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febrero 21, 2010
Entre la gran cantidad de jóvenes que intentan, como yo, continuar y ensalzar al Renacimiento inglés ("jóvenes guerreros de la bandera romántica", como nos hubiera llamado Théophile Gautier) no hay ninguno cuyo amor al arte sea más sentido, cuyo sentido artístico de la belleza sea más puro, más delicado, ninguno, a decir verdad, que sea para mí más querido que el joven poeta cuyos versos he traído conmigo a América, versos llenos de una dulce melancolía y, sin embargo, son alegres.
El poeta más alegre, no cabe duda, no es aquel que siembra sobre los grandes caminos desolados de este mundo las vacuas semillas de la risa, sino el que hace su pena más musical, que en el arte, es el significado de la alegría, ese elemento intransferible de placer artístico que, en la poesía, por ejemplo, proviene de lo que Keats llama "la vida sensible del verso", el elemento del canto en lo que se canta, que no es tan agradable por esa maravilla de movimiento que tiene con frecuencia su origen en un simple impulso musical, y que, en pintura, debe ser buscado no en el asunto (jamás en éste), sino en lo que constituye el encanto pictórico: el dibujo y la sinfonía del colorido; la belleza satisfactoria del dibujo; de tal modo, que la postrera expresión en pintura se halla no en las visiones espirituales de los prerrafaelistas, a pesar de todo cuanto han realizado de maravilloso en la leyenda griega, de todo cuanto poseen de misterioso en el canto italiano, sino en la obra de hombres como Whistler y Albert Moore, que han elevado el dibujo y el color al nivel ideal de la poesía y de la música.
Así es ciertamente: lo que hace exquisita la pintura en estos dos artistas en el manejo inventivo y creador de la línea y del color, es cierta forma, una selección en la belleza de ejecución, que, rechazando toda reminiscencia literaria, toda idea metafísica, es en sí un goce completo para el sentido estético, y es, como dirían los griegos, su propia finalidad, ya que el efecto de su obra es parecido al que produce la música en nosotros.
Ya que la música es el arte en el cual la forma y la materia forman un todo, el arte en que el tema no podría ser separado del método mediante el cual se expresa, el arte que realiza más íntegramente para nosotros el ideal artístico, y que es el estado hacia el que aspiran constantemente las distintas artes.
Sin embargo, ese sentido más desarrollado del valor absolutamente satisfactorio de la bella ejecución, esa afirmación de la importancia primordial del elemento sensible en el arte, ese amor del arte por el arte, constituye el punto en que nosotros, los que pertenecemos a la nueva escuela, nos separamos de la enseñanza de Ruskin, separación definitiva, divergencia decisiva.
Un auténtico maestro de todo noble conocimiento en la ciencia de todas las cosas espirituales, eso continuará siendo siempre para nosotros, teniendo en cuenta que fue él quien, por la magia de su presencia y la música de sus labios, nos enseñó, en Oxford, ese entusiasmo por la belleza que es el secreto del helenismo, y ese anhelo de creación que es el secreto de la vida; él, quien infundió, al menos en algunos de nosotros, la alta y apasionada ambición de partir, de irse muy lejos, a países exóticos mágicos, con algún mensaje para las naciones o alguna misión para el Universo todo; y, sin embargo, en su crítica de arte, en su apreciación del elemento alegre en el arte, en su modo de abordar el arte, ya no estamos de acuerdo con él, pues la clave de su sistema estético es siempre ética.
Éste juzga un cuadro por su cantidad de nobles ideas morales que en él se expresan; pero para nosotros los caminos por los cuales toda obra pictórica noble puede conmover y conmueve el alma no son los de las verdades de la vida o de las verdades metafísicas.
La perfección en la ejecución, para él, parece ser tan sólo el símbolo del orgullo, y la insuficiencia de los recursos técnicos corresponde a una imaginación demasiado liberada de los límites para encontrar en los límites de la forma una expresión completa, o de un amor demasiado simple para no balbucir en su lengua.
En cambio para nosotros, nada más lejos de entender la regla del arte, como la de la moral. Sin duda, en un sistema ético que se mostrara dulcemente misericordioso, las buenas intenciones tendrían su sitio reconocido, quiere uno creer. Pero la pregunta que haríamos a quienes desean penetrar en la serena mansión de la Belleza no consiste en saber lo que han querido hacer, sino lo que han hecho. Sus conmovedoras intenciones no tienen ningún valor para nosotros, que tan sólo apreciamos sus creaciones realizadas.
