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  • SOMBRA DEL TEMA
  • ● Quitar
  • ● Normal

  • PRESENTACIÓN DEL BLOG

    El objetivo de este blog es ofrecerte lectura con un estilo diferente y personalizable; brindando opciones para que el área y lo que lees o ves sean agradables, a tu gusto y necesidad.

    Aquí encontrarás lectura variada: libros y relatos completos, chistes, temas de salud, sobre la pareja, los hijos, consejos, temas variados, revistas Selecciones y Diners. Las revistas selecciones están ordenadas de manera que puedas leer cada una completamente. No requieres suscribirte, no hay publicidad ni enlaces ajenos al blog, todo es totalmente gratis.

    El blog dispone de más de 8000 publicaciones y más de 15000 imágenes. Las publicaciones están distribuidas por categoría. Puedes crear tu propia lista o listas de temas, o, categorizarlas según tu elección.

    Así como los temas de las publicaciones, también puedes organizar o categorizar las imágenes según tus gustos.

    La navegación en el blog es fácil, práctica y rápida; su manejo también es fácil e intuitivo. A continuación una visión rápida de sus características:

    Puedes darle diferentes aspectos con el sinnúmero de combinaciones que te permite el blog al SALON DE LECTURA, INICIO, INDICE O LISTA, CATEGORIA y NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL; sin perder el estilo dado cuando regreses al blog; permitiendo de esta manera dejarlo a tu gusto. Además, esos cambios realizados puedes definirlos en 10 estilos, los cuales puedes cargarlos en el momento que quieras. También puedes darle un estilo a cada post o publicación, a cada categoría, agrupar las publicaciones en 3 grupos diferentes y/o categorizarlos en "Lectura", "Leído", "Menú Personal 1 a 16"; todos independientes entre sí. Y si te preocupa que borren o dañen tus ESTILOS o CAMBIOS, también hay la opción de protegerlos.

    Puedes cambiar el tamaño, color y estilo de la letra; dar realce a: temas, subtemas, letra cursiva, texto entre comilla, dialogo entre dos personas, listas, texto en blockquote, título de la publicación; puedes ampliar o centrar la publicación; dejar marcado partes interesantes de alguna lectura; ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; emplear opacidad o transparencia, definir colores, ocultar secciones, ampliar las imágenes, crear indices de hasta 121 temas en los libros, cambiar de lado o inmovilizar el sidebar, crear listas personales de las publicaciones y catalogarlas a tu necesidad, crear sesiones para cuando dos o más personas usan la misma máquina, etc. etc.

    Si eres nuevo en el Blog y eres amante de la lectura te recomiendo leer "PERSONALIZA - MANUAL DEL BLOG" que se encuentra en el menú; pequeño manual que te permitirá sacarle el mayor provecho a las opciones brindadas; o, el tema "CÓMO FUNCIONA EL BLOG", que sigue a continuación de "OBSERVACIONES", en este mismo gadget.

    Prueba personalizando esta SECCION dando click en   P A N E L   del lado izquierdo.

    Presiona AQUI para información detallada sobre las opciones de PERSONALIZACION de este blog.

    CARACTERÍSTICAS DEL BLOG

    Algunas características requieren tener las funciones del PANEL activado.

    GENERAL
    • Las publicaciones están catalogadas por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Rápido acceso a las CATEGORIAS y SUB-CATEGORIAS por medio del MENU
    • Ventana de INTRODUCCION en todas las secciones, para las miniaturas y listas en texto
    • Tres slides de fondo (si has guardado imágenes en los slides 1, 2 y 3)
    • Listado de las publicaciones en:
      - Orden Alfabético
      - Por Categoría
      - Libros
      - Relatos Cortos
      - Por Autor (libros y relatos cortos)
      - Sólo imágenes (libros)
      - Sólo imágenes (revistas Diners y Selecciones)
      - Una sola página con todo lo arriba descrito
    • Guardar publicaciones para su acceso rápido en LECTURAS
    • Catalogar publicaciones para su acceso rápido en MENU PERSONAL (16 categorías personales y una de LEIDO)
    • Historial de las publicaciones navegadas (MENU / MENU PERSONAL / 13-16)
    • Activar o desactivar el desplazamiento del MENU
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier otra que te ofrece el blog
    • Cambiar la imagen del Header por cualquier imagen del internet
    • Ver el MENU con ICONOS
    • Crear un MENSAJE como recordatorio
    • Que el MENSAJE creado aparezca en 6 intervalos diferentes de tiempo
    • Crear SESIONES cuando entran al blog más de una persona en una misma máquina
    • Agregar clave para que no puedan accesar a un usuario o sesión
    • Permitir que la imagen del header cambie automáticamente cada vez que entras a la página. Independiente por sección del blog
    • Cambiar el aspecto de la página y guardarlos en ESTILOS personales (Básico y 1 a 9), independiente en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cambiar el aspecto de la página sin que los cambios se guarden
    • Borrar los cambios que realizas en una página por cada sección de la misma, o todo
    • Cargar ESTILOS predefinidos, independientes en cada sección del blog (INICIO, LISTAS o INDICE y SALON DE LECTURA)
    • Cargar los ESTILOS predefinidos de forma aleatoria u ordenada
    • Cargar los ESTILOS predefinidos y que se aplique el mismo en las otras secciones
    • Cargar un ESTILO personal
    • Cargar un ESTILO personal de forma aleatoria u ordenada
    • Copiar un ESTILO, personal o predefinido
    • Copiar un ESTILO personal o predefinido a otro USUARIO
    • Proteger los ESTILOS personales
    • Agregar CLAVE para que los ESTILOS personales no puedan ser protegidos o desprotegidos por otras personas
    • Crear NOTAS indefinidas
    • Te indica qué publicaciones tienen NOTAS, y cuántas tiene cada una
    • Acceso a la última publicación navegada
    • Muestra la fecha de la última navegación hecha en el Salon de Lectura
    • Guardar las imágenes en los SLIDES y BANCOS DE IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Dar zoom a las IMAGENES (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Fijar una imagen como fondo (en la página de INICIO solo se puede en las Ultimas Publicaciones)
    • Ver la imagen en pantalla completa (menos en en la página de INICIO)
    • Activar SLIDES, como fondo, con las imágenes guardadas en los SLIDES 1, 2 y 3
    • Indica cuál de los ESTILOS 1 a 9 y BASICO están ocupados
    • Dar a las imágenes tonos grises (independiente por sección de la página)
    • Dar al MENU para que tenga colores diferentes
    • Dar a las MINIATURAS, SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR para que tengan colores diferentes
    • Permitir que al dar click en una MINIATURA con la opción arriba indicada, la publicación adquiera ese color.
    PÁGINA DE INICIO
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (últimas publicaciones)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (sidebar)
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas (downbar)
    • Desactivar el cambio automático de los temas del: Slide, Sidebar y Downbar
    • Permitir ver las imágenes de las "Últimas publicaciones" a la izquierda y a la derecha
    • Cambiar de aspecto
    • Cambiar las miniaturas de "Últimas Publicaciones" por una categoría a elección
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas de las últimas publicaciones, el slide, menú, sidebar y downbar aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINAS DE LAS LISTAS
    • Cargar, de forma aleatoria u ordenada, las diferentes formas de ver las miniaturas
    • Ver las listas con IMAGENES y TEXTO
    • Ver las listas solo IMAGENES o solo TEXTO
    • Diferentes formas de ver la lista en IMAGENES
    • Aumentar la cantidad de imágenes a mostrar
    • INTRO de las publicaciones
    • Cambiar el aspecto del INTRO
    • Cambio de las imágenes automático, con 4 intervalos de tiempo
    • El intervalo puede ser fijo o sólo por una vez
    • Guarda la última publicación o grupo de imágenes revisado por categoria (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    PÁGINA DE CATEGORIAS
    • Guarda el último grupo revisado (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • Puede adquirir el ESTILO dado en el SALON DE LECTURA, por CATEGORIA y SUB-CATEGORIA
    • Cambiar de aspecto
    • Que las miniaturas adquieran los ESTILOS dados desde el SALON DE LECTURA a su respectiva categoría
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura de las últimas publicaciones con los cambios de su respectiva categoria, al dar click en la miniatura se refleje en la publicación
    • Que las miniaturas aquieran fondos de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    SALON DE LECTURA
    • Cambiar el aspecto de la publicación por y guardarlos por:
      - ESTILOS Personales (Básico, 1 a 9), se aplica a todas las publicaciones
      - Por Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Sub-Categoria (1, 2 y 3)
      - Por Publicación
      - Por Grupos 1, 2 y 3
      - Por listas de LECTURA, MENU PERSONAL (1 a 16) y LEIDO
    • Cargar un ESTILO:
      - En todas las publicaciones (ajeno a estilos Básico y 1 a 9)
      - Para todo el blog
      - Para todo el blog y publicaciones
      - Para todo el blog menos en el SALON DE LECTURA
      - Respetando si la CATEGORIA tiene un ESTILO propio
      - Respetando si la publicación tiene un ESTILO propio
      - Definiendo el orden de carga de los GRUPOS 1, 2 y 3
    • Cambiar el aspecto de la publicación y del texto
    • Diferenciar conversaciones en las publicaciones (menos libros y relatos cortos)
    • Definir para cuando se ingrese a una publicación se coloque la primera imagen como fondo
    • Guardar hasta 121 puntos o partes importantes de una publicación (como un índice). Por publicación
    • Guarda la posición donde suspendes la lectura de forma rápida
    • Desplazamiento automático de la publicación (7 niveles de velocidad)
    • Guia de lectura cuando hay mucho texto
    • Lleva un registro de las CATEGORIAS, SUB-CATEGORIAS, PUBLICACIONES y publicaciones en GRUPOS con ESTILO aplicado
    • Que los widgets del sidebar adquieran fondos de color diferente
    • Que las miniaturas del sidebar del widget OTRAS PUBLICACIONES, adquieran fondo de color diferente
    • Permitir que al aplicar la carga de la miniatura con fondo de color diferente del widget OTRAS PUBLICACIONES del sidebar, al dar click en ésta, se refleje en la publicación
    • Colocar la imagen principal de la publicación para que ocupe el ancho de la página.
    PÁGINA NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL
    • No hay refresco de pantalla
    • Las mismas opciones del SALON DE LECTURA
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 1
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 2
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda la última publicación revisada o leída, por categoría (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    • La primera imagen de la publicación está como fondo
    PÁGINA NAVEGAR DIRECTO 3
    • No hay refresco de pantalla
    • Guarda el último grupo de publicaciones revisados (varía cuando se agrega publicaciones nuevas)
    MI LIBRERIA
    • Edición de las NOTAS guardadas
    • Edición de las imágenes guardadas en los Slides 1, 2, 3 y Bancos de Imágenes
    • Edición de las publicaciones guardadas en Lecturas, Personal 1 a 16 y Leído
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones entre Slides y Banco de Imágenes y entre Listas
    • Permite copiar las imágenes y publicaciones guardadas a otro usuario o sesión

    CÓMO FUNCIONA EL BLOG

    Si eres nuevo en el blog y quieres aprender cómo funciona, o hay partes algo complicadas, te daré una explicación detallada para que puedas comprender a fondo su funcionamiento y aprovechar las características que te brinda.

    Para comenzar explicaré rápidamente las características que te ayudarán en la lectura en el SALON DE LECTURA:

    En el MENU, en "+Otros", encontrarás las opciones CREAR NOTA y VER O EDITAR NOTAS, esas opciones te permiten crear una NOTA de forma rápida y/o ver la ventana de NOTAS y revisar todas las que has creado. La letra "N" debajo de la palabra PANEL hace la misma función. En la misma sección "+Otros" encontrarás "Ultima Lectura" y una fecha, la fecha es la última vez que estuviste en el blog, y Ultima lectura es la última publicación que leiste o revisaste; dando click a esa frase te vas a esa publicación.

    Cuando estás en una publicación y te has desplazado un poco hacia abajo, ese punto se guarda automáticamente. Cuando regresas a la misma publicación, la pantalla se situará en ese punto. Cada publicación es independiente.

    Otra forma de hacerlo es dejando marcado el punto donde la suspendes, dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura; al hacer esto automáticamente aparece un punto en la parte última del MENU. Cuando regreses a la publicación das click en ese punto y te desplazarás a la línea donde suspendiste la lectura. La línea de retorno debe estar entre "I PANEL N". Una vez que haz dado click en el punto, el mismo desaparece del MENU.

    Cuando una publicación tiene NOTAS guardadas y puntos guardados, aparece en la parte última del MENU dos caracteres rectangulares, indicando que hay NOTAS y puntos guardados, le das click a ese caracter y se abre la ventana respectiva.

    Para dejar más de un punto de la publicación guardado, das click en PANEL en la sección PUNTOS. En esa ventana vas a ver una opción: "Guardar Punto". Cuando das click en esa opción aparece una ventana donde dice "PUNTO A GUARDAR". En el recuadro blanco puedes colocar una referencia al punto o pantalla a guardar o dejarlo en blanco. Para que acepte guardar el punto debes dar click en "Referencia". Si no has colocado referencia, automáticamente toma el nombre de "Punto Guardado " y el número correspondiente al mismo. Si has guardado un punto aparece el texto "Borrar todos los Puntos". Si has guardado más de un punto, aparece otro texto que dice "Borrar por Punto". El primero te permite eliminar el punto o todos los puntos guardados; y el segundo te permite eliminar por punto específico.

    La letra "I", que aparece sobre la palabra PANEL, te permite almacenar la o las imágenes de una publicación, ya sea en uno de los tres SLIDES o en los BANCOS DE IMAGENES; también permite darle zoom a cualquier imagen de la publicación. Te permite también colocar cualquier imagen de la publicación como fondo. Las imágenes guardadas en los SLIDES se pueden activar en cualquier parte del blog, y se ejecuta como fondo. Para activar el SLIDE, das click en la palabra PANEL, en la sección ESTILOS, aparece una línea con Slide1 Slide 2 Slide 3 (aparecerán las que tengan al menos una imagen guardada), das click a uno de ellos y se activa el slide.

    Si deseas guardar la publicación en LECTURAS o en alguno de MENU PERSONAL (que se encuentra en el MENU), cada tema tema tiene un "+" a la derecha, que te permite seleccionar en qué lista guardar.

    Si deseas cambiar los nombres en el MENU PERSONAL (Personal 1, Personal 2, etc. etc.), en el SALON DE LECTURA das click en PANEL, seguido de "Registros" y por último "Cambiar Tema de PERSONAL (1-16)". En INICIO, CATEGORIA e INDICE o LISTA, das click en PANEL y luego en "Varios".
    Para cambiar el nombre, tipeas el nuevo en el recuadro en blanco y das click en "Personal 1, Personal 2, etc. etc." que se encuentra a mano derecha del recuadro en blanco.

    Cuando estás en una publicación o post, cualquiera, puedes usar las opciones del MINI PANEL que se encuentra en el MENU (ocultar, columnas-imagen, tipo letra, etc.). Las opciones que ves en el MINI PANEL también las encontrarás en el PANEL, solo que ahí cada una está en su respectiva sección. La función del MINI PANEL es brindarte, de manera rápida, el acceso a funciones básicas del PANEL.

    ¿QUÉ PUEDES HACER CON EL MINI PANEL?
    El MINI PANEL te permite cambiar el aspecto a la publicación o página mediante las opciones que se explican a continuación:

    CAMBIAR PUBLICACION - OCULTAR SECCIONES: Permite ocultar el sidebar, cambiarlo de posición, etc. etc.
    COLUMNAS E IMAGENES DEL POST: Te permite ver la publicación en dos, tres o cuatro columnas; además, puedes ampliar o reducir las imágenes.
    TIPO LETRA-TAMAÑO LETRA-COLOR LETRA: Te permite cambiar el tipo, tamaño y color de la letra de la publicación.
    COLOR DEL TITULO: También puedes cambiar el color del título de la publicación.
    SOMBRA-BLUR DE LAS IMAGENES: Puedes darle sombra o blur a las imágenes de la publicación.
    CAMBIAR IMAGEN DEL HEADER: Puedes cambiar el header o cabecera del blog por un paisaje, del mismo tamaño que el actual o más grande.


    Cualquier opción u opciones que apliques del MINI PANEL y/o PANEL para cambiar el aspecto de la página se guardará automáticamente en lo que he denominado ESTILO BASICO, y no se perderá cuando regreses al blog, a la misma u otra publicación. Eso significa que, si te gusta leer en dos columnas, con el título en rojo y el texto de color gris y aplicas esas opciones con el MINI PANEL y/o PANEL, cuando regreses al blog verás todas las publicaciones con esos cambios.

    Estos cambios que se hacen con el MINI PANEL y el PANEL, para dar otro aspecto a la publicación, también los llamo ESTILOS, por lo que más adelante emplearé ese término sin que se refiera, específicamente, a los ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    En el PANEL encontrarás muchas más opciones, incluido para realizar cambios al MENU, SIDEBAR, MAIN y BODY.

    Este PANEL también lo encontrarás en la página de INICIO, INDICE O LISTA y CATEGORIA. Su funcionamiento es similar en cada sección e independiente entre sí; eso significa que si haces cambios en la página de INICIO, éstos no afectarán al POST o PUBLICACION ni al INDICE O LISTA, y viceversa.

    El MINI PANEL es sólo para la sección del POST o PUBLICACION (SALON DE LECTURA).

    Ahora que tienes una visión sobre lo que puedes hacer en el blog, entremos a describir otras opciones que se encuentran en el PANEL para ver cómo se puede manejar los cambios que realizaste, además de otras interesantes características.

    Seguir leyendo

    OBSERVACIONES

    Algunos efectos que aquí encontrarás requieren navegadores que soporten CSS3.
    BLOG OPTIMIZADO para Google Chrome a una resolución de pantalla de 1024 x 768.

    LAS FUNCIONES DEL PANEL están desactivadas para los nuevos en el blog o para aquellos que no han hecho cambio alguno. Debes activar las funciones del PANEL y posterior debes ir al MENU, ESTILOS y dar click en "Desactivar Carga Aleatoria u Ordenada" (en INICIO, SALON DE LECTURA y LISTA o INDICE) para que puedas hacer cambios en el blog.

    ESTE BLOG fue diseñado bajo la plataforma GOOGLE CHROME. Su constante revisión, los cambios que se realizan y las publicaciones que se agregan son hechos bajo la misma plataforma, no se emplea otro navegador; por lo que no garantizo que su aspecto y funcionalidad sea el correcto en otros navegadores. Por experiencia propia, la funcionalidad y presentación del blog no es la correcta en INTERNET EXPLORER 6, 7 y 8.

    SI TIENES ACTIVADO el traductor automático de idioma tendrás problema con las funciones que te ofrece el PANEL. Si vas a hacer cambios, debes desactivar el traductor, permitiendo que el blog quede en su idioma original (español).

    TODOS LOS CAMBIOS que hagas en el block, las imágenes guardadas en los SLIDES y BANCO DE IMAGENES, los libros guardados en LECTURA y MENU PERSONAL, las NOTAS creadas, y los PUNTOS guardados de algún libro(s), se almacenan en tu máquina. Cuando vayas a otra PC no verás lo anterior descrito. Para saber cómo llevar toda tu información a otras máquinas, da click AQUI

    LOS LIBROS CORTOS Y RELATOS no disponen de portada, por lo que, al entrar a uno de estos temas, no vas a ver la misma imagen, ya que es agregada. Cuando entras a una de estas publicaciones, aparece una imagen como portada; y si vuelves a entrar a esa misma publicación o refrescas pantalla, aparece otra diferente. Esto no sucede en las publicaciones de las opciones de NAVEGAR DIRECTO. De igual forma ocurre en las miniaturas de todas las secciones del Blog. Ninguna imagen de las designadas para los RELATOS o LIBROS CORTOS está relacionada a un tema en especial, es totalmente aleatorio; ya sea que entres a Inicio, Listas, Categorías, Navega Directo (todos) y Salón de Lectura.

    EN LAS MINIATURAS, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO. Esto no se aplica si estás en NAVEGA DIRECTO + FUNCIONES DEL PANEL.

    LOS PUNTOS no funcionan si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST. Debes tomar en cuenta, también, que si haces cambios en el HEADER (cambiar la imagen por una de mayor longitud); cambios en la publicación, como por ejemplo: cambiar el tamaño de la letra, aumentar de tamaño la LETRA CAPITAL, ampliar el post ocultando el sidebar, aumentar el tamaño de la imagen, agregar avatar a las conversaciones, etc. etc.; los PUNTOS no se desplazaran, exactamente, a la pantalla exacta. Debes marcar los puntos después de haber hecho los cambios necesarios en la publicación o en el ESTILO.

    El DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO no funciona si has aplicado REDUCIR LARGO DEL SIDEBAR Y POST; se hace lento cuando tienes abierta la ventana del PANEL, o aplicado muchas sombras; y no funciona la barra lateral de desplazamiento mientras esté activo.

    EN EL SALON DE LECTURA, si aplicas para colocar la IMAGEN DEL POST como fondo, dedes desactivar esta opción si vas a cambiar de ESTILO a uno que tengas cambiado el fondo del BODY. Tampoco recomiendo aplicar esta opción en los ESTILOS que hayas empleado cambios en el fondo del body.

    USAR LAS OPCIONES del MINI PANEL intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    USAR LAS OPCIONES de MINIATURAS que se encuentra en el MENU (en la página de INICIO y LISTAS O INDICE) intercalado con las mismas del PANEL causa conflicto, provocando cambios con errores visuales....Más detalles

    EL FORMATO NUEVO del texto no está aplicado a todos los LIBROS y RELATOS. En el INDICE O LISTA los que disponen del formato tienen un (√) en el lado derecho. El resto de las CATEGORIAS disponen del formato nuevo.

    LA LONGITUD DEL SIDEBAR debe quedar igual con la longitud de la PUBLICACION o POST siempre y cuando la longitud de la PUBLICACION o POST sea superior a la longitud del SIDEBAR; si es lo contrario habrá diferencia; y, cuando no se ha alterado la longitud de la publicación con cualquier tipo de cambio de formato en su contenido; como por ejemplo: cambiar el tamaño del texto, cambiar la longitud entre líneas, aplicar letra capital, etc. etc. Si aplicas REDUCIR LARGO SIDEBAR Y POST (derecho o izquierdo), debes refrescar pantalla para que quede parejo.

    SI ESTAS EN EL INDICE O LISTA, en los LIBROS, y la carga de las miniaturas es muy demorado, la razón es que has aplicado muchos gráficos en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIAS)". Para que la carga sea más rápida debes dar click en un número de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS)", que se encuentra en el PANEL, en la sección "VISUAL".

    NOTA: Para que los cambios realizados permanezcan es necesario tener activada las cookies de tu navegador. El mismo principio se aplica si vas a dejar puntos guardados en las publicaciones, agregar temas en "LECTURAS", "LEIDO" y "MENU PERSONAL", dejar anotaciones en "NOTAS" y para que funcione la sección "REGISTROS" del PANEL del SALON DE LECTURA.
    Si eliminas el archivo "http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage" de la carpeta "LOCAL STORAGE", pierdes todos los cambios realizados, los puntos guardados en las publicaciones, lo guardado en NOTAS, las listas de LECTURAS, LEIDO y MENU PERSONAL y el control que lleva la sección REGISTROS del PANEL; dejando el blog en su estilo estándar.
    Si desactivas las funciones del PANEL no podrás hacer cambio alguno con el MINI PANEL y PANEL.

    NOMENCLATURA

    Significado de las letras que aparecen en el menú, el menú del PANEL y la sección ESTILOS del PANEL.

    Letras en la parte derecha inferior del menú del PANEL:
    EBa: Cargado o trabajando con el Estilo Básico
    E1 a E9: Cargado o trabajando con el Estilo 1, estilo 2, estilo 3.... estilo 9
    Post: Cargado o trabajando por publicación
    C1 a C3: Cargado o trabajando por categoría 1, 2 ó 3
    S: Cargado o trabajando por sub-categoría 1, 2 ó 3
    P: Cargado o trabajando el estilo respetando si la publicación tiene estilo propio.
    G1 a G3: Cargado o trabajando con el Grupo 1, 2 ó 3
    LY: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Lecturas"
    LL: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Leídos"
    P1 a P16: Cargado o trabajando el Estilo dado a "Personal 1 a Personal 16"
    ALEATORIO: Carga de los estilos aleatoriamente
    ORDENADO: Carga de los estilos ordenadamente
    ALEATORIO+PP: Carga de los estilos aleatoriamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    ORDENADO+PP: Carga de los estilos ordenadamente respetando si la publicación tiene estilo propio.
    PREDEF.: Has cargado uno de los ESTILOS predefinidos que te ofrece el blog.
    Ho: Cambio del header ordenado
    Ha: Cambio del header aleatorio
    Pm: Publicación toma color de la miniatura
    Letra en gris Significa que la publicación también está en ese estilo, pero, el actual en rojo está en un nivel superior de prioridad.


    Letras en la parte derecha superior del menú del PANEL
    : Estilo protegido
    X: Las funciones del PANEL están desactivadas.
    T: El estilo se carga en todo el blog
    P: El estilo se carga en todas las publicaciones
    C: El estilo se carga en todo el blog y publicaciones
    F: Estilo fijo para el inicio e indice o lista (INICIO e INDICE O LISTA)
    MA: Está activado "Estilo en miniatura Aleatorio" (INICIO)
    MC: Está activado "Estilo en miniatura Continuo" (INICIO)
    SA: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Aleatorio" (INICIO)
    SC: Está activado "Estilo en miniatura del Sidebar Continuo" (INICIO)
    DA: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Aleatorio" (INICIO)
    DC: Está activado "Estilo en miniatura del Downbar Continuo" (INICIO)
    AUT: Está activado el avance de las miniaturas (LISTA O INDICE)
    AUT-no fijo: Está activado el avance de las miniaturas. No queda activado cuando refrescas pantalla (LISTA O INDICE)
    A: Carga de estilos por sub-categoría (CATEGORIA)

    PANEL, sección ESTILOS, Guardar los Cambios:
    Guardar 1 a Guardar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 en el cual se guardarán los cambios.
    Guardar en Básico: Seleccionar el estilo Básico para guardar los cambios.
    LY: Seleccionar "Lecturas" (del Menú) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. LL: Seleccionar "Leído" para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esa lista adquiera el Estilo dado. P1 a P16: Seleccionar del "Menú Peronal" (Personal 1 a 16) para guardar el Estilo, y toda publicación que se agregue a esas listas adquiera el Estilo dado.

    PANEL, sección ESTILOS, Ver Estilos con Cambios
    Bás: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo Básico
    1 a 9: Se ha hecho, al menos, un cambio en el estilo 1, 2, 3... 9.
    Cat1() a Cat3(): Se ha hecho cambio en x categorías 1, 2 y/o 3. La cantidad de categorías con estilo va entre los paréntesis.
    Post(): Se ha hecho cambio o dado estilo propio en x publicaciones. La cantidad de publicaciones con estilo propio va entre los paréntesis.
    G1() a G3(): Se ha agregado x publicaciones al grupo 1, 2 y/o 3. La cantidad de publicaciones agregadas va entre los paréntesis.
    LY, LL, P1 a P16 Se ha hecho, al menos, un cambio en "Lecturas", "Leído" y "Personal 1 a 16".

    PANEL, sección ESTILOS, Cargar ESTILOS
    Cargar 1 a Cargar 9: Seleccionar el estilo del 1 al 9 a cargar.
    Cargar Básico: Cargar el estilo Básico.


    PRIORIDAD DE CARGA DE LOS ESTILOS:

    1) PREDEFINIDO
    2) CARGA MINIATURA CON ESTILO DE CATEGORIA
    3) PUBLICACION TOMA COLOR DE LA MINIATURA
    4) LY, LL, P1 a P16: Lecturas, Leídos y Personal 1 a Personal 16
    5) G3 - G2 - G1: Grupos 1, 2, 3
    6) POR POST
    7) POR CATEGORIA o SUBCATEGORIA 1, 2, 3
    8) ESTILOS 1 a 9 y BASICO.

    PREGUNTAS Y SOLUCIONES

    Lo que a continuación describo son situaciones que pueden surgir en cualquier momento, aunque estemos muy familiarizados con el blog. A veces olvidamos cuál es el motivo para que nuestra petición no responda como es debido.
    También es para aquellos visitantes, nuevos o asiduos, que no les gusta o no acostumbran a leer MANUALES u OBSERVACIONES, contestando preguntas de algunas opciones brindadas en este blog.
    Les recuerdo que el navegador empleado es el GOOGLE CHROME. Si empleas otro navegador es probable que haya situaciones o inconvenientes muy ajeno a lo aquí descrito.
    Esta sección hace hincapié de lo ya tratado en OBSERVACIONES y CÓMO FUNCIONA EL BLOG.
    Las situaciones están por sección (INICIO - SALON DE LECTURA - CATEGORIA - INDICE O LISTA) y conjunto de ellas, para su mejor búsqueda. Esta lista se va incrementando a medida que experimento situaciones o que crea conveniente debe ser expuesta.

    Nota.
    Al colocar la imagen de fondo, en la mayoría de los libros que no disponen del visto bueno o del formato para hacer cambios, no aparece la imagen. La razón es que al subir la imagen se lo hizo colocando el autor entre paréntesis. No he realizado los arreglos necesarios, y por el momento, se mantendrán así.


    SE APLICA A TODO EL BLOG
    Eso ocurre cuando has aplicado "Desactivar funciones del PANEL" o has cargado el ESTILO ORIGINAL. Debes activar las funciones del PANEL para poder realizar cualquier cambio; o cargar otro ESTILO que no sea el ORIGINAL. Esas opciones las encuentras en PANEL, la sección ESTILOS.

    Cinco razones para que eso ocurra: 1) Has aplicado "Desactivar funciones del PANEL", 2) Has cargado el estilo ORIGINAL. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL, 4) Debes tomar en cuenta en qué estilo hiciste los cambios, y cargar ese mismo estilo. Y 5) Tienes desactivada las cookies de tu navegador.

    Lo más seguro es que tienes protegido el estilo actual. Desprotégelo, preferentemente desde el SALON DE LECTURA, en la sección "SEGURIDAD" del PANEL. Otra razón es que has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS, que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL.

    El PANEL de la página de INICIO, INDICE O LISTA y SALON DE LECTURA trabajan de manera independiente. Cada uno puede tener 10 estilos diferentes sin afectarse entre sí.

    Si has seguido el proceso de su instalación correctamente, entonces, cerciórate que tengas activado las cookies del navegador.

    En este caso debes estar consciente de qué estilo está cargado, qué combinación de estilos has aplicado, a cuál estilo hiciste cambios y considerar la prioridad de carga de los estilos. El estilo cargado lo puedes ver en la parte inferior derecha del menu de la ventana del PANEL. El detalle de las siglas empleadas y la prioridad de carga de los estilos lo encuentras en este mismo gadget en "NOMENCLATURA".

    Si eso ocurre es probable que hayas aplicado sombras o blur en varios secciones de la página y a la vez tener abierta la ventana del PANEL, también, puedes haber aplicado imagen en el fondo del body y tener abierta la ventana del PANEL y/o haber aplicado sombras o blur en algunas secciones de la página. No uses muchas sombras si vas a colocar imagen en el fondo del body.

    La única razón para que eso ocurra es activando la opción de PASARLA A GRISES. En la sección que veas la imagen blanco y negro, por ejemplo en el SIDEBAR (SALON DE LECTURA), te vas a PANEL, la sección SIDEBAR, buscas "IMAGEN, PASARLA A GRISES" y eliges la opción deseada.

    En las miniaturas, sea en el INICIO, SALON DE LECTURA, INDICE O LISTA y CATEGORIA, al dar click en el tema el link se abre en otra ventana, al dar click en la imagen o en "LEER", "SEGUIR LEYENDO" o "PUBLICACION COMPLETA" el link se abre en la misma ventana. Lo mismo ocurre en el SLIDE, SIDEBAR y DOWNBAR de la página de INICIO.

    Presiona PANEL y en la ventana que aparece verás un candado color amarillo en la parte derecha superior.

    Hay dos razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado CARGA ALEATORIA u ORDENADA en esa sección, desactívala, ya que tiene prioridad sobre los ESTILOS. 2) En el SALON DE LECTURA tienes activado CARGAR EN TODAS LAS PUBLICACIONES o CARGAR EN TODO EL BLOG Y PUBLICACIONES.

    Para eliminar una NOTA debes abrirla y luego presionar ELIMINAR NOTA. Si has abierto dos o más NOTAS, solo se eliminará la última abierta, el resto no, debes cerrarlas y eliminarlas una por una. Debes abrir NOTA por NOTA e ir eliminándola a medida que la abras.

    En los ESTILOS predefinidos no puedes hacer cambios. Para hacer cambios en alguno de ellos, debes primero cargarlo y seguido copiarlo a otro ESTILO (que van desde GUARDAR 1, GUARDAR 2… hasta PERSONALIZAR GRUPO 3 O APLICARLO AL POST); hecho esto, cargas el ESTILO al que se copió y seguido haces los cambios deseados.
    Si quieres aplicar el ESTILO para todo el blog o fijarlo para el INICIO e INDICE O LISTA, sigues el proceso ya explicado, luego cargas el ESTILO a cual se copió y eliges la opción deseada (esto último sólo en el SALON DE LECTURA).

    Puede ser por cuatro razones: 1) Tienes desactivado las FUNCIONES DEL PANEL. 2) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA que se encuentra en el MENU / ESTILOS (debes hacerlo en INICIO, LISTA o INDICE y SALON DE LECTURA). 3) No has activado FONDO COLOR VARIADO, y/o 4) No has aplicado DESACTIVAR CARGA ALEATORIA U ORDENADA en el SALON DE LECTURA.



    SE APLICA SOLO EN EL "SALON DE LECTURA" Y EN EL "INDICE O LISTA"
    Tienen que estar ocultos. Entra en PANEL, la sección "VARIOS" en "CAMBIA-INMOVILIZA SIDEBAR-OCULTAR SECCIONES", la opción "OCULTAR SECCIONES", en el SALON DE LECTURA; en INDICE O LISTA busca las opciones similares.

    Si estás en el SALON DE LECTURA en la publicación de tu interés, simplemente agrégalo a la lista deseada. Si estás en INDICE O LISTA, cuando agregas a la lista siempre se agregará la primera publicación superior que aparece a mano izquierda (cuando son varias miniaturas o imágenes). Para que sea un tema elegido, debes darle click al INTRO de ese tema y luego agregarlo a la lista deseada; o dar click en el caracter "+" y elegir dónde guardarlo.



    SE APLICA AL "SALÓN DE LECTURA"
    Tres razones para que eso ocurra: 1) Debes haber cambiado la longitud de la publicación, 2) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación y/o 3) Cambiaste la imagen del header por una de mayor longitud, o viceversa. Si has hecho cualquiera de los tres casos descritos, o los tres, debes marcar y guardar la posición después de esos cambios.

    Eso ocurre cuando has aplicado el DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Debes detenerlo para que tomes el control de la barra de desplazamiento. La opción la encuentras en la sección VARIOS del PANEL.

    Para reducir esa cantidad a 5 miniaturas, te vas al PANEL, la sección VARIOS, presionas NIVELAR SIDEBAR CON POST y luego presionas DESACTIVAR.

    Te vas a PANEL, sección VARIOS, presionas ICONO:CAMBIAR-DIMENSIONAR-DESPLAZAR. Si quieres quitarlo presionas CAMBIAR ICONO la opción QUITAR, si quieres mostrarlo presionas ORIGINAL.

    Presiona PANEL, luego POST, seguido de COLUMNAS Y ZOOM DE IMAGENES.

    Lo primero que debes hacer es entrar a cualquier publicación que pertenezca a la categoría de la revista que desees aplicar los cambios (puedes ver la categoría en la parte última de la publicación), luego das click en "GUARDAR Y CARGAR POR SUB-CATEGORIA 1" (la 2 o la 3) que se encuentra en la sección ESTILOS en "GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL, se efectúa un reinicio de página (si la página aparece con cambios es porque ya has hecho cambios en esa subcategoría anteriormente); por último seleccionas la opción "GUARDAR POR SUB-CATEGORIA", toma unos segundos a que aparezca el visto bueno, opción que la encuentras en GUARDAR, BORRAR ESTILOS Y APLICADOS" del PANEL. Ahora sí, procede a hacer los cambios que desees en esa revista. Si no das click en GUARDAR POR SUB-CATEGORIA los cambios se guardarán en la CATEGORIA que seleccionaste (1, 2 ó 3) y no en la SUB-CATEGORIA de la revista actual.

    Las razones son: 1) Has desactivado la opción para que quede igual, la cual se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego NIVELAR SIDEBAR CON POST, debes activarlo. 2) Cuando la publicación es más corta que la longitud del sidebar, el sidebar tratará de ajustarse a ésta, y por lo general no logra igualar la longitud. 3) Debes haber hecho cambios significativos en el texto, título o imagen de la publicación. 4) La última miniatura corresponde a la primera publicación realizada y como ya no tiene qué mostrar no puede completar el sidebar. 5) El máximo de miniaturas a mostrar es de 250 y cuando son libros o relatos cortos con gran cantidad de contenido la publicación sobrepasa ese máximo.

    Eso ocurre por una de las siguientes razones: Tienes abierta la ventana del PANEL, has añadido muchas sombras, o has colocado imagen en el fondo del body.

    Eso ocurre porque has estado presionando intercaladamente la tercera y quinta opción que se encuentra en la barra del DESPLAZAMIENTO AUTOMATICO. Para poder controlar la velocidad con las opciones brindadas presiona la cuarta opción que es para detener el desplazamiento; ahora sí, puedes elegir cualquier opción para activar el desplazamiento.

    Es todo texto centrado dentro de un rectángulo azul, que encontrarás en algunas publicaciones. Para realizar cambios en los BLOCKQUOTE, presiona PANEL, seguido de TEXTO DEL POST y luego TEXTO EN BLOCKQUOTE Y BLOCKQUOTE. Tienes algunas opciones para darle otro aspecto.

    No hay forma de recuperar la clave asignada. La única opción que te queda es eliminar el archivo http_www.mdarena.blogspot.com_0.localstorage que se encuentra en la unidad C del disco duro, en la siguiente ruta: "C:\Documents and Settings\MAQUINA5\Local Settings\Application Data\Google\Chrome\User Data\Default\Local Storage", en este caso MAQUINA 5 es el usuario de la sesión de windows. Para eliminarlo debes cerrar el GOOGLE CHROME. Una vez eliminado abres nuevamente el GOOGLE CHROME y entras al blog, empezando de cero, con su presentación estándar.

    Presiona PANEL, luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION. Lo mismo es en la página de INICIO, cambias el color de la paginación y del selector de tema en el slide.

    CATEGORIA es cada uno de los links del menú que están a la izquierda de +LISTAS. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías; estando enmarcadas cada una en las categorías "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente

    Esto se debe a que, como estándar, está activado la nivelación de la longitud del SIDEBAR con la longitud de la publicación. Cuando la publicación es corta, dependiendo de cuán corta es, algunas ventanas o widgets no se mostrarán, tratando que la longitud del sidebar no sea demasiado larga que la longitud de la publicación; igual ocurre con las miniaturas. Para desactivar esta opción y que las ventanas o widgets del sidebar se mantengan das click en PANEL, luego en VARIOS, seguido de NIVELAR SIDEBAR CON POST, y por último DESACTIVAR.

    Cuando dejas marcado uno o varios puntos de una lectura para luego emplearlos, la línea de retorno estará debajo del MENU. Cuando aplicas guardar el PUNTO de acceso rápido, que aparece al final del MENU una vez que lo has guardado, el punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Si no es así es porque has hecho cambios significativos en la publicación, como por ejemplo: aumentar el tamaño del texto y/o de la imagen, o cualquier cambio que altere la longitud de la publicación. También afecta si has expandido la publicación ocultando el sidebar. Siempre que vayas a dejar puntos marcados debes hacerlo después de hacer los cambios necesarios en la publicación o ESTILO.

    No necesitas dejar marcado el punto donde suspendes la lectura, ya que automáticamente se guarda el punto o la pantalla que dejas de leer. El problema con esta opción es que si navegas por la lectura, el punto o pantalla se guardará dónde te quedes al dejar de navegar.
    Otra opción es dando doble click en cualquier parte de la línea que suspendes la lectura. Cuando dejas marcado la línea, al retornar al libro o publicación verás en la parte derecha del MENU el punto "●". Das click en el mismo y te desplazarás a la línea que suspendiste la lectura. El punto de retorno estará al comienzo o entre "I PANEL N", que se encuentra a mano izquierda. Cada publicación es independiente al resto. Cuando aplicas el "●", el mismo desaparece.

    Para activar LA GUIA DE LECTURA debes estar en el comienzo de la publicación.

    Las opciones para activar el o los slides aparecen sólo si has guardado imágenes con la opción 'I' que se encuentra sobre el PANEL; también si guardas en MI LIBRERIA o en NAVEGA DIRECTO 1.

    Tienes dos métodos: 1) Seleccionar CARGAR SOLO POR POST y hacer los cambios deseados. 2) Cargas el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas GUARDAR POR POST y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios en la publicación o post eliges CARGAR SOLO POR POST. Si la publicación ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el estilo está protegido no podrás hacer cambio alguno.

    Primero debes cargar el ESTILO ORIGINAL, luego seleccionas PERSONALIZAR GRUPO 1 O APLICARLO AL POST (igual con el grupo 2 ó 3) y realizas los cambios deseados. Para ver los cambios hechos en el GRUPO eliges PERMITIR CARGA DEL GRUPO 1 (igual con el 2 ó 3). Si el GRUPO ya tenía cambios hechos, los que acabas de hacer se agregan y se cambian si la opción hecha ya había sido aplicada anteriormente. Si el GRUPO está protegido no podrás hacer cambio alguno.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS DE "+LISTAS" O "INDICE O LISTA"
    Eso ocurre cuando estás en LISTA DE LOS TEMAS-LIBROS y has aplicado una de las opciones que hay en "CANTIDAD DE IMAGENES (CATEGORIA)". Prueba cambiando con una de las opciones de "CANTIDAD DE IMAGENES (LIBROS y RELATOS), en PANEL, sección VISUAL, en la parte última. Los LIBROS y algunos LIBROS-RELATOS CORTOS, por su extenso contenido, toman más tiempo en completar las miniaturas o mostrar las imágenes.

    El visto bueno indica que la publicación tiene el formato que permite hacer cambios en el texto, lo que es: BLOCKQUOTE, TEMA, SUBTEMA, IDENTIFICADOR 1-2, LETRA CAPITAL, etc. etc. Este visto bueno se aplica sólo en los LIBROS y LIBROS-RELATOS CORTOS, ya que el resto de las publicaciones sí disponen de ese formato.

    Los LIBROS y LIBROS CORTOS-RELATOS CORTOS disponen de un visto bueno "√" al final del tema, indicando que ese libro o publicación se puede aplicar el formato nuevo. En el resto de las CATEGORIAS todas las publicaciones tienen el formato nuevo.

    La única razón por la que puede ocurrir eso es porque tu internet está fallando.

    Das click en PANEL y luego MINIATURAS. Puedes aplicar todas las opciones que comiencen con la palabra IMAGENES.

    Si ya has elegido "Imagen + Título" o "Solo Imagen", entonces el problema es que estás o muy cerca o en la primera publicación. En este caso la primera publicación es, literalmente, la primera que se realizó en esa categoría. Para solucionar el problema presiona el punto que se encuentra entre las dos flechas localizadas a mano derecha y vuelve a cambiar la cantidad de imágenes.



    SE APLICA EN LAS PAGINAS "CATEGORIA"
    En esta sección no funciona las opciones para hacer cambios en el estilo de las miniaturas, no puedes aumentar ni reducir la cantidad a mostrar, no hay lista en texto, y por último, cada categoría puede tener un aspecto diferente, incluso las sub-categorías.

