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T E M A S













¡RESCATEN EL TITANIC! (Clive Cussler)

Publicado el domingo, junio 27, 2010
Título Original: Raise the Titanic!

Traducción: (1996) Ariel Bignami

Edición Electrónica: (2002) Pincho

PRELUDIO

Abril de 1912

El hombre que ocupaba el camarote 33 de la cubierta A se daba vueltas en su estrecha litera; su mente estaba extraviada en las profundidades de una pesadilla. Era bajo, no medía más de un metro cincuenta y cinco; su cabello era blanco y ralo y en su inexpresiva cara el único rasgo notable era un par de hirsutas cejas oscuras. Sus manos yacían entrelazadas sobre el pecho, sus dedos se agitaban nerviosamente. Aparentaba algo más de cincuenta años. Su piel tenía el color y la textura de una acera de cemento y bajo sus ojos las arrugas estaban profundamente marcadas. Sin embargo, le faltaban apenas diez días para cumplir treinta y cuatro años.
El esfuerzo físico y el tormento mental de los últimos cinco meses lo habían agotado hasta llevarlo al borde mismo de la locura. Durante sus horas de vigilia sorprendía a su mente vagando por vacíos canales, fuera de las dimensiones del tiempo y la realidad. Tenía que recordarse continuamente dónde estaba y qué día era. Se estaba volviendo loco, lenta pero irrevocablemente loco, y lo peor era que lo sabía.
Abrió los ojos y los enfocó en el silencioso ventilador que pendía del cielo raso del camarote. Al pasarse la mano por la cara, palpó la barba de dos semanas que la cubría. No le hacía falta mirarse la ropa; sabía que estaba sucia, arrugada y manchada de sudor. Debería haberse bañado y cambiado después de subir a bordo, pero se había refugiado en su litera para dormir con un temeroso y obseso sueño intermitente durante casi tres días.
Era el atardecer del domingo y la nave no llegaría a Nueva York hasta las primeras horas del miércoles, casi cincuenta horas más tarde.
Intentó convencerse de que ya estaba a salvo, pero su mente se negaba a aceptarlo pese al hecho de que el botín que tantas vidas había costado estaba totalmente seguro. Por centésima vez tocó el bulto en el bolsillo de su chaleco. Habiendo comprobado que la llave seguía allí, se frotó la frente y volvió a cerrar los ojos.
No sabía con seguridad cuánto tiempo había dormitado. Algo lo había hecho despertar sobresaltado. No había sido un ruido fuerte ni una sacudida violenta, sino más bien un movimiento tembloroso surgido de su colchón y un extraño ruido rechinante en algún sitio por debajo de su camarote de estribor. Se irguió hasta quedar sentado y apoyó los pies en el suelo. Pocos minutos después sintió un silencio insólito, sin vibraciones. Entonces su mente confusa comprendió que los motores se habían detenido. Se quedó allí sentado, escuchando, pero los únicos sonidos eran la conversación de los camareros en los pasillos y las voces apagadas que provenían de los camarotes contiguos.
Un helado tentáculo de intranquilidad lo envolvió. Tal vez otro pasajero habría hecho caso omiso de la interrupción y se habría vuelto a dormir, pero él estaba muy cerca de un colapso mental y sus cinco sentidos se empeñaban en magnificar cada impresión. Tres días encerrado en su camarote, sin comer ni beber, reviviendo los horrores de los cinco meses anteriores, no hicieron más que alimentar los fuegos de la demencia dentro de su deteriorada mente.
Abrió la puerta y recorrió el pasillo con andar vacilante hasta la escalera principal. Los pasajeros reían y charlaban dirigiéndose del salón a sus camarotes. Miró el ornado reloj de bronce flanqueado por dos figuras en bajorrelieve sobre el rellano de la escalera. Las manecillas doradas indicaban las once y cincuenta y uno.
Un camarero que estaba junto a una lámpara de pie, al final de la escalera, le dirigió una mirada desdeñosa, evidentemente fastidiado al ver que un pasajero tan andrajoso recorría las instalaciones de primera clase, mientras que todos los demás se paseaban por las lujosas alfombras orientales en elegantes trajes de noche.
—Los motores se han detenido —dijo el pasajero con voz pastosa.
—Probablemente un ajuste de poca importancia, señor —replicó el camarero—. Éste es un barco nuevo en su primer viaje, ya sabe... Es inevitable que haya detalles que retocar. No se preocupe. Es insumergible.
—Si está hecho de acero, se puede hundir. —Se frotó los ojos inyectados—. Echaré una ojeada afuera...
El camarero meneó la cabeza.
—No se lo recomiendo, señor. Hace un frío espantoso.
El pasajero del traje arrugado estaba habituado al frío. Volviéndose, subió un tramo de escalera y traspuso una puerta que conducía a la cubierta de estribor. Entonces lanzó una exclamación ahogada, como si mil agujas lo hubieran traspasado. Después de estar tres días acostado en el cálido vientre del camarote, la temperatura de cinco grados bajo cero le dio una terrible sacudida. No había el más leve indicio de brisa, nada más que un frío penetrante, inmóvil, que pendía del cielo sin nubes como una mortaja.
Dirigiéndose a la barandilla, se levantó el cuello de la chaqueta. Se asomó, pero no vio más que el mar oscuro, sereno como el estanque de un jardín. Después miró a popa y a proa. La cubierta de botes, desde el salón de fumar de primera clase hasta la timonera situada delante de los camarotes de los oficiales, estaba totalmente desierta. Sólo el humo que se elevaba desde tres de las cuatro enormes chimeneas amarillas y negras y las luces que brillaban a través de las ventanas del salón y la sala de lectura, revelaban alguna actividad humana.
La blanca espuma que bordeaba el casco disminuyó y se ennegreció, mientras el enorme navio perdía lentamente impulso y flotaba en silencio bajo el infinito manto de estrellas. El comisario de a bordo salió del comedor de oficiales y se asomó por la borda.
—¿Por qué nos hemos detenido?
—Hemos chocado con algo —respondió el comisario sin volverse.
—¿Es grave?
—Probablemente no, señor. Si entra algo de agua, las bombas la sacarán.
De pronto, de los ocho tubos de escape exteriores brotó un bramido ensordecedor, como si cien locomotoras a toda marcha atravesaran un túnel al mismo tiempo. A pesar de que se tapaba los oídos con las manos, el pasajero reconoció la causa. Había trabajado con maquinarias el tiempo suficiente como para saber que el exceso de vapor proveniente de los motores alternos detenidos escapaba por las válvulas de paso. El terrible estrépito le impidió seguir hablando con el comisario. Al volverse, vio a otros miembros de la tripulación que aparecían en cubierta. Un espantoso temor le inundó el estómago al ver que comenzaban a retirar las lonas que cubrían los botes salvavidas y a quitar las sogas del pescante.
Casi una hora permaneció allí, mientras el estrépito de los tubos de escape se extinguía lentamente en la noche. Asido de la barandilla, sin advertir el frío, apenas notó a los pequeños grupos de pasajeros que habían empezado a recorrer la cubierta en una suerte de confusión extraña y silenciosa.
Un oficial de segunda del barco pasó a su lado. Era joven, apenas poco más de veinte años, y su tez era de un blanco lechoso, típicamente británico; y su expresión, típicamente británica, de estar aburrido de todo. Se acercó al hombre que estaba junto a la borda y lo palmeó en el hombro:
—Discúlpeme, señor. Tiene que ponerse el chaleco salvavidas.
El otro se volvió con lentitud y lo miró con fijeza.
—Nos vamos a hundir, ¿no es cierto? —preguntó con voz ronca.
El oficial vaciló antes de asentir.
—Entra más agua de la que las bombas pueden sacar.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—Es difícil decirlo. Tal vez una hora, si el agua no llega a las calderas.
—¿Qué ha pasado? ¿Con qué chocamos?
—Con un témpano. Ha desgarrado el casco. Mala suerte, señor.
El hombre apretó el brazo del oficial con tanta fuerza, que el joven se sobresaltó.
—Tengo que ir a la bodega de carga.
—Eso no es posible, señor. La sala de correspondencia de la cubierta F se está inundando y los equipajes ya flotan en la bodega.
—Tiene que llevarme hasta allí.
El oficial intentó liberar su brazo, pero el hombre se lo sujetaba con firmeza.
—¡Imposible! Tengo órdenes de ocuparme de los botes salvavidas de estribor.
—Otro oficial puede hacerse cargo de los botes —dijo el pasajero con tono inexpresivo—. Usted me conducirá a la bodega de carga.
Fue entonces cuando el oficial advirtió dos cosas inquietantes. Primero, la expresión desdeñosa del pasajero; segundo, el cañón del arma que apretaba contra sus genitales.
—Haga lo que le digo si quiere tener nietos —gruñó el hombre.
El oficial miró en silencio el arma y luego alzó la vista. No cabía pensar en discutir ni en ofrecer resistencia. Los ojos enrojecidos que lo miraban ardían desde las profundidades de la demencia.
—Lo intentaré.
—¡Inténtelo, pues! —exclamó el pasajero—. Y no haga tonterías... Estaré detrás de usted todo el tiempo. Un estúpido error y le volaré el espinazo.
Guardó discretamente el arma en un bolsillo de la chaqueta, manteniendo el cañón apretado contra la espalda del oficial. Ambos se abrieron paso entre la agitada multitud que ahora colmaba la cubierta. Ya era un barco distinto. Nada de risas ni de alegría, y sin distinciones de clase; pobres y ricos estaban unidos por el vínculo común del miedo. Los camareros eran los únicos que sonreían y conversaban mientras distribuían salvavidas blancos.
Las bengalas se elevaron en el aire; parecían pequeñas y vanas bajo la asfixiante negrura; nadie, aparte de los que estaban a bordo de la condenada nave, las vio estallar en blancos destellos. Estos proporcionaron un telón de fondo espectral para los adioses desgarradores, las forzadas expresiones de esperanza en los ojos de los hombres que tiernamente depositaban a sus mujeres e hijos en los botes salvavidas. La terrible irrealidad de la escena se vio realzada cuando los ocho músicos de la banda de a bordo se reunieron en cubierta, incongruentes con sus instrumentos y sus blancos salvavidas. Empezaron a tocar La banda, de Alejandro, de Irving Berlin.
Acicateado por la pistola, el oficial bajó por la escalera principal, forcejeando contra la oleada de pasajeros que se precipitaba hacia los botes salvavidas. El ángulo bajo la proa se estaba haciendo más pronunciado. Descendieron los escalones con paso irregular. Tomaron un ascensor y bajaron a la cubierta D.
El joven oficial se volvió y observó al hombre cuyo extraño capricho lo había sujetado más firmemente aún en los lazos de una muerte segura. Tenía los labios apretados y los ojos vidriosos, con una mirada lejana. El pasajero alzó la vista y advirtió que el oficial lo observaba. Por un instante sus miradas se cruzaron.
—No se preocupe...
—Bigalow, señor.
—No se preocupe, Bigalow. Terminará antes de que se hunda.
—¿A qué sección de la bodega de carga quiere ir?
—A la número uno, cubierta G.
—La cubierta G estará ya seguramente bajo el agua.
—Sólo lo sabremos al llegar allí, ¿no?
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, los dos hombres salieron y se abrieron paso a empellones entre la multitud.
Bigalow se quitó el cinturón salvavidas y corrió alrededor de la escalera que conducía a la cubierta E. Allí se detuvo, miró hacia abajo y vio el agua que subía y cubría los escalones con lentitud, centímetro a centímetro, de modo implacable. Bajo el agua fría y verde brillaban todavía algunas luces que despedían un resplandor espectral.
—Es inútil. Véalo usted mismo.
—¿Hay otro modo de llegar?
—Las compuertas herméticas fueron cerradas de inmediato después del siniestro. Tal vez podríamos bajar por una de las escaleras de emergencia.
—Bien. Siga andando.
Recorrieron rápidamente el trayecto a lo largo de tortuosos pasadizos, pasando por interminables laberintos de acero y escaleras. Bigalow se detuvo, levantó una trampa redonda y espió dentro de la estrecha abertura. Se sorprendió al ver que abajo, en la bodega, el agua apenas había alcanzado medio metro de profundidad.
—No hay nada que hacer —mintió—. Está inundada.
El pasajero lo apartó bruscamente para mirar con sus propios ojos.
—Está bien para lo que me propongo —dijo con lentitud, señalando la escotilla con su pistola—. Adelante...
Las luces eléctricas del techo brillaban todavía en la bodega cuando los dos hombres avanzaron chapoteando hacia el depósito del barco.
Ambos tropezaron y cayeron varias veces en el agua helada, que entumeció sus cuerpos. Tambaleándose como borrachos, llegaron por fin a la bóveda, en medio del compartimiento de carga. Tenía dos metros y medio de alto y sus sólidas paredes, de treinta centímetros de espesor, eran de acero de Belfast.
El pasajero sacó una llave del bolsillo de su chaleco y la introdujo en una cerradura que se abrió con un sonoro clic. Empujó la pesada puerta, penetró en la bóveda y volviéndose, sonrió por primera vez.
—Le agradezco su ayuda, Bigalow. Será mejor que vuelva arriba; todavía le queda tiempo.
Bigalow, con aire perplejo, preguntó:
—¿Usted se queda?
—Sí, me quedo. He asesinado a ocho hombres buenos y honestos... No puedo vivir con eso. —Lo dijo llanamente y con tono definitivo—. Todo ha terminado.
Bigalow quiso hablar, pero no le salieron las palabras.
El pasajero asintió con la cabeza en señal de comprensión, y empezó a tirar de la puerta hasta cerrarla tras de él.
—Gracias a Dios por Southby —dijo.
Y desapareció, como devorado por el negro interior de la bóveda.

Bigalow sobrevivió.
Ganó su carrera contra el agua, logró llegar a cubierta y arrojarse por la borda apenas segundos antes que la nave se hundiera.
Cuando la mole del enorme buque desapareció tragada por las aguas, su rojo gallardete con la estrella blanca, que antes pendía en lo alto del mástil de proa, se desplegó súbitamente al tocar el mar, como en un saludo final a los mil quinientos hombres, mujeres y niños que estaban muriendo de frío o se ahogaban en las gélidas aguas.
Un ciego instinto se apoderó de Bigalow, que tendió una mano y asió el gallardete cuando pasaba junto a él. Antes que pudiera comprender la magnitud del peligro de su temeraria acción, se encontró arrastrado bajo el agua. Sin embargo, aguantó con terquedad, negándose a abrir la mano. Estaba a casi siete metros por debajo de la superficie y cuando por fin las roñadas del gallardete se soltaron la presa fue suya. Sólo entonces pugnó por subir, atravesando la líquida negrura. Después de lo que le pareció una eternidad emergió nuevamente al aire de la noche, agradeciendo que la succión provocada por el barco al hundirse no lo hubiera atrapado.
El frío del agua estuvo a punto de matarlo. Diez minutos más de permanencia en sus heladas garras y habría sido simplemente una cifra más en las estadísticas de esa terrible tragedia.
Pero su mano rozó una soga que colgaba de un bote volcado y la aferró. Con el último resto de sus menguadas fuerzas impulsó a bordo su cuerpo casi helado y compartió con otros treinta hombres el entumecedor frío, hasta que cuatro horas más tarde los rescató otra nave.
Los gritos lastimosos de aquellos que murieron permanecerían para siempre en el espíritu de los sobrevivientes. Pero mientras Bigalow se aferraba al bote salvavidas zozobrado y semisumergido, sus pensamientos iban hacia otro recuerdo: aquel extraño hombre encerrado para siempre en la bóveda del barco.
¿Quién era?
¿Quiénes eran los ocho hombres que había asesinado?
¿Cuál era el secreto de la bóveda?
Estas eran las preguntas que acosaron a Bigalow durante los setenta y seis años siguientes, hasta el final de su vida.





I. EL PROYECTO SICILIANO









1

Julio de 1987

El presidente hizo girar su sillón, unió las manos detrás de la nuca, fijó su mirada absorta en la ventana del Despacho Oval y maldijo su suerte. Odiaba su cargo con una pasión que no había creído posible. Sabía en qué momento exacto había perdido el entusiasmo por él. Lo había sabido la mañana en que le fue difícil abandonar la cama. Ésa era siempre la primera señal. Un temor a comenzar el día.
Por milésima vez desde que ocupaba el cargo, se preguntó por qué había luchado tanto y durante tanto tiempo por ese cargo tan ingrato. El precio había sido dolorosamente alto. Su trayectoria política estaba sembrada por amigos perdidos y un matrimonio roto. Y apenas pronunciado el juramento de rigor para ocupar el cargo, su recién nacido gobierno se había visto bombardeado por un escándalo en el Departamento de Hacienda, una guerra en Sudamérica, una huelga en las compañías de aviación de todo el país y un Congreso hostil que desconfiaba de quienquiera residiese en la Casa Blanca. Agregó una maldición adicional para el Congreso. Sus miembros habían anulado sus dos últimos vetos, y esos acontecimientos lo abrumaban.
Gracias a Dios, escaparía a una nueva elección. No se explicaba cómo había logrado ganar dos períodos. Había destruido todos los tabúes políticos establecidos para un candidato triunfante. No sólo estaba divorciado, sino que no iba a la iglesia, fumaba cigarros en público y ostentaba un gran bigote. Había hecho su campaña desconociendo a sus adversarios y apabullando rudamente a los votantes con la aspereza de sus palabras. Y éstos lo habían aclamado. Se había presentado oportunamente cuando el norteamericano común estaba harto de candidatos bonachones que ostentaban amplias sonrisas, hacían el amor a las cámaras de televisión, y pronunciaban frases triviales e insustanciales.
Dieciocho meses más y su segundo período presidencial habría concluido. Era el único pensamiento que le permitía seguir adelante. Su predecesor había aceptado el puesto de director honorario de la Universidad de California. Eisenhower se había retirado a su granja en Gettysburg, y Johnson a su hacienda en Texas. El presidente sonrió complacido. Esas conductas resignadas de automarginación no eran para él. Planeaba exilarse en el Pacífico Sur en un queche de diez metros de largo. Allí, haciendo caso omiso de todas las condenadas crisis que conmovieran al mundo, bebería ron y contemplaría a las muchachas nativas de nariz chata y pechos opulentos. Cerró los ojos, y ya cobraba forma este sueño cuando su ayudante abrió la puerta y se aclaró la garganta.
—Disculpe, señor presidente, pero los señores Seagram y Donner están esperando.
El presidente hizo girar el sillón hacia su escritorio y se pasó las manos por un espeso mechón de cabello plateado.
—Está bien, hágalos pasar.
Se animó visiblemente. Gene Seagram y Mel Donner tenían acceso inmediato al presidente en cualquier momento del día o de la noche. Eran los evaluadores principales de la Sección Meta, un grupo de científicos que trabajaban en absoluto secreto, investigando proyectos aún no divulgados; proyectos con los que se intentaba adelantar en veinte o treinta años la tecnología actual.
La Sección Meta había sido ideada por el presidente mismo. Él la había concebido durante su primer año en el cargo, había ideado y decidido la financiación secreta e ilimitada, y reclutado en persona al pequeño grupo de hombres brillantes y abnegados que constituían su núcleo fundamental. Esto lo enorgullecía, aunque no lo proclamara. Ni siquiera la CÍA ni la Agencia de Seguridad Nacional conocían su existencia. Siempre había soñado con respaldar a un equipo de hombres que pudiera consagrar su pericia y capacidad a proyectos imposibles. Planes fantásticos, con una posibilidad de éxito en un millón. El hecho de que la Sección Meta no hubiera logrado todavía ningún resultado cinco años después de su creación, no inquietaba para nada su conciencia.
No hubo apretones de manos, sólo cordiales saludos. Seagram desabrochó un estropeado portafolio de cuero y sacó una carpeta rebosante de fotografías aéreas. Las colocó sobre el escritorio del presidente y señaló varias zonas rodeadas por un círculo, marcadas sobre cubiertas transparentes.
—La región montañosa de la isla septentrional de Nueva Zembla, al norte del continente ruso. Todos los datos provenientes de nuestros satélites señalan esta área como la única que ofrece cierta posibilidad.
—¡Maldita sea! —maldijo en voz baja el presidente—. Cada vez que descubrimos algo así, tiene que estar en la Unión Soviética o en algún otro lugar vedado. —Examinó las fotografías antes de volver la mirada hacia Donner—. La tierra es grande. Debe haber sin duda otras zonas propicias.
Donner sacudió la cabeza.
—Lo siento, señor presidente, pero los geólogos vienen buscando bizanio desde que Alexander Beesley descubrió su existencia en 1902. Que nosotros sepamos, no se lo ha encontrado en gran cantidad.
—Su radiactividad es tan extrema que ha desaparecido hace mucho de los continentes, salvo en reducidísimas cantidades —agregó Seagram—. Las pocas informaciones que hemos reunido acerca de este elemento fueron obtenidas de partículas muy pequeñas, producidas artificialmente.
—¿No pueden acumular una provisión por medios artificiales ? —inquirió al presidente.
—No, señor —repuso Seagram—. La partícula más estable que logramos producir con un acelerador de energía elevada se transformó en menos de dos minutos.
Reclinándose en su sillón, el presidente fijó la mirada en Seagram.
—¿Qué cantidad necesitan para completar su programa?
Seagram miró a Donner y luego al presidente.
—Como usted sabe, señor presidente, estamos todavía en una etapa experimental.
—¿Qué cantidad necesitan? —repitió el presidente.
—Yo diría que un cuarto de kilo.
—Entiendo.
—Ésa no es más que la cantidad requerida para comprobar plenamente la teoría —añadió Donner—. Se precisaría más para instalar el equipo en escala plenamente operativa, en ubicaciones estratégicas cercanas a las fronteras de la nación.
El presidente se arrellanó en el sillón.
—Entonces supongo que debemos suprimir esto y pasar a otra cosa.
Seagram era un hombre alto y desgarbado, de voz suave y modales corteses que, excepto por su nariz grande y achatada, habría podido pasar por un Abraham Lincoln sin barba.
Donner era todo lo contrario a Seagram. Era bajo y parecía casi tan ancho como alto. Tenía cabello color trigo, ojos melancólicos, y su cara parecía estar siempre sudorosa. Empezó a hablar con rapidez de ametralladora.
—El proyecto Siciliano está demasiado cerca de la realidad para enterrarlo y olvidarlo. Insisto en que sigamos adelante. Estaríamos tratando de lograr la jugada más sensacional de la historia, pero si lo conseguimos... Dios mío, señor, las consecuencias son enormes.
—Estoy dispuesto a recibir sugerencias —dijo el presidente.
Seagram aspiró profundamente y comenzó a hablar.
—En primer lugar, requerimos su autorización para construir las instalaciones necesarias. En segundo lugar, los fondos correspondientes. Y en tercer lugar, la ayuda de la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas.
El presidente miró a Seagram con expresión inquisitiva.
—Entiendo las dos primeras solicitudes, pero no alcanzo a entender la intervención de la ANIM. ¿Qué tiene que ver?
—Tendremos que introducir mineralogistas expertos en Nueva Zembla. Como está rodeada de agua, una expedición oceanográfica de la ANIM sería la cobertura casi perfecta para nuestra misión.
—¿Cuánto tiempo les llevará verificar, construir e instalar el sistema?
Donner no vaciló:
—Dieciséis meses y una semana.
—¿Hasta dónde pueden llegar sin bizanio?
—Hasta la última etapa —respondió Donner.
El presidente se echó atrás en su sillón y contempló un reloj de barco que tenía sobre el enorme escritorio. Guardó silencio durante casi un minuto. Finalmente dijo:
—Tal como lo veo, caballeros, quieren que los financie para construir un complejo sistema no verificado, cuyo costo será multimillonario y que no funcionará porque carecemos del ingrediente primordial, que quizá tengamos que robar a una nación hostil.
Seagram jugueteó con su portafolio en tanto Donner se limitaba a asentir con la cabeza.
—¿ Qué les parece si me dicen —continuó el presidente— cómo justifico una red de estas instalaciones, que se extenderá por todo el perímetro del país, a cualquier liberal tacaño del Congreso a quien se le ocurra investigar?
—Ahí está la ventaja del sistema —declaró Seagram—. Es pequeño y compacto... La computadora nos indica que un edificio construido a semejanza de una pequeña estación energética será más que suficiente. Ni los satélites espías rusos ni un agricultor que viva al lado advertirán nada fuera de lo común.
El presidente se frotó la barbilla.
—¿Por qué quieren adelantar el proyecto Siciliano antes de estar preparados en un ciento por ciento?
—Es un riesgo, señor —dijo Donner—. Nosotros apostamos a que en los próximos dieciséis meses podremos abrir una brecha y producir bizanio en el laboratorio, o bien hallar en alguna parte de la tierra un depósito que podamos extraer.
—Aunque tardemos diez años —dijo abruptamente. Seagram—, las instalaciones estarían listas y a la espera. Sólo perderíamos tiempo.
El presidente se incorporó.
—Caballeros, colaboraré en vuestro arriesgado plan pero con una condición. Les quedan exactamente dieciocho meses y diez días. En ese momento mi reemplazante, quienquiera que sea, ocupará mi cargo. De modo que, si quieren tener contento a su mecenas hasta entonces, consigan resultados.
Del otro lado del escritorio, los dos hombres quedaron atónitos. Por fin, Seagram logró hablar.
—Gracias, señor presidente. De alguna manera, el equipo hallará el filón originario. Puede contar con ello.
—Muy bien. Ahora, discúlpenme. Tengo que posar en el Jardín de las Rosas con un montón de gordas y viejas Hijas de la Revolución Americana. —Tendió la mano—. Buena suerte y recuerden, no arruinen sus operaciones secretas. No quiero que me estalle en la cara un nuevo caso U-2, como a Eisenhower. ¿Entendido?
Antes de que Seagram y Donner pudieran contestar, se volvió y salió por una puerta lateral.

Una vez su Chevrolet hubo transpuesto los portones de la Casa Blanca, Donner se unió a la corriente del tránsito y se encaminó hacia Virginia, cruzando el Potomac. Casi no se atrevía a mirar por el espejo retrovisor, por temor a que el presidente cambiara de idea y enviara un mensajero en persecución de ellos con una negativa. Abrió la ventanilla y aspiró el húmedo aire estival.
—Hemos tenido suerte —dijo Seagram.
—No hace falta que me lo digas. Si hubiera sabido que enviamos un hombre a territorio ruso hace más de dos semanas, habría ardido Troya.
—Todavía es posible que arda —masculló Seagram—. Todavía es posible, si ANIM no logra sacar a nuestro hombre.





2


Sid Koplin tenía la certeza de que se estaba muriendo.
Había cerrado los ojos, y la sangre que manaba de su costado manchaba la blanca nieve. Al recuperar gradualmente la conciencia, una explosión de luz irrumpió en su mente; un espasmo de náusea lo sacudió y no pudo contener las arcadas.
¿Le habían disparado una vez, o acaso dos? No estaba seguro.
Abrió los ojos, y se volvió hasta quedar apoyado en sus manos y rodillas. La cabeza la vibraba como un taladro. Se llevó una mano a la frente y tocó el corte congelado que le abría el cuero cabelludo sobre la sien izquierda. Salvo el dolor de cabeza, no tenía sensaciones exteriores; el frío había atenuado el dolor. Pero nada podía atenuar el lacerante ardor en su lado izquierdo bajo las costillas, donde le había dado la segunda bala, y podía sentir la sangre, pegajosa como jarabe, escurriéndose bajo sus ropas, sobre sus muslos y a lo largo de sus piernas.
Una descarga de armas automáticas resonó en la montaña. Koplin miró en derredor pero sólo pudo ver la blanca nieve que se arremolinaba, azotada por el cruel viento ártico. Otra explosión rasgó el aire helado. Supuso que procedía de unos cien metros de distancia. Algún centinela de una patrulla soviética debía de estar disparando a ciegas a través de la ventisca, con la esperanza de acertarle nuevamente por casualidad.
Toda idea de escapar se había desvanecido ya. Era el final. Jamás podría llegar a la ensenada donde había amarrado la balandra. Tampoco estaba en condiciones de conducir la pequeña embarcación, de nueve metros de largo, a través de ochenta kilómetros de mar abierto para encontrarse con la nave oceanográfica norteamericana que lo esperaba.
Se desplomó en la nieve. La pérdida de sangre lo había debilitado hasta impedirle cualquier esfuerzo físico. Los rusos no debían hallarlo. Eso formaba parte del trato con la Sección Meta. Si tenía que morir, su cadáver no debía ser descubierto.
Comenzó penosamente a echarse nieve encima. Pronto no sería más que un montículo blanco en una desolada cuesta de la montaña Bednáia, enterrado para siempre bajo el helado manto que aumentaba sin cesar.
Se detuvo un momento y escuchó. Los únicos ruidos que oyó fueron sus propios jadeos y el viento. Escuchó con más atención, haciéndose pantalla con las manos en los oídos. Apenas audible sobre el bramido del viento, oyó los ladridos de un perro.
—Dios santo —gimió.
Las sensibles fosas nasales del animal captarían su olor sin lugar a dudas. Se quedó inmóvil, derrotado. No le quedaba otra cosa que tenderse y dejar que la vida se le escapara por las heridas.
Pero una chispa, en lo profundo de su ser se negaba a disminuir y extinguirse. No podía quedarse allí tendido, esperando que los rusos lo atraparan. Él era sólo un profesor de mineralogía, no un agente secreto experimentado. Su mente, y su cuerpo de cuarenta años, no estaban equipados para resistir un interrogatorio intensivo. Si sobrevivía, podrían arrancarle toda la verdad en pocas horas. Cerró los ojos mientras la angustia del fracaso superaba el dolor físico.
Cuando los abrió de nuevo, su campo visual estaba ocupado por la cabeza de un enorme perro. Koplin lo reconoció como un komondor, un poderoso animal provisto de un grueso y enmarañado pelaje blanco. El perro gruñó salvajemente, y habría desgarrado la garganta de Koplin de no haberlo contenido la mano enguantada de un soldado soviético. Inmóvil, con aire indiferente, el hombre contemplaba a su indefensa presa, asiendo la correa con la mano izquierda mientras con la derecha sostenía un fusil ametrallador. Parecía temible enfundado en un grueso abrigo que le llegaba hasta los tobillos cubiertos por botas, y sus ojos pálidos e inexpresivos no mostraban compasión alguna por las heridas de Koplin. El soldado se colgó el arma al hombro, se agachó y obligó a Koplin a incorporarse. Después, sin decir palabra, el ruso comenzó a arrastrar al norteamericano herido hacia el puesto de seguridad de la isla.
Koplin estuvo a punto de desfallecer de dolor. Sentía como si lo hubieran arrastrado por la nieve a lo largo de varios kilómetros, cuando en realidad la distancia era sólo de cincuenta metros. Habían llegado hasta allí cuando entre la tormenta apareció una figura borrosa, difusa tras el blanco y revuelto muro de nieve. A punto de perder la conciencia, Koplin sintió que el soldado se ponía rígido.
Un suave chasquido se oyó sobre el viento y el pesado komondor cayó sobre la nieve. Soltando a Koplin, el soldado trató instintivamente de levantar su arma, pero el extraño sonido se repitió y un orificio del que manaba sangre apareció de pronto en medio de la frente del soldado. Sus ojos se pusieron vidriosos y se desplomó junto al perro.
Algo andaba terriblemente mal; eso no podía estar sucediendo, se dijo Koplin, pero su mente exhausta estaba demasiado confusa como para sacar conclusiones. Cayó de rodillas y sólo pudo ver a un hombre alto con una chaqueta de piel gris que se materializó entre la blanca bruma y contempló al perro.
—Qué pena —dijo con displicencia.
Aquel hombre tenía un aspecto imponente. El rostro tostado, del color de la caoba, parecía fuera de lugar en el Ártico. Y sus rasgos eran firmes, casi crueles. Sin embargo, fueron sus ojos los que llamaron la atención de Koplin. Nunca había visto ojos como aquéllos. Eran de un profundo color verdemar e irradiaban una calidez penetrante, en marcado contraste con las duras arrugas grabadas en el rostro.
El desconocido se volvió hacia Koplin y sonrió.
—¿El doctor Koplin, supongo? —preguntó con tono suave y natural. Guardó en un bolsillo su pistola con silenciador, se arrodilló y señaló con la cabeza la sangre que se extendía a través del abrigo de Koplin—. Será mejor que lo lleve a donde puedan echarle una ojeada a eso.
Después lo levantó como a un niño y comenzó a bajar la montaña hacia el mar.
—¿Quién es usted? —murmuró Koplin.
—Me llamo Pitt. Dirk Pitt.
—No entiendo... ¿de dónde ha salido?
Koplin jamás oyó la respuesta. En ese momento se elevó bruscamente el negro manto de la inconsciencia y él se dejó cubrir con gratitud.





3


Seagram terminó su cóctel mientras esperaba en un pequeño jardín cercano a la calle Capitel, para almorzar con su esposa. Ésta se retrasaba. Nunca, en sus ocho años de matrimonio, la había visto llegar a tiempo a algún lugar. Atrajo la atención del camarero y con un gesto pidió otra copa.
Por fin entró Dana Seagram y se detuvo un momento en el vestíbulo buscando a su marido. Al verlo, fue en su dirección, serpenteando entre las mesas. Llevaba un jersey anaranjado y una falda de lana marrón, de modo tan juvenil que parecía una estudiante universitaria. Tenía el rubio cabello atado con un pañuelo y sus ojos color café eran burlones, alegres y vivaces.
—¿Hace mucho que esperas? —preguntó sonriente.
—Dieciocho minutos, para ser exacto —repuso él—. Unos dos minutos diez segundos más que tus tardanzas habituales.
—Lo siento —dijo ella—. El almirante Sandecker se reunió con sus colaboradores y la sesión duró más de lo previsto.
—¿Qué idea brillante se le ha ocurrido ahora?
—Una nueva ala para el museo marítimo. Tiene el presupuesto y ahora está haciendo planes para obtener los artefactos.
—¿Artefactos? —inquirió Seagram.
—Piezas sueltas rescatadas de barcos famosos. —Llegó el camarero con la bebida para Seagram y Dana pidió un daiquiri—. Es sorprendente lo poco que queda... Uno o dos salvavidas del Lusitania, un ventilador del Maine aquí, una ancla del Bounty allá; nada que esté decentemente alojado bajo un solo techo.
—Yo hubiera creído que hay mejores modos de despilfarrar el dinero de los contribuyentes.
Ella se sonrojó.
—¿Qué quieres decir?
—Coleccionar chatarra —repuso—, encerrar en una vitrina fragmentos enmohecidos y corroídos de hierro viejo inidentificable para que se les quite el polvo y se los contemple. Es un derroche.
—La preservación de naves y embarcaciones ofrece un vínculo importante con el pasado histórico del hombre. —Los ojos pardos de Dana lanzaban destellos—. Contribuir al saber es una tarea que no importa a un gilipollas como tú.
—Hablas como una verdadera arqueóloga marina —dijo él.
Ella lo miró con sonrisa irónica.
—Todavía te duelen los cojones de que tu esposa haya salido adelante, ¿verdad?
—Lo único que me hace doler los cojones, amor mío, es tu lenguaje de letrina. ¿Por qué toda hembra liberada considera elegante insultar?
—No eres el más indicado para ofrecer lecciones de savoir faire —dijo ella—. Cinco años en la gran ciudad y sigues vistiendo como un herrero de Omaha. ¿Por qué no te dejas crecer el cabello? Ese corte no se usa desde hace años. Me avergüenza que me vean contigo.
—Mi posición en la esfera del gobierno no me permite tener aspecto de hippie trasnochado.
—¡Por Dios! —Ella meneó la cabeza con aire resignado—. ¿Por qué no me casé con un plomero o con un leñador? ¿Por qué tuve que enamorarme de un físico llegado del campo?
—Es consolador saber que alguna vez me amaste.
—Te sigo amando, Gene —repuso ella, y su mirada se suavizó—. Este abismo entre nosotros sólo se abrió en los últimos dos años. Ni siquiera podemos comer juntos sin tratar de herirnos. ¿Por qué no mandamos todo al diablo y pasamos el resto de la tarde follando en un motel? Estoy de humor como para sentirme deliciosamente sensual.
—¿Influiría eso en algo, a la larga?
—Es un comienzo.
—No puedo.
—Otra vez tu maldita consagración al trabajo —dijo ella, volviendo la cara—. Nuestras ocupaciones nos han distanciado. Podemos salvarnos, Gene. Podemos renunciar los dos y volver a la docencia. Con tu doctorado en física y el mío en arqueología, unidos a nuestra experiencia y antecedentes, podríamos trabajar en cualquier universidad del país. Estábamos en la misma facultad cuando nos conocimos, ¿recuerdas? Esos fueron los años más felices que pasamos juntos.
—Por favor, Dana, no puedo renunciar. No ahora.
—¿Por qué?
—Estoy metido en un proyecto importante...
—Todo proyecto en los últimos cinco años ha sido importante. Por favor, Gene, te estoy pidiendo que salves nuestro matrimonio. Sólo tú puedes dar el primer paso. Aceptaré lo que tú decidas si podemos salir de Washington. Esta ciudad matará toda esperanza de salvar nuestra vida en común.
—Necesito un año más.
—Incluso un mes más será demasiado tiempo.
—Estoy embarcado en una empresa que no permite abandonos.
—¿Terminarán alguna vez estos ridículos proyectos secretos? No eres más que un instrumento de la Casa Blanca.
—No me vengas con tonterías liberales.
—¡Gene, por el amor de Dios, renuncia!
—No es por el amor de Dios, sino por el de mi país. Si no puedes comprenderlo, lo siento.
—Renuncia —repitió ella mientras afloraban lágrimas en sus ojos—. Nadie es indispensable. Deja que Mel Donner ocupe tu lugar.
Seagram meneó la cabeza.
—No. Yo creé este proyecto a partir de cero. Mi materia gris fue el esperma. Debo verlo terminado.
El camarero se acercó a preguntar si estaban listos para hacer su pedido. Dana meneó la cabeza.
—No tengo apetito. —Se levantó de la mesa y lo miró—. ¿Vendrás a casa a cenar?
—Trabajaré en la oficina hasta tarde.
Ella ya no pudo contener las lágrimas.
—Ojalá estés haciendo algo que valga la pena —murmuró—. Porque te va a costar caro.
Luego se volvió y se alejó deprisa.





4


A diferencia del oficial ruso de inteligencia estereotipado con tanta frecuencia en películas norteamericanas, el capitán André Prevlov no tenía hombros anchos ni cabeza calva. Era un hombre bien parecido, de físico armonioso, que lucía un peinado elegante y un bigote recortado a la moda. Su imagen, realzada por un automóvil deportivo italiano de color anaranjado y con un confortable apartamento junto al río Moscova, no era vista con demasiado beneplácito por sus superiores del Departamento de Inteligencia de la Armada Soviética. Con todo, pese a las irritantes inclinaciones de Prevlov, había pocas posibilidades de que fuera eliminado de su elevada posición en el departamento. La reputación que se había ganado como el más brillante especialista en informaciones de la armada, y el hecho de que su padre fuera el hombre número doce del Partido, se combinaban para hacer intocable al capitán Prevlov.
Encendió un Winston y se sirvió un vaso de ginebra Bombay. Después, reclinándose, comenzó a leer la pila de legajos que su ayudante, el teniente Pavel Marganin, había dejado sobre su escritorio.
—Es un misterio para mí, señor, cómo se aficiona usted con tanta facilidad a la basura occidental —dijo Marganin con suavidad.
Prevlov abandonó la lectura de un legajo para fijar en Marganin una mirada serena y desdeñosa.
—Como tantos de nuestros camaradas, usted desconoce el mundo en general. Yo pienso como un norteamericano, bebo como un inglés, conduzco como un italiano y vivo como un francés. Y ¿sabe por qué, teniente?
Marganin enrojeció y masculló nerviosamente:
—No, señor.
—Para conocer al enemigo, Marganin. La clave consiste en conocer al enemigo mejor que él a uno, mejor de lo que él mismo se conoce. Entonces uno lo sorprende antes que él tenga ocasión de sorprenderle a uno.
—¿Es una cita del camarada Nerv Shetski?
Prevlov se encogió de hombros, desalentado.
—No, idiota; estoy parodiando la Biblia. —Aspiró y exhaló por la nariz una nube de humo y sorbió la ginebra—. Estudie las costumbres occidentales, amigo. Si no aprendemos de ellos, nuestra causa está perdida. —Volvió su atención a los legajos—. ¿Por qué estos asuntos fueron enviados a nuestra sección?
—La única razón es que el incidente tuvo lugar en una costa o cerca de ella.
—¿Qué sabemos acerca de éste? —Prevlov abrió el siguiente legajo.
—Muy poco. Desapareció un soldado de guardia en la isla al norte de Nueva Zembla, junto con su perro.
—No es motivo para que haya pánico en las fuerzas de segundad. Nueva Zembla está prácticamente desierta. Una estación meteorológica anticuada, un destacamento de guardia, unos cuantos pescadores... no tenemos instalaciones especiales hasta cientos de millas de allí. Es una pérdida de tiempo molestarse en enviar un soldado y un perro a patrullar.
—Sin duda Occidente pensaría lo mismo con respecto a enviar allí un agente.
Tamborileando con los dedos sobre la mesa, Prevlov fijó la mirada en el cielo raso. Finalmente dijo:
—¿Un agente? Allí no hay nada de interés militar... sin embargo... —Se interrumpió y apretó un botón de su intercomunicador—. Tráigame la ubicación de la nave de la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas en los dos últimos días.
Marganin enarcó las cejas.
—No se atreverían a enviar una expedición oceanográfica cerca de Nueva Zembla. Está en aguas soviéticas.
—No somos dueños del mar de Barents —repuso pacientemente Prevlov—. Son aguas internacionales.
Una secretaria rubia y atractiva, de elegante traje castaño, entró en la habitación, entregó a Prevlov una carpeta y luego salió, cerrando la puerta con suavidad a su paso.
Prevlov hojeó los papeles de la carpeta hasta encontrar lo que buscaba.
—Aquí está... El buque First Attempt, de la ANIM, fue avistado por última vez por uno de nuestros pesqueros a trescientas veinticinco millas marinas al suroeste de la Tierra de Francisco José.
—Quiere decir que estaba cerca de Nueva Zembla —dijo Mar gañín.
—Qué raro —murmuró Prevlov—. Según el Plan de Operaciones Navales oceanográficas de Estados Unidos, el First Attempt debía estar realizando estudios del plancton cerca de Carolina del Norte cuando se lo avistó. —Bebió el resto de la ginebra, aplastó la colilla y encendió otro cigarrillo—. Interesantísima coincidencia...
—¿Qué demuestra? —preguntó Marganin.
—No demuestra nada, pero sugiere que el guardia de Nueva Zembla fue asesinado por un agente enemigo que escapó, muy probablemente para encontrarse con el First Attempt. Sugiere que Estados Unidos trama algo cuando un barco de estudios de la ANIM se desvía del plan previsto sin explicaciones.
—¿Qué podrían estar buscando?
—No tengo ni idea. —Prevlov se reclinó en su sillón y se atusó el bigote—. Haga ampliar las fotos tomadas por satélite de la zona aledaña, a la hora del hecho en cuestión.
Las sombras del anochecer oscurecían las calles más allá de las ventanas de la oficina, cuando el teniente Marganin desplegó las ampliaciones fotográficas sobre el escritorio de Prevlov y le ofreció una lupa de precisión.
—Su sagacidad dio resultados, señor. Aquí tenemos algo interesante.
Prevlov examinó las fotos con atención.
—No veo nada fuera de lo común en el barco; típico equipo de investigación, no se advierten dispositivos militares de detección.
Marganin señaló una foto obtenida con un gran angular en la que apenas se distinguía un barco como una pequeña marca blanca en la emulsión.
—Por favor, fíjese en esa pequeña forma a unos dos mil metros del First Attempt, en el ángulo superior derecho.
Prevlov escudriñó la foto con la lupa durante casi medio minuto.
—¡Un helicóptero!
—Sí, señor, por eso me demoré con las ampliaciones. Me tomé la libertad de hacer que la sección R analizara las fotos.
—Imagino que será una de nuestras patrullas de seguridad.
—No, señor.
Prevlov enarcó las cejas.
—¿Sugiere usted que pertenece a la nave norteamericana?
—Es lo que ellos suponen, señor. —Marganin puso otras dos fotos ante Prevlov—. Examinaron fotos anteriores, tomadas por otro satélite de reconocimiento. Como puede ver comparándolas, el helicóptero vuela desde Nueva Zembla hacia el First Attempt. Calcularon su altitud en treinta metros y su velocidad en menos de veintisiete kilómetros por hora.
—Es obvio que eludía nuestros equipos de radar —dijo Prevlov.
—¿Damos el alerta a nuestros agentes en Estados Unidos? —preguntó Marganin.
—No, todavía no. No quiero arriesgar sus coberturas hasta que sepamos con seguridad qué buscan los norteamericanos.
Enderezó las fotografías y las guardó ordenadas en una carpeta; luego consultó su reloj de pulsera Omega.
—Tengo el tiempo justo para una cena ligera antes del ballet. ¿Algo más, teniente?
—Sólo el legajo sobre la expedición que sigue la corriente Lorelei. Según el último informe enviado por el submarino norteamericano de aguas profundas, navegaba a cuatro mil quinientos metros de profundidad, cerca de la costa de Dakar.
Prevlov se puso de pie, tomó la carpeta y se la metió debajo del brazo.
—Lo estudiaré en cuanto pueda. Es probable que no haya nada que concierna a la seguridad naval. Sin embargo, la lectura debe ser buena. Nadie como los norteamericanos para embarcarse en proyectos extraños y maravillosos.





5


—¡Maldición! —siseó Dana—. Mira las patas de gallo que me salen alrededor de los ojos. —Sentada frente a su tocador, contemplaba abatida su imagen en el espejo—. Alguien dijo que la vejez es una forma de lepra.
Acercándose por detrás, Seagram le apartó el cabello y le besó el suave cuello desnudo.
—Has cumplido treinta y un años y ya te crees candidata a la anciana del mes.
Ella lo miró por el espejo, extrañada por su inusual despliegue de cariño.
—Tienes suerte; los hombres no padecen este problema.
—Los hombres también sufren los achaques de la vejez y patas de gallo. ¿Por qué las mujeres piensan que nosotros no envejecemos?
—La diferencia reside en que a vosotros no os importa.
—Somos más propensos a aceptar lo inevitable —dijo él, sonriendo—. Hablando de lo inevitable, ¿cuándo vas a tener un bebé?
—Nunca te das por vencido, ¿verdad? —Arrojó sobre el tocador un cepillo para el cabello, derribando en la cubierta de cristal una serie de frascos de cosmética prolijamente ordenados—. Ya hemos hablado de esto mil veces. No me someteré a las indignidades del embarazo. No cambiaré pañales cargados de caca diez veces al día. Que otros pueblen la tierra. Yo no estoy dispuesta a dividir mi alma como una execrable ameba.
—Esas razones son falsas. Tú misma no las crees sinceramente.
Ella se dio vuelta hacia el espejo sin responder.
—Un bebé podría salvarnos, Dana —dijo él con suavidad.
—No pienso renunciar a mi carrera, como tampoco tú quieres renunciar a tu precioso proyecto.
El le acarició el suave cabello dorado mientras contemplaba su imagen en el espejo.
—Tu padre fue un alcohólico que abandonó a su familia cuanto tú apenas tenías diez años. Tu madre trabajaba tras una barra de bar y llevaba hombres a casa para conseguir dinero extra que le permitiera beber. Tú y tu hermano fuisteis tratados como animales hasta que tuvisteis la edad suficiente para huir de ese vertedero que llamaban hogar. Él se dedicó a atracar licorerías y estaciones de servicio; una magnífica actividad que le valió ser condenado por asesinato y sentenciado a cadena perpetua en San Quintín. Dios sabe que estoy orgulloso de cómo te elevaste tú misma desde el arroyo y trabajaste dieciocho horas diarias para poder ir al colegio y la facultad. Sí, tuviste una pésima infancia, Dana, y temes tener un hijo por tus recuerdos. Pero tu pesadilla no pertenece al futuro; no puedes negar a un hijo o una hija su oportunidad de vivir.
La muralla de piedra permaneció incólume. Ella apartó sus manos y comenzó a depilarse furiosamente las cejas. La discusión estaba cerrada.
Cuando Seagram salió de la ducha, Dana estaba de pie frente al espejo de cuerpo entero del tocador. Se examinaba tan críticamente como el diseñador que ve por primera vez una creación terminada. Llevaba un sencillo vestido blanco que se adhería a su torso antes de caerle hasta los tobillos. El escote, suelto, ofrecía un amplio panorama de sus pechos.
—Date prisa —dijo ella con naturalidad, como si la discusión jamás se hubiera planteado—. No debemos hacer esperar al presidente...
—Habrá más de doscientas personas. Nadie nos condenará por llegar tarde.
——No me importa —repuso ella con un mohín—. No somos invitados a una fiesta en la Casa Blanca todas las noches. Me gustaría dar una buena impresión llegando a tiempo.
Seagram suspiró mientras iniciaba el dificultoso ritual de atarse una corbata de lazo y después cerrarse torpemente los gemelos con una mano. Vestirse para fiestas formales era una tarea pesada, que detestaba. ¿Por qué las actividades sociales de Washington no se organizaban pensando en la comodidad? Para Dana tal vez fuese un acontecimiento excitante, pero para él era un verdadero fastidio.
Cuando terminó de acicalarse el cabello, se dirigió a la sala. Sentada en el diván, Dana examinaba informes, con su portafolios abierto sobre la mesilla de café. Tan absorta estaba que no levantó la mirada.
—Ya estoy listo —dijo él.
—Sólo un momento... —murmuró ella—. Por favor, ¿quieres traer mi estola?
—Estamos en pleno verano. ¿Para qué diablos quieres sudar bajo una piel?
Ella se quitó sus gafas de leer, con montura de carey, y dijo:
—Creo que uno de nosotros debería mostrar cierta categoría, ¿no?
Él salió al pasillo, cogió el teléfono y marcó un número. Mel Donner contestó a la primera.
—Soy Donner...
—¿No hay noticias todavía? —preguntó Seagram.
—El First Attempt...
—¿Ése es el barco de la ANIM que se supone debía recoger a Koplin?
—Sí. Pasó por delante de Oslo hace cinco días.
—¡Dios mío! Koplin tenía que abandonar el barco y tomar un avión comercial para volver desde allí.
—No sé qué ha ocurrido. La nave lleva la radio apagada, según tus instrucciones.
—Esto tiene mal aspecto...
—Lo cierto es que no estaba en el guión.
—Llegaré a la fiesta presidencial más o menos a las once. Si te enteras de algo, llámame.
—Cuenta con ello... Que te diviertas.
Seagram estaba colgando el auricular en el preciso momento en que Dana salía de la sala. Ella notó su expresión pensativa.
—¿Malas noticias?
—Todavía no estoy seguro.
Ella lo besó en la mejilla.
—Lástima que no podamos vivir como personas normales, así podrías confiarme tus problemas.
Él le apretó la mano.
—Ojalá pudiera...
—Secretos oficiales. Menuda tontería... —Sonrió—. ¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—¿No te vas a portar como un caballero?
—Disculpa. —Sacó del ropero la estola de su mujer y se la colocó sobre los hombros—. Es una mala costumbre desatender a mi esposa...
Los labios de Dana esbozaron una amplia sonrisa de aprobación.
—Por eso serás fusilado al amanecer.
«Caray —pensó él consternado—, un pelotón de fusilamiento podría no ser algo tan alejado de la realidad si Koplin ha cometido algún error en Nueva Zembla.»





6


Los Seagram se situaron tras la muchedumbre reunida en la entrada de la sala este y aguardaron su turno en la fila de recepción. Aunque Dana ya había estado antes en la Casa Blanca, todavía la impresionaba.
El presidente estaba de pie, elegante y endiabladamente guapo. Tenía poco más de cincuenta años y era un hombre muy atractivo. Confirmaba esto último el hecho de que junto a él, saludando a cada invitado con el fervor de quien descubre a un pariente rico, se hallaba Ashley Fleming, la divorciada más elegante y sofisticada de Washington.
—¡Oh, mierda! —masculló Dana.
Seagram arrugó la frente.
—¿Qué ocurre ahora?
—La fulana que está junto al presidente.
—Sucede que es Ashley Fleming.
—Lo sé —susurró Dana, tratando de ocultarse tras el cuerpo de Seagram—. Fíjate en su vestido de noche.
Seagram no entendió al principio; luego se dio cuenta y le fue difícil contener una carcajada.
—¡Por Dios, ambas lleváis vestidos idénticos!
—No me hace gracia —dijo ella sombríamente.
—¿Dónde conseguiste el tuyo?
—Me lo prestó Annette Johns.
—¿Esa modelo lesbiana que vive enfrente?
—A ella se lo dio el modisto Claude d'Orsini.
Seagram le cogió la mano.
—En todo caso, prueba únicamente el buen gusto de mi esposa.
Antes de que ella pudiera contestar, la fila se adelantó y de pronto se encontraron ante el presidente.
—Gene, cuánto me alegro de verlo —sonrió éste cortésmente.
—Gracias por invitarnos, señor presidente. Ya conoce a mi esposa Dana...
El presidente la examinó, demorando su mirada en el escote.
—Por supuesto. Cautivadora, absolutamente cautivadora.
Después se inclinó y le susurró algo al oído. Dana abrió los ojos y se ruborizó.
El presidente se irguió diciendo:
—Permítanme que les presente a mi encantadora anfitriona, la señorita Ashley Fleming. Ashley, el señor Gene Seagram y señora.
—Es un placer conocerla por fin, señorita Fleming —murmuró Seagram.
Tanto habría dado que le hablara a un árbol. Los ojos de Ashley Fleming estaban desgarrando el vestido de Dana.
—Señora Seagram, parece evidente que una de nosotras buscará un nuevo diseñador de ropas a primera hora de la mañana —dijo Ashley suavemente.
—Oh, yo no podría cambiar —replicó Dana con tono inocente—. Jacques Pinneigh se ocupa de mis vestidos desde que era una niñita.
Las dibujadas cejas de Ashley Fleming se arquearon inquisitivamente.
—¿Jacques Pinneigh? No recuerdo...
—Es conocido como J. C. Penney. —Dana sonrió con dulzura—. Su tienda del centro ofrecerá una liquidación el mes que viene. Quizá sea divertido ir de compras juntas. Así elegiríamos modelos diferentes.
La cara de Ashley Fleming se endureció con indignación, mientras el presidente era presa de un espasmo de tos. Seagram saludó débilmente con la cabeza, cogió a Dana por el brazo y la condujo rápidamente hacia la multitud.
—¿Era necesario que hicieras eso? —gruñó.
—No pude resistirlo. Esa mujer no es más que una buscona de lujo. —Luego lo miró desconcertada—. Me propuso algo —dijo con incredulidad—. El presidente de Estados Unidos me hizo una proposición.
—De Warren G. Harding y John F. Kennedy se decía que sabían divertirse. Éste no es diferente. Es humano, nada más.
—Un presidente libertino... Qué repugnante.
—¿Le tomarás la palabra? —sonrió Seagram.
—¡No seas ridículo! —exclamó ella con sequedad.
—¿Puedo tomar parte en la batalla?
Quien lo preguntaba era un hombrecillo de llameante cabello rojo, garbosamente ataviado con una chaqueta azul de noche. Lucía una barba recortada pulcramente, que hacía juego con el cabello y complementaba sus penetrantes ojos almendrados. La voz pareció vagamente conocida a Seagram, no así el rostro.
—Según de qué lado esté —dijo Seagram.
—Sabiendo que su esposa es partidaria del Movimiento de Liberación Femenina, no vacilaría en aunar fuerzas con su esposo —dijo el desconocido.
—¿Conoce usted a Dana?
—Desde luego. Soy su jefe.
Seagram lo miró asombrado.
—En tal caso, usted debe ser...
—Almirante James Sandecker, director de la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas —intervino Dana, riendo—. Almirante, le presento a mi marido Gene, que se apabulla con facilidad.
—Es un honor, almirante —declaró Seagram, tendiéndole la mano—. Con frecuencia he ansiado tener la oportunidad de agradecerle en persona aquel pequeño favor...
Dana se mostró intrigada.
—¿Se conocían ustedes?
Sandecker asintió con la cabeza.
—Hemos hablado por teléfono.
Dana pasó las manos por los brazos de ambos hombres.
—Mis dos personas favoritas confabulándose a mis espaldas... ¿Qué ocurre?
Seagram cruzó una mirada con Sandecker.
—Una vez llamé por teléfono al almirante y le pedí cierta información. Fue sólo eso.
Sandecker palmeó la mano de Dana, diciendo:
—¿Por qué no se gana la gratitud de un anciano trayéndole un whisky con agua?
Tras un momento de vacilación, ella comenzó a abrirse paso obedientemente entre los grupos de invitados que circulaban alrededor del bar.
Seagram sacudió la cabeza, maravillado.
—Usted sí sabe manejar a las mujeres...
—Yo le pago sueldo, usted no —dijo Sandecker.
Salieron al balcón, donde Seagram encendió un cigarrillo mientras Sandecker chupaba, hasta encenderlo, un inmenso cigarro como los de Churchill. Se pasearon en silencio hasta hallarse solos bajo una alta columna en un rincón apartado.
—¿Tiene alguna noticia del First Attempt? —preguntó Seagram.
—Tocó puerto en nuestra base submarina en el golfo de Clyde esta tarde a las trece horas.
—Es decir, hace casi ocho horas... ¿Por qué no se me avisó?
—Sus instrucciones fueron muy claras —repuso Sandecker con frialdad—. Ninguna comunicación desde mi barco hasta que su agente estuviera a salvo en suelo estadounidense.
—Entonces, ¿cómo...?
—Mi información provino de un viejo amigo de la armada. Me telefoneó hace apenas media hora, furioso, preguntándome cómo se le ocurría a mi capitán utilizar instalaciones navales sin permiso.
—Alguien cometió un error —admitió Seagram—. Ese barco debía tocar puerto en Oslo y dejar que mi agente bajara a tierra. ¿Qué diablos hace en Escocia?
Sandecker clavó en Seagram una dura mirada:
—Pongamos en claro una cosa, señor Seagram: ANIM no es un brazo de la CÍA, del FBI ni de ninguna otra oficina de informaciones, y yo no veo con buenos ojos que arriesgue la vida de mis hombres sólo para que ustedes puedan jugar a los espías en territorios comunistas. Nuestra tarea es la investigación oceanográfica. La próxima vez que quieran jugar a James Bond, pidan a la armada o a la Guardia Costera que les hagan su trabajo sucio. No engatusen al presidente para que ordene zarpar a uno de mis barcos. ¿Me entiende, señor Seagram?
—Me disculpo por las molestias causadas a su agencia, almirante. No quise ser despectivo. Debe usted comprender mi nerviosismo.
—Me gustaría comprenderlo. —El rostro del almirante se suavizó un poco—. Pero usted haría las cosas más sencillas si confiara en mí y me dijera qué buscan.
Seagram apartó la vista.
—Lo siento...
—Entiendo —dijo Sandecker.
—En su opinión, ¿por qué el First Attempt no recaló en Oslo? —preguntó Seagram.
—Creo que su agente consideró demasiado peligroso salir de Oslo en un avión regular y se decidió en cambio por un aparato militar. Como el aeródromo más cercano se halla en nuestra base del golfo de Clyde, probablemente haya ordenado al capitán de mi nave exploradora que se dirigiera allí.
—Ojalá esté usted en lo cierto. Cualquiera que sea el motivo, me temo que la desviación respecto del plan establecido por nosotros signifique sólo problemas.
Sandecker divisó a Dana de pie, con una copa en la mano, en el umbral del balcón. Los estaba buscando. Hizo señas para atraer su atención y ella se dirigió hacia ellos.
—Es usted un hombre afortunado, Seagram. Su esposa es una muchacha inteligente y hermosa.
De pronto apareció Mel Donner, pasó deprisa junto a Dana y llegó antes hasta ellos. Se disculpó con el almirante Sandecker y dijo en voz baja:
—Un transporte naval aterrizó hace veinte minutos, con Sid Koplin a bordo. Fue llevado al hospital Walter Reed.
—¿Por qué al Walter Reed?
—Está bastante mal herido de bala.
—Dios santo —gimió Seagram.
—Tengo un auto esperando. Podemos estar allá en quince minutos.
—Bueno, espéreme un momento.
En voz baja pidió al almirante Sandecker que acompañara a Dana de vuelta a su casa y que lo disculpara ante el presidente. Luego siguió a Donner hasta el coche.




7


—Lo siento; está bajo el efecto de un sedante y no puedo permitir que nadie lo visite.
Aunque la aristocrática voz virginiana era queda y cortés, el disgusto que velaba los ojos del médico era claro.
—¿Puede hablar? —preguntó Donner.
—Para ser un hombre que recobró el sentido hace unos minutos, tiene las facultades mentales notablemente recuperadas. —Los ojos siguieron velados—. Pero no se dejen engañar por eso; no podrá jugar al tenis por un tiempo.
—¿Cuál es la gravedad de su estado? —preguntó Seagram.
—Su estado es precisamente ése: grave. La herida de bala que tiene en el costado izquierdo cicatrizará sin problemas. La otra herida, sin embargo, dejó una pequeña fisura en el cráneo. Su amigo Koplin tendrá dolores de cabeza por largo tiempo.
—Tenemos que verlo ahora —insistió Seagram.
—Como ya le dije, lo siento, pero no habrá visitas.
Seagram se acercó al médico.
—A ver si lo entiende, doctor. Mi amigo y yo vamos a entrar en esa habitación, le guste a usted o no. Si intenta detenernos, lo pondremos en una de sus propias mesas de operaciones. Si pide ayuda a sus ayudantes, los acribillaremos. Si llama a la policía, ellos respetarán nuestras credenciales y harán lo que les digamos. —Hizo una pausa y sus labios se curvaron en una sonrisa socarrona—. Y bien doctor, usted elige.
Koplin yacía de espaldas en el lecho, con la cara tan blanca como la funda de la almohada en que apoyaba la cabeza, pero sus ojos brillaban extraordinariamente.
—Antes que lo preguntéis —dijo en voz baja y ronca—, me siento espantosamente mal. Y eso es verdad. Pero no me digáis que tengo buen aspecto, porque eso es una mentira cochina.
Seagram acercó una silla a la cama y sonrió.
—No tenemos mucho tiempo, Sid, así que, si estás en condiciones, iremos al grano.
Koplin señaló con la cabeza los tubos conectados a su brazo.
—Estas drogas me nublan la mente, pero os acompañaré todo lo que pueda.
Donner asintió.
—Hemos venido a buscar la respuesta a la pregunta de los mil millones...
—Encontré rastros de bizanio, si a eso os referís.
—¿Lo has encontrado de veras? ¿Estás seguro?
—Mis pruebas sobre el terreno no fueron tan exactas como podrían haberlo sido los análisis de laboratorio, pero tengo el noventa y nueve por ciento de certeza de que era bizanio.
—Gracias a Dios —suspiró Seagram—. ¿Evaluaste la cantidad?
—Sí...
—¿Cuánto... cuántos kilos de bizanio calculas que se podría extraer de la montaña Bednáia?
—Con suerte, una cucharada.
Tras un momento, Seagram lo entendió. Donner permaneció rígido e inexpresivo, con las manos crispadas sobre los brazos del sillón.
—Una jodida cucharada —murmuró Seagram lúgubremente—. ¿Estás seguro?
—¿Dudas de mí? —El rostro de Koplin enrojeció de indignación—. Si mi palabra no te convence envía a otro a ese culo del mundo.
—Un momento. —Donner apoyó una mano en el hombro de Koplin—. Nueva Zembla era nuestra única esperanza. Tú soportaste más de lo que teníamos algún derecho a esperar... Te estamos agradecidos, Sid, verdaderamente agradecidos.
—Todavía no se ha perdido toda esperanza —murmuró Koplin. Sus párpados se cerraron. Seagram, que no oyó, se inclinó sobre la cama.
—¿Cómo has dicho, Sid?
—Allí hubo bizanio.
Donner se acercó más.
—¿Qué quieres decir con que allí hubo bizanio?
—Desapareció... lo extrajeron...
—Lo que dices no tiene sentido.
—Encontré los restos en las laderas de la montaña —Koplin vaciló un momento—. Excavé en ellas...
—¿Estás diciendo que alguien extrajo el bizanio de la montaña Bednáia? —preguntó Seagram con incredulidad.
—Sí.
—Mierda —gimió Donner—. Los rusos siguen el mismo rastro.
—No... no... —susurró Koplin.
Seagram acercó el oído a los labios de Koplin.
—Los rusos no...
Seagram y Donner cambiaron miradas con desconcierto. Koplin apretó débilmente la mano de Seagram.
—Los... los coloradeños...
Después cerró los ojos y perdió el sentido.
Ambos se dirigían al aparcamiento en tanto que una sirena aullaba en la distancia.
—¿Qué crees que quiso decir? —preguntó Donner.
—No tiene sentido —respondió Seagram vagamente—. No tiene ningún sentido.





8


—¿Qué hay tan importante como para que tenga que despertarme en mi día libre? —gruñó Prevlov. Sin esperar respuesta, abrió del todo la puerta e hizo pasar a Marganin a su apartamento. Prevlov vestía una bata de seda japonesa; tenía el rostro consumido y fatigado.
Mientras seguía a Prevlov a través de la casa hacia la cocina, Marganin paseó profesionalmente la mirada sobre los muebles, apreciando cada objeto. Para quien vivía en una pequeña habitación de dos por tres en el cuartel, el decorado, la vastedad de aquel apartamento lo asemejaban al ala oriental interior del palacio de verano de Pedro el Grande: arañas de cristal, tapices que iban del piso al cielo raso, muebles franceses. Sus ojos advirtieron también dos copas y una botella semivacía de Chartreuse sobre la repisa de la chimenea; y en el piso, bajo el sofá, había un par de zapatos de mujer. Caros, occidentales a juzgar por su aspecto. Cogió en la mano una hebra de cabello y se sorprendió contemplando la puerta cerrada del dormitorio. La mujer debía de ser sumamente atractiva. El capitán Prevlov era muy exigente.
Prevlov abrió la nevera y sacó una jarra con zumo de tomate.
—¿ Quiere un poco ?
Marganin meneó la cabeza.
—Mezclándolo con los ingredientes adecuados, como lo hacen los norteamericanos, se obtiene una excelente cura para la resaca —murmuró Prevlov. Bebió un sorbo e hizo una mueca—. Y bien, ¿qué se le ofrece?
—Anoche el KGB recibió una comunicación de uno de sus agentes en Washington. No tenían indicios en cuanto a su significado y pensaron que tal vez pudiéramos dilucidarlo.
Marganin enrojeció. El cinturón que ceñía la bata de Prevlov se había aflojado, y pudo ver que el capitán no llevaba nada debajo.
—Está bien, continúe —suspiró Prevlov.
—Decía: «Norteamericanos súbitamente interesados en coleccionar piedras. Operación alto secreto bajo nombre en clave de proyecto Siciliano.»
Prevlov lo miró por encima de su bloody mary.
—¿Qué clase de tontería es ésa? —Vació de un solo trago su vaso y lo depositó con violencia en el borde del fregadero—. ¿Acaso nuestro ilustre y fraterno servicio de inteligencia, el KGB, se ha convertido en un reducto de subnormales? —La voz era la desapasionada y eficiente voz del oficial Prevlov; fría y desprovista de toda inflexión, salvo una hastiada irritación—. ¿Y usted, teniente? ¿Por qué me molesta ahora con este pueril acertijo? ¿No pudo esperar hasta mañana por la mañana, cuando esté en mi despacho?
—Pensé... que tal vez fuese importante —repuso Marganin.
—Naturalmente. —Prevlov sonrió con frialdad—. Cada vez que el KGB silba, todos saltan. Pero las amenazas veladas no me interesan. Hechos, mi estimado teniente, lo que cuenta son los hechos. ¿Por qué le atribuye tanta importancia a ese proyecto Siciliano?
—Supuse que la referencia a coleccionar piedras podía relacionarse con los legajos de Nueva Zembla.
Transcurrieron veinte segundos antes de que Prevlov hablara.
—Es posible, casi posible. Con todo, no podemos estar seguros de que haya conexión.
—Yo... sólo pensé...
—Por favor, déjeme a mí la tarea de pensar, teniente. —Ajustó el cinturón de su bata—. Y ahora, si no tiene más ocurrencias disparatadas, quisiera volver a la cama.
—Pero si los norteamericanos buscan algo...
—Sí, pero, ¿qué? —preguntó Prevlov—. ¿Qué mineral es tan valioso para ellos que deben buscarlo en la tierra de un país enemigo?
Marganin se encogió de hombros.
—Conteste a eso y tendrá la clave. —El tono de Prevlov se endureció de modo casi imperceptible—. Hasta entonces, quiero respuestas. Cualquier maldito campesino puede hacer preguntas estúpidas.
El rostro de Marganin volvió a enrojecer.
—A veces los nombres en clave de los norteamericanos tienen algún significado indirecto.
—Sí —dijo Prevlov con fingida solemnidad—. Muestran cierta tendencia a la publicidad.
Marganin insistió:
—He investigado los modismos norteamericanos referentes a Sicilia y lo que predomina parece ser una hermandad de matones y gángsteres.
—Si hubiera hecho sus deberes escolares... —Prevlov bostezó— habría descubierto que se llama Mafia.
—También hay un conjunto musical que se llama Los Estiletes Sicilianos. —Prevlov fijó en Marganin una mirada glacial—. Además, en Wisconsin hay una fábrica de aceite siciliano para ensaladas.
—¡Basta! —Prevlov levantó una mano—. Aceite para ensalada, nada menos... No puedo oír semejante estupidez tan temprano. —Señaló la puerta con un ademán—. Confío en que en nuestra oficina tenga otros proyectos más estimulantes que coleccionar piedras.
En la sala se detuvo ante una mesa sobre la cual había un juego de ajedrez tallado en marfil y jugueteó con un alfil.
—Dígame, teniente, ¿usted juega al ajedrez?
Marganin meneó la cabeza.
—Hace mucho que no juego, desde que era cadete en la Academia Naval.
—¿El nombre de Isaak Boleslavski significa algo para usted?
—No, señor.
—Isaak Boleslavski fue uno de nuestros grandes maestros de ajedrez —dijo Prevlov como quien da una clase a un escolar—. Concibió muchas variantes importantes del juego, una de las cuales fue la Defensa Siciliana. —Como al descuido, arrojó el rey negro a Marganin, quien lo asió al vuelo diestramente—. El ajedrez es un juego fascinante... Debería volver a practicarlo.
Se dirigió hacia la puerta del dormitorio y la abrió. Luego se volvió y sonrió a Marganin con indiferencia.
—Y ahora, si me disculpa... Ya conoce la salida. Buenos días, teniente.
Una vez fuera, Marganin caminó hacia la parte trasera de la casa de apartamentos en que vivía Prevlov. Como la puerta del garaje estaba cerrada, miró furtivamente a uno y otro lado del callejón, luego golpeó una ventana lateral con el puño hasta romper el vidrio. Retiró con cuidado los trozos hasta que pudo pasar la mano, tantear dentro y correr el cerrojo. Tras echar otra mirada al callejón, levantó la ventana, trepó al antepecho y entró en el garaje.
Un Ford sedán se hallaba estacionado junto al Lancia anaranjado de Prevlov. Marganin registró ambos coches con rapidez y memorizó los números de la matrícula diplomática del Ford. Para aparentar que todo era obra de un ratero, quitó los limpiaparabrisas —cuyo robo era un pasatiempo nacional en la Unión Soviética—; después abrió la puerta del garaje y salió.
Caminó presuroso hasta el frente del edificio y sólo tuvo que esperar tres minutos hasta que llegó el próximo autobús eléctrico. Pagó al conductor, se acomodó en un asiento y miró por la ventanilla. Después empezó a sonreír. La mañana había sido muy provechosa.
En lo que menos pensaba era en el proyecto Siciliano.





