Seagram—. Brewster y su cuadrilla cubrieron el terreno y las huellas de los rieles de mineral y disimularon la entrada a la mina. Después trasladaron el bizanio a la playa, donde lo cargaron a bordo de un pequeño barco de vapor de tres mástiles, enviado por el Departamento de Guerra bajo la apariencia de una expedición polar. La nave era comandada por el teniente Pratt, de la marina estadounidense.
    —¿Cuánto mineral se llevaron?
    —Según estimaciones de Sid Koplin, alrededor de media tonelada de primerísima calidad.
    —¿Y una vez procesado... ?
    —En el mejor de los casos, de acuerdo con una conjetura aproximada, habrían quedado unos quince kilos.
    —Más que suficiente para completar el proyecto Siciliano —dijo el presidente.
    —En efecto, más que suficiente —admitió Donner.
    —¿Lograron volver a Estados Unidos?
    —No, señor. De algún modo, los franceses habían previsto la jugada y aguardaban pacientemente a que los norteamericanos hicieran el trabajo sucio antes de presentarse en escena y apoderarse del botín. A pocos kilómetros de la costa sur de Noruega, antes que el teniente Pratt pudiera poner rumbo a Nueva York, fueron atacados por un misterioso guardacostas de vapor que no enarbolaba ninguna bandera nacional.
    —Sin identificación no habría escándalo internacional —dijo el presidente—. Los franceses lo previeron todo.
    Seagram sonrió.
    —Salvo que esta vez perdieron el barco... Como la mayoría de los europeos, subestimaron el proverbial ingenio yanqui; también nuestro Departamento de Guerra había previsto todas las contingencias. Antes que los franceses pudieran lanzar una tercera descarga contra el barco norteamericano, la tripulación del teniente Pratt había dejado caer una falsa cabina de cubierta y respondía al fuego con un cañón oculto de cinco pulgadas.
    —Muy bien, muy bien —exclamó el presidente—. Como habría dicho Teddy Roosevelt, «hurra por los nuestros».
    —La batalla duró casi hasta el anochecer —continuó Seagram—. Después Pratt acertó un cañonazo en la caldera del guardacostas francés, que estalló en llamas. Pero también la nave norteamericana quedó estropeada. Sus bodegas hacían agua, y Pratt tenía un tripulante muerto y cuatro gravemente heridos. Tras consultarse, Brewster y Pratt decidieron encaminarse hacia el puerto más cercano de un país amigo, llevar a tierra los heridos y enviar el mineral a Estados Unidos desde allí. A la madrugada pasaron junto al rompeolas en Aberdeen, Escocia.
    —¿No podían trasladar simplemente el mineral a un buque de guerra norteamericano? Sin duda eso habría sido más seguro...
    —No lo sé con certeza —replicó Seagram—. Aparentemente, Brewster temía que entonces los franceses pudieran reclamar el mineral por vía diplomática, obligando a los norteamericanos a admitir el robo y devolver el bizanio. Mientras lo conservara él en su poder, nuestro gobierno podría sostener que desconocía todo el asunto.
    El presidente meneó la cabeza.
    —Ese Brewster debe de haber sido un verdadero león...
    —Aunque parezca extraño, medía apenas un metro cincuenta y cinco.
    —Era un hombre notable, un gran patriota si pasó por todo ese infierno sin pensar en ningún beneficio personal.
    —Lo triste es que su odisea no había concluido. —A Seagram comenzaron a temblarle las manos—. El consulado francés de la ciudad portuaria denunció a los coloradeños. Una noche, antes de que pudieran descargar el bizanio en un camión, los agentes franceses atacaron desde las sombras del muelle de embarque. No hubo disparos. Todo fue con puños, cuchillos y palos. Los vigorosos hombres que provenían de los legendarios pueblos de Cripple Creek, Leadville y Fairplay no desconocían la violencia. Dieron más de lo que recibieron, arrojando seis cuerpos a las aguas del puerto antes que sus demás atacantes desaparecieran en la noche. Pero eso no fue más que el comienzo. De una a otra encrucijada, de un poblado al siguiente, en calles de ciudades y, al parecer, desde detrás de cada árbol y cada portal, continuaron los ataques hasta que la fuga a través de Gran Bretaña dejó un paisaje ensangrentado con una veintena de muertos y heridos. Las batallas tomaron el aspecto de una guerra de desgaste; los hombres de Colorado se enfrentaban con una organización enorme que reemplazaba con cinco hombres a cada dos que los mineros eliminaban. El desgaste comenzó a notarse. John Caldwell, Alvin Coulter y Thomas Price murieron en las afueras de Glasgow. Charles Widney cayó en Newcastle. Walter Schmidt cerca de Stafford y Warner O'Deming en Birmingham. Uno por uno, los rudos mineros veteranos fueron abatidos, manchando con su sangre las calles, lejos de sus hogares. Sólo Vernon Lee y Joshua Hays Brewster sobrevivieron para llevar el mineral hasta el muelle de ultramar de Southampton.
    El presidente apretó los labios y cerró los puños.
    —Así pues, los franceses se salieron con la suya.
    —No, señor presidente. Los franceses jamás tocaron el bizanio. —Seagram tomó el diario de Brewster y buscó el final—. Leeré la última anotación. Está fechada el 10 de abril de 1912: "Lo hecho ya no es más que una oración fúnebre, porque estoy casi muerto. Alabado sea Dios, el valioso mineral que con tan desesperado esfuerzo arrancamos a las entrañas de esa montaña maldita está a salvo en la bóveda del barco. Sólo quedará Vernon para relatar lo sucedido, pues yo parto en el gran vapor de la Estrella Blanca rumbo a Nueva York, sabiendo que el mineral está seguro. Dejo este diario en manos de James Rodgers, ayudante del cónsul de Estados Unidos en Southampton, quien se ocupará de que llegue a las autoridades adecuadas en caso de que también a mí me maten. Dios proteja el descanso de los hombres que se han ido antes que yo. Cuánto anhelo volver a Southby.»
    Un silencio frío reinó en el estudio. El presidente se apartó de la ventana y volvió a ocupar su sillón. Allí permaneció un momento sin decir nada. Por fin habló:
    —¿Puede significar eso que el bizanio se halla en Estados Unidos? ¿Es posible que Brewster...?
    —Me temo que no, señor —murmuró Seagram, con el rostro pálido y perlado de sudor.
    —Explíquese —exigió el presidente.
    Seagram respiró profundamente.
    —Porque, señor presidente, el único buque a vapor de la compañía Estrella Blanca que partió de Southampton, Inglaterra, el 10 de abril de 1912, fue el Titanic.
    —¡El Titanic! —exclamó el presidente, sorprendido. Acababa de comprender la verdad—. Eso explicaría por qué el bizanio se ha perdido hace tantos años.
    —El destino fue cruel con los coloradeños —murmuró Donner—. Se desangraron y murieron, sólo para enviar el mineral a un barco que estaba destinado a hundirse en medio del océano.
    Otro silencio, más lúgubre todavía que el anterior.
    El presidente, cuyo rostro parecía de granito, preguntó:
    —¿Qué haremos ahora, señores?
    Hubo una pausa de diez segundos; luego Seagram se incorporó vacilante y miró con fijeza al presidente. La tensión sufrida en los días anteriores, sumada al dolor de la derrota, lo dominó. No les quedaba otra salida; no tenían más alternativa que seguir hasta el final. Se despejó la garganta y masculló:
    —Rescatemos el Titanic.
    El presidente y Donner lo miraron.
    —¡Sí, por Dios! —dijo Seagram con voz súbitamente áspera y decidida—. ¡Rescatemos el Titanic!