    CATEGORIA es cada uno de los links, del menú, que están a la izquierda de +LISTAS; a excepción de las revistas "Diners" y "Selecciones", ya que ese conjunto se enmarca en la categoría "Revistas Diners" y "Revistas Selecciones", respectivamente. SUB-CATEGORIA es cada una de las revistas Diners y Selecciones, independiente entre sí y de las Categorías.

    Esas opciones te permite cargar el ESTILO, creado en el SALON DE LECTURA, de cada categoría. Si has dado un ESTILO diferente a alguna categoría en particular o has descargado los ESTILOS DEFINIDOS que ofrezco, cuando activas la opción CARGAR ESTILOS DE LA CATEGORIA 1 ó 2, cada categoría tendrá un aspecto diferente; igual ocurre si activas CARGAR LO ANTERIOR EN SUB-CATEGORIAS, tomando cada revista el estilo dado en el SALON DE LECTURA. Esto solo se aplica cuando eliges, del MENU, cualquier link que se encuentra a la izquierda de "+LISTAS".



    SE APLICA A LA PAGINA DE "INICIO"
    Cuatro razones para que eso ocurra: 1) Tienes activado el estilo ALEATORIO o CONTINUO en las miniaturas, debes desactivarlo para elegir uno en particular. 2) Tienes activado CARGAR PARA TODO EL BLOG de la sección ESTILOS del PANEL, desactívalo. 3) Has aplicado NO GRABAR LOS CAMBIOS que se encuentra en la parte superior de la ventana del PANEL y 4) El estilo está protegido. Si ocurre eso y has aplicado CARGAR PARA TODO EL BLOG, debes desproteger el estilo desde el SALON DE LECTURA.

    Presiona PANEL, luego VARIOS , seguido CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS y das click en CAMBIO DESACTIVADO.

    Eso puede ocurrir solo por dos razones: 1) Lo has desactivado mediante la opción que se encuentra presionando PANEL, seguido de VARIOS y luego CAMBIO DE CONTENIDO DE LAS MINIATURAS " y/ó 2) Tu internet está fallando.

    Presiona PANEL luego MAIN y en la parte última la opción COLOR TEXTO DE LA PAGINACION Y SELECTOR DEL SLIDE. Lo mismo es en el SALON DE LECTURA, solo que ahí cambias es el color de la PAGINACION.



    SE APLICA A "MI LIBRERIA"
    Las imágenes siempre van a aparecer, tarda cuando tienes una gran cantidad de imágenes guardadas, entre más imágenes guardes, más tardará. Debes tener paciencia para que carguen todas. La ventaja es que, cuando entres a MI LIBRERIA, puedes seguir agregando imágenes desde las otras secciones del blog y actualizas MI LIBRERIA sin tener que refrescar pantalla con la opción que se encuentra a mano izquierda, representada con un bolígrafo negro.

    Para guardar la imagen elige dónde vas a guardarla y seguido da click en la o las imágenes deseadas.
    Para dar Zoom o Fijar la imagen sigue el mismo procedimiento.
    -----------------------------------------------------------
    Slide 1     Slide 2     Slide 3










    Header

    -----------------------------------------------------------
    Guardar todas las imágenes
    Dar Zoom a la Imagen
    Fijar la Imagen de Fondo
    No fijar la Imagen de Fondo
    -----------------------------------------------------------
    Colocar imagen en Header
    No colocar imagen en Header
    Mover imagen del Header
    Ocultar Mover imagen del Header
    Ver Banco de Imágenes del Header

    Imágenes para el Header o Cabecera
    Slides
    P
    S1
    S2
    S3
    B1
    B2
    B3
    B4
    B5
    B6
    B7
    B8
    B9
    B10
    H
    Controles Desactivar Slide


    T E M A S








































































































    FUNCIONAMIENTO DEL BLOG


    Esta ayuda te permitirá aprovechar las características del Blog.

    Veamos lo que hace cada ícono del MENU:

    Este ícono aparece en todo el blog y permite visualizar las siguientes opciones:

    Guardar Lectura: permite guardar la publicación en la que estás, para ser cargada posteriormente. Opción sólo en las publicaciónes, en Navega Directo no.
    Al aplicar esta opción aparece en el MENU el ícono , el cual indica que hay una publicación guardada. Es visible en todo el blog y al dar click en el mismo una ventana se abre mostrando el o los temas guardados. Das click en un tema y te vas a esa publicación.
    Cuando guardas la publicación, también se guarda la pantalla donde se encuentra el párrafo o la línea que suspendes la lectura. Cuando aplicas esta opción, al entrar a la publicación te desplazarás al punto que suspendiste la lectura. Esta opción es la única forma en que el punto que se guardó cuando se guardó la publicación se hace efectivo. Para que ese párrafo o línea aparezca en el tope de la pantalla, antes de guardar, debes colocarlo en el tope de la misma. Una vez guardado, puedes desplazarte por la publicación sin que el punto o pantalla guardada se altere.
    El punto que se guarda, al guardar la lectura, no se borra cuando regresas a la misma por esta opción. Cuando vuelves a guardar la publicación el punto se actualiza a la pantalla actual.

    Eliminar Lecturas: permite eliminar el registro de las publicaciones guardadas.
    Al aplicar esta opción y al aceptar, se eliminarán todas las publicaciones guardadas.

    Eliminar por Lectura: esta opción aparece cuanto tienes como mínimo dos publicaciones guardadas, y permite eliminarlas por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de publicaciones guardadas.
    Para eliminar una publicación guardada, simplemente selecciona la que desees eliminar.
    Cuando eliminas una publicación guardada y queda solo una, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Guardar Punto: permite guardar un punto específico o la pantalla de la actual lectura. Puedes guardar cuántos puntos desees. Con esta opción puedes crear un índice de la lectura, o marcar la posición de uno o varios párrafos importantes. Cada publicación es independiente. Opción sólo para las publicaciones, no para Navega Directo.
    Al dar click en esta opción se abre una ventana, en la misma hay un recuadro en blanco, el cual sirve para colocar una referencia del párrafo o línea que dejas marcada su posición. Si no colocas una referencia, automáticamente ese punto toma el nombre de "Punto guardado 1", donde 1 es el número del punto que se ha guardado. Si has guardado 5 puntos y el sexto no le pones referencia, tomaría el nombre de "Punto guardado 6".
    Para que el punto o pantalla se guarde con o sin referencia, debes dar click en "Referencia" que se encuentra debajo del recuadro en blanco.
    Cuando aplicas esta opción aparece en el MENU el ícono . Al dar click en el mismo se abre una ventana con el o los puntos guardados. Das click en cualquiera y te desplazas a ese punto o pantalla de la publicación. Aparece sólo en las pubicaciones que tienen al menos un punto o pantalla guardado.

    Borrar Punto(s): permite eliminar el o los puntos guardados. Esta opción aparece cuando has guardado al menos un punto o pantalla. Opción sólo en las publicaciones, no para Navega Directo.
    Cuando aplicas esta opción y aceptas, se borrarán todos los puntos o pantallas que has guardado en esa publicación.

    Borrar por Punto: esta opción aparece cuando tienes como mínimo dos puntos o pantallas guardados, y permite eliminarlos por selección. Cuando presionas esta opción aparece la ventana con la lista de puntos o pantallas guardados.
    Para eliminar un punto o pantalla guardado, simplemente selecciona el que desees eliminar.
    Cuando eliminas un punto o pantalla guardado y queda solo uno, la ventana de esta opción se cierra y esta opción desaparece.

    Ultima Lectura: permite acceder a la última publicación leída. Si entras a otra publicación se guardará en la que estás. Sirve para cuando estás en cualquier parte del blog menos en una publicación.
    Para que la publicación se guarde automáticamente debes haberte desplazado hacia abajo al menos una línea.
    Si al seleccionar esta opción nada ocurre, es porque no has revisado o leído publicación alguna.

    Historial de Nvgc: esta opción aparece en todo el blog y permite ver el Historial de las páginas navegadas.
    Cuando seleccionas esta opción, una ventana se abre mostrando las publicaciones que has navegado. La primera es de fecha más antigua y la última de más reciente.
    Guarda hasta 51 temas o publicaciones. Cuando has llegado a ese límite, se va eliminando desde la más antigua, o sea desde la primera; y se agrega la reciente como última.
    Sólo se guardará un tema a la vez, o sea, si entras a una publicación cualquiera, la misma se guarda automáticamente en el historial, y, si vuelves a entrar a ese tema, al rato o cualquier otro día, ya no se guarda, porque que el tema ya se encuentra en el registro.

    Borrar Historial Nvgc: aparece en todo el blog y permite borrar o limpiar el Historial de Navegación.

    Ocultar TEMAS: permite ocultar el recuadro rectangular, donde dice TEMAS, que se encuentra a mano izquierda de la publicación. Esta opción no está disponible en la página de Inicio ni en las Categorías que seleccionas desde el Menú y tampoco en Navega Directo.
    Cuando das click en esa opción, una ventana se abre con "Otros temas" que te ofrece el blog. Si te desplazas hasta el final de esa ventana, verás dos rectángulos reducidos en su longitud. El primero permite avanzar o retroceder ese grupo de publicaciones. El segundo permite ver los temas desde el último publicado, también verlos de forma aleatoria y ver más temas correspondientes a la categoría de la publicación actual. Cuando entras a una de las listas o por medio de la CATEGORIA que se encuentra en la parte última de la publicación, la opción de "Actual Categoría" no está disponible.

    Mostrar TEMAS: aparece sólo cuando has aplicado "Ocultar TEMAS", y permite mostrar el recuadro rectangular que dice TEMAS, y que se encuentra a mano izquierda de la publicación.

    Mostrar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite mostrar una barra inferior con la paginación. Al hacer esto, en la parte última de la publicación desaparece la paginación.

    Ocultar Barra Inferior: esta opción aparece sólo en las publicaciones y si has aplicado "Mostrar Barra Inferior". Permite ocultar la barra de paginación y la muestra al final de la publicación.

    Ocultar Menú y BI: esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo, y permite ocultar el Menú y la Barra Inferior (si la tienes activa). Cuando aplicas esta opción aparece en la parte superior izquierda un punto negro, el mismo permite restaurar el Menú y la Barra Inferior.

    Mostrar Tema: puedes ocultar las opciones del MENU y ver el tema de la publicación. Esta opción aparece sólo en las publicaciones, no en Navega Directo.

    Abrir ventana de Imágenes: permite ver la o las imágenes de la publicación. Esta opción también la encuentras en la parte derecha superior de la publicación y en Navega Directo.
    Cuando la publicación tiene una sola imagen, aparece a mano izquierda los siguientes íconos:

    Cierra la ventana de las imágenes.
    Para cambiar el tamaño de la imagen según su longitud. Cuando aplicas esta opción desparece ese ícono y aparece éste el cual revierte la función. Esta opción no se graba.
    Quita todos los íconos y deja la imagen sola.
    Para guardar la o las imágenes en uno de los Bancos de Imágenes. Puedes guardar por imagen o todas las de la publicación a la vez.
    Para ver las imágenes guardadas, presiona o da click en el "+" que se encuentra a mano izquierda del MENU, para que se abra la ventana de "Otras Opciones", y buscas la opción "Bancos de Imágenes".

    Cuando hay más de una imagen en la publicación, adicionalmente aparecen los siguientes íconos:
    Ver la imagen anterior.
    Ver la imagen siguiente.
    Activa el slide de las imágenes de la publicación actual.
    Cuando activas el slide aparece en la parte superior izquierda el icono y permite desactivar el slide.
    Cuando activas esta opción, aparece en la parte superior izquierda un punto, el cual restaura los íconos.

    Las imágenes se acoplan al ancho de la pantalla y se aprecian bien según la dimensión de las mismas. Cuando son imágenes largas, el dispositivo debe estar vertical, si son cuadradas o rectangulares, debe estar horizontal.

    Navega Directo: permite revisar las publicaciones del Blog por categoría y sin el refresco de pantalla.
    Con este método puedes leer una revista o categoría específica, desde el último tema publicado hasta el primero.
    Si empleas las opciones que están al final de la publicación: POSTERIOR - INICIO - ANTERIOR, cambias a la publicación posterior o anterior de la categoría que estás actualmente. Inicio te lleva a la última publicación realizada de esa categoría.
    Cuando estás revisando una categoría en la ventana de TEMAS, en el grupo que suspendes la revisión se guarda, para cuando regreses a esta sección y vuelvas a revisar esa categoría lo harás desde ese grupo. Puedes revisar las categorías que quieras y cada una guardará el último grupo que suspendes la revisión.
    Lo del párrafo anterior no se cumple cuando se agregan publicaciones nuevas en la categoría.
    Cuando ves una publicación, por este método, se guarda el punto que suspendes la lectura, la publicación y la categoría. Cuando regreses a esta opción, aparecerá la última categoría con la publicación que leiste, en el punto o pantalla que suspendiste la lectura.
    Por cada publicación que veas se guarda el punto, categoría y tema. Eso quiere decir que, estando en esta opción cambias a una categoría y tema que leiste anteriormente, la pantalla se colocará en el punto que suspendiste la lectura.
    Dando click en el tema de la publicación, se abre en otra ventana la publicación en la sección de publicaciones.
    Dando click en la categoría, se abre en otra ventana la sección de CATEGORIAS con la correspondiente.
    A diferencia de ver la publicación de forma normal, no puedes guardar puntos ni la publicación.

    Bancos de Imágenes: Permite revisar y/o eliminar las imágenes guardadas en los Bancos.
    Estos Bancos de Imágenes también puedes usarlos como slide. Dispones de 10 Bancos.
    Puedes guardar hasta 100 imágenes en cada uno, haciendo un total de 1000.
    Cuando no has guardado imagen alguna, no aparecerá ningún Banco. Sólo verás los Bancos que tengan como mínimo una imagen.
    Cada Banco se presentará por medio de la primera imagen guardada en el mismo. Das click en la imagen y te da las opciones mencionadas en "Abrir ventana de imágenes", más los íconos el cual permite eliminar la imagen en pantalla, y que permite copiar la imagen en pantalla a otro Banco..
    En la parte última aparecerá la opción de "Vaciar el Banco" por cada Banco de Imágenes que tenga al menos una guardada y permite eliminar todas las imágenes guardadas en el mismo.

    Ayuda: permite ver esta Ayuda para conocer el funcionamiento del Blog.


    Este ícono aparece en todo el Blog y permite ver los temas de cualquier categoría con una introducción de las mismas. Su presentación es en orden de publicación de la categoría.
    Si has entrado a alguna CATEGORIA y seleccionas otra, la carga es directa, por lo que no hay refresco de pantalla.
    Si estás revisando alguna categoría en particular, cuando regreses al Blog y revises la misma categoría, comenzarás desde la última revisión hecha; y no desde el comienzo. Lo mismo es para cualquier cantidad de categorías que revises, cada una es independiente.
    Si das click en el tema o en "...Leer" la publicación se abre en la misma ventana, si lo haces en la imagen se abre la INFO del tema.
    Aquí puedes cambiar el estilo de las miniaturas.
    Cuando cambias el estilo de las miniaturas y aplicas "Solo Imagen (para los Libros)", y anteriormente has traveseado en los "Bordes", las imágenes no van a estar centradas. Para que se restaure su posición presiona en "Bordes" la opción "Normal".
    La opción "Solo Imagen (para los Libros)" se hizo especialmente para la categoría de los Libros.


    Permite ver las siguientes listas de todas las publicaciones realizadas:

    Por Categoría: lista alfabética por Categoría
    En estas listas no está incluido Libros y Relatos. Cuando accedes con esta opción, en pantalla aparecen todas las categorías en orden alfabético por categoría y aparece el ícono , en el MENU, el cual te da la opción de seleccionar la categoría a ver con los temas que dispone. No hay refresco de pantalla, es directo.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Libros: lista alfabética de todos los libros.
    Dando click en el tema te vas a la publicación, y dando click en 'Intro' te da una introducción del mismo. Si estás en la introducción puedes ir directamente a la publicación completa dando click en el tema, se abre en otra ventana, o en '...tema completo', se abre en la misma ventana.

    Relatos: lista alfabética de todos los Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.

    Por Autor: lista alfabética por autor de los Libros y Relatos.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Alfabético de Todo: lista alfabética de todo lo publicado en el Blog.
    Funciona igual que en la lista de Libros.
    Según la fuerza del wifi será la velocidad de carga de las mismas, debes tener paciencia.

    Lista Gráfica de los Libros: muestra las portadas de los libros en tamaño grande. Se muestran de 48 en 48.

    Lista Gráfica de las Revistas: muestra todas las revistas Diners y Selecciones en imagen grande. Das click en la imagen y una ventana se abre mostrando los temas de esa edición. Cuando entras a cualquier publicación, la misma se abre en otra ventana, de esa forma podrás llevar la continuación de los temas de esa revista.
    Cuando navegas por esta sección se guarda el punto o posición en que te has quedado. Si has revisado los temas de una revista, cuando regreses a esta sección, te situarás en la imagen de esa revista.


    Permite cambiar el tamaño de la letra en la página de INICIO a las miniaturas de ÚLTIMAS PUBLICACIONES y a las miniaturas al dar click en TEMAS. En las otras secciones que disponen de este ícono sólo a las miniaturas que aparecen al dar click en TEMAS, que se encuentra a mano izquierda en un recuadro azul. Al cambiar el tamaño de la letra, éste afecta a todas las secciones del Blog.


    Permite ver las lista de las publicaciones guardadas. Tocas el tema y se va a la publicación.
    Este ícono solo aparece cuando tienes, al menos, una publicación guardada.


    Este ícono aparece sólo en las publicaciones y permite ver la lista de los puntos o pantallas guardados en esa publicación. Si no has guardado al menos un punto o pantalla el ícono no aparece.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite ver las siguientes opciones que son para desplazamiento automático de la misma:

    Permite activar el desplazamiento automático y aparecen las siguientes opciones:

    Detiene el desplazamiento automático.

    Opción uno para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción dos para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Opción tres para aumentar la velocidad del desplazamiento.

    Para regresar a la velocidad estándar, presiona la opción para detener el desplazamiento y luego la de activar el desplazamiento.

    Cuando activas esta opción, el rectángulo de TEMAS, que se encuentra a mano izquierda, y la BARRA DE PAGINACION desaparecen, permitiendo leer con tranquilidad. Cuando presionas el botón de detener el desplazamiento el rectángulo y la barra aparecen nuevamente. Esto no ocurre en Navega Directo.


    Este ícono aparece solo en las publicaciones y en Navega Directo. Permite visualizar las siguientes opciones:

    Permite las siguientes opciones para el texto:
    ● Alinear el texto: izquierda, centrarlo o justificarlo.
    ● Cambiar el tipo de letra.
    ● Aumentar o reducir el espacio entre las líneas.
    ● Cambiar el tamaño del texto. Afecta a todas las secciones del Blog.
    ● Ampliar el margen derecho e izquierdo.

    Permite las siguientes opciones para el color del texto:
    ● Cambiar el color de todo el texto, incluido la fecha de publicación, la categoría, los links y flechas de paginación. Si has hecho cambios de color en el TEMA, SUBTEMA y/o NEGRILLAS, al cambiar el color de todo el texto éstos no se veran cambiados. Para que tomen el color del texto general cambiado debes presionar la opción ORIGINAL en cada uno.
    ● Cambiar el color del tema.
    ● Eliminar la sombra del tema.
    ● Cambiar el color de los subtemas.
    ● Cambiar el color del texto en negrillas.

    Cambiar el color del fondo del texto.

    Reducir el tamaño de las imágenes.


    Regresa al MENU principal.

    Aparece sólo en la página de INICIO y si has entrado a ver una categoría por medio del ícono . Permite cambiar la presentación de las miniaturas.

    Te lleva a la página de INICIO.


    OTRAS CARACTERISTICAS

    ● Cuando entras a una publicación, automáticamente se guarda el punto o la pantalla que suspendiste la lectura. Esta opción es diferente a la que se describe en el siguiente ítem. Si navegas por la publicación se guardará el punto o pantalla que te quedas de la misma.

    ● Cuando guardas una publicación se guarda también el punto o pantalla que suspendiste la lectura. Es independiente a la opción del ítem de arriba. Con este método sí puedes navegar por la publicación. Para que el punto o pantalla de retorno funcione debes cargar la publicación desde la opción que aparece en el MENU en PUBLICACIONES GUARDADAS.

    ● Tienes dos formas de ver las CATEGORIAS del Blog:
    La primera es la indicada anteriormente, que se encuentra en el MENU con el ícono
    La segunda es dando click en la categoría que se encuentra en la parte última de la publicación o también al comienzo de la publicación en Navega Directo. Este método te permite ver sólo la categoría de esa publicación. Cuando das click en la imagen y en "Publicación Completa" te vas a la publicación en la misma ventana; y si das click en el título, es en otra ventana.


    OBSERVACIONES

    ● Si guardas Puntos en una publicación no debes hacer cambios en el texto, ya sea aumentando su tamaño como dando más espacio entre líneas; ya que si lo haces después de guardarlos, el retorno no va a ser el correcto. Debes hacer primero los cambios y luego guardar los puntos o pantallas.
    ● Las LISTAS en texto se actualizan cada dos o tres meses, o a su defecto, cada 100 publicaciones nuevas.

    EL LOBO Y LA CORONA (A.A. Attanasio)

    Publicado el jueves, marzo 25, 2010
    Título original: The Wolf and the Crown


    Para mis hermosas guerreras,
    Alexis y Zoë.


    Abandonados por nuestros sueños,
    sin otro ropaje que nuestras historias,
    sin más alimento que las estrellas,
    las cuatro direcciones por abrigo y protección,
    y el espíritu de todo lo que amamos por nuestro único compañero,
    vivimos como guerreros de una Orden peligrosa,
    campeones de ternura
    que por la virtud batallamos en la guerra implacable de la supervivencia.

    VERANO:


    Un castillo espiral
    en el bosque doloroso


    Arthor Saca la Espada


    La espada surgió tan fácilmente de la piedra que Arthor sólo pudo quedarse allí, de pie, asombrado, con la empuñadura de oro en su mano temblorosa y la hoja argéntea resplandeciendo a la luz del sol. Trató de devolverla de inmediato a la roca negra en cuya hendidura permaneciera tanto tiempo inmóvil, imperturbada. Pero la roca no aceptaría la hoja ya más. La espada se le deslizó del puño y habría repicado en aquella piedra como un yunque y caído al suelo, si no la hubiera agarrado con premura otra vez.
    La empuñadura de oro parecía preternaturalmente destinada a su palma y sus dedos, y la hoja cortaba ligera el aire como una extensión natural de su brazo. Desde la distancia al pie de la colina, abajo en las faldas de Mons Caliburnus, una pequeña congregación de gente profería gritos y alaridos al ver la espada tan simplemente extraída de la piedra. Eran éstos los espaderos y sus patrones, los mercaderes y guerreros que habían acudido a Camelot para el tercero de los festivales quinquenales que conmemoraría el emplazamiento de la espada en la roca por el mago Merlín.
    Sólo momentos antes, Arthor había intentado comprarles una espada para su hermano Cei, que había estropeado su arma en el camino peligroso desde White Thorn, su morada en Cymru. Los espaderos se habían burlado de él, un andrajoso sirviente sin una moneda ni nada de valor que darles a cambio.
    Él había marchado monte arriba, desalentado, arrastrando los pies y pateando pequeños arbustos y dientes de león entre el trébol amarillo. Ni siquiera habría tratado de tocar la espada, si no hubiera recordado haber visto esta arma milagrosa en otra ocasión.
    Justo unos días atrás, en su viaje a Camelot, Arthor había sido desviado hacia los montes huecos, el reino de la pálida gente de la tradición celta conocido como los Daoine Síd. Estos dioses célticos no eran sólo tradición —eso lo sabía ahora—, por el contrario, eran muy reales y tal conocimiento turbaba dolorosamente su mente cristiana. En los montes huecos, había visto maravillas que sacudían los mismísimos fundamentos de su fe: seres feéricos que pretendían engañarlo y lamias vampíricas que casi lo despedazan; Noche Brillante, príncipe de los elfos, había conversado con él; y peor aun, había confrontado al dios vehemente que las tribus del norte llaman Furor y observado con espanto su enloquecido ojo único. El Furor lo habría destruido allí mismo de no haber sido por Merlín, que apareció en el último momento para blandir esta espada milagrosa y detener a la rabiosa divinidad. Arthor escapó, así, con su vida intacta... y su cordura casi destrozada.
    Esta era aquella espada, comprendió mientras la tajante verdad lo pasmaba y se veía obligado a apoyarse en la piedra negra. ¿Era un sueño?, inquirió de su alma amedrentada. ¿Es esto un sueño?
    Las voces clamorosas que gritaban desde abajo le confirmaban que estaba despierto. Y la luz del sol rebotaba en la hoja clara para herirle los ojos y grabarle al fuego en el cerebro la forma precisa que Arthor recordaba de su tránsito furtivo por el inframundo. ¿ Cómo puede ser?
    Los espaderos y guerreros llegaban corriendo desde abajo y gritándole: "¡Muchacho! ¡Muchacho! ¡Deja esa espada!"
    Él quiso obedecerles de inmediato. Pero, de nuevo, la piedra se negaba a recibir la hoja. Se volvió y alzó el arma, con un desventurado encogerse de hombros, para mostrar que había tratado de hacerlo y había fallado.




    Merlín y Arthor


    La airada multitud se aproximó amenazadora; después sus gritos cesaron de golpe. Arthor pensó por un momento que la belleza de la espada los había silenciado. De pronto, una voz oscura surgió de detrás de él, haciéndole saltar y casi perder la hoja.
    "¡La espada ha sido extraída!"
    Merlín apareció por el precipicio de Mons Caliburnus, como sostenido por alas invisibles. Sus ropas azul medianoche tremolaban con la brisa del río y su sombrero de alas anchas, con su cima cónica, le arrojaba una sombra oscura sobre el rostro.
    "¡La espada ha sido extraída! ¡Doblad la rodilla ante vuestro rey!"
    "¡Pero si es un muchacho!", gritó uno de los guerreros en el mismo momento en que la mayoría de la gente cayó reflejamente de hinojos ante la imponente presencia del mago.
    "Éste no es cualquier muchacho." Merlín se acercó a Arthor y le puso su largo brazo sobre los hombros. Vestido con un jubón de cáñamo, el cabello corto y tieso como un erizo, y su pálida faz de rosadas mejillas con la quijada flácida de puro sobrecogimiento, Arthor parecía en efecto un bisoño mochil. "Este joven es Aquila Regalis Thor, alto rey de toda Britania. ¡Arrodillaos ante él o quedad desterrados!"
    El imperativo en la voz vibrante de Merlín puso a todo el mundo de rodillas. Arthor, mudo de asombro, se volvió para mirar al mago. Tan de cerca, podía ver el hilado carmesí de los símbolos astrológicos y emblemas alquímicos en la urdimbre azul. Y bajo la sombra del chapelo, descubrió un perfil fuerte y añoso, pálido y cacarañado como si hubiera sido esculpido en piedra.
    "No digas nada", le susurró el mago. "Sostén la espada en alto y marcha monte abajo hasta tu palafrén. Con lentitud. Recuerda, tú eres el rey. Condúcete con porte regio."
    Arthor obedeció, aunque su corazón le farfullaba en el pecho y velaban su mente dudas y multitud de interrogantes. Todos los ojos dirigidos hacia él lo contemplaban atónitos y maravillados.
    Ninguno se atrevió a hablar, excepto un aprendiz de espadero, un muchacho no mayor que el mismo rey, que gritó dócilmente: "¡Larga vida al Rey Arthor!"
    El sonido de su nombre maridado al título de rey le oprimió el corazón aun más fuerte en el pecho dejándolo casi sin aire y estupefacto. Y, si hubiera podido hacerlo, habría bendecido a aquel aprendiz de herrero por no burlarse de él.
    Merlín abrió camino monte abajo hacia el caballo de Arthor, de cuya silla colgaba aún el escudo mellado del joven. La abollada imagen de la Virgen Bendita miró tristemente a Arthor mientras éste marchaba rígido hacia delante, la espada en alto. El ver a la Santa Madre le recordó al joven guerrero las muchas batallas en que había luchado por su padre adoptivo Kyner, jefe de los celtas cristianos, y bajó la deslumbradora hoja.
    "¿Qué estratagema es ésta?", inquirió Arthor e hizo gesto de entregarle el arma al mago.
    "Estratagema ninguna, Arthor", replicó Merlín tomando por la brida el caballo gris y conduciéndolo alrededor de una erupción de moreras y limeros. "Has extraído de la piedra la espada Excálibur. A partir de este momento, eres el rey legítimo de toda Britania."
    "¿Yo?" Arthor sacudió la cabeza. "Imposible. No soy sino el sirviente de lord Kyner. Soy un bastardo, vástago de una violación, engendrado por un saqueador sajón en una anónima campesina de Cymru."
    Merlín dirigió sus argénteos ojos fríos al muchacho tembloroso y dijo serenamente: "No, Arthor. No eres ningún bastardo, ni el resultado de un violento ultraje. Eres el hijo único de Uther Pendragón e Ygrane, reina de los celtas."


    Camelot


    Sobre la garganta verdeciente del río Amnis, en una meseta elevada, la inacabada ciudad-fortaleza de Camelot se hallaba rodeada de campos cubiertos por los bloques de los picapedreros.
    Las incompletas cortinas de muralla, almenas, las torres aún en esqueleto contemplaban en las laderas un carnaval de tiendas y de cromáticos pabellones, mientras el tercero de los festivales quinquenales estallaba jolgorioso. Músicos y juglares divertían a las masas de britorromanos y celtas congregados en la amplia campiña esmeralda para celebrar su unión contra las tribus de paganos invasores.
    Un rápido jinete cargó a través dé los campos de juego, donde diversos competidores probaban su destreza con el arco, en el tiro de la jabalina y el arte de la espada. Gritos de protesta siguieron al jinete hasta que la multitud oyó lo que aquél anunciaba: "¡La espada! ¡Excálibur ha sido arrancada de la piedra!"
    Los flautistas, músicos y acróbatas, entonces, quedaron quietos y en silencio, y murmullos excitados recorrieron la festiva muchedumbre alrededor de las mesas de banquetes y de los coloristas pabellones de juego. Toda actividad —carreras de cerdos, el tira y afloja de la cuerda, danzas, tiro al blanco y competiciones a caballo— se detuvo al instante. Bajo los orgullosos chapiteles, los pisos del andamiaje contra los parapetos y los terraplenes a medio construir, las ondas de una excitación callada se imponían a la turba festejante.
    "¿Es eso verdad?", preguntó Severus Syrax, cuando el jinete se deslizó de su corcel y se inclinó ante el pabellón de comandantes, cuyas lonas exhibían tanto símbolos cristianos como emblemas célticos ornadamente nudosos. El adusto magister militum de la gran ciudad de Londinium había sido el primero en emerger abruptamente del pabellón a los gritos del heraldo. Sus rasgos persas, perfilados por las líneas precisas de su barba oscura y sus rizos negros elegantemente peinados, vibraron de sorpresa. "¿Quién ha sacado la espada?"
    "Un muchacho, mi señor magister", jadeó el jinete. "Un muchacho con un nombre muy largo... Aquila Regalis Thor..."
    "¡Arthor!", gritó Kyner estupefacto. El corpudo jefe celta, que vestía una túnica blanca blasonada con la cruz escarlata, surgió del pabellón y se alzó tras el viperino Severus Syrax. Los árticos ojos azules del celta se abrieron más y más al ver que el mensajero hablaba seriamente y la áspera mano del guerrero ascendió hasta la boca y cubrió su mostacho ponderoso como si quisiera contener un grito atónito. "¿Mi hijo...Arthor?"
    Severus Syrax apartó al jadeante jinete y señaló con un dedo anuloso los pastos estivales por los que la figura larga, vestioscura, de Merlín se aproximaba portando de la brida a un palafrén. Y sobre el lomo del bruto... el joven Arthor, con la espada en alto.
    "¡Santa Madre de Dios!", gritó Kyner como si lo hubiesen apuñalado. "¡Es Arthor!"


    Obediencia y Desafío


    Merlín condujo al montado guerrero a través de una ingente turba festiva que lo observaba silenciosa y por los herbosos campos de torneo, donde los combatientes quedaban pasmados al ver a aquel tosco muchacho sostener Excálibur en alto con ambas manos. Se movieron lentamente como en regia procesión y sólo la severa presencia del mago impidió a la nutrida muchedumbre mofarse a gritos del joven en su jubón de cáñamo.
    "¡Éste es vuestro rey!", anunció Merlín potente cuando hubieron alcanzado el espacio ante la puerta principal de la ciudad. Se detuvieron frente al gran pabellón de lona amarilla y oriflamas púrpura donde los señores de la guerra y los jefes permanecían en mudo estupor. "Éste es el que ha arrancado a Excálibur de la piedra. De rodillas ante vuestro señor, el alto rey de Britania, el hijo único de Uther Pendragón e Ygrane, reina de los celtas: ¡Aquila Regalis Thor!"
    La voz poderosa de Merlín rodó por la campiña y estalló en ecos en la vacía fortaleza detrás de él. Al instante, la multitud cayó de hinojos. Sólo los señores de la guerra y los jefes reunidos ante el gran pabellón permanecieron de pie hasta que Merlín los miró; Kyner hincó dubitativo entonces una rodilla.
    "¡Levántate, loco!", le espetó Severus Syrax. "¿No te das cuenta de que es un truco del mago? No es más que tu chico, Arthor."
    Kyner no se movió. De repente, un millar de inocentes detalles ignorados durante los quince años pasados encajaron en la prodigiosa comprensión de que este muchacho, que él tomara por un descastado, el burdo vástago de un pagano y una campesina, era de noble origen. Incluso el verdadero hijo de Kyner, Cei, el cariancho bravucón que reprendiera a su hermano adoptivo todos estos años aconsejando al bastardo no abandonar su lugar entre los sirvientes, comprendió de golpe que Merlín decía la verdad porque había caído de rodillas antes que todos los demás.
    Urien, el celta de la Costa, de pecho desnudo y cabello blondo como la sal, habló con fuerza: "Si este muchacho es en verdad el hijo de nuestra antigua reina Ygrane, tendrá para toda mi vida mi alianza. Pero he de oír la verdad de boca de la mujer que fue mi reina... y no de un hechicero."
    El viejo Lot de las Islas Septentrionales, desnudos los hombros al uso celta y vibrante su gran mostacho con su áspera respiración, permaneció detrás de Urien y no dijo nada. Su pelirroja y brujesca esposa, Morgeu la Fey, no aparecía por ningún lugar.
    "Y yo hablo por los señores de la guerra británicos", saltó Severus Syrax otra vez. "Hará falta algo más que un mago para elevar a este chico al trono. Y aunque sea el hijo de Pendragón y de Ygrane, no es más que una criatura. ¿Tan desesperados estamos como para ponernos en manos de un crío?"
    Sólido y con una cabeza sin cuello como un bloque de piedra, Bors Bona se golpeó con el puño la coraza de cuero y gritó: "¡Un hombre probado queremos por rey!"
    Marcus Dumnoni, el rubio comandante del Oeste, no dijo nada pero, cuando los demás se tornaron para marcharse, él los siguió. Instantes después de la presentación del Rey Arthor por Merlín, los campos habían empezado a vaciarse mientras los jefes y señores de la guerra reunían a sus gentes y tomaban el camino a casa en los diversos rincones del turbado reino isleño.


    Kyner y Cei


    Kyner y Cei se aproximaron al rey montado en su animal y se arrodillaron ante él con cabezas inclinadas. "¡Mi señor!", crujió dolorida la áspera voz del jefe celta. "¿Podrás perdonarnos que te hayamos tratado como a un sirviente toda tu vida?"
    "¡Padre!" Arthor hizo gesto de desmontar y Merlín trató de disuadirlo con mirada reprobadora. El muchacho ignoró al mago y saltó de su montura. "Levántate, padre. Tú nunca has de inclinarte ante mí."
    Kyner se negó a moverse y siguió con el rostro abatido y la mirada en el suelo. "Inclino la rodilla ante mi rey. ¿Me otorgarás tu perdón?"
    "No hay nada que perdonar, padre."
    "Yo no soy tu padre..." Kyner habló con débil voz. "Uther lo fue. Yo me he limitado a darte techo... un sirviente en mi morada. Estoy avergonzado de no haberte mostrado mayor caridad."
    "¿Avergonzado?" Arthor entregó Excálibur a Merlín, que la aceptó reluctante y aferró el codo del chico con la mano libre. Arthor se zafó de él y se acercó al jefe arrodillado. "Tú me instruiste en las enseñanzas de nuestro Señor. Tú me obligaste a leer y escribir en griego y latín. Me llevaste contigo en todas tus misiones diplomáticas a Galia y me mostraste las cortes reales del ancho mundo. Y a pesar de mi actitud hosca, a pesar de mi ingratitud, me ofreciste un honroso lugar a tu lado en el campo de batalla. Me has tratado tan bien como a Cei, tu propio primogénito."
    Cei gimió. "Mi señor... ¡ten misericordia de mí!"
    "Cei, tú eres mi hermano."
    El largo cuerpo de Cei se estremeció. "No te burles de mí, señor."
    "¿Burlarme de ti?" Arthor se arrodilló ante ellos. "Sólo vosotros dos de entre todos los jefes y señores de la guerra me aceptáis como rey. Con esto, me habéis mostrado que sois realmente mi padre y mi hermano. Dure lo que dure mi reinado, nunca os consideraré menos que eso."
    Merlín tomó del hombro a Arthor y lo puso físicamente de pie. "Eres rey. Tú no te inclinas ante nadie más que Dios."
    "Entonces levantaos... hermano, padre", dijo Arthor y se libró de Merlín con una mirada de enojo. "Erguíos, que pueda ver vuestros rostros otra vez."
    Kyner y Cei obedecieron. Lágrimas le velaban al jefe sus ojos de lobo ártico al mirarlo con orgullo bajo su frente prominente. El rostro ancho, macizo e imberbe de Cei se veía lívido y temeroso.
    "Tenéis que ayudarme", les dijo Arthor mirando con urgencia de uno a otro. "Yo no esperaba esta... esta inmensa responsabilidad. Yo... no sé qué hacer. Por favor, ayudadme. Vosotros me conocéis mejor que nadie. Si en verdad soy rey, tal como dice Merlín, entonces vosotros sois los mejores hombres del rey. No me abandonéis a este destino. Ayudadme a cumplir la misión que Dios ha puesto ante mí.


    El Consejo de Merlín


    Merlín tomó a Arthor por el codo y lo apartó del jefe celta y su hijo diciendo: "Debo hablar con el rey en privado."
    Arthor intentó librar su brazo, pero la tenaza del mago era inquebrantable. "Lo que tengas que decir, Merlín, dilo ante estos buenos hombres, mi padre y mi hermano."
    "En privado, mi señor." La severa mirada en los ojos hondos de Merlín no admitía protesta.
    Arthor se encogió apologéticamente de hombros y permitió que Merlín lo guiase junto a las torres inmensas y a través de la puerta abierta al concurrido interior de Camelot. Dejaron atrás carretadas de bancos y taburetes, y el mago portó al joven a la estancia central. La enorme cámara estaba llena de las entoldaduras y cobertizos de labor de los albañiles.
    "Desde aquí, gobernarás tu reino", dijo Merlín señalando con un gesto grande de Excálibur la arquitectura en ascenso. "Si puedes unir Britania." Notó de pronto la espada en su mano y se la pasó al joven. "Ten, toma esto. Es tuya... y la necesitarás."
    Arthor aceptó el arma con ambas manos. En el espejeante azul del plano de la espada, vio su rubia faz demasiado joven para la barba y su cabello atejonado brotando en rebeldes púas. "¿Yo, rey?" Contempló a Merlín con esta pregunta sinceramente impresa en sus ojos ámbar. "¿Por qué?"
    "Tú eres el hijo, el hijo único, de Uther Pendragón y de Ygrane, que fue reina de los celtas." Merlín se quitó el sombrero y reveló un rostro hórrido, un largo cráneo cetrino y ojos de cristal roto en órbitas profundas como cuencas de dragón. "Te oculté en White Thorn con Kyner para que estuvieras a salvo de tus enemigos... en especial de tu media hermana, Morgeu la Fey, que te habría asesinado."
    A Arthor se le encogió el estómago al oír nombrar a la hechicera Morgeu. "Vino a mí..." Su propia voz le suena lejana.
    "Sí, ya lo sé." Merlín tomó al chico por los hombros con sus manos arañiles y lo sentó en un banco de carpintero. "Ella misma me lo ha dicho."
    "Me sedujo, Merlín." El rostro ya lívido del muchacho palideció aún como el de un cadáver. "Yo no lo sabía... Creí que era otra persona... Yo... yo... me acosté con ella en la noche... era oscuro..."
    "Escúchame, mi señor." Merlín se inclinó hacia él y su rostro ajado colmó la mirada de Arthor. "Lo que hiciste lo hiciste sin saberlo. Pero lo que está hecho hecho está. Morgeu la Fey porta tu hijo."
    "¡No!" La espada habría caído de la mano de Arthor, si Merlín no la hubiese cogido y la hubiese apretado de nuevo contra la palma del muchacho.
    "Sé fuerte, mi rey. ¡Sé fuerte!" Merlín se sintió tentado a usar su magia en el joven, pero sabía que ésta no tendría un efecto duradero. "Este es el dolor que conlleva la verdad de tu destino como alto rey de Britania. La salvación de nuestro pueblo tiene un precio."
    "¿Por qué?" Lágrimas rezumaron de los ojos de Arthor. "¿Por qué lo ha hecho? ¿No comprende que nos ha condenado a los dos al infierno?"
    "Oh, lo comprende perfectamente, mi señor." Merlín sostuvo la temblorosa mirada del muchacho con un mirar helado. "Y ahora eres tú quien debe entender, joven monarca, que quien quiera servir al cielo ha de conquistar primero el infierno."


