Publicado en
febrero 05, 2010
LASSEN hacía girar el vaso en su mano, despacio, ' observando el pequeño remolino que se producía en el licor. No le gustaba el alcohol, fuera local o importado, pero le ayudaba en sus propósitos. Daba un sorbo de cuando en cuando, fingiendo estar cansado de su soledad. Y esperaba.
Miró, como por casualidad, a los ruidosos ocupantes de una mesa próxima. Una de las mujeres comenzaba a mirarle de aquella forma especial con que las mujeres de las colinas miran a los extranjeros.
La hospitalidad colonial ahorraba mucho trabajo.
Miró directamente a los ojos de la mujer, sonriendo. Su sonrisa era estudiada: ni arrogante, ni sugestiva; más bien reservada, amistosa y un tanto tímida. Ya otras veces la había ensayado con éxito y en esta ocasión volvería a serle útil.
Esperó con expresión de estar sumido en un mar de pensamientos.
Lassen era guapo, con cierto aire aristocrático en su porte, bien arreglado, y la frialdad de su mirada tan solo era perceptible bajo una cierta luz v desde cierto ángulo. Una cualidad que un Eliminador adquiere, algo repelente si no la sabe ocultar con éxito.
- Perdone - dijo una voz a su espalda.
Lassen diose la vuelta, aparentando estar sorprendido.
-¿Sí?
Era uno de los hombres; un ejemplar de rostro rojizo vistiendo un traje brillante.
- Pensé que tal vez le agradaría unirse a nosotros.
El tipo sonreía como un mono, y es que el parentesco era innegable.
Lassen mostró su grata sorpresa, algo de emoción, pero bastante reserva. Todas las reacciones convenientes en situaciones análogas.
- Es muy amable por su parte; pero no quisiera interrumpir una reunión privada...
-¡Qué diablos privada! En Kaylo n no hay nada privado. Venga con nosotros...
- Bueno, si está usted seguro de que...
Se dejó conducir a la mesa y ser presentado a los demás. Le buscaron una silla vacía y le llenaron un vaso y un plato.
Lassen daba la clara impresión de ser un solitario inconquistable, pues incluso su risa, al escuchar algunas bromas, era moderada. Los colonos eran todos iguales: impulsivos, rudos, hambrientos de noticias de una Tierra que ellos jamás habían visto y víctimas de un leve sentimiento de inferioridad. Nunca confraternizaba con ellos. Eran instrumentos de su oficio. Incluso allí, en aquel ambiente de diversión. ¿Qué lugar más indicado, en una ciudad de las Colinas, que un local nocturno? La larga experiencia le había enseñado que un rumor, SIL tipo de rumor, se expandía como el fuego en un planeta de pioneros. Era más eficaz que los más modernos medios de comunicación y, desde luego, mucho más rápido. En pocas horas, hasta los más lejanos puntos de las Backlands estarían al corriente.
Escoger un local, esparcir el rumor y esperar Todo era así de sencillo. Las órdenes recibidas aseguraban que su víctima se encontraba en aquel planeta subdesarrollado. Era cuestión de encontrar la palabra adecuada en el momento oportuno, y decirla.
Hubo de soportar dos horas de estúpida conversación sobre los «negocios» de los colonos, antes que se le presentase la esperada oportunidad.
Fue Dirk, el hombre del rostro rojizo y el traje brillante, tan poco adecuado a la ocasión, quien formuló la pregunta.
-¿Va a estar mucho tiempo en Kaylon, míster Lassen?
- No mucho, míster Dirk. Tan pronto como concluya el asunto que me trajo aquí, proseguiré mi camino.
-¿Tiene usted negocios aquí? Yo creí que esperaba la nave de enlace.
- No. Negocios, y muy importantes.
-¿Qué clase de negocios, si la pregunta no es indiscreta ?- intervino Hunter, un apergaminado hombrecillo con bigote.
- Soy un Eliminador, míster Hunter.
-¡Un Eliminador!
Todas las miradas se concentraron en él.
- Supongo que se dedica a exterminar las plagas - dijo al fin Hunter -. Pero no hay muchas por acá, si exceptuamos las ratas-tigres, que aún tardarán muchos años en ser controladas.
Lassen retiró su plato vacío.
- No se trata de plagas, míster Hunter, sino de hombres.
Una nube pareció oscurecer sus rostros. Sus palabras les dejaron con la boca abierta. «Hombres. Mata hombres». Los labios de las mujeres temblaban y todos parecían deseosos de alejarse de él.
-¿De modo que es usted un asesino a sueldo? La pregunta partió de un hombre enjuto, de pelo negro, que le había sido presentado como David Kearsney.
- No soy un asesino, sino un agente del Gobierno del Cuerpo de Eliminación.