    III. EL ABISMO NEGRO









    23


    Septiembre de 1987

    La inaccesible belleza de un negro puro, absoluto, pesaba sobre la portilla de observación e impedía todo contacto con la realidad terrena. Albert Giordino consideró que la total ausencia de luz tardaba apenas unos minutos en sumir la mente humana en un estado de confuso desorden. Tenía la impresión de caer desde una gran altura con los ojos cerrados en una noche sin luna, a través de un inmenso y negro vacío.
    Finalmente, una gota de sudor le corrió por la frente y cayó en su ojo izquierdo. Se libró del hechizo, se pasó una manga por la cara y deslizó suavemente la mano por el tablero de control que tenía ante él, tocando los diversos y familiares interruptores hasta que sus dedos alcanzaron a tientas su objetivo. Entonces accionó la llave.
    Los reflectores adosados al casco del sumergible de aguas profundas se encendieron y proyectaron un brillante haz de luz a través de la noche eterna. Aunque los delgados bordes de la banda luminosa adquirían bruscamente un color azul negruzco, los minúsculos organismos que pasaban flotando ante el resplandor directo reflejaban la luz hasta varios centímetros por encima y por debajo de la zona que rodeaba la portilla. Apartando la cara para no empañar el grueso plástico, Giordino lanzó un profundo suspiro antes de reclinarse contra el blanco respaldo de su sillón de piloto. Transcurrió casi un minuto antes que se inclinara sobre la consola de control y comenzara a dar vida otra vez al silencioso aparato. Estudió las hileras de cuadrantes hasta que las vacilantes agujas quedaron calibradas a su satisfacción, y examinó las luces de circuito, asegurándose que todas anunciaban en verde su mensaje de funcionamiento correcto antes de volver a conectar los sistemas eléctricos del Safo I.
    El Safo I... Giordino hizo girar el sillón para mirar hacia la popa por el pasillo central. Tal vez para la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas fuera el sumergible científico más nuevo y más grande del mundo, pero a Al Giordino, la primera vez que lo vio, su aspecto general le impresionó como el de un cigarro enorme sobre un patín para hielo.
    El Safo I no estaba hecho para competir con submarinos militares. Era funcional. Su destino era la exploración científica del fondo del océano y en él cada centímetro cuadrado había sido aprovechado para dar cabida a una tripulación de siete hombres y dos toneladas de instrumentos y equipos para investigaciones oceanográficas. El Safo I jamás dispararía un proyectil ni cruzaría el mar a setenta nudos, pero, en cambio, podía operar donde ningún otro sumergible podía hacerlo aún: a siete mil quinientos metros bajo la superficie del océano. Sin embargo, Giordino nunca se sentía totalmente tranquilo. Verificó el manómetro de profundidad, sobresaltándose al ver que indicaba tres mil setecientos metros. La presión del mar aumentaba en una proporción de dos kilos seiscientos gramos por centímetro cuadrado cada diez metros. Volvió a sobresaltarse cuando su cálculo mental le dio una solución aproximada de casi mil cuarenta kilos por centímetro cuadrado, la presión que en ese momento soportaba la pintura roja que cubría la dura piel de Titanic del Safo I.
    —¿Quieres una taza de sedimento recién preparado?
    Alzando la vista, Giordino se encontró con el rostro grave de Ornar Woodson, el fotógrafo de la misión. Woodson traía un humeante tazón de café.
    —La infusión del jefe de válvulas y palancas debió haberse servido hace exactamente cinco minutos —dijo Giordino.
    —Lo siento. Algún idiota apagó las luces. —Woodson le entregó el tazón—. ¿Todo va bien?
    —Sin novedad en el tablero —replicó Giordino—. He dado un descanso a la sección batería de proa... Desconectaremos la sección central durante las próximas dieciocho horas.
    —Por suene no tropezamos con una formación rocosa al desconectar.
    —¿Bromeas? —Giordino se deslizó hacia abajo en su asiento, bizqueó y bostezó con natural elegancia—. Hace seis horas que el sonar no capta nada más grande que una piedra del tamaño de una pelota de béisbol... Aquí el fondo es tan chato como el estómago de mi novia.
    —Te refieres a su pecho —dijo Woodson sonriendo, cosa poco habitual en él—. He visto su retrato.
    —Nadie es perfecto —admitió Giordino—. Sin embargo, teniendo en cuenta que su padre es un adinerado distribuidor de licores, puedo pasar por alto sus defectos...
    Se interrumpió cuando Rudi Gunn, el comandante de la misión, se asomó al compartimiento del piloto. Era bajo y delgado, y sus grandes ojos, magnificados por unos anteojos con montura de carey, atisbaban con atención sobre una gran nariz romana, lo cual le daba el aspecto de un búho desnutrido a punto de atacar. Con todo, su apariencia era engañosa. Rudi Gunn era afectuoso y amable. Todo aquel que alguna vez hubiera actuado bajo sus órdenes lo respetaba.
    —¿De guasa otra vez? —preguntó Gunn con una sonrisa tolerante.
    Woodson adoptó expresión solemne.
    —Es el mismo problema de siempre... Añora otra vez a su novia.
    —Después de cincuenta y un días en este armario flotante, hasta su abuela le perdonaría una erección.
    Inclinándose sobre Giordino, Gunn miró por la portilla. Por algunos segundos, sólo vio un azul tenue; después, de modo gradual y exactamente debajo del Safo I, pudo distinguir el rojizo cieno del sedimento del fondo. Por un instante un camarón rojo de apenas dos centímetros de largo, cruzó flotando frente al rayo de luz antes de desaparecer en la oscuridad.
    —Lástima que no podamos salir a dar un paseo —dijo Gunn al apartarse—. Quién sabe qué encontraríamos ahí fuera.
    —Lo mismo que en medio del desierto de Mojave —repuso Giordino—. Absolutamente nada. —Tocó un manómetro—. Aunque la temperatura es más fría. Aquí veo dos grados centígrados.
    —Magnífico paraje para visitar —dijo Woodson—, pero nadie querría pasar aquí sus mejores años.
    —¿Algo en el sonar? —preguntó Gunn.
    Giordino señaló con la cabeza una gran pantalla verde en medio del panel. El trazado del terreno allí reflejado era plano.
    —Nada adelante ni a los lados. El perfil no ha variado en varias horas.
    Con aire fatigado, Gunn se quitó las gafas y se frotó los ojos.
    —Bien, señores, nuestra misión está casi concluida. Esperaremos diez horas más, luego subiremos a la superficie. —Miró el panel superior—. ¿Mamá nos acompaña todavía?
    Giordino asintió con la cabeza.
    —Sigue allí colgada.
    Le bastó una ojeada a la fluctuante aguja del instrumento para saber que la nave nodriza, una embarcación de sostén de superficie, rastreaba continuamente al Safo I con el sonar.
    —Avisad a Mamá que iniciaremos nuestro ascenso a las cero novecientos —dijo Gunn—. Así tendrán tiempo para recibirnos a bordo y remolcar al Safo I antes de que anochezca.
    —Casi he olvidado cómo es una puesta de sol —murmuró Woodson—. Me voy a la playa, a broncearme y contemplar a todas esas bellas criaturas en bikini. Basta de excursiones por el fondo del mar para mí.
    —Gracias a Dios que el final está a la vista —dijo Giordino—. Una semana más encerrado en este enorme salchichón y empezaré a hablar con las plantas.
    Woodson lo miró y Gunn sonrió.
    —Todos merecen un buen descanso. Se han portado muy bien. Los datos que hemos compilado mantendrán ocupados a los muchachos del laboratorio por mucho tiempo.
    Giordino se volvió hacia Gunn, le dedicó una larga mirada y dijo con lentitud:
    —Esta misión ha sido de lo más extraña, Rudi.
    —No entiendo a qué te refieres —dijo Gunn.
    —Quiero decir que es una pieza teatral con un reparto inadecuado. Fíjate en tu tripulación.
    Con un ademán, señaló a los cuatro hombres que trabajaban en la parte de proa del submarino: Ben Drummer, un sureño larguirucho con marcado acento de Alabama; Rick Spencer, un californiano bajo y rubio que silbaba entre los dientes apretados; Sam Merker, tan cosmopolita y urbanizado como un corredor de bolsa de Wall Street, y Henry Munk, un bromista tranquilo, de ojos adormilados, que evidentemente deseaba estar en cualquier parte menos en el Safo I.
    —Esos payasos de la proa, tú, Woodson y yo; somos todos ingenieros y mecánicos. No hay un solo doctor en filosofía.
    —Tampoco eran intelectuales los primeros que llegaron a la Luna —objetó Gunn—. Para perfeccionar el equipo hacen falta mecánicos... Vosotros habéis puesto a prueba el Safo I y demostrado sus posibilidades. Que el próximo paseo lo den los oceanógrafos. En cuanto a nosotros, esta misión pasará a la historia como una gran conquista científica.
    —No tengo pasta de héroe —repuso Giordino.
    —Ni yo, amigo —agregó Woodson—. Pero admitirás que es mejor que vender seguros de vida.
    —No captas lo interesante de todo esto —dijo Gunn—. Piensa en lo que podrás contarle a tus novias... Piensa en las expresiones arrobadas de su bonito rostro cuando les cuentes cómo pilotaste certeramente la mayor exploración submarina del siglo.
    —¿Ciertamente? —repitió Giordino—. Entonces, ¿qué tal si me dices por qué estoy conduciendo esta maravilla científica en círculos a quinientos kilómetros de nuestro trayecto previsto?
    Gunn se encogió de hombros.
    —Son órdenes.
    Giordino lo miró.
    —Se supone que estamos bajo el mar de Labrador. En cambio, el almirante Sandecker modifica nuestro rumbo en el último momento y nos hace correr por todas las llanuras abismales bajo los grandes bancos de Terranova. No tiene sentido.
    Gunn lo miró con sonrisa de esfinge. Durante unos instantes ninguno habló, pero a Gunn no le hacía falta una dosis concentrada de percepción extrasensorial para saber qué preguntas pasaban por sus mentes. Tenía la certeza de que estaban pensando lo mismo que él. Dos meses atrás y a dos mil kilómetros de distancia, se encontraban en la sede central de la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas en Washington, donde el almirante James Sandecker, director en jefe del organismo, estaba describiendo la más increíble operación submarina de la década.

