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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    VENGADOR (Frederick Forsyth)

    Publicado el jueves, abril 08, 2010
    Título original: Avenger

    Para las Ratas de Túnel.
    Vosotros, chicos, hicisteis algo
    que yo nunca habría podido obligarme a hacer.

    PREFACIO
    El Asesinato
    Fue la séptima vez que hundieron al chico americano dentro del excremento líquido del pozo negro cuando este ya no consiguió seguir ofreciendo ninguna resistencia, y murió allí abajo, con cada orificio de su cuerpo lleno de una abominable suciedad.
    Cuando hubieron terminado, los hombres dejaron en el suelo los postes que habían estado empleando, se sentaron encima de la hierba, rieron y fumaron. Luego acabaron con el otro cooperante y con los seis huérfanos, subieron al todoterreno de la agencia de ayuda humanitaria y regresaron por los caminos que atravesaban la montaña.
    Era el 15 de mayo de 1995.


    PRIMERA PARTE

    1

    El Obrero de la Construcción
    El corredor solitario se apoyó en el declive y volvió a hacer frente al enemigo de su propio dolor. Aquello era una tortura y una terapia; esa era la razón por la cual lo hacía.
    Quienes entienden de estas cosas suelen decir que, de todas las disciplinas que existen, la más brutal e implacable es el triatlón. El decatleta tiene que llegar a dominar un número mayor de habilidades, y los ejercicios basados en el lanzamiento hacen que necesite una mayor fuerza bruta; pero, en lo que respecta al tremendo aguante físico y la capacidad para llegar a hacer frente al dolor y conseguir vencerlo, hay muy pocas pruebas equiparables al triatlón.
    Tal como hacía siempre durante los días en que se entrenaba, el hombre que en aquellos momentos estaba corriendo bajo el amanecer de New Jersey se había levantado bastante antes del alba. Primero fue en su camioneta hasta el lago más alejado, donde dejó su bicicleta de carreras junto al camino y la sujetó a un árbol con una cadena para que estuviera segura. Cuando pasaban dos minutos de las cinco, se puso el cronómetro en la muñeca, bajó la manga del traje de natación de neopreno para cubrir el cronómetro con ella y entró en las aguas heladas.
    Lo que él practicaba era el triatlón olímpico, en el que las distancias se miden en longitudes métricas. Primero había que nadar mil quinientos metros, lo que para un estadounidense casi equivalía a una maldita milla; salir del agua, quedarse rápidamente en camiseta y pantalones cortos, y subir a la bicicleta de carreras. Luego, con el cuerpo inclinado sobre el manillar de la bicicleta de carreras, venían cuarenta kilómetros, cada uno de ellos recorrido al ritmo de un sprint. Desde hacía mucho tiempo el hombre tenía medida la distancia de un extremo a otro del recorrido a lo largo del lago, y sabía exactamente qué árbol de la otra orilla indicaba el lugar donde había dejado la bicicleta de carreras. El hombre había ido marcando sus cuarenta kilómetros por los caminos rurales, que siempre recorría durante esa hora vacía de tráfico y de gente, y sabía qué árbol era el punto más apropiado para abandonar la bicicleta e iniciar la carrera. La carrera consistía en diez kilómetros; un portalón de granja le indicaba el punto a partir del cual ya solo quedaban dos kilómetros por recorrer. Aquella mañana el hombre acababa de dejar atrás ese portalón. Los últimos dos kilómetros eran cuesta arriba, el terrible y postrer obstáculo, el tramo donde ya no había piedad.
    La razón de que el dolor fuera tan intenso es que los músculos que se aplican a cada prueba son distintos. Los robustos hombros, el pecho y los brazos de un nadador normalmente no son necesarios para un ciclista especializado en pruebas de velocidad o para un corredor de maratón. En esos casos solo constituyen un peso adicional con el que se debe cargar.
    El movimiento, borroso por la velocidad, de las piernas y las caderas de un ciclista no tiene nada que ver con la acción de los tendones y las fibras que proporcionan al corredor el ritmo y la cadencia necesarios para devorar los kilómetros que desfilan velozmente bajo sus pies. La repetitividad de los ritmos de un ejercicio no se corresponde con la de los del otro. El triatleta los necesita todos, y además debe igualar los rendimientos de tres atletas especializados uno detrás del otro.
    A los veinticinco años de edad es una actividad cruel. A los cincuenta y uno debería poder ser denunciada acogiéndose a la Convención de Ginebra. El corredor había cumplido cincuenta y un años el mes de enero anterior. Se atrevió a echarle un vistazo a su cronómetro y torció el gesto. La cosa no estaba yendo muy bien, ya que llevaba varios minutos de más sobre su mejor marca. El corredor redobló sus esfuerzos contra el enemigo.
    Los olímpicos intentan acabar en dos horas con veinte minutos, y el corredor de New Jersey había ido recortando su marca hasta dejarla en dos horas y media. Ahora ya casi había llegado a ese límite y todavía le quedaban casi dos kilómetros por recorrer.
    Las primeras casas de su pueblo natal se hicieron visibles detrás de una curva en la carretera 30. La vieja aldea prerrevolucionaria de Pennington se extiende a ambos lados de la 30, justo al lado de la interestatal 95, que baja desde Nueva York y atraviesa el estado para luego seguir hacia Delaware, Pensilvania y Washington. Dentro de la pequeña población, la carretera pasa a llamarse calle Mayor.
    No es que hubiera gran cosa que decir acerca de Pennington, uno más entre el millón de los pulcros, ordenados y acogedores pueblecitos que forman el subestimado y siempre pasado por alto corazón de Estados Unidos de América. Pennington cuenta con un solo cruce colocado justo en el centro, allí donde la West Delaware Avenue se encuentra con la calle Mayor; varias iglesias muy frecuentadas de las tres congregaciones, un First National Bank y un puñado de comercios y residencias un poco alejadas de la calle, desperdigadas a lo largo de los caminos jalonados por árboles.
    El corredor fue hacia el cruce, medio kilómetro más adelante. Todavía era demasiado temprano para tomarse un café en la Taza de Joe, o para desayunar en Vito's Pizza, pero el corredor no habría hecho un alto en aquellos establecimientos ni aun suponiendo que hubiesen estado abiertos.
    Al sur del cruce, el corredor pasó ante la casa de blancas tablas de chilla perteneciente a la cosecha de la guerra de Secesión con su letrero de señor Calvin Dexter, abogado, colgado junto a la puerta. Eran su despacho, su letrero y su bufete legal, salvo en aquellas ocasiones en las que se tomaba unos cuantos días libres y se iba de Pennington para ir a atender su otra actividad. Tanto su clientela como sus vecinos aceptaban sin hacerse preguntas el hecho de que el abogado se tomase unas vacaciones de vez en cuando para ir a pescar, sin saber nada del pequeño apartamento alquilado bajo otro nombre que tenía en la ciudad de Nueva York.
    El corredor obligó a sus piernas doloridas a que recorrieran aquellos últimos quinientos metros para llegar al recodo que conducía hasta Chesapeake Drive, en el extremo sur del pueblo. Era allí donde vivía, y la esquina marcaba el final del calvario que Dexter se imponía a sí mismo. Aflojó el paso hasta detenerse, bajó la cabeza y se apoyó en un árbol mientras, jadeante, introducía un poco de oxigeno en sus pulmones. Dos horas, treinta y seis minutos. Muy alejado de su mejor tiempo. El hecho de que probablemente no hubiera nadie en ciento cincuenta kilómetros a la redonda que, con cincuenta y un años de edad, pudiera aproximarse a dicha marca no era lo que importaba. Lo que realmente importaba, algo que Dexter nunca podría atreverse a explicar a los vecinos que sonreían y lo vitoreaban al verlo pasar, era utilizar el dolor para combatir otro dolor que siempre se hallaba presente, el dolor que no se iba nunca, el dolor de la hija perdida, el amor perdido, el todo perdido.
    El corredor entró en su calle y recorrió los últimos doscientos metros andando. Vio delante de él que el chico de los periódicos lanzaba un pesado fajo al porche de su casa. El muchacho lo saludó con la mano mientras pasaba en su bicicleta; Calvin Dexter le devolvió el saludo.
    Al cabo de un rato cogería su ciclomotor e iría a recuperar su camioneta. Con el ciclomotor en la trasera de la camioneta, regresaría a su casa siguiendo el camino para bicicletas que discurría junto a la carretera. Pero primero necesitaba una ducha, unas cuantas tabletas con un alto contenido energético y el zumo de varias naranjas.
    Recogió el fajo de periódicos de los escalones del porche, rompió la faja de papel que los envolvía y les echó una mirada. Calvin Dexter, el nervudo, afable y sonriente abogado de cabellos color arena de Pennington, New Jersey, había nacido sin nada que se pareciera ni remotamente a ventajas materiales.
    Fue concebido en un vecindario muy pobre de Newark, en un lugar que se hallaba repleto de cucarachas y ratas, y vino al mundo en enero de 1950, hijo de un obrero de la construcción y una camarera de la fonda del barrio. Sus padres, de acuerdo con lo que marcaba la moral de la época, no tuvieron más remedio que contraer matrimonio después de que un encuentro en una sala de baile del vecindario y unas cuantas copas de alcohol demasiado barato hubieran hecho que las cosas se salieran de madre y ocasionaran la concepción de Calvin Dexter.
    Su padre no era lo que Calvin llamaría un mal hombre. Después de Pearl Harbor se ofreció voluntario a las fuerzas armadas, pero el mando consideró que, como obrero especializado de la construcción, su presencia resultaría de mayor utilidad en el país, donde el esfuerzo de guerra suponía la creación de miles de nuevas fábricas, astilleros y organismos del Estado.
    El padre de Calvin Dexter era un hombre duro que nunca necesitaba pensárselo dos veces antes de llegar a utilizar los puños, única ley en muchos trabajos manuales. Pero intentaba llevar una vida lo más recta posible, entregaba en casa el sobre de su sueldo sin abrir y trataba de educar a su pequeño para que quisiera a la bandera, a la Constitución y a Joe di Maggio.
    Pero cuando la guerra de Corea llegó a su fin, las oportunidades de encontrar trabajo desaparecieron de golpe. Lo único que quedó fue la crisis industrial, mientras que los sindicatos habían caído en manos de la mafia.
    Calvin tenía cinco años cuando su madre se fue de casa. Todavía era demasiado pequeño para que pudiese entender por qué lo había hecho. Calvin no sabía nada del matrimonio sin amor de sus padres; se limitaba a aceptar con la filosófica paciencia de los muy pequeños que las personas siempre se gritaban y peleaban como lo hacían sus padres. No sabía nada sobre el viajante de comercio que le había prometido a su madre luces brillantes y mejores vestidos. Simplemente se le dijo que ella «se había ido».
    El pequeño se limitó a aceptar el hecho de que ahora su padre estaba en casa cada noche, cuidando de él en vez de ir a tomarse unas cuantas cervezas después del trabajo o contemplando con expresión lúgubre una pantalla de televisor que no se veía demasiado bien. Hasta que hubo entrado en la adolescencia Calvin no se enteró de que su madre, abandonada a su vez por el viajante de comercio, había intentado regresar a casa, pero había sido rechazada por su enfurecido y amargado esposo.
    Cuando Calvin tenía siete años, a su padre se le ocurrió una idea para resolver el problema que representaba el hecho de combinar la atención de un hogar con la necesidad de desplazarse para buscar trabajo. Dejaron el piso en un edificio sin ascensor de Newark donde habían vivido y adquirieron una caravana de segunda mano. Durante diez años, aquel vehículo pasó a ser la juventud de Calvin.
    El padre fue pasando de un trabajo a otro, viviendo en la caravana y con aquel chico un poco zarrapastroso que asistía a cualquier escuela local que estuviera dispuesta a aceptarlo entre sus alumnos. Era la época de Elvis Presley, Del Shannon, Roy Orbison y los Beatles, que habían venido de un país del cual Calvin nunca había oído hablar. Era la época de Kennedy, la guerra fría y Vietnam.
    Los trabajos venían y se terminaban. Calvin y su padre fueron por las ciudades del norte: East Orange, Union y Elizabeth; luego pasaron a trabajar en los alrededores de New Brunswick y Trenton. Durante un tiempo estuvieron viviendo en los Pine Barrens, donde Dexter padre era capataz de un pequeño proyecto de construcción. Posteriormente se fueron al sur, hacia Atlantic City. Entre las edades de ocho y dieciséis años, Cal asistió a nueve escuelas secundarias, una por año. La educación académica que llegó a recibir durante ese período hubiera cabido en un sello de correos.
    Pero sí que llegó a recibir una instrucción en otras materias, como la calle y las peleas. Como su madre, la que se había ido de casa, Calvin nunca creció demasiado y terminó midiendo un metro setenta y dos centímetros. Tampoco era corpulento y musculoso como su padre, pero su esbelto cuerpo encerraba una resistencia temible y sus puños tenían un impacto devastador. En una ocasión desafió al luchador de una feria ambulante, lo dejó sin sentido de un solo puñetazo y se llevó los veinte dólares que daban de premio.
    Entonces un hombre que olía a brillantina barata fue hacia su padre y le propuso que el chico acudiese a su gimnasio para hacerle boxeador; lo que hicieron los Dexter fue trasladarse a una nueva ciudad y un nuevo trabajo.
    Ni pensar en disponer de algo de dinero para las vacaciones, por lo que cuando se terminaba la escuela el chico simplemente iba a la obra con su padre. Allí preparaba café, se encargaba de los recados y hacía algún que otro trabajillo ocasional. Uno de aquellos recados lo puso en contacto con un hombre que llevaba unas gafas de sol de cristales verdosos que le explicó que tenía disponible un trabajo para las vacaciones; consistía en llevar sobres a distintas direcciones desperdigadas por todo Atlantic City sin decirle nada a nadie. Así fue como durante las vacaciones de verano del año 1965 Calvin pasó a convertirse en mensajero de un corredor de apuestas.
    Un chico inteligente puede seguir observando incluso desde lo más bajo de la pirámide social. Cal Dexter podía entrar sin pagar en el cine local y maravillarse ante el glamour de Hollywood, las enormes panorámicas del salvaje Oeste, el dorado esplendor de los musicales de la pantalla grande y las delirantes payasadas de las comedias de Dean Martin y Jerry Lewis.
    Todavía podía ver en los anuncios de la televisión elegantes apartamentos donde había cocinas de acero inoxidable y familias sonrientes en las que los padres parecían quererse el uno al otro. También podía contemplar las relucientes limusinas y los coches deportivos que se exhibían en las vallas publicitarias a la vera de las autopistas.
    Calvin no tenía nada contra los hombres que trabajaban en las obras. Eran bastante groseros y hoscos, pero se mostraban amables con él, o por lo menos la mayoría de ellos lo eran. En la obra, él también llevaba casco de seguridad, y todo el mundo daba por hecho que cuando terminara la escuela seguiría los pasos de su padre en el oficio. Pero Calvin tenía otras ideas. Fuera cual fuese la vida que llegase a tener, se había jurado a sí mismo que estaría muy lejos del estruendo del martillo pilón y del polvo asfixiante de las mezcladoras de cemento.
    Entonces fue cuando reparó en que no tenía absolutamente nada que ofrecer a cambio de esa vida mejor, más cómoda, más adinerada. Pensó en dedicarse a las películas, pero Calvin daba por sentado que todas las estrellas masculinas del cine eran hombres altos como torres, sin saber que la mayoría de ellos están bastante por debajo del metro con setenta centímetros. Si se le ocurrió pensar en aquello, fue únicamente porque una camarera le dijo que se parecía un poco a James Dean; pero como los obreros de la construcción se rieron a carcajadas, dejó correr la idea.
    El deporte y el atletismo podían sacar a un chico de la calle y allanarle el camino que llevaba a la fama y la fortuna, pero Calvin había pasado tan deprisa por todas sus escuelas que nunca había tenido una oportunidad de formar parte. de ningún equipo escolar. Cualquier cosa que exigiese una educación académica, y eso sin contar con tener determinadas calificaciones, estaba descartada. Aquello dejaba disponibles empleos poco especializados: servir mesas, hacer de botones, llenarse de grasa en un garaje, conducir una camioneta de reparto. La lista era interminable, pero, vistas las perspectivas que ofrecían la mayor parte de aquellos empleos, en realidad daría igual que se quedara en la construcción. La mera brutalidad y el peligro del trabajo hacían que estuviera bastante mejor pagado que la mayoría de ocupaciones disponibles.
    También estaba el delito, naturalmente. Nadie que hubiera crecido en los muelles o en los proyectos de construcción de New Jersey podía ignorar que el crimen organizado, el formar parte de una pandilla, podía terminar llevando a una vida salpicada de grandes apartamentos, coches veloces y mujeres fáciles. Se decía que el delito casi nunca terminaba llevándote a la cárcel. Calvin no era italoamericano, lo cual le impedía llegar a ser miembro de pleno derecho de la aristocracia mafiosa, pero lo cierto era que algunos anglosajones también habían conseguido subir bastante arriba dentro de ella.
    Dejó la escuela a los diecisiete años y al día siguiente empezó a trabajar en la nueva obra de su padre, un complejo de viviendas públicas que iban a ser construidas en las afueras de Princeton. Un mes después, el conductor de la excavadora se puso enfermo. No había ningún sustituto. Se trataba de un trabajo que requería ciertas habilidades. Cal echó un vistazo al interior de la cabina de la excavadora y le pareció entender todo lo que veía.
    —Yo podría manejarla —dijo.
    El capataz no parecía muy convencido; iría en contra de todas las normas. Bastaría con que a un inspector de trabajo se le ocurriera pasar por allí y su empleo sería historia. Por otra parte, en aquel momento toda la cuadrilla tenía que quedarse cruzada de brazos porque necesitaba que les fueran cambiando de sitio montañas de tierra.
    —Ahí dentro hay un montón de palancas.
    —Confíe en mí —dijo el chico.
    Calvin necesitó unos veinte minutos para averiguar qué palanca se encargaba de cada función. Empezó a mover la tierra. Aquello significaba una bonificación, pero seguía sin ser una auténtica carrera profesional.
    En enero de 1968, Calvin cumplió dieciocho años y el Vietcong lanzó la ofensiva del Tet. Calvin estaba viendo la televisión en un bar de Princeton. Después de las noticias vinieron varios anuncios y un breve documental del ejército. En él se mencionaba que, si se estaba en buena forma física, entonces el ejército proporcionaría una educación. Al día siguiente, Calvin entró en la delegación que el ejército estadounidense tenía abierta en Princeton City y dijo:
    —Quiero alistarme.
    En aquella época cualquier joven de Estados Unidos, si no alegaba alguna circunstancia bastante insólita o recurría al exilio voluntario, terminaba pasando por el servicio militar obligatorio en cuanto cumplía los dieciocho años. El deseo de prácticamente todos los adolescentes, y del doble de padres, era escapar de ello. El sargento mayor sentado detrás del escritorio extendió la mano para recibir la tarjeta de reclutamiento.
    —No tengo tarjeta —dijo Cal Dexter—. Me estoy ofreciendo voluntario.
    Eso bastó para que le prestaran toda su atención.
    El sargento mayor cogió un impreso, manteniendo el contacto ocular igual que hace una comadreja cuando no quiere que se le escape el conejo.
    —Bueno, chico, eso está muy bien. Es una decisión muy inteligente por tu parte. ¿Aceptarías un consejo de un viejo veterano?
    —Claro.
    —Elige tres años de servicio en vez de los dos obligatorios. Así tienes una buena posibilidad de conseguir destinos mejores y ampliar tus posibilidades profesionales. —Se inclinó hacia delante como quien está compartiendo un secreto de Estado—. Con tres años, incluso podrías evitar tener que ir a Vietnam.
    —Pero es que yo quiero ir a Vietnam —dijo el chico de los tejanos sucios.
    El sargento mayor se lo pensó un poco antes de responder. —Está bien —dijo finalmente, hablando muy despacio. Hubiese podido decir que allá cada cual con sus gustos, pero lo que dijo fue—:Levanta la mano derecha...
    Treinta y tres años después de aquello, el antiguo obrero de la construcción pasó cuatro naranjas por el exprimidor, volvió a frotarse con la toalla la cabeza mojada, y se llevó el montón de periódicos a la sala junto con el zumo de naranja.
    Estaba el periódico local, otro de Washington y uno de Nueva York, y, dentro de un envoltorio, una revista técnica. Esa fue la primera que abrió.
    Lo mejor de la aviación no es una revista de gran circulación, y en Pennington solo podía obtenerse por correo. Lo mejor de la aviación va dirigida a aquellos que sienten una auténtica pasión por los aeroplanos clásicos y de la Segunda Guerra Mundial. El corredor pasó rápidamente a la sección de anuncios clasificados y estudió el apartado de demandas. Entonces se quedó inmóvil, con el zumo a medio camino de la boca; dejó el vaso y volvió a leer el anuncio. Decía así:
    «VENGADOR. Buscado. Oferta seria. No hay límite de precio. Se ruega telefonear».
    No había ningún torpedero en picado Grumman Vengador de la guerra del Pacífico que estuviera esperando ser comprado. Todos los aviones de ese modelo estaban expuestos en los museos.
    Alguien había descubierto el código de contacto. Había un número. Tenía que corresponder a un móvil.
    La fecha era el 13 de mayo de 2001.


    2

    La Víctima

    Ricky Colenso no había nacido para morir a la edad de veinte años dentro de un pozo negro en Bosnia. Las cosas nunca deberían haber terminado de aquella manera. Colenso había nacido para licenciarse en una universidad y vivir su vida en Estados Unidos, con una esposa e hijos y una probabilidad bastante decente de dedicarse a disfrutar de la vida, la libertad y la felicidad. Todo terminó torciéndose porque tenía demasiado buen corazón.
    En 1970 un joven y brillante matemático llamado Adrian Colenso consiguió hacerse con la plaza de profesor de matemáticas en la Universidad de Georgetown, justo al lado de Washington. Adrian Colenso tenía veinticinco años, que lo hacían notablemente joven para el puesto.
    Tres años después, Adrian Colenso dio un seminario de verano en Toronto, Canadá. Entre las personas que asistieron a dicho seminario, aun cuando entendiese muy poco de lo que estaba diciendo quien lo impartía, había una estudiante asombrosamente guapa llamada Annie Edmond. Se quedó prendada del profesor y organizó una cita a ciegas a través de unas amistades.
    Adrian Colenso nunca había oído hablar del padre de ella, lo cual la asombró tanto como deleitó. Annie ya había sido perseguida por media docena de cazadores de fortunas. En el coche que los llevó de vuelta al hotel Annie descubrió que aparte de tener un impresionante dominio del cálculo infinitesimal, el profesor también besaba francamente bien.
    Una semana después, Colenso regresó a Washington en avión. La señorita Edmond no era la clase de joven que se da por vencida a las primeras de cambio. Dejó su trabajo, obtuvo una sinecura en el consulado canadiense, alquiló un apartamento justo al lado de la avenida Wisconsin y llegó allí con diez maletas. Dos meses después se casaron. La boda se redujo a una discreta ceremonia celebrada en Windsor, Ontario, y la pareja pasó la luna de miel en Cancel Bay, en las islas Vírgenes estadounidenses.
    Como regalo, el padre de la novia le compró a la pareja una gran casa de campo en Foxhall Road, muy cerca de Nebraska Avenue, situada en una de las áreas de aire más rústico y, debido a ello, más buscada de todo Georgetown. La casa se alzaba en media hectárea de terreno boscoso y tenía piscina y pista de tenis. La asignación de la novia cubriría su mantenimiento y el salario del novio se encargaría del resto. El matrimonio se instaló en una existencia doméstica llena de amor.
    El pequeño Richard Eric Steven nació en abril de 1975; pronto fue apodado Ricky.
    Creció, como millones de otros niños de Estados Unidos, en la seguridad y el cariño de la casa de sus padres, haciendo todas las cosas que hacen los chicos, pasando mucho tiempo en los campamentos de verano, descubriendo y explorando las emociones de las chicas y los coches deportivos, preocupándose por los títulos académicos y la proximidad de los exámenes.
    Ricky no era ni brillante como su padre, ni tonto. Había heredado la maliciosa sonrisa de su padre y el atractivo de su madre. Quienes lo conocían lo consideraban un chico encantador. Si alguien le pedía ayuda, Ricky hacía todo lo posible por ayudar. Pero nunca hubiese debido ir a Bosnia.
    Se graduó de la secundaria en 1994 y el otoño siguiente fue aceptado en Harvard. Aquel invierno, viendo en la televisión el sadismo de la limpieza étnica y sus consecuencias -el sufrimiento de los refugiados, los programas de ayuda- en un lugar muy lejano llamado Bosnia, Ricky decidió que quería ayudar de algún modo. Su madre le rogó que se quedara en Estados Unidos, diciéndole que si quería ejercitar su conciencia social había muchos programas de ayuda sin necesidad de ir tan lejos. Pero las imágenes de las aldeas destruidas, los huérfanos que lloraban y los ojos llenos de desesperación de los refugiados habían afectado profundamente a Ricky; tenía que ser Bosnia.
    Unas cuantas llamadas telefónicas de su padre le hicieron saber que el responsable de la ayuda era el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, que tenía una gran delegación en Nueva York. Ricky suplicó que le permitieran unirse a ellos al menos durante el verano, y fue a Nueva York para informarse acerca del procedimiento de inscripción.
    A principios de la primavera de 1995, los tres años de guerra en Yugoslavia habían destruido la federación y sembrado la destrucción en la República de Bosnia-Herzegovina. El ACNUR estaba operando allí a gran escala, con unos efectivos de alrededor de cuatrocientos «internacionales» y varios miles de cooperantes reclutados en la zona. El dispositivo lo dirigía un antiguo soldado británico, el barbudo y siempre enérgico Larry Hollingworth, al que Ricky había visto en televisión. El muchacho quería unirse a ellos y ayudar de alguna manera.
    La delegación de Nueva York se mostró tan amable como poco entusiasmada. Las ofertas de aficionados les llegaban a carretadas, y las visitas personales ascendían a varias docenas al día. Aquello era las Naciones Unidas; había procedimientos, seis meses de burocracia, se tenían que rellenar suficientes impresos como para romper los amortiguadores a una camioneta, y, dado que Ricky tenía que estar en Harvard cuando llegara el otoño, probablemente al final encontraría una negativa.
    El abatido joven estaba bajando en el ascensor al inicio de la hora del almuerzo cuando una secretaria de mediana edad le dirigió una amable sonrisa.
    —Si realmente quieres ayudar allí, tendrás que ir directamente a la oficina regional de Zagreb —le dijo—. Ellos aceptan a la gente de la zona. Los que se encuentran sobre el terreno no están tan pendientes de los trámites.
    Croacia había formado parte de la Yugoslavia en proceso de desintegración, pero había conseguido la independencia. Ahora constituía un Estado, y muchas organizaciones habían aprovechado la seguridad que ofrecía su capital, Zagreb, para establecerse en ella. Una de esas organizaciones era el ACNUR.
    Ricky mantuvo una larga conversación telefónica con sus padres, consiguió que estos terminaran otorgándole su permiso de bastante mala gana e hizo el vuelo Nueva York-Viena-Zagreb.
    Pero la respuesta siguió siendo la misma: había que rellenar un montón de impresos; en realidad, buscaban compromisos a largo plazo. Los aficionados que iban allí a pasar el verano suponían muchísima responsabilidad y no hacían ninguna aportación seria.
    —Lo que deberías hacer es probar suerte con alguna ONG —sugirió el controlador regional, queriendo echarle una mano—. Se reúnen en la cafetería, justo aquí al lado.
    El ACNUR podía ser el organismo mundial, pero con él no terminaba la cooperación. Prestar ayuda cuando ha habido algún desastre es toda una actividad económica, y para muchos una profesión. Aparte de las Naciones Unidas y los gobiernos, están las organizaciones no gubernamentales. En aquellos momentos había más de trescientas ONG en Bosnia.
    De entre todas ellas, solo los nombres de alrededor de una docena le habrían sonado al gran público: Shave the Children (británica), Feed the Children (Estados Unidos), Age Concern, War on Want, Médicos sin Fronteras... Todas ellas estaban allí. Algunas se basaban en la religión, otras eran de origen laico, y muchas de las más pequeñas simplemente se habían creado durante la guerra civil bosnia, impulsadas por las imágenes televisivas transmitidas incesantemente a Occidente. En la parte inferior de la escala estaban los camiones solitarios conducidos a través de Europa por un par de robustos mocetones que se habían puesto de acuerdo para hacerlo mientras tomaban una ronda en su bar favorito. El punto de despegue para iniciar el último tramo del recorrido que terminaba llevando al corazón de Bosnia era Zagreb o el puerto adriático de Split.
    Ricky encontró la cafetería, pidió un café y un slivovitz para disipar los efectos del frío viento de marzo que soplaba fuera, y miró alrededor en busca de un posible contacto. Dos horas después, un corpulento barbudo con aspecto de camionero entró en la cafetería. Llevaba una gruesa zamarra de lana y pidió café y un coñac doble con una voz que Ricky situó como procedente de Carolina del Norte o del Sur. Fue hacia el hombretón y se presentó. La suerte le había sonreído.
    John Slack era el organizador y distribuidor de ayuda de una pequeña organización benéfica de Estados Unidos llamada Panes y Peces, surgida recientemente de Camino de Salvación, que en un mundo pecaminoso era el cuartel general del reverendo Billy Jones, evangelista televisivo y salvador de almas (a cambio del donativo apropiado) en la muy hermosa ciudad de Charleston. Slack escuchó a Ricky como haría alguien que ya hubiese oído aquello antes.
    —¿Puedes conducir un camión, muchacho?
    —Sí.
    Aquello no era del todo cierto, pero Ricky suponía que un gran camión sería más o menos igual que una camioneta.
    —¿Sabes leer un mapa?
    —Por supuesto.
    —¿Y quieres ganar un buen sueldo?
    —No. Cuento con una asignación de mi abuelo.
    Un destello burlón brilló en los ojos de John Slack.
    —¿No quieres nada? ¿Solo ayudar?
    —Eso es.
    —De acuerdo, entonces quedas contratado. Yo no opero a gran escala. Voy de un lado para otro y compro alimentos, ropa, mantas, lo que sea, sobre el terreno y principalmente en Austria. Luego lo llevo en camiones a Zagreb, lleno el depósito de combustible y me dirijo hacia Bosnia. Operamos desde Travnik. Ahí abajo hay miles de refugiados.
    —Por mí estupendo —dijo Ricky—. Yo pagaré mis gastos. Slack apuró lo que quedaba de su coñac.
    —Vamos, muchacho —dijo.
    El camión era un Hanomag alemán de diez toneladas, y antes de cruzar la frontera Ricky ya le había cogido el truco. Tardaron diez horas en llegar a Travnik, relevándose al volante. Era medianoche cuando llegaron al recinto que Panes y Peces tenía a las afueras de la ciudad. Slack le entregó unas cuantas mantas a Ricky.
    —Pasa la noche dentro de la cabina —dijo—. Por la mañana te encontraremos un alojamiento.
    El dispositivo de ayuda de Panes y Peces era realmente pequeño. Se componía de un segundo camión, que se disponía a partir hacia el norte a recoger más suministros, conducido por un sueco que hablaba en monosílabos; un pequeño cobertizo rodeado por una verja de alambre metálico para mantener fuera a los saqueadores, y otro cobertizo que llamaban almacén y servía para guardar los alimentos ya descargados pero aún por distribuir; tenia tres cooperantes bosnios reclutados en la zona. Además contaba con dos Toyota Landcruiser nuevos de color negro, que se utilizaban para la distribución de los pequeños cargamentos de ayuda. Slack presentó a Ricky a todo el mundo; por la tarde, el recién llegado ya había encontrado alojamiento en la casa de una viuda bosnia. Para ir y volver de la base compró una bicicleta medio desvencijada con una parte del dinero en efectivo que guardaba dentro de un monedero de cinturón. John Slack reparó en él.
    —¿Te importaría decirme cuánto dinero llevas dentro de ese monedero? —preguntó.
    —He traído mil dólares —respondió Ricky confiadamente—. Solo por si había alguna emergencia.
    —Mierda. No los vayas exhibiendo por ahí o la armarás. Estos tipos pueden quitarte la vida por eso.
    Ricky prometió que sería discreto. Los servicios postales, como no tardó en descubrir, eran inexistentes en la medida en que no existía ningún Estado bosnio; como resultado, no había departamento de correos estatal, y los servicios yugoslavos habían desaparecido. John Slack le dijo que cualquier conductor que fuera a Croacia o a Austria echaba al correo cartas y postales para todo el mundo. Ricky escribió rápidamente una postal que extrajo del paquete que había comprado en el aeropuerto de Viena y la echó al morral. El sueco se lo llevó al norte, y una semana después la señora Colenso recibía la postal.
    Hubo un tiempo en el que Travnik había sido una próspera ciudad-mercado habitada por serbios, croatas y musulmanes bosnios. Su presencia se reflejaba en las iglesias. Había una iglesia católica para los croatas desplazados, una iglesia ortodoxa para los también desplazados serbios y una docena de mezquitas para la mayoría musulmana, los únicos a quienes se suele llamar bosnios.
    Con el estallido de la guerra civil, la comunidad triétnica que había convivido en armonía durante años quedó rota. A medida que un pogromo tras otro recorría el país, la confianza interétnica se evaporaba.
    Los serbios se retiraron al norte de los montes Vlasic, que dominan Travnik, y a través del valle del río Lasva entraron en Banja Luka por el lado opuesto.