En cuanto a mí, prefiero los poetas que hacen versos, los médicos que saben curar, los pintores que saben pintar.
Y, es más, al contemplar una obra de arte, no tenemos que soñar con lo que intenta simbolizar, sino, amarla por lo que es. A decir verdad, el espíritu trascendental es ajeno al espíritu del arte. La inteligencia metafísica de Asia puede crear para sí misma el ídolo monstruoso de mamas numerosas; pero para el griego, artista puro, la obra que más penetrada está de vida espiritual es la que más estrechamente se ciñe a las realidades perfectas de la vida física.
Por ejemplo, un cuadro, de aspecto más puramente primitivo, no significa para nosotros más, en el sentido espiritual, que un ladrillo azul del muro de Damasco, o que una copa de Hitzen. Es una superficie cubierta de bellos colores, y nada más, y no nos afecta con sugestiones tomadas de la filosofía o con el sentimiento que ha sido robado a algún poeta, sino por su esencia artística incomunicable, por esa selección de verdad que llamamos estilo, por esa relación de valores que constituye la ciencia del dibujo en pintura, el arabesco del dibujo, el esplendor del colorido; pues estas cosas bastan para hacer vibrar la más divina y la más lejana de las cuerdas que producen música en nuestra alma, y el color es, realmente, por sí mismo, un ser misterioso sobre las cosas, y el tono una especie de sentimiento.
Aquí está, entonces (y éste es el punto donde se distancia nuestra juvenil escuela), la característica principal de la poesía de Rennell Rodd. Porque si hay en su obra muchas cosas capaces de interesar la inteligencia, muchas cosas capaces de excitar las emociones, muchas cuerdas de múltiples cadencias, de un dulce y sencillo sentimiento (pues a quienes aman el arte por el arte, todo lo demás se les da por añadidura), pero, el efecto, cuyo principal fin es producir es, simplemente, artístico.
Se trate de una obra como La tumba del rey del mar, con toda su majestuosa melodía, tan sonora y fuerte como el océano, con su costa festoneada de pinos, junto al cual fue noblemente concebida y noblemente compuesta; o se trate sencillamente del poemita que va a continuación, y cuya hábil ejecución está realizada con un agudo sentido artístico de limitación. Son estas cosas que nos agradaría comparar con el primoroso marco del espejo que les sirve de motivo. O se trate también En una iglesia, pálida flor de uno de esos momentos exquisitos en que todas las cosas, a excepción del momento mismo, parecen tan curiosamente reales; en que los viejos recuerdos de días pasados vuelven a florecer enternecidos; en que el lugar familiar adquiere fervor y solemnidad, gracias a una visión de la belleza inmortal de los dioses fenecidos. O ya sea igualmente en la escena de la Catedral de Chartres, silencio sombrío cerniéndose sobre la bóveda y la arcada, gentes calladas, que se arrodillan en el polvo de las losas melancólicas mientras el joven sacerdote alza en una estrella de cristal el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, y los rayos de luz éarmesí atraviesan los vitrales blasonados y vienen a dar en la verja esculpida, cuando, de pronto, el órgano lanza sus olas de potente armonía, que los ecos llevan desde el coro a las bóvedas, desde el campanario a las agujas, y por encima de todo, la voz clara de un chantre infantil, que nos conmueve como algo de una exquisita dulzura, produciendo la nota artística justa de nuestros sentimientos.
