Publicado en
abril 18, 2010
Me había metido en problemas de nuevo.
Parece que soy un atractor de problemas, y mi padre lo sabía desde que yo era un chico. Por fortuna para mí, mi padre había sido un veterano de la famosa Guerra de la Siete Estrellas y me había adiestrado desde mi niñez en el uso de las armas energéticas. El decía que no hay nada como un buen blaster –y en honor a la verdad tenía algo de razón–, pero yo pienso que sí hay algo mejor que un blaster; dos blasters. Por eso siempre los llevaba arriba, en cada misión, en cada encargo que me encomendaba PapaAraña.
Pero hoy no estaba cumpliendo ningún encargo, sino que andaba de juerga. Y la juerga –en realidad el psicotrópico químico que había estado consumiendo durante la tarde– me había llevado a bajar a las peligrosas barriadas de una de las ciudades-colmenas de Nueva América, a tres mil metros bajo tierra.
Nunca hago eso. Por lo general me mantengo alejado de las barriadas colmenares, pues encuentro suficiente diversión en las crestas de la Ciudad de Santa Ana. Pero evidentemente, esta vez el psicotrópico me había hecho perder la cabeza de mala manera. Me había liado con una chica de cabello rojo fuego y tintura epidérmica azul, con un rostro sumamente atractivo y angelical que conocí en un bar de la parte oeste, y la muy zorra se las había arreglado para arrastrarme hasta el dichoso barrio subterráneo.
En una de las callejuelas espiraladas y penumbrosas de aquel colmenar, la chica desapareció de mi vista, dejándome abandonado, y de repente me di cuenta que el verdadero propósito era cazarme.
Había caído en una de las trampas más antiguas del mundo. Mi estupidez acababa de demostrar que los milenarios protocolos de "¿quieres sexo?, ven conmigo, vivo cerca, te daré todos los placeres del Universo" aún funcionaban con los estúpidos, los drogatas y los borrachos; tres cualidades de las que un servidor acababa de hacer una ejemplar gala.
Buena carnada me habían echado hoy. Ojalá PapaAraña estuviera conectado a mi sensorio.
En medio del silencio de la callejuela, con las sombras ominosas caracoleando a mi alrededor, recordé que no llevaba mis blasters. Segundo error de la noche, y aún más fatal para mi salud.
De pronto, aparecieron los cazadores; dos por el fondo de la callejuela y dos por delante. Todos eran puro músculo de plastex, dos de ellos mestizos típicos de Nueva América, igual que yo; hispas con vagos componentes euro. Ninguno de ellos llevaba coraza, pero eran matones implantados y los hispas venían armados con triloxes. El líder era uno de los que me cortaba la retirada; tenía la piel negra, con alto fenotipo afro, y ostentaba un par de aros metálicos con cuentas de esmeralda artificial en los lóbulos de las orejas. En su cintura llevaba un arma de energía. El último era un gigantón acromegálico anglo que parecía desarmado. Y yo sólo contaba con la cobra para sacarme de aquella situación.
Bien, me acababa de convertir en una bonita biomasa de emparedados para aquellas bestias subterráneas; carne de reciclaje para sus sintetizadores de alimentos.
Nunca creí que mi vida fuera a terminar de esa manera. Así que me asusté de veras.
Como resultado, mi análogo cristalográfico inyectó generosas dosis de antitrópicos en mi torrente sanguíneo, y mi estado de gracia desapareció como por ensalmo.
El miedo descendió como un gigantesco martillo de vidrio sobre mi cabeza, la adrenalina bajó rugiendo como el frente expansivo de la onda de choque que me quemaba las arterias. Experimenté un temblor momentáneo y me quedé tenso, esperando que los asaltantes se me acercaran.
Periféricamente, evalué el campo de combate. Las paredes de la angosta callejuela me daban sólo cuatro metros para maniobrar; no había ventanales en las edificaciones. El chirriante sistema de inyección de oxígeno estaba demasiado alto para alcanzarlo y detrás de mis enemigos se encontraba la baranda de plástico que daba al pozo de los mesh de mantenimiento que venían de los niveles inferiores. El fondo del pozo podría estar a unos cuatrocientos metros más abajo. ¡Vaya ratonera!
Los matones no me dieron tiempo para pensarlo mucho. Los hispas vinieron a mi encuentro exhibiendo sonrisas torvas, con los triloxes a punto. Iba a ser una bonita carnicería. Mis fosas nasales captaban el olor de la excitación de los tipos.
Activé la interfaz de la cobra bajo mi brazo derecho y esperé a que se pusieran a la distancia adecuada, intentando poner la cara de terror más convincente que pudiera lograr. Supongo que no me costó mucho trabajo lograr el efecto. El hispa más cercano blandió el trilox sobre su cabeza, y el arma emitió un silbido agudo que me hizo rechinar los dientes. Detrás de él se encontraba el gigante acromegálico que estaba desarmado. Sus ojos eran enormes implantes exóticos; las pupilas, dos largas hendijas verticales rodeadas de ámbar.
