Publicado en
abril 08, 2010
Cuento de su libro “Las mujeres ante la tumba”
1º premio de la categoría CUENTO
del Fondo Nacional de las Artes, 1976.
Buenos Aires, Crisol, 1977.
pp. 96 – 109
Edición digital en memoria de Eduardo,
que falleció a los pocos meses
de presentado el libro,
en 1978.
Toda la mañana, toda la tarde y hasta muy entrada la noche, Juan Cristóbal y la señora Scilita contaban las bajas. Y así era un día y otro y otro más; los encontraba el sol y los dejaba la luna delante de la ventana con el herrumbrado balconcito de hierro que toda la vida (porque casi cuarenta años es más que una vida, reflexionaba la señora Scilita) los viera detrás suyo, como una débil barrera de contención.
Hacía mucho tiempo que Juan Cristóbal se había tomado la costumbre de leerle los avisos a su madre, y así, su espesa voz baritonal llenaba los oídos y el pensamiento de la señora, mientras sus manos viejas iban sin descanso sobre un interminable tejido azul marino, azul de Prusia:
—"Joaquín Egisto Zanichi. Falleció el ... del setenta y dos. Q.E.P.D. Sus hijas, Obdulia Ofelia Z. Vda. de Franchezzi y Emilse María, su nieto Gabriel María Franchezzi y sus sobrinas Matilde y Lita (a) participan a Ud. de su fallecimiento y de que sus restos serán inhumados...".
Generalmente, Juan Cristóbal dejaba oír una leve insinuación acerca de los viejos tiempos heroicos y pasados, cuando del brazo de su madre, los dos de riguroso luto y con sus caras más tristes, iban visitando todos los velatorios de los diarios, en un paseo interminable, solemne y magnifico, que era toda su vida, el verdadero motivo de vivirla.
Pero la señora Scilita negaba dulce y también firmemente, con su temblorosa cabeza blanca; su cara infantil y tan limpia de arrugas —era casi monstruoso verla así sobre un cuerpo giboso y torcido—, sonriente y tranquila y volvía a retomar su excusa favorita (los años, la vejez nada menos que setenta y tres, cumplidos ya el último viernes de enero) y su inmutable tejido. Entonces, Juan Cristóbal continuaba:
—"Alteza Real Katia Gondriasev, Vda. de Alexei. Q.E.P.D. Falleció el veinte del diez del setenta y... Sus hijos, Dr. Alejandro, María A. Vda. de Pavlev y Nina; su hija política Elena Basilides, sus nietos y su fiel servidora Isabel Andreievna, participan de su fallecimiento y de que sus restos serán inhumados. . .".
Naturalmente, ésta no era la única ocupación que tenían. En general, y sobre todo por la tarde, se oían tres tímidas llamadas en la puerta de calle, señal que la señora Scilita recogía de inmediato. Entonces Juan Cristóbal salía por el corredor a oscuras y con olor a sepulcro, bajaba la escalera negra, y abriendo la cancel y luego la puerta de calle, hacía pasar al o a la visitante.
Casi siempre eran mujeres, con sus eternas historias sobre maridos y traiciones, sobre novios y futuros. A veces, alguna viuda o viudo y (muy de vez en cuando) un huérfano, que entraba para que "la señora" le sirviera de intérprete con el deudo desaparecido.
La señora Scilita no cobraba jamás por su trabajo; decía sentirse bien pagada con la credulidad y el fervor de la gente. Juan Cristóbal, asintiendo, entraba en su cuarto —una mesa, la cama y el crucifijo en la pared por todo mobiliario— a contarse historias con Diego.
Lo anterior era tarea de la señora Scilita, pero también Juan Cristóbal tenía la suya, y era la más importante para madre e hijo: contar y anotar las bajas; contar y anotar.
El calor ponía de muy mal humor a Juan Cristóbal; nada detestaba tanto como los meses y los días de diciembre a marzo. Su cara arrugada de viejita sapiente y toda su delgada estatura sufrían los meses del verano con una resignación casi espartana, pero a menudo traducida por su madre en silencios, en pesados y lejanos silencios siempre iguales. Y la señora Scilita (oh, era una debilidad tan tonta, se decía) todavía le tenía miedo a los silencios en la casa vacía.
De modo que esa vez, se dijo, mientras Juan Cristóbal doblaba el diario, debía volver a luchar contra sus enemigos. Nunca le había faltado decisión.
—Lo vi a Diego anoche —comenzó la señora Scilila—. ¿A que no sabes cómo era, Juancristo?