    —Maldición —había tronado el almirante Sandecker—, yo daría la paga de un año por ir con ustedes.
    Giordino pensó que sólo se trataba de una figura retórica. Arrellanado en un cómodo sofá de cuero, Giordino escuchaba las instrucciones del almirante mientras soltaba anillos de humo entre una y otra bocanada de un largo cigarro que había sacado de una caja que se hallaba sobre el escritorio de Sandecker, mientras todos los demás fijaban su atención en un mapa mural del océano Atlántico.
    —Bueno, allí está. —Por segunda vez, Sandecker golpeó el mapa con el puntero—. La corriente Lorelei... Nace junto al extremo sur de África, sigue el pliegue del Atlántico medio hacia el norte, luego describe una curva hacia el este, entre la isla de Baffin y Groenlandia, hasta que muere en el mar de Labrador.
    —No soy diplomado en oceanografía, almirante, pero según parece, la Lorelei converge con la corriente del Golfo.
    —De ningún modo. La corriente del Golfo es agua de superficie. La Lorelei es el agua más fría y densa de todos los océanos del mundo, con una profundidad promedio de cuatro mil metros.
    —Entonces la Lorelei cruza bajo la corriente del Golfo —dijo Spencer en voz baja. Era la primera vez que hablaba durante la conferencia.
    —Eso parece razonable. —Sandecker hizo una pausa, sonrió con benevolencia y luego continuó—: El océano está básicamente constituido por dos capas; una superficial o superior, calentada por el sol y revuelta por los vientos, y otra capa muy fría y densa de agua intermedia, profunda y de fondo. Y las dos nunca se mezclan.
    —Todo eso resulta oscuro y complicado —dijo Munk—. El simple hecho de que algún personaje con un negro sentido del humor haya bautizado a la corriente con el nombre de una ninfa del Rin que atraía a los marinos a los peñascos hace que sea el último sitio que desee visitar.
    Una amenazadora sonrisa apareció lentamente en el rostro de Sandecker.
    —Acostúmbrense al nombre, señores, porque es en las entrañas de Lorelei donde van a pasar cincuenta días. Donde ustedes van a pasar cincuenta días.
    —¿Haciendo qué? —preguntó Woodson con tono desafiante.
    —La expedición a la corriente Lorelei es exactamente como suena. Van a descender en un submarino de aguas profundas, quinientos kilómetros al noroeste de la costa de Dakar, e iniciarán un recorrido submarino de la corriente. Su principal tarea será controlar y verificar el aparato y su equipo. Si no hay desperfectos que requieran interrumpir la misión, deberán subir a la superficie más o menos a mediados de septiembre, en medio del mar de Labrador.
    Merker se aclaró suavemente la garganta.
    —Ningún submarino ha permanecido tanto tiempo a tanta profundidad.
    —¿Quieres cambiar de idea, Sam?
    —Pues... no.
    —Esta es una expedición voluntaria. Nadie te obliga a ir.
    —¿Por qué nosotros, almirante? —preguntó Ben Drummer—. Yo soy ingeniero marino. Spencer, topógrafo submarino. Y Merker, experto en sistemas de computación. No entiendo cuál es nuestro papel.
    —Todos son profesionales en sus respectivas especialidades. Woodson es también fotógrafo. El Safo I llevará varios sistemas fotográficos. Munk es el mejor especialista en componentes instrumentales de la agencia. Y todos estarán bajo el mando de Rudi Gunn, que en uno u otro momento ha capitaneado todos los barcos de investigación científica de la ANIM.
    —¿Y yo? —dijo Giordino.
    Sandecker miró ceñudo el cigarro que fumaba Giordino, lo reconoció como de su marca privada y le lanzó una mirada asesina, de la que Giordino no hizo caso alguno.
    —Como ayudante del director de proyectos de la agencia, estará a cargo de la misión. También podrá hacerse útil pilotando el aparato.
    Giordino le devolvió la mirada con una sonrisa malévola.
    —Mi licencia de piloto me autoriza a manejar aviones, no submarinos.
    El almirante se envaró.
    —Pues tendrá que confiar en mi criterio —dijo con frialdad—. Además, lo más importante es que son ustedes la mejor tripulación de que dispongo en este momento. Todos trabajaron juntos en la expedición al mar de Beaufort. Tienen abundante experiencia y antecedentes de capacidad e ingenio. Pueden manejar cualquier instrumento, cualquier pieza de equipo oceanográfico que se haya inventado... Haremos que los científicos analicen los datos que ustedes traigan... y como ya mencioné, naturalmente, van como voluntarios.
    —Naturalmente —repuso Giordino inexpresivo.
    Sandecker volvió a ocupar su sitio detrás del escritorio.
    —Se reunirán y empezarán a entrenarse en nuestras instalaciones portuarias de Cayo Hueso, dentro de dos días. La compañía de aviación Pelholme ya ha sometido el aparato a pruebas exhaustivas de inmersión, de modo que la única preocupación de ustedes debe ser familiarizarse con el equipo e informarse sobre los experimentos que llevarán a cabo durante la expedición.
    Spencer lanzó un silbido entre dientes.
    —¿Una compañía de aviación? Dios santo, ¿qué saben ellos de diseñar un sumergible de aguas profundas?
    —Para su tranquilidad —dijo pacientemente Sandecker—, Pelholme orientó su tecnología aeroespacial hacia el mar hace diez años. Desde entonces han construido cuatro laboratorios submarinos ambientales y dos sumergibles sumamente eficaces para la armada.
    —Ojalá hayan construido bien éste —dijo Merker—. Me inquietaría mucho comprobar que hace agua a siete mil metros de profundidad.
    —Quieres decir que te morirías de miedo —masculló Giordino.
    Munk se frotó los ojos y luego fijó su mirada en el suelo como si viera el fondo del mar en la alfombra. Cuando habló, lo hizo con suma lentitud:
    —¿Este viaje es realmente necesario, almirante?
    Sandecker asintió con solemnidad.
    —Lo es. Los oceanógrafos necesitan tener un cuadro de la estructura del esquema con que fluye la Lorelei para perfeccionar sus conocimientos sobre el fondo del océano. Créanme, esta misión es tan importante como la primera órbita tripulada alrededor de la Tierra. Además de poner a prueba el submarino más avanzado del mundo, harán un registro y un mapa visuales de una zona que ningún hombre vio antes. Olviden sus dudas. El casco del Safo I contiene todos los dispositivos de protección que la ciencia puede idear. Tienen mi garantía personal de un viaje seguro y cómodo.
    «Para él es fácil decirlo —pensó Munk—. No estará allí.»





    24


    Henry Munk cambió de posición su musculoso cuerpo sobre un largo cojín de vinilo, ahogó un bostezo y siguió mirando por la portilla de proa del Safo I. El sedimento chato e interminable era más o menos tan interesante como un libro sin páginas impresas, pero a Munk le complacía saber que cada pequeño montículo, cada roca o cada ocasional morador de las profundidades que pasaba era visto por primera vez por un hombre. Era una recompensa pequeña pero satisfactoria, por las largas y aburridas horas que había pasado vigilando una serie de instrumentos de detección instalados a ambos lados, por encima del cojín.
    Munk estuvo a punto de pasarlo por alto. El movimiento del estilete sobre el gráfico del magnetómetro fue tan leve, un garabato de apenas un milímetro, que se le habría escapado por completo si no hubiera tenido la mirada fija en el registro gráfico exactamente en el momento preciso. Rápidamente se asomó a la portilla y contempló el suelo marino. Después se volvió y gritó a Giordino, que estaba sentado a sólo tres metros de distancia, frente a la consola del piloto:
    —¡Parad las máquinas!
    Giordino se volvió con celeridad y miró hacia proa. No veía más que las piernas de Munk; todo lo demás estaba sepultado entre los instrumentos.
    —¿Qué has visto?
    —Acabamos de pasar sobre algo metálico. Hazlo retroceder para que vea mejor.
    De mala gana, apartó los ojos de la portilla y los enfocó en los instrumentos: el sensor S-T-SV-D había estado funcionando constantemente durante la misión, midiendo la salinidad, temperatura, velocidad sónica y presión de profundidad exteriores en una cinta magnética; el perfilador de subsuelo que determinaba acústicamente el espesor de los sedimentos superiores y suministraba datos sobre la estructura subfundamental yaciente de la superficie del suelo marino; el gravímetro, que cada cuarto de milla marcaba las cifras de gravedad; el sensor de corriente, que vigilaba con su ojo sensitivo la velocidad y dirección de la corriente Lorelei; y el magnetómetro, un sensor destinado a medir y registrar el campo magnético del fondo, incluyendo cualquier desviación causada por depósitos de metal.
    —Retrocediendo —dijo Giordino en voz alta.
    Conectó los dos motores instalados a cada lado del casco en medio de la nave, y dio marcha atrás A media velocidad. Durante diez segundos, el Safo /, atrapado en la fuerza de la corriente, permaneció suspendido, reacio a moverse por sí mismo. Luego comenzó a retroceder muy lentamente. Gunn y los demás se apiñaron alrededor del túnel instrumental de Munk.
    —¿Distingues algo? —preguntó Gunn.
    —No estoy seguro —repuso Munk—. Hay algo que sobresale del sedimento, unos veinte metros a proa. No veo más que una vaga forma bajo las luces de proa.
    Todos esperaron.
    Pareció transcurrir una eternidad antes de que Munk volviera a hablar:
    —Bueno, ya lo tengo.
    Gunn se encaró con Woodson:
    —Activa las dos cámaras estéreo y las luces estroboscópicas de abajo. Tenemos que filmarlo.
    Woodson asintió y se dirigió hacia su equipo.
    —¿Puedes describirlo? —inquirió Spencer.
    —Parece un embudo de pie en el cieno.
    A través del túnel instrumental, la voz de Munk llegaba descorporizada, pero ni siquiera las reverberaciones del tono podían disimular el entusiasmo que encerraba.
    La expresión de Gunn se volvió escéptica.
    —¿Embudo?
    Drummer se asomó por encima del hombro de Gunn.
    —¿Qué tipo de embudo?
    —Un embudo con un cono hueco que disminuye de tamaño hasta un punto, por el cual se echan cosas, sureño estúpido —replicó Munk irritado—. Ahora está pasando bajo el casco a estribor. Díganle a Giordino que mantenga la nave detenida en cuanto aparezca bajo las portillas de proa.
    Gunn se acercó a Giordino.
    —¿Puedes mantener nuestra posición?
    —Lo intentaré, pero si la corriente empieza a movernos de lado, no podré mantener el control exacto y perderemos contacto visual con eso que hay allí fuera.
    Dirigiéndose a proa, Gunn se tendió en el suelo cubierto de goma. Junto con Merker y Spencer, miró por una de las cuatro portillas delanteras. Todos vieron el objeto casi de inmediato. Era como Munk lo había descrito: simplemente un embudo invertido, de forma acampanada y unos diez centímetros de diámetro, cuya punta asomaba desde el sedimento del fondo. Sorprendentemente, se hallaba en buen estado. La superficie exterior del metal estaba sucia, por supuesto, pero aparentemente sana y sólida, sin señales de descascaramiento ni gruesas capas de herrumbre.
    —Detenido, pero no puedo garantizar por cuánto tiempo —anunció Giordino.
    Sin apartarse de la portilla, Gunn hizo señas a Woodson, que se agachaba sobre dos cámaras, levantando sus lentes hacia el objeto avistado en el suelo marino.
    —¿Ornar?
    —Enfocadas y en funcionamiento.
    Merker se volvió hacia Gunn.
    —Recojámoslo.
    Gunn permaneció en silencio, casi pegado a la portilla. Parecía completamente abstraído.
    Merker entrecerró los ojos inquisitivamente.
    —¿Qué me dices, Rudi? Propongo que lo recojamos.
    Finalmente las palabras penetraron en los pensamientos de Gunn.
    —Sí, sí, por supuesto —masculló.
    Merker desenganchó una caja de metal que estaba unida al mamparo mediante un cable de un metro y medio y se instaló en la portilla central. La caja contenía una serie de interruptores a palanca que rodeaban a una perillita circular. Era la unidad de control para el manipulador, un brazo mecánico que pesaba ciento ochenta kilos y colgaba grotescamente debajo del Safo I.
    Merker accionó un interruptor que activaba el brazo. Luego movió con destreza los dedos sobre los controles mientras el mecanismo zumbaba y el brazo se estiraba en toda su extensión de dos metros y medio. Le faltaban veinte para llegar al embudo.
    —Necesito treinta centímetros más —dijo Merker.
    —Preparaos —replicó Giordino—. El movimiento de avance puede quebrar mi posición.
    El embudo parecía pasar con angustiante lentitud bajo la garra de acero inoxidable del manipulador. Merker bajó suavemente las pinzas sobre el borde del embudo; luego accionó otro interruptor y éstas se cerraron, pero lo hizo a destiempo; la corriente atrapó al sumergible y comenzó a sacudirlo lateralmente. La garra erró por no más de tres centímetros y sus pinzas se juntaron vacías.
    —Se va hacia babor —gritó Giordino—, no puedo sujetarlo.
    Los dedos de Merker danzaron con rapidez sobre la caja de control. Tendría que intentarlo por segunda vez al vuelo. Si erraba de nuevo, sería casi imposible volver a localizar el embudo con visibilidad tan limitada. Su frente se perló de sudor y las manos se le pusieron tensas.
    Dobló el brazo contra su tope y viró la garra seis grados a estribor, compensando el balanceo del Safo en sentido contrario. Movió de nuevo el interruptor; la garra bajó y las pinzas se cerraron casi en el mismo movimiento. El borde del embudo quedó entre ellas.
    Merker lo tenía.
    Entonces movió el brazo hacia arriba, despegando gradualmente el embudo de su sitio entre el sedimento. El sudor ya le caía en los ojos, pero los mantuvo abiertos. No podía haber vacilaciones; un solo error y el objeto se perdería para siempre. Por fin el viscoso cieno soltó su presa y el embudo, ya libre, se elevó hacia las portillas.
    —¡Dios santo! —susurró Woodson—. Eso no es ningún embudo.
    —Parece una trompa —dijo Merker.
    Gunn sacudió la cabeza.
    —Es una corneta.
    —¿Cómo lo sabes? —preguntó Giordino, que había abandonado la consola del piloto y espiaba por encima del hombro de Gunn a través de la portilla.
    —Tocaba una en mi banda de la escuela secundaria.
    Los demás también la reconocían. Podían distinguir con facilidad la boca bocinada del pabellón y, tras ella, los tubos curvados que conducían a las válvulas y la boquilla.
    —A juzgar por su aspecto, diría que es de bronce —dijo Merker.
    —Por eso el magnetófono de Munk apenas lo registró en el gráfico —agregó Giordino—. La boquilla y los pistones de las válvulas son las únicas partes que contienen hierro.
    —¿Quién sabe cuánto hace que está allí? —se preguntó Drummer.
    —Más interesante sería saber de dónde vino —dijo Merker.
    —Obviamente la arrojaron por la borda de un barco —dijo Giordino—. Probablemente algún chico que odiaba las lecciones de música.
    —Tal vez su dueño esté también por ahí abajo —dijo Merker sin alzar la vista.
    Spencer se estremeció.
    —Vaya una idea...
    El interior del Safo I quedó en silencio.