    Los croatas también fueron expulsados; la mayoría de ellos se trasladaron unos quince kilómetros carretera abajo hasta llegar a Vitez. De este modo se formaron tres plazas fuertes de una sola etnia, nutridas con refugiados de su grupo étnico.
    En el mundo de los medios de comunicación, los serbios aparecían como impulsores de todos los pogromos, a pesar de que ellos también habían visto cómo comunidades serbias enteras eran aniquiladas cuando vivían en lugares aislados y se encontraban en minoría. La razón era que en la antigua Yugoslavia los serbios habían ejercido el control del ejército; cuando el país estalló en pedazos, se limitaron a hacerse con el 90 por ciento del armamento pesado, lo cual les proporcionó una ventaja insuperable.
    Los croatas, que tampoco se quedaban cruzados de brazos cuando se trataba de aniquilar a las minorías no croatas presentes entre ellos, habían obtenido un reconocimiento irresponsablemente prematuro por parte del canciller alemán Kohl; a partir de ese momento pudieron comprar armas en el mercado mundial. Los bosnios se hallaban básicamente desarmados, y se mantuvieron así siguiendo los consejos de los políticos europeos. Como resultado, fueron los que padecieron más brutalidades. A finales de la primavera de 1995 Estados Unidos, horrorizado y harto de estarse quieto sin hacer nada, utilizó su poderío militar para dar una buena tunda a los serbios y obligar a todas las partes a sentarse a una mesa de negociaciones en Dayton, Ohio. Los acuerdos de Dayton fueron llevados a la práctica ese mes de noviembre. Ricky Colenso no llegaría a verlo.
    Cuando Ricky llegó a Travnik, la población ya había encajado un montón de obuses disparados desde posiciones serbias desperdigadas por las montañas. La mayoría de los edificios estaban envueltos en sudarios de tablas que se apoyaban contra las paredes. Si eran alcanzadas por un «inmigrante» las tablas quedaban convertidas en madera para fósforos, pero al menos salvaban la casa que había dentro. La mayor parte de los vidrios de las ventanas estaban rotos y habían sido sustituidos con plásticos. Por el momento, la mezquita principal, pintada de vivos colores, se había librado inexplicablemente de un impacto directo. Los dos edificios de mayores dimensiones de la ciudad, el gymnasium (la escuela secundaria) y la en otro tiempo famosa Escuela de Música, estaban llenos de refugiados.
    Sin poder acceder a los campos de los alrededores y careciendo por ello de acceso a sus cosechas, los refugiados, que ascendían el triple de la población original, dependían de las agencias de ayuda para sobrevivir. Ahí era donde entraba en juego Panes y Peces, junto con una docena más de pequeñas ONG presentes en Travnik.
    Los dos Landcruiser podían ser cargados hasta los topes con doscientos veinticinco kilos de ayuda humanitaria, y aun así llegar a las distintas aldeas y pueblecitos donde la necesidad era todavía mayor que en el centro de Travnik. Ricky accedió de buena gana a hacerse cargo del transporte de alimentos por los caminos de montaña que conducían hacia el sur.
    Cuatro meses después de estar sentado en Georgetown, viendo en la pantalla del televisor las imágenes de miseria humana que lo habían llevado hasta allí, Ricky era feliz. Estaba haciendo lo que había ido a hacer. Se sentía conmovido por la gratitud de los campesinos de rostros nudosos y sus niños morenos de ojos como platos, que acudían al centro de una aldea aislada, en la que hacía una semana que no comían, para verlo descargar sacos de trigo, maíz, leche en polvo y sopa concentrada.
    Ricky creía que así estaba devolviendo de alguna manera todos los beneficios y comodidades que un Dios benévolo, en el cual creía firmemente, le había otorgado en el momento de su nacimiento por el simple hecho de haberlo creado estadounidense.
    No hablaba ni una palabra de serbocroata, la lengua común de toda Yugoslavia, ni el dialecto bosnio. No tenía ni idea de la geografía local, de adónde llevaban los caminos de montaña, de qué lugares eran seguros y cuáles podían ser peligrosos.
    John Slack lo emparejó con uno de los cooperantes bosnios, un joven llamado Fadil Sulejman, que hablaba razonablemente bien el inglés aprendido en la escuela y que a partir de aquel momento pasó a actuar como su guía, intérprete y navegante.
    A lo largo de abril y durante la primera quincena de mayo, Ricky envió cada semana una carta o una postal a sus padres, y con mayores o menores retrasos, dependiendo de quién iba a ir al norte para comprar suministros, sus cartas y sus postales llegaron a Georgetown luciendo sellos croatas o austríacos.
    Fue en la segunda semana de mayo cuando Ricky se encontró solo y a cargo de la totalidad del depósito. El motor del camión del sueco Lars había sufrido una grave avería en una solitaria carretera de montaña en Croacia, al norte de la frontera pero a escasa distancia de Zagreb. John Slack había cogido uno de los Landcruiser para echarle una mano y poner de nuevo en servicio el vehículo.
    Entonces fue cuando Fadil Sulejman le pidió un favor a Ricky. Como miles de las personas que había en Travnik, Fadil se había visto obligado a huir de su casa cuando la marea de la guerra empezó a avanzar hacia ella. Le explicó a Ricky que el hogar de su familia había estado en una granja, o pequeña propiedad, en un valle situado en lo alto de las laderas de los montes Vlasic. Ahora necesitaba desesperadamente saber si quedaba algo de él. ¿Le habrían prendido fuego o se habría salvado? ¿Todavía estaría en pie? Cuando empezó la guerra, su padre había enterrado algunos tesoros familiares debajo de un granero. ¿Seguirían aún allí? En una palabra, ¿podía ir Fadil a visitar el hogar de sus padres por primera vez en tres años?
    Ricky le dijo a Fadil que podía tomarse todo el tiempo libre que necesitara para ir allí, pero el verdadero problema no era ese. Solo un vehículo todoterreno podría avanzar por los caminos de montaña, resbaladizos a causa de las lluvias primaverales. Aquello significaba usar el Landcruiser.
    Ricky se encontró ante un dilema. Quería ayudar, y estaba dispuesto a pagar la gasolina, pero ¿era realmente segura la montaña? En el pasado las patrullas serbias se habían dedicado a recorrerla y emplazar su artillería para bombardear Travnik, situado debajo.
    De aquello ya hacía un año, insistió Fadil. Ahora las laderas del sur, donde estaba la granja de sus padres, eran totalmente seguras. Ricky titubeó y finalmente, conmovido por las súplicas de Fadil y preguntándose qué se debía de sentir cuando se pierde el hogar, accedió. Con una condición: él también iría.
    De hecho, con el sol de primavera el trayecto resultaba muy agradable. Dejaron la ciudad a sus espaldas y subieron unos quince kilómetros por la carretera principal que llevaba a Donji Vakuf antes de torcer hacia la derecha.
    La carretera no dejaba de ascender, además de deteriorarse hasta convertirse en un sendero, también ascendente. Por todas partes los rodeaban fresnos, hayas y robles que lucían su follaje primaveral. Era, pensó Ricky, casi como estar en la parte del Shenandoah donde había acampado en una ocasión con un grupo de la escuela. Empezaron a derrapar en las curvas, y Ricky admitió que nunca hubiesen conseguido avanzar sin la tracción en las cuatro ruedas.
    Los robles cedían paso a las coníferas, y a los mil quinientos metros de altitud entraron en un valle que, invisible desde el camino que discurría muy por debajo de él, parecía una especie de refugio secreto. En el corazón del valle encontraron la granja. Su chimenea de piedra había sobrevivido, pero el resto había sido incendiado y saqueado. Varios graneros deteriorados por el tiempo, a los cuales no habían prendido fuego, se alzaban entre las viejas cercas para el ganado. Ricky miró la cara de Fadil y dijo:
    —No sabes cómo lo siento.
    Bajaron del todoterreno junto a la ennegrecida chimenea; Ricky esperó mientras Fadil caminaba a través de las cenizas húmedas, dando patadas aquí y allá a lo que quedaba del lugar en que se había criado. Ricky lo siguió y pasó junto al aprisco del ganado y el pozo negro, rebosante de su nauseabundo contenido engrosado por las lluvias, para ir a los graneros en los que el padre de Fadil podía haber escondido los tesoros de la familia con el fin de salvarlos de los merodeadores. Entonces oyeron agitación y gimoteos.
    Los dos hombres los encontraron debajo de una lona empapada y maloliente. Había seis niños, diminutos, encogidos y aterrorizados, con edades que iban desde los cuatro años hasta los diez. Eran cuatro niños y dos niñas, la mayor de las cuales era aparentemente la madre sustituta y jefa del grupo. En cuanto vieron a los dos hombres que los miraban, se quedaron paralizados de miedo. Fadil empezó a hablarles suavemente. Pasado un rato, la chica le contestó.
    —Son de Gorica, un pueblecito que queda a unos siete kilómetros de aquí siguiendo la ladera de la montaña —tradujo Fadil—. Gorica quiere decir «pequeña colina». Yo lo conocía.
    —¿Qué ocurrió?
    Fadil habló un poco más en el dialecto local. La chica volvió a responder, y luego se echó a llorar.
    —Vinieron hombres. Serbios, paramilitares.
    —¿Cuándo?
    —Anoche.
    —¿Y qué sucedió?
    Fadil suspiró.
    —Era un pueblecito muy pequeño —dijo—. Cuatro familias, veinte adultos, puede que unos doce niños... Ahora ya no queda nadie, porque todos están muertos. En cuanto empezó el combate, sus padres les gritaron que huyeran. Escaparon en la oscuridad.
    —¿Huérfanos? ¿Todos ellos?
    —Todos ellos.
    —Santo Dios, menudo país... Tenemos que meterlos en el todoterreno y bajarlos al valle —dijo el muchacho que había venido de Estados Unidos.
    Sacaron a los niños, cada uno cogido de la mano del otro mayor que él para formar una cadena, del granero, a la intensa claridad del sol. Los pájaros cantaban. Era un valle muy hermoso.
    Entonces vieron a los hombres donde empezaban los árboles. Había diez en dos jeeps GAZ rusos con camuflaje del ejército. Los hombres también llevaban uniformes de camuflaje. Iban fuertemente armados.
    Tres semanas más tarde, después de limpiar y sacar brillo al buzón de correos, enfrentándose a otro día más sin ninguna postal, la señora Annie Colenso marcó un número de teléfono de Windsor, Ontario. Respondieron al segundo timbrazo y Annie reconoció la voz de la secretaria privada de su padre.
    —Hola, Jean. Soy Annie. ¿Está ahí mi padre?
    —Desde luego, señora Colenso. Ahora mismo le pongo con él.
    3
    El Magnate
    Había diez jóvenes pilotos dentro del cobertizo de la escuadrilla A, y otros ocho en la puerta contigua, que correspondía a la escuadrilla B. En el exterior, dos o tres Hurricane se alineaban inmóviles sobre el reluciente verdor de la hierba del aeródromo, con ese inconfundible aspecto de hallarse al acecho que les daba la protuberancia del fuselaje detrás de la carlinga. No eran nuevos: sus remiendos de tela revelaban cicatrices de combate sobre Francia durante la quincena anterior.
    El estado de ánimo que imperaba dentro de los cobertizos no podía ofrecer un contraste más marcado con el cálido sol veraniego del 25 de junio de 1940 que lucía sobre el campo de Coltishall, Norfolk, Inglaterra. El estado de ánimo que imperaba entre los hombres del escuadrón 242 de la Real Fuerza Aérea, conocido como «el escuadrón canadiense», nunca había sido más tenebroso, y lo cierto era que existía una buena razón para ello.
    El 242 llevaba combatiendo casi desde que se había disparado el primer tiro en el frente occidental. Aunque perdida de antemano, habían librado la batalla por Francia desde la frontera oriental hasta la costa del Canal. Mientras la gran máquina de la guerra relámpago de Hitler seguía avanzando y dejaba a un lado al ejército francés, los pilotos que trataban de detener el torrente se encontraban con que sus bases habían sido evacuadas y trasladadas un poco más hacia atrás cuando ellos todavía estaban en el aire. Tenían que buscar desesperadamente la comida, los alojamientos, los repuestos y el combustible. Cualquiera que haya formado parte en alguna ocasión de un ejército que está batiéndose en retirada sabrá que la palabra que lo define todo en semejantes situaciones es «caos».
    Cruzando de nuevo el canal desde Inglaterra, habían librado la segunda batalla, entonces sobre las arenas de Dunquerque, mientras debajo de ellos el ejército británico intentaba salvar lo que podía de la desbandada abordando cualquier cosa que flotara para regresar remando a Inglaterra, cuyos blancos acantilados eran tentadoramente visibles a través de la llanura del mar en calma.
    Para cuando el último Tommy de la infantería inglesa hubo sido evacuado de aquella horrible playa y los últimos defensores del perímetro pasaron a ser cautivos de los alemanes durante cinco años, los canadienses estaban exhaustos. Habían sufrido un terrible castigo: nueve muertos y tres heridos, más otros tres derribados y hechos prisioneros.
    Tres semanas después todavía se encontraban atrapados en Coltishall, sin disponer de repuestos o herramientas para sustituir a los que abandonaron en Francia. Su jefe, el comandante de escuadrón Papá Gobiel, estaba enfermo desde hacía semanas, y ya no volvería a mandarlos. Aun así, los británicos les habían prometido un nuevo comandante, que esperaban en cualquier momento.
    Un pequeño deportivo con la capota bajada apareció de entre los hangares y se detuvo cerca de los dos cobertizos de madera que alojaban a las tripulaciones. Un hombre se apeó de él, moviéndose con cierta dificultad. Nadie fue a darle la bienvenida. El hombre se dirigió hacia el cobertizo de la escuadrilla A caminando con una especie de torpe cojera. Unos minutos después ya había salido de allí e iba hacia el cobertizo de la escuadrilla B. Los pilotos canadienses lo observaban a través de las ventanas, perplejos ante aquella manera de andar, con los pies tan separados que le obligaban a bambolearse de uno a otro lado. La puerta se abrió y el hombre apareció en el hueco. Sus hombreras mostraban las insignias de jefe de escuadrón. Nadie se levantó.
    —¿Quién está al mando aquí? —preguntó el hombre con voz malhumorada.
    Un robusto canadiense se puso en pie, a un par de metros del sitio donde Steve Edmond estaba repantigado en una silla y observaba al recién llegado a través de una neblina azulada.
    —Supongo que yo —dijo Stan Turner.
    Eran los primeros tiempos. Stan Turner ya tenía dos derribos confirmados en su historial, aunque seguiría derribando aparatos enemigos hasta hacerse con un total de catorce presas y un puñado de medallas.
    El oficial británico de los furibundos ojos azules giró sobre sus talones y se dirigió con paso tambaleante hacia un Hurricane estacionado. Los canadienses fueron saliendo de sus cobertizos para observar.
    —No me puedo creer lo que estoy viendo —le murmuró Johnny Latta a Steve Edmond—. Los muy bastardos nos han enviado a un comandante que no tiene piernas.
    Era cierto. El recién llegado iba de un lado a otro balanceándose sobre un par de prótesis. Se izó a la carlinga del Hurricane, puso en funcionamiento el motor Rolls-Royce Merlin con un par de rápidos ademanes, enfiló el aparato hacia el viento y despegó. Durante media hora estuvo haciendo que el caza ejecutara todas las maniobras de acrobacia aérea que figuraban en el manual y unas cuantas que todavía no habían llegado a ser incluidas en él.
    Era muy bueno en el aire, en parte debido a que había sido todo un as de la acrobacia aérea antes de perder las piernas cuando su avión se estrelló mucho antes de la guerra y en parte por el mero hecho de no tener piernas. Cuando un piloto de caza ejecuta un viraje muy cerrado o sale de un picado, maniobras que son realmente vitales en el combate aéreo, imprime intensas fuerzas gravitatorias a su propio cuerpo. El principal efecto es que la sangre abandona súbitamente la parte superior del cuerpo y se produce una pérdida del conocimiento. Como aquel piloto no tenía piernas, la sangre se quedaba en la mitad superior del cuerpo, cerca del cerebro. Los hombres de su escuadrón no tardarían en descubrir que su comandante podía ejecutar virajes bastante más cerrados que ellos. Finalmente el recién llegado hizo que el Hurricane tomara tierra, bajó de la carlinga y fue con sus andares bamboleantes hacia los silenciosos canadienses.
    —Me llamo Douglas Bader —les dijo—, y vamos a ser el mejor maldito escuadrón de toda la maldita Fuerza Aérea.
    Bader hizo honor a su palabra. Con la batalla de Francia ya perdida y la batalla de las playas de Dunquerque muy cerca de terminar en una horrible catástrofe, la gran prueba estaba a punto de llegar: Goering, el jefe de las fuerzas aéreas de Hitler, le había prometido a éste el dominio del cielo para facilitar el éxito de la invasión de Inglaterra. La batalla de Inglaterra fue la contienda por aquellos cielos. Cuando esta hubo terminado, los canadienses del 242 -siempre bajo las órdenes en combate de aquel comandante sin piernas- ya habían llegado a establecer la mejor relación entre derribos enemigos y pérdidas propias de todo su bando.
    A finales de otoño, la Luftwaffe alemana ya había tenido más que suficiente y se retiró a Francia. Hitler descargó su ira sobre Goering y volvió a dirigir su atención hacia el este y Rusia.
    En las tres batallas, Francia, Dunquerque e Inglaterra, que se sucedieron a lo largo de solo seis meses del verano de 1940, los canadienses habían acumulado ochenta y ocho derribos enemigos confirmados, sesenta y siete de ellos en la batalla de Inglaterra. Pero habían perdido a diecisiete pilotos, los MEA (muertos en acción); salvo tres, eran francocanadienses.
    Cincuenta y cinco años después, Steve Edmond se levantó del escritorio de su despacho y volvió a acercarse, como había hecho tantas veces a lo largo de los años, a la fotografía que colgaba de la pared; no mostraba a todos los hombres con los cuales había llegado a volar, ya que algunos habían muerto antes de que les enviaran a otros para cubrir sus bajas. Pero mostraba a los diecisiete canadienses en Duxford, durante un cálido día despejado de finales de agosto durante el momento culminante de la batalla.
    Casi todos se habían ido. La mayoría habían muerto en acción durante la guerra. Las caras de unos muchachos de entre diecinueve y veintidós años contemplaban el mundo desde la foto, animadas, expectantes y llenas de vitalidad, en el umbral de la vida y, aun así, en su mayoría destinadas a no verlo nunca.
    El anciano examinó la foto con más detalle. Benzie, que había sido su compañero de ala, había muerto derribado sobre el estuario del Támesis el 7 de septiembre, dos semanas después de que se hubiera tomado la foto. Solanders, que había venido de Terranova, había muerto al día siguiente.
    Johnny Latta y Willie McKnight, que posaban el uno al lado del otro, morirían en enero de 1941 cuando volaban juntos sobre algún lugar del golfo de Vizcaya.
    —Fuiste el mejor de todos nosotros, Willie —murmuró el anciano.
    McKnight había sido el primer as y doble as; tenía un don natural para el combate aéreo; llevaba nueve derribos confirmados en sus primeros diecisiete días de combate y un total de veintiuna victorias aéreas cuando murió, diez meses después de su primera misión, con solo veintiún años de edad.
    Steve Edmond había sobrevivido y llegado a ser considerablemente anciano y extremadamente rico, sin duda el mayor magnate minero de Ontario. Pero a lo largo de los años siempre había mantenido en su pared aquella foto, tanto cuando vivía en una cabaña con un zapapico por única compañía como cuando ganó su primer millón de dólares, y cuando (especialmente entonces) la revista Forbes lo declaró multimillonario.
    Había conservado la foto para que le recordara la terrible fragilidad de esa cosa a la cual llamamos vida. Cuando volvía la vista hacia el pasado, Steve Edmond se preguntaba cómo había sobrevivido. Fue derribado por primera vez y, hallándose en el hospital, el escuadrón 242 partió hacia Extremo Oriente en diciembre de 1941. Cuando volvió a estar en condiciones de prestar servicio, lo enviaron al Mando de Adiestramiento.
    No podía soportar tanta inactividad y bombardeó a las máximas autoridades con peticiones para que le permitieran volar de nuevo en misiones de combate; su deseo le fue concedido a tiempo para participar en el desembarco de Normandía pilotando el nuevo cazabombardero Typhoon de ataque en superficie, muy rápido y con gran potencia de fuego, que era un temible destructor de tanques.
    La segunda vez que lo derribaron fue cerca de Remagen, mientras los efectivos estadounidenses se estaban abriendo paso a través del Rin. Edmond formaba parte de la docena de cazabombarderos Typhoon británicos que se encargaban de proporcionar cobertura durante el avance. El impacto directo en el motor solo le dio unos cuantos segundos para ganar altitud, abrir la carlinga y saltar antes de que el avión explotara.
    Edmond saltó desde muy poca altura y el contacto con la tierra fue muy violento; se le rompieron ambas piernas por el impacto. Yació inmóvil sobre la nieve sumido en el estupor que produce el dolor, ligeramente consciente de la proximidad de unos cascos de acero redondos que corrían hacia él y mucho más de que los alemanes sentían un particular aborrecimiento por los Typhoon, así como de que los hombres a los que había estado haciendo saltar por los aires eran de una división panzer de las SS, las cuales no eran famosas precisamente por su tolerancia.
    Una figura que llevaba el rostro cubierto por un pasamontañas se detuvo y bajó la mirada hacia él; una voz dijo: «Vaya, mira qué tenemos aquí». Edmond dejó escapar en un suspiro de alivio todo el aliento que había estado conteniendo hasta aquel momento. Pocos miembros de la élite de Adolf Hitler hablaban el inglés con acento del Mississippi.
    Los estadounidenses lo llevaron de vuelta a través del Rin, aturdido por la morfina, y fue devuelto a Inglaterra a bordo de un avión. Cuando las piernas se le soldaron correctamente, se juzgó que estaba ocupando una cama de la que se tenía necesidad para los recién ingresados que acababan de llegar del frente, por lo que Edmond fue enviado a un centro de convalecencia en la costa del sur, donde pasaría el tiempo cojeando de un lado a otro hasta su repatriación al Canadá.
    A Edmond le gustó Dilbury Manor, una enorme edificación Tudor impregnada de historia, con extensiones de césped que eran como el tapete verde de una mesa de billar y unas cuantas enfermeras bastante guapas. Steve Edmond tenía en aquella primavera veinticinco años y ostentaba el rango de comandante de ala.
    Las habitaciones eran para dos oficiales, pero transcurrió una semana antes de que llegara su compañero de habitación. Era estadounidense, tenía aproximadamente la misma edad que Edmond y no llevaba uniforme. Su brazo y su hombro izquierdos quedaron destrozados durante un tiroteo en el norte de Italia. Aquello significaba operaciones encubiertas detrás de las líneas enemigas a cargo de las Fuerzas Especiales.
    —Hola —dijo el recién llegado—, soy Peter Lucas. ¿Juegas al ajedrez?
    Steve Edmond había salido de los duros campamentos mineros de Ontario y se había alistado en la Real Fuerza Aérea canadiense el año 1938 para escapar al desempleo que azotaba la industria minera cuando el mundo súbitamente no encontró nada en lo que utilizar el níquel. Años después ese metal se encontraba en cada uno de los motores de avión que transportaron por el aire a Edmond. Lucas provenía del cajón más alto de la cómoda social de Nueva Inglaterra, y no le había faltado de nada desde el día de su nacimiento.
    Los dos jóvenes estaban sentados en el césped, separados por una mesa de ajedrez, cuando la radio, en el acento tan retorcidamente sofisticado que empleaban los locutores de la BBC para dar las noticias en aquellos tiempos, anunció a través de la ventana del comedor que el mariscal de campo Von Rundstedt acababa de firmar los instrumentos de rendición incondicional en Luneberg Heath. Era el 8 de mayo de 1945.
    La guerra en Europa había terminado. El estadounidense y el canadiense se quedaron donde estaban y se acordaron de todos aquellos amigos que no volverían a casa; posteriormente ambos recordarían que aquella había sido la última vez que lloraron en público.
    Una semana después se despidieron y regresaron a sus respectivos países. Pero en aquel centro de convalecencia junto a la costa inglesa habían llegado a desarrollar una amistad que perduraría de por vida.
    El Canadá con el que se encontró Steve Edmond cuando volvió a casa era un país distinto. Él también era un hombre distinto, un héroe de guerra condecorado que regresaba a una economía floreciente. Él procedía de la cuenca de Sudbury, y fue a esa cuenca adonde regresó. Su padre había sido minero, y antes lo había sido su abuelo. Los canadienses extraían cobre y níquel en los alrededores de Sudbury desde 1885, y los Edmond habían ejercido aquella actividad durante la mayor parte de ese tiempo.
    Steve Edmond descubrió que la Fuerza Aérea le debía un buen pico de su paga y lo utilizó para ingresar en la universidad, el primero de su familia que lo hacía. Como era natural, escogió disciplinadamente ingeniería de minas y añadió un curso de metalurgia al puchero de sus estudios. Se licenció en ambas materias entre los primeros de su clase en 1948 y enseguida fue contratado por la International Nickel Company (INCO), principal suministradora de empleos en la cuenca de Sudbury.
    Fundada en 1902, la INCO había ayudado a hacer de Canadá el principal proveedor de níquel del mundo; el corazón de la empresa lo constituía el enorme yacimiento que poseía muy cerca de Sudbury, Ontario. Edmond ingresó como administrador de minas en prácticas.
    Edmond hubiese seguido siendo un administrador de minas que vivía en una casa, cómoda pero de lo más corriente, de un suburbio de Sudbury, de no ser por aquella mente inquieta y en continua actividad que siempre le estaba diciendo «tiene que haber algo mejor».
    La universidad le había enseñado que el núcleo básico del níquel, la pentlandita, también contiene otros elementos: platino, paladio, iridio, rutenio, rodio, telurio, selenio, cobalto, plata y oro. Edmond empezó a estudiar los distintos metales de las tierras raras, sus usos y el mercado potencial para ellos.
    Nadie más se molestó en hacerlo, debido a que los porcentajes resultaban tan pequeños que su extracción no salía a cuenta, por lo que siempre terminaban en montones de escoria. Muy pocos sabían qué eran los metales raros.
    Casi todas las grandes fortunas están basadas en tener una idea realmente buena y las agallas necesarias para llevarla a la práctica. Trabajar duro y tener un poco de suerte también ayudan. La idea realmente buena que tuvo Steve Edmond fue meterse en el laboratorio cuando los otros jóvenes administradores de minas estaban consumiendo la cosecha de cebada por el método de bebérsela una vez destilada. Lo que terminó sacando de ello fue el proceso conocido como «lixiviación por presión del ácido».
    Básicamente, el proceso consistía en sacar los diminutos depósitos de metales raros de la escoria, disolviéndolos y acto seguido reconstituyéndolos para convertirlos de nuevo en metal.
    Si Edmond hubiera acudido a la INCO con aquello, le habrían dado una palmadita en la espalda y quizá incluso lo habrían invitado a cenar. En vez de eso lo que hizo fue presentar su dimisión y comprar un billete de tren de tercera clase para Toronto y la Oficina de Patentes.
    Pidió prestado, por supuesto, pero no mucho, porque aquello a lo que él le había echado el ojo no costaba demasiado. Cuando un yacimiento de pentlandita se había agotado, o al menos había sido explotado hasta que resultaba antieconómico continuar trabajando en él, las compañías dejaban tras de sí enormes montones de escoria llamados presas de residuos. Las presas eran la basura y nadie las quería para nada. Steve Edmond sí que las quería, y las compró pagando unos pocos centavos por ellas.
    Fundó Edmond Metals, Ems, conocida en la Bolsa de Toronto simplemente como Emmys, y el precio de las acciones fue subiendo. Edmond nunca llegó a vender la empresa, a pesar de todas las ofertas para hacerlo que se le presentaron, y jamás se embarcó en ninguna de las aventuras que le proponían los bancos y los asesores financieros. De esa manera evitó las falsas subidas, las burbujas financieras y las caídas del mercado. A los cuarenta años Steve Edmond ya era multimillonario y a los sesenta y cinco, en 1985, se había cubierto con el siempre escurridizo manto del milmillonario.
    Él no alardeaba de ello y nunca olvidaba de donde provenía, daba mucho dinero a instituciones benéficas, evitaba a los políticos al mismo tiempo que se mostraba afable con todos ellos, y era conocido como un buen padre de familia.
    A lo largo de los años hubo unos cuantos idiotas que, tomando aquella apacible fachada por la totalidad del hombre, pretendieron engañar, mentir o robar a Steve Edmond. Todas esas personas descubrieron, a menudo demasiado tarde desde su punto de vista, que en el interior de Steve Edmond había tanto acero como en cualquiera de los motores de avión detrás de los que hubiera llegado a sentarse.
    Steve Edmond solo contrajo matrimonio una vez, en 1949, justo antes de su gran descubrimiento. Él y Fay se habían casado por amor y siguieron estando enamorados el uno del otro hasta que una enfermedad de las neuronas motrices se llevó a Fay en 1994. El matrimonio tuvo un bebé, su hija Annie, que nació en 1950.
    En su ancianidad, Steve Edmond mimaba a su hija como había hecho siempre; aprobaba entusiásticamente al profesor Adrian Colenso, el académico de la Universidad de Georgetown con el que había contraído matrimonio su hija a los veintidós años, y estaba loco por su único nieto Ricky, en aquel entonces de veinte años de edad, que estaba pasando una temporada en algún lugar de Europa antes de volver a casa para empezar la universidad. Steve Edmond era casi siempre un hombre satisfecho de la vida, que tenía todos los motivos del mundo para sentirse así, pero había días en los que se encontraba preocupado e irritable. Entonces cruzaba el suelo del despacho de su gran ático muy por encima de la ciudad de Windsor, Ontario, y volvía a contemplar las jóvenes caras de la foto que llegaban hasta él desde hacía mucho tiempo y una gran distancia.
    El interfono sonó y Edmond regresó a su escritorio.
    —Sí, Jean.
    —Tiene en la línea a la señora Colenso desde Virginia.
    —Ah, muy bien. Pásamela. —Edmond se recostó en la silla giratoria acolchada mientras se establecía la conexión—. Hola, cariño. ¿Qué tal estás?
    La sonrisa desapareció del rostro de Edmond mientras escuchaba. Luego su cuerpo fue desplazándose cada vez más hacia delante en su asiento hasta que se encontró apoyado en el escritorio.
    —¿Qué quieres decir con eso de que ha desaparecido...? ¿Has probado a telefonear...? ¿Bosnia? Las líneas no funcionan... Annie, ya sabes que los chicos de hoy en día no escriben... Quizá se ha quedado atascada en el correo de allí... Sí, acepto que él lo prometió firmemente... Está bien, déjalo en mis manos. ¿Para quién estaba trabajando?
    Cogió una pluma y escribió lo que ella le dictó.
    —Panes y Peces. ¿Ese es su nombre? ¿Y dices que es una agencia de ayuda humanitaria? Comida para los refugiados. Muy bien, entonces figurará en los registros oficiales. Tienen que estar inscritos. Déjamelo a mí, querida. Sí, tan pronto como tenga algo. Después de haber colgado, Edmond estuvo reflexionando durante unos momentos y luego llamó a su director general.
    —Entre todos esos tunantes a los que das trabajo, ¿tienes a alguien que sepa hacer investigaciones a través de Internet? —preguntó.
    El director general se quedó atónito.
    —Por supuesto —respondió en cuanto se hubo recuperado de la sorpresa—. Tengo a docenas de ellos.
    —Quiero el nombre y el número de teléfono particular de la persona que está al frente de una organización caritativa estadounidense llamada Panes y Peces... No, solo eso. Y los necesito deprisa.
    Edmond los tuvo en diez minutos. Una hora más tarde colgaba el auricular después de haber mantenido una larga conversación con alguien que estaba en un reluciente edificio de Charleston, Carolina del Sur, el cuartel general de uno de aquellos evangelistas televisivos a los que tanto despreciaba Edmond, aquellos tipos que obtenían cuantiosos donativos de los crédulos a cambio de garantizarles la salvación.
    Panes y Peces era el brazo asistencial oficioso de uno de aquellos salvadores que solicitaba fondos para los pobres refugiados de Bosnia, azotada en aquellos momentos por una feroz guerra civil. Cuántos de los dólares donados eran destinados a esos infortunados y cuántos iban a parar a la flota de limusinas del reverendo era algo que nadie acababa de tener muy claro. Pero si Ricky Colenso trabajaba en calidad de voluntario para Panes y Peces en Bosnia, le informó la voz que hablaba desde Charleston, habría estado en el centro de distribución que tenían en un lugar llamado Travnik.
    —Jean, ¿te acuerdas de un hombre que hará cosa de un par de años perdió un par de cuadros de antiguos maestros que le robaron de su casa de campo de Toronto? Salió en los periódicos. Luego los cuadros volvieron a aparecer. Alguien del club dijo que ese hombre utilizó los servicios de una agencia muy discreta para seguirles el rastro y recuperarlos. Necesito el nombre de esa agencia. Llámame en cuanto lo tengas.
    Aquel dato decididamente no figuraba en Internet, pero existían otras redes. Jean Searle, que ya llevaba muchos años como secretaria privada de Edmond, utilizó la Red de las Secretarias y recurrió a una de sus amigas, secretaria del jefe de policía.
    —¿Rubinstein? Perfecto. Ahora ponme con el señor Rubinstein, en Toronto o donde sea.