O puede ser En Lanuvium, con musicales versos, de donde parece surgir el murmullo de las abejas mantuanas, perdidas lejos de sus verdes caminos y de sus arroyos de tierra adentro, en busca de ese ámbar melado que contienen, acaso, las flores del mar. O la poesía titulada El Coliseo, que nos produce el mismo goce artístico que sentiríamos viendo en plena labor a un obrero manual, a un orfebre, transformando con su martillo el oro en esas láminas finas tan delicadas como pétalos de una rosa amarilla, o estirándolo en esos largos hilos parecidos a una madeja de rayos de sol, de lo perfecto y primoroso que es su simple manejo. O sean, por último también, esos breves entremeses líricos que brotan aquí y allá, como el canto de un mirlo, tan ligeros, tan seguros, como el aleteo de los pájaros, tan leves y brillantes como los pétalos de las flores de los manzanos, que revolotean caprichosamente para caer sobre la hierba del huerto después de una lluvia de verano, y que parecen más encantadores aún por las gotas de lluvia que quedan sobre sus lindos nervios rosados. O los sonetos, pues Rodd es de los que convierten el soneto en música, como dicen los ronsardistas. Ése titulado Sobre las colinas de la frontera, con su maravillosa y ardiente fantasía, y la peculiar belleza de su octavo verso, a ese otro que realza la pena que causa al gran rey la muerte del niño. Pues bien: todos esos poemas intentan, como ya he dicho, producir un efecto meramente artístico, y poseen esa rara y exquisita calidad que corresponde a una obra del estilo. Veo que, en nuestro movimiento estético, la completa subordinación de todo motivo simplemente emocional e intelectual al principio de la ejecución es lo que más caracteriza a nuestra fuerza.
Pero no es suficiente con que una obra de arte se adapte a las exigencias estéticas del tiempo. También es necesario que nos produzca un placer duradero, que lleve la huella de una personalidad evidente. Todas las obras modernas, de este siglo deben estar basadas en los dos polos de la personalidad y de la perfección. De esta forma, en este pequeño volumen, cuando se han separado las producciones más antiguas y más sencillas de las que son más recientes, más vigorosas o que poseen un poder técnico más desarrollado y una visión más artística, se podrían tejer esos poemas sin mutua ligazón, esos hilos esparcidos y flotantes, en una tela vital de color llameante, en la que se viese primeramente la simple alegría de ser joven adolescente, con todos aquellos sencillos goces que le producen la flor y el campo, la luz del sol y el canto, y después la amargura del sufrimiento repentino, cuando la muerte pone fin a una de esas breves y bellas amistades de nuestra juventud; después, todas esas aspiraciones, esos interrogantes que quedan sin respuesta, insatisfechos, y con los que atormentamos tan inútilmente la faz marmórea de la muerte, ya que el contraste artístico entre la imperfección descontenta del espíritu y la total perfección del estilo que lo expresa constituyen el elemento principal del encanto estético, sobre todo, de esos poemas; y luego, el nacimiento del Amor, con todo su asombro, su temor, el encanto peligroso de aquel cuya frente juvenil se ha sentido rozada por primera vez, por el batir de las alas del Amor; y los poemas de amor, tan lindos y delicados, breves vuelos musicales de golondrina, rebosando tal perfume, tal libertad, que podrían todos ser cantados al aire libre o sobre el agua movediza; y luego el otoño, que llega con sus bosques en silencio, su olorosa decadencia, sus ruinas que hechizan, el amor que yace muerto, y todo aquello que sólo inspira lástima y pena.
Podríamos limitarnos a esto, pues no tendríamos que pedir a un poeta joven cuerdas de vidas más hondas que las que el amor y la amistad hacen eternas para nosotros; y las mejores composiciones del volumen pertenecen a una época posterior, a un tiempo en que esas experiencias reales se han absorbido y mezclado en una forma que parece la más ajena y lejana con respecto a esas mismas experiencias; en que la simple expresión de gozo o de dolor no basta ya y vive en la marcha imponente de la rima cadenciosa en la música y el color de las palabras combinadas entre sí más que en una expresión directa; vive, podríamos decir, en su forma perfecta más que en su sentimiento agónico y patético.
Y, sin embargo, después de la música quebrada del amor, un vez sepultado el amor en los bosques otoñales, seguimos esa peregrinación por pueblos desconocidos, por países extraños, peregrinación con la cual intentamos, con conmovedores esfuerzos, curar los embates de la vida que no conocemos.
Esta total y absoluta entrega al Arte que se adquiere cuando uno ha sido herido con demasiada brusquedad por la áspera realidad de la vida, cuando ésta echa a perder, a fuerza de pena y descontento, nuestra juventud; que se adquiere así más aún que merced a ninguna de las alegrías del vivir; y esa curiosa intensidad de visión capaz, en momentos de melancolía abrumadora, de desesperación irrefrenable, de hacer vibrar en nuestra memoria las cosas artísticas con un realismo tan vivo, tomado de esa misma existencia que nos ayudan a olvidar; una vetusta tumba gris, en Flandes, sobre la cual corre una extraña leyenda, que nos haría creer que la pasión sigue viva después de la muerte; un collar de cuentas azules y ambarinas, y un espejo roto, hallados en Roma, en la tumba de una doncella, figura de mármol que representa un joven con los atributos de Eros, y con la conmovedora tradición del dolor de un gran príncipe envolviéndolo suavemente como con una purpúrea sombra.