- Un nombre demasiado florido para una cosa tan sucia, ¿no es así? - el rostro de Kearsney era frío -. Pero usted asesina hombres.
Lassen apuró su vino.
- Solo a cierta clase de hombres. Soy un cazador de Jackson.
Se produjo un extraño silencio que rompió una risita nerviosa.
- Me llamo Jackson.
- Usted confunde un apellido con un mal socia l- miró a su alrededor -. El Cuerpo es necesario de igual forma que es necesario exterminar las plagas.
- El Gobierno y sus agentes pueden siempre justificar de modo razonable sus excesos - expuso con amargura Dirk -. Pero para nosotros continúa usted siendo un pistolero a sueldo.
- Me limito a cumplir con mi deber.
- Ahórrese las explicaciones. Ese mismo fue el pretexto para justificar las criminales guerras de los tiempos preespaciales. Hoy un hombre debe enfrentarse con su propia conciencia, con su propia concepción del bien y del mal. ¿O es que prescinden ustedes de ambas cosas?
Lassen los miró con frialdad.
- Veo que ustedes saben muy poco acerca de la Rebelión Proxeta. Con todos los respetos, me permito sugerir que en sus escuelas se preocupen un poco más de la Historia Galáctica antes de concederles un titulo. Como hombres razonables, deben comprender que la pena capital no podría existir sin un verdugo.
- Parece usted orgulloso de su trabajo.
Lassen frunció el ceño. No esperaba una pregunta semejante. Era demasiado capciosa.
- Prefiero no responder, míster Kearsnev - replicó levantándose -. Gracias por su hospitalidad v buenas noches.
Caminó hacia la puerta de salida.
Hasta pasado un largo rato después de su marcha nadie pronunció una sola palabra.
- Un asesino - dijo, al fin, Dirk, cariacontecido -'. Perdonad. Nunca sospeché..
- Fue idea mía - le interrumpió su esposa.
- No es culpa de nadie - terció Hunter, torciendo el bigote -. Todos le hemos obsequiado por igual.
- Creo que deberíamos enviar a casa a las señoras - sugirió Dirk -. Tenemos mucho que hablar.
Cuando las mujeres se hubieron ido, Hunter se sentó.
-¿Y bien? - dijo.
Parecía perplejo.
- No digas «y bien» en ese tono - protestó Dirk -. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer nosotros?
-¿Hacer qué?
- Respecto a él. Ha venido a Kaylon a matar a alguien, a uno de los nuestros. Hay que impedírselo.
- Dicho así parece fácil - replicó Hunter -. Pero hay que tener en cuenta que el está entrenado para matar. Además, es un agente del Gobierno y la ley está de su parte.
-¿Has visto algo que lo pruebe?- Dirk estaba a punto de estallar -. En todo caso ¿por qué nos ha contado tantas cosas?
- Creo que está claro - intervino Kearsney -. Porque quería hablar de ello. Ya sabes lo rápido que corren los chismes. Y ese Jackson, sea Quien sea, oirá hablar de ello. Un hombre normal, y supongo que el tal Jackson lo sea, se delatará en seguida, tratando de ser él quien elimine al Eliminador. No nos conviene guardar esto en secreto. Primero, porque tal vez no seamos los únicos con quienes ha hablado; y segundo, porque las mujeres ya lo saben. La historia llegará, probablemente, a oídos de Jackson antes que salgamos de aquí.
Hunter se levantó.
- Una llamada a la Central de Información no estaría de más, ¿no creéis?
Acercó la silla a la mesa.
- Nunca oí hablar de la Rebelión Proxeta.
- Pregunta lo que pinta Jackson en todo eso - aconsejó Dirk.
Hunter entró en la cabina pensativo. Dirk era un buen tipo, un auténtico amigo; pero demasiado impetuoso. Sus reacciones podían acabar con todos ellos, dados los límites de la Colonia. No es que fuese incapaz de comprender, sino que era su modo de afrontar los hechos.
* * *
Marcó C. 1. y descolgó el micrófono. Las palabras de Lassen recalcando su ignorancia eran imposibles de refutar. ¿Cómo diablos esperaban que ellos supieran algo sobre una rebelión al otro lado de la Galaxia? La historia de la Tierra v de sus propias diez generaciones de colonización había sido todo lo que sus educadores consideraron necesario enseñarles. Cierto que las memorias de C. 1. contenían todos los conocimientos del Imperio, pero se necesitaba tiempo para utilizarlas. A pesar de sus diez generaciones coloniales, sus tres grandes ciudades y sus doce millones de habitantes, Kaylon no era más que una cabeza de playa. Había que luchar por sobrevivir. Entre las ciudades y las carreteras estaban las selvas y las ratas-tigres. En las Backlands había que vivir tras pantallas protectoras y, para salir al exterior, utilizar vehículos blindados.