    Aquello requirió media hora. El coleccionista de obras de arte fue localizado mientras estaba visitando el Rijksmuseum en Amsterdam para contemplar, una vez más, la Ronda nocturna de Rembrandt. Lo hicieron levantarse de la mesa donde estaba cenando, dadas las seis horas de diferencia horaria. Pero se mostró dispuesto a ayudar.
    —Jean —dijo Steve Edmond en cuanto hubo terminado de hablar con aquel hombre—, telefonea al aeropuerto. Que preparen el Grumman. Ya. Quiero ir a Londres. No, al Londres de Inglaterra.* Para llegar allí cuando esté saliendo el sol.
    Era el 10 de Junio de 1995.
    4
    El Soldado
    Cal Dexter apenas había terminado de prestar el juramento de fidelidad cuando se encontró camino del campamento de instrucción para realizar el adiestramiento básico. No tuvo que recorrer gran distancia, ya que Fort Dix se encuentra en el mismo New Jersey.
    En la primavera de 1968 decenas de miles de jóvenes estadounidenses afluían al ejército; el 95 por ciento de dichos jóvenes habían sido alistados contra su voluntad. Eso no podía haberles importado menos a los sargentos instructores: su trabajo consistía en convertir aquella masa de joven humanidad masculina pelada al rape en algo que se pareciera a unos soldados antes de remitirlos, solo tres meses después, a su destino.
    El lugar del que venían, los nombres de sus padres o el nivel de educación que habían recibido eran olímpicamente irrelevantes. El campamento de instrucción era el mayor igualador que pudiera llegar a existir, dejando aparte la muerte. Ese otro igualador vendría después. Para algunos.
    Dexter era un rebelde nato, pero también conocía la calle bastante mejor que la mayoría de los reclutas. El rancho no era nada del otro mundo, pero aun así estaba mejor que lo que él había comido en muchas obras, así que lo devoraba.
    A diferencia de los chicos ricos, Dexter no tenía ningún problema en usar los dormitorios colectivos y hacer sus abluciones al aire libre, o en mantener todo su equipo muy, muy ordenadamente guardado dentro de una pequeña taquilla. Lo que le resultó más útil de todo fue el hecho de que nunca había tenido detrás a nadie que fuera recogiéndole las cosas que dejaba tiradas, así que no esperaba encontrarse con nada de ese tipo en el campamento. Otros, acostumbrados a que se cuidara de sus personas en todo momento, pasaron mucho tiempo trotando alrededor de la plaza de armas o haciendo flexiones bajo la mirada de un sargento que estaba enormemente disgustado con ellos.
    Una vez dicho esto, lo cierto es que Dexter tampoco le veía ningún sentido a la mayor parte de las reglas y los rituales, pero era lo bastante listo para no decirlo en voz alta. Y no veía que hubiera motivos para que los sargentos tuvieran siempre la razón y él siempre tuviera que estar equivocado.
    La gran ventaja que tenía el haberse alistado voluntariamente para servir tres años quedó enseguida clara. Los cabos y los sargentos, que eran lo más aproximado a Dios que existía en el campamento, se enteraron pronto de su situación y no fueron demasiado duros con él. Después de todo, Dexter se aproximaba bastante a ser «uno de ellos». Aquellos niños ricos a los que sus mamás habían ido malcriando con toda su abundancia de atenciones y mimos fueron los que peor lo pasaron.
    Cuando llevaba dos semanas en el campamento, Dexter pasó por su primera sesión de evaluación. Eso llevaba aparejado comparecer ante una de aquellas criaturas casi invisibles, un oficial. En este caso, un comandante.
    —¿Alguna habilidad especial? —preguntó el comandante, seguramente por la vez número diez mil.
    —Puedo conducir excavadoras, señor —dijo Dexter.
    El comandante estudió sus formularios y levantó la vista.
    —¿Cuándo fue eso?
    —El año pasado, señor. Entre terminar la escuela y alistarme.
    —Tus papeles dicen que solo tienes dieciocho años. Eso tuvo que ser cuando tenías diecisiete.
    —Sí, señor.
    —Eso es ilegal.
    —Cielos, señor, pues sí que lo siento. No tenía ni idea de que fuera ilegal.
    Dexter pudo notar cómo el cabo que se mantenía tieso como un palo junto a él trataba de mantener la seriedad. Pero el problema del comandante había quedado resuelto.
    —Supongo que te ha tocado ingenieros, soldado. ¿Alguna objeción?
    —No, señor.
    Muy pocos le decían adiós a Fort Dix con lágrimas en los ojos. El campamento de instrucción no tiene nada que ver con unas vacaciones. Pero la mayoría de ellos salían de allí con la espalda recta, los hombros erguidos, un corte de pelo al uno en la cabeza, el uniforme de soldado raso, un petate con el equipo y un pase de viaje para su próximo destino. En el caso de Dexter, éste fue Fort Leonard Wood, Missouri, para pasar por el adiestramiento individual avanzado.
    El suyo consistió en ingeniería básica; no solo se trataba de conducir una excavadora, sino también de conducir cualquier cosa que tuviese ruedas u orugas, la reparación y el mantenimiento de vehículos y, suponiendo que hubiera habido tiempo para ello, cincuenta cursos más aparte de esos. Otros tres meses después, Dexter obtuvo su certificado militar de instrucción operacional y fue destinado a Fort Knox, Kentucky.
    La mayoría de la gente conoce Fort Knox únicamente como el depósito de oro de la Reserva Federal de Estados Unidos, una meca de la fantasía para todos aquellos que sueñan despiertos con llegar a ser ladrones de bancos y un lugar que ha dado pie a numerosos libros y películas.
    Pero Fort Knox también es una enorme base militar y la sede de la escuela del ejército. En cualquier base de semejantes dimensiones siempre hay algún edificio que se encuentra en fase de construcción, fosos para tanques que cavar, una acequia que rellenar. Cal Dexter pasó seis meses como uno de los ingenieros de guarnición en Fort Knox antes de que fuera llamado al puesto de mando.
    Cal acababa de celebrar su decimonoveno cumpleaños y ostentaba el grado de soldado de primera clase. Su superior estaba muy serio, como uno que se dispone a impartir la desdicha y la aflicción. Cal pensó que le había ocurrido algo a su padre.
    —Es Vietnam— dijo el comandante.
    —Magnífico —dijo el soldado de primera clase.
    El comandante, que de muy buena gana hubiera pasado el resto de su carrera militar dentro de su anónimo hogar marital en la base de Kentucky, pestañeó varias veces.
    —Bueno, pues entonces eso es todo —dijo en cuanto hubo acabado de pestañear.
    Dos semanas después Cal Dexter recogió su petate, se despidió de los amigos que había hecho en la guarnición y subió al autobús que tenía que recoger a una docena de transferidos. Una semana más tarde bajaba por la rampa de un C5 Galaxy y entraba en el asfixiante y pegajoso calor del aeropuerto de Saigón, zona militar.
    Al salir del aeropuerto, se sentó en la parte delantera del autobús, junto al conductor.
    —¿Qué sabes hacer? —le preguntó el cabo conductor mientras metía el autobús de la tropa entre los hangares.
    —Conduzco excavadoras —respondió Dexter.
    —Bueno, entonces supongo que serás un CDPT como el resto de los que estamos por aquí.
    —¿CDPT? —preguntó Dexter. Nunca había oído aquella palabra antes.
    —Cabroncete de la parte trasera —le informó el cabo.
    Dexter se encontró saboreando por primera vez la pirámide jerárquica que había en Vietnam. Nueve décimas partes de los soldados que iban a Vietnam nunca veían un vietcong, nunca hacían un disparo impulsados por la ira, y rara vez oían un tiro. Con unas pocas excepciones, los nombres de los cincuenta mil muertos que figuran en el Muro Conmemorativo junto al lago de la Reflexión de Washington proceden del otro diez por ciento. Incluso teniendo todo un segundo ejército vietnamita de cocineros, encargados de la tintorería y limpiadores de botellas, seguían haciendo falta nueve soldados en la retaguardia para mantener a uno en la jungla tratando de ganar la guerra.
    —¿Dónde estás destinado? —preguntó el cabo.
    —Primer Batallón de Ingenieros, la Gran Roja.
    El conductor chilló igual que un murciélago de la fruta al que le acabaran de dar un susto.
    —Lo siento —dijo—. He hablado demasiado pronto. Eso es Lai Khe, en el límite del Triángulo de Hierro. Mejor tú que yo, amigo.
    —¿Es malo?
    —La visión del infierno que tenía Dante, compañero.
    Dexter nunca había oído hablar de Dante y supuso que estaría en alguna otra unidad. Se encogió de hombros.
    Realmente había una ruta que iba desde Saigón hasta Lai Khe: era la carretera 13, que pasaba por Phu Cuong, subía a lo largo del límite este del Triángulo hasta llegar a Ben Cat, y luego seguía adelante durante unos veinticuatro kilómetros más. Pero no era demasiado aconsejable seguirla a menos que se dispusiera de una escolta blindada, e incluso entonces nunca de noche. Toda aquella zona tenía mucha vegetación, y era un teatro predilecto para emboscadas del Vietcong. Cuando Cal Dexter entró en el enorme perímetro defendido que alojaba a la Primera División de Infantería, la Gran Roja, lo hizo en helicóptero. Volvió a echarse el petate al hombro y preguntó cómo se iba al cuartel general del Primer Batallón de Ingenieros.
    Durante el trayecto, Cal Dexter pasó por delante del parque de vehículos y vio algo que le cortó la respiración. Fue hacia un soldado que pasaba por allí y le preguntó:
    —¿Qué demonios es eso?
    —Unas fauces de cerdo —dijo el soldado lacónicamente—. Para limpiar el terreno.
    Junto con la 25.a División de Infantería, la Rayo del Trópico llegada de Hawai, la Gran Roja trataba de vérselas con la que pasaba por ser el área más peligrosa de toda la península, el Triángulo de Hierro. La vegetación era tan espesa, tan impenetrable para el invasor y tan laberínticamente protectora para la guerrilla, que la única manera de intentar igualar un poco las condiciones en el campo de juego era talando la selva.
    Para hacerlo, se habían desarrollado dos máquinas impresionantes. Una era el tanque-excavadora, que consistía en un tanque mediano M-48 provisto de una pala de excavadora instalada en su parte delantera. Con la pala bajada, el tanque empujaba la vegetación mientras la torreta blindada protegía a la tripulación que iba dentro. Pero mucho más grande era el Arado de Roma, o Fauces de Cerdo.
    Aquella máquina era una bestia realmente terrible si daba la casualidad de que eras un arbusto, un árbol o una roca. Un vehículo de orugas de setenta toneladas de peso, el D7E, fue provisto de una pala curva especialmente forjada cuyo borde inferior, un saliente de acero endurecido, podía hacer astillas un árbol con un tronco de un metro de grosor.
    El solitario conductor-operador de la máquina iba sentado en su cabina en su parte superior, protegido por una «barra para el dolor de cabeza» colocada encima de él, destinada a impedir que muriera aplastado por los restos cuando estos le fueran cayendo encima, y con una garita blindada para detener las balas de los francotiradores o un ataque de la guerrilla.
    El «Roma» que figuraba en el nombre no tenía nada que ver con la capital de Italia, sino con Roma, Georgia, donde se fabricaba la bestia. El objetivo del Arado de Roma era hacer que cualquier parte del territorio que hubiera recibido su atención nunca más pudiera ser utilizada como santuario por el Vietcong. Dexter fue a la oficina del batallón, saludó y se presentó.
    —Buenos días, señor —dijo—. Soldado de primera clase Calvin Dexter presentándose para el servicio, señor. Soy su nuevo operador de las Fauces de Cerdo, señor.
    El teniente sentado detrás del escritorio suspiró cansadamente. Estaba llegando al final de su año de servicio en Vietnam y se había negado tajantemente a prolongarlo. Aborrecía el país, el invisible pero letal Vietcong, el calor, la humedad, los mosquitos y el hecho de que volvía a tener un sarpullido provocado por el calor en las partes íntimas y el trasero. Lo último que necesitaba con la temperatura aproximándose a los treinta y cinco grados era un bromista.
    Pero Cal Dexter era un joven muy tenaz. Insistió y no se dio por vencido. Dos semanas después de haber llegado al puesto ya tenía su Arado de Roma. La primera vez que lo sacó, un conductor más experimentado trató de ofrecerle algunos consejos. Cal escuchó, se subió a lo alto de la cabina, y luego pasó el día entero conduciendo la máquina en una operación combinada con apoyo de infantería. Manejaba la gigantesca máquina a su manera, distinta y más eficaz.
    Le observaba con frecuencia un teniente, también de ingenieros, pero que parecía no tener ninguna obligación; un hombre joven y bastante callado que decía poco pero observaba mucho.
    Es duro, se dijo el oficial a sí mismo una semana después. Es un solitario, un tipo arrogante y tiene talento. Veamos si se acobarda con facilidad.
    No había ninguna razón para que un corpulento ametrallador acosara al mucho más pequeño conductor del arado, pero eso fue lo que hizo. La tercera vez que el ametrallador se metió con el soldado de primera clase procedente de New Jersey, llegaron a las manos. Pero no lo hicieron delante, donde todos hubieran podido verlos, porque eso iba contra las reglas. Aun así, había una pequeña explanada detrás del comedor. Acordaron que allí resolverían sus diferencias, con las manos desnudas, cuando hubiera anochecido.
    El ametrallador y el soldado de primera clase se encontraron a la luz de las lámparas, con un centenar de soldados formando un círculo y apostando mayoritariamente en contra del menos corpulento de los dos. La presunción general era que asistirían a una repetición del combate a puñetazos entre George Kennedy y Paul Newman en la película La leyenda del indomable. Estaban muy equivocados.
    Nadie había mencionado las reglas del marqués de Queensberry, así que el más pequeño de los dos hombres fue directamente hacia el ametrallador, pasó por debajo del primer puñetazo que pretendía arrancarle la cabeza y le dio una buena patada debajo de la rótula. Pasando a moverse en círculos alrededor de un oponente que ahora ya solo podía utilizar una pierna, el conductor del arado le asestó dos puñetazos en los riñones y un rodillazo en la ingle.
    Cuando la cabeza del hombretón bajó hasta quedar a su altura, el conductor del arado le hundió el nudillo del dedo medio de su mano derecha en la sien izquierda, y las luces se apagaron para el ametrallador.
    —No peleas limpio —dijo el que había ido recogiendo las apuestas cuando Dexter extendió la mano hacia él para recibir sus ganancias.
    —No, y tampoco pierdo —dijo Dexter.
    Más allá del círculo de luces, el oficial les hizo una seña con la cabeza a los dos policías militares que estaban con él, y estos se dispusieron a arrestarle. Un rato después el ametrallador, que todavía cojeaba, obtuvo los veinte dólares que se le habían prometido.
    Treinta días en el calabozo fueron la pena, incrementada porque se negó a dar el nombre de su oponente. Dexter durmió perfectamente encima de la plataforma sin colchoneta que había dentro de la celda, y todavía estaba durmiendo cuando alguien empezó a pasar una cuchara metálica por los barrotes. Estaba amaneciendo.
    —En pie, soldado —dijo una voz.
    Dexter despertó, descendió de la plataforma y se puso firmes. El hombre lucía la solitaria barrita plateada de teniente en el cuello de su uniforme.
    —Treinta días aquí dentro son realmente muy aburridos —dijo el oficial.
    —Sobreviviré, señor —dijo el ex soldado de primera clase, ahora nuevamente reducido al rango de soldado raso.
    —O podrías salir ahora mismo.
    —Me parece que para eso antes tendría que hacer algo, señor.
    —Oh, desde luego. Como dejar de perder el tiempo con esos enormes juguetes que sirven para presumir de macho y entrar en mi unidad. Entonces descubriremos si eres tan duro como crees ser.
    —¿Y cuál es su unidad, señor?
    —Me llaman Rata Seis. ¿Vamos?
    El oficial dejó en libertad al prisionero con una firma y luego fueron a desayunar al comedor más diminuto y exclusivo que había en toda la división. No se permitía entrar a nadie sin permiso, y en aquel momento solo había catorce personas. Dexter era el que hacía quince, pero el número bajaría a trece en una semana cuando murieron dos más.
    Había un extraño emblema en la puerta del «garito», como llamaban ellos a su minúsculo club. Mostraba a un roedor erguido con el rostro fruncido en un gruñido amenazador, una lengua fálica, una pistola en una mano y una botella de licor en la otra. Dexter acababa de unirse a las Ratas de Túnel.
    Durante seis años, en una secuencia constantemente cambiante de hombres, las Ratas de Túnel hicieron el trabajo más sucio y mortífero, y con mucho también el más aterrador, que pudiese llegar a haber en la guerra de Vietnam, pero sus acciones eran tan secretas y su número tan reducido que hoy en día la mayoría de la gente, incluso en Estados Unidos, apenas o nunca han oído hablar de ellos.
    Probablemente no hubo más de trescientos cincuenta miembros a lo largo de todo el período: una pequeña unidad de los ingenieros de la Gran Roja, y otra de la División Rayo del Trópico, la 25. Cien de ellos nunca volvieron a casa. Alrededor de cien más fueron sacados a rastras, gritando y con los nervios destrozados, de su zona de combate, sometidos a terapia contra el trauma que habían sufrido y retirados del servicio activo. Los demás regresaron a Estados Unidos y, siendo por naturaleza solitarios, lacónicos y taciturnos, rara vez mencionaban lo que hicieron.
    Ni siquiera Estados Unidos de América, que normalmente no se muestra nada tímido con sus héroes de guerra, fundió ninguna medalla ni levantó placa alguna. Aquellos hombres venían de ninguna parte, hicieron lo que hicieron porque era algo que tenía que hacerse, y luego volvieron a la nada y el olvido. Y toda su historia empezó porque a un sargento le dolía el trasero.
    Estados Unidos no era el primer invasor de Vietnam, solo el más reciente. Antes de los estadounidenses habían estado los franceses, quienes ocuparon las tres provincias de Tonkín (norte), Annam (centro) y Cochinchina (sur), para añadirlas a su imperio colonial junto con Laos y Camboya.
    Pero en 1942 los invasores japoneses expulsaron a los franceses, y después de que Japón fuera derrotado en 1945 los vietnamitas creyeron que al fin llegarían a verse unidos y libres de la dominación extranjera. Los franceses tenían otras ideas, y regresaron. Aunque al principio hubo otros, el hombre que dirigió la lucha por la independencia fue el comunista Ho Chi Minh. Él fue quien formó el ejército de resistencia del Viet Minh, y los vietnamitas volvieron a la jungla para continuar luchando. Y para continuar haciéndolo durante todo el tiempo que hiciera falta.
    Un baluarte de la resistencia fue la zona agrícola muy rica en vegetación que había al noroeste de Saigón, y que se prolongaba hacia el norte hasta la frontera camboyana. Los franceses le dedicaron especial atención (como harían más tarde los estadounidenses) con una expedición punitiva tras otra. Para buscar algún refugio los granjeros locales no huían, sino que cavaban.
    Carecían de tecnología y solo contaban con su capacidad, como de hormigas, para el trabajo duro, su paciencia, su conocimiento de la zona y su astucia. También tenían esterillas, palas y cestas tejidas con hojas de palmera. Es imposible calcular los millones de toneladas de tierra que llegaron a desplazar. Pero cavaron y se llevaron la tierra. Cuando los franceses se fueron después de la derrota que habían sufrido en 1954, la totalidad del Triángulo era un laberinto de conductos y túneles. Y nadie sabía de su existencia.
    Entonces llegaron los estadounidenses, decididos a mantener un régimen que los vietnamitas consideraban una marioneta de otro poder colonial. Volvieron a la selva y a la guerra de guerrillas. Y siguieron cavando. Para el año 1964 ya contaban con doscientos kilómetros de túneles, cámaras, pasadizos y escondites. Cuando por fin los estadounidenses empezaron a darse cuenta de lo que tenían debajo, la complejidad del sistema de túneles los dejó anonadados. Los pozos de acceso se hallaban disfrazados de tal manera que fueran invisibles a pocos centímetros de distancia del suelo de la jungla. Allí abajo había hasta cinco niveles de galerías, las más profundas de ellas a unos quince metros de profundidad, unidas entre sí mediante estrechos y serpenteantes pasadizos por los que solo un vietnamita, o un blanco pequeño y nervudo, podía arrastrarse.
    Los distintos niveles estaban conectados por trampillas, algunas de las cuales conducían hacia arriba mientras que otras llevaban hacia abajo. Dichas trampillas también se hallaban camufladas, para que parecieran las paredes desnudas del final de un túnel. Había almacenes, cavernas que eran utilizadas como centros de reunión, dormitorios, talleres de reparaciones, comedores e incluso hospitales. En 1966 una brigada de combate entera podía esconderse allí abajo, pero hasta la ofensiva del Tet el Vietcong nunca tuvo necesidad de recurrir a semejante número de hombres.
    La penetración por parte de un agresor se desalentaba de varias maneras. Era muy posible que un pozo vertical tuviera una astuta trampa para incautos al final. Disparar hacia abajo en el interior de los túneles no servía de nada, ya que estos cambiaban de dirección cada pocos metros, de manera que una bala se incrustaba en la pared.
    Dinamitarlos tampoco servía de nada: había decenas de galerías alternativas dentro del laberinto, negro como la pez, que se ocultaba en las profundidades, pero solo un habitante de la zona las conocería. El gas no servía de nada: los túneles encajaban entre sí tan herméticamente como los precintos que se utilizan contra el agua, igual que hace la curva en forma de U de la cañería de un lavabo.
    La red se extendía por debajo de la selva, casi desde los suburbios de Saigón hasta prácticamente la frontera camboyana. Había varias redes más en otros lugares pero ninguna como los Túneles de Cu Chi, cuyo nombre procedía de la población más cercana a ellos.
    La arcilla laterítica siempre se volvía muy moldeable después del monzón, cuando era fácil de excavar, arrancar y sacar en cestas. Durante la temporada seca, aquella misma arcilla se endurecía como el cemento.
    A partir del asesinato de Kennedy los estadounidenses empezaron a llegar en cantidades realmente significativas y ya no como instructores sino para combatir, lo que empezaron a hacer en la primavera de 1964. Contaban con los efectivos, las armas, las máquinas y la potencia de fuego necesarias... y nunca le acertaban a nada. Nunca le acertaban a nada porque nunca encontraban nada. Únicamente el cadáver de algún que otro vietcong en el caso de que les sonriera la suerte. Pero sufrían bajas, y el número de muertos empezó a subir.
    Al principio fue más cómodo dar por sentado que durante el día los vietcongs eran campesinos, perdidos entre todos aquellos millones de siluetas vestidas con pijamas negros, que pasaban a convertirse en guerrilleros por la noche. Pero ¿por qué había tantas bajas durante el día, y nunca había nadie a quien devolver el fuego? En enero de 1966, la Gran Roja decidió acabar de una vez por todas con el Triángulo de Hierro. Fue lo que se llamó la Operación Obstáculo.
    Empezaron por un extremo, se desplegaron y siguieron avanzando. Disponían de munición suficiente para acabar con toda Indochina. Llegaron al otro extremo, y todavía no habían encontrado a nadie. Entonces los francotiradores del Vietcong empezaron a disparar desde detrás de la línea en movimiento y los soldados sufrieron cinco bajas. Quienquiera que estuviese disparando solo contaba con viejas carabinas soviéticas accionadas por un cerrojo manual, pero una bala a través del corazón sigue siendo una bala a través del corazón.
    Los soldados dieron media vuelta y recorrieron por segunda vez el mismo terreno. Nada, ningún enemigo. Sufrieron más bajas, siempre debido a disparos por la espalda. Descubrieron unas
    cuantas madrigueras, un puñado de refugios para las incursiones aéreas. Vacíos, sin ninguna cobertura. Más fuego de francotiradores, pero ninguna figura vestida de negro corriendo a la cual devolver los disparos.
    El día 4, el sargento Stewart Green, tan profundamente harto de todo aquello como lo estaban sus compañeros, se sentó a descansar un rato. Dos segundos después ya estaba de pie agarrándose el trasero con las manos. Hormigas de fuego, escorpiones, serpientes: Vietnam los tenía todos. El sargento estaba convencido de que lo habían picado o mordido. Pero solo había sido la punta de un clavo. El clavo formaba parte de un marco, y el marco era la puerta oculta de acceso a un conducto que descendía directamente hacia la negrura. El ejército estadounidense por fin había descubierto adónde iban los francotiradores. Habían estado marchando por encima de sus cabezas durante dos años.
    No había absolutamente ninguna manera de combatir por control remoto al Vietcong, que vivía y se escondía debajo, en la oscuridad. La sociedad que en tres años más enviaría a dos hombres a caminar sobre la Luna carecía de tecnología apropiada para los túneles de Cu Chi. Solo había una manera de llevar el combate al enemigo invisible.
    Alguien tenía que quitarse la ropa, conservando únicamente unos delgados pantalones de algodón, y, con una pistola, un cuchillo y una linterna, bajar a aquel oscurísimo, falto de ventilación, desconocido, lleno de trampas para incautos, mortífero, no cartografiado y espantosamente claustrofóbico laberinto de estrechos pasadizos sin ninguna salida conocida, para matar en su propio cubil a los vietcongs.
    Se buscó a unos cuantos hombres, de una clase especial. Los altos y corpulentos no servían. El 95 por ciento que sentía claustrofobia no servía. Los bocazas, los exhibicionistas y los que siempre estaban pidiendo que los mirasen no servían. Los que sí podían llegar a hacer aquello eran las personalidades calladas, discretas, centradas en sí mismas y que preferían hablar en voz baja, hombres que a menudo eran unos solitarios dentro de sus propias unidades. Tenían que ser unos hombres impasibles, incluso gélidos, dotados de unos nervios de acero y que fueran casi inmunes al pánico, el auténtico enemigo que acechaba en el subsuelo.
    La burocracia militar, a la que nunca le había dado ningún miedo utilizar diez palabras allí donde habría bastado con dos, los llamó Personal de Exploración de Túneles. Ellos se llamaron a sí mismos las Ratas de Túnel.
    Cuando Cal Dexter llegó a Vietnam ya hacía tres años que existían las Ratas de Túnel, la única unidad cuyo porcentaje de Corazones Púrpura (heridos en acción) era del ciento por ciento.
    El oficial que la mandaba en aquellos momentos era conocido como Rata Seis. Todos los demás tenían un número distinto. Una vez que habían ingresado en la unidad, dejaban de relacionarse con el resto y todo el mundo los miraba con una especie de respetuoso temor, porque los hombres suelen sentirse bastante incómodos cuando están con alguien que ha sido sentenciado a morir.
    Rata Seis había dado justo en el blanco con su corazonada. El duro muchacho salido de las obras de New Jersey con sus mortíferos puños y pies, sus ojos de Paul Newman y su falta de nervios, había nacido para aquello.
    Rata Seis lo llevó con él a los túneles de Cu Chi, y una hora después ya se había dado cuenta de que el recluta era el mejor combatiente. Los dos llegaron a ser compañeros en las profundidades, donde no había rangos y nunca se empleaba la palabra «señor», y durante casi dos turnos de servicio, aquellos dos hombres lucharon y mataron en la oscuridad hasta que Henry Kissinger se reunió con Le Duc Tho y acordaron entre los dos que Estados Unidos se iría de Vietnam. Después de que se hubiera alcanzado ese acuerdo, ya no tenía ningún sentido que siguieran haciendo aquello.
    Para el resto de la Gran Roja, la pareja llegó a ser una leyenda de la que solo se hablaba en susurros. El oficial era el Tejón y el soldado recién ascendido a sargento era el Topo.
    5
    La Rata de Túnel
    En el ejército, una diferencia de edad de solo seis años entre dos hombres jóvenes puede parecer toda una generación. El mayor de los dos casi aparece como una figura paterna. Así fue como ocurrió con el Tejón y el Topo. A los veinticinco años de edad, el oficial era seis años mayor. Además, procedía de un entorno social distinto y había recibido una educación mucho mejor.
    Sus padres eran profesionales. Una vez terminada la secundaria se había pasado un año recorriendo Europa, visitando Grecia y Roma, la Italia histórica, Alemania, Francia e Inglaterra.
    Después había pasado cuatro años estudiando en la universidad para terminar licenciándose en ingeniería civil y mecánica, antes de que tuviera que enfrentarse al reclutamiento. Él también había optado por el servicio de tres años e ido directamente a la escuela de oficiales que había en Fort Belvior, estado de Washington.
    En aquella época Fort Belvior estaba produciendo oficiales a un ritmo de cien al mes. Nueve meses después de que hubiera ingresado allí, el Tejón había salido de Fort Belvior como subteniente, aunque ascendió automáticamente al empleo de teniente cuando fue enviado a Vietnam para unirse al Primer Batallón de Ingenieros de la Gran Roja. Él también había sido seleccionado por los «cazadores de talentos» para ingresar en las Ratas de Túnel; dado su rango, se convirtió rápidamente en Rata Seis cuando su predecesor volvió a casa. A él todavía le quedaban por delante nueve meses del año que debía pasar sirviendo en Vietnam, dos meses menos del tiempo que le faltaba por servir a Calvin Dexter.
    Pero pasado un mes ya estaba claro que en cuanto los dos hombres entraban en los túneles, los papeles enseguida quedaban invertidos. Entonces el Tejón se dejaba guiar por el Topo, aceptando la realidad de que el joven, con sus años en las calles y las obras de New Jersey, poseía una especie de sexto sentido para el peligro, la amenaza silenciosa que esperaba detrás del siguiente recodo de un túnel y el olor que emanaba de una trampa para incautos, que ninguna licenciatura universitaria podía igualar y que podía mantenerlos con vida a los dos.
    Antes de que ninguno de ellos hubiera llegado a Vietnam, el alto mando estadounidense ya se había dado cuenta de que tratar de destruir el sistema de túneles haciendo que saltaran por los aires no era más que una pérdida de tiempo. La laterita seca era demasiado dura y el complejo era demasiado extenso. Los continuos cambios en la dirección de los túneles hacían que las ondas expansivas de las explosiones solo llegaran hasta una determinada distancia, nunca lo bastante lejos.
    Se habían hecho varios intentos de acabar con los túneles inundándolos, pero el agua se filtraba a través de los suelos. El sistema de emplear precintos contra el agua hacía que el gas tampoco diera resultado. Finalmente, se decidió que la única manera de obligar al enemigo a que presentara batalla era ir allí abajo y tratar de localizar los cuarteles generales de toda la Zona de Guerra C del Vietcong.
    Dichos cuarteles, se creía, se encontraban en algún lugar entre la punta sur del Triángulo de Hierro donde los ríos Saigón y Thi Tinh se unían con los bosques de Bol Lo¡ en el extremo camboyano. Dar con ellos, acabar con los cuadros superiores del Vietcong y echar mano a la enorme cantidad de datos que tenía que haber escondida allá abajo: ese era el objetivo que, si podía llegar a alcanzarse, constituiría una recompensa más valiosa que los rubíes.
    De hecho los cuarteles generales se encontraban debajo de los bosques de Ho Bo, más hacia el norte, junto a la orilla del río Saigón, y nunca fueron encontrados. Pero cada vez que los tanquesexcavadora o los Arados de Roma dejaban al descubierto otra entrada de túnel, las Ratas de Túnel bajaban al infierno para seguir buscándolos.
    Las entradas siempre eran verticales; eso suponía el primer peligro: bajar por ellas con los pies por delante significaba exponer la mitad inferior del cuerpo a cualquier vietcong que estuviera esperando dentro del túnel lateral. A ese vietcong le encantaría poder hundir una lanza de bambú con la punta afilada como una aguja en la ingle o en las entrañas del soldado suspendido sobre él antes de retroceder hacia la oscuridad para esfumarse en ella. Cuando ese soldado agonizante hubiera sido izado, con el ástil de la lanza arañando las paredes y la punta envenenada del bambú desgarrándole las entrañas, las probabilidades de supervivencia serían mínimas.
    Bajar con la cabeza por delante significaba arriesgarse a que una lanza, una bayoneta o una bala disparada a quemarropa atravesara la base de la garganta.
    La manera más segura parecía ser ir descendiendo lentamente hasta el último metro y medio, para luego dejarse caer y abrir fuego al más leve movimiento que se notara dentro del túnel. Pero la base del conducto podía ser de hojas y ramitas que escondían un pozo con estacas punji, tallos de bambú clavados en el suelo, con las puntas también untadas de veneno, que atravesarían la suela de una bota de combate y del pie que había dentro de esta hasta terminar saliendo por el empeine. Aserradas y con la forma de anzuelo, las estacas punji difícilmente podían ser extraídas. También eran muy pocos los que sobrevivían a ellas.
    Una vez dentro del túnel, y cuando se estaba avanzando a rastras por él, el peligro podía adquirir la forma de un vietcong esperando detrás de la siguiente esquina, pero lo más probable era que consistiese en trampas para incautos. Las había de varios tipos, todos considerablemente astutos, y cada una de ellas tenía que ser desarmada antes de continuar avanzando.
    Algunos horrores no necesitaban tener nada que ver con los vietcongs. Tanto el murciélago del néctar como el murciélago de las tumbas, con su barba negra, eran moradores de las cavernas que se resguardaban de la luz del día en los túneles hasta que se los molestaba. Lo mismo hacía la gigantesca araña-cangrejo, tan abundante sobre las paredes que estas parecían vibrar con un confuso movimiento. Todavía más numerosas eran las hormigas de fuego.
    Ninguna de aquellas criaturas era letal, ya que ese honor le estaba reservado a la víbora del bambú, cuya mordedura significaba la muerte en treinta minutos. Habitualmente la trampa consistía en un tronco hueco de bambú de un metro clavado en el techo, que sobresalía en ángulo no más de un par de centímetros.