    25


    El antiguo avión trimotor Ford, famoso en la historia de la aviación como el Ganso de Latón, parecía demasiado torpe para volar; sin embargo, se ladeó con la soltura y la majestuosidad de un albatros al alinearse para descender en la pista de aterrizaje del aeropuerto nacional de Washington.
    El viejo pájaro tocó tierra con toda la delicadeza de una hoja otoñal al rozar el césped. Carreteó hasta uno de los hangares de la ANIM situados en el extremo norte del aeropuerto, donde la cuadrilla de mantenimiento que lo esperaba aseguró las ruedas e hizo la seña habitual de cortarse el cuello. Moviendo las palancas de la ignición, Pitt vio cómo las hélices de plateadas hojas cesaban gradualmente de girar y se detenían relucientes bajo el sol del atardecer. Luego se quitó los auriculares, los colgó de la palanca de mando, quitó la traba de la ventanilla lateral y la abrió.
    Un pliegue de perplejidad arrugó lentamente la frente de Pitt y allí quedó, fijo en la piel bronceada y curtida. Un hombre de pie sobre el asfalto de la pista, agitaba frenéticamente los brazos.
    —¿Puedo subir? —gritó Gene Seagram.
    —Bajaré yo —le contestó Pitt, gritando a su vez.
    —No, por favor, quédese donde está.
    Pitt se encogió de hombros, reclinándose en el asiento. Seagram tardó apenas unos segundos en trepar al trimotor y abrir la portezuela de la carlinga. Llevaba un elegante traje color canela con chaleco, pero su atildada apariencia se diluía en una serie de pliegues que arrugaban la tela, era evidente que no dormía desde hacía por lo menos veinticuatro horas.
    —¿Dónde ha encontrado esta magnífica antigualla? —preguntó Seagram.
    —La descubrí en Keflavik, Islandia —replicó Pitt—. Logré comprarla a un precio aceptable y enviarla a este país.
    —Es una belleza...
    Pitt indicó a Seagram el asiento vacío del copiloto.
    —¿Seguro que quiere hablar aquí? En pocos minutos el sol hará que esta cabina parezca el interior de un incinerador.
    —Lo que tengo que decir no llevará mucho tiempo —repuso Seagram, mientras se acomodaba en el asiento y lanzaba un largo suspiro.
    Pitt lo observó. Parecía un hombre que actuaba con renuencia y forzado... un hombre orgulloso que se había colocado en una posición delicada.
    Al hablar, Seagram no enfrentó a Pitt, sino que miró nerviosamente por el parabrisas.
    —Supongo que se estará preguntando qué hago aquí —dijo.
    —Exacto.
    —Necesito ayuda.
    Eso fue todo. Ni siquiera mencionó las duras palabras del pasado. Sin preliminares; sólo una petición directa.
    Pitt entrecerró los ojos.
    —Por algún extraño motivo, tenía la sensación de que mi compañía era para usted tan agradable como la sífilis.
    —Lo que usted o yo sintamos no tiene importancia... pero nuestro gobierno necesita urgentemente de su capacidad.
    —¿Capacidad? ¿Necesidad urgente? —Pitt no ocultó su sorpresa—. Se burla de mí, Seagram.
    —Ojalá fuera así, pero el almirante Sandecker me asegura que es usted el único hombre que tiene posibilidad de llevar a buen término una arriesgada misión.
    —¿Qué tarea?
    —Rescatar el Titanic.
    —¡Por supuesto! Nada como una operación de rescate para romper la monotonía de... —Pitt se interrumpió; sus ojos verde oscuros se dilataron y el color le subió al rostro—. ¿Qué barco ha dicho? —Esta vez su voz salió en un ronco murmullo.
    Seagram lo miró con expresión burlona.
    —El Titanic... Sin duda habrá oído hablar de él.
    Transcurrieron diez segundos en silencio absoluto mientras Pitt permanecía atónito. Luego dijo:
    —¿Sabe usted de qué está hablando?
    —Sí, lo sé.
    —¡Es imposible! —La expresión de Pitt era incrédula—. Aun cuando fuese técnicamente posible, que no lo es, harían falta muchos millones de dólares... y además, está el interminable enredo legal con los primitivos propietarios y las compañías aseguradoras por los derechos de rescate.
    —Más de doscientos ingenieros y científicos estudian los problemas técnicos en este momento —explicó Seagram—. Se dispondrá la financiación a través de fondos gubernamentales secretos... Y en cuanto a los puntos legales, no piense más en eso. Según el derecho internacional, una vez un barco se pierde sin esperanzas de recuperación, se convierte en presa legal para cualquiera que desee invertir dinero y esfuerzo en una operación de rescate. —Se volvió y fijó de nuevo la mirada en el parabrisas—. Pitt, esta empresa es muy importante. El Titanic representa mucho más que riquezas o valor histórico. Hay algo en la profundidad de sus bodegas que es vital para la seguridad de nuestra nación.
    —Me perdonará si digo que eso suena un poco melodramático.
    —Tal vez, pero tras los discursos patrióticos, ésa es la verdad.
    Pitt meneó la cabeza.
    —Lo que dice es pura fantasía. El Titanic yace a casi cuatro mil metros bajo el agua. A esa profundidad, la presión es de miles de kilos por centímetros cuadrado, señor Seagram. Las dificultades y los obstáculos son enormes. Nadie ha intentado jamás seriamente levantar del fondo al Andrea Doria ni al Lusitania... y ambos yacen a sólo cien metros de la superficie.
    —Si pudimos enviar hombres a la Luna, podemos sacar de nuevo a la luz el Titanic —adujo Seagram.
    —No hay comparación posible. Se tardó una década en llevar una cápsula de cuatro toneladas al suelo lunar. Levantar cuarenta y cinco mil toneladas de acero es algo muy distinto. El solo hallar la nave puede llevar meses.
    —La búsqueda ya se ha iniciado.
    —No he sabido nada.
    —¿Sobre el intento de búsqueda? —terminó Seagram—. No era probable que lo supiera. Hasta que la operación se vuelva incontrolable en términos de segundad, seguirá siendo secreta. Aun su director asistente de proyectos especiales, Albert Giordino...
    —¿Giordino?
    —Sí, Giordino. En este mismo instante pilota una sonda exploradora por el fondo del Atlántico, desconociendo su verdadera misión.
    —Pero la expedición de la corriente Lorelei... la misión inicial del Safo I era rastrear una corriente oceánica profunda.
    —Una oportuna coincidencia. El almirante Sandecker ordenó al sumergible que se dirigiera a la zona de la última posición conocida del Titanic apenas unas horas antes de la fijada para que el sumergible subiera a la superficie.
    Pitt se volvió y clavó la mirada en un avión a chorro de pasajeros que se elevaba desde la pista principal del aeropuerto.
    —¿Por qué yo? ¿Qué he hecho para merecer una invitación para el plan más descabellado del siglo?
    —No será un simple invitado, estimado Pitt. Será usted quien esté al mando de la operación de rescate.
    Pitt contempló a Seagram con aire sombrío.
    —La pregunta sigue pendiente... ¿por qué yo?
    —No es una elección que me entusiasme, se lo aseguro —dijo Seagram—. No obstante, ya que la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas es la mayor autoridad del país en ciencia oceanográfica, y ya que los principales expertos en rescate en aguas profundas integran su personal, y ya que es usted el director de Proyectos Especiales, se lo eligió.
    —La bruma comienza a disiparse. Se trata simplemente de que estoy en el puesto equivocado en el momento equivocado.
    —Interprételo como quiera —dijo Seagram, fatigado—. Debo admitir que sus antecedentes en cuanto a llevar a cabo con éxito proyectos increíblemente difíciles me impresionan mucho... —Sacó un pañuelo y se enjugó la frente—. Podría agregar otro factor que influyó mucho en favor suyo: que se lo considera una especie de experto en cuanto al Titanic se refiere.
    —Coleccionar y estudiar cosas memorables sobre el Titanic es para mí un pasatiempo, nada más. Eso de ningún modo me capacita para dirigir su rescate.
    —Sin embargo, señor Pitt, el almirante Sandecker me dice que usted es, según sus palabras, un genio en manejar hombres y coordinar logística... —Clavó en Pitt una mirada expectante—. ¿Asumirá la tarea?
    —Usted no cree que yo pueda llevarla a buen fin, ¿verdad, Seagram?
    —Francamente, no. Pero quien cuelga de un hilo sobre el abismo tiene poco que opinar sobre el que acude a rescatarlo.
    Una leve sonrisa curvó los labios de Pitt.
    —Su confianza en mí me emociona...
    —¿Y bien?
    Pitt quedó varios instantes sumido en sus pensamientos. Por último asintió con la cabeza de modo casi imperceptible y miró a Seagram a los ojos.
    —De acuerdo, amigo; cuente conmigo. Pero no cante victoria hasta que ese viejo cacharro enmohecido esté amarrado en un muelle neoyorquino... Ni un solo apostador de Las Vegas perderá un segundo computando las probabilidades de esta descabellada aventura. Cuando encontremos al Titanic, si es que lo encontramos, su casco puede estar tan deteriorado que sea imposible izarlo. Pero, por otro lado, no hay nada totalmente imposible, y aunque ni siquiera imagino qué puede haber tan valioso para el gobierno que justifique el esfuerzo, lo intentaré, Seagram. Fuera de eso, no le prometo nada.
    Pitt sonrió mientras descendía del asiento del piloto.
    —Fin del discurso... Y ahora salgamos de este cachorro y busquemos un buen salón de cócteles con aire acondicionado, donde podrá invitarme a beber un trago. Es lo menos que puede hacer después de haber logrado engatusarme.
    Seagram permaneció en su asiento, demasiado cansado para hacer otra cosa que encogerse de hombros en desvalido asentimiento.