    EL Séquito del Rey Arthor


    Procediendo con paso soberano, dos elefantes pintados con colores chillones y extravagantemente empenachados avanzaron por la senda empedrada dejando en su estela una abigarrada procesión de trompeteros, tamborileros, acróbatas, malabaristas, histriones, bufones, comefuegos y tragaespadas. El bullicioso desfile se aproximó a Camelot por la vieja vía romana desde el Amnis, donde había descendido de una barcaza dorada, decorada con cabezas de gorgonas y serpientes de escamas de oropel. Al cruzar el villorrio fluvial de Cold Kitchen haciendo volar sus cometas de alas aduendadas y sus mangas de viento, encontraron al cortejo de Severus Syrax en su partida hacia Londinium. La festiva cuadrilla arrastró a sus seguidores en su marcha jubilosa y los portó a todos de nuevo a Camelot.
    Tal había sido el plan de Merlín cuando se le ocurrió enviar mensaje a las cortes de las desgarradas Galias anunciando que Britania coronaría un monarca aquel estío. Había invitado a todos los artistas cortesanos que quisieran la protección del nuevo rey a acudir a Camelot y exhibir sus habilidades. El espectáculo de los trompeteantes elefantes y de los artistas vestidos de sedas flagrantes y lentejuelas divirtió incluso a las endurecidas tropas de Bors Bona y el señor de la guerra hizo señal a su ejército de retornar a los campos de Camelot.
    Severus Syrax mismo se quedó atónito sobre su negro corcel árabe. Fabulosamente vulgar y grotesca la procesión al hacerse visible —con osos que danzaban a la orilla del camino y malabaristas que arrojaban sus antorchas y destrales—, el magister reconoció la gloria que fluía hacia Camelot... y hacia el rey. Eran éstos los habitantes de un eterno carnaval, la celebración de poder que perteneciera en otro tiempo a Roma y que ahora se entregaba libremente al crío-rey. Syrax no osó volverle la espalda a estas galas. La mayor esperanza de desacreditar a Arthor estaba en estos bullangueros, cuya punta de insania podría muy bien hender la ilusión de nobleza que Merlín se esforzaba por tejer alrededor del chaval que había elegido por monarca.
    Molesto, Severus Syrax dio vuelta a su corcel e hizo señal a sus hombres de volver al campamento recién abandonado.
    Incluso los habitantes de Cold Kitchen, que se habían acostumbrado al ir y venir de nobles personajes a Camelot durante los quince años de su construcción ininterrumpida, permanecían fascinados a la orilla del camino mirando a los encantadores de serpientes, cada uno de cuyos miembros era un pulular de víboras, o a aquellos volatineros que marchaban diestros sobre zancos. La aldea se vació enseguida y sus residentes siguieron el circense desfile hacia los campos festivos de Camelot.
    Merlín se hallaba con Arthor en la cima de un andamio de madera contra el colosal muro de piedra que dominaba la vasta campiña; allí, los dos elefantes se habían detenido y se arrodillaban ante él. El muchacho estaba boquiabierto ante la turba multicolor de artistas que se inclinaban en silente respeto ante su nuevo señor.
    "¿Qué clase de juego es éste, Merlín?", preguntó Arthor con una mirada de creciente alucinación, fijándose en la muchedumbre arlequín de mimos, bufones, contorsionistas, funámbulos y juglares entre la masa bulliciosa de perros amaestrados, osos y aves de plumaje fastuoso.
    Merlín fingió sorpresa ante la pregunta del muchacho: "Pues qué, mi señor, éste es tu séquito... una pompa digna de un rey."


    Histriones, Pícaros, Vagabundos


    El rey Arthor, con Merlín a su costado, se sentó en un macizo trono de cedro instalado sobre una plataforma bajo un palio púrpura. Protegido así del sol del mediodía que bañaba el espacio ante la puerta principal de la ciudadela, pasó revista a aquellos animadores que habían viajado desde la Galia para servir en su corte. Vestía un manto carmesí orlado de armiño que Merlín le había proporcionado y, sobre su hirsuto cabello castaño, una corona como de hojas de laurel hecha en oro. Sostenida laxamente por una mano y reposando en su pecho, la espada Excálibur reforzaba su apariencia regia, aunque, a todos los que lo observaban, a pesar de su indumentaria, el rey les parecía simplemente lo que era: un burdo muchacho de quince estíos.
    Tras pasar por delante del rey, los pintados y emplumados elefantes, los osos danzarines, la tropa de perros sabios y los numerosos artistas duchos marcharon hacia los campos de juego, donde se mezclaron en arremolinada muchedumbre con el resto de los celebrantes y los soldados celtas y británicos. Ya se habían encendido las antorchas y se había reunido la leña para las grandes hogueras que iluminarían el nocturno festival. Los fuegos de los cocineros humeaban bajo la cortina de muralla y en las mesas del banquete, que reposaban sobre barriles de hidromiel, se apilaban altos montones de carnes asadas, cestos de pan, bandejas de verduras y ánforas de vino frutal.
    Merlín se enorgullecía al ver que cada uno de los jefes y señores de la guerra que amenazara con marcharse se había quedado al final. Sus banderas y oriflamas ondeaban en la brisa balsámica sobre sus campamentos, y música y risas bullían bajo nubes como castillos estivales.
    Los últimos del séquito en presentarse ante el rey fueron los histriones y pícaros y, escondidos entre ellos, los vagabundos sin oficio ni habilidad. Merlín fue rápido en identificar a los capigorristas e hizo señal a los hombres de Kyner, que servían como guardia del rey, de que los interceptasen. A cada uno se le dio una hogaza de pan y una bota de vino, y el grupo fue subido a un carro que lo llevó de vuelta a la barcaza en las orillas del Amnis.
    Ninguno de los vagabundos protestó excepto un enano, un diablillo de rizos rojizos que portaba un mono de piel negra y rostro plateado en sus hombros gibosos. Correteó entre las piernas de los soldados que intentaban atraparlo y saltó a la plataforma en la que se hallaba Arthor. Merlín tomó su bordón, dispuesto a alejar del rey al pequeño hombre y su bestia... aunque fuera a golpes.
    "No me pegüez", advirtió el enano con extraña cacofonía y meneando un nudoso dedo, "¡o hadé lo que nueztdo Ceñod aconcejua y ponddé la otda mejiyua!" Giró en redondo y presentó su pandero al mago.
    Con una carcajada, Arthor detuvo la mano de Merlín. "¿Cuál es tu nombre, enano?"
    "¡Señor!", objetó ásperamente Merlín. "Éste es un chiflado, indigno de tu real presencia. Ordena que se lo lleven."
    El enano saltó alrededor y replicó al instante: "Zoy Dagonet. Ézte ez Ceñod Mono. Y tú edez obgüiamente un dey que poddía ced un muchuacho. ¡Qué gduaciozo! Tienez zuedte de que eztemoz aquí pada endedezadte."


    Bedevere


    Al rey Arthor le gustaba la apariencia de Dagonet. El enano tenía un rostro largo e imberbe salpicado de pecas, la faz de un muchacho. Su pronta sonrisa y sus cándidos ojos zarcos no admitían malicia alguna y el rey lo llamó a su lado. "Dime, Dagonet, ¿cómo te encontraste con Lord Mono?"
    "Nececitaba un amo dignuo..."
    Merlín no quiso oír más. Dirigió al enano una mirada ceñuda, tomó su bordón y abandonó la plataforma. A Arthor le complació quedarse a solas con alguien cuya conversación le gustaba y no puso objeción a la partida del mago.
    Entre los recién llegados de Galia, Merlín había descubierto a un hombre manco, impecablemente vestido con pantalones de pana marrones, botas de montar de cuero rojo, un crys azafrán y una túnica de mangas cortas con una de ellas sujeta a la costura del hombro por un broche con forma de garra de águila, hecho en plata negra. Al costado, portaba un gladius, la espada corta y filosa usada por los antiguos romanos. Su porte y las mataduras en su cabeza calveciente, debidas al uso del yelmo, le decían al mago que este hombre no había perdido su brazo derecho por accidente, sino en combate.
    Merlín observó al extraño el tiempo suficiente para ver que comía y bebía con moderación, que respondía apreciativamente a los músicos talentosos, que evitaba a los escandalosos y que observaba con cuidada atención todo lo que ocurría alrededor de él.
    Tan pronto como el hombre percibió que lo seguían, Merlín se le aproximó. Siempre cauto, el soldado manco se volvió de tal modo que su espalda quedaba protegida por un pilón de bloques de piedra sin labrar y se inclinó con seca deferencia. "Mi señor Merlín."
    "Se me antoja que eres un hombre de armas independiente." El mago se apoyó en su bordón e inclinó la cabeza de modo que el extraño pudiera ver los rasgos demónicos de su semblante. Si el soldado sintió miedo de su aspecto, no lo mostró. "¿Por qué has venido a Camelot?"
    "Para servir al nuevo rey", respondió al instante con seca voz y lúcido latín. "Soy Bedevere, del reino caído de Odovacar. En mi alforja tengo cartas de presentación de mis antiguos señores: nuestro santo padre, el papa Gelasius; su sirviente Teodorico, rey de los Ostrogodos; y Clovis, el cuñado de Teodorico y rey merovingio."
    "Has servido a tres grandes líderes, Bedevere", dijo Merlín permitiendo que cierta suspicacia le tíñese la voz. "¿No fuiste capaz de fidelidad hacia ninguno de ellos?"
    Ni un indicio de ofensa turbó el plácido semblante de Bedevere. "Soy fiel a la necesidad de aquellos a quienes sirvo. Di mi brazo derecho defendiendo a nuestro santo padre contra los hunos y le serví hasta que la muerte nos separó y mi reino ancestral de Odovacar cayó ante los vándalos. Asumí luego la causa de los francos salios, cuya hueste formaban únicamente campesinos libres, sin nobleza ni caballería. Serví a sus bravos jefes, a Teodorico y a Clovis, hasta que se hubieron vengado de todo lo que yo había perdido por causa de los paganos. Ahora están seguros en su alianza con los burgundios de Aquitania y mis servicios se habían vuelto más diplomáticos que marciales. He venido aquí, a la frontera de la cristiandad, para ofrecer mi espada al rey que enfrenta un hado fatal, pues mi destino ante Dios es luchar por los desesperados."


    La Fiesta del Rey


    Toda la noche, las festividades de Camelot continuaron sin merma. Canciones, danzas y risas colmaron las laderas prendidas de alegres fuegos y los campos de la meseta en que se alzaba el baluarte, y las altas torres dentadas de la inacabada ciudadela resplandecían de antorchas y linternas. El mismo rey Arthor descendió de la plataforma ante la insistencia de su nuevo amigo, el enano Dagonet, y danzó de un campamento a otro, mezclándose libremente con celtas y britones y mostrando favor a todos.
    "Miradlo", refunfuñó Severus Syrax bajo su pabellón, donde sorbía vino con Marcus Dumnoni y Bors Bona, los señores de la guerra británicos. "Qué atolondrado. Es un crío atolondrado. ¿Es ése nuestro rey? ¡Bah!"
    "Está bien que un rey pueda reír tanto como luchar", sugirió Marcus Dumnoni. "Arthor ha probado su valía en el campo contra los invasores. Kyner acostumbraba a llamarlo su martillo de hierro."
    "¿Golpea acaso más fuerte que tú o que Bors Bona?" Severus Syrax se mesó infelizmente los cabellos de su barba negra. "Yo digo que no. Es rey sólo porque es el títere de Merlín. Y todos sabemos que el mago es un demonio impío."
    "Cierto, Syrax, soy un demonio", la voz de Merlín restalló como el viento y los tres señores de la guerra se pusieron en pie de un salto con un repicar de sus copas, derramando el vino. Los guardias alrededor del pabellón de comandantes se volvieron sorprendidos, incapaces de comprender cómo el mago, un hombre por lo demás bien alto, los había burlado.
    "¡Merlín!", grito airado Syrax, limpiándose el vino de su blusa de seda.
    "Me llamas demonio, Syrax, y yo estoy aquí para responder a ello." Los ojos plateados de Merlín brillaban como añicos de luna. "Es verdad. Fui otrora un demonio de pies a cabeza, un íncubo que penetró en mi madre querida, santa Óptima. Pero ella no me despreció por la odiosa criatura que yo era. No. Me amó como nuestro Señor nos enseñó a amar todo lo creado por Dios... incluso a nuestros enemigos. Y así fui redimido por su amor y recibí esta forma humana para servir al Príncipe de la Paz y proteger al manso del poderoso. Tal es la misión de Arthor también y la razón de que yo le sirva."
    Mientras hablaba, recuerdos humearon y ardieron en su mente despacio, quemándose con el tiempo... de forma que el tiempo mismo pulsaba como rescoldos, oscuro por el ardor de las pasiones que lo poseyeran cuando fuera Lailokén, un demonio inflamado por el odio a la vida. Como todos los demonios arrojados a la fría vacuidad con los ángeles, cuando los cielos desparramaron su luz por las tinieblas en el instante de la creación, había rabiado. Había destruido mundos, frustrado todo intento de los ángeles de crear un santuario para la vida en este oscuro universo. Había odiado a los ángeles, que se llamaban a sí mismos Señores del Fuego. Había creído entonces, tal como el resto de los demonios creía, que los Señores del Fuego estaban locos al sancionar la vida en un cosmos de vacío, donde la luz de los orígenes disminuía hasta fundirse. Y habría seguido rabiando contra toda vida, si no hubiera aprendido el amor de la mujer que tratara de violar, Óptima, la santa cuya matriz recibiera su energía demónica y que, con la ayuda de los ángeles, le tejiera este cuerpo mortal de edad incierta...
    El tiempo traqueteó retornando de nuevo a su ritmo natural y Syrax siseó: "¿Por qué te ocultas como un asesino?"
    "¿Ocultarme?" La sonrisa de Merlín reveló irregulares dientes naranja como brasas y señaló con su bastón a los bullangueros acróbatas y bailarines que volaban a través de la noche del estío. "He caminado directamente hacia aquí para hablar por nuestro rey."
    "Tu rey, mago", restalló Severus Syrax. "No el nuestro."
    "Entiendo que tienes una alianza con los foederatus, Syrax", dijo Merlín con voz gélida refiriéndose a la confederación de jutos, pictos, anglos y sajones que controlaban las tierras bajas al este y sur de Londinium. "Así que quizás Arthor no es tu rey. Acaso prefieras rendir pleitesía al rey Wesc, comandante de los foederatus!"
    "Tengo un tratado comercial con los foederatus", replicó Syrax altanero. "Pero soy cristiano. Ante un pagano, no hincaría nunca la rodilla."
    "Bien. Tendrás la oportunidad de doblar la rodilla ante tu rey cristiano, entonces." Merlín recorrió con espaciosa mirada a los tres señores de la guerra. "Comprendo vuestra reluctancia a aceptar a Arthor como rey, pues es joven al fin y al cabo. Y, aunque ha sido probado en batalla, su capacidad de mando está todavía por verificar. De modo que esto os digo a los tres señores británicos, como se lo diré a vuestra contraparte celta: el mando de Arthor será puesto a prueba y no se le hallará falta."
    "Tú lo dices, Merlín." Severus Syrax dirigió una rápida mirada a los demás en busca de apoyo y vio que aquéllos contemplaban al mago con sobrecogida solemnidad; contuvo su lengua.
    "En los próximos días", prosiguió Merlín, "nuestro rey partirá al norte para asegurar la frontera más vulnerable de nuestro reino, el territorio entre los muros Antonino y Adriano. Tras establecer allí su autoridad, recorrerá todos sus dominios y pedirá vasallaje a cada señor de la guerra y cada jefe del país. Aquellos que le prometan alianza tendrán un lugar en su corte. Y aquellos que no" —los ojos de Merlín se achicaron—"serán destruidos."


    La Resaca del Rey Arthor


    La música y risas continuaron hasta entrada la mañana, pero la fulgurante luz del sol que alanceaba las hileras de tejos irlandeses en las laderas orientales hería los ojos del rey Arthor infligiéndole una palpitante migraña. Se retiró a la ciudadela, buscando una alcoba oscura entre los caballetes de los obreros y los bucles colgantes de sus cables de cáñamo. La espada en la mano, se acurrucó en un rincón húmedo y se presionó la dolorida frente con la hoja fría.
    La náusea lo recorría en olas intermitentes y mordía el armiño que orlaba su manto con física angustia. "Demasiado vino", gemía para sí mismo. "Nunca, nunca más..."
    Vertiginosas imágenes del rostro ceñudo de Merlín danzaron frente a él, reprendiéndole en silencio por sus alocados excesos y advirtiéndole luego sonoramente que debía probar su dignidad como rey. "¡No puedes gobernar a menos que sirvas primero! Busca la alianza de tus señores de la guerra y tus jefes sirviendo a sus necesidades. Recorre tu reino... ¡pero no como un borracho! Usa este primer año sabiamente o hazte a un lado."
    El desafío del mago era como un remolino en su interior, con ecos más y más bajos que tornaban de pronto a crecer y crecer. De este vórtice surgía la figura de una mujer alta, con hombros musculosos, cabello llameante y pequeños, tensos ojos negros en un rostro lunar. ".¡Morgeu la Fey!", exhaló y sacudió la cabeza hasta que la visión de la maciza hechicera se deshizo en sombras.
    "¡Oh! ¡Zide! Dagonet el enano lo llamó desde la multitud de bancos de trabajo apilados. "¿Dónde haz ido? ¡Edez doz vecez mi tayua y debez bebed doz vecez uo que yo he bebido!"
    Lord Mono surgió de la oscuridad columpiándose en una cuerda y saltó chillando al hombro de Arthor. Con una encolmillada sonrisa, la bestia puso una corteza de queso bajo las narices del joven rey.
    Arthor lo apartó y el mono saltó a la oscuridad con un grito airado. "Dejadme solo", gruñó el rey.
    "Ah, pedo tengo una bota de viejo vino ibedio con un ddeguzto picante que te pinzadá uaz nadicez." El enano surgió de debajo de un andamio con una infirme vejiga de cerdo en la mano. "¡Vengwa, bebe! ¡Hoy tú edez dey! Mañana... ¡Dioz noz ayude, mañana eztá ya sobde nozotdoz! ¡Y tú edez dey aún! ¡Bebe!"
    Arthor lo despidió con un gesto. "Déjame, Dagonet. Estoy enfermo."
    "¿Enfedmo? ¡Ni en bdoma!" El enano se aproximó anadeando. "¡Edez dey!" Destapó la vejiga y la agitó bajo el rostro lívido del rey. "Bebe, zide, y da au Ceñod Baco ejempuo de cómo fezteja un dey."
    El rostro lascivo del enano y el acre hedor del vino amargo disgustaron a Arthor, que cimbreó la espada amenazadoramente. "Vete, enano, o te juro..."
    "Juda pod ua uña deu pie de nueztdo Zauvadod, ci debez!" Derramando vino, Dagonet retrocedió. "Veo cuadamente ahoda, zide... Eu deino deu Ceñod Baco eztá a sauvo de uoz bizoñoz como voz. Duego pod todoz nozotdoz que aguantez eu cetdo con máz fidmeza que eu vino. Uodd Mono y yo padtimoz. Detodnademoz duego, cuando a tu cabeza ue quepa ua codona."
    Arthor gruñó. Nunca había bebido tanto vino ni bailado tan agotadoramente. Había sido vehemente en su jarana, como si vino y alegría bastantes pudieran contrarrestar la permanente vergüenza y las dudas opresivas que acechaban en su corazón. ¡Incesto! La palabra le hacía daño, demasiado espantosa para darle voz y más dolorosa que su enconada jaqueca. ¡He engendrado un crío de incesto! ¿Y me he atrevido a pensar que puedo ser rey? El enano tiene razón. No es a mi cabeza a la que le corresponde la corona.
    Tanteó alrededor en busca de su corona de oro, no la encontró y gimió hallándolo justo. Una ola de náusea creció en él y le rechinaron los dientes tratando de suprimir el cuajo que le subía por la garganta. Con un grito estrangulado, vomitó.


    El Mayordomo del Rey


    Retorcido de náusea, el rey Arthor yacía en su vómito. La cabeza le pulsaba de dolor y el corazón le renqueaba desganado en el pecho, agobiado de desesperación.
    "Levantaos." Una voz seca lo golpeó como un bofetón. "Mejor cosa merecemos para nuestro rey."
    Arthor sintió una mano fuerte, ruda, bajo el hombro, que lo alzó del hedor de su vomitona. Al volverse, descubrió una faz refinada, un rostro con una alta frente calveciente, una nariz larga y delgada con fosas combadas en arcos desdeñosos, y una boca estrecha, dura, casi sin labios, sobre un desdibujado y lampiño mentón. "¿Quién... quién eres?"
    "Soy el mayordomo del rey, Bedevere." Sacó un pedazo de corteza desecada. "Mascad esto. Es Hierba de San Martín. Os sentará el estómago y aclarará la cabeza."
    Antes de que Arthor pudiera protestar, Bedevere metió la medicina en la boca del muchacho; fue entonces cuando Arthor percibió que al hombre le faltaba un brazo.
    "Sí, un huno se lo llevó." Bedevere sentó a Arthor derecho y, con un paño húmedo, empezó a limpiarle el rostro. "Ahora tengo que trabajar el doble para cada cosa que hago. Y mis esfuerzos me reportan el doble de satisfacción."
    "Déjame, Bedevere."
    "Callad y mascad. Mascad vigorosamente. La medicina exige que se la muela bien. Es vieja. La he llevado conmigo muchos años desde mi estancia en Tierra Santa y estoy satisfecho de decir que no he tenido nunca necesidad de ella... hasta ahora."
    "¿Has visto tú el lugar donde nació nuestro Señor?", masculló Arthor sobreponiéndose al amargo sabor de la corteza.
    "Y aquellos en que nacieron Zoroastro, en Nínive, y Gautama Siddharta, al que llaman el Iluminado, al pie de las montañas más altas del mundo." Bedevere tomó la espada de las manos del rey. "Serví a nuestro santo padre el papa Gelasius como enviado a las cortes de Persia, Jerusalén, Alejandría y los principados del Indo."
    La medicina había empezado a actuar y Arthor se sentía lo bastante bien como para sentarse con la espalda derecha contra la calmífera frescura del muro de piedra. Vio que Bedevere había traído un cubo de agua en el que flotaban tajos de lima. Un fardo de vestiduras frescas reposaba junto a él con la corona de áureas hojas de laurel encima. "¿Por qué estás aquí?", preguntó mientras el manco empezaba a desvestirlo. "¿Por qué estás en esta perdida Britania, tú que has visto las maravillas del mundo? ¿Por qué estás aquí conmigo, en este remoto país?"
    "Me necesitáis." Con un experto giro y chasquido de su único brazo, Bedevere dobló con cuidado el sucio manto del rey.
    "¿Cómo podías saber tú eso?"
    "En realidad, no lo sabía... hasta que os vi haciendo el loco entre vuestros súbditos. Un rey sin dignidad no es en absoluto un monarca." Con una sola y recia frotadura de un paño húmedo, el mayordomo le limpió a Arthor boca y barbilla. "Mis antiguos señores aseguraron sus dominios no sólo por la fuerza, sino con nobleza también. Yo ayudé hasta que los reinos fueron estables. Pero he hecho voto de servir a nuestro Señor y Salvador, e ir allí donde nuestra fe esté más amenazada." Escurrió el paño, lo hundió en el agua de lima y lavó el pecho lampiño del rey. "A esta frontera pertenezco ahora. Y, por lo que he visto de vos esta noche pasada, estoy convencido de que me necesitáis. ¿Me equivoco?"
    "Déjame, Bedevere." Arthor escupió la mascada corteza con un rictus de disgusto. "No soy rey digno de ninguna atención, sino de la ira de Dios."
    Bedevere sonrió tenuemente. "Os atormentáis a vos mismo por una indiscreción que cometisteis antes de saber que erais rey."
    Arthor detuvo la mano de Bedevere. "¿Sabes lo de Morgeu?"
    "No. Pero algo sé de las hambres del corazón." Bedevere se libró la mano y siguió bañando al rey. "Dejad el pasado decididamente atrás, joven rey. La esperanza de nuestro pueblo depende de lo que hagáis ahora."
    "No sabes de lo que hablas." Arthor le arrojó una mirada iracunda. "¡He engendrado una criatura incestuosamente!"
    Bedevere se encogió de hombros y se sirvió de un hirsuto cepillo para peinar el cabello rebelde de Arthor. "Eso es algo terrible. Pero no lo hicisteis con conocimiento de causa."
    "¿Cómo lo sabes?"
    "Conozco a los hombres." Bedevere desdobló una fresca camisa blanca ribeteada de púrpura. "Sois joven, y sois así apasionado. Pero vuestras manos son fuertes y están encallecidas por las marcas del que ha blandido la espada. Sin embargo, no tenéis cicatrices. No sois un luchador torpe y desesperado, sino resuelto. Un hombre así no arriesga su vida por el Señor para después desafiar a Dios cometiendo incesto."
    Arthor impidió a Bedevere pasarle la camisa por la cabeza. "¿Qué es esta blusa delicada? Vestiré una túnica."
    "Parecéis ya bastante bruto." Bedevere tiró de los erizados cabellos de Arthor. "Tenéis demasiado corto el pelo. Un rey debe mandar brutos, pero no parecer un bruto también."
    "Yo no soy rey en mi corazón."
    "Lo sé." Bedevere lo miró bizqueante. "Erais el Martillo de Hierro de lord Kyner. Os entrenó para matar por él... y para morir por él. Pero ahora sois su rey. Ya no sois un martillo, Arthor, sino el que blande martillos. Debéis vestiros de forma que los demás os vean como el señor que Dios ha hecho de vos."
    Arthor permitió a Bedevere ponerle la camisa. "¿Crees que soy digno de ser rey, un hombre que ha engendrado un niño en su media hermana?"
    "Sólo Dios puede juzgarlo." Ayudó a Arthor a ponerse en pie y puso la corona de oro sobre la cabeza del muchacho. "Dios sin duda os considera digno, pues vos sois rey. El que a partir de ahora sigáis siendo digno a Sus ojos depende enteramente de vos."


    María Madre, siempre he pedido poder ser para ti el Hijo que perdiste. Te he rogado que me des la fuerza para defenderlo ahora que Él nos ha dejado solos en este mundo del demonio. El poder te he implorado para luchar por Él hasta que Él retorne. Pero nunca imaginé... oh, María Madre, nunca imaginé que sería rey. ¿Es esto bendición de Dios... o Su maldición? No tengo espíritu de jefe y mucho menos de alto rey. Reza por mí, María Madre. Reza para que Dios me otorgue la gracia de estar a la altura del poder que ha puesto en mis manos.


    Arthor y Morgeu


    En la sanguínea oscuridad de un bosquecillo de cedros, una mujer alta, de anchos hombros, vestida de regio escarlata, se abrazaba el vientre. Su ondulada cabellera roja llameaba alrededor de una faz redonda, pálido-luna, cuyos pequeños ojos negros miraban con soñadora malevolencia. "Ven ahora, hermano mío. He de hablar contigo."
    El rey Arthor despidió a Bedevere, sintiendo que debía estar solo con sus pensamientos. Con la espada en la mano, salió de Camelot por un pasillo de criados y emergió a la brillante luz del sol bajo una cortina de muralla que dominaba la hoz del río Amnis. La ciudadela lo separaba de las colinas esmeralda donde los festejantes aún cantaban y bailaban y nadie lo vio trepar por la senda herida de rodadas que los madereros usaban para traer troncos al terreno de construcción. Ni siquiera Merlín, absorto en mantener la paz entre los rivales celtas y britones, se dio cuenta de que su pupilo había desaparecido de pronto del festival.
    Morgeu halló al rey mientras éste caminaba con la cabeza dolorida y el corazón abrumado entre los cedros gigantes que los romanos plantaran en estos montes tres siglos atrás. "Hermano... por fin volvemos a encontrarnos."
    Arthor, asustado primero y alerta después, alzó la espada hacia la figura escarlata que se le aproximaba desde la inmensa foresta.
    "Baja esa espada, criatura." Morgeu hablaba con una voz imperiosa que los músculos de Arthor obedecieron antes incluso de que su mente pudiera responder. "¿O piensas lavar tu pecado de incesto con el pecado aun mayor de asesinato?"
    "¡Morgeu!" Arthor bajó a Excálibur y dio un paso hacia atrás, tambaleándose.
    "Cierra la boca antes de que un pájaro se te meta en ella." Una desdeñosa sonrisa le torcía las comisuras de su larga boca. "Te he llamado para que hagamos las paces."
    "¿Llamado?" Con los ojos entrecerrados, la mano de Arthor se tensó en la empuñadura de su espada. "¿Paz? Tú... ¡tú me engañaste! Me hiciste creer que eras otra cuando despertaste mis afectos."
    "Desperté algo más que tus afectos, Arthor. ¡Qué crío eres todavía! Y tú eres el rey." Morgeu rió gélidamente. "Sí. Te he llamado aquí. ¿Por qué te sorprendes tanto? ¿No sabes que tu hermana es una hechicera? Podría hacer surgir de este bosque un oso fiero que te arrancase las entrañas del vientre, si quisiera. Pero no quiero, porque te he traído aquí para hacer la paz. Sí, paz." Se puso las manos sobre el abdomen. "Al fin y al cabo, eres el padre de este niño en mis entrañas."
    Líneas profundas arrugaron la frente tersa. "En el nombre de todo lo que es santo, ¿por qué has hecho cosa tan monstruosa?"
    Otra carcajada destelló en ella. "No lo hice sola, hermano. Tu semilla lo ha hecho posible."
    "Involuntariamente dada."
    "Oh, pues parecías actuar con mucha voluntad aquella noche en la hierba bajo las estrellas." Alzó su redonda faz como en feliz remembranza. "Fue todo tan delicioso... y apasionado."
    "Creí que eras otra mujer."
    La sonrisa le resbaló del rostro. "Las apariencias no siempre son lo que semejan. Una valiosa primera lección para un rey." Se acercó más a él, con las motas oscuras de sus ojos fijadas firmemente en Arthor. "Entérate de esto, hermano mío: haré todo lo que esté en mi poder para sostenerte como monarca... hasta que nuestro hijo alcance la madurez. Entonces, tú te apartarás y será él quien reine. Ésta es la paz que te ofrezco."
    "¡Arthor!" La voz de Merlín retumbó entre los grandes árboles.
    Arthor miró alrededor en busca del mago; cuando tornó la vista hacia su hermana de nuevo, Morgeu la Fey había desaparecido.


    Merlín Roba un Alma


    Con el manteo de sus ropajes azul medianoche y su largo bordón castigando la tierra, Merlín llegó a grandes pasos a través de las sombras doradas de los cedros gigantes. "¡Arthor! Vuelve a Camelot... ¡ahora!"
    "Merlín..." Arthor se acercó apresuradamente al mago. "Morgeu me hizo venir. Ella..."
    "¡Silencio!" La mirada airada de Merlín parecía resplandecer bajo la sombra de las alas de su chapelo. "He percibido a la hechicera. Por eso estoy aquí. Ahora vuelve. Vuelve a Camelot enseguida y... por tu vida, no mires atrás."
    Arthor obedeció y corrió monte abajo; dejó atrás los árboles inmensos, tomó el camino de los madereros y retornó a la fortaleza. No sólo no miró atrás, sino que rezó pidiendo perdón por su vergonzoso pecado con la esperanza de que Dios llamase al alma que su desencaminada pasión había sembrado en Morgeu.
    Ese era también el propósito de Merlín. Pero el mago no rezó. Alzó en lugar de ello su bordón, una astilla del Árbol Cósmico que le diera la pálida gente de los montes huecos tiempo atrás y, entonando un canto demónico, llamó al alma del hijo de Arthor.
    Un chillido desde más allá del muro de cedros señaló a Morgeu en su huida desvalida del mago. Instantes después, volando entre los árboles y los pilares de luz, llegó el alma, un minúsculo sol, más diminuta que una luciérnaga y arrastrando una estela de abejas como titilante cola de cometa. La lengua de fuego prendió en el extremo del bordón de Merlín y las abejas zumbaron en halo vibrante alrededor de él.
    "¡Lailokén!" Morgeu gritó el nombre demónico de Merlín... pero no le sirvió de nada. El mago no la temía y había estado aguardando sólo esta oportunidad para abortar la abominación que ella portaba. Una sombría, tensa sonrisa torneó sus labios, pero ni rastro de humor asomó en sus largos ojos plateados cuando marchó por la ladera de los cedros gigantes abajo en compañía de las abejas.
    Morgeu trastabilló al emerger de su escondite en un receso entre grandes raíces y se apretó el vientre. No se atrevió a correr. No se atrevió a usar sus sortilegios. Necesitaba toda su fuerza para retener lo que quedaba de su hijo en su interior, la pequeña espira de arcilla mortal, casi sin vida ahora en sus entrañas. Se tumbó en el suelo esponjoso del bosque retorcida de dolor, con los dientes rechinándole y gotas de sudor titilando en el rostro contraído.
    Merlín aminoró el paso. No quería que Morgeu abortase de inmediato. Si lo hacía, él perdería una oportunidad magnífica para controlarla. No ahogaría esta alma ni la lanzaría libre a los cielos hasta que hubiese logrado de Morgeu toda la cooperación que pudiera arrancarle mediante esta chispa de vida.
    Vio a Arthor trotar al pie del monte con la espada en mano. El enano Dagonet y su mono aparecieron como aduendadas figuras bajo la muralla de la masiva fortaleza, haciendo señas al rey para que se les uniese y retornase a las festividades. Merlín movió su bastón en vasto arco y apuntó con él al pícaro y a su bestia.
    El alma salió disparada del bosque por la ladera herbosa abajo, seguida por la vibrante estela de abejas. Al instante siguiente, en cuanto la mota de fuego anímico le golpeó el rostro plateado entre sus largos ojos líquidos y desapareció en su cráneo, el mono saltó del hombro de Dagonet con un chillido ultrajado. Las abejas zumbaron airadas, hambrientas de la dulzura del alma que ya no podían hallar, y el enano agarró al mono en sus brazos y huyó aullando con él hacia los pastos de los celebrantes.


    María Madre, estoy avergonzado al arrodillarme aquí ante ti, yo, que he cometido incesto con mi hermana. No sabía yo que la concupiscencia me pondría en manos de Morgeu... pero conocía la lascivia. Me entregué a mi hambre carnal. Me entregué y quien me tomó fue una hechicera que sirve al diablo. Sin embargo, yo sé... sé que tu Hijo quiere que la perdone. Murió para enseñárnoslo. Pero ¿cómo puedo perdonarme a mí mismo?


    Fin del Festival


    Los elefantes devoraron los montones de vegetales por cocinar en las tiendas de aprovisionamiento; luego, en busca de más alimentos, pisotearon los huertos de los que se aprovechaban los obreros. Los cocineros y panaderos, que Merlín reclutara en Cold Kitchen para el festival, retornaron al villorrio en protesta. Puesto que todos los barriles de hidromiel estaban secos y sólo quedaban unas pocas ánforas de vino, Merlín decidió detener las celebraciones varios días antes de lo previsto. Además, los señores de la guerra y jefes estaban ansiosos de retornar a sus reinos y anunciar la pretensión de Arthor al trono de alto rey.
    Arthor mismo había desaparecido entre las numerosas cámaras inacabadas de Camelot. Aturdido desde su confrontación con Morgeu, tenía poca fe en sí mismo como rey. Toda su vida se había considerado despreciable, una criatura nacida de la violencia y el dolor. Ahora, sabía, toda su existencia anterior era una mentira. Había nacido, en efecto, de noble linaje. Y sin embargo...
    El ojo de una tempestad lo observaba fijamente desde sus propias honduras. Con serena certeza, sabía que la venganza de Dios haría llover infortunio sobre él por su falta horrenda. El hecho de ser padre de una criatura poluta le entumecía la mente y el cuerpo de desesperación. Una tormenta espantosa se avecina, auguraba aterrorizado. Una tormenta espantosa... a menos... a menos que esta calma que siento no sea el ojo vigilante de Dios, sino Su ausencia.
    Desde la ventana de una buhardilla, donde paleta y escoplo aguardaban el retorno del artesano, contemplaba Arthor las grandes expansiones de azul entre las montañas romas. ¿Había realmente un Dios paternal en los cielos, tal como aprendiera en las rodillas de Kyner? ¿O era el universo el campo de batalla de los dioses, tal como presenciara en los huecos montes? ¿Qué de su amada María, Madre de Dios? ;Qué del Salvador que prometiera redención para este mundo caído? ¿Era todo esto tan falaz como su propio pasado? Y la verdad ¿era tan horrible como el hecho de su primogénito aposentado en el vientre de su hermana enloquecida?
    "¡Ahí eztáiz, zide!" Dagonet irrumpió anadeando airadamente en la buhardilla cubierta de serrín. "¡El condegnuado mago me ha dobado au Uodd Mono! ¡No uo aguanto! ¡Tomadé a mi ceñod enceguida y dejadé vueztdo cedvicio de inmediato!"
    "¡Enano, vete!" Arthor golpeó con el puño la piedra del alféizar de la ventana. "Necesito estar solo."
    "¡Y yo nececito a mi amo!", protestó Dagonet. "¡Nececito a Uodd Mono! ¡Oddenad a Meduín que me uo detodne de inmediato!"
    Arthor se volvió de la ventana y dirigió una ceñuda mirada al pequeño hombre.
    "¿Hay uagdimaz en vueztdoz ojoz?" Con un mirar sesgado, Dagonet ladeó la cabeza. "¡Eztáiz yuodando, zide! ¡¿Pod qué?! En ezte vueztdo pdimed guodiozo día como dey, ¿cómo podéiz lluodad?"
    "No lloro."
    "¡Ah! Pod zupezdto que no, un dey no yuoda." Dagonet saltó hacia atrás y cayó haciendo la vertical. Caminó alrededor sobre sus manos hasta que quedó mirando al rey cabeza abajo. "Eztaba midando eu mundo audevéz. ¡Ahoda veo cuado! Eztáiz diendo. ¡Uágdimaz de diza! ¡Wah-ha-ha-ha-¡ ¡Zoiz dey! ¡A vueztdaz oddenez, uágdimaz ze vueuven diza, vida ze todna muedte! ¡Zoiz ua uey!"
    "Sí." Arthor se enderezó. "Soy la ley." Se llevó una mano tentativa a la corona de oro en la cabeza. "Si alguien la ha infringido, puedo castigarlo. Puedo hacer que se conozca el crimen. Puedo confesar a todos el pecado y librarme de él." Una expresión sombría dio edad al rostro del muchacho. "Vamos, Dagonet. Recuperemos lo que es nuestro."


    La Autoridad del Rey


    "Tráeme a Arthor", pidió Merlín a Bedevere. El hombre añoso dio una cereza al mono encaramado a su hombro bajo el ala ancha del sombrero, y bestia y mago miraron expectantes al mayordomo.
    Bedevere estaba sentado sobre un taburete de carpintero en el patio abierto de la fortaleza, tallando un caballo en un bloque de madera que había fijado en un torno. Al aproximarse el mago, se levantó. "Mi señor Merlín, el rey no puede ser molestado. Necesita tiempo solo."
    Merlín tomó la esbelta figurilla del torno y la giró en sus ágiles dedos largos, moviendo la cabeza apreciativamente. "Tienes buen ojo, Bedevere. Sin duda has calibrado las necesidades de nuestro señor con exactitud, pero las razones de estado no son tan pacientes como este pedazo de madera. Llámalo de inmediato." El mono escupió el hueso de la cereza como para dar énfasis a la orden del mago.
    "Mi señor, no ha tenido tiempo de estar a solas consigo mismo desde que el destino ha puesto carga tan grande sobre sus hombros", protestó Bedevere. "A pesar de toda su experiencia bélica, no es más que un muchacho. Dadle algún tiempo para..."
    "Gracias, Bedevere", anunció Arthor mientras descendía por una escalera de piedra en la muralla, con la espada en la mano y Dagonet trotando tras él. "He tenido tiempo suficiente para poner mis pensamientos en orden." Se agachó bajo un bloque y una polea y marchó directamente hacia el mago. "Devuelve el mono a Dagonet."
    "Señor, tengo razones para no soltar esta bestia", empezó a explicar Merlín, pero el ceño del rey le hizo cesar.
    "¿Soy o no tu soberano?", interrogó Arthor. "Obedéceme, Merlín, o acaba con esta farsa ridícula."
    "¡Cí!", entonó imperiosamente el enano. "¡Obedece a tu dey y detódname a mi amo!"
    "No es ninguna farsa, mi señor." Con un movimiento de la cabeza, Merlín envió con un salto al mono de su hombro al del enano. "Pero debes aprender a confiar en mí. Oportunas razones informan todo lo que hago."
    "Bien que confío en ti, Merlín." Arthor posó una amistosa mano en el antebrazo del mago y notó su huesoso acero. "Me salvaste la vida en los montes huecos... y no dudo de que es tu mano la que me ha hecho rey. Y, sin embargo, si soy de verdad el rey legítimo, entonces mi palabra es ley. ¿No es así?"
    "Para usarla juiciosamente, sire. Juiciosamente." Merlín señaló con un gesto el alto y abierto portal del patio. "Los festejos han terminado. Debes revistar a los señores y sus compañías mientras parten."
    "¡Uodd Mono no eztá bien!", gritó Dagonet. ";Qué zodtiuegio haz addojado a mi ceñod, pedvedzo mago?"
    "La bestia está asustada aún por el ataque de las abejas de esta mañana", mintió Merlín. En realidad, el alma del hijo de Morgeu que él había instalado en la bestia miraba desamparada desde los ojos oscuros del mono. "Silencia tus quejas, enano, y deja que atendamos las apremiantes necesidades de estado."


    Adiós, Camelot


    Frío como el rostro esculpido en una ebúrnea pieza de ajedrez, el rey Arthor ocupaba su trono de cedro. A cada lado del palio púrpura que lo cubría, había un elefante engalanado de plumas y cadenas de flores. El retablo impresionaba a las tropas reunidas, tanto celtas como británicas, que formaron militarmente para desfilar por los campos ante la ciudadela.
    "¡Un año!", gritó Merlín a la masiva congregación. "¡Dentro de un año a partir de este día, vuestro rey volverá a sentarse aquí ante vosotros! Si para entonces no ha conseguido el vasallaje que se le niega hoy, descenderá del trono." El mago miró al rey y se hizo a un lado.
    Arthor habló sin levantarse, la voz grande de pura determinación. "Soy un rey cristiano. Obedeceré las enseñanzas de nuestro Salvador y gobernaré, así, sirviendo. En las estaciones del año ante nosotros, recorreré los dominios de mi reino. Trataré de ganarme las promesas de lealtad que necesito para serviros como rey. Dentro de un año a partir de hoy, me sentaré aquí de nuevo, tal como Merlín ha anunciado. Tenéis mi palabra de que, a menos que reciba homenaje de cada jefe y señor de la guerra, me retiraré."
    Arthor pretendía anunciar a la asamblea la mendaz seducción de que le hiciera objeto Morgeu y su inmundo desenlace, y su lúgubre propósito le confería un aspecto sombrío que lo hacía parecer mayor de sus años. Merlín leyó su determinación acertadamente y desde detrás del trono arrojó un encantamiento calmífero. Tras ofrecer su promesa de servir el muchacho quedó en silencio y casi inmóvil.
    Desdeñoso ante el voto del joven monarca, Severus Syrax desafió abiertamente al nuevo rey llevándose a sus soldados y cortejo del lugar de revista. Cabalgó con su enturbantada cabeza apartada del trono, sin molestarse en hacer entonar a sus cornetas una fanfarria de despedida o en que sus portaestandartes inclinasen la bandera de Londinium al dejar el campo.
    El pequeño gigante, Bors Bona, condujo su enorme caballo de guerra directamente ante el trono, portando en la mano el yelmo con máscara de Medusa. Su rostro de jabalí, con su barba hirsuta y gris de pocos días, su frente torva y su nariz achatada, se inclinó secamente ante el rey, pero tampoco él hizo bajar la bandera ni entonar un saludo. Sus legiones blindadas pasaron solemnes sin mirar siquiera al joven rey, en una exhibición de fuerza con la que el señor de la guerra buscaba no tanto honrar como intimidar.
    El siguiente fue Marcus Dumnoni, rubio y de hombros anchos como un sajón. Volvió su corcel blanco para encarar al rey y alzó con un brazo el Chi-Ro emblemático de las hordas cristianas, como demostración ante los celtas paganos de que este rey compartía la fe de los británicos. Sin embargo, no bajó la bandera ni ordenó a sus caballeros e infantes en sus cotas de malla y yelmos de bronce que se tornaran a saludar.
    Urien, con su larga cabellera blonda como la sal atada en un moño como para entrar en batalla, pasó ante el rey en un carro flanqueado de escudos que exhibían intrincados símbolos celtas. Desdeñoso de los cristianos, se negó siquiera a mirar al rey, aunque sus guerreros de pechos desnudos con sus espadas y égidas sujetas a la espalda, observaron al muchacho en el trono con franca reverencia. Sus familias se levantaron en los traqueteantes carros para señalar y reírse del rey-muchacho, que les devolvía una mirada desvalida.
    Después, Lot, el viejo jefe de las Islas Septentrionales, se aproximó a la regia tribuna con sus dos jóvenes vástagos, Gawain y Gareth, vestidos con atavíos célticos de batalla. Torces de oro lucían en el cuello y cinturones de cuero rojo de los que pendían las espadas y que aseguraban sus braccae, o pantalones de cuero curtido. "Rey Arthor, los señores de la guerra de tu propia fe no te han mostrado ningún respeto", declaró el jefe añoso. "Mi hermano en armas, lord Urien, tampoco te aprueba porque adoras al dios crucificado. Pero yo depondré tal enemistad, si me recibes a mí y a mis hijos en audiencia privada."