    La serpiente se encontraba dentro del tubo con la cabeza hacia abajo, atrapada y furiosa, con su única vía de escape obstruida por un tapón de kapok en el extremo inferior. A través de él había un trozo de sedal que pasaba por un agujero y terminaba llegando en una clavija a un lado de la pared, desde donde iba a otra clavija clavada enfrente. Si el soldado que estaba arrastrándose por el suelo tocaba el sedal, arrancaba el tapón del trozo de bambú que había encima de él y entonces la víbora le caía sobre la nuca.
    Y estaban las ratas, ratas de verdad. En los túneles habían descubierto su cielo privado y se reproducían furiosamente. De la misma manera que los soldados nunca dejarían a un hombre herido o ni siquiera a un cadáver dentro de los túneles, los vietcongs odiaban tener que dejar abandonada en la superficie a una de sus bajas para que los estadounidenses la encontraran y la añadiesen a su adorada «lista de bajas». Los vietcongs muertos siempre eran llevados abajo, enterrados dentro de las paredes del túnel en posición fetal, y recubiertos con arcilla mojada.
    Pero una mano de arcilla no detendría a una rata. Por eso las ratas disponían de una inagotable fuente de alimento, y crecieron hasta adquirir el tamaño de gatos. Aun así los vietcongs vivían allá abajo durante semanas o incluso meses seguidos, retando a los soldados estadounidenses a que entraran en sus dominios, los encontraran y lucharan contra ellos.
    Aquellos que lo hicieron y sobrevivieron llegaron a acostumbrarse tanto al hedor como a esa horrible forma de vivir. Abajo siempre hacía calor, estaba muy oscuro, se pegaba todo y no se tenía movilidad. Además apestaba. Los vietcongs tenían que llevar a cabo sus funciones corporales dentro de recipientes de barro; cuando estaban llenos, dichos recipientes eran enterrados en el suelo y se cerraban mediante un tampón de arcilla. Las ratas los abrían arañándolos con las garras.
    Viniendo del país más fuertemente armado del planeta, los soldados que se convirtieron en Ratas de Túnel tenían que dejar a un lado toda la tecnología y regresar al hombre primitivo. Un cuchillo de comando, una pistola, una linterna, un cargador de repuesto y dos pilas para la linterna eran todo lo que se podía llevar abajo. De vez en cuando se llegaría a utilizar una granada de mano, pero resultaba peligrosa, a veces letal, para aquel que la lanzaba. En espacios tan pequeños, el estruendo podía reventar los tímpanos, pero lo peor era que la explosión absorbería todo el oxígeno en varias decenas de metros a la redonda. Un hombre podía llegar a morir antes de que se filtrara más aire desde el exterior.
    Para una Rata de Túnel, el hecho de utilizar su pistola o su linterna equivalía a indicar su posición, a anunciar su llegada sin saber quién se encontraba agazapado en la oscuridad un poco más adelante, silencioso y a la espera. En ese sentido, los vietcongs siempre les llevaban delantera. Lo único que tenían que hacer era guardar silencio y esperar al hombre que iba arrastrándose hacia ellos.
    Lo más terrible para los nervios, y el origen de muchas muertes, era la dura labor de ir atravesando las puertas-trampa que conducían de un nivel a otro, habitualmente hacia abajo.
    Era bastante frecuente que un túnel terminara en un callejón sin salida. Pero ¿realmente se trataba de un callejón sin salida? En ese caso, ¿por qué excavarlo en primer lugar? En la oscuridad, con las yemas de los dedos que no palpaban ante ellas nada que no fuese una pared de laterita, la Rata de Túnel tenía que utilizar la linterna. Normalmente eso revelaría, por estar hábilmente camuflada y ser muy fácil de pasar por alto, la presencia de una puerta-trampa en la pared, el suelo o el techo. O se abortaba la misión, o había que abrir la puerta.
    Pero ¿quién aguardaba al otro lado? Si la cabeza del soldado estadounidense era lo primero que pasaba por el agujero y había un vietcong esperando, la vida del soldado terminaría con la cuchillada que le rajaría el cuello o con la mordedura letal de un lazo de alambre empleado como garrote. Si el soldado se dejaba caer con los pies por delante, podía ser la lanza a través del estómago. Entonces moriría en una terrible agonía, con su torso sacudiéndose en un nivel y la mitad inferior del cuerpo destrozada en el nivel inferior.
    Dexter hizo que los armeros le prepararan pequeñas granadas que tenían el tamaño de mandarinas, con una carga explosiva reducida del material habitual pero con más cojinetes. Durante sus primeros seis meses en los túneles fueron dos las ocasiones en que Dexter levantó una trampilla, lanzó una granada con una espoleta de tres segundos, y volvió a bajar la trampilla. Cuando la abrió por segunda vez y subió con su linterna encendida, la cámara siguiente era un amasijo de cuerpos destrozados.
    Los complejos se hallaban protegidos de los ataques con gas por los precintos para el agua. La Rata de Túnel que iba arrastrándose por el suelo encontraría un estanque de agua fétida delante de él.
    Aquello significaba que el túnel continuaba al otro lado del agua.
    La única manera de pasar era ponerse boca arriba, meterse en el agua e impulsarse arañando el techo con las puntas de los dedos. La esperanza era que el charco terminara antes que el aire en los pulmones. De otra manera podía morir ahogado, con el cuerpo vuelto del revés, en la negrura a quince metros por debajo del suelo. La manera de sobrevivir era confiar en el compañero.
    Antes de entrar en el agua, el hombre que iría delante se ataba una cuerda a los pies y le entregaba el extremo libre a su compañero. Si no daba un tranquilizador tirón a la cuerda antes de que hubieran transcurrido noventa segundos desde el momento en que había entrado en el agua, confirmando de esa manera que había encontrado aire al otro extremo de la trampa, su compañero tenía que sacarlo tirando de él sin perder un instante, porque el otro se estaría muriendo.
    En medio de aquellas miserias, penalidades y miedo había un momento de vez en cuando en el que las Ratas de Túnel daban con el filón. Este sería una caverna, a veces abandonada a toda prisa, que estaba claro había sido un importante subcuartel general. Entonces se sacarían rápidamente de allí cajas de papeles, pistas, pruebas, mapas y demás recuerdos para entregarlos a los expertos de inteligencia del G2 que las esperaban.
    Fueron dos las ocasiones en que el Tejón y el Topo se tropezaron con semejantes cuevas de Aladino. El alto mando, no muy seguro de cómo había que tratar a unos jóvenes tan extraños, repartió medallas y palabras de elogio. Pero a la gente del Departamento de Relaciones Públicas, normalmente ansiosa de contarle al mundo lo bien que estaba yendo la guerra, se le advirtió de que debía mantenerse alejada de aquello. Nadie dijo una palabra. Se organizó un viaje a la instalación, pero el «invitado» del Departamento de Relaciones Públicas solo llegó a recorrer quince metros por un túnel «seguro» antes de que le diera un ataque de histeria. Después de aquello, el silencio.
    Pero había largos períodos sin combates, tanto para las Ratas de Túnel como para los demás soldados destacados en Vietnam. Algunos pasaban esas horas durmiendo, o escribían cartas, anhelando que llegara el final del turno de servicio y el viaje de regreso a casa. Algunos mataban el tiempo bebiendo o jugaban a las cartas y a los dados. Muchos fumaban, y no siempre Marlboro. Algunos se convertían en adictos. Otros leían.
    Cal Dexter era uno de esos últimos. Hablando con su oficialcompañero, Dexter se había dado cuenta de lo lamentable que fue su educación académica, y volvió a empezar desde cero partiendo de la primera casilla. Descubrió que le fascinaba la historia. El bibliotecario de la base quedó encantado e impresionado con él, y le preparó una larga lista de libros de lectura obligada que Dexter obtuvo de Saigón.
    De esa manera fue progresando a través de la Grecia clásica y la antigua Roma y supo que Alejandro había llorado cuando, a los treinta y un años de edad, vio que había derrotado a todo el mundo conocido y ya no quedaban más mundos que conquistar.
    Llegó a saber del declive y la caída de Roma, de las Edades Oscuras y la Europa medieval, del Renacimiento y la Ilustración, la Era de la Elegancia y la Era de la Razón. Se sintió particularmente fascinado por los primeros años de las colonias norteamericanas, la Revolución y el motivo por el que su país había padecido una terrible guerra civil solo noventa años antes de que él naciera.
    Durante aquellos largos períodos en los que el monzón o las órdenes lo mantenían confinado dentro de la base, Dexter también hizo otra cosa. Con la ayuda del anciano vietnamita que barría y limpiaba el «garito» para ellos, aprendió el vietnamita de uso cotidiano hasta que pudo hablarlo lo bastante bien para hacerse entender y entender algo más que eso.
    Cuando llevaba nueve meses sirviendo en Vietnam ocurrieron dos cosas: Dexter recibió su primera herida en combate, y el Tejón terminó sus doce meses de servicio.
    La bala fue disparada por un vietcong que estaba escondido dentro de uno de los túneles cuando Dexter bajó por el conducto de entrada. Para confundir a ese tipo de enemigo al acecho, Dexter había desarrollado una técnica propia. Lanzaba una granada conducto abajo, y luego bajaba por él moviéndose lo más deprisa posible. Si la granada no hacía pedazos el falso suelo del conducto, entonces era que no había ninguna trampa de estacas punji allí abajo. Si lo hacía, Dexter disponía del tiempo necesario para detenerse antes de chocar con las estacas.
    La misma granada debería hacer pedazos a cualquier vietcong que estuviera esperando allí donde no se lo pudiera ver. En aquella ocasión el vietcong se encontraba allí, pero estaba esperando bastante dentro del pasaje armado con un Kalashnikov AK47. El vietcong sobrevivió a la deflagración, pero quedó herido, y efectuó un solo disparo contra la Rata de Túnel que caía rápidamente hacia él. Dexter llegó al suelo con la pistola preparada y devolvió el fuego haciendo tres disparos. El vietcong cayó y se alejó a rastras; fue encontrado más tarde, muerto. Dexter resultó alcanzado en la parte superior del brazo izquierdo, una herida superficial que curó bien pero lo mantuvo sobre el suelo durante un mes. El problema del Tejón fue más serio.
    Los soldados lo admitirán y los policías lo confirmarán: no hay ningún sustituto para un compañero con el que te ha sido posible llegar a una confianza absoluta. Después de que hubieran aprendido a trabajar como compañeros en los primeros días, el Tejón y el Topo realmente ya no querían entrar en los túneles con ningún otro. En nueve meses, Dexter había visto cómo cuatro Ratas morían allí abajo. En un caso, la Rata de Túnel superviviente había regresado a la superficie gritando y llorando. Aquel hombre nunca volvería a bajar a un túnel, ni siquiera después de que hubiera pasado varias semanas con los psiquiatras.
    Pero el cuerpo del que nunca consiguió regresar todavía estaba allí abajo. El Tejón y el Topo bajaron provistos de cuerdas para dar con él y sacarlo del túnel, para repatriarlo y que se le pudiera dar un entierro cristiano. Le habían cortado el cuello. No habría ataúd para él.
    De los trece Ratas de Túnel originales, cuatro más habían dejado la unidad al final de su período de servicio. Ocho hombres habían quedado fuera. Seis reclutas habían ingresado en la unidad, y esta volvió a quedar compuesta por once hombres.
    —No quiero bajar ahí con nadie más —le dijo Dexter a su compañero cuando el Tejón fue a visitarlo a la clínica de la base.
    —Yo tampoco querría si estuviera en tu lugar —dijo el Tejón.
    Finalmente resolvieron el problema acordando que si el Tejón prolongaba su servicio durante otro año, el Topo haría lo mismo al cabo de tres meses. Así se hizo. Los dos aceptaron un segundo período de servicio y regresaron a los túneles. Encontrando un poco embarazosa la gratitud que sentía, el general de la división les entregó dos medallas más.
    Cuando se estaba dentro de aquellos túneles, había ciertas reglas que nunca debían infringirse. Una de ellas era: nunca bajes solo. Debido a su notable intuición para detectar el peligro, el Topo solía ir unos cuantos metros por delante del Tejón. Otra regla era: nunca dispares los seis proyectiles de una sola vez. Eso le dirá al vietcong que te has quedado sin munición, que eres un pato esperando ser cazado. Cuando llevaba dos meses de su segundo período de servicio, en mayo de 1970, Cal Dexter estuvo a punto de infringir ambas reglas, y tuvo mucha suerte al sobrevivir.
    La pareja había entrado en un pozo recién descubierto en los bosques de Ho Bo. El Topo iba delante y ya se había arrastrado unos trescientos metros a lo largo de un túnel que cambiaba cuatro veces de dirección. Las puntas de sus dedos habían detectado y desconectado dos trampas para incautos. Pero no se percató de que el Tejón estaba teniendo que hacer frente a su propia fobia personal, dos murciélagos de la tumba que habían caído en su pelo, y se había detenido porque era incapaz de hablar o seguir adelante.
    El Topo estaba arrastrándose en solitario cuando vio, o creyó ver, el más tenue de los resplandores que provenía de detrás del próximo recodo. La luz era tan débil que el Topo pensó que las retinas podían estar haciéndole una mala pasada. Se arrastró hasta el recodo sin hacer ningún ruido y se detuvo, empuñando la pistola con la mano derecha. El resplandor también permaneció inmóvil, justo al otro lado del recodo. Dexter esperó durante diez minutos, sin ser consciente de que su compañero se había perdido de vista detrás de él al quedarse paralizado. Finalmente decidió romper aquella situación de tablas y se impulsó hacia delante, lanzando su torso alrededor del recodo.
    A tres metros de distancia de él había un vietcong acurrucado a cuatro patas. Entre ellos dos estaba la fuente de luz, una lamparilla de aceite de coco con un diminuto pábilo flotando en el aceite. El vietcong evidentemente la había ido empujando ante él mientras cumplía con su misión, que era comprobar las trampas para incautos. Primero los dos enemigos se limitaron a mirarse fijamente el uno al otro durante medio segundo, y luego ambos reaccionaron a la vez.
    Golpeándolo con el dorso de los dedos, el vietnamita lanzó el plato lleno de aceite de coco caliente directamente a la cara del americano. La luz se extinguió de inmediato. Dexter alzó su mano izquierda para protegerse los ojos y sintió que el aceite ardiendo se esparcía por sus nudillos. Disparó tres veces con la mano derecha mientras oía un frenético ruido de retirada túnel abajo. Se sintió tentado de utilizar los otros tres proyectiles, pero no sabía cuántos vietcongs más había.
    El Tejón lo ignoraba, pero habían estado arrastrándose hacia el complejo que albergaba los cuarteles generales de toda la Zona de Mando del Vietcong. Custodiándolo había un total de cincuenta resueltos veteranos.
    Mientras tanto, en Estados Unidos existía una pequeña unidad secreta conocida con el nombre de Laboratorio de la Guerra Limitada. Dicha unidad se pasó toda la guerra de Vietnam concibiendo espléndidas ideas para ayudar a las Ratas de Túnel, aunque ninguno de los científicos que la formaban llegó a bajar nunca a ninguno. Enviaban sus ideas a Vietnam, donde las Ratas, que sí bajaban a los túneles, las ponían a prueba, las encontraban poco prácticas y se las devolvían nuevamente a la unidad.
    En el verano de 1970, el Laboratorio de la Guerra Limitada desarrolló una nueva clase de arma de fuego para ser empleada muy cerca del enemigo dentro de un espacio cerrado; con ella, al fin, tenían entre las manos un triunfo. El arma era una Magnum del calibre 44 con el cañón reducido a unos siete centímetros de longitud para que no estorbara, que utilizaba una munición especial.
    El proyectil, muy pesado, que disparaba aquel calibre 44 estaba dividido en cuatro segmentos. Estos se mantenían unidos como si fueran uno por el cartucho pero al tocar fondo se separaban inmediatamente unos de otros para dar lugar a cuatro proyectiles. Las Ratas de Túnel descubrieron que iba muy bien cuando se estaba cerca del enemigo y que dentro de los túneles probablemente resultaría letal, porque si el arma era disparada dos veces llenaría el tramo de túnel que había delante con ocho proyectiles en vez de con solo dos. Eso te proporcionaba una probabilidad mucho más grande de acertar a algún vietcong.
    Solo se llegaron a fabricar setenta y cinco de aquellas armas. Las Ratas de Túnel estuvieron utilizándolas durante seis meses; después las armas fueron retiradas. Alguien había descubierto que probablemente contravenían la Convención de Ginebra, así que los setenta y cuatro revólveres Smith and Wesson a los que se les hubiera podido seguir la pista fueron devueltos a Estados Unidos y nunca más se los volvió a ver.
    Las Ratas de Túnel tenían una plegaria muy corta y sencilla: «Si he de recibir un balazo, que así sea. Si me han de dar una cuchillada, mala suerte. Pero por favor, Dios mío, nunca me entierres vivo allá abajo».
    En el verano de 1970 el Tejón estuvo a punto de quedarse enterrado vivo.
    O los soldados no hubieran debido estar allí abajo o los bombarderos B-52 que habían despegado de Guam no hubieran debido lanzar sus bombas desde nueve mil metros de altitud. Pero alguien había ordenado que vinieran los bombarderos, y ese alguien se olvidó de avisar a las Ratas de Túnel de que iban a venir. Ocurre. No muy a menudo, pero nadie que haya estado en las fuerzas armadas dejará de reconocer una metedura de pata de gran calibre cuando la tiene delante.
    La nueva manera de pensar era que había que destruir los complejos de túneles haciendo que se derrumbaran mediante las tremendas explosiones de las bombas arrojadas por los B-52. En parte aquello había sido causado por un cambio de naturaleza psicológica.
    En Estados Unidos, la opinión pública había pasado a estar totalmente en contra de la guerra de Vietnam.
    Ahora los padres se estaban uniendo a sus hijos en las manifestaciones contra la guerra.
    En la zona de guerra, la ofensiva Tet de hacía treinta meses no había sido olvidada. La moral se iba escurriendo poco a poco por el suelo de la selva. Todavía no se hablaba de ello en el alto mando, pero empezaba a extenderse la impresión de que aquella guerra no podía ser ganada. Todavía tendrían que transcurrir tres años antes de que el último soldado subiera al último avión para salir de allí, pero en el verano de 1970 se tomó la decisión de destruir con bombas los túneles que había en las «zonas de ataque libre». El Triángulo de Hierro se encontraba dentro de una zona de ataque libre.
    Debido a que la 25.a División de Infantería se hallaba estacionada allí, los bombarderos tenían instrucciones de no dejar caer ninguna bomba a menos de tres kilómetros de la unidad estadounidense más próxima. Pero aquel día el alto mando se olvidó del Tejón y el Topo, que pertenecían a otra división.
    Estaban en un complejo próximo a Ben Sue, en el segundo nivel, cuando sintieron más que oyeron el primer crump de bombas haciendo explosión por encima de ellos. Luego hubo otro, y la tierra empezó a moverse alrededor de ellos. Olvidándose de los vietcongs, el Tejón y el Topo se arrastraron frenéticamente hacia el conducto que subía hasta el nivel uno.
    El Topo llegó a él y había avanzado diez metros hacia el último pozo que subía hasta la luz del día cuando se produjo el desplome del techo. Tuvo lugar por detrás de él. «¡Tejón!», gritó. No hubo respuesta. El Topo sabía que veinte metros más adelante había un pequeño ensanchamiento, porque habían pasado ante él cuando bajaron. Empapado en sudor, se arrastró hasta allí y utilizó la anchura para dar la vuelta y regresar por donde había venido.
    Encontró el montón de tierra con las puntas de los dedos. Entonces sintió una mano, y luego una segunda mano, pero más allá de eso no sintió nada excepto tierra caída. Empezó a cavar, lanzando la tierra detrás de él, pero obstruyendo su pronta salida al hacerlo.
    Necesitó cinco minutos para descubrir la cabeza de su compañero, y cinco más para liberarle el torso. Las bombas habían dejado de caer, pero por encima los escombros desprendidos habían obstruido los conductos de aire. Empezaron a quedarse sin oxígeno.
    —Sal de aquí, Cal —siseó el Tejón en la oscuridad—. Regresa con ayuda más tarde. No me va a pasar nada.
    Dexter continuó apartando la tierra con los dedos. Ya había perdido totalmente dos uñas. Tardaría más de una hora en conseguir ayuda, y su compañero no sobreviviría ni la mitad de ese tiempo con los conductos de aire obstruidos. Encendió su linterna y se la puso en la mano a su compañero.
    —No la sueltes y dirige el haz hacia atrás apuntando por encima de tu hombro.
    La luz amarilla le permitió ver la masa de tierra que cubría las piernas del Tejón. Necesitó otra media hora. Después vino el lento arrastrarse de regreso a la luz del día, deslizándose entre los escombros que Dexter había ido arrojando detrás de él mientras cavaba. Sus pulmones se esforzaban por encontrar un poco de oxígeno, le daba vueltas la cabeza; su compañero estaba medio inconsciente. Entonces Dexter dobló la última esquina y sintió el aire.
    En enero de 1971 el Tejón llegó al final de su segundo turno de servicio. Prolongarlo durante un tercer año estaba prohibido, pero de todas maneras ya había tenido más que suficiente. La noche antes de que regresara en avión a Estados Unidos, el Topo consiguió que le dieran permiso para acompañar a su compañero a Saigón para despedirse. Fueron hasta la capital en un convoy blindado. Dexter confiaba en encontrar al día siguiente un hueco en un helicóptero para volver.
    Los dos hombres hicieron una cena rápida y luego recorrieron los bares. Manteniéndose alejados de las hordas de prostitutas, se concentraron en beber. A las dos de la madrugada se encontraron, sin sentir ningún dolor, en algún lugar de Cholon, el barrio chino de Saigón al otro lado del río.
    Había un salón de tatuajes, todavía abierto y dispuesto a atender a la clientela, especialmente si se pagaba en dólares. El chino estaba pensando muy sensatamente en buscarse un futuro lejos de Vietnam.
    Antes de tomar el transbordador para cruzar el río de nuevo, los dos jóvenes se hicieron un tatuaje cada uno en el antebrazo izquierdo. Mostraba una rata; no la rata agresiva que había en la puerta del «garito» de Lai Khe, sino una rata con ganas de marcha. Dando la espalda al espectador pero mirando hacía atrás por encima del hombro, la rata guiñaba un ojo y tenía los pantalones bajados. Aquella rata andaba buscando compañía. El Tejón y el Topo no pararon de reír hasta que se les pasó la borrachera, y entonces ya era demasiado tarde.
    A la mañana siguiente, el Tejón regresó a Estados Unidos. El Topo siguió a su compañero diez semanas después, a mediados de marzo. El 7 de abril de 1941, las Ratas de Túnel cesaron de existir formalmente.
    Ese fue el día en que Cal Dexter, a pesar de la insistencia de varios superiores, dejó el ejército y volvió a la vida civil.
    6
    El Rastreador
    Hay muy pocas unidades militares cuya actividad sea más secreta que la del regimiento del Special Air Service británico, pero si existe una que haga que el siempre discreto SAS parezca el show televisivo de Jerry Springer, esa es el Dest.
    La 14.a Compañía de Inteligencia Independiente, también llamada 14.a de Int., el Destacamento o el Dest, es una unidad del ejército que obtiene a sus reclutas directamente de la junta, y a diferencia del exclusivamente masculino SAS, con una buena proporción de mujeres soldado entre ellos.
    Aunque puede llegar a combatir con una mortífera eficiencia en el caso de que sea necesario hacerlo, las principales tareas del Dest consisten en localizar al enemigo, seguirle los pasos, vigilarlo y mantenerlo bajo observación. Nunca son vistos y los aparatos de escucha que colocan son tan avanzados que rara vez pueden localizarse.
    Una operación del Dest coronada por el éxito supone seguir a un terrorista hasta su base principal, entrar secretamente en ella por la noche, colocar un «micrófono» y luego estar a la escucha durante días o semanas enteras; había muchas probabilidades de que los terroristas terminaran hablando de su siguiente operación. Una vez que hubiera sido informado, el ligeramente más ruidoso SAS podría organizar una pequeña emboscada y, en cuanto el primer terrorista abriera fuego con un arma, acabar con todos ellos. Legalmente. En defensa propia.
    Hasta 1995 la mayor parte de las operaciones del Dest habían tenido lugar en Irlanda del Norte, donde la información que obtenía en secreto había terminado llevando a algunas de las peores derrotas sufridas por el IRA. Fue el Dest el que tuvo la idea de infiltrarse en locales de pompas fúnebres donde algún terrorista, fuera bien republicano o unionista, yaciera dentro de un féretro, e introducir un micrófono en éste.
    Aquella manera de actuar obedecía a que los padrinos de los terroristas, sabiendo que se hallaban bajo sospecha, rara vez se reunían para discutir sus planes. Pero en un funeral sí que se congregarían; se inclinarían sobre el ataúd y, tapándose la boca para protegerse de los lectores de labios apostados detrás de telescopios en la colina que se alzaba sobre el cementerio, celebrarían sus reuniones de planificación. Los micrófonos introducidos en el ataúd captarían muchas cosas. El sistema dio muy buenos resultados durante años.
    En años venideros, sería el Dest el que llevaría a cabo la operación «Reconocimiento de Objetivos Cercanos» sobre los asesinos en masa de Bosnia, permitiendo así que los pelotones de captura del SAS se los llevaran para ser juzgados en La Haya.
    La empresa cuyo nombre había sabido Steve Edmond de labios del señor Rubinstein, el coleccionista de obras de arte de Toronto que tan misteriosamente había recuperado sus cuadros, se llamaba Gestión de Riesgos y era una agencia muy discreta que tenía su sede en el distrito Victoria de Londres.
    Gestión de Riesgos estaba especializada en tres cosas, y contaba con un considerable porcentaje de antiguo personal de las Fuerzas Especiales en su plantilla. La que proporcionaba más ingresos era Protección de Recursos que, como daba a entender su nombre, consistía en proteger propiedades extremadamente caras en beneficio de personas muy ricas que no querían despedirse de ellas. Dicha actividad solo era llevada a cabo en ocasiones especiales con duración limitada, no de manera permanente.
    Después venía Protección Personal. Dicha actividad también tenía una duración limitada, aunque en Wiltshire había una pequeña escuela para adiestrar a los guardaespaldas de hombres ricos a cambio de una tarifa sustancial.
    La más pequeña de las divisiones de Gestión de Riesgos era conocida como L&R, Localización y Recuperación. Aquello era lo que había necesitado el señor Rubinstein: alguien que siguiera el rastro de sus obras maestras perdidas y negociara su devolución. Dos días después de recibir la llamada de su preocupada hija, Steve Edmond acudió a su cita con el presidente de Gestión de Riesgos y le explicó lo que quería.
    —Encuentre a mi nieto. No estamos hablando de un encargo que tenga límites presupuestarios —dijo.
    El antiguo director de las Fuerzas Especiales, ahora retirado, se puso muy contento. Incluso los soldados tienen hijos a los que educar. El hombre al que telefoneó al día siguiente desde su casa de campo era Phil Gracey, un antiguo capitán del Regimiento de Paracaidistas que diez años en el Dest habían convertido en uno de los veteranos de la firma. Dentro de esta se lo conocía simplemente por el Rastreador.
    Gracey mantuvo su propia reunión con el canadiense; su interrogatorio fue extremadamente detallado. Si el muchacho aún estaba vivo, quería saberlo todo acerca de sus costumbres personales, gustos, preferencias, e incluso vicios. Recibió dos buenas fotografías de Ricky Colenso y el número personal del móvil de su abuelo. Luego asintió y se fue.
    El Rastreador pasó dos días hablando casi continuamente por teléfono. No tenía ninguna intención de moverse hasta que supiera exactamente adónde iba a ir, cómo, por qué y a quién buscaba. Pasó horas leyendo material escrito acerca de la guerra civil bosnia, los programas de ayuda y la presencia militar no bosnia en el terreno. Finalmente la fortuna le sonrió.
    Naciones Unidas había creado una fuerza internacional de «mantenimiento de la paz», cayendo así en su habitual insensatez de enviar una fuerza para mantener la paz donde no había ninguna paz que mantener y luego prohibir a sus integrantes que crearan condiciones de paz, limitándose a ordenarles que contemplaran la carnicería sin intervenir en ella. Los efectivos constituyeron la UNPROFOR, a la que el gobierno británico había proporcionado un considerable contingente. Se hallaban estacionados en Vitez, a quince kilómetros de Travnik siguiendo la ruta que unía ambas poblaciones.
    El regimiento que había allí en junio de 1995 llevaba poco tiempo; su predecesor había sido relevado tan solo dos meses antes, pero el Rastreador pudo localizar a su coronel dando un curso en un depósito de la Guardia. El coronel Pirbright resultó ser una auténtica mina de información. Tres días después de su conversación con el abuelo canadiense, el Rastreador voló a los Balcanes; no directamente a Bosnia (aquello era imposible) sino a Split, una ciudad en la costa de Croacia muy frecuentada por el turismo. Se presentó como un periodista independiente, lo cual siempre resulta una tapadera muy útil porque es completamente indemostrable que sea falsa o cierta. Por si acaso, el Rastreador también llevó consigo una carta de un gran dominical londinense en la que le solicitaba una serie de artículos sobre la efectividad de la ayuda humanitaria.
    Durante las veinticuatro horas que pasó en Split, que estaba disfrutando de una inesperada prosperidad como principal punto de partida para la Bosnia central, el Rastreador adquirió un todoterreno, de segunda mano pero en muy buen estado, y una pistola. Solo por si acaso, también. Había que hacer un largo y duro viaje a través de las montañas desde la costa hasta Travnik, pero el Rastreador confiaba en que su información fuera exacta: se le había dicho que no entrara en ninguna zona de combate, y no lo hizo.
    La guerra civil de Bosnia era una guerra extraña. Rara vez había línea del frente como tal, y nunca una batalla encarnizada. Lo único que había era una colcha hecha con retazos de comunidades monoétnicas que vivían sumidas en el miedo, centenares de pueblecitos y aldeas étnicamente «limpias» que habían sido consumidas por las llamas y, vagando entre ellas, bandas de soldadesca, en su mayor parte pertenecientes a uno de los ejércitos nacionales» que las rodeaban, pero que también incluían grupos de mercenarios, saqueadores y paramilitares psicópatas que se hacían pasar por patriotas. Aquellos eran los peores.
    En Travnik, el Rastreador se encontró con su primer revés. John Slack se había ido. Un alma caritativa que colaboraba con Pensar en la Tercera Edad dijo que creía que el estadounidense se había unido a Alimentad a los Niños, una ONG mucho más grande con base en Zagreb. El Rastreador pasó la noche en su saco de dormir en la parte de atrás del cuatro por cuatro, y al día siguiente salió de Travnik para hacer otro agotador trayecto en dirección norte hacia Zagreb, la capital croata. Allí encontró a John Slack en el almacén de Alimentar a los Niños. Éste no pudo serle de mucha ayuda.
    —No tengo ni idea de lo que ocurrió, adónde se fue o por qué -protestó-. Mire usted, Panes y Peces dejó de actuar allí el mes pasado y él formaba parte de esa operación. Se esfumó con uno de mis dos Landcruiser recién salidos de fábrica, lo cual quiere decir que se largó con el cincuenta por ciento de mis medios de transporte.
    »Además, se llevó consigo a uno de mis tres cooperantes bosnios. Charleston no se mostró nada complacido. Ahora que la paz por fin está a punto de llegar, no quieren tener que volver a empezar partiendo de cero. Yo les dije que todavía quedaba mucho por hacer, pero me cerraron la tienda. Tuve suerte de poder encontrar un billete hasta aquí.
    —¿Y qué me dice del bosnio?
    —¿Fadil? No, es imposible que él estuviera detrás de aquello. Fadil era muy buen tipo, y se pasaba la mayor parte del tiempo llorando a su familia perdida. Si odiaba a alguien era a los serbios, no a los estadounidenses.
    —¿Se ha sabido algo del cinturón con el dinero?
    —Eso sí que fue una auténtica estupidez. Se lo advertí. Era demasiado dinero, tanto para dejarlo en algún sitio como para llevarlo encima. Pero no creo que Fadil lo matara por eso.
    —¿Dónde estaba usted, John?
    —Esa es la cuestión. Si yo hubiera estado allí, nunca habría ocurrido. Yo habría vetado la idea, cualquiera que fuese. Pero me encontraba en un camino de montaña del sur de Croacia, intentando conseguir que remolcaran al pueblo más cercano un camión cuyo motor había dejado de funcionar. Sueco estúpido... ¿A usted le parece que puede haber alguien que sea capaz de conducir un camión sin darse cuenta de que el colector del aceite se ha quedado vacío?
    —¿Qué fue lo que descubrió?
    —¿Cuando volví, quiere decir? Bueno, el chico había llegado al recinto y lo que hizo fue entrar, coger un Landcruiser y largarse en él. Otro de los cooperantes bosnios, Ibrahim, los vio a los dos, pero no le dijeron nada. Eso fue cuatro días antes de que yo regresara. Estuve llamando a su móvil, pero no obtuve respuesta. Entonces sí que empecé a subirme por las paredes. Pensaba que se habían ido de juerga, así que al principio estuve más enfadado que preocupado.
    —¿Tiene alguna idea de la dirección que pudieron tomar?
    —No. Ibrahim me contó que se fueron hacia el norte, y eso quiere decir que iban directamente hacia el centro de Travnik. Del centro de la población salen caminos que van a todas partes. En Travnik nadie se acuerda de nada.
    —¿Y usted tiene alguna idea de adónde fueron, John?