Decidí probar suerte con aquella pareja.
El tipo del trilox activado se acercó confiado, esperando atraparme como si yo fuera un animalejo paralizado por el terror. Fijé el blanco y la cobra cibernética salió de mi brazo como una flecha, y destruyó su arma. No me detuve a contemplar la expresión de sorpresa del tipo y lo pateé con fuerza en los genitales antes de que reaccionara. Se derrumbó y yo me abalancé contra el gigantón, rezándole a la Virgen para que el líder no me hiciera un agujero en la espalda con su arma de energía. Contaba con que no quisiera poner en peligro al anglo.
Su corpachón era demasiado grande, de la clase de ADN Rino, un aberrante desecho de los soldados genomodificados que usaron los colonos de Shan´Malor contra las tropas de asalto de Phoenix en la última guerra interestelar, así que de ningún modo conseguiría tumbarlo. Retraje la cobra y el anglo se movió con una velocidad que yo no había sospechado en un cuerpo tan grande como aquel. Por supuesto que tampoco iba a esperarlo. Si me liaba con él, los otros dos me iban a dejar como un colador. Mientras iba a su encuentro vi que del dorso de sus manos emergieron tres cuchillas, casi tan largas como su antebrazo.
Hice lo que ninguno de ellos se esperaba. Llegué al borde de la baranda y salté al vacío de cuatrocientos metros del pozo. Mientras saltaba, la manaza del Rino atinó a abrirme tres buenos surcos en el hombro, pero el dolor no tenía importancia para mí en ese momento.
Abrí los brazos y comencé a caer en el campo gravitatorio de 0.7 de Nueva América. El mundo giró durante un par de segundos mientras el aire del pozo bramaba en mis oídos como si yo estuviera cayendo por el túnel de un reactor supersónico. Un par de niveles más abajo, antes de que el tirón de la gravedad me lo impidiera, la cobra volvió a dispararse y se aferró a una de las líneas de los mesh. El mecanismo del implante estaba diseñado para resistir la tensión, y mi brazo también lo soportó, así que hice una elegante oscilación y me precipité contra la pared de cerámica negra del pozo, a sólo unos centímetros de la baranda del nivel. Encajé el encontronazo lo mejor que pude, pero el impacto le arrancó a mi columna una especie de dolor eléctrico que afortunadamente no perturbó los protocolos de la cobra.
Con suerte los cazadores aún no se habrían asomado al vacío; con suerte la pistola del líder todavía estaría en la cintura de su dueño. Hice un esfuerzo supremo mientras el análogo cerebral me administraba dosis de endorfinas delta, y alcancé la baranda del nivel. La cobra retráctil regresó a su compartimiento en mi brazo mientras yo me recuperaba durante diez preciosos segundos. Mi cabeza zumbaba y tenía la vista desenfocada, pero no podía darme el lujo de perder más tiempo; tenía que apurarme antes de que consiguieran ubicarme, cosa que no dudaba, pues a fin de cuentas ellos estaban en su territorio.
Me incorporé y salí corriendo por una de las escaleras, que descendían aún más en el dédalo de lóbregas callejuelas. No había ni un alma a la vista en las plazoletas. Los escapes de los calefactores deficientes llenaban los pasillos de molesta bruma azulada, como si todo fuera un sueño. Buscaba desesperadamente algún tipo de compuerta que me llevara arriba, pero lo único que alcanzaba a ver era un horizonte y una bóveda celeste de polímeros aislantes, metales oxidados y columnas de aleación pesada. Gracias al grueso revestimiento de gel de mi chaqueta la herida en el hombro casi no sangraba.
Disminuí la velocidad y me interné en un túnel que interconectaba varias vías, mis pasos arrancaban ruidosos ecos del pavimento de baldosas sucias. Escuché pasos por un corredor y decidí ocultarme tras un recodo del camino. Las paredes parecían transpirar humedad y polvo industrial, y el calor que brotaba de los halógenos del pozo me hizo sudar copiosamente. Los pasos se acercaban, y yo casi me convierto en un anexo de la mugrienta pared. La cabeza me zumbaba. Le pedí a la Virgen que me diera una oportunidad y me preparé.
El cazador que se acercaba se detuvo al llegar al recodo, invisible tras el muro. Si era el gigante acromegálico y su implante óptico llevaba rastreador térmico incorporado, yo estaba a punto de aparecer en su sistema como una nova.