Sobre todo esto, el espíritu, en su laxitud, se relaja con esa alegría serena y segura que uno goza, solamente cuando se ha captado algo que los siglos no pueden debilitar; a esto se une ese afán por el mundo griego, cosas, que, con frecuencia, es una manera artística de expresar nuestro propio anhelo de perfección; y esa añoranza de los antiguos días fenecidos, que es algo tan moderno, tan incompleto, tan conmovedor, y, en cierto modo, la antorcha invertida de la Esperanza quemando la mano que debería guiar; y una ligera tristeza por muchas cosas, y un gran amor por otras muchas; y, por último, en el pinar cercano al mar vuelve una vez más el pulso rápido, pletórico de vida, de la alegre juventud saltarina, sonriente, en cada verso, la franca e intrépida libertad de la ola y del viento, que despierta en una llama las cenizas consumidas de la vida, y en una canción los labios mudos de dolor. ¡Qué claro nos parece ver todo esto! La larga columnata de pinos, a través de la cual el mar y el cielo lanzan aquí y allá una mirada furtiva como un relámpago la plata; la plazoleta en el corazón verde y profundo del bosque, y el pequeño altar cubierto de musgo de la antigua divinidad itálica que sobre él se yergue, y las flores de los alrededores, el ciclamen en los sitios umbríos, las estrellas del narciso blanco esparcidas como copos de nieve. La hierba, donde junto a la piedra escapa el ágil lagarto de ojillos brillantes; la arena abrasadora, donde la serpiente permanece enroscada perezosamente al sol, y los hilos de la virgen que ondean sobre las ramas, en el aire, parecidos a tenues y temblorosos hilos de oro; esta escena es perfecta en su motivo, porque si pudiera alguna vez ser revelada a nuestra juventud la verdadera alegría de la vida, habría de ser seguramente aquí; esa alegría que depende no de haber rechazado, sino de haber absorbido todas las pasiones, y que es com-parable a esa serena tranquilidad que impregna los rostros de las estatuas griegas, tranquilidad que la desesperación y el sufrimiento en lugar de disminuir, crecen sin cesar.
Así es como podríamos, en cierto modo, agrupar, en una perfecta rosa de vida, esos pétalos separados y dispersos de poesía; aunque haciéndolo dejaríamos escapar la verdadera calidad de los poemas. La vida real de un hombre es con frecuencia la que él no hace, y pueden ser tejidas bellas poesías como si fuesen hilos de brillantes sedas en múltiples dibujos, en numerosos tipos, todos exquisitos y originales.
Es más, la poesía romántica es, en su esencia, la poesía más impresionista e impresionante que jamás ha existido, como esa recentísima escuela de pintura, la escuela de Whistler y de Albert Moore, en su elección de lugar, considerando éste como opuesto a la elección del asunto; considerando que trata de las excepciones más que de los tipos de vida, en su breve intensidad, en lo que podría llamarse su ardiente momentaneidad, pues son las situaciones momentáneas de la vida, los aspectos momentáneos de la Naturaleza, los que la poesía y la pintura intentan hoy día hacernos sensibles.
El artista tendrá siempre a mano sinceridad y constancia; pero la sinceridad en arte es simplemente esa perfección plástica de ejecución, sin la cual un poema o un cuadro, por noble que sea su sentimiento, por humano que sea su origen, tan sólo es un derroche de trabajo sin realidad alguna.
Por lo que hace a la constancia artística, no podría tener por objeto una regla estrictamente definida, un género de vida sistemático, sino ese único principio de Belleza por el cual las sombras inconstantes de su existencia son captadas en el momento más fugaz y fijadas eternamente. En cuestiones intelectuales, por ejemplo, el verdadero artista no admitirá esa fácil ortodoxia de nuestro tiempo que tan razonable es y tan carente de interés artístico. No querrá tampoco esa fe ardiente de los tiempos pasados, que reducía la visión aunque la intensificase, y menos aún dejará que la serenidad de su cultura se vea alterada por la discordante desesperación de la duda o por la melancolía de un estéril escepticismo. Pues el Valle Peligroso donde los ejércitos, en su ignorancia, chocan en la oscuridad, no es de ningún modo, un lugar de reposo adecuado para quien los dioses han concedido la claridad de las altas mesetas, la serenidad de las cimas y el aire soleado. Ensayará más bien esas curiosas y diversas formas nuevas de creencia, impregnando su ser con el sentimiento que languidece aún en torno a ciertas bellas religiones. Buscará la experiencia en sí misma y no los frutos de la experiencia. Y, una vez haya conquistado el secreto, abandonará sin pena muchas cosas que en otro tiempo le parecían maravillosas.