II. LOS COLORADEÑOS









9


Agosto de 1987

Mel Donner realizó una inspección de rutina en la habitación por si había aparatos de espionaje electrónicos y preparó la grabadora.
—Prueba de nivel de voz... —dijo sin inflexiones al micrófono—. Uno, dos, tres.
Ajustó los controles de tono y volumen, y luego hizo una seña a Seagram.
—Estamos listos, Sid —dijo Seagram con suavidad—. Si te cansas, dilo y suspenderemos hasta mañana.
La cama del hospital había sido ajustada de modo que Sid Koplin quedara sentado casi erguido. El mineralogista parecía haber mejorado mucho desde su último encuentro. Había recobrado el color y su mirada era vivaz. Sólo un vendaje que rodeaba su afeitada cabeza denotaba signos de herida.
—Seguiré hasta medianoche —dijo—. Cualquier cosa con tal de aliviar el aburrimiento. Odio los hospitales.
Todas las enfermeras tienen las manos heladas, y la jodida televisión se estropea a cada rato.
Seagram sonrió mientras depositaba el micrófono en el regazo de Koplin.
—¿Qué te parece si empiezas por tu partida de Noruega?
—Fue muy tranquila —dijo Koplin—. El pesquero noruego Godhawn remolcó mi chalupa hasta menos de doscientas millas de Nueva Zembla, tal como estaba previsto. Después el capitán me ofreció una abundante porción de reno asado con salsa de queso de cabra, me proporcionó una generosa copa de aguardiente, soltó el cabo del remolque y me puso en camino para que cruzara el mar de Barents.
—¿Algún problema con el tiempo?
—Nada de eso... los pronósticos meteorológicos resultaron perfectos. Hacía más frío que en el infierno de los esquimales, pero tuve buen tiempo para navegar en todo el trayecto. —Koplin se interrumpió para rascarse la nariz—. Excelente chalupa la que me facilitaron sus amigos noruegos... ¿Fue encontrada?
Seagram sacudió la cabeza.
—Tendría que verificarlo, pero casi seguro que tuvieron que destruirla. No era posible izarla a bordo de la nave exploradora de la ANIM y no se la podía dejar a la deriva para que la encontrara un barco soviético. Comprenderás...
Koplin asintió con tristeza.
—Continúa, por favor —dijo Seagram.
—Avisté la isla de Nueva Zembla al anochecer del segundo día. Hacía más de cuarenta horas que navegaba dormitando de vez en cuando, y empezaba a serme difícil mantener los ojos abiertos. Gracias a Dios tenía aguardiente... Después de beber unos tragos el estómago me ardía como un incendio forestal y de pronto me sentí bien despierto.
—¿Divisaste alguna otra embarcación?
—No apareció ninguna en el horizonte —repuso Koplin; luego continuó—: La costa resultó una extensión aparentemente infinita de acantilados rocosos. Me pareció inútil intentar un desembarco; ya casi había oscurecido. Por eso viré hacia el mar, eché el ancla y dormí unas horas. Por la mañana bordeé los acantilados hasta que encontré una pequeña ensenada oculta, en la que entré utilizando el motor diesel auxiliar.
—¿Usaste tu embarcación como base?
—Sí; durante los doce días siguientes. Recorrí el terreno dos y hasta tres veces por día andando con esquíes, explorando antes de regresar para comer algo caliente y dormir en la litera.
—Hasta ese momento ¿no habías visto a nadie?
—Me mantuve alejado de la estación de misiles de Kelva y del puesto de seguridad de Kana. No vi señales de los rusos hasta el último día de la misión.
—¿Cómo te descubrieron?
—Fue un soldado ruso de patrulla] e; su perro debe de haber cruzado mis huellas y me olfateó. No es de extrañar. Hacía casi tres semanas que no me bañaba.
Seagram sonrió. Donner se hizo cargo del interrogatorio en forma más fría y agresiva.
—Volvamos a tus recorridos por el terreno. ¿Qué encontraste?
—No podía recorrer toda la isla con esquíes y por lo tanto me centré en las zonas prometedoras indicadas en las imágenes captadas por la computadora del satélite. —Clavó la vista en el techo—. La isla del norte; la continuación exterior de las cadenas montañosas Urales y Yugorski, algunas extensas llanuras, mesetas y montañas, cubiertas en su mayoría por un manto permanente de hielo. Ventarrones casi todo el tiempo. El frío es mortal. No encontré más vegetación que algunos líquenes en las rocas. Si había animales de sangre caliente, no se hicieron ver.
—Atengámonos a la exploración y reservemos la guía de viaje para otra vez —dijo Donner.
—No hago más que exponer los fundamentos —dijo Koplin con tono frío, lanzando a Donner una mirada de desaprobación—. Si es que puedo seguir sin interrupciones...
—Por supuesto —dijo Seagram. Colocó su silla estratégicamente entre la cama y Donner—. La partida es tuya, Sid, y la jugaremos según tus reglas.
—Gracias. —Koplin se acomodó—. Geográficamente, la isla es bastante interesante. La descripción de las fallas y levantamientos de las rocas que alguna vez fueron sedimentos formados bajo un antiguo mar podría llenar varios libros de texto. Mineralógicamente, la paragénesis magmática es estéril.
—¿Tienes inconveniente en traducir eso?
Koplin sonrió.
—El origen y aparición geológica de un mineral se denomina paragénesis. El magma, por su parte, es la fuente de toda materia; una roca líquida calentada bajo presión que se vuelve sólida formando roca ígnea, más conocida como basalto o granito.
—Fascinante —dijo Donner—. Estás afirmando, entonces, que Nueva Zembla carece de minerales.
—Eres singularmente perspicaz —repuso Koplin.
—Pero ¿cómo encontraste rastros de bizanio? —preguntó Seagram.
—A los trece días, cuando exploraba la pared norte de la montaña Bednáia, tropecé con un montón de desechos.
—¿Desechos?
—Un montón de rocas que habían sido retiradas al excavar el túnel de una mina. Este montón en particular contenía pequeñísimos rastros de mineral de bizanio.
Los rostros de todos se pusieron serios de pronto.
—La entrada del túnel estaba hábilmente disimulada —continuó Koplin—. Me llevó casi toda la tarde deducir en qué pared se hallaba.
—Un momento, Sid. —Seagram tocó el brazo de Koplin—. ¿Estás diciendo que la entrada de esa mina fue deliberadamente camuflada?
—Un viejo ardid español. Se llenó la abertura hasta nivelarla con la pared natural de la colina.
—¿El montón de rocas no tendría que haber estado en línea recta con la entrada? —preguntó Donner.
—En circunstancias normales, sí. Pero en este caso se hallaban a más de cien metros de distancia, separados por un arco gradual que rodeaba la pared de la montaña hacia el oeste.
—Pero ¿descubriste la entrada? —insistió Donner.
—Habían quitado los rieles y los durmientes para los vagones de mineral y cubierto las huellas de las vías, pero logré divisar su contorno alejándome y estudiando la pared de la montaña. Lo que no se podía ver estando encima se volvía muy claro desde lejos. Entonces fue fácil determinar la ubicación exacta de la mina.
—¿Quién se tomaría tantas molestias para esconder una mina abandonada en el Ártico? —preguntó Seagram—. Eso no tiene método ni lógica.
—Tienes razón sólo a medias, Gene —dijo Koplin—. Temo que la lógica siga siendo un enigma, pero el método fue brillantemente ejecutado por profesionales... por coloradeños. —La palabra fue pronunciada con lentitud, casi con reverencia—. Esos fueron los hombres que excavaron la montaña Bednáia. Los zafreros, los dinamiteros, los criberos, los perforadores, los cornuallenses, los irlandeses, alemanes y suecos. No rusos, sino hombres que emigraron a Estados Unidos y se convirtieron en los legendarios mineros de las montañas Rocosas de Colorado. Que otro averigüe cómo fue que estuvieron en las heladas paredes de la montaña Bednáia, pero fueron ellos los hombres que llegaron, extrajeron el bizanio y luego desaparecieron en la oscuridad del Ártico.
Una total incomprensión cubrió el rostro de Seagram, quien al volverse hacia Donner se encontró con la misma expresión.
—Suena a locura, a locura total.
—¿Locura? —repitió Koplin—. Tal vez, pero no por eso deja de ser cierto.
—Pareces muy confiado —murmuró Donner.
—Por supuesto. Perdí la prueba tangible cuando me sorprendió el soldado ruso; sólo puedo ofrecerles mi palabra, pero ¿por qué dudar de ella? Como hombre de ciencia, sólo comunico hechos y no tengo ningún motivo para mentir. De modo que, en su lugar, señores, aceptaría simplemente mi palabra.
—Como ya dije, la partida es tuya —dijo Seagram con una leve sonrisa.
—Mencionaste pruebas tangibles —dijo Donner con calma y fría eficiencia.
—Cuando penetré en el túnel de la mina... la roca suelta se desprendió y pude abrir un túnel de un metro... lo primero con que mi cabeza chocó en la oscuridad fue una hilera de vagones para minerales. Con el cuarto fósforo encendí un par de viejas lámparas de petróleo. —Los ojos de un azul desteñido parecían contemplar algo más allá de las paredes de la habitación—. Vi herramientas de minería colgadas en orden, vagones vacíos sobre enmohecidos rieles de trocha angosta, equipos de perforación listos para atacar la roca... era como si la mina estuviera esperando que el turno siguiente apartara el mineral y llevara los desechos al exterior.
—¿Podrías determinar si parecía que alguien se hubiera ido deprisa?
—Nada de eso. Todo estaba en su sitio. En un recinto lateral, las camas estaban tendidas, la cocina limpia, todos los utensilios aún en los estantes. Hasta las mulas utilizadas para arrastrar los vagones de mineral habían sido llevadas a la cámara de trabajo y eficientemente eliminadas; cada calavera lucía un pulcro agujero redondo en la frente. No, yo diría que la partida fue muy metódica.
—Todavía no has explicado tu conclusión en cuanto a la identidad de los coloradeños —dijo Donner sin rodeos.
—Bien... —Koplin ahuecó una almohada y se volvió de costado cautelosamente—. Todos los indicios estaban allí, por supuesto. En los equipos más pesados aún se veía la marca de fábrica. Los vagones habían sido construidos por la Fundición Guthrie e Hijos, de Pueblo, Colorado; el equipo perforador provenía de la Herrería y Metalistería Thor, de Denver; y en las herramientas pequeñas se leían los nombres de los herreros que las habían forjado. Casi todas procedían de Ciudad Central e Idaho Springs, que son poblaciones mineras de Colorado.
Seagram se reclinó en su silla.
—Los rusos pudieron haber comprado los equipos en Colorado y haberlos enviado luego a la isla.
—Es posible —dijo Koplin—. Sin embargo, había otros indicios que también conducían a Colorado...
—¿Por ejemplo?
—Para empezar, un cadáver en una litera.
Seagram frunció el entrecejo.
—¿Un cadáver?
—Con cabello y barba rojos —dijo Koplin—. Muy bien conservado por la temperatura bajo cero... Lo más interesante resultó la inscripción tallada en la madera, sobre los soportes de la litera. Decía, en inglés: «Aquí descansa Jake Hobort. Nacido en 1874. Un buen hombre que se heló durante una tormenta. 10 de febrero de 1912.»
Seagram se levantó de la silla y se paseó alrededor de la cama.
—Un hombre; al menos eso es un comienzo. —Se detuvo y miró a Koplin—. ¿Había efectos personales abandonados?
—Toda la ropa había desaparecido. Cosa extraña, las etiquetas de las latas de alimentos eran francesas. Pero había unos cincuenta envoltorios vacíos de tabaco para mascar Mile-Hi diseminados por el piso. La última pieza que completa el rompecabezas, era un amarillento ejemplar del Rocky Mountain News, fechado el 17 de noviembre de 1911. Fue esta parte de la prueba lo que perdí.
Seagram sacó un paquete de cigarrillos y cogió uno. Donner le acercó un encendedor; Seagram lo agradeció con un movimiento de la cabeza.
—Entonces, hay una posibilidad de que los rusos no se hayan apoderado del bizanio —dijo.
—Hay un detalle más —dijo Koplin con voz apagada—. La esquina superior derecha de la página tres del periódico había sido cuidadosamente recortada. Tal vez no signifique nada, pero, por otro lado, quizá averigüe algo examinando los viejos archivos del periódico.
—Podría ser. —Seagram contempló pensativo a Koplin—. Gracias a ti, nuestra tarea se simplifica.
Donner asintió con la cabeza.
—Reservaré pasaje para el próximo vuelo a Denver. Con suerte, tal vez regrese con algunas respuestas.
—Visita primero el periódico, después procura hallar el rastro de Jake Hobart. Yo examinaré aquí los viejos registros militares. También me comunicaré con un experto local en historia de la minería en el Oeste y le pasaré los nombres de fabricantes que nos ha dado Sid. Por improbable que sea, tal vez alguno de ellos siga en el negocio.
Seagram se puso de pie y contempló a Koplin.
—Nunca podremos pagarte lo que te debemos —dijo con suavidad.
—Calculo que esos viejos mineros extrajeron casi media tonelada de bizanio de máxima pureza de las entrañas de esa montaña —dijo Koplin frotándose con la mano su barba de un mes—. Ese mineral aún debe estar almacenado en alguna parte. Por otro lado, si no apareció desde 1912, quizá se haya perdido para siempre. Pero si lo encontráis... podéis agradecérmelo enviándome una pequeña muestra para mi colección.
—Hecho.
—Y de paso conseguidme la dirección del sujeto que me salvó la vida, así podré mandarle un cajón de buen vino. Se llama Dirk Pitt.
—Te refieres al médico que te operó a bordo de la nave exploradora.
—Me refiero al hombre que mató al soldado soviético y su perro, y que me sacó de la isla.
Donner y Seagram se miraron atónitos. Donner fue el primero en reaccionar.
—¡Mató a un soldado soviético! —Fue más una afirmación que una pregunta—. Dios mío, ¡eso es el colmo!
—Pero ¡eso es imposible! —logró barbotar finalmente Seagram—. Cuando te encontraste con el barco de la ANIM estabas solo.
—¿Quién os dijo tal cosa?
—Pues... nadie. Presumimos naturalmente que...
—No soy Superman —dijo sarcásticamente Koplin—. El guardia de la patrulla descubrió mi rastro, se acercó hasta doscientos metros de distancia y me disparó dos veces. Difícilmente podría haber corrido aventajando a un perro y luego cruzado más de ochenta kilómetros de mar abierto en una chalupa.
—¿De dónde ha salido ese Dirk Pitt?
—No tengo ni idea. El soldado me arrastraba literalmente hasta su puesto de guardia cuando Pitt apareció entre la ventisca como un vengativo dios nórdico y, con toda calma, como si lo hiciera todos los días antes del desayuno, mató al perro y luego al soldado sin siquiera pestañear.
—Los rusos aprovecharán esto para su propaganda —gimió Donner.
—¿De qué manera? —quiso saber Koplin—. No hubo testigos. Es probable que el soldado y su perro estén sepultados ya bajo más de un metro de nieve: tal vez jamás se los encuentre. Y si se los encuentra, ¿qué? ¿Quién puede probar nada? Os dejáis arrastrar por el pánico sin ningún motivo.
—Fue un gran riesgo el que corrió ese tipo —dijo Seagram.
—Y menos mal que lo corrió —murmuró Koplin—. O en vez de estar aquí, seguro y cómodo en esta limpia cama de hospital, estaría tendido en una aséptica prisión rusa, soltando todo lo que sé acerca de la Sección Meta y el bizanio.
—No dejas de tener razón —admitió Donner.
—Descríbelo —ordenó Seagram—. Cara, rasgos, vestimenta, todo lo que puedas recordar.
Koplin así lo hizo. Aunque su descripción fue somera en algunos aspectos, en otros recordaba los detalles con notable exactitud.
—¿Hablaste con él durante el trayecto hasta el barco de la ANIM?
—No. Me desmayé apenas me levantó y no reaccioné hasta encontrarme aquí en Washington, en el hospital.
Donner hizo una seña a Seagram.
—Será mejor que busquemos pronto a este tipo.
Seagram asintió con la cabeza.
—Empezaré por el almirante Sandecker. Pitt debe de haber estado vinculado con la nave exploradora. Tal vez haya en la ANIM alguien que pueda identificarlo.
—No puedo dejar de preguntarme cuánto sabe —dijo Donner, con la mirada fija en el piso.
Seagram no contestó. Su pensamiento erraba tras la sombría figura sobre una isla del Ártico cubierta de nieve. Dirk Pitt... Repitió mentalmente el nombre. Por algún motivo le sonaba extrañamente familiar.





10


El teléfono sonó pasada la media noche. Sandecker abrió un ojo y lo contempló un momento con mirada asesina. Por último se dio por vencido y atendió al sonar por octava vez la campanilla.
—Sí, ¿qué pasa? —preguntó.
—Soy Gene Seagram, almirante. ¿Estaba durmiendo?
—Oh, no, qué diablos —bostezó Sandecker—. Nunca me acuesto antes de escribir cinco capítulos de mi biografía. Bueno, ¿qué se le ofrece, Seagram?
—Ha ocurrido algo...
—Olvídelo. No pondré en peligro a ninguno de mis hombres ni de mis barcos para sacar a sus agentes de territorio enemigo.
Usó la palabra «enemigo» como si el país se hallara en guerra.
—No se trata de eso...
—Entonces ¿qué?
—Necesito información sobre alguien.
—¿Por qué recurre a mí en plena noche?
—Creo que usted puede conocerlo.
—¿Cómo se llama?
—Dirk Pitt. Probablemente se deletree P-i-t-t.
—Y ¿por qué piensa que lo conozco?
—No tengo pruebas, pero estoy seguro de que tiene alguna conexión con la ANIM.
—Tengo más de dos mil personas a mis órdenes. No puedo memorizar todos sus nombres.
—¿Podría averiguarlo? Tengo urgencia por hablar con él.
—Es usted increíblemente fastidioso, Seagram —murmuró Sandecker, irritado—. ¿No se le ocurrió llamar a mi director de personal durante las horas normales de trabajo?
—Le pido disculpas —dijo Seagram—. He estado trabajando hasta tarde y...
—Está bien, si descubro a ese personaje, haré que se comunique con usted.
—Se lo agradezco —dijo Seagram sin abandonar el tono impersonal—. Por cierto, el hombre a quien los suyos rescataron en el mar de Barents sigue muy bien. El cirujano del First Attempt hizo un trabajo magnífico al extraerle la bala.
—Koplin, ¿verdad?
—Sí; creo que en pocos días estará recuperado.
—Nos salvamos por poco, Seagram. Si los rusos nos hubieran descubierto ahora, tendríamos otro desagradable incidente entre manos.
—¿Qué puedo decir? —exclamó Seagram, impotente.
—Puede decir buenas noches y dejarme que siga durmiendo —gruñó Sandecker—. Pero antes dígame qué tiene que ver ese Pitt en todo esto.
—Un soldado ruso estaba por capturar a Koplin cuando este individuo apareció en medio de una ventisca y acabó con él. Luego transportó a Koplin a través de ochenta kilómetros de aguas turbulentas, sin mencionar que restañó sus heridas para que no siguiese perdiendo sangre, y no sé cómo lo depositó a bordo de la nave exploradora de ustedes, listo para ser operado.
—¿Qué piensa hacer cuando lo encuentre?
—Eso queda entre Pitt y yo.
—Comprendo —dijo Sandecker—. Bien, señor Seagram, buenas noches...
—Gracias, almirante. Adiós.
Sandecker colgó el auricular y permaneció unos instantes sentado, con una expresión intrigada en el rostro.
—Mató a un soldado ruso y rescató a un agente norteamericano. Dirk Pitt... ¡eres incorregible!





11


El primer vuelo de la United llegó al aeropuerto Stapleton, de Denver, a las ocho de la mañana. Mel Donner pasó rápidamente a retirar su equipaje y se instaló tras el volante de un Plymouth alquilado para iniciar el trayecto de quince minutos hasta la avenida Colfax Oeste 400 y el Rocky Mountain News. Mientras seguía el tránsito que se dirigía hacia el oeste, fijaba la mirada alternativamente en el camino y en un plano de la ciudad desplegado a su lado, sobre el asiento.
Nunca había estado antes en Denver y se sorprendió un poco al ver que un manto de polución industrial cubría la ciudad. Esperaba ver esa nube de un sucio color pardo y gris sobre lugares como Los Ángeles y Nueva York, pero Denver siempre le había hecho pensar en una ciudad purificada por un aire límpido, cobijada bajo la nube protectora de las montañas. Incluso éstas lo decepcionaron; Denver se alzaba desnuda al borde de las grandes llanuras, a cuarenta kilómetros de las colinas más cercanas.
Estacionó el coche y se encaminó hacia la biblioteca del periódico. La joven que atendía el mostrador lo observó a través de unas gafas en forma de lágrima y mostró unos dientes desparejos al sonreír con cordialidad:
—¿Puedo serle útil en algo?
—¿Tiene un ejemplar del 17 de noviembre de 1911?
—Vaya, eso fue hace mucho... —Torció los labios—. Puedo darle una fotocopia, pero los ejemplares originales se hallan en la Sociedad Histórica del Estado.
—Sólo necesito ver la tercera página.
—Si quiere esperar, tardaré unos quince minutos en localizar el filme correspondiente a esa fecha y pasar la página que usted busca por la fotocopiadora.
—Gracias. ¿Tienen ustedes por casualidad una guía comercial de Colorado?
—Desde luego que sí.
Buscó bajo el mostrador y puso un folleto sobre la manchada superficie del mostrador.
Donner se sentó a estudiar la guía mientras la joven iba a ocuparse de su petición. En Pueblo no figuraba ninguna Fundición Guthrie e hijos. Buscó la letra T. Tampoco allí encontró nada referente a la Herrería y Metalistería Thor, de Denver. Supuso que era demasiado esperar que dos compañías siguieran después de casi ocho décadas.
Como transcurrieron los quince minutos sin que la muchacha regresara, se puso a hojear ociosamente la guía para pasar el rato. Con excepción de Kodak, Martin Marietta y Gomas Gates, nunca había oído hablar de las otras compañías. Pero, de pronto frunció el entrecejo. Bajo la letra J, sus ojos descubrieron una Metalúrgica Jensen y Thor, en Denver. Arrancó la página, se la guardó en el bolsillo y dejó la guía sobre el mostrador.
—Aquí lo tiene, señor —dijo la empleada—. Son cincuenta céntimos.
Donner pagó y leyó con rapidez el titular en la esquina superior derecha. El artículo se refería a un desastre minero.
—¿Era eso lo que buscaba? —inquirió la joven.
—Tendrá que bastarme —repuso él al tiempo que se alejaba.

La Metalúrgica Jensen y Thor estaba situada entre los talleres ferroviarios de la línea Burlington-Norte y el río South Platte; un enorme edificio de metal ondulado que habría borrado cualquier paisaje, salvo el que lo rodeaba. Dentro del taller, unas grúas elevadas movían de un montón a otro grandes trozos de tuberías enmohecidas, mientras las máquinas troqueladoras martillaban con estrépito, ante cuyo ataque los tímpanos de Donner se encogieron. La oficina principal se hallaba a un lado, tras paredes insonorizadas y altas ventanas arqueadas.
Una atractiva recepcionista de generosos pechos lo acompañó por un pasillo alfombrado hasta un espacioso despacho con paneles en las paredes. Cari Jensen, hijo, abandonó su sitio tras el escritorio para estrechar la mano de Donner. Era joven; no tenía más de veintiocho años y llevaba el cabello largo. Lucía un bigote recortado y vestía un costoso traje de tela escocesa. Parecía, ni más ni menos, un diplomado de la Universidad de California; Donner no lo podía imaginar de otro modo.
—Gracias por recibirme, señor Jensen.
Este sonrió con discreción.
—Sonaba importante. Un hombre importante de Washington, nada menos. ¿Cómo podía negarme?
—Como ya le adelanté por teléfono, estoy verificando algunos viejos registros.
La sonrisa de Jensen se esfumó.
—Espero que usted no sea inspector de Hacienda.
Donner meneó la cabeza.
—Nada de eso. El interés del gobierno es puramente histórico. Si todavía los conserva, me gustaría examinar los registros de sus ventas desde julio hasta noviembre de 1911.
—Se burla usted de mí —rió Jensen.
—Le aseguro que va en serio.
Jensen lo miró extrañado.
—¿Está seguro de que ésta es la compañía que busca?
—Sí, lo estoy —repuso Donner con brusquedad—, si proviene de la Herrería y Metalurgia Thor.
—La vieja compañía de mi bisabuelo —admitió Jensen—. Mi padre compró todas las acciones pendientes y cambió el nombre en 1942.
—¿Conserva usted algunos de los viejos registros?
Jensen se encogió de hombros.
—Nos deshicimos de la historia antigua hace tiempo. Si hubiéramos conservado todas las facturas desde que mi bisabuelo abrió sus puertas allá en 1897, necesitaríamos un depósito del tamaño del estadio Bronco.
Donner sacó un pañuelo y se enjugó el sudor de la cara. Se arrellanó en su sillón.
—Sin embargo —continuó Jensen—, y puede agradecerlo a la previsión de Cari Jensen padre, tenemos todos nuestros registros anteriores en microfilme.
—¿Microfilme?
—Es el único modo de hacerlo. Pasados cinco años, lo filmamos todo. Somos la eficiencia personificada.
Donner no podía dar crédito a su buena suerte.
—Entonces, ¿puede mostrarme las ventas correspondientes a los seis últimos meses de 1911?
Jensen no contestó. Se inclinó sobre el escritorio, habló por el intercomunicador y volvió a reclinarse en su sillón de ejecutivo.
—Mientras esperamos, ¿puedo ofrecerle una taza de café, señor Donner?
—Preferiría algo un poco más estimulante.
—Palabras dignas de quien viene de la gran ciudad... —Jensen se puso de pie para dirigirse hacia un bar con espejos, de donde sacó una botella de Chivas Regal—. Denver le resultará bastante aburrida. Aquí se desaprueba, en general, que haya bar en un despacho. La idea que aquí tienen de agasajar a los visitantes consiste en ofrecerles una Coca-Cola y un almuerzo abundante en el Wienersohnitzel. Afortunadamente para nuestros estimados clientes de otras localidades, hice mi aprendizaje comercial en Madison Avenue.
Donner aceptó el vaso que se le ofrecía y lo vació.
Jensen fijó en él una mirada calculadora antes de volver a llenarle el vaso.
—Dígame, señor Donner, ¿qué espera encontrar exactamente?
—Nada de importancia —repuso Donner.
—Vamos, vamos. El gobierno no enviaría a un hombre a comprobar ventas hechas setenta y seis años atrás, sólo por diversión.
—El gobierno suele manejar sus secretos de modo jocoso.
—¿Un secreto clasificado que se remonta a 1911 ? —Jensen sacudió la cabeza, maravillado—. Sorprendente, en verdad.
—Digamos simplemente que estamos procurando resolver un antiguo crimen cuyo autor contrató los servicios de su bisabuelo.
Jensen sonrió y aceptó cortésmente la mentira.
Una joven de cabello negro, falda larga y botas entró con paso ondulante en el recinto, lanzó una seductora mirada a Jensen, dejó sobre su escritorio una copia Xerox y se retiró.
Jensen levantó el papel y lo examinó.
—De junio a noviembre debe haber sido un período de recesión para mi antepasado. Las ventas en esos meses fueron reducidas. ¿Le interesa alguna partida en especial, señor Donner?
—Equipos para minería.
—Sí, debe de ser esto... herramientas perforadoras. Pedidas el diez de agosto y retiradas por el comprador el primero de noviembre. —Los labios de Jensen se entreabrieron en una amplia sonrisa—. Según parece, amigo, esta vez se han burlado de usted...
—No le entiendo.
—El comprador, o según me ha informado usted, el delincuente... —Jensen hizo una pausa para causar efecto— fue el gobierno de la nación.





12


Las dependencias de la Sección Meta estaban sepultadas en un viejo e impersonal edificio, situado junto a la Prefactura Naval de Washington. Un gran cartel, cuyas letras pintadas se descascaraban bajo el doble embate del calor y la humedad estivales, anunciaba humildemente que el local pertenecía a la Compañía Smith de Transporte y Almacenamiento.
Los muelles de carga tenían una apariencia bastante normal: cajones y contenedores se apilaban en los sitios estratégicos, y desde los vehículos que pasaban por el bulevar Suitland, los camiones estacionados, tras un cerco de alambre de cinco metros de alto, tenían el aspecto exacto que deben tener los camiones de mudanza. Sólo una inspección más atenta habría revelado viejos vehículos abandonados, sin motores y con interiores polvorientos, fuera de uso. Era un cuadro que habría entusiasmado a un escenógrafo de Hollywood.
Gene Seagram leía los informes referentes a adquisiciones de bienes raíces para las instalaciones del proyecto Siciliano. Eran cuarenta y seis en total. La zona septentrional fronteriza con Canadá incluía la mayoría, seguida de cerca por el litoral marítimo atlántico. En la costa del Pacífico había ocho zonas designadas, mientras que solamente planeaban cuatro en la frontera con México y el golfo de México. Las transacciones se habían efectuado sin tropiezos; en cada caso, el comprador se había encubierto bajo el rótulo de Departamento de Estudios Energéticos. No habría motivos de sospecha. Según todas las apariencias, las instalaciones eran proyectadas a fin de que parecieran pequeñas estaciones de retransmisión energética. En lo externo nada había que despertara sospecha ni aún en la mente más sagaz.
Estaba examinando los costes estimados de construcción cuando sonó su teléfono privado. Por costumbre, volvió a poner cuidadosamente los informes en su carpeta, que guardó en un cajón del escritorio antes de levantar el auricular.
—Habla Seagram...
—Hola, señor Seagram.
—¿Quién es?
—El mayor McPatrick, de la Oficina de Registros Militares. Me pidió que lo llamara a este número si encontraba algo referente a un minero llamado Jack Hobart.
—Sí, por supuesto. Disculpe, mi mente estaba en otra parte.
Seagram casi podía visualizar mentalmente al que le hablaba desde el otro extremo de la línea. Un egresado de West Point, de menos de treinta años... así lo delataban los verbos apocopados y la voz entusiasta. Probablemente llegaría a general a los cuarenta y cinco años, siempre que estableciera los contactos adecuados mientras comandaba un escritorio en el Pentágono.
—¿Qué ha encontrado, mayor?
—Tengo al que busca. Su nombre completo era Jason Cleveland Hobart. Nacido el 23 de enero de 1874 en Vinton, lowa.
—Por lo menos el año coincide.
—La ocupación también: era minero.
—¿Qué más?
—Se alistó en el ejército en mayo de 1898, y sirvió en el primer Regimiento de Voluntarios de Colorado, en las Filipinas.
—¿Ha dicho Colorado?
—Así es, señor. —McPatrick hizo una pausa y Seagram pudo oír el roce de papeles al otro lado de la línea— Hobart tuvo un historial bélico excelente. Fue ascendido a sargento. Sufrió graves heridas combatiendo contra los insurrectos filipinos y fue condecorado dos veces por conducta meritoria en combate.
—¿Cuándo fue licenciado?
—En esa época se decía «dejar fuera de servicio» —dijo McPatrick con tono sabiondo—. Hobart dejó el ejército en octubre de 1901.
—¿Es ésa la última anotación que tiene sobre él?
—No; su viuda todavía cobra una pensión...
—Espere —lo interrumpió Seagram—. ¿La viuda de Hobart vive todavía?
—Cobra su pensión de cincuenta dólares y cuarenta centavos todos los meses, con la puntualidad de un reloj.
—Debe tener más de noventa años... ¿No es inusual pagar una pensión a la viuda de un veterano de la guerra hispano-norteamericana? Se creería que casi todas están ya bajo tierra.
—Oh, no, qué diablos; todavía figuran casi cien viudas de la guerra civil en nuestras nóminas de pensionados. Ninguna de ellas había nacido cuando Grant ocupó Richmond. Los casamientos en mayo y diciembre entre jovencitas y viejos excombatientes desdentados del gran ejército de la Unión eran bastante frecuentes en esa época.
—Creía que una viuda podía solicitar pensión solamente si su esposo había muerto en combate.
—No necesariamente —repuso McPatrick—. El gobierno paga pensiones a viudas de dos categorías. Una es por muerte en servicio... Eso incluye, por supuesto, la muerte en combate, o enfermedad adquirida o herida fatal recibida durante el servicio entre ciertas fechas fijadas por el Congreso. La segunda es por muerte no ocurrida en servicio. Usted mismo, por ejemplo. Sirvió en la armada durante la guerra de Vietnam entre las fechas que abarcaron ese conflicto en particular. Eso hace que su esposa, o una futura esposa, pueda solicitar una pequeña pensión si dentro de cuarenta años a usted lo arrolla un camión.
—Lo anotaré en mi testamento —dijo Seagram, inquieto al saber que su registro militar estaba al alcance de cualquier oficinista del Pentágono—. Volviendo a Hobart...
—Ahora llegamos a un extraño descuido en los registros del ejército.
—¿Un descuido?
—Los formularios militares de Hobart omiten mencionar que se reincorporó; sin embargo, figura como «muerto en acto de servicio». No se menciona la causa, sólo la fecha: 17 de noviembre de 1911.
Seagram se irguió bruscamente en su sillón.
—Tengo informes fidedignos de que Jake Hobart murió siendo civil el 10 de febrero de 1912.
—Como le dije, no se menciona la causa de la muerte. Pero le aseguro que Hobart murió siendo soldado, el 17 de noviembre. Tengo en este legajo una carta fechada el 25 de julio de 1912, y firmada por Henry L. Stimson, secretario de Guerra del presidente Taft, en la que ordena al ejército que conceda a la viuda del sargento Jason Hobart pensión completa por el resto de su vida. Cómo hizo Hobart para merecer el interés personal del secretario de Guerra es un misterio, pero deja poca duda en cuanto a la importancia de nuestro hombre. Sólo un soldado muy bien conceptuado habría recibido ese tipo de trato preferencial; no un minero del carbón, por cierto.
—No era minero del carbón —dijo secamente Seagram.
—Bueno, lo que fuera.
—¿Tiene la dirección de la señora Hobart?
—La tengo por aquí... Señora Adelina Hobart, calle Aragón 261 B, Laguna Hills, California. Vive en ese gran barrio para ancianos que hay cerca de Los Ángeles sobre la costa.
—Con eso basta —dijo Seagram—. Le agradezco su ayuda, mayor.
—No quisiera tener que decir esto, señor Seagram, pero creo que aquí hay dos hombres distintos.
—Tal vez está en lo cierto —replicó Seagram—. Se diría que seguimos un rastro equivocado.
—Si puedo ayudarle en algo más, no vacile en llamarme.
—Lo haré —murmuró Seagram—. Gracias otra vez.
Después de colgar, apoyó la cabeza en las manos y se encorvó en el sillón. Permaneció así, sin moverse, durante unos minutos. Luego puso las manos sobre el escritorio y esbozó una sonrisa amplia y socarrona.
Bien podían haber existido dos hombres diferentes con el mismo apellido y año de nacimiento, que trabajaran en el mismo estado y en la misma profesión. Esa parte del enigma podría haber sido una coincidencia. Pero no la conexión, esa gloriosa y remota conexión que ligaba misteriosamente a los dos hombres y los convertía en uno solo: tanto la muerte oficial de Hobart como el viejo periódico hallado por Sid Koplin en la montaña Bednáia estaban fechados el 17 de noviembre de 1911.
Pulsó el botón del intercomunicador para llamar a su secretaria.
—Bárbara, pida comunicación con Mel Donner, en el hotel Palace Brown, Denver...
—¿Dejo algún mensaje si no está?
—Que me llame a mi teléfono privado cuando regrese.
—Muy bien.
—Y una cosa más: resérveme billete para mañana en el vuelo matinal de la United a Los Ángeles.
—Sí, señor.
Seagram cortó la comunicación y se reclinó pensativo en el sillón. Adelina Hobart tenía más de noventa años... Ojalá no estuviera senil.





13


Habitualmente, Donner no se alojaba en hoteles del centro. Prefería un motel común cercano a los suburbios, pero Seagram había insistido, aduciendo que un investigador obtiene cooperación local con más facilidad cuando hace saber que se aloja en una habitación del más antiguo y prestigioso edificio de la ciudad. Investigador... la palabra le daba náuseas. Si alguno de sus colegas, profesores como él en la Universidad de California del Sur, le hubiera dicho cinco años atrás que su doctorado en física lo conduciría a cumplir un papel tan clandestino, se habría ahogado de risa. Ahora Donner no se reía. El proyecto Siciliano era demasiado vital para el interés del país, como para arriesgarse a que se filtrara información a través de un colaborador ajeno. El y Seagram habían planeado y creado el proyecto por cuenta propia, y estaba acordado que lo llevarían lo más lejos posible solos.
Dejó su Plymouth alquilado en manos del encargado del estacionamiento y, cruzando la calle Tremont, traspuso las anticuadas puertas giratorias del hotel y entró en el vestíbulo, agradablemente decorado. El joven subgerente le dio un mensaje sin siquiera sonreírle. Donner lo cogió y luego se encaminó hacia los ascensores y su habitación.
Al entrar dio un portazo, arrojó la llave y el mensaje de Seagram sobre el escritorio y encendió la televisión. La jornada había sido larga y agotadora y su cuerpo todavía funcionaba con el horario de Washington. Llamó al servicio interno, y pidió la cena; después se quitó los zapatos, se aflojó la corbata y se desplomó sobre la cama.
Quizá por décima vez, se puso a examinar la fotocopia de la vieja página de periódico. Era una lectura muy interesante, siempre, claro está, que Donner se interesara en anuncios de afinadores de pianos, cinturones eléctricos para hernias y extraños remedios para achaques, junto con editoriales referidos a la decisión tomada por el Consejo Municipal de Denver de eliminar de la calle las pecaminosas casas de diversión, o curiosos sueltos ante los cuales, sin duda alguna, las lectoras de principios de siglo lanzarían exclamaciones de inocente horror.
«INFORME DEL JUEZ DE GUARDIA. La semana pasada, desconcertó mucho a los habituales de la Morgue de París una extraña pierna de caucho que era exhibida para su reconocimiento. Al parecer, se había encontrado en el Sena el cadáver de una mujer elegantemente vestida, que aparentaba unos cincuenta años, pero el cuerpo estaba tan descompuesto que no fue posible conservarlo. Sin embargo, se observó que la pierna izquierda, amputada a la altura del muslo, había sido reemplazada por una pierna de caucho ingeniosamente construida, la cual se exhibía con la esperanza de que pudiera conducir a la identificación de la propietaria.»
Donner sonrió ante ese pintoresco fragmento de historia y volvió su atención hacia la parte superior derecha de la página, la que, según Koplin, faltaba del periódico descubierto por él en nueva Zembla.
«DESASTRE EN LAS MINAS. La tragedia golpeó esta mañana como un espectro vengativo cuando una explosión de dinamita provocó un derrumbe en la mina Angelito, cerca de Ciudad Central, atrapando a nueve hombres del primer turno, entre ellos el conocido y respetado ingeniero de minas Joshua Hays Brewster.
»Los fatigados y macilentos miembros de las patrullas de rescate informan que las esperanzas de rescatar a los hombres con vida son mínimas. Bill Mahoney, el intrépido capataz de la mina Satán, hizo un intento titánico de llegar hasta los mineros atrapados, pero se lo impidió una avalancha de agua de mar que inundó el túnel principal.
»"Esos pobres tipos están perdidos —declaró Mahoney a los periodistas en el escenario del desastre—. El agua ha inundado casi dos niveles por encima de donde ellos trabajaban. Seguro que se han ahogado como ratas antes de darse cuenta de lo que pasaba."
»La silenciosa y acongojada multitud que se agitaba alrededor de la entrada de la mina deploraba con consternación la escalofriante probabilidad de que esta vez los cuerpos no pudieran ser recuperados y traídos a la superficie para recibir decente sepultura.
»Se sabe de buena fuente que el señor Brewster se proponía reabrir la mina Angelito, cerrada desde 1881. Amigos y relaciones comerciales dicen que Brewster solía jactarse de que en la excavación inicial no se había encontrado el mejor filón, cuyo descubridor, con suerte y tesón, sería él.
»Cuando se le pidió un comentario, el señor Ernest Bloeser, ex propietario de la mina Angelito, ahora retirado, dijo en el porche de su hogar en Goldan: "Esa mina fue perseguida por la mala suerte desde el día en que la abrí. Resultó ser nada más que una veta de mineral de baja calidad que nunca dio ganancias." El señor Bloeser agregó: "En mi opinión, Brewster se equivocaba de medio a medio. Nunca hubo indicio alguno del filón originario. Me asombra que un hombre tan renombrado como él haya podido pensar eso."
»En Ciudad Central, el último mensaje proclamaba que si la situación se halla a la merced eterna del Todopoderoso, la abertura será sellada como una tumba, y los hombres desaparecidos quedarán en la oscuridad para siempre, sin volver jamás a la superficie ni al sol.
»La funesta lista de los hombres atrapados en este espantoso desastre es la siguiente:
Joshua Hays Brewster, de Denver
Alvin Coulter, de Fairplay
Thomas Price, de Leadville
Charles P. Widney, de Cripple Creek
Vernon S. Hall, de Denver
John Caldwell, de Ciudad Central
Walter Schmidt, de Aspen
Warner E. O'Deming, de Denver
Jason C. Hobart, de Boulder
»Que Dios vele por el alma de estos valerosos trabajadores de las montañas.»
Los ojos de Donner siempre volvían al último nombre entre los mineros desaparecidos. Lentamente, como hipnotizado, dejó el diario en el regazo. Levantó el auricular del teléfono y marcó larga distancia.





14


—¡El Monte Cristo! —exclamó Harry Young con deleitación—. Apruebo calurosamente el Monte Cristo. El aderezo de Roquefort también es excelente. Pero antes quisiera un martini, muy seco, con una rodaja de limón.
—Emparedado Monte Cristo y Roquefort en la ensalada... Sí, señor —repitió la joven camarera, inclinándose sobre la mesa de modo que su corta falda al levantarse, reveló unas bragas blancas—. ¿Y usted, señor?
—Lo mismo —asintió Donner—. Pero yo empezaré por un Manhattan con hielo.
Young espió por encima de sus anteojos a la camarera que se dirigió hacia la cocina.
—Ojalá me regalaran algo así para Navidad —dijo sonriendo.
Young era un hombrecillo delgado, un activo y optimista bon vivant de 78 años, experto en apreciar la belleza. Sentado frente a Donner en la mesa del reservado, vestía un jersey azul y una chaqueta de doble punto.
—¡Señor Donner! —dijo muy contento—. Me alegra verle. El Broker es mi restaurante favorito. —Señaló con un ademán las paredes y los reservados revestidos con madera de nogal—. Sabrá que esto era antes la bóveda de un banco.
—Lo advertí cuando tuve que agacharme para entrar y vi la puerta de cinco toneladas.
—Debería venir a cenar. Le sirven una enorme bandeja de camarones como aperitivo... —Casi resplandeció al pensarlo.
—Lo tendré en cuenta la próxima vez que venga.
—Y bien, señor. —Young lo miró con fijeza—. ¿Qué quiere?
—Tengo algunas preguntas que hacerle.
Las cejas de Young se arquearon sobre sus gafas.
—Vaya, vaya, ahora sí ha despertado mi curiosidad. No será del FBI, ¿verdad? Por teléfono usted dijo simplemente que trabajaba para el gobierno federal.
—No, no soy del FBI. Ni me pagan sueldo para la inspección de Hacienda. Pertenezco a Bienestar Social... Mi tarea consiste en investigar la autenticidad de las solicitudes de pensión.
—¿Cómo puedo ayudarlo entonces?
—En este momento me ocupo de investigar un accidente minero ocurrido hace setenta y seis años, que costó la vida a nueve hombres. Un descendiente de una de las víctimas ha solicitado pensión. Vine a comprobar la validez de la reclamación. Su nombre, señor Young, me fue recomendado por la Sociedad Histórica del Estado, que lo describió como una enciclopedia ambulante de historia de la minería en el Oeste.
—Aunque en eso hay un poco de exageración, me siento halagado —dijo Young.
Les sirvieron las copas y ambos bebieron en silencio. Donner aprovechó para estudiar los retratos de reyes de la plata del siglo pasado, en Colorado, que colgaban de las paredes. Todos los rostros proyectaban la misma mirada fija e intensa, como si trataran de expresar su arrogancia fortalecida por la riqueza.
—Dígame, señor Donner, ¿cómo es posible que se solicite pensión por un accidente ocurrido hace setenta y cinco años?
—Al parecer, la viuda no recibió todo lo que le correspondía —repuso Donner—. Su hija exige la retroactividad, por así decir.
—Comprendo —dijo Young. Lo miró reflexivamente—. ¿Cuál de los hombres desaparecidos en el desastre de la mina Angelito les interesa?
—Lo felicito —dijo Donner, evitando la mirada de Young mientras desplegaba su servilleta, incómodo—. No se le escapa nada.
—No es difícil, en realidad. Un accidente minero de hace setenta y seis años... Nueve hombres desaparecidos. No podía ser sino el desastre de la mina Angelito.
—El hombre se llamaba Brewster.
Young lo miró un momento más.
—Joshua Hays Brewster —murmuró el nombre—. Hijo de William Buck Brewster y Hettie Masters, nacido en Nebraska el 4 de abril... o el 5 de abril de 1878.
Los ojos de Donner se dilataron.
—¿Cómo es posible que sepa todo eso?
—Oh, sé eso y mucho más —sonrió Young—. Los mineros, o la Brigada de las Botas Acordonadas, como se los llamó una vez, son un grupo bastante cerrado. Es una de las pocas ocupaciones donde los hijos siguen a sus padres y además se casan con hermanas e hijas de otros mineros.
—¿Va a decirme que estaba emparentado con Joshua Hays Brewster?
—Es mi tío —sonrió Young.
Donner se quedó de una pieza.
—Según parece, le vendría bien otra copa, señor Donner. —Young hizo señas a la camarera pidiéndole otra ronda—. No hace falta decir que ninguna hija solicitó pensión; el hermano de mi madre murió soltero y sin hijos.
—Los mentirosos nunca prosperan —dijo Donner con una sonrisa forzada—. Siento haberlo incomodado. Fue una tontería de mi parte.
—¿Puede explicármelo?
—Preferiría no hacerlo.
—¿Usted es del gobierno? —preguntó Young.
Donner le mostró sus credenciales.
—En tal caso, ¿puedo preguntarle por qué investiga a mi tío, muerto hace tanto tiempo?
—Preferiría no hacerlo —repitió Donner—. Al menos, no por ahora.
—¿Qué desea saber?
—Cualquier cosa que pueda decirme acerca de Joshua Hays Brewster y el accidente de la mina Angelito.
Les sirvieron las bebidas junto con la ensalada. Donner admitió que el aderezo era excelente. Comieron en silencio. Una vez que terminó y se limpió el blanco y fino bigote, Young aspiró profundamente y se acomodó contra el respaldo del asiento.
—Mi tío era un ejemplo de los hombres que exploraron las minas a principios de siglo: blancos, entusiastas y de clase media, de no ser por su baja estatura (medía menos de un metro cincuenta y cinco) podía haber pasado por eso que los novelistas de la época describían como un caballeresco, vigoroso y arrojado minero, con botas relucientes, pantalones de montar y sombrero de guardabosque.
—Lo presenta usted como a un antiguo héroe de las series cinematográficas de los sábados por la tarde.
—Un héroe ficticio jamás habría estado a su altura —dijo Young—. Hoy esa actividad está sumamente especializada, pero un ingeniero de minas de la vieja escuela tenía que ser tan duro como la roca que perforaba y debía ser versátil: mecánico, electricista, agrimensor, metalúrgico, geólogo, abogado, intermediario entre una administración avara y trabajadores con músculos en lugar de cerebro... ése es el tipo de hombre que hacía falta para dirigir una mina. Así era Joshua Hays Brewster.
Donner mantuvo silencio mientras movía lentamente el líquido en su vaso.
—Después de diplomarse en la Escuela de Minería —continuó Young—, mi tío ejerció su profesión en el Klondike, Australia y Rusia antes de volver a las Rocosas en 1908 para administrar las minas Roca Agria y Buffalo, situadas en Leadville y de propiedad de un grupo de financieros parisinos que jamás vieron Colorado.
—¿Los franceses poseían minas en Estados Unidos?
—Sí. Su capital fluía en abundancia por todo el Oeste. Oro y plata, reses, ovejas, bienes raíces; estaban en todo cuanto usted pueda imaginar.
—¿Cómo se le ocurrió a Brewster reabrir la mina Angelito?
—Ésa es una extraña historia —contestó Young—. La mina carecía de valor. El socavón Alabama, a trescientos metros de distancia, produjo dos millones de dólares en plata. La Angelito ni siquiera se acercó a esa producción. —Young hizo una pausa para sorber su bebida, luego se quedó contemplándola fijamente como si estuviera viendo en los cubos de hielo una vaga imagen—. Cuando mi tío anunció sus intenciones de reabrir la mina, quienes lo conocían bien quedaron escandalizados. Sí, señor Donner, escandalizados. Joshua Hays Brewster era un hombre prudente y minuciosamente detallista. Calculaba todas sus acciones en términos de éxito. Nunca se arriesgaba, salvo que las probabilidades le fueran en extremo favorables. Que él anunciara públicamente un plan tan descabellado era inimaginable. Su actitud fue considerada por todos como la de un loco.
—Tal vez descubrió algún indicio que a otros les había pasado por alto.
Young negó con un movimiento de la cabeza.
—Hace más de sesenta años que soy geólogo, señor Donner, y muy bueno. Volví a entrar en la Angelito, la examiné hasta los niveles inundados y analicé hasta el último centímetro accesible del socavón Alabama y le digo de modo terminante e inequívoco: allí no hay ninguna veta de plata sin explotar, ni la había en 1911.
Les sirvieron los emparedados Monte Cristo y los platos de ensalada fueron retirados.
—¿Sugiere usted que su tío enloqueció?
—Se me ocurrió esa posibilidad. Por lo general, en esa época los tumores cerebrales no eran diagnosticados.
—Lo mismo que los colapsos nerviosos...
Young comió un trozo de su emparedado y bebió su segundo martini.
—¿Qué tal su Monte Cristo, señor Donner?
Donner se obligó a dar unos bocados.
—Excelente, ¿y el suyo?
—Delicioso. ¿Quiere escuchar mi teoría privada? No se moleste en ser cortés; puede reír sin avergonzarse. Todos lo hacen al oírla.
—Le prometo no reírme —dijo Donner con tono muy serio.
—No deje de mojar su Monte Cristo en jalea de uva, señor Donner. Eso aumenta el placer. Y bien, como ya le he dicho, mi tío era un hombre sumamente detallista, un agudo observador de su trabajo, su ambiente y sus actividades. He recopilado la mayoría de sus diarios y cuadernos de apuntes, que llenan buena parte de los estantes de mi estudio. Sus observaciones acerca de las minas Roca Agria y Buffalo, por ejemplo, ocupan quinientas páginas de minuciosos bocetos y escritura nítidamente legible. Sin embargo, las páginas del cuaderno encabezadas por la leyenda «Mina Angelito» están totalmente en blanco.
—¿No dejó nada referente a la Angelito? ¿Ni siquiera una carta?
Young se encogió de hombros y meneó la cabeza.
—Era como si no hubiese nada que anotar. Era como si Joshua Hays Brewster y los ocho hombres de su cuadrilla hubieran bajado a las entrañas de la tierra sin intenciones de volver.
—¿Qué está sugiriendo?
—Aunque parezca ridículo —admitió Young—, la idea de un suicidio en masa me pasó una vez por la mente... Una concienzuda investigación me permitió averiguar que los nueve hombres eran solteros o viudos. Casi todos eran solitarios errantes que iban a la deriva de una a otra excavación, buscando cualquier excusa para marcharse cuando se aburrían o cuando se disgustaban con el capataz o con la gerencia de la mina. Una vez que envejecían demasiado para trabajar en las minas, ya no tenían muchos motivos para vivir.
—Pero Jason Hobart estaba casado —dijo Donner.
—¿Cómo? ¿Qué dice? —Los ojos de Young se dilataron—. No hallé constancia de que alguno tuviera esposa.
—Así es, créame.
—¡Dios del cielo! De haberlo sabido mi tío, jamás habría reclutado a Hobart.
—¿Por qué motivo?
—¿No lo comprende? Necesitaba hombres en quien pudiera confiar tácitamente, hombres que no tuvieran amigos íntimos ni parientes que hicieran preguntas en el caso de que desaparecieran.
—Lo que dice no tiene sentido —dijo Donner sin rodeos.
—Dicho simplemente: la apertura de la mina Angelito y la tragedia subsiguiente fue un engaño, un pretexto. Estoy convencido de que mi tío estaba enloquecido.
Nunca se sabrá cómo, ni qué causó su enfermedad mental. Su carácter se alteró drásticamente hasta el punto de producir un hombre distinto.
—¿Una personalidad dividida?
—Exacto. Sus valores morales cambiaron; su calidez y su amor por sus amigos desaparecieron. Cuando era más joven, hablé con personas que lo recordaban. Todos concordaban en una cosa: el Joshua Hays Brewster que todos ellos conocían y amaban murió meses antes del desastre de la mina Angelito.
—¿Qué tiene que ver eso con un engaño?
—Demencia aparte, mi tío seguía siendo ingeniero de minas. A veces era capaz de determinar en pocos minutos si una mina daría ganancias o no. La Angelito era improductiva y él lo sabía. Nunca tuvo intención alguna de encontrar un filón de primera. No tengo ni idea de sus propósitos, señor Donner, pero de algo estoy seguro: quien bombee el agua de los niveles inferiores de ese viejo túnel no encontrará osamentas.
Donner terminó su Manhattan y miró a Young con aire inquisitivo.
—Entonces, ¿usted cree que los nueve hombres que entraron en la mina lograron escapar?
Young sonrió.
—Nadie los vio entrar, señor Donner. Se dio por sentado, y fue razonable hacerlo, que murieron allí abajo, en las negras aguas, porque nunca se volvió a oír hablar de ellos.
—No basta como prueba —dijo Donner.
—Oh, tengo más, muchas más —replicó Young con entusiasmo.
—Lo escucho...
—Primero: la cámara de trabajo más baja de la Angelito se hallaba a más de treinta metros sobre el nivel medio del agua. En el peor de los casos, las paredes rezumaban moderadamente debido a la acumulación superficial. Los niveles inferiores del túnel ya estaban inundados, porque el agua se había acumulado gradualmente durante los años en que la mina estuvo cerrada. Por consiguiente, una explosión de dinamita no pudo haber desencadenado una ola de agua sobre mi tío y su cuadrilla. Segundo: el equipo supuestamente hallado en la mina después del accidente era chatarra vieja y usada. Esos hombres eran profesionales, señor Donner. Jamás habrían ido bajo la superficie con maquinaria de segunda clase. Tercero: aunque comunicó a todos que iba a reabrir la mina, mi tío nunca consultó ni discutió el proyecto con Ernest Bloeser, que era dueño de la Angelito. En resumen, mi tío se iba a apoderar de algo que no le pertenecía. Una acción inconcebible en un hombre de su reputación moral. Cuarto: el primer anuncio de un posible desastre llegó a la tarde siguiente, cuando el capataz de la mina Satán, un tal Bill Mahoney, encontró bajo la puerta de su cabana un mensaje que decía: «¡Socorro! Mina Angelito. ¡Vengan pronto!» ¿No le parece un modo extrañísimo de dar la alarma? El mensaje, naturalmente, no tenía firma. Quinto: el sheriff de Ciudad Central declaró que mi tío le había dado la lista de los integrantes de la cuadrilla, pidiéndole que la entregara a la prensa en caso de un accidente fatal. Una premonición muy peculiar, por no decir más. Era como si tío Joshua quisiera asegurarse de que no habría errores en cuanto a la identidad de las víctimas.
Donner apartó su plato y bebió un poco de agua.
—Su teoría me resulta interesante, pero no del todo convincente.
—Ah, señor Donner, he reservado la prueba decisiva para el final. Sexto: varios meses después de la tragedia, mis padres, que se hallaban de gira por Europa, vieron a mi tío en la plataforma de una balsa en Southampton, Inglaterra. Mi madre solía contar cómo se le acercó y le dijo: «Dios santo, Joshua, ¿eres tú realmente?» Se encontró ante una cara barbuda y mortalmente pálida, unos ojos vidriosos. «Olvidadme», susurró él y se dio la vuelta y huyó. Mi padre lo persiguió cuando bajaba de la plataforma, pero no tardó en perderlo de vista entre la muchedumbre.
—La solución lógica es que fue un caso de identidad equivocada.
—¿Una hermana que no conoce a su propio hermano? —dijo Young con sarcasmo—. Vamos, señor Donner, sin duda podrá distinguir a su hermano entre una multitud.
—Me temo que no. Fui hijo único.
—Lástima. Se perdió una de las grandes alegrías de la vida.
—Al menos no tuve que compartir mis juguetes. —El camarero llevó la cuenta; Donner arrojó sobre la bandeja una tarjeta de crédito—. Lo que está diciendo es que el desastre de la Angelito fue fraguado para encubrir algo.
—Ésa es mi teoría. —Young se pasó la servilleta por los labios—. No hay modo de probarlo, por supuesto, pero siempre me acosó el presentimiento de que la Société des Mmes de Lorraine estuvo detrás de todo esto.
—¿Quiénes eran?
—Eran y siguen siendo para Francia lo que Krupp para Alemania, lo que Mitsubishi para Japón, lo que Anaconda para Estados Unidos.
—¿Dónde encaja la Société...?
—Fueron ellos los financieros franceses que contrataron a Joshua Brewster como su ingeniero gerente de exploración. Eran los únicos que podían pagar a nueve hombres para que desaparecieran de la superficie de la tierra.
—Pero ¿por qué? ¿Cuál es el motivo?
Young hizo un ademán de impotencia.
—No lo sé... —Se inclinó, con ojos que parecían arder—. Pero sí sé que cualquiera haya sido el precio, cualquiera haya sido la influencia, llevó a mi tío y a su cuadrilla de ocho hombres a no sé qué infierno sin nombre fuera del país.
—Hasta que se recobren los cadáveres, ¿quién puede decir que se equivoca?
Young lo miró con fijeza.
—Es usted un hombre cortés, señor Donner. Se lo agradezco.
—¿Por qué? ¿Por un almuerzo gratis a costa del gobierno ?
—Por no reírse —dijo suavemente Young.
Donner asintió con la cabeza sin decir nada. El hombre que tenía delante acababa de empalmar una minúscula pieza del intrincado rompecabezas con el cadáver de roja barba hallado en la mina de la montaña Bednáia. No había motivo para reírse, absolutamente ningún motivo.





15


Seagram devolvió la sonrisa con que lo despedía la azafata. Descendió del avión de la United y se preparó para hacer el trayecto de medio kilómetro hasta la entrada del aeropuerto internacional de Los Ángeles. Finalmente llegó al vestíbulo delantero y, a diferencia de Donner, que había alquilado su automóvil a una compañía de segunda categoría, Seagram prefirió una de primera y contrató un Lincoln de la Hertz. Dobló por el bulevar Century y pocas calles más adelante tomó hacia el sur por la rampa que conducía a la carretera de San Diego. Era un día sin nubes y la polución industrial, sorprendentemente leve, permitía ver un brumoso panorama de las montañas de la Sierra Madre. Por el carril derecho, anduvo despacio, a ochenta kilómetros por hora, mientras la corriente principal del tráfico local pasaba junto al Lincoln a más de cien kilómetros por hora, con habitual indiferencia por el límite de setenta y cinco kilómetros por hora anunciado en los carteles. Pronto dejó atrás las refinerías químicas de Torrance y las torres petroleras que rodeaban Long Beach y entró en las extensiones del condado de Orange, donde el terreno se aplanaba de pronto, dando lugar a un mar vasto, interminable, de pequeñas casas.
Tardó poco más de una hora en llegar al desvío hacia el Mundo del Descanso. Era un escenario idílico: campos de golf, piscinas de natación, establos, prados bien cuidados y zonas de estacionamiento, señores de edad, bronceados por el sol, en bicicletas.
Se detuvo en la entrada principal, y un anciano guardia uniformado lo hizo pasar y le dio instrucciones para llegar al 261 B de la calle Aragón. Era un pequeño y pintoresco apartamento de dos pisos, bien resguardado en la cuesta de una colina con vista a un parque inmaculado. Seagram estacionó el Lincoln junto a la acera, cruzó un pequeño patio lleno de rosales y pulsó el timbre. Se abrió la puerta y sus temores se desvanecieron; sin duda Adeline Hobart no pertenecía al tipo senil.
—¿El señor Seagram? —Su voz era suave y afable.
—Sí. ¿La señora Hobart?
—Pase, por favor —Le estrechó la mano con tanta firmeza como un hombre—. ¿Sabe?, hace más de setenta años que nadie me llama así. Cuando recibí su llamada de larga distancia respecto de Jake, me sorprendí tanto que casi olvidé tomar mi Geritol.
Adeline era robusta, pero llevaba sus kilos de más sin esfuerzo. Sus ojos azules parecían reír con cada frase y su rostro mostraba una expresión afectuosa y amable. Personificaba el tópico de la dulce viejecita de cabello plateado.
—Usted no parece de los que toman Geritol —dijo Seagram.
Ella le palmeó el brazo.
—Si pretende halagarme, gracias... —Le señaló un sillón en una sala amueblada con buen gusto—. Venga y tome asiento. Se quedará a almorzar, ¿verdad?
—Me sentiré muy honrado, si no es molestia.
—Claro que no... Bert está correteando por el campo de golf y le agradezco su compañía.
Seagram levantó la vista.
—¿Bert?
—Mi marido.
—Pero yo creía que...
—Que yo seguía siendo la viuda de Jack Hobart —terminó ella la frase con sonrisa inocente—. La verdad es que me convertí en señora de Austin hace sesenta y dos años.
—¿Lo sabe el ejército?
—Sí, por Dios. Escribí cartas al Departamento de Guerra notificándoles mi situación hace mucho tiempo, pero ellos se limitaron a enviarme respuestas corteses y evasivas y siguieron enviándome los cheques por correo.
—¿Pese a que usted se había vuelto a casar?
Adeline Hobart se encogió de hombros.
—Soy humana, señor Seagram. ¿Por qué discutir con el gobierno? Si insisten en enviarme dinero, ¿quién va a decirles que no?
—Un arreglo lucrativo.
Ella asintió con la cabeza.
—No lo niego, en particular cuando se incluyen los diez mil dólares que recibí al morir Jake.
Seagram se inclinó entrecerrando los ojos.
—¿El ejército le pagó diez mil dólares de indemnización? ¿No era mucho para 1911?
—Usted no puede estar más sorprendido que yo en aquel momento —repuso ella—. Sí; en esa época esa suma era una pequeña fortuna.
—¿Hubo alguna explicación?
—Ninguna. Todavía me parece ver el cheque, después de tantos años. Decía sólo «Pago a la viuda» y estaba extendido a mi nombre. Eso fue todo.
—Tal vez podamos empezar por el principio...
—¿Cuándo conocí a Jake?
Seagram asintió.
La mirada de la mujer se fijó más allá de él por unos instantes.
—Conocí a Jake durante el terrible invierno de 1910. Fue en Leadville, Colorado, y yo acababa de cumplir dieciséis años. Mi padre viajaba a la zona minera para investigar posibles inversiones en varias empresas, y como se acercaba la Navidad y yo tenía algunos días de vacaciones en la escuela, aceptó llevarnos a mamá y a mí. Apenas había llegado el tren a Leadville, cayó sobre la región alta de Colorado la peor tormenta de nieve en cuarenta años. Duró dos semanas y créame que no fue ninguna fiesta, teniendo en cuenta especialmente que la altitud de Leadville es de más de tres mil metros.
—Toda una aventura para una muchacha de dieciséis años.
—Ya. Papá se paseaba por el vestíbulo del hotel como un toro acorralado, mientras mamá estaba sentada, preocupada, pero a mí me pareció maravilloso.
—¿Y Jake?
—Un día, mamá y yo cruzábamos a duras penas la calle rumbo a la tienda de ultramarinos... todo un calvario cuando a una la azotan vientos de setenta kilómetros por hora a cuatro grados bajo cero, y en eso aparece de la nada un gigantón enorme, nos levanta a cada uno con un brazo, nos transporta a través de los montones de nieve y nos deposita en el umbral de la tienda.
—¿Era Jake?
—Sí —dijo ella con tono distante—, era Jake.
—¿Qué aspecto tenía?
—Era un hombre corpulento, de más de metro ochenta y tórax amplio. De muchacho había trabajado en las minas de Gales. Cada vez que se veía un grupo de hombres a un kilómetro de distancia, era fácil distinguir a Jake. Era el de cabello y barba rojo vivo que siempre estaba riendo.
—¿Cabello y barba rojos?
—Sí, lo enorgullecía el hecho de sobresalir entre los demás.
—Todos estiman a un hombre risueño.
—Pues por mi parte no fue ciertamente amor a primera vista, se lo puedo asegurar —contestó ella con una amplia sonrisa—. Jake me resultaba parecido a un oso enorme y tosco... No era ni mucho menos el tipo adecuado para estimular la fantasía de una muchacha.
—Pero se casó con él.
Ella asintió con la cabeza.
—Me cortejó durante toda la tempestad y cuando por fin, al decimocuarto día, apareció el sol entre las nubes, acepté su propuesta. Mamá y papá quedaron consternados, por supuesto, pero Jake los conquistó también a ellos.
—No pudieron estar mucho tiempo casados.
—Lo vi por última vez un año después.
—El día en que él y los demás desaparecieron en la Angelito —dijo Seagram, más aseverando que preguntando.
—Sí —dijo ella pensativamente. Luego eludió su mirada y dirigió nerviosamente la suya hacia la cocina—. Dios mío, será mejor que prepare algo para almorzar. Debe de estar hambriento, señor Seagram.
Pero la expresión formal de Seagram se extinguió y sus ojos brillaron con súbito entusiasmo.
—Tuvo noticias de Jake después del accidente en la Angelito, ¿verdad, señora Austin?
Ella pareció refugiarse en los cojines de su sillón. Una expresión recelosa cubría su apacible rostro.
—No sé a qué se refiere...
—Creo que sí —insistió él con suavidad.
—No... no; se equivoca.
—¿A qué teme?
Las manos de la mujer temblaban ahora.
—Le he dicho todo cuanto puedo.
—Hay más, mucho más, señora Austin —repuso él, tomándole las manos—. ¿A qué teme? —repitió.
—Juré guardar el secreto —murmuró ella.
—¿Puede explicarse?
Ella dijo, vacilante:
—Usted representa al gobierno, señor Seagram. Ya sabe lo que es guardar un secreto.
—¿Quién fue? ¿Jake? ¿Él le pidió que guardara silencio?
Ella meneó la cabeza.
—Entonces, ¿quién?
—Créame, por favor —imploró ella—. No puedo decírselo... No puedo decirle lada.
Seagram se puso de pie y la contempló. La mujer parecía haber envejecido, las arrugas parecían más profundas en su vieja piel. Se había encerrado en un caparazón.
—¿Puedo utilizar su teléfono, señora Austin?
—Sí, por supuesto. La extensión más cercana está en la cocina.
Pasaron siete minutos antes de que la conocida voz surgiera a través del auricular. Seagram explicó rápidamente la situación e hizo su pedido. Después volvió a la sala.
—Señora Austin, ¿puede venir un momento?
Ella se acercó tímidamente y Seagram le pasó el aparato.
—Es alguien que quiere hablar con usted...
La mujer lo tomó con cautela y murmuró:
—Hola, habla Adeline Austin.
Por un instante se reflejó en sus ojos una expresión confusa, que luego se transformó lentamente en genuino asombro. Movía la cabeza de arriba abajo sin decir nada, como si la lejana voz estuviera ante ella.
Finalmente, al cabo de la peculiar conversación, logró pronunciar unas palabras:
—Sí, señor... Lo haré. Adiós.
Colgó lentamente el auricular y quedó perpleja, como hipnotizada.
—¿Era... realmente el presidente de Estados Unidos?
—El mismo. Puede verificarlo si así lo desea. Llame a larga distancia y pida comunicación con la Casa Blanca. Cuando le contesten, hable con Gregg Collins. Es el ayudante principal del presidente, y fue él quien transmitió mi llamada.
—Imagínese, el presidente me ha pedido que lo ayude... —Sacudió la cabeza como mareada—. No puedo creer que realmente haya sucedido eso.
—Sucedió, señora Austin. Cualquier información que pueda darnos respecto de su primer esposo y las extrañas circunstancias que rodearon su muerte serían muy beneficiosas para el país. Sé que dicho así parece trillado, pero...
—¿Quién puede negarle algo a un presidente?
Adeline sonrió de nuevo dulcemente; sus manos ya no temblaban. Había recobrado el equilibrio, por lo menos exteriormente.
Seagram la cogió del brazo para conducirla de vuelta a su sillón de la sala.
—Y ahora hábleme de la relación de Jake con Joshua Hays Brewster...
—Jake era especialista en explosivos, dinamitero, uno de los mejores del país. Conocía la dinamita como un herrero conoce su fragua, y como el señor Brewster insistía en contratar sólo a los mejores para componer sus cuadrillas mineras, solía emplear a Jake para que se encargara del dinamitado.
—¿Sabía Brewster que Jake estaba casado?
—Es raro que lo pregunte... Teníamos una casita en Boulder, lejos de los campamentos mineros, porque Jake no quería que se supiera que tenía esposa. Según él, los capataces de las minas no empleaban a dinamiteros casados.
—Entonces, Brewster, naturalmente, sin conocer la situación de Jake, le contrató para que trabajara en la mina Angelito.
—Sé lo que dijeron los periódicos, señor Seagram, pero Jake jamás puso el pie en la mina Angelito, ni tampoco el resto de la cuadrilla.
Seagram acercó su sillón, de modo que casi se tocaban con las rodillas.
—Entonces el desastre fue un simulacro —dijo con voz ronca.
Ella alzó la vista.
—¿Sabe... sabe usted eso?
—Lo sospechábamos, pero no teníamos pruebas.
—Si son pruebas lo que quiere, señor Austin, yo se las daré.
Se incorporó, y se dirigió a otra habitación. Poco después volvió llevando una vieja caja de zapatos que abrió con reverencia.
—Un día antes de su entrada en la mina Angelito, Jake me llevó a Denver y salimos de compras. Me compró ropas finas, joyas y me agasajó con champán en el mejor restaurante de la ciudad. Pasamos nuestra última noche juntos en la suite para recién casados del hotel Palace Brown. ¿Lo conoce usted?
—Un amigo mío se aloja allí en este momento.
—Por la mañana me dijo que no creyera lo que oiría o leería en los periódicos sobre su muerte en un accidente minero y que por varios meses estaría ausente trabajando en alguna parte de Rusia. Dijo que, cuando volviera, seríamos más ricos de lo que podíamos soñar. Después mencionó algo que nunca entendí.
—¿Qué fue?
—Dijo que los franceses se ocupaban de todo y que cuando todo terminara viviríamos en París. —Su rostro cobró una expresión de ensoñación—. Al día siguiente ya no estaba. En su almohada hallé una nota que decía simplemente: "Te amo, Ad", y un sobre que contenía cinco mil dólares.
—¿Tiene idea de dónde procedía el dinero?
—No. En ese entonces sólo teníamos unos trescientos dólares en el banco.
—¿Y fue eso lo último que supo de él?
—No —repuso ella, entregando a Seagram una desteñida tarjeta postal con una reproducción de la Torre Eiffel—. Esto llegó por correo alrededor de un mes más tarde.

