TRASPLANTE DEL CEREBRO (André Carneiro)
Publicado en
febrero 19, 2010
En el cuadro luminoso estaban señalados el día y el año, 20 de agosto de 2425. El profesor dio un salto, tiró del calcetín, apretó el botón de gravedad y descendió lentamente, casi en un paso de danza.
—Sí, eso es, pueden grabar. La revolución del sexo, siglo veinte. La revolución de la gravedad, comienzos del siglo veintiuno. Y, la más importante de todas, la Revolución del Cerebro, comienzos del siglo veintitrés.
Una de las alumnas, en el fondo del aula, apretó un botón, dio un impulso y fue planeando por encima de sus colegas hasta poner una mano en el hombro del profesor. Su cuerpo fue descendiendo lentamente, mientras tocaba la frente del profesor con la punta de la lengua rosada. El profesor dijo que "sí" con la cabeza y la alumna fue al baño totalmente transparente que había al lado. Naturalmente toda la clase se puso de pie para observarla.
Cuando recomenzó la lección el profesor todavía tenía un brillo de saliva en la frente.
—El primer trasplante de cabeza humana se realizó a comienzos del siglo veintiuno. Hasta para la medicina de aquella época era un trasplante muy fácil. Al principio la médula no se ligaba a la cabeza nueva. Resultado: el cuerpo permanecía inmóvil y sin ningún valor. Cuando consiguieron unir la médula, comenzaron a surgir absurdos como este.
Al lado del profesor apareció la proyección de un hermoso cuerpo de joven con cabeza de vieja.
Alguien hizo algo allá en el fondo. El profesor apuntó con un dedo, y comenzó a irradiar una luz anaranjada que fue a dar a la punta de un seno de una joven de cabellos verdes. Todos se pusieron en puntillas, y cada uno olió la axila del compañero. La clase se volvió a interrumpir porque el profesor entró en el baño. Los altoparlantes de la sala ampliaron cien veces el sonido de la orina. El profesor era virtuoso. Regulaba el chorro por los puntos sensibles del inodoro, y el resultado era una verdadera sinfonía. Las últimas gotas fueron magistrales.
—En esa época —continuó, después de guardar el miembro en el estuche de fibra colorida— la ciencia se preocupaba por los veinticuatro nervios craneanos y los sesenta y seis nervios espinales. Cuando, cincuenta años después, comenzaron a trasplantar el cerebro mismo, tenían que correr para ligar los veinticuatro nervios mientras bombeaban sangre hacia la cabeza descarnada. Junto al profesor apareció un monstruo de cabeza abierta, en tres dimensiones. Un alumno lanzó un grito y dos jovencitas se hicieron un masaje sexo a sexo que las dejó sin fuerzas durante un buen rato. El profesor sonreía. Todas las interrupciones estaban ya programadas, para que el aula no perdiese interés.
Luego, un alumno que estaba en el último año de la escuela de música, fue al baño. Su exhibición los dejó a todos pálidos de emoción. Al profesor no le gustó mucho porque esa parte no estaba prevista.
—El principal problema de los trasplantes cerebrales es el de la donación. En la época del trasplante de cabezas era difícil encontrar quién donase un cuerpo nuevo para una cabeza receptora. Cuando empezaron a trasplantar el cerebro, de cabeza a cabeza, el problema era el mismo. Al cuerpo entero se lo consideraba donante, y al pequeño cerebro, receptor. Por increíble que parezca, se descubrió que una mujer con cuerpo de hombre actuaba de un modo más eficiente y perfecto que los hombres con cuerpo de mujer.
—Profesor, no entendí —dijo un niño levantando la mano.
El profesor agarró el pequeño aparato del pupitre, fue junto al niño y le pegó la punta del tubo en la frente.
Una pareja, tomada de la mano, aprovechó el intervalo para entrar en el baño. El profesor desconectó los altoparlantes. Al menos por ese día no quería más competidores.