    26


    Al principio, John Vogel sólo vio en la corneta un trabajo de restauración más. Su diseño no sugería nada en particular. En su construcción no había nada excepcional que pudiese entusiasmar a un coleccionista. Por el momento no podía entusiasmar a nadie. Tenía las válvulas corroídas y taponadas; el bronce estaba manchado por la acumulación de un extraño tipo de suciedad y del lodo que obstruía el interior de sus tubos emanaba un olor fétido como de pescado.
    Vogel decidió que la corneta no era digna de él; encargaría la restauración a uno de sus ayudantes. Los instrumentos que Vogel prefería dejar como nuevos eran los exóticos: las antiguas trompetas chinas y romanas, con sus largos tubos rectos y sus tonos ensordecedores; las viejas trompas aporreadas de los pioneros del jazz; los instrumentos que llevaban consigo un fragmento de historia: a éstos, Vogel los reparaba con la paciencia de un relojero, afanándose con precisa destreza hasta que el objeto relucía como nuevo y adquiría tonos brillantemente claros.
    Envolvió la corneta en una vieja funda de almohada y la apoyó contra la pared más apartada de su oficina.
    Sobre su escritorio, el Executone retumbó suavemente.
    —Sí, Mary, ¿qué pasa?
    —El almirante James Sandecker, de la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas, al teléfono. —Por el intercomunicador, la voz de su secretaria chirriaba como si alguien pasara las uñas por una pizarra—. Dice que es urgente.
    —Bueno, póngame con él. —Vogel levantó el auricular—. Aquí John Vogel...
    —Señor Vogel, soy James Sandecker.
    El hecho de que Sandecker hubiera telefoneado personalmente y no fanfarroneara con su cargo impresionó a Vogel.
    —Sí, almirante, ¿en qué puedo serle útil?
    —¿Ya lo ha recibido?
    —¿Si he recibido qué cosa?
    —Un viejo clarín.
    —Ah, la corneta —dijo Vogel—. La encontré esta mañana sobre mi escritorio sin explicación alguna. Supuse que era una donación para el museo.
    —Le pido disculpas, señor Vogel. Debí haberle avisado, pero estuve ocupado.
    Una excusa franca.
    —¿Cómo puedo ayudarlo, almirante?
    —Le agradecería que estudiara el objeto y me dijera qué averiguó. Fecha de fabricación y demás.
    —Me siento halagado, señor. ¿Por qué yo?
    —Como jefe de restauradores de la sala de música del Museo de Washington, parecía lógico elegirlo a usted... Además, un amigo común dijo que el mundo perdió otro Harry James cuando usted decidió convertirse en un experto.
    «Dios mío —pensó Vogel—, el presidente...» Sandecker conocía a la gente adecuada.
    —Eso es discutible —repuso Vogel—. ¿Cuándo necesita mi informe?
    —Lo antes posible.
    Vogel sonrió para sí. Una petición cortés merecía un esfuerzo extra.
    —Lo que lleva tiempo es el proceso de inmersión para eliminar la corrosión. Creo que tendré algo mañana por la mañana.
    —Gracias, señor Vogel —dijo Sandecker.
    —¿Hay algún dato sobre cómo o dónde encontraron la corneta?
    —Preferiría no revelarlo. Mi gente quisiera tener su opinión sin sugerencia ni orientación alguna de parte nuestra.
    —Quieren comparar mis conclusiones con las suyas, ¿no?
    La voz de Sandecker llegaba nítida a través del auricular.
    —Queremos que confirme nuestras esperanzas y expectativas, señor Vogel, nada más.
    —Haré lo posible, almirante. Adiós.
    —Buena suerte.
    Durante varios minutos, Vogel, con la mano sobre el teléfono, contempló fijamente la funda que había dejado en un rincón. Después pulsó el Executone.
    —Mary, no me pase llamadas durante el resto del día y hágame traer una pizza mediana con tocino canadiense y una botella de borgoña Gallo.
    —¿Se va a encerrar otra vez en ese viejo taller mohoso? —chirrió la voz de Mary.
    —Sí —suspiró Vogel—. El día será largo.

    Vogel empezó tomando varias fotos de la corneta desde distintos ángulos. Luego anotó las dimensiones, el estado general de las partes visibles y el grado de opacidad y materias extrañas que cubrían las superficies, anotando cada observación. Estudió la corneta con creciente interés profesional. Era un instrumento de calidad; el bronce era de valor y los pequeños orificios del pabellón y las válvulas le indicaban que había sido fabricada antes de 1930. Descubrió que lo que había tomado por corrosión no era sino una dura costra de lodo que se desconchaba con la leve presión de una espátula de goma.
    Luego remojó el instrumento en líquido anti-cal diluido. A medianoche tenía totalmente desarmada la corneta. Después inició la tediosa tarea de frotar las superficies metálicas con una solución diluida de ácido crómico para restituir el brillo del bronce. Lentamente, después de varios lavados, comenzó a aparecer en el pabellón un intrincado dibujo de volutas y letras ornamentadas.
    —¡Por Dios! —exclamó Vogel—. Un modelo de presentación...
    Tomó una lente de aumento y estudió la escritura. Cuando dejó la lupa y cogió el teléfono, las manos le temblaban.