- Central de Información - dijo una bien grabada voz -. Objeto, por favor.
Cuando regresó a la mesa, los otros le miraron expectantes.
- Conseguí algo, pero no todo - se sentó y tomó su vaso -. La Rebelión Proxeta fue un levantamiento de diez minutos en el sector setenta y dos, para conseguir la autonomía del Imperio. Al levantamiento se opusieron las razones de tipo económico y militar y degeneró en una guerra mayor que duró cerca de cinco años.
Hizo una pausa para tomar un trago.
- Por si sirve de ayuda, el instigador o cabecilla de los insurgentes fue un hombre llamado Howard F. Jackson.
- Jackson, ¿eh?- intervino Dirk -. ¿Y eso qué relación tiene con nosotros?
- Ninguna. Lo que andamos buscando no está clasificado por Jackson. Cuando lo intenté, C. 1. se limitó a repetirme lo de la rebelión. Como el Jackson original fue ejecutado por crímenes de guerra hace sesenta años, está claro que Lassen anda en busca de otro.
- Tal vez busque un símbolo - sugirió Dirk -. Algo que represente o simbolice al original.
- Opino lo mismo - Hunter apuró su vaso v encendió un cigarrillo -. Sus seguidores tenían a Jackson por un superhombre.
-¡Un superhombre! ¡Aquí en Kaylon! ¿Crees que hubiera pasado inadvertido?
- Si yo fuese un superhombre - afirmó Kearsney en voz baja -, procuraría disimularlo hasta convencerme a mí mismo.
- Unas palabras muy sensatas - convino ahora Hunter.
Dirk atrajo hacia sí la botella más cercana
-¿Y solo por eso nuestro huésped debe salirse con la suya?
-¿Qué demonios quieres que hagamos?
- Es uno de los nuestros, ¿verdad?
- Claro, claro - dijo Kearsney con voz firme -. Pero antes que nada debemos saber por qué le busca Lassen.
- No estoy de acuerdo - Hunter parecía irritado No podemos exponer a toda la comunidad. Es muy bonito eso de hablar de ayudarle porque es uno de los nuestros, pero debemos pensarlo antes. En primer lugar, nos enfrentaremos con toda la ley galáctica. Y en segundo franqueza, no me agrada la idea de enfrentarme a un hombre entrenado para matar. He luchado, como todos, durante mi período de entrenamiento, en las Backlands; pero no saldremos con vida si no utilizamos la cabeza.
- Has dado en la diana - admitió Dirk a regaña dientes -. Pero debemos ir al grano.
Observó con disgusto su vaso vacío y se dispuso a rellenarlo.
- Supongo que este oficio de Eliminador será legal.
Hunter asintió.
- Me temo que sí. Interrogué a C. 1. Se trata, en definitiva, de una Organización gubernamental, o, más correctamente, militar, conocida como Cuerpo de Eliminación.
Dirk movió la cabeza.
- Una pandilla de asesinos. Podemos llamarlos así. En esta época parece increíble. ¿Y en qué se ocupan los otros?
Hunter sonrió.
- En lo mismo que Lassen: cazan Jacksons.
* * *
Lassen estaba echado sobre su cama, con el rostro grave y pensativo. Estaba vestido casi por completo; pero relajado.
El Eliminador esperaba. Se había despojado de los zapatos y desabrochado el cuello de su camisa. Era toda la comodidad que se permitía.
La habitación del hotel era limpia y ordenada, con todas sus pertenencias personales en el lugar indicado. Las grandes maletas, abiertas a los pies de la cama, sugerían que podían llenarse en cualquier momento, y un observador astuto hubiera notado el bulto, bajo la sábana, que su mano diestra asía.
Lassen pensaba en Jackson. Más tarde o más temprano el rumor llegaría a sus oídos y el hombre reaccionaría. Podría llamarse Smith, Howard, Brown, cualquier cosa, pero él sabría al momento el significado de la noticia. Solo un Jackson podía saber que era un Jackson, porque tan solo un Jackson pasaría día tras día en C. 1. absorbiendo conocimientos, como una esponja, y al hacerlo se conocería a sí mismo.
Cuando Jackson se enterara de que un Eliminador había llegado al planeta, solo podría seguir dos caminos: luchar, o salir corriendo. Y esconderse de un Eliminador era imposible. La otra solución tampoco era demasiado feliz, pues, por muy inteligente que fuese, luchar contra un hombre dotado con todos los medios científicos del Imperio no era una posibilidad demasiado favorable.