A diez metros de mi precario escondrijo, comenzó a abrirse la compuerta de un ascensor. Los refuerzos de los asaltantes podrían llegar por allí. No esperé a que ampliaran su ventaja numérica sobre mí. Salté adelante y disparé mi puño contra el cazador que estaba tras el muro. Encontré la sólida mandíbula del otro tipo que portaba el trilox, pero aunque no lo tumbé soltó el arma; lo golpeé en el plexo solar con todo el empuje de mi brazo derecho y lo lancé contra la baranda. Del otro lado del pozo distinguí el corpachón del Rino.
Me viré a tiempo para esquivar el ataque del asaltante que salía del ascensor. Era la maldita zorra que me había conducido a la trampa. Se me venía encima con las manos desnudas, así que intuí artes marciales en el asunto. Paré el canto de su mano a la altura de mi rostro, pero consiguió barrerme con un poderoso golpe de sus piernas. Di con mis huesos en el suelo, pero como no soy muy buen perdedor le disparé la cobra a la garganta. El voltaje la sacudió de lo lindo y la tiró hacia atrás. Sus cabellos ígneos se convirtieron en púas por un instante. La mole del Rino seguía del otro lado; mala suerte, cazadores, esta presa se les va. Me incorporé y corrí hacia el ascensor abierto, pero algo me decía que me faltaba una variable. Algo no encajaba.
La puñalada de energía que laceró mi pierna me recordó que la variable era el líder. El haz de su blaster me pegó de costado en el muslo y me derrumbó sobre el embaldosado gris. El calor abrasador que me subía por la pierna era infernal. El dolor me roía las terminales nerviosas como su tuviera el costado lleno de agujas ardientes.
Me abandoné sobre el suelo y vi al líder acercarse. No parecía un buen día para mí. Quizás, con suerte, me dispararía en la cabeza. Las cuentas de esmeralda fosforescente resplandecían junto a su imponente mandíbula. Sus ojos eran plata ribeteada de verde; duros y fríos.
Le clavé la vista mientras él me sonreía con fiereza. Alzó el blaster hacia mi rostro.
Y desapareció de la cintura para arriba bajo el impacto energético de un haz de plasma. De repente, los pasillos se llenaron con el ruido de disparos, y alcancé a escuchar algunos gritos. A mi alrededor aparecieron decenas de cuerpos revestidos con armaduras blindadas, sin logo visible.
Pero yo sabía de quién eran aquellas tropas. La Virgen había escuchado mis plegarias, y PapaAraña había estado conectado a mi sensorio. Gracias virgencita.
Entonces, se me ocurrió la magnífica idea de desmayarme.
Biografía
Nacido en La Habana, Cuba, en 1966 y actualmente residente en España. Es autor de la cuentinovela ciberpunk Nova de cuarzo.
Fue finalista destacado, con la novela corta Signos de guerra, en el concurso internacional de ciencia ficción de la UPC, en el 2000, que organiza anualmente la Universidad Politécnica de Cataluña para los escritores profesionales en lengua inglesa, francesa, española y catalana, en España.
Premio Espiral 2000, en las categorías de relato corto con Fragmentos de una fábula posthumana, de mejor antología con Horizontes probables y de mejor colección de relatos con Nova de cuarzo, en La Habana, Cuba.
2do lugar en el concurso Cuasar-Dragón-2000, en La Habana, Cuba.
1er Premio de ciencia ficción, en el Concurso Internacional Terra Ignota 2001, con el relato El correo González, en México.
Nominado para el Premio Ignotus 2002 en la categoría de novela corta, por Signos de guerra, en España.
1er Premio en el III Certamen de Relato Breve Carmelo González Oria, en Huelva, con el relato Némesis, en 2002, en España.
Finalista del Concurso Internacional Terra Ignota 2002 en la categoría de ciencia ficción con el relato largo La mente araña, y con el cuento Ciudad Cristal (escrito en colaboración con Ariel Cruz Vega), en México.
4to lugar en el concurso internacional de ciencia ficción UPC-2002 de Barcelona, con la novela corta Hipernova, en España.
Entrevistado en Radio Contrabanda (Radio P.I.C.A.) de Barcelona, donde participó en el programa "Ciencia Infusa", dedicado a la literatura de ciencia ficción.
Autor invitado a la mesa redonda "Fantasía y proyecto en la ciencia ficción escrita en castellano", en el evento Semana Negra de Gijón 2001.
Entrevistas para diferentes periódicos de Asturias durante el evento Semana Negra de Gijón 2001, en España; para el documental del realizador canadience Gregory Barker-Greene, de Imagekraft, para la televisión de Toronto, durante la Semana Negra de Gijón 2001, en España; para un documental sobre la Semana Negra de Gijón, hecho por la periodista Gabriela Salmón, y para la Universidad de Frankfurt Johann Wolfgang Goethe, en 2001, en España; así como para la revista La Voz, con motivo de haber ganado el Primer Premio de Relato Corto Carmelo González Oria 2002, en España.
FIN