    27


    A las ocho, John Vogel fue conducido a la oficina de Sandecker en el piso superior del edificio de diez plantas, con cristales solares, cuartel general de la ANIM. Tenía los ojos inyectados en sangre y no hizo esfuerzo alguno por disimular un bostezo.
    Sandecker abandonó su sitio detrás del escritorio para estrechar la mano de Vogel. El almirante, bajo y delgado, tuvo que echarse atrás y mirar hacia arriba para encontrar los ojos de su visitante. Vogel medía un metro noventa, era un hombre de rostro bondadoso, y mechones de blanco cabello despeinado orlaban su cabeza calva. Miraba con ojos pardos, parecidos a los de Santa Claus, y su cálida sonrisa resplandecía. Tenía la chaqueta pulcramente planchada, pero sus pantalones estaban arrugados y sucios con manchas bajo las rodillas. Olía a alcohol.
    —Vaya, es un placer conocerlo —lo saludó Sandecker.
    —El placer es mío, almirante —repuso Vogel, mientras depositaba en la alfombra un estuche de trompeta negro—. Lamento presentarme tan desaliñado...
    —Parece haber pasado una mala noche —comentó Sandecker.
    —Cuando uno ama su trabajo, el tiempo y las molestias poco importan.
    —Es verdad. —Sandecker se volvió y señaló con la cabeza a un hombrecillo semejante a un gnomo que estaba de pie en un rincón de la oficina—. Señor John Vogel, le presento al comandante Rudi Gunn.
    —Claro, el comandante Gunn —sonrió Vogel—. Yo fui uno de los millones de lectores que siguieron día a día a través de los diarios, su expedición a la corriente Lorelei. Fue una gran hazaña.
    —Gracias —dijo Gunn.
    Sandecker señaló a otro hombre que estaba sentado en el diván.
    —Y mi director de Proyectos Especiales, Dirk Pitt.
    Vogel saludó con un movimiento de la cabeza al rostro bronceado que se arrugaba en una sonrisa.
    —Señor Pitt.
    Pitt se levantó y se inclinó a su vez.
    —Señor Vogel.
    Vogel se sentó y sacó una pipa vieja y golpeada.
    —¿Les importa si fumo?
    —De ninguna manera —repuso Sandecker, mientras sacaba de una caja un cigarro tipo Churchill y lo mostraba—. Lo acompañaré...
    Después de encender la pipa, Vogel se reclinó y dijo:
    —Dígame, almirante, ¿la corneta fue descubierta en el fondo del Atlántico Norte?
    —Sí, al sur de los grandes bancos, frente a Terranova —contestó el almirante—. ¿Cómo lo supo?
    —Deducción elemental.
    —¿Qué puede decirnos al respecto?
    —En verdad, bastante. Para empezar, es un instrumento de alta calidad, fabricado para un músico profesional.
    —Entonces no es probable que su dueño haya sido un músico aficionado —repuso Gunn, recordando lo dicho por Giordino a bordo del Safo I.
    —No, no es probable —respondió Vogel.
    —¿Podría determinar la fecha y el lugar de fabricación? —quiso saber Pitt.
    —El mes fue octubre o noviembre. El año exacto, 1911. Y fue fabricado por una antigua firma británica, excelente y de muy buena reputación. Boosey-Hawkes.
    La mirada de Sandecker reflejó admiración.
    —Su trabajo ha sido notable, señor Vogel. Francamente, dudábamos de llegar a saber el país de origen, y mucho menos esperábamos conocer el nombre del fabricante.
    —Le aseguro que no hubo una investigación brillante de mi parte —dijo Vogel—. Ocurre que la corneta era un modelo de presentación...
    —¿Un modelo de presentación?
    —Sí. En cualquier objeto de metal cuya construcción requiera un alto grado de habilidad artesanal y cuya posesión se valore mucho, se suelen grabar inscripciones para conmemorar un hecho o un servicio destacado.
    —Una práctica común entre los fabricantes de armas —comentó Pitt.
    —Y también entre los creadores de instrumentos musicales de calidad... En este caso, fue obsequiado a un empleado por su compañía, en reconocimiento por sus servicios. La fecha de entrega, los nombres del fabricante, el empleado y la compañía están bellamente grabados en el pabellón de la corneta.
    —¿Puede decirnos con certeza a quién perteneció? —preguntó Gunn—. ¿La inscripción es legible?
    —Oh, claro que sí. —Vogel se agachó y abrió el estuche—. Aquí está, léala usted mismo.
    Y puso la corneta sobre el escritorio de Sandecker. Los tres hombres la contemplaron largo rato en silencio: un instrumento reluciente, cuya dorada superficie reflejaba el sol matinal que penetraba por la ventana. La corneta parecía flamante. Cada centímetro había sido pulido y brillaba reluciente, y las intrincadas olas marinas que se encrespaban alrededor del tubo y del pabellón estaban tan nítidas como el día en que fueron grabadas. Sandecker miró a Vogel, levantando las cejas en señal de duda.
    —Señor Vogel, me parece que no ha comprendido la seriedad de la situación. No me gustan las bromas.
    —Admito que no logro comprender la seriedad de la situación —repuso Vogel con sequedad—. Pero, almirante, esto no es ninguna broma. He dedicado la mayor parte de las últimas veinticuatro horas a restaurar su hallazgo. —Dejó sobre el escritorio una abultada carpeta—. Aquí tiene mi informe completo, con fotografías, y mis observaciones hechas paso a paso durante el procedimiento de restauración. También hay sobres que contienen los distintos tipos de residuos y de lodo que quité, así como las partes que sustituí. No he omitido nada.
    —Lo siento —dijo Sandecker—. Sin embargo, parece inconcebible que el instrumento que le enviamos ayer y éste sean uno y el mismo. —Hizo una pausa y cambió una mirada con Pitt—. Vea usted, nosotros...
    —... ustedes pensaron que la corneta había permanecido mucho tiempo en el fondo del mar —dijo Vogel completando la frase—. Sé bien a qué se refiere, almirante. Y confieso que también yo estoy perplejo en cuanto al notable estado del instrumento. He trabajado en muchísimos instrumentos musicales que han estado sumergidos en agua de mar de tres a cinco años y que se hallaban en mucho peor estado que éste. Como no soy oceanógrafo, desconozco la solución de este enigma. No obstante, puedo decirle con exactitud cuánto tiempo ha estado esa corneta bajo el mar y cómo llegó allí.
    Vogel cogió el instrumento; luego se puso unas gafas sin montura y comenzó a leer en voz alta:
    —«Entregado a Graham Farley, en sincero reconocimiento por su destacada actuación en el entretenimiento de nuestros pasajeros, la agradecida gerencia de la compañía Estrella Blanca.» —Se quitó los anteojos y miró a Sandecker con afable sonrisa—. Cuando descubrí las palabras «Estrella Blanca», desperté a un amigo, para que investigara un poco en los archivos navales. Me llamó apenas media hora antes de que saliera hacia aquí. —Hizo una pausa para sacar del bolsillo un pañuelo y sonarse la nariz—. Según parece, Graham Farley era una persona muy popular en la compañía Estrella Blanca. Fue solista de corneta durante tres años en uno de sus buques... creo que se llamaba el Oceanic. Cuando el novísimo crucero de lujo de la compañía iba a levar anchas en su viaje inicial, la gerencia seleccionó a los músicos más destacados de sus demás barcos de pasajeros y formó la que entonces fue considerada la mejor orquesta de los mares. Graham fue, por supuesto, uno de los primeros músicos elegidos. Sí, señores; esta corneta ha permanecido mucho tiempo en el fondo del océano Atlántico... porque Graham Farley soplaba por ella en la mañana del 15 de abril de 1912, cuando las olas se cerraron sobre él y el Titanic.
    Las reacciones ante la súbita revelación de Vogel fueron diversas. El rostro de Sandecker adquirió una expresión de sombría reflexión; el de Gunn se puso rígido, en tanto que el de Pitt mostró interés. El silencio que reinaba en la habitación se hizo denso mientras Vogel guardaba sus gafas.
    —El Titanic... —Sandecker repitió la palabra con lentitud, como quien saborea el nombre de una bella mujer. Dirigió a Vogel una mirada penetrante en la que todavía se mezclaba el asombro con la duda—. Es increíble.
    —Sin embargo, es un hecho —repuso Vogel con naturalidad—. Comandante Gunn, tengo entendido que la corneta fue recogida por el Safo I.
    —Sí, casi al terminar la expedición.
    —Se diría que tropezó con un hallazgo inesperado. Lástima que no haya encontrado la nave misma.
    —Ya —dijo Gunn, evitando los ojos de Vogel.
    —Aún me tiene perplejo el estado del instrumento —dijo Sandecker—. No preveía que una reliquia hundida en el mar hace setenta y cinco años sufriera tan poco deterioro.
    —La falta de corrosión plantea una cuestión interesante —replicó Vogel—. Es lógico que el bronce se conserve bien, pero resulta extraño que las partes que contienen metales ferrosos hayan permanecido notablemente intactas. Como pueden ver, la boquilla originaria está casi intacta.
    Gunn contemplaba la corneta como si se tratara del Santo Grial.
    —¿Suena todavía?
    —Sí —respondió Vogel—. Y creo que de modo muy bello.
    —¿La probó?
    —No... no lo hice. —Con reverencia, Vogel pasó los dedos por las válvulas de la corneta—. Hasta ahora siempre he probado la brillantez tonal de los instrumentos de bronce restaurados por mis ayudantes y yo. Esta vez no puedo.
    —No comprendo —declaró Sandecker.
    —Este instrumento es recordatorio de una acción pequeña pero valerosa, cumplida durante la peor tragedia marítima de la historia —replicó Vogel—. No hace falta mucha imaginación para representarse a Graham Farley y los demás músicos mientras apaciguaban con música a los aterrados pasajeros, sacrificando toda idea de salvación propia, mientras el Titanic se hundía inexorablemente. La última melodía de esta corneta surgió de los labios de un hombre muy valiente. Me parecería casi un sacrilegio que alguien volviera a tocarla.
    Sandecker miró a Vogel, examinando cada rasgo del rostro del anciano como si lo viera por primera vez.
    —Otoño —murmuraba Vogel, casi para sí— Otoño, un viejo himno. Ésa fue la última melodía que Graham Farley tocó en su corneta.
    —¿No fue Más cerca de ti, Dios mío? —preguntó Gunn.
    —Eso es un mito —dijo Pitt—. Otoño fue la última canción tocada por la orquesta del Titanic, poco antes del final.
    —Parece haber investigado sobre el Titanic —dijo Vogel.
    —Ese barco y su trágico destino son como una enfermedad contagiosa —replicó Pitt—. Cuando uno se interesa, es difícil librarse.
    —La nave en sí me atrae poco. Pero como historiador de músicos y de sus instrumentos, la gesta de la orquesta del Titanic ha cautivado siempre mi imaginación. —Vogel puso la corneta en su estuche, cerró la tapa y la pasó a Sandecker por encima del escritorio—. A menos que tenga más preguntas, almirante, quisiera tomar un desayuno reparador y dormir unas horas. La noche ha sido ardua.
    Sandecker se incorporó.
    —Estamos en deuda con usted, señor Vogel.
    —Tenía la esperanza de que dijera eso —repuso Vogel, cuyos ojos de Santa Claus centellearon de astucia—. Hay una manera de retribuirme...
    —¿Cuál es?
    —Donen la corneta al Museo de Washington. Sería el ejemplar más preciado de nuestra sala de música.
    —En cuanto nuestros técnicos de laboratorio hayan estudiado el instrumento y su informe, se la enviaré.
    —Se lo agradezco en nombre de los directores del museo.
    —Aunque no como donación...
    Vogel frunció el entrecejo.
    —No entiendo...
    Sandecker sonrió.
    —Llamémoslo un préstamo permanente. Eso evitará controversias si alguna vez necesitamos pedirlo temporalmente.
    —De acuerdo.
    —Una cosa más —dijo Sandecker—. No se ha dicho nada a la prensa sobre este hallazgo. Le agradecería que por el momento conserve el secreto.
    —Ignoro sus motivos, pero lo haré, por supuesto.
    El corpulento Vogel se despidió y partió.
    —¡Maldición! —exclamó Gunn en cuanto se cerró la puerta—. Debemos de haber pasado a dos dedos del Titanic.
    —No hay duda de que estuvisteis cerca —admitió Pitt—. El sonar del Safo I alcanzaba un radio de doscientos metros. El Titanic debe de haber estado un metro más allá.
    —Ojalá hubiéramos tenido más tiempo. Ojalá hubiéramos sabido qué demonios buscábamos.
    —Olvida usted —dijo Sandecker— que poner a prueba el Safo I y llevar a cabo experimentos acerca de la corriente Lorelei eran sus objetivos primordiales, y que a ese respecto usted y su tripulación hicieron un excelente trabajo. Los oceanógrafos se pasarán los dos próximos años examinando los datos sobre corrientes de profundidad que ustedes recogieron. Lo único que lamento es que no hayamos podido revelarles nuestras intenciones, pero Gene Seagram y sus especialistas en seguridad insisten en mantener en estricta reserva toda información referente al Titanic hasta que se haya iniciado el rescate.
    —No podremos mantenerlo mucho tiempo en silencio —dijo Pitt—. Todos los medios de comunicación del mundo se enterarán del mayor hallazgo histórico desde que fue abierta la tumba de Tutankamon.
    Sandecker dejó su sitio detrás de su escritorio y se acercó a la ventana. Cuando habló, sus palabras sonaron muy suaves, como si el viento las trajera desde gran distancia.
    —La corneta de Graham Farley...
    —¿Señor?
    —La corneta de Graham Farley —repitió melancólicamente Sandecker—. Si esa vieja trompeta es un indicio válido, puede que el Titanic esté allí, en el fondo del abismo, tan bien conservado como la noche del naufragio.