Por otro lado, escapar era aún menos atractivo. Todos los planetas, incluso los más avanzados, solo tenían una salida: el espaciopuerto. Para salir del planeta necesitaba alcanzar el ferry y evitarlo era casi demasiado sencillo. Tan solo se necesitaba una lista de navíos estelares. Los ferrys no entraban en acción hasta que la nave no se encontraba en órbita. No; en efecto, un planeta solo tenía una vía de escape, muy sencilla de controlar.
Por tanto, la alternativa más factible era la de tratar de acabar con el Eliminador y huir después, en la esperanza de poner algunos años luz entre él y el hombre que reemplazase al muerto en el caso.
Lassen había va sufrido un variado surtido de ¡ ataques, la gran mayoría ingeniosos, pero condenados al fracaso. Un solo individuo con todos los conocimientos científicos del Imperio era demasiado fuerte, incluso para un Jackson.
Lassen sonrió. Los Jackson se perdían por creerse demasiado grandes, y, lo que era peor, muchos eran Jacksons solo a medias. Uno auténtico se colocaría en una posición donde hiciera casi imposible su localización.
La limpia bandeja, a los pies de la cama, se inclinó ligeramente. Lassen se puso tenso Su mano derecha se deslizó bajo la sábana, asiendo la culata de su pistola Pheeson, mientras su mano izquierda maniobraba en su cinturón, activando la pantalla detectora.
- Servicio postal - anunció una voz agradable -. Un paquete para míster Lassen.
Algo cayó en el cesto colocado ex profeso. Lassen observó el envoltorio sin moverse. El servicio postal automático tenía otra misión: rechazaba los paquetes conteniendo explosivos. Pero había muchos otros envíos mortales. Había visto mecanismos de relojería que, mediante aire comprimido, ponían en libertad agujas envenenadas; papeles «tratados» capaces de matar por impregnación a través de la piel.
- Servicio postal - anunció la voz -. Un paquete para míster Lassen.
Y un nuevo paquete cayó en el cesto. Lassen continuó inmóvil. Un pequeño foco de luz brillante apareció y fu e en aumento, creciendo como un sol menor.
La bandeja comenzó a vibrar. Las fuerzas se desataron. Hubo una sensación de angustia y sofoco, y la luz comenzó a extinguirse, lo que, en efecto, hizo tras desprender una humareda gris.
Lassen se levantó y cruzó despacio la habitación. El cesto tenía el metal caliente, en tanto que el aparato receptor estaba deshecho casi por completo.
Movió la cabeza. Muy astuto. Dos paquetes, remitidos, probablemente, desde dos puntos lejanos entre sí y dispuestos para que llegaran a su destino con escasos segundos de diferencia. Cada uno era, desde luego, inofensivo en sí mismo, pero mortal estando junto a su compañero. Un ingenioso método de poner en contacto reactivos, contando con el bien organizado servicio postal.
Estaba casi complacido. Iba a enfrentarse con un auténtico Jackson. Y lo que era más importante, había obrado con rapidez; por tanto, estaba en la ciudad. Acaso en la misma sala, en la misma mesa, entre los individuos que le habían invitado.
Siguió reflexionando. Una vez puesto en acción, la rutina podía traicionarle y sería el fin. No, aquel tipo era demasiado listo. Sus reacciones habían sido rápidas y bien ideadas. Pero, como todos los Jacksons, tenía su punto débil: admitía en el Eliminador una superioridad técnica, producto de una mayor preparación> pero nunca una superior inteligencia. Y esa era su perdición.
Lassen encendió un cigarrillo. Tras aquel primer intento, Jackson estaría preparando la huida.
Pulsó un botón.
-¿Oiga? ¿El espaciopuerto? ¿Pueden darme el día y la hora de la próxima nave estelar, por favor?
* * *
Hunter titubeó antes de abrir la puerta de su apartamento.
- Hola, Dirk - saludó a su visitante, sin demasiada alegría -. ¿Algo importante?
- Se trata de Jackson.
- Mira, si se te ha ocurrido alguna otra tontería, no cuentes conmigo. Quiero que esto quede claro desde el principio.
- Se trata de una información que quiero transmitirte, ¿ comprendes?
- Perfectamente. Entra. Con la mano le indicó una silla.
- Considérate en tu casa. ¿Qué quieres beber: whiskv, como siempre?
- Gracias - Dirk se sentó y buscó un cigarrillo -. ¿No eres demasiado receloso?
Hunter se sentó también.
- Solo sensato - afirmó, entregándole el whisky-. Tenemos distintas opiniones, eso es todo. ¿Cuál es esa información?
Dirk localizó el tabaco.
- Ahora ya sé todo lo que a Jackson se refiere, menos su identidad.
-¿Quién te lo dijo?
-C. I.- Dirk bebió complacido -. Consulté la sección de psiquiatría; el selector se centró rápidamente sobre lo que yo andaba buscando, tras hacerle unas cuantas preguntas.