Querida Ad: Aquí el clima es lluvioso y la cerveza horrible. Yo estoy bien, igual que los demás muchachos. No te inquietes. Como puedes ver, no estoy muerto ni por asomo. El que tú sabes.

El mensaje estaba escrito evidentemente por una mano pesada. El matasellos de correos databa del 1 de diciembre de 1911 en París.
—Una semana más tarde llegó otra tarjeta —continuó Adeline, entregándole a Seagram una segunda postal. Ésta reproducía el Sacré-Coeur, pero estaba sellada en Le Havre.

Querida Ad: vamos hacia el Ártico. Éste será mi último mensaje por una temporada. Ten valor. Los franchutes nos tratan bien. Buena comida, buen barco. El que tú sabes.

—¿Está segura de que es la letra de Jake? —preguntó Seagram.
—Absolutamente. Tengo otros papeles y cartas viejas de Jake. Puede compararlos.
—No será necesario, Ad —contestó Seagram, y la mujer sonrió al oír su apodo—. ¿Hubo alguna otra comunicación?
Ella asintió.
—La tercera y última. Jake debe de haber guardado tarjetas postales de París. En ésta se ve la Sainte Chapelle, pero fue enviada desde Aberdeen, Escocia, el 4 de abril de 1912.

Querida Ad: este sitio es espantoso. Hace un frío terrible. No sabemos si sobreviviremos. Si de algún modo consigo hacerte llegar esto, cuidarán de ti. Dios te bendiga. Jake.

Al margen, alguien había escrito, con otra letra:

Estimada señora Hobart: Perdimos a Jake en una tormenta. Le brindamos una oración cristiana. Lo sentimos mucho. V.H.

Seagram sacó la lista de miembros de la cuadrilla que Donner le había leído por teléfono.
—V.H. debe de haber sido Vernon Hall —dijo.
—Sí; Vern y Jake eran buenos amigos.
—¿Qué pasó después? ¿Quién le hizo jurar que guardaría el secreto ?
—Unos dos meses más tarde, creo que a principios de junio, vino a mi casa en Boulder un coronel Patman o Patmore, no recuerdo bien, para decirme que era indispensable que jamás revelara haber tenido contacto con Jake después del caso de la mina Angelito.
—¿Le dio alguna explicación?
Ella meneó la cabeza.
—No; simplemente que al gobierno le interesaba que se guardara silencio. Después me entregó el cheque por diez mil dólares y se marchó.
Seagram se desplomó en su sillón como si le hubieran quitado de los hombros un gran peso. Parecía imposible que esa anciana de noventa y tres años tuviera la clave para hallar un mineral perdido que valía miles de millones de dólares, pero así era.
Seagram la miró y sonrió.
—Ese almuerzo prometido empieza a parecerme muy tentador.
Ella le devolvió la sonrisa con mirada maliciosa.
—Como habría dicho Jake, al diablo con el almuerzo. Bebamos antes una cerveza.





16


Los rayos del sol poniente se veían todavía sobre el horizonte, cuando el primer rumor de un trueno distante indicó que se avecinaba una tormenta eléctrica. El aire era cálido y la suave brisa costera acariciaba el rostro de Seagram que, sentado en la terraza del club Bahía de Balboa, tomaba su coñac después de la cena.
Eran las ocho, hora en que los elegantes residentes de la playa de Newport iniciaban su vida social nocturna. Después de darse un remojón en la piscina del club, Seagram había comido temprano. Sentado allí, oía el gruñido de la cercana tormenta. El aire se hizo denso, cargado de electricidad, pero no había señales de lluvia ni viento. En el fogonazo del relámpago pudo ver embarcaciones de recreo que cruzaban la bahía con sus luces rojas y verdes de navegación, con su pintura blanca que les daba el aspecto de silenciosos y fugitivos espectros. Otro rayo atravesó el aire nocturno, una dentada horquilla que partió el cielo nublado. Lo miró caer en alguna parte tras los tejados de la isla de Balboa, y casi en el mismo instante el bramido del trueno estalló en sus tímpanos, como un cañonazo.
Todos los demás se habían trasladado nerviosamente al interior del comedor y Seagram no tardó en descubrir que la terraza estaba desierta. Se quedó, disfrutando la exhibición de fuegos artificiales que le ofrecía la naturaleza. Terminó el coñac y se reclinó en su silla a la espera del siguiente relámpago. Éste no tardó en llegar, iluminando a una figura de pie junto a la mesa. Era un hombre alto de cabello negro y rasgos recios, que lo miraba fijamente con ojos serenos y penetrantes. Luego el desconocido volvió a fundirse en la oscuridad.
Al alejarse el trueno, una voz aparentemente incorpórea preguntó:
—¿Es usted Gene Seagram?
Seagram vaciló, esperando a que sus ojos se readaptaran a la oscuridad que sucedió al relámpago.
—Sí...
—Tengo entendido que me buscaba.
—No recuerdo su nombre...
—Soy Dirk Pitt.
El cielo volvió a iluminarse y Seagram se sintió aliviado al ver una cara sonriente.
—Se diría, señor Pitt, que las apariciones melodramáticas son una costumbre suya. ¿También conjuró esta tormenta eléctrica?
La risa con que le respondió Pitt fue acompañada por un trueno.
—Todavía no domino esa habilidad, pero estoy logrando progresos en cuanto a dividir el mar Rojo.
Con un ademán, Seagram le indicó una silla.
—¿Quiere sentarse, por favor?
—Gracias.
—Le ofrecería una copa, pero es evidente que el camarero le teme a los rayos.
—Lo peor está pasando —dijo Pitt, mirando el cielo. Su voz era serena.
—¿Cómo me ha encontrado? —inquirió Seagram.
—Fue un proceso gradual —replicó Pitt—. En Washington llamé a su esposa y ella dijo que había ido a Mundo del Descanso en viaje de negocios. Como eso queda a pocos kilómetros de aquí, pregunté al guardia de la entrada, quien dijo haber hecho pasar a un tal Gene Seagram cuyo ingreso fue aprobado por una señora de Austin. Esta, a su vez, mencionó que le había recomendado el club Bahía de Balboa cuando usted anunció su deseo de posponer su regreso en avión a Washington y descansar hasta mañana. Lo demás fue fácil.
—Debería sentirme halagado por su estilo persistente.
Pitt asintió con la cabeza.
—Fue todo muy elemental...
—Por una afortunada circunstancia, nos encontramos en el mismo paraje —dijo Seagram.
—Siempre me gusta tomarme unos días libres para practicar deportes acuáticos en esta época del año. Mis padres tienen una casa del otro lado de la bahía. Podría haberme comunicado con usted antes, pero el almirante Sandecker dijo que no corría prisa.
—¿Conoce usted al almirante?
—Trabajo para él.
—Entonces, ¿pertenece a la ANIM?
—Sí, soy director de proyectos especiales en ese organismo.
—Su nombre me pareció vagamente familiar. Mi esposa lo ha mencionado.
—¿Dana?
—Sí, ¿ha trabajado con ella?
—Una sola vez. Llevé suministros en avión a la isla Pitcairn el verano pasado, cuando ella y su equipo arqueológico de la ANIM buceaban para sacar objetos del Bounty.
Seagram los miró.
—Así que el almirante Sandecker le dijo que no había prisa para que se comunicara conmigo...
Pitt sonrió.
—Según deduzco, usted lo fastidió con una llamada telefónica en mitad de la noche.
Las negras nubes habían volado hacia el mar y los rayos caían sobre Catalina, del otro lado del canal.
—Y ahora que me tiene a tiro, ¿en qué puedo serle útil? —dijo Pitt.
—Puede empezar hablándome de Nueva Zembla.
—No hay mucho que decir —repuso Pitt—. Estuve a cargo de la expedición encargada de recoger a su agente. Cuando no se presentó a tiempo, tomé prestado el helicóptero del barco e hice un vuelo de exploración hasta la isla rusa.
—Se arriesgó mucho. Los radares soviéticos podrían haberlo captado en sus pantallas.
—Tomé en cuenta esa posibilidad. Volé a menos de tres metros del agua y mantuve mi velocidad de vuelo por debajo de los quince nudos. Aunque me hubieran captado, habría aparecido en el radar como una pequeña nave pesquera.
—¿Qué pasó una vez llegó a la isla?
—Recorrí la costa hasta que encontré la balandra de Koplin amarrada en una ensenada. Aterricé con el helicóptero cerca de allí y comencé a buscarlo. Fue entonces cuando oí disparos a través de una muralla de nieve que había sido levantada por una ráfaga de viento...
—¿Cómo fue posible encontrar a Koplin y el soldado ruso? Hallarlos en plena tormenta de nieve es como encontrar una aguja en un pajar helado.
—Las agujas no ladran —contestó Pitt—. Seguí los ladridos de un perro que iba a la caza... Eso me condujo hasta Koplin y el soldado.
—A este último, por supuesto, lo asesinó —dijo Seagram.
—Supongo que un fiscal podría sugerir eso —contestó Pitt con airoso ademán—. Pero, en ese momento me pareció adecuado hacerlo.
—¿Y si el soldado hubiera sido también agente mío?
—Los camaradas de armas no se maltratan sádicamente, en especial cuando uno de ellos está gravemente herido.
—Y el perro... ¿era necesario que matara al perro?
—Se me ocurrió que, librado a sus propios medios, podría haber conducido a una patrulla exploradora hasta el cadáver de su amo. En cambio, lo más probable es que ni uno ni otro sean descubiertos jamás.
—¿Siempre lleva pistola con silenciador?
—Esta no fue la primera vez que el almirante Sandecker me encomienda un trabajo sucio, ajeno a mis obligaciones habituales —dijo Pitt.
—Tengo entendido que antes de llevar a Koplin hasta el barco, destruyó su embarcación.
—Con bastante destreza, creo —replicó Pitt con un tono que no delataba ninguna vanidad—. Perforé el casco, icé la vela y lo dejé a la deriva. Calculo que se hundió para siempre a unos cinco kilómetros de la costa.
—Se arriesgó usted demasiado —dijo Seagram con irritación—. Se atrevió a inmiscuirse en algo que no le concernía. Desafió a la autoridad rusa al correr un grave riesgo sin autoridad para ello. Y asesinó a sangre fría a un hombre y su animal... Si todos fuéramos como usted, señor Pitt, este país sería muy desdichado.
Pitt se levantó y se inclinó sobre la mesa hasta quedar cara a cara con Seagram.
—No me hace usted justicia —dijo con una mirada fría como un glaciar—. Omitió lo mejor. Fui yo quien dio su sangre a su amigo Koplin durante su operación. Fui yo quien ordenó al barco pasar de largo frente a Oslo y encaminarse hacia el aeródromo estadounidense más cercano. Y fui yo quien consiguió con el comandante de la base su avión privado de transporte para llevar a Koplin de vuelta a Estados Unidos. En conclusión, señor Seagram, Pitt, el ávido de sangre, el perro rabioso, se confiesa culpable... culpable de rescatar los fragmentos de su espionaje furtivo en el Ártico. No esperaba un desfile con confeti por Broadway ni una medalla de oro; con un simple «gracias» habría bastado. En cambio, su boca sólo escupe grosería y sarcasmo. No sé qué le preocupa, Seagram, pero hay algo que está claro: es usted un imbécil de primera. Y con todo el respeto que me merece, váyase a la mierda.
Pitt se volvió, se internó en las sombras y desapareció.





17


El profesor Peter Barshov pasó una curtida mano por su encanecido cabello y con su pipa apuntó a Prevlov, que estaba sentado del otro lado del escritorio.
—No, no, capitán; le aseguro que el hombre que envié a Nueva Zembla no sufre alucinaciones.
—Pero un socavón... —murmuró Prevlov, incrédulo—. ¿Un socavón desconocido, sin explorar en suelo ruso? No lo habría creído posible.
—No obstante, es así —replicó Barshov—. Los primeros indicios aparecieron en nuestras fotografías aéreas de contorno. Según mi geólogo, que logró entrar, el túnel es muy viejo tal vez de setenta u ochenta años.
—¿De dónde salió?
—No de dónde, capitán. La cuestión es quién lo excavó y por qué.
—¿ Dice que el Instituto Leongorod de Geología no lo tiene registrado? —preguntó Prevlov.
Barshov meneó la cabeza negativamente.
—Ni una palabra. Sin embargo, quizá encuentre un rastro de él en los archivos de la Ojrana.
—La Ojrana... ah, sí, la policía secreta de los zares. —Prevlov hizo una breve pausa—. No, no es probable. En esa época lo único que les preocupaba era la revolución. No se habrían molestado por una mina clandestina.
—¿Clandestina? No puede estar seguro de eso.
Prevlov se dio la vuelta y miró por la ventana.
—Perdóneme, profesor, pero es que en mi profesión asigno motivos maquiavélicos a todo.
Barshov se quitó la pipa de la boca y apisonó el tabaco de la cazoleta.
—He leído con frecuencia relatos sobre minas fantasmas en Occidente pero éste es el primero de esos misterios que he oído mencionar en la Unión Soviética. Es casi como si fuera un presente de los norteamericanos.
—¿Por qué lo dice? —Prevlov se volvió hacia Barshov—. ¿ Qué tiene que ver con ellos ?
—Tal vez nada, tal vez todo. El equipo hallado dentro del túnel fue manufacturado en Estados Unidos.
—No es una prueba concluyente —dijo Prevlov con escepticismo—. Es posible que el equipo haya sido simplemente comprado a los norteamericanos y utilizado por otros.
Barshov sonrió.
—Es una presunción válida, capitán, salvo por el hecho de que en el túnel se descubrió el cadáver de un hombre. Sé de buena fuente que su epitafio estaba escrito en la jerga norteamericana.
—Interesante —dijo Prevlov.
—Le pido disculpas por no proporcionarle datos más precisos —dijo Barshov—. Comprenderá usted que mis observaciones son sólo de segunda mano... Por la mañana tendrá sobre su escritorio un informe detallado acerca de lo que hallamos en Nueva Zembla y mis colaboradores estarán a su disposición para cualquier investigación adicional.
—La armada le agradece su cooperación, profesor.
—El Instituto Leongorod está siempre al servicio de nuestro país —declaró Barshov, incorporándose y haciendo una formal reverencia—. Si eso es todo por ahora, capitán, volveré a mi oficina.
—Hay algo más, profesor...
—¿Qué?
—No ha mencionado si sus geólogos descubrieron indicios de minerales.
—Nada de valor.
—¿Nada en absoluto?
—Elementos residuales de níquel y cinc, además de vestigios radiactivos de uranio, torio y bizanio.
—No conozco los dos últimos.
—Bombardeado con neutrones, el torio puede ser convertido en combustible nuclear —explicó Barshov—. Se lo emplea también para reparar diversas aleaciones de magnesio.
—¿Y el bizanio?
—Muy poco se sabe de él. Nunca se lo descubrió en cantidad suficiente para efectuar ensayos efectivos. —Barshov golpeó su pipa en un cenicero—. Los franceses son los únicos que se han interesado en él desde hace años.
Prevlov levantó la vista.
—¿Los franceses?
—Han gastado millones de francos enviando expediciones geológicas en su busca por todo el mundo. Que yo sepa, ninguna de ellas tuvo éxito.
—Se diría que saben algo que nuestros científicos ignoran.
Barshov se encogió de hombros.
—No estamos a la cabeza en todas las empresas científicas del mundo, capitán. De ser así, nosotros, y no los norteamericanos, estaríamos conduciendo vehículos por la superficie lunar.
—Gracias nuevamente, profesor. Espero su informe definitivo.





18


A cuatro calles del edificio del Ministerio de Marina, el teniente Pavel Marganin descansaba en un banco de un parque, leyendo con indiferencia un libro de poemas. Era mediodía y las zonas de césped estaban repletas de oficinistas que comían su almuerzo bajo las hileras de árboles, regularmente espaciadas. De vez en cuando alzaba la vista y echaba una mirada a una que otra muchacha que pasaba.
A las doce y media, un hombre gordo, vestido con un arrugado traje, se sentó en el otro extremo del banco y comenzó a desenvolver un pequeño pan de centeno y un tazón de patatas. Luego se volvió hacia Marganin con una amplia sonrisa.
—¿Le apetece un trozo de pan, marinero? —preguntó jovialmente el desconocido, palmeándose la barriga—. Tengo de sobra para dos... Mi esposa insiste en mantenerme gordo para que las muchachas no me persigan.
Marganin meneó la cabeza y volvió a su lectura.
El otro se encogió de hombros y mordió un trozo de pan. Comenzó a masticar vigorosamente, pero estaba fingiendo; tenía la boca vacía.
—¿Qué tiene para mí? —murmuró entre movimientos de mandíbula.
Marganin fijó la vista en su libro y lo levantó un poco para ocultar los labios.
—Prevlov tiene amoríos con una mujer de cabello negro y corto, que usa zapatos caros, de tacón bajo, número seis, y tiene predilección por el Chartreuse.
Conduce un coche de la embajada norteamericana, matrícula USA uno cuatro seis.
—¿Está seguro de que sus datos son correctos?
—Absolutamente —murmuró Marganin mientras daba vuelta a una página con aire descuidado—. Sugiero que actúen de inmediato a partir de mi información. Tal vez sea la pieza que estamos buscando.
—La tendré identificada antes que se ponga el sol. —El desconocido comenzó a masticar sus patatas ruidosamente—. ¿Algo más?
—Necesito autos sobre el proyecto Siciliano.
—Nunca lo he oído mencionar.
Marganin bajó el libro y se frotó los ojos, siempre con una mano ante los labios.
—Es un proyecto de defensa, conectado de algún modo con la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas.
—Ellos pueden mostrarse desconfiados con respecto a dejar filtrar información sobre los proyectos de defensa.
—Dígales que no se preocupen. Será manejado con discreción.
—Dentro de seis días. En el lavabo de hombres del restaurante Borodino. A las siete menos veinte de la tarde.
Marganin cerró su libro y se desperezó. A modo de saludo, el desconocido tragó otro puñado de patatas, sin hacer caso de Marganin, quien se incorporó y echó a andar despacio hacia el Ministerio de Marina soviético.





19


El secretario del presidente sonrió cortésmente y se puso de pie tras su escritorio. Era alto y joven, de cara amistosa y vivaz.
—La señora Seagram, por supuesto... Le ruego que pase por aquí.
Condujo a Dana hasta el ascensor de la Casa Blanca y se apartó para dejarla entrar. Ella aparentó indiferencia. Si él sabía o sospechaba algo, la estaría desnudando mentalmente. Lanzó una mirada furtiva al secretario, cuyos ojos inescrutables permanecieron fijos en las luces correspondientes a los pisos, que se encendían y apagaban.
Se abrieron las puertas y ella siguió por el pasillo hasta uno de los dormitorios del tercer piso.
—Allí está, sobre la repisa de la chimenea —dijo el secretario—. Lo encontramos en el sótano, en un cajón sin identificar. Una bellísima obra de arte... El presidente insistió en que lo trajéramos aquí, donde se lo puede admirar.
Dana entrecerró los ojos cuando se encontró contemplando el modelo de un velero que yacía en una caja de cristal encima de la chimenea.
—El presidente tenía la esperanza de que usted pudiera dilucidar un poco su historia —continuó el secretario—. Como puede ver, no hay indicación de nombre en el casco ni en la cubierta que lo protege.
Ella se acercó a la chimenea para ver más de cerca. Estaba confundida; aquello no era lo que había esperado, ni mucho menos. Esa mañana, por teléfono, el secretario había dicho simplemente: «El presidente quiere saber si a usted le resulta cómodo pasar por la Casa Blanca alrededor de las dos de la tarde.» Una extraña sensación le recorrió el cuerpo. No supo con certeza si era de decepción o de alivio.
—A juzgar por el aspecto, es un barco mercante de principios del siglo dieciocho —dijo—. Tendría que hacer algunos bocetos y compararlos con antiguos registros de los Archivos Navales.
—El almirante Sandecker dijo que si alguien podía identificarlo, era usted.
—¿El almirante Sandecker?
—Sí, fue él quien la recomendó al presidente —repuso el secretario, dirigiéndose hacia la puerta—. Hay papel y lápiz en la mesa de noche. Tengo que volver a mi escritorio. Por favor, tómese el tiempo que necesite.
—Pero ¿y el presidente...?
—Está jugando al golf. No será molestada. Cuando termine, baje en el ascensor hasta el piso principal.
Y antes de que ella pudiera contestar, el secretario se dio la vuelta y salió.
Dana se sentó pesadamente en el borde de la cama y suspiró. Después de la llamada telefónica, había corrido a su casa para tomar un baño perfumado y ponerse un vestido blanco, juvenil, virginal, sobre ropa interior negra. Y todo había sido para nada. El presidente no quería hacer el amor; sólo quería que ella identificara el maldito modelo de un viejo barco.
Ostensiblemente defraudada, fue al tocador y contempló su cara. Cuando salió, la puerta del dormitorio estaba cerrada y junto a la chimenea se hallaba el presidente, bronceado y con aspecto juvenil, en camisa deportiva y pantalones holgados.
Los ojos de Dana se agrandaron de asombro.
—Se supone que debería estar jugando al golf —atinó a decir tontamente.
—Eso dice en mi agenda.
—Entonces, del modelo de barco...
—El bergantín Roanoke, botado en Virginia —dijo él, señalando el modelo con un movimiento de la cabeza—. Su quilla fue construida en 1728 y se estrelló contra los arrecifes cerca de Nueva Escocia en 1743. Mi padre construyó este modelo a partir de cero hace unos cuarenta años.
—¿Se ha tomado tantas molestias sólo para verme a solas? —preguntó ella, aturullada.
—Es obvio, ¿no?
Dana lo miró fijamente. Él le sostuvo la mirada y ella se ruborizó.
—Verá usted —continuó él—, quería tener una pequeña charla informal con usted, a solas, sin interferencias ni interrupciones de mis subordinados.
La habitación giró alrededor de ella.
—¿Usted... usted sólo quiere hablar conmigo...?
El presidente la miró un momento con curiosidad; luego sonrió.
—Me halaga, señora Seagram. Jamás me propuse seducirla. Temo que mi fama de mujeriego sea un tanto exagerada.
—Pero en la fiesta...
—Comprendo —dijo él mientras la tomaba de la mano y la conducía a un sillón—. Cuando le susurré «tengo que verla a solas», usted lo interpretó como una proposición de un viejo libidinoso... Perdóneme, no fue ésa mi intención.
Dana suspiró.
—Me pregunté qué vería un hombre que podía tener cualquier mujer con sólo chasquear los dedos, en una vulgar arqueóloga marina, de treinta y un años y casada.
—No se hace usted justicia —dijo él, súbitamente serio—. En realidad es muy atractiva.
Dana sintió que volvía a ruborizarse.
—Durante años nadie me ha hecho una proposición.
—Quizá porque la mayoría de los hombres honorables no hacen proposiciones a una mujer casada.
—Me gustaría creerlo.
Él acercó una silla y se acomodó frente a ella. Dana permaneció sentada, con las rodillas juntas, las manos sobre el regazo. La pregunta, cuando llegó, la pilló totalmente desprevenida.
—Dígame, señora Seagram, ¿está todavía enamorada de él?
Ella lo miró fijamente, perpleja.
—¿De quién?
—De su marido, por supuesto.
—¿Gene?
—Sí, Gene —dijo él sonriendo—. A menos que tenga otro esposo oculto en alguna parte.
—¿Por qué lo pregunta?
—Gene se está desmoronando interiormente.
Dana se mostró desconcertada.
—Trabaja mucho, pero no puedo creer que esté al borde de un colapso nervioso.
—En el sentido clínico, no. —La expresión del presidente era sombría—. Sin embargo, está sometido a una enorme tensión. Si además del recargo de trabajo tiene problemas matrimoniales graves, tal vez llegue al límite. No puedo permitir que eso suceda, todavía no, hasta que concluya un proyecto estrictamente secreto que es vital para la nación.
—Es ese maldito proyecto secreto lo que se interpone entre nosotros —estalló ella, furiosa.
—Eso, y otros problemas... por ejemplo, su negativa a tener hijos.
Ella lo miró atónita.
—¿Cómo es posible que sepa todo esto?
—Por los métodos habituales. El cómo no tiene importancia. Lo importante es que usted se mantenga junto a Gene durante los próximos dieciséis meses y que le dé todo el cuidado y la ternura de que sea capaz.
Dana abrió y cerró las manos nerviosamente.
—¿Tan importante es? —dijo casi sin voz.
—Sí, lo es —repuso él—. ¿Me ayudará?
Ella asintió en silencio.
—Muy bien. —Le palmeó las manos—. Entre los dos quizá logremos mantener encarrilado a Gene.
—Lo intentaré, señor presidente. Si tanto significa, lo intentaré. No puedo prometerle más.
—Confío en usted.
—Pero sigo negándome a tener hijos —agregó ella con tono desafiante.
Él mostró la famosa sonrisa que los fotógrafos captaban con tanta frecuencia.
—Puedo ordenar una guerra y puedo ordenar que los hombres mueran, pero ni siquiera el presidente de Estados Unidos tiene poder para ordenar a una mujer que quede embarazada.
Dana rió por primera vez. Resultaba muy extraño hablar íntimamente con el hombre más poderoso del mundo. El poder era un afrodisíaco, y ella comenzó a sentir la amarga desilusión de no ser llevada a la cama.
El presidente se levantó y la cogió del brazo.
—Ahora debo irme. Dentro de unos minutos tengo una entrevista con mis asesores económicos. —Comenzó a guiarla hacia la puerta. De pronto se detuvo, la atrajo hacia sí, y la besó. Cuando la soltó, la miró a los ojos y dijo:
—Es usted una mujer muy deseable señora Seagram. No lo olvide.
Y la acompañó hasta el ascensor.





20


Dana aguardaba en la sala de espera cuando Seagram bajó del avión.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó él—. Hace años que no me esperas en el aeropuerto.
—Sentí un irresistible impulso de hacerlo —sonrió ella.
Seagram retiró su equipaje y juntos se dirigieron al aparcamiento. Ella le apretaba el brazo. Los hechos de la tarde parecían ahora un sueño lejano. Dana tenía que recordarse sin cesar que otro hombre la consideraba seductora y que hasta la había besado.
Sentándose al volante condujo hacia la autopista. Ya había pasado la hora del tránsito intenso, de modo que cruzaron con rapidez la zona de Virginia.
—¿Conoces a Dirk Pitt? —preguntó él, rompiendo el silencio.
—Sí, es director de proyectos especiales del almirante Sandecker. ¿Por qué?
—Le ajustaré las cuentas a ese malnacido —repuso él.
Dana lo miró asombrada.
—¿Qué relación tienes con él?
—Arruinó una parte importante del proyecto.
Ella se aferró al volante.
—Te encontrarás con un hueso duro de roer —declaró.
—¿Por qué lo dices?
—En la ANIM se lo considera un mito. La lista de sus hazañas desde que ingresó en la agencia sólo es superada por sus relevantes antecedentes bélicos.
—¿Y?
—Pues que es el niño mimado del almirante Sandecker.
—Olvidas que tengo más influencia ante el presidente que el almirante Sandecker.
—¿Más que el senador George Pitt, de California? —preguntó ella sin rodeos.
Seagram se volvió para mirarla.
—¿Son parientes?
—Padre e hijo.
Él se repantigó en el asiento y permaneció durante varios kilómetros sumido en un silencio malhumorado.
Dana apoyó la mano derecha en la rodilla de su marido. Cuando se detuvo ante un semáforo rojo, se inclinó y lo besó.
—¿Qué significa esto?
—Es un soborno.
—¿Cuánto me va a costar? —refunfuñó él.
—Tengo una idea —anunció ella—. ¿Te apetece ir a ver esa nueva película de Brando? Después podemos disfrutar de una magnífica cena con langostas en la taberna Viejo Potomac, luego ir a casa, apagar las luces y...
—Llévame a la oficina, tengo que trabajar —dijo él.
—Por favor, Gene, no te exijas tanto —rogó ella—. Mañana tienes tiempo para trabajar.
—No, ¡ahora! —insistió él.
El abismo que los separaba era insalvable y ya nada volvería a ser como antes.





21


Seagram miró el maletín metálico que había sobre el escritorio, y luego levantó la vista hacia el coronel y el capitán que estaban de pie ante él.
—¿No hay error en esto?
El coronel negó con la cabeza.
—Investigado y verificado por el director de los Archivos de Defensa, señor.
—Lo habéis hecho rápido. Gracias.
El coronel no mostró intenciones de irse.
—Disculpe, señor, tengo que esperar y volver al Departamento de Defensa llevando el legajo conmigo.
—¿Por orden de quién?
—Del secretario —repuso el coronel—. Las medidas de seguridad del Departamento de Defensa exigen que todo material clasificado como Confidencial Código Cinco sea mantenido bajo vigilancia en todo momento.
—Entiendo —dijo Seagram—. ¿Puedo estudiar el legajo a solas?
—Sí, señor. Mi asistente y yo esperaremos fuera, pero debo insistir respetuosamente en que no se permita a nadie entrar en su oficina ni salir de ella mientras el legajo esté en su poder.
Seagram asintió.
—Bien, señores, pónganse cómodos... Mi secretaria estará a disposición de ustedes si quieren café y refrescos.
—Gracias, señor Seagram.
Una vez a solas, Seagram permaneció unos instantes sentado, inmóvil. Tenía frente a los ojos la recompensa a cinco años de trabajo. ¿O no? Tal vez los documentos contenidos en aquel maletín conducirían sólo a otro misterio, o peor aún, a un callejón sin salida. Introdujo la llave y lo abrió. Contenía cuatro carpetas y una pequeña libreta. En los rótulos de las carpetas se leía:
CD5C 7665 1911 Informe sobre el valor científico y monetario del elemento bizanio.
CD5C 7687 1911 Correspondencia entre el secretario de Guerra y Joshua Hays Brewster, examinando la posible adquisición de bizanio.
CD5C 7720 1911 Memorándum del secretario de Guerra al presidente, respecto de fondos para el Plan Militar Secreto 371-990-R 85.
CD5C 8039 1912 Informe de la investigación realizada sobre las circunstancias que rodearon la desaparición de Joshua Hays Brewster.
El cuaderno se titulaba simplemente «Diario de Joshua Hays Brewster».
La lógica indicaba que Seagram estudiara primero las carpetas, pero dejando de lado la lógica, se reclinó en su sillón y abrió el diario.
Cuatro horas más tarde puso el cuaderno encima de las carpetas y pulsó un botón de su intercomunicador. Casi de inmediato se abrió un panel oculto en una pared lateral, y entró un hombre.
—¿Cuánto tardará en fotocopiar todo esto?
El hombre hojeó el cuaderno y atisbo en las carpetas.
—Cuarenta y cinco minutos.
Seagram asintió.
—Muy bien, empiece ahora mismo. Fuera hay alguien esperando los originales.
Cuando volvió a cerrarse el panel, Seagram abandonó fatigado su sillón y se dirigió al cuarto de baño. Cerró la puerta y se apoyó en ella, con la cara contorsionada en una máscara grotesca.
—Oh, no, Dios mío —gimió—. No es justo, no es justo.
Luego se inclinó sobre el sumidero y vomitó.





22


El presidente estrechó las manos de Seagram y Donner en la puerta de su despacho, en Camp David.
—Lamento haberlos hecho venir aquí a las siete de la mañana, pero es la única hora en que podía atenderlos.
—No hay problema, señor presidente —repuso Donner—. De todos modos, a esta hora estoy habitualmente haciendo gimnasia.
El presidente contempló la corpulencia de Donner con ojos burlones.
—¿Quién sabe? Tal vez lo haya salvado de un ataque cardíaco. —Rió ante la lúgubre expresión de Donner y los condujo al estudio—. Siéntense y pónganse cómodos. He pedido un desayuno ligero.
Se sentaron en un sofá y un sillón frente a una ventana panorámica que daba a las colinas de Maryland. Les sirvieron café con una bandeja de pastas.
—Bien, Gene, espero que tengan buenas noticias esta vez. El proyecto Siciliano es nuestra única esperanza de terminar con esta descabellada carrera de armamento con los rusos y los chinos. —El presidente se restregó los ojos—. Debe de ser la mayor exhibición de estupidez desde los comienzos de la humanidad, sobre todo si se tiene en cuenta el hecho trágico y absurdo de que cada país puede convertir en cenizas al otro por lo menos cinco veces seguidas. —Hizo un ademán de impotencia—. Basta de cosas tristes... Infórmenme sobre la situación.
Del otro lado de la mesita, Seagram lo miró con ojos fatigados, sosteniendo la copia del legajo del Archivo de Defensa.
—Por supuesto, señor presidente, sabe lo que hemos hecho hasta ahora...
—Sí, he estudiado los informes de su investigación.
Seagram tendió al presidente una copia del diario de Brewster.
—Creo que aquí encontrará un apasionante relato de intriga y sufrimiento humano en el siglo veinte... La primera anotación data del 8 de julio de 1910, y se inicia al partir Joshua Hays Brewster de las montañas de Taimir, cerca de la costa norte de Siberia. Allí pasó nueve meses abriendo una mina de plomo, bajo contrato con sus empleadores, la Société des Mines de Lorraine, para el zar de Rusia. Luego relata cómo la nave en que viajaba, un pequeño barco costero con rumbo a Arcángel, se perdió en la niebla y encalló en la isla superior de Nueva Zembla. Por suerte, la nave no sufrió daños serios, y los hombres lograron sobrevivir dentro de su helado casco de acero hasta que una fragata rusa los rescató, casi un mes más tarde. Durante este tiempo, Brewster dedicó su tiempo a explorar la isla. Al decimoctavo día descubrió un conjunto de extrañas rocas en la ladera de la montaña Bednáia. Como nunca había visto antes ese tipo de composición, se llevó consigo varias muestras a Estados Unidos, llegando finalmente a Nueva York sesenta y dos días después de haber salido de la mina de Taimir.
—Así que ya sabemos cómo fue descubierto el bizanio —comentó el presidente.
Seagram asintió con un gesto y continuó.
—Brewster entregó a sus empleadores todas las muestras, salvo una, que conservo puramente como recuerdo. Unos meses más tarde, al no tener noticias, preguntó al director estadounidense de la Société des Mines de Lorraine qué había pasado con sus muestras de mineral de la montaña Bednáia. Se le dijo que, habiendo resultado carentes de valor, las habían retirado. Brewster, desconfiado, llevó la muestra que le quedaba a la Oficina de Minas, en Washington, para que la analizaran. Quedó atónito al enterarse de que era bizanio, un elemento hasta entonces virtualmente desconocido.
—¿Brewster había informado a la Société dónde estaba localizado el bizanio? —inquirió el presidente.
—No; actuando con astucia, se limitó a darles vagas indicaciones al respecto. A decir verdad, sugirió incluso que estaba situado en la isla inferior de Nueva Zembla, muchos kilómetros al sur.
—¿Por qué ese subterfugio?
—Una táctica habitual entre los exploradores de minas —respondió Donner—. Reservándose la ubicación exacta de un hallazgo prometedor, el descubridor puede negociar un porcentaje mayor de ganancias para el día en que la mina entre en funcionamiento.
—Entiendo —murmuró el presidente—. Pero ¿qué indujo a los franceses a guardar el secreto ya en 1910? ¿Qué pueden haber visto en el bizanio que nadie más vio durante setenta años?
—Para empezar, su similitud con el radio —dijo Seagram—. La Société des Mines pasó las muestras de Brewster al Instituto Radiológico de París, donde sus científicos hallaron que ciertas propiedades del bizanio y el radio eran idénticas.
—Y como costaba cincuenta mil dólares obtener un gramo de radio —agregó Donner—, el gobierno francés vio de pronto la posibilidad de aceptar la única provisión conocida en el mundo de un elemento fantásticamente costoso. Con tiempo suficiente, podrían haber obtenido cientos de millones de dólares con algunos kilos de bizanio.
El presidente sacudió la cabeza con incredulidad.
—¡Dios santo! Si recuerdo bien, una onza pesa alrededor de veintiocho gramos.
—Así es, señor. Una onza de bizanio valía un millón cuatrocientos mil dólares. Y eso, a los precios de 1910.
El presidente se incorporó lentamente y miró por la ventana.
—¿Qué hizo Brewster después?
—Entregó la información que poseía al Departamento de Guerra —contestó Seagram, mientras sacaba la carpeta relativa a los fondos para el plan militar secreto 371-990-R85 y la abría—. Si supieran todo lo que ocurrió, los muchachos de la CÍA estarían orgullosos de la organización que los precedió. Cuando los generales de la antigua Oficina de Inteligencia Militar comprendieron lo que Brewster había descubierto, idearon la jugarreta más sensacional del siglo. Se ordenó a Brewster informar a la Société des Mines que había identificado las muestras de mineral y engañarlos haciéndoles creer que iba a formar una corporación minera y buscar el bizanio por su cuenta. Tenía a los franceses en sus manos y ellos lo sabían. Ya se habían dado cuenta de que sus indicaciones respecto a la ubicación eran muy inexactas. Sin Brewster no había bizanio. No tenían otra alternativa que contratarlo como ingeniero jefe a cambio de una parte de las ganancias.
—¿Nuestro propio gobierno no podía haber respaldado una operación minera? —inquirió el presidente—. ¿Por qué dar participación a los franceses?
—Por dos motivos —replicó Seagram—. Primero: como el bizanio se hallaba en suelo extranjero, la mina debía ser explotada en secreto. Si los mineros eran sorprendidos por los rusos, sería culpable el gobierno francés y no los norteamericanos. Segundo: en esa época el Congreso era muy avaro con el ejército. Simplemente no había fondos para afrontar una exploración minera en el Ártico, cualesquiera fuesen los beneficios potenciales.
—Al parecer, los franceses jugaban contra naipes marcados.
—La moneda tenía dos caras, señor presidente. Brewster no dudaba de que en cuanto abriera la mina de la montaña Bednáia y comenzara a embarcar el mineral, él y su cuadrilla serían eliminados por asesinos a sueldo de la Société des Mines de Lorraine. Eso era obvio por la obsesiva insistencia de la Société en cuanto al secreto. Y otra cosita... fueron los franceses, no Brewster, quienes idearon la tragedia de la mina Angelito.
—Hay que reconocerles habilidad —dijo Donner—. El simulacro de la mina Angelito era la cobertura perfecta para eliminar tarde o temprano a Brewster y toda su cuadrilla. Después de todo, ¿cómo era posible acusar a nadie de haber asesinado a nueve hombres en el Ártico, cuando era de conocimiento público que todos ellos habían muerto seis meses atrás en un accidente minero, en Colorado?
Seagram continuó:
—Estamos razonablemente seguros de que la Société des Mines trasladó a nuestros héroes en secreto a Nueva York en ferrocarril. Es probable que desde allí se hayan embarcado en una nave francesa con nombres falsos.
—Hay una cuestión que quiero aclarar —dijo el presidente—. Leyendo el informe de ustedes, veo que según Donner el equipo de minería hallado en Nueva Zembla fue pedido por intermedio del gobierno estadounidense. Ese detalle no encaja.
—Otra superchería de los franceses —replicó Seagram—. Los archivos de Jensen y Thor demuestran que el equipo de perforación fue pagado con un cheque extendido contra un banco de Washington. Y resulta que la cuenta estaba a nombre del embajador francés... Fue simplemente otro ardid para encubrir la verdadera operación.
—No descuidaron ningún detalle, ¿eh?
Seagram asintió.
—Lo planearon bien, pero pese a toda su perspicacia no advirtieron que se los embaucaba.
—Y después de París, ¿qué? —insistió el presidente.
—Los coloradeños pasaron dos semanas en la oficina de la Société, encargando pertrechos y haciendo preparativos finales para la excavación. Cuando por fin todo estuvo listo, se embarcaron en un buque de transporte francés en El Havre y pasaron por el canal de la Mancha. El barco tardó doce días en abrirse paso a través de los témpanos del mar de Barents antes de anclar finalmente junto a Nueva Zembla. Una vez los hombres y el equipo estuvieron a salvo en tierra, Brewster puso en rápida ejecución el plan militar secreto y ordenó al capitán de la nave aprovisionadora que no volviera en busca del mineral hasta la primera semana de junio, casi siete meses más tarde.
—El plan consistía en que los coloradeños y el bizanio se marcharan mucho antes de que volviera el barco de la Société des Mines.
—Exacto. Terminaron su tarea dos meses antes de la fecha fijada... El grupo tardó sólo cinco meses en extraer el valioso elemento de las entrañas de aquel infierno helado. Fue un trabajo agotador, perforar, dinamitar y excavar a través de granito macizo, con temperaturas de cincuenta grados bajo cero. Nunca, durante los largos meses invernales en las alturas junto a la divisoria continental de las montañas Rocosas, habían experimentado nada parecido a los gélidos vientos que ululaban a través del mar desde el gran casquete polar; vientos que se detenían apenas lo necesario para depositar el frío terrible y reabastecer el manto de hielo permanente que cubre la montaña Bednáia, antes de seguir soplando hacia la costa rusa que asoma sobre el horizonte, hacia el sur. Para estos hombres, el costo fue espantoso. Jack Hobart murió de frío tras perderse en una tormenta de nieve, y todos los demás sufrieron terriblemente por la fatiga y el congelamiento. Según el propio Brewster, «era un purgatorio helado en el cual no valía la pena malgastar un buen salivazo».
—Es un milagro que no murieran todos —comentó el presidente.
—Salieron del paso a fuerza de coraje —dijo Seagram—. Al final superaron todos los inconvenientes. Habían arrancado a ese páramo el mineral más escaso del mundo, y lo habían logrado sin que los descubrieran. Fue una clásica operación de cautela y pericia técnica.
—Entonces, ¿escaparon de la isla con el mineral?
—Sí, señor presidente —asintió Seagram—. Brewster y su cuadrilla cubrieron el terreno y las huellas de los rieles de mineral y disimularon la entrada a la mina. Después trasladaron el bizanio a la playa, donde lo cargaron a bordo de un pequeño barco de vapor de tres mástiles, enviado por el Departamento de Guerra bajo la apariencia de una expedición polar. La nave era comandada por el teniente Pratt, de la marina estadounidense.
—¿Cuánto mineral se llevaron?
—Según estimaciones de Sid Koplin, alrededor de media tonelada de primerísima calidad.
—¿Y una vez procesado... ?
—En el mejor de los casos, de acuerdo con una conjetura aproximada, habrían quedado unos quince kilos.
—Más que suficiente para completar el proyecto Siciliano —dijo el presidente.
—En efecto, más que suficiente —admitió Donner.
—¿Lograron volver a Estados Unidos?
—No, señor. De algún modo, los franceses habían previsto la jugada y aguardaban pacientemente a que los norteamericanos hicieran el trabajo sucio antes de presentarse en escena y apoderarse del botín. A pocos kilómetros de la costa sur de Noruega, antes que el teniente Pratt pudiera poner rumbo a Nueva York, fueron atacados por un misterioso guardacostas de vapor que no enarbolaba ninguna bandera nacional.
—Sin identificación no habría escándalo internacional —dijo el presidente—. Los franceses lo previeron todo.
Seagram sonrió.
—Salvo que esta vez perdieron el barco... Como la mayoría de los europeos, subestimaron el proverbial ingenio yanqui; también nuestro Departamento de Guerra había previsto todas las contingencias. Antes que los franceses pudieran lanzar una tercera descarga contra el barco norteamericano, la tripulación del teniente Pratt había dejado caer una falsa cabina de cubierta y respondía al fuego con un cañón oculto de cinco pulgadas.
—Muy bien, muy bien —exclamó el presidente—. Como habría dicho Teddy Roosevelt, «hurra por los nuestros».
—La batalla duró casi hasta el anochecer —continuó Seagram—. Después Pratt acertó un cañonazo en la caldera del guardacostas francés, que estalló en llamas. Pero también la nave norteamericana quedó estropeada. Sus bodegas hacían agua, y Pratt tenía un tripulante muerto y cuatro gravemente heridos. Tras consultarse, Brewster y Pratt decidieron encaminarse hacia el puerto más cercano de un país amigo, llevar a tierra los heridos y enviar el mineral a Estados Unidos desde allí. A la madrugada pasaron junto al rompeolas en Aberdeen, Escocia.
—¿No podían trasladar simplemente el mineral a un buque de guerra norteamericano? Sin duda eso habría sido más seguro...
—No lo sé con certeza —replicó Seagram—. Aparentemente, Brewster temía que entonces los franceses pudieran reclamar el mineral por vía diplomática, obligando a los norteamericanos a admitir el robo y devolver el bizanio. Mientras lo conservara él en su poder, nuestro gobierno podría sostener que desconocía todo el asunto.
El presidente meneó la cabeza.
—Ese Brewster debe de haber sido un verdadero león...
—Aunque parezca extraño, medía apenas un metro cincuenta y cinco.
—Era un hombre notable, un gran patriota si pasó por todo ese infierno sin pensar en ningún beneficio personal.
—Lo triste es que su odisea no había concluido. —A Seagram comenzaron a temblarle las manos—. El consulado francés de la ciudad portuaria denunció a los coloradeños. Una noche, antes de que pudieran descargar el bizanio en un camión, los agentes franceses atacaron desde las sombras del muelle de embarque. No hubo disparos. Todo fue con puños, cuchillos y palos. Los vigorosos hombres que provenían de los legendarios pueblos de Cripple Creek, Leadville y Fairplay no desconocían la violencia. Dieron más de lo que recibieron, arrojando seis cuerpos a las aguas del puerto antes que sus demás atacantes desaparecieran en la noche. Pero eso no fue más que el comienzo. De una a otra encrucijada, de un poblado al siguiente, en calles de ciudades y, al parecer, desde detrás de cada árbol y cada portal, continuaron los ataques hasta que la fuga a través de Gran Bretaña dejó un paisaje ensangrentado con una veintena de muertos y heridos. Las batallas tomaron el aspecto de una guerra de desgaste; los hombres de Colorado se enfrentaban con una organización enorme que reemplazaba con cinco hombres a cada dos que los mineros eliminaban. El desgaste comenzó a notarse. John Caldwell, Alvin Coulter y Thomas Price murieron en las afueras de Glasgow. Charles Widney cayó en Newcastle. Walter Schmidt cerca de Stafford y Warner O'Deming en Birmingham. Uno por uno, los rudos mineros veteranos fueron abatidos, manchando con su sangre las calles, lejos de sus hogares. Sólo Vernon Lee y Joshua Hays Brewster sobrevivieron para llevar el mineral hasta el muelle de ultramar de Southampton.
El presidente apretó los labios y cerró los puños.
—Así pues, los franceses se salieron con la suya.
—No, señor presidente. Los franceses jamás tocaron el bizanio. —Seagram tomó el diario de Brewster y buscó el final—. Leeré la última anotación. Está fechada el 10 de abril de 1912: "Lo hecho ya no es más que una oración fúnebre, porque estoy casi muerto. Alabado sea Dios, el valioso mineral que con tan desesperado esfuerzo arrancamos a las entrañas de esa montaña maldita está a salvo en la bóveda del barco. Sólo quedará Vernon para relatar lo sucedido, pues yo parto en el gran vapor de la Estrella Blanca rumbo a Nueva York, sabiendo que el mineral está seguro. Dejo este diario en manos de James Rodgers, ayudante del cónsul de Estados Unidos en Southampton, quien se ocupará de que llegue a las autoridades adecuadas en caso de que también a mí me maten. Dios proteja el descanso de los hombres que se han ido antes que yo. Cuánto anhelo volver a Southby.»
Un silencio frío reinó en el estudio. El presidente se apartó de la ventana y volvió a ocupar su sillón. Allí permaneció un momento sin decir nada. Por fin habló:
—¿Puede significar eso que el bizanio se halla en Estados Unidos? ¿Es posible que Brewster...?
—Me temo que no, señor —murmuró Seagram, con el rostro pálido y perlado de sudor.
—Explíquese —exigió el presidente.
Seagram respiró profundamente.
—Porque, señor presidente, el único buque a vapor de la compañía Estrella Blanca que partió de Southampton, Inglaterra, el 10 de abril de 1912, fue el Titanic.
—¡El Titanic! —exclamó el presidente, sorprendido. Acababa de comprender la verdad—. Eso explicaría por qué el bizanio se ha perdido hace tantos años.
—El destino fue cruel con los coloradeños —murmuró Donner—. Se desangraron y murieron, sólo para enviar el mineral a un barco que estaba destinado a hundirse en medio del océano.
Otro silencio, más lúgubre todavía que el anterior.
El presidente, cuyo rostro parecía de granito, preguntó:
—¿Qué haremos ahora, señores?
Hubo una pausa de diez segundos; luego Seagram se incorporó vacilante y miró con fijeza al presidente. La tensión sufrida en los días anteriores, sumada al dolor de la derrota, lo dominó. No les quedaba otra salida; no tenían más alternativa que seguir hasta el final. Se despejó la garganta y masculló:
—Rescatemos el Titanic.
El presidente y Donner lo miraron.
—¡Sí, por Dios! —dijo Seagram con voz súbitamente áspera y decidida—. ¡Rescatemos el Titanic!





III. EL ABISMO NEGRO









23


Septiembre de 1987

La inaccesible belleza de un negro puro, absoluto, pesaba sobre la portilla de observación e impedía todo contacto con la realidad terrena. Albert Giordino consideró que la total ausencia de luz tardaba apenas unos minutos en sumir la mente humana en un estado de confuso desorden. Tenía la impresión de caer desde una gran altura con los ojos cerrados en una noche sin luna, a través de un inmenso y negro vacío.
Finalmente, una gota de sudor le corrió por la frente y cayó en su ojo izquierdo. Se libró del hechizo, se pasó una manga por la cara y deslizó suavemente la mano por el tablero de control que tenía ante él, tocando los diversos y familiares interruptores hasta que sus dedos alcanzaron a tientas su objetivo. Entonces accionó la llave.
Los reflectores adosados al casco del sumergible de aguas profundas se encendieron y proyectaron un brillante haz de luz a través de la noche eterna. Aunque los delgados bordes de la banda luminosa adquirían bruscamente un color azul negruzco, los minúsculos organismos que pasaban flotando ante el resplandor directo reflejaban la luz hasta varios centímetros por encima y por debajo de la zona que rodeaba la portilla. Apartando la cara para no empañar el grueso plástico, Giordino lanzó un profundo suspiro antes de reclinarse contra el blanco respaldo de su sillón de piloto. Transcurrió casi un minuto antes que se inclinara sobre la consola de control y comenzara a dar vida otra vez al silencioso aparato. Estudió las hileras de cuadrantes hasta que las vacilantes agujas quedaron calibradas a su satisfacción, y examinó las luces de circuito, asegurándose que todas anunciaban en verde su mensaje de funcionamiento correcto antes de volver a conectar los sistemas eléctricos del Safo I.
El Safo I... Giordino hizo girar el sillón para mirar hacia la popa por el pasillo central. Tal vez para la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas fuera el sumergible científico más nuevo y más grande del mundo, pero a Al Giordino, la primera vez que lo vio, su aspecto general le impresionó como el de un cigarro enorme sobre un patín para hielo.
El Safo I no estaba hecho para competir con submarinos militares. Era funcional. Su destino era la exploración científica del fondo del océano y en él cada centímetro cuadrado había sido aprovechado para dar cabida a una tripulación de siete hombres y dos toneladas de instrumentos y equipos para investigaciones oceanográficas. El Safo I jamás dispararía un proyectil ni cruzaría el mar a setenta nudos, pero, en cambio, podía operar donde ningún otro sumergible podía hacerlo aún: a siete mil quinientos metros bajo la superficie del océano. Sin embargo, Giordino nunca se sentía totalmente tranquilo. Verificó el manómetro de profundidad, sobresaltándose al ver que indicaba tres mil setecientos metros. La presión del mar aumentaba en una proporción de dos kilos seiscientos gramos por centímetro cuadrado cada diez metros. Volvió a sobresaltarse cuando su cálculo mental le dio una solución aproximada de casi mil cuarenta kilos por centímetro cuadrado, la presión que en ese momento soportaba la pintura roja que cubría la dura piel de Titanic del Safo I.
—¿Quieres una taza de sedimento recién preparado?
Alzando la vista, Giordino se encontró con el rostro grave de Ornar Woodson, el fotógrafo de la misión. Woodson traía un humeante tazón de café.
—La infusión del jefe de válvulas y palancas debió haberse servido hace exactamente cinco minutos —dijo Giordino.
—Lo siento. Algún idiota apagó las luces. —Woodson le entregó el tazón—. ¿Todo va bien?
—Sin novedad en el tablero —replicó Giordino—. He dado un descanso a la sección batería de proa... Desconectaremos la sección central durante las próximas dieciocho horas.
—Por suene no tropezamos con una formación rocosa al desconectar.
—¿Bromeas? —Giordino se deslizó hacia abajo en su asiento, bizqueó y bostezó con natural elegancia—. Hace seis horas que el sonar no capta nada más grande que una piedra del tamaño de una pelota de béisbol... Aquí el fondo es tan chato como el estómago de mi novia.
—Te refieres a su pecho —dijo Woodson sonriendo, cosa poco habitual en él—. He visto su retrato.
—Nadie es perfecto —admitió Giordino—. Sin embargo, teniendo en cuenta que su padre es un adinerado distribuidor de licores, puedo pasar por alto sus defectos...
Se interrumpió cuando Rudi Gunn, el comandante de la misión, se asomó al compartimiento del piloto. Era bajo y delgado, y sus grandes ojos, magnificados por unos anteojos con montura de carey, atisbaban con atención sobre una gran nariz romana, lo cual le daba el aspecto de un búho desnutrido a punto de atacar. Con todo, su apariencia era engañosa. Rudi Gunn era afectuoso y amable. Todo aquel que alguna vez hubiera actuado bajo sus órdenes lo respetaba.
—¿De guasa otra vez? —preguntó Gunn con una sonrisa tolerante.
Woodson adoptó expresión solemne.
—Es el mismo problema de siempre... Añora otra vez a su novia.
—Después de cincuenta y un días en este armario flotante, hasta su abuela le perdonaría una erección.
Inclinándose sobre Giordino, Gunn miró por la portilla. Por algunos segundos, sólo vio un azul tenue; después, de modo gradual y exactamente debajo del Safo I, pudo distinguir el rojizo cieno del sedimento del fondo. Por un instante un camarón rojo de apenas dos centímetros de largo, cruzó flotando frente al rayo de luz antes de desaparecer en la oscuridad.
—Lástima que no podamos salir a dar un paseo —dijo Gunn al apartarse—. Quién sabe qué encontraríamos ahí fuera.
—Lo mismo que en medio del desierto de Mojave —repuso Giordino—. Absolutamente nada. —Tocó un manómetro—. Aunque la temperatura es más fría. Aquí veo dos grados centígrados.
—Magnífico paraje para visitar —dijo Woodson—, pero nadie querría pasar aquí sus mejores años.
—¿Algo en el sonar? —preguntó Gunn.
Giordino señaló con la cabeza una gran pantalla verde en medio del panel. El trazado del terreno allí reflejado era plano.
—Nada adelante ni a los lados. El perfil no ha variado en varias horas.
Con aire fatigado, Gunn se quitó las gafas y se frotó los ojos.
—Bien, señores, nuestra misión está casi concluida. Esperaremos diez horas más, luego subiremos a la superficie. —Miró el panel superior—. ¿Mamá nos acompaña todavía?
Giordino asintió con la cabeza.
—Sigue allí colgada.
Le bastó una ojeada a la fluctuante aguja del instrumento para saber que la nave nodriza, una embarcación de sostén de superficie, rastreaba continuamente al Safo I con el sonar.
—Avisad a Mamá que iniciaremos nuestro ascenso a las cero novecientos —dijo Gunn—. Así tendrán tiempo para recibirnos a bordo y remolcar al Safo I antes de que anochezca.
—Casi he olvidado cómo es una puesta de sol —murmuró Woodson—. Me voy a la playa, a broncearme y contemplar a todas esas bellas criaturas en bikini. Basta de excursiones por el fondo del mar para mí.
—Gracias a Dios que el final está a la vista —dijo Giordino—. Una semana más encerrado en este enorme salchichón y empezaré a hablar con las plantas.
Woodson lo miró y Gunn sonrió.
—Todos merecen un buen descanso. Se han portado muy bien. Los datos que hemos compilado mantendrán ocupados a los muchachos del laboratorio por mucho tiempo.
Giordino se volvió hacia Gunn, le dedicó una larga mirada y dijo con lentitud:
—Esta misión ha sido de lo más extraña, Rudi.
—No entiendo a qué te refieres —dijo Gunn.
—Quiero decir que es una pieza teatral con un reparto inadecuado. Fíjate en tu tripulación.
Con un ademán, señaló a los cuatro hombres que trabajaban en la parte de proa del submarino: Ben Drummer, un sureño larguirucho con marcado acento de Alabama; Rick Spencer, un californiano bajo y rubio que silbaba entre los dientes apretados; Sam Merker, tan cosmopolita y urbanizado como un corredor de bolsa de Wall Street, y Henry Munk, un bromista tranquilo, de ojos adormilados, que evidentemente deseaba estar en cualquier parte menos en el Safo I.
—Esos payasos de la proa, tú, Woodson y yo; somos todos ingenieros y mecánicos. No hay un solo doctor en filosofía.
—Tampoco eran intelectuales los primeros que llegaron a la Luna —objetó Gunn—. Para perfeccionar el equipo hacen falta mecánicos... Vosotros habéis puesto a prueba el Safo I y demostrado sus posibilidades. Que el próximo paseo lo den los oceanógrafos. En cuanto a nosotros, esta misión pasará a la historia como una gran conquista científica.
—No tengo pasta de héroe —repuso Giordino.
—Ni yo, amigo —agregó Woodson—. Pero admitirás que es mejor que vender seguros de vida.
—No captas lo interesante de todo esto —dijo Gunn—. Piensa en lo que podrás contarle a tus novias... Piensa en las expresiones arrobadas de su bonito rostro cuando les cuentes cómo pilotaste certeramente la mayor exploración submarina del siglo.
—¿Ciertamente? —repitió Giordino—. Entonces, ¿qué tal si me dices por qué estoy conduciendo esta maravilla científica en círculos a quinientos kilómetros de nuestro trayecto previsto?
Gunn se encogió de hombros.
—Son órdenes.
Giordino lo miró.
—Se supone que estamos bajo el mar de Labrador. En cambio, el almirante Sandecker modifica nuestro rumbo en el último momento y nos hace correr por todas las llanuras abismales bajo los grandes bancos de Terranova. No tiene sentido.
Gunn lo miró con sonrisa de esfinge. Durante unos instantes ninguno habló, pero a Gunn no le hacía falta una dosis concentrada de percepción extrasensorial para saber qué preguntas pasaban por sus mentes. Tenía la certeza de que estaban pensando lo mismo que él. Dos meses atrás y a dos mil kilómetros de distancia, se encontraban en la sede central de la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas en Washington, donde el almirante James Sandecker, director en jefe del organismo, estaba describiendo la más increíble operación submarina de la década.

—Maldición —había tronado el almirante Sandecker—, yo daría la paga de un año por ir con ustedes.
Giordino pensó que sólo se trataba de una figura retórica. Arrellanado en un cómodo sofá de cuero, Giordino escuchaba las instrucciones del almirante mientras soltaba anillos de humo entre una y otra bocanada de un largo cigarro que había sacado de una caja que se hallaba sobre el escritorio de Sandecker, mientras todos los demás fijaban su atención en un mapa mural del océano Atlántico.
—Bueno, allí está. —Por segunda vez, Sandecker golpeó el mapa con el puntero—. La corriente Lorelei... Nace junto al extremo sur de África, sigue el pliegue del Atlántico medio hacia el norte, luego describe una curva hacia el este, entre la isla de Baffin y Groenlandia, hasta que muere en el mar de Labrador.
—No soy diplomado en oceanografía, almirante, pero según parece, la Lorelei converge con la corriente del Golfo.
—De ningún modo. La corriente del Golfo es agua de superficie. La Lorelei es el agua más fría y densa de todos los océanos del mundo, con una profundidad promedio de cuatro mil metros.
—Entonces la Lorelei cruza bajo la corriente del Golfo —dijo Spencer en voz baja. Era la primera vez que hablaba durante la conferencia.
—Eso parece razonable. —Sandecker hizo una pausa, sonrió con benevolencia y luego continuó—: El océano está básicamente constituido por dos capas; una superficial o superior, calentada por el sol y revuelta por los vientos, y otra capa muy fría y densa de agua intermedia, profunda y de fondo. Y las dos nunca se mezclan.
—Todo eso resulta oscuro y complicado —dijo Munk—. El simple hecho de que algún personaje con un negro sentido del humor haya bautizado a la corriente con el nombre de una ninfa del Rin que atraía a los marinos a los peñascos hace que sea el último sitio que desee visitar.
Una amenazadora sonrisa apareció lentamente en el rostro de Sandecker.
—Acostúmbrense al nombre, señores, porque es en las entrañas de Lorelei donde van a pasar cincuenta días. Donde ustedes van a pasar cincuenta días.
—¿Haciendo qué? —preguntó Woodson con tono desafiante.
—La expedición a la corriente Lorelei es exactamente como suena. Van a descender en un submarino de aguas profundas, quinientos kilómetros al noroeste de la costa de Dakar, e iniciarán un recorrido submarino de la corriente. Su principal tarea será controlar y verificar el aparato y su equipo. Si no hay desperfectos que requieran interrumpir la misión, deberán subir a la superficie más o menos a mediados de septiembre, en medio del mar de Labrador.
Merker se aclaró suavemente la garganta.
—Ningún submarino ha permanecido tanto tiempo a tanta profundidad.
—¿Quieres cambiar de idea, Sam?
—Pues... no.
—Esta es una expedición voluntaria. Nadie te obliga a ir.
—¿Por qué nosotros, almirante? —preguntó Ben Drummer—. Yo soy ingeniero marino. Spencer, topógrafo submarino. Y Merker, experto en sistemas de computación. No entiendo cuál es nuestro papel.
—Todos son profesionales en sus respectivas especialidades. Woodson es también fotógrafo. El Safo I llevará varios sistemas fotográficos. Munk es el mejor especialista en componentes instrumentales de la agencia. Y todos estarán bajo el mando de Rudi Gunn, que en uno u otro momento ha capitaneado todos los barcos de investigación científica de la ANIM.
—¿Y yo? —dijo Giordino.
Sandecker miró ceñudo el cigarro que fumaba Giordino, lo reconoció como de su marca privada y le lanzó una mirada asesina, de la que Giordino no hizo caso alguno.
—Como ayudante del director de proyectos de la agencia, estará a cargo de la misión. También podrá hacerse útil pilotando el aparato.
Giordino le devolvió la mirada con una sonrisa malévola.
—Mi licencia de piloto me autoriza a manejar aviones, no submarinos.
El almirante se envaró.
—Pues tendrá que confiar en mi criterio —dijo con frialdad—. Además, lo más importante es que son ustedes la mejor tripulación de que dispongo en este momento. Todos trabajaron juntos en la expedición al mar de Beaufort. Tienen abundante experiencia y antecedentes de capacidad e ingenio. Pueden manejar cualquier instrumento, cualquier pieza de equipo oceanográfico que se haya inventado... Haremos que los científicos analicen los datos que ustedes traigan... y como ya mencioné, naturalmente, van como voluntarios.
—Naturalmente —repuso Giordino inexpresivo.
Sandecker volvió a ocupar su sitio detrás del escritorio.
—Se reunirán y empezarán a entrenarse en nuestras instalaciones portuarias de Cayo Hueso, dentro de dos días. La compañía de aviación Pelholme ya ha sometido el aparato a pruebas exhaustivas de inmersión, de modo que la única preocupación de ustedes debe ser familiarizarse con el equipo e informarse sobre los experimentos que llevarán a cabo durante la expedición.
Spencer lanzó un silbido entre dientes.
—¿Una compañía de aviación? Dios santo, ¿qué saben ellos de diseñar un sumergible de aguas profundas?
—Para su tranquilidad —dijo pacientemente Sandecker—, Pelholme orientó su tecnología aeroespacial hacia el mar hace diez años. Desde entonces han construido cuatro laboratorios submarinos ambientales y dos sumergibles sumamente eficaces para la armada.
—Ojalá hayan construido bien éste —dijo Merker—. Me inquietaría mucho comprobar que hace agua a siete mil metros de profundidad.
—Quieres decir que te morirías de miedo —masculló Giordino.
Munk se frotó los ojos y luego fijó su mirada en el suelo como si viera el fondo del mar en la alfombra. Cuando habló, lo hizo con suma lentitud:
—¿Este viaje es realmente necesario, almirante?
Sandecker asintió con solemnidad.
—Lo es. Los oceanógrafos necesitan tener un cuadro de la estructura del esquema con que fluye la Lorelei para perfeccionar sus conocimientos sobre el fondo del océano. Créanme, esta misión es tan importante como la primera órbita tripulada alrededor de la Tierra. Además de poner a prueba el submarino más avanzado del mundo, harán un registro y un mapa visuales de una zona que ningún hombre vio antes. Olviden sus dudas. El casco del Safo I contiene todos los dispositivos de protección que la ciencia puede idear. Tienen mi garantía personal de un viaje seguro y cómodo.
«Para él es fácil decirlo —pensó Munk—. No estará allí.»