Juan Cristóbal ni siquiera contestó con su bocadillo marcado por el juego.
—Te estoy hablando —murmuró suavemente la señora Scilita, volviendo a su tejido.
—Sí..., sí... ¿Cómo era Diego ayer?
—Diego. Ah... Diego... —susurró la madre, con su voz oscura y vieja—. Diego era una mariposa, una enorme mariposa negra y lila y oro. Volaba y volaba alrededor mío, hasta que empezó a cantar.... Después ya no lo volví a ver... —la señora Scilita advertía que Juan Cris-tóbal estaba muy lejos, que se le escapaba en forma total—. ¿Cómo era Diego cuando lo viste la última vez, Juancristo? . . .
—No sé Ah, sí... Estaba dentro de un cuadro Era uno de los apóstoles en la copia de "La última cena" que está en el comedor.
Hubo, después de esta vaga respuesta, un silencio tan largo, que la señora Scilita, sin poder soportarlo más, dejó su tejido.
—Juan Cristóbal —susurró—. ¿Qué te pasa?
Juan Cristóbal levantó hasia ella sus inquietos ojos hundidos.
—Mamá: —preguntó, aliviado de un peso muy grande— ¿dónde van los muertos al morirse?
Juan Cristóbal había hecho "tres encuentros" y en una sola semana. De modo que ya era demasiado para todo su mundo de contabilidad y espionaje aquella grieta cada vez más fuerte, más segura.
El mismo lunes anterior, en una plazoleta cercana a su casa, se cruzó con doña Erminda, que estaba muerta hacía seis meses.
De pronto, cuando la plaza y el cielo y el mundo eran de su favorito y querido color casi negro de gris, doña Erminda apareció entre los árboles, tan violeta y tan muerta en su vestido de luto. Juan Cristóbal, creyéndose víctima de una alucinación, corrió detrás de ella, pero cuando llegó hasta los mismos árboles por entre los que la viera, la vieja ya había desaparecido.
En esos días, le recordó Juan Cristóbal a la señora Scilita, ningún vecino vino a engrosar sus cuentas en el libro. El no lo quiso reconocer, pero... No lo quiso reconocer, pero el miércoles (ya era con una puntualidad cronométrica) el encuentro fue en la puerta de las italianas. Allí estaba el padre de la solterona y de la viuda, tomando aire, como dijo —y le habló, le habló y todo. Y Juan Cristóbal charló con él en una mareante tarde fresca de febrero, sintiendo como lentamente, como todo aquello se iba haciendo más y más real— porque por suerte en "estos días se puede respirar un poco", como decía don Joaquín.
Mientras regresaba a su casa desde lo alto de sus rodillas temblorosas, Juan Cristóbal se fijó la fecha de la muerte de don Joaquín; éste había sido anotado en el libro, recordó, durante el invierno anterior.
Privada de comprender la causa de los silencios y encierros sin motivo aparente, la señora Scilita tuvo el viernes a la noche —días antes de la absurda pregunta que él le hizo— una visión del estado de Juan Cristóbal: lo vio retroceder del balcón gritando y negando, mientras la luz seguía encendida en !a muerta sala de la señora Victoriana, una viuda solitaria, adusta y rica, que no se daba con nadie en la vecindad.
La señora Scilita no podía saber que Juan Cristóbal acababa de ver a la pálida y frágil Analía, la hija única de la señora Victoriana, muerta en el invierno de 1939, antes de cumplir dos semanas, llorando desganadamente en su cama de niebla.
Entonces fue cuando Juan Cristóbal habló.
La señora Scilita dijo que aquellas eran tonterías, sugestiones de Juan Cristóbal. Por algo le hacía mal el calor. Ella misma (claro que era ya tan vieja) no se sentía muy bien. ¡Si hasta había desconocido a Diego, que le habló desde el perchero, su última corporización! Siguió tejiendo, entonces, recibiendo gente en el comedorcito a oscuras donde hacía siempre de intermediaria, y esperando.
Pero una semana después, comenzaron a perseguir a Juan Cristóbal.
El mismo Juan Cristóbal reconoció ante su madre que perseguir no era lo cierto, no era la palabra justa Ellos lo seguían, simplemente. Aparecían en cualquier lugar, desde cualquier forma y lo seguían, como... como Diego. Pero a Diego lo habían inventado ellos...