    —Pues sí. Me parece que el chico recibió una llamada. O, más probablemente, Fadil recibió una llamada y se lo dijo a Ricky. Ese chico siempre se dejaba arrastrar por la compasión. Si lo hubieran llamado para informarle de alguna emergencia médica en una de las aldeas de las montañas, Ricky habría salido corriendo para ayudar. Era demasiado impulsivo para dejar un mensaje. ¿Ha visto usted esa parte del territorio, amigo? ¿Ha llegado a conducir por ella? Todo son montañas, valles y ríos. Me imagino que cayeron por un precipicio y acabaron en el fondo de algún valle. Cuando caigan las hojas y llegue el invierno, supongo que alguien verá los restos del vehículo desperdigados entre las rocas. Oiga, tengo que irme. Buena suerte, ¿eh? Ricky era un buen chico.
    El Rastreador regresó a Travnik, organizó un pequeño despacho con alojamiento y reclutó a un tal Ibrahim, que se mostró encantado de tener trabajo, para que le hiciera de guía e intérprete. Se había llevado consigo un teléfono vía satélite con varias pilas de repuesto y un interferidor que impediría que detectaran sus comunicaciones. Era para mantenerse en contacto con la central de Londres, ya que allí disponían de recursos de los que él carecía. Al Rastreador le parecía que había cuatro posibilidades, las cuales iban desde lo insensato hasta lo probable pasando por lo posible. La más insensata de las cuatro era que Ricky Colenso había decidido robar el Landcruiser, ir en dirección sur hasta llegar a Belgrado, en Serbia, vender el vehículo y, una vez allí, había optado por abandonar toda su existencia anterior y vivir como un vagabundo. El Rastreador la rechazó. Aquello simplemente no era propio de Ricky Colenso, y además no veía por qué el chico iba a robar un Landcruiser cuando su abuelo podía comprarle la fábrica entera.
    Otra era que Fadil Sulejman hubiera persuadido a Ricky de que lo llevara a algún sitio, y luego hubiera asesinado al joven estadounidense para quedarse con su dinero y el vehículo. Era posible, desde luego. Pero como musulmán bosnio que carecía de pasaporte, Fadil no conseguiría llegar muy lejos ni en Croacia ni en Serbia, ambas territorio hostil para él, y la presencia de un Landcruiser nuevo en el mercado sería percibida enseguida.
    O bien Fadil y Ricky se habían encontrado con una persona o personas desconocidas y habían sido asesinados por el mismo botín. Entre los asesinos incontrolados que trabajaban por libre y que recorrían el territorio había unos cuantos grupos de muyaidines, fanáticos musulmanes procedentes de Oriente Próximo que habían venido a «ayudar» a sus correligionarios perseguidos en Bosnia. Se sabía que ya habían matado a dos mercenarios europeos, a pesar de que se suponía que se encontraban en el mismo bando, además de a un cooperante de la ayuda humanitaria y a un musulmán dueño de un garaje que se negó a donar petróleo.
    Pero ocupando el primer lugar de la lista de probabilidades estaba la teoría de John Slack. El Rastreador se llevó consigo a Ibrahim y, un día tras otro, fue siguiendo todos los caminos que salían de Travnik para internarse varios kilómetros en los campos. Mientras el bosnio iba conduciendo lentamente detrás de él, el Rastreador examinaba los bordes de los caminos en cada empinada ladera que descendiese hacia los valles.
    Estaba haciendo lo que se le daba mejor. Poco a poco, pacientemente y sin pasar nada por alto, el Rastreador buscaba señales de neumáticos, bordes desmoronados, líneas de derrapajes, vegetación aplastada y hierba que hubiera sido prensada por las ruedas. Tres veces, con una cuerda atada al Lada estacionado en el camino, bajó a cañadas en las que la masa de vegetación podía ocultar un Landcruiser destrozado. Nada.
    Se sentaba con sus prismáticos al costado del camino y examinaba los valles en busca de un destello de metal o cristal. Nada. Después de diez días agotadores, el Rastreador llegó a convencerse de que Slack estaba equivocado. Si un todoterreno de aquellas dimensiones se hubiera salido del camino y despeñado, habría dejado una huella, por pequeña que fuese, que seguiría siendo visible incluso cuarenta días después. Y él hubiese visto aquella huella. No había ningún vehículo yaciendo en los valles que rodeaban Travnik.
    Ofreció una recompensa a cambio de información, lo bastante grande para hacer la boca agua. La noticia circuló rápidamente entre la comunidad de refugiados, y los que esperaban hacerse con la recompensa fueron a ver al Rastreador. Pero lo mejor que consiguió fue que alguien había visto el vehículo atravesando la población aquel día. Con destino desconocido, con dirección desconocida.
    Pasadas dos semanas, el Rastreador dio por concluida la operación y fue a Vitez, donde estaba el cuartel general del contingente británico recién instalado en la zona.
    Encontró alojamiento en una escuela que había sido convertida en una especie de hostal para la prensa, mayoritariamente británica. Estaba en una calle conocida como el Callejón de la Televisión, muy cerca del acuartelamiento británico pero lo bastante alejada de él para el caso de que las cosas se pusieran feas. Sabiendo lo que la mayoría de los militares piensan de la prensa, el Rastreador no se molestó en recurrir a su tapadera de periodista independiente, sino que concertó una cita con el coronel jefe basándose en lo que realmente era él, un antiguo miembro de los Servicios Especiales.
    El coronel tenía un hermano en los paracaidistas. Un pasado común, unos intereses comunes. No había ningún problema, ¿podía ayudarlo de alguna manera?
    Sí, había oído hablar del chico estadounidense desaparecido. Un feo asunto, desde luego. Sus patrullas habían mantenido los ojos bien abiertos, pero nada. El coronel escuchó la oferta del Rastreador de hacer un sustancial donativo al Fondo Caritativo del Ejército. Se organizó un vuelo de reconocimiento con un aparato ligero de los que se emplean en artillería. El Rastreador fue con el piloto. Estuvieron sobrevolando las montañas y las cañadas durante más de una hora. Ni rastro.
    —Me parece que tendrá que empezar a buscar a algún culpable —dijo el coronel durante la cena.
    —¿Los muyaidines?
    —Posiblemente. Esos cerdos son muy raros, ¿sabe? Te matarán tan pronto como te vean llegar si no eres musulmán, o incluso siéndolo si no eres lo bastante fundamentalista. ¿El 15 de mayo, dice? Entonces nosotros solo llevábamos un par de semanas aquí y todavía nos estábamos familiarizando con el terreno. Pero he examinado el Registro de Incidentes y no hubo ninguno en el área. Podría probar suerte con los insits, o informes de situación, de la MSCE. No es que sirvan de mucho, pero tengo un montón de ellos en el despacho. Deberían cubrir el 15 de mayo.
    La Misión de Seguimiento de la Comunidad Europea era reflejo de los esfuerzos de la Unión Europea por hacerse un hueco en una representación sobre la que no podía influir de ninguna manera. Bosnia había sido un asunto de las Naciones Unidas hasta que finalmente, y en un rapto de exasperación, Estados Unidos había asumido el control y resuelto el problema. Pero Bruselas quería tener un papel, así que creó un equipo de observadores.
    Al día siguiente el Rastreador repasó el montón de informes. Casi todos los observadores de la Unión Europea eran militares que no tenían nada que hacer y que habían sido designados por los ministerios de Defensa de los miembros. Estaban desperdigados por Bosnia y disponían de un despacho, un piso, un coche y una asignación para pagarse los gastos. Algunos de los insits parecían más bien una especie de diario social. El Rastreador se concentró en cualquier informe que hubiera sido archivado el 15 de mayo o en los tres días siguientes. Había uno de Banja Luka fechado el 16 de mayo que atrajo su atención.
    Banja Luka era una plaza fuerte de los serbios situada bastante al norte de Travnik y que quedaba al otro lado de los montes Vlasic. El oficial de la MSCE destacado allí era un comandante danés, Lasse Bjerregaard. En su informe decía que la tarde anterior, es decir el 15 de mayo, estaba tomando una copa en el bar del hotel Bosna cuando presenció una feroz discusión entre dos serbios que vestían uniforme de camuflaje. Uno estaba claramente furioso con el otro, que era bastante más joven que él, y no paraba de gritarle insultos en serbio. Lo abofeteó varias veces, pero la parte ofendida no mostró ninguna clase de reacción, indicando con ello la clara superioridad del agresor.
    Una vez que hubo terminado el incidente, el comandante trató de obtener una explicación del barman, quien hablaba de manera bastante vacilante ese inglés que el danés hablaba con gran fluidez; pero el barman se encogió de hombros y enseguida se fue barra abajo, de una manera muy descortés, impropia de él. A la mañana siguiente los dos uniformados habían desaparecido y el comandante nunca volvió a verlos.
    El Rastreador pensó que era el tiro a ciegas más desesperado de toda su vida, pero telefoneó al oficial de la MSCE destinado en Banja Luka. Había habido otro cambio de puesto, porque fue un griego el que respondió a su llamada. Sí, el danés había vuelto a casa la semana anterior. El Rastreador llamó a Londres para pedirles que hablaran con el Ministerio de Defensa danés. Londres llamó pasadas tres horas. Afortunadamente, el apellido no era demasiado común, ya que otro, como Jensen, habría supuesto un auténtico problema. El comandante Bjerregaard estaba disfrutando de un permiso y su número de teléfono correspondía a Odense.
    El Rastreador consiguió pillarlo en casa aquella noche cuando el comandante acababa de volver de un día de playa con su familia en plena ola de calor del verano. El comandante Bjerregaard se mostró más que dispuesto a ayudar. Recordaba con toda claridad la tarde del 15 de mayo. Después de todo, no había gran cosa que un danés pudiera hacer en Banja Luka y el destino había resultado muy solitario y aburrido.
    Como cada tarde, Bjerregaard había ido al bar alrededor de las siete y media para tomarse una cerveza antes de cenar. Cosa de media hora después de que él hubiera llegado allí, un pequeño grupo de serbios con uniforme de camuflaje había entrado en el bar. El comandante pensó que seguramente no serían del ejército yugoslavo, porque no lucían las insignias de la unidad en sus hombros.
    Parecían muy pagados de sí mismos y enseguida pidieron bebidas, una letal combinación de slivovitz acompañado con cervezas para hacerlo pasar. Varias rondas después, el comandante se disponía a retirarse al comedor, ya que el ruido se estaba volviendo ensordecedor, cuando otro serbio entró en el bar. Parecía ser el jefe, porque los demás se calmaron bastante.
    El recién llegado les habló en serbio, y debió de ordenarles que fueran con él. Los hombres empezaron a apurar sus cervezas y a devolver los paquetes de cigarrillos y los mecheros a los bolsillos de sus uniformes. Entonces uno de ellos se ofreció a pagar.
    El jefe pareció enloquecer de ira. Empezó a gritarle al subordinado. Los demás se quedaron tan callados como muertos, al igual que los otros clientes. Y el barman. La reprimenda al subordinado siguió, y fue acompañada por dos bofetadas. Aun así nadie protestó. Finalmente el jefe se marchó hecho una furia. Muy cabizbajos y sin decir palabra, los demás lo siguieron. Nadie se ofreció a pagar las bebidas.
    El comandante había intentado obtener una explicación del barman con el que, después de varias semanas de ir a beber allí, había llegado a mantener una buena relación. El hombre había palidecido. El danés pensó que podía tratarse de rabia causada por la escena en el bar, pero aquello se parecía más al miedo. Cuando se le preguntó a qué había venido todo aquello, el barman se encogió de hombros y fue al otro extremo del ahora vacío bar, donde se quedó inmóvil dando la espalda al comandante.
    —¿El jefe se enfadó con alguien más? —preguntó el Rastreador.
    —No, solo con el que había intentado pagar —dijo la voz que hablaba desde Dinamarca.
    —¿Por qué únicamente con él, comandante? Su informe no menciona ninguna posible razón.
    —Ah. ¿No incluí eso? Lo siento. Pues yo creo que fue porque el hombre intentó pagar con un billete de cien dólares.
    7
    El Voluntario
    El Rastreador hizo su equipaje y salió de Travnik en dirección norte. Estaba pasando de territorio bosnio (musulmán) a la zona controlada por los serbios. Pero una bandera británica ondeaba en lo alto de una antena sobre el Lada; con un poco de suerte eso debería bastar para evitar disparos de lejos. Si lo detenían, el Rastreador tenía intención de confiar en su pasaporte, la carta-prueba de que solo estaba escribiendo acerca de la ayuda humanitaria, y generosos regalos de cigarrillos de tabaco de Virginia que había comprado en la cantina de los cuarteles de Vitez.
    Si todo eso fallaba, su pistola llevaba un cargador completo y estaba al alcance de su mano; y el Rastreador sabía cómo había que usarla.
    Fue detenido dos veces, la primera por una patrulla de milicianos bosnios cuando estaba saliendo del territorio controlado por Bosnia, y la segunda por una patrulla del ejército yugoslavo al sur de Banja Luka. Sus explicaciones, documentos y regalos surtieron efecto en ambas ocasiones. Cinco horas después ya estaba entrando en Banja Luka.
    Ciertamente, el hotel Bosna nunca haría que el Ritz tuviera que cerrar sus puertas por falta de clientela, pero era todo lo que tenía la población. El Rastreador se inscribió en recepción. Había habitaciones de sobra. Aparte de un equipo de la televisión francesa, le pareció que era el único extranjero que se alojaba allí. A las siete de aquella tarde entró en el bar. Había tres personas más bebiendo, todas serbias y sentadas a la mesa, y un barman. El Rastreador se instaló en uno de los taburetes de la barra.
    —Hola —dijo—. Usted tiene que ser Dusko.
    Se mostró abierto, afable y encantador. El barman estrechó la mano que le ofrecía y preguntó:
    —¿Ha estado aquí antes?
    —No, es la primera vez. Bonito bar. Uno enseguida se siente a gusto en él.
    —¿Cómo sabe que me llamo Dusko?
    —Un amigo mío estuvo destinado aquí recientemente. Un danés, Lasse Bjerregaard. Me pidió que le diera recuerdos de su parte si alguna vez llegaba a pasar por Banja Luka.
    El barman se relajó considerablemente. Aquello no encerraba ninguna amenaza.
    —¿Es usted danés?
    —No, británico.
    —¿Ejército?
    —Cielos, no. Soy periodista. Estoy escribiendo una serie de artículos sobre las agencias de ayuda humanitaria. ¿Tomará una copa conmigo?
    Dusko se sirvió de su mejor brandy.
    —Me gustaría ser periodista. Algún día. Viajar. Ver mundo.
    —¿Por qué no? Adquiera un poco de experiencia en el periódico de aquí y luego vaya a la gran ciudad. Eso fue lo que hice yo.
    El barman se encogió de hombros con resignación.
    —¿Aquí? ¿En Banja Luka? No hay periódico.
    —Pues entonces pruebe en Sarajevo, o incluso en Belgrado. Usted es serbio. Puede salir de aquí. La guerra no durará eternamente.
    —Salir de aquí cuesta dinero. Sin trabajo, no hay dinero. Sin dinero, no hay viaje ni trabajo.
    —Ah, sí. El dinero siempre es un problema. O tal vez no.
    El inglés sacó de su bolsillo un fajo de dólares estadounidenses, todos en billetes de cien, y los contó encima de la barra.
    —Soy un poco anticuado -dijo—. Creo que las personas deberían ayudarse las unas a las otras. Eso hace que la vida se vuelva más fácil, más agradable. ¿Me ayudará, Dusko?
    El barman estaba contemplando los mil dólares que había a unos cuantos centímetros de las puntas de sus dedos. No podía apartar los ojos de ellos. Cuando volvió a hablar, bajó la voz hasta convertirla en un susurro.
    —¿Qué es lo que quiere? ¿Qué está haciendo aquí? Usted no es reportero.
    —Bueno, en cierta manera sí que lo soy. Hago preguntas. Pero el hacer preguntas me ha permitido llegar a ser rico. ¿Quiere ser rico como yo, Dusko?
    —¿Qué es lo que quiere? —repitió el barman. Lanzó una rápida mirada de soslayo a los otros bebedores, que los estaban mirando.
    —Usted ya ha visto un billete de cien dólares antes. En mayo pasado. Fue el día 15, ¿verdad? Un joven soldado intentó pagar la cuenta del bar con él y eso hizo que se armara un jaleo terrible. Mi amigo Lasse se encontraba aquí. Él me lo contó. Me explicó exactamente lo que sucedió y el porqué.
    —Aquí no. Ahora no —siseó el asustado serbio. Uno de los hombres de las mesas se había levantado y estaba yendo hacia la barra. Un paño para limpiar surgió de la nada y cayó expertamente sobre el dinero—. El bar cierra a las diez. Vuelva.
    A las diez y media, con el bar cerrado y la llave echada en la puerta, los dos hombres estaban sentados en un reservado y hablaban en la penumbra.
    —Ellos no eran del ejército yugoslavo, no eran soldados —dijo el barman—. Eran paramilitares, mala gente. Se quedaron tres días. Las mejores habitaciones, la mejor comida, mucha bebida. Se fueron sin pagar.
    —Uno de ellos intentó pagarte.
    —Cierto. Solo uno. Era buen chico, distinto de los otros. Yo no sé qué estaba haciendo con ellos. Tenía educación. El resto eran gángsteres... Gente salida de las cloacas.
    —¿Y tú no protestaste cuando no pagaron una estancia de tres días?
    —¿Protestar? ¿Protestar? ¿Qué iba a decir? Esos animales tienen armas. Matan hasta a compatriotas serbios. Todos son asesinos.
    —Así que cuando aquel chico tan simpático intentó pagarte, ¿quién fue el que le dio de bofetadas?
    El Rastreador pudo sentir cómo el serbio se ponía rígido en la penumbra.
    —Ni idea. El mandaba el grupo. No oí ningún nombre. Solo lo llamaban jefe.
    —Todos esos paramilitares tienen nombres, Dusko. Arkan y sus Tigres, los Chicos de Frankie... Les gusta ser famosos. Presumen de sus nombres.
    —Este no. Lo juro.
    El Rastreador sabía que aquello era una mentira. Quienquiera que fuese, aquel asesino que trabajaba por su cuenta inspiraba un miedo terrible entre sus compatriotas serbios.
    —Pero ese chico que era tan simpático... ¿tenía un nombre?
    —Nunca lo oí.
    —Estamos hablando de un montón de dinero, Dusko. Nunca volverás a verlo, nunca volverás a verme y tendrás suficiente dinero para volver a empezar partiendo de cero en Sarajevo después de la guerra. El nombre del chico.
    —Él pagó el día que se fue. Como si se avergonzara de la gente con la que iba. Volvió y pagó con un cheque.
    —¿Y el banco aceptó el cheque? ¿No te lo rechazaron? ¿Lo tienes?
    —No, lo pagaron. Dinares yugoslavos. De Belgrado.
    —¿Así que no hay cheque?
    —Estará en el banco de Belgrado. En algún lugar. Probablemente ya lo hayan destruido. Pero yo anoté el número de su tarjeta de identificación, por si lo devolvían por falta de fondos.
    —¿Dónde? ¿Dónde lo anotaste?
    —En el cartón de un cuaderno de pedidos. Con un bolígrafo. El Rastreador lo examinó. Al cuaderno, que era utilizado para anotar pedidos de bebidas tan largos y complicados que no podían ser recordados de memoria, ya solo le quedaban dos hojas. Un día más y hubiese terminado en el cubo de la basura. Escrito con bolígrafo encima del cartón había un número de siete cifras y dos letras mayúsculas. La anotación ya tenía ocho semanas, pero todavía era legible.
    El Rastreador entregó un donativo consistente en un millar de los dólares del señor Edmond y se fue. La manera más rápida de salir de allí era ir hacia el norte hasta entrar en Croacia y coger un avión en el aeropuerto de Zagreb.
    La antigua República federal yugoslava compuesta por ocho repúblicas llevaba cinco años desintegrándose entre la sangre, el caos y la crueldad. En el norte, Eslovenia fue la primera en irse, afortunadamente sin derramamiento de sangre. En el sur, Macedonia había huido, proclamando una independencia unilateral. Pero en el centro, el dictador serbio Slobodan Milosevic empleaba todas las brutalidades conocidas para mantener bajo su poder a Croacia, Bosnia, Kosovo y Montenegro junto con su Serbia nativa. Ya había perdido Croacia, pero sus ansias de poder y de guerra no habían disminuido por ello.
    El Belgrado al que había llegado el Rastreador en 1995 todavía se hallaba intacto. La desolación la provocaría la guerra de Kosovo, la cual todavía no se había producido.
    Su departamento de Londres había informado al Rastreador de que existía una agencia de detectives privados en Belgrado, dirigida por un antiguo oficial de policía cuyos servicios ya habían utilizado antes. Aquel hombre había dotado a su agencia con el no excesivamente original nombre de Chandler, y fue fácil de encontrar.
    —Necesito —le dijo el Rastreador al investigador, Dragan Stojic— localizar a un hombre joven cuyo nombre no conozco y sobre el que solo tengo el número de la tarjeta de identificación. Stojic gruñó.
    —¿Qué ha hecho?
    —Nada, que yo sepa. Vio algo. Quizá. Quizá no.
    —Me basta con eso. ¿Un nombre?
    —Y luego me gustaría hablar con él. No tengo coche y no domino el serbocroata. Puede que ese hombre hable inglés, y puede que no.
    Stojic volvió a gruñir. Parecía ser su especialidad. Aparentemente había leído todas las novelas de Philip Marlowe y visto cada una de las películas que se habían hecho sobre ellas. Estaba intentando ser Robert Mitchum en El sueño eterno, pero el que fuese calvo y no llegara al metro sesenta de estatura lo hacía bastante difícil.
    —Mis condiciones... —empezó a decir.
    El Rastreador deslizó otro billete de cien dólares por encima del escritorio.
    —Necesito contar con toda su atención —murmuró.
    Stojic estaba fascinado. La trama podía haber haber sido la de la película Adiós, muñeca.
    —Ya la tiene —dijo.
    Para ser justos con él, hay que decir que el rechoncho ex inspector no perdió el tiempo. Lanzando humo negro, su ranchera Yugo, con el Rastreador en el asiento de pasajeros, los llevó a través de la ciudad hasta el distrito de Konjarnik. Allí, en la esquina de la calle Ljermontova, se encuentran los cuarteles generales de la policía de Belgrado, que eran, y siguen siendo, un enorme y feo bloque de colores marrón y amarillo, como una gigantesca avispa angular que yaciera sobre su costado.
    —Será mejor que se quede aquí —dijo Stojic.
    Luego se marchó durante media hora, en la cual debió de compartir algunos minutos de alegre conversación con un antiguo colega, porque cuando volvió el olor a cerezas del slivovitz se hallaba presente en su aliento. Pero traía consigo una tira de papel.
    —Esa tarjeta pertenece a Milan Rajak. Tiene veinticuatro años y figura en los archivos como estudiante de derecho. Padre abogado, de bastante éxito, familia de clase media alta. ¿Está seguro de que no se ha equivocado usted de hombre?
    —A menos que tenga un doble, él y su tarjeta de identificación con su fotografía estuvieron en Banja Luka hace dos meses.
    —¿Y qué demonios podía estar haciendo él allí?
    —Iba de uniforme. En un bar.
    Stojic pensó en el expediente que le habían mostrado, pero que no le permitieron copiar.
    —Cumplió con su servicio militar obligatorio. Todos los jóvenes yugoslavos tienen que hacerlo. El servicio militar abarca desde los dieciocho a los veintiún años.
    —¿Como soldado de combate?
    —No. Estuvo en el cuerpo de señales y fue operador de radio.
    —Nunca tomó parte en un combate, aunque podría desear haberlo hecho. Podría haberse unido a un grupo que iba a ir a Bosnia para luchar por la causa serbia. ¿Un voluntario que no tenía las cosas demasiado claras? ¿Es posible?
    Stojic se encogió de hombros.
    —Sí, es posible. Pero esos paramilitares son una pandilla de cerdos. Unos gángsteres, eso es lo que son todos. ¿Qué iba a estar haciendo ese estudiante de derecho con ellos?
    —¿Unas vacaciones de verano? —preguntó el Rastreador.
    —Pero ¿qué grupo? ¿Deberíamos preguntárselo? —Stojic consultó su tira de papel—. La dirección de que disponemos corresponde a Senjak, y queda a media hora escasa de aquí.
    —Entonces vayamos.
    Encontraron la dirección sin ninguna dificultad, una sólida villa de clase media en la calle Istarska. Los años de servicio al mariscal Tito primero y a Slobodan Milosevic ahora parecían haber resultado bastante beneficiosos para el señor Rajak padre. Una mujer pálida y de aspecto nervioso que tendría cuarenta y pocos años pero parecía bastante mayor respondió al timbre de la puerta. Hubo un rápido intercambio de palabras en serbocroata.
    —La madre de Milan —dijo Stojic—. Sí, él está en casa. Pregunta qué es lo que quiere usted.
    —Hablar con él. Una entrevista. Para la prensa británica. Visiblemente sorprendida, la señora Rajak los dejó entrar y llamó a su hijo. Luego los acompañó a la sala de estar. Hubo un ruido de pies en la escalera y un joven apareció en el pasillo. Mantuvo una conversación en susurros con su madre y entró. Se lo veía perplejo, preocupado y casi asustado. El Rastreador le dirigió su sonrisa más afable y se dieron la mano. La puerta seguía estando unos centímetros abierta. La señora Rajak estaba hablando rápidamente por teléfono. Stojic lanzó una rápida mirada de advertencia al inglés, como para decir: «No sé qué es lo que quiere usted de él, pero dese prisa. La artillería ya viene de camino».
    El inglés mostró un cuaderno de pedidos de un bar del norte. Las dos hojas que le quedaban lucían el encabezamiento del hotel Bosna. Pasando el cartón, le enseñó a Milan Rajak los siete números y las dos iniciales.
    —Eso de pagar la factura fue muy decente por tu parte, Milan —dijo después—. El barman te quedó muy agradecido. Por desgracia el banco devolvió el cheque.
    —No. Es imposible. Había...
    Se calló y se puso blanco como el papel.
    —Nadie te está culpando de nada, Milan. Así que ahora dime qué era lo que estabas haciendo en Banja Luka.
    —Estaba de visita.
    —¿Fuiste a ver a unos amigos?
    —Sí.
    —¿Llevando uniforme de camuflaje? Milan, Banja Luka es una zona de guerra. ¿Qué ocurrió ese día hace dos meses?
    —No sé a qué se refiere. Mamá...
    Luego pasó al serbocroata y el Rastreador ya no entendió. Miró a Stojic enarcando una ceja.
    —Papá está a punto de llegar —murmuró el detective.
    —Ibas con un grupo de diez hombres. Todos de uniforme, todos armados. ¿Quiénes eran?
    Milan Rajak estaba sudando y parecía a punto de echarse a llorar. El Rastreador se dijo que tenía ante él a un joven con serios problemas nerviosos.
    —¿Es usted inglés? Pero no es de la prensa. ¿Qué está haciendo aquí? ¿Por qué me acusa? Yo no sé nada.
    Se oyó un chirriar de neumáticos delante de la casa y un ruido de pies que subían corriendo los escalones desde el pavimento. La señora Rajac mantuvo la puerta abierta y su esposo entró como una exhalación. Apareció en la puerta de la sala, enfadado y fuera de sí. Una generación mayor que su hijo, no hablaba inglés. Lo que hizo fue empezar a gritar en serbocroata.
    —Pregunta qué está haciendo usted en su casa y por qué acosa de esa manera a su hijo —tradujo Stojic.
    —No estoy acosando a su hijo —dijo el Rastreador sin perder la calma—. Me limito a hacerle una pregunta. ¿Qué estaba haciendo este joven hace ocho semanas en Banja Luka y quiénes eran los hombres que estaban con él?
    Stojic lo tradujo. Rajak padre se puso a gritar.
    —Dice —explicó Stojic— que su hijo no sabe nada y no estuvo allí. Ha pasado todo el verano aquí, y si usted no se va ahora mismo de su casa llamará a la policía. Personalmente, creo que deberíamos irnos. El señor Rajak es un hombre bastante poderoso.
    —De acuerdo —dijo el Rastreador—. Una última pregunta. A petición suya, el antiguo director de las Fuerzas Especiales, que ahora dirigía Gestión de Riesgos, había mantenido un almuerzo muy discreto con un contacto en el Servicio Secreto de Inteligencia. El jefe de la Oficina de los Balcanes se mostró dispuesto a ayudar tanto como le estaba permitido.
    —¿Esos hombres pertenecían a los Lobos de Zoran? ¿El hombre que le dio un par de bofetadas era Zoran Zilic?
    Stojic ya había traducido más de la mitad de aquello antes de que pudiera detenerse. Milan lo entendió todo en inglés. El efecto se desarrolló en dos etapas. Durante varios segundos se produjo un silencio entre perplejo y glacial, y luego la segunda parte fue como una granada que explota.
    La señora Rajak soltó un grito y salió corriendo de la sala. Su hijo se desplomó en un sillón, escondió la cabeza entre las manos y empezó a temblar. El padre, cuyo rostro pasó del blanco a un feo color amarillento, señaló la puerta y empezó a gritar una sola palabra que Gracey supuso significaba «fuera». Stojic fue hacia la puerta. El Rastreador lo siguió.
    Mientras pasaba junto al tembloroso joven, se detuvo y metió una tarjeta dentro del bolsillo superior de su chaqueta.
    —Si alguna vez cambias de parecer —murmuró—, llámame. O escríbeme. Vendré.
    Un silencio cargado de tensión reinó dentro del coche mientras volvían al aeropuerto. Dragan Stojic estaba claramente convencido de que se había ganado hasta el último de sus mil dólares. Cuando se detuvieron delante del edificio de salidas internacionales, le habló por encima del techo del coche al inglés que se disponía a irse.
    —Si regresa alguna vez a Belgrado, amigo mío, le aconsejo que no mencione ese nombre. Ni siquiera en broma, y especialmente en broma. Los acontecimientos de hoy nunca han tenido lugar.
    Cuarenta y ocho horas después el Rastreador ya había terminado su informe y se lo había entregado a Stephen Edmond, junto con su lista de gastos. Los últimos párrafos rezaban:
    Me temo que he de admitir que los acontecimientos que condujeron a la muerte de su nieto, la forma de esa muerte o el lugar en el que descansa el cuerpo probablemente nunca llegarán a salir a la luz. Y estaría suscitando falsas esperanzas si dijese que creía que había una posibilidad de que su nieto todavía estuviera con vida. Por el momento y en lo que podemos esperar, lo único que me está permitido decir es: desaparecido y presuntamente muerto.
    No creo que él y el bosnio que lo acompañaba se salieran de algún camino de la zona y cayeran al fondo de un barranco. Cada uno de los posibles caminos ha sido inspeccionado personalmente por mí. Tampoco creo que el bosnio lo asesinara por el todoterreno o el cinturón con el dinero o por ambas cosas.
    Creo que se expusieron a un terrible peligro sin darse cuenta de lo que hacían y fueron asesinados por una persona o personas desconocidas. Es probable que dichas personas fueran miembros de una banda de criminales paramilitares serbios que se cree ha estado en esa zona. Pero sin pruebas, identificaciones, una confesión o una declaración ante un tribunal, no hay ninguna posibilidad de presentar acusaciones.
    Lamento profundamente tener que comunicarle estas noticias, pero creo que podemos estar casi seguros de que se corresponden con la verdad.
    Teniendo el honor de seguir estando a su disposición para todo lo que pueda desear de mí, señor, se despide atentamente de usted,
    PHILIP GRACEY
    Era el 22 de julio de 1995.
    8
    El abogado
    La principal razón por la que Calvin Dexter decidió dejar el ejército fue una que no explicó porque no quería que se rieran de él. Había decidido que quería ir a la universidad, sacar una licenciatura y hacerse abogado.
    En cuanto a los fondos, había ahorrado varios miles de dólares en Vietnam y podía obtener más ayuda bajo las condiciones de la Ley del Soldado.
    La Ley del Soldado no deja mucho lugar al «si» y el «pero»: si un soldado deja el ejército estadounidense por razones que no tengan nada que ver con el hecho de haber sido licenciado por conducta deshonrosa, el Estado pagará lo necesario para que dicho soldado pueda cursar estudios universitarios hasta obtener una licenciatura. La asignación, que se ha ido incrementando durante los últimos treinta años, puede gastarse de la manera que quiera el estudiante, con tal de que la universidad confirme que está asistiendo a todas las clases.
    Dexter suponía que una universidad rural probablemente saldría más barata, pero quería una universidad que también dispusiera de su propia facultad de derecho, y si realmente llegara a ejercer la abogacía, habría más oportunidades en el estado de Nueva York, que era mucho más grande que New Jersey. Después de haber examinado cincuenta folletos, presentó una solicitud para la Universidad Fordham de la ciudad de Nueva York.
    Envió sus papeles a finales de la primavera, junto con el vital Documento de Licenciamiento, el DD214, con el que cada soldado salía del ejército. Lo hizo justo a tiempo.
    En la primavera de 1971, aunque el sentimiento general contra la guerra de Vietnam ya era muy intenso y no había ningún lugar donde estuviera más exacerbado que en el mundo académico, los soldados no eran vistos como culpables, sino más bien como víctimas.
    Después de la caótica y nada digna retirada de 1973, a la que se hacía referencia en algunas ocasiones como una huida, el estado de ánimo cambió. Aunque Richard Nixon y Henry Kissinger trataron de sacar el mayor provecho posible de lo ocurrido, y aunque el no tener nada que ver con aquel avispero imposible de controlar en que se había convertido Vietnam fue muy bien recibido por casi todos, la retirada no dejó de percibirse como una derrota.