24


Henry Munk cambió de posición su musculoso cuerpo sobre un largo cojín de vinilo, ahogó un bostezo y siguió mirando por la portilla de proa del Safo I. El sedimento chato e interminable era más o menos tan interesante como un libro sin páginas impresas, pero a Munk le complacía saber que cada pequeño montículo, cada roca o cada ocasional morador de las profundidades que pasaba era visto por primera vez por un hombre. Era una recompensa pequeña pero satisfactoria, por las largas y aburridas horas que había pasado vigilando una serie de instrumentos de detección instalados a ambos lados, por encima del cojín.
Munk estuvo a punto de pasarlo por alto. El movimiento del estilete sobre el gráfico del magnetómetro fue tan leve, un garabato de apenas un milímetro, que se le habría escapado por completo si no hubiera tenido la mirada fija en el registro gráfico exactamente en el momento preciso. Rápidamente se asomó a la portilla y contempló el suelo marino. Después se volvió y gritó a Giordino, que estaba sentado a sólo tres metros de distancia, frente a la consola del piloto:
—¡Parad las máquinas!
Giordino se volvió con celeridad y miró hacia proa. No veía más que las piernas de Munk; todo lo demás estaba sepultado entre los instrumentos.
—¿Qué has visto?
—Acabamos de pasar sobre algo metálico. Hazlo retroceder para que vea mejor.
De mala gana, apartó los ojos de la portilla y los enfocó en los instrumentos: el sensor S-T-SV-D había estado funcionando constantemente durante la misión, midiendo la salinidad, temperatura, velocidad sónica y presión de profundidad exteriores en una cinta magnética; el perfilador de subsuelo que determinaba acústicamente el espesor de los sedimentos superiores y suministraba datos sobre la estructura subfundamental yaciente de la superficie del suelo marino; el gravímetro, que cada cuarto de milla marcaba las cifras de gravedad; el sensor de corriente, que vigilaba con su ojo sensitivo la velocidad y dirección de la corriente Lorelei; y el magnetómetro, un sensor destinado a medir y registrar el campo magnético del fondo, incluyendo cualquier desviación causada por depósitos de metal.
—Retrocediendo —dijo Giordino en voz alta.
Conectó los dos motores instalados a cada lado del casco en medio de la nave, y dio marcha atrás A media velocidad. Durante diez segundos, el Safo /, atrapado en la fuerza de la corriente, permaneció suspendido, reacio a moverse por sí mismo. Luego comenzó a retroceder muy lentamente. Gunn y los demás se apiñaron alrededor del túnel instrumental de Munk.
—¿Distingues algo? —preguntó Gunn.
—No estoy seguro —repuso Munk—. Hay algo que sobresale del sedimento, unos veinte metros a proa. No veo más que una vaga forma bajo las luces de proa.
Todos esperaron.
Pareció transcurrir una eternidad antes de que Munk volviera a hablar:
—Bueno, ya lo tengo.
Gunn se encaró con Woodson:
—Activa las dos cámaras estéreo y las luces estroboscópicas de abajo. Tenemos que filmarlo.
Woodson asintió y se dirigió hacia su equipo.
—¿Puedes describirlo? —inquirió Spencer.
—Parece un embudo de pie en el cieno.
A través del túnel instrumental, la voz de Munk llegaba descorporizada, pero ni siquiera las reverberaciones del tono podían disimular el entusiasmo que encerraba.
La expresión de Gunn se volvió escéptica.
—¿Embudo?
Drummer se asomó por encima del hombro de Gunn.
—¿Qué tipo de embudo?
—Un embudo con un cono hueco que disminuye de tamaño hasta un punto, por el cual se echan cosas, sureño estúpido —replicó Munk irritado—. Ahora está pasando bajo el casco a estribor. Díganle a Giordino que mantenga la nave detenida en cuanto aparezca bajo las portillas de proa.
Gunn se acercó a Giordino.
—¿Puedes mantener nuestra posición?
—Lo intentaré, pero si la corriente empieza a movernos de lado, no podré mantener el control exacto y perderemos contacto visual con eso que hay allí fuera.
Dirigiéndose a proa, Gunn se tendió en el suelo cubierto de goma. Junto con Merker y Spencer, miró por una de las cuatro portillas delanteras. Todos vieron el objeto casi de inmediato. Era como Munk lo había descrito: simplemente un embudo invertido, de forma acampanada y unos diez centímetros de diámetro, cuya punta asomaba desde el sedimento del fondo. Sorprendentemente, se hallaba en buen estado. La superficie exterior del metal estaba sucia, por supuesto, pero aparentemente sana y sólida, sin señales de descascaramiento ni gruesas capas de herrumbre.
—Detenido, pero no puedo garantizar por cuánto tiempo —anunció Giordino.
Sin apartarse de la portilla, Gunn hizo señas a Woodson, que se agachaba sobre dos cámaras, levantando sus lentes hacia el objeto avistado en el suelo marino.
—¿Ornar?
—Enfocadas y en funcionamiento.
Merker se volvió hacia Gunn.
—Recojámoslo.
Gunn permaneció en silencio, casi pegado a la portilla. Parecía completamente abstraído.
Merker entrecerró los ojos inquisitivamente.
—¿Qué me dices, Rudi? Propongo que lo recojamos.
Finalmente las palabras penetraron en los pensamientos de Gunn.
—Sí, sí, por supuesto —masculló.
Merker desenganchó una caja de metal que estaba unida al mamparo mediante un cable de un metro y medio y se instaló en la portilla central. La caja contenía una serie de interruptores a palanca que rodeaban a una perillita circular. Era la unidad de control para el manipulador, un brazo mecánico que pesaba ciento ochenta kilos y colgaba grotescamente debajo del Safo I.
Merker accionó un interruptor que activaba el brazo. Luego movió con destreza los dedos sobre los controles mientras el mecanismo zumbaba y el brazo se estiraba en toda su extensión de dos metros y medio. Le faltaban veinte para llegar al embudo.
—Necesito treinta centímetros más —dijo Merker.
—Preparaos —replicó Giordino—. El movimiento de avance puede quebrar mi posición.
El embudo parecía pasar con angustiante lentitud bajo la garra de acero inoxidable del manipulador. Merker bajó suavemente las pinzas sobre el borde del embudo; luego accionó otro interruptor y éstas se cerraron, pero lo hizo a destiempo; la corriente atrapó al sumergible y comenzó a sacudirlo lateralmente. La garra erró por no más de tres centímetros y sus pinzas se juntaron vacías.
—Se va hacia babor —gritó Giordino—, no puedo sujetarlo.
Los dedos de Merker danzaron con rapidez sobre la caja de control. Tendría que intentarlo por segunda vez al vuelo. Si erraba de nuevo, sería casi imposible volver a localizar el embudo con visibilidad tan limitada. Su frente se perló de sudor y las manos se le pusieron tensas.
Dobló el brazo contra su tope y viró la garra seis grados a estribor, compensando el balanceo del Safo en sentido contrario. Movió de nuevo el interruptor; la garra bajó y las pinzas se cerraron casi en el mismo movimiento. El borde del embudo quedó entre ellas.
Merker lo tenía.
Entonces movió el brazo hacia arriba, despegando gradualmente el embudo de su sitio entre el sedimento. El sudor ya le caía en los ojos, pero los mantuvo abiertos. No podía haber vacilaciones; un solo error y el objeto se perdería para siempre. Por fin el viscoso cieno soltó su presa y el embudo, ya libre, se elevó hacia las portillas.
—¡Dios santo! —susurró Woodson—. Eso no es ningún embudo.
—Parece una trompa —dijo Merker.
Gunn sacudió la cabeza.
—Es una corneta.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Giordino, que había abandonado la consola del piloto y espiaba por encima del hombro de Gunn a través de la portilla.
—Tocaba una en mi banda de la escuela secundaria.
Los demás también la reconocían. Podían distinguir con facilidad la boca bocinada del pabellón y, tras ella, los tubos curvados que conducían a las válvulas y la boquilla.
—A juzgar por su aspecto, diría que es de bronce —dijo Merker.
—Por eso el magnetófono de Munk apenas lo registró en el gráfico —agregó Giordino—. La boquilla y los pistones de las válvulas son las únicas partes que contienen hierro.
—¿Quién sabe cuánto hace que está allí? —se preguntó Drummer.
—Más interesante sería saber de dónde vino —dijo Merker.
—Obviamente la arrojaron por la borda de un barco —dijo Giordino—. Probablemente algún chico que odiaba las lecciones de música.
—Tal vez su dueño esté también por ahí abajo —dijo Merker sin alzar la vista.
Spencer se estremeció.
—Vaya una idea...
El interior del Safo I quedó en silencio.





25


El antiguo avión trimotor Ford, famoso en la historia de la aviación como el Ganso de Latón, parecía demasiado torpe para volar; sin embargo, se ladeó con la soltura y la majestuosidad de un albatros al alinearse para descender en la pista de aterrizaje del aeropuerto nacional de Washington.
El viejo pájaro tocó tierra con toda la delicadeza de una hoja otoñal al rozar el césped. Carreteó hasta uno de los hangares de la ANIM situados en el extremo norte del aeropuerto, donde la cuadrilla de mantenimiento que lo esperaba aseguró las ruedas e hizo la seña habitual de cortarse el cuello. Moviendo las palancas de la ignición, Pitt vio cómo las hélices de plateadas hojas cesaban gradualmente de girar y se detenían relucientes bajo el sol del atardecer. Luego se quitó los auriculares, los colgó de la palanca de mando, quitó la traba de la ventanilla lateral y la abrió.
Un pliegue de perplejidad arrugó lentamente la frente de Pitt y allí quedó, fijo en la piel bronceada y curtida. Un hombre de pie sobre el asfalto de la pista, agitaba frenéticamente los brazos.
—¿Puedo subir? —gritó Gene Seagram.
—Bajaré yo —le contestó Pitt, gritando a su vez.
—No, por favor, quédese donde está.
Pitt se encogió de hombros, reclinándose en el asiento. Seagram tardó apenas unos segundos en trepar al trimotor y abrir la portezuela de la carlinga. Llevaba un elegante traje color canela con chaleco, pero su atildada apariencia se diluía en una serie de pliegues que arrugaban la tela, era evidente que no dormía desde hacía por lo menos veinticuatro horas.
—¿Dónde ha encontrado esta magnífica antigualla? —preguntó Seagram.
—La descubrí en Keflavik, Islandia —replicó Pitt—. Logré comprarla a un precio aceptable y enviarla a este país.
—Es una belleza...
Pitt indicó a Seagram el asiento vacío del copiloto.
—¿Seguro que quiere hablar aquí? En pocos minutos el sol hará que esta cabina parezca el interior de un incinerador.
—Lo que tengo que decir no llevará mucho tiempo —repuso Seagram, mientras se acomodaba en el asiento y lanzaba un largo suspiro.
Pitt lo observó. Parecía un hombre que actuaba con renuencia y forzado... un hombre orgulloso que se había colocado en una posición delicada.
Al hablar, Seagram no enfrentó a Pitt, sino que miró nerviosamente por el parabrisas.
—Supongo que se estará preguntando qué hago aquí —dijo.
—Exacto.
—Necesito ayuda.
Eso fue todo. Ni siquiera mencionó las duras palabras del pasado. Sin preliminares; sólo una petición directa.
Pitt entrecerró los ojos.
—Por algún extraño motivo, tenía la sensación de que mi compañía era para usted tan agradable como la sífilis.
—Lo que usted o yo sintamos no tiene importancia... pero nuestro gobierno necesita urgentemente de su capacidad.
—¿Capacidad? ¿Necesidad urgente? —Pitt no ocultó su sorpresa—. Se burla de mí, Seagram.
—Ojalá fuera así, pero el almirante Sandecker me asegura que es usted el único hombre que tiene posibilidad de llevar a buen término una arriesgada misión.
—¿Qué tarea?
—Rescatar el Titanic.
—¡Por supuesto! Nada como una operación de rescate para romper la monotonía de... —Pitt se interrumpió; sus ojos verde oscuros se dilataron y el color le subió al rostro—. ¿Qué barco ha dicho? —Esta vez su voz salió en un ronco murmullo.
Seagram lo miró con expresión burlona.
—El Titanic... Sin duda habrá oído hablar de él.
Transcurrieron diez segundos en silencio absoluto mientras Pitt permanecía atónito. Luego dijo:
—¿Sabe usted de qué está hablando?
—Sí, lo sé.
—¡Es imposible! —La expresión de Pitt era incrédula—. Aun cuando fuese técnicamente posible, que no lo es, harían falta muchos millones de dólares... y además, está el interminable enredo legal con los primitivos propietarios y las compañías aseguradoras por los derechos de rescate.
—Más de doscientos ingenieros y científicos estudian los problemas técnicos en este momento —explicó Seagram—. Se dispondrá la financiación a través de fondos gubernamentales secretos... Y en cuanto a los puntos legales, no piense más en eso. Según el derecho internacional, una vez un barco se pierde sin esperanzas de recuperación, se convierte en presa legal para cualquiera que desee invertir dinero y esfuerzo en una operación de rescate. —Se volvió y fijó de nuevo la mirada en el parabrisas—. Pitt, esta empresa es muy importante. El Titanic representa mucho más que riquezas o valor histórico. Hay algo en la profundidad de sus bodegas que es vital para la seguridad de nuestra nación.
—Me perdonará si digo que eso suena un poco melodramático.
—Tal vez, pero tras los discursos patrióticos, ésa es la verdad.
Pitt meneó la cabeza.
—Lo que dice es pura fantasía. El Titanic yace a casi cuatro mil metros bajo el agua. A esa profundidad, la presión es de miles de kilos por centímetros cuadrado, señor Seagram. Las dificultades y los obstáculos son enormes. Nadie ha intentado jamás seriamente levantar del fondo al Andrea Doria ni al Lusitania... y ambos yacen a sólo cien metros de la superficie.
—Si pudimos enviar hombres a la Luna, podemos sacar de nuevo a la luz el Titanic —adujo Seagram.
—No hay comparación posible. Se tardó una década en llevar una cápsula de cuatro toneladas al suelo lunar. Levantar cuarenta y cinco mil toneladas de acero es algo muy distinto. El solo hallar la nave puede llevar meses.
—La búsqueda ya se ha iniciado.
—No he sabido nada.
—¿Sobre el intento de búsqueda? —terminó Seagram—. No era probable que lo supiera. Hasta que la operación se vuelva incontrolable en términos de segundad, seguirá siendo secreta. Aun su director asistente de proyectos especiales, Albert Giordino...
—¿Giordino?
—Sí, Giordino. En este mismo instante pilota una sonda exploradora por el fondo del Atlántico, desconociendo su verdadera misión.
—Pero la expedición de la corriente Lorelei... la misión inicial del Safo I era rastrear una corriente oceánica profunda.
—Una oportuna coincidencia. El almirante Sandecker ordenó al sumergible que se dirigiera a la zona de la última posición conocida del Titanic apenas unas horas antes de la fijada para que el sumergible subiera a la superficie.
Pitt se volvió y clavó la mirada en un avión a chorro de pasajeros que se elevaba desde la pista principal del aeropuerto.
—¿Por qué yo? ¿Qué he hecho para merecer una invitación para el plan más descabellado del siglo?
—No será un simple invitado, estimado Pitt. Será usted quien esté al mando de la operación de rescate.
Pitt contempló a Seagram con aire sombrío.
—La pregunta sigue pendiente... ¿por qué yo?
—No es una elección que me entusiasme, se lo aseguro —dijo Seagram—. No obstante, ya que la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas es la mayor autoridad del país en ciencia oceanográfica, y ya que los principales expertos en rescate en aguas profundas integran su personal, y ya que es usted el director de Proyectos Especiales, se lo eligió.
—La bruma comienza a disiparse. Se trata simplemente de que estoy en el puesto equivocado en el momento equivocado.
—Interprételo como quiera —dijo Seagram, fatigado—. Debo admitir que sus antecedentes en cuanto a llevar a cabo con éxito proyectos increíblemente difíciles me impresionan mucho... —Sacó un pañuelo y se enjugó la frente—. Podría agregar otro factor que influyó mucho en favor suyo: que se lo considera una especie de experto en cuanto al Titanic se refiere.
—Coleccionar y estudiar cosas memorables sobre el Titanic es para mí un pasatiempo, nada más. Eso de ningún modo me capacita para dirigir su rescate.
—Sin embargo, señor Pitt, el almirante Sandecker me dice que usted es, según sus palabras, un genio en manejar hombres y coordinar logística... —Clavó en Pitt una mirada expectante—. ¿Asumirá la tarea?
—Usted no cree que yo pueda llevarla a buen fin, ¿verdad, Seagram?
—Francamente, no. Pero quien cuelga de un hilo sobre el abismo tiene poco que opinar sobre el que acude a rescatarlo.
Una leve sonrisa curvó los labios de Pitt.
—Su confianza en mí me emociona...
—¿Y bien?
Pitt quedó varios instantes sumido en sus pensamientos. Por último asintió con la cabeza de modo casi imperceptible y miró a Seagram a los ojos.
—De acuerdo, amigo; cuente conmigo. Pero no cante victoria hasta que ese viejo cacharro enmohecido esté amarrado en un muelle neoyorquino... Ni un solo apostador de Las Vegas perderá un segundo computando las probabilidades de esta descabellada aventura. Cuando encontremos al Titanic, si es que lo encontramos, su casco puede estar tan deteriorado que sea imposible izarlo. Pero, por otro lado, no hay nada totalmente imposible, y aunque ni siquiera imagino qué puede haber tan valioso para el gobierno que justifique el esfuerzo, lo intentaré, Seagram. Fuera de eso, no le prometo nada.
Pitt sonrió mientras descendía del asiento del piloto.
—Fin del discurso... Y ahora salgamos de este cachorro y busquemos un buen salón de cócteles con aire acondicionado, donde podrá invitarme a beber un trago. Es lo menos que puede hacer después de haber logrado engatusarme.
Seagram permaneció en su asiento, demasiado cansado para hacer otra cosa que encogerse de hombros en desvalido asentimiento.





26


Al principio, John Vogel sólo vio en la corneta un trabajo de restauración más. Su diseño no sugería nada en particular. En su construcción no había nada excepcional que pudiese entusiasmar a un coleccionista. Por el momento no podía entusiasmar a nadie. Tenía las válvulas corroídas y taponadas; el bronce estaba manchado por la acumulación de un extraño tipo de suciedad y del lodo que obstruía el interior de sus tubos emanaba un olor fétido como de pescado.
Vogel decidió que la corneta no era digna de él; encargaría la restauración a uno de sus ayudantes. Los instrumentos que Vogel prefería dejar como nuevos eran los exóticos: las antiguas trompetas chinas y romanas, con sus largos tubos rectos y sus tonos ensordecedores; las viejas trompas aporreadas de los pioneros del jazz; los instrumentos que llevaban consigo un fragmento de historia: a éstos, Vogel los reparaba con la paciencia de un relojero, afanándose con precisa destreza hasta que el objeto relucía como nuevo y adquiría tonos brillantemente claros.
Envolvió la corneta en una vieja funda de almohada y la apoyó contra la pared más apartada de su oficina.
Sobre su escritorio, el Executone retumbó suavemente.
—Sí, Mary, ¿qué pasa?
—El almirante James Sandecker, de la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas, al teléfono. —Por el intercomunicador, la voz de su secretaria chirriaba como si alguien pasara las uñas por una pizarra—. Dice que es urgente.
—Bueno, póngame con él. —Vogel levantó el auricular—. Aquí John Vogel...
—Señor Vogel, soy James Sandecker.
El hecho de que Sandecker hubiera telefoneado personalmente y no fanfarroneara con su cargo impresionó a Vogel.
—Sí, almirante, ¿en qué puedo serle útil?
—¿Ya lo ha recibido?
—¿Si he recibido qué cosa?
—Un viejo clarín.
—Ah, la corneta —dijo Vogel—. La encontré esta mañana sobre mi escritorio sin explicación alguna. Supuse que era una donación para el museo.
—Le pido disculpas, señor Vogel. Debí haberle avisado, pero estuve ocupado.
Una excusa franca.
—¿Cómo puedo ayudarlo, almirante?
—Le agradecería que estudiara el objeto y me dijera qué averiguó. Fecha de fabricación y demás.
—Me siento halagado, señor. ¿Por qué yo?
—Como jefe de restauradores de la sala de música del Museo de Washington, parecía lógico elegirlo a usted... Además, un amigo común dijo que el mundo perdió otro Harry James cuando usted decidió convertirse en un experto.
«Dios mío —pensó Vogel—, el presidente...» Sandecker conocía a la gente adecuada.
—Eso es discutible —repuso Vogel—. ¿Cuándo necesita mi informe?
—Lo antes posible.
Vogel sonrió para sí. Una petición cortés merecía un esfuerzo extra.
—Lo que lleva tiempo es el proceso de inmersión para eliminar la corrosión. Creo que tendré algo mañana por la mañana.
—Gracias, señor Vogel —dijo Sandecker.
—¿Hay algún dato sobre cómo o dónde encontraron la corneta?
—Preferiría no revelarlo. Mi gente quisiera tener su opinión sin sugerencia ni orientación alguna de parte nuestra.
—Quieren comparar mis conclusiones con las suyas, ¿no?
La voz de Sandecker llegaba nítida a través del auricular.
—Queremos que confirme nuestras esperanzas y expectativas, señor Vogel, nada más.
—Haré lo posible, almirante. Adiós.
—Buena suerte.
Durante varios minutos, Vogel, con la mano sobre el teléfono, contempló fijamente la funda que había dejado en un rincón. Después pulsó el Executone.
—Mary, no me pase llamadas durante el resto del día y hágame traer una pizza mediana con tocino canadiense y una botella de borgoña Gallo.
—¿Se va a encerrar otra vez en ese viejo taller mohoso? —chirrió la voz de Mary.
—Sí —suspiró Vogel—. El día será largo.

Vogel empezó tomando varias fotos de la corneta desde distintos ángulos. Luego anotó las dimensiones, el estado general de las partes visibles y el grado de opacidad y materias extrañas que cubrían las superficies, anotando cada observación. Estudió la corneta con creciente interés profesional. Era un instrumento de calidad; el bronce era de valor y los pequeños orificios del pabellón y las válvulas le indicaban que había sido fabricada antes de 1930. Descubrió que lo que había tomado por corrosión no era sino una dura costra de lodo que se desconchaba con la leve presión de una espátula de goma.
Luego remojó el instrumento en líquido anti-cal diluido. A medianoche tenía totalmente desarmada la corneta. Después inició la tediosa tarea de frotar las superficies metálicas con una solución diluida de ácido crómico para restituir el brillo del bronce. Lentamente, después de varios lavados, comenzó a aparecer en el pabellón un intrincado dibujo de volutas y letras ornamentadas.
—¡Por Dios! —exclamó Vogel—. Un modelo de presentación...
Tomó una lente de aumento y estudió la escritura. Cuando dejó la lupa y cogió el teléfono, las manos le temblaban.





27


A las ocho, John Vogel fue conducido a la oficina de Sandecker en el piso superior del edificio de diez plantas, con cristales solares, cuartel general de la ANIM. Tenía los ojos inyectados en sangre y no hizo esfuerzo alguno por disimular un bostezo.
Sandecker abandonó su sitio detrás del escritorio para estrechar la mano de Vogel. El almirante, bajo y delgado, tuvo que echarse atrás y mirar hacia arriba para encontrar los ojos de su visitante. Vogel medía un metro noventa, era un hombre de rostro bondadoso, y mechones de blanco cabello despeinado orlaban su cabeza calva. Miraba con ojos pardos, parecidos a los de Santa Claus, y su cálida sonrisa resplandecía. Tenía la chaqueta pulcramente planchada, pero sus pantalones estaban arrugados y sucios con manchas bajo las rodillas. Olía a alcohol.
—Vaya, es un placer conocerlo —lo saludó Sandecker.
—El placer es mío, almirante —repuso Vogel, mientras depositaba en la alfombra un estuche de trompeta negro—. Lamento presentarme tan desaliñado...
—Parece haber pasado una mala noche —comentó Sandecker.
—Cuando uno ama su trabajo, el tiempo y las molestias poco importan.
—Es verdad. —Sandecker se volvió y señaló con la cabeza a un hombrecillo semejante a un gnomo que estaba de pie en un rincón de la oficina—. Señor John Vogel, le presento al comandante Rudi Gunn.
—Claro, el comandante Gunn —sonrió Vogel—. Yo fui uno de los millones de lectores que siguieron día a día a través de los diarios, su expedición a la corriente Lorelei. Fue una gran hazaña.
—Gracias —dijo Gunn.
Sandecker señaló a otro hombre que estaba sentado en el diván.
—Y mi director de Proyectos Especiales, Dirk Pitt.
Vogel saludó con un movimiento de la cabeza al rostro bronceado que se arrugaba en una sonrisa.
—Señor Pitt.
Pitt se levantó y se inclinó a su vez.
—Señor Vogel.
Vogel se sentó y sacó una pipa vieja y golpeada.
—¿Les importa si fumo?
—De ninguna manera —repuso Sandecker, mientras sacaba de una caja un cigarro tipo Churchill y lo mostraba—. Lo acompañaré...
Después de encender la pipa, Vogel se reclinó y dijo:
—Dígame, almirante, ¿la corneta fue descubierta en el fondo del Atlántico Norte?
—Sí, al sur de los grandes bancos, frente a Terranova —contestó el almirante—. ¿Cómo lo supo?
—Deducción elemental.
—¿Qué puede decirnos al respecto?
—En verdad, bastante. Para empezar, es un instrumento de alta calidad, fabricado para un músico profesional.
—Entonces no es probable que su dueño haya sido un músico aficionado —repuso Gunn, recordando lo dicho por Giordino a bordo del Safo I.
—No, no es probable —respondió Vogel.
—¿Podría determinar la fecha y el lugar de fabricación? —quiso saber Pitt.
—El mes fue octubre o noviembre. El año exacto, 1911. Y fue fabricado por una antigua firma británica, excelente y de muy buena reputación. Boosey-Hawkes.
La mirada de Sandecker reflejó admiración.
—Su trabajo ha sido notable, señor Vogel. Francamente, dudábamos de llegar a saber el país de origen, y mucho menos esperábamos conocer el nombre del fabricante.
—Le aseguro que no hubo una investigación brillante de mi parte —dijo Vogel—. Ocurre que la corneta era un modelo de presentación...
—¿Un modelo de presentación?
—Sí. En cualquier objeto de metal cuya construcción requiera un alto grado de habilidad artesanal y cuya posesión se valore mucho, se suelen grabar inscripciones para conmemorar un hecho o un servicio destacado.
—Una práctica común entre los fabricantes de armas —comentó Pitt.
—Y también entre los creadores de instrumentos musicales de calidad... En este caso, fue obsequiado a un empleado por su compañía, en reconocimiento por sus servicios. La fecha de entrega, los nombres del fabricante, el empleado y la compañía están bellamente grabados en el pabellón de la corneta.
—¿Puede decirnos con certeza a quién perteneció? —preguntó Gunn—. ¿La inscripción es legible?
—Oh, claro que sí. —Vogel se agachó y abrió el estuche—. Aquí está, léala usted mismo.
Y puso la corneta sobre el escritorio de Sandecker. Los tres hombres la contemplaron largo rato en silencio: un instrumento reluciente, cuya dorada superficie reflejaba el sol matinal que penetraba por la ventana. La corneta parecía flamante. Cada centímetro había sido pulido y brillaba reluciente, y las intrincadas olas marinas que se encrespaban alrededor del tubo y del pabellón estaban tan nítidas como el día en que fueron grabadas. Sandecker miró a Vogel, levantando las cejas en señal de duda.
—Señor Vogel, me parece que no ha comprendido la seriedad de la situación. No me gustan las bromas.
—Admito que no logro comprender la seriedad de la situación —repuso Vogel con sequedad—. Pero, almirante, esto no es ninguna broma. He dedicado la mayor parte de las últimas veinticuatro horas a restaurar su hallazgo. —Dejó sobre el escritorio una abultada carpeta—. Aquí tiene mi informe completo, con fotografías, y mis observaciones hechas paso a paso durante el procedimiento de restauración. También hay sobres que contienen los distintos tipos de residuos y de lodo que quité, así como las partes que sustituí. No he omitido nada.
—Lo siento —dijo Sandecker—. Sin embargo, parece inconcebible que el instrumento que le enviamos ayer y éste sean uno y el mismo. —Hizo una pausa y cambió una mirada con Pitt—. Vea usted, nosotros...
—... ustedes pensaron que la corneta había permanecido mucho tiempo en el fondo del mar —dijo Vogel completando la frase—. Sé bien a qué se refiere, almirante. Y confieso que también yo estoy perplejo en cuanto al notable estado del instrumento. He trabajado en muchísimos instrumentos musicales que han estado sumergidos en agua de mar de tres a cinco años y que se hallaban en mucho peor estado que éste. Como no soy oceanógrafo, desconozco la solución de este enigma. No obstante, puedo decirle con exactitud cuánto tiempo ha estado esa corneta bajo el mar y cómo llegó allí.
Vogel cogió el instrumento; luego se puso unas gafas sin montura y comenzó a leer en voz alta:
—«Entregado a Graham Farley, en sincero reconocimiento por su destacada actuación en el entretenimiento de nuestros pasajeros, la agradecida gerencia de la compañía Estrella Blanca.» —Se quitó los anteojos y miró a Sandecker con afable sonrisa—. Cuando descubrí las palabras «Estrella Blanca», desperté a un amigo, para que investigara un poco en los archivos navales. Me llamó apenas media hora antes de que saliera hacia aquí. —Hizo una pausa para sacar del bolsillo un pañuelo y sonarse la nariz—. Según parece, Graham Farley era una persona muy popular en la compañía Estrella Blanca. Fue solista de corneta durante tres años en uno de sus buques... creo que se llamaba el Oceanic. Cuando el novísimo crucero de lujo de la compañía iba a levar anchas en su viaje inicial, la gerencia seleccionó a los músicos más destacados de sus demás barcos de pasajeros y formó la que entonces fue considerada la mejor orquesta de los mares. Graham fue, por supuesto, uno de los primeros músicos elegidos. Sí, señores; esta corneta ha permanecido mucho tiempo en el fondo del océano Atlántico... porque Graham Farley soplaba por ella en la mañana del 15 de abril de 1912, cuando las olas se cerraron sobre él y el Titanic.
Las reacciones ante la súbita revelación de Vogel fueron diversas. El rostro de Sandecker adquirió una expresión de sombría reflexión; el de Gunn se puso rígido, en tanto que el de Pitt mostró interés. El silencio que reinaba en la habitación se hizo denso mientras Vogel guardaba sus gafas.
—El Titanic... —Sandecker repitió la palabra con lentitud, como quien saborea el nombre de una bella mujer. Dirigió a Vogel una mirada penetrante en la que todavía se mezclaba el asombro con la duda—. Es increíble.
—Sin embargo, es un hecho —repuso Vogel con naturalidad—. Comandante Gunn, tengo entendido que la corneta fue recogida por el Safo I.
—Sí, casi al terminar la expedición.
—Se diría que tropezó con un hallazgo inesperado. Lástima que no haya encontrado la nave misma.
—Ya —dijo Gunn, evitando los ojos de Vogel.
—Aún me tiene perplejo el estado del instrumento —dijo Sandecker—. No preveía que una reliquia hundida en el mar hace setenta y cinco años sufriera tan poco deterioro.
—La falta de corrosión plantea una cuestión interesante —replicó Vogel—. Es lógico que el bronce se conserve bien, pero resulta extraño que las partes que contienen metales ferrosos hayan permanecido notablemente intactas. Como pueden ver, la boquilla originaria está casi intacta.
Gunn contemplaba la corneta como si se tratara del Santo Grial.
—¿Suena todavía?
—Sí —respondió Vogel—. Y creo que de modo muy bello.
—¿La probó?
—No... no lo hice. —Con reverencia, Vogel pasó los dedos por las válvulas de la corneta—. Hasta ahora siempre he probado la brillantez tonal de los instrumentos de bronce restaurados por mis ayudantes y yo. Esta vez no puedo.
—No comprendo —declaró Sandecker.
—Este instrumento es recordatorio de una acción pequeña pero valerosa, cumplida durante la peor tragedia marítima de la historia —replicó Vogel—. No hace falta mucha imaginación para representarse a Graham Farley y los demás músicos mientras apaciguaban con música a los aterrados pasajeros, sacrificando toda idea de salvación propia, mientras el Titanic se hundía inexorablemente. La última melodía de esta corneta surgió de los labios de un hombre muy valiente. Me parecería casi un sacrilegio que alguien volviera a tocarla.
Sandecker miró a Vogel, examinando cada rasgo del rostro del anciano como si lo viera por primera vez.
—Otoño —murmuraba Vogel, casi para sí— Otoño, un viejo himno. Ésa fue la última melodía que Graham Farley tocó en su corneta.
—¿No fue Más cerca de ti, Dios mío? —preguntó Gunn.
—Eso es un mito —dijo Pitt—. Otoño fue la última canción tocada por la orquesta del Titanic, poco antes del final.
—Parece haber investigado sobre el Titanic —dijo Vogel.
—Ese barco y su trágico destino son como una enfermedad contagiosa —replicó Pitt—. Cuando uno se interesa, es difícil librarse.
—La nave en sí me atrae poco. Pero como historiador de músicos y de sus instrumentos, la gesta de la orquesta del Titanic ha cautivado siempre mi imaginación. —Vogel puso la corneta en su estuche, cerró la tapa y la pasó a Sandecker por encima del escritorio—. A menos que tenga más preguntas, almirante, quisiera tomar un desayuno reparador y dormir unas horas. La noche ha sido ardua.
Sandecker se incorporó.
—Estamos en deuda con usted, señor Vogel.
—Tenía la esperanza de que dijera eso —repuso Vogel, cuyos ojos de Santa Claus centellearon de astucia—. Hay una manera de retribuirme...
—¿Cuál es?
—Donen la corneta al Museo de Washington. Sería el ejemplar más preciado de nuestra sala de música.
—En cuanto nuestros técnicos de laboratorio hayan estudiado el instrumento y su informe, se la enviaré.
—Se lo agradezco en nombre de los directores del museo.
—Aunque no como donación...
Vogel frunció el entrecejo.
—No entiendo...
Sandecker sonrió.
—Llamémoslo un préstamo permanente. Eso evitará controversias si alguna vez necesitamos pedirlo temporalmente.
—De acuerdo.
—Una cosa más —dijo Sandecker—. No se ha dicho nada a la prensa sobre este hallazgo. Le agradecería que por el momento conserve el secreto.
—Ignoro sus motivos, pero lo haré, por supuesto.
El corpulento Vogel se despidió y partió.
—¡Maldición! —exclamó Gunn en cuanto se cerró la puerta—. Debemos de haber pasado a dos dedos del Titanic.
—No hay duda de que estuvisteis cerca —admitió Pitt—. El sonar del Safo I alcanzaba un radio de doscientos metros. El Titanic debe de haber estado un metro más allá.
—Ojalá hubiéramos tenido más tiempo. Ojalá hubiéramos sabido qué demonios buscábamos.
—Olvida usted —dijo Sandecker— que poner a prueba el Safo I y llevar a cabo experimentos acerca de la corriente Lorelei eran sus objetivos primordiales, y que a ese respecto usted y su tripulación hicieron un excelente trabajo. Los oceanógrafos se pasarán los dos próximos años examinando los datos sobre corrientes de profundidad que ustedes recogieron. Lo único que lamento es que no hayamos podido revelarles nuestras intenciones, pero Gene Seagram y sus especialistas en seguridad insisten en mantener en estricta reserva toda información referente al Titanic hasta que se haya iniciado el rescate.
—No podremos mantenerlo mucho tiempo en silencio —dijo Pitt—. Todos los medios de comunicación del mundo se enterarán del mayor hallazgo histórico desde que fue abierta la tumba de Tutankamon.
Sandecker dejó su sitio detrás de su escritorio y se acercó a la ventana. Cuando habló, sus palabras sonaron muy suaves, como si el viento las trajera desde gran distancia.
—La corneta de Graham Farley...
—¿Señor?
—La corneta de Graham Farley —repitió melancólicamente Sandecker—. Si esa vieja trompeta es un indicio válido, puede que el Titanic esté allí, en el fondo del abismo, tan bien conservado como la noche del naufragio.





28


Para un observador que se hallara en la costa, o para quien navegara por el río Rappahanonck, los tres hombres repantingados en un viejo y ruinoso bote de remos aparentaban ser un trío de pescadores de fin de semana. Vestían camisas desteñidas y pantalones de algodón ordinario y sus sombreros estaban adornados con la habitual variedad de anzuelos y moscas artificiales. Era una escena típica, incluidas las seis latas de cerveza que, sujetas en una red de pescar, colgaban bajo el agua, junto a la embarcación.
El más bajo de los tres, un pelirrojo de rostro enjuto, parecía dormitar apoyado contra la popa, sujetando flojamente una caña de pescar de la cual pendía un corcho rojo y blanco que se mecía apenas a un metro del bote. El segundo hombre simplemente se inclinaba sobre una revista abierta mientras que el tercer pescador, erguido, manipulaba mecánicamente un señuelo de plata. Era corpulento, con un vientre abultado que asomaba por su camisa abierta, y miraba con fijeza a través de sus perezosos ojos azules engastados en una cara redonda y jovial. Era la imagen perfecta de cualquier abuelo bonachón.
El almirante Joseph Kemper podía permitirse parecer afable. Cuando uno ejercía como él, una autoridad casi increíble, no necesitaba mirar de soslayo con ojos hipnotizadores ni arrojar fuego como un dragón. Miró hacia abajo y dirigió una broma al hombre que dormitaba.
—Jim, creo que no estás sumido en el espíritu de la pesca.
—Esta seguramente es la actividad más inútil que el hombre haya inventado jamás —replicó Sandecker.
—¿Y usted, señor Seagram? No ha echado un anzuelo desde que anclamos.
Seagram miró a Kemper por encima de la revista.
—Si un pez pudiera sobrevivir a la contaminación que hay aquí, almirante, sería un mutante de una película de horror de serie B y tendría un sabor aún peor.
—Dado que fueron ustedes quienes me invitaron aquí —dijo Kemper—, empiezo a sospechar algún motivo avieso.
—Descansa y disfruta del aire libre, Joe —repuso Sandecker—. Olvida por unas horas que eres jefe del Estado Mayor de la Armada.
—Eso es fácil, estando tú cerca. Eres el único de los que conozco que me habla con descaro.
Sandecker sonrió.
—No puedes pasarte le vida adulado por todos. Considérame simplemente una terapia eficaz.
Kemper suspiró.
—Tenía la esperanza de haberme librado de ti para siempre cuando te retiraste del servicio activo. Pero has vuelto para acosarme como un condenado burócrata.
—Tengo entendido que cuando me fui, bailaban en los corredores del Pentágono.
—Sí, no se derramaron lágrimas por tu partida —contestó Kemper mientras enrollaba lentamente su señuelo—. Bueno, Jim, hace demasiados años que te conozco para no olfatear una jugarreta. ¿Qué se traen entre manos tú y el señor Seagram?
—Tenemos que ir en busca del Titanic —replicó Sandecker.
Kemper siguió enrollando.
—¿De veras?
—Así es.
Kemper lanzó de nuevo el señuelo.
—¿Para qué? ¿Para tomar unas cuantas fotografías publicitarias?
—Se trata de reflotarlo.
Kemper dejó de enrollar; se volvió y miró a Sandecker con extrañeza.
—Has dicho el Titanic., ¿no?
—Exacto.
—Jim, caray, esta vez has perdido la chaveta. Si piensas que me voy a creer...
—No es un cuento de hadas —interrumpió Seagram—. La autorización para la operación del rescate proviene directamente de la Casa Blanca.
Los ojos de Kemper escrutaron el rostro de Seagram.
—¿Debo presumir que representáis al presidente?
—Sí, señor, así es.
—Debo decir que tiene una manera un tanto extraña de negociar, señor Seagram —dijo Kemper—. Si tuviera la amabilidad de explicarme...
—Para eso estamos aquí, almirante, para explicárselo.
Kemper se encaró con Sandecker.
—¿Tú también tomas parte en esto, Jim?
Sandecker asintió.
—Podría decirse que Seagram habla con suavidad y esgrime un gran bastón.(1)
—Está bien, Seagram, tiene la palabra. ¿Por qué este subterfugio y por qué la urgencia en reflotar un viejo barco?
—Comencemos por lo primero, almirante. Soy jefe de un departamento gubernamental estrictamente secreto, llamado Sección Meta.
—Nunca lo oí mencionar —dijo Kemper.
—No figuramos en ningún registro de oficinas federales. Ni siquiera la CÍA, el FBI o la NSA tienen conocimiento de nuestra existencia.
—Un banco de ideas secreto —dijo Sandecker con aspereza.
—Somos algo más que un banco de ideas —dijo Seagram—. Nuestros colaboradores conciben ideas futuristas, de las cuales intentan luego derivar sistemas que funcionen con eficacia.
—Eso ha de costar millones de dólares —dijo Kemper.
—La modestia me impide mencionar el monto exacto de nuestro presupuesto, almirante, pero la vanidad me impulsa a admitir que puedo moverme con guarismos superiores a diez cifras.
—¡Caray! —murmuró Kemper—. Más de mil millones de dólares para «moverse», como usted dice. Una organización de científicos cuya existencia nadie conoce. Acicatea usted mi interés, señor Seagram.
—El mío también —dijo Sandecker con acritud—. Hasta ahora, usted buscó la ayuda de la ANIM a través de la Casa Blanca, haciéndose pasar por edecán presidencial. ¿Por qué esa estrategia?
—Porque el presidente ordenó que la reserva fuera absoluta, almirante, para evitar que se filtrara información al Congreso. Lo que menos necesitaba su administración es un espionaje parlamentario en las finanzas de la Sección Meta.
Kemper y Sandecker se miraron y asintieron. Luego miraron a Seagram, expectantes.
—Ahora bien —continuó éste—, la Sección Meta ha desarrollado un sistema de defensa bajo el nombre de proyecto Siciliano...
—¿Proyecto Siciliano?
—Lo llamamos así por una estrategia ajedrecística denominada Defensa Siciliana. El proyecto fue ideado alrededor de una variante del principio en que se basa el maser. Por ejemplo, si hacemos pasar una onda sónica de determinada frecuencia a través de un medio que contiene átomos excitados, podemos estimular el sonido hasta un estado de emisión altísimo.
—Similar a un rayo láser —comentó Kemper.
—En cierta medida —repuso Seagram—. Salvo que un láser emite un rayo uniforme de energía lumínica, mientras que nuestro dispositivo emite un campo ancho, en abanico, de ondas sónicas.
—Además de romper tímpanos a granel, ¿para qué sirve? —preguntó Sandecker.
—Como recordará usted de sus estudios, almirante, las ondas sónicas se difunden en ondas circulares muy semejantes a las ondulaciones que aparecen en un charco después de arrojar un guijarro en él. En el caso del proyecto Siciliano, podemos multiplicar las ondas sónicas un millón de veces. Entonces, cuando esta enorme energía es liberada, se expande a la atmósfera, empujando a partículas de aire ante su fuerza desencadenada, condensándolas hasta que se combinan formando una muralla sólida, impenetrable, de un diámetro de cientos de kilómetros cuadrados. —Seagram se interrumpió para rascarse la nariz—. No los aburriré con ecuaciones y detalles técnicos referentes a la realización práctica. Los detalles son demasiado complejos para analizarlos aquí, pero ustedes advertirán fácilmente el potencial... Cualquier misil enemigo lanzado contra Norteamérica que entrara en contacto con esta barrera protectora invisible, quedaría destrozado y anulado mucho antes de penetrar en el área de su objetivo.
—¿Este... este sistema es real? —preguntó Kemper, vacilante.
—Sí, almirante. Le aseguro que puede funcionar. Ya se están construyendo las instalaciones necesarias para detener un ataque en gran escala con misiles dirigidos.
—¡Mierda! —estalló Sandecker—. Es el arma decisiva...
—El proyecto Siciliano no es un arma. Es simplemente un método científico para proteger nuestro país.
—Es difícil imaginarlo —dijo Kemper.
—Imagine simplemente el estampido sónico de un avión a chorro, amplificado diez millones de veces.
Kemper parecía desconcertado.
—Pero el sonido... ¿no destruiría todo lo que hubiera en tierra?
—No; la fuerza energética apunta al espacio y se acumula en el trayecto. Para alguien situado al nivel del mar no sería más que el impacto inofensivo de un trueno distante.
—¿Qué tiene que ver todo eso con el Titanic?
—El elemento requerido para estimular el nivel óptimo de emisión sónica es el bizanio. Y la única cantidad de mineral de bizanio que se conoce en el mundo fue enviada a Estados Unidos en 1912, a bordo del Titanic.
—Comprendo —asintió Kemper—. Entonces, ¿rescatar la nave es el último recurso para que ese sistema defensivo funcione?
—La estructura atómica del bizanio es la única que sirve. Cargando la memoria de nuestras computadoras con sus propiedades conocidas, pudimos obtener una relación de treinta mil a uno a favor del éxito.
—Pero ¿para qué reflotar todo el barco? —preguntó Kemper—. ¿Por qué no sacar sólo simplemente el bizanio?
—Tendríamos que abrirnos paso con explosivos hasta la bodega de carga. El peligro de destruir el mineral es demasiado grande. El presidente y yo coincidimos en que es preferible el gasto adicional para reflotar el casco, al riesgo de perder el mineral.
Kemper volvió a lanzar su señuelo.
—Usted piensa en términos positivos, Seagram. Bien. Pero ¿qué le hace pensar que el Titanic está en condiciones de ser rescatado entero? Después de setenta y cinco años en el fondo del océano quizá no sea más que chatarra herrumbrada.
—Mis colaboradores tienen una hipótesis a ese respecto —dijo Sandecker. Dejando a un lado su caña de pescar, abrió la caja de aparejos y sacó un sobre—. Mírelas un poco —dijo ofreciendo a Kemper varias fotografías.
—Parecen desechos submarinos —comentó Kemper.
—Exacto —repuso Sandecker—. De vez en cuando, las cámaras fotográficas de nuestros submarinos captan despojos arrojados por la borda desde los barcos. —Señaló la foto de arriba—. Esto es una estufa de a bordo, hallada a mil doscientos metros de profundidad, cerca de las Bermudas. Luego viene un bloque de cilindros de un motor de automóvil, fotografiado a dos mil metros, cerca de las Aleutianas. No hay modo de determinar la fecha de ninguna de esas dos. Aquí tiene ahora un aeroplano Grumman F4F de la Segunda Guerra Mundial, descubierto a tres mil doscientos metros de profundidad, en las cercanías de Islandia. Averiguamos su historia... El avión fue abandonado en el mar, sin averías, por un tal teniente Strauss cuando la máquina se quedó sin combustible, el 17 de marzo de 1946.
Kemper sostuvo la última foto con el brazo extendido.
—¿Qué diablos es esto?
—Ésa fue tomada por el Safo I en el momento del hallazgo, durante la expedición a la corriente Lorelei. Lo que al principio parecía un embudo de cocina, resultó ser una trompeta.
Mostró a Kemper una foto del instrumento, tomada después de ser restaurado por Vogel.
—Eso es una corneta —le corrigió Kemper—. ¿Dices que el Safo I encontró esto?
—Sí, a cuatro mil metros de profundidad. Yacía en el fondo desde 1912.
Kemper arqueó las cejas.
—¿Vas a decirme que proviene del Titanic?
—Puedo mostrarte pruebas documentadas.
Kemper suspiró y devolvió las fotografías a Sandecker. Sus hombros se encorvaron con la fatiga de un hombre que ya no era joven, un hombre que llevaba desde hacía demasiado tiempo una carga demasiado pesada. Sacó de la red de pescar una lata de cerveza y la abrió.
—¿Qué demuestra todo esto?
Sandecker esbozó una tenue sonrisa.
—Lo tuvimos delante durante dos años... el tiempo transcurrido desde que fue descubierto el aeroplano, pero pasamos totalmente por alto las posibilidades. Oh, claro, hubo comentarios sobre el excelente estado del avión, pero ninguno de mis oceanógrafos captó realmente lo que esto significaba. Las verdaderas implicaciones no fueron comprendidas hasta que el Safo I encontró la trompa.
—No entiendo —dijo Kemper con voz inexpresiva.
—En primer lugar —continuó Sandecker—, el noventa por ciento de ese F4F es de aluminio, y ya sabes que el agua salada corroe extraordinariamente el aluminio. Sin embargo ese avión, después de haber estado más de cuarenta años en el fondo del mar, parece recién salido de fábrica. Lo mismo la trompeta. Estuvo casi ochenta años bajo el mar y brillaba como el trasero de un recién nacido.
—¿Tienes alguna explicación? —preguntó Kemper.
—En este momento, dos de los oceanógrafos más capacitados de la ANIM están pasando datos por nuestras computadoras. Por ahora, la teoría es que se trata de una combinación de factores: la ausencia de vida marina perjudicial a grandes profundidades, la baja salinidad del agua en el fondo, las temperaturas congelantes del mar y un menor contenido de oxígeno que haría más lenta la oxidación del metal. Podría ser cualquiera de estos factores o todos ellos lo que retrasa el deterioro de los restos de naufragios en el fondo del océano. Sabremos más al respecto cuando veamos el Titanic, si llegamos a verlo.
Kemper meditó un momento.
—¿Qué quieres de mí?
—Protección —repuso Seagram—. Si los soviéticos se enteran de nuestras andanzas, lo intentarán todo, salvo una guerra, para detenernos y apoderarse del bizanio.
—Tranquilizaos —dijo Kemper con voz súbitamente dura—. Los rusos se lo pensarán dos veces antes de venir a meter sus narices de nuestro lado del Atlántico. La operación de rescate del Titanic estará protegida, señor Seagram. Tenéis mi garantía absoluta.
En la cara de Sandecker apareció una sonrisa.
—Ya que te sientes generoso, Joe, ¿qué posibilidades hay de tomar prestado el Modoc?
—¿El MOÍ/OC? —repitió Kemper—. Es la mejor nave de rescate en aguas profundas que tiene la Armada.
—También nos sería útil la tripulación —insistió Sandecker.
Kemper se pasó la fresca superficie de la lata de cerveza por la sudorosa frente.
—Está bien, habéis conseguido al Modoc con su tripulación, además de todos los hombres y equipos adicionales que necesitéis.
Seagram lanzó un suspiro.
—Gracias, almirante.
—Estáis abocados a una empresa interesante, pero cargada de obstáculos —dijo Kemper.
—Nada es fácil —replicó Seagram.
—¿Qué haréis ahora?
Sandecker respondió:
—Enviaremos cámaras de televisión para localizar el casco hundido y recoger datos.
—Sólo Dios sabe qué encontraréis... —Kemper se interrumpió bruscamente y señaló el corcho del aparejo de Sandecker, que se hundía—. Por Dios, Jim, creo que has atrapado un pez.
Sandecker se asomó perezosamente por la borda del bote.
—Así es —dijo sonriendo—. Espero que el Titanic sea igualmente dócil.
—Temo que esa esperanza resulte vana —dijo Kemper, sin devolver la sonrisa.

Pitt cerró el diario de Joshua Hays Brewster y miró a Mel Donner a través de la mesa de reuniones.
—Así están las cosas, pues...
—Toda la verdad y nada más que la verdad —dijo Donner.
—Pero ¿este bizanio, o cómo lo llaman ustedes, no habrá perdido sus cualidades tras tantos años sumergido en el mar?
Donner sacudió la cabeza.
—¿Quién puede saberlo? Nadie ha tenido jamás en sus manos una cantidad suficiente para saber con seguridad cómo reacciona bajo ciertas condiciones.
—Entonces tal vez carezca de valor.
—No sé si está bien guardado en la bóveda del Titanic. Nuestras investigaciones indican que el depósito es hermético.
Pitt se reclinó contemplando el diario.
—Es una jugada muy arriesgada.
—Eso lo sabemos.
—Es como pedir a un grupo de muchachos que saquen un tanque Patton del lago Erie con unas cuantas sogas y una balsa.
—Lo sabemos —repitió Donner.
—El coste de reflotar el Titanic supera lo razonable —dijo Pitt.
—Mencione una cifra.
—En 1974, la CÍA pagó más de trescientos millones de dólares para reflotar la proa de un submarino ruso. No sé lo que llegaría a costar el rescate de un barco de pasajeros que pesa alrededor de cuarenta y seis mil toneladas y está a cuatro mil metros de profundidad.
—Arriesgue una suposición.
—¿Quién financia la operación?
—La Sección Meta se ocupará de las finanzas —repuso Donner—. Considéreme simplemente como su amigo, el banquero de su barrio... Comuníqueme cuánto hará falta, en su opinión, para poner en marcha la operación de rescate, y yo veré que los fondos sean transferidos en secreto al presupuesto operativo anual de la ANIM.
—Doscientos cincuenta millones bastarían para empezar.
—Eso está un poco por debajo de nuestras estimaciones —dijo Donner con naturalidad—. Sugiero que no se limite. Sólo para mayor seguridad, tomaré medidas para que reciba quinientos más.
—¿Quinientos mil dólares?
—No —sonrió Donner—. Quinientos millones.

Una vez el guardia lo autorizó a salir, Pitt detuvo su coche junto al camino y, a través de la valla de alambre tejido, miró la Compañía Smith de Mudanzas y Depósito.
—No lo creo —dijo en voz alta—. No creo nada de esto.
Después, lentamente, con dificultad, como si resistiera las órdenes de un hipnotizador, Pitt movió la palanca de cambios y emprendió el regreso a la ciudad.





29


Para el presidente había sido un día especialmente agotador. Había tenido reuniones interminables con diputados de la oposición; reuniones en las que se había esforzado, vanamente en la mayoría de los casos, por convencerlos de que apoyaran su nuevo proyecto de ley destinado a modificar las reglamentaciones del impuesto sobre la renta. Después había pronunciado un discurso ante una convención de gobernadores casi hostiles, seguida más tarde por una acalorada entrevista con su impulsivo y dominante secretario de Estado.
Ahora, pasadas las diez de la noche, afrentaba otro compromiso desagradable. Sentado en un mullido sillón, con una copa en su mano derecha, acariciaba con la izquierda las largas orejas de un sabueso de ojos tristones.
Frente a él, sentados en un amplio sofá, se encontraban Warren Nicholson, director de la CÍA, y Marshall Collins, su principal consejero de seguridad sobre el Kremlin.
El presidente bebió un poco de su vaso y fijó en sus visitantes una mirada severa.
—¿Alguno de ustedes tiene idea de lo que me están pidiendo?
Collins se encogió de hombros, nervioso.
—Francamente no, señor. Pero éste es un caso en que el fin justifica los medios. Personalmente, creo que Nicholson, aquí presente, tiene un magnífico plan. Los resultados, en términos de información secreta, podrían ser asombrosos.
—El coste será elevado —dijo el presidente.
Nicholson se inclinó hacia adelante.
—Créame, señor, vale la pena.
—Eso es fácil de decir —repuso el presidente—. Ninguno de ustedes tiene la menor idea de lo que es el proyecto Siciliano.
Collins asintió.
—Desde luego, presidente. Se lo ha mantenido muy en secreto. Por eso nos alarmó descubrir su existencia a través del KGB, y no de nuestras propias fuerzas de seguridad.
—¿Cuánto creen que saben los rusos?
—Todavía no estamos absolutamente seguros —repuso Nicholson—, pero los pocos datos de que disponemos indican que el KGB sólo posee el nombre en clave.
—¡Diablos! —murmuró colérico el presidente—. ¿Cómo es posible que se haya filtrado?
—Me aventuraría a suponer que fue un desliz accidental —dijo Collins—. Si los analistas de información soviéticos creyeran haber descubierto un proyecto norteamericano ultra secreto de defensa, mis agentes en Moscú habrían olfateado algo.
El presidente miró a Collins.
—¿Por qué está seguro de que se relaciona con la defensa?
—Si la seguridad que rodea al proyecto Siciliano es tan estricta como usted sugiere, es obvio que se trata de una nueva arma. Y no abrigo dudas de que pronto los rusos llegarán a la misma conclusión.
—Coincido con la opinión de Collins —añadió Nicholson.
—Todo lo cual nos favorece...
—Continúe.
—Proporcionemos a la inteligencia naval soviética datos sobre el proyecto Siciliano en pequeñas dosis. Si muerden el anzuelo seremos literalmente dueños de uno de los principales servicios soviéticos de información.
Aburrido por la conversación humana, el sabueso del presidente se desperezó y se adormeció apaciblemente. Por un momento, el presidente miró pensativo al animal, sopesando las probabilidades. La decisión era dolorosa. Tenía la sensación de estar apuñalando por la espalda a todos sus amigos de la Sección Meta.
—Haré que el hombre que dirige el proyecto elabore un informe inicial —dijo por fin—. Usted, Nicholson, me dirá dónde y cómo quiere que sea entregado para que los rusos no sospechen el engaño. Recurrirá a mí, y sólo a mí, para cualquier nueva información acerca del proyecto Siciliano. ¿Entendido?
—Yo mismo dispondré los canales —asintió Nicholson.
El presidente pareció marchitarse y encogerse en el sillón.
—No necesito advertirles, señores —dijo con tono fatigado—, de que si somos descubiertos se nos considerará traidores.





30


Sandecker se inclinaba sobre una gran maqueta del relieve del suelo del Atlántico Norte, mientras jugueteaba con un pequeño puntero. Miró a Gunn y luego a Pitt, que se hallaba del otro lado del paisaje marino en miniatura.
—No lo entiendo —dijo tras una pausa—. Si esa trompeta es un indicio válido, el Titanic no está donde se supone.
Con un lápiz, Gunn hizo una marca diminuta en la maqueta.
—La última posición que trasmitió antes de hundirse fue aquí, a cuarenta y un grados cuarenta y siete minutos norte, cincuenta grados catorce minutos oeste.
—¿Y dónde encontraron ustedes la trompeta?
Gunn hizo otra marca.
—Según la posición exacta de la nave nodriza del Safo I en la superficie, cuando descubrimos la corneta de Farley, estábamos aquí, unos ocho kilómetros al sureste.
—Una diferencia de ocho kilómetros... ¿Cómo es posible eso?
—Hubo discrepancia en los indicios sobre la posición del Titanic al hundirse —explicó Pitt—. El patrón de uno de los barcos de rescate, el Mount Temple, situó a la nave mucho más al este, e hizo el cálculo basado en la ubicación del sol, mucho más exacto que la estimada por el cuarto oficial del Titanic inmediatamente después de la colisión con el iceberg.
—Pero el barco que recogió a los sobrevivientes, el Carpathia, según creo —dijo Sandecker—, tomó rumbo hacia la posición dada por el operador telegráfico del Titanic y en cuatro horas entró en contacto directo con los botes salvavidas.
—Hay ciertas dudas de que el Carpathia haya llegado en realidad tan lejos como presumió su capitán —replicó Pitt—. Siendo así, es posible que los restos del naufragio y los botes salvavidas hayan sido avistados varios kilómetros al sureste de la posición telegrafiada desde el Titanic.
Sandecker golpeteó ociosamente con el puntero la barandilla de la maqueta.
—Esto nos pone entre la espada y la pared. ¿Intentaremos la búsqueda en la zona exacta de los cuarenta y un grados sesenta y cuatro minutos norte, cincuenta grados catorce minutos oeste? ¿O apostaremos por la corneta de Graham Farlay, ocho kilómetros al sureste? Si perdemos, sólo Dios sabe por cuántas hectáreas de terreno del océano Atlántico tendremos que arrastrar cámaras submarinas de televisión antes de encontrar el barco hundido. ¿Qué le parece, Rudi?
Gunn no vaciló.
—Dado que nuestro esquema de búsqueda con el Safo I fracasó en la posición anunciada del Titanic y alrededor de ella, opino que debemos bajar las cámaras en las cercanías del sitio donde hallamos la corneta de Farley.
—¿Y a usted, Dirk?
Pitt guardó silencio unos instantes. Luego habló:
—Yo voto por una postergación de cuarenta y ocho horas.
Sandecker lo miró por encima del mapa.
—No podemos darnos el lujo de perder una hora, mucho menos cuarenta y ocho.
Pitt le devolvió la mirada.
—Sugiero que omitamos las cámaras de televisión y saltemos al paso siguiente.
—¿O sea?
—Enviar abajo un submarino tripulado.
Sandecker meneó la cabeza.
—No sirve. Un trineo con una cámara de televisión, remolcado por una nave de superficie, puede recorrer cinco veces el terreno en la mitad del tiempo que tardaría un submarino lento.
—Si establecemos por adelantado la ubicación, no.
La expresión de Sandecker se ensombreció.
—¿Y cómo propones lograr ese pequeño milagro?
—Reunamos todos los fragmentos de información acerca de las últimas horas del Titanic, recojamos todas las anotaciones sobre velocidad, informes contradictorios de posición, corrientes acuáticas, el ángulo en que se deslizó bajo las olas, agreguemos el sitio donde reposaba la corneta... y programémoslo todo en las computadoras de la ANIM. Con suerte, los datos obtenidos deberían señalar directamente la morada del Titanic.
—Es el método más lógico —admitió Gunn.
—Entretanto, perdemos dos días —objetó Sandecker.
—No perdemos nada, señor. Ganamos —insistió Pitt—. El almirante Kemper nos ha prestado el Modoc, que en este momento se halla en Norfolk, equipado y listo para zarpar.
—¡Claro! —barboteó Gunn—. El Sea Slug.
—Precisamente —replicó Pitt—. El Sea Slug es el último modelo de sumergible de la armada, diseñado y construido especialmente para salvamento y rescate en aguas profundas, y descansa en la cubierta de proa del Modoc. En dos días, Rudi y yo podemos tener ambas naves en la zona del naufragio, listas para iniciar la operación de búsqueda.
Sandecker se frotó la barbilla con el puntero.
—Y entonces, si las computadoras cumplen su función, yo les proporciono la posición correcta del lugar del naufragio. ¿De eso se trata?
—Sí, señor, de eso se trata.
Sandecker se apartó de la maqueta y se acomodó en un sillón. Luego lanzó la vista hacia los rostros decididos de Pitt y Gunn.
—Muy bien, caballeros; queda en sus manos.





31


Mel Donner llamó al timbre de la casa de Seagram, en Chevy Chase, y ahogó un bostezo.
Seagram abrió la puerta y salió al porche. Se saludaron con sendos movimientos de la cabeza, omitiendo las habituales cortesías matinales, y se dirigieron hacia el automóvil de Donner.
Seagram ocupó un asiento y clavó en la ventanilla unos ojos de mirada opaca y bordeados por oscuros círculos. Donner puso en marcha el vehículo.
—Pareces el monstruo de Frankenstein antes de cobrar vida —comentó Donner—. ¿Hasta qué hora trabajaste anoche?
—A decir verdad, llegué a casa temprano —replicó Seagram—. Fue un grave error; debí quedarme a trabajar. Así, Dana y yo tuvimos simplemente más tiempo para pelear. Últimamente se muestra tan condescendiente que me pone furioso. Por último me fastidié y me encerré en el estudio. Me quedé dormido sobre el escritorio. Me duelen lugares cuya existencia ignoraba.
—Gracias —sonrió Donner.
Seagram se volvió, perplejo.
—¿Gracias, por qué?
—Por reforzar mi decisión de permanecer soltero...
Ambos guardaron silencio mientras Donner conducía entre el intenso tránsito de Washington.
—Gene —dijo Donner al fin—, sé que éste es un tema peligroso; disgústate conmigo si quieres, pero estás empezando a parecer un cínico que se tortura a sí mismo.
Como no hubo reacción de Seagram, Donner prosiguió.
—¿Por qué no te tomas una o dos semanas libres y te llevas a Dana a cualquier playa tranquila y soleada? Aléjate un tiempo de Washington... La construcción de las instalaciones defensivas prosigue sin tropiezos, y en cuanto al bizanio, no podemos hacer nada, salvo esperar sentados y rezar por que los muchachos de Sandecker, en la ANIM, lo rescaten del Titanic.
—Ahora hago más falta que nunca —gruñó Seagram.
—Te engañas a ti mismo para halagar tu vanidad. Por ahora, todo está en otras manos.
Una lúgubre sonrisa apareció en los labios de Seagram.
—Te acercas bastante a la verdad.
Donner lo miró.
—¿A qué te refieres?
—Ya no está en nuestras manos —repitió Seagram, abstraído—. El presidente me ordenó que diera a conocer a los rusos información sobre el proyecto Siciliano.
Donner detuvo el coche junto a la acera y miró atónito a Seagram.
—Dios mío, ¿por qué?
—Warren Nicholson, de la CÍA, ha convencido al presidente de que suministrando datos fragmentarios sobre el proyecto a los rusos podrá obtener el control de una de sus principales redes de información.
—No me creo una palabra —dijo Donner.
—Lo que tú creas no importa —repuso bruscamente Seagram.
—Si es verdad lo que dices, ¿para qué les servirán a los rusos unos pocos indicios? Sin las necesarias ecuaciones y cálculos detallados, tardarían dos años en elaborar una teoría operativa. Y sin bizanio, toda la teoría carece de valor.
—Podrían elaborar un sistema efectivo en menos de treinta meses si se apoderaran del bizanio antes que nosotros.
—Imposible. El almirante Kemper jamás lo permitiría. Pondría en fuga a los rusos si trataran de piratear al Titanic.
—Supón —murmuró suavemente Seagram—, supón que se ordenara a Kemper mantenerse al margen y no intervenir.
Donner se apoyó en el volante y se frotó la frente, incrédulo.
—¿Me pides que crea que el presidente de Estados Unidos colabora con los comunistas?
Encogiéndose de hombros con aire fatigado, Seagram respondió:
—¿Cómo puedo pedirte que creas algo cuando yo mismo no sé qué creer?