Una tarde, en la librería de la avenida, al levantar la vista de los tomos de la Historia de las Religiones que estaba hojeando, Juan Cristóbal vio a Bruna, la hija muerta de su vecino don Máximo, contemplándolo fijamente detrás de la vidriera, en una inmóvil mirada de sus ojos grandes y tristes. Juan Cristóbal se inmovilizó de terror; sí, aquella era Bruna, con su blanca cara de muñeca y su ropa de antes de la década del 40. Una viva imagen de la muerte esperándolo.
Temblando y tratando inútilmente de no llamar la atención, (¡justo ésa tarde, justo ésa, en la que había decidido salir y pasear después de siete meses cabalísticos de encierro! Bruna. . . Pero Bruna había muerto en el 37, apenas tres años después que su padre, cuando él no tenía ni siquiera un año. Toda su historia y su ficha eran obra de su madre. ¿Entonces? Justo ésa tarde, justo ésa. . . ¿Bruna estaba allí esperándolo?) .
Juan Cristóbal se deslizó a la calle con una extraña danza de espaldas; casi de espaldas caminó por la avenida, dobló cuatro o cinco veces —y dos de ellas se descubrió en el mismo sitio donde comenzara la vuelta— escapando a todo correr de aquella sombra.
Todo fue inútil; ella no le perdonó siquiera el encierro, la necesidad de ver libros o vidrieras; ella lo siguió, se apareció en las esquinas. Bruna. Se asomó en las ventanas, Bruna; le hizo senas desde las ventanillas de los ómnibus, Bruna. Estuvo en cada moldura, en cada cornisa, en cada papel, en todos los árboles, quieta, fija, mirándolo, siguiéndolo. Bruna, Bruna, Bruna, Bruna... El médico diagnosticó una aguda crisis nerviosa, aconsejó reposo y ordenó sedantes. La señora Scilita se encontró, por espacio de casi dos semanas, sola con todo el trabajo...
¿Pero de qué trabajo hablaba?, reflexionó una mañana lluviosa delante del balconcito; ni una sola muerte en casi un mes.
¿Era aquello realmente...?
La señora Scilita se negaba todo razonamiento, y tomaba casi furiosamente el interminable tejido azul. ¡Basta de tonterías; Diego, el espionaje, Juan Cristóbal eran lo importante!
Además, pronto el médico le indicó a Juan Cristóbal que era mejor que saliera un poco, que no se quedara encerrado. Había que vencer la sugestión. Pero entonces apareció Diego.
A la señora Scilita no le gustaba ver vecinos nuevos; para ella era casi una ofensa que una cara desconocida se instalase "con todo lo demás" alrededor suyo.
El recién llegado apenas tenía "cara". O rasgos. Era un extraordinario conjunto de vaguedades. Un hombre —joven, se dijeron las chismosas— desdibujado, pálido, envuelto siempre en echarpes, pullóveres, anteojos. Tomaba sol o estudiaba todo el día, todos los días, delante de la ventana de su cuarto, alquilado a la española. Se supo que, efectivamente, estudiaba mucho, aunque nadie se enteró jamás de qué estudio se trataba. Y era silencioso, huraño, retraído. Sin embargo, la española se desesperó tanto y tanto hizo, que averiguó su nombre y se lo comentó a Juan Cristóbal un atardecer, mientras su perro ensuciaba la vereda, y la señora Scilita vigilaba arriba, centinela armada con el tejido siempre azul, siempre igual.
Sí, el nuevo vecino se llamaba Diego.
Ahora la señora Scilita se asustó, aunque se lo ocultó a Juan Cristóbal, del mismo modo que él le ocultó las persecuciones de que era objeto.
Continuamente, en los paseos ordenados por el médico — ¡Qué podía saber él hasta qué punto su terapia le hacía empeorar!— Juan Cristóbal era seguido por todos ellos.
Continuamente. Y allí estaba doña Erminda, cruzada de brazos, torcida y violeta, hablándole desde la araña de la sala, tan o más muerta que ella misma; y en todas las puertas, como un juego de malabarismo atroz, hasta el infinito, se asomaba don Joaquín, con su beatífica sonrisa, su corto cuello y su relamerse ante el paso de cada mujer que veía. Entonces, las severas caras de mármol y piedra de estatuas y cariátides, y adornos cíe cornisas y edificios, volvían a ser la triste y quieta cara de Bruna y sus rizos castaños. Y así era con Felipe o con Juan, los otros hijos muertos de don Máximo y doña Erminda.