    La Advertencia de Lot


    El encantamiento de Merlín mantuvo al rey Arthor casi inmóvil en su trono hasta que el mago se inclinó hacia él y le susurró al oído: "Lo que ahora respondas a este jefe del viejo orden determinará la suerte del nuevo. Hazme caso, Arthor. Yo te salvé de la ira del Furor en los huecos montes. Confíame tu destino ahora otra vez. Si has de sobrevivir como rey, si amas a nuestro Salvador y su esperanza para el reino de estas islas, no digas ni una sola palabra a este veterano guerrero de tu adulterio con su mujer."
    El mago retiró su sortilegio y Arthor se levantó del trono despacio, como liberado de cadenas ponderosas. "Lord Lot..." Parpadeó ante la arcaica figura frente a él, vestida con pantalones de gamuza y botas, y el pecho desnudo menos por la correa cruzada que le sujetaba el arma a la espada musculosa. Los muchachos de rubias y largas cabelleras ataviados de guerreros estaban alerta a su lado, con sus rostros infantiles ansiosos de ver cómo recibiría a su padre este insólito monarca.
    Tras ellos, se apiñaba el clan de Lot, guerreros, mujeres y niños que querían oír cada palabra dicha a su señor por este rey muchachil de una fe extraña. Y más allá de ellos aun, Kyner y Cei y sus carros de celtas cristianos —la única familia que Arthor conociera jamás— esperaba pacientemente el turno de honrar a su hijo nativo.
    "Lord Lot...".repitió ahora Arthor con mayor firmeza, "marido de mi hermana, hablaremos como hermanos, no importan las diferencias."
    Merlín respiró audiblemente aliviado y recibió con ambas manos a Excálibur del rey. "Recuerda", le susurró al oído, "ni una palabra. Ni una palabra o todo estará perdido."
    Arthor asintió lúgubremente con la cabeza y dejó la tribuna para situarse al lado de Lot. El clan de Lot admiró el gesto elegante del joven rey. Arthor le ofreció el brazo derecho y el jefe celta lo tomó para acercarse al joven. "Apartémonos del demonio Lailokén y hablemos en privado."
    Caminaron con brazos entrelazados, a través de la boquiabierta multitud de los celtas, hacia las torres elefantiásicas de Camelot, con Gareth y Gawain tras sus pasos. Donde la asamblea no podía oírlos, Lot dijo: "He oído que eras cruel desde niño, un hijo terrible, un oso fiero de crío. Estos tres años pasados dirigiste esa crueldad hacia el campo de batalla, contra los sajones, donde fuiste el Martillo de Hierro de Kyner. No obstante, Morgeu me dice que has cambiado... que has cambiado del todo desde tu tránsito por los montes huecos."
    "He cambiado", reconoció Arthor. "Los montes huecos me han hecho humilde y ahora... esta revelación de mi origen noble."
    "¿Has cambiado lo bastante como para admitir que tu dios crucificado no es un dios de estas islas?", preguntó Lot pausando en la enorme vía de pizarra que penetraba en Camelot. "Porque te lo advierto, joven Arthor: a menos que abraces la fe de los dioses de nuestro pueblo jamás gobernarás este reino."


    Una Camisa de Fuego


    El corazón le batía al rey Arthor el pecho, ofendido de que este pagano se atreviese a desafiar la fe que le había preservado la cordura en los montes huecos. "Hermano...", empezó tensamente, pero las palabras no le obedecían. Sólo airados pensamientos cortejaban su voz.
    De los portales de Camelot, emergió un Señor del Fuego. Sólo el más joven, Gareth, vio a la radiante entidad, que le pareció un hombre increíblemente alto con cabellera de humo solar y ojos ígneos como estrellas. El muchacho señaló al hombre luminoso y, llamando al ente por su nombre céltico, gritó: "¡Mirad! ¡Ha venido un señor de los Annwn!"
    El Señor del Fuego puso una mano en el pecho a Arthor, y lo invadió una sensación de paz como el azul suave del jacinto.
    Lot y su hijo mayor, Gawain, vieron el brillante contacto como una repentina y frenética profusión de luz, como si Arthor vistiese una camisa de fuego. Luego, las llamas místicas se desvanecieron y la luz ordinaria del estío cintiló en la corona del rey y la urdimbre de su camisa blanca.
    "¡El demonio ha puesto un encantamiento en él!", exclamó Lot atemorizado.
    "¡No, padre! Yo vi a un señor de los Annwn venir a él desde la fortaleza", insistió Gareth. "El radiante señor le puso la mano en el pecho. No era un demonio."
    Arthor retrocedió, perplejo ante las miradas asustadas de los tres celtas. "Hermano... sobrinos... mi corazón no os esconde ningún mal. Ningún demonio me posee. Esto os lo juro por todo lo que es santo."
    "Estás tocado por el fuego sagrado de los Annwn", dijo Lot sombríamente, observando a sus hijos, que miraban al rey con bocas y ojos abiertos de sobrecogimiento. "Como tu madre, pues, has sido bendecido por los invisibles. Pero mi advertencia es pertinente aún, Arthor. Por ser el medio hermano de mi mujer y el hijo de mi antigua reina, estaré a tu lado en esta lucha. Pero no puedo hablar por los clanes del norte. Aunque soy su jefe, son celtas y todos ellos hombres libres. Tendrás que conquistar su alianza por ti mismo... y no los hallarás inclinados a honrar un rey tan joven que adora al dios del desierto de un pueblo extraño."
    "Yo respeto a vuestros dioses", dijo Arthor suavemente, sereno ahora el corazón como el interior de un capullo. "He visto a la pálida gente y al furioso dios del norte. Y ello me ha humillado. Pero esas entidades son criaturas tangibles, seres creados. Dios es más grande... porque es increado, porque no ha sido formado, el Santo de los Santos, que todo lo creó, las estrellas, el firmamento, las criaturas todas, todos los pueblos y todos los dioses. Este Dios único y todopoderoso envió a Su Hijo a este mundo fiero para enseñarnos que el amor es más poderoso que la espada. Y por ese amor, yo gobernaré estas islas y derrotaré a nuestros enemigos."
    "Yo creo en él, padre", susurró Gareth.
    "¡Bah!" Lot torció el gesto. "Ahórrate tus prédicas, Arthor. He oído todo esto ya de los sacerdotes errantes del dios crucificado y no creo una sola palabra. Y, si pensaras por un momento, tampoco lo creerías tú. ¿Cuándo ha derrotado el amor a la espada? Ninguna batalla se ha ganado por amor... ¿y qué reino... en dónde... se mantiene sino por la espada? Tú, el Martillo de Hierro de Kyner... tú sabes que es verdad."
    Arthor aceptó estas palabras con apesadumbrada expresión, después inquirió: "¿Qué de Morgeu? ¿Qué esperanza tiene ella de mí como rey?"
    "Tu media hermana yace enferma mientras hablamos", dijo Lot con una voz que tensaba la preocupación. "Le advertí que no viniera al festival. Ella y el demonio Lailokén han sido enemigos mortales desde que éste maldijera a su padre Gorlois y le causase la muerte en el campo de batalla ante Londinium. Temo que el demonio actúe contra ella."


    El Mago y la Hechicera


    Mientras el rey conversaba con Lot, Merlín dejó la tribuna y marchó rápidamente a la caravana del señor de las Islas Septentrionales. El mago se abrió camino entre los bloques de construcción, los montones de piedra de la cantera y las pilas de maderos, de forma que nadie observase su progreso inmediato. Cuando localizó la carreta entoldada que buscaba, durmió con un ensalmo a los guardias celtas que la protegían y abrió la cortina posterior exponiendo a Morgeu la Fey en su lecho de enferma.
    "Lailokén...", gimió la hechicera, demasiado débil para gritar.
    "Cálmate, Morgeu." Merlín habló con voz calmosa al entrar en la carreta y cerrar la cubierta tras él. "No he venido a dañar, sino a curar."
    Con los ojos pequeños y oscuros abiertos de pavor, ella trató de echarlo con un gesto.
    "He tomado el alma de tu hijo", le recordó Merlín con una voz casi amable. "Pero no quiero llevarme tu alma también. He venido a asegurarme de que vivas." La tocó con el extremo de su báculo y fuerza vital nutrió su cuerpo exhausto fluyendo dulcemente hacia él. "Tranquilízate y pronto volverás a estar sana."
    "¿Por qué?", jadeó ella.. "¿Por qué me haces vivir?"
    "Ya lo sabes, Morgeu." Apartó el bordón y posó una mano fría en la frente ardiente de la mujer. "Ahora soy el servidor del rey como una vez lo fui de tu madre. Arthor necesita tu ayuda."
    "Mi niño", murmujeó ella. "Devuélveme el alma de mi hijo"
    "Eso no puede ser, Morgeu." Merlín movió la cabeza severamente. "No ha de haber un hijo de incesto que sea la maldición del reinado de nuestro monarca."
    Morgeu se esforzó por incorporarse sobre los codos. "¿Has asesinado a mi hijo?"
    "Soy el hijo de santa Óptima", replicó Merlín adusto. "No asesino criaturas nonatas. Pero tampoco permitiré que este fruto de incesto entre en el mundo."
    "¿Qué vas a hacer?"
    "El alma volverá al lugar de donde vino." El mago golpeó con su bastón el suelo de la carreta. "A los montes huecos, a retozar en las Dichosas Forestas con el resto de las almas celtas."
    Morgeu se hundió hacia atrás y permaneció con la mirada fija y febril en el techo de lona pintado con gaélicas abstracciones. "Me condenas a parir un niño muerto. Lo mismo podrías ahogar el alma y matar a esta criatura ahora mismo."
    "Ya te lo he dicho, no asesino niños, ni nacidos ni por nacer." Merlín retrocedió. "Te he dado fuerza bastante para vivir. Lo que hagas con esa cosa sin alma que portas es asunto tuyo. Apto castigo para una adúltera incestuosa."
    "¡Lailokén!", chilló Morgeu desesperada. "¡Mátame ahora! Si no lo haces, sufre mi venganza."
    "No creo que lo haga." Merlín descendió de la carreta. "Ninguna otra alma encajará en el ropaje de carne que estás urdiendo en tu matriz. Y en cuanto a atacarme a mí o a los míos... recuerda, Morgeu, yo fui demonio una vez. No es fácil que subestime el mal."



    Los Montes Huecos


    Lord Mono saltó del hombro de Dagonet, que se hallaba en la tribuna contemplando a los jefes celtas, Lot y Kyner, discutir el orden de marcha para sus caravanas combinadas, y corrió precipitado por las vastas laderas de los campos de juego hacia los montes boscosos.
    "¡Amo!", lo llamó alarmado Dagonet y brincó de la plataforma. Corrió con todas sus fuerzas a través de la campiña, con su rojo cabello aborregado desovillándose tras él. Allá delante percibió la adusta y oscura figura de Merlín bajo el muro del bosque. El mago se inclinó y el precipitado simio le saltó a la espalda. "¡Ho! ¡Audto! Devuéuveme mi mono! ¡Audto!"
    Para cuando el enano alcanzó el linde del bosque, Merlín y Lord Mono habían desaparecido. En el titilar de la luz entre las ramas, Dagonet no halló rastro de su camino y, pateando el suelo, exclamó: "¡Amo, vueuve!"
    Pero Merlín y el mono estaban lejos ya de los sonidos de este mundo. Habían huido por las avenidas del bosque que salían de la Tierra Media y descendían entre las raíces del Árbol del Mundo, el Árbol de la Tormenta, el Árbol Cósmico que las tribus del norte llaman Yggdrasil. En este reino, el mundo superior no parecía sino un lento crepúsculo, una montaña de humo que crecía del púrpura a un apagado escarlata.
    Estrellas fugaces señalaban el camino a través de las distancias nocturnas. faerïes eran, diminutos cuerpos aluciernagados con camisones de niebla y húmedos halos, que revoloteaban como polillas luminosas guiando a Merlín a profundidades cada vez mayores de la incandescente tiniebla.
    En la penumbra, el rostro de Lord Mono cambió y asumió el aspecto del alma que portaba. El mago reconoció de inmediato los ojos caprinos y los carrillos de bulldog del propio padre de Morgeu, el desaparecido duque de la Costa Sajona, Gorlois, al que Uther Pendragón condujera a la muerte.
    "¿Dónde me llevas, demonio?" El indignado duque miró a Merlín desde debajo de hirsutas cejas simias. "¿Qué hago aquí contigo?"
    "Debería haberlo supuesto", dijo Merlín con audible sorpresa. "Sin duda tenías que ser tú el alma que Morgeu evocase del inframundo. ¡Ja! Qué dulce venganza habría degustado poniéndote a ti en el trono de Britania."
    "¿Qué desvaríos son esos, viejo idiota?" El mono con el aspecto astral del duque contempló furioso las sombras crepusculares alrededor. "¿Dónde estamos?"
    "De camino al infierno, Gorlois."
    El mono trató de saltar de la espalda de Merlín, pero el mago lo cazó por el pescuezo. "No tienes ninguna necesidad de huir en este lugar salvaje, te lo aseguro."
    "¿Qué maldad es ésta?", se quejó Gorlois. "¿A qué sortilegio me has sometido? ¿Dónde está mi caballo? ¿Qué ha sido de mis hombres? ¡Suéltame, demonio! Estoy en medio de una batalla por Londinium."
    "Oh, esa batalla terminó hace años, Gorlois." Merlín sujetó el mono ante él y le sonrió con la mitad de su boca. "¿No te acuerdas? Esa fue la batalla en que encontraste la muerte."


    María Madre, al norte debo ir para probarme digno del título que Dios me ha concedido por derecho de nacimiento y la magia de Merlín. Te rezo ahora pidiéndote comprensión, sabiduría, para que pueda entender el consejo de este mago que has puesto junto a mí. No me cabe duda de que es tu siervo, como yo lo soy, porque él, que fue en tiempos un demonio, se hizo Hombre por la intercesión del Espíritu Santo y una buena mujer, Santa Óptima. Ayúdame a confiar en él, María, pues lo temo. Resulta tan... terrible, con ese cráneo largo, ese rostro de ángulos afilados y esos ojos como pozos de plata hondos. No parece cabal. Y sin embargo, sé que sin él yo no sería rey.
    EL Furor


    Morgeu salió como pudo del carro y halló a sus guardias dormidos, con mariposas revoloteando alrededor de sus cabezas. La fuerza vital que Merlín le infundiera bastaba para permitirle caminar. Sirviéndose de esa fuerza, pasó por encima de los soldados durmientes y se escabulló entre las carretas de la caravana hasta el linde del campamento. El bosque empezaba allí y, a sus gritos y cantos, surgieron sapos de los arbustos para señalar los pasos del mago en su huida a través de los árboles.
    La hechicera no tenía fuerzas para perseguirlo y se arrodilló en un espacio del bosque que encenagaba la oscuridad para llamar al dios que más odiaba a Lailokén: "¡Furor!"
    El umbroso mundo de las cosas se entenebreció. El polvo solar que se filtraba a través de las hojas del bosque voló empujado por un viento penumbroso y el paso del dios ciclópeo retumbó por los cielos como el trueno.
    "¡Ven a mí!", llamó ella, aun sabiendo que el Furor no descendería a su capricho, no a este oscuro mundo tan lejos de la gloria de su morada entre las luces del norte. "Lailokén me ha robado del seno el alma de mi padre. Dame fuerza para maridar a la tuya mi voluntad. Dame fuerza para herir a aquellos que Lailokén ama..."
    Frías agujas de lluvia atravesaron el bosque. Vista a través de las estrechas ventanas forestales, la página del horizonte tremoló deslizándose a la noche, aunque el día estaba solo mediado. El relámpago recorrió los cielos hollinosos.
    "Furor, hazme fuerte", continuó entonando Morgeu, mientras se le oscurecía el ondulado pelo rojo bajo la lluvia y a la frente se le pegaba como sangre coagulada. "Úsame para fustigar al pueblo que guarda de ti estas islas occidentales. ¡Úsame para tu ceremonia de muerte!"
    La tamizada lluvia la empapó de energía. Las hojas del bosque temblaron bajo el aguacero de fuerza que descendía del dios del norte hasta su cuerpo frágil. Pronto estuvo en pie y danzando de exultación, colmada del poder del cielo.
    Sus guardias, despiertos por la lluvia repentina, la hallaron brincando y gritando insanamente. Hicieron falta tres de ellos para someterla, sacarla del bosque y llevarla de nuevo a la caravana. Temerosos de que Lot se enterase de su lapsus, llamaron a las doncellas de Morgeu para que le quitasen los húmedos ropajes mientras ellos encendían un fuego intenso.
    Cuando Lot llegó a visitarla, ella estaba seca ya y sentada en el carro, con una sonrisa extraña en los labios. "Marido, deja este lugar maldito. Guía a tu gente al norte, de vuelta a casa."
    "Eso es lo que voy a hacer", respondió Lot. "He venido a decirte que tu medio hermano y esos celtas cristianos del clan de Kyner a los que llama parientes viajarán con nosotros."
    Ella asintió ávidamente. "¡Bien, bien!"
    "¿Bien?" Lot parecía sorprendido. "Creí que protestarías contra cualquier alianza con Arthor y su gente."
    La sonrisa extraña de Morgeu se hizo más y más honda. "¿Por qué ríe la corriente, marido?" No esperó a oírle dar voz a su perplejidad. "Porque conoce el camino a casa, sabe llegar al mar."


    Jinetes de Tormenta


    Morgeu no dijo más. Sabía que su plegaria, como el río que encuentra su camino al mar, había alcanzado el mundo superior y había sido escuchada por el furente dios de un ojo. Podía sentir su poder en sí misma. En el viaje al norte, se serviría de esta fuerza mágica para hacer pagar caro a Lailokén el robo del alma de su padre.
    Las lluvias comenzaron gentiles y no impidieron la partida de la caravana de Camelot. Aunque Merlín no aparecía, Arthor sabía lo que tenía que hacer. No necesitaba al mago para instruirle en las necesidades de la guerra. Si tenía que servir a Britania como rey, no le quedaba más remedio que asegurar el norte, la única dirección desde la que los enemigos podían atacar por tierra.
    Lot, jefe del norte, abrió camino; Kyner y sus celtas cristianos siguieron, y el rey cabalgó en medio con su elaborado cortejo de elefantes y carros carnavalescos. Las lluvias estivales eran refrescantes al principio. Pero ya al segundo día las vías romanas, viejas y mal conservadas, empezaron a enfangarse y el avance se hizo lento.
    Ésta era la oportunidad que Morgeu había esperado. Sin dejar su carreta invocó el golpe del Furor... y desde los bosques que la niebla impregnaba atacaron sus esbirros. Una horda juta descendió aullando y blandiendo hachas de combate, masacrando a los cristianos en la cola de la larga procesión.
    Los soldados a caballo de Kyner rechazaron el asalto con dificultad, pues los jutos avanzaban con el frente de la tormenta.
    Los relámpagos y la lluvia desorientaban a los brutos, y los atacantes los hachaban con sus armas. Los jinetes caían bajo las hojas destellantes y el trueno ahogaba sus gritos. Muchos bárbaros de la horda fiera se escurrieron entre los defensores celtas para asaltar los carros y los gritos de las mujeres y los niños se unieron a los chillidos aterrorizados de los caballos.
    Arthor cargó a través de los velos de lluvia, con Excálibur arremolinada en la mano, dispuesto a proteger a las gentes de su clan. Pero, cuando logró alcanzar el lugar del ataque y ver a los brutos eviscerados, sus entrañas satinadas bajo el aguacero, las carretas volcadas y los cuerpos esparcidos de los cristianos desarmados, los jutos se habían ido ya. Vislumbró sus sombras vanecientes en el humo pluvial del bosque y se precipitó tras ellos.
    Kyner, Cei y Bedevere lo siguieron y hallaron a su rey avanzando penosamente a través de una densa y empapada maleza, gritando maldiciones a los jutos. Ningún signo del enemigo quedaba en el bosque oscuro y Arthor retornó con los demás a enterrar a los muertos.
    "Mala suerte", concedió Kyner tras los servicios fúnebres. Pero al día siguiente, mientras las lluvias continuaban, otro ataque sobrevino. De nuevo, guiados por el mágico vínculo de Morgeu con el Furor, cayeron los jutos aprovechando la breve oportunidad que les brindaba el reemplazo de los exploradores celtas a caballo. De esta forma, los jutos eludieron las patrullas de reconocimiento. Como por un azar, la lluvia se adensó con su avance y ellos descendieron del bosque en lo más compacto de la tormenta.
    En medio de un tumulto de truenos y relámpagos que descorazonaban a las monturas de los defensores, los jutos hacharon a los bridones y las mulas de tiro por igual. Los carros se tambalearon y volcaron, y los jinetes de la tormenta berserkers se lanzaron sobre las familias caídas, descabezando a niños y adultos y acuchillando cualquier cosa que se moviese en el fango.


    Alguien Conoce la Verdad


    Dagonet vagaba desvalido por el bosque del eterno crepúsculo, gritando: "¡Ceñod! ¡Vouved!" Sus chillidos se desvanecían sin eco, huyendo de él a través de los árboles hacia el fondo del cielo, por donde reptaba un río de fuego.
    Merlín oía la desesperación de Dagonet, pero no hacía ningún esfuerzo de volver por él. Su misión en el inframundo era más importante que la cordura en peligro de un enano. El mago sujetaba a Lord Mono con firmeza en una mano, el bordón en la otra, y avanzaba obstinadamente hacia la noche incendiaria.
    El alma de Gorlois había caído en silencio, abatida al hallarse en el alma de un simio entre las sombras ilusorias y las llamas oníricas del submundo. Vagamente, empezaba a recordar su muerte y sabía que lo que le esperaba ofrecía pocas esperanzas de salvación.
    Delante, el horizonte tejido de llamas se elevó en un incandescente palacio de azules pilares bunsen y cúpulas como esferas de fuego. Merlín pausó para despojarse de su sombrero cónico en deferencia hacia el dios cornado que moraba allí, Alguien Conoce la Verdad. Murmujeó una breve plegaria a su madre, santa Óptima, y avanzó con zancadas audaces.
    "¡Majestad!", llamó y dobló una rodilla.
    Ea figura gigantesca de un hombre con cabeza de alce emergió de un llamífero muro del palacio. "¿Qué haces aquí otra vez, Lailokén?", preguntó una voz de oleaje retumbante. "Más he visto tu horrible cara cristiana que la de la mayor parte de mis devotos."
    "Majestad, he traído un alma para que dance al son del Flautista en la Dichosa Foresta." Merlín alzó el mono contorsionante.
    El rostro de alce se inclinó hacia él, lo olió y se apartó con un sonoro bufido de disgusto. "¡Ésta es un alma cristiana!"
    "No cualquier alma cristiana... sino Gorlois, el cruel romano que los druidas impusieron a tu sacerdotisa Ygrane..."
    "¡Ygrane ya no es mi sacerdotisa!" Alguien Sabe la Verdad dilató con rabia las narinas. "Ahora sirve al dios crucificado."
    "Cierto, pero un día te sirvió", dijo Merlín con toda la deferencia que pudo mostrar. "Y su hijo Arthor..."
    "No digas nada de Arthor." La frente del rey alce se arrugó airadamente. "Le di el alma de mi mejor guerrero, Cuchuláin. No haré nada más por él... ¡otro cristiano! Me enferman estos autoflagelantes hipócritas del amor que asesinan a todo aquel que rechaza su fe morbosa. ¡Son los mismos que se burlan de mis cuernos y pezuñas y me tildan de diablo!"
    "¡Señor! No pretendo ofenderte..."
    "¡Vete entonces!", gritó el dios antiguo y el estallido de su voz hizo a Merlín caer hacia atrás en una ráfaga de cenizas, mientras el palacio tallado como el fuego se disolvía en la tiniebla.


    María Madre, ¿dónde está Merlín? Es ahora cuando lo necesito para contrarrestar el mal de Morgeu. Estoy seguro de que es su magia la que guía al enemigo contra nosotros con tan letal precisión. Algo más que el azar actúa aquí y es la voluntad de esa pérfida mujer. Sentimientos asesinos tengo ahora hacia ella. Creí que podría perdonarla por servirse de mi concupiscencia contra mí. Pero ahora, aquellos que he jurado proteger mueren por causa de su magia. Devuélveme a Merlín para que su poder contenga la iniquidad de la hechicera. Devuélveme a Merlín o sé que recurriré a la espada. ¡Dios me perdone!


    Magia Rota


    Tras el tercer ataque de los jinetes de la tormenta, Kyner sospechó qué magia actuaba contra ellos. "¿Dónde está ese condenado Merlín cuando lo necesitamos?" El jefe alzó la máscara broncínea de su casco de cuero, revelando su ceño enfurecido, y amenazó con su sólido sable búlgaro al cielo, empedrado y gris. "¡Ese demonio nos ha abandonado!"
    El rey Arthor desmontó bajo la lluvia, entre los cuerpos esparcidos de los muertos. Conocía por su nombre a cada uno de los caídos, pues había crecido entre ellos en White Horn. "Los jutos saben exactamente cuándo atacar", murmuró levantándose la máscara aquilina de su yelmo y obligándose a contemplar los cuerpos rotos de los suyos, muertos bajo su protección. "Alguien entre nosotros se lo indica. Y sólo hay una persona aquí que tiene la magia para sincronizar estos asaltos con los embates de la tormenta."
    Bedevere aferró el brazo del rey cuando éste hizo gesto de sacar a Excálibur de su vaina improvisada de piel de ciervo y crin de caballo. "Detened vuestra mano, sire. "Alzó la visera de su emplumado yelmo para mejor contener al rey con su calma mirada azul. "Actuad juiciosamente."
    "¡Esa palabra otra vez!" El labio superior de Arthor se contrajo mostrando los incisivos. "Merlín la usó antes de silenciarme con un encantamiento en la reunión tras el festival. Si no hubiera sido por él, todos conocerían ahora la maldad de Morgeu..."
    "¡Callad, señor!" Bedevere se arrimó más al rey. "Nuestra alianza con Lot es incierta, tal y como están las cosas. Sed político. Sed un rey."
    "¡Nadie más de mi familia ha de morir por sus hechizos!", juró Arthor airado.
    "Muchos más morirían, si Lot nos abandona aquí. ¡Mirad alrededor!" Bedevere mostró con un arco de su brazo único un panorama mordaz de boscosos montes velados por la lluvia. "Estamos lejos de Camelot."
    "¿Qué he de hacer entonces, Bedevere?"
    "Sed un rey, mi señor." El mayordomo tomó el brazo de Arthor y se lo llevó para que Cei, que había reunido un grupo de soldados y sacerdotes, pudiera atender a los muertos. "Emplead vuestra inteligencia y vuestra fe. Si sospecháis de Morgeu, emplazad entonces su carro en medio de la columna de Kyner. Y rezad. Dios os ha escogido para que nos guiéis. Pedid Su ayuda y, sin duda, El os asistirá."
    El rey Arthor obró tal como su mayordomo le sugería haciendo caso omiso de las protestas de Lot y colocando a Morgeu en una carreta ordinaria entre las de Kyner. Ello no impidió el siguiente asalto, que de nuevo llegó bajo un rabiar de truenos y lóstregos salvajes. Pero esta vez, en lugar de cargar para defender la columna, Arthor alzó Excálibur con la empuñadura hacia el cielo, un símbolo de su fe, e imploró a Dios que le ayudase a romper la magia que guiaba a sus enemigos.
    Por primera vez en varios días, dagas de luz apuñalaron las nubes bajas. La horda de jutos, privada de su cobertura tempestuosa, se dispersó en desorden y Kyner y Cei dirigieron su caballería contra el enemigo en fuga, sin perdonar una vida.


    La Flor Cantora


    Dagonet halló a Merlín inconsciente en la horcadura de un árbol, con el sombrero torcido y el bordón hecho astillas. Lord Mono estaba despatarrado sobre él y el enano contuvo el aliento al ver a su amado animal desvaído y como sin vida. "¡Ceñod! ¡Oh, mi ceñod! ¿Qué ha cido de ti?" Libre del simio por el estallido de rabia de Alguien Conoce la Verdad, el alma de Gorlois, ebria de alegría con su estado desencarnado y la magia melodiosa del reino faerïe, se posó sobre un junquillo azafranado y, en su libertad, empezó a cantar:

    ¡Extraño estar en cualquier parte!
    Oh, extraño estar en cualquier parte
    cuando entendemos nuestras sombras
    toda nuestra vida nos pasa por delante
    libre de miedo y de duda y cuidado,
    ¡oh libre de ir justo a cualquier parte!

    Dagonet miró alrededor, al bosque que tamizaba un cielo de cenizas y luz poniente, y entre las sombras magenta descubrió el origen del cantar. La feliz canción llegaba de una delicada flor citrina que brotaba entre la hojarasca. Se arrodilló junto a ella y gimió: "Pequeñua fuod, pequeñua fuod, ¿puedez ayudadme? Eztoy peddido en ezte bozque ozcudo... y mi amo eztá mueddto."
    El junquillo siguió cantando su jubilosa canción y Dagonet percibió tanta esperanza en su extasiada voz que no abrigó ninguna duda de que aquel brote frágil podría ayudarle. Sus dedos macizos escarbaron la tierra fangosa alrededor de la flor y la levantaron, con raíces y todo, del suelo. La llevó adonde Merlín y Lord Mono —que yacían apoyados contra el tronco del árbol esbelto— aterrizaran.
    "¡Ezcuchua, maeztdo! Ezcuchua ezdta feuiz canción y dezpiedta."
    El gozo del canto hizo a un lado el tiempo. Faerïes atraídas por la música revolotearon en el aire cinabrio. Distraído por ellas, Dagonet tropezó con las raíces, que emergían inmensas del suelo y cubiertas de un moho resbaladizo, y perdió la flor. Su limo rizoide, sus pétalos amarillos y su polen brillante cayeron sobre él mismo y los cuerpos inconscientes que abrazaba el árbol.
    Dagonet estornudó y cayó hacia atrás, golpeando el suelo. El canto cesó y las faerïes se dispersaron. Cuando el enano se incorporó, Merlín miró desde el rostro pecoso de Dagonet. "¿Qué me ha ocuddido?", gruñó, aguantándose la aborregada cabeza con las dos manos nudosas. "¡Yo no peddtenezco a ezdte cuedpo!"
    "¡Porque te he desplazado, demonio!" El cuerpo de Merlín descendió del árbol, con una sonrisa tan ancha que sus molares destellaron a la luz del crepúsculo. "¡Mi alma ha tomado tu lugar!"
    "¿Dagonet?", inquirió Merlín tambaleándose al ponerse en pie.
    El mono se precipitó a los brazos de Merlín y lo abrazó fieramente.
    "¡Dagonet eztá en el mono!", comprendió y abrió la boca horrorizado al ver su propia imagen alzarse ante él. "Entoncez tú eddez..."
    "¡Gorlois!"


    Rueda de La Noche


    Gawain y Gareth estaban sentados con su madre junto a un fuego reducido a cenizas y ascuas púrpura. Para el alba faltaba una hora, y la gran rueda de la noche giraba lentamente sobre su eje vasto alejando la oscuridad y su naufragio de estrellas de la profecía gris del amanecer. Un gorjeo de aves tintineaba en los árboles oscuros, acompañado por el cascabeleo de los arneses entre los caballos pacentes.
    Toda la noche habían estado los muchachos allí sentados, escuchando las historias que su madre les contaba de magia y de dioses. Mientras las estrellas se disolvían en la luz creciente, le hablaron a su madre de la camisa de fuego que el rey Arthor exhibiera ante su padre y ellos mismos bajo los portales de Camelot. "Papá dice que el fuego frío que vimos era la magia de Merlín, destinada a confundirnos", dijo Gawain.
    "Pero yo vi un señor de los Annwn, madre", insistió Gareth. "Era dos cabezas más alto que cualquier hombre y con el cabello y los ojos tan brillantes que no pude mirarle el rostro."
    "Los señores de los Annwn nos enseñaron las runas mucho tiempo atrás, cuando nuestro pueblo se extendía por todo el mundo conocido hasta las mismas fronteras de Persia", les dijo a sus hijos Morgeu. "Eso fue mucho antes del dios crucificado. Siglos antes, cuando nuestros dioses, el viejo Cabeza de Alce y la pálida gente, caminaban entre nosotros. Honrábamos a los señores de los Annwn entonces en las canciones de nuestros bardos. Pero ahora, estos Señores del Fuego luchan por el dios crucificado, el ungido de las gentes del desierto. Y nuestros dioses están desterrados en el inframundo, en los montes huecos."
    "¿Es tío Arthor un mal hombre?", preguntó Gareth. "El Señor del Fuego lo tocó en el corazón."
    "Vuestro tío es un hombre atribulado, hijos míos." Morgeu pasó la mano por encima de los fríos rescoldos y llamas vivas saltaron de las cenizas. "Los señores de los Annwn esperan controlarlo a él y a nuestros destinos. Pero nosotros podemos recurrir a dioses más antiguos y a una magia más vieja... como os he mostrado en mis historias. Nuestra tradición es más antigua que la de Roma. ¿Por qué habríamos de adorar a un dios cruel que asesina a su único hijo, un hijo que predicó la paz y el amor? No. En ese camino acechan la traición y la locura... porque cualquier padre que mate a su propio hijo es un traidor a la vida."
    "Entonces, ¿por qué cabalga papá con el tío y lord Kyner, que adoran al dios crucificado?", inquirió Gawain, con su rostro pueril resplandeciente a la luz danzante del fuego.
    "Política." Morgeu sonrío a sus niños con benigna tristeza. "Hasta que podamos llegar a un acuerdo con las tribus invasoras, necesitamos al tío y a lord Kyner y a todos sus soldados cristianos para rechazar los ataques. Pero algún día, creo yo, tendremos a un rey celta en el trono que establecerá la paz con las tribus del norte y devolverá a nuestros dioses el lugar que les corresponde en el Árbol Cósmico. Será entonces la hora de comerciar y compartir, en lugar de masacrar." Se le iluminó la sonrisa. "Quizás alguno de vosotros sea ese rey y para ello necesitaréis corazón. Por eso os cuento mis historias de los antiguos héroes, que batallaron contra dragones y gigantes y vencieron por la largueza de su corazón." Hizo un gesto hacia las estrellas que todavía brillaban en la oscuridad. "Nuestro mundo parece grande, pero en realidad es muy pequeño, justo una mota entre la espuma de los astros. Creedme, mis hijos... este mundo es diminuto. Es el corazón lo que resulta enorme."


    María Madre, Merlín nos ha abandonado. O quizás Dios lo ha llamado a otra misión. Mi prueba se aproxima. Quizás el mago tenga razón al insistir en que me enfrente a los clanes del norte yo solo y gane su lealtad por mérito y no magia. Pero has de saber que estoy asustado e imploro tu gracia y la de tu Hijo y nuestro Padre. Nunca he visto una tierra tan áspera... montañas que rozan el umbral del cielo y hoces salvajes como galerías al infierno. ¿Soy hombre bastante para reinar en esta tierra dura?


    EL Bosque Doloroso


    Con cornacas que los dirigían, el rey Arthor y Cei, sobre un elefante, y Lot y sus dos hijos a lomos del otro cabalgaron por colinas de bajos matorrales hasta una cima de verde majestuoso que ofrecía un panorama del norte. Ciervos se dispersaban ante ellos y un oso detuvo su pesado avance en busca de alimento para contemplarlos bajo el dintel de un bosque primigenio.
    "Ahí está el Bosque Doloroso, joven rey", entonó Lot lúgubremente señalando los densos horizontes que ascendían hacia montañas niebladas de azul por la distancia. La vasta extensión de gargantas, hoces, fosas y tembladales enmascaraba multitud de cálculos falaces, con ancianas arboledas que brotaban directamente de puras paredes de roca y abarrotaban las honduras inexorables de entrelazados cañones. Los laberínticos contornos de los precipicios sólo a la luz más penetrante permitían alcanzar las profundidades bajo aquellas altas mesetas. Empujadas por corrientes de hielo de tiempos prehistóricos, las cornisas que se alzaban sobre las oscuras quebradas satánicas se retorcían en vórtice gigantesco. "El Castillo Espiral. Así es como los clanes de esta región llaman a estas cumbres sobre las simas. Ningún enemigo puede penetrar en él."
    "¿Es aquí donde reinas, hermano Lot?", preguntó Arthor con una voz blanda de sobrecogimiento ante esta extraña incongruencia de cimas nemorosas y cenagosas profundidades.
    "No, tío", rió Gawain por la errónea suposición del rey. "Estas son tierras salvajes. Los hombres se pierden para siempre ahí abajo."
    "Pero es aquí donde tienes que mostrar tu calibre, si esperas gobernar a los clanes septentrionales", añadió Lot. "Sólo los jinetes más diestros pueden negociar esas sendas traidoras... y sólo un hombre a caballo puede esperar derrotar a los forajidos que se ocultan en esas navas."
    "Aplastar a forajidos, ¿eh?", intervino intrigado Cei. "Así es como Arthor y yo crecimos en las montañas de Cymru. Bandidos sajones se infiltraban por los montes y hondonadas cada primavera y, desde que tuvimos la edad de tus muchachos, padre nos llevó con él para limpiar el territorio, ¿eh, Arthor?"
    "Así es, vimos nuestra primera sangre en esas incursiones", recordó Arthor. "Pero las hondonadas de Cymru son auténticas vegas comparadas con lo que tenemos ante nosotros."
    "Ése es tu reto, Arthor... si todavía quieres llamarte rey de los clanes del norte." Los ojos grises de Lot brillaban como cenizas entre brasas. "Toma tus elefantes, muchacho, y cabalga de vuelta a Camelot. Este es mi consejo."
    Arthor respondió fríamente: "Llévame a los jefes de los clanes. No me iré de aquí sin su alianza."
    Lot sacudió compungido la cabeza. "Entonces, aquí tus huesos reposarán hasta que tu cristiana escatología venga en su busca para el juicio de tu implacable dios."


    Un Reino Hecho de Crepúsculo


    Gorlois pateó la hojarasca y dobló los brazos, sorprendido de hallarse en el cuerpo de Merlín. Se quitó el sombrero y se pasó sus aturdidos dedos por la cabeza, sintiendo el fino cabello y el cráneo irregular. Una carcajada como el graznar de un cuervo brotó de él. "¡Mirad a este hombre! ¡Puedo reír! ¡Puedo bailar!" Sus sandalias de cuero azul asomaron bajo sus ropas color medianoche al ejecutar un brinco grácil y agitar el sombrero sobre su cabeza.
    Merlín bajó la vista desamparado al contemplar el achaparrado cuerpo del enano que ahora ocupaba y tiró de su jubón sucio y maloliente de cuero agrietado. Lord Mono lloriqueó en su regazo, con Dagonet atrapado en su pequeño, redondo cráneo.
    Presa de la desesperación, Merlín tiró a un lado el mono, se puso en pie de un salto y corrió para recuperar los restos del junquillo roto que cantara con el alma de Gorlois. Antes de que sus piernas regordetas pudieran cubrir la distancia que lo separaba de su anhelo, una fuerte mano lo agarró por el dorso de su jubón y lo levantó en el aire.
    "Deja que te ayude, pequeño hombre", croó Gorlois con nuevas carcajadas. "Quieres esta flor, ¿no es así?" Con su mano libre, Gorlois cogió el aplastado junquillo y lo balanceó justo más allá del alcance de los brazos del enano. "Este milagro de flor que te ha convertido a ti en mí y a mí en ti y al enano en... eso." Señaló con la flor al mono y la sacudió haciendo caer los últimos de sus pétalos del tallo. Luego, estrujó lo último que quedaba en el puño. "Gracias, milagrosa flor. Tu tarea queda realizada." Dejó caer el tallo y las raíces molidas al suelo y hundió la masa en tierra con el talón. "¡Ahí! La flor se acabó. ¡Y ahora somos lo que somos!" Su risa casi lo ahogó. "¡Goduoiz, uoco!", gritó Merlín. "¡Uo que eztaz haciendo dezafía au cieuo. Ningún bien sauddá de ezto."
    "¡Ninguno para ti, en efecto! "Lágrimas de júbilo le corrían por las cuencas de dragón al rostro de Gorlois para descender por las hondas fisuras de sus mejillas. "Ahora vámonos de este lúgubre lugar y volvamos al mundo de los vivos, al que pertenezco."
    "No hademoz cemejante coza." Merlín se retorcía en la garra de Gorlois y sus cortas piernas corrían fútiles en el aire. "Déjame en eu zueuo."
    Gorlois miró los árboles sombríos alrededor silueteados contra los tintes crepusculares del cielo. "¿Qué camino seguimos?"
    "No te uo didé." Merlín agitó desafiante el puño. "Eztáz en uoz montez huecoz y aquí te quedaz hazta que me devueuvaz mi cuedpo."
    "¡No te atrevas a desobedecerme, Lailokén!", Gorlois sacudió a Merlín hasta difuminarlo en el aire. "¡Te aplastaré la cabeza como un melón y mandaré tu alma a danzar en la Dichosa Foresta!"
    Dagonet, que vestía el cuerpo de su amado mono, saltó al brazo de Gorlois y le mordió la muñeca. Con un grito de dolor, el duque dejó caer a Merlín y dio un manotazo al simio. Pero el animal había huido ya de un salto... y lo mismo había hecho el enano. Y ambos desaparecieron en la enmarañada maleza, mientras Gorlois se agarraba su muñeca herida y gritaba maldiciones.