Vació el vaso de un trago.
- Un Jackson es un mutante primario -explicó. Hunter, que acababa de servirle de nuevo, estuvo a punto de dejar caer el vaso.
-¿Un mutante? Creí que esas historias de monstruos eran un mito anticuado. ¿Es verdad?
- En absoluto - afirmó Dirk, mirándole cara a cara.
- Como Lassen nos recordó, no hemos aprovechado lo suficiente a C. 1., y ahora me pregunto si no seremos... todos mutantes.
Hunter palideció levemente.
-¿Cómo?
- Por causa de las primeras épocas atómicas, cuando comenzamos a cruzar el espacio. Según C. 1., el ochenta y siete por ciento de la raza humana es mutante.
Encendió un nuevo cigarrillo.
- Como es natural, la parte más compleja del cuerpo es la que sufrió en primer lugar: el cerebro. Casi todos nosotros tenemos, cómo diría yo, adiciones anormales.
- Yo no me siento distinto.
Bromeó Hunter no muy convencido.
- No puedes. Tu anormalidad es latente. No eres primario. Esa es la diferencia entre tú .. y Jackson.
-¿Y qué es un Jackson?
- Un ser con enorme coeficiente de inteligencia. Abreviando: un superhombre.
Hunter se encogió de hombros.
-¿Y qué hay de malo en contar con unos cuantos superhombres?
- Por desgracia y, al parecer, inevitablemente, se transforman en paranoicos. El Jackson primitivo tenía un alto coeficiente e innatas cualidades de mando y organización, aparte de la arraigada convicción de que él era el Salvador Elegido de la Humanidad.
Dirk movió la cabeza.
- Casi logró demostrarlo. La autonomía de sus diez planetas estuvo a punto de aniquilar el Imperio.
-¿Y no tiene cura?
- No. Tratar de convertirle en un idiota sería aún más cruel que matarle. Y encarcelado, puede incrementar el riesgo.
Hunter alzó su vaso, preocupado, para volverlo a dejar sin haber bebido.
-¿Justifica eso la actitud de Lassen?
- No soy ni moralista ni filósofo. Pero hubo diez millones de muertos en la Rebelión Proxeta.
Hunter apuró entonces su licor.
- De modo que en algún lugar de Kaylon hay un Jackson. Ahora que sabemos la verdad, opino que debemos mantenernos al margen.
- Sin duda opinaría de otro modo de ser tú el Jackson. No sé por qué discuto contigo - caminó hacia la puerta, la cual se abrió al acercarse -. Veo que he estado perdiendo el tiempo. Tal vez en otro lugar encuentre un colono con agallas y...
La puerta, al cerrarse, ahogó sus últimas palabras.
Hunter permaneció pensativo, después se encogió de hombros. ¡Pobre Dirk! En diez minutos había perdido la calma y comenzado a pensar por sí mismo. Mañana, sin duda, regresaría, con ;u rostro colorado, deshaciéndose en excusas. Sin embargo, no podía tenerse en cuenta su impetuosidad y sus rabietas.
El pensamiento de Hunter se desvió hacia más importantes cuestiones. La información aportada por Dirk explicaba muchas cosas y, en particular, las agotadoras pruebas psiquiátricas a que los sometían dos veces por año. Las autoridades no solo buscaban Jacksons, sino que estaban decididas a abortarlos antes de su desarrollo. ¿Sería aquella la causa por la cual Lawson, Meeker y algunos otros habían estado sometidos a trata-miento después de las pruebas? Bien podría ser.
Pero ¿qué convertía un normal en primario, a un potencial en activo?
Oprimió el botón marcando Central de Información.
Las respuestas fueron detalladas, pero un tanto oscuras, limitándose a dos factores tan solo comprensibles a personas doctas: un shock emocional intenso v las condiciones v desarrollo conducentes a la paranoia.
Hunter empezó a comprender que todos los cargos a corto-plazo del Imperio obedecían a ese factor único. Cualquiera podía llegar a presidente, a general, a ministro o a ejecutivo, pero solo durante seis meses. Después de ese período, la constitución y la ley galáctica le obligaban a dejar el cargo a otra persona.
Se dice que el poder absoluto es corruptor, y el ejercicio continuado de dicho poder puede generar la paranoia. Un hombre que ostente el poder durante mucho tiempo puede creerse con atribuciones casi divinas, transformándose así en un Jackson.
Aquella explicación podía, desde luego, no ser la correcta, pero explicaba muchos aspectos de la administración y los cargos públicos. El sistema a corto plazo comenzaba a tener sentido.