    28


    Para un observador que se hallara en la costa, o para quien navegara por el río Rappahanonck, los tres hombres repantingados en un viejo y ruinoso bote de remos aparentaban ser un trío de pescadores de fin de semana. Vestían camisas desteñidas y pantalones de algodón ordinario y sus sombreros estaban adornados con la habitual variedad de anzuelos y moscas artificiales. Era una escena típica, incluidas las seis latas de cerveza que, sujetas en una red de pescar, colgaban bajo el agua, junto a la embarcación.
    El más bajo de los tres, un pelirrojo de rostro enjuto, parecía dormitar apoyado contra la popa, sujetando flojamente una caña de pescar de la cual pendía un corcho rojo y blanco que se mecía apenas a un metro del bote. El segundo hombre simplemente se inclinaba sobre una revista abierta mientras que el tercer pescador, erguido, manipulaba mecánicamente un señuelo de plata. Era corpulento, con un vientre abultado que asomaba por su camisa abierta, y miraba con fijeza a través de sus perezosos ojos azules engastados en una cara redonda y jovial. Era la imagen perfecta de cualquier abuelo bonachón.
    El almirante Joseph Kemper podía permitirse parecer afable. Cuando uno ejercía como él, una autoridad casi increíble, no necesitaba mirar de soslayo con ojos hipnotizadores ni arrojar fuego como un dragón. Miró hacia abajo y dirigió una broma al hombre que dormitaba.
    —Jim, creo que no estás sumido en el espíritu de la pesca.
    —Esta seguramente es la actividad más inútil que el hombre haya inventado jamás —replicó Sandecker.
    —¿Y usted, señor Seagram? No ha echado un anzuelo desde que anclamos.
    Seagram miró a Kemper por encima de la revista.
    —Si un pez pudiera sobrevivir a la contaminación que hay aquí, almirante, sería un mutante de una película de horror de serie B y tendría un sabor aún peor.
    —Dado que fueron ustedes quienes me invitaron aquí —dijo Kemper—, empiezo a sospechar algún motivo avieso.
    —Descansa y disfruta del aire libre, Joe —repuso Sandecker—. Olvida por unas horas que eres jefe del Estado Mayor de la Armada.
    —Eso es fácil, estando tú cerca. Eres el único de los que conozco que me habla con descaro.
    Sandecker sonrió.
    —No puedes pasarte le vida adulado por todos. Considérame simplemente una terapia eficaz.
    Kemper suspiró.
    —Tenía la esperanza de haberme librado de ti para siempre cuando te retiraste del servicio activo. Pero has vuelto para acosarme como un condenado burócrata.
    —Tengo entendido que cuando me fui, bailaban en los corredores del Pentágono.
    —Sí, no se derramaron lágrimas por tu partida —contestó Kemper mientras enrollaba lentamente su señuelo—. Bueno, Jim, hace demasiados años que te conozco para no olfatear una jugarreta. ¿Qué se traen entre manos tú y el señor Seagram?
    —Tenemos que ir en busca del Titanic —replicó Sandecker.
    Kemper siguió enrollando.
    —¿De veras?
    —Así es.
    Kemper lanzó de nuevo el señuelo.
    —¿Para qué? ¿Para tomar unas cuantas fotografías publicitarias?
    —Se trata de reflotarlo.
    Kemper dejó de enrollar; se volvió y miró a Sandecker con extrañeza.
    —Has dicho el Titanic., ¿no?
    —Exacto.
    —Jim, caray, esta vez has perdido la chaveta. Si piensas que me voy a creer...
    —No es un cuento de hadas —interrumpió Seagram—. La autorización para la operación del rescate proviene directamente de la Casa Blanca.
    Los ojos de Kemper escrutaron el rostro de Seagram.
    —¿Debo presumir que representáis al presidente?
    —Sí, señor, así es.
    —Debo decir que tiene una manera un tanto extraña de negociar, señor Seagram —dijo Kemper—. Si tuviera la amabilidad de explicarme...
    —Para eso estamos aquí, almirante, para explicárselo.
    Kemper se encaró con Sandecker.
    —¿Tú también tomas parte en esto, Jim?
    Sandecker asintió.
    —Podría decirse que Seagram habla con suavidad y esgrime un gran bastón.(1)
    —Está bien, Seagram, tiene la palabra. ¿Por qué este subterfugio y por qué la urgencia en reflotar un viejo barco?
    —Comencemos por lo primero, almirante. Soy jefe de un departamento gubernamental estrictamente secreto, llamado Sección Meta.
    —Nunca lo oí mencionar —dijo Kemper.
    —No figuramos en ningún registro de oficinas federales. Ni siquiera la CÍA, el FBI o la NSA tienen conocimiento de nuestra existencia.
    —Un banco de ideas secreto —dijo Sandecker con aspereza.
    —Somos algo más que un banco de ideas —dijo Seagram—. Nuestros colaboradores conciben ideas futuristas, de las cuales intentan luego derivar sistemas que funcionen con eficacia.
    —Eso ha de costar millones de dólares —dijo Kemper.
    —La modestia me impide mencionar el monto exacto de nuestro presupuesto, almirante, pero la vanidad me impulsa a admitir que puedo moverme con guarismos superiores a diez cifras.
    —¡Caray! —murmuró Kemper—. Más de mil millones de dólares para «moverse», como usted dice. Una organización de científicos cuya existencia nadie conoce. Acicatea usted mi interés, señor Seagram.
    —El mío también —dijo Sandecker con acritud—. Hasta ahora, usted buscó la ayuda de la ANIM a través de la Casa Blanca, haciéndose pasar por edecán presidencial. ¿Por qué esa estrategia?
    —Porque el presidente ordenó que la reserva fuera absoluta, almirante, para evitar que se filtrara información al Congreso. Lo que menos necesitaba su administración es un espionaje parlamentario en las finanzas de la Sección Meta.
    Kemper y Sandecker se miraron y asintieron. Luego miraron a Seagram, expectantes.
    —Ahora bien —continuó éste—, la Sección Meta ha desarrollado un sistema de defensa bajo el nombre de proyecto Siciliano...
    —¿Proyecto Siciliano?
    —Lo llamamos así por una estrategia ajedrecística denominada Defensa Siciliana. El proyecto fue ideado alrededor de una variante del principio en que se basa el maser. Por ejemplo, si hacemos pasar una onda sónica de determinada frecuencia a través de un medio que contiene átomos excitados, podemos estimular el sonido hasta un estado de emisión altísimo.
    —Similar a un rayo láser —comentó Kemper.
    —En cierta medida —repuso Seagram—. Salvo que un láser emite un rayo uniforme de energía lumínica, mientras que nuestro dispositivo emite un campo ancho, en abanico, de ondas sónicas.
    —Además de romper tímpanos a granel, ¿para qué sirve? —preguntó Sandecker.
    —Como recordará usted de sus estudios, almirante, las ondas sónicas se difunden en ondas circulares muy semejantes a las ondulaciones que aparecen en un charco después de arrojar un guijarro en él. En el caso del proyecto Siciliano, podemos multiplicar las ondas sónicas un millón de veces. Entonces, cuando esta enorme energía es liberada, se expande a la atmósfera, empujando a partículas de aire ante su fuerza desencadenada, condensándolas hasta que se combinan formando una muralla sólida, impenetrable, de un diámetro de cientos de kilómetros cuadrados. —Seagram se interrumpió para rascarse la nariz—. No los aburriré con ecuaciones y detalles técnicos referentes a la realización práctica. Los detalles son demasiado complejos para analizarlos aquí, pero ustedes advertirán fácilmente el potencial... Cualquier misil enemigo lanzado contra Norteamérica que entrara en contacto con esta barrera protectora invisible, quedaría destrozado y anulado mucho antes de penetrar en el área de su objetivo.
    —¿Este... este sistema es real? —preguntó Kemper, vacilante.
    —Sí, almirante. Le aseguro que puede funcionar. Ya se están construyendo las instalaciones necesarias para detener un ataque en gran escala con misiles dirigidos.
    —¡Mierda! —estalló Sandecker—. Es el arma decisiva...
    —El proyecto Siciliano no es un arma. Es simplemente un método científico para proteger nuestro país.
    —Es difícil imaginarlo —dijo Kemper.
    —Imagine simplemente el estampido sónico de un avión a chorro, amplificado diez millones de veces.
    Kemper parecía desconcertado.
    —Pero el sonido... ¿no destruiría todo lo que hubiera en tierra?