Y casi siempre le sucedía en la plaza, en el rincón favorito de su querida plaza, los días grises o de lluvia. Ellos aparecían tras los árboles, sobre la cueva desde donde el guardián lo seguía con sus atentos ojos distraídos en el paisaje muerto. Ellos salían de entre los árboles, lo rodeaban, lo miraban, y sus miradas eran un llamado, un pedido, como el que la temblorosa señora Scilita recibía en el balconcito, enfrentando sola a Diego, el Diego que no habían creado ellos, siempre estudiando y esperando allí con sus rasgos y su presencia borrosa. Juan Cristóbal corría, corría. Generalmente hablaba solo, recitándose la nómina completa —o casi completa— de muertos contabilizados. Corría, hablando desesperadamente con su sombra, con su imagen en la sombra y en todos los vidrios y espejos con los que tropezaba.
Los vecinos —que siempre les habían temido y odiado por ese desdén, por aquel su no darse con nada ni con nadie, salvo sus propios asuntos— meneaban la cabeza e intentaban hablar con la madre, pero era inútil. Envuelta en la pared de su fabricada sordera, la señora Scilita no les dirigía una palabra ni una mirada, seguía su duelo —cada vez más aterrorizada— con Diego. Siempre con Diego enfrente, mientras Juan Cristóbal corría por la plaza buscándolos y recitando su libro de Números completo.
A veces, en medio de aquello —nunca le dieron nombre, siempre dijeron "aquello" o lo pluralizaron— Juan Cristóbal tenía una vaga noción, una agitada nostalgia por lo que había sido su vida y la de su madre hasta... hasta "aquello"; aquel ir e irse de los días de espionaje y oscuridad tras el balconcito muerto de la casa muerta, su cuarto, las clientas de la madre, las tres llamadas en clave y los apresurados pasos en la sala vacía en busca de la última, de la real revelación.
Entró jadeante en el cuarto. Ya le costaba demasiado subir la tan larga escalera a los saltos; además, el temblor.
En la oscuridad completa, la luz que entraba por el balconcito dejaba adivinar los ojos de su madre. Nunca tan fijos y azules, clavados en el mensaje no deseado y recibido.
Juan Cristóbal se movió. Su madre parecía la pétrea imagen del terror.
—Mamá —jadeó él, asustado ya por el silencio y la oscuridad—. Mamá.
La voz era de la madre; pero ella no se movía. Seguía allí petrificada. La voz era de ella y no venía de ella.
—Diego murió esta tarde —dijo la madre—; y entonces volvió hacia él su cara, su impresionante máscara blanca. —Diego está muerto.
—¡Ya lo sé, ya lo sé! —susurró Juan Cristóbal, con los ojos fijos en su madre, como si quisiera hipnotizarla—. ¡Ellos están abajo, y Diego está con ellos, mamá! —de pronto la voz de Juan Cristóbal se elevaba hasta ser casi un gemebundo aullido—, ¡Oíste, mamá: abajo están ellos...! —pero la madre no oía; ella hablaba por su lado, de lo suyo, y los dos gritaban y los dos no se oían.
—Diego murió hoy a la tarde. La gallega lo encontró muerto delante de la ventana. El médico y los agentes dijeron que fue el corazón; no tiene a nadie. ¡Muerto, Juan Cristóbal; está muerto! —la voz de la madre era apenas audible—. Tengo miedo...
—... Doña Erminda, y Juan y Felipe, y la Bruna... Y Analía extendiendo los bracitos y llamándome; y la vieja duquesa con ese pañuelo que llevaba siempre cuando nos miraba desde la ventana, encerrada por sus hijos, mamá...
—...Una muerte después de dos meses y medio en blanco... ¡Pero ésa muerte! ¡Diego era nuestro; era una flor, un árbol, una mariposa...!
—Están abajo, mamá; están esperándome!
—... Un buzón, un pez, una valija. Diego no tenía límites, no podía tenerlos. Diego era un vaso, tu crucifijo, mis anteojos. ... Diego no tenía espacio, voz, ruido posibles.
—¡Mamá! ¡Diego está allá abajo!
Juan Cristóbal vio moverse las largas, nunca filosas manos de su madre, como si ella fuese a cubrir su rostro en una infantil defensa contra "aquello". Pájaros, pensó; los blancos pájaros en el cielo azul marino, azul de Prusia. Pero aquel era un juego viejo, inventado por el tejido, por el otro tiempo. Ahora ya nunca más volvería, como su madre a tejer, como el balcón a ser el límite, la mano que sostenía el espionaje.
—¿Dónde está? ¿Dónde está?