Hunter se sentó. Ya sabía lo ocurrido y quién había sido Jackson. Pedía a Dios que no fuese uno de sus amigos. Y pensó en Dirk, quien, sin duda, estaría exponiendo sus hipótesis a algún otro desgraciado
Y su sospecha era acertada, pues Dirk se hallaba con Kearsnev.
* * *
- Lo siento, Dirk - decía este último -. No creo que este asunto me concierna. Recuerda que yo no soy colono, sino emigrante. Tan solo llevo aquí dos años.
- Eso son tonterías. Nosotros te aceptamos, te hicimos uno mas...
La voz de Dirk se interrumpió de súbito al mirar hacia el pequeño dormitorio. Cuando prosiguió, su tono era más amistoso.
-¿Te vas de vacaciones?- preguntó.
Kearsney miró las maletas a medio hacer.
- No. Tengo un trabajo en las Backlands. Un lío administrativo en Salzport.
Dirk encendió un cigarrillo.
- La nave para Salzport partió hace ocho horas - anunció -. Y no hay ninguna otra hasta dentro de diez días.
-¿De verdad? - los dientes de Kearsney brillaron un instante con fingida sonrisa -. Tendré que esperar, entonces. Debe de haber una errata en la lista de horarios.
- Sí. Eso será - Dirk se apoyó en la pared sin quitar la vista del dormitorio -. ¿Llevas maletas estelares a las Backlands?
-¿Por qué no? ¿Alguna objeción?
Dirk expulsó el humo.
- Los animales te devorarían en menos de treinta segundos.
- Eso es asunto mío - Kearsney cruzó la habitación para descolgar su chaqueta de una percha -. Está bien, ya continuaremos la charla en otra ocasión. Ahora estoy muy ocupado. ¿Comprendes?
- Desde luego; sé captar una indirecta -se dirigió a la puerta -. Buenas noches, Dave. Te aseguro que él no contará con nuestra ayuda. Por el contrarío, haremos lo posible por obstaculizarle.
Cerró bruscamente la puerta tras él.
Kearsney permaneció inmóvil, pensativo. De modo que Dirk creía saber exactamente cómo estaban las cosas. Bajo aquella apariencia jactanciosa e impulsiva, se escondía un hombre astuto y en extremo observador. No todos, con solo la vista de las maletas, hubieran llegado a una conclusión correcta. Su lealtad era común, aunque en menor escala, a todos los colonos. Entonces comprendió, con toda claridad, lo sencillo que habría resultado para Howard F. Jackson conseguir la formidable unidad de sus diez planetas. Las colonias eran un terreno propicio para hacer germinar una insurrección, no porque les desagradase la Tierra, sino por otras múltiples circunstancias. La lucha por la supervivencia en un mundo hostil los hacía unirse; se luchaba con y para el vecino, a sabiendas de que, de no obrar así, se estaba destinado a perecer. Esto, desde luego, con-ducía a una actitud un poco de mi-vecino-tenga-o-no-tenga-razón, y el forastero que vuelva por donde ha venido.
El timbre de llamada del videófono interrumpió el tren de sus pensamientos y conectó la pantalla, irritado. ¿Qué pasaría?
-¿Sale de viaje, míster Kearsney? - comentó la imagen tridimensional de Lassen, con la vista clavada en las maletas.
Kearsney se encogió de hombros. No era ocasión para mentir.
- No pierda el tiempo - se limitó a contestar.
- No fue difícil localizarle - la proyectada imagen se interrumpió para encender un cigarrillo -. Fue un buen trabajo el de los reactivos; pero mucho me temo que no se le presentará una nueva oportunidad. Ya no tiene tiempo. ¿Prefiere acabar usted mismo, o por el camino más difícil?
- Por el camino más difícil.
Lassen sonrió complacido.
- Estupendo. Temí que no estuviese usted de acuerdo. ¿Dónde?
- Nos encontraremos en las colinas, a la altura de Eastern Higway, mañana por la tarde.
-¿Y piensa acabar usted solo conmigo?
- Esa es mi idea-la voz de Kearsney no reflejaba la menor emoción.
- El día y la hora son muy significativos.
- Usted lo ha dicho. El ferry parte a las tres de la tarde y, si yo gano, tengo tiempo de alcanzarlo.
-¿Y piensa, de verdad, que va usted a vencer?
- Eso espero.
Lassen le observó antes de replicar.
- La esperanza es un lujo que usted ya no puede permitirse, míster Kearsnev
Tras un chasquido, la imagen se desvaneció.
* * *
Lassen subió al coche y maniobró en los controles de los mecanismos adicionales. Había pasado seis horas haciendo algunos arreglos en el vehículo y estaba convencido de que las modificaciones serían suficientes para cubrir cualquier contingencia -
Se enfrentaba con un Jackson superior al nivel medio, v un Eliminador debía pensar siempre por delante y estar preparado para las eventualidades antes de que estas se produjesen.