    —No; la fuerza energética apunta al espacio y se acumula en el trayecto. Para alguien situado al nivel del mar no sería más que el impacto inofensivo de un trueno distante.
    —¿Qué tiene que ver todo eso con el Titanic?
    —El elemento requerido para estimular el nivel óptimo de emisión sónica es el bizanio. Y la única cantidad de mineral de bizanio que se conoce en el mundo fue enviada a Estados Unidos en 1912, a bordo del Titanic.
    —Comprendo —asintió Kemper—. Entonces, ¿rescatar la nave es el último recurso para que ese sistema defensivo funcione?
    —La estructura atómica del bizanio es la única que sirve. Cargando la memoria de nuestras computadoras con sus propiedades conocidas, pudimos obtener una relación de treinta mil a uno a favor del éxito.
    —Pero ¿para qué reflotar todo el barco? —preguntó Kemper—. ¿Por qué no sacar sólo simplemente el bizanio?
    —Tendríamos que abrirnos paso con explosivos hasta la bodega de carga. El peligro de destruir el mineral es demasiado grande. El presidente y yo coincidimos en que es preferible el gasto adicional para reflotar el casco, al riesgo de perder el mineral.
    Kemper volvió a lanzar su señuelo.
    —Usted piensa en términos positivos, Seagram. Bien. Pero ¿qué le hace pensar que el Titanic está en condiciones de ser rescatado entero? Después de setenta y cinco años en el fondo del océano quizá no sea más que chatarra herrumbrada.
    —Mis colaboradores tienen una hipótesis a ese respecto —dijo Sandecker. Dejando a un lado su caña de pescar, abrió la caja de aparejos y sacó un sobre—. Mírelas un poco —dijo ofreciendo a Kemper varias fotografías.
    —Parecen desechos submarinos —comentó Kemper.
    —Exacto —repuso Sandecker—. De vez en cuando, las cámaras fotográficas de nuestros submarinos captan despojos arrojados por la borda desde los barcos. —Señaló la foto de arriba—. Esto es una estufa de a bordo, hallada a mil doscientos metros de profundidad, cerca de las Bermudas. Luego viene un bloque de cilindros de un motor de automóvil, fotografiado a dos mil metros, cerca de las Aleutianas. No hay modo de determinar la fecha de ninguna de esas dos. Aquí tiene ahora un aeroplano Grumman F4F de la Segunda Guerra Mundial, descubierto a tres mil doscientos metros de profundidad, en las cercanías de Islandia. Averiguamos su historia... El avión fue abandonado en el mar, sin averías, por un tal teniente Strauss cuando la máquina se quedó sin combustible, el 17 de marzo de 1946.
    Kemper sostuvo la última foto con el brazo extendido.
    —¿Qué diablos es esto?
    —Ésa fue tomada por el Safo I en el momento del hallazgo, durante la expedición a la corriente Lorelei. Lo que al principio parecía un embudo de cocina, resultó ser una trompeta.
    Mostró a Kemper una foto del instrumento, tomada después de ser restaurado por Vogel.
    —Eso es una corneta —le corrigió Kemper—. ¿Dices que el Safo I encontró esto?
    —Sí, a cuatro mil metros de profundidad. Yacía en el fondo desde 1912.
    Kemper arqueó las cejas.
    —¿Vas a decirme que proviene del Titanic?
    —Puedo mostrarte pruebas documentadas.
    Kemper suspiró y devolvió las fotografías a Sandecker. Sus hombros se encorvaron con la fatiga de un hombre que ya no era joven, un hombre que llevaba desde hacía demasiado tiempo una carga demasiado pesada. Sacó de la red de pescar una lata de cerveza y la abrió.
    —¿Qué demuestra todo esto?
    Sandecker esbozó una tenue sonrisa.
    —Lo tuvimos delante durante dos años... el tiempo transcurrido desde que fue descubierto el aeroplano, pero pasamos totalmente por alto las posibilidades. Oh, claro, hubo comentarios sobre el excelente estado del avión, pero ninguno de mis oceanógrafos captó realmente lo que esto significaba. Las verdaderas implicaciones no fueron comprendidas hasta que el Safo I encontró la trompa.
    —No entiendo —dijo Kemper con voz inexpresiva.
    —En primer lugar —continuó Sandecker—, el noventa por ciento de ese F4F es de aluminio, y ya sabes que el agua salada corroe extraordinariamente el aluminio. Sin embargo ese avión, después de haber estado más de cuarenta años en el fondo del mar, parece recién salido de fábrica. Lo mismo la trompeta. Estuvo casi ochenta años bajo el mar y brillaba como el trasero de un recién nacido.
    —¿Tienes alguna explicación? —preguntó Kemper.
    —En este momento, dos de los oceanógrafos más capacitados de la ANIM están pasando datos por nuestras computadoras. Por ahora, la teoría es que se trata de una combinación de factores: la ausencia de vida marina perjudicial a grandes profundidades, la baja salinidad del agua en el fondo, las temperaturas congelantes del mar y un menor contenido de oxígeno que haría más lenta la oxidación del metal. Podría ser cualquiera de estos factores o todos ellos lo que retrasa el deterioro de los restos de naufragios en el fondo del océano. Sabremos más al respecto cuando veamos el Titanic, si llegamos a verlo.
    Kemper meditó un momento.
    —¿Qué quieres de mí?
    —Protección —repuso Seagram—. Si los soviéticos se enteran de nuestras andanzas, lo intentarán todo, salvo una guerra, para detenernos y apoderarse del bizanio.
    —Tranquilizaos —dijo Kemper con voz súbitamente dura—. Los rusos se lo pensarán dos veces antes de venir a meter sus narices de nuestro lado del Atlántico. La operación de rescate del Titanic estará protegida, señor Seagram. Tenéis mi garantía absoluta.
    En la cara de Sandecker apareció una sonrisa.
    —Ya que te sientes generoso, Joe, ¿qué posibilidades hay de tomar prestado el Modoc?
    —¿El MOÍ/OC? —repitió Kemper—. Es la mejor nave de rescate en aguas profundas que tiene la Armada.
    —También nos sería útil la tripulación —insistió Sandecker.
    Kemper se pasó la fresca superficie de la lata de cerveza por la sudorosa frente.
    —Está bien, habéis conseguido al Modoc con su tripulación, además de todos los hombres y equipos adicionales que necesitéis.
    Seagram lanzó un suspiro.
    —Gracias, almirante.
    —Estáis abocados a una empresa interesante, pero cargada de obstáculos —dijo Kemper.
    —Nada es fácil —replicó Seagram.
    —¿Qué haréis ahora?
    Sandecker respondió:
    —Enviaremos cámaras de televisión para localizar el casco hundido y recoger datos.
    —Sólo Dios sabe qué encontraréis... —Kemper se interrumpió bruscamente y señaló el corcho del aparejo de Sandecker, que se hundía—. Por Dios, Jim, creo que has atrapado un pez.
    Sandecker se asomó perezosamente por la borda del bote.
    —Así es —dijo sonriendo—. Espero que el Titanic sea igualmente dócil.
    —Temo que esa esperanza resulte vana —dijo Kemper, sin devolver la sonrisa.

    Pitt cerró el diario de Joshua Hays Brewster y miró a Mel Donner a través de la mesa de reuniones.
    —Así están las cosas, pues...
    —Toda la verdad y nada más que la verdad —dijo Donner.
    —Pero ¿este bizanio, o cómo lo llaman ustedes, no habrá perdido sus cualidades tras tantos años sumergido en el mar?
    Donner sacudió la cabeza.
    —¿Quién puede saberlo? Nadie ha tenido jamás en sus manos una cantidad suficiente para saber con seguridad cómo reacciona bajo ciertas condiciones.
    —Entonces tal vez carezca de valor.
    —No sé si está bien guardado en la bóveda del Titanic. Nuestras investigaciones indican que el depósito es hermético.
    Pitt se reclinó contemplando el diario.
    —Es una jugada muy arriesgada.
    —Eso lo sabemos.
    —Es como pedir a un grupo de muchachos que saquen un tanque Patton del lago Erie con unas cuantas sogas y una balsa.
    —Lo sabemos —repitió Donner.
    —El coste de reflotar el Titanic supera lo razonable —dijo Pitt.
    —Mencione una cifra.
    —En 1974, la CÍA pagó más de trescientos millones de dólares para reflotar la proa de un submarino ruso. No sé lo que llegaría a costar el rescate de un barco de pasajeros que pesa alrededor de cuarenta y seis mil toneladas y está a cuatro mil metros de profundidad.
    —Arriesgue una suposición.
    —¿Quién financia la operación?
    —La Sección Meta se ocupará de las finanzas —repuso Donner—. Considéreme simplemente como su amigo, el banquero de su barrio... Comuníqueme cuánto hará falta, en su opinión, para poner en marcha