    Bálsamo en Gilead


    El rey Arthor y su cortejo arribaron con sonora fanfarria al Castillo Espiral. Con los elefantes trompeteando, los flautistas, tamborileros y cornetas haciendo un jubiloso barullo, los acróbatas dando volteretas y los juglares cazando espadas voladoras, la caravana cruzó la empalizada de la fortaleza bajo los hurras de los clanes del norte. El Castillo Espiral mismo era el contorsionado paisaje, vasto como el horizonte, y el único camino para acceder a él, aparte de escalar los precipicios, corría a través de la empalizada de madera que había sido abierta de par en par a la llegada de Arthor.
    Lot encabezaba la marcha sobre su robusto caballo de guerra, con sus hijos a sus flancos, y los ocupantes de la fortaleza, que doblaron la rodilla al verlo pasar, se pusieron de pie otra vez para señalar al rey-muchacho y a sus elefantes y volatineros. A Arthor, estas gentes del norte le parecieron habitantes de un tiempo arcaico, pues vestían las faldas y túnicas que fueran populares más de dos siglos atrás, cuando los romanos dominaban estas tierras. Incluso los peinados —al rape para los hombres y con escalonados tirabuzones para las mujeres— recordaban a los viejos romanos, aunque estos clanes eran celtas y devotos de antiguos dioses.
    "¡Paganos!", los llamaba Kyner, y Cei y él empezaron inmediatamente a predicar la buena nueva del Salvador desplegando sus banderas con el emblema del Chi-Ro y clamando desde los lomos de sus caballos: "¡Os traemos bálsamo de Gilead para curar las heridas de vuestras almas!"
    Aidan, jefe del Castillo Espiral, emergió de su sala de festejos con su esposa, su joven hijo e hijas para rendir pleitesía a lord Lot, ofreciéndole una espada de bronce de antiguo linaje, un manto de piel de lobo y dos mastines de caza. Lot los aceptó graciosamente, hablando en gaélico y deslizándose al latín cuando presentó al joven rey. "Aquila Regalis Thor ha venido para ganar vuestra alianza y vuestra promesa de defender el Castillo Espiral contra los pictos."
    "Llegas en buena hora, Aquila Regalis Thor", dijo Aidan en fluido latín. Alto, pelirrojo, con una nariz aplastada y una oreja cortada, portaba bandas de cuero alrededor de su torso a las que se unían bandas similares que pasaban sobre sus hombros, la lorica de un antiguo soldado romano. "Una horda de pictos conducida por el fiero Guthlac ha osado escalar los muros septentrionales de mi ciudadela y se oculta en algún lugar del laberinto. Ofrece una ventajosa alianza con sus vastos ejércitos del norte... si le abro las puertas."
    "Yo te ofreceré términos mejores, Aidan", prometió Arthor al instante. "He visto tu Castillo Espiral y, aunque pequeñas bandas de forajidos puedan escurrirse a su interior, ningún ejército puede abatirlo... si estáis dispuestos a defender sus muros."
    Antes de que Aidan pudiera replicar, lo interrumpió una sonora conmoción desde detrás de los imponentes elefantes. Bedevere se arrimó al rey murmurándole: "Es vuestro padrastro, sire. Ha irritado a la gente al llamarla pagana. Saben latín bastante para comprender que los ha tildado de 'adoradores de falsos dioses'."
    Aidan desafió a Arthor con la mirada. "¿Has venido en busca de alianza... o a imponernos a tu dios crucificado?"
    María Madre, gracias, gracias a ti, tu Hijo y a Dios nuestro Padre por enviarme a Bedevere. Aun cuando no lo veo, sé que está ahí, vigilándome las espaldas, protegiéndome de los asesinos. Mi padre —el servidor de tu Hijo, Kyner— no guarda mala intención al traer la buena nueva a los clanes del norte. Pero éstos tienen el corazón endurecido contra nuestro Salvador, y Kyner y mi hermano Cei no son los más pacientes mensajeros de la palabra del Señor. Han enfurecido a muchos de este pueblo fiero. Si no fuera por Bedevere, temería por mi vida, porque mis conversaciones con el jefe Aidan exigen toda mi energía y no puedo estar siempre mirando por encima del hombro. Aidan pretende inflamarme con su áspera retórica, mientras me regala con finos alimentos y vino. Pero yo soy obediente a las enseñanzas de tu Hijo y siempre pongo la otra mejilla. Esta gente orgullosa está francamente asombrada —y quizás decepcionada también— de que no me ofendan sus insultos. Ahora, si sólo Bedevere pudiera protegerme de Morgeu... Ella está en su elemento en este norte salvaje y temo qué esté planeando. ¿Dónde está Merlín, María Madre? ¿Dónde está mi mago?


    Bajo la Zarpa de la Luna


    El rey Arthor dedicó todo un día a las negociaciones con Aidan y, llegada la noche, aún estaba intentando aliviar la ofendida vanidad del jefe del clan. Lot se hallaba con ellos en la sala convival, disfrutando con sus hijos de la céltica hospitalidad de su anfitrión, saboreando platos de carne en salsas frutales, pudines de arándanos y manzanas asadas con miel, todo ello acompañado de sidra y cerveza.
    Abandonada a sus asuntos, Morgeu dejó secretamente la empalizada a través de un portillo para los sirvientes. La gente estaba distraída con los elefantes, los osos danzantes y los estrafalarios artistas que exhibían orgullosos sus habilidades acompañados por la música vehemente de los virtuosos del rey. Más solícitos que antes, Kyner y su enorme hijo Cei deambulaban entre los divertidos espectadores y predicaban sus buenas nuevas.
    Morgeu dejó la fortaleza porque sentía en su seno como un tirón de su sangre... como si el alma que le había sido robada la llamara. Bajo la zarpa de la luna halló el camino hacia un bosquecillo de abedules. El fantasma de Merlín la aguardaba entre los troncos pálidos, haciéndole señas de que se acercara.
    "¡Vete a tu averno cristiano, demonio!", lo maldijo Morgeu al reconocer al espectro y se dio la vuelta para partir.
    "¡Hija, espera!", gritó Gorlois. "No soy el demonio Lailokén. Soy tu padre... Gorlois."
    ''¿Qué mal es éste que intentas causarme, Merlín?", le espetó airada Morgeu. "No puedes engañarme. Yo veo lo que eres."
    "Morgeu, no soy lo que parezco." Gorlois extendió la mano hacia ella y la mujer retrocedió. "El demonio se llevó mi alma al inframundo. El dios de cabeza de alce lo expulsó, nuestras almas quedaron de golpe liberadas y cayeron en cuerpos diferentes. Lailokén está ahora dentro de un enano. Y yo... yo me hallo aquí, en este cuerpo. Pero estoy perdido en el reino subterráneo. Te he estado llamando para que me ayudes. Y ahora has venido."
    Morgeu lo observó con suspicacia y vio la calavera de la luna a través de su cuerpo transparente. "No te creo."
    "Entonces escucha, Morgeu, y te diré cosas que sólo yo, tu padre, puedo conocer."
    Con las manos cruzadas sobre el vientre, Morgeu escuchó al espectro describir los íntimos detalles de su infancia con él... recuerdos de los cuales ella misma había olvidado muchos, hasta que se los repitió Gorlois. Su sangre escuchó. Hizo preguntas y él respondió correctamente a cada una de ellas, y lo hizo con el timbre emocional que ella esperaba de su padre: una imperiosa y seca brusquedad. "Padre... ¡es verdad que eres tú!"
    "Hija, tienes que ayudarme." Abrió los brazos, desconcertado. "No sé ni dónde estoy."
    "Padre... estás en los montes huecos. Sólo el vínculo de sangre con la carne del niño que estoy tejiendo dentro de mí me permite verte y oírte."
    "¡Ayúdame!", pidió, con sus ojos de hielo triturado sometidos por el pavor.
    Morgeu pasó las manos por su vacío. "Lo haré... de alguna forma. Pero no sé cómo todavía. Has de ser paciente..."
    Antes de que pudiera decir más, el viento tosió a través de los abedules y el espectro se disolvió.


    La Herida Gentil


    La única hija soltera de Aidan, Eufrasia, una joven mujer de dieciséis veranos, sirvió a su padre y a sus huéspedes durante toda la noche mientras discutían la política del norte, los temores y esperanzas de los clanes y la peligrosa situación de los britones y los celtas que dominaban el sur. ¿Fue la música de arpa y de cítara que el joven rey trajera consigo a la estanza la que la sumió en una exótica atmósfera de lugares lejanos que hubieran venido a visitarla a su demasiado familiar morada? ¿O fue la juventud del rey, un año mayor que ella, lo que tanto la intrigaba con su presencia viril? ¿O quizás, incluso, fue la manera ferviente en que parlamentaba con su padre, sin arrojarle a ella siquiera una mirada de curiosidad, lo que la fascinó y le hizo tomar buena nota de él?
    Eufrasia era famosa en todo el norte por su belleza y le llegaban pretendientes de todos los clanes notables desde la región de los lagos hasta el Muro Antonino. Había recibido regalos magníficos —un corcel veloz, esbelto como una sombra, vástago de los sementales de un reino del desierto; perros lobo de la Isla de los Escoceses; un azor plateado, y joyas y sedas finas importadas del antiguo y distante reino de los medos— y todos ellos sólo por el derecho de los hombres a mirarla. Y este rey no le prestaba más atención que a una fregona.
    Y así, ella lo sometió a minucioso escrutinio mientras iba y venía con los cuernos de sidras frutales y cestos de panes. Para su edad, el joven era ancho de hombros y alto, pero su rostro desmentía su estatura: su tez pálida como la leche y rosácea y sus mejillas lampiñas eran las de una criatura. Los informes que le dieran los consejeros de su padre decían que Arthor se había ganado merecida reputación como fiero jinete y que era famoso incluso entre los ardidos invasores por su ferocidad. Pero sus ojos —amarillos como la miel— no tenían la mirada endurecida de un guerrero. Y el hecho de que todo un día de intensa conversación, prolongado hasta tarde en la noche, no hubiera incitado a su padre a aporrear la mesa y gritar ni una sola vez daba fe de la naturaleza curiosamente tierna e inteligente del joven monarca.
    Confundida por la indiferencia del rey Arthor hacia ella, Eufrasia se retiró a su dormitorio y se estudió en el espejo. ¿Había algún defecto que ella y sus admiradores hubiesen pasado por alto en el lustre de sus largas trenzas rubias, en la claridad de sus grandes ojos grises, en el suave palor de su piel, en la curva confiada de su mandíbula? No percibía nada fuera de sitio en su belleza. Y sin embargo... sin embargo... Algo había cambiado en su semblante. Sus doncellas lo notaron de inmediato y escondieron sus risillas tras las manos. Y entonces cayó en la cuenta ella también: la herida gentil, la dicha doliente, el grito callado de una joven enamorada.




    Ávalon


    Merlín como enano y el mono que era Dagonet avanzaron a través de la luz sirope del fin del día. Se mantuvieron ocultos entre las zarzas grises y los cinéreos matorrales del mundo crepuscular, intentando que Gorlois no los descubriese. El mono chirrió entonces inquisitivo desde el giboso hombro de Merlín. "Cayua, Dagonet. Eu zonido viaja dápido en uoz montez huecoz. Ya vedáz dónde eztamoz yendo cuando yueguemoz."
    El relámpago fustigó los cielos tras él en dirección al palacio tallado como el fuego. Merlín marchó rápidamente alejándose de aquel terrible lugar; pronto estuvieron trepando por una ladera cubierta de helechos, velada por una densa niebla nacarina, el corazón de la lluvia, y emergieron a la luz del día alhajados de rocío. El mono se sacudió la humedad de la piel y respiró una agria fragancia de manzanas podridas.
    Se hallaban junto a un hilo de agua, brillante como el mercurio, que corría entre rocas musgosas por una ladera fértil en helechos y tréboles. Desde su altura, podían ver montes aurorales, hondonadas y collados abarrotados de manzanos. Por todas partes, los sarmentosos camuesos se alzaban sobre el blando limo de su fruta caída. Y en cada colina y promontorio había erectas agujas de roca, menhires labrados con rúnicos sortilegios.
    "Avauon", anunció Merlín. "Hemoz encontdado eu camino a la Izua de uaz manzanaz donde viven uaz Nueve Deinaz. Ezpedo que eyuaz puedan ayudadnoz en nueztda cituación. Vamoz, Dagonet."
    A través de salvajes vergeles bajo un vivido cielo azul con nubes doradas, corrieron Merlín y el bestial Dagonet. Descendieron a un lago central en el que cintilaban diamantes de luz solar reflejada. ''Fue aquí donde decibí a Excáuibud y me encontdé con uaz Nueve Deinaz. ¿Haz oído habuad de eyuaz?"
    El mono sacudió la cabeza, se agachó en la orilla y bebió un sorbo de agua.
    "Uoz Annwn, a uoz que yuamo Ceñodez deu Fuego, seueccionadon una deina de cada época de diez miu añuoz de gobiedno matdiadcau y uaz hiciedon inmodtauez. Noveinta miu añuoz de gobiedno matdiadcau eztán deunidoz aquí en Nueve Deinaz. ¿Pod qué, pdeguntaz? Pada cambiad eu codazón humano. Mida, Dagonet, uo que cada uno de nozotdoz pienza, pada bien o pada mau, cambia todo. Uaz deinaz inmodtauez han enceñuado au codazón humano amod y tednuda dudante cientoz de cigloz. Dezde entoncez, uoz deyez gobiednan. Y pdonto, una deina sedá uibedada y zuztituida pod un dey... eu dey Adthod."
    Dagonet contempló impaciente los montes de enmarañadas ramas de manzano alrededor y el lago azul, que reflejaba los cúmulos nacidos del mar.
    "Cí, tienez dazón, Dagonet", concedió Merlín. "Ya he habuado baztante. Ahoda yuamadé a uaz Nueve Deinaz." Alzó los brazos y trató de lanzar los cilios de su corazón para traer las reinas hasta él. Estos tentáculos eran cuerdas de poder que había aprendido a extender a través de la puerta de su corazón para tocar el mundo. Eran una fuerza de su naturaleza demónica que servía a su cuerpo mortal... pero, cuando intentó usarlos, nada ocurrió. Y él sintió que no ocurría nada. Su cuerpo enano no tenía las puertas de poder que su propia carne poseía. Y por fin, con mirada compungida, se tornó hacia el mono y dijo llanamente: "Dioz mío, Dagonet... ezpedo que te guzten uaz manzanaz. Cdeo que eztamoz atdapadoz aquí."


    La Pálida Gente


    Gorlois vagaba lamentándose por el mundo subterráneo, escudriñando entre los árboles delgados y oscuros la luz sandía del crepúsculo. La corteza verde de aquellos cielos rojos le preocupaba, pues hablaba de tormenta... y él temía pensar lo que presagiaba la tempestad en los huecos montes. Caminó en dirección contraria al extraño ocaso, hacia más oscuros horizontes.
    No muy lejos de allí, oyó a voces de niños reír, susurrar traviesamente. Los buscó, pero no vio más que luciérnagas titilar en los apagados rincones del lúgubre bosque. "¡Ey!", llamó. "Os oigo ahí. Venid a donde pueda veros."
    De los espacios de la noche, emergió la pálida gente. No eran niños, sino hombres y mujeres altos con ojos de áspid, orejas con mechones de pelo y una carne azul como la leche. Sus rojas cabelleras flotaban en el aire vesperal como vaho de sangre. "Myrddin", lo llamaron usando el nombre céltico de Merlín. "¿Qué haces aquí en los montes huecos?"
    La mirada estupefacta de Gorlois se astució. "Pues qué...buscaros, desde luego."
    "¿Dónde está tu bastón, Myrddin?" La pálida gente volvió a dejar oír sus risillas y empezó a esparcirse, rodeándolo, y sus vaporosas vestimentas se difuminaron como niebla con sus movimientos.
    "Roto, por desgracia." Sacudió la cabeza míseramente. "Tuve una caída... por allí." Miró por encima del hombro y se aprovechó del gesto para apartarse un poco, apoyarse en un viejo árbol y protegerse las espaldas con él. "Debo de haberme golpeado la cabeza, ¿sabéis?... porque he olvidado muchas cosas. Esperaba que vosotros, los Daoine Síd me ayudaseis a recordarlas."
    La risa de la pálida gente se iluminó y se miraron unos a otros con alegría en sus viperinos ojos verdes. "¿Qué necesitas recordar, Myrddin?"
    Se acarició la crespa barba reflexivamente y proyectó hacia delante su labio inferior. "Ah, bien, quizás podríais mostrarme el camino para salir de aquí."
    "Oh, Myrddin", repusieron con carcajadas y sus dedos, muy blancos y muy largos, tiraron de las ropas azul medianoche del hombre. "Podemos hacer incluso más por ti. Podemos ayudarte a recordar tu magia, así hallarás el camino de vuelta al mundo bajo el sol y la luna."
    Gorlois se arrimó aun más al árbol nudoso, temiendo que aquellos seres sobrenaturales se estuviesen burlando de él, conscientes de su verdadera identidad. La pálida gente era bien conocida por raptar a los mortales y esclavizarlos en los huecos montes o, peor aun, echárselos como cebo al Dragón. "O...os pido que me a...ayudéis", balbució. "Y os recompensaré a todos generosamente."
    "¿Lo harás ahora?" Acariciaron la textura de sus ropas y sus dedos recorrieron el bordado carmesí que decoraba el atavío con símbolos astrológicos y alquímicos.
    "Sí, por supuesto que lo haré", prometió de inmediato. "Sólo mostradme el camino para salir de aquí."
    "¿Nos darás tu sombrero?", dijeron con risillas sofocadas y se acercaron tanto que pudo oler su suave aroma de hojas de otoño.
    Gorlois se quitó el sombrero cónico de ala ancha. "Tened, tomad el sombrero." Ellos se lo arrebataron y se lo pasaron unos a otros, admirando los signos bordados en él. "Y tus finas vestimentas también."
    Gorlois se apretujó contra el árbol "¡Pero me quedaré desnudo!"
    "Tal como llegaste al mundo, Myrddin... así has de volver."


    Casa Hacia el Ciclo


    El picto Guthlac era una cabeza más bajo que la mayoría de los hombres. Pero su pecho profundo, sus hombros majestuosos, macizos como los de un toro, su torso empedrado de músculos y sus miembros poderosos poseían la fuerza de cualquier par de hombres. Y lo que era más crucial para su papel de líder de una horda, su cabeza como un bloque de piedra bruta sobre el ancho tocón de su cuello bullía permanentemente de lúcidas estratagemas bélicas, pensamientos de guerra y letales maquinaciones. Calvo excepto por la cresta de hirsuto cabello naranja, toda la longitud de su compacto cuerpo ondulado exhibía tatuajes azules. Con intrincadas espirales y vortiginoso detalle, describían el camino desde los campos de batalla de la Tierra Media hasta la Casa Hacia el Cielo entre las ramas del Árbol de la Tormenta, la espléndida morada reservada a los héroes muertos en combate.
    "Aidan hospeda al Martillo de Hierro", informó Guthlac a su banda, una docena de pictos veteranos, todos ellos semidesnudos, tatuados, adornados con plumas de grulla, vestidos con pantalones y botas de piel humana, huesos en las orejas, narices, trenzas y moños, y rostros grotescos pintarrajeados de blanco-muerte y azul-cadáver. Eran un glorioso escuadrón, cada hombre ungido con la sangre de enemigos que había enfrentado y vencido en combate cuerpo a cuerpo. Este era el motivo de que Guthlac los hubiera escogido para esta misión; todos ellos eran luchadores templados en batalla, de un temperamento frío y una voluntad endurecida que los hacían capaces de infiltrarse en el Castillo Espiral y, o bien asegurarse la alianza de Aidan... o el trofeo de su cabeza. Juntos, permanecían acuclillados en el barranco arbóreo cerca de un arroyo que regurgitaba entre peñascos enmascarados de musgo. "Las puertas de sus oídos están abiertas a las promesas romanas que alimentaron a sus ancestros. No hará pactos con nosotros."
    "Entonces, ¿hemos de dejar este Castillo Espiral y volver al norte a informar a nuestro rey Cruithni?", preguntó uno de los hombres.
    "¿Lleva ese camino a la Casa Hacia el Cielo?", inquirió Guthlac con un giro desdeñoso de su cabeza. "Aidan ha de testar el miedo. Entonces el cacareo latino del Martillo de Hierro no sonará tan dulce."
    "Lot y Kyner flanquean al Martillo de Hierro", intervino otro de la banda. "Esos no testarán el miedo sino nuestra sangre, sí los atacamos. Encontraremos el camino a la Casa Hacia el Cielo, sin duda... pero nuestro rey Cruithni será mal servido. Y ¿cómo, después de esto, nos presentaremos con orgullo ante los héroes?"
    "¡Acordado entre nosotros, entonces!" Guthlac sonrió exponiendo dientes bien afilados para desgarrar la carne enemiga. "Llegaremos subrepticiamente de noche hasta ellos, tomaremos nuestros trofeos y los dejaremos con el mórbido sabor del pánico."


    Elevándose en Fuego


    "Buenas nuevas traigo para todos vosotros." Kyner hablaba con los hombres de Aidan y sus familias en la fortaleza, mientras el rey Arthor y Lot parlamentaban con el jefe en la sala de festejos. "El Dios grande e inefable, el creador del universo, ha enviado a Su hijo a caminar entre nosotros para salvarnos del reino de los muertos y de su diosa Hel."
    Para tentar a los celtas paganos y apartarlos de los elefantes encadenados en la puerta central y de los volatineros que reposaban en tiendas multicolores del patio principal, Cei ofrecía cuentas de ámbar a todos aquellos que quisieran escuchar el sermón de su padre. Cada una de aquellas cuentas translúcidas tenía grabado un diminuto emblema, un pez, símbolo cristiano de la palabra griega ichthys, que a su vez era un acrónimo de 'Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador'. Pero para los celtas conocedores de las runas, el pez grabado era Oddal, símbolo de la tierra y propiedad heredadas... y ello hacía de las cuentas de ámbar implementos mágicos para la adquisición de tangibles posesiones. La gente las recibía con avidez y escuchaba respetuosamente el cuento de Kyner sobre el nacimiento virginal, los taumatúrgicos eventos, la muerte cruel y la resurrección.
    Entretenidos por la historia y gratificados por el ámbar y su promesa de opulencia, la gente vitoreó a Kyner cuando terminó. Aquellos que tenían familiaridad con el cristianismo y lo despreciaban aplaudieron de todos modos al predicador, obligados por su tradición celta a mostrar hospitalidad a los huéspedes que su jefe había admitido en la comunidad.
    Ninguno permaneció para el bautismo a continuación y Cei les gritó airadamente que volviesen, mientras aquéllos se dispersaban para la comida del mediodía. "Ahórrate los gritos, hijo." Kyner sacudió su bolsa de cuentas de ámbar. "Nos quedan muchos señuelos, pero en este asentamiento no hacemos más que derrocharlos. Estas gentes están endurecidas por la codicia. Vayamos a los campos y villorrios de alrededor y prediquemos la buena nueva a los rústicos."
    Cei estuvo de acuerdo y partieron a caballo por una puerta lateral. El resto de aquella tarde, cabalgaron por los angostos caminos entre paredes verticales visitando granjas y alquerías, ofreciendo sus abalorios y su mensaje del ascenso en fuego del hijo de Dios a los cielos.
    Desde la distancia, ocultos en las copas de los árboles, Guthlac y su horda observaban el viboreante tránsito de los predicadores. Al ocaso, avanzaron silenciosos hacia una granja que los celtas habían visitado horas antes. Los gansos vigilantes parparon avisando al granjero; éste emergió guadaña en mano, pero resultó poca amenaza para Guthlac, que cazó la hoja en el ángulo de su hacha y usó la herramienta de segar para descabezar al hombre. El resto cortó rápidamente las cabezas a la mujer y los cuatro hijos del labriego. Luego, vistiendo las ropas de sus víctimas y cubriéndose con sus cueros cabelludos, Guthlac y uno de sus pictos condujeron la carreta del granjero, mientras el resto se ocultaba bajo gavillas de heno y tantos animales como pudieron portar hasta la puerta de la empalizada.


    Eufrasia Cautiva


    Con el rostro oscurecido por la ajena cabellera y el crepúsculo, Guthlac anunció al guardián de la puerta en pasable latín: "Hemos recibido la buena nueva de lord Kyner. Nos pide que traigamos estos animales para un festejo santo. Dejadnos pasar."
    Cuando el guardián abrió la puerta, Guthlac lo yuguló, ahogando su grito de muerte. La carreta avanzó pesadamente por el área ecuestre, manteniéndose cerca del perímetro de la empalizada, por detrás de los establos, donde nadie podía observarlos. Los guerreros de Aidan, siempre vigilantes para permitir tan grave violación de sus defensas, estaban distraídos por el sorprendente cortejo del rey Arthor. Con el resto de los habitantes del asentamiento se habían congregado en el patio principal para ver a los artistas cortesanos del joven rey emerger de sus tiendas y dar comienzo a las festividades. Los elefantes desfilaban, los osos danzaban, los perros sabios saltaban y jugueteaban al son de la música jubilosa y nadie vio a los trece guerreros pictos moverse furtivos como sombras entre el granero, los depósitos de aprovisionamiento y los vacíos barracones.
    Los guerreros pictos se desplegaron silenciosamente frente a la sala convival: dos se ocultaron tras los barriles de harina de la tahona, mientras dos entraban en el lugar y les cortaban la garganta al panadero y su aprendiz; tres más treparon al andamio del patio interior, silenciosos como espectros, y mataron a los dos guardias de la mesnada del jefe, que se apoyaban en sus lanzas mientras contemplaban las celebraciones en el patio lejano; tres tomaron posición detrás de la sala convival y en sus flancos, con las espadas preparadas para despachar a los centinelas ambulantes; los dos últimos de la horda aguardaron mientras las estrellas traían la noche, hasta que un sirviente emergió de la casa del jefe para volver a atender a los dignatarios en la estancia principal. A éste le cortaron el cuello y lo ocultaron en un cobertizo de madera.
    Eufrasia estaba sentada en su cámara inspeccionándose en un espejo cuando Guthlac abrió la puerta de una patada. Un cuchillo cruzó el aire para silenciar el grito de la criada. La otra sirviente abrió la boca en muelo terror mientras el tremendo picto dirigía su espada a Eufrasia y decía con brusquedad: "¡Silencio o muere!"
    Eufrasia, hija de un jefe y entrenada para defenderse a sí misma, cazó rápida una daga de su lecho. Antes de que pudiera arrojarla, la espada picta destelló y se la arrancó diestramente de la mano. Al instante siguiente otros dos pictos entraron, salpicados de la sangre de los guardias que habían asesinado en los corredores. La muchacha dio un grito de alarma, pero breve antes de que correas de cuero le aseguraran la boca, las manos y pies.
    Alzada sobre el hombro de Guthlac, forcejeó en vano mientras desaparecía en la noche. Veloz, el picto retrasó sus pasos recogiendo a todos los guerreros de su horda. En la carreta tras los establos, la hija del jefe fue cargada entre los guerreros, con la estricta advertencia de Guthlac a sus hombres de no ponerle la mano encima.
    El carro dejó la puerta exterior con Guthlac a las riendas, disimulado bajo las ropas y el cuero cabelludo del granjero. Kyner y Cei vieron el vehículo en la distancia cuando retornaban a través del paisaje nocturno pero, amargados por su fracaso en conseguir siquiera un alma para su Salvador, no prestaron a la carreta mayor atención.


    Tesoros del Otromundo


    Merlín como enano y Dagonet como mono recorrían el perímetro del lago de Ávalon, buscando algún signo de las Nueve Reinas. Hallaban sólo alborotadas flores de col asomando entre las desprendidas manzanas.
    Esperanzado, Dagonet hizo un gesto hacia las laderas cubiertas de helecho, a la fina cascada que el paisaje destilaba en el lugar desde el que habían venido.
    "No, Dagonet", replicó Merlín. "Tuvimoz muchua zuedte de zauid de uoz montez huecoz cin magia. Ci vouvemoz, podemoz encontdadnoz con ua gente pauida.Y zon un mauéfico uote."
    Dagonet recogió una manzana recién caída y entera y la mordió. Siguió a Merlín como en un sueño, marchando tras su propia forma física, mientras vagaban entre los camuesos y unos pocos olmos renegados.
    Ante uno de los grandes olmos, el mago pausó y señaló un agujero en la base del árbol. "¡Mida! ¡Y huede!"
    El mono Dagonet reptó hasta el agujero rodeado de hierba y olfateó el febril hedor.
    "¡Auiento de ddagón!", dijo Merlín.
    Dagonet retrocedió rápidamente, dejando escapar un atiplado grito.
    "No tengaz miedo." Merlín se arrastró hasta el agujero y desapareció. Un momento después, su cabeza pecosa y grande apareció de nuevo. "¡Ven! Eu Ddagón duedme."
    El mago descendió a la oscuridad y Dagonet dudó, cogiéndose nervioso la cola. Luego, se arrimó al agujero y emprendió el vertical descenso agarrándose a las raicillas del árbol y a los nódulos protuberantes de piedra. La oscuridad se adensó implacablemente, hasta que el agujero en la altura se hubo reducido a una estrella distante. Cuando los ojos del simio se hubieron ajustado lo suficiente, Dagonet distinguió un suave resplandor en las profundidades.
    Como luna llena en una jungla nocturna, la luz de abajo brillaba entre marañas de rizos orgánicos y frondas, que eran en realidad cables radiculares y placas de silueteado esquisto. Dagonet cayó a una gruta iluminada por la luz difusa de una laguna sulfurosa, de aguas naranjas y de rojo espumoso. De inmediato, se llevó la mano a la nariz.
    "Cí, hiede... ¡pedo mida, Dagonet! ¡Mida dónde eztamoz!"
    Merlín señaló unas lustrosas bases de roca sobre las que yacían apiladas dunas de monedas de oro, urnas volcadas de ígneos carbunclos y calderos de diamantes. "¡Uoz Tezodoz deu Otdomundo! Eu Ddagón ha amontonado ezte tezodo de uaz cadavanaz y badcoz que ce ha tdagado a tdavéz de uoz añuoz."
    Dagonet trepó a una estalagmita y cogió un pulido diamante de un jarro de gemas. Lo olió, lo mordió y se lo arrojó a Merlín con una interrogadora sacudida de cabeza.
    "Tienez dazón, Dagonet. Padece un diamante de nueztdo mundo. Pedo eu Ddagón uo ha cambiado, uo ha dotado de poded. ¡Mida!"
    Merlín arrojó el diamante al bullente lago; el agua se agitó y quedó luego en una calma perfecta, tersa e inmóvil como un espejo. Escudriñaron su superficie y se vieron a sí mismos en sus formas verdaderas: Lailokén como un demonio de ribeteadas quijadas, sonrisa viperina y ojos de párpados caídos y núcleos ígneos; y junto a él, donde el mono miraba, se alzaba un Señor del Fuego, resplandeciendo en llamas doradas.


    La Vergüenza del Rey Arthor


    La sangre del guardián de la puerta, cuatro centinelas, el panadero, su aprendiz, una sirvienta y, casi con toda seguridad, la de Eufrasia también pesaban grandemente sobre el joven monarca. "Estoy avergonzado de lo que ha ocurrido", le confesó a Aidan después de escuchar el relato que la doncella sobreviviente hizo del temerario secuestro de la hija del jefe por Guthlac. De la afelpada estera manchada por la sangre de la criada muerta, recogió la daga de Eufrasia. "Estoy avergonzado de que hayas sufrido pérdida tan terrible estando bajo mi protección."
    "¿Tu protección?" La faz rubicunda de Aidan se oscureció. "Tú no eres más que un muchacho... más joven incluso que la hija que he perdido."
    "Yo soy tu rey", replicó Arthor con calma, lívido el rostro y lúgubre pero sin arredrarse ante la tensa y rabiosa mirada del jefe. "Tenías todo el derecho a esperar seguridad en mi presencia... y te he fallado."
    "Recupera a mi hija, chico, y doblaré la rodilla ante ti y te llamaré rey." Aidan se marchó disgustado; luego, se detuvo en la puerta, apuntó un dedo macizo al joven y advirtió: "Pero, si mi Eufrasia está muerta o herida de cualquier modo, no te atrevas a asomar tu imberbe rostro por el Castillo Espiral nunca más."
    Cuando el jefe hubo dejado la casa, Arthor miró a su ayudante, Bedevere. "Ocúpate de que los elefantes y volatineros sean enviados de vuelta a Camelot. He emprendido este recorrido por mi reino con demasiada alegría."
    "Sire, esta tragedia no es culpa vuestra", lo consoló Bedevere. "Al fin y al cabo, vos sois un huésped entre estos muros, bajo la protección del jefe Aidan y la presencia de lord Lot."
    "¿Es eso lo que significa ser rey, Bedevere?" Arthor amonestó a su mayordomo con el ceño fruncido. "No. Sólo yo soy responsable. Yo soy el alto rey y todo mi pueblo ha de tener fe en que puedo protegerlo. De otra forma, no soy más monarca que los comediantes carnavalescos con los que desfilo."
    Kyner y Cei encontraron a Arthor cuando éste dejaba la casa. "Mi señor, perdónanos", suplicó contrito el mayor. "Vimos a los pictos por el camino principal al dejar la empalizada y no los reconocimos."
    "¿Cómo infiernos íbamos a saberlo, padre?" Cei le dirigió una mirada herida y taciturna. "Era oscuro y pasaron disfrazados."
    "¡¿Quién os mandaba andar por el campo predicando?!", los reprendió Arthor, pero enseguida se contuvo. "Perdonad, padre... hermano. Estoy consternado porque mi negligencia ha traído el dolor a este refugio. Debería haber pensado en proteger mi propio perímetro. Estaba tan ansioso por ganarme los corazones de la gente, que no pensé en protegerla."
    Lot emergió del patio interior con una escolta armada portando antorchas. "Aidan dice que estás decidido a ir en busca de Eufrasia. Esa es una loca promesa, mi señor, pues deberás ir solo. Hemos seguido la carreta hasta el lugar donde los pictos la abandonaron, al borde de los precipicios. Han desaparecido en las hoces. Ni siquiera los hombres de Aidan descenderán a ese páramo confuso. Las emboscadas son demasiado fáciles allí... y, además, en cuanto los pictos vean una partida de rescate, la vida de Eufrasia penderá de un hilo."
    "Pretendo ir solo."
    "Yo iré contigo, hermano."
    "No, Cei. Sabes que te amo por tu coraje, pero sería más fácil esconder un elefante en esos angostos caminos."


    Sobre Espectros, Demonios y Magos


    La pálida gente tomó el sombrero y las ropas de Merlín y corrió riendo entre los árboles, gritando: "¡Síguenos! ¡Síguenos!"
    Desnudo salvo por sus sandalias, el espectro en el cuerpo de Merlín miró boquiabierto y temeroso alrededor. Había árboles encorvados como ancianas, como mendigos, por todas partes, y ojos como chispas titilaban observándolo desde los agujeros de sus troncos. Se precipitó tras los Daoine Síd con la esperanza de que le mostraran la salida de aquella oscura foresta en perpetuo crepúsculo. Pero muy pronto, sólo quedó la risa burlona de los elfos y, poco después, también ésta se disolvió en el aire gránate.
    Gorlois dejó de correr y gritó una maldición: "¡Condenados, todos vosotros!" Frustrado, pateó un pulposo madero arrebozado de hongos, se hizo daño en un dedo y volvió a gritar. El dolor lo asombró. ¡Estoy vivo!, pensó y aturdido recordó la horrible sensación cuando despertó en el cuerpo de un mono y se enteró de que había muerto en los llanos de Londinium. No recordaba nada de ello, pero de la pulsación en el dedo de su pie sí tenía buen recuerdo... y. éste le hacía reír.
    Inadvertidamente, la ráfaga de risa abrió las puertas de poder en el cuerpo del mago. Los tallos secos de hierba alrededor de él vibraron con un viento que se alzaba directo del suelo y levantaba las hojas muertas en espirales que atorbellinaban el aire marrón. "¡Soy un espectro!" Rió más fuerte y las hojas volaron de vuelta a sus ramas, hinchándose de verde savia. "¡Soy un espectro que derrotó a un demonio y se hizo mago!" Su risa creció de una forma maníaca; él se palmeó el cuerpo desnudo y recibió con carcajadas las chispas azules que saltaron cíe su lívida carne.
    "¡La magia está dentro de mí!", constató. Orinó y diminutas flores de pétalos de cuarzo brotaron allí donde salpicaba. Más risa lo provocó a correr, esta vez de gozo. La pesadilla se había transformado en un sueño eufórico. Corrió más rápido, hasta que sus pies batientes no tocaron el suelo, y voló con su blanca barba farpada por la rapidez de su precipitada trayectoria. Virando entre los árboles buscó a la pálida gente, pero no había signo de ellos.
    Quiso parar... pero su vuelo se aceleró y empezó a remontar el aire. Miedo reemplazó el gozo y cayó, en una maraña de miembros, entre montones de hojas. Se incorporó gruñendo y quitándose caracoles y escarabajos de la barba. "¡Afloja, Gorlois!", se reprendió. "La magia es un arte."
    Ante este pensamiento, se permitió una risilla ahogada. "¡Y yo, un artista!" Movió en el aire un dedo afilado y provocó estampados de luz. Ello le inspiró mayores risas y pronto las puertas de su mágico poder se hubieron abierto de par en par. Gorlois se puso en pie de un salto y cargó contra la penumbra, ágil como una gacela.




    La Charca del Dragón


    Merlín se apartó del agua clara en la que viera al mono reflejado como un Señor del Fuego y miró perplejo a la bestia. "¿Tú, un ángeu?"
    El mago era consciente de que la humanidad había sido formada a través de los eones por los Señores del Fuego... de que todo el universo era su taller, en el que construían los cósmicos ingenios que los llevarían de vuelta a los cielos, al reino de pura luz del que toda la creación emergió con el comenzar de los tiempos. La gente era un prototipo de seres todavía por llegar, unas entidades lo bastante complejas y vastas como para portar a los Señores del Fuego a la eterna gloria del paraíso librándolos para siempre del frío espacio oscuro. Y sabía también que, toscos como eran, los seres humanos podían amansionar en sí vastas cargas de energía. Su propia madre, Santa Óptima, había dado cuerpo a una cantidad de fuerza angélica suficiente para tejer una forma humana que pudiera alojar el poder demónico de Lailokén. Sin embargo, él estaba seguro de que el cuerpo de un hombre era demasiado frágil para contener toda la luminosidad de un Señor del Fuego.
    Escudriñó otra vez la Charca del Dragón y contempló más inquisitivamente la forma luminosa que veía reflejada por el mono. Se dio cuenta de que el Señor del Fuego no irradiaba directamente del alma de Dagonet, sino que se limitaba a circundarla. Sólo esto era ya asombroso, aunque para el demonio más aceptable. La proximidad de grandes entidades a menudo distorsionaba la carne de los mortales. Tal era la razón de que Dagonet hubiera nacido enano: un ángel lo escoltaba.
    "Tú no uo zabez, Dagonet, pedo tienez un gdan amiguo que veua pod ti." El mago se rascó su rizada, anaranjada cabeza maravillándose de ello. "Entoncez no fue accidente que yuegacez hazta eu dey Adthod. Tienez un euevado deztino y tu cuedpo atdofiado ez eu pdecio que debez pagad pod eyuo."
    Antes de que Merlín pudiera seguir reflexionando sobre estas cosas, una risa brillante fulguró entre las estalagmitas. Cuando giró en redondo para ver el origen del júbilo, casi se cayó hacia atrás a la Charca del Dragón. Un hombre alto, que portaba su gorro cónico y sus ropas, se alzaba en el otro extremo de la caverna. "¿Quién edez tú?", gritó alarmado. Pero el extraño no dio respuesta.
    El mono correteó por la gruta y agarró el sombrero, revelando la punta húmeda de una estalagmita. Más risa ecoó por los recesos de aquella cripta de tesoros.
    "¡Uoz Daoine Cid!", conjeturó el mago y corrió en busca de sus ropajes. "¿Cómo encontdazteiz ezto?"
    Ninguna respuesta llegó y la risa chispeó más lejos.
    "Pod auguna padte, Goduoiz vaga deznudo en mi cuedpo." Merlín se puso el sombrero en la cabeza y la magia que había en él de inmediato amplió el alcance de sus percepciones. Oyó a la pálida gente reírse por lo bajo de su situación, oyó al Dragón roncar en las profundidades de su sueño milenario y detectó, por los ecos de las corrientes subterráneas, una colmena de cavernas debajo de aquélla. "Dagonet, ua pauida gente eztá jugando con nozotdoz. Ahoda tenemoz magia baztante pada metednoz en augún pdobuema deau."


    Falon


    Luz torrencial caía por un desgarrón entre los altos árboles tranquilos de una cañada verdeante, iluminando a Arthor mientras éste descendía por caminos de cabras la muralla natural del Castillo laberíntico. Con Excálibur sujeta a la espalda para un movimiento más libre de sus miembros, avanzaba cuidadosamente por las angostas cornisas de piedra. Vestía una simple falda de piel de cierva y ningún gorro que cubriera las cerdas atejonadas de su cabello.
    Un ave extraña silbó. Arthor, helado, se detuvo. Temió al principio que los pictos lo hubieran espiado. Pero, cuando se atrevió a inclinarse hacia delante y escudriñar el fondo de aquella mañana de estío, descubrió a un hombre de edad, desgarbado, con el pecho desnudo y pieles de ciervo que le hacía gestos alegres. El extraño, trinando como un pájaro, le silbaba invitándolo a descender.
    Arthor retomó su camino y, cuando alcanzó las marañas de yedra y lima al pie de aquellos árboles como behemoths, el anciano había preparado una pequeña comida para él disponiéndola sobre una estera: galletas de avena, pescado salado y manzanas abiertas de forma que mostrasen su estrella central. "Soy Falon", se presentó el hombre en pulido latín. "Y tú eres el rey Arthor. Vi a tu partida de guerra llegar el otro día. Muy impresionante."
    Arthor aceptó la invitación de Falon a sentarse y participar de su comida austera. Percibió franjas anaranjadas en su cabello trenzado color ceniza y una vaga cicatriz en la parte de la garganta donde, en otros tiempos, el hombre portara el torce. "Veo que eres un celta de la vieja tradición", dijo Arthor mordiendo una manzana. "¿Dónde está tu clan?"
    "No tengo clan. Soy un fiana." Falon observó si Arthor había oído hablar de los legendarios jinetes sin hogar que servían a la reina celta, defendiendo sus caminos y dominios de los merodeadores. Sonrió ante la mirada sobrecogida del muchacho y reveló fuertes dientes blancos. "Me convertí en el campeón de tu madre cuando ella no era más que una muchacha campesina arrancada de sus montes por los druidas. Fue mi reina... hasta que se entregó a tu padre y tomó el camino de los adoradores de la cruz."
    Una furtiva sombra de tristeza cruzó el rostro del joven. "Nunca he visto a mi madre."
    "Ni la verás nunca, si los pictos que secuestraron a la hija de Aidan te encuentran tan fácilmente como yo."
    Los ojos de Arthor centellearon de pronto. "¿Sabes por qué estoy aquí?"
    "Me exilié al Castillo Espiral cuando tu madre me exoneró de su servicio", dijo Falon mordisqueando una galleta. "Aidan no sabe de mí, pero yo me entero de todo lo que transpira en estas cañadas."
    "¿Puedes guiarme a Eufrasia entonces?"
    "Quizás." La pálida mirada de Falon se estrechó. "Pero carezco de amor por los adoradores de la cruz. Esta es la razón de que tu madre me liberase."
    "Tienes que ayudarme, Falon." Vergüenza tintaba la voz implorante de Arthor. "Yo soy quien puso a esa muchacha en las manos de nuestros enemigos. Por favor... ayúdame."
    "Te ayudaré, si eres un buen rey", repuso Falon cerrando un ojo. "Y para que sepa si lo eres, has de responderme a esta pregunta: ¿qué es más importante para un rey, Misericordia o Justicia?"
    "La Justicia remite a la Verdad", replicó Arthor casi de inmediato, pues él mismo había reflexionado ya sobre estas cuestiones, cuando Kyner insistió en que su protegido estudiase a los filósofos. "Y la verdad tiene muchas caras, Falon. Justicia y Verdad tienen formas que cambian entre las naciones y a través de las estaciones de la historia. Pero la Misericordia... la Misericordia es Amor, y ésta es la misma fuerza y belleza para todas las gentes, para todos los tiempos. Como rey, yo sirvo a la Misericordia, no a la Justicia."
    Falon mostró de nuevo sus fuertes dientes blancos. "Entonces eres mi rey también."