Lassen puso el contacto, pisó el pedal y sintió que las ruedas se deslizaban suavemente sobre su protector de aire.
Llevaba diez minutos conduciendo, cuando uno de sus aparatos le reveló que era seguido. En efecto, otro vehículo venia tras él, a una distancia prudencial.
Se encogió de hombros. Serían, probablemente, los colonos tratando de interceptarle, a sabiendas de que no podrían ayudar al fugitivo cuando el tiroteo comenzase. No eran los primeros nativos
que se habían opuesto al curso de la justicia y habían muerto en unión del hombre a quien trataban de ayudar.
El automóvil dio una sacudida violenta, al actuar su sistema adicional de frenos, y patinó hasta detenerse.
Ante él, a escasa distancia, algo estalló, dejando un amplio y poco profundo cráter.
Lassen conectó el sistema de frenos normal y se aproximó, con cautela, al lugar de la explosión. Sus instrumentos habían detectado el ingenio y lo habían hecho estallar con el tiempo justo. Un segundo más y...
Por la ventanilla del automóvil estudió el cráter, reflexionando. Era un artefacto anticuado, pero daba que pensar. Tan solo un explosivo originaba un cráter parecido: la traconita.
Aquello le hizo fruncir el ceño. La traconita era una sustancia inestable y muy difícil de manipular, fuera de en un laboratorio bien equipado. Sin embargo, este Jackson no solo la había manejado, sino que la había introducido en un ingenio capaz de ser lanzado a través de la ventanilla de su automóvil.
La admiración de Lassen, si no su respeto, aumentó considerablemente.
* * *
Tres minutos más tarde detuvo su coche y paró el motor. Estaba en plena subida a las colinas, a unas 40 millas de la ciudad. En algún lugar, dentro de un radio de dos o a lo sumo tres millas, Jackson le esperaba.
Lassen comenzó a utilizar sus instrumentos localizadores. Preparó un receptor de latidos y, poco después> un detector de respiración.
Con cuidado trianguló la posición, utilizando su radarbinocular con el fin de estudiar las pendientes a la izquierda de la carretera. Sí, allí estaba, tendido en el suelo, entre dos rocas, al final de la pendiente. Una posición poco ortodoxa, pues si bien dominaba el terreno, un luchador con más experiencia hubiera escogido otra desde la que pudiera evitar la aproximación de ingenios. O sea, en campo abierto, donde dichos ingenios eran inútiles.
Se preparó a recorrer a pie la distancia que los separaba.
Lassen se preparó con toda calma. Se ciñó al muslo la pistolera, ajustóse la hebilla del cinturón deflector y salió del coche, observando con cuidado a su espalda.
Ni siquiera se preocupaba por el coche que le había seguido. Ya había clasificado a sus ocupantes como «nativos» y, como tales, no podían poseer armas capaces de inquietarle. La pantalla del deflector utilizado por el Cuerpo le inmunizaba de las armas portátiles. Podían, claro está, tratar de sabotear su automóvil. Muy bien, que lo hicieran. Solo tendría que apartar a puntapiés sus cuerpos carbonizados
Oyó un silbido, y un proyectil levantó una nube de polvo en la carretera.
Lassen volvió a encogerse de hombros, indiferente. Salió de la pista y se dispuso a escalar la rocosa pendiente. No tenía prisa, y, en todo caso era preferible esperar. La pistola Pheeson, aunque de limitado alcance, era capaz de disparar con toda garantía, desde detrás de la pantalla protectora. A quinientos pies, el arma daría buena cuenta del Jackson y de la estrecha roca que le ocultaba.
Una bala se estrelló contra la pantalla, rebotando y perdiéndose en la distancia.
Lassen sonrió con presunción y se detuvo para encender un cigarrillo. Siempre se divertía al llegar a esta parte. Al cabo de unos minutos el Jackson comenzaría a disparar como un autómata, ráfaga tras ráfaga, en un intento desesperado por detenerle.
Una nueva bala chocó contra la pantalla, y otra, y otra más.
Al estrellarse la décima, el complejo mecanismo sujeto a su muñeca lanzó un estridente chirrido de alarma.
* * *
Un tanto sorprendido, Lassen levantó el brazo izquierdo mirando el aparato. Un tremendo frío le subía de la boca del estómago. No era posible. No era posible.
La leve aguja del dial refutaba este pensamiento con precisa indiferencia, pues poco a poco iba acercándose a la línea roja de peligro.
La frialdad de su estómago parecía ya estrujar el corazón de Lassen. Las balas habían hecho una labor de zapa en la energía del ingenio protector, mermando la fuerza de la pantalla cada vez que la golpeaban.