    Si hay una cosa con la que el estadounidense medio no quiere verse asociado demasiado a menudo es con la derrota. El mero concepto es antiamericano, incluso entre la izquierda liberal. Los soldados que volvieron a casa después de 1971 pensaban que serían bien recibidos, dado que ellos habían hecho todo lo que pudieron, habían sufrido y habían perdido buenos amigos; pero se encontraron con un muro de indiferencia, incluso de hostilidad. La izquierda estaba más pendiente de My Lai.
    Examinaron los papeles de Dexter, junto con los de todos los demás solicitantes de aquel verano, y fue aceptado para una licenciatura de cuatro años en historia política. Dentro de la categoría «experiencia de la vida», sus tres años en la Gran Roja fueron considerados un factor positivo, cosa que no habría ocurrido veinticuatro meses después.
    El joven veterano encontró una habitación barata en una casa sin ascensor del Bronx, no muy lejos del campus, porque en aquel entonces Fordham ocupaba un nada atractivo grupo de edificios de ladrillo rojo situado en aquel distrito. Calculó que si caminaba o utilizaba el transporte público, comía frugalmente y empleaba las largas vacaciones del verano para trabajar en la construcción, podía ganar lo suficiente para sobrevivir hasta que se licenciara. Entre las obras en las que trabajó durante los tres años siguientes figuró la nueva maravilla del mundo, el World Trade Center, que iba creciendo poco a poco.
    El año 1974 estuvo marcado por dos acontecimientos que iban a cambiar su vida. Conoció a Angela Marozzi, una joven italoamericana hermosa y llena de vida que trabajaba en una floristería de Bathgate Street, y se enamoró de ella. Se casaron aquel verano; con lo que ganaban entre los dos, pudieron trasladarse a un piso más grande.
    Aquel otoño, cuando le faltaba un año para licenciarse, Dexter solicitó la admisión en la Escuela de Derecho de Fordham, una facultad que formaba parte de la universidad pero independiente de ella tanto en lo referente a la administración como al emplazamiento, ya que estaba en Manhattan, en la otra orilla del río. Ingresar allí era mucho más difícil, porque había pocas plazas y estaban muy buscadas.
    La Escuela de Derecho de Fordham le supondría tres años más de estudios después de su licenciatura en 1975 para obtener el título de licenciado en derecho. Después habría que presentarse a los exámenes de posgrado y obtener el derecho a ejercer como abogado en el estado de Nueva York.
    No tenía que hacer ninguna entrevista personal, solo presentar un montón de documentos al Comité de Admisiones, que los examinaba y evaluaba. Dichos documentos incluían registros escolares que se remontaban a la secundaria, cuyo contenido era más bien negativo, calificaciones más recientes de historia política, una evaluación escrita por él mismo y referencias de sus actuales profesores, que eran excelentes. Escondido entre toda aquella masa de papeleo se hallaba su viejo DD214.
    Dexter fue incluido en la primera lista; posteriormente, el Comité de Admisiones se reunió para hacer la selección final. El comité constaba de seis miembros presididos por el profesor Howard Kell, quien a sus setenta y siete años ya había dejado muy atrás la edad de la jubilación, aunque seguía teniendo una mente tan aguda como siempre; además era profesor emérito y el patriarca de todos ellos.
    Finalmente dos candidatos se enfrentaron por la última plaza disponible. Los papeles indicaban que Dexter era uno de los dos. Hubo un apasionado debate. El profesor Kell se levantó de su asiento en la cabecera de la mesa, fue a la ventana y contempló el cielo azul del verano.
    —Una elección difícil, ¿eh, Howard? ¿Cuál es tu candidato? El anciano golpeó con la punta de los dedos el papel que tenía en la otra mano y se lo enseñó al catedrático. Este leyó la lista de medallas y silbó suavemente.
    —Se las dieron antes de que hubiera cumplido los veintiún años.
    —¿Qué demonios hizo?
    —Ganarse el derecho a que se le diera una oportunidad de estudiar en esta facultad, eso fue lo que hizo —respondió el profesor. Los dos hombres regresaron a la mesa y votaron. El resultado había sido tres contra tres, pero en caso de empate el voto del presidente valía por dos. Kell explicó por qué había votado como lo hizo. Todos miraron el DD214.
    —Podría ser violento —objetó el políticamente correcto jefe de estudios.
    —Oh, eso espero —dijo el profesor Kell—. No me gustaría tener que pensar que ahora estamos dando estas plazas a cambio de nada.
    Cal Dexter recibió la noticia dos días después. Él y Angela estaban en la cama; él acarició el vientre de su esposa, que iba creciendo poco a poco, y le habló del día en que sería un rico abogado y tendrían una magnífica casa en Westchester o White Plains. Su hija Amanda Jane nació a principios de la primavera de 1975, pero el parto tuvo complicaciones. Los cirujanos hicieron cuanto pudieron, pero no pudieron evitar el pronóstico más negativo. El matrimonio podía adoptar, claro está, pero Angela no tendría más embarazos. El cura de la familia de Angela le dijo que había sido la voluntad de Dios y que ella debía aceptarla.
    Aquel verano Cal Dexter se licenció entre los cinco primeros de su clase, y en otoño empezó la carrera de derecho, que duraría tres años. Fue duro, pero la familia Marozzi les prestó todo su apoyo y la madre se encargó de cuidar de Amanda Jane para que Angela pudiera servir mesas. Cal prefería las clases diurnas a las nocturnas, que habrían prolongado un año más sus estudios.
    Durante los primeros dos años trabajó durante las vacaciones de verano, pero cuando llegó el tercero se las arregló para incorporarse como asistente legal al muy respetado bufete que Honeyman Fleischer tenía en Manhattan.
    Fordham siempre ha contado con una tupida red de antiguos alumnos, y Honeyman Fleischer tenía tres socios que se habían licenciado en la facultad de derecho de Fordham. Precisamente a través de una intervención personal de su profesor, Dexter consiguió el trabajo.
    Después de que Calvin regresara de Vietnam, él y su padre se habían mantenido bastante distanciados el uno del otro, ya que éste no entendía por qué su hijo no podía volver a las obras y darse por satisfecho luciendo el casco de seguridad el resto de su vida. Calvin y Angela habían ido a visitarlo en el coche del señor Marozzi para presentarle a su única hija.
    Dexter padre murió en el verano de 1978. Cuando llegó, el final fue muy repentino. Un infarto hizo que el obrero de la construcción cayera desplomado en una obra. Su hijo asistió solo al humilde funeral. Cal Dexter había abrigado la esperanza de que su padre pudiera asistir a la ceremonia de su graduación y sentirse orgulloso de aquel hijo suyo que había conseguido adquirir una educación. No pudo ser así.
    Se licenció aquel verano, y, mientras esperaba presentarse examen para ejercer la abogacía, logró hacerse con un puesto no muy importante, pero de jornada completa, en el bufete de Honeyman Fleischer; fue su primer empleo profesional desde que dejó el ejército siete años antes.
    Honeyman Fleischer se enorgullecía de sus impecables antecedentes progresistas, evitaba tener tratos con los republicanos y para demostrar su intensa conciencia social, mantenía un departamento que ofrecía asistencia legal gratuita a los pobres y los más vulnerables.
    Una vez dicho esto, lo cierto es que los socios tampoco creían que fuera necesario exagerar y asignaban al departamento gratuito a algunos de los recién llegados peor pagados. En otoño d 1978, Cal Dexter pasó a ocupar la posición más baja que se podía tener en la jerarquía de picoteo legal de Honeyman Fleischer. Dexter no se quejaba. Necesitaba el dinero, le encantaba el trabajo y, además, ocuparse de los más desfavorecidos le proporcionaba una amplísima experiencia, mucho mayor que la que obtendría dentro de los estrechos límites de una sola especialidad. Podía defender acusaciones de hurto, reclamaciones por negligencia y toda una serie de disputas que terminaban llegando a los tribunales o al circuito de apelaciones.
    Aquel invierno una secretaria asomó la cabeza por el hueco de la puerta de su minúsculo despacho y le enseñó un expediente.
    —¿Qué es eso? —preguntó Dexter.
    —Una apelación por inmigración —dijo ella—. Roger dice que no puede llevarla.
    El jefe del diminuto departamento gratuito se reservaba la crema de los casos, suponiendo que llegara a aparecer alguna. Los asuntos de inmigración eran la leche desnatada de su actividad.
    Dexter suspiró y se sumergió en los detalles del nuevo expediente. La audiencia tendría lugar al día siguiente.
    Era el 20 de noviembre de 1978.
    9
    El Refugiado
    Por aquellos años había en Nueva York una institución caritativa llamada Atención al Refugiado. Sus miembros se definían a sí mismos como «ciudadanos preocupados», y la descripción menos elogiosa de sus personas hubiese sido «gente a la que le gusta hacer el bien».
    La tarea que se habían impuesto consistía en mantener los ojos bien abiertos para detectar todos aquellos ejemplos de restos a la deriva de la raza humana que, habiendo encallado en las costas de Estados Unidos, deseaban tomarse al pie de la letra las palabras escritas en la base de la Estatua de la Libertad y quedarse en el país Lo habitual era que se tratara de personas abandonadas a sus propios recursos, refugiados procedentes de un centenar de climas distintos que normalmente tenían un dominio muy fragmentario del inglés y se habían gastado sus últimos ahorros en la lucha por sobrevivir.
    Su antagonista más inmediato era el Servicio de Inmigración y Naturalización, el formidable SIN, cuya filosofía parecía se que el 99,9 por ciento de los solicitantes eran estafadores y timadores que debían ser enviados de vuelta al lugar del que habían venido o, en cualquier caso, a alguna otra parte.
    El expediente que fue dejado encima del escritorio de Cal Dexter a principios del invierno de 1978 hacía referencia a un pareja que había huido de Camboya, el señor y la señora Horn Moung.
    En una larga declaración efectuada por el señor Moung, quien parecía hablar en nombre de los dos y había sido traducida del francés, la lengua en que la mayoría de los camboyanos eran educados, su historia fue saliendo a la luz.
    Desde 1975 Camboya se hallaba en manos de un tirano enloquecido y genocida llamado Pol Pot y de su fanático ejército, los Jemeres Rojos, un hecho que ya era bastante conocido en Estados Unidos y que más tarde llegaría a ser mucho mejor conocido a través de la película Los gritos del silencio.
    Pol Pot había concebido el descabellado sueño de devolver a su país a una especie de edad de piedra agraria. Hacer realidad su visión llevaba aparejado un odio patológico hacia los habitantes de las ciudades y cualquier persona que tuviera alguna clase de educación. Toda aquella gente tenía que ser exterminada.
    El señor Moung aseguraba haber sido director de un importante lycée, o escuela de segunda enseñanza, en la capital, Pnom Penh, y que su esposa había sido enfermera en una clínica privada. Ambos encajaban claramente en la categoría de personas que, según los parámetros de los Jemeres Rojos, debían ser ejecutadas. Cuando la situación se volvió insoportable, los Moung pasaron a la clandestinidad y fueron circulando de un piso franco a otro entre amistades y compañeros de profesión, hasta que todos estos hubieron sido arrestados y llevados a los campos.
    El señor Moung afirmaba no haber sido capaz de llegar a las fronteras vietnamita o tailandesa porque en el campo, infestado de informadores y Jemeres Rojos, no habría podido pasar por un campesino. Con todo, había conseguido sobornar a un conductor de camiones para que los sacara en secreto de Pnom Pehn y los llevara al puerto de Kompong Son. Con los últimos ahorros que le quedaban, logró convencer al capitán de un mercante surcoreano de que los sacara del infierno en el que se había convertido su patria.
    No sabía cuál era el destino del Estrella de Inchon, y le daba igual. Finalmente, resultó ser el puerto de Nueva York, con un cargamento de teca. Al llegar, el señor Moung no trató de eludir a las autoridades, sino que se presentó inmediatamente ante ellas y solicitó permiso para quedarse en Estados Unidos.
    Dexter pasó la noche anterior a la audiencia inclinado sobre la mesa de la cocina mientras su esposa y su hija dormían a un par de metros de distancia, al otro lado de la pared. Aquella era la primera apelación de su carrera, y quería prestar la máxima ayuda posible al refugiado. Después de leer la declaración, pasó a la respuesta del SIN. Esta había sido bastante dura.
    El que decide en cualquier ciudad de Estados Unidos es el director del distrito, y su departamento constituye el primer obstáculo que hay que superar. El colega del director que se hizo cargo del expediente había rechazado la petición de asilo basándose en la extraña teoría de que los Moung deberían haber acudido a la embajada o el consulado local de Estados Unidos y esperado en la cola, según mandaba la tradición nacional.
    A Dexter no le parecía que aquello fuera a representar un gran problema para él, dado que todo el personal estadounidense había salido huyendo de la capital camboyana años antes, cuando los Jemeres Rojos entraron en ella.
    Aquella negativa había hecho que se iniciase el procedimiento de deportación de los Moung. Fue entonces cuando Atención al Refugiado oyó hablar del caso y de estos y se dispuso a dar batalla.
    Según el procedimiento, una pareja a la cual le era negada la entrada en el país por el departamento del director del distrito, podía apelar en la audiencia de exclusión al nivel inmediatamente superior, solicitando una audiencia administrativa ante un encargado de las concesiones de asilo.
    Dexter tomó nota de que en la audiencia de exclusión, el segundo motivo esgrimido por el SIN para su negativa final había sido que los Moung no presentaban ninguna de las razones por las que se podía alegar persecución: raza, nacionalidad, religión, convicciones políticas y/o clase social. Dexter pensaba que en tanto que ferviente anticomunista -y tenía intención de aconsejar al señor Moung que se convirtiera en ello de inmediato- y como director de una escuela, su defendido estaba en situación de alegar los dos últimos motivos.
    Su labor durante la audiencia de la mañana siguiente consistiría en convencer al oficial de audiencias de que concediera una salida conocida como Abstención del Proceso de Deportación, bajo la Sección 243(h) del Acta de Nacionalidad e Inmigración.
    En letra minúscula, al final de una de las hojas había una anotación hecha por alguien de Atención al Refugiado diciendo que el encargado de las concesiones de asilo sería un tal Norman Ross. Lo que averiguó era interesante.
    Dexter entró en el edificio del SIN, en el 26 de Federal Plaza, más de una hora antes de la audiencia para conocer a sus clientes. Él no era ni muy alto ni muy corpulento, pero los Moung eran todavía más pequeños, y la señora Moung semejaba una muñeca diminuta. Contemplaba el mundo a través de unos cristales que parecían haber sido cortados del fondo de un vaso de whisky. Gracias a sus documentos Dexter supo que tenían cuarenta y ocho y cuarenta y cinco años respectivamente.
    El señor Moung parecía tranquilo y resignado. Como Cal Dexter no hablaba francés, Atención al Refugiado había proporcionado una intérprete.
    Dexter pasó la hora de preparación repasando la declaración original, pero no había nada que añadir o quitar.
    El caso no se vería en un auténtico tribunal, sino en una gran oficina con sillas traídas para la ocasión. Cinco minutos antes de la comparecencia, se les dijo que entraran.
    Tal como había imaginado Dexter, el representante del director del distrito volvió a presentar los argumentos que ya se habían empleado en la audiencia de exclusión para rechazar la petición de asilo. No había nada que añadir o que quitar. Detrás de su escritorio, el señor Ross fue resiguiendo los argumentos que ya se hallaban expuestos en el expediente que tenía ante sí, y luego miró al novato que Honeyman Fleischer había enviado enarcando una ceja.
    Detrás de él, Cal Dexter oyó que el señor Moung le murmuraba a su esposa: «Esperemos que este joven lo consiga o volverá a enviarnos allí para que muramos». Pero en realidad el refugiado había hablado en su propia lengua nativa.
    Dexter empezó respondiendo al primer punto del director del distrito: desde que habían empezado a funcionar los llamados campos de la muerte no había habido ninguna representación diplomática o consular de Estados Unidos en Pnom Pehn. La más próxima estaba en Bangkok, Tailandia, una meta inalcanzable para los Moung. Vio aparecer la sombra de una sonrisa en la comisura de los labios de Ross cuando la tez del hombre del SIN se puso de un rosa pálido.
    La tarea principal de Dexter consistía en constatar que si se hubiera demostrado que estaban en contra de los comunistas, como era el caso de sus clientes, habrían estado destinados a la tortura y la muerte tras ser capturados por los fanáticos Jemeres Rojos. El mero hecho de que el señor Moung dirigiese una escuela y tuviera un título universitario habría bastado para que lo ejecutaran.
    Lo que había descubierto Dexter durante la noche que se había pasado estudiando el expediente era que Norman Ross no siempre había sido Ross. Su padre había llegado a Estados Unidos a principios de siglo como Samuel Rosen, procedente de un shtetl, en Polonia, huyendo de los pogromos que entonces llevaban a cabo los cosacos.
    —Es muy fácil, señor, rechazar a aquellos que vienen con nada buscando únicamente la oportunidad de seguir viviendo. Decir «no» y marcharse es muy fácil. No cuesta nada decretar que aquí no hay lugar para estos dos orientales y que deberían regresar al arresto, la tortura y el paredón de ejecución.
    »Pero ahora yo le pregunto, suponiendo que nuestros padres hubieran hecho eso, y sus padres antes que ellos, cuántos, después de haber regresado a esa patria suya que sufría semejante baño de sangre, no habrían dicho: «Fui a la tierra de los hombres libres y pedí que se me diera una oportunidad de seguir viviendo pero ellos me cerraron las puertas y me enviaron de regreso a la muerte». ¿Cuántos, señor Ross? ¿Un millón? No. Casi diez millones. Le pido, y no basándome en un motivo legal o como un triunfo de la hábil semántica de los abogados, sino como una victoria para aquello que Shakespeare llamó «la calidad de la clemencia», que decrete que en este gran país nuestro hay espacio para un matrimonio que lo ha perdido todo salvo la vida y que ahora únicamente pide una oportunidad.
    Norman Ross contempló a Dexter con expresión dubitativa por unos instantes. Luego golpeó suavemente su escritorio con el lápiz como si este fuera el mazo de un juez y dictó su decisión.
    —Deportación denegada. Siguiente caso.
    La mujer de Atención al Refugiado contó con nerviosismo a los Moung en francés lo que acababa de suceder. Ella y su organización podrían ocuparse de los procedimientos legales a partir de ese momento. Tendrían que llevar a cabo varios trámites administrativos, pero ya no había ninguna necesidad de contar con un abogado. Los Moung podían quedarse en Estados Unidos bajo la protección del gobierno, y pasado un tiempo terminarían obteniendo un permiso de trabajo, el dictamen de asilo y, en su momento, la naturalización.
    Dexter miró a la mujer y le dijo con una sonrisa que ya podía irse. Luego se volvió hacia el señor Moung y dijo en vietnamita, la lengua nativa del señor Moung:
    —Bien, ahora vayamos a la cafetería y podrá contarme quiénes son ustedes realmente y qué es lo que están haciendo aquí. En una mesa ubicada en un rincón de la cafetería del sótano, Dexter examinó los pasaportes camboyanos y los documentos de identidad.
    —Estos documentos ya han sido examinados por algunos de los mejores expertos que hay en Occidente, y declarados auténticos. ¿Cómo los consiguieron?
    El refugiado miró a su diminuta esposa.
    —Ella los hizo. Mi mujer es una nghi.
    En Vietnam existe un clan llamado nghi, que durante siglos había estado proporcionando la mayoría de sus estudiosos y eruditos a la región de Hue. Su habilidad particular, transmitida a lo largo de generaciones, consistía en un dominio excepcional de la caligrafía. Los nghi creaban los documentos de la corte para sus emperadores.
    Con la llegada de la era moderna, y especialmente con el comienzo de la guerra contra los franceses en 1945, la absoluta dedicación de los nghi a la paciencia y el detalle, combinada con un nivel de artesanía realmente excepcional, significó que acabaran convirtiéndose en algunos de los mejores falsificadores del mundo.
    La diminuta mujer de las gruesas gafas se había echado a perder la vista porque había pasado todo el tiempo que duró la guerra de Vietnam agazapada en un taller subterráneo, creando pases e identificaciones tan perfectas que los agentes del Vietcong habían podido entrar a su antojo en todas las ciudades del sur de Vietnam y nunca habían sido descubiertos.
    Cal Dexter les devolvió los pasaportes.
    —Volvamos a lo que dije arriba. ¿Quiénes son ustedes realmente, y por qué están aquí?
    La mujer empezó a llorar calladamente y su esposo le cubrió las manos con la suya.
    —Me llamo Nguyen Van Tran —dijo—. Estoy aquí porque conseguí escapar de un campo de concentración en Vietnam, donde pasé tres años. Esa parte al menos es cierta.
    —¿Y por qué fingir que eran camboyanos? Estados Unidos ha aceptado a muchos sudvietnamitas que combatieron junto a nosotros en esa guerra.
    —Porque yo era comandante del Vietcong. Dexter asintió lentamente.
    —Eso podría constituir un problema -admitió—. Cuéntemelo. Todo.
    —Nací en 1930, en el sur, junto a la frontera con Camboya. Por eso sé hablar un poco el jemer. Mi familia nunca fue comunista, pero mi padre era un ferviente nacionalista. Quería ver libre a nuestro país del dominio colonial de los franceses. Me educó para que pensara como él.
    —No veo que haya nada de malo en eso. ¿Por qué se hizo usted comunista?
    —Ese es mi problema. Por eso he estado en un campo de concentración. No me hice comunista. Solo lo fingí.
    —Continúe.
    —Cuando era un muchacho, antes de la Segunda Guerra Mundial, fui educado en el sistema del liceo francés, aunque yo anhelaba ser lo bastante mayor para unirme a la lucha por la independencia. En 1942 llegaron los japoneses y expulsaron a los franceses, a pesar de que técnicamente hablando, la Francia de Vichy estaba de su lado. Así que empezamos a luchar contra los japoneses.
    »Los comunistas comandados por Ho Chi Minh no tardaron en encabezar el movimiento. Eran más eficientes, más capaces más implacables que los nacionalistas. Muchos cambiaron de bando, pero mi padre no lo hizo. Cuando los japoneses se marcharon en 1945, tras ser derrotados, Ho Chi Minh se convirtió en un héroe nacional. Yo tenía quince años y ya participaba en la lucha. Entonces los franceses volvieron a Vietnam.
    »Luego vinieron nueve años más de guerra. Ho Chi Minh y el movimiento comunista de resistencia del Vietminh sencillamente absorbieron los otros movimientos. Todos aquellos que se resistieron fueron ejecutados. Yo también tomé parte en esa guerra. Fui una de aquellas hormigas humanas que llevaban los cañones desmontados a las cimas de las montañas que se alzaban alrededor de Dien Bien Phu, donde los franceses terminarían siendo aplastados en 1954. Después vinieron los acuerdos de Ginebra, y también un nuevo desastre. Mi país quedó dividido en el norte y el sur.
    —Y volvieron a guerrear.
    —No de inmediato. Hubo un corto período de paz. Nosotros esperábamos el referéndum cuya celebración formaba parte de los acuerdos firmados en Ginebra. Cuando el referéndum nos fue negado porque la dinastía Diem, que gobernaba en el sur, sabía que lo perdería, volvimos a la guerra. Había que elegir entre los repugnantes y corruptos Diem en el sur o el general Giap y Ho en el norte. Yo había luchado a las órdenes de Giap, y lo tenía por un gran héroe. Escogí a los comunistas.
    —¿Todavía era soltero?
    —No, ya me había casado con mi primera esposa. Tuvimos tres hijos.
    —¿Y ellos todavía siguen en Vietnam?
    —No, todos murieron.
    —¿De enfermedad?
    —Los mataron los B-52.
    —Continúe.
    —Entonces llegaron los primeros estadounidenses. Los envió Kennedy, supuestamente como asesores. Pero para nosotros el régimen de Diem se había convertido en otro gobierno títere como los que nos habían impuesto los japoneses y los franceses. Así que una vez más, la mitad de mi país quedó ocupado por extranjeros. Volví a la selva para seguir luchando.
    —¿Cuándo?
    —En 1963.
    —¿Diez años más?
    —Diez años más. Cuando aquello hubo terminado, yo tenía cuarenta y dos años y había pasado la mitad de mi vida viviendo como un animal, sometido al hambre, la enfermedad, el miedo y la amenaza constante de morir en cualquier momento.
    —Pero después de 1972 debió de sentir que por fin había triunfado —observó Dexter.
    El vietnamita negó con la cabeza.
    —Usted no entiende lo que ocurrió después de la muerte de Ho en 1968 -dijo—. El partido y el gobierno quedaron en distintas manos. Muchos de nosotros todavía estábamos luchando por el país con que habíamos soñado y pensábamos que disfrutaríamos de cierta libertad. Los que se hicieron con el poder después de la muerte de Ho tenían otros planes. Un patriota tras otro fue arrestado y ejecutado. Quienes mandaban ahora eran Le Doan y Le Duc Tho. Ellos carecían de la fortaleza interior de Ho, quien podía tolerar un enfoque humano. Doan y Tho tenían que destruir para dominar. El poder de la policía secreta fue enormemente incrementado. ¿Se acuerda de la ofensiva del Tet?
    —Demasiado bien.
    —Ustedes los estadounidenses parecen pensar que para nosotros aquello fue una gran victoria. No es cierto. La ofensiva fue concebida en Hanoi y atribuida equivocadamente al general Giap, cuando de hecho éste ya no podía hacer nada contra Le Doan. La ofensiva del Tet le fue impuesta al Vietcong como una orden directa. Nos destruyó. La intención había sido precisamente esa. Quince mil de nuestros mejores cuadros murieron en misiones suicidas, entre ellos todos los líderes naturales del sur. Una vez que esos líderes hubieron desaparecido, Hanoi pasó a ostentar el poder supremo. Después del Tet, el ejército del norte se hizo con el control, justo a tiempo para la victoria. Yo era uno de los últimos supervivientes de los nacionalistas del sur. Quería un país libre y reunificado, sí, pero también quería que mi país tuviera libertad cultural, un sector privado y granjeros que fueran dueños de sus tierras. Eso resultó ser un error.
    —¿Qué ocurrió?
    —Después de la conquista del sur en 1975, empezaron los auténticos pogromos. Todo fue obra de los chinos. Dos millones de vietnamitas fueron despojados de todo cuanto poseían. Se vieron obligados a trabajar como esclavos o se les expulsó del país, convirtiéndose en lo que se conoció como boat people, «la gente de los barcos». Yo no estaba de acuerdo con todo aquello y así lo dije. Entonces fue cuando aparecieron los campos para los disidentes vietnamitas. Ahora hay doscientos mil en los campos, la inmensa mayoría de ellos gente del sur. A finales de 1975, el Bao Ve Cong An, la policía secreta, vino a buscarme. Yo llevaba escritas demasiadas cartas de protesta, diciendo que en mi opinión todo aquello por lo cual había luchado estaba siendo traicionado. Mi última carta no les gustó nada.
    —¿Qué condena le impusieron?
    —Tres años, la pena habitual para quienes debían ser «reeducados». Después de eso, vinieron tres años de vigilancia diaria. Fui enviado a un campo de internamiento en la provincia de Hatay, a unos sesenta kilómetros de Hanoi. Siempre te enviaban muy lejos de casa porque eso hace que luego te resulte mucho más difícil huir.
    —Pero usted consiguió escapar, ¿no?
    —Fue mi esposa la que consiguió hacer que huyéramos del campo. Ella es enfermera, además de falsificadora. Y yo fui director de escuela durante los escasos años de paz. Nos conocimos en el campo de internamiento. Ella trabajaba en el hospital, y a mí me habían salido unos abscesos en las piernas. Hablamos. Nos enamoramos. Imagíneselo, a nuestros años... Mi esposa me sacó de allí. Tenía escondidas unas cuantas alhajas de oro que no le habían confiscado, y sirvieron para comprar pasajes a bordo de un carguero. Bueno, ahora ya lo sabe todo.
    —¿Y piensa que podría llegar a creerle? —preguntó Dexter.
    —Usted habla nuestro idioma. ¿Estuvo allí?
    —Sí, estuve allí.
    —¿Y combatió?
    —Lo hice.
    —Entonces, y hablando de soldado a soldado, le diré que debería saber reconocer la derrota cuando la ve. Ahora está contemplando la más completa y absoluta de las derrotas. Bien, ¿nos vamos?
    —¿En qué lugar estaba pensando?
    —Habrá que volver a hablar con los de inmigración, claro está. Tendrá usted que contarles quiénes somos en realidad.
    Cal Dexter terminó su café y se levantó. El comandante Nguyen Van Tran se dispuso a imitarlo, pero Dexter le indicó con un gesto que no lo hiciera.
    —Un par de cosas, comandante. La guerra ha terminado. Ocurrió hace mucho tiempo y muy lejos de aquí. Intente disfrutar del resto de su vida.
    El vietnamita parecía hallarse en estado de shock. Asintió torpemente. Dexter dio media vuelta y se marchó, pero cuando ya se había alejado un par de metros de la mesa, se volvió y dijo:
    —Ah, sí. La segunda cosa. ¿Se acuerda de ese plato lleno de aceite de coco hirviendo que me arrojó encima? Bueno, pues me dolió mucho.
    Era el 22 de noviembre de 1978.
    10
    El Fenómeno
    En 1985 Cal Dexter ya había dejado el bufete de Honeyman Fleischer, pero no por un trabajo que lo conduciría a una magnífica casa en Westchester. Había ingresado en la Oficina del Defensor Público, convirtiéndose así en lo que en Nueva York se conoce como un abogado del servicio de asistencia legal. Su nuevo trabajo no proporcionaba mucho prestigio y no resultaba nada lucrativo, pero aun así le daba algo que Dexter no habría encontrado en el ámbito del derecho mercantil o fiscal, y él lo sabía. Ese algo se llamaba sentirse satisfecho con el trabajo que hacía.
    Angela se lo había tomado bien, de hecho incluso bastante mejor de lo que él había esperado. Para ser exactos, no le había importado lo más mínimo. La familia Marozzi estaba tan unida como los granos de uva en un racimo y todos eran gente del Bronx hasta la médula. Amanda Jane iba a una escuela que le gustaba mucho y en la que tenía gran cantidad de amigos. Cosas como conseguir un empleo más ambicioso y mejor y el ir subiendo en la profesión no formaban parte de sus necesidades, al menos por el momento.
    El nuevo empleo de Dexter suponía trabajar una cantidad imposible de horas al día y representar a aquellos que se habían escurrido a través de un desgarrón en la red del Sueño Americano. Significaba defender en los tribunales a quienes no podían permitirse el lujo de pagar su propio representante legal.
    Para Cal Dexter la pobreza y la falta de educación no tenían por qué significar necesariamente que fueras culpable. El que un «cliente» atónito y agradecido que, cualesquiera que fueran sus otros defectos, no había hecho aquello de lo que se le acusaba llegase a salir de la sala del tribunal habiendo sido declarado inocente siempre llenaba de satisfacción a Dexter. Fue una cálida noche de verano de 1988 cuando conoció a Washington Lee.
    Por sí sola la isla de Manhattan ya tiene que hacer frente a más de ciento diez mil casos criminales al año, eso excluyendo las demandas civiles. El sistema judicial siempre parece encontrarse al borde del colapso, pero se las arregla de algún modo para ir sobreviviendo. En aquellos años, una parte de la razón para dicha supervivencia era la existencia de la cinta transportadora, en continuo funcionamiento durante las veinticuatro horas del día, formada por el sistema de audiencias procesales que iban desfilando incesantemente a través del gran bloque de granito del número 100 de Center Street.
    Al igual que una buena función de vodevil, el edificio de los Juzgados Penales podía alardear de que nunca cerraba sus puertas. Decir que «toda la vida está aquí» probablemente hubiese sido una exageración, pero no cabía duda de que tarde o temprano las partes más viles de la vida de Manhattan terminaban haciendo acto de presencia en él.
    Aquella noche de julio de 1988, Dexter estaba trabajando en el turno nocturno como abogado disponible al cual se le podía asignar un cliente porque así lo había decidido un juez que se encontraba sobrecargado de trabajo. Eran las dos de la mañana y Dexter estaba tratando de escabullirse cuando una voz le dijo que fuera a la sala AR2A. Dexter suspiró, porque nadie intentaba llevarle la contraria al juez Hasselblad.
    Fue hacia el estrado para reunirse con un ayudante del fiscal del distrito que ya estaba esperando allí con un expediente en la mano.
    —Está cansado, señor Dexter.
    —Supongo que todos lo estamos, señoría.
    —Eso no se lo discutiré, pero hay un caso más del que me gustaría que se hiciese usted cargo. Y no mañana, sino ahora. Tome, aquí tiene el expediente. Este joven parece haberse metido en un buen lío.
    —Sus deseos son órdenes para mí, señoría.
    Una sonrisa ensanchó el rostro de Hasselblad.
    —Adoro que se me trate con deferencia —dijo.
    Dexter cogió el expediente de manos del ayudante del fiscal del distrito y los dos hombres salieron de la sala juntos. En la tapa del expediente rezaba:
    EL PUEBLO DEL ESTADO DE NUEVA YORK CONTRA WASHINGTON LEE.
    —¿Dónde está? —preguntó Dexter.
    —Aquí mismo, en una celda de espera —respondió el ayudante del fiscal del distrito.
    Tal como Dexter había imaginado basándose en la foto policial incluida en el expediente, su cliente era un chico flacucho con el aire entre perplejo y desesperado que suelen presentar las personas carentes de educación que han sido absorbidas, masticadas y escupidas por cualquiera de los numerosos sistemas judiciales que hay en el mundo. Lo que se veía en él era más confusión que astucia.