32


Pavel Marganin, alto e imponente en su blanco uniforme de la marina, aspiró profundamente el aire del atardecer y entró en el ornado vestíbulo del restaurante Borodino. Dio su nombre al jefe de comedor y lo siguió hasta la mesa habitual de Prevlov, donde el capitán leía un grueso fajo de papeles encuadernados en una carpeta de archivo. Levantó los ojos y dedicó a Marganin una mirada aburrida antes de fijarlos de nuevo en el contenido del legajo.
—¿Puedo sentarme, capitán?
—Por supuesto, a menos que quiera colgarse una servilleta del brazo y retirar los platos —respondió Prevlov, todavía absorto en su lectura.
Marganin pidió un vodka y esperó a que Prevlov iniciara la conversación. Al cabo de unos minutos, el capitán dejó por fin el legajo y encendió un cigarrillo.
—Dígame, teniente, ¿ha estudiado el desarrollo de la expedición de la corriente Lorelei?
—En detalle, no. Me limité a hojear el informe antes de pasárselo a usted para que lo examinara.
—Lástima —dijo Prevlov con altanería—. Píenselo, teniente: un sumergible capaz de recorrer dos mil quinientos kilómetros sin emerger a la superficie ni una sola vez en casi dos meses. Qué bien harían los científicos soviéticos en ser la mitad de imaginativos.
—Francamente, señor, la lectura del informe me resultó más bien tediosa.
—¡Conque tediosa! Si la hubiera estudiado durante uno de sus inusuales accesos de concienzuda dedicación, habría discernido una extraña desviación del curso en los últimos días de la expedición.
—No logro ver ningún significado oculto en un simple cambio de trayecto.
—Un buen agente de inteligencia busca un significado oculto en todo, Marganin.
Reprendido en términos inequívocos, Marganin consultó nerviosamente su reloj de pulsera y miró hacia el baño para hombres.
—Creo que debemos investigar qué atrae tanto a los norteamericanos cerca de los grandes bancos de Terranova —continuó Prevlov—. Desde aquel asunto de Nueva Zembla, quiero que se investigue a fondo toda operación emprendida por la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas a partir de seis meses atrás. Mi intuición me dice que los norteamericanos andan en algo que anuncia dificultades para la Madre Rusia. —Prevlov hizo señas a un camarero que pasaba y le señaló su vaso vacío. Luego se reclinó, suspirando—. Las cosas nunca son lo que parecen, ¿verdad? Extraña y desconcertante profesión la nuestra, si se piensa que cada coma, cada punto en un trozo de papel puede ofrecer indicios vitales de un secreto extraordinario. En la dirección menos obvia están las respuestas.
El camarero trajo el coñac de Prevlov, que vació la copa, enjuagándose la boca con el licor antes de tragarlo de una sola vez.
—¿Me permite un momento, señor?
Prevlov alzó la vista y Marganin señaló con la cabeza hacia el lavabo.
—Por supuesto.
Marganin entró en el lavabo de alto techo y se dirigió al urinario. No estaba solo. Bajo la puerta de un retrete asomaban dos pies con los pantalones alrededor de los tobillos. Marganin permaneció allí, sin darse prisa, hasta que oyó correr el agua del inodoro. Entonces se acercó al lavabo y se lavó lentamente las manos, mirando por el espejo cómo el mismo hombre gordo del banco del parque se ajustaba el cinturón y se le aproximaba.
—Disculpe, marinero —dijo el gordo—. Se le ha caído esto al suelo.
Y le tendió un sobre a Marganin, quien lo aceptó sin vacilar y se lo guardó en la chaqueta.
—Oh, qué descuido el mío. Gracias.
Mientras Marganin se volvía en busca de una toalla, el gordo se inclinó sobre la pileta.
—En ese sobre hay información explosiva —susurró—. No la trate con ligereza.
—Será manejada delicadamente.





33


La carta ocupaba el centro exacto del escritorio en el estudio de Seagram. Éste encendió la lámpara, se dejó caer en el sillón y empezó a leer:
Querido Gene:
Te amo. Tal vez parezca un modo banal de comenzar, pero es cierto. Te sigo queriendo con toda mi alma.
He procurado con desesperación comprenderte y sostenerte durante estos meses de tensión. Cómo he sufrido aguardando que aceptases mi amor y mi atención, sin esperar a cambio nada más que una pequeña señal de afecto tuyo. Soy fuerte en muchos aspectos, Gene, pero no tengo fortaleza ni paciencia para luchar contra el olvido indiferente. Ninguna mujer las tiene.
Añoro nuestras primeras épocas, los días buenos en que la preocupación que sentíamos el uno por el otro pesaba mucho más que las exigencias de nuestras vidas profesionales. Entonces todo era más sencillo. Dictábamos nuestras clases en la universidad, reíamos y hacíamos el amor como si cada vez fuera la última. Tal vez yo introduje la incomprensión entre ambos por no querer hijos. Tal vez un hijo o una hija nos habría unido más. No lo sé. Sólo puedo lamentar lo que no hice.
Lo único que sé es que será mejor para los dos que ponga tiempo y espacio entre nosotros por una temporada, ya que ahora el vivir bajo un mismo techo parece sacar a la luz una mezquindad y un egoísmo que ninguno de nosotros conocía en sí mismo. Me he ido a vivir con Marie Sheldon, una geóloga marina de la ANIM. Ella ha tenido la amabilidad de prestarme una habitación de su casa de Georgetown, hasta que yo logre desenredar mis telarañas mentales. Por favor, no intentes comunicarte conmigo. El único resultado sería más palabras desagradables. Dame tiempo para reflexionar, Gene, te lo imploro.
Dicen que el tiempo cura las heridas. Reguemos que así sea. No es que quiera abandonarte cuando más crees necesitarme. Pienso que esto te aliviará de una carga entre las grandes presiones de tu tarea. Perdona mi debilidad femenina, pero desde el otro lado de la moneda, desde mi lado, es como si tú me hubieras echado. Ojalá el futuro permita que nuestro amor perdure.
Una vez más: te quiero.

DANA.





34


Seagram releyó la carta cuatro veces; sus ojos se negaban a apartarse de esas hojas nítidamente mecanografiadas. Por último apagó la luz y se quedó sentado en la oscuridad.

De pie frente a su armario ropero, Dana Seagram cumplía el femenino ritual de decidir qué ponerse cuando alguien llamó a la puerta del dormitorio.
—Dana... ¿estás lista?
—Entra, Marie.
Marie Sheldon lo hizo y se apoyó contra la pared del dormitorio.
—Dios santo, cariño, ni siquiera estás vestida todavía.
Marie tenía una voz profunda y gutural. Era una mujer menuda, delgada, vital, de vividos ojos azules, atrevida nariz corta y abundante cabello rubio aclarado por el sol y recortado al estilo rústico. Podría haber sido muy bella, salvo por su mandíbula cuadrada.
—Esto me pasa todas las mañanas —dijo Dana con irritación—. Ojalá pudiera organizarme y preparar todo la noche anterior, pero siempre espero al último momento.
Marie se acercó a Dana.
—¿Qué te parece la falda azul?
Dana retiró la falda de la percha, pero enseguida la arrojó sobre la alfombra.
—¡Maldita sea! Envié la blusa que hace juego a la lavandería.
—Si no te cuidas empezarás a echar espuma por la boca.
—No puedo evitarlo —repuso Dana—. Todo parece andar mal últimamente.
—Quieres decir, desde que abandonaste a tu marido...
—Lo que menos necesito ahora es un sermón.
—Cálmate, cariño. Si quieres desahogarte con alguien, ponte frente a un espejo.
Dana permaneció inmóvil y tensa. Viendo que se avecinaba un acceso emocional de llanto, Marie optó por una retirada estratégica.
—Tranquilízate. No te apresures. Yo bajaré a preparar el coche.
Dana esperó a que se alejaran los pasos de Marie; luego fue al cuarto de baño y tomó dos cápsulas de Valium. En cuanto el tranquilizante empezó a surtir efecto, se puso con toda calma un vestido de lino color turquesa, se acomodó el cabello, se calzó unos zapatos sin tacón y bajó por la escalera.
Durante el trayecto hacia el cuartel general de la ANIM, Dana, muy animada y airosa, siguió con un pie el compás de la música emitida por la radio del automóvil.
—¿Una o dos píldoras? —preguntó Marie como al descuido.
—¿Eeeh?
—Dije si fue una píldora o dos... Cuando te transformas instantáneamente de fiera en ángel, no cabe duda de que has estado tragando píldoras.
—Eso del sermón lo dije en serio...
—Está bien, pero te haré una advertencia. Si una noche te encuentro tendida en el suelo por haberte excedido en la dosis, me escabulliré silenciosamente en la noche. No soporto las escenas melodramáticas.
—Estás exagerando.
Marie la miró.
—¿Ah, sí? Tragas esas píldoras como otros devoran vitaminas.
—Estoy bien —dijo Dana, desafiante.
—No me vengas con ésas... Eres un caso clásico de hembra emocionalmente deprimida y frustrada. Y de la peor especie, podría agregar.
—Las heridas tardan en cicatrizar.
—¿De qué heridas me hablas? Querrás decir que así disminuyes tus remordimientos.
—No quiero engañarme creyendo que hice lo mejor al abandonar a Gene... Pero estoy convencida de que hice lo que debía.
—¿No crees que él te necesita?
—Antes tenía la esperanza de que me buscaría, pero cada vez que estamos juntos peleamos como gatos callejeros. Él me ha excluido de su vida, Marie. Es la vieja historia de siempre. Cuando un hombre como Gene se vuelve esclavo de las exigencias de su trabajo, levanta una muralla que no es posible derribar. Y la estúpida razón, es que imagina que el compartir sus problemas me pondrá también en la línea de fuego. Un hombre acepta la ingrata carga de la responsabilidad. Nosotras, las mujeres, no. Para nosotras la vida es una partida que jugamos un día por vez. Nunca planeamos por adelantado, como los hombres. —La cara se le puso triste y tensa—. No puedo hacer otra cosa que esperar y volver cuando Gene caiga herido en su batalla privada. Entonces, y sólo entonces, me acogerá otra vez a su lado.
—Puede que sea demasiado tarde —dijo Marie—. A juzgar por tu descripción, Gene parece un buen candidato para un colapso nervioso o un infarto fulminante. Si tuvieras un poco de coraje, te quedarías junto a él.
Dana meneó la cabeza.
—No puedo soportar el rechazo. Hasta que podamos volver a unirnos en paz, haré una vida diferente.
—¿Eso incluye a otros hombres?
—Sólo amor platónico —repuso Dana con sonrisa forzada—. No pienso jugar a la hembra liberada y echarme encima de cualquier paquete que se me cruce por delante.
Marie sonrió con astucia.
—Ser exigente y proclamar normas elevadas es una cosa, pero en la práctica real es muy distinto... Olvidas que esto es Washington DC. Aquí superamos en número a los hombres por ocho a uno. Ellos son los afortunados que pueden darse el lujo de ser selectivos.
—Si ocurre algo, pues que ocurra. Yo no iré en busca de aventuras. Además, he perdido la práctica. Olvidé cómo coquetear.
—Seducir a un hombre es como andar en bicicleta —rió Marie—. Una vez se aprende, nunca se olvida.
Detuvo su coche en el amplio aparcamiento del cuartel general de la ANIM. Juntas subieron los escalones hasta el vestíbulo, donde se unieron a los demás miembros del personal que se dirigían por pasillos y ascensores a sus oficinas.
—¿Qué tal si almorzamos? —propuso Marie.
—Perfecto.
—Llevaré un par de amigos para que ejercites tus encantos latentes.
Antes que Dana pudiera protestar, Marie se había perdido entre la multitud. De pie en el ascensor, Dana notó, con una extraña sensación de distanciamiento, que el corazón le latía con fuerza.





35


Sandecker detuvo su automóvil en el aparcamiento del Instituto de Oceanografía de Alexandria, se apeó y caminó hacia un hombre que se hallaba de pie junto a un carrito de golf.
—¿El almirante Sandecker?
—Sí...
—Soy el doctor Murray Silverstein —se presentó el rechoncho hombrecillo calvo, tendiéndole la mano—. Me alegro de que haya venido, almirante. Creo que tenemos algo que puede servir...
Sandecker se acomodó en el carrito.
—Agradecemos todo dato útil que puedan proporcionarnos.
Silverstein condujo el pequeño vehículo por una senda de asfalto.
—Desde anoche hemos efectuado una amplia serie de pruebas... No puedo prometer nada matemáticamente exacto, pero los resultados son interesantes, por lo menos.
—¿Algún problema?
—Unos cuantos. El principal, que hace más aproximadas que exactas nuestras proyecciones, es la falta de datos sólidos. Por ejemplo, nunca se estableció la dirección de la proa del Titanic al hundirse. Este factor desconocido podría agregar seis kilómetros cuadrados a la zona de búsqueda.
—No entiendo. ¿Acaso un barco de cuarenta y cinco mil toneladas no debería hundirse en línea recta?
—No necesariamente. El Titanic zigzagueó y se deslizó bajo el agua en un ángulo cerrado de unos setenta y ocho grados, y al hundirse el peso del agua que llenó sus compartimientos delanteros lo impulsó a una velocidad de entre cuatro y cinco nudos. Además, debemos tener en cuenta el ímpetu causado por su enorme masa y el hecho de que tuvo que recorrer tres kilómetros y medio antes de llegar al fondo. Me temo que aterrizó en línea horizontal a cierta distancia de su punto de partida inicial en la superficie.
Sandecker miró al oceanógrafo con fijeza.
—¿Cómo puede saber el ángulo exacto en que se hundió el Titanic? Las descripciones de los supervivientes eran bastante imprecisas.
Silverstein señaló una alta torre de cemento que se alzaba a su derecha.
—Allí están las respuestas, almirante —dijo, mientras detenía el vehículo frente a la entrada del edificio—. Venga y le daré una demostración práctica de lo que digo.
Sandecker lo siguió por un corto pasillo hasta una sala con una gran ventana de plástico acrílico en un extremo. Silverstein hizo señas al almirante de que se acercara más. Al otro lado de la ventana, un buceador que vestía equipo de profundidad saludaba con la mano. Sandecker le devolvió el saludo.
—Un tanque de agua profunda —explicó Silverstein—. Las paredes internas son de acero y se elevan a sesenta metros de altura, con un diámetro de diez metros. Hay una cámara de alta presión para entrar y salir del nivel inferior, y cinco esclusas de aire distribuidas a intervalos para permitirnos observar nuestros experimentos a distintas profundidades.
—Entiendo —dijo Sandecker—. Han logrado simular la caída del Titanic al fondo del mar...
—Sí; se lo mostraré. —De un estante situado bajo la ventana de observación, Silverstein sacó un teléfono—. Owen, haga una bajada dentro de treinta segundos.
—¿Tienen un modelo a escala del Titanic}
—No es precisamente digno de un museo marítimo, por supuesto —dijo Silverstein—, pero como versión a escala de la configuración general, peso y desplazamiento del barco, es un duplicado casi perfecto y equilibrado. El alfarero hizo un excelente trabajo.
—¿ El alfarero ?
—Es de cerámica —repuso Silverstein con ademán vago—. Podemos moldear y hornear veinte modelos en el tiempo que nos llevaría fabricar uno de metal. —Tomó a Sandecker del brazo para conducirlo a la ventana—. Aquí viene.
Alzando la vista, Sandecker vio una forma cuadrangular, de más o menos un metro veinte de diámetro, que descendía lentamente por el agua, precedida por algo que parecía una lluvia de bolitas. Notó que no se había intentado autenticar detalles. El modelo parecía un liso terrón de arcilla sin esmaltar; redondeado en una punta, afinado en la otra, y con tres tubos encima que representaban las chimeneas del Titanic. A través de la ventana de observación, oyó un nítido tintineo cuando la proa del modelo llegó al fondo del tanque.
—¿Una falla en la configuración del modelo no alteraría sus cálculos? —preguntó Sandecker.
—Sí, un error podría influir —contestó Silverstein, mirándolo—. ¡Pero le aseguro, almirante, que no descuidamos nada!
Sandecker señaló el modelo.
—El verdadero Titanic tenía cuatro chimeneas, no tres.
—Poco antes de hundirse definitivamente —dijo Silverstein—, su popa se elevó hasta quedar totalmente perpendicular. La tensión fue excesiva para los tirantes de alambre que sostenían la cuarta chimenea. Se cortaron y ésta cayó por estribor.
Sandecker asintió con la cabeza.
—Lo felicito, doctor. Debí pensarlo mejor antes de cuestionar la minuciosidad de su experimento.
—En realidad, no es nada. Me da oportunidad de alardear de mi pericia —repuso Silverstein, mientras se volvía y hacía la señal del pulgar levantado a través de la ventana. El buceador ató el modelo a una soga que iba hacia lo alto del tanque—. Haré de nuevo la prueba y le explicaré cómo llegamos a nuestras conclusiones.
—Podría empezar explicando las bolitas.
—Sustituyen a las calderas —dijo Silverstein.
—¿Las calderas?
—Y la simulación es perfecta. Verá usted, mientras la popa del Titanic apuntaba al cielo, sus calderas se soltaron de los soportes y se precipitaron hacia la proa a través de los mamparos. Eran enormes... veintinueve en total; algunas medían casi cinco metros de diámetro y seis de largo.
—Pero sus bolitas cayeron fuera del modelo.
—Sí; nuestros cálculos indican que por lo menos diecinueve calderas se abrieron paso destrozando la proa y cayeron al fondo separadas del casco.
—¿Cómo puede saberlo con certeza?
—Porque si la caída hubiera sido contenida, el tremendo movimiento de lastre causado por las calderas al ir desde la mitad de la nave hasta la parte delantera habría arrastrado al Titanic en un curso de noventa grados recto hacia abajo. Sin embargo, en los informes de los supervivientes que observaban desde los botes salvavidas, y que por una vez tienden a coincidir, se afirma que poco después de apagarse el ensordecedor estrépito de las calderas en su loca estampida, el barco se enderezó un poco por la proa antes de hundirse. Este hecho indica que el Titanic vomitó sus calderas, y una vez libre de esta sobrecarga, se enderezó levemente hasta la inclinación de setenta y ocho grados.
—¿Y las bolitas confirman esta teoría?
—Al pie de la letra —repuso Silverstein, mientras tomaba nuevamente el teléfono—. Cuando quiera estoy listo, Owen... —Volvió a colgar el auricular—. Es Owen Duggan, mi ayudante. Ahora está depositando el modelo en el agua, directamente encima de esa cuerda de plomada que ve usted en el agua, a un lado del tanque. A medida que el agua empiece a penetrar por agujeros estratégicamente abiertos en la proa del modelo, empezará a hundirse de cabeza. A cierto ángulo, las bolitas rodarán hacia la proa, y una puerta de muelle les permitirá caer libremente.
Como a una señal, las bolitas empezaron a caer al piso del tanque, seguidas de cerca por el modelo, que cayó a tres metros y medio de la cuerda de plomada. El buceador hizo una pequeña marca en el fondo del tanque y levantó el índice indicando dos centímetros.
—Ahí lo tiene, almirante, ciento diez bajadas y nunca ha tocado fondo fuera de un radio de diez centímetros.
Sandecker contempló largo rato el tanque antes de volverse hacia Silverstein.
—¿Dónde buscamos, entonces?
—Después de algunas computaciones deslumbrantes —dijo Silverstein—, nuestro departamento de física sugiere que lo hagan a mil doscientos metros al sureste del sitio donde el Safo I descubrió la corneta, pero sólo es una suposición.
—¿Cómo puede saber con seguridad que la corneta no cayó también en ángulo?
Silverstein simuló ofenderse.
—Subestima usted mi perfeccionismo, almirante. Nuestras evaluaciones aquí carecerían de todo valor sin un cuadro bien claro del trayecto seguido por la corneta hasta el suelo marino. Entre mis comprobantes de gastos encontrará usted un recibo por dos cornetas adquiridas en la casa de empeños Moe. Tras una serie de pruebas en el tanque, las llevamos a trescientos kilómetros del cabo Hatteras y las lanzamos a cuatro mil metros de profundidad en el agua. Puedo mostrarle los trazados de nuestro sonar. Cada una cayó en un radio de tres metros de su línea vertical de lanzamiento.
—No quise ofenderlo —dijo Sandecker con ecuanimidad—. Tengo la sensación de que mi desconfianza me costará un cajón de Robert Mondavi Chardonnay 1984.
—Ochenta y uno —sonrió Silverstein.
—Si hay algo que no soporto es un bribón con buen gusto.
—Piense qué vulgar sería el mundo sin nosotros.
Sandecker no contestó. Se acercó a la ventana y contempló, dentro del tanque, el modelo en cerámica del Titanic. Silverstein se puso detrás de él.
—Es un tema fascinante, de eso no hay duda.
—Lo que pasa con el Titanic es extraño —dijo Sandecker en voz baja—. Una vez se cae bajo su hechizo, no se puede pensar en otra cosa.
—Pero ¿por qué? ¿Qué hay en él que atrapa la imaginación y no la suelta?
—Porque es el naufragio que empequeñece a todos los demás —repuso Sandecker—. Es el tesoro más legendario y más esquivo de la historia moderna. Una fotografía suya basta para bombear adrenalina. Conocer su historia, la tripulación que lo condujo, la gente que anduvo por sus cubiertas en sus pocos y breves días de vida, eso es lo que enciende la imaginación. El Titanic es un vasto archivo de una era que nunca volveremos a ver. Sólo Dios sabe si está dentro de nuestras posibilidades traer de nuevo a la luz del día a ese gran señor de los mares... Pero, por Dios que lo intentaremos.





36


El sumergible Sea Slug parecía aerodinámicamente limpio y pulido, pero a Pitt, que contorsionaba su metro noventa para instalarse en el sillón del piloto, el interior le parecía una pesadilla claustrofóbica de cañería hidráulica y circuitos eléctricos.
La nave, que medía seis metros de largo, era de forma tubular, con extremos redondeados como su letárgica tocaya.
Estaba pintada de amarillo vivo y tenía cuatro grandes portalones distribuidos por pares en la proa, mientras que encima, como pequeñas cúpulas de radar, tenía instalados dos potentes faros de alta intensidad.
Pitt terminó su inspección y se volvió hacia Giordino, que ocupaba el asiento a su derecha.
—¿Nos zambullimos?
—Sí, vamos —repuso Giordino con una resplandeciente sonrisa.
—¿Qué dices, Rudi?
Gunn, que estaba tendido ante las portillas inferiores, alzó la vista y asintió.
—Cuando queráis, estoy listo.
Pitt habló por un micrófono y observó por la pequeña pantalla de televisión situada encima del tablero de controles cómo la grúa del Modoc levantaba al Sea. Slug de su plataforma en cubierta y suavemente lo depositaba en el agua. En cuanto un buceador desconectó el cable de elevación, Pitt abrió la válvula del lastre y el sumergible comenzó a hundirse lentamente en las aguas agitadas y profundas.
—Está funcionando el reloj del sistema de supervivencia —anunció Giordino—. Una hora para llegar al fondo, diez horas para la búsqueda, dos horas para subir a la superficie, lo cual nos deja una reserva de cinco horas por si acaso.
—Utilizaremos el tiempo de reserva para la búsqueda —dijo Pitt.
Giordino conocía bien la verdad de la situación. Si sucedía lo impensable, un accidente a tres mil seiscientos metros de profundidad, no habría esperanzas de rescate. Sólo se podría rogar por una muerte rápida, en lugar del espantoso sufrimiento de una lenta asfixia. Le pareció realmente divertido desear estar otra vez a bordo del Safo /, disfrutando de su espaciosa comodidad y de la seguridad que ofrecía su sistema de supervivencia de ocho semanas. Reclinándose, observó cómo se oscurecía el agua a medida que el Sea Slug hundía su casco en las profundidades, mientras sus pensamientos iban hacia el enigmático hombre que pilotaba la embarcación.
Giordino rememoró sus épocas de estudiante de secundaria, cuando junto con Pitt habían armado automóviles de carrera y corrido con ellos por los desolados caminos rurales detrás de la playa de Newport, en California. Conocía a Pitt mejor que nadie; en cierta forma, mejor que cualquier mujer. Pitt poseía hasta cierto punto dos personalidades distintas, ninguna de ellas directamente relacionada con la otra. Estaba el Dirk Pitt simpático, que pocas veces se apartaba del medio del camino y era ocurrente, modesto e irradiaba una cordialidad condescendiente hacia todos los que se encontraban con él. Y también estaba el otro Dirk Pitt, la máquina fríamente eficiente que rara vez cometía un error y que con frecuencia se encerraba en sí mismo, distante y retraído. Si existía una llave con la cual abrir la puerta que separaba a los dos, Giordino no la había descubierto aún.
Giordino volvió a fijar su atención en el manómetro de profundidad. Su aguja indicaba cuatrocientos metros. Pronto pasaron la marca de los seiscientos metros y entraron en un mundo de noche perpetua. De allí hacia abajo, en cuanto al ojo humano concernía, sólo había tinieblas. Giordino accionó un interruptor y los faros exteriores se encendieron y abrieron una tranquilizante senda en la oscuridad.
—¿Qué posibilidades crees que tenemos de encontrarlo en el primer intento? —preguntó.
—Si se confirman los datos obtenidos por computación que nos envió el almirante Sandecker, el Titanic debe de estar en algún lugar dentro de un arco de ciento diez grados, mil trescientos metros al sureste del sitio donde rescatasteis la corneta.
—Ah, magnífico —masculló sarcásticamente Giordino—. Las posibilidades aumentan: de buscar un uña en las arenas de Coney Island a buscar un gorgojo albino en un algodonal.
—¿Esta es tu cuota diaria de pesimismo? —comentó Gunn.
—Si lo ignoramos tal vez desaparezca —rió Pitt.
Giordino hizo una mueca señalando el líquido abismo.
—Oh, claro, dejadme en la próxima esquina.
—Lo encontraremos —dijo Pitt con decisión, mientras indicaba el reloj iluminado en el tablero de control—. Veamos; ahora son las seis y cuarenta. Predigo que estaremos sobre la cubierta del Titanic antes del almuerzo; a las doce menos veinte, digamos.
—El gran vidente ha hablado —dijo Giordino, mirando a Pitt de reojo.
—Un poco de optimismo no hace mal a nadie —observó Gunn al tiempo que ajustaba las cámaras exteriores y encendía la luz estroboscópica. Ésta resplandeció un instante de modo enceguecedor, como un relámpago, reflejando millones de seres del plancton que se cernían en el agua.
Tres mil metros después y cuarenta minutos más tarde, Pitt trasmitió sus informes al Modoc, dando la profundidad y la temperatura del agua. Los tres hombres contemplaron fascinados un pequeño pejesapo, feo en su rechoncha apariencia, que pasó lentamente ante las portillas; el diminuto bulbo luminoso que sobresalía de la parte superior de su cabeza brillaba como un faro solitario.
A tres mil setecientos metros de profundidad apareció a la vista el suelo marino, que subía al encuentro del Sea Slug como si éste se hallara inmóvil. Pitt puso en funcionamiento los motores de propulsión y ajustó el ángulo de altitud, deteniendo suavemente el descenso del Sea Slug y situándolo en un rumbo a nivel sobre la lúgubre arcilla roja que alfombraba el suelo del océano.
Gradualmente, el ominoso silencio era roto por el rítmico zumbido que provenía de los motores eléctricos del Sea Slug. Al principio, Pitt tuvo dificultades en distinguir elevaciones y bajadas graduales en el fondo; no había nada que indicara una escala tridimensional. Sus ojos sólo veían una llanura que se extendía más allá del alcance de los faros.
No se observaba vida alguna. Sin embargo, la evidencia demostraba lo contrario. Huellas dispersas de los habitantes de las profundidades serpenteaban y zigzagueaban en todas direcciones a través del sedimento. Se podría haber supuesto que eran recientes, pero el mar suele engañar. Los rastros de las arañas, cohombros o estrellas marinas, moradores del fondo del océano, podían haber sido hechas unos minutos antes o cientos de años atrás, ya que los restos microscópicos de animales y plantas que componen el cieno de esas profundidades se depositan al ritmo de sólo uno o dos centímetros cada mil años.
—Mirad qué ser encantador —dijo Giordino señalando.
Siguiendo el dedo de Giordino, la mirada de Pitt distinguió un extraño animal negro azulado que parecía un cruce de calamar y pulpo. Tenía ocho tentáculos, ligados como la pata palmeada de un pato, y contemplaba al Sea Slug con dos grandes ojos esféricos que constituían casi un tercio de su cuerpo.
—Un calamar vampiro —les informó Gunn.
—Pregúntale si tiene parientes en Transilvania —sonrió Giordino.
—¿Sabes una cosa? —dijo Pitt—. Eso que vemos allí me recuerda a tu novia.
—¿Te refieres a la que no tiene pechos? —intervino Gunn.
—¿La has visto?
—Sigan delirando, chusma envidiosa —rezongó Giordino—. Está loca por mí, y su padre me mantiene flotando en whisky de diez años.
Durante las horas siguientes, el ingenio y el sarcasmo abundaron entre las paredes del Sea Slug. En realidad, era una forma de defensa, un mecanismo destinado a mitigar la roedora angustia de la monotonía. A diferencia de lo que ocurre en las novelas, buscar restos de naufragios en el fondo del mar puede ser una tarea agotadora y tediosa. Agréguese a eso la incomodidad de hallarse apretujados, la elevada humedad y bajas temperaturas dentro del sumergible, y se tienen los ingredientes para provocar, mediante un error humano, un accidente que podría resultar tan costoso como fatal.
Con manos firmes, Pitt manejaba los controles, guiando al Sea Slug apenas a un metro veinte sobre el fondo. Giordino se concentraba en los sistemas de supervivencia, mientras que Gunn mantenía los ojos pegados al sonar y al magnetómetro. Las largas horas de planificación habían quedado atrás. Ahora era cuestión de paciencia y persistencia, unidas a esa mezcla especial de eterno optimismo y amor por lo desconocido que todos los buscadores de tesoros comparten.
—Ahí delante parece haber un montón de rocas —anunció Pitt.
Giordino miró por las portillas.
—Están en el cieno... ¿De dónde habrán salido?
—Tal vez sea lastre arrojado por la borda de algún viejo buque de vela.
—Es más probable que provengan de icebergs —dijo Gunn—. Muchas rocas y desechos fragmentarios son arrastrados por el mar y luego caen al fondo cuando los icebergs se disuelven... —Se interrumpió en medio de su explicación—. Esperad... Tengo una fuerte reacción en el sonar. Ahora el magnetómetro lo está captando también.
—¿Hacia adonde? —preguntó Pitt.
—Rumbo uno, tres, siete.
—Uno, tres, siete —repitió Pitt.
Hizo mover al Sea Slug con un elegante ladeo como si fuera un avión, y tomó el nuevo curso. Por encima del hombro de Gunn, Giordino observaba con atención los verdes círculos de luz en la pantalla del sonar. Un puntito de vibrante luminosidad indicaba un objeto sólido, trescientos metros más allá de su radio de visión.
—No os ilusionéis demasiado —dijo Gunn con voz queda—. Parece demasiado pequeño para ser un barco.
—¿Qué crees que es?
—No tiene más de seis o siete metros de largo, unos dos pisos de alto. Podría ser cualquier cosa...
—Tal vez una caldera del Titanic —lo interrumpió Pitt—. El fondo del mar debe de estar sembrado de ellas.
—Ponte a la cabeza de la clase —dijo Gunn con tono que traslucía entusiasmo—. Mis datos son idénticos: orientación uno, uno, cinco. Y aquí viene otro a uno, seis, cero. El último tiene una longitud de veinte metros aproximadamente.
—Se diría que es una de las chimeneas —dijo Pitt.
—Joder! —murmuró roncamente Gunn—. Esto empieza a parecer una chatarrería.
De pronto, en el borde penumbroso de la oscuridad, se hizo visible un objeto redondeado, como una inmensa lápida que la luz espectral rodeaba con un halo. Pronto los tres pares de ojos que había dentro del sumergible pudieron distinguir el enrejado del horno de la gran caldera y después las hileras de remaches a lo largo de las costuras de hierro y los rotos tentáculos desparejos de lo que quedaba de su tubería de vapor.
—¿Qué tal si hubieras sido fogonero en esa época y hubieras alimentado a esa pequeña? —murmuró Giordino.
—He captado otra más —dijo Gunn—. No; esperad... la pulsación se hace más fuerte. Aquí está la longitud. Treinta metros... sesenta...
—Sigue, sigue —rogó Pitt.
—Ciento cincuenta... doscientos... doscientos cincuenta metros. ¡Lo hemos encontrado!
—¿Qué curso? —Pitt tenía la boca seca.
—Orientación cero, nueve, siete —replicó Gunn en un susurro.
Nada más dijeron durante los minutos siguientes, mientras el Sea Slug acortaba la distancia. Estaban pálidos y tensos de ansiedad. El corazón de Pitt latía con tal fuerza que le hacía doler el pecho, y le parecía tener una pesa de hierro en el estómago y una mano enorme apretándolo. Se dio cuenta de que estaba permitiendo al sumergible reptar demasiado cerca del cieno. Movió los controles y mantuvo los ojos en la portilla. ¿Qué encontrarían? ¿Un viejo armazón herrumbrado, imposible de reflotar? ¿Un casco roto, destrozado, enterrado en el lodo hasta la superestructura? Y entonces sus doloridos ojos divisaron una sombra enorme que se alzaba amenazante en la oscuridad.
—¡Dios todopoderoso! —murmuró Giordino, atónito—. Es la proa.
Cuando estuvieron a quince metros de distancia, Pitt puso al Sea Slug en un curso paralelo con la línea de flotación del desventurado barco. El solo tamaño de la nave hundida, vista desde el lado de sus chapas de acero, era un espectáculo asombroso. Aun después de casi ochenta años, el barco se veía sorprendentemente libre de corrosión; la faja dorada que rodeaba los doscientos setenta metros del negro casco relucía bajo los faros de alta intensidad. Pitt condujo el sumergible junto al ancla de babor, que pesaba quince toneladas, hasta que todos pudieron distinguir con claridad las doradas letras, de un metro de alto, que aún proclamaban orgullosamente que aquél era el Titanic.
Fascinado, Pitt cogió el micrófono y pulsó el botón para trasmitir.
—Modoc, Modoc... Aquí Sea Slug... ¿me oís?
Desde el Modoc, el radiotelegrafista contestó casi de inmediato.
—Aquí Modoc, Sea Slug. Le oímos. Hable.
Pitt ajustó el volumen para reducir al mínimo el chisporroteo de fondo.
—Modoc, notifiquen al cuartel general de la ANIM que hemos encontrado a T. Repito: hemos encontrado a T. Profundidad, cuatro mil doscientos metros. Hora, once cuarenta y dos.
—¿Once cuarenta y dos? —repitió Gunn—. Maldito bribón. Has errado por sólo dos minutos.

El Titanic yacía envuelto en la quietud espectral del negro abismo y mostraba las lúgubres cicatrices de su tragedia. El desgarrón producto de su choque con el iceberg se extendía desde la bodega de proa de estribor hasta la sala de calderas número 5, a casi cien metros de distancia en el casco, mientras que en la proa, bajo la línea de flotación, unos grandes agujeros delataban el impacto demoledor causado por las calderas al soltarse de su interior y abrirse paso destrozando un mamparo tras otro hasta hundirse en el océano.
Reposaba en el cieno pesadamente, un poco inclinado a babor, con el castillo de proa en dirección sur, como si todavía se esforzara patéticamente por salir y llegar a las aguas de un puerto que jamás había conocido. Las luces del sumergible bailaban sobre su fantasmal superestructura, lanzando grandes sombras espectrales a través de sus largas cubiertas de teca. Sus portalones, algunos abiertos, se alineaban por la vasta extensión de sus flancos. Presentaba una apariencia casi moderna, aerodinámica, ahora que ya no tenía chimeneas; las tres de delante no existían, dos de ellas probablemente arrastradas al hundirse la nave, mientras que la cuarta yacía sobre la cubierta de popa. Y salvo por los ramales dispersos de mohosos y desconectados aparejos de chimeneas que serpenteaban sobre las bordas, su cubierta superior presentaba solamente unos grandes respiraderos que montaban silenciosa guardia sobre las grúas Welin que habían sostenido los botes salvavidas.
Una belleza lúgubre envolvía la nave. Los que la miraban desde el sumergible casi podían ver sus comedores y sus camarotes inundados de luces y colmados por cientos de pasajeros despreocupados y risueños. Podían imaginar sus bibliotecas repletas de libros, sus salones de fumar llenos de la bruma azul de los cigarros y oír la música de su orquesta, tocando el ragtime de principios de siglo. Los pasajeros se paseaban por sus cubiertas: ricos, famosos, hombres en inmaculado traje de noche, mujeres en coloridos vestidos hasta los tobillos, abuelas con niños, los Astor, los Guggenheim y los Strauss en primera clase; los de clase media, los maestros, clérigos, estudiantes y escritores en segunda; los inmigrantes, agricultores irlandeses con sus familias, carpinteros, panaderos, sastres y mineros llegados de lejanas aldeas de Suecia, Rusia y Grecia en el entrepuente. Estaban además los casi novecientos tripulantes, desde oficiales hasta marineros, camareros, ascensoristas y maquinistas.
Una gran opulencia yacía en la oscuridad, tras las puertas y portalones. ¿Qué aspecto tendrían la piscina, la cancha de pelota y los baños turcos? ¿Algún podrido resto del gran tapiz colgaba todavía en la sala de recepción? ¿Y el reloj de bronce en la gran escalera, o las arañas de cristal en el elegante Café Parisién, y el delicadamente ornamentado cielo raso en el comedor de primera clase? ¿Tal vez los huesos del capitán Edward J. Smith seguirían estando en alguna parte, entre las sombras del puente? ¿Qué misterios habría por descubrir dentro del que fuera colosal palacio flotante, cuando volviera a recibir la luz del sol, si tal cosa ocurría?
La luz estroboscópica de la cámara fotográfica del sumergible parecía relampaguear de modo incesante a medida que el diminuto intruso circundaba el inmenso casco. Un pez de sesenta centímetros de largo, cola de rata, ojos enormes y pesada cabeza acorazada corría por las inclinadas cubiertas, con total despreocupación por los rayos de luz que estallaban.
Al cabo de lo que parecieron horas, el sumergible, con las caras de sus tripulantes siempre pegadas a las portillas, se elevó sobre el techo del salón de primera clase, quedó unos instantes inmóvil y luego depositó una pequeña cápsula para señales electrónicas. Sus impulsos de baja frecuencia ofrecerían ahora una guía que se podría seguir en futuros buceos hasta el barco hundido. Después el sumergible se deslizó hacia arriba, sus faros se apagaron y volvió a fundirse en la oscuridad de la que procedía.
Salvo por los pocos destellos de vida marina que de algún modo habían logrado adaptarse para sobrevivir en el negro y helado entorno, el Titanic quedaba solo una vez más. Pero pronto llegarían otros sumergibles y el barco sentiría las herramientas de los hombres recorriéndole otra vez la piel de acero, como tantos años atrás en los grandes astilleros de la compañía naviera Harland y Wolff, en Belfast.
Entonces, quizá, llegaría al fin a su primer puerto.





IV. EL TITANIC









37


Mayo de 1988

De modo medido y preciso, el secretario general del PCUS, Gueorgui Antonov, encendió su pipa y escrutó a los otros hombres que estaban sentados alrededor de la mesa de caoba para reuniones.
A su derecha se hallaba el almirante Boris Sloiuk, director de Inteligencia Naval soviética y su asistente, el capitán Prevlov. Frente a ellos estaban Vladimir Polevoi, jefe de la Dirección de Secretos Extranjeros del KGB, y Vasili Tilevich, mariscal de la Unión Soviética y director en jefe de la Seguridad.
Antonov fue al grano:
—Bien, parece que los norteamericanos están decididos a sacar el Titanic a la superficie. —Estudió un momento los papeles que tenía delante—. Al parecer es un intento a gran escala. Dos barcos de aprovisionamiento, tres embarcaciones menores, cuatro sumergibles de profundidad... —Miró al almirante Sloiuk y a Prevlov—. ¿Tenemos algún observador en esa zona?
Prevlov asintió con la cabeza,.
—La nave de exploraciones oceanográficas Mijail Kurkov, al mando del capitán Iván Parotkin, recorre el perímetro de la zona de rescate.
—Conozco personalmente a Parotkin —dijo Sloiuk—. Es un buen marino.
—Si los norteamericanos están gastando cientos de millones de dólares en un intento de rescatar un montón de hierro viejo que tiene setenta y seis años de antigüedad, debe haber una motivación lógica —dijo Antonov.
—Hay una motivación —respondió con gravedad el almirante Sloiuk—. Una motivación que amenaza nuestra propia seguridad... —Hizo una señal a Prevlov, quien comenzó a distribuir unas carpetas rojas con la leyenda «Proyecto Siciliano» a Antonov y los demás ocupantes de la mesa—. Por eso convoqué esta reunión. Mis agentes han descubierto planes en esbozo para un nuevo sistema defensivo secreto norteamericano. Creo que al estudiarlo quedarán impresionados, si no aterrados.
Antonov y los demás abrieron las carpetas y se pusieron a leer. Durante cinco minutos el secretario general leyó, mirando de vez en cuando hacia Sloiuk. El rostro de Antonov pasó por una amplia gama de expresiones, desde un interés profesional hasta franca perplejidad, luego asombro y, finalmente, pasmada comprensión.
—Esto es increíble, almirante Sloiuk, absolutamente increíble.
—¿Es posible este sistema defensivo? —preguntó el mariscal Tilevich.
—Formulé la misma pregunta a cinco de nuestros más respetados científicos... Todos concordaron, teóricamente, en que este sistema es viable, siempre que se disponga de una fuente energética lo bastante potente.
—¿Y ustedes suponen que esa fuente está encerrada en las bodegas del Titanic? —le preguntó Tilevich.
—Estamos seguros de ello, camarada mariscal. Como mencioné en el informe, el ingrediente vital necesario para completar el proyecto Siciliano es un elemento poco conocido llamado bizanio. Ahora sabemos que hace setenta y seis años los norteamericanos robaron de suelo ruso la única provisión mundial. Afortunadamente tuvieron la mala suerte de transportarlo en un barco que naufragó.
Antonov sacudió la cabeza sin entender nada.
—Si es cierto lo que dice usted en su informe, los norteamericanos tienen el potencial necesario para derribar nuestros misiles intercontinentales con tan poco esfuerzo como un pastor de cabras para aplastar moscas.
Slomk asintió con solemnidad.
—Me temo que así es.
Polevoi se inclinó sobre la mesa, con el rostro desnudado en una máscara de suspicaz consternación.
—Afirma usted que su contacto es un funcionario de alto nivel en el Departamento de Defensa.
—Así es —asintió respetuosamente Prevlov—. Se desilusionó del sistema norteamericano durante el caso Watergate y desde entonces me envía todo material que considera importante.
Antonov clavó en Prevlov una mirada penetrante.
—¿Los cree usted capaces de hacerlo, capitán Prevlov?
—¿Rescatar el Titanic?
Antonov asintió. Prevlov le devolvió la mirada.
—Si recuerda usted cómo la CÍA logró recuperar uno de nuestros submarinos nucleares de una profundidad de cinco mil metros junto a Hawai, en 1974 (creo que lo llamaron proyecto Jennifer), poca duda cabe de que los norteamericanos tienen capacidad técnica para llevar el Titanic al puerto de Nueva York. Sí, camarada Antonov, estoy convencido de que lo harán.
—No comparto su opinión —dijo Polevoi—. Un barco del tamaño del Titanic es muy distinto de un submarino.
—Tengo que compartir la opinión del capitán Prevlov —adujo Sloiuk—. Los norteamericanos tienen la fastidiosa costumbre de llevar a cabo lo que se proponen.
—¿Y qué hay de este proyecto Siciliano? —insistió Polevoi—. El KGB no ha recibido datos detallados sobre su existencia, salvo su nombre en clave. ¿Cómo sabemos si los norteamericanos no han creado un proyecto fantasma para jugar una mala pasada durante las negociaciones para limitar los sistemas estratégicos?
Antonov golpeó la mesa con los nudillos.
—Los norteamericanos no hacen trampa. El camarada Kruschev lo comprobó hace veinticinco años, durante la crisis cubana de los misiles. No podemos descartar ninguna posibilidad, por remota que sea, de que estén a punto de poner en funcionamiento este sistema defensivo en cuanto rescaten el bizanio del casco del Titanic. —Hizo una pausa para chupar su pipa—. Sugiero que volvamos nuestros pensamientos hacia un plan de acción.
—Es obvio que debemos asegurarnos de que el bizanio jamás llegue a Estados Unidos —dijo el mariscal Tilevich.
Polevoi tamborileó con los dedos sobre la carpeta del proyecto Siciliano.
—Sabotaje. Debemos sabotear la operación de rescate. No hay otro recurso.
—No debe haber incidente alguno con repercusiones internacionales —dijo Polevoi con firmeza—. No puede haber indicios de interferencia mediante acción militar abierta. No quiero que las relaciones soviético-estadounidenses se vean amenazadas durante otro año de mala cosecha. ¿Está claro?
—No podemos hacer nada si no penetramos en la zona de rescate —insistió Tilevich.
Polevoi fijó la mirada en Sloiuk.
—¿Qué medidas han tomado los norteamericanos para proteger la operación?
—El crucero nuclear Juneau, que lleva misiles, patrulla cerca de las naves de rescate durante las veinticuatro horas.
—¿Puedo hablar? —pidió Prevlov con tono casi condescendiente; no esperó respuesta—. Con el debido respeto, camaradas, la penetración ya se ha efectuado.
Antonov alzó la vista.
—Por favor, capitán, explíquese.
Prevlov miró de reojo a su superior. El almirante Sloiuk le contestó asintiendo con un leve movimiento de la cabeza.
—Tenemos dos agentes secretos trabajando como miembros de la tripulación de rescate de la ANIM —explicó Prevlov—. Un equipo de excepcional capacidad... Hace dos años que nos transmiten importantes datos oceanográficos norteamericanos.
—Magnífico. Sus agentes se han comportado muy bien, Sloiuk —dijo Antonov, aunque sin entusiasmo. Volvió a fijar la mirada en Prevlov—. Capitán, ¿debemos presumir que ha ideado usted un plan?
—Así es, camarada.

Cuando Prevlov regresó a su oficina, Marganin estaba sentado tras el escritorio del capitán con aire despreocupado. Se observaba un cambio en él. Ya no parecía el vulgar asistente adulón que Prevlov había dejado allí pocas horas antes. Trasuntaba mayor seguridad en sí mismo. Sus ojos vacilantes reflejaban ahora la confiada expresión de un hombre que sabía adonde iba.
—¿Qué tal la reunión, capitán? —preguntó Marganin sin levantarse.
—Creo que pronto llegará el día en que usted me llamará almirante.
—Debo reconocer —dijo Marganin con tranquilidad— que la fertilidad de su mente sólo es superada por su vanidad.
Prevlov fue tomado por sorpresa. Su cara palideció de ira controlada, y cuando habló, no hizo falta un oído agudo ni mucha imaginación para detectar la emoción en su voz.
—¿Se atreve usted a insultarme?
—¿Por qué no? Sin duda usted convenció al camarada Antonov de que fue su genio el que descubrió el objetivo del proyecto Siciliano y la operación de rescate del Titanic, cuando en realidad fue mi contacto quien pasó la información. Y es muy probable además que les haya hablado de su magnífico plan para arrebatar el bizanio a los norteamericanos... que también me robó a mí. En resumen, Prevlov, usted no es más que un ladrón sin talento.
—¡Basta! —exclamó Prevlov con tono glacial, señalando con un dedo a Marganin. De pronto se puso tieso y recobró el control: resuelto, medido, era un verdadero profesional—. Su insubordinación le costará caro, Marganin —dijo con tono agradable—. Me ocuparé de que muera mil veces antes de un mes.
Marganin no dijo nada. Se limitó a sonreír con la frialdad de una tumba.





38


—El secreto se fue al infierno —anunció Seagram mientras arrojaba un periódico sobre el escritorio de Sandecker—. Es el de esta mañana. Lo compré en un quiosco hace menos de quince minutos.
Sandecker leyó la primera plana. No le hizo falta buscar más; todo estaba allí.
—«La ANIM rescatará el Titanic» —leyó en voz alta—. Bueno, por lo menos ya no tenemos que seguir cuidándonos. «Un intento de reflotar el malhadado barco que costará muchos millones de dólares.» Debe admitir que leer esto es fascinante... «Fuentes informadas dijeron hoy que la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas está conduciendo un intento de rescate en gran escala destinado a reflotar el Titanic, que chocó con un iceberg y se hundió en pleno Atlántico el 15 de abril de 1912, con la pérdida de más de mil quinientas vidas. Esta monumental empresa anuncia una nueva aurora en los rescates en aguas profundas, sin parangón en la historia.»
—Una búsqueda que costará muchos millones de dólares —agregó Seagram con sombrío ceño—. Al presidente le encantará eso...
—Hasta sale una foto de mí —dijo Sandecker—. No es un buen retrato. Debe de ser una foto sacada de sus archivos y tomada hace quizá cinco o seis años.
—El momento no podía ser peor —dijo Seagram—. Tres semanas más... Pitt dijo que trataría de reflotarlo en tres semanas más.
—No contenga el aliento mientras tanto. Pitt y su tripulación trajinan desde hace nueve meses; nueve agotadores meses de batallar contra cada borrasca invernal, encarando cada contratiempo y adversidad técnica a medida que se presentaban. Es un milagro que hayan logrado tanto en tan poco tiempo. Sin embargo, muchas cosas podrían salir mal. Tal vez haya grietas estructurales ocultas que podrían partir el casco al separarse del suelo oceánico, o también es posible que la enorme succión entre la quilla y el cieno del fondo nunca suelte su presa. En su lugar, Seagram, no me ilusionaría hasta que vea aparecer al Titanic, frente a la estatua de la Libertad.
Seagram se mostró angustiado. Viendo su expresión consternada, el almirante sonrió y le ofreció un cigarro, que fue rechazado.
—Por otro lado —continuó Sandecker consoladoramente—, puede que salga a la superficie sin un solo tropiezo.
—Eso es lo que me agrada de usted, almirante, su optimismo intermitente.
—Me gusta estar preparado para los desengaños. Eso contribuye a aliviar las penas.
Seagram no contestó. Guardó silencio un minuto y luego dijo:
—Está bien, nos preocuparemos por el Titanic cuando llegue el momento... Pero todavía tenemos el problema de la prensa. ¿Cómo lo encaramos?
—Muy sencillo —declaró airosamente Sandecker—. Haremos lo que haría cualquier político pujante, surgido desde abajo, cuando unos periodistas ávidos de escándalo revelan sus dudosos antecedentes.
—¿A qué se refiere? —preguntó Seagram con recelo.
—Convocaremos una conferencia de prensa...
—Eso es una locura. Si el Congreso y la opinión pública llegan a enterarse de que hemos gastado en esto setecientos cincuenta millones de dólares, se nos echarán encima como un tornado de Kansas.
—Pues mentiremos y reduciremos los costos de rescate a la mitad. ¿Quién se va a enterar? No hay modo de descubrir la verdadera cifra.
—De todos modos no me gusta —dijo Seagram—. Los periodistas de Washington son cirujanos expertos cuando se trata de hacer pedazos a un orador en una conferencia de prensa. Lo trincharán a usted como a un pavo de Acción de Gracias.
—No pensaba en mí —dijo Sandecker.
—¿En quién, entonces? No en mí, por cierto. Soy el hombre que no está aquí, ¿recuerda?
—Pensaba en otra persona. Alguien que desconoce nuestros tejemanejes ocultos. Alguien que es una autoridad en barcos hundidos y a quien la prensa tratará con la mayor cortesía y respeto.
—¿Y dónde encontrará este dechado de virtudes?
—Me alegro de que haya usado la palabra virtud —dijo el almirante con socarronería—. Mire usted, pensaba en su esposa.





39


Con aplomo, de pie ante el atril, Dana recibía y contestaba hábilmente las preguntas que le hacían los ochenta y tantos periodistas sentados en el salón auditorio de la ANIM. Sonreía continuamente, con la expresión feliz de una mujer que lo pasa bien y que sabe que será aprobada. Vestía una falda color terracota, y un jersey de escote bajo, pulcramente realzado por un pequeño collar de caoba. Era alta, atractiva y elegante; una imagen que puso en desventaja a sus inquisidores.
A la izquierda del recinto, una mujer canosa se puso de pie y agitó la mano.
—Doctora Seagram...
Dana asintió con gracia.
—Doctora Seagram, los lectores de mi periódico, el Chicago Daily, quisieran saber por qué el gobierno gasta millones en rescatar un barco viejo y enmohecido. ¿No estaría mejor gastarlos en otra parte... digamos, para beneficencia social o remodelamiento urbano?
—Con gusto se lo aclararé —replicó Dana—. En primer lugar, reflotar al Titanic no es malgastar dinero. Se han presupuestado doscientos noventa millones de dólares, y aún estamos muy por debajo de esa cifra; y podría agregar que estamos adelantados con respecto a los planes.
—¿No cree que eso es mucho dinero?
—No, si usted tiene en cuenta los posibles beneficios. Verá usted, el Titanic es un verdadero depósito de riquezas. Los cálculos estimativos llegan a más de trescientos millones de dólares. Todavía hay a bordo muchas joyas y posesiones valiosas de los pasajeros, por valor de un cuarto de millón de dólares en un solo camarote. Están además los accesorios del barco, así como los muebles y el suntuoso decorado, parte del cual quizá se recupere. Un coleccionista pagaría con gusto de quinientos a mil dólares por un objeto de porcelana o una copa de cristal sacados del comedor de primera clase. Así pues, este proyecto federal no es un fraude a los contribuyentes. Presentaremos ganancia en dólares y ganancia en objetos históricos, para no mencionar el enorme aporte de datos para la ciencia y la tecnología.
—Doctora Seagram... —Esta vez era un hombre alto y de rostro enjuto que estaba al fondo del salón—. Como no hemos tenido tiempo de leer el comunicado de prensa que distribuyó antes, ¿podría explicarnos, por favor, el mecanismo del rescate?
—Me alegro de que lo pregunte —rió Dana—. Discúlpenme por el lugar común, pero su pregunta, señor, me permite presentarles algunas diapositivas que tal vez contribuyan a explicar muchos de los misterios referentes al proyecto. —Se volvió hacia los bastidores del escenario—. Luces, por favor...
La iluminación se atenuó y apareció la primera diapositiva en una ancha pantalla situada por encima y detrás del atril.
—Empezamos con un montaje de más de ochenta fotografías que, unidas, muestran al Titanic tal como descansa en el fondo del océano. Afortunadamente su posición es vertical, con una leve inclinación a babor, que pone a la rajadura de cien metros de largo, consecuencia del impacto con el iceberg en una posición accesible para cerrarla.
—¿Cómo es posible cerrar una abertura de ese tamaño a tan enorme profundidad?
La diapositiva siguiente mostraba a un hombre sosteniendo algo parecido a una gran burbuja de plástico líquido.
—En respuesta a esa pregunta —dijo Dana—, aquí está el doctor Amos Standard, presentando una sustancia que él elaboró y bautizó como «mojacero». Como lo sugiere el nombre, el mojacero, aunque flexible en el aire, se endurece hasta adquirir la rigidez del acero noventa segundos después de entrar en contacto con el agua, y puede adherirse a un objeto de metal como si estuviera soldado.
Esta última declaración fue seguida por una oleada de murmullos en toda la sala.
—Tanques de aluminio esféricos, de tres metros de diámetro, que contienen mojacero, han sido arrojados al agua en puntos estratégicos alrededor de la nave —continuó Dana—. Están diseñados para que un sumergible pueda acoplarse al tanque, de modo no muy distinto al procedimiento por el cual un cohete transportador se posa en un laboratorio espacial, y luego seguir hasta la zona de operaciones, donde la tripulación puede apuntar y lanzar el mojacero desde un boquerel especialmente diseñado.
—¿Cómo se bombea el mojacero del tanque?
—Lo ilustraré con otra comparación: a esa profundidad, la enorme presión comprime al tanque de aluminio como si fuera un tubo de pasta dentífrica, e impulsa la soldadura hacia la abertura a cubrir.
Hizo señas de que pusieran otra diapositiva.
—Ahora vemos un corte trasversal del mar, donde aparecen las embarcaciones de aprovisionamiento en la superficie y los sumergibles agrupados en el fondo, alrededor de la nave hundida. Cuatro vehículos submarinos tripulados toman parte en la operación de rescate. El Safo I, que como quizá recuerden fue la embarcación utilizada en la expedición a la corriente Lorelei, se ocupa actualmente de reparar el daño causado por el iceberg del lado de estribor del casco y también la proa, destrozada por las calderas del propio Titanic. El Safo II, más nuevo y de diseño más avanzado, está cerrando las aberturas más pequeñas, tales como respiraderos y portalones. El sumergible Sea Slug, de la armada, tiene como tarea apartar los despojos innecesarios, incluyendo mástiles, aparejos y la chimenea delantera, que cayó sobre la cubierta principal de popa. Y finalmente, el Deep Fathom, un sumergible perteneciente a la Corporación Petrolera Uranus, está instalando válvulas de presión en el casco y la superestructura del Titanic.
—Por favor, ¿podría explicar la finalidad de las válvulas, doctora Seagram?
—Desde luego —replicó Dana—. Cuando el casco inicia su trayecto a la superficie, el aire que se ha bombeado a su interior comenzará a expandirse a medida que disminuye la presión del mar contra su exterior. A menos que se desagote continuamente esta presión interna, es posible que el Titanic estalle en pedazos. Las válvulas, por supuesto, están allí para impedir que semejante desastre ocurra.
—¿La ANIM se propone utilizar aire comprimido para izar el barco hundido?
—Sí, la embarcación de sostén Capricorn tiene dos equipos compresores capaces de desplazar el agua que hay en el casco del Titanic con aire suficiente como para levantarlo.
—Doctora Seagram —se oyó otra voz incorpórea—, soy de Science Today y estoy enterado de que la presión del agua alrededor del Titanic supera los cuatrocientos kilos por centímetro cuadrado. Sé también que el compresor de aire más grande que se conoce sólo puede extraer doscientos cincuenta kilos. ¿Cómo piensan superar esta diferencia?
—A través de un tubo reforzado, el equipo principal que hay a bordo del Titanic bombea el aire de la superficie hasta la bomba secundaria, instalada en la parte media del barco hundido. Esta bomba secundaria tiene la apariencia de un motor radial de aviación, con una serie de pistones distribuidos alrededor de un eje central. También aquí utilizamos las grandes presiones abismales del mar para activar la bomba, que también recibe electricidad y la presión del aire que llega desde arriba. Lamento no poder ofrecer una descripción minuciosa, porque soy arqueóloga marina, no ingeniera. Sin embargo, más tarde, el almirante estará a disposición de ustedes para responder a sus preguntas técnicas con mayor detalle.
—¿Y la succión? —insistió la voz de Science Today—. Después de estar tantos años hundido en el cieno, ¿el Titanic podría estar pegado al fondo?
—Claro que sí —repuso Dana, mientras hacía señas pidiendo luces.
Cuando se encendieron, se quedó unos instantes pestañeando bajo el resplandor, hasta que pudo distinguir a quien la interrogaba. Era un hombre de mediana edad, largo cabello castaño y grandes gafas con montura de metal.
—Cuando se calcule que el barco tiene aire suficiente para elevar su masa hacia la superficie, se desconectará del casco el tubo de aire y se lo empleará para inyectar un producto químico electrolítico, elaborado por la compañía Myers-Lenz, en el sedimento que rodea la quilla. La reacción resultante hará que las moléculas del sedimento se disgreguen, formando un colchón de burbujas que eliminará la fricción estática y permitirá a la enorme mole zafarse de la succión.
Otro hombre levantó la mano.
—Si la operación resulta exitosa y el Titanic se encamina hacia la superficie, ¿no hay bastantes probabilidades de que se escore? Dos kilómetros y medio es un trayecto muy largo para que un objeto no equilibrado y que pesa cuarenta y cinco mil toneladas se mantenga derecho.
—Tiene razón. Hay la posibilidad de que se escore, pero nos proponemos dejar en las bodegas inferiores agua suficiente para que obre como lastre y elimine este problema.
Una mujer joven, de aspecto masculino, se levantó y agitó la mano.
—¡Doctora Seagram! Soy Connie Sánchez, del Female Eminence Weekly, y a mis lectoras les interesaría saber qué mecanismos de defensa ha elaborado usted para competir de manera cotidiana en una profesión dominada por machos obtusos y egocéntricos.
Los periodistas presentes recibieron esa pregunta con un incómodo silencio. «Dios mío —se dijo Dana—, tarde o temprano tenía que suceder.» Se acercó al atril y se apoyó en él en actitud sensual, casi provocativa.
—Mi respuesta, señorita Sánchez, será estrictamente extraoficial.
—¿Tiene miedo de revelarlo? —dijo Connie Sánchez con una sonrisa despectiva.
Dana ignoró el comentario.
—En primer lugar, considero innecesario un mecanismo de defensa. Mis colegas masculinos respetan mi inteligencia lo suficiente como para aceptar mis opiniones. En segundo lugar, prefiero situarme en mi propio terreno y competir con miembros de mi propio sexo, cosa nada insólita si tiene en cuenta que de quinientos cuarenta científicos que componen el personal superior de la ANIM, ciento catorce son mujeres. Y en tercer lugar, señorita Sánchez, los únicos obtusos que he tenido la mala suerte de conocer durante mi vida no han sido hombres, sino más bien mujeres como usted.
Un silencio de asombro reinó en la sala durante varios instantes. Luego, de pronto, surgió del público una voz.
—¡Bravo, doctora! —gritó la canosa viejecita del Chicago Daily—. Eso se llama poner a alguien en su lugar.
Un cerrado aplauso inundó la sala. Los fogueados corresponsales de Washington le manifestaron su respeto ovacionándola de pie.
Sentada en su asiento, Connie Sánchez la miraba fija y fríamente, enrojecida de cólera. Viendo que los labios de Connie formaban la palabra «perra», Dana le devolvió una sonrisa relamida y burlona. «Qué dulce es la adulación», pensó Dana.





40


Desde la mañana temprano soplaba el viento del noreste. Ya por la tarde se había convertido en un ventarrón de treinta y cinco nudos, que a su vez provocó montañosas marejadas que sacudían las naves de rescate de un lado a otro como tazas de papel en un lavavajillas. La tempestad llevaba consigo un frío entumecedor, originado en las yermas extensiones del Ártico. Los hombres no se atrevían a aventurarse por las heladas cubiertas. No era ningún secreto que el mayor impedimento para conservar el calor era el viento. Un hombre podía tener mucho más frío y sentirse mucho peor a seis grados bajo cero con un viento de treinta y cinco nudos, que a treinta grados bajo cero sin viento. El viento roba al cuerpo el calor con tanta rapidez como éste lo produce; una desagradable situación conocida como «factor congelamiento».
Joel Farquar, el meteorólogo del Capricorn, cedido por la Administración Federal de Servicios Meteorológicos, no parecía preocupado por la tormenta que rugía fuera de la sala de operaciones. Estudiaba la instrumentación que, conectada con los satélites meteorológicos, ofrecía cuadros espaciales del Atlántico Norte cada veinticuatro horas.
—¿Qué ves en nuestro futuro con tu mentecita pronosticadora? —preguntó Pitt, afirmándose para soportar el bamboleo.
—Empezará a amainar dentro de una hora —replicó Farquar—. Mañana, al salir el sol, la velocidad del viento habrá descendido a diez nudos.
Farquar habló sin levantar la vista. Era un hombrecillo estudioso, rubicundo, carente de sentido del humor y de cordialidad. Sin embargo, todos los que participaban en la operación de rescate lo respetaban por su total dedicación al trabajo y por el hecho de que sus predicciones eran increíblemente exactas.
—El hombre propone y Dios dispone —murmuró Pitt para sí—. Otro día perdido. Es la cuarta vez en una semana que hemos tenido que desamarrar la línea de aire y sostenerla con boyas.
—Solamente Dios puede provocar una tormenta —dijo Farquar con indiferencia, y señaló con la cabeza las dos hileras de monitores de televisión que cubrían el tabique delantero de la sala de operaciones del Capricorn—. Por lo menos a ellos no les molesta todo esto.
Pitt miró las pantallas, que mostraban los sumergibles trabajando tranquilamente sobre el barco hundido, a cuatro mil metros de profundidad bajo el mar implacable. Su independencia respecto de la superficie era lo que salvaba al proyecto. Con excepción del Sea Slug, que sólo podía permanecer sumergido dieciocho horas y ahora se hallaba bien amarrado en la cubierta del Modoc, los otros tres sumergibles podían ser programados para quedarse junto al Titanic durante cinco días antes de volver a la superficie para cambiar de tripulación. Pitt se volvió hacia Giordino, que estaba inclinado sobre una gran mesa para mapas.
—¿Cuál es la disposición de las naves de superficie?
Giordino indicó los pequeños modelos de cinco centímetros de largo ubicados sobre el mapa.
—El Capricorn ocupa su posición habitual en el centro. El Modoc está justo delante, y el Bomberger los sigue tres kilómetros a popa.
Pitt contempló fijamente el modelo del Bomberger. Era una nave nueva, especialmente diseñada para rescate en aguas profundas.
—Dile a su capitán que se acerque a un kilómetro de distancia.
Giordino hizo una señal al calvo radiotelegrafista, bien sujeto a la cubierta inclinada, frente a su equipo.
—Ya lo has oído, Ricitos. Dile al Bomberger que se acerque hasta un kilómetro a proa.
—¿Y los barcos de aprovisionamiento? —inquirió Pitt.
—Allí no hay problema. Este tiempo es ideal para naves de diez toneladas como esas dos. El Alhambra está en posición a babor, y el Monterrey Park justo donde tiene que estar, a estribor.
Pitt indicó un pequeño modelo rojo.
—Veo que nuestros amigos rusos nos acompañan todavía.
—¿El Mijail Kurkov? —repuso Giordino, mientras levantaba la reproducción azul de un buque de guerra y la colocaba junto al modelo rojo—. Sí, pero no estará disfrutando del juego. El Juneau, ese crucero de la armada con misiles, lo sigue como pegado a la cola.
—¿Y el equipo flotante que señala la posición del barco hundido?
—Continúa sonando tranquilamente a veinticinco metros por debajo de este estrépito —anunció Giordino—. Sólo mil doscientos metros, más o menos, rumbo cero, cinco, nueve, al suroeste, claro.
—Gracias a Dios que la tormenta no nos ha alejado de la zona de operaciones —suspiró Pitt.
—Cálmate —lo tranquilizó Giordino con una sonrisa—. Cada vez que sopla un poco de brisa pareces una madre cuya hija ha salido con un chico después de medianoche.
—El nerviosismo empeora a medida que nos acercamos —admitió Pitt—. Si disponemos de diez días tranquilos, podemos poner fin a la tarea.
—Eso que lo diga el oráculo del tiempo —repuso Giordino, volviéndose hacia Farquar—. ¿Qué dices tú, gran vidente de sabiduría meteorológica?
—No conseguiréis que os anuncie nada con más de doce horas de anticipación —gruñó Farquar sin alzar la vista—. Esto es el Atlántico Norte, el océano más imprevisible del mundo. Casi no hay un solo día igual a otro. En cambio, si ese valioso Titanic vuestro se hubiera hundido en el índico, podría daros esa predicción de diez días que pedís con un ochenta por ciento de probabilidades de exactitud.
—Vaya con el tío —replicó Giordino—. Apuesto a que cuando le haces el amor a una mujer, le dices que tiene un cuarenta por ciento de probabilidades de que le guste.
—Cuarenta por ciento es mejor que nada —dijo Farquar.
Pitt, que notó un gesto del operador de sonar, se le acercó.
—¿Qué has captado?
—Un extraño tañido en el amplificador —contestó el operador, que en corpulencia y forma se asemejaba a un gorila—. Lo he oído algunas veces durante los dos últimos meses... Un sonido bastante extraño, como si alguien estuviera enviando mensajes.
—¿Tienes alguna explicación?
—No, señor. Hice que Ricitos lo escuchara, pero dijo que era puro guirigay.
—Lo más probable es que sea algún objeto suelto en el barco hundido, al que la corriente sacude.
—O acaso un fantasma —dijo el operador de sonar.
—No cree en ellos pero les teme, ¿verdad?
—Mil quinientas almas se hundieron con el Titanic —contestó el otro—. No es improbable que por lo menos una de ellas vuelva a merodear por el barco.
—Los únicos espíritus que me interesan —dijo Giordino desde la mesa para mapas— son los que se beben...
—Acaba de apagarse la cámara interior de la cabina del Safo II —anunció el hombre de cabello bermejo que estaba sentado frente a los monitores de televisión.
Pitt se acercó a él y observó atentamente el monitor apagado.
—¿El problema es de este lado?
—No, señor. Todos los circuitos aquí y en el tablero de relés de la boya funcionan. El problema está en el Safo II, Fue simplemente como si alguien colgara un trapo sobre la lente de la cámara.
Pitt se volvió hacia el operador de radio.
—Ricitos, comunícate con el Safo II y pídeles que verifiquen su cámara de televisión en la cabina.
Giordino cogió un cuaderno de registros para ver cuál era la tripulación en ese momento.
—Ornar Woodson está al mando del Safo II.
Ricitos pulsó el interruptor de transmisión.
—Safo II, hola Safo II, aquí Capricorn. Contesten, por favor. —Luego se inclinó, apretándose los auriculares contra los oídos—. El contacto es débil, señor. Hay mucha interferencia. Las palabras llegan entrecortadas. No logro descifrarlas.
—Conecte el altavoz —ordenó Pitt.
En la sala de operaciones resonó una voz, apagada tras una ola de estática.
—Algo obstruye la transmisión —dijo Ricitos—. El equipo de relés en la boya de la línea de aire debería recogerla con toda claridad.
—Déle todo el volumen. Tal vez consigamos entender la respuesta de Woodson.
—Safo II, repita, por favor. No le entendemos. Hable.
En cuanto Ricitos conectó el altavoz, la explosión de ensordecedor chisporroteo hizo saltar a todos.
—...cornno ... irnos ... idad ... bien.
Pitt cogió el micrófono.
—Ornar, habla Pitt. La cámara de la cabina de ustedes no funciona. ¿Pueden repararla? Esperamos respuesta.
En la sala de operaciones, todas las miradas se clavaron en el altavoz. Cinco interminables minutos transcurrieron mientras aguardaban pacientemente el informe de Woodson. Después el altavoz volvió a retumbar con la voz fragmentada de Woodson:
—Hen... Muk ... itamos aut ...ón ... super...
Giordino hizo una mueca de perplejidad.
—Algo acerca de Henry Munk. Lo demás no se entiende.
—Están otra vez en el monitor. —No todas las miradas habían estado fijas en el altavoz. El joven que atendía los monitores de televisión no había apartado la suya de la pantalla del Safo II.
—La tripulación parece estar agrupada alrededor de algo que yace en cubierta.
Como espectadores en un partido de tenis, todas las cabezas se volvieron al tiempo hacia el monitor. Unas figuras se movían de un lado a otro ante la cámara, mientras que al fondo se veía a tres hombres inclinados sobre un cuerpo grotescamente tumbado sobre la estrecha cabina del sumergible.
—Ornar, escúchame —dijo Pitt por el micrófono—. No entendemos tus transmisiones. El monitor los ha vuelto a emitir. Repito: el monitor ha vuelto a emitir. Escribe el mensaje y acércalo a la cámara.
Vieron que una de las figuras se separaba de las demás e, inclinándose un momento sobre una mesa, escribía, para luego acercarse a la cámara. Era Woodson, quien sostenía un trozo de papel donde se leía en toscas letras: «Henry Munk muerto. Solicitamos autorización para subir a la superficie.»
—¡Maldita sea! —exclamó Giordino con expresión atónita—. ¿Henry Munk muerto? No puede ser.
—Ornar Woodson no se distingue por bromear —dijo Pitt, sombrío, antes de volver a transmitir—: Negativa, Ornar. No podéis subir a la superficie. Aquí arriba hay una borrasca de treinta y cinco nudos. El mar está turbulento. Repito: no podéis emerger a la superficie.
Woodson asintió con la cabeza para indicar que entendía. Luego escribió algo más, mirando furtivamente de vez en cuando. El mensaje decía: «¡Sospecho Munk asesinado!»
Hasta el rostro de Farquar, habitualmente inescrutable, había palidecido.
—Ahora tendrás que dejarlos emerger —susurró.
—Haré lo que tenga que hacer —contestó Pitt, meneando la cabeza con decisión—. Tendré que dejar a un lado mis sentimientos... Dentro del Safo II hay cinco hombres que todavía viven y respiran. No los arriesgaré a subir, sólo para perderlos bajo una ola de diez metros. No; tendremos que aguantar hasta que amanezca, para ver lo que haya que ver en el Safo II.