"Soy siempre insincero -dijo una vez Emerson-, porque sé que existen otras disposiciones de ánimo."
“Las emociones -escribió hace ya tiempo Gautier, en un artículo sobre Arséne Houssaye-, las emociones no se parecen entre ellas; pero sentirse emocionado es lo que realmente importa.”
Eso sí: ese es el secreto del arte de la escuela romántica moderna y proporciona la clave exacta para su comprensión; pero la naturaleza rebelde de toda obra que, como la de Rood, tiende, como ya he dicho, a lograr un efecto puramente artístico, no podría ser descrita en lenguaje de la crítica intelectual. Es demasiado intangible para eso. Se la podría quizá expresar en términos que pertenecieran a un arte diferente y por referencia a ellos. En efecto: algunos de estos poemas son tan iridiscentes, tan exquisitos, como un ejemplar encantador de cristalería veneciana. Son constantemente tan delicados, en su perfección y ejecución, y tan únicos en su tema natural como un grabado de Whistler o como una de esas lindas figuritas griegas que pueden encontrarse todavía en los olivares de las cercanías de Tanagra, y que muestran vagos rastros de oro, y en las que persiste un carmín apagado en la cabellera, los labios y las vestiduras. Muchos de estos poemas se parecen a esos crepúsculos de Corot, que van a transformarse en música; pues no sólo en el color visible, sino también en el sentimiento, que es el color de la poesía, puede haber una especie de canto.
Sin embargo, pienso que, para la calidad de la obra de este joven poeta, la comparación más adecuada que he visto nunca se encuentra en un paisaje a orillas del Loira.
En otra época, estuvimos juntos de vacaciones en Amboise, esa linda ciudad de tejados de pizarra gris, de puerta hosca y terrible, donde las tranquilas quintas se cobijan como blancas palomas en los boquetes sombríos de la gran roca almenada, y donde las imponentes mansiones del Renacimiento se yerguen silenciosas, aisladas, solitarias hoy, aunque conservando todavía algunos recuerdos de antaño, que perduran en torno a sus co-lumnas delicadamente torneadas y a sus pórticos esculpidos, adornados con grotescos mascarones reidores y extraños dibujos heráldicos, recordando todo ello a unos hombres totalmente incapacitados para representar la vida a no ser que ésta fuera fantástica.
Solíamos salir por las tardes a pasear por la villa, más allá de la curva del río, y montados en una de esas grandes barcazas que transportan por mar el vino en verano y la madera en invierno, dibujábamos o permanecíamos tumbados entre las altas hierbas, trazando planes futuros para la gloria, para irritar a los filisteos y también nos paseábamos a lo largo de las riberas bajas, cubiertas de juncos, "haciendo competir nuestros caramillos en torneos", como hacían nuestros amigos sicilianos en otro tiempo.
Sin embargo, la comarca no destacaba por su belleza, era incluso árida, cuando se pensaba en Italia, o en las cambroneras que revestían las alturas de los alrededores de Génova con un manto escarlata, o en el ciclamen que llenaba con su púrpura todos los valles entre Florencia y Roma; pues no había quizá en aquello verdadera belleza, y solamente largos y blancos caminos polvorientos y rectísimas hileras de rígidos álamos; pero, de vez en cuando, un leve resplandor de quebrada luz penetraba en la campiña gris, y regalaba a la granja silenciosa, un secreto, un misterio que ellas no poseían, transfiguraba durante un mo-mento exquisito a los campesinos que bajaban por los viñedos, o al pastor de guardia en la colina, y plateaba las copas de los sauces y doraba el río; y lo más maravilloso de aquel efecto, con la extraordinaria sencillez de los materiales, creo ver cierto parecido de esencia de los versos de mi amigo poeta.
FIN