Con amarga resignación, Lassen comprendía que acababa de traspasar un punto del cual era imposible regresar. Su presunta víctima estaba aún fuera del alcance de su pistola Pheeson, y le impediría retroceder. No había ninguna roca a su alcance tras la cual pudiera ocultarse hasta reparar la pantalla realizando los ajustes y los cambios de circuito necesarios...
Emprendió una torpe carrera hacia las distantes rocas, aun a sabiendas de que esta vez había perdido.
Su mente trataba de encontrar razones para justificar la derrota. No había nada capaz de romper la pantalla de un deflector del Cuerpo, a no ser que...
Empezaba a comprender cuando la vigésima bala atravesó la pantalla penetrando en sus pulmones.
Kearsney descendió despacio y permaneció en pie junto al cuerpo inerte. La muerte parecía haber borrado la arrogancia del rostro de Lassen, que estaba tranquilo y en calma, como el de un niño dormido.
Kearsnev volvió la cabeza al oír pasos a su espalda.
- Despierta, Dave. Por aquí.
En la lejana carretera una figura permanecía de pie, agitando los brazos junto a un enorme automóvil.
-Por aquí... Por aquí. Aún hay tiempo para alcanzar el ferry'.
Hunter estaba al volante y Dirk mantenía abierta la portezuela para no demorarse.
- Le has matado - exclamó Hunter, admirado -. Has matado a un Eliminador...
Más tarde destruiremos los coches - sugirió Dírk-. Si viene su sucesor en la próxima nave, va a tener mucho trabajo para adivinar la verdad. Nadie, en este planeta, le dará voluntariamente información. Puedes dormir tranquilo.
- Os aconsejo que voléis el coche de Lassen - dijo Kearsney-. Probablemente contiene una trampa mortal.
- Lo tendremos presente. Vamos.
Kearsney miraba hacia atrás en tanto que el automóvil se alejaba.
- Le haréis un buen funeral, ¿verdad?
-¿Funeral?
Dirk le miró asombrado.
-¿Por qué? No debemos llamar la atención sobre este asunto. Las alimañas se encargarán del cuerpo, no dejarán ni los huesos en menos de doce horas. ¡Funeral! ¿Para qué?
- Murió cumpliendo su deber, ¿no es suficiente?
Dirk rió.
- Se me ablanda el cerebro solo de pensar en el funeral de un asesino.
Kearsney guardó silencio. Era lo mejor. En cierto modo, aquella actitud era comprensible. Desde fuera solo se ve una cara de la moneda. Pero aunque fuesen incapaces de comprenderlo, en lo alto de la colina yacía el cuerpo de un hombre leal, o, si se prefiere, de un héroe.
Un hombre cuya arriesgada profesión consistía en cazar las inteligencias peligrosas que burlaban las pruebas psiquiátricas para tratar de romper las estructuras de la sociedad.
Las rudas autoridades locales no estaban preparadas para prestarles ayuda, y no se podía lograr el éxito sin sacrificar muchas vidas. En los últimos ochocientos años la cuenta sumaba el horrible total de 80 millones de vidas.
De pronto se dio cuenta de que el coche se había detenido, y Dirk pugnaba por ayudarle a salir.
- Te explicaré lo que vamos a hacer. Aún tenemos diecisiete minutos.
Kearsnev miró las colinas lejanas. Sí, un héroe, un elegido, como lo eran todos los Eliminadores, no por su sangre fría para matar, sino por su dedicación a la raza humana.
En el Cuerpo de Eliminación no había cargos a corto plazo. Tras unas cuantas muertes, se producía una tensión mental que obligaba al Eliminador a retirarse a solas con su conciencia.
Unas muertes más, y se traspasaba una línea tras la cual el Eliminador empezaba a creer en su propia y casi divina inmunidad.
En todo el Imperio no existía otra profesión ni otra forma de vida que condujera tan directamente a la paranoia. Sin poderlo evitar, ¿ Eliminador pasaba de latente a positivo y se convertía en uno de aquellos que se le había ordenado destruir.
El Cuerpo, que vigilaba estrechamente a su personal, sabía cuándo un agente era inútil, y todo se preparaba como para enviarle a una misión de rutina.
Vagamente se oyó a sí mismo decir:
- Gracias a los dos. Gracias.
Sí, una misión con apariencias de rutinaria y que era toda una trampa. En semejante oficio siempre hay alguien que nos espera al final.
- Sí, sí. Adiós. Adiós.
Y el cazador de Jacksons se volvió lentamente, encaminándose hacia la nave que le aguardaba.
* * * *
Ediciones Aguilar 1971
Ciencia-Ficcion inglesa
Traducido por José Calvo Moreno
Escaneado por diaspar en 1998