41


Pitt hizo que el Capricorn se orientara hacia la boya de retransmisión de señales en cuanto el viento amainó hasta veinte nudos. Una vez más conectaron la línea de aire que iba desde el compresor de la nave hasta el Titanic y esperaron a que el Safo II surgiera de las profundidades. Al este, el cielo comenzaba a iluminarse cuando se realizaron los preparativos finales para recibir al sumergible. Los buceadores se aprestaron a zambullirse alrededor del Safo II para atarlo con sogas de seguridad que le impidieran escorarse en el agitado mar; se colocaron tornos y cables para alzarlo del agua a la popa abierta del Capricorn; en la cocina de a bordo, el cocinero empezó a preparar café y un abundante desayuno para agasajar a la tripulación del sumergible cuando llegara. Una vez todo estuvo listo, los científicos y mecánicos permanecieron inmóviles, temblando al frío de las primeras horas de la mañana, pensando en la muerte de Henry Munk.
Eran las seis y diez cuando el sumergible surgió entre la fuerte marejada, a cien metros de la popa de babor del Capricorn. Se envió un cable por medio de un bote y menos de veinte minutos después el Safo II era izado a la rampa de popa de una embarcación menor. En cuanto quedó afirmado y amarrado en su sitio, se abrió la escotilla y salió Woodson, seguido por los cinco supervivientes de su tripulación.
Woodson trepó a la cubierta superior, donde Pitt lo esperaba. Tenía los ojos enrojecidos de no dormir y la cara barbuda y gris, pero logró esbozar un sonrisa cuando Pitt le entregó un humeante jarro de café.
—No sé si me alegro más de veros a vosotros o al café —dijo.
—En tu mensaje hablabas de asesinato —dijo Pitt, omitiendo toda formalidad de bienvenida.
Woodson sorbió el café y luego miró a los hombres que levantaban el cadáver de Munk por la escotilla del sumergible.
—Aquí no —dijo con voz queda.
Pitt señaló sus habitaciones. Una vez cerrada la puerta no perdió tiempo.
—Bien, habla...
Woodson se desplomó pesadamente en el camastro de Pitt y se frotó los ojos.
—Nos encontrábamos a unos veinte metros sobre el fondo del mar, cerrando las troneras de estribor de la cubierta C, cuando recibí tu mensaje sobre la cámara de televisión. Cuando fui atrás para averiguar qué pasaba, encontré a Munk tendido en cubierta con la sien izquierda aplastada.
—¿Algún indicio de lo que causó el golpe?
—Era evidente —respondió Woodson—. Había trocitos de piel, sangre y cabello pegados en una punta de la tapa del alternador.
—No estoy familiarizado con el equipo del Safo II. ¿Cómo está instalado?
—Del lado de estribor, a unos tres metros de la popa. La tapa se eleva a unos quince centímetros sobre la cubierta, de modo que el alternador, que está debajo, sea de fácil acceso para su mantenimiento.
—Entonces pudo haber sido un accidente. Tal vez Munk haya tropezado y caído, golpeándose la cabeza en el borde.
—Podría haber sido así, salvo que sus pies apuntaban en dirección contraria.
—¿Qué tienen que ver sus pies con esto?
—Estaban vueltos hacia la popa.
—¿Y?
—¿No lo entiendes? —repuso Woodson con impaciencia—. Munk debe haber caminado hacia la popa cuando cayó.
En la mente de Pitt, el confuso cuadro empezó a despejarse. Y vio cuál era la pieza del rompecabezas que no encajaba.
—La tapa del alternador se encuentra a estribor, de modo que Munk debía tener hundida la sien derecha y no la izquierda.
—Exacto.
—¿Qué origen tuvo el desperfecto en la cámara de televisión?
—No hubo ningún desperfecto. Alguien colgó una toalla sobre la lente.
—¿Y la tripulación? ¿Dónde se hallaba cada miembro?
—Yo me ocupaba de la boca del tanque, mientras Sam Merker oficiaba de piloto. Munk había abandonado el tablero de instrumentos para ir a la montera, que está ubicada en la popa. Éramos la segunda guardia. La primera incluía a Jack Donovan.
—¿Un sujeto rubio y joven? ¿El ingeniero de estructuras de Tecnológica Oceánica?
—El mismo. Y el teniente León Lucas, técnico en rescate designado por la armada, y Ben Drummer. Los tres dormían en sus literas.
—Eso no significa necesariamente que alguno de ellos haya matado a Munk —adujo Pitt—. Nadie mata en una situación ineludible, a cuatro mil metros de profundidad, sin un motivo muy grave.
Woodson se encogió de hombros.
—Tendrás que recurrir a Sherlock Holmes. Yo sólo sé lo que vi.
Pitt siguió indagando:
—Munk pudo haberse girado al caer.
—No, salvo que tuviera cuello de goma, capaz de dar una vuelta hacia atrás de ciento ochenta grados.
—Veamos otro enigma. ¿Cómo se mata a un hombre que pesa noventa kilos golpeándole la cabeza contra una punta metálica que está a sólo quince centímetros del suelo? ¿Balanceándolo por los talones?
Woodson hizo un ademán de impotencia.
—Está bien, tal vez me confundí y empecé a ver maniacos homicidas donde no los hay. Dios sabe que ese barco hundido lo perturba a uno después de un tiempo. Es fantasmagórico. Hubo veces en que podría haber jurado que vi gente pasearse por sus cubiertas, apoyarse en las barandas y mirarnos.
Bostezó y fue evidente que le costaba mantener los ojos abiertos. Pitt se dirigía hacia la puerta cuando se volvió y dijo:
—Será mejor que duermas un poco. Más tarde hablaremos de esto.
No hizo falta insistir más. Woodson dormía pacíficamente antes de que Pitt llegara a la mitad del trayecto hacia la enfermería.
El doctor Cornelius Bailey era un hombre elefantino, de hombros anchos y mandíbula cuadrada. El cabello castaño claro le llegaba hasta el cuello de la chaqueta y lucía una barba recortada en un elegante estilo Van Dyke. Era popular entre los integrantes de las tripulaciones de rescate y capaz de beber más que cinco de ellos juntos cuando estaba de humor. Sus manos, que parecían jamones, movían el cadáver de Henry Munk sobre la mesa de exámenes con tan poco esfuerzo como si se tratara de un muñeco de madera..., como casi lo era en realidad, teniendo en cuenta el avanzado estado de rigor mortis.
—Pobre Henry —comentó—. Gracias a Dios que no tenía familia. Era un hombre sano. Cuando lo examiné por última vez, todo lo que pude hacer por él fue quitarle un poco de cera de las orejas.
—¿Qué puede decirme sobre su muerte? —preguntó Pitt.
—Eso es obvio —repuso Bailey—. Primero, un deterioro masivo del lóbulo temporal...
—¿Primero? ¿Qué quiere decir?
—Precisamente eso, mi estimado Pitt. Este hombre fue muerto dos veces. Mira esto. —Y apartando la camisa de Munk le descubrió la nuca: en la base del cráneo había un gran magullón purpúreo—. Bajo la medalla oblongata, la médula espinal ha sido aplastada. Lo más probable es que haya sido con algún tipo de instrumento romo.
—Entonces Woodson tenía razón... Munk fue asesinado.
—¿Asesinado? Oh, sí, por supuesto, de eso no hay duda —declaró Bailey con toda calma, como si un homicidio fuera un suceso cotidiano a bordo.
—Parecería entonces que el asesino atacó a Munk por la espalda y después le golpeó la cabeza contra la tapa del alternador para aparentar un accidente.
—Es una presunción lógica.
Pitt apoyó una mano en el hombro de Bailey.
—Te agradecería que lo mantengas en secreto por un tiempo, doctor.
—Seré una tumba, mis labios están sellados y todas esas tonterías. No pienses más en ello. Mi informe y mi testimonio estarán aquí cuando los necesites.
Pitt sonrió al médico y salió de la enfermería, dirigiéndose a proa, donde el Safo II goteaba agua salada en la rampa. Trepó por la escalera de la escotilla y se dejó caer dentro. Un técnico revisaba la cámara de televisión.
—¿Qué ha encontrado? —preguntó Pitt.
—Este aparato funciona bien —contestó el técnico—. En cuanto el equipo revise el casco, puede enviar el sumergible nuevamente abajo.
—Cuanto antes mejor —dijo Pitt, pasando junto al técnico para dirigirse al extremo posterior de la nave. La sangre de las heridas de Munk ya había sido limpiada de la cubierta y de la tapa del alternador.
La mente de Pitt era un torbellino. Un solo pensamiento se desprendía de la maraña, aunque no era en realidad un pensamiento sino una irracional certeza de que algo delataría al asesino de Munk. Calculaba que tardaría una hora o más, pero el destino fue bondadoso. Encontró lo que sabía que debía encontrar, antes de que transcurrieran diez minutos.





42


—A ver si lo entiendo —decía Sandecker, indignado—. ¿Un miembro de mi equipo de rescate ha sido brutalmente asesinado y usted me pide que me cruce de brazos y no haga nada mientras el asesino anda libre y a sus anchas?
Warren Nicholson se removió en su sillón, incómodo, y eludió los llameantes ojos del almirante.
—Comprendo que es difícil aceptar tal cosa.
—Eso es poco decir —gruñó Sandecker—. ¿Y si se le ocurre volver a matar?
—Ése es un riesgo calculado que hemos tomado en cuenta.
—¿Que hemos tomado en cuenta? —repitió Sandecker—. Para usted es sencillo decirlo desde su puesto en la jefatura de la CÍA. Usted no está allá, encerrado en un sumergible a miles de metros bajo el mar, preguntándose si el hombre que tiene al lado le aplastará el cráneo.
—Estoy seguro de que no volverá a suceder —afirmó Nicholson, impasible.
—¿Por qué está tan seguro?
—Porque los agentes rusos no asesinan a menos que sea absolutamente necesario.
—Agentes rusos... —Sandecker clavó en Nicholson una mirada de incredulidad—. Por Dios, ¿qué está diciendo?
—Justamente eso... Henry Munk fue asesinado por un agente que trabaja para los soviéticos.
—No puede saberlo con certeza. No hay pruebas...
—En un ciento por ciento, no. Es posible que haya sido alguien que odiara a Munk. Pero los datos indican a un agente soviético.
—Pero ¿por qué Munk? —preguntó Sandecker—. Era especialista en instrumental. ¿Cómo es posible que haya sido una amenaza para un espía?
—Sospecho que Munk vio algo que no debió haber visto y hubo que acallarlo —explicó Nicholson—. Y eso no es más que la mitad, por así decir... Mire usted, almirante, ocurre que no sólo un agente ruso, sino dos, se han infiltrado en su operación de rescate.
—No me lo creo.
—Nuestro oficio es el espionaje, almirante. Descubrimos estas cosas.
—¿Quiénes son? —quiso saber Sandecker.
Nicholson se encogió de hombros.
—Lo siento, no puedo decirle más. Nuestras fuentes de información revelaron que esos agentes actúan bajo los nombres clave de Silver y Gold. Pero en cuanto a sus verdaderas identidades, no tenemos idea.
La mirada de Sandecker era sombría.
—¿Y si mis hombres descubren quiénes son?
—Tengo la esperanza de que usted coopere, al menos por ahora, y les ordene guardar silencio y no actuar.
—Esos dos podrían sabotear todo el rescate.
—Suponemos que no se les ha ordenado destruir.
—Es una locura, una locura total —murmuró Sandecker—. ¿Tiene idea de lo que me está pidiendo?
—El presidente me preguntó lo mismo hace unos meses y mi respuesta sigue siendo la misma. No, no la tengo. Advierto que ustedes intentan algo más que un simple rescate, pero el presidente no ha creído necesario confiarme la verdadera razón de sus acciones.
—¿Y qué pasa si accedo a lo que me pide? —preguntó Sandecker.
—Lo mantendré informado de lo que suceda. Y cuando llegue el momento, le daré vía libre para que arreste a los agentes soviéticos.
El almirante permaneció un momento en silencio. Cuando por fin habló, Nicholson notó la gravedad de su tono.
—Está bien, colaboraré. Pero que Dios lo ayude si hay algún accidente trágico u otro asesinato allá abajo. Las consecuencias serán más terribles de lo que usted pueda imaginar.





43


Con el traje salpicado por una llovizna de primavera, Mel Donner cruzó la puerta de Marie Sheldon.
—Quizá esto me enseñe a llevar un paraguas en el coche —dijo mientras sacaba un pañuelo para secarse.
Marie cerró la puerta y lo miró con curiosidad.
—Cualquier puerto es bueno en una tormenta, ¿verdad, guapo?
—¿Perdón?
—A juzgar por su aspecto —continuó Marie con voz suave y susurrante—, necesitaba un techo hasta que amainara la lluvia y el destino lo guió bondadosamente hasta el mío.
Donner entrecerró los ojos un instante, pero sólo un instante. Después sonrió.
—Disculpe, me llamo Mel Donner. Soy un viejo amigo de Dana. ¿Está ella en casa?
—Sabía que un desconocido rogándome que lo deje entrar era algo demasiado bueno para ser cieno —sonrió ella a su vez—. Soy Marie Sheldon... Siéntese y póngase cómodo mientras llamo a Dana y le traigo una taza de café.
—Gracias.
Donner contempló el atractivo trasero de Marie mientras ésta se encaminaba hacia la cocina. Llevaba una corta falda blanca de tenis, un chaleco tejido, e iba descalza. El cadencioso meneo de sus caderas movía la falda de un lado a otro de modo sugerente.
Poco después volvía con una taza de café.
—Los fines de semana, Dana holgazanea... Pocas veces se levanta antes de la diez. Subiré a decirle que se dé prisa.
Mientras esperaba, Donner examinó los libros de los estantes junto a la chimenea. Era un juego que solía practicar. Los títulos de los libros casi nunca dejaban de revelarle la personalidad y los gustos de su dueño.
La selección presentaba la gama habitual en una mujer soltera: había vanos libros de poesía, El profeta, el Libro de cocina del New York Times y, como siempre, varias novelas góticas y best-sellers. Pero lo que interesó a Donner fue la distribución. Intercalados entre Física de los flujos continentales de lava y Geología de los cañones submarinos, encontró Explicación de las fantasías sexuales femeninas y La historia de O. Iba a sacar este último cuando oyó el sonido de pasos que bajaban por la escalera. Se volvió al entrar Dana en la habitación; ella se adelantó y lo abrazó.
—Mel, es maravilloso volver a verte.
—Tienes muy buen aspecto —respondió él. Los meses de tensión y angustia habían quedado borrados. Dana parecía más tranquila y sonreía serena.
—¿Cómo está el soltero juerguista? ¿Por quién te haces pasar esta semana ante las pobres muchachas inocentes? ¿Por cirujano del cerebro o por astronauta?
Donner se palmeó el vientre.
—He archivado el cuento del astronauta hasta que pueda rebajar unos kilos. A decir verdad, gracias a la publicidad que tus colegas están recibiendo por lo del Titanic, no me va mal diciendo a las beldades que colman los bares de Washington que soy buceador de profundidad.
—¿Por qué no les dices simplemente la verdad? Al fin y al cabo, siendo uno de los más destacados físicos del país, no tienes nada de qué avergonzarte.
—Lo sé, pero de algún modo decir la verdad elimina toda la diversión. Además, las mujeres adoran a un amante mentiroso.
Ella señaló su taza.
—¿Quieres más café?
—No, gracias —sonrió él; después se puso serio—. Ya sabes por qué he venido...
—Ya.
—Estoy preocupado por Gene.
—Yo también.
—Podrías volver a él...
Dana sostuvo la mirada de Donner.
—Tú no lo comprendes. Cuando estamos juntos es peor.
—Sin ti él está perdido.
Dana meneó la cabeza.
—Su trabajo es su amante. Yo no era más que un poste de flagelación de sus frustraciones. Como la mayoría de esposas, no estoy preparada para soportar la angustia que acompaña a la insensibilidad de un marido sobrecargado con las tensiones de su trabajo. ¿No te das cuenta, Mel? Tuve que abandonar a Gene antes de que nos destruyéramos mutuamente. —Dana se dio vuelta y cubrió la cara con las manos; luego se compuso con rapidez—. Si él pudiera renunciar y volver a la docencia, todo sería distinto.
—No debería decirte esto —repuso Donner—, pero el proyecto finalizará en un mes si todo sale de acuerdo con el plan. Entonces Gene no tendrá nada que lo retenga en Washington. Estará libre para volver a la universidad.
—Pero ¿y los contratos con el gobierno?
—Terminan. Nos alistamos para un proyecto específico y cuando éste concluya, quedaremos libres. Entonces todos podremos despedirnos y volver al claustro de donde salimos.
—Tal vez él ni siquiera desee que yo vuelva.
—Yo conozco a Gene —insistió Donner—. Es hombre de una sola mujer. Te estará esperando... a menos que tengas relaciones con otro hombre.
Ella alzó la vista, sorprendida.
—¿Por qué lo dices?
—Estaba casualmente en el restaurante de Webster el miércoles por la noche.
«¡Dios mío!», pensó Dana. Una de sus pocas citas desde su separación de Gene había vuelto ya para acosarla. Había salido con Marie y dos biólogos del laboratorio de ciencias de la ANIM; una velada cordial y apacible. Eso era todo, no había pasado nada.
Poniéndose de pie, miró ceñuda a Donner.
—Tú, Marie y hasta el presidente, sí, todos esperáis que vuelva de rodillas a Gene como una vieja manta protectora sin la cual no puede dormir. Pero ninguno de vosotros se ha molestado en preguntar cómo me siento yo. Qué emociones y frustraciones debo afrontar. Y bien, podéis iros al infierno. Soy dueña de mí misma, hago con mi vida lo que me place. Volveré con Gene cuando tenga ganas, si es que vuelvo. Y si me siento dispuesta a salir con otros hombres y acostarme con ellos, que así sea.
Giró sobre sus talones y, dejando a Donner, atónito y turbado, subió la escalera y entró en el dormitorio, donde se arrojó en la cama. Lo que había dicho no eran más que palabras. Nunca habría en su vida otro hombre, y estaba segura de que algún día, pronto, volvería a él. Pero ahora brotaron las lágrimas hasta que no le quedó ninguna.

Empotrado en una de las paredes formadas por espejos, un disco manipulado por una disc-jockey atronaba por cuatro enormes altavoces. La pequeña pista de baile estaba colmada y una densa bruma de humo de cigarrillos filtraba las luces de vivos colores que estallaban en el cielo raso de la discoteca. Solo, sentado ante una mesa, Donner observaba a las parejas que se desplazaban al compás de la estruendosa música.
Una rubia menuda que pasaba a su lado se detuvo de pronto.
—¿Usted es el que hace llover.
Donner alzó la vista, rió y se puso de pie.
—Señorita Sheldon...
—Marie —dijo ella con amabilidad.
—¿Está sola?
—No, soy la tercera en discordia en ese matrimonio.
Donner siguió su ademán con la mirada, pero le fue imposible descubrir a quién se refería ella entre el revoltijo de la pista de baile. Apartó una silla para Marie, diciéndole:
—Considérese acompañada.
Pasó cerca de una camarera y Donner le gritó un pedido sobre el estrépito. Al volverse, vio que Marie Sheldon lo estudiaba con aprobación.
—Señor Donner, le diré que para ser un físico no es usted mal parecido.
—¡Caray! Tenía esperanzas de ser un agente de la CÍA esta noche.
Ella sonrió.
—Dana me ha contado algunas de sus travesuras... le gusta seducir a chicas ingenuas, ¿verdad?
—No crea todo lo que le dicen. Lo cierto es que soy tímido e introvertido con las mujeres.
—Oh, ¿de veras?
—Pues sí —insistió él mientras le encendía el cigarrillo—. ¿Dónde está Dana esta noche?
—Muy astuto de su parte. Trata de sonsacarme por sorpresa...
—En realidad, no. Sólo que...
—Aunque no es asunto suyo, Dana se encuentra en este momento en un barco, en alguna parte del Atlántico Norte.
—Unas vacaciones le harán bien.
—Usted sí sabe extraerle información a una pobre muchacha —comentó Marie—. Sólo para que conste y pueda transmitírsela a su compinche Gene Seagram, Dana no está de vacaciones, sino oficiando de madrina de un regimiento de corresponsales que pidieron estar presentes cuando se reflote al Titanic, la semana que viene.
—Supongo que me lo he buscado.
—Siempre me impresiona un hombre que admite sus errores —declaró ella, mirándolo con burlona diversión—. Bien, ¿por qué no me seduce?
Donner frunció el entrecejo.
—¿Acaso no es la recatada doncella la que debe decir: «Pero, señor, si apenas lo conozco»?
Ella le tomó la mano y se puso de pie.
—Vamos, pues...
—¿Puedo preguntarle adonde?
—A su casa —dijo ella con traviesa sonrisa.
—¿A mi casa? —Era evidente que todo estaba ocurriendo con demasiada celeridad para Donner.
—Claro. Tenemos que hacer el amor, ¿no? ¿De qué otro modo pueden llegar a conocerse dos personas que se han comprometido para casarse?





44


Arrellanado en su asiento, Pitt contemplaba distraídamente el paisaje rural de Devon que se deslizaba ante la ventanilla del tren. En Dawlish, los rieles bordeaban la costa. Alcanzó a ver en el canal una flotilla de barcas pesqueras que se hacían a la mar. Pronto una fina llovizna mojó los cristales enturbiando su visión, de modo que volvió de nuevo a la revista que tenía en las rodillas, cuyas páginas hojeó.
Si dos días antes alguien le hubiera dicho que se tomaría una licencia temporal de la operación de rescate, lo habría creído estúpido. Y si alguien le hubiera sugerido que viajaría a Teignmouth, Devonshire, un pintoresco pueblito turístico de 12.260 habitantes situado en la costa sudeste de Inglaterra, para entrevistar a un anciano moribundo, lo habría creído chiflado.
Tenía que agradecer al almirante James Sandecker esa peregrinación. Así lo había llamado exactamente el almirante al ordenar a Pitt que volviera al cuartel general de la ANIM, en Washington. Una peregrinación hacia el último tripulante del Titanic que aún vivía.
—De nada sirve seguir discutiendo —afirmó Sandecker de modo inequívoco—. Irá usted a Teignmouth.
—Esto es una locura. —Pitt se paseaba nerviosamente, esforzándose por mantener el equilibrio tras los meses de incesante bamboleo en el Capricorn—. Me ordena volver a tierra en un momento decisivo del rescate y me dice que llevo a bordo dos agentes rusos, cuya identidad se ignora, que tienen carta blanca para seguir asesinando a mi tripulación bajo la protección personal de la CÍA. Después, sin más, me ordena que vaya a Inglaterra a recoger el testimonio de un viejo inglés en su lecho de muerte.
—Ocurre que ese «viejo inglés» es el único tripulante del Titanic que no está sepultado.
—Pero ¿y la operación de rescate? —insistió Pitt—. Las computadoras indican que el casco podría separarse del fondo en cualquier momento después de las próximas setenta y dos horas.
—Tranquilícese, Dirk. Mañana al anochecer podrá estar de vuelta en el Capricorn. Hay tiempo de sobra antes del gran acontecimiento. Mientras tanto, Rudi Gunn puede resolver cualquier problema que surja durante su ausencia.
—No me ofrece usted muchas alternativas —dijo Pitt, aceptando su derrota con un ademán.
Sandecker sonrió con benevolencia.
—Sé lo que está pensando... que usted es indispensable. Pues le daré una noticia. Ese que tiene allá es el mejor equipo de rescate en el mundo. Confío en que de algún modo puedan salir del paso sin usted durante las próximas treinta y seis horas.
Pitt sonrió, pero su expresión no era de buen humor.
—¿Cuándo debo partir?
—En el hangar de la ANIM, en Dulles, lo espera un avión Lear que lo llevará a Exeter. Desde allí puede llegar a Teignmouth en tren.
—¿Después le informo a usted aquí, en Washington?
—No, puede informarme en el Capricorn.
Pitt alzó la vista.
—¿En el Capricorn?
—Sin duda. Sólo porque usted descansa en la campiña inglesa, no esperará que me pierda el nuevo génesis del Titanic si acaso decide subir antes de lo previsto, ¿verdad?
El almirante sonrió maliciosamente. Podía darse ese lujo, ya que apenas lograba contener la risa ante la actitud afligida y cabizbaja de Pitt.

En la estación ferroviaria, Pitt tomó un taxi que lo condujo por un estrecho camino junto al estuario del río hasta una casita de campo con vistas al mar. Pagó al taxista, traspuso una verja cubierta de enredaderas y recorrió una vereda bordeada de rosales. A su llamada acudió una joven de cautivadores ojos color violeta, enmarcados por una bien peinada cabellera roja, y con una suave voz en la que se advertía un leve acento escocés.
—Buenos días, señor.
—Buenos días —dijo él, con una ligera inclinación de la cabeza—. Me llamo Dirk Pitt y...
—Ah, sí. El telegrama del almirante Sandecker anunciaba su llegada. Pase, por favor. El comodoro lo espera.
Vestía una blusa blanca bien planchada y un jersey verde, de lana, con falda a juego. Pitt la siguió hasta la sala de la casa. Ésta era muy cómoda y acogedora; un fuego ardía vivaz en la chimenea, y si Pitt no hubiera sabido que el dueño de casa era un marino jubilado, podría haberlo adivinado por el decorado. Modelos de barcos llenaban cada estante disponible, mientras que las cuatro paredes estaban adornadas con reproducciones enmarcadas de naves famosas. Frente a la ventana que daba al Canal se había instalado un gran telescopio de bronce y en un rincón de la habitación, un timón de barco, cuya madera relucía por haber sido lustrada a mano durante horas, parecía esperar que algún olvidado timonel la hiciera girar.
—Parece haber pasado una noche muy incómoda —comentó la joven—. ¿Quiere un desayuno ligero?
—Por cortesía debería rechazar su invitación, pero mi estómago insiste en que acepte.
—Los norteamericanos son famosos por su buen apetito. Me habría desilusionado si hubiese roto esa leyenda.
—En tal caso, haré lo posible por honrar la tradición yanqui, señorita...
—Discúlpeme; soy Sandra Ross, bisnieta del comodoro.
—Entiendo que usted lo cuida...
—Cuando puedo. Soy asistente de vuelo en Aerolíneas Bristol. Cuando vuelo, una vecina se ocupa de él. —Con un ademán le indicó un pasillo—. Será mejor que hable con mi bisabuelo mientras preparo algo de comer. Está muy viejo, pero se muere por oír... está ansioso por oír todo lo referente a sus intentos de reflotar el Titanic.
Golpeó suavemente una puerta y la entreabrió.
—Comodoro, el señor Pitt está aquí.
—Pues que entre —contestó una voz ronca—, antes de que me vaya a pique contra el arrecife.
La joven se hizo a un lado y Pitt entró en la habitación.
El comodoro retirado sir John L. Bigalow, que estaba sentado en una cama parecida a una tarima, estudió a Pitt con ojos de un azul profundo, ojos que tenían la ensoñación de otra época. Las pocas hebras de cabello que cubrían su cabeza eran totalmente blancas, al igual que su barba, y su cara tenía el aspecto rubicundo y curtido de un marino veterano. Vestía un andrajoso jersey sobre algo que parecía un camisón dickensiano. Tendió a su visitante una mano correosa, tan firme como una roca.
Pitt la tomó, maravillándose de la fuerza con que estrechaba la suya.
—Es un verdadero honor, comodoro. He leído con frecuencia su heroica peripecia en el Titanic...
—Tonterías —rezongó el anciano—. Fui torpedeado y quedé a la deriva en ambas guerras mundiales y nadie me pregunta por otra cosa que por la noche del Titanic. —Señaló una silla—. No se quede allí de pie como un jovenzuelo lampiño en su primera salida al mar. Siéntese.
Pitt obedeció.
—Ahora, hábleme del barco. ¿Qué aspecto tiene después de tantos años? Cuando servía en él era joven, pero todavía recuerdo todas sus cubiertas.
Del bolsillo de su chaqueta, Pitt sacó un sobre con fotografías que ofreció a Bigalow.
—Quizá éstas puedan darle alguna idea de su estado actual. Fueron tomadas hace unas semanas por uno de nuestros sumergibles.
El comodoro Bigalow se colocó unos anteojos para leer y estudió las fotos. Un reloj de barco instalado junto al lecho marcó varios minutos mientras el viejo marino se perdía entre los recuerdos de otra época. Por fin levantó la vista, melancólico.
—Ese barco era muy especial, sí. Yo lo sé. Navegué en todos: el Olympic, el Aquitania, el Queen Mary... Cierto que eran complejos y modernos para su época, pero ni siquiera se acercaban al esmero y la artesanía que había en los accesorios del Titanic: su magnífico artesanado y sus maravillosos camarotes. Sí, la verdad es que todavía cautiva.
—Su embrujo aumenta con los años —admitió Pitt.
—Mire —exclamó el anciano, entusiasmado, mientras señalaba una foto—, aquí junto al ventilador de babor, encima de los camarotes de los oficiales. Allí estaba yo cuando el mar se hundió bajo mis pies y me vi arrastrado a las aguas. —Las largas décadas transcurridas parecieron evaporarse de su rostro—. Oh, el mar estaba frío esa noche.
Durante los diez minutos siguientes contó cómo había nadado en las heladas aguas; cómo había encontrado milagrosamente un cabo que lo condujo a un bote salvavidas volcado; describió la espantosa masa de gente que forcejeaba; los lastimeros gritos que horadaban el aire nocturno y luego se extinguían lentamente; las largas horas que había pasado aferrado a la quilla del bote, acurrucado para protegerse del frío junto con otros treinta hombres; la alegría cuando el crucero Carpathia, apareció a la vista y efectuó el rescate. Por último suspiró y miró a Pitt por encima de sus anteojos.
—¿Lo aburro, señor Pitt?
—De ningún modo. Escuchando a alguien que realmente vivió ese acontecimiento me parece casi vivirlo yo mismo.
—Entonces le contaré otra cosa —anunció Bigalow—. Hasta ahora nunca hablé con nadie de mis últimos minutos antes de hundirse el barco. Nunca mencioné una palabra en ninguno de los interrogatorios que se me hicieron acerca del naufragio; ni en la indagación senatorial, ni en el tribunal de investigadores británico. Tampoco revelé nada a los periodistas o escritores que eternamente preparaban libros sobre la tragedia. Usted, señor, es el primero y será el último en oírlo de mis labios.

Tres horas más tarde, Pitt se hallaba en el tren de vuelta a Exeter; no estaba cansado ni desgastado. Sentía, sí, una especie de excitación. El Titanic, junto con el extraño enigma encerrado en la bóveda de la bodega de cargamento número 1, cubierta G, lo atraía ahora más que nunca. ¿Southby?, se preguntaba. ¿Qué tenía que ver Southby en todo aquello? Quizá por decimoquinta vez, contempló el paquete que le había dado el comodoro Bigalow. Y no lamentaba haber ido a Teignmouth.





45


El doctor Ryan Prescott, jefe del Centro de Huracanes de la ANIM en Tampa, Florida, había tenido toda la intención de volver a casa temprano por una vez y pasar una velada tranquila con su mujer, jugando a los naipes. Pero faltaban diez minutos para la medianoche y todavía estaba en su escritorio, contemplando fatigado unas fotografías tomadas por satélite.
—En el momento en que creemos saber todo lo que se puede saber sobre las tormentas —dijo con irritación—, sale una de la nada y rompe el molde.
—Un huracán en pleno mayo —replicó su ayudante, una mujer, entre bostezos—. Sí que es algo digno de figurar en los registros.
—Pero ¿por qué? La época de los huracanes se extiende habitualmente de julio a septiembre. ¿Qué provocó que éste se materializara dos meses antes?
—No me lo explico —repuso la mujer—. ¿Hacia dónde piensa que se dirige nuestro pana?
—Es demasiado pronto para predecirlo con certeza —declaró Prescott—. Su nacimiento siguió con bastante exactitud las pautas normales: una vasta zona de baja presión, alimentada por aire húmedo que gira en sentido contrario al de las agujas del reloj debido a la rotación de la tierra. Pero aquí termina la semejanza. Por lo general, una tempestad de cuatro kilómetros de frente tarda días, a veces semanas en acumularse. Ésta lo consiguió en menos de dieciocho horas.
Prescott suspiró, abandonó su escritorio y se dirigió a un gran mapa mural. Consultó un anotador cubierto de garabatos que indicaban la posición conocida, condiciones atmosféricas y velocidad. Luego comenzó a trazar un trayecto hacia el oeste desde un punto situado a ciento cincuenta kilómetros al noreste de Bermuda, un trayecto que gradualmente se curvaba hacia el norte, en dirección a Terranova.
—Hasta que el huracán nos dé un indicio de su curso futuro, no puedo hacer más. —Hizo una pausa, como si esperara confirmación. Como no la obtuvo, preguntó—: ¿Usted lo ve así?
Al no recibir contestación todavía, se volvió para repetir la pregunta, pero no llegó a pronunciar las palabras. Su ayudante se había quedado dormida con la cabeza apoyada en los brazos, encima del escritorio. La sacudió suavemente por el hombro hasta que abrió sus ojos verdes, pestañeando.
—Nada más podemos hacer aquí —le dijo con suavidad—. Vamos a casa, a dormir. —Miró con cautela el mapa mural—. Es probable que sea un fenómeno excepcional, uno entre mil, y antes de la mañana se disipará y se convertirá en una tormenta menor, localizada.
Aunque habló con cierta autoridad, su tono no expresaba convicción.
Lo que no advirtió fue que la línea que en el mapa representaba el curso predicho por él para el huracán, pasaba precisamente sobre 41° 46' norte por 50° 14' oeste.





46


De pie en el puente del Capricorn, el comandante Rudi Gunn observaba una diminuta mancha azul que, al oeste, se materializaba desde el cielo, despejado como un diamante. Durante unos minutos la mancha pareció pender allí, sin cambiar de forma ni aumentar de tamaño; un punto azul oscuro suspendido sobre el horizonte y que después, casi de pronto, se agrandó y tomó la forma de un helicóptero.
Gunn se dirigió a la pequeña pista de aterrizaje situada en proa, donde se detuvo a esperar mientras el aparato se acercaba y descendía sobre la nave. Treinta segundos más tarde, tocaba la pista de aterrizaje, se apagaba el gemido de las turbinas y las paletas se detenían lentamente.
El comandante se acercó al tiempo que se abría la portezuela y salía Pitt.
—¿Buen viaje? —preguntó Gunn.
—Interesante —replicó Pitt.
Pitt advirtió la fatiga en el rostro de Gunn. Tenía los ojos rodeados de tensas arrugas y una expresión sombría.
—Pareces un chico a quien acabaran de robarle sus regalos de Navidad, Rudi. ¿Qué problema tienes?
—El sumergible de la petrolera Urano, el Deep Fathom... Ha quedado atrapado en el barco hundido.
Pitt guardó silencio un momento. Después.
—¿Y el almirante Sandecker?
—Estableció su jefatura en el Bomberger. Como era la embarcación auxiliar del Deep Fathom, le pareció mejor conducir la misión de rescate desde allí hasta tu regreso.
—Dices era, como si dieras por perdido el sumergible.
—La cosa no tiene buen aspecto. Ven y te pondré al tanto de los detalles.
En la sala de operaciones del Capricorn reinaba un ambiente de tensión y desesperanza. Giordino, tan sociable habitualmente, se limitó a saludar a Pitt con un movimiento de la cabeza. Por el micrófono, Ben Drummer hablaba con la tripulación del Deep Fathom, alentándola con un despliegue de animosidad y optimismo forzados que su mirada de temor desmentía. Rick Spencer, el maquinista del equipo de operaciones de rescate, observaba concentrado los monitores de televisión. Los demás presentes en la sala cumplían sus tareas silenciosos y pensativos.
Gunn comenzó a explicar la situación:
—Dos horas antes de la fijada para ascender y cambiar de tripulación, el Deep Fathom, conducido por los maquinistas Joe Kiel, Tom Chávez y Sam Merker...
—Merker estuvo contigo en la expedición a la corriente Lorelei —interrumpió Pitt.
—Y también Munk —asintió Gunn—. Se diría que somos una tripulación maldita.
—Continúa.
—Estaban instalando una válvula de presión a estribor de los del castillo de proa del Titanic cuando la popa del sumergible rozó contra una grúa de carga. Los soportes corroídos se rompieron, soltándose, y la torre de la grúa cayó sobre los tanques de flotación, rompiéndolos. Más de dos toneladas de agua brotaron por la abertura, aprisionando al sumergible en el barco naufragado.
—¿Cuánto hace que ocurrió? —inquirió Pitt.
—Unas tres horas y media.
—¿Por qué esa lobreguez, entonces? Os comportáis como si no quedara ninguna esperanza de salvación. El Deep Fathom lleva en su sistema de reserva oxígeno suficiente para mantener a tres hombres por más de una semana. Tiempo de sobra para que el Safo I y el Safo II suelden los tanques de aire y bombeen el agua.
—No es tan sencillo —dijo Gunn—. Tenemos sólo seis horas.
—¿Cómo has calculado ese margen de seis horas?
—Dejé lo peor para el final —explicó Gunn, mirando a Pitt con expresión sombría—. El impacto de la grúa, al caer, agrietó una juntura soldada en el casco del Deep Fathom. No es más que un pequeño orificio, pero a esa profundidad la enorme presión deja filtrar agua en la cabina a una velocidad de veinte litros por minuto. Es un milagro que la juntura no haya reventado, destruyendo el casco y haciendo papilla a esos pobres tipos. —Señaló con la cabeza el reloj que había sobre el tablero de la computadora—. Sólo quedan seis horas antes que el agua llene la cabina y se ahoguen todos... y no podemos hacer nada para evitarlo.
—¿Por qué no taponar la grieta desde fuera con mojacero?
—Es más fácil decirlo que hacerlo. No podemos alcanzarla. La parte agrietada de la fisura del casco está apretada contra el mamparo del castillo de proa. El almirante envió a los otros sumergibles, con la esperanza de que sus potencias combinadas pudieran mover al Deep Fathom lo suficiente como para llegar y reparar el daño. Fue inútil.
Sentándose en una silla, Pitt cogió un lápiz y empezó a tomar notas en un bloc.
—El Sea Slug está provisto de equipo para serrar. Si pudiera atacar a la grúa...
—Negativo. —Gunn meneó la cabeza con frustración—. Durante la operación de remolque rompió el brazo manipulador del Sea Slug. Ahora está en la cubierta del Modoc y los muchachos de la armada dicen que es imposible repararlo a tiempo. —Gunn golpeó con el puño la mesa de los mapas—. Nuestra última esperanza era el torno del Bomberger. Si hubiera sido posible sujetar un cable a la grúa, podríamos haberla levantado del sumergible.
—Fin del rescate —comentó Pitt—. El Sea Slug es el único de nuestros sumergibles equipado con un brazo manipulador y sin él no hay modo de enganchar con el cable.
Gunn se frotó los ojos, fatigado.
—Después de haber dedicado miles de horas al proyecto y construcción de todos los sistemas de seguridad concebibles y a calcular procedimientos rápidos de emergencia para toda contingencia predecible, surge lo imprevisto y nos da un golpe bajo con un accidente más allá de toda probabilidad, con el cual las computadoras no contaron.
—Las computadoras no son mejores que los datos con que se las alimenta —señaló Pitt.
Luego se acercó a la radio y cogió el micrófono que empuñaba Merker.
—Deep Fathom, aquí Pitt...
—Me alegro de oír otra vez tu alegre voz. —Por el altavoz, Merker parecía tan sereno como si hablara por teléfono desde su hogar—. ¿Por qué no bajas y formamos un cuarteto para el bridge?
—No es mi juego preferido —respondió Pitt con naturalidad—. ¿Cuánto tiempo falta para que el agua llegue a vuestros acumuladores ?
—A la velocidad con que sube, unos quince o veinte minutos.
Pitt se volvió hacia Gunn para decirle lo que no hacía falta decir:
—Cuando se le mojen los acumuladores, quedarán incomunicados.
Gunn asintió con la cabeza.
—El Safo II se ha quedado a hacerles compañía. Es casi todo lo que podemos hacer.
Pitt pulsó de nuevo el botón del micrófono.
—Merker, ¿qué hay del sistema de supervivencia?
—¿Qué sistema de supervivencia? Dejó de funcionar hace media hora. Subsistimos a base de mal aliento.
—Os enviaré chicles de clorofila.
—Que sea pronto... Chávez padece de halitosis aguda —bromeó Merker, en cuyo tono surgió luego un dejo de vacilación—. Si sucede lo peor y no volvemos a veros más, por lo menos aquí abajo estaremos en buena compañía.
La brusca alusión de Merker a los muertos del Titanic hizo palidecer un poco más a todos los que estaban en la sala de operaciones; mejor dicho, a todos menos a Pitt. Éste pulsó el botón transmisor.
—Quiero que dejéis el barco limpio... Tal vez queramos volver a utilizarlo —dijo.
Fue interesante ver la reacción ante el comentario de Pitt, aparentemente insensible. Giordino, Gunn, Spencer y los demás se limitaron a mirarlo extrañados. Sólo Drummer mostró una expresión de ira.
Pitt tocó el hombro de Ricitos, el radiotelegrafista.
—Póngame con el almirante del Bomberger, pero utilice otra frecuencia.
Ricitos alzó la vista.
—¿No quiere que lo oigan los del Deep Fathom?
—Lo que no sepan no les hará daño —dijo Pitt con frialdad—. Y ahora dese prisa...
Instantes más tarde, la voz de Sandecker retumbaba en el altavoz.
—Capricorn, aquí el almirante Sandecker...
—Aquí Pitt, almirante.
Sandecker no perdió tiempo en cortesías.
—¿Conoce usted la situación que se nos presenta?
—Gunn me la ha explicado —repuso Pitt.
—Entonces sabe que hemos agotado todas las posibilidades. El tiempo es el enemigo. Si pudiéramos retrasar lo inevitable diez horas más, tendríamos cierta probabilidad de salvarlos.
—Sí, lo sé. Los riesgos son muchos, pero matemáticamente es posible.
—Estoy dispuesto a escuchar sugerencias —dijo el almirante.
Pitt vaciló.
—Para empezar, nos olvidamos del Deep Fathom por ahora y encauzamos nuestras energías en otra dirección...
Drummer se acercó.
—¿Qué está diciendo, Pitt? ¿Qué pasa aquí? ¿Nos olvidamos del Deep Fathom? —exclamó con crispación—. ¿Está loco?
Pitt lo detuvo con una sonrisa.
—Es la última jugada, Drummer. Vosotros fracasasteis. Puede que sea un don divino en el mundo del salvamento marítimo, pero como fuerza de rescate sois una pesadilla de aficionados. La mala suerte se sumó a los errores y ahora os quedáis sentados, gimiendo. Pero no todo está perdido. Vamos a cambiar las reglas del juego y sacar el Deep Fathom a la superficie antes del límite de seis horas, el cual, si mi reloj no miente, se ha reducido ya a cinco horas cuarenta y tres minutos.
Giordino miró a Pitt.
—¿Lo crees de veras posible?
—Sí, lo creo.





47


Los ingenieros de estructura y los científicos marinos se apretujaban en pequeños círculos, mascullando mientras movían frenéticamente sus reglas de cálculo de un lado a otro. De vez en cuando, uno de ellos iba hasta las computadoras y consultaba datos. Sentado tras un escritorio, el almirante Sandecker, recién llegado del Bomberger, aferraba un jarro de café y meneaba la cabeza.
—Esto nunca quedará escrito en los textos sobre salvamento —murmuraba—. Hacer saltar un barco hundido del fondo con explosivos... Dios santo, es una locura.
—¿Qué otra alternativa nos queda? —inquirió Pitt—. Si logramos arrancar al Titanic del barro, el Deep Fathom saldrá con él.
—La idea es descabellada —murmuró Gunn—. La conclusión no hará más que ensanchar la juntura agrietada en el casco del sumergible y provocar una implosión instantánea.
—Tal vez sí, tal vez no —repuso Pitt—. Pero aunque tal cosa ocurriera, probablemente será mejor que Merker, Kiel y Chávez mueran instantáneamente aplastados por el mar antes que sufrir la agonía de una asfixia lenta.
—¿Y qué pasa con el Titanic? —insistió Gunn—. Podríamos perder todo aquello por lo que hemos trabajado tantos meses.
—Anótelo como riesgo calculado —adujo Pitt—. La estructura del Titanic es más fuerte que la de la mayoría de barcos en actividad. Sus baos, trabes, mamparos y cubiertas se conservan tan sólidos como la noche en que se hundió. La vieja nave es capaz de soportar cualquier cosa que le hagamos.
—¿Cree sinceramente que dará resultado? —preguntó Sandecker.
—Lo creo...
—Podría prohibirle hacerlo. Usted lo sabe.
—Lo sé —repuso Pitt—. Cuento con que usted me deje actuar hasta la jugada final.
Sandecker se pasó una mano por los ojos, luego sacudió la cabeza lentamente, como para despejarla. Por último dijo:
—Está bien, Dirk, lo dejo en sus manos.
Pitt asintió con la cabeza y se alejó.
Quedaban sólo cinco horas y diez minutos.

Dos kilómetros y medio más abajo, los tres ocupantes del Deep Fathom, solos y con frío en un medio lejano y despiadado, observaban cómo el agua trepaba por las paredes de la cabina centímetro a centímetro hasta inundar el circuito principal y poner en cortocircuito los instrumentos, dejando en tinieblas el interior de la cabina. Entonces comenzaron a sentir en serio la mordedura del agua casi helada que se arremolinaba alrededor de sus piernas. Inmóviles, temblando bajo el tormento de una muerte segura, seguían alimentando una chispa de esperanza.
—En cuanto lleguemos arriba —murmuró Kiel—, me tomaré un día libre y no me importa quién se entere.
—¿Qué has dicho? —preguntó Chávez en la oscuridad.
—Que me despidan si quieren, pero mañana voy a dormir.
Chávez buscó a tientas el brazo de Kiel, que apretó con brusquedad.
—¿Qué insensateces dices?
—Cálmate —intervino Merker—. Detenido el bombeo de oxígeno, la acumulación de dióxido de carbono lo está afectando... También yo empiezo a sentirme un poco mareado.
—Encima, aire viciado —rezongó Chávez—. Si no nos ahogamos, seremos aplastados cuando reviente el casco; y si no quedamos triturados como cáscaras de huevo, nos asfixiaremos en nuestro propio aire. Nuestro futuro no se presenta nada prometedor.
—Has olvidado el frío —agregó sarcásticamente Merker—. Si no salimos de esta agua helada, no nos quedará ninguna de las otras tres posibilidades.
Kiel, en silencio, dejó que Chávez lo empujara hasta la litera superior. Después Chávez lo siguió y se sentó en el borde, con los pies colgando.
Abriéndose paso en el agua que le llegaba a la ingle, Merker se acercó a la portilla delantera y miró fuera. Sólo alcanzó a ver el perfil del Safo II, rodeado por un halo, a través del brillo cegador de sus faros. Aunque la otra nave estaba apenas a tres metros de distancia, nada podía hacer por el Deep Fathom mientras ambas estuvieran rodeadas por la implacable presión del abismo. «Mientras siga allí —pensó Merker—, quiere decir que no nos dan por perdidos.» El hecho de no estar solos le daba consuelo. Aunque no les servía de mucho, era todo lo que tenían.

A bordo del barco de aprovisionamiento Alhambra, cámaras de las tres redes de televisión principales, arrastrados por la agitada marea de la expectativa, se esforzaban febrilmente por poner en acción sus equipos. En todo el espacio disponible junto a la barandilla de estribor, los cronistas observaban a través de binoculares, con hipnótica concentración, al Capricorn, que flotaba a dos kilómetros de distancia. Entretanto, los fotógrafos apuntaban sus teleobjetivos a la superficie del agua que separaba las dos naves. Atrapada en un rincón de una improvisada sala de periodistas, Dana Seagram, con los hombros cubiertos por una chaqueta de abrigo, enfrentaba sin titubeos a una docena de periodistas, provistos de grabadoras.
—Señora Seagram, ¿es verdad que el intento de reflotar al Titanic tres días antes de la fecha fijada es, en realidad, un último esfuerzo por salvar la vida de los hombres atrapados allá abajo?
—No es más que una entre varias soluciones —replicó Dana.
—¿Debemos entender que todos los demás intentos han fallado?
—Hubo complicaciones —admitió Dana.
Dentro de un bolsillo de la chaqueta, Dana retorcía nerviosamente un pañuelo. Los largos meses de discusión con los representantes de la prensa, hombres y mujeres, comenzaban a surtir su efecto.
—Una vez interrumpida la comunicación con el Deep Fathom, ¿cómo pueden tener la certeza de que la tripulación sigue con vida?
—Los datos proporcionados por las computadoras nos aseguran que su situación no se volverá crítica hasta dentro de cuatro horas cuarenta minutos.
—¿Cómo piensa la ANIM traer al Titanic a la superficie si no ha terminado de inyectar el producto químico electrolítico en el cieno que rodea el casco?
—No puedo contestar a eso —repuso Dana—. En su último mensaje desde el Capricorn, el señor Pitt se limitaba a declarar que en las próximas horas iban a levantar el barco hundido. No ofrecía detalles en cuanto al método.
—¿Y si es demasiado tarde? ¿Si Kiel, Chávez y Merker ya han muerto?
La expresión de Dana se tornó rígida.
—No están muertos —exclamó con los ojos llameantes—. Y el primero de ustedes que transmita un rumor tan cruel e inhumano antes de que sea un hecho demostrado, será botado de este barco a puntapiés.
Tras un momento de muda sorpresa ante el súbito despliegue de cólera de Dana, los periodistas comenzaron a bajar lenta y silenciosamente sus micrófonos y a dispersarse, dirigiéndose a la cubierta exterior.

Rick Spencer extendió un papel grande sobre la mesa de mapas y lo sujetó con varias tazas de café semivacías. Era un diagrama aéreo que representaba al Titanic y su posición respecto del suelo marino. Con un lápiz empezó a señalar con cruces varios puntos en el casco.
—Según los datos de las computadoras —explicó—, instalamos ochenta cargas, con quince kilos de explosivos cada una, en estos puntos clave del sedimento que rodea el casco del Titanic.
Sandecker se inclinó sobre el diagrama, examinando las cruces con la mirada.
—Veo que las han distribuido en tres hileras a cada lado.
—Así es, señor —contestó Spencer—. Las hileras exteriores han sido colocadas a sesenta metros; las del medio, a cuarenta, y las hileras internas a sólo veinte metros del barco. Detonaremos primero la hilera exterior de estribor. Ocho segundos más tarde, haremos estallar la hilera exterior de babor. Ocho segundos más y repetimos el procedimiento con las hileras intermedias, y así sucesivamente.
—Es más o menos como balancear de un lado a otro un automóvil atascado en el barro —señaló Giordino.
Spencer asintió con la cabeza.
—Se podría decir que ésa es una comparación exacta.
—¿Por qué no arrancarla del cieno con una violenta explosión? —preguntó Giordino.
—Podría bastar con una sacudida brusca, pero los geólogos prefieren olas de shock separadas y superpuestas. Lo que tratamos de lograr es vibración...
—¿Tenemos los explosivos? —inquirió Pitt.
—El Bomberger lleva casi una tonelada para fines de investigación sísmica —replicó Spencer—. En los depósitos del Modoc hay doscientos kilos para utilizar en rescates submarinos.
—¿Bastará con eso?
—Con ciento cincuenta kilos más habríamos tenido un margen de éxito más seguro —admitió Spencer.
—En un reactor se lo podría haber traído de tierra firme y arrojado desde el aire —sugirió Sandecker.
Pitt meneó la cabeza.
—Cuando llegaran los explosivos, ya sería demasiado tarde.
—En tal caso, será mejor que nos demos prisa —dijo Sandecker—. Tenemos un límite muy preciso... —Se volvió hacia Gunn—. ¿Cuándo pueden estar colocados los explosivos?
—En cuatro horas —respondió Pitt sin vacilar.
Sandecker entrecerró los ojos.
—Nos quedará muy poco tiempo. Nada más que catorce minutos.
—Lo conseguiremos —declaró Gunn—. Sin embargo, hay un inconveniente...
—¿Cuál es? —preguntó Sandecker con impaciencia.
—Harán falta todos los sumergibles que tengamos en funcionamiento.
—Eso significa retirar al Safo II de su posición junto al Deep Fathom —observó Pitt—. Esos pobres desgraciados de allá abajo creerán que los abandonamos.
—No hay otra manera —dijo Gunn, impotente—. Simplemente no hay otra manera.

Merker había perdido toda noción del tiempo. Miró fijamente la esfera luminosa de su reloj, pero no logró enfocar los ojos en los brillantes números. Se preguntó cuánto hacía que la grúa había caído sobre los tanques de flotación del sumergible: ¿cinco... diez... un día? Tenía la mente lerda y confusa. No podía hacer otra cosa que permanecer allí sin mover un músculo, respirando de modo superficial y lento, ocupando aparentemente toda una vida en cada aliento. Gradualmente advirtió un movimiento.
Tendió una mano y tocó en la oscuridad a Kiel y Chávez, pero éstos no emitieron ningún sonido ni tuvieron ninguna reacción; se habían sumido en un estupor letárgico.
Entonces lo volvió a captar: era algo ínfimo, pero perceptible, que no estaba donde tenía que estar. El cerebro le funcionaba como inmerso en melaza. Pero al fin lo comprendió.
Salvo por el implacable ascenso del agua, no había cambios, no había signos de movimiento físico dentro de la cabina que se inundaba; era el ángulo de la luz lanzada por los faros del Safo II a través de las portillas delanteras lo que se había atenuado.
Desde la litera, se dejó caer en el agua, que ahora le llegaba al pecho, y casi como una pesadilla avanzó trabajosamente hacia los portalones superiores delanteros para atisbar las profundidades que los rodeaban.
De pronto sus sentidos entumecidos fueron presa de un miedo como nunca había conocido antes. Sus ojos se dilataron por el asombro y se pusieron acuosos; las manos se le crisparon de impotencia y desesperación.
—¡Dios santo! —exclamó—. ¡Nos abandonan! ¡Nos dan por perdidos!

Sandecker dio vueltas entre sus dedos al cigarro que acababa de encender y siguió recorriendo la cubierta de un lado a otro. Al ver que el radiotelegrafista levantaba una mano, el almirante volvió sobre sus pasos y se le acercó.
—El Safo I informa que ha terminado de colocar las cargas, señor —dijo Ricitos.
—Dígales que suban lo más rápido que puedan. Cuanto más alto llegue, menor será la presión sobre su casco cuando se produzca la explosión —dijo el almirante, dirigiéndose luego a Pitt, que observaba con mirada atenta los cuatro monitores cuyas cámaras y reflectores se hallaban montados en posiciones estratégicas alrededor de la superestructura del Titanic—. ¿Qué tal se presenta?
—Hasta ahora va bien —repuso Pitt—. Si los cierres de mojacero a presión resisten la concusión, tendremos alguna probabilidad de éxito.
Sandecker contempló las imágenes en color y arrugó el entrecejo al ver surgir grandes chorros de burbujas del casco de la nave.
—Está perdiendo mucho aire —comentó.
—Es presión excesiva que escapa por las válvulas de seguridad —dijo Pitt con voz inexpresiva—. De los bombeadores electrolíticos pasamos a los compresores para introducir todo el aire adicional posible en los compartimientos superiores. —Hizo una pausa para ajustar una imagen y luego continuó—: Los compresores del Capricorn bombean trescientos metros cúbicos de agua por hora, de modo que no se tardó mucho en elevar la presión dentro del casco a dos kilos más por centímetro, lo suficiente para disparar las válvulas de seguridad.
Drummer se apartó de las computadoras para verificar una serie de anotaciones en un tablero.
—Por lo que podemos calcular, los compartimientos de la nave han sido desagotados en un noventa por ciento —declaró—. A mi modo de ver, el principal problema consiste en que tenemos más impulso hacia arriba que el necesario. Cuando ceda la succión, si cede, el barco subirá como una cometa.
—El Sea Slug acaba de soltar su última carga —informó Ricitos.
—Pídale que antes de partir hacia la superficie dé una vuelta cerca del Deep Fathom e intente establecer contacto visual con Merker y su cuadrilla.
—Faltan once minutos —anunció Giordino.
—¿Qué diablos espera el Safo II? —preguntó Sandecker, sin dirigirse a nadie en especial.
Pitt miró a Spencer, que se hallaba del otro lado de la habitación.
—¿Las cargas están listas para ser detonadas?
Spencer asintió con la cabeza.
—Cada hilera está sintonizada con una frecuencia transmisora distinta. Basta con que hagamos girar un cuadrante para que estallen en su secuencia adecuada.
—¿Qué veremos primero, la popa o la proa? ¿Quieres apostar?
—No hay duda. La proa está hundida seis metros más en el sedimento que el gobernalle. Cuento con que la popa se zafe y después utilice su potencia de palanca ascensional para arrastrar consigo al resto de la quilla. Creo que se elevará en un ángulo muy parecido al de hundimiento...
—La última carga ha sido instalada —anunció Ricitos—. El Safo II se aleja...
—¿Alguna noticia del Sea Slug?
—Informa que no hubo contacto visual con la tripulación del Deep Fathom.
—Bueno, dígale que salga a la superficie a toda prisa —dijo Pitt—. Haremos estallar la primera hilera de cargas dentro de nueve minutos.
—Están muertos —exclamó de pronto Drummer con voz quebrada—. Hemos llegado demasiado tarde, están todos muertos.
Adelantándose, Pitt aferró a Drummer por los hombros.
—Basta de histeria. Lo que menos falta hace es una oración fúnebre prematura.
Drummer encogió los hombros, con la cara cenicienta y congelada en una pétrea expresión de temor. Luego asintió en silencio y regresó con paso vacilante a la computadora.
—El agua ya debe de estar a unos sesenta centímetros del techo de la cabina —comentó Giordino.
—Si el pesimismo se vendiera por kilos, os haríais todos millonarios —repuso secamente Pitt.
—El Safo I ha llegado a la zona de seguridad, a los dos mil metros —anunció el operador de sonar.
—Ha llegado uno, faltan dos —murmuró Sandecker.
Ya no quedaba nada por hacer, salvo esperar a que los demás sumergibles se elevaran sobre el nivel peligroso de las ondas de concusión inminentes. Pasaron ocho interminables minutos durante los cuales dos docenas de frentes comenzaron a perlarse de sudor.
—El Safo II y el Sea Slug se aproximan ahora a la zona de seguridad.
—¿Mar y clima? —preguntó Pitt.
—Olas de un metro veinte, cielo despejado, viento del noroeste a cinco nudos —informó Farquar, el meteorólogo—. No se podría pedir mejores condiciones.
Por varios segundos nadie habló. Después Pitt anunció:
—Bien, señores, ha llegado el momento. —Su voz era normal y tranquila; su tono y su actitud no reflejaban ninguna aprensión—. Spencer, inicie la cuenta retrospectiva.
Spencer empezó a pronunciar los números con regularidad cronométrica.
—Treinta segundos... quince... cinco... señal transmitida... Fuego. —Luego pasó sin vacilar a la siguiente orden de disparar—. Ocho segundos... cuatro... señal transmitida... Fuego.
Todos se apiñaron alrededor de los monitores y del operador de sonar, que ahora eran sus únicos puntos de contacto con el fondo del océano. La primera explosión apenas causó un estremecimiento en las cubiertas del Capricorn y el volumen de sonido llegó a los oídos de los presentes como el de un trueno lejano. La ansiedad era extrema. Todos los ojos se clavaban en los monitores o en las temblorosas líneas que deformaban las imágenes al estallar las cargas. Tensos, fatigados, entumecidos, con el aire expectante de quienes temen lo peor pero anhelan lo mejor, permanecieron inmóviles mientras Spencer seguía con voz monótona sus cuentas hacia atrás.
Los estremecimientos en la cubierta se hicieron más intensos a medida que las ondas de sacudida se sucedían y rompían en la superficie del océano. Después, bruscamente, todos los monitores parpadearon en un calidoscopio de luz difusa y se apagaron.
—¡Maldición! —murmuró Sandecker—. Hemos perdido el contacto por imágenes.
—Las concusiones deben de haber desprendido la conexión principal —aventuró Giordino.
Volvieron su atención hacia la pantalla de sonar, pero pocos pudieron verla; el operador se había acercado tanto al cristal que lo tapaba con la cabeza.. Finalmente Spencer se irguió. Suspirando profundamente, sacó del bolsillo un pañuelo y se enjugó la cara y el cuello.
—Se ha acabado —dijo con voz ronca.
—Sigue estacionario —anunció el operador de sonar—. El Titanic sigue estacionario.
—¡Vamos, inténtelo! —rogó Giordino—. ¡Despega el trasero del barco!
—Oh Dios —murmuraba Drummer—. La succión lo sujeta todavía al fondo.
—Muévete, maldita sea —se sumó Sandecker—. Sube... sube.
De haber sido posible obligar con la mente a que 46.238 toneladas de acero abandonaran la tumba que habían ocupado durante setenta y seis años y volvieran a la luz del día, no hay duda de que los hombres que se aglutinaban alrededor de la pantalla de sonar lo habrían hecho. Pero esa vez no habría ningún milagro. El Titanic siguió empecinadamente aferrado al suelo marino.
—Menuda suerte —comentó Farquar.
Drummer se llevó las manos a la cara, se volvió y abandonó el recinto tambaleándose.
—Woodson, del Safo II, solicita autorización para descender a explorar —dijo Ricitos.
Pitt se encogió de hombros.
—Autorización concedida...
Lenta y cansinamente, el almirante Sandecker se dejó caer en una silla.
—¿Cuál es el precio del fracaso? —dijo.
La desesperanza inundó la sala, arrastrada por la triste marea de la derrota total.
—¿Y ahora? —preguntó Giordino, clavando en la cubierta una mirada vacía.
—Haremos lo que hemos venido a hacer —repuso Pitt con tono fatigado—. Continuaremos con la operación de rescate. Mañana empezaremos de nuevo...
—¡Se ha movido!
Nadie reaccionó de inmediato.
—Se movió —repitió el operador de sonar con voz temblorosa.
—¿Está seguro? —susurró Sandecker.
—Apuesto mi vida que sí.
Demasiado aturdido para hablar, Spencer no pudo hacer otra cosa que contemplar la pantalla de sonar con expresión de incredulidad. Luego comenzó a mover los labios.
—¡Los temblores secundarios! —exclamó—. Los temblores secundarios causaron una reacción diferida.
—¡Sube! —gritó el operador de sonar, mientras golpeaba con el puño el brazo de su sillón—. ¡Ese maldito cubo lleno de remaches se ha zafado! ¡Está subiendo!