    Magia en el Risco


    Morgeu la Fey dejó el lecho de su marido a la hora en que la luna se deshace en niebla en su camino hacia occidente con la oscuridad. Durmiendo con sus ensalmos al guardián de la puerta cuyo predecesor había muerto horas antes, dejó la empalizada, vagó en sus rojos ropajes y chinelas plateadas por las sombras del bosque y ascendió por un camino de placas azules hasta un risco bajo las susurrantes estrellas. Furia daba poder a sus pasos y marchó con rabioso vigor hasta la cima del pináculo rocoso.
    Desde esta altura del mundo, podía ver a través del Castillo Espiral el lugar donde su medio hermano el rey pondría a prueba su destino contra los pictos. Su hijo, el que ella llevaba en su seno, había perdido el alma a causa de Merlín... y ahora se aseguraría de que Merlín perdiese a su niño también. No importaba ya que sin Arthor el trono que codiciaba para sus hijos cayera de nuevo en disputa entre los señores de la guerra. No importaba el caos que seguiría. Se había esforzado en ser noble, en forjar una reconciliación de amor y magia con su hermano tal como la de los antiguos faraones de Egipto. Pero la imagen espectral del alma de su padre, que hubiera sido el alma de su hijo, pero que se veía ahora capturada por el cuerpo de Merlín, le daba determinación para devolver el golpe.
    Una roja banda de niebla apareció en el este. La fisura entre los mundos.
    Entonando fieramente los nombres del jefe de los dioses del norte, invocó al enemigo más poderoso de Lailokén: "¡Padre de todas las cosas, Gran Padre, Ojo Único que todo lo ve, Furor y Señor de las Runas, Dios frenético de la Caza Salvaje, Sacrificio del Árbol de la Tormenta, escucha mi llamada!"
    El vasto y mudo destello de un relámpago cruzó el claro cielo. La luna brilló en el oeste como un ojo ciego.
    "Furor, mira que Aquila Regalis Thor, tu enemigo, desciende a las simas del Castillo Espiral. Manda a tu Cuervo a espiarlo y a guiar a tus fieles guerreros como lobos hasta él, dondequiera que se esconda. Arráncale la carne de los huesos y ténsala sobre los tambores de guerra que te saludan. Piensa cuan dulce será su música, el batir del tambor, el batir del corazón de un enemigo muerto que no te amenazará ya más."
    Otro chicotazo silencioso del relámpago tremoló a través de la aurora y sacudió las últimas estrellas de sus órbitas.
    "Estas palabras son cantadas para este día desde las honduras secretas de mi ser, donde la sangre y la carne de hermano y hermana cosen la promesa de un mañana que nunca llegará. Violado ha sido mi futuro... y me enfurece que lo que me es más íntimo me haya sido hurtado. Por esta ira y la pequeña muerte dentro de mí, invoco una muerte fiera y más tremenda para un rey. Así sea."
    El mundo auroral quedó en silencio y quieto. Ningún ave anunció el sol. No hubo brisa matutina que las hojas de los árboles perturbase bajo aquella cima estéril. La sombra de la muerte se alzó como niebla.


    Eufrasia y los Pictos


    Un guerrero con un ojo blanco como un huevo hervido le puso la mano a Eufrasia en un lado de la cabeza y le acarició el cabello rubio. Eufrasia estaba desnuda, con los brazos extendidos, los pies separados, sujetos por correas a dos troncos de abedules. Alto el mentón, sus ojos grises miraban desafiantes a sus captores. Hasta ahora ninguno la había tocado, salvo para atarla entre los árboles. La muchacha no se arredró ante las caricias del picto, pues no tenía miedo de lo que el hado le ofrecía.
    Hija de un jefe, deseada por todo guerrero celta soltero del país, tenía toda la intención de sufrir una muerte digna del rango y la belleza que los dioses le habían otorgado. No se humillaría ante estos hombres horrendos y, durante toda la noche se había burlado abiertamente de ellos por su cobardía al reptar como ratas a través de la oscuridad para llevársela.
    "Apártate de ella, Ojo Blanco", le gritó Guthlac cuando volvió de aliviarse entre los matorrales. La bravura y los insultos de su cautiva les impedían a él y a su horda abusar de la hembra. No sólo era mucho más valiosa como rehén intacto, sino que su honor de guerreros destinados a la Casa Hacia el Cielo les exigía respetar a toda la gente de espíritu, incluso a sus enemigos y, en especial, a sus prisioneros. ";Quieres condenarnos a todos a la Morada de Niebla?"
    "Tiene el espíritu en la piel, Guthlac", dijo Ojo Blanco pasando el pulgar bajo el mentón de Eufrasia. "Tócala más adentro y sus insultos se convertirán en lágrimas temerosas y asustados sollozos. Conozco a las mujeres."
    Eufrasia escupió a Ojo Blanco en su ojo sano y carraspeó con una voz que toda una noche de gritar insultos había vuelto áspera: "Todo lo que sabes de mujeres lo has aprendido de las vacas, hijo de yegua."
    Guthlac puso una mano firme en el hombro de Ojo Blanco y lo guió adonde el resto, sentados, cascaban triangulares hayucos en las rocas del arroyo, afilaban los cuchillos en el esquisto, se soltaban sus trenzas de batalla para bañar su cabello al sol del estío o yacían sobre las peñas bajo la luz desnuda, escuchando la pajarera mañana.
    Nadie más prestó atención a la mujer. Todos esperaban que se hubiese acobardado; Guthlac, entonces, la hubiera desflorado como le correspondía hacer a un bravo guerrero con doncellas pusilánimes y los demás habrían desahogado sus ansias en ella después. Pero, evidentemente, la muchacha portaba el favor de los dioses, que infundían espíritu y admiraban a aquellos que lo exhibían con orgullo. Nadie quería mirar a Ojo Blanco, que la había tocado, por miedo a perder la suerte en batalla.
    "Nuestros centinelas en las copas de los árboles no ven venir a nadie en busca tuya", le dijo Guthlac a la joven. "Eres la menor de las hijas de tu padre y te ha abandonado. Acepta tu pérdida porque tiene otras hijas y nietos de ellas. No negociará una alianza con nuestro poderoso rey Cruithni. No ofrecerá oro para que retornes sana y salva, pues Aidan es un jefe demasiado orgulloso para cambiar oro por la vida de una mujer. Así que esperaremos a que acabe este día y entonces te daré a elegir, brava muchacha." El cuchillo del picto suspiró al dejar la vaina. "El cuero cabelludo de una doncella con tu espíritu es un útil talismán y los gritos dolorosos de tu muerte lenta, una canción digna para nuestros dioses." Mostró sus dientes puntiagudos con una sonrisa que casi era un rictus despreciativo. "O puedes escoger la vida y venir con nosotros como nuestra novia confortadora... y tu belleza nos servirá a todos por igual."


    La Tarea del Alma


    Merlín se llenó de diamantes, rubíes y zafiros los bolsillos de sus ropas. El mono con el alma de Dagonet lo observaba desde donde permanecía acuclillado, en un afloramiento mocho de roca del color de la carne cruda. Al resplandor espectral de la Charca del Dragón, el mago se recogió las largas vestimentas y se las ató de forma que se ajustasen a su cuerpo enano. "Vamoz, Dagonet", dijo atiesándose el gorro sobre la cabeza. "Zubamoz de nuevo hacia Ávauon. Con ua magia de ezte sombdedo y eu Tezodo deu Otdomundo conceguidemoz nueztda audiencia con uaz Nueve Deinaz."
    Tal como Merlín prometiera, la Isla de las Manzanas desveló sus secretos cuando Dagonet y él emergieron del agujero bajo el olmo. Con el sombrero puesto, el mago podía volver a interpretar las runas de los menhires. Leyó unos pocos de los poemas a Dagonet, rimas cantadas llenas de un código sobre los tiempos pasados y los tiempos aún por venir, profecías gastadas y desplegadas. Avanzaron entre los manzanos y por musgosas placas de roca abajo, hacia un extraño edificio redondo, marrón como pan de jengibre, mocho y abovedado como el sombrero de un hongo.
    Tras golpear tres veces en la puerta de madera alabeada, Merlín entró y Dagonet lo siguió al austero interior de tierra batida y paredes decoradas con espirales y líneas onduladas de un cálido color. Rayos sesgados de luz azur, que llegaban de una lucerna en lo alto de la bóveda, iluminaban a las nueve mujeres veladas, sentadas en línea sobre tronos masivos de roca. Un aroma suave a otoño colmaba el aire.
    "Dna, deina de uoz Cuchiyuoz de Cíuex", llamó Merlín a la que estaba más a la izquierda. Rna se alzó el velo y mostró un rostro joven, tan humano como parecido al del halcón, con un azul de ocaso en sus sienes, un lustre de escamas ictíneas en su carne y volutas de cabello del color del pecho de un tordo. "Hemoz peddido eu camino. Ayúdanoz."
    "Oh, Merlín." La tristeza nubló su rostro casi hasta las lágrimas. "¿Qué ha sido del trabajo que tu madre te encomendó? ¿Qué de Arthor? ;Cómo ocupará mi lugar, si no cumple las profecías?"
    "Dna...yo...yo...", balbuceó Merlín aturdido y calló. No había esperado esta reprimenda y le ardían las orejas de vergüenza.
    "Has robado un alma, Merlín." La mujer de solemne hermosura movió la cabeza compungida. "¿Cómo has podido hacer eso? Tú, el hijo de Óptima, ¿cómo te has atrevido a interferir en lo que viene de Dios? Ya no eres un demonio. ¿O sí lo eres? ¿Eres Lailokén? ¿O eres Merlín?
    "Dna... yo... yo... no ce que decid..." Merlín tembló de la cabeza a los pies, prieto el corazón como un puño. La humillación lo aturrullaba ante los reproches de la Reina. "Yo... yo... hice uo que cdeí mejod. Eu niñuo ez una cdiatuda de incezto... eu bdutau Goduoiz..."
    "¡Merlín!" Rna lo contuvo con una fiera mirada. "Un niño es siempre un niño y pertenece a Dios. Ve y devuelve el alma al lugar al que corresponde... si no es ya demasiado tarde."
    "Pedo... no ce como vouved." El mago abrió los brazos desvalido y sus largas ropas se arrastraron por el suelo. "Eztoy peddido."
    "Por supuesto que lo estás. El Señor del Fuego que escolta a Dagonet fue enviado para cuidar de Arthor y de ti. Lo enfurece que te hayas vuelto demonio otra vez. Te ha impuesto una misión que deshará tu orgullo."
    "¡Uo ciento!" Merlín arrastró los pies mortificado ante las Nueve Reinas. "Nada de ezto vouvedá a ocudid."
    "Puede que sea ya demasiado tarde." Los garciles párpados grises de Rna se estremecieron soñolientos. "Creíste que sabías más que nadie. Pero ¿qué sabías, Merlín? ¿Qué sabías?" Se bajó el negro velo. "Lo que la mente aprende, el alma lo debe desaprender. Tal es la misión del alma."


    Dejando los Montes Huecos Atrás


    Gorlois se remontó sobre las zarzas y los árboles escuálidos del submundo. El paisaje resplandecía abajo en la luz vinosa del ocaso como una jungla de ensueños. Pero a él no le importaba aquello. Su mente estaba fija en lo alto, en el cielo del mundo subterráneo, el palio de tenues estrellas y luna esponjosa.
    A medida que se acercaba gracias al poder infundido por la magia vertiginosa que recorría su cuerpo de brujo, descubría que los astros y la luna eran sólo sombras luminiscentes en la tierra y la maraña de raíces que pendían del techo de la vasta caverna ctónica. Se lanzó como una flecha contra el muelle interior de la tierra y, con frenética risa, cavó el barro, apartando grandes pedazos de turba. Su magia lo dotaba de fuerza sobrehumana. Masas de tierra cayeron a su alrededor en avalancha y pronto hilos de luz brillaron a través del dédalo de raíces y del suelo poroso sobre él.
    Gorlois emergió a. la luz deslumbrante, convulso de risa. Ya mientras se escurría por la angosta fisura que cavara, la tierra herida sanaba detrás de él. Rodó por la ladera de un cerro bajo un pulido cielo matinal, en el que flotaban algodonosos harapos de nubes. Pinos gemían con el viento paseante, colmado de sal y sonidos de oleaje, y las piedras debajo de él ardían donde el sol las mordía. Se puso en pie, exultante, exuberante, exiliado de la muerte.
    Al mirar alrededor para orientarse, vio que se hallaba en una herbosa escarpada sobre un rebaño de dunas. Chillonas gaviotas se cernían sobre bancos de mejillones donde rompientes gigantes rodaban hacia la orilla como dioses fantásticos de cabelleras de plata. "La Costa Candi", dijo en voz alta, reconociendo la amplia franja en la que las llanuras aluviales del Támesis encontraban el mar. "Los sajones dominan este país."
    Como llamados por la magia de sus palabras, cuatro corpulentos pescadores aparecieron sobre la cresta de la escarpadura cargando entre todos una barca sajona de poco calado. La imagen del desnudo anciano les incitó a gritar. "¡Tú, vejestorio! ;Qué haces ahí?"
    Gorlois no entendía su lenguaje, pero la risa que abriera las puertas de poder en su cuerpo amplió aberturas en su cabeza que captaron los ecos de lo que aquéllos decían, atribuyéndole significado. Al mismo tiempo, su laringe se llenó de alegría y el mero júbilo de estar allí, ante aquellos enemigos, desnudo en el cuerpo de Merlín, dio voz a sus pensamientos en la lengua de los extraños. "¿No me reconocéis, locos?"
    "¿Locos, nos llamas?" Los pescadores dejaron su barca en el suelo y corrieron hacia él. "Tú eres el desquiciado ahí desnudo y llamándonos locos. Dinos quién eres o te daremos un buen baño para refrescarte la memoria."
    Gorlois ladró de risa y dio unas palmadas. Las gaviotas dejaron sus giros en el aire para volar hacia los pescadores, gritando contra sus cabezas, de modo que los hombres hubieron de arrojarse al suelo ante el desnudo extraño como postrados devotos. "Soy Merlín, el mago más grande de toda Britania. Cuando os hayáis hartado de arena, levantaos y llevadme a vuestro rey Wesc. Tengo una proposición que hacerle."


    María Madre, mi vida está en manos de Dios. Todo lo que me ha sido dado puede tomarlo ahora fácilmente, si así lo quiere El. Y si lo que soy —un hombre concupiscente que ha engendrado incestuosamente un hijo— disgusta a Dios más que lo que puedo llegar a ser —un rey que antepone al poder el amor—, que me destruya aquí en el Castillo Espiral, entre mis enemigos. Moriría, de esta forma, por la espada que ha sido mi vida y la esperanza de redención.


    El Bardo Portador de Cerveza


    Por el lecho del arroyo llegó, rasgueando una rota, una cítara de cinco cuerdas y una bolsa de piel de castor sobre el hombro. A la cintura, portaba un cuerno de beber. Tatuajes púrpura decoraban su rostro y sus brazos con antiguas runas al estilo sajón... y por el ojo rúnico entre sus ojos todo el mundo podía ver al instante que era un bardo portador de cerveza, devoto del Señor de las Runas mismo, el Furor. Llegó cantando con sajón ardor: "Guíame al conocimiento verdadero, guíame por los caminos futuros. Padre de Todos, Gran Padre, guíame, guíame adelante."
    Guthlac mismo lo recibió en el vado y le dijo en el dialecto del norte: "Portador de cerveza, juglar, ¿cómo has llegado a esta céltica región? ¿Y de dónde, entre nuestros hermanos sajones, vienes?"
    "El Gran Padre me ha conducido hasta aquí. No vengo de ningún lugar y a parte alguna estoy ligado. ¿No oíste mi canción?"
    "¡Todo el Castillo Espiral oye tu canción, bocazas!", gritó Ojo Blanco desde la orilla del arroyo. "¿Estás llamando a nuestros enemigos?"
    "¿Enemigos?" El portador de cerveza parecía confuso. "Donde yo estoy no hay enemigos. Porque adonde voy va nuestro Gran Padre, el Furor."
    "No hagas caso de ése, bardo." Guthlac lo invitó a acercarse. "Si lo dejáramos, no tardaría en conseguir que acabásemos todos en la Morada de Niebla con su ira. Pero no nos falta hospitalidad para los que pertenecen al Señor de las Runas."
    Guthlac condujo al portador de cerveza orilla arriba, a través de matorrales de agracejo, al campamento, donde había seis de los doce de la horda sentados, cascando nueces y limpiando las armas junto a una mujer desnuda amarrada entre dos árboles. Mientras el bardo pasó su cuerno de licor alrededor y caminó rasgueando su rota, el jefe contó la historia de su captura en una temeraria noche de razia. A medio camino del relato, un destello de lluvia cayó del cielo claro, obvia bendición del Furor por la hospitalidad de la banda al bardo errante.
    Un grito rabioso brotó de Ojo Blanco al ver los tatuajes del portador de cerveza deshacerse en azul bajo la lluvia. "¡Impostor!"
    Con ciega velocidad, Arthor destrozó la rota en la cabeza del picto más próximo y de la bolsa de piel de tejón sacó a Excálibur. Ésta cantó y dos cabezas rodaron, mientras la sangre saltaba de los cuerpos que se derrumbaban. Con un diestro golpe circular, cortó las ligaduras de Eufrasia. La muchacha cayó y aferró la espada del picto decapitado, alzándola con fuerza desesperada y empalando en ella a un guerrero que se le venía encima, Ojo Blanco.
    Los pictos volaron hacia Arthor, saltando como gatos salvajes y con destellos de sol en los filos implacables de sus hojas. El joven rey giró rápidamente ante ellos, usando su espada como una guadaña y tajando con golpe bajo los tendones de sus enemigos, que cayeron gritando.
    Grande y enérgico, Guthlac llegó aullando, con el hacha bien alta; Excálibur derramó sus entrañas y, en negra cabalgada, lo envió a la Casa Hacia el Cielo. Antes de que el resto de los pictos pudiera llegar de sus puestos de vigilancia, Arthor cubrió la desnudez de Eufrasia con la bolsa de piel de tejón, cargó el debilitado cuerpo de la muchacha sobre sus hombros y huyó al bosque primordial.


    El Homenaje de Aidan


    Falon, que había observado la matanza oculto entre una profusión de helechos, rápidamente guió a Arthor y su frágil carga por las sendas secretas de las hoces que él conocía, y pronto se hallaron bien lejos del campamento picto. "Esa lluvia no fue natural", dijo abriendo camino por un sendero de cabras hacia el herbazal de la cima donde aguardaba el caballo de Arthor. "Alguien obra magia contra ti, sire. Sólo tu arte letal te ha salvado."
    "Mi arte habría sido inútil sin el tuyo, Falon." Arthor le ofreció su mano al viejo celta cuando alcanzaron la cumbre. "Tu conocimiento de las runas, tu destreza con la pluma de junco y la Leche del Diablo por tinta, tu cuerno de cerveza, tu rota... ¿de qué otra forma habría podido acercarme lo suficiente para servirme de mi arte? Ven conmigo. Únete a mi compañía y siéntate en la Tabla Redonda como consejero mío."
    Falon movió la cabeza. "Soy demasiado viejo, sire. Deja una nueva rota para mí antes de partir. Esa música es la única compañía que necesito."
    Durante el camino de vuelta a la empalizada, Eufrasia se mantuvo fuertemente sujeta a su campeón. "Hablas su lengua muy bien; creí que eras de su ralea."
    "Crecí convencido de que mi padre había sido un sajón, mi señora, y me esforcé desde muy pronto en aprender lo que creía su lengua."
    Cuando las puertas de la empalizada se abrieron de par en par, Aidan se quedó estupefacto al ver a su hija. Su abrazo jubiloso rompió el rigor del impacto y el jefe cayó de rodillas ante el joven de rostro y brazos azules. "Rey Arthor, acepta mi homenaje. Tú eres mi señor y todo lo que tengo es tuyo. El Castillo Espiral defenderá el norte contra nuestros enemigos. No habrá alianza con los pictos. Sólo tu bandera ondeará en estas murallas."
    Eufrasia, haciendo a un lado a su madre y a las doncellas llorosas que se habían arracimado a su alrededor para cubrirla de seda, se arrodilló a la sombra del rey. "Soy tuya, mi señor."
    Aidan asintió con una sonrisa. "Tiene mi bendición para seguirte... si estás dispuesto a tomarla, mi señor."
    Arthor se precipitó a levantar a Eufrasia y movió la cabeza una vez, tenso de pronto el corazón al pensar en entregarse a otra mujer después de la tragedia con Morgeu. "Mi señora..."
    Su mente galopó en busca de palabras que lo rescatasen. "Tengo muchas batallas aún por delante. Mereces cosas mejores después de lo que has sufrido a causa de mi negligente protección. Vida más feliz tendrás sin mí."
    Aidan y su mujer asintieron sorprendidos, tomando el miedo al amor del joven rey por compasión hacia su hija. No podían imaginar que un hombre pudiese no amar a Eufrasia por su belleza y su coraje, y aceptaron el rechazo de Arthor como un verdadero acto de altruismo. En aquel mismo lugar, el jefe declaró: "Por este gesto, me has convencido del mérito de tu dios crucificado, señor. Un amor te ha enseñado más grande que el que he visto en cualquier hombre. Envíanos a tus sacerdotes y los escucharemos con corazones abiertos, para aprender a amar como tú lo haces."
    Kyner se dio una palmada en el pecho al oírlo y Cei alzó las manos de sorpresa ante el logro de su hermano. Sólo Bedevere sonrió fríamente ante el tacto de Arthor. Sólo él oyó la fatuidad en las palabras del rey, porque conocía la historia de Morgeu y la invisible y recalcitrante herida del hombre.


    María Madre, ¿me equivoco al dejar a Eufrasia atrás? ¿Yerro al sacrificar mis deseos carnales y la esperanza de mi corazón de reparar el mal que he causado con Morgeu? En este día, mi sangre podría haber corrido con la tinta por mi cuerpo. Dios me ha salvado. Sin duda no me ha librado de la espada para que busque consuelo en los brazos de una mujer... ni siquiera en los brazos de una mujer tan hermosa como Eufrasia. Con demasiada facilidad me ha desencaminado el deseo. Mi recompensa es la lealtad que he ganado este día de los clanes del norte... y la promesa de Aidan de recibirla buena nueva de nuestro Salvador. Éstos son placeres perdurables, mientras que los de la carne llegan con el ardor, la intensidad y la brevedad del relámpago... y sólo para que los sigan atronadoras consecuencias. Perdóname, María. Perdóname, si ahora traiciono el amor por miedo al deseo.






    OTOÑO:


    Casa Secreta
    del viento

    Decidor de la Ley


    El rey sajón Wesc ocupaba una villa romana de trescientos años de antigüedad rodeada de álamos majestuosos. Las viejas viñas de la finca habían sido arrasadas para hacer sitio a cobertizos de adobe y cañas: alojamiento para los colonos de Sajonia y Jutlandia. En medio de ello, se alzaban todavía la bodega y el mas del viñador, que servían ahora de edificios administrativos para los foederatus, la alianza de las tribus del norte que ocupaba las tierras bajas orientales de Britania.
    Gorlois irrumpió desnudo en la bodega, riendo sofocadamente como un lunático. Recios guerreros cubiertos de cascos de cuero, con arreos de batalla casi romanos, lo escoltaron a través de un mosaico del dios del vino, Baco, que dos siglos de viento y lluvia habían convertido en espectro de su antigua belleza. Las cámaras que contuvieran un día cubas de fermentación exhibían ahora "alimento de cuervos"... o trofeos de guerra: tapices de entretejidos cueros cabelludos, arpas de hueso humano, tambores hechos con la piel de enemigos desollados y estantes cubiertos de cráneos convertidos en copas. Aquí residían los skalds y vitikis, los bardos y videntes.
    No había ninguno presente cuando los guerreros trajeron al riente mago, pues su extraño semblante y sus crispadas carcajadas los atemorizaban. Sólo el Decidor de la Ley, el vitiki personal del rey, aceptó el riesgo de esta peligrosa confrontación. Anciano y sabio en los senderos de la magia, presidía la reunión desde un banco de autoridad que había sido tallado a partir de la piedra de la prensa central. Los bloques manchados de púrpura habían sido apilados formando dos columnas, una a cada lado de donde el dignatario se sentaba sobre una piel de lobo, cuya cabeza yacía apoyada encima del hombre con los colmillos desnudos. De cada columna pendían racimos de cráneos humanos.
    El Decidor de la Ley. a pesar del calor del verano, vestía pantalones y una camisa de lana de mangas largas, un manto rojo y largas trenzas de pelo ceniciento. Parecía tan viejo como Gorlois, pero no reía. Con un tenue movimiento de sus ojos legañosos, ordenó a los guardias partir y observó a Gorlois con atención estremecedora. "Soy el Decidor de la Ley del rey Wesc. No tengo miedo de tu magia, Merlín."
    "Deberías tenerlo, vejestorio." Gorlois sonrío con perfidia. "Deberías tenerlo." Proyectó su fuerza mágica y, con una risotada, hundió la máscara del lobo en la cabeza del dignatario.
    El Decidor de la Ley no pareció turbarse en absoluto. Se ciño más fuerte la piel de lobo alrededor y continuó mirando a Gorlois con fría apreciación. "La magia no puede nada contra la virtud."
    "¿Vosotros habláis de virtud?" Gorlois rió más fuerte y los cráneos colgantes repicaron con vehemencia, arrojando dientes y esquirlas de hueso. "¿Vosotros, ladrones de tierras, asesinos, osáis hablar de virtud?"
    "La tierra es la piel del Dragón del Mundo", declaró el mustio Decidor de la Ley con voz potente. "No puede ser poseída y así no puede ser robada. En cuanto a asesinar, ésa es la fe del fuerte."
    "¡Te mostraré la fuerza!" La magia de Gorlois tumbó la pila de bloques de piedra a su derecha "¡Yo soy fuerte! ¡Y tú me obedecerás!"
    "La virtud es más fuerte", replicó el Decidor de la Ley y se inclinó para recoger un puñado de polvo de cráneo y de piedra de la columna caída. "Incluso alguien tan viejo como yo puede derrotarte con una mano vacía."
    Gorlois no ante la presunción del anciano y se preparó para tumbar el banco de piedra y tirar al Decidor de la Ley de espaldas. Pero, antes de que pudiera actuar, los carrillos del añoso sajón bufaron y una nube de polvo envolvió la cabeza de Gorlois. La risa se detuvo en el ataque de tos y las puertas de poder en él se cerraron.
    El Decidor de la Ley se levantó, agarró a Gorlois por su larga nariz y se lo llevó, asfixiándose y chirriando, de la sala de los bardos.


    María Madre, en este día he sobrevivido a mi decimosexto año. Para conmemorarlo, Kyner y Cei cabalgaron hasta la ciudad junto al acantilado sobre el río de Greta Bridge y organizaron una fiesta, una jubilosa celebración. Me quedé genuinamente sorprendido —y avergonzado— de que toda la población se volviese a saludarme con fuertes hurras, como si hubiese ganado ya batallas en lugar de no haber hecho otra cosa que rescatar de una pequeña banda a la hija del jefe de un clan. Pero me alegra decirte que no olvidé mi promesa en el frenesí de las festividades: bebí néctar de frutas y evité el vino. Cei y muchos otros bebieron libremente y se desmayaron durante la danza de las guirnaldas. Lot y el señor de Greta Bridge resistieron mucho mejor el vino y me honraron con un desfile de gaitas. Oh sí, y Bedevere insistió en que conmemorase el acontecimiento estableciendo mis colores reales. Escogí el rojo y el blanco... por la sangre de Cristo y por la paloma de la paz, el Espíritu Santo. Sólo más tarde, después de que los sastres de Greta Bridge hubieran tejido mi bandera con un águila roja sobre un campo blanco, observó Kyner que había seleccionado los colores opuestos a los de mi padre, el verde y el negro. Tal cosa me parece justa ahora que me arrodillo ante ti, pues yo no soy el Señor del Dragón que él era, nacido para la púrpura, educado para liderar hombres. María Madre, recuerdo bien que hasta este verano no era sino el pupilo de Kyner, entrenado para servir como un perro leal, para defender y obedecer a mi amo. Así es como Dios me preparó para esta tarea. Tal como es su propósito, defenderé y obedeceré. Sólo que ahora, en lugar de a un único amo, sirvo a una nación de amos.


    El Viaje al Sur


    En la larga cabalgada al sur a través de la región de los lagos y por los montes de Cymru, Kyner señaló las cestas de cuerda tejida con conchas y cascaras de semilla que aparecían en los campos y los vergeles cargados de fruta. "Cestas rituales, señor", se quejó colocando su caballo junto al del rey Arthor. "Mabon... las ceremonias del equinoccio otoñal. La gente proporciona alimentos para el viaje del Rey Sol, que se ha convertido en Señor de las Sombras y navega hacia el oeste y el sur, al invierno."
    "Quememos los campos marcados por las cestas paganas", aconsejó Cei. "Un invierno de hambre curará a estos campesinos de su culto demoniaco."
    "La antigua fe conforta cuando llega la oscuridad", razonó el rey Arthor. Desde su temible viaje a los montes huecos, sabía que los dioses que esta gente adoraba eran reales y merecedores de respeto. Sabía también, por sus estudios de los clásicos romanos, que ninguna religión fue vencida con ensaña. "Vivamos nuestra fe con devoción y celebración y, con el tiempo, la gente verá el mérito de nuestro Salvador."
    Kyner y Cei no dijeron nada, pero compartieron una mirada de duda y preocupación.
    En Viroconium, una floreciente ciudad-mercado de puertas en arco y murallas de piedra rojiza, la población recibió al rey Arthor con música de arpa y tambor, altas hogueras para dar calor al sol vaneciente y danzas del árbol en las empedradas plazas del mercado. El rey participó jubiloso en el festival celta, pero insistió en que se dijera una misa al aire libre y pidió a toda la multitud que la atendiera. Cada comida, la abrió con una plegaria de gracias al Señor. Y en su recorrido por la campiña, tuvo buen cuidado de visitar las granjas del perímetro que exhibían cestas de Mabon, predicando personalmente a los labriegos la fe de los apóstoles.
    "Estoy satisfecho de ti, hijo", le confesó Kyner a Arthor el día en que la vía romana que seguían entró en Cymru. "Tú honras a nuestro Salvador con palabra y obra. Y fuiste sabio al deshacerte de Merlín."
    Arthor lo miró sorprendido y se tornó en la silla. "No me deshice de él. Creo que decidió quedarse atrás en Camelot."
    "Las palomas que nos han traído noticias del retorno de los elefantes a Camelot no dicen nada del mago", observó Bedevere.
    "Es un demonio." Cei cabalgaba detrás de su padre. "Cuando se te reconoció como rey, su amo infernal debió de llamarlo al averno. Mejor estamos sin su magia y sus impíos embrollos."
    Arthor sintió una inquietud repentina, pues había preferido creer que su mago lo esperaba en la capital. "Mandad pájaros a todos nuestros puestos", ordenó de inmediato. "Descubrid qué ha sido de Merlín." Situó su caballo al lado del de Cei. "Merlín fue una vez un demonio, hermano. Pero ahora es un hombre y un devoto de Dios. Mi primer día como rey, me dijo que quien quiera servir a los cielos debe primero conquistar el infierno. ¿No revela esto su verdadero corazón? Yo creo que es el siervo fiel de nuestro Señor."
    Cei permaneció callado por un momento, reluctante a contradecir abiertamente a su rey. Al final, achicó su mirada y habló. "Así pues, si quieres encontrarlo", rezongó, "sugiero que empieces tu búsqueda en el infierno."


    LOS Perros del Infierno


    Merlín —aún en el cuerpo de Dagonet— se llevó a Dagonet —éste en el cuerpo de Lord Mono— por el sinuoso sendero que salía de la morada de las Nueve Reinas. Emergieron no en Ávalon, sino a un fuerte romano. Restos de desmoronados pilares bosquejaban la columnata de las dependencias del comandante, pero nada quedaba de los barracones y edificaciones exteriores, aparte de unas pocas y superficiales depresiones en la tierra donde se alzaran los postes de sostenimiento. Una brisa de otoño portaba hojas muertas y un soplo de frío sobre la tierra ahogada de maleza. En lo alto, en un cielo ceniciento, el sol era oscuro y pequeño como un albaricoque.
    Con grito simiesco, Dagonet saltó detrás de Merlín. Una jauría de perros salvajes avanzaba por el patio cubierto de hierba. Sus flancos costillosos y sus ojos destellantes confesaban un hambre perpetua.
    Merlín miró alrededor en busca de refugio, pero las ruinas ofrecían poca cobertura. Sólo el agujero de una bodega, cercado de yedra y a algunos pasos de distancia, prometía esperanza de salvación. El enano agarró al mono y corrió hacia el lugar mientras la jauría cargaba contra ellos.
    Con un grito de terror, Merlín infundió toda su fuerza a sus pequeñas piernas, pero los pies se le enredaron en las largas vestimentas y cayó de bruces al suelo de borroso mosaico. Un arañar de garras el piso lo rodeó al instante y esperó el mordisco de colmillos ardientes en cualquier momento. Agitando su enorme sombrero en tímida defensa, el mago rodó sobre sí. Vio entonces que la famélica jauría se había detenido a escasas pulgadas de él; sus alientos carnales lo lavaban con mórbida humedad y sus faces caninas lo miraban con una sonrisa fiera de rabia contenida.
    "¡Lailokén!", gruñó una voz cáustica que surgía del negro can más cercano a él. "¡Sabía que nos encontraríamos otra vez!"
    Dagonet chirrió de terror ante la bestia parlante.
    "¡Edez un demonio!", comprendió Merlín.
    "¿No me reconoces?"
    "Eztoy muy dizminuido." Merlín gesticuló señalando su cuerpo enano. "No te deconozco."
    "También yo estoy muy disminuido, Lailokén", gruñó el perro negro. "Tras el daño que sufrí en la batalla de los llanos de Londinium hace tantos años ya, tuve que tomar refugio en serpientes, murciélagos y perros hambrientos. Ha sido un periodo miserable."
    La voz despertó en Merlín hondos, viejos recuerdos de su existencia eónica como demonio Lailokén, cuando rabiaba contra toda forma, contra todas las criaturas pergeñadas a partir de materia, como parodias, como abominaciones del puro ser que conociera en el origen antes de que el mundo explotase en el frío y la oscuridad del vacío. "¿Azaeu?"
    "Sí, Lailokén." Los núcleos de los ojos del perro negro brillaron con luz febril. "Soy tu viejo camarada, Azael. Y ahora que me reconoces... puedo desgarrarte la garganta y librarte del saco de tripas que te encierra. Vagaremos libres por el mundo bestial los dos, acumulando fuerzas para unimos al resto en la oscuridad del espacio..."
    Antes de que el demonio pudiera decir más o hacer gesto de querer cumplir su amenaza, Merlín sacó del bolsillo un diamante del tesoro del Dragón y lo arrojó a las fauces de la bestia. Un relámpago de rojas púas de energía cegó al enano y al mono por un instante y, cuando pudieron ver otra vez, hallaron al perro negro convertido en cenizas sobre el mosaico del suelo. El resto de la jauría aullaba y se alejaba trotando, con los rabos entre las piernas.


    White Thorn


    El rey Arthor sintió lágrimas abrasarle los ojos al ver el enclave empalizado de White Thorn, donde un humo de cocinas se rizaba sobre los tejados. Las puertas estaban abiertas, decoradas con las últimas flores de la estación, y la gente del clan, entre la que había crecido, se precipitó hacia el joven, vitoreándolo al verlo bajo el estandarte cristiano del Chi-Ro y portando el laurel de oro de alto rey.
    El rey permitió que lo alzasen de su caballo y lo portasen en hombros al asentamiento de su anónima infancia. La última vez que partió de estos toscos edificios de madera en el corazón de Cymru, era un sirviente taciturno y reluctante que se odiaba a sí mismo. La vida como bastardo de bajo nacimiento por el que el jefe sintiera piedad era humillante. Tal fue la razón de que se arrojara una y otra vez de un modo tan temerario al combate por el jefe Kyner, esperando morir en el campo de batalla y hurtar para sí aunque fuera sólo este pequeño honor. Nunca habría podido imaginar que retornaría a White Thorn como monarca de toda Britania.
    Las celebraciones fueron entrañables y duraron días. Fue festejado por cada casa del clan y se disculpó ante todos y cada uno, siervos incluidos, por su truculenta conducta pasada. A todos asombraba la transformación del muchacho. Ya no era el oso al que todos temían y que sólo Kyner podía controlar. Se había deshecho aparentemente de todo su rencor y rezumaba calidez y afecto por todos los que lo recordaban.
    Una fresca mañana de otoño, Cei halló al rey paseando solo por las sombras doradas del bosque fuera del enclave. Bedevere, siempre a la vista del rey, vigilaba desde debajo de un gran abedul y se apartó silenciosamente cuando vio a llegar a Cei.
    "Pareces perturbado, señor."
    Arthor emergió de sus ensoñaciones y su ceño se hizo más hondo al ver a su hermanastro. "Estamos solos, Cei. Llámame Arthor."
    "Bien, pues, Arthor... ¿son los jinetes de la tormenta en la costa los que te doblegan los hombros?"
    "Son una oscura preocupación para mí, Cei. Pero no. Esta mañana, me entristece la memoria." Hizo un gesto hacia una alcoba del bosque aún verde, pero salpicada ya de destellos oro y amaranto. "¿Recuerdas lo que ocurrió en esta arboleda?"
    "Fue sólo tres inviernos atrás", dijo Cei con un indicio de impaciencia, poco alegre con el recuerdo. "Estábamos cazando. Un lobo inmenso nos sorprendió. Yo huí... tú resististe y acabaste con él. En casa, aseguraste que era yo quien había matado a la bestia. Te odié por ello."
    Arthor asintió y se volvió para mirar directamente a los ojos hondos de su hermano bajo la frente prominente y masiva. "Si hubiese dicho la verdad, aquella piel magnífica habría ido a parar a los barracones de los sirvientes. Yo quería que se exhibiera donde los jefes y nobles pudieran verla. Por ello mentí."
    "Ah, ahora lo entiendo." Los ojos grises se dilataron de comprensión. "Creí que habías sido noble y mentido para honrarme ante mi padre... ¡tú, el hijo espurio, dándome honor a mí, el hijo del jefe! ¡Ja! Era incapaz de soportarlo. Pero ahora, lo que dices me muestra qué parecidos éramos."
    "Y siempre lo habíamos sido...y siempre lo seremos, Cei." Se puso su mano de nudillos cuadrados en el pecho. "No soy más que un corazón hambriento, como cualquier otro... hambriento de honor y de respeto. No soy noble. No en el corazón. Sólo de nombre."
    "Bien, hermano menor", dijo Cei con una sonrisa cómplice, "algún triste día, tu corazón y sus hambres morirán contigo y se enfriarán para siempre. Pero tu nombre", rodeó los hombros de su hermanastro con el brazo y caminó con él hacia la arboleda donde su malentendido comenzara tres inviernos y toda una vida atrás, "tu nombre reconfortará al mundo."


    María Madre, he tratado de confesarle a mi hermano mis miedos hoy. Le he revelado por qué mentí acerca del lobo aquel. Quería decirle más... hablarle de mis dudas sobre si soy digno de ser rey... de Morgue y la vergüenza de mi lascivia... de mi miedo, mi miedo terrible a fracasar. Pero Cei no quiere escuchar mis debilidades. Está orgulloso de que yo sea rey. Su orgullo y la devoción que me muestra son las razones de que lo haya nombrado oficialmente mi senescal. Servirá a Britania como un delegado fiel, porque su fe en nuestro Salvador es poderosa. Pero yo... yo dudo de que pueda confiarle mis más verdaderos sentimientos. Para él y para todas las gentes de Britania a las que he de servir de acuerdo con la decisión de nuestro Padre, debo ser rey. Y así, María Madre, te ruego que me ayudes a guardar mis dudas y mis miedos para mí mismo. Primero es el amor, tal como me has enseñado. El amor de un rey es su fuerza. He de ser fuerte para aquellos que confían en que puedo protegerlos. Pero contigo puedo ser sólo quien realmente soy: un muchacho que quiere ser hombre, un hombre que se esfuerza por ser rey y un rey que sabe que es un crío.


    El Árbol de la Tormenta


    El Decidor de la Ley arrastró a Gorlois de la nariz a la cámara de un vitiki, un vidente sajón. Allí, entre colgaduras de cueros cabelludos humanos y un despliegue de cráneos para beber, escogió un cuerno de cabra y lo destapó. Un hedor a carne muerta manó de él.
    "¿Qué estás haciendo?", logró exhalar Gorlois cuando el anciano le soltó la nariz.
    "Enviándote al Árbol de la Tormenta, Merlín", cacareó el añoso consejero. "Allí discutirás sobre la virtud con los mismos dioses, si quieres. No tengo paciencia para semejante parloteo. ¡Vete ahora!"
    Antes de que Gorlois pudiera retener el aliento y provocarse una risa lo bastante fuerte para abrir las puertas de poder en el cuerpo del mago, el Decidor de la Ley le hincó el extremo del cuerno en la boca y vació en ella su fétido contenido. Aquél trató de escupirlo, pero el anciano le apretó la nariz y le tapó la boca, de forma que Gorlois, con un grito ahogado, se halló tragándose el maligno elixir.
    Al instante, dejó su cuerpo. El puente arcoiris se extendió ante él y voló a través de sus vibrantes colores, elevándose desde el rojizo resplandor de la luz sangre tras sus párpados al amarillo radiante de la luz del día y desde los verdes bosques hasta el cielo azul. Aterrorizado, se halló entre las girándulas estelares y las hebras nebulosas de los vapores cometarios. Una vista arrobadoramente hermosa se extendió ante él bajo las flagrantes estrellas y una inmensa luna cacarañada: montes púrpura y azules arboledas que descendían hacia prados esmeralda tachonados de lagos de dorada calma.
    Un gigante caminaba hacia él a través de los valles, con su capa azul fluyendo translúcida y ondulada como el humo de estrellas en lo alto del cielo. Gorlois reconoció a la primera mirada la barba salvaje, listada de hollín y el rostro aquilino del dios ciclópeo —rasgos que hicieran famosos fábula y cantar—."¡El Furor!"
    Una densa fragancia a viento de tormenta y relámpago surgían del dios gigante a medida que avanzaba, con sus botas de jabalí portándolo de legua en legua a cada paso. Extrañamente, al acercarse, pareció encogerse. En pocos momentos, estuvo al alcance de la mano, sólo una cabeza más alto que Gorlois, y dijo con una voz honda y envolvente: "Tenemos que hablar."


    Un Viaje por Mar


    Para demostrar a Marcus Dumnoni que lord Lot y sus guerreros celtas habían sido ganados para la Orden del Rey, Arthor navegó con Lot desde Cymru hasta Hartland, en los dominios de Marcus. Lot dejó sola con reluctancia a su grávida esposa en el norte, preocupado por su salud. Mientras navegaban, aferraba el rizo pelirrojo que portaba en una correa de cuero sobre su bíceps izquierdo.
    "Veo que amas a mi hermana", dijo Arthor al añoso jefe junto a la barandilla del barco, contemplando los farallones de Cymru envueltos en brumas de otoño quedarse atrás. "Te ha dado dos estupendos muchachos." El rey miró a Gareth, sentado en el armario de bitácora junto al timonel, que le mostraba a Gawain cómo gobernar la nave. La escena despertaba el anhelo en él de una verdadera familia y dijo una media verdad: la verdadera mitad de su deseo de genuina realeza... y la oscura mitad de su horror de que su propia hermana hubiera engendrado de él por venganza. "Comparto tu tristeza de que Morgeu no se decidiera a acompañarnos. Me hubiera gustado que estuviera a mi lado al encontrarme con mi madre."
    "Morgeu tiene poco amor por Ygrane desde que la reina se hizo idólatra de la cruz." Lot habló de forma ausente; luego, cayó en la cuenta y afrontó al rey con expresión solemne. "Perdóname, señor. Quería decir cristiana. Ahora que mis guerreros y yo te hemos jurado lealtad, hemos prometido no hablar mal de tu fe."
    "Estás más que perdonado." El rey posó una mano en la maciza muñeca del jefe. "Te ofrezco mi gratitud por tu disposición a soportar mi fe."
    "Nuestras preocupaciones por el otro mundo no deben confundir nuestros pensamientos sobre este mundo, o seremos presa fácil para nuestros enemigos comunes." El rostro correoso de Lot, ancho y enjuto al mismo tiempo, tenía los rasgos de un auténtico norteño y había en sus ojos un perverso sesgo, aunque un destello de respeto los iluminaba. "No me importaría que adorases a los mismos faunos, que desterraron a los dioses de mi pueblo al inframundo, pues has demostrado ser un rey digno en el Castillo Espiral. Te lo digo con sinceridad y sin vergüenza, Arthor: si hubieses abandonado a Eufrasia, te habría llamado fraude a la cara y te habría arrancado esa linda corona de la cabeza. Pero lo que hiciste y cómo lo hiciste, asumiendo tú solo todo el peligro, es la acción de un verdadero rey. Te sirvo con honor."
    Un gruñido rompió la fusión de miradas del hombre añoso y del joven. Bedevere aterraba la barandilla con su única mano y se inclinaba todo lo que podía al exterior del barco, lívido de mareo.
    "Atiende a tu asistente", dijo Lot, volviendo su atención a los cabos de tierra de los que se alejaban, "y déjame a mis plegarias por mi mujer."
    Arthor cruzó la cubierta hasta el lugar donde Bedevere, con los ojos en blanco, jadeaba. "¿No tienes más de aquella sabrosa Hierba de San Martín para sentarte el estómago, viajero?"
    "No os burléis de mí, sire", gruñó Bedevere. "Mis miserias están más allá de cualquier remedio herbáceo."
    "¡Y tú, que has recorrido el mundo entero!"
    "Por tierra, sire... por tierra..."
    "¿Se sabe algo de Merlín?" Arthor aferró el cinturón de Bedevere para impedirle caer por la borda. "¿Han retornado las aves?"
    "Desde todos los puntos, sire. Pero no hay noticia del mago." Bedevere vació la garganta en el mar batiente, boqueó, escupió, gimió y murmuró: "Merlín se ha caído de la faz de la tierra... y yo no tardaré en unirme a él."