Sobre la mesa descendió una cabeza enorme. El profesor hizo un corte entre los pelos con un bisturí, y con mucha habilidad fue abriendo todo hasta llegar al cerebro. Clavó algo allí dentro, y pisó un pedal. El estrado se llenó de gente. Había un nuevo bebé haciendo caca, un hombre desnudo en posición de yoga, dos jovencitas cortándose mutuamente los pelos del sexo, y un padre sentado, con un libro antiguo, de papel, en la mano. El profesor le dio una patada a la criatura, que rodó de lado como si fuese una muñeca de trapo.
—Vean: esto que tenemos aquí son pensamientos, simples pensamientos; carecen de existencia real.
Fue junto al padre y lo abofeteó. El padre cayó al suelo con aire de desagrado, pero no reaccionó.
El profesor dio un salto de lado y le sonrió a todo el mundo. Un alumno levantó la mano.
—No, nada de pipí musical.
El alumno miró alrededor, pero nadie lo apoyó. Fue al baño en silencio. Nadie lo oyó. El profesor continuaba sonriendo.
—Hacía ya siglos y siglos y siglos que se sabía que el cerebro funciona con electricidad, con simple electricidad... —Los alumnos se reían a carcajadas—. Vean —continuó el profesor—: ustedes graban ahí —apuntó con un dedo hacia los grabadores de pulsera— del mismo modo que grabamos aquí —dijo, señalando la cabeza con un dedo.
El padre continuaba en el suelo, respirando con dificultad. Las jovencitas se habían rapado completamente, y el hombre desnudo saltaba con el bebé.
—Vean, vean —dijo el profesor. Agarró un pequeño bastón, se rascó con él entre los propios cabellos y se acercó al cerebro abierto, en la cabeza que había encima de la mesa. Hubo una confusión total. El bebé se transformó en un cachorrito de dos piernas, el padre comenzó a mirar de un modo sospechoso al yoga desnudo, y las jovencitas de sexo rapado cacareaban con esfuerzo—. Vean: una simple descarga de electricidad estática que actúa sobre las dendritas y los ramos de neuritas, y que acciona simplemente a ochenta mil sinapsis, todo con apenas diez milivoltios...
Usando el bastón, el profesor se rascó entre los pelos del sexo con satisfacción evidente. De la punta del bastón salían chispas. Parecía que se iba a masturbar pero, de pronto, acercó el bastón al cerebro abierto. El padre, que estaba acariciando al yoga, desapareció. Las jovencitas todavía dieron unos saltos, como si se quisieran agarrar del aire. El bebé se convirtió en una pequeña humareda azul que fue subiendo hasta el techo. El profesor agarró la cabeza por los pelos sucios de sangre y la tiró por el orificio para residuos que había en la pared.
—La mente, la inteligencia, el pensamiento, no son otra cosa que electricidad, debidamente grabados en el cerebro. Les voy a explicar... Substancias químicas con diferentes ionizaciones, especialmente iones de cloro, sodio y potasio, se fijan en la membrana de la punta sináptica de la célula y abren el camino que permite la entrada de un impulso...
A esa altura los alumnos se subían a los pupitres, se reían, se masturbaban en cadenas de besos ingrávidos, desde los tobillos hasta la raíz del pelo, desde el techo hasta el baño transparente donde más de cinco hacían pipí al mismo tiempo. Se reían y gritaban: "Llega, llega, lo sabemos, no importa.” El profesor estaba tan entusiasmado que parecía no oír.
Fin
Traducción de Marcial Souto en Cuentos fantásticos y de ciencia ficción en América Latina, selección de Elvio E. Gandolfo, B.B.U. 171, Centro Editor de América Latina, 1981.
André Carneiro no sólo ha dado a conocer numerosos relatos (recopilados en volúmenes como Diario de la nave perdida) que lo han convertido en uno de los autores más sólidos de la ciencia ficción brasilera, sino que se ha dedicado también a la actividad de la difusión del género. En ese sentido, ha publicado un volumen que constituye una buena introducción al tema y ha colaborado en publicaciones extranjeras con artículos sobre la ciencia ficción latinoamericana. En 1980 dio a conocer una novela: Piscina libre, que imagina una posible organización social del impulso sexual.
Trasplante del cerebro se destaca dentro de su obra como un texto marcadamente experimental, que evita lo descriptivo para transmitir de modo directo las consecuencias posibles de la operación del título.