48


En un primer instante, el asombro paralizó a todos. El momento por el que todos habían rogado, por el que habían luchado ocho tortuosos meses, los había tomado por sorpresa y en cierto modo no podían aceptar que fuese verdad. Después empezaron a asimilar la electrizante noticia y todos se echaron a gritar al mismo tiempo.
—¡Ven, bonito, ven! —vociferaba Sandecker con el júbilo de un escolar.
—¡Muévete, bastardo! —bramaba Giordino—. ¡Muévete, muévete!
—Sigue subiendo, bello palacio flotante —murmuraba Spencer.
De pronto Pitt se precipitó sobre el radiotransmisor y apretó con fuerza el hombro de Ricitos.
—Pronto, comuníquese con Woodson, del Safo II. Dígale que el Titanic está subiendo y que se quite de en medio a toda prisa antes de que lo atropelle.
—Sigue dirigiéndose a la superficie —dijo el operador del sonar—. La velocidad del ascenso aumenta...
—Todavía no hemos salido del paso —recordó Pitt—. Aún pueden salir mal muchas cosas antes que llegue a la superficie. Si sólo...
—Sí —lo interrumpió Giordino—; por ejemplo, si el mojacero mantiene su adherencia, o si las válvulas de control pueden compensar el súbito descenso en la presión del agua, o si al casco no se le ocurre romperse en pedacitos...
—Sigue subiendo rápidamente —anunció el operador de sonar, con la mirada fija en la pantalla—. Doscientos metros en el último minuto.
Pitt se volvió hacia Giordino.
—Al, ve en busca de Doc Bailey y el piloto del helicóptero y despega como si te llevara el diablo. En cuanto se estabilice el Titanic, desciende sobre la cubierta del castillo de proa. No me interesa cómo lo hagas... estrella el helicóptero si es necesario, pero tú y el buen doctor deben bajar enseguida, abrir la escotilla del Deep Fathom y sacar a los hombres de ese agujero infernal.
—Muy bien —sonrió Giordino, saliendo antes que Pitt alcanzara a dar su orden siguiente a Spencer.
—Rick, prepárate para izar las bombas diesel portátiles a bordo del barco hundido. Cuanto antes tapemos cualquier filtración, mejor será.
—Nos harán falta sopletes para entrar —dijo Spencer con los ojos dilatados de entusiasmo.
—Pues ocúpate de eso —repuso Pitt, ante de volverse otra vez hacia el tablero de sonar—. ¿Cuál es la velocidad de ascenso?
—Doscientos cincuenta metros por minuto —contestó el operador de sonar.
—Demasiado rápido —dijo Pitt.
—Es lo que no queríamos —murmuró Sandecker sin dejar de masticar su cigarro—. Tiene los compartimientos internos henchidos de aire y sube a la superficie sin control.
—Y si hemos calculado mal la cantidad de agua que queda como lastre en sus bodegas inferiores, podría salir despedido del agua y volcarse —añadió Pitt.
Sandecker lo miró a los ojos.
—Y eso sería el fin para la tripulación del Deep Fathom.
Luego, sin agregar palabra, el almirante se volvió y encabezó la marcha desde la sala de operaciones hasta la cubierta, donde cada uno, anhelante y con el corazón desbocado, se puso a escudriñar las inquietas olas.
Sólo Pitt se quedó atrás.
—¿A qué profundidad está? —preguntó al operador de sonar.
—Pasando la marca de los dos mil quinientos metros.
—Woodson informa —canturreó Ricitos—. El Titanic acaba de pasar junto al Safo II a todo gas.
—Contéstele que salga a la superficie. Transmita el mismo mensaje al Sea Slug y al Safo I.
Como nada quedaba por hacer allí, salió y subió la escalera hasta el puente de babor, donde se reunió con Gunn y Spencer.
Gunn tomó el teléfono del puente.
—Sonar, aquí puente.
—Aquí sonar.
—¿Tiene la ubicación aproximada del sitio donde aparecerá?
—Emergerá unos seiscientos metros a babor.
—¿Cuándo?
Hubo una pausa.
—¿Cuándo? —repitió Gunn.
—¿Le parece bien ahora, comandante?
En ese mismo instante se extendió por el mar una enorme ola de burbujas, y la popa del Titanic surgió al sol de la tarde como una ballena gigantesca. Por unos segundos pareció que no sería posible detener su vertiginosa fuga desde las profundidades; su popa siguió elevándose hasta que salió del agua la tubería donde antes se alzara su segunda chimenea. Era una visión asombrosa; el aire interior, al liberarse hacia abajo, lanzaba grandes torrentes de espuma por las válvulas de presión, que envolvían al enorme barco en nubes de vapor que remolineaban con todos los colores del arco iris. Se mantuvo unos instantes en equilibrio, lanzando zarpazos al cristalino cielo azul y después, al principio con lentitud, comenzó a estabilizarse hasta que su quilla se aposentó en el mar con un tremendo chapuzón que lanzó una corcoveante ola de tres metros de alto hacia la flota de naves que lo rodeaba. Se inclinó hacia abajo como si no tuviera intención de recobrarse. Mil espectadores contuvieron el aliento mientras el Titanic se inclinaba más aún sobre las puntas de sus baos de estribor, treinta, cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta grados, y así permaneció durante lo que pareció una espantosa eternidad; todos esperaban que completara el giro sobre su superestructura. Pero entonces, con angustiosa pesadez, el Titanic comenzó a forcejear con lentitud para enderezarse. Gradualmente, metro a metro, hasta que su casco alcanzó una inclinación de doce grados a estribor... y allí se quedó.
Nadie podía hablar. Todos permanecían inmóviles en su sitio, atónitos e hipnotizados por lo que acababan de ver. El curtido rostro de Sandecker mostraba una palidez fantasmagórica aun bajo el brillante sol.
Pitt fue el primero en recobrar la voz.
—Ha salido —dijo en un susurro apenas audible.
—Ha salido —asintió suavemente Gunn.
Entonces el hechizo fue roto por la vibración del helicóptero del Capricorn al volar contra el viento y situarse sobre el castillo de proa de la nave resucitada, que estaba cubierto de despojos. El piloto mantuvo al aparato en posición horizontal, pocos metros sobre la cubierta, y casi al instante se pudieron distinguir dos manchas diminutas que saltaban por una portezuela lateral.
Al trepar por la escalerilla de acceso, Giordino se encontró ante la escotilla del Deep Fathom. Agradeció a Dios el pequeño milagro de que el casco siguiera entero. Cautelosamente subió a la redondeada y resbalosa cubierta y probó la rueda de mano. Aunque los radios parecían de hielo, apretó y dio un fuerte tirón. La rueda se negó a cooperar.
—Déjese de holgazanear y abra ese cacharro —tronó a sus espaldas el doctor Bailey—. Cada segundo importa...
Giordino tomó aliento y tiró con toda la fuerza de que eran capaces los músculos de su corpachón. La rueda se movió dos centímetros. Probó de nuevo y esta vez logró darle media vuelta. Luego, por fin, la rueda comenzó a girar con facilidad al tiempo que el aire salía del sumergible con un siseo y la presión contra el cierre se aflojaba. Cuando la rueda se detuvo al final de la rosca, Giordino abrió la escotilla y se asomó a la oscuridad del interior. Un rancio olor a encierro penetró en sus fosas nasales. El corazón le dio un vuelco cuando, una vez sus ojos se habituaron a la oscuridad, vio que el agua chapoteaba a sólo cuarenta centímetros del mamparo superior.
Apartándolo, el doctor Bailey se adelantó para bajar su enorme cuerpo por la escotilla y la escalera interior. El agua helada le aguijoneó la piel. Se apartó de los escalones y chapoteó hacia la parte posterior del sumergible hasta que su mano tocó algo blando. Era una pierna. Siguiéndola por encima de la rodilla, tanteó en busca del torso. A la altura del hombro, su mano salió del agua y tocó una cara.
Bailey se acercó hasta tener la nariz a dos centímetros de ese rostro en la oscuridad. Buscó el pulso, pero con los dedos entumecidos por el agua no detectó nada que indicase vida o muerte. Después, de pronto, los ojos se abrieron parpadeantes, los labios temblaron y una voz balbuceó:
—váyase... ya le he dicho... que hoy no trabajo.

—¿Puente? —chirrió Ricitos por el altavoz.
—Aquí el puente —contestó Gunn.
—Listo para comunicar con el helicóptero.
—Adelante...
Hubo una pausa, tras la cual se oyó en el puente una voz desconocida:
—Capricorn, aquí el teniente Sturgis...
—Aquí el comandante Gunn; le oigo con toda claridad. Hable.
—El doctor Bailey ha entrado en el Deep Fathom. Por favor, manténgase alerta.
El breve respiro dio a todos la posibilidad de observar al Titanic. Sin sus altísimas chimeneas y mástiles, parecía totalmente desnudo. Tenía las chapas de acero de los costados manchadas de herrumbre, pero a través de éste brillaba todavía la pintura negra y blanca de su casco y superestructura. Tenía el aspecto desastroso de una horrible prostituta vieja que viviera soñando con mejores épocas y con la belleza perdida. Cubría las troneras y ventanillas el feo gris del mojacero y sus cubiertas de teca, antes inmaculadas, estaban carcomidas y cubiertas por kilómetros de cable corroído. Las grúas vacías de los botes salvavidas parecían alzarse como espectros, implorando el regreso de los botes, ausentes desde hacía tanto tiempo. Sobre las aguas, la presencia de la nave parecía un misterioso cuadro surrealista. Y sin embargo, la circundaba una inexplicable serenidad imposible de describir.
—Capricorn, aquí Sturgis.
—Aquí Gunn...
—El señor Giordino me acaba de hacer señas con tres dedos levantados y el pulgar hacia arriba... Merker, Kiel y Chávez viven.
Siguió a este anuncio una extraña quietud. Después Pitt se dirigió al tablero de emergencia y apretó el botón de la sirena. Un sonido ensordecedor vibró sobre las aguas.
Luego el silbato del Modoc resonó como respuesta y Pitt vio que Sandecker, habitualmente tan reservado, reía y lanzaba al aire su gorra. Se sumó el Monterrey Park, el Alhambra y finalmente el Bomberger, hasta que alrededor del mar el Titanic fue una enorme cacofonía de sirenas y silbatos Para no verse excluido, el Juneau se acercó y acompañó el enloquecido estruendo con un atronador saludo de su cañón de ocho pulgadas.
Fue un momento que ninguno de los presentes volvería a vivir. Y por primera vez en todos los años que podía recordar, Pitt sintió deslizarse lágrimas por sus mejillas.





49


Cuando el sol del atardecer tocaba las copas de los árboles, Gene Seagram, encorvado en un banco del parque Potomac Este, contemplaba el revólver Colt que tenía sobre las rodillas. «Número de serie 204.783 —pensaba—, estás por servir al propósito para el que te fabricaron.» Casi con cariño, pasó los dedos por el cañón, el tambor y la culata. Suicidio: parecía la única solución para poner fin a su caída en una negra depresión. Le extrañaba no haberlo pensado antes. No más llanto incontrolable en plena noche. No más sensaciones de inutilidad ni de que su vida había sido una farsa.
Su mente veía los últimos meses reflejados en el espejo agrietado y deformado de una aguda desesperación. Las dos cosas que más había amado eran su esposa y el proyecto Siciliano. Ahora Dana se había ido. Y el presidente de la nación había aceptado un riesgo que Seagram consideraba inútil, al permitir que el enemigo declarado de la democracia se enterara de su preciado proyecto.
Sandecker le había revelado la presencia de dos agentes soviéticos en la flota de rescate del Titanic. Y la CÍA había pedido al almirante que no interfiriera en sus actividades de espionaje. En opinión de Seagram, esto sólo servía para agregar otro clavo al ataúd del proyecto Siciliano. Ya había sido asesinado uno de los maquinistas de la ANIM, y esa misma mañana los colaboradores de Sandecker, en su diario informe a la Sección Meta, mencionaban un sumergible atrapado y la aparente imposibilidad de rescatar a sus tripulantes. Tenía que ser sabotaje. De eso no había dudas. El cerebro confuso de Seagram introducía las piezas del rompecabezas donde no encajaban. El proyecto Siciliano estaba muerto y ahora él decidía morir también. Estaba soltando el seguro del arma cuando una sombra cayó sobre él y una voz dijo con tono cordial:
—¿No le parece que el día es demasiado bonito para quitarse la vida?
El agente Peter Jones se hallaba recorriendo a pie el sendero contiguo a la avenida Ohio cuando vio a aquel hombre en un banco de la plaza. A primera vista, Jones creyó que Seagram era un simple vagabundo borracho que tomaba sol. Pensó en detenerle, pero lo descartó como una pérdida de tiempo; un vago arrestado volvería a la calle en menos de veinticuatro horas. Jones concluyó que no valía el esfuerzo que costaba llenar los interminables informes. Pero entonces vio en el hombre algo que no correspondía al estereotipo del alma perdida. Moviéndose con sigilo, sin hacerse notar, Jones rodeó un olmo grande y frondoso y se acercó al banco. Una inspección más atenta confirmó sus sospechas. Es cierto: estaban allí los ojos que miraban sin ver y la expresión vacía del alcohólico, así como los hombros gachos que indicaban indiferencia y abandono, pero también se advertían otros detalles: los zapatos estaban lustrados; el traje, elegante, estaba planchado; la cara, bien afeitada; y las uñas, recortadas. Además, tenía un revólver.
Al levantar con lentitud la vista, Seagram vio la cara de un policía negro. En vez de una decidida expresión de desconfianza, encontró una de auténtica compasión.
—¿Sus conclusiones no son un poco apresuradas? —dijo Seagram.
—Hombre, si alguna vez vi un caso típico de depresión suicida, es usted. —Jones hizo ademán de sentarse—. ¿Puedo compartir su banco?
—Es propiedad municipal —repuso Seagram con indiferencia.
Jones se sentó a poca distancia de Seagram, estiró lánguidamente las piernas y se reclinó en el respaldo, manteniendo las manos a la vista y lejos de su arma reglamentaria.
—Por mi parte, elegiría noviembre —continuó—. En abril se abren las flores y reverdecen los árboles, pero en noviembre el tiempo se pone feo, el viento lo congela a uno hasta los huesos y el cielo está siempre nublado y triste. Sí, ése es el mes que yo elegiría para eliminarme.
Seagram apretó más el Colt mientras miraba a Jones con recelo, a la espera de que actuase.
—¿Debo interpretar que usted se considera un experto en suicidios?
—En realidad no —repuso Jones—. Usted es el primero que he visto en el intento mismo. Casi siempre llego a la escena mucho después del hecho. Fíjese usted, los ahogados son los peores. Cadáveres hinchados y oscuros, globos oculares como papilla en las órbitas, después de haber sido mordisqueados por los peces. También están los que saltan. Una vez vi a un tipo que había saltado de un edificio de treinta pisos. Cayó de pie. Los huesos de las pantorrillas le salieron por los hombros...
—Esto no me hace falta —gruñó Seagram—. No me hace ninguna falta un poli negro que me venga con cuentos de horror.
La ira fluctuó un instante en los ojos de Jones para luego apagarse con rapidez.
—Las palabras no me hacen mella —dijo, mientras extraía un pañuelo con el que limpió despaciosamente el tafilete de su gorra—. Dígame, señor...
—Seagram. Tanto da que lo sepa. Más tarde no tendrá importancia.
—Dígame, señor Seagram, ¿cómo piensa hacerlo? ¿Una bala en la sien, la frente o la boca?
—¿Qué importa eso? El resultado es el mismo.
—No necesariamente —repuso Jones con tono afable—. No le recomiendo la sien ni la frente, al menos con un arma de pequeño calibre. A ver, ¿qué tiene ahí? Sí, parece un treinta y ocho. Haría un buen destrozo, sin duda, pero dudo que lo mate como se debe. Conocí a un sujeto que se disparó en la sien un cuarenta y cinco. Le revolvió los sesos y le salió por el ojo izquierdo, pero no murió. Vivió años convertido en un vegetal. ¿Se lo imagina allí tendido, vaciándose las tripas en las sábanas y rogando que alguien pusiera fin a sus desdichas? Sí; yo de usted me pondría el cañón en la boca y me haría volar la nuca. Es lo más seguro.
—Si no se calla, lo mato a usted también —repuso secamente Seagram, apuntando a Jones con el Colt.
—¿Matarme? —repitió Jones—. No tiene coraje para eso. Usted no es de los que matan, Seagram. Se ve de lejos.
—Cualquiera es capaz de cometer un asesinato.
—De acuerdo, asesinar no es tan difícil. Cualquiera puede hacerlo. Pero sólo un psicópata desconoce las consecuencias.
—Ahora se está pareciendo a un filósofo.
—A nosotros, los estúpidos polis negros, suele gustarnos engañar a los blancos haciéndonos pasar por listos.
—Discúlpeme por lo que dije antes.
Jones se encogió de hombros.
—¿Usted cree tener problemas, señor Seagram? A mí me encantaría tener sus problemas. Mírese un poco: es blanco, evidentemente un hombre de recursos, es probable que tenga familia y buena posición en la vida. ¿Le gustaría cambiar de lugar conmigo, cambiar el color de su piel, ser un policía negro con seis hijos y una casa de madera que tiene noventa años y una hipoteca de treinta encima? Cuéntemelo, Seagram. Dígame cuan difícil es su mundo en realidad.
—Usted no podría comprenderlo.
—¿Qué hay que comprender? Nada en el mundo vale quitarse la vida. Oh, claro, su esposa derramará algunas lágrimas al principio, pero después dará sus ropas al Ejército de Salvación y dentro de seis meses estará en la cama con otro hombre mientras usted no será más que una foto en un álbum. Mire alrededor... Qué bello día de primavera. Diablos, piense en lo que se perderá. ¿No vio al presidente por televisión?
—¿Al presidente?
—A las cuatro habló de todas las grandes cosas que están ocurriendo. Faltan sólo tres años para enviar vuelos tripulados a Marte; hubo notables avances en el control del cáncer y además mostró fotografías de no sé qué barco hundido que el gobierno rescató de casi tres kilómetros de profundidad.
Seagram clavó en Jones una mirada incrédula.
—¿Qué ha dicho? ¿Un barco rescatado? ¿Qué barco?
—No lo recuerdo...
—¿El Titanic? —preguntó Seagram en un susurro—. ¿Era el Titanic?
—Pues sí, así se llama. Chocó contra un iceberg y se hundió hace muchos años. Ahora que lo pienso, recuerdo haber visto por televisión un filme acerca del Titanic. Barbara Stanwyck y Clifton Webb actuaban en...
Jones se interrumpió al ver aparecer en la cara de Seagram una expresión de incredulidad, luego de pasmo y por fin de extrema confusión.
Entregando su revólver a un desconcertado Jones, Seagram se reclinó en el banco. Treinta días... Cuando tuviera el bizanio no le harían falta más que treinta días para verificar el sistema del proyecto Siciliano y luego llevarlo a un estatus operativo. Poco había faltado. Si un policía que pasaba no se hubiera entrometido, a Seagram no le habrían quedado más que treinta segundos de vida...





50


—Doy por sentado que ha sopesado usted las terribles consecuencias de sus acusaciones...
Marganin miró al hombrecillo de voz suave y fríos ojos azules. El almirante Boris Sloiuk se parecía más al panadero de la esquina que al sagaz jefe de la segunda red soviética destinada a recabar información.
—Comprendo plenamente, camarada almirante, que arriesgo mi carrera naval y una sentencia de prisión, pero pongo el deber hacia el estado antes que mis ambiciones personales.
—Muy noble de su parte, teniente —dijo Sloiuk con tono inexpresivo—. Las acusaciones que usted ha formulado son sumamente delicadas, por no decir más. Sin embargo, no ha presentado pruebas concretas de que el capitán Prevlov sea un traidor a nuestra patria, y sin ellas no puede condenar a un hombre con la sola palabra de su subordinado.
Marganin asintió con la cabeza. Pero había planeado minuciosamente su entrevista con el almirante. Eludir a Prevlov y la cadena habitual de comandos para abordar a Sloiuk había sido un asunto arriesgado, por cierto, pero había preparado minuciosamente la trampa. Con toda calma sacó del bolsillo un sobre que pasó a Sloiuk por encima del escritorio.
—He aquí los comprobantes de los movimientos hechos en la cuenta AZF siete seis cero nueve en el Banco de Lucerna, Suiza. Como advertirá, señor, recibe regularmente cuantiosos depósitos de un tal V. Volper, un torpe anagrama del apellido Prevlov.
Sloiuk examinó los comprobantes bancarios y luego lanzó a Marganin una mirada escéptica.
—Deberá perdonar mi escepticismo, teniente Marganin, pero esto presenta todas las características de un material falsificado.
Marganin le entregó otro sobre.
—Éste contiene una comunicación secreta del embajador norteamericano en Moscú para el Departamento de Defensa, en Washington. En ella declara que el capitán André Prevlov ha sido una fuente vital de secretos navales soviéticos. El embajador ha incluido además los planes para el despliegue de nuestra flota en caso de un primer ataque nuclear contra Estados Unidos.
—Marganin se sintió embargado de satisfacción al ver que el rostro del almirante, habitualmente impasible, era surcado por arrugas de incertidumbre—. En mi opinión, aquí no hay nada falsificado. Para un oficial de baja categoría, como yo, sería imposible obtener órdenes tan secretas como ésas. En cambio, el capitán Prevlov goza de la confianza del Comité Soviético de Estrategia Naval.
Las barreras habían caído y el camino quedaba abierto; Sloiuk no tenía otra alternativa que ceder. Sacudió la cabeza, perplejo.
—Cuesta admitir que el hijo de un alto dirigente del partido traicione a su país por dinero.
—Si se tiene en cuenta el dispendioso estilo de vida del capitán Prevlov, no es difícil advertir las excesivas exigencias que esto representa para sus recursos financieros.
—Estoy al corriente de los gustos del capitán Prevlov.
—¿Está también al corriente de que tiene amoríos con una mujer que se hace pasar por esposa del primer ayudante del embajador norteamericano?
El rostro de Sloiuk expresó fastidio.
—Prevlov me explicó que la estaba utilizando para obtener secretos a través de su marido en la embajada.
—No es cierto —afirmó Marganin—. En realidad, ella es divorciada y agente de la CÍA. —Hizo una pausa para luego insistir—: Los únicos secretos que pasan por las manos de esa mujer son los que proporciona el capitán Prevlov. Él es fuente de información para ella.
Sloiuk guardó silencio unos instantes. Luego clavó en Marganin una mirada penetrante.
—¿Cómo averiguó todo esto?
—Preferiría no divulgar la identidad de mi informante, camarada almirante. Discúlpeme, pero he alimentado y fomentado su confianza durante casi dos años y le juré solemnemente que su nombre y la posición que ocupa en el gobierno norteamericano serían conocidos sólo por mí.
Sloiuk asintió, aceptando esta explicación.
—Se dará cuenta, por supuesto, de que esto nos pone en una gravísima situación.
—¿Se refiere al bizanio?
—Exacto —respondió Sloiuk—. Si Prevlov ha revelado nuestro plan a los norteamericanos, podría resultar desastroso. Con el bizanio en sus manos y el proyecto Siciliano en acción, la balanza del poder se inclinaría a favor de ellos durante la próxima década.
—Tal vez el capitán Prevlov no haya revelado todavía nuestro plan —sugirió Marganin—. Tal vez espera a que el Titanic sea reflotado.
—Ya fue reflotado —dijo Sloiuk—. Hace tres horas, el capitán Parotkin, del Mijail Kurkov, informó que el Titanic se halla en la superficie y listo para ser remolcado.
Marganin alzó la vista sorprendido.
—Pero nuestros agentes, Silver y Gold aseguraron que no se intentaría el reflotado hasta dentro de setenta y dos horas.
Sloiuk se encogió de hombros.
—Los norteamericanos siempre tienen prisa.
—Entonces debemos cancelar el plan del capitán Prevlov para apoderarse del bizanio a cambio de otro que sea más fiable.
El plan de Prevlov... Marganin tuvo que contener una sonrisa al decirlo. La colosal vanidad del astuto capitán sería su perdición. De allí en adelante, pensó Marganin confiado, habría que representar el drama con sumo cuidado.
—Ya es demasiado tarde para modificar nuestra estrategia —declaró Sloiuk—. Hombres y barcos se hallan en sus puestos... Seguiremos tal como fue programado.
—Pero ¿y el capitán Prevlov? Ordenará usted que lo arresten, claro está...
Sloiuk miró fríamente a Marganin:
—No, teniente, el capitán continuará en su puesto.
—No se puede confiar en él —dijo Marganin con desesperación—. Usted ha visto las pruebas...
—No he visto nada que no se pueda falsificar —replicó bruscamente Sloiuk—. Me ha traído un paquetito envuelto con demasiada pulcritud. Lo que sí veo es un joven presuntuoso que apuñala a su superior por la espalda con el fin de subir un peldaño en la escala de ascensos. Las purgas terminaron antes de que usted naciera, teniente. Ha jugado un juego peligroso y ha perdido.
—Le aseguro que...
—¡Basta! —ordenó Sloiuk con tono duro como el granito—. Tengo la plena certeza de que el bizanio estará a salvo en un barco soviético dentro de tres días a más tardar; ese hecho demostrará la lealtad del capitán Prevlov y la culpabilidad de usted.





51


El Titanic yacía inmóvil contra el incesante embate de las olas que remolineaban alrededor de su enorme masa, luego volvían a cerrar filas y se lanzaban hacia una costa todavía desconocida y lejana. Yacía allí y flotaba con la corriente, lanzando vapor de sus empapadas cubiertas de madera bajo el sol que se iba apagando con el anochecer. Era un barco muerto que había regresado entre los vivos. Un barco muerto, pero no vacío. En la cubierta elevada sobre el salón de primera clase, la torre de la brújula había sido despejada para instalar en ella al helicóptero, y un constante flujo de hombres y equipo estaba siendo trasladado a bordo para iniciar la ardua tarea de corregir la escoración y preparar la nave para el largo trayecto a remolque hasta el puerto de Nueva York.
Por unos minutos, después de que los desfallecientes tripulantes del Deep Fathom fueran conducidos por aire al Capricorn, Giordino había tenido al Titanic para él solo. Nunca se le ocurrió pensar que era el primero en pisar sus cubiertas en setenta y seis años, y aunque aún era pleno día, no se atrevió a alejarse demasiado. Cada vez que recorría con la vista el barco, tenía la sensación de estar contemplando una húmeda y viscosa cripta. Nervioso, encendió un cigarrillo, se sentó en un mojado cabrestante y esperó la invasión, que no tardó en llegar.
Cuando llegó a bordo, Pitt no experimentó ninguna inquietud, sino un sentimiento de reverencia. Se dirigió al puente y allí se detuvo solo, absorto en la leyenda del Titanic. Sólo Dios sabía cuántas veces se había preguntado cómo habría sido aquella noche de domingo, casi ocho décadas antes, cuando el capitán Edward J. Smith, de pie en ese mismo sitio, había comprendido que la gran nave a su mando se hundía lenta e irremediablemente. ¿Qué habría pensado al saber que en los botes salvavidas cabían sólo 1.180 personas, mientras que en su viaje inaugural el barco llevaba 2.200 personas entre pasajeros y tripulantes? Después se preguntó qué habría pensado el viejo y venerable capitán de haber sabido que un día las cubiertas de su barco volverían a ser recorridas por hombres que en su época no habían nacido aún.
Al cabo de lo que parecieron horas, pero que en realidad fueron apenas minutos, Pitt salió de su ensueño y fue hacia la popa por la cubierta principal, pasando frente a la puerta cerrada de la cabina del telégrafo, donde el primer operador John G. Phillips había enviado el primer S.O.S. de la historia; frente a la grúa vacía del bote salvavidas número 6, en el cual la señora de J. J. Brown, de Denver, alcanzó más tarde una fama perdurable como «la insumergible Molly Brown»; frente a la entrada de la gran escalinata donde Graham Farley y la orquesta de a bordo habían tocado hasta el fin; frente al sitio donde el millonario Benjamín Guggenheim y su secretario se habían detenido a esperar la muerte con serenidad, engalanados con sus ropas de etiqueta para morir como caballeros.
Casi un cuarto de hora tardó en llegar al ascensor, situado en el otro extremo de la cubierta principal. Trepó por la barandilla y se dejó caer en la cubierta de paseo. Allí comprobó que el mástil de popa sobresalía del podrido maderamen como un desamparado muñón, hasta la altura de dos metros y medio, donde lo había cortado el soplete submarino del Sea Slug.
Pitt sacó del bolsillo de la chaqueta el envoltorio que le había dado el comodoro Bigalow y lo desenvolvió con ternura. Había olvidado llevar consigo una cuerda pero se arregló con el cordel del paquete. Cuando hubo terminado, se apartó del muñón de aquel mástil y contempló su improvisada obra.
Aunque viejo y desteñido, el rojo gallardete de la compañía Estrella Blanca, rescatado tanto tiempo atrás por Bigalow, ondeaba orgullosamente una vez más sobre el resucitado Titanic.





52


Los rayos del sol matinal asomaban apenas sobre el horizonte, al este, cuando Sandecker saltó por la portezuela de la carlinga del helicóptero y pasó bajo las hélices, agachándose y sosteniendo su gorra. Faros portátiles brillaban todavía sobre la superestructura del barco naufragado, y en las cubiertas se veían cajones con maquinaria en diversas etapas de montaje. Pitt y su equipo habían trabajado toda la noche, esforzándose por organizar el intento de rescate.
Rudi Gunn lo recibió bajo un ventilador carcomido por la herrumbre.
—Bienvenido al Titanic, almirante —le dijo sonriendo. Esa mañana parecía que todos los integrantes de la flota de salvamento sonreían.
—¿Cuál es la situación?
—Por el momento, estable. En cuanto tengamos en funcionamiento las bombas, creo que podremos corregir su inclinación.
—¿Dónde está Pitt?
—En el gimnasio.
Sandecker se detuvo y miró con fijeza a Gunn.
—¿Ha dicho en el gimnasio?
Gunn asintió señalando en un mamparo una abertura cuyos desparejos bordes sugerían la obra de un soplete de acetileno.
—Por aquí...
El recinto medía unos cinco metros de largo por ocho de ancho y lo ocupaba una docena de hombres entregados cada uno a su tarea individual, sin prestar atención, aparentemente a la extraña variedad de mecanismos anticuados y enmohecidos montados sobre lo que antes fuera un colorido piso de bloques de linóleo. Había ornadas máquinas de remar; bicicletas fijas de peculiar aspecto, adheridas a un gran reloj circular de las distancias que había en la pared; varios caballos mecánicos con podridas monturas de cuero y algo que Sandecker podría haber jurado que era un camello mecánico y que, como descubrió más tarde, era exactamente eso.
El equipo de rescate había provisto ya la sala del transmisor y receptor de radio, tres generadores eléctricos, lámparas a gas, varios reflectores con soportes, un infiernillo pequeño y compacto, una serie de escritorios y mesas de aluminio y madera, y varios colchones plegables.
Agachado junto a Drummer y Spencer, Pitt examinaba una gran lámina que representaba un corte esquemático del barco.
Pitt alzó la vista y saludó con un ademán.
—Bienvenido al Titanic, almirante —dijo cordialmente—. ¿Cómo están Merker, Kiel y Chávez?
—Acostados y a salvo en la enfermería del Capricorn —respondió Sandecker—. Recuperados casi totalmente y rogando al doctor Bailey que les permita volver a sus tareas... Pero Bailey insiste en que permanezcan en observación veinticuatro horas y es simplemente imposible lograr que un hombre de su talla y determinación cambie de ideas. —Hizo una pausa para olfatear el aire y frunció la nariz—. Caray, ¿qué olor es ése?
—Podredumbre —replicó Pitt—. Llena todas las grietas y recovecos... No se la puede eludir. Y es sólo cuestión de tiempo el que la fauna marina muerta que subió con el barco empiece a apestar.
Sandecker comentó, señalando alrededor:
—Han encontrado un lugar cómodo, pero ¿por qué establecieron la base de operaciones en el gimnasio y no en el puente?
—Hubo razones prácticas para abandonar la tradición —contestó Pitt—. En un barco muerto, el puente no cumple ninguna función útil... El gimnasio, en cambio, se halla en medio del buque y nos ofrece acceso a proa y a popa. Además, está junto a nuestra improvisada pista de aterrizaje para el helicóptero, sobre el techo del salón de primera clase. Cuanto más cerca estemos de nuestros pertrechos, con mayor eficiencia podremos actuar.
—Mi pregunta fue innecesaria —admitió Sandecker—. Debí suponer que no eligieron este museo de monstruosidades mecánicas sólo para llevar adelante un programa de cultura física.
En un montón de desechos que se apilaban empapados contra una pared del gimnasio, algo atrajo la mirada del almirante, que se acercó a ellos. Se detuvo y durante varios segundos contempló sombríamente los restos esqueléticos de lo que antes fuera un pasajero o tripulante del Titanic.
—¿Quién habrá sido este pobre diablo?
—Probablemente nunca lo sabremos —dijo Pitt—. Sin duda los registros dentales correspondientes a 1912 ya no existen.
Inclinándose, Sandecker examinó la sección pélvica de los huesos.
—Dios, era una mujer.
—Quizá una de las pasajeras de primera clase que optaron por quedarse, o una de las mujeres del entrepuente que llegaron a la cubierta principal cuando ya todos los botes salvavidas habían partido.
—¿Hay más cadáveres?
—Hemos estado demasiado atareados para efectuar una exploración minuciosa —repuso Pitt—. Pero un hombre de Spencer informó haber descubierto un esqueleto encajado contra la chimenea del salón.
Sandecker señaló con la cabeza una puerta abierta.
—¿Qué hay allí?
—Eso da a la escalinata principal.
—Investiguemos un poco...
Desde el descanso, situado sobre el vestíbulo de la cubierta A, miraron hacia abajo. Había varios sillones y sofás podridos dispersos por los escalones donde habían caído al hundirse el barco por la popa. Los pasamanos, de líneas gráciles y ondulantes estaban todavía enteros e indemnes y se veían las manecillas del reloj de bronce detenidas a las dos y veintiuno. Bajando por la escalera cubierta de cieno, ambos entraron en uno de los pasillos que conducían a los camarotes. Sin ayuda de la luz exterior, la escena era espectral. Todas las habitaciones estaban llenas de entrepaños podridos y caídos, intercalados con muebles volcados y revueltos. La oscuridad impedía discernir detalle alguno. Después de avanzar unos diez metros, encontraron el camino bloqueado por una muralla de despojos, de modo que dieron la vuelta y regresaron al gimnasio.
Cuando trasponían el vano, el hombre que se inclinaba sobre la radio se apartó del aparato. Era Al Giordino.
—Los de la Petrolera Granus preguntan por su sumergible.
—Diles que podrán recobrar el Deep Fathom de la cubierta del Titanic en cuanto lleguemos a Nueva York —le contestó Pitt.
Giordino asintió y volvió a la radio.
—Era de esperar que los intereses financieros se inquietaran por su valiosa propiedad en una ocasión tan trascendental —comentó Sandecker con un resplandor en la mirada—. Por cierto, ¿alguno de ustedes querría celebrar con un poco de licor?
—¿Licor? —Giordino alzó la mirada, ansioso.
Sandecker sacó dos botellas que llevaba bajo la chaqueta.
—Que nunca se diga que James Sandecker descuida los intereses de su tripulación.
—Cuidado con los almirantes que traen regalos —murmuró Giordino.
Sandecker le lanzó una mirada de fastidio.
—Lástima que ya no se use hacer caminar por la plancha.
—Y hacer pasar por debajo de la quilla —agregó Dummer.
—Prometo no volver a molestar a nuestro líder... siempre que me mantenga provisto de licor —dijo Giordino.
—No es un precio muy alto —suspiró Sandecker—. Elijan su veneno preferido, caballeros. Tienen delante una botella de whisky escocés Cutty Sark para los petimetres de la ciudad y una botella de Jack Daniels para los campesinos. Traigan vasos, yo invito...
A Giordino le llevó diez segundos conseguir la cantidad necesaria de tazas. Cuando estuvieron llenas, Sandecker levantó su taza.
—Señores, ¡por el Titanic! Que nunca vuelva a descansar en paz.
—¡Por el Titanic!
—¡Bravo, bravo!
Entonces Sandecker se arrellanó en una silla plegable, bebió su whisky y se preguntó cuál de los que se hallaban en aquel húmedo recinto era el agente a sueldo de los soviéticos.





53


El secretario general del PCUS, Gueorgui Antonov, chupó su pipa con breves y enérgicas bocanadas y contempló a Prevlov con mirada reflexiva.
—Debo confesarle, capitán, que no veo con buenos ojos esta iniciativa.
—Hemos examinado minuciosamente todas las posibilidades y ésta es la única que nos queda —repuso Prevlov.
—Es muy arriesgada... Temo que los norteamericanos no acepten de buen grado el robo de su precioso bizanio.
—Cuando esté en nuestras manos, camarada secretario, las reclamaciones de los norteamericanos no tendrán importancia alguna. Se les habrá cerrado la puerta en las narices.
Antonov cruzó y descruzó las manos. Un gran retrato de Lenin pendía de la pared, a su espalda.
—No debe haber repercusiones internacionales. Ante el mundo, debe parecer que estamos totalmente en nuestro derecho.
—Esta vez el presidente norteamericano no tendrá ningún recurso. Tenemos el derecho internacional de nuestro lado.
—Esto significará el fin de lo que solía llamarse distensión —dijo pesadamente Antonov.
—También significará el comienzo del fin de Estados Unidos como superpotencia.
—Una conjetura optimista que aprecio en su justo valor —contestó Antonov. Volvió a encender la pipa, llenando la habitación de un aroma dulzón—. Sin embargo, si usted fracasa, los norteamericanos quedarán en situación de decir lo mismo sobre nosotros.
—No fracasaremos.
—Palabras —dijo Antonov—. Un buen abogado planea el alegato del fiscal junto con el suyo propio... ¿Qué medidas ha tomado para el caso de que surja un contratiempo inevitable?
—El bizanio será destruido —repuso Prevlov—. Si no podemos adueñarnos de él, los norteamericanos tampoco lo harán.
—¿Eso incluye al Titanic?
—No hay más remedio. Destruyendo al Titanic, destruimos el bizanio. Se hará de tal modo que se descarte totalmente otra operación de rescate.
Prevlov guardó silencio, pero Antonov estaba satisfecho. Ya había aprobado la misión. Escrutó minuciosamente a Prevlov. El capitán parecía un hombre no habituado al fracaso. Cada movimiento, cada ademán, parecían cuidadosamente planeados de antemano; hasta sus palabras tenían un aire de confiada previsión. Sí, Antonov estaba satisfecho.
—¿Cuándo parte hacia el Atlántico Norte? —preguntó.
—Con su permiso, camarada secretario, de inmediato. Hay un bombardero de largo alcance en el aeropuerto Gorki. Debo estar sin falta en el puente del Mijail Kurkov antes de las próximas doce horas. La buena suerte nos ha enviado un huracán, de cuya fuerza haré pleno uso como distracción para apoderarnos del Titanic de un modo que parecerá perfectamente legal.
—En tal caso, no lo retendré. —Antonov se puso de pie y estrechó a Prevlov en un fuerte abrazo—. Las esperanzas de la Unión Soviética le acompañan, capitán Prevlov. Espero que no nos decepcione.





54


El día empezó mal para Pitt en cuanto se alejó de la actividad de salvamento para dirigirse a la bodega de carga número 1, en la cubierta G.
En el oscuro compartimiento, sus ojos hallaron un cuadro de total devastación. La bóveda que contenía el bizanio estaba sepultada bajo el mamparo delantero, que se había derrumbado.
Permaneció inmóvil largo rato contemplando con fijeza la avalancha de acero roto y retorcido que hacía imposible todo intento de llegar con facilidad al valioso elemento. De pronto intuyó la presencia de alguien detrás de sí.
—Según parece, hemos tenido mala suerte —comentó Sandecker.
—Al menos por el momento —asintió Pitt.
—Tal vez si le...
—Con nuestro equipo serrador portátil tardaríamos semanas en abrirnos una senda a través de esa jungla de acero.
—¿No hay otro recurso?
—Con una grúa Doppleman gigante se podría despejar los restos en pocas horas.
—Lo que está diciendo, entonces, es que nuestra única alternativa es hacernos a un lado y esperar pacientemente hasta que lleguemos a los diques secos de Nueva York.
Bajo la mortecina luz, Pitt lo miró y Sandecker advirtió la expresión de frustración que surcaba su curtido rostro. No hacía falta contestar.
—Trasladar el bizanio al Capricorn nos habría favorecido —dijo Pitt—. No hay duda de que así nos habríamos ahorrado muchas penurias.
—Tal vez podamos simular un traslado.
—Esos amigos nuestros que trabajan para los soviéticos olfatearían la farsa antes que el primer cajón pasara por la borda.
—Presuponiendo que ambos estén a bordo del Titanic, por supuesto.
—Lo sabré mañana a esta hora.
—¿Quiere decir qué tiene indicios de su identidad?
—Tengo identificado a uno de ellos, el que mató a Henry Munk. En cuanto al otro, es puramente una suposición.
—Me interesa saber a quién ha descubierto —dijo Sandecker.
—Mis pruebas jamás convencerían a un fiscal federal, mucho menos a un jurado. Déme unas horas más, almirante, y pondré a los dos, Silver y Gold, en sus mismas manos.
Sandecker lo miró con fijeza antes de preguntar:
—¿Tan cerca está?
—Sí.
Fatigado, Sandecker se pasó una mano por la cara y apretó los labios. Miró las toneladas de acero que cubrían la bóveda.
—Lo dejo en sus manos, Dirk. Lo respaldaré hasta el fin. En realidad, no tengo muchas alternativas.

Pitt tenía también otras preocupaciones. Aún faltaban horas para que llegaran los dos remolcadores de la armada prometidos por el almirante Kemper, y durante la mañana, sin motivo aparente, el Titanic aumentó en diecisiete grados su inclinación a estribor.
La nave estaba demasiado sumergida en el agua; las crestas de las olas lamían los portalones cerrados de la cubierta E, a sólo tres metros sobre los imbornales. Y aunque Spencer y su equipo de bombeo habían logrado introducir tubos de succión en las bodegas a través de las escotillas de carga, no habían podido abrirse paso entre los desechos que obstruían las escaleras de cámara para llegar a las salas de máquina y de calderas, donde seguía acumulada, remota e inaccesible, la mayor cantidad de agua.
Sentado en el gimnasio, sucio y exhausto después de trabajar todo el día, Drummer bebía un tazón de cacao.
—Con casi ochenta años de inmersión y podredumbre, el artesonado de madera de los pasillos se ha caído, dejándolos más atascados que una senda en una chatarrería de Georgia.
Pitt estaba donde había estado toda la tarde, inclinado sobre una mesa de dibujo junto al radiotransmisor. Con ojos enrojecidos, contemplaba un diagrama trasversal de la superestructura del Titanic.
—¿No podemos abrirnos paso por la escalera principal o por los huecos de los ascensores?
—Más allá de la cubierta D, la escalera está llena de basura dispersa —declaró Spencer.
—Y no hay ninguna posibilidad de penetrar en los huecos de los ascensores —agregó Gunn—. Están colmados por un cúmulo de cables corroídos y maquinaria destrozada. Y si con eso no bastara, todas las puertas herméticas de doble cilindro, en los compartimientos inferiores, se han atascado.
—Las cerró automáticamente el primer oficial de la nave inmediatamente después de que ésta chocó con el iceberg —informó Pitt.
En ese momento, un hombre bajo y robusto como un toro, cubierto de aceite y mugre, entró en el gimnasio tambaleándose. Pitt alzó la mirada y sonrió.
—¿Eres tú, Al?
Giordino se arrastró hasta un colchón, donde se desplomó exhausto.
—Los agradecería que no encendáis fósforos a mi lado —murmuró—. Soy demasiado joven para morir en una ardiente llama de gloria.
—¿Ha conseguido algo? —preguntó Sandecker.
—Llegué hasta la cancha de pelota, en la cubierta F. Joder, eso está más negro que el pecado... me caí por una escalera de cámara. Está todo inundado de aceite que ha rezumado desde la sala de máquinas. Eso me detuvo... No había modo de bajar.
—Tal vez una serpiente pudiera llegar a las salas de calderas —dijo Drummer—, pero un hombre no. Por lo menos no hasta que pase una semana abriéndose camino con dinamita y un equipo de demolición.
—Tiene que haber un modo —intervino Sandecker—. Allá abajo, en alguna parte, el barco hace agua. Si mañana a esta hora no hemos resuelto el problema, se volcará y zozobrará.
Nunca se les había ocurrido perder al Titanic cuando estaba de nuevo sobre un mar tranquilo, pero ahora todos empezaron a sentir un nudo en el estómago. Aún faltaba remolcar la nave y Nueva York estaba a tres mil millas de distancia.
Sentado, Pitt contemplaba con atención los diagramas interiores del barco. Lamentablemente eran inadecuados. No existía ninguna serie de planos detallados del Titanic y de su gemelo, el Olympic. Habían sido destruidos, junto con archivos llenos de fotografías y datos de construcción, cuando los astilleros Harland y Wolff, en Belfast, fueron arrasados por bombarderos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.
—Si no fuera tan enorme... —murmuró Drummer—.
Las salas de calderas están casi treinta metros por debajo de la cubierta principal.
—Lo mismo daría que estuvieran a cien kilómetros —comentó Spencer, alzando la mirada al aparecer Woodson por la entrada de la escalinata—. Ah, tenemos con nosotros al gran fotógrafo oficial de la operación. ¿Qué has hecho?
Woodson se descolgó del cuello varias cámaras fotográficas que depositó sobre una improvisada mesa de trabajo.
—He tomado algunas fotos para la posteridad, nada más —repuso con su habitual inexpresividad—. Nunca se sabe; tal vez algún día escriba un libro sobre esto y, como es natural, querré incluir ilustraciones.
—Ya —dijo Spencer—. Por casualidad, ¿no has encontrado alguna escalera despejada hasta las salas de calderas?
Woodson meneó la cabeza.
—Tomé fotos en el salón de primera clase, que está notablemente bien conservado. Salvo por los obvios estragos del agua en las alfombras y el mobiliario, podría creerse que es una sala del palacio de Versalles. —Comenzó a cambiar carretes de película—. ¿Qué posibilidades hay de usar el helicóptero? Me gustaría obtener algunas fotos a vista de pájaro de nuestra presa antes de que lleguen los remolcadores.
Giordino se apoyó en un codo.
—Te conviene disparar mientras puedas. Es posible que por la mañana nuestra presa esté de vuelta en el fondo.
Woodson juntó las cejas.
—¿Se está hundiendo?
—Creo que no.
Todos los ojos se volvieron hacia el hombre que acababa de pronunciar esas palabras. Era Pitt. Sonreía con tanto aplomo como si acabaran de nombrarlo presidente de la General Motors, y continuó:
—Como solía decir Kit Carson cuando estaba rodeado por indios que lo superaban en número: «Todavía no estamos perdidos ni mucho menos.» En diez horas, las salas de máquinas y de calderas estarán secas. —Rebuscó los diagramas que había sobre la mesa hasta encontrar el que buscaba—. Woodson lo dijo: «una foto a vista de pájaro»... Lo hemos tenido ante las narices desde el primer momento. Debimos buscar desde arriba y no desde adentro.
—Vaya novedad —dijo Giordino—. ¿Qué hay tan interesante desde el aire?
—¿Ninguno de vosotros se da cuenta?
Drummer evidenció perplejidad.
—Ni idea.
—¿Spencer?
Éste meneó la cabeza. Pitt sonrió y dijo:
—Reúna arriba a sus hombres y dígales que lleven sus pertrechos de serrar.
—De acuerdo —repuso Spencer, pero siguió en su sitio.
—El señor Spencer me está tomando mentalmente las medidas para una camisa de fuerza —observó Pitt—. No se explica por qué debemos abrir agujeros en el techo del barco para penetrar a una distancia de treinta metros a través de ocho cubiertas llenas de chatarra. En realidad no es ninguna hazaña... Tenemos un túnel instalado y libre de desechos que conduce a las salas de calderas. A decir verdad, tenemos cuatro. Las tuberías de calderas donde antes se apoyaban las chimeneas. Cortad con soplete el mojacero que cierra las aberturas y tendréis un pasaje directo hasta las sentinas. ¿Lo habéis comprendido?
Spencer lo comprendía y los demás. Todos juntos fueron hacia la puerta sin molestarse en contestar a Pitt.
Dos horas más tarde las bombas diesel funcionaban a coro y ocho mil litros de agua por minuto eran devueltos por la borda a las enormes olas que el huracán empujaba por delante al aproximarse.





55


Lo habían bautizado como huracán Amanda, y esa misma tarde la mayoría de las embarcaciones se habían apartado de su trayectoria prevista. Todos los cargueros, buques cisternas y naves de pasajeros que habían zarpado entre Savannah (Georgia) y Portsmouth (Maine) habían recibido órdenes de regresar a puerto en cuanto el Centro de Huracanes de la ANIM en Tampa lanzó las primeras advertencias. A lo largo del litoral este, casi cien naves habían postergado sus fechas de partida, mientras que todos los barcos procedentes de Europa que ya se hallaban en alta mar se ponían al pairo, esperando a que pasara el huracán.
En Tampa, el doctor Prescott y sus meteorólogos hormigueaban alrededor del mapa mural, alimentando las computadoras con nuevos datos y calculando toda desviación de la trayectoria de Amanda. El rumbo inicial previsto por Prescott se confirmaba en un margen de doscientos kilómetros.
Un meteorólogo se acercó y le entregó una hoja de papel.
—Aquí tiene el informe de un avión de reconocimiento de la Guardia Costera que penetró en el ojo del huracán...
Prescott cogió el informe y leyó partes en voz alta.
—El ojo tiene aproximadamente treinta y seis kilómetros de diámetro. Su velocidad de avance aumentó a cuarenta nudos. Fuerza del viento, trescientos... —Se le apagó la voz.
Su ayudante lo miró con ojos de asombro.
—¿Vientos de trescientos kilómetros por hora?
—Y más —murmuró Prescott—. Compadezco el barco que se vea atrapado en este huracán.
El meteorólogo se volvió para estudiar el mapa mural. Entonces su rostro palideció.
—¡Oh, mierda... el Titanic!
Prescott lo miró.
—¿ Qué ha dicho ?
—El Titanic y su flota de rescate. Están justo en medio del trayecto del huracán.
—¡Imposible! —exclamó Prescott.
El meteorólogo se acercó al mapa mural y vaciló unos instantes. Por último tendió el brazo y trazó una X justo debajo de los grandes bancos de Terranova.
—Mire, ésa es la posición en que fue izado del fondo.
—¿Dónde obtuvo esta información?
—Desde ayer está en todos los diarios y en la televisión. .. Puede pedir confirmación al cuartel general de la ANIM, en Washington.
Prescott cogió un teléfono y ladró por el auricular:
—Consíganme línea directa con nuestra jefatura en Washington. Quiero hablar con alguien relacionado con el proyecto Titanic.
Mientras esperaba a que pasaran su llamada, observó por encima de las gafas la X trazada en el mapa mural.
—Ojalá esos pobres desgraciados tengan a bordo un meteorólogo con dotes de predicción sobrenaturales —murmuró para sí—, o mañana aprenderán lo que significa la furia del mar.

Con expresión vaga, Farquar contemplaba los mapas meteorológicos que había desplegados sobre la mesa. Tenía la mente tan entorpecida y pesada por la falta de sueño, que le costó definir las marcas que había hecho apenas minutos antes. Las indicaciones sobre temperatura, velocidad del viento, presión barométrica y el frente de tormenta que se aproximaba se fundían en un confuso borrón. Se frotó los ojos en un inútil intento de enfocarlos. Después meneó la cabeza para despejar las telarañas, procurando recordar qué conclusiones había estado por sacar.
El huracán... Sí, eso era. Lentamente Farquar comprendió que había cometido un grave error de cálculo. El huracán no se había desviado hacia el cabo Hatteras, como él había predicho. En cambio, una zona de alta presión a lo largo de la costa oriental lo mantenía sobre el océano con rumbo norte. Y lo peor era que después de desviarse había empezado a avanzar más rápido y ahora se precipitaba hacia la posición del Titanic a una velocidad de casi cuarenta y cinco nudos.
Había observado el nacimiento del huracán en las fotos tomadas por satélites y estudiado minuciosamente las advertencias de la estación de la ANIM en Tampa, pero todos sus años de pronósticos meteorológicos no lo habían preparado para la violencia y la celeridad alcanzadas por aquella monstruosidad en tan poco tiempo.
¿Un huracán en mayo? Era inimaginable. Entonces lo atormentó el recuerdo de sus palabras a Pitt. «Sólo Dios puede provocar una tormenta.» De pronto su cara se empapó de sudor y sus manos se crisparon.
—Que Dios ayude al Titanic —murmuró por lo bajo—. Es el único que puede salvarlo esta vez.





56


Los remolcadores de rescate de la armada estadounidense Thomas J. Morse y Samuel R. Wallace llegaron poco antes de las tres de la tarde y comenzaron a dar lentas vueltas alrededor del Titanic. La magnitud y la lúgubre atmósfera del barco causaron a los tripulantes de los remolcadores la misma sensación de temor reverencial que experimentaran el día anterior los hombres de la ANIM.
Tras media hora de inspección visual, los remolcadores se detuvieron paralelos al gran casco enmohecido, sobre el fuerte oleaje. Después, casi al mismo tiempo, fueron bajados sus cúteres, los capitanes cruzaron y empezaron a trepar por una escala lanzada a toda prisa desde la cubierta del Titanic.
El teniente George Uphill, del Morse, era un hombre bajo, regordete, de cara rubicunda, con un inmenso bigote a lo Bismarck, mientras que el capitán de corbeta Scotty Butera, del Wallace, alcanzaba el metro ochenta de estatura y hundía su barbilla en una esplendorosa barba negra. Esos dos no eran pulcros oficiales de marina. Tenían todo el aspecto de hombres de salvamento rudos y sensatos y obraban como tales.
—No saben cuánto nos alegramos de verlos —declaró Gunn estrechando sus manos—. El almirante Sandecker y el señor Dirk Pitt, nuestro director de proyectos especiales, los esperan en nuestra base de operaciones, si me permiten la expresión.
Siguiendo a Gunn, los capitanes de remolcador subieron la escalera y cruzaron la cubierta principal, mientras contemplaban arrobados los restos de esa célebre nave. Cuando llegaron al gimnasio, Gunn hizo las presentaciones.
—Parece increíble —murmuró Uphill—. Ni en mis más descabellados ensueños imaginé que llegaría a caminar por las cubiertas del Titanic.
—Yo siento lo mismo —coincidió Butera.
—Ojalá pudiéramos ofrecerles una visita guiada —dijo Pitt—, pero a cada minuto aumenta el peligro de que el mar nos lo arrebate de nuevo.
El almirante Sandecker señaló una larga mesa repleta de mapas meteorológicos, diseños y tablas, y todos se acomodaron con humeantes tazas de café.
—Lo que más nos preocupa es el tiempo —declaró Sandecker—. A nuestro meteorólogo, que está a bordo del Capricorn, se le ha convertido en profeta del desastre.
Pitt desenrolló un gran mapa meteorológico, que extendió sobre la mesa.
—No hay modo de eludir las malas noticias. El tiempo empeora con rapidez. El barómetro ha bajado un centímetro y medio en las últimas veinticuatro horas. La fuerza del viento es de cuatro, sopla desde el noroeste y va en aumento. No se hagan ilusiones, señores, vamos a pasar un mal rato. A menos que ocurra un milagro y Amanda, decida virar al oeste, mañana a esta hora estaremos metidos en su cuadrante delantero.
—El huracán Amanda —repitió Butera—. ¿Es muy violento?
—Joel Farquar, nuestro meteorólogo, asegura que es de los peores —repitió Pitt—. Ya anunció vientos de fuerza quince en la escala Beaufort.
—¿Fuerza quince? —repitió Gunn, atónito—. Dios mío, el máximo huracán conocido es de fuerza doce.
—Me temo que estamos ante la pesadilla de todo profesional del salvamento —afirmó Sandecker—. Reflotar un barco hundido para que después te lo arrebate un capricho del tiempo... —Miró ceñudo a Uphill y Butera—. Se diría que ustedes han hecho un viaje inútil. Será mejor que vuelvan a sus barcos y se marchen a todo gas.
—¿Marchamos? ¡De ningún modo! Acabamos de llegar —repuso Uphill.
—Desde luego —sonrió Butera, mirando a Sandecker—. El Morse y el Wallace pueden remolcar un portaaviones a través de un pantano en medio de un tornado, si es necesario. Están diseñados para enfrentarse con cualquier cosa que les presente la naturaleza. Si logramos tender un cable hasta el Titanic y remolcarlo, quizá pueda salir intacto de la tempestad.
—Arrastrar un barco de cuarenta y cinco mil toneladas por las fauces de un huracán —murmuró Sandecker—. Suena jactancioso...
—No es jactancia —replicó Butera—. Tendiendo un cable desde la popa del Morse hasta la proa del Wallace, nuestra potencia combinada puede remolcar al Titanic tal como dos locomotoras pueden arrastrar un tren de carga.
—Y podemos hacerlo con olas de diez metros a una velocidad de cinco a seis nudos —añadió Uphill.
Sandecker miró a los dos capitanes y los dejó continuar. Butera prosiguió:
—Ésos que ve allí no son remolcadores vulgares, almirante. Son de aguas profundas, de rescate oceánico. Cada uno mide ochenta metros de largo, tiene turbinas diesel de cinco mil caballos y es capaz de arrastrar veinte mil toneladas a diez nudos a lo largo de tres mil kilómetros sin repostar. Si hay en el mundo dos remolcadores que puedan conducir al Titanic a través de un huracán, son éstos.
—Aprecio su entusiasmo —declaró Sandecker—, pero no quiero ser responsable de sus vidas y sus tripulaciones en una empresa casi imposible. El Titanic tendrá que salir de la tormenta a la deriva. Les ordeno que se dirijan a una zona segura.
Uphill miró a Butera.
—Por cierto, comandante, ¿cuándo fue la última vez que desafió una orden directa de un almirante?
—Ahora que lo pienso, no lo hago desde esta mañana.
—Hablando en mi nombre y el del equipo de rescate —declaró Pitt—, agradecemos su ayuda.
—Ya lo ve, señor —sonrió Butera—. Además, el almirante Kemper me ordenó llevar a puerto el Titanic o presentar solicitud de retiro anticipado. Por mi parte, opto por el Titanic.
—Esto es un motín —dijo Sandecker, pero en su tono había satisfacción y no hacía falta mucha perspicacia para advertir que la discusión había salido tal como él esperaba. Mirando a todos con astucia, dijo—: Bien, señores, éste será su funeral... ya que está decidido, sugiero que en lugar de quedarnos sentados pongamos manos a la obra y salvemos al Titanic.

De pie en el puente de babor del Mijail Kurkov, el capitán Iván Parotkin escrutaba el cielo con unos binoculares.
Era un hombre delgado, de estatura mediana y un rostro distinguido que casi nunca sonreía. Aunque tenía cerca de sesenta años, su cabello, que raleaba, no mostraba señales de canas. Un grueso jersey marinero cubría su pecho, mientras que sus piernas estaban enfundadas en pantalones de lana y botas.
El primer oficial de Parotkin le tocó el brazo y señaló al cielo, cerca de la enorme cúpula de radar del Mijail Kurkov. Por el noreste apareció un bombardero cuatrimotor que se fue agrandando hasta que Parotkin pudo distinguir sus distintivos rusos. Al pasar por encima de ellos, el avión parecía volar a escasa velocidad. Entonces, de pronto, del vientre del aparato surgió un pequeño objeto; segundos más tarde se abrió un paracaídas que descendió sobre el mástil delantero de la nave hasta que, finalmente, su ocupante cayó al agua a unos doscientos metros de la popa de estribor.
Mientras una pequeña lancha del Mijail Kurkov partía bamboleándose sobre las altas olas, Parotkin se volvió hacia su primer oficial.
—En cuanto el capitán Prevlov esté a salvo a bordo, condúzcalo a mi presencia.
Dicho esto, dejó los prismáticos sobre el mostrador del puente y bajó por una escalera.
Veinte minutos más tarde, el primer oficial llamaba a la lustrosa puerta caoba, la abría y luego dejaba pasar a un hombre que chorreaba agua salada.
—Capitán Parotkin...
—Capitán Prevlov...
Ambos, profesionales expertos, permanecieron unos instantes en silencio, estudiándose. Prevlov tenía la ventaja de haber leído minuciosamente los antecedentes navales de Parotkin. Este, en cambio, sólo podía formarse una opinión a través del nombre y de las primeras apariencias. No estaba seguro de que le gustara lo que veía. Prevlov resultaba demasiado bien parecido, demasiado zorro para que Parotkin tuviera una impresión favorable de simpatía o confianza.
—Tenemos poco tiempo —dijo Prevlov—. Vayamos directamente al grano...
Parotkin alzó una mano.
—Lo primero es lo primero... Una taza de té caliente y una muda de ropas. El doctor Rogovski, nuestro científico principal, tiene más o menos su misma talla.
El primer oficial asintió y cerró la puerta.
—Bien —exclamó entonces Parotkin—, estoy seguro de que un hombre de su jerarquía e importancia no ha arriesgado su vida lanzándose en paracaídas a un mar embravecido nada más que para observar un huracán.
—Tiene razón. No corro riesgos personales por una taza de té. Por cierto, ¿supongo que no tiene algo más fuerte que el té?
Parotkin meneó la cabeza.
—Lo siento, capitán. No hay bebidas a bordo. Admito que esto no complace demasiado a la tripulación, pero de vez en cuando ahorra pesares.
—El almirante Sloiuk dijo que lo considera un ejemplo de eficiencia...
—Me limito a ser prudente.
Prevlov abrió el cierre de su mono empapado y lo dejó caer al suelo.
—Me temo que tendrá que hacer una excepción a esa regla, capitán. Los dos, usted y yo, vamos a olvidar la prudencia por un momento.





57


Pitt no podía escapar a la sensación de haber quedado abandonado en una isla desierta cuando, de pie en la cubierta de proa del Titanic, vio cómo la flota de salvamento se ponía en marcha hacia el horizonte occidental y aguas más tranquilas.
El último en pasar fue el Alhambra, cuyo capitán lanzó un «buena suerte» con su lámpara de señales, mientras los periodistas filmaban solemnemente lo que acaso fuera la última imagen visual del Titanic. Con la mirada, Pitt buscó en vano a Dana Seagram entre la multitud apiñada contra las barandillas. Contempló las naves hasta que se convirtieron en puntos negros sobre un mar plomizo. Solo quedaban atrás el lanzamisiles Janean y el Capricorn, pero la embarcación de rescate partiría cuando los remolcadores hubieran sujetado al Titanic.
—¿El señor Pitt?
Al volverse, Pitt vio a un hombre que tenía cara de boxeador y cuerpo de barril de cerveza.
—Soy el contramaestre Bascom, del Wallace. He traído a bordo dos hombres para asegurar el cable de remolque.
Pitt sonrió.
—Apuesto a que te llaman Bascom el Malo.
—Sólo a mis espaldas. Es un apodo que me sigue desde que destrocé un bar de San Diego —repuso Bascom, encogiéndose de hombros. Luego entrecerró los ojos—. ¿Cómo lo ha adivinado?
—El comandante Butera lo describió en términos entusiastas... claro que a sus espaldas.
—El comandante es una buena persona.
—¿Cuánto tiempo llevará el enganche?
—Con suerte y con la ayuda del helicóptero, alrededor de una hora.
—Bien. Coged el helicóptero; de todos modos pertenece a la armada. —Pitt se volvió para observar al Wallace, que Butera hacía retroceder lentamente hacia popa del Titanic hasta quedar a menos de treinta metros de distancia—. ¿El helicóptero traerá a bordo el cable de remolque ?
—Sí, señor —repuso Bascom—. Nuestro cable tiene veinticinco centímetros de diámetro y pesa una tonelada cada veinticinco metros. No es precisamente liviano... En la mayoría de los remolques lanzaríamos un cable normal sobre la popa del barco, que a su vez se amarraría con una serie de cables más gruesos que finalmente se unirían al cable principal, pero ese tipo de operación requiere un torno eléctrico y como el Titanic es un barco muerto y los músculos humanos dejan mucho que desear para esta tarea, utilizaremos el método más fácil. No tendría sentido llenar la enfermería con pacientes herniados.
Aun con ayuda del helicóptero, a Bascom y sus hombres les costó mucho instalar el grueso cable. Sturgis se comportó como un profesional experto. Manipulando con pericia los controles del helicóptero, depositó el extremo del cable del Wallace en la cubierta del castillo de proa del Titanic con tanta destreza como si hubiera practicado esa maniobra durante años. Sólo cincuenta minutos transcurrieron desde el momento en que Sturgis soltó el cable y voló de vuelta al Capricorn hasta que el contramaestre Bascom, de pie en la bodega de proa, agitó los brazos sobre su cabeza para indicar a los remolcadores que la conexión estaba hecha.
Desde el Wallace, Butera contestó a la señal con el silbato del remolcador y transmitió a la sala de máquinas la orden de «adelante despacio» mientras Uphill, en el Morse, efectuaba los mismos movimientos. Ambos remolcadores avanzaron con lentitud, el Wallace siguiendo al Morse tras trescientos metros de traílla de alambre, soltando el cable principal hasta que el Titanic se meció en las olas casi medio kilómetro a popa. Entonces Butera levantó una mano; en la popa del Wallace sus tripulantes aflojaron suavemente el freno del inmenso torno de remolque y el cable absorbió la tensión.
Desde la gran altura del Titanic, los remolcadores parecían barcos de juguete agitándose sobre las enormes crestas de las olas. Parecía imposible que embarcaciones tan pequeñas pudieran mover más de cuarenta y cinco mil toneladas. Sin embargo, lenta e imperceptiblemente, los diez mil caballos de fuerza de sus potencias combinadas empezaron a surtir efecto y pronto se pudo distinguir un diminuto trazo de espuma alrededor del Titanic.
Apenas si avanzaba —Nueva York estaba todavía mil quinientos kilómetros al oeste—, pero al menos volvía a encontrarse donde había estado aquella fría noche de 1912, y una vez más iba hacia puerto.
Las negras y amenazantes nubes ascendían y se derramaban sobre el horizonte sur. Era un frente de huracán. Ante los ojos de Pitt pareció expandirse y afirmarse, imprimiendo al mar un oscuro matiz grisáceo. De modo extraño, el viento amainó, cambiando de dirección cada pocos segundos. Advirtió que las gaviotas que antes sobrevolaban la flota de rescate habían desaparecido. Sólo la visión del Juneau, que avanzaba sin pausa a quinientos metros del Titanic, ofrecía cierta sensación de seguridad.
Pitt consultó su reloj y luego echó otra ojeada sobre la barandilla de babor antes de acercarse lenta.—mente a la entrada del gimnasio.
—¿La pandilla está aquí?
—Se están poniendo muy inquietos —repuso Giordino, que se hallaba de pie, acurrucado contra un ventilador en un vano intento de protegerse del viento helado—. De no haber sido por la influencia moderadora del almirante, habrías tenido entre manos un verdadero motín.
—¿Están todos aquí?
—Como un solo nombre.
—¿Seguro?
—Cree en la palabra del alcaide Giordino. Ningún presidiario ha salido de la habitación.
—En tal caso, es mi turno de entrar en escena.
—¿Alguna queja de nuestros invitados? —preguntó Giordino.
—Lo de costumbre. Nunca les satisfacen sus alojamientos, la calefacción es insuficiente o el acondicionamiento de aire es excesivo, ya sabes.
—Sí, lo sé.
—Será mejor que vayas a popa y te ocupes de que disfruten de la espera.
—¿De qué modo?
—Cuéntales chistes.
Giordino lanzó una agria mirada a Pitt y masculló para sí mientras se volvía y echaba a andar hacia la cada vez más tenue luz del atardecer.
Pitt consultó su reloj una vez más y entró en el gimnasio. Tres horas habían pasado desde que se iniciara el remolque y el último acto del salvamento se había convertido en rutina. Inclinados sobre la radio, Sandecker y Gunn importunaban a Farquar, del Capricorn, que ahora se hallaba cincuenta kilómetros al oeste, pidiéndole las últimas noticias acerca de Amanda. El resto del equipo se agrupaba en apretado semicírculo alrededor de una pequeña estufa de petróleo.
Al entrar Pitt, todos lo miraron expectantes. Cuando por fin habló, lo hizo con voz suave, en el forzado silencio que sólo quebraba el zumbar de los generadores portátiles.
—Señores, pido disculpas por el retraso, pero supuse que la breve pausa para el café reconstituiría sus alicaídos ánimos.
—Basta de cháchara —dijo secamente Spencer con irritación—. Nos convoca aquí y después nos tiene media hora sentados cuando hay trabajo por hacer... ¿Qué ocurre?
—Es muy sencillo —repuso Pitt con calma—. Dentro de unos minutos el teniente Sturgis descenderá a bordo con su helicóptero por última vez antes de que se desate la tormenta. Salvo Giordino y yo, quisiera que todos, incluido usted, almirante, volvieran con Sturgis al Capricorn.
—¿No se pasa de la raya, Pitt? —dijo Sandecker con tono agrio.
—En cierta medida sí, señor, pero estoy convencido de que hago lo que corresponde.
—Explíquese. —Sandecker resplandecía como una piraña a punto de tragarse un pez de color. Estaba representando su papel hasta el fin, en una actuación verdaderamente épica.
—Tengo motivos para creer que al Titanic no le queda fuerza estructural suficiente para enfrentar un huracán.
—Este cacharro ha soportado más penurias que cualquier objeto hecho por el hombre desde las pirámides —dijo Spencer—. Y ahora el gran vidente del futuro, Dirk Pitt, predice que el viejo luchador arrojará la toalla y se hundirá al primer golpe de una mísera tormenta.
—No hay garantías de que no pueda irse a pique en un mar embravecido —insistió Pitt—. De cualquier modo, sería estúpido arriesgar más vidas de las necesarias.
—A ver si lo entiendo bien —terció Drummer, cuyos rasgos aguileños expresaban decisión y furia—. Salvo usted y Giordino, los demás tendríamos que huir abandonando todo aquello que nos hemos esforzado por lograr durante los últimos nueve meses, sólo para ocultarnos en el Capricorn hasta que pase la tormenta... ¿ A eso se refiere?
—Bingo, Drummer.
—Usted está loco.
—Tan sólo para vigilar las bombas hacen falta cuatro hombres —adujo Spencer.
—Y hay que inspeccionar la línea de flotación constantemente por si aparece alguna nueva filtración —agregó Gunn.
—Ustedes los héroes son todos iguales —dijo Drummer arrastrando las palabras—. Siempre haciendo nobles sacrificios para salvar a otros... Veamos las cosas como son: dos hombres no pueden encargarse de este cacharro. Voto por que nos quedemos todos.
Spencer se volvió para escrutar los seis rostros de su equipo. Todos le devolvieron la mirada con ojos enrojecidos por la falta de sueño y asintieron al mismo tiempo. Entonces Spencer volvió a encararse con Pitt.
—Lo siento, gran líder, pero Spencer y su banda de bombeadores han decidido permanecer aquí.
—Yo también —anunció Woodson.
—Y yo —dijo Gunn.
Bascom tocó el brazo de Pitt.
—Lo siento, señor, pero mis muchachos y yo también nos quedamos. Hay que revisar y lubricar ese cable cada hora.
—Lo siento, Pitt —dijo Spencer con satisfacción—. Has perdido...
Se oyó al helicóptero de Sturgis, que aterrizaba sobre la cubierta. Pitt se encogió de hombros con aire resignado y dijo:
—Pues no hay más que hablar. Todos nos hundimos o todos nos salvamos... —Luego agregó con sonrisa fatigada—: Conviene que descanséis un poco y comáis algo. Tal vez sea la última posibilidad de hacerlo. Dentro de pocas horas estaremos de lleno en el huracán... Y no hace falta explicaros lo que puede ocurrir.
Dicho esto, se volvió y salió al encuentro del helicóptero. «No ha sido una mala actuación», pensó. Nunca lo propondrían para un premio de la Academia de Hollywood, pero qué diablos, había sido convincente para su público y eso era todo lo que importaba.