    Rex Mundi


    El enano Merlín recogió unos puñados de las cenizas que quedaron del perro negro que ocupara el demonio Azael. "Ah, ahoda veo pod qué uaz Nueve Deinaz noz mandadon de Ávauon a ezte wugad. Quedían que noz encontdácemoz con Azaeu."
    El mono Dagonet asomó de la cripta a la que se había arrojado de cabeza para huir de los perros babeantes. Trepó al exterior y paseó nerviosamente alrededor de los restos cinéreos del demoníaco can.
    "¿Quiedez zabed pod qué uaz Deinaz noz enviadon a Azaeu?" Merlín extrajo un zafiro y un rubí del tesoro del Dragón en sus bolsillos. "Pada haced magia, Dagonet. ¡Magia!"
    Dagonet chirrió ansioso.
    "No tengaz miedo." Merlín inclinó su sombrero de forma que los rayos del sol calentaran las gemas y cenizas. "Mida. Nada ocude todavía. Voy a expuicadte uo que quiedo haced y, como ez peuigdozo y ponddá en diezgo nueztdaz vidaz, no hadé nada cin tu pedmizo. ¿De acueddo?"
    Dagonet el mono asintió nervioso con la cabeza.
    "Eu demonio Azaeu no eztá muedto", explicó Merlín. "Eztá cimpuemente atuddido... y en ezte pouvo, pod eu momento. Combinando en mi sombdedo mágico ezte pouvo con eu dubí y zafido deu Ddagón, puedo ensambuad a Dex Mundi —Dey deu Mundo—, Pdíncipe de uaz Tiniebuaz. Un demonio con fodma fícica. Pedo no un demonio mauigno. No. Un demonio que noz obedecedá. En deauidad, un demonio que ceda nozotdoz. Con ezte poded, poddemoz pedceguid a Goduoiz, decupedad mi cuedpo y devouvedoz a ti y a Uodd Mono a uoz vueztdoz. ¿Te padece bien?"
    Dagonet meneó la cabeza con incertidumbre.
    "¿Quiedez ceguid como mono?" Merlín agitó el sombrero y las gemas tintinearon con sonido musical. "Todo uo que nececito ez un mechuón de pieu de mono y un bucue de ezte peuo. Una vez combinadoz... ¡poof! Noz convedtidemoz en Dex Mundi." El mago se pellizcó contemplativamente el mentón con el índice y el pulgar, y añadió: "Pod zupuezto, ez muy peuigdozo. Ez tu cuedpo y eu de Uod Mono combinadoz eu que ocupademoz. Ci un enemigo noz mata, tú y eu mono modidéiz, Dagonet. ¿Quiedez codded eu diezgo?"
    El mono Dagonet se enderezó, se llevó el puño al pecho como un antiguo romano y asintió.
    "¡Bien! Entoncez hagamoz magia." Con la arista afilada de una roca, Merlín cortó unos pelos de la piel del mono y un rizo del cabello pelirrojo que le cubría la cabeza, los entretejió y los alzó al sol. Vio los ojos ansiosos del mono, parpadeó y dejó caer la hebra al interior del gorro.
    Un destello de fuego azul anegó el sol durante un intervalo cegador y, en aquella explosión de luz, las siluetas del enano y del mono se fundieron y elongaron, tremolando y estirándose como sombras proyectadas por el fuego. Cuando la irradiación mágica disminuyó, una sola figura se alzaba donde antes hubiera dos: un hombre alto en ropajes azul medianoche con una cabeza de rizos color gena, una barba erizada y negra, y un rostro bestial, plano como el de un simio y acentuado por los trazos plateados de las cejas sobre una mirada penetrante, honda y oscura como la noche.


    La Marca del Furor


    En una rama del Árbol de la Tormenta, muy por encima de los desiertos azafrán, de los ríos arteriales y de las arrugadas cordilleras de la Tierra, Gorlois se arredró ante el Furor. "¡Soy un hombre cristiano!", gimió. "¡No te acerques a mí, dios salvaje!"
    El ojo único del Furor, gris y tempestuoso, se contrajo y el dios habló en mesurados tonos fríos. "Tú no tienes amor por tu dios crucificado, Gorlois... sólo por ti mismo. No puedes esconder tu corazón de mi ojo que todo lo ve."
    Gorlois se estremeció. "¿Qué quieres de mí, dios terrible?"
    "Has robado el cuerpo del demonio Lailokén." Una tenue sonrisa apareció bajo la barba masiva del Furor. "Esta es una oportunidad que los enemigos del demonio no debemos derrochar. Lo queremos muerto, desde luego, devuelta su alma a la Morada de Niebla de la que llegó."
    "Entonces... yo moriré." Gorlois se atrevió a levantar la cabeza para encontrar la mirada gélida del dios del norte. "¡Yo no quiero morir, Padre Universal!"
    "¿Así que ahora soy para ti el Padre Universal, Gorlois?" El Furor sacudió la cabeza con desaprobación. "Hace un momento era el dios salvaje y terrible. Pero la idea de la muerte me ha ganado tus afectos, ¿no es así?"
    "Yo he estado muerto." Gorlois se retorció las manos al pensarlo. "No recuerdo nada. No era nada. Pero estoy vivo otra vez. No me hagas nada."
    "No temas, Gorlois. Tienes un lugar para tu alma en la matriz de tu hija. Cuando el cuerpo de Lailokén muera, serás libre de vivir otra vez, vástago de tu propio vástago y descendiente del enemigo que tomó tu mujer para sí. Oh, la poesía de todo ello..." El ojo del Furor centelleó de risa. "Pero no mataremos a Lailokén de inmediato. Su cuerpo es útil para nosotros. Y así, te devuelvo a él."
    "Oh, gracias, gran dios del norte. Gracias."
    "Te devuelvo al cuerpo de Lailokén con mi marca... para que puedas oírme y verme cuando yo desee." El Furor se inclinó sobre él y el aroma púrpura a trueno mareó al hombre mortal. "Me obedecerás en todas las cosas."
    "Sí, lo haré. Te obedeceré."
    "Porque, si no lo haces, Gorlois, te arrancaré del cuerpo del demonio y te arrojaré al Reino de los Muertos para que la diosa Hel haga contigo lo que quiera." El Furor retrocedió un paso. "Ahora yérguete y recibe mi marca."
    Gorlois se enderezó vacilante ante el dios inmenso y de barba inmensa.
    El Furor sacó su cuchillo y lentamente lo posó contra la frente de Gorlois. "Quieto, mortal. Si fallo, te volverás loco para siempre. ¡Quieto!"
    Gorlois se mantuvo rígido y la hoja fría del Furor le penetró la frente.





    Arthor e Ygrane


    Noticias del rey Arthor llegaban diariamente a Tintagel portadas por palomas mensajeras y por los viajeros que alcanzaban la ciudadela de majestuosas torres de piedra blanca y escalonadas torretas. Muchos de los caminantes eran peregrinos que venían a adorar en el santuario atendido por las Santas Hermanas del Grial. Aquellos que habían asistido al festival quinquenal de Camelot y habían visto al joven rey por sí mismos lo describían con detalles exagerados. Así que, cuando Marcus Dumnoni escoltó a lord Lot, al jefe Kyner y a Arthor a la cámara de audiencias en el ala oeste del castillo, Ygrane, la abadesa vestida de blanco, no sabía qué esperar.
    Arthor era más alto de lo que había imaginado. Con sólo dieciséis años y el rostro imberbe aún, tenía la misma talla que Cei, el enorme hijo de Kyner, y, aunque no tan musculado, resultaba de una imponente presencia física con sus largos hombros, su cuello fibroso y sus miembros robustos. Su pelo castaño de tejón, cortado tiempo atrás como el de un centurión romano, había empezado a crecer y lo llevaba recogido hacia atrás, revelando una frente ancha y un rostro con los rasgos de Ygrane: una nariz recta y larga, y una quijada ancha. Con mejillas arreboladas, los ojos amarillos de su padre contemplaron a la abadesa, brillantes de gozosas lágrimas.
    Al abrazarlo, Ygrane percibió, más allá del amizcle del caballo, un aroma más oscuro y rico, como si el zafiro tuviera una fragancia... y su mente se atorbellinó con recuerdos felices y casi olvidados de Uther Pendragón. Se apartó de él con el corazón exaltado. "Éste es mi día más feliz desde que me casé con tu padre."
    Lot, Kyner y Marcus saludaron a la madre del rey y abandonaron luego la sala de audiencias; Bedevere los siguió y cerró la puerta al salir. Solos, madre e hijo se miraron en silencio uno a otro durante un lapso largo, e Ygrane tocó el rostro de Arthor y memorizó sus líneas con las yemas de sus dedos y sus vividos ojos verdes. "Cada doncella del reino te querrá para sí", dijo por fin y sonrió. "¿Hay alguna ya que se haya ganado tu favor?"
    "No, madre." El sonido de la palabra madre reverberó en él, pues así llamaba a menudo a su patraña, la Virgen María... y aquí estaba ahora su verdadera madre con atavíos sagrados. Espantosos recuerdos de Morgeu lo asaltaron y sus labios temblaron queriendo confesar su pecado mortal, pero no pudo hallar voz que dar a su horror.
    "La idea del amor te turba", observó Ygrane y le tomó a su hijo las manos. "Ven. Siéntate conmigo en la mesa desde la que resolverás los conflictos de tu pueblo y háblame de tu dolor."
    La mente de Arthor giró confundida al sentarse en una silla de marfil labrada con un dragón y un unicornio. "No sé cómo empezar..."
    "Dime su nombre." Ygrane se sentó junto a él y posó una mano comprensiva sobre los puños prietos del muchacho. "¿Tiene un nombre esta mujer que ha infligido un daño tan hondo a un corazón tan joven?"
    "Tú conoces su nombre, madre." Arthor examinó sus ojos desconcertados para ver si entendía.
    "¿Soy yo?", concluyó ella y una aguja de angustia le punzó el corazón. La idea de que la causa del dolor de su hijo fuera su decisión de desprenderse de él cuando niño la hería, no de culpa, pues ella sabía que había renunciado a él por la seguridad de la criatura, sino, más bien, porque le hacía sentir la pena de no haber podido amarlo desde crío. "¿Sufres porque te envié lejos de mí tan pequeño y te obligué a vivir sin madre?"
    "No..." Su voz se redujo a un agonizante susurro y exhaló el nombre que lo había maldecido. "Morgeu... la mujer que me ha causado sufrimiento es Morgeu, tu hija, mi hermana."


    El Espectro en la Niebla


    La noche en las Islas Septentrionales del dominio de Lot portaba las acrobacias de una niebla marina que ascendía de las calas a las cimas de abedules. Morgeu, envuelta en pieles de visón, vagaba por el frío humo melodioso buscando al espectro de su padre, el alma de su hijo. Una luna hambrienta como pábilo sofocado decrecía en el oeste y se desvanecía en fosforescentes honduras.
    "Morgeu... estoy aquí", llamó una voz áspera desde la brumosa oscuridad entre los árboles. "Estoy marcado. Protégete los ojos."
    "¿Padre?", inquirió Morgeu y marchó a tientas por la noche vaporosa hasta tropezar con un tronco. "¿Dónde estás?"
    "Aquí." De la gastada luz de estrellas y ajironada bruma surgió el espectro de Gorlois, labrado su rostro de un modo terrífico: un ojo sesgado en el centro de su frente y, en la órbita vacía donde el ojo debiera haber estado, su boca gemía; el mentón se hallaba severamente torcido por el desalojo. "Protégete, hija. Estoy marcado por el Furor."
    El hálito de Morgeu la abandonó en un ardiente soplo de humo que portó un grito escuálido. "¡Por los dioses! ¿Qué te ha ocurrido?"
    "El Furor..." Su pálida voz desmayó con el recuerdo del dolor infligido. Pero el daño había cesado ya y, en su lugar, el futuro se extendía revelado; por la fuerza del ojo místico del Furor, veía el tiempo extenderse hasta un futuro que no reconocía: urbanas atalayas de hialinos chapiteles y carros sin caballos de compacto metal por caminos tersos como noche fundida. Y el tufo, el cáustico hedor del futuro le abrasaba los pulmones...
    "Padre, padre... ¿qué ha sido de ti?" Las manos de Morgeu pasaron desvalidas a través de la desnuda aparición.
    Gorlois veía que el tiempo era una inevitable senda recta. Más allá de los siglos, presenciaba resplandores como domos carbonizar las ciudades de cristal dejando sólo negras siluetas, como si añicos del sol hubieran caído a la tierra. Bajó la mirada del dolor cegador del apocalipsis y la enfocó al presente, a él mismo y su hija Morgeu. El tiempo no parecía esa misma senda recta aquí en la bruma, bajo la luz esencial de los astros. Volviendo la cabeza hacia un lado, vislumbraba a su hija lustrosa de sudor y con el resto sanguinolento de un niño muerto en las manos; mirándola desde otro ángulo, el niño medraba en su pecho.
    "He venido por orden del Furor", anunció Gorlois. "He venido para servir al que todo lo ve."
    Al fin, Morgeu comprendió. "El Furor te ha marcado para que veas lo que está por venir." Se arrimó al descompuesto visaje de su padre. "Dime, ¿qué es lo que ves para mí?"
    "Veo nacimiento y veo muerte también."
    "Nuestro futuro está aún por decidir", repuso ella, exhalando un aliento humoso con la excitación. "Cómo culminemos lo no consumado decidirá nuestro futuro. Has de volver al Furor; déjale guiarte. Vuelve, padre."
    Obediente, Gorlois se sumergió en la niebla y se fundió con la oscuridad.


    Berserkers


    Las salinas de Droitwich y los criaderos de algas de Rameslie proporcionaban las exportaciones más lucrativas de Dumnoni después de las minas de plata y estaño, y el duque Marcus, y antes que él el duque Gorlois, habían tenido buen cuidado de rodear estos pueblos costeros de las mejores defensas posibles. Barcos de guerra patrullaban los puertos y soldados a caballo montaban guardia en los acantilados, siempre vigilantes de las ágiles barcas de saqueo sajonas. Nadie esperaba un ataque por tierra.
    Acuclillados entre los setos y algarrobos que congestionaban las colinas en el linde del bosque entre los dos pueblos, varias docenas de guerreros de la tormenta aguardaban el mediodía. Eran guerreros-lobo devotos del Furor y consagrados a morir en batalla. Cuatro noches atrás, amortajados por la luna nueva, habían desembarcado en playas remotas y enterrado sus naves en las dunas. Viajando sólo en la oscuridad, alcanzaron los dos puertos bulliciosos sin ser detectados.
    En el momento en que sol alcanzó el zenit, cuando los horrores de su asalto y la bravura de su sacrificio se vería mejor iluminada, los guerreros-lobo descendieron sobre su presa. No cargaron al principio; se limitaron a caminar por las sendas de los montes abajo, bien altas las cabezas, con las melenas oro y rojo flotando en las brisas del mar y las hachas de guerra portadas de modo casual al hombro. Desnudos salvo por sus correajes y sandalias, parecían mortalmente vulnerables.
    Ni siquiera cuando los fabricantes de barcas y rederos que había en el terreno arenoso tras los pueblos avistaron a los sajones y gritaron alarma, apresuraron los guerreros-lobo su asalto. Su aproximación relajada a la batalla les ganaba el respeto de los dioses. La destrucción de Rameslie y Droitwich estaba preordinada por la misma presencia de los Lobos y no había necesidad de malgastar fuerzas hasta que lo que habían venido a destruir estuviese al alcance de sus manos.
    Gritando, la población corrió a las playas, pues los Lobos se habían desplegado cortando toda huida hacia el interior. El Furor había decretado que nadie se libraría del frenesí asesino de sus guerreros, salvo aquellos que el mar tomara para sí. Una vez en los pueblos, los sajones destruyeron hogares y hornos de arcilla e incendiaron los habitáculos y los depósitos del mercado y los diques secos. Los soldados a caballo que cargaron monte abajo para defender los puertos se metieron de cabeza en nubes de humo cegador y hachas vertiginosas.
    La matanza fue rápida. Tras hachar las patas de los confusos caballos y destazar a los jinetes, los Lobos volcaron las calderas de sal, descalabraron todo lo que había a su alcance y corrieron aullando, cubiertos de hollín, hacia la multitud de pescadores, traficantes de sal y otras gentes del pueblo que se apiñaban en la arena contra la creciente marea. Para los cristianos, aquellas hordas bárbaras, alarizantes, que surgían de los turbulentos vapores de las llamas fustigadas por el viento, eran la mano sulfurosa que venía a llevarse sus almas al infierno y muchos murieron de rodillas rezando por su salvación, incluso cuando sus cabezas habían volado de sus hombros.
    Cuando por fin los barcos de guerra alcanzaron la orilla para enfrentarse a los bárbaros, tuvieron que abrirse camino por un banco de destrozados cadáveres, los cuerpos flotantes de sus familias. El horror los derrotó. Los Lobos hendieron fácilmente los cascos de las naves con sus hachas poderosas y a los marineros que luchaban por mantenerse a flote los arrastraron por el pelo hasta la playa a fin de desollarlos mejor para sus tambores de guerra.


    EL Grial


    Ygrane escuchó aterrada el relato que Arthor le hizo de la mendaz seducción de Morgeu y de la concepción de un hijo incestuoso. Cuando concluyó y, con un sollozo, ocultó el rostro entre sus manos sobre la Tabla Redonda, Ygrane se levantó y se fue. Buscó un armario elaboradamente labrado y abrió sus puertas de caoba y madreperla incrustada para recuperar, de su aterciopelado interior, el Santo Grial. Las buenas Hermanas de Arimatea —que no eran sino las Nueve Reinas de Ávalon— les habían confiado el vaso sagrado a ella y a Uther una Navidad dieciséis años atrás.
    El esbelto cáliz de cromo ataujiado de oro contenía, recubierta del precioso metal, la verdadera copa de arcilla de la que Yeshua ben Miriam bebió vino durante la celebración de la Pascua y de su inminente sacrificio cinco siglos atrás. Los Annwn, los Señores del Fuego de origen supracelestial, habían preservado la copa bajo una elegante cubierta de cromo incorruptible y filigranas de oro que, de algún modo, retenían una carga mágica de sagrado poder. Ygrane rezó para que esta magia bendita sanase el agudo sufrimiento de su hijo.
    Colocó el Grial delante de él e, incluso antes de levantar la cabeza, el rey Arthor sintió su gracia. Como uva exprimida que en vino se condensa y oscurece en los barriles, la opresión de su corazón —sus recuerdos de lascivia y de vergüenza— empezó a destilar más hondo en el alma, como un lento ocaso.
    Mientras observaba su desconcertado reflejo en la superficie espejeante del Grial, su madre le habló suavemente de las Nueve Reinas. "Ahora viven como espíritus en Ávalon, el antiguo lugar ceremonial desde donde los dioses celtas reinaran antes de que los faunos los desterraran a la guarida subterránea del Dragón. Los Annwn —los Angeles de Dios— las emplazaron allí para que, contemplando el presente, pudieran ayudar a cambiar el alma del futuro." Enjugó una lágrima de la mejilla del muchacho. "Algún día, cuando mueras, irás allí y la más anciana de las reinas quedará libre para retornar a la rítmica duración del renacimiento y la muerte. Te juro estas cosas por todo lo que es sagrado. Tú representarás los últimos diez mil años del gobierno de los reyes, emperadores, cesares, faraones y jefes."
    Arthor contempló a su madre y vio en la mirada triste de Ygrane la verdad de lo que decía.
    "Tú servirás a los ángeles", dijo ella, "y a la humanidad por todo el futuro que nos queda..."
    "Hasta el Segundo Advenimiento", comprendió Arthor. "El Apocalipsis de la Revelación."
    "Que es lo que el dios de nuestros enemigos, el Furor, llama Ragnarok, el Crepúsculo de los Dioses. "Ygrane tomó consoladora la mano de su hijo. "Así que ya ves, tu sufrimiento personal, los errores de tu corazón, su pasado y sus consecuencias, por más terribles que sean, son la sombra arrojada por la luz de tu ser radiante. Has de aceptarlos, Arthor. Has de aceptar su vergüenza. y su dolor sin permitir que estos sentimientos terribles traicionen a quien realmente eres, gobernando tus acciones." Le soltó la mano y le puso las suyas en el pecho. "Deja que ese mal que es peculiarmente tuyo permanezca aquí, confinado en los límites de tu corazón."


    Por un Camino Oscuro


    Rex Mundi caminaba por la tierra. Dagonet, Lord Mono, Merlín, Azael y un anónimo Señor del Fuego marchaban alertas en el espacio interior del truculento ser amalgamado. El Señor del Fuego y Azael se afrontaban uno a otro en tablas perpetuas. La compensada tensión entre ellos podía hacerlos girar uno en torno a otro durante un millar de milenios y la fuerza mágica que surgía de este orbitar sostenía la improbable figura del Príncipe Oscuro.
    Mientras tanto, Merlín meditaba en cómo recuperar su cuerpo de Gorlois. Dagonet observaba el mundo asombrado de hallarse tan alto y poderoso. Y Lord Mono se preguntaba qué comería a continuación.
    Hacia las distancias de la tarde Rex Mundi avanzaba, buscando orientarse. Años antes, en su demanda para hallar a Uther Pendragón, Merlín había cruzado de punta a punta toda Britania y conocía cada panorama del país. No estamos lejos de Rameslie, puntualizó al percibir el ondulado terreno y dirigió su atención hacia un campo de luz entre dos montes de bosque aborigen. Tras esa hendidura aguarda el mar. Hacen allí excelentes pasteles de pescado.
    Con las noticias de alimento, Lord Mono elongó los pasos.
    ¿Que hadán con nozotdoz ua gente deu puebuo?, inquirió Dagonet. ¿No dezuutamoz un poco teddibuez de ved? Se miró las manos, cubiertas de una piel correosa y gruesa y de ralos pelos como alambres.
    Son cristianos buenos y trabajadores, respondió Merlín a las preocupaciones de Dagonet. Si alabamos a nuestro Salvador y no causamos problemas, nos aceptarán a pesar de nuestro poco convencional aspecto.
    Con la ansiedad de Lord Mono de devorar su primera comida desde que mordisqueara una manzana en Ávalon, Rex Mundi hizo rápido progreso por los caminos de los pastores a través de los pastizales. Mediada la tarde, ascendió a un altozano que dominaba Rameslie y desde allí confrontó los espeluznantes restos de la masacre de los Lobos. Ceniza negra y consumida perfilaba la zona donde se alzara la población. Esparcidos sobre el terreno oscuro brillaban docenas de melones rosados: las cabezas de las víctimas sin sus cueros cabelludos.
    Lord Mono y Dagonet se estremecieron de horror y trataron de salir huyendo, pero la voluntad más fuerte de Merlín los contuvo. "Esto es obra del Furor." Habló en voz alta, densa de dolor la voz. "Desafía descaradamente a nuestro nuevo rey."
    ¡Vámonoz de aquí, Meduín!, himpló Dagonet de espanto. ¡Uoz incudzodez pueden eztad todavía pod aquí!
    "Oh, ojalá estuvieran, Dagonet", gruñó Merlín con pesar. "Entonces verías cómo actúa de verdad un demonio."


    Vampiro


    Morgeu atravesaba la noche. Conducía un carro hacia el sur, determinada a encontrar el alma que había servido a su padre y que había elegido para el crío en sus entrañas. Por la desencajada aparición de Gorlois sabía que el Furor lo había marcado... y eso significaba que estaba en las garras de las tribus nórdicas. Sólo el país de los pictos al norte y el dominio de Cantii en el sudeste estaban ocupados por las gentes del Furor y su trance le había revelado a la hechicera que los pictos no tenían al viejo duque.
    Aunque las carreteras estaban llenas de baches y las heladas de setenta inviernos las hacían inmensamente resbaladizas, Morgeu viajaba sin miedo. Al caballo que tiraba del carro lo había dotado de visión nocturna y ella misma escudriñaba el paisaje con ojos en los que brillaban pupilas carmesíes. Las mismas piedras de la vía resplandecían ante su mágico mirar.
    Durante el día, ocultaba el carro tras compactos setos o en densas arboledas y dormía. Soñaba con la vida secreta de su nonato, que flotaba sin alma dentro de ella. Bajo el oscuro arco de sangre, aquél nadaba contra corriente hacia el muro onírico del útero, ávido de succionar la sangre raíz de las madres, que acallaría sus recuerdos del mar y de las contorsiones del pez, ávido de beber de la leche de sal que le impartiría el conocimiento exigido para ser humano...
    A la tercera noche de viaje, un hombre pálido como la luz de la luna y de rostro cortés apareció en el camino. El caballo se asustó de él. Morgeu reconoció su mórbida naturaleza al instante. "¡Por fin!" Dejó caer las riendas y se recostó en el banco con una mirada de alivio. "He estado buscándote."
    "Y yo a ti. dama de rojo." El hombre pálido tosió gentilmente. "¿Bajarás para venir a mí o he de ir a ti yo?"
    Morgeu le hizo un gesto con sus dedos vestidos de anillos. "Ven. Haz el favor."
    En un parpadeo, el hombre estuvo sentado a su lado; el caballo se crispó de miedo e hizo mecerse la entoldada carreta. Morgeu lo tranquilizó con un silbido suave. "No careces de ascendiente sobre los animales", la cumplimentó el extraño.
    Morgeu se permitió una tenue sonrisa. "Tengo ascendiente sobre todas las cosas." Notó que el hombre sin sombra vestía la hermosa túnica de un tiempo perdido, un ropaje blanco bordado con serpientes entrelazadas, delfines saltadores y la gran mariposa del alma en el centro del pecho: vestiduras fúnebres. "Eres uno de los antiguos."
    "Más de lo que puedes imaginar, señora." Posó una mano fría en el muslo de Morgeu y todo el cuerpo de la mujer se estremeció.
    "Oh, nada es tan antiguo." Una risa divertida rebosó de ella. "Yo diría que llegaste a esta frontera hace cuatro siglos, con la segunda legión, la Legio Adiutrix, bajo Agrícola... pero no como oficial, ni siquiera como soldado." Le dirigió una mirada intensa a su faz angosta, sorprendida. "Posees el gentil semblante de un aristócrata mercantil. ¿Son mis conjeturas correctas. Terpilius?"
    El hombre espectral se apartó y sus colmillos cintilaron en las comisuras de su boca abierta. "¿Qué criatura eres tú, que lee las almas?"
    "¿Yo?" Morgeu alargó el brazo y agarró firmemente con su mano ardorosa la muñeca gélida del extraño. "Yo soy tu señora."


    María Madre, he necesitado tiempo para pensar en qué decirte después de todo lo que he aprendido con mi madre mortal, Ygrane. Es una buena mujer, más hermosa de rostro y alma que lo que me atreví a esperar desde que supe de ella en Camelot. Ama a tu Hijo como yo lo amo. Vive tal como Él nos enseñó. Pasa los días atendiendo a los enfermos y pobres de los alrededores de la fortaleza que ella ha convertido en abadía. El Santo Grial le ha sido confiado, elaboradamente recubierto de cromo y oro por los mismos ángeles. Es sin duda una mujer de santidad. Y sin embargo... sin embargo, María Madre, me habla de Ávalon, de la Isla de las Manzanas, de las Nueve Reinas y la reencarnación, la transmigración de las almas... materias que parecen más paganas que cristianas. Aunque los mismos ángeles han encargado a las Nueve Reinas la misión de velar por nosotros, ésta es una realeza pagana. Ah, pero entonces tu Hijo ha estado con nosotros sólo estos cinco siglos pasados, mientras que la más joven de las Reinas tiene más de diez mil años. Quizás ésa sea la razón de que nuestro Padre me haya elegido para morar entre ellas cuando muera, para que les transmita la buena nueva. Pero ¿qué de mi alma, entonces? ¿Qué de la promesa de mi salvación? Sin duda, ésta está garantizada aunque tenga que morar como un espectro entre espectros durante miles de años. Los cristianos no nos reencarnamos, ¿no es así? Los sacerdotes dicen que no. No renacemos una y otra vez entre las formas innumerables, tal como los celtas creen. Discúlpame, Madre, por venirte con estas preocupaciones. No sé qué hacer de ellas, si no. Si sólo Merlín estuviera aquí conmigo. Temo que esté muerto. ¿De qué otra forma explicar su ausencia? No dispuso todo lo necesario para que fuera rey con el mero propósito de abandonarme luego. Debo aceptar que está contigo ahora. Debo sondar mis propios misterios, los que Madre Ygrane comparte conmigo... si sólo hubiese tiempo para sondar estos milagros. Los invasores infectan la costa. Saben que estoy aquí, en Dumnoni, y atacan para desafiarme. Ruega por mí, Madre. Ruega que Dios me otorgue la claridad y fuerza necesarias para defender nuestra isla y reino.


    Marcus Ensangrentado


    Las masacres de Droitwich y Rameslie enfurecieron a Marcus Dumnoni, que ignoró las peticiones del rey Arthor de reunirse con él y los dos jefes, Lot y Kyner. Impaciente por hallar el rastro de los sajones que habían destruido sus dos pueblos más productivos del litoral, guió una fuerza montada a lo largo de la costa. Arthor lo llamó todavía desde las murallas de Tintagel, pero el duque no le había rendido homenaje y no estaba obligado a honrar las órdenes de aquel jovencito.
    "¡Tenemos que seguirlo!", insistió Cei cuando Arthor, frunciendo el ceño oscuro, descendió las escaleras de piedra del bastión. "¡Ponte al frente de nuestras tropas!"
    Arthor sacudió la cabeza. "Las tropas deben descansar. La marcha desde el norte las ha agotado."
    Los jefes veteranos, Kyner y Lot, asintieron, ambos de acuerdo con la sabia apreciación que el rey hacía de sus fuerzas.
    Cei alzó las manos con un grito contrariado. "Entonces, ¿qué esperanza tienes de ganarte al duque, si dejas que libre solo sus propias batallas? Piensa como un guerrero, no como estos hombres viejos y cansados." Hizo un somero gesto con la cabeza en dirección a Kyner. "Perdóname. Padre."
    "¡No perdono semejante insolencia!", le chilló Kyner a su zafio hijo. "El rey tiene razón. Marcus no va a la caza de tropas de foederatus. Estos son berserkers. Guerreros-lobo. No han venido a Britania a robar tierras, sino a morir."
    "Cuando caiga la noche, Marcus alimentará a los cuervos", predijo Lot, y se tornó para cruzar el patio hacia los barracones, donde los hombres de su clan esperaban ansiosos las órdenes del nuevo rey.
    Tal como Lot había previsto, Marcus halló poco rastro de los incursores hasta tarde aquel día. Escondidos hasta entonces tras las dunas de la playa, los Lobos emergieron de la larga luz del atardecer. Sabían de antemano que la destrucción de los dos puertos provocaría la salida vengativa de un ejército y habían interpretado el territorio con precisión suficiente para situarse directamente en su camino a la hora de los dos mundos.
    Marcus ordenó a su caballería cargar a lo largo del elevado borde costero por encima de los llanos de arena junto al mar para caer letalmente sobre los sajones. Pero los Lobos se habían anticipado a esta maniobra y, durante todo aquel largo día, mientras esperaban a sus escoltas a la Casa Hacia el Cielo, habían cortado pacientemente los centenares de macizas raíces que fijaban aquel borde de tierra al bosque más allá. Bajo el peso de la carga de caballería toda la escarpadura se colapso, despeñando a los jinetes y lanzándolos a los llanos, donde los Lobos los esperaban con sus hachas afiladas.
    Con un grito atónito que le vació los pulmones, el duque Marcus contempló desde el linde del bosque a hombres y caballos caer, entre olas de arena y deshechos, adonde los berserkers danzaban, centelleantes sus hachas a la luz escarlata del fin del día. Partió a toda velocidad hacia allí, pero pronto comprendió la futilidad del sacrificio y tensó las riendas. Había enviado el grueso de sus fuerzas a aquella carga de caballería y todo lo que quedaba era él mismo, los tamborileros montados y dos cirujanos.
    Recorriendo airado el terreno por encima de la colapsada escarpadura, vio a través de ardientes lágrimas a los Lobos danzar en la luz amaranto y dejar atrás las formas rotas de sus soldados antes de desaparecer en la repentina avalancha de oscuridad.


    El Hombre del Furor


    Gorlois despertó aún instalado en el cuerpo de Merlín, alerta y enérgico, pero se halló sentado desnudo en un pozo, sobre un fango de heces y hojas muertas. Un grito desde arriba atrajo su atención a lo alto del pozo, donde un rostro de barba rojiza lo miraba. De pronto, éste se alejó gritando en lengua sajona: "¡El hombre del Furor está despierto!"
    Una sola mirada le bastó a Gorlois para espiar el sueño privado de aquel hombre: Vagar del clan de Gelmir, orgulloso del brazo con el que manejaba la lanza, temeroso de que lo traicionase su dañada rodilla izquierda...
    El Decidor de la Ley apareció en lo alto de aquella prisión, con su cabeza calva temblequeante y una mirada de astuta satisfacción. Imágenes de su corazón inundaron a Gorlois y vio las brutas cuerdas de peligro que este hombre tocaba en el instrumento de su cuerpo: ayunos aniquiladores y pociones hipnóticas.
    "Retírate, Hjuki el Decidor de la Ley", clamó Gorlois y alzó las manos por encima de la cabeza. "¡Retírate y vuelca las cisternas!"
    El Decidor de la Ley desapareció de la vista y, un momento después, tal como Gorlois había previsto, varios hombres corpulentos se acercaron al borde del pozo y vaciaron sobre él grandes barriles de agua. La cascada lo limpió del fetor de la mugre que lo cubría y, poco después, una cuerda anudada cayó sobre sus manos expectantes y lo sacó del lugar.
    Las lentas pulsaciones del sol latían en todo lo que veía, iluminando los más profundos recesos. El Furor había marcado su alma con el ojo fuerte y le había otorgado el poder de ver la verdad de todo lo que mirara. Sus manos alzadas revelaban la verdad de sí mismo: el espectro de un audaz usurpador en la carne tejida por los Señores del Fuego, a los que los celtas llaman Annwn, significando El Otromundo, como si aquellas entidades radiantes no fueran seres individuales sino manifestaciones de un reino supracelestial. Y lo eran. Ahora podía verlo. En la urdimbre de la piel de Merlín, percibía su solitario, decidido amor por el Origen, la fuente de energía infinita de la que este cosmos emergiera miles de millones de años atrás en una explosión de pura luz tan intensa que ninguna forma pudo existir hasta que el vacío, frío y oscuro, hubo helado en materia la luz...
    El Decidor de la Ley apartó las manos de Gorlois de sus ojos fascinados y los guardias le frotaron el cuerpo con piedra pómez y esponjas espumosas, antes de enjuagarlo con agua aromatizada. Mientras lo vestían con los colores del Furor —holgados pantalones negros, camisa naranja bordada de signos azabache, un jubón rojo con botones de ónice y botas de piel de lobo— él contemplaba el rostro del dios entre las nubes en lo alto. Un ojo ártico le devolvía la mirada. En sus grises honduras, vislumbraba el futuro: las horas apresuradas de los días por delante, el viaje al norte a la abarrotada población fluvial de Londinium, los hoscos ojos persas de Severus Syrax...
    "No mires muy hondo, hombre del Cuervo", le advirtió el Decidor de la Ley. "Lo que veas ahí te quebrantará."
    Gorlois aceptó el consejo y pasó su mirada penetrante, a través del ancho rostro del Furor, al otro ojo, a la órbita vacía en cuya negrura flotaban todos los seres mortales como rocío titilante en la gran telaraña de la vida, reflejando cada criatura su propia y pequeña chispa de luz original contra la oscuridad de la muerte.


    Salvado por el Diablo


    A través de las confusas nieblas matutinas, Marcus Dumnoni guiaba de vuelta a Tintagel aquellos pocos desgraciados que quedaban de su partida de guerra: dos cirujanos y varios tamborileros. Los tambores habían sido abandonados atrás en el bosque, donde los supervivientes yacieran a cubierto toda la noche. Habían temido que los berserkers que destrozaran su compañía los acecharan a la luz de las estrellas y todos ellos, incluido el duque, habían puesto maniotas a sus caballos y se habían escondido entre la hojarasca algo más lejos. Con las primeras luces, desataron a los brutos y partieron.
    El duque Marcus siguió una ruta más larga hacia la ciudadela, por el bosque, creyendo que pasarían más desapercibidos a sus enemigos ocultos por los árboles que a plena vista en la franja costera. Pero el duque estaba equivocado. Los guerreros-lobo habían pasado la noche entre las dunas y, con la falsa aurora, se habían desplazado hacia el interior para asesinar a quien se cruzara en su camino. Se encontraron con Marcus en una arboleda bajo un orvallo de luz matutina.
    Los gritos de batalla de los Lobos derrotaron los inútiles alaridos del pequeño grupo del duque y sólo los caballos llegaron a chillar más fuerte, cuando sus patas cedieron bajo los drásticos golpes de las hachas imponentes. El duque se desmoronó con su corcel, manteniendo la espada en alto. Con estridente fervor, bramó pidiendo la misericordia de Dios, cuando su montura le rompió la pierna izquierda al caer y lo dejó atrapado bajo su peso muerto. Un berserker con la cabeza cortada de un tamborilero en una mano le arrancó la espada con un golpe de su hacha y dirigió la hoja contra él en arco fulgurante.
    Antes de que el implacable filo pudiera tajar, una mano de piel correosa y pelo áspero agarró el mango del arma y le arrebató el hacha al sajón. El duque, que se retorcía de dolor, vio un hombre alto, espantoso, con guedejas de pelo rojo, una erizada barba negra y un rostro feral. El monstruo arrancó al berserker el brazo con un sonido húmedo, desgarrador. Marcus vio la sangre salpicar los símbolos bordados en las ropas de Merlín. Después, el dolor de su pierna rota lo hizo desvanecerse.
    Rex Mundi atacó a los guerreros-lobo con salvaje velocidad y furia asesina. Merlín había librado a Azael de su vínculo circular con el Señor del Fuego y el demonio usó a Rex para acabar rápido a los sajones. En instantes, catorce guerreros quedaron destrozados en el suelo del bosque. Luego, el mago exigió a Azael que retornase al cuerpo mágicamente ensamblado que creara a partir de Dagonet y Lord Mono... pero el demonio no quería obedecer. Con un gélido aullido, Azael se precipitó al bosque, dispuesto a obrar maldades contra el rey en Tintagel.
    "¡Oh, douod!", se lamentó Dagonet percibiendo las intenciones de Azael.
    "Cálmate", lo tranquilizó Merlín. "Si nos movemos rápido en dirección opuesta, Azael tendrá que seguirnos... porque, si interponemos mucha distancia entre nosotros, el cuerpo ensamblado se caerá a trozos y el demonio se convertirá otra vez en cenizas de perro. ¡ Vamos!"
    Dagonet y Merlín dieron la espalda a los cuerpos rotos de los muertos y a los gimientes cirujanos y tamborileros todavía vivos. Con torpe paso, movieron a Rex Mundi hacia el este, confiando en que el Señor del Fuego los mantuviera unidos. Los gritos de los supervivientes cristianos los siguieron un largo trecho entre los árboles.


    Cuchillos contra el Rey


    Azael tuvo poco tiempo para obrar el mal antes de que el Rex Mundi en retirada lo forzara a volver a la irresoluble tensión de sus círculos con el Señor del Fuego. Alargó sus dedos gélidos de miedo hasta Tintagel y tocó los corazones de los celtas de Lot. Los movimientos de estos pequeños retazos de conciencia eran fáciles de manipular y, en pocos momentos, inflamó en cuatro guerreros un odio rabioso por el joven rey, el loco que despreciaba su fe venerable y adoraba a un dios foráneo y crucificado. Oscuras miradas se cruzaron y Azael se relamió al pensar en las consecuencias que pudo leer en ellas antes de partir.
    Ninguna oportunidad asesina se les presentó a los férvidos celtas hasta el mediodía. Mientras los jefes y sus hombres se reunían en el salón principal para comer, con Kyner presidiendo a los cristianos y Lot a los de fe Daoine, el joven monarca se hallaba en la capilla con su madre y las monjas. Un mustio deje de incienso en el aire aceró la cruel intención de los cuatro asesinos, acabar con la influencia de este dios extranjero, y se escurrieron silenciosamente entre las sombras vinosas que caían de las vidrieras en las ventanas. Con los pasos amortiguados por las plegarias susurrantes de las monjas, dos asesinos se aproximaron por cada lado del lóbrego santuario, bajos y desnudos los puñales, preparados para golpear hacia arriba y eviscerar a su enemigo.
    El rey había dejado su famosa espada en el altar, en cada uno de cuyos extremos parpadeaba una pequeña lengua de fuego en una lámpara carmesí. Desarmado, se arrodillaba en un reclinatorio con Ygrane, que también había de morir por traicionar a los Daoine Síd y abdicar como reina de un pueblo mucho más antiguo que los romanos. Las monjas, absortas en sus plegarias, no prestaron atención a los cuatro intrusos semidesnudos. Los asesinos cruzaron el cancel del presbiterio y cayeron sobre la arrodillada pareja. Pero antes de que pudieran golpear, una sombra despertó de su quietud como si una de las estatuas hubiese cobrado vida de pronto.
    Bedevere fluyó veloz a través del mármol, interponiéndose entre los cuchillos y sus víctimas. Su única mano aferraba una espada corta, que destelló en el aire oscuro como una llamarada. Repicando con nota aguda, dos cuchillos volaron para estrellarse en el suelo. Un floreo ágil y rápido de la espada corta labró espirales de luz refleja con un silbido de áspid y detuvo en seco a los otros dos celtas armados. Antes de que pudieran huir, se situó de un salto lo bastante cerca para cortarles la garganta. "¡Cuchillos!", gritó y las dos armas restantes resonaron contra la piedra del suelo.
    Los chillidos alarmados de las monjas atrajeron a los soldados de la guardia, prontas las espadas. "¡No derraméis sangre en este lugar sagrado!", ordenó el rey y se acercó al lugar donde Bedevere había agrupado a los cuatro celtas. "¿Por qué?"
    La ira en sus ojos fríos le dijo todo lo que sus voces se negaban a decir. Cuando llegó Lot y ordenó furioso que los sacaran al patio, marcharon derechos en su desafío.
    "¡Hermano!", llamó Arthor a Lot y, al volverse el viejo guerrero, le dijo el rey con firmeza: "No les quites la vida. Despídelos de Tintagel y de nuestro servicio... ilesos."