    El acusado tenía dieciocho años y era uno de los moradores de aquel distrito totalmente desprovisto de encanto conocido como Bedford-Stuyvesant, una parte de Brooklyn que es virtualmente un gueto negro. Por sí solo ese hecho bastó para despertar el interés de Dexter. ¿Por qué el chico estaba siendo acusado en Manhattan? Supuso que habría cruzado el río y robado un coche, o atracado a alguien que tenía una cartera merecedora de ser robada.
    Pero no, la acusación era por fraude bancario. ¿Significaba eso que Washington Lee había intentado pasar un cheque falsificado o utilizar una tarjeta de crédito robada, o que había recurrido, quizá, al viejo truco de hacer retiradas simultáneas de una cuenta inventada presentándose primero en un extremo del mostrador y luego en el otro? No.
    A decir verdad los cargos eran bastante raros, y muy poco precisos. El fiscal del distrito había presentado una acusación en la que sostenía que Washington Lee había cometido fraude por una cuantía superior a diez mil dólares. La víctima del delito había sido el East River Bank y el hecho de que su sede se encontrara ubicada en la parte central de Manhattan explicaba el motivo por el cual el acusado iba a ser juzgado en la isla y no en Brooklyn. El fraude había sido detectado por el personal de seguridad del propio banco, que deseaba que el delito fuera castigado con el máximo rigor posible de acuerdo con las normas bancarias habituales.
    Dexter se presentó con una sonrisa a su defendido, tomó asiento y le ofreció cigarrillos. Él no fumaba, pero el 99 por ciento de sus clientes se mostraban encantados ante la posibilidad de darle unas cuantas caladas a aquellos cilindros blancos. Washington Lee meneó la cabeza.
    —Son malos para la salud —dijo.
    Dexter se sintió tentado de decir que siete años en la penitenciaría estatal tampoco iban a beneficiar su salud, pero se abstuvo de hacerlo. Ahora que lo tenía delante en carne y hueso, Dexter reparó en que el señor Lee no solo carecía de atractivo sino que era pura y simplemente feo. ¿Cómo había conseguido embaucar a los del banco para que le entregaran tanto dinero? Habida cuenta de su aspecto, su manera de arrastrar cansinamente los pies y lo desmadejado de su postura, a Washington Lee difícilmente se le habría permitido atravesar el vestíbulo de mármol italiano del prestigioso East River Bank.
    Calvin Dexter habría necesitado más tiempo del que disponía para dedicar la debida atención al expediente del caso. Su preocupación más inmediata era pasar por la formalidad del procesamiento y ver si existía alguna posibilidad, por remota que fuese, de obtener la libertad bajo fianza. Dudaba de que la hubiera.
    Una hora después Dexter y el ayudante del fiscal del distrito volvían a estar en la sala. Washington Lee, que se mostraba completamente confuso y perplejo, fue llamado a comparecer ante el tribunal tal como señalaba la ley.
    —¿Estamos listos para proceder? —preguntó el juez Hasselblad.
    —Si el tribunal no tiene ninguna objeción a ello, he de solicitar un aplazamiento —dijo Dexter.
    —Acérquense —ordenó el juez. Cuando los dos abogados estuvieron delante del estrado, preguntó—: ¿Tiene usted algún problema, señor Dexter?
    —Este caso es más complejo de lo que aparenta, su señoría. No estamos hablando de unos cuantos tapacubos. La acusación hace referencia a una estafa de más de diez mil dólares a un banco de primera categoría. Necesito disponer de un poco más de tiempo para estudiar el caso.
    El juez miró al ayudante del fiscal del distrito, quien se encogió de hombros para indicar que no tenía nada que objetar. —Fijaré un día de esta semana —dijo el juez.
    —Me gustaría solicitar una fianza —dijo Dexter.
    —Me opongo, su señoría —intervino el ayudante del fiscal del distrito.
    —Voy a fijar la fianza en la suma que menciona la acusación, diez mil dólares —dijo el juez Hasselblad.
    Eso significaba que la fianza quedaba completamente descartada, y todos lo sabían. Washington Lee no contaba con diez dólares, y como ningún fiador querría verse involucrado en el asunto, tendría que volver a una celda. Mientras salían de la sala, Dexter le pidió al ayudante del fiscal del distrito que le hiciera un favor.
    —Sé buen chico y haz que no se quede dentro de la isla, sino en las Tumbas.
    —Claro, no hay problema. Y ahora intenta dormir un poco, ¿vale?
    El sistema judicial de Manhattan utiliza dos prisiones para estancias de corta duración. Por su nombre, las Tumbas sugiere un lugar subterráneo, pero en realidad se trata de un rascacielos empleado como centro de detención que se alza justo al lado de los edificios judiciales; a los abogados defensores les resulta mucho más cómodo visitar a sus clientes allí que en Riker's Island, que queda bastante East River arriba. A pesar del consejo que el ayudante del fiscal del distrito acababa de darle, Dexter seguramente no dormiría; el expediente de Washington Lee se encargaría de impedírselo. Si Dexter iba a hablar con éste a la mañana siguiente, antes tendría que dedicar un poco de tiempo a ponerse al corriente del caso.
    A ojos del observador experimentado, el fajo de papeles contaba la historia de la investigación y el arresto de Washington Lee. El fraude había sido detectado internamente y relacionado con él. El jefe del servicio de seguridad del banco, un tal Dan Mitkowski, había sido detective del Departamento de Policía de Nueva York y enseguida había conseguido convencer a algunos de sus antiguos colegas de que fueran a Brooklyn y arrestaran a Washington Lee.
    Primero lo llevaron a una comisaría del centro, donde quedó detenido. Cuando las celdas de la comisaría se hallaban provistas de un número lo suficientemente elevado de malhechores, estos eran conducidos al edificio de los Juzgados Penales y realojados allí para alimentarse con la intemporal e invariable dieta de bocadillos de queso y mentiras inventadas sobre la marcha.
    Entonces los engranajes habían empezado a seguir su curso inexorable. El historial policial mostraba una serie de pequeños delitos callejeros: tapacubos, máquinas expendedoras, hurtos en tiendas. Con esa formalidad ya completada, Washington Lee estaba listo para que lo procesaran. Ese fue el momento en que el juez Hasselblad quiso que el joven tuviera un representante legal.
    Dadas las circunstancias, se trataba de un muchacho nacido sin nada y destinado a la nada, que de los pequeños hurtos iniciales pasaría a los robos para finalmente llevar una vida signada por el crimen y frecuentes períodos como invitado de los ciudadanos del estado de Nueva York en algún lugar «río arriba». Así pues ¿cómo demonios se las había arreglado Washington Lee para convencer al East River Bank, el cual ni siquiera tenía una sucursal en Bedford-Stuyvesant, de que se desprendiera de diez mil dólares? No había ninguna respuesta para esa pregunta, al menos en el expediente. Lo único que figuraba en éste era una acusación reducida al mínimo y un enfurecido banco con sede en Manhattan que estaba firmemente decidido a vengarse. El cargo era de robo de mayor cuantía en tercer grado, y solía castigarse con siete años entre rejas.
    Dexter durmió tres horas, vio cómo Amanda Jane se iba a la escuela, se despidió de Angela con un beso y regresó a Center Street. Fue en una sala de entrevistas de las Tumbas donde por fin pudo sonsacar al joven negro.
    En la escuela Washington Lee había sido un alumno desastroso. El futuro solo le ofrecía el camino que conduce a la marginación, el crimen y la cárcel. Y entonces uno de sus profesores, quizá más inteligente que los demás o meramente más generoso que ellos, había permitido que aquel inútil de chico accediera a su ordenador Hewlett Packard.
    Fue como ofrecerle un violín al joven Yehudi Menuhin. Washington contempló las teclas, contempló la pantalla y empezó a hacer música. El profesor, que estaba metido en el mundo de los ordenadores cuando estos eran la excepción en vez de la regla, quedó muy impresionado. De aquello hacía cinco años.
    Washington Lee empezó a estudiar. También empezó a ahorrar. Cuando abría las máquinas expendedoras y las destripaba, no lo hacía para fumarse las ganancias, bebérselas, metérselas por la vena o comprarse ropa con ellas. Washington Lee fue ahorrando todo lo que iba obteniendo hasta que logró comprarse un ordenador a buen precio cuando una tienda que iba a cerrar liquidó todas sus existencias.
    —¿Y cómo te las arreglaste para estafar al East River Bank?
    —Entré en su sistema principal —respondió el chico.
    Por un instante Cal Dexter pensó que quizá había habido alguna clase de clave de entrada, así que le pidió a su cliente que se explicara. Entonces Washington Lee se mostró animado por primera vez. Estaba hablando de lo único que no tenía secretos para él.
    —Oiga, ¿tiene usted idea de lo débiles que son algunos de los sistemas defensivos que han ido creando para proteger las bases de datos?
    Dexter admitió que no era una cuestión a la que hubiese dedicado mucho tiempo. Al igual que la inmensa mayoría de quienes no son expertos en el tema, Dexter sabía que los diseñadores de sistemas informáticos creaban «muros cortafuegos» para evitar el acceso no autorizado a aquellas bases de datos que contenían la información de naturaleza más confidencial. El modo en que lo hacían exactamente, por no hablar de la manera de llegar a ser más listo que ellos, era algo en lo que nunca había pensado. Poco a poco Washington Lee fue refiriéndole la historia.
    El East River Bank tenía una enorme base de datos con toda la información concerniente a sus clientes. Debido a que la situación financiera de estos suele considerarse una cuestión muy privada, el acceso a aquellos detalles requería que empleados del banco introdujeran previamente un elaborado sistema de códigos. Si dichos códigos no eran absolutamente correctos, la pantalla del ordenador se limitaba a mostrar el mensaje ACCESO DENEGADO. Un tercer intento erróneo hacía que empezaran a sonar las señales de alarma en el despacho del director del banco.
    Washington Lee había descifrado los códigos sin llegar a activar las alarmas, hasta el punto de que el ordenador principal, que estaba bajo los cuarteles generales del banco en Manhattan, obedecería sus instrucciones sin rechistar. Para decirlo brevemente, el chico había conseguido llevar a cabo el coitus non interruptus con un sofisticado sistema de tecnología punta.
    Sus instrucciones eran simples. Washington Lee ordenaba al sistema que identificara los depósitos bancarios de los clientes del East River Bank y los intereses mensuales que se pagaban a las cuentas de estos. Luego le ordenaba que dedujera una cuarta parte de cada uno de dichos pagos por intereses y la transfiriese a su propia cuenta.
    Como no tenía cuenta corriente, Washington Lee abrió una en la sucursal local del Chase Manhattan. Si hubiera estado lo bastante familiarizado con el negocio para transferir el dinero a las Bahamas, probablemente nunca lo habrían pillado.
    Calcular el interés correspondiente a un depósito bancario es una operación bastante complicada, porque la suma dependerá de las fluctuaciones del tipo de interés a lo largo del período calculado. Llevarlo a la cifra que más se aproxime a la cuarta parte del total requiere su tiempo. La mayoría de las personas no disponen de ese tiempo. Confían en que el banco se encargará de realizar las operaciones matemáticas y que no cometerá ningún error al hacerlo.
    El señor Tolstoi no era una de esas personas. Puede que tuviera ochenta años, pero su mente todavía funcionaba a la perfección. El gran problema del señor Tolstoi era el aburrimiento y cómo matar el tiempo en su diminuto apartamento en la calle 108 Oeste. Tras trabajar toda su vida como actuario para una gran compañía de seguros, el señor Tolstoi estaba convencido de que, si se la multiplicaba suficientes veces, hasta la calderilla tenía su importancia. Se pasaba el tiempo intentando pillar al banco en un error. Y un día lo consiguió.
    El señor Tolstoi había llegado al convencimiento de que el interés que le había correspondido por el mes de abril era una cuarta parte inferior a lo que debería haber sido. Comprobó las cifras de marzo. Lo mismo. Retrocedió otros dos meses. Luego se quejó.
    La directora de la sucursal le habría dado el dólar que faltaba, pero las reglas son las reglas. El señor Tolstoi había presentado su queja. En la central pensaron que solo se trataba de un único y pequeño fallo en una sola cuenta, pero de todos modos llevaron a cabo una comprobación en media docena de cuentas más escogidas al azar. Descubrieron que en todas se había producido el mismo error. Entonces llamaron a los técnicos informáticos.
    Los técnicos descubrieron que el ordenador principal llevaba unos veinte meses haciendo aquello a cada cuenta del banco. Le preguntaron por qué.
    «Porque ustedes me dijeron que lo hiciera», respondió el ordenador.
    —No, nosotros no te dijimos eso —replicaron los sabios. «Bueno, pues alguien lo hizo», dijo el ordenador.
    Entonces fue cuando llamaron a Dan Mitkowski. La investigación no requirió mucho tiempo. Las transferencias de toda aquella calderilla habían ido a parar a una cuenta del Chase Manhattan en Brooklyn. Nombre del cliente: Washington Lee.
    —¿Cuánto sacaste en limpio de todo eso? —preguntó Dexter.
    —Casi un millón de dólares.
    Dexter mordió la punta de su lápiz con tanta fuerza que la rompió. No era de extrañar que la acusación fuese tan vaga. Sí, desde luego que habían sido «más de diez mil dólares». La misma magnitud del fraude hizo que se le ocurriera una idea.
    El señor Lou Ackerman siempre disfrutaba muchísimo con su desayuno. Para él era la mejor comida del día, porque el desayuno nunca tenía que ser consumido deprisa y corriendo como ocurría con el almuerzo y jamás llegaba a ser excesivamente abundante como pasaba con las cenas de gala. Al señor Ackerman le encantaba sentir la suave sorpresa del zumo muy frío, el crujido de los copos de cereales, la esponjosidad de unos huevos bien revueltos, el aroma del café Montaña Azul recién molido. En su balcón que daba a Central Park West, disfrutando del frescor de una mañana de verano antes de que el verdadero calor fuera cayendo sobre el día, desayunar constituía todo un deleite. Y era una lástima que el señor Calvin Dexter fuera a echárselo a perder.
    Cuando su sirviente filipino le llevó la tarjeta a su terraza, el señor Lou Ackerman echó un vistazo a la palabra «abogado», frunció el entrecejo y se preguntó quién podría ser su visitante. El nombre, sin embargo, hizo sonar una alarma en su cerebro. Se disponía a decirle a su sirviente que le pidiera al visitante que fuera al banco más tarde esa misma mañana, cuando una voz detrás del filipino dijo:
    —Ya sé que esto es una impertinencia por mi parte, señor Ackerman, y le pido disculpas por ello. Pero si tiene la amabilidad de concederme diez minutos, me atrevo a avanzarle que luego se alegrará mucho de que no nos hayamos reunido en su despacho para que todo el mundo estuviera pendiente de nosotros.
    El señor Ackerman se encogió de hombros y señaló el asiento que había al otro lado de la mesa.
    —Dile a la señora Ackerman que estoy reunido en la mesa del desayuno —le ordenó al filipino, y a continuación se volvió hacia Dexter—. Intente ser breve, señor Dexter.
    —Lo seré. Ustedes quieren llevar a juicio a mi cliente, el señor Washington Lee, porque supuestamente se ha apropiado de casi un millón de dólares procedentes de las cuentas de sus clientes. Me parece que sería más sensato que retiraran los cargos.
    El presidente general del East River Bank podría haberse puesto furioso. Muestras un poco de bondad ¿y qué obtienes a cambio? Un entrometido se presenta en tu casa para echarte a perder el desayuno.
    —Olvídelo, señor Dexter. Esta conversación ha terminado. Lo que propone es imposible. El muchacho pagará por lo que ha hecho. Tiene que haber algo que evite que se cometan esta clase de actos. Es la política de la entidad. Buenos días.
    —Lástima. Verá, el caso es que la manera en que lo hizo fue realmente fascinante. Washington Lee se introdujo en su sistema informático, luego atravesó como si tal cosa todos sus muros cortafuegos, y pasó por entre todos sus guardias de seguridad como si estos no existieran. Se supone que nadie debe poder hacer nada semejante.
    —Se le ha acabado el tiempo, señor Dexter.
    —Concédame unos segundos más, señor Ackerman. Ya habrá otros desayunos. Ustedes tienen aproximadamente un millón de clientes, tanto en forma de depósitos como en cuentas corrientes. Ellos piensan que sus fondos están a salvo con ustedes. A finales de esta semana, un flaco muchacho negro salido del gueto va a comparecer ante el juez y dirá que si él lo hizo, entonces cualquier aficionado que tenga dos dedos de frente podría vaciar cualquiera de las cuentas de sus clientes después de unas cuantas horas de sondeos electrónicos. ¿Cómo cree que se van a tomar eso sus clientes, señor Ackerman?
    Ackerman dejó su taza de café encima de la mesa y dirigió la mirada hacia el parque.
    —Eso no es verdad. ¿Por qué deberían creerlo?
    —Porque habrá periodistas presentes en la sala del tribunal, y la televisión y la radio estarán esperando fuera. Según mis cálculos, una cuarta parte de sus clientes decidirá cambiar de banco.
    —Anunciaremos que estamos instalando un nuevo sistema de seguridad. El mejor que hay disponible en el mercado.
    —Pero se supone que eso era lo que ustedes ya tenían, ¿verdad? Y resulta que un chico de Bedford-Stuyvesant que no ha terminado los estudios secundarios logró introducirse en él. Son ustedes muy afortunados, porque han recuperado la totalidad del millón de dólares. Supongamos que esto volviera a ocurrir, pero ahora por la cuantía de decenas de millones de dólares a lo largo de todo un horrible fin de semana, y que la totalidad del dinero fuese a parar a las islas Caimán. Entonces el banco tendría que cubrir las pérdidas de sus clientes. ¿Cree que su junta directiva toleraría semejante humillación?
    Lou Ackerman pensó en su junta directiva. Algunos de los accionistas institucionales eran personas como Pearson-Lehman y Morgan Stanley. La clase de personas que no soportaban que se las humillara. La clase de personas que podían dejar sin empleo a un hombre.
    —Conque así es como están las cosas, ¿eh?
    —Me temo que sí.
    —Está bien. Llamaré a la oficina del fiscal del distrito y diré que ya no estamos interesados en seguir adelante con el procesamiento, habida cuenta de que hemos recuperado todo nuestro dinero. Pero cuidado, le advierto que el fiscal del distrito puede seguir adelante por su cuenta en el caso de que quiera hacerlo.
    —Pues entonces será usted muy persuasivo, señor Ackerman. Lo único que tiene que decir es: «¿Estafa? ¿Qué estafa?».
    Después de todo, me parece que en este caso se impone la discreción. ¿No opina usted lo mismo?
    Dexter se levantó y se dispuso a irse. Ackerman era un buen perdedor.
    —Siempre nos iría bien disponer de un buen abogado, señor Dexter.
    —Se me ha ocurrido una idea mejor. Ponga en nómina a Washington Lee. Me parece que cincuenta mil dólares al año sería un sueldo apropiado.
    Ackerman se había levantado de golpe, derramando su café Montaña Azul sobre el mantel.
    —¿Y para qué demonios iba a tener yo en nómina a ese desgraciado?
    —Porque cuando se trata de ordenadores, Washington Lee es el mejor. Ya lo ha demostrado sobradamente. Se abrió paso a través de un sistema de seguridad que a ustedes les costó un montón de dinero instalar, y lo hizo con una lata de sardinas que cuesta cincuenta dólares. Ese chico podría instalarles un sistema que fuese totalmente impenetrable. Luego ustedes podrían convertir ese sistema en uno de sus grandes atractivos de cara a la clientela, diciendo que su entidad cuenta con la base de datos más segura que existe al oeste del Atlántico. Washington Lee es mucho menos peligroso dentro de la tienda que no meando fuera de ella.
    Veinticuatro horas después Washington Lee fue puesto en libertad. Él no estaba muy seguro del porqué, al igual que tampoco lo estaba el ayudante del fiscal del distrito, pero el banco había sufrido un súbito ataque de amnesia empresarial y la oficina del fiscal del distrito estaba tan sobrecargada de trabajo como de costumbre. ¿Por qué insistir?
    El banco envió una limusina a las Tumbas para recoger a su nuevo empleado. Washington Lee nunca había estado dentro de una limusina. Se instaló en el asiento trasero y se volvió hacia su abogado, que asomaba la cabeza por la ventanilla.
    —No sé qué es lo que ha hecho usted o cómo lo ha hecho —dijo—. Quizá algún día pueda pagárselo.
    —De acuerdo, Washington. Puede que algún día lo hagas.
    Era el 20 de julio de 1988.
    11
    El Asesino
    Cuando Yugoslavia estaba gobernada por el mariscal Tito, era una sociedad prácticamente libre de crímenes. Molestar a un turista era algo impensable, las mujeres podían ir sin miedo por las calles y las bandas organizadas no existían.
    Lo cual resultaba bastante extraño, teniendo en cuenta que las siete repúblicas que formaban Yugoslavia, y antes el reino de serbios, croatas y eslovenos, habían producido algunos de los gángsteres más depravados y violentos de Europa.
    La razón era que, después de 1948, el gobierno de Tito estableció un pacto con el hampa yugoslava. El trato fue muy simple: vosotros podéis hacer lo que queráis y nosotros cerraremos los ojos con una condición: que lo hagáis en el extranjero. Así, Belgrado se limitó a exportar la totalidad de sus criminales.
    Los objetivos escogidos por los jefes de la delincuencia yugoslava fueron Italia, Austria, Alemania y Suecia. La razón también era muy simple. A mediados de los sesenta los turcos y los yugoslavos se habían convertido en la primera oleada de «trabajadores invitados» dentro de los países más ricos al norte de sus fronteras, lo cual significaba que se los alentaba a ir allí y hacer los trabajos más sucios y desagradables, que los excesivamente mimados indígenas ya no querían hacer.
    Cada gran movimiento étnico siempre trae consigo su propio mundo del crimen. La mafia italiana llegó a Nueva York con los inmigrantes italianos, y los criminales turcos no tardaron en unirse a las comunidades turcas de «trabajadores invitados» esparcidas por toda Europa. Los yugoslavos hicieron otro Lanw, pero en su caso el acuerdo fue bastante mas estructurado.
    Belgrado salió doblemente beneficiado de ello. Los miles de yugoslavos que trabajaban fuera del país enviaban cada semana a casa todas las divisas que habían ganado; en tanto que Estado comunista, Yugoslavia era un caos económico, pero el aflujo regular de divisas bastaba para mantener oculto ese hecho.
    Mientras Tito repudiara a Moscú, Estados Unidos y la OTAN apenas prestaban atención a las otras cosas que hiciera. De hecho, el mariscal fue uno de los líderes de los países no alineados durante la guerra fría. La hermosa costa dálmata que se extendía a lo largo del Adriático se convirtió en una meca turística, atrayendo todavía más divisas extranjeras.
    Internamente, Tito controlaba un régimen brutal en todo lo que concernía a los disidentes u opositores, pero se comportaba de la manera más callada y discreta posible. El pacto con lo gángsteres era administrado y supervisado no tanto por la policía civil como por la policía secreta, conocida como Seguridad del Estado o DB.
    Fue la DB la que estableció los términos del pacto. Los delincuentes que se cebaban en la comunidades yugoslavas del extranjero podían volver a casa con toda impunidad para descansar y divertirse un poco, y lo hacían. Dichos gángsteres construyeron villas en la costa y mansiones en la capital. Hacían sus donativos a los fondos de pensiones de los jefes de la DB, y ocasionalmente se les pedía que llevaran a cabo algún «trabajillo» al que no se le daría publicidad ni se le seguiría la pista. La mente maestra que urdió aquel arreglo que tan cómodo resultaba para todas las partes implicadas fue un hombre que ya llevaba mucho tiempo al frente del Departamento de Inteligencia, el gordo y temible esloveno Stane Dolanc.
    Dentro de Yugoslavia existía un poco de prostitución -firmemente controlada por la policía local- y algo de lucrativo contrabando, que, una vez más, contribuía a los fondos de pensiones oficiales. Pero la violencia, dejando aparte la de naturaleza estatal, estaba prohibida. Los jóvenes que no querían ir por el buen camino a lo máximo que llegaban era a encabezar pandilleros rivales, robar coches (que no perteneciesen a turistas) y pelearse. Si querían tomarse las cosas mas en serio, entonces tenían que irse.
    Quienes optaran por hacerse los sordos acerca de aquellas cuestiones corrían el riesgo de dar con sus huesos en la celda de alguna prisión remota. El mariscal Tito no era ningún estúpido, pero no era inmortal. Murió en 1980, y entonces todo empezó a derrumbarse.
    En 1986 un mecánico del distrito obrero de Zemun, en Belgrado, tuvo un hijo y le puso por nombre Zoran. Desde temprana edad, quedó claro que Zoran era un ser depravado y profundamente violento. Cuando tenía diez años, sus profesores se estremecían al oír su nombre.
    Pero Zoran tenía una cosa que lo distinguiría de otros gángsteres de Belgrado como Zeljko Raznatovic, alias Arkan. Zoran era muy listo.
    A los catorce años abandonó la escuela y se convirtió en el líder de una pandilla de adolescentes que se dedicaban a robar coches, pelearse, beber y seguir con la mirada a las chicas de la zona. Después de una «discusión» particularmente violenta con una pandilla rival, tres miembros de esta fueron tan salvajemente golpeados con cadenas de bicicleta que pasaron varios días entre la vida y la muerte. El jefe de policía local decidió que ya estaba bien de aquello.
    Zoran Zilic fue detenido, conducido a un sótano por dos hombretones provistos de un par de buenos trozos de tubos de goma, y golpeado hasta que no pudo tenerse en pie. No se trataba de que la policía tuviera nada contra él, sino que sencillamente consideraba necesario que el chico se concentrara en lo que le estaban diciendo.
    Después el jefe de policía le dio un consejo, o varios. Corría el año 1972 y el chico ya había cumplido los dieciséis. Una semana después se fue del país. Pero ya tenía un lugar donde presentarse. En Alemania se unió a la banda de Ljuba Zemunac, que había tomado su apellido del suburbio donde había nacido. Él también provenía de Zemun.
    Zemunac era un delincuente impresionantemente salvaje y desalmado que más tarde sería asesinado a tiros en el pasillo de un tribunal alemán, pero Zoran Zilic estuvo junto a él durante diez años, ganándose la admiración del veterano malhechor como el matón más sádico que jamás hubiera tenido a su servicio. En el negocio de la protección ilegal, la capacidad para inspirar terror resulta vital. Zilic no solo lo haría mejor que nadie, sino que disfrutaba con ello.
    En 1982, a la edad de veintiséis años, Zilic dejó a Zemunac y formó su propia banda. Aquello podría haber causado una guerra territorial con su antiguo jefe, pero Zemunac no tardó en irse al otro mundo. Durante los cinco años siguientes, Zilic siguió al frente de su banda en Alemania y en Austria. Ya hacía mucho que había aprendido el inglés y el alemán. Pero en casa las cosas estaban cambiando.
    No había nadie para sustituir al mariscal Tito, cuyo historial bélico como partisano contra los alemanes combinado con la mera fuerza de su personalidad habían mantenido unida durante tanto tiempo a aquella antinatural federación de siete repúblicas. La década de los ochenta estuvo marcada por una serie de gobiernos de coalición que iban sucediéndose rápidamente, pero el espíritu de secesión e independencia separada ya había prendido en Croacia y Eslovenia, por el norte, y en Macedonia, por el sur. En 1987 Zilic decidió unir su suerte a un pequeño funcionario del antiguo Partido Comunista al que otros habían pasado por alto o subestimado. Aquel hombre reunía dos cualidades que le gustaban mucho a Zilic: era absolutamente implacable a la hora de ir tras el poder, y podía recurrir a un nivel de astucia y tortuosidad que dejaría desarmados a los rivales hasta el momento en que ya fuera demasiado tarde para que pudieran reaccionar. Había dado con el siguiente «gran hombre». Desde 1987 en adelante, Zilic se ofreció a «ocuparse» de los oponentes de Slobodan Milosevic. No rechazaría ningún encargo y no cobraría nada a cambio. En 1989 Milosevic ya se había dado cuenta de que el comunismo se hallaba completamente muerto, y sabía muy bien que el caballo al que había que montar era el del nacionalismo serbio más extremo. De hecho, Milosevic llevó a su país no uno sino cuatro jinetes, los del Apocalipsis. Zilic estuvo sirviéndolo casi hasta el final.
    Yugoslavia se desintegraba por momentos. Milosevic se había presentado como el hombre capaz de mantenerla unida, pero no mencionó que tenía intención de hacerlo a través del genocidio, conocido como «limpieza étnica». Dentro de Serbia, la república de la que Belgrado era capital, la popularidad de Milosevic nació de la creencia de que él impediría que los serbios de toda la federación fueran perseguidos por los no serbios.
    Pero para hacerlo, primero los serbios debían sufrir persecuciones. Si los croatas y los bosnios tardaban en llevarlas a cabo, habría que hacer los arreglos necesarios. Una pequeña matanza local normalmente haría que la mayoría residente se volviera contra los serbios que había entre ellos, y entonces Milosevic podría enviar a su ejército para salvarlos. Fueron los gángsteres, convertidos en «patriotas» paramilitares, quienes actuaron como sus agentes provocadores.
    Hasta 1989 el Estado yugoslavo había mantenido a sus hampones bajo control, pero Milosevic los hizo socios de pleno derecho. Como otros tantos segundones que se han visto encumbrados al poder estatal, Milosevic no tardó en quedar fascinado por el dinero. La mera magnitud de las sumas involucradas actuaba sobre él como la flauta de un encantador de serpientes sobre una cobra. Para Milosevic no se trataba del lujo que el dinero podía llegar a comprar, ya que en el aspecto personal fue austero hasta el último momento. Lo que lo hipnotizaba era el dinero como otra forma de poder. El gobierno yugoslavo que lo sucedió estimaría que él y sus compinches habían desviado a sus cuentas en el extranjero alrededor de veinte mil millones de dólares.
    Otros no fueron tan austeros. Entre estos se encontraba la propia y horrenda esposa de Milosevic, así como su hijo y su hija, igualmente temibles. Comparada con los Milosevic, la familia Monster parecía salida de un episodio de La casa de la pradera.
    Entre aquellos «socios de pleno derecho» figuraba Zoran Zilic, un asesino a sueldo que con el tiempo se convirtió en el matón personal del dictador. Bajo Milosevic, la recompensa nunca se cobraba en efectivo, sino que llegaba bajo la forma de franquicias para actividades delictivas especialmente lucrativas, combinadas con la garantía de una inmunidad absoluta. Los compinches del tirano podían robar, torturar, violar y matar, y la policía no podía hacer nada en absoluto. Milosevic estableció un régimen basado en el crimen combinado con la estafa haciéndose pasar por un patriota, y los serbios y los políticos europeos occidentales se lo creyeron durante años.
    A pesar de tanta brutalidad y tanto derramamiento de sangre, Milosevic no consiguió salvar la federación yugoslava y ni siquiera acercarse a su sueño de una Gran Serbia. Eslovenia se separo", seguida por Croacia y Macedonia. Después de los acuerdos de Dayton de noviembre de 1995, Bosnia también se proclamó independiente; para acabar, en julio de 1999 Milosevic no solo perdió Kosovo, sino que también había logrado que la misma Serbia quedara parcialmente destruida bajo las bombas de la OTAN.
    Al igual que Arkan, Zilic también formó una pequeña cuadrilla de paramilitares. Había otras, como los siniestros, enigmáticos y brutales Chicos de Frankie, el grupo de Frankie Stomatovi quien asombrosamente ni siquiera era serbio, sino un croata rengado de Istria. A diferencia del extravagante y ostentoso Arka muerto a tiros en el vestíbulo del Holiday Inn de Belgrado, Zilic se mantuvo a sí mismo y a su grupo, lo bastante en las sombras para no hacerse notar. Pero durante la guerra de Bosnia llevó a su grupo al norte en tres ocasiones, dejando un reguero de violaciones, torturas y asesinatos a través de toda aquella infortunada república, hasta que la intervención estadounidense puso fin a sus desmanes.
    La tercera incursión fue en abril de 1995. Mientras que Arkan llamaba a su grupo los Tigres y disponía de un par de centenar de hombres, Zilic se conformaba con llamarlos los Lobos de Zoran y mantenía su número bastante reducido. En la tercera salida solo se llevó a una docena consigo. Todos ellos eran matones experimentados, salvo uno. Zilic carecía de un operador de radio; uno de sus colegas, cuyo hermano pequeño estaba estudiando derecho, le dijo que éste tenía un amigo que había sido operador en el ejército.
    Después de ponerse en contacto con él a través de su compañero de estudios, el recién llegado accedió a renunciar a sus vacaciones de Pascua y unirse a los Lobos.
    Zilic quiso saber cómo era. ¿Había participado en algún combate? No, había hecho su servicio militar en el cuerpo de señales y esa era la razón por la que estaba listo para tener un poco de «acción».
    —Si nunca le han disparado, entonces seguramente nunca habrá matado a nadie —dijo Zilic—. Así que esta expedición debería ser una especie de escuela para él.
    El grupo partió hacia el norte la primera semana de mayo, tras un retorno provocado por problemas técnicos en sus jeeps de fabricación rusa. Pasaron por la antigua estación de esquí de Pale, que se había convertido en la capital de la autoproclamada Republika Serbska, aquel tercio de Bosnia que ya estaba lo bastante «limpio» para ser considerado exclusivamente serbio. Se mantuvieron alejados de Sarajevo, en otro tiempo la orgullosa anfitriona de los juegos Olímpicos de invierno y ahora en ruinas, y entraron en la Bosnia propiamente dicha, estableciendo su base en el reducto de Banja Luka.