Jack Sturgis era un hombre bajo y delgado, de ojos tristes y adormilados del tipo que las mujeres consideran fascinantes. Mordisqueaba una larga boquilla y adelantaba la mandíbula al estilo de Franklin Roosevelt. Acababa de abandonar la carlinga del helicóptero y parecía buscar algo bajo el mecanismo de aterrizaje cuando llegó Pitt.
Sturgis alzó la mirada.
—¿Hay pasajeros? —preguntó.
—En este viaje, no.
Sturgis sacudió la ceniza de su boquilla.
—Debí haberme quedado en mi cálida y cómoda cabina del Capricorn —suspiró—. Esto de volar en pleno huracán me costará la vida algún día.
—Mejor póngase en marcha —dijo Pitt—. Pronto tendremos el viento encima.
—Lo mismo da —repuso Sturgis, encogiéndose de hombros—. No voy a ninguna parte.
Pitt lo miró.
—¿Qué quiere decir?
—Que me han fastidiado. —Sturgis señaló las hélices del helicóptero; la punta de una de ellas colgaba como una mano inerte—. Aquí hay alguien que no simpatiza con estas aves mecánicas.
—¿Chocó contra algo al aterrizar?
Sturgis pareció molestarse.
—No suelo atropellar objetos al aterrizar. —Encontró lo que buscaba y se irguió—. Mire; algún cabrón lanzó un martillo entre las hélices.
Pitt tomó el martillo y lo examinó. El mango de goma mostraba un profundo tajo donde había entrado en contacto con la paleta.
—Así me lo agradecen —bromeó Sturgis.
—Lo siento, Sturgis, pero sugiero que olvide toda aspiración de llegar a detective. Carece de mentalidad analítica y es propenso a extraer conclusiones falsas.
—Y una mierda, Pitt. Un martillo no vuela por el aire sin un impulso previo. Uno de sus hombres debe haberlo lanzado cuando yo aterrizaba.
—Se equivoca. Me consta que ningún hombre a bordo de este barco estuvo cerca de esta pista de aterrizaje en los últimos diez minutos. No sé quién es su cabrón, pero me temo que lo ha traído consigo.
—¿Me considera idiota? Si llevara un pasajero lo sabría.
—Su lenguaje es erróneo —insistió Pitt—. Pasajero no; polizón... Y no es ningún idiota. Esperó a que el helicóptero tocara la cubierta antes de actuar y luego huyó por la escotilla de carga. Sólo Dios sabe dónde se oculta ahora. Es imposible registrar sesenta kilómetros de pasadizos y compartimientos en la más negra oscuridad.
Sturgis palideció.
—¡Mierda! El cabrón está todavía en el helicóptero.
—Tonterías. Escapó en cuanto usted aterrizó.
—No. Se puede lanzar un martillo por una ventanilla abierta hacia las hélices, pero escapar es algo muy distinto.
—¿De veras? —dijo Pitt con calma.
—La escotilla del compartimiento de carga es operada electrónicamente y sólo puede hacerse mediante un interruptor desde la cabina de control.
—¿Hay otra salida?
—Sólo una puerta que comunica con la cabina de control.
Pitt estudió la escotilla de carga cerrada. Luego se volvió hacia Sturgis y lo miró fríamente.
—Bien, creo que corresponde invitarlo a que dé la cara.
Sturgis quedó atónito al ver la pistola Colt 45, provista de silenciador, que se había materializado de pronto en la mano derecha de Pitt.
—Claro... —tartamudeó—. Como prefiera.
Sturgis trepó hasta la cabina de control, se asomó a ella y movió una palanca. La puerta se abrió sobre el fuselaje del helicóptero. Aún antes que las clavijas de sostén se ajustaran con un chasquido, Sturgis estaba de vuelta en la cubierta, a salvo tras los anchos hombros de Pitt.
Medio minuto después de abrirse la puerta, Pitt seguía inmóvil en su sitio. Allí permaneció por un tiempo que a Sturgis le pareció una eternidad, sin mover un músculo, respirando de modo lento y rítmico. Los únicos ruidos eran el chapoteo de las olas contra el casco, el grave gemido del viento cada vez más fuerte y el murmullo de voces que provenía del gimnasio. No eran ésos los sonidos que Pitt procuraba oír. Cuando se convenció de que no se oían roces de pies, crujidos de ropas ni otros sonidos vinculados con peligro o sigilo, subió al helicóptero.
La oscuridad del cielo entenebrecía el interior y Pitt percibió con inquietud que su silueta se recortaba nítidamente contra la luz crepuscular. A primera vista, el compartimiento parecía vacío, pero después Sturgis le señaló una lona que envolvía una forma humana.
—Plegué esa lona hace no más de una hora —susurró Sturgis.
Pitt se agachó y apartó la lona con su mano izquierda, mientras con la derecha apuntaba la pistola.
Sobre la cubierta de carga yacía acurrucada una figura envuelta en una gruesa chaqueta, con los ojos semicerrados en un estado de inconsciencia provocado sin duda por un magullón sangrante en la frente.
Sturgis quedó paralizado en las sombras, en pasmada inmovilidad, mientras sus ojos dilatados pestañeaban con rapidez, adaptándose a la tenue luz. Luego se frotó la barbilla con los dedos y meneó la cabeza, incrédulo.
—Vaya —murmuró con asombro—. ¿Sabe quién es? —Lo sé —repuso Pitt con tranquilidad—. Se llama Seagram. Dana Seagram.





58


Sobre el Mijail Kurkov, el cielo se oscureció con espantosa brusquedad. Grandes nubes negras borraron las estrellas vespertinas y el viento, al volver, aumentó hasta convertirse en una aullante ventisca de sesenta kilómetros por hora que rompía las crestas de las olas y arrastraba la espuma hacia el noreste.
Dentro de la amplia timonera del barco soviético se estaba al abrigo. Prevlov se hallaba de pie junto a Parotkin, que observaba por radar el punto luminoso del Titanic.
—Cuando tomé el mando de esta nave —dijo Parotkin como quien sermonea a un escolar—, tenía la impresión de que se me ordenaba llevar a cabo programas de investigación y vigilancia. Nada se dijo sobre conducir una operación militar directa.
Prevlov levantó una mano en señal de protesta.
—Por favor, capitán, olvide las palabras «operación» y «militar»; son impronunciables... La pequeña aventura que estamos por emprender es una actividad civil perfectamente legal; en los países occidentales se la denomina «cambio de autoridades».
—Más preciso sería hablar de piratería descarada —dijo Parotkin—. ¿Y cómo llama a esos diez infantes de marina que agregó a mi tripulación cuándo zarpamos del puerto? ¿Accionistas?
—No son infantes de marina, sino más bien tripulantes civiles.
—Por supuesto —repuso secamente Parotkin—. Y todos armados hasta los dientes.
—No sé de ninguna ley internacional que prohíba a los tripulantes de un barco disponer de armas.
—Si existiera; usted descubriría alguna cláusula que permitiese eludirla.
—Vamos, estimado capitán Parotkin —exclamó Prevlov, palmeándole jovialmente la espalda—. Cuando esta velada llegue a su fin, los dos seremos héroes de la Unión Soviética.
—O estaremos muertos —dijo Parotkin con acritud.
—Tranquilícese... El plan es perfecto, más aún con esa tormenta que ha alejado a la flota de salvamento.
—Todavía queda e Juneau. Su capitán no se cruzará de brazos mientras nosotros alcanzamos al Titanic, lo abordamos e izamos la hoz y el martillo sobre su puente.
Prevlov consultó su reloj de pulsera.
—Dentro de dos horas y veinte minutos, uno de nuestros submarinos nucleares saldrá a la superficie cien kilómetros al norte y comenzará a trasmitir S.O.S. bajo el nombre del Laguna Star, un carguero independiente de documentación algo dudosa.
—¿Y usted cree que el Juneau morderá el anzuelo y se precipitará al rescate?
—Los norteamericanos nunca rechazan una petición de socorro —repuso Prevlov, confiado—. Tienen el complejo del buen samaritano... Sí, el Juneau responderá. Tendrá que hacerlo; a excepción de los remolcadores, que no pueden abandonar al Titanic, es la única nave disponible en un radio de quinientos cincuenta kilómetros.
—Pero si después nuestro submarino se sumerge, las pantallas de radar del Juneau no mostrarán nada.
—Como es natural, sus oficiales presumirán que el Laguna Star se ha hundido y redoblarán sus esfuerzos por llegar a tiempo para salvar las vidas de la supuesta tripulación.
—Admiro su imaginación —sonrió Parotkin—. Sin embargo, eso deja sin resolver problemas tales como los dos remolcadores de la armada estadounidense, abordar el Titanic durante el peor huracán de los últimos años, neutralizar a la tripulación de rescate norteamericana y remolcar el barco hasta Rusia, todo eso sin provocar una crisis internacional.
—Su objeción consta de cuatro elementos, capitán. —Prevlov hizo una pausa para encender un cigarrillo—. Los explicaré por su orden. Primero: los remolcadores serán eliminados por dos agentes soviéticos que en este momento se hacen pasar por miembros de la tripulación de rescate norteamericana. Segundo: abordaré el Titanic y asumiré su mando cuando el ojo del huracán llegue a nosotros. Dado que en esta zona la velocidad del viento casi nunca excede los quince nudos, creo que mis hombres y yo tendremos poca dificultad para acercarnos y penetrar por una puerta de carga que uno de nuestros agentes abrirá en el momento oportuno. Tercero: mi grupo de abordaje dará cuenta de la tripulación de rescate con rapidez y eficiencia. Cuarto: se hará creer al mundo que los norteamericanos abandonaron el barco durante el huracán y se perdieron en el mar. Eso, claro está, convierte al Titanic en un barco abandonado. Y el primer capitán que le ate un cabo de remolque obtendrá los derechos de salvamento. Ese afortunado capitán será usted, camarada Parotkin. Según el derecho marítimo internacional, usted tendrá todo el derecho a remolcar al Titanic.
—Jamás se saldrá con la suya —repuso Parotkin con angustia en los ojos—. Lo que está sugiriendo es un asesinato en masa sin atenuantes. ¿Ha pensado también en las consecuencias de un fracaso?
Prevlov lo miró y su sonrisa se hizo más tensa.
—Se ha pensado en el fracaso, camarada. Pero abrigamos la ferviente esperanza de que no sea necesaria la opción definitiva. —En la pantalla del radar, señaló el punto luminoso más grande—. Sería una lástima tener que hundir el barco más legendario del mundo por segunda vez y para siempre.





59


En las entrañas del antiguo trasatlántico, Spencer y sus maquinistas se esforzaban en mantener en funcionamiento las bombas diesel. Trabajando en las negras y frías cavidades de acero, sin otro lastimoso alivio que el de unos pequeños reflectores, proseguían sin quejarse su tarea de mantener a flote el barco. Les causó cierta inquietud comprobar que en algunos compartimientos el agua entraba con demasiada rapidez para las bombas.
Hacia las siete, el tiempo había empeorado irremediablemente. El barómetro bajó a 29,6 y seguía descendiendo en picado. El Titanic empezó a cabecear y a bambolearse, cubriéndose de agua en la popa y en los mamparos de la cubierta de carga. Bajo el manto de la noche y de la violenta lluvia, la visibilidad bajó casi hasta cero. Los tripulantes de los remolcadores sólo divisaban la enorme nave cuando algún rayo iluminaba vagamente su fantasmal perfil. Lo que más les preocupaba, sin embargo, era el cable que desaparecía entre las embravecidas aguas que se arremolinaban a popa. La tirantez constante del cable era enorme; cada vez que el Titanic recibía de lleno la embestida de una ola gigantesca, ellos observaban con fascinación cómo el cable se elevaba enarcándose sobre el agua y crujía en torturada protesta.
Butera nunca se alejaba del puente, manteniéndose en permanente contacto con los hombres que se hallaban en la cabina del cable de la cubierta de popa. De pronto chisporroteó en el altavoz una voz, haciéndose oír por encima del viento que aullaba fuera.
—¿Capitán?
—Adelante, soy el capitán —replicó éste por un micrófono.
—Le habla el contramaestre Kelly desde la cabina del cable, señor. Aquí está pasando algo muy extraño...
—Explíquese.
—Bueno, señor, el cable parece haber enloquecido. Primero osciló a babor y ahora se ha volcado hacia estribor en un ángulo preocupante.
—Está bien, manténgame informado. —Butera movió un interruptor y abrió otro canal—. Uphill, ¿me oye? Aquí Butera.
Desde el Morse, Uphill contestó casi de inmediato.
—Adelante.
—Creo que el Titanic se ha desviado a estribor.
—¿Puede establecer su posición?
—Negativo. No hay otro indicio que el ángulo del cable de remolque.
Durante varios segundos hubo un silencio mientras Uphill reflexionaba. Después se lo oyó de nuevo por el altavoz:
—En este momento vamos a menos de cuarenta nudos. No tenemos otra alternativa que seguir adelante. Si nos detenemos para ver qué pasa, el Titanic puede oscilar de costado y volcarse.
—¿Puede captarlo en su radar?
—Imposible; una ola se llevó nuestras antenas hace veinte minutos. ¿Y el suyo?
—Aún tengo las antenas, pero la misma ola que se llevó las suyas causó un cortocircuito en mi instalación eléctrica.
—En tal caso, es como un ciego guiando a otro.
Butera dejó el micrófono y entreabrió la puerta que comunicaba con el ala de estribor del puente. Protegiéndose los ojos con un brazo, salió tambaleándose y forzó la mirada para atisbar en la enloquecida noche. Los reflectores resultaban inútiles, ya que sus luces no hacían más que reflejar la lluvia torrencial. A popa brilló el fogonazo de un rayo, cuyo retumbar fue apagado por el viento, y el corazón le dio un vuelco a Butera. El breve estallido luminoso no reveló ningún contorno del Titanic. Era como si nunca hubiera estado allí. Con su impermeable chorreando agua y la respiración jadeante, Butera volvió a entrar en el preciso instante en que volvía a oírse la voz del capitán Kelly por el altavoz.
—¿Capitán?
Butera se quitó el agua de los ojos y cogió el micrófono auricular.
—¿Qué pasa, Kelly?
—El cable se ha aflojado.
—¿Alguna rotura?
—No, señor, el cable sigue tendido, pero se ha asentado varios metros más abajo. Nunca he visto un cable que haga esto... Es como si el Titanic hubiera decidido adelantársenos.
La palabra «adelantársenos» fue decisiva y Butera jamás olvidaría la brusca conmoción con que lo comprendió. Con un chasquido se abrió en su mente una compuerta, soltando una pesadilla de imágenes en ordenada secuencia, imágenes de un péndulo enloquecido cuyo arco se hacía cada vez más grande hasta volverse sobre sí mismo. Ésas eran las señales: el cable en marcado ángulo a estribor, el súbito aflojamiento. Vio mentalmente toda la escena: el Titanic, impulsado levemente hacia adelante y paralelo al bao de estribor del Wallace, y ahora el tirón del cable que sujetaba bruscamente al Titanic como en un juego infantil. Después algo interrumpió la pesadilla mental de Butera.
Cogió el auricular y llamó a la sala de máquinas.
—¡Adelante a toda marcha! ¿Me oye, sala de máquinas? ¡Adelante a toda marcha! —Y luego llamó al Morse—. ¡Voy hacia ustedes a toda marcha! —gritó—. ¿Me entiende, Uphill?
—Repita, por favor —pidió Uphill.
—Ordene a toda marcha, maldición, o los atropellaré.
Butera dejó caer el auricular y se abrió paso de nuevo hasta el puente. El huracán agitaba el mar con tanta furia, que era casi imposible distinguir el aire del agua. Butera apenas pudo mantenerse sujeto a la barandilla.
Entonces vio la inmensa proa del Titanic suspendida entre la cortina del violento diluvio, a poco más de treinta metros a estribor. Nada podía hacer ya, salvo observar, paralizado de horror, cómo la amenazante mole se acercaba inexorablemente al Wallace.
—¡No! —gritó contra el viento—. ¡Maldito cadáver, apártate de mi barco!
Era demasiado tarde. Parecía imposible que el Titanic pudiera evitar la colisión con la popa del Wallace. Y sin embargo, lo imposible sucedió. La enorme proa se elevó sobre una altísima ola y pendió suspendida el tiempo suficiente para que las hélices del remolcador se afirmaran, alejándolo. Entonces el Titanic descendió al canal, esquivando la popa del Wallace por un metro apenas, levantando una marejada que devoró entera a la pequeña nave, llevándose sus dos botes salvavidas y uno de los ventiladores.
La ola arrastró a Butera del otro lado del puente, y lo lanzó contra el mamparo de la timonera, totalmente sumergido bajo la oleada. Cuando el agua por fin se escurrió, Butera se puso de pie y vomitó hasta vaciarse el estómago.
A trompicones volvió a la seguridad que le ofrecía la timonera. Luego, perplejo por el milagro de la salvación del Wallace, contempló a la gran aparición negra que era el Titanic pasar deslizándose a proa hasta que volvió a desaparecer envuelta en el manto de la lluvia agitada por el viento.





60


—Muy propio de Dirk Pitt encontrar a una mujer en medio del océano durante un huracán —comentó Sandecker—. ¿Cuál es su secreto?
—La maldición de los Pitt —repuso éste mientras vendaba tiernamente la cabeza de Dana—. Siempre atraigo a las mujeres en circunstancias imposibles, cuando no estoy en condiciones de reaccionar.
Dana comenzó a gemir suavemente.
—Está volviendo en sí —dijo Gunn, arrodillado junto a una litera que había encajado entre el viejo equipo para ejercicios del gimnasio a fin de protegerla de los bamboleos y sacudidas de la nave.
Pitt la cubrió con una manta.
—Sufrió un fuerte golpe, pero es probable que su abundante cabello la haya salvado de algo peor que una contusión.
—¿Cómo es que apareció en el helicóptero de Sturgis ? —preguntó Woodson—. Pensé que estaba haciendo de niñera para los periodistas a bordo del Alhambra.
—Así es —admitió el almirante Sandecker—. Varios corresponsales de redes de televisión solicitaron permiso para presenciar el trayecto del Titanic hasta Nueva York. Yo los autoricé a condición de que Dana los acompañara.
, —Yo los llevé —dijo Sturgis—. Y vi a la señora Seagram desembarcar cuando aterricé en el Capricorn. Para mí es un misterio cómo volvió a entrar en el helicóptero sin ser vista.
—Sí, un misterio —repitió cáusticamente Woodson—. ¿No suele revisar su compartimiento de carga entre uno y otro vuelo?
—No dirijo una compañía de vuelos comerciales —replicó Sturgis con aspereza. Al mirar a Pitt, se encontró con una dura mirada de reprobación. Entonces, con visible esfuerzo, se sosegó—. Hacía veinte horas seguidas que volaba en ese aparato. Estaba cansado. No me costó convencerme de que no hacía falta revisar el compartimiento de carga, porque tenía la certeza de que se hallaba vacío. ¿Cómo iba a saber que Dana Seagram se introduciría en él subrepticiamente?
Gunn sacudió la cabeza.
—¿Por qué lo hizo? ¿Para qué...?
—No sé por qué, ¿cómo diablos podría saberlo? —exclamó Sturgis—. Es mejor que me explique por qué lanzó un martillo entre las hélices de mi helicóptero, se envolvió en una lona y después se dio un golpe en la cabeza...
—¿Por qué no se lo pregunta a ella? —sugirió Pitt, señalando la litera con un movimiento de la cabeza.
Dana observaba fijamente con una mirada de perplejidad. Tenía el aspecto de quien ha sido arrancado de un sueño provocado por la fatiga.
—Discúlpenme... por hacer una pregunta tan trillada —murmuró—. Pero ¿dónde estoy?
—Querida Dana —repuso Sandecker, arrodillándose a su lado—, está en el Titanic.
Ella miró al almirante aturdida y con incredulidad.
—No puede ser...
—Oh, le aseguro que sí —dijo Sandecker—. Pitt, sírvale un poco de whisky.
Pitt obedeció y entregó el vaso a Sandecker. Dana bebió un trago de Cutty Sark y tosió, apretándose la cabeza como para contener una punzada de dolor.
—Bueno, querida Dana. —Era evidente que Sandecker vacilaba acerca de cómo tratar a una mujer dolorida—. Tranquilícese... Recibió un fuerte golpe en la cabeza.
Dana tocó el vendaje que le circundaba el cabello y luego aferró la mano del almirante, dejando caer el vaso al suelo.
Pitt hizo una mueca cuando el whisky se derramó.
—No, no, estoy bien —aseguró Dana, mientras intentaba sentarse en la litera y contemplaba maravillada los extraños artefactos mecánicos—. El Titanic —dijo con tono reverente—. ¿De veras estoy en el Titanic?
—Sí —dijo Pitt con cierta brusquedad—. Y nos gustaría saber cómo llegó aquí.
Ella lo miró con perplejidad, y replicó:
—No lo sé. Sinceramente no lo sé. Lo último que recuerdo es que estaba en el Capricorn...
—La encontramos en el helicóptero —dijo Pitt.
—El helicóptero... perdí mi estuche de cosméticos... debe habérseme caído durante el vuelo desde el Alhambra. Sí, eso es —continuó con una sonrisa forzada y macilenta—. Volví al helicóptero en busca de mi estuche de cosméticos. Lo encontré entre los asientos plegables. Trataba de sacarlo de allí cuando... bueno, creo que me desvanecí y me golpeé la cabeza al caer.
—¿Que se desvaneció? ¿Está segura de que...? —Pitt se interrumpió e hizo otra pregunta—: ¿Qué es lo último que recuerda haber visto antes de perder el sentido?
Ella pensó un momento, como si contemplara una visión distante en el tiempo. Sus ojos castaños parecían exageradamente grandes para su rostro pálido y tenso.
Sandecker le palmeó la mano paternalmente:
—No se apresure.
Finalmente los labios de la mujer formaron una palabra:
—Botas.
—Repítalo —ordenó Pitt.
—Un par de botas —repuso ella como si viese una revelación—. Sí, ahora lo recuerdo: un par de botas de vaquero con punteras afiladas.
—¿Botas de vaquero? —repitió Gunn, desconcertado.
Dana asintió con la cabeza.
—Es que estaba agachada, procurando recoger mi estuche de maquillaje y entonces... no sé... fue como si aparecieran simplemente allí...
—¿De qué color eran? —insistió Pitt.
—Como de un color amarillo, cremoso.
—¿Vio la cara del hombre?
Ella empezó a menear la cabeza, pero se contuvo al sentir la primera punzada de dolor.
—No; todo se oscureció... no recuerdo nada más... —Su voz se perdió.
Advirtiendo que nada ganaría con seguir interrogándola, Pitt miró a Dana y le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa, como quien busca complacer.
—Será mejor que la dejemos sola para que descanse un rato —dijo—. Si necesita algo, habrá uno de nosotros siempre cerca.
Sandecker siguió a Pitt hasta el pie de la gran escalera.
—¿Cómo interpreta esto? —le preguntó—. ¿Qué motivos puede haber tenido alguien para atacar a Dana?
—El mismo por el cual mataron a Henry Munk.
—¿ Cree que ella descubrió a uno de los agentes soviéticos?
—Es más probable que haya sido cuestión de estar en el momento y el lugar inadecuados.
—Lo que nos faltaba era una mujer herida —suspiró Sandecker—. Habrá revuelo cuando Gene Seagram reciba mi mensaje sobre lo sucedido a su esposa.
—Con el debido respeto, señor, le dije a Gunn que no enviara su mensaje. No podemos arriesgarnos a un cambio de planes en el último instante. Los hombres tomamos decisiones cautelosas cuando hay mujeres de por medio. No vacilaríamos en arriesgar la vida de una docena de hombres, pero nos resistimos si se trata de poner en peligro a una mujer. Lo que no sepan Seagram, el presidente, el almirante Kemper y los otros en Washington no les hará daño, al menos durante doce horas más.
—Al parecer mi autoridad no significa nada aquí —comentó Sandecker con acritud—. ¿Olvida decirme algo más, Pitt? ¿Por ejemplo, a quién pertenecen esas extravagantes botas de vaquero?
—A Ben Drummer.
—Nunca se las he visto puestas. ¿Cómo puede saberlo?
—Las descubrí cuando registré sus camarotes en el Capricorn.
—Ahora ha agregado el robo a sus demás talentos —comentó Sandecker.
—No fue Drummer solo, Giordino y yo hemos registrado las pertenencias de todo el equipo de rescate durante el mes transcurrido.
—¿Encontrasteis algo interesante?
—Nada incriminatorio.
—Así pues, ¿quién atacó a Dana?
—No fue Drummer. Tiene por lo menos una docena de testigos, incluidos usted y yo, almirante, para probar que ha estado a bordo del Titanic desde ayer. Le habría sido imposible atacar a Dana Seagram en un barco que estaba a setenta kilómetros de distancia.
En ese momento subió Woodson.
—Discúlpeme por la interrupción, jefe, pero acabamos de recibir una llamada urgente del Juneau. Me temo que sean malas noticias.
—Díganoslas —dijo Sandecker con tono cansino—. No es posible pintar el panorama más negro de lo que está.
—Sí es posible —afirmó Woodson—. El mensaje viene del capitán del crucero lanzamisiles y dice: «He recibido un S.O.S. del carguero Laguna Star, que va hacia el este, rumbo cero cinco grados, ciento veinte kilómetros al norte de vuestra posición. Debo acudir. Repito: debo acudir. Lamento abandonaros. ¡Buena suerte al Titanic!»
—Buena suerte al Titanic —repitió Sandecker con voz lúgubre—. Tanto daría que pusiéramos en el casco un cartel luminoso anunciando: «Bienvenidos, corsarios y piratas. Acudid todos.»
«Así que empieza ahora», se dijo Pitt.
Pero la única sensación que recorrió su cuerpo fue una súbita necesidad de ir al retrete.





61


En el despacho del almirante Joseph Kemper, en el Pentágono, el aire olía a humo rancio de cigarrillos y emparedados a medio comer y casi parecía chisporrotear bajo la atmósfera de tensión que se respiraba.
Kemper y Gene Seagram conversaban en voz baja, inclinados sobre el escritorio del almirante, mientras Mel Donner y Warren Nicholson, el jefe de la CÍA, dormitaban sentados en el sofá, con los pies apoyados en una mesita de café. Pero ambos se irguieron de un brinco, totalmente despiertos, cuando el extraño zumbido especialmente sintonizado en el teléfono rojo de Kemper rompió el silencio. Kemper gruñó algo por el auricular y colgó.
—Era la oficina de seguridad... El presidente viene hacia aquí.
Donner y Nicholson se miraron y se levantaron del sofá. Acababan de retirar de la mesita los despojos de la tarde, de enderezarse las corbatas y ponerse las chaquetas, cuando se abrió la puerta y el presidente entró seguido por su asesor de seguridad sobre el Kremlin, Marshall Collins.
Kemper abandonó su sitio tras el escritorio para estrecharle la mano.
—Me alegro de verlo, señor presidente. Por favor, póngase cómodo. ¿Le apetece algo?
El presidente consultó su reloj y luego sonrió.
—Faltan tres horas para que cierren los bares. ¿Qué tal un bloody mary?
Kemper le devolvió la sonrisa e hizo una señal a su asistente.
—Comandante Keith, ¿quiere hacer usted los honores?
Keith asintió.
—Espero que no les importa si monto guardia con ustedes, caballeros —dijo el presidente—, pero también yo me juego mucho en esto...
—De ningún modo, señor —contestó Nicholson—. Nos alegramos de que esté aquí.
—¿Cuál es la situación en este momento?
El almirante Kemper ofreció al presidente un breve informe, describiendo la imprevista ferocidad del huracán, mostrándole las posiciones de las nuevas naves en un mapa mural proyectado y explicándole la operación de remolque del Titanic.
—¿Era absolutamente necesario que el Juneau abandonara su puesto? —preguntó el presidente.
—Se trataba de un S.O.S. —replicó Kemper solemnemente—, y debe ser respondido por todos los barcos que haya en la zona, cualesquiera sean las circunstancias.
—Tenemos que jugar según las reglas del otro equipo hasta el medio tiempo —dijo Nicholson—. Después de todo, la partida es nuestra.
—Almirante Kemper, ¿cree que el Titanic puede resistir el embate de un huracán?
—Mientras los remolcadores puedan mantenerle la proa hacia el viento y el oleaje, es muy probable que salga del paso.
—¿Y si por alguna razón los remolcadores no logran impedir que oscile de costado?
Kemper eludió la mirada del presidente y se encogió de hombros.
—Entonces todo quedaría en manos de Dios.
—¿No se podría hacer nada?
—No, señor. Simplemente no hay modo de proteger a ningún barco atrapado por un huracán. En tal caso, cada nave debe cuidar de sí misma.
—Entiendo.
Llamaron a la puerta y entró un oficial que dejó sobre el escritorio de Kemper dos tiras de papel y luego se retiró.
Después de leer los mensajes, Kemper alzó la vista, con expresión sombría.
—Un mensaje del Capricorn —anunció—. Informan que su esposa, señor Seagram... su esposa ha desaparecido. Temen que haya caído por la borda. Lo siento.
Seagram se desplomó en brazos de Collins, con ojos de asombro y horror.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó—. No puede ser. ¡Dios! Qué haré... Dana, Dana...
—No se derrumbe, Gene —dijo Donner—. Conserve el temple.
El y Collins condujeron a Seagram al sofá y lo depositaron suavemente en los cojines. Kemper hizo un gesto para atraer la atención del presidente.
—Hay otro mensaje, señor. Del Samuel R. Wallace, uno de los remolcadores que arrastran al Titanic. El cable de remolque se ha cortado —dijo Kemper—. El Titanic está a la deriva en medio del huracán.

El cable pendía como una serpiente muerta sobre la popa del Wallace; su punta cortada se balanceaba sobre el abismo, medio kilómetro más abajo.
Paralizado junto al gran torno eléctrico, Butera se negaba a dar crédito a sus ojos.
—¿Cómo? —gritó al oído del contramaestre Kelly—. ¿Cómo pudo partirse? ¡Fue hecho para soportar tensiones aún mayores que ésta!
—¡No me lo explico! —vociferó Kelly para hacerse oír pese a la tormenta—. ¡La tensión no era extrema cuando se cortó!
—¡Súbalo, Kelly! ¡Examinémoslo!
El capataz asintió y dio las órdenes. El freno fue soltado y el carrete empezó a girar sacando el cable del mar. Una sólida cortina de espuma cayó sobre la cabina. El peso del cable obraba como ancla, arrastrando hacia abajo la popa del Wallace, y las olas caían sobre ella con estruendo y haciendo vibrar todo el remolcador.
Por fin la punta del cable apareció sobre la popa y serpenteó hasta el carrete. En cuanto se aplicó el freno, Butera y Kelly se acercaron y examinaron las raídas hebras de metal.
Butera lo miró fijamente, con una mueca de sorpresa y desconcierto. Tocó las puntas quemadas y miró al contramaestre sin decir palabra.
Kelly no compartió el silencio de Butera.
—¡Maldita sea! —gritó con voz ronca—. ¡Ha sido cortado con un soplete de acetileno!

A gatas en la bodega de carga del helicóptero, Pitt paseaba la luz de su linterna bajo los asientos plegados, cuando el cable de remolque del Titanic cayó al mar.
Fuera el viento bramaba con demoníaca potencia. Pitt no podía saberlo pero sin la fuerza estabilizadora de los remolcadores, el embravecido mar estaba empujando la proa del Titanic hacia sotavento, exponiendo todo su costado al mar embravecido. La nave empezaba a escorar.
Sólo dos minutos había tardado en hallar el estuche de cosméticos de Dana, atascado detrás de uno de los asientos delanteros plegados, tras el mamparo de la cabina de control. A Dana no se le había ocurrido desabrochar simplemente las correas que retenían el asiento y desplegarlo. Así lo hizo Pitt y el estuche, cayó en su mano.
No se molestó en abrirlo; no le interesaba. Lo que sí le interesaba era el compartimiento abierto en el mamparo delantero, donde había o debía haber una balsa salvavidas para veinte hombres. La cubierta amarilla plastificada estaba allí, sí, pero la balsa ya no.
Pitt no tuvo tiempo de evaluar las implicaciones del hecho. Cuando sacaba de su compartimiento la cubierta vacía, una monstruosa ola se estrelló contra el flanco del indefenso Titanic, escorándolo hacia estribor como si nunca fuera a detenerse. Pitt lanzó un manotazo desesperado al soporte de un asiento, pero sus dedos sólo asieron aire y cayó al suelo en declive, yendo a dar contra la puerta de carga semiabierta con tal violencia que se produjo en el cuero cabelludo un corte de varios centímetros.
Pitt tuvo la suerte de ignorar lo que ocurría durante las horas subsiguientes. Percibió que un gélido ventarrón penetraba en el fuselaje, pero no mucho más que eso. Con la mente convertida en una nube gris, se sentía remotamente apartado del entorno. No pudo saber, ni siquiera intuir, que el helicóptero se soltaba de su triple amarra y era lanzado de costado, desplomándose del techo del salón de primera clase a la cubierta principal, abollando sus flotadores de aterrizaje y perdiendo sus hélices antes de caer con estrépito por la borda hacia el atormentado mar.





62


Los rusos subieron a bordo del Titanic cuando la tormenta amainó. En las salas de máquinas y de calderas, Spencer y su equipo de bombeo no tuvieron oportunidad alguna de resistirse. Su total sorpresa fue como un homenaje a la dedicación de Prevlov a un plan minucioso y una ejecución detallada.
El combate que tuvo lugar arriba —más exacto habría sido llamarlo masacre— terminó casi antes de comenzar. Cinco infantes de marina rusos, la mitad de la fuerza de abordaje, con los rostros semiocultos por gorras con la visera baja y gruesas bufandas que les cubrían la boca, se hallaban en el gimnasio apuntándoles con metralletas automáticas antes de que nadie pudiera comprender qué pasaba.
Woodson fue el primero en reaccionar. Se apartó bruscamente de la radio, con los ojos dilatados como si hubiera reconocido a alguien, y una expresión de cólera cubrió su rostro, habitualmente pasivo.
—¡Canalla! —barbotó antes de abalanzarse sobre el ruso más cercano.
Pero éste empuñaba un cuchillo que clavó en el pecho de Woodson, partiendo casi en dos el corazón del fotógrafo. Woodson manoteó a su asesino y luego se desplomó lentamente, hasta caer delante de sus botas. Sus ojos expresaron sorpresa, luego incredulidad, después dolor y finalmente el vacío de la muerte.
Sentada en su camastro, Dana gritó una y otra vez. Fue ese estímulo el que por fin impulsó a los demás miembros del equipo de rescate a actuar. Drummer asestó un puñetazo al asesino de Woodson y recibió a cambio un culatazo de metralleta en la cara. Sturgis se abalanzó pero demasiado tarde: la culata de un arma le golpeó la sien en el instante mismo en que arremetía contra su agresor, y ambos cayeron al suelo. El atacante se incorporó con rapidez, mientras Sturgis quedaba allí tendido.
Giordino se disponía a descargar una llave inglesa en el cráneo de otro ruso cuando hubo un estallido ensordecedor. Una bala le atravesó la mano y le arrebató la llave inglesa. El disparo pareció paralizar todo movimiento. Sandecker, Gunn, el contramaestre Bascom y sus hombres se detuvieron en seco cuando comprendieron que no tenían nada que hacer frente a hombres armados y expertos en matar.
En ese momento entró en el recinto un hombre cuyos intensos ojos grises registraron cada detalle de la escena. Perdió sólo tres segundos; tres segundos, ni uno más, bastaban a André Prevlov para estudiar cualquier situación. Mirando con fijeza a Dana, que seguía gritando, le sonrió con benevolencia.
—Por favor, estimada señora —dijo en un fluido inglés coloquial—. El pánico femenino somete las cuerdas vocales a un esfuerzo innecesario.
Dana tenía expresión angustiada. Cerró la boca y se estremeció al ver el charco de sangre que se extendía bajo Ornar Woodson.
—Bien, eso está mucho mejor —dijo Prevlov, desviando la mirada de Dana a Woodson, luego a Drummer, que sentado en el suelo escupía un diente, y por último a Giordino, que a su vez lo miró ceñudo, apretándose la mano sangrante—. Vuestra resistencia ha sido insensata —continuó Prevlov—. Sólo habéis conseguido un muerto y tres heridos.
—¿Quién es usted —preguntó Sandecker—. ¿Qué pretende?
—¡Ah! Lástima que debamos conocernos en tan desagradables circunstancias —se disculpó Prevlov—. Usted es, por supuesto, el almirante James Sandecker, ¿verdad?
—Todavía no ha contestado a mi pregunta —le espetó Sandecker, furioso.
—Mi nombre no tiene importancia —replicó Prevlov—. En cuanto a su otra pregunta, la respuesta es obvia... Tomo posesión de este barco en nombre de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
—Mi gobierno no se quedará cruzado de brazos.
—Permítame corregirlo —murmuró Prevlov—. Su gobierno si se quedará cruzado de brazos.
—Usted nos subestima.
Prevlov bajó la cabeza.
—Jamás, almirante. Sé muy bien lo que son capaces de hacer sus compatriotas. También sé que no iniciarán una guerra por el legítimo abordaje de un barco abandonado.
—¿Legítimo abordaje? —repitió Sandecker—. Según lo definen las leyes, un barco abandonado es aquel cuya tripulación lo abandona en el mar sin intención de volver ni de intentar su rescate. Dado que la tripulación de este barco aún permanece en él, su presencia constituye un descarado acto de piratería en alta mar.
—Ahórreme los legalismos marítimos —exclamó Prevlov—. Tiene usted razón, por ahora, claro está.
La implicación era clara.
—No se atreverá usted a lanzarnos a la deriva en pleno huracán.
—Nada tan vulgar, almirante. Además, no ignoro que el Titanic hace agua. Necesito a su maquinista de salvamento, y a su equipo para que mantengan las bombas en funcionamiento hasta que la tormenta amaine. Después de eso, le proporcionaré a usted y sus hombres una balsa. Su partida garantizará entonces nuestro derecho al rescate.
—No puede dejarnos vivos para que atestigüemos —dijo Sandecker—. Su gobierno jamás lo permitiría. Usted lo sabe y yo también...
Prevlov lo miró sin alterarse. Luego se apartó con indiferencia, descartando a Sandecker. Dijo algo en ruso a uno de los infantes de marina. Éste asintió con la cabeza, derribó la radio y la golpeó con la culata de su metralleta hasta hacerla añicos.
—Esta sala de operaciones ya no sirve para nada —dijo Prevlov, abarcando el gimnasio con un ademán—. He instalado mis aparatos de comunicación en el comedor principal de la cubierta D. Si usted y sus hombres tienen la amabilidad de seguirme, me ocuparé de que estén cómodos hasta que pase el mal tiempo.
—Una pregunta más —dijo Sandecker, sin moverse.
—Por supuesto almirante.
—¿Dónde está Dirk Pitt?
—Lamento informarle —repuso Prevlov con irónica compasión— que el señor Pitt se encontraba en vuestro helicóptero cuando éste cayó al mar por la borda. Su muerte debe de haber sido rápida.





63


Sentado frente al ceñudo presidente, el almirante Kemper echó cuatro cucharadillas de azúcar en su taza de café.
—El portaaviones Beecher's Island se acerca a la zona de búsqueda. Sus aviones comenzarán a explorar apenas amanezca —dijo con una sonrisa forzada—. No se preocupe, señor presidente. A media tarde estaremos remolcando de nuevo al Titanic. Le doy mi palabra.
El presidente alzó la vista.
—¿Un barco indefenso, a la deriva y extraviado en medio de la peor tempestad en cincuenta años? ¿Un barco totalmente enmohecido después de yacer en el fondo del océano setenta y seis años? ¿Un barco del cual el gobierno soviético trata de apoderarse con cualquier excusa? Y dice que no me preocupe... Almirante, usted es un hombre de convicciones inamovibles o demasiado optimista.
—El huracán Amanda —suspiró Kemper—. Tuvimos en cuenta todas las contingencias posibles, pero ni siquiera nuestra imaginación más alocada nos preparó para una tormenta de semejante magnitud en pleno mayo. Cayó con tal violencia y tan inesperadamente, que no hubo tiempo para resituar nuestras prioridades y nuestros planes.
—¿Y si a los rusos se les ocurrió hacer su jugada y están a bordo del Titanic en este instante?
Kemper meneó la cabeza.
—¿Abordar una nave con vientos de más de cuatrocientos kilómetros por hora y olas de veinte metros? Mi experiencia me dice que es imposible.
—Hace una semana también se habría considerado imposible al huracán Amanda —adujo el presidente, clavando una mirada opaca en Warren Nicholson cuando éste se sentó frente a él—. ¿Alguna novedad?
—Del Titanic, nada —repuso Nicholson—. No han comunicado desde que entraron en el ojo del huracán.
—¿Y los remolcadores?
—Todavía no han avistado al Titanic... lo cual no es demasiado sorprendente. Como su radar no funciona, sólo pueden intentar una búsqueda visual. Me temo que sea un esfuerzo inútil, ya que la visibilidad es casi cero.
Por largo rato reinó un silencio asfixiante, finalmente roto por Gene Seagram.
—No podemos perderlo ahora, cuando estamos tan cerca —dijo poniéndose de pie—. El terrible precio que hemos pagado... que he pagado... el bizanio, Dios mío, no podemos permitir que nos lo vuelvan a quitar.
Encorvó los hombros y pareció desfallecer mientras Donner y Collins lo ayudaban a sentarse otra vez.
En un susurro, Kemper dijo:
—¿Y si ocurre lo peor, señor presidente? ¿Qué haremos entonces?
—Daremos por perdidos a Sandecker, Pitt y los demás.
—¿Y el proyecto Siciliano?
—El proyecto Siciliano —murmuró el presidente—. Sí, lo daremos por perdido también.





64


La densa nube gris comenzó a disiparse y Pitt percibió que estaba sobre algo duro y húmedo. Largos minutos pasó, con su mente en la zona de penumbra entre la conciencia y la inconsciencia, hasta que poco a poco pudo abrir los ojos, o al menos un ojo; el otro estaba cerrado e inflamado. Bizqueó con el ojo sano a derecha e izquierda, arriba y abajo. Estaba todavía en el helicóptero.
Varios centímetros de agua chapoteaban de un lado a otro alrededor de su cuerpo. Vagamente se preguntó cómo había llegado a contorsionarse en una posición tan incómoda.
Le dolía la cabeza como si dentro de ella corretearan hombrecillos punzándole el cerebro. Se echó un poco de agua en la cara, sin hacer caso del escozor producido por la sal, hasta que consiguió abrir el otro párpado. Ya recobrada su visión periférica, giró el cuerpo hasta quedar sentado y comprobó que el helicóptero estaba en posición vertical, con el morro apuntando hacia arriba.
No era posible salir por la puerta de carga, atascada a causa de los golpes recibidos por el fuselaje en su trayecto por las cubiertas del Titanic. Sin otra alternativa que salir por la cabina, Pitt empezó a arrastrarse poco a poco.
Le dolía la cabeza y cada pocos metros tenía que detenerse para que se despejaran las telarañas de su mente. Por fin, estirándose, cogió el picaporte. La puerta no se movió. Sacó su Colt y aporreó el picaporte. La fuerza del golpe hizo caer la pistola con estrépito. La puerta siguió con empecinamiento cerrada.
Pitt entrecortadamente jadeaba. Estaba a punto de perder el sentido por agotamiento. Volviéndose, miró hacia abajo. El mamparo posterior parecía muy lejano. Asió con ambas manos una anilla para amarrar el cargamento, cogió impulso y golpeó con ambos pies, empleando toda la fuerza que un hombre puede emplear cuando sabe que ésa es su última oportunidad.
El picaporte cedió y la puerta se abrió bruscamente hacia arriba hasta que la gravedad volvió a cerrarla. Pero ese breve momento en que se abrió fue todo lo que necesitó Pitt para aferrar con una mano el marco, utilizando los dedos como cuña. Lanzó una ahogada exclamación de agonía cuando la puerta le golpeó los nudillos. Permaneció allí, absorbiendo el dolor, reuniendo fuerzas. Aspiró profundamente y se izó a través de la abertura. Después volvió a descansar, esperando a que se le pasara el mareo y que los latidos del corazón se normalizaran.
Envolvió en un pañuelo empapado sus ensangrentados dedos y examinó la cabina. No tendría problema para escapar de allí. La compuerta había sido arrancada de sus goznes y el cristal del parabrisas derribado de su marco. Ya seguro de que escaparía, comenzó a preguntarse cuánto tiempo había estado inconsciente. ¿Diez minutos? ¿Una hora? ¿La mitad de la noche? No tenía modo de saberlo, ya que había perdido el reloj de pulsera.
¿Qué había ocurrido? Trató de analizar las posibilidades. ¿El helicóptero había caído al mar? Inverosímil. Sería en ese momento la tumba de Pitt en el abismo. Pero ¿de dónde venía el agua que había en la sección de carga? Tal vez el aparato habría sido arrancado de sus amarras y lanzado contra uno de los mamparos de la cubierta principal del barco náufrago. Tampoco. No podía explicar por qué el helicóptero se encontraba parado en una posición perpendicular perfecta. Lo que sabía con certeza era que cada segundo que permaneciera sentado en medio de un huracán era un segundo más que lo acercaba a la muerte. Como las respuestas aguardaban fuera, se paró sobre el asiento del piloto y escudriñó la oscuridad exterior a través de las destrozadas ventanillas de la carlinga.
Se encontró mirando el costado del Titanic. Las chapas enmohecidas del casco se extendían a derecha e izquierda bajo la mortecina luz. Una rápida mirada hacia abajo le reveló el mar embravecido.
Las olas remolineaban en vasta confusión, provocando colisiones monumentales que sonaban como una descarga de artillería. La visibilidad ya era mejor; la lluvia no caía con violencia y el viento había amainado hasta no más de diez o quince nudos. Pitt comprendió por qué el mar saltaba hacia arriba sin dirección aparente: el Titanic flotaba a la deriva en el ojo del huracán, y transcurrirían apenas unos minutos más antes de que toda la furia del cuadrante posterior de la tempestad cayera sobre la castigada nave.
Pitt salió por una de las ventanillas rotas y luego se dejó caer a la cubierta del Titanic. Ni siquiera un encuentro erótico con la mujer más bella del mundo habría sido comparable con la emoción que sintió al sentir que pisaba de nuevo una de las inundadas cubiertas del viejo navio.
Pero ¿cuál cubierta? Pitt se inclinó sobre la barandilla, y miró arriba. Allí, en la cubierta superior, se veía el pasamanos doblado y roto, que aún retenía una parte del helicóptero. Eso quería decir que se encontraba en la cubierta B. Al mirar abajo, descubrió la razón de la ignominiosa postura del aparato.
Su caída hacia el agitado mar había sido bruscamente detenida por los deslizadores de aterrizaje, que habían quedado trabados y luego atascados en las aberturas de observación que bordeaban la cubierta, dejando al helicóptero colgado en posición vertical, como un monstruoso insecto en una pared. Luego las grandes olas habían azotado su fuselaje, apretándolo más aún contra el barco.
Pitt no tuvo tiempo de apreciar el milagro de su salvación, ya que sintió la creciente presión del viento al avecinarse la cola del huracán. Le costó mantenerse en pie, pues el Titanic había vuelto a ladearse y se inclinaba pesadamente a estribor.
Fue entonces cuando divisó las luces de navegación de otro barco cercano, a no más de doscientos metros del bao de estribor. No había modo de determinar su tamaño; el mar y el cielo comenzaron a fundirse de nuevo al reanudarse la lluvia torrencial, que le azotaba el rostro con violencia. Se preguntó si sería uno de los remolcadores. O tal vez había vuelto el Juneau... Pero de pronto Pitt comprendió: las luces no pertenecían a ninguno de ellos. El fogonazo de un rayo le permitió ver la inconfundible cúpula que sólo podía ser el blindaje de la antena de radar del Mijail Kurkov.
Después de trepar por una escalera y tambalearse hasta la pista de aterrizaje del helicóptero en la cubierta principal, seguía mojado hasta los huesos y jadeaba de cansancio. Se detuvo para arrodillarse y levantar una de las amarras, examinando las cortadas puntas de las fibras de nailon. Luego se incorporó, hizo frente al huracanado viento y desapareció en la cortina de agua que envolvía al barco.





65


Bajo el ornamentado cielo raso, el vasto salón comedor de primera clase del Titanic se extendía en las tinieblas, más allá de las luces. Las pocas ventanas de cristal con esmalte de plomo que aún quedaban, reflejaban espectrales distorsiones de las agotadas y derrotadas personas que eran vigiladas por los impertérritos rusos armados.
Spencer había sido obligado a unirse al grupo. Con ojos de desconcierto, miró incrédulo a Sandecker.
—¿Pitt y Woodson muertos? No puede ser.
—Es verdad, sí —masculló Drummer con la boca hinchada—. Uno de esos canallas que ve allí hundió un cuchillo en las tripas de Woodson.
—Un error de cálculo de su amigo. —Prevlov se encogió de hombros y lanzó una mirada reflexiva a la asustada mujer y los nueve hombres que tenía delante, a sus rostros demacrados y ensangrentados. Parecía gozar viendo cómo se esforzaban por conservar el equilibrio cada vez que caía sobre el Titanic una inmensa ola—. Y hablando de errores de cálculo, señor Spencer, sus hombres parecen sensiblemente carentes de entusiasmo por manejar las bombas. No necesito recordarle que si no se devuelve al mar el agua que está entrando bajo la línea de flotación, este viejo monumento al derroche capitalista se hundirá.
—Pues que se hunda —repuso Spencer—. Por lo menos usted y sus compinches comunistas se hundirán con él.
—Eso es improbable teniendo en cuenta que el Mijail Kurkov está cerca por si surge esa emergencia. —Prevlov sacó un cigarrillo de un estuche de oro y lo encendió con aire pensativo—. Un hombre sensato aceptaría lo inevitable y obraría en consecuencia.
—Siempre sería mejor que dejarlo en sus viscosas manos.
—No conseguirá que ninguno de nosotros le haga su trabajo sucio —dijo Sandecker con tono tajante.
—Tal vez no —repuso Prevlov sin alterarse—. Aunque creo que tendré la cooperación necesaria, y muy pronto.
Hizo una señal a uno de los guardias y murmuró algo en ruso. El guardia asintió, cruzó el salón sin darse prisa, asió a Dana por el brazo y la arrastró brutalmente bajo uno de los focos.
El equipo de salvamento se adelantó como un solo hombre, para toparse con cuatro metralletas que apuntaban a sus vientres. Se detuvieron impotentes, rezumando furia y hostilidad.
—Si le hace daño, lo pagará caro —masculló Sandecker, cuya voz temblaba de contenida ira.
—Oh, vamos, almirante —dijo Prevlov—. Violar es cosa de enfermos. Sólo un cretino intentaría chantajear a usted y su tripulación con algo tan lamentable. Los norteamericanos siguen colocando a sus mujeres en pedestales de mármol. Todos ustedes morirían de buen grado en un inútil intento de proteger su virtud, y ¿qué haría yo entonces ? No; la crueldad y la tortura son métodos torpes en el sutil arte de la persuasión. Pero la humillación. .. —Hizo una pausa, saboreando la palabra—. Sí, la humillación, es un magnífico incentivo para inducir a sus hombres a volver a sus tareas y mantener la nave a flote. —Se volvió hacia Dana, que lo miró con expresión patética—. Bien, señora Seagram, tenga la amabilidad de quitarse las ropas... todas.
—¿Qué treta ruin es ésta? —preguntó Sandecker.
—Ninguna treta... El pudor de la señora Seagram quedará al desnudo, hasta que usted ordene al señor Spencer y sus hombres que cooperen.
—¡No! —imploró Gunn—. ¡No lo haga, Dana!
—Por favor, nada de ruegos —dijo Prevlov—. Haré que uno de mis hombres la desnude por la fuerza si es necesario.
Con lentitud, de modo apenas perceptible, un extraño resplandor de beligerancia apareció en los ojos de Dana. Después, sin vacilar, se despojó de sus prendas. Un minuto más tarde se erguía allí, en un halo de luz, con el cuerpo totalmente desnudo.
Sandecker volvió la espalda. Uno por uno, los demás curtidos especialistas en salvamento lo imitaron hasta quedar mirando la oscuridad.
—Tendrán que mirarla —dijo Prevlov con frialdad—. Su galante actitud es conmovedora pero inútil. Vuélvanse, caballeros; el espectáculo sólo ha comenzado...
—Esta estupidez ha llegado demasiado lejos.
Al oírse la voz de Dana, todas las cabezas se volvieron al tiempo. La vieron de pie, con las piernas separadas, las manos apoyadas en las caderas, los pechos al aire y los ojos reluciendo burlonamente. Aun con la cabeza envuelta en aquel vendaje, tenía un aspecto magnífico.
—No os preocupéis, muchachos, mirad todo lo que queráis. No hay ningún secreto en el cuerpo de una mujer. Sin duda todos habéis visto y tocado alguna. ¿Por qué esas miradas tímidas?
Luego sus ojos expresaron sagaz reflexión, su boca se entreabrió, y se echó a reír. Había desarmado a Prevlov.
Este la miró con fijeza, apretando los labios.
—Notable actuación, señora Seagram, por cierto. Pero es un típico ejemplo de decadencia occidental que no me resulta divertido.
—Mostradme un comunista y yo os mostraré un papanatas —lo provocó Dana—. Si vosotros, infelices, supierais cómo todo el mundo se ríe a vuestras espaldas cada vez que soltáis vuestro aparatoso vocabulario (decadencia occidental, traficantes de guerra imperialista o manipulación burguesa) quizá os corregiríais y mostraríais un poco de elegancia. En cambio, sois la mayor farsa diabólica que se ha jugado a la humanidad. Si tuvierais un poco de coraje, lo reconoceríais.
Prevlov palideció.
—Esto ha ido demasiado lejos —exclamó. Estaba por perder su meditado control, y eso lo encolerizaba.
Dana estiró su atractivo y esbelto cuerpo y dijo:
—¿Qué pasa, Iván? ¿Está demasiado habituado a esas fornidas mujeres rusas que cargan leña? ¿No logra hacerse a la idea de que una muchacha liberada del país de la libertad se burle de sus despreciables métodos?
—Lo que me cuesta aceptar es su vulgaridad. Al menos nuestras mujeres no actúan como mujerzuelas.
—Váyase al infierno —sonrió dulcemente Dana.
Prevlov captó la fugaz mirada que se cruzaron Giordino y Spencer, vio que Sturgis doblaba los puños y que Drummer inclinaba levemente la cabeza. Entonces advirtió que el lento movimiento con que Dana se alejaba de los norteamericanos y se acercaba a la retaguardia de los rusos no era inconsciente ni espontáneo. Su actuación era casi perfecta. Los infantes de marina soviéticos forzaban el cuello para mirarla boquiabiertos, cuando Prevlov gritó una orden en ruso.
Los guardias, bruscamente arrancados de su distracción volvieron a enfrentar al equipo de rescate, empuñando de nuevo con firmeza sus armas.
—Felicitaciones, estimada señora —dijo Prevlov con una reverencia—. Su pequeña exhibición teatral estuvo a punto de tener éxito... Un engaño muy astuto.
En la expresión de Prevlov había una extraña satisfacción cínica, como si habiendo recurrido a su sagacidad hubiera ganado con facilidad esa partida. Miró a Dana, observando su leve gesto de fracaso. La sonrisa había quedado como pintada en su cara y sus hombros se agitaron en un leve estremecimiento, pero se repuso y volvió a erguirse, orgullosa y segura de sí misma.
—No sé a qué se refiere.
—Por supuesto que no —suspiró Prevlov.
Después de mirarla un momento, se volvió y dijo algo a uno de sus hombres. Éste asintió, sacó un cuchillo y avanzó lentamente hacia Dana, que se puso tensa y palideció.
—Le he ordenado que le seccione el seno izquierdo —explicó Prevlov con naturalidad.
Spencer miró a Sandecker boquiabierto, rogándole con la mirada que cediera.
—¡Dios santo! —barbotó el almirante con desesperación—. No puede permitir... usted prometió que no habría crueldad ni tortura...
—Soy el primero en admitir que la brutalidad no es elegante —declaró Prevlov—. Pero usted no me deja otra alternativa. Es el único recurso ante su obstinación.
—Antes tendrá que matarme... —repuso Sandecker.
Un soldado ruso hundió el cañón de su metralleta en los riñones del almirante, que cayó de rodillas con la cara contraída de dolor y jadeando.
Dana crispó las manos en los costados hasta que se volvieron como de marfil. Había jugado su última carta y había perdido; sus bellos ojos color café expresaban abominación y angustia cuando vio de pronto que la mirada del ruso reflejaba confusión. Una mano firme la cogió por el hombro y la empujó a un lado, y Pitt emergió lentamente a la luz.





66


Pitt se alzaba detenido en el tiempo, como una indecible aparición surgida de las profundidades de un infierno acuático. Estaba empapado, tenía el negro cabello pegado sobre la ensangrentada frente, y los labios crispados en una sonrisa malévola. A la luz de los focos, el gotear de su ropa mojada centelleaba y caía al suelo con un chapoteo.
Prevlov, cuyo rostro parecía una máscara de cera, extrajo con calma un cigarrillo del estuche de oro, lo encendió y exhaló el humo con un largo suspiro.
—¿Puedo presumir que su nombre es Dirk Pitt?
—Eso pone mi certificado de nacimiento.
—Su presencia es insólita, señor Pitt. Tenía entendido que estaba muerto.
—Lo cual prueba que no se puede confiar en las habladurías —repuso Pitt mientras se quitaba la húmeda chaqueta y cubría suavemente con ella los hombros de Dana—. Lo siento, cariño, por ahora no puedo hacer más. —Luego volvió a encararse con Prevlov—. ¿Alguna objeción?
Prevlov meneó la cabeza. La desenvoltura de Pitt lo intrigaba. Escrutó a Pitt como un tallista de diamantes estudia una piedra, pero sin ver nada tras el velo de aquellos ojos verdes. Hizo una seña a uno de sus hombres, que se acercó a Pitt.
—Un simple registro por precaución, señor Pitt. ¿Alguna objeción?
Pitt se encogió de hombros, asintiendo, y levantó las manos. Con rapidez y eficiencia, el ruso palpó la ropa de Pitt antes de apartarse.
—Nada —dijo.
—Muy sensato de su parte —comentó Prevlov—, pero no habría esperado menos de un hombre con una reputación como la suya. He leído con interés un legajo donde se describían sus hazañas. Mucho me habría gustado conocerlo en circunstancias menos adversas.
—Lamento no poder devolverle el cumplido —dijo Pitt con tono distendido—, pero usted no es exactamente la clase de hombre que me gustaría tener por amigo.
Prevlov se adelantó dos pasos y abofeteó a Pitt con todas sus fuerzas con el dorso de la mano. Pitt trastabilló, dio un paso y se detuvo, mientras un hilo de sangre brotaba por la comisura de sus sonrientes labios.
—Vaya, vaya —dijo con voz queda y pastosa—. El ilustre André Prevlov ha perdido por fin la calma...
Prevlov se inclinó con los ojos semicerrados en cautelosa reflexión.
—¿Sabe usted mi nombre? —preguntó con voz apenas audible.
—Sé tanto sobre usted como usted sobre mí —repuso Pitt.
—Es usted más listo de lo que creía —dijo Prevlov—. Ha descubierto mi identidad... toda una muestra de perspicacia, lo reconozco... Pero no tiene por qué fanfarronear con datos que no posee. Fuera de mi nombre, no sabe nada.
—Tal vez pueda ilustrarlo más con un poco de folklore local.
—¡No tengo paciencia para tonterías! —exclamó Prevlov, haciendo señas al soldado que empuñaba el cuchillo—. Y ahora, si el almirante Sandecker se decide a inspirar ánimos a su equipo de bombeo, le quedaría muy agradecido.
El soldado ruso, un hombre alto que aún ocultaba el rostro bajo la bufanda, comenzó a avanzar de nuevo hacia Dana. La hoja de su cuchillo, refulgió a la luz a pocos centímetros del seno izquierdo de Dana. Ella, tan entumecida que ya no sentía miedo, se ciñó más los hombros con la chaqueta de Pitt y miró fijamente el cuchillo.
—Siento que no tenga tiempo de oír tonterías —dijo Pitt—. Podría contarle una sobre dos chapuceros llamados Silver y Gold.
Prevlov lo miró, vaciló y por fin hizo una señal al soldado para que retrocediera.
—Le escucho, señor Pitt. Le daré cinco minutos para que explique lo que ha dicho.
—No tardaré mucho —aseguró Pitt, haciendo una pausa para frotarse el ojo herido—. Bien; había una vez dos mecánicos canadienses que descubrieron que el espionaje podía ser una actividad colateral lucrativa. De modo que desechando todo remordimiento se hicieron agentes profesionales de espionaje, concentrando sus talentos en obtener datos reservados de los programas oceanográficos norteamericanos y enviarlos a Moscú. Silver y Gold se ganaron su paga, no le quepa duda. En los dos últimos años, no hubo un solo proyecto de la ANIM del que los rusos no se enteraran hasta en los menores detalles. Después, cuando se proyectó rescatar al Titanic, el Departamento de Inteligencia de la Armada soviético... su departamento, Prevlov... olfateó un golpe de suerte inesperado. Sin la menor sutileza, se encontró usted no con uno, sino con dos hombres a sueldo suyo, que estaban en una situación perfecta para obtener y transmitir las técnicas norteamericanas más avanzadas de rescate en aguas profundas. Había otro factor, por supuesto, pero ni siquiera usted lo sabía entonces. Silver y Gold enviaban informes regulares sobre el reflotamiento utilizando un método ingenioso. Usaban un dispositivo que puede transmitir ondas de sonido submarinas similares al sonar. Debí advertirlo cuando el operador de sonar del Capricorn detectó las transmisiones, pero creí que se trataba de sonidos residuales causados por una corriente de aguas profundas que golpeteaba al Titanic. No se nos ocurrió que alguien estuviera enviando mensajes codificados. Nadie se molestó en descifrar esos ruidos causales. Mejor dicho, nadie salvo el hombre que se sentaba bajo un equipo de hidrófonos a bordo del Mijail Kurkov.
Pitt hizo una pausa y miró alrededor; en el comedor, todos atendían a sus palabras.
—No empezamos a pensar que había algo raro hasta que Henry Munk tuvo que ir al retrete. Cuando volvía a la popa del Safo II oyó funcionar el dispositivo y, al investigar, sorprendió a uno de sus hombres en plena acción. Es probable que su hombre haya tratado de salvarse mintiendo, pero Henry Munk era un especialista en instrumentos. Sabía bien lo que era un dispositivo de comunicación y comprendió con rapidez lo que pasaba. En este caso, el gato mató a la curiosidad... Había que silenciar a Munk y se lo silenció golpeándolo en la base del cráneo con un trípode fotográfico de Woodson. Como esto le creaba una situación incómoda, el asesino volvió a golpear la cabeza de Munk contra la tapa del alternador para que pareciera un accidente. Sin embargo, el pez no picó el anzuelo. Woodson sospechó, yo sospeché y, encima, el doctor Bailey descubrió el magullón en el cuello de Munk. Pero como no había modo de probar quién era el asesino, decidí aceptar la versión del accidente hasta reunir pruebas suficientes. Más tarde volví, registré el sumergible y descubrí un trípode fotográfico abollado, junto con el dispositivo de comunicación, en el sitio donde nuestro amigo y vecino, el espía, lo había ocultado irónicamente: en la gaveta del propio Munk. Estaba seguro de que era una pérdida de tiempo hacerlos examinar en busca de huellas digitales, no me hacía falta una confirmación científica para saber que me enfrentaba con un profesional. Por eso dejé el trípode y el dispositivo exactamente como los había encontrado para que su agente se confiara y empezara de nuevo a comunicarse con el Mijail Kurkov. Así que esperé.
—Un relato fascinante —dijo Prevlov—, pero muy circunstancial. Debe haber sido imposible hallar una prueba irrefutable.
Pitt sonrió enigmáticamente y continuó:
—La prueba surgió de un proceso de eliminación. Estaba relativamente seguro de que el asesino tenía que ser uno de los tres hombres que estaban a bordo del sumergible, supuestamente dormidos durante su período de descanso. Entonces alterné el horario de la tripulación del Safo II todos los días, de modo que dos de ellos tuvieran trabajo en la superficie mientras el tercero buceaba en el Titanic. Cuando nuestro operador de sonar captó la siguiente transmisión del dispositivo, supe quién había asesinado a Munk.
—¿Quién es, Pitt? —preguntó Spencer, ceñudo—. Aquí somos diez hombres... ¿Fue uno de nosotros?
Pitt cruzó su mirada con la de Prevlov; luego se volvió y señaló con la cabeza a uno de los fatigados hombres reunidos bajo los focos.
—Os presento al gran traidor: Drummer.
—¡Ben Drummer! —exclamó Gunn—. No puedo creerlo. Pero si hasta se enfrentó al asesino de Woodson...
—Pura simulación —dijo Pitt—. Era demasiado pronto para revelar su identidad, por lo menos hasta que muriéramos todos. Hasta entonces, Prevlov necesitaba un informante que le revelara cualquier idea que se nos ocurriera para recobrar la nave.
—Pues consiguió engañarme —dijo Giordino—. Ha trabajado muy duro para mantener a flote al Titanic...
—¿Ah, sí? —replicó Pitt—. Es cierto que aparentó trabajar duro, incluso llegó a sudar y ensuciarse, pero ¿qué le habéis visto hacer en realidad desde que llegamos a bordo?
Gunn meneó la cabeza.
—Yo creía que trabajaba día y noche examinando el barco.
—¿Examinando el barco? Nada de eso... Drummer anduvo de un lado a otro con un soplete portátil de acetileno, abriendo agujeros en el fondo del barco.
—Suena increíble —objetó Spencer—. ¿Por qué tratar de agujerear el barco si sus amos rusos quieren arrebatárnoslo?
—Drummer sólo intentaba retrasar el remolque —repuso Pitt—. La única posibilidad que tenían los rusos de abordar al Titanic con éxito era en el ojo del huracán. La idea era ingeniosa... Esa posibilidad nunca se nos ocurrió. Si los remolcadores hubieran podido arrastrar el Titanic sin complicaciones, habríamos pasado a cincuenta kilómetros del ojo de la tormenta. Pero gracias a Drummer, la inestabilidad del casco ladeado entorpeció el remolque. Antes de cortarse el cable, el Titanic se desvió, obligando a los remolcadores a reducir la velocidad al mínimo. Y como veis, la presencia de Prevlov y su banda de rufianes confirma el éxito de los esfuerzos de Drummer.
La verdad comenzó a imponerse. Ningún miembro del equipo de rescate había visto realmente a Drummer trabajar en una bomba ni ofrecerse a transportar la carga. Todos recordaron que siempre había andado por su cuenta, quejándose de los obstáculos que, según afirmaba, le impedían explorar la nave. Contemplaron a Drummer como si fuese un desconocido, quizá esperando una indignada negativa de su parte.
No hubo ninguna negativa, ningún alegato de inocencia; sólo un fugaz gesto de rabia. La transformación de Drummer fue asombrosa: desapareció la expresión triste de los ojos que de pronto cobraron una reluciente vivacidad. También desapareció la indolente sonrisa de sus labios y la postura distendida del cuerpo. La fachada había desaparecido, sustituido su lugar por un hombre de aspecto arrogante, casi aristocrático.
—He de admitir, Pitt —declaró Drummer con tono medido—, que su agudeza de observación enorgullecería a un agente de espionaje de primera categoría. Sin embargo, no ha descubierto nada que modifique realmente la situación.
—Ya lo veis —comentó Pitt—. Nuestro ex colega ha perdido de pronto su falso acento sureño.
—No me costó demasiado