    La Sangre-Raíz


    Durante el día, Morgeu atendía al caballo que tiraba de su carreta cubierta, se bañaba en gélidos arroyos bajo el sol del zenit, comía lo que los huertos y pequeñas granjas del camino tenían que ofrecer y dormitaba bajo los árboles. Guardaba a Terpilius el vampiro cubierto con tierra arcillosa en el carro. Por la noche, él viajaba sentado junto a Morgeu y le narraba entretenidos cuentos de la Vieja Britania.
    Ocasionalmente, le permitía vagar en busca de sangre, pero siempre bajo la severa condición de que se saciase sólo de cristianos. Terpilius no se atrevía a desafiarla porque ella, en el alma del vampiro, podía leer cualquier cosa. Las sombras le hablaban a Morgeu. Y cuando ella lo tocaba, su cuerpo frío o cantaba o lloraba.
    Más a menudo, Morgeu lo mantenía a su lado y lo nutría con la sangre-raíz del niño sin alma en sus entrañas. Mientras ella gobernaba el vehículo, él yacía con la cabeza en su regazo, los ojos cerrados, succionando cálida fuerza directamente de su interior, de la fuente de la sangre misma. En las noches claras, Terpilius abría sus ojos a la Osa Mayor y su propia oscuridad emulaba la nada y el vacío entre los astros.
    "Tal es el miedo de todos los vampiros", replicaba ella a los pensamientos de la criatura. "No hay lugar para ti en la Foresta Dichosa, ningún camino te lleva a la Casa Hacia el Cielo, no te acepta el dios crucificado, que predicó amor y condena con fuego de infierno. Sólo la vacuidad te espera al final de tu hambre."
    "Yo sueño... sueño... el vacío sería dulce..."
    "Mas no tan dulce como la sangre, el calor prendido en los candelabros de las estrellas y olvidado tanto, tanto tiempo en los mares." Le acarició a Terpilius el pelo sedoso con una mano mientras conducía. "Olvidado hasta que las primeras junglas lo recordaron y del polvo de estrellas, de las semillas de hierro sembradas en los estertores de agonía de los astros, creció el vino rojo, la sangre-raíz que tú sorbes. Yo lo sé. Yo lo he visto."
    Él tembló con inmemoriales pasiones al oírla hablar así. E incluso aunque hubiera podido escapar de su lazo sortílego, no lo habría hecho. Cerrados los ojos, oprimía la faz contra el vientre de la mujer y su irradiante calidez lo envolvía, tal como ella envolvía a su hijo sin alma, colmando su cuerpo de un gozo inmundo. Muchas noches de viaje pasaron antes de que él pensase siquiera preguntar: "¿Por qué eres tan cariciosa conmigo, señora? ¿Por qué me has tomado de mi lugar en los bosques del norte?"
    "Tenemos un trabajo que hacer, Terpilius." Sus pequeños ojos negros se endurecieron como pedazos de carbón. "Un trabajo de sangre. Obra húmeda, cálida."
    "¿Y cuando el trabajo esté hecho, señora?" No se atrevió a abrir los ojos por miedo a la maligna, indiferente sonrisa que vería. "¿Qué será de nosotros?"
    "¿Será?" Su voz portaba una gélida risa. "Esa palabra habla del futuro. Y para los vampiros no existe tal cosa."
    Cuatrocientas horas de otoño con la hechicera tras cuatrocientos años sin ella bastaban para aliviar sus miedos. Terpilius mantuvo los ojos cerrados y la faz prieta contra la sangre-raíz, el diminuto mundo en las entrañas de Morgeu, el mundo para siempre antes del tiempo, cuando toda vida era vampiro.


    Casa Secreta


    "Madre, ¿por qué querían matarme los hombres de Lot?", preguntó Arthor a Ygrane sombríamente mientras estaban a solas en la terraza del oeste, junto a la Tabla Redonda y el Grial. "Tú debes de conocer sus pensamientos. Tú fuiste su reina una vez."
    Ygrane se levantó de la silla que ocupara junto a su hijo mientras hablaban de su padre, Uther Pendragón. Caminó hasta la balaustrada y contempló el sol, que hallaba su camino al interior del mar. "Merlín y yo creímos mejor que fueras educado como cristiano. Pero, si has de gobernar tanto a los celtas como a los britones, has de encontrar en ti mismo lo que es más antiguo que tu fe."
    "¿Tú... una abadesa... me dices que busque lo pagano?", inquirió Arthor con franca incredulidad. "Madre, he estado en el interior de los huecos montes. He visto a los faerïe, he conversado con el enano Brokk, que templó Excálibur, e incluso he confrontado al Furor mismo. Pero, te lo aseguro, todos éstos son seres creados por nuestro increado e inefable Dios, el Dios de Moisés... Dios el Padre de nuestro Salvador. Ésta es nuestra fe, la fe expuesta en los evangelios de los apóstoles. Es esta fe la que me guía... y no un saber pagano."
    Ygrane lo miró desde más allá de la Tabla Redonda, con ojos como un fuego verde a la luz muriente... y sus blancas vestiduras bien podrían haber sido las ropas ceremoniales de una sacerdotisa. "Tú eres mi hijo y el rey del pueblo al que yo serví como reina una vez, y te hablo así desde un plano más alto que la fe."
    ''¿Más alto que la fe?" Arthor se irguió, mareado de incredulidad. "¿Qué podría ser más alto que la fe?"
    "Dios... Dios mismo."
    Arthor parpadeó. "Madre, esto es herejía."
    "Escúchame, hijo. La fe se aprende. Las almas vienen dadas. Tú llevas dentro de ti el alma de Cuchuláin, el mayor guerrero de los celtas. Dios quiere que reines como un monarca cristiano. Y sin embargo, en tu alma, portas vidas enteras de una fe más antigua."
    "¿Vidas enteras?" Arthor exhaló un soplo de sorpresa. "Madre, escúchate a ti misma. Suenas como un gnóstico blasfemo. Cada uno de nosotros somos una vida, un alma otorgada para la gloria de Dios."
    "Y es verdad, Arthor. Pero hay una verdad mayor."
    "Verdad... sí." El joven suspiró, recordando las largas horas de leer y discutir filosofía que Kyner les exigía tanto a él como a Cei. "La verdad tiene muchas caras. Pero ¿qué verdad es mayor que la vida única que dedicamos a Dios?"
    "El destino que Él nos da a cada uno de nosotros es único y porta su propia verdad. Ésta es la casa secreta de tu espíritu, mayor que la morada de tu alma. Pero el espíritu se mueve como. el viento y pertenece sólo a Dios." Caminó alrededor de la Tabla Redonda y se sentó junto a Arthor otra vez. "Tu destino es servir a los cristianos tanto como a los celtas de la vieja tradición. Como madre tuya, es mi destino mostrarte ambas vías. Con la ayuda de Merlín y de Kyner, has vivido como cristiano. Ahora ha llegado el momento de que te muestre los antiguos caminos. Dios es Dios de todos. Para servirle, has de abrir tu corazón a todos."
    "¿Qué esperas de mí, madre?" Arthor frunció el ceño. "Yo no desafiaré las enseñanzas de nuestro Salvador."
    "Nunca te pediría que lo hicieses." Le tomó el mentón con la mano. "Pero sí exijo de ti que cumplas su mayor enseñanza. Mientras estés aquí, antes de partir, quiero que conozcas el amor."


    María Madre, me siento turbado por las cosas que oigo de tu sierva, mi madre Ygrane. No soy un teólogo. ¿Qué se yo de la voluntad de nuestro Padre, más que lo que Él me revela a través del Espíritu Santo? Y sin embargo, si he de ser rey de toda Britania, he de servir tanto a los celtas paganos como a los cristianos. Llegué a pensar que podría servirles llevándoles la buena nueva de nuestro Salvador. Pero mi madre dice que su fe es más antigua, como si Jesús nunca hubiera caminado entre nosotros y refutado las antiguas tradiciones de sacrificios cruentos con su propio sacrificio de sangre. Hay muchas cosas que debo meditar y muy poco tiempo para hacerlo. Mis días se consumen de la mañana a la noche con consejos de guerra. Pronto deberé conducir las fuerzas que tenga contra los invasores, que entregan fiera y liberalmente sus vidas por lo que creen. Ruega por mi protección, María... no por mí, sino para que pueda seguir protegiendo a aquellos que sirvo de la ferocidad de nuestros enemigos.


    Dios Encuentra a Su Campeón


    Durnovaria, población de cierta importancia de casas techadas con tejas de color verde y azul, se alzaba en la intersección de varias vías romanas en el dominio celta de Dutotriges. Aunque el vecino Dumnoni, el reino del duque Marcus hacia el oeste, había sido cristiano durante generaciones enteras, Durnovaria y la campiña circundante albergaban antiguos enclaves en los que la gente adoraba aún a los Daoine Síd y a los faunos. Principal entre estos lugares era Maiden Castle, cuyos fosos y murallas gigantes afortalaban un templo en la cima de una montaña dedicado a la diosa Aradia.
    Rex Mundi se hallaba entre los álamos temblones que rodeaban el templo de Aradia, escuchando profecía en las hojas susurrantes. Merlín había dirigido su forma conglomerada a esta cumbre esperando descubrir algún indicio del lugar donde Gorlois pudiera estar con el cuerpo del mago. Las energías telúricas de este espacio sagrado eran poderosas; tal era sin duda la razón de que las viejas tribus hubiesen levantado aquí, sobre este terreno ceremonial, sus asentamientos miles de años atrás. Mientras Merlín escuchaba y Dagonet miraba más allá de las murallas de tierra a los campos de las granjas y Lord Mono rebullía en su anhelo de fruta, el Señor del Fuego rompió su cíclico equilibrio con el demonio Azael.
    Azael no tenía fuerzas para la voz —todo su poder se consumía en mantener unido el agregado— pero su grito hendió como garras el interior de Merlín, Dagonet y Lord Mono. Rex Mundi cayó de rodillas con un alarido. ¿Qué eztá pazando?, berreó Dagonet. ¡Modimoz!
    No morimos, todavía no, le aseguró Merlín a su compañero. El Señor del Fuego nos ha dejado y ahora sólo Azael nos mantiene juntos. Pero no temas. El demonio conservará a Rex Mundi entero. Si no lo hace, volverá a convertirse en un perro muerto y sólo podrá reconstruirse muy lentamente a partir de las cenizas.
    ¡Pedo dueue!, gritó Dagonet. Y así era en realidad, pues sin el Señor del Fuego para compensar al demonio, el dolor de Azael era inmitigable: los mortales experimentaban el frío desgarrador del vacío en el que las órbitas celestiales se desmadejan, el acuchillante helor que torturaba a demonios y Señores del Fuego por igual desde que cayeran del cielo.
    El Señor del Fuego sufría también. Como todos los que habían sido arrojados a la oscuridad de la creación cuando siguieron a Dios fuera del empíreo, conocía el dolor. Pero esta incesante agonía no lo agriaba, como les ocurría a los demonios, que se habían despojado de su luz para sufrir menos. Los Señores del Fuego abrazaban su ardiente dolor con todas sus fuerzas, y ello les hacía padecer más que los demonios, porque creían que los pedazos radiantes de cielo que aún portaban acabarían por llevarlos finalmente de vuelta al origen.
    De momento, la luz del Señor del Fuego le guió a Ella, a Dios, que necesitaba un campeón por un instante. Ella había abierto una tumba para una de sus mayores devotas, una mujer que La adoraba en el templo. Pero el marido de la mujer estaba airado y no quería dejar partir a la mujer en paz. Dios llamó al Señor del Fuego para serenar los gritos del esposo con su calidez. La momentánea sonrisa del hombre cuando sintió la caricia del ángel era todo lo que la mujer moribunda necesitaba para dejar en calma el cuerpo y reincorporarse al ciclo sempiterno del ir y venir.


    lsca en Llamas


    Tempestuosos vientos púrpura empujaron las pequeñas naves de los invasores por el río Exe arriba dejando atrás a los frustrados defensores de la costa, que se veían desvalidos contra las inmensas olas y la lluvia torrencial. Protegidos por el Furor y su propia e incomparable destreza marítima, los sajones superaron diez millas de río sin que una sola flecha les llegase de la orilla oriental y el frente de tormenta acabó por arrojarlos contra la ciudad portuaria de Isca Dumnoniorum, el mayor puerto del duque Marcus.
    Los trabajadores de los astilleros luchaban por proteger sus diques y sus casas, pero no eran rivales para las hordas del Furor. Con la tempestad a sus espaldas, los sajones treparon a los barcos amarrados, se abrieron camino hasta el muelle con sus grandes hachas de batalla y sus mortíferas destrales arrojadizas y prendieron fuego al puerto. Incluso cuando los atacantes escalaron las murallas romanas que separaban el pueblo del fondeadero, las llamas fustigadas por el viento los precedieron.
    El duque Marcus vio el resplandor escarlata del puerto en llamas desde la aldea de Neptune’s Toes, adonde fuera llevado por los cirujanos tras la emboscada en el bosque. Cei llegó al día siguiente, poco después de que los heraldos arribasen con los espeluznantes informes del saqueo de Isca y la masacre de centenares: sus cadáveres descabezados habían sido colgados por los pies de los arcos de los acueductos que conducían el agua de riego a las granjas del contorno, fincas que ahora gemían de terror en espera de los brutales conquistadores.
    "¿Dónde está tu hermano?", gritó Marcus al ver a Cei y sólo el dolor de su pierna rota le impidió arremeter contra el corpudo celta. "¡He perdido tres pueblos! ¡La gente se morirá de hambre este invierno por lo que he perdido! Arthor festeja con su madre mientras la gente muere. ¡Muere! ¿Me oyes, pedazo de zafio?"
    "Mi señor duque..." Cei se esforzó por encontrar palabras ante aquel estallido de justo furor. Al recibir las noticias de la derrota de Marcus, Arthor lo había despachado para que escoltase al duque sano y salvo de vuelta a Tintagel, pero a Cei le resultaba evidente que este oficial quería planes de batalla, no de retirada. "Al menos tú estás vivo y volverás a ponerte al mando de tus hombres..."
    "¿Sabes por qué estoy vivo?" Marcus se incorporó de golpe en el camastro que ocupaba en la terraza sembrada de olivos que dominaba la bahía de pequeños islotes, los dedos de Neptuno. "Estoy vivo porque Merlín me salvó. Retorna a Tintagel y dile a tu hermano que enviar a un mago demasiado tarde para salvar a mis tropas no basta. ¡Un mago que parece poseído por Satán! Si Arthor quiere mi homenaje, tiene que apoyar mi causa con algo más que magia. ¡Tiene que combatir a nuestros enemigos con estrategia y acero!" Marcus se desmoronó hacia atrás y el cabello blondo le cayó sobre el rostro como un velo. "Trae soldados, no demonios."
    Cei abandonó la terraza y, en su camino a través del patio amosaicado de la villa, un cirujano se le acercó. "Señor senescal... comunicadle al rey que el duque Marcus dice la verdad. El mago Merlín pertenece a Satán ahora."


    Una Conversación con el Rey


    "¿Cómo pueden decir que el mago pertenece a Satán, si les salvó la vida?", repuso Arthor cuando Cei le transmitió las noticias de Neptune's Toes. "¿Es asunto del diablo, pues, salvar cristianos de las hachas sajonas?"
    Cei se encogió de hombros. "Marcus está rabioso. Perdió muchas vidas..."
    "Yo también estoy rabioso, hermano." Arthor se sentó en una roca negra bajo los acantilados, donde el retumbar del oleaje aseguraba una conversación privada. "Los cuatro hombres de Lot que trataron de asesinarme fueron hallados muertos en el bosque al norte de aquí."
    Cei ladeó la cabeza, como ponderando la noticia. "Alguna banda de forajidos caería sobre ellos."
    "No, Cei." Arthor sostuvo la rápida mirada de su hermanastro con una mirada áspera. "Tú los mataste. Vi los cuerpos. Eran hombres corpulentos, pero recibieron golpes de arriba abajo de un hombre más alto."
    "Un guerrero a caballo..."
    "¡Silencio, Cei!" Arthor se puso en pie, con los puños prietos a los costados. "¿Me crees un simple? No había huellas de caballo. Esperaste a aquellos hombres entre los árboles... y los mataste."
    "Los maté noblemente." La ancha faz de Cei se oscureció ante la acusación de un acto a traición. "Lot les dejó sus espadas. Era uno contra cuatro."
    "Y acabaste con ellos... contra mis órdenes."
    Cei miró a uno y otro lado, como si las rocas mismas hubieran de hablar en su defensa. "Merecían morir. ¡Trataron de asesinarte! ¡Y nada menos que en la capilla!"
    "Y tu juicio es mayor que mi orden, ¿no es así, Cei?" Arthor se acercó al hombre corpudo. "Soy tu rey."
    "Bien, sí, claro..." Cei estaba perplejo, luego airado. "¿Por qué crees que me enfrenté a ellos? ¡Levantaron sus cuchillos contra el rey! ¿No soy tu senescal? ¿He de soportar la traición?"
    "¡Cei! ¡Hermano Cei!" La mirada fiera de Arthor se suavizó y sacudió tristemente la cabeza. "No hemos de gobernar sólo por el poder, ni tú ni yo, ni nadie en nuestra corte. ¿No te das cuenta? Antes de nosotros, Roma. Antes de Roma, los jefes. Todos ellos hombres que gobernaron por el poder de las armas y el terror. Pero ahora tenemos la oportunidad de realizar algo más grande."
    "Aquellos hombres habrían reunido a otros para oponerse a ti."
    "Aquellos hombres hubieran hablado de misericordia, cuando les hubiesen preguntado cómo sobrevivieron a un atentado fallido contra mi persona." Arthor le puso las manos a Cei en los hombros. "Tu corazón actuó por mí y te amo por ello. Pero tu corazón ha de dar más al mundo a partir de ahora. No somos ni romanos ni jefes. Somos cristianos. No gobernaremos por la espada, sino con amor. ¿Aceptas esto de mí, hermano?"
    Una expresión de hondo pensar frunció el rostro de Cei. "Eres mi rey. Debo aceptar lo que tú digas."
    "Pero no crees que sea lo apropiado, ¿no es cierto? Dime." Cei movió la cabeza. "No, Arthor. El amor es bueno para los sacerdotes y las madres. Para un guerrero es letal. Una vez fue entregado a los centuriones, ¿de qué le sirvió el amor a Jesús? Y, hermano, si crees que no estamos ya en las manos de nuestros enemigos, eres en efecto un simple."


    Nynyve


    El rey Arthor permaneció en la playa cuando Cei partió. Quedó inmerso en reflexión sobre cómo un cristiano, obligado a amar incluso a sus enemigos, podía gobernar como rey, especialmente acosado por bárbaros decididos a aniquilar a cualquiera bajo su protección. Cuando vio a Bedevere levantarse de entre las rocas donde se hallaba acuclillado, creyó que quizás Cei había vuelto para disculparse por haberse marchado indignado, de allí. Pero la figura que apareció con Bedevere fue la de una mujer de talla y tez celtas, de cutis pálido y cabello canela. Vestía un gwn tradicional, una diáfana falda verde que le caía hasta los tobillos pero le dejaba los pechos al desnudo.
    Con un gesto, Arthor la llamó. Aquella semidesnudez no lo perturbaba en lo más mínimo, pues era una costumbre que persistía entre las celtas rústicas de todo el país y no se consideraba provocativa. Sin embargo, sus orejas y mejillas sí se arrebolaron al ver su altura y belleza sin ningún pariente cerca para guardarla. Tal descaro era, en efecto, asombroso y el corazón adolescente de Arthor latió fuerte con escabrosa sorpresa.
    "Mi señora... ¿dónde está vuestro escolta?", inquirió el rey al verla caminar directamente hacia él, con los brazos abiertos para abrazarlo.
    "El rey es mi escolta", repuso ella en un gaélico gutural, colocando sus brazos en los de Arthor y doblando una rodilla. "Ningún daño puede sobrevenirme bajo su cuidado."
    Arthor la levantó con gentileza y contempló con indisimulado ardor sus ojos avellana, el lunor de su piel, el crepúsculo que se aprofundaba en su larga y suavemente ondulada melena. "Eres una muchacha demasiado bella para haber venido sin nadie que te acompañe."
    "No he venido de ninguna parte", replicó ella, estudiando ávida los rasgos aniñados de Arthor y su viril estatura. "Yo siempre he estado aquí. Tu madre me ha enviado. He de instruirte en las tradiciones celtas. ¿No te lo dijo? Soy Nynyve del Lago."
    El dulce sonido de su voz penetró a través de las brumas de su interior como punzante luz de estrellas; su hermosura, tan perfecta que ni un solo lunar distorsionaba, parecía casi sobrenatural. "¿Eres una hechicera?"
    Nynyve rió, una risa de terciopelo que lo envolvió en molicie.
    "No. Lo digo en serio." Retiró sus brazos de los de la mujer y la ansiedad maculó su mirada. "¿Es éste un truco mágico de Morgeu? ¿Lo es? No me engañarás dos veces, hermana. ¡No dos!" Airado, le pasó los brazos por debajo de las piernas y los hombros y la alzó del suelo.
    "¿Qué haces?", preguntó ella asustada.
    "¡Sal!", masculló Arthor caminando a través de la húmeda arena. "La sal romperá la ilusión." Al mar la llevó, vuelto de espaldas al oleaje espumoso. Agarrándola con firmeza, dobló las rodillas para sumergirse los dos en las olas. Cuando la alzó escupiendo mar y vio que su cuerpo no había cambiado y que su rostro seguía igual de bello bajo una telaraña de cabello húmedo, la soltó. Contrito, se arrodilló en las aguas y permitió que las olas lo batieran.


    María Madre, noticia me ha llegado de que Merlín vive, pero poseído por Satán. ¿Es posible semejante cosa? Si lo es, he de confiar en ti y en tu Hijo para que lo liberéis del gran adversario... así como he de confiar en vosotros para que libréis el corazón de mi hermano de sus asesinas inclinaciones. Temo por Cei. Es tan fuerte en el cuerpo y en la fe, pero tan débil de temperamento. Merlín poseído por el mal, Cei presa de la ferocidad, Marcus herido y rabioso conmigo por no arrojar todos mis hombres al combate y los invasores abarrotando las costas en número cada día mayor, María Madre, pensaba hoy que me volvería loco, oprimido por todos estos problemas. Y entonces, en la playa, me encontré a una mujer de tal belleza y encanto que olvidé mis inquietudes. Sin embargo, incluso a su lado, una preocupación más honda me asaltó. Estaba seguro de que era una ilusión. La sumergí en el agua para ahuyentar mis sospechas y ella huyó de mi... riéndose. Me sentí tan absurdo. Morgeu me ha abrasado el alma, Madre. No confío en ninguna mujer. Dudo incluso de las palabras gentiles de mi madre, una abadesa. Mi espada, ésta sí. Nuestros preparativos para la guerra están casi completos y pronto podré entregarme a aquello en lo que más confío. Y si logro sobrevivir, si salvo los dominios del duque de los invasores, deberé arrodillarme ante mi madre como me arrodillo ante ti. Debo rezar con ella por el perdón de mi pecado. Debo rezar para que tu Hijo, que vivió y murió por amor, levante este fardo de mí corazón y pueda aprender por lo menos a amar como otros hombres son capaces de hacerlo.


    El Vampiro en la Capilla


    Al crepúsculo, la carreta cubierta de Morgeu ascendió hacia una ermita en un cerro que dominaba Watling Street, no muy lejos de Verulamium. Una docena de devotos ocupaba los bancos y cantaba vísperas, cuando los pesados portales de roble se abrieron de par en par y Morgeu irrumpió con una ráfaga de frío otoñal y hojas muertas. "¡Fuera!", gritó. "¡Salid todos de aquí, ya!"
    La congregación miró espantada a la intrusa, que cruzó el pasillo hacia el altar con sus rojas vestimentas hinchadas por un recio viento nocturno. Las llamas de las velas de los candelabros brincaron, suspiraron y murieron al acercarse ella.
    "¡Fuera!", chilló otra vez, empujando al sacerdote a un lado del púlpito de madera y haciéndose con el crucifijo de palo de rosa que había en la sacristía tras el altar. "¡Fuera o sed malditos!"
    La mayoría de los comulgantes huyó rápidamente, pero unos pocos granjeros se quedaron, poco dispuestos a abandonar su culto por una demente. Cuando destrozó el crucifijo contra el altar, aquéllos se levantaron de golpe. "¡Es una wicca... y está loca!"
    "¡ Wicca lo soy!", les gritó ella. "Pero ¿loca?" Les mostró sus pequeños dientes con una torcida sonrisa. ''En este momento, el rey Wesc envía a sus guerreros de la tempestad a saquear vuestros campos preparados para la cosecha... y vosotros aguardáis aquí sentados rezando a un dios que asesinó al hijo que predicaba amor. ¡Ja!"
    Alarmados por su maldición, los labriegos saltaron por encima de los bancos y corrieron hacia la puerta. Sólo el sacerdote permaneció, un hombre pequeño, calvo, de grandes orejas y ojos amables, que tenía las manos metidas en su sotana marrón. "Hija, tú traes ira a un lugar de paz."
    "Éste no es un lugar de paz, idiota." Morgeu derribó de una patada el altar de madera. "Éste es el santuario de Hel, reina de los muertos. Cantos de guerra son los que corresponden aquí. Habéis profanado su provincia sagrada."
    "Serénate, hija." El sacerdote le mostró sus manos vacías. "Un templo pagano ocupó este cerro en tiempos. Pero el lugar fue purificado de su historia infernal hace muchas generaciones."
    "Purificado, ¿eh?" Pateó el suelo y la oscuridad llenó la capilla, mientras el sol se hundía bajo el horizonte. "La vida no puede lavar la muerte. Es la muerte la que purifica la vida."
    "Tú no estás bien." El sacerdote la tomó del brazo y sintió la fría, tensa fuerza de la mujer. "Ven conmigo a mi choza. Tengo pan y vino. Comeremos juntos y me hablarás de Hel."
    "No." En las sombras, tenía el porte rotundo de un varón. "Vete de aquí o te juro por todo lo que crees impío que nada te salvará."
    "Yo pertenezco a este lugar", respondió el sacerdote blandamente. "No puedo irme, a menos que vengas conmigo..." Dejó de hablar. Un hombre había en la puerta con ojos lucentes como un gato... y una sombra blanca que tremolaba en el suelo ante él como ingente luz de estrellas. "Entra, hermano."
    "Aquí estoy", dijo el vampiro, tan cerca de él de pronto que el clérigo se sobresaltó y gritó muy fuerte sus últimas palabras mortales: "¡Dios mío!"


    El Furor en Londinium


    La lluvia caía, por supuesto, torrencialmente cuando él arribó y el relámpago latigaba el cielo. Llegó a través de la puerta sur de la ciudad, con los arrieros que traían sus animales escogidos al mercado. No portaba arma ninguna y parecía tan viejo que ninguno de los guardias se molestó en interrogarlo. Marchó directamente, por la Avenida de los Centuriones y con la lluvia rebotándole en las alas blandas de su gorro de cuero, hacia las majestuosas escaleras del palacio del gobernador.
    Severus Syrax, magister militum de Londinium, se hallaba sentado en la sala del trono entre columnas de mármol rosa y estatuas de emperadores, cuando un heraldo anunció: "El mago Merlín os pide audiencia, mi señor."
    Syrax se enderezó, sorprendido por la repentina llegada del demonio hechicero. Despidió a los contables y clérigos que habían estado revisando con él los depósitos de otoño urbanos y los animales, y llamó a dos sacerdotes y a todo el contingente de su guardia personal armada antes de hacer gesto de permitir la entrada al mago.
    Aun sin sus famosas ropas azul medianoche y su cónico sombrero, el cráneo largo y cetrino y sus órbitas de dragón se lo hacían reconocible al señor de la guerra. "Manténte a distancia de mí, demonio, y di lo que has venido a decir."
    Gorlois sonrió con salvaje regocijo al encontrarse con su antiguo compañero de armas. El arrogante petimetre no había cambiado en lo más mínimo. Resultaba obvio que aún pasaba más tiempo recortándose su barba persa y peinándose los bucles que instruyendo a sus tropas o revisando las defensas. "He venido a hablar como delegado del rey Wesc."
    "¿El chupasangre sajón?" Syrax se inclinó hacia adelante, apoyado en los brazos de satín del trono de mármol, para asegurarse de que éste era ciertamente el mago. Ya había sido engañado en otras ocasiones por este tornaformas. "Creía que habías encontrado un campeón en ese bruto imberbe de Arthor."
    Gorlois nunca había visto a Arthor, pero la visión del Furor provocó en él reconocimiento. Ese hijo de perra concebido en mi mujer por otro hombre. Su padre fue el hermano pelele del señor de la guerra que yo morí defendiendo. Su rabia personal se desvaneció ante el poder del Furor y habló con la voz que el Decidor de la Ley instilara en él: "Arthor está muy lejos en el oeste, sitiado por los guerreros-lobo. Su futuro es incierto. Tengo que hacer lo que pueda para traer la paz a esta isla. Y hablo así por el rey Wesc y los foederatus."
    "¡He pagado ya mi tributo anual a los malditos foederatus!" Syrax golpeó sonoramente con el puño el brazo del trono. "No daré una moneda más. ¡Ni una más!"
    "Tu tributo te asegura la paz aquí, en Londinium", continuó transmitiendo Gorlois el mensaje del Furor. "Los foederatus han dejado tranquilos tus campos y pesquerías. Ahora el rey Wesc quiere extender su Pax Foederata hacia el oeste, a otras colonias romanas...y por tu función como legado suyo te pagará oro a ti."

    Lucha por la Costa


    Luz de océano cintilaba en los arreos de bronce de los guerreros montados que el rey Arthor conducía por la serpenteante carretera de la costa. Kyner y Lot se habían desplegado por el interior con sus tropas para limpiar la campiña de guerreros-lobo, forajidos y merodeadores. El destino de todos ellos era Neptune's Toes, donde Marcus se uniría a sus fuerzas como consejero, ya que su lesión le impedía cabalgar a la batalla.
    Las tropas que Arthor lideraba eran las del duque y exhibían toda la parafernalia de los soldados romanos. Su impresionante apariencia, con sus yelmos pulidos y flexibles corazas de placas articuladas de metal, llenaba al muchacho que los comandaba de un indecible orgullo. Como guerrero del clan de Kyner, Arthor no había tenido sino un yelmo de segunda mano comprado a un armero itinerante, su coraza había sido de cuero ajado y sólo en sus visitas diplomáticas con su padrastro a las cortes romanas, a través de la Galia, había visto las escarcelas de correa y metal que ahora portaban sus infantes.
    Bedevere había mostrado al joven rey cómo vestirse los arreos de batalla romanos y cómo dirigir un ejército imperial. Como guerrero de clan, Arthor había cabalgado siempre al combate en pequeños escuadrones, acampado en el bosque y dormido bajo la hojarasca. La caravana al norte era la expedición más importante que había emprendido jamás. Y nunca había marchado a la cabeza de un ala de caballería y de infantes entrenados en las tácticas legionarias.
    Al anochecer, la regularidad de los campamentos de aquel ejército dejaba a Arthor mudo de asombro. Cada soldado portaba dos estacas para formar la empalizada que protegería el lugar de acampada y una zanja se cavaba a este efecto cada noche. Como en un espejismo surgido de las luces del crepúsculo, las tiendas se alzaban dentro de un perímetro fortificado. Los exploradores transmitían informes del territorio que debería cubrirse durante la siguiente jornada y Arthor aprendía de los comandantes del duque cómo desplegar las tropas para enfrentar los retos de cada nuevo día.
    Batallas frecuentes y tediosas estallaban entre las numerosas calas y estuarios a lo largo del litoral rocoso. Y por más que Arthor se empeñaba en dirigir aquellas tropas eficaces en sus flexibles armaduras y compactas, disciplinadas filas, Bedevere insistía en que permaneciera en la cima de las colinas, entre el resto de los comandantes, a fin de aprender mejor las tácticas necesarias para manejar un ejército.
    Los comandantes de Marcus hubieran preferido que el rústico y joven rey se precipitase a la batalla, antes que tener que explicarle cada mínimo detalle de sus planes de guerra; pero el duque, por cortesía hacia Ygrane, una santa mujer muy reverenciada en la provincia y viuda de su antiguo señor, Uther Pendragón, había dado órdenes de que a Arthor se le permitiera una posición de mando en las huestes, aunque genuina autoridad ninguna.
    "Me tratan como a un niño", se quejó Arthor a Bedevere por la noche, solos los dos en la única tienda del campo que ostentaba el púrpura regio. "He combatido a los sajones, los jutos y los anglos, y conozco sus fuerzas y debilidades. No soy un zafio con la espada."
    "Cierto que no, sire." Bedevere apagó la lámpara de aceite y pausó antes de salir. "Pero debéis recordar que Marcus no os ha rendido homenaje. A sus ojos —y en verdad, señor—, vos sois todavía un muchacho. Si podéis aceptar esto, sobreviviréis hasta edad adulta y hallaréis que os habéis convertido en un rey no sólo de título."





    Errancias


    Las almas de Merlín, Dagonet y Lord Mono sufrían en el interior de la forma ensamblada de Rex Mundi, cuando el demonio Azael y el Señor del Fuego, alternadamente, los abandonaban por una u otra razón. Cuando el Señor del Fuego partió para cumplir la misión que Dios le había impuesto, las iras del demonio torturaron a las almas atrapadas. Y durante los intervalos en que el demonio dejaba que el ángel mantuviera unido el cuerpo mágico, todo el mundo ardía con insaciable anhelo del empíreo.
    ¡Acaba con ezte teddibue zufdimiento!, imploró Dagonet. Y los gritos animales de Lord Mono se hicieron más agudos.
    Pero Merlín no estaba dispuesto a usar las gemas del Otromundo, que portaba en los bolsillos de sus ropas, para quebrar la magia que había obrado. Exiliado otra vez al cuerpo del enano, nunca hallaría el camino de vuelta a su propia carne. En Rex Mundi, entre ataques de demoniaca desesperación y angélica nostalgia, había cuando menos claridad. Mientras Azael y el Señor del Fuego se acechaban en mudos círculos, el mago ordenó a Dagonet silencio, mesmerizó a Lord Mono y, en trance, buscó su propia carne.
    Merlín percibió su cuerpo lejos al este y siguió dirigiendo a Rex Mundi hacia aquel punto cardinal, pero las continuas disgresiones entre Azael y el Señor del Fuego hacían rodar al ente conglomerado en inesperadas direcciones. Evitando todos los asentamientos, la alta criatura de aspecto hórrido seguía sólo los cursos de los arroyos secos, zanjas a la orilla de los caminos encortinadas por arbustos y lóbregos senderos por los bosques. Bayas y tubérculos bastaban para nutrirla, donde los campos y los huertos estaban vacíos. Los grandes animales evitaban instintivamente al ser sobrenatural y sólo los bandidos más insensatos y desesperados osaban acercársele.
    Una flecha silbó entre los árboles apuntada al pecho cubierto de Rex Mundi y su mano velluda y correosa la cazó en el aire. El arquero emergió de la maleza. Un granjero enloquecido por el saqueo de los sajones a sus tierras y el asesinato de su familia golpeó al espantoso vagabundo con la rama de un árbol. Ésta se rompió como madera podrida en las anchas espaldas y la mirada fiera en el rostro terrible hincó más honda la insania en el cerebro del asaltante.
    Merlín no permitía ni al mono ni al demonio destruir vidas humanas más que cuando los atacantes mismos constituían una amenaza cierta para otras personas. Gritando con furia simiesca, Rex Mundi saltaba entonces entre las bandas de mercenarios y bandidos acampadas. Sus golpes se difuminaban en el aire para caer con letal velocidad y él giraba atorbellinado entre los enemigos de la vida como un huracán de muerte.
    Tales episodios asesinos eran raros. Rex Mundi viajaba la mayor parte de las veces solo por los campos de otoño, sin más compañía que la lluvia ventosa y las hojas desprendidas.


    Acosando Verulamium


    Morgeu restauró la capilla en las afueras de Verulamium como santuario para el culto de Hel, diosa de los muertos. Otras capillas ocupaban colinas y cerros alrededor de la ciudad y la hechicera pensó que los cristianos olvidarían razonablemente su reivindicación del templo... en cuanto el suficiente número de los que retornaban a él hubiera sido sacrificado a la diosa.
    Dignatarios de la iglesia llegaron durante el día con picas y lanzas para sacar a la bruja de la ermita, y un oso feral descendió del bosque y los interceptó en el camino que subía al cerro. Las garras fustigadoras destrozaron a cuatro hombres y lisiaron a otros dos antes de que el gigantesco animal desapareciese otra vez en la oscura foresta. Aquella noche, los supervivientes volvieron portando antorchas, acompañados por una banda de mercenarios armados de espadas, dos arcos y un carcaj a compartir entre los arqueros. En un cielo claro restalló el rayo y golpeó con fuerza explosiva en medio de ellos, justo en el lugar donde se produjera el ataque del oso. La turba se dispersó y Terpilius los acechó en la oscuridad del altozano, apareciendo de pronto a la luz de las antorchas con su rostro exangüe antes de que sus colmillos golpeasen.
    Samhain, el año nuevo del antiguo calendario, vio la llegada de un exorcista de Lindum. Escoltado por cuatro hombres armados de Londinium, arribó al mediodía a la capilla poseída portando un texto venerable, reliquias sagradas y una redoma de agua del Jordán bendecida por el mismo papa. Halló a Morgeu sentada en el suelo de tierra, los bancos empujados hasta los muros y labrados con símbolos paganos: espirales, glifos de danzarines cornados, pentagramas...
    "Por el poder mundano del santo padre en Rávena y la gloria celestial del Altísimo y Su único Hijo..."
    "Habéis violado el recinto consagrado a Hel", advirtió Morgeu al recio sacerdote de larga cabellera, ataviado con el escarlata de la autoridad papal. "Y lo habéis hecho el día del año en que Hel abre las puertas de su cubil, asilo de malditos difuntos. ¡Huid sin tardar! ¡Huid y salvaos de la ira de la Diosa de la Muerte!"
    Tres de los hombres armados escaparon, alarmados por el timbre antinatural de la voz de la bruja y el misterioso palor en la gélida capilla. En el camino del cerro, la tierra cedió bajo ellos y desaparecieron de la vista, convertidos sus gritos en ecos que llegaban extrañamente del cielo.
    "Ah, demasiado tarde." Morgeu trazó un símbolo en la mugre, una undosa línea serpentina, y llamas azules saltaron del suelo, casi invisibles a la luz del día. "Vosotros dos podéis morir gritando con vuestros compañeros... o podéis quedaros y servirme."
    La redoma resbaló de la mano temblorosa del exorcista y el agua del Jordán derramada en el suelo estalló en vapores que se alzaron para conformar un rostro cadavérico. Chillando, el preste huyó de la capilla mientras sus ropajes escarlata, con sordo rugido, se convertían en una erupción de llamas. La conflagración lo consumió, pero no dejó de correr. Aunque su carne se fundió en humo negro, sus huesos explotaron por el calor y su médula burbujeó como pez en el suelo, él corrió todo el camino hasta Verulamium, donde se oyó gemir a su espectro durante días, por veredas y callejas, junto a las fuentes y sumideros.


    Una Cita en el Bosque


    Nynyve halló al rey Arthor en la última hora dorada del día practicando la espada con un sargento al que cubría una loriga. Al verla sola en el linde del bosque, más allá del campo donde el ejército cavaba las zanjas para la empalizada nocturna, Arthor ejecutó una doble finta y le arrancó de la mano con un golpe diestro el arma a su contrincante.
    "Es un luchador notable", reconoció reluctante el veterano sargento a Bedevere, mientras observaba al muchacho irse de allí. "¿A dónde va ahora? Quisiera que me enseñara esa finta doble, nunca he visto nada igual."
    "¡Sire!", lo llamó Bedevere, pero Arthor no le prestó atención. Ygrane había advertido al manco soldado antes de partir de Tintagel: "No le quites el ojo de encima a mi hijo, mayordomo. Cada uno de sus pies recorre un camino diferente, uno por este mundo y por el otro mundo el otro."
    "Señora... ¿qué estás haciendo tan lejos de Tintagel?" A la luz rusiente del bosque otoñal, la mujer parecía envuelta en un aura dorada. "El monte esta infestado de criminales."
    "Partiste de Tintagel antes de que pudiera decirte adiós", repuso ella con una voz lánguida como vapor de mar.
    Arthor le puso las manos sobre los hombros para sentir que no era una aparición. "Fuiste tú la que huiste sin cortesía aquel primer día en la playa..."
    "¡Cortesía!" Su rostro mostraba afrenta, pero con los ojos avellana sonreía. "¡Si me hundiste en el agua! Huí para no fueras aun más descortés."
    "Señora, yo nunca podría ser descortés contigo." Le apretó los hombros y dio un paso atrás. "Tenía que saber que no eras un encantamiento. Incluso ahora, encontrándote sola aquí... me cuesta creer que no seas sino una hechicera. ¿Cómo podrías, si no...?"
    "¿Viajar tan lejos sana y salva?" Se volvió y, a través de las largas y oblicuas lanzas de luz que atravesaban el bosque, señaló a cuatro jinetes de cabello hasta la cintura y pantalones de cuero sobre monturas que pacían de la hierba. Eran corpulentos, fieros guerreros celtas con torces de oro y largas espadas sujetas a sus desnudas espaldas. "Mis fiana"
    "Los fiana sirven a la reina celta..."Arthor abrió la boca cuando la comprensión se iluminó finalmente en él. "Eres la sucesora de mi madre... la reina de los celtas paganos."
    "Reina soy", reconoció con una tenue sonrisa.
    "Pero no eres mucho mayor que yo... ¿y reina, no obstante?"
    "Soy mayor de lo que parezco." Agitó hacia atrás sus rizos canela. "Y por otra parte, a las reinas no se nos elige por la edad, sino por nuestra familiaridad con los faerïe. Tú ya sabes eso."
    "Así he oído."
    "Tu madre fue tomada de los montes cuando era una niña para servir a los druidas. Yo soy algo mayor. Pero los faerïe me obedecen." Empezó a alejarse. "Y la próxima vez que nos encontremos, veremos qué importancia tiene esto entre nosotros."
    Arthor no trató de impedirle que se marchara, no con aquellos cuatro adustos guerreros observándolo entre los fieros rayos del sol.


    La Invasión


    El sol no se había levantado todavía y el campo británico se afanaba ya en preparar la marcha del día, cuando los exploradores llegaron al galope a través de las volutas de niebla que flotaban sobre el suelo del bosque. "¡Barcazas de arqueros desplegándose desde Oyster Shoals y ocupando Fenland y White Hart!"
    "Los sajones aborrecen el arco", masculló uno de los comandantes. "Matar los enemigos a distancia lo consideran por debajo de su dignidad salvaje. Estos arqueros tienen que ser de las tropas de los foederatus, la alianza pagana que imita la estrategia de combate romana. Si la cosa es cierta, tenemos días sangrientos por delante."
    Hacia el mediodía, el ejército del duque sabía que los informes de los exploradores eran totalmente precisos. Los arqueros enemigos ocupaban las lomas y montículos de Fenland y los montes de White Hart, cortando eficazmente el avance de Arthor. Los mensajeros se apresuraron al norte a llamar a Kyner y Lot de los altos bosques, y las aves volaron al este para anunciar la in