    Desde allí Zilic empezó a hacer salidas, evitando topar con los peligrosos muyaidines y buscando blancos más débiles entre las comunidades musulmanas bosnias que carecieran de protección armada.
    El 14 de mayo, encontraron una pequeña aldea en los montes Vlasic, la tomaron por sorpresa y mataron a todos sus habitantes. Después de pasar la noche en el bosque, la tarde del día 15 regresaron a Banja Luka.
    El nuevo recluta los dejó al día siguiente, con el argumento de que quería volver a sus estudios. Zilic lo dejó marchar, no sin antes advertirle de que si llegaba a abrir la boca le cortaría personalmente la polla con un vaso roto y después le haría tragar ambas cosas, por ese orden. De todas maneras el chico no le gustaba, porque era idiota y no tenía agallas.
    Los acuerdos de Dayton pusieron fin a esa clase de diversiones en Bosnia, pero Kosovo ya estaba madurando y en 1988 Zilic empezó a operar también allí. Aseguraba combatir contra el Ejército de Liberación de Kosovo, pero en realidad se dedicaba a saquear las comunidades rurales.
    Nunca olvidó, sin embargo, cuál había sido la auténtica razón por la que se había aliado con Slobodan Milosevic. Los servicios prestados al déspota le habían proporcionado unos magníficos dividendos. Sus acuerdos «de negocios» eran como una patente de corso que le daba derecho a hacer aquello que obliga a cualquier mafioso a saltarse la ley para conseguirlo: él podía hacerlo con impunidad.
    La mas importante de sus lucrativas actividades era la posesión de las franquicias de cigarrillos y perfumes, whiskies y coñacs de buena calidad, así como otros artículos de lujo. Zilic compartía aquellas franquicias con Raznatovic, el único gángster de una importancia comparable a la suya, y unos pocos más. A pesar de lo que se veía obligado a gastar en sobornos a la policía y para tener «protección» política necesaria, a mediados de los noventa ya era millonario.
    Los narcóticos y las armas resultaban especialmente lucrativos. Su fortuna en dólares ascendía ya a cantidades de ocho cifras. Zilic también había pasado a integrar los archivos de la DEA, la CIA, la Defence Intelligence Agency (encargada del tráfico de armas) y el FBI.
    Engordados por el dinero del que se habían apropiado, el poder. la corrupción, la ostentación, el lujo y el servilismo incesante del que eran objeto por parte de aquellos que los adulaban, quienes rodeaban a Milosevic se volvieron perezosos y complacientes. Daban por sentado que la fiesta duraría eternamente. Todos menos Zilic.
    Se mantenía alejado de los bancos utilizados por la mayoría de sus compinches para guardar o transferir sus fortunas al exterior. Cada centavo que ganaba lo depositaba en el extranjero pero siempre a través de bancos de los que nadie en el Estado serbio sabía absolutamente nada. Y mantenía los ojos bien abiertos para detectar las primeras grietas en el sistema. Tarde o temprano razonaba con gran agudeza, incluso los asombrosamente débiles políticos y diplomáticos de Gran Bretaña y la Unión Europea verían lo que se ocultaba detrás de Milosevic y decidirían que había llegado la hora de poner fin a la fiesta, como en efecto ocurrió a causa de Kosovo.
    Región fundamentalmente agrícola, Kosovo formaba, junta con la República de Montenegro, todo lo que permanecía bajo control serbio de la Federación de Yugoslavia. Estaba habitada por un millón ochocientos mil kosovares, todos ellos musulmanes y prácticamente indistinguibles de sus vecinos albaneses, y doscientos mil serbios.
    Milosevic había estado persiguiendo a los kosovares durante diez años, hasta provocar que el en otro tiempo moribundo Ejército de Liberación de Kosovo volviera a cobrar tuerza. La estrategia sería la habitual en él: perseguir más allá de toda tolerancia; esperar a que despertara la indignación local; denunciar a los «terroristas»; entrar en masa para salvar a los serbios y restaurar el «orden». Pero entonces la OTAN dijo que no iba a seguir aguantando aquello por más tiempo. Milosevic no se lo creyó. Cometió un grave error, porque esta vez la OTAN hablaba en serio.
    La limpieza étnica comenzó en la primavera de 1999, y el principal responsable fue el Tercer Ejército ocupante, ayudado en la labor por la Policía de Seguridad y grupos paramilitares como los Tigres de Arkan, los Chicos de Frankie y los Lobos de Zoran. Como estaba previsto que ocurriera, cientos de miles de kosovares huyeron presas del terror a través de las fronteras con Albania y Macedonia. Era lo que se suponía que tenían que hacer, y se suponía también que Occidente debía aceptarlos como refugiados. Pero no lo hizo. Lo que hizo Occidente fue empezar a bombardear Serbia.
    Belgrado aguantó durante setenta y ocho días. La gente acusaba a la OTAN, pero en voz baja empezaba a murmurar que era el loco Milosevic quien había atraído aquella catástrofe sobre sus cabezas. Siempre resulta educativo observar cómo se desvanece el ardor guerrero en cuanto el techo se derrumba. Zilic oyó aquellos murmullos.
    El 3 de junio de 1999 Milosevic aceptó las condiciones que se le exigían. Esa fue la manera en que lo expresó, pero para Zilic se trataba de una rendición incondicional. Decidió que había llegado el momento de partir.
    Los combates terminaron. El Tercer Ejército, que apenas había llegado a sufrir bajas a causa de los bombardeos que la OTAN había estado efectuando a gran altura sobre el territorio de Kosovo, se retiró con todo su armamento intacto. Los aliados de la OTAN ocuparon la región. Los serbios que vivían allí empezaron a huir a Serbia, llevando su rabia consigo. La dirección de esa rabia comenzó a desplazarse de la OTAN a Milosevic, en medio de un país que había quedado hecho pedazos.
    Zilic se dedicó a poner en lugar seguro su fortuna y a prepararse para abandonar el país. Durante el otoño de 1999 las protestas contra Milosevic fueron en aumento.
    Durante una entrevista que tuvo con él en noviembre de 1999, Zilic le rogó al dictador que diera un golpe de Estado mientras aún disponía de un ejército leal y prescindiera de cualquier pretensión de democracia o partidos opositores. Pero a esas alturas Milosevic ya estaba viviendo en un mundo de fantasía donde su popularidad no había disminuido en lo más mínimo.
    Zilic salió de la entrevista asombrándose una vez más de cómo, cuando los hombres que habían ostentado el poder absoluto comenzaban a perderlo, se derrumbaban en todos los sentidos. El coraje, la fuerza de voluntad, la percepción, la capacidad de tomar decisiones, incluso la de reconocer la realidad, todo era arrastrado por las aguas como la marea se lleva el castillo de arena. En diciembre Milosevic ya no ejercía el poder, sino que se aferraba a él. Zilic completó sus preparativos.
    Había reunido una fortuna no inferior a quinientos millones de dólares, y tenía un sitio al que ir donde estaría a salvo. Arkan había muerto por enemistarse con Milosevic. Los principales responsables de la limpieza étnica en Bosnia, Karadzic y el general Mladic, estaban siendo perseguidos como animales a través de aquella Republika Serbska en la que habían buscado refugio. Otros ya habían sido detenidos por el nuevo tribunal de crímenes de guerra de La Haya. Milosevic estaba perdido.
    Para que quedara constancia de ello, el 27 de julio de 2000 declaró que las próximas elecciones presidenciales tendrían lugar el 24 de septiembre. A pesar de las sistemáticas manipulaciones y de su negativa a aceptar los resultados, perdió los comicios. La multitud asaltó el Parlamento e instaló a su sucesor. Entre los primeros actos del nuevo régimen figuró empezar a investigar el período de Milosevic: los asesinatos, la desaparición de veinte mil millones de dólares.
    El antiguo tirano se encerró en su villa del elegante barrio de Dedinje. El 1 de abril de 2001 el presidente Kostunica ya estaba listo para actuar, y Milosevic finalmente fue arrestado.
    Pero Zoran Zilic ya llevaba mucho tiempo lejos de allí. En enero de 2000, desapareció. No se despidió de nadie ni se llevó equipaje alguno. Sencillamente se marchó como quien parte hacia una nueva vida en un mundo distinto, donde los viejos cachivaches ya no tendrían ningún valor. Por eso lo que hizo fue dejarlos atrás.
    No se llevo consigo nada ni a nadie, salvo a su ultra leal guardia personal, un gigantón llamado Kulac. Una semana después ya estaba instalado en su nuevo escondite, que había pasado más de un año preparando para que lo acogiera.
    Ningún servicio de inteligencia prestó atención a la partida de Zoran Zilic, salvo una persona. Un hombre que llevaba una existencia solitaria y callada en Estados Unidos tomó nota, con un interés considerable, de la nueva residencia del gángster.
    12
    El Monje
    Era el sueño, siempre el sueño. No podía quitárselo de encima. Sentía que el sueño no lo dejaba en paz. Noche tras noche se despertaba gritando, bañado en sudor, y su madre entraba corriendo para abrazarlo e intentar reconfortarlo.
    El muchacho constituía tanto un enigma como una preocupación para sus padres, ya que o no podía o no quería describir su pesadilla. Su madre, sin embargo, estaba convencida de que su hijo no había tenido semejantes sueños hasta su regreso de Bosnia.
    El sueño siempre era el mismo. Soñaba con aquella cara en el fango viscoso, un pálido disco rodeado por un anillo de excrementos, algunos bovinos, otros humanos, rogando vivir y pidiendo clemencia a gritos. No entendía el idioma en que hablaba la cara, al contrario que Zilic, pero palabras como «no, no, por favor, no lo hagas» son bastante internacionales.
    Los hombres que empuñaban los palos reían y volvían a empujar. Y la cara volvía a aparecer, pero Zilic metía su palo dentro de la boca abierta y empujaba hacia abajo hasta que el muchacho acababa muriendo en algún lugar de aquellas negras profundidades. Entonces él despertaba, gritando y llorando, y su madre lo tomaba entre sus brazos y le decía que todo iba bien, que se encontraba en su propia habitación de su casa del Senjak.
    Pero él no podía explicar lo que había hecho, aquello en lo que había tomado parte cuando pensaba que estaba cumpliendo con su deber patriótico para con Serbia.
    Su padre se mostraba bastante menos dispuesto a reconfortarlo, y afirmaba que trabajaba mucho y tenía necesidad de sus horas de sueño. Fue en el otoño de 1995 cuando Milan Rajak tuvo su primera sesión con un psicoterapeuta profesional.
    Empezó a ir dos veces a la semana al hospital psiquiátrico que había en la calle Palmoticeva, el mejor de Belgrado. Sin embargo, los expertos del Laza Lazarevic tampoco pudieron ayudarlo, porque Milan no se atrevía a confesar.
    El alivio, se le dijo, viene con la purga, pero la catarsis requiere confesión. Milosevic aún ocupaba el poder, pero mucho más aterradores habían sido los feroces ojos de Zoran Zilic, aquella mañana en Banja Luka, cuando Milan le dijo que quería dejarlo todo y volver a su casa de Belgrado. Mucho más aterradoras habían sido las palabras que Zilic le susurró acerca de la mutilación y de la muerte si alguna vez llegaba a abrir la boca.
    El padre de Milan era un ateo convencido que se había educado bajo el régimen comunista del mariscal Tito, y había sido un leal sirviente del Partido durante toda su vida. Pero su madre había conservado su antigua fe en la Iglesia ortodoxa serbia, que junto con las Iglesias griega y rusa formaba parte de las Iglesias cristianas orientales. Soportando en silencio las burlas de su esposo y de su hijo, la mujer se había pasado todos aquellos años yendo al servicio religioso de la mañana. A finales de 1995, Milan comenzó a acompañarla.
    Empezó a encontrar algo de consuelo en el ritual y la letanía, los cánticos y el incienso. El horror parecía difuminarse un poco en el interior del templo que se alzaba junto al campo de fútbol, a solo tres manzanas de donde vivían ellos, y al que acudía siempre su madre.
    El año 1996 Milan suspendió los exámenes de derecho, para furia y desesperación de su padre, que se pasó dos días echando chispas por toda la casa. Si las noticias de la facultad no habían sido de su agrado, lo que tenía que decirle su hijo lo dejó atónito.
    —No quiero ser abogado, padre. Quiero entrar en la Iglesia.
    Requirió algún tiempo, pero el padre de Milan finalmente se calmó y trató de hacerse a la idea de que su hijo había cambiado. Al menos el sacerdocio era algo parecido a una profesión. No daba la riqueza, cierto, pero era respetable. Un hombre todavía podía mantener la cabeza alta y decir: «Mi hijo es miembro de la Iglesia, ¿sabe usted?».
    El padre de Milan descubrió que para llegar a ser sacerdote se requerían años de estudio, y que había que pasar la mayor parte de ese tiempo en un seminario. Pero su hijo tenía otras ideas. Quería vivir en clausura y comenzar a hacerlo cuanto antes; convertirse de inmediato en monje, repudiando lo material en favor de la vida sencilla.
    A quince kilómetros al sudeste de Belgrado encontró lo que quería, el pequeño monasterio de San Esteban, en el pueblecito de Slanci. Dicho monasterio estaba habitado por no más de una docena de monjes sometidos a la autoridad del abad, o iguman. Los monjes trabajaban en los campos y los graneros de su propia granja, cultivaban su propia comida, aceptaban donativos de unos cuantos turistas y peregrinos, meditaban y rezaban. Había una lista de espera para entrar en el monasterio y absolutamente ninguna posibilidad de saltársela.
    El destino intervino en el encuentro con el iguman, el abad Vasilije. Él y Rajak padre se miraron mutuamente con asombro. A pesar de la frondosa barba negra salpicada de gris, Rajak reconoció al mismo Goran Tomic que había ido a la escuela con él cuarenta años antes. El abad accedió a conocer a su hijo y discutir con el mismo una posible carrera dentro de la Iglesia.
    El abad, un hombre de aguda inteligencia, adivinó que el hijo de su antiguo compañero de escuela era un joven desgarrado por algún conflicto interior que no le permitía encontrar la paz en el mundo exterior. El abad ya había visto aquello antes. No podía crear un puesto para un monje, observó, pero de vez en cuando se permitía que algunos seglares convivieran con los monjes con el propósito de hacer un «retiro».
    En el verano de 1996, con la guerra de Bosnia ya terminada, Milan Rajak fue a Slanci e inició allí un prolongado retiro, dedicado a cultivar tomates y pepinos, meditar y rezar. Entonces el sueño se disipó.
    Pasado un mes, el abad Vasilije le sugirió amablemente que se confesara, y así lo hizo Milan. Hablando en susurros, a la luz de una vela que ardía junto al altar y bajo la mirada del hombre de Nazaret, le contó al abad lo que había hecho.
    El abad se persignó fervientemente y rezó; por el alma del muchacho que había muerto en el pozo negro y por el penitente que tenía junto a él. Luego apremió a Milan a que fuera a las autoridades y declarara contra los responsables de aquel hecho.
    Pero el control que Milosevic ejercía sobre el país era absoluto y el terror que inspiraba Zoran Zilic, igual de poderoso. Era inconcebible que las «autoridades» levantaran siquiera un dedo contra Zilic. Cuando éste llevara a cabo la venganza que había prometido, a nadie se le movería un pelo. Así que el silencio se mantuvo.
    El dolor empezó en el invierno de 2000, y Milan reparó en que se intensificaba con cada movimiento que hacía. Pasados dos meses consultó con su padre, quien supuso que se trataría de algún «virus» pasajero. Aun así, solicitó que su hijo fuera sometido a unas cuantas pruebas en el hospital general de Belgrado, el centro Klinicki.
    Belgrado siempre ha presumido de contar con una medicina que figura entre las más avanzadas de Europa, y el hospital general de Belgrado podía codearse con las mejores instituciones sanitarias del continente. Hubo tres series de pruebas, y padre e hijo fueron recibidos por especialistas en proctología, urología y oncología. Fue el profesor que dirigía el tercero de aquellos departamentos quien finalmente pidió a Milan Rajak que fuera a verlo a su despacho en el hospital.
    —Tengo entendido que está usted estudiando para ser monje —dijo.
    —Así es.
    —Entonces cree en Dios, ¿verdad?
    —Sí.
    —A veces me gustaría creer también. Por desgracia, no puedo hacerlo. Pero ahora su fe se verá puesta a prueba. Las noticias no son buenas.
    —Dígamelo, por favor.
    —Usted padece lo que los médicos llamamos «cáncer colorrectal».
    —¿Es operable?
    —Me temo que no.
    —¿Reversible con quimioterapia?
    —Es demasiado tarde para eso. Lo siento, lo siento muchísimo.
    El joven miró por la ventana. Acababa de ser sentenciado a muerte.
    —¿Cuánto tiempo me queda, profesor?
    —Eso es algo que siempre se pregunta, a lo que no hay forma de responder. Con ciertas precauciones, cuidados, una dieta especial, un poco de radioterapia... un año. Posiblemente menos, posiblemente más. No mucho más.
    Corría el mes de marzo de 2001. Milan Rajak regresó a Slanci y se lo contó al abad. El anciano lloró por quien se había convertido en el hijo que nunca había llegado a tener.
    El 1 de abril la policía de Belgrado arrestó a Slobodan Milosevic. Zoran Zilic ya había desaparecido. El padre de Milan había recurrido a todos sus contactos en la policía para confirmar que el gángster más poderoso y que había conseguido llegar más alto en Yugoslavia simplemente se había desvanecido hacía más de un año y actualmente estaba viviendo en algún lugar del extranjero. Así pues, nadie conocía su paradero, y su influencia se había esfumado junto con él.
    El 2 de abril de 2001, Milan Rajak sacó de entre sus cosas un vieja tarjeta. Luego cogió una hoja de papel y, escribiendo en inglés, redactó una carta dirigida a Londres. Lo que más le costó decir de cuanto escribió en aquella carta se encontraba en la primer frase. «He cambiado de parecer. Estoy preparado para testificar. Tres días más tarde, veinticuatro horas después de que hubiera recibido la carta y tras haber hecho una rápida llamada telefónica a Stephen Edmond en Windsor, Ontario, el Rastreador volvía a Belgrado.
    La declaración fue tomada en inglés, en presencia de un notario público e intérprete jurado. Fue firmada y atestiguada, y decía así:
    Allá por 1995, los jóvenes serbios estaban acostumbrados a creer todo lo que se les contaba, y yo no era ninguna excepción. Hoy en día puede estar muy claro qué cosas tan terribles se llegaron a hacer en Bosnia y en Croacia, y más tarde en Kosovo, pero a nosotros se nos decía que las víctimas eran comunidades serbias aisladas que vivían en aquellas antiguas provincias, y yo me lo creía. La idea de que nuestras propias fuerzas armadas estuvieran cometiendo asesinatos en masa de ancianos, mujeres y niños resultaba inconcebible. Se nos decía que solo los croatas y los bosnios hacían esa clase de cosas. Las fuerzas serbias únicamente estaban interesadas en proteger y rescatar las comunidades de la minoría serbia.
    Cuando en abril de 1995 un compañero de la facultad de derecho me contó que su hermano y unos cuantos más iban a ir a Bosnia para proteger a los serbios de aquellos lugares y necesitaban un operador de radio, no sospeché nada.
    Había hecho mi servicio militar como operador de radio, pero siempre manteniéndome a varios kilómetros de cualquier combate. Accedí a renunciar a mis vacaciones de primavera para ayudar a mis compatriotas serbios en Bosnia.
    Cuando me uní a los otros doce, enseguida me di cuenta de que eran unos tipos muy duros, pero lo atribuí a que se trataba de soldados curtidos por los combates y me reproché ser demasiado blando y haber estado demasiado mimado.
    La columna, formada por cuatro vehículos todoterreno, estaba integrada por doce hombres, incluido el jefe, quien se unió a nosotros en el último momento. Solo entonces supe que aquel hombre era Zoran Zilic, del que había oído hablar vagamente pero que tenía una oscura y temible reputación. Estuvimos conduciendo durante dos días, siempre hacia el norte a través de la Republika Serbska hasta que entramos en la Bosnia central. Llegamos a Banja Luka y aquel lugar se convirtió en nuestra base de operaciones, especialmente el hotel Bosna, donde ocupamos unas cuantas habitaciones y comíamos y bebíamos.
    Hicimos tres patrullas al norte, el este y el oeste de Banja Luka, pero no encontramos enemigos o aldeas serbias amenazadas. El 14 de mayo fuimos hacia el sur internándonos en la cordillera de los montes Vlasic. Sabíamos que más allá de esa cordillera se encontraban Travnik y Vitez, ambas en territorio enemigo.
    A última hora de la tarde de aquel día, íbamos por un camino que discurría entre los bosques cuando nos encontramos con dos niñas. Zilic bajó del jeep y habló con ellas. Sonreía, y yo pensé que estaba siendo muy amable. Una le dijo que se llamaba Laila. En ese momento no lo entendí. Laila era un nombre musulmán. La niña acababa de firmar su propia sentencia de muerte y la de su aldea.
    Zilic subió a las dos niñas al jeep que encabezaba la marcha y entonces ellas le señalaron donde vivían. Era una aldea en un pequeño valle perdido entre los bosques; poca cosa. Tenía siete casas y unos cuantos graneros; en ella vivían unos veinte adultos y una docena de niños. Cuando vi la media luna que había encima de la diminuta mezquita comprendí que se trataba de musulmanes, pero estaba claro que no representaban ninguna amenaza.
    Los otros bajaron de los vehículos y reunieron a todos los habitantes de la aldea. Yo no sospeché nada cuando empezaron a registrar las casitas. Había oído hablar de fanáticos musulmanes, muyaidines procedentes de Oriente Próximo, Irán y Arabia Saudí, que merodeaban por toda Bosnia y mataban a los serbios con que se cruzaban. Quizá algunos se escondieran allí, pensé.
    Cuando hubo terminado el registro, Zilic volvió al primer vehículo y se sentó a la ametralladora montada sobre un soporte giratorio que había instalada detrás del asiento delantero. Les gritó a sus hombres que se dispersaran y abrió fuego sobre los campesinos acurrucados delante del corral.
    Ocurrió casi antes de que yo tuviera tiempo de darme cuenta de qué había ocurrido. Los cuerpos de los campesinos se agitaban al ser alcanzados por las balas de grueso calibre. Los otros soldados abrieron fuego con sus metralletas. Algunos de los campesinos trataron de salvar a sus hijos, arrojándose sobre ellos para cubrirlos con sus cuerpos. Algunos de los más pequeños lograron escapar de esta manera, corriendo entre los adultos y llegando a los árboles. Más tarde supe que seis de ellos habían logrado escapar así.
    Me entraron ganas de vomitar. Había un intenso olor a sangre y vísceras flotando en el aire, un hedor que nunca sientes en las películas de Hollywood. Yo nunca había visto morir a nadie anteriormente, pero aquellas personas ni siquiera eran soldados o partisanos. Solo habíamos encontrado una vieja escopeta, quizá usada para matar conejos y cuervos.
    Cuando hubo terminado, la mayoría de los que habían disparado estaban bastante decepcionados. No habían encontrado alcohol ni nada de valor, así que prendieron fuego a las casas y los graneros y los dejamos ardiendo.
    Pasamos la noche en el bosque. Los hombres habían llevado consigo su propio slivovitz y casi todos se emborracharon. Yo intenté beber, pero lo vomité todo. Una vez que me hube inmerso en mi saco de dormir, comprendí que había cometido un terrible error. Los hombres que me rodeaban no eran patriotas, sino solo unos bandoleros que mataban porque disfrutaban haciéndolo.
    A la mañana siguiente empezamos a bajar por una serie de caminos de montaña, casi todos ellos desperdigados a lo largo de las laderas, para regresar al collado que nos llevaría hasta Banja Luka pasando por encima de las montañas. Entonces fue cuando encontramos la granja. Se alzaba solitaria en otro pequeño valle entre los bosques. Vi que Zilic, que iba en el primer jeep, alzaba la mano en una señal de que nos detuviéramos. Luego nos indicó por gestos que apagásemos los motores. Los conductores obedecieron, y se hizo el silencio. Entonces, de pronto, oímos voces.
    Nos apeamos de los jeeps sin hacer ruido, cogimos las armas y fuimos sigilosamente hasta la linde del valle. A unos cien metros de allí había dos adultos que estaban sacando a seis niños de un granero. Aquellos hombres no iban armados ni llevaban uniforme. Detrás de ellos había una granja consumida por las llamas; y a un lado de ella, un Toyota Landcruiser nuevo de color negro con las palabras PANES Y PECES escritas en la portezuela. Los dos hombres se volvieron y nos miraron en cuanto nos vieron venir. Entonces la mayor de los pequeños, una niña que tendría unos diez años, se echó a llorar. Era Laila. La reconocí por el pañuelo que llevaba en la cabeza.
    Zilic fue hacia el grupo con el arma levantada, pero ninguno de los dos hombres intentó luchar. El resto nos desplegamos, formando un semicírculo en torno a los cautivos. El más alto de los dos hombres habló, y reconocí el acento estadounidense. Zilic también lo reconoció. Ninguno de los demás hablaba una palabra de inglés. «¿Quiénes son ustedes?», preguntó el americano.
    Zilic no respondió. Fue hacia ellos para examinar aquel Landcruiser recién salido del concesionario. En ese momento la pequeña Laila echó a correr hacia el vehículo. Uno de los hombres trató de cogerla, pero la pequeña se le escapó. Zilic se volvió, alzó su pistola, apuntó, disparó y le voló la nuca a la niña. Zilic estaba muy orgulloso de su excelente puntería.
    El americano, que se encontraba a unos tres metros de Zilic, dio dos zancadas y le asestó un puñetazo con todas sus fuerzas en el lado de la boca. Suponiendo que hasta ese momento el hombre hubiera tenido alguna posibilidad de sobrevivir, eso acabó con ella. Zilic fue pillado por sorpresa, como era lógico que ocurriese, porque no había nadie en toda Yugoslavia que se hubiese atrevido a hacer tal cosa.
    Se produjo un instante de absoluta incredulidad mientras Zilic se desplomaba, con el labio partido. Dos segundos después, seis de sus hombres cayeron sobre el americano y empezaron a golpearlo con las botas, los puños y las culatas de sus armas. Lo dejaron reducido a una pulpa sanguinolenta. Habrían acabado con él, pero entonces Zilic intervino. Se había levantado y estaba limpiándose la sangre de la boca. Ordenó a sus hombres que dejaran de golpearlo.
    El americano estaba vivo. Tenía la camisa rasgada, el torso enrojecido por las patadas y la cara, cubierta de cortes, empezaba a hinchársele. La camisa abierta revelaba un grueso cinturón para el dinero. Zilic hizo una seña con la mano y uno de sus hombres se lo arrancó de un tirón. El cinturón estaba lleno de billetes de cien dólares; resultó que había unos diez. Zilic examinó al muchacho que había osado golpearlo.
    —Cielos —dijo—, cuánta sangre. Necesitas un baño frío, amigo mío, algo que te refresque un poco.
    Se volvió hacia sus hombres, que habían quedado perplejos ante su aparente preocupación por el americano. Pero Zilic había visto algo más en el claro. El pozo negro estaba lleno a rebosar, tanto de desechos de animales como humanos, pues había habido un tiempo en que había servido a ambos propósitos. Si bien los años transcurridos desde entonces habían solidificado aquellos detritos, las recientes lluvias habían vuelto a licuarlos. Siguiendo órdenes de Zilic, el americano fue arrojado dentro.
    La conmoción del frío tuvo que hacerlo volver en sí. Sus pies encontraron el fondo del pozo negro, y empezó a debatirse. Cerca había un vallado para las reses hecho con estacas y tablones. Estaba viejo y medio roto, pero algunas de las largas estacas todavía se hallaban enteras. Los hombres cogieron unas cuantas y empezaron a hundir al americano en aquella superficie viscosa.
    El americano empezó a gritar, pidiendo clemencia cada vez que su rostro volvía a emerger por encima del líquido viscoso. Estaba suplicando por su vida. A la sexta vez, quizá fuera la séptima, Zilic cogió un palo y le metió el extremo en la boca abierta, rompiéndole la mayor parte de los dientes. Luego empujó hacia abajo y siguió empujando hasta que el americano estuvo muerto.
    Corrí hasta los árboles y vomité la salchicha y el pan negro que había comido para desayunar. Quería matarlos a todos, pero ellos eran muchos y yo me sentía demasiado asustado. Mientras estaba vomitando, oí disparos. Habían matado a los otros cinco niños y al cooperante bosnio que había llevado hasta allí al americano. Todos los cadáveres fueron arrojados al pozo negro, donde se hundieron lentamente hasta desaparecer. Luego uno de los hombres descubrió que las palabras PANES Y PECES que había en las puertas delanteras del Landcruiser no eran más que un adhesivo. No costó nada arrancarlo.
    Cuando nos fuimos de allí no quedaba ni rastro de lo ocurrido, excepto las manchas de un rojo sorprendentemente intenso que la sangre de los niños había dejado sobre la hierba y el centelleo de unos cuantos cartuchos de latón. Aquella tarde Zoran Zilic repartió los dólares. Le dio cien dólares a cada hombre. Yo me negué a aceptarlos, pero él insistió en que cogiera al menos un billete para que siguiera siendo «uno de los chicos».
    Aquella misma tarde intenté deshacerme del billete en el bar del hotel, pero Zoran me vio, y entonces sí que se puso realmente furioso conmigo. Al día siguiente le dije que me volvía a casa, a Belgrado. Me amenazó con que si alguna vez llegaba a decir una palabra de lo que había visto, daría conmigo, me mutilaría y luego me mataría.
    Sé desde hace mucho tiempo que no soy un hombre valiente, y ha sido el miedo que le tenía a Zoran lo que me ha mantenido callado durante todos estos años, incluso cuando el inglés vino a hacerme aquellas preguntas en el verano de 1995. Pero ahora ya me siento en paz conmigo mismo y estoy dispuesto a testificar en cualquier tribunal en Holanda o Estados Unidos, con tal de que Dios Todopoderoso me dé las fuerzas necesarias para seguir con vida hasta entonces.
    Juro por Él que todo lo que he dicho es la verdad y nada más que la verdad.
    Declarado por mí en el distrito de Senjak, Belgrado, este séptimo día del mes de abril de 2001.
    MILAN RAJAK
    Aquella noche el Rastreador envió un largo mensaje a Stephen Edmond en Windsor, Ontario. Las instrucciones con las que el anciano respondió al mensaje no podían estar más claras: «Vaya donde tenga que ir y haga todo aquello que sea necesario, pero encuentre a mi nieto o lo que queda de él y tráigalo a casa, Georgetown, Estados Unidos de América».
    13
    El Pozo
    La paz había llegado a Bosnia con los acuerdos de Dayton de noviembre de 1995, pero más de cinco años después las cicatrices de la guerra todavía no estaban ni siquiera disimuladas y mucho menos curadas.
    Bosnia nunca había sido una república rica. No tenía reservas minerales ni ninguna costa dálmata para atraer a los turistas; únicamente una agricultura que apenas si empleaba tecnología en las granjas desperdigadas entre las montañas y los bosques.
    Recuperarse de los daños económicos requeriría varios años, pero el daño social había sido mucho peor. Eran muy pocos los que se sentían capaces de imaginar que no harían falta una o dos generaciones para que serbios, croatas y musulmanes aceptaran volver a vivir los unos al lado de los otros, o siquiera separados por unos cuantos kilómetros, en zonas vigiladas por las fuerzas armadas.
    Los organismos internacionales expresaron sus habituales consideraciones sobre la reunificación y la restauración de la confianza mutua, justificando así los intentos condenados al fracaso de recomponer los pedazos de la federación en vez de hacer frente a la necesidad de la partición.
    La tarea de gobernar aquella entidad hecha añicos fue confiada al alto representante de las Naciones Unidas, una especie de procónsul con poderes casi absolutos, respaldado por los soldados de la UNPROFOR. De todas las tareas nada atractivas que recayeron sobre las personas que no disponían de tiempo para exhibirse en el escenario político pero que realmente hacían que las cosas sucedieran, la menos agradable fue la de la Comisión Internacional de Personas Desaparecidas (CIPD).
    Dicha labor fue llevada a cabo con una impresionante y callada eficiencia por Gordon Bacon, un antiguo policía inglés. La CIPD tuvo que cargar con la tarea de escuchar a las decenas de miles de familiares de los «desaparecidos» y tomar sus declaraciones por una parte, así como de seguir la pista a los centenares de «minimatanzas» que se habían producido desde 1992 y exhumar los cuerpos por otra. La tercera labor consistió en tratar de emparejar las declaraciones con los restos encontrados y así devolver el cráneo y el montón de huesos a los familiares, para que estos los enterraran por última vez según su credo religioso o la ausencia del mismo.
    El proceso de emparejamiento habría resultado completamente imposible sin el ADN, pero la nueva tecnología significaba que un poco de sangre tomada de uno de los familiares y una astilla de hueso procedente del cadáver bastaban para proporcionar una prueba indudable de la identidad del segundo. A mediados del año 2000, el laboratorio de ADN más eficiente y rápido de Europa no se encontraba en la capital de algún próspero país occidental sino en Sarajevo, donde era dirigido y gestionado por Gordon Bacon con unos fondos minúsculos. Para verlo, el Rastreador entró en la ciudad bosnia al volante de su coche dos días después de que Milan Rajak hubiera firmado la decla