Juan Cristóbal advirtió el cambio en la voz, pero respondió:
—Está abajo. Está abajo con los demás...
La señora Scilita no se movió; de cualquier manera, se hallaba cerca del balconcito, pero no se movió. Solamente sus manos acariciaron el fondo oscuro iluminado por la luz de la casa donde también la señora Victoriana acariciaría el piano con sus enguantados dedos de luto. Sí, Juan Cristóbal vio las manos de su madre tantear la noche desde adentro, reconociendo un amigo viejo que da consejos sabios y prudentes.
Después ella se volvió y lo miró por primera vez.
—Están abajo, mamá... —balbuceó Juan Cristóbal—. Me buscan, mamá. Me buscan... Ella lo detuvo, su voz lo detuvo: —Tenés que bajar, Juan Cristóbal. Tenés que ir con ellos.
Entonces él gritó. Gritó mucho, pero nadie en la casa y en la calle escuchó sus gritos. En la ciudad y en el mundo nadie los escuchó, nadie podía escucharlos.
Fue en un pálido amanecer de principios de marzo, cuando todo el cielo y el día se hacían grises, fue en ese momento cuando Juan Cristóbal despertó. Entonces y siempre, allí estaba su madre y su voz que venía hacia él buscándolo:
—Tenés que ir, Juan Cristóbal. No vas a poder escapar. Tenés que ir.
Juan Cristóbal se levantó.
No se sentía cansado ni dolorido; todo es tan fácil ahora, pensó, todo va a ser tan fácil.
Salió sin saludar a su madre, aunque ella ni siquiera advirtió su presencia; estaba detenida ante el balcón. Una mosca en su propia tela de araña, mosca/araña, araña/mosca al fin sin Diego, al fin pudiendo seguir su carrera triunfal.
Y él bajó las escaleras a oscuras, salió a la calle y fue hasta la plazoleta. Todavía no llovía —durante una semana entera caería agua— pero el gris era total a su alrededor; el hermoso tono gris que tanto quería.
Juan Cristóbal se sentó en un banco de la plaza vacía. Eran cerca de las cuatro de la mañana cuando finalmente, las hojas, movidas por el viento, empezaron a ulular y ulular, llamándolo. Juan Cristóbal sonrió.
Las hojas siguieron ululando, hasta que el viento las arrancó; ellas cayeron a tierra, y entonces doña Erminda y don Joaquín y Bruna y Analía y Juan y la duquesa rusa aparecieron entre los árboles, le hicieron señas. Juan Cristóbal se levantó y fue hasta ellos. Le señalaron el cuarto del guardián, allí, bajo tierra. El mismo guardián de la plaza le cedió el paso, sonriente, sin mirarlo.
Juan Cristóbal bajó.
Allí había montones de ramas y hojas, en mil tonos de verde, olor a cerrado y a muerto.
Juan Cristóbal miró la enorme cantidad de hojas allí reunidas. Claro, se dijo, mientras se iban borrando, no son hojas. Ese es uno de sus tantos aspectos.
Ahora cientos de rostros lo observaban tranquila y fijamente, lo observaban. Le resultaban familiares, como gente que se ve en reuniones y de quien se conservan vagos recuerdos. Les sonrió.
Alguien —juraría que Delia Ferrer, la hermana recién muerta de la solterona Eugenia, una vecina olvidada— le puso una llave en la mano; también la puerta apareció de pronto, como si la hubiesen dibujado las manos no vistas de todos ellos. Una puerta; su llave.
Juan Cristóbal se aproximó a la puerta. No hubo necesidad de que nadie le dijera nada, él comprendió al momento que debía abrirla y entrar allí, servir de portero entre un lado y otro de la puerta; ésa era su verdadera misión.
Pero, reflexionó, ¿qué encontraría allí detrás? Era necesario preguntárselo, meditarlo bien.
Ellos, sintió, esperaban anhelantes, respirando tenuemente, como los susurros de las hojas, la confirmación, la definición final. Ellos, esperando.
Sonrió. No podía pensar mucho tiempo más. ¿Y quién iba a estar allí? ¿A quién iba a encontrar?: su madre, Diego, los dos juntos, o simplemente... No le quedaba ya un sólo segundo más, lo supo.
Entonces Juan Cristóbal se inclinó, colocó la llave en la cerradura y ésta giró suavemente, suavemente. Y mientras él miraba anhelante, y los susurros subían aún más el ansioso compás de la espera, la puerta se abrió, se abrió definitivamente.
FIN